Está en la página 1de 838

Portada

Tierra Dorada

Gabriela Narváez García

P ortada Tierra Dorada Gabriela Narváez García Colección Literatura Romántica www.librosenred.com

Créditos téCniCos y legales

Dirección General: Marcelo Perazolo

Diseño de cubierta: Daniela Ferrán

Diagramación de interiores: Vanesa L. Rivera

Corrección de estilo y ortografía: Rosa Helena Ríos de Léon

Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento informático, la transmisión de cualquier forma o de cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, registro u otros métodos, sin el per- miso previo escrito de los titulares del Copyright.

Primera edición en español en versión digital

© LibrosEnRed, 2011

Una marca registrada de Amertown International S.A.

Para encargar más copias de este libro o conocer otros libros de esta colec- ción visite www.librosenred.com

ÍndiCe

Tierra Dorada, una novela romántica

7

I. Las escrituras

10

II. El nacimiento de una promesa

27

III. Promesa rota

55

IV. Aparece Trinidad Vallejo

74

V. La fatalidad llega a Tierra Dorada

103

VI. Las amigas parten a la capital

120

VII. Un matrimonio conveniente

137

VIII. El abandono de Yara

160

IX. Alisa regresa a Tierra Dorada

178

X. Un tutor para Alisa

192

XI. El primer beso

207

XII. Miros atestigua la farsa

238

XIII. Julián entrampado

277

XIV. Deshonra en la familia Longoria

299

XV.

Destinos separados

326

XVI. Se hace justicia

354

XVII. Falsas ilusiones

384

XVIII. La silla de ruedas

412

XIX. El perdón de Juan Andrés

439

XX. Miros y Alisa se separan

463

XXI. Reparando una antigua falta

480

XXII. Una nueva vida en Tierra Dorada

492

XXIII. Nada es lo que parece

515

XXIV. El secreto pugna por salir

548

XXV. Alisa y Juan Andrés viven un infierno

572

XXVI. Tormenta en Tierra Dorada

616

XXVII. Yara y Carlos urden un plan

651

XXVIII. El rapto

673

XXIX. La verdad

690

XXX. Juan Andrés y Alisa pactan

710

XXXI. Alisa convence a Yara

725

XXXII. A la caza de Esteban Perales

757

XXXIII. De nuevo la capital

790

XXXIV. Trágico final

806

XXXV. El regreso

823

Epílogo

834

Acerca de la autora

837

Editorial LibrosEnRed

838

Tierra DoraDa, una novela romántiCa

Aun cuando la literatura del siglo XIX se distinguió por el desarrollo de la novela romántica y surgieron autores de la calidad de las hermanas Brönté y Jane Austen cuyas obras, Cumbres borrascosas, Jane Eyre y Orgullo y prejuicio, se convirtieron en la novela romántica clásica por excelencia, no podemos dejar de remontarnos a la Grecia y Roma del siglo IV, en donde vemos una narrativa que seguía el esquema parecido a estas otras, iniciando con el encuentro de una pareja de jóvenes y su separación a través de diversas intrigas y conflictos, para llegar al reencuentro y, como consecuencia, al característico final feliz. Como ejemplo, la maravillosa obra pastoril de Longo, Dafnis y Cloe.

Por supuesto, cuando hablo de novela romántica me refiero a la narrativa que se enfoca en el tema del romance y del amor, no a la Novela Romántica, la cual pertenece al periodo histórico cultural del Romanticismo. La novela romántica debe centrar su idea en el amor surgido entre dos seres humanos quienes se esfuerzan al máximo para que su relación funcione. El conflicto entonces es la propia historia de amor, que a través de personajes maniqueístas provoca en el lector una sensación de angustia y deseos por que pronto el bueno tenga su recompensa y el malo su castigo. Su clímax se centra en la resolución de dicha historia. Por supuesto, el tema en sí no se sostendría si no existieran varias subtramas que lo hicieran más sólido y enternecedor.

Una de las principales características de la novela romántica se centra en las decisiones de los protagonistas a partir de la voz de sus sentimientos y no de la razón, cosa que dificulta el de por sí complicado entramado de sus vidas, pues por más que tienen la solución frente a sus ojos, sus sentimientos los traicionan y se dejan llevar por ellos. Sin embargo, a pesar de todas las vicisitudes por las cuales atraviesan los protagonistas en su aventura amorosa, la conclusión, en este género narrativo, debe ser escrita en un tono positivo, con la esperanza de que se prolongará así, inamovible, hasta el final de sus días. La idea es provocar en el lector un buen sabor de boca. Los amantes, después de arriesgar todo por alcanzar su amor –a veces incluso a costa de su propia vida–, cristalizan su relación siendo recompensados con justicia emocional y amor eterno incondicional.

7

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Con frecuencia este género, a pesar de tener lectores conservadores, goza de cierta carga de sensualidad y erotismo que permite al lector tener una catarsis y encontrar empatía con sus protagonistas. La pareja principal

cumple con ciertos cánones estéticos y eso los hace atractivos al lector, vistos por él como una meta a alcanzar en su propia vida. Por supuesto es un género inverosímil, no quiero decir con esto que la historia no sea creíble, sino que la vida real no es como el autor la pinta. Los valores bueno-malo son absolutos, cosa que no existe en nuestro cotidiano. Nadie es tan malo,

ni tan bueno como nos lo presentan en el papel. También desbordan una

ingenuidad que los pone al borde del ridículo, y eso es lo desesperante. Aunque a veces pareciera que en nuestras vidas nos topamos con gente así. Sin embargo, nada es más cierto que la frase que dice que la realidad supera a la ficción.

Utilizando, pues, todos estos elementos y con una sensibilidad exquisita, Gabriela Narváez desarrolla una hermosa novela romántica de época. Una novela que, ubicada en los pueblos campesinos del norte de nuestro país, nos traslada a los finales del siglo XIX y principios del XX, tiempos donde se exaltaba el valor de la unión familiar, de la amistad, del trabajo y del amor. Tierra dorada se convierte en un mosaico policromático invitándonos

a convivir tanto con dueños de haciendas como con peones, así como

también con personajes prototipo: el doctor, la meretriz, las solteronas, el comisario y, por supuesto, el truhán.

La novela nos lleva a conocer tres generaciones y sus particulares problemáticas. Por supuesto, todas estas tienen un eje que los observa, analiza y controla: Mamá Grande, la abuela de la historia, una mujer a quien los años le han otorgado la sabiduría y la serenidad para resolver los problemas con la mente fría y el corazón ardiente. Ella es quien tiene todos los hilos de la trama, quien los sufre en silencio y quien aconseja a uno y otro amante acerca de sus errores. Los alienta a tomar decisiones; incluso se convierte en su cómplice guardando secretos, con el único fin de provocar un cambio.

La trama de esta novela no se limita al amor de Alisa y a la promesa rota de Juan Andrés, la historia inicia desde antes del nacimiento de ella. Desde que un abogado marrullero y ambicioso, Esteban Perales, entra en escena junto con toda su familia. A partir de ese momento se desencadenan tragedias que afectarán la vida de los habitantes de Tierra dorada.

El sentido peculiar de Gabriela Narváez para imaginar este complicado entramado de su primera novela es patente a lo largo de toda la historia. Su lectura es ágil, llena de colorido, de frescura. La autora nos mantiene

8

LibrosEnRed

Tierra Dorada

interesados en el devenir de sus personajes y es imposible dejar el libro a un lado. Desde las primeras páginas nos atrapa con sus historias y nos lleva a ser uno más de los habitantes de Tierra Dorada. Reímos con las ocurrencias de Alisa, un ser tan libre y a la vez tan necesitado de cariño; nos enojamos con las decisiones de Juan Andrés, el heredero de los Longoria, muchacho trabajador, respetuoso de su familia, pero con un modo de ver el mundo muy sui géneris, y lloramos con los momentos más álgidos de sus vidas, cuando parecería que no existe el retorno.

No puedo dejar de mencionar que la obra no fue concebida de la noche a la mañana, Gabriela Narváez trabajó incansablemente durante años –me consta– en darle forma, en tomar decisiones, en quitar y poner capítulos, en sufrir durante el hallazgo del final ineludible, en llorar al poner la palabra fin, porque la novela dejaba de ser sólo suya, para pertenecer a los demás. Y me congratulo de haber estado a su lado en todo este proceso orientándola, pero sobre todo asombrándome de sus alcances y de su percepción de la vida. Como dicen algunas enseñanzas orientales, Gabriela Narváez, siendo un ser tan joven, trae consigo el conocimiento que sólo el cúmulo de varias vidas anteriores le puede dar.

Tierra dorada está escrita por la pluma de una mujer que busca en sus entrañas los sentimientos más nobles y también los más oscuros. Una mujer con una sensibilidad exquisita, seguramente surgida de su amor por las artes, pues no es sólo una escritora novel, sino también una gran pintora consumada y reconocida en su medio, lo cual seguramente le ayudó a pintar sus escenarios buscando hasta el más mínimo detalle. Los lectores podemos imaginar perfectamente los lugares preferidos de Alisa y Juan Andrés, vemos los colores, escuchamos el sonido del río, de las aves, el crujir de las hojas en otoño y admiramos la grandeza de los sembradíos.

Estoy segura que algún día veremos Tierra dorada en alguna sala de cine, porque su historia tiene la calidad de los mejores filmes cinematográficos modernos.

Rosa Helena Ríos

Escritora

9

LibrosEnRed

i. las esCrituras

Mientras el sol se estaba poniendo en el horizonte, Marcelo Longoria cami- naba apresuradamente hacia la hacienda, tenía que comentar con Ernesti- na, su esposa, sus últimos planes.

¡Tina, Tina, tengo que contarte algo! Ella, quien se encontraba revisando algunas compras, se sorprendió de lo apresurado que llegaba su marido. Agarra aire, vienes todo sofocado, le dijo mientras lo acomodaba en un asiento, pero a su esposo sólo le interesaba contarle sus propósitos y los del compadre Ramiro.

—Llegó un comunicado donde nos avisan que si tienes propiedades registradas en la entidad y quieres darle seguimiento… —las palabras se agolpaban en su boca sin control.

—A ver, espérame tantito —lo interrumpió Ernestina tratando de darle coherencia a su plática—, el asunto en cuestión es que tienen que ir a la capital el compadre y tú a poner las tierras a sus nombres, ¿no es cierto?

Marcelo notó un cierto aire de descontento en ella y le preguntó al respecto. Era cierto, Ernestina no estaba muy segura de que fuera lo mejor, pero evitó contradecirlo mostrándose condescendiente a su propuesta. Para él era una oportunidad que no podían desaprovechar y ella recordó que el levantamiento había terminado sin que nadie de la familia sufriera lo que habían pasado otros pueblos. Eso reanimó a Marcelo para seguir con sus planes. Ernestina siempre había sido una gran mujer que apoyaba en todo

a su marido.

La idea era partir al día siguiente, muy temprano, sin tener una fecha de regreso programada. Habrá que comentárselo a Mamá Grande, le urgió Ernestina a Marcelo, quien la tomó del brazo para salir al enorme jardín de La Encomienda, su casa.

Tierra Dorada se componía de cuatro enormes haciendas agrícolas. Los

Capullos, propiedad de Ramiro Montemayor, herencia de sus padres. Junto

a ella se encontraba Las Bugambilias, una hacienda más grande que la de Ramiro y propiedad de su esposa Viviana, que era donde vivían ambos. También estaba la hacienda de doña Cleofas, hermana menor de Mamá

10

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Grande, quien al quedar viuda, fue su hija Francisca, siendo apenas una adolescente, la que se dedicó a administrarla. Finalmente La Encomienda, herencia en vida que Mamá Grande hiciera a su hijo Marcelo al momento de casarse, y donde vivía y compartía sus alegrías junto con los nietos que amaba tanto.

Mamá Grande estaba ahí, viéndolos jugar: el mayor, Leonel, era astuto, valiente, decidido, le echaba muchas ganas a todo; Juan Andrés, el menor, admiraba a su hermano tanto que no hacía nada sin contar con su aprobación. Los dos llevaban buena crianza y eso era algo de lo que Mamá Grande se sentía orgullosa.

Marcelo y Ernestina se acercaron a ella para sorprenderla en sus pensamientos. ¡Mamá, ya deja de mirarlos, te los vas a acabar!, le susurró al oído su hijo, provocándole un pequeño brinco. Ellos sabían que doña Aurora adoraba a sus nietos y que significaban todo para la anciana. Era la cabeza de la familia y la mejor suegra que jamás pensó tener Ernestina.

—Bueno, ¿qué pasa, me lo quieren decir de una vez? —dijo Mamá Grande, adivinando que los muchachos habían ido hasta ahí por algo importante.

Marcelo le contó de la urgencia de ir a la capital con su compadre y los beneficios que ello traería para la familia. Preocupada, la anciana pidió detalles del asunto; mientras, en su casa, Ramiro hacía lo mismo con Viviana, su esposa. Finalmente ambos concretaron el viaje y llevaron a cabo todas las diligencias para el mismo.

Ya en camino, Ramiro y Marcelo se fueron admirando las tierras, todo el trigo estaba de un color dorado brillante; y los demás sembradíos, verdes deslumbrantes, hacían marco con el tostado de la tierra; era temporada de lluvias, así que las cosechas serían abundantes para todos en la región.

Ramiro le platicó en el ferrocarril a Marcelo de Esteban, cuando ya estaban rumbo a la capital; su antiguo compañero de colegio. Marcelo lo recordaba, claro, un tipo al que jamás le tuvo confianza, pero como fue motivo de disgustos entre ellos, no quiso mencionarlo. Para su desgracia, Ramiro le dijo que sería una buena idea buscarlo, quizás él pudiera ayudarles a agilizar los trámites. Marcelo trató de persuadir a su amigo, pero no lo consiguió.

Esa misma tarde Ernestina visitó a Viviana para saber si necesitaba algo, y sin esperarlo la encontró deprimida, así que la invitó a pasar unos días en su hacienda, a lo cual aceptó encantada, pues se sentía muy sola. Mientras hacían el equipaje, Viviana le platicó a Ernestina que Tulita, su ama de llaves, acababa de dar a luz a un varón, y quedaron en pasar a verla antes

11

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

de irse a La Encomienda. Al ayudarle a escoger algunas prendas, Ernestina descubrió unas hermosas ropitas que su amiga ya había hecho para recibir

a su futuro hijo y no resistió la tentación de pedirle que las llevara para mostrárselas a Mamá Grande.

Tulita estaba de maravilla, y su hijo, hermoso, todo había salido muy bien, aunque ella había quedado débil y se vieron en la necesidad de contratar

a dos mujeres para que atendieran la casa grande. Ernestina le prometió

a Tulita regresar y llevarle una canastilla de ropita para su pequeño hijo,

pues era costumbre de La Encomienda que a cada niño que nacía se le obsequiaba una canastilla. Tulita le agradeció el gran detalle. Y después de merendar se retiraron.

—Tulita, te cuidas mucho y no te vayas a levantar de esa cama hasta que no te diga el doctor que puedes hacerlo —Viviana lo dijo haciendo mucho hincapié, pues consideraba a Tulita como una verdadera hermana.

—Te prometo que no, niña, vete sin pendiente.

Esteban, licenciado de profesión, no había conseguido trabajo desde hacía varios meses. Por más que buscaba, solamente le salían algunas chambas en las que no podía cobrar mucho. Su vida no había sido nada fácil, de chico careció de lo más indispensable, cargaba con la cruz de ser huérfano y de vivir de arrimado en muchas casas; desde allí empezó a ambicionar el tener dinero, pero al mismo tiempo atesorarlo; no podía desprenderse de lo que con tanto trabajo había ganado. Ana María, su esposa, trabajaba para un almacén de prestigio bordando y cosiendo, y aunque no le pagaban mucho, tenía para sostener a sus dos pequeños hijos, pues Esteban, aún cuando en el pasado tuviera mejores épocas donde había ganado suficiente dinero, no era capaz de comprarles alimentos, mucho menos ropa y calzado; todo lo que ganaba, aunque fueran pocos centavos, lo ahorraba sin darse ningún lujo, por el temor a vivir nuevamente en la pobreza. Ana María siempre se veía muy apurada de dinero, pero no le pedía nada a su marido desde que empezó a trabajar. Ese día, mientras Marcelo y Ramiro llegaban a la capital, en casa de Esteban, Ana María llegaba con regalos a su casa.

—Yara, ven, mira lo que traje para ti y para tu hermano —le dijo Ana María a su hija, quien por ser la más grande ya se daba cuenta de la tristeza de ella. Yara siempre corría al encuentro de su madre, para recibir las sorpresas que invariablemente traía— Háblale a tu hermano, dile que se lave las manos con este jabón.

—Huele muy bonito, mamá, ¿me las puedo lavar yo también?

12

LibrosEnRed

Tierra Dorada

—¡Claro que sí! —la animaba Ana María, agregando—, y después de la merienda nos bañamos.

Por mucho tiempo, Ana María recordó que ese día fue muy especial, todos estaban muy contentos, los niños se regocijaron lo más que pudieron de las compras de su madre. El jabón de olor era para Yara y Julián, un lujo que pocas veces disfrutaban.

Ya en la capital, Marcelo y Ramiro se entrevistaron con los encargados en las oficinas de gobierno, con la esperanza de que todo quedara legalizado pronto, pero ahí les informaron que las gestiones eran algo tardadas y que había mucha gente antes. Tendrán que esperar, les dijeron, y sin darles fecha precisa les sugirieron que mejor se regresen a su pueblo, que les avisarían por correo el día que tuvieran que regresar.

—De oquis, Ramiro, estuvimos esperando tantas horas haciendo fila, pa’que

salieran con que, “Nosotros les avisamos” —Marcelo estaba realmente molesto por lo sucedido y sin esperar a salir de las oficinas, y con toda la intención de que le oyesen hizo el comentario—. Mañana nos damos la vuelta temprano, quien quita y se nos presente la oportunidad de arreglar

el asunto, y hablando se entiende la gente, ¿o no, compadre?

Ante lo inevitable decidieron marcharse al hotel para descansar con la idea de salir en la noche a conocer un poco la ciudad; la calle lucía iluminada y con mucha gente, con cafés y restaurantes finos; así que, a pesar de todo, se la pasaron bien.

Ernestina y Mamá Grande trataban de que Viviana se sintiera como en casa y pasara esos días cómoda. La llenaban de atenciones, y los niños hacían su intento; pero ella se mostraba ausente y triste; esa noche no pudo conciliar el sueño y todos se sintieron preocupados y sin saber qué hacer. Al día siguiente, Ernestina visitó a Tulita para darle sus obsequios confirmando que algo andaba mal con su patrona.

—Tiene días de estar así —le comentó con inquietud—, pero a don Ramiro no le dice nada, más se lo dice a Jacinto que a su marido, y ya Jacinto le dijo que aprovechara las vueltas que me da el doctor para que la revise, pero ya sabe, nomás dijo que sí, pero no dijo cuándo.

Ernestina, ante las palabras de Tulita, se quedó más preocupada de lo

que estaba, así que le pidió que, en cuanto llegara Jacinto del campo, le solicitase que al día siguiente fuera por el doctor al pueblo para llevarlo

a La Encomienda. Pierda cuidado, niña, cuente con el doctor. Más tarde,

13

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Ernestina buscó a sus hijos que estaban afuera jugando con Miroslava, la hija mayor de Tulita; Petrita los alcanzó y juntos regresaron a La Encomienda. Llegando, Ernestina le platicó a Mamá Grande lo que le confió Tulita sobre

la salud de Viviana.

Ese día, Marcelo y Ramiro estaban desde temprano en las oficinas, esperando la oportunidad de hablar con algún influyente para que los ayudase; pero no corrieron con suerte y ya resignados salieron de ahí con la esperanza de alcanzar el tren de las cuatro de la tarde; de pronto sin esperarlo y para su asombro, Ramiro reconoció entre la gente a Esteban.

—¡Pero qué sorpresa, hombre! —ambos se alegraron de toparse, no obstante de que la ciudad capital era muy grande. Por su parte, a Marcelo no le entusiasmó la coincidencia y sin embargo lo saludó cortésmente como cualquier conocido.

—¡Qué chiquito es el mundo!, hace unos días mi compadre te recordó y mira, estás enfrente a nosotros —dijo con cierta frialdad. Esteban percibió en Marcelo desconfianza, por lo que mejor optó por continuar charlando con Ramiro.

—Pero díganme, ¿qué hacen aquí?

Ramiro, cordial como siempre y sin malevolencia alguna le informó con

detalles los motivos de su visita a la capital. Ya que Esteban era jurista de profesión, sabía que esos trámites eran muy tardados y ofreció ayudarles.

A Marcelo no le agradó la idea, pues siempre le había tenido recelo y ahora

más, ya que el aspecto físico de Esteban daba una mala impresión. Ramiro, al contrario de Marcelo, expresó gran emoción; eso aseguraría su pronto

regreso a Tierra Dorada.

—¡Les dieron largas!, ¿verdad? —preguntó Esteban, tratando de quedar bien con Marcelo. Ramiro era un hombre muy noble y no tenía inconveniente en darle oportunidad a Esteban de que les ayudase con el trámite—. Déjenmelo a mí, en unos días estarán de regreso en Tierra Dorada sin necesidad de que vuelvan —les aseguró.

Marcelo trataba de que Ramiro cambiara de opinión, pero no lo consiguió. Esteban les pidió que esperaran un momento y entró a las oficinas a preguntar y tratar de arreglar una cita para ellos. Tardó un buen rato, pero volvió con buenas noticias.

—Ya está todo listo, en unos días se solucionará su asunto —dijo con una gran sonrisa—, pero deberán entregarme sus papeles.

Ramiro no tendría problema en darle todo cuanto Esteban pidiese con tal de poder regresar con Viviana. Sin embargo, Marcelo le dijo que no tendría

14

LibrosEnRed

Tierra Dorada

un solo centavo hasta que no demostrara que el trámite estaba arreglado, no pudo ocultar su inconformidad y se lo hizo saber.

—¿Desconfías de mí, acaso piensas que los estoy engañando?

Y aunque Ramiro quiso desagraviar lo dicho por Marcelo haciéndole saber

que no era desconfianza, sino simplemente el carácter de su compadre, a Esteban no le agradó la manera en que se dirigió a él y notó un tono de menosprecio en su voz, pero no tuvo más remedio que aguantar con tal de conseguir ese trabajo, pues le había ido muy mal esa semana y ya estaba desesperado por ganar unos centavos. Sin embargo, no dejó de comentar que los pueblerinos eran muy desconfiados.

—Ya sé yo de eso, le he arreglado a gente que viene de provincia y hasta que no tienen los papeles bajo el arca, no sueltan ni un centavo…

Marcelo se disculpó, asegurándole a Esteban que si realizaba bien el trabajo, la remuneración económica sería cuantiosa.

Esteban los invitó a su casa a cenar por la noche, les contó que estaba casado y que tenía dos hijos; Marcelo no tuvo más remedio que aceptar, aunque no le interesaba hacer amistad con Esteban. Su anfitrión se despidió quedando de ir por ellos al hotel más tarde.

—De corazón se los digo, amigos, quiero compartir mi humilde mesa con ustedes para sellar nuestra amistad —dijo mientras estrechaba su mano con la de ellos. Ramiro fue el único que agradeció a Esteban la atención, y eso provocó aún más el resentimiento de éste hacia Marcelo.

Mientras, en la hacienda Jacinto había llegado con el doctor después del medio día y Mamá Grande lo recibió; era un joven doctor, Gaspar Neri, muy amable y que inspiraba confianza, así es que tanto Ernestina como Mamá Grande aprovecharon para hacerse un chequeo, aparentando que querían conocer al doctor; pero Viviana sospechó que lo habían llamando por ella

y, sin incomodarse, accedió a ser examinada por el doctor.

—Sé que algo anda mal —le dijo Viviana al doctor, mientras él la revisaba.

—Yo no diría eso, señora, la fatiga puede deberse a otra cosa, no tenga temor, debe estar tranquila.

A pesar de sus palabras de consuelo le pidió que, en caso de que descubriera

alguna anomalía, fuera solamente ella la que estuviera enterada; ni siquiera Ramiro debería saberlo. El doctor Neri accedió a la petición de Viviana para su tranquilidad.

Ernestina entró en ese momento bajo el pretexto de su propia revisión, con la finalidad de que su amiga no sospechara de la preocupación de ella por

15

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

su salud y por la del bebé. Luego le pidió que viera también a los niños y, al término de ello, lo llevó a ver a un anciano trabajador que padecía de dolores desde hacía tiempo. Después de recetarle unos tónicos, regresaron

a

la casa grande para pagarle y obsequiarle, de paso, unas gallinas con todo

y

su gallo para que tuviera huevos frescos y algunas cosas más.

—Ya sabe doctor, si necesita algo de lo que aquí tenemos no dude en venir, que con gusto lo recibiremos.

A pesar de la angustia de Ernestina por la salud de Viviana, evitó preguntarle

enfrente de Mamá Grande, no quería mortificarla. Después de un delicado beso en la mano, el doctor se despidió, pues Jacinto ya lo esperaba para regresarlo al pueblo. Cuando el doctor se fue, Ernestina subió a ver a Viviana y la encontró mirando por la ventana, pensativa. Las angustias de Ernestina crecieron más.

—Para qué te levantas, Viviana —Ernestina tomó un huipil que cubría la mecedora cerca de la ventana para cubrirla.

—Estaba viendo a Leonel y a Juan Andrés jugar y, ¿sabes qué me pasó por la mente? —Ante la mirada intrigada de Ernestina, Viviana habló con toda la inocencia y la dicha de que fuera capaz—¡Si llegara a tener una nena, me encantaría que algún día se enamorara de uno de tus hijos!

Ernestina, encantada de que así fuese, le dijo que no se adelantara a los hechos, pues nadie podía estar seguro del futuro. En todo caso espera a que crezcan y verás si tuviste ojo, amiga —le dijo llevándola de vuelta a la cama.

En la capital, Esteban se encontraba muy nervioso por la visita que harían Ramiro y Marcelo a su casa, e insultando a Ana María le pidió que hiciera la cena. Ella, sumisa, siempre accedía a todo lo que Esteban le mandaba hacer; sin embargo esta vez, con voz débil y llorosa, le dijo que no tenían nada para cenar.

—Te voy a dar dinero para que compres lo necesario, pero sólo lo necesario para la cena, ¿me entendiste, tonta? —Esteban le dio unos cuantos pesos que no le alcanzaba ni para huevos, así que sacó sus ahorros para completar, fue al mercado y compró lo que pudo, preparó la cena y a los niños les dijo que comerían cuando las visitas se fueran.

Se dio la hora y los invitados estuvieron puntuales esperando a Esteban en el lobby del hotel. Al llegar a casa de su anfitrión, Marcelo, sin decir una sola palabra, observaba todo el lugar; daba la impresión de que carecía de muchas cosas indispensables y lo comprobó cuando se sirvió la cena, sin que Ana María y los niños la compartieran. Esto le dio a pensar que la esposa de

16

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Esteban no tenía ni voz ni voto. Después de compartir los austeros alimentos, Esteban les ofreció celebrar su rencuentro en una de las pulquerías del centro. Ni Marcelo, ni Ramiro quisieron aceptar y, disculpándose, le dijeron que tal vez en otra ocasión sería más apropiado. Esteban insistió tanto, que al final convenció a Ramiro. Esteban los dejó solos unos momentos para dirigirse a su habitación, y Marcelo aprovechó para hablarle a los niños que, escondidos tras una puerta, los observan.

—No se escondan, no teman, yo también tengo unos hijos así como ustedes.

—¿Y dónde están? —preguntó el pequeño Julián, con aire aún de inocencia y de perdón—. Marcelo le platicó que vivían en una hacienda y que estaba muy lejos, hacia el norte.

—¿Donde hay caballos y vacas? —el hombre sonrió por la ocurrencia de Julián.

—Dice mi mamá que viven muy lejos de aquí —Yara comentó tímida y

reservada, ante la mirada de Marcelo que se hacía mil preguntas en su

mente

—¿Ya terminaron de cenar? —Marcelo se quedó asombrado por las palabras de Julián—, es que ya tenemos hambre mi hermana y yo, y vamos a cenar hasta que se vayan ustedes —Marcelo sacó unos billetes y se los dio al pequeño.

—A mi mamá no le gusta que pidamos dinero, señor; regrésalo, Julián — Marcelo insistió, deteniendo el intento del pequeño de regresarle el dinero.

—Es un regalo, ¿me lo van a despreciar? —los niños le agradecieron, y en seguida pidieron a Marcelo que no fuera a decirle a su papá del obsequio. Después de ver el rostro del miedo en los niños, él entendió y les prometió no decir nada; les dijo que sería su secreto, y finalizó pidiéndoles que le dieran las gracias a su mamá de su parte por la cena.

