COLECCIÓN CON VIVI UM

•---- 1. Wilhelm Nestle, Historia del espíritu griego
2. Emcrich Coreth, Metafísica/
3. Jean Bayer, Literatura
Lisardo Rubio, Introducción a la si ntaxi s^te^áSpS^i 'l l ^ |
5. J, Crépieux-Jamin, ABC de la grároío^í
6. José Alsina, Literatura griega.
Contenido, problemas y métodos ' ■|j
—7. Carlos Mirali es, Tragedia y política en Esquilo j
__ 8. Mario Bunge¿¿La investigación científica j
9. Frederick Copíeston, Historia de la filosofía !
10. Manuel Sacristán, Introducción a la lógica L;
y al análisis formal í
11. jesús Mostcrin, Lógica de primer orden [:
'12. M icaela Misiego, Los orígenes de la civilización anglosajona | '
13. Jesús M osteria, Teoría axiomática de conjunto^^^'';| |
14. Eulalia Vinero, Hipócrates y la nosología hipoc^aÚ¿^;^J|
— i- 5. José-Ignacio Ciruelo, Salustio. Política c historiogtim&i
16. Miguel Sánchez-Mazas, Cálculo de las normas
17. José Martínez Gázquez, La campaña de Catón ca Hispania|
___18. Jorge L. Tizón, Introducción a la epistemología
de la psicopatologia y la psiquiatría
-----19. A. J. Ayer, Ensayos filosóficos
E A N BA YET
------
./ ..£A ;
LITERATURA
ÉATLNA
^:.i^'¿:<K^:-; T” / Tít ?- ' ■'” ■
~\ i~;¡ ■ .. X' :¡K n '.
ar^* £2$. ■ ”'■#: Prologo de
S* ... . J JOSÉ ALSÍNA CLOTA
EDITORIAL ARIEL
T i tul o or i gi nal :
L l T i l i R A T U R K L A T I N E
Traducción del liantes v del latín:
A n d r és E s pi n o s a A l a r c ó n
I e d i c i ó n : l ebr er o de I 9M
2.” edi ci ón: novi embr e de 1970
5.* edi ci ón: septi embr e de l í )72
'1.a edi ci ón: jni i o.-de 197.5
/>.“ edi ci ón; l ebr er o de 1981
(c) l .,il)i;iiiitr A nnand Coi i n, Pari s
© l %(> y I di: la i r ad uedón castel l ana pata f i spaña y A mer i ca:
A ri el , S. A., 1 ambor del Bruc, 10 - Sam J o an Despi (Barcel ona)
Depósi i o l e^al : 11. *2.27 7 - I OS I
I SBN : 84 344 MUS 0
I mpr eso en K spaña
I'9S1. —1. G. Seix v Banal Hnos., S. A.
C ar mel a de Cor nel i a, 134, I L spl ugucs de U obr egat (Bar cel ona)
PROLOGO
a la quinta edición castellana
La Literatura latina del profesor J . Bayet serecomienda por una seriéde rasgos
. que debe, de un lado, a las cualidades científicas y pedagógicas de su autor, y, de otro,
I a la inmejorable tradición escolar francesa, que hace inconfundibles los libros que lanza
¡al mercado. Porqué el lector atento observará, al instante, que estelibro de literatura se
.diferencia de la gran mayoría de textos más o menos parecidos por un rasgo típico: su
autor, formado en la mejor tradición gala, sabe que estudiar literatura no puede conse­
guirse proporcionando al lector y al estudioso simplemente dalos sobrelos autores estu­
diados; sabe que es menester que los textos ilustren la doctrina. Y, en efecto, la Litera­
tura latina de J . Bayet es, junto a un libro que ofrece interesantes datos de lodo tipo al
■lector, una auténtica antología dé textos latinos, de modo qué, aun en extracto, al po-,
nene en contado con sus páginas, 'sesale enriquecido por el considerable caudal de tex¿
fos, que, ofrecemos traducidos, que acompañan al texto principal. Una rica bibliografía,
que se limita a lo esencial, a lo imprescindible, complementa la parte temática. En con­
junto, pues, un libro insuperable que me complazco en recomendar vivamente para co­
nocer no sólo los avalares de las letras latinas, sino incluso para entrar en contacto con el
estilo de los grandes escritores .del Lacio.
J o s k A l si n a
Catedrático de la Universidad de Barcelona
Bárcelóna, enero de 1981.
Año cíe! Segundo Milenario
d e -I ir muerte de Virgilio'. ^
PRÓLOGO
a la primera edición castel lana
He de agradecer cordiaimentc la amable invitación que E d i c i o n e s A r i e l
me hace de prologar la versión que de la magnífica obra de Jean Bayet ha
iealizado mi discípulo Andrés Espinosa. Y he de agradecer, asimismo, a la
mencionada casa editorial, la plausible iniciativa de ofrecer al público espa­
ñol un libro que sin duda habrá de ser muy bien acogido por los innumera­
bles, valores que encierra.
No estamos, por desgracia, demasiado bien dotados jen. España de libros
de literatura latina- En general, cabe incluso decir que el cultivo de las
fétras y el pensamiento romano se ha dejado a un lado, con las naturales
y eximias "excepciones. Tenemos estupendos lingüistas, valiosísimos editores
/ de textos antiguos, preclaros paleógrafos y arqueólogos. Y, sin embargo, es
I parco, excesivamente parco, el número de humanistas abocados al análisis
| y estudio de los valores literarios romanos. Es sintomático a este respecto el
hecho mismo de que sea un helenista —que bien pocos méritos tiene, por
otra parte—, quien prologue el libro que ahora, lector amable, tienes en las
manos. Un libro de literatura latina prologado por un helenista, con todo,
no es un hecho que pueda escandalizar a demasiadas personas. La unidad
cultural del mundo clásico ha sido un hecho durante un largo período de
años, y sólo ahora, y aiin no enteramenté, se tiende, a separar, el .quehacer
’He'Tlatinista' y , el der'helenista.
^ El fenómeno de la delimitación de los campos ha coincidido, muy sintomá­
ticamente, con un movimiento de_fevalori2aci6n.de las aportaciones romanas
en. el campo de la cultura. Con una nueva manera de ver las manifestaciones
L I TERATURA L ATI NA
del "genio” romano. Con una clara voluntad de entresacar, del material, diga-y
mos, bruto, lo específicamente “romano”. El fenómeno merece estudiarse, y
la ocasión es propicia para ello.
Roma ha vivido, durante muchos lustros, bajo el impaclp.de Ja,.cuKitr^
griepT^Ya~Tíoracio, contemporáneo deí momento culminante dé las letras
/ Iatínás, y él mismo uno de los espíritus señeros de la “romanidad”, había
señalado el hecho: “Graecia capta ferum victorem cepit”, Grecia, sometida,
sometió a su vez a su feroz vencedor. El fenómeno no es, por otra parte,
aislado.
Ahora bien, ocurre que, durante el áiglo xex, las orientaciones de la filo-
logia clásica'positivista dieron un cariz excesivamente negativo a la origina-
ITuacT romana. TSÍo sólo ya en'eí"campó de ía religión y de la mitología’ sino,
^asimismo, en la literatura. Convencidos de que Roma no era, en última
instancia, más que una prolongación de Grecia, se impuso el axioma de que
los escritores romanos dependían estrictamente de los helenos, Y éstos eran,
por definición, superiores. Tal es la tesis de Mommsen.
La raíz de esta orientación se debe, indudablemente, al hecho básico
y fundamental de los méritos positivistas, sobre todo al principio del ‘'análisis
de fuentes” (la célebre Qiiellenforschung alemana) y a la incapacidad radi­
cal del positivismo por penetrar —ya sea por medio de la Einfühlung, ya
por el procedimiento de la fenomenología— en la esencia íntima del sentido
de la obra literaria. El filólogo positivista —que ha realizado, sin duda, gran­
des aportaciones al conocimiento de la literatura antigua, aunque se quedara
j en lo que cabe denominar lo “extrínseco” a la misma— se preocupaba fun­
damentalmente por establecer los “lazos”, las dependencias, las relaciones
entre el “original” y el modelo. Pero ocurría, además, que este "modelo"
quedaba reducido a la simple categoría de modelo, sin que interesara hallar/
“lo original”, lo propio, lo sustantivo, dentro de su dependencia básica y
esencial.
Un ejemplo, bien ilustrativo por cierto, aclarará lo que acabo de decir.
Fue creencia común durante el siglo xrx que la elegía helenística era la raíz
directa de la romana. Por tanto —y subrayamos esa locución causal porque
rla creemos sintomática— la elegía griega debía contener los rasgos específicos
que hallamos en la latina, esto es, el elemento subjetivo y erótico. Tal es la
tesis básica de Leo, que se preocupó a fondo de estos problemas. Que la
inferencia era falsa, resulta claro si tenemos en cuenta que es poquísimo
lo que ha llegado hasta nosotros de la elegía helenística. Por tanto, sólo/
podía llegarse a esta conclusión a base de un -partí pris, esto es, el princi­
pio de que Roma era incapaz de “aportar“ algo propio.
Mas he aquí que muy recientemente, Rostagni, en un volumen colectivo
consagrado, precisamente, al influjo de la poesía griega sobre la poesía roma­
na ha señalado hasta qué punto hallamos un distinto planteamiento del
^problema erótico en una y otra aportación. Mientras el elegiaco helenístico
i se mueve en un puro campo “objetivo” y “mítico”, el romano sabe descubrir
una nueva inspiración, y, sobre todo, una subjetividad que en vano buscamos
'en los grandes helenísticos. No hay, pues, ninguna duda, que, aun sin olvi-
;dar que es Grecia quien aporta el estímulo inicial, la base de inspiración,
el poeta romano sabe hallar sus propios caminos y sus propios acentos.
Jacoby había ya sostenido lo mismo en 1905.
-»—En este mismo sentido, son nuevas las interpretaciones del influjo de la
§ ^^gnew "sobr e k. romamT^Lo?"tmbajos~cre Ë3. Frankel, sobre todo, se
Ean'orientaao liacia el descubrimiento de lo típicamente plautino por debajo
de las imitaciones que hace de los griegos. Y, en lo que hace referencia a
Virgilio, Perrotta ha podido señalar lo "nuevo" frente a lo tradicional, a lo
heredado, que hallamos en la obra del gran poeta (Virgilio e i Greci). Y así,
hata el infinito; en el caso de Catulo —arquetipo de los neoterici— ha sido
Jean Bjtyet, entre otros, quien ha señalado su originalidad dentro de la depen­
dencia de Grecia (Catulle, la Grèce et Rome); Kumaniecld ha escrito sobre
Aportación personal tj tradición en la obra de Cicerón. En el caso de Salus-
tio, Latte y Perrochat han señalado cómo por debajo de la imitación griega
late un típico corazón romano, que lo distingue de su modelo, Tucídides.
Pasquali (Orazio Urico) y Friinkel (Horace) han sabido situar a Horacio en su
/ justo puesto, resaltando lo que hay en él de auténticamente romano, y
Rostagni ha podido ilustrar maravillosamente las profundas diferencias que
separan a Tito Livio de sus modelos griegos, gracias, precisamente, a su
“romanidad” y a su fe en el destino de Roma. Y así podríamos seguir hasta
Í
'el infinito. Libros como Humanitas romana de K. Büchner, y Römische
Geisteswelt de Klíngner son testimonios patentes, asimismo, de esta nueva
orientación en ef campo de la literatura latina.
La misma actitud mental preside los estudios de religión romana. Hoy
podemos, con razón, hablar de una verdad e r aVTvifi cñ ci ó n de'estos estadios,
que cristalizan, entre otros, en los trabajos de la escuela francesa (Jean Bayet,
Gagé, Le Bonniec) y en la magnífica Römische Religions geschickte de Kurt
Latte. Si todavía en nuestro tiempo Rose ha podido hablar de la "pseudo-
/ mitología italiana”, los estudios de Altheim, Eitrem, Beaujeu, entre otros,
¡ han iniciado una nueva tendencia que quiere rastrear los elementos propios
|{de Roma en el campo de la religión, o, cuando menos, esclarecer la verdadera
aportación romana. Y el^título de un libro ya clásico en el campo de los estu­
dios latinos reza asíV “El. genio romano en la religión”.
¿Cuál puede ser la razón histórica de éste cambio de perspectivas? Apunta,
[ahora, en las investigaciones literarias, una revalorización del principio her-
I deriano de la “aportación. personal”. En el campo concreto de la filología
clásica es ésta una de las preocupaciones básicas, hasta el punto que uno de
los recientes congresos se centró sobre el gozne “tradición y aportación per-
L I TERATURA LATI NA
sonal”. El poeta, el escritor, el artista no es una jnera máquina que copia,
sin más~"a sus modelos. Toda obra de arte es una contestación existencial,
■uña'Téspüesta á un reto. ¿.a mismT" ciencia de la estilística se áfáná ardua-,
mente en la labor de detectar los medios a través de los cuales el escritor
da forma a su “mensaje”. El mecanicismo de \ ^QueUenjoi^p1}un^, pues,ha
sido sustituido por un dinamismo que busca, en la trayectoriajdel escritor, la
esencia de su mundo interno. Y no es casualidad 'qué~T:ámbién hoy, en los
trábájos 'áe filología clásica, abunden los estudios orientados hacia la inves­
tigación de la “autoconciencia” poética del artista. Queremos saber lo que
Hesíodo pensaKa de su" misión, queremos comprender los sentimientos que
Píndaro, o Virgilio, u Ovidio, tenían acerca de su profesión de poetas..
Queremos, en suma, aislar, de la “circunstancia”, el “yo” del escritor, y su
cristalización en la obra poética.
Es Jean Bayet uno de los latinistas más eximios de la actual escuela fran­
cesa. Profesor de la Sorbona, miembro del Instituí, sus trabajos se han orien-
,/ tado hacia tres campos complementarios: la edición de textos —a él debemos
un espléndido Tito Livio—, la historia de la religión romana (Histoire politi-
que et psychologique de Ja religión romaine, París, Payot, 1957)— y la his-
ytoria de la literatura. Autor de varios artículos sobre religión romana y poesía
Matina, es Bayet un espíritu claro, que sabe centrar los problemas con toda
nitidez. El libro que hoy ofrecemos al lector hispano es una buena muestra /
de sus cualidades. Libro que no es simplemente de divulgación, puede llegai/
a serlo precisamente por esa claridad y esa sencillez que le caracterizan.
El autor se ha propuesto dos cosas esenciales en su obra. Es la primera
de tipo' informativo: presentar rI o s ^r o b r es aí i en t es de cada autor,
^¿entrarlo dentro de su época, resaltar.su aportación personal. Pero Bayet
sabe muy bien que es imposible hacerse una somera idea acerca de un
Escritor si éste no es leído directamente. Por ello cada uno de los autores
presentados viene acompañado de una selección de textos, siempre acertada,
I siempre segura. De esta manera el lector entra en-contacto directo con la
literatura latina, de la mano de un seguro ciceróne./ Finalmente, el libro está
completado con una abundante bibliografía. Eso lo convierte en un valioso
instrumento de trabajo, en un auxiliar imprescindible para todo aquel que
quiere profundizar los distintos problemas planteados.
. í Esas tres cualidades hacen de este precioso libro una obra altamente/
\ / recomendable. Esperamos, confiadamente, que cumplirá su misión.
;\
\
J o sé Al si n a
Catedrático de la Universidad de Barcelona
Barcelona, octubre de 1965.
I N D I C E
Prólogo a la quinta edición castellana 5/
Prólogo a la primera edición castellana 7/
I. LOS ORIGENES DE LA LITERATURA LATINA 21
1. Condicionamiento histórico 22
Los latinos . 22
Los indoeuropeos, 22. — Sus migraciones, 22./— Los indoeuropeos
itálicos, 22. — Los latinos, 23. /
El medio mediterráneo 23
j Los elementos de civilización, 24. — Diversidad de reacciones, 24.
¡Rama. Los inicios de su evolución 25
j Situación de Roma, 25. — Roma, Etruria y el Lacio, 25. — Las
* vicisitudes históricas, 25.
2* El espíritu y la lengua 26
La inteligencia, 26. — La imaginación, 27. — La lengua, 28. -— La
escritura y el lenguaje hablado, 29. — El ritmo, 29. — El verso
saturnio, 31.
3. Tendencias y directrices literarias 31
Tradición oral y literaria, 32. — Preparación para la historia, 32. —
Tendencias ol drama, 33. — El derecho y la redacción jurídica, 35.
Apio Cl audio el Ciego, 36. —- Aspectos generales de la evolución
literaria en Roma, 37.
Bibliografía 38
n. FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA 40
xy ^ Las etapas de influencia griega, 40. — La plebe y el patriciado ante
/el helenismo, 41. — El helenismo en el s. m, 42. — Los géneros
políticos: el teatro, 43. — La epopeya: el lirismo nacional y religio­
so, 46. — Métrica y música, 47. — Intentos individuales y tendencias
comunes, 49. — Helenismo y nacionalismo, 49.
;0<^Livio Andrónico 49 —
V . Carácter y formación, 50. — Las obras, 50. — La lengua, 51. — Mi­
sión de Livio, 51.
j )Nevio 51
' Las tragedias, 52.— Las comedias, 53. — El Poenicum hellum, 54, —
Conclusión, 54.
11
LITERATURA LATINA
y Pl auto - 54
f / Los temas, 55. — Los prólogos, 56. — La acción, 57. — Los perso-
I naj'es, 59. — Las costumbres, 61. — Movimiento, 65. — Pintores-
J quismo, 67. — Poesía y lirismo, 69. — Lengua y versificación, 71. —
Alegría y vis cómica, 72.
Ennio 72
Caracteres generales, 72. — Los Anales, 73. — Historia y poesía, 74.
^ Las tragedias, 76. — Otras obras, 77. — Filosofía y religión, 78. —
La lengua y el estilo, 79. — Conclusión, 80.
Bibliografía 81
III. EL PURISMO HELENIZANTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES 84*
w ^jLn aristocracia helenizante, 85. — La invasión del helenismo y la
fs oposición senatorial, 85. — Los círculos cerrados, 86. — El pueblo
y las cuestiones sociales, 87. — Conclusión, 88.
—1. Los comienzos de la prosa artística 88»,
C a t ó n e l C en so r 89
Sus obras, 89. — Los discursos, 90. — El De agri cultura, 92. —
Los Orígenes, 95. — Conclusión, 96.
’■“““2. /El teatro y 96
& Progresos materiales, 97.
/L a Comedia 97
Crisis y decadencia de la "palliala”, 97.
Cec i l i o Est act o 98
Escritor de transición-, 98. — La reflexión moral, 99.
^T ei ien c io 99
El hombre y el poeta, 99. — Sus obras, 100. — Desarrollo de la
acción, 101. — Análisis y composición psicológicos, 103. — Moral
y sensibilidad, J04. —•Comedia y drama burgués, 105. — Arte y
verdad, 106. — Lengua y versificación, 107. — Conclusión, 108. -
Los a ut o r es d e “t o g a t a e” 108
_ Tit jnio, 108-----At a, ]0S____Af r anio, 109.
La Tragedia 109
■'Pá c üvk T ' 109
A ccio 110
Su teatro, 110. — Su fuerza descriptiva, 111. __ El análisis psico­
lógico y moral, 111. — Grandeza nacional, 111. — El estilo, 112.
— 3. La creación de la sátira 113
Lu c i l i o 113
Su personalidad, 114. — Las sátiras, 114. — Realismo moral, 115. __
Realismo literario, 116. — Conclusión, 117.
-—4. La evolución de la prosa 117
Los historiadores 117
Los últimos analistas, 117, — Los arqueólogos, 118. — Nuevas ten­
dencias, 118.
12
Los oradores 119
Indice
Entre Catón y los Gracos, 119. — Los Gracos, 119. — Ti. Gr a c o ,
119. — G. Gr a c o , 120. — Conclusión, 121.
Bibliografía
IV. LA ÉPOCA CICERONIANA
Inestabilidad e individualismo, 126. i— Las contradicciones, de la aris­
tocracia, 127. — Independencia y modernidad de los poetas, 127. —
Sus irregularidades, 128. — La medida entre Oriente y Occidente,
128. — La elocuencia yJa^prosa ..clásicas, 129. — Evolución de la
prosa, 130. — Xa atmósfe^^jntelectuíd ,)£..Ja filosofía, 130. — Las
preocupaciones técmcasriSl. — Dignidad de la literatura, 131.
1. Los progresos de la prosa
Los historiadores
Historia animada e historia novelada, 132. — La erudición, 133. —
Las memorias, 133.
La elocuencia
La retórica, 134. — An t o n i o y C r a so , 134. •— Ho r t en si o , 135.
Cicerón
/El hombre; la Correspondencia, 137. — Las obras de oratoria, 141. —
Los principios teóricos de la elocuencia ciceroniana, 142. — La prác­
tica; los dones del orador, 142. — Los tratados de retórica, 147. —
Los tratados filosóficos, 149. — El arte en los diálogos ciceronianos,
153, — Los poemas, 153. — El humanismo ciceroniano, 154.
el
Física v^moral, 154. — Ordenación lógica del poema, 156. — El
eqniUrfio literario, 156. — Ciencia y filosofía, 160. — Realismo e
imaginación, 162. ■— Sensibilidad y pasión, 164. — La lengua y
estilo, 166, — Conclusión, 167.
y 4. La poesía innovadora j CATÜW
V \ ')E1 antiguo y el nuevo “estilo alejandrino’’
drit
A «L^Cat ul o
167, — El "estilo alcian-
la sociedad catuliana, 169. — La distinción de los géneros,
170. — La fantasía, 171. — Sensibilidad y pasión, 172. — Los poe-
mas “alejandrinos” y su técnica, 173, — El equilibrio clásico, 175. —
Lengua y versificación, 177. — El lirismo de Catulo, 177.
5. La nueva prosa: Catulo LÁ t í i /l
Los neoáticos, 177. — C . L i c i n i o Ca l v o , 178. — La historia, 178.
CÉSAR
Pí3ad intelectual de Cósar, 179. — Los Comentarios, 179. — Do­
cumentación, 179. — Veracidad, 180. — La narración, 181. — Las
cualidades dramáticas, 183. — Los discursos, 185. — César en su
obra, 186. — Los continuadores de César, 187.
122'
126 ^
132
132
134
136
154
167
169
177
178
13
L I TERATURA L ATI NA
í aoc las obras, 187. — Progresos del método histórico,
188. — Formación literaria, 189. — Filosofía de la historia, 189. —
{La psicología; los discursos, 190. — La narración, 193. — Lengua
* y estilo, 194. — Influencia de Salustio, 194.
C o r n el i o N e p o t e
6. La ciencia y la erudición
V a h r ó n
Obras, 196. — El hombre y su tiempo, 197. — Las Sátiras Menipeas,
197. — La Economía rural, 198. — Las Antigüedades, 201. — La
Lengua latina, 201. — Fuentes y crítica, 202. — La composición,
203. — El espíritu filosófico, 203. — Conclusión, 203»
7. £1 teatro
La atelana, 204. — El mimo, 204.
Bibliografía
V.y EL CLASICISMO LATINO
¥
y ■. De la República al Principado, 214. — De la protección privada al
mecenazgo, 215. — Las escritores en el Estado, 216. — Literatura
nacional, 216. — Los hombres y los géneros, 217. — Evolución y
madurez do la poesía, 218. — El fin de la prosa clásica, 218.
4 Virgilio J
y El ¡lHMente poético, 220. — La originalidad de Virgilio, 220, __ Las
y Bucólicas, 220. — Las Geórgicas, 224. — Progreso de la imagina­
ción, 226. — Ampliación de la sensibilidad, 227.-----Problemas socia­
les, 228. — Episodios y preludios, 229. — La Eneida, 231. — Home-
rismo y alejandrinismo, 232. — La novela y la tragedia, 234. — La
| historia y la actualidad, 236. — Ética y sensibilidad, 239. — El verso
virgiliano, 240. — La fama de Virgilio, 241.
JÍORACIO
/El temperamento de Horacio, 242, — Las obras, 243. — La influen-
j cía de Arquíloco y de Lucilio, 243. — La nueva sátira: Charla y
| “diatriba” moral, 244. — De la sátira a la epístola, 247. __ Los
Sermones literarios; El Arte poética, 249. — La empresa lírica de
Horacio, 251. — Los temas líricos, 252. — Las odas nacionales,
14. — El clasicismo de Horacio, 256.
Tit o Livio
- La Hi9to£¡¿ de Roma, 256. — Su concepción, 257. — Las dificulta-
des, 257-----Método y lealtad de Títo Livio, 257. Evolución literaria
de Tito Livio, 259. — La vida y el drama, 260___El relato épico, 262.
La psicología, 264. —- Los discursos, 265. — El contenido didáctico,
269. — El nacionalismo romano y Tito Livio, 269.
Bibliografía
VI. LA LITERATURA AUGUSTEA
La Monarquía, 276. — La literatura augustea, 276. — La indiferen­
cia política, 277. — Las transformaciones sociales, 278. —* Las difi­
cultades de la prosa, 278. —^JEl arte alejandrino en Roma, 279. —
Nobleza de la poesía, 279. -— Caracteres del arte augusteo, 280.
194
196
190
203
205
214
219
'242
256
270
276
Í ndi ce
v/ í
1. La floracion de la elegía romaná
Q
, Métrica, 281. — Indeterminación antigua de la forma y de los
/C temas, 281. __ La síntesis augustca, 282. — Diversidad de elemen­
tos, 282. — Lirismo y composición, 283. — Sinceridad, 283,
C o r n el i o G a l o
o Ti bu l o 6
El círculo de Mésala, 284. — Tibulo y Virgilio, 285. — Armoniza­
ción de los temas, 285. — Composición musical, 287. — Tempera­
mento, convencionalismo y poesía, 287.
L i g d a mo B
StlLPlClA
P r o p e r c i o
Su obra, 290. — La tradición alejandrina, 290. — El realismo de la
pasión, 291. — El sentimiento de] drama humano, 293. — La imagi­
nación romántica, 294. — Poesías de encargo, 295. — Las elegías
nacionales, 296. — Conclusión, 297.
O v i d i o
—poema •-LrOí-TJCemas eróticos, 298. — Los grandes poemas, 298. — Las
elegías personales, 300. — Diversidad y monotonía, 301. — Retórica
y psicología, 302. — La poesía de la vida cortes, 302. — El pintor
de género, 304. — Colorido y puesta en escena, 304. — El arte en
las Metamórfosis, 306. — La sensibilidad de Ovidio, 307. — Con­
clusión, 309.
2. Los géneros poéticos tradicionales
El teatro, 310. — La epopeya, 310, — La poesía didáctica, 311.
Ma n i l i o
El tema, 312. — Filosofía y religión, 312. — La imaginación cientí­
fica y la observación, 313. — La poesía y los ornamentos, 314. —
Determinismo y moral, 315. — Conclusión, 316.
3. La evolución de la prosa
La historia, 316. — Las obras técnicas, 317, —; La filosofía, 317. —
La retórica, 317.
Sé n ec a e l V i e j o
Los r é t o r e s
Conclusión, 320.
Bibliografía
VII. LA LITERATURA CLAUDIANA
Los príncipes claudianos y la antigua aristocracia, 326. — La nueva
sociedad: los libertos y el cosmopolitismo, 327. —- Las bases de la
unidad, 327. — Enriquecimiento de la sensibilidad, 328. — Ten­
dencias a una ideología universal, 329.----Tendencia innovadora
de la literatura, 330. — Retórica, filosofía, ingenio de salón, 330. —
El realismo y sus formas, 331. — Confusión entre prosa y poesía, 332.
281
283
284
288
289
290
297 *
309
312
316
318
319
321
326
15
'
L I TERATURA L ATI NA
Vili.
1. La poesía de espíritu clásico
La Fábula: F ed r o
La poesía científica: El Etna
La poesía bucólica: C al purnio Sículo
2. Los prosistas: la ciencia; la historia
La literatura técnica
Juristas, 337, — Críticos y gramáticos, 337. — La agronomía: Colu-
mel a , 337. — La medicina: C e l s o , 337. — La geografía: Po mf o n i o
M e l a , 337. p
Los historiadores^
V e l e y o P a t k r c u l o , 338. — V a l e r i o Má x i mo , 339. — Qu i n t o
C u r c i o , 339.
3. La renovación de la literatura
SéñeS?
Las—»oras, 342. — Séneca ante la filosofía, 343. — Su esplritualis­
mo, 343. — Moral y psicologia, 345. —* Problemas sociales y direc­
ción individual, 347. — El entrenamiento de la voluntad, 350. —
Composición y estilo, 351. — Séneca satírico, 352. — Séneca drama­
turgo, 353. — Conclusión, 357.
Per SIO yrj
Persio y el estoicismo, 357, — Pcrsio y la retórica, 357.
v L uc ano
La Farsalia: proyecto y realización, 360. — El espíritu científico,
; 361. — La empresa épica, 363. — El aite de Lucano, 369. —
Conclusión, 370. *
Pet r o n i o fs
El Satiricón, 370. — El autor: la sociedad mundana, 370. —- El
escéptico enervado, 370. — La objetividad, 371. — La lengua, 375,
Bibliografía
EL NUEVO CLASICISMO
La sociedad, 383. — Condiciones morales del nuevo clasicismo, 383.
Los caracteres literarios, 384. — Presagios de decadencia, 385.
1. La prosa científica y técnica
i P l i n i o e l V i e j c i
^ Q u i n t i l i a n o
La Irutiíuctón oratoria, 388. — Cualidades y defectos de Quintiliano,
389. — La pedagogía, 390. — La vuelta a los clasicos, 391. —
Lengua y estilo, 392. — Conclusión, 392.
2. La poesía neoclásica
V a l e r i o F l a c o ?
Si l i o I t á l i c o
332
332 A
334)0
335 ^
336 y
337 yt
338
342
342
357
360
370
376
382
385
386
388
393
393
395
Est ac i o 6
Las epopeyas, 397. — Las Silvas, 399,
3. La poestía realista
IX.
M a r c i a l
J 6
La obra y el hombre, 401. — Posición literaria de Marcial, 403. —
El realismo, 404. — La técnica del epigrama, 405. — Arte y poe­
sía, 407.
JUVENAL p j
Las sátiras, 408. —■Carácter general, 409. — El espíritu nacional,
410. — La imaginación realista, 412. —■Escasez de ideas, 414. —
i La potencia retórica, 414. — Estilo y versificación, 415.
4. La elocuencia y la historia
Tácit o 7 fJj
■Sii obra, 416. — Formación y evolución de Tácito, 417. — Método
y filosofía de la historia, 421. — La inquietud moral y la penetración
I filosófica, 421. — El sentido dramático y el pintoresquismo, 423. —
j Lengua, estilo, poesía, 426, — Conclusión, 427.
f F l i n i o e l J o v en \
* Flinio orador: el Panegírico de Trajano, 428. — La correspondencia
entre Plinio y Trujano, 429. __ Las Cartas de Plinio, 430. — Con­
clusión, 434.
Bibliografía
LA DECADENCIA ANTONINA Y LOS COMIENZOS DE LA
LITERATURA CRISTIANA
Divorcio entre la literatura y la evolución política, 441. — Desequi­
librio entre la literatura y la evolución social, 441. — Los géneros
profanos, 441. — El auge de las religiones, 442. — El cristianismo,
442, — La apologética cristiana, 443. — Conclusión, 444.
1.
2.
3.
La histeria
Su et o n i o
El género: su valor histórico, 445. — Caracteres literarios, 445.
Los autores de resúmenes
&
F l o r o , 447, — J u st i n o , 448. — La Historia Augusta, 449.
La oratoria y ía prosa artística
Frontón r
A puleyo ÍC'
El hombre, 451. — Sus obras filosóficas y oratorias, 452. — Las
Mctamórfosis, 452.
La erudición y la prosa técnica
Los gramáticos
Aul o Gel t o (j
Los juristas
2. ----- LI TERA TURA LATI NA
Indice
397
401
401
408
416
416
428
435
440
444
444
447
449
449
451
456
456
456
457
17
i
è
è
i
Wf
4. La literatura cristiana
T e r t u l i a n o
LI TERATURA LATI NA
Obras, 458, — La elocuencia, 459. — La imaginacióa y la pasión,
462. —- La lengua y el estilo, 464. — M i n u c i o F é l i x , 464. — Sa n CJ
C h mu a n o , 467. — Sus obras, 467, — A u n o bi o ; 470. — L a c t a n c ^o ,
471. — Sus obras, 472. — Su valor, 472. — Conclusión, 474. ,J>
Bibliografía
t
!
P
#
«
X. EL RENACIMIENTO CONSTANTINO-TEODOSIANO
El prestigio espiritual de Roma, 481. — La sociedad, 482. — La
cu]tura cristiana y el cristianismo, 483. — La poesía y el arte' cris­
tianos, 483. — El cristianismo romano, 484. — La catástrofe, 484.
1. La ^rosa: los géneros tradicionales
La oratoria
Los Panegíricos, 485. — Símaco, 486.
La historia
Los autores de resúmenes, 488. — Aurelio Víctor, 488.
A mi a n o M a r c el i n o
El hombre, 489. — Su concepción de la historia, 491. — Unidad
espiritual, 492. — Lengua y estilo, 493.
, La erudición ■.
Gramáticos y comentaristas, 494. — M a c r o b i o , 494,
2. La poesía profana
A v i en o
- A u so n i o C1
La obra: pequeneces y éxitos, 495. — El genio descriptivo, 496.
- .... C l a u d i a n o i-i
Su obra: panegírico y sátira, 498. — Espíritu nacionalista y grandeza
épica, 409. — La imaginación, 501. — La lengua y el estilo, 503.
R u t i l i o N a ma c i a n o
■w
3. La prosa cristiana
*
Sa n H i l a r i o
<•' Sa n A mbr o si o
Sermones y tratados, 507. — Los himnos, 508*
:• Sa n J er ó n i mo
El hombre y la obra, 509. — El observador satírico, 510. — El direc­
tor espiritual y el asceta, 510. — El sabio, 511. — Las dotes litera­
rias, 513.
Sa n A g u st í n
Temperamento e inteligencia, 515. — Obras filosóficas: los Solilo­
quios, 515. — La psicología: las Confesiones, 517. — La enseñanza
dogmática, los Sermones, 519. — La síntesis cristiana: La Ciudad
de Dios, 520. — Imaginación y movimiento, 522. — La lengua y el
estilo, 522. — Conclusión, 522.
458
458
475
481
485
485
488
489
494
494
494
495
498
503
505
505
507
509
514
Los historiadores 522
Su l pi c i o Se v e r o , 523. — Pa u l o Oh o si o , 523. — Sa i .v i a n o , 523.
4. La poesía cristiana * 524
J u v en c o , Ci pr i a n o , Co mo d l a n o , 524. — Evolución de la poesía
cristiana, 524.
( P r u d en c i o 525
Poesía Urica, 525. — Poesía didáctica, 527. — Arte y poesía, 523.
Sa n P a u l i n o d e Ñ o l a 529
Bibliografía , 532
LA SUPERVIVENCIA DE LAS LETRAS LATINAS 541
Últimas prolongaciones de la literatura latina antigua, 541. — Conti­
nuidad del latín culto, 542. — La transmisión de las obras antiguas,
543. — La crítica y el estudio histórico de los textos, 544. — Vigor
histórico y vigor perenne, 544.
Bibliografía 546
I ndi ce
Bi b l i o g r a f í a g e n e r a l
Indice de autores
Indice de textos
547
553
561
Téngase presente que:
1.° las equivalencias monetarias (siempre aproximadas) de las sumas es­
tipuladas en dracmas u otras monedas antiguas, han sido hechas én
pesetas 1965;
2.° los exponentes \ 2, ,3> pospuestos al título de una obra o al nom­
bre de un editor, significan primera, segunda, tercera, edición;
3.° la bibliografía, que no pretende *ser completa, mantiene el criterio de
mencionar obras antiguas* pero cuya consulta se hará siempre con
Í
jrovecho. Además, en esta edición española, se ha completado bajo
os epígrafes de ..“Ediciones españolas" y “Estudios españoles”, con
aquellas obras publicadas en nuestra patria dignas de tener en cuenta
por su utilidad.
LOS ORÍGENES
DE LA LITERATURA LATINA
CAPITULO I
Un pueblo expresa en su literatura, de modo perdurable, la inteligencia
y el alma propias. Una obra literaria no se concibe sin un escritor que intente
dáflé una forma personal, lograda, lo más bella posible. Pero todo escritor,
al margen de la atmósfera, que lo envuelve, tiene tras sus espaldas todo el largo
pasado de su pueblo. De ahí la importancia de los fenómenos de civilización
y de lengua incluso antes de que nazca una literatura escrita, y especialmente
en el caso de los latinos: porqué entre la fecha tradicional de la fundación de
Roma (753) y las más antiguas obras que podían leer los romanos dé la época
clásica —discurso senatorial de Apio Claudio el Ciego (280) y primera obra^
de Livio Andronico (240)— una larga historia había elaborado el tempera-1*
mentó látino, y lo había dotado de un pensamiento, de una imaginación y de
una lengua que le permitieran continuar y enriquecer con plena originalidad
la literatura dé. los griegos.
LOS ORIGENES DE LA LITERATURA LATINA
1. Condicionamiento histórico
LOS LATINOS Los indoeuropeos. — Desde la India, a través de Persia,
Armenia y toda Europa, hasta el océano Atlántico, se
hablan lenguas estrechamente emparentadas, cuyo estudio, apoyado por los
resultados de las excavaciones arqueológicas, ha permitido imaginar bastante
bien la vida y las migraciones prehistóricas de. una parte considerable de la
humanidad, que se designa con el nombre de “indoeuropeos”, para indicar
además una comunidad originaria^n¿>de raza, sino de lengua Sns tribus
patriarcales se desplazaban Inuy leñtamente con sus rebaños; se asentaban,
en ecusioTiés para largos periodos, en llanuras^o valles que ponían en cultivo;
después, bien por agotamiento- del lülreno, bien a coriséCUCUOla. de'lmmda-,
ciunos, "gpflhiinlüs, u buju la presión de pueblas*recién llegados, réempréñdjan
la-tnarcliaTSe tratába dFliombres enérgicos, líenos de iniciativas, muy flexi­
bles panPadaptarse a nuevas condiciones de vida sin perder sus cualidades
nativas; poseían también una sorprendente capacidad de asimilación: los
otros grupos humanos, a los que imponían siTfuErzá. ~55agregaban fácilmente
a ellos y adoptaban su lengua,
Sus migraciones.— Un buen número dp trihue mdnpnrnppfl<;_ marchó
hacia el Oeste a través délas llanuras septentrionales de Europa o ascen-
diendg-pOi-cl yalle derDanubio. Pero de esta masa se destacaron en diversos
momBntos algunoF~grupos que se~5Irigieron, en sentido oblicuo, en espe­
cial hacia el Sur y cuya lengua, a partir de entonces^evolucionó-con-tetal
independencia, de acuerdo con las nuevas exigencias v contactos: hítif-as
escitas;- tr3üíü5r"gFíegos aqueos "(luego dorios}- Forman parte de estos grupos,
llegados, en fechas dívci'üUiü, en mudio 'Tl¿í publauiuues mediterráneas, a las
qtfiTímpTISfeTOir. pur más o íhénos tiempo, su dominio. EntreJ4flft v a ' C.
y, según parece, eñ Ja región de ijohéfma. se produjo la^ultíma escisión entre
los indoeuropeos que, prosiguiendo su camino hacia el Oeste, iban a adñptnr
la lengua' céltica, y los que, tras~alcanzar Italia en lentas etapas, ibanjL-asen-
tafse najo el nombre~cle latinos, oscos y umbros.
Los indoeuropeos itálicos.— Descendieron por los Alpes, en oleadas su-
cesivlts-de- “bárbaros". Los indígenas sufrieron su dominio, sin duda no por­
que se encontrasen mal armados (eran más civilizados y conocían también
el bronce), sino porque los invasores poseían caballos y carros, sin contar
el impeta y la voluntad. Aun siendo poco numerosos, se impusieron a la masa
de los mediterráneos. Por otra parte, medida que iban llegando otros
grupos luchaban entre sí, tribus contra tribus. latinos, Tfipl vez los pri­
meros en establecerse en la Italia central, p arecen asi haber qygflfllfrli iftft"-
inicios.j¿n_gL_bjíj0 valle dei líber por los _q&cqZ (.^^inos. samnitas etc.) al
ordeste**^elia pensado que no habrían sobrevivido'cfeT
22
Condi ci onami ento hi stóri co
no ser por la inmigración de los etruscos, pueblo no indoeuropeo l]egacLo_sin-
ducfa 'del norte del mar Egeo, que ocupóla Toscana desde el mar al Apenino
(¿a partir ~3elligloviS?) y rechazo a los umbros. "
Los latinos. — El territorio que ocupaban los latinosTel Lacio, posee poca
extensión: apenas la superficie clel antiguo departamento del Sena. Los bos­
ques de las vertientes del Apenino y del macizo volcánico de los montes
Albanos, junto con los pastos naturales de la llanura, cuya toba guarda la
humedad, debieron de agradar mucho a los inmigrantes llegados del Norte.
La extensión, apenas ondulada, de la campiña romana no ofrecía mayores
dificultades iháteriales para^élcultivo de los cereales, y las colinas soleadas
se ¿restaron más carde para la plantación de la viña y ael olivo. La civiliza- V ^
ción del Lacio fuel l e sts.no apncda. 1
Los indoeuropeos invasores únicamente formaban una aristocracia, pero
ésta* se hallaba en póses'lón de fiSguemas religiosos vjurídicos muy sólidos
'y especialmente dotada para imponer_una__organizacióu—SüciaL—Sii^lgngua
borró tambiétt la de sus subditos. Estos, lejos de desaparecer, modificaban
poco a pcco ii sus vencedores, y los latinos de la historia representaban el
resultado de una asimilación recíproca/ L^clase¡ dirigente conservó, pn fíl
do, el instinto de guerra v de conquistadlos hábitosdel clan v de la autoridad*
bS]b una clientela sometida; pero disminuida y estabilizada por las condi-
ciones de vida y~fal Vez por ciertas mezclas de sangre, adquirió, por espacio
de siglos, una fisonomía nueva: a los señores de aspecto más o menos feudal
sucedieron los propietarios rurales. La dureza en el triunto, Ta tenacidad,~el
espíritu de cx>ntmüld¿5r la lenta" meditación de los problemas prácticos les
marcaron rasgos indelebles. Er[ el conjunto de la población predominó el
arraigo a la tierra, por pequeña que fuera, al hogar, a los sepulcros. La1reli-
| giorpde 3as~grándes~fii'éfzas~7fe~ÍnrnaturalezaT Que era urourande los íncToeu-
l~rop^^f se tiñó de cultos agrarios, de viejas supersticiones/ "de"’prácticas ¿fe ~
iSnesticas.
^ HefliszJio a ras de tierra; firme organización política; sumisión a toda una
red de~~cftjllugdmresi ••st>ct5iüg~'y morales; pero afirmación del indi-
' viduo^sentado~en, su~li5gíénda: tal parece ser lo esencial de lo que legó a la
mñnfolirlar] latina.el largo periodo ae fusión entre conquistadores y vencidos.
EL MEDIO Sería absurdo pensar que el clima mediterráneo no
MEDITERRANEO hubiese actuado también sobre esos hombres llegados
del Norte, en el sentido de un despertar más completo
al mundo de las formas y de una expansión vital más plena. Pero cuando
los latinos nos revelan su sensualidad estética, su gusto por el movimiento, el
color y la música, han actuado ya sobre "ellos*tantas influencias diversas, y su
descendencia se ha mezclado de tal suerte, que es imposible Intentar recons­
truir la evolución. Es evidente que fueron, en todo momento, muy distintos
de los griegos. Y a ello contribuye el hecho de que el marco mediterráneo
no es idéntico en Italia y en Grecia: allí se percibe menos la sensación de
claridad brillante y armoniosa, que la riqueza, vegetal y humana, de una
23
LOS ORIGENES DE LA LITERATURA LATINA
tierra feliz; y la mar no acude por doquier a invitamos al viaje y a la aven­
tura. Menos curiosidad, más apego a las tareas agrícolas: ello fue tal vez la
consecuencia.
Los elementos de civilización. — Unos emignmtia-JJ3ügIQILJa-^
fueron los veci-~~
ñós~inmediatos l í el os latinos, y los griegos, que__a _parlir_del_siglo -vm_csz.
tallecieron sus colonias en las costas del sur de Italia. Tanto .'unos. como
otros, tueron7~en beneficio de la penlnsuláTTos promotores de~una cimlizfiíñóri
urbana fundada' sobre acnvoslntercambios por tierra y por mar,
Tvíás aun que la vecmlacl; fue el^üd^T>^e~la,:leíígiia y de la religión,
unido a ciertas tendencias a la crueldad y a la voluptuosidad, lo que asegu­
raba a los étruscosj por contraste, una influencia especiáis abre el Lacio.
Y, por ende, dicha mfliipnrin fnp de signo orientalizante: tanto por sus gustos
como en el comercio, los "etruscos mirabañ~cafa^a Chipre y a Egipto. ST~se
helenizaron con rapidez, fue gracias a las relaciones que mantenían con la
Joma mas que con la Grecia propiamente dicha; y, por ¿treparte, en la Italia
meridional, los establecimientos griegos mas neos experimentaban, por gusto
y por necesidades comerciales, las mismas influencias (siglos vu-vi). ]
njsmo”, o sea una forma asiática de helenismo, selló toda la primera
¡ en el
• y
zación itálica y se prólóngo entre"ios etruscos y sus vecinos más que en el
mündü^fieK6^dé~~Occi3Mte7~$e~caracterizaba por un cierto extremismo, porp An
ufrjnerto exceso en Ja. búsqueda de sensaciones y' en su expresión:' que!
se~rtifoiiocc’r i e r e m o a otro de la "hiera tura"latina, en"”mayor o menor ^
grado.
Diversidad de reacciones. — La civilización etrusca y los influjos extran­
jeros actuaron de modo muy diverso en los diferentes grupos de población.
Dependía de que una vía comercial se afianzara o periclitase ante la compe­
lí tencia de otro trazado; dependía de los crecimientos'y'losíétrocesos políticos:
así la civilización, material (y, con ella, los cambios intelectuales) ganaba o
f perdía terreno en tal o cual lugar. Además, muchas veces, aunque procediera
^ ae Etruria o (especialmente) ae las ciudades griegas, sólo llegaba al Lacio
filtrada y modificada por los sabinos, los campanienses, etc. En la Italia.
central, todo cantón de alguna importancia se convertía así en una especie
do-orisol- dendü lat>cualidades ctel terruño y las influencias extranjeras se
^combinaban de modo desigual, y que a su vez actuaba sobre sus vecinos:
Preneste, muy orientalizada en el siglo vn, volvió muy pronto a ser latina, o,
mejor dicho, grecolatina en sus gustos; Falerii, oprimida por los etruscos,
tomó una fisonomía mixta tan poco evolucionada, que los antiguos no podían
alcanzar con exactitud su origen (próxima a la de los latinos). Sólo la impor.-^
tancia política creciente de Roma fue sistematizando paulatinamente esta j tancia política creciente ae noma iue sistematizando paulatinamente esta
anáx^uia^cuítural y péfmiüó. transcurridos algunos siglos, jmaP er i tación |
intelegtaal^efflft v
24
Condi ci onami ento hi stóri co
ROMA. LOS INICIOS Situación de Roma. — Las aldeas latinas y sabi-
DE SU EVOLUCIÓN ñas, de vocación agrícola, que se establecieron en
las colinas próximas a la isla Tiberina, sólo logra­
ron transformarse en una ciudad, según parece, gracias a la acción de elemen­
tos etruscos, procedentes de la otra orilla del Tíber. Y Roma debió su im- _
portancia y una gran parte de su fisonomía al río cuyo trafico controlaba en
su^rotalid¿T3~TirtÍyüGnfe ciüeTa través dé'lHIarUgaba-d-fcgffio'a la Etruria.
Caüdad mixta, ciudad de paso, se hallaba desde un principio abierta a toda
clase- de influencias, incluso- por su lia mira deTp as tízales v cultivo, donde
saHInos y~Tatinos Emprendían frecuentes y recíprocas “razzias”. En ello es-
triba su originalidad v. por decido así, su misión providenciad
Roma, Etruria y el Lacio. — Dueños de la Camparía en el siglo vi-los
etruscos lo fueron también dftJRomn. v.- raafiias"a ella—sin-duHn nnminá£an~'
entontes"al~Lacio, que separaba" susclos^zoha.^fi^nmim^ Las consecuencias
d^teSíoF~acoñtecimÍentos” fueron "de extrema importancia. En primer lugar,
prosperidad considerable de Roma: ello es patrimonio de las ciudades-de
tránsito._a] establecer puerto franco y comisiones. Y, además, el vigoroso
aügejde la civilización^etrusca: construcciones, artes plásticas, mentalidad.
■-g'T^rapciéii.dt;. lu lengua sin duda; todo en Roma fue errusco,. V este auge se
.mattéwvcrduradero, imborrable erfalgunos dominios. Sin embargo, la grandeza
b. que Roma debía a los etruscos le aseguraba un papel de primer orden entre
las ciudades latinas; y así se mantuvo en su beneficio la posibilidad de repre­
sentar ¡el espíritu latino. Después, los intereses de los etruscos en la Cam-
pania osea, en contacto directo con ciudades griegas (Cumas, Posidonia, etc.),
originó, a través del Lacio, y en beneficio particular de Roma, una cociente
mixta de civilización, netamente helenizante, y en un momento en que el
helenismo florecía vigorosamente.
Las vicisitudes históricas.'.— La expulsión de los reyes de Roma (fecha
tradicional{509)j en coincidencia con iin declinar universal del tonismo, señala
1á~~det^~encia“dél poderío etrusco. qiie va^i ^continuar dura titeados siglos,
Baio la eiervesceñcia^gala’ ar iSlorte y ios ataques de los latinos y de jo s,
griSgSllí^^ur..Jt,ara el desarrol!o*untelectual^cIe Moma; ello representó un
refxoceso muy^^fave. Uhá^aristocracia rural, en su mayor parte indoeuropea
—en el caso de los latinos reforzada por poderosos elementos sabinos, anti­
guos o recientes—, rechazcWigoro samen te los progresos que la “jplebe” (= mul­
titud de gentes mez^adasf urbana habia realizado ba;o los r^esi etruscos,
AI mismo tiempo Roma, desbarbada de su posición preponderante y sin dudán’’'
de su riqueza, debió emprender lentas y penosas luchas para imponerse de
nuevo entre las ciudades del Lacio.
Los logros de un siglo de civilización se perdieron así sin dejar otro
rastrcfüterano qu(T vagau huellas en las antiguas levendas de 11ornad Parece
, adiViñ&fgfe üñá' gspéCié de anarquía moral e intelectual: gl etrusco cjmtiniia
si6TTdo"Tengua de cuttura de la aristocracia; iq^plebe urbana se"orienta más
¿jnTmT*ha.cia las ideas y los cuWs griegos. Sin_ emBargo, éfl niudio dtT guerras
y de penosas discordias, se forja una "Roma más laBna. La conquista de
LOS ORIGENES DE LA LITERATURA LATINA
sorprendente, e incluso prometedor en su torpeza.1Todas Jas realidades de la
vida „cotidiana, las minucias del campo, _de_la. casa,...de. la familia, nutren
la imaginaciónjdel latino: fuente-de poesía íntima y realista.
Las grandes fuerzas cósmicas se las representa, sin duda, de modo menos
vivo y también menos antropomórfico que los griegos. Posee o adopta dioses
de fisonomía oscura, mal definida: Jano, el de doble rostro; Vertumna, siem­
pre cambiante, en la que se mezclan confusamente las preocupaciones huma­
nas y un vago sentimiento del universo. Una comunión bastante misteriosa se
deja adivinar en el apego del romano a las fuentes, a los lagos montañeses
cercados de bosques, en su gran familiaridad con animales-fetiches (lobo, oca,
serpiente, etc.), en su fe en los prodigios, a menudo infantiles, pero ¡cuánto
más poéticos que los oráculos en que se proyecta la perspicacia de los griegos!
Se imagina, mejor que ellos tal vez, Jo sorprendente de la metamórfosis; y lo
maravilloso de las supersticiones se mantendrá tenaz en Italia..., Actúan en
ello fuerzas confusas, neutralizadas en la mayoría de los casos entre los
romanos por las necesidades de Ja acción práctica, pero que entre los maes­
tros escritores, Lucrecio, Virgilio, Séneca, se convertirán en un sentimiento
profundo y ansioso de relaciones entie el hombre y la naturaleza, o en pres­
ciencia de Dios en la soledad.
^ “La lengua. —La lengua latina se nos muestra suavizada_por el trabajo
de los. literatos, mientras que sus primas de Jtaíia, eí timbro y el oseo,... sólo...
nos son conocidas a través..d_e...las...ins.crip_ciones, por demás poco numerosas..
Sin embargo, la comparación áyüda'a definir J a profunda originalidad del
latín y su ritmo.
El vocabulario, en el momento en que se abre el período literario, es:
homogéneo, a pesar de ]os~présfámos."Hastante numerosos," tomados de las"
antiguas lenguas mediterráneas (en particular en lo tocante a nombres de
plantas), de los dialectos itálicos, del griego (en un principio por interme­
dian ósT luego directamente), incluso del etrusco ítérminos de civilización.
cofircrlubl procedentes del griego). Un largo empleo oral fortificó, comn snnpdñ
entre ios salvajes". ^t^aje^-proDitf^e cat!aÍ~p5tet5raT una Ha v ^
blóTlatinos permanecerán siempre cargados de mattcéT'párticulares, no lógi-
coyf^y^o—afoctiv u¿>, sorr ¿IgO que signos. Ljgs~clérivados ganan pronto
su indipewjenejarlos compuestos son raros.y, en lugáY“de ser de sentido
claró, como entre los griegos, toman a menudo, como las palabras antiguas,
un valor personal complejo. De ello resulta un embarazo para el ejercicio del
pensamiento puro, una carencia de precisión en el~diseño (agravada por
taita del artículo), pero, para escritores artistas, ello representa una tenta­
dora riqueza de tonos difusos;. por demás difíciles de manejar.
lUrtfcindenda dü kijTlaunos al análisis de las realidades humanas, en espe­
I. Vcrunctnr, Rcparutor, I mporcitor, Oburator, Occutor, Surritor, Subruncinutor, Mcssor,
Conuector, Conditor, Promitor,' cuidan de los barbechos, de 'su puesta en cultivo, de los surcos,
de la última labor, del rastrilleo, de la bínazón, del escardado, de la siega', del acarreo, del
enlrojamiento, de la noción de sacar el grano de! troje, etc. El niño llora gracias a Vaiicanus.
habla gracias a Fabulinus; Cuba lo duerme; Educa y Patina le enseñan a comer y a beber;
Abeona y Adeona, I terduca y Domiduca le obligan a andar y pasear y a volver junto a los suyos.
El espíritu y la lengua
cial las psicológicas y sociales, enriqueció progresivamente su lengua de térmi-
nos^abstractOjL—p^rn no puramente psicológicos o científicos ;~se unen, pues,
Fácilmente, en la frase, al vocabulario concreto, y este tipo de alianza vendrá
a ser —aunque bastante tarde— un recurso importante de la prosa latina.
El .sistema de flexiones (“casos” de los nombres y de los adifiljvfts) -£S-
men(55írusadó que entre ios griegos! el ablativo subsiste. Las ventajas son
cóireeidaa. flexibilidad en la construcción de la frase, posibilidad^de grandes
é'fectos psicológicos o descriptivos por Ja situación en inflar preferente (el la­
tín carga las tullas'sobré~el" formeipio de las frases) de los términos esenciales,
riqueza de sugestiones poéticas por la ligazón de palabras que^sin guardar
relación' entres!.. se tiñen,_por asi decirlo, de matices ^¿bi^íocos.
'Xa conjugación latina nocüenta con la voz media de lÓs~gí'iegos, tan rica
en tonalidades individuales: p_pro una serie de verbos, especialmente con
prefijo, revisten tales valores personales, va en virtud de una inuy lejana
ascendencia, ya S'fmp'lerrrelTto como consecuencia del uso. La gran innovación
del latín reside en la rigurosa distinción de los tiempos, wspécin1mentg-ai»-4fl
oposición entnTTo~yH~!acabado
E l 'admirable realismo de e s t e ' _______
ciófi entre el indicativo, modo de lo real, v el subjuntivo, modo de lo
eTcoñtrario, el optativo (modo del d^seo) no existe como torma
distinta; los participios son poco numerosos' v los que existen son poco em­
pleados la excepción del á^etivó-participio llamado pasivo) en el antiguo uso.
yC La escritura y ej lenguaje hablado.— Los latinos no aprendieron a es­
cribir su lengua hasta tme dos etruscos }e_s hubieroñ"tráñsi^icÍ Q-axoa-£Ía-i¿)¿i
altabetos. de J os griegos" cTe Ocridentc7~Pero~la escritura“Tüe' í gnorada_ por
l a inmensa mayoría deFpnebl n y durante mucho tiempo reservada para~la
transcripción oficial de contados documentos. Incluso en plena floración""
liter? Lna, las personas más instruidas llegaban a conocer" un libro no tanto por
legtura muda como por ñsra na .vru nlrn. Y nsi es como siem­
pre debería apreciarse un texto latino/
Y no" "sólo porque, en realidad," la flexibilidad y la armonía de las cons­
trucciones, junto con la razón de ser de las agrupaciones de frases por
yuxtaposición, encadenamiento o círculo, no pueden ser percibidas sino de
este modo. Es que el latín es, por entero,„una,.lengua.emotiva y_dramática,.
que desarrolla sus efectos en el tiempo, y con el sentimiento innato de la vida.
Multiplicó los procedimientos de reproducción de la palabra: estilo directo,
estilo indirecto, estilo indirecto libre, con los matices más delicados. Si resulta
poco idóneo para la investigación filosófica o científica, es admirable para la
pintura de la acción y el movimiento psicológico.
ritmo. — De sonoridad grave, bastante sorda, con cierta pesadez mo­
nótona en las flexiones, y con asperezas (en especial a causa de las guturales),
pero sin_aspiraciones y capaz de flexibles modificaciones, la lengua latina se
articulaba bien, y cada palabra tenía una intensidad inicial y un acento.
Este acento, al menos en la ¿poca clásica, era musical como el de los griegos
y. permitía, en los.grupos.de palabras, mocTufaciones variadas: más tarde, se
_ lerfecturn) y lo no acabado aún (infecturtil,
"pueblo se recono*T friimhiAn_pn T' - - 1-
f
hizo intensivo, como en alemán; en los orígenes lo fue quizá también: en todo
caso, los latinos fueron siempre particularmente sensibles al ritmo de la frase.
El trabajo acompasado (siega, trilla, sirga, etc.), los juegos de los niños,
requerían naturalmente el canto rítmico. Pero obedecí a la religión espe­
cialmente que se fijen las primeras formas artísticas de la lengua latina:
procesiones entrecortadas por estaciones (como en los Ambarualia: alre­
dedor dé los campos: o en la fiesta urbana del Septimontium); danzas con
triple redoble como la de los Salios, portadores de escudos sagrados; más
tarde acompañamiento de flauta en las ceremonias, etc. Sin conocimiento de
índole prosódica, las “fórmulas” (carmina) se organizan así en conformidad
con el genio íntimo de la lengua: en suma, esta labor fue esencial tanto
para el advenimiento de la prosa latina como el de la poesía.
Estas fórmulas, encantos o plegarias, proceden por fácil acumulación de
términos que insisten en la misma idea, precisándola a veces a continuación;
o por balanceo simétrico; o por antítesis. Incluso algunos nombres de dioses
ponen al descubierto estas tendencias y dan fe de su antigüedad: Aius Locu-
litis (“El que afirma, el que habla”), Panda Cela (“La que descubre y oculta").
Refranes mágicos y preceptos rústicos las llenan groseramente, en espera
de que domine más tarde toda la retórica erudita de los autores clásicos.
Así ocurre con la copla que se cantaba el 11 de octubre en los Meditrinaliú,
y que recuerda el tiempo en que el vino únicamente se utilizaba como medi­
camento:
Vetus nouum ui num hi bo, Viejo o nuevo, bebo vino,
ueteri nono viOrbo medeor. viejo o nuevo, mi mal curo.
o la siguiente noción de experiencia agrícola que Virgilio recogió (Geórg,, I,
V. 47):
. Hi berno vul nere, uerno luto, Con un invierno seco y una primavera
grandi a farra, Cami l l e, metes. segarás, Camilo, hermoso trigo. [fangosa
Más específicamente latino aún es el gusto por la aliteración, que agrupa
numerosas palabras que empiezan por el mismo sonido, y por una asonancia
muy semejante a la rima. Ambos procedimientos serán aún utilizados, aunque
con criterios selectivos, por Lucrecio. El segundo escalona, con brutal clari­
dad, la serie de grandes hazañas de las que se vanagloria Apio Claudio
el Ciego.
... Compl um oppi da de Samni ti bus cepi t,
Sabi norum et Tuscorwn exerci tum fudi t,
paccm fi eri cum Ptjrro rege prohi bui t,
m censura utmn ApíJiam strauit 7
et aquam iti urbom adduxi t,
aedem Bcllúrtae feci t.
Corpus I mcri pti onum Lati narum, I, 28, p. 287.
... Se apoderó de numerosas ciudades entre los samnitas, derrotó al ejército de los
sabinos y de los etruscos, se opuso al establecimiento de una paz con el rey Pirro; siendo
censor, construyó la vía A pía y dotó de agua a Roma; construyó un templo a Belona.
LOS ORIGENES DE LA LITERATURA LATINA
30
Tendenci as y di rectri ces l i terari as
El verso saturnio. — El propio verso nacional (de origen itálico, quizás
etrusco, y no específicamente latino), el saturnio, presenta.tantas, .libertades
métricas-—o lo que nosotros tomamos por libertades—, que da más bien
^^impresión ele ..estar regido por un ritmo que por una voluntad melódica.
Desde Varrón, los eruditos han querido ver en él un septenario yámbico
cataléctico (7 yambos, ui_>z de l°s cuales el último estaría incompleto), o
un senario trocaico {6 troqueos, J_u) con anacrusa (una sílaba independiente
aí principio). Tal sería la escansión de un saturnio célebre: a
u i H ± ul _ i ui ui u
Dabunt mal uj n Metel l i j| Naeui o poetae,
Los fíetelos darán su merecido al poeta Nevio
Pero la única realidad evidente es que el saturnio representa un sistema rítmi­
co de dos.partes desiguales,.de.las que la segunda (al menos en este ejemplo)
es J a. más bxeyjs,.. a la inversa de lo que ocurre en el antiguo verso épico
francés:
RodUrnz feri t |¡ el pedrom de sartaigne
Roland golpeó en la masa úc roca,
y es capaz, como éste, de grandes efectos a la vez monótonos y chocantes.
3. Tendencias y directrices literarias
Los más antiguos monumentos de la lengua latina nada tienen de litera­
rio.4 Sm 'dúdaT ciertCS óOlegios de sacerdotes conservaban religiosamente
¡algunas fSrmulas o “cantos” (carmina) que en los tiempos clásicos ya no
comprendían: poseemos, gracias a Varrón (De lingua latina, VII, 26), el de
los danzarines Salios, sacerdotes de Marte, pero no estamos seguros de que
se nos hayan transmitido correctamente; y, por una inscripción del siglo m
de nuestra era, el de los hermanos Arvales, que honraban a una antigua diosa
agrícola, Dea Dia. Pero estos carmina no formaban parte, a los ojos de los
romanos, de la literatura, y su interpretación es en extremo incierta.
2. El signo — indica una sílaba larga; v una sílaba breve. Normalmente una larga equi­
vale a dos breves.
3. Otra escansión, más sutil, divide al verso en una Itíliapodia yámbica cafalécHca y uno
tripodia trocaica. Vér.sc más adelante, p. 51 s.
4. Una fíbula de oro (especie de horquilla) de Preneste, en la que aparecen cuatro pala­
bras que indican el artesano y el destinatario (¿hacía 600?); —un cipo mutilado, en el que
sólo algunas palabras resultan comprensibles, encontrado en el foro de Roma {primera mitad
del siglo v); —una dedicatoria religiosa (?) de la que no sabemos siquiera cómo separar las
palabras, grabada con punzón de derecha a izquierda en tres pequeños vasos soldados entre si,
encontrados también en Roma.
31-
•'V
LOS ORIGENES DE LA LITERATURA LATINA
Tradición oral y literaria.—La ley de las XII Tablas (^alrededor de
450?); dé la que poseemos un .-ransifWnhlp remero de prescripciones bajo
una~forma remozada, era, por el contrario, aprendida en las escuelas roma­
nas; y ciertos discursos de Apio Claudio el Ciego, censor en 312, eran aun
leídos por CicerónTAntes de Ü40. con la primera obra ele Livio AndrSnico, se
'^reduce- a l o citado el contenido oficial de las letras latinas. Sin embargo,
algunos han pensado que deberían transmitirse de generación en generación,
oralmente, pero bajo una forma cada vez más lograda —tendiendo a adquirir
el carácter de “obra literaria”—: tradiciones que reflejarían la experiencia y
las aspiraciones del pueblo latino. La hipótesis nada tiene de absurdo: los
galos poseían largos poemas religiosos, cósmicos, épicos, que se perdieron
por completo porque no conocían la escritura.
Para .que ..una ..tradición .oral., adquiera una „cierta solidez, se requiere ade-
-~mÁs..que-sa..iransmisión,sea-.ob]eto ,, da. escrúpulo, religioso» o se vea apoyad a
Í
)or ciertos puntos de referencia inmutables, o al iriehós sea renovada"^a
ecfers~fijas-en_Cifcíins tan cías solemnes, siempre idénticas. Los latinos—conta-
ban, con toda seguridad, tabulas de animnlp^ pRro ¿nrlnpl-arnn alguna vez
dichas tabulas, en los siglos v y ry, una forma lograda, ya “literaria”? Y si
poseían (es una hipótesis) cantos nupciales, funerarios,’ convivales, ¿debemos
afirmar, por ello, la existencia de un lirismo nacional?... Únicamente en
materia ..de historia semiépica (hipótesis de Niebuhr) y. de arte dramático ___
parece-posible -hablar.-.con...bastante "legitimidad, de tendencias preliterarias
„nacionales.’
Preparaci ón para la hi stori a. — Líl...aristocracia..dirigente,_pplítipa_y reli­
giosa,„había. acumulado. en Roma, desdernü^ho tiempo atras. "una- docmneH-
taci ^g.eD .extr.emo..yari acla,'~eiria.que. se..satisfacían_su espíritu„doxontinuidad,
su^asj on organizadora y su vanidad nobiliaria.
TT.0 Jin principíp, setrata ba de simples listas, unas de contenido religioso
(y también político), como el Calendaño y la relación de los días fastos (en
los que se podía administrar justicia); otras, aparte de su interés por el
cómputo cronológico, atestiguaban la continuidad del gobierno y de la reli­
gión nacionallistas de magistrados anuales (Fasios'consulares),. de. pontífices;,.
2.° Más tarde }jComTnentarii (ú libri) que registraban los actos más impor-
tantes de los reyes J o-“reyes de sacrificios”)^pontífices, augures, salios, etc...,
de modo que se pudieran hallar y utilizar sus enseñanzas en caso de ne­
cesidad;
3.° De interés más general eran los Anuales Maximi o Anales de los Pontí-
fices, en los que se registraban anualmente los grandes acontecimientos de la
historia de la ciudad, en especial‘ —es' cierto—’ ’los prodigios y los^aconteeeres
de’orden religioso;
4.° Los tituli y los elogiaren los que, por el contrario, las más importantes
personalidades del estado enumeraban.con una sequedad orgullosa sus. haza­
ñas y actos meritorios, tenían un carácter marcadamente civil y militar; docu­
mentos muy preciosos para la historia de Roma, de haber podido fiarse ente-
ramente de ellos.
He aquí, a título de ejemplo, el epitafio de L. Cornelio Escipión, en dos
É f e
32
Tendenci as y di rectri ces l i terari as
fragmentos, conservados en el Museo del Vaticano y en la Biblioteca Bar-
berini:
L. CORNELIO L. F. SCIPIO
AIDILES COSOL CESOR
HONC OINO 1'LOmVME COSENTIONT R[oMA X]
DVONORO OPTVMO FV J SE VIRO
LVCIOM SCLPIONE FTL1DS D ABC A TI
CONSOL CENSO« A IDILIS HIC FV ET a [ i 5V10 VOS]
HEC CEPI T CORSlCA ALEBIAQVü; VRI3E
DEDET TEMRESTA TEBUS AIDE M ERETO[n]
El titulus nos indica el nombre y los principales cargos del difunto. El
eloginm, más reciente, está escrito en versos saturnios. He aquí la traducción:
“L. Cornelio, hijo de Lucio, Escipión, edil, cónsul (en 259 a. C.), censor
(antes o después). Éste, según el testimonio común de los romanos, fue el
mejor de todos los hombres honrados, Lucio Escipión. Hijo de Barbado, fue
entre vosotros cónsul, censor y edil, conquistó Córcega y la ciudad de Aleria,
y consagró a las Tempestades un templo en acción de gracias”.5
Si bien las inscripciones triunfales o funerarias no podían, sin duda,
acrecentar hasta la desfachatez la exageración o el disfraz de los hechas, no
es menos cierto que había otros elogia, cuyos excesos eran muy propios para
revestir el pasado de colores épicos: elogios fúnebres (se atribuía la iniciativa
a Valerio Publicóla, en los primeros tiempos de la República);, lamentaciones
ante la muerte o nenias, y (si han existido en realidad) esos cantos heroicos
sobre los antepasados, ejecutados en los banquetes, de los que nos habla
Plutarco.
Incluso parece que debemos reconocer en la antigua historia de Roma,
tal como nos la han transmitido Tito Livio y Dionisio de Halicarr.aso, algo
más que una mera novela imaginada por los griegos, como algunos lian
creído: no sólo las preocupaciones y las ideas centrales (inquietudes' jurídicas,
abnegación por el estado, rigidez moral) son de tinte romano; pero se desarro-
llan muchos episodios (Horacio Cocles. Coriolano, Virginia, etc.), en forma.
dramática, con puesta en "escena"," etectismos teatrales, coiiclusión religiosa o
moraCen que podría prolTatol emente ponerse de manifiesto una antigua ela;
boración mítica antChOf ""a~~3D puéfeta"en~forma'~lÍteraria o pseudoTñsfonca.
como Kan demostrado los estudios de G. Dumézil. Pues .se hallan entreinezcla-
dos muchos elementos antiguos (indoeuropeos, etruscos, sabinos, campanien-
ses), de los que no parece posible que los redactores de la época clásica hayan
podido tener clara conciencia.
De modo que la historia y la epopeya histórica poseen en Roma antiguos
fundamentos. ’ ------ - ■■■ • - --------------- -— '
Tendencias al drama. — Las formas dramáticas poseen también lejanos
orígenes aunque mucho más complejos, por ser en parte populares, incluso
pleoeyas, y por tanto sometidas a numerosas influencias extrañas.
5. Este epitafio aparece comentado en el Recueil de textes latir¡s archaiqties de A. Ernout,
LOS ORIGENES DE LA LITERATURA LATINA
No_obstante, en el fondp_misrno.de la. religión nacional aparecen rasgos
drarfiatiajs: las ceremonias se componen de actos muy distintos, a menudo
separados' por largos intervalos; y el gesto debía acompañar con rigurosa
exactitud al enunciado de las fórmulas inalterables. En ocasiones la mímica
resultaba impresionante: el día 24 de"febrero JRegifugium), por ejemplo, el
‘‘rey de los sacrificios” debía escapar inmediatamente del lado de la víctima
inmolada; el 15 de octubre, los fieles se disputaban con ardor la cola del
caballo que acababa de ser sacrificado (October equus). El ritual de los Salios
y de los hermanos Arvales requería cambios de atuendo, procesiones y esta­
ciones, sacrificios, melopeas y danzas a tres tiempos (tripudium); el de los
Lupercos estaba acompañado de mímica, disfraces y carreras en torno al
Palatino: ambos ofrecían todos los elementos necesarios para una acción
dramática.
Pero, al lado de estas formas reglamentadas, las fiestas populares permi-
_ten V dan pie a una creación más espontánea, que se esparce sin embargo a
. f,echa~fija7_el tiempo de las cosechas en partí cu lar, _.al„a ni m ara J a_fi e sta_al a
par que obliga a las acciones de gracias Jiacia [as cüyimdad^
exalta una imaginación realista, tosca, pera llena de vitalidad. En ese momen-
to, Jos italianos se entregan a su propio .genio de im provisación, de gestos y de
palabras. Así resulta que un mismo fondo de comicidad nutre a todos los
temas iguales: de ello se espera obtener un placer. La bufonada, la obsceni­
dad, la sátira más libre, la mascarada se mezclan entre sí. La religión aporta
un cierto orden, en especiaría de las divinidades griegas de la Italia meridio­
nal, sobre todo Demétcr (adorada bajo el nombre de Ceres), desde muy
pronto adoptada por la plebe: este orden no tiene sin embargo ni la rigidez
ni la solemnidad de las ceremonias patricias.
Menos'TüTfiSña que italiana,""esta actiVidnd popular enriqueció la literatura
latina con elementos importantes: los cantos fesceninos eran groseras impro­
visaciones satíricas en versos.saf-nmira;,sn nombre indica su origen (Fescen-
nium era una ciudad falisca), o bien su carácter semirreligioso, pues se
decía que las obscenidades conjuraban la mala suerte: 6 se recitaba siempre
en los cortejos nupciales y en la pompa del triunfo —el mismo espíritu reina­
ba en las farsas campan¿enses, que, mucho más tarde, se aclimataron en
Roma bajo el nombre d^Melanag—, y también, según parece, en la satura o
“mezcla” 7 de coplas, b aiTes, mímicas, de donde podía surgir lo mismo una
acción dramática que diferentes tipos de sátiras.
Pero la organización artística, aonde„más tarde ..se.„insertó, .el.teatro,_se_
"f debela los etriiscos^~Co5 tUüjrog'TElll’loros de Ruma (ludí) T?on--9tre- daneasr~siTS
. exhibiciones, sus‘"“concursos” atléticos, sus carreras y combates de gladiado­
res recibieron su forma reglamentada de los- etruscos y de los etruscocampa-
^nienses. De sus tierras llegaron a Roma los flautistas (tibicines), los danzarines
6. Fíiscinus significa amuleto fdlieo.
7. Tal es la etimología de los antiguos: la satura latix era uua mezcla do frutas o legum­
bres, o un surtido de primicias ofrecidas a la vez a Cercs. Mommsen relacionaba la palabra
con satur (harto): aludiría a las expansiones propias de las personas que salen de una fiesta
bulliciosa. Un origen ctruseo no queda del todo excluido,
34
Tendenci as y di rectri ces l i terari as
de mimos (histriones), probablemente también los primeros usos de la más­
cara (persona): la tradición afirmaba que en 364 se producía una intrusión
masiva de elementos etruscos (para conjurar una peste pertinaz), de donde
cíebíaTsurgir el teatro latiño'TTito Livio, V1JL, 2). Sin embargo, la inclinación,
muy viva entre los latinos y los italianos en general, a mezclar los géneros
y a buscar el contraste de los efectos subsistía en medio de aportaciones
de toda clase; subsistirá, en parte, en la comedia de Plauto. Pero las leyendas
griegas, en especial las trágicas, muy admiradas y a menudo representadas
por los etruscos en sus sarcófagos o en sus urnas funerarias, y tal vez en su
teatro (pues sabemos por Varrón, De lingua latina, V, 55, que un cierto Volnio
había escrito tragedias etruscas), puestas en escena con todo lujo en las ciu­
dades griegas de la Italia meridional, eran familiares a los latinos y les
brindaban abundantes ejemplos de unidad dramática.
El derecho y la redacción jurídica.— Sin embargo, estas aspiraciones a
crear una literatura histórica o épica, dramática o satírica, no iban a encon-
tra%^i!TO5^tabfes Msl^.habfírsfí..fíT]i:iqneí;idr2 nHiin^antemente de elemen­
tos extranjeros y, pth pnrHniiU¿...pr>r Hp Toe griegos. El derecho, en
cambio, al desarrollarse desde una base substancialmcnte.-latina. formuló
pFÓnto sus_pcmg¿pios ríe p^gma). que pueden considerarse 4a prime­
ra* expresión artística de la prosa Íatina_-
'“El proceso, como acto religioso, se representaba en la antigüedad, entre
los latinos, como un drama: el que reivindicaba, por ejemplo, un campo
debíá trasladarse allí con el juez o, al menos, disputar ante su adversario
con un terrón que representara el objeto del litigio; gestos y palabras, estereo­
tipados, eran esgrimidos por los litigantes como lo hubieran necho dos perso­
najes de tragedia. Estos rigurosos sainetes, que representaban el proceso de­
lante del pretor, se llamaban “acciones legales” y eran conservados secreta­
mente por los pontífices, que no “revelaban las fórmulas” mas que cuando les
parecía bien: el edil Cneo Flavio las divulgó en 304. Pero ya sólo, eran
residuos arcaicos. La gran novedad databa entonces, según una tradición
sospechosa, de hacía siglo y medio: consistía en la ley, laica y pública, válida
tanto para patricios como para plebeyos, que los decenviros de 450, según
se decía, habían grabado en doce tablas de oronce; un gran esfuerzo, en ver­
dad, de codificación y de redacción.
Aunque modernizado, pero con un cierto gusto especial, el estilo de los
fragmentos que nos han sido transmitidos justifica la admiración/ incluso de
grandes escritores, como Cicerón. En primer lugar, por la simplicidad, que
pone de manifiesto el análisis y la deducción espontáneos del redactor: las
estipulaciones que agotan una materia se continúan cronológicamente, sin
ligazón expresa, sin indicación del sujeto de la acción, cuando ella misma
basta para sugerirlo, con la libertad propia del hablante del “estilo oral”:
Si nox furturn faxsit, si i m occi si t, i ure caesus esto.
Si [alguien! roba de noche, si [el propietario] le mata, sea legítima su muerte.
Pero se nota también una nitidez concisa, una autoridad hiriente, que dan
la impresión del chasquido, mas no son sino preocupación por la exactitud
35
LOS ORÍ GENES DE LA L I TERATURA L ATI NA
v procedimiento mnemotécnico. Antítesis, quiasmos, anáforas,8 que se trans­
formarán más tarde en ornamentos retóricos, gradúan y dan ritmo a las fór­
mulas, a veces como un carmen, con gran diversidad de recursos:
Adsi duo ui ndex adsi dues esto; proletario iam ciui qui s uol et ui ndex esto.
Un residenciado tenga como garante a otro residenciado; un proletario tenga por
garante a quien le plazca.
Sí poter j il ium ter uenumdaui t (?), fi l i us a pai re l i ber esto.
Si un padre vende tres veces a su hijo, quede el hijo libre de la potestad paterna.
Apio Claudio el Ciego. — El_ÉSüIo._de_.las..XII,.Tablas, adaptado a su
materia y representativo de su tiempo, posee ya cualidades literarias. Incluso,
tal vez, revela en ciertas partes la personalidad "de un redactor bien dotado.
Pero el primer “escritor” latino no aparecerá hasta finales del siglo rv: Apio
Claudio el Ciego, censor en__3I2, cónsuI en_307,y_ ¿96.
_D.e.jvdeja..y- -orgullosa. nobleza^.sabipa, Apio Claudio..no_deió._.por„elIo. de
seguir una política casi revolucionaria en favor de la plebe, inclyso
libtTfDs. Seinclino también hacia el helenismo. Pero su helenismo nos parece
complejo^ tal vez sentía una vocación personal hacia el pitagorismo^filosofía
de tendencias "aristocráticas y religiosas de la Magna Grecia; y también —como
una gran parte de la plebe— hacia formas de culto más helenizantes (como lo
revela, por ejemplo, la reglamentación del principal santuario romano de
Hércules); pero también le caracteriza una clara vnhintgd pnKh>a dq nnVntar
eJ_porvenir jde'Kuiiia cata al mediodía de la península: ahrió pn pcf-a Hírerv
, . ciÓD J a .cantgggalque_jomO su nombre: v si, ciego e inválido, mandó •que J a
llevaran al Senado para oponerse a que negociara con Pirro (280), ello_s_e
debió a su deseo de reservar para Roma el pleno dominio la~
_Sui.pamotism.o_y sus ^.aficiones se^cpnjugabanconuna. admirable visión del
^tufü: pero ¿u audacia innovadora , parecía _.sacrílega7_a .Ios_.miembros , de
surcasta. ' -------------- ----------------------
Se ocupó de la lengua, estableciendo como definitivo el | >aso del sonido s
al SPntátTrentre dos voc¿lesí rotacismp Ly/Umusitii se convi r tTrt^n N umeruis);
„ y del derecho (tratado De\ ísurprxttümbus). De jó escritos discursos que eviden­
ciaban, Tegún parece, un cierto. prado ^efe^elocuencia,; y__una rnlección de
sentencias“morales en saturnios (Carmen de moribus) que. Cicerón (Tuscula-
¿5*71 V, 4) llamaba pythagoreum. comparándolas con tos versos dñradn<;w_dp
Pitágoras; sin embargo, los fragmentos tan escasos que, nos han llegado no
p entufen j<£zgar acerca de su arttí. Pero lunemas, estrictamentepráctícos y
de 'acuerdo con una tradición anstocr¿tica.(de .la que volveremos a encontrar
rastros, ciento treinta años más tarde, en Catón)., oontrnsK™
_cpn el helenismo activo v ardiente de su política. Nuestro hombre, el mejor
dotado para realizar laT síntesis grecorromana y plebeyo-patricia, se detuvo
a medio camino en lo que a literatura se reiteré.
8. El quinsmo es un entrecru2amiento de expresiones simétricas (ABB'A'; AB'A'B; etc...);
la anáfora consiste en repetir la misma palabra al principio de miembros sucesivos - de frases:
36
/y i
^A spectos generales de la evolución literaria en Roma. —El propio rit­
mo de la evolución literaria de Roma se deja ya sentir en esta lenta y desigual
inicia ción: sin cesar alternarán movimientos de abertura al Oriente griego y
de aislamiento nacional: en "unos momentos, las-dif erencias entreoías dos
Formásde^ civilización. gnega~~v latina, se atenuarán, hasta desaparecer prác­
ticamente^en otros, se agravarán de modo msospgchado/ 't'orotra parteólos
' autores latinos, en su impaciencia por servirse roméjor posible de toda la
literatura griega, llegarán o bien a mezclar todas sus enseñanzas o a in-
j3Qy^al mismo tiempo en sentidos muy diversos. Dominarán, asi,"Individua­
lidades superiores, difíciles de inscripir dentro de una linea regular de
continuidad: éntre Plauto y l erendo, entré~Lucrecio y Virgilio, "¿quien^diría
que sólo media una generación de intervalo y que utilizaron los mismos
modelos?
No obstante, conviene no separar nunca el estudio de las letras latinas
del de las griegas, sin las cuales no podrían ni comprenderse ni valorarse.
Porque, de una parte, Roma contümó la htera&ga^grififlrt y-üevó_a_un prado
de perfección mas amplío v más hnman?Tíac r^^iTTsta^Jnr^rtas del penado
alejandrino^ en otro sentido, realizó" uña síntesis cfoKleTnente original: com-.
bin5~las ^lecciones dq Jcscl¿sicos~Tcin Jas~de los^áléíán'drinós, elintegró^en^el
"helenismo el espírituaer Occidente" m e dit.erxáne.o _y ^m á s_ta r d e t delsep.ten-
tríonaT
estudio de esta evolución, desigual aunque continua, abundante y
sabrosa aunque culta, compleja y óriginal, ha ele ser' necésafiamen te"'complejo.
Pero aparece rico en enseñanzas y ^en consecuencias, pues todo el equilibrio
de civilización en el que vivimos hace mil quinientos años depende de esta
necesaria transposición del genio griego bajo forma itálica, más tarde europea,
en el esquema de la conquista y de la organización romanas.
Tendenci as y di rectri ces l i terari as
9. Así se denomina fil período que acompañó y siguió a las hazañas de Alejandro Magno
(fines del iv, m y a a. C.).
BIBLIOGRAFÍA
J. Vend u yes, L e l angage: i ntroducti on l i ngui sti que à Vhistoire (París, 1921); M. Eber t ,
Real lexi kon der Vorgeschi chte (Berlin, 1924-1932); A. Meu x et , I ntroducti on à l’étude
comparati ve des l angues i ndo-européennes * (Paris, 1937); A. Ca iwo y, L es I ndo-Européens
(Bruselas, 1921); C. Sc h uc h a r d t , Alt Europa * (Leipzig-Berlin, 1926); P. Bo sc h -Gi mpër a ,
L es I ndo-Européens. Probl èmes archéol ogi ques (trad, fr., Paris, 1961). — A. Ro sen ber g ,
Der Staat der al ten I tal i ker (Berlin, 1913); G. Dev o t o , Gl i anti chi I tal i ci * (Florencia,
1952). — M. PALLOmNoj La ci vilisation étrusque (París, 1949); Etruscol ogi a* (Milán,
1955); R. Bl o c h , L 'Êtruri e et l es Étrusques (Paris, 1955); A. Hus, L es Étrusques (Paris,
1959); J. He un c o n , La vi e quoti di enne chez l es Étrusques (Paris, 1901; trad, ital., 1963).
R. Bl o c i i , Les ori gi nes de Rome (Paris, 1959); P. d e Fr a n c isc í , Primordi o civitatis (Roma,
1959); R. Bl o c h y J. Co usin, Rome et son desti n (Paris, I 960); H.' Bajr don, I l geni o
latino (Roma, 1961); ed. fr. L e géni e latin (col. Latomus, Bruselas, 1963)^ P. Gr ï ma l ,
La civilisation romai ne (Paris, 1960); J. Ba yet , Hi stoi re pol i ti que et psychol ogi que de
la rel i gi on romai ne {Paris, 1957; trad, ital., 1959).
1. CONDICIONAMIENTO HISTÓRICO
2. EL ESPÎRITU Y LA LENGUA
A. Met l l f .t , Esqui sse d'une histoi re de la l angue l ati ne* (Paris, 1938); A. Gr en i er ,
L e géni e romai n dans la rel i gi on, la pensée et l ’art (Paris, 1925); G. Dev o t o , Storia dél ia
l i ngua di Roma (Bolonia, 1940).
F. M ü l l e r , Al ti tal isches Wörterbuch (Göttingen, 1926); H. J a c o r so h n , Altitalische
I nschri ften (Bonn, 1910); V. P i sani , L e l i ngue del Tl tal ia ahti ca ol tre il Latino (Turin,
1953); A, E r n o u t , L e di al ecte ombri en. L exi que du vocabul ai re des Tabl es eugubi nes et
des inscri pti ons (Paris, 1901).
J. Ma r o uz ea u, L e latin 1(Paris, 1927); I ntroducti on au latin (Paris, 1941). — A. Meel l et
y J. Ven d r yes, Trai té de grammai re comparée des l angues cl assi ques * (Paris, 1948); St o l z -
Schmajl z y L eumann-Ho f mann , Latei ni sche Grammati k8 (Munich, 1928), revisada por
A. Szantyr (1963). — A. Wai.d e y J . B. Ho f mann, Latei ni sches etymol ogi sches Wörter­
buch * (Heidelberg, desde 1930); A. E r n o ut y A. M e i i : i . e t , Di cti onnai re étymol ogi que de
la l angue l ati ne (Paris, 1931, 4/ ed.; 1960); A. Er n o ut , L es él éments di al ectaux du voca­
bul ai re latin (Paris, 1909);’ J , B. Hofm>nn, Latei ni sche Umgangssprachea (Heidelberg,
1936). — M. Nied er ma n n , Préci s de phonéti que hi stori que du- l ati n11 (Paris, 1953);
A. E r no ut , Morphol ogi e hi stori que du latin * (Paris, 1953); Ben n et t , Syntax öf earl y
Lati n (Boston, 191Ö-1914); J. Wa c k er n a g el , Vorl esungen über Syntax (Bâle, I *, 1926;
II , 1924); E. L ö f st ed t , -Syntacti ca (Lund-Paris',' 1928-1933); A. E r n o ut -F. T homas, St/n-
taxe l ati ne1 (Paris, 1953). *
M. H ammahström, Bei träge zur Geschi chte des etruski schen,, l atei ni schen und gri echi s­
chen Al phabets (Helsingfors, 1920); A. G r en i er , L'al phabet de Marsiliana et les ori gi nes
de l ’écri ture à Rome (Mél anges de l ’Ecol e de Rome, 1924). . ..
Bibliografía
K. Foi-Heim, Di e l atei ni sche Rei mprosa (Berlin, 1925): W. I. Evans, Alliteratio latina
(1921).— A. W. de Ghoot, L e vers saturni en littéraire (Rev. d'Êt. lat., XII, 1934). Sobre
el verso saturnio véase en la actualidad M. Babchiesi, Nevi o épi co (Padua, 1902), p. 310-
327; N. I. Herescu, La poési e l atine. Étude des structures phoni ques (Paris, I960).
V
3. TENDENCIAS Y DIRECTRICES LITERARIAS
O. Bíícxel, Psychol ogi e der Vol ksdi chtung {Leipzig, 190G); C. Pascar Feste e poesi e
anti che (Milán, 1925). — P. Lejay, Hi stoi re de la l ittérature latine des ori gi nes à Fl aute
(París, 1923); E. Cocchtà, L a l etteratura latina anteriore all’i nfl uenza eUeni ca (Nápoles,
1924-1925).
W. Corssen, Üfigines poesi s Romanae (Berlín, 1846); J. Wordswohtii, Fragments
and speci mens of earltj Latí n (Oxford, 1874); A. Ehnout, Recuei l de textes latins ar­
chaï ques (París, 1910, nueva ed. 1957);
A. KeicHardt, Di e L i eder der Sali er und das L i ed der Arval brüder (Leipzig, •1910);
M. Nacinovicit, Carmen Arval e, 2 vol.. (Roma, 1933-1934); A. Pascou, Acta fratrum
Arval i um (Bolonia, 1950).
C. Thulin, I tal i sche sakrale Poesie und Prosa (Berlin, 1906); F. Luterbacheh, Der
Prodi gi engl aube und Prodigi ensti l der Römer (Burgdorf, 1904); A. Otto, Di e Spri ch­
wörter und spri chwörtl i che Redensarten der Römer (Leipzig, 1890).
E. Kornemann, Di e älteste Form der Pontifikal annal en (Klia, 1911); Stampini, I carmi
trionfali romani (Saggi di letteratura e fi l ologí a latina, 1917); F. Vollmeh, Laudati onum
funebri um Romanorum historia et rel i qui arum editlo (Neue J ahrbücher für Klass. Philo­
l ogi e, Suppl. 18, 1892),
W. Rowoldt, Li brorum ponti ßci orum Romanorum de caerimonii s sacriftci orum reli- ■
qui ae (Halle, 1906). — Leo, Über di e Vorgeschi chte des römi schen Dramas (Hermes,
1904); A. Piganiot,, Recherches sur l es j eux romai ns (Estrasburgo, 1923). — B. L. Ullmann,
The present status of the Satura questi on (Studios i n Phi lology, 1920); P. BoyAjNCÉ, A pro- *
pos de la satura dramati que (Revue des Études anci ennes, 1932); J.-P. Cèbe, La satura
dramati que et l e di verti ssement fescenni n (Rev. bel ge de philol. et d’hist., XXXIX, 1961).
P. F. Gibabd, Textes de droi t romai n* (Paris, 1937); XI I Tabul ae* (con trad. alem. '
y cornent, do R. Duell, Munich, 1953); C. W. Westrup, I ntroduction to Earltj Roman
Law, IV: Sources and Methods (Copenhague, 1950). — E. Lambert, La questi on de
Vauthenti cité des XI I Tabl es et des Annal es Maximi (Noue. Revue de droit français et
étranger, 1902); L e probl ème de l ’ori gi ne des XI I Tabl es (Rev. général e du droit, 1902);
P. F. GraAïuj, La loi des XI I Tabl es (Londres, 1914); M. Bhéal, Sur la l angue de la loi
des XI I Tabl es (J ournal des Savants, 1902).
J. Marouzeau, Trai té de styl i sti que l ati ne * (Paris, 1954); Quel ques aspects du latin
littéraire (Paris, 1949).
FORMACIÓN
DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
CA PÍ TULO I I
Durante la segunda mitad del siglo m se forma en Roma, en muy breve
plazc^toda una hteramni-comoleta, a ímitoejéa-de la de los'-grféTOs, como
■jCSultadriTdé- la frnn voluntad y el esfuerzo reflexivo dfí-uaos-4iQ^bre&-de
' T X^rtr/ ST”-™ Ennio. Corre el peligro,
por tanto, - de parecemos totalmente artificial. Mas no conocemos literatura
alguna que no haya sufrido, en sus inicios, la influencia del prestigio de
civilizaciones superiores: los propios poemas homéricos representan el 6n
de una larga elaboración de elementos muy diversos, y su novedad se debe,
en cierto sentido, a la ignorancia en que nos hallamos respecto a sus orígenes.
Por el contrario, vemos el proceso evolutivo de Roma en un medio totalmente
saturado de helenismo y podemos seguir, sin sorpresas, el progreso de su
formación intelectual. Y, por mucho que Roma corriera hacia su perfecciona­
miento, tuvo tanto que aprender de una literatura multisecular, que hasta
sus más originales creaciones revelan la influencia de sus modelos. Pero
esto no implica en sí mismo muestra alguna de debilidad; y la belleza de las
obras no sufre por ello menoscabo.
Las etapas de influencia griega. —. El influjo griet'o no había cesado de
nntuar sobre Roma al menos desde finales del siglo vil, aunque en un princi-
40
Formación de una literatura grecorromana
pió fue por medio de los ebruscos, y después no 5in_reticencias_ni_duras
sacudidas.
La Hifffllnr'iAn Hr»1impprín .^frmsco hahía dejado. al comenzar el siglo v, á
.Roma desorientada. entTe nna aristoeracfc rural retrógrada y una plebe urba-
ria~3ébilitada por la decadencia jdeljcomercio. Algunas ciudades etrüscas, eri'
especial _Cere5. la aliada de Roma, y Veyes, su rival, seguían siendo centros
de cultura helenizante; pero ciertos poderosos movimientos de pueblos hacían
más difíciles las relaciones con el mediodía griego. Sin embargo, desde éste
llegaban a la plebe leyendas acerca de los dioses (Deméter-Ceres; Heracles-
Hércules) y tal vez ideas políticas. Los patricios debieron cef^r pai 1la Una­
mente la presan: aunque recurríanlo menos posible a las prescripciones
religiosas de los libros Sibilinos, procedentes, según se decía, de Cumas, pero
de profunda huella etrusca, sin embargo, antes de redactar el código de las
XI I Tablas, enviaron embajadores a informarse de las legislaciones
_en las. ciudades de la” Magna Grecia.
LáT conquista deTKoma por los galos (390) retrasó sensiblemente la evolu-
ción.^ero una vez que (a partir- de 343) las conquistas latinas se orientaron
hacia erSurTcontra los sammtas, Jos contactos repetidos de toda la juventud
militar de lloma cOfl poblarlo»^ griegas, con mayor o menor' gracfo de pure­
za, dio el espaldarazo decisivo. Conocieron de cerca a los campanienses,
mezcla cíe os eos y samnitas, pero de cultura grecoetrusca, la ciudad de
Nápoles, griega casi en su totalidad; más adelante, Locri y las restantes ciu­
dades de la Magna Grecia. Sin embargo, pese a formar con Capua un es­
tado romanocampaniense y reconocer a Ñápoles una independencia casi
completa, Roma dudaba en desprenderse de sus hábitos intelectuales, aún
parcialmente etruscos. Y la verdadera capital de la Magna Grecia, Tarento, le
era hostil. El problema se planteaba en estos términos: ¿no iba a robustecerse,
frente a la Italia romanocampaniense, la unidad de una Italia griega? Pero
Alejandro el Moloso cayó, Pirro se cansó de guerrear contra Roma, y Tarento
se rindió (272). Entre los tarentinos reducidos a esclavitud se encontraba un
muchacho destinado a ser el promotor de la literatura grecorromana: Livio
Andrónico.
Treinta y un años después, Sicilia se convertía prácticamente en rnm.ann
tras la primera guerra púnica (268-241): esta isla había sido el objeto., en
litigiorde carácter económico',~de la lucha. Tierra griega casi en su .totalidad,
JEue conside­
rada eumo “provincia" y tiétra de explotación; y la parte de la isla donde
el helenismo era más activo, Siracusa y sus alrededores, continuó indepen­
diente bajo el rey Hierón. Fue precisa la segunda guerra púnica, la toma de
Siracusa (212), la destrucción dfe -Capua (2H) y la segunda conquista de Ta-
rento-rfSOQ) pará~que homar ennquccida con los despojos~de~tnrías las grandes
capitales griegas o helenizadás de Italia, representara el único centro de
atracción del helenismo' occidental. Pero desde ¿S4U se había iniciado^va en
esta mTsión. -------------------- :1
La plebe y el paíriciado ante el helenismo. — Esta evolución-, lenta- en
un principio, precipitada más tarde, explica que el helenismo romano sea, a
41
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
lo largo del siglo m, antiguo e íntimo por una parte, superpuesto y artificial
por otra.
La plebe_ urbana, en relación constante desde hacía siglos con traficantes
y transeúntes, creada en parte *—y siempre renovada— por la manumisión de
esclavos de orígenes muy diversos, adoptó el espíritu mediterráneo: se inte­
resa por los negocios, por la especulación, por el comercio marítimo, griego o
púnico. Acepta también todas las aportaciones familiares de la vida de los
campos y la experiencia viva de las expediciones siempre más lejanas; se roza
todos los días con esclavos cada vez mgs helenizadQS._Así crea un lenguaje
complejo, en el que una especie de “sabir” cosmopolita se entremezcla con el
antiguo fondo rústico y jurídico del latín, y en el que el habla popular aña­
de sin tregua sus invenciones expresivas. El helenismo entra en gran medida
_en__este compuesto cambiante; deformado, sin duda, pero asimilado. Una
multitud de antiguas leyendas griegas, relativas sobre todo al ciclo de lar-
guerra de Troya y a los dioses protectores de la salud y del comercio, resultan
familiares a esta población,_ con nombres pronunciados, a veces,, a la etrusca,
con aspectos bien marcados de su paso a través dé la Campania, de la Sa-
binia, ae la Etruria y de todas las escalas de la navegación (sin contar su paso
por Roma), pero aún susceptibles de ser reconocidas.
¡~> La .aristocracia dirigente, por el contrario, salvaguardó hasta el momento
f —en líneas generales— su antigua rigidez, y con ella ía pobreza, altamente
digna, de su lengua; igualmente vive por tradición, y con bastante mezquin­
dad, en sus dominios, fuera de la urbe, y se mantiene, por .orgullo, todo lo
•lejos que puede de la plebe y de los pueblos que somete; el comercio y los
negocios le parecen algo vitando. Quinto Metelo, en los funerales de su
padre (en 221), definía así su ideal:
Quiso ser un guerrero de calidad, excelente orador, general enérgico, dirigir como jefe
las grandes empresas, desempeñar el más alto cargo, demostrar la mayor sabiduría, ocupar
la primera fila de los senadores, procurarse honradamente una gran fortuna, dejar muchos
hijos, alcanzar la fama en la Hepública.
P u n i ó e l V i e j o , H w f . nat., V I I , 40.
Pero se vio obligada a gustar del helenismo_por„diversas-razones. En :pri-
mer lugar, .por ambición política, ha de halagar los gustos de la plebe y_
encauzar los grandes intereses del tráfico y de la especulación; sobre todo en
un momento en que los plebeyos tienen acceso, cada vez en mayor número,
a las magistraturas: vemos a grandes personajes revestidos con sobrenombres
Í
griegos (Sophus, el Sabio; Philus, el Amigo). La importancia creciente de la
)alabra en el foro y en el Senado despierta también deseos de imitación entre’
os patricios: se dedican a cultivar su lengua y a proveer de preceptores
—griegos, natjriralmente— a sus hijos. Además, a medida que se extiende la
conquista, se convierte en una necesidad apremiante para ellos el conoci­
miento del griego, que es la lengua internacional- el propio Catón se verá
obligado a aprenderlo en los días de su vejez. Se encaminan así hacia un
conocimiento, de ordinario forzado y discutido, del helenismo.
El helenismo romano en el siglo I I I . —El helenismo fue abordado,
pues, de forma viva y escolar a la vez. En conjunto representa, a los ojos de
Formación de una literatura grecorromana
los romanos, un refinamiento de vida jnuy atractivo, pero regalón, egoísta,
cómodo: un poco sospechoso. Hay que imaginar la. gran, diferencia social y
moral^jjue separa entonces a Grecia de Roma: la evolución de J os latinos
marcha aproximadamente con tressiglos de retraso . con _rejación a la de los
helenos. El pueblo de Roma es, en su conjunto,. bmjal,_perp _yigoroso_.y
moralmente recto: la segunda guerra púnica, terrible por sus peligros y su
duración (218-201), sirve para poner de manifiesto sus virtudes. Pero la mul­
tiplicidad de contactos internacionales y la extrema rapidez de su expansión
política despiertan en él muchas curiosidades más o menos sanas: el mundo
griego le ofrece, para satisfacerlas, muy diversas y encontradas soluciones.
Según las ocasiones, el romano las prueba y goza; o bien las desprecia y se
mofa de ellas: de todos modos, las gusta. Acepta los temas novelescos, Jas
leyendas heroicas, al lado de la herencia humana.de los _clásicos;_erL.religión,.,
renueva el antiguo y seco formalismo de sus antepasados no sólo. mediante.la
búsqueda de la bejíeza plástica, sino además por el cultivo sensual y místico
e inquietudes filosóficas; con Apolo se introduce en Roma el resorte feliz de
las fiestas en que participan hombres y dioses,- la diosa asiática Cibeles fue
instalada oficialmente en el Palatino a partir de 204; el culto semisecreto de
Bacó hacía rápidos progresas; el pitagoreísmo contaba con audaces adeptos...
Roma entraba así (prematuramente, si se tiene en cuenta su grado de desa-
rrolIóJ~éñ el mundo griego de la actualidad.
La literatura era la forma menos peligrosa del helenismo, no la más fácil
de asimilar, aun cuando una lengua griega “común” ( xoivtj ) sustituía pro­
gresivamente a los diversos dialectos, y esquemas de pensamiento comunes
hacían también más fácil su acceso desde las conquistas de Alejandro. De
este modo aparecía ya como universal. Pero su aspecto contemporáneo, el
estilo alejandrino, era excesivamente refinado y de comprensión demasiado
difícil para los romanos del siglo ni, que pusieron sus ojos en la literatura
ática del rv, muy despojada de forma y muy humana; y, aún más al i j en los
^clásicos, trágicos atenienses del siglo v, y en Homero, cuyo estudio era habi­
tual en todas las escuelas griegas y del que se Habían extendido multitud
de temas legendarios, desde fecha muy remota, en Italia. De este modo pre­
tendían recuperar a un_ tiempo todo jd jretrasq que llevaban con relación-á
sus maestros: pero ello no podía lograrse sin perturbaciones y flagrantes irre­
gularidades. " ............
Los géneros poéticos: el teatro. — En efecto, las exigencias de una lite­
ratura y la aptitud para gustarla diferían mucho según los sectores a los
que apuntaba el poeta y los géneros en que se dirigía a ellosí__ELteatro._era...
el único que había enriquecido ya a Roma con una tradición popular. En las
danzas escénicas de los etruscos se habían combinado las chanzas fesceninas 1
y las “mezclas” (saturae) con mimos y cantos en ritmos variados. La penetra^
ción de los romanos en la Magna Grecia les había permitido también conocer
suntuosas puestas en escena y toda clase de piezas intrigantes, trágicas, cómi-
1. Véase, más atrás, p. 34 s. Desde un principio quizá, los versos fcsceníos tenían un aire
dramático; cambios tle insultos y de burlas entre personas o grupos opuestus.
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
cas o paródicas. Y la multiplicación de los juegos públicos y privados, tanto
en momentos de crisis para obtener el favor de los dioses como en coyunturas
de prosperidad para darles gracias, hacía al público ávido de novedades.
La misión de los poetas helénizantes consistió'especialmente en distinguir
entre tragedia y comedia, y en dar al desarrollo del “tema” un carácter regu­
lar y a la lengua una forma más literaria.
Cada año, los ediles curules organizaban los Juegos Romanos en honor
de Júpiter (4-19 de septiembre); los ediles de la plebe, los Juegos Plebeyos
(4-17 de noviembre). A partir de 212 se sumaron los Juegos Apolinares (6-13 de
julio), mantenidos por el pretor urbano; y a partir de 191 los Juegos Mega-
íesios (4-10 de abril), dados en honor de Cibeles por los ediles curules.
Además, cualquier momento era oportuno para _que un. magistrado, o_ un. rico
patricio celebrara un. acto, religioso,, captándose el favor del pueblo mediante
juegos extraordinarios, votivos, dedicatorios, triunfales o funerarios. Y, al .lado
de_ ejercicios de toda índole y combates de gladiadores, estos juegos llevaban
anejas r epresentaciones teatrales.
Los tablados, que primero se instalaban en las proximidades de los tem­
plos, en el ángulo de una plaza, son siempre provisionales durante el siglo m;
adquirieron las dimensiones de un escenario adornado con sobriedad (pulpi-
tum), sin decoraciones ni telón; ante él se extendía seguramente un espacio
vacío semicircular, equivalente de la orchestra de los griegos, donde se ins­
talaban los asientos de honor, y un cercado en que se apiñaba, sentado o de
pie, un público muy mezclado y agitador, al que un heraldo debía conminar
a guardar silencio.
El director de una compañía cómica se dirige a sus espectadores:
jYo os saludo! Pero observad mis prescripciones... Que ningún empleado1diga palabra,
ni tampoco sus varas; que el acomodador no pase ante el público para dar su asiento
a nadie cuando haya un actor en escena. Si alguno se ha retrasado en casa porque se le
han pegado las sábanas, ánimo, quédese de pie: sólo tenía que haber recortado su sueño.
Se prohíbe a los esclavos ocupar los primeros bancos; d^jen lugar a los hombres libres,,
o bien compren la libertad. Si no tienen posibles, que se marchen a casa para evitar una
doble desgracia: el adorno de las varas aquí, y del látigo en casa, si no está acabado su
trabajo cuando regrese el amo. Las nodrizas deberán cuidar sus bebés en casa, no traerlos
al espectáculo: así evitarán ellas su sed,®y los niños el hambre; no se les oirá llorar de
apetito como a los cnlitillos. Las señoras mirarán en silencio, y reirán en silencio: abstén­
ganse de hacer sonar su voz... armoniosa, y dejen para casa sus temas de conversación:
no pretendan irritar al marido aquí y en casa a la vez. En cuanto a los presidentes de. los
juegos, no otorguen injustamente la palma4 a ningún artista, y no eliminen a alguno por
intrigas, de modo que el peor gane frente al mejor.
jAh! Y además esto, que se me olvidaba: durante el espectáculo, vosotros, los criados
acompañantes, llenad la taberna, aprovechad la ocasión, mientras las tortas están aún
humeantes; ¡vamos, ea!
Pl aut o, Pnenul us, v. 14-43.
El “director de la compañía” compra de ordinario al poeta la obra, que
somete a la aceptación de los “patrocinadores de los juegos”. La representa
2. Encargado de mantener el orden a varazos.
3. Las nodrizas pasaban por ser aficionadas a la bebida.
4. Símbolo de la victoria.
44
.con sus esclavos-actores,, todos .hombres,_..entie...los_ xv«iíes , a]gunqs_ pueden
representar incluso varios papeles en la misma obra. La máscara aún no
se usa, pues el público romano es muy sensible a las expresiones del rostro;
el atavío y las pelucas (blancas para los ancianos, rojizas pará los esclavos)
distinguen, convencionalmente, a los personajes. El público otorgaba el pre­
mio, no a la obra, sino a los actores.
Comedias y tragedias —que habían sido tomadas del griego— se repre­
sentan con los atuendos griegos: se Ies da el nombre de paíliatae, porque los
actores llevan no la toga nacional, sino el pallium. Así._queda a salvo la
dignidad de la aristocracia romana y estimulado el gusto_.de_J_a._pJebe.ante
los. aspectos, sabrosos del exotismo griego. Sin embargo, a partir de Nevio
irrumpen algunas tragedias de tema romano, las praetexiae (la pretexta es la
toga bordada en rojo de los magistrados): tal vez se trata de obras de cir­
cunstancia, de finalidad patriótica o destinadas a servir los intereses de una
gran familia con motivo de algún acontecimiento importante.
