Izquierda tradicional y nueva izquierda: algu

-
nas aclaraciones
Acha, Omar


Introducción

Me propongo examinar un equívoco subyacente a la distinción
entre las formaciones ideológico-políticas que en los últimos años
suelen nombrarse como “izquierda tradicional” y “nueva izquier-
da”. Esa diferenciación entre izquierdas supone una divergencia en
el modo de comprender su relación con la historia secular de la
izquierda y con su siempre incierto porvenir. Pues si la izquierda
tradicional (IT) se ajusta cómodamente con una parte de su pasa-
do, la nueva izquierda (NI) se piensa como un cambio paradigmá-
tico, superador de lo agotado que conviene relegar.
Voy a explicar por qué –en nuestra situación histórico-política– la
mencionada distinción es injustificable a la luz de un análisis rigu-
roso del concierto conceptual que hermana a sus términos. La
distinción entre IT y NI, al menos de acuerdo al modo en que se
constituyó en Occidente durante las dos últimas décadas, es
inadecuada. Argumentaré que la NI procede a través de
una lógica de la inversión, sin inquietar dicotomías básicas com-
partidas con la IT. Lo dañino es que la tenacidad de tales dicoto-
mías menoscaba las chances de una reconstitución de la izquier-
da. Por lo tanto el propósito de construir una nueva izquierda no
solo persiste como aspiración futura, sino que su consumación –
que no puede hacerse sin tramitar de un modo no reactivo su
relación con la IT– requiere un desplazamiento de la negativa en
la NI a comprender de un modo no meramente negativo la histo-
ria de la izquierda en el último siglo. No habrá una nueva izquier-
da real sin la autosuperación de la vieja izquierda y una revisión
del carácter “antiguo” que subyace en la lógica política de la mal
llamada “nueva izquierda”.
Por razones de espacio no puedo dialogar con numerosos ensayos
dedicados a convalidar nociones como “izquierda independiente”,
“nueva izquierda” o “izquierda autónoma”. Espero poder hacerlo
en otro ensayo.

La así llamada izquierda tradicional

La denominación de “izquierda tradicional” no es peyorativa para
la propia izquierda así identificada. Aquí la empleo sin hostilidad.
Para la IT hay solo una izquierda efectiva: ella misma. Proclama-
damente revolucionaria, afirma continuar los pasos fundamentales
de Lenin y Trotsky, quizás de Mao o Guevara, sin apelar a revisio-
nes sustantivas. De allí que la pertenencia a una tradición no es
una mácula para una izquierda que se resiste a abandonar con-
ceptos que considera válidos.
Se entiende por IT la izquierda radical que persevera en la custo-
dia y promoción de ciertas nociones teórico-organizativas predo-
minantes durante el siglo veinte. Las puntualizo en tres registros
de 1] estrategia, 2] sujeto, y 3]organización: 1] el acto revolucio-
nario entendido como corte abrupto y definitivo entre dos periodos
históricos, escisión no siempre compatible con una política de re-
formas; 2] la centralidad de la clase obrera como sujeto social y
político, sujeto dado objetivamente por las relaciones sociales de
producción capitalistas; 3] la concepción leninista de la organiza-
ción política de un partido de cuadros que comanda a la clase tra-
bajadora en la lucha de clases y sintetiza sus intereses “históri-
cos”. (El cierto marxismo explícito en estas nociones no puede ser
debatido en este ensayo).
Puesto que tales principios fueron sostenidos por la izquierda du-
rante buena parte del siglo veinte, es válido preguntarse por qué
persisten incuestionados si es que partimos –como creo inexorable
hacerlo– de un diagnóstico de la derrota y fracaso históricas de la
izquierda durante la última centuria. Para quienes piensen que
solo ocurrió unaderrota, que los problemas no fueron de concepto
sino de implementación, nada hay para revisar y el argumento de
este texto será irrelevante. Me parece que a pesar de las afirma-
ciones polémicas al respecto entre la NI, no es inevitable en la IT
un atrincheramiento en la negación del fracaso y derrota catastró-
ficos de toda la izquierda.