Los niños corrieron emocionados a la cocina con el dinero para mostrárselo

a su mamá; Esteban volvió en ese momento, había ido a sacar dinero de un sitio secreto, donde lo escondía.

—Vámonos amigos… ¡Ana María, luego regreso! —ella se acercó tímida

a despedirles. Ramiro, haciendo gala de su buena educación, se despidió;

Marcelo no dijo nada, sólo la miró de reojo, y con eso bastó para darse cuenta que era una mujer joven, bella y que no era feliz en su matrimonio, sólo la tomó de la mano para besarla dando una señal de que podía confiar en él si lo necesitaba algún día, se lo dijo con la mirada y así lo entendió

Ana María.

17

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Luego de que se marcharan, los niños querían cenar, pero ella decidió hacerlo fuera de casa y pasear por la hermosa cuidad.

—Todavía no me dicen qué señor les dio el dinero.

—¡El grande! —dijeron Yara y Julián, entusiasmados.

Ella sabía que había sido Marcelo; satisfecha por la respuesta, tomó de la mano a sus hijos y les dijo: Pues vamos a disfrutar del regalo, ¿les parece, niños?

Esteban los llevó a un lugar de mediana calidad, pidieron de tomar, pero Ramiro, como en otras ocasiones que bebía, se empezó a marear; Marcelo, callado, no participaba mucho en la conversación; Esteban, hipócrita como era, trataba de ganarse la confianza de Ramiro.

—Pobre de esa mujer, mira cómo la trata el borracho, sin respeto —Esteban comentaba para ver si con eso podía romper el hielo que Marcelo imponía.

—Sí, dan lástima, y ese infeliz se aprovecha de la necesidad que tiene —dijo Ramiro con coraje.

Esteban siguió insistiendo con el mismo tema, se le vio indignado con la injusticia que sufría aquella mujer, pero sólo era para demostrar que le conmovía el dolor ajeno, para impresionar a Marcelo, principalmente. De pronto, como si presintiese ese hombre que estaban hablando de él se les enfrentó. De inmediato Marcelo se interpuso entre ese hombre y Ramiro, defendiéndolo.

—Mire señor, lo que no nos gustó es cómo trata a esa pobre mujer, ya déjela en paz.

Trinidad Vallejo se defendió, insultando a Ramiro, pero Marcelo, que era más impulsivo, le dio un golpe, tumbándolo. Esteban los instó a salir de inmediato de aquel lugar. Aunque primero tuvo que pagar la cuenta muy a su pesar. Afuera de la cantina trataron de calmar los ánimos, y se dirigieron a la plaza para tomar un carruaje; pero antes de llegar, Trinidad los alcanzó y con insultos los incitó a los golpes; Esteban, sin decir palabra, se apartó como un cobarde. Marcelo, después de que recibió un golpe, trató de devolvérselo, pero Ramiro se le adelantó a Trinidad y le pegó tan fuerte que cayó sin sentido golpeándose la cabeza; Marcelo y Ramiro trataron de levantarlo, pero Esteban se entrometió diciendo que era mejor que se fueran para evitar problemas con los oficiales. En contra de sus principios, aceptaron retirarse sin imaginarse lo que pasaría.

18

LibrosEnRed

Tierra Dorada

—Por favor, Marcelo, váyanse de aquí, ustedes no saben nada de las leyes de la capital, no es como en los pueblos; además, no les conviene en estos momentos —les dijo Esteban.

Se fueron al hotel, Esteban se mostraba preocupado, pero sólo era una táctica para que Marcelo y Ramiro sintieran un verdadero apoyo.

—¿Conoces al tipo ese? —Marcelo preguntó con autoridad, dejando a Esteban aturdido.

—Conocerlo bien… pues no, pero he escuchado de él algunas cosas parecidas a esta, así que no se preocupen mucho, no vale la pena.

—Si tú lo dices, está bien, no nos preocupemos más, Marcelo.

—Daré la vuelta por la cantina para ver si ya no está o si necesita ayuda. Nos vemos hasta mañana temprano —les dijo Esteban y salió del recinto.

Buscó al hombre, y lo encontró ya consciente. El señor Trinidad Vallejo le pidió que le diera los detalles de dónde estaban hospedados sus amigos, para disculparse personalmente por las agresiones. El licenciado dio poca importancia al hecho, alegando que sus conocidos eran de pueblo y que no deseaban preocuparse más con el asunto; y aunque Trinidad siguió insistiendo en que para él pedir una disculpa era lo mejor, Esteban, con su labia, lo orilló a no continuar con su intransigencia; asegurándole que él mismo llevaría el recado a los afectados. El señor Trinidad Vallejo pronto olvidaría el incidente, pensando que no era de gran importancia el percance.

Esteban regresó a su casa por la madrugada; inspeccionando los documentos que le dieran Marcelo y Ramiro se le fue la noche, no durmió cavilando en las propiedades de ellos; se despertó en él la codicia, ideó mil formas de beneficiarse de la oportunidad que le cayó. Después de pensarlo muy bien, se le ocurrió poner la propiedad de Ramiro llamada Los Capullos, la finca pequeña cerca de la hacienda Las Bugambilias, a su nombre. Ya veré cómo lo hago, pero esta oportunidad no la dejo pasar, se dijo con malicia.

Al día siguiente se levantó muy temprano y los buscó en el hotel. Buenos días, Esteban —lo saludó Ramiro—. Esteban no traía buenas noticias, y de golpe le dijo a Ramiro que lo lamentaba; Este sintió que la sangre se le helaba y se sentó en un sillón. Sucedió una desgracia —continuó el abogado, midiendo la reacción de Ramiro y de paso dándose cuenta de su nobleza por el hecho de que, incluso sin saber lo que había pasado, ya le había cambiado el semblante. Marcelo pensó en Ana María, en los niños de Esteban; pero no tardó en saber que no iba por ahí la historia, sino que se trataba del hombre de la taberna, que había muerto accidentalmente y que por no angustiarlos, había esperado hasta el amanecer.

19

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Hiciste mal, Esteban, le reclamó Marcelo. Vamos Ramiro, tenemos que enterarnos de todo y si cometimos delito, nos pondremos en manos de las autoridades, siguió diciéndole, aunque Ramiro se negó pidiéndole que

pensara en las familias. Sé cuánto necesita Viviana de ti en estos momentos —dijo Marcelo—, pero tanta culpa tienes tú como yo; y con uno que pague es más que suficiente. Yo lo haré, tú te vuelves para el pueblo, les explicas qué pasó a mi familia y asegúrales que volveré pronto. Esteban sintió que sus planes se venían abajo e inmediatamente los manipuló a su conveniencia, aprovechando que se encontraban muy perturbados. Por lo pronto regresen a su pueblo ahora mismo, ya veré cómo le hago, no voy

a permitir que personas como ustedes, sencillas, nobles y honestas caigan en la cárcel, y menos siendo yo el responsable —aseveró Esteban con un cinismo impresionante.

—Tú lo dijiste, Esteban, por honestidad nuestro deber es entregarnos. Ramiro, piénsalo, yo me quedo a cumplir.

—Qué desgracia tan grande, Marcelo, yo no puedo dejarte solo en esto, vámonos, compadre.

Esteban contuvo sus nervios de una forma admirable para no delatarse y les habló haciendo gala de una amistad que no sentía en lo absoluto. De ninguna manera lo voy a permitir, de aquí no salen si no es para volver a su

tierra; dices que tu esposa te necesita, Ramiro, lo mejor es que se vayan, por favor, me siento tan culpable… Yo los lleve a ese lugar de tan poca calidad

y decencia.

Finalmente, Ramiro lo pensó mejor y convenció a Marcelo de huir, alegando mil cosas, hasta que accedió; y Esteban se sintió satisfecho de haber logrado sus propósitos. Íntimamente reía.

Prepararon los equipajes, tomaron el primer carruaje que vieron y se marcharon a la estación. Marcelo, antes de subir al tren le preguntó a Esteban por las escrituras y desfachatadamente respondió que no tuvieran cuidado con la papelería, que estaba en buenas manos y que pronto estaría todo arreglado. Aún y con la desconfianza que Esteban despertó en Marcelo, partieron. En la estación, Esteban se despedía de ellos agitando la mano, mientras veía cómo se alejaba el tren y pensaba en lo que hizo y en cómo había engañado a aquellos hombres tan fuertes y rudos. Estúpidos, no saben lo que les espera — concluyó.

De regreso a Tierra Dorada, Marcelo continuó con las sospechas que lo hacían suponer que Esteban les haría una mala jugada, pero no encontró la manera de decírselo a Ramiro, y más sabiéndolo tan mortificado; en

20

LibrosEnRed

Tierra Dorada

el trayecto se habló poco de lo ocurrido. Pero antes de llegar al pueblo Marcelo le comentó:

—Me daré la vuelta en unos días más.

—Lo mejor será poner tierra de por medio, compadre, a ninguno de los dos

nos conviene que esto se sepa, tú con tus hijos tan pequeños; yo esperando al mío, al que he deseado tanto. Quedaron en no decir lo que vivieron en

la capital; guardarían el secreto por siempre. Al llegar al pueblo, tomó cada

quien una carreta pública que los llevaría hasta sus respectivas haciendas.

Marcelo encontró a su esposa regando las plantas, y esta, al verlo, se lanzó

a sus brazos, pues ya estaba inquieta por su ausencia. Amor, te extrañe

—lo abrazó tan fuerte, que pensó

que su esposa sabía lo que había pasado en la capital; él se estremeció—. Pero si sólo fueron unos días, le dijo y la tomó de la mano llevándola dentro de la casa, para buscar algo de comer. Ernestina lo notó diferente así que lo detuvo en el pasillo hacia la cocina y le preguntó si había tenido alguna dificultad. No, nada de eso —respondió él— sólo que… por casualidad nos encontramos en las oficinas de gobierno a un conocido de Ramiro, es licenciado, se ofreció a ayudarnos a agilizar los trámites. ¿Amigo de Ramiro?, ¿lo conozco?, indagó Ernestina; ya que fueron muchos los compañeros de Ramiro los que pasaron temporadas largas en Tierra Dorada. Pues uno de ellos —dijo Marcelo, sin querer dar más detalles— así que le confiamos nuestro asunto y nos vinimos, Ramiro estaba muy inquieto por Viviana, según él la había visto decaída estos últimos días. Al escuchar eso su esposa, le informó que efectivamente ella se había hospedado en la hacienda; y enseguida Marcelo preguntó por su salud, creyendo que algo malo hubiese sucedido.

tanto, también los niños y tu mamá

—Seguro mi compadre ya viene por ella, ¿dónde está?

—Reposando; le diré que ya están aquí —Ernestina subió a la habitación para despertarle.

En cuanto Ramiro supo que su mujer no estaba en casa, tomó camino a La Encomienda; en su expresión se veía por lo que había pasado, y Marcelo al verlo se lo dijo. Cambia esa cara, quedamos en que lo ocultaríamos; si se da cuenta mi comadre, en su estado, puede suceder una desgracia, así que no le busques.

—¡Ramiro! —gritó Viviana desde lejos; Ernestina le ayudó a caminar, pues se sintió muy débil al despertar.

—¿Cómo está mi mujercita? —dijo Ramiro cambiando su expresión a una más amable, para recibir a su amada.

21

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

—Mal, y lo sabes, no se te ocurra volverte a ir —lo tomó del brazo para sostenerse.

A pesar de que sus amigos insistieron en que se quedaran a comer, Ramiro

no se sentía en el ánimo de convivir y agradeciendo a Ernestina por sus

atenciones, tomó a su esposa y se despidieron.

Por su parte, para no seguir alimentando los remordimientos por lo sucedido en la capital, Marcelo le preguntó a Ernestina por la familia, pues no la veía por ningún lado. Todos habían ido al pueblo. Ya en la mesa, mientras degustaba los platillos que su esposa le sirviera, Marcelo le explicó los trámites que se tenían que hacer, aclarándole que el conocido de Ramiro se encargaría de todo. Al atardecer, cuando descansaba en el pórtico en una de las mecedoras, llegó Mamá Grande y los niños, junto con Petrita y Temo,

el capataz. Sus hijos, al verlo, lo colmaron de besos. Marcelo supo que no

podría, por ningún motivo, dejar de convivir con ellos, y se resignó a callar

su crimen por el tiempo que fuera necesario.

Papá, trabajamos mucho estos días por ti, ¿verdad mamá?, mi hermano se encargó de la raya, yo le ayudé, ¿o no, Leonel? —dijo Juan Andrés expresando gran admiración por su hermano mayor, entusiasmado por tener a su padre de vuelta.

—Y lo hicieron muy bien, pero a ustedes, ¿cómo les fue, hijo? —preguntó Mamá Grande—. Marcelo sólo se dignó a decir que le había ido bien, se notó frío y distante; inquietando a doña Aurora, quien especuló que habían tenido una dificultad grande. Tratando de no inquietar a los niños se lo preguntó casi en un susurro, pero él insistió en que no era nada; que era

el cansancio el que lo tenía desganado. Ernestina, al escucharlo, lo invitó a

descansar a sus habitaciones para que recuperara fuerzas y sin objeción se levantó de la mecedora dejando a los niños y a Mamá Grande disfrutando

de los obsequios que había traído para ellos de la capital.

Por la noche, a pesar de que Marcelo había tratado de no pensar más en el crimen, no pudo; Ernestina lo estuvo percibiendo muy inquieto, constantemente despertaba; En alguna hora de la madrugada se acomidió y le preparó un té de tila; pero ni así logró dormir.

—Estás preocupado y no me lo niegues, mira que te conozco bien y sé cuando algo te mortifica, Marcelo; tu mamá también lo notó y me lo dijo.

—Figuraciones de mamá, no me pasa nada, mujer.

Ramiro también estaba distraído y atormentado, pero su esposa pensó que era por lo que le contó sobre sus días en La Encomienda, y que Ernestina había mandado por el doctor porque la vio decaída. Pero ella, lejos estaba

22

LibrosEnRed

Tierra Dorada

de imaginar la verdad del viaje a la capital, que dejaría marcado a su marido para toda la vida y que por el amor que le tenía callaría su crimen por siempre si fuese necesario.

¿En qué piensas, Ramiro? —se le acercó despacito, y se sentó en una de las mecedoras que se encontraban en el pórtico.

Este respondió que pensaba en ella. Tomándola de la mano se quedaron juntos viendo el horizonte, haciendo una pausa para admirar el paisaje. Si es porque me he estado sintiendo mal, dice el doctor que en mi estado es natural, no tienes que preocuparte, y no te impacientes por tener a tu hijo en brazos, verás que el tiempo pasa rápido. Ramiro se acercó para recostarse en su regazo tocando con amor el vientre de su mujer. No soportaría vivir sin verte, Viviana —dijo.

Ella sabía, y así se lo comentó, que el amor que ambos sentían los haría resistir lo bueno y lo malo que el destino les tuviera reservado. A pesar de que Ramiro estaba evadiendo la mirada de su esposa, no pudo resistir sus palabras y al escuchar eso volteó arrebatadamente para abrazarla. Viviana sabía que por alguna razón que no acababa de adivinar, su esposo tenía mucho miedo. Lo instó a que abriera su corazón a ella y Ramiro, tratando de desviar sus propios temores, sus miedos a dejarla sola, a caer en la cárcel por el delito que suponía había cometido, le habló de otros temores que también sentía. Tengo miedo por ti, por mí, por esa criatura que llevas en tu vientre, porque yo no pueda darles bienestar —agregó, evitando mortificar más a su esposa.

—Pero por qué pensar eso, si lo que más hay en el mundo son niños y ellos ríen y lloran sin pensar en nada más que en el momento.

Tienes razón, Viviana, no me hagas caso, vamos a comer algo, tengo apetito. Ramiro, se encontraba devastado, pero por Viviana haría todo para que estuviera bien, y eso sería callar, por el bien de ella y de su hijo.

Mientras tanto, en la capital, Esteban abiertamente se sintió triunfador, rico, con poder; ya se imaginaba disfrutando de aquellas riquezas; se regocijó con lo que había hecho, todo le salió como lo planeó, se encargó de arreglarles los papeles pero con la ayuda de un conocido que le tramitaba los fraudes, que cuando veían oportunidad la aprovechaban. Hizo dobles escrituras; pero astuto y malicioso como un zorro, sabía de antemano que Marcelo no era la clase de hombre que se dejaba engañar y manipular, así que se conformó con las propiedades de Ramiro y su esposa; que juntas eran más extensas que las de Marcelo.

23

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Así pasaron los días, hasta que Esteban escribió para avisar que estaban los documentos listos, que tenían que firmarlos, que iría hasta el pueblo para evitarles problemas, pues aun y cuando ya había pasado tiempo, todavía buscaban en la capital al asesino de aquél hombre; les dijo también en la carta que el sujeto había resultado ser de la alta sociedad y los familiares de este habían ofrecido recompensa a quién les diera información e incluso él corría riesgo de ser aprehendido.

En cuanto Ramiro recibió la carta se lo dijo a Marcelo. Pero este, un poco desesperado por la ingenuidad de su compadre, bruscamente trató de hacer ver a Ramiro de las sospechas que el tal Esteban Perales le causaba.

Y no me digas que son celos; acuérdate, Ramiro, cuando lo trajiste a pasar

aquí las vacaciones, te dije que no me caía bien, tú saliste en su defensa y

me insististe en que estaba celoso. Un poco en broma, Ramiro le respondió:

¡y a poco no!

Por favor, compadre, te lo digo en serio, acepto que nos está ayudando, pero algo ha de querer a cambio. Fastidiado de las constantes sospechas “sin fundamento” de su gran amigo, Ramiro le aseguró que lo que Esteban quería era trabajo, que ellos le habían caído del cielo pues en su calidad de licenciado podría ganarse unos pesos. Y remató diciéndole: ¿a poco no te fijaste en la casa donde viven?, clarito se ve que no le ha ido nada bien.

—Y por qué no le ha ido bien —contradijo Marcelo.

—Yo que sé, compadre; a mí nomás me mandó decir que lo esperemos en la estación listos para firmar, porque se va a seguir de largo, que tiene un cliente en San Bernabé y va a aprovechar la misma diligencia.

En ese momento Marcelo, prudente como siempre, le advirtió a su amigo

que lo mejor era ser cautelosos. Finalmente se pusieron de acuerdo. Esteban llegaría el domingo por la tarde y lo esperarían en la estación a la hora indicada. Se lo comentaron a sus mujeres; Viviana, por su parte se alegró

al saberlo, pues así se evitarían los viajes a la capital; pero Mamá Grande

cuando lo supo, al igual que Marcelo, tuvo dudas. No vayas a firmar ningún documento sin leerlo, hijo, acuérdate de tu padre que para eso te mandó a la escuela. Marcelo le pidió que no se mortificara más, que él sabía cómo proceder.

Están iguales los dos de desconfiados, ni a cuál irle —intervino Ernestina—. Qué quieres hija, estoy vieja y he vivido lo suficiente como para saber que una firma te puede llevar a la riqueza, pero también a la pobreza, le aseguró su suegra. Marcelo se despidió, pues se le hacía tarde para ir a la estación del ferrocarril. Ernestina le dio la bendición y se despidió con un beso y otro en la frente de su madre.

24

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Ramiro ya lo esperaba en el cruce de caminos de las haciendas. Ándale compadre, ya no tarda en llegar el tren. Marcelo, haciéndose el simpático, dijo que lo mejor que podría pasarles era que el tren se les pasara. No le hagas, Marcelo, no ves que no nos conviene volver a la capital, según Esteban nos andan buscando.

—Tú lo has dicho: según Esteban nos andan buscando —enfatizó Marcelo.

Cuando llegaron a la estación ya estaba el tren ahí y Esteban bajó presuroso, asustado, sin mirarlos a los ojos, con nerviosismo. Por supuesto, los dos percibieron su comportamiento.

—¿Cómo están? —preguntó.

—¡Bien mal! —dijo Ramiro— Cómo quieres que estemos.

Marcelo le pidió que le mostrara inmediatamente los papeles; ambos estaban muy serios y Esteban se puso más nervioso.

—Por supuesto aquí los tienes, y estos son los tuyos Ramiro —le temblaron las manos al entregar los documentos—, son dos copias de cada una de las propiedades, deberán firmar en todas las hojas, yo me llevaré uno de los juegos para entregarlos en las oficinas.

Esteban sabía que Marcelo leería cada una de las hojas antes de firmarlas y también sabía que Ramiro haría lo mismo, si no lo impedía; así que lo interrumpió constantemente para distraerlo, Marcelo se concentró en lo suyo y no se percató de lo que sucedía.

—¿Tu mujer cómo está, Ramiro?

El aludido, inocente a las intenciones de Esteban, le contó que su mujer estaba muy decaída y pálida.

—El embarazo las pone así, no te preocupes tanto, pariendo se les quita, los hijos les quitan los achaques.

Esteban siguió distrayéndolo para evitar que distinguiera entre los papeles las escrituras que estaban a nombre de él; le habló sobre las averiguaciones que, según él, estaban haciendo en la capital. Ramiro, al recordarlo perdió concentración y no pudo seguir revisando los documentos. Soy un cobarde, Esteban —dijo agarrándose la cabeza—. Todos lo somos, pero tenemos familia y nos necesitan, por eso debemos callar por el bien de ellos. No sabes cuánto amo a mi esposa.

El tren de pronto anunció la salida, Esteban presuroso les dijo dónde firmar; Marcelo acababa de terminar de leer todos los documentos y firmó; Ramiro, al ver que su compadre lo hizo, no tuvo por qué desconfiar, así que firmó

25

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

cada uno de los papeles. Esto es todo, amigos, no tendrán que volver a la capital, ya sus documentos quedaron legalizados. Me voy porque me cayó trabajo, es dos pueblos más adelante, en San Bernabé, un tal señor don Facundo Jiménez, ¿lo conocen? Después de la negativa de los dos, Ramiro se despidió de nuevo y subió tranquilo al tren, pues el primer paso ya lo había dado, lo próximo le sería muy fácil.

—¡Estúpidos! —pensó.

Marcelo le preguntó a Ramiro si había revisado bien las escrituras, Ramiro le confesó que no había tenido oportunidad; y este a su vez se enfureció, pues habían quedado en que leerían hasta la letra más pequeña; a Ramiro no le causó desconfianza, no se sintió preocupado por firmar sin leer, pero a Marcelo se le acrecentaron sus sospechas.

Pasaron los días iguales; con mucho trabajo. Empezó la siembra, llegaron campesinos y peones a diario buscando trabajo y lo había, pues eran cuatro haciendas que trabajaban en conjunto. Y al pasar del tiempo, aunque recordaban con dolor lo sucedido, ni Marcelo, ni Ramiro tuvieron tiempo de seguir cavilando sobre aquél penoso y secreto asunto.

26

LibrosEnRed

ii. el naCimiento de una Promesa

Esteban estaba peor que nunca, ya no sabía nada de las necesidades de la casa, de los niños, de Ana María; ellos se mantenían con el trabajo de su madre y veían poco a Esteban, aunque tampoco les hacía falta.

Esteban, después de mucho pensarlo, escribió a Ramiro una carta donde le decía que ya andaban tras él, que tenía que dejar la capital con toda su familia por seguridad y que no podía mandar las escrituras por correo por temor a los asaltos ferroviarios, que estaban a la orden del día, por lo que iría él personalmente a dejárselos. A Ana María no le contaba nada de lo que hacía y ella aprendió a no preguntar; sin embargo, cuando Esteban le dijo que dejarían esa casa no supo cuándo, ni a dónde irían.

—¿Qué les parecería vivir en una casa mejor que esta? —les dijo Ana María un día a sus hijos con el temor reflejado en la voz.

—¿Pero tiene muchos árboles, mamá?

—Eso no lo sé todavía, Julián, a lo mejor es más pequeña que esta o una casa más bonita; papá dijo que nos mudaríamos pronto de aquí —sonrió evitando hacer evidente su preocupación.

—Yo quiero que sea una casa más bonita que esta y que tenga muchas flores —Yara era muy hogareña y desde esa edad ya tenía la ilusión de poseer una casa linda para ella, para su madre y hermano, en donde pudieran jugar, y que su madre la limpiara con gusto, y al atardecer pudieran sentarse en mecedoras viendo el cielo. Yara fantaseaba con una casa para soñar.

—¡Ojalá! —siguió diciendo la niña— y las regamos y podamos para que todos los días nazcan más y más flores.

—¿Y las vacas? —dijo Julián acostándose en la cama, abrazando a su madre. Ese día se les pasó entre risas y pláticas, sin imaginar lo que estaban por vivir.

Marcelo y Ernestina aprovecharon que era domingo para visitar a Viviana y Ramiro que desde hacia varias semanas que no se presentaban a misa, por recomendación del doctor Gaspar, y aunque todavía faltaban meses para que diera a luz, el doctor Neri quería prevenir algún tipo de complicación.

27

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

—¿Y Ramiro, comadre?

—No sé, Marcelo, recibió carta de la capital, salió a leerla a la terraza y no volvió.

—Voy a dar la vuelta por ahí, a ver si doy con él.

Mientras Ernestina se quedó a mostrarle a su amiga las cosas que ella y Mamá Grande le había hecho para el niño, Marcelo se asustó al encontrar

a Ramiro preocupado.

—¿Y qué te dice en la carta?

—Que siguen las averiguaciones, que tiene que abandonar la capital y que necesita un lugar donde quedarse.

—Algo me dice, aquí dentro, compadre, que son puros embustes de ese oportunista.

—Por si sí o por si no, mejor no nos movemos.

—Por favor no le hagas, espérate a que dé a luz Viviana, luego ya veremos qué se hace, pero no contestes su carta, Ramiro.

—¡Cálmate, compadre! Esperaremos, te lo prometo.

En la siguiente semana, Mamá Grande, como todos los sábados, reunió a su hermana Cleofas con sus hijas Juliana y Francisca y la cuñada de Cleofas, Armandina, que vivía con ellas pues era soltera, e incluyeron a Viviana pues ya le habían pasado los achaques.

Merendaron y, más tarde, mientras tomaban vino y fumaban puros, jugaron a la baraja. Era una costumbre que tenían desde antes de que Marcelo y Ernestina se casaran, y como Viviana estaba mejor, tenían un motivo para celebrar. ¿Y qué primicias hay? —preguntó la hermana de

Mamá Grande; pues siempre que iban de visita contaban sobre los rumores

y acontecimientos que sucedían entre la semana que no se vieron.

—Las mismas de siempre, Cleofas.

Francisca aprovechó antes de que la reunión empezara, para revisar unos asuntos de la hacienda, así que preguntó a Ernestina por Marcelo, y ella le dijo que se encontraba en el despacho.

—Todo es que se pongan a platicar Francisca y Marcelo del trabajo, porque no tienen fin —expresó Cleofas.

—Mi queridísima cuñada —intercedió Armandina—, lo que tu hija debe hacer es buscarse un hombre que le ayude a trabajar y deje de andar vestida como hombre.

28

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Y prontamente, defendiéndola, doña Cleofas alegó que si no fuera por su hija, la hacienda no sería lo que es.

—Pero al paso que va, nadie se le va a acercar y se le va a pasar el tren, ya mero tiene edad para contraer nupcias y debe comportarse como una jovencita casadera desde ahorita. No quiero verlas como yo, quedadas para vestir santos; a ti también te lo digo Juliana, y tú más, que eres la mayor.

Juliana siempre fue más débil de carácter y soñaba con una boda y con

tener a un gran hombre a su lado; pero a pesar de haber tenido muchos pretendientes, nunca tuvo suerte con ellos, por alguna razón los ahuyentaba

y no volvía a verlos. Para Armandina ése era precisamente el motivo: tanta delicadeza era demasiado comprometedora para cualquier macho que sólo pretendía enamorarla. Por su parte Francisca, por machorra y exigente, según palabras de la misma Armandina, también alejaba a los hombres.

La tía nunca tuvo impedimento en señalarles sus defectos en la cara a sus sobrinas, pero su soltería también era de cuestionarse. Juliana aprovechó para decirle que ella era una mujer con muy poco tacto y hablaba las cosas como las sentía. Tenía fama de claridosa y en su juventud una persona así no era popular, los hombres buscaban mujeres que opinaran poco, mujeres sumisas y comprometidas con la casa y con mantener sus bocas muy bien cerradas. Ahora eran otros tiempos, aunque los hombres se resistían a cambiar.

Ernestina y Viviana no paraban de reír al verlas declarándose sus defectos

y al mismo tiempo queriéndose tanto que era evidente que jamás podrían

separarse. No se soportan, pero siguen juntas; yo no las entiendo. Además, matrimonio y mortaja del cielo bajan, anunció Mamá Grande y con eso dio por terminada la discusión, para pasar a sentarse en el patio.