Comedia y tragedia latinas parecen haber presentado pocas diferencias
„en su estructura: una y otra comprenden, ,en_ general,.. un_p_rólogq,. una.jserie.
de episodios y un epílogo. Entre unos y otros —como tampoco en los modelos
griegos—, no había cortes en actos propiamente dichos, con interrupciones en
la acción: ésta se continuaba sin detenerse, como ocurre hoy en una película
de mediano metraje, y tenía al público en tensión hasta el plaudite final.
El papel del coro,1' que va disminuyendo en importancia desde Esquilo
a Eurípides y de Aristófanes a Menandro, queda aún más reducido en Roma.
De este modo la comedia (que nos es más conocida que la tragedia) se pre-
s^ta_,_cgmp_..descendiente de la comedia ática del siglo iv 0 (Comedia media
y Comedia nueva), intrigante y burguesa ¡ pero vuelve a introducir el elemento
líricp,_enjparte, tal vez, por influencia de la tragedia, pero también porque
el hombre italiano, muy sensible a la música, y en particular a la dramática,
gusta de la “partitura” en sí misma, prescindiendo de toda trama argumen-
tal. Así se explica una audacia escénica que se remontaba, según se decía, a
Livio Andrónico, pero cuyos orígenes pueden ser más remotos: se permitía
que, en un canticum, el actor representara mímicamente la acción en escena,
mientras que un profesional cantaba los versos.
Roma participó intensamente _en_.esta_ creación,.dramática ..imita da ~de los
griegos, pero adaptada _al gusto latino y cautivadora por su .carácter, sensible,.,
e incluso sensuaf La comedia, sin duda, da hoy la impresión de haberse
acomodado mejor á sus preferencias y grado de evolución: se comprende que
la plebe encontrara el mayor placer en las obras de Planto. Pero nada nos
permite afirmar que los temas trágicos fueran menos populares: la ostentación
ae emociones y sufrimientos físicos podía agradar a este pueblo, que gus­
taba de la guerra y de los combates de gladiadores.
Formación de una literatura grecorromana
5. Sólo conocemos un ejemplo en el teatro de Plauto, en unos versos del Rudens
(v. 290-305), atribuidos a un coro de pescadores.
6. En el siglo v, en Atenas, la comedía (Comedia antigua) era una especie de “revista”
extremada y lírica, llena de violentas alusiones políticas y personales. Al quedar éstas prohibidas,
la comedia cambió de aspecto y trató temas generales (Comedia media y — luego— Comedia
nueva).
'La epopeya: el lirismo nacional y religioso.—Es probable que, al ten­
der a la epopeya, los primeros poetas romanos cedieran ante el prestigio de
Homero y ante ]as lecciones de los- teóricos griegos, Aristóteles en particular,
que la consideraban, juntamente con el teatro, el género literario más elevado.
Perp^Neyio y, a continuación, ..Ennio. comprendieron_q.ue. -la ..epopeya_debía_
ser nacional y que el temperamento de los romanos, militar ante todo, difería
completamente del de los griegos. La exaltación de un período heroico,._du-_
rante el cual Roma había puesto en juego su destino frente a Cartago,. les
ayudó a concebir .una .materia casi enteramente histórica y, en parte, con­
temporánea, y a tratarla con el sentimiento de un patriotismo orgulloso y
autoritario. Al hacer esto, se mantenían dentro de Ja tradición de los elogia
y daban una forma artística a ciertas aspiraciones básicas de la aristocracia
dirigente; prenunciaban también el rico desarrollo literario de la historia
romana. Pero su materia era muy compleja, mezclada.de. viejas, tradiciones
itálicas y de fábulas griegas de toda fecha, algunas forjadas recientemente
por helenos aduladores que, presintiendo la grandeza de Roma, intentaban
relacionar los orígenes de la Ciudad con su propia mitología; y se creían
incluso obligados a imitar los procedimientos homéricos, por hábito escolar.
De este modo, sus epopeyas, a las que faltaba, además, la plena difusión
que garantiza la. escena, quedaron como obras artificiales’. Por otra’parte, al
no creer posible utilizar en poemas de tanta_ gravedad la lengua corriente y
expresiva, aunque caótica, de la plebe, y sirviéndose, con grandes dificultades,
de la relativamente pura, aunque muy pobre, de la aristocracia senatorial,
forjaban apuradamente palabras y expresiones, que sonaban a veces á pedan­
tería, y no siempre respondían al genio del latín.
Pare.ee. qu e_ los. cantos_ d e carácter religioso y nacional, que el estado encar-
f
aba a poetas famosos, con ocasión —por ejemplo— de los “Juegos Seculares*’
e 249, o antes de la batalla de Metauro para implorar la ayuda de los
dioses y después de ella para dar la gracias por la victoria (207), podían tener,
en la misma dirección que la epopeya, un acento más auténtico y más popu­
lar. Pero no podemos juzgarlos. Á lo sumo, ciertas pinturas pren-orrianas de la
Italia meridional, especialmente la danza fúnebre descubierta en una tumba
de Ruvo (siglo v), denuncian el origen de las ceremonias para las que Livio
Andrónico fue invitado a componer himnos, y nos permiten deducir su carác­
ter espectacular. Finalmente, la narración lírica de la batalla, en el Anfitrión
de Plauto, tan romana y de tono tan "actuar, debe, por consiguiente, repro­
ducir algunos aspectos: composición muy simple (cronológica), grave, recia
y bastante prosaica, fórmulas y detalles de convencionalismo épico-histórico,
con dobletes de expresión, aliteraciones, alguna exclamación únicamente en
los finales de los monótonos cantos.
Narración lírica de una campaña militar’
Sosia.— ... Primero, en cuanto llegamos y tocamos tierra, en seguida Anfitrión escogió
como embajadores a los primeros de entre los primeros; los envía con orden de comunicar
7. Métrica. — Las canciones 1 y 4 son octonarios yámbicos (relato majestuoso, recitado
o canii cum propiamente dicho); las canciones 2 y 3 son tetrámetros créticos {relato vivo
FORMACION DÉ UNA LITERATURA GRECORROMANA
46
Formación de una literatura grecorromana
sus resoluciones a los teleboos. "Sí ellos consienten en entregar, juntamente con los objetos
robados, a los ladrones, si devuelven lo que han tomado, él devolverá en seguida su
ejército a sus casas, y los argivos abandonarán el territorio de los teleboos, dejándolos en
paz y tranquilidad. Pero si tienen otros sentimientos y no atienden su petición, entonces
atacará su ciudad con todas sus fuerzas y con todo ímpetu." Cuando los teleboos oyeron
•estas condiciones, referidas con exactitud por los jefes delegados por Anfitrión, con aire de
hombres soberbios y confiando en su valor y en sus fuerzas, todo llenos de orgullo, cargan
a nuestros embajadores de invectivas orgullosas y airadas. Les contestan que "se encuen­
tran en condiciones de protegerse en la lucha, ellos y los suyos”, y les conminan a sacar
rápidamente los ejércitos de su territorio. Cuando los embajadores trajeron esta respuesta,
en seguida Anfitrión despliega en el campo de batalla todas sus fuerzas; y, por su parte,
los teleboos sacan de la ciudad sus legiones magníficamente armadas.
Una vez que hubieron salido todos, dispuestos a la lucha, se dividieron los hombres
y las filas. Nosotros formamos nuestras legiones a nuestro uso y costumbre; los enemigos,
a su vez, preparan sus legiones. Luego ambos generales avanzan en el territorio inter­
medio y conversan fuera de la masa de las tropas. Convienen en que los vencidos, junta­
mente con su ciudad, se entregarán; y también su territorio, sus altares, sus casas. Tras
esto, resuenan las trompetas de ambos bandos y se desafían; la tierra trepida, ambos ejérci­
tos lanzan su grito de guerra. De ambos bandos, el general dirige sus votos a lúpiter y ex­
horta a su ejército. Cada cual demuestra entonces lo que puede y lo que vale; los hierros
chocan, las armas se quiebran; el cielo brama entre el estrépito y la confusión; las respira­
ciones y los alientos forman una niebla; los hombres caen, víctimas de las heridas. Al fin,
nuestra voluntad triunfa: nosotros dominamos. Los enemigos caen en masa; los nuestros se
arrojan, como vencedores fuertes e indómitos.
Ninguno se vuelve para huir; ninguno retrocede. Combatiendo a pie firme, .pierden
la vida antes que abandonar su puesto: cada cual yace donde se encontraba; aún conser­
van su fila. A la vista de ello, Anfitrión, mi señor, ordena que avance en seguida la caba­
llería por ‘la derecha. La orden se cumple rápidamente: por la derecha, con gran griterío,
los caballeros se abalanzan sobre las tropas enemigas con ardor, las arrollan y aplastan,
como justa venganza a la ofensa recibida...
Nuestros enemigos se lanzan a la huida; el ardor de los nuestros se duplica. Las
espaldas de los teleboos en fuga quedaban cuajadas de dardos. Y el propio Anfitrión dio
muerte al rey Pterelas con su propia mano. Tal fué el combate que se sostuvo desde la
mañana hasta el atardecer (no hay miedo de que lo olvide: durante ese día no comí).
Pero finalmente intervino la noche pam separar a los combatientes. Al día siguiente, los
principales de la ciudad acudieron junto a nosotros, al campo, llorando, llenas las manos
de insignias de suplicantes, implorando el perdón de su falta; y se entregan ellos, y todo
lo divino y Jo humano, su ciudad y sus hijos, al poder y al arbitrio del pueblo tebano.
Pl aut o, Anfitri ón, v. 203-247; 250-259.
-y. ísi l 0
Métrica y música. —Pero lo que más importancia tuvo para el ulterior
desarrollo de la literatura latina fue la introduoción deja métrica griega en
todos los géneros poéticos. Ello no era una necesidad absoluta-. .Livio Andró-
nico escribió en saturnios su traducción de La Odisea, y así compuso tam­
bién Ñevio su epopeya nacional. Pero la alternancia mesurada de las sílabas
largas y breves, con las combinaciones variadas que ofrecían la posibilidad de
sustituir en ciertos lugares dos breves por una larga (o inversamente) y de
variar en cierta medida el lugar de la cesura, representaba con toda seguridad
un progreso musical con relación al antiguo carmen latino y a la regularidad
ágil, pero monótona, del saturnio. Ennio renunció a este último y, en su lugar,
adoptó el hexámetro heroico, compuesto de seis pies dactilicos {xuu ), de los
o arrebatado, mucho más cantado que las coplas 1 y 4: es el rnutatis mudis cantlcum); ambas
terminan en un trímetro crético cataléctico (a punto de órgano).
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
cuales los cuatro primeros pueden ser espondeos ( _¡__ ) y el último es, a vo­
luntad, espondeo o troqueo ( j^u )-8 He aquí dos ejemplos (las sílabas largas
aparecen en negritas):
Afri ca tétri bi l i | tremit hórri da tcrra tumúltu
La ruda tierra de Africa se estremece con aterradora agitación;
máerentés flentcs | l acri mantes cómmiíerántes.
tristes, llorosos, con lágrimas, llenos de tristes lamentos.
Esta desaparición del viejo saturnio ante el hexámetro dactilico señala sin
duda un. ñuev'oTebrocésó etrusco ante Ja influencia griega creciente. No obs­
tante, la lengua latina no se ceñía sin trabajo al nuevo ritmo, muy rico en
breves. Por ello, Ennio no imitó el hexámetro, en extremo refinado, de los
griegos de la época (alejandrinos); se inspiró en el de Homero con tanta for­
tuna y éxito, que, de súbito, el hexámetro latino se encontró dotado de los
caracteres que únicamente debieron precisarse para hacer de él el verso virgi-
liano (v. p. 240 s.).
La poesía dramática, al utilizar especialmente el yambo ( ul ) y el troqueo
(j_u ), con la facultad de sustituir, en casi todos los pies completos (a excep­
ción del último), una larga (_) o su equivalente (dos breves: uy) en la
sílaba breve, podía seguir mejor el decurso de la lengua hablada y tal vez
ciertas formas de poesía indígena anteriores al triunfo del helenismo.
El texto de una comedia se descomponía en dos elementos principales, el
jiabladp .y el cantado, el diuerbium y el canticum. YA^diuerbiipn se escribía
en versos yámbicos de seis pies (senarios);_en_eLcanfic»m._se. empleaban yám­
bicos más largos, trocaicos y otros ritmos diversos fundados sobre el anapesto
( uuj. ), el baquio ( uj._.)}.el. crético ( i.u^..).y__otros. Además, con el nombre
de canticum los modernos confunden dos elementos que distinguían Plauto
y Terencio: el simple canticum (en versos largos, yámbicos o trocaicos) que
era un recitado con acompañamiento musical, y el mutatis modis canticum
(en anapestos, créticos, u otros metros), que era el auténtico trozo cantado
y podría compararse con un canto de ópera (véase el anterior ejemplo de
la p. 46 s.). Así, aun cuando el coro y sus cantos hubieran desaparecido
de la comedia latina, la música conservaba un papel muy importante en ella.
En las obras de Plauto corresponden a menudo a los cantica los dos tercios
del texto, mientras que el recitado sólo ocupa un tercio. Esta preponderan­
cia del canto puede contribuir a explicarnos por qué Jos romanos admitieron,
sin dificultad aparente, la importación de la métrica griega; satisfacía su gusto
innato por la música, en especial la dramática. El colegio de los “flautistas”,
cuya participación, era necesaria para la consumación de toda ceremonia reli­
giosa^parecía indispensable, desde mucho tiempo atrás, al estado romano.
La música fue el obligado aditamento de las representaciones teatrales; un
músico profesional componía la obertura, los intermedios y el acompañamiento
8. Esquema métrico: J I i ““ | | ' “u | ! uu | j ^- La cesura (ligero silencio
entre dos palabras) se encuentra habitualmente tras el último tiempo marcado, pero puede
hallarse también tras el segundo o el cuarto.
Livio Andronico
siguiendo los versos del poelu. Se ejecutaba con dos flautas (tibiae), de tono
grave una (dextra), de agudo la otra (sarrana), o bien graves o agudas las
dos, capaces así de interpretar una especie de sinfonía rudimentaria, que se
ceñía al tono general de la obra, sin cubrir la voz del cantante.
Intentos individuales y tendencias comunes. — El grupo de poetas que
impuso a una masa de aspiraciones opuestas estas formas de arte totalmente
elaboradas obedecía, en su ferviente impaciencia, menos a su genio personal
que a una inquietud pedagógica, por decirlo así: Livio, Nevio, Ennio son
“polígrafos", y cultivan todos ios géneros (tragedia, comedia, epopeya,~efc7j7
con idéntico entusiasmo; aunque con éxito desigual; Tlauto füeel umco que
supo obedecer sólo a su verdadera vocación ."Yes FamBi é n el único que parece
totalmente libre de esa especie de pedantería doctoral que se nota, aunque
en grado desigual, en sus contemporáneos, especialmente en Livio y Ennio,
ambos de origen griego o semigriego, llamados por ello a dirigir a los
baros" (los romanos)?Xivi5'J~adémás7 había desempeñado el oficio de precep­
tor. Porque Roma, advirtiendo lo que falta a su gloria, se encamina a la
escuela: en 260 Espurio Carvilio inaugura la enseñanza pública de la gra­
mática. En las grandes familias, los esclavos pedagogos inician a sus alumnos
mejor dotados en la “literatura- griega orígiñáir~t^'r?^r~puébIoT~fecIáma~'la
puesta en escena de piezas griegas traducidas. El movimiento, iniciado por
algunos escritores de gran energía, adquiere pronto importantes proporciones.
Livio se ve ya rodeado de poetas que, por desgracia, conocemos mal,9 pero
lo bastante conscientes de su importancia para obtener que se les permitiera
reunirse (después de 207) en un Collegíum (asamblea corporativa), sin duda
análoga a la de los flautistas, en el templo de Minerva, sobre el Aventino.
Helenismo y nacionalismo. —Ello no significa que el estado romano esté
a.punto de interesarse, por la literatura. Mas, por el momento, no reina hosti­
lidad contra el mundo griego ni desprecio hacia la mentalidad helénica: por
otra parte, los escritores contribuyen al realce de las ceremonias oficiales y son
romanos en espíritu. Aunque Nevio y Plauto especialmente,. como itálicos,
puros, nos parece que representan el espíritu latino con una lozanía más
sabrosa, no son más nacionalistas que Livio o Ennio. Y no practican” menos
que éstos la imitación de los griegos (a veces con desmesura). Por todo ello
se .mantiene firme una unidad,, torpe aún y mal equilibrada, de tendencias
romanas y de forma griega; y, cuando alcance su perfecciónanos hallaremos
ante los grandes clásicos del primer siglo antes de nuestra era.
LI VI O ANDRÓNICO Hecho prisionero en Tarento (272), siendo aún
Actividad: 240-207 a. C. niño sin duda, se convirtió en Roma en el escla-
" - vo de un cierto Livio (quizás el padre de Livio
Salinátor, vencedor de Asdrúbal en la batalla de Metauro), que le nombró
9. Se le debía, entre otros, un Carmen Priami en saturnios (referido al ciclo troyano), un
Carmen Ncl ci en versos yámbicos (sin duda una tragedia imitada de Sófocles).
4. — literatura latina
4Q
preceptor de sus hijos, y después lo manumitid, tomando aquél el nombre de
su dueño, según era costumbre, pero con un apodo griego que tal vez llevaba
desde que nació. Livio Andrónico abrió una escuela y, mediante lecturas
comentadas de obras griegas, preparó los espíritus para la comprensión de
una literatura romana de forma hgjénica. En 240 estrenó en Roma su primera
obra, no sabemos si uná tragedia o una comedia; en 207 fue encargado
oficialmente para enseñar a un coro, compuesto de tres grupos de nueve
muchachas cada uno, un himno en honor de Juno Reina, por salvar la
amenaza que significaba para Roma la entrada de Asdrúbal en Italia. Murió
antes de 200.
Carácter y formación. — Según parece (sólo poseemos unos sesenta ver­
sos), era un hombre carente de genio, pero “de juicio excelente”. Como resul­
ta difícil admitir que importara de su ciudad natal a Roma el espíritu del
mismo Tarento, la ciudad refinada, suntuosa, llena de teatro, hay que suponer
que lo halló de nuevo, en parte, en la lectura asidua de los griegos, y tal vez
en el trato con sus compatriotas. Pero no sé entregó a ello por completo; se
dedicó, por el contrario, a descubrir en la lengua latina los r e c u r s o s necesarios
para una transposición literaria. Concibió ante todo su tarea como la de un
educador/ y parece qué nó qui^o aislar^Üsobras~desus" preceptos. Si "él estado
romano hubo dé recurrir a él para nombrarle cantor oficial, tal vez desde 249,
cuando en los juegos seculares se intentó crear “un coro para Proserpina”,
y probablemente en 207, este hecho da fe —ante todo— de la escasez de
Í
)oetas que había en Roma en esta fecha y la protección que sobre él ejercía
a gens Livia; además se trataba de ceremonias religiosas griegas en su mayor
parte, y la intervención de un poeta docto en motivos helenos podía parecer
deseable.
Las obras. — Los descubrimientos arqueológicos demuestran que a partir
del sigU>v^]as lcyendas homéricas eran^bien conocidas, de los etruscos. Livio
quiso difundirías_en Roma: tra&ujo, con el ritaio tradicional del verso saturaio,
La Odisea, la obra clásica a la vez más variada y más humana
de los griegos, conocida además en Italia en fragmentos de fecha muy tem­
prana. La traducción era exacta, el estilo —de ordinario— simple y preciso,
con algunos logros: " ~~
... Los montes abruptos y los campos polvorientos y el inmenso mar...
pero muy lejos de la flexibilidad cambiante del griego, y en ocasiones desvia­
do, lleno de epítetos inútiles:
... Que nada hay peor para abatir a un hombre que una mar embravecida; e incluso
a aquel que posee gran fuerza, las aguas malditas lo arrollarán al punto... (Cf. Odi sea,
VIII, v. 138).
Sus tragedias, tomadas del ciclo troyano (Aquiles, Ayax, El caballo de
Troya) o del de los Atridas (Egisto, Hermione), o de temas novelescos pro­
pios para seducir la imaginación de los romanos (Andrómeda, Dánae, Ino,
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
Nevio
Terca), parecen haber sido escritos con uo sensible refinamiento de forma y
a menudo con voluntad de superar el modelo griego:
... se brinda la gloria al valor: pero se disuelve antes que una helada en primavera...
(Cf. Só f o c l e s , Ayax, v. 1266 s.).
Una firmeza un poco ruda, de estirpe romana, se nota en estos dos versos
que pronunciaba sin duda ClítemLestra:
... ¿Por qué —pues mi majestad exige vuestra obediencia— no cumplir mis órdenes,
y conducir al punto a esa mujer,..? (Egi sto).
Además se nota un acento de súplica agobiante, enormemente patético;
... Otórgame. este amparo que te pido, que te imploro; concédemelo, ampárame...
(El caballo de Troya).
Acerca de algunas comedias cuyos propios títulos son inciertos (Gladiolo,
Ludio, Virgo), nada podemos juzgar.
La lengua. — La lengua de Livio es poco armoniosa, compleja, usa indis­
tintamente antiguas palabras ,latinas, términos griegos, adjetivos artificiales; su
deseo de abundancia y de color le hace incurrir lo mismo en los galimatías
más vulgares que en los esquemas expresivos de sabor alejandrino;
... Cuando aún no tenía dientes, lo alimentaba, haciendo fluir sobre su boca el remedio
de mi leche...
... Entonces, dando brincos, el rebaño romo de Nereo rodea la flota con sus juegos, al
ritmo del canto... (Egi sto).
I
Tales irregularidades hacen sospechar que Livio no haya tenido una per­
sonalidad literaria muy marcada.
Misión de Livio. — Su influencia fue, no obstante, considerable: sejrna.n;
tuvo_yiva .durante mucho _.tiempo_en,Jas„escuelas._gracias-A.,su~Odisea; dio
además al teatro ejemplos de estilo brillante, y enseñó, a _los ^romanos a
gozara la vez "dcTtodos los períodos'cíela literatura griega, y dejos, más diver-
sos í^tilos.JFüe'pqeta épico,' lírico.y^dnimático, e incluso actor de sus propias
obras, y tan consciente de su adopción-por~Boma^que-]lega-.aJatmizar todo
el panteón griego, y no vacila incluso ante los términos jurídicos romanos.
Iniciir^^eTméjor modo ¡posible en aquella fecha— a les inexpertos romanos
en la riqueza de la tradición griega.
NEVIO Nevio, de origen campaniense, aunque ciudada-
Actividad: 235-204 a. C. no romano, había empuñado las armas duranteTa
primera guerra púnica, que acabó en 241. Estre­
nó su primera obra en 235. A partir de entonces se consagró a la poesía:
escribió nueve tragedias, más de treinta comedías, saturae, y un poema épico
en saturnios, titulado La Guerra Púnica (Poenicum bellum). Era un carácter
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
agitado, indómito, amante apasionado de la libertad, en especial de la liber­
tad de palabra, que “prefiere a la fortuna”, y cuyo disfrute dejó plasmado en
un verso lleno de aliteraciones:
Libera lingua loquemur ludís Líberalibus...
Nuestra lengua hablará libremente en los Juegos Liberales...10
Se lanzaba sin miedo a los ataques personales, incluso contra grandes
personajes, como Escipión el Africano o la poderosa familia de los Metelos.
Es célebre su saturnio de doble sentido:
Fato Metel li Romai fi unt cónsul es
Es ley del hado que en Roma los Metelos sean nombrados cónsules, o bi en: Es fatal
para Roma que los Metelos sean nombrados cónsules;
a dicho verso le dieron una respuesta, cortésmente ambigua también, pero
amenazadora:
Dabunt malum Metelli Naeuío poetas.
Los Metelos darán su merecido al poeta Nevio, o bi en: Los Mételos harán un obse­
quio11 al poeta Nevio.
El desenfreno de su numen le costó un encarcelamiento —al que Plauto
hace referencia— del que le libraron los tribunos de la plebe. En el fondo
era un auténtico romano, tanto por su energía como por su altivez moral, que
se transparentan en muchos de los versos que se nos han conservado de sus
obras:
Me complazco en que me ensalces tú, padre mío, a quien los otros ensalzan (La partida
de Héctor).
Ellos prefieren con razón morir en su puesto a volver cubiertos de vergüenza junto
a sus compatriotas {Foeni cum bel l um).
Murió en África, en Ütica (¿201 o poco después?), desterrado, según se
ha supuesto.
Las tragedias. — Las tragedias de Nevio (Dánae, El caballo de Troya,
La partida de Héctor, Hesione, Ifigenia, Licurgo) obtuvieron un gran éxito:
algunas se representaban aún en tiempos de Cicerón. Sin embargo, parecen
haber estado escritas, con frecuencia, en un estilo bastante elemental.
Tan sólo el Licurgo, que representaba la lucha de un rey mítico de
Tracia contra Baco (tema análogo al de Las Bacantes de Eurípides), ofrece en
sus fragmentos color y fluidez: puede tratarse de una escena de caza o de
la evocación de las Ménades. Pero, ante todo, Nevio creó la “pretexta”:
Ckistidium ponía en escena la victoria que M. Claudio Marcelo alcanzó en
222 sobre los galos insubres, en que dio muerte con su propia mano al caudillo
10. Fiestas de Li ber (Bacchus, Baco) en las que reinaba extrema libertad.
11. Literalmente: "darán una manzana” (símbolo de amor), si medimos málum en vez
de malum, pues la sustitución de una larga por una breve estaba admitida en el saturnio.
52
Nevio
Virdomaros; Rómulo era la representación escénica de una especie de “canción
r de gesta”. Estas obras, qué se prestaban para las exhibiciones triunfales y
v toda clase de desfiles, deberían su redacción a un encargo, con ocasión de una
ceremonia nacional o una fiesta semiprivada de la gens Claudia: ello basta
para indicar que Nevi o contaba, tanto entre la nobleza como en el estado,
con protectores y con enemigos.
Las comedias. — No obstante, la tragedia se le daba menos que la come­
dia: en este último género, el poeta gramático Volcacio Sedigito, en tiempos
de Sila, le otorgaba el tercer lugar, después de Cecilio y Plauto. Los títulos
de sus obras son muy variados, y rara vez totalmente griegos. En dos rasgos
se adelanta a Terencio: su Acontizomenos ("el hombre alcanzado por un tiro”)
iba precedido de un prólogo de torio personal; y se le ocurrió la idea de
combinarlos piezas griegas para crear una latina, por un procedimiento que
ios enemigos literarios ide Terencio ridiculizaban con el nombre de “conta­
minación”, de contaminare:, “manchar, ensuciar, hacer una mezcla desfigu­
rada” (v. p. 100 y la n. 31). Pero mezclaba también en los temas tan generales
de la Comedia nueva una vena satírica que recordaba a Aristófanes y a la
antigua comedia ática, o a Epicarmo y a la comedia siciliana, al dirigirse,
por su nombre, a "individuos de toda especie, tanto a Escipión el Africano
como al humilde embadurnador Teodoto,
que, sentado en su barraca llena de esteras, pinta con un3 cola de vaca la d<uiza de los
Lares en los altares de las encrucijadas... (Tuni cari a);
o (en una satura) toda la nueva generación dirigente:
Veamos; ¿etimo habéis podido acabar tan pronto con un estado tan poderos or*... Toda
una generación de oradores nuevos, pequeños adolescentes estúpidos...
En este sentido, parece haber concebido la imitación de los griegos con mayor
libertad que Plauto, del que anticipa a la vez el pleno carácter popular, la
abundancia, el pintoresquismo, la gracia burlona:
... ¡Oh, tul, ¡el peor de todosl, desvergonzado, pilar de taberna, glotón, jugador...
(Comedi a i nci erta).
... Crujen allí“ las muelas y resuenan los grilletes... (Comedi a incierta).
... Antes se vería nacer un elefante de un saltamontes... (Satura).
Tan sólo adivinamos, vagamente, el desenlace de una de sus piezas, la
“Tarentina” (Tarentilla): una cortesana, dos jóvenes que vienen a divertirse
a la ciudad, y los padres que se presentan al fin; el tema nos recuerda las
Bacchides de Plauto. La heroína, verdadero símbolo de su patria frívola,
suntuosa y acogedora, aparece descrita con una muy delicada vivacidad.
Parece que Nevio se complacía en poner en escena a gentes de diversos
12. En el molino, donde se imponía a los esclavos castigados la dura tarca de hncer girar
las muelas.
53
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
oficios: el mundo de las carreras, jinetes y chalanes (Agitatoria), los adivinos
(Haríolus), ]os carboneros (Carbonaria), las floristas (Corollaria), los alfare­
ros (Figulus), y quizás episódicamente, como en el caso de los sobrios aldea­
nos de Preneste y de Lavinio, que aparecen en un fragmento.
El “Poenieum bellum”. — Se mostró aún más original al crear la epo­
peya nacional_ romana. Su FojemcumJbellujm era un poema continuo, que
C. Octavio Lampadio¿ en tientos de los Gracos, dividió en siete cantos.
El tema era la primer^ gueira púnica; pero el desarrollo, histórico aparecía
preparado por una serie de "causas" mitológicas: la huida de Eneas tras la
toma de Troya, tal vez su estancia en Cartago, el amor de Dido hacia él;
la partida del héroe; luego el nacimiento de Rómulo, considerado como su
nieto. Virgilio tomará muchos elementos de esta primera parte (deliberación
de los dioses, tempestad, consulta a la Sibila de Cumas), pero evitará con
cuidado la falta de armonía que debía resultar de la brusca aproximación
de leyendas novelescas a la narración de hechos casi contemporáneos. Falta de
armonía tanto más sorprendente en cuanto que Nevio parece buscar una
cierta elegancia y elevación en el desarrollo..mitológico, mientras que los
fragmentos de contenido histórico son de una rigidez y una sequedad tales,
que recuerdan los antiguos Armales:
... La escuadra romana cruza hacia Malta; quema, devasta, despuebla la isla entera,
y abate el poderío enemigo.
Sólo un acento de fuerza militar y patriótica, en que vibra el viejo sol­
dado, da un poco de relieve a estos datos:
... Si hubieran abandonado a esos heroicos varones, habría sido una gran vergüenza
para la patria, a los ojos de los pueblos.
Conclusión. — Nevio, original, vivo y luchador, consiguió un gran avan­
ce en pro de la poesía romana: demostró que era posible tomar a los griegos
por modelo sin imitarles servilmente. Sin duda, tenía también conciencia de
que el prestigio de un'arte muy superior iba a arrastrar a sus compatriotas
cada vez más lejos del espíritu romano. Ello parece querer indicar el orgulloso
epitafio que él mismo se compuso:
Si fuera dado a los inmortales llorar a los mortales, las divinas Camenas “ llorarían al
poeta Nevio. Que, cuando Orco “ lo unió a sus riquezas,“ olvidaron en Roma hablar latín.
PLAUTO Hacía sólo una docena de años que Sarsina, en la
Hacia 254-184 a. C. Umbría, había quedado sometida a los romanos, cuan-
. (j 0 nacj¿ T. Maccio PlautO; La región, que se hallaba
bajo influencias diversas, etruscas y célticas, estaba poco latinizada. Pero
13. Antiguas divinidades latinas, asimiladas a las Musas de los griegos.
14. Dios de los Infiernos, considerado como el dueño de las riquezas (cf., en griego,
kXoüto; relacionado con riXoúruiv).
15. Los muertos incontables "enriquecen” sin cesar los Infiernos.
Flauto
Plauto debió de llegar muy joven a Roma, a juzgar por la pureza de su len­
gua; ignoramos cómo aprendió el griego. Muy activo, y con toda seguridad
ambicioso de fortuna, se ocupó de empresas teatrales, en las que obtuvo
beneficios, pero se arruinó en el comercio marítimo; tras un período de muy
dura miseria, escribió comedias, se impuso en la escena y murió, ya entrado
en años, en 184.
Se le atribuían 130 obras; pero tan sólo en 21 de ellas estaban todos de
acuerdo respecto a su autenticidad (Varrón, citado por Aulo Gelio, III, 3):
son las que han llegado a nosotros (á excepción de una, la Vidulariá). Tan sólo
dos aparecen fechadas con precisión: el Stichus, de 200, y el Pseudolus,
de 191. Algunas alusiones permiten suponer que los Menaechmi son anterio­
res a 215: sería, con mucho, la más antigua comedia; las más recientes (de
entre las que podemos fechar) son las Bacchides, el Truculcntus y la Casina
(después ae 190). El período de gran actividad literaria de Plauto parece
haber sido el comprendido entre 200-190: inmediatamente después de la
segunda guerra púnica.
. Los temas. —Las obras están tomadas de los autores griegos de la Co-1
fmedia media, como Antífanes, o nueva, como Filemón, Difilo, Menandro y
otros que ignoramos, una centuria anteriores —o más— a Plauto. Un tema
general común dominaba en las obras de estos autores: un joven de buena
familia, enamorado de una muchacha casi siempre de origen desconocido y
esclava, la logra merced a las artes de un criado intrigante o gracias al
súbito descubrimiento de que la joven es de cuna libre. Este tema se
prestaba a dos tipos de desarrollo: ostentación de turbias acciones, y senti­
mentalismo novelesco y burgués a un tiempo. Parece, de acuerdo con lo que
nos queda de Menandro, que su teatro se caracterizaba por una simplicidad
elegante en la forma de plasmar las costumbres y en el estilo, por una preci­
sión un, poco general, pero delicada, en la composición de los caracteres,
por un desarrollo regular, aunque un poco descuidado. Todo ello constituía,
a los ojos de los atenienses, el mérito de este teatro, en extremo diferente
del de Aristófanes (en la segunda mitad del siglo v). Pero las obras de los
diversos autores debían ser muy variadas en el detalle.
En el teatro .de Plauto podemos tomar como ejemplos de comedias de
intriga, la Mostellaria (“la comedia del fantasma”) y el Pseudolus (nombre
de esclavo ocurrente y embustero); como tipos de comedias de interés psico­
lógico, la Aulularia ("la comedia de la olla”) y el Trinummus (“las tres
monedas”).
Mostellaria. — El joven Filolaqucs se ha unido a una mujer durante la ausencia de su
padre, Teoprópides, que hace más de dos años que está de viaje. Pero el viejo regresa.
El esclavo Tranio cierra Ja casa y convence a Teoprópides de que está embrujada, y que
su hijo ha tenido que abandonarla; dice que sí su hijo debe dinero en la ciudad es porque
ha comprado la casa de su vecino, el viejo Simü. Teopiúpicles se deja persuadir, visita la
•casa objeto de la supuesta compra, y se declara satisfecho. Hasta aquel momento, con un
derroche de habilidad, Tramo ha podido resolver el asunto. Pero todo se descubre, y Teo­
própides no perdona a los culpables hasta que interviene un amigo de su hijo.
Pseudol us. — El joven Calidoro se encuentra en un apuro: si no consigue inmediata­
mente 20 minas (unas 2.000 pesetas oro) para rescatar a su amiga Fenicio, esclava de
55
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
Balio, será entregada a un capitán de Sición, que ha dado ya dinero a cuenta. El esclavo
Pseudolo, confiando en su genio inventivo, desafia a Simo, padre de Calidoro, y expresa
su confianza de apoderarse de Fenicio: Simo, pensando que su hijo no tiene dinero, le
promete 20 minas si lo consigue. Pseudolo encuentra felizmente a Harpax, enviado por el
capitán, hace que le entregue la carta de presentación y sustituye a Harpax un compa­
ñero suyo, Simia (el Mono): entra así en posesión de Fenicio. Y Balio, satisfecho por haber
concluido este negocio, al ver a Simo, apuesta con él 20 minas a que Calidoro no le
quitará Fenicio. Pronto se desengaña de ello: tiene que dar las 20 minas a Simo, que,
a su vez, las entrega a Pseudolo. La obra termina en un alegre festín.
Auíularia. — El viejo y pobre Euclión encuentra en su casa una olla llena de oro: no
duerme, y sospecha' hasta de un honrado burgués, ya maduro, llamado Megadoro, que le
pide en matrimonio, sin dote, á su hija, 3a encantadora Fedra. Euclión acaba por esconder
ia olla en el templo de la Buena Fe; pero Se la hurta el esclavo Estrobilo, cuyo dueño,
Licónides, sobrino de Megadoro, esta enamorado de Fedra. LicóruHes logrará que Estrobilo
rësülüya'ël dine~ror>r qüe^sir"tíolè ceda"la'joven. Euclión, después de tantos azares, celebra
felizmente el matrimonio.
Tri mmimus. — Cármides marcha a arreglar sus negocios, y deja a su hijo Lesbónico
y a su hija bajo la protección de su amigo. Calicles. Lesbónico se arruina por su vida
disoluta y pone en venta la casa paterna; Calicles, desafiando las habladurías, la compra
(pues sabe que en ella se oculta un tesoro). Acto seguido, un amigo de Lesbónico le pide
a su hermana en matrimonio, y como Lesbónico no quiere que por su culpa haya de
casarse su hermana sin dote, llega a renunciar a su último dinero, e incluso a enrolarse
como mercenario. Calicles finge una comedia: un sicofanta, por tres monedas (tri nummus),
se encargará de traer una carta falsa de Cármides, con el dinero para la dote. Pero el
sicofanta cae en las .manos del propio Cármides, que regresa. Se desencadenan parlamentos,
preguntas, situaciones cómicas. Todo acabará bien, pese a las dificultades e —incluso—
angustias morales.
í Otras obras son verdaderos romances, como Menaechmi, en la que vemos
a un hermano en busca de su gemelo al que no ha visto nunca{que se le
parece exactamente, y al que no encontrará hasta que las más extrañas peri­
pecias hayan unido, sin saberlo ellos, ambas existencias; o Casina, cuyo
tema es un precedente, aunque parcial, de Las bodas de Fígaro de Beau­
marchais.
/ El Amphitryon, tan brillantemente imitada por Molière, es también un
romance, pero de tono elevado (“una tragicomedia”, escribió Plauto), porque
los avatares se deben a la voluntad del dios Júpiter que, para llegar junto
a Alcmena, tomó el aspecto de su marido Anfitrión, mientras que Mercurio
revestía el del esclavo Sosia. Como contrapartida, en Los Cautivos tenemos
un verdadero drama burgués/ en el que la amistad recíproca de Orestes y
Pílades en Táuride se transplanta a la sociedad griega del siglo iv: un esclavo,
cautivo en compañía de su dueño, se hace pasar por éste a fin de conseguirle
la libertad.
Parece, pues, que Plauto aceptó, sin inquietarse, la monotonía de un tema
convencional, pero usó de invenciones de autores muy diversos, en pos de
una extrema variedad de presentación, para agradar a un público muy ávido
de novedades, aunque también por gusto personal.
Los prólogos. —La mayoría de las obras de Plauto (12) se abren con un
prólogo, que a veces ha sido retocado, con ocasión de un reestreno, con la
adición o la modificación de algunos versos, pero cuya forma, en conjunto,
56
Plauto
parece totalmente plautina: estos prólogos presentan el tema de la obra, como
los de Eurípides, y permiten al autor ganarse al público, como ocurre con las
parábasis16 de Aristófanes. Son recitados por un dios / (Mercurio en el
Amphitryon, el Lar de la casa en la Aulularia, la estrella Arturo en el Ru-
dens), un personaje alegórico (Luxuria e Inopia, “Libertinaje” y “Pobre­
za”, en el Trinumnus), o uno de los actores de la comedia, o un actor que
viste un traje especial y al que se da el nombre de Prologus: En otros casos,
.Plauto no introduce el prólogo-parábasis hasta después de una escena de alto
relieve, rica en colorido (el Miles gloriosus) o un cuadro intimo (Cistellaria).
En el CuTcxdio.no hay prólogo, pero en medio de la obra irrumpe una parra­
fada satírica, de tono totalmente aristofaneo, recitada por el “director del
coro'* (v. 462-486). El autor busca evidentemente el contacto con los espec­
tadores y ciertos logros personales.
La acción. — La acción en sí misma no se ciñe al tema general, dema­
siado lleno de convencionalismo: se presenta cargada de la vivacidad y las
sorpresas de las Fourberies de Scapin, Plauto no siente la menor preocupa­
ción por la regularidad: pasa por alto detalles importantes, explicaciones
necesarias, hace aparecer o desaparecer los actores a placer, presenta con
brusquedad los desenlaces; alarga con delectación las escenas “rentables",
añade otras cuya idea le parece divertida, sólo aspira a llevar a su público de
escena en escena.. Por este motivo algunas obras son completamente inorgá­
nicas, como el Poenulus, que presenta solamente —seguidos e irregularmeníe
desarrollados— tres sucesos de los que es víctima el traficante de esclavos
(leño) Lico. Pero íos episodios, al menos, forman un todo, y cada escena
importante se despliega con una riqueza y una perfección sorprendentes.
Algunas "exposiciones” de Plauto son obras maestras de precisión auténtica;
algunas escenas finales, de un movimiento y una alegría arrolladores, evocan
el “kómos” (fiesta llena de desenfreno) de Aristófanes.
Un esclavo de la ciudad frente a otro del campo
[Escena de desarrollo excelente: da toda suerte de detalles de modo natu­
ral. Con ritmo de “exhibición", vivacidad, golpes c"* injurias. — Cruniio no
■' Volverá a aparecer en la obra. — Contraste de caracteres y de formas de hablar.
Parodia discreta de Odisea (XVII, v. 204-253) de acuerdo con el modelo griego,
pero con el sentir romano, que gusta del campesino.]
Grumio. — Sal de la cocina, par favor; lárgate, tunante, en vez de andarme al asalto
entre las cazuelas. Vamos, largo, fuera de esta casa, mina de tus dueños. ¡Ay! Como yo
viva, lo pagarás con creces en el campo! 17 ¡Venga, sal! ¿por qué te escondes...?
Tranio.— ¡Vamosl ¡Caramba! ¿Por qué tienes tú que gritar ante la casa? ¿Crees que
estás en el campo? Lárgate de esta casa. Vete al campo; vete, bribón. Largo de esta
puerta. | AhI... (le pega). ¿Es esto lo que buscabas?
Ghumio. •— ¡Muerto soy! ¿Por qué me zurras?
TnANio. Porque estás vivo.
16. La parábaos, normalmente hacia la mitad de la comedia, coincide con un alto en la
acción; el capitán del coro, o corifeo, se dirige entonces al público en nombre del poeta.
17. Donde Tranin, mayordomo en !a ciudad, quedará, en castigo, relegado como peón:
véase más adelante.
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
Gh u mi o . — | Espera! Sólo quiero que regrese el vi ejo; “ sólo que llegue con buena salud
nuestro amo, al que tú devoras cuando no está aquí.
T rani o. — Ni es verdad, ni se le parece, zoquete. ¿Cómo vamos a devorajr a uno que
no está presente?
Ghumio. — j Mirad al gracioso de la ciudad, a este payaso que hace sus bromas para
regocijar al pueblo? ¿Y tú eres el que se ríe de mis campos? Sin duda, Tranio, es que
esperas que te envíen muy pronto al molino. No pasará mucho tiempo, ¡pardiez!, Tranio,
antes de qué vengas a aumentar el personal de la granja, la gente de los hierros.“
De momento, todo lo que puedas, hártate a placer, despilfarra, corrompe al hijo del dueño
— ¡un joven excelente! Pasad noche y día bebiendo, llevando la vida griega: comprad
amigas, libertadlas; alimentad parásitos, robad en el mercado para armar luego fiestas. ¿Es
eso lo que el viejo te encargó al marcharse al extranjero? ¿Espera encontrarse su hacienda
empleada de ese modo?.¿Te parece que es éste el papel de un buen esclavo: echar a perder
a la vez la hacienda y el hijo de su dueño? Que bien corrompido anda ya para entre­
garse a esta vida, cuando entre toda la juventud ática no había ayer nadie que le igualara
ni en moderación ni en sensatez. ¡Hoy se gana la palma en otro orden, gracias a ti y a tus
lecciones!
T rani o. — (Maldita sea! ¿Por que tienes que ocuparte de mí y de mis actos? Escú­
chame: ¿no tienes bueyes en el campo para cuidar? Me gustan los banquetes, el amor:
mis lomos responderán, no los tuyos.
Grumio (acercándose hasta habl ar sobre el rostro de Trani o).-— [Qué atrevimiento!
)Qué planes! ]Ay!
T r ani o.— ¡Ahí ¡Que Júpiter y todos los dioses te aniquilen! ¡Uf! ]Cómo apestas a ajo!
IAuténtico montón de basura, palurdo, macho cabrío, pocilga, mezcla de cabra y perro!
G r u mi o . — ¿Qué quieres que haga? Todo el mundo no puede, como tú, oler a perfu­
mes exóticos, ni ocupar en la mesa mejor lugar que el amo, ni comer bocados tan exqui­
sitos. Guárdate tus pichones, tus pescados y tus volátiles: déjame a mí, perfumado de ajo,
llevar la vida de mi clase. Tú eres el afortunado; yo, el miserable: hay que resignarse. El
bien para mí, y el mal para ti, nos esperan.
; T r a n i o . ■— Me parece que me envidias, Grumio, porque yo vivó, bien y tú no. Pero
cada cual tiene la suerte que le corresponde: para mí, el amor; para ti, el oficio de boyero;
para mí, la gran vida; para ti, una existencia mezquina y miserable.
- G r u mi o . — ¡Cedazo de verdugos!... Así te pasará, según creo. Así te cribarán a agui­
jonazos al llevarte ligado a la horca por las calles, si el viejo regresa.
T r a n i o . — ¿Estás seguro de que eso no te pasará a ti antes que a mí?
G r u mi o . — Yo jamás lo he merecido. Tú, sí; y ahora mismo.
. T r a n i o . — Pon freno a tus palabras, si no quieres que te zurro vergonzosamente.
Gr u mi o . — ¿M e daréis al menos forraje para mis bueyes?... Y vosotros, ea, continuad,
pues vosotros .habéis empezado: bebed, vivid a la griega, comed, hartaos, matad las reses
más cebadas. .
Tr anio. -— Calla y lárgate a los campos. Que yo marcho al Pirco10a comprar pescado
para está noche. Ya me las arreglaré para mandarte mañana forraje a la granja.., ¿Por qué
te quedas ahora mirándome a los ojos, carne de horca?
•Gr u mi o . — ... expresión que a ti te cuadrará "muy pronto”, según me parece.
T r a n i o . — De acuerdo con ese “muy pronto”, con tal que goce del presente.
Gr umio. -— Sea en buena hora* Pero aprende al menos que los pesares llegan con mayor
rapidez que se realizan los deseos.
T r a n i o . — Ya me estás cargando. Ahora, vete, lárgate al campo sin detenerme mucho.
(Sal e.)
Grumio. — ¿Se va de esa manera y no tiene en cuenta nada de lo que le he dicho?
¡Dioses inmortales, os conjuro! ¡que nuestro anciano dueño regrese cuanto antes —más
18. El padre (que, en la comedía griega, llevaba una máscara de anciano).
19. Los esclavos del campo, toscos y peligrosos, llevaban grilletes de hierro, para impe­
dirles la huidn.
20. El Pireo es el puerto de Atenas; los gastrónomos acudían a él a comprar pescado
fresco.
Plauto
de dos años hace que marchó— antes que todo perezca devorado, casa y hacienda. Si no
regresa ahora, eso sólo tardará algunos meses en ocurrir.
Mostellaria, v. 1-81.
Los personajes.—Los personajes eran, en principio, tan convencionales
como los temas: las máscaras, en la comedia griega, servían para reconocer
al punto su "categoría”. Los encontramos iguales en cada obra: el joven
libertino y despilfarrador, que de. ordinario sólo aspira a arruinar a su
padre; la cortesana, de espíritu y de tocado finos, ávida y diestra, o la joven-
cita modesta y simpática; el padre (o el “viejo”), antiguo calavera, en la
actualidad severo y adusto, pero con frecuencia ingenuo, y a veces con
inclinación a volver a sus hábitos de libertino; la madre, honrada, aunque
tosca; el esclavo, desvergonzado e ingenioso, que desafía los golpes y los
tormentos, al servicio de los amores de su joven amo, no sin complacerse en
torturarle. El traficante en esclavos (Zeno) es también indispensable: su bru­
talidad, su avaricia, su cínica deshonestidad, su astucia hacen de él a la vez,
para el mayor goce del público, el digno adversario y la víctima necesaria
del esclavo. Otros papeles se incluyen también: el militar fanfarrón, a sueldo
dé un rey helenístico; el parásito, que trata, con sus adulaciones y sus buenas
palabras, que lo inviten a comer; el cocinero de alquiler, jactancioso y
ladrón... '
Un “leño” y sus esclavos
[Puesta en escena agitada y alterada por los golpes (cf. el Guignol). — Ca­
racteres generales y convencionales. — Inspiración y colorido en el lenguaje, que
debía acentuar la música aún más (un “solo” variado que se atenúa un poco
hacia el final). — Poderosa, sensación de antipatía! — Recuérdese Moliere, L'A-
vare, III, esc. 1.]
Ba u o . —- Salid, vamos, salid, holgazanes, alimentados con demasiado regalo, adqui­
ridos a precio excesivo, a quienes nunca se les ha ocurrido nada bueno, y de quienes no
se puede obtener provecho alguno a i:o ser por este procedimiento.11 No conozco hombres
más asnos que éstos: tan endujecidas tienen las costillas por Jos azotes. Cuando los azota­
mos, nos hacemos más daño que a ellos: son del linaje de los que gastan estribo. No
piensan más que en robar a la primera ocasión, en estafar, en tomar, en saquear, en beber,
en comer, en huir... Éste es su trabajo. Será preferible dejar los lobos junto a las ovejas
a semejantes guardianes en casa. En apariencia, sin embargo, nadie los juzgaría malos;
¡pero qué diferencia en las obras!
Por tanto, si todos vosotros no prestáis atención a mis órdenes, si no apartáis el sueño
y la pereza de vuestros corazones y de vuestros ojos, mi látigo os decorará muy bien los
ríñones, hasta hacer palidecer en comparación los tejidos campanienses y los tapices
rasos de Alejandría, con todos sus dibujos de animales.” Desde ayer lo ordené todo y asigné
a cada uno su misión. Pero sois tan negligentes, tan corrompidos, tan malos, que es nece­
sario recordaros vuestro deber a fuerza de golpes. Por la dureza de vuestra piel podéis con
esto y conmigo... Miradles un poco, cómo piensan en otras cosas. Vamos, a vuestro tra­
bajo ¡atentos! Los oídos abiertos a mis palabras, carne de patíbulo. iPor Pólux! Vuestro
■cuero no será más duro que este cuero.2* ¡Hala! ¿duele, eh? Así se les da a los esclavos
que no obedecen a su dueño. Vamos, todos en pie ante mí, y atención a lo que digo.
21. Azota a sus esclavos o Ies muestra el látigo.
22. Yuxtaposición de un motivo italiano y otro griego,
23. Azota a sus esclavos o les muestra el látigo.
tórir-'ir.í •
Tú, el que tiene la cántara, ¡rápido a traer agua! Llena el caldero de la cocina. Tú, con
tu hacha, te encargarás de cortar madera.
El escl avo. —- Es que está embotada.
Bal i o. — ¡Déjalo!; ¿no lo estáis todos vosotros de golpes? ¿Es ésa una razón para
que no os utilice a todos? —Tú, a limpiar la casa; tienes trabajo; rápido, entra. Tú... tú
prepararás el comedor. Tú limpia la vajilla de plata y colócala. — Cuando vuelva del foro,
que lo encuentre todo dispuesto, barrido, rociado, terminado, colocado, preparado, arre­
glado.® Hoy es mi aniversario: y vosotros debéis celebrarlo.
Pseudoltis, v. 133-1(35.
^Aunque Planto no utilizó las máscaras, no dio nunca rasgos individuales
—por decirlo así— a sus personajes; el esclavo Pseudolo, "pelirrojo, barrigu­
do,. de gruesas pantorrillas, tez morena, cabeza grande, mirada penetrante,
labios rojos y grandes pies” es una excepción. Perora cen tu ó de modo especial
en cada una de sus obras el relieve del actor principal, en tomo al cual se
concentra la acción: generalmente un esclavo-Scapin que es el retrato del
poeta mismo. De ahí la unidad del tipo, y también el esfuerzo de variedad
qué en cada ocasión lo ha diversificado.
Dos compañeros
[Dos esclavos conscientes de su ingenio, y transformando en arte sus trapa­
cerías. — Mímica rrfuy variada sugerida por el texto. — Mezcla de naturalidad
y artificio en el lenguaje/-— Bromas tradicionales: el saco de monedas com­
parado con ud tumor (“una postema”, dirá Cl. Marot); la bolsa que contiene las
bestias representadas por el precio en dinero. —^Poesía de juego, indistintamente
entre el autor y sus actore^J
Sacaristio (aparte). — Helo aquí. Voy a presentarme elegante, como para pintarme.
Avancemos, los puños en las caderas, magníficamente ataviados.
- . Toxxl o. — ¿Quién se acerca aquí, como un puchero de doble asa?
Sa g a r i st i o (aparte). — Uu poco engallados: toseremos ostensiblemente.
T o x i l o . — [Pero si es Sagaristiol ¿Cómo te va, Sagaristio? ¿Y esa salud? Y, del asunto
que té encargué, ¿hay algo a la vista?
Sa g a bi st i o . —■Acércate. Ya veremos; po; favor. Ven; ¿de qué se trata?
.. T oxi l o. :— ¿Qué hinchazón tienes ahi, en el cuello?
Sa g a r i st i o . — Un tumor. No aprietes. Si se toca sin cuidado, es muy doloroso.
.T o x i l o . — ¿Cuándo te ha salido esto?
Sa g a r i st i o . — Hoy.
T o x i l o . — Hazte operar.
Sa g a r i st i o . — Temo que aún no esté maduro: entonces, aún me dolería más.
T o x i l o . — Me gustaría examinar tu dolencia.
Sacar ist io. — ¡Andal Vete. Preocúpate, por favor, de... los cuernos.
T o x i l o . — ¿Cómo?
Sacar ist io. — Hay un par de bueyes aquí, en la talega.
Tojol o. — Déjalos salir, créeme, que se morirán de hambre; déjalos ir a pacer.
Sacar ist io. — Es que temo no poder traerlos de nuevo al establo, si echan a correr
por el.campo. - . ,
T o x i l o . — Yo me encargaré de el l o: pi erde todo cui dado.
Sa c a r i st i o . — Quiero creerte, y te los prestaré. Sígueme a nsta parte, por favor.
Aquí tengo el dinero que me has pedido.
Toxt l o, — ¿Qué?_
r r , FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
“ N. del T. — I ntentamos recoger el homoiotclcitt&ii del original.
60
Plauto
Sa c a i u st i o . — E] amo me ha mandado a Eretria a comprar bueyes: Ahora Eretria,
para mí, es tu casa.
To xil o . — ¡Qué bien has hablado! Y yo, por mi parte, te devolveré muy pronto todo
el dinero. Pues todas mis sicofantas están ya instaladas, preparadas para quitar esa suma
al “leno”.
Persa, v. 306-328.
El esclavo es el verdadero rey de la comedia de Plauto: seguro de su
éxito, parece embriagado de su importanciiTTiasta^rheroísmo y el desinterés:
todo lo arriesga, golpes y suplicios, para hacer reír y quedar a la altura de
su reputación. Los demás personajes, o se ven arrastrados por su propio peso,
o conservan muchos refinamientos psicológicos del modelo griego, en especial
en los papeles femeninos. Resultan muchas desigualdades, pero se olvidan
ante la potencia de la invención cómica y el resplandor del “héroe”.
Las costumbres. — El público romano pedía que se le presentaran las
costumbres griegas: Plauto toma la molestia de asegurarles muchas veces que
no lo olvida, y llama “bárbaros” a los propios italianos, para dar la impresión
de que traduce su modelo palabra por palabra. Pero está convencido de que
un teatro, para ser vivo, tiene que ser actual; y él mismo se halla demasiado
sumergido en el pueblo latino para no llevar a la escena sus acciones y sus
gestos, sus preocupaciones y lo esencial de su psicología. Así, sus piezas
son de una fórmula originalísima, y su análisis nos resulta muy difícil/ Pues
comedias burguesas de atmósfera muy griega, como Los Cautivos o Stichus,
en que vemos a dos hermanas atendiendo solícitas a sus maridos que, por
fin “regresan de las Indias” cargados de riquezas (P. Lejay), podían conmover
también la sensibilidad romana en un período de guerra y de auge del
comercio. Por el contrario, los-tipos de ancianos vividores o de personajes tan
complejos como el Hegión de Los Cautivos o el Euclión de La Amularía,
¿no rebasarían la capacidad del público?,,Y, aunque el esclavo inteligente y
desenvuelto era bien conocido en Roma/ la infinita libertad de que goza en
el teatro le debía parecer una verdadera fantasía escénica. Si a ello añadimos
la policromía grecolatina de la lengua popular, la mescolanza de nociones de
derecho griego y derecho romano, de mitología helénica y de concepciones
religiosas latinas, las frecuentes alusiones a los sucesos contemporáneos, a la
topografía de Roma, a las instituciones militares y políticas de la Ciudad, en
un clima que se considera totalmente griego, podremos comprender la singu­
lar combinación.
Esta combinación parece querida en cierto sentido, y por otra parte
debida a la rapidez de un trabajo al que Plauto aporta a un tiempo el fruto
de lecturas tal vez precipitadas, la experiencia de la vida y su sentido escénico.
En todo caso, lejos de dañar a su obra, le aseguró el éxito que podríamos
calificar de permanente a lo largo de los siglos. En electo, satisfacía 3os gus­
tos más diversos, delicados o groseros, y podía prestarse con faciliad tanto
a los progresos como a las retiradas de la influencia griega en Roma, según
24. Ciudad de la isla de Eubca.
61
FORMACION DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
que quisiera considerarse el colorido helénico o la savia romana. Y, al huir
de la vida misma con los préstamos más librescos, era lo más indicado para
familiarizar el espíritu latino con toda clase de aspectos íntimos, morales o
poéticos de la Grecia postclásica.
Ciudadanos de corta edad
[Agorastocles, joven de "tipo cómico” (ligeramente apayasado), necesita tes­
tigos para sorprender al “leño" en flagrante delito, como culpable de encubrimiento
do esclavos y dinero. — Contraste escénico y psicológico entre el joven y sus
testigos, libertos. — Colorido romano: rudeza y afectado orgullo en los antiguos
esclavos que ostentan su nueva dignidad de ciudadanos; pero también su tenden­
cia r no hacer nada, contentos con su vida miserable: neta evocación de la
plebe en los albores del siglo u. — Pintoresco trabajo de la lengua (imágenes,
adjetivos compuestos, aliteraciones). — Tono de recitado (acompañado por la
flauta).]
A g o r a st o c l es. — | Que los dioses cíe protejan! No hay cosa más insoportable que
un amigo remolón, en especial para un enamorado que, en todos los casos, siempre tiene
prisa. Fijaos en los testigos que me siguen, en esos hombres que caminan lentísimos,1®
más lentos que una barca de carga en una mar en calma. ¡Y pensar que siempre cuidé
de evitar los amigos maduros, pues temía, en pro de mis amores, la lentitud propia de sus
años! Me busqué unos magníficos compadres, los hombres más lentos, pemituertos.— Va­
mos, si es para hoy; andad de una vez, o andad a que os ahorquen. ¿Así es como unos
amigos deben ayudar a un enamorado? ¡Cómo cribáis los pasos con el fino cedazo, como
si fueran flor de harina! ¿Acaso es la costumbre de los grilletes 58 la que os hace cami­
nar así?
Los t est ig o s. — Alto, alto, amigo; aunque a tus ojos seamos pobres plebeyos, si no
nos hablas como corresponde, por rico y de buen linaje que seas, no nos molestaremos
por ayudar a los poderosos. No estamos a tus órdenes, ni en tus amores ni en tus rcncílíss;
cuando compramos nuestra libertad, lo hicimos con nuestro dinero, no con el tuyo.
Debemos ser tratados como hombres libres; no te apreciamos en más de un comino: no
vayas, pues, a pensar que estamos condenados a servir como esclavos en tus amores. Los
hombres libres suelen caminar por la ciudad con paso tranquilo; está bien que un esclavo
se dé prisa, ello es corriente. Pero el ajetreo, en particular cuando el estado se mantiene
en paz y el enemigo ha sido aniquilado, no es natural. Si tenías tanta prisa, nos debías
haber traído ayer a declarar aquí. No te hagas ilusiones, que ninguno de nosotros correrá
hoy por las calles y la gente no nos arrojará piedras como a los locos.21
A g o r a s t o c l e s . — Si os hubiera invitado a comer al templo,18 habríais superado con
vuestros pasos a ios ciervos y a los que corren con zancos. En cambio, como os llamo
en calidad de testigos para ayudarme en un juicio, os sentís gotosos y más lentos que un
caracol.
Los t e s t i g o s . — ¿Y qué? ¿No es un justo motivo para correr con rapidez cuando se
trata de beber, de comer a costa de otro, hasta hartarse a placer, sin estar obligado a de­
volver nada al anfitrión que os invita a comer? Pero, aparte de eso, aunque un poco justo,
tenernos en casa para comer: no nos hundas, pues, con tu desprecio. Ló poco que tenemos,
25. “A pasitos insignificantes.”
26. Alusión a su antigua condición de esclavos (véase a continuación).
27. Para evitar el contagio de la locura.
28. Después .de un sacrificio, en que una parte de lns carnes de la víctima era consumida
por los asistentes.
62
Plauto
es totalmente nuestro: no pedimos ni debemos nada a nadie. Ninguno de nosotros se
matará por ti.
Agohast ocl es. — ¡Cómo cstáisl... Yo hablaba en broma.
Los t e s t i g o s . — Broma, si qui eres, es también nuestra respuesta.
A g o h a st o c l es. —>Os conjuro, por Hércules, a que me traigáis hoy vuestra ayuda en
finos veleros, no en barcazas. Moveos al menos: no os pido que os deis prisa.
Los t e s t i g o s . — Si estás dispuesto a proceder con calma y tranquilidad, te ayuda­
remos; si tienes prisa, mejor es que tomes por testigos a unos corredores.
Poenul us, v. 504-546. •
Las preocupaciones propiamente morales son ajenas a Plauto: antes bien,
la desvergüenza del mundo llamado “griego” es uno de los atractivos del
espectáculo. Los personajes edificantes son raros, aunque hallemos algunos
tipos, incluso entre los esclavos; pero, como contrapartida, los dichos y los
gestos de otros no pretenden llegar a ninguna conclusión, al no tener otro
objeto que el entretenimiento. Si en Los cautivos, por excepción, encontramos
versos e incluso coplas de una filosofía bastante profunda, ello se debe, de
por sí, al original griego: además hay que admitir que una cierta abnegación
teñida de estoicismo podía emocionar a la masa del pueblo latino. E igual­
mente la compasión, muy delicada, de un anciano hacia dos jóvenes náufra­
gos, como en el Rudens. Pero el fondo romano, que reaparece aquí y allá, es
de un realismo muy rudo: la virtud se muestra, al fin, más provechosa que
el vicio; el libertinaje es ruinoso; y, aunque la juventud tiene ciertos dere­
chos, debe evitar sin embargo perder la reputación.
La buena fama vale más que una faja dorada
[El parásito Saturio ("Estómngo Repleto”), para ganar algún dinero atrapando
al leño, fingirá que le vende una esclava, que será en realidad su hija. — Preocu­
pación moral por el qué dirán. — Presentimiento de un nuevo deréciio, que
liberará al hijo mayor de la tutela del padre. — Dignidad y firmeza en el len­
guaje de la joven. — Ritmo gnómico, griego y romano a la vez (sentencias).]
L a j o v e n . — Dime, padre, por favor, por mucho que te agrade la cocina de los
demás, ¿puedes vender a tu hija para regalar tu vientre?
Sat uhío. — Lo raro sería que te vendiera en provecho del rey Filipo o Atalo,5" no
en el mío; a ti, que eres mía.
La j o v e n . — ¿Me tienes por hija o por esclava?
Sa t u í u o . ■— Del modo que mejor convenga a los intereses de mi estómago. Tengo,
me parece, autoridad sobre ti; no tú sobre mí.
La j o v e n . — Sí, padre, tienes ese derecho... Pero, aunque estemos un tanto apurados,
la reserva y la moderación ayudan a vivir mejor. Porque si los malos rumores vienen a
sumarse a la pobreza, la pobreza se toma más agobiante, y el crédito más frágil.
Sa t u r i o . — ¡D i oses, qué car gante eres!
L a j o v e n . — No: no lo soy ni creo serlo, aunque, a pesar de mi juventud, dirija
prudentes recomendaciones a mi padre. Piensa que los malos no cuentan las cosas como
han pasado.
29. El rey de Macedonia o el rey de Pérgamo.
63
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
Sa t u r i o . —r Háganlo y que se vayan a pasco. De todas sus mezquindades no hago
yo más caso que de una mesa vacía que ahora colocaran para mí.
L a j o v en . — Padre, la deshonra es inmortal; vive incluso cuando se la cree ya
muerta.
Satui uo. — Entonces ¿temes que te venda?
La joven. — No padre; pero no quiero que te acusen.
Sa t u h i o . — Tonterías. Esto se hará a mi acomodo, no al tuyo.
L a j o v en . — Bueno.
Satubi o. — ¿Cómo?
L a j o v e n . — Piensa aún en esto, padre mío: si el dueño amenaza a! esclavo con
fustigarlo, incluso aunque no lo Haga, ¡qué sufrimiento para el desgraciado que ve empu­
ñar el látigo, que se despoja de su túnicaf Yo también, por un mal que no es un mal,
tiemblo, sin embargo.
Sa t u r i o . — Nada vale hija o mujer cuando sabe más de lo que agrada a sus padres.
L a j o v e n . — Nada vale hija o mujer cuando se calla, viendo que se la perjudica
en algo.
Sa t u r i o . — [Eli! [Mira que te doy!
L a j o v en . — ¿Entonces no puedo...? Si me preocupo por ti.
Persa, v. 336-370.
Más netamente romana es sin duda la tendencia a la sátira: Plauto suele
ocuparse, en cualquier momento, de las profesiones malolientes que infestan
la ciudad (Cautivos, v. 794 ss.), o de los ricos “explotadores”, que no deja
de nombrar el pueblo; banqueros y usureros, grandes comerciantes de trigo, de
aceite, grandes propietarios (Pseudolus, v. 188 s.)... Pasajes célebres descri­
ben con vivacidad eí atractivo de las mujeres (Aulularia, v. 478 ss.), los chis-
morreos de los portadores de nuevas (Trinummus, v. 199 ss.), los embarazos
de Ja clientela (Menaechmi, v. 571, ss.). En todos estos pasajes no hay ninguna
intención moral, ni postura social bien acusada; pero hay, a buen seguro,
deseos de complacer al bajo pueblo, dando satisfacción a sus inclinaciones
maledicentes y a su complacencia en la crítica. Nevio había hecho lo mismo,
pero apuntando a los individuos, como los autores de la antigua comedia
ática. Plauto, generalizando, armoniza mejor estos rasgos romanos con el tono
de conjunto de la comedia nueva de los griegos.
£1 foro romano
[El empresario del espectáculo (chonsgus) se dirige directamente al públi­
co. — Orden topográfico; la descripción so desarrolla del norte al sur del foro. —
Impresión de movimiento y de diversidad.]
... Voy a deciros en qué lugares encontraréis, sin excesivo trabajo, a aquel que
busquéis: viciosos o sin vicios, honrados o no. ¿Queréis encontrar a un falsario? Id al
Comido.“ ¿Un charlatán fanfarrón? Junto al templo de Cloacina.*1 Los maridos ricos
y pródigos buscadlos por la basílica; “ allí se encontrarán también cortesanas marchitas y
negociantes. Los rimantes de las comidas a escole, en el mercado del pescado. En la parte
baja del foro se pasean los hombres de importancia, los ricos; en medio, cerca del canal,“3
30. Antiguo lugar de reunión de la Asamblea de ciudadanos.
31. Venus Cloacina.
32. Gran sala pública, única aún; fueron luego construidas muchas en torno al foro.
33. Servía de desagüe, aún entonces al descubierto.
64
Plauto
la1élite de los ilustres, Los portadores de noticias, los charlatanes y los maledicentes, que
sin titubear deshonran a otro por nada, presentando ellos materia para duras verdades,
sobre el lago Curcio. En torno a las tiendas. viejas,** los que hacen préstamos y dan
dinero a usura. Detrás del templo de Castor, aquellos a quienes haríais mal en entregaros
a la ligera; en la calle de los Toscanos, los que no paran de venderse...
Curcul i o, v. 407-482.
Movimiento. — A pesar del confusionismo sumido en la acción por tantos
elementos, la psicología, la descripción de las reacciones, este teatro da una
impresión de unidad, e incluso de precisión. Se debe a que Plauto posee el
temperamento dramático en un grado raro. Ve a sus personajes en movimiento,
se mueve con ellos —por decirlo así—, y arrastra al público a que le siga,
sin detenerse, de invención en invención. Es lógico que en este movimiento
haya mucho juego de escenas tradicionales y adiciones que sólo valen por
su vivacidad meridional. A veces es fácil darse cuenta cómo la invención es
en un principio muy'dudosa. Pero Plauto, por la rapidez y —según parece—
por la alegría que pone en su trabajo, hace penetrar todo lo que toma
prestado en su alma misma: se convierte en el esclavo que lleva el juego,
da vida, en torno a él, a todos los personajes; y, como vive en comunión de
espíritu con los espectadores, encuentra las palabras y, sobre todo, los gestos
que les darán la impresión de vida. De este modo resulta que incluso los
personajes de psicología nula actúan como se esperaba. E incluso cuando
sus actos exageran la realidad, su exceso aparece exactamente proporcionado
al tono general de la obra y a Ja óptica de la escena.
Simulacro de locura
[Meneemo Sosícles, en busca de su hermano gemelo, se encuentra, sin sos­
pecharlo, en la casa de éste, y es tomado por el do Epidamno: no sahe eómn
salir de? paso en medio de las preguntas y los reproches «]ue le dirigen la mujer
y el suegro de Meneemo de Epidamno. — Movimiento general y variedad de
juegos en escena. — Precisión en las reacciones de los personajes. — Parodia
(remontándose al origina! griego) de una escena de locura o “posesión" trágica.J
El v iejo . — Vamos, Meneemo, ya está bien de bromas. Al asunto ahora.
Menecmo. — ¿Pero, qué asunto hay entre nosotros? ¿De dónde vienes? ¿Quién eres?
¿Tengo yo algo que ver contigo o con esa mujer que me importuna?
La m u j e r . — ¡Fíjate cómo sus ojos se ponen verdes? Un color lívido cubre sus sienes,
su frente... ¡Ayí ¡Cómo brillan sus ojos! ¡Fíjate!
M enecmo (aparte). — Ya que me creen l oco, nada mejor que si mul ar un ataque de
l ocura p2ra verme l i bre de ellos por el temor.
L a mujer . — ¡Cómo se estiral ¡qué bostezos!... ¿Qué debemos hacer, padre?
E l v i e j o . — Ven aquí, hija. Lo más lejos que puedas de él .
Menkcmo. — jAh, Evio!, ¡ah, Bromio! “ ¿no me invitas a cazar eti los bosques? Sí,
ya oigo; pero no puedo marchar de aquí: tengo a mi izquierda a una perra rabiosa que
me detiene; y, del otro lado, a un viejo cabrito que mil veces en su vida fue la ruina de
inocentes ciudadanos por el falso testimonio.
34. Serie de tiendas al sudoeste del foro.
35. Dos sobrenombres de Dioniso (Bacchus, Baco), dios de los éxtasis místicos y de la
naturaleza salvaje.
S. L I TERA TURA LATINA 65
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
E l v i e j o , — i Ay! ¡Pobre de ti!
M en ec mo . — Apolo " me manda en su oráculo quemar los ojos de esta perra con
antorchas ardientes.
L a m u j e r . — ¡Muerta soy, padre míol ¡Quiere quemarme los ojosl
M en ec mo . —■]Ay de mí! Dicen que estoy loco, y los locos son ellos.
E l v i e j o . — 1Escucha, hija mía!
La mu j eh . — ¿Qué? ¿Qué debo hacer?
E l v i e j o . — ¿Y si fuera rápidamente a llamar a los esclavos? Voy. Los traeré para
que se lo lleven de aquí y lo aten en casa antes de que arme más escándalo.
M en ec mo (aparte). — Si 110 me decido, me llevarán a su casa. (Al to.) M e mandas
golpear su rostro a puñetazos, sin miramientos, si ella no se aparta lejos de mi vista a los
mil demonios. Te obedeceré, Apolo.
E l v i e j o . — j Huye a todo correr, que no te aporree!
L a mujeh. — Estoy a salvo. Te pido, padre, que lo guardes bien y evites que se
escape. ¡Bastante desgracia tengo con oír tales cosasI ,
M en ec mo (aparte). — No está mal: ¡ya está! (Al to.) Ahora tú me mandas que rompa
a este viejo infecto, a este barbudo, Titón ” cacoquimio, de la raza de Cicnio,“ con su
propio bastó», miembros, huesos, articulaciones.
E l v i e j o . — Cuidado, que . te doy si me tocas o te acercas sólo.
M en ec mo . — V oy a obedecerte, a tomar un hacha de dobl e fi l o y qui tarl e los huesos
como a carne de pastel .
E l v i e j o . — jAy! I-Ie de tener cuidado. Me da miedo oírlo, no sea que me dé algún
mal golpe.
M en ec mo . — Tus órdenes me impulsan a hacerlo, Apolo. Ahora debo uncir caballos
ardientes, indómitos, y subir en mi carro para aplastar a este viejo león que se agita, malo­
liente, desdentado. Ya estoy sohre el carro, ya empuño las riendas, ya tomo el aguijón, ya
lo tengo. ¡Arre, caballos! Galopad, que resuene la tierra; soltad la agilidad y rapidez de
vuestra carrera.
E l v i e j o . — ¿Me amenazas con tu tiro?
M en ec mo . — Nueva orden. Sí, Apolo, voy a cargar sobre él y a matarlo... Pero, ¿quién
me arroja abajo del carro, por los cabellos, en contra de tu orden, Apolo?
E l v i e j o . — ¡Señor! ¡Qué enfermedad más dura y cruel! ¡Dioses: asistidnos! Este
loco estaba bueno y sano hace un momento. Y, de golpe, el mal terrible se ha lanzado
sobre él. Vamos a buscar un médico, lo antes posible.
Menaechmi , v. 825-875.
En busca de una arqueta perdida
[E11un momento de aturdimiento, la pequeña esclava Halisea ha extraviado
la arqueta que contiene tos juguetes que permitirán demostrnr que su dueña
Setenio es de nacimiento libre. Vuelve a buscarla, pero la arqueta ha sido reco­
gida por Fanói'trata, madre de Selenio, y su esclavo Lampadio. —- MonóJofjo
lírico con canto y mímica fcatiitcum,}. — Naturalidad en los movimientos; los
gestos y las emociones (esperanza, temor, entusiasmo, desaliento). — Sutileza en
el patetismo y juego escénico convencional (Halisea se dirige a los espectado­
res). — Cf. Sófocles, Los Sabuesos, v. 57 ss.; Planto, Aulularia, v. 713-72G, y
Molière, L ’Avare, IV, esc. 7.]
36. Dios que “se apodera” de aquellos a los que dicta su oráculo.
37. Esposo de Eos (la Aurora), único entre los inmortales que envejece sin cesar.
38. El insulto mitológico parece pura fantasía: Cieno liijo de Ares (Marte), cruel e impío,
fue vencido y muerto por Heracles (Hércules).
66
Plauto
H a l j s c a . — Yo tenía en mis manos esta arqueta, la he tomado aquí, ante la casa;
y no puedo sospechar dónde se encuentra... Sólo ahí, o no muy lejos, me parece, se'me
puedo haber perdido. Decidme, buenos amigos, queridos espectadores, si alguno de vosotros
la ha visto, ¿quién se la ha llevado?, ¿quién la ha recogido?, ¿por dónde ha marchado?,
¿por aquí?, ¿por allí? Mas Ipara qué preguntarles y molestarles! Sólo saben gozar con el
sufrimiento de las mujeres.
Voy a intentar seguir las huellas, si quedan aún. Pues si nadie ha pasado desde que yo
entré... la arqueta debería estar aún aquí. ¿Sí, allí está? Estoy perdida, bien, bien perdida;
no hay nada a hacer; ¡fuera! ¡Ay!, ¡dolor y maldición! No hay arqueta; yo también he
acabado. Su pérdida me pierde... Ea, hay que continuar su búsqueda. Temor dentro,
temblores fuera: el miedo me acosa por doquier, miseria de la miserable humanidad.
Y ahora, ¡qué contento debe estar el que la posea! Una arqueta que no le sirve para nada,
mientras que a mí... Pero, estoy perdiendo el tiempo. Animos. Veamos, escarbemos con
la mirada; examinemos las huellas con una sutileza de augur.
L a mpa d i o . — ¡Señora!
F a n o st r a t a . — ¡Hola! ¿Qué hay?
L a mpa d i o . — ¡E s el l a!
F a n o st r a t a . — ¿Q ui én?
L a mpa d i o . — La que ha perdido la arqueta.
F a n o st r a t a . — Seguramente señala el lugar donde ha caído; así lo parece.
H a l j sc a . — Se ha marchado por aquí: aquí veo, en el polvo, !a huella de un borceguí;
voy a seguirla por aquí... Sí, en este punto se detuvo con alguien... Y luego... nada, [qué
confusión! No veo nada... Por allí no ha continuado: se ha detenido aquí, y se ha mar­
chado desde aquí... En este lugar, una reunión; son dos... ¡Ah! ¡Ali! ¡Sólo una huella!
Pero, ahora, se marcha por aquí... ¡Cuidado! ¡Por aquí, en esta dirección!; y después...
¡nada!... Trabajo perdido. Tendré que lamentarme por mi piel y por la arqueta. Entremos.
Ci stdl ari a, v. 675-704.
Pintoresquismo. — Si el movimiento de las escenas de Plauto es normal­
mente, pese a ciertas bufonadas, muy apropiado, su pintoresquismo puede
parecemos desmedido. Se percibe a la vez el entusiasmo artístico del escritor
que se embriaga de imágenes y la voluntad de imponer al público una visión
potente, libre hasta rebasar lo natural. Con mucha frecuencia suponemos, bajo
su comicidad tan abundante y tan sabrosa, una influencia de los iliacos, esas
farsas de la muerte en' las que autores como Rintón de Tarento (s. ni a. C.)
Í
parodiaban las nobles leyendas trágicas para regocijo de los espectadores de
a Magna Grecia o de Sicilia. Ése es, tal vez, el origen del Anfitrión. Tanto
en los cambios de bromas como en los arrebatos de insultos, en las jactan­
cias o en los triunfos vanidosos de los esclavos, en los equívocos, en las
bufonadas, Plauto no ha tenido en cuenta, evidentemente, más que la diver­
sión de sus espectadores. Y esta diversión era recia, sensual y tosca, y tendía
a las bufonadas ricas en color más bien que a sutilezas en la intriga. Pero el
f
enio del poeta sacó partido de este gusto, al ofrecerle un incentivo mayor
el que esperaba. De ahí el engrandecimiento casi épico del cómico pinto­
resco, que transforma radicalmente lá comedia griega original, y que a veces
incluso parece anunciar a Rabelais. El peligro hubiera consistido en una ma­
yor lentitud en la acción. Pero, como hemos comprobado, ésta avanzaba más
a saltos que por ligazón, y, como el movimiento mismo de los actores, era
de extrema vivacidad y un pintoresquismo casi igualmente excesivos, para
hacer de la comedia una obra maestra del naturalismo de la fantasía.
67
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
El capitán fanfarrón y su parásito
[Escena de comienzo de un juego entre el capitán Venccdor-de-torrcs-y-ciu-
dades, vanidoso, salvaje y de aspecto desafiador, y su humilde parásito Come-
pán. — Autenticidad esencial en los caracteres, por lo demás estereotipados «
inclinándose a los “fantoches". — Exageración caricaturesca e inverosímil en las
jactancias, tanto por parte del parásito como del capitán. — Pintoresquismo en
el detalle y riqueza de vocabulario. — Compárese con el personaje Matamore
en L'I llusion Comique, de Comeille,]
PmcopoLiNiCE. — Bruñid mi escudo, que resplandezca más claro que los rayos del
sol en un ciclo puro; que, cuando llegue el momento, en plena batalla, deslumbre con
sus rayos, entre el fuego de la pelea, los ojos de los enemigos. ¿Y mi espada? Quiero
consolarla, para que no se lamente ni pierda valor de sentirse ociosa en mi costado
durante tanto tiempo, ardiendo en deseos de picar a los enemigos, ¿Y Artotrogo, dónde está?
A r t o t bo c o . — En pi e, junto a su héroe i ntrépi do, afortunado, hermoso como un rey.
Pero no osaría consi derarse tan bel i coso, ni comparar sus proezas con las tuyas.
PmcopoLiNiCE. — ¿El que yo salvé en los campos Curculionioscuando era general
en jefe Bumbomáquides Clutomistaxidisárquides,*0 nieto de Neptuno?
Ar t o t bo c o . — Ya recuerdo: tú te refi eres a ese caudi l l o de l as armas de oro, cuyas
l egi ones di spersó tu al i ento, como el vi ento di spersa las hojas o el bál ago de los tejados.
PmcopouNJCE.— íOhl Esto, en realidad, no es nada.
Ar t o t r o g o . — Nada, en efecto, comparado con otras hazañas tuyas... (aparte) que
nunca realizaste. Si hay quien encuentre a otro hombre más embustero o jactancioso que
éste, me entrego a él en propiedad. Mas; calma: las aceitunas aliñadas (come) están
soberbias.
Pmcopoi-iNiCE. — ¿Dónde estás?
A r t o t r o c o . — Aquí me tienes. ¡A y, dioses! Y a este elefante, en la India, le rompiste
la pata de un puñetazo!
Pj r g o po u n i c e . — ¿Cómo l a pata?
A r t o t r o g o . — Querí a deci r el muslo.
PmcopoLiNiCE. — Y lo hice descuidadamente.
A r t o t r o g o . — Segurí si mo; que, si hubi eras puesto toda tu fuerza, tu brazo hubi era
pasado, a través del cuero, la panza y l a boca del el efante.
PmcopouNicE. — Por ahora, ya está bien.
A r t o t r o g o . — Cierto, tú no necesitas contarme tus aventuras, que las conozco muy
bien. (Aparte.) Mi vientre es el motivo de estas molestias: hay que ser orejudo y tener
los oídos abiertos, para no volverse completamente dientes; y aprobar además todas sus
mentiras.
P i r c o po l j n i c e . — ¿Qué iba yo a decir ahora?
Ar t o t r o g o . — jEjeml Ya lo sé. Con toda seguridad lo recuerdo, caramba.
Pi r c o f o i j n x c e . — ¿Qué es?
Ar t o t r o g o . — No importa.
Pi r g o po u n i c e . — ¿Tienes...?
A r t o t r o c o . — ¿Tablillas? Sí; y mi estilete.“
PmcopoLiNicE. — Ajustas perfectamente tu pensar al mío.
A r t o t r o g o . — Es mi deber conocer a fondo tu carácter y prestar atención para
olfatear tus deseos."
39. Región fantástica.
40. Nombres pomposos, de forma patronímica griega, parodiando a la epopeya: el pri­
mero, ruido e idea de combate; en el segundo se acumulan ideas de gloria, de sabiduría y de
absoluto dominio.
41. Con el puntiagudo estilete se escribía sobre tablillas recubiertas de cera.
42. En este caso, el parásito es bien sincero.
68
PmcopouNicE. — ¿Y tú recuerdas...?
A r t o t r o c o . — Sí: ciento cincuenta hombres en Cilicia, cien en Escitolatronia,** treinta
en Sardes y sesenta maccdonios*4 perecieron bajo tus golpes el mismo día,
Pl r gopol iníck. — ¿Y, cuánto suma eso en total?
A r t o t r Og o . — Siete mil.
P i r g o po l i n i c e. — Ése es el número exacto: sabes cal cul ar.
Ar t ot hogo. — Y sin haber escrito nada, pero me acuerdo.
P i h g Opo l i n x c e. — ¡P or Póluxl T u memori a es excel ente,
A r t o t r o c o . — Con tal que coma...
P i r g o po l i n i c e . — Si siempre te portas asf, no te faltará nada: te admitiré siempre
a mi mesa.
A r t o t r o c o . — Y en Capadocia, si tu espada no se hubiera embotado, habrías dado
muerte a quinientos de un tajo,
Pir gOpo un i c e. — Pero como no eran más que miserables soldadillos de infantería,
los dejé vivir.
A r t o t h o g o . — Y ¿para qué decirte lo que sabe todo el mundo: que tú eres, Pirgopo-
linícc, único en la tierra en valentía, belleza, resistencia? Todas las hembras te adoran;
y no andan equivocadas: ¡eres tan hermoso!... Por ejemplo, las que ayer me retuvieron
por el manto.
PiRCOPOUNiCE. — Y ¿qué te dijeron?
A r t o t r o c o , — Un mar de preguntas. Una decía: “¿Es Aquiles?”____“No, repuse, es
su hermano”. Otra exclamó entonces: “¡Por Castor, es guapísimo, y de noble aspecto!;
¡fíjate en sus cabellos!, | qué hermosos! jDichosas, en verdad, aquellas a quienes ame!
P i r g o po t .t n i c e. — ¿Así decían ellas?
Ar t ot hoco. — Ya lo creo, y me pidieron que hoy pasaras por allí, ante sus ojos llenos
de admiración.
P i r g o po l i n i c e . — Es muy fastidioso ser demasiado guapo.
A r t o t r o c o . — E s verdad. No dejan de i mportunarme: súpl i cas, ruegos, i nstanci as,
para tener l a di cha de verte. No cesan de l l amarme: no me dejan ti empo para servirte.
PiRCOPOLtNiCE. — Ya es hora, me parece, de ir al foro, a distribuir la paga entre los
mercenarios que recluté ayer. Pues el rey Seleuco48 me rogó encarecidamente que hiciera
para él levas y reclutas de mercenarios. Pues desde hoy he decidido consagrar mi actividad
al rey.
A r t o t r o c o . — Bien. Vayamos, pues.
Pir gopol inice. — i Guardias, seguidnos!fí
Miles Gloriosus, v. 1-78.
Poesía y lirismo. —Este pintoresquismo sería, de por sí, únicamente
poético. Pero se ha dicho, con razón, que Plauto tenía más imaginación audi­
tiva aún que visual. Su teatro es, ante todo, lírico; si bien una obra como el
Miles gloriosus no comprende ningún canticum, las escenas habladas, en su
mayoría, son de extensión muy inferior a las escenas cantadas o declamadas
con acompañamiento de música: una tercera parte contra dos terceras, inclu­
so en el Persa y el Stíchus. En mucho mayor medida que las comedias-
Plauto
43. País de fantasía: el de los “mercenarios escitas”,
44. Obsérvese la dispersión geográfica de estos países.
45. Rey griego de Siria; la escena se desarrolla en ¿feso, en la costa de Jonia, que de­
pendía de ¿1.
46. Salida con efectismo, como la entrada en escena.
69
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
ballets de Molière, estas obras evocarían la ópera bufa, mas también en oca­
siones —tan variados son los tonos y los ritmos— la ópera cómica, o incluso
la gran ópera. Esta proporción considerable de canto y de melodrama parece
una originalidad de Plauto, aunque pudo tomar la idea de las representa­
ciones teatrales de la Magna Grecia. La música era de otro autor, pero aten­
diendo a los ritmos plautinos, de modo que el movimiento mismo de los
cantica, en solo o cantado por varias personas, dramático, patético o lírico,
nos hace presentir la riqueza de impresiones que podía despertar. Parodias
elegiacas o trágicas, canciones burlescas de tono alejandrino o bufonadas
latinas, dúos a dos tonos como en el Curculio (v. 96-155), monólogos líricos
o psicológicos, como partes destacadas de la comedia, concentraban vivamente
la atención de todos los espectadores; así se explica que la regularidad de la
intriga sólo haya tenido, a sus ojos, como a los del poeta, una importancia
secundaria: así ocurre también en la mayor parte de nuestras óperas. Como
contrapartida, una infinidad de temas líricos, en extremo diversos, entraban,
bajo una forma muy viva, en la literatura latina.
Canciones de sabor alejandrino
[Las dos canciones siguientes enmarcan un trío, cantado por el joven Fedromo,
su esclavo Palinuro y la vieja Leena, que guarda- a la joven amada y que es
seducida aprovechando su pasión por el buen vino. — o) el tipo de la vieja es,
artísticamente hablando, alejandrino; pero se relaciona con antiguas tradiciones
itálicas (Magna Grecia) y latinas. — b) La súplica en la puerta o ante las
aldabas, tema elegiaco (véase, más adelante, p, 303) parodiado con delicadeza, —
Vivacidad, ritmo y poesía en la lengua.]
La v i e j a . — Un olox a vino viejo me lia hecho cosquillas eh la nariz: una pasión
amorosa me atrae hacia él fuera de las tinieblas. ¿Dónde está? ¿Dónde? Muy cerca.
¡Qué alegría! Ya es mío. Salud, corazón, flor de Baco: ¡cuán enamorada estoy de tu antigua
solera! El olor de todos los perfumes, comparado con el tuyo, es nauseabundo. Tú eres
para mí mirra, cinamomo y rosas; azafrán, canela y alholva. Quisiera que me sepultaran
allí donde tú te derramas.
Curculio, v. 97-102.
F ed r o mo . — ¡Cerrojos! ¡ah, cerrojos! Os saludo con todo mi corazón. Os amo, os
quiero, os ruego y os suplico: ayudad a mi amor, queridos amigos míos. Convertios, para
mí, en bailarines itálicos: escapaos de un brinco, os suplico, y dejad salid a aquella por
la que muero de amor, que ha bebido toda mi sangre... Pero, fíjate cómo duermen estos
malditos cerrojos: mis súplicas no apresuran sus movimientos; no hacen ningún caso, ya
lo veo, de mi súplica... Pero... silencio, silencio...
Pa t .i n u r o . — ¡Carambal Yo no digo nada.
F ed r o mo . — Oigo ruido: Jpox fin, dioses, los cerrojos se me tornan complacientes!
Cure., v. 147-157.
Monólogo lírico
[Gripo, esclavo de Démonos, ha pescado un baúl, gracias al cual su amo
encontrará a Palestra, su Lija. La escena ocurre en Cirene, en Africa. — Combi­
nación de sueños y sentido práctico. — Elementos: copla del “buen esclavo",
copla de los “castillos en el aire”. — Primero, movimiento variado (baqnios y
anapestos), luego (última copla) sostenido con extensión (octonarios trocaicos). —
Compárese con La Fontaine, La laitière et le pot au lait (Fables, VII, 10).]
Gr i t o . — Doy gracias a Neptuno, mi señor, que habita en la región de la sal y de los
peces, pôr haberme permitido volver de sus dominios con tan buenas prendas, cargado
70
Plauto
con un rico botín, y sin menoscabo de mi barca que, pese al oleaje, me ha enriqueci­
do con una pesca totalmente original y abundante. Esto es maravilloso, increíble: ¡qué
pesca ha caído en mis manos tan fácilmente! Aunque hoy no he cogido ni una onza
de pescado: tan sólo lo que traigo en mi red.
Sí: levantándome en plena noche, sin pereza, he antepuesto mi ganancia al sueño y al
descanso. He querido próbar, pese al ímpetu de la tempestad, si encontraba algo para
áliviar la penuria de mi dueño y mi miseria de esclavo: no he ahorrado esfuerzos por mi
parte. — Un perezoso no es nada; nada vale; es una raza por la que siento honor. Es
mejor estar despierto, si se quiere cumplir puntualmente las obligaciones. No hay que
esperar a que el dueño diga: 41¡Vamos, en piel ¡a tu trabajo!". El que prefiere dormir
yace sin obtener provecho y recibirá palos; en cambio yo, por no haber sido perezoso, he
encontrado un motivo para serlo hoy, si quiero.
He aquí lo que he encontrado hoy en el mar...: tienes la ocasión de que te liberte
muy pronto el pretor...; *Tme presentaré razonable y correcto a mi dueño; sin aparentar
nada, le ofreceré una suma por mi rescate, para ser libre. Y una vez libre... ¡oh! entonces
me asentaré: casa y hacienda, esclavos. Tendré grandes buques para el comercio; seré
poderoso entre los poderosos. Y además poseeré un yate para mi recreo c imitaré a Estra-
tónioo,“ paseando sin cesar de ciudad en ciudad. Cuando sea conocido y muy famoso,
edificaré una ciudad; le daré mi nombre: Gripo. Será el monumento de mi gloria y de mis
hazañas; y fundaré un gran imperio en su alrededor...
¡Tales son los proyectos que giran en mi cabeza! De momento, ocultemos esta maleta.
El hombre poderoso va a desayunar con sal y vinagre, sin un buen bocado.
Rudens, v. 906-937.
Lengua y versificación. — La poesía pintoresca y lírica de Plauto se
halla secundada por una inventiva verbal y rítmica prodigiosa. Su experiencia
personal y su temperamento de artista se alian en una creación eterna. Conoce
y utiliza a la perfección la lengua formalista de la religión y del derecho
romanos; pero además es capaz de combinar el ritmo del antiguo carmen
latino con la retórica filosófica de los griegos, para alcanzar un estilo soste­
nido, lleno de dignidad, de Los Cautivos; y, en él, los proverbios saben
reproducir la traza gnómica de las sentencias griegas, sin perder el sabor del
terreno. Esta combinación única, vivida, crea “atmósferas” de un verismo
impresionante: un aire marinero corre a través del Rudens, tan auténtico, que
no parece tomado de fuente alguna; casi por todas partes el estilo y las
palabras mismas resucitan la vida de Roma, en un momento y en un ambiente
que no tenía nada de elevado. Las delicadezas y los mimos no son extraños
a esta lengua; alcanzan incluso, en los momentos debidos, un grado de
expresión excepcional. Pero, sobre todo, Plauto nos parece inimitable cuando
se trata de captar la jerga imaginativa de los esclavos de la ciudad: forja
sin cesar las palabras compuestas a la vez más burlonas y más claras; insultos,
apodos, o, simplemente, una impresión viva y real, encuentran en él en
seguida la forma pintoresca más nueva, que se impone. Pese a lo mal que
nosotros, hombres de hoy, podemos juzgar, la versificación parece, por su
variedad enormemente flexible, haber contribuido a sacar de esta lengua un
efecto verdaderamente genial.
47. Magistrado romano encargado especialmente de la justicia.
48. Célebre citarista ateniense del siglo iv, que recorría todo el mundo griego dando audi­
ciones y lecciones.
71 .
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
Alegría y vis cómica. — Juzgar a Plauto sin tener en nuestras manos los
modelos griegos equivale, forzosamente, a correr el riesgo de admirarle en
exceso. No obstante, su imitación parece haber sido, aunque con menos
mesura, tan original en su género como la de Virgilio. Ello está de acuerdo
con su temperamento.. La alegría y la vis cómica rebosan en él. Todos sus
personajes se encargan de demostrarlo, incluso burlándose de sí mismos y del
espectáculo, con tal de envolver en su regocijo a los espectadores. A menudo
nos sorprende comprobar cómo los actores se desprenden de sus personajes
para hablar en nombre propio, trazar cabriolas o muecas en medio de situa­
ciones emotivas o patéticas: se persigue, en realidad, hacer en extremo alegre
el espectáculo, ante el cual nadie pueda quedar al margen, y quiere éste
agradar a todos, ya por la intervención de clowns, ya por el placer de las
invenciones sutiles e inesperadas, ya por los solos o diálogos musicales, con­
juntado todo por un gran escritor.
ENNIO Kudias, en Mesapia,' a menos de 70 kilómetros al este de
239-169 a. C. Tarento, una ciudad en que se hablaba el griego y el oseo,
fue la cuna —en 239— del primer “legislador” de Iji _alta
poesía romana, Ennio. Sirvió como soems (en los contingentes de las ciudades
sometidas a Roma), en Cerdeña, y recibió distinciones —desde un principio
había contado con la ayuda de Catón—; luego, en Roma, donde daba
clases de griego, tuvo el apoyo de personajes más pomposos y refinados:
Escipión el Africano, el vencedor de Aníbal, Servilio Gemino, M. Fluvio.
Nobilior, que, en 189, lo llevó a Etolia como cantor semiofícial de sus futuras
hazañas. En 184, el hijo de M. Fulvio, Quinto, logró que le concedieran la
ciudadanía romana y un lote en la colonia de Potentia, Después de su
muerte (169), se le erigió una estatua en la tumba de los Escipiones. Había
dejado escritos un poema épico (Los Anales), y algunas tragedias, saturae
y comedias.
Caracteres generales. — Su vida reprodujo —por decirlo así— en un
grado superior, y con mayor brillantez, la de Livio Andrónico: un hombre
de formación totalmente .griega se entrega pór completo a Roma y trata .de
asegurarle la herencia de las letras helénicas. Sin duda los griegos de la Italia
meridional parecían predestinados a esta tarea; sin embargo, durante la
segunda guerra púnica se entregaron en masa al bando de Aníbal: parece
de capital importancia que Ennio hubiera alcanzado la edad viril antes de
esta crisis, en un momento en que Roma consolidaba tranquilamente su
influencia en la Italia griega.
Además, los protectores que tuvo Ennio revelan la atracción cada vez más
fuerte que ejercen el espíritu y el arte griegos sobre^.üñ. cierto número de
aristócratas ambiciosos y de personalidad: ello es el origen_de^un.movimiento
que, cuando se precise, tenderá a hacer de la literatura,latina una..creación
erudita reservada al goce de un pequeño grupo de espíritus selectos: pero,
por el momento, el poeta no se confina en un círculo excesivamente restrin­
gido, y sus “mecenas”, sin perder de vista su interés personal, tratan de ligarlo
72
Ennio
con el del estado. Entretanto, un pasaje de Ennio nos conserva la primera
descripción, fina y vivida, de las relaciones de un escritor latino con sus nobles
protectores:
Con estas palabras llama 48a aquel con quien muy a menudo y a gusto su generosidad
comparte la mesa,“ la conversación, las preocupaciones, cuando está cansado de haber
tratado casi todo el día de asuntos de estado, aportando su opinión en el foro o en el
senado venerable. Con este amigo puede sostener sin temor conversaciones importantes,
ligeras o agradables, soltar, según convenga, toda clase de palabras, buenas o malas, seguro
de que quedarán en secreto. Con él'experimenta mucha alegría, en privado y en público:
es un hombre que no se deja arrastrar al mal por ligereza o mezquindad; prudente, fiel,
agradable, de buenas palabras, contento con su suerte, que nada ambiciona, diestro, opor­
tuno en sus dichos, cortés, reservado en sus conversaciones, sabedor de muchas cosas
de antaño, que el tiempo sepultó. (VII.)
Tales relaciones aseguraban la dignidad del escritor. Pero Ennio, además,
supo afirmar poderosamente el mensaje de su obra y la calidad de su genio:
recurriendo, al comienzo de los Anales, a la teoría de la metempsícosis, afir­
maba que su alma era la misma que había animado a Homero y luego a
Pitágoras; consciente de la fuerza de sus versos, auguraba su inmortalidad:
¡Salve el poeta Ennio, que, desde el fondo de su ser, arroja sobre los mortales versos
de fuego! (Sat. III.)
Que nadie me honre con sus llantos, ni llene de lágrimas mis funerales. ¿Paia que?
Yo vuelo vivo de boca en boca entre los hombres. (Epi gramas.)
De este modo imponía a los romanos, con referencias a los griegos y con
su propio ejemplo, el concepto del valor eminente del poeta en la sociedad.
Los “Anales”. — La gran obra de Ennio es su epopeya Los . Anales, en
18 libros, de los que no nos quedan más que 600 versos. Parece que lo comen­
zó "emulando a Nevio y con un espíritu del arte y de la poesía muy helénicos:
los seis primeros libros desarrollaban ampliamente los orígenes de Roma, que
Nevio sólo había trazado en esquema, y su antigua historia, semilegendaria
aúh~liasta"'Iá primera guerra' púnica; el metro adoptado era el hexámetro
dactilico denlos"griegos, nó el "saturnio, que manejó de ordinario con una
flexibilidad y variación ya notables. A continuación (¿1. VII-IX?), Ejnnio,
omitiendo la primera guerra púnica, narraba brevemente la .segunda, cuya
unidad “y patetismo constituían una auténtica materia épica, aunque total- <
mente contemporánea. Pero tenía que superar a Nevio en su propio terreno; )
y, con la embriaguez patriótica de Boma, el éxito estaba asegurado. Ennio,
llevado por el título mismo de su obra (que recordaba el resumen que los '
pontífices daban todos los años de los sucesos que afectaban a Roma), creyó /
oportuno continuar su poema de acuerdo con los acontecimientos; desde 1
entonces dominaba en él el espíritu romano e histórico; nueve libros se suma­
ron a los nueve primeros, y sólo la muerte del escritor puso término a estas
adicÍohes;'qüe terminaron por restar toda unidad al poema.
49. Servilio Gemino en medio de mía batalla.
50. Ennio no ocultaba que-había intentado retratarse a sí misino en el cuadro siguiente.
73
FORMACION DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
Historia y poesía. — AI entregarse a un desarrollo continuo y controlable,
año por año por así decir, en sus últimos libros, Ennio desafiaba las dificul­
tades. No faltan, en especial en Jos últimos, notaciones totalmente prosaicas,
dignas de los Anales de los Pontífices:
Appi us indixit Karthagi ni cnsi bus bel l um. (VII.)
Apio declaró la guerra a Jos cartagineses...
Qui ntus pater quartum fi t cónsul . (VIII; verso mutilado.)
Quinto el padre es nombrado cónsul por cuarta vez...;
secas enumeraciones, torcidos intentos se suceden... Pero ello mismo da fe
de su voluntad de.histori.ador. Como confidente de los grandes hombres de
estado, podía como nadie apreciar las realidades del gobierno. Así nos expli­
camos que su_ obra inspirara, en consecuencia, a los analistas, e incluso a un
Tito Livio. Mas, al mismo tiempo, la necesidad de., idealizar los aconteci­
mientos para darles una grandeza épica y la tendencia fatal a colocar en
primer plano a sus protectores o a su familia (¡un libro entero estaba consa­
grado a M. Fulvio Nobiliorl) deformaban necesariamente los datos históricos.
Pues el trazado es, ante todo, poético. Educado en Homero, es bastante
dúctil para imitarlo ciñéndose a los liecKos y a un mundo diferentes; posee
ciertamente las virtudes innatas en un poe_ta.„épico: el don de la evocación,
en primer lugar; un epíteto o el solo ritmo fugaz del verso le bastan:
Expbrnnt Numi dae tol um : quoti t ungul a terram. (VII.)
Los Ntímidas todo lo exploran : los cascos golpean la tierra...
Labi tur uñeta cari na uolat per aequora cana cel oci s.
(Nótese la ligereza del verso : cinco dáctilos, un espondeo.)
La nave embadurnada, se desliza veloz por el canoso mar...;
el decorado se dibuja con un trazo animado y oloroso:
... los elevados cipreses de hojas rectas, el boj de amarga tronco... (VII.)
... los pinos de copa oscilante y los rectos cipreses...
Sus comparaciones son también precisas y brillantes, en ocasiones con más
nervio que las de Homero:
Entonces, como un caballo que se escapa de los pesebres en que se alimenta, rompe
en su ardor las ligaduras, y de allí marcha a través de la verdosa llanura y sus fértiles
praderas, con el cuello enhiesto-. a menudo la cabeza alta, sacude sus crines; el soplo de
su alma ardiente exhala blancas espumas, (cf. l liada, XV, 262 ss.)
Como, sujeta del lazo, sufre la veloz perra de caza, si su hocico olfatea la caza: con
voz aguda ladra y aúlla. (X.)
Además, se le suma él tacto de elevar los hechos hasta el heroísmo sin
falsear la^impresión de realidad, como cuandoT”imitáñelo a la itiada (XVI,
v. 102 ss.), nos presenta al tribuno C. Elio acosado por todas partes:
De todas las direcciones caen sobre el tribuno los tiros como una lluvia: se clavan en
su escudo, hacen resonar el timho,“ 1íacen brotar de su envoltura el sonido del bronce.
51. Abultamicnto en el centro del escudo, destinado a desviar los tiros.
74
Ennio
Pero nadie, por más que se esfuerce, logra herir su cuerpo con el hierro. Rompe y arroja
de sí los tiros que sin descanso lo asaltan. Todo su cuerpo está envuelto en sudor; sufre
mucho y no puede ni respirar. (XV.)
Y, finalmente, le acompaña el gusto por las grandes escenas; algunas, como
el célebre sueño de Ilía, recuerdan un poco el artificio y los efectos de la tra­
gedia, pero otras son de un gusto simple y puro, un poco arcaico, en las
que se descubre, no obstante, una emoción actual.
La consulta a los auspicios
[Imaginación fresca y rasgos "primitivos” en la escena. — Solemnidad ritual
en el vocabulario. — Naturalidad en la comparación, do interés “actual”.]
Víctimas de una gran inquietud, ardientemente deseosos del trono, se aplican el uno
y el otro® a observar los pájaros y todo signo augural. En el Palatino, Remo, solo, el
espíritu dirigido a los auspicios,“ espera un ave favorable; por su parte, el bello Rómulo,
en lo alto del Aventíi*), busca el parecer del linaje de los altos vuelos: estaba en juego
el nombre de la Ciudad, Roma o Remora. Todos los hombres están inquietos por saber
cuál de los dos los mandará. Esperan, como cuando el cónsul se dispone a dar la señal
y los espectadores miran con avidez los puntos de salida84 para sorprender el momento
en que los carros saldrán de los recintos pintados; así aguardaba el pueblo, sin poder
disimular su ansiedad ante los destinos del estado, al que la victoria de uno u otro iba
a dar el jefe supremo. Entretanto, el claro sol se retiró a los abismos de la noche. Des­
pués, arrojada por los rayos [del astro que auuncia], la luz apareció brillante. Y ul punto,
de lo alto del cielo, voló un pájaro, del más hermoso augurio, por la izquierda. AI mismo
tiempo que brota el Sol de oro, aparecen desde el cielo, por tres veces, cuatro pájaros
sagrados: y se presentan en buena y favorable postura. Esta visión es para Rómulo la
confirmación de su primacía: ©I auspicio ha asentado firmemente las bases de su trono. (I.)
Parece, además, que Ennio haya participado con toda su alma en los
hechos que refiere: evoca con tanta sensibilidad el dolor por la muerte de
Rómulo como la gloria creciente de Fabio Cunctátor, que, por primera vez,
logró derrotar a Aníbal.
Un gran pesar embarga los corazones, y entre ellos dicen: ¡Oh Rómulol ¡divino
Rómulo! ¡Cuán gran protección otorgaron los dioses a la patria con tu nacimiento! [Oh,
venerable! iOh, padre! tOh, sangre brotada de los dioses! Tú nos diste el ser y la lu2”. (I.)
Un solo hombre supo aguardar y salvó las dificultades: que las habladurías no conta­
ban para él ante el interés público. Y, desde ha mucho tiempo, su gloria es brillante entre
nosotros. (XII.)
Y esta simpatía auténtica del poeta por sus héroes iba a asegurar la
vitalidad a la epopeya, incluso en las partes menos históricas.
¿Conseguía armonizar lo que la materia tenía de desigual en sí: una mito­
logía básicamente griega en un temajwnano, las imprecisiones de la leyenda
y las precisiones de la historia?... Al menos el clima moral podía, en cierta
medida, acoplar todos estos elementos, dándoles una especie de unidad
sentimental y poética. El heroísmo se muestra más obstinado que brillante,
52. Los dos gemelos fundadores de Roma.
53. La observación ritual de los presagios dados por los pájaros.
54. Lus coches do carreras salían de barreras (curceres) contiguas y distintas.
75
FORMACIÓN DE UNA LITERATURA GRECORROMANA
como hubo de crearlo la segunda guerra púnica, y se aferra profunda y razo­
nadamente a la obra de generaciones pasadas. Algunas máximas profundas
y solemnes, muy hermosas, jalonan el poema, recordando de formas diversas
la “moral práctica” del estado romano:
Las costumbres y los Héroes de antaño aseguran la duración de Roma...
El que vence no es vencedor, sí el vencido no confiesa su derrota...
Hoy es el día en que la gloria se nos presenta en toda su grandeza, en que vivimos
o morimos... (XIV.)
Pero el genio de Ennio amplió esta concepción nacional: opone a Roma
adversarios dignos de ella, creando así una especie de monde cornélien,
en el que lo sublime se corresponde con lo sublime. Esta concepción poética,
un tanto rígida, estaba destinada a tener singulares consecuencias: en momen­
tos en que la mom lijiad __pública de Roma tendía a relajarse considerable­
mente, permitió a jos romanos exaltar la grandeza inmaculada dejsu ..tradición;
la imagen legendaria de la Roma de antaño, tal como la trazara Ennio, pasó
a través” cié Cicerón, Tito Livio, los retores y escritores de sátiras, hasta
Guez de Balzac, P. Corneillc y los revolucionarios de 1789.