En primer término es necesario descartar una explicación psicolo-
gista de la IT según la cual su perfil descansa en un conjunto
de ideas, de contenidos de conciencia. No la mueven un conserva-
durismo teórico y político, ni un autoritarismo organizativo, ni un
mesianismo intelectual, ni un sectarismo ideológico. Es decisivo
comprender que hay atendibles razones para la existencia de la
IT. En primer lugar, ante la ausencia de un balance preciso del
pasado secular reciente de la izquierda, no se entiende por qué
habría que arrojar al cesto de residuos tramos decisivos de con-
vicciones cruciales para su corriente mayoritaria socialista.
Por ejemplo, no es indiscutible que la noción de clase obrera sea
irrelevante para orientar la política de izquierda de hoy. En efecto,
la mutación en la composición de la clase ha variado, pero no las
relaciones sociales en las que emerge. La clase obrera, puede
argüirse, continúa siendo generada por el automovimiento contra-
dictorio del capital. Que la clase obrera incluya hoy a una trabaja-
dora de fábrica textil, a un maestro y a un oficinista entraña la
obsolescencia del modelo clásico heredado del siglo diecinueve, o
de su promoción al rango de prototipo social, pero de ninguna
manera del concepto de clase obrera en tanto que tal. Tampoco
niega la importancia de esa clase el reconocer una efectividad
específica de lo político y lo simbólico. Algo similar puede decirse
respecto de los otros dos fundamentos de la IT: la revolución y el
partido. ¿Acaso el reformismo resuelve las desigualdades constitu-
tivas del capitalismo, detiene sus guerras, la destrucción del me-
dio ambiente, las crisis económicas? ¿Es que el horizontalismo ha
mostrado ser una práctica organizativa conducente a resultados
más valederos que el clásico partido de cuadros? ¿Sucede que los
“movimientos sociales” son un fundamento más eficiente para la
orientación política? ¿Acaso el basismo o el autonomismo prospe-
ran en una convincente voluntad estratégica? No sostengo que
tales preguntas sean incontestables; digo que no son arbitrarias y
pueden ser formuladas por buenas razones.
Adherir a la IT no es un signo de dogmatismo o contumacia ideo-
lógicos. Sus militantes suelen participar activamente en las luchas
sociales, culturales y políticas. Mantienen vivas demandas, refor-
mas y reivindicaciones defensivas. En más de un caso han impul-
sado novedosas experiencias de organización obrera. Sin su ac-
ción mucho de lo bueno que debe conservarse de la política y cul-
tura de izquierda se hubiera perdido.
En suma, hay razones atendibles para la adhesión a la IT.
Esto no significa que sus dificultades sean pocas ni que sea con-
vincente sostener –este es el credo básico de la IT– que el porve-
nir de la izquierda reside en realizar bien lo que en el siglo veinte
se hizo mal: digamos una Revolución Rusa menos Stalin. La de-
nuncia de los límites de las nuevas propuestas de reconstrucción
de la izquierda no legitima la repetición o corrección superficial de
su modelo “tradicional” como una respuesta a la altura del fracaso
y derrota sufridos. Y por ende su recreación mejorada no parece
prometer una política adecuada para las décadas venideras del
proyecto socialista.
La continuidad de las organizaciones de IT en la democracia capi-
talista ha conducido casi siempre a un encierro defensivo de esa
izquierda, satisfecha con el éxito relativo que su institucionalidad
le asegura, por el momento, en comparación con la NI. En efecto,
gracias a su alineación en forma partidaria la IT posee efectividad
y unidad militantes, consolida una identidad y es públicamente
reconocible. De allí que, aunque sea minoritariamente, trabajado-
ras y trabajadores con sensibilidad de izquierda se acerquen a
esos partidos, y no a la NI con un perfil discursivo más claramente
movimientista y sin una manifiesta identidad clasista. También
conquista una mayor visibilidad electoral, aunque asistimos a al-
gunos experimentos recientes que quizás presagien otro panora-
ma para la NI. Por lo tanto la sobrevida de la IT en los márgenes
de la democracia realmente existente es segura, y habría que
pensar hasta qué punto es un ficha más en el tablero de la repro-
ducción ideológica de lo mismo. Lo que me interesa enfatizar es
que esa paradójica fortaleza de la IT en disponer de algunas im-
plantaciones en la clase trabajadora y su relativa visibilidad elec-
toral redunda en una incomprensión sistemática de las “verdades”
de la NI.