A Marcelo se le dificultó decirle a Francisca la pesadilla por la que estaban pasando Ramiro y él, pero ella lo conocía bien y sabía que algo grave había pasado o estaba por pasar y no era la hacienda lo que le preocupaba. Primo, ya no voy a insistir, pero si en algo puedo ayudar, cuenta conmigo. Él siguió explicando que no era nada de cuidado, que su aspecto demacrado era de cansancio, y que lo que ocupaba en ese momento su mente, era tan sólo saber si existía el tal don Facundo Jiménez. Y aprovechando la presencia de su prima le preguntó, pues sabía que el padre de Francisca había conocido muy bien aquél lugar. Francisca recordó que tenía el diario de su difunto padre, donde apuntaba las direcciones de todos sus conocidos, y le aseguró que buscaría el nombre de ese señor. Ante la insistencia en saber qué relación tenía su primo con ese hombre, Marcelo le contó sobre el licenciado que les ayudó con los trámites en la capital, que la desconfianza se había

29

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

apoderado de él desde ese momento, y que sólo deseaba investigar sobre

la reputación del conocido de Ramiro. Francisca se interesó de inmediato

en el asunto y lo instó a salir al día siguiente por la mañana en el tren, dado

que era domingo y las actividades no eran tan pesadas en las haciendas y aprovechar todo el día para platicar largo y tendido con don Facundo.

—Sí, prima, solamente te quiero pedir que no lo comentes, no quiero que

se entere nadie por ahora, ni mi comadre.

—Sabes que soy poco comunicativa, primo, nadie lo sabrá por mi boca.

Y como en otras ocasiones que se ponían a platicar, se olvidaron de la

reunión; se marcharon sin que Francisca participara en el juego y en la

plática. Al tiempo llegó Ramiro por Viviana; sin embargo Marcelo no le comento nada a su amigo de lo que pensaba hacer al día siguiente.

Terminó la reunión, pero Leonel y Juan Andrés no habían regresado del río, Mamá Grande se preocupó, pues ya había bajado el sol, y era muy peligroso, aunque Temo, el capataz, que los cuidaba como hijos propios los había acompañado, y aunque Ernestina no le preocupara, Doña Aurora no dejaba de mortificarse. Marcelo se dispuso a ir por sus hijos; mientras su esposa, su madre y Petrita el ama de llaves preparaban la cena.

—Nosotras a la cocina, Mama Grande, seguro vienen con hambre.

—Son unos tragones, ¡pero me gusta verlos comer!

Viviana y Ramiro llegaron con bien a Las Bugambilias y sentados en el solar de la casa contemplaban sus dominios. Ante tal visión, Viviana se puso pensativa compartiendo con su esposo sus pensamientos.

—Ramiro, ¿te has puesto a pensar que nuestro hijo será de los más ricos de

la región?

Por esas palabras, Ramiro recordó la pertinencia de hacer un testamento en cuanto naciera su primogénito; consecuentemente, heredarlo en vida de ellos. Viviana ya había hecho el suyo y no tenía pensado decirle a su esposo para no preocuparlo, pues en su interior sintió la necesidad de dejar a su hijo protegido desde el momento del alumbramiento. Pero al escucharlo, la conciencia la traicionó, expresándole su sentir.

—La verdad no pensaba decírtelo, pero lo pensé bien y mejor que estés enterado, al menos esta hacienda, herencia de mis padres, pasará a ser propiedad de mi hijo desde el primer día de nacido.

—¿Y si tenemos más hijos? —preguntó Ramiro, asustado por la confesión.

—Se dividen en partes iguales, no hay problema, ¿y tú, Ramiro?

30

LibrosEnRed

Tierra Dorada

—Supongo que debo hacer lo mismo, pero no ahora, hablar de testamentos me aterra, Viviana, siento que nos está rondando la muerte.

Viviana calló al oír a su marido, había un aire de tensión en el ambiente y el miedo se acrecentaba cada día más.

Temprano, como habían quedado, Marcelo y Francisca viajaron a San Bernabé a buscar a don Facundo Jiménez; no les fue difícil dar con él, pues era un señor bien conocido en el pueblo. Cuando estuvieron frente a frente se presentaron y le explicaron el motivo de su visita. El señor, extrañado, accedió a contestar cada una de las preguntas que le hicieron sobre la dudosa reputación de Esteban Perales.

Para sorpresa de Marcelo, Facundo les comentó que él también tuvo dudas del abogado por lo que se dio a la tarea de buscar referencias de su trabajo; sin embargo, no encontró nada malo, por lo que le dio su caso y sin ningún contratiempo lo resolvió favorablemente. Incluso les comentó que hacía unos cuantos días había ido Esteban hasta allá para entregarle las escrituras perfectamente reglamentadas. Por supuesto, el hombre le pagó de manera espléndida, reiterándoles que se llevó una buena tajada de dinero. Les dijo que confiaran en él, que era bueno en su trabajo aunque un poco tardado. Agradeciéndole sus comentarios, Marcelo y Francisca se despidieron disculpándose por las molestias que le habían causado con su presencia.

—De qué, hija, y salúdame a tu madre, espero me recuerde, hace años que no la veo, mucho antes que tu padre muriera.

—Así lo haré, gracias.

Confiados volvieron a Tierra Dorada; Marcelo se notó un poco más tranquilo, aunque siguió pensando que Esteban era un oportunista y que tarde o temprano les cobraría la factura de haberlos ayudado.

—¿Sabes qué, Francisca? De pasada llego a casa de Ramiro; le he dicho tantas cosas en contra de Esteban que lo tengo nervioso y atosigado.

—No te sientas mal, primo, nunca está de más pensar mal. Bien dice el dicho: piensa mal y acertarás.

Marcelo llegó hasta la hacienda de Ramiro y le platicó lo que había hecho; este se molestó alegando que si Esteban se enteraba de que lo había investigado, tal vez tendrían problemas, se ofendería y buscaría la manera de vengarse. Incluso le confesó que él le acababa de mandar una carta ofreciéndole venir a descansar a Las Bugambilias unos días o hasta que se calmaran las aguas en la capital. Por su parte, decepcionado de su amigo,

31

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Marcelo le advirtió que eso era precisamente lo que Esteban Perales deseaba y que posiblemente nunca se iría de Tierra Dorada.

—Ojalá y no tenga que decir nunca: “Te lo dije, compadre”.

En la semana siguiente e inmediatamente al recibir la carta de Ramiro, Esteban, arrebatado y violento, ordenó a su esposa que dispusiera todo para el viaje. Sin contar con el consentimiento de Ana María vendió a la casera los pocos muebles que tenían. Ajena a lo que pasaba, y confiada en poder tomar una decisión que involucrara a sus hijos, les contó de los acontecimientos pidiéndoles su opinión respecto al cambio de casa, reiterándoles que si no estaban de acuerdo podrían quedarse todos ellos en la capital. En su inocencia, y debido a que había visto a su padre, Juliancito le comentó sobre la venta de sus muebles que con sacrificios ella había comprado, y también que Esteban había hablado con la dueña del lugar para informarle que dejarían la casa. A Ana María se le cerró el mundo; seguir a su marido sin saber a donde irían a vivir era muy riesgoso para ellos. Pero ya no tenía otro remedio, de modo que con todo el miedo que le provocaba la situación, decidió empacar la poca ropa que poseían. No tenía otra alternativa, pues se quedarían sin casa y sin sus pocas pertenencias; Julián percibió la tensión en el rostro de su madre y no pudo ocultar sus propias angustias. Al notarlo, su madre cambió la expresión y mirándolos con toda la ternura de que era capaz les dijo:

—Qué les parece si vamos a donde nos lleve su papá, pero si no nos agrada buscamos un lugar bonito para vivir los tres, ¿de acuerdo?

Julián, al ver a su madre que cambió el miedo por la exaltación de la aventura, emocionado la abrazó.

—Sí, mamá, pero no estés triste —Yara era su paño de lágrimas y muchas veces se tuvo que sacrificar por su madre para no verla sufrir.

—No estoy triste, hijita. Vamos, ayúdame a preparar el equipaje.

En dos valijas pusieron lo mejor que tenían; cuando Esteban lo dispuso partieron, en todo el trayecto hablaron poco. Esteban callaba a los niños constantemente, que en su ingenuidad disfrutaban del paisaje con admiración. Ana María tenía miedo de vivir con Esteban en un lugar desconocido para ella; además, su marido estaba muy lejos de querer brindarles bienestar y protección, así que Ana María estaba consciente a lo que se enfrentaría.

32

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Ese día por la tarde, mientras Marcelo recorría los límites de su propiedad, se encontró con Ramiro; a él le extrañó que su amigo llevara consigo uno de los carruajes, ya que la costumbre al atardecer era pasear solamente en caballo, pues el transporte de ruedas se hallaba destinado para ocasiones en que trasladaban pasajeros, baúles, bultos de semillas, cosecha del trigo y demás cosas. Marcelo abordó a su compadre preguntándole hacia dónde se dirigía y cuál era el motivo por el que llevaba la carreta consigo. Ramiro, al no saber mentir, expresó con un poco de recelo lo que le obligó a ir al pueblo.

—Llega Esteban hoy por la noche, lo voy a esperar en la estación.

Marcelo le deseó buena suerte y siguió su camino.

Viviana estaba ya enterada del invitado; pero ella no sabía que venía con su familia, y se sorprendió al verlos, tanto como Ramiro; Esteban se presentó como el hombre educado y amable -que sabía ser cuando le convenía-, pero eso no era novedad para Ana María, conocía su hipocresía. Los recibieron bien, les mostraron la recámara que compartirían los cuatro, pues no tenían más habitaciones preparadas, luego comieron todos juntos. Ana María se mostró servicial, y los niños se mantuvieron callados para no importunar.

—¿Les gustaría conocer la hacienda? ¿Los caballos, las vacas?

—¡Sí, señora!

Respondió Julián, emocionado al escuchar las palabras de Viviana, pues desde que Marcelo le dijo que vivía en una hacienda, el niño mostró interés por los animales de campo. Yara, al contrario, se mostró más reservada, tímida; Viviana le pidió a Ana María que los acompañase al jardín; pero ella no accedió de inmediato pues sintió que su deber era acomedirse con las labores del hogar para no causar molestia.

—Deje eso, Ana María, venga, acompáñenos, los niños desean salir a corretear, a conocer. ¡Venga, ande!

—No quiero causarles molestias, no nos esperaban, y yo me sentiría mejor si pudiera agradecerles de alguna manera su hospedaje.

—Luego hablamos de eso, Ana María, acompáñenos.

Ana María y los chiquillos disfrutaron de todo lo que tuvieron oportunidad de ver; por su parte, Viviana se expresó cariñosa y amable, sobre todo con los niños. Incluso le pidió a Tulita que les trajera limonada y empanadas de calabaza que sabía que le quedaban deliciosas. Aunque Tulita estaba recelosa de los invitados, no dudó en atender a los pequeños que se

33

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

mostraban tan alegres. Por supuesto era una mujer educada y se presentó ante Ana María.

—Mi nombre es Tulita, soy el ama de llaves y amiga de aquí de mi señora Viviana.

—¿Y la niña es suya, Tulita? —preguntó Ana María, deseando entablar una amistad.

—Sí, y tengo un niño de brazos.

Viviana hizo llamar a los niños que ya sin pena alguna acudieron al llamado; una vez que estuvieron frente a ella, hizo la gala de ser presentados ante Miroslava la hija mayor de Tulita.

—Ellos son Julián y Yara; pasarán unos días con nosotros. Espero sean amigos y compartan sus juegos; jueguen a las muñecas.

Yara contestó apenada que no tenía muñeca, y Miroslava en un gesto generoso pidió permiso a su madre para regalarle una de las suyas a la pequeña. Ana María se puso entre nerviosa y emocionada, nunca antes había recibido tantos gestos de amabilidad, y sobre todo que sus hijos estuvieran felices.

Cuando Viviana les dijo que se fueran a jugar, pero que no se alejaran mucho, se extrañaron de ver que el único que permaneció en su sitio fue Julián, quien las miraba entre serio e inexpresivo. No quería jugar a las muñecas. Las mujeres lo miraron enternecidas y Viviana le comentó que no se preocupara, que él podría ir a jugar con los hijos del señor Marcelo.—¿Lo conoces? —le preguntó Viviana cuando el niño asintió con la cabeza.

—Sí, señora, es el señor que…

Ana María interrumpió a su hijo antes de que cometiera una indiscreción. Le contó que cuando Marcelo y Ramiro fueron a la capital, su marido los había invitado a cenar a la casa. Ana María se sintió fuera de lugar pues una cosa estaba muy clara: en los planes de Ramiro y Viviana no estaba el que ellos vivieran ahí. Era evidente que Esteban había entendido mal su invitación o como siempre, quiso sacar provecho de la situación. Ella no dejaba de pensar a donde irían después. Por su silencio, Viviana se acercó a ella en un gesto de auténtica amabilidad.

—Ana María, perdone si la incomode.

—No señora Viviana, la verdad, estoy emocionada de estar aquí; me agrada ver a mis hijos contentos.

34

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Cuando estaba cenando con su familia, Marcelo le platicó que Ramiro y Viviana tenían invitados de la capital. Mamá Grande no sabía que su hijo hubiera ido a Las Bugambilias, pero él le aclaró que lo había visto en el camino real, y que Jacinto le aviso que ya estaban instalados. Es Esteban Perales, mamá, el licenciado, el que nos arregló las escrituras, vino con su familia. Su hijo mayor, Leonel, le pidió que lo llevara pronto a la casa de su tío Ramiro y su tía Viviana, porque estaba intrigado por conocer a los capitalinos.

Al otro día fueron todos a casa de Ramiro; a Mamá Grande con sólo verlos la conquistaron, la esposa del licenciado le pareció una mujer de valores bien cimentados, pero no así Esteban, que por más que se esforzó en simpatizarles no lo consiguió; los niños hicieron amistad de inmediato, pasaron la tarde con ellos, luego se despidieron ofreciéndoles la hacienda.

—Eres una mujer hermosa y agradable, Ana María, espero estés consciente de eso —Mamá Grande se lo dijo en voz baja y a solas.

—Disculpe señora, no comprendo su comentario —Ana María se puso realmente nerviosa con el comentario de Mamá Grande, y esto le confirmó a la señora lo que pocos vieron.

—Olvídalo, hija, a veces la vejez me hace decir cosas que veo.

Los niños quedaron de regresar al siguiente día por Julián para ir al río, este se emocionó tanto, pues todavía no conocía ninguno. Esa noche Esteban salió al patio de la casa para reconocer el terreno; Ana María lo observó desde la ventana y salió a hablar con él, pues desde que llegaron no había tenido oportunidad de aclararle las cosas respecto a la visita “por unos días”.

—¿Podemos hablar Esteban?

Su esposo la miró y le respondió que qué era lo que apremiaba en ese momento tan importante como para molestarlo, agresivo arremetió contra ella.

—Sólo quiero saber si es aquí donde vamos a vivir. ¿Por qué los señores de esta casa nos alojan sólo por unos días?

Esteban, más enfurecido aún por la osadía de su mujer, respondió que se quedaría ahí y si a ella no le parecía se podía largar con los escuincles. Ana María estaba asustada, pero aún así le cuestionó si los señores esos le habían ofrecido trabajo, si él ya tenía claro de qué vivirían; no sabía qué decir para poder entender la situación en la que su marido los estaba poniendo.

—Yo viviré de todo esto que ves.

35

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Esteban tenía una mirada extraña, se encontró fuera de sí, en sus ojos se reflejó la codicia de la que siempre fue preso. Ana María estaba atónita. Lo miraba incrédula. Ya sin fuerza, concluyó lo que venía sospechando.

—¿No te das cuenta que nos dejaste sin vivienda? —ante el silencio de su marido, ella continuó diciendo— El muerto y el arrimado apestan al tercer día, se cansaran de nosotros y verán la manera de echarnos de aquí.

Harto de escucharla la insultó hasta que se cansó, dejándole claro que ella no le interesaba en lo más mínimo. Que no soportaba sus escenas de mujer mártir, que la odiaba cuando tomaba esas actitudes.

Ana María se envalentonó para dejar claro que todo lo que le dijera a ella no le importaba tanto como el porvenir de sus hijos y que vería la forma de darles seguridad, a pesar suyo. Esteban estaba furioso porque sabía que ahí no podría golpearla como lo hacía en su casa, pero no por eso dejó de insultarla y de dejarle claro que jamás le debía de pedir explicaciones, ni hablar sin que él le hubiera permitido hacerlo. Se violentó tanto que Ana María prefirió retirarse.

Pasaron los días y Esteban empezó a planear la manera de sugerir la idea de emplear a un administrador. En el tiempo en que agarró valor se permitió darse oficio en la siembra, se mostró acomedido y trabajaba como cualquier peón, al grado que Ramiro, patrón de Las Bugambilias, se sintió tan gusto con él que lo dejó al mando de todo, cosa que le dio oportunidad de pasar más tiempo con Viviana; incluso los días de la raya y de la repartición de semillas, fue Esteban quien se encargó de la peonada, los trató bien, y con esa actitud fue como se valió para llevar a cabo su plan. De modo que cuando se sintió seguro habló con Ramiro, esperando la oportunidad de trabajar de fijo para él; revelando su cara amable, empezó a manipularlo.

—¡Te admiro! —dijo Esteban—, eres querido y admirado por toda la gente que trabaja para ti, y eso hace que se respire un aire de tranquilidad, de bienestar, mi familia está muy contenta, nunca antes los había visto divertirse como estos días que hemos pasado aquí.

Ramiro, extrañado por las confesiones de Esteban, sólo se dignó a decir que le agradaba saber que su estancia era grata para ellos. Pero el licenciado ya traía perfectamente ensayado su discurso y continuó diciéndole que Ana María le había pedido quedarse hasta que naciera el primogénito de él, que era tan sentimental que deseaba conocerlo y atender a Viviana. Por supuesto, Esteban le había aclarado que ya no podían quedarse más tiempo ahí, que de haber sabido que ya no querían regresar a la ciudad jamás los hubiera traído, que ahora él tendría que buscar trabajo de administrador

36

LibrosEnRed

Tierra Dorada

de hacienda en hacienda, aunque sabía que no era lo suyo, pero lo haría por su familia.

—Ni a Viviana nI a mí nos incomoda que pasen unos días más en la hacienda.

—Gracias, Ramiro, pero me urge conseguir un buen trabajo, y yo sólo te pido que me los aguantes tantito más y me permitas ausentarme unos días, para ver qué consigo por aquí cerca.

—No tengo inconveniente, no es necesario que te encargues de nada si no

lo deseas, tu familia y tú son mis invitados.

Esteban no logró su objetivo, pero se juró no darse por vencido.

Temo, mano derecha de Marcelo fue desde el principio el encargado de ir por Julián todos los días temprano para llevarlo a La Encomienda y algunas veces se quedó a dormir con Leonel y Juan Andrés. En los pocos días de conocerse se hicieron muy buenos amigos, juntándose no sólo con más niños, hijos de peones, sino también con chiquillos del pueblo, entre ellos Ignacio, hijo del dueño del almacén.

—En unos días empezamos las clases en la escuela del pueblo. Nosotros vamos a asistir, ¿tú vas a la escuela? —Juan Andrés le preguntó a Julián en una plática de niños.

—Sí, pero yo creo que ya no.

Leonel era muy intuitivo y se percató que en las palabras de Julián había un poco de tristeza, así que indagó con cuidado para no ofenderlo. Entonces

el niño le confesó que su mamá no tenía dinero desde que habían llegado

a la hacienda y que si él iba a la escuela era porque ella trabajaba para

lograrlo. Con la franqueza que caracteriza a los niños, Leonel le preguntó

si en la capital las mujeres eran las que trabajaban; sin embargo, Julián no

supo cómo contestar la pregunta, sólo se concretó a decir que su mamá

sí trabajaba porque su papá nunca le quería dar para el gasto, porque

siempre decía que no tenía dinero, ni trabajo. Leonel le prometió decirle a

su papá que le diera trabajo al suyo para que así su mamá tuviera dinero y

él pudiera ir a la escuela como ellos. Los dos quedaron muy contentos.

Leonel y Juan Andrés le platicaron ese mismo día por la noche a su papá lo que les dijo Julián, provocando que Marcelo se preocupara más de lo que ya estaba.

—Papá, ¿te hacen falta más peones? —Juan Andrés era más atrabancado y sin empacho investigó esperando una respuesta positiva de parte de su padre.

37

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Al escuchar a su hijo, le dijo que no le hacían falta más hombres para la siembra.

—¿No? —exclamó Leonel.

—Pues no, qué se traen —les dijo Marcelo queriendo saber toda la verdad.

Juan Andrés, decidido a que su padre les ayudase de alguna forma, dijo con todo y detalles lo que su amigo le confió. A Leonel, por su parte, no le gustaba que sus amiguitos tuvieran dificultades y trataba a todos por igual, nunca hizo diferencia entre sus amigos del pueblo y los hijos de peones.

Juan Andrés era diferente a Leonel, él lo dijo porque no soportaba las injusticias, el hecho de que Julián no fuera con ellos a la escuela le parecía muy indigno y también porque siempre seguía a Leonel en todo lo que hacía, pues para Juan Andrés su hermano era todo.

—Dijo Julián, ‘apá, que su papá no le da el gasto a su mamá, ¿qué malo es, verdad?

—Sí, pero y yo quiero que vaya a la escuela con nosotros —dijo continuando con lo dicho, Juan Andrés.

Marcelo sospechó desde el primer día que vio a Ana María con esa tristeza en el rostro, esa mirada de súplica, que algo tendría que hacer por ella. Calmó a sus hijos diciéndoles que haría todo lo posible para que Juliancito fuese a la escuela; los niños, felices, se retiraron a dormir.

Ernestina encontró a su marido ausente, mirando el vacío, se preocupó tanto que lo interrumpió para saber qué era lo que le pasaba.

—Ya sabes, mujer, ¡las tierras!

—Las tierras son para vivirlas, no para andarlas pensando —exclamó Mamá Grande desde el pasillo.

—¿Anda algo mal, Marcelo? —insistió su esposa, sin quitarle la mirada.

—Nada malo, Ernestina, espero que sigan produciendo cada día más —no pudo decirle lo que pensaba, y mucho menos que en esos momentos era Ana María quien ocupaba su mente.

A la mañana siguiente, mientras recorría los sembradíos, no supo como llegó a casa de Ramiro. Viviana descansaba en su recámara; y Ana María se encontraba arreglando un poco el jardín, cuando escuchó el caballo de Marcelo. En ese instante sintió que le temblaron las piernas al verlo y sin levantar la cabeza siguió regando las plantas; Marcelo se acercó a ella, la saludó atento e inmediatamente ella por los nervios que sobrellevaba, respondió, cortante, que Ramiro no se encontraba.

38

LibrosEnRed

Tierra Dorada

—De haberlo sabido —dijo él— me supongo que Jacinto tampoco.

Ella sin mirarlo respondió que ciertamente el caporal tampoco se encontraba en la finca.

Marcelo aprovechó para hacerle preguntas.

—¿Qué le ha parecido Tierra Dorada?

—¿Tierra Dorada?, pensé que se llamaba Las Bugambilias.

—Esta hacienda así se llama, pero en conjunto todas las tierras que rodean al pueblo El Sabinito le llamamos Tierra Dorada.

Ana María se ruborizó y solicitó disculpas por su ignorancia. Era evidente que su presencia la ponía muy nerviosa, pero aún así aprovechó su presencia para decirle que quería comentarle algo, pero que dicha conversación era necesario que la mantuvieran en secreto pues no quería que fuera objeto de discusión más adelante. Marcelo, sin quitarle la mirada le pidió que confiara en él. Ella, con toda la cobardía que cargó encima desde que llegó a Las Bugambilias, le dijo lo que la intranquilizaba. Que sabía que su esposo no venía con buenas intenciones al llegar ahí, que aunque nunca le comentaba sus planes, ella descubrió que Esteban estaba empeñado en quedarse a trabajar en la hacienda y estaba seguro que Ramiro lo emplearía como administrador. Se le quebró la voz al decir que se sentía muy avergonzada de estar ahí y por supuesto, sin ser invitados.

—Yo sé de la invitación que le hizo mi compadre a Esteban por carta, pero de que pensara emplearlo no me dijo nada. Pudiera ser, ¿qué le preocupa en verdad, Ana María?

Ella no respondió y bajó la mirada.

—Entiendo cómo se siente y si puedo ayudarla en lo que necesite, sólo dígamelo.

Marcelo la tomó de la mano y al hacerlo puso dinero suficiente como para irse de allí si lo deseaba. Al verse la mano llena de monedas exclamó asustada que no podía aceptar tal donativo. Pero él le suplicó que no lo tomara a mal porque él sabía que lo necesitaba.

Ana María se quedó helada y, sin decir más, Marcelo montó su caballo y se marchó sin voltear a verla. Zoila, una de las muchachas que trabajaban para la hacienda los vio y corrió para platicárselo a Tulita.

—Tú no viste nada, y hazme el favor de cerrar esa bocota que tienes.

—No le digo que hasta le dio dinero, ¿por qué no me cree?

39

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Tulita, fuera de sí, le advirtió a la moza que si decía algo de lo que vio, tendría que irse definitivamente de la hacienda.

—Pero, ¿por qué?

—Porque no te incumbe la vida de los patrones y si quieres seguir ganándote tus centavitos, mira, escucha y calla.

Pasaron los días, Viviana tenía algunas molestias y Ramiro mandó por el doctor, quién acudió de inmediato. Al revisarla encontró que el niño venía en mala posición y en confidencia se lo dijo a Ramiro.

El doctor le dio las instrucciones a él y a Tulita; Ana María también escuchaba

atenta y se puso a las órdenes de ellos para lo que se les ofreciera, pero Tulita no estuvo dispuesta a compartir su espacio y con su actitud lo dejó claro. Ana María no se ofendió, pero sí se entristeció. Entonces se puso a las órdenes de Ramiro, pero también sintió cierto rechazo, que la hizo sentir incómoda. De igual manera; por el cariño y agradecimiento que Viviana le brindó desde el primer momento en que llegó, acomedida como era, estuvo al tanto de las necesidades de Viviana.

Marcelo, por su parte, desde el encuentro con Ana María, no dejaba de

pensar en ella y sus niños, pero por alguna razón no se lo decía a su esposa

y mucho menos a su madre. No había hallado el momento oportuno para

hablar con Ramiro al respecto, pues por un lado no deseaba tener cerca a Esteban, pero por otro sentía que esa mujer y sus hijos necesitaban de su protección. En ese instante entró Ernestina al despacho para preguntarle a su marido sobre cierta ocurrencia de Mamá Grande.

—Dice mi suegra que el sábado invitemos a Ana María a la reunión, ¿tú crees que acepte?

Extrañado por la situación, un poco incómodo y aturdido, pues precisamente en ella era en quien pensaba, Marcelo alegó que no era tan necesario, pues la reunión de los sábados era meramente familiar. Sin embargo Tina le dijo que ella sería invitada por la comadre y que aún cuando no estaba segura de que viniera, la idea era de Mamá Grande.

Más tarde, Marcelo le preguntó a su madre el porqué de la invitación para la huésped de Ramiro a la reunión familiar, pues intuyó que algo tramaba su mamá con aquella supuesta cortesía. Y en efecto, él tenía razón; sin querer averiguar, pues no lograría nada, fingió estar de acuerdo con la buena intención de su madre. En el fondo Mamá Grande trataba de saber de la vida de ellos en la capital; en realidad, ya le había hecho preguntas a

40

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Julián tratando de que le diera información; pero Julián era un niño muy inteligente, y hablaba poco referente a cómo eran sus padres y cómo vivían.

Ese mismo día Marcelo se encargó de llevarles la invitación personalmente, cuando llegó a la finca de Ramiro, encontró a Esteban discutiendo con Ana María a las afueras de la casa. Esperó a que Esteban se alejara para acercarse a ella, quien tenía los ojos húmedos. Cuidando de no ser indiscreto, se concretó a preguntarle por su compadre, y Ana María, esquivando la mirada, le dijo que se encontraba en el establo ayudando a uno de los animales.

—Seguro es la preñada —dijo y dio unos pasos, pero volvió hacia ella—, disculpe, recordé que le traigo una invitación para que acompañe a mi familia a una reunión que acostumbran los sábados por la tarde.

Cortante sólo agradeció el detalle, pero este al verla sumida en la tristeza, no pudo dejarla así y quiso averiguar más.

—¿Le pasa algo, Ana María?

—No, nada. Dígales que con gusto asistiré.

—Si puedo ayudarla, cuente conmigo.

Ana María nunca levantó la vista, y era mejor así pues hubiera notado en la mirada de Marcelo la lástima que sentía por ellos. Lo dejó ahí solo, como huyendo de él, asimismo fueron evidentes los serios problemas que llevaba consigo aquella mujer.

