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Política de equidad de género con refugiadas y refugiados

guatemaltecos en Chiapas

Marcela Laguna Morales, Emma Zapata Martelo,


Beatriz Martínez Corona y Margarita Velásquez Gómez

Resumen

La equidad de género, como tema transversal, es actualmente un componente


importante en el diagnóstico, diseño y evaluación de las políticas públicas (Incháustegi,
1999). Esta posición es un avance derivado de las luchas reivindicativas de los
movimientos de mujeres y feministas y de los aportes de académicas.
En este estudio analizamos el impacto de una experiencia de trabajo con
población guatemalteca refugiada en Chiapas donde se aplicaron políticas de equidad
de género que promovió el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los
Refugiados (ACNUR). En especial, se sistematizó la percepción de mujeres y hombres
y los cambios vividos a partir de la implementación de estas políticas en los temas de
participación social, violencia, salud, proyectos productivos y relaciones de género.
Los objetivos fueron: a) Evaluar los resultados de la aplicación de políticas de
equidad de género para proponer mecanismos con los cuales se incorporara esta
perspectiva en programas de desarrollo rural; b) rescatar las experiencias vividas que
permitieran construir una memoria histórica del proceso en la región.
En los resultados se muestra que los cambios en las relaciones de género
implican transformación de las identidades hegemónicas tradicionales a favor de
nuevas identidades de género donde la equidad entre mujeres y hombres constituya un
punto central. Aunque falta mucho por hacer para que los procesos se sostengan en el
tiempo, en la experiencia que analizamos se pueden constatar avances. La
incorporación de políticas de equidad de género aporta a la construcción de
condiciones estructurales y culturales para que las relaciones sociales se transformen y
los derechos fundamentales de las mujeres se respeten, específicamente los derechos
de las que viven en el límite de la pobreza, entre ellas las indígenas guatemaltecas
refugiadas en el estado de Chiapas.

Palabras clave: género, políticas de equidad, refugiadas, derechos, Guatemala.

Introducción

En este estudio se discuten y analizan los resultados de una investigación que indagó
sobre políticas con perspectiva de género, orientadas a la construcción de la equidad
entre población refugiada guatemalteca en proceso de integración, en el Sur de
Chiapas, México. La estrategia se fundamentó en la operación de programas de
desarrollo con perspectiva de género, financiadas por el Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), por Organizaciones no
gubernamentales (ONG) y diversas instancias del gobierno mexicano. Este proceso
iniciado en 1980 pasó por diversas etapas. El presente trabajo analiza el período 1996
a 1999 que comprende el fin del proceso de retorno y repatriación de esta población.

1
La metodología empleada consistió en el análisis de información generada de la
sistematización de los proceso impulsados por el ACNUR y la COMAR, el análisis de
los resultados de una encuesta aplicada a mujeres y hombres participantes en estos
procesos, la realización de talleres participativos, y la discusión, y análisis de los
resultados de estos procedimientos técnicos y metodológicos desde la perspectiva de
género.
Se abordaron las percepciones de la población beneficiaria1 de estos programas,
su participación, los efectos de la política y los beneficios. Destaca la importancia de
considerar la perspectiva de género de manera crítica al incluir en la muestra a varones
y mujeres. Se buscó analizar los cambios en la condición y posición de género de las
mujeres a partir de su participación en programas con perspectiva de género,
comparándolas con aquellas en las que no se consideró este punto de vista y, las
diferencias en cuanto a la participación de los hombres. Se identifican en los
programas, con perspectiva de género, estrategias orientadas a la construcción de la
equidad de género: el “empoderamiento”2 de las mujeres y la construcción de la
llamada “masculinidad deliberada” (Lagarde, 1992b) en los varones. Lo anterior
fundamentado en la participación efectiva en procesos de diagnóstico, planeación y
gestión del desarrollo local, acceso a información, reflexión y acción, con efectos en las
identidades de género establecidas y reconocidas en esos grupos de refugiados y
redimensionadas por la clase, la etnia, la generación, en la construcción de relaciones
de género hacia la equidad.
La resultados permiten el análisis de cinco variables que muestran evidencia de
los efectos de los programas en la construcción de la equidad de género: participación
en talleres y reuniones, reflexión sobre violencia doméstica y sexual, salud reproductiva,
producción y empleo y, percepción sobre el trabajo de intervención sobre la
problemática de los y las refugiados. Con ello, se logra la recuperación de los procesos
y su análisis desde y con los actores involucrados: el ACNUR, las ONG, las y los
refugiados y se da cuenta de cambios socioeconómicos y culturales experimentados
por los hombres y mujeres refugiados/as, fundamentados en nuevas identidades y
relaciones de género.

Antecedentes

A principios de los 80 se inició el fenómeno de una masiva entrada de refugiados y


refugiadas guatemaltecos a territorio mexicano, producto del conflicto interno en
Guatemala. Organismos no gubernamentales, iglesias y la comunidad local
respondieron ante la emergencia brindando solidaridad de pueblo a pueblo.
Posteriormente, se desarrolló una política de protección y asistencia para solventar las
necesidades básicas de la población dirigidos inicialmente a la sobrevivencia, a través
de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) y el Alto Comisionado de
las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). La primera etapa de este proceso
se caracterizó por un periodo de asistencia debido a la situación de vulnerabilidad

1
Se escogió una muestra y se aplicó un cuestionario diseñado para tal fin.
2
Para Naila Kabeer (1999), el empoderamiento puede definirse como la capacidad y habilidad de hacer elecciones y
a su vez es un proceso de generación de poder y cambio sociocultural que se da en el contexto de sociedades y
culturas, las cuales implican estructuras, relaciones sociales, valores, reglas y normas.

2
extrema de la población refugiada. A inicios de los 90 se diseñó una política de
transición hacia el desarrollo, principalmente con el impulso de programas de
generación de ingresos y organización comunitaria; la implementación de políticas de
asistencia y protección fueron gradualmente modificadas hacia una visión integral de
desarrollo. La población refugiada se caracterizó por carecer de recursos productivos
propios, principalmente tierra, bosques y agua, baja disposición de servicios públicos
otorgados por el gobierno. Durante el refugio de la población, pasó por diversas etapas,
siendo las más importantes la de emergencia, la de retorno y repatriación y la etapa de
integración. Es esta última la que se estudia, -1996 a 1999- comprende el fin del
proceso de retorno y repatriación, y clarifica la política de integración a México,
incluyendo la situación migratoria de los refugiados y las refugiadas como visitantes
inmigrantes (FM3), y posteriormente como inmigrantes asimilados (FM2). La nueva
condición migratoria, así como la posibilidad de la naturalización, precisaron cambios en
las políticas ya que auguraban con mayor claridad el fin del refugio y por tanto, se tenía
que preparar a la población para su integración en un contexto de extrema pobreza y
desventaja en relación a la precaria situación de las comunidades mexicanas aledañas.
En la transición se incorporó la perspectiva de equidad de género como uno de
los elementos de la política del ACNUR hacia la población refugiada. Se orientó en un
primer momento hacia el fomento de la participación de las mujeres. Para Quiroz y
Medellín (1998:19), participar es una situación que se genera por la confluencia y
complementariedad de dos dinámicas distintas: la capacidad subjetiva de participar y la
oportunidad objetiva, suscrita a instituciones y/o en políticas, diseñadas para alentar la
participación. Esto, posteriormente se convirtió en un tema de política en el ejercicio de
los programas y proyectos de las organizaciones no gubernamentales financiadas por el
ACNUR, así como de la COMAR.
La política de atención a población refugiada desde las Naciones Unidas
(ACNUR), de los organismos locales gubernamentales y civiles es, en un primer
momento, de atención a necesidades básicas a través de programas de asistencia, sin
diferenciación de género, sin embargo una vez que se ha superado esta etapa, como
ocurrió en México con la población refugiada guatemalteca, continua otro momento
llamado de "repatriación voluntaria", en donde retornaron a sus lugares de origen una
buena parte de esta población y, otra que optó por la integración a través de su
naturalización y programas de desarrollo local, a continuación se describen estas
etapas en el caso de la población refugiada en Chiapas.

