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PRÓLOGO CAPÍTULO 01 CAPÍTULO 02 CAPÍTULO 03 CAPÍTULO 04 CAPÍTULO 05 CAPÍTULO 06 CAPÍTULO 07
PRÓLOGO

PRÓLOGO

CAPÍTULO 01

CAPÍTULO 01

CAPÍTULO 02

CAPÍTULO 02

CAPÍTULO 03

CAPÍTULO 03

CAPÍTULO 04

CAPÍTULO 04

CAPÍTULO 05

CAPÍTULO 05

CAPÍTULO 06

CAPÍTULO 06

CAPÍTULO 07

CAPÍTULO 07

AGRADECIMIENTOS

AGRADECIMIENTOS

NOTA DE LA AUTORA

NOTA DE LA AUTORA

FIN

FIN

 

ARGUMENTO:

Ventana abierta a un mundo tan lejano como desconocido, rica en fascinantes detalles sobre la vida cotidiana en la Persia del siglo XVII, esta novela cuenta la historia de una joven audaz y perseverante que logra transformar su vida gracias a su extraordinario don para confeccionar alfombras. A los catorce años, tras la prematura muerte de su padre, la protagonista ve cómo sus posibilidades de matrimonio se desvanecen, lo que la obliga a marcharse del pueblo con su madre y trasladarse a la capital, Isfahán, donde un pariente lejano las acoge como sirvientas. Sin

dote y condenada a depender de la caridad ajena, la joven huérfana no tendrá más remedio que aceptar un sigué, un contrato de matrimonio temporal, pero gracias a la ayuda de su tío, diseñador de alfombras en la corte del sah, tendrá ocasión de descubrir los secretos del antiguo arte de tejer alfombras, su tradición, el significado de sus dibujos y el origen vegetal de sus vibrantes colores. El rojo de las flores narra una hermosa historia de aprendizaje y pérdida de la inocencia en un mundo evocado con meticulosidad, desde la vida de los ricos y los pobres a la suntuosidad de la arquitectura, desde el bullicio de los bazares a la confección de las alfombras, cuya belleza incomparable mantiene viva hasta hoy la fama de Isfahán.

SOBRE LA AUTORA:

Anita Amirrezvani es una escritora iraní, nacida en Teherán el 13 de Noviembre de 1961. Tras el divorcio de sus padres, marchó con su madre a la edad de dos años a San Francisco, en Estados Unidos. A los trece años regresó a Irán hasta la revolución islámica, tiempo en el que regresó a Estados Unidos. Estudió en el Vassar College y se graduó en Literatura Inglesa en la Universidad de California en Berkeley. Trabajó varios años como crítica de arte y como publicista. Publicó por primera vez en el año 2007.

PRÓLOGO

«Primero no hubo y luego hubo. Antes de Alá, nadie hubo. »Erase una vez una aldeana que ansiaba tener un hijo. Lo intentó todo: rezar, ingerir hierbas, comer huevos de tortuga crudos y rociar con agua gatos recién nacidos, pero no sirvió de nada. Por fin, emprendió un viaje hacia un lejano cementerio donde había un antiguo león de piedra y una vez allí frotó su vientre contra el flanco del animal. Al ver que el león temblaba, la mujer regresó a su hogar llena de esperanza, convencida de que su mayor deseo se vería por fin cumplido. Al llegar la siguiente luna había concebido el único fruto de su vientre. «Desde el día que nació, la niña fue la luz de los ojos de sus padres. El padre la llevaba a pasear por las montañas todas las semanas, tratándola como si fuera el hijo que siempre había deseado. La madre le enseñaba a preparar tintes con flores de alazor, cochinillas, corteza de granada y cascara de nuez, y a hacer alfombras de nudos con la lana teñida. Al cabo de un tiempo, la niña conocía todos los diseños de su madre y en la aldea la consideraban la mejor tejedora de su edad. »Cuando cumplió catorce años, decidieron que había llegado el momento de casarla. Con el fin de conseguir dinero para la dote, el padre trabajó duramente en el campo, esperando obtener una buena cosecha, y la madre

hiló lana hasta que se le llagaron los dedos, pero no fue suficiente. La muchacha sabía que podía ayudarlos tejiendo una alfombra que deslumbrara a cuantos la contemplaran. Decidió que en lugar de utilizar los rojos y marrones corrientes de la aldea, emplearía un resplandeciente turquesa, como el cielo estival. »La muchacha suplicó a Ibrahim, el tintorero, que le revelara el secreto para obtener el color turquesa, y él le indicó que subiera a una loma en busca de una planta con las hojas dentadas, y que luego buscara algo dentro de sí misma. Ella no entendió a qué se refería, pero igualmente fue a recoger las hojas para hervirlas, aunque sólo consiguió un tinte de color violáceo. Cuando su madre vio el líquido, le preguntó qué estaba haciendo. La muchacha respondió titubeando y vio que su madre torcía el gesto. »— ¿Has ido a casa de Ibrahim tú sola? »— Bibi, por favor, perdóname — replicó la muchacha — . He olvidado mi sentido común con las cabras esta mañana. »Cuando el padre volvió a casa, la madre le contó lo que había hecho su hija. »— Si la gente empieza a rumorear, no tendrá la menor posibilidad de encontrar marido — se lamentó la mujer— . ¿Por qué ha de ser tan imprudente? »— ¡Siempre lo ha sido! — exclamó él, y reprendió a la joven por su error. »La muchacha se pasó la tarde remendando sin levantar la cabeza ni atreverse a mirar a sus padres a los ojos.

»Durante varios días, su bibi y su baba la vigilaron de cerca mientras ella trataba de desentrañar el acertijo del tinte. Una tarde que estaba en las montañas con las cabras, la chica se ocultó tras una roca para orinar y de pronto se le ocurrió una idea sorprendente. ¿Sería posible que Ibrahim se refiriera a… eso? Porque sin duda era algo que había estado dentro de ella. «Volvió a casa y preparó de nuevo el tinte violáceo. Después, cuando fue a la letrina, echó un poco de orina en un pote viejo, la mezcló con el apagado tinte violáceo y dejó la lana en remojo toda la noche. Cuando al día siguiente levantó la tapa, soltó una exclamación triunfal, pues el tinte había adquirido el color turquesa de los estanques del paraíso. Tomó entonces una hebra de la lana turquesa y la ató a la aldaba de la puerta de Ibrahim, a pesar de que su padre le había prohibido que fuese allí

sola. »La muchacha vendió su alfombra turquesa a un mercader de sedas que pasó por la aldea. Hassan, que así se llamaba el mercader, deseaba tanto esa alfombra que entregó las monedas de plata antes incluso de que la prenda hubiera salido del telar. La madre de la muchacha se lo contó a las demás mujeres de la aldea y todas alabaron la habilidad de su hija. La joven ya tenía su dote y podía casarse. Los festejos de la boda duraron tres días y tres noches. Su marido le hizo comer pepinos en vinagre cuando se quedó encinta, y tuvieron siete hijos varones en otros tantos años. El libro de su vida se había escrito con la tinta más brillante, y continuaría así, insh Alá, hasta

que…» — La historia no ocurrió así — interrumpí, arrebujándome en la tosca manta, pues fuera soplaba un

fuerte viento. Mi madre, Mahin, y yo estábamos sentadas muy juntas, pero hablábamos en voz baja porque los demás dormían a unos pasos de nosotras.

— Tienes razón, pero a mí me gusta contarla de esta

manera — dijo ella, volviendo a remeterse un mechón de

cabellos grises que había escapado del raído pañuelo— . Es lo que deseábamos para ti.

— Es un buen final — admití— , pero cuéntalo todo

como sucedió realmente.

— ¿Incluso las partes más tristes? — Sí.

— Aún me hacen llorar. — A mítambién.

Voy!— exclamó mi madre, con la aflicción reflejada

en su rostro. Nos quedamos en silencio unos instantes, sumidas en el recuerdo. Una fría gota de lluvia me cayó en el vestido de algodón y me pegué más a mi madre para evitar la gotera del techo. La pequeña lámpara de aceite que ardía entre ambas no desprendía calor alguno. Apenas unos meses atrás, yo llevaba un grueso vestido de terciopelo con un motivo de rosas rojas y también pantalones de seda. Me pintaba los ojos con kohl, perfumaba mis ropas con incienso y aguardaba a mi amante, que me desnudaba en una habitación tan cálida como un día de verano. En ese momento, en cambio, temblaba con mi fino vestido azul, tan gastado que parecía gris. Mi madre tosió convulsivamente. Aquel sonido me

desgarraba el corazón y recé para que se curara.

— Hija mía, no puedo continuar — dijo con voz ronca — . Aún no ha terminado. Respiré hondo.

— ¡Gracias sean dadas a Alá! — exclamé, y entonces

se me ocurrió una idea, aunque no estaba muy segura de que debiera confiársela. Ella siempre había tenido una voz dulce como la miel de la montaña, y en nuestra aldea era

famosa por la forma en que hilvanaba las historias sobre Zal, el de los blancos cabellos, criado por un ave; sobre Yamshid, que había inventado el arte de tejer, y sobre el necio ulema Nusradin, que siempre metía la pata— . ¿Y si… y si esta vez cuento yo la historia?

Mi madre me observó un momento como si me viera

por primera vez, y luego se recostó en los viejos cojines que cubrían la pared.

— Sí, ya eres mayor — convino— . Creo que en los

últimos meses has crecido varios años. Tal vez no habrías

cambiado tanto si no hubieras hecho lo que hiciste. Noté que me ruborizaba y me ardía el rostro, aunque estaba completamente helada. Ya no era una niña. Nunca

había imaginado que pudiera mentir, y peor aún, callarme parte de la verdad: que sería capaz de traicionar a alguien a quien quería y abandonar a alguien a quien importaba pero no lo suficiente, que acabaría arremetiendo contra una persona de mi propia sangre y que estaría a punto de matar a quien más me quería en el mundo.

La mirada de mi madre era amable y expectante.

— Adelante, cuéntala — indicó.

Bebí un sorbo de té fuerte, me senté bien erguida y empecé a hablar. — line/>

CAPÍTULO 01

— line/> En la primavera del año en que debía casarme, un cometa surcó el cielo de mi aldea. Era más brillante que cualquier otro que hubiéramos visto antes, y también más maligno. Noche tras noche, a medida que recorría el cielo esparciendo sus frías semillas blancas de dolor, tratamos de descifrar los aterradores mensajes de las estrellas. Haj Alí, el hombre más sabio de nuestra aldea, partió a Isfahán en busca de un ejemplar del almanaque del astrónomo jefe, para que así pudiéramos conocer las calamidades que nos aguardaban. La noche de su regreso, todos salimos de nuestras casas para escuchar las predicciones de los meses siguientes. Mis padres y yo nos colocamos cerca del viejo ciprés, el único árbol de nuestra aldea, en el que los vecinos colgaban cintas de tela donde dejaban constancia de sus promesas. Todos volvíamos el rostro hacia el cielo y contemplábamos las estrellas con expresión grave. Debido a mi escasa estatura, yo veía la parte inferior de la blanca barba de Haj Alí, que parecía un matojo de hierba seca del desierto. Mi madre, Mahin, señaló el Hendidor de Cabezas, que despedía un rojo fulgor en el cielo nocturno. — ¡Mirad qué encendido está Marte! — indicó— . Eso aumentará la maldad del cometa. Muchos aldeanos habían reparado ya en los misteriosos signos o habían oído hablar de las desgracias

causadas por el astro. Una plaga había asolado el norte de Irán, matando a miles de personas. En Dugabad, un terremoto había derribado una casa sobre una novia y sus invitadas, y las había matado a todas momentos antes de que la comitiva se reuniera con el novio. En mi aldea, insectos rojos desconocidos hasta entonces habían acabado con nuestras cosechas. Goli, mi mejor amiga, llegó con su marido Ghasem, que era mucho mayor que nosotras. Me saludó con un beso en cada mejilla.

— ¿Cómo te encuentras? — le pregunté, y la mano se le fue rápidamente hacia el vientre.

— Pesada — dijo, y comprendí que debía de estar

inquieta por el futuro del nuevo ser que llevaba en su seno. Poco después, todos los habitantes de la aldea, salvo los más ancianos y los enfermos, se encontraban allí

reunidos. Las mujeres vestían túnicas holgadas de brillantes colores y finos pantalones, y se cubrían la cabeza con pañuelos de flecos. Los hombres llevaban largas túnicas blancas, pantalones y turbantes. En cambio, el de Haj Alí era negro, para indicar que descendía del profeta Mahoma, y allá donde fuera siempre llevaba consigo un astrolabio.

— Buenas gentes — empezó, y su voz sonaba como

una rueda sobre guijarros— , antes que nada, cantemos nuestras alabanzas a los primeros discípulos del Profeta, sobre todo a Alí, rey de todos los creyentes.

— Que la paz sea con él — replicamos todos.

— Las predicciones de este año empiezan con malas

noticias para nuestros enemigos. En el nordeste, los uzbecos sufrirán una plaga de insectos tan virulenta que

destruirá toda su cosecha de trigo. En el noroeste, las deserciones se multiplicarán en el ejército otomano, y más al oeste todavía, en los reinos cristianos, enfermedades inexplicables deformarán la boca de los reyes.

Mi padre, Ismail, se inclinó hacia mí.

— Siempre es bueno saber que los países contra los

que luchamos tendrán tan mala suerte — susurró. Nos reímos los dos, pues las predicciones siempre vaticinaban

cosas similares. Mientras Haj Alí seguía leyendo, mi pulso latía acelerado, como si estuviera escalando una montaña. Me preguntaba qué diría el almanaque sobre los matrimonios celebrados durante ese año, que era lo que a mí me interesaba. Empecé a toquetear los flecos de mi pañuelo, costumbre que mi madre me censuraba siempre, mientras

Haj Alí explicaba que ni el papel, ni los libros, ni el arte de la escritura sufrirían daño alguno; que en el sur habría terremotos, pero leves, y que se producirían grandes batallas que teñirían de sangre el mar Caspio. Haj Alí agitó el almanaque en alto, como hacía cuando la predicción que estaba a punto de leer era alarmante. Su ayudante, que sostenía una lámpara de aceite, tuvo que apartarse de un brinco.

— Tal vez lo peor de todo es que durante este año se

producirán largos e inexplicables períodos de relajación

moral — leyó— , períodos que sólo pueden explicarse por la influencia del cometa.

Un sordo murmullo se elevó entre la multitud. Todos

comentaban las relajaciones morales que habían observado ya en los primeros días del nuevo año.

— Sacó del pozo más agua de la que le correspondía… — oí rezongar a Zainab. Era la mujer de Gholam y nunca tenía nada bueno que decir de los demás. Finalmente, Haj Alí llegó al tema que concernía a mi futuro.

— En cuanto a los matrimonios, el año será diverso.

El almanaque no dice nada sobre los que se celebren en estos primeros meses, pero los que se lleven a cabo en

las últimas semanas estarán dominados por las pasiones y los conflictos. Miré a mi madre con inquietud, pues yo esperaba casarme precisamente a finales de ese mismo año, ahora que ya había cumplido los catorce. Capté su mirada de preocupación y comprendí que no le gustaba nada lo que había oído.

Haj Alí dio la vuelta a la última hoja del almanaque,

alzó la vista e hizo una pausa, a fin de atraer mejor la atención de sus oyentes.

— La profecía final, y la más inquietante, se refiere a

la conducta de las mujeres — anunció— . A lo largo de

este período, las mujeres de Irán no serán obedientes.

— ¿Y cuándo lo son? — oí decir a Gholam, y a su alrededor resonaron las risas.

Mi padre sonrió a mi madre y ella se sintió feliz

sabiendo que su marido la quería tal como era. La gente solía decir que la trataba con tanto amor como si fuera una

segunda esposa. — Las mujeres serán castigadas por su perverso comportamiento — advirtió Haj Alí— . La maldición de la esterilidad se abatirá sobre muchas de ellas, y las que consigan dar a luz se retorcerán en medio de dolores inusualmente atroces. Mis ojos se cruzaron con los de Goli y vi mi propio miedo reflejado en los suyos. Ella estaba preocupada por el parto, mientras que a mí me inquietaba la idea de una unión tumultuosa. Recé para que el cometa desapareciera finalmente en el firmamento y nos dejara tranquilos. Al verme temblar, mi padre me echó una manta de lana de oveja sobre los hombros, mientras mi madre me tomaba una mano entre las suyas y la frotaba para calentarme. Desde donde estábamos, en el centro de la aldea, se veían todos los lugares que me resultaban familiares. No lejos de allí se alzaba nuestra pequeña mezquita con los centelleantes azulejos de la cúpula; el hammam donde me bañaba todas las semanas, en su interior humeante y lleno de reflejos de luz; y los viejos puestos de madera del pequeño mercado donde los aldeanos intercambiaban frutas, verduras, medicinas, alfombras y herramientas todos los jueves. Alejándose de los edificios públicos, un camino discurría entre un grupito de viviendas de adobe que albergaban a las doscientas almas de mi aldea, y desembocaba al pie de la montaña, hacia los senderos trillados que recorrían mis cabras en busca de alimento. Todo lo que veía me llenaba de consuelo, de modo que cuando mi madre me estrechó la

mano para ver qué tal me encontraba, le devolví el apretón, aunque no tardé en retirarla: no quería parecer una niña. — Baba — susurré a mi padre— . ¿Y si las predicciones de Haj Alísobre el matrimonio son ciertas? Aunque no lograba disimular la inquietud de su mirada, su voz sonó firme. — Tu marido cubrirá tu senda de pétalos de rosas — contestó— . Si en algún momento no te tratara con honor… Se interrumpió un momento y sus negros ojos lanzaron una mirada feroz, como si lo que pudiera hacer fuera demasiado horrible para imaginarlo siquiera. Se dispuso a decir algo más, pero finalmente se contuvo. — … siempre podrás volver con nosotros — terminó. La esposa que regresa a casa de sus padres siempre es perseguida por la vergüenza y la culpa, pero eso no parecía importar a mi padre. Sus ojos bondadosos quedaron rodeados de arrugas al sonreírme. Haj Alí terminó la reunión con una breve plegaria. Algunos aldeanos formaron grupitos para hablar de las predicciones en familia, mientras otros se encaminaban hacia sus casas. Goli quiso hablar con nosotros, pero su marido le dijo que debían volver, así que mi amiga musitó que le dolían los pies por el peso y nos deseó buenas noches. Mis padres y yo nos encaminamos a nuestra casa, situada en la única calle de barro que recorría la aldea. Todas las viviendas se apiñaban a ambos lados para darse calor y protección unas a otras. Conocía tan bien el

camino que podría haberlo recorrido a ciegas y haberme detenido justo ante nuestra puerta, la última antes de que la aldea diera paso a la arena y los matorrales. Mi padre empujó con el hombro la hoja de madera tallada y entramos en la única habitación. Las paredes de barro y paja estaban recubiertas de yeso, que mi madre mantenía inmaculadamente blanco. Una pequeña puerta conducía a un patio cerrado donde disfrutábamos del sol sin que nadie nos viera.

Mi madre y yo nos quitamos los pañuelos de la

cabeza y los colgamos de unos ganchos cerca de la puerta, descalzándonos al mismo tiempo. Agité la melena,

que me llegaba hasta la cintura. Toqué los cuernos de cabra montés que relucían sobre una mesita baja, cerca de la puerta, para darme buena suerte. Mi padre había abatido la cabra durante uno de nuestros paseos de los viernes. Desde entonces, los cuernos habían ocupado un

lugar de honor en nuestro hogar, y los amigos de mi padre lo alababan a menudo por su destreza. Nos sentamos los dos juntos en la alfombra roja y marrón que yo había tejido cuando tenía diez años. Él cerró los ojos y me pareció más cansado que de costumbre.

— ¿Iremos a pasear mañana? — pregunté.

Me miró.

— Por supuesto, niña mía.

Tenía que trabajar en el campo por la mañana, pero insistía en que no nos perdiéramos ninguna de nuestras

salidas, a no ser por voluntad divina.

— Pues pronto serás una esposa muy ocupada

— añadió, y se le quebró la voz. Aparté la vista, pues no imaginaba que pudiera separarme de él.

Mi madre echó boñigas secas a la estufa para poner

a hervir agua y preparar té.

— Aquí tenéis una sorpresa — dijo, y nos trajo un

plato de galletas de garbanzos recién hechas, que olían a esencia de rosas.

— ¡Que tus manos jamás conozcan el dolor!

— exclamó mi padre. Eran mis dulces favoritos, y comí demasiados. Al poco rato me sentí cansada y extendí mis mantas junto a la puerta, como de costumbre. Me quedé dormida oyendo hablar a mis padres, cuyas voces semejaban arrullos de palomas, y creo que incluso vi a mi padre abrazar a mi madre y besarla.

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Al día siguiente por la tarde, me encontraba en la

puerta esperando a que baba volviera del campo con los demás hombres. Me gustaba ofrecerle su té antes de que entrara en casa. Mi madre estaba agachada junto a la estufa, horneando el pan para la cena.

Al ver que tardaba, volví a entrar en casa, partí unas

nueces, las eché en un cuenco y coloqué los lirios que había recogido en un recipiente con agua. Luego salí de nuevo al umbral para ver si llegaba, pues estaba impaciente por iniciar nuestro paseo. ¿Dónde se habría metido? Muchos hombres habían regresado de la faena hacía rato y seguramente estaban ya lavándose en el

patio.

— Necesitamos agua — observó mi madre, así que

cogíun cántaro de barro y me dirigíal pozo. Por el camino me tropecé con Ibrahim, el fabricante de tintes, que me lanzó una mirada extraña.

— Vuelve a casa — me indicó— . Tu madre te necesita.

— Pero si acaba de pedirme que vaya por agua — respondí, sorprendida.

— No importa. Te digo que vuelvas.

Lo hice lo más deprisa que pude, con el cántaro golpeándome las rodillas. Vi entonces a cuatro hombres que transportaban un bulto. Acaso se había producido algún accidente en los campos. De vez en cuando, mi padre regresaba con la noticia de que un campesino se había lastimado con una herramienta de trillar, o que una muía le había dado una coz, o que había vuelto cubierto de sangre tras una pelea. Pensé que nos lo contaría también esta vez mientras tomábamos el té. Los campesinos se movían pesadamente a causa de su carga. El rostro del herido quedaba oculto sobre el hombro de uno de ellos. Recé una plegaria por su pronta recuperación, pues para una familia era muy duro que el hombre estuviera enfermo y no pudiese trabajar. Al acercarse más el grupo, me fijé en que el herido llevaba el turbante enrollado igual que mi padre. Pero eso no significaba nada, me dije apresuradamente. Muchos se lo enrollaban de manera similar. Los dos de delante perdieron el paso por un instante y

estuvieron a punto de dejar caer al hombre, cuya cabeza se ladeó como si apenas estuviera sujeta al cuerpo. Sus miembros, además, estaban inertes, sin vida. Se me resbaló el cántaro, que se rompió en pedazos a mis pies.

Bibi — gemí— . ¡Socorro!

Mi

madre salió sacudiéndose la harina de la ropa.

Cuando vio a mi padre, soltó un gemido penetrante. Las vecinas acudieron a su lado y la envolvieron como una red mientras ella desgarraba el aire con sus lamentos. La sujetaban amablemente, abrazándola y apartándole el pelo de la cara, mientras ella se retorcía. Los hombres metieron a mi padre en casa y lo depositaron sobre unas mantas. Tenía la piel de un

enfermizo tono amarillo, y un hilo de saliva le resbalaba por la comisura de la boca. Mi madre puso los dedos junto a las ventanas de su nariz.

— ¡Loado sea Alá, aún respira! — exclamó.

Nagui, que trabajaba con mi padre en los campos, no

sabía adónde mirar mientras nos relataba lo sucedido.

— Tenía cara de cansado, pero parecía encontrarse

bien hasta esta tarde — explicó— . De repente se sujetó la cabeza y cayó al suelo boqueando. Después dejó de

moverse.

— ¡Que Alá salve a tu marido! — dijo un hombre al

que no reconocí. Después de acomodar al enfermo del mejor modo posible, los hombres se marcharon musitando plegarias

para que recobrara la salud.

Mi madre tenía el ceño fruncido mientras descalzaba

a mi padre, le arreglaba la túnica y le ahuecaba la almohada. Le palpó las manos y la frente y comentó que su temperatura era normal, pero me indicó que lo tapara con

una manta para que no se enfriara. La noticia se extendió rápidamente por la aldea y empezaron a llegar amigos que querían ayudarnos. Kolsum nos trajo agua que había recogido durante las primeras lluvias de la primavera y bendecida por un ulema, y roció nuestra casa para que nos concediera la gracia de curar a mi padre. Ibrahim se situó en el patio y empezó a

recitar el Corán. Goli vino con su hijo dormido en brazos a traernos pan caliente y lentejas estofadas. Preparé té para

que

todo el mundo conservara el calor. Me arrodillé junto a

mi

padre y observé su rostro, rezando para que sus

párpados se movieran, para que esbozara aunque sólo

fuera una leve mueca, cualquier cosa que me asegurara

que aún quedaba vida en su cuerpo.

Al caer la noche vino Rabii, el médico de la aldea, cargado con saquitos de hierbas. Los dejó junto a la puerta y se arrodilló para examinar a su paciente a la trémula luz de la lámpara de aceite. Entornó los ojos mientras observaba de cerca el rostro de mi padre. — Necesito más luz — dijo. Pedí prestadas dos lámparas de aceite a unos

vecinos y las coloqué junto al lecho. El médico levantó la cabeza del enfermo y le desenrolló el blanco turbante con mucho cuidado. La cabeza parecía hinchada. A la luz de

las lámparas, su cara tenía el color de la ceniza y sus

abundantes cabellos salpicados de gris parecían tiesos y

también cenicientos. Rabii le palpó las muñecas y el cuello, y al no hallar lo que buscaba, aplicó la oreja a su pecho. En ese momento, Kolsum preguntó a mi madre entre susurros si quería más té. El médico alzó la cabeza y exigió silencio. Después de escuchar un poco más, se incorporó con el rostro serio y anunció:

— Su corazón late, pero muy débilmente.

— ¡Alí, príncipe entre los hombres, dale fuerzas!

— exclamó mi madre. Rabii cogió sus bártulos y sacó unos manojos de hierbas. Explicó a Kolsum cómo debía hervirlos para

obtener una medicina que reforzara el corazón. Finalmente prometió volver a la mañana siguiente.

— ¡Que Alá os otorgue sus bendiciones! — dijo al

despedirse. Kolsum empezó a quitar los tallos a las hierbas para

echarlas en un pote, y a continuación añadió el agua que

mi madre había puesto a hervir.

Cuando el médico salió, se detuvo a hablar con Ibrahim, que aún seguía en el patio.

— No dejes de rezar — le advirtió, y luego le oír

susurrar— : Puede que Alá lo reciba esta noche en su seno. Sentí un regusto amargo. Busqué a mi madre y me

arrojé en sus brazos. Nos quedamos abrazadas durante un rato, con el dolor reflejado en la mirada.

Mi padre empezó a emitir unos silbidos. Aún tenía los

labios entreabiertos y su respiración era áspera como el

sonido de las hojas secas agitadas por el viento. Mi madre se acercó rápidamente desde la estufa con los dedos manchados de verde por las hierbas. Se inclinó sobre su esposo y exclamó:

— ¡Voy, amado mío, voy!

Kolsum se acercó a observar al enfermo y luego

condujo a mi madre de nuevo hasta la estufa, pues nada podía hacerse.

— Terminemos la medicina para ayudarlo — dijo la

mujer, cuyos ojos siempre brillantes y encendidas mejillas daban fe de sus conocimientos sobre hierbas.

Cuando estuvo preparada la infusión y se hubo enfriado, Kolsum vertió el líquido en un pequeño cuenco y se lo llevó a mi padre. Mi madre le levantó la cabeza y la sanadora le introdujo el remedio en la boca con una cuchara. La mayor parte se derramó y manchó las mantas. En el siguiente intento, la sanadora consiguió meterle la medicina en la boca, pero mi padre escupió, tosió, y por un momento pareció que dejaba de respirar. Kolsum, que solía ser una mujer muy serena, dejó el cuenco en el suelo con manos temblorosas y miró fijamente a mi madre.

— Esperaremos a que abra los ojos antes de volver a intentarlo — le aconsejó.

Mi

madre llevaba el pañuelo torcido, pero no se daba

cuenta.

Necesita la medicina — objetó débilmente, pero la

otra le recordó que aún le era más necesario respirar.

La voz de Ibrahim empezaba a sonar ronca y Kolsum

me pidió que lo atendiera. Serví té caliente en un vaso y se lo llevé al patio, junto con unos dátiles. Él me dio las gracias con la mirada, pero sin dejar de recitar, como si la virtud de sus palabras pudiera mantener al enfermo con vida. Al volver a entrar tropecé con el bastón de mi padre, que colgaba de un gancho junto a la puerta del patio. Recordé que en nuestro último paseo me había llevado a ver una antigua diosa tallada en piedra, oculta bajo una cascada. Habíamos avanzado lentamente por un saliente hasta encontrar la talla bajo el agua. La diosa llevaba una alta corona que parecía hecha de nubes. Una fina tela le cubría los senos y llevaba un collar de grandes piedras. No se le veían los pies; sus ropas parecían arremolinarse como las olas. Extendía sus vigorosos brazos, tan fuertes como los de un hombre, como si conjurara la cascada a su antojo.

Mi padre estaba cansado aquel día, pero había

ascendido jadeando por los empinados senderos que llevaban a la cascada para mostrarme aquella maravilla. Ahora parecía respirar con mayor dificultad aún, entrecortadamente, con un sonido bronco. Sus manos

empezaron a moverse como pequeños ratones inquietos. Treparon hasta su pecho y arañaron la túnica. Sus largos dedos estaban muy curtidos del trabajo en el campo y tenía las uñas sucias; de haberse encontrado bien, se las habría limpiado antes de entrar en casa.

— Si permites que siga con nosotros, prometo

Rezaré todos los días y jamás me quejaré de hambre durante el Ramadán, ni siquiera de pensamiento.

Mi padre agitó las manos en el aire como si luchara

contra su enfermedad con la única parte del cuerpo que conservaba las fuerzas. Kolsum se arrodilló con nosotras junto al lecho y nos guió en las plegarias, mientras observábamos las manos del enfermo y escuchábamos su angustiosa respiración. Le conté a mi madre lo cansado que parecía durante el último paseo por las montañas y le

pregunté si creía que la caminata lo había debilitado. Ella me sujetó la cara entre las manos y contestó:

— Luz de mis ojos, seguramente le dio fuerzas.

Durante la noche, la respiración de mi padre se acompasó y sus manos dejaron de luchar. Mientras mi madre lo arropaba, también ella parecía más tranquila. — Ahora descansará — declaró con satisfacción. Salí al patio, contiguo a la casa de nuestro vecino, para ofrecer más té a Ibrahim. Se había colocado sobre un cojín cerca de mi alfombra turquesa, que aún estaba en el telar, inacabada. Mi madre había vendido la pieza a un mercader de sedas llamado Hassan, que pensaba regresar más adelante por ella. Pero el origen del tinte turquesa que tanto había complacido a Hassan seguía siendo un tema delicado entre mi padre y yo, y enrojecí de vergüenza al recordar su enojo por mi visita a Ibrahim. Regresé para velar al enfermo. Tal vez aquella terrible noche acabara pronto y el nuevo día trajera consigo una agradable sorpresa, como que mi padre abriera los ojos o que pudiera tragar la medicina. Y luego, más adelante,

cuando se hubiese recuperado, volveríamos a pasear por las montañas cantando juntos. Nada sería más dulce a mis oídos que oír sus desafinadas melodías. De madrugada, cuando no se oía más sonido que el río de plegarias de Ibrahim, empecé a notar los párpados pesados. No sé cuánto tiempo pasó antes de que me despertara, viera el rostro de mi padre, todavía tranquilo, y volviera a caer dormida. Al alba, me sentí reconfortada por el piar de los gorriones que rompían el silencio con sus estridentes llamadas. Se parecían a los pájaros que habíamos oído durante el paseo y empecé a soñar que nos habíamos detenido a observarlos mientras recogían ramitas para sus nidos. Fuera se oyeron las ruedas de un carro al pasar y me desperté sobresaltada. Los aldeanos salían de sus casas para iniciar sus tareas diarias en el pozo, en las montañas o en el campo. Ibrahim seguía rezando, pero tenía la voz quebrada y ronca. Mi madre encendió una lámpara de aceite y la colocó junto a mi padre, que no se había movido desde que se quedara dormido. Ella observó su rostro y colocó los dedos bajo su nariz para notar la respiración. Los dedos se demoraron un momento, temblorosos, antes de desplazarse hacia la boca. Buscando aún, volvió a ponerlos junto a la nariz. Yo la observaba, esperando una expresión satisfecha que indicara que él seguía respirando, pero ella no me miraba. En medio del silencio, echó la cabeza atrás y emitió un terrible gemido. Las plegarias de Ibrahim cesaron; acudió corriendo junto al lecho del enfermo y comprobó su respiración, igual que

había hecho mi madre antes de dejarse caer de rodillas sujetándose la cabeza. Ella empezó a gemir con más fuerza y a arrancarse mechones de pelo. Se le cayó el pañuelo, que quedó abandonado junto a la cama. La tela seguía anudada y conservaba la forma de su cabeza.