Pirro responde a los embajadores romanos
[Una embajada romana presidida por Fabrieio acude a negociar el rescate de
los prisioneros hechos por Pirro. — Vehemencia. — Mística (romana) de la gue­
rra y de la fortuna. — Sublimidad y firmeza en el estilo.]
“Oro, ni pido, ni me deis: sin hacer trueques, como legítimos guerreros, con el
hierro, no con el oro, luchamos por la existencia. Que la Fortuna, Señora del mundo, os dé
el imperio a vosotros o a mí, y donde quiera que nos lleve, encomiende a nuestro valor la
realización de Ja prueba. Y sabed esto además: he decidido respetar la libertad de aque­
llos cuyo arrojo mereció el respeto de la fortuna de las armas. Yo os los entrego como puro
regalo, de acuerdo con la voluntád de los grandes dioses.’* (VI.)
Las tragedias. — Ennio no cuenta como poeta cómico. Pero es bien la­
mentable que sólo hayan llegado a nuestras manos apenas 300 versos de sus
tragedias. Sin contar una o dos pretextas (Las Sabinas, episodio del reino de
Rómulo, y, tal vez, Ambracia, poema en que cantaba la toma de esta ciudad
por M. Fulvio Nobilior), había escrito veinte, la mayor parte, tornad as..de Eu­
rípides, y con predilección de los temas relacionados con la J liada. Como en
la epopeya, aparece también su viva personali(Iá37Éurípides era el más “uni­
versal de los grandes trágicos griegos, y continuaba siendo representado y
leído en todo el mundo griego; además, su racionalismo estaba destinado a
agradar al poeta latino; y la Iliada era para Ennio su libro habitual.
Supo conjugar en latín la simplicidad familiar de Eurípides y su patetis­
mo torturado (acrecentado por el acompañamiento musical), como escritor
capaz de calibrar todos los recursos de una lengua variada y polícroma.
5o. Dos Aquilesi Ayax, Alejandro, Andrámaca prisionera, El rescate de Héctor, Hécuba.
Además, Alcvicon, Atamos, .Cj-esfontcs, Las Euménides, Ercctco, I figeniti. Me ti en. Fénix, Tela­
món, Tél efo...
Ennio
[Solemnidad reposada. — Estilo antitético y, no obstante, natural.]
A .— Es una injuria inmerecida, padre mío. Porque si consideras indigno a Cresfonte,
¿por qué me lo diste por marido?; si es honrado, ¿por qué me obligas a abandonarlo, en
contra de mi voluntad y de la suya?
B. — No hay ninguna injuria inmerecida, hija mía. Si es honrado, acerté al dártelo;
si es indigno, te liberaré de él con el divorcio. “¿Por qué nic lo diste por marido?” me
replicas. Lo escogí como hombre honrado. Me equivoqué. Reconozco mi error: y me
aparto de éJ, una vez que lo conozco.
Cresphontes.
[Tema del doble recuerdo (dicha y desgracia] determinantes de la acción pre­
sente: cf. Racíne, Andr orna que, III, esc. 8. — Riqueza descriptiva. — Canticum
(monólogo cantado}.]
| Oh, padre!, ¡oh, patria!, ¡oh, morada de Príamo, santuario cuyas puertas se abrían
con profundo sonido! te he visto adornada con tu pompa bárbara, con tus techos de
cuadros trazados a cincel, regiamente amueblada de oro y marfil. Todo, ante mis ojos, fue
pasto de las llamas; vi a Príamo horriblemente decapitado, el altar de Júpiter manchado
de sangre.
Vi, tras contemplar a Héctor —oh, dolor atroz— arrastrado por una cuadriga, al hijo
de Héctor arrojado de lo alto del alcázar.
Andrornacha Aechmalotis.
Pero, en otros ejemplos, notamos mejor la fuerza de su temperamento
personal, contento de encontrar en su modelo griego la ocasión de desplegar
su vigor épico o de enunciar máximas de alto contenido social:
... ¿De dónde brota esa llama?... Avanzan, avanzan, helas aquí; es a mí, es a mí
a quien buscan... Socórreme; apártame de esta ruina, de estas terribles llamas que me
acosan. Avanzan rodeadas de verdosas serpientes; me rodean con sus abrasadoras teas...
Apolo, de larga cabellera, tensa su arco dorado; Diana lanza una tea pur. la izquierda...M
Al cumeo.
El hombre debe vivir una vida de auténtica virtud, con ánimo [e integridad] frente al
adversario. En esto consiste la libertad: en albergar un corazón puro y recio. Lo demás
es una esclavitud envuelta en una noche oscura. .
Phoeni x.
Otras obras. — Las Saturae ("poesías entremezcladas”, ¿en 4 libros?), de
Ennio en nada se parecían a la antigua satura dramática y sólo ocasional­
mente pronunciaban lo que más tarde recibirá el nombre de “sátira”. Adivi­
namos en ellas —es cierto— el alegre apetito del parásito ante el consternado
anfitrión, y sabemos que figuraba entre ellas la fábula de La Alondra y sus
hijos...: ello parece anunciar a Lucilio y Horacio. Pero nada permite afirmar
que el fondo de todas sus composiciones estuviera animado por una filosofía,
moral de tonos fáciles; los diversos metros empleados parecen indicar una
extrema variedad de inspiración. Si se hallaba incluido el Scipio, es fácil reco­
nocer la grandeza épica pura de los Arlales, en sus partes más recias, con
un acento de personal agradecimiento hacia el “Africano”.
56. Alcmeón, que ha matado a su madre?, ve aparecer (como Orestcs) las Furias, armadas
con teas.
77
FORMACI ON DE UNA L I TERATURA GRECORROMANA
El campo brilla y se encrespa con las largas lanzas esparcidas...
La inmensa bóveda del cielo se detiene y guarda silencio, y el fiero Ncptuno apaciguó
un instante la aspereza de las olas; el sol detuvo sus corceles de alado galopar; los ríos
dejaron de correr, el viento no se extiende sobre los árboles.
No sabemos si hay que incluir en las Saturae otras obras, como el poema
gastronómico titulado Uedyphagetica ("Los manjares exquisitos”), del que
queda una enumeración de pescados y mariscos que recuerda la antigua
poesía griega de Sicilia; o el Epicharmus, en que pone en escena al gran
cómico pitagórico de Siracusa (siglos vi y v), exponiendo una teoría filosófica
del universo. Nos hacen notar cómo Ennio, por muy romano que fuese, con­
servaba aún, por linaje y por sensibilidad, el helenismo italiota y siciliano.
Filosofía y religión. — Lo anterior explica su audacia filosófica y religio­
sa en medio de una población cuya rusticidad supersticiosa aparece reflejada
exactamente en el teatro de Plauto. Ennio emite —y no sólo como buen
traductor de Eurípides— su¿ du das _ sobre J a religión popular, y quiere conce-
bir a Dios únicamente desde un JJunto de vista racional.
Siempre dije y seguiré diciendo que los dioses celestiales existen. Mas no creo se
ocupen de lo que hace el linaje humano: porque, de ocuparse, a los buenos sobrevendría
la felicidad, a los malos la desdicha; lo que no sucede.
Tél amo.
Aporta, para tratar lo_s problemas metañsicos, el conocimiento de diver­
sas filosofías griegas, críticas o místicas (en especial el pitagoreismo, de ten­
dencias religiosas y morales; y el epicureismo, que, al explicar el origen del
mundo por transformaciones materiales, deja a un lado a los dioses), unido,al
buen sentido práctico del romano, para el que toda visión del universo es
buena, con tal que no viólente el sentido común y dé vía libre a una activi­
dad provechosa para el estado. Además, la doctrina teológica de Ennio es
muy oscilante: en Epicarmo, cuyo contenido debiera ser pitagórico, rebasa
incluso al pitagoreismo; en su adaptación en prosa de la Histona sagrada
de Evémero (hacia 300 a. C.), los dioses se mostraban como simples mortales
de tiempos remotos que, por sus buenas acciones habían merecido el eterno
reconocimiento de los mortales. En sus ataques contra la astrología,,.y.^.Ia.
adivinación notamos claramente el tedio de un hombre^inteligente, que ha
presenciado la crisis de poca credulidad de la guerra púnica y que querría
liberar a sus lectores.
Allí está el Júpiter al que yo me refiero, al que los griegos llaman "aire”, que es
viento y nubes, y luego lluvia; y de la lluvia nace el frío, y el viento a continuación;
el aire, finalmente.07¿Acaso no es Júpiter otra cosa que eso? Mortales y ciudades y todos
los seres vivos se benefician.“
Epi charmus.
57. Doctrina estoica de la transformación de los elementos, unos en otros, (cf. Lucrecio, I,
782 ss.; Cicerón, De natura deorum, II, 33, 84).
58. Materialismo práctico, de corte especialmente epicúreo.
78
Ennio
Espía, observa, como un astrólogo, las constelaciones, el orto de la Cabra, de Júpiter,
de Escorpión, y no importa qué nombre animal." i No miran a sus píes: escrutan las
llanuras del cielol
I phi gcni a.
Mas los profetas tremendistas, los adivinos desvergonzados, holgazanes o atormentados,
que, sin conocer su camino, lo muestran a los demás, prometen la fortuna y piden la
limosna de una dracma.“ ¡Que tomen una dracma de esa fortuiia y den el resto!
Telamo.
De todos modos, al poner con eficacia a los romanos ante las especulacio­
nes más variadas del pensamiento griego, anunciaba la tarea de Lucrecio,
Varrón y Cicerón.
La lengua y el estilo. — Se ha escrito acerca de Ennio: “era uña de esas
personas que, por haber hablado muchas lenguas desde su infancia, no po­
seen con profundidad el genio de ninguna” (A. Meillet). Con toda evidencia
su latín no tiene la naturalidad del de Plauto; pero también su objetivo era
otro: tenía que crear una lengua elevada y poética partiendo del vocabulario
pobre y poco expresivo de la aristocracia. Tuvo el escrúpulo, clásico ya, de
recurrir muy poco al griego; se consagró a crear palabras latinas (en especial
adjetivos)”capaces 3e traducir compuestos griegos, a menudo sin pesadez;
Beüi potentes surtt magi s qtiam sapi enti potcntes
Son más capaces como guerreros que como filósofos;
transforinó también otras^artificialmente, para poder encajarlas en el hexá­
metro (indupemlor en lugar de imperator); intentó fomentar el desarrollo
del participio de presente... Dichos esfuerzos desembocan en resultados más
o menos felices, pero son tan legítimos, en principio, como los de La Pléiade
en Francia. Únicamente, resulta difícil detenerse en este camino: Ennio, al
notar en Homero la frecuencia de lo que él tomaba por tmesis y apócopes,
pero incapaz de discernir en qué casos eran legítimos estos procedimientos,
corta a veces las palabras del modo más ridículo:
Saxo cere commi nui t brum (— saxo commi nui t cerebrum): “l e rompió la cabeza con
una piedra”.
Mas sería injusto juzgarle por tales errores, que son más bien raros, y que la
ausencia de contexto no nos permite apreciar.
A causa de su estilo, el acierto bordea el error en él. Al poner en boca de
la nodriza de Medea los lamentos por la construcción del navio Argo, escribe
dos versos de consonancia sombría y lúgubre, de una poesía siniestra que no
se encuentra en Eurípides, su modelo:
59. Las constelaciones llevan {por tradición oriental) nombres mitológicos, y en especial
de animales: obsérvese el tono despectivo.
60. Moneda griega que equivale aproximadamente al denario romano (entre 24 y 30 pe­
setas).
79
FORMACI ÓN BE UNA L I TERATURA GRECORROMANA
Nam numquam era errans mea domo efferret pedem
Medea, animo aegro, amare saeuo saucia.
Nunca nii dueña hubiera sacado los píes de su casa en aventuras,
Medea, la de alma maltrecha, herida por un cruel amor.
O bien, utilizando la aliteración, logra efectos potentes y religiosos:
Accipedaque fidem foedusque feri bene firmum.
Recibe mi garanda, dame la tuya, y concluye un pacto en todo seguro (Anal es I);
y también con ocasión de los juegos infantiles y casi bárbaros:
O Ti te tute Tati tibi tanta tyranne tulisti.
¡Oh, tirano Tito Taciol ¡te adjudicaste tantos cargos! (An. I.)
Ello denota una falta de equilibrio artístico. Y tal vez, en efecto, haya
pagado Ennio hasta este extremo el no ser latino de origen. Pero, más proba­
blemente, estas fallas se deben al trabajo, rápido y penoso a la vez, de un
escritor genial que lucha para conformar estéticamente el latín, a semejanza
del griego, y que mide mal sus fuerzas en su trabajo. No faltan en los Anales
y en las tragedias algunos pasajes en que el error de estilo no es —eviden­
temente— más qué un exceso de potencia imaginativa, que tal vez hubiera
podido corregir una sociedad más íntimamente literaria y más refinada en sus
sentimientos:
Mientras la cabeza caía, la trompeta, sola, dio fin al canto; y mientras moría el hombre,
un sonido ronco corrió por el bronce. (Anal es.)
La cabeza, arrancada del cuello, rueda en tierra: la boca se abre, los ojos, moribun­
dos, se estremecen y buscan la luz. (Anal es.)
Un buitre, entre zarzas, devoraba a un hombre: ¡en qué cruel tumba enterraba sus
miembros! {Anales, II.)
Conclusión.—Ennio dio a la aristocracia latina Ia_poesía que esperaba:
nacional, llena de dignidad, halagando su cülturá'héjenica, sin atentar„contra
el decoro romano. Su influenciáT fue He^este modo inmensa y_3^ad^a; fue
incluso‘'predominante durante él primer siglo anterior a nuestra. era"y tomó
gran parte en la formación del dasi^moromano: Lucrecio se remonta a él,
y Cicerón lo tiene^fesent^'con asiduidad, Virgilio lo imita e incluso lo calca
en alguri pasajé'de La Eneida. Tito Livio toma de él el aliento épico de su
historia. Sólo los escritores de helenismo extremadamente puro, como Catulo
y los innovadores de su grupo, o los poetas augusteos, desdeñan sus modelos.
Destino, en verdad, raro, pero instructivo: este medio griego, para quien el
latín es una lengua aprendida, representa_ mejor el ideal.de las clases diri­
gentes romanas que Plauto, e incluso que Ñevio. Es el mejor testimonio del
poder de átraccióií y delisimiración de la"RÓñva gubernamental, a partir de esta
fecha: su lengua se impone no sólo sobre todos los dialectos, sino sobre el
habla de la propia plebe urbana; y su ideal nacional y moral hace vibrar a
Ennio antes de entusiasmar a Polibio. Roma se heleniza cada día más;_pero
los griegos también se '‘latinizan”: la amplitud~de los triunfos políticos pre­
para al 1atín “oficial”~uñ"]3orvemFde lengua universal, que no tiene —durante
siglos— el latín “popular’.
BIBLIOGRAFÍA
L en ch an ti n de G u ber n ati s, L ’el l eni smo nel l a pri sca poesí a latina (Turin, 1912);
H. de l a V i l l e de M l r mo n t , Études sur l’anci enne poési e latine (Paris, 1903); G. W. L ef -
f i n c w el l , Social and pri vate l i fe i n the ti me of Pl autus and Terence (Col umbi a Uni ­
versity Stud, in history, 81, 1); F. C asso l a, I gruppi poli ti ci romani nel I I I secol o A. C.
(Trieste, 1962).
M. B i e b e r , Di e Denkmäl er sum Theater wesen i m Al tertum (Berlin, 1920); The history
of the Greek and Homan theater (Prinoenton, 1939); E. R. F i e c h t e r , Di e baugeschi cht­
l i che Entwi ckl ung des anti ken Theaters (Munich, 1914); Ph. F a bi a , L es théâtres de
fi orne au temps de Pl aute et de Térence (Rev. de phi l ol ogi e, 1897); C. Sa u n d er s, Costume
in Roman comedy (Col umbi a Universi ty, 1909); E. P a r a t o r e, Storia del teatro latino
(Milán, 1957); N. T e r z a c h í , Storia del teatro. I l teatro antico (Turin, 1959).
G. Mie h a ut , Hi stoi re de la comédi e romai ne: sur les tréteaux latins (Paris, 1912);
B.-A. T a l a d o i r e, Commentai re sur la mi mi que et l ’expressi on corporel l e du comédi en
romai n (Montpellier, 1951); G. E. D u c k w o r t h , The nature of Roman Comedy: a study
i n popul ar entertai nment (Princeton, 1952); Ph.-E. L ec r a n d , Daos: tabl eau de la co­
médi e grecque pendant la péri ode di te nouvel l e (París, 1910); A . D i e t e r i c h , Pul ci nell a
(Leipzig, 1897). — O. Ri b b e c k , Di e römi sche Tragödi e der Republ i k (Leipzig, 1875);
G. B o i s s i e p , Les fabul ae praetextae (Rev. de phi l ol ogi e, 1893). — H. F r a n k e l , Gri echi sche
Bi l dung i n altrömi schen Epen (Hermes, 1932); W. Beare, The roman stage. A short
history of latin drama i n the ti me of the republ i c (Londres, 1950); J. A n d r i eu , L e di al ogue
anti que. Structure et présentati on (París, 1954).
F. C h u si u s, Römi sche Metri k: ei ne Ei nführung (Munich, 1929); J. P. P o s t c a t e , Pro­
sodia latina (Oxford, 1923); W. J. W. K o s t e r , Trai té de métri que grecque sui vi d’un
préci s de métri que l 'Aine * (Lcyden, 1963); L . N o u g a r et , Trai té de métri que latine clas­
si que0 (Paris, 1963); E. F h Än k e l , I ktus und Akzent i m l atei ni schen Sprcchvers (Berlín,
1928). — W. M. L i n d sa y , The earl y Lati n verse (Oxford, 1922).
Condicionamiento histórico
Livio Andronico
EDICIONES: B a eh r e n s -M o h el , Fragmenta poetarum l ati norum epi corum et l yri corum
praeter Enni um et Luci l i um (Teubner, 1927); D i e h l , Poetarum romanorum veterum rel i ­
qui a? (Bonn, 1911); O. R i bh ec k , Scaeni cae Romanorum poesi s fragmenta * (Leipzig, 1897-
1898; reimpr. en 1962); L. M ü l l e r , Li vi et Naevi fabul arum fragmenta (Berlín, 1885). —
Véase también Estudi os.
ESTUDIOS: H. d e l a V i l l e d e M i h mo n t , Étti des sur Vanci enne poési e latine (Pa­
rís, 1903); E. M . Sa n f o r d , The tragedi es of Li vi us Androni cus (Classical J ournal , 1923);
N. T e r z a g h i , Sí u í í í sul l ’anti ca poesi a l ati na: due tragedi e di Li vi o Androni co (Atti a.
Accademi a d. Sci enze di Tori no, 1925); M . V e r r u s i o , Li vi o Androni co e la sua traduzi one
del TOdissea (Nàpoles, 1942); S. M a r i o t t i , L . A. e la traduzi one artistica, con los frag­
mentos de La Odi sea (Milán, 1952).
81
6. L I TERA TURA l.A TI N A
FORMACI ÓN DE UNA L I TERATU RA GRECORROMANA
Nevio
EDICIONES: L. St r z el ec k i , Bel l i P uni d carmi ni s quae supersunt (Wroclaw, 1959),
y las mismas colecciones que para Livio Andrónico y los trabajos citados a continuación:
Estudi os.
ESTUDIOS: De M o o b, Névi us (Tournai, 1877); G. J a c h ma n n , Naevi us vnd di e Me-
tel l er (Festschri ft Wackernagel , Gottingen, 1923); T. F r a n k , Naevi us and Free Speech
(Ameri can J ournal of Phi l ol ogy, 1927); D e G r a f f , Naevi an Studi es (Nueva York, 1931);
L. S t u z e l ec k i , De Naevi ano Bel l i Puni ci carmi ne quaesti ones sel ectae (Krakow, 1935);
E. V. M ar m o r a l e, Naevi us poeta7 [con 'los fragmentos] (Florencia, 1950); S. M a k i o t t x ,
I I Bel l um Foeni cum e l ’arte di Nevi o [con los fragmentos] (Roma, 1955); M . Ba r c h d ssi ,
Nevi o épi co [texto y abundante comentario] (Padua, 1962).
Plauto
MANUSCRITOS: Ambrosi anus (palimpsesto de Milán, siglos iv-v; hoy sólo se puede
leer en el Apographum de W. Studemund, Berlín, 1889); — dos Paíatini (B en el Vati­
cano, C en Heidelbcrg, siglos x-xi) y un Vati canas (núm. 3.870, siglos x- xi ); — Codex
Turnebi (hoy perdido, de los siglos ix*x: existe una colación parcial).
EDICIONES: Príncipe: Merula (Vcnecia, 1472); — Críticas: Ritschl (Loewe-Goetz-
Schoell) (Leipzig, 1879-1902); Leo (Berlín, 1894-1896); Goetz y Schoeü (Teubner, 1895-
1904); Lindsay * (Oxford, 1910); Emout (Budé, 1932-1940). — Con comentario latino:
Ussing (Copeiüiague, 1875-1892). — EDICIONES PARCIALES, comentadas: Amphi truo,
por W. B. Sedgwick (Manchester, 19Q0), por E. Paratore (Florencia, 1959), con traducción
italiana; Aul ul ari a, por Kunst (Viena 1923); Bacchi des, por Ernout (París, 1935); Capti ui,
por Lindsay (Londres, 1900), Waltzing (Lieja, 1920), Brix-Niemeyer-Kohler (Leipzig-
Berlín, 1930) y por Havet-Freté-Nougaret (París, 1932); Curcul i o, por J . Collart (Érasme,
1962); Menaechmi , por Brix-Niemeyer-Conrad (Leipzig, 1929); Mi les, por Lorenz1 (Ber­
lín, 1886), Brix ‘-Niemeyer (Leipzig, 1901) y M. Hammond (Cambridge, 1963); Mostella-
ria, por Lorenz* (Berlín, 1883); Pseudol us, por Lorenz (Berlín, 1876); Rudens, por
F. Marx (Leipzig, 1928, y Amsterdam, 1959); Tri nummus, por Waltzing* (París, 1930)
y por Brix-Niemeyer-Conrad (Leipzig, 1931); Trucul entus, por P. J . Enk (Leyden, 1953);
etcétera...
EDICIONES ESPAÑOLAS: M. Olivar, con com. y trad. catalana vols. I al XI I (Barce­
lona, Bernat M etge, 1934 ss.).
TRADUCCIONES: Francesas: Naudet (París, 1830); Sommer (París); A. , Emout
(Budé); — Alemana, ilustrada: L. Gurlitt (Berlín, 1920*1922); — Inglesa; P. Nixon (Lon­
dres, 1916 ss.); — Italiana, con texto: E. Paratore (Florencia, 1959 ss.).
LENGUA, SINTAXIS Y MÉTRICA: G. L o d g e, L exi cón Pl auti num (Leipzig, 1904-
1933); — L i n d sa y , S¡/ntax of Pl autus (Oxford, 1907); — L i n d sa y , The earl y Lati n verse
(Oxford, 1922); L . N o u c a r e t , La métri que de Pl ante et de Térence (Mémori al des Ét.
l a t París, 1943, p. 123-148).
ESTUDIOS CRITICOS Y LITERARIOS: F . L eo , Pl auti ni sche Forschungen zur Kritik
und Geschi chte der Komodi e * (Berlín, 1912); P . L e j a y , Pl aute (París, 1925); E. Pa r a t o r e ,
Plauto (Florencia, 1962), y La structure du Pseudol us (Reo. d. Ét. lat., XLI, 1963);
— E. F f a e n k e l , Pl auti ni sches i n Pl autus (Berlín, 1922, trad. ¿tal. por F . M u n a r i , El ementi
Pl autini in Plauto, Florencia, 1960); G. J a c h ma n n , Pl auti nisches und Atti sches (Berlín,
1931); — A. F r e t é , Essai sur la structurc dramati que des comedi es de Pl aute (París,
1930); — K . Abel, Di e Pl autusprol oge (Tesis. Francfort-s-M., 1955); B.-A. T a l a j d o l r e, £550»
«ir l e comi que de Pl aute (Mónaco, 1956); K. H. E. Sc h u t t e r , Qui bus annis comoedi ae
Pl auti nae pri mum actae si nt quaeri tur (Groninguen, 1952); A. d e L o r en z i , Cronol ogí a
ed evol uzi one Plautina (Nápoles, 1952).
F. H o h n st ei n , Di e Echthci tfrage der pl auti ni schen Prologe (Wi ener Studi en, XXXVI);
A. T h i e r f e l d e h , De rationi bus intcrpol ati onurn Fl auti narum (L ei pzi g, 1929).
F. Lzo, Di e pl auti ni schen Canti ca und di e hcl l eni sti che Lyri k (Berlin, 1897); S. Sud­
haus, Der Aufbau der plaut. Canti ca (Leipzig-Berlin, 1909); H. RoppeneckER, Vom Bau
der plaut. Canti ca (Phil ol ogus, 1928-1929); F. C rusi us, Di e Responsi on in den plaut.
Canti ca (Phil ol ogus, Suppl . b. XXI , I, 1929).
E. Schi l d , Di e dramaturgi sche Rol le der Sklaven bei Plautus und Terenz (Tcsis.
Basilea, 1917); P. P. Spkangeb, Hi stori sche Untersuchungen zu den Skl avenfi guren des
Pl autus und Terenz (Wiesbaden, 1961); H. Dohm, Magefron, Di e Rolle das Kochs in der
gr.-röm. Komödi e (Munich, 1964); Benoi st, De personi s mul i ebri bus apud Pl autum (Mar-
sella, 1862); E. Behti n, De Plautinis et Terenti ani s adol escenti bus amatoribus (Paris,
1879). — Peünard, L e droi t romain et l e droi t grcc da ns l e théàthe de Plaute et de
Térence (Lyon, 1900); Fedehsi i ausen, De i ure Plautino et Terenti ano (Göttingen, 1900).
Véase también, al principio de està bibl., Condi donami ento histórico.
Bi bl i ografi a
Ennio - — —
EDICIONES: Valilen1 (Leipzig, 1903); — Con comentario latino: L. Miiller (San
Petersburgo, 1884); — solamente de Los Anal es: Steuart (Cambridge, 1925). — Véase
también, más atrás, Bibliografía de Li oi o Andróni co.
ESTUDIOS: L. M ü l l e u , Q. Enni us (San Petersburgo, 1884); M. L en c h a n t i n d e
G u be r n a t i s , £nmo, Saggio critico (Turin, 1915); J. H eu h c o n , Enni us [texto, traducción
y comentario do los principales fragmentos] (París, Centre de Docum. Univ., 1961);
E. S. D u ck ett, Studi es in Ennius (Bryn-Mavvr, 1915). — H . von K ameke, JGnntus und
Homer (Tesis. Leipzig, 1926); N. T eì i z ach i , Sulla composi zi one del pri mo libro degl i
Annal i di Enni o (Atti d. Accad. di Tori no, 1924); E. Non den, Enni us und Vergi l i us (Leip­
zig, 1915); A. R i si cato , L i ngua parlata e lingua d’arte i n Enni o (Messina, 1950). —
N. T er z agh i , La tecni ca tragica di Ennio (Studi italiani di Fil ol ogi a classica, 1928).—
K . W rr nE , Der Hexameter des Enni us (Rhei ni sches Museum, 1914); A. C ohdi eh, Les
débuts de Thexamètre lati n: Enni us (París, 1947); F r od eni u s, Di e Syntax des Enni us
(Tesis. Tubingen, 1910).
CAPITULO I I I
EL PURISMO HELENIZANTE
Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
... Durante, el. siglp_.;u..iien_e J ugar. la ...conquista....romana »„primero... sobre eí
Oriente helenístico (contra Filipo V de Macedonia, en 200-197; Perseo, en
172-168; reducción de Grecia y de Macedonia como provincia, en 146),Juego_
JLQ.br e Occidente (destrucción de Cartago en 146; sumisión de España; esta­
blecimiento en la Galia meridional). De este modo se practica por vez prime­
ra el juego de balanza mediante el cual la Italia romana .buscará su..equilibrio....
poHtico y moral en el centro de la cuenca mediterránea. Pero, de momento,
el. sector,de Qrientees aún —y en mucho— predominante.__
La vid^económica y social —e incluso la sensibilidad— de Roma, sufrie­
ron una profunda transformación: la afluencia de riquezas y de obras de arte
impulsó al lujo y a la búsqueda de placeres; y como contrapartida, la bruta­
lidad y el orgullo nacional se agravaron. Ante todo, quedó rota la unidad..
_ moral entre las clases altas, adustas, y una plebe cada vez más. cosmopolita.
La vieja aristocracia se helenizaba complacida y a la_vez preconizaba el puris­
mo; la masa, en cambio, se entregaba a los aspectos materiales y perturbadores
del helenismo asiático^entre una y otra, el Senado defendía, no sin cierta
hipocresía, el viejo ideal romano. De este modo.Ja. literatura, ya desde un
principio demasiado clasicizante, perclió muy pronto el contacto con el gran
público: únicamente hacia finales de siglo volvió a recuperarlo un tanto, pero
a través de nuevas formas: la elocuencia y la sátira. ¿
84
El pnrúmo helenizaute y las tendencias nacionales
La aristocracia helenizante. — Desde los últimos años del siglo ni des­
taca el influjo dejos „pedagogos griegos en J os ..jóvenes.nobles„mejor-dota­
dos; Éscipión, el vencedor de Aníbal, es el tipo perfecto: jes un “héroe”, un
poco al estilo de Alejandro Magno, que se impone como un ser predestinado
al ejército, al pueblo, al Senado; humano, instruido, atractivo, enamorado de
las letras y de las artes, logra atraerse muy pronto a los griegos. Más tarde
Paulo Emilio, que, de todo el botín logrado sobre Perseo, tan sólo retiene
para él y para sus hijos la biblioteca del rey, da muestras también de este
empeño en el perfeccionamiento individual, incluso entre hombres consagra­
dos al engrandecimiento del estado. Además, el griego es la lengua diplo-
márica_yja política exige su conocimiento: Flaminio, gracias a su profunda
cultura helénica, trabajó para imponer a Grecia la hegemonía de Roma, lenta­
mente y sin violencias. Hubo, de este modo, .un tiempo en que la aristocracia
dirigente de Roma fue “filohelena”, tanto por afición _como_por deber patrió­
tico. Ello pudo verse en 196 cuantío^en los Juegos Istmicos, FJaminio procla­
mó “la libertad de todos los griegos”; se trataba de Grecia propiamente dicha;
de la Grecia clásica y casi muerta; y el manifiesto iba dirigido contra las
monarquías helenísticas, muy pujantes (Macedonia, Siria, Egipto), que hacían
sombra al Senado.
La invasión del helenismo y la oposición senatorial. — Tan sólo.eLfi^
„lohelenisino_.indiyiduaX__.en.. el terreno de la_poJítica,„abría„a J t 3lia_a._.toda
c [a.^d ep rác ti cas, aveces peligrosas. Algunas tenían sus raíces en la propia
Italia, como el culto de Baco (Dioniso), que agrupaba, en ritos secretos, a
“iniciados” de todos los estamentos y linajes diversos; o el pitagoreísmo,
filosofía de tendencias religiosas, aparecida en el siglo vi, y que se había
extendido durante el ív por el influjo de Tarento, fomentando la formación
de círculos minoritarios y activos. _E1 Senado..temió no só]o una corrupción
de, la fe nacional3sino incluso la existencia de maniobras pojíticas encubiertas­
en 186 fueron reprimidas duramente ías Bacanales; en 181 tuvoTügar la quema
de los libros pitagóricos, hallados —según se decía— en la tumba del rey
Numa.
A partir _de este momento, el...Senado..se„muestra_hQStil__a.Ja„intrusión^}
masiva del helenismo en Roma. Como reclutado en gran parte entre los
-grupos, plebeyos de antigua_ educación, se aferra en mucho a su autoridad
institucional y se muestra hostil a las ambiciones e incluso al relieve indivi­
duales: sospecha de todos los reBnamientos. Tiende incluso a oponerse a los
actos de quienes, siendo fieles en sú servicio al estado, llenan ja Roma dé
obras dé arte, la sacian de espectáculos, pero consiguen la gloria personal:
Escipión el Africano y su hermano, el Asiático, Fulvio Ñobilior, Marüio, etc. ”
Además, en contacto político permanente con los griegos de Europa y de
Asia, y pese a adoptar lentamente sus métodos diplomáticos llenos de inten­
ciones encubiertas y sutilezas hipócritas, llegaron a despreciarlos, pues era
un pueblo a la vez débil y peligroso. Todo lo que procede de ellos parece
corrupto: el lujo e incluso el bienestar son ingredientes de la molicie; las
_artes y_ Jaliteraturason un robo a los bienes del estado; la filosofía arruina
la religión y la moralidad.
85
f^rr ------------ —
Sa t '3* ^ '
#g;i:Vr./ ír-‘
" EL PURISMO HELEN1ZANTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
Sin embargo, en tanto que Grecia gozaba de un simulacro de indepen­
dencia, no era posible la radical supresión del helenismo; y, aunque dificul­
tados, sus progresos fueron .considerables. Denlos sistemas.filosóficos en boga
jtap sólo el epicureismo fue, en principio, condenado: al aconsejar la búsqueda
de la.felicidad individual y sustraer aí hombre y al universo de la acción dé
los dioses, resultaba el sistema más asequible a los romanos, pero aparecía
comcTél primer elemento destructor del estado; los epicúreos Alquio y Filisco"
fueron expulsados de la Ciudad en 173. En 161, todos, tanto retores como
filósofos, sufrieron la misma suerte. Sin embargo, cuando, en 155, Atenas
envió a Roma los jefes de sus tres escuelas filosóficas, el neoacadémico Car-
néades, el peripatético Critolao y el estoico Diógenes, hubo que prestarles
especial atención. Las conferencias de Carnéades obtuvieron un éxito rodeado
de escándalo: enseñaba que los hombres, incapaces de alcanzar la certidum­
bre, debían contentarse con^prolíábili d Ed e s7 ~Evid^ñtémeníe~estás especula­
ciones "resultaban accesibles a los jóvenes nobles más cultivados; pero, para
extermino medio de los romanos, no eran sino atentados contra los antiguos
hábitos morales. A los ojos del Senado el helenismo quedó definitivamente
condenado.
71 Durante^ ese medio siglo, un hombre representó la desconfianza sena­
torial frente a todo lo que era griego: M. Porcio Catón. Furiosamente hostil
a los Escipiones, predicador de palabra infatigable contra el lujo, duro consi­
go mismo igual que con los demás, le eligieron —con plena conciencia de
lo que hacían— censor en 184. Trató de restringir en todo lugar las ambicio­
nes y lt>s enriquecimientos individuales, de depurar el Senado, de volver los
espíritus hacia las antiguas formas,. militares y agrícolas, de la civilización
latina. A él debemos la más viva caricatura del joven noble helenizado:
Celio... un holgazán... un bufón fesceníno... En cuanto baja de su matalón, representa
pantomimas, suelta sus bromas de payaso... Y luego canta cuanto le viene en gana, a veces
recita versos griegos, lanza bonitas palabras, cambia de voz, hace remedos de actor...
C a t ó n , en Macrobio, III, 14, 9.
• Él fue quien prohibió a su hijo que recurriese a la medicina, ¡so pretexto
de que todos los médicos eran griegos y habían hecho juramento de matar
a sus.clientes no griegos...! Sin embargo, aprendió el griego en sus últimos
días, y su prosa no carece de arte. Pero daba forma virulenta a un principio
que debía mantenerse dominante a lo largo de todo un siglo: si bien la
cultura griega puede admitirse en la. vida privada, debe quedar excluida
de la vida pública. Su censura excesiva provocó, por lo demas, una reacción
inmediata.
Los círculos cerrados. —JElJielenismo,.reprimido oficialmente,_se..confinó
_en„círculos .aristocráticos restringidos: y__ganó_.sin._duda en refinamiento, .pero
.perdió_todo. acento nacional.. Un purismo desdeñoso lleva a los autores a
inspirarse no en la literatura griega contemporánea, sino .en Jos_.clásicos_de_.los
siglos v v iv. Pierden incluso el contacto de la lengua con el pueblo,, pues
los nobles protectores de aquélla no admiten ni el vocabulario mezclado ni la
86
El puri smo hel eni zante y las tendenci as naci onal es
sintaxis flexible. Es cierto que así se elabora una lengua clásica, y muy bella:
pero las obras son artificiales. ,
De entrenes tos círculos, conocemos bastante bien al “de Ios Escipiones”.
Se constituyó, de hecho, lentamente y evolucionó en torno a Escipión Emilia­
no (185-129), hijo de Paulo Emilio, nieto por adopción-de Escipión el Afri­
cano. Emiliano realizó en él una sintáis que_parecía imposible: se impuso
precozmente como un hombre providencial, se entregó al servicio del_estado
con todas las virtudes tradicionales y rudas qué agradaban al estado, pero
supo construirse al mismo tiempo una vida privada de 1a _más_ araion i os a ^ele -
gancia que hasta entonces se había visto en Roma. Sin contar los políticos,
qué frecuentaban cada vez más su casa, a medida que alcanzaba el liderato
del partido central moderado, familiares, escritores y filósofos creaban en
torno suyo un grupo intelectual muy variado: Lelio era el amigo sabio y fiel,
feliz en su medio anonimato; Terencio fue admitido en el círculo, al que
aportó la vida mundana, se dejó aconsejar y se decantó hacia la comedia de
salón; Lucilio, más tarde, pudo observar allí, como La Bruyère en Chantilly,
una rica variedad de "caracteres” y de siluetas. Pero los primeros puestos
parecen haberlos ocupado siempre griegos: Polibio que (hacia 205-125),
llevado a Roma en calidad de rehén en 168, regresó por voluntad propia junto
a Escipión (antes de 146), y escribió entonces una historia universal desde
218 a 146, en la que Roma ocupaba el centro; el filósofo Panecio (170-110)
que, adaptando a la vida práctica y a la gestión del estado los principios
estoicos del predominio del alma sobre el cuerpo y de la lucha contra las
pasiones, logró que ciertos dirigentes romanos'aceptaran la primera adapta­
ción de la filosofía griega al espíritu latino... Griegos de pensar casi romano
yescritores latinos casi griegos en sus formas_contribuían. a J a j¿ez..(pero como
en un vaso cerrado)^a^una gran obra de fusión espiritual.___
El pueblo y las cuestiones sociales. —El pueblo, en su conjuntjq,jQQ_po-
día secundar este movimiento: no acometía el helenismo en el mismo sentido.
’ La serie de conquistas en tierra extranjera desarrollaba en los soldados itálicos
la brutalidad, el espíritu de pillaje y de lucro, a la vez que los devolvía más
crueles y perezosos a la vida civil. Y el helenismo .que. habían_.conocido^y.
maltratado en las costas de Oriente no era el de jos,.artistas y.„escritores...
clásicos: lujoso y complejo, invitaba más al goce material que a la penetración
intelectual. Una especie de romanticismo grecoasiático, vivo, aunque muy
mezclado, irrumpió de este modo en Italia, en especial cuando el rey Atalo
legó sus estados al pueblo romano: el reino de Pérgamo, que se convirtió en
la provincia de Asia (133-129). Al mismo tiempo, la población de Roma era
cada vez menos latina, en raza y en tendencia: la afluencia de esclavos de
todas las procedencias, de traficantes y de intrigantes de toda condición, un
número creciente de libertos de los más diversos orígenes, hombres despla­
zados, antiguos campesinos oprimidos por la extensión de la gran propiedad y
chentes famélicos modificaban a la vez el aspecto de la Ciudad y la menta­
lidad cívica. Por una parte, un proletariado miserable y complejo aparecía
dispuesto a la agitación política más violenta para conquistar la propiedad o
el derecho a la holgazanería al recibir del estado un mínimo de subsistencia
87
EL PURI SMO I I EL ENI ZANTE Y LAS TENDENCI AS NACI ONALES
gratuita; por otra, una masa de hombres de negocios, que especulaban con
las inmensas riquezas que la conquista romana ponía en circulación y en la
explotación de las provincias (Roma se había convertido en el único mercado
de capitales y la “Bolsa” del mundo mediterráneo), influyendo de modo com­
plejo en la política, y encendiendo y multiplicando las cuestiones jurídicas.
El arte de la palabra iba a beneficiarse de dicho estado de cosas. Sin
dnda las discusiones del Senado, que trataban los temas más diversos, refina­
das por los contactos con la diplomacia oriental, debían haberla hecho pro­
gresar. Los contactos conja. filosofía y los problemas s ocíales, aunque tímidos,
IfTdieron a la vez más altura y más extensión: los Gracos, al convencer a la
masa con argumentos racionales, patetismo y una armonía ya musical tomada
de los griegos, idealizaron las violencias de la oratoria tribunicia y abrieron
las vías a la gran prosa retórica. Y, sin embargo, la labor de los abogados y
jurisconsultos lleva Da a sus últimas consecuencias al antiguo derecho civil,
mientras empezaban a establecerse, en las provincias y en la propia Roma
- (por el pretor peregrino), los elementos de un derecho más universal (ius gen-
tium, el derecho ae las naciones). AI mismo tiempo, los...analistas, bajo la
hu.ena.deJPplibip, sin renunciar a las fábulas de antaño, relacionaban toda la
agitación presente con la actividad del pasado. Así, aunque de modo confuso
aun, aun cuando no faltara nada de lo esencial, le"gestaba la madurez de la
prosa de Cicerón y de Livio. ~
Conclusión. —Pero el divorcio entre el helenismo cultural y_el pueblo
romano se había consumado. La literatura latina corre el riesgo de conver­
tirse —en sus empresas artísticas— en algo extraño a la masa: .ésta,, en verdad,
(es muy fluctuante y se modifica con excesiva velocidad, al menos en Roma,
Í
>ara_ofrec_er_ciertas garantías a una labor literaria delicada y seguida; pero, a
a inversa, la aristocracia cultivada corre el riesgo de sacrificar demasiado ante
el esnobismo y la búsqueda artificial. El primer siglo, italiano más que ro­
mano, y humanó más bien que senatorial, está reservado para la consuma­
ción del clasicismo latino.
1. Los comienzos de la prosa artística
Mientras que la poesía contaba ya en Roma con obras importantes, la
prosa, confinada a losjusos prácticos, ascendía difícilmente a la dignidad lite-
rariá7~Háy que creer (como hace Cicerón, aunque sin pruebas) que el arte
díTla palabra, pese a todo, progresaba, por la necesidad en que se hallaban
los políticos, frente a adversarios, cada vez más numerosos y cultivados,
de lograr que prevaleciera su candidatura o su opinión: de hecho, la elo­
cuencia aparece en Roma, desde el momento en que estamos en condiciones
Catón el Censor
de emitir un juicio, con cualidades artísticas muy superiores a las de los
otros géneros eri prosa.
JLaJ?istorja, .destinada entre los latinos a un porvenir tan excelente, inte-
resa_aJosjespiritus__de.Drimer_.orden: a Q. Fabio Pictor (c. 254, p. 201), que
fue enviado en embajada a Delfos, y a L. Cincio Alimento (pretor en 210),
un tiempo prisionero de Aníbal. Pero escriben sus Anales en griego, porque
intentan menos interesar al público romano que difundir el conocimiento y la
gloria de Roma a través del extranjero. De ahí (a juzgar por los fragmentos
que han llegado a nosotros) los defectos y las cualidades que, a partir' de
ellos, debían dominar durante mucho tiempo en la historiografía romana: un
relato de los orígenes en extremo mezclado de fábulas más o menos poéticas,
de todas las procedencias, en especial griegas o helenizadas; una parcialidad
aristocrática y nacional de acuerdo con el ideal de expansión de la República;
pocos escrúpulos para llenar de falsedades las historias de las grandes familias
representativas del espíritu romano; pero también, en especial, en la narra­
ción de los hechos contemporáneos, una vida y una precisión propia de
hombres que han participado en ellos; competencia, curiosidad, interés por
las antiguas costumbres del territorio, que describían a la usanza de sus lec­
tores extranjeros. Así, sin contur como escritores latinos, estos analistas y
quienes los secundaron, en la primera mitad del siglo u —P. Cornelio Esci-
pión .(hijo del Africano), C. Acilio Glabrio (introductor de filósofos griegos en
Roma, en 155), A. Postumio Albino— alcanzaron importancia en la historia
de la literatura latina, en especial cuando algunas obras suyas, retrovertidas
al latín, filtraron un tanto en él la flexibilidad de la redacción original y el
arte de los modelos griegos (Timeo en particular) que habían imitado.
Pero la primera obra que cuenta para nosotros en la prosa .latina._es_
debida a un violento adversario del helenismo y de la expansión romana en
Oriente: „Catón el Censor.
CATÓN EL CENSOR Importante colono en las “rocas” de Túsenlo,
234-149 a. C. trabajador obstinado, economizador hasta la ava­
ricia, pero litigante hábil y servicial, y de una caus­
ticidad temible, M. Porcio Cp.tón imponía su ascendiente sobre los campesinos
de los alrededores. Como soldado y oficial se había distinguido por su energía,
su precisión en las visiones rápidas, su integridad en la acción. Los nobles,
comenzando por un Valerio, lo impulsaron a la carrera de los honores: pretor,
cónsul (195), triunfador tras dos años de guerra en España, censor (184-182),
este hombre pelirrojo, de ojos grises, no cesó de acentuar su fisonomía carac­
terística de senador surgido del pueblo, defensor, por temperamento y por
deber, de la antigua moralidad nacional contra las novedades corruptoras
venidas de Grecia.
Sus obras. — La obra de Catón se debe ante todo a la expansión natural
de una personalidad extraordinaria. En su lucha contra la nobleza helenizante,
en la que no siempre distinguía entre sus odios personales y el interés del
estado, se vio obligado a pronunciar una multitud de demandas y de piezas
89
EL PURI SMO HEL ENI ZA NTE Y LAS TENDENCI AS NACI ONAL ES
judiciales. Para formular sus ideales de “viejo romano” en medio de una
sociedad que se modificaba a gran velocidad, escribió tratados de agricultura,
de derecho y de arte militar. Preocupado, a la antigua usanza, de formar a
su hijo —él mismo— a su imagen, escribió para él una especie de enciclo­
pedia práctica, una colección de sentencias morales (Carmen de moribus),
de las frases que se habian conservado. Al fin de su vida, el mismo deseo de
apología personal y de oposición a la “literatura histórica” contemporánea le
obligó a abordar sus Orígenes (en 7 libros).
Pero hay que admitir también, con los antiguos, que era un “apasionado
de las letras”. Su voluntad de escribir sobre cualquier tema y de conservar lo
que escribía no permite dudas. Tampoco su labor artística: se dedicó, ya
anciano, a aprender el griego, a estudiar a Tucídides y Demóstenes. Y no
aportaba los mismos cuidados ni los mismos procedimientos a cada género:
y ello ya es prueba, en sí mismo, de un gusto literario.
Los discursos. — Los antiguos conocían de Catón más de 150 discursos;
solamente nos queda un escaso número de fragmentos. Los preparaba con
cuidado, por escrito; pero sin grandes preocupaciones por la composición:
en ellos aparecía una combatividad segura de su objetivo. Recogía las pala­
bras cáusticas de los demás, al’igual que recogían también las suyas: materia
para sátiras virulentas y “efectos de tribuna”. Los procedimientos retóricos,
espontáneos o adquiridos, no le eran extraños: preterición, repeticiones, excla­
maciones.-. Discute acerca del sentido de los falsos sinónimos, como los anti­
guos sofistas: distingue properare de festinare, amor de ¿upido, falsarius de
mendax. Los proverbios, los arrebatos de inspiración cómica, los diminutivos
burlescos, aquí y allí, evocan a Plauto. A esta elocuencia, desigual y tosca,
mas no sin arte, dan un acento sabroso la vida, la convicción y un pintores­
quismo casi popular.
Catón y su secretario
[Apología personal y sátira de la decadencia moral de I b nobleza. — Presen­
tación dramática. — Intimidad de fondo: elocuencia en la forma (procedimiento
general de la preterición, pero plasmado de modo muy original; repeticiones, aná­
foras, exclamaciones).] -
Mandé que trajera los apuntes donde estaba escrito el discurso que había pronun­
ciado tiempo atrás en respuesta a M. Cornelio. Trae las tablillas. Lee las acciones bienhe­
choras de mis antepasados; acto seguido, lo que yo hice en pro del estado. Acabada esta
enumeración, se leía en el discurso: "Para solicitar una magistratura, jamás gasté mi dinero,
ni el de los aliados”.1.jNol no está bien,® repliqué, escribir esto: es algo que ellos8 no
quieren oír. Al punto siguió: 1 “Jainás impuse legados“ a las ciudades de vuestros aliados
que hicieran i oscabo a sus bienes, sus mujeres y sus hijos”. Borra esto también: es
algo que no quieren oír. Continúa. "Cuando tenia botín, tomado al enemigo, o dinero
1. Los sodi eran italianos obligados a apoyar la política de Roma, sobre todo en materia
financiera y militar.
2. Catón se dirige a su secretario.
3. Los nobles corrompidos, adversarios de Catón.
4. El secretario.
5. Delegados en algunas ciudades para administrarlas en nombre de Roma.
SO
Catón el Censor
procedente de su venta, jamás los repartí entre mis amigos íntimos, de modo que defrau­
dara a los que lo habían conquistado.” Borra, borra eso también: no hay cosa que menos
deseen oír: inútil leerlo. "Jamás di salida a correo oficial ®alguno que permitiera a mis
amigos, mediante consignas preestablecidas, obtener grandes beneficios.” Vamos, borra esto
también, y hasta el fin. “Jamás disipé entre mis ayudantes y mis amigos el dinero que me
era confiado para una distribución gratuita de vino, ni los enriquecí a expensas del pueblo.”
Venga, de una vez, borra esto raspando hasta la madera/
Fíjate cómo está el estado, hasta el punto de que no me atreva hoy, por temor de
resultar odioso, a recordar los servicios que hice al estado y que me granjeaban el favor.
Tan grande ha sido la inclinación que han tomado de dejar impune el vicio, pero no
la virtud.
Oratorum romanorum fragmenta (Mnlcovati), I, Cat ón, 171.
Discurso a los rodios
[Rodas, aliada de Roma, pero agotada tras una guerra que arruinaba su co­
mercio. había intentado mediar entre ésta y el rey de Macedonia, Per seo, que
había derrotado a las legiones tres años consecutivos. Tras la victoria de Pidna,
algunos senadores quisieron declarar la guerra a Rodas, esperando obtener rico
botín. Catón se opuso al Senado en un discurso que había incluido en sus Orí­
genes. — Cf. acerca de dicho discurso, las reflexiones de Aulo Gelio (VI [vu],
3): “aparecen en ¿1 todas las armas del arte rotórica... Pero, como en un com­
bate dudoso, cuando la línea de batalla se ha quebrado, luchan en muchos luga­
res de modo diferente, así también Catón... usa entremezclados todos los recursos
de defensa y lo mismo hace valer los servicios prestados por los rodios, que,
como si justificase a unos inocentes, se queja de que se atente contra sus bienes
y sus riquezas, otras veces defiende el error, o demuestra que son indispensa­
bles a Roma, o recurre a la compasión, o evoca la moderación de los mayores,
o hace entrar en juego la utilidad pública. Y todos estos argumentos podrían
mostrarse con más'orden y armonía, aunque —al parecer— no con mayor fuerza
ni viveza”. — Nótese ia redundancia del estilo, a menudo inútil, mediante la
cual Catón creía, sin embargo, dar mayor amplitud y dignidad a su frase.]
Sé cómo, generalmente, cuando los negocios son prósperos, provechosos y felices, el
ánimo de la mayoría de los hombres se exalta, y su orgullo y audacia crecen y aumentan.
Por ello siento gran inquietud, al ver afirmarse con tanta plenitud nuestro florecimiento,
no sea que nuestras resoluciones nos acarreen alguna desgracia que dañe nuestra prospe­
ridad y que la superabundancia de nuestro regocijo no nos lleve a funestos excesos. La
adversidad domina y enseña lo que hay que hacer. La prosperidad, a causa del júbilo,
desvía nuestras decisiones y nuestro juicio. Por ello insisto en mi propuesta de aplazar
esta decisión hasta transcurridos algunos días, cuando hayamos vuelto, de esta embriaguez,
a la posesión de nuestras facultades...
Estoy de acuerdo en que los rodios hubieran querido que vosotros no alcanzarais esa
victoria tan absoluta, y que el rey Perseo no resultara vencido. Pero no fueron los rodios
los únicos en desearlo: muchos otros pueblos y muchas otras naciones lo deseaban tam­
bién, según creo. Y tal vez algunos no querían ofendemos al desearlo.
Antes bien temían que, si no teníamos nadie a quien temer, nos entregáramos a todos
los arbitrios, y se vieran obligados a caer en esclavitud bajo nuestro dominio, convertido
en único. A ello los llevaba, según creo, el anhelo de libertad. Y, además, los rodios no
defendieron jamás oficialmente a Perseo. Fijaos cómo en nuestras relaciones privadas
adoptamos más precauciones entre nosotros: pues cada uno de nosotros, si sospecha alguna
maniobra contra sus intereses, se opone con todas sus fuerzas, para que no llegue a término.
Ellos, por el contrario, se resignaron hasta el extremo...
Y hoy, tan repentinamente, ¿renunciaremos a intercambio tal de favores, a tal amistad?
6. Viajando gratuitamente y con facilidades de transporte; ello le permitía traer noticias
con mayor rapidez que otros y. facilitar así especulaciones fructíferas a quienes lo conocían.
7. Las tablillas para escribir eran de madera cubierta de una capa de cera.
91
EL PURI SMO HEL ENI ZANTE Y LAS TENDENCI AS NACI ONALES
¿Nos apresuraremos a hacer nosotros primero aquello que —según diremos— ellos han
querido hacer?...
La acusación más violenta que se dirige contra ellos es ésta: "han pretendido* ser
nuestros enemigos”. Pero ¿hay uno sólo entre vosotros que, en lo que le afecta, consideraría
justo recibir un castigo bajo la acusación de haber querido obrar mal? Nadie, me parece;
porque, en lo que a mí respecta, no lo aceptaría...
¿Entonces? En resumen, hay una ley lo bastante rigurosa, que dice: quien pretenda
hacer tal cosa, su castigo sea la mitad de sus bienes, inenos-mil sestercios; * quien intente
poseer más de quinientas medidas, sea ésta su pena; quien intente poseer tal número de
bestias de carga, sea condenado a esto.10Nosotros, en cambio, lo queremos todo ¡y lo hace­
mos impunemente!...
Mas, si no es justo gloriarse, según se dice, de haber querido obrar bien, sin haberlo
llegado a realizar, ¿deberán los rodios, sin haber llegado a obrar mal, sufrir por haberlo que­
rido, según se dice?...
Se afirma que los rodios son orgullosos: reproche que me resultaría de lo más desagra­
dable para mí y .para mis hijos. Admitamos que sean orgullosos. ¿En qué os afecta esto
a vosotros? ¿Os enfadáis por encontrar personas más orgullosas que vosotros?
Hi stori comm romanorum, rel i qui ae, I, C atón , 95.
El “De agri cultura”. — El tratado “De la agricultura”, que ha llegado
a nosotros, reviste un carácter totalmente distinto. Debemos considerarlo un
esfuerzo para aconsejar una nueva economía agrícola, más científícn v más
productiva, capaz,jle retener en e] carnpo a la bi| rg.uesía,ba^tanti!_acaxidaL^da,
que prueba fortuna por entonces en los grandes beneficios del comercio y
ae la banca;, y también como una colección de recetas de todas clases y de
toda época, religiosas, mágicas, médi cas.que pueden ser necesarias al
dueño de una “hacienda rústica”.. Por ello„compr.ende_dQS_partes :._la_primer.a,
bastante bien ordenada, trata de la compra del terreno, de su administración,
de su conservación y de su rendimiento, de la granja y del material agrícola,
insistiendo en el cultivo de los árboles (viña y olivar), y dando las instruccio­
nes más precisas acerca del precio de las instalaciones y de los centros de
fabricación de los objetos manufacturados^la _s_egunda se presenta casi como
Jííklibro. escrito sobre la marcha y en el que aparecerían registrados*,'erTel'
mayor desorden, los datos más diversos. Repeticiones y redacciones diferentes
de los mismos preceptos cargan peso sobre él libro, qué~resulta así,^. la vez,
extremadamente arcaico y muy moderno. Sólo la personalidad de Catón,
aferrada al pasado, aunque inquieto por el futuro, y su vieja práctica de gran­
jero afincado y de propietario rapaz, su apego a todo cuanto posee, lejos o
cerca, en la vida campesina, aseguran al libro cierta unidad.
Una buena campesina
[Retrato ideal bajo la forma de preceptos ordenados (carácter; religión y lim­
pieza; cualidades de “ama de casa"). — Evocación involuntaria, debida a la
precisión del detalle, de la atmósfera (autoridad, dignidad, abundancia con­
trolada).!
8. Argumentación de acuerdo con el principio jurídico de que es digno de castigo el acto,
no la intención.
9. Fórmula corriente en las sanciones: la ley estipulaba que había que dejar un mínimo
de su fortuna al condenado.
10. Medidas habituales en las ‘leyes agrarias" (destinadas a garantizar un reparto no muy
desigual del "territorio público” = territorio tomado al enemigo).
92
Catón el Censot
Hazte temer de ella.u Que no sea aficionada a gastar. Visite lo menos posible a las
vecinas y a las demás mujeres, y no las reciba ni en la estancia ni donde ella está. No
acuda a cenar a ningún sitio; no se regocije en el paseo. No tome parte en ninguna cere­
monia religiosa ni disponga sin orden del señor o de la señora: sepa que es el señor
quien realiza el acto religioso para toda la casa. Sea limpia: tenga la granja barrida
y limpia; conserve el hogar” puro, bien barrido alrededor cada día, antes de acostarse.
En las kalendas, en los idus y en las nonas,“ y cuando es día festivo, deposite una corona
en el hogar; y en los mismos días haga ofrendas al Lar Familiar1* según sus medios. Vele
para tener preparada la comida para ti y los esclavos. Tenga muchas gallinas y huevos.
Tenga frutas secas, peras, serbas, higos, uvas; serbas en vino cocido, peras y uvas en
jarras y “manzanas de gorriones”, racimos en pucheros y cántaros bajo tierra, nueces de
Preneste frescas en cántaros bajo tierra. Manzanas escantinas en jarros, y guarde con
diligencia todos los años los frutos de conserva, incluso los silvestres. Sepa hacer buena
harina y fina flor de espelta.
De agri cultura, CXLIII.
Propietario y administrador
[Escenificación dramática de la administración de un terreno. — Realismo en
la conversación (en estilo indirecto) entre el propietario y su granjero. — Clari­
dad imperativa y cruel de las prescripciones. — Absoluta despreocupación en
cuanto ni estilo.]
En cuanto que el "padre de familia” w llega a la hacienda, después de saludar al Lar
Familiar, debe recorrer la propiedad el mismo día, si puede; y si no el mismo día, el
siguiente al menos; pregúntele lo que se ha hecho, lo que queda por hacer, si los trabajos
se han realizado a tiempo, si es posible terminar los que quedan, y qué se ha hecho del
vino, del grano y de los demás productos. Una vez pasada esta revista, hay que empezar
la cuenta de los obreros y de las jornadas de trabajo. Si el rendimiento no aparece claro, el
colono dice que se ha portado lo mejor posible, que algunos esclavos han estado enfermos,
que ha hecho mal tiempo, que algunos esclavos se han escapado, que lia habido cargas
públicas; cuando haya mencionado estas y muchas otras excusas, haz rendir cuentas al
colono de las obras y de los obreros. Si llovía, debía haber hecho trabajos que pueden
realizarse mientras llueve: lavar las vasijas, untarlas de pez, Limpiar los edificios, cambiar
de lugar el grano, sacar fuera- el estiércol, hacer una fosa para el estiércol, limpiar las
simientes, componer las cuerdas, hacer otras nuevas, y que los esclavos remendasen sus
trapos y capillas. Durante los días festivos se podían arreglar los antiguos fosos, empedrar
el camino público, cortar los zarzales, cavar el jardín, limpiar los prados, rodrigar los
esquejes, arrancar las espinas, moler la espelta, limpiar. Si los esclavos se encontraban
enfermos, no había que darles tanto alimento. Una vez realizada así la revisión sin eno­
jarse, cuidará de que se terminen las obras que aún quedan por hacer. Contará el dinero,
el grano y el forraje que hay en reserva; contará el vino, el aceite, lo que se ha vendido, lo
que se ha pagado, lo que queda, lo que hay que vender; lo que hay que tomar como
garantía, tómenlo; ia el exceso, quede en reserva con claridad. Si falta algo para el año en
curso, cómprese; véndase !o que sobra; alquílese lo que hay que alquilar. Ordene las obras
a hacer y a confiar por contrato, y deje las órdenes por escrito. Inspeccione el ganado.
Haga una venta pública: venda su aceite si está a buen precio; venda el vino y el grano
que le sobran; venda los bueyes ya grandes y los temeros y corderos destetados, lana,
pieles, carretones viejos, hierros viejos, esclavos ancianos, esclavos enfermos y todo lo que
no sea necesario. El padre de familia ha de tener espíritu de vendedor, no de comprador.
De agri cul tura, II.
11. Catón se dirige al granjero o administrador.
12. Lugar sagrado.
13. Los dias 1, 5 o 7, 13 o 15 del mes.
14. Dios del territorio, que reside en la casa o en sus alrededores.
15. Nombre tradicional del propietario en Roma: la “familia” es todo lo que depende de
él: mujer, hijos, clientes, esclavos.
16. Se trata, sin duda, de garantías de deudas; los campesinos las prestaban siempre en
especie (granos o ganado).
93
EL PURI SMO HE L ENI ZANTE Y LAS TENDENCI AS NACI ONAL ES
Bueyes y boyeros
Ocúpate de los bueyes con el cuidado más activo. Ten ciertas atenciones con los
boyeros, a fin de que cuiden con mayor interés sus bueyes.
Sí un buey cae enfermo, dale en seguida un huevo de gallina crudo: haz que se lo
trague entero. Al día siguiente, tritura una cabeza de ajo en una hemina” de vino y haz
•que lo beba todo. Macháquese el ajo de pie y preséntese el brebaje en un vaso de madera;
y el buey y quien se lo dé se encontrarán de pie. Al dárselo se estará en ayunas, y el buey
también en ayunas.*®
De agri cul tura, V, 6, LXXX.
Fabricación del “vino griego”
Si tu campo está muy lejos del mar, fabrica el vino griego 14 de este modo. Echa en
un depósito de bronce o de plomo veinte cuadrantales20 de mosto y enciende fuego
debajo: cuando hierva el vino, aparta el fuego. Cuando se haya enfriado, viértelo en una
vasija de Cuarenta congios. Echa en un vaso aparte un cuadrantal de agua dulce y un
celemín de sal, deja que se forme la salmuera. Cuando la salmuera esté hecha, arrójala
también en la vasija. Machaca junco y ácoro en un mortero para un sextario; échalo tam­
bién en la vasija, pura darle aroma. Treinta días después sella la jarra. En primavera,
échalo en ánforas. Déjalo al sol durante dos años. Colócalo después bajo techado. Este
vino no tendrá que envidiar'al de Cos.
De agri cul tura, CV.
E] estilo de De agri cultura es de ordinario de una sequedad y concisión
que recuerdan los más antiguos textos jurídicos; las oraciones simplemente
yuxtapuestas lo confirman. Pero encontramos, dispersas, fórmulas breves y
sorprendentes, en las que Catón empalma con los antiguos poetas gnómicos
griegos, con una brusquedad popular que le es muy propia:
Cuando nuestros mayores querían ensalzar a un hombre, lo ensalzaban con estos
términos: “buen campesino y buen labrador”.
Así es la agricultura: si haces un trabajo demasiado tarde, harás todos los demás
demasiado tarde.
¿Cómo cultivar un terreno? Labrar bien. ¿Y luego? Labrar. ¿Y luego? Estercolar.
Gasto, ninguno; y aunque se trata de un gasto, prueba sin embargo: se trata de
la salud.
Y su convicción la eleva hasta una especie de singular lirismo cuando pre­
dica las extraordinarias virtudes que atribuye a la col, “la primera de todas
las hortalizas”.
Virtudes medicinales de la col
[Tradición antigua y que parece llegar hasta Pitágoras al menos (siglo vi). —
Autoridad dogmática e insistencia en el estilo. — Realismo en el detalle. — En­
tusiasmo autoritario y casi oratorio, del movimiento. — Compárese con Rabel ais,
Tivrs Li vre, caps. L-LII (Le Pantagruélion).]
Hay también una tercera clase [de col], llamada "dulce”, con tallos cortos, tierna, y la
más activa de todas, la más enérgica, pese a su poco jugo. Scpaslo bien ya de principió:
17. Medida griega {0,27 litros).
18. Nótese el carácter arcaico y mágico de estas prescripciones.
19. Muy estimado, pero demasiado caro.
20. El "cuadrantal” contenía 8 “congios” (el congio = 3,28 litros), y el congio 6 sextarios.
Parece que el texto se nos lia transmitido con errores en las cifras.
94
Catón el Censor
de todas las coles, ninguna es tan estimada como ésta para los remedios medicinales.
Aplícala machacada en todas las heridas y tumores. Limpiará todas las úlceras y las curará
sin dolor. Con ella maduran todos los tumores, con ella revientan, con ella las llagas
podridas y los tejidos infectados se limpiarán: cosa que no puede lograrse con ningún otro
medicamento. Pero antes de aplicarla, limpíala con cantidad de agua caliente; después
aplícala, machacada, dos veces al día. Eliminará todo hedor. El tumor negro ycde y des­
prende una sucia sangraza; el blanco es purulento, pero lleno de fístulas y supura en el
interior de la carne. En úlceras de ese tipo, tritura col de esta clase; las curará. Y en caso
de úlcera en el pocho y de "carcinoma” 11aplícale col triturada y los curará. Y si la úlcera
no puede soportar la aspereza, mezcla harina de cebada, y haz así la aplicación. Curará
todas las úlceras de este tipo. Ningún otro medicamento puede hacerlo, ni limpiarlas. Y si
es un niño, muchacho o muchacha quien tiene una úlcera de esto tipo, añade harina de
cebada. Y si quieres, una vez picada, lavada y seca, salpicarla de sal y vinagre, nada hay
más sano. Para comerla con mayor deleite rocíala con vinagre y miel; con ruda, cilantro
picado y espolvoreado cor sal, la comerás con mayor placer. Te hará bien, destruirá en tu
cuerpo todo germen de enfermedad y obrará de buen laxante. Y si ya se encerraba algún
mal oculto, lo curará totalmente; limpiará completamente la cabeza y los ojos, y los sanará.
Debe comerse por la mañana en ayunas. Y en caso de humor negro, y de hinchazón de
bazo, y de afecciones al corazón, al hígado, a los pulmones o a las entrañas, en una palabra,
curará todo aquello que en el interior hace sufrir...
De agri cul tura, CLVII, 2-7.
Los “ Origines” .— La misma originalidad hallamos en la historia. Catón
sigue la dirección contraria exacta a la de sus contemporáneos; escribe en
latín y extiende su curiosidad fuera de Roma, lejos de los datos sin interés,
“precio del trigo, eclipses de luna o de sol”, que figuraban en las tablas del
gran pontífice, más allá también de las ambiciones de las grandes familias
aristocráticas. En los tres primeros libros de su obra, refería los orígenes (de
ahí el título) y el desarrollo de las principales ciudades de Italia que habían
permanecido ligadas a la política romana; presentaba la vecina grandeza mili­
tar, económica, e incluso literaria de la Galia cisalpina... Por este sentido de
la diversidad y de la unidad íntima de Italia, por su interés por el trabajo
y el aliento de las masas anónimas que aseguran la grandeza de la patria,
Catón anticipaba vigorosamente el porvenir y vislumbraba un ideal que no
se expresará, imperfectamente, hasta un siglo después de él.
Pero, al lado de estas tendencias de gran historiador, aparecía por doquier
la afirmación de su arrolladora personalidad: en sus ataques contra la nobleza,
en la exposición brutal de sus principios militares (permite y desea incluso el
enriquecimiento individual de sus soldados), en la inserción de discursos
enteros suyos. La economía de la obra debía resultar grandemente dañada.
Pero estos detalles personales introducían en el relato, en contraste con
pasajes de estilo muy conscientemente buscado, fragmentos de una vitalidad
inocente que, de vez en cuando, permiten evocar a Villehardouin o a Joinville.
Un héroe desconocido
[El tribuno Q. Cedido, durante ln primera guerra púnica, salvó ni ejército
romano, en mala posición, inmolándose con 400 hombres. —■Patriotismo, amargo
frente a las clases dirigentes de Rozna, celoso y sombrío frente a Grecia-]
21. Nombre griego de una especie de tumor canceroso.
95
Los dioses inmortales otorgaron al tribuno militar vina suerte de acuerdo con su mérito.
Porquo sucedió de este modo: aunque recibió bastantes heridas en esc lugar, ninguna le
afectó sin cm'bajgo a la cabeza, y se le halló entre los muertos, agotado por sus heridas
y por la pérdida de sangre. Lo recogieron y lo curaron, y demostró a menudo, después,
su valor y su energía al servicio del estado. Pero hay gran diferencia entre la suerte que
aguarda, según los casos, a la misma hazaña. El laconio Leónidas se portó de modo seme­
jante en las Termópilas: por sus méritos toda Grecia exaltó su gloria y manifestó su agra­
decimiento con monumentos, imágenes, estatuas del más brillante testimonio; manifestó
su inmensa gratitud por esta acción con elogios, historias y de mil maneras más. Pero el
tribuno militar no obtuvo, por sus hazañas, más que una gloria exigua; él, que había hecho
lo mismo y salvado la situación.
Histori corum romanorvm rél i qui ae, I, Catón, 83.
Notas pintorescas
En estas regiones 21hay minas de hierro, magníficas minas de plata, una inmensa
montaña toda de sal, que cxecc a medida que se explota. El viento Cercio os llena la boca
si habláis; vuelca a un hombre armado, un carretón cargado...®8
Hist. rom. reí ., I, Cat ón, 93.
... Una vez pasada Marsella, un viento moderado del sur arrastra toda la flota: habríais
visto las velas florecer en el mar...“
Oratorum romanorum fragmenta (Malcovati), I, C a t ó n , 31.
... Mujeres cubiertas de oro y de púrpura; adorne,i en sus cabezas, redecillas, diade­
mas, coronas de oro, cintas encamadas, adornos de lino, .pieles, frontales...“
Hist. rom. reí , I, Cat ón, 113.
Conclusión. — La obra de Catón, tan característica del genio romano, ayu­
da a apreciar mejor, y también a juzgar más estrictamente, el esfuerzo de la
literatura helenizante del siglo m. Su voluntad de reacción brutal no llegó a
las últimas consecuencias, pero su espíritu fue albergado, en gran parte, en
los medios de la burguesía latina, y algunos rasgos suyos hallaremos, bajo
formas de apariencia helénica, en los escritores del gran periodo clásico.
EL PURI SMO HEL ENI ZANTE Y LAS TENDENCI AS NACI ONALES
O
2. El teatro
El siglo ii es la edad de oro del teatro latino: cuenta, después de Plauto
y Ennio, con un buen número de escritores de talento, en especial los cómi­
cos Cecilio y Terencio, y los trágicos Pacuvio y Accio.
22. España al norte del Ebro.
23. Nótese la admiración llena de avidez y la fuerza de la representación.
24. Extraído de un discurso donde pasaba revista a la actuación de su consulado.
25. Sátira acerca del lujo de las :nujcres, contra el cu ni Catón tomó partido violentamente:
la enumeración, muy expresiva, tiene ua aire plautino.
96
El teatro
Progresos materiales. — La serie continuada de guerras victoriosas tuvo
como consecuencia que las representaciones se multiplicaran: muy a menudo
los “juegos” oficiales se doblaron o incluso triplicaron bajo pretexto de que
un fallo en el ritual había anulado la primera celebración; y los particúlales,
enriquecidos en el robo y ávidos de popularidad, aprovechaban todas las
ocasiones (triunfos y funerales en particular) para halagar al pueblo. Por
deseos de superación, la organización material se perfeccionaba también cons­
tantemente: los censores se encargaban de edificar teatros (aún provisionales);
los de 154, Valerio Mésala y Casio Longino, se aventuraron a construir uno
de piedra, que el Senado les mandó demoler inmediatamente; en 144, Mumio,
que acababa de saquear y destruir Corinto, edificó un teatro, de madera aún,
pero dispuesto a la griega, con. graderías. En cuanto a la decoración efímera
de estas escenas, debía de ser suntuosa: el primer telón que se menciona
(en 133) era una tapicería de poco valor, procedente de los sucesores del
rey Atalo.
LA COMEDIA
Crisis y decadencia de la '‘palliata” . — La tragedia parece continuar
sus progresos constantes. En cambio, la comedia palliata va a decaer muy
pronto. La culpa es del público, que exige en cada momento que se le ofrez­
ca una nueva obra griega, y de los autores,-0 que han dado vigor teórico a
esta descabellada exigencia. Y el repertorio de .modelos no era inagotable; los
adaptadores latinos se esfuerzan en no malgastarlo, algunos se enfurecen
cuando ven a Terencio combinar dos obras griegas para lograr una latina:
les parece un robo al fondo común; y los autores, cuyo estilo se refina y hele-
niza cada vez más, agravan la crisis por la forma como la tratan: al eliminar
las grandes bufonadas y las vivacidades clownescas con que Plauto había
deleitado al pueblo, restringir el papel de la música y regularizar toda la
obra, agradaban cada vez menos. "Un director de compañía de gran estilo,
L. Ambivio Turpión, tuvo que esforzarse para que aceptaran a Cecilio y
Terencio: Cecilio se mantuvo en escena, pero Terencio fracasó muchas veces.
La palliata moría por exceso de helenismo y falta de inventiva escénica.
Ambivio Turpión presenta al público una obra de Terencio
[Ambivio se presenta en lugar y en función de Prólogo (véase p. 56 s.), e in­
tenta hacer aprovechar a Terencio de su propia popularidad de actor. — Apología
personal, llena de sátira y de engaños. — Ideal literario: derecho a la contami­
nación (véase p. 100); desprecio hacia los personajes de convención; tendencia a
la comedia de acción tranquila (stataria) frente a la agitada (motoria).]
Con relación a los rumores que han difundido personas malévolas, acusándolo de
haber revuelto muchas obras griegas para hacer sólo unas pocas latinas, no lo niega, y
pretende no avergonzarse ni cambiar de sistema; tiene buenas autoridades 07 cuyo ejemplo
26. Además de Cecilio y Terencio, conocemos los nombres de T r abk a, A ti l i o , A qui l i o,
Lusmo y TimriLio.
27. Nevio, Plauto y Ennio en particular.
7. — l i t e h a t u r a l a t i n a
97
.«kifc-iw*!»
le autoriza a hacer lo que aquéllas hicieron. Y en cuanto a este viejo poeta malévolo **
que repite sin tregua que nuestro autor "se entregó muy prematuramente al arte de] teatro,
confiando en el ingenio de sus amigos “ más que en su genio natural", vosotros sois los
llamados a decidir, a juzgar sin apelación. A todos vosotros, pues, se dirige mi súplica: no
deis más crédito a las voces desfavorables que a las favorables. Sednos propicios:
dejad crecer a quienes os permiten ver obras nuevas y sin defecto. No vaya a creer que
se trata de él, quien, recientemente, apartaba a la gente*0delante de un esclavo que corría
a todo correr. ¿Por qué habríamos de tener en cuenta sus desatinos? Sus faltas propor­
cionarán a nuestro autor más amplia materia en sus próximas obras, si no pone término
a sus malas intenciones.
Concededme una acogida favorable. Dejadme representar en silencio una obra de acción
tranquila: ello me hará descansar, en ini vejez, de todos estos papeles tan repetidos, esclavo
que corre, viejo irritado, parásito voraz, sicofanta desvergonzado, que destrozan la voz
y fatigan excesivamente. Decidme claramente que defenderéis mi causa, con la del autor,
aligerando un tanto mi pena. Pues los jóvenes que escriben nuevas obras no tienen ninguna
consideración con mi vejez: cuando hay una obra de trabajosa representación acuden a mí
en seguida; en cambio, cuando se trata de una fácil de representar, la llevan a otra com­
pañía. Ésta es de tono muy fácil: podréis apreciar de lo que yo soy capaz en uno y otro
género.
T er en ci o , HeautontimoToúmenos, v. 16-47.
CECILIO ESTACIO Galo insubre de la Cisalpina, llegado a Roma en
muerto en 16C a. C. 194 a. C. como esclavo, fue manumitido con el nom­
bre de su dueño y familiar de Ennio. Cecilio alcanzó
gran reputación en la Antigüedad: Volcacio Sedigíto y Cicerón lo colocaron
en primera fila entre los cómicos latinos. Escribió al menos 40 comedias con
títulos latinos o griegos, o en una y otra lengua (Hypóbolimaeus seu Subdi-
tiuos = [el niño] fingido: Obolostates siue Venerator =. el usurero), de las que
apenas nos quedan 300 versos.
Escritor de transición. — Atestigua, entre Plauto y Terencio, los rápidos
progresos del helenismo. Imita preferentemente a Menandro, el más equili­
brado de los poetas de la Comedia nueva; aporta inquietudes especiales en
la intriga y composición de caracteres. Pero, a juicio de quienes podían com­
parar sus obras con los originales (por ejemplo Aulo Gelio, que establece el
paralelo de su Plocium con la comedia de Menandro), su psicología aparecía
sin sutileza y mezclada en una farsa bastante tosca. Su esfuerzo hacia la
naturalidad aparece además dificultado por multitud de rasgos convencionales.
Oímos a un marido decir de su esposa:
La empecé a amar con todo mi corazón una vez que estuvo muerta y enterrada
(Pl oci um);
un joven pródigo que se lamenta:
Nada valgo si no me apresuro a gastar toda mi hacienda en las carreras. (Fal l ada.)
EL PURI SMO H EL EN I ZANTE Y LAS TENDENCI AS NACI ONAL ES
28. Luscio de Lanuvio.
29. Los jóvenes nobles del círculo de los Escipioncs. Se cita a C. Sulpicio Galo, Q. Fübio
Labeón y M. Popilio.
30. Crítica, en nombre del sentido común, de un juego escénico estereotipado.
98
Terenci o
Mas posee delicadeza y humor en este monólogo de un joven que quería
ser malo y no puede:
Cuando uno se halla muy enamorado y muy escaso de dinero, ¡qué placer tener un
padre avaro, sin contemplaciones, duro con sus hijos, que ni os quiere ni os mima! Uno
puede engañarlo en una cuenta de intereses, o distraer algún crédito por carta, o llenarlo
de temor mediante algún esclavo diestro; en resumen, [qué placer más grande es gastar
lo que se arranca a un padre mezquino! [Es muy molesto para mí tener un padre tan
complaciente]; no sé cómo engañarle, qué tomarle, qué astucia o qué artificio emplear
contra él: tan grande es su bondad, que invalida todas mis astucias, engaños, truhanerias.
(Synephebi .)
La reflexión moral. — La justa imitación de los griegos, y en especial de
Menandro, llevó a Cecilio a formular, de modo muy elegante, reflexiones
de orden psicológico y moral a la vez, susceptibles de agradar a los espíritus
romanos y de contribuir a su refinamiento. Tal vez Horacio pensaba en es te
aspecto de su teatro cuando reconoció en él la grauitas. En todo caso, algunos
de estos versos son capaces aún de emocionamos o de hacernos reflexionar, y
marcan un progreso muy claro frente a Plauto.
Porque los peores enemigos son esas personas de frente alegre, de corazón triste, que
no sabemos ni cómo abordar ni cómo dejar. (l i ypobol i maeus si ue Subditi uos.)
No considerar a Amor' como al más grande de los dioses es una tontería o una total
inexperiencia: porque puede, como quiere, volver loco o cuerdo, sano o enfermo.
Diantre, Vejez, cuando no traes ningún mal contigo, tu venida es suficiente. (Pl ocium.)
Y además lo más triste en la vejez es sentirse a cargo de otro. (Ephesi o.)
Vivid- como podéis, si no podéis como queréis. (Pl ocium.)
El hombre es un dios para el hombre, si sabe su deber.
El estilo. — El estilo de Cecilio tenía muchos defectos: palabras griegas,
recién forjadas, pero monótonas y sin la genial fantasía de Plauto; pesadez y
monotonía... La pureza y la flexibilidad de la lengua de Terencio le han per­
judicado ciertamente, por comparación, en el espíritu de los clásicos. Si, a
pesar de ello, no han dudado en colocarlo sobre su joven rival y del propio
Plauto, ello da una alta idea del valor de conjunto de su obra.
TERENCIO P. Terencio Áfer fue también un antiguo es-
¿hacia 190-185? - 159 a. C, clavo, africano, y tal vez oriundo de Cartago.
Su dueño, Terencio Lucano, aseguró al niño
una educación esmerada, y más tarde lo manumitió. Su primera comedia,
La Andriana, fue representada en 166 con la aprobación del viejo Cecilio.
Entró en amistad con los Escipiones y los Emilios, donde se refinó y agotó a
un tiempo. Tras su sexta obra, Los Adelfos (160), marchó a Grecia a recoger
comedias aún inéditas en Roma; pero murió muy joven, sin duda en Estin-
falo, antes de haber regresado a Italia (159).
El hombre y el poeta. — Era hombre de la más tímida sensibilidad, pero
como escritor poseía el arte más reflexivo e impersonal.
99
!
• '/ Quería igualar el equilibrio escénico y la fineza psicológica de sus mode-
:'J. / lovgriegos, en especial de Menandro. Pero, comprendiendo que una trama
' - -•^demasiado simple no ganaría la atención de sus espectadores, "contaminó”
frecuentemente dos obras griegas para formar una sola acción más rica en
incidentes- (véase p. 53).
Este procedimiento,31 muy latino, provocó las protestas de otros autores,
que alardeaban de purismo, pero que temían sobre todo una "competencia
desleal”. En su envidia llegaron incluso a acusarle de hacerse ayudar por
sus nobles amigos, Escipión y Lelio, y/ atacaban su estilo, al que acusa­
ban de demasiado débil. Terencio, vivamente herido, puso a sus obras prólo­
gos muy diferentes de los de Plauto, especie de sátiras literarias, ardientes,
violentas, acerbas, en que polemiza contra sus adversarios y defiende su
sistema dramático. Estos “prólogos” contrastan muy vivamente, tanto en
espíritu como en estilo, con las comedias en sí, reposadas y puras en su
desarrollo.
. Sus obras. — Se nos han transmitido las seis comedias con su "didascalia”,
noticia oficial registrada en los archivos, que indicaba el autor y el título, el
original griego, la ocasión y la fecha de la representación, el director de la
compañía y el actor principal, y el compositor de la música y de los modos
musicales. Todos los títulos son griegos. Son, por orden cronológico: La An­
driana (imitada de La Andriana y La Perintia de Menandro), El Eunuco
(tomado de dos obras de Menandro) que tuvo un gran éxito, La Hecyra
(Hecura: “La Suegra”), que en dos ocasiones no pudo representarse hasta el
final, El IIeautontimoroúmenos (“El torturador ae sí mismo”, siguiendo a
Menandro), el Formión (tal es el nombre del parásito que aparece en la obra,
tomada de Apolodoro de Caristo) y Los Adelfos ("Los Hermanos", imitada de
Menandro, con una escena tomada de Dífílo).
La intriga se anuda y desata de acuerdo con el tema común de la Come­
dia nueva (véase p. 55). Pero Terencio intentó visiblemente diversificar la
trama e incluso el tono general de sus obras. Si La Andriana es del tipo más
común, El Eunuco es un poema de juventud: La Hecyra es un drama:
Un nuevo matrimonio aparece desunido. El padre del joven sospecha que su mujer
intriga contra su nuera, mientras que en realidad no hace sino trabajar por la reconciliación
de su hijo con su nuera. Todas las‘sospechas y todos los malestares acabarán por disiparse.
/ El Hcautontimoroúmenos está construido sobre un contraste: miseria en el
padre que, por su dureza, ha obligado a su hijo a expatriarse; alegría cada
vez más pura, cuando el hijo regresa y han desaparecido las dificultades que
se oponían a su unión con Antínla. Los Adelfos pueden pasar por una obra
de tesis:
EL PURI SMO HEL EN I ZANTE Y LAS TENDENCI AS NACI ONALES
31. Procedimiento actualizado por los nutorcs del siglo xvi, coma atestigua Montaigne
(n, x) ; "Il m’est souvent tombé en fantasie, comme en nostre temps, ceux qui se meslent de faire
des comedies (ainsi que les Italiens, qui y sont assez heureux) employent trois ou quatre argu­
ments de celles de Térence ou de Plauto pour en faire une do leurs”.
100
Terenci o
Demca, rudo campesino, tiene dos hijos: educa a «no, Ctesifontc, con el rigor más
extremo, mientras que el otro, Esquino, adoptado por su tío Mición, encontró en él un
educador más que fácil y complaciente. Aunque el método de Mición no aparece perfecto,
porque Esquino, sin que aquél lo sepa, se ha unido a una joven, Pánfila, con la que casará
al fin de la obra, el do Demea da resultados deplorables: Ctcsifontc se encapricha de una
citarista y se libera por completo de la sujeción en que se le ha tenido.
Desarrollo de la acción. — Las comedias están construidas con gran ha­
bilidad: en una sola, Los Adelfas, el artificio de la contaminatio se resiente,
y aun ligeramente./ La exposición del tema aparece con naturalidad en la
primera escena, y en adelante la intriga se desenvuelve de modo continuo a
lo largo de episodios y sorpresas variadas, pero sin saltos ni desproporción entre
las partes, como en Plauto. El interés se mantiene hasta el final, pese a algu­
nos momentos de lentitud. La fluidez es tal, que sólo una lectura atenta
revela la maestría con que han sido combinadas las escenas para crear una
impresión de conjunto, en oposición o en correspondencia.
Una educación liberal: principios y resultados
I
[Monólogo de exposición natural (psicología de la inquietud) y convencional
(confidencias de circunstancias) a la vez. — Carácter de Mición, un epicúreo de
sensibilidad refinada. — Maestría en la composición, quo combina y alterna los
desarrollos psicológico, narrativo y moral. — Helenismo muy acentuado en el
personaje y en sus principios.]
Mición. — [Estóraxl...*1 Esquino 110 ha regresado esta noche después de cenar, ni
tampoco ninguno de los jóvenes criados que marcharon delante de él...®* Con razón dicen:
“Si te ausentas y tardas un poco, rnejor te será que rindas cuentas ante una esposa irritada
que ante parientes queridos.” Pues la esposa, si te ausentas, piensa que andas enamorado,
o que lo están otros de ti, o que estás bebiendo, o en diversiones, y que tú te diviertes,
mientras que ella sola es la que sufre. En cambio yo, ¡qué cosas pienso porque mi hijo no
ha regresado aúnl [Qué inquietudes me agobianl ¿Se habrá helado? ¿habrá caído en algún
sitio? ¿se habrá roto algún miembro? ¡Ay! ¿Acaso habrá algún hombre que quiera buscar
algo que le sea más querido que él mismo? Y sin embargo este muchacho no es hijo mío,
sino de mi hermano, cuyo carácter — ya desde la adolescencia—. ha sido siempre opuesto
al mío. Yo me he dejado llevar por esta dulce vida y este recreo de la ciudad y —lo que
ellos consideran una delicia— jamás tomé mujer. Él, todo lo contrario: pasa sus días en
el campo, siempre con estrecheces y asperezas; se casó y le nacieron dos hijos; de ellos,
adopté al mayor; lo he educado desde pequeño, lo he tratado y querido como si fuera
mío; en esto me complazco, y esto es lo único que me es querido. Me esfuerzo para que
él me corresponda: le doy dinero, paso por alto muchas cosas, no creo necesario usar de
todos mis derechos; incluso —cosa que otros hacen a escondidas de sus padres— he acos­
tumbrado a mi hijo a que no me oculte esos devaneos propios de la adolescencia. Pues
quien se acostumbra a mentir o a engañar a su padre, llegará a mayores extremos con los
demás. Creo que es mejor retener a los hijos con buenos sentimientos y generosidad, que
no con temor. Mi hermano no comparte mí opinión, ni le agradan estos principios. A me­
nudo viene a :mí gritando: “¿Qué haces, Mición? ¿por qué corrompes a nuestro hijo? ¿por
que anda con mujeres? ¿por qué anda en francachelas? ¿por qué le das dinero para estos
vicios y te ocupas en exceso de su vestido? ¡Eres, con creces, un ignorante!” Él es de­
masiado duro más allá de lo justo y razonable, y se equivoca en mucho, a mi parecer, al
creer que es más firme y estable el poder que se conquista con la fuerza, que el que
32. Llama a un esclavo.
33. Para alumbrarle en las calles.
ioi
se gana con la amistad. Ésta es mi opinión y así lo creo: quien cumple con su deber a
fuerza de castigos, sólo siente temor cuando cree que se van a enterar; si confía en que
quedará oculto, vuelve de nuevo a su natural. Aquel a quien te conquistes con tus favores,
en cambio, obra voluntariamente, se esfuerza en obrar igual, y siempre será el mismo,
presente o ausente. Este es el deber de un padre, acostumbrar a su hijo a obrar bien
espontáneamente más bien que por miedo a los demás. Ésta es la diferencia que hay entre
un padre y un dueño. Quien no puede lograrlo, reconozca que no sabe gobernar a los hijos.
EL PURI SMO HEL ENI ZA NTE Y LAS TENDENCI AS NACI ONAL ES
II
[Esquino se presenta en casa de Fánfíla, para verla, y también a su hijo
rcci¿n nacido; su padre adoptivo, Mición, que ha sorprendido su secreto, lo
abre Ja puerta. — Flexibilidad natural en el desarrollo de la escena. — Exacto
-*^r" equilibrio entre las partes. — Variedad y delicadeza en los sentimientos (ex-
presos o sobreentendidos); patetismo y ternura. — Exactitud y sobriedad en la
J expresión. — Compárese con este tipo de experiencia psicológica Marivaux, Le
jeti de l’amour et du J uuard, II, esc. 11-13.]
Mic ió n - — Pero, ¿quién ha llamado?
E s q u i n o (aparte).— ¡Es mi padrel ¡Por Hércules, muerto soy!
Mic ió n . — ¡Esquino!
Esqui no (apárte). — ¿Qué asunto le tendrá aquí?
M i c i ó n . — ¿Fuiste tú quien llamó a esta puerta?... (Aparte.) Calla. ¿Por qué no bur­
larme de él un poco? Lo tiene bien merecido, porque nunca quiso decirme nada de
este asunto. (Al to.) ¿No me contestas?
E s q u i n o . — No, no he llamado, q u e yo sepa.
M i c i ó n . — De acuerdo, pues me extrañaba que tuvieras que ver en este asunto.
(Aparte.) Se ha puesto rojo: el asuuto está solventado.
Esquino. — Dime, pox favor, padre, ¿qué haces en este lugar?
M i c i ó n . — Nada que me afecte, en verdad. Un amigo me trajo del foro hace un rato
para que le sirva de testigo.
E sq u i n o . — ¿Para qué?
M i c i ó n , — Voy a explicártelo: aquí viven unas mujeres muy pobres; me parece que
tú no las conoces, estoy seguro; no hace mucho que vinieron a vivir aquí.
E s q u i n o . — ¿Qué más?
M i c i ó n . — Una doncella con su madre.
E sq u i n o . — Sigue.
Mic ió n . — Dicha joven ha perdido a su padre; este amigo mío es su pariente más
cercano: las leyes le obligan a tomarla <por esposa.**
E sq u i n o (aparte). — Muerto soy.
Mic ió n . — ¿Qué sucede?
E sq u i n o . — Nada; está bien; sigue.
M i c i ó n . — Él ha venido a llevársela; pues vive en Mileto.
E squ i n o. — ¿Cómo? ¿A llevarse a la doncella?
Mic ió n . —¡-Claro está.
E s q u i n o . — Dime, por favor...: ¿hasta Mileto?
M i c i ó n . — Sí.
E s q u i n o (aparte).— ¡Cómo sufre mi alma] (Al to.) ¿Y ellas? ¿Qué dicen?
M i c i ó n . — ¿Qué quieres que digan? Nada. La madre ha fingido que había nacido u n
hijo de otro hombre; no sé de quién se trata, pues no declara su nombre; dice que ese tal
tiene prioridad,.y que su luja no debe ser entregada al pariente.
E sq u i n o . — | Bueno! ¿Es que no te parece justo eso después de lo ocurrido?
Mic ió n . — No.
E squino . —' ¿Por qué no, por favor? ¿Acaso va a llevársela ese hombre, padre mió?
34, Según una prescripción del derecho ático.
102
M i c i ó n . — ¿Poi qué no habr í a de l l evársel a?
E sq u i n o . — Habéis obrado con dureza, sin consideraciones, y, si me es permitido
decirlo con mayor franqueza, padre, de modo indigno de seres libres.
M i c i ó n . — ¿Por qué moti vos?
E sq u i n o . — ¿M e l o preguntas? ¿E n qué estado creéi s que quedará ese pobre que
hasta ahora ha vi vido con el l a, que tal vez el desdi chado l a ama aún l ocamente, cuando
vea que l a arrancan de sus ojos en su pr esenci a? | Es un cri men i ndi gno, padre!
M i c i ó n . — ¿Por qué razón? ¿Quién se desposó con ella? ¿Quien se l a dio? ¿Cuándo
y con qué testigos se casó ella? ¿Quién es el responsable de lo ocurrido? ¿Por qué tomó
una mujer que no era suya?
E sq u i n o . — ¿Acaso esta doncella debía, a sus años, sentarse en su casa a esperar que
viniera de allá lejos su pariente? Esto, padre mío, me hubiera parecido justo que dijeras
en su defensa.
M i c i ó n . — ¡TonteríasI ¿Iba acaso a litigar con quien me llamaba como testigo? — Pero
todo esto, Esquino, ¿qué nos importa a nosotros? ¿Tenemos, acaso, algo que ver con ellos?
¡Vámonos!... ¿Cómo? ¿Por qué lloras?
E sq u i n o . — j Padre, por favor, escúchame!
M i c i ó n . — Esquino, ya lo he oído y lo sé todo; porque te quiero y por eso me preocupo
tanto de tus pasos.
E sq u i n o . — ¡Ayl ¡Ojalá rae ames toda tu vida, y yo lo merezca, padre míoj como es
verdad que siento haber cometido esta falta y me avergüenzo ante til
M i c i ó n . — Te creo en todo, pues conozco tu buen natural; pero temo seas demasiado
atolondrado. ¿En qué ciudad crees que vives? Has deshonrado a una virgen, que tú no
debías ni tocar siquiera. Esto es ya una gran falta; grande, aunque humana en fin; otros
varones honrados la cometieron a menudo también. Pero, después de ocurrido esto, contés­
tame, ¿pensaste en algo?, ¿acaso te preguntaste, en tus adentros, qué sucedería y cómo
sucedería? Si te daba vergüenza decírmelo, ¿pusiste los medios para que yo me enterara?
Mientras andabas sumido en estas dudas, transcurrieron diez meses. Te has traicionado a ti
mismo, a esa desdichada, y a tu hijo, en la medida en que pudiste evitarlo. ¿Qué? ¿Creías
. que los dioses te lo iban a resolver mientras tú dormías? ¿Y que admitirían a esta mujer
en tu casa sin que tú te molestaras? No quisiera que en otras circunstancias demostraras
la misma negligencia. ¡Vamos! (Ánimo! Te casarás.
E sq u i n o . — ¿Qué?
M i c i ó n . — A ni mo, te di go.
E sq u i n o . — Padre, por favor, ¿te burlas de mí?
M i c i ó n . — ¿Yo de ti ? ¿P or qué?
E sq u i n o . — No sé, pero cuanto más ardientemente deseo que esto sea verdad, tanto
más siento temor.
M i c i ó n . — Marcha a casa y suplica a los dioses que puedas tomarla por esposa: vamos.
E sq u i n o . — ¿Cómo? ¿Me casaré pronto?
M i c i ó n . — Pronto.
E sq u i n o . — ¿Pronto?
M i c i ó n . — Pronto; en cuanto sea posible.
E sq u i n o . — ¡Padre, que todos los dioses me odíen si 110 te quiero más que a mis ojos!
M i c i ó n . r— ¿Cómo? ¿Más que ella?
E sq u i n o . — Igual.
M i c i ó n . —■¡Enhorabuena!
E sq u i n o . — Pero ese milesio ¿dónde está?
M i c i ó n . — ¡Acabó, se marchó, tomó un barco! Pero ¿por qué te detienes?
E sq u i n o . — •Es mejor que marches tú, padre, a rogar a l os di oses; pues estoy seguro
de que, como eres mucho mejor persona que yo, te escucharán con mayor atenci ón.
Adel fos, v. 20-77; G37-705.
Análisis y composición psicológicos. — Terencio heredó todos los tipos
convencionales, padre, adolescente, esclavo, parásito, fanfarrón, leño, de los
que el genio de Planto había hecho muchas veces caricaturas truculentas,
pero a quienes Cecilio había ya conferido mucha naturalidad. Terencio con­
Terenci o
103
tinuó la tarea esforzándose por lograr una psicología exacta. Pero dificultado
por la tradición para sacar a escena caracteres realmente originales, se entregó
a dar tonos totalmente nuevos a los antiguos; sus hermanos, sus jóvenes tienen
cada uno por sí su fisonomía moral, que no se distingue de ordinario sin un
análisis cuidadoso/ En especial porque pertenecen a un tipo medio de socie­
dad, sin arrastrar las distinciones propias de la práctica de los oficios diversos.
De ahí la apariencia de monotonía, pese al cuidado que tiene Terencio (la
contaminatio le ayuda) de contraponer en una misma obra aspectos distintos
de un mismo tipo/ los dos hermanos, el avisado y el ignorante, de El Eunuco;
los dos padres, el indulgente y el severo, de los Adelfos.¿ í
Además,/ como la imitación estricta de sus modelos lo lleva a representar
costumbres que no tiene ante sus ojos, y de las que se forma una imagen en
gran parte convencional, no llega a diversificar mucho el “medio” psico­
lógico en que se mueven los personajes. La urbanidad, el convencionalismo
en los actos y en el lenguaje son comunes a todos. En este universo de buen
tono, pero demasiado homogéneo, el parásito (Gnatón, de El Eunuco) es un
epicúreo un tanto gorrón, la cortesana es a veces desinteresada, y el esclavo
suele dar lecciones a su joven dueño con una finura digna de La Bruyère.
U n escl avo di rector espi ri tual
, [El joven Fedria duda en reanudar sus relaciones coa l a cortesana Tais,—
Tragedia y comedia del amor-pasión yuxtapuestos. — Psicología íntima del
enamorado. — Análisis moral y dramático de la pasión por la esclava, — Ligera
ironía que libra de toda pedantería a la lección.]
Fedri a. — ¿Qué hacer, pues? ¿Ir ahora, que me llama espontáneamente? ¿O por el
contrario ratificarme en mi decisión de no sufrir más las afrentas de las cortesanas? ¡Ella
me echó, ella me llama! ¿Volver? ¡No! Aunque me lo suplicara.
PÁhmeno. — Si puedes hacerlo, la primera es la más valiente de las resoluciones, Pero
si empiezas y no logras llegar al final, al considerar tu mal insoportable, y, sin que nadie te
llame, sin tratado de paz, regresas espontáneamente junto a ella, manifestando todo tu amor
y tu impaciencia, definitivamente, para siempre, estás perdido. Ella te tomará por un
juguete cuando te vea vencido. Por tanto, ahora estás a tiempo, dueño mío, de pensar
y volver a pensar; lo que no tiene en sí ni razón ni medida, no podéis dominarlo mediante
ja razón. El amor tiene muchas debilidades: ultrajes, sospechas, riñas, treguas, la guerra,
y de nuevo la paz. En estas incertídumbres, si pretendieras guiarte por la firme razón,
equivaldría a pretender estar loco con razón. En cuanto a pensar como lo estás haciendo
ahora en tu cólera: "¿Para mí esa mujer? que con éste.,., conmigo..., ¡que rechaza...!
¡Paciencia! Preferiría la muerte. Así comprenderá qué clase de hombre soy”: ¡sólo pala­
bras! Una Iagrimita hipócrita que ella haga brotar con trabajo, frotándose los ojos, apagará
todo ese fuego; y tú serás el acusado, y cargarás con la pena.
F e d r i a . — ¡Oh, canalla! ]Ahora comprendo su maldad y mi miseria! Siento hastío
y a la vez muero de amor. Noto, sé y veo palpablemente que muero; y no sé qué hacer.
Eunuco, v. 46-73.
Moral y sensibilidad. — Pero, a pesai- de dicha uniformidad, la delica­
deza y el realismo del análisis psicológico nos da Ja impresión de que nos
hallamos, no ante muñecos, sino ante seres humanos. Y de ello surge el con­
tenido moral de este teatro: representa una serie de experiencias poco dife­
renciadas, pero que, por ello mismo, invitan a imaginar con mayor exactitud
el mecanismo de los sentimientos, esencial en nosotros, como en los demás
EL PURISMO HELEN1ZANTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
104
Terenci o
(relaciones entre los padres y los hijos, el dueño y sus esclavos; el amor) y nos
arrastran a contemplar la evolución en nosotros mismos. Además, la atenua­
ción de los tipos más ajenos a la naturaleza (que eran también los más
inmorales), de acuerdo con el principio, justo en sí mismo, de que ningún
hombre es completamente bueno ni íntegramente malo, hace desaparecer de
estas obras el escándalo detonante de ciertas escenas plautinas: el progreso es
notable, en especial en la moralidad de los padres y la conciencia de los
hijos, y también en la conducta de los esclavos. En una palabra: su pro­
greso moral positivo, debido tal vez a los ambientes aristocráticos que fre­
cuentaba Terencio, consiste en un estado de sensibilidad recíproca, y por
ende humana. Terencio se deja, en su interior, arrastrar y emocionar por el
sufrimiento moral; da a sus personajes esa curiosidad clarividente y un poco
melancólica que impulsa a comprender y a amarse mejor, entre enamoradas
y amantes, por ejemplo, o entre padres e hijos.'
Comedia y drama burgués. — En consecuencia, es comprensible que,
pese a algunas escenas muy alegres, la coinedia de Terencio sea, en el
fondo, apenas cómica: ello se lo reprochaba César por comparación con el
propio Menandro, y, con mucha más razón, con Plauto. Terencio parece haber
perseguido menos la risa irresistible que la sonrisa de las gentes que com­
prenden y gustan del juego sutil de los sentimientos: el público de Marivaux,
si se quiere. De ahí el favor de que gozó en Francia en los siglos clásicos.
Toda una obra, la Hecijra, y muchas partes de otras sólo pretenden emocio­
nar; nos hallamos ante el drama burgués (Diderot tenía razón al señalarlo),
emocionante y en ocasiones casi trágico.
P adre e hi jo
I
[Para evitar que su hijo Piínfilo se case con Glicerio, Simón pretende casarlo
con la hija de su amigo Cremes; Misis es la sierva de Glicerio. — Animación y
desorden en un monólogo apasionado. — Representación de un carácter (ardiente,
altivo, enamorado, pero a la vez tímido y filial) por el movimiento mismo del
estilo. — Patetismo en la situación y en la expresión.]
P a n f i l o . — ¿Es eso una acción, un manejo digno de un hombre? ¿Es esa la conducta
de un padre?
M i si s (aparte) . — ¿Qué pasa?
P a n f i l o . — ¡Dioses inmensos! Si hay atropellos injustos, ¿no es éste uno de ellos?
Había decidido casarme hoy. ¿No debía saberlo con antelación? ¿No debía haberme
advertido?
M i s i s (aparte).— ¡Qué oigo, desdichada!
Pa n f i l o . — Y Cremes, que se había negado a otorgarme su hija en matrimonio, ha
cambiado de sentir porque vio que yo no cambiaba. ¡Qué obstinación en querer separarme,
ay, de Glicerio! Si sucede de ese modo, estoy perdido irremisiblemente. ¿Es posible quedar
tan abandonado de Venus, tíni desdichado como yo soy? ¡Por los dioses y los hombres!
¿No hay, pues, ningún modo de escapar del matrimonio de Cremes? ¡Qué desprecios!
¡Qué desaires! Todo estaba resuelto, en orden: me habían rechazado; ¡ahora me llaman!
¿Por qué? A menos que mi sospecha no sea cierta: es un monstruo; no se la pueden
cargar a nadie, y me la dan a mí.
M i s i s (aparte).— lAy! Esas palabras me matan de miedo.
P a n f i l o . — Y ¿qué diré de mi padre? ¡Tan gran descuido en un asunto tari grave!
105
Hace un momento pasaba junto a mí en el foro: “Pánfilo, tú te casarás hoy, me dijo,
prepárate; vete a casa,” Me parecía oír: “Ve en seguida a ahorcarte.” Yo quedé turbado.
¿Cómo hubiera podido decir una palabra, o alegar una razón, aunque hubiexa sido falsa,
absurda? Me callé. Si lo hubiera sabido antes, ¿qué hubiera hecho? Hubiera hecho algo
para no hacer lo que quieren que haga.® Pero ahora, ¿qué resolución voy a tomar? Tengo
tantas inquietudes que me agobian por todas partes: amor, compasión, la inquietud de este
matrimonio; y además el respeto hacia mi padre, que hasta ahora me dejó hacer con tanta
condescendencia lo que quería... Y ¡oponerme ahora! ¡Ay! ¡ay! ¿Qué hacer?...
II
[El desenlace se acerca: Cliccrio va a ser reconocida como ciudadana e hija
de Crcraes, y casará con Pánfílo. Pero Simón cree que se trata de una maqui­
nación de su hijo. — Violencia y dolor unidos en la desesperación del padre. —
Dignidad moral. — Amor paternal que se transparente pese a todo. — Así se
provoca entre los espectadores una emoción natural y patética hacia todos
los personajes.]
P a n f i l o . — ¿Quién me llama? Estoy perdido: es mi padre.
Si mó n . — ¿Qué dices tú, el más...?
C h emes. — jAhl ¡Di lo que tengas que decir, y sin insultar!
Simón. — ¡Cómo, si nada es demasiado duro para él! Luego, ¿sostienes que Cliccrio
es ciudadana?
P a n f i l o . — A sí se di ce.
StmÓN. — “Así se dice.” ¡Qué desvergüenza! ¿Piensa acaso lo que dice? ¿Siente algún
remordimiento? La vergüenza no le enrojece ni siquiera débilmente su cara. ¡Que sea
tan dejado hasta el punto de intentar, contra la costumbre, contra las leyes, contra la vo­
luntad de su padre, poseer a esa mujer causando su deshonra!
P a n f i l o . — ¡Qué desgraciado soy!
Simón. — ¿Sólo desde hoy le has dado cuenta, Panfilo? Hace mucho tiempo, mucho
tiempo, cuando decidiste saciar esa pasión a cualquier precio, podías llamarte des­
graciado. Pero yo, ¿para qué torturarme? ¿para qué agobiarme? ¿para qué turbar mi vejez
con las locuras de este muchacho? ¿Debo yo cargar con la culpa de sus faltas? JBueno!
¡Que se la guarde! ¡Que viva con ella!
P a n f i l o . — ¡P ad r e mí o!
Si mó n . — ¿Cómo “padre mío”? ¡Como si tú tuvieras necesidad de este padre! Tú
has encontrado casa, esposa, hijos, sin la conformidad de tu padre. ¡Has mandado llamar
personas que digan que esta criatura es ciudadana! ¡Vamos! ¡triunfa!
PXn f t l o . — ¡Padre mío! ¡dos palabras!
Si mó n . — ¿Q ué podrás deci rme?
C r e m e s . — Escucha, no obstante, Simón.
Si mó n . — ¿Escuchar? ¿qué, Cremes?
Cr emes. — Déjale hablar.
Si mó n . —'Esté bien. Que hable: se lo permito.
Andri a, v. 238-264; 872-895.
Arte y verdad. — Así'se desprende del teatro de Terencio una impresión
de verdad. Verdad psicológica, no pintoresca; y monótona a la vez en temas
y composición, pero subyugante y poderosa, gracias a su unidad sentimental.