Etapas del proceso de refugio de la población guatemalteca en Chiapas

Emergencia Retorno Repatriación Integración

1980 1990 1996-99 Apropiación de


los recursos

Asistenciales Transición al desarrollo Perspectiva de género en el desarrollo

Características de los programas dirigidos a la población refugiada

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La participación de las mujeres promovida por el ACNUR, la COMAR, las
organizaciones civiles a través de los diversos programas: de salud, educación,
alfabetización y crédito con perspectiva de género, se visualizó como un requisito para
tener acceso a programas institucionales. Después, esta visión cambió hacia fortalecer
procesos de capacitación y sensibilización, seguimiento e impulso de proyectos con
perspectiva de género, que permitieron que las mujeres abrieran espacios propios de
participación y organización comunitarios y con ello cambios identitarios y en las
relaciones de género.
Consideramos que en las estrategias de desarrollo rural, en este caso, con
población refugiada, marcada por un largo proceso de asistencia y dependencia, la
equidad de género podría ser un instrumento de transformación de la realidad y
mejoramiento en el marco del desarrollo humano sustentable.
Se planteó la hipótesis general, si la aplicación del enfoque de equidad de
género en políticas de desarrollo incide en cambios en la condición y situación de las
mujeres indígenas refugiadas al integrar sus necesidades prácticas y estratégicas y con
ello fuera posible la promoción de cambios en las relaciones entre los géneros y
favoreciera una distribución más equitativa de los recursos, así como un mayor control
de los mismos por parte de las mujeres, considerando que en los sistemas de género
en comunidades indígenas, son las mujeres quienes ocupan una posición de
subordinación y discriminación.
Las hipótesis específicas proponen que (i) la inclusión de la perspectiva de
equidad de género promueve cambios en las relaciones intergenéricas, aspecto que
incluye la definición de políticas que consideren a mujeres y hombres en los procesos;
(ii) esto propiciará una mayor distribución de los recursos y un mayor control de las
mujeres en la toma de decisiones, incluyendo aquellas que pasan por las que hagan en
torno a su cuerpo; (iii) lo anterior incide en cambios hacia un desarrollo humano
sustentable y avance socioeconómico y cultural en relación a la construcción de la
equidad; (iv) el enfoque de equidad de género es un instrumento de cambios sociales
aún en contextos socioeconómicos de extrema marginación siendo un medio de
redistribución de recursos y de justicia social para las mujeres ya que favorece el
ejercicio de sus derechos.
Así, el objetivo general de este trabajo fue conocer el impacto de la aplicación de
políticas con perspectiva de género, analizando la percepción de hombres y de mujeres
en los temas de reconocimiento de derechos, vida sin violencia, y acceso a recursos,
para comprender la influencia que los programas con perspectiva de equidad de género
tienen en la vida cotidiana. A continuación se abordan los elementos conceptuales que
guiaron la investigación.

Género, políticas públicas y desarrollo

La perspectiva de género en el análisis del desarrollo es de carácter reciente, con ésta


se colocaron en la arena académica gran cantidad de investigaciones que revelaron los
modos en que se construyen las identidades masculinas y femeninas, a partir de la
ubicación de unos y otras en la cultura patriarcal. El concepto de género permite

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comprender de manera más integral y explícita por qué las mujeres han permanecido
excluidas de los beneficios del desarrollo social y económico, y genera propuestas de
transformación.
El enfoque de género en las políticas públicas, es un campo fértil de análisis,
como señala Incháustegui (1999:87) “...supone de entrada hacer visible, contable y
evaluable un conjunto de variables sociales y económicas referentes al mundo
femenino, buena parte de ellas excluidas del funcionamiento de las instituciones
públicas y de los modelos de política...”.
Tales políticas tienen como punto de partida los aportes que el concepto teórico y
metodológico de género han hecho al análisis de las relaciones sociales y otros, el cual
incluye el conjunto de creencias, actitudes, sentimientos, conductas, actividades,
valores y afectos que diferencian a mujeres y hombres, producto de un proceso
histórico de construcción social. En el sistema patriarcal, la construcción social del
género produce diferencias, desigualdades y jerarquías entre ambos. Por ello, los
estudios desde la perspectiva de género tienen carácter relacional, en las que se
dilucidan las relaciones entre el género masculino y femenino, marcando que el sexo
tiene como sustrato el hecho biológico de la especie humana, mientras el género se
relaciona con el significado que se atribuye socialmente a la diferencia biológica
(Money, 1955; Stoller, 1968; Burín, 1996 ).
Según Burín (1996:21), "los estudios se han centrado en la predominancia del
ejercicio del poder de los afectos en el género femenino y del poder racional y
económico en el género masculino, y en las implicaciones que tales ejercicios tienen
sobre la construcción de la subjetividad femenina y masculina".
Los sistemas de género entran en relación con la implementación de políticas en
el medio rural ya que estas "generalmente ubican a las mujeres en una posición
subordinada relacionada con la falta de acceso a recursos, a la capacitación, al acceso
a la toma de decisiones y demás" (Martínez, 2000:20). En estos trabajos se parte de
que el desarrollo es un proceso que permite construir las condiciones sociales,
económicas, políticas y culturales en que una población determinada utiliza y controla
sus recursos naturales, sociales y humanos con la finalidad de alcanzar sus
necesidades humanas, incluyendo aquellas llamadas básicas (salud, alimentación,
vivienda, educación) y aquellas necesidades que tienen que ver con su bienestar
integral incluyendo recreación, descanso y disfrute pleno de sus derechos. Este
concepto incluye los de equidad, sostenibilidad, democracia, participación y
empoderamiento en prácticas que le posibiliten a la mayor parte de la población y no
sólo a unos cuantos, conquistar el cumplimiento de sus derechos económicos, políticos,
sociales y culturales.
Las teorías del desarrollo han tenido su base conceptual principalmente en el
terreno de la economía, generalmente explican el problema del avance o atraso de la
sociedad en términos de crecimiento o decrecimiento económico (Smith, 1976). Este
acercamiento conduce hacia la formulación de las principales teorías del desarrollo: la
teoría de la modernización, la dependencia y la teoría de la globalización. Mientras la
primera ve el desarrollo en etapas sucesivas y ascendentes, la dependencia aborda la
relación de atraso de los países latinoamericanos en relación a las potencias
capitalistas y el subdesarrollo como proceso histórico. Ninguno de estos dos
acercamientos ha logrado dar una solución a los acuciantes problemas del
subdesarrollo.

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Menos aún lo ha hecho la tercera aproximación: las teorías de la globalización
que imponen la implementación de políticas de corte neoliberal, que lejos de solucionar
han agudizado la situación de pobreza, marginación y falta de oportunidades. En
México, la población en pobreza extrema pasó de 17 a 26 millones de 1995 a 1999 y
72% es pobre; dato similar a los índices de pobreza de inicios de los 70 (Boltvinik,
2000). La incidencia de la pobreza es significativamente más alta en el campo que en la
ciudad (2.5 veces más alta) ya que en 1989, 61.8% de los habitantes rurales eran
pobres extremos de los cuales se encontraban 45.7% en condiciones de indigencia
(Boltvinik, 2000).
El recrudecimiento de la pobreza afecta particularmente a las mujeres por su
condición de género pues aun dentro de una misma posición social, las mujeres tienen
menos acceso y control de los recursos que se generan, por su papel subordinado en la
toma de decisiones al interior de los grupos domésticos y a la diferente valoración de
mujeres y hombres (Salles y Tuirán, 1995a; Kabeer, 1998).
Las políticas públicas tendrán que partir de las diferencias y las necesidades
específicas de género incorporando la tesis de que la pobreza afecta mayormente a las
mujeres. Este fenómeno es reconocido como “feminización de la pobreza”, término que
se acuñó durante el decenio de la mujer (1975-1985) como resultado de diversos
estudios sobre la nueva dimensión internacional del trabajo y el trabajo de las mujeres.
En este contexto, los estudios de la mujer visualizaron al menos tres temas
fundamentales: la emigración y factores diferenciales de género y raza, la feminización
de la pobreza y la relocalización de las industrias (Molyneux, 2001). De los análisis
realizados bajo el auspicio del Decenio de la Mujer de las Naciones Unidas (1975-
1985), se dedujo que las mujeres constituían casi 70% de las más pobres del mundo.
Como responsables de la reproducción y ante la rígida división sexual del
trabajo, las mujeres han resultado mayormente afectadas por los recortes del gasto
público, la baja de los salarios, el desempleo, la inflación y en general, la posibilidad de
mantener la sobrevivencia de la familia. Sin duda, como ha sido señalado por Rocha et
al (1989), las mujeres han sido el “sector invisible ajustado” y han servido como
“colchón de la crisis” al asumir mayores cargas de trabajo sin que esto se refleje en el
ingreso, el acceso a recursos productivos, y como receptoras de políticas de bienestar y
antipobreza a bajo costo.
Esta situación afecta más a las mujeres indígenas, ya que sobre ellas se
acumulan opresiones por su condición étnica caracterizada por el monolingüismo, el
analfabetismo, mayores tasas de fecundidad, escaso acceso a recursos productivos y
toma de decisiones, escasa representación de sus necesidades en las políticas
públicas, abandono y marginación resultado de la explotación de los pueblos indios
desde la colonización. La relación que existe entre indicadores de pobreza y
marginalidad con la densidad de población indígena por municipio, permite observar
que “la línea de pobreza extrema de nuestro país afecta especialmente a las
poblaciones indígenas de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Hidalgo y Puebla” (Bonfil y Del
Pont, 1999:35).
En las políticas para las mujeres se han conceptualizado principalmente dos
grandes tendencias, conocidas como Mujeres en el Desarrollo (MED) y Género en el
Desarrollo (GED). El primero (MED) (inicios de los 70), atravesó varias etapas,
transitando por los enfoques de la Igualdad, Antipobreza y Eficiencia. Proponen todos

