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2014 Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado
Romances y romanceros
Angarmegia: Ciencia, Cultura y Educación. Portal de Investigación y docencia
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Algunos de los vídeos de romances, elaborados por el portal, accesibles directamente desde este documento son:
Cervantes: "Servía en Orán al rey..." - www.youtube.com/embed/VHOtsQ1bemY
Duque de Rivas: Un castellano leal - www.youtube.com/embed/9JhLhDhDj-o
García Lorca. Romancero gitano. Prendimiento del Camborio - www.youtube.com/embed/3xSOF-Bha1Y








Romances y
romanceros
Notas y recursos didácticos para la clase de Literatura

Una propuesta de
María Dolores Mira y Gómez de Mercado
Antonio García Megía














El presente documento forma parte del proyecto del Portal de Educación y
Docencia Angarmegia, Ciencia, Cultura y Educación (http://angarmegia.com).
Propone algo más que unos apuntes para orientar a nuestros alumnos de Educación
Secundaria en sus estudios sobre el tema.
Esta unidad propone junto a un el texto muy simplificado y centrado en
aspectos esenciales para completar, o diversificar, los contenidos recogidos en su libro
base, incorpora:
 Imágenes en tamaño y formato adecuado para ser utilizadas en
presentaciones o exposiciones del profesor o el estudiante. Son
originales y corresponden a fotogramas de vídeos confeccionados
específicamente para ilustrar, aclarar o motivar esta Unidad Didáctica.
Las imágenes se pueden encontrar en el documento Romances y
romanceros. Imágenes, descargable desde la sección de Imprimibles
del Portal Angarmegia.
 Amplia antología de textos representativos de diversa dificultad para
trabajar en clase
 Artículos complementarios de autores de reconocida solvencia para
ampliar conocimientos o comprender mejor las circunstancias que
determinan los hechos estudiados.
El proyecto, además, dispone, como queda dicho, de vídeos relacionados y de
actividades interactivas para mejorar y reforzar las adquisiciones.
Los vídeos están localizables en la sección de vídeos del Portal o en el Canal
Angarmegia de YouTube. Las direcciones son:
 Vídeos en el Portal: http://angarmegia.com/videos.htm
 Angarmegia en YouTube: http://www.youtube.com/user/angarmegia
 Las actividades interactivas se encuentran en la sección Refuerzo al estudio:
Interactivos: http://angarmegia.com/refuerzoestudio.htm
 El álbum con todas las imágenes en mayor tamaño imprimibles:
Imprimibles: http://angarmegia.com/apoyos_imprimibles.htm

Agradecemos cualquier crítica o sugerencia que tengan a bien hacernos. Nuestra
mayor satisfacción estriba en conocer que nuestro trabajo puede contribuir a mejorar el
nivel educativo de las generaciones que habrán de sustituirnos.



Antonio García Megía
Maestro, Diplomado en Geografía e Historia, Licenciado en Filosofía y Letras,
Doctor en Filología Hispánica.






CONTENIDO


Síntesis teórica _______________________________________________________________ 9

El Romance: Origen, elementos definitorios y difusión ______________________________ 11
Clasificación de los romances __________________________________________________ 13
Categorización general del romancero viejo _______________________________________ 14

Selección de romances viejos ___________________________________________________ 17
Romances de D. Rodrigo ___________________________________________________________ 19
Romances del Conde Fernán González ________________________________________________ 23
Romances de los Infantes de Lara ___________________________________________________ 27
Romances del Rey Don Pedro _______________________________________________________ 32
Romances del Cid ________________________________________________________________ 36
Romances fronterizos _____________________________________________________________ 38
Romances de los ciclos carolingio y bretón ____________________________________________ 46
Romances novelescos y líricos ______________________________________________________ 49

Documentos complementarios __________________________________________________ 57
La literatura popular y tradicional. El romancero ________________________________ 59
Mujer y romancero _________________________________________________________ 62
Carlomagno y Cervantes: Representación del romance carolingio en el Quijote_________ 68
Lope de Vega y sus Romances ________________________________________________ 72
Sobre la ideología de la Reconquista: Realidades y tópicos _________________________ 74
La Reconquista ____________________________________________________________ 77






























Romances y romanceros
Síntesis teórica



DRA Dª M. DOLORES MIRA Y GÓMEZ DE MERCADO Y DR. D. ANTONIO GARCÍA MEGÍA
SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
ROMANCES Y ROMANCEROS


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ROMANCES Y ROMANCEROS
Síntesis teórica


Ínfimos son aquellos que sin ningún orden, regla nin cuento
facen estos romances o cantares, de que las gentes de baxa e
servil condición se alegran.
Marqués de Santillana

Poema breve de carácter épico-lírico escrito en español, no
en el latín de los clérigos, que se recita o se canta al son de
un instrumento.
Ramón Menéndez Pidal