Marcelo supo que no debía intervenir, así que mejor se fue al establo donde los encontró a todos. Ramiro y Jacinto no se daban abasto pues durante la noche habían parido tres cabras al hilo, de modo que cuando vieron a Marcelo respiraron aliviados porque él era muy bueno para esos menesteres. Esteban tenía apenas unos momentos de haber llegado, pero no quiso quedar fuera comentando que toda la noche habían turnado la velada. Jacinto miró a Marcelo de reojo porque a ninguno de los dos le agradaba el hombre.

—¿Tú también andabas en la bola? ¡Qué bien, así no te aburres!, tanto tiempo sin hacer nada cansa más que si trabajara uno de sol a sol —le dijo Marcelo con ironía.

—Me gusta tanto la vida del campo, que espero pronto encontrar trabajo en alguna de las haciendas que hay por aquí.

—No me digas que de señor licenciado te vas a conformar con ser peón — expresó Marcelo.

41

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Ramiro observó la mirada retadora de los dos y quiso tranquilizarlos, pues aunque estaba de acuerdo con su amigo, no deseaba ofender a Esteban, pues supo bien que tenía viviendo a un desconocido en su casa. No compadre, le dijo, como administrador, no la friegues.

—Pos está canijo y tú lo sabes: en esta región no los acostumbramos; los propietarios nos hacemos cargo, ¿o no, compadre?; contamos con gente así como Jacinto, como Temo el mío, que son como el brazo derecho de uno, ahí está Jacinto que te diga, nunca los hemos necesitado.

—Pero hay que ver que las haciendas van pa’rriba, compadre —agregó Ramiro, siguiendo en su afán de no provocar el odio de Esteban—. Se acabaron los tiempos de las guerrillas; quien quita y consiga chamba.

Pero Esteban no iba a quitar el dedo del renglón y sobre todo teniendo un as bajo la manga, de modo que les dijo que definitivamente él no regresaría

a la ciudad, ni su familia tampoco, por lo que haría la lucha por conseguir trabajo en cualquier hacienda.

Marcelo hizo caso omiso del último comentario de Esteban y mejor se dedicó

a ayudar al animal a parir, más tarde lo festejaron como de costumbre,

tomaron pulque, tequila, e hicieron lumbre para la carne asada. Luego de un rato el ambiente se volvió muy pesado, pues con las copas de más Esteban se mostró imprudente.

En realidad no estaba borracho, supo bien lo que dijo y con qué intención, pero aprovechó el pretexto de las copas. Marcelo lo percibió, Esteban no podía engañarlo con sus tretas, los quiso comprometer con el secreto que compartían, pero él no se lo iba a permitir, lo sacó del establo y lo enfrentó, como en otras ocasiones pretendió hacerlo. Lo encaró pidiéndole explicaciones a sus palabras porque Marcelo no iba a tragarse el cuento que se le había soltado la lengua por el alcohol. Él, aunque no era un hombre violento, sí era rudo y lo tenía agarrado por la camisa y acorralado contra un árbol, por lo que Esteban, que era un cobarde, trató de calmarlo diciéndole que tenía razón, pero aún así utilizó el sarcasmo para afirmarle que no había dicho nada que él no supiera.

—¿O sí? Dímelo, ¿dije algo que los comprometiera?

Marcelo se dio cuenta que con su actitud podría provocar más problemas y lo soltó pidiéndole que aprendiera a callar porque finalmente en todo esto él, Esteban, también tenía culpas que compartir. Esteban siguió su actuación asegurándole que no había noche que no tuviera pesadillas, que veía al hombre desangrado, muerto, que la experiencia que había vivido no se la podía imaginar porque aún estaba fresca en su mente la escena

42

LibrosEnRed

Tierra Dorada

como si hubiera sido ayer. Le confesó que sentía mucho miedo de que se descubriera todo porque no quería dejar a su familia desamparada, pues él no era rico como ellos, por eso tenía que ver por su esposa e hijos y buscarse una nueva vida por allá. Marcelo sintió lástima por él y aunque intuyó que esa escena era muy a propósito, convino en hablar con su compadre para ver qué se podría hacer, exigiéndole, mientras tanto, que debía mantener la boca cerrada. Y con eso dio por terminado el festejo de aquella noche.

Entonces se aseguró de que fueran a dormir antes de irse a su hacienda; los peones se retiraron también, sólo Jacinto lo acompañó hasta la salida de Las Bugambilias. En el trayecto le preguntó a Jacinto cómo veía a Esteban y cómo trataba a su familia.

Jacinto apenado respondió sincero: Será que están es casa ajena, don Marcelo, pero se hablan poco y los niños nomás lo ven y salen corriendo, yo digo que esas cosas son costumbres de los capitalinos y Tulita dice que le tienen miedo, vaya a saber qué sea.

Se quedó Marcelo más preocupado de lo normal, y esa noche no pudo conciliar el sueño.

—Siempre que andas con el compadre vienes muy tenso, ¿por qué, Marcelo?, algo se traen el compadre, tú, y hasta ese hombre tan raro.

—¿Raro? No me lo parece

—Por favor, Marcelo, si tú no lo tragas, ni Ramiro tampoco. No sé por qué lo tiene viviendo bajo el mismo techo.

—Mujeres, mujeres, siempre viendo tierra en los muebles.

Ernestina tenía razón, pero se hizo el dormido para no seguir con la conversación.

Días después y sin saber de Ramiro, Marcelo, preocupado, fue a buscarlo pues desde que Esteban vivía ahí ya no lo visitaba como antes. Encontró a su compadre muy preocupado por Viviana quien estaba delicada y a punto de parir, motivo por el que él no estaba saliendo para nada, incluso Esteban se había ocupado de la hacienda. Marcelo le dijo que su esposa y su madre estaban también angustiadas por ese asunto.

—En cualquier momento nace m’ijo, compadre, dígaselos.

Pasando al tema que le interesaba a Marcelo, preguntó insistente a su amigo cuál era la reciente relación de él con Esteban, recibiendo como respuesta un sin fin de halagos con respecto al invitado. Reiterando a cada momento que era una persona muy trabajadora.

43

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

—A lo mejor eso es lo que busca, que tú lo acomodes aquí y hay que tener cuidado con él no nos vaya a querer mangonear —Marcelo trató de abrirle los ojos sutilmente a Ramiro, pero él estaba tan al tanto de su mujer, que poco le importó ya la presencia de Esteban en la hacienda.

Esa noche, mientras fumaban en el pórtico descansando de un largo día de trabajo, Esteban y Ramiro platicaban de todo un poco sin suponer que la conversación los llevaría a adentrarse en lo sucedido en la capital; sin percatarse de que alguien los escuchase, siguieron hablando. Viviana se había levantado de la cama porque se encontraba adolorida de estar acostada. Cuando bajó escuchó voces, se acercó y no dio crédito a lo que oía, rápidamente se empezó a sentir mal y sin poder más, se desmayó en medio de la sala.

Siguieron sin darse cuenta de lo ocurrido hasta que de pronto escucharon voces dentro de la casa, era Tulita que gritaba pidiendo ayuda, entraron corriendo y al ver a Viviana tirada en el piso sin sentido, Ramiro, desesperado, empezó a pedirle a Jacinto que fuera por el doctor; y este, sin decirle dos veces, ensilló el caballo y salió a todo galope; Tulita mandó traer a una comadrona que vivía en las casas de la hacienda, aquella mujer acudió de inmediato al llamado.

Para ese entonces Tulita y Ana María ya habían preparado todo para el parto; mientras que Jacinto y el doctor Neri llegaban. La partera Eduviges hizo lo suyo, pidió el agua caliente y lienzos de tela, para comenzar el trabajo; pues cualquier pérdida de tiempo le restaba vida a Viviana. Don Ramiro, es mejor que salga de aquí, le digo con autoridad la comadrona.

—Por favor Eduviges, ayúdala —Ramiro, empapado en lágrimas se negaba a salir de la habitación.

—Lo haré, usted nomás rece mucho para que Dios nos ayude.

Ramiro salió del cuarto y en el corredor se hincó pidiéndole a Dios por que todo saliera bien; pero Esteban, sin comprender la situación, interrumpió sus rezos.

—No te preocupes Ramiro. Es cuestión de tiempo, no pasará nada malo, te lo digo yo que ya pase por eso y mira mis hijos y mi vieja tan sanos.

—Déjame solo por favor, Esteban, quiero rezar y rezar hasta que Dios escuche mis ruegos.

—Discúlpame, Ramiro, soy un imprudente, trato de darte ánimos y lo único que hice fue afligirte más con mis comentarios, te dejo solo.

44

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Ana María, por su parte, tuvo que dejar los nervios a un lado y ayudar a la partera en todo lo que le pidió. Era importante que entre todas ayudaran

a la llegada del bebé, pues Viviana estaba inconsciente y no podría hacer

la labor de parto. Tulita aprovechó para salir un momento a buscar a un peón y le mandó que avisara a La Encomienda pidiéndoles ayuda. El peón se arrancó a caballo, ni montura le puso, deseando que a su regreso su patrona estuviera bien. Al fin llegaron Jacinto y el doctor, este ultimo entró corriendo a la recámara, sin esperar verla desvanecida; y fue así, Viviana recobraba el conocimiento por momentos. Doña Eduviges le explicó todos los síntomas que presentó en el lapso de tiempo y, como él lo diagnosticó, el parto sería muy difícil. Ramiro le suplicaba al doctor que no dejara morir a su esposa. El doctor Neri se dio a la tarea de mantener a Viviana despierta, sin embargo la vio muy débil, le exigía que no se dejara vencer, pero sólo alcanzó a notar que Viviana movía la cabeza en respuesta a sus palabras.

—Tiene que cooperar, Viviana; ¡Tulita!, ¡señora! —dirigiéndose a Ana María—¡Mantengan despierta a Viviana!

Viviana comenzó el trabajo de parto y mientras estuvo consciente hizo lo que

el doctor Neri le pedió, pero a ratos sentía que las fuerzas la abandonaban,

tanto el doctor como las mujeres la veían muy mal y dieron por un hecho

que Viviana no resistiría.

—Ayúdeme, Eduviges, Viviana perdió el sentido, ya sabe lo que tiene que hacer.

Eduviges se le montó, presionándole el vientre, para la expulsión de la criatura, después de varios intentos lo logró; Ana María se encargó inmediatamente de la niña, que lloraba como si supiera que su madre la estaba pasando muy mal; Tulita, por su parte, iba y venía acarreado baldes de agua y mantas para la hemorragia que no lograban controlar; mientras, Eduviges y el doctor tratan de volverla en sí. Por instantes Viviana reaccionaba, pero su vida peligraba, luchaba contra la muerte pues no deseaba morir, pero la debilidad de su corazón y la tristeza no la dejaron luchar más.

No después de muchos esfuerzos, el doctor perdió toda esperanza de que Viviana sobreviviera, y por consideración a Ramiro lo dejó verla. No quería engañarlo y le dijo que más que hubiera perdido mucha sangre, su problema era el corazón. Ramiro entró desesperado a la habitación y la abrazó. Ella

al sentir el cuerpo de su esposo despertó, preguntándole por su hija, pidió

verla, y le suplicó a Ramiro que la cuidara y la quisiera mucho más que a ella. Él con un nudo en su garganta le aseguró que la niña se encontraba bien. Viviana perdió el sentido de nuevo; Ramiro, gritó pensando que había

45

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

muerto. Sin perder tiempo él doctor Neri la reanimó otra vez, y en ese momento llegaron Ernestina y Marcelo.

—Ramiro, cálmate, vas a asustar a la comadre con tus gritos.

Viviana, con la mirada les pidió que se acercaran.

—La niña, Ernestina…

—Aquí la tengo conmigo en mis brazos, Viviana.

—Cuídamela mucho, como si fueras yo; Marcelo, esa niña es mi vida; viviré en ella…

—Viviana, escúchame —Marcelo la tomó de la mano y ella perdió el sentido de nuevo—.

Ramiro gritó desesperado, el doctor intentó una vez más volverla en sí, pero su corazón ya no aguantaría otro desmayo.

—Amor, no te mueras no me dejes solo, estamos unidos uno al otro, me prometiste que todo saldría bien, ¡por qué no cumples tu promesa!

—Perdóname mi amor, ¿y la niña…?

Le pusieron a la niña en sus brazos. Con mucho esfuerzo la sostuvo ayudada por Ernestina. La bebé empezó a llorar y mientras la escuchaba, Viviana poco a poco cerró los ojos como arrullada por el llanto de la niña. Al verla, Ramiro no pudo controlarse.

—¡No Viviana, no, te quiero conmigo, a mi lado!, ¡siempre juntos como lo prometimos, háblame, abre los ojos, mírame!

—Llora, compadre, desahógate —Marcelo lo abrazó.

Ernestina le entregó la niña a Tulita, y entre todos prepararon a Viviana, para el velorio.

Nadie de los presentes tuvo tiempo de llorar, pues asumieron la responsabilidad de ser fuertes para Ramiro, que no paraba de llorar desesperadamente. Su tragedia y su llanto ya se escuchaban por toda Tierra Dorada.

Tulita se dedicó a la niña, la bañó, la vistió con ropitas del pequeño Tomás y tuvo que explicarle a su hija Miroslava, quien estaba muy asustada con tanto grito, qué era lo que había pasado con Viviana.

—¿Se murió, mami, por eso lloran y rezan?

—Si hijita, pero mira lo que nos dejó.

—Parece muñeca.

46

LibrosEnRed

Tierra Dorada

—Es una muñeca igual que tú.

—No llores, mamá, yo la voy a querer mucho como a mi hermanito.

Mamá Grande, llegó en compañía de los sirvientes de La Encomienda, Temo y su esposa Petrita, y al escuchar los gritos, supusieron que Viviana había muerto. Presurosos y angustiados por el dolor que se respiraba en el ambiente bajaron de la carreta.

Para cuando entraron a la casa, y subieron a la habitación, ya tenían a Viviana lista para el sepelio; Ramiro se encerró con ella, sin dejar de llorar, abrazado al cadáver; todos afligidos esperaron afuera del cuarto. Mamá Grande preguntó por la niña y Ernestina le comentó que estaba en manos de Tulita, que ella quería entrar al cuarto por ropa para la bebé, pero doña Aurora, con más prudencia le dijo que no era lo más correcto, que Ramiro no lo iba a permitir y decidieron mejor irse las dos, sin invitar a Ana María

a ver a la recién nacida. Por supuesto ella se sintió fuera de lugar en ese momento.

Marcelo estuvo con Ramiro en la habitación, y aunque no pronunció palabra alguna para ayudar a sanar la pena de su amigo, lo dejó maldecir y gritar todo lo que su amigo quiso. Esteban entró y salió del cuarto muchísimas veces sin saber qué hacer o decir. En una de las ocasiones que caminaba por los pasillos se encontró de frente con su esposa, quien le preguntó qué podía hacer para ayudar. Y sin esperarlo le dijo que él tampoco tenía en mente qué hacer.

—¿No crees que debamos encargarnos del sepelio —sugirió.

—¡Por supuesto!, ¿cómo no se me ocurrió antes?, así me gusta, que te me pongas abusada, mujer. ¡Ve por tu rosario y te me pones a rezar!

—Eso es lo que iba a hacer, sin necesidad de que me lo digas en ese tono.

A Ana María no le pareció la manera en que le habló, pero de Esteban se

podía esperar cualquier cosa. Marcelo salió para ver si ya tenían el cajón listo, y al verla con el rosario, la ayudó a hincarse. Toda la servidumbre y algunas de las mujeres de los peones que estuvieron pendientes de la salud de Viviana la acompañaron a rezar; mientras que Ernestina y Mamá Grande disfrutaban a la pequeña. Mientras admiraban la belleza de la recién nacida, Tina le comentó a su suegra que ante el lecho de muerte le prometió a su amiga que cuidaría a la nena como si fuera suya.

Todo aconteció con rapidez; Ramiro y Marcelo estuvieron juntos todo el tiempo, este último dio por hecho que había sido Jacinto quien se había

47

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

encargado del sepelio y cuando se le preguntó, se dio cuenta que Jacinto estaba molesto. Se me adelantó don Esteban —dijo—, en todo anda queriendo quedar bien con don Ramiro. Al conocer tal situación, le pidió que cualquier cosa que Esteban hiciese, se le fuera comunicado con la debida discreción. Pierda cuidado, don Marcelo, no le voy a quitar el ojo de encima.

Se llegó la hora del entierro. Ernestina y Mamá Grande fueron a La Encomienda a vestirse para el sepelio y los niños las acompañaron de regreso. Estuvo muy triste todo, el cura ofreció misa en el patio de la hacienda con muchos arreglos florales; todos los niños estaban muy tristes. Tulita no estuvo presente pues no sólo cuidó a su hijo, sino también a la niña, y desde su alcoba rezó fervientemente por el descanso eterno de su amiga. Partieron al panteón muchas carretas con gente del pueblo y campesinos, todos en verdad sintieron la inesperada muerte. Al término de aquél funesto día, Marcelo se quedó acompañando a Ramiro toda la noche.

Se llevaron a la criatura a La Encomienda, pues Ernestina notó que a Ramiro no le gustó escuchar el llanto. Luego de varios días permitieron que los niños estuvieran un largo rato con la pequeña.

—¿Cómo se llama, mamá?

—No lo sé, Leonelito, pero habrá que bautizarla pronto, ¿verdad?, ¿y qué nombre les gusta?

—Ninguno, todos los nombres de mujer están feos y la niña está muy bonita —Juan Andrés fue el más encantado de tener a la hija de sus tíos en casa, como él los llamaba.

Días después, aún con el dolor que tenía por la pérdida de su comadre y un poco de temor a la reacción de Ramiro, Ernestina se atrevió a preguntarle qué iban a hacer para el bautizo de la nena. Ramiro reaccionó a las palabras de ella y le agradeció profundamente todo el esfuerzo que había hecho por atender a la niña. Reconoció que no se había portado bien con ella y que apenas la había ido a visitar

—¡Qué ironía, tanto tiempo deseándola y mira lo que nos trajo, la muerte de quien le dio la vida!

—Tu hija no tuvo la culpa. Dios, el destino, la vida… nosotros, por no darnos cuenta que algo andaba mal. A todos échanos la culpa, pero a tu hija no, libérala de toda culpa, y te lo digo por tu bien.

Ramiro calló al escuchar esas palabras, no tuvo justificación para sus pensamientos, sólo sintió pena por él. Le dijo que buscaría al padre y le

48

LibrosEnRed

Tierra Dorada

pidió que fuera ella misma la que se encargara de todo lo demás, de la fiesta, del ropón, de todo lo necesario.

—Por eso no te preocupes, somos sus padrinos.

—Compadres por segunda vez, ¡como que se va amarrando más el lazo familiar!

—Y sobre todo de amistad, no lo olvides Ramiro.

Ernestina no pudo evitar decirle a Mamá Grande cómo había encontrado a Ramiro, y la alertó sobre los posibles sentimientos de él hacia la pequeña. No es para menos, hija —dijo la señora—, he perdido a mi esposo, a mis pequeños hijos los vi morir en mis brazos, sin poder hacer nada para arrebatárselos a la muerte. Años tardé en resignarme a ya no verlos más. Todavía en ocasiones, sentada en el jardín, siento su presencia, los veo jugar como lo hacían entonces, a mi esposo lo escucho llegar en su caballo hasta aquí. No acostumbraba ir al establo directo a dejar el caballo, venía de trabajar con tantas ansias de vernos… mi viejo adorado… aún lo extraño. Tina, prontamente, consoló a su suegra, le limpió las lágrimas y la abrazó.

—No se me achicopale, poco habla de sus penas y cuando lo hace le dura muchos días esa tristeza en sus ojitos. Bueno, bueno, dejemos eso, ¡fuera penas y a prepararnos para el festejo!

La semana de los preparativos, todos atareados, fueron y vinieron del pueblo; se mataron varios animales para la comida, se invitaron a todos los peones de las haciendas y a la familia más allegada. Aún y con que ya había pasado tiempo de la tragedia, Ramiro no daba señales de resignarse a su pérdida. Platicando con él días antes, Marcelo se dio cuenta de que su dolor cada vez se hacía mayor. Gracias, compadre, por preocuparte de m’ija, le decía con lágrimas en los ojos. Por supuesto Marcelo le pidió que no se lo agradeciera, pues bien sabía que le estaba haciendo un mal. Ramiro reconoció que tenía razón, pero definitivamente no tenía humor de nada, aún cuando su comadre también le había hablado de ello, y sabiéndose un ingrato para con su hija, le pidió a su amigo que lo dejara con sus penas, que no le hacía daño a nadie con eso.

—¿No, quién dijo? Nomás al único ser que lleva tu sangre y por lo visto eso no te llega a tus sentimientos.

—Échale, compadre, que no sólo me merezco regaños, sino leñazos y de mesquite.

49

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

—No si te puedo dar de leñazos como dices y abrirte la cabezota, pero ¿para qué?

Ramiro supo que estaba haciendo mal al descuidar a su hija, pero no pudo evitarlo, cada vez que la veía recordaba el momento en el que la muerte le había arrebatado a su esposa, y la tristeza se apoderaba de él.

Mientras tanto, Esteban dio por hecho que la muerte de Viviana le convino y aunque quiso sentir algo por la pérdida de ella, sus intereses estuvieron primero. Planeó todo un alegato convincente que le asegurase su estancia perpetua en Tierra Dorada. Al atardecer, mientras Ramiro caminaba por

los jardines, después de despedir a su compadre en el portón, presuroso lo alcanzó el licenciado llevando consigo los libros contables. Vi que Marcelo y tú estaban muy entretenidos hablando, y no quise interrumpir, quiero que

le eches un ojo a los últimos registros de utilidades de estos meses, le dijo

con premura.

A

esa fecha Ramiro había cambiado mucho su comportamiento, y si antes

lo

trató de manera condescendiente, viéndolo como un invitado, y evitando

agredirlo con comentarios mal avenidos o injustamente realizados, ya no

lo era más; y amargadamente le contestó si deseaba reconocimiento por su

trabajo. Ante esa respuesta, Esteban se sintió un poco afectado diciéndole que sus intenciones no eran tales.

—No te hagas, lo sé, Esteban, como también sé de tu lealtad, tu comprensión, tu ayuda en los momentos que la he necesitado.

Al instante y con un semblante amigable, continuó diciendo una sarta de angustiosos comentarios fuera de lugar, pues le recordó lo sucedido en la capital e incluso hizo descripción absoluta de la muerte de Viviana. Ramiro sólo optó por decir que cambiase de tema, hundiéndolo en la depresión inmediatamente. Perdóname soy un torpe —dijo— yo sólo quiero que te animes un poco, quise distraerte con los asuntos de la hacienda; como te veo tan decaído, sin interés en nada.

Ramiro, en su afán por no ver gente en la hacienda, confiado le informó

a Esteban sobre el rancho Los Capullos, pidiéndole que ocupara aquella

casa, junto con su familia, para que estuvieran más cómodos. Irónicamente era lo que Esteban había estado esperando con ansias, pero fingiendo una

humildad que estaba lejos de sentir, le dijo a Ramiro que no sabía si era una buena idea, pues no poseía trabajo y no deseaba encariñar más a su familia.

—¡Qué torpe soy, tú trabajando para mí y sin recibir paga!

50

LibrosEnRed

Tierra Dorada

—No, otra vez con ofensas, con tu hospitalidad me doy por pagado, eres

mi amigo.

—¿Quieres trabajar conmigo?

—Pero si no necesitas a nadie, llevas todos los asuntos muy bien; ahorita porque andas triste y deprimido, pero saliendo de ese estado, ¿para qué me quieres?

—No me estorbas, pero si no te interesa el jale, ni hablar, tú decides.

Se retiró, entró a la casa con el apetito de vino; Jacinto lo vio y le pidió amablemente que no tomara más, pero este se negó ignorando completamente los consejos del hombre. Subió a su habitación, se encerró

a beber hasta emborracharse, ni siquiera bajó a cenar esa noche y así siguió todos los días.

Esteban estaba muy satisfecho de su buena e hipócrita actuación, así que se dirigió al cuarto donde se estaban quedando y le dio la noticia a su familia del cambio de casa, pero sólo se dignó a comunicarles que empacaran todo,

sin dar más detalles; los niños, emocionados, dieron brincos de alegría pues

al fin, después de mucho tiempo, tendrían su propia casa. Les dijo que era importante ir a limpiarla porque seguramente estaría llena de tierra y animales ponzoñosos.

—Entonces yo me quedo aquí, tengo miedo —señaló Yara al escuchar a su padre.

—Tú tienes miedo de todo, niña, hasta de bostezar, pero aquí me dejas a un lado tus sonseras, aquí se hace lo que yo mande, ¿me entendieron todos?

Ana María siempre soportó el maltrato de su marido hacia Yara, nunca pudo defenderla por temor a que Esteban la golpeara y aunque jamás lo había hecho, su miedo estaba latente en cada discusión. Cuando llegaron

a la hacienda Los Capullos, Esteban los dejó ahí para que se hicieran cargo del arreglo.

La casa estaba abandonada, pero era bonita, no muy grande: tenía su

establo con corrales y gallineros, algunos árboles frutales. A los niños les

agradó mucho y empezaron a limpiarla muy animados. Ana María encontró que una de las camas estaba sacudida, como que alguien estuviera yendo

a recostarse allí, luego pudo ver que había huellas de caballos por todo el patio; tuvo miedo, pero no se los dijo a los niños para no asustarlos.

Limpiaron lo más que pudieron, pues por el hambre que sintieron a medio día y el trabajo, se les agotaron las fuerzas.

51

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Esteban regresó a Las Bugambilias y se sentó a comer en la cocina con Jacinto

y Tulita, y estos al verlo tan desinteresado del paradero de su gente le

preguntaron de buena manera por Ana María y los niños, pues los echaron

de menos a media mañana; éste les explicó dónde era que se encontraban,

y el porqué; el ama de llaves, angustiadísima pues estaba al tanto de que

no habían comido, se acomidió a preparar una canasta de alimentos y agua para que fuese el mismo Esteban a llevárselas, pero se negó alegando que tenía muchas cosas más importantes qué hacer.

Jacinto se ofreció a llevarles las provisiones, mientras que Esteban terminó

de comer muy tranquilo. Al salir él de la cocina, Tulita y Jacinto se quedaron

a disgusto por lo sucedido.

—Nomás de verlo tragar tan tranquilo, sabiendo a su familia pasando hambre, me dio asco.

—Es muy socarrón, vieja, a mí hasta mal me cae, tiene algo que hace que se me hinche el hígado, ¿qué será, quién sabe?, pero me revienta. Bueno, me voy, échame la bendición.

Al medio día, por el sendero a La Encomienda se encontraron Marcelo y Ramiro, sin proponérselo ninguno de los dos. Este último le confió a su amigo la primicia: que andaba en auge ya que su hacienda era la primera en la región que tiene como empleado a un administrador.

Marcelo, un poco herido con su compadre, dio su opinión respecto al hecho, y siguió firme de que todo eso sólo fue y seguiría siendo un ardid del nuevo administrador de Las Bugambilias. Pero en mí no pensaste, hemos estado en las buenas y en las malas, juntos, nunca hemos necesitado a nadie para salir de apuros, pero ese ha visto la forma de que te sea indispensable, y lo consiguió, le dijo con algo de pesadumbre.

Ramiro se agarró el pecho tomando el antiguo camafeo de su mujer, recordándola con lágrimas.

—Con Viviana o sin ella, vino para quedarse y de alguna forma hubiera buscado la manera —le dijo Marcelo viendo a su compadre cómo se regodeaba en su tristeza.

—No lo creo capaz de

—Ése es capaz de todo por dinero, y el tiempo me dará la razón, ya lo verás.

Mientras tanto, Jacinto había llegado a Los Capullos y buscó a la familia de Esteban. Finalmente los alcanzó con la canasta y los niños saltaron de alegría, pues el hambre que sentían ya era insoportable; y pudo observarlo, pues merendaron con ansias; luego entre todos asearon la casa hasta estar

52

LibrosEnRed

Tierra Dorada

lista para habitarse. No se me preocupe doñita, si don Esteban no viene por ustedes, yo vengo, le dijo Jacinto con una mirada compasiva. Ana María agradeció el apoyo, pues sin esa ayuda no hubiera podido terminar de alzar la casa, para cuando su marido regresase por ellos.

Después de la desavenencia entre los dos amigos, Marcelo quiso limar asperezas y convenció a Ramiro de ir con él a La Encomienda para ver a su hija. Ahí se pasó toda la tarde con ella, lo invitaron a quedarse unos días y un poco comprometido aceptó, aunque parecía que le estaba despertando el instinto de padre. Eso alegró mucho a la familia, sin embargo no lo tomaron con demasiado entusiasmo, ya que su carácter de ahora no les daba la seguridad de saberlo repuesto de la pérdida. ¡Qué preciosa es!, ¿verdad hijo?, igual que su madre, le dijo doña Aurora, con la confianza de hablar de Viviana, como ya un buen recuerdo.

