Está en la página 1de 14

El demonio (publicado en la revista “El pan de los pobres”)

Por Fr. Santiago Cantera Montenegro O.S.B.

Marzo 2013

No podríamos elaborar adecuadamente unos textos de tipo catequístico acerca del tema de los ángeles si obviáramos al final lo que toca a los ángeles malos, es decir, los ángeles caídos por soberbia, que se rebelaron contra Dios, se encuentran condenados eternamente en el Infierno e intervienen en la vida de los hombres para arrastrar consigo tantas almas como puedan.

Varios teólogos recientes han escrito libros con títulos muy significativos y semejantes entre sí:

“El demonio, ¿mito o realidad?”, “El demonio, ¿símbolo o realidad?”, etc. Se trata de teólogos, como el español José Antonio Sayés y el francés René Laurentin, entre otros, de doctrina católica segura y que en esas obras precisamente afirman la existencia del demonio, pero que han querido dar ese tipo de títulos a sus trabajos teniendo presente la tendencia muy habitual en nuestro tiempo de negar la realidad diabólica y deseando darle una respuesta adecuada.

Ciertamente, la existencia del demonio se viene poniendo en duda e incluso negando abiertamente desde hace mucho tiempo, sobre todo a partir de algunos autores ilustrados del siglo XVIII y más aún en el XIX. Se ha hecho con frecuencia desde ámbitos ajenos y más propiamente opuestos a la fe católica y en general al cristianismo, queriendo verlo como un elemento de las mentalidades del pasado, imaginado por temor a lo desconocido y fruto del oscurantismo religioso. Pero, a lo largo del siglo XX, también se ha negado la existencia del demonio incluso por parte de algunos teólogos y biblistas, que lo han presentado como un mito; y esto no sólo entre los protestantes, sino también entre los católicos.

Desde todas esas posturas, se quiere sustituir la realidad individual del demonio y de los otros demonios, esto es, los ángeles caídos (porque tampoco se cree en los ángeles buenos), y se prefiere identificar el mal con algo abstracto. Por lo tanto, para quienes defienden esas ideas, el demonio no sería más que una creación mítica de tiempos pasados para denominar así la realidad del mal y a lo sumo no sería más que un producto de la psicología, sin existencia concreta real.

No deja de ser chocante, sin embargo, que, al lado de esas posturas que niegan la existencia del demonio desde una óptica pretendidamente racional o más bien racionalista, en nuestros días se constata la proliferación de sectas satánicas y de muchas formas más o menos encubiertas de satanismo y de culto al demonio y a las fuerzas espirituales del mal. Por lo tanto, lo demoníaco está realmente presente en nuestra sociedad.

El poeta francés Charles Baudelaire lo expresó magníficamente en el siglo XIX: “El más bello ardid del diablo es persuadirnos de que él no existe”. Esta idea la repitió el Beato Juan Pablo II en varias ocasiones, por ejemplo en la carta apostólica Parati semper (1985) para el año internacional de la juventud: “No hay que tener miedo de llamar por su nombre al primer artífice del mal: el Maligno. La táctica que utilizaba, y utiliza todavía, consiste en no manifestarse para que el mal que inculca desde el comienzo reciba su desarrollo del hombre mismo, de los sistemas mismos y de las relaciones interhumanas entre las clases sociales y entre las naciones, para que el pecado sea cada vez más estructural y deje de identificarse cada vez menos como pecado personal; así pues, para que el hombre se sienta en cierto sentido liberado del pecado y al mismo tiempo sin honduras en el mismo”. La Iglesia Católica en su Magisterio, conforme a los datos de la Sagrada Escritura y de la Tradición, siempre ha enseñado y mantiene firme la creencia en la existencia del demonio y de otros ángeles malos, así como la existencia del Infierno.

Abril 2013

La Sagrada Escritura presenta la existencia del demonio desde las primeras páginas del Génesis. Es él, en efecto, bajo el nombre y forma de serpiente, el gran seductor de nuestros primeros padres, quien les lleva a cometer el pecado original (Gén 3).

En este pasaje se descubren con claridad algunas de sus características, tales como la envidia que tiene al hombre y la capacidad de tentarle para apartarle de los caminos de Dios, suscitando la rebeldía contra Él a partir de un deseo de ser como Él. En la tentación de la soberbia, del “seréis como Dios” (Gén 3,4), el demonio revela su propio pecado y su propia frustración: ha querido igualarse a Dios y no lo ha conseguido. Más adelante, el libro de la Sabiduría resumirá la creación del hombre y el pecado original del siguiente modo: “Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo imagen de su propio ser; mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los de su bando” (Sab 2,23-24).

En el libro de Job aparece Satán o “el Satán”, mencionado como uno de “los hijos de Elohim” (“hijos de Dios”), alusión ésta que se refiere a los ángeles (Job 1,6; 2,1). Yahveh le pregunta de dónde viene, a lo cual responde: “De dar unas vueltas por la tierra y pasear por ella” (Job 1,7; 2,2). A continuación, le permitirá poner a prueba la fe de Job ocasionándole severos daños. En todo esto, por tanto, se ve a Satán o Satanás como un ser espiritual con potestad sobre el mundo y con capacidad de tentar al hombre; se descubre también la envidia que tiene al ser humano, en especial a los justos y temerosos de Dios como Job. Pero también se observa que tiene limitado su poder por Dios, que es su Creador, y no puede provocar la tentación si Él no le deja hacerlo.

Adversario y acusador del pueblo de Dios

Otro texto significativo nos lo ofrece el profeta Zacarías, cuando aparece “el Satán” como adversario y acusador del hombre y del pueblo de Dios, y aquí especialmente del sumo sacerdote Josué (Zac 3,1-2).

Muy importante es tener en cuenta que el Antiguo Testamento habla en bastantes ocasiones no sólo de Satán como si fuera el único ser espiritual enemigo del hombre, sino que refleja en varios textos que existen otros muchos, algunos de los cuales se identifican en mayor o menor medida con dioses, espíritus y genios de ciertos pueblos del Próximo Oriente antiguo. Se trata de los que llamamos “demonios”, y por este término se vierte con frecuencia en las traducciones. Es el caso de los sedim, de origen babilónico, destinatarios de los sacrificios humanos de niños que la Biblia siempre reprueba: “a demonios, sin ser dioses ni conocidos, inmolan” (Dt 32,17); “a los demonios sus hijos e hijas sacrificaban, sangre inocente vertieron de hijos e hijas amados” (Sal 105/106,37-38). También es el caso de los seirim o demonios simbolizados como sátiros o machos cabríos, con los que se prostituyen los idólatras y que frecuentan después las ruinas de Babilonia y de Edom (Lev 17,7; 2Re 23,8; 2 Cro 11,15; Is 13,21; 31,14). Téngase en cuenta el culto satánico que en tiempos posteriores se dará en los aquelarres de brujas a la imagen del demonio como macho cabrío o “gran cabrón”. También se habla del “espíritu del mal”, “un espíritu del mal” o “espíritus malos” en otros pasajes (así, 1 Re 22,21-22 y 2 Cro 18,20-22, donde se les descubre como mentirosos), y de los “espíritus malos” que siembran la discordia (Jue 9,23; 1S 16,14-16.23; 18,10; 19,9; actúan mucho, por ejemplo, sobre el rey Saúl). Hay que notar que, al referirse a “un espíritu del mal” o “un espíritu mendaz”, implícitamente se da a entender que hay más.