Yo cogí la mano de mi padre para estrecharla, pero la

noté fría e inerte. Cuando levanté su pesado brazo, la mano le colgó sin vida. Su rostro estaba surcado por profundas arrugas y su expresión parecía ofendida, como si se hubiera visto obligado a luchar contra un malvado

yinn o algún otro espíritu diabólico. Solté un grito breve y agudo y me desplomé sobre él.

Kolsum y mi madre me dejaron así unos instantes, pero finalmente la mujer me apartó.

Mi padre y yo sabíamos que pronto tendríamos que

separarnos, pero yo había creído que sería yo quien se marcharía, engalanada de novia y con sus bendiciones resonando en mis oídos. Los días siguientes a la muerte de mi padre fueron negros, pero aún nos esperaban tiempos peores. Sin un hombre en casa que se ocupara de la cosecha en verano, fue escaso el grano que recibimos de la parte de los campos de mi padre, aunque los vecinos trataron de ser generosos. Y sin grano no podíamos obtener a cambio combustible, zapatos o tintes para la lana. Tuvimos que ir vendiendo las cabras para conseguir grano, de manera que ya no podríamos hacer quesos. Cada vez que vendíamos una, mi madre lloraba.

Hacia el final de los días largos y calurosos, nuestros víveres empezaron a escasear. Por la mañana, comíamos el pan que horneaba mi madre acompañado con queso o yogur caseros, pero las cenas eran cada vez más exiguas. Pronto no pudimos permitirnos ni un solo trozo de carne. Ella empezó a vender las pertenencias de mi padre para obtener comida. Primero fue la ropa, luego los zapatos, a continuación los turbantes, y al final su precioso bastón. Otras personas habrían pedido ayuda a sus parientes, pero mi madre y yo, por desgracia, no teníamos a nadie a quien recurrir. Mis abuelos habían muerto siendo yo muy pequeña. Los dos hermanos de mi madre habían caído durante una guerra contra los otomanos. El único familiar vivo de mi padre era un hermanastro, llamado Gostaham, hijo del padre de mi padre con su primera esposa. Gostaham se había mudado a Isfahán cuando era joven y no sabíamos nada de él desde hacía años. Cuando empezó a hacer frío, nos mantuvimos a base de finas tortas de pan y de zanahorias en vinagre del año anterior. Pasábamos hambre, pero yo sabía que mi madre no podía hacer nada, de modo que procuraba no mencionar que me dolía el estómago. Me sentía siempre cansada y las tareas que antes me parecían fáciles, como ir a buscar agua al pozo, empezaban a superarme. La única posesión valiosa que nos quedaba era la alfombra turquesa. Poco después de que hubiera acabado de anudar los flecos, Hassan, el mercader de sedas, regresó para pagarla y llevársela. Se sorprendió al vernos con túnicas y pañuelos negros, y al enterarse de nuestro

luto, preguntó a mi madre si podía ayudarnos. Temiendo que no sobreviviéramos al invierno, ella le pidió que cuando regresara a Isfahán buscara a nuestro único pariente, Gostaham, y le hablara de nuestra apurada situación. Más o menos al cabo de un mes nos llegó una carta de la capital por medio de un mercader de burros que iba de camino a Shiraz. Mi madre acudió a HajAlípara que se la leyera, pues ni ella ni yo sabíamos leer. Era de Gostaham. Nos decía que lamentaba mucho nuestra pérdida y nos invitaba a vivir con él en la capital hasta que mejorara nuestra suerte. Y así fue como, una fría mañana de invierno, supe que habría de abandonar mi hogar por primera vez en mi vida para viajar muy lejos. Si mi madre me hubiera dicho que nos enviaban a tierras cristianas, donde las mujeres bárbaras exponen sus senos a todas las miradas, comen carne de cerdo quemada y se bañan únicamente una vez al año, nuestro destino no me habría parecido más remoto. La noticia de nuestra inminente partida se difundió rápidamente por toda la aldea. Por la tarde empezaron a llegar a casa mujeres con sus hijos pequeños. Se quitaron los pañuelos, se ahuecaron el pelo y se saludaron mutuamente, antes de sentarse en grupos sobre la alfombra. Los niños que tenían edad suficiente para jugar se retiraron a un rincón. — ¡Que no conozcáis más aflicciones de ahora en adelante! — dijo Kolsum al entrar, y besó a mi madre en las mejillas.

A ella se le humedecieron los ojos. — Fue el cometa — añadió la mujer en tono

compasivo— . Ni siquiera el agua bendita podía derrotar semejante poder.

— Marido mío — dijo mi madre, como si él todavía

estuviera con nosotras— . ¿Por qué anunciaste que la vida nos iba tan bien? ¿Por qué atrajiste asíla ira del cometa? Zainab esbozó una mueca.

— Mahin, ¿recuerdas al musulmán que recorrió el

largo camino desde Isfahán hasta Tabriz tratando de dejar

atrás al ángel de la muerte? Cuando llegó, Azrael le dio las gracias por llegar puntual a su cita. Tu marido no hizo nada malo; tan sólo respondió a la llamada de Alá.

La espalda de mi madre se encorvó un poco, como

siempre que sufría.

— Jamás creí que habría de abandonar mi hogar

— se lamentó.

— Tu suerte cambiará en Isfahán, Dios mediante

— aseguró Kolsum, y nos ofreció ruda silvestre para protegernos de la mala suerte. Encendió el manojo de

hierba con una brasa de la estufa y pronto su olor acre purificó el aire.

Mi madre y yo servimos té a nuestras invitadas y les

ofrecimos los dátiles que había traído Kolsum, pues nosotras no teníamos nada. Le llevé una taza de té a Safa, la más anciana de la aldea, que estaba sentada en un rincón con un narguile.

— ¿Qué sabéis de vuestra nueva familia? — preguntó tras exhalar el humo.

Era una pregunta tan embarazosa que en la

habitación se hizo el silencio. Todo el mundo sabía que mi abuelo se había casado con la madre de mi padre hacía muchos años, cuando visitaba a unos amigos de la aldea.

Mi abuelo estaba casado ya con su primera mujer y vivía

con ella y con Gostaham en Shiraz. Cuando mi abuela dio

a luz a mi padre, mi abuelo venía a verlos de vez en cuando y les enviaba dinero, pero evidentemente las dos familias no mantenían una relación estrecha.

— Poca cosa — contestó mi madre— . Hace más de

veinticinco años que no veo a Gostaham. De hecho lo he

visto sólo una vez, cuando se dirigía a visitar a sus padres y se detuvo en la aldea de camino a Shiraz, la ciudad de los poetas. En aquella época se estaba convirtiendo en uno de los más afamados diseñadores de alfombras de la capital.

— ¿Y su esposa? — preguntó Safa, con la voz tensa por el humo que tenía en los pulmones.

— No sé nada de ella, salvo que le ha dado dos hijas. Safa exhaló el humo con satisfacción.

— Si Gostaham tiene éxito en los negocios, su mujer

debe de llevar una gran casa — comentó— . Espero que sea buena y generosa con el reparto del trabajo. Sus palabras me hicieron comprender que mi madre y

yo ya no seríamos dueñas de nuestras vidas. Si a nosotras

nos gustaba el pan oscuro y crujiente, pero a ella no,

tendríamos que comerlo a su manera. Y fueran cuales fuesen nuestros sentimientos, siempre tendríamos que alabar su nombre. Creo que Safa percibió mi

preocupación, porque dejó de fumar un momento para ofrecerme consuelo.

— El hermanastro de tu padre debe de tener muy

buen corazón; de lo contrario, no os habría invitado a vivir

con él — señaló— . Si hacéis todo lo posible por complacer a su esposa, ellos velarán por vosotras. — Insh Alá — asintió mi madre, aunque no sonó muy convencida. Contemplé los rostros amables que nos rodeaban, de mis amigas y las amigas de mi madre, mujeres que habían sido como tías y abuelas para mí desde que era niña. No

imaginaba la vida sin ellas: Safa, con su rostro arrugado como una pasa; Kolsum, ágil y delgada, célebre por sus conocimientos sobre hierbas; y finalmente Goli, mi mejor amiga, que estaba sentada a mi lado con su hija recién nacida en los brazos. Cuando el bebé empezó a llorar, se aflojó la túnica para darle el pecho. Mi amiga tenía las mejillas sonrosadas, igual que el bebé; las dos parecían sanas y satisfechas, y yo deseé con todo mi corazón que

mi vida fuera como la de ella. Cuando la niña terminó de mamar, Goli me la puso en

los brazos. Respiré su olor a recién nacido, fresco como el

de los brotes de trigo.

— No me olvides — susurré. Le acaricié la diminuta

mejilla, pensando que no oiría sus primeras palabras ni

vería sus primeros pasos vacilantes. Goli me abrazó.

— ¡Piensa en lo grande que es Isfahán! — dijo— . Te

pasearás por la plaza más amplia jamás construida, y tu

madre podrá elegirte marido entre miles y miles de hombres. Por un momento me sentí animada, como si mis antiguos sueños aún fueran posibles, antes de recordar mi problema. — Pero ahora no tengo dote — le recordé— . ¿Qué hombre me aceptará sin nada? La habitación volvió a sumirse en el silencio. Mi madre agitó la ruda. Los surcos de su frente se hicieron más profundos. Todas las mujeres trataron de hablar a la

vez. — ¡No te preocupes, Mahin yun! ¡Tu nueva familia te ayudará! ¡No permitirán que una joven tan guapa se quede soltera! ¡Hay un semental para cada yegua y un robusto soldado para cada luna! — Seguramente el sahAbbas querrá a tu hija para su harén — vaticinó Kolsum, dirigiéndose a mi madre— . ¡Allí la alimentarán con queso y azúcar, y entonces tendrá los pechos más grandes y el vientre más redondo que cualquiera de nosotras! En una visita reciente al hammam, había captado mi imagen reflejada en un espejo de metal. No tenía las curvas de las madres que amamantaban, como Goli, tan admiradas en los baños de las mujeres. Mis brazos eran musculosos y mi rostro reflejaba las penalidades que pasaba. Estaba segura de que no sería como la luna para nadie, pero sonreí al imaginar que mi cuerpo delgado y huesudo podía adquirir esas formas femeninas. Cuando Zainab reparó en mi expresión, estalló en carcajadas. Reía

con ganas, doblada sobre sí misma, y abría tanto la boca que parecía un caballo mordiendo el freno. Enrojecí hasta la raíz del pelo al comprender que Kolsum sólo trataba de ser amable. — line/> No tardamos mucho en empaquetar nuestras escasas pertenencias. Puse una muda de ropa de luto en una alforja tejida a mano, junto con unas cuantas mantas, y llené de agua todos los recipientes que encontré. La mañana de nuestra partida, los vecinos acudieron a traernos pan, queso y frutos secos para el largo viaje. Kolsum arrojó al suelo un puñado de guisantes para ver si los auspicios nos eran favorables y determinó que el día

era excelente. Alzó entonces un valioso ejemplar del Corán

y rodeó con él tres veces nuestras cabezas. Nosotras lo

rozamos con los labios, rezando para llegar sanas y salvas

a nuestro destino. Cuando ya nos disponíamos a partir,

Goli cogió un fruto seco de mi alforja y se lo metió en una manga. Estaba robando algo que fuera mío para asegurarse de que algún día yo regresaría. — Eso espero — le susurré, y nos despedimos. Era la persona a la que más me costaba dejar atrás. Mi madre y yo viajaríamos con un mercader de almizcle llamado Abdul Rahman y su esposa, que escoltaban a viajeros de una ciudad a otra a cambio de un estipendio. A menudo llegaban incluso hasta la frontera nordeste del país en busca de almizcle del Tíbet, que vendían en las grandes ciudades. Sus alforjas, mantas y tiendas olían a ese perfume, que se pagaba a precio de

oro. El camello que mi madre y yo compartíamos tenía unos dulces ojos negros que le habían pintado con kohl para protegérselos, y su espeso pelaje era color arena. Abdul Rahman había adornado su bonito hocico con una tira de tela roja con borlas azules, que servía de brida. Nos sentamos en su lomo sobre una montaña de alfombras dobladas y sacos de comida, antes de sujetarnos a la joroba. El camello alzaba las pezuñas delicadamente al caminar, pero tenía mal genio y apestaba como las letrinas de la aldea. Yo jamás había visto los campos que se extendían al norte de nuestro pueblo. En cuanto nos alejamos de los arroyos de las montañas, el terreno se volvió yermo. Los escuálidos matorrales luchaban por sobrevivir en esos parajes, igual que nosotros. Los recipientes llenos de agua de repente fueron más valiosos que el almizcle. A lo largo del camino, vimos vasijas rotas, y a veces incluso los huesos de quienes no calculaban bien la duración de su viaje. Abdul Rahman nos obligaba a emprender la marcha al alba, y cantaba a los camellos para que los animales adaptaran el paso a la cadencia de su voz. El sol se reflejaba en la tierra y la brillante luz blanca me deslumbraba. El suelo estaba helado; las pocas plantas que veíamos estaban cubiertas de escarcha. Al final de la jornada tenía los pies tan fríos que ni siquiera los sentía. Mi madre se metía a dormir en nuestra tienda en cuanto anochecía. No soportaba ver las estrellas, decía.

Al cabo de más de una semana de viaje, divisamos las montañas Zagros, señal de que nos acercábamos a Isfahán. Abdul Rahman nos dijo que en algún lugar en lo alto de aquellos picos nacía la fuente misma de la existencia de Isfahán, el Zayendé rud, o río Eterno. Al principio no fue más que un pálido temblor azul, pero su fresco soplo de aire nos llegaba desde muchos farsajs de

distancia. Al acercarnos, el río me pareció de una longitud imposible, ya que hasta entonces sólo había visto arroyos

de montaña.

Al llegar a sus orillas, desmontamos, pues no se permitía entrar con camellos en la ciudad, y nos agrupamos para admirar la corriente.

— ¡Alabado sea Alá por su abundancia! — exclamó

mi madre. Las aguas del río fluían con rapidez. Una rama

pasó tan rápido que no habríamos podido cogerla.

— Merece todas las alabanzas — dijo Abdul Rahman

— , pues este río da vida a los melones de Isfahán,

refresca sus calles y llena sus pozos. Sin él, la ciudad

dejaría de existir.

Dejamos los camellos al cuidado de un amigo de Abdul Rahman y continuamos el viaje a pie por el puente

de los Treinta y Tres Arcos. A mitad del puente más o

menos, nos asomamos por uno de los arcos para disfrutar

de la vista.

— ¡Mira! ¡Mira! — exclamé, tomando la mano de mi

madre. El río fluía precipitadamente, casi como si estuviera nervioso, y a lo lejos se vislumbraba otro puente, y un

tercero relucía aún más allá. Uno de ellos estaba cubierto de azulejos azules, un segundo tenía casas de té, y aún otro mostraba arcos que parecían puertas infinitas de entrada a la ciudad, invitando a los viajeros a que desvelaran sus secretos. Frente a nosotros, Isfahán se extendía en todas direcciones, y la visión de sus miles de casas, jardines, mezquitas, bazares, escuelas, caravasares, kebabis y casas de té nos sobrecogió. Al otro lado del puente empezaba una larga avenida flanqueada de árboles que recorría toda la ciudad hasta desembocar en la plaza que había construido el sah Abbas, tan renombrada que todos los niños la conocían como la Imagen del Mundo. Mis ojos se posaron sobre la Gran Mezquita, cuya vasta cúpula azul brillaba apaciblemente al sol de la mañana. Mirando alrededor,

descubrí otra cúpula azul, y luego otra, y a continuación una docena más que otorgaban colorido a la tierra de color azafrán, y en ese momento pensé que Isfahán atraía al viajero como un campo de turquesa sobre oro.

— ¿Cuánta gente vive aquí? — preguntó mi madre,

alzando la voz para hacerse oír pese al ajetreado y ruidoso trasiego.

— Cientos de miles de personas — contestó Abdul Rahman— . Más que en Londres o París; sólo Constantinopla es mayor.

— Voy!— exclamamos mi madre y yo al unísono; no

podíamos imaginar tantas almas en un solo lugar. Al llegar al otro lado, entramos en un bazar cubierto y recorrimos un mercado de especias donde se

amontonaban sacos llenos de menta, eneldo, cilantro, limón seco, cúrcuma, azafrán y muchas especias que no reconocí. Distinguí el olor floral, pero un poco más amargo, de la alholva, que me recordó el estofado de cordero. Se me hizo la boca agua, pues hacía muchos meses que no probábamos la carne. No tardamos mucho en llegar a un caravasar del hermano de Abdul Rahman. Constaba de un patio rectangular donde burros, muías y caballos podían descansar, rodeado por soportales donde se hallaban las habitaciones. Dimos las gracias a Abdul Rahman y su esposa por sus servicios, les deseamos toda clase de buenaventuras y pagamos por el alojamiento. Nuestra habitación era pequeña, de gruesas paredes sin ventanas y con un fuerte cerrojo. Había paja limpia en el suelo, pero nada más. — Tengo hambre — dije a mi madre, recordando el kebab de cordero que había visto asándose junto al puente. Ella desató el sucio trozo de tela donde guardaba las pocas monedas que nos quedaban. — Debemos bañarnos antes de ir en busca de nuestra familia — contestó— . Comeremos el pan que nos queda. Estaba muy seco, así que nos acostamos con el estómago vacío. El suelo resultaba duro comparado con la arena del desierto, y me sentía extraña, pues me había acostumbrado al suave balanceo del camello. Sin embargo, estaba tan cansada por el largo viaje que me

dormí al poco de apoyar la cabeza en la paja. Durante la

noche, empecé a soñar que mi baba me tiraba del pie para despertarme; quería que fuéramos a dar uno de nuestros paseos de los viernes. Me incorporé sobresaltada para seguirlo, pero él había salido ya por la puerta. Traté de alcanzarlo, pero siempre lo veía de espaldas, subiendo por un sendero de la montaña. Cuanto más corría yo, más deprisa ascendía él. Lo llamé por su nombre, pero no se detuvo ni se dio la vuelta. Me desperté empapada en sudor, confusa, notando la aspereza de la paja en la espalda.

Bibi?

— Aquí estoy, hija mía — contestó mi madre en la oscuridad— . Llamabas a tu baba.

— Se ha ido sin mí — musité, atrapada aún en la

telaraña de mi sueño. Ella me atrajo hacia sí y me acarició la frente. Me quedé tumbada a su lado con los ojos cerrados, pero no logré conciliar el sueño. Suspiraba y daba vueltas y más vueltas. Un burro rebuznó en el patio y su voz semejaba un lamento, como si llorara por su destino. Entonces mi madre empezó a hablar y sus palabras parecieron iluminar la penumbra:

«Primero no hubo y luego hubo. Antes de Alá, nadie hubo.» Siendo yo muy niña, mi madre ya me contaba cuentos para consolarme. A veces sus narraciones me ayudaban a solucionar un problema separando las diferentes capas, como si de una cebolla se tratara, o me daban ideas sobre

lo que podía hacer; otras veces me tranquilizaban tanto que caía en un sueño reparador. Mi padre decía que sus cuentos eran mejores que la mejor medicina. Suspiré y me acurruqué pegada al cuerpo de mi madre como una niña pequeña, sabiendo que su voz sería un bálsamo para mi corazón. «Erase una vez un buhonero que tenía una hija. Se llamaba Golnar y se pasaba el día trabajando en el huerto de su familia. Sus pepinos eran muy alabados por su firmeza y dulzura, sus calabazas porque adoptaban formas agradables y muy carnosas, y sus rábanos porque desprendían un fragante olor al quemarlos. La joven amaba las flores apasionadamente, por lo que rogó a su padre que le permitiera plantar un único rosal en un rincón del huerto. Aunque su familia era pobre y necesitaba todo cuanto ella sembraba, el padre recompensó su trabajo concediéndole ese deseo. »Golnar cambió unas cuantas verduras por un esqueje del rosal de un rico vecino y lo plantó, arrancando unas cuantas matas de pepinos para hacerle sitio. A su debido tiempo, el rosal floreció y dio unas rosas exageradamente grandes. Eran más grandes que el puño de un hombre y tan blancas como la luna. Entonces sopló un viento cálido y el rosal se meció, bailando como si respondiera al canto de los ruiseñores, mientras sus blancos capullos se abrían semejantes a un revuelo de faldas. »El padre de Golnar era vendedor de kebabs de hígado. Una tarde, regresó a casa y anunció que había vendido el último kebab a un fabricante de sillas de montar

que iba con su hijo. El vendedor había alardeado ante los clientes de lo buena trabajadora que era su hija y les había asegurado que no iba a enfermar por los rancios vapores del cuero curtido. Poco después, el muchacho y su familia visitaron al vendedor de kebabs y a su hija. A Golnar no le gustó el muchacho: tenía los hombros y los brazos delgados, y sus ojos pequeños y redondos le conferían el aspecto de una cabra. «Después de tomar el té e intercambiar cumplidos, los padres de la joven la instaron a que mostrara su huerto al muchacho. Ella lo llevó fuera a regañadientes. El muchacho ensalzó la lozanía de las verduras, las frutas y las hierbas aromáticas, y admiró la belleza del rosal. Conmovida, la joven le rogó que aceptara unas rosas para su familia y cortó unas cuantas con sus tijeras de podar. Cuando la pareja entró en la casa con los brazos llenos de blancas rosas, sus padres sonrieron y los imaginaron en el día de su boda. »Esa noche, cuando el muchacho se fue con su familia, Golnar estaba tan cansada que cayó en un profundo sueño antes de ir a ver sus rosas. A la mañana siguiente, se despertó con un mal presentimiento y corrió al huerto. El rosal estaba mustio y sus flores mostraban un sucio color blanco al sol de la mañana. El huerto estaba sumido en el silencio, pues todos los ruiseñores se habían marchado. Golnar podó las flores más grandes con cariño, pero cuando apartó las manos del espinoso arbusto, estaban manchadas de sangre. «Arrepentida, la joven prometió cuidar mejor del rosal.

En la tierra que rodeaba el arbusto vertió un cubo de agua ensangrentada que había utilizado para limpiar los cuchillos de su padre, y encima echó un fertilizante especial hecho de diminutas perlas de hígado. »Esa tarde, llegó un mensajero con una propuesta de matrimonio de la familia del muchacho. El padre aseguró a Golnar que no encontraría mejor partido, y su madre le habló tímidamente al oído de los niños que tendrían. Sin embargo, la joven se echó a llorar y rechazó la oferta. Desconcertados y enfadados, sus padres le prometieron enviar una carta de rechazo a la familia del muchacho, pero en secreto le mandaron un mensaje pidiendo tiempo para reflexionar. »A la mañana siguiente temprano, Golnar despertó con los dulces trinos de los ruiseñores y descubrió que, una vez más, sus rosas se erguían altivas. Se habían abierto numerosos capullos, alimentados por la carne de hígado, y brillaban como estrellas bajo el cielo aún oscuro. Cortó unas cuantas flores, tímidamente al principio, y la planta le acarició la yema de los dedos con sus sedosos pétalos, desprendiendo un penetrante perfume, como si deseara su contacto. »La mañana del día en que la familia se iba a comer fuera para celebrar el Año Nuevo, la joven tenía tantas tareas que hacer que olvidó regar su rosal. Ayudó a su madre a preparar el almuerzo y luego se fueron todos a su lugar favorito, cerca de un río. Mientras comían, casualmente vieron al muchacho y a sus padres, que también estaban allí. El padre les invitó a tomar té y a

compartir unos dulces. El muchacho ofreció los mejores pasteles a Golnar, detalle que sorprendió a la joven, pues creía haberlo rechazado. A instancias de sus padres, los dos fueron a dar un paseo por la orilla del río. Cuando ya no los veían, el muchacho le besó la punta del dedo índice, pero ella dio media vuelta y salió corriendo. »Cuando Golnar volvió a casa con su familia ya era de noche. La joven salió al jardín para regar el rosal sediento. Al inclinarse con un cubo de agua del pozo, se levantó una súbita ráfaga de viento que enredó sus cabellos en los tallos del rosal; el arbusto la abrazó y la sujetó estrechamente con sus largos y delgados brazos. Cuanto más se debatía ella, más se le clavaban las espinas y le herían la cara. Por fin consiguió soltarse, chillando, y cegada por la sangre volvió a entrar en casa a trompicones. »Al verla aparecer en la puerta, sus padres chillaron como si se tratara de un malvado yinn. Al principio ella no les permitió que la tocaran y agitaba los brazos con frenesí. Su padre se los sujetó para que la madre pudiera curarle las heridas. Horrorizados, descubrieron que en el dedo índice tenía una espina negra y gruesa clavada tan firmemente como un clavo. Cuando su madre la arrancó, dejó una herida que sangró a borbotones. »El padre salió corriendo de la casa, dando alaridos de rabia. Al cabo de unos instantes se oyó el ruido de un hacha hendiendo el arbusto, que se resquebrajó. A cada golpe, Golnar daba un respingo y se mesaba los cabellos, tal era su pesar. Su madre la acostó, y la joven guardó

cama durante varios días, consumida por la fiebre y gritando en medio de su delirio. »Por insistencia de sus padres, al cabo de dos semanas se casó con el muchacho que parecía una cabra. Los dos se quedaron a vivir en casa de los padres de él, y el muchacho regresaba todas las tardes apestando a sangre y a podredumbre de la curtiduría. Cuando intentaba abrazar a Golnar, ella volvía la cara y se estremecía al notar su contacto. Al poco tiempo quedó embarazada y dio a luz un hijo varón, al que siguieron dos hijas. Todos los días se levantaba antes del amanecer, se ponía sus viejas ropas y vestía a sus hijos con prendas que le daban y que estaban aún más raídas que las suyas. Nunca más tuvo tiempo de cultivar sus propias flores. Pero a veces, cuando pasaba junto a la tapia del jardín donde había tenido el rosal, cerraba los ojos y recordaba el olor de sus flores, más dulce que la esperanza.» Cuando mi madre dejó de hablar, di vueltas sobre la paja para evitar el picor en las piernas y la espalda, pero no conseguí encontrar una posición cómoda. Me sentía tan angustiada como si se me hubiera metido una abeja en el

oído. Mi madre me cogió el rostro entre las manos. — ¿Qué te ocurre, hija mía? — preguntó— . ¿Te encuentras mal? ¿Te duele algo? Un sonido lastimero escapó de mis labios y fingí que intentaba dormir. — No sé muy bien por qué he elegido esa historia — añadió mi madre, como pensando en voz alta— . Me ha

salido sin más, antes de recordar de qué trataba. Yo ya la conocía, pues mi madre la había contado un par de veces en nuestra aldea. Entonces no me había turbado. Esperaba casarme con un hombre que arrojaría

pétalos de rosa a mis pies, no con un muchacho que oliera

a piel de vaca podrida. Jamás había pensado que mi

destino pudiera ser como el de Golnar, pero en ese momento, en la oscuridad de un cuarto desconocido en una ciudad desconocida, la narración se me antojaba una

profecía. Mi padre ya no podía protegernos, ni había ninguna otra persona que tuviera el deber de hacerlo. Mi madre era demasiado mayor para volver a casarse, y puesto que no teníamos dinero para la dote, yo no encontraría marido. El paso del cometa había arruinado todas mis expectativas. Abrí los ojos; a la luz mortecina que entraba en el cuarto, vi a mi madre observándome. Parecía asustada, lo que me inspiró más tristeza por ella que por mí. Respiré hondo y traté de aparentar calma. — Me encontraba un poco mal, pero ahora ya estoy mejor — aseguré. El alivio que se reflejó en sus ojos fue tan intenso que di gracias a Alá por haberme concedido fuerzas para pronunciar esas palabras.

— line/>

CAPÍTULO 02

— line/> El ruido de los viajeros que cargaban sus muías para

reanudar su camino nos despertó a la mañana siguiente.

Mi

túnica y mis pantalones negros estaban impregnados

de

polvo y sudor, pues los llevaba puestos desde hacía

más de una semana. Con el poco dinero que nos quedaba, mi madre pagó para entrar en un hammam cercano, donde nos quitamos la suciedad del cuerpo y nos lavamos la cabeza. Una vez limpias, realizamos la Gran Ablución, sumergiéndonos en una pila lo bastante grande para dar cabida a veinte mujeres. La empleada de los baños me frotó la espalda y las piernas hasta que sentí

que se me relajaban los músculos agarrotados por el largo viaje. Mientras ella frotaba, me miré las costillas, el vientre cóncavo, las manos encallecidas y las flacas extremidades. Soñando despierta, me había imaginado como una mujer bien atendida, con caderas redondeadas y senos como melones. Pero era inútil. Nada había cambiado, excepto el color de mi rostro y mis manos, que después de tantos días de viaje al sol se habían oscurecido aún más, como comprobé con gran consternación. Cuando terminamos, nos vestimos con ropas negras limpias, nos pusimos sendos pañuelos negros, y partimos

en busca de Gostaham en la Imagen del Mundo, que el sah Abbas había mandado construir después de convertir

Isfahán en su nueva capital. Entramos en la plaza por una estrecha puerta que no hacía sospechar en absoluto sus vastas dimensiones, pero una vez dentro nos detuvimos en seco, atónitas.

— Dos aldeas como la nuestra… — empecé, y mi

madre terminó la frase, pues estaba pensando lo mismo que yo:

— … cabrían aquí. ¡No es de extrañar que la gente

diga que Isfahán es la mitad del mundo! La plaza era tan grande que las personas que había en cualquiera de sus lados parecían figuras de un cuadro en miniatura. Los minaretes de la Gran Mezquita eran tan altos y esbeltos que al contemplarlos sentí vértigo, pues parecían perderse en el cielo. La cúpula turquesa de la mezquita se me antojaba demasiado grande para permanecer suspendida en el aire; ¡sin duda Dios tenía que haber ayudado a los hombres para que la arcilla resultara tan ligera! El portalón de entrada al bazar estaba coronado por el mural — el primero que veía en mi vida— de una batalla, que parecía tan real como si se estuviera produciendo allí mismo. Todo cuanto había en esa plaza parecía desafiar las leyes de lo posible. — Janum, no se detengan, por favor — dijo un hombre detrás de nosotras, utilizando el trato de respeto reservado a las mujeres casadas. Nos disculpamos y nos apartamos de la entrada. El hombre volvió la mirada hacia nosotras al pasar y añadió con una sonrisa— : ¿Es la primera vez? Me encanta ver la cara de asombro de los visitantes. Asombro era la palabra más adecuada para describir

nuestro estado de ánimo. En los lados más cortos de la plaza se encontraban el palacio dorado y azul del sah Abbas y su mezquita privada de cúpula amarilla, que relucía como un pequeño sol. En los lados de mayor longitud, el portalón del Gran Bazar frente a la entrada de la inmensa Gran Mezquita, para recordar a los mercaderes temerosos de Alá que debían ser honrados. — Poder, dinero y Dios, todo en un único lugar — comentó mi madre, contemplando los edificios que nos rodeaban. — Y chogan — añadí, reparando en las porterías de polo que había en el extremo más alejado de la plaza, lo bastante amplia para albergar una competición de ese

tipo. Desde lo alto de uno de los minaretes de la Gran Mezquita, el muecín inició la llamada a la oración, surcando el aire con su dulce voz nasal: «Alá hu Akbar!», decía, difundiendo su voz por encima de nuestras cabezas. Cuando nos adentramos en la plaza, me fijé en que la mayoría de los edificios estaban revestidos de azulejos de los más puros colores del sol y del cielo. Desde lejos, la cúpula de la Gran Mezquita parecía enteramente turquesa, pero en realidad unas espirales blancas y amarillas le otorgaban mayor realce. En la mezquita de color limón del sah, unas guirnaldas blancas y turquesas adornaban la cúpula. En las entradas ojivales de las mezquitas abundaban los azulejos decorados con flores blancas, como estrellas centelleantes en el azul de la penumbra. Todos los edificios resplandecían con sus adornos. Era

como si un maestro orfebre hubiera elegido las turquesas más exquisitas, los zafiros amarillos más excepcionales,

los diamantes más puros y las esmeraldas más verdes, y

los hubiera dispuesto en una infinidad de ornamentos centelleantes que irradiaban color y luz. — Jamás había visto nada tan maravilloso — dije, olvidando por un momento las penalidades que nos habían llevado hasta allí. Pero mi madre las tenía muy presentes. — Es todo demasiado grande — replicó, señalando la plaza con un amplio gesto, y comprendí que echaba de menos nuestra pequeña aldea, donde conocía a cuantas personas se cruzaban en su camino. La plaza rebosaba de gente. Había niños que iban de

un lado a otro con tazas de un líquido caliente y oscuro,

gritando: «¡Café! ¡Café!» Yo nunca lo había probado, pero tenía un aroma tan intenso como la comida. Dos malabaristas realizaban sus números, rogando al público que fuera generoso. Los vendedores ambulantes nos paraban a cada paso, pidiéndonos que examináramos telas, kohl, e incluso un colmillo de elefante, un enorme animal de la India cuya memoria era legendaria. Tras caminar unos minutos, llegamos al palacio del sah. Comparado con la Gran Mezquita, parecía modesto. Sólo tenía unos cuantos pisos, y estaba protegido por una doble puerta de gruesa madera tallada, ocho cañones dorados y una hilera de guardias armados con espadas.