—No, Mamá Grande, como mi esposa, ninguna.

Ella y su hijo Marcelo se miraron al escuchar eso, pudiéndose dar cuenta que así pasasen mil años Ramiro no se recuperaría.

—Veré que te preparen la habitación, compadre.

—Sólo estaremos aquí hasta el bautizo, luego nos iremos.

Marcelo mandó a Petrita preparar la habitación para su compadre y con gusto lo hizo pues, como a todos, ella también sintió un gran cariño por la pequeñita, y le pareció muy injusta la actitud que Ramiro había tomado en su contra.

Ernestina no podía creer el cambio de Ramiro y le preguntó inquieta a su marido si en verdad se quedaría a pasar unos días en la hacienda, ya que desde la muerte de su amiga Viviana a él no le había importado nada, incluso había hecho a un lado a su propia hija. Marcelo la tranquilizó diciéndole que él consideraba que su amigo ya había entrado en razón.

Se llegó la fecha del bautizo; hasta ese día supieron el nombre que llevaría la pequeña de los Montemayor; Alisa, así la llamarían, el padre ofició la misa y luego se fueron a La Encomienda, a la celebración que en su honor habían preparado; los niños estaban contentos; sobre todo Juan Andrés, que desde que la niña llegó a la hacienda la cuidó con mucho cariño, hasta les hizo comentarios que a todos arrancó risas, inclusive al propio Ramiro.

—Tío Ramiro, cuando yo sea grande, deseo casarme con Alisa.

El aludido, asombrado, le señaló que era demasiado pronto para pensar en un matrimonio, pero sí insinuó que gustoso aceptaría aquel deseo. Padrino,

53

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

eso está diciendo desde que la vio, pero a lo mejor y es conmigo con quien se casa; yo soy mayor que él, argumentó Leonel con el orgullo de ser el primogénito.

Molesto, Juan Andrés arremetió contra su hermano por aquél comentario, objetando que nadie podría quererla como él. Nada me gustaría más que así fuera, así no se quedará sola el día que yo falte, concluyó Ramiro con un largo suspiro.

54

LibrosEnRed

iii. Promesa rota

Los años pasaron rápido en Tierra Dorada; Ramiro en ese tiempo se sumió en profundas depresiones y cuando eso ocurría, dejaba a Alisa al cuidado de sus amigos en La Encomienda para evitar que no lo viera así; ella en su inocencia se alegraba de estar ahí, a todos les tomó mucho cariño, en verdad los vio como a su verdadera familia; siempre fue una niña muy inquieta y traviesa, los traía vueltos locos, en especial a Juan Andrés y a Mamá Grande, ya que siempre prefirió ciertas actividades que a los chicos les gustaba hacer, como ir a bañarse al río, montar a caballo, ir al campo “a trabajar”, según ella, ver parir a los animales, asistir a la escuela aunque fuera de oyente.

El más paciente con ella era Juan Andrés, que no le importó nunca las burlas de sus compañeros al decirle pilmama; además a Alisa no le gustaba separarse de él; cuando se llegó a dormir en la clase, él la cargaba, y en ocasiones, sin avisar a nadie, la chamaca se desaparecía y la encontraban en alguno de los jacales de los peones jugando con sus hijas. Se intercambiaban la ropa y aparecía vestida como hija de campesinos, no faltaba quien la peinara con unas hermosas trenzas que hacían que realzara más lo hermosa que era. Tanto ella apreciaba a la gente de ahí, como ellos la querían, demostrándole mucho aprecio; siempre la cuidaron con excesivo respeto.

Ernestina y Marcelo vieron con agrado que Juan Andrés siguiera con la idea de casarse con ella cuando tuvieran edad, pues ése era el deseo de Viviana y de la propia Ernestina. Aunque el muchacho no se lo comentó a nadie, lo recordaba. Otro que pensó desde siempre en Alisa fue Julián el hijo de Esteban, que sintió envidia desde niños por todo lo que Juan Andrés hacía o tenía; y aunque ellos pelearon en varias ocasiones, por motivos aparentemente sin importancia, continuaron considerándose amigos; sin embargo Alisa los estaba convirtiendo en rivales sin saberlo. Por otra parte, Leonel y Yara se tomaron cariño, y a pesar de que ella era de la edad de Juan Andrés, siempre jugaron juntos; los dos eran muy reservados, nunca dejaron ver sus sentimientos, entre los dos hubo algo especial desde pequeños.

Por su parte Ana María siguió aguantando a Esteban que cada día estaba peor, su avaricia no les permitió llevar una vida digna, carecieron de todo,

55

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

y su lema era ”hay que guardar para la vejez”. Ni Ramiro, ni Marcelo, lo

hicieron entender que su familia tenía necesidades. Por eso Ernestina, que se caracterizó siempre por ser una mujer bondadosa, les hacía regalos en

sus cumpleaños, aprovechando para comprarles zapatos y ropa; ya que, aunque Ana María hacía todo lo posible para presentarlos siempre limpios, sus ropas solían verse desteñidas y pasadas de moda. Y qué decir de ella, la mujer no dejaba de lucir hermosa a pesar de no contar con buena ropa

y la poca que tenía ya presentaba sellos de mucho tiempo de uso. Pero

el primero en reconocerle su belleza era Marcelo, que si bien nunca se lo comentó a nadie, sí lo hacía para sus adentros.

De igual manera Ana María veía en Marcelo al hombre ideal como esposo

y padre de sus hijos, lo cierto era que por Esteban no sentía nada más que

asco y repulsión y si aguantaba maltratos y carencias era porque sabía que no tenía a dónde ir, aunque en muchas ocasiones pensó en desertar de ahí con sus hijos y no volver a saber de él; pues estaba consciente de sus tretas y de que los mantuvo a todos engañados con su falsa lealtad; qué lejos estaban de imaginarse sus verdaderos propósitos, ya que para ese entonces había conquistado no sólo a Mamá Grande, sino a sus parientes, como también a todo el pueblo. Era un hombre querido y respetado.

Todo parecía ir bien y aunque Marcelo siempre dudo de él, cayó en su juego sin sospecharlo, supo desde el primer momento que no era un buen esposo, ni mucho menos un padre ejemplar, pero lo respetó siempre, pues esa era su vida privada. No obstante siempre estuvo al tanto de Ana María y los niños. Por supuesto, no lo hizo tan abiertamente como su esposa Ernestina, para evitar malos entendidos, pero siempre se prometió a sí mismo, velar por ellos.

Pasaron los años. Los niños se hicieron unos hombres de bien, guapos, trabajadores, honrados; las niñas, unas bellas jovencitas que traían locos

a todos los muchachos casaderos del lugar. Miroslava y Yara empezaron

a asistir a los bailes del pueblo, y participaban en actividades en las que

Alisa aún no encajaba, pues al ser más joven que ellas, no podían llevarla consigo. Pero ella esperó con ansia el día en que se convirtiera en toda una mujer. Siempre fueron muy buenas amigas, se quisieron mucho y nunca dejaron de estar las tres juntas; Leonel, Juan Andrés, Julián, Ignacio, amigo del pueblo, y el pequeño Tomás, hermano de Miroslava, mantuvieron una

gran amistad, a pesar de sus diferencias. Al paso de los años, con tanta insistencia de Juan Andrés de casarse con Alisa, provocó que la pequeña, al entrar en la adolescencia, soñara con ese día y aunque nunca lo dijo, Juan Andrés era su primer y único amor. Pero Alisa tardó mucho en crecer y para

56

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Juan Andrés sus necesidades habían cambiado, por eso, sin pretender herir los sentimientos de la pequeña, y sin poder controlarse, tomó a Berenice como su concubina; una muchacha desamparada a causa de su reciente orfandad, El ser la querida del hijo del patrón le aseguraba su futuro; cosa que algunos hombres en ésa época, y de acuerdo a la edad, acostumbraban, sin ser mal visto por nadie. Sin embargo, pese a todo, Alisa pasaba sus días soñando con que él le propusiera formalizar su relación. Pronto cumpliría sus quince años y estaba segura que ese día sería el más feliz de su vida.

Leonel, por su parte, así de coqueto como era, se emocionó con una bella mujer, haciéndoselo saber a su hermano semanas antes del festejo de Alisa, por supuesto sin dar señales de quién se trataba. Su hermano le dio algunos consejos y se pasaron un buen tiempo pensando en el gran día. Los preparativos estaban casi listos, sólo faltaba el hermoso vestido confeccionado con las telas más finas encontradas en la capital; pues Ramiro no reparó en gastos, y todo lo que Alisa pidió le fue dado.

Pero no todo era alegría, un nubarrón se estaba formando ya en el cielo. A Juan Andrés le fue muy difícil esperar a que Alisa cumpliera sus quince años, pues sintió que para él siempre sería una niña; sin embargo, no quería lastimarla y aunque tuvo ciertas relaciones al pasar de los años, Alisa jamás se imaginó por ningún motivo sepárese de él, nunca se dio cuenta que algo los había alejado ya, pues estaba muy entretenida con su fiesta.

—Ya llegaron las telas y encajes, Alisa —le comentó su madrina Ernestina, por lo que ella emocionada la abrazó—, ya no te preocupes mi amor, Ana María es muy rápida, verás que en unos días te lo tiene listo.

Emocionada sacó las telas, los encajes, y como toda una chiquilla, se las echó encima, modelándoles a las presentes, junto con los accesorios, últimos diseños en la moda capitalina; a Mamá Grande la mantuvo fascinada por mucho tiempo; viéndola caminar de arriba abajo recordó sus tiempos de doncella. ¡Pero qué bonitas están, hija, lo hermosa que te vas a ver con ese color, ya te puedo imaginar!, le dijo con verdadero entusiasmo.

—Ojalá, Mamá Grande, quiero lucir lo mejor que se pueda, no quiero que Juan Andrés se desilusione.

Ernestina se sorprendió y miró de reojo a su suegra, que también se notó extrañada.

—¡Niña! Sólo piensas en él, no te aferres tanto.

—No me aferró, Mamá Grande, lo quiero, que es diferente —doña Aurora no siguió insistiendo con el asunto, sólo el tiempo diría si aquel cariño sobreviviría.

57

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Las dos pudieron darse cuenta del tono en que dijo “lo quiero” pues sonó con una emoción diferente, otras veces lo había dicho, pero no como en ese momento, se miraron nuevamente a los ojos y en silencio comprendieron lo que cada una de ellas pensaba.

—Vamos madrina, estoy ansiosa, doña Ana María me dijo que en cuanto estuvieran las telas se las llevara.

Llegaron a Los Capullos rápidamente; Ana María se ofreció a hacerle su vestido de fiesta desde que Mamá Grande, en uno de sus cumpleaños, le regaló la máquina de coser; a partir de entonces se dedicó a la costura y así se ayudó con el gasto de la casa; pues era bien sabido que Esteban lo que tenía de trabajador lo tenía de avaro.

Con las medidas no pecó de ignorante, ya que era ella quien le había hecho todos sus vestidos hasta la fecha; en el diseño no se orientaban, pues los modelos que Alisa dibujó eran muy atrevidos. Quiero lucir diferente, no como una niñita tonta y sin chiste, madrina.

—Ernestina, a mí me parece bien que aprenda a lucir sus encantos, no quiero imaginarme que acabes como mis sobrinas –comentó Mamá Grande con algo de preocupación.

—Por eso sigo sus consejos, Mamá Grande, y al pie de la letra, ni tía juliana, ni tía Francisca quieren enseñar nada, por eso no hay galanes para ellas — todas rieron de las ocurrencias de la niña.

En ese momento llegó Yara para apoyar a su amiga en el diseño de su vestido, asegurándole que era tan bonita que no era necesario que mostrara sus encantos para dejar boquiabiertos a los invitados. Finalmente Ernestina le dijo que el vestido se haría como ella quisiera y Ana María le aseguró que en tres días lo tendría listo para la prueba. Yara le prometió que ayudaría a su mamá para que lo terminaran lo más pronto posible.

Les invitaron a tomar un café y aceptaron encantadas, Alisa le pidió a Yara salir al patio para platicar sobre las buenas nuevas de la tertulia del domingo al que ella no pudo asistir. Comentaron de todos los detalles, hasta los mínimos, Yara le contó que Leonel le pidió bailar todas las piezas musicales, que ya las había escrito en su carnet, guardando para el último la primicia que Alisa quiso escuchar desde el inicio. ¿Ya son novios? —preguntó ansiosa—. La respuesta fue clara, la sonrisa de Yara era inconfundible.

—Me alegro por ti, amiga, desde niños se quieren tanto, igual que Juan Andrés y yo, sólo espero el día de mis quince años, estoy segura que me pedirá que sea su novia.

58

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Yara calló, pues no estuvo segura de decirle a su confidente que su querido Juan Andrés se había entusiasmado con Fabiola, la hija del boticario. Tal vez, pensó ella, esa relación no se daría. Se quedó sumergida en sus pensamientos y Alisa lo notó, justificándolo con que tal vez su amiga estaría preocupada por cómo le iba a decir a su madre de su reciente relación. Yara aprovechó la idea de Alisa para contarle que lo comentaría hasta que estuviera segura de que Leonel la amaba tanto como ella a él. Alisa dudó porque ella lo conocía bien y sabia que el amor que él tenía por su amiga sería para siempre.

—Los hombres cambian de sentimientos —expresó con la intención de abrirle los ojos sutilmente, pero el corazón de Alisa no la dejó ver más allá—, ya ves que a Miros no le ha ido nada bien en sus conquistas.

—Porque no se ha enamorado, cuando lo haga sabrá como retenerlo –dijo con los ojos entornados.

Al siguiente día, Juan Andrés buscó a Alisa para decirle que ya tenía novia, pero la encontró platicando con Julián y optó simplemente por saludarlos, siempre le dio cólera encontrarlos platicando solos, pero nunca supo el porqué.

—¿Qué se te perdió, Juan Andrés? —le preguntó en tono de reto.

—Lo mismo que a ti —dijo, haciendo rabieta por la altanería del hijo de Esteban.

—Pero yo la encontré primero — y se acercó más a ella, como diciendo que era de él.

Alisa no se percató del duelo entre ellos; e ingenua continuó diciendo que era Juan Andrés el que estuvo perdido.

—en ese instante fue

—Alisa, no ves que anda de enamorado de

interrumpido por su padre que desde lejos le gritó que regresase al trabajo—. Luego te veo preciosa —la abrazó, dándole un beso en la mejilla,

y se retiró dejando a Juan Andrés molesto.

—Bueno, ya quita esa cara, le has tomado una aversión al pobre de Julián últimamente.

—Es un igualado, te habla como a todas.

—¿Apoco tú me hablas diferente que a las demás muchachas que conoces?

—Tú eres diferente —contestó sintiendo su corazón latir acelerado.

59

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Incitante y coqueta preguntó porqué era diferente para él; cortante y audaz respondió que no lo sabía, provocando que ella siguiera acosándolo con el tema.

—Ya te dije que no lo sé; dejemos eso, ¿quieres? Mamá me mandó a decirte que ya tiene todo listo para tu cumpleaños.

—Tengo el presentimiento que mi vida cambiará a partir de ese momento —dijo soñadora mientras que tomaba un ramito de bugambilias.

—Tanto que quise que fueras grande, y ahora con todos los enamorados que tienes, ya no me gusta nada.

Alisa sonrió, con palabritas mansas pidió que le nombrase a sus pretendientes. Empezó mencionándole a Julián, luego a Ignacio; aparte más de cinco del pueblo, que cada vez que lo veían le gritan cuñado o primo. Esto la entusiasmó, e inquirió si estaba celoso, la respuesta fue de afirmación, alegrándola aún más. Y aunque pudo continuar con las preguntas que pusieron nervioso al agraviado, al aparecer Ramiro en la escena, optó por no continuar. Pretexto que sirvió a Juan Andrés para distraer la atención del tema y decirle a su tío que su papá quería verlo para ultimar los detalles del festejo.

—Dile que le caigo por allá más al rato, Juan Andrés.

—Papá, entonces me voy con Juan Andrés y me vengo contigo en la noche.

—Como tú quieras, m’ija.

Juan Andrés la subió a su caballo, pidiéndole que se agarrase con fuerza de él; pronto llegaron al sendero hacia La Encomienda; el galope del caballo hizo que se unieran de tal forma que sintió el cuerpo de Alisa pegado al suyo de diferente manera; ella por su parte fue disfrutando del momento juntos y del grandioso clima, cosa que provocó un agradable deseo de los dos de chapotear en el río como siempre lo hacían. Todavía lleva mucha agua el río, Alisa, no creo que sea conveniente que nos metamos, como siempre te ha dado miedo que suban las aguas…, le dijo con espíritu protector.

—Pero debo de aprender a superar mis miedos, ya no soy una niña, recuérdalo.

Se desvistieron como siempre cada uno por su lado sin morbosidad alguna; luego se metieron al río. Juan Andrés la tomó de la mano una vez que estuvo con ella en el agua, pues el agua aún estaba picada por las lluvias del temporal. Te estás volviendo valiente, Alisa, espero que a las víboras les hayas perdido el miedo también. Ella contestó franca que tal vez aquél miedo no lo superaría jamás, dando hincapié a ser víctima de una burla

60

LibrosEnRed

Tierra Dorada

por parte de su acompañante al decirle, solemne, que unas víboras se aproximaban hacia donde se encontraban. Audaz y decidida negó todo aquello. ¡Sólo quieres asustarme!, le expresó.

Al fallar su intención, este le invitó a una competencia de nado; encantada aceptó, pero por obvias razones, no ganó. Algún día te voy a ganar, Juan Andrés, y no sólo en esto sino en todo —dijo Alisa.

—¿Y piensas que me voy a dejar?

—Estoy segura que no, así no tendría chiste.

—Nunca —indicó el aludido, lanzando un poco de agua a los ojos de amiga.

—No digas nunca. ¡Alcánzame si puedes! —supo, al avanzar un poco, que le siguió lento, para dejarse ganar por ella.

—Ya no quiero que hagas eso, Juan Andrés.

—¿Qué?

—Verme como una niña tonta.

—Niña tal vez; pero tonta, no.

Siguieron disfrutando del momento, luego, atónitos, escucharon ruidos extraños, como si alguien anduviese espiándolos. Juan Andrés salió del río a investigar de quién se trataba, pero no vio a nadie; al momento de regresar observó unas víboras en agua; ella volteó por inercia a donde él miraba, al saber que era lo que la rodeaba sintió miedo, pero prontamente fue auxiliada por su gran amigo, quien abrazándola la aproximó a la orilla; Alisa se unió a Juan Andrés con un abrazo tan fuerte que ni aún estando afuera lo soltó.

—No que muy valiente…

—Me dejaste sola.

—Perdóname, Alisa.

—Prométeme que nunca me dejaras sola, Juan Andrés.

—Cálmate Alisa, siempre estaré a tu lado.

El contacto de su cuerpo lo inquietó intentando separarse de ella; pero Alisa se aferró más a él, estremeciéndose. La levantó y aún temblorosa por el susto se dirigieron hacia los matorrales donde estaban sus ropas. Juan Andrés se le quedó mirando mientras se vistió, su cuerpo ya no era el mismo, su escasa ropa húmeda lo dejó ver una mujer de la cual, hasta ese momento, no se había percatado. Es como mi hermana —pensó—. Se vistió lo más rápido que pudo evitando seguir con aquél pensamiento, luego se fueron

61

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

a La Encomienda. Todos los vieron llegar, escurrían agua de lo mojados que

estaban; Mamá Grande y Ernestina al mirarlos así se preocuparon mucho por las ilusiones que sabían que la chica se había hecho con él, y lo peor de todo era que se enteraron por boca de Leonel que Juan Andrés andaba entusiasmado con Fabiola, la hija del boticario. Sintieron pena por ella, y se acercaron amorosas.

—Como cada año, hija, aquí será tu cumpleaños.

—Y mañana vas por tu vestido —interrumpió doña Aurora.

—Sí, mamaíta, ya doña Ana María me mandó decir con Yara que lo tiene listo.

Ernestina le pidió que se cambiase de ropa, pues pensó que podría enfermar de gripe, ya que las ropas de los dos estaban sumamente mojadas. Juan

Andrés le dijo que fuera ella primero quien lo hiciera; y sin sospecharlo, fue observado por Mamá Grande, que notó la manera en la que él miraba

a Alisa. ¿Bonita, verdad Juan Andrés?, le susurró al oído, sorprendiéndolo.

—Siempre lo ha sido —contestó.

Ernestina los dejó solos con la intención de que doña Aurora averiguase de los sentimientos de su nieto. Mamá Grande lo abordó con preguntas que el

muchacho ya esperaba sobre su supuesto amorío con una chica del pueblo. Juan Andrés dijo todo lo que su abuela quería saber sobre ese asunto, y le dejó claro que su cariño por Alisa sólo era de hermanos; esto último aturdió

a la señora, pues por años supusieron que el cariño que se tenían de niños terminaría en matrimonio. Lástima que cumpla apenas quince años, pensó en voz alta la abuela.

—¿Por qué lástima, Mamá Grande?

—Por años te escuché decir que te casarías con ella cuando fueran grandes, pero me parece que ya no piensas lo mismo.

—Alisa es una niña, Mamá Grande.

Ernestina los interrumpió inoportunamente, pidiéndole a su hijo fuese a arreglase para la comida. Cuando Juan Andrés las dejó solas empezaron

a comentar sobre él y lo que para sus ojos estaba sucediendo entre ellos. Entonces es cierto lo que nos dijo Leonel. ¿Y Alisa?

—La quiere como una hermana —concluyó doña Aurora con un dejo de tristeza en su voz.

62

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Alisa aún se estaba bañando y sin querer Juan Andrés entró al cuarto de baño justo cuando ella salió de la tina. Al verlo se asustó pegando un grito. Juan Andrés le pidió disculpas por su descuido y ella, pudorosa, se cubrió con una de las mantas recriminándole su falta. Avergonzado por lo sucedi- do, siguió pidiendo disculpas por la intromisión y nervioso se volteó para no verla.

—¡Ay, sí! Muy nervioso, pero sigues viendo como si nunca me hubieras visto antes.

—¡Desnuda, no! —dijo riéndose, provocando que Alisa se enojase.

—Ya vete.

—Está bien, no hagas tanto escándalo, se van a enterar todos.

La dejó sola, sintiendo que su cuerpo temblaba sin poder controlarlo, su corazón se desbordó por la emoción; por supuesto a ella no le pareció nada incómodo lo sucedido, ya era una mujer. Salió de la tina y se fue a la habitación que siempre ocupó desde niña. Petrita entró al cuarto con el vestido planchado, sin sospechar lo ocurrido. A ver si este te queda niña, con eso que todos los días das de sí, te estás quedando sin vestidos, le dijo sonriendo. Alisa le afirmó lo dicho por ella explicándole que ya se sentía tan diferente por dentro, como se veía por fuera, dando pie a que la nana hablara del sinfín de pretendientes que pronto tendría; pues se estaba convirtiendo en una hermosa señorita que, por fuerza, medio pueblo masculino la cortejaría. Pero a mí no me interesa nadie ma´Peta —concluyó Alisa. Petrita la retó a que en cuanto viera a la cantidad de muchachos guapos que había por las haciendas, seguramente su corazón palpitaría bien fuerte por más de uno.

No siguieron hablando de ese tema; la nana le ayudó a peinarse y vestirse. El peinado fue diferente a los de siempre y Petrita, al verla tan bonita, le preguntó si tal vez ya quisiese utilizar el colorete de su madrina Ernestina; Alisa se negó, pues según ella, lo usaría hasta su cumpleaños. Para cuando bajaron, Juan Andrés ya estaba listo; y al verla clavó su mirada en su caminar, que desde ese día empezaría a notar con más frecuencia. Qué diferencia de como llegaron, luces hermosa, hija, le dijo Mamá Grande. Alisa sólo sonrió, mirando a Juan Andrés que, fijo, siguió observándola.

—Igual que siempre, Mamá Grande —expresó él, revelando en ella un nerviosismo.

Ernestina ya estaba nerviosa por la ausencia de Leonel, que a últimas fechas acostumbraba llegar tarde; le pidió a su hijo que fuese a buscar a su hermano, pero Alisa lo alcanzó, ella sabía que sus ausencias se debían a que

63

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

se veía con Yara, pero no se lo dijo a Juan Andrés, pues el ausente le había pedido que guardara en secreto su amorío con la hija de Esteban.

—Seguro se entretuvo con alguna muchacha de por aquí, Juan Andrés.

Este, audaz, retó lo dicho por Alisa alegando que no podría ser posible, pues su hermano no escondería tal hecho, como tampoco tendría por qué no decírselo a él, dejándole claro que ellos más que hermanos eran cómplices en todo. Alisa tentó su susceptibilidad argumentando que no tenía por qué decirle todo lo que hacía. A Juan Andrés no le gustó la manera en que habló de Leonel, sembrando en él la suspicacia.

—Allá viene, Juan Andrés.

Leonel bajó del caballo; apresurado, pero con una sonrisa que jamás antes había expresado.

—Mamá estaba preocupada, hermano.

—No es para tanto, Juan Andrés.

—Ve y díselo a ellas, anda.

—Capaz y me agarren a nalgadas entre las dos

Todos rieron. El ambiente que se respiró aquella tarde en Tierra Dorada era muy agradable, Leonel abrazó a Alisa para entrar a la casa grande, y esto inquietó a Juan Andrés, pero no dijo nada. Ramiro llegó poco después, cenaron en el patio todos, y en la sobremesa ultimaron los detalles de la fiesta. Marcelo y Ramiro terminaron en el despacho revisando pormenores de las haciendas y, sin proponérselo, la conversación los llevó al pasado.

—Mi adorada Viviana… puedo imaginármela ahora haciendo los preparativos del festejo.

—Compadre, no se me acongoje ahora, la chamaca está feliz, que no lo vea con esa cara, no la vayas a agüitar.

Se tranquilizaron los ánimos entre ellos y los melancólicos recuerdos desaparecieron; al ver a su amigo de nuevo contento, Marcelo decidió darle una noticia que asustó inconmensurablemente a su amigo. Le había llegado un comunicado en el que le pedían que se presentara de inmediato en el Palacio de Gobierno. Una pausa de silencio se vivió en la habitación, pues le fue obvio a Ramiro que se trataba de aquél asunto que había sido ya enterrado. Al ver que su compadre se había puesto lívido, Marcelo rápidamente le explicó que todo era por la propuesta que le habían hecho para la alcaldía del pueblo. La preocupación de Marcelo era que no sabía cómo se iba a zafar de ese compromiso que le quitaría tiempo para sus

64

LibrosEnRed

Tierra Dorada

ocupaciones y por otro lado la política jamás le había atraído. Ramiro respiró profundamente cuando supo el motivo del escrito.

—En eso te doy la razón —expresó—, las tierras van pa’rriba día con día y están agarrando fama, ya ves no hay ocasión que no lleguen peones nuevos buscando trabajo.

Ramiro olvidó lo que le alteró por momentos los nervios y continuaron la plática hablando de la infinidad de personas, que con esperanza de una vida mejor, buscaron trabajo en la región, quedándose sin abasto de las viviendas que construyeron para la temporada de cosechas que estaba próxima.

—Vamos con las mujeres, compadre —Marcelo se levantó de su silla.

—Espérate; convídame una copa.

—Pero no le vayas a seguir

—Ya pasó ese tiempo y créeme, compadre, una de las cosas que más les agradezco es el que me sacaran del vicio que me estaba matando.

Marcelo le dio la mano en símbolo de la amistad que los unía. En eso entró Alisa para decirle a su padre que ya era tiempo de retirarse, dejando inconclusa la invitación de la copa de vino.

Se despidieron de todos y quedaron las mujeres en que se verían en casa de Ana María a la mañana siguiente, para las pruebas del vestido. En el camino a Las Bugambilias, Alisa se acostó en la parte de atrás de la carreta ya que siempre le gustó ir así; mirando las estrellas, soñando con el amor. Le confesó a su papá que ya le gustaría tener un novio y que estaba segura de que Juan Andrés se lo pediría muy pronto. Las palabras de su hija lo tomaron por sorpresa, pues aún cuando en la familia se habló siempre de los sentimientos de Juan Andrés por ella, la vida daba muchas vueltas y así se lo hizo saber a su pequeña, aunque ella le aseguró que el amor entre ellos no había cambiado nunca, y que sólo era cuestión de tiempo.

—Sabes que nada me haría más feliz que verte casada con uno de los hijos de mi compadre.