Por otra parte, debemos incidir asimismo en algunos demonios cuyos nombres singulares se dan, como Azazel, al cual tocará un macho cabrío echado a suertes por Aarón y que será enviado al desierto (Lev 16,8.10.26), o Asmodeo, el causante de todos los males en el relato de Tobías, calificado como “el demonio malo”, “el malvado demonio” o “el peor de los demonios”, que hizo morir a los siete primeros maridos de Sara (Tob 3,8.17; 6,14-15; 8,1-5). Destaca

además la mención de Isaías a Lilit (Is 34,14), demonio de carácter femenino de la noche, lamia o espectro nocturno que ya existía en la mitología mesopotámica y a quien se rinde culto en el satanismo actual con aspecto de mujer sensual.

Mayo 2013

Satanás y sus demonios emprenden una guerra abierta y total contra Jesús desde los prolegómenos de su vida pública. Era algo ya anunciado en el “Protoevangelio” del Génesis:

“establezco hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia” (Gen 3,14).

Es una enemistad, por tanto, entre el diablo y María Santísima (la nueva Eva), y la prole de Ésta, que es Jesucristo, el nuevo Adán y Redentor del hombre, así como sus discípulos renacidos por la gracia y que conforman la Iglesia. Los evangelistas nos dicen que Jesús fue conducido por el Espíritu Santo al desierto después de su bautismo en el río Jordán. Y allí, habiendo ayunado durante cuarenta días con sus noches, se le presentó “el tentador”, “el diablo”, tratando de apartarle de su verdadero camino mesiánico e incluso que llegara a adorarle a él, pero Jesús le venció en todos sus asaltos (Mt 4,1-11; Mc 1,12-13; Lc 4,1-13). No obstante, el diablo no cejaría en su empeño, sino que “se retiró de Él hasta otro tiempo oportuno” (Lc 4,13). Por lo tanto, la guerra de Satanás contra Jesucristo no había terminado.

Un pasaje que tal vez nos resulta duro, pero que revela la manera en que el demonio puede suscitar la tentación, es cuando el Señor recrimina a San Pedro, justamente después de que éste le ha reconocido como Mesías e Hijo de Dios y de que Jesús le ha dado las llaves del reino de los cielos (Mt 16,16-19): “Apártate de mí, Satanás” (Mt 16,22). ¿Por qué reacciona así ahora Nuestro Señor? Porque Pedro, dejándose llevar por miras humanas, no entiende el sentido redentor de la misión de Cristo por medio de la Pasión y la Muerte y pretende que el Señor no diga ni haga nada de esto; está impregnado de la comprensión judía clásica que miraba al Mesías como un libertador político; y en realidad, es el mismo Satanás quien desea que Jesucristo no asuma la Cruz, pues sabe que él será derrotado en ella. Satanás, por tanto, alienta en Pedro esa visión y Jesús descubre detrás de las palabras de Pedro al mismísimo Satanás.

Si Satanás ataca a Cristo, es porque efectivamente sabe que Cristo le puede derrotar. Y una gran parte de su derrota se ve en los numerosos exorcismos que el Salvador realiza en su vida pública. En varias de estas ocasiones, los mismos demonios lo reconocen como el que les puede vencer, como sucede con el poseso de la sinagoga de Cafarnaúm, “un hombre poseído de un espíritu inmundo” que se pone a gritar ante la presencia de Jesús: “¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús Nazareno? Viniste a perdernos. Te conozco quién eres, el Santo de Dios” (Mc 1,23-24; Lc 4,33-34). Y el endemoniado de Gerasa se llega a postrar ante Él porque los demonios que lo poseen exclaman aterrados: “¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te suplico que no me atormentes” (Mt 8,29; Mc 5,6; Lc 8,28). El pasaje es muy interesante, pues se descubre que son multitud de malos espíritus los que poseen a este hombre, que luego querrá seguir a Jesús, y por eso proclaman que su nombre es “Legión”, ya que son muchos demonios (Mc 5,9; Lc 8,30). También se dice que Jesús expulsó siete demonios de María Magdalena (Mc 16,9; Lc 8,2).

Son bastantes los casos de exorcismos referidos en los Evangelios e incluso se observa que eran frecuentes en la actividad pública del Señor: “llevaban a Él todos los endemoniados […] y lanzó muchos demonios, y no permitía a los demonios que dijesen que sabían quién era” (Mt 8,16-17; Mc 1,32-34; Lc 4,40-41). Asimismo se dice que “recorrió toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios” (Mc 1,39). Los evangelistas suelen distinguir con bastante nitidez los casos de exorcismos de endemoniados respecto de las curaciones de enfermos, si bien se dan casos en los que un demonio causa además una enfermedad o mal físico. Jesús explica también ciertas cuestiones sobre la posesión diabólica y el modo de actuar de los demonios (Mt 12,43-45; Lc 11,24-26).

La victoria de Jesucristo sobre Satanás y sus otros ángeles malos se hace notoria cuando, habiendo dado potestad a los Apóstoles y a otros discípulos para expulsar demonios (Mt 10,8; Mc 3,14-15; 16,17-18; Lc 9,1; 10,17-20), ellos llegan satisfechos comprobando que les obedecen y salen de los hombres atormentados; entonces Jesús exclama: “Contemplaba yo a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc 10,18).

Pero tremenda es la obstinación de los fariseos, que difaman a Jesús suponiendo que expulsa a los demonios en nombre de Belzebú, “el príncipe de los demonios”, a lo cual responde con gran afinación que, si todo reino dividido es desolado, ¿cómo puede Satanás buscar así su propia ruina? El Señor cataloga este pensamiento de los fariseos como una blasfemia contra el Espíritu Santo, porque atribuyen al diablo las obras buenas de Dios (Mt 12,24-32; Mc 3,22-30; Lc 11,14-23).

Junio 2013

La acción de Satanás contra Jesucristo es una constante en su vida pública, como se vio en el apartado anterior, y muy posiblemente se hallaba ya detrás del intento de darle muerte en su infancia por parte de Herodes, que llegó a causar el asesinato de los niños Inocentes (Mt 2).

Satanás sabía bien que Él era el Hijo de Dios hecho hombre para redimir a los hombres y que iba a traer su derrota. Por eso trataría por todos los medios de dificultar su obra salvadora. En consecuencia, la acción diabólica contra Jesucristo llega a su culmen en la Pasión, donde teme producirse su victoria. La Carta a los Hebreos lo resume claramente: “Por tanto, lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo” (Heb 2,14).