Para la IT la NI sobrepuja las condiciones de la crisis capitalista:
se alimenta de una destrucción del sistema económico industrialis-
ta, de la fragmentación de la clase obrera y la emergencia de una
multiplicidad de sectores con débil articulación con la producción
material. De allí que sus “valores” no sean sino la contratara de
una falsa realidad “postmoderna”: diferencia, multiplicidad, noma-
dismo, fluidez, son semblantes de los ideales del capitalismo ac-
tual y no una amenaza revolucionaria al mismo. La NI es una par-
te del problema, se dice, y no su solución.
Por eso la IT expone una deslumbrante incapacidad para captar
las razones de la NI. Para ella el vocablo “autonomía” es mero
ruido, fantasmagoría de universitarios de clase media sin significa-
ción política “en la clase obrera”. Por ende a menudo la IT encuen-
tra a los grupos tendientes a forjar una NI más como enemigos
que como aliados en una transformación de la realidad y, más
enemigos aún, en su genérica desconfianza hacia la exigencia de
una auto-transformación de la izquierda.

La así llamada nueva izquierda

A fines del siglo veinte el derrumbe definitivo del falaz “socialismo
real”, autoritario y estatista, instauró condiciones para el surgi-
miento de una NI distinta a la conocida en la década de 1960.
Vuelvo a los tres criterios utilizados para esquematizar a la IT
(estrategia, sujeto y organización). Para la NI: 1] la estrategia no
contrapone con simpleza la reforma a la revolución, ni la tempora-
lidad de ésta es la de una insurrección y toma del poder en una
fecha determinada; 2] el sujeto social es múltiple y construido, no
excluye a la clase obrera pero niega que ésta provea un “funda-
mento” exclusivo: 3] impugna por autoritario el modelo leninista
de partido y se inclina por las formas asamblearias, reticulares y
horizontales.
Descartaré en este análisis la referencia a una nueva izquierda tal
como algunas voces han propuesto en América latina en la última
década a propósito de experiencias reformistas (Brasil, Argentina,
Uruguay) e incluso de perspectivas más radicales (Venezuela,
Ecuador, Bolivia). Esos gobiernos postneoliberales y en general
neodesarrollistas, con diferencias entre sí, solo sus casos más
radicales han instalado un debate sobre cuál debería ser una polí-
tica de izquierda, como en el un poco precipitado pero siempre
desafiante Socialismo del Siglo Veintiuno chavista. Los países ma-
yores de la región, Brasil y Argentina, han sido regidos por go-
biernos que en el mejor de los casos y con generosidad podrían
ser llamados de centro-izquierda, orientados a una gestión “pro-
gresista” del capitalismo local. Los casos radicales son demasiado
complejos para ser tratados aquí siquiera de manera sintética.
Solo apunto que estos últimos tienen alguna influencia en la idea
de una NI tal como la que examino aquí.
La NI a la que refiero emergió, con las comprensibles asincronías
de un fenómeno hemisférico, en el cambio de siglo del 2000. Qui-
zás el Foro Social Mundial fue su expresión más conocida. Con el
paso del tiempo surgieron algunos desafíos que tensionaron a la
NI. Eso ocurrió de manera crucial con las exigencias florecidas
internamente para intervenir en el ámbito político tradicional aun-
que con métodos y objetivos diferentes a los burgueses, sin aban-
donar los principios básicos del pluralismo y horizontalismo asam-
bleario.
El declive casi generalizado de los partidos comunistas, la integra-
ción completa de los partidos socialistas a la gestión –a veces
neoliberal y siempre institucionalista– del orden establecido, hizo
de la lógica identitaria de la NI, como ya dije, algo distinto de la
dinámica de ruptura en su antecesora “new left” sesentista. Mien-
tras por entonces los partidos tradicionales de la izquierda ejercían
una nada desdeñable influencia en la clase obrera y en otros sec-
tores sociales, la NI tuvo que enfrentar a un establisment de iz-
quierda. Actualmente los partidos de IT poseen una fuerza menor.