Se impone entre nosotros por la perfección de un arte muy consciente bajo
apariencias de simplicidad: las “experiencias psicológicas” por las que se
interesa el autor se desarrollan plenamente, no sólo en cada escena, sino de
un extremo a otro de la obra; y el tono se eleva o desciende del modo más
natural, en crescendos o decrescendos casi musicales. El autor "se escucha”
incluso tal vez demasiado, y goza de la maestría con que aclimata en Roma
EL PURISMO HELEN1ZANTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
0 N. del T. — Nótese e! juego de palabras.
106
Terenci o
la elegancia inmaculada de Menandro. El diálogo, muy entrecortado, no da
sin embargo una impresión de vivacidad; avanza demasiado lento; los monó­
logos, y sobre todo los relatos, son en cambio, por lo regular, obras perfec­
tas: parece que el poeta los vivió sentimentalmente; tenía quizá más cuali­
dades como novelista que como dramaturgo. De todos modos, Terencio,
que también era joven, se regocija con las timideces y audacias de los jóve­
nes que trae al teatro, con la simple y sana belleza de sus oponentes feme­
ninas: el ideal del arte griego postclásico brillaba entonces en Italia.
El flechazo amoroso
[Dos primos, Fedria y Antifonte, hacen de las suyas durante la ausencia de
sus padres. El esclavo Ceta, a quien había sido confiado Antifonte, cuenta a un
compañero cómo el joven quedó enamorado de una huérfana. — Amor y com­
pasión. — Sensibilidad estética. — Sobriedad impresionante y dramática; ilusión
de la realidad misma.]
Get a . — En un principio mi joven amo ¡no hizo nada malo. Fedria, en cambio, descu­
brió en seguida a una pequeña citarista y se entregó a amarla locamente. Era esclava
de un malvado “leño"; no había que darle nada; los padres lo habían provisto. No tenía
sino que saciar sus ojos, seguirla, acompañarla a la escuela de música y volverla a acom­
pañar. Nosotros, que no teníamos nada que hacer, íbamos con Fedria. Y enfrente mismo
de la escuela donde ella estudiaba había una barbería: “ allí esperábamos casi siempre que
ella regresara a casa. Un día, nos hallábamos sentados: se presenta un joven llorando.®’
Sorprendidos, le preguntamos qué sucedía. “¡Qué carga, dijo, qué miseria es la pobreza!
Nunca -me di cuenta de ello como . hoy. Acabo de ver a una joven del barrio llorando
lamentablemente a su madre que acaba de morir. Estaba allí, frente al cadáver, sin
amigos, ni conocidos, ni vecinos; sólo una pobre vieja para ayudarla en las exequias.
¡Qué lástimal En cuanto a la joven, i qué hermosa!" <¡Para qué decirte más? Nos dejó
a todos sorprendidos. Y Antifonte dijo en seguida: “Y si fuéramos a buscarla?” Y otro
añadió: “De acuerdo, vayamos; guíanos, por favor”. Marchamos, llegamos y vemos. Era
una hermosa joven; y, sin embargo, no tenía nada con que realzar su belleza: los cabellos
esparcidos, los pies desnudos, temblando, arrasada en llanto, con vestidos de mala calidad;
si el cuerpo no hubiera sido perfecto, podía perjudicarle. El otro, que amaba a su citarista,
se limitó a decir: “Está bastante bien”; pero nuestro Antifonte...
D a v o . — Bueno, parece mentira: ¡está enamorado!
G e t a ___ ¿Y sabes cómo? Fíjate hasta lo que llegó. Al día siguiente se fue derecho
a encontrar a la vieja, y le suplica que le deje ver a la joven. Ella se niega y lo rechaza:
es una ciudadana de Atenas, dice, de muy buena cuna: si la quiere por esposa, que obre
de acuerdo con la ley; si no, no hay nada a hacer: deseaba casarse con ella, pero temía
a su padre que estaba ausente...
Phormi o, v. 80-118.
Lengua y versificación. -^'La lengua de Terencio, muy simple en apa­
riencia, no tiene ningún resabio familiar; es la propia de la conversación tal
como se hablaba en los círculos muy cultivados que frecuentaba el poeta.
Integramente latina, un poco árida, precisa y sin mucho colorido, lleva las
huellas de su origen aristocrático. Por eso mismo representa el primer modelo
de clasicismo latino: y jamás hemos dejado de estimarla por este motivo.
35. Lugar de conversaciones amistosas, en Atenas y en Roma.
36. En el original griego era el propio barbero quien, tras cortar los cabellos a la huérfana
(en señal de duelo) hablaba <i« eila a los jóvenes: Terencio modificó el argumento, que hubiera
resultado poco comprensible a los romanos, y dramatizó la csccna con la intervención de un
nuevo personaje.
107
EL PURISMO HELENIZÂNTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
Pero es uniforme y contribuye, por su parte, a la impresión de monotonía
que se desprende de este teatro. Por pobre que parezca, no obstante logra
esa extrema diversidad de matices delicados que caracterizan al arte más
cultivado.
La versificación, muy correcta también, está muy lejos de presentar la
variedad de Plauto. Tres obras, Formión, Heautontimoroiímenos y Ilecyra
sólo contienen versos yámbicos y trocaicos. En la Andriana hallamos 16 ver­
sos de ritmo diferente, 9 en Los Adeifos, y 2 solamente en El Eunuco. En
Terencio,/ la música queda, pues, relegada a un papel secundario de acom­
pañamiento y el canto propiamente dicho (canticum mutalis modis) se esfuma
ante el recitado (canticum)/¿Adopta, el autor los gustos de la Comedía nueva?
En todo caso, se observa una primacía marcada de la intriga y del diálogo a
expensas de la fantasía.
Conclusión. — En realidad, y pese a sus fuentes comunes, media un abis­
mo entre Plauto y Terencio. De la farsa lírica pasamos al drama psicológico.
Esta segunda forma se hallaba más cerca de los originales griegos que la
primera; pero, al mismo tiempo, resultaba menos accesible al público roma­
no: se le vio desertar de la primera representación de La Hecyra para irse
a ver funámbulos. La evolución había sido demasiado rápida: sólo respondía a
ciertos círculos aristocráticos. Mas, por ello mismo, este teatro da la impre­
sión de una madurez precoz: menos genial que el de Plauto, es más perfecto
y ya clásico.
LOS AUTORES Para dejar descansar al público, cansado de un hele-
DE “TOGATAE” nismo excesivamente refinado, algunos autores pensa­
ron en representar personajes disfrazados a la romana
(fabulae togaiae) en obras con títulos latinos. La vida de los oficios y de las
tiendas (fabulae tabernariae), una atmósfera muy nacional, jurídica y religio­
sa, que evocan los títulos (La tintorería; El mayordomo; La venta a subasta;
El divorcio; La fiesta de las encrucijadas; Los juegos megalenses); parece que
aseguraron a estas comedias la ventaja de un realismo pintoresco y popular
que había dejado perder la palliata; la introducción de provincianos, oscos,
volseos, en la vida romana o ante el público romano era una fuente de comi­
cidad (cf. Molière, Monsieur de Fourceaugnac) vulgar, pero sabrosa. Pero
la escasez de los fragmentos que han llegado hasta nosotros apenas nos permi­
ten juzgar.
Titinio. — Contemporáneo tal vez de Terencio, Titinio se complacía en
presentar sus taberiutriae y en la caracterización de hombres de provincias
(de Setia, Velitrae, de la Galia cisalpina). Tenía inspiración y pujanza, pre­
sentaba interiores en que reinaba una mujer dueña, una matrona típicamente
romana. Los antiguos comparaban el esbozo de sus caracteres con el de
Terencio.
Ata. — Ata, al que conocemos menos aún, escribió una obra, ■Aquae
Caldae (“Las aguas calientes”), en la que se dibujarían las costumbres de una
IOS
Pactwio
ciudad-balneario: ¿no volvería a infiltrarse el helenismo en esta escenifica­
ción de la alta sociedad?
Afranio. — L. Afranio, que escribió sin duda en tiempo de los Gracos,
obtuvo un gran éxito. Se interesaba por los círculos burgueses, por los pro­
blemas familiares. Con ello se aproximaba a Terencio y a Menandro, a quie­
nes admiraba mucho, y cuyas técnicas imitaba muy de cerca: en él, incluso
el prólogo era de estilo “terenciano”. De este modo, la togata no tenía de
romano sino el traje, y perdía a su vez el contacto con el pueblo.
LA TRAGEDIA
La tragedia latina sufrió una evolución análoga a la de la comedia: cada
Wvez más erudita y helenizante. Sófocles, Esquilo incluso, más antiguos y de
tendencias mucho menos universales que Eurípides, fueron imitados por
Facuvio y Accio. Pero el inconveniente era menor: el público de la tragedia
busca un goce más ideal, o convencional, que el de la comedia; y debe
aceptar el helenismo en los mitos griegos que se le presentan; siempre los
mismos, por lo demás, y cuyo tono variaba según los escritores griegos.
Además, la supresión del coro, suplido musicalmente por los cantica patéticos,
la afición por una especie de tensión moral y de heroísmo afectado, asegu­
raban enormemente en estas obras un acento particular y, si se quiere,
nacional.
PACUVIO Sobrino de Ennio, M. Pacuvio fue llamado por aquél
220-hacia 130 a. C. de Bris a Roma, donde frecuentó el círculo de los
Escipionns. Escribió por lo menos 12 tragedias37 y
una “pretexta”.38Parece haber poseído una rica personalidad: su afición por
la filosofía era tan tiránica, que le obligaba a incluir tiradas de versos, análo­
gas a las de Eurípides, que a la sazón hacían más lenta la acción en sus obras.
¿F or tu na o azar?
[Digresión del tipo de las que Eurípides incluye en sus coros. — Tendencia
al determinismo científico, disfrazado bajo el nombre do azar. — Inquietud en
la representación al no distinguirse la Fortuna (diosa) de la secuencia de sucesos
imprevisibles. — Llaneza y pesadez en la expresión.]
Fortuna es loca, ciega, carente de razón, dicen los filósofos. Y nos la representan
de pie sobre una esfera móvil; dicen que es loca .porque es violenta, incierta, cambiante;
añaden que es ciega porque no ve a quien encuentra; tosca, porque no sabe distinguir
quién es digno o indigno de recibir sus favores. Pero hay otros filósofos que, por el
37. Ani topo, Juicio de las armas, Atalante, Crises, Orestes esclavo, Hermiona, IUana, Medo,
Niptra, Penteo, Peribea, Teucro.
38, Paulo (sin duda Paulo Emilio, vencedor de Perseo en Pidna).
109
contrario, niegan que Fortuna exista: los azares fortuitos son los que, según afirman ellos,
lo determinan todo. Ello es más verosímil; la práctica y la experiencia no lo enseñan
en realidad: fijaos así en Orestes, que era rey, y en un instante quedó transformado en
mendigo; [sin duda se trata de un naufragio: no es pues un revés de la Fortuna],
Cultivó también la pintura. Y esa afición se encuentra en pasajes en que el
pintoresquismo se busca por sí mismo, como en la tan conocida descripción
de la tempestad que sorprende a los aqueos al partir de Troya:
Alegres por la partida, contemplan los juegos de los peces, y no se hartan de mirarlos.
De pronto, cuando el sol se ponía, la mar se enfurece, las tinieblas Se extienden, la noche
y los nubarrones ciegan con su negror; una llama chispea a través de las nubes. El cielo
se rasga anto el trueno; y un granizo mezclado con abundante agua se lanza de pronto
rudamente; por doquier los vientos se lanzan y originan furiosos remolinos: la mar se
encrespa y borbotea.
Pero bailamos por doquier, en los residuos que nos han llegado de su
obra, una verborrea, una pesadez y monotonía provocada igualmente por
las sentencias morales y las fórmulas más vigorosas.
Aunque los dioses vayan a perderme, me ayudan, porque, antes de mi muerte, me
dan ocasión para vengarme. (I l i ona.)
Podemos quejarnos de la adversidad, pero r.o lamentarnos en ella: así debe obrar un
hombre; las lágrimas son propias de las mujeres. (Ni ptra.)
Sin embargo quería y apreciaba la belleza del lenguaje, que celebra con
frase muy feliz:
O fl exani ma atque omni um regi na rerum oratiol
jOh tú que moldeas los corazones y reinas sobre todas las cosas, elocuencia!
Pero al formar sin método algunos palabras compuestas, más aún que su
tío, y mezclar arcaísmos y neologismos, atentaba gravemente contra el genio
del latín.
ACCIO El más grande poeta trágico romano, L. Accio, escrito a veces
170-86 a. C. Attio, era hijo de un liberto que había recibido un lote de
tierra cerca de Pisauro, en la Umbría. Leyó, según se cuenta,
su primera obra, Atreo, al viejo Pacuvio, en su retiro de Tarento, y éste apre­
ció su valor, aunque también sus asperezas; Accio compuso en breve tiempo
más de cuarenta y cinco, de las que dos eran “pretextas” (Decius y Brutus).
Además escribió, como Ennio, unos Anales, y algunas obras didácticas: Didas-
calica (¿en prosa?) sobre la historia de la poesía griega y romana; y Pragmatica
(en verso) sobre la técnica literaria; sin contar las “obras diversas” reunidas
en los Paterna. Se mantuvo al margen del círculo de los Escipiones, e incluso
sostuvo polémicas contra Lucilio. Pero formaba parte del “Colegio de los
Poetas” y tenía gran autoridad, sobre todo en materia de lengua, pues se
ocupó también de cuestiones gramaticales. Cicerón pudo aún conversar con él.
Su teatro. — Acció tomó sus temas de Eurípides, en su mayoría, y tam­
bién de Sófocles y Esquilo, y de otros autores de segundo orden, con par­
EL PURISMO HELENIZANTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
110
ticular afición hacia el ciclu troyano. Su áspera energía, junto con la vehemen­
cia y la elevación de su estilo, sorprendía a los antiguos. Gustaba de los
sentimientos violentos, muy cerca del terror. Sus tendencias le llevaban, por
tanto, a comprender la grandeza de Esquilo: pero la lengua latina era inca­
paz de las ricas combinaciones poéticas del griego; Accio incurrió muchas
veces —para suplirlas— en abundancias léxicas a menudo excesivas.
Su fuerza descriptiva. — Como poeta descriptivo, Accio se muestra ad­
mirablemente dotado: ve y sabe evocar el color, la línea, el movimiento
sobre todo. Mas cuando se entretiene rompiendo los esquemas, la expresión,
rica en exceso, pierde naturalidad.
Entonces, en la luz J e la mañana, lo veo de pronto arrastrarse con paso vacilante
y, aturdido, sale presuroso del bosque. (Astijanax.)
Al egre en el Parnaso, entre los pinos, cu su danza sagrada, jugueteaba... en mfidio
del resplandor de las teas. (Bacchac.)
Aparece antes Aurora; oh, anunciadora de los rayos ardientes, en la hora en que
los campesinos arrancan del sueño a los cornudos [bueyes] para el trabajo de la tierra,
para rasgar, humeante, con el hierro, la tierra sonrosada y arrancar del suelo los pingües
terrones. (Oenomaus.)
Donde, en la curva orilla, ladra la ola al deslizarse sobre la ola... (Phi ni dae.)
E l navi o “Argo” descri to por un campesi no
[Nótese el exceso, casi alucinante, de imágenes.]
Tan enorme es la mole que avanza deslizándose, ruidosa, desde altas mares; rechaza
ante sí las olas y origina violentos remolinos; avanza con un rápido deslizar, haciendo
fluir al mar con su roce y su soplo. Creeríais ver a una nube de tempestad que avanza,
o una roca, que rebota por obra de los vientos o esas trombas giratorias que irrumpen en
las tempestades o se levantan por el choque brutal de las olas. ¿Será el mar que arrastra
un pedazo do continente? ¿O tal vez Tritón que, volviendo del revés con el tridente su
antro, bajo cuyas raíces hierve profundamente el oleaje, vomita desde los abismos, hacia
el ciclo, una masa rocosa? (Medea.)
El análisis psicológico y moral. — Es más difícil juzgar el contenido de
los fragmentos “morales”, cuya precisión o atrevimiento puede deberse a
los modelos. Representan, sin embargo, un intento de redacción pulcra y
sentenciosa, a veces mordaz y brutal, del que se acordará Séneca en sus
tragedias. ,
Muchos, mujer, por sus torpes inclinaciones, acrecentaron sus males en medio de
males: y sus propios vicios Ies han dañado más que el azar o la fortuna. (Andrómeda.)
No tengo fe alguna en los augurios, que llenan de palabras los oídos do otros, para
llenar mejor de oro sus propias casas. (Astyanax.)
Quien vive sin honor, no debe huir de una muerte vergonzosa. (Athamas.)
Que me odien, con tal que me teman. (Atreus.)
No me pidas, hijo, lo que sería indigno conccdcrte. (Di omedcs.)
Grandeza nacional. — Sus cualidades, aplicadas a temas romanos, eran
las inás indicadas pura realizar un conjunto armónico, en que la afectación
de moral austera, el vigor realista e incluso el énfasis heroico de los romanos
Acci o
111
EL PURISMO HELENIZANTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
se revestirían de una poesía descriptiva muy brillante. No sabemos si las
“pretextas” de Accio realizaban este ideal. Pero la grandeza real y la profun­
da dignidad del sentimiento nacional son innegables en los fragmentos del
Brutus que han llegado hasta nosotros.
Tarquinio y los agoreros
[Un sueño (cf. el de A tosa, en Los Persas de Esquilo) anuncia a Tarquinio el
Soberbio su caída: Bruto, a quien cree necio, será el autor. Tarquinio habla en
senarios yámbicos (recitado corriente); el adivino, en tetrámetros trocaicos cata-
lácticos (de tono religioso). — Unión de la familiaridad y Ja grandeza en el re­
lato de Tarquinio; racionalismo filosófico (un tanto extraño) y sentimiento religioso
en la respuesta de! adivino. — Patriotismo orgulloso en la conclusión.]
T a b q u j n i o . — ... Apenas había confiado mi cuerpo a la llegada serena de la noche,
calmando con el sueño el cansancio de mis miembros lánguidos: me pareció, en mi sueño,
que un pastor guiaba hacia mí ganado lanar de maravillosa hermosura; se escogieron dos
cameros de la misma sangre, y yo saqué al más hermoso de los dos; entonces su hermano
se arrojó contra mí para embestirme con sus cuernos y del golpe me hizo caer. Y luego,
extendido a lo largo en tierra, gravemente herido en mi espalda, veía en el délo un
prodigio enorme y maravilloso: a mi derecha, el círculo inflamado y radiante del sol se
deslizaba en una carrera nueva (hacia Oriente)...
El AniviNO. — ... Rey, el proceder habitual de los hombres, sus pensamientos, sus
inquietudes, sus sensaciones, lo que hacen y .piensan hacer durante la vigilia, pueden
aparecerse a ellos en el sueño: ello nada tiene de sorprendente. Pero, en una circunstancia
tan grave, no sin motivo aparecen imágenes imprevistas. Así, cuida que el hombre que
tú imaginas tan necio como un camero no dirija contra ti un corazón lleno de astucia y no
te arroje del trono. En cuanto al signo que te dio el sol, anuncia una próxima revuelta
del pueblo. ¡Ojalá sea en provecho del pueblo! Pues si el astro soberano dirigió su camino
de izquierda a derecha, es un feliz augurio de que el estado romano alcanzará la cumbre de
la grandeza.
Brutus.
El estilo. — Aunque aún hallamos en Accio verborrea y monotonía, reali­
zó un esfuerzo considerable para crear en Roma un estilo verdaderamente
trágico. En primer lugar por la abundancia de la expresión, por fatigosa que
parezca algunas veces:
j Fuera de aquí; sal, vete, largo de esta ciudad! (Phoenissae.)
Desterrado entre los enemigos, sin esperanzas, mísero, abandonado, errante. (Medea.)
por el uso mesurado de la aliteración, no como juego mecánico, sino como
elemento de efecto artístico:
Te sánete ucnerans preci bus, i nui cte, i nuoco,
portento ut popul o, patri ae. uerruncent bene.
Aeneadae, seu Deci us.
A tí, dios santo, invicto, te invoco, dirigiendo mis preces, para que los portentos sean
favorables al pueblo, a la patria.
y también por la plenitud misma de las palabras:
Dcl ubra cael itum, maris sancti tudi nes!
¡Oh, santuarios de los celestes, sagrarios del mar!
112
La creación de la sátira
De este trabajo es testimonio la discusión acerca de palabras de signi£'
cados próximos (pertinacia, peruicacia), que recuerdan la antigua sofística de
los griegos, pero que conserva no obstante la animación y casi la exactitud
psicológica:
Tú sostienes, Antíloco, que esto es obstinación; yo, en cambio, afirmo que es terque­
dad, y quiero mantenerlo. La una es compañera del valor; la otra, pertcncce a la igno­
rancia. Tú insistes en los inconvenientes y olvidas el valor. Llámame terco y no hablemos
más; yo lo admito de buen grado; obstinado, no.
Myrmi dones.
Pero después de Accio no hubo nadie capaz de continuar, con vitalidad,
la evolución de la tragedia latina, aunque se citen los nombres de C. Titio
y de C. Julio César Estrabón, que sobrevivió a Accio.
''La creación de la sátira
Durante el último tercio del siglo n nació en Roma un género literario:
la sátira. El nombre no es nuevo; satura, como “ensalada” o “revoltillo” en
español, era un vocablo de raigambre popular, que se aplicaba a las “mez­
clas” de todas las cosas: representaciones dramáticas heterogéneas anteriores
a la imitación del teatro griego; reunión de obras didácticas de variados
temas y metros (Ennio); agrupación artificial de leyes diversas a las que se
quería dar vigor a un tiempo. El espíritu satírico, por lo demás, no es nuevo,
ni tampoco su expresión literaria: en el mundo griego, Arquíloco (a princi­
pios del s. vu), Hiponacte (a fines del vi), Timón (a principios del m) en sus
SíUoi, lo habían cultivado ampliamente; los poetas de la comedia antigua
ática, Aristófanes entre otros, se habían entregado a él, en especial en sus
parábasis, Los latinos, personales, combativos, de espíritu crítico, iban a
complacerse en él más que nadie: Catón puede pasar muchas veces por un
satírico... Pero, de todos estos elementos, debía surgir una forma estable,
capaz de imponerse en el devenir de los siglos. Lucilio mereció este honor.
En sus manos, la.sátira se convirtió en un poema de ritmo narrativo (con ten­
dencia a ligarse al hexámetro), pero de desarrollo a menudo dramático, varia­
do, e incluso de vivos contrastes, nutrido de la personalidad del autor, que
realizaba la unión entre la burla mordaz y la lección moral.
LUCILIO De rica familia ecuestre, Lucilio nació en Suessa
Muerto en 103 a. C. Aurunca, no lejos de la Campania. Amante apasio­
nado de su independencia, se mantuvo al margen
de toda función o cargo. Frecuentaba el círculo de Escipión Emiliano, a
quien acompañó, como caballero, al sitio de Numancia (133). A partir del
8. L I TERA TURA LATINA
113
EL PURISMO HELENIZANTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
132 compuso 30 libros de sátiras (de los que nos quedan alrededor de
1.400 versos); en 105 se retiró a Nápoles, donde murió y fue honrado con
funerales públicos.
Su personalidad. — Rico, protegido por poderosos amigos, y libre de todo
compromiso, Lucilio pudo exclamar, no sin orgullo:
¿Ser publicano en Asia o granjero del impuesto sobre los pastos," en lugar de ser
Lucillo? No, jamás: esto sólo, para mí, lo compensa todo. (XXVI.)
Esta independencia le permitió atacar Mal pueblo y a los grandes indis­
tintamente” (Horacio, Sat. I I , 1, 69). Y con sinceridad. Tenía una afición muy
decidida por la salud intelectual y moral, por lo verdadero y natural, un
deseo de considerar todo lo que le rodeaba con una precisión y una familia­
ridad casi científicas. No siente sino desdén hacia los poetas que “representan
prodigios, serpientes aladas y con plumas”, hacia los aspectos populares de la
religión:
Las lamias 40terribles, invenciones de los Faunos y de los Numas,*' los asustan y turban
su sueño: del mismo modo que los ni ñus creen que todas las estatuas de bronce son
hombres vivos, así estos individuos toman como verdaderos sueños falsos; creen que hay
un corazón en las estatuas de bronce. ¡Artificios de pintor! Nada es verdad ¡es pura
ficción! (XV.)
Con mucho mayor motivo, no tiene miramientos para con nadie: escribe
sus nombres, con todas sus letras, cuenta anécdotas reales. Escribió mucho,
inspirado por su “genio”. Horacio le reprocha su continua improvisación
(Sat., I, 4, 6 y sig.); pero a esa rapidez espontánea se halla ligado el don de
la vivacidad.
Las sátiras. — Lu cilio escribió la gran mayoría de sus sátiras en hexáme­
tros dactilicos, y algunas en versos yámbicos o trocaicos, tomadas de los
géneros dramáticos, o en dísticos “elegiacos” (véase pág. 281). En cuanto a
los temas, aunque algunos (en particular los ataques contra la impericia de la
nobleza dirigente) le pertenecen, trató un buen número de ellos que han sido
repetidos sin agotamiento después: el lujo ridículo, comidas de glotones y
gastrónomos maniáticos, a los que interpela furiosamente:
Vi ui te l urcones, comedones, ui ui te uentres;
jVivid glotones, comilones; vivid, vientres! (V.)
célebre es también el tema del viaje mezclado de detalles pintorescos, de
episodios grotescos y de detalles geográficos que parodian una obsesión de
la poesía helenística:
39. Dos cargos financieros fructuosos: la percepción de impuestos en la rica provincia de
Asia y sobre los pastos de propiedad pública permitía grandes beneficios a las sociedades arren­
datarias.
40. Especie de ogros femeninos.
41. A Fauno, dios-rey del antiguo Lacio, y a Numa, antiguo rey de Roma, se atribuían
3as más antiguas instituciones religiosas de la ciudad.
114
Lucilio
Un rocín que andaba a sacudidas, Feo y lento...
Todas esas subidas y bajadas no eran sino juego y diversión; todas esas subidas y
bajadas — repito— no eran sino juego y diversión. Cuando nos vimos apurados fue al llegar
al país de Setia; ° montañas “para quitar los alientos a las cabras”,43rocas dignas del Etna,
ásperos AtosI **
La alforja hería el costado de mi jaca.
La tierra se pierde entre brumas y lluvia... (III.)
Otras sátiras trataban cuestiones literarias y gramaticales, atacando a la vez
los errores de estilo y los primores excesivos, las lenguas cuajadas de provin­
cialismos y a los petimetres helenizantes:
¡Qué maravillosa acumulación de "expresiones”! ** Diríase que eran teselas, sabiamente
colocadas, de un pavimento de mosaicos, de una taracea en que se agitan los colores. (II.)
T ú40prefieres, AIbucio,*Tpasar por griego en lugar de romano y sabino, de la misma
ciudad que Jos eenturioues Tito Pontio y Annio, varones ilustres, distinguidos combatientes
y abanderados. Por tanto, yo, pretor y en tránsito por Atenas, te saludo, para complacerte,
en griego, al acercarme a tu lado: Tito!”, dije. Y al punto lictores, escolta, autori­
dades, dijeron a un tiempo: "ixaipe, Tito!” — Y por este motivo Albucio se convirtió en
mi enemigo declarado. (II.)
Realismo moral. — Nos resulta difícil hablar de una “filosofía” de las
sátiras de Lucilio. Su moral parece haber sido la del sentido común; debía
mucho a la sabiduría popular, bajo la forma de fábulas (como la del león
enfermo y la zorra, por ejemplo) y proverbios pintorescos, como el del avaro,
que "cogería una moneda en el íoao con sus dientes” o “buscaría para ce­
nar en un incendio”, el atolondrado que "lava sus vestidos en el fango”...
La virtud, tal como él la describe, es una regla de conducta vigilante y prác­
tica, completamente realista, a la romana;
La virtud
La virtud, Albino, consiste en poder dar su verdadero precio a cada circunstancia
quo acompaña nuestra actividad, nuestra vida; la virtud, para el hombre, estriba en saber
a dónde conduce cada objeto; la virtud consiste para el hombre en distinguir lo justo, lo
útil, lo honrado, lo que está bien o mal, lo inútil, lo vergonzoso, lo deshonesto; la virtud
consiste en poder asignar el precio debido a las riquezas, dar lo que verdaderamente se
debe a los hombres; ser enemigo declarado de las costumbres y personas malas, y, por el
contrario, defensor de las costumbres y personas honradas, ensalzándolas, deseándoles
el bien, siendo amigos suyos; y, además, tener en cuenta el interés de la patria en primer
lugar, y a continuación el de los padres, y, por último, en postrer lugar, el de uno mis­
mo. (IV.)
Este realismo moral, a ojos de un observador que envejeció lejos de las ac­
tividades políticas y económicas, debía de conducir al pesimismo: la primera
42. Ciudad del Lacio, cerca de los Marjales Pontinos.
43. ISn griego en el texto.
44. El Etna es un enorme volcán de Sicilia; el Atos una montaña escarpada que se su­
merge en el mar, en la Calcídica (Tracia).
45. En griego en el texto.
46. Es, según parece, Q. Mucío Escévola el fingido interlocutor: propretor en Asía, fue
acusado de concusión, a su regreso, por Albucio.
47. Cicerón nos pinta a Albucio como lleno de helenismo y epicúreo (Brutus, 35; 131).
48. “Buenos días’* en griego.
115
sátira representaba la asamblea de los dioses que, para poner freno a la
corrupción romana, deciden dar un ejemplo en la persona de un antiguo
pretor, Lupo; toda la degradación de las costumbres a finales del “siglo de
las conquistas” aparecía estigmatizada. Pero su pesimismo no carece de alien­
tos, e incluso es vigoroso: aún, como verdadero romano, Lucilio se enorgullece
de su patria y confía en ella.
Pero ahora, desde la mañana al atardecer, tanto día de feria como de trabajo, todo
el pueblo por igual, la plebe y los patricios, todos se agitan en el foro y no salen de él.
Y todos se entregan a un solo e idéntico afán, a un solo quehacer: engañarse con habilidad,
combatir con la astucia, luchar con la hipocresía, hacerse pasar por buenas personas,
tenderse trampas, como si todos fueran mutuamente enemigos. (I.)
Sí, el pueblo romano fue vencido muchas veces por la fuerza y dominado en muchos
combates, pero nunca en una guerra: y todo consiste en eso. (XXVI.)
Realismo literario. — El realismo literario es igualmente vigoroso y alen-
tador. Nos quedan muchas pinceladas breves, cuyo trazo y color se imponen
inmediatamente, y algunos croquis de animales, en particular, o compara­
ciones mordaces, propias de un maestro:
¡Una magnífica asamblea: ,B calzones y sayas brillantes, collares!; y, en sus sayas,
¡resultaban tan grandes! (XI.)
Corderos que pacían en las montañas, con su lana áspera y ruda...
... Como el cerdo gasta su lomo restregándose contra un árbol. (X.)
... Un gran tunante, tan atroz como un perro de carnicero.
... Un ojo, dos pies: como un cerdo cortado a lo largo.
La narración parece adquirir tonos muy diferentes, vivacidad compacta,
humor sabroso, o violenta crudeza, como en la representación de los dos
gladiadores Esernino y Pacideyano: 50
Gladiadores
Había, en los juegos dados por los Flacos, un tal Esernino, samnita, persona innoble,
digno de tal vida y de tal lugar; se le enfrentó con Pacideyano, en mucho el mejor (¡y para
siempre!) de los gladiadores...
“Lo mataré a buen seguro y alcanzaré la victoria, si deseáis saberlo, dijo [Pacideyano].
Pero mirad lo que creo que pasará: saltará sobre mi rostro antes de que hunda mi cuchilla
en el pecho y en los pulmones de esa furia..."
“Lo odio,Memprendo este combate con rabia; nada es más largo para mí que esperar
a que el adversario empuñe el cuchillo. Tanto me inflama de coraje la pasión y el odio
que siento hacia él..." (IV.)
La lengua está cuajada de helenismos, en especial en la crítica literaria
y en la parodia descriptiva, sin pedantería, al parecer (como en las cartas
familiares de Cicerón. Usa también Ja aliteración;
Commoda pradera: pairiai pri ma puta ye;
EL PURISMO I1ELENIZANTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
49. Se trata de galos con su traje nacional: pantalones y blusas.
50. La anécdota se hizo célebre (Cic., ad Quiñimn jratrem, III, 4, 2): Esernino arrancó
con sus dientes la oreja de Pacideyano, que le mató.
51. Sin duda es aquí Esernino quien habla.
116
Evolución de la prosa
Frigore, inluuie, inperfundie, inbalnitie, incuria;
procedimientos bien latinos.
Conclusión. — No es exagerado atribuir una gran importancia a Lucilio;
toda Ja sátira romana, Horacio (a pesar de que hablara mal del viejo maes­
tro), Persio, Juvenal, derivan de él. Es tal vez el género que, con sus preocu­
paciones morales y su numen popular, se acomoda mejor al carácter latino.
Y, como su variedad permite esperar igualmente de él la extrema finura o el
más cargado truculentismo, se presta a la expansión de las más diversas
personalidades.
y de la acumulación de quasi-sinómmos:
4. La evolución de la prosa
La prosa latina, bien orientada tras Catón, evoluciona con mayor regula­
ridad que la poesía, aunque con lentitud: su “dignidad artística” no era aún
bien apreciada.
LOS HISTORIADORES Los últimos analistas. — El ejemplo de Catón,
el dominio indiscutido de Koma y la difusión
de su lengua por la conquista y el comercio impulsan a los analistas a escri­
bir en latín.
L. Casio Hémina trazó a grandes rasgos (en 4 libros por lo menos) toda
la historia de Roma a partir de Eneas, con algunas curiosidades arqueológi­
cas ya, y con inquietudes por la explicación racional:
Admirábanse otros de que los libros “ se hubiesen conservado, Pero élM lo explicaba
de este modo: hahía una piedra tallada casi en medio del cofre, ligada por todas partes
por cuerdas llenas de ccra; en esta piedra fueron introducidos los libros, por encima:
de este modo, pensaba, no se habían podrido. Los libros, además, habían sido frotados con
limón, por lo cual —pensaba— las polillas no los habían devorado.
fr. 37 Peter.
M. C a l pu bn i o Pi só n F ivugi (seguramente censor en 120), de espíritu mar­
cadamente “catoniano”, escribió 7 libros de Armales, en un estilo simple y
puro, que Cicerón encontraba árido; amaba la verdad y se decantaba hacia
el racionalismo; parece haber gustado de las anécdotas de tendencias morales:
52. Atribuidos a Numa y “descubiertos” en 18.L (véase pág, 85).
53. El escriba Cü. Terencio, que los descubrió.
117
EL PURISMO HELEN1ZANTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
C. Furio Cresino, un liberto que obtenía de un campo muy pequeño cosechas mucho
mayores que sus vecinos de propiedades muy extensas, era víctima de las envidias y se
sospechaba que atraía hacia sí, con sus maleficios, las cosechas ajenas.“ Fue llamado a
juicio bajo este cargo por el edil cuml Espurio Albino y, temiendo ser condenado ante los
comicios de las tribus, trajo al foro todo su utillaje agrícola, y presentó esclavos robustos
y, como dice Pisón, bien cuidados y vestidos, instrumentos bien construidos, sus picos
pesados, sus sólidas rejas, sus bien nutridos bueyes. Luego dijo: "He aquí* Quintes, mis
maleficios; y no puedo mostrar ni /traer al foro mis cuidados, mis desvelos y mis sudores.”
De este modo salió absuelto por unanimidad.
fr. 33 Peter.
Los arqueólogos. — Hacia finales de siglo, el jurisconsulto y gran pontí­
fice P. Mucio E s c é v o l a (cónsul en 133) suspendió la redacción de las actas
oficiales llamadas Anmles Maximi (véase pág. 32). Todas las del pasado
fueron entonces publicadas, en forma reducida, en 80 libros. A partir de
entonces la antigua Roma y sus instituciones anteriores a la influencia griega
se convierten en objeto de curiosidad arqueológica. Ya Cn. G e l i o (¿hacia 159?)
tendió a ello; C. Se mph o n i o T u d i t a n o (cónsul en 129) escribió libros “Sobre
las magistraturas”; M. J u n i o , apodado Gracano, trató de derecho público y
del calendario romano... Así se prepara la erudición de Varrón.
Nuevas tendencias. — Pero, en la historia propiamente dicha, dominan
entonces dos influencias: el pintoresquismo patético —cuyo modelo era Timeo
en Sicilia— y el racionalismo de carácter científico, alentado en Roma por la
actividad, muy reciente, de Polibio. Los autores tienden también a imponerse
limitaciones.
L. C o r n e l i o A n t i p a t e r , en su monografía de la segunda guerra púnica,
realizó un intento de información, pero también de exageración épica, y casi
ridicula:
Celio no nos da cifras,“ pero exagera sin límites la sensación de la multitud: dice
que los gritos de los soldados hicieron caer los pájaros del cielo, y que se embarcó una
muchedumbre tan grande, que parecía que Escipión no dejaba mortal alguno en Italia
ni en Sicilia.
fr. 39 Peter.
Pero enriquecía la historia con toda una retórica: discursos puestos en boca
de los grandes personajes y descripciones efectistas.
Se m p r o n i o A s e l i ó n (antes de 159 - después de 91) fue tribuno militar en
el sitio de Numancia; se limitó a la historia de su tiempo; un pasaje de su
introducción asegura la influencia de Polibio, pero revela también la preocu­
pación moral, que no dejará, en adelante, de dominar el género histórico
romano:
Entre quienes quisieron transmitimos Anales y los que se esforzaron en escribir la
Historia romana, hay una distinción absoluta. Los Anales no hacían sino relatar lo que
54. Esle “crimen" comportaba la pena de muerte, según la ley de las XII Tablas.
55. Se trata de la marcha de Escipión (ei futuro Africano) hacia África.
113
Los Cracos
sucedió cada año: era, por decirlo así, un diario, o lo que en griego se llama "efemérides”.
Pero nosotros no nos contentamos con enunciar lo que sucede... Pues los Anales no pueden
en modo alguno animar a defender el Estado ni a restar ánimos de obrar mal. Escribir
bajo qué cónsul empezó la guerra, bajo qué otro terminó, a quién valió una entrada triun­
fal lo que sucedió, sin indicar también los decretos del Senado, los proyectos y votos de
leyes, sin registrar las deliberaciones y decisiones previas a los actos, equivale a contar
fábulas a los niños, no a escribir historia.
fr. 1 Peter.
LOS ORADORES Entre Catón y los Gracos. — Uno de los últimos ad­
versarios de Catón, S e h . Su l p i c i o G a l e a , fue el pri­
mero en aplicar a la elocuencia. latina los procedimientos retóricos de los
griegos, la revistió de intencionados adomos'y dio paso ál patetismo, incluso
' al ae signo más vulgar. A continuación, fue enriquecida con el análisis
psicológico, y ganó mucho en musicalidad gracias a M. E m i l i o L e pi d o P o r c i n a
(cónsul en 137); se hizo más elegante por obra de E s c í pi ó n E n o l i a n o y su
amigo C. L el l o (cónsul eü~140): así la p’rosa oratoria no cesó dé ganar, aun
siendo bastante árida e irregular, según testimonia el Brutus de Cicerón, pues
no poseemos apenas nada.
Los Gracos. — En _el .último tercio del siglo, la elocuencia progresa súbi­
tamente con _C. _Pafirio Carbón (cónsul en 120) y., los Gracos. Tal vez la
dialéctica de los filósofos, en particular de losjsstoicos, y el espíritu de sátira
virulenta contra los gobernantes, contribuyeron a darles, muy en general,
flexibilidad y nervio. Pero fueron los dos hijos de Sempronio Graco y de
Cornelio, Tiberio y Gayo, quienes aseguraron su auténtica elevación. Educa­
dos en un medio exti^'madamé^ñté_cúTfo7eñ que se Hablaba el latín más puro,
donde el estoico Blosio de Cumas desplegó su nobleza moral y su energía, se
dirigieron al pueblo, con la esperanza de poder recrear —contra las miras
esS’echas del ' aeñaclo— “una clase "media de pequeños propietarios terrate-.
nientesT en los que Roma recuperaría su fuerza y su salucf, moral y física.-'
Actuaron como tribunos de la plebe, dirigiéndose directamente a las masas y
tratando ante ellas los más graves problemas. Murieron, a los 30 años uno, a
los 33 el otro, en revueltas provocadas por la aristocracia. Pero su grandeza
de espíritu y la fuerza de sus convicciones habían puesto a menudo en primer
plano los grandes problemas sociales y, desde el punto de vista literario,
habían* ampliado y dramatizado la elocuencia: el siglo primero anterior a
nuestra era no puede" explicarse, desde ambos aspectos, sin ellos.
Ti. Graco (163-133). — El mayor, según se cuenta, era de palabra pura,
trabajada, agradable. Inmóvil en la tribuna, guardaba una compostura casi
aristocrática. Pero la emoción de su elocuencia no era menos profunda y
sobrecogedora, a juzgar por un fragmento conservado por Plutarco:
Los animales de Italia tienen cada cual su cubil, su refugio, su guarida. Pero los
hombres que luchan y mueren por Italia participan del aire y de la luz, de nada más: sin
hogar, sin casa, andan errantes con su mujer y sus hijos. Los generales mienten a los
soldadas cuando, a la hora del combate, les exhortan a defender, contra el enemigo, sus
tumbas y sus lugares de culto, porque ninguno de esos romanos posee nltar de familia ni
119
sepultura de sus mayores; sólo combaten y mueren por el lujo y el enriquecimiento de otro
estos pretendidos señores del mundo, que no poseen ni un terrón de él.
fr. 7 Malcovati = Plut., Ti . Gracchus, IX, 4.
G. Graco (154-121). — El más joven, Gayo, fue el primero que subió a la
tribuna con un rostro ardiente, una “acción” violenta: agitando su toga, yendo
y viniendo de acá para allá en la plataforma. Su palabra era. “terrible^patética,
atrayente, brillante” (Plutarco). Reinó verdaderamente gracias a ella: multitu­
des de tres y cuatro mil personas le seguían por las calles. Su arte era muy
consciente: buscaba el ritmo y el período (que permiten a la palabra llegar
más lejos), los efectos de repetición y de progresión, el movimiento dramático:
Si renunciáis con esa ligereza a todo cuanto habéis buscado y deseado apasionada­
mente en estos años, es imposible que no os acusen, o de [excesiva] pasión en vuestros
deseos pasados, o de [excesiva] ligereza en vuestra renuncia presente.
fr. 30 Malcovati [Contra P. Popilio Lenas],
Abesse non potest qui n ei usdem homi nis sit probos i mprobare qui i mprobos probet.
Es imposible no ocasionar el deshonor de las personas honradas al honrar a los indignos.
fr. 23 Malcovati [A los Censores, al regreso de Cerdeña].
Tu niñez cubrió de vergüenza a tu juventud; tu juventud, de deshonor a tu vejez;
tu vejez, do infamia a la patria.
fr. 60 Malcovati,
¿A dónde ir, desdichado? ¿A dónde dirigirme? ¿Al Capitolio? Está húmedo de la
sangre de mi hermano. ¿A casa? ¿Para ver a mi pobre madre hundida en lágrimas?
fr, 58 Malcovati.
A veces hay errores en el empleo de estos recursos; pero al mismo tiempo
hallamos una sinceridad impresionante. Se trata de una habilidad un poco
simple e inocente aún, que paga su precio por otrps fragmentos más logrados.
Abusos en el poder
[Relato objetivo: el orador se oculta tras los hechos. — Movimiento debido
a la yuxtaposición muy sobria de detalles sucesivos. — Gradación insensible, pero
muy hábil. — La emoción y la cólera de los oyentes, nacidas de los propios he­
chos, no parecerán dictadas por el orador. — Cf. Aulo Gelio, Noches áticas, X, 3
(comparación con Catón y Cicerón}.]
Hace poco tiempo llegó un cónsul a Teano de los Sidicinos. Su esposa dijo que deseaba
bañarse en los baños de los hombres. El cuestor“ de los sidicinos, M. Mario, recibe la
orden de hacer salir a todos los bañistas. La mujer cuenta a su marido que tardaron en
franquearle la entrada a los baños y que no se encontraban muy limpios. Por lo cual se
colocó un poste en la plaza pública, trajeron al primer ciudadano, M. Mario, lo desnu­
daron, y lo cubrieron de azotes. A consecuencia de esta noticia, los habitantes de Cales
dictaron un decreto prohibiendo a todos bañarse en los baños públicos cuando un magis­
trado romano se encontrara en la ciudad. En Ferentino, por el mismo motivo, uno de
nuestros pretores dio la orden de prender a los cuestores: uno se arrojó desde lo alto
de los muros; el otro fue hecho prisionero y cubierto de azotes.
EL PURISMO HELENIZANTE Y LAS TENDENCIAS NACIONALES
56. Nombre dado a los dos magistrados municipales en muchas ciudades de Italia.
120
Los Graeos
Con un solo ejemplo os mostraré a qué arbitrariedades y a qué excesos se entregan
esos jóvenes. En estos últimas años, traían de Asia a un joven que aún no había desem­
peñado ninguna magistratura, pero actuaba como legado. Lo traían en una litera. Le salió
al encuentro un boyero de Venusa, que, en broma (no sabía con quién trataba), preguntó
si llevaban un muerto.67 Él mandó detener la litera y ordenó empuñar las correas y dar
de palos al hombre hasta darle muerte.
fr. 45-46 Malcovati [Oratio de l egi bus promúl gate].
Una aristocracia vendida
[Insinuaciones sin pruebas, pero propias para excitar a una multitud. — Apo­
logía personal bajo forma insinuante. — Habilidad en la composición y en el
ritmo del conjunto, — Adorno en los procedimientos (nótese la anécdota final).1
Porque, Quintes,“ si ponéis cuidado y atención, por más que busquéis, no encontra­
réis entre nosotros a nadie que venga aquí sin esperanzas de obtener un beneficio. Todos
nosotros, los que hablamos, aspiramos a algo, y nada, sino el deseo de una ganancia,
impulsa a nadie a acudir ante vosotros. Yo mismo, que os hablo para acrecentar vuestros
negocios públicos y facilitar el progreso de vuestros intereses y de los del Estado, no ncudo
a la tribuna por nada; es cierto que no os pido dinero, pero sí buena reputación y honra.
Los que acuden a hablar contra el proyecto de ley no os piden honra, sino dinero
a N icomedes;los que aconsejan el voto, ésos no os piden buena reputación, sino una
recompensa —que acreciente sus riquezas— a Mitrídates; e incluso esos, siempre hom­
bres de alta cuna y gran- clase, que se callan, ¡ah!, esos son los más duros: pues
reciben de todas las manos y engañan a todo el mundo. Vosotros, que les creéis
libres de esas inquietudes, les otorgáis buena reputación; las embajadas de los reyes, que
creen que callan en su beneficio, les ofrecen regalos y cantidades enormes. Del mismo
modo, en Grecia, como quiera que un actor trágico se jactaba de haber recibido un
talento“0por una sola representación, Demades, el mayor orador de Atenas, le respondió:
“¿Te asombras de haber recibido un talento por hablar? Yo he recibido diez del rey 81por
callarme.” Igualmente hoy esos individuos de que os hablo reciben grandes cantidades
por callarse.
Malcovati, 41 (Dissuac’a l egis Aufei ae].
Conclusión. — La prosa latina, muy poco evolucionada a principios del
siglo u, alcanzará en adelante su madurez a gran velocidad, incluso antes
que la poesía, primero gracias a los oradores; luego, por obra de los histo­
riadores.
37. Los muertos eran transportados en una litera.
58. Nombre oficial del pueblo romano.
59. Nicomedes II, rey de Bitinia, que disputaba la Gran Frigia a Mitrídates V, rey del
Ponto.
60. Alrededor de 6.000 pesetas.
61. El rey de Persia, llamado el Gran Rey.
BIBLIOGRAFÍA
M. Holleaux, Rome, la Grèce et l es monarchi es hel l éni sti ques au I I I * si ècl e av. J .-C.
(Pnrls, 1921); E. Pais, Storiá di Roma durante l e grandi conqui ste medi terranee y Storia
i nterna di Roma dal l e guerre puni che alla ri vol uzi one graccana (Roma, 1931).
W. W. Tarn, Hel l eni sti c civilisation (Londres, 1927); A. y Th. Riïjnach, A. Croiset,
Cilapot, J o u o u et . .., L'hel l éni sati on du monde anti que (Paris, 1914); Baumc arten-Poland-
R. Wagner, Di e hel l eni sti sch-römi sche Kul tur (Leipzig-Berlin, 1913); P. Grimal, L e
si ècl e des Sci pi ons: Rome et Vhéï l éni sme au temps des guerres puni ques (Paris, 1953). —
Reitzenstein, Di e hel l eni sti schen Mysteri enrel i gi onen (Leipzig-Berlin, .1910); N. Trocín,
L e reli gioni mi steri osofi che del mondo antteo (Roma, 1923).
H.-I. M a r r o u , Hi stoi re de l ’éducati on dans l 'Anti qui té (Paris, 1948); J u l l i e n , L es
professeurs de littérature dans Vanci enne Rome (Paris, 1886); L a f a y e , L ’al exandri ni sme
chez les premi ers poètes latins y L es Grecs professeurs de poési e chez l es Romai ns (Revue
de l’Ensei gnement supéri eur, 1893 y 1894). — R eu r e , Les gens de lettres et l eurs pro­
tecteurs à Rome (Paris, 1891); V. M o s c r i p , Li terary Patronage i n Rome (Uni v. of Chi cago,
1928); F i s k e , The plai n styl e i n the Sci pi oni c ci rcl e (Class. Stud. i n honor of Ch. Förster
Smi th, M adi son, 1919); C. W u n d er er , Polyhios (L ei pzi g, 1927); B, N . T a t a k i s, Panétius
de Rhodes, l e fondateur du Moyen-Stoi ci sme, sa vi e et son œuvre (Pari s, 1931); Pa n ec i o ,
Fragmenta; ed. por M . van Straaten * (L eyd en, 1962). — A B esa n ç o n , L es adversai res de
Vhel l éni sme à Rome (Lausana, 1910).
Condicionamiento histórico
1. LOS COMIENZOS DE LA PROSA ARTÌSTICA
A ma t u c c i , L'el oquenza gi udi zi ari a pri ma di Catone (Ndpoles, 1904). — H. P e t e r ,
I l i stori contm Romanorum rel i qui ae, I * (Leipzig, 1914)___ K. W. N i t z c h , Di e römi sche
Annali stik uon i hren ersten Anfängen bi s auf Val eri us Anl ias (Berlin, 1873); W. So l t a u,
Di e Anfänge der römi schen Geschi chtsschrei bung (Leipzig, 1909); G. P e r l , Der Anfang
der röm. Gesch. schrei b, [con bibl.] (Forschungen und Fortschri tte, Berlin, 1964, 6-7).
Catón el Censor
MANUSCRITOS del De re rusti ca: Marci anus, perdido, utilizado por Angel Poli­
ziano en la edición príncipe (1471); Parisi nus (siglos xii-xiu) y ms. de Florencia.
EDICIONES: De agri cul tura: H. Keil a-G. Gotz (Teubner, 1922); A. Mazzarino (Teub-
ner, 1963); con com. lat. : Keil (Leipzig, 1882-1894), ind. por Krumbiegel. — Praeter
l i brum de re rusti ca quae exstant: Jordan (Leipzig, 1860). —■Di eta Caìoni s, Nemethy
(Budapest, 1895).
EDICIONES ESPAÑOLAS: De Agri cul tura, S. Galmés, con trad. y com, catal. (Bar­
celona, Bernat Metge, 1927).
122
ESTUDIOS: Biografía crítica por P. F i i a c c a r o (Atti d. Ac. di Mantova, 1910, y Studi
stori ci, 1910-1911); E. V. M a r mo r a l e, Cato Mai or* (Bari, 1949ì; — M . O. B a u mg a r t ,
Untersuchungen zu den Reden des M. Porcius Cato Censonus, I (Breslau, 1905);
— J. H ö r l e , Catos Hausbücher [análisis y reconstrucción de su contenido] (Paderborn,
1929); G. C u r c i o , La pri mitiva civiltà latina agri col a e il libro del Vagri cul tura di M. Por­
ci o Catone [traducción italiana con Inüxxhicción] (Florencia, 1929); — A. M a z z a r i n o ,
I ntroduzi one al de agri cul tura di Catone (Roma, 1952). — J. M. N ap , Ad Catonis l i brum
de re militari (Mnemosyne, 1927); — M . G er o s a , L a pri ma enci cl opedi a romana: i libri
ad Marcum fi l i um di Catone Censori o (Pavia, 1911). — O. Rossi, De Catone graecarum
l itterarum oppugnatore, latinitatis acerri mo defemore (Athcnacum, 1922).
Bibliografía
Z. EL TEATRO
Véase más atrás, p. 81. — F. Arnaldi, Va Plauto a Terenzi o (Nàpoles, 1940-1947);
H, M a r t i , Untersuchungen zur dramati schen Techni k bei Plautus und Terenz (Zürich,
1959).
La comedia; Cecilio Estado
O. Ribbeck, Scaeni cae Romanorum poesi s (Coml corum Rom.) fragmenta *. — P. Fai der,
L e poète comi que Céci l i us (Musée Bel ge, 1908 y 1909); I. N j ec r o , Studio su Cecilio
Stazio (Florencia, ■1919).
Torencio
MANUSCRITOS: Bembi nus (Vaticano, siglos iv-v); y, derivando de la recensión de
Caliopio (siglo iv?), dos grupos (Paminus, Vati canus y Ambrosi anus [Mílánl del siglo x;
Vi ctori anus [Florencia] del siglo x y Decurtatus [Vaticano] de los siglos xi -xa). —
G. J a c h ma n n , Di e Geschi chte des Terenztextes i m Al tertum (Basilea, 1924). — Miniaturas
comentadas del Ambrosi anus y del Parisinus por J. v a n W a g en i n g en , Al bum Terenti anum
(Groningen, 1907); Reproducción fotográfica del Vati canus 3868, ilustrado también, por
G. Jachmann (Leipzig, 1930).
EDICIONES: Príncipe: Estrasburgo, 1470; — Crítica: Kauer-Lindsay (Oxford, 1926);
J. Marouzeau (Budé, 1942-1949). — Con comentario inglés: Ashmore " (Nueva York,
1910). — EDICIONES PARCIALES comentadas: Adel phoe, por Plessis (París, 1884),
Dziatzko-Hauler * (Leipzig, 1903), Moricca (Paravia, 1922); Andri a, por E. Benoist (Pa­
rís, s. d.); A. Thiefelder (Heidelberg, 1960), G. P. Shipp (Oxford, 1961); Eunuchus, por
Fabia (París, 1895); Hecyra, por Thomas (París, 1887); Phormio, por Dziatzko-Hauler *
(Leipzig, 1913), R. H. Martin (Londres, 1959), etc... — COMENTARIO ANTIGUO de
D o n a t o , ed. P. Wessncr (Leipzig, 1902-1908); Scholi a Terenti ana, ed. Schlee (Teubner,
1893); Scholi a Bembi na, ed. Mountford (Londres, 1934).
EDICIONES ESPAÑOLAS: J. y P. Coromines, vols. I al III con com. y trad. cat
(Barcelona, Bemat Metge, 1936); L. Rubio, vols. I y II con com. y trad. cast. (Barce­
lona, Al ma Mater, 1961).
TRADUCCIONES: Francesas: Dacicr (Amsterdam, 1747); E. Chambry (París, s. d.
[1932]); J. Marouzeau (Budé). — Inglesa: Sargeaunt (Londres, 1914); — Italiana: Limen-
tani (Roma, 1923).
LENGUA, SINTAXIS y MÉTRICA: E. B. J en k i n s, I ndex verborum Terenti anus
(Chape! Hill, 1932); P. Me Glynn, L exi cón Terenti anum, A-O (Londres, 1963), — A l l a r -
!d i c e , Syntax of Terence (Oxford, 1929); D. B a r be l e n e t , De Vaspect verbal en latin
anden et parti cul i èrement dans Térence (París, 1913); L i n d sa y , The earl y latin Verse;
A, K l o t z , Der Hi atus bei Terenz (Hermes, 1925); W. A. L a t d l a w , The prosody of Te­
rence (Oxford, 1938); L . N o u c a r j et , L a métri que de Pl aute et de Térence (París, 1943).
ESTUDIOS LITERARIOS: S. Pr e t e , Terence [vi da, hi stori a del texto, obras, bi bl i o­
grafí a de l os trabajos reci entes] (The classical toorld, LIV, 1961); O. B i a n c o , Terenzi o
(Roma, 1962); Sa i n t e- Be u v e , Nouveaux Lundi s, t. V; J. L ema Î t r e , I mpressions de
123
EL PURI SMO HEL ENI ZANTE Y LAS TENDENCI AS NACI ONALES
théâtre, t. VI; G. N o r w o o d , The art of Terence (Oxford, 1923); E. Re i t z e n s t e i n , Terenz
ois Di chter (Amsterdam, 1940). — A. Sa e k e l , Quaestiones comi cœ de Terenti i exempl a-
ribus graeci s (Tesis, Berlín, 1914); R. C. F l i c k emg er , On the originality of Terence (Philol.
Quarterly, 1928); — Ph. F a bi a , L es prol ogues de Térence (Paris, 1888); — L. H a v e t ,
Sur la détermi nati on des actes dans l es comédi es de Térence (Revue de Philol., 1916);
J. Andrif.u, Ét. crit. sur les sigles de personnages et les rubri ques de scène dans les
anci ennes édi ti ons de Térence (Paris, 1940).
Véase también, más atrás, p. 81, Condi ci onami ento histórico, y 82, Ptauto.
Los autores de “togatae”
Ri bbk c k , Scaeni cae Romanorum pocsi s (Comi corum Rom.) fragmenta *. — E . C o u r -
BAUD, De comcedia togata (París, 1899).
La tragedia: Pacuvio; Accio
Rxd bec e, Scaeni cae Romanorum poesi s (Tragi corum Rom.) fragmentaz ; O. Ri buec k ,
Di e römi sche Tragödi e i m Zeital ter der Republ i k (Leipzig, 1875); Leo, De tragcedia
Romana (Göttingen, 1910); G. Boi ssi ek , L'art poéti que d’Horace et la tragèdi e romaine
(Revue de Philologie, 1898).
G o ette, De Acci o et Pacuvio (Rheine, 1892); L. K o ter ba, De sermone pacuviano
et acci ano (Tesis. Viena, 1905); R. A ncEN io, Pacuvi us. I frammenti dei drammi (Turin,
1959}.
G. B o i ssi eh , L e poète Attius (Paris, 1857); L. M ü l l e r , De Acci i fabul i s disputati o
(Berlin, 1890); A mbu a ssa t , De Acci i fab. Andromeda, Tel epho, Astyanacte, Mel eagro
(Königsberg, 1914). — B. Bi l l n sk i , Contrastanti ideali di cul tura sulla scena di Pacuvi o
Warsovia, 1962).
3. LA CREACIÓN DE LA SATIRA
E. T. M e r r i l l , Fragments of Roman Satire from Enni us to Apul ei us (Nueva York,
1897). — A. D i e t e r i c h , Pul ci nell a; C. W. M e n d e l l , Satire as popul ar phi l osophy (Classi­
cal Phi lology, 1920). — Ol t r a ma r e, L es ori gi nes de la di atri be romai ne (Lausana, 1926).
G. C. F l sk e, Luci l i us, the "ars poéti ca” of Horace and Persi us (Harvard Studies, 1913).
Véase también más atrás, p. 39, Tendenci as y di rectri ces literarias.
Lucilio
EDICIONES: F. Marx (Leipzig, 1904-1905); W. Schmitt, Sati renfragmente aus den
Büchern XXVI -XXX (Munich, 1914); N. Tcrzaghi ’ (Florencia, 1944).
ESTUDIOS: C. C i c h o r i x i s, Untersuchungen zu Luci l i us (Berlín, 1908); N. T e r z a g h i ,
Luci l i o (Turin, 1934); M . P u el ma P i w o n k a ,- Luci l i us und Kallimachos (Francfort, 1949);
J . H eu r c o n , Luci l i us (París, 1959); I. M a r i o t t i , Studi Lucil iani (Florencia, 1960). —
M . Sc h r e i b e r , De Luci l i syntaxi (Greifswald, 1917). — B. M o sc a , La satira poli ti ca i n
Lucil io (Teramo, 1927); F. So mmer , Luci l i us als Grammati ker (Hermes, 1909); E. Sa n
G i o v a n n i , L e i dee grammati cali di Luci l i o (Turin, 1910).
4. LA EVOLUCIÓN DE LA PROSA
Los historiadores
EDICIÓN: H. Peter, Hi stori corutn Rom. rel i qui ae, I s.
ESTUDIOS: H. P e t e r , Wahrhei t und Kunst; Ceschi chtschrei bung und Plagiat i m
124
Bibliografía
klassischen Al tertum (Leipzig, 1911); P. Sc i l e l l e h , De hel lcni sti ca historiae conscri bendae
arte (Leipzig, 1911).
Véase también, más atrás, p. 122, Los comi enzos de la prosa artística.
Los oradores
EDICIÓN: Malcovati, Oratomm romanorum fragmenta* (Paravia, 1955).
ESTUDIOS: A. B e r g e r -V . C u c h ev a l , Hi stoi re de l’él oquence latine depui s l ’ori gi ne
de Rome j usqu’à Ci céron (Paris, 1872; 3.* ed. 1892); A. C i ma , L ’el oquenza latina pri ma
di Ci cerone (Roma, 1903); G. B o i s s œ b , L'i ntroducti on de la rhétori que à Rome (Mél anges
Perrot, 1902); A. M e s p i .é , L 'él oquence des Cracques (Annal es de la F ac. des lettres
de Bordeaux, 1890).
LA ÉPOCA CICERONIANA
CAPITULO IV
La vida de Cicerón (106-43 a. C.) abarca casi estrictamente un período de
maduración literaria,,.de una pujanza y un sabor singulares; pero su obra, ya
clásica por la unidad y el equilibrio, sólo revela algunos aspectos. Baste con
citar a Lucrecio y Catulo, César y Salustio, y a Varrón, que, mayor que todos
ellos, les sobrevivió aún (116-27), para evocar la diversidad, e incluso la lucha
ardiente de temperamentos y de doctrinas que caracterizan este medio sigloT
Inestabilidad e individualismo. — El Estado y la sociedad intentan vana­
mente restablecer el equilibrio perdido a consecuencia de la tentativa de los
Gracos: es necesaria una guerra civil (Guerra Social, 90-SS) para preparar la
unidad italiana; y son menester proscripciones y una tiranía (dictadura de
Sila, 82-79) para reslabiecer, aunque por poco tiempo, la autoridad del
Senado; y sediciones y golpes de mano para dar al partido demócrata o al
partido senatorial la efímera dirección de los negocios "públicos. Esta inesta­
bilidad asegura el poderío_y desarrolla las ambiciones de loSgrancles señores,
yerdaderos amó? feudales de raza o de fort-mui Fnn ¡teniente o finaiVcigraTTin
César, un Pompey o>un Craso. A través del Senadoo del pueblo, aspir&fl' a
las provincias, a los ejércitos, a los triunfos, y por último al poder personal.
El Senado se entrega a un parlamentarismo cada vez más locuaz e ineficaz;
lo dominan hábiles y ricos abogados, Hortensio, Cicerón, que creen —en su
ilusión— ser dueños de la política. La. plebe misma, pobre, holgazana y sedi­
ciosa, está en manos de agitadorescíe altos vuelos, Catilina, Clodio, Milón,
cuya personal i dpaf éi i Ti za sin pudor. "Es" la edad de oro de lo que los
126
La época ciceroniana
italianos llaman la "virtù”: la expansión amoral de la energia individuai.
Y_jos escritores también, con una sinceridad apasionada, parücíparT de "està
atmósfera de exaltación personal y de lucha, incluso cuando, como Lucrecio,
pretenden refugiarse en la filosofía. Todos tienden a una perfección clásica,
que seria Ja ^combinación original del arte griego y del espíritu romano; pero
ia vía conlntransigencia, Envegándose materialmente,
unos al arte, otros al pensamiento, seguros de' su objetivo, dudando de los
medios. Y, mientras la prosa llega a la perfecciónala" poesiaTla" busca"~áún.
y^Las contradicciones de la aristocracia. — En lugar de acercarse a la
gran masa de público, los verdaderos poetas sólo pueden dirigirse a la aris-
tocfasja, y a una aristocracia discorde consigo misma, romana de íagliada,
griega en los, gustos.
Ha de recurrir por_ fuerza al. helenismo jpara J ograr las supremas conquis-
tas déla poesía didáctica o lírica. Pues el helenismo, en sus momentos~_eIeva-
dos y en sus verdaderos logros, no tenía nada^de popular;^novera sino el
esnobismo de una élite; y Mario sabía ganarèl favor de la plebe afíriman3o
que ignoraba eì griegoTLos nobles y los ricos, en cambio, lo hablan habitual­
mente; mantienen en sus casas a griegos, eruditos, filósofos o poetas; gozan,
como hombres refinados, de sus bibliotecas, de sus colecciones, del lujo de
sus villas. Incluso no les importa que se desintegre todo el pasado político y
religioso de Roma: no creen más que en sus placeres y en su ambición per­
sonal. Pero en público, en el tribunal, ante la Asamblea o en el Senado, adop­
tan una máscara: fingen no saber nada de las fútiles elegancias de la Hélade,
ignorar hasta el nombre de los artistas cuyas obras buscan; cumplen con
solemnidad los ritos establecidos. Esta aristocracia hipócrita abandona el pasa­
do y reniega del porvenir: no puede ni nutrir una savia auténticamente roma­
na ni difundir generosamente por doquier su cultura helénica.
'7'- Independencia y modernidad de ios poetas. — Los poetas tuvieron ma­
yor audacia, porque, por bueno que fuese el linaje al qup^p^rtenecían, nó
esperaban alcanzar con sus-versos ni méritos ni riquezas. {Cattilo^y los de’Üu
grupo desafían los desdenes de un Cicerón: buscan en la más^actual litera­
tura griega en los alejandrinosy sus supremos discípulos, los atractivos, los
encantos y hasta los diletantismos con que pueden agradar a la sociedad
mundana de su tiempo; no sienten ningún escrúpulo en evocar ei juego, ia
disipación y la galantería, mezcladas aún con rudezas y groserías, tales como
so-encontraban en una Roma equívoca o en los censurados baños de Bayas.
\ Lucreci0i por su parte, predica religiosamente la irreligiosidad científica de
{Epicuro; sacude, casi con furor, los yugos antiguos; evoca incluso, como a
pésar'Suyo, el espantoso miedo a la muerte de los arribistas ateos, para quie­
nes la filosofía griega, probada por casualidad, no fue sino una fuente de
escepticismo, y se preguntan si no sería mejor renovar el pitagoreísmo, con
Nigidio Fígulo, para entrar en posesión de promesas místicas, o entregarse
al epicureismo, tan fácil de interpretar, a placer, para lograr la dulcificación
tranquila de todos los instintos. Sin duda estos escritores precisaron de su
genio para trazar esta_ imagen ..imperecedera..de .su Jiempo; pero Ies ayudó
127.
LA EPOCA CI CERONI ANA
también la libertad de su postura: una obra de arte no es inmortal si. en el
momento de Sil crparión. no-fiS-mndarrm
% Sus irregularidades. — Sufrieron, por tanto, el vivir en una sociedad
heterogénea y en.conflicto consigo misma: y la unidad de sus obras lo ha
expenmentado. Así, los autores de mimos, sus contemporáneos, Laberio,
Publilio Siró, se veían obligados, paráTTlegar a todos los públicos, a mezclar
las sententiae capaces de agradar a los delicados y las vulgaridades obscenas
que hacen reír a la plebe. Por su gusto, tenacidad laboriosa y estilo, Lucrecio
es un romano, que, siguiemio la línea de los “antiguos”, Enriio, Lucilio, se
iguala con los más severos y más grandes de entre íos griegos: pero su
razonamiento conserva una pesadez arcaica, su sensibilidad parece la de un
alejandrino recio e inocente, su pensamiento es el de un filósofo innovador
y visionario, por decirlo así. Los poetas de la nueva escuela alimentan un
gran desprecio hacia sus predecesores latinos; tienen demasiada “prisa” por
incorporarse al “mundo”, donde cada cual, mujer u hombre de estado, com­
pone sus pequeños versos para meditar las lecciones de Homero o del si­
glo v ateniense; y, por ende, en su fiebre de actualidad o de pasión personal,
utilizan, bién a su pesar, las reminiscencias de su educación clásica x su
relación formularia con las viejas costumbres romanas: algunos pasajes“vacuos
de Catulo adquieren una majestad casi inconcebible. En todos ellos se une,
con los alientos...innovadores, una circunspección en las expresiones, que
revela a la vez la vieja dignidad nacional y la cortesía que tímidamente
comienza. Por ello se explica el atractivo joven y potente, aunque con fre­
cuencia ambiguo, de estas obras a la vez sinceras v artificiales, tndn búsqueda
y todo movimiento, a las que no falta para ser clásicas más que un equilibrio
. más moderado v también, sin duda, una~más amplia ditusion.
' y 'f' La medida entre Oriente y Occidente. — Pero estos poetas desprecian
la masa y se apartan de los géneros populares: eLteatro-Janfiuidece. a excep-
V clon de ios géneros vulgares de Jajitelána y del mimo; la sátira se^cultiva aún,
peró, en ehtOrbelhno de esta vida eíTque chocan sin tregua los ambiciosos, se
convierte a placer en personal y, para actuar con mayor rapidez, se concentra
en epigramas mordaces; la epopeya, demasiado actual, toma aires de laudatio
parcial, en beneficio de un hombre o de un partido. Además, ^1 pueblo no es
romano ni por raza ni por afición. Mezcla, cada vez más, elementos extran­
jeros, ~ETm3special asiáticos, por Ja afluencia de toda clase de comerciantes y
de aventureros, y porTas“des mes aradas manumisiones de esclavos de todas
las razas; no tiene jiadiciones nacionales y se embriaga de exotismo: la tra­
gedia degenera en exhibiciones escénicas y cortejos suntuosos; África y Asia
han de proveer al circo de animales fieros o extraños; los triunfos son sor­
prendentes ostentaciones de las más imprevistas rapiñas; e incluso los cultos
lejanos, en especial los egipcios. (Isis, Serapis), emocionantes y dramáticos,
ganan rápidamente adeptos en los puertos y en Roma. La empresa de Oriente
se consolida cada vez más, con toda evidencia, como consecuencia de las
sorprendentes campañas de Sila, Lúculo, Pompeyo; y César, con sus proyectos
de dictador, trata de sancionarlas. Ahora bien, la poesía de la época refleja
128
La época ciceroniana
¿óIci,^ocas>iQpaIn3£iitc>^y de modo muy sobrio, el esplendor oriental. Sin duda
ello obedece porjjualpartc-a—ias-tendencias.jzle la* alta sociedad, helenizada
ya d¿sde mucho tiempojjara entregarse sin reserva á~los gustos clel-vulgorse'
complace, es cierto, en encontrar en Asia marítima un lujo voluptuoso vestido
a la griega, tapices, vajillas de plata, refinamientos culinarios, que se introdu­
cen para no desaparecer en la vida privada; pero. r>or educación^tiende^aJa
Grecia clásica, y_ el^estijo alejandrino le_parece una novedad satisfactoria",
y ádemáFTJíTTsimilación directa. Pero Oí¿id£nte^amhiéii-empi52azariuflGi)c,
en la vida intelectual del Imperio: sin Hablar de los poetas de Córdoba, las
Galias, y en especial la Cisalpina, latinizada ya mucho tiempo atrás, da a la
nueva escuela su fundador, Valerio Catón, y sus más lozanos y flexibles
ingenios, Catulo, Cinna, Casio de Parma, Terencio Varrón de Auda. Así
podría afirmarse que en las tierras célticas de los Alpes y del Po la poesía
alejandrina se hizo romana. Y la conquista de la Galia libre por César ayuda
a Roma, en un instante crítico, a recobrar su equilibrio entre Oriente y Oc­
cidente,
^/ *SLa elocuencia y la prosa clásicas. — La prosa ofrece todo un espectácu­
lo distinto; ha madurado con mayor rapidez; y, puramente latina, ha asimi­
lado sin embargo, é introducido en la” actualidad de la vida romana, todas
las cualidades de la literatura- griega. Debe la rapidez de sus progresos al
ejercicio ilimitado y al valor práctico de la elocuencia. El joven que se dedica
a la vida pública, tras una educación muy prolongada; que, al lado de la
dialéctica y de la retórica, aborda la filosofía, las matemáticas, la astronomía,
la música, y por lo general se perfecciona en Grecia —en Atenas, en
Rodas, en Mitilene—, regresa a Italia muy helenizado, y ha_de_hablar sin
embargo el latín más general o más técnico. Para el abogado la materia es
amplia y se“ rénuéva sin cesar; los beneficios, inmensos, a pesar de la ficción
déla ley Cincia.1Las riquezas sobreabundaban y su manejo por parte de los
caballeros era audaz, y la aventura y el fraude jugaban un gran papel. Lasf
proscripciones y los repartos de tierras a los veteranos agitaban sin cesar la
propiedad agraria. Además, los escándalos, violencias e ilegalidades multipli­
caban los procesos políticos y criminales. En verdad, la carrera podía ser
espléndida: pero era preciso dominar el más exacto latín jurídico y dirigirse
a diversos jurados, a menudo inmensos, del modo más variado y también más
inteligible. El gusto se apodera de las grandes asambleas; la fama, la fortuna,
cuando no el propio nacimiento, arrastran a la carrera política. Pero, en ella,
no se trata sólo de refinarse £On la educación griega; hay que “vivirla” en
latín. Él Foro exige procedimientos simples y potentes, frases comprensibles
a todos; a veces la improvisación y explotación directa de los incidentes. En el
Senado, al menos, entre aristócratas que hablan todos griego, ¿podrá volver
el orador al encanto familiar de una lengua mixta? Se guardará bien de ello:
las viejas tradiciones, un formalismo lleno de solemnidad, una especie de
1. Esta ley prohibía a los abogados percibir honorarios: pero burlaban la ley mediante
la recepción de regalos, falsos préstamos, legados, etc.
9. LI TH RA TUSA LATI NA
129
L A ÉPOCA CI CERONI ANA
dignidad de gran tono y diplomática le obligan a hablar un latín que excluy^g
estrictamente hasta las palabras derivadas del griego. Pero ese latín ha hecho
suyas las virtudes de la elocuencia helena.
/ ; ^Evolución de la prosa. — Y. así, Cicerón y César son ya clásicos, aunque
y hermanos mayores de Lucrecio y Catulo. Y Cicerón lo es por temperamento:
mesurado a pesar de su excesiva sensibilidad, creador de un término medio
entre los extremos políticos, escogió bien como héroe a ese Escipión Emi-'
liano, en torno al cual había florecido —valga la expresión— un primer
clasicismo romano. Pero el perfecto equilibrio literario ae estos dos hombres
no debe engañarnos: una evolución rápida arrastra a personalidades muy
diversas, desde la prosa arcaica o fíoricLa, a una sequedaa refinada y a vejbes
penosa. Y los teóricos dan nombres griegos a las etapas de esta carrera: la
elocuencia “asiática” es de una blanda exuberancia o de una prolijidad rápi­
da; la “rodia" (Cicerón), sonora y rica; 1¿ “neoática”. (Bruto), sobria hasta
la dureza. Pero esta depuración progresiva de la prosa oratoria sólo repre­
senta uno de los aspectos de una maduración demasiado temprana: en una
misma generación el esfuerzo artístico varía según el escritóFy el "género al
que se entrega. Varrón (nacido en 116) y Hortensio (nacido en 114) evocan
a un tiempo el siglo xvi francés: el primero, por la-sabrosa falta de coordina­
ción entre su temperamento sabino y su educación griega, por su voraginosa
curiosidad y su cuidado casi pedante por la composición; el orador, en cambio,
por una intemperante fluidez y una coquetería a la vez joven y delicuescente,
análogas, si se quiere, al italianismu a ultranza de la corte de los Valois. Cice­
rón (nacido en 106) conserva esta plenitud, porque la palabra al aire libre
debe tener volumen; pero César, cinco años más joven, escribe Comentarios
“desnudos y elegantes”, en que los propios discursos no tienden sino a la
acción: entre uno y otro, por tanto, las cualidades se equilibran hasta el pun­
to de dar la impresión de una rara perfección, mientras que Cornelio Nepote,
su contemporáneo, es totalmente insípido. La generación en torno al 85 sufre,
más o menos conscientemente, una doble influenciarse dirige, con ideas pre-
conceUidas, por reacción contra sus mayores, a los preclásicos griegos, al den­
so Tucídides, al sencillo Lisias^que Salustio trata de combinar; pero la “nue­
va” poesía, de alejandrinismo sutil y a menudo frío, la arrastra también a una
pureza seca y muy trabajada: Calvo, uno de los mejores oradores de la
escuela neoática, es también poeta, y del grupo de Catulo.
\
'■'i * La atmósfera intelectual y la filosofía. — Los discursos de los grandes
oradores son recogidos y publicados frecuentemente por ellos mismos: hacen
llegar lejos, bajo una forma espléndida, una muchedumbre de ideas generales
y actuales, que afectan al derecho, a las cuestiones sociales y a la política.
Los historiadores mismos sin hablar de los autores de memorias, como Sila,
hacen apelación, en mayor o menor grado, a una opinión pública clara: ello no
ofrece dudas en el caso de César; pero Salustio discute también de ideas que
deben interesar a sus lectores. Así se crea una atmósfera intelectual de altas
Í
preocupaciones: ello es ya una condición para el clasicismo. El desarrollo de
a curiosidad filosófica es el índice más claro. Que Lucrecio se arriesgara a
130
La época ciceroniana
escribir un poema sobre iisíca, con Ja estructura totalmente lógica, es un
signo de su tiempo. Y Varrón, en sus Menipeas vulgariza de forma cómica
los principales sistemas de los griegos. Y Cicerón, en los años de recogimien­
to en que parece dar cima a su vida política, escribe diálogos en forma aris­
totélica (o pseudoplatónica), en que sus personajes se enfrentan incluso con
las ideas metafísicas de los filósofos helenos; y él mismo toma partido, con
sus preocupaciones de hombre de estado romano, sus sutilezas de abogado y
la ondulante diversidad de su espíritu inquieto. Dice que trabaja para el
porvenir de la inteligencia romana, y hay que creerlo; pero, a pesar de ello, es
muy de su tiempo y concluye una evolución que había llevado al siglo, del
dogmatismo autoritario, al probabilismo escéptico.
X / y? Las preocupaciones técnicas. — Por otra parte, J:odos esos escritores sien-
{en inquietudes técnicas; lagramática y la lengua son el objeto de sus cons­
tantes reflexiones y desvelos. Mientras que hombres como Varrón, Lucrecio y
Salustio intentan conservar —en mayor o menor grado— el arcaísmo, se
entabla una pugna entre los fanáticos partidarios del libre empleo de las
formas (los “ánomalistas”, que no reconocen la existencia de leyes) y los de
la analogía, entre ellos César, que controlan las innovaciones del vocabulario
de acuerdo con los_ejempIos del pasado. Del coñlTicto se desprende un ideal:
una lengua puramente latina y moderna, que j g pueda hablar un senador
de rica cultura y bueiKTsocíeHacl, que se enriquezca más bien por_ti guras de
estilo y combinaciones de palabras que por neologismos,Jebii una-ciara ten­
dencia al ritmo musical. Los nuevos” poetas ~mtro_duceb además- Cu Roma
metros griegos cada vez más sutiles (asciepiadeo, glicónico, sáfico, galiambo),
a los qútT'co'nceden una importancia tal, que la colección de Cátulo, por
ejemplo, agrupa las composiciones no por temas, sino de acuerdcTxon el
metro: tienen también a un gramático por iniciador, Valerio Catón, Aligeran
así singularmente la frase y abrevian la expresión: los neoáticos preparan
una transformación de la prosa oratoria y melódica de Cicerón.
^Dignidad de la literatura. — Esta curiosidad artística, común a los “pro-
1-/ fesionales” y a los mundanos, concede una gran dignidad a la producción
literaria. A partir de entonces, hombres de la mejor cuna, a quienes repugnan
la y inmoralidad política '—Lucrecio, Catulo— pueden alcan­
zar la gloria viviendo en el otium\ es decir, lejos cle los cargoslpúblicos,. Y el
fávorae que gozan arrastra a los hombres detestado a no contentarse con la
elocuencia, ajracti cár la poesía,"didáctica o épica, como Cicerón, epigramá­
tica, como Cesar. Habida cuenta que la literatura se convierte en un oficio
provechoso, es, al mismo tiempo que las estatuas y las pinturas griegas, él
adorno de las casas poderosas, la preocupación de toda la sociedad mundana,
y el objeto de fervor o de diletantismo de todas las personas cultivadas de
Roma, Italia y las antiguas provincias: el amigo de Cicerón, Ático, se enri­
quece a la vez con el comercio de las obras de arte y de los manuscritos que
multiplica en sus talleres de copistas.
131
LA ÈPOCA CI CERONI ANA
1. Los progresos de la prosa
La evolución iniciada en Ja segunda mitad del siglo n continúa hasta los
inicios del primero, con irregularidades: la historia buscaba aún su perfección,
mientras que la elocuencia había llegado casi a su madurez.
LOS HISTORIADORES Historia animada e historia novelada. — Las
tendencias representadas por Celio Antípater y
Sempronio Aselión se afianzan sólidamente con V al eri o y Q. C l audi o Cua-
dri gari o. Valerio, en su historia de Roma, en 75 libros al menos, se entre­
gaba a una retórica pintoresca y patriótica en exceso, en que los datos, en
especial los numéricos, se exageraban hasta el absurdo. Claudio, por el con­
trario, no iniciaba su relato hasta la toma de la Ciudad por los galos —por
falta de documentación anterior— y lo continuaba hasta la muerte de Sila
(en 23 libros al menos), con una auténtica maestría, tanto de estilo como de
composición. No desdeñaba las narraciones, ni los retratos, ni los discursos,
pero les daba una claridad breve, ligeramente arcaica, tratando de animar la
historia, no de novelarla./ / -
Combate de Manlio contra el galo
I Relaciónese el relato con Tito Lívio (VII, 9-10). Cf. P. Mérimée, Carmen,
III (Duelo entre José y García).]
Y entonces se adelantó un galo, desnudo1 a excepción de un escudo y dos espadas:
superaba a todos sus compatriotas por su fuerza, su talla, su juventud y su valor. En el
momento más duro de la batalla y en medio de la furia del combate cuerpo a cuerpo, hizo
una señal para que se detuviera por ambas partes. Se suspendió el combate. Cuando se
hizo el silencio, desafía a grandes voces a quien quiera combatir contra él. Nadie osaba
avanzar: tan enorme era su corpulencia y tan terrible su rostro. Entonces se puso a reír
y a sacar la lengua. Un gran sentimiento de dolor se apoderó entonces de un tal T. Manlio,
de muy buen linaje, cuando vio que, paxa vergüenza de la patria, nadie, en un ejército
tan numeroso, se atrevía a adelantarse. Entonces se destacó él de entre las filas, no que­
riendo que la virtud romana fuera vergonzosamente presa de un galo. Con un escudo de
infantería y una espada española* se detuvo frente al galo. Entahlóse el combate singular,
con gran clamor de los d.os ejércitos que lo contemplaban. Tomaron así sus posiciones:
el galo, siguiendo las reglas de esgrima de su nación, en guardia y con el escudo delante; 1
Manlio, confiando más en su valor que en el arte, golpeó su escudo contra el del adversario
y deshizo la posición del galo. Y mientras el galo cuida de restablecer su guardia, Manlio
2. Antigua costumbre céltica, de origen religioso.
3. Instrumento bastante corto, puntiagudo y de doble filo (la espada gala, por el contrario,
era larga, poco afilada, y cortaba a tajos, de un solo lado).
4. Dejando un intervalo entre él y su cuerpo (el escudo romano, por el contrario, se ajusta
al cuerpo).
132
Los progresos de la prosa
entrechoca otra vez su escudo y le obliga de nuevo a retroceder; aprovecha el instante
para acercarse al galo, pasando bajo su espada antes de que la abatiera con toda su fuerza,*
y, con su cuchillo español, le atravesó el pecho y acto seguido, sin deshacer el cuerpo a
cuerpo, le cortó el brazo derecho y no cesó hasta hacerle caer. Una vez abatido, le cortó
la cabeza, le arrancó el collar, que se colocó, aún ensangrentado, en el cuello. Este acto
le valió, a él y a sus descendientes, el sobrenombre de “Torquatus”.*
fr. 10b Peter.
El honor romano
Los cónsules de Roma al rey Pirro, salud.
Tus reiterados ataques contra nosotros nos obligan y fuerzan a continuar contra ti una
guerra encarnizada. Pero el honor y la lealtad nos obligan a quererte vivo, a fin de poder
vencerte por las armas. Hemos recibido a Nicias, tu pariente, que nos pedía una recom­
pensa en el caso de que te diera muerte en secreto. Le hemos respondido que no lo
queremos, y que nada podía esperar de nosotros por un acto semejante. Y hemos decidido
también avisarte, para que, caso de accidente, nadie en el extranjero crea que nosotros
hemos sido los inspiradores de un acto semejante, ni que combatimos {cosa que no quere­
mos) por dinero, corrupción o estratagemas. Estás en peligro de muerte: guárdate.1
fr. 41 Peter.
L . C o k n el i o Si sen a (hacia 120-67) se limitó a los hechos contemporáneos:
Guerra Social y guerra entre Mario y Sila (en 12 libros). Parece haber sentido
inclinación hacia la literatura imaginativa,3 perto también por la exactitud
y el gusto por una lengua muy arcaizante, que debía ser muy estimada a los
ojos de Salustio.
El i o Tuberón escribió, por lo menos, 12 libros de Historiae, que narraban
con prudencia y precisión lau historia de Roma desde Eneas hasta el conflicto
■entre César y Pompeyo. J s /
1
/ La erudición. — Por otra parte, la inquietud por la erudición se paten­
taba en la historia: C. Licinio M acer decía utilizar, en sus Anales, los libri
lintei (listas muy antiguas de magistrados, escritas sobre tejido de lino).
L. El i o Esttl ón se dedicó a escribir comentarios más sucintos: sobre las
XI I Tablas, sobre el canto de los Salios, las comedias de Plauto, etc. Le arras­
traría esta segunda tendencia, mientras la historia, cada vez más, se convertía
en obra literaria y artística.
Las memorias. — Entretanto, los hombres de primer plano en la vida
política y militar de Roma, Emilio Escauro (cónsul en 115), Q. Lutaci o
C atul o que había vencido a lós cimbros, y en especial Sula, el dictador (138-
78), escribían sus memorias; bajo apariencias de procurar así materiales a la
historia, continuaban, en beneficio personal y bajo una forma más amplia, la
tradición de los antiguos elogia (véase p. 32). Cicerón, César, Augusto, y una
multitud de tantos otros recurrirán al mismo procedimiento, en verso, en
prosa, con libelos o inscripciones, a lo largo del siglo que se abre. Este mis­
5. Era preciso un cierto “espacio” para manejar con eficacia una espada gala.
6. O sen, el que lleva el collar (torquc.s) galo.
7. Acerca de! tono de este pasaje, cf. antes, p. 76, Pirro a los embajadores romanos.
8. Había escrito algunas Fábulas Milesias (novelas cortas de tono gTosero), y gustaba de
la lectura de Clitareo, que había novelado mucho la historia de Alejandro Magno.
L A ÉPOCA CI CERONI ANA
mo abuso, como el de la erudición, preparará la eclosión de la historia sintéti­
ca de Tito Livio..
LA ELOCUENCIA La retórica. — El arte de la palabra era cada vez
más necesario y provechoso en Roma: se impuso su
enseñanza bajo una forma latina, sin que por ello los futuros oradores se
creyeran dispensados de estudiar los modelos griegos ni de acudir a buscar
en el mundo griego una especie d& “enseñanza superior” de la elocuencia.
L. Pl oc io Gal o abrió la primera escuela de retórica latina en 94; fue clausu­
rada en 92, junto con las que le habían disputado una clientela asidua. Pero
la prohibición fue breve. Muy pronto aparecieron tratados sistemáticos, que
contribuyeron a la difusión de estas enseñanzas; la Retórica a Herenio
debida tal vez a Comificio, pero inspirada especialmente en el griego Her-
mágoras) nos muestran la situación hacia 86-82; era clara, sistemática, enri­
quecida de ejemplos que, aunque de aspecto romano, delatan más su proce­
dencia de una escuela que de fa práctica, en lengua muy latina, aunque sosa
e imperfecta aún. Pero los verdaderos oradores, en relación con las causas
auténticas, tornaban flexible y rica esta retórica, aprovechándose a la vez del
armazón que les brindaba.
J Antonio y Craso. — Entre ellos, Cicerón reconoce como a sus maestros
a M. A ntoni o (143-87) y a L . L i ci ni o C raso (140-91). Antonio escribió sobre
retórica, pero era notable en especial por sus dones: memoria,-porte, intuición
psicológica, dominio del auditorio. Craso parece haber poseído todos los
recursos de la palabra; alegría y solemnidad, mucha flexibilidad eri la inven­
ción, riqueza y atractivo en su lengua. Todo ello lo convierten en el auténtico
precursor de Cicerón^^/ ^
Defensa de Antonio en favor de C. Norbano
[Tipo de proceso y de argumentación políticas: C. Norbano fue acusado de
crimen de “majestad" (de atentar contra el Estado) por los aristócratas, ante un
tribunal que creían de su bando.]
Entonces Sulpicio* dijo: “Sí; fue precisamente como tú recuerdas, Antonio. Jamás
vi escaparse una causa de mis manos como aquélla. Yo no te dejé — tú lo has dicho— un
proceso a debatir, sino un incendio para huir de él. Y entonces, ¡qué exordio, dioses inmor­
tales! ¡qué temores, qué dudas! ¡cuántas dificultades! i cuánta lentitud en la palabra! | De
qué modo, para empezar, prolongaste este tema, el único que te excusaba —al parecer—
de tomaj la palabra: el acusado era último amigo tuyo, tu cuestor!10 ¡Cómo supiste desde-
un principio, por decirlo así, introducirte entre tus oyentes!
“Pero como creía que habías ganado completamente el perdón por haber asumido,
por amistad, la defensa de un hombre tan nefasto a la patria, empezaste a avanzar imper­
ceptiblemente; los otros aún no sospechaban nada; pero a mí el miedo me dominaba al
ver gracias a ti. cómo esta sedición de Norbano tomaba la figura de un arrebato del
9. P. Sulpicio Rufo (hacia 121-88), que había pleiteado contra Norbano aparece —en esta
ficción— contando ¿1 mismo la defensa de Antonio y el efecto que le causó: de ahí la fuerza
asombrosa del pasaje.
10. Magistrado encargado de las finanzas, colaborador inmediato del gobernador, al que
acompañaba en su provincia.
Los progresos de la prosa
pueblo romano, y un arrebato no criminal, sino justo y legítimo. ¿Y qué diatriba dejaste
de esgrimir al punto contra Cepión?“ ¡Y de qué modo tus palabras creaban una atmós­
fera entremezclada de hostilidad, de odio y de compasiónI1* Y tal fue tu actitud no sólo
en tu defensa, sino en presencia de Escauro y mis otros testigos, cuyos testimonios tú no
negabas, pero contra los cuales tu evocación de un arrebato popular te servía de refugio
y de refutación."
C i c e r ó n , De oratore, II, 202*203.
Defensa de Craso en un pleito por un testamento
ITipo de causa civil: un hombre legó sus bienes, antes de morir, a Curio,
con la condición de que dichos bienes volvieran n su hijo (que aún no había
nacido) del que sería tutor, si llegaba a su mayoría. Pero el hijo no llegó a
nacer. Curio se considera legítimo posesor de la herencia. Pero un pariente del
difunto pide la anulación del testamento, alegando que se exigía para que fuera
válido: 1.° que naciera un hijo; 2.° que muriera antes de su mayoría de edad.]
Pero Craso tomó la palabra. Imaginemos, dijo para empezar, a un niño mimado que,
habiendo encontrado en la playa un trozo de remo se empeñara, por este solo motivo, en
construir todo un barco. Escévolau se le parece, ipues, con una astilla, con una sombra
de “peligro"u ha montado todo un proceso de herencia. Continuando este tema en su
exordio agradó a todos los asistentes con sus rasgos ingeniosos, les hizo perder el ceño,
los puso de buen humor. Ésta es una de las tres cualidades “ que exijo al orador.
En seguida probó que la voluntad del testador, el meollo de su pensamiento, fue
nombrar a Curio su heredero, en el caso que fuera, si no llegaba a usumir la tutela de un
hijo suyo, ya porque ese hijo no viniera al mundo, o porque muriera prematuramente.
Y la redacción del texto se había hecho de acuerdo con la forma corriente, que valía y
había valido siempre en la práctica. Al desarrollar este argumento, Craso convenció a los
jueces. Y ésta es la segunda misión del orador.
En seguida se constituyó en defensor de la equidad, de la moral, de las intenciones
y de las voluntades testamentarias. Mostró qué sutil peligro existía, en materia de testa­
mentos sobre todo, en atenerse a Iá letra despreciando la voluntad; y qué poder so arro­
gaba Escévola, si, a partir de entonces, va nadie osaba testar sino ateniéndose a su
parecer. Extendiéndose sobre este tema con energía y abundantes ejemplos, con variedad,
agudeza y palabras agradables, consiguió un asentimiento tan lleno de admiración, que
todos los argumentos contrarios parecieron inexistentes. De este modo cumplió con la
misiónptercera en su orden, pero de hecho la más importante de las misiones del orador.
I ^ Ci c ebÓn, Brutus, 197-198.
NHortensio. — Mucho más joven, Q. H ortensi o H ortal o (114-50) se abrió
paso desde muy joven gracias a la novedad de una elocuencia ampulosa, rica
en imágenes, armoniosa y sugestiva: cualidades brillantes de las escuelas grie­
gas de Asia Menor; y también por su afición a la composición clara y por la
elegancia refinada de su porte y de su “acción” (actitudes, gestos, recitado).
Se convirtió en el orador oficial del partido conservador y sostuvo litigios
frecuentemente contra Cicerón a partir del 70, y a su lado desde el año 63.
Los dos rivales se hicieron entonces amigos: pero Hortensio trabajaba menos
11. Enemigo acérrimo de Norbano.
.12. Hostilidad contra C cpi Ó D , odio hacia la nobleza, compasión para con el acusado.
13. Q. Mucio Escévola {cónsul en 95), gran jurisconsulto, y, como tal, amante del detalle,
litigaba contra Curio en defensa de la Itstra del testamento; Craso defiende su espíritu.
14. El peligro que había en no obedecer los testamentos “al pie de la letra”.
15. Cicerón toma este discurso de Craso como un “modelo de elocuencia’’ completo, que
satisface sucesivamente, y a la perfección, las tres condiciones esenciales: agradar, instruir y
conmover (es decir, convencer a la vez a la sensibilidad y a la razón).
135
LA ÈPOCA CI CERONI ANA
que en su juventud, y su elocuencia pasó de moda con mayor rapidez que la
ae Cicerón.
Hortensio
... Tenía más memoria que nadie de cuantos yo he conocido, a mi parecer; hasta el
punto de que, sin notas, reproducía exactamente con las mismas palabras lo que había
grabado en su cabeza. La ventaja que de ello obtenía era inmensa; pues recordaba sus
pensamientos y sus escritos y, sin recurrir a la ayuda de secretarios, todas las palabras de
todos sus adversarios. Ardía además con una pasión tal, que yo no he visto jamás un celo
más ardiente por nuestros estudios. No dejaba día alguno sin defender una caus3 en el
foro o ejercitarse fuera de él; y muy a menudo hacía ambas cosas en el día. Había intro­
ducido un tipo de oratoria muy poco común, con dos novedades: división preliminar de la
materia que iba a tratar y recapitulación de los argumentos adversos y de los suyos propios.
Su vocabulario era brillante y escogido; su frase bien proporcionada; su lengua, de una
cómoda fluidez: todo ello cualidades que debía a su gran genio y a un arduo trabajo.
Dominaba todo el conjunto del tema gracias a su memoria; escalonaba las partes con
una precisión extrema, y no omitía en la causa, por así decirlo, nada de lo que debía
probar o refutar. Su voz era melodiosa y sugestiva; sus actitudes y sus gestos en cambio
denotaban más artificio del que hubiera convenido a un orador.
Cicerón, Brutus, 301-303.
2. Cicerón, 106-43 a. c.
Hijo de una familia ecuestre de Arpiño, M. Tulio Cicerón debía llegar,
por su solo genio oratorio, al primer puesto del Estado. Su instrucción fue
más amplia ae lo que era habitual en este tiempo: estudió filosofía, que, en
aquellos entonces, abarcaba las ciencias; se interesó por los trabajos de los
jurisconsultos (Q. Mucio Escévola en particular) y los problemas técnicos de
la elocuencia. Sus visitas al Fovo, donde Antonio y Craso defendían sus pleitos,
acabaron de formarle. Debutó con una audacia extrema, tomando la palabra
contra Hortensio en 81, atacando en 80 (como abogado de Roscio de Amena)
a un secuaz de Sila. Es cierto que los Metelos y Pompeyo le apoyaban secre­
tamente. Sin embargo, consideró más prudente marchar en seguida para
pasar un tiempo en Grecia, donde encontró en Molón de Rodas a un maestro
que le ayudó a fijar el tono de su elocuencia: ya podía preverse que el asia-
tismo pasaría de moda; y la “escuela rodia”, sin renunciar a la brillantez ni
a la abundancia, daba a la palabra una apariencia más clásica.
De regreso a Roma (77), Cicerón adquirió reputación y clientela como
abogado; tuvo también muy fácil acceso a los honores. En 70 tornó brillante
partido contra la nobleza al atacar a Verres, pretor arbitrario de Sicilia. Pero
trataba —especialmente— que contaran con él. Muy pronto intentó, en
medio de las crecientes agitaciones, lograr el acuerdo entre caballeros y
senadores para asegurar el orden en el Estado. Siguiendo este programa sofo­
có —elegido cónsul— la conjuración de Catilina (63). Por tanto, los demó-
136
Cicerón
era tas le volvieron las espaldas; por sus vanidades imprudentes provocó los
celos de Pompeyo y las iras de Clodio (más tarde tribuno de la plebe). Los
triunviros Pompeyo, César y Craso lo abandonaron: sufrió el exilio por haber
mandado ejecutar sin celebrar juicio a los cómplices de Catiüna (58). Muy
pronto fue llamado de nuevo (57), pero aniquilado políticamente por los triun­
viros, débil y vacilante entre César y Pompeyo, aceptó el gobierno de Cilicia
(51-50), y sólo regresó para asistir, irresoluto y sin clignidacl, a la guerra civil,
diciéndose del partido de Pompeyo, mas. sin hacer nada en su provecho. César
le perdonó; pero Cicerón sólo era un “preso" que limaba sus cadenas. En 44,
el asesinato de César le llenó de una alegría sin límites. Se creyó de nuevo
a la cabeza del Estado y atacó frenéticamente a Antonio, que aspiraba a
suceder al dictador, y favoreció sin comprenderlo los planes del joven Octa­
vio: cuando los dos ambiciosos se unieron con Lépido, Cicerón fue proscrito.
Alcanzado en su huida, afrontó la muerte con valor (7 de diciembre de 43).
El hombre; la “Correspondencia” . — Cicerón es la vida misma. La can­
tidad de trabajo que realizó como abogado, político, escritor, es casi incon­
cebible; y lo hizo casi en todo instante con entera alegría. Hallaba en su sen­
sibilidad y en su inteligencia recursos que se renovaban sin cesar. A los pro­
pios italianos parecía de temperamento “meridional”, vibrante y artista, pron­
to al entusiasmo como al desánimo, pero gozando con fuerza de todos los
aspectos de la vida y haciéndolos suyos en una creación literaria ininterrum­
pida. Es también de una inteligencia ávida y dúctil, deseosa de captar todo
el helenismo, para darle forma latina y personal; gusta de la “teoría” que
clarifica y ordena las ideas, mas introduce en todo en la retórica y en la
filosofía, sus preocupaciones y las de su tiempo; tiende a todos los idealis­
mos, más por inclinación que por método. Su oficio de abogado, al dar siem­
pre alimento nuevo a su imaginación y estimular las sutiles discusiones de las
pruebas y de las verosimilitudes, acentúa estos rasgos de su carácter. Se con­
virtió pn amigo de las ilusiones, especulativo e irresoluto; su psicología, que
normalmente procedía por reconstrucción, lo extravió en sus juicios y en su
conducta política. Pero obliga a la simpatía por la nobleza de sus objetivos,
la dignidad de su vida privada y la riqueza de sus dotes.
Su Correspondencia es la mejor vía para juzgarle, al menos tras su consu­
lado. Se nos ha conservado la mitad aproximadamente: 16 libros de cartas a
Ático, su amigo íntimo, al que no oculta nada y escribe con una vivacidad
espontánea y llena de gracia, como si hablara; 16 libros “a sus parientes y
amigos” (Ad familiares), que contienen un número bastante elevado de res­
puestas de sus corresponsales; 3 libros a su hermano Quinto, a quien acon­
seja con toda la autoridad de un hermano mayor; 26 cartas (en 9 libros) a
Bruto, cuya autenticidad ha sido puesta en duda. Su naturaleza y variedad
hacen de esta correspondencia una rara obra de arte de la literatura univer­
sal; su interés histórico, un documento de primera importancia para un pe­
ríodo decisivo.
El proceso de Clodio
[Clodio fue sorprendido en flagrante delito de sacrilegio, y el testimonio de
Cicerón anulaba una coartada en la que quería hacer hincapié; sus adversarios
(los aristócratas) pensaban aprovecharse de ello para perderle para siempre (61).
Vivacidad y alegría (un poco inconsciente) en el relato. — Vanidad ingenua y
hábil del narrador. — Pintoresquismo y adorno espontáneo en el estilo.]
... ¿A qué debió pues su absolución? A la pobreza y a la miseria de los jueces.1" La.
culpa fue de Hortensio, que, temiendo que Fufio 1T opusiera su veto a la ley propuesta
por el Senado,“ d o vio que era mejor dejar a Clodio con su vida de ignominia y oprobio
a entablarle un proceso para reír. El odio le impulsó a precipitar el juicio: decía que
un cuchillo de plomo sería suficiente para degollarlo. En cuanto al proceso en sí, nada
dejaba prever su resultado: y si todos ahora, tras el veredicto, censuran la iniciativa de
Hortensio, yo lo hice desde el primer momento. Pues desde que, entre abundante griterío,
se pasó a las refutaciones (el acusador, como censor rígido, sólo rechazaba a los picaros;
el acusado, como buen íantrfa,“ dejaba fuera de combate a todas las personas de calidad),
al punto los jueces, hombres excelentes, sentados, comenzaron a sentir mucho miedo.
Nunca una casa de juego vio una asamblea más sospechosa: senadores de mala fama,
caballeros sin una moneda, burguesía no de argéntanos, como se les llama, sino de “desar­
gentados".” En algunos rincones, sin embargo, había hombres de bien, que no había
podido rechazar, desolados ante tal compañía, que se sentaban contrariados y sufrían de
estar en contacto con esos bribones.
Y entonces, al comienzo, ante cada punto que pasaba a deliberación reinaba una
severidad increíble, y ninguna voz discordante: el acusado no lograba nada; el acusador
más de lo que pedía.' Hortensio (¡tú dudarás de eslo!) triunfaba por su clarividencia; no
había nadie que no creyese que nuestro hombre iba a resultar mil veces condenado. Pero
cuando yo fui citado como testigo, jahl tú debiste, ante el griterío de los defensores del
acusado,11 representarte a los jueces, levantados ante un solo movimiento, rodeándome,
presentando a P. Clodio sus gargantas desnudas, dispuestos a dar -su vida por la mía.
La manifestación me pareció mucho más honrosa que el gesto de -tus conciudadanos,“
cuando no quisieron dejar jurar a Jenócrates,” o el d^ nuestros jueces, cuando se negaron
a pasar sus ojos por las cuentas de Melelo el Numídico," que se les presentaba por turno,
de acuerdo con la costumbre. Pero ese día fue aún mejor. Al entender los jueces que mi
vida y la salvación del Estado andaban unidas, el acusado perdió toáa esperanza, “y sus
defensores en masa quedaron, de un solo golpe, abatidos. Y al día siguiente me vi rodeado
de una multitud semejante a la que me acompañó hasta mi casa el día que dejé el
consulado. Sin embargo, nuestros íntegros Areopagitas “ gritaban que no ocuparían sus
puestos si no se les aseguraba protección militar. Deliberan: una sola voz se escucha en
contra. La petición se eleva al Senado. Se dicta un senadcconsulto imponente y magnífico:
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
16. Llcvndos allí para dejarse comprar (véase más adelante).
17. Tribuno de la plebe: como tal podía oponerse contra toda medida a adoptar diciendo
ucto (prohíbo),
18.' Para nombrar los jueces de Clodio, en lugar de sacarlos a suerte, como era costumbre.
19. Lanista: “director de una escuela de gladiadores”. El lanistn sacaba el mejor partido
posible de sus mejores pupilos.
20. La Ley Aurelia (75) confiaba los juicios de Estado al arbitrio de tribunales tripartitos,
compuestos por un número igual de senadores, caballeros y "tribunos del tesoro” (nacidos de
la más rica burguesía y que respondían do la custodia del fisco del Estado y del pago de los
sueldos, una especie de tesoreros-pagadores): de ahí el juego de palabras.
21. Cicerón supone —en broma— que Atico debió oírlo desde el Epiro, donde se en­
cuentra.
22. Los atenienses. T. Pomponio vivía casi siempre en Atenas: de ahí el sobrenombre de
Ático.
23. Discípulo de Platón, de bien conocida integridad: su palabra valía por un juramento.
24. Cónsul en 109, y al margen de toda sospecha.
“'■*^25. Broma; el Areópago de Ateitns, tribunal supremo, era famoso por la severidad de sus
Cicerón
felicitaciones a los jueces; órdenes a los magistrados de velar por su protección. Nadie
pensaba que Clodio osara pleitear.
“Decidme ahora, Musas, cómo el fuego prendió..."*1
¿Tú conoces al Calvo,*1de la tribu de los Naneyanos,” que me elogia tan bien, cuyo
discurso, que tanto me halaga, te escribí? En dos días un solo esclavo (]y además un
esclavo de una tropa de gladiadores!),” resolvió todo el asunto: convocatorias, promesas,
fianzas, dones... Así los buenos ciudadanos abandonaron en masa el foro, y éste se hallaba
todo lleno de esclavos, .pero halló aún a veinticinco jueces lo bastante valientes como para,
en presencia del peligro más grave, preferir la muerte si era preciso a abandonarlo todo;
y hubo treinta y uno que tuvieron más miedo del hambre que de la infamia." Catulo se
encontró con uno de ellos: “¿Por qué, le dijo, nos pedíais soldados? ¿Temíais que os
quitaran... vuestras monedas?”
Ad Atti cum, I, 18, 2-5.
La conducta irresoluta de Cicerón
[César regresó a Italia con sus legiones; Pompcyo se replegó en Brindis.
Cicerón, retirado en su villa de Formias, no puede determinar su línea de con­
ducta (Enes de febrero del 49). — Deliberación minuciosa y muy razonada. —
Incapacidad para concluir de una inteligencia que mira demasiado til pro y el con­
tra. — Frialdad calculadora (cuando se trata de Cesar) y desprecio mordaz (frente
a Pompeyo). — Calor oratorio creciente.]
En el paroxismo de la inquietud y del tormento, y no pudiendo discutir la situación
contigo, deseo al menos conocer tu opinión. Todo el problema se reduce a esto: si Pompeyo
abandona Italia (y lo temo) ¿qué debo hacer? Y, para que te resulte más fácil darme tu
opinión, voy a resumirte los argumentos en pro y en contra que me vienen al ánimo.
Todo lo que Pompeyo ha hecho por salvarme*1 y la profunda amistad que me une
a él, y sobre todo el interés mismo del Estado, me obligan a pensaT que debo compartir
sus decisiones y su suerte. A lo que se añade que si abandono a esta gente, el honor y la
gloria de Roma, que la acompaña, es caer en poder de un dueño” qtie, sin duda, busca
muchas ocasiones de manifestarme su amistad (y hace mucho tiempo, tú lo sabes, que
intento asegurarme, en la espera amenazante de esta tempestad); pero hay que examinar,
por una parte, qué confianza podemos depositar en él, y por otra, una vez convencido
que se mostrará amigo nuestro, si conviene a un hombre valiente y a un buen ciudadano
permanecer en una ciudad donde, después de haber desempeñado las magistraturas y. los
cargos supremos, realizado magníficas acciones “ y honrado con el más excelente sacer­
docio,94no será ya nunca nada y donde le amenazarán peligros y deshonor a un tiempo,
si un día Pompeyo recobra la dirección del Estado.