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estos acercamientos, sin cuestionar la subordinación, que las mujeres sean
beneficiarias directas de proyectos, políticas y estrategias, considerando que ellas han
quedado fuera de las estrategias de desarrollo (Moser, 1991). Los proyectos derivados
del enfoque MED atienden sobre todo las necesidades materiales vinculadas a lo
reproductivo, llamadas necesidades básicas o prácticas3 de género. Atenderlas supone
afectar la situación de género, definida como el estado material en el que se
encuentran las mujeres de una determinada clase social, etnia, grupo específico y de lo
cual se derivan sus necesidades prácticas (Moser, 1991).
El enfoque GED, también conocido como enfoque de “empoderamiento”, o
apoderamiento, retoma elementos del enfoque de la igualdad y entre sus propuestas
sobresale la “transversalidad” del género, que implica que la política debe incluir las
necesidades específicas de ambos géneros sin necesariamente optar por proyectos
específicos de carácter marginal para las mujeres. Supone la modificación de las
relaciones de poder entre mujeres y hombres y colocar la subordinación como aspecto
fundamental a cuestionar. Pone en el centro la toma de conciencia sobre la identidad de
género asignada y su transformación como cuestión metodológica. Es decir, supone la
atención de las necesidades estratégicas o encaminadas a transformar la subordinación
de las mujeres. La atención de las necesidades estratégicas también supone modificar
la condición de género, categoría que ubica social y económicamente a las mujeres en
relación con los varones (Moser, 1991).
En el marco de las políticas de ajuste estructural y el incremento de la pobreza,
la perspectiva de género es una propuesta que busca incluir las necesidades de
mujeres y hombres en la definición de programas, proyectos y acciones públicas, desde
un marco alternativo de desarrollo, perfilado como desarrollo humano sustentable.
Respecto a los nexos entre el enfoque de género y el planteamiento del
desarrollo rural, Pérez y Campillo (1999) señalan que la perspectiva de género permite
obtener una mejor y más precisa comprensión de la lógica de producción-reproducción
(quién hace qué, quién decide, cuáles son las expectativas de sus miembros, quiénes
concentran los beneficios, qué implicaciones tiene la división del trabajo existente), y
facilita la delimitación más adecuada de los grupos de población, al considerar las
variables de clase, edad, etnia, como asociadas al análisis de género.
En las políticas globalizadoras se sigue considerando que el trabajo de las
mujeres es flexible y que se puede estirar para compensar cualquier déficit de recursos
disponibles para la reproducción y mantenimiento de los recursos humanos. Así es
como muchos de los éxitos de las políticas macroeconómicas se hacen a costa de una
jornada más dura y más larga de las mujeres.
El aporte de las mujeres al desarrollo para quienes formulan las políticas es
invisible porque es tiempo y trabajo no pagado, al que no se le asigna valor monetario.
Pero esto se refleja en el deterioro del estado de salud física y mental de esas mujeres.
“Cualquier política que se establezca, sea en el campo macro económico o sectorial,
tiene un impacto diferenciado sobre los diferentes sujetos sociales” (Pérez y Campillo,
1999:15), puesto que las políticas no son neutrales ni en su concepción y formulación,
ni en el impacto producido (León, 1997).

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Necesidades prácticas son aquellas que satisfacen las condiciones materiales y se refieren a la condición de las mujeres. Las necesidades
estratégicas se refieren a la posición de éstas y tienen potencial para producir cambios (Young, 1991).

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A pesar de lo anterior, se ha observado que las mujeres tienen mayor disposición
a participar cuando de proyectos se trata, ya sea como promotoras, coordinadoras y/o
beneficiarias directas de los proyectos. Son las mujeres las que han respondido en
mayor medida a convocatorias de desarrollo local (Rosete, 2001; Zapata y Mercado,
1996 ). Esto, debido a que son ellas quienes sufren cotidianamente el impacto
negativo de las políticas de ajuste estructural, vividas como escasez de recursos
materiales y simbólicos para continuar cumpliendo con funciones derivadas de sus
rígidos roles e identidades de género que pueden sintetizarse en “seres para y de los
otros” (Lagarde, 1997).
El acceso a recursos económicos, productivos y materiales son fundamentales
en los procesos de cambio; al mismo tiempo lo son los cambios de identidades ya que
es desde estos donde se tejen las relaciones de poder entre los géneros, y permean
para deconstruir relaciones de inequidad, desigualdad y subordinación entre mujeres y
hombres. Para las mujeres, su participación está relacionada con los problemas de sus
próximos (hijos, hijas, otras mujeres, los y las vulnerables, los y las pobres, el medio
ambiente, etcétera), para los varones, es un factor de autoafirmación y de despliegue
de sus derechos como ciudadanos.
Existe una íntima y estrecha asociación entre identidad de género y el acceso, uso y
falta de poder entre hombres y mujeres, y por tanto, se puede establecer la asociación
entre identidad, poder y participación (Cortina y Stromsquist, 2001).
La promoción de la participación de las mujeres que considera su especificidad
de género se traduce en un incremento en la toma de decisiones con relación a su
propia vida y a su cuerpo, en su sexualidad, maternidad, cuidado del cuerpo y de la
salud reproductiva e intolerancia hacia la violencia (Martínez, 2000).
Las políticas públicas y programas con perspectiva de género, ubican a las
mujeres como sujetos, y por tanto promueven la participación social, convirtiéndose en
espacios de potenciales transformaciones en la condición de la mujer, y con ello,
transformando su perspectiva de “ser para otros” en “ser para sí misma” a la par que
con los hombres se buscan cambios desde su identidad tradicional de “ser para sí
mismos”, sustentadas en los atributos y mandatos de la masculinidad hegemónica4 que
se traducen en el control y dominio sobre las mujeres y androcentrismo en seres que
comparten con los otros y las otras.
Aunque el discurso de algunos de los proyectos de desarrollo en la escala
regional incorporan mujeres y hombres en sus estrategias de participación y se habla
de enfoque de género, aún está ausente la perspectiva de construcción de la equidad
genérica que tienda hacia la superación de los obstáculos que las mujeres pobres
enfrentan para una integración al desarrollo, que transforme las relaciones de poder y
subordinación al interior de la familia y en las relaciones de pareja y en las
organizaciones en las que participan desde su identidad de género.
Existe la necesidad de que los programas que afectan las relaciones sociales,
económicas y políticas, resultado del impulso de paradigmas y propuestas de
desarrollo, tendrán que abonar a la construcción de relaciones más equitativas no sólo
desde el punto de vista económico. Es fundamental ubicar que las prácticas de los
sujetos que conforman las sociedades, y en específico las comunidades rurales e
indígenas, están permeadas por la edad, el género, la etnia y otras variables que

4
La masculinidad hegemónica se refiere la forma culturalmente más aceptada de ser hombre (Connell, 1995).

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usualmente no se consideran en las estrategias de desarrollo y es también desde las
identidades de las y los sujetos que se tendrán que buscar alternativas en términos de
construcción de sociedades más justas desde lo cotidiano.
En este trabajo pretendemos conocer algunos de los impactos de la participación
social sobre la condición femenina y masculina, en tanto que consideramos que lograr
cambios de identidad de las mujeres y de los hombres y el acercamiento a sus
necesidades específicas de género, es una forma de construir el poderío de las
mujeres; aspectos que tienen que ser abordados en los contenidos y metodologías de
las instituciones que implementan proyectos de desarrollo con mujeres pobres e
incorporar la reflexión sobre la condición masculina para que los procesos de cambio
sean más sustentables. En ese sentido Connell (1995) y Seidler (2000), sostienen que
el genero es una categoría social que organiza y jeraquiza a hombres y mujeres,
intervine en la construcción de sus identidades, regula sus relaciones y establece que
las sociedades construyan diversos sistemas de sexo-género. En este sentido, la
discusión que persiste sobre los estudios de las masculinidades, convergen en
reconocer que “la masculinidad no se puede definir fuera de su contexto
socioeconómico, cultural e histórico en que están insertos los varones y que esta es una
construcción cultural que se reproduce socialmente” (Olavarría, 2001, Connell, 1995)
Así pues, la perspectiva de la equidad de género como eje transversal en el
diseño de políticas y programas de desarrollo significa una esperanza en este proceso
de construcción y deconstrucción de identidades y de relaciones entre los géneros,
como se pretende mostrar en el presente estudio.