—Lo sé, papá, por eso no pienso en nadie más que en Juan Andrés.

Alisa se levantó muy temprano y junto con Miroslava y Jacinto fue al pueblo a dejar las últimas invitaciones; al doctor Neri, al padre, y a su amigo Ignacio, que tenía tiempo de no verle. Ya de regreso a la hacienda, llegaron de paso al almacén por artículos de belleza; al arribar a Las Bugambilias, Tulita les tenía la comida lista y de prisa se alistaron para ir a recoger el ajuar a Los

65

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Capullos. Tendré que acostumbrarme a confeccionarte vestidos de toda

una dama, le comentó Ana María con una sonrisa en los labios. El vestido

le quedó perfecto; se sintió soñada e imaginó cómo sería el momento en

el que Juan Andrés le propusiese ser su novia. Yara recordó que tanto a ella como a Miros su mamá les había dicho lo mismo cuando cumplieron los quince años. Una sonrisa se les dibujó en el rostro y Miroslava comentó.

—Mi mamá quería seguir vistiéndome como niña pero no me dejé; a mí me gustan las plumas, encajes y lentejuelas, y algún día seré una gran cantante de teatro.

—Ay, Miros, pero aquí ni tenemos teatro.

Yara fue siempre pesimista, reservada, tímida; así que los sueños que Miros tenía los veía como imposibles y absurdos. A Miroslava, por su parte, nunca le importó lo que pensaran de ella, y esos cometarios no afectaron jamás su gran deseo de ser una figura. Me iré a la capital y triunfaré, ya lo verán, dijo más para sí que para los demás.

—Tú sueñas con el teatro, en cambio yo sólo sueño en casarme y tener hijos —afirmó Alisa llena de esperanza.

Miros y Yara la miraron pensando las dos que tal vez fuese mejor que Alisa se enterara por ellas que Juan Andrés estaba de pretendiente de Fabiola así que en el patio intentaron decidir quien de las dos se lo iba a decir, pero ninguna tuvo el valor de desilusionarla. Alisa se llevó su vestido muy emocionada y al salir se topó con Esteban saludándose cordialmente.

Estuvo todo listo para media tarde; la comida, arreglos florales y todos los detalles típicos de cualquier celebración. Ramiro se sintió muy orgulloso de ella, la consideró siempre la hija perfecta a pesar de que no tuvo a su madre. Él sabía que era hasta ese momento una niña feliz. La fiesta se celebró en La Encomienda como de costumbre, pues desde la muerte de Viviana en Las Bugambilias no se volvió a celebrar una fiesta aunque se tratara del cumpleaños de ella.

Llegaron por la puerta trasera pues así lo habían planeado Mamá Grande y Ernestina para llevar todos los arreglos que se pondría Alisa y para ayudarla

a arreglarse; Alisa esperó a que arribaran todos los invitados. Entonces

le pidió a su papá que la dejara sola con ellas dos y en cuanto él salió, Ernestina intuyó lo que su ahijada le diría, pidiéndole que no llorase en esos momentos, ya que se arruinaría el maquillaje.

—Sólo quiero que sepan que aprecio mucho lo que vale el cariño que siempre me han demostrado todos ustedes y les agradezco de todo corazón lo que

66

LibrosEnRed

Tierra Dorada

han hecho por mi padre, y por mí. Sin ustedes tal vez estaría llorando a mi madre en este día.

—Nada de llantos, no tienes qué agradecer, pequeña, que todo el cariño que te tenemos te lo has ganado tú sola y como dicen, amor con amor se paga.

—La quiero mucho, madrina.

—Lo sé, anda ya se llegó la hora.

Alisa entró a la fiesta después de que Marcelo la anunció; todos aplaudieron

al verla y sólo se escucharon buenos comentarios sobre ella, Alisa recorrió el

espacio destinado para el baile del brazo de su padre; desde ese momento buscó insistente encontrarse con la mirada de Juan Andrés que la observaba detenidamente. Leonel no pudo evitar decirle lo impresionado que se encontraba por la transformación de niña a mujer que se había efectuado en Alisa y en lo hermosa que se veía ese día. Pero él no dijo nada, sólo la miró grabando en su mente cada movimiento que se suscitó en la pista; la primera pieza la bailó con su padre, luego fue Ignacio quien la invitó; quien, anonadado por su belleza, la colmó de piropos que la hicieron reír.

Pasado el vals, todos se levantaron a bailar: Miros con Julián, Yara, Leonel, Marcelo y Ernestina, Juliana con el doctor Neri, campesinos y peones también lo hicieron; hasta Esteban y Ana María se animaron, luego se cambiaron de pareja y Julián le pidió a Alisa le dejase una pieza; mientras bailaban se le declaró, sonrojándola; en ese momento y muy a propósito, la hizo girar para que quedara frente a Juan Andrés; al mirarlo directo a los ojos, Alisa no se percató de inmediato que él no estaba esperando bailar con ella como lo supuso, sino que se encontraba acompañado de Fabiola, lo cual le extrañó muchísimo pues no le participó ni a ella, ni a su familia, que esa muchacha lo iba a acompañar.

Juan Andrés había invitado a bailar a Fabiola y tal parecía que no tuviera

ojos más que para ella, aunque en el fondo no fue así, pues conscientemente estuvo al tanto de todos los movimientos que Alisa daba y, mientras ella feliz disfrutaba de la música; el muchacho aprovechó un momento de distracción

y presentó a Fabiola como su novia ante toda su familia, dejándolos muy confundidos.

Por buena fortuna, Alisa no supo de los acontecimientos que ante sus ojos se vivieron, así que disfrutó en plenitud de su gran presentación; aproximado se encontró el momento de servirse el festín y antes de que se anunciase, doña Aurora obligó a su nieto a que le pidiese una pieza a la quinceañera.

—Fabiola, ¿te molestaría si Juan Andrés baila con Alisa?

67

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

—Claro que no, ya se lo había sugerido, señora, pero no mostró entusiasmo, ¿no es así, amor?

—Permíteme. Hazle compañía por favor, Mamá Grande.

Y sin decir más se le acercó; Alisa aún estaba en compañía de Julián, que

en ese momento sostenían una charla importante: le insistía que le diera una respuesta a su solicitud de noviazgo, un poco indignado la arrancó de aquella escena.

—¿Se te estaba declarando? —le preguntó frío y distante

—Sí, ¿tú crees?, siempre pensé que me lo decía de broma y ahora me sale con que estaba esperando por mí.

Juan Andrés, a su vez, un poco serio a la confesión indagó sutilmente sobre los sentimientos de ella; franca respondió que de ninguna manera le desagradaba Julián como su pretendiente.

—¿Piensas corresponderle? —le dijo, aún sabiendo que en el fondo de su corazón deseó escuchar una negativa.

Llena de ingenuidad Alisa le aseguró que no lo haría y eso hizo que el alma de Juan Andrés descansara. Pero enseguida cambió de parecer.

—Pues deberías —finalizó.

Mientras bailaban, la tensión entre los dos subió haciendo una pausa a la

excitación que se sintió en aquella escena; Alisa no entendía lo que pasaba

y le pidió que le permitiera descansar los pies, sin la remota idea que él le

seguiría a su reposo; de hecho, la llevó adentro de la gran casa sin que casi nadie lo notase, la recostó sobre el sofá, y quitándole los zapatillas le dio un masaje en los pies; tal vez esto podría verse atrevido para la época, pero en ellos no cabía tal prejuicio. A solas, Juan Andrés decidió hablar.

—Tengo que decirte algo.

—¡Pues dímelo!, no le des tantas vueltas.

Agachando la cabeza le confesó su noviazgo con la chica que le acompañaba.

—Lo supuse desde que te vi con ella, ¿es por eso que la invitaste?

—Me pareció correcto, ¿no te molesta, verdad?

—Por qué habría de molestarme, Juan Andrés, y dime ¿se la está pasando bien?, porque tiene una cara de aburrida que ya me dio pena. Atiéndela bien por favor, al fin y al cabo es tu invitada.

Alisa se levantó bruscamente del sofá poniéndose los zapatos sin mirarlo

a los ojos, pues no podría sostenerle la mirada. Sintió ganas de llorar, pero

68

LibrosEnRed

Tierra Dorada

no permitiría que se diera cuenta de ello. Aún así logró detenerla del brazo pidiéndole que esperase un momento. Sin embargo Alisa volteó a verlo y afirmó tajante:

—Es mi fiesta, Juan Andrés, y no quiero perderme de nada; además, tengo un hambre terrible.

Con los ojos humedecidos por la decepción que se llevó, no dejó de disimular una gran felicidad que estuvo muy lejos de sentir. Se corrió la voz de que Juan Andrés y Fabiola eran novios, recibieron algunas felicitaciones pero no de parte de quienes conocían los sentimientos de Alisa; sin embargo, cualquiera que la vio así tan sonriente, nunca podría imaginarse por lo que estaba pasando.

La fiesta fue todo un éxito, los invitados quedaron encantados y satisfechos con lo que se ofreció en el banquete; la mayoría de ellos se retiraron ya para el amanecer. La primera en irse fue la novia de Juan Andrés que, aburrida, le pidió la escoltara a su casa, y aunque llevó consigo a sus sirvientes se encaprichó en que su amado cumpliera con su pedimento. Alisa los vio alejarse en el coche con el corazón deshecho; casi al alba quedó sólo la familia.

Ramiro había tomado de más y se sintió tan mal que pensaron en quedarse en La Encomienda; sus recámaras estaban listas como siempre. Cansados todos se fueron a dormir; entre Leonel y Juan Andrés, quien ya había regresado a esa hora de llevar a su novia, llevaron a acostarse a Ramiro.

—¿Me voy a dormir, vienes?

—En un rato más, Leonel, voy a ayudarles a recoger todo.

Juan Andrés, acomedido como siempre, les ayudó a los sirvientes a recoger todo; al momento de despedirse notó en la habitación de Alisa una luz tenue; y dibujada en las cortinas la silueta de ella, asomada al patio, observándolo todo; en un impulso, Juan Andrés dejó lo que hacía y corrió hacia esa recámara. Tocó discreto a la puerta sin recibir respuesta. Sabiendo que no dormía entró a su cuarto, Alisa se encontraba parada aún en la ventana, sintió que había entrado, pero no dijo nada, ni siquiera volteó.

—Al verte en la ventana pensé que tal vez quisieras platicar conmigo, no te veo ganas de querer meterte a la cama.

Alisa se quitó la bata mostrando una ropa de dormir de seda y encajes, y se recostó pidiéndole que se retirara; le dio las buenas noches. Juan Andrés se sorprendió del atuendo.

—¿Desde cuándo te pones eso?

69

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

—A partir de este momento, olvidas que ya soy una dama —le recalcó—. Discúlpame, Juan Andrés, pero en verdad deseo dormir, hasta mañana.

Con aquella manera de hablar el muchacho pensó que había sido el culpable del cambio de ánimo y quiso cerciorarse.

—¿Estás enojada conmigo?

—Nada de eso, sólo quiero dormir — la réplica fue inmediata.

—Lucías hermosa —terminó diciéndole casi en un susurro.

Juan Andrés se acercó a la cama, la cobijó y le dio un beso en la frente, apagó la lámpara, y con un nudo en la garganta salió de la recámara. Ella se quedó pensando en él, pues a pesar de saberlo enamorado de otra, estaba segura que en sus sueños de amor, él siempre estaría presente.

Como cada vez que se quedaba a dormir Ramiro en La Encomienda, Juan Andrés le cedió su habitación y fue a recostarse con su hermano; compartiendo la misma cama; pero, por alguna razón, esta vez no pudo conciliar el sueño y para no molestar a Leonel con sus constantes movimientos decidió acostarse en la sala, se llevó un cobertor y una almohada; se tiró en la alfombra tratando de dormir.

Alisa no pudo dormir tampoco, y de pronto recordó que no había abierto sus regalos. Se levantó de la cama decidida a ir por ellos; nunca se lo ocurrió pensar que Juan Andrés estuviera acostado en la alfombra. Apenas se aproximó a encender una lámpara para ver, cuando tropezó con Juan Andrés cayendo sobre él, quien asustado, despertó.

—¡Alisa, qué haces aquí!, ¿te hiciste daño?

Todavía estaba sobre él, pero en lugar de apartarla, la abrazó tan fuerte como le fue posible. En cambio ella trató de apartarse y entre más lo intentó, él más la aferró, mientras se le escapaban palabras que gritaban que la soltara.

—Tuve ganas de estar así contigo toda la noche.

Alisa se dejó abrazar por un momento, pues ella también lo deseaba. Pero enseguida recordó su dolor y de inmediato le ordenó que la soltara, que estaba ahí para ver sus regalos. Su mirada volvió a ser fría. Juan Andrés le ayudó a levantarse, encendieron la lámpara y juntos abrieron los regalos. Por un momento Alisa se olvidó de todas sus tristezas y disfrutó mucho cada uno de ellos. Todos le gustaron. Juan Andrés la miraba como aquélla chiquilla que había conocido desde bebé.

—¿Cuándo dejarás de ser niña, Alisa?

70

LibrosEnRed

Tierra Dorada

—Cuando tú dejes de verme así.

—Mira, éste es el mío—se lo dio esquivando la mirada.

Lo abrió y emocionada vio que era un camafeo; una alhaja que siempre quiso tener, pues su madre cuando vivía llevó uno. Conozco el de tu mamá, tío Ramiro me lo ha mostrado muchas veces, y así como ella, podrás poner tu retrato y el del hombre al que ames un día.

—Eso tenlo por seguro, Juan Andrés, gracias —se levantó, dejó sus presentes y se fue a dormir; se sentía mejor.

Al otro día siguieron con el recalentado, Alisa les enseñó cada uno de sus obsequios, había desde regalos costosos, hasta de poco valor económico, pero de mucha importancia emocional enviados por los trabajadores de las haciendas. Todos disfrutaron de estar juntos; comieron y rieron.

Mamá Grande, en el transcurso del día, observó con detenimiento las actitudes de Juan Andrés y Alisa, supuso que algo andaba mal con ellos; así que en la primera oportunidad que tuvo, intentó saber. Doña Aurora siempre había sido una mujer muy intuitiva; así que aunque su nieto no demostraba sus sentimientos, para ella, por su experiencia de vida, nunca estuvieron ocultos.

—Ven hijo, acércate.

—Me parece que algo quieres saber de mí, ¿me equivoco?

—Es una muchacha linda, ¿verdad?

Juan Andrés dirigió sus ojos hacia donde Alisa se encontraba, dándole la razón a su abuela.

—Siempre lo ha sido —le dijo.

—No me refería a Alisa, sino a tu novia.

—Que te puedo decir si sabes bien que para un hombre enamorado no hay más mujer que la que ama.

Leonel los interrumpió para informarle aparte a su hermano que lo buscaban, la abuela se dio perfecta cuenta de lo que hablaban y se mostró complaciente en que su nieto atendiera a su visita, dejando inconclusa la conversación.

—Es Berenice quien te espera en el establo, y para mí que anda enojada.

—A contentarla, no hay de otra, hermano.

—Cómo serás con ella, que no te deja ni a sol ni a sombra; Juan Andrés.

71

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

—Me busca sólo por dinero.

—No, Juan Andrés, el dinero lo consigue con sólo mostrar sus encantos, sabe que es bonita, para mí que está enamorada.

—O encaprichada.

La encontró, como se lo dijo su hermano, en el establo; estaba ya recostada, sugerente, entre la pastura. Al verlo, sin decir nada lo invitó a estar con ella; pero en esos momentos él no sintió deseos y al aproximarse a ella le extendió la mano ayudándola a levantarse. Juan Andrés se molestó por la actitud de su concubina; pues nunca le pareció correcto que ella se galanteara, ante los demás, por la relación que mantenían desde adolescentes. Te pones en evidencia, debes ser más recatada, no me gusta que la gente hable de ti, lo sabes bien, le decía con frecuencia. Pero a ella nunca le importó, siempre estaba dispuesta a estar con él; aún y cuando su futuro con aquella relación que nació inoportunamente fuera dudoso. De todas maneras Berenice le insistió en que se vieran pronto; pero él le dejó claro que no tenía oportunidad en esos momentos; que ya apartaría un tiempo para estar con ella. No me buscarás más, lo sé, esa mujer tiene todo lo que

a mí me falta, le aseguró Berenice con un dejo de tristeza. Juan Andrés

pensó que se había enterado de su noviazgo con Fabiola; le explicó que ya había planeado decirle de su relación. Pero Berenice no se refería a ella; le

expresó que a la única que podría tenerle miedo era a Alisa; que era ella quien le podría arrebatar lo poco que él le daba.

Al escuchar eso su corazón empezó a latir; para terminar aquella conversación

que le angustió, optó por darle algunas monedas para que se mantuviera, por unas semanas, alejada de La Encomienda.

Alisa estaba ya en el jardín cuando Juan Andrés salió del establo; al verlo, supuso de qué se trataba su ausencia, disimulada siguió platicando. Al momento en el que se acercó Juan Andrés a ellos, Alisa no pudo evitar verlo a los ojos, al sentir los de él fijos en ella se estremeció; para su fortuna, Leonel le distrajo abrazándola por detrás, poniendo en sus manos una preciosa cajita de madera. Mi regalo Alisa, le dijo con una enorme sonrisa.

El estuche era de un anillo. Al verlo, emocionada le dio un beso en la mejilla; Mamá Grande se le acercó cariñosa, tomó el anillo para tener el honor de colocarlo en el dedo de su dueña; continuó diciendo que para ella tenía un valor incalculable. Al escucharle Ernestina, expresó su incredulidad al saber que su suegra aún recordada aquella ocurrencia. Hace días me lo recordó Leo. Verás, hace muchos años estábamos Tina y yo limpiando mis alhajas; y mi nieto quería aprender a hacerlo, así que le di a limpiar ese anillo; le quedó tan brillante que lo veía y lo veía encantado, y me

72

LibrosEnRed

Tierra Dorada

dijo: “me lo regala abuelita”, entonces le pregunté que para qué lo quería, pensando que tal vez lo quisiera para su futura esposa y contestó… En eso interrumpió Leonel: “Para la pequeña Alisa”, y mamaíta me lo guardó todo este tiempo —recalcó que aunque esa joya era bella; la ahora dueña era mucho más hermosa. Ninguno de los presentes en aquella escena notó la presencia de Juan Andrés como espectador, hasta que por un instante su madre reaccionó preguntándole si él ya había entregado su obsequio, pero no recibió respuesta inmediata de él. Se notó indiferente a todo lo que le rodeaba, sumido en algún pensamiento; pero no fue eso lo que lo mantuvo ausente a las palabras de su madre; era pues aquella conversación, aquel abrazo, el beso en la mejilla y los ojos iluminados de su hermano, lo que atrajeron su máxima atención. Alisa apuró su contestación y mostró el hermoso camafeo; y mientras atentos veía con atención el medallón, Juan Andrés se retiró en silencio; lo buscaron por toda la hacienda, sin hallarlo.

Ese día fue, si bien ameno, un poco tenso para varios de la familia; en especial para los dos compadres que encerrados en el despacho trataron de llegar a un acuerdo acerca del telegrama que recibió Marcelo ofreciéndole un cargo público y pidiéndole que se presentase en la capital; todo se habló en voz baja evitando no levantar sospechas; su temor de enfrentarse con el pasado estuvo latente en cada palabra que se dijo.

—No tengo de otra, Ramiro; no encuentro ninguna excusa para no ir; sólo te pido que no le digas nada a Esteban, hasta que yo esté allá.

—¿Y si alguien te llegara a reconocer?, acuérdate que Esteban nos aseguró que nos tenían identificados y hasta retratos hablados hicieron de nosotros.

—Sabes que a ése nunca le creí su cuento.

—Estoy de tu lado Marcelo; sólo espero que esto no nos traiga desgracias.

73

LibrosEnRed

iv. aPareCe trinidad vallejo

Las semanas de plazo se cumplieron y Marcelo empezó con los preparativos de su diligencia a la capital; aún así, aunque ya había pasado tiempo, Alisa no pudo recuperarse de la decepción que se llevó en su festejo: saber a Juan Andrés enamorado le dolió tanto que prefirió alejarse de La Encomienda por lo menos hasta que lograse ocultar sus verdaderos sentimientos; y sobre todo, que Mamá Grande no lo notara. Miroslava y Yara trataron por cualquier medio de animarla, sin conseguirlo.

De hecho, Miroslava le habló francamente y no se detuvo a ser directa en sus opiniones con respecto al amorío de su amigo. No se permitiría jamás dejar caer a Alisa por amor; el dolor lo padeció con ella. Por eso le dijo que no podía evitar toparse con ellos, además, mientras no estuvieran casados, existía la posibilidad de que ese noviazgo terminara, le aseguró que Fabiola tenía la sangre muy pesada, que se sentía divina con eso de que había tenido puros pretendientes de alcurnia.

Pero Alisa aseguró que había que reconocerle su belleza y elegancia, que seguramente Juan Andrés es lo único que había visto en ella, como todos los demás enamorados que había tenido. Aunque también reconoció que, aunque tenía suerte con los muchachos, por alguna extraña razón se alejaban de ella.

Finalmente cambiaron de tema pues Alisa se los pidió; así que platicaron de otras cosas y chismes que se dieron en la semana como la huía de Carmelita Ortiz Lascano con un caporal de la hacienda de los Trigales, que estaba en boca de todos; las hermanitas Carrasco, que aprovecharon la temporada de kermés para conseguir esposo, y el viejo del pueblo, don Armenio Garza Huerta, que desposó a su ama de llaves, pues no consiguió señorita de familia para hacerlo. Se divirtieron toda la tarde, platicando de amores y amoríos, una costumbre propia de futuras casaderas. Luego se quedaron dormidas las tres en la misma cama, como lo hacían con frecuencia.

El viaje de Marcelo a la capital se había planeado para esa mañana. Y mientras desayunaban, inquieto por la ausencia tan extraña de su ahijada, pidió en la sobremesa que fuesen a investigar qué había pasado con Alisa. Juan Andrés se iba a ofrecer, cuando Leonel se le adelantó comentándoles

74

LibrosEnRed

Tierra Dorada

que el día anterior Tulita le informó que Jacinto la había llevado al pueblo. Tina de inmediato aseguró que seguro la chamaca se había sentido mal, pero su marido la calmó haciéndole ver que ella siempre pensaba de manera aprehensiva, que era probable que la ahijada ya tuviera algún enamorado en el pueblo y estaba disfrutando su ingreso al mundo de los galanes. De hecho, Marcelo había hablado con Valentín, el padre de Ignacio, y le había comentado que el muchacho tenía mucho interés en Alisa, hasta pensaba

ir a hablar con Ramiro para pedirle permiso de cortejarla. La noticia alegró

mucho a doña Aurora y a la propia Ernestina, que vieron con buenos ojos esa relación. Por supuesto, Mamá Grande no evitó hacer el comentario de que a ella le gustaría mucho que la chica se casara con uno de sus nietos, pero en el corazón de los hijos nadie puede mandar, acabó expresando. Los muchachos se quedaron callados, si alguno le dio importancia al comentario de la abuela, no lo demostraron.

Por la tarde, Leonel visitó a Alisa con la principal finalidad de que le ayudara

a verse con Yara, pues tenía deseos intensos de estar con su amada. El

romance de ellos aún se conservaba en secreto, debido a los temores que surgieron por parte de la muchacha hacia su padre y ante lo que los demás pensaran de esa relación. Los dos se pusieron de acuerdo en salir a cabalgar por los alrededores y esperar verla por los pastizales. Juan Andrés, impulsado por la necesidad de saber de Alisa, en lugar de ir al pueblo como lo tenía planeado, cortó camino en el sendero que conducía a Las Bugambilias, topándose con ellos. Al verlo, supusieron que iría con Fabiola, pero no era así, aunque el coraje que sintió al verlos juntos y sonrientes hizo que mintiera y afirmó lo que ellos insinuaron.

Alisa ni siquiera tomó importancia de su presencia y siguió su camino apurando a Leonel el paso porque se les haría tarde para cumplir su diligencia. Leonel, un poco en complicidad con su amiga, le siguió la corriente y sin más dejó a su hermano parado a mitad de camino y profundamente confundido con la extraña amistad que a últimas fechas él notaba entre ellos.

Marcelo llegó ese día por la noche a la capital; todo el viaje estuvo tan tranquilo que hasta le dio tiempo en el trayecto de elaborar una carta en la que se disculpaba por no aceptar el empleo que le ofrecieron.

Ernestina, por su parte, se quedó muy preocupada en casa, pues nació en ella un sentimiento de angustia que no pudo controlar ni con los tesitos de tila que nana Petrita y su suegra le dieron. Estuvieron hasta la madrugada en la cocina platicando de todo un poco; pues ninguna de las tres lograba dormir si alguien de la familia se encontraba fuera. Dentro de aquella conversación hubo de todo. Mamá Grande, con tal de que su nuera se distrajera, le expresó un pensamiento que revoloteaba en su cabeza desde

75

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

tiempo atrás: la relación de amistad que se hacía notar a últimas fechas entre Leonel y Alisa.

—Lo he visto muy acomedido con ella, ¿será que le interesa? —le dijo.

Para Ernestina el pensar a su hijo interesado en su ahijada le devolvió el alma al cuerpo. Ella sabía que lo que Juan Andrés había dicho siempre eran cosas de niños; pero aún así se sentía muy apenada con su compadre, porque daban por hecho que emparentarían de nuevo con una boda.

—Pero en los sentimientos no se manda, mamaíta, y Fabiola es una buena mujer —aseguró Ernestina—; hacen una bonita pareja.

Por supuesto que el comentario no lo compartió Mamá Grande que tenía mucho más ojo crítico que su nuera y le aseguró que la muchacha no le agradaba y que tampoco le tenía mucha confianza; sin embargo, Tina finalizó la conversación apoyando a su hijo y dejando claro que, mientras a él le agradara, lo demás no era asunto de ellas.

No pasó ni siquiera un día cuando se corrió la voz en Tierra Dorada de que Marcelo había ido a la capital; al enterarse Esteban, se molestó tanto que sin pensarlo dos veces fue y reclamó a Ramiro el no comunicárselo. En realidad se sintió descubierto, a tal grado que no pudo controlar su nerviosismo, y estuvo muy insistente en que aquel viaje había sido un error.

—Bueno, ya está bien, que pase lo que tenga que pasar, ya fueron muchos años de vivir con esa carga de conciencia que no nos deja estar tranquilos —le dijo Ramiro, un poco harto de tanta insistencia en el tema.

Esteban quedó impactado por la reacción de su amigo, pues nunca antes éste le había hablado de tal manera. Se sintió ofendido. No pudo ya pensar bien por aquella ráfaga de emociones que se apoderaron de él. Entonces se puso a inventar mil cosas, entre ellas un sacrificio que jamás existió.

—Saque a mi familia de su lugar de residencia —explicó— obligándolos a seguirme, no pensé en sus comodidades, y sin darles ninguna explicación del porqué, dejamos todas nuestras pertenencias quedándonos en la calle.

Sin poder creer tanto cinismo, Ramiro le dejó claro que lo dicho por él era un tremenda falacia, pues sabía bien que en ninguna otra parte ellos podrían estar mejor que en Las Bugambilias. La simple plática acabó en discusión, a tal grado que, como propietario de aquellas tierras, optó por decirle que si no deseaba seguir sacrificando a su familia, al vivir ahí, las puertas de la hacienda estaban abiertas y que él no lo detendría. Los gritos se dejaron oír por toda la casa. Todos, hasta el propio Esteban, quedaron sorprendidos de la reacción de Ramiro, cosa que provocó que aquél dejara su actitud bravucona con la que había llegado. Para beneplácito de Ramiro,

76

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Jacinto los interrumpió avisándole a su patrón que en esos momentos había llegado a la hacienda un tal Servando Peña, amigo de él desde la infancia

y que se hallaba, junto con su familia, en la estancia. La interrupción fue el

pretexto perfecto para que Ramiro dejara solo y con la palabra en la boca a Esteban; este se sintió tan humillado al ser víctima de esa situación, que con coraje y rabia espió al recién llegado, mientras ellos platicaban en el patio.

El recibimiento fue en grande, estuvieron gustosos de verse y queriendo recordar viejos tiempos. El anfitrión mandó preparar una comida especial. Lo primero que le reclamó su amigo es que desde la última vez que se

vieron los había invitado a él y a Alisa a pasar unos días con ellos y hasta el momento no habían cumplido su cita. Ramiro disculpó a su hija y le aclaró

a su amigo que él de plano no le gustaba salir de su hacienda y menos en

visitas de placer, que eso había quedado en el pasado. Servando entendió sus razones y lo disculpó ya que su amigo no volvió a ser el mismo desde la muerte de su adorada Viviana.