Mi madre se acercó a uno de los guardias y le preguntó

cómo podíamos encontrar a Gostaham, el tejedor de

alfombras.

— ¿Qué queréis de él? — preguntó el guardia,

frunciendo el ceño.

Él nos dijo que lo buscáramos — contestó mi

madre.

El guardia sonrió despectivamente al oír que hablaba con acento típico del sur, arrastrando las vocales.

— ¿Él os ha invitado?

— Pertenece a la familia de mi marido.

El guardia pareció dudar de sus palabras.

— Gostaham es maestro del taller de alfombras del

sah, que está en la parte posterior del palacio — dijo— . Le anunciaré que habéis llegado.

— Somos polvo bajo tus pies — respondió mi madre,

y volvimos a la plaza para esperar. Cerca había una hojalatería, y observamos a los artesanos que labraban formas de pájaros y otros animales en teteras, tazas y cucharas. Al poco rato, el guardia nos encontró y nos condujo hasta Gostaham, que nos aguardaba cerca de la puerta del palacio. Me sorprendió comprobar que no se parecía en nada a mi padre. Bien es verdad que sólo eran hermanastros, pero mientras que mi padre era alto y de facciones tan finas que parecían talladas a cuchillo, Gostaham era bajo y rechoncho como una patata, de ojos caídos y nariz ganchuda como un pico de halcón, y una

tupida barba gris. Nos saludó con amabilidad y nos besó en las mejillas. Luego me sonrió y me cogió las manos.

— ¡Vaya, vaya! — exclamó— . Así que tú eres la hija

de Ismail. Tienes su misma tez morena y sus lisos cabellos negros, ¡y reconocería esas manos tan pequeñas y perfectas en cualquier parte! Examinó mis manos teatralmente, haciéndome reír, y las comparó con las suyas. Las tenía muy pequeñas para ser un hombre, delgadas y de largos dedos, igual que las mías.

— El parecido familiar es evidente — concluyó— . ¿Haces alfombras?

— Por supuesto — respondió mi madre— . Es la

mejor de nuestra aldea. — Y le contó la historia de cómo

habíamos vendido mi alfombra turquesa antes de que saliera del telar.

— ¡Que Alí sea siempre contigo! — exclamó él,

impresionado. Gostaham pidió a mi madre que le refiriera lo sucedido en la aldea. Mientras nos conducía fuera de la plaza, ella le habló de mi padre. Las palabras le salían a borbotones, como si hubieran estado embotelladas durante demasiado tiempo, y cuando relató la muerte de su esposo, puso tanta emoción que a Gostaham se le saltaron las lágrimas. Abandonamos la Imagen del Mundo por una estrecha puerta y caminamos un rato por un barrio llamado de los Cuatro Jardines, dirigiéndonos a la casa de Gostaham. El barrio estaba dividido en parques, desnudos porque era invierno. Un cedro señalaba el inicio de la calle de Gostaham. Desde fuera, todas las casas parecían fortalezas, protegidas por altos y feos muros revocados

con un apagado tono beis para ahuyentar el mal de ojo. Gostaham nos condujo a través de unas gruesas puertas de madera y nos detuvimos un momento para contemplar la fachada de su casa. Era tan grande que al principio no sabíamos por dónde ir. Él entró en un estrecho pasillo, dio unos cuantos pasos y nos introdujo en el biruni, las habitaciones exteriores donde recibía a los invitados masculinos. La Gran Sala tenía altos ventanales de cristal en los que destacaban dos cisnes verdes pintados que bebían agua azul a ambos lados de una fuente. Flores y enredaderas de yeso adornaban el techo y las paredes. Bajo los gruesos cojines de cálidos tonos carmesíes, las alfombras de color rubí tenían los nudos más apretados que había visto en mi vida. Incluso en aquel frío día invernal, la habitación parecía irradiar calor. Gostaham abrió los ventanales, que llegaban hasta el suelo, y salimos a un gran patio. En él había un estanque bajo dos álamos. Pensé en el único árbol de mi aldea, un gran ciprés. La idea de que una sola familia tuviera sus propios árboles que daban sombra me pareció el mayor de los lujos. En el patio encontramos a Gordiyé, la esposa de Gostaham. Era una mujer de grandes pechos y caderas ampulosas. Se acercó lentamente y nos besó en las mejillas. Uno de sus criados acababa de poner agua a hervir, y observé que preparaba té con hojas ya usadas. Me pareció extraño que una casa tan espléndida utilizara las hojas de té dos veces. El té era tan insípido como el agua, pero le dimos las gracias a Gordiyé y añadimos:

— Que tus manos jamás conozcan el dolor.

— ¿Qué edad tienes? — me preguntó ella.

— Quince años.

— ¡Ah! Entonces tienes que conocer a Nahid. Es hija

de una mujer que vive cerca y también tiene quince años. — Se volvió hacia mi madre— . Nahid procede de una excelente familia. Siempre he tenido la esperanza de que nos encargaran alguna alfombra, pero aún no lo han hecho. Yo me pregunté para qué deseaba vender más alfombras, ya que a mis ojos poseían ya todo cuanto podía desear una familia. Pero antes de que atinara a formular pregunta alguna, Gordiyé sugirió que debíamos de estar cansadas y nos condujo por el patio hasta una habitación

diminuta situada entre las despensas y las letrinas. En su interior sólo había unas mantas para dormir en el suelo y cojines.

— Os pido disculpas por esta habitación tan indigna

de vuestra presencia — dijo Gordiyé— , pero todas las demás están ocupadas.

Mi madre se esforzó por disimular la consternación.

Las paredes de la habitación estaban sucias y el suelo cubierto de polvo. La casa de Gostaham era un palacio comparado con nuestro pequeño hogar de la aldea, pero aquella habitación era mucho peor.

— En absoluto — respondió educadamente— , tu

generosidad sobrepasa con mucho lo que merecemos. Gordiyé nos dejó para que pudiéramos descansar. Extendí las mantas sobre el suelo y se levantó polvo, que nos hizo toser. Al cabo de un rato, oímos que un criado

entraba en una habitación contigua a la nuestra mientras

otro abría la puerta de las letrinas, tras lo cual llegó hasta nosotras un intenso olor, más acre que el hedor del camello.

— ¿Ahora somos criadas? — pregunté a mi madre,

alarmada. Se había echado sobre las mantas y tenía los ojos abiertos.

— Todavía no — contestó, pero evidentemente sentía

la misma inquietud que yo. — line/> Al despertar tras un breve sueño, fuimos a reunimos con Gordiyé y Gostaham en el biruni para cenar. ¡Qué

festín se había servido sobre los paños ante nuestros ojos! Yo no había visto semejantes manjares ni siquiera en las bodas. Sin embargo, para Gordiyé y Gostaham parecía cosa de todos los días. Había una sopa fría de yogur con eneldo, menta, uvas blancas, nueces y pétalos de rosa, que resultaba muy refrescante; pollo guisado con frutos de agracejo azucarados; tiernas berenjenas con cordero jugoso; arroz al azafrán con una crujiente capa dorada; un aromático queso de oveja, pan caliente, y un plato de rábanos, menta fresca y verdura amarga para favorecer la digestión. Aquella primera noche comí demasiado, como si quisiera compensar la escasez de alimentos que había sufrido en mi aldea. Cuando todos nos hubimos saciado, mi madre empezó a hablar.

— Dignísimos anfitriones — dijo— , nos sentimos muy

honradas de que nos hayáis invitado a vuestra casa y

agasajado como si nos hubiéramos visto ayer mismo. Y ello pese a que no nos habíamos encontrado, honorable Gostaham, desde hace más de veinticinco años. En todo este tiempo te has elevado por encima de la más alta

estrella. ¿Cómo has llegado a vivir en esta magnífica casa, con toda la buena fortuna que un hombre pueda desear? Gostaham sonrió y apoyó las manos sobre su amplio vientre.

— En verdad, a veces, cuando me levanto por la

mañana y miro alrededor, ni yo mismo puedo creerlo. Y luego, cuando veo a Gordiyé a mi lado, sé que mis sueños se han hecho realidad y doy gracias a Alá por todas sus bendiciones.

— Que sean siempre tan abundantes como ahora

— deseó mi madre.

— Pero no siempre fue así. Mucho antes de que tú

nacieras dijo Gostaham, dirigiéndose a mí— , mi padre comprendió que si se quedaba en su aldea siempre sería pobre. Sabiendo que no había mucho que heredar, se fue a Shiraz con su familia para probar suerte. Éramos tan pobres que tuve que ponerme a hacer alfombras. Cuando

tenía doce años, descubrí que podía tejer los nudos más deprisa que cualquier otro. — Igual que mi hija — intervino mi madre con orgullo.

— Nuestro hogar era tan pequeño que no había

espacio para un telar. Cuando hacía buen tiempo, lo colocaba en el exterior, como hacías tú, seguramente — me dijo Gostaham— . Un día estaba tejiendo una alfombra con tal celeridad que una multitud se congregó

para observarme. Tuve la fortuna de que uno de los que pasaban por allí fuera el propietario del mayor taller de alfombras de Shiraz. Nunca buscaba aprendices para su taller. ¿Para qué iba a hacerlo, si podía enseñar el oficio a los hijos de sus empleados? Pero, al verme, se ofreció a contratarme, pues mi velocidad aumentaría sus beneficios. »Los años siguientes fueron los más duros de mi vida. El dueño del taller exigía resultados de acuerdo con la habilidad de cada uno, fuera cual fuere su edad. Yo era muy rápido, de modo que se me exigía que acabara las alfombras más deprisa que los demás. En una ocasión, el dueño me pilló lejos del telar y le dijo a uno de sus matones que me azotara las plantas de los pies hasta hacerme gritar. Sólo un loco estropearía las manos a un tejedor de alfombras, pero ¿qué más le daba si me impedía andar? Aquella historia me produjo escalofríos. Había oído hablar de niños, sobre todo huérfanos, a los que se obligaba a pasar muchas horas en los telares. A veces, al final de la jornada, ni siquiera podían estirar las piernas para levantarse, y los encargados de cuidarlos tenían que llevarlos a casa. Tras años de duro trabajo con las piernas dobladas, se les deformaban los huesos y parecía que tenían la cabeza demasiado grande para el cuerpo. Cuando intentaban caminar, se tambaleaban como ancianos. Me alegré de haber crecido en una aldea donde nadie habría permitido que un telar castigara el cuerpo de un niño. Aun así, cuando trabajaba durante los cálidos días primaverales, envidiaba a los pájaros e incluso a los escuálidos perros que vagabundeaban a su antojo.

Cuando un niño lleno de vitalidad, que sólo desea charlar y reír, tiene que permanecer sentado trabajando durante horas, se hace mayor demasiado deprisa.

— La verdad es que el dueño del taller tenía razón

— prosiguió Gostaham— . Yo intentaba eludir mis deberes porque no quería ser tejedor de alfombras. A la menor oportunidad me iba con el maestro diseñador y el maestro colorista. El primero me permitía copiar algunos de sus motivos, y el segundo me llevaba consigo al bazar para

mostrarme cómo elegía las tonalidades de la lana. Y así, en secreto, lo iba aprendiendo todo. A mí nunca se me había ocurrido que se pudiera ser otra cosa que tejedora, de modo que escuchaba sus palabras con atención, pese al sopor que empezaba a sentir después de tan abundante comida.

— Mi marido apenas necesitaba que le enseñaran

nada — intervino Gordiyé— . Tiene mejor vista para los colores que cualquier otro hombre. Gostaham se recostó en los cojines con una sonrisa, regodeándose en los elogios de su esposa.

— Pero yo era muy ambicioso, y por eso le dije al

maestro diseñador que quería hacer una alfombra por mi cuenta. Él me ofreció un motivo dibujado en papel que ya no utilizaba y me permitió copiarlo. Me fui al bazar con todos mis ahorros y compré la mejor lana que pude permitirme. Me pasé horas eligiendo los colores. Tardaba tanto que los mercaderes me gritaban que comprara algo o me largara. Pero yo tenía que asegurarme bien de elegir los tonos adecuados.

»Tenía entonces diecisiete años, y tardé casi un año en terminar aquella alfombra fuera de las horas de trabajo. Era la mejor que había tejido nunca. Mi madre se sintió muy complacida, pues aportaría dinero a la casa. Pero entonces corrí el mayor riesgo de mi vida, que a la postre fue el primer paso para que me encontréis aquí hoy, en esta espléndida casa, con una esposa más deslumbrante que las estrellas del cielo. Me erguí, atenta e impaciente por saber cómo había conseguido semejante fortuna. — Oí que el sah Abbas el Grande viajaría a Shiraz y que recibiría en audiencia a sus súbditos todas las tardes. Terminé la alfombra, la enrollé y la llevé a cuestas hasta palacio. Se la mostré a uno de los guardias, explicando que era un regalo. El guardia la desenrolló para asegurarse de que dentro no se ocultaban asesinos, animales, venenos o cosas parecidas, y prometió mostrársela al sah. — ¡Qué audacia separarte así de tu único tesoro! — exclamó mi madre. — Al sah le mostraron mi presente justo después de que hubiera oído el testimonio de un criado acusado de robar, al que ordenó que azotaran como castigo — prosiguió Gostaham— . Supongo que estaba deseoso de pasar a asuntos más agradables. Cuando desenrollaron mi alfombra a sus pies, levantó una esquina para comprobar la solidez de los nudos. A mí me preocupaba que se limitara a decir a sus criados que se la llevaran, pero entonces pidió que el creador se diera a

conocer. »Sus ojos me miraron y, como si comprendiera mi pobreza y mi ambición, dijo: "Todos los días recibo regalos en oro de algún rey, pero ninguno puede compararse con el sacrificio que tú acabas de hacer." Tuve la enorme suerte de que el sah acabara de fundar el

taller real de alfombras en Isfahán, donde se fabricarían los mejores tapices para sus palacios y para venderlos a hombres adinerados. Le gustó tanto mi alfombra que me invitó a trabajar en su taller durante un año, a prueba. Cuando mi madre se enteró de lo que yo había hecho, estuvo a punto de azotarme. Pero luego, al explicarle cómo había cambiado mi suerte, ensalzó el nombre del sah.

— ¡Tu historia no tiene parangón! — exclamó mi

madre. — Aún me quedaba un largo camino por recorrer — continuó Gostaham— . Empecé a trabajar en el taller de alfombras real ocupando el puesto más bajo. Tuve suerte, porque a todos nos pagaban un salario anual, y aunque el mío era el más bajo, me bastaba para mantenerme y para

enviar dinero a mi familia. Las condiciones de trabajo eran mucho mejores en el taller del sah que en el de Shiraz. Trabajábamos desde el amanecer hasta el mediodía, pero luego teníamos libertad para hacer lo que quisiéramos. Por la tarde, aprendía de los maestros sin pagar nada, con la aprobación del sah.

— ¿De modo que lo conoces? — pregunté con

asombro, pues sólo Alá era más grande que el sah.

— Sólo como un humilde servidor — respondió

Gostaham— . Se interesa mucho por las alfombras y él mismo sabe tejer. De vez en cuando pasa por el taller, que al fin y al cabo se encuentra junto a su palacio, para ver cómo van las alfombras, y a veces intercambiamos unas frases. Pero volviendo a mi historia, uno de los maestros coloristas se interesó por mí y me enseñó el arte de combinar las tonalidades en un tapiz. Ése ha sido mi trabajo durante casi veinte años, y después de que mi

mentor fuera a reunirse con el Creador, me convertí en uno de los maestros ayudantes. — Sólo el maestro jefe está por encima de él

— observó Gordiyé orgullosamente— . Y tal vez un día dirija todo el taller. — Eso no es seguro — adujo Gostaham— . El maestro ayudante diseñador, Afshin, es un poderoso rival, y creo que al sah le impresionan más los que diseñan los motivos que quienes mezclan los colores. Aun así, no cambiaría nada de mi vida. Porque fue ese mismo maestro colorista, que me permitió ser su aprendiz y me enseñó cuanto sabía, el que me entregó a su hija como esposa. — Sonrió a Gordiyé con tanto afecto y deseo que me recordó la forma en que mi padre solía mirar a mi madre. También ella se percató, y por un momento los ojos se le humedecieron.

— ¿Qué clase de alfombras haces en el taller real?

— pregunté rápidamente, esperando que así Gostaham

dejaría de sonreír a su mujer.

— Las mejores del país — respondió él sin vacilar— .

Alfombras que requieren un ejército de especialistas.

Alfombras que el sah guarda enrolladas en habitaciones oscuras para que la luz no las estropee. Alfombras encargadas por reyes extranjeros con sus escudos de armas tejidos con hilo de plata. Alfombras que serán apreciadas mucho después de que todos nosotros nos hayamos convertido en polvo.

— ¡Qué Alá derrame sus bendiciones sobre el sah

Abbas! — exclamó Gordiyé.

— De no haber intervenido él, yo seguiría siendo un

humilde tejedor de alfombras en Shiraz — admitió Gostaham— . No sólo le debo mi buena fortuna, sino que además es el responsable de haber elevado el arte de tejer alfombras por encima de los demás. Se hacía tarde. Mi madre y yo dimos las buenas noches y nos fuimos a dormir a nuestra pequeña habitación. Mientras me arrebujaba entre las mantas, pensé en que la buena suerte parecía derramarse sin cesar sobre algunas familias. Tal vez en Isfahán, viviendo con una familia afortunada, también cambiaría nuestro sino, a pesar de lo que había vaticinado el cometa. — line/> Al día siguiente, Gordiyé envió un mensajero a la madre de Nahid para contarle que yo había llegado de visita desde el sur y que tenía la misma edad que su hija. La madre respondió con una invitación a visitarlas esa

misma tarde. Cuando Gordiyé me anunció que ya era hora de salir, me recogí el pelo bajo el pañuelo y anuncié que ya estaba lista.

— ¡No puedes salir así de casa! — exclamó ella,

exasperada.

Me miré la ropa. Llevaba una túnica de manga larga, que me llegaba a los tobillos, y unos pantalones holgados, todo negro porque aún estaba de luto. Me palpé las sienes y remetí los mechones de pelo escapados del pañuelo. En

mi aldea, mi indumentaria siempre se había considerado

decorosa.

— ¿Por qué no?

— En la ciudad es diferente — contestó ella— . ¡Las

mujeres de buena familia siempre van cubiertas del todo! Me quedé sin habla. Gordiyé me tomó la mano y me

condujo hasta sus aposentos. Allí abrió un arcón lleno de telas y revolvió dentro hasta hallar lo que buscaba. Colocándome frente a su amplia figura, me quitó el pañuelo de la cabeza y me echó el pelo por detrás de las orejas. Desde luego, era rebelde. Luego me envolvió la cabeza con una ligera tela blanca y me la ató bajo el mentón.

— ¡Ya está! — dijo— . Ahora irás igual que Nahid y

las demás jóvenes cuando están en casa o de visita.

Gordiyé sujetó un espejo de metal frente a mi cara para que pudiera verme. La tela me tapaba el pelo y el cuello, pero no me gustaba cómo me quedaba la cara, demasiado redonda y visible. Los días que había pasado viajando al sol del desierto me habían oscurecido la piel, cuyo tono aún resaltaba más bajo la tela blanca. Aparté la mirada del espejo, dándole las gracias y disponiéndome a salir.

— ¡Espera, espera! — protestó Gordiyé— . Déjame

acabar.

Sacudió una capucha y me la pasó por la cabeza con mano experta. Aunque la capucha era blanca, dentro de ella todo era oscuro y sentíque me faltaba el aire.

— ¡No veo nada! — me quejé.

Gordiyé ajustó la capucha hasta que el rectángulo de

encaje me quedó sobre los ojos. El mundo volvía a ser visible, pero como si lo mirara a través de una red.

— Esto se llama piché— explicó— . Hay que llevarlo para salir a la calle. Me costaba respirar, pero una vez más le di las gracias, aliviada por haber acabado.

— ¡Oh, pero qué graciosa eres! — dijo Gordiyé— .

Pequeña y rápida como una liebre e igual de nerviosa. ¿Qué prisa tienes? ¡Espera a que busque todo lo necesario!

Se movió lentamente, hurgando entre las telas hasta que encontró una pieza grande y blanca. Me envolvió la cabeza con ella y me mostró cómo sujetarla firmemente bajo el mentón con la mano derecha.

— Ahora ya vas vestida como es debido, con el

chador bien ajustado — concluyó. Salí de la habitación sintiéndome como si llevara puesta la tienda de un nómada. Aunque veía bastante bien si miraba al frente a través del encaje, no tenía visión lateral. No estaba acostumbrada a usar el chador, salvo para ir a la mezquita, y me lo pisé varias veces hasta que aprendía mantenerlo por encima de los tobillos.

Mientras avanzaba con paso vacilante por el pasillo, Gordiyé dijo:

— Al principio, todo el mundo se dará cuenta de que no eres de la ciudad. Pero muy pronto aprenderás a moverte con tanta suavidad y ligereza como una sombra. Cuando entramos en el biruni, Gostaham me felicitó por mi nuevo atuendo, e incluso mi madre aseguró que no me reconocería en medio de una multitud. Gordiyé y yo fuimos caminando hasta la casa de Nahid, que estaba en el barrio de los Cuatro Jardines, a unos minutos. El paseo fue reparador, pues el sah Abbas había hecho construir una gran avenida flanqueada por jardines y estrechos canales de agua que atravesaba el barrio. La calzada era lo bastante amplia para que veinte personas caminaran por ella de lado a lado, y estaba bordeada de plátanos, cuyo follaje formaba un sombrío dosel verde en primavera y verano. La avenida conducía al Río Eterno y al puente de los Treinta y Tres Arcos, y desde allí se divisaban las montañas Zagros, con sus irregulares cimas cubiertas de nieve. Las mansiones ante las que pasábamos tenían jardines que parecían parques y, comparadas con las pequeñas y apretujadas viviendas de mi aldea, se me antojaban palacios. Oculta bajo el piché, me sentía libre para observar a las personas con que me cruzaba, pues nadie sabía adónde miraba. Un anciano al que le faltaba parte de una pierna mendigaba limosna bajo el cedro que había cerca de la casa de Gostaham. Una muchacha caminaba sin rumbo, mirando repetidamente a un lado y otro, como si

buscara algo demasiado vergonzoso para nombrarlo. A mi izquierda, la cúpula turquesa de la Gran Mezquita se elevaba sobre la ciudad como una bendición, en apariencia más ligera que el aire. Poco después de que apareciera a la vista el puente de los Treinta y Tres Arcos, tomamos por una amplia calle en dirección a la casa de Nahid. En cuanto traspusimos el umbral, nos quitamos los chadores y los piché y se los entregamos a un criado. Me sentíaliviada. Nahid me recordó a una de las princesas de los cuentos que le gustaba contar a mi madre. Llevaba una larga túnica de seda lavanda con un vestido naranja que asomaba por el cuello, las mangas y los tobillos. Era alta y delgada como un ciprés, y sus ropas flotaban libremente cuando se movía. Tenía los ojos verdes — heredados de su madre, Ludmila, que era rusa— y el cabello muy largo y ondulado, parcialmente cubierto por un pañuelo blanco bordado. Sobre el pecho colgaban dos trenzas flojas, y el resto de la melena, que le llegaba casi hasta las rodillas, la llevaba trenzada a la espalda con cintas de seda naranja. Yo deseaba hablar con ella, pero las dos tuvimos que sentarnos y permanecer en silencio mientras nuestros mayores intercambiaban saludos. La madre de Nahid percibió nuestra ansiedad y le dijo:

— Ve, yunam, hija mía, y muéstrale tu trabajo a tu nueva amiga. — Con mucho gusto — dijo Nahid. Mientras me conducía a su pequeño y bonito taller, donde había una alfombra tejida en suaves tonos grises y

azules, me susurró:

— ¡Por fin podremos hablar sin los viejos! — Su

descaro me encantó. Nahid abrió un arcón lleno de papel con trazos negros

y sacó una hoja para mostrármela. Me quedé mirándola un momento antes de darme cuenta de lo que era.

— ¡Alabado sea Alá! — exclamé— . ¡Sabes escribir!

No sólo era hermosa, sino también sabia. Casi nadie en mi aldea sabía leer ni escribir; de hecho, yo jamás

había conocido a una chica que supiera usar una pluma.

— ¿Quieres que te enseñe cómo lo hago?

— ¡Sí!

Nahid hundió una pluma roja en un recipiente de tinta negra y sacudió un poco el líquido sobrante. Cogió un

papel y escribió unas palabras en grandes letras con la facilidad que otorga la larga práctica.

— ¡Mira! — dijo, mostrándome la hoja— . ¿Sabes

qué pone aquí? Hice chasquear la lengua contra los dientes. — Es mi nombre — explicó Nahid.

Contemplé las gráciles letras, que tenían un delicado punto encima y una raya debajo. Era la primera vez que veía escrito el nombre de una persona.

— Toma, para ti — dijo.

Apreté el papel contra mi pecho sin pensar que la tinta me mancharía la ropa.

— ¿Cómo has aprendido?

— Me enseñó mi padre. Me da clases todos los días.

— Sonrió al mencionarlo y comprendí que estaba muy

unida a su baba. Sentí entonces una punzada en el

corazón y aparté la vista— . ¿Qué te ocurre? — preguntó. Le conté por qué habíamos viajado hasta Isfahán desde tan lejos.

— Lamento que vuestra suerte haya sido tan negra

— observó— . Pero ahora que estás aquí, estoy segura de que todo cambiará.

— Dios mediante.

— Debes de echar de menos a tus amigas — dijo,

escudriñando mi rostro.

— Sólo a Goli. Somos amigas desde niñas. ¡Haría cualquier cosa por ella!

Nahid me miró con aire de incertidumbre. — Si Goli te contara un secreto, ¿sabrías guardarlo?

— Hasta la tumba — contesté.

Nahid pareció satisfecha, como si hubiera despejado una importante incógnita sobre mi lealtad.

— Espero que seamos buenas amigas — manifestó.

Sonreí, sorprendida por su rápido gesto de amistad.

— Yo también — respondí— . ¿Puedes escribir más para mí?

— Por supuesto. Toma, coge la pluma tú misma.

¿Quieres aprender? Nahid me enseñó a hacer unas cuantas letras básicas. Yo me mostré torpe y emborroné la hoja, pero ella me aseguró que eso era normal al principio. Después de

practicar durante un rato, Nahid tapó el recipiente de tinta y lo guardó.

— ¡Basta de escribir! — declaró— . Hablemos de

otras cosas. — Me sonrió con tanta complicidad, que enseguida adiviné sus intenciones— . Dime, ¿estás comprometida?

— No — respondí con tristeza— . Mis padres iban a

buscarme marido, pero entonces mi baba… — No pude terminar la frase— . ¿Ytú? — pregunté.

— Todavía no — dijo— , pero pienso comprometerme

muy pronto.

— ¿Quién es el hombre elegido por tus padres? — Lo

he elegido yo misma — puntualizó con una sonrisa triunfal.

— ¿Cómo lo has hecho? — pregunté, atónita.

— No quiero casarme con ningún viejo chivo que

conozcan mis padres, sobre todo después de haber visto al hombre más guapo de Isfahán.

— ¿Ydónde coincidiste con él? — pregunté.

— ¿Me prometes que no se lo contarás a nadie?

— Prometido.

— Tienes que jurarme que jamás soltarás ni una sola palabra sobre ello, o te lanzaré una maldición.

— Te lo juro por el sagrado Corán — dije, asustada por la idea de una maldición. No necesitaba más desgracias. Nahid exhaló un suspiro de placer.

— Es uno de los mejores jugadores de polo de la

Imagen del Mundo. ¡Deberías verlo a caballo! — Nahid se levantó y fingió controlar a un caballo que corcoveaba, haciéndome reír.

— Pero Nahid — dije, preocupada— , ¿y si tu madre se entera?

Ella volvió a sentarse, un poco jadeante.

— No debe saber nada — replicó— , pues rechazará

a cualquier hombre que haya elegido yo.

— ¿Cómo conseguirás lo que te propones, entonces?

— Tendré que ser muy lista — dijo— . Pero no me

preocupa. Siempre encuentro el modo de que mis padres hagan lo que quiero. Y la mayoría de las veces creen que ha sido idea suya.

— ¡Que Alí, príncipe entre los hombres, haga realidad

todas tus esperanzas! — exclamé, sorprendida por su audacia. Pocas jóvenes mostraban tanta seguridad sobre su futuro como Nahid. La admiré por su confianza tanto como por la suavidad y transparencia de su cutis, sus ojos verdes, su túnica de seda lavanda y su habilidad con la pluma. No entendía por qué quería ser amiga mía, cuando yo no era más que una pobre aldeana y ella una joven educada de la ciudad, pero al parecer Nahid era una de esas muchachas que podía establecer sus propias normas para luego romperlas a su antojo. — line/> Al día siguiente, viernes, nos levantamos antes del amanecer y mimos a la cocina para desayunar. Una bonita criada llamada Shamsi nos dio pan caliente y una taza de café, el primero que yo probaba. Su intenso sabor me produjo tanto placer que se me saltaron las lágrimas. ¡No era de extrañar que todo el mundo hablara maravillas de aquellos granos! Si el té despertaba el apetito, el café era lo bastante fuerte para quitarlo. Estaba dulce, pero me

eché otra cucharadita de azúcar aprovechando que nadie me miraba. Empecé a charlar de cosas intrascendentes con mi madre, que tenía las mejillas arreboladas y también parloteaba alegremente como un pájaro. Mientras desayunábamos, entró Gordiyé y nos anunció que sus hijas vendrían de visita con los niños, como todos los días sagrados, y que se necesitaría ayuda para preparar el festín del mediodía. Habría mucho trabajo, puesto que en la casa vivían más personas de las que parecía a primera vista. Había seis sirvientes: la cocinera; AlíAsgar, que se ocupaba de tareas propias de hombres, como matar a los animales; dos criadas, Shamsi y Zohré, que fregaban y limpiaban; un muchacho llamado Samad, cuyo único trabajo consistía en preparar y servir el café y el té; y un chico para los recados, Tagui. Habría que alimentarlos a todos, además de a mi madre y a mí, a Gordiyé, Gostaham, sus hijas y sus nietos, y a todas las posibles visitas. Alí Asgar, un hombre menudo y enjuto con unas manos tan grandes como su cabeza, había sacrificado un cordero en el patio por la mañana y lo había colgado para que se vaciara de sangre. Mientras nosotras pelábamos berenjenas con afilados cuchillos, él despellejó al animal y lo troceó. La cocinera, una mujer delgada cuyas manos nunca descansaban, echó la carne en un caldero que hervía al fuego y añadió sal y cebollas. Mi madre y yo troceamos las berenjenas y les echamos sal para que desprendieran su agrio y oscuro jugo. Gordiyé aparecía de vez en cuando para supervisar

los preparativos. Al ver las berenjenas, que apenas empezaban a sacar jugo, ordenó de malos modos que echáramos más sal. Noté que mi madre se mordía la lengua para no decir lo que pensaba. Obedeció y esperó. — ¡Más! — exigió Gordiyé. Esta vez mi madre echó sal hasta cubrir casi por completo la fuente y Gordiyé le indicó que parara. Cuando la berenjena estuvo lista, la lavamos con agua fría y mi madre la frió en aceite. A medida que los trozos se doraban, yo los secaba con un paño para quitarles la grasa y los dejaba a un lado. La berenjena se colocaría sobre el cordero antes de servirlo para que se empapara del jugo de la carne. Dado que aún faltaban varias horas para la comida, Gordiyé nos pidió que preparáramos un gran cuenco de torshi de verduras, una salsa especiada para acompañar el arroz. La receta llevaba gran cantidad de berenjena, zanahorias, apio, nabos, perejil, menta y ajo, que tuvimos que lavar, pelar y picar, mientras la cocinera medía el vinagre que había preparado previamente y luego lo mezclaba todo. Cuando terminamos, yo tenía las manos cansadas y doloridas. Las hijas de Gordiyé, Mehrbanu y Yahanara, llegaron y pasaron por la cocina para ver qué guisábamos. Mehrbanu, la mayor, de veintidós años, tenía dos hijas que iban vestidas y arregladas como dos muñecas, con túnicas amarillo y naranja, pendientes y brazaletes de oro. Yahanara era un año más joven y tenía un hijo, Mohamad,

un niño de tres años que parecía demasiado pequeño para su edad y que no hacía más que moquear. Ambas mujeres vivían con las familias de sus maridos, pero

visitaban a sus padres una vez a la semana por lo menos. Me presentaron a ellas como hija del hermanastro de su padre, «una pariente lejana», según Gordiyé. — ¿Cuántos de ésos tenemos? — preguntó Mehrbanu a su madre, soltando una carcajada que reveló varios dientes cariados— . ¿Cientos?