Aunque los evangelistas no recogen paso por paso la acción de Satanás a lo largo de la Pasión, en toda ella está presente bajo la permisión divina. Hay un hecho donde se alude a él de forma expresa y muy clara: la traición de Judas. Dice San Lucas que, antes de la Cena pascual, “entró Satanás en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce, y se fue a tratar con los sumos sacerdotes y oficiales del templo el modo de entregarlo” (Lc 22,3-4). Por su parte, San Juan señala que al cenar “ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo” (Jn 13,2); y cuando Jesús descubre quién será el traidor (aúnque los otros Apóstoles no se percatan) dándole un trozo de pan untado, advierte el evangelista que “detrás del pan, entró en él (en Judas) Satanás” (Jn 13,26-27). Ya con anterioridad había apuntado Jesús que uno de los Doce, en alusión a Judas, “es un diablo” (Jn

6,70-72).

También hay otros datos muy importantes sobre la acción de Satanás en la Pasión. Por una parte, San Lucas recoge que, en el prendimiento en el Huerto de los Olivos, Jesús afirma ante sus captores: “ésta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas” (Lc 22,53). De hecho, tanto el prendimiento como los juicios injustos e ilegales contra Jesús tendrán lugar de noche, según recalcan los Evangelios: es la hora del poder de las tinieblas, del demonio. Por otro lado, en el precioso Sermón de la Cena transmitido por San Juan, Jesús advierte a los Apóstoles: “Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe de este mundo (el diablo); no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que Yo amo al Padre y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo” (Jn 14,30-31). Por lo tanto, los acontecimientos de la Pasión (traición de Judas, prendimiento, juicios, insultos, vejaciones, golpes…) van a ser suscitados por Satanás en su deseo de aplastar, humillar y eliminar a Cristo; pero en realidad nada puede sobre Él, pues Cristo, obedeciendo al Padre, no va a hacer sino cumplir los designios de salvación dispuestos por el Padre, que ha querido obrar la Redención de los hombres mediante los sufrimientos de su Hijo amado en la Pasión. Por eso había dicho Jesús que “ahora el príncipe de este mundo (Satanás) va a ser arrojado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,31-32). Es decir, la Cruz de Cristo va a suponer, frente a los deseos de Satanás, la propia derrota de Satanás y la victoria de Cristo.

Mel Gibson, en su magnífica película “La Pasión”, ha retratado con gran agudeza el papel de Satanás en ella desde los intentos de tentarle en la agonía en el Huerto. Refleja muy bien la vana y pasajera satisfacción del demonio viendo sufrir a Jesucristo, pero también cómo al final resulta vencido por su Muerte y su Resurrección, lo cual acentúa aún más si cabe su amargura.

Más referencias de Jesús al demonio

Leyendo los Evangelios, uno no puede decirse cristiano y negar la existencia del demonio. Su presencia oponiéndose a Jesucristo y a su obra salvadora es una constante, como lo es también la liberación de posesos por exorcismos practicados por Nuestro Señor. Y además de todo esto, las enseñanzas de Jesús en las que habla del Maligno son otra constante: por ejemplo, en la parábola del sembrador (Mt 13,19; Mc 1,15; Lc 8,12) o en la del enemigo que siembra la cizaña en el campo de trigo (Mt 13,25.38-39). Más aún, la traducción exacta del Padrenuestro no dice “líbranos del mal” en neutro y abstracto, sino “líbranos del Maligno”, “del Malo”, “del Malvado”:

es decir, del diablo (Mt 6,13). Frente a las autoridades judías, Jesús les indica que tienen por padre al diablo, que “era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él, […] es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44-45). Cabría señalar otros textos más, pero no podemos extendernos ahora.

Julio 2013

Satanás y los demás demonios aparecen citados hasta 188 ocasiones en el Nuevo Testamento, lo cual refleja la importancia que se les da. De ellas, 62 veces se emplea el término “demonio”, 33 el de “diablo”, 36 el de “Satán / Satanás”, 7 se le menciona como “Belcebú” (designando en ambos casos al “príncipe o jefe de los demonios”), 13 como “dragón” y 37 como “bestia” (estos dos nombres son del Apocalipsis).

Conforme al mandato y a los poderes transmitidos por Nuestro Señor Jesucristo a los Apóstoles, éstos continuaron expulsando demonios después de su Ascensión y de Pentecostés en los primeros tiempos de la Iglesia, según lo recoge San Lucas en los Hechos de los Apóstoles:

“Concurría también la muchedumbre de las ciudades circunvecinas a Jerusalén, trayendo enfermos y vejados por espíritus inmundos, y eran curados todos” (Hch 5,16). Asimismo, refiriendo la predicación de San Felipe en Samaria, se comenta que “muchos de los que tenían espíritus inmundos ‒éstos salían gritando a grandes voces‒ y muchos cojos y paralíticos fueron curados” (Hch 8,7). También de San Pablo se dice que expulsaba malos espíritus (Hch 19,11). Cabría señalar varios ejemplos más de exorcismos, pero vale con éstos como muestra. No obstante, es interesante resaltar cómo el fraude avaricioso de Ananías y Safira es identificado por San Pedro como un pecado suscitado por Satanás (Hch 5,3).

En sus cartas, San Pablo expresa en varias ocasiones la importancia de las fuerzas diabólicas. De un modo especial podemos resaltar la Carta a los Efesios, donde se refiere “al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios” (Ef 2,2), debiéndose advertir que la alusión al aire es porque se refiere a la zona atmosférica donde se suponía que actuaban los espíritus del mal. Por eso dirá también que “nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas, contra los espíritus malignos del aire” (Ef 6,12). A Satanás le denomina “el dios de este mundo” (2Co 4,4). Tiene claro que su vencedor es Cristo, quien por su Cruz ha despojado a los principados y potestades malos (Col 2,15), liberándonos y sacándonos del dominio de las tinieblas al que estábamos sometidos (Col 1,13). Por eso debemos buscar ahora nuestra fuerza en el Señor, revistiéndonos de las armas de Dios “para poder afrontar las asechanzas del diablo” (Ef 6,10-18); en efecto, no hay que conceder ninguna oportunidad al diablo para que ataque y nos pueda hacer caer (Ef 4,27). Al final, Cristo triunfará por completo a Satanás, después de que éste emprenda su última y más terrible ofensiva mediante el Anticristo (Rom 16,20; 2Tes 2,3-12).

Las cartas de San Juan y el Apocalipsis recogen abundantemente también el combate final y se observa que, detrás de la acción del Anticristo, se encuentra Satanás. Es digna de resaltar la alusión al combate entre San Miguel y sus ángeles buenos frente a “la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero”, siendo arrojados del Cielo él y sus ángeles malos (Ap 12,7-9).