De una parte, esto sucede; examinemos ahora la otra vertiente. Nuestro querido
Pompeyo no ha hecho nada con sentido común, con arrestos, nada que no fuera contra mis
consejos y mis sugerencias. Dejemos los antiguos errores: él es quien ha alimentado, desa­
rrollado y armado a César contra la República; él fue quien tomó la iniciativa de proponer
las leyes por la violencia y contra los auspicios;“ él fue quien unió a sus provincias la
26. Cita en la llíada, XVI, 112. Héctor se dispone a incendiar las naves de los aqueos.
27. Craso, el más rico ciudadano de Roma, que patrocinaba en secreto las empresas de­
mocráticas.
28. Broma cuyo sentido se nos escapa.
29. Menos que nada.
30. Juego de palabras.
31. Cuando hizo que volviera del destierro.
32. César.
33. Alusión a su consulado y a la conjuración de Catilina,
34. El augurado.
35. Tiránicas y sacrilegas por tantu.
139
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
Galia Ulterior,*0quien casó con su hija; fue el augur en la adopción de P. Clodio; mmostró
más celo en llamarme que en retenerme; hizo que se prolongase el mandato de César y
sirvió fielmente a sus intereses durante su ausencia; él fue además quien, en su tercer
consulado, cuando empezó a adoptar la figura de defensor del Estado, impulsó a los diez
tribunos de la plebe*® a proponer que se tuviera en cuenta su candidatura, a pesar de su
ausencia ** y sancionó su propuesta con una ley que lleva su nombre; se opuso al cónsul
M. Marcelo que quería limitar el mando de César en las Galias a las calendas de marzo.10
Dejemos todo esto. Pero ¿que más indigno, ,qué más loco que esa marcha, o, mejor dicho,
que esa huida vergonzosa lejos de Roma? ¿No debía haberlo sufrido todo antes de aban­
donar la patria? Debía haberlo sufrido. Lo confieso. Nada hay peor que lo que ha hecho.
— “Pero recobrará el mando del Estado/’ —¿Cuándo? ¿Con qué medios cuenta para ali­
mentar esa esperanza? ¿No se ha perdido el Picéno? ¿No está expedito el camino de Roma?
¿No están todos los recursos financieros, públicos y privados, ,en manos del enemigo? En
una palabra, no hay ninguna bandera,“ ninguna fuerza, ningún punto en que puedan
concentrarse los defensores de la patria.
Ad Atti cum, VIII, 3, 1-4.
Bromas de un desocupado
[Cicerón, despreciado por los pompeyanos y considerado por Jos cesaríanos
vencedores como políticamente despreciable, trata de rehacer una situación acep­
table (46). — Bromas muy amargas, pese a Ja alegría de la forma; Cicerón apa­
renta ser un epicúreo sin escrúpulos, en contra de todos sus principios y de toda
su vida.]
Cicerón a L. Papirio Peto,“ salud.
No tenía nada que hacer en mi villa de Túsculo —había enviado a mi discípulo"
ante su amigo, para que lo ganaran en ío posible en lo que a mí se refería— cuando me
entregaron tu carta. Y me encantó. Veo que apruebas mi decisión de hacer como el tirano
Dionisio,“ que, expulsado de Siracusa/* abrió, según se cuenta, una escuela en Corinto;
y, puesto que ya no tengo procesos que defender, como he perdido mi reinado en el foro,
apruebas que me dedique a regentar una especie de escuela. ¡Muy bicnl Yo también me
felicito por. mi resolución, y encuentro en ello muchas ventajas. Para empezar (y de acuerdo
con los tiempos presentes, es lo primordial), me aseguro de este modo contra las circuns­
tancias. De qué modo, no lo sé. Únicamente comprendo que, hasta este momento, soy yo
mismo la cosa que más valoro. ¿Hubiera sido mejor morir? .Sí, en mi cama. Pero no se
presentó ocasión. ¿En la guerra?*® Yo no estuve en ella; y todos, Pompeyo, tu querido
Léntulo, Escipión, murieron de esc modo miserable. Pero Catón, por su parte, murió
gloriosamente." — ¡Bueno! cuando quiera, yo también podré hacerlo; intentemos sólo no
quedar reducidos a esos extremos. Yo tomo mis medidas para ello. Éste es el primer punto.
He aquí el segundo: estoy mejorando. En primer lugar, en la salud, que la interrup-
36. La Galia Transalpina (Provenzn y Languedoc), que permitirían a César entrar en la
Galia libre, conquistarla y encontrar en ella riquezas y soldados.
37. Claudio, patricio, pero deseoso de intrigar en el tribunal, tuvo que ser adoptado por un
plebeyo para tener este derecho; para esta ceremonia era necesario un augur, y la fue Pompeyo.
38. Partidarios de César.
39. Normalmente era preciso estar en Roma para pretender una magistratura.
40. A primeros de marzo, cuando las elecciones consulares (en las que aspiraba César salir
elegido) no debían tener lugar hasta el verano.
41. Militar: que serviría, como bandera o estandarte, para mantener la cohesión de una
unidad.
42. Amigo muy querido de Cicerón, epicúreo espiritual.
43. Amigos de César, que venían a charlar con Cicerón de retórica y filosofía, y también
a espiarle.
44. Dionisio el Joven.
45. En 344.
46. En Farsalia..
47. Al no poder hacer frente a César, se suicidó, eo» maravillosa serenidad filosófica, en
Otica (46).
140
Cicerón
ción de mis ejerciciosme: habia hecho perder. Y además -mis endebles dotes de orador,
si no hubiera reemprendido tales ejercicios, habrían acabado por extinguirse. Y, para ter­
minar, esta última ventaja, que a tus ojos tal vez sea la primera: he comido ya más pavos 49
que tú pichones. Deleítate en tu casa con las salsas de Atcrio; yo tengo aquí las de Hirtio.w
¡Ven aquí, si eres hombre, ven aquí a aprender los principios que te faltan! Pero yo me
asemejo al cerdo que amonesta a Minerva...“
Sin embargo, según veo, no puedes vender nada al precio de tasa “ ni llenar tu
bolsa. Hegresa, pues, a Boma. Es preferible morir aquí de indigestión a hacerlo allí de
hambre, ¿Te has arruinado? La misma suerte espera, me parece, a tus amigos. Allá tú, si
no tomas tus precauciones. Ya has comido tu jaca, me dices. Pero aún te queda el mulo-,
monta en é! y vuélvete a Roma. Tendrás un ¡puesto en mi escuela, muy cerca de mí, pues
serás subdirector. ¡Y con un primo! Hagta la vista.
Ad familiares, IX, 18.
Las obras de oratoria.53— Cicerón fue, ante todo, un gran abogado;
abogado de pletitos en un principio, y muy minucioso; luego, y cada vez más,
abogado criminal (véase el Pro Cluentio [66]): cuando uno de sus clientes
tomaba (era lo más frecuente) varios defensores, Cicerón se encargaba de
ias generalidades llenas de patetismo que debían arrancar la absolución
de manos de los jueces. Además, los procesos criminales, a menudo exaltados
y seguidos con apasionamiento por Roma entera, afectaban de ordinario a la
vida política, ya por el tema de la acusación: concusión (Verrinas [70], Pro
Fonteio [69], Fro Flacco [59], Pro Babirio Postumo [54]), lesa majestad o
alia traición (Pro Rabí rio perdueliionis reo [63], Pro Sulla [62]); maniobras
electorales (Pro Murena [63], Pro Piando [54]), ya por las intenciones de los
acusadores o de los defensores del encartado, ante el cual se enfrentaban
los partidos (Pro Rustió Amarino [SO], Pro Sestio y Pro Caelio [56], Pro
Milone [52]).
Los discursos propiamente políticos forman cuatro grupos principales:
1.° en favor de Pompeyo (De imperio C». Pompei [66]);
2.° discursos “consulares” [63], contra la ley agraria de Rulo (3 discursos)
y contra Catilina (4 discursos al Senado y al pueblo), redactados todos en 60;
3.° discursos del “retorno del destierro”, para dar las gracias al pueblo y
al Senado, y volver a entrar en posesión de sus bienes;
4.° Las 14 Filípicas zi (del 2 de septiembre del 44 al 21 de abril del 43),
discursos reales o ficticios, pero redactados a modo de panfletos, para ser
difundidos por toda Italia y levantar los ánimos contra la indignidad moral
y los proyectos sin escrúpulos de Antonio.
A excepción de las Catilinarias y las Filípicas, en que el calor patriótico
y la inspiración llena de odio son admirables, las arengas políticas no añaden
nada a la gloria de la elocuencia ciceroniana: sentimos no encontrar en ellas
ni alteza de miras ni una línea definida. En cambio, los discursos judiciales,
•4S. Oratorias (declamaciones en griego o latín).
49. Manjares de lujo, puestos de moda por Hortensio.
50. Lugarteniente de César, y gastrónomo.
51. Proverbio: el ignorante que quiere enseñar a su maestro.
52. Valores- de la especulación que no pueden bajar de su precio de compra.
53. Poseemos 61 (de entre unas 120).
54. Llamadas así por recordar los enérgicos discursos que Demóstencs pronunció (entre
351 y 341) contra las empresas del rey Filipo de Maeedonia.
141
L A ÉPOCA CI CERONI ANA
por la variedad de los efectos propios de una viva imaginación, son, con sus
cartas, el triunfo de Cicerón.
Los principios teóricos de la elocuencia ciceroniana. — Podemos, en
rigor, apreciar los discursos judiciales de Cicerón de acuerdo con las reglas
técnicas que comprendía la Retórica a I íerenio, y que él mismo, en su
juventud, reproducía en su tratado (inacabado) De imtentione. Al menos par­
tió de aquellos principios. Estas enseñanzas distinguían cinco partes en la
obra oratoria: la invención reunía todos los elementos de la causa, narración
de los hechos, su empleo a beneficio del cliente y refutación de los argumen­
tos adversos; la disposición determinaba el orden y la proporción de las par­
tes; la memoria permitía dominarlas; la elocución cuidaba de la pureza y
adorno de la lengua; la acción (voz, gestos) ponía, en la obra, con ayuda del
cuerpo, todo el esfuerzo del pensamiento. Cicerón, con toda seguridad, no
cesó jamás de ejercitar su elocuencia de acuerdo con estos principios. Pero
su experiencia lo llevó a prolongar y a simplificar el ideal del orador: su
misión sólo consistía, según él, en probar (docere), agradar (delectare) y con­
mover (movere). La seducción de una inteligencia y de una sensibilidad
excepcionales debían también contrapesar las minucias sistemáticas de la
Escuela.
La práctica; los dones del orador. — De hecho, un discurso de Cicerón,
tal como lo leemos, es el resultado de una triple elaboración. Cicerón lo pre­
paraba primero muy a fondo, trazaba el plan y redactaba ciertas partes (el
exordio en particular); luego lo pronunciaba, teniendo en cuenta todas las im­
presiones momentáneas que causaban en él la actitud de los asistentes o los
incidentes de la causa; finalmente volvía a tomar las notas taquigráficas del
discurso pronunciado realmente 55 y lo modificaba para la edición destinada
a la lectura, tratando de conservar mediante determinados artificios la apa­
riencia de la palabra viva y Ja atmósfera de la asistencia real, pero dándole un
carácter más literario y frecuentemente más amplitud y un interés más general.
Para derrotar a Verres le bastó con poner al descubierto las maniobras aristocrática^
que intentaban apartarlo de la causa (Di ui natio m Caeci l i um) y organizar y presentar bre­
vemente la multitud de pruebas (j había más de 1.0001) en una Prima acti o; pero, en
seguida, desarrolló en cinco libelos, de una abundancia y una variedad admirables, todas
las malversaciones, los negocios sucios y los crímenes de Verres durante su pretura urbana
(De praetura urbana) y en Sicilia, en la administración de justicia (De i uri sdi cti onc
si ci l i ensi ), la percepción de los impuestos y los diezmos en especies (De re frumentari a),
sus robos de obras de arte (De si gni s) y sus crueles abusos del poder (Pe suppli ci is).
Los discursos de Cicerón son, pues, obras de arte complejas, muy medi­
tadas y muy vivas, en que se vuelca su autor por entero, con su sensibilidad,
su virtuosismo y muchas intenciones más o menos veladas. El plan varía
mucho en detalle, según las exigencias de la causa, pero sin duda también por
escrúpulos de gran escritor.
55. Los antiguos conservaban aún borradores ( commentarii) de Cicerón, e incluso notas
fie as de las sesiones (por ejemplo, del Pro MiJ onc).
Cicerón
Plan del “Pro Miloiic” “
Exordi o: El aparato excepcional que rodea al proceso no significa una amenaza para
el acusado, sino una garantía de imparcialidad.
Cuesti ones prej udi ci al es: La causa está íntegra: Milón puede confesar que ha dado
muerte a Clodio sin ser por ello digno de condena; ni el Senado ni Fompeyo han decidido,
con las medidas adoptadas, prejuzgar acerca de su culpabilidad.
Narraci ón: Hace destacar de la simple narración de los hechos que Milón no liabía
premeditado el homicidio, sino que cayó en una emboscada.
Confi rmaci ón: A. Todas las probabilidades morales están en contra de Clodio; — B.
E Incluso las circunstancias materiales; — C. Sin contar con la actitud de Milón después
del homicidio, que atestigua su inocencia.
Refutaci ón: No hay que tener en cuenta los falsos rumores que corren contra Milón.
Argumentaci ón subsi diaria: Por otra aparte, si Milón hubiera pretendido dar muerte
a Clodio, üólo merecería elogios. Pero sólo hay que dar las gracias de ello a los dioses.
Petición; Milón es un héroe que no se entrega a las súplicas; Cicerón lo hace por él,
y suplica a los jueces que lo absuelvan.
Lo que en los discursos judiciales aparece a menudo como la parte más
débil es la argumentación jurídica, en la que Cicerón parece a menudo más
enrevesado que vigoroso; como, sin embargo, conocemos su extrema concien­
cia de abogado, es posible que haya descuidado voluntariamente esta parte
del desarrollo en la redacción destinada a los lectores.
Por el contrario, en el arte de seducir y llegar al ánimo de los jueces,
Cicerón no conoce rival. El pintoresquismo más delicado y vigoroso, los ejem­
plos y anécdotas del tono más natural y vivo, la suavidad en las transiciones
y un avance tan insensible que no hay modo de notarlo obligan a un asen­
timiento lleno de admiración. Es también el maestro del patetismo: su sensi­
bilidad lo anima todo, con las apariencias de la espontaneidad; pero sabe
distribuirla gradualmente, ampliar los efectos casi sin medida e imponer tirá­
nicamente sus más fuertes impresiones.
-Una caricatura; Fumo
[Proceso para un arreglo de cuentas de sociedad promovido por Fanio Que-
rea contra el gran comediante Roscio, amigo íntimo de Cicerón. — Discusión
de las verosimilitudes, tomadas no sólo dei carácter, sino incluso de la fisono­
mía. — Sugestión plástica de la descripción. — Exageración propia de una ima­
ginación aún demasiado artificial (la causa es del año 7G).]
... ¡Roscio engañó a (J . Fanio Qucrea! Os ruego y suplico a vosotros, que les cono­
céis: comparad sus vidas; y, quienes no los conocéis, considerad sus respectivas fisonomías.
¿Acaso no parece es3 cabeza, esas cejas raídas por completo, oler a maldad y proclamar
la astucia? ¿No parece que desde las uñas de los pies hasta la coronilla —si el aspecto
externo de los hombres basta para identificarlos, sin que digan una palabra— todo su
cuerpo está lleno de fraude, falacias y mentiras? Éste se afeita siempre la cabeza y las
cejas, para que se diga de él que “no tiene un pelo de buena persona”, y este último
(personaje, Roscio, suele representarlo a menudo en escena con éxito, sin obtener de
él la gratitud que merece un servicio semejante. En verdad, en- el papel do Balio, ese
56. Milón, jefe de las bandas al servicio del partido aristocrático, mandó eliminar a Clodio,
jefe de las del partido popular, que resultó. herido en un tumulto entre sus hombres en la
Vía Apia. Pompeyo, cónsul único, tomó en el momento del proceso medidas de orden muy
severas. Cicerón, inquieto, rcalÍ2Ó una defensa mediocre y Milón tuvo que marchar al destierro.
Pero el discurso que poseemos es una réplica muy hábil del proceso real.
143
LA EPOCA CI CERONI ANA
tipo de l eño" perverso y perjuro, encarna el papel de Carca, Todo lo que hay de fangoso,
de impuro en ese personaje encuentra su expresión en Jas costumbres, en el carácter, en la
vida de Carea. Y si ha podido suponer que Roscio se le parecía en los engaños y en
la perversión, ello me parece extraño, a no ser que advirtiera que era imitado maravillo­
samente en el papel del leño.
Pro Roscio comoedo, 20.
Suplicio de los navarcas sicilianos
ILiis ciudades griegas de Sicilia debían proporcionar —para la custodia de
los mares vecinos— naves de guerra con sus equipos y sus jefes (o "navarcas”).
Venes desorganizó la escuadra al vender los permisos y licencias a los marinos
y no cuidar de la tripulación. De este modo fue derrotado por los piratas. Venes,
para eludir sus responsabilidades, atribuyó la falta a los navarcas y los condenó
a muerte. — Modelo de patetismo progresivo: el horror —ya extremo en un
principio— sigue creciendo. — Estrecha unión entre narración y comentario. —
Animación un la forma (palabras añadidas; cambios ficticios de conversación con
el público; preguntas de los jueces y del acusado). — Arte de la insistencia y
del desarrollo. — Virulencia de la conclusión, cuando el abogado cree haberse
adueñado de todos sus oyentes ]
Llevan a los condenados a prisión, secretamente; su suplicio se prepara, y empieza
el de sus desdichados padres con la prohibición de ver a sus hijos, y de llevarles
alimentos o vestidos. Esos padres, a quienes veis, yacían en el umbral, y las madres
(¡desdichadas!) pasaban Jas noches en la puerta de la cárcel, sin permitírseles abrazax
a sus hijos por última vez; no pedían otra cosa sino recoger en un beso el último aliento
. de sus hijos. El portero de la prisión estaba en su puesto, el verdugo del pretor, el terror
y la muerte de los aliados y de los ciudadanos, el iictor Sextio; cada gemido, cada muestra
de dolor le proporcionaba dinero al contado, y a precio fijo: "Una entrevista vale tanto;
el permiso de entiar alimentos, tanto." Nadie se negaba. “Dime: ¿qué me darás por que
mate a tu hijo de un solo hachazo, para no prolongar su suplicio? ¿para ahorrarle muchos
golpes? ¿para quitarle la vida sin que sufra?” Incluso por esto daban dinero al Iictor. ¡Oh
dolor excesivo, intolerable! ¡Atroz crueldad del destino'. Los padres se veían obligados
a comprar no la vida de sus hijos, sino la rapidez de su muerte. Los mismos jóvenes
hablaban con Sextio del hacha, de ese golpe único; y la última súplica de los hijos a sus
padres era que le pagaran al Iictor para aliviar su suplicio, ¡Qué fecunda imaginación para
torturar a los padres, a ios allegados! —Muchos beneficios; pero, tras la muerte de los
condonados, se acabará todo. —No. —¿Cómo? ¿Puede llegar más lejos la crueldad?
—Llegará. Porque, víctimas del hacha, muertos, sus cuerpos serán entregados a los ani­
males. Si los padres se afligen por ello, ¡compren el derecho de enterrar a los ajusticiados!
Ya habéis oído de labios de Onaso, hombre principal de Segesta, que contó una cantidad
a Timárquides 63por la sepultura del navarca Heraclio. Y no vale decir: “A buen seguro,
son testimonios de padres amargados por la muerte de su hijo." Quien habla es un hombre
de primera fila, un principal de los más distinguidos, y no habla precisamente de su hijo.
¿Qué síracusano de ese tiempo hay que no sepa, que ignore que Timárquides discutía
sobre las condiciones de la sepultura con los propios desdichados, antes de la ejecución?
Estas conversaciones con Timárquides, ¿eran secretas?; ¿acaso no eran llamadas todas las
familias de todos los interesados? ¿Era secreta esta cotización de los funerales de hom­
bres vivos?
Cuando todo estuvo terminado y se hubieron tomado todas las medidas, los sacaban
de la cárcel y los ataban a los postes. ¿Habría existido entonces un hombre tan duro, tan
monstruoso (¡de no ser tú, y sólo tú!), que no se hubiera conmovido de su juventud, de su
nobleza, de su infortunio? ¿Habría existido alguno que pudiera contener sus lágrimas; que,
ol afligirse por su desgracia, no hubiera también visto en ello un duelo personal y una
57. Véase antes, p. 59. <
58. Liberto y agente de confianza de Verres. Por tanto, se trataba de horribles abusos
de poder por parte de un simple carcelero.
144
Ci cerón
amenaza para todos? Se Ies mata a hachazos. ¡Tú te complaces en ello en medio del gemido
universal, y triunfas! ¡Qué alivio, ver suprimidos Jos testigos de tu avaricial —Te equivo­
cabas, Verres; te equivocabas gravemente; la sangre de los aliados inocentes®* no podía
lavar tus robos ni tus infamias. Locura furiosa era pensar curax, con la crueldad, las llagas
de tu avaricia. Por más que cayeran muertos los testigos de tu crimen, sus allegados buscan
tu castigo y su venganza; algunos navarcas, incluso, viven y están allí. Fortuna, según
creo, los ha salvado sólo para vengar hoy la inocencia. He aquí a Filarco de Haluntio, que,
al no huir con Cleomencs,“ fue reducido y hecho prisionero por los piratas: feliz cautiverio,
que lo impidió caer en manos de ese bandido, pirata de nuestros aliados. Su testimonio
saca a la luz las licencias de marinos, hambre en la tripulación, huida de Cleomenes. He
aquí a Filacio de Centuripas, nacido del más noble linaje en la más noble ciudad: aduce
el mismo testimonio. No hay discordancia alguna.
¡Por los dioses inmortales! ¿Qué pensáis pues, jueces, de vuestro tribunal? ¿Con qué
corazón escucháis? ¿Soy yo, que deliro? ¿Es que tomo demasiado por lo trágico este
abismo de miseria en el que se perdían nuestros aliados? O vosotros, también, ¿no sufrís
como yo por ese luto, por esas torturas atroces impuestas a unos inocentes?
Verrinas: De suppliciis, 117-123.
Los discursos políticos ofrecen, en cada momento, las mismas cualidades.
Pero conceden una parte inás amplia al “gran estilo” periódico, amplio y
musical, que desarrolla largas frases acompasadas y llenas de dignidad. Por
otra parte, se muestra un hombre sensiblemente arrebatado en contra de sus
adversarios: Catilina, Clodio, Pisón, Antonio; una violencia sin medida, una
ironía corrosiva, un exceso brutal en las descripciones, una mala fe evidente
en las interpretaciones ponen a Cicerón, armado con su sola elocuencia, al
nivel de los ambiciosos sin escrúpulos que se disputaban el poder en tomo a él.
Política y religión*“
Si un espíritu divino, pontífices, parece haber inspirado a nuestros antepasados un gran
número de sus invenciones y de nuestras instituciones, nada hay más admirable entre lo
que nos han transmitido, que esa decisión de confiaros a la vez la presidencia de todo
cí culto de los dioses inmortales y la suprema dirección del Estado, de modo que los
hombres más notables y más ilustres, dirigiendo sanamente al Estado 01 como ciudadanos
e interpretando con sabiduría la religión como pontífices, garantizan doblemente la salud
de la patria. Ahora bien, aunque jamás una causa importante ha sido sometida al juicio
soberano de los sacerdotes del pueblo romano, ésta, que afecta a toda la grandeza del
Estado, a la seguridad, a la vida, a la libertad, a los altares, a los hogares, a Jos dioses
penates de todos los ciudadanos, entrega y confía su defensa a vuestra prudencia, a vues­
tra conciencia, a la autoridad de vuestra jurisdicción. Debéis decidir hoy, de una vez
para siempre, si preferís privar de la demencia de los magistrados perversos “ el apoyo de
los malos y de los criminales, o fortificarla aún con la religión de los dioses inmortales.
Pues si ese cáncer “ que roe al estado encuentra en la religión divina la justificación de su
tribunal desastroso y maldito que condena la justicia humana, deberemos buscar otros
ritos, otros sacerdotes de los dioses inmortales, otros intérpretes de la religión. Pero si
59. L f>s romaiuvs daban el nombre de aliados (socii) a las poblaciones sometidas que esta­
ban obligadas a ciertas obligaciones militares y fiscales,
60. Subordinado de Verres, que mandaba la escuadra y dio la señal de fuga: Verres no
lo había incluido en las cansas.
61. Al regresar del exilio, Cicerón reivindicaba sus bienes, que le habían sido arrebatados
por las bandas de Clodio. Su casa del Palatino, en particular, había sido arrasada, y su solar
consagrado a la diosa Libertad. Cicerón, para recobrar su propiedad, estaba obligado a pedirlo
al colegio pontificio, jefe supremo de la religión romana.
62. Las funciones religiosas no eran en Roma algo distinto de las demás magistraturas.
63. Los tribunos de la plebe, enemigos del Senado aristocrático.
64. Clodio (véase, más atrás, p. 121 ss.).
145
10. t-l TEBA TURA LATI NA
L A ÉPOCA CI CERONI ANA
vuestra autoridad y vuestra prudencia, pontífices, anulan los actos que el furor de los
malos impuso a nuestra patria oprimida, abandonada o traicionada por sus hijos, podremos,
legítimamente y con pleno derecho, celebrar la idea que tuvieron nuestros antepasados
de escoger para sacerdotes a los hombres más importantes del Estado.
Pro domo sua ad pontí fi ces, 1-2.
Pisón escarnecido
[Para vengarse do L. Calpurnio Pisón (cónsul en 58), uno de los autores de
su destierro, Cicerón provocó su llamada desdo Macedonia; como el procónsul
se quejara al Senado, Cicerón ridiculiza su pretendido desinterés (Pisón decía que
no aspiraba al "triunfo", honor ambicionado por todos los gobernadores de pro­
vincia de esa época) y ataca su integridad (55). — Ironía cruel. — Pintoresquis­
mo injurioso. — Tendencia a la comicidad.]
Demasiado tarde para Cn. Pompeyo: no podrá seguir tus principios. Sí: se equivocó;
aún no había probado tu filosofía; he aquí tres veces,0* al imbécil que triunfa. Craso, me
avergüenzo de ti: ¿por qué, tras haber concluido la guerra” más formiduble y haber
trabajado tanto para obtener del Senado esta corona de laurel? P. Servilio, Q. Metelo,
C. Curión, L. Aíranio: ¿habéis escuchado también las lecciones de este sabio, de este
hombre discreto, antes de cometer ese error? Para C. Pomptino, mi amigo, Ka resultado
demasiado tarde: ya ha contraído promesas con los dioses.'" | Oh, ignorancia de los Cami­
los," de los Curios, de los Fabricios, de los Calatinos, de los Escipioues, de los Marcelos,
de los Máximos! }Locura de Paulo Emilio! ¡Inconveniencia de Maríol ¡Imprudencia de los
padres de nuestros dos cónsulesl w ¡Obtuvieron el triunfol
Pero, como no podemos cambiar el pasado, ¿qué espera esta calamidad liona de cicno
y fango para mostrar esos excelentes principios de prudencia a nuestro ilustre y gran
general, a su yerno? T0El deseo de gloria domina, con toda seguridad, a ese hombre. Arde
en deseos de un justo y magnífico triunfo; no ha recibido las mismas lecciones que tú.
¡Buenol Envíale una relación; y, para vuestra próxima entrevista, prepara un discurso que
ahogue y extinga el fuego de su deseo. Tú tendrás sobre esa frívola pasión de gloria la
autoridad de una pujante sabiduría, sobre la ignorancia la propia de la ciencia, sobre un
yerno la de un suegro. Tú le explicarás, con esa seducción persuasiva, esa gracia, esa
perfección, esa cortesía que posees do la escuela: n “¿Qué placer hay, César, en mandar
que decreten tantas y tan largas ‘súplicas’? 71 Es un error de los hombres, y los dioses
no se preocupan de ello: ellos no sienten hacia nadie (así lo enseñó nuestro divino Epi-
euro)7* ni simpatía ni cólera.” Pero este argumento, sin duda, no dará resultado: su cólera
contra ti fue — y sigue siéndolo— demasiado evidente. Entonces pasarás a otro lugar
común de la escuela, a una disertación sobre el triunfo: “¿Para qué, en una palabra, ese
(carro, esos jefes encadenados que lo preceden, esas imágenes de las ciudades, ese oro,
esa plata,’* esos legados71 a caballo y esos tribunos,” esos gritos de soldados, y todo ese
acompañamiento? Naderías, créeme, y casi un juego de niños, es eso de buscar los aplausos,
que lo paseen a uno por la ciudad y pretender que lo vean. En todo ello no hay ningún
65. Tras sus guerras contra los partidarios de Mario (80-79), contra Sertorio en España
(71), en Oriente (01).
6fi. Contra Espartaco y los esclavos amotinados.
67. El triunfo era una ceremonia religiosa.
68. Tras los vivos, los muertos ilustres.
69. Pompeyo y Craso.
70. César, que entonces se encontraba en 3a Galia.
71. Ñútese, por el contrario, la "mezquindad vulgar” del estilo que pone en boca de Catón.
72. Acciones de gracia a los dioses, especie de preludio del triunfo. El Senado determinaba
su principio, importancia y duración.
73. La doctrina de Epicuro era mal vista por los dirigentes .senatoriales.
74. Llevado sobre parihuelas.
75. Lugartenientes del general.
76. Comandantes de las legiones.
Cicerón
gozo estable, nada tangible, nada con lo que pueda disfrutar el cuerpo.” Fíjate en mí
más bien: regresado de una provincia que valió el triunfo a T. Flaminio, a L. Paulo, a
Q. Mételo, a T. Didio, y a muchos otros a quienes dominaba un frívolo deseo, para
pisotear ante la puerta Esquilina los laureles de Maccdonia. Sí: yo me presenté con mucha
sed, con quince mozos mal vestidos,78en la puerta Celimontana, donde un liberto mío había
alquilado en lá antevíspera una casa para su esclarecido general; sí no se hubiera hallado
libre, hubiera montado mi tienda en el campo de Marte. En cuanto al dinero, César, no
he necesitado para nada de las andas triunfales. Ha quedado y quedará en mi casa. He
presentado en seguida las cuentas al tesoro, como lo prescribe tu ley .(es el único punto
en que he obedecido a tu ley). Si quieres consultar esas cuentas, verás que nadie ha sacado
nunca mejor partido de las letrasT9que yo. Están deducidas, en efecto, con tanta agudeza
y un escrúpulo tan literal, que el escriba que las ha llevado al tesoro, tras copiarlas de
extremo a extremo, se ha rascado la cabeza con su mano izquierda y ha exclamado .para
sus adentros:
“¿Una cuenta? Sí, esto es una cuenta; pero de dinero, nada.” *°
Aunque César estuviera a punto de subir a su carro triunfal, es seguro que, ante estas
palabras, bajaría.®1
I n Pí sonem, 58-61.
Los tratados de retórica. — Cicerón tenía plena conciencia de haber con­
quistado “el reino del foro” y de haber ampliado extraordinariamente, en 3a
práctica, la teoría de la elocuencia. En 55, muy menguado ya su prestigio de
hombre político, pero queriendo preservar su grandeza literaria, publicó un
De oratore cu 3 libros. En él presentaba un diálogo (en 91) entre Antonio y
Craso (véase más atrás p. 134-135) y dos jóvenes, Cotta y Sulpicio. Exponía
sus puntod de vista acerca de la formación del orador, fundada en clones
naturales y en conocimientos adquiridos (filosofía, historia, jurisprudencia)
(1. I). Explicaba cómo deben adaptarse las normas tradicionales acerca de la
invención y de la proporción (1. II), y cuáles son los secretos esenciales del
estilo y de la “acción” (1. III). Difería a un tiempo de la filosofía de Aristó­
teles, que concede un papel muy reducido a la sensibilidad y al arte, y de
las enseñanzas de los rétores griegos y latinos, que tendían a un mero análisis
de los procedimientos técnicos; lo escribió con una fuerza llena de elegancia:
el De oratore fundamentaba acertadamente el inmenso éxito de la elocuencia
ciceroniana.
Ciencia y oratoria
Con frecuencia ” surgen, en procesos que, a todas luces, pertenecen a la oratoria,
cuestiones que no denotan esa práctica forense a la que reducís el papel del orador, sino
cuya solución queda reservada a cualquiera de esas ciencias más ignotas, y de las cuales
hay que lograrla. ¿Es posible —os pregunto—■hablar en pro o en contra de uu general
sin tener alguna práctica de la guerra o incluso, con frecuencia, sin una documentación
geográfica de tierra y de mar? ¿Podemos impulsar al pueblo a votar o a rcchazax una ley,
o tratar en el Senado cualquier tipo de cuestión acerca del gobierno sin un estudio pro­
fundo, teórico y práctico, de los problemas políticos? ¿Podemos llegar a inflamar o apagar
77. Caricatura del más vulgar epicureismo.
78. Cuadro de miseria: este detalle y los siguientes muestran una mezquindad deshonrosa.
79. Para disimular con sutilezas sus rapiñas: nótese la abundancia en el juego de palabras.
80. Verso de un autor cómico desconocido (o tal vez de Lucilio).
81. Desanimado por esas paynsadas.
82. Craso deüende aquí una de las ideas más caras a Cicerón: yue la oratoria debe abar­
car todos los conocimientos humanos. Notemos, sin embargo, la prudencia de sus afirmaciones.
147
LA ÈPOCA CI CERONI ANA
incluso los sentimientos y las pasiones de los oyentes (y ello es el triunfo supremo del
orador) sin haber explorado con el mayor esmero todos los sistemas filosóficos que analizan
los instintos y las costumbres del hombre?
Tal vez no logre convenceros; mas no dudaré en expresar mi pensamiento. La física
misma, y la matemática, y esas otras ciencias especiales, cuyo campo estabas delimitando
precisamente, dignifican sin duda a quienes las cultivan. Pero, incluso tratándose de tales
ciencias, si queremos asegurarles el esplendor de la expresión, habremos de recurrir al arte
del orador. Si Filón, el célebre arquitecto que construyó el arsenal de Atenas, supo dar
buena cuenta ante el pueblo de su trabajo, debió hacerlo más como arquitecto que como
orador. Pero imaginad que nuestro amigo M. Antonio hubiera tenido que hablar, en pro
de Hermodoro, de la construcción de nuestra base naval: pese a tomar de segunda mano
los datos de la causa, habría embellecido y enriquecido con su elocuencia un arte que
ignora.
De oratore, I, 59-02.
La acción oratoria
[La "acción” tenía una importancia especial ante las grandes asambleas, y
al aire libre; e igualmente la amplitud de las frases y la repetición de las ideas
esenciales, que permitían la comprensión, en conjunto, por parte de los oyentes
más alejados. — Unión de naturalidad y arte que la pone de manifiesto. — Inte­
rés apasionado por la expresión psicológica exacta y matizada. — Estilo muy
refinado y lleno de imágenes.]
Sin duda, en todo, la verdad supera a la imitación; pero si ésta fuera suficiente para
regir nüestra acción, no precisaríamos del arte. Pero de hecho las emociones, que la acción
ha de patentizar o imitar, son a menudo confusas, veladas o casi vacías; debemos, pues,
disipar las brumas que las ocultan y dar valor a los rasgos relevantes que las evidencian.
En verdad, todo movimiento del alma encuentra su expresión natural en la fisonomía, la
voz y el gesto; y el cuerpo del hombre por entero, todos los rasgos de su rostro y los
sonidos de su voz vibran como las cuerdas de una lira a cada sacudida de la pasión. Pues
nuestra voz es como una cuerda tensa, capaz de responder al menor contacto, agudo o
grave, rápido o lento, fuerte o débil; y cada uno de estos tres aspectos b'ene también su
grado medio. Derivan otros igualmente, en número mayor: la entonación es flatulenta
o áspera, presurosa o pesada, conexa o entrecortada, lánguida o brusca, fina o hueca.
Y, de entre éstas, no existe entonación a la que no haya que aplicar arte y método; y el
orador las tiene todas a su arbitrio para matizar su discurso, como el pintor tiene los
colores...
Todas esas modulaciones deben ir acompañadas de gestos, y no de gestos teatrales,8*
haciéndolos de un tipo distinto a cida palabra, sino gestos que sugieran sin representarlo el
pensamiento, la idea en su conjunto. Los movimientos del cuerpo serán de una simplicidad
recia y viril, que evoque, no la escena y sus histriones, sino el ejército o incluso la palestra.“
La mano se mostrará menos parlante *° y los dedos seguirán las palabras con el gesto, sin
modelarlas. El brazo, un poco levantado, y tendido hacia adelante como si asaeteara las
palabras. Una llamada de atención discreta con pie puede hacerse al principio o al fin de
las discusiones.
Pero todo depende del rostro, y en él predominan enormemente los ojos. jCon razón
—dijo Roscio— nuestros antepasados no gustaban de un actor con máscara! Pues el alma
anima toda la acción; la fisonomía que refleja el alma; y los ojos que la revelan. Los ojos
son, gracias a su movilidad, la única parte del cuerpo capaz de expresar todos los movi­
mientos del alma; y quien los esconde medio entornados no puede lograrlo. Teofrasto nos
transmite las palabras de un cierto Taurisco: el orador —decía— que recita sus discursos
con los ojos fijos, da la espalda a su público.
De oratore, III, 215-217; 220-221.
83. Como lo era a menudo el de Hortcnsio (véase más atrás, p. 135 ss.).
84. A rmoni osos y necesari os, como l os de un atl eta.
85. Que la de los actores.
148
Nueve años después del De oratore, Cicerón se sintió impulsado a escri­
bir nuevos tratados de retórica por dos razones: la dictadura de César lo
reducía al silencio; y algunos jóvenes, Bruto y Calvo en particular, preconi­
zaban una elocuencia “neoática”, más simple y enérgica, menos variada y
rica en formas que la suya. En el Brutus (46),86Cicerón, siguiendo un diario
cronológico (el Liber annalis) de su amigo Ático, reconstruye toda la historia
de la elocuencia latina, terminando, con bastante discreción, en su apología
personal; gracias a esta obra la crítica literaria encontraba en Roma un emi­
nente modelo. El Orator (46),87 que, siguiendo el principio de las “ideas”
platónicas, reconstruye con carácter didáctico el retrato del orador ideal —es
decir, el propio Cicerón—, insiste sobre todo en la polémica contra los áticos,
en el trabajo del estilo y en la extensión de los discursos. El De optimo genere
oratorum (“Acerca del mejor tipo de elocuencia”) (44) opone a Demóstenes
como modelo del aticismo a Lisias, simpre en demasía.
Al mismo tiempo Cicerón, al entregarse, a falta de ocupación mejor en su
soledad, a los ejercicios de enseñanza, publicó dos tratados puramente técni­
cos, sobre “las divisiones de los discursos” (Partiiiones oratoriae) (45), y los
“lugares comunes” (Tópica) (44), resumen lejano el segundo de una obra de
Aristóteles.
Los tratados filosóficos.83— Durante el mismo periodo, en dos etapas,
Cicerón se ocupó también —aunque con menos interés— de la filosofía. La
había estudiado en su juventud en Roma y en Grecia, sobre todo desde un
punto de vista de abogado: la sutileza dialéctica de los estoicos, la discusión
de las probabilidades a que se entregaba la Nueva Academia, eran un entre­
namiento muy útil para un orador. Poco a poco la práctica de los negocios
públicos le obligó a tomar un partido bastante claro, análogo al de Escipión
Emiliano, contra el epicureismo y en favor de un buen número de ideas
estoicas, pero con un estoicismo práctico, armonizado ya parcialmente con el
ideal romano por Yanecio y por Posidnnio, del que había sido alumno.
En 54 y 52, en medio ae una creciente corrupción política, se lanzó a
escribir dos diálogos, cuyos títulos tomó de Platón; “El Estado" (De re pu­
blica) y “Las Leyes” (De legibus). El De re publica, en seis libros,89definía
el gobierno ideal como una síntesis entre la monarquía, la aristocracia y la
democracia; la encontraba (siguiendo a Polibio) en la Roma del siglo u; asen­
taba la justicia en la base de la vida social, cuyos aspectos describía siguien­
do -—en especial— las costumbres tradicionales de la antigua Roma; hacía,
para terminar, una llamada a todos los grandes espíritus para que sirvieran al
Estado, prometiéndoles a cambio una inmortalidad metafísica en los cielos.
( Ci cerón
86. Se trata de un diálogo actual, cuyos interlocutores —Lies— son Cicerón, Bruto y Ático.
87. Dedicado también a Bruto.
88. Conservamos 12 de los 21 que había escrito Cicerón.
89. Sólo cooservábamos (gracias a Macrobio) el episodio del “Sueño de Escipión" (Véase
más adelante), hasta que, en 1819, el cardenal Angelo Ma¡ descubrió fragmentos de mayor o
menor extensión, hallándose escritos los 5 primeros libros en un palimpsesto (antiguo manus­
crito sobre pergamino borrado o lavado en la Edad Media para la transcripción de un nuevo
texto).
149
L A ÉPOCA CI CERONI ANA
Del De legibus sólo conservamos tres libros;90 el primero, de inspiración
estoica, aunque no carente de originalidad, establece como principio natural
del derecho el parentesco espiritual del hombre con la divinidad; los siguien­
tes tratan, desde un punto de vista romano, de las leyes religiosas y de la
organización política. Ambas obras formaban una síntesis idealista de los
objetivos políticos de Cicerón, al igual que el De oratore trazaba la imagen
sistemática de su elocuencia.
El sueño de Escipión
[Escipión Emiliano, joven oficial, cu Africa, es transportado en sueños a la re­
gión de los astros, donde su abuelo adoptivo, Escipión el Africano, y luego su
padre, Paulo Emilio, se presentan ante él y le dan n conocer la vida eterna.
Escipión aparece como el narrador de este relato, poco antes de su muerte ines­
perada. — Idealismo ciceroniano: combinación de estoicismo (Dios es el alma
del mundo; de Él emana y a Él vuelve el alma de los hombres), de sentimiento
de la inmortalidad personal y de pitagoreísmo (filosofía astral). — Fuerza de la
representación cósmica. — Dignidad grandiosa del estilo. Cf. Platón República,
X, 20 (mito de Er el armenio).]
... En cuanto pude reprimir mis lágrimas y hablar, le dije: “Te ruego, oh el más
venerable y el mejor de los padres, respóndeme: puesto que aquí reside la vida, como el
Africano me explica, ¿qué debo hacer aún en la tierra? ¿Por qué no reunirme contigo en
seguida? —Es imposible, me dijo. A menos que el Dios, cuyo templo es todo cuando ves,
no te libere de la prisión del cuerpo, no puedes entrar aquí. Pues los hombres han sido
creados para guardnj: ese globo que ves en medio del templo universal, y que se llama la
tierra; pero Ies ha sido dada un alma, emanada de esos fuegos eternos que llamáis astros
o estrellas, y que, redondos como esferas y animados de inteligencias divinas, dan sus
revoluciones circulares a una velocidad sorprendente. Así debéis, tú, :Publio, y todos los
hombres religiosos, retener vuestra alma en la prisión del cuerpo y no abandonar la vida
humana sin recibir la orden de quien os la ha dado, para que no parezca que desertáis
de la misión impuesta por Dios a la humanidad. Ea, Escipión, imita a tu abuelo, y a mí,
tu padre; cultiva la justicia y la piedad, ama a tus padres y a tus parientes, pero a la
patria por encima de todo; y esta vida te llevará al cielo, a la asamblea de los que
vivieron y que, libres de su cuerpo, habitan en el lugar que ahora ves/’
Por tanto, éste es el círculo cuya blancura brillante destaca en medio do los resplan­
dores celestes y que, siguiendo a los griegos, llamáis Vía Láctea. Y desde allí mis ojos
contemplaban sin tregua fulgurantes maravillas: estrellas que no vemos nunca en nuestra
tierra, y todas ellas de un tamaño que jamás sospechamos; la más pequeña era la que,
más le/os del cielo y más cerca de la tierra, brilla con luz prestada. Pero las estrellas,
por las dimensiones de su globo, superaban en mucho a la tierra; y la tierra fempezó
a mostrárseme tan pequeña, que nuestro imperio, que no ocupa, por decirlo así, más que
un punto, me infundió lástima.
De re publ i ca, VI, 15-16.
En 45, Cicerón perdió a Tulia, su hija muy querida; trató de amortiguar
su pena escribiendo una Consolación, tema clásico de la filosofía moral. A par­
tir de entonces, durante dos años, brinda como sucedáneo a su actividad inte­
lectual, frenada por 1¿ dictadura de César, la adaptación latina de todas las
adquisiciones filosóficas de Grecia. El Hortensius (45) era una llamada calurosa
a este tipo de estudios. Los restantes tratados, que suponen una lectura inmen­
sa y una redacción de una rapidez asombrosa, exponen las tesis centrales de la
90. Debía tener 6, pero no sabemos si los 3 últimos fueron escritos, todos o en parte.
150
Ci cerón
filosofía griega según Aristóteles, teniendo muy en cuenta a una multitud p
de pensadores griegos secundarios de los siglos n y i, que apenas conocemos
prescindiendo de éstos; Cicerón .traduce unas veces, otras resume o combina
los diferentes sistemas, de acuerdo con sus tendencias personales, sin adver­
tirnos de estos cambios de puntos de vista. Tiende a aceptar un estoicismo
práctico integrado en un sistema neoacadémico, considerando que el hom-
- bre, en general, sólo puede alcanzar apariencias, no realidades.91
En las “Definiciones del bien y del mal en sí” (De finibus bonorum et
malorum, en 5 libros) (45), tras haber expuesto la teoría dél supremo bien
de labios de un epicúreo, un estoico y un académico, propone una solución
intermedia. Las “Discusiones de Túsculo” (Tusculanae (iisputútiones, en 5 li­
bros) (45), establecen la inmortalidad del alma y fundan la felicidad en la
virtud. Los tres libros sobre “los Deberes” (De officiis) (44-43), de inspiración
estoica, muestran, con un curioso espíritu jurídico,- los conflictos entre lo ho­
nesto y lo útil, y sacrifican el interés personal ante la ley natural de Ja
sociedad.
Los problemas religiosos aparecen tratados en los tres libros sobre “la
Naturaleza de los dioses'* (45-44), de plan semejante al De finibus y de ten­
dencias escépticas; y en los dos libros sobre “la Adivinación” (44), llenos de
detalles curiosos, y más netamente escépticos aún en su conclusión. Al lado
de estas grandes obras, los agradables tratados de psicología moral se ocupa­
ban de temas como la vejez (Cato maior) (44) o la amistad (Laelius) (44):
ambos diálogos están dedicados a Ático.
Cansancio y dolor
[Este análisis sigue la crítica de las teorías epicúrea y. estoica acerca del do­
lor. — Estoicismo romano, de carácter práctico, cívico y militar. — Patriotismo
marcado (ejemplos escogidos; elogio de la lengua latina comparada con la grie­
ga). — Minucia, exacta, pero demasiado Insistente, en el análisis (cf. el Impetu
do los sofistas griegos, en la segunda mitad del siglo v). — Cualidades literarias
(movimiento, pintoresquismo).]
Hay una diferencia entre el cansancio y el dolor; son realidades en todo vecinas, pero
sin embargo distintas. El cansancio es un esfuerzo moral o psíquico ante la realización
de una tarea bastante penosa; el dolor, una dura sacudida psíquica, que violenta nuestros
sentidos. Son dos realidades, pues, y los griegos, cuya lengua es más rica que la nues­
tra, sólo poseen un término para ambos conceptos. De modo que los hombres enérgicos
son, para ellos, personas que se complacen, o mejor dicho, aman el dolor; para nosotros,
con mayor exactitud, son personas resistentes al cansancio; una cosa es, en efecto, can­
sarse, y otra sufrir. ¡Cómo a veces te faltan las palabras, Grecia, cuando las crees tener
siempre sobradas! Sí, una cosa es sufrir y otra cansarse; cuando le cortaban las varices,”
Mario sufría; cuando, con gran calor, avanzaba a la cabeza de su ejército, se cansaba.
Entre ambos conceptos hay, no obstante, cierta analogía: a fuerza de habituamos a las
fatigas nos volvemos más resistentes al dolor. De este modo, los que dieron a Grecia sus
constituciones determinaron que endurecieran los cuerpos de los jóvenes por el cansancio;
91. A esta doble preocupación responden las Paradojas de los estoicos (46) y el tratado
sobre El Destino (44), que exponen las peculiaridades del estoicismo y critican su fatalismo; y las
Académicos, redactadas primero en dos libros, luego en cuatro (sólo poseemos un libro de cada
una de las dos redacciones).
92. Cf. Tuse., II, 53.
151
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
y los espartiatas extendieron la regla incluso a las mujeres, que, en las demás ciudades,
“permanecen escondidas en la sombra de las casas”, donde viven la vida más muelle.
Nada semejante ocurría "a las vírgenes laconias que, más que una fecundidad asiática,
tienen en el corazón la palestra, el Eurotas, el sol, el polvo, la fatiga, los ejercicios mili­
tares”.” De modo que estos ejercicios agotadores se entremezclan a veces de dolor: somos
arrollados, golpeados, rechazados, arrojados al suelo; y el cansancio mismo nos protege con
un callo, por decirlo así, contra el dolor.
Hablemos, por ejemplo, del ejercicio militar, entre nosotros se entiende, no entre los
espartiatas, cuya falange avanza a los acordes de la flauta y siempre entra en combate
al ritmo anapéstico. Nuestro ej érci to manifiesta en seguida el origen de su nombre; ®* y,
como consecuencia, la fatiga agotadora de la marcha en columna: llevar encima más de
quince días de víveres, todos los objetos de uso personal, llevar la estaca;66 pues el
escudo, la espada y el casco nos los consideran nuestros soldados algo distinto de sus
hombros, brazos y manos: dicen que las armas son los miembros del soldado; y, de hecho,
se hallan tan bien dispuestas sobre ellos que, en caso de necesidad, les basta con despren­
derse de su carga para tenerlas dispuestas y servirse de ellas como de sus manos. Y el
entrenamiento de las legiones no es gimnástico, sino de cargas y gritos de guerra; “
¡cuántas fatigasl Pero así nace ese valor, esc ardor guerrero que afronta las heridas. Poned
en filas a un soldado de igual valor, pero sin entrenamiento: tendrá el aspecto de una
mujer.
Tusculanas, II, 35-37.
La doctrina ncoacadémica **
Queda un sector de adversarios: los que no aceptan la doctrina de la Academia. Su
opinión sería un gran escollo, si nunca aprobara nadie un sistema filosófico distinto al suyo.
Y sobre todo nosotros, que hacemos profesión de combatir a cualquiera que crea estar
en posesión de la ciencia, no podemos negar a los demás el derecho de contradecirnos. Sin
embargo, nuestra causa es la más fácil de defender: pues queremos encontrar la verdad
sin disputa alguna, y aportamos a nuestra búsqueda todo el cuidado y celo posibles. Cierta­
mente todos los conocimientos encuentran muchas dificultades; y en las cosas mismas hay
tanta oscuridad, y tanta debilidad en nuestros juicios, que los más antiguos y sabios filó­
sofos tenían buenas razones para desconfiar en descubrir lo que deseaban. Sin embargo,
no erraron en su labor; e igualmente, a nosotros, el cansancio no nos lleva a perder la
afición al estudio; pues si discutimos contrastando las opiniones rivales, ello no sirve sino
para sacar y hacer brotar —por decirlo así— la verdad o lo que más se le parezca. Entre
nosotros y Jos que creen saber no hay más que una diferencia: éstos no dudan de la verdad
de sus proposiciones; nosotros, en cambio, tenemos por probables muchas opiniones que
podemos seguir sin dificultad, pero sin atrevernos a afirmarlas. Y nuestra libertad e inde­
pendencia son tanto más grandes en cuanto que nada dificulta nuestro juicio y ninguna
necesidad nos obliga a defender preceptos imperativos; pues uno se encuentra con dificul­
tades por doquier antes de poder juzgar cuál es la mejor doctrina; luego, en la época más
débil, bajo la dirección de algún amigo o la influencia de un solo discurso del primer
filósofo que se oye, se juzgan realidades que no se conocen; y, cualquiera que sea el
sistema hacia el cual uno haya sido arrastrado como por una ventolera, nos aferramos a el
como a una roca. .
Académi cas, II, 7-8.
Las obras filosóficas de Cicerón no se imponen ni como método ni como
sistema. Incluso desde el punto de vista de la vulgarización presenta graves
Citas de origen desconocido.
El nombre latino del ejército, exercitus, sugerido por la idea de ejercicio, de entrena-
Cf. más adelante, p. 193 s., el texto de Salustio.
Que acompañó al inicio del ataque contra el ejército romano.
Nótese cómo la teoría ncoacadémica del conocimiento cuadra a un abogado y a un
tan lluctuante como el de Cicerón. (Cf. más atrás, p. 149 s.).
93.
94.
miento.
95.
96.
97.
espíritu
Ci cerón
defectos, a causa de las prisas y de la inquietud literaria de su autor. Menores
parecen los inconvenientes de su eclecticismo:! Cicerón, que quiere estar libre
de todo dogmatismo, se preocupa de los heterodoxos recientes (de los estoicos
en particular), que apenas conocemos gracias a él, y muy fragmentariamen­
te; demuestra también, en algunos momentos, un cierto grado de inclinación
' en favor del aristotelismo. Y Cicerón exagera también cuando se jacta de aña­
dir a la literatura latina un nuevo sector, pues ya habían existido precurso­
res.98Pero éstos se habían limitado a las opiniones dé su escuela; Cicerón, en
cambio, hizo accesible a los espíritus cultivados de Italia todo el conjunto
de la filosofía griega, y sugirió que de la comparación y de la crítica recí­
proca de los sistemas podía nacer una moral, metafísica y práctica a la vez,
adaptada al temperamento romano y a todo el Occidente: Séneca y los gran­
des precursores cristianos contrajeron una gran deuda con él. Creó también
una prosa filosófica latina, que carece aún de precisión en algunos puntos,
pero, por la exclusión de los vocablos griegos y la profundidad de significado
de muchas palabras latinas, es ya elegante y sólida, aunque incapaz de una
precisión tan nítida y pura como el griego.
El arte en los diálogos ciceronianos. — Para dar a sus tratados de retó­
rica y de filosofía una forma más atractiva, Cicerón recurrió de ordinario
a la escenificación del diálogo. En principio se inspiraba en Platón, al que
admiraba grandemente como literato. También tomó rasgos de Aristóteles,
quien, al dar a la conversación un aire menos flexible y entrecortado y con­
ceder una gran extensión a las largas exposiciones dogmáticas, brindaba un
modelo más fácil, en especial para un divulgador temprano. Los personajes
de Cicerón, en marcos naturales agradables, un tanto artificiales (por ejemplo
los jardines de una de las villas del autor) encuentran una sobria y precisa
caracterización; su noble porte y la uniformidad de su lenguaje los hace
un tanto uniformes, pero deja tocio su valor a la discusión de las ideas.
Además, Cicerón introduce sus obras con un prefacio (y disponía de una
serie abundante) de genio muy general y personal a la vez (por ejemplo, acerca
de la muerte de Craso o de Hortensio, de la necesidad de participar en la
vida política, del amor al terruño natal), sin tener nada en común con el
tema de la obra: estas efusiones casi líricas, de estilo cuidado, poseen a menu­
do un encanto especial.
Los poemas. — Sólo a título de recuerdo podemos citar los ensayos poéti­
cos de Cicerón: en su juventud adaptó del griego la obra astronómica de
Arato (s. m), por el que sentía una muy profunda admiración; compuso
algunos poemas históricos sobre Mario, su propio consulado (en tres libros)
y su tiempo (en tres libros). Los fragmentos que él misino nos ha conservado
de estas obras son muy mediocres en general, aunque algunas traducciones del
griego (en especial de los trágicos) son muy vigorosas y exactas.
98. Ennio con su Epicarmo y su Evómcro; 5os cstoieos Sox. Pompeyo, Q. Lucilio Balbo,
etcétera; los epiciircos C. Vcloyo, C. Ainafìnio, Rabido, T. Catio y Lucrecio.
153
L A ÉPOCA CI CERONI ANA
El humanismo ciceroniano. — Cicerón es sin duda uno de los más gran*
des escritores de todos los tiempos: la prosa latina alcanzó una pronta madu­
rez en sus manos, y fue capaz ae expresar todos los tonos y matices. Trabajó
con amor y con ímpetu. Y, en especial, hizo a su espíritu depositario de toda
su riqueza. Fue un auténtico romano, poseído de su dignidad, amante de su
familia, de sus amigos, del orden público, de la “majestad” de su patria; pero
más italiano aún que romano por la dicha de vivir, la viveza de las impre­
siones, la ductilidad intelectual y el sentimiento estético; y sobre todo un
humanista del espíritu más generoso y la voluntad más comprensiva: helenista
y seguidor —como guía— dfe la “naturaleza”, enamorado de toda razón y de
toda nobleza, persuadido de que debía trabajar para el bien de los hombres,
dando preeminencia a las formas intelectuales y morales de la vida, fue y
sigue siendo, pese a detractores esporádicos, uno de los puntales del pensa­
miento y de la expresión de Occidente.
3. Lucrecio, ¿hacia 98?-55 a. C.
Casi nada sabemos de T. Lucrecio Caro. Una tradición recogida por san
Jerónimo lo representa víctima de un filtro de amor, componiendo el De
natura rerum en intervalos de lucidez y suicidándose a la edad de cuarenta y
cuatro años durante una crisis más violenta. Nada nos obliga a prestarle fe.
Debía de pertenecer a una buena familia a juzgar por el tono de franca amis­
tad con que se dirige a Memio {la dedicatoria de su obra), que pertenecía a la
antigua nobleza. En febrero del 54, Cicerón escribió a su hermano Quinto
(II, 9, 3): “fel poema de Lucrecio denota a la vez mucho genio y mucho arte”.
¿Significa ello que fuera el revisor y editor, como afirma san Jerónimo?
Física y moral. — El poema Sobre la naturaleza expone la física epicúrea,
pero con una intención moral. Epicuro (342-270) proponía como ideal del
nombre la perfecta serenidad de la dicha: una fina casuística de los placeres
corporales, mostraba que eran proporcionados ajas_ necesidades, .y_que,..cuanr.
tajnás,se.r.educían.las.necesidades^más_QcasÍQnesJbábía.para„satisfacerIas; por
otra parte, el alma lograría la paz al representarse..el mundo.libre de.toda
fyerza,spbrenattiral_y^regido por leyes inquebrantables.:. mortal, y no teniendo
miedo alguno a los dioses ni a la vida futura, debía, en el orden impasible del
universo, esperar también la “ataraxia” (liberación de las inquietudes pasiona­
les). Para Epicuro sólo importaba el resultado moral: por elfo se contentó con
¿ adoptar en su fleoi cpúoEm^ (De la naturaleza) —con muy ligeros retoques—
_el sistema de la física materialista de Demócrito (hacia 410''. Lucrecio no igno­
raba en modo alguno este orden de valores: su análisis psicológico, penetrante
^¡y amargo, revelaba una desmoralización profunda, llena de pasiones febriles,
en la sociedad de sü tiempo; veía a los propios epicúreos, que abundaban en
154
L ucreci o
la alta sociedad romana, excesivamente inclinados a los goces materiales e
inquietos entre una incierta incredulidad y sus prácticas supersticiosas. Re-
asalta, pues, con fuerza el contenido moral de su obra.
El corazón' impuro del hombre
[Pesimismo en la observación moral. — Poder de la expresión psicológica. —
Gran sobriedad en las metáforos; pero insistencia didáctica en la comparación
final.]
Él [Epicuro] vio que los hombres disponían ya de casi todo lo que exigen los osos de
la vida y que su existencia era tan segura como posible; vio a los hombres poderosos rebo­
sar en riquezas, en honores, en gloria y llenaban aun de buen renombre a sus hijos: y,
sin embargo, en la intimidad de Jas almas, no encontraba por doquier más que angustias,
ingratos rencores que acusaban sin cesar a la existencia, quejas agrias, que nada podía
refrenar. Comprendió que el mal provenía de la propia vasija, que perdía todo lo bueno
que se podía echar en ella: ya porque estuviera llena de grietas o agujeros y nada pudiera
llenarla, ya porque contagiara su infección al sabor de todo lo que Se echaba en ella.
Entonces proclamó las verdades destinadas a purificar los corazones, puso un límite al
deseo y al miedo, explicó en qué consistía ese bien supremo al cual todos aspiramos y
mostró la vía más corta que nos conduciría sin rodeos; explicó también los males que,
por todas partes, afectan a la vida del hombre, los que nos vienen de fuera o se asientan
en nosotros de modos diversos, por la acción fortuita o necesaria de la naturaleza, e indicó
cómo convenía hacer frente a cada uno de ellos. Probó que en la mayor parte de los
casos el linaje humano agita sin razón en su alma la ola de amargura de las inquietudes:
porque, del mismo modo que se espantan los niños cuando sienten miedo de todo en las
negras tinieblas, así resulta que en plena luz nos apercibimos de peligros que no son más
dignos de temerse que aquellos de los que se espanta la imaginación de los niños en las
tinieblas.“ Y ese terror, esas tiniebles del alma deben quedar disipadas, no por los rayos
del sol y los perfiles luminosos del. día, sino por la contemplación racional del orden de
la naturaleza.
(VI, v. 9-41).
Epicuro y los dioses
[Fervor entusiasta: 1.° por Epicuro, a quien sus discípulos veneraban con
acentos de idolatría; 2.° por el esplendor de la ciencia. — Polémica irónica y
breve contra el neopítagoreísmo (se atribuían a Pitágoras "versos de oro”, lla­
mados así a causa de su belleza moral) y las filosofías, como el orfismo, que
concedían una gran - parte a la vida de ultratumba (el Aqueronte es el río de los
Infiernos). — Representación epicúrea de los dioses, inútiles ante el sistema ma­
terialista del mundo, pero que Epicuro conservaba (aún despojándoles de toda
actividad) porque, según su teoría del conocimiento, todo aquello de lo que el
hombre tiene noción debe tener una cierta existencia. — Influencia literaria dé
Homero: cf. Odisea, VI, v. 42 ss.)]
¡Oh túl | el primero que, desde el fondo de tan inmensas tinieblas supiste hacer brotar
una luz tan clara e iluminarnos los verdaderos bienes de la vida! Te sigo, oh gloria del
pueblo griego, y coloco hoy mis píes en las propias huellas dejadas por tus pasos, menos
deseoso de rivalizar contigo que guiado por tu amor que me impulsa a imitarte. ¿Puede
acaso la golondrina rivalizar con los cisnes? Y, con sus miembros trémulos, ¿podrían igualar
los machos cabríos en la carrera el ímpetu del fogoso corcel? Tú, padre, eres el descu­
bridor de la naturaleza: tií eres quien nos prodigas los paternales consejos; en tus libros,
oh maestro glorioso, semejantes a las abejas que en los prados lloridos vuelan libando por
doquier, vamos también gustando de todas tus palabras áureas, las más dignas de conser­
varse para siempre que existieron.
99. Relaciónese con la comparación de Lucilio, p. 114.
155
LA ÈPOCA CI CERONI ANA
Apenas tu doctrina empieza, con su voz poderosa, a proclamar este sistema de la natu­
raleza, surgido de tu genio divino, en seguida se disipan los terrores del espíritu; las
murallas de nuestro mundo se apartan; a través del vacío entero veo cumplirse todo. Ante
mis ojos aparece el poderío de los dioses y sus tranquilas moradas, que ni los vientos
azotan, ni riegan las nubes con sus lluvias, que la blanca nieve comprimida por el frío no
ultraja con su caída; y un éter siempre sin nubes las cubre con su manto y les esparce
en amplias oleadas su luz sonriente. La naturaleza provee todas sus necesidades y nada
viene jamás a turbar la paz de Sus almas. Por el contrario, en ninguna parte aparecen las
regiones del Aqueronte, y la tierra no me impide distinguir todo lo que, bajo mis pies,
sucede en las regiones profundas del vacío. Ante todo ello, me siento presa de una delec­
tación divina y de horror, al pensar que la naturaleza, así descubierta por tu genio, ha
retirado todos sus velos para mostrarse a nosotros.
(III, 1-30).
Ordenación lógica del poema. — A diferencia de Epicuro, Lucrecio siente
la pasión de la verdad científica en sí misma. Habiendo tomado por tarea la
exposición de un sistema de física, siguió su trazado, desde un extremo
al otro de sus 6 libros, con absoluto rigor, alargando únicamente las partes
que tratan del hombre (1. III-IV) y sus relaciones con el universo (1. V-VI).
En el vacío caen eternamente átomos indivisibles, indestructibles, simientes de todos
Jos universos pasados, presentes o venideros: pues nada se crea, ni nada se pierde (I). El
peso y una cierta “declinación” (cl i namen) de la vertical los impulsa a agruparse, a dar
nacimiento a los cuerpos inertes y animadfts, sin la intervención de los dioses (II). Así el
hombre es material, hasta su espíritu (ani mus) y su alma (ani ma); material, y por tanto
mortal: pues toda combinación de átomos acaba por disolverse en sus elementos. Y, si el
alma es mortal, no hay que temer una vida futura (III), En los orígenes del conoci­
miento, las sensaciones, materialmente emanadas del cuerpo, no .engañan, si se las inter­
preta sin ilusión pasional (IV). El mundo no es obra de los dioses: su evolución y la de
la humanidad pueden originarse a partir de combinaciones fortuitas por progresos conjun­
tos (V). Y los fenómenos más extraños que asustan a los hombres, hasta las epidemias, son
debidos a causas naturales (VI).
Lucrecio .tiende..ante..todo.,aja, fuerza y a la claridad didáctica del razona-
miento, J?or ello las transiciones son insistentes, con frecuencia fatigosas; las
referencias a los puntos ya alcanzados son continuad; y el poeta no duda en
expresar muchas veces bajo formas diversas las conclusiones esenciales. Esta
voluntad es tan clara, que al parecer hay argumentos suficientes para hablar
del estado incompleto de la obra (y, a veces, de la transmisión manuscrita),
de las faltas de coherencia y las lagunas que encontramos a lo largo del poe­
ma. Igualmente su fin brusco, que nos deja con la impresión de la peste de
Atenas.100
El equilibrio literario. — Siguiendo muy de cerca a Epicuro. cuva expo­
sición era muy árida, Lucrecio tenía la ambición de crear una gran obra
literaria. Había estudiado a Ennio¿ pero retrocedió mucho más allá, hasta los
grandes filósofos-poetas de Grecia, los eléatas (Elea es una ciudad griega de
Italia) Jenófanes y Parménides (s. vi-v), y, en especial, hasta el siciliano
100. Tal vez l a conclusión prevista volvía sobre la teología epicúrea, en contrapartida con
el exordio del poema (I. I ) acerca de Jos crímenes de la superstilio.
156
Lucrecio
Enipéclocles (s. v), a quien elogia e imita frecuentemente sin participar (ni
^nucHo menos) de todas sus ideas. Lucrecio nos ha dejado el único ejemplo,
completo y brillante, de este género grandioso, ya caduco desde hacía mucho
tiempo en el mundo griego.
Había leído a muchos otros poetas, Homero, Hesíodo, T ucí dides, por ejem-
E
lo. Practicó la retórica y cultivó el “desarrollo poético”: de ahí los preludios
rillantes,- las amplias partes intercaladas, las comparaciones delicadas que
podía introducir en algunos momentos para alegrar la aridez de la discusión.
Pero, por bellos que sean estos cantos (la invocación a Venus, el treno por la
muerte de Ifigenia, la descripción del cortejo de Cibeles, etc.) la continuidad
misma del poema es aún más bella. Se muestra totalmente animada, del modo
más natural, por la pasión que Lucrecio siente por seguir su razonamiento,
f
ior la vivacidad de sus interrogaciones, de sus exclamaciones, de sus triun-
os lógicos; por la polémica contra las escuelas filosóficas rivales y el fervor de
su fe epicúrea; en especial por el sentimiento, siempre presente, de la na­
turaleza.
Los átomos invisibles
[M étodo: introducción del desarrollo por una objeción (procedimiento retó­
ri co); enunciado del tema; prueba; acciones de elementos invisibles (primero los
más violentos), disminuciones y creci das insensibles. — Procedimiento de expli­
cación de lo desconocido por lo conocido (los efectos del viento explicados por
los de las aguas). — Gran espontaneidad y abundancia en los ejemplos. — Pro­
cedimientos descriptivos de dos tipos: amplitud homérica (vientos y rí os), no
imitada, sino natural ; minucia al ejandri na, breve y sorprendente, del detal l e, y
: del detalle visto. — Coordinación entre los procedimientos descriptivos y los
objetivos científicos.]
Ahora, acabo de mostrarte que las cosas no pueden surgir de la nada, ni una vez
nacidas volver al no ser. Sin embargo, para que no dudes de la autoridad de mis palabras
por el hecho de que los elementos de los cuerpos no pueden ser objeto de percepción de
nuestra vista, escucha a continuación los cuerpos que, necesariamente, debes reconocer
que existen en la naturaleza,- y que no pueden verse.
En primer lugar la fuerza desencadenada del viento azota el océano, hace naufragar
a las mayores naves y arrastra las nubes, rasgándolas. Otras veces, recorriendo las llanuras
en torbellinos devastadores, abate los grandes árboles y azota las cumbres de las montañas,
que arrasa con sus soplos, ruina de los bosques: así se enfurece cuando se acompaña de
soplos agudos y de rugidas llenos de amenazas. Los vientos son, sin duda, cuerpos invi­
sibles que barren la mar, las tierras, y las nubes, y, agitándolas, de súbito las arrebatan
en su torbellino. Sus corrientes se extienden y siembran la ruina, cuando un río de suaves
ondas se lanza y sale de su cauce, acrecentado por los anchos torrentes que desde lo alto
de las montañas arrojan las lluvias abundantes, arrastrando con él los restos de los bosques
y de los árboles enteros. Los puentes más sólidos no pueden soportar el choque repentino
del agua que se precipita: tanta es la fuerza con que la comente, enturbiada por las gran­
des lluvias, se lanza violentamente contra los muros de contención; los desgaja con gran
ruido, y revuelve entre sus aguas grandes bloques, y remueve todo lo que se opone a sus
embates. Así, pues, deben entenderse los soplos del viento. Cuando, semejantes a un río
poderoso, se lanzan sobre cualquier parte, todo lo arrollan y revuelven delante de ellos con
sus repetidos embates, o arrebatan las cosas en sus torbellinos y las llevan repentinamente
consigo en tromba. De modo que —lo repito otra vez—- los vientos son cuerpos invisibles,
puesto que se manifiestan, por sus actos y sus características, como los rivales de los
grandes ríos, que son, en cambio, de nna sustancia visible.
Igualmente percibimos los diversos olores que desprenden los cuerpos, y sin embargo,
jamás los vemos llegar a nuestras narices; ni tampoco podemos ver las emanaciones del
157
L A EPOCA CI CERONI ANA
calor, ni captar el frío con nuestra vista, ni tampoco el sonido, todo lo cual es, por nece­
sidad, de naturaleza material, ya que puede poner en movimiento nuestros sentidos: pues
tocar y ser tocado no puede ser obra sino de un cuerpo.
Para terminar, las ropas colgadas en la orilla donde se estrellan las olas se llenan de
humedad, y extendidas al sol se secan, y sin embargo no nos es visible la forma cómo el
agua penetra en ellas, así como su desaparición por efeetos del sol. El agua se divide
en pequeñas partículas que los ojos no pueden ver en modo alguno.
Y, a medida que se suceden las revoluciones del sol, el anillo que llovamos en el dedo
se gasta por debajo; la caída de la gota de agua perfora la roca; aunque sea de hierro, la
reja del arado disminuye invisible en los surcos del campo; bajo los pies de la gente
se consumen las piedras de los caminos; también en las puertas de las ciudades las
estatuas de bronce muestran a menudo sus diestras gastadas por el contacto101 de los vian­
dantes que las saludan. Estos objetos disminuyen, como bien lo vemos, porque se gastan
por el roce, pero la naturaleza, celosa, nos ha privado del espectáculo de las partículas
que se escapan a cada momento. En fin, ninguna mirada, por aguda que sea, puede adver­
tir todo aquello que los días y la naturaleza* añaden poco a poco a los cuerpos para
asegurarles un crecimiento regular, del mismo modo que tampoco puede distinguir lo que
pierden a cada instante los cuerpos que el tiempo seca y marchita, o las rocas que se
bañan en la mar y consume la ola salada. La naturaleza actúa, pues, con cuerpos invisibles.
I, v. 265-328.
El alma es materia
I L a A ntigüedad no logró representarse jamás al alma como desprendida total­
mente de ]a materi a. A quí L ucreci o, siguiendo a Epi curo, admite una materia
cada vez más sutil para el cuerpo, el alma (principio de vida) y el espíritu
(principio de l a i ntel i gencia). — I ntuición y experimentación psicológicas (estu­
diando las influencias recí procas del ainia y del cuerpo). — Demostración en
dos puntos; el espíritu puede parecer independiente del cuerpo sin serlo en rea­
l idad; ci ertas experiencias prueban de hecho que no lo es.]
Ahora afirmo que el espíritu y el alma se mantienen unidos entre sí y forman una sola
naturaleza en conjunto; pero lo que es la cabeza y domina, por así decirlo, en todo el
cuerpo es ese consejo que llamamos espíritu y pensamiento. Y éste tiene su sede fija en
medio del pecho. A él lo asaltan el miedo y el terror; en este lugar palpita dulcemente
la alegría: ‘ahí reside el espíritu y el pensamiento. La otra parte del conjunto, el alma,
diseminada por todo el cuerpo, obedece y se mueve a la voluntad y bajo el impulso del
espíritu. El espíritu es capaz, él solo, de razonar por sí mismo y para sí mismo, y de
regocijarse para sí mismo, cuando ninguna impresión llega a afectar al alma y al cuerpo
a un tiempo. Y al igual que la cabeza o el ojo pueden sufrir en nosotros bajo el
ataque del dolor, sin que nosotros sintamos mal igualmente en todo el cuerpo, también
sucede que el espíritu es el único en sufrir o en verse animado por la alegría, mientras que
el resto del alma, esparcida en el cuerpo y en los miembros, no es afectada por ninguna
impresión nueva. Pero, cuando un temor más violento viene a agitar el espíritu, vemos
el alma entera conmoverse, acorde, en nuestros miembros; y bajo el efecto de esta
sensación el sudor y la palidez se extienden por todo el cuerpo, la lengua se traba, la voz se
apaga, la vista Se nubla, zumban los oídos y los miembros desfallecen; en una palabra:
vemos a menudo a los hombres sucumbir ante este terror del espíritu: en ello podrán
todos reconocer fácilmente que el alma se halla en estrecha unión con el espíritu, y que
una vez que es impresionada vivamente por el espíritu, impresiona a su vez todo el cuerpo
y lo excita.
III, v. 136-160.
101. En señal de adoración. Se trata de dioses protectores de l a ciudad, con quienes
i ntenta conci l i ar se toda persona que entra en el l a.
158
Lucrecio
Los sentidos, fuentes del conocimiento
[Sutileza seguida de razonamiento: necesidad lógica de una certidumbre; im­
posibilidad psic o fisiológica de refutar las pruebas de los sentidos; imposibilidad
prácti ca de hacer abstracción de los mismos. — Diversidad y vida del estilo
-(polémica desdeñosa, lógica apremiante y fuerza retórica, buen sentido real i sta:
intentos de variedad en el vocabulario).]
En cuanto a esos103 que opinan que no se puede saber nada, ellos tampoco saben nada
si no es posi bl e saber, ya que confiesan no saber iiada. Yo no me lanzaré a discutir contra
quien ha decidido andar con la cabeza boca abajo. Sin embargo, admitiendo que lo sepan,
yo les preguntaré cómo saben —si el universo no les lia ofrecido aún ninguna verdad—
distinguir entre “saber” y “no saber”. ¿Qué es lo que les ha dado la noción de lo verda­
dero y de lo falso? ¿O qué Ies ha enseñado que lo dudoso difería de lo cierto?
Hallaréis que son los sentidas los primeros en crear la primigenia noción de lo verda­
dero, y que la prueba de los sentidos es irrecusable. Pues hace falta un crédito nmy grande
para hacer triunfar, por sí solo, lo verdadero sobre lo falso. ¿Y qué ha de merecer un
crédito mayor que los sentidos? Y, si un sentido nos engaña, ¿hablará la razón en contra
de éstos? ¡La razón, que ha surgido por entero de los sentidos! Sí; en caso de que no
sean veraces, la razón es tambi én error por compl eto. O ¿acaso los ojos sufri rán la censura
del oído, y los oídos la recibirán del tacto? ¿O será el tacto, a su vez, censurado por el
gusto, refutado por el olfato o desacreditado por la vista? No, creo que no. Pues cada
sentido tiene su campo particular; cada uno su poder; y nosotros experimentamos de modo
diverso la cohesión y el calor o el frío, y de distinta manera los colores y lo que se halla
unido a los colores; distinta es la impresión del gusto, distinta la sensación de los olores,
distinta la de los sonidos. Es, pues, completamente imposible que los sentidos se recti­
fiquen entre sí; y no podrán censurarse unos a otros, puesto que el crédito que hay que
otorgarles es siempre igual.10®En consecuencia, es verdad la percepción que experimen­
tamos a cada instante.
Y si la razón no puede aclarar por qué —por ejemplo—lo que de cerca es cuadrado
aparece como redondo desde lejos,104 en la duda es preferible dar las razones del error
del fenómeno que dejar escapar de las manos verdades manifiestas,100 atentar contra la
fuente de nuestras creencias y arruinar los fundamentos mismos de nuestra vida, de nuestra
defensa. Pues no sólo se hundiría la razón por completo; la vida misma se derrumbaría
también en el mismo instante, si nos aventuráramos a no confiar más en los sentidos, y no
evitaríamos más ni los precipicios ni los peligros de toda clase y buscaríamos nuestro mal.
IV, v. 469-510.
Separación de los elementos
[L os ¿lomos son, más o menos, pesados o lisos; pero los átomos pesados y
curvos arrastraron en su caída a otros más ligeros y pulimentados (los del agua,
el fuego, y, más sutil, del éter), que en seguida fueron desalojados por pre­
sión, como el agua de una esponja. — Epopeya cósmica grandiosa. — Poesía
original y lozana en la comparación. — I ntenci ón de explicar el movimiento de
los astros sin reconocer su vida (como hací an, en líneas generales, los neopita-
góricos y los estoicos).]
En un principio, pues, todas las especies de átomos terrestres, a causa de su peso y de
su compleja relación, se reunían en el centro, y tendían todos a ocupar las regiones pro­
fundas. Y cuanto más se estrechaba su entrelazamiento, más arrojaron de su masa los
102. Metrodoro de Quíos y los democriteos. Pero l a polémica afecta también a todas las
escuelas '‘escépti cas” : los epicúreos eran muy dogmáticos.
103. De las dos impresiones, la una no es superior, en sí, a la otra.
104. Ejempl o clásico de error de los sentidos: una torre cuadrada, vista desde lejos, pa­
rece redonda.
105. A quí nos hallamos ante l a eminente preocupación moral de la físi ca epicúrea.
159
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
elementos propios para constituir el mar, los astros, el sol, la luna y los baluartes del anclio
mundo. Pues todos estos cuerpos aparecen compuestos de gérmenes más lisos y más redon­
dos y mucho más pequeños que los de la tierra. Así, escapándose en primer lugar por los
canales de una masa poco compacta aún, el éter portador del fuego se elevó y, en su
ascensión ligera, arrastró mucho fuego. Es más o menos así como cuando en la hora matu­
tina, en las hierbas engastadas de so cío, brillan rojos los rayos dorados del sol, y vemos a
menudo desprenderse una bruma de Jos lagos y de las aguas corrientes, y la tierra misma
arroja humo; y esos vapores Se concentran en las partes elevadas y se condensan, tejiendo
en el cielo un velo de nubes. Igualmente entonces el éter ligero y volátil, al condensarse,
se inclina por todas partes y se extiende por doquier alrededor del mundo, que rodea por
completo en su ardiente abrazo. Sigue el nacimiento del sol y de la luna, cuyos globos
ruedan entrambos en la zona de los vientos entre una y otro: ni la tierra ni el inmenso éter
pudieron unirse a ellos, porque no eran ni bastante pesados para formar poso c d la parte
baja, ni bastante ligeros para deslizarse en las más altas regiones. Y quedaron, por tanto,
entre una y otro, dotados de un movimiento de seres animados, aun no siendo más que
partes del universo: en nuestro cuerpo también hay miembros que pueden permanecer
inmóviles, mientras otros están en movimiento.
V, v. 449-479.
Ciencia y filosofía. — Las ciencias físicas^ en Ja Antigüedad, no disponían
de un método de experimentación que aislara los fenómenos y, tratando de
reproducirlos en circunstancias diversas, permitiera conocer mejor_sus causas
y sus acciones. Procedían- por observaciones, aproximaciones, analogías.„y.
deducciones lógicas. Pero las observaciones’ por finas que sean, aíslan difícil­
mente los hechos en su 'estado puro; las aproximaciones corren el riesgo de
ser totalmente externas; la lógica, sin una masa de experiencias controladas, se
extravía con facilidad. De este modo, los mejores espíritus se veían impoten­
tes para crear una ciencia positiva. Lucrecio reunía las más altas cualidades
del sabio: objetividad y agudeza en la observación de los hechos; flexibilidad
y riqueza de puntos de vista; fuerza y sagacidad (a veces sutil) en la deduc­
ción lógica; y, aparte de esto, una auténtica pasión por las audacias de la
ciencia; el prurito de la originalidad, que impulsa a la investigación; y el de
la claridkd, que únicamente se satisface con ideas puras. Pero su obra nos
conduce sin cesar de iluminaciones casi proféticas a errores que hoy nos pare­
cen groseros.
La lógica, maestra de error y de verdad
I. Contra los antípodas y la gravitación universal.
A este respecto, guárdate bien de creer, oh Memmio, que todo tiende (como dicen
algunos) hacia el centro del universo, y que, gracias a esa atracción, el mundo se sostiene
sin la ayuda de los choques extemos y que las partes altas y bajas no pueden escaparse
en modo alguno, pues todo tiende hacia un mismo centro. —¿Pero, erees acaso que algún
cuerpo pueda ser el propio punto de apoyo de sí mismo?—y, para terminar, que los
cuerpos pesados puestos el uno al lado del otro tienden todos hacia la superficie superior,
y que descansan en tierra, a la inversa de los nuestros, como las imágenes invertidas que
vemos en el agua. En virtud del mismo razonamiento pretenden que debajo de nosotros
se pasean animales con la cabeza hacia abajo, y que sin embargo no pueden caer de la
tierra en las regiones inferiores del cielo en las que nuestros cuerpos no podrían, por sí
mismos, lanzarse en los espacios celestes; y, cuando estos seres ven el sol, nosotros vemos
los astros de la noche; y sus estaciones y las nuestras se distribuyen alternativamente,
y nuestros días y sus noches se corresponden. Esto es un absurdo error...
I, v. 1052-1088.
160
Lucrecio
Se pensará, tal vez, que los átomos más pesados, al caer más de prisa y rectos a través
del vacío, chocan desde arriba con los más ligeros y provocan así los choques de donde
se siguen los movimientos generadores de los seres. Pero ello sería apartarse y extraviarse
muy lejos de la verdad, Sin duda todos los cuerpos que caen a través'del agua o del
fluido tenue del aire deben acelerar su caída en proporción con su pesadez; pues los
elementos del agua y la naturaleza sutil del aire no pueden retrasar igualmente todos los
cuerpos, y ceden máí- rápidamente a la presión victoriosa de los más pesados. Pero, por el
contrario, nada puede nunca y en ninguna paite encontrar resistencia en el vacío, que,
por su naturaleza misma, no cesa de ceder; todos los cuerpos pues, cualquiera que sea
la desigualdad de sus pesos, deben caer en un movimiento igual a través de la serenidad
del vacío.1”
II, v. 225-239.
Los orígenes del lenguaje
[E l problema del l enguaje, que es el signo externo de l a superioridad del
hombre sobre los animales, ha preocupado a todos los filósofos. — A udacia serena
en la^ relación del hombre y lns animales. — H ábil deducción do los ejemplos
cuya sugestión acaba por probar. — Vigor en la observación.1
Finalmente, ¿qué de extraño hay en suponer que el género humano, dotado de la voz
y de la lengua, haya designado a las cosas, según la diversidad de sus impresiones, por
sonidos diversos? Los animales, privados de la palabra y las propias bestias salvajes emi­
ten sonidos diversos y variados bajo la impresión del miedo o del dolor, o incluso de la
alegría. En ello podemos hallar muy claros ejemplos. Cuando la cólera se apodera de
los grandes perros mojosos y rugen sordamente, sus blandas fauces recogidas descubren
sus sólidos colmillos, y el coraje que contrae su hocico amenazador produce sonidos distintos
dé los ladridos que estallan en seguida y que llenan el espacio. Pero cuando lamen suave­
mente a sus cachorros con su lengua acariciadora, o los voltean con sus patas y, mordis­
queándoles, simulan cariñosamente que los devoran sin apretar sus dientes, los acarician
con un ladrido que tampoco Se parece a los aullidos que lanzan cuando quedan abando­
nados en las casas, ni a sus gemidos cuando huyen cabizbajos de los palos. Y, por otra
parte, ¿no hay la misma diferencia entre los relinchos del caballo floreciente de juventud,
cuando se desboca en medio de las yeguas, bajo el aguijón del Amor alado, y cuando otras
pasiones sacuden sus miembros y el resoplido de sus narices abiertas llama “a las armas’ ?
Finalmente, las razas aladas, todas esas especies diversas de pájaros, gavilanes, quebran­
tahuesos, somormujos, que en las aguas saladas del mar buscan su alimento y su vida, no.
lanzan en otras circunstancias los mismos gritos que los que profieren cuando luchan entre
sí por su alimento, y contra una presa que les ofrece resistencia. Hay incluso algunos qutí
modifican sus roncos acentos de acuerdo con las variaciones del tiempo: vivas cornej as,
cuervos en bandadas, cuando anuncian, según se dice, la lluvia o atraen el soplo de
los vientos.
Por tanto, si las diversas impresiones impulsan a los animales, aunque privados de la
palabra, a emitir sonidos diversos, ¿cómo no es posible admitir que los hombres expresaron
realidades distintas a través de sonidos diferentes?
V, v. 1056-1090.
Los simulacros
[L os epicúreos explicaban las sensaciones afirmando que todos los cuerpos
emiten sin cesar formas sutiles o “simulacros” parecidos a sí mismos, y que pe­
netran en el organismo del ser capaz de experimentar sensaciones. — Riqueza
y variedad de l a observación (impresiones del campo y de l a ciudad, finamente
sentidas)-. — Pero ¿sta no prueba nada.]
II. La caída de los cu expos en el vacío.
106. Verdad demostrada por la experiencia de A twood.
i l . — l i t e r a t u b a l a t i n a
161
LA ftPOCA CI CERONI ANA
... Vemos muchos cuerpos faltos do sus elementos, que a veces se disipan en el aire,
como el humo o el calor que se desprenden do la madera verde o de la llama, y otras
veces forman un tejido más compacto, como esas delgadas túnicas que las cigarras des­
prenden a menudo en verano, o las membranas que Se separan de los cuerpos de los
»i-meros a su nacimiento, o la envoltura que la serpiente, deslizándose, deja en medio de
las zarzas, y que a menudo vemos flotar entre las espinas de los matorrales. Lo mismo que
esto, las pequeñas imágenes de las cosas deben separarse también de su superficie...
Y ciertamente, nosotros vemos a muchos cuerpos emitir esas emanaciones, no sola­
mente de su profundidad, como ya hemos dicho, sino también de su superficie, y a menudo
su mismo color.lw Es lo que sucede a menudo con los toldos amarillos, rojos y azules, que
extendidos y desplegados sobre nuestros grandes teatros,108 tiemblan y se ondulan entre
los mástiles y los travesanos. Pues, encima, la asamblea de los graderíos, los rostros de los
senadores y de las damas, las estatuas de los dioses, se tiñen de sus colores ondulantes;,
y más estrictamente cierran el recinto del teatro, y más en el interior todo se alegra del
encante que extienden al filtrar la luz del día. Sí las telas emiten los coloridos de la super­
ficie, todo objeto debe también emitir delgadas imágenes; en uno y otro caso la superficie
las lanza al espacio.
IV, v. 54-84; 72-86.
Otras veces, quanda-se....trata de explicar . fgnómqjiios.,.inabordables en
—aquel ..entonces.,(dimensiones de los astros, fases de la luna, eclipses, iman­
tación, etc.), Lucrecio.propone no una explicación, sino, varias, entre las cuales
. deja es coger... Incluso cuando alguna de ellas se aproxima (como es bastante
frecuente) a la verdad, se debe a un azar lógico, no a una adquisición cien­
tífica. Y, en todo caso, tiene buen cuidado, cuando no cuenta con medios
suficientes de control, en no decidirse a tomar partido entre diferentes hipó­
tesis . P-ero.Ja_-duda.-no..atormenta..a....Lucrecio._Pues su_objetivo,,es,„ante todo,
filosófico.;, quiere demostrar que un espíritu reflexivo, si adopta la teoría
atpin.ica, „encontrará, siempre explicaciones, .nat turai es _a los hechos jen Jos que
cL-Vulgo. ye J a „temible intervención de los dioses. Así le basta' presentii"con
fuerza y afirmar como creyente ciertas gr áñcl es ~T ele lis" directrices: permanen­
cia de las leyes físicas, determinismo, acción recíproca de los cuerpos y del
alma, evolución, selección de Jos seres vivos en la lucha por la vida, correla­
ción orgánica, etc. Ideas todas que, para nosotros, representan largas clasi­
ficaciones científicas, pero que, en Lucrecio, sólo son intuiciones muy vivas y
poderosas de una voluntad que se encamina hacia un fin moral.
Realismo e imaginación. — Este escritor destaca, incluso desde el p\ mto
de vista científico, por la riqueza y precisión,de sus .sensaciones y..por_el. rea-,
lisino de su iin agi na ción.-J.o.d o^-S u s^s en.tidoiL.cap t an el. universo, hasta en los
lü5-J¿^p^üxiñósJÍretalles;-una vista aguda, el tacto y el olfato eri extremos
sutiles, el oído apenas en menor grado. Por ello expresa, de modo mucho más
completo que cualquier otro escritor griego o latino, Ja diversidad sensorial
del mundo. Su física, que no descomponía los fenómenos de la apariencia,
le proporcionaba un rico material descriptivo. Mediante ejemplos o compa­
raciones, se acumulan en él las impresiones vivas y atrayentes de la ciudad
y del campo, con una precisión curiosa, pero sin sutilezas inútiles. Su cien­
cia se deja arrebatar también por los grandes espectáculos de la Naturaleza,
.107. Considerada como material.
108. A ci el o abierto.
162
Lucrecio
cuando se manifiesta en toda su fuerza y esplendor; cielos inmensos, aglome­
ración de nubes, largas contemplaciones de la mar infinita, líneas nebulosas
o claras de las montañas, abordajes irresistibles de las aguas y de los vien­
tos, etc. La^dfíscripción, fruto de las meditaciones v el orden de su imagi­
nación científica, rebasa incluso los llrm'f-p-sdr»Ja ..nhsnn¿Aci¿ii,pejSQnaI.-recrea
—llenos de vida intensa— los datos librescos, traza inmensos frescos dejas.
^revoluciones y batallas, reconstruye las edades prehistóricas, con un. realismo
tal —incluso en las hipótesis más audaces— que_ su obra adquiero realmente
el sentido y el valor de una epopeya de la .jiaíumltíza..Jis muy probable que
la influencia del De natura rerum se dejara sentir 110 sólo en el campo de las
letras sino también en el de las artes y en particular en el de la pintura. Sus
descripciones pudieron contribuir al desarrollo de ese amor romántico hacia
la naturaleza que descubrimos, un tanto insípido, en ciertos frescos de Pom-
peya que representan paisajes.
Trombas
[I maginación ci entífi ca .siguiendo una descripción griega (precisión técnica,
claridad en la representación)- — Movimiento y pintoresquismo (nótese la sor­
prendente l l aneza do la comparación). — Gnmdeüa cósmica,]
Además, lo que acabo de decir explicará fácilmente cómo se lanzan sobro el mar esos
“torbellinos” [presícres], cuyo nombre griego indica el origen.1™A voces una especie de
columna baja del cielo lanzándose en el mar, y Jas olas empiezan a hervir a su alrededor,
azotadas por los vientos impetuosos; y todos los barcos que en ese momento se ven sorpren­
didos entre tales convulsiones corren el riesgo de perecer con sus cuerpos y bienes. Este
fenómeno se origina cuando un viento de extrema violencia no logra romper una nube,
sino que hace presión sobre ella y la obliga a descender, como una columna, desde el ciclo
sobre la tierra, poco a poco, a la manera de un puño, de un brazo, cuya presión impulsar^
una^niasa y la obligara a extenderse hasta tocar las aguas. Por fin el viento desgarra la
nube, se escapa con violencia contra el mar y produce en sus aguas una ebullición extraor­
dinaria, Dicho viento de tromba desciende sobre el mar en sentido giratorio, arrastrando
hacia abajo a la nube flexible en ese mismo sentido; en el preciso instante en que la
incrusta pesadamente contra la superfìcie del mar, se precipita súbitamente, por entero, en
el agua, que levanta por doquier en su alrededor y pone en ebullición con un fragor
inmenso.
Sucede a veces también que un torbellino de viento se reviste de nubes al arrancar
por doquier, en el aire, los elementos de las mismas e imitar al “prester” bajado del cielo.
T^cuando se lanza y estrella contra la tierra vomita un huracán con remolinos de una
violencia espantosa. Pero esto último es rnuy raro, pues las montañas sirven necesaria­
mente de obstáculo: el fenómeno es más frecuente en el mar, en la inmensidad sin
límites de las aguas y del cielo.
VI, v. 423-450.
Guerras fantásticas
[I magi naci ón fantásti ca (sus elementos: obras de arte grecoasiáticas repre­
sentando escenas de caza; l a experiencia de los combates de circo entre hombres
y animales feroces. — Claridad y animación en las representaciones. — Engran­
decimiento épico, — Cf. las “Escenas de caza del león” del pintor Eug. De-
l acroi *.]
109. Significa "huracán abrasador” . L os antiguos establecían una relación entre el viento,
el ai re y el fuego (los relámpagos, en parti cul ar).
LA EPOCA CI CERONI ANA
... Se trató incluso de utilizar los toros en la guerra; se intentó arrojar contra los
enemigos feroces jabalíes. Y los ejércitos iban también precedidos de poderosos leones,
conducidos por domadores armados, sin piedad, capaces de moderar sus impulsos y con­
tenerlos con cadenas; precaución vana, porque, ardientes en medio de la confusión y la
matanza, se lanzaban furiosos, ocasionando el desorden en todas las filas, sin distinción;
sacudiendo por doquier sus espantosas crines; y los jinetes no podían calmar sus caballos,
espantados por los rugidos, ni conducirlos contra el enemigo. Por todas partes no se escu-
cliaban más que los brincos de leonas furiosas; saltaban al rostro de aquellos con quienes
se encontraban o, sorprendiendo a un hombre por detrás, le hacían caer de su montura,
le obligabán a rodar por el suelo con ellas y, teniéndole allí vencido, se aferraban a él
con sus potentes mandíbulas y sus encorvadas garras. Los toros lanzaban al aire a los suyos
y los hollaban con sus pezuñas; con los cuernos, bajando sus cabezas, abrían el costado y
el vientre de los caballos, o hacían surcos en el suelo con su testuz amenazador. Y los
jabalíes, con sus fuertes defensas, desbarataban a sus aliados; en vano se teñían de sangre
los tiros que se estrellaban en su carne: furiosos se lanzaban a la carga en mescolanza
contra caballeros y soldados de infantería. Y, para escapar de sus fieros dientes, los caba­
llos hacían rápidos quiebros y se ponían en pie, golpeando el aíre con sus cascos: hubierais
visto cómo caían, con las patas seccionadas, aplastando la tierra con su peso.
V, v. 1308-1333
El hombre primitivo
[I maginación creadora (que utiliza las fábulas sobre “la edad de oro” , pero
con un espíritu realista). — I nclinación idílica haci a 3a frescura de In naturaleza
primitiva, incluso con sus asperezas. — A ntítesis moral implícita del hombre
“natural” con el tipo civilizado “corrompido” .]
La raza de los hombres que vivía entonces en los campos era mucho máis dura [que
la de hoy], como correspondía a lujos de la tierra; el armazón de sus huesos era mayor
y más sólido, su carne era una contextura de músculos potentes; y ni el calor ni el frío,
ni el cambio de alimentos, ni enfermedad alguna hacían fácil mella en ellos. Y durante
muchas revoluciones solares y muchos lustros prolongaban su vida en el vagabundeo de
los animales salvajes. No había ningún robusto labrador que guiara el corvo arado; nadie
sabía mover la tierra con el azadón, ni hundir en el suelo los tiernos vastagos, ni cortar
con la podadera las viejas jamas de los grandes árboles. Los dones del sol y de la lluvia
y las producciones espontáneas de la tierra bastaban para contentar sus corazones. Cal­
maban casi siempre su hambre en las encinas cargadas de bellotas; y los madroños, que
ahora veis madurar en el invierno, tiñéndose de púrpura, eran entonces más abundantes
y más gruesos que hoy. Y el mundo, en su juventud florida, ofrecía entonces muchos
otros alimentos agrestes, grandes riquezas para esos miserables. Cuando querían calmar
su sed, los arroyos y las fuentes los llamaban, como aún hoy un torrente, precipitándose
de las altas montañas, llama con su clara voz a los animales sedientos. Y, además, sus
correrías errantes Ies enseñaban los refugios silvestres de las ninfas, donde ellos sabían
que el agua, desbordándose en ancho velo, se deslizaba sobre las rocas húmedas, las rocas
húmedas que gotean sobre el verde musgo; o las fuentes que gotean aún con un caudal
abundante en el campo desnudo. Y aún no sabían utilizar el fuego, ni servirse —para
cubrir sus cuerpos—de las pieles o despojos de los animales: habitaban los cobertizos,
los antros y los bosques, y hundían en medio de la maleza su cuerpo lleno de barro para
escapar del azote de los vientos y de las lluvias.
V, v. 925-957.
Sensibilidad y pasión. — Esta epopeya no carece _de alma: la personali;
dad de Lucrecio se impone de un.extremo a otro„del.poema.y logra algo dis­
tinto y mayor que una exposición de doctrinas epicúreas, o incluso que un
himno "entusiasta a la belleza y'grandiosidad dé la" Naturaleza. En realidad
„..hallamos„en..él ..contradicción acuerdo entre una sensibilidad elegiaca y
nna_voluntad científica autoritaria.
164
Lucrecio
El placer de vivir, la ternura por la actividad espontánea de los seres, los
presentimientos de idilios sonrientes podrían explicarse, en rigor, por el goce
mismo de la contemplación poética. Mas no la angustia anté las debilidades
y las miserias de los nombres, que nos hiere de vez en cuando, como a pesar
de la voluntad del poeta, a menudo con una sola palabra o por una entona­
ción. Así ocurre cuando evoca a los mineros, o, con un aparente desapego, los
cambios perpetuos entre la vida y la muerte:
Por último, fíjate en esos lugares donde los mineros persiguen las venas del oro y de
la plata, surcando con el hierro las entrañas de la tierra. ¡Qué exhalaciones se elevan
desde las galenas de Escaptesulal u0 iQué impurezas desprenden las minas de orol |Qué
rostro presentanl ¡Qué tinte dan a los hombres! ¿No ves, no oyes decir cuán rápidamente
mueren? ¿Cómo está presta a agotarse la vida de aquellos a quienes la urgente y dura
necesidad obliga a afrontar este trabajo?
VI, v. 808-815.
Unas veces en un lugar, otras en otro, triunfan y perecea en el mundo los principios
de la vida. Las lágrimas de los funerales se mezclan con los vagidos que elevan los
niños cuando nacen a la luz; y nunca la noche sucede al día, ni la aurora a la noche,
sin oír los vagidos dolientes de los recién nacidos mezclándose con las lamentaciones com­
pañeras de la muerte y de su negro cortejo.
II, v. 575-580.
_Lucrecio habla en particular de la muerte, con una fría objetividad.unas
veces; otras, con una dureza realista y cruel; en ocasiones busca efectos de
terror macabro, como Villon en Francia: pero, por encima de todos estos
rasgos, notamos la obsesión dolorosa por la que combate y sufre.. Igual
sucede cuando describe loF vicios y los errores denlos hombres.
Esta sensibilidad aparece duramente contrastada. Pero Lucrecio, que bus­
có la serenidad en Ia contemplación .científica,. pretende, por jjste mismo...car.
mino, proponer, a la humanidad el remedio supremo,, al menos de. su mi:.
serias morales. Este objetivo, ardientemente perseguido, le parece difícil
alcanzarlo en ocasiones. De ahí el pesimismo amargo en que desemboca. Fla­
gela, con una especie de alegría salvaje, las ilusiones y los vicios de los
hombres, la avaricia, la ambición, la lujuria. No lo lograría si no hubiera
alcanzado personalmente la paz espiritual y no quisiera el bien de sus se­
mejantes. ^w_ello_Ja_pasión, ardiente en medio de la exposición científica,
revela un corazón que sufre noblemente.
La combinación del pesimismo y la..pasión.explica-el violento espíritu
antirreligioso de Lucrecio. Quiso, siguiendo a Epicuro, encontrar en el temor
de los dioses y de la vida futura el origen de todos los desequilibrios huma­
nos. Es, pues, para él, la gran enemiga. Por eso el tono con que habla de la
religión no tiene nada de sereno; ataca con un coraje destructor los cultos,
y a los sacerdotes en especial, cuando no a los dioses (Venus, Cibeles, etc.),
de los que la física epicúrea postulaba su existencia (ya que se veían en sue­
ños sus “simulacros”), pero que, según su doctrina, vivían inactivos y serenos
en los intermundos, sin preocuparse de los hombres.
110. L ugar de la Trnci a, rico en minas de plata.
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
En cierto sentido, nuestro enemigo de la religión es un fanático. Se en­
tregó, como Pasca], a la ciencia, sin poder dominar su corazón; desprecia a
los hombres pero sin dejar de sentir compasión por ellos y con intención de
“salvarlos”.
El hombre y la muerte
[Escenografí a muy dramática. — Espíritu de sátira y de violenta ironía. —
Progresión grandiosa. — El ocuenci a “de sermón” , viril, tomada de l a N atu­
raleza. — Pintoresquismo íntimo.]
“De ahora en adelante,111 ya no te recibirá alegre tu casa, ni tu excelente esposa,
ni tus hijos queridos correrán a tu encuentro por tus besos y llenarán tu corazón de un
dulzor secreto. Ya no podrás garantizar la prosperidad de tus negocios ni la seguridad
de los tuyos. ¡Ay desdicha!, dicen, ¡oh desdichado! ¡Tantas alegrías durante la vida,
y ha bastado un .solo día funesto para arrancártelas todas!” Sin embargo,112 se guardan
muy bien de' añadir: “Pero el deseo de todos estos bienes no te acompaña, y no pesa
sobre ti en la muerte.” Si tuvieran plena conciencia de esta verdad, y ajustaran sus pala­
bras, liberarían su espíritu de una angustia y un temor muy grandes. “Tú, al igual que
te dormiste en la muerto, permanecerás el resto de tus días, exento de dolor y de mal.
Pero nosotros,118 muy cerca de esa horrible hoguera114 en la que acabas de reducirte
a cenizas, te hemos llorado sin saciedad, y esta pena eterna no la podrá arrancar ningún
día de nuestro corazón.” A quien habla así hay que preguntarle qué puede haber
realmente amargo en la muerte, si todo se reduce al sueño y al reposo, para que alguien*
pueda consumirse en un luto eterno. /
Otros, en cambio, una vez recostados junto a las mesas y con la copa en la mano,
y lá frente llena ríe coronas, gozan en decir con un tono firme: “Breve es para los pobres
hombres el goce de estos bienes; pronto pasarán, y jamás podremos invocarlos de nuevo.”
Como si, en ia muerte, el primer- mal a temer por los desdichados fuera sentirse quema­
dos o abrasados por una sed ardiente o sentir pesar sobre sí la pena de cualquier otra
cosa. Nada, en efecto, hace que nos arrepintamos de nuestra persona y nuestra vida
cuando el espíritu y el cuerpo descansan igualmente dormidos...
En fin, si, tomando de súbito la palabra, la Naturaleza en persona nos dirigiera a uno
de nosotros estos reproches: "¿Qué es lo que tanto te importa, oh mortal, para entre­
garte a este dolor y a estas quejas desmesuradas? ¿Por qué ia muerte te arranca estos
gemidos y estas lágrimas? Sí tú has podido gozar a placer de tu vida pasada, si todos
esos placeres no han caído como en un vaso roto, si no se han derramado y perdido sin
fruto, ¿por qué, cual un comensal harto, no te retiras de la vida?; ¿por qué, pobre igno­
rante, no tomar con buen ánimo un reposo tranquilo? Si, por el contrario, todo lo que
gozaste se derramó, perdiéndose; si la vida era una carga para ti, ¿por qué querer alar­
garla con un tiempo que debe, a su vez, desembocar en un triste fin y disiparse por com­
pleto sin provecho? ¿No es mejor poner un término a tus días y a tus sufrimientos?
Porque no puedo, en adelante, hallar cualquier invención nueva para complacerte: las
cosas .son siempre iguales. Si tu cucrpo no cae decrépito por los años, si tus miembros
no languidecen de agotamiento, debes siempre esperar lo mismo, incluso si la duración
de tu vida rebasara todas las generaciones, y, más aún, si no tuvieras que morir.” ¿Qué
responder, sino que la Naturaleza defiende una causa justa y. que pleitea con la verdad?
III, v. 894-920; 931-951.
La lengua y el estilo. — Esta personalidad poderosa, con sus flujos y
reflujos, da al Natura rerum una variedad sorprendente bajo la rigidez del
111. El autor finge que habl an los amigos del muerto.
J. 12. Nota sarcástica de L ucreci o.
113. I roní a: la ternura de los supervivientes para con ellos mismos.
114. Donde han quemado el cadáver.
166
La poesia innovadora
razonamiento doctrinal. Pero la lengua y la verificación andan unidas: pre­
sentan arcaísmos que se remontan a Ennio: se trata sin duda _de..una_CQncepL-
ción que relaciona, Ja.;ppesfa. didáctica con Ia_ epopeya y trata de darle un
tmte_^de..rantí.güedad._.HaUamos, por tanto, en el poema muchas formas
arcaicas y gran abundancia de adverbios yuxtapuestos, que precisan el pen­
samiento con precisiones sucesivas. La aliteración es frecuente, aunque reser­
vada normalmente para efectos pintorescos. El período poético, por el con­
trario, es ya casi clásico: amplio y variado, nutrido con adquisiciones^le Ta^
Qjcaloria,„¿exible _y vivo, eji^cL^^ri^i^nlo.en. sL_ap asijon amie.n tQ,_p.em_siem-
RtevJ.esado..enJas^dedu ccionesp uram ente J ó gicas. En su conjunto, la esencia
dei estilo corresponde a la grandeza de la obra.
Conclusión. — No existe, sin duda, un poema científico más bello que el
De natura rerum. Para juzgar mejor, deberíamos conocer los de los antiguos
filósofos griegos. Parece que superaban a Lucrecio en serenidad, pero nunca
en entusiasmo científico ni en sinceridad. Lo más importante es que hallamos
en Lucrecio una de las naturalezas más ricas que jamás existieron,-' conserva ..
í:aL_V£z_de,_sujaza.eJ. realismo,, la viril voluntad de acción, el movimiento
jnfatigable, la aspereza .satírica y la riqueza descriptiva:- pero la rebasa en
mucho por su sentido realmente científico y su comprensión, sensible y psico-
Jógica a la vez, de la Naturaleza, universal.'/ ' ’
4. La poesía innovadora
A pesar de su epicureismo, Lucrecio pudo agradar a Cicerón, por el
carácter tradicional y' clásico —por decirlo así— de su arte. Pero, al mismo-
tiempo, algunos jóvenes poetas rompían, uo sin escándalo, con los hábitos m
ya inveterados que había impuesto el éxito de Ennio y de los trágicos._
Estos innovadores (vecútspot) se proponen sustituir los largos poemas imper-
sonales, que encuentran afectados y llenos de “clíclíés’ convención alés^Tpor '
piezas cortas, cuidadas, individuales en p 1 sentimiento y en el arte, que se
imponen incluso a las refinadas por la originalidad de lapresentación.