Contexto del estudio

El programa analizado en el presente trabajo, se realizó en un marco socioeconómico y


político complejo que caracteriza al estado de Chiapas y en un entorno de refugio y
desplazamiento. De acuerdo al ACNUR, se considera refugiado (a) a quien huye de su
país de origen o residencia con fundado temor de persecución por razones de raza,
religión, nacionalidad, opinión política o pertenencia a un determinado grupo social. La
condición de refugio hace a la persona sujeto de la protección y del derecho
internacional. Lo anterior le dio especificidad al sujeto de investigación tanto por su
condición social, económica, política, jurídica y social, como por el tipo de programas
impulsados.
La población refugiada en Chiapas se integra por alrededor de 95% de
indígenas guatemaltecos de las etnias Kanjobal, Mam, Chuj, Jacalteco y Quiché. Estos
grupos huyeron de su país de origen a inicios de la década de los 80 en un marco de
guerra, violencia y conflicto armado generalizado, así como de persecución política. En
mayo de 1984, a lo largo de siete municipios en Chiapas, aproximadamente 46,000
guatemaltecos (as) se encontraban en 36 campamentos.
La población guatemalteca integrada en Chiapas en el momento de la
investigación, ascendía a 12,543 personas (alrededor de 2,624 familias), compuestas
por 49.5% hombres y 50.5% mujeres. Se localizaba en 62 asentamientos distribuidos
en siete municipios de la Región Fronteriza de Chiapas: Frontera Comalapa,
Chicomuselo, Bellavista, La Trinitaria, La Independencia, Amatenango y Maravilla
Tenejapa. En el momento del estudio, más de la mitad de la población (cerca de 55%)

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son mexicanos por nacimiento y muchos de ellos en el 2001, llegaron a la mayoría de
edad.
La experiencia empírica con población refugiada ha mostrado que la condición
de género durante el refugio puede girar en torno a diversas direcciones: se viven
modificaciones en tanto cambio de contexto sociocultural, en algunos casos los roles de
género femenino tienden a flexibilizarse ya que implica transformaciones en la vida
cotidiana promovidos por la misma situación de desplazamiento, los beneficios
derivados del acceso a la protección incluyendo poder allegarse mayores recursos y
oportunidades (sistemas de salud, movilidad dentro y fuera de la comunidad,
participación en asambleas y reuniones comunitarias). Mientras que, para los hombres,
el refugio puede vivirse como carencia de masculinidad en tanto tienen la dificultad de
ejercer como proveedores del grupo doméstico por la falta de acceso a la tierra,
elemento fundamental dentro de la economía y cultura campesina. En este contexto, la
feminidad y masculinidad vividas desde la especificidad étnica, de refugio y género
tenderían a modificarse y a adaptarse ante las modificaciones del contexto
socioeconómico.

Metodología

El partir de la hipótesis de que la aplicación de políticas de equidad de género en


programas de desarrollo, en este caso, con población refugiada, incide positivamente
en cambios en la situación de subordinación, pobreza y opresión de las mujeres
indígenas guatemaltecas refugiadas al integrar sus necesidades específicas y promover
su empoderamiento personal y colectivo mediante la participación y visibilización
comunitaria, nos llevó a plantear un estudio en donde se pudiese observar en qué
medida la aplicación de políticas de equidad de género, es realmente un instrumento de
desarrollo, principalmente para las mujeres, pero también para los hombres y para las
comunidades en donde transcurre su vida cotidiana y dentro de un marco
socioeconómico complejo como es la zona fronteriza del estado de Chiapas.
Para contrastar y analizar el impacto de la política de género, se seleccionaron
comunidades donde hubo mayor incidencia versus comunidades con escasa influencia.
Las comunidades fueron seleccionadas sobre la base de un análisis de la presencia de
las instituciones y tipo de programas. Se ubicaron dos grandes categorías:
comunidades con política de género y comunidades sin política de género. Un segundo
nivel fue conocer la percepción de mujeres y hombres, por lo que se definió un número
similar de encuestados y encuestadas; sin embargo esto no pudo cumplirse, debido a
que varios de los hombres estaban fuera de sus comunidades e incluso de la región en
el momento en que se aplicó la encuesta.
Se eligieron comunidades (anteriormente llamados campamentos) con
presencia de proyectos y programas con política de género. Esto incluyó a 10
comunidades, que representaron 20% de las casi 40 comunidades donde hubo
proyectos y programas. Se eligieron también cuatro comunidades (18%) entre las 20
comunidades que ubicamos sin política de género o ausencia de proyectos.
Para facilitar la comunicación entrevistada o-entrevistador, la mayoría de los
cuestionarios fueron aplicados en los idiomas chuj, kanjobal, mam, jakalteco y español
y participaron activamente en el levantamiento de información la población refugiada

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capacitada para ello. El número de personas encuestadas fue de 48 mujeres y 37
hombres. Se estimó inicialmente el mismo número de cuestionarios, pero esto no fue
posible. De los municipios en donde hay refugiados, se seleccionaron cuatro: Las
Margaritas, La Trinitaria, San Pedro Bellavista y La Independencia.

Cuadro 1. Comunidades en donde se aplicó el cuestionario.

Municipio Comunidades en la muestra


Las Margaritas 1.- Amparo Agua Tinta 4.-Paraíso
2.- Nuevo Huixtán 5.-Santo Domingo
Las Palmas
3.- Nuevo San Juan Chamula 6.- Bella Ilusión
La Trinitaria 1.- San Lorenzo 4.- Nuevo Porvenir
2,- La Gloria 5.- Nueva Libertad
3.- Cieneguitas 6.- Santa Elena
Lagartero*
La Independencia 1.- San José Belén* 2.- La Esperanza*
San Pedro 1.- Cueva del Arco*
Bellavista
Fuente: Trabajo de campo. Elaboración propia (1999).
* Comunidades donde no había trabajo de organizaciones ni instituciones

En total se aplicaron 85 cuestionarios en 14 campamentos o comunidades:


cuarenta y ocho cuestionarios a mujeres, treinta y seis en campamentos donde
trabajaron organizaciones e instituciones con perspectiva de género y doce en donde
no hay trabajo. También se aplicaron treinta y siete cuestionarios a hombres, veintisiete
en comunidades con trabajo de organizaciones e instituciones y diez en campamentos
sin trabajo institucional de género.

11
Cuadro 2. Número de cuestionarios aplicados por género
Mujeres en Hombres en Mujeres en Hombres en Total
comunidades comunidades comunidades comunidades
con con perspectiva sin sin
perspectiva de género perspectiva perspectiva
de género de género de género
Número de
cuestionarios
36 27 12 10 85
aplicados
% de la 42 32 14 12 100
muestra
Fuente: Trabajo de campo. Elaboración propia (1999).

Para dar seguimiento a los objetivos y comprobar las hipótesis se aplicó un


cuestionario que abarcó los siguientes puntos: datos generales de las y los
entrevistados, la participación comunitaria, acceso a la información, salud, proyectos
económicos, visión hacia la violencia familiar y sexual y relaciones de género.
Fue importante conocer la percepción tanto de mujeres como de hombres ya que
partimos de que el género al ser una categoría relacional, permite ubicar las relaciones
de género en situaciones específicas. En la medida en que los estudios de la mujer han
hecho un aporte significativo al visibilizarla como sujeto específico de las
investigaciones, los estudios de género también han permitido analizar la subordinación
de la mujer en su contexto social, económico, político y cultural y en sus interacciones
con el género masculino, por lo que en el presente estudio las relaciones entre hombres
y mujeres fueron la parte fundamental de la investigación.

