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| El Siglo de TorreÛn | DOMINGO 16 DE SEPTIEMBRE DE 2007

| EDITORIAL

| DOMINGO 16 DE SEPTIEMBRE DE 2007 | EDITORIAL EL CENTENARIO DE TORREÓN Los vascos que
| DOMINGO 16 DE SEPTIEMBRE DE 2007 | EDITORIAL EL CENTENARIO DE TORREÓN Los vascos que

EL CENTENARIO DE TORREÓN

Los vascos que emigraron de Europa a conquistar las tierras de la Nueva España se destacaron por su espíritu aventurero y valeroso, fue a mediados del siglo XVI cuando algunos como Juan De Tolosa fun- dador de Zacatecas, Francisco de Urdiñola fundador de Saltillo y Francisco De Ibarra fundador de Du- rango, escribieron preclaros capítulos de la historia nacional al encabezar las primeras expediciones co- lonizadoras en el norte de México. Tocó trescientos años después, al vascongado Leonardo Zuloaga Olivares (1806-1865), fundar el rancho El Torreón (1850) sobre las márgenes del río Nazas al lado de Coahuila. Zuloaga encomendó a su administrador Pedro Santacruz, erigir un torreón para avizorar los ataques de los bárbaros y los luga- reños llamaron Torreón al naciente predio. Los pioneros que arribaron a Torreón fueron emigrantes de otras entidades y las etnias de allen- de los océanos Atlántico y Pacífico, de España, Francia, Alemania, Inglaterra, China, Japón, de los países árabes y de EU. Se dio, así, la fusión del mes- tizaje indoespañol con extranjeros. Nunca se imagi- nó Zuloaga que su rancho se transformaría en una moderna ciudad la que rebasó a otras de la época. Las actividades agrícola, industrial y comercial y una red ferroviaria, le dieron fama de progreso has- ta las fronteras. Ese auge se debió a la idiosincrasia del torreonense: trabajador, noble y visionario. Si el plano de la ciudad lo sobrepusiéramos al de 1907, percibiríamos el cambio morfológico de un ros- tro urbano a través de ¡apenas! cien años de historia. Este cotejo nos dice que aquel caserío del siglo XIX se transmutó en una metrópoli que alberga a casi un millón de habitantes en 2007; fidedigna muestra de este espléndido desarrollo es la apertura de asenta- mientos que evidencian un imparable crecimiento. Y si comparamos la edad de Torreón con la de otras urbes como Bagdad, Beirut, Jerusalén, Ate- nas, Roma o Pekín que tienen miles de años, deduci- ríamos que Torreón es una ciudad-bebé, a la que le expidieron su acta de nacimiento del l5 de septiem- bre de 1907, cuando elevaron la villa a ciudad. Evoquemos los nombres de Andrés Eppen, Joa- quín Serrano, Luis Veyán, Adolfo Aymes, Federico Wolff, Feliciano Cobián y Carlos González Montes de Oca, herederos del gran sueño de Leonardo Zuloaga Olivares, hacer de esta llanura semidesértica un em- porio que venciera la adversidad. Tal objetivo ha pa- sado -no exento de justificada ufanía-, generación tras generación hasta el presente, sublime propósito que heredarán y seguirán realizando con ahínco los torreonenses del futuro. El torreonense tiene casta de triunfador. Los festejos son para todos los que na- cimos aquí, motivo de alegría y orgullo que recorda- remos felizmente en los años venideros. Y así será. Carta resumida Domingo Deras Torres, Torreón, Coahuila.