Son muy interesantes asimismo algunas referencias en otras cartas católicas. San Pedro exhorta a velar, porque “vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar”, pero hemos de resistirle firmes en la fe (1Pe 5,8-9). Él afirma que “Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que precipitándolos en las cavernas tenebrosas del tártaro (el Infierno), los entregó reservándolos para el juicio” (2Pe 2,4), afirmación que mantiene la Carta de San Judas (Jud 6), la cual recoge además la lucha entre San Miguel y el diablo por el cuerpo de Moisés (Jud 9), un episodio que dentro de los textos canónicos únicamente aparece aquí. La Carta de Santiago, por su parte, sostiene que hasta los demonios saben que hay un solo Dios y tiemblan (St 2,19), y anima a resistir al diablo, porque si así lo hacemos huirá de nosotros, mientras que si nos acercamos a Dios, Él se acercará a nosotros (St 4,7-8).

Agosto/Septiembre 2013

Dado que se trata de ángeles, los demonios son criaturas espirituales, sin ningún componente material, sin cuerpo. No obstante, al igual que sucede con los ángeles buenos, los hombres necesitamos representarlos de algún modo y lo hemos hecho habitualmente con un cuerpo de aspecto feo y con rasgos que hacen resaltar su maldad.

Hay que señalar que en los primeros siglos de la Iglesia, incluso en teólogos de la talla de San Agustín, se tendía a considerar que los demonios disponían de un cuerpo de naturaleza espiritual, o bien sutil y aéreo aunque material. De ahí que algunos autores, valiéndose a veces de textos apócrifos del Antiguo Testamento, considerasen también que tenían una tendencia libidinosa por la que trataban de seducir al pecado carnal a las mujeres y hacer perder así sus almas. Varios Padres de la Iglesia, sin embargo, se opusieron a esta interpretación; por ejemplo San Juan Crisóstomo, quien recalca que una naturaleza incorporal no puede tener concupiscencia. Pero sería sobre todo Santo Tomás de Aquino quien, de forma coherente entre el fundamento bíblico y el dato teológico, por una parte, y el razonamiento filosófico por otro, incidiera de manera ya más definitiva en su naturaleza puramente espiritual y aclarase ciertos puntos de forma fija. Por ejemplo, en la Suma Teológica enseña que los demonios son substancias intelectuales (por lo tanto, sin cuerpo) y que su pecado ha sido de soberbia y envidia, que son pecados puramente espirituales, de tal modo que no tienen en cuanto tales los pecados vinculados a aspectos carnales o pasionales, si bien se deleitan en cualesquier pecados de los hombres por ser éstos un obstáculo para el bien humano (S. Th. I, q. 63, a. 2 ad 1 et ad 2; idem, a. 4 in c).

Número de los demonios

No es fácil conocer el número de los demonios que se rebelaron contra Dios. En el Apocalipsis, San Juan vio cómo un gran dragón rojo arrastraba con su cola la tercera parte de las estrellas del cielo (Ap 12,4): la Tradición de la Iglesia ha comprendido con frecuencia en este texto la defección de los ángeles malos y ha entendido que la seducción de Luzbel hizo a muchos otros seguirle, aunque la mayor parte de los ángeles permanecieron fieles a Dios. Al aludir a la tercera parte, se hace evidente que fueron muchos más los que perseveraron junto a Dios que los rebeldes, pero también es claro que fueron numerosos los que cayeron. No es necesario interpretar con exactitud matemática la relación de un tercio frente a otros dos, aunque sí puede dar una idea.

Por otra parte, ha habido autores en la Tradición de la Iglesia que han pensado que Dios dio al hombre el mandato de multiplicarse hasta cubrir el número de los ángeles caídos, reparando así

la pérdida de éstos.

Nombres de los demonios

Al hablar del demonio en el Nuevo Testamento, decíamos que en él se menciona a Satanás y a

los otros ángeles caídos con nombres tales como “demonio”, “diablo”, “Satán / Satanás”, “Belcebú”, “dragón” y “bestia”. En la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia también se emplean las designaciones de “maligno”, “enemigo”, “tentador”, “serpiente antigua”… Los antiguos monjes egipcios, conocidos como “Padres del Desierto”, solían identificar cada pecado capital con un demonio que instigaba a él y a veces daban a ese demonio el nombre correspondiente: “demonio de la envidia”, etc.; muy importante era el denominado “demonio del mediodía”, “demonio meridiano” o “demonio de la acedia”. Por otro lado, en ocasiones se conocen nombres propios de demonios, como “Asmodeo”, según hemos visto en artículos anteriores.

Octubre 2013

Conforme a varios textos bíblicos que hemos visto con anterioridad, se hace evidente que los ángeles que cayeron lo hicieron por un pecado en los inicios de la Creación. Todos fueron creados buenos por Dios, porque nada malo puede salir de sus manos: los creó en estado de gracia santificante, pero voluntariamente se apartaron del orden establecido por Dios, incurriendo así en el pecado. La conformidad con la voluntad divina se torció por el libre albedrío de la voluntad angélica.

A partir de un texto del Génesis, muchos autores antiguos pensaron que el pecado de los

ángeles se había producido por la concupiscencia, por un desorden sexual: “viendo los hijos de

Dios que las hijas del hombre eran hermosas, se procuraron esposas de entre todas las que más les placieron” (Gén 6,2.4). Tales autores creyeron que la alusión a “los hijos de Dios” se refería a los ángeles, pero aquí el texto sagrado no se refería realmente a ellos, sino a los descendientes de Set, mientras que las hijas del hombre eran descendientes de Caín. A partir de estas citas, el libro apócrifo de Henoc explicaría el pecado de los ángeles como un pecado carnal nacido de la concupiscencia.

Esta opinión, rebatida pronto, fue abandonada casi por completo desde el siglo IV en Oriente y

el V en Occidente, porque era evidente la contradicción. San Justino, en el siglo II, señalaba

con razón que “el demonio estaba ya caído de la gracia cuando tentaba a Eva” (Diálogo, 1) y San Juan Crisóstomo († 407) observaría que la naturaleza espiritual de los ángeles no era compatible con el pecado de la carne (Homilía 22 sobre el Génesis). Ciertamente, el demonio había pecado ya antes de la creación de la mujer.

Soberbia y envidia

Como explicamos en el artículo anterior, Santo Tomás de Aquino afirmó con claridad que el pecado de los ángeles fue de soberbia y envidia, que son pecados puramente espirituales, de

tal modo que los demonios no tienen los pecados vinculados a aspectos carnales o pasionales,

si bien se deleitan en cualesquier pecados de los hombres por ser éstos un obstáculo para el

bien humano (S. Th. I, q. 63, a. 2 ad 1 et ad 2; et a. 4 in c). El Doctor Angélico distingue muy bien que, en cuanto al reato (es decir, la obligación que queda a la pena correspondiente al pecado), los demonios tienen todos los pecados, porque al inducir al hombre a cometerlos incurren en el reato de todos ellos; sin embargo, en cuanto al efecto, sólo pueden darse en ellos aquellos pecados a los que se puede inclinar su naturaleza espiritual, y éstos son en su caso la soberbia como primer pecado y, por vía de consecuencia, el de envidia (S. Th. I, q. 63, a. 2 in c). Ya San Agustín había señalado también la soberbia como causa de la rebelión de los ángeles de Luzbel (De civ. Dei, XII, 1).