— Demasiados para contarlos — contestó Gordiyé. Me sorprendió su displicente respuesta.

— Nuestra familia es tan extensa que mis hijas no llevan la cuenta — explicó Gordiyé a mi madre. Justo en ese momento Shamsi entró en la cocina. — Tu venerado marido ha llegado — anunció a Gordiyé.

— Vamos, que vuestro padre siempre trae hambre

después de la oración del viernes — dijo Gordiyé, y salió con sus hijas. Toda la cocina empezó a bullir de actividad.

— ¡Deprisa! — ordenó la cocinera, tendiéndome unas

telas de algodón— . Extiéndelas sobre las alfombras de la Gran Sala. ¡No te entretengas! Seguí a Gordiyé y sus hijas, que se habían instalado sobre los cojines y charlaban animadamente sin prestarme atención. Yo estaba ansiosa por sentarme y comer con ellas, pero la cocinera me llamó de vuelta a la cocina y me puso en las manos una bandeja de pan caliente y un plato de queso de cabra con menta; a continuación me dio el

plato principal de cordero con berenjena, mientras Zohré se tambaleaba bajo el peso del arroz. Mi madre apareció con un gran cuenco lleno de una bebida fría que había hecho con agua de rosas y albahaca. Volvimos a la cocina, aún sin haber comido. — Será mejor que empecemos a fregar — señaló la cocinera, tendiéndome una cacerola grasienta con restos de berenjena y un trapo. La miré, preguntándome cuándo nos llamarían para comer. Mi madre se remetió bajo el pañuelo unos mechones de pelo y empezó a limpiar la cazuela del arroz. Supuse que no tardarían en llamarnos para que nos uniéramos a la familia. Traté de cruzar la mirada con mi madre, pero ella tenía la cabeza inclinada mientras fregaba y no parecía esperar nada. Cuando hubimos terminado, la cocinera me envió de vuelta a la Sala Grande con un cuenco de agua caliente para que la familia se lavara las manos. Todos habían terminado de comer y se habían recostado cómodamente en los cojines con el estómago repleto. El mío no dejaba de quejarse, pero nadie pareció reparar en ello. Zohré y Shamsi recogieron las bandejas y entonces la cocinera repartió las sobras entre los seis miembros del servicio doméstico, mi madre y yo. Alí Asgar, Tagui y Samad almorzaron en el patio, mientras que las mujeres lo hicimos en la cocina. Aunque estuviéramos comiendo, la cocinera no parecía dispuesta a dejar de trabajar. No bien daba un bocado, se levantaba para limpiar un cucharón o tapar un

recipiente. Sus platos ofrecían una deliciosa combinación de sabores, pero su nerviosismo empañó el placer que proporcionaban. En cuanto terminamos, nos indicó a cada una lo que debíamos hacer para terminar de arreglarlo todo y luego nos envió a descansar. Me arrojé sobre mis mantas con las piernas y los brazos doloridos. Nuestra habitación era tan pequeña que estábamos pegadas la una a la otra.

Me he quedado sin fuerzas — dije, y bostecé con

ganas.

— Y yo — suspiró mi madre— . ¿Te ha gustado la comida, luz de mis ojos?

— Era digna de un sah — respondí, aunque me

apresuré a añadir— : Pero no tan buena como la tuya.

— Era mejor — aseguró ella— . ¿Quién habría

pensado que comerían carne todas las semanas? Una

persona podría vivir sólo con el arroz que sirven para acompañar.

— Alabado sea Alá — dije— . ¿No hacía un año desde la última vez que probamos cordero?

— Por lo menos.

Era agradable disponer de alimentos suficientes durante dos días seguidos.

Bibi— dije— . ¿Y la berenjena? ¡Estaba demasiado salada!

— Dudo que Gordiyé haya tenido que cocinar en todos estos años — respondió mi madre.

— ¿Por qué no le has dicho nada? Mi madre cerró los ojos.

— Hija mía, recuerda que no tenemos otro sitio a

donde ir. Suspiré. Safa tenía razón; ya no éramos dueñas de nuestras vidas.

— Pensaba que Gordiyé nos invitaría a compartir la comida con ellos otra vez — comenté.

Mi madre me miró compasiva.

— Oh, hija a la que amo más que a nadie, una familia

como ésta es muy suya.

— Pero nosotros formamos parte de ella.

— Sí, y si hubiéramos venido de visita con tu padre,

portando regalos y buena fortuna, todo habría sido distinto

— declaró— . Pero como parientes pobres de la segunda

esposa de tu abuelo, no somos recibidas de la misma manera. Sintiéndome más cansada que nunca, cerré los ojos y caí en un profundo sueño. Me pareció que habían pasado

apenas unos instantes cuando la cocinera llamó a nuestra puerta pidiendo ayuda. La familia se despertaría pronto, dijo, y querrían tomar café, fruta fresca y dulces.

— ¡Qué vida más regalada! — musité, pero mi madre permaneció en silencio.

Estaba dormida, con la frente fruncida en un gesto de preocupación. No quise despertarla, de modo que dije a la cocinera que yo me ocuparía del trabajo de las dos.

— line/> Un par de veces al año, el Gran Bazar de Isfahán se cerraba a los hombres y las damas del harén real salían a comprar con toda libertad. Los mercaderes enviaban a sus esposas e hijas para que atendieran el negocio durante

tres días, de manera que todas las mujeres, fueran compradoras o vendedoras, podían pasear por el bazar sin el pesado chador. Gostaham tenía un pequeño puesto donde exponía unas cuantas alfombras, no tanto para venderlas como para recordar al público que aceptaba encargos especiales. Siempre mostraba sus obras más elegantes los días destinados a las mujeres, dado que ellas solían procurarle los pedidos más lucrativos y le permitían afirmar sus contactos dentro del harén. Habitualmente Gostaham enviaba a su hija mayor a atender la tienda durante la visita de las damas del harén, pero en aquella ocasión Mehrbanu enfermó la noche anterior. Gordiyé ocupó su lugar y yo rogué a Gostaham que me permitiera acompañarla. Había oído historias sobre las concubinas del sah, que procedían de todas las regiones del país, como si se tratara de flores para ornato de su palacio. Quería ver lo hermosas que eran y admirar sus ropajes de seda. Tuve que prometer que permanecería callada como un ratón mientras Gordiyé realizara las ventas. El primer día de la visita del harén nos dirigimos hacia la Imagen del Mundo poco antes del amanecer. La vasta plaza, normalmente poblada de vendedores de frutos secos, buhoneros, músicos y acróbatas, era ahora terreno exclusivo de mujeres y palomas. A todos los hombres se les había ordenado que se mantuvieran alejados so pena de muerte, para que no vieran a las mujeres descubiertas. La plaza vacía parecía aún más grande. Me pregunté

cómo iría el sah desde su palacio a su mezquita privada, que estaba en el otro lado de la plaza. Parecía un trecho

muy largo para que lo hiciera andando tan alto dignatario.

— ¿Cómo va el sah a la mezquita? — pregunté a

Gordiyé.

— ¿No lo adivinas? — dijo ella, señalando el suelo.

Me pareció que no había nada de particular en él, y tuve que pensarlo un momento.

— ¿Por un pasadizo subterráneo? — pregunté con

incredulidad, y ella asintió sin pronunciar palabra. Era tal la

inventiva de los ingenieros del sah que habían pensado en todas sus comodidades. Cuando salió el sol, los fornidos guardias del bazar abrieron sus puertas y nos permitieron entrar. Esperamos cerca de allí hasta que las mujeres del harén llegaron en una comitiva de caballos suntuosamente enjaezados. Iban completamente tapadas, sujetándose las riendas con una mano y el chador con la otra. De hecho, no se quitaron estos ropajes ni los piché, desechándolos con alegría y frivolidad, hasta que desaparecieron todos los caballos y los jinetes. Vivían en palacios que apenas se encontraban a unos minutos andando, pero a aquellas damas no se les permitía caminar. En el bazar había miles de tiendas para satisfacer todos los deseos: alfombras, joyas de oro, telas de seda y algodón, bordados, zapatos, perfumes, arreos, artículos de cuero, libros y papel, y en días normales, toda clase de alimentos. Sólo los doscientos fabricantes de babuchas mantendrían ocupadas a las mujeres durante un buen rato.

Aunque oíamos su charla y sus risas, no hablamos con ninguna de ellas hasta el final del día. Yo imaginaba que todas las mujeres del harén serían auténticas bellezas, pero me equivocaba. Las cuatro esposas del sah se encontraban en la quinta o sexta década de su vida. Muchas de las cortesanas llevaban años en el harén y ya no eran hermosas. Y la mayoría ni siquiera tenía curvas generosas. Sin embargo, vi a una joven muy hermosa que me llamó la atención porque nunca había visto un cabello como el suyo, del color del ocaso llameante. Parecía perdida entre sus compañeras y advertí que no hablaba nuestro idioma. La compadecí, pues seguramente era parte de un botín de guerra. — ¡Mira! — dijo Gordiyé con tono de reverencial respeto— . ¡Ahíestá Yamilé! Era la favorita del sah. Unos abundantes rizos negros rodeaban su cara blanca y diminuta en la que los labios destacaban como un capullo de rosa. Llevaba una camisa de encaje abierta desde la garganta hasta el ombligo, que mostraba la curva de sus senos. Por encima se había puesto un vestido de seda de manga larga de un brillante color azafrán. Y para terminar, una holgada túnica de seda roja cuyo cuello abierto revelaba un estampado dorado de cachemira. Se había atado un ancho fajín de color azafrán alrededor de las caderas, que mecía al andar. En torno a la frente llevaba un aro de oro con colgantes de perlas y rubíes, que se agitaban cuando movía la cabeza. — Es el vivo retrato de una joven a la que el sah amó

en su juventud — dijo Gordiyé— . Dicen que se pasa los días haciendo preguntas a las mujeres mayores del harén sobre su predecesora muerta. — ¿Por qué? — Para ganarse el favor del sah. Se pellizca las mejillas a cada momento, porque las de la otra joven eran siempre como dos rosas. Cuando Yamilé llegó a nuestra tienda con su séquito, Gordiyé estaba más nerviosa que un gato. Se inclinó prácticamente hasta el suelo e invitó a las señoras a beber algo. Yo me apresuré a ir en busca de café caliente, porque no quería perderme nada. Cuando regresé, una Yamilé de pálidas mejillas levantaba la esquina de cada alfombra con el dedo índice para examinar los nudos. Después de servirle el café, se sentó y explicó que estaba cambiando la decoración de su sala de estar en el harén. Necesitaría doce cojines nuevos para apoyarse contra la pared, cada uno tan largo como mi brazo y tejido en lana y seda. — Para que él esté cómodo — añadió con elocuente expresión. Encargar unos almohadones a Gostaham era como pagar a un arquitecto para construir un cobertizo, pero Yamilé sólo aceptaba lo mejor de lo mejor. De sus labios brotaron con fluidez los halagos sobre las alfombras del maestro: «La luz del taller del sah, sin la menor duda.» Gordiyé, que debería haber sido inmune a tales halagos, se derritió tan rápidamente como un bloque de hielo al sol. Cuando las dos mujeres empezaron a

regatear, comprendí que había perdido la partida. Ya el primer precio que dio por el encargo era demasiado bajo. Calculé que una persona tendría que trabajar tres meses para tejer aquellos cojines, sin contar el trabajo del diseño. Pero cada vez que Yamilé arqueaba sus elegantes cejas o se pellizcaba las blancas mejillas, Gordiyé reducía el precio o hacía una nueva concesión. Sí, se harían algunos nudos de hilo de plata. No, los cojines no se parecerían en nada a los que había encargado su predecesora. Sí, estarían listos en tres meses. Cuando terminó el regateo, los ojos de Yamilé tenían un brillo de astucia, y por un momento dio la impresión de ser de nuevo la joven aldeana de otros tiempos. Seguro que todas las damas del harén se reirían con ganas cuando ella les contara el magnífico trato que había conseguido ese día. Uno de los eunucos que acompañaban a Yamilé escribió dos copias del acuerdo y estampó en ellas el intrincado sello de cera del sah. El trato quedó cerrado. Cuando cayó la noche, regresamos a casa y Gordiyé se fue directamente a la cama, aduciendo que le dolía la cabeza. En todas las estancias reinaba un extraño silencio, como si aguardaran una catástrofe. Y, en efecto, cuando Gostaham volvió a casa y leyó el acuerdo, fue a la habitación de su esposa y le reprochó a gritos que arruinara su negocio. Al día siguiente, la mujer se vengó quedándose en cama y dejándolo a él a cargo de la casa y las visitas. Desesperado, Gostaham envió a mi madre a encargarse

del puesto y yo la acompañé. No podía haber elegido mejor, pues mi madre conocía el valor de cada nudo. Fue toda una sorpresa para las mujeres más jóvenes del harén, que disponían de menos dinero y se habían enterado del

ventajoso trato obtenido por Yamilé. Durante todo el día, mi madre regateó duramente con aquellas mujeres, que se quejaron de los altos precios, pero aun así aceptaron pagarlos porque también ellas querían alfombras como las de la favorita del sah. Por la noche, cuando Gostaham vio los tratos obtenidos por mi madre, alabó su habilidad comercial.

— Has conseguido buenos beneficios a pesar de las

artimañas de Yamilé — dijo— . ¿Qué puedo ofrecerte como recompensa por tu esfuerzo?

Mi madre pidió un par de zapatos nuevos, pues los

que llevaba estaban reventados tras el viaje por el desierto.

— Dos pares de zapatos nuevos, pues, uno para

cada una — prometió él. Yo esperaba tener la oportunidad de pedir a

Gostaham lo que realmente deseaba, y me pareció el momento idóneo.

— Te agradezco mucho los zapatos — intervine— ,

pero preferiría que me llevaras a ver el taller de alfombras.

Él pareció sorprendido.

— No creía que ninguna muchacha pudiera resistirse

a unos zapatos, pero de acuerdo: te llevaré cuando el bazar vuelva a la normalidad. Esa noche, mi madre y yo nos acostamos jubilosas.

Mientras extendíamos las mantas, cuchicheábamos sobre

las peculiaridades de la casa en que nos tocaba vivir.

— Ahora entiendo por qué Gordiyé usa las hojas de té dos veces — dijo mi madre.

— ¿Por qué? — pregunté.

— Porque no sabe llevar la casa. Se le escapan las

riendas en alguna que otra situación y luego intenta compensarlo. — Tendrá que reutilizar muchas hojas de té para compensar las pérdidas por los cojines de Yamilé

— observé— . Qué mujer tan extraña. — Extraña no es la palabra. Tendremos que demostrar a Gordiyé que sabemos trabajar y no somos

despilfarradoras. Al fin y al cabo, Gostaham no ha dicho cuánto tiempo podemos quedarnos.

— ¡Pero ellos tienen mucho!

— Sí — admitió mi madre— , pero ¡qué importa eso

si tienes siete gallinas en el gallinero y te comportas como si sólo tuvieras una! Mis padres siempre habían defendido el punto de vista opuesto. «Alá proveerá», solía decir mi padre. Puede que fuera igualmente engañoso, pero era un modo de vivir mucho más agradable.

— line/> Unas semanas más tarde, después de cubrirme con el piché y el chador, Gostaham y yo salimos de casa en dirección a su taller, cerca de la Imagen del Mundo. El día era apacible y en el barrio de los Cuatro Jardines empezaban a notarse los primeros signos de la primavera.

Los árboles echaban sus primeras hojas y en los jardines florecían los jacintos violetas y blancos. Sólo faltaba una semana para el Año Nuevo, que se celebraría en el equinoccio de primavera, a las cinco y veintidós minutos de la mañana, en el momento preciso en que el sol cruzara el ecuador celeste. Gostaham aguardaba con impaciencia el Año Nuevo, porque sus trabajadores y él se tomarían dos semanas de vacaciones. Empezó a hablarme de sus proyectos. — Ahora mismo estamos trabajando en una alfombra que tiene setenta nudos por ray— dijo con orgullo. Me detuve tan repentinamente que un conductor de muías con un cargamento de cacharros de hojalata me gritó que me apartara. Un ray medía aproximadamente lo mismo que mi dedo corazón. Mis alfombras podían tener hasta treinta nudos por ray, pero no más. Me costaba imaginar que existiera una lana tan fina como para obtener tantos nudos, o dedos tan ágiles como para hacerlos. Gostaham rió al ver mi asombro. — Yalgunas son más finas incluso — añadió. El taller de alfombras real se encontraba en un espacioso edificio cerca del Gran Bazar y del palacio del sah. La sala principal era amplia, de techo alto y muy luminosa. En cada telar había dos, cuatro o incluso ocho trabajadores, y muchas de las alfombras que se estaban tejiendo eran tan largas que tenían que enrollarse al pie del telar para poder seguir trabajando en ellas. Los hombres parecieron sorprenderse de ver a una mujer en el taller, pero al constatar que acompañaba a

Gostaham desviaron la mirada. Casi todos eran menudos — es bien sabido que los mejores tejedores lo son— , pero tenían las manos más grandes que yo, y aun así conseguían nudos que apenas se veían. Me pregunté si algún día sería capaz de hacerlos aún más pequeños. El dibujo de la primera alfombra que observamos me recordó los Cuatro Jardines, el barrio cercano al hogar de Gostaham. Representaba cuatro vergeles cuadrados divididos por canales de agua en los que crecían rosas, tulipanes, azucenas y violetas tan hermosos como los de verdad. Un único melocotonero de blancas flores dominaba las cuatro secciones, dando vida a otras tantas almácigas. Era como contemplar la naturaleza misma, alimentando y renovando su propia belleza. En el siguiente telar donde nos detuvimos, el diseño de la alfombra era tan abigarrado que al principio mis ojos no lograron interpretarlo. El motivo más visible era un disco rojo con rayos de los que surgían diminutas flores de color añil y turquesa perfiladas de blanco. De manera increíble, los tejedores habían hecho una capa aparte de enredaderas y otra capa simultánea de arabescos delicados como un soplo de aire. A pesar de la complejidad de los motivos, éstos no interferían entre sí, y la alfombra parecía tener vida propia. — ¿Cómo consiguen hacerla tan fina? — pregunté. Gostaham rió amablemente. — Toca una madeja — indicó. Me puse de puntillas para alcanzar la bola azul celeste que colgaba de lo alto del telar. El hilo era más suave y fino

que la lana que yo usaba en casa.

— ¿Es seda? — pregunté.

— Sí.

— ¿De dónde procede?

— Hace mucho tiempo, un par de monjes cristianos

que querían granjearse el favor de nuestros conquistadores mongoles introdujeron unos cuantos capullos de contrabando en Irán. Ahora es el producto que más exportamos; incluso vendemos más que los chinos — explicó con una risita. Iraj, el encargado de la alfombra con el sol rojo, llamó

a los trabajadores. Cuando estuvieron instalados en sus

cojines, se acuclilló tras el telar y empezó a recitar la

secuencia de colores que se necesitaban para una flor blanca y azul. La alfombra era simétrica, por lo que los tejedores trabajaban en flores similares pero en extremos

opuestos del telar. Cada vez que Iraj anunciaba un cambio de color, dos pares de manos alcanzaban la seda simultáneamente y hacían el nudo. Con la mano derecha los hombres sujetaban un cuchillo que usaban para cortar

el hilo de la madeja, una vez hecho el nudo.

— Abdulá — dijo Iraj bruscamente— , vuelve atrás. Te

has saltado el cambio a blanco. El trabajador soltó un reniego y cortó unos cuantos nudos con el cuchillo. Sus compañeros se desperezaron mientras él corregía el error. Luego el sonsonete volvió a empezar y los tejedores prosiguieron con su labor. De vez en cuando, el encargado consultaba unas hojas de papel.

— ¿Por qué tienen el diseño por escrito en lugar de aprendérselo de memoria? — pregunté.

— Porque es una guía exacta de dónde ha de

aparecer cada nudo y cada color — contestó mi guía— . El

resultado está tan cerca de la perfección como le es posible a un ser humano. En mi aldea, yo siempre tejía los motivos de cabeza, inventando pequeños detalles a medida que iba avanzando. Estaba acostumbrada a considerarme una buena tejedora, aunque mis alfombras no fueran absolutamente simétricas y a menudo las formas curvas de pájaros, animales o flores parecieran más cuadradas

que redondas. Pero al contemplar la obra de los auténticos maestros, deseé aprender todo lo que ellos sabían. Antes de regresar a casa, Gostaham decidió comprobar qué tal iban las ventas en el bazar. Recorrimos las sinuosas callejas del mercado, pasando por delante de hammams, mezquitas, caravasares, escuelas, pozos y tiendas donde se ofrecía todo aquello que el hombre hubiera fabricado o utilizado alguna vez. Los olores que flotaban en el ambiente me indicaban qué sección atravesábamos. Las distintas fragancias cosquilleaban la nariz, sobre todo a canela, al intenso aroma de cuero que usaban los fabricantes de babuchas, a la sangre de corderos recién degollados del mercado de carne, a la frescura de las flores que pronto se destilarían en esencias.

— Llevo veinte años trabajando aquí — me dijo un

mercader de alfombras— , y aún hay partes del bazar en

las que jamás he puesto los pies. No dudé de sus palabras. Cuando Gostaham recogió los encargos de su

puesto, fuimos a ver las alfombras de otros mercaderes.

De pronto me fijé en una que me suscitó una exclamación.

— ¡Mira! — señalé— . ¡Ésa es la alfombra de la que

hablaba mi madre, la que le vendíal mercader! La pieza colgaba a la entrada de una tienda. Gostaham se acercó y la palpó con dedos expertos. — Los nudos están apretados y bien hechos

— ponderó— . Es un buen trabajo, aunque se notan sus raíces campesinas. — El motivo es un poco desigual — admití. Sus

defectos me parecían evidentes ahora que había visto trabajos mejores. Gostaham contempló el diseño con detenimiento.

— ¿En qué estabas pensando cuando elegiste los

colores? — preguntó.

— Quería que se saliera de lo corriente — contesté

— . En general las alfombras de mi aldea sólo tienen tonos

marrones, además de rojo y blanco.

— Entiendo — asintió él, y su expresión me hizo temer que no hubiera elegido acertadamente.

Gostaham preguntó el precio al mercader. Al oír su respuesta, me quedé muda unos instantes.

— ¿Qué ocurre?

— Es carísimo, es como si me pidieran la sangre de

mi padre — protesté airadamente— . Si nos hubieran

pagado tanto, posiblemente habríamos podido quedarnos

en la aldea.

Gostaham meneó la cabeza con tristeza. — Merecías mucho más.

— Gracias — dije— , pero ahora que he visto tu taller, sé que me falta mucho por aprender.

— Aún eres muy joven — replicó.

En ese momento me ruboricé, pues sabía

exactamente lo que quería y esperaba que él lo captara. — ¿Me enseñarás? — pedí.

— ¿Qué más quieres saber? — preguntó Gostaham,

sorprendido.

— Todo. Cómo consigues motivos tan hermosos y les

das color como si fueran imágenes del cielo. Gostaham reflexionó unos instantes.

— No he tenido ningún hijo varón a quien enseñar mi

oficio — dijo— . Ninguna de mis hijas necesitó aprenderlo.

¡Qué lástima que no seas chico! Tienes la edad adecuada para ser aprendiz en el taller. Yo ya sabía que no tenía la menor posibilidad de trabajar entre aquellos hombres.

— Tal vez podría ayudarte con tu trabajo en casa… si consideras que soy lo bastante hábil — propuse.

— Ya veremos.

Su respuesta no fue tan alentadora como yo

esperaba. Él también había rogado a su maestro que le enseñara, pero parecía haberlo olvidado.

— ¿Puedo ver cómo diseñas los cojines de Yamilé?

— pregunté— . Te prometo que ni siquiera te darás cuenta de mi presencia. Te llevaré el café cuando estés cansado

y te ayudaré en todo lo que pueda. Al sonreír, el rostro de Gostaham se suavizó y sus amables ojos parecieron aún más caídos.

— Si realmente quieres hacerlo, primero has de

preguntar a Gordiyé si tus tareas domésticas van a dejarte tiempo libre — contestó— . Yno te sientas mal por lo de tu alfombra. Los precios son mucho más altos en la ciudad. Además, ten en cuenta que si piden un precio tan alto y la exponen de esa manera es por lo mucho que la valoran. Sus palabras me animaron y de pronto se me ocurrió

una idea. Podía hacer otra alfombra para venderla, y quizá así conseguiría todo el dinero que se había embolsado Hassan. — line/> Aquella tarde encontré a Gordiyé en sus habitaciones, examinando unos rollos de seda que le había llevado un mercader. Éste jamás la había visto, por supuesto; le entregaba las telas por medio de los criados y aguardaba en el biruni a que ella eligiera. Los dedos de Gordiyé se habían detenido en un rollo de tela con un motivo de hojas otoñales en tonos rojizos y ocres.

— ¡Mira esto! — dijo— . ¿No quedaría perfecta en

una bonita túnica larga para cuando refresque? Yo, que aún iba de luto, sólo podía imaginar cómo me sentiría llevando algo tan precioso. Tras admirar la gruesa seda, le hablé de mi visita al taller y le pregunté si me permitiría observar a Gostaham cuando él trabajara en casa. Después de haber visto cómo se derretía con los

halagos de Yamilé, salpiqué mi petición de frases admirativas sobre la maestría de Gostaham en el arte de tejer alfombras. — ¿Por qué quieres perder el tiempo de esa manera? — preguntó Gordiyé, dejando a un lado la seda con reticencia— . Jamás se te permitirá aprender en un

taller lleno de hombres, y tampoco podrías realizar tan excelente trabajo sin un ejército de especialistas.

— Aun así quiero aprender — me obstiné, notando

que tenía los dientes apretados. Mi madre decía siempre que cuando no me salía con la mía parecía una muía. La mujer dudaba. Recordando las palabras de mi madre unas cuantas noches antes, me apresuré a añadir:

— Tal vez algún día seré lo bastante hábil para ayudar

a Gostaham con pequeñas tareas para sus encargos. De

ese modo aliviaré un tanto la carga que supone para él y para tu casa. Esa idea pareció complacerla, pero aún no estaba dispuesta a ceder.

— Siempre hay más trabajo que manos en la cocina — objetó. Yo tenía la respuesta a punto.

— Prometo hacer todo lo que me mande la cocinera, como ahora. Seguiré ayudando igual. Ella devolvió su atención a las sedas.

— En ese caso — dijo— , dado que mi marido ha

dado su aprobación, puedes aprender de él, pero sólo si cumples con tus deberes. Me sentí tan contenta que prometí trabajar más de lo normal, aunque ya estaba tan atareada como cualquier

doncella. Durante la semana siguiente me afané muchas horas junto a mi madre, Shamsi, Zohré y la cocinera para preparar la fiesta del Año Nuevo. Fregamos la casa de arriba abajo y aireamos todas las mantas, levantando las

camas para limpiar y pulir el suelo. Llenamos la casa con jarrones de flores y montañas de frutos secos, frutas y pasteles. Limpiamos tantas verduras como las que crecían en todo un huerto para el tradicional plato de Año Nuevo hecho de pescado blanco asado con menta, cilantro y perejil. El día de Año Nuevo, el ruido de los criados nos despertó a mi madre y a mí en medio de la noche. A las cinco y veintidós minutos de la mañana nos besamos en las mejillas y lo celebramos con café y pasteles de agua de rosas. Gostaham y Gordiyé entregaron monedas de oro

a sus hijas y ofrecieron una pequeña gratificación a los

miembros del servicio doméstico. Yo di las gracias a Alá por habernos permitido sobrevivir el último año y guiarnos

a una casa donde podía aprender tantas cosas.

— line/> El taller que Gostaham tenía en casa se encontraba en el biruni. Era una habitación sencilla con alfombras y cojines en el suelo y nichos en la pared para papel, tinta, plumas y libros. Dibujaba sus motivos sentado en un cojín con las piernas cruzadas y una tabla de madera sobre el regazo. Me reuní con él por primera vez el día que diseñaba los almohadones de Yamilé y observé cómo dibujaba un jarrón de tulipanes parcialmente rodeado por

una guirnalda. Me maravilló lo naturales que parecían sus diseños y lo deprisa que surgían de su pluma. Gostaham decidió que los pétalos serían amarillos y rosas, con hojas de un verde claro sobre un fondo negro. El perfil de las flores se haría con hilo de plata, tal como había prometido Gordiyé. Cuando comenté la rapidez con que diseñaba los cojines, se limitó a decir:

— Este encargo me ha costado ya más de lo que

vale. Al día siguiente desdobló una hoja de papel en la que uno de sus ayudantes había trazado una cuadrícula. Con gran cuidado, dibujó sobre ella el motivo de tulipanes con tinta negra y lo pintó con acuarelas. La cuadrícula seguía visible bajo el motivo, dividiendo el dibujo en miles de diminutos cuadrados de color, cada uno de los cuales representaba un nudo. Con esta guía en la mano, el diseñador podía vocear los colores o el tejedor los leería por símismo, tal como un mapa orienta a los viajeros. Cuando terminó, le rogué que me pusiera una tarea para practicar. Lo primero que me enseñó fue a dibujar una cuadrícula. Me llevé pluma y tinta a mi cuarto y practiqué en el suelo. Al principio tuve dificultades en controlar la cantidad de tinta. Sólo me salían borrones y manchas, y mis trazos irregulares se torcían. Pero no tardé en aprender a mojar la pluma correctamente, eliminar el exceso de tinta y trazar una línea limpia y recta, por lo general conteniendo el aliento. El trabajo era tedioso; una hoja de papel me llevó casi toda una tarde, y al levantarme tenía las piernas entumecidas y doloridas.

Cuando conseguí completar una cuadrícula correcta, Gostaham me recompensó regalándome una pluma. Estaba hecha de juncos de las marismas cercanas al mar Caspio. Aunque era casi tan ligera como una pluma de ave, para mí fue un regalo más valioso que el oro. A partir de entonces, Gostaham me encargó las cuadrículas que utilizaba para los motivos de sus encargos personales. También empecé a practicar mis habilidades para el dibujo con los esbozos de guirnaldas, hojas, flores de loto, nubes y animales que me daba Gostaham para que copiara. Lo que más me gustaba era copiar los dibujos más intrincados, que parecían flores dentro de flores dentro de flores. Más adelante, cuando adquirí seguridad, Gostaham me dio el motivo que había dibujado para los cojines de Yamilé y me indicó que lo copiara del revés, de modo que el ramo de tulipanes se inclinara hacia la derecha en lugar de la izquierda. A menudo las alfombras más grandes tenían motivos que primero se inclinaban hacia un lado y luego hacia el otro, de modo que el diseñador tenía que saber dibujarlo de las dos maneras. Todas las tardes, mientras los demás dormían, yo practicaba mis dibujos. Cantaba canciones populares de mi aldea mientras trabajaba, feliz de aprender algo nuevo. — line/> Siempre que tenía tiempo, visitaba a Nahid. Nos estábamos haciendo muy amigas, ahora que no sólo compartíamos un secreto, sino dos. Tras mi primera experiencia al ver escrito su nombre,

le había pedido que me enseñara a escribir. Ella me daba clases en su estudio siempre que la visitaba. Si entraba

alguien para hablar con nosotras, yo fingía estar dibujando. No era normal que una joven aldeana aprendiera a escribir. Empezamos con la letra alef. Era sencilla, apenas tardé un segundo en trazarla.

— Es larga y alta como un minarete — explicó Nahid,

que siempre pensaba en formas que me ayudaran a recordar las letras. Alef. La primera letra de la palabra «Alá». El principio de todo. Llené una hoja de trazos altos y rectos, mirando a Nahid de reojo. A veces curvaba un poco el trazo al final de

la letra para indicar un sonido largo y grave en la garganta. Cuando mis esfuerzos merecieron la aprobación de Nahid, me enseñó la letra bé, que era curvada como un cuenco, con un punto debajo. Aquella letra era más difícil. Mis bes parecían infantiles y sin gracia comparadas con las suyas. Pero ella se dio por satisfecha con mis esfuerzos.

— Ahora escríbelas juntas, alef y bé, y tendrás la mayor bendición de nuestra tierra — dijo Nahid.