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Las cartas pueden ser editadas por razones de espacio. PERIÓDICO REGIONAL DEFENSOR DE LA COMUNIDAD ANTONIO
Las cartas pueden ser editadas por razones de espacio. PERIÓDICO REGIONAL DEFENSOR DE LA COMUNIDAD ANTONIO

PERIÓDICO REGIONAL DEFENSOR DE LA COMUNIDAD

ANTONIO DE JUAMBELZ Fundador

OLGA DE JUAMBELZ Y HORCASITAS Presidenta del Consejo

ANTONIO IRAZOQUI Y DE JUAMBELZ Vicepresidente y Director General

ALFONSO GONZÁLEZ-KARG DE JUAMBELZ Director General Adjunto

ENRIQUE IRAZOQUI MORALES Director de Operaciones

MARÍA DEL SOCORRO SOTO NAVARRETE Subdirectora de Finanzas

JAVIER GARZA RAMOS Subdirector Editorial

Dentro de su programa, El Siglo de Torreón pugnará:

Por un crecimiento ordenado y sano de la zona urbana

Por que la policía sea una garantía social

Por la disminución de los “tabaretes”

Por el aumento de escuelas y fundación de bibliotecas

Por la prosperidad de La Laguna

Por que todos tengamos como norma que favorecer los negocios de la Comarca es contribuir al engrandecimiento de nuestros propios negocios

Por llevar al ánimo del Gobierno Federal la idea de que:

“La Provincia también es México”.

Por la conservación del lecho del río Nazas

Por la preservación del medio ambiente

Diario de la mañana, editado e impreso por la Cía. Editora de La Laguna, S.A. de C.V., en la avenida Matamoros 1056 Pte., apartado postal 10. Te- léfonos: conmutador 7-59-1200 con cincuenta líneas. Crédito y cobranzas 7-16-1352; Sociales 7-59-1200 Exts. 1111 y 1211 y 7-13-6011; Suscrip- ciones 7-16-4514; Redacción 7-59-1200 Exts. 1113, 1115 y 1136. Fax 7- 16-5909 ó 7-12-3055. Distribuido por Celsa Distribuciones, con domicilio en Av. Matamoros 1056 Pte., Torreón Coahuila. Registrado como artículo de segunda clase el 7 de marzo de 1922. Franquicia Postal 1-08-112/90. Miembro de la Asociación de Editores de los Estados (AEE). Agencias noticiosas: El Siglo AEE, El Universal, Notimex, AP y El País. Precio por ejemplar: $8.00 entre semana y el domingo $12.00 (Estos pre- cios están sujetos a cambios sin previo aviso). Toda remisión debe hacer- se a Cía. Editora de La Laguna, S.A. de C.V. No se devuelven originales aunque no se publiquen. Los trabajadores que laboran en la redacción y confección de este periódico son miembros de la Sección 8 del SITAG.

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Reserva de derechos de autor No. 04-2001-062914324500-101 CIRCULACIÓN CERTIFICADA Año 86 | No. 201 LOS DÍAS,

CIRCULACIÓN

CERTIFICADA

Año 86

|

No. 201

LOS DÍAS, LOS HOMBRES, LAS IDEAS

FRANCISCO JOSÉ AMPARÁN

Ser de Torreón

P ese a lo desangeladas que han estado las Fiestas del Cente- nario, a la notoria ineptitud

de la Administración municipal pa- ra celebrarlas con un mínimo de dignidad y a las bromas siniestras del Profe Moreira, quien cada vez luce más como un aventajado alumno del decrépito tirano Fidel Castro, creo que debemos hacer una breve reflexión; no tanto sobre el aniversario mismo de la erección (sic) de la ciudad, sino sobre lo que significa ser de aquí, vivir aquí. Un servidor se considera capacitado para hacerlo por la sencilla razón de que tiene la mitad de la edad de Torreón y salvo un par de fríos años, siempre ha vivido en La La- guna. Y creo que eso cuenta. Por no decir nada de las infinitas discu- siones al respecto, sazonadas con agua de alberca y cerveza no tan helada como uno quisiera. Nomás para abrir boca, habría que hacerse algunas preguntas pertinentes: los de Torreón (o, co- mo los malhoras fuereños dicen que pronunciamos: “Torriiión”) ¿somos diferentes? En caso afir- mativo, ¿en qué consisten nues- tras características singulares, que por simplificar habría que ge- neralizarlas a muy diversos gru- pos, estratos y comunidades? ¿Y por qué fueron ésas y no otras? Creo que los de Torreón somos ciertamente distintos a los nativos de Saltillo, Chihuahua, Durango o Zacatecas, agarrando los cuatro puntos cardinales y las ciudades im- portantes más cercanas, que (ojo) son todas capitales estatales. En parte ahí está una de las claves:

nunca hemos sido centro de poder político y por tanto la esencia no tie- ne que ver con la del “capitalino”, así sea provinciano. Y revisando las fechas de fundación de esos centros urbanos, vemos que nos llevan va- rios siglos de ventaja. Lo que quizá explique una característica esencial del torreonense: lo novedoso. Quizá el que ésta sea una ciu- dad con pocos años de edad ha con- figurado un fenómeno que yo siem- pre he encontrado desconcertante:

cualquier cosa nueva deviene ma- nifestación de masas. En este pue- blo no puede abrir un restaurante sin que esté lleno de bote en bote las primeras cuatro semanas. Si so- brevive los siguientes dos meses (en que suelen no pararse ni las moscas, porque éstas y los comen- sales se fueron a otros comederos recién abiertos), quiere decir que ya la hizo. Ustedes recordarán cuando, hace algunos lustros, abrieron las llamadas “tiendas de importación”. Auténticos tumultos se agolpaban a las puertas de esos establecimientos, para comprar… lo que toda la vida habían podido comprar en MacAllen. Viendo aquellas turbamultas, uno creería que se trataba de ciudadanos so- viéticos, que en su mísera existen- cia habían visto un Milky Way. También se dice que la aspere- za del clima y la tierra nos ha forja- do como trabajadores y luchones. Que no esperamos a que la Provi- dencia nos haga caer sus bienes, si- no que nos arremangamos la cami-

sa y nos ponemos a jalar. Conocien- do a varios contemporáneos míos,

dan. Lo de liberal… bueno, depen- de de cómo tome uno el término.

presentaba un ejemplo del modelo que pretendía introducir en todo

que no han dedicado más que unos

Siendo

francos, el cotilleo, el rumor

el país: hacer de la nada un empo-

días de las últimas décadas a algu-

soltado

a la menor provocación (so-

rio, explotando las posibilidades

na actividad productiva, tal aseve-

bre asuntos que van de adulterios a

de progreso a orillas del Bolsón de

ración podría ponerse en duda. Lo

supuestas amenazas de bomba) y el

Mapimí. Hoy en día, dudo mucho

que sí es que la ciudad fue construi-

chisme

no se corresponden con una

que podamos presumir gran cosa

da de acuerdo a un espíritu de pio- nero, con gente llegada de otras partes esperando labrarse una vi-

sociedad que se dice liberal. También se habla mucho de la unidad lagunera. La verdad, yo

como urbe. Ah, sí: tenemos una Media-Maravilla del Mundo en un cerro. ¡Por favor!

da mejor y algo queda de ese ímpe- tu. Y tómese nota: un torreonense que espera que el gobierno (muni- cipal, estatal o federal) le resuelva

nunca he sabido de dónde sacaron esa especie. Si no somos capaces de ponernos de acuerdo sobre qué obras (pagadas con nuestro dinero)

¿Qué más tenemos de positivo? Bueno, creo que pese a lo quejum- brosos que somos, seguimos viendo las cosas en buena luz, pecando in-

sus problemas, puede ser visto

se

va a dignar otorgarnos Saltillo…

cluso de ingenuidad. Digo, si te vie-

abiertamente con sospecha. Muchos nacidos aquí tuvimos padres venidos de otras tierras. La mayoría llegó a estos lares sin mu- cho dinero y con ganas de prospe- rar. Como ya había comentado an- teriormente en este mismo espa- cio, ello debería ser un plus: no te- ner una aristocracia de rancios pergaminos ni apellidos rimbom- bantes ayuda a la armonía colecti- va. Y así fue durante mucho tiem- po: la sencillez y naturalidad en el trato era la norma y el millonario y su jardinero se trataban con el mis-