Resultados

El enfoque de género en la política y su influencia en la condición y situación de


las mujeres

Buscamos establecer relaciones entre aplicación de políticas de equidad y condición y


situación de mujeres y hombres. Los elementos significativos de éstas en el trabajo de
campo fueron: promoción de la participación equitativa de mujeres y hombres en los
procesos de capacitación y acceso a la información, así como la inclusión de las
necesidades específicas de ambos géneros en los programas de salud, prevención y
tratamiento de la violencia familiar, el acceso equitativo al crédito y a los programas de
ahorro; proyectos económicos y la difusión y sensibilización sobre los derechos. La
política de género incluyó la acción transversal de detección de necesidades, aplicación
de programas específicos y acceso equitativo de hombres y mujeres a las acciones
institucionales. El cuadro 3 recoge información proveniente del ACNUR en cuanto a

12
recursos que se asignaron y que beneficiaron a hombres y a mujeres.

Cuadro 3. Aplicación de recursos en porcentaje de acuerdo a población beneficiada.


Áreas prioritarias Mujeres Hombres Total $
Documentación 51.00% 49.00% 873,125
Salud 90.00% 10.00% 1,760,751
Crédito 48.00% 52.00% 1,190,433
Becas 39.00% 61.00% 735,787
Capacitación 48.00% 52.00% 919,995
Alfabetización 66.00% 34.00% 30,496
Fuente: Elaboración propia con base en información del ACNUR, Chiapas 2001

De esta forma establecimos indicadores relativamente sensibles a ser evaluados: el


conocimiento sobre los temas (nivel percepción), el acceso y disfrute de los derechos
(nivel afectivo), la participación activa (nivel actitudinal) en instancias comunitarias,
acceso y participación en reuniones y talleres, acceso a los programas de salud,
proyectos económicos. Analizamos si esto tiene implicaciones prácticas en la vida
cotidiana que les conlleve a transformar la condición de subordinación de las mujeres;
tales como cambios en la percepción hacia la violencia, utilización de los servicios de
salud, especialmente a los relacionados con lo sexual y reproductivo, incluyendo
frecuencia de visitas médicas, tipo de consultas cumplidas, realización de la prueba de
detección de cáncer cérvico-uterino (Papanicolau), entre otros. La comparación entre
comunidades con y sin perspectiva de género en los programas muestra que las
percepciones y las prácticas sí pueden estar relacionadas con el proceso de
intervención en el ámbito de las políticas de equidad de género, en el momento en que
el estudio fue realizado.
Para contrastar la hipótesis central, realizamos un resumen de los resultados
obtenidos, que se aprecian en el cuadro 4 donde se comparan las comunidades con y
sin política de género.

Cuadro 4.Comparativo de participación, salud y violencia en mujeres.


Concepto Sin política % Con política %
Mujeres capacitadas 42 89
Mujeres que se reúnen 42 72
Saben qué es violencia 52 70
Saben qué es violencia sexual 0 14
Saben causas de la violencia 40 78
intrafamiliar
Saben cómo actuar en caso de 6 68

13
violencia
Nunca han ido al doctor 41.66 11
Se han realizado la prueba del 30.5 48
PAP
Planifican 75 45
Promedio de hijos 6.3 7.4
Fuente. Elaboración propia a partir de los datos del cuestionario, 2001

En este cuadro se observa que un mayor porcentaje de mujeres en las


comunidades con política de género están capacitadas, se reúnen, tienen
conocimientos respecto la violencia y saben cómo actuar, visitan con mayor frecuencia
al médico y se han realizado la prueba del PAP. Diversos estudios muestran que la
asistencia a reuniones y la participación en procesos grupales permite a las mujeres
salir del espacio privado, adquirir nuevas habilidades y manifestar cambios en la
percepción sobre ellas mismas, en coincidencia con lo reportado por Zapata et al,
(2003). Siguiendo el modelo multifactorial de empoderamiento de Hidalgo (1999), y la
propuesta de Rowlands (1997) pueden reconocerse diversas dimensiones: la personal,
en las relaciones cercanas y en la colectiva. Dichos procesos pasan por cambios en
habilidades para expresarse, aprender y analizar, organizar el tiempo personal,
sentimiento de que las cosas son posibles, control sobre las circunstancias de vida y
capacidad de tomar decisiones. Algunos de los mayores obstáculos para que se den
estos procesos de empoderamiento de acuerdo a Zapata et al,( 2003) es el doméstico
en donde los atributos y mandatos de la masculinidad hegemónica se orientan hacia el
control y dominio sobre las mujeres y los recursos, y que se traducen en la falta de
control sobre el tiempo y la responsabilidad del trabajo doméstico.
En estos procesos, la asistencia frecuente a reuniones y la capacitación son
considerados como recursos e insumos que permiten el acceso a la información y a la
reflexión desde la condición de género. Los procesos pedagógicos que incorporan la
equidad entre géneros como elemento fundamental en su propuesta educativa propicia
procesos conscientes de reflexión que se espera se traduzcan en el nivel de percepción
y acción que tienen que ver con cambios de actitudes y específicamente en lo relativo al
cuerpo: qué hacer en casos de violencia, acudir a la revisión de su estado de salud,
realización de la prueba de Papanicolau y regulación de la fecundidad.
En esta perspectiva, es significativo el que un mayor porcentaje de mujeres en
comunidades con política de género tuvo mayores conocimientos sobre la violencia
doméstica y sexual, sus causas y qué hacer. Entre las respuestas que dieron están las
siguientes: “Violencia es cuando los hombres nos golpean”; “violencia sexual es cuando
obligan a las mujeres a hacer cosas que ellas no quieren”; “violencia sexual es cuando
obligan a las mujeres a tener relaciones sexuales”. Por otra parte, un menor porcentaje
nunca ha ido al doctor y un mayor porcentaje se ha realizado la prueba de detección de
cáncer cérvico uterino.
En cuanto al acceso a recursos de información y de acuerdo a las hipótesis

14
planteadas en el sentido de que las políticas de equidad de género permiten un mayor
acceso a recursos en la medida en que propician cambios en percepción y actitudes, se
puede establecer que las mujeres que han tenido mayor acceso a información muestran
cambios de actitud respecto a la violencia sexual e intra familiar, así como en el nivel de
cuidados sobre el cuerpo tal como la realización de la prueba del PAP y el acudir a los
servicios de salud, ya que mientras en comunidades con política se observó que sólo
11% de las entrevistadas nunca habían ido al doctor, éste se incrementa a 41.66% en
comunidades sin política (Cuando en ambos casos existen clínicas o servicios de
salud).
Las mujeres en comunidades con política tienen en promedio un hijo más que en
las comunidades sin política. Esto se puede explicar porque los servicios oficiales de
salud realizan campañas sobre planificación familiar, mientras que los organismos no
gubernamentales utilizan el paradigma de la regulación de la fertilidad que considera el
acceso a la información y la toma de decisiones de las mujeres, antes que la imposición
de métodos anticonceptivos. En ambos casos el promedio de hijos es casi el triple que
el promedio nacional, aspecto que muestra diferencias específicas debido a que es esta
una población con características definidas desde lo étnico y cultural en donde para las
familias es muy importante tener muchos hijos.
En términos generales y tomando la participación, la salud y la intolerancia a la
violencia como un factor positivo que incide en cambios en la condición de las mujeres,
podemos concluir que las mujeres que viven en comunidades con trabajo de género,
han tenido avances en el trastocamiento de su subordinación con respecto a las
mujeres que viven en comunidades sin política. Es atinado señalar que en este contexto
de trabajo la aplicación de políticas de equidad propició el empoderamiento de las
mujeres, con relación a las comunidades en donde no se aplicaron dichas políticas.
Estos resultados permiten corroborar la hipótesis general ya que la aplicación
transversal de la perspectiva de la equidad de género, de acuerdo con los resultados
anteriores, permite incidir sobre la condición y situación de las mujeres al incorporar sus
necesidades específicas de género en la implementación de programas y proyectos.
El análisis entre los resultados encontrados y el marco conceptual aquí expuesto,
permiten indicar que la perspectiva de equidad de género en los programas y proyectos
vinculados a propuestas de desarrollo regional facilitan el avance en una dirección de
desarrollo humano en donde los factores de etnia, clase y género están presentes en
los sujetos de desarrollo. Esto es posible cuando el género estuvo como instrumento de
política en las comunidades donde éste fue impulsado respecto a aquella en donde no
lo fue. Sin embargo, los procesos subjetivos y en cambios actitudinales, como ha sido
señalado por Alberti (1993), implican cambios, conflictos y negociaciones.
En el caso de las mujeres, la contradicción más importante en la dinámica de sus
conflictos personales y como impulsor de procesos de cambio hacia el
empoderamiento, es en el ámbito de la identidad. El conflicto de identidad se define por
los cambios en ésta estructurada en torno al Ser para los otros, frente a la de Ser para
sí misma. El acceso al mundo público a través de la participación social, al trabajo fuera
de la casa; es decir, la escisión entre el mundo público y el mundo privado, es uno de
los mayores conflictos y cambios que se presentan en la identidad de las mujeres. La