Debido al desastre ideológico de comunistas y socialistas la im-
pugnación antipartidaria suele dirigirse hacia las organizaciones
trotskistas.
Los discursos de la NI saben solazarse en el vituperio de la IT,
subrayando sus cegueras, remarcando sus obsolescencias, denun-
ciando la carencia de perspectivas constructivas que no sean las
de la organización propia. Aunque no se trata de un talante gene-
ralizado, no es inusitado hallar en el dialecto de la NI expresiones
que bordean incluso un abierto macartismo.
Otra tendencia discursiva consiste en pregonar principios a priori:
horizontalismo, democratismo, igualitarismo, antidogmatismo,
pluralismo, etcétera. No se trata de que esos principios sean erró-
neos. La dificultad reside en que la invocación de ideales sin expli-
car sus implantaciones socio-culturales ni las maneras de lograrlos
redunda en una inexplicada declaración de principios.
Como en un juego de espejos, el interés que caracteriza a la idea
de una NI se marchita por la monserga contra la IT como dechado
de todos los defectos. Así las cosas, la NI no puede comprender lo
que para ella es un mero obstáculo. La vieja izquierda, se dice,
haría su mejor contribución a la cultura de izquierda si desapare-
ciera. De allí el carácter mecánico y predecible del modo en que
analiza a la IT, la falta de comprensión de los motivos de su per-
sistencia, y por ende la incapacidad para entenderla y superarla.
Acosa a la NI una complicación real cada vez más evidente: el
agotamiento del asambleísmo como métodoexcluyente, la repulsa
a toda representación y, a la vez, la perentoriedad de desarrollar
una concepción de la organización política. Una vez que la madu-
ración de la NI niega que la democracia directa sea la fórmula
privilegiada y unidimensional del quehacer activista se genera una
parálisis política y en el mediano plazo el cese de la vida interna
en los organismos asamblearios. Se imponen entonces preguntas
complejas y controversiales: ¿cómo delegar y bajo qué condicio-
nes? ¿Qué mecanismos de representación local y qué dispositivos
de integración en niveles diferentes? ¿Intervenir en la democracia
electoral capitalista? ¿Con qué formas institucionales? ¿Qué hacer
con la burocratización y la tendencia a erigir liderazgos carismáti-
cos? Etcétera.
La antipolítica organizativa y el practicismo habituales en la infan-
cia de la NI impide siquiera reconocer la validez de tales interro-
gaciones y es en consecuencia un estorbo para su propio creci-
miento político e intelectual. Por eso el desarrollo político que sus-
cita preguntas como las recién formuladas conduce a fracciona-
mientos cuyas razones sus actores comprenden mal.

Una solidaridad conceptual

Mi tesis principal sobre lo descripto es la siguiente: hay una pro-
funda solidaridad conceptual entre la IT y la NI. ¿Cómo es eso
posible si ambas se descalifican y contraponen recíprocamente? Mi
respuesta consiste en señalar que ambas hablan un mismo len-
guaje, un mismo sistema categorial construido en el ensamble de
oposiciones.
No es raro que sectores o ideas que se presentan superficialmente
como antagónicos compartan un mismo suelo conceptual. Pues
sus diferencias obedecen de un conjunto de oposiciones nociona-
les comunes. Por ejemplo eso acontece en filosofía con las versio-
nes más unilaterales de la confrontación en-
tre idealismo y materialismo. Ambas posturas suponen una esci-
sión entre lo ideal y lo material. Lo que distingue a ambas filoso-
fías es el régimen de determinación, causación o expresividad
donde uno de los aspectos prevalece sobre el otro. Por supuesto,
lo que debe discutirse es la binariedad entre ideal y material. Es
posible plantear las cosas de otro modo, cuestionando el esque-
ma, sin restringirse a elegir una de sus opciones. Algo así lo que
ocurre con la oposición entre las izquierdas que aquí discuto.