entre otras manifestaciones de in- capacidad para llegar a consensos. En esta ciudad no se puede anun- ciar ningún cambio (estacionamien- tos, puentes, ampliaciones) sin que alguien se oponga ruidosamente, con cartelones y mucho grito y sombrerazo. En parte por eso aquí no hay las obras y la fisonomía ur- bana que existen en otros lugares. Sin duda parte de la esencia del ser de Torreón proviene de nuestra verdadera herencia: la ciudad es fruto de la Revolución Industrial y de un par de sus principales punta-

nes a cocer en estos solazos, más te vale no ser pesimista. Somos ale- gres y expansivos, dados a la bohe- mia y cálidos con la gente, sea de donde sea. No somos muy ahorrati- vos, aunque no sé qué tanto se mantenga la cultura del “¿Dónde firmo?” Somos algo fanfarrones (aunque la goliza al América no fue fanfarronada y la disfrutamos ho- rrores) y descuidados. Y a pesar de los pesares, muchos queremos ter- minar nuestros días aquí. Un buen porcentaje de quienes no pegaron su primer berrido en estas polvo-

mo respeto; las divisiones sociales

les, el ferrocarril y la industria tex-

sas tierras, siente un extraño ape-

no estaban tan acentuadas. Pero

til

mecanizada. Aquí no hubo indios

go a ellas. Por algo será.

las nuevas generaciones, fomenta-

explotados (porque desde fines del

El tema se presta para mucho

das por unos padres irresponsa-

XVIII

una epidemia acabó con los

más (pero luego me golpean si me

bles, ignorantes y esnobs, andan en el proceso de crear una aristo- cracia petatera. De todos depende que esos monstruos de egoísmo y

últimos nativos, que nunca fueron muchos de cualquier forma) ni mi- neros encadenados al socavón (por- que no había minas), ni muchas de

cuelgo en la extensión). El debate queda abierto. Medite el amable lector, discútalo con amigos y veci- nos. Ya tenemos cien años. Ya es

bluff (que tienen lo que tienen sin haber trabajado para lograrlo)

las condiciones con que se sigue fo- mentando en tantas partes el victi-

hora de asumir nuestra identidad. Consejo no pedido para que no

sean aislados y despreciados.

mismo,

el agravio y el resentimien-

se lo coman en un mitote (una de

Se supone que la diversidad de

to. Desde un principio la comuni-

las pocas palabras puramente la-

orígenes le ha conferido a la ciudad

dad fue “moderna” (¡Y cuidado con

guneras): Busque torreonenses en

características más abiertas, libera-

el

término!) en ese sentido. El que

las siguientes novelas: “La región

les y cosmopolitas que las que com-

tenía agallas, sentido emprendedor,

más transparente”, de Carlos

parten poblaciones más señeras y

mirada

hacia el futuro y un poquito

Fuentes; “No habrá final feliz”, de

con edificios de cantera. Que somos

de suerte, podía hacerla. Como ha-

Paco Ignacio Taibo II y “Otras ca-

mitoteros y generalmente tratamos bien al foráneo, eso que ni qué; co-

bíamos dicho hace mil días, no por nada éste era el Boomtown al que

ras del paraíso”, de un servidor (en ésa no tiene chiste, pero sirve

mo solemos decirles a los visitantes:

se

dirigía gente de Europa, China y

que la leen, je, je). Provecho.

“satisfechos no ser irán, pero cru-

Medio

Oriente a fines del siglo

PD: ¡Ya mero, ya mero, ya vie-

dos qué tal”. Lo cosmopolita me re-

XIX. Ese espíritu es el que debe-

ne la sorpresa o alucine o lo que sea!

sulta dudoso, excepto en algunos

ríamos

honrar y fomentar.