El pecado de soberbia fue por un deseo de ser como Dios en sentido pecaminoso: a una criatura le es lícito llegar a asemejarse a Dios porque Dios mismo le ha hecho capaz de ello, pero Luzbel aspiró a ese fin como si fuera por su propio esfuerzo; quiso poseer el poder que sólo a Dios pertenece y apeteció tener la bienaventuranza final por su propia fuerza (S. Th. I, q. 63, a. 3 in c). El pecado de envidia le vino al dolerse de la excelencia divina y del bien que sabía que iba a gozar el hombre por bondad de Dios. Tanto el pecado de soberbia como el de envidia se encuentran después en la tentación del demonio a Adán y Eva: “seréis como Dios” (Gén 3,4); y en el libro de la Sabiduría se recuerda que el pecado original se produjo “por la envidia del diablo” (Sb 2,23-24).

El diablo, pues, fue creado bueno, y así también los demás ángeles que con él caerían. Como substancias esencialmente espirituales e intelectuales creadas por Dios, no pueden ser malos por naturaleza. En consecuencia, su pecado fue posterior a la obra de la Creación (S. Th. I, q. 63, a. 4 in c et a. 5 in c). El pecado del ángel no procede de una propensión a pecar, sino únicamente del libre albedrío con que Dios lo ha creado como criatura racional. Y el pecado del principal de los ángeles, Luzbel, fue causa de pecado para otros que le siguieron (S. Th. I, q. 63, a. 7 in c; Santo Tomás sigue aquí sobre todo Mt 25,41 y a San Gregorio Magno en las

Homilías sobre los Evangelios, II, 34).

Noviembre 2013

La Tradición de la Iglesia ha entendido con frecuencia que el pecado de los ángeles rebeldes debió de producirse en los primeros momentos de la Creación, ya que el texto del Génesis referente a la separación entre la luz y las tinieblas en el primer día (Gén 1,4-5), además del sentido material del día y la noche, se ha interpretado muchas veces en este aspecto del apartamiento de los ángeles buenos y de los malos, y así lo consideraron pronto ciertos Padres de la Iglesia como San Agustín (De civ. Dei, XI, 19 y 33). Santo Tomás de Aquino, de hecho, se inclina a pensar que su pecado se produjo inmediatamente después del primer instante de su creación (S. Th. I, q. 63, a. 6 in c).

Muchos autores piensan que la causa pudo ser que Luzbel se negara a aceptar la Encarnación del Hijo de Dios cuando se anunciara a los ángeles, porque no querría reconocer la superioridad de un hombre, al ser el hombre inferior al ángel por naturaleza.

Gravedad del pecado de los demonios y eternidad de sus penas

Teniendo en cuenta la superioridad del conocimiento angélico sobre el humano, la gravedad del pecado de los demonios fue mayor que el pecado del hombre: de ahí que no pueda alcanzar perdón, como sí sucede en el caso de éste, pues entendían con mayor evidencia la maldad de su rebeldía contra Dios. El pecado del ser puramente espiritual, a diferencia del animal racional, es un pecado “entero, todo de una pieza, que compromete definitivamente su libertad y su entero destino”, en palabras del teólogo René Laurentin.

Por eso, su condenación es irreversible y sus penas son eternas. El Señor lo dijo claramente al hablar del Juicio Final: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”; allí será “el castigo eterno” (Mt 25,41.46). Ya en el pecado original se observa la diferencia de trato hacia el ser humano y hacia “la serpiente”: Dios reprende severamente al primero y le castiga, pero cubre paternalmente la desnudez de Adán y Eva y les invita a la esperanza, mientras que a Satanás le maldice y degrada (Gén 3,9-24).

Algunos teólogos antiguos, a partir del alejandrino Orígenes, llevados de un sentimiento de compasión humana y ante la objeción que esto aparentemente plantearía a la bondad y la misericordia infinita de Dios, consideraron que las penas del infierno para el demonio y sus ángeles caídos y para los hombres condenados en él no podrían ser eternas y que Dios realizaría al final de los tiempos una apocatástasis o reconciliación o restauración última. Le

siguieron autores como Teodoro de Mopsuestia o, en la Edad Media, Escoto Eriúgena, y en tiempos recientes ha retomado su hipótesis con ciertos matices el alemán Hans Urs von Balthasar. Sin embargo, tal proposición quedó desde antiguo abiertamente condenada por la Iglesia como herética y es inaceptable para un católico (así, en los Cánones contra Orígenes del Papa Vigilio en el año 543, c. 9). Santo Tomás de Aquino señalaría con acierto en el siglo XIII que “la misericordia de Dios libera del pecado a los penitentes, pero los que no son capaces de arrepentirse y permanecen adheridos al mal, no son liberados por la misericordia divina” (S. Th. I, q. 64, a. 2 ad 2). Ya San Agustín había defendido con firmeza la eternidad de las penas del infierno afirmando su justicia: “No hay que medir el delito por el tiempo empleado en su comisión, sino por la magnitud de su injusticia o de su perversidad” (De civ. Dei, XXI, 11). El santo Doctor africano criticó con dureza la postura de los “misericordiosos” que, a partir de Orígenes, negaban la eternidad de tales penas (De civ. Dei, XXI).

Diciembre 2013

El P. Royo Marín, O.P., señala cinco principales y terribles consecuencias para los ángeles malos por su pecado de rebeldía contra Dios:

a) privación de todos los dones gratuitos que habían recibido de Dios;

b) exclusión de la eterna bienaventuranza y lanzamiento al infierno;

c) oscurecimiento de su inteligencia;

d) obstinación de su voluntad en el mal;

e) vehemente dolor.

En cuanto a lo primero, se vieron privados de los dones sobrenaturales, dada la gravedad de su pecado; por lo que atañe a los dones naturales propios de la naturaleza angélica, los conservaron, aunque se verían privados en parte de su rectitud.

La pérdida de la bienaventuranza celestial y la condena con las penas del infierno aparecen como realidades explícitas en varios pasajes bíblicos (así, Lc 10,18; Mt 25,41.46; Judas 6; Ap 20,10) y fueron confirmadas como dogma por los Cánones del Papa Vigilio contra Orígenes (543) y por el IV Concilio de Letrán (1215). Suponen ante todo la pena de daño, es decir, la pérdida de la contemplación de Dios con todo el gozo y la gloria que ésta conlleva. Al tratarse de seres espirituales, el fuego del infierno no les afecta de un modo sensible, sino en el orden intelectual y afectivo: desean naturalmente una bienaventuranza de la que están privados y, consumidos por la envidia, quisieran la condenación de los que se salvan; además, Santo Tomás de Aquino piensa que el fuego sí les atormenta físicamente atando sus potencias angélicas para que no puedan actuar donde, cuando y como desearan.

