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EDITORIAL |

DOMINGO 9 DE SEPTIEMBRE DE 2007 | El Siglo de TorreÛn | 7A

EDITORIAL | DOMINGO 9 DE SEPTIEMBRE DE 2007 | El Siglo de TorreÛn | 7A

25 años

M éxico nunca volvería a ser el mismo. La expropiación de los bancos en 1982 se ex-

plicó de diversas maneras, pero tu- vo una enorme consecuencia que sus autores nunca imaginaron: la destrucción de la confianza. Un cuarto de siglo después, tras dedi- car 25 años casi íntegramente a tra- tar de reconstruir esa confianza, el país no la ha recobrado del todo. Sin embargo, en 2006 México mostró que, a pesar del embate e intentos irredentos por minar la confianza, ésta se mantuvo, al menos por lo que toca a los mercados financieros. Si algo prueba estos cinco lustros es que la confianza, a pesar de su fragi- lidad, es indispensable para el desa- rrollo de una sociedad. Igual de cla- ro es que se requiere una visión de futuro, en un contexto de confianza, para lograr ese desarrollo. La expropiación de los bancos fue un acto inusitado. Luego de dé- cadas de crecimiento y desarrollo, fortaleza y vigor, durante los se- tenta el sistema fue incremental- mente debilitado y subordinado a las preferencias financieras guber- namentales. Con el crecimiento de la inflación, los bancos vieron dete- rioradas sus finanzas, desaparecie- ron los créditos de tasa fija, se im- pusieron estrictos “cajones” para canalizar crédito a actividades im- productivas y en una palabra, se debilitó el factor clave para el de- sarrollo económico, toda vez que los bancos son el vaso comunicante entre el ahorro y la inversión. Mé- xico llegaba al inicio de los ochenta con una banca deteriorada, que hu- biera podido recuperarse con una corrección seria y necesaria a la política económica, luego de dos se- xenios de pésima administración económica y financiera.

El otro legado de la expropiación de los bancos y de hecho, de toda la década de los setenta, fue la inauguración de la era del conflicto político como medio para avanzar una agenda distinta a la del desarrollo económico por medios ortodoxos y tradicionales. Visto desde esa perspectiva, la expropiación de los bancos constituyó la culminación de los esfuerzos iniciados a partir de 1970 por cambiar el curso del desarrollo del país, conferirle al Gobierno control sobre los instrumentos de control de la economía y principales medios de producción. Para quienes avanzaban esa agenda, la expropiación de los bancos representó el primer gran paso en la construcción de ese otro México. A pesar de la derrota que en los hechos sufrió esa perspectiva, ésta nunca desapareció y como pudimos observar en la contienda de 2006, está tan viva como siempre.

Pero no habría de ser así. En lu- gar de reconocer y enmendar los errores, la respuesta del entonces presidente José López Portillo fue pasional y arbitraria y trajo conse- cuencias que todavía hoy no acaban de resolverse. La expropiación de los bancos constituyó un golpe mor- tal a la confianza no sólo del peque- ño núcleo de propietarios o accio- nistas de los bancos, sino de la clase media que ya tenía un sentido de ahorro y de propiedad. Al mismo tiempo, el acto de expropiar abrió una escisión en la sociedad mexica- na que, como ilustró la contienda electoral del año pasado, no acaba por sanar. Ambas dinámicas, la de la confianza y la de la disputa por el futuro, han dominado la lucha polí- tica de este cuarto de siglo y no pa- rece haber nada en el horizonte que prometa una resolución razonable para beneficio de toda la sociedad. La expropiación también minó la confianza en las instituciones. Para un sistema político tan dado a cuidar

las formas, el manejo de la expropia- ción fue atroz. La expropiación des- truyó la confianza en el sistema le- gal: es interesante observar que en los considerandos del decreto de ex- propiación se alega todo menos la utilidad pública de la medida. Luego se procedió a llevar a cabo una en- mienda constitucional para hacer permanente la arbitrariedad, tiran- do al basurero el concepto de la no- retroactividad de las leyes. Los mexicanos podíamos estar de acuerdo o en desacuerdo con el sistema político posrevolucionario, pero por décadas al menos había existido la sensación de que funcio- naba. El acto expropiatorio vino seguido de violaciones a las reglas no-escritas de convivencia de la so- ciedad mexicana. Nunca antes se había amenazado a las personas en su vida, patrimonio y manejo de su destino, como ocurrió con las infa- mes listas públicas de “saca dóla- res”, listas de gente que, valga re- cordarlo, nunca cometió delito al-