15
maternidad voluntaria, la sexualidad como disfrute y la intolerancia hacia la violencia
como forma de relacionarse con los hombres, son aspectos fundamentales en la
deconstrucción de la identidad femenina. Abordado desde esta perspectiva, la inclusión
de la perspectiva de equidad de género en el trabajo con mujeres, comunitario y de
desarrollo rural incide en estos cambios, lo cual es un componente fundamental para el
desarrollo humano desde la esfera individual, familiar, comunitaria y macrosocial.
En el contexto de refugio y desplazamiento es fundamental considerar tanto los
factores de etnia y clase desde una perspectiva de relaciones intergenéricas, ya que
como también indica Zapata et al (2003), los factores inhibidores de estos procesos de
cambio tienen que ver precisamente con los atributos y mandatos de la masculinidad
hegemónica que se orientan hacia el control y dominio sobre las mujeres y se traducen
en exceso de trabajo para las mujeres, y la escasa movilidad social por lo que como
señaló Alberti (2003:375) “este despliegue de factores nos muestra la complejidad,
profundidad y diversidad de aspectos que se relacionan con los procesos de
transformación identitaria individual y colectiva hacia el desarrollo de las mujeres”.
Por ello, es igualmente importante entrar al análisis sobre las relaciones de
género en poblaciones con características similares y la importancia de aplicar políticas
incluyentes desde la perspectiva de equidad genérica en la implementación de
programas y proyectos con poblaciones indígenas en donde los atributos y mandatos
de la masculinidad hegemónica se orientan hacia el control y dominio sobre las mujeres
y la identidad masculina juegan un papel muy importante como inhibidores de los
procesos de desarrollo de las mujeres y analizar por otro lado, en qué medida, las
masculinidades pueden ser también susceptibles de modificarse y hacia qué dirección.

Cambios en las relaciones de género y transformaciones en la masculinidad


tradicional hegemónica.

Con relación a la hipótesis específica que apunta a señalar que la equidad de


género contribuye a cambios en las relaciones de género, al incorporar tanto a las
mujeres como a los hombres en los procesos de cambio podemos postular lo siguiente.
Connell (1995, 1998) señala que existe una masculinidad hegemónica o dominante, la
cual se convierte en norma (deber ser, lo permitido y lo prohibido), símbolos,
significados (atributos), prácticas que conforman el mandato social, lo que debe ser y se
espera de un hombre en determinada sociedad a la cual hay que obedecer o aprender
para ser “hombre”, de ahí que este proceso de construcción de una identidad, en tanto
aprendizaje, desarrollo y práctica de ciertos atributos y valores, debe ser transformada y
reconstruir aquellos referentes de orden simbólico y práctico que lo determinan.
Así los varones pasan por procesos de transformación de identidades que
implica procesos de deconstrución, tanto para el género femenino, como para el
género masculino en la medida en que al asumir identidades optadas permitirá por un
lado, cambios de actitudes en los hombres que pasan por el entendimiento de que las
mujeres son también sujetas de derechos, como el derecho a la participación, salud,
educación, acceso a recursos productivos y decidir sobre su salud y su cuerpo, así
como reflexionar sobre su propia problemática como varones.

16
En el contexto del estudio, la equidad de género fue asumida en la práctica de
los programas y proyectos cómo realizar aquellas acciones tanto para hombres y
mujeres, y otras acciones en donde las mujeres fueron sujetos específicos, todas ellas
con perspectiva de género. La metodología incluyó a su vez talleres sobre masculinidad
en donde en algunos casos los hombres fueron los sujetos específicos, así como
talleres en donde acudieron tanto hombres como mujeres, tales como los de derechos
humanos y donde se trataron específicamente los derechos de las mujeres. Los temas
sobre violencia, anticoncepción y salud, fueron realizados conjuntamente, dejando
algunos espacios sólo para mujeres.
Como se observa en el cuadro 5, fue también significativo que los hombres de
comunidades con política de género tuvieran un mayor entendimiento de lo que
considera violencia, atendieron más su salud y una mayor participación en la
planificación familiar.

Cuadro 5. Comparativo de participación, violencia y salud. Hombres.


Sin política Con política
Hombres que se reúnen 70 85
Saben qué es violencia 40 74
Informados sobre violencia 10 33
Saben qué es violencia 0 22.22
sexual
Saben causas de la violencia 60 74
Informados sobre salud 10 44
Nunca han ido al doctor 44 12
Planifican 28 34
Fuente. Elaboración propia, a partir de los datos del cuestionario, 2001.

El cuadro anterior permite observar que para el caso de los hombres, es también
notoria la diferencia en algunos indicadores. A pesar de que se reúnen casi en la misma
proporción, un mayor porcentaje de hombres en comunidades con política saben lo que
es violencia y violencia sexual, están informados sobre salud, y se tiene un mayor
porcentaje de hombres que participan en la planificación familiar. Aunque es menor la
diferencia que entre mujeres, en donde se ha centrado el impacto, es significativo que
los hombres de las comunidades con mayor política, también manifiestan cambios en la
percepción en los indicadores principales.
Los cambios en la masculinidad dominante en América Latina, de acuerdo con
Lagarde (1992ª y b) se viven como una trasformación de las masculinidades que se
traduce en: menor omnipotencia y deseo de poder y de control, sentimientos de
cercanía entre los hombres y una aproximación menos enajenada a las mujeres

17
aceptando “la humanidad” y el intercambio erótico con las mujeres no como control,
cambios importantes en la paternidad y asumiendo las tareas consideradas “femeninas”
como el trabajo doméstico. Un cambio fundamental es la deconstrucción de la violencia
sexual y de la violencia como una forma de vida asociada al dominio y legitimada como
atributo particular de los hombres. A este conjunto de cambios se le llama “masculinidad
deliberada”.
La transformación de las relaciones de género, indica Lagarde (1992:34)
“debería desmontar la asociación entre la legitimidad de la violencia como dominio o
como defensa, eliminándola de las relaciones entre mujeres y hombres, adultos e
infantes”.
En el presente estudio, considerando la complejidad de transitar de la percepción
al nivel de acción en los cambios de identidad masculina y roles tradicionales de estos,
pasa como en el caso de las mujeres por la deconstrucción de la identidad tradicional,
en donde el elemento de “pérdida de poder y de control”, es mucho más complejo de
asumir para los hombres, en tanto el poder y el control son elementos fundantes de la
identidad masculina tradicional. En este sentido, y con las limitaciones propias del
presente estudio, podemos afirmar que aunque las diferencias son menos significativas
para los hombres que para las mujeres, estas sí existieron entre hombres de
comunidades con política respecto a los hombres de comunidades sin política.
Estos cambios, por pequeños que sean, no pueden considerarse menos
importantes ya que el estudio pone de manifiesto que cuando se trabaja con enfoque de
equidad de género y los hombres se incorporan en alguna medida a los procesos de
reflexión, estos cambios son un avance no superficial ni pequeño, ya que las relaciones
de poder en donde sobresale la supremacía masculina, son uno entre los nudos a
trastocar en las relaciones de desigualdad entre mujeres y hombres.