La NI emerge de una inversión reactiva respecto de la IT. Hay por
ende una solidaridad inconsciente sobre las mismas dicotomías,
solo que con valoraciones invertidas. Así las cosas, se opone la
unidad de pensamiento atribuido al “centralismo democrático” de
filiación leninista a la ausencia de estructuras de representación.
Entonces no hay alternativa a la dicotomía absolutista. O bien se
es leninista en el sentido más autoritario (negándose de antemano
toda experiencia democrática leninista), o bien se es “libertario” y
se rechaza toda institucionalidad como si no pudiera generarse
una “tiranía de la falta de estructuras”.
Para la IT no hay alternativa al partido vertical pues ceder sobera-
nías locales es sinónimo de individualismo pequeño-burgués. Para
la NI solo pensar en un partido garantiza secuelas estalinistas.
Exactamente lo mismo ocurre con esta alternativa: o bien la clase
obrera es el sujeto social privilegiado, o bien lo son los movimien-
tos sociales pluriclasistas o populares.
Lo falso es la partición en opciones excluyentes. Lo que debe po-
nerse en entredicho es la obligatoriedad de elegir entre las dico-
tomías básicas tanto para la IT como para la NI.
No es difícil percibir cuán importante son las dicotomías para la
enfermedad conservadora que suele afectar a la IT. En efecto, en
el formalismo del o bien esto, o bien lo otro anida su intransigen-
cia para reflexionar sobre sus principios. Toda vacilación en torno
a los valores tradicionales es sinónimo de traición y defección.
En cambio, un ejemplo demostrativo del carácter improductivo de
una actitud reactiva en algunas posturas de la NI es
el antileninismo. Si el leninismo es entendido como la apuesta por
un partido político centralizado, con unidad ideológica y programá-
tica, hegemonizado por el “interés” de la clase obrera, el antileni-
nismo deplora una organización política con especialización diri-
gencial –aun sea provisoria– pues es considerada como equivalen-
te de burocracia y dominación. El antileninismo es el arquetipo de
la naturaleza reactiva y negativa que con frecuencia daña el pen-
samiento de la NI. Se ha dicho bien que “con el antileninismo no
alcanza” para redefinir el proyecto de izquierda. Yo voy más lejos
y encuentro el antileninismo en tanto postura refractaria como un
desatino. El mero rechazo del leninismo lo anula como problema y
lo sustrae de la reflexión, comprende mal sus dimensiones válidas
y se niega a pensarlo.
Debido a la sumisión hacia dicotomías en las que solo cabe elegir
una opción y descartar la otra (una forma mentis de linaje mono-
teísta), ambas izquierdas revelan una sorprendente debilidad con-
ceptual. La actitud defensiva de la IT que se parapeta en sus con-
ceptos centrales inhibe la generación de nuevas ideas pues éstas
son vistas como claudicaciones “revisionistas” de verdades inmar-
cesibles. La prestancia reactiva de la NI refleja esa misma indi-
gencia teórica pues es también celosa de las nociones orientado-
ras que, como negativos del discurso de la otra izquierda, articula
sus perspectivas. Esto hace a la NI muy frágil ante los desafíos del
ingreso a la competencia electoral y la aparición de gobiernos
reformistas. La intransigencia de fórmulas teóricas redunda en el
mediano plazo en divisiones intestinas. En cambio la imperturba-
ble obstinación de la IT garantiza su certidumbre al precio del
congelamiento de su archivo conceptual.

Por un antagonismo dialéctico

Nuestro enigma no es si hay un futuro para la izquierda. Mientras
exista el sistema democrático la izquierda, incluso la izquierda
revolucionaria, tendrá un casillero asegurado. Ya lo tiene en el
ámbito electoral con su cuota destinada a fluctuar entre un 2 y un
10% de votantes; que cada tanto la coyuntura procure un 20% no
modifica la situación. Lo tiene por cierto en el terreno cultural con
su preocupación por los temas sociales, ecológicos, feministas,
entre muchos otros; y por la tolerancia de las facultades universi-
tarias de ciencias sociales y humanidades con los nichos de “pen-
samiento crítico”. Y lo tiene sobre todo por el carácter periódico e
irresoluble de las crisis capitalistas que tornan algo más creíbles
los ánimos radicales de la izquierda hasta que el nuevo ciclo de
recuperación más o menos modesta reconduzca a las ovejas des-
carriadas al redil del reformismo burgués.