guno. Pronto vendría un monstruo- so relajamiento en el comporta- miento de los funcionarios públi- cos, que ahora se imaginaban desti- nados a salvar a la nación (con la notable excepción de Don Adrián Lajous, cuyo valor cívico merece ser recordado). Hubo una psicosis tal que súbitamente comenzaron a construirse listas de blancos de ex- propiación: que Televisa, que las grandes tiendas comerciales; hasta un hipódromo se consideró expro- piar. Como los jacobinos en la Re- volución Francesa, el Gobierno, alentado por los “progres”, se aprestaba a pasar por la guillotina a una ciudadanía perpleja ante el espectáculo de un Gobierno dedica- do a violar toda norma y ley. Sin confianza, la economía del país se vino abajo. El déficit fiscal para ese año de 1982 ascendió al 18% del PIB y todo indicaba que estábamos al borde de la hiperin- flación. De hecho, hubo algunos meses en ese año y en el subsi- guiente en los que la inflación men- sual anualizada superó el 400%. Só- lo un programa económico draco- niano como el que se instrumentó a partir del inicio de 1983 podía con- tener la implosión de la economía. Pero lo más importante fue que, a sabiendas del Gobierno o no, a par- tir de ese momento comenzaría una larga e incierta travesía, años de esfuerzos gigantescos, hacia la re- construcción de la confianza de la población en sus instituciones y en su Gobierno. Algo de eso sin duda se logró, tal y como lo ilustra la im- presionante estabilidad que mos- traron los indicadores financieros y macroeconómicos a lo largo de 2006, a pesar del conflicto político que se vivía. El otro legado de la expropia-

LUIS RUBIO

ción de los bancos y de hecho, de toda la década de los setenta, fue la inauguración de la era del conflicto político como medio para avanzar una agenda distinta a la del desa- rrollo económico por medios orto- doxos y tradicionales. Visto desde esa perspectiva, la expropiación de los bancos constituyó la culmina- ción de los esfuerzos iniciados a

partir de 1970 por cambiar el curso del desarrollo del país, conferirle al Gobierno control sobre los instru- mentos de control de la economía y principales medios de producción. Para quienes avanzaban esa agen- da, la expropiación de los bancos representó el primer gran paso en

la construcción de ese otro México.

A pesar de la derrota que en los he-

chos sufrió esa perspectiva, ésta nunca desapareció y como pudimos observar en la contienda de 2006, está tan viva como siempre. Veinticinco años de altibajos, esfuerzos en ocasiones exitosos y en otros fallidos por construir una plataforma de crecimiento econó- mico. A lo largo de todo ese perio- do, lo único que fue constante fue el intento sistemático de recobrar la confianza de la población y de los inversionistas. A estas alturas pa- rece evidente que falta el jalón cla- ve: el que haga funcionar a la eco- nomía, acabando con los privile- gios, sin minar la confianza. La expropiación de los bancos cambió a México y aunque mucho del daño que provocó se ha supera- do, lo que no se ha podido recupe- rar es la confianza de que el Méxi- co del mañana será mejor que el de ayer. Hay acciones y maneras de actuar cuyos costos trascienden mucho más allá de lo que cualquie- ra puede llegar a imaginar. www.cidac.org

La televisión y la guerra por el IFE

L a mayor parte de las cosas deci-

sivas en este país suele suceder

en lo oscurito. Pero la batalla que

el Congreso y las televisoras están li- brando se realiza en terreno descam- pado y a la vista de todos. La colina que se disputa palmo a palmo es la permanencia o la salida de los conseje- ros del IFE, pero nadie ignora que eso sólo es el pretexto. Primero un re- cuento de hechos, luego una explica- ción de lo que podría seguir. El miércoles pasado los legislado- res acordaron un proyecto de dicta- men sobre la reforma electoral. Ya se sabía que vendría un recorte en el pe- riodo de las campañas y en los topes de gasto; se anticipaba también un mecanismo de recambio de los conse- jeros electorales que el PAN estaba concediendo a regañadientes. Pese a la oposición de Manuel Espino y su co- rriente, los panistas no tenían opción porque sus rivales habían condiciona- do la salida de Ugalde y compañía co- mo requisito para votar la reforma fis- cal. Y desde luego nadie estaba dis- puesto a sacrificarse por el cuestiona- do presidente del IFE. El martes pa- sado todo mundo había asumido que, así planteada, la reforma electoral es- taba totalmente cocinada. Pero el proyecto del miércoles in- cluyó una verdadera bomba: la prohi- bición de contratar tiempos de televi- sión y radio para las campañas políti- cas. Esto significa que los medios elec- trónicos dejarán de recibir el equiva- lente al 70% de lo que se gastan los partidos políticos con dinero prove- niente de nuestros impuestos. Una fortuna que en 2006 representó 2% de la facturación de Televisa y hasta 30% de algunos concesionarios de radio re- gional. Que los legisladores incluyeran este punto no fue una total sorpresa, pero las televisoras habían confiado en que sus presiones lograrían eliminarlo del proyecto de reformas. Posteriormente Labastida Ochoa, ahora senador, señaló que algunos de sus colegas con aspiraciones de con- vertirse en gobernadores, habían sido advertidos por Televisa de no promo- ver ese punto de acuerdo o serían eli- minados en términos mediáticos. La reacción de las televisoras fue fulminante. La noche del miércoles el noticiero de López Dóriga fue converti- do en una plataforma de misiles en con- tra de los partidos. Durante media hora desfilaron declaraciones de empresa- rios, intelectuales y presidente del IFE para clamar en contra de la partidocra- cia y el crimen que se estaba cometien- do en detrimento de la ciudadanía.