La transversalidad de la equidad de género como instrumento de promoción,


cambio social y mayor redistribución de los recursos

En este apartado se ve lo relativo a la hipótesis específica que propone que la


transformación de la situación y condición de las mujeres y los cambios en las
relaciones de género promueven cambios en la perspectiva de una mayor redistribución
de los recursos. Esto dará argumentos para proponer que la perspectiva de equidad de
género en programas y proyectos es un instrumento de justicia social al transformar
relaciones inequitativas, redistribuir los recursos y mayor acceso a la toma de
decisiones y con ello trastocar la opresión que viven las mujeres y mejoran su
condición. Esto debe considerarse como un proceso que tiene avances y retrocesos
como señala Kabeer (1999).
A manera de resumen se retoman las variables principales:
a) Variable participación en reuniones: Se les preguntó: Cuando hacen reuniones en
campo sólo con mujeres ¿qué temas se tratan? En las comunidades con política de
género ellas manifestaron que se juntan para discutir temas de “salud en primer lugar,
proyectos económicos y derechos”. A diferencia de las mujeres de aquellas

18
comunidades con menos políticas de género, manifestaron que sólo se reúnen para
hablar de salud y más de la mitad de las entrevistadas no contestó. En menor
porcentaje también agregaron que se reúnen para obras públicas o problemas varios.
Cabe mencionar la diferencia cualitativa que existe entre ambos grupos. En
primer lugar, más de la mitad de las comunidades sin política de género, no
contestaron, lo que estaría significando que ellas no se reúnen o no le dan importancia.
Otro aspecto cualitativamente diferente es el tema de los derechos, que si bien, en bajo
porcentaje, sólo lo mencionan las mujeres en comunidades con política de género.
Alberti (2003:375) señala que la participación en organizaciones y la capacitación sobre
los derechos de las mujeres y género, la confianza entre mujeres y el compartir
problemas juntas son factores impulsores de cambio hacia el empoderamiento, tanto en
la dimensión personal, como en las relaciones cercanas y en la dimensión colectiva.
Estos aspectos son sumamente importantes a tomar en cuenta si asumimos que la
participación frecuente en reuniones, talleres y diversos espacios de encuentro permite
a las mujeres la reflexión colectiva, el desarrollo de habilidades, capacidades,
incluyendo el aumento de la autoconfianza y el poder “decir su palabra” todos estos
factores muy importantes en el proceso de empoderamiento. En este sentido, tanto los
recursos materiales, como los simbólicos a los que pueden acceder las mujeres
derivado de políticas de equidad de género son una contribución sensible hacia una
mayor equidad no sólo entre géneros, en la esfera de lo íntimo y de lo privado, sino en
el terreno en que los programas tendrán que ampliar sus horizontes en la perspectiva
de incluir al otro 50% de la población que tradicionalmente ha estado fuera de las
estrategias de desarrollo: el género femenino.

b) Variable Violencia Doméstica y Sexual: Esta variable está íntimamente


relacionada con el punto anterior, ya que, en la medida en que uno de los temas que
más se analiza en las reuniones entre mujeres es lo relativo a violencia y derechos, es
de suponer que las mujeres de las comunidades que tienen mayor participación en
reuniones, talleres y encuentros, el conocimiento y percepción sobre la violencia
doméstica y sexual es mayor. Fue notorio que las mujeres de las comunidades con
política de género, en casi un 100%5 respondieron con elementos relativos al tema: qué
es una agresión a las mujeres, qué es obligarlas a tener relaciones sexuales y qué son
problemas entre las parejas. El resto de las entrevistadas de las comunidades sin
política de género, dieron elementos de este tipo, pero en menor porcentaje. Así mismo,
este último grupo de mujeres, más de la mitad respondió que “no sabe”. Esto refleja que
en las comunidades con política de género hay un mayor conocimiento sobre el tema.
Bellato (2001:381) reportó en un estudio con hombres y mujeres indígenas mazahuas,
que “para las mujeres, vivir con un hombre enfrenta una situación ambivalente: por una
parte es quien les dota de estatus y valor social, pero a la vez, sufren las consecuencias
de su dependencia económica y subordinación genérica. Esta situación se traduce en
un reforzamiento del dominio masculino, en términos de soportar violencia física y
verbal, abandonos e indiferencia, que en las mujeres repercute, entre otros aspectos,
en el desgaste de su salud y en tener que vivir en constante tensión y conflicto”. Esta
situación no es prioritaria de las indígenas ya que también ocurre con las mestizas.

5
No todas identificaron la violencia intradomésticas en los mismos términos, pero todas sabían algunas características de la
misma.

19
Aquí serían importantes las relaciones de negociación, cooperación y conflicto.
Además, en las expresiones de las mujeres de las comunidades con políticas de género
se puede apreciar rechazo hacia la violencia intrafamiliar en todas sus expresiones.
El tema de la violencia contra la mujer e intrafamiliar, es un punto que no es
frecuentemente discutido en comunidades indígenas, por ello, consideramos aquí que,
el que las mujeres tengan información, cuestionen y sepan qué hacer en situaciones de
violencia, es un avance muy significativo desde una perspectiva de desarrollo humano,
en tanto que uno de los resultados más devastadores en las relaciones humanas
derivado de la condición de subordinación del género femenino y la supremacía del
masculino es precisamente la violencia perpetrada en contra de la mujer y la continua
situación de conflicto en que viven las parejas en comunidades indígenas.

c)Variable Salud Reproductiva: No existe consenso sobre el término salud


reproductiva. Hay algunos autores y autoras que la siguen viendo como control de la
natalidad, mientras otros tienen una visión más inclusiva del concepto fundamentado en
la perspectiva de género (Zapata y Halperin, 1999; Salles y Tuiran, 1995b; Koblinsky et
al., 1992). Aquí lo relacionamos con el concepto amplio y al retomar la pregunta:
¿Cuándo fue la última vez que usted vio al doctor(a) para una revisión? Fue también
muy importante conocer que en las comunidades con política de género, más de la
mitad de las entrevistadas dijeron que dentro del último año habían acudido a la
doctora, mientras que sólo la mitad de las mujeres de las comunidades sin política de
género habían acudido en igual tiempo. Así mismo, fue notoriamente mayor el número
de mujeres en comunidades sin política que dijeron que nunca habían ido al doctor o
que no se acordaban cuando acudieron, en comparación a las mujeres de las
comunidades con política de género en los programas.
Desde una perspectiva de género y desarrollo humano, la salud integral de las
mujeres y el conocimiento de su cuerpo son factores fundamentales que se deben
impulsar, en la medida en que el cuerpo vivido de las mujeres es donde se concretan y
sintetizan tanto las representaciones sociales sobre los cuerpos, como el estado real de
la persona en su acceso a recursos fundamentales para vivir la vida de una manera
digna y justa. Para las mujeres indígenas la mortalidad asociada a la maternidad es
sumamente elevada, así como la mortalidad asociada a causas que pueden prevenirse
como el cáncer cérvico uterino, la atención oportuna y de calidad al parto, la prevención
del estado permanente de anemia y desnutrición asociados a la mala alimentación y al
elevado número de hijos en un contexto de extrema pobreza y carencia de recursos,
como es el caso de los y las refugiadas. Por ello, es significativo constatar que en la
mayor parte de variables sobre salud, fue notoriamente superior el estado general de
las mujeres en lo relativo a frecuencia y tipo de visitas al médico (a), prevención del
cáncer cérvico uterino con relación a las mujeres de comunidades sin política. Estos
datos también permiten afirmar que las mujeres en comunidades con programas con
perspectiva de género pudieron acceder en mayor medida a la salud como derecho,
que las mujeres de comunidades sin política de género, no obstante estar presentes los
servicios de salud oficiales, manifiesto en este caso en el incremento en el uso de
métodos anticonceptivos y en promedio un hijo menos que las mujeres en comunidades
con política.
Lo anterior es importante relacionarlo con el impulso de programas que fomentan la
participación de las mujeres en reuniones, talleres y otros eventos promoviendo una

20
mayor información sobre diferentes temas significativos para las mujeres que propicia la
reflexión desde lo individual y lo colectivo en la medida que en estos espacios tienen la
oportunidad de reflexionar sobre su situación de género. Al promover la participación
equitativa de las mujeres en los programas de salud comunitarios se propicia el
empoderamiento de las mujeres en el terreno de la salud y de sus derechos
reproductivos y es por tanto un elemento fundamental a impulsarse en las estrategias
de desarrollo que vinculen el enfoque de género de manera transversal a la ejecución
de cualquier acción en este caso, en el campo de la salud.

d)Variable Producción y Empleo: Como se observa en el cuadro 6, se hizo una


comparación entre el acceso a proyectos y ahorro. Es claro que en los campamentos
con perspectiva de género en los programas hay mayor información, se señalan
ventajas y desventajas y las mujeres tienen mayores elementos para decidir su
participación en relación con aquellos campamentos sin política de género.

Cuadro 6. Proyectos y actividades económicas. Mujeres.


Sin política Con política
Mujeres informadas sobre 16 61
proyectos
Mujeres que participan 0 38
Señalan ventajas de los 0 38
proyectos
Señalan ventajas del ahorro 0 36
Señalan desventajas del ahorro 0 27
Señalan ventajas del crédito 0 19
Señalan desventajas del crédito 28 25
Fuente: Elaboración propia, con base en los resultados del cuestionario, 2001.