El antiguo y el nuevo “ estilo alejandrino”. — Ello significa emprender
bajo su propio riesgo el_movimiento de reacción contra el clasicismo que, en
el mundo griego, se habia desarroTlacto crT"el sigío^in y ’iiábía encontrado
entonces su centro Alejandría, en Egipto, donde el~Museo y la Biblioteca
de los Tolomeos agrupaban a sabios y escritores de todas las procedencias:
de ahí el nombre de “alejandrino ’ que se da a este movimiento. Éñ~aquel
entonces ^se renovó la poesía griega con la obra del elegiaco Filetas^de Cos,
107"’
LA EPOCA CI CERONI ANA
Calimaco, autor de himnos y de epigramas, Eratóstenes .y. Arato, que escri-
Tjíeron"sobre astronomía y meteorología, el oscuro Licoirón, Teócrito y sus
Idilios, Herodas y sus mimos, Euforión de Calcis, con sus elegías y epi­
gramas. Aunque muy diversos en el fondo-torios esfns poetas se parecían
por una voluntad artística refinada y mundana^ por su complacencia en Ja
erudición y en las " maneras elegantes: .y: por su afición al detalle familiar
y pintoresco. .Detestaban los fárragos y sacrificaban de antemano la regula­
ridad del plan; practicaban las alusiones furtivas v los sobreentendidos según
la práctica de los amantes muy diestros.
Estas tendencias se habían perpetuado en la poesía, griega, aunque muy
débilmente, durante los dos primeros tercios del^sigln tt. Se manifestaron en
seguida con un nuevo ardor, aunque tenían entonces a Roma por polo de
atracción tanto, o g AUjanHi-ía- Nicandro de Colotón escribió desde
Pérgamo poemas didácticos sobre las mordeduras de los animales salvajes
y los contravenenos; el pseudo-Mosco, idilios rústicos; Arquias, a quien Cice­
rón habría de defender, se constituyó en el cantor de las grandes familias
romanas; Meleagro de Gádara, satírico y epigramatista de gran ingenio,
editó la primera antología de pequeñas composiciones griegas (epigramas)
de todas las fechas; Partenio de Nicea, llevado como esclavo a Roma en 73,
y libertado después, ejerció gran influencia a través de sus elegías mitológi­
cas y, quizá de su enseñanza.
El ilestilo alejandrino” romano. — El movimiento renovador de la poe­
sía romana no se explica sólo por la pendiente regular que debía conducir
a los latinos a imitar a los alejandrinos a continuación de los clásicos griegos
ni por el traba"}o-3é"'Ios profesores que tratan de refinar a sus mejores discí­
pulos, ni por un deseo espontáneo de reacción contra una rutina más que
centenaria, aun cuando todos estos factores hayan contribuido. También
intervino una “atmósfera”_de„ actu alidad, „en que una poesía grieglT^arffla ^
empezaba a desembocar en las Tendencias mundanas. de._ima._parte,--aún^
restringida, de la alta sociedad romana. El nombre de “estilo alejandrino”
sólo le cuadra a medias, y sobre todo desde un punto de vista técnico; tanto
más cuanto que los latinos (como también Meleagro) continuaban leyendo
e imitando a los clásicos al lado de los alejandrinos.
El erótico L ev i o {¿en tiempos de Sila?) desempeñó el_papel„de precursor,,
el gramático PT~V a l er i o C a t ó n , de teórico, aunque también ofreció ejemplos
(¿Dirae o “Imprecaciones”, y Lydia?). Luego estos poemas se multiplican,
bajo la mirada reprobadora de Cicerón.113 Tres de ellos forman grupo, en
amistad y en gustos literarios: Hel v i o C iña tardó nueve años en dar sus
115. T i c i u a s , C o r n i f i c i o , Su ey o , C asi o d k P ah m a, enemigo de César; C asi o d e Emú-
h i a (?), del que se mofa Horacio. — Oíros, pese a experimentar la influencia de los “innova­
rlo res'*, no renuncian ni género clásico de la epopeya nacional: H o s t i o con su Guerra de Istriti;
F i t r i o B i b á cu i .o , que atacó a César y escribió una Guerra de las Gallas; P. T k h k n ci ü V ar p ó n
d e A u d a, autor de elegías, de una epopeya mitológica sobre Los Argonautas y u na Guerra de
los Secuanos.
168
Catulo
toques definitivos a su Zmtjrna, que, desde su nacimiento, necesitó de co­
mentario; L i c i n i o C a l v o , a quien encontraremos como orador, autor de epi-
pramas y de poesías eréticas y didácticas, escribió una epopeya mitológica,
Id; C. Va l er i o CA'i^^q^er“uñ^cój'^”3e~eñtre todos, del que poseemosalgo
más que míseraHles^frágméñl:os, nos permite, finalmente, penetrar en este
“Cenáculo”.
i CATULO Procedía de una excelente familia de Verona.
/ Hacia 87-hacia 54 a. C. Vino a Roma y se consumió entre estudios y pla­
ceres, sobre todo cuando se dejó arrastrar por
su pasión hacia aquella mujer a quien llama Lesbia (sin duda'CIodia, her­
mana de Clodio el tribuno). Una ruptura precedió al desempeño de su
cargo oficial en Bitinia, en el estado mayor del propretor Memmio, que no
llenó su bolsa como él esperaba; luego, el regreso a Verona, y a Roma, con
un nuevo periodo pasional desesperado; tuvo lugar su reconciliación con
César, antiguo huésped de su familia, a quien había atacado en epigramas
virulentos: murió poco después, en plena juventud.
La obra; la sociedad catuliana. — Las 116 composiciones que nos han
llegado de él, cortas en su mayor parte (algunas no tienen más que dos
versos), no figuraban tal vez en su totalidad en el Jibellus editado por el pro­
pio Catulo con úna dedicatoria a Cornelio Nepote. Actualmente se encuen-
tran agrupadas, no por temas ni pó'r orden cronológico^sino de~a5uércló_cÓn ía
^extensión y el meiro; en primer lugar los “epigrama^ de forma lírica .(gene­
ralmente en yambos); luego dísticos eÍegiaTO5''Xvease más adelante, p. 281).
La colección ño comprende rodas Jas" poesías3e Catulo.
Puede parecer preferible distinguir las composiciones de inspiración per­
sonal en que se pintan, bajo formas muy diversas, la pasión, las amistades y
los odios del poeta; —las composiciones líricas de carácter semirreligioso:
himno a Diana (n.° 34), epitalamios (núms. 61 y 62); —los poemas cultos
(epyllia) de marcada inspiración alejandrina: La caballera de Berenice, plagio
de Calimaco, que había imaginado la metamórfosis de los cabellos de la
reina de Egipto en cometa (n.° 66); Atis, que pinta mitológicamente el deli­
rio orgiástico de los secuaces de CiTSeíes (n.° 63); la pequeña epopeya de
las Bodas de Tetís y de Peleo, el más largo de todos (cuenta con 408 versos)
(n.° 64).
Pero, de hecho, la colección nos pinta tal vez mejor, en su desorden de
inspiración, esa sociedad de jóvenes ardientes, curiosos y alegres, estetas
a un tiempo, que unen en ellos los fines "¿el , arte por el arte”, la disi-
pación mundana y la vida sentimental m Asa potadora Se retan, se invitan,
se adulan, se injurian, cambian versos entre sí, juzgan los de los demás, y
siempre con la misma viveza pasional, ya se trate de literatura o de amistad,
de confidencia íntima o de cincelado “ajéjandrino”. Y Catulo parece haber
pasado, con la mayor facilidad del mundo, de lo uno a lo otro.
169
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
Un amigo1“
¡Oh Veranio, el mejor de todos mis amigos, aunque tuviera trescientos mili ¿Regre­
saste a tu casa, junto a tus penates,“7 a tus hermanos tan unidos, y tu anciana madre?
¿Sí? jOh, qué feliz noticia! | Te veo regresar sano y salvo; te oiré hablar de Iberia,“4
lugares, historia, pueblos, como tú sabes hacerlo; y, tomándote por el cuello, besaré tu
hermoso rostro y tus ojos! [Ohl Entre todos los hombres, ¿hay alguno más contento, más
feliz que yo?
Carmina, 9.
Una “cabeza de turco” u'
Furio, vuestra pequeña quinta no está expuesta ni al soplo del Austro ni al de Fa­
vonio, ni al terrible Bóreas o a] Afeliota,“0 sino a [una hipoteca de] quince mil dos­
cientos sestercios.“1 | Oh viento horrible y pestilente!
Carmina, 26.
A Calvo1"
... [Dioses omnipotentes! i El horrible, el maldito librillo! Sin duda, lo has enviado
a tu Catulo para que muriera de repente, el día de las Saturnales, el día más hermoso.
No, no, gracioso, no lograrás tu propósito: desde que salga el sol, iré corriendo a las
tiendas de los libreros; reuniré los Cesios, los Aquinos, Sufeno y otras drogas venenosas
y te devolveré suplicio por suplicio. Y vosotros, entretanto, Isalud! Marchaos a los lu­
gares que abandonasteis para poner aquí vuestros malditos pies, maldición del siglo,
poetas detestables.
Carmi na, 14, v. 13-23.
A Cicerón “
lOh el más elocuente de los nietos de Rómulo, que son, fueron y serán en los años
futuros, Mareo Tulio! Te da infinitas gracias Catulo, el peor de todos los poetas tan
mal poeta como tú eres el mejor de los abogados.
La distinción de los géneros. — Catulo tiene el firme propósito de .no
f
licar los mismos procedimientos de arte a los diversos géneros que cultiva.
IñenthrTiüeTlas coniidgncias íntimas^han de ser cínicas; los ataques perso­
nales, violentos^has ta Ia~des£0^siá71ti¿lfíñézas7 IHégájjtlVly] am anér adas •’“los"
joemas de-corte-aíejandríno, tortuosos v pIñtorescos~Se~ajusta a estos prin­
cipios, y la lengua V el metro y la estructura misma .de la frase son consé-
cuentemente estudiados. De ahí la extrema variedad._de tonos: el tempera­
mento, la edad y el género de vida de Catulo se prestaban a ello; pero
trabajó también para adaptar de modo sistemático —podría decirse— la
116. Nótese la exaltación, müy llena de juventud, un tanto meridional, de los sentimientos.
117. Los dioses más íntimos del hogar.
118. España, «donde Veranio tuvo que acompañar a un gobernador de provincia. Nótese
la dosis de curiosidad intelectual en esta amistad de juventud.
119. Furio, pobre, pero que intentaba darse la "gran vida” a base de préstamos, es objeto
de frecuentes burlas por parte de Catulo.
120. Los antiguos sentían gran temor de los vientos que, según creían, acarreaban las
enfermedades.
121. Más de 85.000 ¡pesetas.
122. En las Saturnales {17 de diciembre) en que se hacían regalos, Calvo envió a su
amigo, en broma, una selección de poemas malos, con los que le habían obsequiado a 61 tam­
bién. Nótese la alegría y la exageración bromista de- esta cólera fingida.
123. Ciertos sabios creen que la obra es satírica.
124. Según Cicerón, que despreciaba a los “predicadores de Euforit'm”.
170
Catufo
lengua latina. En todo caso, tenía clara conciencia de ello, y algunas veces
lo sorprendemos ensayando, contra su propia costumbre, la yuxtaposición de
tonos, como para probar su maestría y su libertad de artista.
Luto y poesía
[La muerte, vivamente sentida, de un hermano mayor muy querido retrasó
la terminación de un poema (La cabellera de Berenice) que Catulo había pro­
metido a Ortalo, y que le envía por fin (hacia 60). — Epístola elegiaca en dís­
ticos. — Graciosa desenvoltura con que Catulo se dirige a su amigo y deja
morir la elegía sin terminar, — Oposición de un dolor muy sensible, aunque un
poco amortiguado, y de un cuadro gracioso, a la moda alejandrina (que prepara
a la lectura del conj'unto del poema). — Precisión carente de retórica en el estilo.]
La cruel pena que me abate sin cesar me mantiene alejado de las doctas vírgenes,“1
Ortalo,1” y los dulces frutos de las Musas no pueden brotar en mi alma, agitada por
tantas tempestades; que ha muy poco aún que la Onda que avanza en la garganta del
Letco ha bañado los pálidos pies de mi hermano; que la tierra troyana lo cubre en las
playas de Reteo, robándolo a nuestras miradas; aun si te dirijo la palabra, jamás te oiré
hablar de lo que has hecho; jamás, oh hermano mío, que me eras .más querido que
la vida, te veré un el futuro; pero, al menos, te amaré .siempre; siempre escribiré en mi
rotiro cantos tristes por tu pérdida, semejantes a los gemidos que deja escuchar, en las
sombras espesas, la daulia,“1 lamentando la cruel muerte de Itilo. Sin embargo, a pesar
de un dolor tan grande, Ortalo, te envío, traducidos por mí, estos versos del descendien­
te de Bato,™ para que no creas que tus palabras, ahandonadas a los caprichos de los vientos,
se escaparon de mi memoria como una manzana, presente furtivo enviado por un amante,
cae desde el seno de una casta doncella cuando, sin acordarse de que la había dejado
bajo su muelle túnica, se levanta, la pobre niña, de un salto junto a su madre y la deja
caer a sus pies; la manzana .rueda adelunte en su rápida carrera; la joven siente cómo el
rubor de la vergüenza se extiende en su rostro desolado.
Carmina, 85.
La fantasía. — Esta yoluniad^artística viene acompañada por una fan-,
tasía alegre, que parece "totalmente espontánea. De hecho se trata de una
adaptación denlos mundanos ecos liTejarKinnos/ T’ero esta adaptación es muy
viva y pej-sonal porque sólo entonces Roma se inicia en los suaves modos
de~Ia cortesía^"a los que Catulo se entrega complacido. Por ello las “baga-
telas”'l(mtgaé): esquelas alegres, bromas en las que se descubre con'toda
intensidad su temible violencia satírica, galanterías a la vez sutiles, tiernas
e imperceptiblemente burlona, Roma no conocía aún ese arte de hacer algo
de lo que no es nada.
El gorrión de Lesbia
[Tema alejandrino del aniinalillo.amado. — Juego a modo de treno (poema
funerario) sobre la muerte de un animal (numerosos “epigramas” griegos lo prac­
tican). — Galantería halagadora y muy discretamente irónica.]
Llorad, Venus;m llorad, Amores; y vosotros también, graciosos enamorados. Ha
muerto el gorrión de mi amiga, el gorrión que Inicia sus delicias, que ella quería más que
125. Tal vez el orador Hortcnsio.
126. Las Musas.
127. Filomele, csjíosa del rey de Daulis, transformada en ruiseñor tras la muerte de su
hijo Itis (o Itile), que había matado a su hermana j>or venganza.
128. Calimaco, que pretendía descender de Batos, fundador griego de Cirene.
129. En plural: ¿Venus y las Gracias, sus compañeras?
171
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
a sus ojos, pues era dulce como la miel y conocía a su dueña como una niña conoce a su
madre; no se apartaba nunca de su seno, sino que, saltando de acá para allá, no cesaba
do piar para ella sola. Ahora marcha por el camino de las tinieblas"al país de donde nadie
regresa, según suele decirse. En cuanto a vosotras, quedad, malditas, crueles tinieblas de
Orco,1“ que devoráis todo lo bello; 1,0 ]y era tan bonito el gorrión que me habéis arre-
batadol jQuó desgracia, pobre gorrioncitol Ahora, por tu causa, los dulces ojos de mi
niña se han lacerado, rojos de lágrimas.
Carmina, 3.
Sensibilidad y pasión. — Pero, al aportar a estos juegos toda su sensi­
bilidad, que era muy viva y llegaba de grado al exceso, Catulo parece haKer
alcanzado muy pronto la pasión que fue a la vez su tortura y la fuente de su
inspiración más elevada. Podemos, ordenando estos poemas dispersos, seguir
una hi$toríá~dblorosa de alegrías, de miserias y de rebeliones, trazada con una
sinceridad y una simplicidad abrumadoras. El arte no está, sin embargo,
ausente, y no faltan las imitaciones, en particular de la poetisa Safo (siglos vn
y vi); y nada existe sin embargo más personal ni más auténtico.
Al borde de la pasión1”
[Oda breve en estrofas sáficas (3 endecasílabos, _ _ u_ uu _ u_ ^y lln
verso más corto, de 5 sílabas: uu u •— Traducción libre de Safo en las
tres primeras estrofas. — Exactitud moral y sentimiento romano en la última.]
Me -parece que es semejante a un dios; me parece, si ello es posible, que supera
a los dioses aquel que, sentado frente a ti, puede contemplarte y escucharte a menudo,
con dulce sonrisa,^clicha que priva a mi alma de todos mis sentidos; porque; apenas te
veo, Lesbia, la voz se apaga en mi boca, mi lengua se paraliza, un fuego sutil corre por
mis miembros, un zumbido interior colorea mis oídos y una noche doble se extiende sobre
mis ojosTlLa ociosidad, Catulo, es funesta para ti; la ociosidad crea en ti demasiados arre­
batos df excitación; la ociosidad, antes que a ti, ha perdido a tantos reyes y ciudades
florecientes.
Carmina, 51.
La mujer que amo dice que no querría unirse con nadie más qrie conmigo, aunque
el propio Júpiter se lo pidiera. Así lo dice; pero lo que la mujer dice a un amante ciego
conviene escribirlo en el viento y en el agua deslizante.
Carmina, 70.
Fíjate a qué extremos ha llegado mi alma, Lesbia mía, por tu culpa; basta qué
punto se ha perdido por su fidelidad; en adelante, ya no podrá quererte, aunque te con­
viertas en la mejor de las mujeres, ni dejar de anhelarte, aunque pongas todo tu empeño.
Carmina, 75.
Odio y amo. Tal vez preguntes cómo es posible. No lo sé; pero lo siento, y es una
tortura.
Carmina, 85.
130. Dios de la muerte; o los Infiernos, en que habita.
131. Cf. más adelante, p. 293, El drama de la enfermedad.
132. La pasión amorosa era considerada por los antiguos como una enfermedad irresistible.
172
Catulo
[Meditación dramática, en la que el poeta se desdobla (se ha supuesto incluso
un diálogo entre él y su Genius.- véase p. 249, nota 179); y súplica desesperada a
los dioses. — Ironía vieja y violencia contenida. — Duda y voluntad. — Natu­
ralidad con que se precisa con todas sus tonalidades un dolor complejo; simpli­
cidad absoluta en 3a expresión. — Cf. de Musset, La nuif d’octobre.]
Si el- hombre encuentra placer en acordarse de sus buenas acciones pasadas, cuando
dice para sí que ha cumplido todos sus deberes, que no ha faltado jamás al juramento,
que en ningún pacto invocó falsamente el poder de los dioses para engañar a los hom­
bres, tú has preparado muchas alegrías, oh Catulo, por larga que sea tu vida, por este
amojr desgraciado. Pues todo el bien que los hombres pueden hacer al prójimo con sus
palabras y sus obras, tú lo has dicho y hecho, y todo ha terminado por confiarte a un
alma ingrata. Entonces, ¿por qué seguir torturándote? ¿Por qué no quieres robustecer tu
ánimo, apartarte de allí, también, y dejar de ser desdichado, si tienes a los dioses en
contra tuya? “Es difícil desprenderse bruscamente de un antigua amor.” “Es difícil, pero
debes lograrlo a toda costa. Ésta es tu única salvación, y ello es la victoria que debes
alcanzar; así debes obrar, sea ello posible o no."
Oh dioses, si la piedad es vuestro atributo; si nunca los desdichados, presa de la
muerte, recibieron ya de vosotros una asistencia suprema, volved hacia mí vuestras miradas
en mi miseria, y, si es cierto que mi vida ha sido pura, arrancad de mí esta enfermedad,
este azote, que, deslizándose como un letargo en mis fibras más recónditas, ha echado
toda alegría fuera de mi corazón. No pido ya que esa mujer corresponda a mis ternuras,
o, lo que es imposible, que quiera respetar su pudor; yo sólo aspiro a ornar y a liberarme
de esta enfermedad negra. Oh dioses: otorgadme esa gracia como premio a mi piedad.
Carmina, 76.
Los poemas “alejandrinos” y su técnica. — Catulo contaba sin duda en
mayor grado, para cimentar su gloria, con los poemas de una cierta exten­
sión. en los que usaba todos los procedimientos alejandrinos, y cuyo modelo
más completo son Las Bodas de Tetis u Peleo. Los dioses acuden para asistir
a la boda de la Nereida que se ha enamorado del Argonauta Peleo: tema
mitológico y delicado, que permitía a la. vez la suntuosidad decorativa y el
detalle familiar. Por otra parte, el desarrollo de la acción no es continuado
ni regular; salta sin transición deTepisodio en episo.diQ,_,_y. el.,p.oeta...busca,
incluso el modo ele intervenir en los hechos. Interviene además en el relato,
comentaTlos acontecimientos. Incluso intercala en la acción principal, so
pretexto de describir la tapicería que recubre una cama, una leyenda total­
mente distinta, como la de Ariadna abandonada por Teseo en la isla de Día
y recogida por Baco;. ¡y ese tema, tratado en sí mismo, ocupa más de la
mitad del poema! En su conjunto, im epyllion de este tipo está muy lejos
de la antigua epopeya. Lo está también por el detalle desigual, preciso y
minucioso, mundano, amanerado a veces, o “artista”, destinado a excitar la
curiosidad, a sugerir relaciones de carácter literario o el recuerdo de obras
de arte conocidas a lectores tan sutiles y pedantes como el poeta mismo.
Sin embargo, notamos la huella del gran poeta: la antítesis de las “bodas
justas” y la pasión destructora da una cierta unidad a la obra; las quejas
de Ariadna poseen un palpitar dramático en que se inspirará Virgilio para
pintarnos a su Dido; y algunos pasajes descriptivos muy hermosos nos hacen
experimentar, sin demasía, las más fugitivas sensaciones. Sin duda Catulo
prestó su mayor servicio, con esta labor minuciosa, a los poetas de la época
clásica.
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
Q u cj as de A r i ad n a
[Tcsco, en los recovecos del laberinto cretense, lia logrado dar muerte al Mi-
notauro, monstruo de cucrpo de hombre y cabeza de toro, gracias a la ayuda
de Ariadna, hija del rey Minos y hermanastra del Minotauro. Hn raptado a la
joven, que marcha do buen grado, pero, al amanecer, la abandona dormida en
la orilla de una isla desierta. — Composición psicológica ordenada y cambiante
a un tiempo. — Movimiento dramático. — Ciertos efectos retóricos y gnómicos
tomados de la tragedia. — Balanceos y palpitaciones líricas. — Cf. Virgilio,
Eneida, v. 296-553.]
¿Así me trajiste lejos de los altares de mis padres sólo para abandonarme en una playa
desierta, pérfido, pérfido Teseo? ¡Así obraste, sin temer el poder de los dioses, ingrato, y
regresas a tu hogar con el perjurio maldito! ¿Nada pudo doblegar tu cruel propósito? ¿No
había en ti generosidad bastante para que tu corazón bárbaro consintiera en compadecerse
de mí?
No es esto lo que otras veces prometía tu voz acariciadora; no es eso lo que me
pedías que esperara, desdichadamente, sino una unión dichosa y uu deseado matrimonio;
todo vanas palabras que se llevaron los vientos. Y, ahora, que ninguna mujer dé crédito
a los juramentos de los hombres; que ninguna espero oír de la boca de un hombre pala­
bras sinceras; mientras que el deseo de obtener algún favor les quema el corazón, no
temen hacer toda clase de juramentos, no escatiman promesa alguna; pero, una vez que
han saciado su ávida pasión, no temen el efecto de sus palabras, y no Se inquietan por
sus perjurios.
Yo, cuando el torbellino de la muerte te envolvía, te liberó de él, y antes preferí
perder a mi hermano que traicionarte, dejándote en el instante supremo; como recom­
pensa, scrc entregada a los animales salvajes y a los pájaros como una buena presa para
devorar, y, una vez muerta’, no echarán sobre mí la tierra sepulcral.1“ ¿Qué leona te
dio a luz bajo una roca solitaria? ¿Qué mar te concibió y vomitó de sus olas espumosas?,
¿qué Sirtis?,1“ ¿qué Escila185 rapaz?, ¿qué Caribdis ”* monstruosa, para que me .pagues
a ese precio el placer de vivir aún? Si tu corazón no gustaba de este enlace, porque
temías la autoridud inhumana de tu padre, podías, al menos, haberme llevado a vuestra
casa; yo hubiera sido dichosa brindándote con mi trabajo los servicios de una esclava,
de ofrecer el descanso a tus blancos pies en agua limpia o extender sobre tu lecho un
tapiz de púrpura.
Mas ¿para qué cansar con mis quejas, en el extravío de mi dolor, a la brisa indife­
rente, insensible, que no puede ni oír las palabras que se escapan de mi boca, cü res­
ponderme? £1 casi ha alcanzado ya la alta mar y ni un ser humano aparece en medio de
las algas desiertas. De este modo, la despiadada Fortuna, rebasando, para terminar, sus
insultos, me ha negado incluso oídos abiertos a mis quejas. ¡Oh Júpiter omnipotente!
J Ojalá hubiese querido el cielo que, desde un principio, los navios de la ciudad de
Cecrops no hubiesen ganado nunca las orillas de Cnosos; y que nunca, al traer el
abominable tributo m al toro indómito,’®0 un majinero pérfido hubiese fijado su amarra
en Creta! ¡Nunca esc miserable, disimulando sus crueles intenciones bajo sus atractivos,
hubiese venido a buscar en nuestra casa el descanso y la hospitalidad! ¿Dónde voy a re­
fugiarme? ¿Qué esperanza me sostiene en mi desgracia? ¿Regresaré a los montes del
I da?141 ¡Ay! ¿Ahora, que la inmensidad del Océano me separa y las aguas de un mar
130. Los antiguos creían que un muerto privado de sepultura era eternamente desdichado.
134. Golfo inhóspito (personificado) entre Túnez y Libia.
135. Monstruo que personifica los peligros del estrecho de Mcsiua: Cf. H o mi c i i o , Odisea„
XII, v. 201-259.
136. Rey mítico fundador de Atenas.
137. Ciudad de Creta.
138. El Minotauro.
139. Siete muchachos y siete doncellas que los atenienses debían enviar anualmente, para
expiar la muerte de Androgeonte, hijo de Minos.
140. Teseo.
141. En Creta:
174
Catul o
temible me detienen? ¿Podré contar con la ayuda de mi padre, Cuando le he abandonado
para seguir a un joven manchado de sangre de mi hermana? ¿Acaso hallaré consuelo en
el amor de un esposo fiel mientras 61 huye, inclinando sobre el abismo del mar sus fle­
xibles remos?143 Además, esta playa no cuenta con un solo techo; es una isla solitaria;
no hay una salida abierta sobre las olas del mar que lo rodea; no hay medio alguno de
huir, ninguna esperanza; todo calla, todo está desierto, todo presagia mi ruina.
Sin embargo, la muerte no apagará mis ojos y mi cuerpo agotado no perderá todo
su ánimo antes que haya pedido a los dioses el justo castigo de quien me ha traicio­
nado; antes de que invoque, en el último momento, la protección de los cielos. Ea, vos­
otras, que perseguís con penas vengativas los crímenes de los hombres, Eumónides,3',!,
vosotras, cuya frente, coronada con una cabellera de serpientes, manifiesta las iras que
vuestro pecho exhala, jvenid aquí, aquí! Escuchad mis quejas, que el sufrimiento, ¡ay!,
arranca, de lo más profundo de las medulas de su cuerpo, a una mujer carente de todo,
irritada, loca de un ciego furor. Demasiadas razones tengo para que broten del fondo de
mi corazón; 110permitáis, pues, que mi infortunio quede sin venganza; puesto que Teseo
llevó su olvido al extremo de abandonarme en estas soledades, ¡arroje la ruina sobre
sí y sobre los suyos “* con un olvido semejante!
Carmina, 64, v. 132-201.
El cortejo de Baco
Pero, por otra parte, el floreciente laco14í corría con su tiaso140 de sátiros y con los
Silenos, lujos de Nisa; y te buscaba, Ariadna, inflamado de amor hacia ti... [Las Mé­
nades], ágiles, poseídas de un delirio furioso, andaban errantes de acá para allá, gritando
¡Evohé! ¡Evohéí y agitando sus cabezas. Unas movían la punta de su tirso 111 cubierta de
follaje; otras cogían pedazos de un toro descuartizado; otras ceñían su talle con serpientes
entrelazadas; otras custodiaban los objetos sagrados escondidos en costillas,1** esos obje­
tos . que en vano mientan escuchar los profanos; otros golpeaban los tambores con sus
palmas levantadas o sacaban del bronce1“ redondo sonidos agudos; muchos hacían sonar
las cuernas, de las que se arrancaban roncos mugidos, y la flauta bárbara rasgaba el aire
con sus notas estridentes 160
Carmina, 64, v. 251-264.
El equiJiJwdo clásico. — Catulo imitaba además a (jlomero^\3índaro^y los
.■.Hincos de.U^esboífr Alceo y Salo. Por ello es muy frecu^nte-^ue fiasía en sus
poemas mV-ai’fííiciales, además de los rasgos. de-_Mi sensibilidad v vigor-
naturales, hallemos »na simplicidad llena de grandeza., Esta combinación
será Característica del clasicismo latino. V también lo será de la"forma griega
y un sentimiento romano mas o menos explícito. Los epitalamios de Catulo
nos ofrecen ya modelos de ese equilibrio clásico, conteniendo además una
142. Por la jiresión que ejercen los remeros para avanzar a mayor velocidad.
143. Diosas que persiguen a los criminales.
144. La maldición de Ariadna se cumplirá: Tesen olvida colocar en su mástil Ja vela blan­
ca indicadora de un feliz regreso; y su anciano padre Egeo que le divisa, creyéndole muerto,
se precipita desde lo alto de las peñas dé la Acrópolis.
145. Otro nombre de Baco,
146. Procesión de iniciados: demonios medio hombres y medio animales (sátiros y silenos)
y mujeres poseídas (ménades) que representan las fuerzas tumultuosas de la naturaleza.
147. Lanza cuya punta quedaba oculta entre hojas de hiedra.
148. Cestos que contenían objetos sagrados que los no iniciados no podían ni ver ni escu«
char su descripción.
149. Los platillos.
150. Nótese el ruido de movimientos y sonidos (¡Catulo ba olvidado que se trata de una
tapiceríal) eu contraste con la soledad desesperada de Ariadna. — Cf. Euiu'piur.s, Las Bacantes,
6 7 7 - 7 7 4 ; R o n sai i d , Himno de Buco.
175
i
especie de verdor, de graciosa juventud en la forma: uno, el de Junia y
Manlio, es de tono romano casi por completo; el otro, une del modo más na­
tural a Grecia e Italia.
Epitalamio
[Dos coros aguardan ante la puerta del esposo el cortejo nupcial (que se acer­
ca al son del estribillo: “Himeneo..., ¡oh, HimeneoI”) y se contestan en estrofas
simétricas, primero dramáticas c independientes, luego oponiéndose líricamente
(estrofas “amebeas") en un canto semirritual. — Desenvoltura intima en el de­
talle, que recuerda a Safo. — Poesía rústica y sentimiento de la familia, que
se remonta a la antigua tradición latina. — Sensibilidad de valor universal. —
La obra está escrita en hexámetros dactilicos.]
Los j óvenes. — Ya ha llegado Vésper,“1 jóvenes. ¡Levantaos! Vésper eleva, por fin,
en el Olimpo su antorcha, tanto tiempo esperada. Ya es hora de ponerse en pie, de dejar
las bien provistas mesas; va a llegar la doncella, y ahora vamos a cantar el himeneo.
| Himeneo, oh Himeneo!1“ [Ven! ¡Himeneo, oh Himeneo!
Las muchachas. — ¿Veis, muchachas, a esos jóvenes? ¡Poneos en pie a luchar contra
ellos! Que en el Eta1S3 la estrella de la noche deja aparecer su luz. Sí, ny hay duda;
¿veis con qué rapidez se lanzaron? No sin razón se lanzaron; su canto será digno de la
victoria.1“ ¡Himeneo, oh Himeneo! ¡Ven! ¡Himeneo, oh Himeneo!
Los j óvenes. — No nos será fácil alcanzar la palma, compañeros; fijaos cómo piensan
esas jóvenes; sus meditaciones no son en vano; su canto será digno de recuerdo. ¿Por
qué admirarse? Ponen todo su aliento, sin reservas, en ello. Nosotros, en cambio, pusimos
nuestros espíritus a un lado, y nuestros oídos a otro; mereceremos, pues, la derrota; la
victoria ama el esfuerzo. ¡Ea! Ahora prestad, al menos, toda vuestra atención a esta porfía;
ellas van a comenzar su canto, y nosotros tendremos que responderles. ¡Himeneo, oh Hi­
meneo! ¡Ven! ¡Himeneo, oh Himeneo!
Las muchac}i a$. — Oh Héspero. ¿Hay, entre todos los fuegos del cielo, otro más cruel
que tú? Puedes arrancar a una hija de los brazos de su madre, arrancar de los brazos de
una madre a su hija que la abraza y entregar a un joven urdiente una casta virgen. ¿Qué
otra cosa más cruel cometen los enemigos en una ciudad tomada? ¡Himeneo, oh Himeneo!
¡Ven! ¡Himeneo, oh Himeneo!
Los j óvenes. — Héspero, ¿qué fuego hay en el cielo más afable que el tuyo? Tú sellas
con tu llama la unión de los esposos qué antes prepararon sus padres y sus madres,1“
pero que no se unen hasta que aparece;ty luz ardiente. ¿Qué bien de los dioses es más
deseable que esta hora dichosa? ¡Himeneo, oh Himeneo! ¡Ven! ¡Himeneo, oh Himeneol
Las muchachas. — ¡Héspero ha robado a una de nosotras,1^ compañeras!
Carmina, 62.
LA EPOCA CI CERONI ANA
151. La estrella vespertina, llamada aquí con su nombre latino, en la versión lírica de
su nombre griego: Hésperos.
152. Nombre ritual del Dios del matrimonio (y también del canto que lo celebra).
153. Montaña de Grecia, mansión mitológica de Himeneo.
154. Se trata de un concurso; los dos coros adversos fingen una actitud modesta.
155. Padres y madres.
]56. Una parte del texto ha desaparecido de nuestros manuscritos. Luego se oponen dos
hermosas comparaciones, de la joven con la flor:
“Como una flor, al abrigo en el recinto de un jardín, nace ignorada del rebaño, a cubierto
del surco del arado; las brisas la acarician, el sol lp da fuerzas, la nutren las lluvias; muchos
jóvenes la qnieren, y también muchas doncellas; mas una vez que, cogida con el corte de una
uña se marchita, ningún muchacho la desea, ni joven alguna...”,
de la joven con la viña:
“Como una viña sin sostén, que nace en tierra desnuda, jamás se alza, jamás nutre con sus
dulzuras un racimo; pero, inclinándose bajo su peso, encorva su frágil cuerpo hasta tocar
finamente su raíz con la punta de sus sarmientos: por ella no se preocupan ni campesinos ni
toros; pero si se la casa con un olmo, con el que enlaza, la cuidan en multitud los labradores
y los toros."
176
La nueva prosa: la historia
Lengua y versificación. — Catulo modifica su lengua, según los géneros
qu^Jrata. La de los cpyliia, cuidada, hejenizante. aunque sin, mucha amplir
tua^dista mucho de poseer las cualidades épicas que, con todos sus conven­
cionalismos, nos ofrece Lucrecio. Pero la de los pequeños poemas, con sus
rápidas expresiones, sus términos familiares, sus ^lauras vulgares y sus dimi­
nutivos cari idea de joque”podía ser ia con ver sacTó lien a
de naturalidad un tanto áspera y^Ie afectación, en los círculos mundanos de
su tiempo. La traza del estilo es tal vez más personal:^es~de una elegancia
un tanto escueta, viva y destacada; se adapta sin embargo al cante^y tam­
bién un tanto al baile, gracias a las repeticiones de palabras~y~a las referen­
cias a expresiones anteriores.
La versificación es también flexible y variada, y no emplea las licencias
arcaicas. El hexámetro, demasiado influenciado por losTalejandrinos, es a me­
nudo espondaico (con un espondeo en el 5.° pie en lugar de un dáctilo).
Pero Catulo es ya maestro de las formas líricas que introduce en Roma:
estrofa sáfica, endecasílabos falecios (i _ i. uu ±u i u i u) galiámbicos (me­
tro jónico con abundancia de breves) en los cuales escribió su poema Atis:
prueba de destreza para un escritor de lengua latina,557 pero que convenía
a la crisis de fiebre que sigue a la mutilación sexual del servidor de Cibeles,
la gran diosa frigia.
El lirismo de Catulo. — Por esas formas métricas, Catuloi es un J íñco
en el sentido-que los antiguos daban al término: escritor de poemas que
requieren música y ellos, mismos son música. Por la expresión de su perso­
nalidad en sus poemas, lo es en el sentido moderno de la palabra. Es
pues el precursor de Horacio y de los elegiacos del siglo de Augusto. Pero,
por otra parte, J\ _y; los ‘‘innovadores’* de sii grupo modificaron toda la lengua.
poética latina IiberAñclola de las^ññulas estereotipadas;,un..trabajo_p.ersonal,
delicado, intentará dar a cada cTetaile el más alto graclo de intensidad y de
expresión. Incluso al imitar a Lucrecio. Virgilio no olvidará nunca las l ec­
ciones de Catulo.
5. La nueva prosa: la historia
Los neoáticos. — El movimiento encaminado a lograr el helenismo más
puro tenía lugar también entre los prosistas, en parte pur oposición al género
ciceroniano. En efecto, los innovadores encontraban en Cicerón una abundan-
cia vana y un abuso en los adornos, signó, á su parecer, dé decadencia, y
pretendían tomar por modelos a las primeras figuras de la prosa ática: el ...
157. La proporción de breves era sensiblemente menor que en griego.
12. — l i t e r a t u b a l a t i n a
lTír
L A EPOCA CI CERONI ANA
orador Lisias, escritor de una simplicidad exquisita y el historiador Tucídides,
denso y oscuro, lleno de rudeza que parecían despreciar la retórica (hacia
finales del siglo v). De ahí surgieron dos tendencias opuestas entre los
“neoáticos” romanos, aunque les unía una misma afición nacía el purismo,
la brevedad, la sobriedad de los efectos. Cicerón, que había simplificado el
ásiatismo de Hortensio, había sido superado en la misma dirección. Sostuvo
polémicas contra los neoáticos, oponiendo Demóstenes a Lisias y reprochan­
do a sus jóvenes rivales 108 su sequedad y falta de aliento; al mismo tiempo
trataba de ganárselos. Pero perdía terreno constantemente.
C. Licinio Calvo (82-47). — Calvo parece haber sido el más notable de
estos jóvenes oradores. Era también poeta, y uno de los íntimos de Catulo.
Cicerón, que hubiera querido dominarlo, reconocía, a pesar suyo, su cuidado
estilo y profundidad; le reprocha su excesivo trabajo del detalle y su falta
de vigor. Pero tenemos otros testimonios que nos lo representan en violenta
acción, poseedor de una oratoria llena de contrastes y vehemencia: Vatinio,
a quien atacaba, se levantó de súbito, espantado. —Os suplico, jueces —excla­
mó^—, si mi adversario es elocuente, ¿es ésta una razón para que me con­
denéis?"
La historia. — También en la historia se imponían las nuevas tendencias,
contra el ideal ciceroniano, que preconizaba el estilo oratorio y los adornos
retóricos. Nos~.hallamos- ante.„.puristas,„,.ante_ “.áticos”, „.q.ue;„repr.esentan„j3iuy.
bjen. los .dif eren tes asp ectos . del, neoaticismo, como César. Safustio, Comelio ,
Nepote, en los cuales la historia romana encuentra_sus^primeros clásiOTS,
CÉSAR C. Julio César no es un hombre de letras, sino un político
101-44 a. C. ambicioso dotado de todo el refinamiento aristocrático de
una antigua familia y de una inteligencia personal fuera
de lo común. Sin embargo no logró imponerse hasta los cuarenta años, aun
cuando ya había llegado, por torcidos amaños, a constituirse en uno de los
jefes del partido demócrata-revolucionario. A partir de 60 es el dueño de
Roma con Pompeyo y Craso (primer triunvirato); su consulado (59) estuvo
lleno de irregularidades; pero la conquista de las Galias (58-51) le aseguró
prestigio, riquezas, y un ejército incomparable. Apenas dudó en ir a la guerra
civil contra Pompeyo, que había quedado solo frente a él; lo aplastó en
Farsalia (48), destruyó los ejércitos “republicanos” de Africa y de España.
Dictador perpetuo y señor .absoluto del mundo romano, cayó en medio del
Senado, víctima de asesinato a manos de Bruto y Casio, a los 57 años (15 de
marzo del 44 a. C.).
158. Aliarte de Calvo, sobre Indo M. Cm.io But'o (82-48), muy espiritual y mundano
(cuyas cartas a Cicerón están agrupadas en el I. VIII de las Ep. ad i ’cwn. del orador”; D. J u ­
ni o B r u to (85-4 2), amigo personal de Cicerón y asesino de César, y M. P ohci o C atón (95-46),
dominados pur una austera simplicidad.
178
César
Actividad intelectual de César. — Su claii videncia y flexibilidad espiri­
tual .permitieron a César abordar a la vez las más diversas tareas. Y, de una
parle, no se diferencia mucho do esos jóvenes de noble cuna como Calvo
y Catulo, para quienes la vida mundana tiene sus exigencias, literarias y
corteses. Escribió . una tragedia (Edijjo), un poema en honor de Hérculesj
y más tarde (46), otro de su viaje a España, y también epigramas. Dedicó a
Cicerón un tratado de gramática purista, Sóbre la Analogía (¿53-52?), y con­
testó a su apología de Catón de Ütica con un Ántícatón en dos libros (45).
Pero esta última obra, en que atacaba a un pompeyano de renombre, defien­
de intereses políticos. Las obras de César que realmente contaban ocupaban
el primer rango: sus. discursos, por su -pulcritud, pureza de la lengua y.nahr-
xa lid ad,..parecían prenunciar el neoaticismo; y también sus “Comentarios”, lo
.único „que,ha. llegado, a nosotros.
Los “ Comentarios”. — Comprenden 7 libros acerca de la guerra de las
Galias (el séptimo, mucho mas largó "que los otros, fue tal vez redactado
y publicado después de aquéllos), continuada año tras año hasta la rendición
de Vercingetórix en Alesia; y 3 (o 2, según P. Fab're, pues I y I í se refieren
al mismo año 49) sobre la guerra civil hasta la muerte de Pompeyo. Estos
mismos límites demuestran que César no trata de temas históricos en su con­
junto, sino que intenta atraer la opinión pública a su favor; una vez alcan­
zado el objetivo esencial, no le interesan “las prolongaciones”. El nombre
de commentarii, por otra parte, indica un conjunto ae notas o un fichero
que reúne, simplemente los elementos de un trabajo en formación. De hecho,
César trató más o menos bien a todos los hombres de estado de esta época
y las relaciones de documentos del estado mayor o de los archivos: incluso a
Cicerón le pareció que sus comentarios ocupaban el lugar de una obra his­
tórica; pero dispensado por el título de buscar dicho efecto, creó un estilo
histórico que será, por ejemplo, el de Voltaire.
Documentación. — La documentación es, en su conjunto, de primer orden,
porque César narra hechos en los que participó personalm.cnte_.o.que..conoció
por J os informes precisos de sus lugartenientes., (que incluye a menudo tal
como se los presentaron —según parece—, en su narracción, demasiado sim­
ple para que, de ordinario, no aparezcan errores). Su realismo y su curiosi­
dad natural le llevaron a observar bien los lugares, los hombres, los pueblos,
a .insertar en la Guerra de las Galias excursos. etnográficos o geográficos.,
bastante extensos (por ejemplo, sobre las regiones de allende el Rhin), que
parecen puros plagios del griego Posidonio, y que, a veces, son pobres hasta
quedar reducidos a nada.
Defensa de Av arico lcg
El extraordinario valor de nuestros soldados tropezaba con toda clase de medidas
hábiles de los galos: pues son un pueblo de gran ingenio y muy capaz de imitar a la pei-
159. Ai huir ante Cósar, Vercingetórix se vio obligado a prescindir de Avarico (Bourges),
“la más hermosa ciudad de las Galias”; César la sitia con sus últimas energías, en espera de
encontrar en ella las provisiones de que carece (52). Nótese la precisión técnica de los detalles.
179
LA RPOCA CI CERONI ANA
fección todo lo que ven hacer. Por ejemplo, desviaban con lazos nuestras hoces 140 y, ha­
biéndolas trabado bien con sus nudos, las sacaban, con cabresteantes, del interior de los
muros; habían hundido nuestro terraplén 1Wmediante zapas, practicadas ocn Suma habili­
dad, puesto que en su territorio hay minas de hierro y ellos conocen y practican toda
clase de galerías subterráneas. Habían protegido todo el circuito de su muralla con torres
unidas por un entablado y protegidas con pieles.1“ Además, en sus frecuentes salidas de
día y de noche, o bien arrojaban fuego sobre nuestra terraza,’" o bien se lanzaban sobre
nuestros soldados mientras trabajaban. Y, a medida que nuestras torres se elevaban por
el crecimiento diario de nuestra terraza, alzaban en la misma proporción las suyas, ligando
los postes verticales que constituían su osamenta. Retrasaban el avance de nuestras trin­
cheras arrojando en ellas maderos puntiagudos y endurecidos al fuego, pez hirviendo
y piedras enormes; y no nos dejaban que las acercásemos a los muros;
De bel l o Gaüico, VII, 22.
Veracidad. — El problema de la veracidad de César es mucho más com­
plejo. No hay duda alguna en que quiso explicar sus actos del modo que le
era _’Pi?LíAXQjrable:. intenta probar lárgañiénte”qüe~ifüe arrastradora pesar
suyo, a la conquista de la Galia libre; disimula sus intenciones, atenúa sus
fracasos; censura o felicita a sus lugartenientes y oficiales, según Jas necesi­
dades de su política y su prestigio; en La Guerra Civil —en particular— son
evidentes por doquier sus intentos de apología personal y de detracción iró­
nica de sus adversarios. Pero La Guerra de las Galias mantiene, en su con­
junto, una serenidad tan fría, al parecer tan objetiva, que da la impresión de
ser veraz. El propio César hizo justicia a algunos de sus adversarios galos:
con ello su propio mérito quedaba realzado; además contaba mucho con los
recursos de la Galia y con la clientela céltica para la guerra civil. La Guerra
de las Galias posee un valor histórico real; pero, con César, hay que apren­
der a leer siempre entre línea y línea.
Vercingeiórix tras la toma de Avarico
[César intenta explicar racionalmente una paradoja: que la autoridad de Ver-
cingetórix creciera con su derrota. — Habilidad en el discurso de Vercingetóríx
(reconstruido por conjeturas, tal vez conocido en parte por espías o desertores). —
Fino conocimiento de la psicología gala. — Imparcialidad, e incluso admiración
secreta.]
Ai día siguiente, tras convocar la asamblea, an i mó y arengó a los suyos, invitán­
doles a no perder los ánimos y a no dejarse abatir por un fracaso. Dice que los romanos
no han vencido en batalla cuerpo a cuerpo ni por su valor, sino por un arte, una ciencia
de los asedios, en los que ellos no tienen experiencia ninguna. Que se equivoca aquel que
en la guerra no espera más que ganancias. Por lo que que a él respecta, jamás había sido
partidario de defender Avarico, de lo cual ellos eran testigos; habían sido los biturigos19*
360. Especie de garfios que se disparaban contra los extremos de los muros para arrancar
de ellos partes enteras.
26.1. Dirigido perpendicularmente a la fortaleza para acercar torres de madera destinadas
a alcanzar su altura y apartar de ella a los defensores.
162. Frescas o mantenidas húmedas, para preservar las torres de madera de las teas
incendiarias.
163. Sin duda sostenida por estructuras de madera.
164. Dirigidas hacia los muros para acercar el ariete o preparar el asalto.
165. Vereingetórix.
166. Habitantes de la ‘‘ciudad’* (territorio) de la que Avarico era la población principal.
César
por su imprevisión y los demás por su debilidad, los responsables Jel fracaso- Sin em­
bargo —dice—, lo reparará pronto con éxitos de mayor envergadura. Logrará atraerse
a las restantes ciudades galas que se mantienen al margen y unificará las voluntades de
toda la Galia, contra la cual el mundo cutero sería incapaz incluso de ofrecer resistencia;
y este resultado casi lo ha conseguido ya. Espera que consientan, en nombre de la común
salvación, fortificar su campo, a fin de poder sostener más fácilmente ataques repentinos
contra el enemigo.
Este discurso no desagradó a los galos: le agradecían sobre todo no perder el valor
después de un fracaso de aquella índole, y no ocultarse ni sustraerse a las miradas del
pueblo; entendían que había demostrado una previsión y un discernimiento superiores
al aconsejar, cuando aún estaban a tiempo, el incendio y abandono de Avaríco. De modo
que, mientras la autoridad de los otros jefes disminuía con tales fracasos, su prestigio, por
el contrario, crecía día a día después de la derroto. AI mismo tiempo, sus promesas hacían
concebir la esperanza de encontrar apoyo en otras ciudades. Entonces, por vez primera,
los galos empezaron a fortificar su campo; y una confianza tan firme se apoderó del
corazón de estos hombres, no habituados a soportar tales trabajos, que consideraban un
deber someterse a todo lo que se les mandaba.
De bel l o Gal üco, VII, 29-30.
La narrración. — Cuando César ha asistido en persona a los aconteci­
mientos, nada hay más claro que su decir. Países, circunstancias; no explica
más que lo esencial, pero con una precisión que tiene algo de pintoresco.
Es la acción, el encadenamiento de lo.s~HecEos, la parte de la voluntad huma­
na y del azar lo que le interesan por sobre lo demás. Su lucidez le permite
dar a cada elemento su valor exacto. Así, el lector se siente en contacto direc­
to con la realidad, y no desea, de ordinario, saber ningún otro detalle comple­
mentario. César le ha impuesto su propia visión de los hechos.
Batalla del Sambre
[César fue sorprendido por los nervios (pueblo que habitaba entre el Escalda
y el Sambre) y sus aliados, sin duda cerca de Maubeugc (57). — Descripción
de los parnjes destinada únicamente a explicar el detalle de las operaciones. —
Descomposición y clasificación de los hechos para explicar con claridad al lector
una acción realmente confusa. — Preocupación constante en disculparse de ha­
berse dejado sorprender y no haber tomado la dirección efectiva de la batalla. —
Elogio discreto (especie de orden del día de felicitaciones) hacia las tropas y los
oficiales. —■Pese a su dolor, César aparenta la naturalidad más sencilla,]
He aquí cómo estaba formado el terreno que los nuestros habían escogido por campo
de batalla. Una colina se inclinaba en pendiente uniforme hacia el Sambre, que hemos
citado anteriormente; en la otra orilla, y frente a ella, se elevaba otra, de parecida incli­
nación, descubierta en su parte baja en una extensión de unos doscientos pasos y cu­
bierta de árboles más arriba, tan por entero que la vista difícilmente la podía penetrar. En
estos bosques se hallaban ocultos los enemigos; descubiertos, a lo largo del río, se veían
algunos grupos de jinetes. La profundidad del río era de tres pies, aproximadamente.1*1,
César,1" precedido de la caballería, seguía a poca distancia con todas sus tropas. Pero
el orden de marcha era distinto del que los bel gashabí an comunicado a los nervios.
Pues, en la proximidad del enemigo, César, según era costumbre en él, avanzaba primero
con seis legiones sin bagajes; después venía el convoy del ejército; por fin, Jas dos legio­
nes de las últimas levas cerraban la marcha y protegían al convoy. Nuestros jinetes, con
167. Poco menos de un metro.
168. César alude siempre a sí mismo en tercera persona.
169. Galo del norte de Francia: habían prevenido a los nervios de rjue las legiones avan­
zaban escalonadas, separadas unas de otras por los bagajes.
181
los honderos y arqueros, pasaron el río y trabaron combate con los jinetes enemigos. Éstos,
periódicamente, se retiraban junto a los suyos en los bosques y volvían a salir para cargar
sobre los nuestros; y los nuestros no se atrevían a seguirlos más allá del trozo descubierto.
Sin embargo, las seis legiones que llegaron primero, tras delimitar el campo de batalla,
empezaron a fortificarlo. Desde que vieron aparecer nuestros convoyes, los que permane­
cían ocultos en los bosques (era el momento que habían convenido para comenzar la
batalla), en el orden y la disposición en que se babían colocado bajo el bosque, y que
aseguraba su cohesión, se lanzaron de súbito todos juntos y arremetieron contra nuestros
jinetes, que no resistieron ni un instante y se dispersaron. Entonces, con una rapidez
increíble, descendieron a galope hacia el río, de modo que en un instante vimos a los
enomigos en la orilla del bosque, en el río y sobre nosotros. Con la misma rapidez escala­
ron la colína opuesta, dirigiéndose a nuestro campo de operaciones contra nuestros
obreros.
César tenía que ocuparse de todo a la vez: mandó elevar la bandera de alarma, tocar
el clarín, llamar a los soldados que trabajaban, concentrar a aquellos que se encontraban
un tanto dispersos elevando el terraplén,170 colocar las tropas en orden de batalla, aren­
garlas y dar la señal de ataque. Pero muchas dé estas medidas eran imposibles: tan breve
era el plazo y tan rápido el avance del enemigo. Entre estas dificultades, César tenía dos
ventajas a su favor; en primer lugar, la instrucción y el entrenamiento de sus soldados,
a quienes la experiencia de los combates precedentes había enseñado a tomar espontánea­
mente todas la.<¡ medidas necesarias lo mismo que si se las impusieran; y, además, la orden
que había dado a los legados *” de que ninguno abandonase ni el trabajo ni a su legión
hasta que el campamento estuviese terminado: én presencia de un enemigo tan próximo
y tan rápido, no aguardaban ya las órdenes de César, sino que cada uno tomaba por
su propia iniciativa las medidas que consideraba oportunas. César se limitó a dar las
órdenes indispensables y corrió a animar a los soldados como pudo: el azar le guió a la
décima legión.1” Su arenga fue breve: se limitó a recomendar a los soldados que se
acordaran de su antiguo valor, que no se alterasen y se mantuviesen firmes ante el asalto;
luego, cuando el enemigo se bailaba ya a un tiro de jabalina, dio la señal de combate1"™
Marchó al ala opuesta para exhortar también a los soldados, pero los hall6 ya en plena
lucha.
Fueron sorprendidos en tan breve espacio y el enemigo demostró tanto ardor en el
ataque que faltó tiempo no sólo para fijar las insignias,1” sino incluso para ponerse los
cascos y quitar la funda a los escudos. Cada uno tomó posición al azar en el lugar donde
había trabajado y junto a la insignia que primero veta, sin perder el tiempo que el com­
bate exigía. Como el ejército se había colocado más de acuerdo con la naturaleza del
terreno, la ladera de la montaña y la fatalidad de las circunstancias, que con las exigencias
de una táctica regular, y las legiones, separadamente, resistían cada una por su parte al
enemigo; a quien, además — como ya dijimos antes— , los setos, muy espesos, ocultaban,
no se podía ni maniobrar con seguridad con las reservas, ni proveer las necesidades de
cada sector ni unificar todo el mando. Y las condiciones eran demasiado desiguales para
que la fortuna de las armas no fuera también muy variable...170
De bel l o Gallico, II, 18-22.
L A ÉFOCA CI CERONI ANA
\
170. De] campo, hecho de los escombros de las fosas y trozos de césped coronado por
una empalizada.
171. Comandantes de las legiones.
172. La preferida de César: escribe que el azar lo guió hacia ella, para no herir las sus­
ceptibilidades de las demás legiones.
173. El mando de jefe era el único que tenia en sus manos la religión de Roma por el
"derecho de auspicios'1y el carácter de un magistrado supremo por el imperitim: pues la ba­
talla no empieza ritualmente hasta que no arenga a los soldados y da la señal.
174. Plumeros o penachos de los cascos; taraceas de los escudos; tal vez también sus de­
coraciones.
175. César se salvó gracias a la llegada de dos legiones de la retaguardia y n la iniciativa
de su lugarteniente Labieno. Termina por excusarse haciendo un elogio muy insistente del
valor de los nervios.
182
César
Las cualidades dramáticas. — Cuando César narra los acontecimientos
en los que no ha participado, los imagina con gran viveza, gracias a su cono­
cimiento del país y de los hombres, y revive la acción con tal intensidad,
que parece ser testigo ocular de ellos. En estas ocasiones sobre todo se pone
de manifiesto el poder de su imaginación dramática y descubrimos un arte
muy consciente, aunque muy sobrio, en las representaciones; arte ático más
bien que romano por la discreción de los procedimientos, que no permite
desliz alguno a la narracción.
Un consejo de guerra
[Dos legados, Q. Titurio Sabino y L. Aurunculcyo Cota se encuentran en
los cuarteles de invierno con una legión y cinco cohortes (entre siete y nueve mil
hombres) en Atuatuca (¿Tongres o Liejn?) entre los eburones. Se produce un
ataque Inesperado de los galos, que es rechazado. Pero Ambiorix, uno de los dos
Jefes de los eburones, intenta atraerse a los romanos fuera de su campamento
prometiendo a sus enviados (Arpineyo y Junio) dejarles regresar a la legión más
próxima (54). — Vida y movimiento progresivo. — Verosimilitud psicológica y
oposición de caracteres. — Sobrio patetismo.]
Arpineyo y Junio relatan a los legados lo que han oído. Muy Inquietos por esta co­
municación imprevista, y aunque procedente de un enemigo, creían que no debían des­
atenderla: lo que más les sorprendía, y no se prestaba mucho al crédito, era que una
ciudad sin nombre ni importancia, como la de los eburones, se hubiera atrevido — bajo
su propio riesgo — a hacer la guerra al pueblo romano. De este modo plantearon la cues­
tión ante el consejo.
Se suscitó una viva discusión. L. Aurunculeyo, y un gran número de tribunos — y los
centuriones en primer lugar — creían conveniente no obrar a la ligera y no abandonar
los cuarteles de invierno sin una orden de César; opinaban que, por numerosas que
fuesen las tropas de los germanos,1” podrían hacerles frente en un campamento fortifi­
cado; la prueba era que habían rechazado con gran éxito el primer ataque de los ene­
migos, infligiéndoles graves pérdidas; no faltaba trigo y llegarían víveres a tiempo, tanto
de los campos limítrofes como de César; y, en una palabra, | que ligereza y qué gran
vergüenza permitir que un enemigo dictara una resolución de tan graves consecuencias!
Pero Titurio exclamó que seria demasiado tarde actuar cuando los enemigos se hubiesen
presentado en grandes masas con la unión de los germanos, o hubiese sucedido cualquier
catástrofe en los "campamentos, vecinos. Por fortuna, no tenían más que un instante para
decidirse. César debía haber marchado a Italia,1” pues, si no, los camutos no se habrían
atrevido a matar a Tasgetio,1™y los eburones, hallándose él en la Galia, no habrían lle­
gado, , en su desprecio hada los romanos, a presentarse ante nuestro campamento. Los
hechos —y no un enemigo— le dictaban su opinión: el Rhin estaba muy cerca; los ger­
manos estaban irritados por la muerte de Ariovísto y nuestras victorias precedentes; la
Galia temblaba con tantas humillaciones, al sentirse sometida a Roma y ver apagado su
antiguo renombre guerrero. Por último, ¿quién podía creer que Ambiorix hubiese dado
ese paso sin una razón sólida? Tanto en un caso como en otro, su propuesta era segura:
si la situación era menos grave de lo que se decía, podrían fusionarse sin peligro alguno
con la legión más próxima; si la Galia entera estaba de acuerdo con los germanos, la
única salvación residía en la rapidez. En cuanto a la opinión de Cota y sus partidarios,
¿cuál seria el resultado? Suponiendo que se evitara el peligro inmediato, quedaba la cer­
teza de un largo asedio y la amenaza del hambre.
176. Ambiórbc anunciaba que algunas bandas de germanos habían cruzado el Rhin y que
todos los campamentos romanos habían sido asaltados el mismo día.
177. Hipótesis falsa: César se hallaba en Samarobriva (Amiens).
178. A quien César había hecho “rey” entre los cornutos (región de Clinrtres y de Or-
Icáns).
183
Una vez presentadas las dos tesis contrarias, como Cota y los centuriones, en primer
lugar, se obstinaran en mantener la resistencia, Sabino dijo: “¡De acuerdo! Me rindo,
pues así lo queréis! — y elevaba la voz para que le oyese una gran parte de sus sol­
dados— .1WNo soy un hombre que me asuste más que alguno de vosotros ante un
peligro de muerte.1®Ellos“1 decidirán; y, si algo sucede, te pedirán cuentas a tí. Pues,
si tú quisieras, pasado mañana, unidos a sus compañeros de los cuarteles más próximos,
se hallarían en condiciones de hacer frente a los azares de la guerra, en lugar de esperar
aquí, aislados, exiliados lejos de los demás, la muerte por las armas o por hambre”
Todo el mundo se a I zó; rodearon a los dos legados y le suplicaron que no se obstinase
en un conflicto que los llevaba a la catástrofe: “Es fácil salir de la situación — decían— ,
tanto si nos quedamos como si marchamos, con tal que todos tengamos un solo senti­
miento y una sola voluntad; pero, si reñimos, no hay esperanza alguna de salvación.”
Discutieron aún hasta la medianoche. Por fin, Cota, muy agitado, cede. Se anuncia que
partirán con el alba.
El resto de la noche se pasó en vela, pues cada soldado se preocupaba por lo que
podría llevar consigo y lo que debería abandonar de sus útiles de invierno. Nada les
indicaba que estaban preparando el riesgo que les aguardaba al día siguiente y lo acre­
centaban con el cansancio de una noche de insomnio. En cuanto rompió el día abando­
naron el campamento, persuadidos de que seguían no el consejo de un enemigo, sino
del mejor de sus amigos, Ambiorix: formaban una columna muy larga, con gran cantidad
de bagajes.“*
De bello Gallico, V, 28-31.
Huida de Ambiorix .
[Tras deshacer el primer levantamiento de las Galias, César quiere tomar ven­
ganza ejemplar de los eburones y de Ambiorix (53), — Exactitud en la captación
de la atmósfera general y precisión auténtica en los detalles, — La personali­
dad de César se txansparenta en el relato: odio ardiente; fría crueldad; creencia,
casi fatalista, propia de un ambicioso, en el poder de la Fortuna.]
El,“* en cuanto Jos trigos empezaban a madurar, caminando contra Ambiorix a través
del bosque de Ardena — el mayor de toda la Galia: llega, sin interrupción, desde las
orillas del Rhin y desde el país trévero hasta los nervios, en una extensión de más de cinco
mil millas— , pone en cabeza a L. Minucio Basilo con toda la caballería, ordenándole
obtener toda ventaja que le ofreciera su rapidez en el avance o cualquier otra ocasión; le
indica que prohíba encender fuego en las acampadas, para no señalar su avance a distan­
cia; le asegura que le sigue dé cerca.
Basilo acepta estas órdenes. La rapidez de su marcha le permite una sorpresa com­
pleta: sorprende en las tierras a numerosos campesinos que no desconfiaban; siguiendo
sus indicaciones, se encamina recto hacia Ambiorix, que sólo tenía unos pocos jinetes en
tomo a él. La Fortuna es muy poderosa en todo,, pero especialmente en materia militar.
Pues fue una gran casualidad que Basilo se lanzara sobre Ambiorix de improviso, sin que
incluso éste montara guardia; que se apareciera a los ojos del enemigo antes de que un
rumor o un mensaje le advirtieran que se acercaba; pero Ambiorix tuvo gran suerte, al
lograr escapar a la muerte, en el saqueo de todos sus arreos de guerra, de sus carros,
de sus caballos. Ello se explica, sin embargo: su casa estaba rodeada de bosques, según
la costumbre normal entre los galos, quienes, para evitar el calor, buscaban de ordinario
la vecindad de los bosques y de las aguas corrientes; sus amigos sostuvieron durante
algunos instantes, en un paso estrecho, el ímpetu de nuestros jinetes. Mientras luchaban,
L A. EPOCA CI CERONI ANA
179. Que debían permanecer en la puerta de los barracones en que discutían los oficiales.
180. Considera el parecer de Cota como una condena: véase hasta el fin de sus inten­
ciones.
181. Los soldados.
182. César acumula con acritud, en estas últimas líneas, todas las faltas que hicieron
inevitable el desastre.
183. César.
184
uno de los suyos le subió en un caballo; los bosques cubrieron su huida. Tal fue el poder
de la Fortuna para ponerle en peligro y salvarle...
X
César
César, prosiguiendo su campaña de devastación, dispersa en todos sentidos su caba­
llería, reforzada por grandes contingentes de las ciudades vecinas. Todas las aldeas y edi­
ficios aislados que la vista alcanzaba aparecían quemados; los animales, degollados; todo
saqueado; los cereales no sólo habían sido consumidos por una masa tan grande de ani­
males y hombres, sino que lo avanzado de la estación y las lluvias los habían arrasado,
de modo que, si algún eburón había conseguido ocultarse por el momento, era evidente
que moriría de hambre, una vez que marchara el ejército. Y a menudo, con una caba­
llería tan numerosa diseminada en todas direcciones, se llegaba a lugares en que las gentes,
sorprendidas, decían que acababan de ver pasar a Ambiorix huyendo, le buscaban aún con
los ojos y afirmaban que aún no estaba muy apartado de allí; entonces, la esperanza de
alcanzarlo superaba toda fatiga: creyendo que César sentiría una gratitud infinita, llegaban
incluso a rebasar las fuerzas humanas y siempre parecía que no habían alcanzado el obje­
tivo propuesto por una insignificancia-, pero se les escapaba en las guaridas, en los ba­
rrancos de los bosques, y, con la protección de la noche, alcanzaba otros lugares, en una
nueva dirección, sin más guardia que cuatro jinetes, a los únicos que se atrevía a con­
fiar su vida.
De bel l o Cal l i co, VI, 29-30 y 43.
Los discursos, — A ejemplo de los griegos, los historiadores latinos „ se.
' dedicaron a intercalar discursos, THHusoncticios, y en todo caso rebasando
los personajes princi­
pi es en circunstancias notables, y qGeles" permitían exponer con viveza o el
con/ unto ~3é una situación O: los iundaincntos .desuna ^empresa. Pese al título
/ que daba a sus obras, César no prescindió del procedimiento; aunque siempre
bajo la forma del estilo indirecto, que reproduce el pensamiento sin tratar
v de transcribir los términos mismos del orador. Dichos discursos tienen como
J) cualidades más. importantes su sobria energía y la claridad lógica de sus
I deducciones.,¿£ero César ha sabido sugerir también sobreentendidos, reaccio-
1 "nes”psicológicas^ que dan la impresión de algo vivo. Y, en los instantes
patéticos, no prescinde del estilo directo, cuyo efecto sobre el lector es
I mucho más intenso. Incluso, en estos casos, el arte de César continúa siendo
l ^de los más conscientes.
César recibe la sumisión de Afranio y de Pctreyo
[Con sus inteligentes maniobras, César ha impulsado a capitular a los dos
ejércitos pompeyartos de España, en Herda (49). — Discurso en estilo indirecto,
pero con modulaciones muy distintas. — Los sentimientos apasionados de César
se expresan con sobriedad, pero con vigor. — También sus intenciones: recon­
ciliarse con las tropas del adversario, justificar su conducta. — La composición
y alcance de su discurso rebasan la ocasión momentánea en que figura que fue
pronunciado.]
Finalmente, privados de todo, sin forraje para los animales, encerrados en el cam­
pamento desde hacía tres días; sin agua, sin leña, sin pan, el enemigo solicita parlamen­
tar; pero, a ser posible, en un lugar apartado de las tropas. César se negó a acceder a
esta demanda, pero accedió a celebrar conversaciones, si aceptaban que se celebraran
públicamente; le presentaron como rehén al hijo de Afranio. El encuentro tuvo lugar
en el punto señalado por César. Ante los dos ejércitos, Afranio toma la palabra: “No
es justo indignarse contra los jefes — dijo — , ni contra los soldados, porque quisieron
185
ser fieles a su general, Cn. Pompeyo; pero ya cumplieron plenamente su deber y sufrieron
bastante; soportaron la carencia de todo lo indispensable; ahora, encerrados casi como
bestias salvajes, se les impide beber y hacer un movimiento: no pueden soportar ya esas
torturas físicas ni esa humillación moral. Por tanto, se reconocen vencidos; ruegan y su­
plican, si hay aún lugar para la piedad, que no se les obligue a caminar al último su­
plido.” Hace estas declaraciones con toda humildad y sumisión.
A estas palabras respondió César que a nadie menos que a él convenía un papel
semejante, con esas quejas, esas invocaciones a la piedad y a la compasión: “A'excepción
de él, cada uno ha cumplido con su deber: él, César, que, incluso en circunstancias pro­
picias, cuando el terreno y el momento le eran favorables, no quiso pasar a la acción para
que cn todo el país se entregasen con la mayor solidaridad a la paz; sus soldados, que,
a pesar de la traición de que fueron víctimas y el asesinato18* de sus compañeros, per­
donaron y protegieron a los enemigos que estaban en sus manos; por último, las tropas
del ejército enemigo, que, por su propia iniciativa, entablaron negociaciones de paz,
pensando también en la vida de todos los de su partido. De modo que el papel de cada
cual, en sus respectivas situaciones, había sido humanitario; en cambio, a ellos, a los ge­
nerales, les causaba horror pensar en la paz; no habían observado ni los principios de las
negociaciones ni las de la suspensión de la lucha, asesinando cruelmente a hombres bien­
intencionados, confiados en la inmunidad de las conferencias. Les había ocurrido, pues,
lo que a menudo origina la orgullosa terquedad de los hombres: recurrieron con ardientes
súplicas a quienes habían despreciado hacía tan poco tiempo. En cuanto a él, Cesar, no
quería aprovecharse de su caída ni de una ventaja ocasional para acrecentar sus fuerzas;
pero exigía la licencia de sus tropas, que habían mantenido contra él durante tantos años.
Pues no existía motivo alguno para la concentración de seis legiones en España, para
reclutar una séptima en el propio país, ni para el armamento de escuadras tan conside­
rables y el envío secreto de jefes experimentados. Nada de todo esto se ha previsto
para la pacificación de España, nada para el interés de una provincia a la quo una larga
paz dispensaba de reclamar asistencia. Todo, y desde largo tiempo atrás, había sido
preparado contra él; esos envíos inauditos, que aseguraban a la vez a un solo hombre1®
la autoridad suprema e inmediata de la política en Roma y (jpor delegación!)“®las dos
provincias ** los mejores ejércitos durante tantos años; contra él se preparó el derroca­
miento del estatuto de las magistraturas, para enviar al frente de las provincias no, como
en todo tiempo, a antiguos pretores y cónsules, sino a los individuos partidarios de una
pequeña facción; y contra él también se alzó ese pretexto del intervalo necesari o,pre­
texto sin valor, puesto que los generales cuyo mérito se había probado cn las campañas
anteriores habían sido llamados siempre (normalmente) para ocupar nuevos cargos mili­
tares; contra él, y sólo contra él, se derogaba el derecho del que siempre se beneficiaron
todos los generales, de poder, tras una victoria, regresar y licenciar su ejército, con alguna
gloria o al menos sin oprobio. Todos estos ataques, sin embargo, los había soportado y los
soportaría con paciencia; y su conducta actual no venía dictada por el deseo de guardar
para él las tropas que reclutaba (lo que, sin embargo, le hubiera resultado fácil), sino por
la voluntad de evitar que se sirvieran de ella contra él. De modo que, como había dicho,
les ordena que licencien sus tropas; si le obedecían, no haría mal a nadie. Ésta era la
única y última condición de paz."
De bel l o ciuili , I, 84-85.
César cn su obra. — Los Comentarios 110 carecen de defectos: desigual­
dades err tsI desarrollo, a veces, incluso, en el estilo... Fueron redactados
LA ÉPOCA CICERONIANA
184. Poco antes, Afranio había arrojado sus tropas sobre los soldados cesarianos que, am­
parados por una tregua, charlaban con los pompeyanos intentando gánenlos para su causa.
185. Pompeyo.
186. Normalmente un gobernador de provincia debía residir cn ella sin desempeñar nin­
guna magistratura en Roma.
187. Las dos Españas (Citerior y Ulterior).
188. Entre dos cargos o magistraturas: si César se hubiera convertido en simple ciuda­
dano, hubiera sido víctima de toda-clase de ataques.
186
Salustio
a gran velocidad, en ocasiones incluyendo sin modificación los relatos per-
sonáles deTprocónsuI, las narraciones de sus lugartenientes o de los servicios
técnicos (por ejemplo, sobre la construcción del puente en el Rhin). Las
dotes personales de César nos parecen entonces más admirables aún. Siem-
pre_se manifiesta, por encima de todo, como una inteligencia que se mueve
con enorme faciíiaaH en las realidades dé Iár~ácciÓñ~y" de"la~ambícióñ; a lo
/ más adivinamos en su estilo el refinamiento de su cultura. ÍPero los atracti­
vos del hombre, incluso su generosidad proverbial, no aparecen. No se in­
muta: lo asombroso es que a veces nos conmueve con su claridad evocadora;
pero él no se lo propuso.
Los continuadores de César. — Para quien consideraba los Comentarios
no como obra de circunstancias, sino como historia, se hallaban inacabados.
Un amigo de César, Aulo Hiimo, compuso con cierta elegancia un jjctavo
libro para La,Guerra d(TlwTGalios, en que refería las últimas resistencias y
la pacificación (años ,51-50). Tal vez escribid también" La Guerra de Alejan­
dría (De bello Alexandrino: año 47); pero los dos libros que tratan de las
campañas comprendidas entre 46 y 45 en África y en España (De bello
Africano, De bello Hispaniensif~sonUe un redactor incorrecto y sin dotes.
SALUSTIO De una familia acomodada de Amitemo, en tierra sabi-
87 o 86-35 a. C. na, C. Salustio Crispo fracasó en su vida política y buscó
refugio en las letras. Fue tribuno de la plebe en 52 y
tomó posición violentamente contra Cicerón y Milón: los censores lo exclu­
yeron del Senado en 50, bajo el pretexto (muy probable) de inmoralidad.
César logró su reingreso, en calidad de cuestor, por secunda vez en 49. Sirvió
a su protector en la campaña de Africa en 47, llego a ser gobernador del
Africa Noua en 46, se enriqueció sin escrúpulos, pero no obstante salió vic­
torioso de un proceso de concusión. Siempre demócrata en su espíritu y
partidario de César, pero sin carrera política a hacer, sobre todo después del
asesinato del dictador (44), se entrega a la historia en el palacio ródeado
de magníficos jardines que mandó construir en el Pincio (en Roma).
Cronología de Hs obras. — Una carta y un discurso a César —si son
auténticos—189nos muestran a Salustio entre 50 y 47 preocupado por la rela­
ción entre los problemas políticos y sociales. No se ocupó de la historia
hasta unos años más tarde, con La Conjuración de Catilina, episodio muy
reciente (63), sobre el que debía poseer una información personal, y a partir
del cual se había originado la potente agitación democrática en la que él
mismo había desempeñado un papel. Cuando en el De bello Iugurtino abordó
la empresa de narrar la larga lucha (111-104) de Roma contra Yugurta, rey de
189. Su autenticidad es nún discutida, a causa de su contenido histórico o de su .lengua:
la segunda de estas obras, que traza un programa político sometido a César, ofrece más vero­
similitud que la primera. — Una invectiva contra Ci cerón no' es, con toda seguridad, auténtica:
aparece como un ejercicio de retórica.
187
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
Numidia, reconoció sin duda que se trataba del período crítico en que la no­
bleza victoriosa de los Gracos terminó en sus excesos y comenzó a imponerse
el gran general demócrata Mario. Incluso después de 39, al comprender en los
cinco libros de sus Historias 100 toda la multiplicidad de la vida romana en
un periodo mayor (de 79 a 66), intentaba describir la destrucción del partido
democrático, del que se había constituido en jefe. Así su actividad literaria
prolongaba, sin interrupción, su vida política: pero, a la vez que continuaba
muy cerca de su campo de acción, se liberaba de toda preocupación personal.
Progresos del método histórico. — Salustio no aparece, ni siquiera furti­
vamente, como individuo de su obra: desde el Camina se muestra objetivo.
Sin embargo, aún no posee la. mentalidad histórica: trata —en breve digre­
sión— las primeras tentativas revolucionarias de Catilina, sin las cuales no
se explican los sucesos de 63; prescinde de la descripción de las razones
generales, económicas y sociales, que aseguraban su fuerza; trata de disimu­
lar la connivencia de César y se contenta con una cronología incierta o falsa.
Tal vez su información era también errónea y sin precisión crítica. La de
Yugurta, por el contrario, es cíe las más serias: a las Historias de Sisena y a
las Memorias de los contemporáneos añade los libros púnicos del rey Hiem-
psal, que mandó traducir, y numerosos datos recogidos en el lugar de los
hechos, en África. Profundiza en los problemas sociales,, de los que —en uii
principio— tan sólo estudiaba los caracteres contemporáneos; deduce los
acontecimientos actuales remontándose al pasado; escribe con mayor exacti­
tud. Bobustece también considerablemente su sentido de la imparcialidad.
Sin duda ello se explica en parte por su descontento de político fracasado,
que se decide a no favorecer ni a los de su partido, 'ni a sus adversarios;
ae ahí su tono amargo, su pesimismo sin contrapartida. No es menos cierto
que muchos aristócratas del Yugurta o de las Historias, Metelo, Cota,, etc.,
desempeñan el papel de “buenos”. Salustio es un historiador, cada vez más
consciente de sus deberes, mientras que César no lo fue nunca.
Metelo toma el mando del ejercito de Africa
[Composición equilibrada; detalles minuciosos y evocadores. — Elogio de Me­
telo que se desprende de los propios hechos. — Compárese con la transposición
de Frontón, Cartas al emperador Vero, II, 1, 19-20.j
En cuanto llegó a África, recibió del procónsul Esp. Albino un ejército sin fuerza,
sin valor, tan cobarde ante el cansancio como ante el peligro, más valiente en palabras
que en acciones, ladrón de nuestros aliados y víctima él mismo del saqueo del enemigo,
sin disciplina ni continencia. De modo que la desmoralización de las tropas le causaba
más inquietud que su número le inspiraba seguridad o confianza. Metelo, pese a que
la demora de los comicios había acortado el tiempo de la campaña de verano y adivi­
naba que en Roma estaban impacientes ante un desenlace, decidió no empezar las opera­
ciones hasta haber sometido a los soldados a las tareas de la antigua disciplina.
Pues Albino, desanimado por el desastre de su hermano Aulo y de su ejército, tomó
la decisión de no salir de la provincia romana; y, a partir de entonces, mientras
190. Sólo nos quedan algunos fragmentos, en especial cuatro discursos y dos cartas.
191. Asamblea del pueblo en la que tenían lugar las elecciones.
188
Salustio
ocupaba el mando durante el buen tiempo, tuvo siempre a los soldados en un campa­
mento permanente, salvo cuando una infección o la falta de pastos le obligaban a des­
plazarse. Pero esos campamentos no estaban fortificados, ni protegidos por centinelas,
como exigía la discipbna; todos se alejaban do su cuerpo como les placía; los cantineros,
mezclados con los soldados, merodeaban' noche y día y en sus vagabundeos arrasaban los
campos, tomaban las granjas por asalto, robaban animales y esclavos a mano armada y los
cambiaban con los mercaderes a cambio de vino de importación y otras golosinas, y ven­
dían incluso las raciones de trigo para comprar pan tierno todos los días. En una palabra,
nada podríase decir ni imaginar que igualara o superara a lo que este ejército hacía en
cuanto a molicie y vergonzoso desorden.
Ante tales dificultades, Metelo mostró su talento y su prudencia tanto como en las
operaciones militares; .hasta tal punto supo mantenerse en el término medio entre la debi­
lidad y la dureza. Su orden, primero, quitó a la molicie toda posibilidad de satisfacción:
prohibió vender en el cámpamento pan u otros alimentos cocidos; prohibió que los canti­
neros acompañasen al ejército; prohibió al soldado —; cualquiera que fuese su graduación —
tener en el campamento o en las marchas esclavo ni bestia de carga alguna; todos los
demás abusos fueron igualmente suprimidos. Además, cada día cambiaba el campamento
de lugar, atravesando las tierras; lo fortificaba con empalizada y fosa, como si el enemigo
estuviera cerca; colocaba un elevado número de centinelas, que él mismo visitaba con sus
lugartenientes; en las marchas, igualmente, se le veía tanto en cabeza como en la reta­
guardia, y a veces en el centro, impidiendo que nadie saliese de la fila, y obligando a los
soldados a caminar unidos en tomo a los estandartes, cargados con sus provisiones y sus
armas. De este modo, castigando menos las faltas que impidiendo que las cometieran,
restableció muy pronto la moral de su ejército.
Bel l um I ugurthi num, XLIV-XLV.
Formación literaria. — La formación literaria de Salustio es, en cambio,
perfecta desde los inicios de su obra. Es neoático, pero, por temperamento y
en razón del género que cultiva, se inclina no hacia Lisias, sino hacia Tucf-
dides, el gran historiador de la guerra del Peloponeso: fría imparcialidad,
escrúpulo en sus descripciones, minucia en los relatos, densidad en la forma,
un tanto de rudeza arcaica, oscuro destello del pensamiento. Trata de imitar
a su modelo en lodo momento. Sin embargo, leía también a Isócrates, Licur­
go y Demóstenes; la filosofía de Posidonio parece haberle impresionado tam­
bién. Pero su voluntad literaria es idéntica a la de Calvo y sú grupo.
Filosofía de la historia. — Tucídides le impulsó también a adquirir talla
de pensador. En primer lugar, al avanzar lo más lejos posible en la expli­
cación de los hechos, en lo que Salustio representa una verdadera aporta­
ción, aunque un tanto limitada. Y también por sus inquietudes morales,
aunque Tucídides describe las perversiones del hombre en la guerra con
un pesimismo a ultranza y casi sin comentarios; en cambio, Salustio da paso
en sus obras a diatribas en las que ataca duramente el materialismo y los
vicios de su tiempo, para explicar las crisis políticas: por ello les ha dado un
colorido netamente romano, a costa de exponerse él mismo (¡su moralidad
era más que dudosal) a la acusación de hipocresía y convencionalismo trivial.
Sin embargo, trató a fondo la íntima relación existente entre historia interna
e historia extema de Roma, y también las cuestiones relativas al estado y al
profundo individualismo a través de las fluctuaciones del poderío romano;
en ello se muestra como un auténtico precursor de Montesquieu.
189
LA ÈPOCA CI CERONI ANA
Moral histórica de Salustio: Cesar y Catón
[Digresión <lc carácter personal (Snlustio acnba de insertar los dos discursos
— de tesis opuestas— de Catón y de César, en la sesión del Senado en que se
discutió la suerte de los cómplices de Catilina). — Lenguaje altisonante en la
primera parte; destacada antítesis intencionada en la segunda; lenta transición
entre ambas. — Profundidad psicológica y afectada imparcialidad. — Teoría y
práctica de lo que los italianos llaman la “virtù” (potencia efectiva del carácter
individual, sin tener ea cuenta sus objetivos, morales o no).]
En mis asiduas lecturas y audiciones de las hazañas que el pueblo romano realizó
en tiempos de guerra y de paz, por tierra y por mar, tuve la súbita idea de investigar
las causas que habían permitido afrontar tamañas empresas. Sabía que muchas veces
Roma, con un puñado de hombres, había luchado contra grandes legiones de enemigos.
Aprendí que, con pobres recursos, se había enfrentado en la guerra contra reyes pode­
rosos, y —además— había soportado a menudo, sin temor, los envites de la fortuna;
aunque los romanos eran inferiores a los griegos en la elocuencia y a los galos en la
gloria militar. Después de muchas reflexiones sobre estos puntos, llegué a la conclusión
de que todo lo había hecho la eminente valía de algunos ciudadanos; ést3 era la que
había asegurado Ja victoria de la pobreza sobre la opulencia, del pequeño grupo sobre
la multitud. Pero cuando la ciudad cayó corrompida por el lujo y la ociosidad — a la
inversa — , el poderío de la república era entonces lo bastante fuerte como para no
sucumbir ante los defectos de sus generales y magistrados; y — a] igual que una madre
cuya fecundidad ha quedado exhausta — Rorna permaneció durante largos años sin
producir ningún hombre ilustre.
Pero en mis tiempos existieron dos varones de eminente valor, aunque de caracteres
opuestos: M. Catón y C. César; comoquiera que mi tema ha tenido que tratar de ellos,
he decidido no silenciar su valía y trazaré sus respectivos temperamentos y caracteres del
mejor modo posible.
Linaje, edad y elocuencia fueron casi iguales en ambos; idéntica fue su nobleza de
corazón, y también su gloria, aunque de signo distinto. César debía su prestigio a su
generosidad y munificencia; Catón, a su vida íntegra. El primero alcanzó fama por su
dulzura e indulgencia; el segundo conquistó el respeto por su severidad. César ganó la
gloria con sus dones, sus favores, sus indulgencias; Catón, por su voluntad de no dar
nada. El primero era el refugio de los desdichados; el segundo, la ruina de los malos.
Las gentes celebraban la condescendencia de aquél y la firmeza de éste. En una palabra,
César se propuso trabajar, estar en guardia, dejar a un lado sus propios intereses para
consagrarse a los de sus amigos, no negar nada digno de ser concedido; ambicionaba un
alto mando, un. ejército, una nueva campaña en la que pudiera brillar todo su valor.
Catón, en cambio, deseaba para sí la prudencia, el cumplimiento del deber y, por encima
de todo, la austeridad. No competía en riquezas con el rico, ni en intrigas con el intri­
gante, sino en continencia con el sobrio y en integridad con el varón honrado. Prefería
ser honrado a parecería; y, cuánto menos buscaba la gloria, más le acompañaba ésta.
De coni urati one Cati l mae, LIII-L1V.
La psicología; los discursos. — Por sus dotes de psicólogo, Salustio supe­
ra a su maestro. En especial en lo referente a psicología individual. Pero, al
analizar el carácter de los hombres de primera fila, sugiere la psicología
colectiva de los grupos sociales o incluso de las razas: en Yugurta se con­
centran los rasgos, esenciales de la raza numida; y los diversos matices de los
tribunos de la plebe que pinta en escena representan los diversos impulsos
y aspiraciones masivas de las multitudes romanas. Salustio tiene conciencia
de esta fuerza y se recrea en sus retratos; posee el don de crear, por una
parte, la vida sólo con rasgos abstractos; y, por otra, de sugerir,, con las pala­
bras, los sentimientos íntimos de aquellos que hablan. El pintoresquismo es
190
SaZusfto
escaso: es raro que se vea al personaje. Pero adivinamos su acción, su gesto.
De este modo ha encontrado su auténtica forma de expresión en la tradicio­
nal de los discursos: sus piezas oratorias, muy trabajadas, realzadas por
sentencias breves y brillantes, son, como las de Tucídiaes, las partes sobre­
salientes de su obra; pero menos racionales en su totalidad, más vivas e indi­
viduales que las del autor griego, dramáticas y filosóficas a la vez, particu­
lares y generales.
Del desenfreno a la guerra civil
lUn retrato muy trabajado. — Composición incierta del conjunto (nótese el
detalle pintoresco, raro cu Salustio), — La psicología en la base de la explica­
ción histórica. — Curiosidad por los bajos fondos morales y pesimismo. — Breves
destellos de estilo. — Trazado final de la república romana presentada como un
cálculo de Catilina.]
Desde su primera adolescencia, Catilina había sostenido repetidas veces amores sa­
crilegos con una doncella noble, sacerdotisa de Vcsta,5Wy cometido otros muchos atenta­
dos de este género contra toda ley divina y humana. Finalmente, enamorado de Aurelia
Orestila, en la cual nada mereció nunca el elogio de un hombre honrado, exceptuando
su belleza física, y comoquiera que ella dudara en casarse por temor a un hijo
mayor que él tenía de su primer matrimonio, se cuenta que dio muerte al joven para
dejar la vía expedita a una unión criminal. Y creo que ello fue la causa principal que
le obligó a acelerar su empresa. Pues su alma mancillada, enemiga de los dioses y de
los hombres, no encontraba sosiego ni en la vigilia ni en el descansos hasta tal punto
el remordimiento abatía su espíritu inquieto. Y su tez lívida, sus ojos desencajados, su
paso unas veces precipitado, lento otras; en una palabra, su rostro y su expresión refle­
jaban su desorden interior.
En cuanto a los jóvenes que había seducido,' como dijimos anteriormente, les ense­
ñaba, por muchos procedimientos, la ciencia del crimen; los utilizaba como testigos falsos
y falsificadores; los acostumbraba a mofarse de la palabra empeñada, de su fortuna, de
los peligros que podían correr; más adelante, una vez que había matado en ellos todo
sentimiento de reputación y de honor, les mandaba mayores atrocidades. Si faltaban oca­
siones para delinquir, no por ello cesaba. Hubiera o no injurias a vengar, mandaba espiar
y degollar; temiendo, sin duda, que la ociosidad embotara las manos y los espíritus, pre­
fería ser malvado y cruel sin motivo alguno. Contando con el apoyo de amigos tan fieles,
viendo, además, todo el país lleno de deudas y también a la mayoría de los veteranos
de Sila arruinados por sus prodigalidades y acordándose de sus rapiñas y de su victoria
pasada, invocar la guerra civil, Catilina concibió el proyecto de derribar la constitución
republicana. No había ningún ejército en Italia; Cn. Pompeyo sostenía una guerra en los
confines del mundo;150 él mismo tenía grandes esperanzas de resultar elegido cónsul; el
Senado permanecía inactivo: todo ello eran circunstancias favorables para Catilina.
De coni urati one Catilinae, XV-XVI.
Incitaciones de un tribuno
[Episodio de la agitación democrática contra la constitución de Sila: el tri­
buno de la plebe C. Licinio Macer incita al puoblo a rechazar el servicio milita;
para lograr que sean devueltos al tribunado los privilegios de los que Sila le
había privado (73). — Influencia de Tucídides y Deinóstenes, sumada a la expe­
riencia personal del estilo de las asambleas públicas. — ímpetu arrollador en el
movimiento unido a una constricción sentenciosa en la expresión.]
192. Fabia, cuñada de Cicerón.
193. Contra Mitridutes, rey del Ponto.
191
LA EPOCA CI CERONI ANA
... ¡Qué gran agitación contra mí! No habría justa razón, sin duda, para que —sin
esperar a que vosotros acabéis con la esclavitud— ellos m se dispusieran a acabar con
su tiranía; máxime si tenemos en cuenta que nuestras guerras civiles no fueron, bajo otros
nombres, más que la lucha entre ellos y nosotros a propósito de esta tiranía que hacen
pesar sobre vuestras espaldas. En realidad, las llamaradas, que encendieron sus excesos
en el poder, su odiosa insolencia y su avidez, sólo duraron un tiempo; pero, sin fin ni
tregua alguna, tan sólo hubo y sigue habiendo —por la cual se luchó, se obtuvo, y des~
pués se perdió— esta arma que forjaron nuestros mayores para asegurar la libertad.1“
Y no vayáis, os lo advierto, os lo suplico, complaciendo vuestra indolencia, a dar sen­
tidos nuevos a las palabras y a llamar “tranquilidad” a lo que es servidumbre. Aunque
tengáis razón, no podréis esperar ni siquiera gozar de ella, si su inmoralidad triunfa sobre
nuestra causa justa y sana: hubiera sido mejor no moverse.1“9Ahora que se ha despertado
su atención, si no lo conseguís en el día de hoy, os esclavizarán aún más, pues toda
la seguridad de la injusticia se encierra en la rigidez de la opresión.
Acaso me preguntéis: “¿Qué pides?” Ante todo, que cambiéis vuestros modos de ser,
lenguas activas, espíritus, indolentes, que, una vez abandonada la asamblea, no os acordáis
más de la libertad. Además —y no exijo de vosotros el heroísmo q\ ie permitió a vues­
tros antepasados lograr los tribunos de la plebe, y luego la magistratura patricia,1” y final­
mente la libertad en vuestras elecciones, sin el control de los patricios— puesto que en
vosotros, Quintes,3™ es todo poder, y todo lo que sufrís ^ en provecho de los demás
podéis hacerlo o no en vuestro propio interés, ¿acaso esperáis la ayuda de Júpiter o de
cualquier otro dios? Vosotros sancionáis con vuestra obediencia, Quintes, el despotismo
de las órdenes consulares y de los decretos senatoriales; por vuestra propia iniciativa os
empeñáis en acrecentar y afianzar la arbitrariedad que os oprime.
Y no vayáis a pensar que os invito a vengar vuestras injurias. Antes bien, os insto a
preferir la paz. Yo no soy un sembrador de discordias, como ellos me acusan; tan sólo
persigp un fin reivindicando, do acuerdo con el derecho de gentes, lo que nos es debido.
Y si se obünan en no ceder, no voy a predicar ni la guerra ni la secesión: 201 únicamente
os aconsejo que no derraméis más vuestra sangre. Que obren y mantengan ellos sus mandos
como les plazca; que persigan los triunfos, que ataquen a Mitiídates, Sertorio y las
facciones de desterrados, llevando por ejército las imágenes de sus antepasados.““ Pero,
basta ya de peligros y fatigas para quien no participa en modo alguno de los beneficios.
¿Compensa tal vez vuestros sacrificios esa ley autoritaria, que prescribe las distribu­
ciones de trigo? *“ Sí; ellos han evaluado vuestra libertad, la de un pueblo, en cinco
medidas por cabeza.“1El alimento de un prisionero, todo lo más. En la cárcel, ello basta
para no dejar morir de hambre a las personas, aun empleando, sus fuerzas; para vosotros,
ello no puede cubrir el mantenimiento de una familia, y sólo la pereza puede contribuir
a dejarse engañar por una esperanza tan exigua, Pero esta distribución de trigo aun
cuando fuera considerable, desde el momento en que se presenta como un señuelo para
vuestra servidumbre ¿no sería una solemne estupidez dejaros engañar por ella y tener
aún que dar las gracias a vuestros opresores por lo que os pertenece?
Histori as, III, 48, 11-27 Maur.
194. La aristocracia dirigente.
195. A partir del año 494, según se decía, ia plebe, con sus “sesiones”, habla obligado a
ios patricios a concederles protectores inviolables, los tribunos, que, gracias a sus derechos de
“interrupción” y de “veto”, no habían cesado de aumentar su poderío.
196. No comenzar una agitación contra la cual el partido senatorial emplearía desde el
primer momento todos los recursos para reprimirla.
197. £1 consulado.
198. Un voto del pueblo sólo era rálido con la sanción del Senado.
199. Nombre oficial de los ciudadanos romanos.
200. El servicio militar.
201. Procedimiento clásico para intimidar: La plebe salía en masa de Roma, que no podía
vivir sin ella.
202. Mascarillas de los antepasados que habían ocupado magistraturas, y que las familias
nobles conservaban cuidadosamente y exhibían con orgullo.
203. La ley Terencia Casia (73): las distribuciones de grano habían quedado suprimidas
por orden de Sila.
204. Alrededor de 44 litros (por mes).
Salustio
La narración. — La narración en Salustio es clara, a veces un tanto seca,
y otras entra en pormenores minuciosos más “artísticos” que los de César:
las proporciones están calculadas con vistas al efecto. En el Catilína, en espe­
cial, privaría el interés dramático en el curso de las peripecias de una trage­
dia aún presente en muchas memorias; como en una obra de Accio, en
cambio, una lograda novela de aventuras, llena de maquinaciones tenebrosas,
de asechanzas, de asesinatos fríamente premeditados, de osados golpes de
mano. Hay poco pintoresquismo propiamente dicho, aunque muy justo y
evocador, en particular cuando Salustio describe los paisajes de África, que
le impresionaron vivamente.
Subida a un fuerte de la Muluya
[Esta “Muluya” debe ser identificada, sin duda con la Uad Mvlcj. -— Mario
establece, en vano, un írvrtín elevado sobre un pico de una colina aislada, donde
so encuentra e] “tesoro" de Yugurta. — Episodio extenso por su valor humano
y su pintoresquismo. -— Minucia y precisión en el detalle, que no deja nada sin
explicar (cf. Tucidides, III, 20-22). — Arte sobrio y plástico en la representa­
ción del movimiento]
... Un día, un ligur,20®soldado raso de las cohortes auxiliares, salió del campamento
por agua, no J ejos de ]a falda de la altura opuesta a la que atacaban, y encontró varios
caracoles que subían por las peñas; como se dedicara a cogerlos, mío tras otro, y cada vez
en mayor cantidad, el entusiasmo de su hallazgo lo condujo casi a la cima de la montaña.
Ai no ver a nadie allí, el deseo, connatural al hombre, de realizar una proeza difícil le
inspiró otro proyecto. Allí había un gran acebo verde, que había crecido entre los peñascos,
cuyo tronco era un tanto oblicuo en su parte baja, y luego formaba codo y se tomaba
recto, siguiendo la ley común a todos los vegetales. Ayudándose unas veces en sus ramas,
otxas en los salientes de la roca, el ligur alcanzó sin dificultad la plataforma del fuerte que
defendían los númidas, que sólo prestaban atención al sector del ataque.3” Observa bicu
todos los detalles que puedan ser útiles para un ataque futuro, y luego regresa por el
mismo eamino, no con la misma despreocupación con que había Subido, sino escudriñando
y observándolo todo desde muy cerca.
Marcha en seguida al encuentro de Mario, se lo cuenta todo, lo anima a realizar el
ataque por el lado que él había subido, se ofrece para indicar el camino, y a correr
el riesgo el primero. Mario envió con el ligur, para comprobar sus palabras, a muchos
de los que le rodeaban;207 cada uno de ellos, según su temperamento, juzgó la empresa
como impracticable o como posible. El cónsul, sin embargo, condbió alguna esperanza.
Escogió, entre los trompetas y los tocadores de cuernas, a cinco de los más ágiles y, para
controlarles, a cuatro centuriones; a todos les dio órdenes de obedecer al ligur y fija lá
operación para el día siguiente.
Llegado el momento, una vez que todo estuvo preparado y tomadas las medidas, llegan
al lugar. Los hombres designados para la escalada, de acuerdo con las indicaciones de su
guía, habían modificado su armamento y su equipo: cabeza y píes desnudos, para tener
más libre la vísta y adherirse inás firmemente a las rocas; espadas y escudos en la espalda,
aunque escudos númidas, de cuero, a causa del peso y para, en caso de roces, no producir
demasiado ruido. Entonces el ligur, caminando en cabeza, ligaba cuerdas en los extremos
de las rocas y en las viejas raíces que saltan, para ayudar a sus compañeros a ascender;
a veces, cuando dudaban, como inexpertos en la empresa, les ayudaba con su mano; cuando
205. Léase, sobre el temperamento físico y moral de los ligures, C. Jullían, Histoire de
la Caule, I, p. 128.
206. Al extremo opuesto.
207. Oficiales de su estado mayor,
208. Eran más ligeros que los escudos romanos.
193
13. ----- t-l TEBA TURA 1-ATI NA
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
la ascensión se tomaba un poco más dura, les hacía pasar uno a uno delante suyo sin
armas; luego venía él detrás trayendo sus armas; en los pasos peligrosos avanzaba él
delante tanteando el terreno; luego, subiendo y bajando muchas veces, desaparecía al fin,
para dejarles pasar tras haberles infundido confianza. De este modo, tras mucho tiempo
y muchas fatigas, llegan por fin ol fuerte, desierto de esa parte porque todos los defen­
sores se habían vuelto cara al enemigo, como los demás días.
Bel l um I ugurthi num, XCIII, 2-XCIV, 3.
Lengua y estilo. — Salustio trató de dar a su lengua un aspecto ligera­
mente arcaico; siempre para parecerse a Tucídides. De este modo creó un
vocabulario que a veces sugiera una relación con Catón el Viejo, pero que,
en realidad, es artificial y complejo.200 Sigue sus procedimientos en la sinta­
xis, al combinar viejos giros latinos y construcciones imitadas del griego.
El estilo también, tanto en su sencillez como en sus oscuridades, está
cargado de intención: busca, por ejemplo, de modo preconcebido, la disi­
metría, la sorpresa; pero se trata de una retórica como otra cualquiera, opues­
ta sólo a la de Cicerón. El conjunto es de los más sabrosos, sobre todo en las
partes especialmente trabajadas: reflexiones personales, retratos o discursos.
A primera vista parece desigual, y, sin embargo, todo está en equilibrio.
Aunque Salustio es muy inferior a Tucídides en amplitud y contenido intelec­
tual, Je es sujperior en el manejo consciente de su arte: es un estilista, más
aún y con mas fortuna que Catulo.
Influencia de Salustio. — Por ello su influencia, a diferencia de Ja de
César, fue muy grande en la literatura latina: incluso en lofc oradores y los
poetas, y con mayor motivo en los historiadores. Tito Livio la experimentó,
y la combinó con su innato ciceronianismo. Tácito se impregnó de ella y
modificó a su conveniencia los procedimientos de Salustio. Incluso sus ten­
dencias dominantes —psicología y pesimismo moral— colorearon más o me­
nos toda la historia romana posterior.
CORNELIO NEPOTE Compatriota y amigo de Catulo, aunque íntimo
Hacia 99-hacia 24 a. C. también de Cicerón y de Ático, Comeíio Nepote
es un vulgarizador que desempeñaría un exiguo
papel, por lo dudoso de su ciencia y su estilo monótono o pretensioso, aun­
que, en sus abundantes obras, había “lanzado” en Roma algunas formas
nuevas de la literatura histórica: el resumen, la biografía, la compilación
anecdótica; y aconsejado un esfuerzo de comprensión moral haeia los pueblos
extranjeros. Conservamos muchas de sus Vidas de los grandes caudillos de
los pueblos extranjeros (había compuesto al menos 16 libros), una Vida de
Catón el Viejo, una Vida de Ático (que completó tras la muerte de su amigo)
y nos conservó dos cartas de Cornelia a su hijo Graco.
209. Pero la ortografía es la de su tiempo: sólo que, a causa de su reputación de arcaís­
mo, los copistas de manuscritos la mantuvieron, mientras que rejuvenecían las de los demás
clásicos, sus contemporáneos.
194
Comelio 'Nepote
No dudo, Atico, que muchas personas juzgarán este tipo de escritos frívolo e indigno
de los grandes hombres cuyos hechos revive, al leer quién fue el profesor de música de
Epaminondas o al ver entre sus méritos que sabia bailar con gracia y tocar muy bien la
flauta. Pero tal vez también suceda que, ignorando la literatura griega, sólo encuentren
bien aquello que se adapte a sus propios hábitos morales. Le será preciso aprender que
lo honrado y lo censurable no es lo mismo en todas partes, sino que todo se aprecia de
acuerdo con las tradiciones nacionales, para que dejen de admirarse del hecho de que,
al exponer las- virtudes de los griegos, nos acomodamos a las costumbres de los griegos.
En efecto, Cimón, uno de los grandes de Atenas, no sintió reparos en casar con su propia
hermana, porque sus conciudadanos seguían la misma práctica... Era un gran honor en
casi toda Grecia ser proclamado vencedor en los juegos de Olimpia; subir a escena y actuar
en el arte dramático no acarreaba deshonor para nadie en aquel país. Todo ello son
cosas que nosotros consideramos infamantes, o bajas e indignas. Por el contrario, nuestras
costumbres admiten muchas prácticas que entre ellos resultan vergonzosas. ¿Qué romano
duda — por ejemplo— en invitar a su esposa a comer en la ciudad P ¿O no le otorga el
primer puesto en la casa, adonde acuden todos? Ocurre de modo bien distinto en Grecia.
Pues la mujer sólo es invitada a comer con sus parientes; y está siempre en la parte más
retirada de la casa, llamada gynaeconi ti s, donde nadie tiene acceso, si no es un pariente
próximo.
De exceUenti bus duci bus, Prólogo.
Ático, señor de su casa
[Tipo de biografía familiar, sin contenido histórico, pero representativa, no
obstante, de las nuevas tendencias: complacencia en los ocios dedicados al estudio
y la elegancia de buen tono; lejos de la política y hostil a la ostentación.]
Sus méritos no fueron menores como señor de su casa que como ciudadano. Pues,
aunque fuera muy rico, nadie se entregó menos que él a la pasión de comprar y edificar
sin tener, sin embargo, una vivienda inferior a la de algún otro miembro de la alta socie­
dad y procurándose todos los refinamientos más apetecibles. Pues tenía en el Quirinal la
casa de Támfllo, que le había legado un tío materno, cuya estructura se adaptaba más
al parque que a la construcción: la casa, instalada a la antigua, era más cómoda que
lujosa; y no la recargó más, salvo cuando los deterioros naturales del tiempo exigían
reparaciones. Su servidumbre, para los diversos menesteres, era perfecta; en apariencias,
apenas mediana. Pues contaba con esclavos muy instruidos, excelentes lectores y nume­
rosos copistas; y no había ni un criado que no desempeñara bien estas dos artes. En
cuanto a los demás "especialistas" que exige el servicio de una casa, eran igualmente
de primera calidad. Sin embargo, todos se habían formado en su casa: signo de modera­
ción, y también de trabajo. Pues el no desear desenfrenadamente lo que uno ve, las más
de las veces es señal de moderación; y procurárselo con el trabajo más bien que con
dinero es también señal inequívoca de ser activo y cuidadoso. Era hombre de buen gusto,
no amante de la magnificencia; amante del buen gusto, no de la suntuosidad; todas sus
atenciones perseguían la elegancia, no lo superfluo. Su mobiliario era discreto, sin excesos
ni en uno ni en otro sentido. Y no voy a omitir un detalle que tal vez podrá parecer
insignificante: aunque era uno de los más ricos caballeros romanos y su casa se encontraba
abierta con gran liberalidad a hombres de todas las clases, todo lo más inscribía cada
mes en sus gastos tres mil sestercios cuando más. Y lo afirmo, no de oídas, sino a ciencia
cierta, pues mi amistad me obligó muchas veces a conocer sus asuntos privados.
Un nuevo tipo de historia
XXV, 13.
210. Alrededor de 20.000 pts.
195
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
6. La ciencia y la erudición
La curiosidad por las ciencias responde a ciertas tendencias del mundo
griego alejandrino. Los romanos aportan su avidez enciclopédica, en la que
se manifiesta, más que el espíritu científico, el deseo un poco bárbaro de
lograr una utilidad inmediata. Llegan también —con mayor frecuencia—
a los conocimientos a través de los sistemas filosóficos griegos, que los defor­
man, y a menudo con preocupaciones morales, muy latinas, pero extrañas al
objeto de la investigación.
La gramática progresa gracias a At ey o Ph et ext a t o , llamado “el Filólogo”,
consejero de Salustio; a C u r t i ó Ni c i a s, cuyos consejos atendía Cicerón; y a
Or bi l i o , que fue maestro de Horacio. La jurisprudencia es objeto de la aten­
ción de Ser . Su l pí c í o Ru f o (cónsul en 5.1), a quien Cicerón otorga el honor
de haber introducido el espíritu filosófico como elemento unificador en el
derecho; y de C. T r eba c i o T est a (tribuno de la plebe en 47), que trató
igualmente del derecho sagrado y del civil, Gracias a estos hombres, ambas
actividades llegaron a ser disciplinas precisas y limitadas. Pero los dos
grandes “sabios” de esta época, P. Nigidio Fígulo y Varrón, se consagran
a una obra de vulgarización de los temas más diversos.
Nigidio Fígulo (muerto en 45). — Nigidio escribió sobre gramática, teo­
logía y astronomía; se entregó a la astrología y al ocultismo y ejerció una
gran influencia como fundador del neopitagoreísmo romano.
VARRÓN M. Terencio Varrón, de Reata, en la Sabinia, pertenecía a la
116-27 a. C. gran burguesía conservadora; un cierto oportunismo puede
explicar en parte las nubes que se cruzaron en su amistad
con Cicerón. Ferviente pompeyano incluso después de Farsalia, este varón
tan honrado, ilustre por su sabiduría, no tuvo reparos en volver al favor de
César, que le propuso para la primera biblioteca pública. Se libró de las
proscripciones de Antonio, y no cesó de trabajar hasta su muerte, proporcio­
nando modelos a Virgilio, después de haber experimentado en su primera
juventud la influencia muy reciente de Lucüio.