JORGE ZEPEDA PATTERSON

Pero el proyecto del miércoles incluyó una verdadera bomba: la prohibición de contratar tiempos de televisión y radio para las campañas políticas. Esto significa que los medios electrónicos dejarán de recibir el equivalente al 70% de lo que se gastan los partidos políticos con dinero proveniente de nuestros impuestos. Una fortuna que en 2006 representó 2% de la facturación de Televisa y hasta 30% de algunos concesionarios de radio regional. Que los legisladores incluyeran este punto no fue una total sorpresa, pero las televisoras habían confiado en que sus presiones lograrían eliminarlo del proyecto de reformas.

Obviamente el campo de batalla

que eligió Televisa no fue el asunto de los gastos de campaña, sabedora de que la opinión pública nunca apoyaría sus pretensiones. Prefirió hacer de la defensa de Ugalde y los consejeros del IFE el instrumento para torpedear la reforma electoral con la esperanza de que una revisión posterior eliminara las cláusulas que le perjudican. No calcularon mal. En el noticiero de la noche siguiente ya recogían el testimonio de legisladores panistas y de algunos partidos pequeños sobre la necesidad de volver a discutir el tema

e incluso lanzarlo a una consulta popu-

lar. Más de un priista coincidió con ellos. Una vez más, parecía que las te- levisoras habían ganado la batalla. Pero el viernes los legisladores con- traatacaron. Ese día varios diarios na- cionales destacaron en portada el ata- que de las televisoras y publicaron los testimonios de senadores sobre la ame- naza a sus carreras políticas. Pero so- bre todo se sacaron de la manga un as inesperado: anunciaron la reanudación de los trabajos para elaborar una nue- va ley sobre televisión, informando que

revisarían el periodo de las concesiones

y la conveniencia de romper monopo-

lios (es decir, tercera cadena). En el no- ticiero de esa noche, Televisa prefirió concentrarse en los huracanes y en el cambio climático. La semana había ter- minado con un empate de fuerzas.

Lo que sigue sucederá en las cá- maras, pero no en las de televisión. Probablemente ni siquiera en las le- gislativas, sino en las recámaras ocul- tas de las negociaciones entre los po- deres de facto. La reforma electoral requiere dos tercios del voto legislati- vo, para lo cual necesitad del PRI y del PAN. Es al interior de esos partidos donde se dará la batalla decisiva. Por el lado del PRI, Manlio Fabio Beltrones, coordinador de los senado- res, ha convertido este dictamen en su carta de presentación para convertir- se en eventual candidato presidencial.

Pero algunos gobernadores poderosos (Bours, Natividad y Peña Nieto), no quieren enturbiar sus relaciones con los medios electrónicos para no entor- pecer sus propias aspiraciones presi- denciales. Por otra parte, habrá que analizar con lupa el comportamiento de Emilio Gamboa, pieza clave de este entuerto, por ser el coordinador de los diputados priistas. Hasta el miércoles apoyaba decididamente el dictamen, pero en los últimos días se ha limitado a hablar de la reforma fiscal. No hay que olvidar que Gamboa es considera- do el gran personero de los intereses de Televisa en el Poder Legislativo. En el PAN estará por un lado San- tiago Creel, coordinador de los sena- dores y por el otro el ala dura de su partido encabezado por Manuel Espi- no y Federico Döring (hace tiempo que Televisa sólo entrevista a Döring, Creel desapareció de sus noticieros). La ausencia de Calderón, de visita en Asia y Oceanía y la intrascendencia del secretario de Gobernación, permi- ten suponer que esto no se resolverá hasta el regreso del presidente a me- dia semana. En principio, Calderón coincide con Creel: conceder en lo electoral para obtener su ansiada re- forma fiscal. Pero no hay que descar- tar la presión que los medios electróni- cos ejercerán sobre Calderón. Para ellos habrá llegado el momento de co- brar algunas facturas políticas pen- dientes del verano de 2006. Con frecuencia se ha dicho que el éxito o el fracaso de Calderón depen- derán de su capacidad para imponer límites a los privilegios de los mono- polios que impiden los cambios de fon- do. Ha llegado la hora. Si no consigue ganar esta batalla, que ni siquiera ha sido suya, la suerte estará echada. En cierta forma el sexenio habrá termi- nado en cuanto a la posibilidad de cambios reales. Sólo le quedará dedi- carse a gestionar cinco años y tratar de evitar que el país se desfonde. www.jorgezepeda.net