Correo:

enclaves ilustrados, que no abun-

Para el Porfiriato, Torreón re-

anakin.amparan@yahoo.com.mx

CARREÑO
CARREÑO

RELATOS DE ANDAR Y VER

Torreón

I gnoro las palabras para hablar

de mi sentir hacia este pueblo

nuestro y espero sirvan algunas

breves imágenes del ayer: casi lu- chando y después de un terregal, intento liberar de la parte baja del auto de mi padre una de esas enor- mes y rodadoras bolas de espinas (si alguien sabe su nombre agrade- ceré que me ilustre). Esas que brincando terrenos y con sus este- las de tierra lograban mantener nuestras narices quietas y pega- das a los cristales, hasta que casi luchando y descamisados, aprove- chábamos la calma incipiente para jalar sus raíces heridas y liberar por unos días las cocheras. Era el Torreón de los años setenta. En- tonces caminábamos sobre el pavi- mento hirviente hacia esa granja del Tajito, hoy ya borrada por la mancha urbana y en ella pasába- mos el día entero descalzos entre tierra quebradiza, entre un rom- pecabezas de tierra seca. Ahora, cerrando los ojos, me recuerdo trepando a lo más alto de los noga- les, en un precario equilibrio, mientras el graznido de una nube

negra de chanates todo lo ensorde- cía cuando me acercaba a los nidos. Era ése para mí el Torreón de los años setenta. Los viejos entonces estaban jóvenes y nuestros ojos infantiles llenos de desierto. Crecimos por estas calles aun sin darnos cuenta. De un lado a otro anduvimos escuálidos y ojero- sos, embadurnados de gomina, perdiéndonos por los rumbos de la Alameda para “morelear” por un rato. Aunque esperábamos que la suerte nos llevara a algún lugar oscuro, intuíamos de cualquier for- ma que siempre habría un refugio seguro y que ya sea pagando el bo- leto al DIF municipal o inmiscu- yéndonos por el aledaño hueco de la pared de bloc, podíamos recupe- rar el ritmo nocturno en la Zona, pasara lo que pasara. Recuerdo que de ese cuarto rojizo y de esa cabellera alborotadamente canosa, salieron a encontrarme unos ojos inquietamente tristes. Esa visión que logré vivir de un Torreón de tintes antiguos que desapareció para siempre. Ese Torreón de los años ochenta. Y aunque evitába-

mos pasar por Peñoles para no perforarnos los pulmones, lo cierto

es que caminábamos por cualquier

lado y ni los incipientes videojue- gos lograban distraernos. Brincá-

bamos los muros de la Pereyra

chica para hurgar en los salones

por la tardes, justo donde hace po-

co mi padre me contó que él mismo

mudó su pupitre y que hoy es el HEB. He ignorado siempre el sig- nificado de progreso, mas percibo todo esto como parte de un tiempo ya evaporado. Ése era el Torreón

en los años ochenta. La década de los noventa lle- gó a reconfigurar nuestra ciudad, a poblarla aún más, a verla crecer en todas direcciones. Nos consoli- damos como pieza fundamental del México del siglo veintiuno y continuamos expandiéndonos, en ocasiones dando tumbos, siempre con la certeza de que nuestra si- tuación geográfica es privilegiada

y que este polo económico tiene

vigencia para rato. Nuestro pue- blo terroso de entonces es ya ciu- dad hecha y derecha. El pasado entonces es ya tiempo evaporado.

ERNESTO RAMOS COBO

Es por ello que en estos días he aprovechado para pensarlo y me

resulta extraño y fascinante y apasionante, el haber nacido en este sitio donde todo empezó de las vías del tren en un desierto de América. Me gustaría ver de frente todas las manos que funda-

ron nuestro pueblo y rendirles homenaje. Dejaron tras de sí es- tas calles y estas plazas que ahora son las venas y cicatrices de nues- tra historia. Y aunque hayan pa- sado ya cien años y aunque nos alejamos de las montañas cada día como un cono en expansión, como un abanico de vértice leja- no, debemos recordar que nues- tro origen es el desierto y las bo- las de espinas que suelen pasar fugaces durante los terregales. Volvamos entonces los ojos atrás, más allá de la Calle Colón de nuestros abuelos y encontremos cerca de las vías el sitio de donde

brotó nuestra fuerza. Desde allí, con solidaridad y unión, aprove- chemos y enfoquemos la efeméri- de para multiplicar el esfuerzo. ramoscobo@hotmail.com

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