Obras. — Gran lector y escritor infatigable, Varrón compuso 74 obras que
comprendían alrededor de 620 libros, sobre los temas más variados; poemas
y saturas, obras de filosofía —moral, sobre todo—, biografías, cuadros histó­
ricos, compilaciones arqueológicas, tratados de historia literaria y de “gramá­
tica"; tratado de agricultura, enciclopedia para la juventud,211 etc. De esa
211. I. Filosofía: 76 libros de “Discursos históricos” ( Logistorici), que trataban de los
problemas morales o de interés general bajo el nombre de grandes personajes; 3 De forma
196
Varrón
obra inmensa sólo poseemos los 3 libros de la “Economía rural” (Rerum t u s-
ticarum libri III), los libros de V a X, y además mutilados, de De lingua
latina, y fragmentos dispersos de las Sátiras menipeas y de las Antigüedades.
El hombre y su tiempo. — Este contemporáneo de Hortensio y amigo
de Cicerón es un complejo singular de arcaísmo y actualidad. Su medio
familiar sabino, su educación y sus aficiones lo inclinaban sobre todo hacia
el pasado, y sus perseverantes investigaciones acerca de las antigüedades
nacionales lo mantenían en su actitud. Pero, mientras criticaban su época
como un Catón y un Lucilio, gozaba como hombre de acción, gustando de
él, y, como literato, estaba al corriente de todos los movimientos: su progra­
ma de educación liberal es más variado incluso que el de Cicerón. Si su
prosa parece casi “antigua” cuando se la compara con la de los oradores de
su tiempo y sus preocupaciones pueden parecer periclitadas en un siglo tan
agitado e innovador, el espíritu que lo anima, ordenado, realista y filosófico,
era el más indicado para recordar a sus contemporáneos más agitados con
relación a la tradición nacional y para preparar de ese modo el clasicismo
latino.
Alquerías y villas
Antaño se alababa una alquería por tener buena cocina de campo, anchos establos,
bodegas y almacenes de aceite proporcionados a su extensión, con pavimento inclinado
hacia los depósitos; pues a menudo el vino nuevo hierve tan violentamente que rouipe
tantas vasijas en Italia como toneles en España. En una palabra, se cuidaba de proveer
a las alquerías de todo aquello que necesitaba el cultivo. Hoy, por el contrario, nos preocu­
pamos de tener una villa de recreo, tan vasta y elegante como sea posible, que rivaliza
.con los castillos escandalosos de los Metelos o de los Lúculos; nuestros contemporáneos
se inquietan por que se abran comedores de verano orientados hacia el fresco de levante,
y los de invierno hacía el sol poniente, en lugar de preocuparse, como nuestros antepa­
sados, de orientar convenientemente bodegas y depósitos de aceite: pues el vino en toneles
necesita un aire fresco, y el aceite un aire más caliente.
Res rusticae, I, 12.
Las “ Sátiras Menipeas”. — Desde muy pronto, Varrón se entregó a
imitar la filosofía cínica de Menipo de Gádara (hacia 250 a. C.), que había
tratado de problemas morales con un tono irónico y mezclando los metros.
Escribió, a ío largo de su vida, 150 libros de Sátiras Menipeas, “ensayos” de
filosofía popular, misceláneas de prosa y verso muy variadas: aparecen Ennio
en la forma general, LuciÜo en la lengua y el tono, como modelos literarios.
Y allí está toda la vida de su tiempo: disputas filosóficas, movimientos reli­
giosos orientales, agitaciones mundanas, cambios políticos; todo ello cons­
tituía su materia. Con mucha frecuencia se índica el tema de la reflexión
philosophiae; tratado acerca del bien supremo (De philosophia). — Historia: además de las
Antigüedades: 700 biografías, cada una de ellas acompañada de un retrato literario (Tmagtn<js
o Hcbdomades); tratados acerca del origen y ia civili7nción del pueblo romano (De origine
populi romani; De itita p. r.); cronología (Anuales): investigaciones acerca de las familias ro­
manas de origen troyano; etc. — Gramática: además del De lingua latina, trabajos sobre las
representaciones teatrales, las comedias de Plauto, etc. — Los Disciplinorumlibri trntabnn de
los conocimientos necesarios, según Varrón, para una educación liberal (gramática, dialéctica,
retórica, geometría, aritmética, astronomía, música, medicina, arquitectura).
197
l a é p o c a c i c e r o n i a n a
moral (en griego) a continuación del título, griego o latino, escogido para
atraer la curiosidad: proverbios (El asno rasca al asno; La olla encontró su
tapadera...), fórmulas morales (Entra tú solo; Espera el atardecer...) o de
filosofía popular (Te creeré mañana; hoy, no, dicho escéptico), parodias del
teatro (El Ayax de paja; Papo denunciante; Pseudolo-Apolo o el Apolo men­
tiroso, contra el dios egipcio Serapis). El tono era muy variado: diálogos, fábu­
las, sueños, descripciones animadas, etc. La lengua es viva y recia, muy pinto­
resca con sus arcaísmos, sus aliteraciones y sus compuestos a la antigua
usanza; la versificación es ágil y sencilla. Es muy lamentable que los fragmen­
tos que han llegado a nosotros no nos permitan determinar la importancia
de Varrón en la historia de la sátira latina.
“La Economía rural” . — Obra de la vejez (Varrón tenía 80 años cuando
dedicó el primer libro a su esposa Fundania), La Economía rural parece
reflejar aún mejor el antiguo espíritu romano. Aun cuando utiliza muchas
otras fuentes,212 Varrón tiene sin cesar presente en su espíritu a Catón el
Viejo, al menos durante el primer libro, que trata del cultivo de las tierras.
Y además, los temas catonianos —dignidad del trabajo de los campos, gran­
deza y poesía de la agricultura italiana, salud de los campesinos— aparecen
desarrollados, con un calor elocuente, explicado por los apuros de la época:
el cultivo de los cereales estaba en constante regresión desde hacía 200 años,
y las geurras civiles, al perturbar los transportes marítimos, habían condenado
muchas veces al hambre a Roma.
Decadencia de la agricultura
Tambicn, como hoy casi todos los padres de familia ns se Han introducido en la ciu-
dad,2'1 abandonando hoces y orados, y prefieren emplear sus brazos en el circo y en el
teatro *“ más bien que en los barbechos y en los viñedos, para alimentamos tenemos que
afianzar el transporte de trigo de África y Cerdeña y enviar naves a vendimiar en Cos y
en Quíos.218 De este modo la tierra en que los pastores que fundaron Roma enseñaron la
agricultura a sus descendientes nT ve hoy, a la inversa, cómo las nuevas generaciones, por
espíritu de lucro y contrariamente a las leyes, transforman las tierras de trigo en prados,
olvidando la diferencia que existe entre el cultivo y el pastoreo. Pues no es lo mismo un
campesino que un pastor; y, aunque los campos pueden ser objeto de pastoreo, ello no es
una razón para confundir al vaquero con el boyero: un rebaño, lejos de contribuir a la
producción en un campo, ramonea todo lo que encuentra; mientras que el buey doméstico
ayuda a que crezca el trigo en los barbechos, y el heno en los añojales.
Res rusti cae, II, 1.
Pero sus intenciones y su documentación son actuales: además, Varrón
no se contenta con fuentes librescas; se informa de sus contemporáneos,
212. Además de los griegos, los hermanos Saserna, Trcmelio Escrofa, y, sobre todo, la
traducción oficial del tratado de agricultura del cartaginés Magón.
213. Nombre antiguo del propietario-cultivador.
214. Roma.
215. Aplaudiendo.
216. Islas del mar Egeo célebres por sus vinos.
217. Lo que socialmente (Varrón lo demostró antes) marca un progreso.
Varrón
sobre todo de los grandes granjeros de Sabinia, de Apulia y del Epiro, así
como de los proveedores muy documentados de los “mercados” de Roma; él
mismo posee gran práctica en ello. El cultivo del trigo y de los árboles, único
tema que interesaba a Catón, sólo ocupa un libro en la Economía rural; el
segundo está consagrado por entero a la cría del ganado; el tercero, a los
volátiles, colmenas y cotos de caza, caracoles, lirones, etc., cuyos ingresos
podían ser inmensos, teniendo en cuenta la cantidad de tordos y jabalíes
(entre otros productos) que solicitaban los mercados de Roma.
Su espíritu es nuevo también: reina un orden. Se elimina todo lo que es
ajeno al tema; la materia se trata según un plan de avance prefijado, lógico
y completo. Los “especialistas” tratan de cada una de las cuestiones,-pero con
la inquietud de tener que explicarlo todo a quien no es del oficio. En cam­
bio, Catón, al dirigirse a personas entendidas, omitía muchos detalles, y pare­
cía abandonar a la rutina multitud de prácticas.
Bueyes de labor
Si se compran jóvenes, deben tener no menos de tres años ni más de cuatro; han
de ser robustos y de buen aparcar, para que durante el trabajo el más débil no se agote
al seguir al más fuerte; han de poseer recia cornamenta, y, a ser posible, negra; la frente,
ancha; la nariz, roma; ancho el pecho, xeeios los muslos. De entre los bueyes acostumbra­
dos al trabajo, no los toméis de la llanura para trabajar en tierras ásperas y montañosas;
hacedlo al contrario, si queréis. Los novillos que compréis los adiestraréis en pocos días
y los prepararéis para el trabajo, colocando su cuello bajo las colleras de labor y dándoles
también comida abundante. Después se Ies uncirá, pero gradualmente y teniendo cuidado
de aparear Uno joven con uno viejo (el ejemplo ayudará para la doma): primero en terreno
llano y sin arado; en seguida, con un arado ligero y, para empezar, en arena o en una
tierra muy quebradiza.
Res rusticae, I, 20.
La sensibilidad es, asimismo, más refinada: aunque los esclavos siguen
incluidos en el inventario de una finca al lado de los perros, manifiesta hacia
ellos humanidad, e incluso dulzura. Y una especie de ternura, idéntica a la
que siente Lucrecio por la vida, se manifiesta en ciertas prescripciones rela­
tivas a los anímales.
Cría de corderos
Se coloca a los recién nacidos cerca del fuego, hasta que hayan cobrado fuerzas; se
retienen las ovejas dos o tres días en el establo, de modo que los corderos aprendan
a conocer a su madre y se nutran hasta saciarse. Luego, cuando las madres salgan de
nuevo a pacer con el ganado, se retienen los corderos en el establo; cuando regresan, por
la tarde, las ovejas, maman y luego se les aparta, no sea que los aplasten durante la
noche. Vuelven a mamar por la mañana, antes de partir sus madres hacia los campos,
hasta la saciedad. Al cabo de diez días aproximadamente, se clavan estacas a las que se
atan los corderos con una cuerda de corteza o de otra materia suave, a distancia unos
de otros, a fin de que, en su ternura, no laceren alguna parte de su cuerpo mientras
juguetean corriendo juntos. Si no buscan la ubre de la madre, hay que acercarlos, untar
sus labios con manteca o tocino, y luego mojárselos con leche. Pocos días después se les
pueden dar arvejas mojadas o hierba tierna antes de marchar al pastoreo y a su regreso...
Una vez destetados, hay que cuidar que la falta de la madre no los haga desfallecer: se
les puede reconfortar con la calidad de los pastos y evitándoles las incomodidades del
frío y del calor.
fl&í rusti cae, II, 2.
199
LA EPOCA CI CERONI ANA
Este sentimiento casi estético de las cosas del campo, ignorado —en gene­
ral— por Catón el Censor (véase pág. 92 y s.), se entremezcla de vez en
cuando con el realismo de las prescripciones y los cálculos más exactos
sobre el "rendimiento” de tal o cual cria, y ello puede parecer extraño.
Pero Varrón, que, a veces, habla tan mal de “las granjas de placer”, expe­
rimenta vivamente sus comodidades y sus encantos. El ancestral interés por
las explotaciones productivas no es indicio de la rapacidad ni de la codicia
de Varrón; todo ello aparece impregnado de una gran complacencia por la
naturaleza y su viva animación.
Cotos y viveros
(Nótese a la vez la curiosidad de Varrón por esas nuevas formas de lujo ro­
mano, y su ligera ironía por los refinamientos artificiales y los excesos que aca­
rrean.]
Tú sabes también,218 Axio, que se pueden tener en “cotos” a los jabalíes, y engordar
—sin gran trabajo de ordinario— aquellos que están encerrados o que, menos salvajes, han
nacido ahí. Has visto, en la finca que Varrón {que se encuentra aquí) ha comprado a
M. Pupio Pisón, cerca de Túsculo,21“ cómo los jabalíes y corzos se reúnen a hora fija al
sonido del cuerno para tomar el alimento que se les arroja desde lo alto de una torre de
la palestra: 220a los jabalíes, bellotas; a los corzos, arvejas u otros alimentos. — Yo en per­
sona, dijo Axio, he visto en casa de Q. Hortensio,221 en el Laurentino,“ una escena más
dramática. Había un bosque do más de cincuenta yugadas,213dijo, todo él rodeado de mu­
rallas, al que se llamaba no “coto”, sino “parque”.221Allí había una elevación del terreno
donde se colocó la mesa y comíamos. Quinto mandó llamar a Orfeo: 228 llegó con traje
talar, con una cítara, y recibió órdenes de cantar; entonces empuñó una trompeta; y al
punto nos vimos rodeados de una multitud tal de ciervos, jabalíes y otros animales, que
el espectáculo no me pareció menos hermoso que las cacerías que organizan los ediles
en el Circo, con animales traídos de África.
Res rusti cas, II Ir 13.
Cuando nuestro amigo 228 Q. Hortcnsio tenía cerca de Bauli527 esos viveros que había
mandado construir con tan grandes dispendios, fui a verle bastantes veces y me enteré
que él mandaba todos los días criados a Puzzoles para comprar el pescado de su mesa.
Y no contento con no comer sus propios peces, llegaba incluso a alimentarles personal­
mente. Estimaba en más el mantenimiento de sus mújoles228 de vivero que yo el de
mis asnos m en Rosea; y, sin embargo, en comida y en bebida le costaban más caros que
a mí mis asnos: pues yo, con un solo esclavillo, sin mucha cebada y con agua corriente
crié asnos que me dieron mucho dinero; Hortensio, en cambio, tenía a su servicio un buen
218. Habla Apio Claudio.
219. Al este de Roma, en los montes Albanos.
220. Lugar destinado a los ejercicios físicn.s.
221. El orador.
222. Al sudoeste de Roma: el rey de Italia poseía hasta hace poco grandes cotos de caza
en esta región.
223. Alrededor de 13 hectáreas.
224. Varrón emplea una palabra griega significativa: “lugar en que se alimentan los
animales salvajes”.
225. Habla Varrón.
226. Semidiós cuyos cantos dominaban a la misma Naturaleza: en el pasaje se trata de
un esclavo disfrazado.
227. En la Campania, no lejos del gran puerto de Puteoli.
228. Mújoles, peces muy solicitados por los gastrónomos romanos. Pero el nombre da
materia para una broma fácil, a la que se vuelve al final del pasaje citado.
229. Región de la Sabinia: los asnos sabinos gozaban de fama.
200
Varrén
número de pescadores, que cazaban continuamente pececillos para. alimentar a los grandes;
además, cuando el mar estaba agitado, echaba en sus viveros peces salados que compraba
expresamente; dé modo que, durante las tempestades, gracias a los vendedores de pescado,
les aseguraba el alimento, pese al estado del mar, cuando los pescadores no podían arribar
a la orilla con sus barcos para alimentar al pueblo indigente. Antes os hubiera regalado
Hortensio un tiro de muías de sus caballerizas que un solo.mújol de sus viveros.
fies msti cae, III, 17.
Además, es evidente que en otra obra, Varrón se propuso alcanzar efec­
tos literarios. La redactó en forma de diálogos, cuya escenografía es muy
variada: templo de Tellus (la Tierra) durante la fiesta de invierno de las
siembras; Epiro; “villa pública”, en el Campo de Marte, un día de eleccio­
nes. Ha entremezclado digresiones moderadas, anécdotas, que permiten des­
cansar a la atención. Con su invocación a los dioses del terruño, su amor
casi sensual hacia Italia, su realismo práctico, e incluso la pedantería sabrosa
de sus bromas, La economía rural es a la vez una obra muy romana y repre­
sentativa de su autor, tradicional y actual.
Las “Antigüedades”. — La gran obra de erudición varroniana, los 41 li­
bros de sus Antigüedades —25 de Antigüedades humanas y 16 de Antigüe­
dades divinas, dedicadas a “César pontífice”), se presentaba, al parecer, najo
una forma más simple. Era un prodigioso compendio de datos arqueológicos
sobre la antigua Roma, recogidos sin crítica, más o menos bien organizados
(al menos en lo referente a religión) de acuerdo con los principios filosóficos.
Varrón hubiera deseado el mantenimiento de las antiguas creencias, en nom­
bre del patriotismo tradicional, aun a riesgo de que fueran interpretadas
de modo distinto por el pueblo, los poetas y las personas cultas. De esta
obra derivan casi todos los datos arqueológicos que nos han transmitido los
comentaristas y gramáticos antiguos. Los escritores cristianos (en especial
san Agustín) nos han conservado, con mayor o menor exactitud, fragmentos
bastante extensos; y la Edad Medía aún extraía de Varrón la mayor parte
de sus conocimientos sobre la antigüedad.
La “Lengua latina” . — Desde muy antiguo los escritores latinos se ocu­
paron de cuestiones gramaticales; pero los .contemporáneos de Cicerón hicie­
ron una moda de ello, discutiendo, en particular, acerca de la constitución
de la lengua de acuerdo con la “analogía” (formaciones derivadas) o la
“anomalía” (sólo se tomaba por norma el uso). Varrón trató de los orígenes
y de la etimología (libros I-Vll), de las “declinaciones”, es decir, de las flexio­
nes y derivaciones (VII I-XIIl) y de la sintaxis (XIV-XXV) del latín. No posee
un método lingüístico bien conformado ni un plan fijo: los modelos helenís­
ticos de Varrón (estoicos, en particular) procedían por hipótesis y deduccio­
nes lógicas. En materia de etimología, sobre todo, los resultados son alarman­
tes (canisy “perro” deriva de canere, “cantar”; uolpes, "zorra”, de uolat
pedibus, "de pies rápidos”; nux, “nuez”, de nox, “noche”; ornatus, de ab ore
natus, ¡porque al arreglarnos nos ocupamos primero de la cara!). No obstan­
te, seria injusto limitarse a ironías fáciles: estas etimologías, incluso las más
201
LA ÉPOCA CI CERONI ANA
fantásticas, pueden esclarecer los valores semánticos de ciertos vocablos latinos
en aquella fecha. El De lingua latina contiene también ideas que encontra­
mos a veces en las teorías históricas y lingüísticas modernas; como por ejem­
plo las que se refieren a la influencia de los sabinos y del dialecto sabino en
la historia de Roma y en la lengua latina.230Además proporciona datos pre­
ciosos sobre el derecho romano, las instituciones (véas^la explicación de los
nombres de las monedas, V, 169-174) y la topografía ae la Roma primitiva
(V, 41-56). En cuanto a los problemas teóricos propiamente gramaticales,
como alumno del académico Antíoco de Ascalón, intentó discutirlos con un
amplio espíritu filosófico.
Argumentación en favor de la “anomalía” 111
De este modo, puesto que en el vestido, la construcción, el mobiliario y todo lo que
concierne a las necesidades de la vida, domina necesariamente la diversidad,*** ésta no
debe ser rechazada cuando se trata de la lengua, creada, también, para el uso diario.
Puede pensarse que, en la práctica de la vida, la naturaleza nos brinda en todo dos
objetivos, la utilidad y el buen gusto: y, cuando nos vestimos, no tratamos sólo de evitar
el frío, sino también de vestirnos adecuadamente; cuando nos instalamos, no sólo perse­
guimos encontrar un refugio para casos de necesidad, sino una casa cuyo confort nos
retenga en ella; deseamos poseer muebles, no sólo adecuados, sino además de bellas formas
y artísticos. Ésta es la diferencia que existe entre el individuo aislado y la humanidad:
para un hombre sediento, cualquier recipiente es bueno; para la humanidad cultivada, ha
de ser bello. Pero cuando nos alejamos de la utilidad para buscar el placer, entonces la
disimilitud ofrece a menudo mayor atractivo que la similitud: por ello estucamos de modo
distinto dos habitaciones contiguas y no construimos las camas ni de la misma altura ni
de la misma forma. Si fuera menester buscar la analogía en el mobiliario, tendríamos en
casa camas idénticas, con patas o sin ellas, y (¿por qué no?) con escabel para el dormitorio
como para la mesa; y no nos complacerían excesivamente las costumbres de quienes
emplean el marfil y los cincelados varios ’al igual que los grabados con la misma forma
y materia aproximadamente. De modo que, o es menester negar que la diversidad nos
resulta agradable, o bien, puesto que no puede negarse, hay que reconocer que la diver­
sidad de las palabras, tal como se presenta en la práctica, no se puede evitar.
De l i ngua latina, VIII, 15-10.
Fuentes y crítica.—Las fuentes de Varrón son muy buenas, pues leía
mucho, sin perder por ello el contacto con las realidades, las materias que
trataba estaban ya en parte elaboradas y su siglo, aun desprendiéndose muy
rápidamente del pasado, conservaba aún más o menos el sentido del mismo.
Pero su crítica histórica es insuficiente: casi se contenta con hacer acopio de
datos; su prudencia y espíritu ordenado, así como la amplitud de sus cono­
cimientos, que le permiten sorprender las contradicciones y tratar de resol­
verlas, son las únicas garantías de su ciencia. Y bastaron para asegurarle, en
la Antigüedad, un valor incomparable a sus compilaciones en extremo obje­
tivas, y la fama de gran sabio para él.
230. Hay que notar sin embargo que Varrón, que era sabino, tiende a exagerar la dosis
de “snbinisrno” que había en Roma.
23J. El texto ofrece lagunas, pero c) sentido queda a salvo.
232. Se trata de una diversidad (“anomalía") funcional: un vestido de hombre no es un
,vestido de mujer; un salón no es una cuadra; etc. Varrón acaba de desarrollar este primer
punto.
202
El teatro
La composición. — Además añade a la organización de su material —cual­
quiera que éste sea— una voluntad de composición literaria que llega a la
obsesión. El segundo libro de La Economía rural tiene 81 partes (9 X 9) (!)•
Las subdivisiones del De lingua latina son infinitas y molestas. Tanto más
cuanto que sus distinciones no se fundan ni en meras realidades, ni en la
lógica, sino que trata de combinar con ellas un sistema de cifras: 7 (número
sagrado), 3 (pitagórico), 4 (estoico). Ello no impide que este plan riguroso,
nuevo en la prosa latina y raro en toda la antigüedad, atestigüe una aprecia-
ble voluntad de método y un sentido exacto de las necesidades de la pe-
dagogía.
El espíritu filosófico. — La unidad íntima de sus obras se ajusta a sus
tendencias filosóficas. Un pensamiento campea siempre en sus exposiciones
técnicas. Como Cicerón, simpatizaba con la doctrina académica, aunque
más con la antigua (la de Platón) que con la nueva, encontrando en ella el
equilibrio entre sus funciones morales y físicas; pero se inclinó en seguida,
según parece, hacia el pitagoreísmo, aristocrático y semirreligioso. Buen
conocedor de las diferentes doctrinas, trató de vulgarizarla en una forma
amena; le divertían las disputas entre las escuelas: hubiera tratado sin duda
de reconciliarlas, encaminándolas a todas hacia un racionalismo de acuerdo
con el orden de la Naturaleza, demasiado vago por los demás.
Conclusión. — Tales son los rasgos de este laborioso escritor, tan patrióti­
camente vinculado a la antigua Roma, al recuerdo de sus campesinos ‘‘que
olían a ajo y a cebolla” y que "sólo se afeitaban cada ocho días”, pero
que tenían el cuerpo robusto y el alma recia, aunque también siente la
huella del helenismo. Lo que su pensamiento y su lengua presentan de
la nobleza rústica y del arcaísmo sabroso tiende ya a ese amor estético por el
pasado, que no impide gozar del presente, y que iba a añadir un condimen­
to nuevo a la literatura latina.
7. El teatro
Sin embargo el teatro, el orgullo del siglo pasado, atravesaba una grave
crisis. Los clásicos de la tragedia, Pacuvio, Accio, eran repuestos de ordinario
en la escena: pero se hacía necesario, para conseguir el éxito, revestir las
representaciones de una pompa completamente externa, y sabemos por Cice­
rón que había que defenderlas contra el desdén y el olvido. La comedía
trató aún una vez más de volver a la comunión con el pueblo, a través de la
atelana y el mimo: y una vez más fracasó, volvió a los usos de la antigua
palliata, o cayó en la farsa grosera o en los espectáculos de las danzas de los
mimos.
203
LA EPOCA CI CERONI ANA
La atelana. — Atela, pequeña ciudad cainpaniense entre Capua y Nápo-
Ies, tenía una especie de teatro de Arlequín, nacional: por consiguiente, los
ciudadanos que representaban los papeles bajo' sus máscaras no experimen­
taban por ello ninguna deshonra.
No sabemos en qué fecha se introdujo este teatro en Boma, con sus carac­
teres propios y sus personajes convencionales, cuyos nombres expresivos sub­
rayaban los rasgos físicos esenciales y sugerían su carácter: Maccus, “el
hombre de grandes mandíbulas", tragón estúpido; Bucco, “boca de alcancía",
charlatán, presumido; Dosserius, “el de grandes espaldas", jorobado lleno de
malicia; Pappus, “el abuelo”, viejo maniático; Sannio, “la mueca”, payaso. Un
tema bastante general (Maco comerciante, Maco jovencita, Papo campe­
sino...) debía servir para toda clase de tramas y burlas improvisadas. El
género era muy italiano, muy parecido a la antigua satura, del que sin duda
alguna deriva —sin intermediario alguno— la Comedia de Arte. Bajo Sila,
dos escritores italianos de talento, Novio, y —en especial— L. Po mpo n i o de
Bolonia, trataron a nivel literario temas de atelanas a modo de exordia
(pequeñas piezas ^alegres representadas después del espectáculo de una tra­
gedia); pero escribieron también, según parece, tabernariae y palliatae, y los
escasos fragmentos que nos quedan no nos penniten apreciar su originalidad
en el nuevo género. La atelana, eclipsada tras ellos por el mimo, recobró su
vitalidad bajo el Imperio; aunque no como género literario, sí al menos como
farsa popular.
El mimo. — El mimo tiene orígenes mucho menos precisos: las farsas
callejeras, danzas más o menos paródicas o lascivas, bufonadas y los cuadros
realistas pudieron contribuir a su formación; Sicilia y la Magua Grecia no
son tal vez ajenas a ello. En todo caso, se menciona un bailarín-actor de
mimos en los Juegos Apolinares a partir de 211. Como género dramático, el
mimo captó el favor popular por la simplicidad de su trama, la libertad
de sus chistes, el ingenio o la belleza de sus protagonistas: los actores traba­
jaban sin máscara, y los papeles femeninos eran representados por mujeres.
El caballero D. Labf.iuo (hacia 106-43) les dio un contenido literario, no sin
recurrir a préstamos (desarrollo de los caracteres, máximas morales) de la
palliata, pero conservando su particular sabor. Atacó a César y el dictador le
obligó a representar uno de sus mimos, lo que le obligaba a perder su dig­
nidad de caballero; conservamos un pasaje del prólogo, muy digno y doloroso,
aunque prudente y casi adulador, en el que Laberio se queja de que le
redujeran a este menester a sus años. Su joven rival, el liberto Puni.ii.io
Loco Sino, no escribía sus mimos, pero buen número de sentencias mora­
les elegantes que incluía en ellos fueron compiladas, y mezcladas con otras
máximas de procedencia diversa (en total suman 857), cuyo tono recuerda a
la Comedia Nueva y a Tereneio.
El mimo decayó tras Publilio Siró: volvió a la insípida deshonestidad de
sus inicios; como contrapartida, la danza mímica sin palabras se desprendió
de él, y nacieron la pantomima y el ballet, que compusieron —bajo el Im­
perio— una parte esencial de las representaciones teatrales.
204
BIBLIOGRAFÍA
D h u ma n n s-G r o e b e , Geschi chte Roms in sei nem Übergänge von der republ i kani schen
zur monarchi schen Verfassung (Berlin-Leipzig, 1899-1929); G. B l o c h , La Républ i que
romai ne; confl i ts pol i ti ques et soci aux‘ (Paris, 1922). — J. C au co pi no, S y lia ou la mo­
narchi e manquée (Paris, 1931); Ed. M ey er , Casars Monarchi e und das Princi pat des
P ompej us3 (Stuttgart-Berlin, 1919); T. R i c e H o l me s , The Roman Republ i c and the
Founder of the Empi re (Oxford, 1923). — P. J al , La guerre ci vil e à Rome. Étude litté­
rai re et moral e de Ci cerón à Taci te (París, 1963).
W , W a bd e F o w l e r (trad, de Biaudet), La vi e soci ale à Rome au temps de Ci cerón
(París, 1917). — F . M ü n z e», Römi sche Adel spartei en und Adel sfami l i en (Stuttgart, 1920);
J . B. M i s p o u l e t , L a vi e parl ementai re à Rome sous la Républ i que (Paris, 1899). —
P. G u i r a u d , Études économi ques sur VAnti qui té (Paris, 1905); A. D el o u me , Les mani eurs
d’argent d Rome j usqu’à l’Empi re2 (Paris, 1892); J. H a t z f e l d , L es trafi quants italiens
dans l 'Ori ent hel l éni que (Paris, 1919); L. H a r ma n d , L e patronat sur les col l ecti vi tés pu­
bl i ques, des ori gi nes au Bas-Empi re (Paris, 1957); S. L a u f k en , Di e Skl averei i n der
gri echi sch-römi schen Wel t (Gymnasi um, LXVIII, 1961).
D. M. Sci i u l l i an , External stimuli to literary producti on i n Rome, 90 B. C.-27 B. C.
{Uni v. of Chi cago, 1932); T. F r a n k , L i fe and Li terature i n the Roman Republ i c (Uni v.
of Cali fornia, 1930). — C . Botssi eu, Ci céron et ses amis (Paris, 1865); W . Kroí.l, Di e
Kul tur der ci ceroni schen Zei t (Leipzig, 1933); J . C ar co f i n o , Ce que Rome et l’Empi re
romai n doi vent à la Gaul e (Oxford, 1932).— E. Z el l eh !-E< W el l m an , Di e Phi l osophi e
der Gri echen, HI, 1 (Leipzig, 1923); L. Meylan, Panétius et la pénétrati on du stoï ci sme
à Rome au derni er si ècl e de la Républ i que (Revue de théol ogi e et de phi l osophi e, Lau-
sana, 1929; P. Boy an cé, L e stoï ci sme à Rome (Actes du VIIe Congrès G. Budé, Paris,
1964); Panaetius Rhodius, éd.* por M . van Straaten (Leyden, 1962); M . van Straaten,
Panétius, sa vie, ses écri ts, sa doctri ne (Amsterdam, 1946); K. Reinhahdt, Poseidonios
(M uni ch, 1921); P. G i u f f r i d a, L ’epi curei smo nel l a l etteratura latina del I secol o av. Cri sto,
II : Lucrezi o e Catul lo (Turin, 1950).
Condicionamiento histórico
I. LOS HISTORIADORES; LA ORATORIA
Véase bibiiogr. del cap. precedente, p. 122 a 124. — G. B o i s s l e r , L ’i ntroducti on de
la rhétori que à Rome (Mél anges Perrot, 19021; U. W. Sc h o l z , Der Redner M. Antoni us
(Erlangen, 1962); J. P o x h et , Essai sur l ’él oquence j udi ci ai re à Rome pendant la Répu­
bl i que (Paris, 1887).
Rhétori que à Hérenni us: EDICIONES: Crítica: Fr. Marx (Leipzig, 1894); — Con
comentario latino: C.-L. Kayser (Leipzig, 1854); — Con traducción francesa: H. Bor-
necque (Paris [1932]).
205
L A ÈPOCA CI CERONI ANA
2. CICERÓN
EDICIONES COMPLETAS: Príncipe: Milán (1498); — Orelli *-Baiter-HaIm (Zurich,
1845-1862); Baiter-Kayser (Leipzig, 1861-1869); Friedrich Müller (Teubner, 1855-1898);
Atzer-Klotz-PIasberg-Pohlenz-Reis-Sjögren... (Teubner, 1914 ss.); italiana: Centro di S tuai
ci ceroni ani (Roma, en curso de publ.).— Con traducción francesa: V. Le Clerc* (Paris,
1827).
EDICIONES ESPAÑOLAS: Guerra Ci vi l , S. Mariner, vols. I y II (Barcelona, Al ma
Mater, 1961); De los Deberes, E. Valenti, vols. I y II con coni. y trad. catal. (Barcelona,
Bernât Metge, 1952 ss.); Di scursos, J . Vergés y otros, con com, y trad. catal. (Barcelo­
na, Bernât Metge, 1947 ss.); Del Orador, S. Galmés, con com. y trad. catal.; vols. I al IJI
(Barcelona, Bemat Metge, 1929 ss.); Tuscularui s, E. Valent!, con coin, y trad. catal., vols. I
al III (Barcelona, Bemat Metge, 1948 ss.); Bruto, con com. y trad. catal., por G. Alabart
(Barcelona, Bemat Metge, 1924).
ESTUDIOS GENERALES: G el z er - K r o l l - P h f l i p p so n - B ü ch n er , M. Tul l i us Ci cero
(Resumen de la Real -Encycl opädi e, Stuttgart, s. d.); J. L . Str ach an - D av i d son , Ci cero and
the Fal l oj the Roman Republ i c * (Nueva York, 1925); E. C l acer i , Ci cerone e i suoi
tempi , 2 vol. (Milán-Roma-Nápoles, 1926-1930; 2.* ed. 1939-1941); T. P eter sson , Ci cero:
a bi oaraphy (Berkeley, 1920); L . L auband, Ci céron (Paris, 1933); H. F r i sch , Ci cero's fi ght
for the Republ i c (Copenhague, 1946); P. Boy an cé, L e probl ème de C. (L ’I nformati on
littéraire, 1958); M. M af f i i , C . et son drame pol i ti que (Paris, 1901); A. M i ch el y C . Ni-
c o l e t , Ci céron (Paris, 1961); K. Bü ci i neu , Ci cero (1964). — J. L ebu eton , Études sur
la l angue et la grammai re de Ci céron (Pari s, 1901); P . W u i l l eu mi eb, La théori e ci céro-
ni enne de la prose métri que (Rev. des Études l ati nes, VII, 1929); M . Rambaud, C. et
l 'Hi stoi re romai ne (Paris, 1953); E. M al co v ati , C. e la pvesi a (Pavía, 1943); A. H au r y,
L ’i roni e et l’humour chez C. (Leyden, 1955); J. Kel i æg o ua h c ’h , L e. vocabul ai re latin des
relations et des partis pol i ti ques sous la Républ i que (Paris, 1963). — ,M. Sc h n el d ewin , Di e
anti ke Humani tät (Berlín, 1897); Th. Zielinski, Ci cero i m Wandèl der J ahrhunderte *
(Leipzig, 1929).
Cartas
MANUSCRITOS: Copia (s. xi v) de un ms. de Verona, en Florencia; Medi cei i s (Flo­
rencia, siglos i x-x) y dos Harl ei ani (Londres, s. XI y Xii).
EDICIONES: TyTreU-Furscr2'a (Dublin, 1904-1933), con com. ingl.; L. Constans-
J . Bayet (Budé, 1934 ss.), con trad. fr. — Ad Atti cum (Göteborg, 1916; Upsala, I960), por
H. Sjögren y C. Thömell; por D, R. S. Bailey .(Oxford, 1916); por V. Morieca (Paravia,
1951-1953); A d Brutum y A d Qui ntum fratrem (Upsala y Upsala-Leipzig, 1910 s.), Ad Q.
fr. y Ad Brutum, Fragm., W. S. Watt (Oxford, 1958); Ad Q. fr. y Comment, peti tioni s,
por U. y A. Moricca-Caputo (Paravia, 1954); Ad fami li ares, por Mendelssohn (Leipzig,
1893) y por Moricca1 (Paravia, 1954); Lettres de Cael i us à Ci céron, por F. Antoine (Pa­
ris, 1894), por J . Bayet (Roma, 1905).
ESTUDIOS: G. B o i ssi eh , Cicéron et ses amis; J. Cahcopino, L es secrets de la correj-
pondance de C. (Parts, 1947); O. E. Sc h mi d t , Der Bri efwechsel des Ci cero von sei nem
Prokonsul at i n Ci l i ci en bi s zu Caesars Ermordung (Leipzig, 1893); M. Ro t h st ei n ,
Gri echi sches aus Ciceros Bri efen (Hermes, 1932); R. M o n su ez , L e styl e épi stol aire de C.
et la l angue de la conversati on (Pallas, I-II, 1952-1953); P. M en n a, Aspetti sintattici e
lessicali di carattere i nti mo e fami l i are y L ’erudi zi one greca nel l e L ettere ci ceroni ane
(Nola Basilicata, 1954-1955).
INDICE, por Oldfather-Canter-Abbott (Urbana, 1938).
206
Bibliografía
Discursos
MANUSCRITOS: Palimpsestos en Milán, Turín, en el Vaticano (s. iv-v); Paristni
7774 A {s. ix) y 7776 (s. xi ), y Cl uni acensi s (s. ex) x>ara las Veninas, etc...; Tegemseensi s
(Munich, s. xi) y Erfurtensi s (s. xn) para el Pro Caeci na, etc...; Gembl acensi s (Bruselas,
s. xn) para el Pro Archi a; Parisi nus 7794 (s. ix) para los discursos post redi tüm; Vaticanus-
Basi l icamis H. 25 (s. ix) para las Fi l í pi cas; muchos mss. recientes, en parte salidos de
un ms. de Cluny conocido por Le Pogge (en particular, París. 14749).
EDICIONES: Petcrson-Clark1 (Oxford, 1905-1918); de la Ville de Mirmont-Rabaud-
Boulanger-Bailly-Wuilleumier-Cousin-Boyancé (Budé, 1921 ss.), con trad. franc.; — Con
comentario francés: Pro Archi a y Veni nas, por E. Thomas (París, 1883 y 1894); Pro
Mi l one y Pro Murena, por Antoine (París, 1891); Pro Mi lone, por J. Martha (París,
1896); 1.“ Fi l í pi ca, por de la Ville de Mirmont (París, 1902); — Con comentario inglés:
Pro Archi a, Pro Bal bo, Pro Mi l one, Pro Sulla, .por J. S. Reíd (1877-1894); Pro Cael io,
por R. G. Austin (Oxford, 1960); Fi l í pi cas, por King (Oxford, 1878); — Con comentario
latino; Pro Cael i o, por Van Wageningen (Groningen, 1908); — Con comentario alemán:
Pro Roscio Ameri no, por Landgraf (Erlangen, 1882-1884).
ESCOLIOS: StangI, II (Vicnne, 1912); Asconius, cd. Clark (Oxford, 1907) y Giarra-
tano (Roma, 1920).
ESTUDIOS: H. Merguet, Lexi kon zu den Reden des Ci cero (Jcna, 1877-1884;
reimpr. en 1962); L. Delabuelle, Étude sur l e choi x des mota dans l es discours de
Ci cerón (Toulouse, ]911); L. Lauband, Étti des íur l e stijle des di scours de Ci céron ***
(París, 1926-1928, 4.“ ed. 1940); Tu. Zielinskjc, Das Cl ausel gesetz in Ci ceros Reden
(Leipzig, 1904); Der constructi ve Rhythmus i n Ci ceros Reden (Philologus, Suppl . b. XI I I ,
1914); J. Humiíiüiit, Les pl ai doyers écri ts et les plai doiries réel l es de Ci céron (París, 1925);
E. Costa, Ci cerone gi ttreconsul l o1 (Bolonia, 1927); Cucheval, Ci céron orateur (París,
1901); L. Lauband, L ’hi stoi re dans l es di scours de Ci céron (Lovaina, 1911).
Tratados de retórica
MANUSCRITOS: En especial, 2 Vati cani y 1 Fl orenti nas (s. xv), que derivan de
un ms. de Lodi, perdido; además, varios mss. incompletos (códi ces mutili).
EDICIONES: Wilkins (Oxford, 1903); Bomccque-Courbaud-Martha... (Budé, 1921 ss.),
con trad. francesa; — con comentario: Piderit (Leipzig, 1867), Brutas, por Martha (París,
1907), Kellogg (Boston, 1902), J ahn'-Kroll (Berlín, 1908); De oratore, por Courbaud
(París, 1905), Wilkinsí_®(Oxford, 1890-1891); Orator, por Sandys (Cambridge, 1885),
Marchi ’-Stampini (Turín, 1920).
ESTUDIOS: C a u s e r e t , Étude sur la l angue de la rhétori que dans Ci céron (Paris,
1880); F . G a c h e- J . P i q u e t , Ci céron et ses ennemi s littéraires (Paris, 1882); B. R i po s a t i ,
Studi sui Topi ca di C. (M i l án, 1947); A. M i c h e l , Rhétori que et phi l osophi e chez C.
(Paris, 1960).
INDICE, por K. M. A b b o t t ... (Urbana, 1964).
Tratados filosóficos
MANUSCRITOS: 2 Lei denses (s. x y xi), Laurenti anus (Florencia, s. x) y Vi ndubo-
nensi s (s. x); para el De re publ i ca, ún palimpsesto del Vaticano (s. ív'P); para el De
fi ni bus, el Pal ati no-Vaticanus 1513 (s. xi) y el Parisinus 6331 (s. xu); para las Tusculanas,
el Cudi anus 294 (Wolfenbüttel, s. ix-x) y el Parisinus 6332 (s. x), etc.
EDICIONES: Laurand-Martha-Fohlen y Humbert... (Budé, 1928 ss.), con.trad. franc.;
— con comentario: De aTnicitia y De senectute, por Reíd (Cambridge, 1879); De diuirui-
207
LA ÈPOCA CI CERONI ANA
tione, por A. Stanley Pease (Urbana, 1920-1923); De fi ni bus, por Hutchinson (Londres,
1909) y Reid (I-II, Cambridge, 1925); De finibtis, con trad. de A. Kabza (Munich, I960)
y K. Atzert (1964); De l egi bus, por Du Mesnil (Leipzig, 1879) y por K. Ziegler (Heidel­
berg, 1950); por G. de PÙnval (Budé, 1959); De natura deorum, por Mayor (Cambridge,
1880-1885) y por A. Stanley Pease (Cambridge M,, 1956-1958); De ofj i cii s, por Sabba-
dini * (Turin, 1913); K. Atzert (Teubner, 1958); De re^mblica, por L. Ferrero (Florencia,
1950); 5.* ed. por K. Ziegler (Teubner, 1960); De senectute, por P. Wuilleumier (Budé,
1940; 2.* ed. 1961); Lael i us, por Seyffert *-Muellcr (Leipzig, 1876); Tuscul anas, por Heine*
Pohlenz (Leipzig, 1922-1929); por A. di Virginio (Milán, 1962), los libros I y III, por
A. Barigazzi (Paravia, 1956); M. Ruc h , L ’Hortensi us de Ci c.i histoire et reconstructi on
(Paris, 1958); Academi cus prí mus, por R. Del Re (Florencia, 1961).
ESTUDIOS: H. Mehcuet, Lexi cón zu den phil osoph. Schri ften Ci ceros (Jena, 1887-
1894); M. O. Liscu, Etude sur la l angue de la phil osophie morale chez Ci céron (Paris,
1930); L ’expressi on des i dées phi l osophi ques chez Ci c. (Paris, 1937); W. Süss, C. als phi l o­
sophi scher Schri ftstel l er (Heidelberg, 1949); R. Po n c el et , C. traducteur de Platon (Paris,
1957; A. Wei sc h e, C. und di e neue Akademi e (Münster, 1961); C. T h iauc o ur t , Les
traités phi l osophi ques de Ci céron; l eurs sources grecques (Nancy, 1912-1915); R. HmzEL,
Untersuchungen zu Ci ceros phil osoph. Schri ften. (1877-1893); Desjar diíís, L es devoirs.
Essai sur la moral e de Ci céron (Paris, 1865); M. Ruc h, L e préambul e dans l es œuvres
phi l osophi ques de C. (Estrasburgo-Pans, 1958), P. Bo ya n c é, Ci céron et "l e Premi er
Al ci bi ade” (Rev. d. Et. lat., XLT, 1963); Mil t o n Va uen t e, L ’éthi que stoï ci enne chez C.
(Paris, 1957); L. Kr umme, Di e Kritik der stoi schen Theol ogi e i n Ci ceros Schri ft De natura
deorum (Güttingen, 1941); C. Vic o l , C. esposi tore e critico del l ’epi curei smo (Ephemeri s
Dacoromana, X, Roma, 1945); M. Ruc h , La composi tion du De rep. (Reo. d. Ét. lat.,
XXVI, 1948); P. Gr enad e, Remarques sur la théori e ci céroni cnne du pri nci pal (Méh Écol e
françai se de Rome, LXII, 1940); Autour du De rep. (Rev. d. Ét. lat., XXIX, 1951);
K. Büchner, Di e beste Verfassung; ei ne phi l ol ogi sche Untersuchung zu den ersten drei
Büchern von Ci ceros Staat (Studi I tal. di filol. class., XXVI, 1952); Bo ya n c é, Études
sur l e Songe de Sci pi on (Paris, 1936); Büc h n er , Das Somni um Sci pi onis und sei n Zei t­
bezug (Gymnasi um, LXIX, 1962).
Poesia
EDICiONES: Aratca, crit, trad. y com. por V. Buescu (Paris, 1941); I frammenti
poeti ci , por A. Traglia (Verona, 1962),
ESTUDIO: W. L e u t i i o l d , Di e Übersetzung der Phacnomena durch Ci cero und Ger-
mani cus (Zürich, 1942).
3. LUCRECIO
MANUSCRITOS: dos Vossiani, Obl ongus y Quadrütus (Lcyden, s. ix) [reproducidos
por Chatelain, Leyden, 1908-1913], y algunos I talici, procedentes de una copia (per­
dida) de Poggc, de un ms. perdido.
EDICIONES: Príncipe: Brescia, 1473. — Críticas, y con comentario: Mnnro6 (Cam­
bridge, 1905), en inglés (traducida al francés en los cantos I-III por A. Reymond, París,
1890-1903); Giussani '-Stampini (Turín, 1921 ss.), en italiano: Ernout* (Budé, 1931), co­
mentario francés por Emout-Robin (Budé, 1925-192S); C. Bailey (Oxford, 1947); — Diels
(Berlín, 1923-1924); J. Martin (Teubner, 1959); — Parciales: I, por Pascal (Turín, 1928);
I, III, V, por Duff (Cambridge, 1923-1930); III, por Heinzc (Leipzig, 1926); IV, por
Emout (París, 1916); V, por Benoist-Lantoine (París, 1884), por C. Giussani, E. Stampini
y V. d'Agostino (Turín, 1959).
EDICIONES ESPAÑOLAS: De la Natural eza, J. Balcells, con trad. y com. cata].,
vols. I y II (Barcelona, Bernat Metge, 1927 y ss.); E. Valcntí, vols. I al III, con com.
y trad. cast. (Barcelona, Al ma Mater, 1961 ss.).
208
Bibliografía
TRADUCCIONES: Francesas: Crousló (París, 1871); A. Lefèvre (París, 1876), en
verso; Emout (Budé)', — Alemana: Diels (Berlín, 1923-1924)-, — Inglesa: Bailey (Ox­
ford, 1921).
LENGUA, SINTAXIS Y MÉTRICA: I. P a u l so n , I ndex Lucreti anus * (Leipzig, 1926);
II. D i e l s , Lukrezstudi en (Sitz, ber, der Berl i ner Akademi e der Wi ssenschaften, 1918 ss.;
Berlin, 1920 ss.); C a r t a u l t , De la fl exi on dans L ucrèce (París, 1898); H o l t z e , Syntaxis
Lucreti anae l i neamenta (Leipzig, 1868); C . J. H i d én , De casuum syntaxi Lucreti ana (Hel-
singfors, 1896-1899; Annal . Acad. Sci ent. Fenni ae, B, XI, 13, 1920): W. A. M e i u u l l
[Sur la métri que] (Uni v. of Cali fornia, Classical Philology, VII-VIÍI-IX, 1924-1929);
Ch. D u bo i s, L ucrèce poète dactyl i que y La métri que de L ucrèce comparée a cel l e de
ses prédécesseurs, Enni us et Luci l i us (Estrasburgo, 1935).
ESTUDIOS: K. Büchner, L ukrez und Vorklassik (Wiesbaden, 1964); U. Pizzani, I I
probl erna del testo e del l a composi zi one del De n. r. (Roma, 1959); G. della Valle,
T. Lucrezi o Caro e l 'epi curei smo campanos (Nàpoles, 1935); P. Boyancé, L. et Vépi cu-
rismn (Paris, 1963); C. Martha, L e poème de L ucrèce (París, 1869); C. Pascal, Sítítit
sul poema di Lucrezi o (Roma-Milàn, 1903); J. Masson, Lti cretius, epi curcan and poet
(Londres, 1907-1909); M. Rozelaab, L uhrez (Amsterdam, 1943); R. Waltz, L ucrèce dans
L ucrèce (Lettres d Humani té, XII, 1953); Logre, L ’anxi été de L ucrèce (Paris, 1946);
O. Tescari, Lucreti ana (Turin, 1935); D. v a n Berciiem, La publ i cati on du De nat. rer.
et la VI ' Ègl ogue de Vi rgi l e (Mus. Heheti cum, 1940). — J. Woltjeb, Lucreti i phil osophia
cum fonti bus comparata (Groningen, 1877); J. Bayet, L ucrèce devant la pensée grecque
{Museum Hel vcti cum, 1954); W. K hanz, Lukrez und Empcdocl es (Phil ol ogus, 1943);
P. Boy ancé, L ucrèce et l e monde {Lettres d’Humani té, IV, 1945); H. F i .eu r y , En reli sant
L ucrèce. L e l ivre “De la Nature” et la Physi que moderne (Paris, 1927). — J. B ay et,
Etudes l ucréti ennes [Lucrecio y las Ciencias] (Cahiers du Collège philosophique, La pro­
fondeur et l e rythme, Paris, 1943, p. 57-138); P. V a l et t e, La doctri ne de l ’âme chez
L ucrèce ("Cahiers de la Revue d'histoire et de pliilosophie religieuse”, publicados por
la Facultad de teología protestante de la Universidad de Estrasburgo, núm. 27, 1934);
J . M f .h w al d t, Der Kampf des Di chters Lukrez gegen di e Rel i gi on (Viena, 1935);
J. Musseiil, t )e Lucreti i libri I condi ci one ac retractati one (Tesis. Greifswald, 1912). —
K . Bü ch n er , Beobachtungen über Vers und Cedankengan bei Lukrez (Berlin, 1936);
K . Bü ch n er , Di e Proömi en des Lukrez (Classi ca et Medi aeoal i a, XIII, 1951); P. G r i mal ,
L ucrèce et l 'hymne à Vénus (Rcv, d. Et. lat., XXXV, 1957). — Ed. B er tr an d , L ucrèce;
«n pei ntre de la nature d Rome (Ann. de l’Univ. de Grenobl e, 1906); P. Boy ancé,
L ucrèce et la poési e (Rcv. d. Et. anc., 1947); R. W a l t z , L ucrèce sati ri que (Lettres d’Hu­
mani té, VIII, 1949); W, A. Merrill [I nfl uences d'Enni us sur L ucrèce, de L ucrèce sur
Horace et Vi rgi l e] (Uni v. of Cali fornia, I y III, 1905 y 1918); A. C u i l l emi n , Promesses
sans l endemai n; étude l ucréti enne (Rev. d. Êt. lat., XXI-XXIÍ, 1943-1944); L. F er r er ò ,
Poetica nuova in Lucrezi o (Florencia, 1949); II. K l ep l , Lttkrez und Ver gi i i n i hren
Lehrgedi chten (Leipzig, 1940).
ESTUDIOS ESPAÑOLES: E. V al enti Fiol, Poesía y verdad en cl "De rerum natura”
(en Actas del 11 Congreso Español de Estudi os Clásicos, Madrid-Barcelona, 1961).
4. LA POESÍA INNOVADORA
A. C o u a t , La poési e al exandri ne sous l es trois premi ers Ptol émées (Paris, 1882);
Ph. E. L ec r a n d , La poési e al exandri ne (Paris, 1924); — U. v o n W i l a a i o w i t z -M o e l l e n -
d o r f f , Hel l eni sti sche Di chtung i n der Zœit des Kal li machos (Berlin, .1924); E. C a i i e n ,
Cal l i maque et sa poési e (Paris, 1929), — L’i nfl uence grecque sur la poési e latine de Ca­
tul l e à Ovi de (Entretiens sur l'Antiquité classique, II, Ginebra, 1953-1956).
Fragmenta poetarum Lati norum epi corum et l yri corum (Praeter Enni um et Luci l i um),
ed. por Baekrens-Morel (Teubner, 1927); ed. com. de la Ltjdia por F. Arnaldi (Ñipóles,
1939). — L. A l f o n s i , Poetae novi (Còme, 1945).
14. L I TERATURA LATI NA
209
L A ÉPOCA CI CERONI ANA
Catulo
MANUSCRITOS: Germanensi s (París, s. Xiv) y Oxoni ensi s (Oxford, s. xtv ), que de­
rivan, con otros, de un ras. perdido de Verona; Thuaneus (París, s. rx), .para el poema 62.
EDICIONES; Principe: 1472. — Críticas: Lafaye* (Budé, 1932); L. Hcrrmann (La-
tomus, Bruselas, 1957), en dos libros; M. Sc h u s t e r - W. Eisenhut (Teubner, 1958);
R. A. B. Mynors (Oxford, 1958); — Con comentario: Ellis * (Oxford, 1878), Commen-
tary 2 (Oxford, 1889); Riese (Leipzig, 1884); Benoist-Thomas (París, 1882-1891), con trad
en verso por Eug. Rostand; Friedrich (Leipzig, 1908, reimpr. 1959); Lencliantin de Gu-
bematis (Turin, 1928; reimpr. Loescher-Chiantore, 1953); W. Kroll (Leipzig-Berlin, 1928,
roimpr. 1959); C. F. Fordycc (Oxford, 1961); G. B. Pighi (Verona, 1961). Trad. A. Er-
nout (París, 1964).
EDICIONES ESPAÑOLAS: J . Petit y J. Vergés, con trad. y com. catal. (Barcelona,
Bemat Metge, 1928); M. Dolç, con trad. y com. cast. (Barcelona, Al ma Mater, 1963).
LENGUA Y MÉTRICA: M. N. Wet mo r e, í ndex verborum Catul li anus (New Ilaven,
1912); R. Pic hó n, De sermone amatorio apud latinos el egi arum scri ptores (París, 1903);
H. Heusc h , Das Archai sche t'n der Sprache CatiilLs (Bonn, 1954); J . Baumann, De arte
métri ca Catulli (Progr. Landsberg, a. W., 1881).
ESTUDIOS: M. Sc h ust er , Val . Cat. (Real-EncycI.^VlI A); J. Gr an ar o l o , Où en
sont nos connai ssances sur C. (L ’I nform. lit., 1956); A. Co uat , Étude sur Catul l e (Paris,
1875); A. Ca r t a ul t , C., L'homme et l’écri vai n (Paris, 1899); G. L a f a ye, C. et ses modèl es
(Paris, 1894); A. L. Wh eel er , C. and the traditions of anci ent poetry (Berkeley, 1934);
L enc h ant in o e Guber n a t i s, I l l ibro di C. (Turin, 1964.) — O. Wei n r ei c h , Di e Di sti chen
des C. (Tübingen, 1926);.. E. A. Ma n c el sd o r f f , Das l yri sche I l ochzei tsgedi cht bei den
Gri echen und Römern (liamburgo, 1913); D. Br a c a , Catullo e i poeti g red (Mesina,
1950); E. V. Ma b MO r a l e, L ‘ul ti mo C. (Ñapóles, 1952); O. Hez el , C. und das gri echi sche
Epi gramm (Stuttgart, 1932); H. Bakdon, L'art de la composi tion chez C. (Paris, 1943);
J . Sv ennv nc , Catul h Bi l desprache. Vergl ei chende Sti btudi en, I (Upsala, 1945); N. I.
H eh esc u, L ’assonance dans Vart de C. (Rev. Cl asica, XIII-XIV, 1941-1942). — L. Febr e­
r o , I nterpretazi one di C. (Turin, 1955). — J. Ba yet , en L ’i nfl uence grecque dans la
poési e latine de Catul l e à Ovi de (Entretiens sur l'Antiquité classique, II, Vandœuvres-
Ginebra, 1956); K. P. Hajuuncton. Catul l us and hi s i nfl uence (Boston, 1923).
5. LA NUEVA PROSA; LA HISTORIA
E. No r den, Di e anti ke Kunstprosa 1 (Leipzig, 1909); F. Bl ass, Di e attische Beredsam­
kei t * (Leipzig, 1887-1898). — L a n t o in e, De Ci cerone contra Atti cos di sputante (Paris,
1874).
Sobre los textos, véanse las notas bibliográficas del cap. II I, Los comi enzos de la
prosa artística. Los hi stori adores (pág. 124).
C. Licinio Calvo
EDICIÓN: Plessis-Poirot (París, 1896). — ESTUDIOS: F. Pl essi s, Essai sur Calvus
(Caen, 1885); M. Kr ü c er , C. Li ci ni us Cal vus (Breslau, 1913); E. Cast o r ina, Lici nio
Cal vo (Catania, 1946).
César
MANUSCRITOS: De dos recensiones: mss. de los s. xi-xrn (París. 5764, Vati c.
3324...), que representaban la antigua vulgata (fi), desdoblada en el De bel l o ci ui l i ; de
210
los siglos i x -x i (Amsterdam, Paris. 5763, Vati c. 3804, ...), derivados de la revisión del
único De bel l o gaüi co pox obra de Julio Celso Constantino y Flavio Licerio Firmlno
Lupicino (a); hay manuscritos mixtos.
EDICIONES: Príncipe: Roma, 1469.— Klotz4 (Teubner, 1950); Bel l um Gall i cum,
por Holder (Friburgo de Br.-Tübingen, 1882), L. A. Constans (Budé, 1920); Bel l um
Ci ui l e, por Holder (Leipzig, 1898); P. Fabre (Bude, 1930; 4.* ed. 1954). — Con comen­
tario: Bel . Gal., por Kraner-Dittenberger-Meusel (Berlín, 1913-1920-1960); Bel . Ci u., por
Kraner-Hofmann-Meusel (Berlín, 1900, 12.* ed. 1959); 1. I, por M. Rambatid (Érasme,
1962). — Bel l um Afri canum, por R. Schneider (Berlín, 1905); Bel . Äl exandri num, por
J. Andricu (Budé, 1953); Bel . Afri cum, por A. Bouvet (Budé, 1949); Bel l um Hi spani ense,
por A. Klotz (Leipzig, 1927), todos ellos con comentario.
TRADUCCIONES: Bel l um Gal l i cum, por L. A. Constans (Budé); Bel l um ci ui l e, por
P. Fabre (Budé), y, con Bel l um Al exandri num, por M. Rat (París [1933]); Bel . Al exan­
dri num, por J . Andrieu (Budé); Bel l um Afri cum, por A. Bouvet (Budé).
LENGUA Y SINTAXIS: H. Meu sel , Lexi cón Caesari anum (Berlín, 1887-1893);
J. L ebi i et o n , Caesari ann syntaxis quatenus a Ci cerone di fférât (París, 1901).
ESTUDIOS: Na po l eó n III, continuado por E. St o f f el , Hi stoi re de J ul es César
(París, 1855-1856 y 1887); — M. Gel z er , Cäsar der Politiker und Staatsman (Stuttgart-
Berlin, 1921); A. Kl o t z , Cäsarstudi en (Leipzig-Berlin, 1910); J . Car c o pino , César (Paris,
1936; 4.1 ed. 1950); y Al ési a ef'l es ruses de C. (Paris, 1958); J . Mad aul e, J ul es César
(París, 1961); M. Rambaud, L ’art de la déformati on hi stori que dans l es “Commentai res”
de César (Lyon, 1953); R. Djo n, L es campagnes de César en l ’année 55 (Rev. d. Êt. lat.,
XLI , 1963); — C. J ul l ia n , Histoire de la Gaul e, I I I * (Paris, 1920); V erci ngétori x * (Paris,
1911); T. Ri c e Ho l mes, Caesars Conquest of Gaul 1 (Londres, 1911) y Anci ent Britain
and J ul . Caesar (Oxford, 1907), traducidos al alemán por Schott-Rosenberg (1913);
F, Bec kmann, Geographi e und Ethnographi e in Caesars Bel. Gal. (Dortmund, 1930);
P. Huber , Di e Gl aubwürdi gkei t Cäsars i n sei nem Beri cht über den gal l i schen K ri egs
(Bamberg, 1931); G. M’a t it eh a t , La techni que des retranchements de César (Gallia, I,
1, 1943); R. Of h l er , Btlderatl as zu Cäsars Büchern de bel l o Gallico * (Leipzig, 1907);
L. A. Const ans, Gui de i ll ustré des campagnes de César en Gaul e (Paris, 1929). —
M. Cl er c , Massalia (Marsella, 1929); St. Gs el l , Hi st. anc. de î Afri que du Nord, VIII
(Paris, 1928); Y. Béquic no n, Études thessal i ennes (Bull, de corresp. hel l én., 1928; 1930;
1932); Graindor, L a guerre d’Al exandri e (El Cairo, 1931). — K. Ba r wic k , Caesars Comm.
und das Korpus Caesari anum (Phi lol ogus, Suppl. b. VI, Leipzig, 1938); O. Seel , Hi rti us
(Klio, Beih., Leipzig, 1935). — D. Nisar d , Les quatre granar hi stori ens latins (Paris,
1874); J . Mautha, L ’él oquence de César; C. poète; C. grammai ri en (Revue des Cours
et Conférences, 1914); Ed. Wyss, Sti l istische Untersuchungen zur Darstel l ung von Erei g­
ni ssen i n Caesars Bel . Gal. (Tesis, Bema, 1930); H. Pö t t er , Untersuchungen zum Bel l um
Al exandri num und Bel l um Afri canum (Leipzig; 1932).
Bibliografía
Salustio
MANUSCRITOS: Des clases para el Cati li na y el Yugurta; la mejor (2 Parisini
16024 y 16025, s. x...) con una laguna en el Yug.; la otra, de igual origen, cuenta con
mss. del s. xi. — Para los frag, de las Hi stori ae, ms. de Orleáns (s. rv-v) y (con las cartas
y la invectiva) Vati canus 3864. — Cf. R. Z i m m e r m a n n , Der Sallusttext im Altertum
(Munich, 1929).
EDICIONES: Completas: Jordán* (Berlín, 1887); Ahlberg-Kurfess (Teubner, 2.1 ed.,
1955). — Del Catilina y del Yugurta: Alilberg (Göteborg, 1911-1915); del Catilina, del
Yugurta, de los discursos y de las cartas de las Histori as: A. Emout (Budé, 1941). — Con
comentario: del Catilina y del Yugurta, por F. Antoine-Lallier (París, 1883 y 1885) y
Jacobs-Wirz-Kurfess (Berlín, 1922); de las Hi storias, por Maurenbrecher (Leipzig, 1891-
1893): — Cartas a César e I nvecti va contra Ci cerón: A. Kurfess (Teubner, 1953); D. Ro­
mano (Palermo, 1948), y V. Paladini (Roma, 1952), con com.; K. Vretska (Heidelberg,
211
L A ÈPOCA CI CERONI ANA
1961); A. Emout (Budé, 1962). — BIBLIOGRAFIA: A. D. L eema n , A systematical bi-
bl iography of SaUust 1879-1950 (Leyden, 1952).
EDICIONES ESPAÑOLAS: La Guerra de Yugurta, J. Icart, con trad. y com. cat.
(Barcelona, Bemat Metge, 1964); Catilina y Yugurta, 2 vols., con trad. y com. cast, por
J. M. Pabón (Barcelona, Al ma Mater, 1954).
TRADUCCION: A Emout (Budé).
LENGUA Y ESTILO: O. E i c h er t , Vol l ständi ges Wörterbuch zu den Geschi chtswer­
ken des C. Sallustius Cri spus (Hannover, 1871); Const ans, De sermone sallustiano (Paris,
1880); Fic h i er a , La l ingua e la grammati ca di Sallustio (Savona, 1900); W. Kr o l l , Di e
Sprache Sallusts (Gioita, XV); E. Ko est l er , Untersuchungen über das Verhäl tni s von
Satzrhythmus und Wortstel l ung bei SaUust (Berna, 1932); R, Ul l mann, L es cl ausul es
dans les di scours de Saliuste, Ti te-Li oe et Taci te (Symbol ae Osloenses, 1925); J. Perke t ,
S. et la prose métri que (Rev. d, Ét. lat. XL, 1962); M. P. Car n ev al i, Cl ausol e metri che
e critica del testo (Atene e Roma, 1960).
ESTUDIOS: D. Nisard, Les quatre grands histori etìs latùis; K. L atte, Sallust (Leip­
zig, 1935); V. Paladini, Sallustio: aspetti del l a fi gura del pensi ero, del l ’arte (Milàn-
Mesina, 1948); K. Buecilner, SaUust (Heidelberg, I960); R. Syme, Sall usi (Berkeley,
1964); P. Perroci i at, Les model es grecò' de Sall uste (Paris, 1949); D. C. E arl , The
politicai thought of S. (Cambridge, 1961). — O. Seel , Sallust von den Bri efen ad Caesa-
rem zu Coniuratio Cati li nae (Leipzig-Berlin, 1930); B. Edmah, Studi en zu den Epi stul ac
ad Caesarem (Lund, 1931). — W. Steidl e, Sallusts Bri efe an Cäsar (Hermes, 1943);
M. C houet, L es l ettres de Sall uste à Cesar (Paris, 1950). — H. Wi l l i uch, De conì ura-
tionis Cati li nae fonti bus (Göttingen, 1893); G. Boissier, La confurati on de Catilina
(Paris, 1905). — S. G sel l , Hi stoi re anci enne de VAfri que du Nord, VII (Paris, 1928);
C. Laucxner, Di e kii i ìstl eri schen und pol i ti schen Zi el e der Monographi e Sallusts über
den J ugurthi ni schen Kri eg (Tesis. Leipzig, 1911); D. E. Bossel aar, Quomodo Sallustius
historiam bel l i J ugurthi r.i conscri pseri t (Amsterdam, 1915). — K. Buechner, Der Aufbau
von Sallusts Bell um J ugurthùmm (Hermes, Einzelschr. 9, 1953); A. La Penna, L ’i nter­
pretazione sallustìana del l a guerra contro Gi ugurta (Annali della Scuol a norm. sup. di
Pisa, 1959); E. Bol affi , I proemi del l e monografi e di Sallustio (Athenaeum, 1938);
M. Bamuaud, Les prol ogues de Sai: (Rev. des Ét. lat., 1946); R. Ullmann, La techni qi tt;
des discours dans Sal i , T.-L . et Tac. (Oslo, 1927); G. Theissen, De S all., L i vii, Taciti
digressi onibus (Berlin, 1912); P. Pehrochat, L es digressi one de Sali uste (Paris, 1950).
Cornelio Nepote
EDICIONES: A. M. Guillemin (Budé, 1923), con trad. frane.; Nippcrdev-Wittc (Ber­
lin, 1913), con comentario; las Cartas de Cornel i a en las Hi stori corum rom. rel i qui ae
de Peter, II.
EDICIONES ESPAÑOLAS: Vi das de hombres i lustres, M. de Montoliu, con trad. y
com. cat. (Barcelona, Bemat Metge, 1923),
ESTUDIOS: L u pu s, Der Sprachgebrauch des Comel i us Nepos (Berlín, 1S76); E. Bo-
l i san i , Catullo e C. N. (Atti del l ’I stituto Veneto, CXV1II, 1959).
6. LA CIENCIA Y LA ERUDICIÓN
La gramática
H. F u n a i o l i , Grammati cae Romanae fragmenta (Teubner, 1907), nueva ed. aument.,
por A. Mazzarino (Turin, 1955).
212
Bibliografía
J. P. B r e me r , J uri sprudenti ae antehadri anae quae supersunt (Leipzig, 1896).
La juri^yrudencia
Nigidio Figlilo
EDICION: Swoboda (Viena, 1889; y Amsterdam, 1964).
ESTUDIO: L. Legr and, P. Ntgititus Fi gul us, phi l osophe néo-pythagori ci en orphi que
(París, 1931).
Varrón
MANUSCRITOS: Para el De l i ngua latina, un Laurenti anus (Florencia, s. xi); para
las Res rusti cae, derivados (en particular dos Parisini) de un antiguo ms. de San Marcos
en Florencia.
EDICIONES: Sátiras Meni peas en la ed. de Petronio por Bücheler'-Heraeiis (Berlín,
1912); — Logi stori ci : Chappuis (Paris, 1868) y E. Bolisani (Padua, 1937); ed. y corn, de
B. Cardauns (Tesis. Colonia, 1960); — De l i ngua latina: Götz-Schöll (Leipzig, 1910);
R, G. Kent (Lœb, 1938), con trad, ingl,; I. V, con com., por J . Collart (Paris, 1954);
— Anti qui tates: Francken [Fragm, apud Augusti ni de Ci ui tate Dei ] (Leipzig, 1836);
M. D. Madden, The pagan divi ni ti es and thei r Worshi p as depi cted in the Works of
Si Augusti ne excl usi ve of the Ci ty of God (Washington, 1930); — Res rusti cae: H. Keil
(Leipzig., 1882-1894; Index, 1897); Keil a-Götz3 (Teubner, 1929); — De uita popul i
romani : B. Riposati (Milán, 1939).
EDICIONES ESPAÑOLAS: Del Campo, con com. y trad, ca tal., por S. Galmcs (Bar­
celona, Bernai Met ge, 1928).
ESTUDI OS: G. Bo i ssi er , Étude sur la vi e et l es ouvrages de Vai ron (Paris, 1861);
Fr. Del l a Co r t e, Varrone, il terzo gran l ume romano (Génova, 1954); P. Fr ac c ah o , Stuai
Varroni ani (Padua, 1907). — R. J . W al k er , L es catal ogues varroni ens (Paris, 1927).—
Pl essi s-Lej a y, L a Méni ppée de Varron (Paris, 1911); L. Ric c o mac no , Studi o si dl e Satire
M eni ppee di M. Terenzi o Varrone (Alba, Sacerdote, 1931). — H. Dahl mann, Varro und
di e hel l eni sti sche Sprachtheori e (Berlin, 1932); J . Co l l a r t , Varron grammai ri en latin (Es­
trasburgo, 1954); — M. Wa eh l er , De Varroni s rerum rusti carum fonti bus quaesti ones
sel ectae (Tesis. Jena, 1912). — Dahl mann, Studi en zu V. De poeti s (Wiesbaden, 1963);
R. Kr u mbi ec el , De Varroni ani o scri hendi genere quaesti ones (Leipzig, 1892); E. de
Sa in t -Den is, Syntaxe du latin parl é dans l es Res Rusti cae de Varron (Rev. de phi l .,
1947); G. Heuh c o n, L ’effort de styl e de Varron dans les R. R. (Rev. de Phi l., 1950);
E. L auc ht o n, Observations on the styl e of V. (Class. Quart., X, 1960).
7. EL TEATRO
EDICIONES: Scaeni cae Roman, poesi s fragmenta (I: Trag.; II. Com. fragm.)* de
Ribbeck (Leipzig, 1898; reimpr. Hildesheirn, 1962); Fah. Atellatiarum fr., por P. Fras-
sinetfci (Paravia, 1955); Publilio Siro, por Bickford-Smith (Londres, 1895).
ESTUDIOS: P. F r a s s i n e t o , Fabul a Atel l ana: saggi o sul teatro popol are latino (Gé­
nova, 1953); V. Rotol o, I l pantomi mo: studi e testi (Palermo, 1957); H. Reich, Der
Mi mus, 1 (Berlin, 1903); F . G i a n c o t t i , Ri cerche sulla tradizi one manoscrita di Publilio
Siro (Mesina-Florencia, 1963).
213
i
EL CLASICISMO LATINO
CAPITULO V
L El clasicismo es un equilibrio, de pensamiento, de sensibilidad y de for­
ma, que asegura a la obra de arte un intgfgsJhuinang y una difusión universal.
El "orden, Ja claridad, Ja plenitud, jamaestría consciente son~~sus ""Signos
externosj Mas no puede hablarse de una “época clásica”: en un momento
determinado, una literatura ofrece, al lado ae los clásicos, sus epígonos e
innovadores. Sólo existen “autores clásicos”, o incluso a veces únicamente
“obras clásicas”, sobre todo en Roma, donde la evolución literaria alcanza
una extraordinaria rapidez. Pues al auge febril de la utilización de los más
variados modelos griegos se añade la inestabilidad política y social de ese
último siglo anterior a nuestra era, para modificar a cada instante las condi­
ciones del éxito de los autores. Sólo gracias a una concordancia singular, y
además momentánea, entre su temperamento y su tiempo, Cicerón pudo
anticiparse treinta años al clasicismo latino. Es menester la impresión de una
tregua repentina para que Virgilio y Horacio lleguen a ser clásicos y para
que Tito Livio continúe siéndolo. Por la fatal impresión de grandeza, se
perdió para nosotros la obra de sus contemporáneos, de modo que no pode­
mos sino suponer sú variedad; pero el mero hecho de que fueran al punto
reconocidos c imitados como maestros, a excepción de casi todos los demás
(salvo Comelio Galo y Vario), basta para aislarlos como excepciones.
De la República al Principado. — Nacidos entre 71 y 59, alcanzaron los
tres la edad adulta durante las últimas convulsiones de Ta República:*
214
El clasicismo latino
en 52 Pompeyo se proclamó cónsul único; en 49 empieza la guerra civil; en
44 César cae asesinado; tras un período de desórdenes inauditos, Octavio
no,jQgra dominar todo el Occidente hasta 36 y no acaba con Antonio has­
ta 31. jEn esta fecha Tito Livio, el más joven de los clásicos, tiene ya veintio-
chptaños_por lo menosP" '
La violencia de los conflictos y la magnitud de los desastres, unida a la
tensión misma de las energías individuales, daban un gran realce al valor
de los ideales en pugna. Él 3e Tos ambiciosas ~era~confuso,’ mientras la pa-
labra ‘ilbertacl’^acompañada de todos los recuerdos del pasado, bastaba para
alistar a Horacio en el ejército de Bruto y hacer de Tito Livio un pompeyano
para toda la vida. Sin embargo, una aspiración cada vez más profunda, y casi
desesperada, a la paz, a la unidad moral y a la disciplina preparaba el
camino a un maestro hábil: Virgilio, cesariano desde su juventud, concibió
durante las revoluciones un patriotismo monárquico. Mas‘. para lostres^fuc \
provechoso haber vivido la potente crisis febril de una RepuBlica práctica^- (
ment(T~íluSüiia aillos de conocer el •tranquilo esplendoróle la Paz Augustea:
consumaron- en si mismos_el equilibrio nacional~éntre el pasado y eTruturo.^
Octavio Fes ayudó al reafirmar la unidad italiana y rechazar la parte de
los proyectos de César que tenían demasiado de oriental, o que eran hijos
de un humanismo excesivamente amplio. A un ideal de fusión completa, tal
vez prematura, de los vencidos con sus vencedores' Octavio opuso la primacía
de Roma y de Italia sobre las provincias: la restauración de los antiguos
cultos, la defensa de la moral de los antepasados y el respeto a las aparien­
cias políticas revelan un mismo plan. Tras haber sufrido la impresión de un (
irremediable derrumbami pntn.,- los_rnmaños Tlegarün~a"creer erria' resurrec- C
ción del pasado/ gracias al impulso de un hombre de genio: Horacio y Tito ^
Livio trabajaron" al igual que Virgilio para dar una forma literaria a este s
^ - i n - p ---------------------- ..t - .... - -|p----------------------------_ ... — -------r _ ^
sentimierrEóT
De la protección privada al mecenazgo. — La evolución de las condicio­
nes sociales fue favorable también para su desarroUo:| ^se creó un equilibrio
entre los refinamientos de los círculos aristocráticos y los gustos literarios ¿
del publico; el arte tendía a convertirse en un negocio de estado, pese a /
conservar la desenvoltura He^jn "solaz privado.] La historia de las bibliotecas
públicas es reveladora. La reproducción manuscrita de los textos hacía difícil
y onerosa la formación de una biblioteca por un particular; y la correspon­
dencia de Cicerón muestra los obstáculos que un personaje de su rango y
un escritor de su renombre encuentra para adquirir un bien tan preciado.
Qfambién los romanos, a imitación del mundo griego, se orientan cada vez
más a la organización de bibliotecas para uso de todosT) Ya Lúculo logró
hacer acogedora la suya; "Cesar creó una pública, a ejemplo de la de Ale­
jandría, y nombró a Varrón “director” de la misma; pero, alrededor del 39,
un particular, Asinio Pollón, fundó otra cerca del Atrio de la Libertad, en
las proximidades del foro; Augusto, al crear poco después la Octaviana, y a
continuación, en 33, la Palatina, en los pórticos del templo de Apolo, decide
sin duda promover y controlar a la vez una aspiración irresistible. Antes que
215
EL CLASI CI SMO LATI NO
él, al igual que Fouquet antes que Luis XIV, Asinio Polión,* que fue el pri­
mer protector de Virgilio, parece haber abierto el camino al porvenir f admite
al público en sus colecciones de arte; lanzó la moda de las lecturas públicas
(reciiationes), en las que el autor recita ante fes mvTtaHos la obra aún inédita.!
Purista arcaizante, se encuentra —por así decirlo— en la cuna de los clásicos,
al tiempo que prepara el esteticismo amanerado del siglo siguiente. Además
se conserva la tradición de los círculos literarios v de Ia^protecciones aristo­
cráticas: MECENAS,IL.al. acogerla Virgilio,^ Horacio v Prqpercio no es única-
*ménte~el jelegado~cl eP"A upustó; RfisA£^ 3~~es~mas~Hien un oponente, que se
rodea de poetas por su cuenta: Tibulo, Emilio Macer, Valgio Rufo, Cornjgljp
Severo. Los~'B^£pò5^GfìéioPHeT^prín cipe -son“aunlesporádlcos :_ ofrece am_cargo.
9e_ se ere t a noa.. H or aci o,. qu ej o jehúsa cortésmente; deja a Tito Livio influir
más o menos en la dirección intelectuaPdel '¡oven ~Claudia ’ "
Los escritores en el Estado. —^_Sin embargo, es evidente que reserva a los
escritores un puesto oficial en la nueva~~Roma. Hace del templo de ApólcT
TaianrTCTZjumü el sanmano denlas artes y de~las letras al mismo tiempo que
el símbolo de la unión religiosa de Roma y de su familia.! Los poetas son invi­
tados a colaborar en los ornatos de cultura en los que un particular —aparen­
temente—, contando con todos los recursos del estado, llama al pueblo
entero a participar en los gustos refinados de -la antigua aristocracia: Horacio
escribe el canto para los Juegos Seculares; Virgilio, en L a Eneida, confunde
las tradiciones de Roma con las de la familia Julia. En la generación prece­
dente, el hombre de estado, el feudal, soldado y político, buscaba en el lujo
y en Ja_ compañía- (fe escritores aduladores un descanso de los negocios
públicos; Bajo Augusto,4~Roma es invitaidá~a olvidarlas agitacioñés~ponticas ;
en el orden administrativo y en~ef encanto de las íetras~y de las artes. Más
que la adulación personal o dm*£sfica, notamos en nuestros autores una dis-
cj^ci ónenel elogio, y a veces un recato, que son como el último perfume
délos viejos tiempos H a Tjistoria de TÍtoHivio es un monumento de la Roma
imperial por~la'“*majestuosidad regular de su arquitectura; pero, aunque
afecta también a Augusto, tiende ante todo a la gloria de los antepasados.
Literatura nacional. —r Aún no ha llegado el momento en que, dominado
éntre la glorificación del Emperador y los encantos de su cultura individual,
1. C. A si n i o Pomón (76 a. C. - 4 o 5 d. C.), célebre como orador, escribió tragedias y
empezó una Hisloriu de las Cunrrns civiles (a partir de! año 60), que no terminó por prudencia-
2. C. C u .n i o M ec en as (69*8 a. C .), cabal lero de alto l i naje etruseo, parece haber tenido
un estilo amanerado, excesivamente ficticio y de mal gusto. Escri bi ó un poema Sobre los ador­
nas, una Octavia, una Historia de los atmnalcs, un Tratado de las piedras preciosas, y diálo­
gos. — Edición de los frgts. por A vallona (Salermo, 1945). — Consúltese: Feugére, C. Cilnius
Maecenas (París, 1874).
3. Va l i ü u o M e s a i . a Co r v i n o (hacía 64 a. C. - 8 p. C.) nos lia transmitido discursos,
poesías ligeras y memorias: gustaba de una duleedumbre graciosa y refinada. — Consúltese:
Fontai ne, De Valerio Messala (París, 1879). Véase más adelante, p. 284.
4. A uc.usto (C. J ulio Césnr Octaviano, 6.3 a. C. - 14 p. C-) escribió un poema en hexá­
metros acerca de Sicilia, epigramas, dos tragedias (Átjax, que destruyó antes de terminarla, y
Ulises) y memorias. Nos queda, además de algunos versos, su Testamento político (Res geslae)
en latín y cu griego (inscripción de A ncira y fragmentos de A ntíoco de l ’i sidia; texto mutilado
de A polonia).
216
El clasicismo latino
el escritor perderá el contacto con el sentimiento nacionalj El triunfo de
Octavio, al poner fin a las luchas de los clanes parlamentarios y de los
generales ambiciosos, parece — durante algunos años— haber separado úni­
camente la eterna personalidad de Roma de todas las brumas que la oscure­
cían. Y, por otra parte, se creó un público capaz de gustar de la poesía:
Las Bucólicas de Virgilio, escritas para un círculo mundano, son acogidas con
aplauso en el teatro; L as Sátiras de Horacio alcanzan una gran venta; hay
librerías, como la de los hermanos Sosia, que lanzan las novedades a la
publicidad. [Los autores, incluso los de baja cuna, como Horacio o (tal vez)
Virgilio, no sóiTeñ modó^?IgütTQ~pri5ioTreros~de' sus protectores: se si^nten-en
cómiihióñ con sus compatriotas. Además, su helenismo no es un disfraz aris­
tocrático, sino un conjunto de cualidades integradas én Sú gema~y~pxrestas-
al servicio l í e un ideal romano^Qj—mejor aún— italiano, como lo había sen­
tido yaCicerSnTTÍflo aparece muy claro en Las Geórgicas, L as Sátiras y
L as Epístolas de Horacio muestran también cómo la filosofía griega se
“romanizó’', a partir de Lucrecio, a través de Varrón y Cicerón: se impuso
límites, sin duda, mas se tornó moral y práctica, adecuada al uso diario de
una burguesía bastante numerosa. Más compleja, con su fervor juliano y su
aspiración a la fusión grecolatina, La Eneida es por excelencia el poema de
la Italia romana y el paralelo de la Historia de Livio. Por ello esos poetas
merecen sobradamente su popularidad: la muchedumbre que se levanta en el
teatro ante Virgilio, ese habitante de Cádiz que emprendió un viaje a Roma
sólo para ver a Tito Livio, dan fe de un éxito que rebasa la personalidad y
la voluntad de Augusto. _______ _ _
Los hombres y los géneros.— En un período de transición y ante conje­
turas tan particulares, los hombres cuentan más que los géneros. Más lamen­
table resulta por ello la pérdida de tantas obras contemporáneas. ¿Habrían
salido ganando la tragedia y la comedia en manos de Polión, de V ari o y de
Funuanio, a cuyo estilo alude Horacio (Sí,, I, 10), hacia 35, al igual que al de
Virgilio? ¿Cuál fue el valor de la obra de C. M el i so, creador de la trabeata,
comedia burguesa que hacía aparecer caballeros6 en escena? C ornel i o
G al o s dio a la elegía romana su forma clásica; pero no era el único en
cultivarla y no sabemos en qué consistía su originalidad. Los epigramas y
las sátiras de Casio de Parma y de V al ci o Rufo,7 ¿recordaban a Catulo
o anunciaban a Horacio? ¿Hay comunidad de tendencias entre Las Geórgi­
cas de Virgilio y los poemas didácticos de su amigo, Emi li o M acer de Ve-
roña? 8¿Hay oposición por el contrario entre 3a integridad cortesana de Vario
5. Véase Scacnicae Romanorttm poesis fragmenta3, de O. Ri bbeck, — A demás de sus
tragedias, de entre las cuales ly. más cél ebre es Tiestes, L . V a r i o R u f o (74-14 a. C-) escribió
un poema Sobre la muerte de Cesar y un rancgírica de Augusto. — F u n d an i o escribió co­
medias.
6. V éase más adelante, p. 283-284.
7. C a s i o i h: P a iima, elegírico y satíri co, fue muerto por orden de Octavio. C f . N icolás,
De Cassiu Parnutnsi (París, 185.1). — C . V ai -gi o R u f o (cónsul en 12 ft. C .) escribió elegías y
epigramas.
8. E m i l i o M a c e r (mu er to en 16 a. C.) esti mad o p or Q u i n ti l i an o , comp u so u n a Omitho-
gotiia (A cer ca dtí l or i gen d e l os p ájar o s), Thcriaca (R em ed i o s co n tr a l as mor d ed u r as d e ser p i en tes
v en en osas), y u n p oema acer ca d e l as p l an tas (De herbis),
EL CLASI CI SMO LATI NO
y la lisonja disimulada de La Eneida? Y ¿por qué Tito Livio continuó en
paz su trabajo, a la par que la historia aparecía cada vez más sospechosa
al régimen?.. .[Tlon toda seguridad, esta época ¿isa, en mescolanza, de todos
los géneros, _aqtiffuos_x>_nuevos. Pero los clásicos~yaben ser nuevos incluso
e5~los' géneros antiguos. En Roma, como en otros lugares,-!!!- misión""con-
^Ste"én~3ésarrollar los__ensayps v las promesas de sus predecesores, y utilizar­
las en provecho de un arte original." Se han afírmaBo en la tradición, y sin
‘ embargo obraiT de buena fe cuando proclaman, como ííoracio^aTsupérioridad
de los “modernos"/ j
Evolución y madurez de la poesía. —\ Virgilio y Horacio son modernos:
toman por primeros maestros a Catulo y a ios cíe su^grupoT^No sólo le
agradecen que creara “una lengua poética ¿gera v variada, llena de color
y de inspiración, y que hublenTaesarrollaao HastáTür~ex tremo todos los
recursos ael arte, sino que aceptan —ál menos en un principio—, hasta en
los aromos, sus, juegos antitéticos; conservarán siempre un 1irismo__discreto,
de forma~o de acento^ que remonta a estos innovadores. Ña3a~de extraño
tiene que este ideal los lance a la guerra contra los partidarios de los viejos
autores, artistas incompletos. Sin embargo aprovechan también a los “anti-
g
uos”,. cuyo sabor romano place a j>u nacionalismo, _y cuyos fallos intentan
fívar a la perfección, i Luego pusieron_sus_ü|qs —cuando sus gustos alcan­
zaron la madurez— cdfi mayor decisión, en los grandes clásicos de Grecia.
Homero, Hesíodo, Alceo, Safo, Arquíloco: aprenden de ellos su grandiosa
sencillez, su sobria perfección y la exactitud en las proporciones.
Esta combinación de mode!os~T¿íi"3iversos~üío se logra bruscamente:
admiramos, enlas obras de Virgilio y Horacio, los progresos de una evolu­
ción ligada a la de la sociedad: no nacen clásicos, pero llegan a serlo.! La
naturalidad y lo regular de este desarrollo explican en cierta medida que
tantas imitaciones tan diversas, tan meditadas, y que a menudo parecen
literales, desemboquen en obras de arte homogéneas y originales. Pero, sobre
todo, en Virgilio y Horacio, los pensamientos, las sensaciones y la sensibilidad
son personales: poseen una lozanía en la impresión que da su primera nove­
dad a cada rasgo que creen imitar; conocen la naturaleza y los hombres
por sí mismos, sienten la pasión por la verdad observada; en una palabra,
son romanos. Las Bucólicas, Las Geórgicas, La Eneida y Las Odas son abso­
lutamente distintas de sus modelos griegos, pese a ser tan clásicas como ellos:
son a la vez características de su tiempo y universales.
El fin de la prosa clásica. — Esta j&rrgspondenGia..entrfi^I genio indivi-
dual y las condiciones del progreso, esa exacta madurez en que notamos
áuirtff“juventud^áiT a la'poesía de Virgilio y Horacio un encanto iniguala­
ble: sus sucesores inmediatos ya no lo lograránj^La prosa, que ha evolucio­
nado con mayor rapidez, sigue siendo.clásica gracias a un cierto esfuerzo: la
de Tito Livio no es la de su tiempo; mira'"atrás, hacia Cicerón. Reconoce
también d^Ede^se encuentra la perfección al tiempo que anuncia la- dera-
depcia. P.hsí oratoria en sutotáfiaad, pone su más especial empeño en los
218
í
discursos, que el historiador atribuye a sus personajes; al menos "ep ello se
evidencia una evolución: breves en general por necesidad, estos / discursos
lo son también a causa de las tendencias contemporáneas; sus rasgos, su
mordacidad, incluso bajo la rígida forma del estilo indirecto, son algo nuevo
y vivaz. Pensamos en T. L a bi en o , que, al decir de Séneca, unía también "el
esplendor de la antigua elocuencia al vigor nervioso de la nueva”. Pero Tito
Livio no adoptó un claro partido: Polión, con sus austeridades y sus extrava­
gancias, y Mésala, con sus logros lexicales y su fluidez de estilo darían sin
duda una idea más exacta de las tendencias que preparaban el porvenir
de la prosa latina. Hallamos sin embargo que, paganao el precio de ese
ligero arcaísmo, el historiador se siente más apto para trazar una imagen
de Roma concorde a la vez con el ideal oratorio del último siglo republicano
y con la majestuosidad serena del principado de Augusto: sólo gracias a este
equilibrio pudo tal vez prolongarse hasta después de Virgilio el clasicismo
ciceroniano. Pero el equilibrio es personal, inestable: los poetas contemporá­
neos representaban una alianza más natural entre el arte y la vida.
Virgilio
VIRGILIO De origen ínfimo, según se ha dicho, o tal vez de familia
71 o 70-19 a. C. burguesa,0 el padre de P. Virgilio Marón procuró dar a
su hijo la más esmerada educación. A los 12 años el
muchacho abandonó Mantua y la hacienda familiar, (muy próxima) de Andes,
donde había nacido, para ir a estudiar a Cremona, Milán y, finalmente, a
Roma. De temple muy débil y poco dotado para la improvisación oral, parece
que encontró un sostén moral en el epicureismo que enseñaba Sirón y en la
astronomía astrológica (mathematica); escribía también y frecuentaba los
círculos literarios de Roma, donde encontró algunos cisalpinos.
Hacia 44-43 se hallaba ya de regreso en su país natal y empezaba a dar
muestras de su originalidad poética en el círculo culto ae que se rodeaba
Asinio Polión, gobernador de la provincia por encargo de A ntoniosus
Bucólicas, aparecidas una a una, causaron asombro en principio por, su apa­
riencia rústica, y agradaron en seguida por su delicadeza mundana, ihasta el
punto que se reunió en torno a Virgilio un grupo de admiradores, que, al
parecer, se dieron el norrlSre de “arcachos”.10Pero en 44 Polión futr arrojado
de la Cisalpina por los octavíanos, y, en el reparto de tierras que exigieron
los veteranos, Virgilio se vio privado de su hacienda patema.[La amistad de
Galo, entonces en la Cisalpina, le facilitó el acceso hasta Octavio: recuperó
sus tierras ry, aunque renunció acto seguido, recibió- una indemnización.
9. J. Perret, Virgile, l'homme et Vœuvre, p. 8, escribe: “À lui seul, ce sentiment d’appar­
tenir à un peuple défini, de continuer une tradition, semble bien exclure que Virgile soit né
d’une famille de journaliers besogneux, comme on l’imagina lorsqu’on lui fit uue biographie
d’après le Tityre de la Ire Bucolique. La famille du poète doit avoir appartenu à la haute
bourgeoisie provinciale... C’est ce qui apparaît aussi par les relations que nous lui découvrons
à l’époque des Uucolitiues“.
10. La Arcadia es, en Grecia, la región pastoral por excelencia (y Uncólicas significa Poe­
sías de pastores de bueyes'’); véase J. Bayet, Les origines de l’arcadísme romain (Mélanges
d’arcliéologie et d’histeire de l’École franç. de Rome, XXXV111, 1920, p. 63-143).
219
EL CLASI CI SMO LATI NO
A .partir de entonces su vida se orienta definitivamente:^abandona su pro­
vincia para marchar a Roma o a Nápoles y busca el apoyo de los pacifica­
dores de Italia, Octavio y su ministro Mecenas.
En 39, Virgilio publicó una “selección” (Églogas) de sus Bucólicas (las
9 primeras). De 39 a 29 compuso, eu. 4 cantos,, un poema completo acerca
del cultivo de la tierra, Las Geórgicas.uLuego, cada vez más ligado a Octavio
Augusto y fomentando sus ambiciones, se entregó por entero a la poesía
épicáTJ Su Eneida !le ocupó diez ,años. Antes de darle los últimos retoques,
quistr-'conocer Grecia; pero, habiendo caído enfermo en Megara, hubo de
ser trasladado a Italia y, pocos días después de haber desembarcado en
Brindis, murió (21 de septiembre de 19). Fue enterrado en Nápoles. En los
últimos momentos mandó que quemaran su Eneida, que consideraba imper­
fecta; Augusto se opuso y encargó a uno de los más queridos amigos del
poeta, L. Vario, que asumiera las tareas de la publicación.
El ambiente poético. — Virgilio no aparece ante nosotros hasta los veinti­
siete o treinta años; sería muy interesante conocer sus obras de juventud.
Una colección conocida bajo el nombre de Appendix Vergiliana tal vez nos
ha conservado algunas, pero su atribución escapa a una demostración cierta.
Nos permite, al menos, formarnos un concepto del ambiente en que se formó
Virgilio. Las breves composiciones del Catalepton son las más instructivas:
demuestran la supervivencia del espíritu catuliano, cortés, irónico., paródico,
entre los grupos en que los cisalpinos ocupaban un lugar. El estilo alejan­
drino se perpetúa, con todas sus características, en la minúscula epopeya
del “Mosquito” (Culex)11 y el epilio de “La Garceta” (Ciris), en que un
amanté muy hábil en la práctica de los versos cuenta (tal vez sensiblemente
más tarde) la metamorfosis de Escila y de su padre Niso en pájaros. "La Ta­
bernera” (Copa), “La Pasta” (Moretum), y algunas Priapeas transparentan un
realismo sabroso, que debe ser posterior.
La originalidad de Virgilio. -^Virgilio aparece ligado a ese estilo ale-
jandrinfluposcatuliano a él debe su” hábito más minucioso de trabajo, y su
gusto por la expresión sobria y plena/ *Pero su temperamento le^preservó de
la ariduzTde los artificios y del sñoBlsino del "arte por el arte”: gustaba de la
soledad, del campo; su débil salud le obligaba a una vida retirada, en la que
su sensibilidad se teñía fácilmente de melancolía; honesto y reservado, aun­
que derramando su sensibilidad sobre todos los seresvla poesía de las confe­
siones o de los ataques cínicos no podía cuadrarle.! Los clásicos griegos, y
latinos, que le hicierojL-Compañía. nutrieron su inspiración, desarrollaron su
imaginaci5ñ~\ Ho introdujeron en tareas cada vez más ampliasT~^a9a~~v57~1nas
alejadas de los principios dej__estiIo alejandrino. 2 '-y
“Las Bucólicas”. — Diez poemas, de los que el más largo cuenta con
111 versos, alternando entre dialogados y narrativos, constituyen la colección
11. Virgilio escribió un Culex, que no parece ser el que poseemos.
220
Virgilio
de Las Bucólicas; la décima, posterior a las otras (de 37 sin duda), parece
hajjer sido añadida con motivo de una “reedición”.
\ Virgilio tomó por modelo los Idilios rústicos del siracusano Teócrito/ / La
objetividad realista, la plasticidad, las crudezas mismas con las que el poeta
griego había intentado agradar a un público cansado se acoplaban, sólo a
medias, a su temperamento; pero no había escuela que mejor hubiera obser­
vado y plasmado las cosas del campo.[Los encuentros de pastores, desafián­
dose en torneos de improvisaciones poéticas —como sucedía realmente en
Sicilia—, en cantos alternados (cantos amebeos),12permitían además al poeta
multiplicar y variar las impresiones, salir muy ligeramente del marco dramá­
tico de su pieza: el amor y el refinamiento, los disfraces de personajes reales,
e incluso las curiosidades mitológicas y las alusiones sutiles cara al movi­
miento alejandrino podían encontrar un lugar, Virgilio, utilizando con una
extrema libertad, en contaminatio, una diversidad ae rasgos precisos toma­
dos de Teócrito, transformó por completo su modelo: el paisaje y la atmós­
fera fueron los de la Galia Cisalpina; los pastores, convertidos por completo
en seres convencionales, se expresaron con mayor cortesía y un lenguaje
delicado más regular; y la superabundancia de impresiones sensoriales se
utiliza (Btic. II, I I I , V, VII) para crear una especie de embriaguez lírica,
pero de un lirismo pintoresco que no deforma el detalle^/
/
A n tí tesi s amebeas
[Dos pastores “arcadios” se encuentran a orillas del Mincio, y se entregan
a un torneo poético: a cada tirada d'e Coridón (4 versos), Tirsis contesta con
otra tirada de tema análogo, en que intenta superarle. Muchos rasgos, sobre todo
al principio, están tomados de Tcócrito (Id. VIII, XI ...). — Tenias amorosos y
pastorales entremezclados. — Superabundancia de rasgos y motivos pintorescos. —
Precisión en la atmósfera cisalpina y prolongación original de la descripción en
las cuatro últimas tiradas.]
Coiudón, — Hija de Nereo,1* Galatca, más dulce para mí que el tomillo del Hibla,’*
más blanca que los cisnes, más bella que la pálida yedra, cuando los toros, saciadas, vuel­
van a sus establos, ven, si algún amor sierttes hacia tu Coridón.
Tmsis. — ¡Y yol ¿Puedo parecerte más amargo que las plantas sardas, más áspero
que el acebo, más vil que el alga arrancada, si este día no me parece más largo que un
año entero? Regresad al establo, bueyes, tras haber pacido, si sentís recato.
C o r i d ó n . — Fuentes musgosas en l a yer ba más dul ce que el sueño, y tú, verde
arbusto que esparces tu sombra sobre el l as, guardad mis rebaños de los fuegos del sol s­
ti ci o; he aquí que l l ega el tórri do verano, y ya en l a fl exi bl e vi ña se hi nchan l as yemas.“
T i r s i s . — Aquí-tengo un hogar y leña resinosa; un gran fuego que nunca se apaga
y que sin cesar ennegrece de hollín las maderas de mi puerta.1* Aquí nos inquietamos
por los fríos del Bóreas 1T tanto como el lobo por el número de los corderos, o los torren­
tes por sus orillas.
12. Uno de los competidores trata un tema; su adversario trata, en el mismo número de
versos, de superarle, ya embelleciendo el tema, ya oponiéndole otro contrario.
13. Dios del mar: sus hijas eran las Nereidas.
14. Montaría de la Sicilia Oriental, célebre por sus abejas.
15. Dato curioso: las viñas de la Cisalpina, que connee Virgilio, son mucho más tardías
que las de Sicilia.
16. La choza no tiene ni ventana ni chimenea.
17. Viento del Norte.
221
EL CLASI CI SMO LATI NO
Con ojón. — Se alzan firmes los enebros, se erizan los castaños; todos los árboles dejan
caer a tierra sus frutos; hoy todo ríe; pero si el hermoso Alexis abandonara nuestras
montañas, verías secarse hasta los ríos.
T i h si s. — La tierra está seca; falta el aire, la yerba mucre de sed. Pero la llegada
de Filis reverdecerá el bosque; y Júpiter, en lluvia fecunda,1* descenderá a torrentes.
Bucól i cas, VII, v. 37-60.
El género no dejaba de ser artificia], y sus recursos no eran ilimitados;
y, si Virgilio quería evadirse de ellos, el academicismo mundano lo ace­
chaba. El espolio de 40 lo hizo más consciente de sí mismo: su sensibilidad
se tomó más directa y más humana. Dos poemas (Buc. I X y I) escritos antes
y después de su marcha'junto a Octavio, dejan transparentar su personalidad,
pero de una forma oculta, con un pudor delicado.
El poctu desposeído
[En un cuadro libremente inspirado en las Talistas de Teócrito (Id. VII), Vir­
gilio (Menalcas) expresa su resentimiento por haberse visto arrojado de sus domi­
nios por un veterano con el que estaba en litigio, y su esperanza de ver restable­
cidos sus derechos gracias a protectores que sabrán apreciar la diversidad de sus
dotes poéticas (julio del 40).‘ — Impresiones familiares y sentidas del país natal;
calor secreto en la queja. — Fina evocación psicológica, como contraste, del viejo
granjero (Mocris) y del joven amigo (Lícidas). —■Inccrtidumbre en la inspiración
poética que, hasta el momento, ha mantenido Virgilio (cortesía de apariencia rús­
tica; lisonjas a Alieno Vaxo; mitología bucólica; cesarismo). — Armonía en el
desarrollo y habilidad en el “placet". — Relaciónese con el agradecimiento de
la Bucólica 1.]
Lícix>as. — ¿A dónde, Moetris, te llevan tus pasos? ¿Acaso a la ciudad,“ término de
este camino?
M o e r i s . — ¡Oh Lícidas! Nos hicimos viejos para oír a un extranjero (jamás temimos“
nada semejante), dueño de nuestro exiguo territorio, decir; “Es mío; vosotros, los antiguos
colonos, marchaos." Ahora, vencidos,“ tristes, que la suerte todo lo echa a rodar, enviamos
estos chotos (ique le sirvan de ruma!) a nuestro nuevo amo.”
L íc idas. — Sin embargo, había oído decir con certeza que, desde el punto en que las
colinas comienzan a descender en dulce declive hasta el agua “ y las viejas hayas, ahora
decapitadas, todo lo había conservado vuestro Menalcas** en sus versos.
M o e r i s . — Lo habrías oído decir, y corrió la voz; pero nuestros versos, Lícidas, no
tienen mayor eficacia entre las armas de Marte que las palomas caonias “ —según se
dice—, cuando se aproxima el águila. Y si, desde el hueco tronco de una carrasca una
corneja, a mi izquierda, no me hubiera advertido“ que rompiera, no importa cómo, los
nuevos litigios, tu Moeris no estaría aquí y el propio Menalcas hubiera dejado de vivir.
L í c i d a s. — ¿Cómo? ¿Es posible una locura tan criminal? ¿Cómo? ¿Acaso los consuelos
de tus versos hubieran- desaparecido contigo, Menalcas? ¿Quién hubiera celebrado a la
Ninfas? ¿Quién hubiera esparcido en la tierra las yerbas en flor y revestido las fuentes
18. Júpiter, dios del cielo y de la atmósfera, se manifiesta en el rayo y en la lluvia.
19. Mantua.
20. El viejo siervo hace causa común con su amo.
21. Sobreentendido prudente: tal vez Alieno Varo, que entonces mandaba en la Cisaloina.
22. El veterano.
23. El Mincio, o una de. las lagunas que forma cerca de Mantua.
24. Virgilio.
25. Epíteto convencional: en Dodona, en Caonia (Epiro), las palomas eran pájaros sa-
grados.
2«. P:csagio doblemente inquietante (a la izquierda, en un árbol hueco).
Virgilio
de una sombra verdosa? Como esos versos que yo leí el otro día, sin que tú lo supieras,
mientras andabas junto a nuestra encantadora Amarilis: ''Títiro, mientras me esperas —no
voy lejos—, apacienta mis cabras; luego, llévalas a beber, Títiro; y cuando las conduzcas
guárdate de encontrarte con el cabrito, que embiste con el cuerno." ”
M o e r i s . — O, mejor aún, los que cantaba, inacabados aún, a Varo:” "Varo, mien­
tras se nos conserve Mantua — ¡Mantua! ¡ay!... demasiado próxima de la desdichada Cre-
mona—" los cisnes,” con. sus cantos, elevarán tu nombre hasta las estrellas.”
L í c i d a s . — ¡Oh! Te suplico — y ojalá tus enjambres rehuyan los tejos” de Córcega,
y tus vacas alimenten e hinchen sus ubres en el codeso— , dime lo que sepas. Que, al igual,
a mí las Piérides88 me hicieron poeta; yo también escribo versos; y dicen los pastores
que estoy inspirado, aunque no pongo demasiada fe en ello: ninguna de mis obras, hasta
el momento presente, me parece digna ni de Vario ” ni de Cinna,“ sino que grazno, cual
oca entre cisnes armoniosos.
M o e i u s . — Sí; espera un poco, Lícidas; trato de acordarme: ¡este poema es muy
conocidol...: “Ven aquí, oh Calatea; ¿para qué jugar en las olas? Aquí reina una primavera
purpúrea; aquí, al borde de las aguas corrientes, la tierra extiende sus policromas flores;
aquí el álamo blanco se yergue sobre mí gruta, y las flexibles vides tejen sombras. Ven
aquí; deja que las locas olas azoten las playas.” “
L í c i d a s . — ¿Y esos versos que yo te había oído cantar solo en la noche serena?
Recuerdo el metro. ¡Ojalá recordara las palabras!...
M o e r i s . — ... ‘ Dafnis, ¿por qué esperar el orto de las viejas constelaciones? He
aquí que ha aparecido la estrella de César," descendiente de Dione,*” bajo el cnal las
cosechas darán la alegría de sus frutos y la uva cobrará su color en las colinas expuestas
al sol. Manta tus perales, Dafnis, que tus nietos cogerán su fruto.” ... Todo se pierdo
con la edad, hasta la memoria; en mi infancia, recuerdo que a menudo cantaba a lo
largo del día, y la voz misma falta ya a Moeris; los lobos vieron primero a Moeris.“
Pero en todo caso los versos a que aludes te los dirá muchas vcccs Menalcas, hasta
saciarte.
L í c i d a s. — ¡Con pretextos dilatas mi deseo! Fíjate: toda la superficie del agua, en
calma, guarda silencio; los soplos de la brisa murmuradora se han callado. Henos a medio
camino, pues la tumba de Bianor ” empieza a aparecer. Aquí, donde los campesinos podan
el espeso follaje,40podemos cantar, Moeris; deja las cabras aquí: ya llegaremos a la ciudad.
Y si tememos que, con la noche, nos sorprenda antes la lluvia, podemos continuar la
marcha cantando (el camino es así menos penoso); para que marchemos cantando, te
descargaré de ese fardo.
M o e r i s . — No insistas más, muchacho, y ocupémonos de lo que ahora nos acucia.
Cantaremos mejor cuando el propio Menalcas se halle de regreso.
Bucólicas, IX.
27. Traducido de Teócrito (Id. III).
28. Alfeno Varo, delegado en el reparto de tierras y agente de Octavio en la Cisalpina.
29. Como las tierras de Cremona no bastaban para contentar a los soldados “licenciados”,
tomaban también las de Mantua.
30. Los cisnes eran muy abundantes en el Mincio.
31. Los tejos (abundantes en Córcega) volvían amarga la miel.
32. Las Musas.
33. Amigo de Virgilio y autor trágico.
34. Poeta del círculo de Catulo, querido sin duda a Cornelio Galo, que protegía entonces
a Virgilio.
35. Cf. Teócrito, I d. XI, 42 y 63.
36. El cometa apareció en los juegos celebrados por Octavio en honor
de César (en 43).
37. Madre de Venus, o la propia Venus, de la cual pretendía descender César a través de
Eneas.
38. Superstición popular: si un lobo ve a un hombre antes de que éste lo vea, el hombre
pierde In voz.
39. ' Fundador mítico de Mantua.
40. A partir de! primero de julio, podaban los árboles (en especial los olmos), para obtener
forraje para el ganado.