Mientras se preparaba la comida, Servando y Ramiro comentaron la ausencia de Marcelo y lo gustoso que se pondría por su visita al regreso. Servando venía sólo con sus dos hijas Ofelia y Carminita, ya que sus hijos mayores se habían casado y pronto le darían nietos. La conversación fue haciéndose más íntima y entrañable, por lo que Esteban, que seguía espiándolos y que sólo había visto a Servando Peña una vez en su vida, terminó por hartarse y decidió mejor abandonar su empeño y tomar camino hacia su casa llegando con un humor negro que a todos puso a temblar.

—Yara, ven y grábate bien lo que te voy a decir; tú también, Ana María:

si por casualidad Ramiro o el idiota de Marcelo les preguntan si fue un sacrificio para ustedes venir a vivir aquí, contestan que sí, que al principio se sentían a disgusto por tener que estar de arrimadas, ¿me entendieron? —les dijo con una mirada muy adusta.

Por supuesto, las dos contestaron que sí, pues no quería hacerlo enojar más de lo que estaba. Luego corrió a Yara para que comiera en la cocina. Siempre fue lo mismo, desde niña la trataba así, era con ella con quien se desquitaba cuando las cosas no le salían bien. Yara sentía que lo odiaba, más que temerle. Todo era tan distinto en Las Bugambilias, Ramiro era el padre que siempre quiso, rico honesto y amoroso. Algo que anheló con todas sus fuerzas desde pequeña fue tener una figura paterna de quien sentirse orgullosa.

Esa noche Juan Andrés llevó a Ramiro una nota de doña Cleofas invitándolos

a compartir banquete como todos los sábados; ahora en honor a Servando Peña y su familia. La reunión se celebraría en La Encomienda, como

77

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

siempre. Alisa no quiso ni siquiera bajar a saludarlo, pues aún no estaba lista para verle. Así que se quedó junto con Jacinto y Miroslava en la cocina. Las muchachas todavía se estaban poniendo de acuerdo para asistir a la inauguración de la feria del pueblo, cuando entró Ramiro con la noticia. También aprovechó para decirle a su hija que invitara a Carmina a la feria con todas ellas. A Miros no le agradó la idea; pero no tuvo más que aceptar.

—No te estés haciendo, amiga, que a ti también te cae mal.

—No, si no lo niego, y papá lo sabe, pero nada nos cuesta ser amables y educadas.

La reunión se suscitó sin novedades; sólo Juan Andrés no estuvo presente en la comida. Carmina, quien era una muchacha desinhibida y muy interesada en él, ya estaba ansiosa por verlo; deseando que le invitase a acompañarla al festejo patronal. Más tarde, mientras las muchachas disfrutaban amenas del banquete, llegó el ausente saludando a todos.

Pero la desilusión para la invitada de honor no se hizo esperar, pues a toda clase de insinuaciones que la jovencita le expuso a Juan Andrés, este fue cruelmente indiferente. Leonel y Alisa no hicieron caso a la manera en que trató a Carmina; ellos siguieron en su conversación llena de risas junto con Miroslava. Alisa se sintió protegida entre ellos y no dio importancia a lo que vio alrededor de ella.

En el fondo, Alisa sentía celos de la manera en que Carmina se comportaba con Juan Andrés, pues aún sabiendo que este tenía novia, ella no dejaba de coquetearle, a tal grado de incomodar a todos los que los vieron.

Por eso, Alisa decidió actuar y se acercó a Carmina para confirmar su asistencia a la feria. Le dijo que se alistarían desde temprano y que pasarían por ella. Juan Andrés la miró sorprendido, pues no pudo creer que se llevara tan bien con ella, y que no le afectara en lo más mínimo su comportamiento descarado con él. Contrario a su carácter y dejando a todos sorprendidos, Juan Andrés las dejó hablando solas y se encerró en su habitación el resto de la tarde.

A la hora de la cena, Mamá Grande encomendó –con toda intención— a

Alisa para que fuera a avisarle a su nieto. La chica argumentó una serie de pretextos para no cumplir con la orden, pero todo fue en vano. Un momento después ya estaba tocando la puerta de la recámara de su “dolor de cabeza”. Juan Andrés la invitó a pasar cuando lo encontró frente a

la ventana, mirando sin ver nada hacia un punto fijo. Era notorio que el

muchacho tenía un diálogo interno. Alisa no quiso saber en qué recovecos

78

LibrosEnRed

Tierra Dorada

mentales andaba su amigo, de modo que prefirió sólo informarle que la cena estaba lista y que Mamá Grande lo mandaba llamar. Juan Andrés volteó en automático a verla con una mirada profunda y le soltó una pregunta que a ella la hizo cimbrar.

—¿Irás al baile?

—Sí, iré con Miros y Yara. Jacinto nos va a llevar… ¿satisfecho?

—Sabes bien que eso no es lo que quiero preguntar. ¿Tendrás corte masculina? —indagó con la mirada fija en los ojos de ella.

Hubo un momento de silencio entre los dos. Sus miradas decían más que las palabras, pero Alisa buscó valor de donde fuera y no dio su brazo a torcer. Le dijo lo que él no quería escuchar, le informó que Ignacio sería su pareja, su compañero en la inauguración de la feria. Juan Andrés temblaba por dentro por el coraje que no se atrevía a reconocer.

—¿Te gusta? —le dijo sin atreverse a mirarla a los ojos.

—No… —balbuceó casi en un susurro ella.

Al muchacho le dio un brinco el corazón y la tomó de la mano lleno de emoción para bajar corriendo al comedor. Ante la sorpresa de todos los comensales por la presencia de los muchachos, Juan Andrés reparó en sus acciones y soltó de la mano a la chica.

Más tarde, Carmina se acercó discretamente a Juan Andrés para reprocharle su conducta y su debilidad constante ante la presencia de Alisa. Él no le dio importancia y durante toda la cena las miradas de Alisa y de él estuvieron entrecruzándose continuamente, provocando en sus corazones un dejo de nostalgia, un querer saber en qué momento sus vidas se habían separado.

Llegó la mañana del domingo y, como acostumbraban las muchachas, desde temprano alistaron cada uno de los detalles de su arreglo personal para estar bellas al momento del evento. Y mientras eso sucedía, en la capital a Marcelo se le complicaron las cosas, pues el fin de semana se atravesó y los señores con los que tenía que hablar no regresarían hasta el lunes, de modo que mandó un telegrama para avisar a su esposa que tardaría más tiempo en regresar.

Ya para el atardecer, la gente empezó a llegar a la glorieta arbolada, buscando acomodo en las sillas alrededor de los músicos, en el centro de la plazuela. La tertulia empezó, los músicos entonaron los chotis de usanza. Tanto Alisa como Miros entraron rompiendo plaza, no así Yara que no lució con ropa recién estrenada, pero eso no le importó a Leonel; pues aún y con

79

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

el vestuario desgastado, su novia era la más bonita del pueblo. Carmina, dispuesta a conseguir pretendientes y en su afán por provocar los celos de Juan Andrés, a todo el que se le acercó le coqueteó.

Mientras se tocaron las primeras piezas, la fiesta se celebró con cierta tranquilidad; pero conforme el tiempo pasó, Julián le disputó a Ignacio el que Alisa estuviese con él; ya que estaba deseoso de que le concediese el placer de bailar con ella. Por sus imprudencias, incomodó a la pareja, pero como Alisa no quería provocar disturbios, finalmente le concedió el honor de bailar con ella, disculpándose con Ignacio. Con pasos de baile acordes a las piezas musicales de moda, muchos de los asistentes hicieron gala de su talento. Alisa y Julián se toparon en varias ocasiones con Juan Andrés y Fabiola, provocándole una rabieta a ésta última, al grado que lo dejó parado en la pista; el muchacho la siguió y le suplicó que le diera una explicación.

—Te concederé otra pieza, siempre y cuando dejes de verla, ¿crees que no me doy cuenta de cómo clavas tu interés en ella?

Sin saber a que se refería, inocente, no supo qué contestar. Sólo le pidió que no fuera celosa, pues ella sabía de sobra que Alisa era una hermana para él.

—Tal vez lo sea para Leonel, para ti lo dudo; siempre he tenido celos de Alisa, recuerdo cuando estábamos en la escuela que te aparecías con ella en brazos, como si no quisieras que la tocara ni el piso, me daba coraje, Juan Andrés, no sé por qué.

—Tonta, si me interesara, jamás te hubiera pedido que fueras mi novia.

Fabiola, al ver que ellos eran observados y que pasarían por donde estaban las muchachas incluyendo Alisa; aprovechó para lanzarse sobre él diciéndole a gritos que lo amaba. Pero su plan no resultó ya que Juan Andrés reaccionó frío a la demostración de afecto. Se quedó callado. Si él también la quería, no pudo, en ese momento, decírselo; cosa que provocó en ella mucho resentimiento. Al poco rato, y cansada de todo lo que había pasado, Fabiola le pidió a su novio que se sentaran en una de las bancas para platicar. No pasó mucho cuando Leonel se les acercó para enterarlos que ya estaban listos para volver a casa, e insinuó a su hermano que si deseaba irse con ellos. Sin pensarlo mucho decidió aceptar dejando a Fabiola con el desplante; y sin preguntarle a ella nada la obligó a retirarse a su casa ofreciéndose a llevarla.

Lo esperaron en la plaza, no tardó mucho; amarró su caballo a la carreta y se sentó cerca de Alisa como siempre, Ignacio se lo reprochó en broma.

80

LibrosEnRed

Tierra Dorada

—Separados, para que no den de qué hablar.

—¿Es tu novia? —le dijo Juan Andrés a Ignacio con los labios apretados por el coraje.

—No, pero espero que pronto me dé el sí; nada me daría más gusto, así que te me vas haciendo un lado.

—Hasta que eso no suceda, seré yo quien la cuide —dijo tan determinante que Ignacio no pudo hacer nada.

Jacinto puso en marcha la carreta, Yara y Leonel iba separados, nadie al verlos se podría imaginar que había romance entre ellos; Julián se sentó junto a Jacinto, ayudándole con los caballos. En el camino se habló poco, las mujeres se quejaron del dolor de pies. Carmina cansada y adormilada ni cuenta se dio cuando llegaron a la hacienda de Francisca a dejarla.

Luego llegaron a Las Bugambilias, en el trayecto se hizo más noche, así que Yara y Julián se llevaron la carreta para no tener contratiempos, quedaron en regresarla en la mañana; ya muy cansados, Miroslava y Jacinto se despidieron; dejando a Alisa sola con los dos hermanos. Leonel se fue al establo donde había dejado su caballo y tardó en volver; obligándolos a sostener una conversación mientras él regresaba.

—¿La quieres mucho?

—Sí —dijo, sin saber que la dejaría desolada con esa palabra.

—Es muy afortunada de tener tu amor.

—No soy tan buena ficha, me conoces tú mejor que nadie.

—¿Y Berenice?

—Berenice es punto y aparte.

—Te quiere mucho y te lo ha demostrado.

—Ella sabe qué lugar tiene en mi vida.

Leonel los interrumpió, Alisa sintió alivio, pues los nervios se habían apoderaron de ella. El muchacho se despidió dándole un beso en la mejilla, después la abrazó murmurándole al oído que se verían pronto. Al ver aquello, Juan Andrés subió a su caballo sin mirar atrás, tomó camino y dejó detrás a su hermano.

Marcelo llegó temprano a las oficinas de gobierno, se entrevistó con funcionarios importantes, les expuso sus razones de no querer aceptar la alcaldía y ellos aceptaron su decisión. Más tarde le pidieron referencias

81

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

de algunos posibles candidatos; le ofrecieron café, y entre pláticas dio su opinión de quien a su juicio podría ser un buen candidato. Se le hizo tarde

y al salir del palacio de gobierno, apresurado, buscó una diligencia que le

llevase al hotel y recoger sus valijas para regresar a Tierra Dorada. Al cruzar en una de las esquinas, topó con el hombro de un sujeto; se detuvo a pedirle disculpas, y como si fuese el destino quien estaba poniendo las cosas en su lugar, reconoció al caballero, aquél que según Esteban había muerto en la riña que sostuvieron. Al verlo, Marcelo palideció de la impresión. El señor no se fijó en él, pues siguió su camino, pero él lo alcanzó.

—¡Señor, espere un momento! —el aludido no volteó hasta que él lo detuvo del brazo.

—¿Nos conocemos? —preguntó extrañado.

Nunca había podido olvidar su rostro. Marcelo estaba realmente exaltado

y se notó angustiado mientras le explicó a Trinidad Vallejo dónde fue y

en qué circunstancias se habían conocido. Impactados los dos, continuaron

hablando en un restaurante cerca de ahí.

—Los recuerdo vagamente, estaba tan borracho… Pero lo que si sé es que usted y su amigo son los únicos que se atrevieron a ponerme en mi lugar. Ahora que lo vuelvo a ver he recordado todo.

—No sabe el gusto que me da verlo.

Pidieron un café y Marcelo ansioso por saber qué fue lo que pasó esa noche lo interrogó.

—Tengo que confesarle algo que tanto para mi compadre Ramiro, como para mí, nos estuvo atormentado todo este tiempo, creándonos un terrible cargo de conciencia.

El tiempo pasó sin que ambos se dieran cuenta. La historia había captado toda la atención de Trinidad Vallejo.

—¡Qué extraño todo lo que me dice! —le dijo sorprendido—. Incluso esa noche volvió aquél hombre del que me habla, me pidió disculpas en su nombre y me dijo que ustedes eran gente sencilla de pueblo, que se sentían apenados con su comportamiento, a lo que le pedí hiciera lo mismo de mi parte.

Los insultos no se hicieron esperar; Trinidad en un principio no comprendió porqué Marcelo despotricó de tal manera contra Esteban; hasta que entre las palabras se le escaparon sus razones. Al escuchar todo el engaño del que fueron víctimas, aún incrédulo ante tal situación, pidió que le dijera lo que los últimos años vivieron.

82

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Marcelo le contó con lujo de detalles el chantaje en que vivieron su amigo

y él. Le dijo cuando se les apareció un día en sus tierras, con toda su familia diciendo que las autoridades lo buscaban para esclarecer el supuesto crimen. Le habló del miedo al que estuvieron sometidos, aunque él le dijo

a su compadre que siempre tuvo sus dudas y que incluso le había pedido ir

a la capital a aclarar todo lo que había pasado, pero él se aterró pensando que pudieran ya no volver más a su tierra.

Trinidad era un hombre justo, noble y dispuesto a ayudarle. Quedaron en volver juntos a Tierra Dorada a desenmascarar a Esteban. El hombre no tenía mucho tiempo disponible pues partiría en unos días a Europa, pero le aseguró que antes de irse acabarían con esa patraña. Decidieron salir ese mismo día para el pueblo.

El último viaje al norte salió ya noche; los dos sin poder dormir en el trayecto platicaron de todo. Trinidad le contó cual había sido su razón por la que aquella noche se encontraba muy borracho; expresándole que una decepción amorosa había acabado con sus ilusiones, deseaba morir.

Me sentía el ser más desdichado de la tierra, mi novia a la que amaba tanto me confesó que no era yo el hombre con el que deseaba casarse, sino mi mejor amigo y que él también estaba enamorado de ella, el desengaño me hizo llegar a esa taberna, quería emborracharme creyendo con eso que podía olvidar la traición de la que fui objeto. Pero desquité mi coraje con esa pobre mujer que nada me debía aunque, ¿sabe una cosa…? Esa mujer está viviendo conmigo en la casa chica, y me resultó más decente que cualquier otra; me quiere y me respeta, no tenemos hijos que nos unan, pero ella sabe que hay muchas cosas más entre nosotros. Con esas palabras Trinidad le platicó parte de su vida al hombre al que apenas conocía. A partir de ese momento y durante todo el trayecto conversaron amenamente, como si siempre hubieran sido amigos.

Lo que menos esperaba Ramiro era que Marcelo volvería con él, pues antes de ir a La Encomienda se dirigieron a Las Bugambilias. Su compadre no quiso esperar para desenmascarar a Esteban. Cuando llegaron, Alisa y Miros no se encontraban, ya que habían ido a nadar al río. Entró primero él para advertir a su compadre que no iba solo y que se llevaría una gran sorpresa al saber de quién se trataba; Ramiro salió corriendo a encontrarse con aquél hombre; al verlo perdió color, sintiéndose mal.

—Ese desgraciado… ¿Por qué lo hizo, Marcelo?, ¿por qué?

Entre los dos trataron de calmarlo; pasaron al despacho para hablar más tranquilos; Ramiro tomó una botella de vino bebiéndose una parte de ella

83

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

de un trago. Después de aclarar entre los tres el asunto y con la sangre fría mandaron buscar con Jacinto a Esteban.

—¿Pasa algo, patrón?

—Ya te enterarás, ve por ese mal nacido.

Jacinto salió a todo galope, nunca había visto tan enojado a Ramiro. Ni en Los Capullos, ni en la siembra encontró a Esteban. Presintió que tal vez estuviese en el pueblo, así que se dirigió hasta allá.

Tal vez presintiendo lo que estaba por pasar, o por una casualidad del destino, Esteban se encontraba en esos momentos platicando con un juez que acababa de llegar al pueblo y no conocía la historia de los habitantes de Tierra Dorada. Lo convencía de arreglar las escrituras y documentos para que dieran fe que Las Bugambilias, así como Los Capullos, eran de su propiedad, despojando a Ramiro de lo único que le quedaba ya. Para asegurar el vínculo fraudulento con el juez, Esteban le prometió que en cuanto las tierras dieran sus frutos le compensaría sus favores de una forma muy provechosa.

Esteban, seguro de su proceder, sintió que ya nadie podrían echarlo de Tierra Dorada. Bien sabía aquel juez que nada de lo que hicieron les garantizaría el apoderarse de las propiedades; y aunque la supuesta venta de Los Capullos fue legal, ya que el mismo Ramiro firmó cada uno de los papeles, quedarse con Las Bugambilias les sería muy difícil. Y así se lo hizo saber, pero por más advertencias no lo pudo hacer cambiar de parecer.

Se topó con Jacinto cuando salió de las oficinas llevando consigo un sin fin de papeles; el capataz dio por hecho que algo muy delicado estaba sucediendo, pero sin entrometerse sólo cumplió con lo que su patrón le pidió. Cuando llegaron a la hacienda, Ramiro los esperaba en la puerta.

—¿Qué pasa, tienes algún problema?, aquí tu criado no me dijo para que me andas buscando —dijo cínico y con aire de grandeza.

—Tengo uno y muy grande, pero ven, pásale, acompáñame al despacho. —Ramiro abrió la puerta, cediéndole el paso a Esteban quien entró y vio a dos hombres, reconoció a Marcelo, no así al otro que estaba de espaldas.

—Esteban, pásale, mira quién vino conmigo —le dijo Marcelo con un placer que se le salía por los ojos.

Al darse la vuelta Trinidad Vallejo y quedar frente a frente con Esteban, este palideció; pero con una desvergüenza que sólo él poseía y con una sonrisa confiada quiso cambiar las cosas.

—Qué sorpresa, ¿verdad? —dijo Ramiro y cerró la puerta.

84

LibrosEnRed

Tierra Dorada

—No sabes el gusto que me da verte, Trinidad Esteban sabía con quién hablaba, ya que aquél pertenecía a la alta sociedad de la capital, todos estos años hemos vivido, atormentados pensando que había pasado un infortunio —dijo Esteban tratando de salvar su pellejo.

—¿Y por qué lo supusieron? Si claramente les mandé mis disculpas contigo por haberme portado de tan desagradable manera.

—¡Cómo te habrás reído de nosotros! —Ramiro se empezó a alterar mucho, levantando la voz de una manera abrumadora.

Marcelo intervino pidiéndole explicaciones a Esteban porque no entendía con qué fin había elaborado toda aquélla artimaña. Le dijo que nada de lo que hubiera hecho tenía excusa ni mucho menos disculpa. Y enseguida se levantó de su silla y fue a donde se encontraba su amigo para hacer frente común con él, símbolo de alianza entre ellos.

Por su parte Trinidad estaba muy apenado con ellos. Nunca se imaginó que les hubiera provocado tanto sufrimiento. Recordó vagamente que cuando había hablado con Esteban le habían surgido algunas dudas, no creyó en él y sospechó que se aprovecharía de la situación para salir beneficiado, pero el alcohol le provocó olvidar el suceso, y no hizo nada por esclarecer el asunto.

—Te burlaste de nosotros todos estos años sin ninguna compasión, te burlaste de mi compadre, del amigo que, creyendo en tu falsa amistad, te brindo techo, comida, y hasta un trabajo digno, honrado que, claro está, era lo que andabas buscando, ¿o no? Buscabas también tenernos en el puño de tu mano, para manejarnos a tu antojo, sabrá Dios con qué fin —le gritó Marcelo con más ganas de golpearlo que de hablar con él.

—Todavía no me cabe en la cabeza una bajeza tan grande de ti, Esteban, que todos estos años te he visto como un verdadero amigo, que nuestros hijos se han visto como familiares. No pensaste en ellos —argumentó Ramiro con un dejo de tristeza profunda.

Esteban trató, por todas sus maneras posibles, de hacerles ver que estaba arrepentido, y que su principal error fue haber querido darle a su familia una vida mejor de la que tenían. Alegó que la mala racha que sufrió a principios de su matrimonio lo volvió un torpe. Descaradamente dijo que no soportó verlos padecer de hambre y que la desesperación lo obligó a hacer aquella bajeza

Nada de lo que decía Esteban era reconocido por los ahí presentes. Su honra estaba en entredicho. Ramiro lo volteó a ver todavía sin creer lo que oía de él.

85

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

—No sabes cuánto me duele que tú te valieras de algo tan ruin para colarte hasta aquí, y arruinarnos la vida.

Se llevó la mano al pecho en señal de dolor. Marcelo y Trinidad se alarmaron presintiendo lo peor. Debilitado, no pudo mantenerse en pie, pero entre los dos lo sostuvieron evitando que cayera; lo llevaron al sofá para recostarlo y aliviar su malestar. Marcelo le pidió calma, que ya no hiciera corajes, que tomara las cosas de quien venían. Pero el aludido no hizo caso a los consejos de su amigo, se culpó severamente de ser un cobarde y haber huido, condenándose a una vida de amargura por un crimen que jamás cometió.

Esteban no dejó en ningún momento de alegar. Su principal excusa era que había sido para darle de comer a su familia, y que la desdicha en la que vivía lo obligó a actuar de esa manera. Eso encolerizó más a Marcelo, porque de sobra conocía el estado en que vivían su esposa e hijos.

—Eres un falso, Esteban, poco te ha importado tu familia; a pesar de que

mi

compadre te paga un sueldo envidiable para cualquier administrador,

les

seguiste dando esa vida miserable a la que los tenías acostumbrados.

¿Qué dirán Ana María y tus hijos cuando se enteren a lo que llegaste con

tal de conseguir sabrá Dios qué?

Marcelo tenía el coraje entre la garganta y el pecho y pudo haberle hecho mucho daño, pero se contuvo para no hacer las cosas más grandes. Trinidad estaba muy apenado por lo que ocurrió, trató de ayudar a Ramiro para que se recuperara de su padecer. Una vez que este último pudo reponerse, con violencia echó de la hacienda a Esteban; sin embargo, con el esfuerzo se ofuscó y le faltó la respiración. Antes de salir, Ramiro le exigió que cuanto antes se fuera de su hacienda y de Tierra Dorada, de lo contrario tendría que atenerse a las consecuencias. Esteban salió de ahí aparentemente derrotado, lejos estaban de imaginarse lo que les tenía preparado. Sólo esperaría a que Vallejo se fuese del pueblo para echar a andar su plan.

Entre tanto, Marcelo, Trinidad y Ramiro seguían sin creer en la actitud cínica de aquél hombre. Ramiro seguía muy alterado y Marcelo mandó pedir un té que lo relajara. Lo animó diciéndole que al menos Dios había querido que acabaran con sus sufrimientos poniéndole en el camino a Trinidad y quitarles ese cargo de conciencia que no los dejaba en paz. Pero Trinidad, haciendo un análisis más frío de la situación les previno que se mantuvieran alertas, que la actitud de Esteban tan sumisa no le daba nada de confianza. Sin dejar de considerar sus palabras, Marcelo le dijo que él ya había hecho bastante y que le agradecían su presencia; sin embargo lo que más le preocupaba a él en esos momentos era la salud de Ramiro, y aunque

86

LibrosEnRed

Tierra Dorada

después pudo recuperarse, este presintió que su amigo estaba más grave de lo que se veía. Los dos se quedaron muy dolidos por la desilusión que se llevaron; porque aunque Esteban no era bien visto por ser tan avaro con su familia, se había ganado el cariño de Ramiro.

Casi al anochecer Marcelo se retiró a su casa, dejó a Trinidad en Las

Bugambilias, pues aceptó quedarse a dormir sólo por esa noche. Al llegar

a La Encomienda, se quedó por unos instantes en la puerta, tomando aire,

para no preocupar a su familia al verlo en ese estado. Sin poder fingir mucho entró. Su esposa se encontraba en la cocina ayudando a la servidumbre a preparar la cena. Al momento de verlo, se abalanzó hacia él; aún y con todas las manos llenas de residuos de comida, lo abrazó tan fuerte como pudo, expresándole su gran deseo de que ya estuviese en casa. Mamá Grande también se dirigió hacia él para darle la bienvenida atosigándolo con un sin fin de preguntas respecto a su viaje. Pero el hombre, decidido a

contarles todo lo que había ocurrido en su estancia en la capital, las invitó

a conversar en el despacho.

El relato comenzó desde el día en que tuvieron la desgracia de encontrarse con Esteban, y continuó detallando cada una de las muchas razones que le hicieron pensar que el tipo no era una buena persona y que para infortunio de su compadre y de él, sus juicios tenían tintes de verdad. Azoradas escucharon sin interrumpirlo, llegó un momento en el que ya no tuvo más palabras para definir su desilusión, y ninguna de las dos dio crédito al silencio que por tantos años sostuvieron aquellos hombres.

Mamá Grande, en un respiro, volvió a la vida, y comentó arduamente que los mismos sentimientos de desconfianza que su hijo padeció, en ella estuvieron presentes desde que vio a Esteban por primera vez. La pena más grande para ellos fue el ser testigos de la mala vida que Ana María y sus hijos llevaron sin poder hacer algo más. Pobre mujer –dijo doña Aurora—, no puedo imaginarme siquiera vivir con un hombre así, ¿no crees, Ernestina? Ha de ser peor que una penitencia.

Entre los tres optaron por enterar a Juan Andrés y Leonel del asunto en cuestión, evitando que se crearan ideologías erradas. Pues si bien el engaño era imperdonable, la conducta de Esteban ante la sociedad, en esa región, fue siempre intachable. Tina le pidió a su marido una promesa de que en cuanto saliera ese hombre de sus tierras lo olvidara completamente. Marcelo sabía que le sería muy difícil olvidar esa afrenta, pero para tranquilizar a su mujer le dijo que así sería. Mamá Grande, con la experiencia que los años otorgan le dijo a su hijo casi en el oído una frase que no olvidaría.

—Ese alacrán llegó para picar, hijo, tengan cuidado.

87

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Al caer la noche, Alisa y Miros regresaron a casa cansadas de pasear a caballo; en el pórtico se encontraron con el padre de la primera y el invitado inesperado; estaban sentados en las mecedoras platicando de lo mismo y de otros temas que salieron conforme la conversación se dio. Las muchachas se acercaron a saludar, extrovertidas y alegres divirtieron a los dos caballeros, que hasta por un instante olvidaron su desdicha. Se llegó la hora de la cena, disfrutaron de una velada encantadora, rieron de ocurrencias dichas por Alisa; luego de un rato, él huésped reflejó cansancio y se retiró a la habitación que Tulita le preparó. Nadie más que Ramiro, supo el motivo de la estancia de Trinidad, pues no se atrevió a contarle a su hija lo que sucedió.

Todos se retiraron a dormir, sólo Alisa, como siempre, acostumbrada a soñar despierta, deseó ferviente visitar su lugar favorito en el jardín, al que acudía ya fuera de día o de noche; bajo un inmenso árbol de bugambilias se recostó y mirando hacia el cielo, dio rienda suelta a su imaginación.

Mientras pensaba en amor, el fresco de la noche hizo de las suyas; sin querer la estremeció, pero no fue sólo el viento lo que la inquietó, de pronto respiró un perfume conocido ya por sus sentidos. Sintió su corazón explotar, jamás antes los nervios fueron tan poderosos que hasta su boca quedó sin palabras. Ahí estaba él. Los dos se miraron fijo. Juan Andrés tampoco tuvo nada que decir y esto hizo que los ánimos se pusieran muy tensos. La joven se vio torpe, e hizo preguntas absurdas sobre su relación con Fabiola; las respuestas fueron frías y distantes creando entre ellos una brecha.