RELATOS DE ANDAR Y VER

ERNESTO RAMOS COBO

Las hebras rojizas

S upongamos una mañana en

la bahía de Zihuatanejo (es

más: estamos en Zihuatane-

Y perdonen que este

relato tenga saltos al final —o que regrese

jo), donde a nuestro lado brilla el

Pacífico impetuoso mientras un

irreprimible antojo de caldo de ca- marón ronda por el aire. Suponga- mos entonces que de la urgencia por satisfacer el cuerpecito surge

la consigna de visitar la merende-

ría Rosy contigua a la sección de pescados del mercado. Crónica y malabares sobre el paseo gastronó- mico es el propósito fundamental de estas letras. Comenzar diciendo que ir por el caldo —bicicletear hacia el caldo— es una canción a la vida. Suponga- mos que lavarnos sin prisa la cara,

cualquier pantaloncillo corto y unas pantuflas, de esas que chanclean, es el preámbulo de lanzarnos calle abajo rumbo al epazote. Un peda- leo tranquilo entre platanales que aún sostienen lluvia nocturna, acontece justo cuando la gente sale de los zaguanes a barrer las ban- quetas: son la siete de la mañana. Y por allí voy tranquilo sin coger el manubrio y no por farol ni nada por

el estilo, sino solamente pedalean-

do sabroso por las calles de este

pueblo guerrerense tan entrañable, pensando tal vez en las antenas ca- maroniles que se desbordaran del plato –porque así son los buenos caldos: un atolondrado sembradío de rojizas hebras ideal para sacar

el bicho sin que salpique, decapitar-

lo, succionarlo, nacer de nuevo… Y perdonen que este relato ten- ga saltos al final —o que regrese al principio— pero todo obedece a la

percepción personal de que el tra- yecto en sí es una más de las zana-

horias que flotan en el caldo y que

la imposibilidad de disección obliga

a contemplarlo como el todo que

nuestra cultura ofrece, llevándonos de la mano al saladito sabroso de las últimas patitas picosas. Supongamos entonces seguir pedaleando entre un bullicio inci- piente que brinca charcos y que la decisión de rodear por Cuauhté- moc y llegarle al mercado por ca- lle Ejido, es principalmente por- que hay que ir al muelle a ver las aves. Después cuando entramos al mercado y especulando en more- nas, no podríamos decir que las mejores están aquí –eso sería mentir—, pero sí hay algo de su-

al principio— pero todo obedece a la percepción personal de que el trayecto en sí es una más de las zanahorias que flotan en el caldo

y que la imposibilidad

de disección obliga a contemplarlo como el todo que nuestra cultura ofrece, llevándonos de la mano al saladito sabroso de las últimas patitas picosas.

dor y algo de cecina, si hay algo en esa chica que a mi paso se come el tamal con los dedos, que tiene un sensual olor a almizcle que flota y acompaña e inquieta. Pero no debemos desviarnos porque este sitio es un laberinto y

lo importante es el caldo, que está al fondo. Sabemos que debemos pa- sar el pasillo de las carnes hasta las verduras y que más adelante, a la izquierda, se llega al de los pesca- dos, todo esto rodeado del caos or- denado de manos prodigas que in- cluso pensaron en la perilla exacta

para estacionar la cleta. Y aunque el fileteo de huachinango sea en sí un milagro, y aunque por horas pu- diéramos detenernos allí, ahora lo que llama es el angosto túnel cuyas paredes son anafres y resorteras y hamacas y que agachando la cabeza conduce a la merendería Rosy. Es

allí donde está el tesoro. Podríamos decir que hay algo prehistórico y mitológico en este caldo hirviente. Pero mejor dejarlo así ahora que ya estamos sentados. Basta de caldo y de sus anexos. Y más ahora, porque ha llegado ya la humeante dosis de tortillas, hechas por manos que saben lo perfecta- mente crudo y lo perfectamente tostado, debiendo proceder enton- ces al salero y a cerrar estas letras, justo en el instante preciso en que la tortilla –con su peculiar doblez— se metamorfosea en la cuchara im- placable que todas las puede. ramoscobo@hotmail.com