EL CLASICISMO LATINO
Las Bucólicas que Virgilio compuso tras este suceso revelan a la vez el
deseo de prolongarlas y el titubeo de la inspiración. Leía a los "clásicos”:
Homero, Hesíodo, Ennio, Lucrecio; pero experimentaba también la influen­
cia, muy alejandrina, de su amigo Cornelio Galo, y escuchaba consejos acerca
de la epopeya y el teatro de Alieno Varo y Polión.j Sus temas preferidos son
por tanto el análisis psicológico de la pasión (Buc. V l I I y X), ésta en honor
de Galo y, tal vez, para “lanzar” su colección (de elegías); las curiosidades de
la mitología y la cosmogonía semicientífíca (Buc. VI); sobre todo una pode­
rosa aspiración a la paz y al descanso.en una naturaleza benévola (Buc. V
y IV). Las impresiones son más sugestivas, los versos más amplios; la
IV Bucólica, que describe, de modo oscuro e impresionante, el advenimiento
de una nueva “edad de oro”, con motivo del nacimiento de un hijo de
Polión (sin duda el mayor, Asinio Galo) y de la paz de Brindis entre Antonio
y Octavio, derrocha el acento nacional y el tono épicojSin embargo, cuando
Virgilio publicó su primera “selección” (Églogas) de nueve poemas, las orde­
nó sin tener en cuenta la cronología, correspondiéndose de dos en dos “en
círculos” (I-IX; I LOTI; III-VII; IV-VI), estructura cara a los latinos (Lucre­
cio, Catulo, etc.)¿Ja Buc. V en el centro celebrando el apoteosis de Dafnis
(¿César?). La adición de la décima (de 39 o 38) da fe del renombre que se
liga legítimamente al creador de un nuevo género, bucólico “arcadio”, que
llamamos pastorihjPero, presionado por sus modelos, Virgilio no pudo, pese
a la diversidad cíe sus tentativas, llegar a la meta de su esfuerzo lírico; y
desea medir sus fuerzas en una obra más decisiva.
“Las Geórgicas”. — Tuvo la idea de combinar, en un poema de unos
500 versos (que se convirtió por ello en el primer canto de las Geórgicas), los
preceptos rústicos, muy primitivos, y en especial referentes al cultivo de
los cereales, que Hesíodo (s. vin) había puesto en verso sin gran orden en Los
Trabajos y los Días y el poema astronómico y meteorológico de Sición (s. m);
en cuanto a la técnica, el tratado de agricultura del viejo Catón sustentaba
las observaciones de Hesíodo y del propio Virgilio. Se trataba de una materia
muy heterogénea£Virgilio habría podido imprimirle una unidad filosófica o
nacional: en dos pasajes célebres describe la ley del trabajo impuesta por
Júpiter a la humanidad para su perfeccionamiento (v. 121-154), e invoca con
vehemencia la pacificación de Italia asolada por las luchas civiles (v. 489-514)^
[Tero estos, versos no encuentran eco en el resto del canto¿_VirgÍlio no puso
gran empeño en una composición didáctica clara: omite narraciones esen­
ciales (sobre la calidad de las tierras, la construcción de las alquerías), resume
o alarga otras sin razón aparente; sus hábitos alejandrinos, que no corregían
ni Hesíodo ni Catón, le_llevaban a preferir la yuxtaposición de detalles a una
construcción orgánica, y J as impresiones,, diversas, jqué se atraen o. se oponen
de modo variado y polícromo. Resulta de ello, cuando menos, una superabun­
dancia de vitalidad, que evoca, en mescolanza, aunque con una lozana suavi­
dad, gentes, animales, paisajes. Sin embargo, el estudio de Arato y de Lucre­
cio encamina ,a..V irgilio a_ algunos tr a ta m i en t o^o r.de na dos. Per o. el primer canto
de las Geórgicas conserva los^caracteres de una obra de transición.
224
Virgilio
[Preceptos e impresiones, primero flotantes, luego desarrolladas en cuadros
antitéticos (como en Las Bucólicas), se fijan poco a poco en la idea del mal
tiempo y llegan a la descripción, progresivamente incrementada, de las tempes-
tades de otoño, de primavera, de verano y de invierno (cf. Lucrecio, VI, 250-261
y 274-294).]
La noche misma favorece muchos trabajos, o bien el momento de la aurora que toma
rosada la tierra bajo los primeros rayos del Sol. La noche facilita el corte de los rastrojos,
y la siega de las praderas demasiado secas; nunca es de noche sin un frescor que reblan­
dezca. Y más de uno prolonga la vigilia de invierno a la luz de una lámpara retardada
para afilar las teas con el filo del hierro, mientras que, aliviando con su canto la lenta
tarea, su esposa agita en su tela el peine vibrante,“ o cuece en el fuego el azucarado
mosto y con una hoja espuma el líquido del tembloroso caldero.
En cambio el trigo dorado se corta en plena calor, y en plena calor frota la era
el grano seco. Ara desnudo,“*siembra desnudo: el invierno es tiempo de vacación
para los campesinos. Durante los fríos, disfrutan de sus cosechas y cambian, alegres,
invitaciones entre sí: el invierno es alegría, jolgorio, olvido de las penas.44 Así cuán­
do, llenas de mercancías, .las naves ganan por fin el puerto, y los marineros, alegres,
coronan sus popas.1* Es, sin embargo, el momento de recoger las bellotas, las bayas del
laurel, la aceituna, el ensangrentado mirto; de tender lazos para las grullas, redes para
los ciervos, perseguir las orejudas liebres; es el momento de flechar los gamos y poner
en movimiento el flagelo de estopa de la honda balear,"1cuando la nieve se acumula a lo
lejos y los ríos arrastran el hielo.
¿Qué decir de las tempestades y las constelaciones de otoño? ¿Qué cuidado hay que
tener cuando ya los días menguan y se suaviza el verano? ¿Y cuando la primavera se
cierne en lluvias sobre las cosechas, cuyas espigas toman erizado el campo e hinchan
el lechoso grano bajo su túnica verde? Yo mismo he visto a menudo, cuando el dueño
introducía al segador en sus rubicundos campos, cuando ya se cortaba el tallo endeble
de la cebada, acumularse todos los vientos en tales combates, que arrancaban a lo lejos
la pesada cosecha con sus raíces y la arrojaban por alto en los aires, como, en su torbe­
llino negro, el huracán de invierno arrastraría livianos rastrojos y volátiles pajuelas.
A menudo aparece incluso en el cielo una inmensa masa de agua, las nubes se agolpan
a lo ancho y acumulan negras lluvias para una horrible tempestad; el éter4®se desploma,
una lluvia sin medida disuelve los pingües sembrados y arruina la labor de los bueyes;
las fosas se llenan de agua, los ríos crecen ruidosamente en su lecho profundo, el mar
hierve y jadea, y el propio Júpiter, en la noche de las nubes, arroja los dardos de su
rayo con su mano llameante: al choque, la .tierra inmensa se agita, las bestias salvajes
huyen, las corazones de los mortales tiemblan, aterrados por el pánico. El dios mutila con.
su rayo abrasador el Ato o el Rodope o las cimas Ceraunias/1 los vientos ábregos redo­
blan su ímpetu, la lluvia es más copiosa; bajo la violencia del viento gimen los bosques,
las riberas...
Geórgi cas, I, v. 287-334.
j_ La publicación (hacia 3fi) de La Economía rural de Varrón (véase
p. 198 s.) y, sin duda, los estímulos de Mecenas hicieron concebir a Virgilio
Estaciones y tempestades
41. Que, en el oficio de tejedor, separa con sus dientes los hilos de la urdimbre,
42. La palabra puede también significar “con túnica sencilla” (especie de camisa); pero
aquí se busca el valor más expresivo.
43. En la descripción que sigue, Virgilio dice taxativamente lo contrario que Hesíodo (Tra­
baros, .v. 504-558), acordándose de la Cisalpina, rico país de cultivo, y también de bosques
y caza.
44. En acción de gracias a los dioses.
45. Epíteto natural: los isleños de Baleares eran famosos como honderos.
46. La parte más elevada del cielo.
47. Montañas de Macedonia, de la Tracia y del Epiro.
225
15. ---- L I TERATURA LATI NA
EL CLASICISMO LATINO
unas Geórgicas mucho más amplias y orgánica^ el primer canto pasó a ser
el del cultivo de los cereales, al que seguían otros tres que trataban de ]os
árboles y del cuidado de los arbustos, viña y olivo (canto II), de la cría
del ganado (canto I I I ) y de las abejas (canto IV).lSe abstiene, como autén­
tico poeta, de decirlo todo con detalles minuciosos y en orden pedantesco;
no obstante, Virgilio intenta ser completo; su arte de la sugerencia, la
vitalidad de sus impresiones personales, incluso su tendencia a los "episo­
dios”, en los que varía de materia, no impiden el complemento de las máxi­
mas, que dan fe de una ciencia cierta y se expresan con realismo y precisión,
[ideas vigorosas y poéticas a un tiempo dominan en cáda canto: energía y
variedad creadora de la naturaleza vegetal en el segundo; antítesis trágica
entre el amor y la muerte en el tercero; tema, opuesto, de la castidad y la
inmortalidad en el de las abejas. 3
Progreso de la imaginación. Virgilio ve ahora la naturaleza con mayor
potencia: recoge las oposiciones y relaciones íntimas entre ella y el trabajo
humano.jEn la descripción, el rasgo y el color han ganado aún en audacia
evocadora: ya no se puede ir más lejos. La imaginación, cuando precisa,
fuerza la expresión para imponerse mejor. Vemos evocar en cuadros las
tierras exóticas, el invierno escita, el nomadismo africano. Al describir la
peste que había devastado la Nórica, rico país de cría de ganado, Virgilio,
rivalizando con Tucídides y Lucrecio, les iguala en el vigor de la represen­
tación y los supera en su conmovedora sensibilidad.
Diversidad de las tierras
[Evocación vigorosa (y llena de contrastes) de paisajes muy diferentes: muy
pocas palabras bastan a Virgilio (como a Michelet) para sugerirlos. — Realismo
□ada sobrecargado, como la naturaleza misma, — La exposición técnica se pro­
longa sin esfuerzo, por doquier, en cuadros complejos y en discretas efusiones.]
Las tierras, rebeldes en principio, y los ribazos ingratos, con poca arcilla y guijarro
en la maleza, hacen las delicias de los lozanos olivares consagrados a Palas." El signo
del país es la abundancia del olivo salvaje, el alfombrado de bayas"silvestres. Pero una
tiena pingüe, llena de una suave y fecunda humedad, una llanura poblada de yerbas,
abundante (como vemos a menudo acumularse en los valles de las montañas, en los que
se precipitan, de lo alto de las rocas, lo¡> riachuelos cargados de rico limo), o que, ex­
puesta a] Austro,40nutre él helecho odioso al curvo arado, un día te dará viñas robustas,
de las que correrán raudales de vino; te prodigará los racimos y la savia que derramamos
de las páteras de oro, cuando el pingüe tirreno,“ junto a los altares, haya henchido su
flauta de marfil y nosotros presentemos a los dioses las carnes humeantes en sus anchos
platos redondos.
Mas si prefieres criar vacas y temeros, corderillos o cabras que devoran los sembrados,
marcha al lejano Tarento y a sus ricos pastizales, busca una llanura semejante a la que
perdió la desdichada Mantua:51ni las límpidas fuentes ni la hierba faltarán a tus rebfcños;
y todo lo que tus bueyes consuman a lo largo de un día de verano brotará de nuevo en
una corta noche de fresco rocío. Casi siempre, una tierra negra y grasa bajo la reja del
48. Diosa de Atenas, que, según se decía, había hecho surgir de la tierra el primer olivo.
49. Viento del Sur.
50. Los etruscos, que habían dado a Roma sus primeros músicos, tenían cierta tendencia
a la obesidad. Por otra parte, el personal de los templos se alimentaba muy bien.
51. Véase, más atrás, p. 219 y 222 s.
226
\
arado y quebradiza (lo que intentamos conseguir con las labores) es excelente para el
trigo: ningún otro llano manda a la alquería más carros, cuyo peso hace lento el paso
de los bueyes. O también la que el labrador impaciente ha ganado roturando un bosque,
arrancando el arbolado después de tantos años improductivos y cavando con el pico las
antiguas moradas de los pájaros: ellos abandonan sus nidos y alcanzan las alturas del
cielo; pero la tierra virgen brilla bajo el corte de la reja.
Pues una pendiente de tenue arena apenas basta para dar a las abejas el humilde
dafne y el romero; la toba rugosa, la creta roída por las negras quelidras “ no tienen
parangón para ofrecer a las sierpes una vida cómoda y sinuosos escondrijos.
Geórgi cas, II, v. 177-215.
La vaca
[Compárese con Varrón, R. R. II, 5, 6: "Se escogerán vacas intactas y bien
conformadas en sus miembros, de gran talla y de forma alargada, de cuernos
negros, frente ancha, ojos grandes y negros, orejas vellosas, las mandíbulas pla­
nas, el perfil romo, la espina dorsal más bien cóncava que convexa, los órganos
nasales abiertos, los hocicos negruzcos, el cuello recio y largo, el papo colgante,
el pecho desarrollado, las costillas amplias, las paletillas anchas, las nalgas car­
nosas, una cola que barra sus pezuñas y termine en un ramillete de pelos ligera­
mente rizados, las patas cortas y rectas con las rodillas un poco salientes, sepa­
radas, vueltas hacia fuera, las pezuñas estrechas, sin entrechocarse mientras anda,
las uñas lisas e iguales; el cuero suave y flexible al tacto. En cuanto al color, el
negro ocupa el primer lugar; luego le sigue 'el rojo oscuro, el rojo pálido, y por
‘ último sólo el blanco”.]
La ternera más hermosa tiene el ojo torvo, la cabeza pesada, la nuca recia; y los
papos le cuelgan desde la barba hasta el suelo; y sus costados se prolongan sin medida;
todo en ella es grande, hasta las pezuñas; y bajo sus curvados cuernos sus orejas son
velludas. No me desagradaría que su pelo sombrío apareciera brillantemente marcado de
blanco; que rechazara el yugo y a menudo fuera peligrosa a cansa de sus cuernos, de
estampa casi semejante a la del toro; alta, avanza a saltos, barriendo con su cola.la huella
de sus pasos.
Geórgi cas, III, v. 51-59.
Ampliación de la sensibilidad. -X- Al mismo tiempo la sensibilidad de
Virgilio, ya liberada de las preocupaciones mundanas, se vuelve cada vez
menos egoísta. Se une a los campesinos, se regocija en su fuerza y en sus ale­
grías, aspira a guiarles y a ennoblecerles al hacerlos apreciar la sana belleza
de su labor. Se extiende, con ternura exquisita, sobre los animales, que no
interesan sólo por su gracia extema, sino que son comprendidos en lo oscuro
de su alma, el caballo de sangre lleno de envidia y coraje, el buey de labor
obstinadamente fiel a su hermano de yunta, el toro bravo y celoso... Las
plantas mismas, animadas de una vida maravillosa, se convierten en dulces
compañeras sin dejar de ser auténticas/ j
La viña
Mientras en su tierna juventud deja brotar sus primeras hojas hay que cuidar de su
fragilidad; y mientras, simple vástago aúu, se inclina con toda alegría hacia las brisas,
encaminándose sin frenos en el aire puro, no hay que herirla aún con el corte de la
Virgilio
52. Serpientes venenosas.
227
EL CLASICISMO LATINO
podadera, sino arrancar sus hojas con la punta de los dedos, aquí y allí, con atención.
Más tarde, cuando sus sarmientos vigorosos, abundantes, abracen los olmos, entonces
corta. sus cabellos, entonces corta sus brazos. Antes, sienten miedo al hierro. Pero ha
llegado el momento en que tienes que reinar como dueño tiránico y reprimir la lujuria
de su ramaje.
Hay, además, otro tipo de trabajo que exigen las viñas, un trabajo que jamás se
agota: pues cada año es menester labrar tres y cuatro veces el viñedo entero y romper
continuamente los terrones con el extremo de la azada. Es un círculo de esfuerzos que
sin cesar retoman; y el año vuelve, parecido a sí mismo, con sus propios caracteres.
Y cuando, finalmente, hacia el atardecer, se han desprendido de la cepa las últimas hojas
y el soplo frío del Aquilón ha arrebatado su corona a los bosques, ya el campesino tra-
. baja en previsión del año que se acerca: la curva podadera de Saturno “ en la mano,
sigué las liileras de viñas de aspecto desolado, las poda y descorteza. Sé el primero en
cavar tu tierra, el primero en limpiar tu viña, quemar los viejos sarmientos y llevar los
rodrigones a cubierto; el último en vendimiar. Dos veces invade la sombra las viñas; “
y dos veces sus promesas se ven amenazadas por el asfixiante enredo de las hierbas: duro
trabajo ambas veces, Tú puedes ensalzar los grandes predios, pero el tuyo sea pequeño.
Y, además, hay que ir al bosque a cortar los tallos rugosos del brusco, al borde de los
arroyos las cañas, y fatigarte en el saucedal salvaje.8* Por fin, las viñas se han trabado;
entonces deja descansar a la podadera; el viñador, entonces, canta al cabo de las hileras,
acabada la tarea: sin embargo, aún debe atormentar la tierra, levantar polvo,“ y, cuando
el racimo está ya maduro, temer [la tormenta de] Júpiter.
Geórgi cas, II, v. 361-369 y 396-418.
Problemas sociales. -rOEl interés por los campesinos, la certeza de que
en ellos residía la fuerza de Roma y el amor por la tierra italiana no eran
cosas nuevas. Pero la expresión es nueva en Las Geórgicas: Virgilio supo
conferir a esas ideas y sentimientos un contenido universal; el poema es
más humano que italiano: la naturaleza y el hombre son los héroes. Sin em­
bargo no deja de ser actual: en la fecha en que se escribe, Italia trata de
recobrar su personalidad y vivir de nuevo en sí misma; el ideal del pequeño
campesino, cultivador y soldado, alienta a hombres de estado y economistas]]
Octavio y Mecenas no creerían sin duda que Las Geórgicas iban a restituir
la plebe urbana a la tierra; pero debieron ae pensar que su éxito no dañaría
a sus proyectos.TVirgilio, además, en su deseo ardiente de paz rústica, sueña
con ellos una nueva sociedad de unión nacional y trabajo organizado
bajo un caudillo venerable: la adulación a Octavio al comienzo de los can­
tos I y I I I es un testimonio casi excesivo; con mayor delicadeza, este sueño
social se transparenta en la complaciente pintura de la "ciudad” de las
abejas, a veces perturbada por las luchas civiles, pero tan ordenadamente
laboriosa en tomo a su “rey”. ^7
53. Antigua divinidad campesina del Lacio.
54. Al principio y al fin do la primavera: se refiere a las hojas de la viña.
55. Tres maneras de procurarse lazos y varas.
56. A principios de septiembre: los antiguos creían adelantar así, impidiendo que se secara,
la maduración de la uva.
22S
Virgilio
[Humanización discreta que no daña a la precisión de Jas observaciones. —
Nótese la potencia épica del primer fragmento; la alegría laboriosa del segundo,
con su "decrescendo” final. — Compárese con Maeterlinck, Vida de las abejas.]
Mas si salen a una batalla... — Porque a menudo, con gran tumulto, la discordia se
alza entre dos reyes.M Entonces, rápidamente, presentimos la emoción del pueblo, la
exaltación belicosa de los corazones; pues un canto ronco, marcial como el del bronce,
se eleva amenazador para las rezagadas y a veces imita los acentos quebrados de las
trompetas. Entonces, atareadas, se agrupan, vibran las alas, agudizan con su trompa su
aguijón, flexionan sus brazos, se agitan en filas rápidas, provocan al enemigo a grandes
voces. — Y, escogiendo un día de serenidad primaveral, cuando las llanuras del aire se
abren sin nubes, hacen una escapada; los adversarios se encuentran, un zumbido asciende
en el éter; mezcladas, componen un gran torbellino y se lanzan a tierra: el granizo no
es más espeso, la lluvia de bellotas, cuando sacudimos una encina, es menos densa. Los
reyes, en medio de su ejército, distintos por sus alas, encierran un valor inmenso en
su pequeño pecho y se obstinan en no ceder.
La ciudad de las abejas
Una pasión innata obliga a las abejas a reunirse, cada una en su oficio. Las de
más edad cuidan de la urbe, de la construcción de los panales, del modelado de las vi*
viendas trabajadas con arte. Pero las más jóvenes regresan cansadas, bien cerrada ya la
noche, con las patas cargadas de tomillo: “ van a saquear por doquier los madroños', los
sauces pálidos, el dafne, el croco que se toma rojo, el tilo cargado de flores y los som­
bríos jacintos. Todas •se recuperan a la vez de su trabajo; todas laboran a la vez; por
la mañana se precipitan fuera de las puertas; ninguna se retrasa; luego, cuando el atar­
decer les advierte, por fin, que es hora de abandonar las llanuras en las que liban, re­
gresan al hogar; y entonces piensan en descansar: se las siente zumbar, emiten sus
murmullos en los accesos y en el umbral de la colmena. Luego, cuando han cesado de
retirarse en sus viviendas, todo calla en la noche, y el sueño se apodera de sus fatigados
miembros.
Geórgi cas, IV, v. 67*84 y 177-190.
Episodios y preludios. — Semejantes cualidades bastan para conferir a las
Geórgicas una perfección de una rara riqueza y de un encanto que se
renueva sin cesar en la lectura. Virgilio, sin embargo, creyó oportuno elevar
el tono y suspender a veces la minucia de los preceptos técnicos por “episo­
dios”, en que su imaginación y la de sus lectores descansarían sin perder de
vista el tema por completo: elogio de Italia o de la primavera; descripción
del invierno escita, de la peste de Nóríca; graciosa evocación del jardinero de
Tarento; y, sobre todo, un verdadero “epiiio” (IV, v. 315-557), que a propó­
sito de la regeneración de los enjambres, pone en escena dramáticamente y
con todos los refinamientos alejandrimos al dios rústico Aristeo e incluso,
por pura casualidad, a Orfeo. ror sugestivo que sea, este episodio parece
de un arte tardío, y tal vez la influencia de Comelio Galo (acerca del cual
Virgilio había introducido en su poema un elogio que debió más tarde
borrar cuando su amigo, caído en desgracia, se suicidó) no le es ajena. Por el
contrario, los preludios altisonantes en los que —aJ fin de su trabajo—
57. Los antiguos no sabias que el rey de la colmena es una "madre” o “reina”.
58. Los antiguos no habían advertido que las abejas llevan en sus patas no el material
con el que elaborarán la miel, sino el polen de las flores.
229
EL CLASICISMO LATINO
Virgilio promete la inmortalidad a Octavio, que había llegado a ser dueño
de todo el mundo romano, anuncian, por su amplitud musical, al poeta de
La Eneida.
Alegoría *
[Fervor dichoso que une la gloria de Augusto al amor hacia la patria chica.
Exuberancia descriptiva (Virgilio imagina grandes juegos de color romano-griego
alejandrino) y lo chocante de los nombres propios. — Vida vigorosa quo anima
hasta a las figuras alegóricas. — Es posible que esta narración haya sido com­
puesta en 27-26, cuando Virgilio trabajaba ya en La Enei da.]
Primero, por poco que me quede de vida, transportaré a las Musas desde el pico
de Aonia “ a mi patria; primero te traeré, Mantua, las palmas idumeas."0 Y en la llanura
verde elevaré un templo de mármol, al borde del agua, allí donde, potente y sinuoso,
el Mincio se detiene, bordeando sus riberas de flexibles cañas. En el centro estará César,”
a quien nombro señor del templo. Para él será la fiesta de mí triunfo: brillando en mi
púrpura tíria, daré rienda suelta a cien cuadrigas a lo largo del rio;“ Grecia entera
dejará para mí el Alfeo “ y los bosques de Molorco “ para disputar las carreras y el
premio de la brutal manopla.06 Yo mismo, coronado con ramos de olivo cultivado,'* re­
compensaré a los vencedores. He aquí cómo, lleno de alegría, llevo a los santuarios las
galas solemnes y veo caer los toros da los sacrificios; o se abre la escena, cambian Jos
decorados," y luego los bretones, con púrpuras bordadas, levantan la cortina.*8 En la
puerta [del templo] mandaré esculpir en oro y marfil macizo la guerra de los gangájidas ”
y las armas victoriosas de Quirino,70 y el Nilo de grandes olas, que ondea durante la
guerra,71 y las columnas de bronce rostral que se alzan.” Sumaré, además, las ciudades
de Asia conquistadas, la huida de Nifate " y del parto, temible cnando huye arrojando
sus flechas.11 ¡Dos trofeos arrebatados en tierras opuestas y dos naciones sometidas en
las orillas de Oriente y de Occidente! 715En pie, en mármol de Paros, como estatuas vivas,
veremos la raza de Asaraco,™ gloriosa descendencia de Júpiter. Tros, el abuelo, y el dios
de Cinta,’7 que fortificó Troya. Y el Odio siniestro callará, por miedo a las Furias, al rigu­
roso Cocito, a los nidos de serpientes que ligan a Ixión a su cruel rueda y a la peña de
cima. inaccesible.™
Georgtcas, III, v. 10-39.
59. El Helicón, en Beocia.
. 60. La Judea meridional era célebre por sus palmeras; y la palma era entre los romanos
el símbolo de la victoria.
61. Augusto.
62. El Mincio.
63. Río de Olimpia, donde se celebraban los juegos más célebres de Grecia.
64. Habitante mítico del bosque de Nemea: los juegos ñemeos eran famosos.
65. Especie de guantelete de boxeo.
66. En Olimpia se daba a los vencedores una corona de olivo silvestre.
67. Dos grandes prismas triangulares, que giraban a ambos lados de la escena, presen­
tando decorados distintos.
68. En los teatros romanos el telón no descendía, pero aparecía al fin de la representa­
ción; las figuras bordadas en él parecen alzarlo.
69. El Ganges simboliza a todo Oriente vencido con Antonio en Actium.
70. Nombre sabino de Marte, considerado como dios nacional de Roma.
71. Véase el desarrollo del mismo tema más adelante, p. 238.
72. Las columnas rostrales, levantadas en conmemoración de una batalla naval, aparecían
adornadas con mascarones (rastra) de los navios enemigos o fundidas con su bronce.
73. Montaña de Armenia = los armenios.
74. Los caballeros partos, mientras huían, se volvían para disparar.
75. ¿Arabes y cántabros? Estos dos versos serían del 25, lo más pronto.
76. Antepasado de Eneas, d.e quien pretendían descender los Julios, y por tanto César y
su hijo adoptivo Augusto.
77. Apolo, dios de Délos (donde se eleva el Cinto).
78. Sísifo, que figuraba con Lrión entre los torturados del Infierno, debía, sin lograrlo
nunca, empujar a una peña hacia la cima de una montaña.
230
(^) “La Eneida”. — Una evolución natural había Uevado^a-Vírgiiio hasta el
umbral de la epopeya. Pudo dudar en cuanto al tema;:mnguno de los tres
géneros épicosque cultivaban sus contemporáneos se adaptaba..a su genio:
Imitaciones "cié 'Homero 78 o mitologías alejandrinas,80 sin actualidad ni emo­
ción; epopeyas históricas, incluso contemporáneas (al modo de Nevio y
Ennio),01 que permitían un margen muy reducido a. la imaginación poética.
jj)eseaba combinar la belleza griega y el espíritu nacional romano, sumer­
girse en los tiempos homéricos y servir , a. la..glonarde^AugustoTj Él estable­
cimiento del troyano Eneas en Italia le pareció adecuado a su proyecto. Era
una vaga leyenda que se remontaba a Estesícoro (s. vu-vi), y que no se había
precisado y ordenado un tanto hasta mediados del siglo m, con las narra­
ciones del historiador Timeo y del poeta Licofrón; pero encontró apoyo en
santuarios antiguos, de Venus en particular, y agradó a la imaginación de
los griegos que se ocupaban de Roma; el culto de los dioses Penates dé
Lavinio y de Roma se unía al tema; y muchas familias nobles de Roma
Í
iretendían entroncar con antepasados troyanos: en particular los Julios,
amilia adoptiva de Augusto, consideraban antepasado suyo a un hijo de
Eneas, nieto de Venus. Varrón, en último término, había coordinado una
serie de detalles relativos a estas tradiciones. Virgilio trazó, pues, el plan
de una Eneida en doce cantos, una especie de Odisea seguida de una litada.
Eneas, con su flota, está a punto de alcanzar Italia cuando la diosa Juno levanta
contra él una tempestad, dispersa sus naves y lo arroja contra la costa de África. Es
acogido cordíaímente por la reina Dído, ocupada en la fundación de Caríago (I). Eneas
relata a Dido, en quien Venus despierta un amor hacia él, la toma de Troya, su huida (II)
y sus largas peregrinaciones hacia “la Hesperia”, que los oráculos le reservan (III). El
■amor de Dido hacia Eneas se vuelve apasionado; Eneas se entrega a él; pero las órdenes
de Júpiter le recuerdan su misión; escapa con sus compañeros, y Dido se da muerte (IV).
Al pasar por Sicilia, Eneas celebra juegos fúnebres junto a la tumba de su padre
Anquiscs, que había muerto el año anterior; deja allí, en la colonia troyana de Aceita,
a las mujeres, cansadas de tan largos itinerarios (V). Luego alcanza las costas de . Italia
en Cumas, donde la Sibila le predice el porvenir y le da acceso a los infiernos:^allí'
encuentra, entre las sombras de los héroes pasados y futuros, a su padre Anquises, que
le revela algunas de las grandezas de la futura Roma (VI). Llegado al Lacio, Eneas esta­
blece las bases de un acuerdo con el rey del país, Latino, que le promete en matrimonio
a su hija Lavinia. Pero Juno provoca la guerra y arroja contra los troyanos al rey de
los rótulos, Turno, pretendiente a la mano de Lavinia (VII). Eneas asciende por el
Tíbcr hasta la altura de Roma; allí, un rey arcadio, Evandro, se ha establecido en una
aldea en la que se prefiguran algunas de las más venerables antigüedades romanas; Evan­
dro concierta alianza con Eneas y le da su hijo Palante y algunos caballeros (VIII).
Mientras Eneas marcha a asegurarse también el apoyo de las ciudades etruscas,
Tumo ataca a los troyanos en las bocas del Tíber, quema sus barcos y se apodara casi
por completo de su campo de operaciones (IX). Los dioses reunidos deliberan acerca de
los troyanos; Juno y Venus se enfrentan; Júpiter dejará obrar al destino. Eneas llega con
la flota etrusca y gana una gran batalla, en la que muere Palante (X^, Tras haber velado
en la sepultura de sus muertos, marcha contra la capital ‘‘laurentina’ de Latino, deshace
79. Traducciones de Lo litada por Cn. Mntio, de La Odisea por Tuticano; Antchomeríca
y Posthomertea por Mácer el Joven.
80. Esntima de Helvio Cinnn; Los Argonautas de Furio Bibáculo.
81. Guerra de Istria, de Hostio; Guerra de las Galias, de Furio Bibáculo; Guerra do los ■
Secuanos, de Varrón de Auda; Muérte de César, de L. Vario Rufo, etc.
EL CLASICISMO LATINO
la caballería de Camila, reina de los volscos, y asalta la ciudad (XI). Por fin, la suerte
de )a guerra se concentra en un combate singular entre Eneas y Turno; si Eneas vence,
se casará con Lavinia y remará sobre una población mixta, en la que se combinarán las
virtudes de los latinos y de los troyanos. En vano la hermana de Tumo, la ninfa Yutuma,
intenta salvar a su hermano: Eneas lo derriba y le da muerte (XII).
Virgilio, al armar una estructura detallada de su poema, desarrolló y
retocó los diferentes episodios con cierto capricho, según los progresos de su
documentación, pero en especial de acuerdo con los brotes de su inspiración.
Por ello ~al~lado de largos episodios perfectamente elaboraSosTTiallábniós
ciertas parteFcTesíguales^pTú^jemplomen el’ canto II1J7 y>a l o largo ^leTodo
el poema, versos inacabados y un cierto número de contradicciones. Pero
este procedimiento detraBajo ha dado a La Eneida —en casi toda~su" exten­
sión— un vigor en la expresión que es muy difícil encontrar en las “epopeyas
cultas”. Numerosos indicios literarios y arqueológicos (frescos, mosaicos, ba­
jorrelieves) revelan la rápida popuJaridad^del poema.
Homerismo y alejandrinismo. — Sin embargo, Virgilio pasaba incluso
entre los antiguos, por un prodigio de erudición: arqueología, historia, reli­
gión. .. Y su conocimiento de los poetas griegos82 y latinos 83 era, si ello
es posible, más sorprendente aún. Pero todo quedó organizado de acuerdo
con la yoLi nt:td_de. aar a los procedimientos-alcjandrimos una amplitud clásica
en la imitación y la transposición continua de los poemas.homéricos» El uso
frecuente^Hs^Homéro puede parecer inconveniente en algún pasaje; Virgilio
no se limita a tomar de él una multitud de episodios (tempestad, explora­
ción, juegos, bajada a los Infiernos, descrip'Hoir'déí cscucla~terco~“dél^campo
de^ataüS^etc}7’Vino"'"que en todo momento le arrebata versos~Ic5ñ~üna
pasión febñirSin embargo, el tono es totalmente distinto: los klfij andrinos,
y en particular Apolonio de Rocías, ofrecieron a Virgilio unos “postulados”
más modernos, de variación y brevedad, hostiles a los clichés, menos ¿mantés
Hñjfl narración, pero llenos de^uaa^piayor autenticidad, propios^rle un arte
más consciente. Como contrast^Homer^ impuso~al~arte' alejandrino una pon­
deración llena de grandeza; y (Virgiüfr^añadió toda su fortuna de inteligencia
y-de sensibilidad. De ahí la seducción casi infinita de los versos de Vifgiíio
para todo hombre culto que trate de profundizar en ellos.
La isla de Circe
[Transposición muy original de Homero (Od., X, v. 203 ss.) y de Apolonio de
Rodas (Arg., IV, v. 659 ss.). — Poesía de ensueño, llena de contrastes y román­
tica. — Atmósfera legendaria, a la cual la autenticidad de las impresiones con­
fiere una impresión de verosimilitud. — Sobriedad trabajada en la forma: fuerza
.y variedad en las sugerencias.]
La brisa del crepúsculo despierta, la blanca luna no se niega a los bajeles, un res­
plandor luminoso tiembla sobre el mar. Rozan las riberas de la tierra de Circe. Allí, la
82. Aparte de Homero, Pisandro — en especial— (poeta épico del siglo vn), Hesíodo,
Pindaro, los trágicos, Apolonio.
83. Ennio, Nevio, Lucrecio, Catulo y los trágicos.
232
Virgilio
opulenta hija del Sol Uena sin cesar de sus encantos los bosques inaccesibles y, en su
soberbia mansión, quema toda la noche en teas el cedro perfumado, recorriendo la tela
fina con su peíne sonoro.84 Se escuchan los coléricos gemidos de los Icones, que resoplan
contra sus cadenas y rugen entre las sombras nocturnas; se oye la cólera de los jabalíes
de rudo pelo, los osos en su establo y los aullidos de los fantasmas de los grandes lobos:
hombres en otro tiempo, a quienes la cruel diosa, por el poder mágico de las hierbas,
transformó en bestias. Para evitar a los fieles troyanos esta suerte monstruosa, si erraban
hasta el puerto, y el propio contacto de esas temibles orillas, Neptuno hinchó sus velas
de un viento favorable y les obligó a .huir y rebasar esas aguas hirvientes. Y he aquí
que el mar se tomaba rojo y, desde lo alto del éter, la rubicunda Aurora brillaba en su
carro de rosas:* los vientos se calmaron, y pronto descendió el último soplo.'*’
Enei da, VII, v. 8-28.
Muerte de Camila
[Se traba un combate de caballería cerca de la ciudad de Latino; el etrusco
Arruns, aliado de Eneas, acecha a la reina de los volseos, Camila. Virgilio ha
empicado, para trazar la figura de Camila, las ricas tradiciones griegas acerca
de las amazonas, conocidas también desde antaño en Italia. — Continuidad en la
narración, con diversidad de aspectos (nótese, en particular, el episodio de Cloreo:
pintoresquismo asiático y psicología sentimental; — la súplica de Arruns: anti­
guos ritos itálicos sobriamente helenizados; — la comparación homérica (Iliada,
XV, v. 586 ss.) final. — Sobria y poética precisión en los movimientos. — Tierna
y discreta simpatía de Virgilio hacia la víctima.]
Entregado a la muerte, Arruns divisa a la rápida Camila, cuya jabalina es menos
segura que la suya; acecha la ocasión propicia. La joven se lanza en medio del tumulto,
Anuns la sigue, silencioso, tras su rastro; regresa atrás victoriosa; y él, sin ser visto,
impulsa su corcel hacia ella. Se aproxima por todas partes y siempre la cerca con su
carrera errante, y alza con disimulo su lanza fatal.
Cloreo, desde antaño consagrado a la sacerdotisa de Cibeles, brillaba a lo lejos con
el resplandor de su armadura frigia y guiaba su jadeante corcel cubierto por un manto
todo lleno de escamas de bronce con adornos de oro. Y, gloriándose en su jacinto y en
su púrpura,” el extranjero arrojaba las flechas cretenses con su armo licio: *®de oro es
el arma que descolgó de su hombro, y de oro el casco del sacerdote profètico; y su clá­
mide'* azafranada,“ cuyos pliegues de lino crujen,” la sostiene un broche de oro ama­
rillo, las túnicas y forros que, a la usanza bárbara, cubren sus piernas, están bordados
con vivos colores. Atrae a la joven: ya porque desee clavar en la pared de los templos.,
los despojos del troyano, ya porque sueñe, como cazadora, adornarse con el oro con­
quistado, ella tan sólo veía a éste entre todo el tumulto y lo perseguía sin guardarse
a través de las lineas, ardiente y apasionada, con codicia de mujer... Cuando por fin,
a cubierto, tras escoger el momento, Arruns arroja el tiro, invocando así a los dioses:
“Suprema divinidad, Apolo del santo Soracte,” tú, que tienes entre nosotros tus primeros
adoradores, por quien arde el tronco resinoso que en nuestra suprema piedad nosotros,
tus fieles, atravesamos en medio de las llamas en un camino de brasas,** concédeme,
Padre todopoderoso, borrar nuestro deshonor. No quiero alzar trofeo por una muchacha,
84. Véase p. 225, n. 41.
85. Nueva versión de un cliché homérico.
86. Euens llega, sin sospecharlo, a las orillas del Lacio.
87. Dos tonos violetas distintos.
88. Las jabalinas de Creta y los arcos de Licia eran famosos.
89. Especie de esclavina abrochada en el hombro.
90. De un amarillo vivo.
91. Los tejidos nacionales, tanto en Grecia como en Italia, erán de lana.
92. Sorano (identificado con el Apolo de los griegos), dios de los hirpinos, era adorado
en el monte Soracte, en la Etruria del Sur, cerca de la Sabinia.
93. Este antiguo rito debe probar anualmente la alianza entre el dios y los fieles.
233
EL CLASICISMO LATINO
ni apoderarme de sus despojos: ya ganaré mi fama en otras ocasiones; pero sucumba esta
furia bajo mi tiro, y consiento en entrar sin gloría en nuestras ciudades”.** Febo le es­
cuchó y quiso concederle una parte de su súplica, pero el resto dejó que se perdiera entre
los vientos: accedió a su deseo de dormir a Camila en la muerte; pero le negó volver
a ver su elevada patria,** y la tormenta confundió su voz con el soplo de los aquilones.
Saliendo de su mano, la jabalina silbó en el aire; con su ánimo y sus miradas, todos
los volscos se volvieron al instante hacia su reina. Tan sólo ella no oyó nada, no vio
venir el tiro alado, que, al instante, se clava en su seno desnudo y hace brotar de lo más
hondo la sangre de la joven. Sus compañeras acuden en desorden y cogen a su señora en
brazos. Arruns huye, más azorado que todas ellas, lleno de alegría y temor a la vez: su
lanza no le inspira ya confianza y no se atreve a exponerse a los tiros de la joven. Al
igual que un lobo a quien asusta su propia audacia; incluso antes que le persigan
los tiros enemigos, se retira sin tardar hacia los escondrijos de la alta montaña, tras
haber dado muerte a un pastor o a un fuerte novillo; mueve y oprime bajo su vientre su
cola temblorosa y alcanza la selva: así Arruns, turbado, se apartó de las miradas y, bus­
cando sólo la huida, se mezcló entre la masa de guerreros que luchaban.
Enei da, XI, v. 759-815.
La novela y la tragedia.-^En su conjunto el poema es novelesco:; los
alejandrinos habían enseñado a multiplicar las sorpresas. Novela dé aven­
turas, de amor y de guerra, elaborada con vistas al efecto, La Eneida no da
la impresión "natural ” de los poemas homéricos; incluso los epílogos pare­
cen en ocasiones bastante fríos. Pero Virgilio halló pie para crear un pinto­
resquismo muy variado, de vigorosas escenificaciones, de imprevistas lumino­
sidades que llegan hasta la magia romántica, sin que por ello se turben, las
proporciones ni se pierda de vista el objetivo general. yPor .fftra^parte, .esta­
bilizó su poema al insertar verdaderas tragedias: las del amór pasional entre"
Eneas~~y~~Dlcl^Ta pol í üca^maüim on ial de "Latino entre" Eneas y~Tumo~~láJ
amistadle J ^iso ^ZEurialoAsin contaF algun eplsó'dio ~constfü ido¡~tle ~5 qierdo
con la t¿cnicá'Jaristotéhca clel teatro, con exposición, peripecias y desenlace.
Este-procedimiento no sólo concentra y da forma a las_partes centrales del
poema, sino que permite a Virgilio protundizar en la psicología.
No es, sin embargo, un~gr aíT"cread5r~3e almas: el carácter de Eneas per-
m a ÍTecér il&tan te~iar go~tiempo; agente de los destiñosyT en cierto sentido,
imageTT^del estoicismo grecorromano, sé muestra ITmenuclo torpe y sinjirdor,
cuando el-poeta *nó le préstá una de sus emociones personales/ Xog^ahcianos,
Latino, Evandr'o^representan ^te'to^oTm'ideál’"filosófico de dignidad lenta,
poco activa. Los personajes secundarios, o los que únicamente son acción, son
más auténticos, en particular los jóvenes de apasionada existencia, abocados
a~una pronta muerte, Tumo, Camila, Palante, Lauso. La pasión femenina,
con sus altibajos y violencias irracionales, interesa especialmente á Virgilio,
tal vez^cómcT antítesis de su ideal de perfección. La traza^orurasgos muy
^eneral^tgT-exclplo 'en el personaje de Didot en la" que se unen de mo3cT"sor-
prendente los rasgos viriles. V femeninos.
Igual ocurre con los ji oses^. a los que'Virgilio obliga a_actuar a la manera
de Hómeí^^ése'lPlos prügresos“'realizados por la conciencia jeligjosa tras
94, Virgilio observó acertadamente que, en la antigua Italia, los etruscos importaron una
civilización urbana.
95. Las ciudades etruseas se construían, normalmente, en alturas que dominaban el llano.
234
Virgilio
siete u ocho siglos: su vida psicológica está en razón inversa a su dignidad
I «Mi-r'-j — I ‘— ^ ■— ’■ I A * 7--—^ ■— -L _ ____ m. n
rnorai; J úpiter es inexistente; Juno y Venus, diosas apás'ió¿adá~s7dominan, jjo t
el contrario, en su imaginación^ ' ~ 1
Virgilio supo dar a sus escenas de tragedia una expresión retórica llena
de belleza^Ño’aparece él diálogo; sólo naliámos monólogos y en tiradas:
'■jumque'Tan justas en su toho~*gér¡eráI y tan "flexibles en su desárrolló, tan
variadas desde lo majestuoso hasta la extrema vehemencia, tan ricas en suge­
rencias psicológicas, que, hasta Racinc, no hallamos a nadie que las haya
superado.
Troya destruida por los dioses
[Relato de Eneas: desesperado, al ver de súbito a Helena, causa primera de
la ruina de Troya, está a punto de darle muerte. ■— Virgilio sigue aquí tal vez al
griego Pisandro. La representación de los dioses, de un pintoresquismo grandioso
y extremismo casi romántico, parece inSuida por el arte helenístico de Pérgamo. —
Nótense los efectos misteriosos de luces y la impresión de horror fatal: procedi­
mientos de épica maravillosa.]
... Me embargaba el furor cuando de pronto se apareció a mis ojos mi madre que-
ridii, más brillante que nunca y llena de fulgor de luz pura en medio de la noche, como
auténtica diosa, tan hermosa y de tan gran talla" como suele ser vista por los inmor­
tales; me tomó de su mano, me contuvo y sus labios rosados añadieron estas palabras: “Hijo
mío,” ¿qué resentimiento te inflama sin medida? ¿Por qué ese furor? ¿No te preocupas
de nosotros? ¿No debes, ante todo, tratar de encontrar a tu padre Anquiscs, agotado
por los años, y saber si tu esposa, Creusa, vive aún, con el pequeño Ascanio? De todas
partes pasan en torno a ellos, y vuelven •a pasar, las tropas de los griegos, y, si yo no
me ocupara, ya las llamas los habrían devorado o traspasado la espada enemiga.
No es la odiosa belleza de la hija de Tíndaro, ni la falta de París: es la crueldad de los
dioses —sí, de los dioses— la que arruina este esplendor y hace que Troya se derrumbe.
Mira —pues voy a disipar toda esta bruma que envuelve a los mortales y embota y em­
paña tu vista— ; no tengas miedo, confía, obedece las órdenes de tu madre. Allí donde
veas separarse las multitudes, arrancarse las piedras y mezclar sus torbellinos el polvo y
el humo, es Neptuno “ quien, con su gran tridente, sacude los muros, socava los ci­
mientos y arranca de raíz toda la ciudad. Aquí, Juno, llena de cólera, se apresura a salir
por las Puertas Esceas:11* la espada al cinto, furiosa, llama desde las naves a las fuerzas
enemigas. Mira, en la cúspide de la ciudadela, a Palas Tritonia,” implacablemente firme
entre los rayos de una nube en la que brilla su cruel Corgona.1“ El propio Júpiter da
valor y fuerza a los dáñaos;“1 él mismo arroja a los dioses contra el poderío dardano.
Rápido, hijo mío; huye y deja de combatir: yo estaré junto a ti y te protegeré hasta el
umbral." Con estas palabras so borró en la espesura de las sombras nocturnas: fieras,
enormes, aparecen las formas de los dioses hostiles a Troya. Entonces vi hundirse
en llamas a Ilión toda entera105 y caer sobre ella la obra de Neptuno. Del mismo
modo que en los picos de los montes un fresno antiguo mordido del Iiierro y sobre él que,
96. Imaginaban a los dioses, en su aspecto real, mucho mayores que a los hombres.
97. Venus aparece idealizada en Virgilio: Madre y Protectora, como lo era, aparece llena
de dignidad en las figuraciones cultuales latinas.
98. Neptuno, que había construido con Apolo los muros de Troya, se había visto defrau­
dado en el salario convenido; Juno y Minerva (Palas Tritimia: el sobrenombre no está expli­
cado) se vieron preteridas ante Venus por obra de París, llamado para designar la más bella
de las diosas.
99. La puerta de Troya que daba al campamento de los griegos.
100. La cabeza de la Gorgona (que petrificaba), coronada de serpientes, estaba esculpida
en la égida (mantelete) de Minerva.
101. Nombre homérico de los griegos.
102. Nombre sagrado de Troya. -1
235
EL CLASICISMO LATINO
ensañándose a porfía, los campesinos redoblan los golpes de sus hachas: hasta el fin
permanece amenazador y, temblando bajo los golpes, deja oscilar su cumbre poblada;
pero, domeñado poco a poco por las heridas, se desploma al fin, con un largo gemido,
desprendido de las cimas...1“
Enei da, II, v. 588*631.
El enojo de Juno
[Una diosa apasionada, como en Homero, pero exhalando su enojo con una
vivacidad patética, como entre los más humanos de los trágicos.]
"¿Renunciar yo a mi empresa? ¿Confesarme vencida? ¿No poder alejar de Italia al
rey de los teucros? ¡Ah! ¡Los destinos! ¿Y Palas pudo quemar la flota de los argivos w
y sepultarlos entre las olas por el solo error y locura de Ayax, hijo de Oileo?1WArro­
jando con su mano, desde lo alto de las nubes, el fuego devorador de Júpiter, ella ha
dispersado sus bajeles y vuelto a someter la mar al soplo de los vientos; y mientras
vomitaba las llamas que le habían atravesado el pecho, lo arrebató en un torbellino y lo
clavó en la punta de una roca. Y yo, la reina de los cielos, la hermana y esposa de
Júpiter, debo sostener la guerra contra un solo pueblo durante tantos años. ¿Hay aún
fieles para adorar el poder de Juno? ¿Habrá quienes, suplicantes, lleven ofrendas a mis
altares?"
Enei da, I , v, 37-49.
) La historia y la actualidad. — El interés dramático de La Enei da mse
incrementa con su contenido histórico. Apareció a ios ojos "dé los contempo­
ráneos como~lá~<rGésta7T7íel pueBlcT romano” (Gesta popul i romani ): título
extraño si pensamos en su idea inicial y en los refinamientos de su elabora­
ción literaria, pero que justifica la preocupación constante, que embargó a
Virgilio, de crear una obra nagionjL
Aportó una singular intuición histórica en la descripción de esa Italia
aúnpárbará erPIa_C[ue empiezan a penetrar, de modo des igüaíp 'algunos
Elementos gri egos y~orientales: una verosimilitud muy íograHap resultado déí'
hábil cotejo deTos estudios contemporáneos sobre antigüedades, hace olvi-
dar la incertidumbre de la cronología y la inconsistencia de muchas leyendas.
Es histórica también la iipportaiicia que_atribuve_ al predominio del carác-
terjB ^ ó some' ^rrnññjbJ civilizadores: Eneas reinará sobre uha'poblacíoñ
mixtéenla que liTaportácfóifHiTIos troyáríós” ¿e"limitará'¿1 culto, pero cu^
espíritü'seráríatiño por~5aiero. Así, con las apanencias homéricas, se imporre
un sentir romano.
Virgilio ha hecho más: ha intentado por todos los medios evocar por
anticípatióiijos _graneles Eé ch o s "de l ia ~Histoná~~nacioñaT'Xa leona3 él Desfanó
ÍFátuni) qué, por"loda la eternidad, determína los progresos de'la grandeza
romana, je-permite.jaediante, p^di¡^p^T"y^sK m^os' |>Tóf é ti cos7 sugerirlos
T íos lectores informados; los J ia. descrito jroiás~directamente mostrando, en
los Infiernos, las almas de los héroes^uturbs _ qué~~esperan" su ^ncarnación
103. Comparación tomada de La litada, IV, v. 482 ts.
104. Nombre homérico de los griegos.
105. Que, en la toma de Troya, había ultrajado a la profetisa Casandra en el templo de
Minerva (Palas).
236
Virgilio
(canto VI), y mandando grabar por Vulcano, en el escudo de Eneas, el bri­
llante porvenir de una ciudad que el héroe no podía presentir siquiera en
la aldea de Evandro. Se trata de artificios diestros, pero muy poco emo­
cionantes.
La poesía se le muestra, mejor a su temperamento en los símbolos más
secretos: la atracción, y luegokTruptura, entre Dido v Eneas rprefiguraTa
rivaÜHacI entre Roma y Cartago; la alianza de Eneas con los etruscos evoca'
" eí*largo periodo de civilización eíxusco-latma; la conjuración de Italia confra^
" las" ciudades del Tíber (que serán Ostia y Roma).’recordaba. la^guerra sóciair*
"ylnuchos detalles aparecían tomados de episodios recientes. Sobre todo,
podía reconocerse en Eneas, obstinadamente ^ererio_y^creando, sin aparen-
tarloTun mundo nuevo sin renegar del antiguo, al mismo Augusto, apoyado
en sus divinidades protectoras: "una Venus purificaba, uñApolo lleno de
cordura. Así Virgilio había sabido ligar a Homero una prehistoria nacional
refundida, y toda la evolución de Roma hasta las inquietudes dinásticas,
aún veladas, del príncipe.
Itálicos y orientales
[El latino -Numano Rérnulo (a quien el niño Ascanio, seguidamente, atrave­
sará con una flecha) insulta a los troyanos asentados en su campamento. — Ex­
ceso brutal en la antítesis (aunque está de acuerdo con el tema dramático y con
la psicología del personaje). — Habilidad en la reconstrucción etnográfica: Vir­
gilio utiliza, para pintarnos a los antiguos itálicos, lugares comunes acerca de la
dureza de la disciplina en los sabinos y datos contemporáneos de los pueblos
del Noroeste, galos y germanos. — Evocación de un ideariumnacional.]
"... Como raza dura desde los comienzos, llevamos a los recién nacidos a nuestros
ríos para endurecerlos en el frío cruel de las aguas. De niños roban tiempo a la noche
para ir a cazar y apuran nuestras selvas; su juego consiste en dominar los corceles, en
tensar los arcos. Y de jóvenes, sufridos ante los trabajos, acostumbrados a vivir con poco,
o cavan la tierra con sus picos, o hacen temblar los alcázares con su ataque guerrero.
Toda su vida se desliza con las armas en la mano: vuelven su lanza para apresurar el
paso lento de los bueyes. Y cuando la vejez llega, tardía, no debilita nuestro valor, ni
menoscaba nuestra fuerza: cubrimos con el casco nuestros blancos cabellos; nuestra ale­
gría consiste en acarrear siempr;; a nuestra mansión botín reciente y vivir de las rapiñas.
En cambio, en vosotros, con vuestros vestidos bordados, teñidos de azafrán y de bri­
llante púrpura,10“ la pereza se anida en vuestros corazones; os complacéis sin mesura en
la danza; ¡vuestras túnicas tienen mangas! [Cintas en vuestras mitras!*1'" ¡Oh auténticas
frigias, no frigiosl: marchad a las alturas dindimeas,1“ id a buscar los sones quebrados
de la doble flauta; los tamboriles, las flautas de b o j d e la Madre Idea os llaman: dejad
las armas para los hombres; marchad, dejad el hierro a otros.”
Enei da, IX, v. 603-620.
106. Compárese, más atrás, p. 233-234, Muerte de Camilo.
107. Gorros cónicos, entre la tiara y el fez.
108. Díhdimn. es una montaña de Frigia, consagrada a Cibeles (o diosa madre del mon­
te Ida).
109. Evocación de la música asiática, muy conocida en Poma, en 3a que Cibeles tenía
un templo desde 204.
237
EL CLASICISMO LATINO
Accio
[Escena central del cscudo que, a instancias de Venus, Vulcano ha cincelado
pora Eneas1(el tema está tomado de la litada, XVIII, v. 478 ss., y de El Escudo
de Heracles, atribuido a Hesíodo). Virgilio vuelve con dimensiones épicas al es­
quema de las Geórgicas, III, 26-29 (véase más atrás, p. 230 s.). — Equilibrio
difici] entre la descripción (de sabor alejandrino) de una escena que se pretende
I nmóvil y la progresión de una acción animada (preparativos; batalla, desen­
lace). — Precisión expresiva y mitología convencional (pero sostenida por el re­
cuerdo de obrns de arte). — Sentimiento patriótico italiano.]
En medio se podían ver las flotas armadas de bronce, la batalla de Accio, Léucate 1U>'
llenarse por entero de batallones y las olas brillar con destellos de oro. De una parte,
César Augusto, sacando a combatir a los italianos, con los senadores y el pueblo romano,
los Penates111 y los grandes dioses: se dirige al techo del castillo de popa; de sus sienes
dichosas114brota una doble llama, y el astro paterno brilla en su cabeza.1“ Y, con la frente
alta, aparece Agripa,“* a quien los vientos y los dioses impulsan a la victoria: se le re­
conoce por su glorioso atuendo, por la corona naval, que hace brillar los espolones alre­
dedor de sus sienes.1“ De otra, la opulencia bárbara, la abigarrada mescolanza de
armaduras: es Antonio que, habiendo regresado vencedor de las regiones de la Aurora
y do las purpúreas riberas,“9 lleva consigo, a Egipto, a las fuerzas de Oriente y, desde
los confines del mundo, a las de los bactros; tiene por aliada, ¡qué oprobiol, a una egip­
cia,111 su esposa.
Todos se lanzan a la vez; y el agua hierve en espuma por doquier bajo los envites
de los remos y alrededor de los triples espolones. Ocupan el mar a lo ancho; se diría
ver flotar sobre el mar las Cicladas1“ y correr altas montañas, una sobre otra; navios
de mole prodigiosa contra barcos armados de torres.“* Estopas inflamadas, tiros, flechas
vuelan y llueven; las llanuras de Ncptuno se enrojecen de muertos extraños. La reina
llama a los suyos al sonido del sistro“0 nilòtico, y no ve aún alzarse tras ella las dos
serpientes fúnebres;“1 | la muchedumbre monstruosa de sus dioses, el ladrador Anubis“*
han tomado las . armas contra Neptuno y Venus y Minerva! En medio de la refriega,
Mavorte“* despliega su furor, cincelado en hierro; con él están las lúgubres Impreca­
ciones celestes; con las vestiduras rasgadas, llena de alegría, pasa la Discordia, a la que
sigue Belona con su látigo ensangrentado. Ante esta visión, Apolo134 tensaba su arco
desde lo alto del promontorio de Actium: aterrorizados, los egipcios, indios, árabes y
sabeos volvían la espalda. La propia reina, invocando la ayuda de los vientos, desplegaba
sus velas y las lanzaba sin cesar aún más. El Dios del Fuego 128la babia representado im­
110. Promontorio junto a Accio..
111. Los dioses “íntimos” de la patria romana.
112. Porque la llama que brota es de feliz presagio.
113. Véase, más atrás, p. 223, n. 36.
114. Almirante de Octavio Augusto.
115. Había merecido primero esta distinción por su victoria sobre Sex■Pompeyo.
110. Antonio había dirigido una expedición (muy desafortunada) contra los partos: las
hipérboles de Virgilio, al encumbrarlo, hacen más meritorio el triunfo de Octavio.
117. La reina de Egipto, Cleopatra: el matrimonio de Antonio con ella era, a los ojos
de los nacionalistas romanos, un escándalo-
118. Islas del mar Egeo.
119. El verso parece evocar, en antítesis, el distinto aspecto de los barcos de Antonio y
»de los de Octavio (más ligeros, pero con torres de madera).
120. Instrumento musical egipcio, en bronce o hierro, que emitía un sonido de casta­
ñuelas.
121. Las dos serpientes, símbolos del mundo subterráneo, recuerdan también el suicidio
de Cleopatra.
122. Oios egipcio con cabeza de chacal: para los romanos, los dioses de los egipcios eran
dioses de salvajes.
123. Marte.
124. Protector de Augusto, que mandó construirle un templo suntuoso en el promontorio
de Actium.
125. Vuicano.
238
Virgilio
pulsada por las olas y por el Yápix1*8 en medio de los cadáveres, pálida por el presenti­
miento de su muerte; enfrente, el Nilo de inmenso ltT cuerpo, triste y, para hacerle una
señal, haciendo flotar toda su túnica, abría a los vencidos su azulado seno y los refugios
secretos de sus canales.
Enei da, VIII, v. 675-713.
^9 Ética y sensibilidad.—De este modo, mediante ciencia y buen gusto,
Virgilio había logrado las CTr^IcToñes~~15asicas~~dé “la epopeya: extensión
narrativa, magnitud heroica, I nteres nacional: Pero La Eneida no se habría
"Ebradode la frialdad que des preñHen todas las obras de este género cuando
~]no se ápdy árusn_uri _“seutimjento épico” colectivo^lconio eYRamayaná éif la
Iridia," los póémás Homéricos, las canciones de gesta, los romanceros y La
Divina Comedia en los tiempos medievales), si Virgilio no hubiera impreg­
nado sus versos con toda su „sensibilidad, moral y emotiva.
Sin renunciar á evocar el viejo espíritu de guerras y He triunfos militares,
esencial a Ja mentalidacT'rómana,~’elevándose 'con'_el'p'en5a'iniento de que Ja
dominación de Roma será universal y eterna, Virgilio propone a Iá reflexión
un ideal superior: J as familias predestinadas fia de.~Cesar entre otras),J os
Hombres fuertes, sencillos y "piad osos, ~_a" los que Roma debe su grandeza,
aportan al mundo mediterráneo, embellecido por los griegos, el bienestar
*tle una organización estable y'pacífica."El canto VÍ, tan confuso" desde él
‘pQíTttrde'vista'propiamente religioso, pero que recoge la experiencia de siglos,
Dega aún más lejos: clasifica los valores morales, y obliga a los distintos
sistemas fílós'óficós ~á colaborar en un ideal de vida teórico y prácticó~á'un
tiempo, dé pureza, de~valóiVde entrega/ qué,Enriquecido por el crisTiariismo,'
"será“elTegado 3e Roma a" los tiempos modéraos. “Y jérpestino todopodér^g^'
perturba la acción del individuo, aunque la sustrae del capricho de los dioses.
Virgilio,“sobre todoTTmce bríl 1ar prácticamente por doquier —en su obra—
su inmenso don de simpatía. De este modo se animan, con una palabra, con
una sugerencia, los personajes más fugitivos, las escenas y hasta los paisajes
más convencionales. El arte alejandrino permitía al poeta épico intervenir en
algunos momentos de su narracióñrPéro'ePálmá'dé Virgilio está 'siempre pre-
’ Ten te en la suya, y el eco de^íT^erisitnlidád~se prolonga, por así decirlo, sin
cesar. De modo que toda la humanidad se encuentra a sí misma.
Dudo de la madre de Eurialo
iDos jóvenes, dos amigos, Niso y Eurialo, se proponen ir, a trav¿s de Jas
líneas enemigas, a prevenir a Eneas que su campamento está sitiado. Son muer­
tos y los rótulos llevan sus cabezas, clavadas en lanzas, ante las posiciones tro-
yanas. La anciana madre de Eurialo que, para acompañar a su hijo, no había
querido permanecer en Sicilia (véase p. 231), corre y se entrega a estas quejas
conmovedoras, egoístas y maternales a un tiempo-]
"¿Estás ahí? ¿Eres tú a quien contemplo, Eurialo? ¿Tú? ¿El tardío refugio de mi
vejez? ¿Me dejaste sola, cruel? Y, cuando te mandaban a afrontar tan grandes peligros,
¿no pudo tu desdichada madre decirte una última palabra? ¡Ay! Yaces en una tierra ex­
126. Viento del Noroeste, que arrastra a Cleopatra hacia Egipto.
127. Representado como un hombre de talla colosal.
239
EL CLASICISMO LATINO
traña, como pasto de los perros y de los pájaros del Lacio. Yo, tu madre, no he acom­
pañado tus exequias, ni cerrado tus párpados o lavado tus heridas, ni cubierto tu cuerpo
con el tejido que noche y día me apresuraba en acabar, aliviando con este trabajo las
penas de la vejez. ¿Dónde te buscaré? ¿Dónde hallaré tu cuerpo, tus miembros destro­
zados, tus restos? ¡He aquí, hijo mío, lo que me entregan de tu cuerpol ¡He aquí lo que
acompañé por tierra y por mar! | Ah! Si sentís alguna compasión, heridme, rótulos; arrojad
contra mí_todos vuestros dardos; ¡haced de mí vuestra primera víctima! O, más bien,
siente compasión de mí, poderoso señor de los dioses: aniquílame con tu rayo, arroja
al Tártaro esta odiosa cabeza, que de otro modo no puedo quebrar el curso de una
existencia tan cruel."
Enei da, IX, v. 480-490.
El verso virgiliano. — E ^hexámetro dactilico,128 que Ennio había con­
quistado para la poesía 1a fifi a, ^oasefva*aúrT "una‘"ci érta" rigid e z'Vn~I7ü cíe cío.
Virgilio lo lleva a la perfección: nunca, ni'antés 'ni'después de él, tuvo lugar,
en la literatura latina, una correspondencia más maravillosa entre la imagi­
nación poética y su expresión rítmica.
La cesura, hasta entonces monótona o variada al arbitrio, se manifiesta
a la vez como un elemento métrico y de estilo apto para poner de relieve
ciertas palabras o para enriquecer un pensamiento. La rapidez de los dáctilos,
ligeros ’'oycombatiyos,~alferna_opprtunámenté con la lentitud de los espondeos,
dramáticos o serenos: ............. ' ‘
Et fugit ad salices et se cupit ante uideri.
Buc., III, 65.
Apparent rari liantes in gurgite uasto.
En., I, 118.
La brevedad de las palabras o su amplitud, en particular al final de los
versos, contribuye a la resonancia afectiva o descriptiva':
Cara deum suboles, magnum Iouis i ncrementum.
Buc., IV, 49.
Stemitur exanimisque tremens procumbit humi bos.
En., V, 481.
Las palabras en concordancia, los nombres y sus epítetos por ejemplo, a
veces unidos y otras separados, se corresponden con gran variedad y contri­
buyen a dar matices a la expresión. Frecuentemente uno aparece en la cesura
y el otro al final:
Libcx pampi neas inuidit collibus ti mbras;
Buc., VII. 58.
a veces se encuentran en los dos extremos del verso:
I nfandum, regina, iubes renouare dol orem.
En., II, 3.
128. Véase en el Traité de stylistique de J. Marouzeau, el capítulo S/rucfure rythmique
du vers.
240
Húmi da solstitia atque h i e me s orate se r e n a s,
A gri col ae; hi berno l a et i ssma pul uere f a r r a .
Geórg., I, 100-101.
E incluso hay “verbos que constituyen como una clave de bóveda” (J. Ma-
rouzeau) y ocupan una posición central.
Ingentes Rutul ae sp ect a b it caedi s aceruos.
En., X, 245
De todo ello resulta que la simplicidad misma se transforma en un efecto
de arte, y un epíteto sin pretensión, en vecindad con el nombre, da una
impresión de calma y serenidad (acusada en el ejemplo siguiente por la
lentitud de los espondeos):
Deuen er e locos laetos et amoen a v i r e c t a
Fortunatorwn nemorum, s e d e s q u e b ea t a s .
En., VI, 638-639.
Las transferencias, siempre calculadas, son descriptivas o evocadoras:
I n segetem uel uti cum fl amma furcnti bus austri s
I nci di t...
En., II, 304.
Intersintque patris lacrímis, so l a c i a l uctus
e x i g v a i ngenti s.
En., XI, 62.
Finalmente la armonía imitativa interviene con discreción y fortuna:
lili indignantes magno cum murmure montis...
En., I, 55.
Quadjrupedante putrem soni tu quati t ungul a campum.
En., VIII, 596.
Fue precisa la existencia de un gran poeta para que el hexámetro entre­
gara sus tesoros. Después de Virgilio, Ovidio sabrá jugar con este instru­
mento como virtuoso, pero ya notaremos pesar en él el artificio que suplirá
a veces una cierta debilidad en la inspiración; luego, entre sus sucesores,
el artificio quedará relegado con mucha frecuencia al nivel de simples fór­
mulas de versificación.
La fama de Virgilio. — Tan pronto como apareció La Eneida, Virgilio
se vio consagrado como poeta nacional, equiparable a los más grandes de
entre los griegos. Toda la poesía latina, a partir de entonces, dependerá más
o menos de el, y a menudo en un grado incalculable. Pero su “sensibilidad
Virgilio
y otras presentan correspondencias más sutiles:
241
1G. — i . i t e r a t u r a l a t i n a
EL CLASICISMO LATINO
lírica, a la vez tan profunda y tan delicada, escapa, por supuesto, a la
imitación. Su lengua, su estilo, su versificación, que atraen por su maestría
y su ciencia, parecen prestarse mejor a ello. Pero fue una ilusión nefasta.
Virgilio había creado para su uso una lengua muy latina que podía_ ser
helenizada~cTrevesticla~de arcaísmos" eñ~dosis discretas^sin que el equilibrio
del conjunto~suffiera menoscabo; un estilo noble, aunque normalmente breve,
elocuente sin infatuación, y extraordíhariamentQ expresivo por la selección de
epítetos y las relaciones de palabras. Esta creación natural, cuando el'alma
se ausentaba de eliaV quedaba reducida a procedimientos convencionales y
a una lengua artificial. Pero la imposibilicfad misma de igualarle engran­
decía de siglo en siglo la figura del poeta: en la Edad Media se le. consideró,
en todo Occidente, como la llama de las ciencias y de la belleza antiguas, el
relicario de la grandeza romana; aunque fue también valorado en sí mismo,
por todo el encanto de su poesía, por Dante, Camoens“ Kácíne7 Michelet,
"Hugo, etc. Y su sensibilidad es tan rica, que le gana sin cesar nuevos adep­
tos. Ningún latino ha ejercido una influencia semejante.
i HORACIO Venusa, en Apulia, muy cerca de la Lucania (muy helenizada)
} 65-8 a. C. J vio nacer a Q. Horacio Flaco. Su padre, liberto de la ciudad
y recaudador de las subastas publicas (coactor]^cón_ la._digní-
dad de funcionario y el deseo perseverante de mejorar, no escatimó nin­
gún sacrificio en pro de su hijo: el niño, criado- primero en una finca pró­
xima a su ciudad, realizó pronto sus estudios en Roma, adonde su padre
hubo de acompañarlo, y luego, s o j o , en Atenas. Bruto acudió allí tras el
asesinato de César; Horacio se inscribió en su ejército con el grado honorífico
de tribuno militar y combatió en Filipos (42). Regresó a Italia y, arruinado
y sospechoso, compró para vivir un cargo de escribano (scriba) de la cuestura
y se lanzó al mismo tiempo a escribir sátiras, sin duda para imponerse por
medio del escándalo. Virgilio y Vario-lo presentaron a Mecenas enj39; supo
ser discreto, agradó "pronto y llegó a hacerse indispensable? Mecenas le
regaló, en 33, una finca en el risueño valle de la Licenza, en la Sabinia; Augus­
to intentó atraérselo, en vano, como secretario. Ese hombrecillo rechoncho,
lleno de sabiduría práctica, conservaba, cada vez con mayor habilidad,
sin desagradar a nadie, su ocio en provecho de las letras y de la filosofía,
unas veces en Roma, otras en Sabinia o en el sur de Italia. Murió pocos
meses después que Mecenas, el cual, en su lecho de muerte, lo había reco­
mendado una vez más a Augusto.
|— El temperamento de Horacio. — Horacio es un espíritu delicado muy
jamante de sí mismo, aunque muy abierto a los espectáculos externos. Su
[agudeza psicológica, su inspiración, su espontaneidad mundana le permitie­
ron hacer las delicias de la sociedad más escogida de Roma dando satisfac-
óión a su epicureismo práctico y sin perder su libertad. Gozó los placeres
de un lujo sin estridencias, banquetes en la ciudad, conversaciones delicadas,
y también los goces más secretos del paseante ciudadano, indolente, al que
nada pasa inadvertido. Todo lo llena de encanto, pues posee en todo momento
242
*
Horacio
una sensibilidad de artista, poco cargada de emociones, aunque fácil y pre­
cisa. Su vida se armoniza gracias a esas dotes: sociedad y soledad, ciudad
y campo le reservan goces iguales; prudentes disfrutes y moral de modera­
ción, siempre práctica y próxima a las realidades, le inspiran igualmente.
r Por encima de todo, la inquietud minuciosa de la perfección equilibrada;
\ ^es también muy escrupuloso en sus gustos literarios; pero, como contrapar­
tida, es el más capaz para lograr —incluso sin profunda inspiración— una
expresión artística superior, a veces admirable.
Las obras. — Las obras de Horacio fueron clasificadas muy pronto con
títulos distintos, cómodos, aunque no responden a ninguna realidad profunda:
de 41 a 30, Los Épodos, 17 poemas cortos, la mayor parte en dísticos yámbi­
cos (un senario seguido de un cuaternario) y de tono violento o sarcástico;
y dos libros de Sátiras (hacia 35 y hacia 30) en hexámetros dactilicos, con un
repertorio de 10 y 8 poemas de temas muy variados; —de 30 a .20, tres
libros de Odas líricas y un primer libro de 20 Epístolas de extensión muy
desigual; — de 20 a 8, el segundo libro de las Epístolas, que sólo contiene
tres (comprende el Arte poética, pero de gran extensión; el Carmen saecu-
lare, canto oficial en honor de Apolo y Diana, que le fue encomendado con
ocasión de los juegos seculares (en 17); y un cuarto libro de Odas. La crono­
logía es, además, difícil de establecer en sus detalles.
De hecho, prescindiendo de los Epodos, que llamaba “yambos”, y de las
/ Odas (Carmina), todas las obras en hexámetros eran para Horacio “Charlas”
\ (Sermones),' de tono mordaz o relajado: el término evoca mejor su origina-
\ lidad. En su conjunto, la vida del poeta se manifiesta como una evolución
de la sátira personal a la filosofía moral, en un sentido; y, en otro, la adopción
de la tarea de dotar a Roma de una obra lírica completa: familiar, religiosa
y nacional.
La influencia de Arquíloco y de Lucilio. — El propio Horacio (Ep. I, 19,
23-25; Sát., II, 1, 28-34) proclama sus inspiradores. La fama de Lucilio era
asfixiante pura todo nuevo satírico romano. Horacio volvió de nu&vo a tratar
muchos temas del viejo maestro: cuando cuenta por ejemplo una lucha
entre litigantes ante el tribunal de Bruto (Sát., I, 7) o su viaje a Brindis
j siguiendo a Mecenas (Sát., I, 25). Trató sobre todo de imitai- su audacia
^llamando por su nombre a las personas a las que atacaba y sacando todo
el partido posible de los colores realistas y la vena cómica (Sát., I, 2; 3). Pero
su esfuerzo quedó incompleto: sin protector aún, sólo osaba atacar a perso­
nas sin valimiento; y su propio gusto literario lo apartaba de los extremismos
y las negligencias de Luciüo. Trató de hallar la originalidad en una especie
de negación de la sátira latina; imitó al poeta griego Arquíloco (s. vu) cuyos
yambos virulentos ofrecían un modelo más breve, más artístico, nuevo en
Roma. Pero además la forma le interesaba en sí misma, y encerró en metros
semilíricos, en algunos de sus Épodos, temas de una ironía más ligera
(como el sueño rural del usurero Alfio (2) o incluso simplemente amorosos
(11; 14; 15).
243
EL CLASICISMO LATINO
Invectiva contra Mevio
[Contra Mevio, mal poeta al que también detestaba Virgilio, Horacio imita
inuy de cerca un pequeño poema, lleno de cólera, de Arquíloco. — Movimiento
y pintoresquismo realista de alcance lírico. — Nótese !a parte del juego, como
en muchos Épodos (por ejemplo, las imprecaciones contra el ajo: R. 3). — Com­
párese, como contrapartida, la oda 3 del-libro I: a la nave que lleva a Virgilio.]
Que un ave siniestra acompañe la partida del navio mal trabado que lleva al mal­
oliente Mevio. Flagela sus costados con olas monstruosas, Austro,119 no lo olvides; que
el negro Euro disperse en el mar agitado los cables rotos y los restos de los remos;
que el Aquilón 1,1se alce con toda su magnitud, como cuando en la cumbre de los montes
quiebra las temblorosas carrascas; ningún astro amigo aparezca en la oscuridad de la
noche, en el momento en que decline el lúgubre Orion;“3 marche sobre un oleaje tan
enconado como el cjcrcito victorioso de los griegos, cuando Palas volvió su cólera de
Ilión arrasada sobre el impío bajel de Áyax.2“
| Oh, qué terrible fatiga aguarda a tus marineros! iQué lívida palidez en tu rostro y
qué gemidos cobnrdesi iQué vanas súplicas a Júpiter cuando, respondiendo con Su bra­
mido al Noto “* lluvioso, las olas jonias destrocen tu nave! Si, arrojado en una ensenada
de la playa, tu cadáver da a los somormujos un grao festín, inmolaré un lascivo cabrito
y una cordera a las Tempestades.1”
Épodos, X.
La nueva sátira: charla y “diatriba” moral. — Pero Horacio debía al­
canzar su verdadera originalidad por otra vía. Los ataques a los que se
exponía el género satírico en sí (véase I, 4; II, 1), las tendencias propias del
poeta a la observación más entretenida y a la generalización moral lo lleva*
ron a ocuparse cada vez más de los vicios o de los lugares comunes, sin
graves alusiones personales: inconstancia y falta de mesura (I, 1 y 2), parcia­
lidad (I, 3), indiscreción molesta (I, 9), gustos culinarios (II, 4), al lado de
pasiones funestas: avaricia, ambición, intemperancia (II, 3). De este cuadro
de desequilibrio moral de los hombres se desprendía una lección de vida
sencilla o de moderación (II, 2 y 6), de progreso sin ostentación hacia lo
mejor, a través del cual Horacio tenía ocasión de hablar de su padre (I, 6)
y de sí mismo. La forma, en especial, salía ganando. Al inspirarse en discu­
siones libres (“diatribas”) en las que ciertos filósofos griegos, en especial los
cínicos, iniciaban en las cuestiones morales, de modo animado, a auditorios
populares, convirtió a la sátira en una “charla”, cada vez más dramática (en
especial en el libro II), entre interlocutores anónimos, aunque vivos, con
cambios bruscos de puntos de vista, una mezcla de generalidades, de esque­
mas pintorescos, de inicios de diálogos, de fábulas, de confidencias y de
reflexiones personales, que elimina toaa monotonía de la perpetua repetición
de temas previstos. La sátira entendida de este modo era un manjar exquisito.
129. Viento del Sur.
130. Viento del Este.
131. Viento del Norte.
132. A principios de noviembre, cuando el declinar de la constelación de Orion pnreeíu
anunciar las tempestades del Sur,
133. Vcnsc p. 236.
134. Vientu de! Sur, como el Austro.
135. Las Tempestades tenían un templo cu Boma.
244
Horacio
Horacio y su esclavo
[En las fiestas de las Saturnales {17-19 de diciembre), los esclavos tenían en
Roma total libertad de palabra: Davo (un nombre de comedia) la aprovecha para
dar una lección a su señor Horacio, con una mezcla do sentido práctico popular
y verbosidad estoica, que el' conoce a través del portero del filósofo Crispino. —
Intenciones complejas: la sátira es a la vez una escena de comedia, una parodia
de los estoicos (de los que Horacio se burla a menudo), una confesión personal y
una lección moral. Todo ello con una ironía muy fina. — Composición diáfana,
aunque con la viveza propia de la transición de la “diatriba” filosófica. — Exac­
titud en la representación psicológica (obsérvense algunas vulgaridades en el
lenguaje de Davo) y en el análisis moral, casi sin malicia ni dureza. — Com­
párese con Sat. II, 3.]
»—Hace rato que te escucho y quisiera decirte algunas palabras; pero yo soy tu
esclavo y siento miedo. —¿Eres tú, Davo? —Sí, Davo, servidor fiel del amo que lo
compró, y todo lo sobrio que es preciso; es decir, que puedes estar tranquilo por mi
vida. — ¡Bien! Ya que nuestros antepasados así lo quisieron, usa de la libertad de di­
ciembre. Habla. —Entre los hombres, aman algunos el vicio con constancia y persiguen
sin cesar su meta; muchos nadan, otros se afirman en el bien, otros son dóciles agentes
del mal. Reconocido muchas veces por sus tres anillos, Prisco 1M fue durante su vida la
irregularidad misma: cambiaba cada hora el latidavo por ei angustíela vo, salía de un
palacio para encerrarse en lugares de los que un liberto un poco escrupuloso no hubiera
podido salir decentemente; unas vcces optaba por seducir a las mujeres en Roma, otras
por enseñar filosofía en Atenas, como hombre nacido bajo la influencia maligna de todos
los Vortumnos137 reunidos. Volanerio,138 el dicharachero, cuando la bien merecida gota
entumeció las articulaciones de sus dedos, contrató a un hombre a sueldo diario para
que agitase e introdujese en su lugar los huesos140 en el cubilete; cuanto mayor cons­
tancia demostró en sus propios vicios, tanto más suave fue su desdicha y su parte mejor
que la de aquel otro que sufre con la cuerda tensa unas veces, relajada otras.1*1
—¿Vas a decirme de una vez, bribón, a dónde se encaminan esas pláticas? —A ti;
sí, a ti. —¿Cómo, malvado? —Alabas tu condición y las costumbres de la plebe de
antaño, y, a pesar de ello, si algún dios te llevara a ellas, protestarías bruscamente, bien
porque no crees en la superioridad moral de los principios que proclamas, o porque
los defiendes sin tener fuerza para practicarlos y sigues atascado con el vano deseo de
arrancar tu pie del fango. En Roma deseas el campo; en el campo pones por las nubes
la ciudad ausente; así es tu inconstancia. Si por casualidad no recibes ninguna invitación
para cenar, te enorgulleces de tus hortalizas libres de inquietudes, y como si únicamer.te
fueras a comer a la ciudad forzado y constreñido, te declaras feliz y te congratulas de
no tener que ir a cenar a ningún sitio. Mecenas te invita a acudir, convidado tardío, en
ei momento en que se encienden las luces: "¿Nadie va a traerme aceite1“ con mayor ra­
pidez? ¿No me oye nadie?” Así gritas con gran estruendo, y huyes como un ladrón. Mulvio
y los demás dicharacheros m se marchan, con imprecaciones que es preferible no repetir.
“Sí, lo confieso —podría decir Mulvio— , yo me dejo guiar fácilmente por mi estómago;
el olor de la cocina eleva mi nariz; carezco de energía, soy perezoso, y añadid, si queréis,
tabernario. Tú,1*4 en cambio, siendo igual que yo, y peor aún tal vez, ¿debes atacarme
.136. Desconocido.
137. Vortumno era el dios (d« origen etrusco) de los cambios.
138. Desconocido.
139. Por sus excesos gastronómicos.
140. Tabas, o as trágalos. S<±jugaba con ellos, al igual que con dados.
141. Por ejemplo, en una sirga.
142. Para la lamparilla: las calles no estallan alumbradas,
143. Horacio, que no gusta de la soledad (véase más adelante), había invitado, para dis­
traerse, a algunos parásitos, que pagan la comida con sus atinadas pala liras; la invitación de
Mecenas les obliga a irse con la barriga vacía.
144. Horacio: Mulvio In tomn con el porque no está allí.
245
EL CLASICISMO LATINO
espontáneamente, como si tuvieras mayor valía, y ocultar tus vicios con elegantes pa­
labras?”
«¿Qué decir, si es manifiesto que tú eres más necio que yo, comprado por quinientas
dracmas?...1“ Deja de intimidarme con ese rostro terrible; contén tu mano y tu cólera
mientras te explico lo que me ha enseñado el portero de Crispino.
* A ti te atrae la mujer de otro, mientras que Davo se contenta con una cortesana
de baja ralea: ¿cuál de los dos, en su pecado, merece antes la cruz?... "Yo no soy un
libertino”, dices; ni yo tampoco soy un ladrón, por Hércules, cuando, por prudencia,
paso sin detenerme ante los vasos de plata. Quita el peligro, y la naturaleza, ya sin frenos,
se lanzará en libre carrera. ¿Eres tú mi dueño? ¿Tú, a quien tantas cosas y tantos indi­
viduos hacen esclavo de tiranías .tan imperiosas? ¿Tú, a quien la fusta —si cayera dos
o tres veces *“ sobre tus hombros— no podría librar de una esclavitud miserable? Añade
aún una consideración que no debe tener menos peso; pues, si llamamos "esclavo some­
tido” 14t a quien sirve a un esclavo, como dice vuestra costumbre, o compañero de escla­
vitud, ¿qué soy yo para ti? Con toda seguridad, tú, qué me das órdenes, eres esclavo
miserable de otro señor y, como una marioneta, te pones en movimiento por resortes
extraños.
«¿Quién es libre, pues?’ El sabio, el hombre que posee el dominio de sí mismo, al
que no espantan ni la pobreza, ni la muerte, ni las cadenas; que es fuerte para luchar
contra las pasiones, para despreciar los honores, que constituye un todo en sí mismo,
ofreciendo a las cosas externas como la superficie lisa de una esfera, en la que ninguna
de ellas1“ tiene poder para adherirse, y no se deja domeñar por los asaltos impotentes
de la Fortuna. De todos estos rasgos, ¿hay alguno que puedas reconocer como tuyo
propio? Una mujer exige de ti cinco tal entos,te atormenta, te cierra su puerta y te
rocía con agua helada; luego te llama; aparta tu cuello de su yugo vergonzoso; entonces di:
“Soy libre; sí, libre.” No puedes,100 pues un nido señor urga en tu espíritu, te ataca
duramente con su espolón si estás cansado y te obliga a cambiar de dirección a pesar
de tus esfuerzos contrarios.1“
«Cuando quedas, insensato, paralizado de admiración ante un pequeño cuadro de
Pausias,3** ¿en qué eres menos culpable que yo cuando admiro, extendidas las pantorrillas,
los combates de Fulvio, de Rutaba o de Pacideyano,“* dibujados con minio o carbón1**
de un modo tan impresionante que diríase que vemos a los hombres, blandiendo sus armas,
luchar, herir y esquivar los golpes? Davo, sin embargo, es una mala persona, un calle­
jero; a ti te llaman experto fino y hábil en materia de antigüedades. Yo no valgo nada,
si me dejo seducir por un dulce humeante; tu gran virtud, tu gran valor, ¿resisten la
lucha contra las comidas exquisitas? Mis concesiones al estómago me resultan más funes- ■
tas. ¿Por qué? Porque cargan mi espalda de golpes. Pero ¿en qué respecto resultas tú
menos castigado cuando buscas esos alimentos que no se pueden comprar a bajo precio?
Pues las buenas comidas repetidas en exceso causan acidez, y los pies, temblorosos,1“ se
resisten a sostener al cuerpo enfermo. ¿Es culpable acaso el esclavo que, cuando se acerca
Ja noche, cambia furtivamente un esbrigilo w por un racimo de uvas? Y el amo que, para
dar gusto a su glotonería, vende sus tierras, ¿no tiene nada de servil?
«Añade que tienes el defecto de no poder permanecer una hora contigo mismo, que
145. Alrededor de 500 pesetas; precio muy módico.
146. Exageración cómica y profunda: la filosofía popular insistía en el tema del hombre
“esclavo de las pasiones".
147. Un esclavo podía contratar un auxiliar con su peculio; pero uno y otro dependían
igualmente del señor.
148. Comparación trillada entre los estoicos.
149. Alrededor de 30.000 pesetas.
150. Situación idéntica a la de Teiencio, más atrás, p. 104.
151. Como un caballo empacón que se adiestra.
152. Pintor de niños, nacido en Sició» (siglo iv).
153. Gladiadores. Cf. más atrás, p. 116.
154. En las paredes por los viandantes.
155. Por la gota.
156. Especie de almohaza, de la que se servían como cepillo duro después de los ejercicios
violentos o en el baño.
246
Horacio
no sabes hacer una perfecta clasificación de tus diversiones, que tratas de esquivarte
como de un esclavo fugitivo y errante, intentando acallar tu inquietud con el vino o con
el sueño: trabajo vano, pues este compañero sombrío se une al fugitivo y le sigue paso
a paso.“7 —¿Dónde hay una piedra? —¿Para qué? —¿O flechas? —Este hombre está
loco, o compone versos. — Si no marchas pronto de aquí, irás a ocupar el noveno lugar
entre los trabajadores de mi finca sabina í .1“8
Sáfiras, II, 7.
De la sátira a la epístola. — Dos de las Sátiras (I, 1 y 6) estaban dirigidas
a Mecenas; y el tono de “charla” que había adoptado Horacio es el ae la
conversación o de la correspondencia entre amigos de igual cultura. Todos
sus sermones, después de 30-29, se presentaron como cartas en verso, o
. "Epístolas”. Horacio no había creado el género: pero enriqueció los chistes
conocidos en Roma bajo ese nombre dándoles (como las cartas, en prosa, de
Epicuro, de Catón, de Varrón) un contenido didáctico y engalanándolos con
todos los atractivos de gracia, inspiración, humor, urbanitas, de la que esta
llena ya la correspondencia de Cicerón. La elegancia y la agilidad munda­
nas se acrecentaron; la moral fue a un tiempo menos llamativa, más personal
y más profunda: la de un hombre honrado que, al hacerse viejo, encuentra
un apoyo cada vez más seguro en la filosofía, pero que no quiere hacer
exhibición de ello (1, 1). A la ironía solapada siguió un buen sentido amable,
firme sin rigidez, cuya negligencia es sólo aparente.
Socialmente, estas Epístolas poseen para nosotros el más vivo interés:
recogen los inicios de una nueva aristocracia y al mismo tiempo tratan de
orientarla. Las tarjetas de invitación, de súplica, de recomendación, las
inquietudes de una estancia en el campo unen los medios literarios con los
de la corte; las cartas de “dirección espiritual” (I, 2; 3) muestran qué huella
empieza a ejercer la filosofía sobre los mundanos; Horacio, en especial, se
convierte en el guía sonriente del cortesano, fina Mor de educación, pero que-
deberá continuar independiente, fiel a sus ocupaciones (I, 17; 18), dueño de
sí mismo, libre para buscar el recogimiento en la relativa soledad del campo
(1,10; 14; 16).
La independencia de Horacio
[Mecenas se quejó de una ausencia prolongada de Horacio: el poeta se de­
clara dispuesto a devolverle todos sus dones, si debe pagarlos con su indepen­
dencia (¿hacía 20?). — La dureza de la lección se reviste de una gracia literaria
encantadora. — Habilidad para pasar de un punto de vista a otru. — Arte y va­
riedad en la narración (escena familiar; fábula; recuerdo homérico; apólogo trans­
parente). — Precisión descriptiva sin esfuerzo y pintoresquismo. — Valor moral
universal en una atmósfera romana y contemporánea. — Nótese la gran com­
placencia con que Horacio trata de moral y de física.]
Te había prometido no permanecer muchos días en el campo, y me he dejado desear
todo ei mes de.agosLo: ¡qué engaño! Pero si tú quieres para mí una buena salud por
todos los medios, debes, Mecenas, de igual modo que me perdonarías si estuviera en­
157. Volvemos a encontrar esta imagen lírica en las Odas (III, 1, v. 40).
158. En el territorio donado por Mecenas. Véase más atrás, p. 242.
EL CLASICISMO LATINO
fermo, perdonar mi temor a la enfermedad: los primeros higos del estío rodean al
maestro de ceremonias de Iictores100 vestidos de negro; padres y tiernas madres tiemblan
todos por sus hijos; las diarias obligaciones mundanas y las tareas del foro causan fiebre
y abren los testamentos. Y, si el invierno cubre de nieve el territorio de Alba, tu poeta
descendía al mar *" y se cuidará, ocupado —con el frío— en sus lecturas. Volverá a verte,
querido amigo, con los Záfiros y la primera golondrina, si tú lo permites.
Si me has hecho rico, 110ha sido al modo del calabrés 102 que invita a su huésped a
comer peras: “Come, si te agradan. —Ya he comido bastante. — ¡Bah! Come todo lo que
quieras. —Muchas gracias. —Llévate para tus niños; les gustarán. —Te estoy tan reco­
nocido por tu ofrecimiento como si me fuera cargado. —Como quieras: lo que quede
será para los cerdos." Neciamente generoso, ofrece aquello que desdeña y desprecia:
se siembra y se sembrará así siempre semilla de ingratos. Quien tiene sentido y gusto se
muestra dispuesto a hacer un servicio a personas de calidad, sin ignorar nunca la dife­
rencia que hay entre la buena moneda y los altramuces.1“* Yo sabré mostrarme igualmente
reconocido por todos los beneficios. Sí me niegas el derecho a ausentarme, devuél­
veme mi pecho fornido; haz que mis negros cabellos vuelvan sobre mi frente; devuélveme
la armonía en la voz y la gracia en la sonrisa.
Uri día,™ por una grieta estrecha, un delgado zorrillo se introdujo en un granero
de trigo; una vez saciado, con el vientre henchido, en vano intentaba volver a salir. Una
comadreja, desde lejos, le decía: “Si quieres escapar de ahí, debes salir delgado por
donde delgado entraste/’ Si se me echa en cara esta fábula, devuelvo todos los regalos. Yo
no soy un hombro que compre un sueño plebeyo, con el vientre lleno de hortalizas, ni
dispuesto a cambiar la libertad plena de mis diversiones por todos los tesoros de Arabia.1“
Has alabado con frecuencia mi reserva; yo te he dado los nombres de "rey”, de “padre”,
en tu presencia y también muy lejos de ti. Fíjate si puedo renunciar a la ligera a tus
beneficios. Dio buena respuesta Telémaco, el hijo del paciente Ulises: lw “Itaca 110 es
.país de caballos, pues no existen ni vastas llanuras ni hierba abundante, hijo de Atreo.
Permite que deje en tus manos unos dones que te son mucho más útiles que a mí.”
A los pequeños corresponden pequeñas necesidades: ahora me encantan —más que Roma
real— el desierto Tibur181 de la suave Tárente.
El ilustre Filipo,1“ animoso e influyente abogado, cuando regresaba de Sus litigios
hacia la hora octava,“®lamentándose —ya anciano— de que las Carenas1,0 se hallaran
tan lejos del foro, vio, según se cuenta, en una barbería oscura, a un hombre solo, recién
afeitado, que, con Su cortador, arreglaba sus uñas sin prisa. “Demetrio” (ese esclavo se
destacaba por cumplimentar las órdenes de Filipo) "ve, pregunta e infórmame de dónde
es ese hombre, cómo se llama, quién es su padre o su dueño.” El esclavo marcha,
vuelve y dice: un tal Volteyo Menas,ln vendedor público, de escasa fortuna y buena repu­
tación, muy conocido, activo y trotamundos, desenvuelto y alegre según las ocasiones,
satisfecho de poseer compañeros modestos y residencia fija,173 de ver los juegos y, en los
159. Los inicios del otoño eran muy malsanos en Roma.
160. Empleados de las pompas fúnebres.
161. Tal vez en Tarcnto-. véase más adelante.
162. Prototipo de rusticidad: las montañas de la Italia meridional permanecen aún hoy día
muy apartadas de la civilización.
163. Los granos de los altramuces (como entre nosotros las alubias) servían de monedas
en las comedias.
164. Cf. La Fontaine, Pables, III, 17.
165. Arabia, país de tránsito de todas las mercancías apreciadas (seda, perlas, especias,
etcétera) del Extremo Oriento y de la India, gozaba de fama de riqueza.
166. A rjuien Menelao ofrecía caballos de raza (Odisea, IV, v. 601. s.s.).
167. Ciudad en otro tiempo importante, Tibor sólo era «ntonccs »na maravillosa aldea
veraniega.
16S. L. Marcio Filipo, muerto en 77; su hijo iue el suegro de Augusto. Cf. La Fontaine,
Fabl cs, VIII, 2.
169. Hacia las dos de la tarde.
170. El barrio de Carenas no estaba lejos del foro: pero sólo se podía llegar a él por
pendientes escarpadas o escaleras.
171. El sobrenombre indiea la condición de liberto.
172. Menas posee muchos de los rasgos de Horacio en su juventud.
248
Horacio
momentos oportunos, de acudir al Campo de Marte.17* “Me gustaría conocer de sus pro­
pios labios todo lo que me refieres; dile que venga a cenar conmigo.” Y Menas, con toda
seguridad, no lo creía y rumiaba en silencio su admiración. “Muchas gracias", repuso.
“¿Cómo? ¿Me dices que no? — Rechaza con descortesía: inquietud o temor.” Al día
siguiente, Filipo ve a Voiteyo vendiendo míseras telas al bajo pueblo que viste túnica:”4
toma la delantera y lo saluda primero: “Pura que te perdone, basta con que aceptes
comer hoy conmigo.1” —Como quieras. — ¡De acucrdol Hacia la hora nona, pues. Ahora,
ánimo.- cumple bien tus encargos.” Helos en la mesa; Menas charla de lo divino y de
lo humano, hasta que, al fin, lo acompañan a dormir. Tras haber mordido muchas veces
en el anzuelo engañoso, cliente matinal y comensal ya asegurado desde entonces,1” en
las ferias latinas,1” Filipo lo invita a acompañarle a su campo. Al trote de los corceles,
no cesa de alabar el campo y el cielo de la Sabinia. Filipo lo contempla y ríe, y escoge
el momento para una distracción divertida: con la entrega de siete mil sestercios 178 y la
promesa de un préstamo equivalente, persuade a Menas para comprar una pequeña finca.
Negocio concluido. Para no alargar sin motivo mi narración, el elegante ciudadano se
convierte en campesino, sólo habla de surcos y viñas, arranca los olmos, se mata traba­
jando y se entierra por amor a la fortuna. Poro le roban sus corderos, la enfermedad le
arrebata sus cabras, la cosecha defrauda sus esperanzas, el buey de labor se aspea;
agotado por estas perdidas, a medianoche, toma un rocín y se encamina derecho al en­
cuentro de Filipo, el corazón lleno de congoja. Y, viéndole sucio y con la barba descui'
dada, Filipo le dice: “Eres demasiado'rudo — creo—, Voiteyo, y aferrado en exceso
a tu labor. — ¡Ay, mi amo! Sería más exacto llamarme miserable. ¡Ay! Por tu Genio,17"
por tu fe, por tus Penates,“0 te ruego y te conjuro para que me devuelvas a mi antigua
vida.”
Una vez descubierto cuánto supera lo que habéis dejado a lo que deseabais, no resta
sino retornar sin demora sobre vuestros pasos para volver a encontrar el pasado: la
verdad es, para cada uno, calcular su propia medida.
Epí stol as, I, 7.
Los “Sermones” literarios; “El Arte Poética”. — Muchas “charlas” de
Horacio (Sát., I, 4 y 10; Ep., I, 19; II, 1 y 3) son obras de polémica y de
doctrina literarias. Los satíricos anteriores habían tratado temas de este tipo.
Pero Horacio, al parecer, les-concedió una importancia especial, personal en
principio, para defenderse de las críticas que lo enfrentaban sin cesar con
Lucillo; luego, más general, para imponer a la opinión pública la superio­
ridad de la nueva escuela poética, de Virgilio, Fundanio, Vario, y de sí
mismo. En su conjunto, se trata pues de una pugna entre “antiguos” y
“modernos”, sostenida por un moderno. Horacio se muestra en ella muy
exclusivista: no salva a ninguno de los antiguos poetas de Roma, ya se trate
de Plauto o de Catulo, y critica a fondo a Lucilio. Pero esos viejos maestros
contaban con partidarios que obligaron a Horacio a una palinodia parcial.
Alcanzó ventaja cuando el éxito de su obra obligó a callar a los pedantes y
173. Que era “zona deportiva”.
174. Sólo las personas (le condición elevada vestían normalmente la toga, sucia, pesada
y enojosa.
175. Que se tornaba hacia las tros ríe la tarde.
176. Los protegidos o dientes de un personaje elevado acudían a saludarlo por las ma­
ñanas temprano.
177. Cuatro días, en abril, durante los cuales se suspendían Jas actividades.
178. Alrededor de las 40.000 pesetas: con ello se podía comprar, en esta época, 7 ara-
pendes (alrededor de 2 hectáreas).
179. Divinidad personal, protectora del individuo.
ISO. Divinidades del hogar.
249
EL CLASICISMO LATINO
“fracasados” de la bohemia literaria de Roma, y llevó sus discusiones al
campo de la teoría.
Horacio insiste en el papel social de poeta, en la importancia y en la
dignidad de su labor. Exige de él cualidades morales y un escrúpulo
técnico absoluto. El escritor tomará por guía, en cada género, a la razón
y a la naturaleza; un gusto “puro”, aunque muy flexible, asegurará a estas
obras “auténticas” una forma a la vez lograda y diversa. Los griegos clási­
cos, no los alejandrinos, son los maestros que hay que estudiar sin tregua: al
imitarlos sin servilismo podremos igualarlos. Muy representativo de su grupo
por esta tendencia hacia el severo helenismo, Horacio manifestaba sin. duaa
una auténtica estrechez de espíritu al negarse a concebir el alto valor huma­
no de una síntesis, consciente entre el espíritu romano y el griego alejandrino.
Estos preceptos aparecen muy claros, pero no se expresan con un orden,
ni, de ordinario, bajo una forma didáctica; incluso su larga Epístola a los
Pisones (II, 3), que ya Quintiliano llama El Arte Poética, parece poco siste­
mática. Inspirándose en Platón, Aristóteles, Neoptolemo de Parion (poeta
didáctico del siglo ni), Horacio insiste sobre todo en el teatro, ya porque
los dos jóvenes a los que se dirige hubieran decidido consagrarse a él, ya
porque tratara de evitar la décadencia, a partir de entonces irreparable, del
teatro latino, ya por la simple tradición aristotélica. Consejos generales acer­
ca de la composición y la forma de la obra literaria, y de la conducta que
debe imponerse el escritor, enmarcan los preceptos y los datos históricos
en torno al drama. Nada hay forzado en esta larga epístola de alrededor de
500 versos: al tratar de los aspectos más diversos, y sin transiciones aparen­
tes entre las múltiples relaciones entre el arte y el artista, Horacio dio a un
esquema retórico todos los atractivos de una conversación; insinúa consejos
sin tener intenciones aparentes de imponerlos: parece así más rico, y es
ciertamente más agradable, que Boileau.
“Antiguos” y “Modernos”
[Prudente rectificación sobre Lucillo, a quien Horacio había atacado sin mi­
ramientos en su ÍV sátira: ofensiva — a pesar de ello— a favor de la literatura
moderna, pura y armoniosa en la forma— . Ataques y elogios personales a los
procedimientos lucilianos. — Viveza (fingidos diálogos) en la “diatriba”. — De­
licadeza en la lengua de 1.a critica literaria.]
Sí ; ya di j e que el ritmo de los versos de Lucilio carecía de forma. ¿Qué defensor
de Lucilio seria tan inhábil que lo confesara? Sin embargo lo alababa en el mismo texto
por haber frotado bien con sal181los vicios de la Ciudad.1“ Por ello, sin embargo, no voy
a otorgarle las demás cualidades; en ese caso admiraría también como hermosos poemas
los mimos de Laberio.1“ No basta con saciar de risa al auditorio (aunque ello sea también
una cualidad): se impone la brevedad, que la frase se deslice sin lastre ni hinchazón de
palabras que fatiguen los oídos; se requiere también un estilo en ocasiones grave, a menudo
jovial, en el que reconozcamos al orador y al poeta, pero en el que se transparente también
el hombre de inundo que ahorra sus esfuerzos y los atenúa a voluntad. La broma es más
181. Como se haría con una llaga viva: la imagen evoca la violencia de la sátira luci-
liana.
182. Roma.
183. La buena sociedad consideraba los mimos como un esparcimiento grascro.
250
I I orado
vigorosa que la acritud y a menudo aborda mejor los grandes problemas. Por ello continúan
teniendo éxito los autores de la antigua comedla,1“ y es preciso imitarlos, aunque el magní­
fico Hermógenes,“6 no los lea nunca, al igual que ese simio que sólo sabe celebrar
a Calvo y a Catulo,
— | Qué obra de arte, sin embargo, haber mezclado las palabras griegas con las la tinas 1
— [Oh viejos pedantes de lozana edad ¿podéis encontrar difícil y admirable algo en lo
que triunfa un Pitoleón de Rodas?
— Pero, | qué dulce armonía en la confluencia de las dos lenguas! Igual que cuando
mezclamos el vino de Quíos con el Falemo.“®—¿En poesía, por favor, o también cuando
te ocupas de defender la causa de un Petílio? Siu duda, te olvidaste de til patria y de tu
descendencia latina, y, cuando sudan Pedio1“ y Corvino Poplícoia1Wen sus lides, qui­
sieras oírles mezclar palabras extrañas en su lengua materna, como las gentes de Canusio.1*8
Y yo, nacido en este extremo del Adriático, cuando quise escribir versillos en griego, me
lo prohibió Quirino,193apareciéndose después de media noche, cuando los sueños son verí­
dicos: "Menos locura, me dijo, sería llevar leña al bosque, que querer ocupar un puesto en
el ejército de los griegos.”
Mientras el cantor ampuloso de los Alpesw asesina a Menuión1OT y caricaturiza
al arcilloso Rhin, yo me divierto con poemas que no intrigarán en un templo acerca del
juicio de Tarpa,1" ni, cada vez que se interpreten, el de los espectadores. Sólo entre los
vivos puedes, Fundanio,1OT hacer bromas con gracia, engañando al viejo Cremes a través
de Davo1My de una asendereada cortesana; Folión canta en ritmos temarios las acciones
de los reyes;108el ardiente Vario “““ comprende mejor que nadie la epopeya heroica; S"1las
Camenas 103 amantes de los campos concedieron a Virgilio una connatural elegancia;300
el género que yo cultivo, £ que ensayaron en vano Varrón de Auda y tantos otros, es el
que podía componer mejor; y me confieso inferior a su creador,“4a quien no osaría arre­
batar su gloriosa corona.
Suftras, I, 10, v. 1-49.
La empresa lírica de Horacio. — En sus Sermones, Horacio usa el hexá­
metro con un virtuosismo admirable, haciéndolo capaz de expresarlo todo
con los recursos más vivos y sobrios, y únicamente al precio de algunas liber­
tades, que evitaba, por demás, en lo posible. Decía modestamente, en cambio,
que ello no era poesía. Su gran empresa se volcó en el lirismo.
184. Griega: por ejemplo, Aristófanes.
185. Célebre cantante.
186. Un tal Demetrio, desconocido por lo demás.
187. Desconocido.
188. El Falemo, gran vino de Italia, aunque un tanto áspero, quedaba endulzado con el
vino griego de Quíos.
189. Un concusionario.
190. Resobrino de César.
191. ¿M. Valerio Mésala Corvino, amigo de Horacio?
192. Que hablaban una lengua mixta, grecolatina.
193. Marte del Quirinal, considerado dios nacional de los romanos.
194. M. Furio Bibácnlo, que había incluido en su poema acerca de la Guerra de las Gu­
ijas una descripción ridicula de los Alpes.
195. Hijo de la Aurora, muerto ante Troya. ¿Hablaba de ¿1 Furio en un episodio de
su poema?
196. Espurio Meció Tarpa había escogido las obras para la inauguración del teatro de
Pompeyo, en 55 (cf. Cic., Ád familiares, VII, 1, 1). Se trata aquí de una lectura preliminar
hecha ante una Academia improvisada, reunida en un templo.
197. Amigo de Mecenas, poeta cómico.
198. Dos personajes de La Andriana de Terencio.
199. Es decir, compone tragedias.
200. Gran amigo del poeta.
201. Sobra la muerte de César.
201. Diosas latinas, identificadas con las Musas.
203. Las Geórgicas tal vez no se hablan publicado aún.
204. Lucilio.
251
EL CLASICISMO LATINO
Roma no desconocía los poemas líricos: Catulo los había escrito. Pero
Horacio quería recabar el honor de ofrecer a su patria, en un corptis sin rival,
toda la variedad del lirismo griego. Tuvo, sin embargo, la previsión de no
imitar la técnica de las odas corales, cantadas y bailadas, de Píndaro: por la
forma y el espíritu, eran muy propias de su país y de su época. Se aproximó
a los eolios, Alceo y Safo, cuyas estrofas imitó (basadas en el yambo uj., el
troqueo uj_ y el coriambo _uui ), prescindiendo del aire musical, pero
fijando su ritmo con mayor rigor. Impuso la misma regular severidad a los
diversos metros que empleó, ya aisladamente, ya en estrofas: se obligó
así a obtener de la lengua latina efectos admirables con una forma muy
sobria, que se abstiene severamente de todos ios adornos de la poesía ca-
tuliana.
Los temas líricos. — Todos los temas se prestan al lirismo; y Horacio
no prescindió de ninguno; incluso los mezcló en sus libros de odas. Encontra­
mos así en proximidad composiciones mitológicas y personales; paisajes y
reflexiones filosóficas; esquelas a amigos, que ríos recuerdan las Epístolas;
frases maliciosas, consejos o confidencias, que las relacionan con las Sátiras.
Una parte considerable de las Odas, de' tono epicúreo o moral, es simple
transposición lírica de las “Charlas”. Otras, burbujas de cortesía o de mito­
logía en particular, nos ponen de manifiesto a un Horacio amante del arte,
muy sensible a las formas, a los reflejos, a los colores, sin otra emoción que
la estética. Cuando pone en escena mitos, añade, como los griegos, un simbo­
lismo moral, con mucha frecuencia; pero no hay sentimiento religioso alguno
capaz de realizar la unidad de la leyenda y de su interpretación. Por doquier
aparece la imitación culta y el recuerdo de los griegos: no sólo Alceo y Safo,
sino también Estesícoro (s. vn-vi), Anacreonte, Teognis (s. vi-v), Simónides
(fines del s. vi), Píndaro, y muchos otros, a veces en un simple detalle de
estilo, e incluso en giros que parecen de inspiración bien latina.
En muchas Odas de una cierta extensión, Horacio ha vertido al campo
lírico la libertad de desarrollo de los Sermones. Al seguir este procedimiento
tenía por garante a Píndaro, cuyo estilo es tan encontrado y sorprendente;
pero imitaba con su temperamento personal, y midiendo sus erectos con
mucha ciencia, hasta las ausencias de transición o los cambios de una estrofa
a otra: su audacia está especialmente calculada para que el lector no pierda
jamás el hilo. Pero, incluso desde el punto de vista “musical”, no parece
carecer de significación.
Sosiego
[Meditación acerca del otium