No obstante en este rubro, no es muy claro si esta información ha repercutido de


manera directa en una participación y acceso real. El programa sufrió a través del
tiempo diversas modificaciones que en su momento provocaron confusión en la
población. Esto es además interesante porque la mayor parte de las estrategias de
desarrollo con mujeres, se ha centrado en los proyectos productivos, el acceso a crédito
y el fomento del ahorro considerados todos como “la estrategia”. Al hacerles la
pregunta: ¿Usted participa en algún proyecto productivo?, se observó que hay menos
mujeres participantes en las comunidades sin política de género y mayor número de
mujeres participantes en el otro sector. Además, se les preguntó a aquellas mujeres que
participan en algún proyecto productivo ¿Por qué participa?, las respuestas fueron:
“porque da beneficios” (se refiere a necesidades concretas, porque se capacitan, o sea,
otros beneficios no económicos) y “apoyaron solicitudes” (se refiere a que responde a
necesidades económicas de las mujeres). Hubo un porcentaje de las mujeres que sí
participan, que “no contestaron”.

21
Es importante resaltar que para las mujeres participar en proyectos productivos
les produce beneficios, no sólo económicos, sino “otras ganancias” que se refieren a
juntarse, capacitarse, y por otro lado, con la experiencia obtenida tienen mayores
elementos de juicio para participar involucrarse o no en los proyectos.
Si lo observamos desde el punto de vista del acceso a los recursos productivos
otorgados por las diferentes instituciones fue significativo que las mujeres informadas,
que participan en los proyectos y acceden a un recurso productivo fue superior en los
campamentos con política, en comparación con los sin política de género.
Respecto de esta misma variable, se preguntó únicamente a las mujeres: Si
usted participa (o participó) en algún proyecto, ¿Cómo le ayuda (o ayudaba) su pareja?
Las mujeres de las comunidades con programas con política de género dicen en casi un
50% que ellos ayudan “con el cuidado de los niños” “con los pagos (dinero)”, “trabajos
del propio proyecto”o con otras “ayudas” no especificadas. A diferencia de las mujeres
de las comunidades sin política de género, quienes sólo mencionaron que sus maridos
apoyan en los trabajos relativos al proyecto. No se observó en éste caso, ninguna
mención al trabajo doméstico o a otros apoyos a diferencia del primer grupo de mujeres.
Se puede concluir que el nivel de empoderamiento que las mujeres muestran en
su participación, derecho a vivir sin violencia y derecho a la salud, no está directamente
correlacionado con el acceso a créditos o participación en proyectos productivos, como
ha sido señalado en otros estudios. Esto permite reflexionar que en la medida en que
las intervenciones sean integrales y con perspectiva de género, no es el acceso a
recursos económicos y productivos el factor principal de empoderamiento y autonomía
de las mujeres. Por otro lado, esto quizá pueda deberse a que evaluaciones de
intervenciones institucionales se ha centro en el impulso de proyectos económicos y a
evaluar las estrategias de intervención en sus diferentes componentes como la salud,
quizá porque no estuvieron claramente impulsados en dichas intervenciones. Sin
embargo cabe la reflexión sobre este proceso que hace Kabeer (1999).

e) Variable Percepción de la Política de Género del ACNUR: Se preguntó a las


mujeres: ¿ACNUR trata igual a los hombres que a las mujeres?. Aquí mayoritariamente
tanto en comunidades con y sin política de género, existe una mayoría que dice
“ACNUR trata igual a hombres que a mujeres”. Cuando se hizo la segunda pregunta a
este respecto ¿Por qué cree que es bueno que ACNUR trate igual a hombres que a
mujeres? Las respuestas tuvieron alguna variación: En las comunidades con política de
género, las mayores respuestas se refieren a que “es bueno porque se enseñan los
derechos a las mujeres” y “porque todos tenemos los mismos derechos”. Una
entrevistada agregó: “Yo pienso que nosotras de mujeres nos atiende el ACNUR,
porque les da mucha lástima como nosotras. Yo pienso que el ACNUR nos atiende más
que a los hombres”, “porque son gente de conocimiento, así le tienen cariño a todos”.
Estas expresiones no significan que el programa vea a las mujeres como víctimas. La
locución tener “cariño corresponde a formas de expresión de estas zonas: “el corazón
está contento” o “la tristeza de los corazones” son forma de saludo o despedida e
incluso lo mencionan cuando hablan de una enfermedad.
En el caso de las comunidades sin política de género, los porcentajes a estas
respuestas varían en proporción, en comparación a las comunidades con política de
género, menos mujeres responden que es “bueno porque enseñan los derechos a las

22
mujeres” y “porque tenemos los mismos derechos”. En relación a la respuesta NO, se
refiere a que “ACNUR trata de forma especial a las mujeres, porque ellas están en
peores condiciones6”.

Conclusiones

En este estudio se muestra cómo la transformación de las relaciones de género puede


impulsarse a través de los programas y acciones institucionales, estos cambios pueden
estimularse hacia una mayor equidad entre géneros resultado de la aplicación de
políticas que incluyen dicha perspectiva en el diagnóstico, diseño, ejecución y
evaluación.
Existen diferencias cualitativas y cuantitativas cuando en las diversas
intervenciones institucionales hay la preocupación y la práctica metodológica de incluir
la transversalidad del enfoque de género, como un instrumento válido promotor de
cambios en las mujeres, en las relaciones intergenéricas y a favor del desarrollo
humano. Esto pasa por el impulso de la participación equitativa de las mujeres en los
procesos y la participación de los hombres en instancias de reflexión que permiten a las
mujeres transformaciones individuales y colectivas que trastocan el orden social de
géneros, y promueve procesos vividos como cambios genéricos, que apuntan a
trastocar las asignaciones genéricas tradicionales de hombres y mujeres. Los hombres
viven cambios en su masculinidad dominante al empobrecer su estatus y no poder
satisfacer lo que demanda a su asignación genérica como proveedor principal y como
figura de poder de la familia. Lo anterior es un elemento que puede retomarse para
avanzar en su sensibilización no sólo sobre los derechos de las mujeres y la
importancia de su participación equitativa en el desarrollo, sino también en el
cuestionamiento a los mandatos genéricos que sobre el sexo masculino se han
construido. Cuestión que deriva a su vez en una problemática específica, difícil de
asumir para los varones, fuera de las respuestas violentas, desarrollo de adicciones y o
en su caso, enfermedades relacionadas con el ejercicio de la masculinidad dominante al
no poder trabajar sus conflictos de manera creativa y propositiva.
La política de equidad de género debe también considerar el que los hombres
cuenten con espacios donde puedan reflexionar sobre su condición masculina. Desde
una perspectiva de cambio, en donde el conflicto de identidad pueda también ser
trabajado desde lo individual, en sus relaciones cercanas y en lo colectivo comunitario.
Esto implica partir de lo práctico a lo estratégico en el trabajo con mujeres y con
hombres, para facilitar el análisis y la reelaboración de conflictos individuales y la crisis
de identidad, en donde aún con sus especificidades, hombres y mujeres puedan
transitar hacia identidades y relaciones de género que les permitan vivir la vida con
mayor libertad, autonomía, desarrollo individual y colectivo y en un marco de respeto a
los derechos humanos tanto para hombres, como para mujeres.

6
Estar en peores condiciones no es tratarlas como víctimas. Es entender una realidad donde las mujeres indígenas están en
perores condiciones.

23
Los cambios más importantes en las mujeres fueron: aumento de su participación
en la toma de decisiones, mayor autocuidado del cuerpo, reconocimiento de la violencia
en sus diversas manifestaciones como prácticas nocivas y mayor acceso a recursos
productivos. En síntesis, se incrementó la posibilidad del ejercicio de sus derechos. En
las conductas masculinas se registraron cambios importantes como un mayor cuidado
de su salud, participación en la reproducción y reconocimiento de la violencia contra las
mujeres como una práctica nociva.
En este trabajo se muestra que cuando aplicamos estrategias incluyentes a
ambos géneros, poniendo especial énfasis a los derechos de las mujeres, los cambios
que se dan aunque son significativos y se dan en la dirección de transformación de las
desigualdades. Son las mujeres quienes dentro de la construcción social de los
géneros, les toca actuar desde la posición de mayor subordinación y opresión aun en
condiciones similares de pobreza que sus compañeros varones, por lo que el enfoque
de género es un instrumento válido en el diseño, ejecución y evaluación de políticas
que impulsan la equidad e igualdad entre hombres y mujeres y propician una mejor
distribución de los recursos.

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