Por lo que toca al oscurecimiento de su inteligencia, son muy interesantes las apreciaciones de San Agustín y Santo Tomás. El primero afirma que Dios se manifiesta a los ángeles buenos haciéndoles gozar de la participación de su eternidad, mientras que a los demonios se les manifiesta con su poder para atormentarlos (De civ. Dei, IX, 21). Asimismo, establece una serie de diferencias entre la ciencia o conocimiento de los ángeles buenos y la de los demonios, de las que podemos destacar sobre todo algunas: los primeros, que estiman tanto la caridad de Dios que les santifica, ven en el Verbo de Dios las causas principales de las cosas temporales y mudables, mientras que los demonios no contemplan en la Sabiduría de Dios las causas eternas de los tiempos; los ángeles no se equivocan, mientras que los demonios se equivocan muchas veces. Además, los ángeles son felices y los demonios infelices (De civ. Dei IX, 23).

Por su parte, Santo Tomás advierte que el conocimiento natural angélico se ha conservado en los demonios después de su pecado, aunque privado en parte de su rectitud. En cambio, el conocimiento que se obtiene por la gracia ha quedado totalmente suprimido o al menos disminuido: el conocimiento especulativo por la gracia no les ha sido eliminado, pero sí disminuido, ya que les son revelados sólo los secretos divinos convenientes por medio de los

ángeles buenos o de algunos efectos temporales de la virtud divina; en cambio, del conocimiento afectivo por la gracia se les ha privado por completo, al igual que de la caridad (S. Th. I, q. 64, a. 1 in c). El conocimiento de los demonios es, pues, un “conocimiento nocturno”, porque no se refiere a Dios, por contraposición al “conocimiento diurno” y al “conocimiento vespertino” que poseen los ángeles buenos (San Agustín, De civ. Dei, XI, 7 y 29; Santo Tomás, S. Th. I, q. 58, a. 6 y 7; q. 64, a. 1 ad 3). Una consideración muy importante del Doctor Angélico es que los demonios nunca tuvieron visión del Verbo de Dios: a diferencia de los ángeles buenos, no alcanzaron la bienaventuranza; y tampoco conocieron por completo el misterio de la Encarnación durante la vida terrena de Jesucristo, sino que (sigue a San Agustín), tal misterio se dio a conocer a los ángeles buenos, pero a los malos simplemente se les notificó para su espanto por ciertos efectos temporales (San Agustín, De civ. Dei, XI, 21; Santo Tomás, S. Th. I, q. 64, a. 1 ad 4). En fin, el conocimiento de los demonios puede darse de tres maneras: por la sutilidad de su naturaleza angélica (conocimiento natural para ellos), por revelación de los santos ángeles (en algo que conviene que conozcan parcialmente) y por la experiencia de un largo tiempo (S. Th. I, q. 64, a. 1 ad 5). Por otro lado, su voluntad permanece obstinada en el mal, pues la voluntad angélica se adhiere de un modo fijo e inamovible al hacer una elección y en su caso ya quedó hecha en su pecado (S. Th. I, q. 64, a. 2 in c).

Enero 2014

Santo Tomás de Aquino dice que los demonios se encuentran en dos lugares de pena: uno por razón de la culpa, que es el infierno, y otro en razón de la ejercitación humana, que es el caliginosus aer o la “atmósfera tenebrosa”, nuestra atmósfera. Hasta el día del Juicio Final, tanto los ángeles buenos como los demonios desarrollan su acción entre nosotros: los primeros, enviados por Dios para guiarnos y ayudarnos; los segundos, en cambio, nos someten a prueba. Cuando vienen a nosotros ahora, ni disminuye la gloria de los ángeles buenos, porque su lugar propio es el Cielo, ni se reduce tampoco la pena de los ángeles malos con respecto al infierno (S. Th. I, q. 64, a. 4 in c et ad 3).

Existe ciertamente una importantísima acción de las criaturas espirituales en nuestra vida, muchas veces sin que seamos conscientes de ello. Por lo que atañe a los demonios, principalmente la desarrollan de tres posibles maneras: la tentación, la obsesión y la posesión.

La tentación

El oficio propio del demonio es tentar: de hecho, en ocasiones se le denomina en la Biblia como “el tentador”. La caída de Adán y Eva es fruto de la tentación de Satanás, que logró seducirles para que desobedecieran a Dios (Gén 3). Incluso Jesús se sometió a sus tentaciones, aunque no podía pecar, para darnos ejemplo de resistencia en la prueba y de cómo vencer al diablo (Mt 4,1-11; Mc 1,12-13; Lc 4,1-13). Son muchos los pasajes de la Sagrada Escritura donde se podría observar este tipo de acción diabólica sobre los hombres.

El demonio es el padre de la mentira y tiene un arte especial para seducir y engañar al hombre, valiéndose sobre todo de los otros dos enemigos del alma: el mundo y la carne. Sabe cómo excitar sus pasiones más bajas y suscitar en él la inclinación a los pecados capitales. Es hábil para manejar la psicología humana y sondear a cada persona, instigando al mal en puntos débiles de ella, seduciendo, induciendo al pecado… Como padre de la mentira, el demonio engaña al hombre: siempre le presenta la tentación de un modo atrayente, le propone un bien pasajero o falso, pero le oculta el daño y el dolor que luego le va a proporcionar su adquisición. Pone al hombre el señuelo, como un cazador a la presa o un pescador al pez. Y así será como, si el hombre cae en la tentación, logre apartarle de Dios y del camino de salvación que Dios desea para él.

Si se lee el pasaje del pecado original, se observan los pasos que normalmente se dan en la

tentación. Primero, se acerca el tentador. Luego ofrece una insinuación al mal y hay un primer movimiento de duda y de rebeldía hacia Dios. Si el hombre se resiste de momento, entonces aumenta la insinuación e incluso ofrece abiertamente el pecado como algo atractivo. Puede ser que el hombre, auxiliado por la gracia, rechace de raíz la invitación al pecado: el ejemplo es Jesucristo en el desierto. O puede ser que actúe como los primeros padres en el Edén: que vacile y, con consentimiento libre y voluntario, acepte la tentación. Tras haber caído en ella,

normalmente el hombre toma conciencia de su mala acción y surge de un modo natural en él un sentimiento de vergüenza y, si la conciencia es recta, también un movimiento pronto de arrepentimiento.

Frente a la tentación, se recomiendan varias actitudes. Por una parte, antes de la tentación:

vigilancia y oración. Durante la tentación: resistencia directa (enfrentándose a ella de lleno, haciendo lo contrario de lo que el demonio procura) o indirecta (apartándose de ella). En fin, después de la tentación: si se ha vencido, se deben dar gracias a Dios; si se ha caído, debe

surgir el arrepentimiento y la petición de perdón a Dios, confesando obligatoriamente el pecado

si es mortal; y si se ha quedado con duda sobre si ha habido consentimiento o no, se deben

evitar los escrúpulos, dejar que la conciencia hable con paz y tranquilidad y puede ser conveniente confesarlo como algo dudoso, pues el confesor tranquilizará al penitente y le absolverá si ha habido caída.