La dificultad mayor consiste la constitución de una izquierda reno-
vada que pueda acometer las tareas más válidas de sus formula-
ciones iniciales durante los siglos diecinueve y veinte, pero a la
vez lo haga a la luz de la exigencia de una elaboración de su de-
rrota y fracaso.
Para contribuir a esa reflexión quiero formular ahora algunas ano-
taciones para continuar desarrollando lo expresado en párrafos
anteriores. Mi tesis al respecto –que renuncia de antemano a in-
ventar desde el mero pensamiento y el deseo– es que una reno-
vación de la izquierda solo es viable a partir de las izquierdas
realmente existentes, o más bien, de la superación de sus dile-
mas. Esta tesis es incompatible con la idea de que el desarrollo
exitoso de una de las izquierdas, y por ende la desaparición de la
otra, es la vía regia hacia una recomposición de la estrategia revo-
lucionaria.
Doy por un dato la necesidad histórica de construir una política de
izquierda que elabore los fracasos y las derrotas del siglo veinte.
Quien suponga que solo se trata de reincidir en fórmulas consoli-
dadas hacia 1920 o 1960 permanece fuera de una proyección
futura de otra (nueva) izquierda. Pienso que salvo casos extrema-
damente minoritarios no hay izquierda viva que asuma como for-
taleza identitaria la continuidad y repetición de la amplia familia
de la izquierda leninista –aquí incluyo también al trotskismo y al
maoísmo– predominante en el siglo veinte. La IT en sus variantes
más lúcidas no impugna la perentoria necesidad de autotransfor-
marse a la luz de las nuevas condiciones. Solo que, con buenos
motivos, reclama no olvidar algunas referencias sustantivas: el
anticapitalismo, el socialismo, el igualitarismo, el concepto de
revolución, la importancia de la clase trabajadora. Y para ello de-
manda considerar en toda su importancia la tradición socialista,
incluyendo la específicamente marxista. No veo que tales referen-
cias deban ser eliminadas a priori de la estrategia de izquierda.
Pienso menos aún que no deban ser pensadas.
Por ejemplo, respecto de algunas preferencias por los movimien-
tos sociales en la NI, una conjetura accesoria que me limitaré a
enunciar dice que sin la recomposición política de la clase trabaja-
dora, ya no imaginarizada en el modelo exclusivo del obrero in-
dustrial, no será viable ninguna estrategia de izquierda futura. No
porque debamos recentralizar lo social y lo político en un suje-
to/objeto de la Historia, como sucedió con el obrerismo socialista
de cuño economicista, sino porque mientras haya capitalismo la
clase trabajadora incidirá cuantitativa y cualitativamente en los
engranajes decisivos de la legitimación y reproducción del orden
dominante. Una izquierda que carezca de una sólida política en y
hacia la clase obrera navega –a ese respecto, al menos– en una
nube de quimeras. Pero de allí no se deduce que la “centralidad” y
“primacía” de la clase obrera legitime la marginalización de otras
demandas, tal como aconteció en la argumentación obrerista de
tan extensa vigencia.
Planteo una conclusión provisoria, que es, lo admito, más bien una
nueva hipótesis que solicita ulteriores reflexiones: es lícito deducir
que en el panorama ideológico-político aquí dibujado –la oposi-
ción mecánica entre IT y NI– no habrá de edificarse una izquierda
que supere adecuadamente el legado del siglo veinte. Pues la
presunta NI es tan heredera de los dilemas irresueltos del siglo
veinte como lo es, sin culpa, la IT. Sucede así que incluso con sus
matices ambas vertientes participan y a la vez niegan la profundi-
dad de la crisis de la izquierda revolucionaria.