Lo hice y formé con los labios la palabra ab: «agua».

— Escribir es igual que hacer alfombras — comenté.

— ¿Qué quieres decir? — preguntó Nahid con un deje

despectivo. Ella jamás había hecho una alfombra, por

supuesto. Dejé la pluma para explicarme.

— Las palabras se forman letra a letra, del mismo

modo que las alfombras se confeccionan nudo a nudo. Si combinas diferentes letras, éstas forman diferentes

palabras, y lo mismo ocurre cuando combinas los colores para crear distintos motivos.

Pero la escritura procede de Dios — objetó mi

amiga.

Él nos dio las treinta y dos letras — repliqué,

orgullosa de mis nuevos conocimientos— , pero ¿cómo

explicas que nos diera más colores de los que podemos contar?

— Supongo que tienes razón — dijo Nahid, pero por

su tono comprendí que para ella la escritura era superior a

otras artes, igual que para la mayoría de la gente. Respiró hondo y suspiró.

— Debería hacer mis ejercicios — se quejó. Su padre

le había dado un libro de caligrafía que debía copiar antes de dibujar un león con la frase Alá hu Akbar. «Alá es grande»— . Pero ya no aguanto más sentada — añadió, paseando sus verdes ojos por la habitación— . Tengo demasiadas cosas en que pensar.

— ¿No tendrá algo que ver con un apuesto jugador de

polo?

— He averiguado su nombre: Iskandar — dijo Nahid,

pronunciándolo con deleite.

— ¿Yqué hay de su familia?

— No lo sé — respondió ella, desviando la mirada.

— ¿Ysabe él quién eres tú? — pregunté, sintiéndome

celosa. Nahid esbozó su preciosa sonrisa.

— Creo que empieza a saberlo — contestó.

— ¿Cómo?

— La semana pasada fui a la Imagen del Mundo con

una amiga para ver el partido de polo. Iskandar marcó tantos puntos para su equipo que los espectadores

estaban entusiasmados. Después del partido, me acerqué

a donde felicitaban a los jugadores y fingíconversar con mi amiga hasta que me aseguré de que se fijaba en nosotras. Entonces me subí el piché como si necesitara ajustármelo

y le mostré el rostro.

— ¡No puede ser!

— Sí — dijo Nahid, triunfante— . Él se quedó mirándome y fue como si su corazón se hubiera convertido en pájaro y hallado el lugar idóneo para anidar. No podía

dejar de mirarme, incluso después de que volvía cubrirme.

— Pero ahora, ¿cómo va a encontrarte?

— Tendré que seguir yendo a los partidos hasta que sepa quién soy.

— Ve con cuidado — la advertí.

Nahid me miró con los ojos un poco entornados, como si no estuviera segura de confiar en mí.

— Tú no se lo dirías a nadie, ¿verdad?

— Por supuesto que no, ¡soy tu amiga!

Nahid no parecía convencida. De pronto, dio media vuelta y llamó a un criado, que no tardó en presentarse con un refrigerio. Nahid me ofreció una taza de café y una bandeja de dátiles. Dado que habría sido una descortesía no aceptar, elegí un dátil pequeño y me lo llevé a la boca. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no esbozar una

mueca infantil de repugnancia. Me lo tragué rápidamente y expulsé el hueso. Nahid me miraba atentamente.

— ¿Estaba bueno?

Una frase tópica acudió a mis labios: «Tu hospitalidad

avergüenza a tu humilde servidora», pero no pasó de ahí. Cambié de posición en el cojín y bebí un buen sorbo de café, mientras pensaba en qué decir.

— Estaba amargo — comenté al fin.

Nahid rió con tantas ganas que su esbelta figura se agitó como un ciprés azotado por el viento.

— ¡Eres de lo que no hay! — exclamó.

— ¿Qué otra cosa podía decir, sino la verdad?

— pregunté.

— Ni te lo imaginas — contestó— . Ayer serví los

mismos dátiles a unas amigas mías, incluida la que me acompañó al partido de polo. Se comió uno y dijo: «Los dátiles del paraíso deben de ser como éstos», y otra añadió: «Pero éstos son más dulces.» Probé uno cuando

se fueron y descubrí la verdad. — Suspiró— . Estoy harta de tanto taarof— murmuró— . Ojalá la gente fuera más sincera.

— La gente de mi aldea tenía fama de ser muy franca — comenté, pues no se me ocurría qué más decir.

— Ése es uno de los rasgos que me gustan de ti.

Justo antes de que me levantara para marcharme,

Nahid me preguntó si podía hacerle un favor especial.

— Es sobre los partidos de polo — indicó— . Mi

amiga tiene miedo de volver a acompañarme. ¿Vendrías

tú en su lugar?

Imaginé que los partidos estarían llenos de hombres jóvenes que se juntarían en grupos para animar a sus

equipos favoritos. Aunque yo era nueva en la ciudad, sabía que no era un lugar adecuado para que fuera una joven casadera sola.

— ¿No te preocupa lo que pensarían tus padres si se enteraran?

— No lo entiendes; tengo que ir — replicó con una mirada suplicante.

— Pero ¿cómo evitaremos que se enteren nuestras familias?

— Yo diré que voy a visitarte a ti, y tú dirás a tu familia que vienes a visitarme a mí. Llevaremos chador y piché, asíque nadie nos reconocerá cuando salgamos.

— No sé — vacilé.

Una expresión de desdén pasó por la mirada de Nahid, y pensé que debía de considerarme una persona

pobre de espíritu. No quería que tuviera aquella opinión de mí, de modo que accedí a acompañarla y ayudarla a atraer

a su amado.

— line/> Me había sorprendido la audacia de Nahid al mostrar su rostro al hombre al que admiraba. Sin embargo, apenas unos días más tarde yo misma me expuse ante un hombre al que jamás había visto. Era un jueves por la tarde y yo regresaba del hammam con el pelo aún húmedo. En cuanto traspasé la alta y pesada puerta de la casa de Gostaham, me quité el chador, el piché y el pañuelo de la

cabeza y sacudí la cabeza. No me fijé en que había un desconocido esperando a que Gostaham lo recibiera; el criado debía de haber ido a buscarlo. El hombre llevaba un turbante multicolor con hilo de oro y una casaca larga de

seda azul sobre una túnica naranja pálido. Percibí un leve olor a hierba y caballos.

— ¡Ya, Alí! — exclamé, tal fue mi sobresalto.

El desconocido debería haber tenido la cortesía de

apartar la vista, pero se quedó observando, disfrutando de

mi sorpresa y turbación. — ¡Pero bueno, no se quede ahí mirando! — le

espeté, y me refugié rápidamente en el andaruni, la parte

de la casa en que las mujeres estaban a salvo de miradas

masculinas. El hombre estalló en risas a mi espalda. ¿Quién era aquel individuo tan insolente? No había nadie cerca a quien preguntar. Pensando en averiguarlo, subí corriendo al segundo piso, que era poco más que un corredor para acceder al tejado. Lo usábamos para salir a

tender la ropa. Al igual que el resto de las mujeres de la casa, había descubierto la existencia de un diminuto recoveco junto a la escalera, donde podía ocultarme para observar lo que ocurría en la Gran Sala. Las flores y enredaderas de yeso que adornaban las paredes formaban una celosía desde donde se podía ver y escuchar. Al escudriñar el interior de la estancia, vi al desconocido de elegante indumentaria sentado en el lugar

de honor, y oíque Gostaham le decía:

— … profundamente honrado por ser el instrumento

de tus deseos. Jamás le había oído hablar con tanto respeto a nadie, y sobre todo a un hombre mucho más joven que él. Esperaba no haber insultado a una persona importante. Miré al visitante con mayor detenimiento. Su esbelta figura, su elegante porte y su piel tostada por el sol sugerían que se trataba de un jinete entrenado. Sus cejas, espesas y enmarañadas, se unían sobre unos ojos en forma de media luna. La larga nariz se curvaba hacia los labios, que eran carnosos y muy rojos. Llevaba la barba muy corta. No era guapo, pero tenía la belleza poderosa de un leopardo. Mientras Gostaham hablaba, el visitante daba chupadas a su pipa de agua, entornando los ojos con deleite al inhalar el humo. Hasta mi escondite llegaba el aroma del tabaco dulce curado con fruta y me cosquilleaba la nariz. El anfitrión hacía todo lo posible para que su huésped se sintiera cómodo, invitándolo a conversar sobre sus recientes viajes. — La ciudad entera habla de las hazañas del ejército en el norte — dijo— . Me sentiría sumamente honrado si nos contaras lo sucedido. El visitante relató que cien mil otomanos habían atacado con cañones la fortaleza que protegía la frontera noroeste del país. Ocultos en túneles, habían disparado los cañones contra sus puertas. — Durante muchos días creímos que Alá había decidido inclinar la victoria del otro lado — añadió. Saliendo de la fortaleza, el visitante había atravesado las líneas otomanas al mando de un grupo de hombres

para ir en busca de víveres que les permitieran resistir el asedio. Al cabo de dos meses y medio, los otomanos habían empezado a sucumbir de hambre. Unos cuarenta

mil soldados habían muerto cuando por fin su ejército inició

la retirada.

— Dentro de la fortaleza, también se empezaba a

pasar hambre — prosiguió el desconocido— . Hacia el final, no comíamos más que pan hecho con harina infestada de gorgojos. Tras una campaña de seis meses,

doy las gracias por poder comer pan caliente horneado en

mi propia casa.

— Como le ocurriría a cualquier hombre — observó Gostaham.

El visitante hizo una pausa para inhalar el humo de la pipa de agua.

— Por supuesto, un hombre nunca sabe lo que

ocurrirá en la batalla — dijo luego— . Tengo una hija de tres años a la que quiero más que a mi propia vida. Enfermó de cólera en mi ausencia, y se ha curado sólo por la gracia de Dios.

— Alhamd Alá.

— Como padre, estoy obligado a dar limosna para agradecer su curación.

— Es el deber de todo buen musulmán — convino

Gostaham.

— La última vez que visité la Madraza de los Cuatro

Jardines — explicó el visitante— , me fijé en que algunas alfombras estaban muy raídas. — Dio una chupada a la pipa y exhaló el humo lentamente, mientras Gostaham y yo

esperábamos a que continuara— . Pero aunque la pieza esté destinada a mayor gloria de Alá, tengo una petición especial — prosiguió— . La

alfombra se hará para dar las gracias por la recuperación de mi hija, y quiero que contenga talismanes para protegerla en el futuro.

— Con la gracia de Alá — dijo Gostaham— , tu hija se

verá libre de enfermedades para siempre. En aquel momento, oí que Gordiyé me llamaba, de modo que tuve que abandonar mi escondite. Esperaba

que luego ella me contara más cosas. La encontré en el patio examinando la carga de pistachos de Kerman que Alí Asgar descargaba de los burros y llevaba a la despensa. Necesitaban un par de manos más.

— ¿Quién es nuestro visitante? — pregunté.

— Fereidun, el hijo de un rico tratante de caballos

— respondió ella— . No podríamos hacer nada mejor por nuestro futuro que llegar a su corazón.

— ¿Es… muy rico? — pregunté, tratando de valorar

hasta qué punto podía ser un hombre importante.

— Sí. Su padre cría en el norte algunos de los mejores

corceles árabes del país. Antes era sólo un ganadero,

pero ahora que todo el mundo quiere poseer un caballo de categoría, ha ganado muchísimo dinero. Nadie en mi aldea tenía un caballo de categoría, pues cualquier jamelgo valía más de lo que la gente podía permitirse. Supuse que Gordiyé se refería a las familias más prósperas de Isfahán.

— La familia de Fereidun está comprando casas por

todo el país, y todas necesitarán alfombras — añadió Gordiyé— . Si le complacemos, podríamos ganar una fortuna sólo con sus encargos. Luego me ofreció unos pistachos mientras descargábamos los pesados sacos. Los frutos estaban muy buenos, pero yo me sentía algo turbada. Me ocurría a menudo que hablaba de forma indiscreta. Ahora que estaba en la ciudad, tenía que aprender a refrenar la lengua, pues me costaba distinguir a un hombre poderoso de un criado. Más tarde, Gordiyé me contó que Fereidun había encargado una alfombra y que había prometido pagar muy buen precio. Me sentí tan aliviada que me ofrecí a ayudar a Gostaham en todo lo que fuera posible. Para celebrar su buena suerte, la señora de la casa me excusó de la mayor parte de las tareas domésticas y fui a ver a Nahid. Tras la visita de Fereidun, el maestro dejó de lado el resto de los encargos y empezó a trabajar en el nuevo diseño, y yo fui a su taller para observarlo dibujar. Esperaba que los motivos surgieran de su mano con tanta facilidad como en el caso de los cojines de Yamilé, pero era como si un demonio se hubiera apoderado de su pluma. Se pasó horas trabajando, pero al final le dio la vuelta a la hoja y volvió a comenzar. El nuevo dibujo le gustó tan poco como el primero, de modo que estrujó la hoja y la arrojó al otro lado de la habitación. Las manos de Gostaham quedaron manchadas de tinta y pronto el suelo del taller estuvo cubierto de motivos desechados. Cuando un criado trató de limpiarlo todo,

Gostaham bramó:

— ¿Cómo voy a terminar mi trabajo si no dejáis de molestarme? De vez en cuando se levantaba y revisaba las hojas descartadas en busca de inspiración. La única razón por la que toleraba mi presencia era que yo mantenía un escrupuloso silencio. Cuando él necesitaba más papel, yo le preparaba una hoja del tamaño adecuado, y cuando se le acababa la tinta, me apresuraba a rellenar el frasco. Si parecía cansado, iba a buscarle café y dátiles para que recuperara las fuerzas. Unos días más tarde, cuando Gordiyé vio aquel desorden, probó con una nueva táctica y se quejó de lo que costaba el papel. — ¡Mujer, fuera de aquí! — aulló el marido— . ¡Esta alfombra no es para un hombre cualquiera! Mientras Gostaham estaba absorto en sus dibujos, pensé en los talismanes que Fereidun había solicitado para su alfombra. En mi aldea solíamos tejer toda clase de símbolos, como gallos para aumentar la fertilidad, o tijeras que servían de protección contra los malos espíritus. Pero los símbolos campesinos resultarían poco adecuados en la ciudad, y en cualquier caso, una alfombra destinada a un colegio religioso no podía mostrar criatura viviente alguna, excepto árboles, plantas y flores, para evitar el culto idólatra. Una tarde, cuando Gostaham desechó una nueva hoja de papel y salió del taller hecho una furia, me llevé la mano al cuello y acaricié una joya que mi padre me había dado

como protección contra el mal de ojo. Era un triángulo de plata con una cornalina sagrada en el centro, y a menudo la tocaba para sentir su bendición. Aunque sabía que no debía hacerlo, cogí la pluma y el papel de Gostaham y empecé a dibujar. En realidad no pensaba en nada, sólo disfrutaba de la sensación de la pluma deslizándose sobre la hoja al tiempo que observaba cómo trazaba la forma de

un triángulo con un círculo en el centro, idéntico al de mi collar. De la parte inferior del triángulo colgué delicados objetos con forma de cuentas, monedas y gemas. Gostaham regresó al taller con aire cansado.

— ¿Qué estás haciendo? — preguntó, al ver que yo

mojaba su pluma en la tinta.

— Sólo me entretenía — me disculpé, y devolví la pluma a su soporte.

El rostro de Gostaham pareció aumentar de tamaño bajo el turbante, que parecía a punto de explotar.

— ¡Tu padre es un perro! — gritó— . ¡Nadie toca mi

pluma sin mi permiso! Reclamó la pluma y la tinta con expresión iracunda. Yo me quedé quieta como un telar, temiendo que volviera a gritarme. Rápidamente volvió a concentrarse en el problema del diseño, pero su ceño fruncido me indicaba que no le satisfacía el resultado. Con un suspiro exasperado, se levantó y dio una vuelta por el taller, pasando cerca de mí. De repente cogió el papel que yo había utilizado, mascullando que sería mejor que aprovechara la otra cara. Entonces se quedó mirando fijamente mi dibujo.

— ¿Qué es esto? — preguntó.

Me ruboricé, pero Gostaham volvió a acomodarse sobre su cojín. — Es un talismán como el que pidió Fereidun — contesté. Gostaham contempló mi obra un buen rato y yo me mantuve callada. Al poco, volvió a concentrarse en un nuevo diseño y su pluma pareció volar sobre el papel. Vi cómo transformaba mi tosco y sencillo bosquejo en un hermoso motivo. Dibujó formas triangulares de las que colgaban cuentas, monedas y gemas, conectándolo todo

para que formara un delicado motivo escalonado. Las formas eran bellas y delicadas, tal como yo imaginaba a la hija de Fereidun. Cuando terminó, Gostaham pareció complacido por primera vez en semanas.

— Buen trabajo con los esbozos — dijo, pero también

detecté una chispa de ira en sus ojos— . Que quede bien claro que no debes volver a tocar mi pluma nunca más. Sin levantar la vista de la alfombra, le rogué que me perdonara por mi atrevimiento. Más tarde le dije a mi madre que había contribuido al diseño, pero sin entrar en detalles, pues me habría recriminado mi imprudencia. Poco tiempo después, Gostaham llevó el diseño a Fereidun para que lo aprobara. El cliente jamás había visto un motivo como aquél y quiso saber de dónde procedía. El maestro tenía suficiente confianza en su propia habilidad para admitir que un pariente lejano había contribuido al diseño de las gemas.

— ¡Es tan delicado…! Igual que mi hija — aprobó Fereidun.

— En realidad — explicó Gostaham— está basado

en las joyas de las mujeres del sur. Fereidun imitó entonces el acento del sur. Gostaham rió y le dijo que así hablaba exactamente su sobrina, que estaba de visita en la casa. Al recordar las descaradas palabras que le había dirigido con ese mismo acento, comprendí que Fereidun sabría exactamente quién era yo. Me consolé pensando que mi grosería no lo había ofendido, puesto que había aceptado el diseño. Cuando llegamos a casa, Gostaham me alabó por mi colaboración y le dijo a mi madre que había sido una leal ayuda. Como recompensa, prometió llevarme a ver una alfombra muy especial que describió como una de las estrellas de la época. — line/> El encargo de Fereidun era tan importante que Gostaham decidió que tiñeran la lana según sus instrucciones. Solía tratar con un tintorero llamado Yahanshá, que tenía una tienda a orillas del Río Eterno, y me permitió acompañarlo una mañana para ver cómo seleccionaba el añil, el color más codiciado, cuya receta está envuelta en el misterio. Yahanshá tenía unas gruesas cejas blancas, barba también blanca y mejillas de tono subido. Nos saludó junto a sus calderos de metal, llenos de agua. Dado que los calderos estaban fríos, pensé que se habría olvidado de nuestra visita.

— ¿Es su primera vez? — preguntó a Gostaham.

— Sí.

— Ah — dijo él, con una amplia sonrisa— . Acércate

para mirar. Humedeció unas cuantas madejas y las metió con cuidado en un caldero. El agua tenía un extraño color verdoso, y cuando miré la lana no parecía haber cambiado. Nos sentamos en unos bancos mirando hacia el río. Mientras los hombres comentaban el aumento de precio de la lana de oveja, yo observaba a la gente que cruzaba el viejo puente Shahrestan, con sus gruesos pilares, construido varios siglos antes de que yo naciera. Más antiguas aún eran las montañas Zagros, semejantes a dagas, con sus afilados picos apuntando hacia el cielo como si quisieran hendirlo. Nadie había escalado jamás aquellas misteriosas cimas, ni siquiera los pastores. Una ráfaga de viento rizó la superficie del río y amenazó con arrancarme el chador. Lo sujeté por las puntas y esperé con impaciencia a que Yahanshá añadiera el mágico añil, pero no parecía tener prisa. Tomamos té mientras él removía la lana lánguidamente. Cerca había otro tintorero trabajando junto a unos calderos humeantes. Echó una bolsa de espuelas de caballero secas, que revolotearon hasta caer en el líquido y crearon un brillante torbellino amarillo. Luego echó las madejas de lana blanca, que absorbieron el tinte y adquirieron el color del sol. Yo quería acercarme para verlo mejor, pero Yahanshá

me tendió una larga herramienta.

— Saca una madeja — indicó.

Hundí la herramienta en su caldero y la agité hasta que conseguí pescar una, que levanté en alto. Se había

vuelto de un soso tono verde, como los charcos que deja un caballo enfermo. Me volví hacia Yahanshá, desconcertada.

— ¿No vas a añadir el índigo? — pregunté.

Él se echó a reír, y Gostaham lo imitó mientras yo

seguía sujetando la madeja, que goteaba. Por mi parte, no me explicaba el motivo de tanto regocijo.

— No pierdas de vista la lana — dijo el maestro.

No sé por qué, la madeja no tenía el mismo tono verdoso de antes. Parpadeé, sintiéndome como uno de esos cansados viajeros que imaginan ver un oasis en el desierto. Sin embargo, nada cambió al parpadear. La

madeja tenía ahora un suave tono esmeralda, y al cabo de unos instantes cambió a un verde intenso similar al de las primeras hojas de la primavera, que se hizo más oscuro, de un verde azulado quizá como el del mar Caspio, y a continuación se oscureció más aún, como el color del fondo de un lago. Arrojé la herramienta hacia Yahanshá y exclamé:

— ¡Que Alá nos proteja de los trucos de yinnl El tintorero rió de nuevo.

— No te preocupes, es sólo un truco de los hombres.

La madeja había adquirido un tono azul tan intenso que alegraba mis ojos con sus infinitas posibilidades. La contemplé, asombrada y luego pedí:

— ¡Otra vez!

Yahanshá me permitió sacar otra madeja y observar

su transformación a través de un sinfín de verdes y azules, hasta que adquirió el intenso color del lapislázuli.

— ¿Cómo? — pregunté atónita.

Pero Yahanshá se limitó a sonreír.

— Ha sido un secreto familiar desde hace poco más

de mil años — dijo— , desde que el profeta Mahoma condujo a sus seguidores a Medina, cuna de mis antepasados. Gostaham quería que la lana tuviera un tono levemente más oscuro, de modo que Yahanshá la

sumergió de nuevo hasta que el cliente quedó satisfecho. Luego cortó una hebra para el maestro y se guardó el resto, para que ambos pudieran verificar el color del pedido. Cuando llegamos a casa, apenas me había quitado el chador y ya estaba preguntando a mi benefactor en qué más podía ayudarle. Él pareció sorprendido.

— ¿No quieres descansar?

— Ni hablar — contesté, pues la visión de la magia

del añil me había vuelto impaciente. Gostaham sonrió y me puso a trabajar en una nueva cuadrícula. A partir de entonces, cuanto más le rogaba que me permitiera ayudarle, más me quería él a su lado. Siempre había algo que hacer: cuadrículas que dibujar, colores que mezclar, papel que medir. Al poco tiempo me permitió

copiar las partes más sencillas de sus diseños en la cuadrícula principal. A veces me sacaba incluso de mis tareas en la cocina. Yo saboreaba aquellos momentos, pues detestaba las largas horas que pasaba limpiando y troceando. Cuando él me hacía una seña, me apresuraba a abandonar el cuchillo o el almirez para acudir a su lado agradecida. Los otros criados murmuraban indignados a mis espaldas, sobre todo la cocinera, que preguntaba sarcásticamente si los ciervos y onagros que aprendía a dibujar me llenarían el estómago en la cena. A Gordiyé tampoco le gustaba. «Con tantas bocas que alimentar, todo el mundo tiene que echar una mano», dijo una vez, pero Gostaham prescindió de su comentario. Con mi ayuda, empezaba a terminar sus encargos más deprisa, y creo que disfrutaba con mi compañía durante las largas horas que dedicaba al diseño, pues no habría podido encontrar a nadie más entusiasta que yo. Para mi madre, la vida en Isfahán no era tan fácil. Seguía en la cocina, a merced de la señora de la casa, y tenía que terminar las labores que yo dejaba a medias. Gordiyé siempre corregía su trabajo, como si despreciara nuestras costumbres campesinas. Supongo que percibía la resistencia de mi madre y que trataba de romperla. El arroz tenía que ser lavado seis veces, ni una más ni una menos, para eliminar el almidón; había que cortar los rábanos a lo largo en lugar de abrirlos; las galletas de garbanzos se hacían con más trozos de pistachos por fuera; en cambio, para el delicioso sharbat había que usar menos fruta y más agua de rosas. Mi madre, que había

llevado su casa desde que tenía mi edad, recibía órdenes como si fuera una chiquilla.

Un día, durante el descanso de la tarde, mi madre irrumpió en nuestra habitación tan furiosa que noté el calor que desprendía su piel.

— Ay, joda— dijo, apelando a la compasión de Alá — . ¡No lo aguanto más!

— ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?

— No le gustaban las pastas que he hecho

— contestó— . ¡Quería cuadrados, no óvalos! He tenido que tirar toda la masa a los perros y empezar de nuevo. Semejante despilfarro habría sido inconcebible en mi aldea, pero Gordiyé exigía perfección.

— Lo lamento — dije, sintiéndome culpable. Yo me

había pasado el día con Gostaham, y mi trabajo había sido agradable y ligero.

— No es sólo por las pastas. Estoy harta de ser una

criada. ¡Si tu padre viviera, estaríamos en nuestra casa, haciendo las cosas a nuestra manera! Traté de consolarla, pues a mí me encantaba todo lo que estaba aprendiendo.

— Por lo menos ahora comemos bien y no tememos morir de hambre.

A menos que ella nos eche.

¿Por qué iba a hacerlo?

Mi

madre resopló, exasperada.

No tienes ni idea de lo mucho que le gustaría a

Gordiyé librarse de nosotras.

Yo pensé que exageraba.

¡Con todo lo que trabajamos!

Mi

madre se quitó los zapatos y se echó en el jergón.

Tenía los pies enrojecidos de estar tanto rato de pie

preparando la masa de las pastas.

— ¡Oh, cómo me duelen! — gimió.

Me levanté y le puse un cojín debajo de los talones.

— A sus ojos, estamos esquilmando su casa, pero no

somos criados contratados a los que pueda echar cuando

quiera. Hoy me ha dicho que docenas de mujeres de Isfahán darían los ojos por trabajar en su cocina. Mujeres jóvenes capaces de ocuparse de todo lo necesario sin quejarse, y no muchachitas que pierden un tiempo valioso en aprender a tejer alfombras.

— ¿Qué podemos hacer? — pregunté.

— Sólo nos queda rezar para que encuentres marido

y llegues a tener casa propia. Un hombre bueno que considere su deber cuidar de tu madre. Yo pensaba que la cuestión del matrimonio había

quedado olvidada, puesto que ya no teníamos nada para ofrecer.

¿Cómo voy a encontrar marido sin dote?

Mi

madre estiró los pies para aliviar el dolor.

¡Qué cruel cometa se llevó a tu padre antes de que

te hubieras casado! — se quejó— . He decidido preparar

medicinas para venderlas a los vecinos y ahorrar así para

tu dote. No debes esperar mucho más — añadió en tono

de advertencia. Era cierto que empezaba a hacerme mayor. Todas las chicas que conocía estaban casadas ya con dieciséis

años, y algunas mucho antes. — Confeccionaré otra alfombra para conseguir mi dote — prometí. — Sólo casándote podemos abrigar la esperanza de volver a vivir en una casa nuestra — declaró mi madre. A continuación, se dio la vuelta y se quedó dormida casi al instante. Yo deseé que hubiera una manera de hacerle la vida más llevadera. Me volví hacia La Meca y recé para que se disipara pronto la dañina influencia del cometa. — line/> Una noche que no tenía nada que hacer, cogí un trozo grande de papel que Gostaham había tirado y me lo llevé a la habitación. A la luz de una lámpara de aceite, empecé a dibujar el motivo para una alfombra. Esperaba que acabara adornando la habitación de invitados de un hombre rico y que hiciera palidecer al resto de sus alfombras. Mi diseño incluía todos los motivos que había aprendido. Conseguí incluirlos todos. Dibujé corceles saltando, pavos reales de colas multicolor, gacelas pastando, esbeltos cipreses, jarrones pintados, estanques, patos nadando y peces plateados, todos unidos por enredaderas, flores y hojas. Mientras trabajaba, pensaba en una inolvidable alfombra que había visto en el bazar. En ella se representaba un árbol magnífico con ramas terminadas en cabezas de gacelas, leones, onagros y osos, en lugar de hojas. El mercader lo llamó «árbol vaqvaq» y me explicó que ilustraba un poema en el que los animales hablaban sobre los humanos y sus misteriosas

costumbres. Me dije que un árbol semejante podría pasarse la noche chismorreando sobre los misterios de la casa en que vivíamos ahora. Esperé a que Gostaham estuviera de buen humor para preguntarle si podía mostrarle un diseño. Él pareció sorprenderse por la petición, pero me indicó por señas que lo acompañara al taller. Nos sentamos sobre los cojines y el maestro desenrolló el papel en el suelo. Reinaba tal silencio en la habitación que oí la última llamada al rezo desde la Gran Mezquita. El muecín de la

tarde, allá en lo alto del minarete, tenía una voz dulce y clara que me llenaba siempre de felicidad y esperanza. Pensé que su llamada debía de ser un buen presagio. Gostaham observó el diseño apenas unos instantes.

— ¿Cuál es el significado de todo esto? — preguntó mirándome. — Bueno… — vacilé— , quería hacer algo

maravilloso, algo que… Un desagradable silencio llenó la estancia. Gostaham dejó a un lado el papel, que se enrolló y rodó por el suelo.

— Escucha, junam — dijo— , seguramente crees que

las alfombras son sólo cosas, objetos que se compran y se

venden y que sirven para sentarse encima. Pero cuando uno se inicia en el arte de hacer alfombras, comprende que su propósito es mucho más grande, al menos para quienes saben verlo.

— Lo sé — asentí, aunque no entendísus palabras.

— Crees que lo sabes — adujo Gostaham— . Entonces, dime, ¿qué tienen todos estos motivos en

común?

Intenté pensar una respuesta, pero no se me ocurrió nada. Los había dibujado porque quedaban bonitos.

— Nada — admitífinalmente.

— Exacto — asintió Gostaham, suspirando como si

nunca hubiera tenido que trabajar tanto. Se tiró de un lado

del turbante como si intentara sacar una idea de él— . Cuando tenía tu edad más o menos — dijo— , estando en Shiraz, me contaron una historia que me afectó profundamente. Era sobre Tamerlán, el conquistador mongol que marchó contra Isfahán hace más de doscientos años y conminó a nuestra gente a rendirse si no querían ser destruidos. Aun así, nuestra ciudad se opuso a su mano de hierro. Fue una rebelión pequeña, sin poder militar que la apoyara, pero en venganza Tamerlán mandó a sus soldados que pasaran a cuchillo a cincuenta

mil ciudadanos. Sólo se libró un grupo: el de los tejedores de alfombras, a quienes valoraba demasiado. Y a pesar de semejante calamidad, ¿crees que ellos mostraron la muerte, la destrucción y el caos en sus tapices?

— No — respondíen voz baja.

— ¡Jamás, ni una sola vez! — exclamó Gostaham, alzando la voz— . Al contrario: crearon imágenes de una belleza aún más perfecta. Así es como protestamos nosotros, los fabricantes de alfombras, contra la maldad. Nuestra respuesta a la crueldad, el sufrimiento y la congoja es recordar al mundo la cara de la belleza, que es el mejor medio de devolver la tranquilidad a los hombres, limpiar sus corazones de malicia y conducirlos por la senda de la

verdad. Todos los fabricantes de alfombras saben que la belleza es un tónico incomparable. Pero sin unidad no

puede haber belleza. Sin integridad no puede existir la belleza. ¿Lo comprendes ahora? Observé de nuevo mi dibujo y fue como si lo examinara con los ojos de Gostaham. Era un diseño que trataba de disimular su ignorancia mediante figuras audaces, y sólo interesaría a un sucio farangi que no supiera distinguir la diferencia.

— ¿Me ayudarás a hacerlo bien? — pregunté con voz

dócil.

— Sí — respondió Gostaham, alargando la mano

para coger su pluma. Sus correcciones fueron tan extensas que apenas quedó nada de mi diseño. Cogió una nueva hoja de papel y trazó únicamente uno de los motivos que yo había elegido: un boté en forma de lágrima llamado «madre e

hija», porque contenía su propia progenie. Lo dibujó con pulcritud, tres a lo ancho y siete a lo largo. Eso fue todo; sin embargo, era mucho más hermoso que mi diseño. Fue una cura de humildad. Me sentía como si me quedara por aprender mucho más de lo que cabía en una vida. Me recosté en los cojines con una sensación de agotamiento. Gostaham también se recostó.

— Jamás había conocido a nadie tan ansioso por

aprender como tú. Pensé que quizá fuera cierto, pero me sentí avergonzada, porque no era propio de una mujer mostrar

tanta ansia.

— Todo cambió cuando mi padre… — empecé.