La tentación es el medio de acción más habitualmente usado por Satanás y sus demonios. Pero, aun siendo el más corriente y el menos llamativo, es sin embargo el más peligroso, pues por la tentación puede perder al alma y apartarla de Dios. Las defecciones de muchas vocaciones religiosas y sacerdotales tienen su origen en la tentación diabólica contra el valor de su propia vocación.

Febrero 2014

La llamada “obsesión” diabólica es una forma extraordinaria de actuar de Satanás, bajo

permisión divina y generalmente empleada contra personas santas y que le resultan peligrosas

a su acción malvada. Supone una influencia constrictiva psíquica o física, extrínseca a la

persona que la padece, y por medio de ella intenta escandalizarla, neutralizarla o desesperarla. En el caso de muchos santos, se ha tratado de un verdadero asedio, pero lo más íntimo del alma permanece fiel a Dios y logra finalmente la victoria.

Por “obsesión” no se entiende aquí que la persona esté obsesionada con el demonio y con su acción por un motivo intrínseco, por su propia mente; al contrario, es una obsesión venida de fuera a la mente y al cuerpo de la persona que la padece.

A diferencia de la posesión diabólica, en la obsesión el alma conserva la conciencia de su acción

vital y motriz sobre sus órganos corporales, pero nota claramente la acción exterior de Satanás y/o de otros demonios, que trata de violentarla con una fuerza inaudita. Siguiendo al P. Royo Marín, O.P., y a otros teólogos, diremos que la obsesión puede ser interna o externa.

La obsesión interna se distingue de las tentaciones ordinarias sólo por su violencia y duración. Turba el alma, en ocasiones en forma de idea fija y absorbente, otras veces mediante imágenes

y representaciones que se imponen como si fueran reales, y puede inclinar a lo que hay que

evitar y producir repugnancia hacia nuestros deberes y obligaciones. El alma se siente con frecuencia llena de imágenes importunas, obsesionantes, que la empujan a la duda, al resentimiento, a la cólera, a la desesperación o al encanto de la voluptuosidad. El mejor

remedio es siempre la oración, junto con la humildad, la confianza en Dios y en la protección de

la Virgen María, el uso de los sacramentales y la obediencia al director espiritual.

La obsesión externa

Por su parte, la obsesión externa y sensible es más espectacular e impresionante, pero en realidad es menos peligrosa, de no ser que se una a la obsesión interna. La vista es afectada por apariciones diabólicas agradables y halagadoras (como ángel de luz) o terribles y amenazadoras; el oído es atormentado con estrépitos y ruidos espantosos, obscenidades, blasfemias, músicas voluptuosas… El olfato puede percibir olores suaves que excitan la sensualidad o, por el contrario, pestilentes. El gusto puede ser excitado a la gula o verse afectado por la repugnancia o la imposibilidad de ingerir los alimentos que se le presentan (gusanos en la comida, espinas…). En fin, el tacto puede experimentar golpes terribles o abrazos y caricias voluptuosas. Este tipo de experiencias de obsesión externa la han padecido muchos santos desde la antigüedad: San Antonio Abad y muchos monjes egipcios, San Benito, Santa Catalina de Siena, San Alonso Rodríguez, Santa Margarita de Cortona, Santa Teresa de Jesús, San Francisco Javier, Santa Gema Galgani, San Juan María Vianney, San Pío de Pietrelcina…

Acrisolar la virtud de un alma

La obsesión diabólica se produce siempre bajo permisión divina para acrisolar la virtud de un alma y aumentar sus merecimientos, pero se debe a la envidia y la soberbia del demonio ante las almas santas. También puede originarse, sin embargo, en la imprudencia del obsesionado si éste ha provocado o desafiado a Satanás pensando que era más fácil vencerle. En menos ocasiones puede tener su raíz en una propensión natural de la persona obsesionada, que da oportunidad a Satanás para atacarla en su punto más débil (en caso de obsesión interna, no de la externa).

Un director espiritual, ante estos casos, debe considerar que la obsesión se suele producir en almas muy adelantadas en la virtud. Por otra parte, tiene que distinguir si se trata de personas psíquicamente equilibradas. También puede obtener pruebas evidentes de obsesión externa al observar ciertos hechos (huellas de golpes, traslación de objetos sin que nadie visible los mueva…). Y debe proceder siempre con paciencia y suavidad hacia las almas obsesionadas, haciéndolas ver que el demonio nada podrá finalmente. En casos más graves y persistentes, se puede recurrir a un exorcismo privado, o solemne si fuera el caso.

En parte relacionada con la obsesión y en parte con la posesión, se habla en ocasiones de la “infestación diabólica”, que afecta a objetos y animales sobre los que Satanás y sus demonios ejercen una influencia maléfica para usarlos con el fin de hacer daño a algunas personas:

ciertos libros, casas encantadas, etc.

Marzo 2014

La existencia de la posesión diabólica es indiscutible y parece pertenecer al depósito de la fe, aunque lamentablemente hoy existen muchos eclesiásticos reticentes a creer en ella o a darle importancia. De hecho, no son muchas las diócesis que cuentan con exorcistas oficiales. En los Evangelios, según lo vimos en su momento, nos encontramos numerosos casos y no se trata de ataques de epilepsia, como algunos exégetas han pretendido. También los Apóstoles, como dijimos, realizaron exorcismos. Y a lo largo de la Historia de la Iglesia se han registrado abundantes casos de posesión diabólica y de consiguientes exorcismos, llevados a cabo con un conveniente Ritual promulgado por la Santa Sede.

Monseñor Corrado Balducci, demonólogo de la diócesis de Roma, define la posesión diabólica de la siguiente manera: “La posesión diabólica consiste en una presencia del demonio en el cuerpo humano, hasta el punto de que sofoca la misma guía directiva de la persona, que se convierte así en instrumento ciego, dócil, fatalmente obediente a su poder perverso y

despótico. En esta situación se dice que la persona está poseída, endemoniada. Ésta, como no es consciente, tampoco es moralmente responsable de sus acciones, por más injuriosas y perversas que sean. Mostrará una agitación insólita y violenta. Un individuo puede ser poseído por uno o varios demonios, como también un solo demonio puede posesionarse de varias personas. Respecto del ejercicio de este poder, no siempre se encuentra en el poseído una presencia operante del diablo; se suele hablar así de períodos de crisis, que generalmente surgen ante lo sagrado”.

La Posesión

Hay que recalcar que el demonio toma posesión del cuerpo, pero no del alma en sí misma. Los momentos de crisis se manifiestan por el acceso violento del mal y el demonio se muestra por medio de palabras y frases, que con frecuencia llegan al insulto y la blasfemia, estallidos de rabia y de impiedad, obscenidades, etc. Normalmente se trata de hechos poco prolongados y, cuando el endemoniado vuelve sobre sí, en estado de calma, no recuerda nada de lo que el demonio ha hecho o dicho por medio de él, aunque sí puede percibir a veces algo del espíritu infernal al principio de la irrupción, cuando comienza a usar despóticamente de sus miembros. No obstante, hay casos en que el alma es consciente y asiste con asombro a lo que sucede.