Estoy lejos de pensar que la revisión radical del inconsciente con-
ceptual que he descripto pueda hacerse a través de una “reforma
del entendimiento” en las izquierdas. Y menos aún quisiera reite-
rar en otro nivel el mismo gesto idealista de estipular lo que una
real “nueva” izquierda debería ser. Prefiero apelar al método ma-
terialista de partir de las contradicciones de lo dado, de lo que
hay en sus tensiones constitutivas. Es decir, de las desventuras de
unas izquierdas que no por sus aperturas al diálogo y el debate
franco sino, por el contrario, gracias a sus sorderas y resentimien-
tos, son hermanas-enemigas de una misma familia ideológica. Por
ello no consiguen emanciparse de los legados del siglo veinte al
que todavía, conceptualmente, pertenecen. La IT y la NI son así
síntomas de la crisis de la izquierda; pero el síntoma más signifi-
cativo es más bien su oposición formal y no dialéctica. Así solo
están destinadas a repetirse, a consolidarse en un antagonismo
opaco y autocomplaciente para cada una de las partes.
Hay una dificultad formal para una discusión superadora del anta-
gonismo entre IT y NI. No se me escapa que la urgencia de la
práctica política requiere “formaciones de identidad”, la sanción de
nombres que cristalizan sujetos. Sé que desde la indeterminación
estratégica no se convence a la militancia propia, y mucho menos
a los posibles interlocutores.
No puedo prever cómo podría darse la autosuperación de la IT y la
NI. Y no quiero recostarme sobre ese tópico del pensamiento má-
gico que imagina situaciones revolucionarias donde se fusionen las
distintas izquierdas que sepan estar a la altura y más allá de las
circunstancias, exigidas por la autoactivación organizada y movili-
zada de las masas obreras y populares. Es infructuoso esperar ese
acontecimiento purificador pues la faena de construir una izquier-
da nueva debe comenzar ya mismo. El tiempo del ahora es hoy.
Mi contribución quiso delinear la idea de que solo en la confluencia
de una IT que sepa evaluar críticamente su pasado, metamorfo-
seándose, y una NI que asuma los desafíos urgentes del presente
siglo, podrá emerger una variante original para una nueva era de
la práctica revolucionaria.
No habrá nueva izquierda real sin la autotransformación de la IT.
Ni habrá una nueva izquierda efectiva, no reactiva, sin que se
disuelvan los clichés que la tornan en un negativo contrapuesto a
su contraparte acostumbrada.
Con todo, esta confluencia no descansa en un deseo arbitrario.
Pienso que se observan señales empíricamente documentables de
la convergencia necesaria para abrir una época inédita de la iz-
quierda. Desde el lado de la izquierda tradicional el paso de los
lustros revela de modo crecientemente notorio que sus categorías,
si no están obsoletas, merecen reformulaciones profundas, como
las que Rosa Luxemburg, Lenin, Trotsky y Gramsci, por ejemplo,
se atrevieron a encarar sin resignar por ello su vocación revolu-
cionaria. Así la revisión no equivale a renegar de una tradición
sino a tornarla activa en inéditas condiciones históricas.
Aunque en modo alguno es una tendencia dominante, percibo
articulaciones de la izquierda tradicional que avanzan en ese sen-
tido, esto es, que no condenan de antemano toda innovación teó-
rica o práctica ni se lanzan a cooptarla con la meta predefinida de
reproducirse y ampliarse.
Desde la obra vereda, las mejores experiencias de la NI ponen en
suspenso las actitudes reactivas y resentidas con que supo atorar-
se en su repulsión hacia la IT. Se trata de esfuerzos por leer en
toda su significación, su drama y sus legados, una historia revolu-
cionaria de complejidad extraordinaria. Al hacerlo se resisten a
plantear abstractos abismos entre el pasado y el porvenir, asu-
miendo una actitud crítica hacia las nuevas doctrinas que recla-
man representar una novedad radical.
Así las cosas, la perspectiva de una renovación de la izquierda
revolucionaria a partir de lo existente pero ciertamente más allá
de lo que hay no entraña un deseo solo imaginario. Para estimu-
larla estas palabras balbucearon algunas ideas con el objeto de
encarar diálogos constructivos en la izquierda.

Junio de 2014