— Ciertamente, Mahin y tú habéis tenido muy mala

suerte — dijo Gostaham con tono serio— . Tal vez sea bueno que te distraigas aprendiendo. Yo tenía en mente algo más que distracción.

— Me pregunto si, con tu permiso, podría tejer la

alfombra que acabas de diseñar para conseguir mi dote…

por si pudiera necesitarla algún día.

— No es mala idea. Pero ¿cómo pagarás la lana?

— Tendré que pedir el dinero prestado — contesté. Gostaham reflexionó unos instantes.

— Aunque sería muy sencilla comparada con las que

hacemos en el taller real, ciertamente valdría mucho más que la lana en sí.

— Trabajaría sin descanso — insistí— . Prometo que

no te decepcionaré. Él me miraba fijamente. De repente, se incorporó

como si hubiera visto un yinn.

— ¿Qué ocurre? — pregunté alarmada.

Gostaham dejó escapar un gran suspiro y volvió a recostarse en los cojines.

— Por un momento — dijo— , he tenido la extraña

sensación de que estaba sentado junto a mí mismo cuando era más joven. Sonreí, recordando su historia.

¿El joven que regaló su más preciada posesión al

sah?

Exacto.

Yo habría hecho lo mismo.

— Lo sé — asintió Gostaham— . Y por tanto, como

tributo a la buena fortuna que ha llegado hasta mi puerta, te daré permiso para tejer la alfombra. Cuando la termines, podrás guardarte lo que reste después de devolverme el coste de la lana. Pero recuerda: seguirás respondiendo ante Gordiyé en lo que respecta a tus deberes domésticos. Me incliné y le besé los pies antes de ir a dar a mi madre la buena nueva. Nahid no tenía que preocuparse por conseguir su dote, pero tenía otros problemas. Cuando llamó a la puerta

de Gostaham y me invitó a visitarla, comprendí lo que se

proponía en realidad. A veces íbamos a su casa y seguíamos con las clases de escritura. En otras ocasiones, en lugar de ir a su casa, tal como decíamos a los demás, tomábamos un atajo para ir a la Imagen del

Mundo y nos situábamos cerca del bazar, en el sitio donde

mi amiga había mostrado brevemente su rostro a Iskandar

por primera vez. Yo observaba fascinada a la gente que se arremolinaba alrededor durante el partido: soldados de rostro curtido por el sol con largas espadas, derviches desgreñados con escudillas pidiendo limosna, juglares paseando, indios con monos amaestrados, cristianos que vivían al otro lado del puente Sulfa, mercaderes itinerantes que acudían a la ciudad para vender sus mercancías, mujeres veladas con sus maridos. Nahid y yo tratamos de perdernos entre la muchedumbre, como si fuéramos acompañadas por nuestras familias. Cuando empezó el partido, Nahid buscó a su amado y lo siguió con la mirada

de la misma forma que otros espectadores seguían la pelota, con el cuerpo inclinado hacia él. Iskandar era tan apuesto como Yusuf, el de legendaria belleza, a tal punto que las mujeres perdían la cabeza por él. Recuerdo una frase que mi madre utilizaba siempre al contar su historia: «Cegadas por su apostura, las damas egipcias se cortaban alegremente los dedos, y su brillante sangre roja goteaba sobre las ciruelas moradas.» Me parecía que habrían hecho lo mismo por Iskandar. Me atraía especialmente la belleza de su boca. Sus dientes blancos y regulares brillaban como estrellas cuando sonreía. Me preguntaba cómo me sentiría si fuera una joven como Nahid, que podía entregar su corazón a semejante hombre y conquistarlo. Yo no podía esperar nada parecido. Una tarde, llegamos a la plaza justo antes de que empezara el partido. Reparé en que el público no dejaba de mirar hacia el palacio del sah con aire expectante, y en que las porterías eran de mármol. De repente sonaron las trompetas reales y el monarca salió al balcón de su palacio, que dominaba la plaza desde lo alto. Llevaba una larga casaca de terciopelo azul oscuro con un bordado de pequeñas flores doradas, una túnica verde y un fajín que combinaba varias capas de verde, azul y dorado. El turbante era blanco con un broche de esmeraldas y plumas; su bigote, largo y gris. Incluso a esa distancia advertíque le faltaban la mayoría de los dientes. — ¡Ohhhh! — exclamé sorprendida, pues era la primera vez que veía a la realeza. Nahid, nacida en la

ciudad, se rió de mí. El sah se sentó en un trono bajo situado en el centro de una alfombra azul y dorada. Cuando se hubo

acomodado, los hombres de su séquito se arrodillaron formando un semicírculo a su alrededor y se sentaron sobre los talones. El sah hizo una señal con la mano y el partido comenzó. Cuando me cansé de mirar el encuentro a través de

mi piché, dejé a Nahid sola para ir a examinar las

alfombras del bazar. No me gustaba mucho el polo, con la polvareda que levantaban los caballos y toda la gente que

se agolpaba tratando de ver mejor y voceando sus

preferencias. Fui a mirar la alfombra que había hecho en la

aldea y descubrí que ya no la tenían. El mercader me informó que se la había vendido la víspera a un forastero. Cuando regresé junto a Nahid para contárselo, la llamé por su nombre, pero ella no me contestó. Cuando por fin se dignó hablar, su respuesta fue lacónica y áspera. Llevaba

el piché y el chador, de modo que nadie podía

reconocerla; aun así, no debería estar allí, y mucho menos sola. Me necesitaba a su lado. Nahid volvió a centrarse en el partido. Esperaba que Iskandar le hiciera alguna señal, aunque la plaza estuviera atestada de espectadores. Pero ¿cómo iba a distinguir su menuda figura envuelta en ropajes, entre cientos de otras mujeres igualmente ataviadas? Nahid se había situado en el mismo rincón donde le había mostrado el rostro. Esa tarde, lo vimos obtener tres tantos seguidos y llevar a los espectadores hasta el delirio. Después del partido, se le

pidió que se acercara a caballo a cada una de las cuatro esquinas del campo para saludar a la multitud. Cuando

llegó a la nuestra, del cinturón sacó una pelota de cuero que arrojó al aire. La pelota se elevó antes de caer justo en la mano extendida de Nahid. Era como si un pari se lo hubiera entregado a ella directamente. Nos quedamos rondando por allí mientras los jugadores recibían felicitaciones y la multitud se iba dispersando. Nahid llevaba la pelota en la palma de la mano. Al cabo de un rato, un niño de dientes torcidos apareció ante nosotras con un papel oculto en la manga. Nahid le tomó la mano discretamente y se deslizó la nota hacia el interior de la manga, antes de entregar al niño una moneda. Después de ocultar la pelota bajo la ropa, se cogió de mi brazo e iniciamos el camino de regreso a casa. Desdobló la nota cuando nos alejamos de la multitud, y yo la miré por encima del hombro, deseando poder leerla.

— ¿Qué dice? — pregunté.

— Sólo hay una línea escrita apresuradamente — contestó— . «En medio de miles de personas, ninguna otra brilla como tú, la estrella más rutilante de mi corazón.» Yfirma: «Tu amante siervo, Iskandar.» No podía ver el rostro de Nahid, oculto bajo dpichéy el chador, pero percibíla emoción en su voz.

— Tal vez vuestros destinos estén unidos — comenté, no sin asombro.

— Debo saber si ello es posible. ¡Vayamos a ver a Kobra para que nos eche la buenaventura!

Kobra era una vieja criada de la familia de Nahid, conocida en todo el vecindario por la exactitud de sus predicciones. Me recordaba a algunas mujeres de mi aldea, que sabían escudriñar el cielo o un puñado de guisantes y te decían si era el momento Propicio para que

se cumplieran tus deseos. Su tez era del color el té fuerte y las finas arrugas de su frente y sus mejillas le daban un aire de sabiduría. En cuanto llegamos, Nahid llamó a la anciana a sus habitaciones. La mujer acudió con dos tazas de café y nos indicó que bebiéramos sin mover el poso. Lo bebimos en un par de tragos, para que pudiera leernos el futuro en el poso. Kobra observó primero la taza de Nahid y sonrió, mostrándonos las encías prácticamente desdentadas. Afirmó que Nahid se casaría con un joven apuesto muy rico y tan fuerte como el héroe Rostam, acontecimiento que daría como fruto más hijos de los que podía contar.

— ¡Vas a pasarte mucho tiempo con los pies en alto!

— comentó. La predicción coincidía exactamente con lo que su ama quería oír, lo que me hizo dudar de su sinceridad. Cuando me llegó el turno, Kobra observó mi taza largamente. Varias veces pareció que iba a decir algo,

pero luego volvía a examinar el poso como si el mensaje resultara demasiado perturbador.

— ¿Qué dice? — la apremió Nahid.

Kobra miró el suelo y musitó que mi futuro sería exactamente igual que el de Nahid. De inmediato recogió

las tazas y abandonó la habitación aduciendo que tenía

mucho trabajo pendiente.

— Qué raro — comenté— . ¿Por qué no habrá

querido contarme lo que vio?

— ¡Si te lo ha dicho!

— ¿Cómo va a ser mi futuro igual que el tuyo?

— ¿Por qué no? También tú puedes casarte con un

joven guapo y tener muchos hijos.

— Pero si era tan sencillo, ¿por qué parecía tan asustada?

— Oh, no le hagas caso. Es vieja. Seguramente

necesitaba ir a la letrina.

— Me temo que el cometa maligno nos persigue aún

— me lamenté, desesperada— . ¡Me parece que Kobra cree que mi futuro será muy negro!

— Claro que no — dijo Nahid. Llamó a Kobra de

nuevo y le pidió que nos contara más cosas.

La anciana se llevó ambas manos al pecho, una sobre la otra.

— Nada más he hallado en el poso — afirmó— , pero

puedo contaros una vieja historia que me ha venido a la cabeza mientras lo observaba, aunque no sé qué significa. Nahid y yo nos acomodamos en los cojines para escuchar la historia de Kobra:

«Primero no hubo y luego hubo. Antes de Alá, nadie hubo. »Erase una vez un príncipe que casi todas las noches tenía inquietantes sueños. En ellos veía a una mujer tan hermosa como la luna. Sus rizados cabellos enmarcaban un rostro blanco como la leche. Bajo la túnica de seda

rosa, sus pechos eran abundantes y dulces. A medida que avanzaba su sueño, el príncipe veía que la mujer lloraba y elevaba los brazos al cielo en señal de desamparo y desesperación. El príncipe se despertaba sudando, pues no soportaba ver su sufrimiento. Ansiaba ayudarla, pero primero tenía que encontrarla. »Un día, el príncipe marchó a combatir contra un fiero bandido que asaltaba a los viajeros cuando intentaban cruzar un puente que se hallaba en su territorio. Él y sus hombres pasaron por el puente ostentosamente para provocar la emboscada, tras la cual luchó contra el bandido y sus secuaces durante horas, bajo un sol ardiente. En un momento dado, el bandido traspasó con su espada a uno de los mejores soldados y arrojó su cuerpo por el parapeto del puente. El príncipe se abalanzó contra el bandido con un rugido de rabia, jurando vengar a su amigo. Entrechocaron las espadas, pero el príncipe era más fuerte y logró desarmar a su oponente, que cayó al suelo. Entonces se sentó sobre el pecho del vencido, que iba protegido por una armadura, y empuñó su daga con intención de saborear la muerte del hombre que había arrojado a su mejor soldado por el parapeto como si de una simple hoja se tratara. »— ¡Alto! — exclamó el bandido— . No sabes a quién vas a matar. »— Todos los hombres ruegan clemencia en sus últimos momentos — replicó el príncipe— , pero pronto suplicarás ante Dios. — Yentonces alzó la daga. »— Al menos deja que me desprenda de la armadura

para Que veas quién soy. — line/> »El bandido se quitó el yelmo, dejando al descubierto un rostro suave como el de una mujer, de largos cabellos negros y rizados. »El príncipe se quedó atónito. »— ¡Qué lástima que un jovencito tan agraciado pronto vaya a convertirse en polvo! Has luchado con tal bravura que te tenía por un hombre adulto. »— No lo soy — replicó el bandido. Se apartó la coraza y al levantarse la casaca mostró su torso musculoso y unos senos pequeños como capullos de rosa. »El príncipe vaciló y dejó caer la mano. El deseo de matar había dado paso otro tipo de anhelo. Se inclinó sobre la joven y besó sus tiernos labios. »— ¿Por qué llevas armadura? — preguntó. »El rostro de la mujer se endureció, de manera que nuevamente pareció un guerrero. »— Mi padre era el jefe y me educó para matar. Cuando murió, seguí al mando de sus hombres, protegiendo sus posesiones. »En los días siguientes, el príncipe llegó a conocer y admirar a la intrépida joven, que montaba tan bien como él, le hacía sudar cuando se batían con la espada y le ganaba en una carrera cuesta arriba. La joven tenía un cuerpo esbelto pero musculoso, y era tan ágil como una cierva. No se parecía en nada a la mujer con que el príncipe soñaba tan a menudo, pero igualmente se enamoró de ella y la desposó.

»Tras un año de felicidad, los sueños volvieron a perturbar la tranquilidad del príncipe. La mujer bella como la luna aparecía todas las noches de rodillas, con la cabeza inclinada, como si su aflicción fuera más profunda que nunca. Una mañana, después de una de sus agitadas noches, el príncipe besó a su mujer guerrera y se despidió. »— ¿Adónde vas? — protestó ella. »— Tengo que encontrar a una persona. Insh Alá, volveremos a vernos algún día. »El príncipe partió a lomos de su caballo sin volver la vista atrás para ver la expresión de su esposa. »Viajó durante meses, describiendo lo que había visto en sus sueños a cualquiera que quisiera escucharlo, pero siempre obtenía la misma respuesta: "No hay nadie así en nuestro pueblo." Finalmente, llegó a una ciudad donde la gente se negó a ayudarlo en sus pesquisas, y entonces comprendió que había encontrado el lugar que buscaba. Al caer la noche, bajo la luna llena, se dirigió sigilosamente al palacio y se ocultó a la sombra de sus muros. Al poco rato oyó un gemido lastimero. Escaló los muros del palacio y se dejó caer al otro lado, silencioso como un gato. Allí descubrió a la mujer que tanto había perseguido. Estaba arrodillada sobre un tejado, con los brazos alzados hacia el cielo, mientras los sollozos sacudían su cuerpo. Sus negros cabellos rizados brillaban a la luz de la luna y la visión de sus formas sinuosas despertó el deseo del príncipe, quien la llamó desde los jardines del palacio. »— Afligida mujer, no hagas llorar a las nubes. Aquí vengo en tu ayuda.

»La encantadora princesa miró alrededor con asombro. »— Dime cuál es la causa de tu sufrimiento y la destruiré — declaró el príncipe, notando con deleite que sus músculos se contraían al pensar en ello. »— ¿Quién eres? — preguntó la dama, desconfiada. »El se mostró a la luz de la luna, recitó su linaje y las grandes hazañas de su familia, y repitió su deseo de ayudarla a vencer sus penas. »Ella se enjugó las lágrimas. »— Mi doncella es los oídos de mi padre — dijo— . De día me sirve a mí, pero de noche se abraza al cuerpo de él. Me amenaza con decirle que conspiro contra él con su principal consejero. Ya le he entregado todas mis joyas y el dinero que tenía. ¿Y si mi padre acepta sus mentiras? Me desterrará o mandará que me ejecuten. »El príncipe se encaramó al tejado y se ofreció a acompañar a la joven. Le reveló su amor, que había pervivido en sus sueños durante tantos años, y prometió tratarla con honor, desposándola. Juntos huyeron de la ciudad a caballo, y en cuanto llegaron a una población importante, un ulema los unió en matrimonio. Pasaron su primera noche como marido y mujer en un caravasar digno de un sah. La princesa era tal como él la había imaginado: redonda y madura como un melocotón. Por fin su sueño se había cumplido. »El príncipe llevó a su nueva esposa a la casa de la primera, la mujer guerrera, a la que no agradó en absoluto la nueva adquisición. Sin embargo, los tres viajaron a la

casa del padre de él para vivir allí juntos. Muchas cosas habían cambiado mientras tanto. No era ya el joven soñador que dos años atrás había emprendido una búsqueda imposible en apariencia, sino un hombre casado y un guerrero experto. »El padre ofreció un banquete especial en honor del recién llegado por su regreso. La mujer guerrera le aconsejó que tuviera cuidado con la comida que le sirvieran. El príncipe siguió su consejo y dio su comida a un gato, que inmediatamente sufrió convulsiones y murió. El padre, que había decidido que deseaba a la mujer guerrera como esposa, ordenó que le arrancaran los ojos a su hijo y lo dejaran solo en medio del desierto. »El príncipe vagó durante horas con los ojos en las manos, incapaz de llorar siquiera. Al oír el sonido de un manantial, palpó la tierra hasta que la halló húmeda. Bebió agua hasta saciarse y se sentó para descansar. Unas hojas cayeron sobre él desde lo alto. Las aplastó entre las manos y se frotó con ellas las cuencas de los ojos con intención de aliviar su dolor. De inmediato dejaron de arderle. El príncipe volvió a meterse los ojos en las cuencas. ¡Había recobrado la vista! «Decidió regresar a la ciudad y, al llegar a las afueras, descubrió que se había desatado una guerra. Incluso desde lejos y entre tantos soldados cubiertos con armaduras, reconoció la esbelta figura de su esposa guerrera, cuya espada hendía el aire sin piedad. Soltando un vibrante grito de batalla, el príncipe se unió a ella en el combate, y juntos vencieron a las tropas de su padre.

«Cuando los enfrentamientos cesaron, el príncipe y la mujer guerrera volvieron a la ciudad. Él se convirtió en sah e instaló a sus dos mujeres en aposentos distintos. Procuró siempre visitarlas por igual y hacerles el mismo número de regalos. Con su primera esposa cazaba, luchaba y discutía planes de batalla; con la segunda

exploraba el arte de la pasión. Y así vivió satisfecho hasta el fin de sus días.» Cuando Kobra terminó su relato, Nahid y yo guardamos silencio. La anciana sirvienta se levantó, recogió las tazas de café y volvió a sus tareas.

— Qué cuento tan extraño — comenté— . Jamás lo había oído.

— Ni yo. ¡Qué talismán tan bueno debía de tener el príncipe para conseguir cuanto quería!

Mi amiga bostezó y se tumbó sobre un montón de

cojines con las manos bajo una mejilla. Tuve la impresión de que se consideraba tan afortunada como el

protagonista del relato, y recordé con tristeza que yo sentía algo similar al oír la historia de una princesa que rechazó a todos sus pretendientes, hasta que la cortejó aquel a quien estaba destinada.

Me tumbé sobre los almohadones delante de Nahid,

también con las manos bajo una mejilla, y quedamos así cara a cara.

— ¿Crees que confesó a su segunda esposa que ya

tenía una primera? — preguntó Nahid.

— Eso espero.

— Yo lo detestaría — declaró Nahid con un mohín de

enfado.

¿El qué? ¿Ser una segunda esposa?

— O una tercera, o una cuarta. Mis padres no permitirían jamás que eso ocurriera. Seré la primera esposa o nada.

— Eso es lo único bueno de pertenecer a una familia

humilde. — Suspiré— . La mayoría de mis pretendientes

no podría permitirse una segunda esposa, ni siquiera una concubina. Nahid enarcó las cejas.

— Al parecer los hombres ricos siempre se casan

varias veces — observó— . Creo que si mi marido se casara con otra, yo trataría de hacerla desgraciada. — Su sonrisa tenía un aire malévolo. Pensé en lo que había ocurrido en mi propia familia. Cuando mi abuelo tomó una segunda esposa, las dos familias permanecieron separadas, por eso mi padre y mi tío Gostaham no se vieron casi nunca — dije— . Pero a veces no ocurre así. Cuando el mercader más rico de mi aldea se casó con una mujer más joven, su primera mujer la aborrecía. Pero un día se puso enferma y la más joven la cuidó tan bien que se hicieron amigas.

Insh Alá, eso jamás me ocurrirá a mí — manifestó

Nahid, estremeciéndose.

— Yo tampoco quiero compartir a mi marido. Pero no

sabemos qué les ocurrió a las esposas de la historia de Kobra. No nos ha contado esa parte.

— Eso es porque en realidad el cuento no trata sobre

ellas — afirmó Nahid— . ¿Qué hombre no desearía a una

mujer guerrera con quien cabalgar y a otra de formas abundantes para retozar en la cama? Nos reímos, conscientes de que podíamos hablar con más libertad cuando estábamos solas. Me había quedado con Nahid mucho más tiempo del que pretendía. Casi había anochecido, de modo que pedí

que una doncella me acompañara a casa. Al llegar, la sirvienta me entregó un paquete grande, diciéndome que era un regalo. Estaba lleno de brillantes túnicas de algodón

en tonos azafrán, rosa y rojo, con vestidos a juego para

llevar debajo y amplios pantalones bordados que apenas

parecían usados. La prenda más deslumbrante era una

gruesa túnica púrpura que llegaba a las rodillas, con pieles

en los puños, en el dobladillo y el pecho. Bailé de contento al ver aquellas coloridas ropas, y cuando se las mostré a

mi madre, me dio permiso para abandonar el luto, aunque

ella tenía pensado vestir de negro el resto de su vida. Mi alegría no tenía límites. No daba crédito a mi suerte por tener una amiga como Nahid.

— line/>

CAPÍTULO 03

— line/> Desperté una mañana de verano, cuando llevábamos medio año en Isfahán, pensando en un poema que mi madre recitaba a menudo sobre una amada con unas

mejillas como rosas, cabello negro como el carbón y un seductor lunar junto a unos labios rojos como rubíes.

— line/>

Contempla el rostro de tu amado,

pues en ese espejo te verás a ti mismo.

Mi amado no era el apuesto jugador de polo de Nahid, ni el poderoso y viejo sah, ni ninguno de los miles de jóvenes de dulce rostro que se congregaban en los puentes de Isfahán, fumaban en sus cafés o se paseaban por los Cuatro Jardines. Yo amaba algo menos fácil de alcanzar, más variado y maravilloso: la ciudad misma. Cada día me levantaba con presteza, impaciente por explorarla. No había ojos más ávidos que los míos, pues habían memorizado tanto los edificios, las personas y los animales de mi aldea, que estaba ansiosa por alimentarme de nuevas vistas. Los puentes de Isfahán eran el lugar perfecto para empezar, desde allí veía las imponentes montañas Zagros,

el río que discurría veloz bajo mis pies y las cúpulas de la ciudad, centelleantes como estrellas en medio de los edificios color tierra. Uno de mis lugares predilectos era el puente de los Treinta y Tres Arcos, el punto por el que mi madre y yo habíamos llegado a la capital. Desde uno de sus famosos arcos, contemplaba el trasiego de gente que entraba y salía. Algunos procedían del Golfo y tenían la piel negra como la nafta; otros, que llegaban del nordeste, tenían antepasados mongoles de los que habían heredado los ojos rasgados y el cabello negro y lacio. A veces veía incluso a nómadas con piernas como troncos, pues escalaban las montañas en busca de pastos para sus ovejas, llevando a los corderos recién nacidos a la espalda. La ciudad alimentaba también mi pasión por las alfombras, pues allá donde mirara descubría nuevos motivos. Estudiaba las plantas, los árboles y las flores de los Cuatro Jardines, para comprender cómo se inspiraban los diseños en la naturaleza; el barrio mismo se me antojaba una enorme alfombra. Por la misma razón, observaba los trofeos y la carne de caza que vendían en el bazar: el fuerte y musculoso onagro, la grácil gacela, incluso el autoritario león con su melena, tan difícil de dibujar. «Dicen que puede uno pasarse cien años dibujando corceles antes de conseguir que el animal cobre vida bajo la pluma», me había dicho Gostaham. También observaba los tapices, que llegaban desde todos los confines de Irán, y aprendí a reconocer los nudos y motivos característicos de cada región. Incluso los

edificios de la Imagen del Mundo me enseñaban como un libro abierto. Un día, pasaba por delante de la mezquita privada del sah, cuando me fijé en que los azulejos que había junto a la puerta eran como alfombras de rezos. Eran de color añil, con vistosas flores blancas y amarillas, rodeadas por un campo verde trébol. Me prometí que, con el tiempo, aprendería a hacer diseños igual de intrincados. En casa, las alfombras ocupaban la mayor parte de mis pensamientos. Estaba resuelta a aprender todo lo que sabía Gostaham, y trabajaba día y noche en los proyectos que me asignaba. Rápidamente terminé de dibujar el motivo boté y Gostaham me dio su aprobación para empezar la alfombra. Uno de sus trabajadores instaló un sencillo telar en el patio, donde tendí los hilos de algodón. Con el dinero que el maestro me había prestado para comprar lana, fui al bazar en busca de madejas de diferentes colores, igual que había hecho él de joven. Había pensado en comprar tonos sencillos como los que usábamos en mi aldea: beis hecho con cascaras de nueces, violeta de raíces de rubia, rojo obtenido de las cochinillas y amarillo del azafrán. ¡Qué variedad de tonalidades me ofrecía el Gran Bazar! Me dejé embelesar por la visión de miles de madejas de lana colgando como frutos de un árbol. Desde los azules con el resplandor turquesa de un cielo estival hasta el añil más oscuro. ¡Y eso sólo con el azul! Contemplé los rollos de lana e imaginé los diferentes colores juntos en una alfombra. ¿Qué tal el verde lima con un anaranjado vivo? ¿O el granate junto al azul celeste? Elegí doce tonos que

sedujeron mi vista, más colores de los que había usado nunca para una alfombra. Me atrajeron los más brillantes:

el amarillo limón, el verde hierba, el naranja ocaso, el rojo granada. Me llevé las vistosas madejas a casa, las até a la parte superior de mi telar y pinté mi diseño con acuarelas para guiarme al hacer los nudos con los colores que pensaba utilizar. Estaba impaciente por terminar la alfombra, pues era consciente de lo importante que era para demostrar mi valía a todos los de la casa. Mientras todo el mundo dormía por la tarde, yo me pasaba horas tejiendo, y rápidamente la pieza tomó forma. Mientras me concentraba en esa labor, mi madre encontró su propia manera de alejarse de la supervisión de Gordiyé, ofreciéndose a preparar hierbas medicinales, pues los remedios eran muy caros. Aunque mi madre nunca había sido muy hábil con las plantas, Gordiyé parecía creer que su origen rural le confería poderes especiales. Mi madre hacía largas excursiones a pie hasta los estribos de las montañas Zagros, donde recogía hojas, raíces, hierbas e insectos. También frecuentaba las boticas del bazar para solicitar información sobre las plantas autóctonas de Isfahán. Kolsum le había dado unas cuantas recetas de infusiones contra la fiebre cuando yo estaba enferma, y mi madre aún las recordaba. También empezó a aprender sobre medicinas para dolores de cabeza y afecciones femeninas, y las preparaba al fuego en el patio. Los brebajes eran negros y viscosos, pero Gordiyé confiaba en su poder curativo. En una ocasión en

que le dolía la cabeza, mi madre le dio un líquido que alivió su malestar y le permitió dormir. «Unas medicinas tan buenas deberían hacerse en abundancia», afirmó la señora. Prometió entonces a mi madre que, cuando hubiera preparado suficiente para uso de toda la casa, podía vender el resto y guardarse el dinero. A mi madre se le alegró el corazón, pues ahora tenía un dominio propio en el que Gordiyé no intervendría. — line/> Nahid me visitó un día para ver qué tal me quedaban sus viejas ropas. Yo llevaba su vestido de color azafrán y sus pantalones, a los que mi madre rehízo el dobladillo, y la túnica violeta.

— ¡Estás muy guapa! — dijo Nahid— . Tienes las

mejillas sonrosadas como dos capullos de rosa.

— Es agradable llevar colores animados después de

un año de luto. Gracias por tu generosidad.

— No tienes más que pedirme. Y ahora espero que tú

me hagas un favor a mí. ¿Me acompañarás al partido de polo?

Yo no pensaba ir a la Imagen del Mundo ese día, pues tenía mucho que hacer.

— Nahid jun, ojalá pudiera, pero he de acabar mis tareas — alegué.

— Por favor — rogó ella— . Necesito tu ayuda.

— ¿Ycómo voy a terminar todo el trabajo?

— Llama a Shamsi — indicó Nahid en tono autoritario. La criada se presentó con un bonito pañuelo naranja

en la cabeza y un collar barato de cuentas del bazar. Nahid le puso unas monedas en la mano y le susurró que habría más si se encargaba de mis tareas por ese día. La muchacha se fue haciendo tintinear las monedas y con una alegre sonrisa en el rostro. Sin embargo, yo seguía resistiéndome.

— ¿No tienes miedo de que al final nos descubran?

— De momento no lo han hecho. Bueno, vamos.

— Pero sólo un rato — repliqué con reticencia.

Nos escabullimos en cuanto Gordiyé nos perdió de vista. La intención de Nahid era pasar una carta a Iskandar en la que le revelaba sus sentimientos. No me la leyó, pues según dijo quería que los ojos de Iskandar fueran los primeros en verla. En la nota le profesaba amor y admiración eternos con elevados sentimientos, como los que usan los poetas, explicó. Yo estaba segura de que su elegante caligrafía llevaría sus palabras directamente al corazón de Iskandar. Cuando nos dirigimos a la Imagen del Mundo el sol brillaba inclemente. El cielo era una cúpula azul sin una sola nube que nos protegiera de sus rayos. Respirar bajo el piché era como inhalar fuego y los ropajes nos hacían sudar. Llegamos con el partido ya empezado. Los espectadores gritaban más de lo normal, pues ninguno de los dos equipos parecía capaz de ganar. El aire estaba saturado de polvo que se pegaba a los vestidos. Yo esperaba que el partido terminara pronto para que no me descubrieran allí, lejos de mis tareas. Pero el

enfrentamiento siguió y siguió, hasta que los jugadores empezaron a perder las fuerzas y finalmente acabó en empate. Nahid estaba radiante, como siempre después de

contemplar a su amado. Cuando la multitud empezó a dispersarse, encontró al chico de Iskandar y con cautela le deslizó la carta y una moneda. Luego regresamos a nuestras respectivas casas, separándonos al poco de abandonar la plaza. La cortina de polvo levantada por los caballos me había manchado todas las prendas, por lo que pensaba ocultarlas en cuanto llegara, pero Zohré me estaba esperando en la puerta con órdenes de llevarme directamente a presencia de Gordiyé. Era la primera vez que ocurría algo así. Con el corazón desbocado, me quité el chador y el piché e hice una pelota con todo mientras me dirigía a las habitaciones de la señora, esperando que no se fijara en el polvo. La encontré sentada en un cojín, aplicándose alheña en los pies.

— ¿Dónde has estado? — me preguntó furiosa, sin

siquiera un saludo.

— En casa de Nahid — contesté, aunque la mentira se me trabó en la lengua.

— No es verdad. Como no te encontraba, envié a Shamsi a su casa. No estabas allí.

Me indicó que me acercara, porque no quería mover los pies por la alheña.

— Dame la mano — exigió.

Obedecí inocentemente y ella me golpeó en el dorso con la delgada paleta de madera que usaba para

aplicarse la alheña. Me tambaleé, sintiendo el escozor del palmetazo. Era demasiado mayor para que me pegaran como a una niña.

— Mira cómo tienes la ropa — me reprochó— .

¿Cómo iba a ensuciarse tanto si hubieras estado en casa

de Nahid? Temiendo que volviera a pegarme, confesé de inmediato. — Hemos ido al partido de polo. — Nahid no tiene permiso para eso — señaló Gordiyé

— . Una joven como ella puede perderlo todo si provoca murmuraciones, aunque no haya hecho nada. Llamaron a la puerta. Una criada hizo pasar a la madre de Nahid, Ludmila. Mostraba tal desolación que parecía haber perdido a su única hija.

— ¿Cómo has podido? — me dijo con un tono

tranquilo y decepcionado que resultó mucho peor que el golpe de Gordiyé. La mujer hablaba en farsi muy

lentamente y con acento ruso— . Lo que has hecho está muy mal. No comprendes lo que puede llegar a sufrir una joven como Nahid si la ven en lugares inapropiados.

— Lo siento mucho — me disculpé, con la mano

dolorida a la espalda. Ludmila era forastera en Isfahán, como mi madre y yo. Siempre me recordaba a un delicado pájaro que revoloteara como si aquél no fuera su sitio, aunque llevaba veinte años viviendo en la ciudad. La sangre le producía una terrible aversión, por culpa de todo lo que había visto durante las guerras en su país. Si una criada se hacía un

corte en el dedo mientras troceaba la carne, Ludmila se echaba a temblar y se acostaba. A veces, según me había contado Nahid, gritaba en sueños, describiendo manantiales de sangre que brotaban del pecho y los ojos de la gente. Ludmila estaba muy pálida y tenía una expresión asustada.