Discernimiento de casos de posesión

No se puede caer en el psicologismo con el que las mentes escépticas quisieran reducir los casos de posesión diabólica a simples explicaciones de trastornos mentales. Cuando se trata de un auténtico caso de posesión, no hay cura médica posible y lo único que se hace si ésta se intenta es prolongar y aumentar el problema, sin llegar a solucionarlo. Pero ello no quita que la Iglesia Católica recomiende, como es lógico, una máxima prudencia a la hora de discernir bien los casos reales de posesión y por eso es conveniente la colaboración en muchos casos, en un primer momento, entre un exorcista y un psiquiatra católico que crea en la realidad de la posesión.

No es un trastorno mental

Por lo general, existen algunos datos que evidencian una verdadera posesión y la distinguen con cierta nitidez respecto de un trastorno mental: hablar lenguas no sabidas (aunque también hay que ser cautos y averiguar si el supuesto poseso pudo haber aprendido en su niñez una lengua que luego olvidó), revelación de cosas ocultas o distantes sin causa natural que pueda explicarlas, uso de fuerzas notablemente superiores a las naturales (se pueden dar hechos preternaturales como la levitación, andar con los pies por el techo y la cabeza hacia abajo, levantar pesadas cargas que varios hombres juntos no podrían mover, romper metales u objetos muy duros que uno solo no podría conseguir hacerlo, arrojar por la boca clavos o tornillos, etc.). Uno de los rasgos más sobresalientes es la aversión extrema hacia todo lo sagrado, muy en especial hacia la Santísima Virgen y la Eucaristía, con manifestaciones brutales de cólera o de terror ante su nombre o su presencia. De hecho, muchos posesos pasan del estado de calma al de crisis en el momento de la consagración en la Santa Misa, ante un sagrario donde está reservado Jesús Sacramentado o en santuarios marianos, y cuando se pronuncian los nombres de Jesús y de María manifiestan espanto y un rechazo bestial.

Abril 2014

Por lo general, la posesión diabólica se verifica en personas especialmente pecadoras o que se han puesto en sumo riesgo aproximándose a la acción de Satanás, pero no siempre, e incluso se puede dar en niños y en personas de vida santa. En estos casos, más raros, la causa se encuentra en el deseo de venganza de Satanás y en la providencia de Dios, que lo permite para

purificar un alma santa, como le sucedió en el siglo XVII al P. Surin a raíz de sus exorcismos entre las hermanas ursulinas de Loudun (quedó poseído él mismo y era consciente de ello, sin quererlo), o como le ocurrió a la carmelita árabe Sor María de Jesús Crucificado, muerta en olor de santidad.

En estos casos y en la posesión diabólica de niños, Dios se vale de ella para demostrar los límites reales del poder del demonio y cómo finalmente son Él y la Iglesia quienes triunfan. Así se observa en los Evangelios con una niña como la hija de la cananea (Mt 15,21-28; Mc 7,24- 30) y con el niño lunático (Mt 17,14-20; Mc 9,14-29; Lc 9,37-43); es un caso en que se une una enfermedad de epilepsia a un caso real de posesión; ante el exorcismo obrado por Jesús con este niño y al liberarlo del demonio, “todos quedaban atónitos ante la grandeza de Dios” (Lc 9,43). Puede aplicarse en estos casos, por tanto, lo que también señala Jesús al ir a curar al ciego de nacimiento (no endemoniado): su mal no es fruto de su pecado ni del pecado de sus padres, sino que ha sido permitido por Dios para el milagro, porque “se habían de manifestar en él las obras de Dios” (Jn 9,3).

Si Dios permite la posesión diabólica es fundamentalmente para sacar un bien mayor. No hay que perder de vista lo que sucedió con la Magdalena (Mc 16,9; Lc 8,2) y con el endemoniado de Gerasa (Mt 8,28-34; Mc 5,1-20; Lc 8,26-39): a ella, mujer pecadora de la que expulsó siete demonios, la convirtió en una discípula fidelísima y pura; y el segundo, de llevar dentro de sí una legión de demonios, pasó a querer seguirle, pero Jesús prefirió que fuera un predicador suyo anunciando la maravilla que había obrado en él. Por lo tanto, el primer beneficiado suele ser el poseso al ser liberado, a la par que ante todos se manifiesta el poder de Jesucristo, que vence al diablo siempre.

Pero, como decimos, normalmente el origen de la posesión se halla en que el endemoniado se ha colocado en una situación de riesgo: bien por una actitud de entrega al pecado y al vicio, abandonándose de lleno o casi totalmente a él; bien porque la propia víctima ha realizado un pacto con el diablo, para conseguir algún objetivo o porque ha tratado con experiencias de tipo espiritual o adivinatorio, que son de inspiración demoníaca. Esto último es quizá hoy lo más corriente, con prácticas como el espiritismo, la ouija, músicas satanistas, más recientemente el reiki, etc., o abiertamente con cultos y sectas satánicas.

Remedios contra la posesión diabólica

Jesucristo lo ha declarado abiertamente: “Ese linaje (de los demonios) con nada puede salir, si no es con oración y ayuno” (Mc 9,29). Por lo tanto, los medios, tanto para evitar la posesión como para luchar contra ella cuando se ha producido, son espirituales. La Iglesia especifica los siguientes: la confesión sacramental, la sagrada Comunión, la oración y el ayuno, los sacramentales (muy especialmente el agua bendita debidamente exorcizada, como comprobó Santa Teresa de Jesús), la Santa Cruz, las reliquias de los santos (sobre todo del Lignum Crucis, de la Cruz de Nuestro Señor) y los santos nombres de Jesús y de María, así como de otros santos, de los ángeles y muy singularmente de San Miguel Arcángel.

Cuando está comprobado un caso de posesión, además de todos estos medios, se hace preciso un exorcismo solemne. Existen exorcismos simples o conjuros contra el demonio, que se pueden rezar en privado, incluso por parte de laicos (así, hay uno relativamente conocido de León XIII). Pero el exorcismo solemne ante endemoniados sólo pueden realizarlo sacerdotes expresamente designados por la Iglesia y siguiendo las pautas del Ritual promulgado por la Santa Sede. Una de las indicaciones en que más se insiste siempre es que no se debe dialogar con el demonio, porque es mentiroso y embauca con facilidad; en consecuencia, el sacerdote autorizado por la Iglesia sólo debe hacerle las preguntas oportunas establecidas por el Ritual.

Aunque la posesión diabólica sea un fenómeno que nos impresiona al ver desencadenada la fuerza preternatural de Satanás y su rabia, sin embargo es menos peligrosa que la tentación y siempre se observa finalmente la victoria de Cristo.

Intereses relacionados