—¿A ti no te cae bien, verdad? –le dijo a la muchacha.

—Me es completamente indiferente.

Juan Andrés notó celos de parte de Alisa, sonrió y quiso saber si aquello era cierto, pero ella le dejó claro que él no era tan importante en su vida. Ya lo sé —dijo con la mirada hacia abajo— los hermanos pasamos al último lugar, cuando hay alguien más que te hace latir el corazón. Aquellas palabras fueron terribles para ella. Suspiró, la sangre no corrió más por sus venas. ¿Eso te hace sentir Fabiola? —preguntó fingiendo ante él indiferencia—¿Es eso que sientes al verla, que te diste cuenta de que estás enamorado? El muchacho se sinceró en sus contestaciones. Odio sentirlo —señaló reservado— pero es algo que no puedes controlar. Prontamente y sin prudencia alguna, Alisa impugnó diciendo que para ella lo que más le deleitaba era precisamente eso mismo, oírlo palpitar. Era como una música que retumbaba fuerte. Por un momento Juan Andrés se puso dichoso de ver aquel apasionamiento en sus ojos al describir sus sentimientos; pero enseguida, en tono burlesco,

88

LibrosEnRed

Tierra Dorada

señaló que cómo podría ella pronunciar palabras acaloradas, si apenas era una niña.

—Así me ves tú, pero hay quien me ve como lo que soy, una mujer.

Juan Andrés reconoció su gran belleza, aunque en su arreglo personal no existía todavía el glamour de una señorita casadera; incluso con los defectos que Alisa podría tener, le tembló el cuerpo mientras la observó detenidamente: ya no era la misma, sus labios ya no fueron los mismos, ni

su cuerpo. Pensamientos extraños lo llenaron de angustias, en silencio pidió que su niña jamás creciera; la sola suposición de que alguien ajeno a él la amara lo llenó de sufrimiento, no aceptó la idea que se pudiera valer por

sí misma; que se enamorara y, sobre todo, de que otro le quitara su cariño.

—¿Es Julián?

—Sabes que quiero a Julián, eso no es novedad para nadie.

—Él me ha dicho que esperaría por ti toda su vida.

—Tú también lo dijiste y no fue cierto.

—¿Es un reproche?

Alisa se levantó apresurada, y él la siguió, tratándola de ayudar; hubo algo entre ellos que hizo que se incomodaran. El roce de sus manos aceleró su ritmo cardiaco; ambos quisieron separarse de inmediato. Juan Andrés, inseguro de lo que le provocó estar cerca de ella, deseó averiguar en los ojos de su joven acompañante algo más, algo que le aclarase lo que vivía

a cada instante cuando la tenía cerca. Aunque para ella no había dudas

porque tenía su propia respuesta desde que era pequeña, ella siempre tuvo bien definido su amor hacia él. En uno de los muchos encuentros con la mirada de ella, una confesión de amor se reflejó en las pupilas de Alisa; se sintió delatada y, para su fortuna, su gran amigo Julián interrumpió repentinamente aquel idilio bajo la luna.

Para Juan Andrés no fue nada grato, pero aún así lo saludó con cortesía. Ayer vine pero no saliste y como te conozco muy bien, sabía que no fallarías esta noche —le dijo a su amiga mientras saludaba cortésmente a Juan Andrés.

Completamente anonadado por lo que escuchó de boca de Julián, Juan Andrés le pidió a Alisa de una manera insistente que le diera una explicación de lo que su franco pretendiente quiso decir con aquella injuria. Inocente

a toda malicia en las palabras de Julián, la muchacha dijo que nada de aquello era cierto.

—¡Celoso el hermanito! —recalcó Julián en broma.

89

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Y con eso despertó un malestar en él. ¡No!, replicó Juan Andrés,

argumentando que le costaba creer que Alisa pensara en amores. Los comentarios dichos por los dos dio como resultado que la chica quisiese retirarse del lugar dejándolos solos. Se dio la vuelta sin decir nada más y caminó hacia la casa sin voltear a verlos.

—¡La amo, es divina! —gritó Julián, con la mirada fija en el andar de la chiquilla. Mientras la veía se llenó de brillo su rostro.

—¡Es una niña! —replicó Juan Andrés con la sangre ardiendo. Sintió un vacío en su alma.

—¡Es una princesa!, ¡Sueño con ella, deseo tanto que sea mi esposa!

La rabia se apoderó de su alma al escuchar las confesiones de su amigo; una

serie de imágenes de Alisa y Julián pasaron por su mente atormentando su

paz. La despedida de los dos fue austera, Juan Andrés deseó alejarse de allí inmediatamente. Cuando llegó a su casa, en silencio entró a su habitación,

su hermano lo sintió y aún sabiendo que ese momento no era oportuno

para conversar, decidió tocar a la puerta porque él necesitaba hacerlo.

—¿Vienes de ver a Fabiola? —preguntó.

La reacción del muchacho no dejó lugar a dudas. Por su parte le preguntó

si al fin le diría quién era la mujer de quien estaba enamorado. Le recordó que ya tenía mucho tiempo de tenerlo en ascuas y que no entendía tanto misterio. Entonces empezó a descartar posibilidades asegurando que no podía ser del pueblo porque con lo chismoso que eran todos, ya se habría enterado. Por supuesto descartó que fuera hija de un peón, aunque su

hermano sabía que en la familia no había ese tipo de prejuicios con la gente

de menor rango y que ahí todos eran iguales. Pero por más que le pedía el

nombre de su novia, Leonel guardó misticismo con respecto a su relación.

—Hay algo dentro de mí que me dice que no aceptarán mi noviazgo —los ánimos de Leonel mermaron la atmósfera, aún y con que recibió comentarios alentadores por parte de su hermano, este no logró tener esperanza de conseguir aprobación a su romance.

—No te adelantes y déjate de pesimismos. Si se quieren, lo aceptarán, no

te preocupes más.

—Eso es lo que más anhelo, quiero mucho a mi novia y deseamos casarnos.

—Fabiola y yo también lo deseamos. ¿Qué tal si hacemos doble boda, no

te gusta la idea?

Cada uno de los gestos que Leonel hizo, Juan Andrés lo analizó temiendo descubrir el nombre de la mujer que alimentaba su alma. Sin obtener nada

90

LibrosEnRed

Tierra Dorada

se dio por vencido; esa noche no pudo conciliar el sueño, en todo momento

Alisa ocupó su pensamiento; le pasaron por su mente pinturas de ella besándose con los muchos pretendientes que él recordó, hasta encontró a su propio hermano en una de ellas; en ese instante, sin resistir más, tomó su almohada aprisionando su cabeza con el deseo ferviente de pensar solamente en su prometida, sin expectativa de hacerlo; y con imágenes recurrentes que le atormentaron ansió dormir.

—Alisa, Alisa… ¿Por qué eres tú quien me quita el sueño?

Muy temprano, al otro día, se despertó Marcelo, se alistó prontamente

y antes de que se sirviese el desayuno para los demás, él ya iba camino

a Las Bugambilias. Se topó con Trinidad Vallejo; estaba muy apurado

despidiéndose porque le urgía regresar a la capital, Jacinto lo llevaría a

la estación. Me gustaría quedarme unos días más, por lo que se pueda

ofrecer —repuso inquieto—, pero mi mujer me espera para salir de viaje a Europa a visitar a sus familiares y el barco sale este fin de semana, así que muy apenas llego, saliendo hoy mismo —terminó su discurso mientras se despedía de cada uno de ellos. Sin prever que Esteban hiciera algo más en contra de Ramiro, lo dejaron partir. Luego, los dos se encerraron en el despacho; juntos acordaron establecer un plan para desterrar a Esteban. Lo sentían mucho por Ana María y los muchachos, y decidieron buscarlos para hablar con ellos y platicarles todo lo sucedido haciéndoles saber que ellos no los culpaban de nada de lo que Esteban había hecho. Todas las maneras que pasaron por sus mentes fueron refutadas por una o por otra cosa; el gran cariño que ambos les tenían a Ana María y a sus hijos los hizo titubear sobre el castigo del que se valdrían.

En Los Capullos todo se volvió un infierno; la actitud de Esteban había cambiado, ninguno de su familia pudo dirigirle la palabra pues reciban

como respuesta agresiones e insultos. Algo en el ambiente de Tierra Dorada cambió. Ana María, nerviosa, mandó a su hijo a buscar noticias, muy en

el fondo del corazón presintió que algo grave había pasado o estaba por

suceder. Julián también sospechó lo mismo. Angustiado en pensar que su padre hubiese cometido algún delito, cumplió con el mandato de su madre. Yara, por su parte, desde que supo que su hermano había ido a investigar se acongojó tanto que en silencio salió al patio a llorar, sintió que su relación con Leonel peligraba, y si su padre había provocado el enojo de Ramiro o peor aún de Marcelo, no se lo perdonaría. Pero aunque su preocupación creció conforme transcurrió el tiempo, ella fingió ante su madre indiferencia plena.

91

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Julián llegó buscando a Alisa, entró por la puerta de la cocina y ahí se encontró a Jacinto, Tulita y Miros; ninguno de los tres lo recibió con cara amable. Miroslava lo llevó al patio trasero para que no se topara con Marcelo

o Ramiro, que entraban y salían de la casa esperando a Esteban. Miros, ¿qué hizo mi padre? —le preguntó desesperado. Ella no supo responderle, pues nada sabía aún—. Ojalá que mi papá no haya hecho nada que no tenga

arreglo, tú sabes cuánto quiero a Alisa, deseo tanto que sea mi novia…

Los dos se quedaron ahí esperando las buenas noticias que sin saberlo nunca escucharían.

Ese mismo día, antes de que se sirviera la comida, Leonel escuchó a su madre y a su abuela conversar sobre Esteban. Inmediatamente pidió que le aclararan lo que hablaron. Las dos mujeres no tuvieron más remedio que

explicarle todo. Le relataron lo necesario para entender la contrariedad que se suscitó, omitiendo el final de la historia hasta que Juan Andrés llegase del campo. Una vez que los hermanos estuvieron juntos, les informaron todo. A Leonel se le vio más afectado, pues una y otra vez preguntó sobre el destino de Ana María y sus hijos. Las respuestas que obtuvo no fueron alentadoras para él, para su romance. Muy apenas pudo terminar de comer

y sin explicaciones salió presuroso, ensilló su caballo y a todo galope se

dirigió a Los Capullos. Juan Andrés, bravío, sintió su sangre arder de coraje. Le dijo a su madre que él también iría a ver en qué podía ayudar. Ernestina le dio indicaciones de no dejar solo a Leonel, es muy atrabancado —señaló—, cuídalo mucho, no quiero que se nos venga una desgracia. Atendiendo perfectamente los requerimientos de su madre, partió a Las Bugambilias. En su mente estaba solamente el bienestar de Alisa, no pensó en nada más que en ella y en su padrino.

Para cuando Leonel llegó a Los Capullos, Yara le ayudaba a su madre en quehaceres de la casa, así que tuvo que esperarla en el establo que sólo lo ocupaban para las pasturas y para guardar semillas. No había animales ahí, pues estaba levemente deteriorado por el tiempo. Por suerte para él, su novia acudió al cobertizo a buscar alimento para los puercos y aprovechar también para darle orden al lugar.

—Tenía que verte, no sé si estén enterados de lo que pasa —le dijo en cuanto entró ella al recinto.

Se miraron a los ojos temiendo por su futuro, se abrazaron para darse consuelo. ¿Entonces es verdad? —le preguntó la chica—, ¿mi padre anda metido en problemas? Se sentaron entre el pábulo de los caballos, escondidos, anhelando no ser descubiertos. Yara se enteró de todo, Leonel no le ocultó ni el más mínimo detalle. ¿Significa entonces que nos vamos a

92

LibrosEnRed

Tierra Dorada

separar? —preguntó la joven, sintiendo pena por ella y, avergonzada de su familia bajó la cabeza. Leonel le aseguró que nada ni nadie los iba a separar jamás, que la amaba y que ellos no tenían por qué sufrir las consecuencias de lo que su padre había hecho. Quebrando su sueño de amor, ella continuó diciendo que tal vez los echarían de ahí junto con su padre. Él arremetió contra el destino y, aferrado a su sentimiento, le pidió que jurara que si aquello llegase a pasar, ellos huirían, se casarían, y ya unidos en matrimonio regresarían. Sellaron con un beso su compromiso. Las demostraciones de amor que surgieron con el padecer del momento los obligó, sin quererlo, a entregarse de distinta manera, culminado su encuentro en un sublime acto de pasión. Después de esto no habrá nada que nos separe, le dijo Leonel, exhausto de tanto amor. Yara se encontró confundida y feliz, olvidó por un instante lo que los llevó a eso, e insinuó de nuevo el gran amor que sentía por Leonel.

Juan Andrés nunca echó de menos a su hermano; entretenido con su padre y Ramiro no notó su ausencia. Alisa no había dado en cuenta de que algo malo pasaba hasta que los vio a los tres hablando recelosamente en el despacho, pues cuando entró todos callaron; sin querer importunarlos se fue a la cocina y ahí encontró a Jacinto y a Tulita con cara de funeral. Les hizo preguntas, pero no recibió respuesta alguna que le aclarase nada, así que decidida sacó del despacho a Juan Andrés.

—¿Qué pasa?

—Me lo puedes decir tú, pregunto y pregunto y nadie me dice nada —le contestó Alisa.

Al verla así ya angustiada por el misterio que le rodeaba, la abrazó como queriéndola proteger. Problemas que surgieron, pero todo va a estar bien, le aseguró. De pronto se dio cuenta que se sintió extraño y la apartó de él.

Ese momento, que fue palpitante, estuvo interrumpido bruscamente con la imprevista aparición de Esteban; quien déspotamente preguntó por Ramiro. Juan Andrés le contestó seco que se encontraba en el despacho; y el individuo, groseramente, sin decir más, pasando literalmente sobre ellos se dirigió hacia el encuentro con los dos compadres. Abrió la puerta del salón azotándola, se le vio altivo, cínico y con mucha seguridad.

—Me alegro que estén los dos, supongo que tenían rato esperándome.

Los insultos hacia él, por parte de Marcelo, acabaron por agrandar más el coraje de Esteban, así que atrevidamente le paró el alto; aquello provocó que Ramiro se exaltara, sintiéndose desmayar. ¡Cómo te atreves mal nacido, después de lo que nos hiciste, venir a decirnos lo que permites y lo que no!,

93

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

le gritó enardecido. Marcelo trató de calmar a su amigo alegándole que no valía ya la pena pelearse o reclamar nada más; entonces, dirigiéndose al otro sólo le pidió que se alejara pronto de Tierra Dorada, advirtiendo que

si no lo hacía, él mismo daría parte a las autoridades para que lo echaran.

—Eso no va a ser posible, porque da la casualidad de que quien no está en sus tierras es Ramiro —argumentó con el cinismo que lo caracterizaba.

Aquello fue un golpe muy duro para ambos. Sin poder creer lo que habían

oído, le pidieron una explicación. Con el mismo tono, Esteban fue enfático

y les dijo que todo, absolutamente todo lo que antes era de Ramiro, había

pasado a ser de su propiedad. Ni Marcelo ni su compadre dieron crédito, parecía ser uno más de sus engaños. Y habló con tal soltura y cinismo que los dejó helados.

—Los pondré al tanto de todo, verán. Hace quince años me vendiste Los Capullos, no lo recuerdas seguramente, pero firmaste las escrituras en la estación de ferrocarriles; incluso tú tienes reproducciones fieles de las escrituras en ese archivo, no me digas que nunca las viste. Esta propiedad fue en pago a mi silencio, recordarás que diste muerte a un pobre hombre en la capital y aunque no fui testigo de los hechos, al saberlo y quererte denunciar a las autoridades, compraste mi silencio. ¡Míralas aquí tengo las propiedades a mi nombre, todos los papeles debidamente legalizados!

Marcelo no aguantó más, y a golpes sacó a Esteban de la casa, ante los gritos furiosos del propio ladrón que amenazaba con dar cuentas al comandante de ese atropello, ya que él era el que estaba en su propiedad. Juan Andrés se asustó tanto al ver tan enojado a su padre que, aunque

alcanzó a escuchar parte de la conversación, no se metió ni para separarlos; dejó que le propinara una verdadera paliza. Jacinto se acercó para ayudar

a Marcelo en lo que necesitara. Hasta ese entonces, Juan Andrés, viendo ya sangre en el rostro de Esteban, optó por separarlos.

—Ya déjalo papá, no te comprometas más, iré al pueblo por el comandante.

—Y te traes también al juez, tendrá que aclararnos qué fue lo que pasó —le dijo mientras miraba fijamente a Esteban.

Juan Andrés no esperó más indicaciones de su padre, subió a su caballo y se dirigió al pueblo a todo galope. Atrás dejaba tirado en el suelo, sin poderse levantar, a un Esteban que siguió gritando que todo lo que Ramiro tenía le pertenecía. Mientras Marcelo lo tenía apergollado, mandó a Jacinto a que trajera algo para que lo amarrase; éste no tardó mucho en ir por los mecates y lo ató de pies y manos; estaba muy débil como para defenderse, así que el empleado lo hizo sin ayuda.

94

LibrosEnRed

Tierra Dorada

—Suéltame Jacinto, que te puedes arrepentir, más vale que te vengas de

mi lado.

—Pa’ traiciones usted, a mi patrón no lo cambio por ninguno y mucho menos por un hombre que no sabe de lealtades.

Entre el alboroto, Marcelo se olvidó de su amigo. Cuando reaccionó, fue a buscarlo y se encontró con Alisa quien, llorando, estaba abrazada a los pies

de Ramiro. Este ya se hallaba desmayado. Al verlo en tal estado, desesperado

por auxiliarlo, pidió a Jacinto que fuese por el doctor. Mientras, el lamento

de Alisa se dejó escuchar por toda la casa, la servidumbre disponible se

puso a las órdenes de ella para cuidar la salud de su padre. Con las sales lograron volverlo en sí, pero el delicado estado de él le impidió restablecerse

y ponerse en pie.

Finalmente Juan Andrés llegó del pueblo junto con el comandante y el juez.

Le dijo a su padre que en el camino les había comentado a grandes rasgos

lo que pasaba y el juez le aseguró que Esteban llevaba tiempo de andar rondando la oficialía y que sospechaba que había sido con el ayudante que acababa de llegar con quien había falsificado los papeles. Marcelo agregó todos los detalles que a su hijo se le pudieran haber pasado.

Esteban se defendió como pudo. Lo desataron, pero tomaron todas las

precauciones para que no fuera a escapar. A puerta cerrada en el despacho

y con Ramiro de espectador, pusieron en la mesa todos los documentos

que el traidor llevó consigo. Ninguno de los papeles que concernían a la

propiedad de Los Capullos, era falso; sin embargo, los que se referían a Las Bugambilias daban muestra de que la firma de Ramiro sí había sido falsificada, sólo porque él lo acreditaba así, ya que los sellos y demás refrendos, fueron atestiguados como verdaderos. De cualquier manera los documentos ante el comandante y el juez eran legales, y se lo comunicaron

a Marcelo.

—¿Cómo puedes decirme esto, Jerónimo?, mi compadre no firmó nada, ese malagradecido lo traicionó para quedarse con todo. Está claro que son puros embustes de éste, que lo único que sabe hacer es fastidiarnos la vida.

Tanto el Juez, como don Jerónimo, el comandante, pidieron a los afectados presentar pruebas. La única manera de comprobar que todo era falso era que se presentara el hombre del que les había comentado Juan Andrés en el camino y aclarara el asunto. Sin ello, no se podía fincar un juicio de

apelación. Lo dicho por el Juez fue como un balde de agua fría para los dos compadres. Ramiro estaba más que desolado por todo lo que estaba viviendo, y sintió rabia de ser tan débil para no poder defender lo suyo y lo

de su hija.

95

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

Alisa estaba con Juan Andrés afuera de la casa esperando buenas noticias; ella no podía contener su llanto, nunca antes había llorado de esa manera. Miros y Julián de lejos vieron todo lo que pasó, y ella lo convenció de irse, alegando que tarde o temprano sabría el motivo del pleito, ya que no era conveniente que supieran que estaba ahí. Julián se retiró, sintiendo el peso de llevar consigo la sangre de Esteban, con las ansias de correr hacía Alisa para abrazarla, pero ya otro la consolaba.

Todo se va a arreglar, estoy seguro que esto pasará pronto, le decía Juan Andrés a Alisa. Desconsolada, lo único que pedía era ver a su padre sano. No me importa la casa —dijo, acomodándose más entre los brazos calidos de su compañero—, sólo quiero que mi papá esté bien. Las alentadoras caricias que él perpetuó en la cabellera de la joven, aplacó su ímpetu,

cesando por momentos de sollozar. Tío Ramiro es fuerte —contestó, levantando el rostro humedecido de Alisa. Ella no dejaba de decir que si su padre le faltaba, quedaría sola, sin nadie más en el mundo. Un poco enfadado por aquella aseveración, el chico le aclaró con muchas ganas de ser comprendido por ella, que él, como toda su familia, eran parte de ella,

y con eso le aseguró que jamás estaría sola. La abrazo nuevamente dándole

un delicado beso en la frente; quiso decirle que la quería, pero no lo logró,

y en vez de eso, simplemente le propuso ir por una taza de té. Ella se sintió tan segura estando cerca de él que deseó por un momento no separarse nunca de su cuerpo tibio. Obligándola a ir a la cocina por la infusión, él quebrantó sus deseos.

En ese momento llegó Jacinto con el doctor Neri. Llevaron a Ramiro a su recámara para que descansara; mientras en el despacho aún se decidía el fututo de Esteban. Todos esperaban en la cocina, angustiados, el desenlace, con la esperanza de que se resolviera para bien. Al ver entrar a Alisa, Miroslava tomó su brazo y la sentó en donde ella estaba mientras le servía su té y le informaba que el doctor ya estaba con su padre.

—¿Por qué no me avisaron? —preguntó—, debo estar al lado de él.

No la dejaron subir para que no interfiriera en la labor del médico. Tulita la abrazó para tranquilizarla con palabras cariñosas. Le dijo que quizás lo que su padre tenía se debía solamente al coraje que había hecho y enseguida le pidió a su hija que la llevara a su cuarto para que reposara el té de tisana que había tomado. Alisa no aceptó e insistió en hablar con el doctor; se levantó presurosa de la silla, y esto provocó que perdiera el equilibrio. Juan Andrés alcanzó a sostenerla y se ofreció acompañarla hasta la habitación de Ramiro.

96

LibrosEnRed

Tierra Dorada

Llegó Julián a Los Capullos cuando aún no oscurecía y Yara acababa de despedirse de Leonel. Enseguida puso a su madre y a su hermana al tanto de lo poco que se enteró. Ambas coincidieron en pensar que Esteban haría una bajeza como ésa. Ana María, por su parte, estaba segura de que jamás lo perdonarían, y que las consecuencias de los actos de su esposo les atraerían desgracias. Sin querer preocupar más a sus hijos omitió sus pensamientos, pues ella creyó que nada ganaría con ello; ya bastante sufrimiento tenían sus hijos al saber a su padre un traidor. Yara fue la más impaciente por entender qué era lo que pasaba, pues la esperanza de estar junto con Leonel se desvanecía conforme pasaban los minutos.

—No sé si esperar aquí o ir a tratar de disculparlo, Julián —dijo Ana María en un arranque de desesperación.

—¡Cómo se le ocurre, mamacita!, aunque nosotros no tenemos nada que ver, no me parece el momento correcto.

—Me da mucha vergüenza, hijo…

Yara interrumpió a su madre con palabras que le brotaron desde su más profundo dolor diciéndole que, para ella, su esposo era no más que un parche mal pegado; pero para ellos, para sus hijos, los que desgraciadamente llevaban su apellido, sería más que una maldición. Ella tuvo toda la razón, pero su madre no previó las consecuencias que le llevarían por un destino distinto a causa de lo ocurrido. Por su parte, Julián le confesó a su madre el amor que sentía por Alisa y que a partir de toda esta infamia seguramente ella no lo aceptaría jamás. Sabía que la había perdido para siempre. Un sentimiento de impotencia se apoderó del muchacho, y Ana María llegó a pensar en él con compasión, pero no dijo nada más para no mortificar a su familia.

Mamá Grande descubrió a Leonel entrar por la puerta de servicio; él se puso nervioso al ver a su abuela y más cuando esta le preguntó sobre las primicias de Las Bugambilias. Ignorante de todo aquello, no pudo comunicarle nada. Extrañada por la falta de respuesta, doña Aurora le preguntó en dónde había estado. Creí que estarías junto con Alisa, tu hermano te alcanzaría allá. El joven no quiso mentirle, pero ahora menos que nunca podía revelar dónde estuvo toda la tarde. Así que aunque no quería, lo hizo: le aseguró que había ido al pueblo por unas cosas para la hacienda. Doña Aurora no preguntó más nada; le ofreció algo de merendar y los dos juntos conversaron sobre la mala racha que estaba por venir. Sin querer provocar un desaliento en Leonel, doña Aurora habló, sin reservas, con cierto resentimiento hacia la familia Perales; obviamente aquello hizo

97

LibrosEnRed

Gabriela Narváez García

padecer a su nieto. Preocupado preguntó de mil maneras sobre el destino de Ana María, sin querer enfatizar en Yara para no levantar sospechas. Las respuestas fueron las mismas: la familia de Esteban, por obvias razones, también se irían de Tierra Dorada.

Juan Andrés, por su parte, no se separó de Alisa en ningún momento; el doctor Neri habló con ellos y les dijo que Ramiro estaba afectado de su corazón. Eso no fue muy grato para Marcelo, así que siguiendo las instrucciones del médico decidió dar por terminada la reunión con el comandante y el juez; les comentó que él se encargaría de todo y estuvieron de acuerdo en que las próximas juntas fuesen en el pueblo, evitando así que Ramiro estuviera presente. Don Jerónimo les prometió investigar a fondo el asunto

y si encontraba que el ayudante del juez tuvo algo que ver con el embuste, no dudaría en someterlo con todo el rigor de la ley.

La casa quedó desolada, todo pareció estar en la oscuridad. Marcelo no

les pidió opinión de irse con él a La Encomienda, simplemente le ordenó

a su ahijada hacerlo de cualquier manera. Pero Alisa no quería abandonar

Las Bugambilias, pensó en que Esteban podría aprovecharse y apoderarse de la hacienda sin problema. Marcelo le juró que eso no pasaría y que él estaría más tranquilo si ellos se iban con él. Ramiro, por su parte, no puso

objeción pues pensó que por el bien de su hija tenía que cuidarse; después,

retomando fuerzas, pelearía por lo suyo. Jacinto y su familia se quedaron al cuidado de la casona y eso era lo único que a Alisa le tranquilizaba. Tulita

y Miros le ayudaron a preparar las valijas. Las dos le dieron muestras de

cariño para que ella se sintiera confortada; aún y con todo ese amor, para

Alisa su vida construida en una torre de cristal, estaba derrumbándose.

Los recibieron con los brazos abiertos. Sin preguntar nada los hicieron sentir como en casa. Instalaron a Ramiro en la recámara de Juan Andrés y a Alisa en la que ocupaba desde chica, que era la que seguía de la de él.

Juan Andrés fue un bálsamo para Ramiro esa noche; con toda seguridad le dijo a su tío que sólo sería cuestión de días los que estarían en La Encomienda y que pronto todo de arreglaría. Nostálgico, le pidió solemne que se acercara a él; Ramiro estaba sentado en el sillón que miraba hacia la ventana y, con el deseo de desahogar su alma, intentó hablarle de su dolor; pero el llanto contenido por tantos años le ahogó las palabras; sin poder describir su sufrimiento prefirió respirar profundo y volver a empezar. Le confesó de la gran ilusión que le daba al pensar que él y Alisa un día llegarían a comprometerse en matrimonio.

El aludido calló por un momento y, dudoso de confesar por qué no cumplió

su promesa, dijo que era más poderoso el cariño que Alisa le provocaba

98

LibrosEnRed

Tierra Dorada

de protección, que el sentimiento de hombre al poseerla como su esposa. Ramiro le aseguró que no era un reproche y continuó diciendo que era normal que el afecto que ambos se tenían se convirtiese en amor de hermanos. Atento a las palabras, que eran de lo más sinceras, bajó la cabeza y Ramiro siguió. Le confesó los sentimientos de orgullo que como un padre tenía por él, y de lo feliz que le hacía el que encontrarse una muchacha tan buena como la hija del boticario. Entre la fluidez de conversación que se prolongó con el tiempo, no se le escapó rogarle como un favor que se le hace al más grande de los amigos, que no dejara sola a Alisa, pues una confianza ciega estaba puesta en él. Eso para Juan Andrés fue por demás, pues aunque no se lo hubiese pedi