— Nahid me ha contado lo mucho que te gusta el polo

y que a menudo le suplicas que te acompañe a los partidos. Ha sido muy egoísta por tu parte. Espero que comprendas lo perjudicial que ha sido tu conducta.

Debí de parecer sorprendida, pues me costaba creer que Nahid me hubiera echado la culpa de sus malas acciones. Sin embargo, decidí callar, consciente de que la metería en un buen lío si su madre descubría qué la empujaba a asistir a los partidos.

— No siempre comprendo bien las costumbres de la

ciudad — me excusé con voz sumisa— . No volverá a ocurrir.

— Como castigo, todas las mañanas recogerás las

deposiciones de la noche de todas las habitaciones hasta

la próxima luna — sentenció Gordiyé. Eso me ponía al nivel de la criada de más baja categoría. Ver el estado de las entrañas de cada persona

todos los días, tener que verter el contenido de los orinales

en la gran cuba de recogida para luego limpiarlos… No podía pensar en ello sin sentir náuseas.

Me ordenaron que fuera a mi habitación y le contara a

mi madre lo que había hecho. Ella no se mostró en

absoluto comprensiva.

— ¡Bibi, me ha pegado! — me quejé.

— ¿Cómo se te ocurre ser tan imprudente? ¡Podrías

haber arruinado la reputación de Nahid en un solo día, por no hablar de la tuya!

— Tú sabes que el polo no me gusta — aduje,

esperando que mi madre se pusiera de mi parte— . Era Nahid la que me suplicaba que la acompañara.

¿Por qué?

No

quise revelar el secreto de mi amiga, para evitarle

problemas aún mayores.

— Le parece muy emocionante. Sus padres la tienen siempre muy vigilada.

— Deberías haberte negado — replicó mi madre— . ¡Sabías que no estaba bien!

— Lo siento — murmuré— . Sólo quería hacerle un

favor.

Mi madre se ablandó un poco.

— Sé que sólo querías complacerla. Pero has

cometido un error y espero que cumplas tu castigo sin quejarte.

— Lo haré — prometíamargamente.

— Ahora ven aquí. — Me frotó la mano con un

emplasto hecho de grasa de cordero que había preparado con una receta de Kolsum. El remedio me alivió el escozor.

— Ya está mucho mejor — dije.

— Por fin he encontrado las hierbas adecuadas

— comentó mi madre. Se quedó pensativa un momento

— . Dime una cosa: Nahid te ha echado la culpa a ti, ¿no?

— Sí.

— ¿Qué clase de amiga hace eso?

— Estoy segura de que no lo ha hecho con mala intención. — Eso espero, desde luego — dijo mi madre con severidad.

— Sin duda la han pillado desprevenida — repliqué,

pero la idea de que me hubiera sacrificado para salvarse ella me atormentó durante días. Aquélla fue la última vez que Nahid y yo fuimos a los partidos de polo. Durante las dos semanas siguientes me prohibieron salir de casa. Cumplía con mis tareas y limpiaba los orinales todas las mañanas. Desde entonces, cada vez que Nahid quería verme, una criada la acompañaba hasta mi casa y la esperaba para llevarla de vuelta a la suya. Desesperada por ponerse en contacto con Iskandar, Nahid confió en Kobra y le ofreció plata por su ayuda. La vieja sirvienta fue al siguiente partido de polo y se situó en el rincón donde solíamos situarnos nosotras. Llevaba la pelota que había cogido mi amiga y cuando terminó el partido la mostró a la vista como por casualidad. El chico de Iskandar fue lo bastante avispado para comprender que era una mensajera de Nahid, puesto que llevaba la pelota de ella. A partir de entonces, Kobra se encontraba con el niño cerca del bazar cada pocos días para que los enamorados pudieran intercambiarse cartas. Cuando Nahid y yo cumplimos con nuestros

respectivos castis empezamos a citarnos los jueves por la tarde en el resplandeciente hammam que frecuentaban las familias ricas de nuestro barrio. Como precaución ante posibles reincidencias, la familia de mi amiga le advirtió que enviarían a una doncella en algún momento de la tarde para asegurarse de que estábamos allí. Yo había estado varias veces en aquel hammam desde mi llegada a Isfahán, pero era demasiado caro para

ir regularmente, así que Nahid pagaba por mí. Yo le estaba agradecida porque el baño era uno de nuestros mayores placeres. Pasábamos casi toda la tarde bañándonos, charlando y mirando a las demás mujeres de reojo. Allí nos enterábamos de los nacimientos, defunciones y compromisos del barrio, o descubríamos que una mujer estaba encinta por el abultamiento de su vientre, o deducíamos que una recién casada se había acostado con

su marido la noche anterior, porque tenía que hacer la Gran Ablución de un modo distinto del habitual. Homa, la encargada de los baños, era una bisabuela

con la piel casi tan lozana como la de una joven, gracias a

los muchos años que había pasado entre los vapores. Me

lavaba y me daba masajes como una madre, y siempre tenía historias que contar sobre las idas y venidas de las mujeres de los baños. Homa era una hábil interrogadora, y a menudo me sonsacaba información sobre mí misma cuando me quedaba amodorrada después de bañarme en agua caliente y recibir sus masajes. Lo sabía todo sobre

mi vida en la aldea, la muerte de mi padre, nuestra

pobreza y mis malogrados planes de boda. Incluso le

susurraba a veces algún comentario sobre mis dificultades en la casa de Gostaham y mi deseo de casarme y tener un hogar propio. «¡Que Alá te conceda tu más ardiente deseo!», respondía ella, pero a veces yo veía una sombra de duda en su mirada. Homa tuvo que ausentarse de Isfahán unos meses para cuidar a un pariente enfermo. La primera vez que la vi después de que regresara, caminaba por el hammam como de costumbre, con los cabellos blancos sueltos y los pechos caídos que le llegaban casi hasta la fina tela que rodeaba su cintura. Después de muchos besos y saludos, Nahid y yo nos desnudamos y le entregamos la ropa, que ella guardó en un cesto. Luego Homa frotó a Nahid con un kissé para eliminar la piel muerta y le lavó la cabeza, mientras yo descansaba en una pila de agua caliente. Cuando Homa terminó con Nahid, me llamó a su lado. Un rayo de luz que entraba por las ventanas ovales del techo iluminaba su cara redonda y su blanco cabello. Cuando salí de las sombras, caminando desnuda hacia el grifo junto al que ella estaba acuclillada, Homa abrió los ojos con aire de sorpresa. — ¡Cómo has cambiado! — exclamó. — Las cosas son diferentes aquí en la ciudad — musité. — No, no me refiero a eso — puntualizó Homa, y me atrajo hacia la luz— . ¡Mírate! Nahid alzó la vista desde la pila donde se estaba bañando, y varias mujeres que había cerca de ella también me observaron, iluminada por la luz cenital. Traté de

doblarme por la cintura para protegerme de las miradas, pero Homa no me dejó. — La última vez que te vi parecías una niña. No tenías

casi nada aquí — dijo, señalándome el pecho con el dedo

— , ni aquí — añadió, dándome una palmada en la cadera

— . ¡Ymira lo que ha ocurrido en unos pocos meses! Era cierto. Seguía siendo baja como antes, y tenía las manos y los pies de una niña. Pero desde el cuello hasta las caderas, mi cuerpo se había rellenado de un modo sorprendente. Mis pechos, antes tan escasos, eran ahora como dos manzanas maduras, y mis caderas se curvaban como un melón. — ¿Qué ha ocurrido? ¿Te has prometido en secreto?

— No — respondí sonrojándome— . Sólo sé que

ahora como más carne, pan y queso que en toda mi vida.

— Bueno, pues pronto lo estarás — aseguró ella

afablemente. Homa me hizo dar la vuelta de un lado y de otro,

admirando mis curvas. Yo me ruboricé. En el hammam no había lugar donde ocultarse.

— Tu cuerpo es perfecto, como una rosa recién

abierta — dictaminó la anciana finalmente— . Pronto serás bendecida con un marido, Dios mediante, que amará cada

uno de sus pétalos. Y empezó a entonar una vieja canción de matrimonio

del sur con una voz tan hermosa como el trino de un ruiseñor.

— line/>

Oh, joven de las montañas, flor entre las flores,

con violetas en los cabellos y tulipanes en las mejillas. No escuches más los trinos de los pájaros, pues un joven y apuesto pastor ha venido para robarte el corazón cantando.

— line/> Varias mujeres se unieron a la melodía y, antes de que me diera cuenta, se pusieron en pie y empezaron a seguir el ritmo, golpeando el suelo con los pies y dando palmadas. No sabiendo qué otra cosa hacer, las imité. Mientras cantaba, me erguía, olvidando la vergüenza. Cuando la tonada terminó, se oyeron bromas y risas. — ¡Dicen que esos jóvenes y apuestos pastores saben cómo tratar a sus mujeres! — dijo una mujer, sonriendo. — ¡Normal, si se pasan el día cuidando de sus rebaños! — exclamó otra. Homa me hacía un regalo al alabar la madurez de mi cuerpo ante todas las mujeres del hammam, que podían conocer a algún hombre adecuado para mí como marido. También me demostraba que yo tenía algo que valía la pena ofrecer. — Ahora eres una de nosotras — añadió con tono de aprobación— , salvo por unos pocos detalles que pronto aprenderás. — Mientras las demás volvían a sus actividades, la anciana empezó a frotarme la espalda con el kissé. Miró de reojo a Nahid, cuyo cuerpo era aún largo y plano como un ciprés— . Lo que sea que hayas estado

comiendo — dijo— , Nahid también debería probarlo.

Mi amiga tenía los ojos cerrados y no dijo nada. Ignoro

si estaba dormida de verdad o sólo lo fingía.

¿Por qué siempre creemos que el pollo de nuestro vecino ha de ser más sabroso que nuestro ganso? Durante el resto de la tarde, dejó de preocuparme que la piel de Nahid fuera tan blanca, sus cabellos tan rizados y sus ojos tan verdes. — line/> Como recompensa por haberle ayudado con la alfombra de las gemas, Gostaham permitió que me reuniera con él en el taller real después de la última

llamada a la oración, a fin de mostrarme una pieza que iba

a ser la maravilla de los siglos venideros Yo jamás había

visto semejante tesoro, pues en mi aldea las alfombras se usaban hasta que quedaban raídas y se reducían a polvo. Recorrí los Cuatro Jardines justo después de la última

llamada a la oración, que señalaba el fin del día. La gente abandonaba la Imagen del Mundo; los buhoneros de la plaza habían recogido sus mercancías y se encaminaban a casa. Por mi lado pasó un hombre con su carga de almendras verdes, que a mí me encantaban. Eran tan suaves como el queso, pero más delicadas. Encontré a Gostaham en el taller que había visitado anteriormente, donde estaban todos los telares, pero ahora en ese lugar reinaba el silencio y no había nadie trabajando.

— Salam — dije, mirando alrededor— . ¿Adónde se han ido todos?

— A casa — contestó él— . Sígueme, deprisa. Me condujo a través de varias habitaciones llenas de alfombras en diferentes etapas de realización. Recorrimos un largo pasillo y llegamos a una puerta con un grueso cerrojo en forma de escorpión. Mirando furtivamente para asegurarse de que no había nadie por allí cerca, Gostaham sacó una llave que llevaba bajo su casaca y abrió la puerta. Encendió dos pequeñas lámparas de

aceite y me tendió una de ellas. A su tenue luz, descubrí una gran alfombra que tomaba forma en un telar. Avanzamos con las lámparas en alto.

— Obsérvala bien — indicó, acercando la luz a la

alfombra— . Ocho hombres trabajan en ella desde hace un

año y sólo han completado un cuarto. La alfombra era ya tan alta como yo, pero cuando

estuviera acabada alcanzaría cuatro veces mi estatura. Tenía casi noventa nudos por ray, de manera que el dibujo era tan detallista como el que podía dibujar un miniaturista con una pluma. Jinetes vestidos con casacas de seda naranja y verde, tocados con turbantes blancos y dorados, perseguían a ágiles antílopes y gacelas. Tigres y asnos salvajes peleaban entre sí. Había músicos tocando el laúd. Aves celestiales se acicalaban el plumaje con el pico, mostrando sus colas engalanadas con joyas. Era la pieza más maravillosa que había visto en mi vida. — ¿Quién puede permitirse semejante lujo? — pregunté.

— Es para el sah, para adornar sus aposentos

personales. En ella se emplean las mejores sedas del

país, los mejores tintes y los mejores diseñadores y tejedores. Esta alfombra seguirá existiendo mucho después de que tú y yo, y los hijos de nuestros hijos, nos hayamos convertido en polvo. Tomé aire, sobrecogida, pues jamás había visto nada que pudiera durar tanto. Al examinarla más de cerca, me

sorprendió el aire tan natural que tenían los animales y las personas. Los cuerpos se curvaban y movían con la misma gracia de los seres de carne y hueso. Señalé una figura sentada junto a un ciprés.

— ¿Cómo consiguen que todo parezca tan real?

— pregunté.

— No es la figura, sino la cara, lo que requiere la

mayor habilidad — explicó Gostaham— . Cuando se trata

de hacer un ojo, los demás tejedores han de ceder el sitio a los especialistas. De lo contrario, podría salir un rostro de aire distraído, inexpresivo, o incluso malicioso.

— ¿Ylos colores? — pregunté.

— Es lo mejor de esta alfombra incomparable

— aseguró él, con una sonrisa burlona que al principio no

supe a qué obedecía— . Fíjate en cómo el brillo del oro

ilumina la densidad del dibujo. Nota sobre todo que los tonos apagados, el verde desvaído, el humilde beis, el azul pálido, realzan la belleza de los más brillantes, igual que la hembra del pavo real es el contraste perfecto para el plumaje más vistoso del macho.

— La elección de los colores es extraordinaria

— alabé— . ¿A quién se debe?

— A mí— contestó, y ambos soltamos una carcajada.

Después fuimos a ver la alfombra para Fereidun, que ya estaba casi terminada. Las gemas de su diseño relucían como si fueran auténticas. Gostaham había dispuesto que se perfilara cada una de ellas con finas líneas de color, igual que un joyero engarza las piedras preciosas en oro o plata. Me pareció que tenía un aspecto muy delicado y femenino, comparada con las escenas de caza de la alfombra del sah. — Es aún más hermosa que tu diseño — dijo Gostaham, atribuyéndome todo el mérito. Su generosidad no conocía límites. Cuando abandonamos el taller sentí una punzada de pesar. De haber sido un varón, habría podido trabajar como aprendiz junto a Gostaham, aprendiendo todas las técnicas que él dominaba. Pensé con envidia en los jóvenes tejedores que había visto en el taller en mi anterior visita. Ellos podían dedicar todo el día a aprender, mientras que yo me veía obligada a trabajar largas horas en la cocina antes de tener la oportunidad de concentrarme en mi alfombra. Sin embargo, sabía que disfrutaba de más privilegios que la mayoría de las chicas, porque Gostaham me había tomado bajo su protección y me ayudaba a mejorar, algo por lo que yo daba gracias todos los días. — line/> Regresé a casa con los ojos brillantes. Gostaham me había mostrado una perla cuya contemplación se reservaba a unos pocos elegidos, y apenas hacía unos días que Homa había alabado mi nueva feminidad en el

hammam. Por primera vez desde la muerte de mi padre, empecé a abrigar esperanzas. Al cruzar el patio, me detuve para examinar mi alfombra y vi mi trabajo con otros ojos. El diseño estaba bien, porque Gostaham ya se había asegurado de ello, pero en ese momento me pareció que la elección de los colores era muy mejorable. En una ocasión había visto al maestro mirando la alfombra con una expresión extraña, como si hubiera probado una comida demasiado acida. Aunque no había hecho ningún comentario sobre mi elección, había dicho varias veces que me ayudaría a elegir los colores para la siguiente alfombra. Ahora ya sabía por qué. Yo había elegido los colores por su belleza individual, más que por el efecto de conjunto. ¿Por qué no había pedido ayuda al maestro? Estaba tan impaciente por empezar, tan embriagada por la variedad de tonos disponibles, que me había precipitado. No había comprendido que un diseño de semejante complejidad exigía el mayor cuidado en la elección de los tintes. Esa noche, la tristeza apenas me permitió conciliar el sueño. Cuando aún brillaban las estrellas, me levanté para contemplar mi obra de nuevo. Las tonalidades no eran sólo inadecuadas, sino que chocaban entre sí. Sentí la necesidad imperiosa de arrancar la alfombra del telar y volver a empezar. En Isfahán se burlaban de lo que en mi aldea se consideraba bueno. Desde nuestra llegada, no habían hecho más que recordarme mis humildes orígenes. Al contrario que una joven rica de ciudad, yo no había

aprendido a leer ni escribir, ni a envolverme en ropa como una flor o comportarme con cortesía. Yo quería brillar como cualquier otra joven de Isfahán, la única ciudad digna del título de «mitad del mundo». Si mi primera alfombra lograba mostrar cuánto había aprendido, tal vez podría escapar de los perniciosos efectos del cometa y mi madre y yo podríamos enfilar por fin la senda perfumada de la buena fortuna. Jamás había oído hablar de nadie que hubiera vuelto a empezar una alfombra. Casi oía la voz de mi padre diciéndome que no lo hiciera, pues había completado ya miles de nudos. Pero entonces pensé en que había ido a ver al tintorero Ibrahim para descubrir el secreto del color turquesa, y había confeccionado una alfombra que había seducido a los forasteros, a pesar de que mis padres al principio no lo aprobaban. Pensé en el día que había cogido la pluma de Gostaham y bosquejado un dibujo que le había ayudado a resolver su problema, aunque al principio me hubiera reprendido por tocar sus cosas. Invadida por el mismo deseo ardiente que me había impulsado en tales ocasiones, agarré el afilado cuchillo que usaba para cortar la lana y empecé a arrancar la alfombra del telar, hilo por hilo, dejándolos sueltos. Los miles de nudos empezaron a perder la forma, la superficie de la pieza se combó y empezó a aflojarse. Cuando se levante Gostaham, pensé, admitiré mi error en la elección de los colores. Le pediré ayuda y entonces confeccionaré una alfombra de la que podrá enorgullecerse. Antes de las primeras luces del alba, lo había

deshecho todo y había empezado a tender de nuevo el hilo de algodón. Gordiyé fue la primera en descubrir el resultado de mi decisión. Salía de la despensa con un gran

tarro de mermelada acida de cerezas cuando vio el telar vacío y la pieza deshecha. Soltó un chillido y dejó caer el frasco, que se rompió y vertió su pegajoso contenido a los pies de la señora de la casa, formando un charco rojo que parecía sangre. En unos instantes, los criados, Gostaham y mi madre acudían corriendo al patio. Yo me quedé clavada en el sitio, junto al telar, temblando.

— ¡Loca! — gritó la mujer— . ¡Estás loca como Majnún! ¿En qué estás pensando?

Se produjo un gran revuelo, pues todo el mundo

trataba de comprender qué había ocurrido. Alí Asgar le preguntó a Tagui, el chico de los recados. Shamsi corrió al lado de su ama para preguntarle si quería oler un poco de agua de rosas para recuperarse. La cocinera se apretó las sienes con las manos como si estuviera en un funeral.

Gostaham salió corriendo al patio y miró los despojos de la alfombra que yacían en el suelo; me miró y volvió a mirar mi obra con incredulidad.

Mi madre llegó, presa del pánico, ajustándose el

pañuelo en la cabeza. — ¿Qué ha ocurrido? — preguntó con tono suplicante. Nadie se dignó mirarla siquiera. — ¡Estúpida campesina! — me espetó Gordiyé. Sólo entonces se volvió hacia mi madre en busca de una explicación, pero ella se quedó muda de asombro al ver lo que yo había hecho.

— ¿Tienes idea de la cantidad de lana que has

desperdiciado, y de todo el trabajo perdido? ¿Es que intentas arruinar a esta casa? — preguntó la mujer, golpeándose el pecho una y otra vez con la palma de la mano. Gostaham se acercó a su esposa mientras ésta seguía quejándose y lanzándome frases que me helaban los huesos.

— ¡Las acogemos e intentan arruinarnos! ¿Por qué?

¿Por qué Alá nos ha enviado semejante carga? ¡Dime por qué! — se quejó a su marido. Él me dirigió una mirada iracunda. — Explícate — ordenó. Precisamente era a él a quien yo esperaba complacer. Apenas conseguíarticular las palabras.

— Los colores estaban mal escogidos — aduje

tartamudeando, y traté de ocultarme tapándome la cara enrojecida. Gostaham no me contradijo.

— Anoche te quedaste deslumbrada, algo que les

suele ocurrir a los aprendices. ¡Pero ahora has destruido meses de trabajo! ¿Por qué no me has preguntado a mí primero?

— Te pido humildemente perdón — susurré, pues

apenas podía hablar— . Lo he hecho porque pensaba que

podía confeccionar una alfombra mejor.

— Por supuesto que podías confeccionar una mejor

— respondió— . Pero ¿por qué no te has parado a pensar que podías vender la primera y luego empezar otra superior? — ¡Qué estúpida! — exclamó Gordiyé. Me

encogí al oír esa palabra. Tenían razón; debería haberlo meditado, pero me había dejado llevar por el impulso. Ahora me costaba creer que hubiera tomado semejante decisión. Me quedé inmóvil junto al telar, sumida en la mayor de las humillaciones, sufriendo aún más bajo la mirada inclemente de los criados, que me observaban con una mezcla de asombro y desprecio.

Mi madre se arrojó al suelo de rodillas y tendió las

manos hacia los pies de Gordiyé para besárselos, de manera que el fajín negro se le manchó de mermelada.

— ¡Levanta! — exigió la señora con fastidio. Mi

madre se levantó con los brazos abiertos hacia ella en un

gesto de súplica.

— Por favor, perdona a mi díscola hija — rogó— . Yo

pagaré la lana. Haré más medicinas y las venderé a los

vecinos. Mi hija solo quería complaceros. Siempre ha sido así, a veces pierde la cabeza.

Yo no había sido consciente de ello antes de oírlo de

sus labios, pero tenía razón, y me avergoncé de mi propia incapacidad de distinguir entre una buena idea y otra

calamitosa.

— ¿Que pierde la cabeza? ¿Qué cabeza? — repitió Gordiyé, volviendo a golpearse el pecho.

El maestro esbozó una mueca y juntó las manos,

apretándolas como si tratara de contenerse.

— Una acción tan insensata no puede quedar sin

castigo — declaró— . Hasta la próxima luna no saldrás de casa. Harás todo lo que te ordene mi mujer. No respirarás siquiera sin su permiso.

Consciente de que no debía abrir la boca a menos

que me dirigieran una pregunta, guardé silencio con los ojos bajos y la cara roja de vergüenza.

— Primero se va a los partidos de polo — se lamentó

Gordiyé— , y ahora esto. ¿Por qué damos cobijo a gente como ésta? — añadió, como si hablara consigo misma.

Mi madre se estremeció, presa de sus peores miedos. La señora trató de alejarse, pero no pudo

moverse. Miró el suelo horrorizada. La mermelada le había pegado los pies al suelo. Se quitó los zapatos y se fue descalza a sus aposentos.

— ¡Imbécil! — masculló.

Gostaham fue tras ella, tratando de consolarla. Los

criados empezaron a limpiar el estropicio y a recoger el tarro de loza roto, sin dejar de cuchichear.

— ¡Cuánto trabajo perdido! — dijo la cocinera, que había preparado la mermelada.

— ¿Cuándo volveremos a tener un dulce desayuno?

— preguntó Alí Asgar con tristeza, pues todos sabíamos que Gordiyé no compraría más mermelada para el pan. Yo fui detrás de mi madre con la cabeza gacha, hasta que llegamos a nuestra habitación.

— Una patata es más lista que esa chica — oí decir a

la cocinera.

— Es su mala estrella — añadió Shamsi. Mi madre no

me miró ni me riñó, aunque evidentemente pensaba que

su hija había perdido el juicio. Se puso el chador y empezó

a rezar el namaz, tocando con la frente el mohr que había colocado en el suelo. Después de la oración, se sentó

sobre los talones y pidió ayuda.

— Te lo ruego, Alá, protégenos. Te lo ruego, Alá, no

permitas que nos convirtamos en mendigas. Os lo suplico

a vosotros, Hossein, Hassan, Alí, que conocisteis el

martirio, por favor salvad a mi hija, que ha cometido un error infantil. Deseé entonces haber tenido en cuenta la inquietud de mi madre por nuestro futuro antes de arrancar la alfombra del telar. Cuando por fin terminó de rezar, me acerqué arrastrándome hasta donde estaba acuclillada con la mirada perdida.

Bibi — dije, tocándole el brazo— . Te pido perdón

con todo mi corazón. Si hubiera sabido cuánto iba a

enfadarse todo el mundo, nunca habría tomado una decisión tan mala.

Mi madre tenía el brazo rígido y no me miraba. Se apartó de mí.

— ¿Cuántas veces te dijimos tu padre y yo que no

fueras tan impulsiva? — preguntó— . ¿Cuántas veces? Suspiré.

— Lo sé — admití.

Ella miró el techo como pidiendo a Dios una hija mejor.

— No eres consciente de la suerte que has tenido

prosiguió— . Pero esta vez estoy segura de que se te

ha

terminado.

Bibi, yo sólo quería hacerlo mejor — gemí.

— ¡Cállate!

Volví el rostro hacia la pared y me quedé así, con los

ojos secos, sufriendo por dentro. Habría dado la vida por aliviar su sufrimiento. Se puso de nuevo a rezar, como si el torrente de sus palabras pudiera lavar mi error. — line/> El mes que pasé castigada me pareció tan vasto como el desierto. Iniciaba el día recogiendo, vaciando y limpiando los orinales, lo que me dejaba con el estómago revuelto. Luego, después de que Gordiyé hubiera consultado a la cocinera y a AlíAsgar sobre las tareas del día, me destinaba las que nadie quería hacer. Limpiaba e' suelo grasiento de la cocina, troceaba los viscosos riñones, metía la ropa sucia en una tina, la pisoteaba para lavarla y la retorcía hasta que me dolían los brazos. Incluso por la tarde, mientras todos dormían, Gordiyé me asignaba nuevas tareas. Tenía las manos tan ásperas como los cuernos de una cabra, y todas las noches caía rendida en la cama. Lamentaba amargamente mi estupidez, pero también creía que mi castigo era más severo de lo que merecía, y que Gordiyé disfrutaba con el poder que tenía sobre mí. Una mañana, cuando el mes de castigo casi había terminado, una criada vino a decirnos que Gostaham quería que nos presentáramos en el biruni. Me temblaban las piernas cuando mi madre y yo atravesamos el patio, pues estaba segura de que iban a decirnos que ya no éramos bienvenidas en su casa. En la Gran Sala, me sorprendí al encontrar al maestro sentado en el lugar de honor, y Gordiyé a su derecha. El cabeza de familia indicó a mi madre que se sentara en un cojín que había a su

izquierda. Yo me senté sola en el otro lado de la alfombra.

— ¿Cómo estás, janum7. — preguntó Gordiyé a mi

madre, utilizando el término cortés reservado a las mujeres

casadas— . ¿Tienes buena salud?

Me sorprendió que de pronto se mostrara tan amable.

— Pues sí — respondió mi madre, con igual cortesía

— . Estoy muy bien, gracias.

— ¿Y tú, pequeña? — prosiguió la señora de la casa

— , ¿cómo te encuentras? Aquellas cariñosas palabras me pusieron piel de gallina y respondí que me sentía bien. Miré a Gostaham tratando de comprender qué ocurría. Aunque normalmente era capaz de permanecer sentado durante horas con las

piernas cruzadas y la espalda erguida como un telar, ahora no hacía más que moverse y cambiar de posición las piernas. Cuando llegó el café, Gordiyé nos lo ofreció aparatosamente, acompañado de unos dátiles. Un embarazoso silencio se instaló en la sala mientras bebíamos la infusión.

— Janum — dijo Gostaham al fin, dirigiéndose a mi

madre— , es mi deber informarte sobre una carta que he recibido esta mañana. Es de Fereidun, el tratante de caballos que me encargó una alfombra hace unos meses. Mi madre se sorprendió, pues sólo había oído mencionar aquel nombre una vez, cuando yo le conté que había contribuido al diseño de su alfombra. Me pregunté qué habría hecho mal otra vez. ¿Habría algo en mi diseño que le hubiera molestado?

— Supongo que Fereidun está satisfecho con la alfombra, a juzgar por lo que dijo cuando la vio en el telar — continuó el maestro— , pero la carta no la menciona apenas; de hecho, no la menciona en absoluto. Me temblaba tanto la mano que tuve que dejar mi taza en el suelo por miedo a derramar el café en la alfombra de seda y dejarle una mancha marrón que no podría limpiarse.

— En realidad sólo hay otra cosa que pueda desear

un hombre tan rico como él — prosiguió Gostaham— . Y esa cosa es tu hija. — Hablaba con el mismo tono directo y práctico que usaba para negociar el precio de una alfombra. Mi madre se llevó las manos a las mejillas.

— No hay más Dios que Alá — dijo, como siempre

que se sorprendía. Gostaham se reajustó el turbante con ambas manos

como si no soportara su peso. Yo lo conocía lo suficiente para reconocer los signos de su inquietud. Pero ¿por qué? ¿Qué podría halagarle más que aquella proposición de un hombre rico?

— Desea casarse con tu hija — intervino Gordiyé sin

aliento, incapaz de ocultar su emoción. Gostaham lanzó a su mujer una mirada de advertencia

que mi madre no detectó, pues se puso en pie de repente, haciendo vacilar su taza de café.

— ¡Por fin! — exclamó elevando los brazos— . ¡Un

matrimonio enviado desde el cielo para mi querida hija! ¡Después de todo lo que hemos sufrido, por fin cambia

nuestra veleidosa fortuna! ¡Loado sea Mahoma! ¡Loado sea Alí! Gordiyé pareció divertida con sus exclamaciones, pero su tono fue amable.

— Mi corazón de madre comprende tus sentimientos

— dijo— . Pocas mujeres son bendecidas con tan buena fortuna, tan esperada como la lluvia.

— Hija mía, manantial de mi corazón — exclamó mi

madre tendiendo los brazos hacia mí— . Desde el momento de tu nacimiento has sido motivo de maravilla en nuestra humilde familia. Tus ojos brillan como el sol.

Mi corazón se llenó de esperanza. Como esposa de

un hombre rico, me convertiría en una de esas damas

gordas y mimadas sobre las que bromeaban las mujeres de mi aldea. ¿Sería posible tanta dicha en el año del cometa?

En cuanto mi madre se tranquilizó, empezó a hacer

preguntas.

— ¿Cómo sabe Fereidun que desea a mi hija?

— quiso saber— . ¡Fuera de casa va siempre cubierta de los pies a la cabeza!

Yo guardé silencio; lo último que deseaba era que la

familia supiera que me había mostrado a los ojos de un

desconocido.

— Según tengo entendido, Homa alabó tus encantos

en el hammam — explicó Gordiyé— . Casualmente, una de las criadas de Fereidun se encontraba presente y se lo contó a su señor. Suspiré de alivio. Fereidun había esperado a

encontrar una excusa adecuada para proponerme matrimonio. Entonces me ruboricé, preguntándome si la

criada le habría descrito a Fereidun cómo era yo desnuda.

Mi madre debió de suponer que mi silencio era fruto

de la modestia.

— ¿Cuándo celebraremos la ceremonia? — preguntó

a Gordiyé— . Lo antes posible, supongo.

— Estoy de acuerdo — convino la señora— , pero no

creo que él desee celebrar una gran ceremonia. Sólo será

preciso que tu hija y Fereidun se presenten ante un ulema para hacerlo legal.

Yo carecía de experiencia sobre matrimonios entre

gente rica, pero en mi aldea las bodas se celebraban durante tres días, si no más. Lo que Gordiyé describía

parecía más bien la firma de un contrato.

— No comprendo — dijo mi madre, desconcertada.

— Lo que propone aquí — intervino Gostaham, mostrándonos la carta elegantemente escrita— no es un contrato matrimonial de por vida, sino un sigue de tres meses.

Yo había oído antes ese término, pero no sabía su

significado, aparte de que era algo corto.

— ¿Un sigue? — repitió mi madre, aún perpleja— .

Sé que los que peregrinan a Quom contratan a veces un

sigue por una hora o una noche, pero son acuerdos por placer. ¿Quieres que mi hija se case para eso? Gordiyé debió de ver la consternación reflejada en nuestros rostros.

— Es cierto que no durará para siempre — admitió

— , pero en este mundo no hay nada eterno, por voluntad de Alá. Lo importante es que os proporcionará beneficios

que no conseguiríais de otra manera.

El instinto comercial de mi madre se había despertado. Irguió la espalda y sus ojos adoptaron una

mirada severa. Tenía el mismo aspecto que el día que había regateado el precio de las alfombras con las mujeres del harén.

— ¿Cuánto? — preguntó con dureza.

Gostaham desdobló la carta y leyó la suma, la misma

que Fereidun había ofrecido a Gostaham por la alfombra.

Era una cantidad importante, pero no alcanzaba para

permitirnos la independencia económica. Mi madre chasqueó la lengua. — No es suficiente. Cuando pierda la virginidad,

¿quién va a quererla? Es mucho mejor un matrimonio para toda la vida. Gostaham pareció a punto de mostrarse de acuerdo

con

ella, pero su mujer lo cortó en seco.

¿Quieres decir que preferirías entregársela al hijo

de

un panadero con los brazos peludos y cubiertos de

harina, antes que a un hombre rico? — preguntó— . No

olvides que el sigue puede renovarse. Si tu hija complace

a Fereidun, es posible que desee quedársela

indefinidamente. Cada vez que lo renueve, pagará la suma

estipulada. Puede que también le regale joyas, o incluso

una casa. Si tiene suerte y es lista, esta alianza podría significar vuestra fortuna. — line/>

El maestro volvió a cambiar de posición sobre el cojín. Parecía bastante menos optimista que su esposa. — No olvidemos que también podría terminar rápidamente — apuntó— . Sólo hay una garantía de tres meses. Después, todo dependerá de lo que decida Fereidun. Gordiyé habló entonces a mi madre en un tono almibarado que pretendía restar importancia a las palabras de su marido.

— ¿Por qué una joven tan agradable como tu hija no

iba a complacer a Fereidun? ¡La luna brillará sobre él toda

la noche, todas las noches!

— Sí, en efecto — convino mi madre— . Pero si tanto

le gusta, ¿por qué no plantea una propuesta de matrimonio como es debido?

— No puede — contestó ella— . Su primera esposa

enfermó de cólera, igual que su hija, y murió. Como hijo de un hombre rico, está obligado a casarse con una mujer de alcurnia que pueda darle un heredero. Una aldeana como yo no podía aspirar a tanto. — Homa está buscándole ya una joven adecuada — continuó la señora— . Pero imagino que Fereidun ansia compañía, después de llevar luto por su esposa. Podría tener a cualquier mujer del país para ese propósito, pero ha elegido a tu hija. Me sentí muy emocionada. Fereidun se había fijado en mí y me presentaba una oferta. ¡A mí, que tenía las manos callosas de tanto limpiar y tejer! — Seguramente se encaprichó contigo al ver tu

alfombra de gemas — aventuró Gordiyé, como si hubiera captado mis pensamientos— . Ha puesto los ojos en ti por

encima de todas las demás mujeres. ¡Atraer la atención de un hombre tan rico debe de ser mucho más de lo que nunca soñaste!

— Cierto — admitíruborizándome.

— Realmente, todo son ventajas para ti — insistió— .

Si concibieras hijos, serían legítimos y se les proporcionaría todo lo necesario. Ningún hombre de su

posición dejaría que la madre de sus hijos pasara hambre. ¡E imagina lo que puede ocurrir si consigues tenerlo feliz y satisfecho! Gostaham alzó las manos para interrumpir la incontinencia verbal de su mujer. — Recuerda, janum — dijo a mi madre— , que aunque los hijos serían legítimos, jamás gozarían de la misma posición que los de sus esposas permanentes. La señora hizo un movimiento cortante con la mano como para descartar las palabras de su marido.

— Sólo Alá sabe lo que ocurrirá — manifestó— . No somos nosotros quienes decidimos. El maestro se volvió hacia mi madre.

— A ti te corresponde reflexionar cuidadosamente

sobre esta oferta, janum. No puedes predecir si Fereidun se quedará con tu hija o no. No sabes si tu hija y tú viviréis con todos los lujos u os veréis reducidas a la miseria. Y aunque tu hija tenga descendencia, no adquirirá ningún derecho a la herencia de Fereidun, ninguno. Gordiyé exhaló un suspiro de exasperación.

— Aunque se casara con un panadero, su destino

también podría dar muchas vueltas — alegó— . Su marido podría enfermar y morir de un día para otro. El sah podría

acusarlo de engañar con el peso del pan y mandar cocerlo en su propio horno. O podría caerse de una muía y partirse la cabeza.

— Sin duda — admitió Gostaham— . Pero entonces

tendría una familia legítima a la que recurrir: los padres,

hermanos y primos de su marido. No se vería triste y abandonada al cabo de tres meses.

— ¿Triste? — tercié.

— Bueno, realmente no hay nada de qué preocuparse

— declaró Gordiyé— . Un sigue es una unión legal. — Legal sí, pero algunas personas lo consideran indigno — replicó su marido. Enrojecí momentáneamente, aunque no sabía muy bien a qué se refería. El maestro se volvió hacia mi madre. Si te hubiera ofrecido un matrimonio convencional, no vacilaría en animarte a aceptarlo — dijo. "Aun así — se apresuró a intervenir Gordiyé— , hay

mu0S motivos para celebrarlo. No hallarás una oferta igual. Sería mejor que la aceptaras como una manera de obtener ingresos, sobre todo porque la economía de nuestra casa es muy inestable.

— ¿Inestable? — preguntó mi madre, paseando la

vista por la sala ricamente adornada. Yo seguí su mirada y me fijé en los grandes ramos de rosas rojas y amarillas, los montones de dulces con miel, las bandejas rebosantes de melones maduros y pepinos, y los cuencos llenos de

pistachos tostados— . ¿Te preocupas por el dinero?

— preguntó mi madre. — El salario que recibe mi marido del taller de alfombras real apenas alcanza para cubrir nuestros gastos — afirmó la señora— . El sah le permite hacer encargos por su cuenta en su tiempo libre, y gracias a eso disfrutamos de comodidades, pero son ingresos que vienen y van con el viento. Una alfombra de seda nueva es lo primero de lo que prescinde una familia con problemas de dinero.

Se volvió hacia su esposo.

— ¿Y no es cierto que ni siquiera se puede confiar en

la familia real como clientes? Recuerdo las historias sobre

el difunto sah Tahmasp, que se volvió un hombre muy

religioso y despidió a cientos de pintores miniaturistas, iluminadores, calígrafos y encuadernadores. Podría volver

a ocurrir una desgracia semejante. Gostaham pareció disgustarse.

— El sah Abbas no se parece en nada a su abuelo.

No tiene motivo alguno para dejar de financiar el taller de alfombras real, que rinde grandes beneficios.

— Aun así — insistió la mujer con impaciencia— ,

¿quién puede predecir lo que ocurrirá? Por supuesto, una madre y una hija solas deben mostrarse siempre muy

precavidas con el futuro de sus finanzas.

Mi madre se inclinó hacia atrás al oír estas palabras,

como golpeada por el fuerte viento del desierto. Nada la aterrorizaba más que la idea de tener que sobrevivir solas, ella y yo, igual que tras la muerte de mi padre.

— Fereidun y sus parientes tienen docenas de casas

en Isfahán y en todo el país — prosiguió Gordiyé— . Cada

casa que compran y cada tienda que montan en el desierto necesitan alfombras, buenas alfombras. Y una familia como ésa las quiere de seda, no de lana. — Se volvió hacia mí— . ¡Piensa en lo mucho que beneficiaría semejante alianza a nuestra familia!

Era la primera vez que la oía referirse a la familia incluyéndonos. Comprendí que Gordiyé tenía sus propias razones para alentar la unión, aunque el dinero del sigue fuera sólo para nosotras dos.

— Haría cualquier cosa por ayudar a la familia

— repliqué en tono elocuente.

— Y yo también — se apresuró a añadir mi madre— .

¿Qué dice Fereidun acerca de proporcionar una casa a mi

hija?

— No ha ofrecido ninguna — contestó Gordiyé— ,

pero si tu hija lo complace y es obediente, eso podría venir después.

Mi madre suspiró.

— Desde luego, no es la oferta que yo creía al principio.

— Lo comprendo — dijo la señora en tono

tranquilizador— . Por supuesto, deseas lo mejor para ella. Pero ¿qué mejor oferta puede esperar una joven sin dote?

La frente de mi madre se llenó de arrugas y detecté

una expresión de impotencia en sus ojos.

— Tendréis mi respuesta en unos días — dijo al fin.

— No le hagas esperar demasiado — replicó

Gordiyé.

— Y no digas una sola palabra a nadie — añadió

Gostaham— . Queremos que se mantenga en secreto,

aunque tu hija se case finalmente con Fereidun.

— ¿Por qué? — pregunté.

La señora apartó la mirada.

— Es absolutamente legal — repitió, y se produjo un

largo e incómodo silencio, momento en que Gostaham

carraspeó. Mi madre lo miró, esperando una respuesta.

— No es del tipo de cosas que una familia como la

nuestra querría dar a conocer — respondió él finalmente.

Yo tenía otra preocupación que me escocía como la sal bajo fe piel.

— ¿Y qué hay de mi aprendizaje? — dije— . Gostaham me está enseñando el arte de hacer alfombras. Por primera vez en aquella conversación, el maestro pareció complacido, como si realmente me considerara hija suya.

— Al margen de lo que decida tu madre sobre ese

matrimonio, seguiré enseñándote mientras quieras aprender — declaró.

Su respuesta fue como una luz que manara de su corazón al mío.

— Quiero seguir aprendiendo — aseguré— . Pero ¿y si tengo que irme a vivir lejos?

— Dado que Fereidun no te ha ofrecido una casa,

seguirás aquí— explicó Gordiyé.

— ¿No insistirá en mantenerla encerrada, lejos de la mirada de extraños? — preguntó mi madre.

— Es rico, pero no procede de una familia de alcurnia de Isfahán — respondió Gordiyé— . Lo más seguro es que sólo encierre a sus mujeres permanentes. — Se volvió hacia mí— . No te preocupes — dijo— , estoy segura de que no le importará lo que hagas durante el día. — line/> Después de esta entrevista, fui a la habitación donde dormía con mi madre y miré alrededor sin ver nada; luego subí las escaleras hasta la azotea como si fuera a mirar la ropa tendida, aunque no había ropa alguna; después fui a la cocina por si necesitaban ayuda y estuve picando cebollas unos minutos, hasta que derramé un cuenco de alholva al suelo y la cocinera me echó de allí con la orden de que no volviera. No era que el aspecto físico de Fereidun me desagradara, pues, aunque no era tan apuesto como Iskandar, tenía un cuerpo erguido y musculoso y desprendía un atrayente olor a caballo. Pero su propuesta no era la respetable oferta que yo esperaba recibir de un pretendiente. Si Fereidun me quería a mí, ¿por qué no se casaba conmigo para siempre? Y si debía contraer matrimonio con una mujer de alcurnia que le diera un heredero, ¿por qué no se casaba con ella primero y luego me convertía en su segunda esposa? Hice mis tareas con una gran inquietud, consciente de que mi porvenir podía cambiar en un solo día. Si me casaba, perdería la virginidad para siempre y tal vez tuviera hijos. Mi vida sería completamente distinta. Imaginé los días ociosos y las noches de amor, los cuencos llenos

de miel y dátiles, mi vientre abultándose. Pero ¿y si no seguía casada al cabo de tres meses? En tan poco tiempo no se me notaría nada. Me habría gustado ir a casa de Nahid y preguntar qué opinaban su madre y ella. Pero Gostaham me había advertido que guardara silencio sobre la propuesta. Si el sigue concluía al cabo de los tres meses sin que hubiera embarazo, tendría mejores perspectivas si nadie estaba al

corriente. La situación me parecía muy extraña, puesto que todos los matrimonios que yo había conocido hasta entonces se anunciaban y celebraban con gran gozo. ¿Por qué éste parecía ocultarse tras un velo de vergüenza?

— Hija de mi corazón — dijo mi madre cuando nos

encontramos en la habitación por la noche— , ¿qué has estado pensando? — Tenía unas profundas ojeras y sus pies estaban de nuevo enrojecidos e hinchados, pues el trabajo en la cocina había sido muy duro ese día. Acerqué un cojín y se lo coloqué bajo los pies cuando se tumbó sobre las mantas.

Baba y tú siempre me decíais que me casara con

un buen hombre — contesté— . ¿Cómo puede Fereidun

ser ese hombre si sólo me quiere para unos meses? Ella suspiró.

— Por lo que sabemos, tiene reputación de hombre

cabal — señaló— . No hay motivos para pensar lo contrario.

— Me siento como si quisiera comprarme por poco

dinero — repliqué— . Baba y tú me educasteis para esperar algo mejor.

Mi madre me cogió una mano entre las suyas.

— No podemos mantener las expectativas que

tuvimos en otro tiempo — dijo— . Esta oferta ya

sobrepasa lo que yo creía Posible.

— ¿Qué otra cosa es posible?

— Nada — contestó mi madre sombríamente— .

Gordiyé tiene razón. ¿Qué más pueden esperar dos mujeres pobres como nosotras?

Me ajusté el pañuelo blanco que me cubría la cabeza.

— Si la decisión fuera mía, diría que no. Al fin y al

cabo, Haj Alí decía que los matrimonios realizados en el

año del cometa estarían llenos de pasiones y conflictos.

Mi madre retiró las manos.

— La decisión no es tuya — declaró con firmeza.

— Tengo derecho a decir que no ante el ulema si no

estoy de acuerdo — repliqué airadamente, recordando lo

que me había explicado Goli en una ocasión.

— Si haces eso, te apartarás para siempre de esta familia, y eso me incluye a mí.

Su respuesta me dejó helada.

— Entonces ¿quieres que me case con Fereidun en

contra de mi voluntad?

— Nuestra posición en esta casa es insegura.

— Lo siento — dije, consciente de que yo tenía buena parte de culpa.

— Por eso te pido que no seas imprudente por

primera vez en tu vida — prosiguió mi madre, suavizando el tono— . Es mejor que dejes esta decisión en manos de tus mayores, que se preocupan por tu futuro y sabrán hacer

lo mejor. La mera alusión a mis anteriores errores hizo que deseara ocultar el rostro de pura vergüenza. Tras haber actuado de forma tan irreflexiva, estaba impaciente por demostrar que podía aprender de mis equivocaciones. — Chashm — dije dócilmente, usando la palabra con que los soldados expresaban obediencia a las órdenes de sus superiores— . Me someto a tu voluntad. — Y me incliné hasta tocarle con la cabeza los pies hinchados, resuelta a hacer cuanto me pidiera. — line/> A la mañana siguiente, mi madre dio su consentimiento a la oferta. Gostaham escribió una carta a Fereidun y nos felicitó con escaso entusiasmo. Casi inmediatamente recibimos la respuesta, proponiendo que la unión se formalizara al día siguiente, el primero del Ramadán. Esa mañana nos levantamos tarde, pues habríamos de ayunar hasta la puesta del sol. Mi madre ayudó a la cocinera a trocear las verduras y freír la carne, mientras yo limpiaba el arroz de bichos y piedrecitas y lo ponía en remojo para quitarle el almidón. Incluso una tarea tan sencilla como aquélla pareció llevarme más tiempo de lo normal, porque tenía hambre y sed. Mis pensamientos volvían a menudo a Fereidun mientras trabajaba. Hacía meses que no lo veía, así que sentía curiosidad por saber qué aspecto tendría y si habría de lamentar haberme sometido a los deseos de mi madre. A media tarde sentía la lengua pegada al paladar y

me costaba hablar. Los días empezaban a ser calurosos, todos teníamos mucha sed y nos costaba mucho no pensar en agua. Las jornadas también eran más largas, lo que significaba que el anochecer se retrasaba. Cada momento requería una gran fuerza de voluntad. Al acercarse el ocaso, todos nos sentíamos débiles por la falta de alimento. Las hijas y los nietos de Gordiyé se habían reunido en la casa, esperando la hora de poder comer. Cuando el intenso aroma de los guisos de cordero y pollo de la cocinera impregnó el aire, empecé a salivar de tal modo que me dolió la lengua. Los adultos alimentaron primero a los niños que eran demasiado pequeños para ayunar. La tensión fue en aumento a medida que se acercaba el momento de satisfacer el hambre. La cocinera, que parecía especialmente nerviosa, nos gritaba órdenes como si fuéramos soldados. Quería que todo estuviera listo a tiempo, pero no demasiado pronto para que los platos no se enfriaran. Yo me sentía como si fuera a caerme de la nube de sensaciones que se cernía sobre mí. Por fin el estruendo del gran cañón despertó a todo el mundo. Ayudé a Shamsi y Zohré a llevar la comida a la Gran Sala. La familia de Gostaham se precipitó sobre ella como leopardos dispuestos a devorar una gacela. No se oía más ruido que el de los dientes al masticar. El maestro, que normalmente cogía el arroz con un trozo de pan y se lo llevaba a la boca pulcramente, ahora dejaba caer los granos sin prestar atención. Nadie dijo nada hasta que los estómagos se llenaron y las gargantas se suavizaron con

la bebida. En la cocina, mi madre, los criados y yo estábamos igual de silenciosos mientras servíamos la comida. Por lo general esperábamos a que la familia terminara de comer, pero no así durante el Ramadán. El hambre apremiaba. Yo no sabía si comer o beber primero, así que empecé con una taza del sharbat de la cocinera, una refrescante mezcla de zumos de frutas, azúcar, vinagre y esencia de rosas. La bebida era dulce y acida al mismo tiempo, lo que me abrió aún más el apetito. Pero cuando me dispuse a comer, no pude tragar un solo bocado. Mientras tomábamos el té, llegó Fereidun con su administrador y el ulema. Gostaham los acompañó a la Gran Sala, donde les ofreció bebidas y dulces antes de llamarnos a mi madre y a mí. Yo llevaba el chador que me cubría completamente, puesto que me hallaba en compañía mixta. Eché una miradita a mi pretendiente, que vestía una suntuosa casaca larga de terciopelo marrón y estampada con un motivo de jinetes y corceles dorados. Gostaham leyó el contrato matrimonial en voz alta para comprobar su duración y la suma que se nos pagaría. Cuando el ulema me preguntó si consentía, asentí sin vacilar, tal como había prometido a mi madre. El novio firmó el documento, y mi madre, Gostaham, el ulema y el administrador actuaron como testigos. Fereidun se mostró muy frío durante los trámites, pero cuando nadie lo veía, me lanzó una franca mirada de admiración que me hizo estremecer. Sentí que mi cuerpo estaba pesado y maduro, como un dátil macerándose en

sus propios jugos. Y me dio escalofríos pensar en lo que ocurriría al quedarme a solas con él por primera vez. Sabía que tendría que quitarme la ropa, pero no tenía la menor idea de lo que ocurriría después. Esperaba que me gustara y rogaba lograr complacerlo. Me consolé pensando en las palabras de Goli: «A todo el mundo le gusta», me había comentado en una ocasión. Mi madre recibió un saco de monedas del administrador. Fereidun y su séquito nos dieron las gracias y partieron. Cuando regresamos a nuestra habitación, oí la plata que tintineaba debajo de las ropas de mi madre, y pensé que mi boda más parecía un negocio que una celebración. Resultaba muy extraño quedarse en casa sin hacer nada el día de mi boda, de modo que mi madre y yo fuimos andando a la Imagen del Mundo para entretenernos un rato por la noche. Los tenderos habían adornado sus puestos con luces para que la gente pudiera examinar su mercancía hasta la madrugada. Los malabaristas y contadores de historias divertían a la multitud, y había chicos vendiendo almendras con miel e infusiones de azafrán con cristales de azúcar. Las familias compraban pinchos de cordero asado y los comían mientras paseaban de una tienda a otra. Reinaba una gran animación, pero me sentía un poco rara en medio de aquella multitud en lugar de estar celebrando mi boda, como habría ocurrido en mi aldea. Allí habría estado rodeada de invitados durante todo un día y una noche.

Juntos habríamos bailado, cantado canciones, contado

historias y recitado poemas, y después de habernos saciado de pollo con arroz, cascaras de naranja y azúcar,

mi marido habría venido a reclamarme. Pensé en lo

orgulloso que habría estado mi padre y lo eché de menos

con todo mi corazón.

Casi despuntaba el día cuando regresamos a casa y comimos cuajada, hierbas, frutos secos, dulces y pan para resistir el ayuno del día siguiente. Poco antes de que asomaran los primeros rayos del sol, tomé un último vaso

de sharbat de cerezas, me acosté y me tapé con las

mantas, esperando que no me despertaran antes de mediodía. Pero no hice más que dar vueltas, pues mi cuerpo no estaba acostumbrado a dormir a esas horas. Me sentía mareada y nerviosa por tantos cambios repentinos. Me recordó el momento en que mi padre nos

había dejado solas de un día para otro. El mismo suelo

que pisaba parecía tambalearse bajo mis pies, como si un

terremoto estuviera a punto de reducir nuestra aldea a escombros. — line/> No tuve que esperar mucho para que Fereidun me reclamara Por primera vez. Fue el cuarto día del Ramadán, y lo hizo por medio de una carta en la que se me daban instrucciones para que me bañara, me vistiera y estuviera lista para encontrarme con él antes de que sonara el disparo de cañón del siguiente día. Por fin iba a convertirme en una mujer madura. Lo sabría todo, igual que Goli.

Por la tarde, mi madre y Gordiyé me llevaron al elegante hammam de nuestro barrio. Por primera vez, mi madre indicó a Homa que me llevara a un reservado. Allí la anciana me untó las piernas con una espesa crema de olor agrio, hecha de siempreviva menor. Al cabo de unos minutos me echó un cubo de agua y el vello desapareció, dejándome una piel de niña pequeña. Luego me echó la cabeza hacia atrás y me depiló las cejas, no tanto como si fuera una mujer madura, sólo lo justo para que se curvaran como dos medias lunas. — Cada vez estás más guapa — comentó Homa. Yo me ruboricé, pues no estaba acostumbrada a pensar en mí de esa forma. Cuando terminó, volví con las demás mujeres a la sala principal de los baños. Me dio la impresión de que mis muslos, tan lisos, se susurraban el uno al otro al andar. Regresé al lugar donde mi madre y Gordiyé reían tumbadas, y me eché junto a ellas. Prepararon pasta de alheña en un cuenco y Gordiyé me pintó las palmas de las manos hasta la muñeca y los dedos hasta la mitad. Mi madre me decoró los pies y los dedos también hasta la mitad. Al cabo de varias horas, cuando limpiaron la pasta, todos mis dedos parecían adornos. No rieron ni me hicieron bromas, como se suele hacer con las novias, pues estaban resueltas a mantener mi matrimonio en secreto. Después llegó por fin el momento del baño. — ¡Vello y alheña, como si fueras a casarte! — observó Homa mientras me frotaba la espalda. — ¡Serías la primera en saberlo, Homa jun!

— repliqué, tratando de hablar con desenfado. No estaba acostumbrada a mentir y las palabras se me trababan en la boca. Homa rió y me echó agua por la cabeza para aclararme. Después hicimos la Gran Ablución en la pila más grande del hammam. Por lo general el agua caliente me producía una sensación de sueño y apatía, pero en esa ocasión no hacía más que moverme con nerviosismo, hasta que las demás mujeres me rogaron que parara. Cuando llegamos a casa, Gordiyé nos condujo a su

vestidor, una pequeña estancia del andaruni. Estaba llena de arcones que contenían prendas para ocasiones especiales. Mientras sacaban las preciosas sedas, la señora de la casa preguntó a mi madre por el día de su boda.

— Pensé que era la joven más afortunada de toda la

aldea respondió ella con una sonrisa— , porque me casaba con el hombre más guapo.

— ¡Ah, pero la belleza viene y se va! — dijo Gordiyé

— . Yo misma era una muchacha preciosa, y no tenía estas

carnes gruesas y nacidas.

Mi madre suspiró.

— ¡No me habría importado que su belleza desapareciera, con tal de que siguiera vivo! Pero, si Dios quiere, el futuro de mi hija será mejor que el mío. Me desvestí y la señora me ayudó a ponerme un vestido largo de seda blanca transparente. Me estremecí al pensar cómo me sentiría al mostrarme así ante Fereidun, pues no osaba imaginarme completamente

desnuda.

A continuación me pusieron una blusa holgada de

seda, roja como una manzana, pantalones a juego y unas relucientes babuchas doradas acabadas en punta. La joya

del atuendo era una túnica con un estampado de rosales rojos que parecían pintados. Cada arbusto tenía un capullo, una flor medio abierta y una rosa en todo su esplendor. Una mariposa extendía sus alas hacia el corazón de la rosa, dispuesta a libar.

Mi madre me ayudó con la túnica.

— Hija mía, estas rosas no tienen espinas — observó

— . Tenlo en cuenta cuando estés con tu marido. De repente me sentí mareada, seguramente porque no comía nada desde antes de la salida del sol. Me senté en un escabel para tratar de serenarme. Gordiyé me pintó los párpados con kohl y me repasó las cejas. Luego me dio unos toques de color rosa en los labios, que así parecieron más pequeños, y me pintó un pequeño lunar negro cerca de la boca. Mi madre me cubrió el cabello con una tela de encaje blanco, dejando unos mechones sueltos para que adornaran mi rostro. Gordiyé me colocó uno de

sus hilos de perlas de una sien a otra, pasando por debajo de la barbilla, y otro alrededor de la cabeza. Noté entonces cada una de las perlas posadas en mi frente, frías como las aguas de un arroyo.

— Levántate, azizam, querida — indicó mi madre. La

obedecí y las dos me miraron con embeleso, como si contemplaran un hermoso cuadro que yo no había visto jamás. Luego me puso las manos sobre las mejillas— .

Eres tan preciosa como la luna llena — dijo. Una vez vestida, apenas me atrevía a moverme por miedo a estropear su excelente trabajo. Mi madre me condujo hacia una vasija donde ardía incienso, y me pidió que me colocara con un pie a cada lado para perfumar mis ropas. — Y lo que hay debajo — añadió Gordiyé, y soltó una

carcajada maliciosa. El dulce e intenso aroma del incienso me nubló el pensamiento y volvía sentirme mareada. Entonces la señora me cubrió el cuerpo con un chador

de

seda blanca y un piché para que nadie me reconociera.

Mi

madre se puso su chador negro. Como estábamos en

Ramadán y aún no había llegado la hora de comer, no me dieron un dulce de almendras mojado en agua de rosas, sino que me frotaron los labios con él y me desearon una dulce vida conyugal. Nos habían indicado que mi madre y yo fuéramos a una de las casas que Fereidun tenía cerca de la antigua Gran Mezquita. Salimos, pues, de casa de Gostaham y nos alejamos del río en dirección a la puerta Norte, siguiendo el bazar hasta la antigua plaza central de la ciudad. Desde allí, pasamos por delante de cuatro caravasares, tres hammam y dos escuelas religiosas, antes de llegar a la antigua Gran Mezquita, construida quinientos años atrás, hecha de ladrillo, sin pinturas ni azulejos. Mientras que la plaza y la Gran Mezquita del sah eran de una insuperable magnificencia, aquella zona de la ciudad tenía la grandeza serena de lo que perdura. Ni siquiera los mongoles la habían destruido.

— Entremos un momento en la mezquita — pedí.

Traspusimos la inmensa entrada y fuimos a parar a un corredor oscuro de sólidos muros de ladrillo y gruesas columnas. Pensé en todos los que habían rezado allí antes

de mí, sobre todo en las muchachas que fueron vírgenes un

día para convertirse en mujeres casadas al siguiente. Me

sentí sumida en la oscuridad de la ignorancia, pero pronto esperaba alcanzar yo también la brillante luz del conocimiento. Salimos del corredor al patio exterior para

el rezo, bañado por el resplandor del sol. Me quedé un

momento bajo aquella luz, musitando plegarias, mientras

mi madre aguardaba.

— Ya estoy lista — dije.

Abandonamos la plaza y enfilamos una calle angosta donde sólo las altas verjas indicaban que había casas. Faltaba poco para que disparasen el cañón y las calles estaban llenas de gente que se dirigía presurosa e impaciente al lugar donde pensara consumir su siguiente comida. Mi madre preguntó a un niño por la casa de Fereidun, y él nos condujo hasta una puerta de madera tallada. Usamos la aldaba para las mujeres, que produjo un sonido

agudo. Al punto, una anciana criada nos abrió la puerta y

se presentó como Hayedé. La reconocí, pues era una de

las mujeres que había cantado en el hammam cuando Homa me había alabado. Entramos y nos quitamos el chador. Ella nos mostró sus respetos, pero asumiendo su posición de superioridad, indicó a mi madre que ella se ocuparía de mí

a partir de ese momento. Yo no esperaba que tuviera que despedirme de mi madre tan pronto. — No olvides que llevas el nombre de una mujer de gran fortaleza y sabiduría. Sé que harás honor a ese nombre — me susurró ella, tomándome la cara entre las manos. Cuando se dio la vuelta para marcharse, vi que tenía

los ojos llenos de lágrimas, igual que yo. Creo que jamás me he sentido tan sola como entonces. — Te gustará estar aquí — dijo Hayedé, percibiendo mi angustia. La casa tenía cuatro habitaciones dispuestas en torno

a un Patio abierto con una bonita fuente cantarina. Hayedé recogió mi chador y observó mi atuendo. Debió de considerarlo apropiado, pues me condujo a una habitación

y me indicó que me Quitara las babuchas y esperara allí. La habitación era como un diminuto estuche de joyas. Sus paredes tenían numerosas hornacinas pintadas con amapolas anaranjadas y fantásticas flores de color turquesa. El techo estaba adornado con motivos de soles, como un cortinaje de yeso blanco, y lo habían cubierto de pequeños espejos que brillaban como estrellas. Una preciosa alfombra de seda con motivos florales cubría el suelo. Dos tapices más pequeños, con unos pájaros cantando en un árbol florecido, colgaban de las paredes, pues eran demasiado valiosos para pisarlos. Al alcance de la mano tenía cuencos llenos de melones, uvas y pepinos pequeños, así como altas jarras de agua y vino tinto.

No sé cuánto tiempo tardó Fereidun en presentarse. Cada minuto me pareció tan largo como un año, y apenas me moví por miedo a malograr mi aspecto. Creo que debía de parecer una princesa pintada en un cuadro. Todos los detalles eran perfectos, pero no me sentía yo misma. Me miré las manos y los pies adornados con alheña como si pertenecieran a otra persona, pues era la primera vez que me los pintaban. Pensé en mi amiga Goli y en cuánto había ansiado yo descubrir los misterios que ella conocía desde hacía años. En ese momento deseé seguir ignorándolos toda mi vida. Sonó el disparo del cañón y, tras unos instantes, la puerta de la habitación se abrió y entró Fereidun, seguido de media docena de criadas que llevaban humeantes bandejas de comida. — Salam — dijo, sentándose en un cojín junto a mí. Llevaba una casaca larga del color del espliego sobre una túnica verde y un turbante blanco con hilo de plata. Dos criadas extendieron un mantel delante de nosotros, y las demás criadas colocaron encima las bandejas con comida suficiente para veinte personas. Luego se retiraron respetuosamente. Fereidun parecía tan cómodo como la primera vez que me había visto con la cara descubierta. — Debes de tener hambre — comentó— . Rompamos juntos el ayuno. Partió un trozo de pan, cogió con él una porción de cordero con arroz guisado al eneldo y me la ofreció. Yo la miré alarmada.

Era la primera vez que aceptaba comida de manos de un desconocido. — No tienes por qué mostrarte cohibida — dijo Fereidun, inclinándose hacia mí— . Estamos casados. — Al ver que yo daba un respingo, se echó a reír— . ¡Ah, las vírgenes! — exclamó con una sonrisa de deleite. Cogí la comida de su mano y me la llevé a la boca. Era lo más suculento que había probado en mi vida, y había de sobra para los dos: dos pollos guisados, una pierna de cordero asada, arroz con habas y cebollas, y un plato de arroz dulce hecho con azafrán, agracejo, cascara de naranja y azúcar. No pude comer mucho, pero Fereidun tomó de todo y en abundancia, como podía esperarse de un hombre de su posición. De vez en cuando paraba y me preparaba un bocado. Comíamos en silencio, igual que en casa, para asíapreciar mejor el regalo de los alimentos. Cuando terminamos, Fereidun llamó a las criadas para que lo retiraran todo. Me fijé en que observaban cuánta comida quedaba en los platos para calcular si cenarían bien esa noche: yo había hecho lo mismo en otras ocasiones. Fereidun pidió una pipa de agua y un músico. La gran pipa de cristal con un ascua ardiendo sobre el tabaco apareció al mismo tiempo que el joven músico, aún barbilampiño. Fereidun dio una chupada a la pipa y me la ofreció, pero yo rehusé; nunca había fumado. El músico se sentó delante de Fereidun y esperó a que éste levantara la mano para empezar a tocar. Luego comenzó a pasar el arco sobre el kamanché, cuyas melodías me abrasaban el

corazón. Mientras contemplaba aquella pareja tan armoniosa, me abrumó una soledad desgarradora. El músico y su kamanché evocaban una vida conyugal que yo

no había conocido y que quizá no conocería jamás. De

pronto eché de menos a mi padre. Respiré hondo para

tratar de serenarme, pero Fe