EL ROMANCE: ORIGEN, ELEMENTOS DEFINITORIOS Y DIFUSIÓN

El romance es difícilmente definible de acuerdo con una tradicional clasificación de
géneros. No es lírico ni narrativo y, sin embargo, suele ser ambas cosas a la vez. Nacido con una
clara vocación narrativa, pronto se carga de elementos subjetivos hasta el punto de ser calificado
por Menéndez Pidal como ―la canción épico-lírica‖ de fondo más heroico y caballeresco que
existe en la literatura universal.
El término romance está vinculado al hecho de que se compone no en latín, sino en
alguna de sus lenguas populares derivadas. En España aparece en un antiguo texto escrito del
cantar del Mío Cid de 1307, en unos versos finales añadidos por el juglar que solicita al público
―habiendo recitado ya el romance‖ la entrega de la gratificación acordada. Los cantares de gesta,
inicialmente denominados fablas de gesta, también se designaron en ocasiones romanz; pero
finalmente se reservó este apelativo para la composición breve.
Aunque el término romance se aplica principalmente a las composiciones de origen
español, existen expresiones equivalentes en otras literaturas de países románicos. En Francia,
Inglaterra, Escocia, Alemania, Italia… se conocen antiguas baladas medievales equiparables a
los romances castellanos con temas relacionados con gestas guerreras medievales resultando
una valiosa fuente para estudiosos de la historia. Su auge, y permanencia, en la Península
Ibérica respecto de otros países es achacable al largo periodo de Reconquista que vivieron los
reinos aquí asentados.
Se estima que los romances se iniciaron como cantos juglarescos en el siglo XIII.
Contemporáneos de los cantares de gesta y, en gran medida originados en ellos, adquieren
autonomía literaria y continuidad a lo largo de muchos siglos. Se trata de textos de autor
anónimo en sus comienzos, desgajados de viejas canciones de gesta, de las que se distancian
por su extensión al concentrarse sólo en un episodio, momento o personaje, o su matiz lirico,
nacido del interés por la búsqueda de situaciones emocionales o espirituales dentro del contexto
general épico. Es el pueblo, el juglar en cuanto a intérprete de este, quien recoge y extrae de la
enorme masa épica, aquellos episodios que le resultan de mayor interés, para componer sus
cantos. Pero se trata de un fragmentarismo no casual, sino consecuente con firmes criterios
estéticos, dramáticos y culturales, condiciones que sumadas a la brevedad y musicalidad de la
versificación, facilitan su memorización por el gran público que los recita frecuentemente en
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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
ROMANCES Y ROMANCEROS


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situaciones de vida cotidiana. Es su transmisión oral la que ha propiciado la aparición de
múltiples variantes, deformaciones o intercalaciones diversas, de un mismo texto inicial. Así,
las versiones conocidas del Romance de Gerineldo se aproximan al doble centenar.
Es, precisamente, esa trasmisión oral la que conserva hasta prácticamente nuestros días
los romances tradicionales, incluso después de la aparición de la imprenta. Así llegaron a
América o a las comunidades sefardíes expulsadas de España a finales del siglo XV.
Menéndez Pidal resalta también como huella de su oralidad la repetición de algunos
argumentos del romancero tradicional: la doncella que se viste de soldado y marcha a la guerra,
la mujer adúltera que desconoce a su marido vuelto de la guerra y es muerta por él, o la joven
noble que busca a su marido ido a la guerra y lo encuentra en el momento en que va a contraer
nuevas nupcias. Los romances son, aparentemente, composiciones sencillas en su forma y
trama que destacan por la simplicidad de los recursos empleados: versificación sir artificios,
monorrímica, asonantada, exenta de elementos mágicos y, consecuentemente, realista y cercana.
Pero su simplicidad y origen popular no implica que se trate de un género ínfimo o
plebeyo. A mediados del siglo XV se cantaba en las cortes castellanas y aragonesas y, desde
entonces, nunca fueron desalojados de las altas esferas culturales y sociales. Iniciaron su
andadura por obra de la pluma de juglares anónimos, pero merecieron la continuidad por obra
de los más insigne poetas y dramaturgos de la Literatura Española: Lope de Vega, Vélez de
Guevara, el Duque de Rivas…
El romance es una composición en versos, generalmente, octosílabos, sin división
estrófica alguna, conformada por tiradas de extensión variable con rima asonantada en versos
pares dejando libres los impares. La estructura responde a la forma cantada de una primitiva
composición monorrima de dieciséis sílabas que exige una pausa central para facilitar la
respiración del juglar que la declama. Esa ruptura en hemistiquios octosílabos otorga ritmo al
texto y facilita la memorización. Las descripciones son breves y secuenciales siendo frecuente
el recurso a comparaciones y metáforas. El uso del presente, aún cuando los hechos se remonten
al pasado, acercan lo contado al auditorio y contribuye a que mantenga su vigencia pese al
tiempo transcurrido. En ocasiones muestra un estilo dialogado con diversos personajes o con
una única persona que se dirige a un hipotético interlocutor que no llega a intervenir en la
conversación, personajes que nunca son descritos ni cuentan con antecedentes toda vez que se
suponen son sobradamente conocidos por la audiencia. El lenguaje de los romances se
caracteriza por:

 Expresiones arcaicas con origen en la tradición épica.
 Lenguaje formular, propio de la tradición
Allí hablo Don Rodrigo, bien oiréis lo que dirá
 Repetición sintáctica
Si lo haces como bueno
serás de ellas muy honrado,
si lo haces como malo
serás de ellas ultrajado
 Repetición semántica.
Textual… Abenámar, Abenámar…
Mercedes, el rey, mercedes.
Conceptual… Llorando y gimiendo
Miedo y pavor
 Paralelismos
¿De qué vos reís, señora?
¿de qué vos reís, mi vida?
 Antítesis
Todos se visten de verde
el obispo de azul y blanco.
Vega abajo, vega arriba
Como menguaba y crecía
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ROMANCES Y ROMANCEROS


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 Enumeraciones
Tres hijuelos había el rey…
el uno se tornó ciervo,
el otro, se tornó can,
el otro se tornó moro,
pasó las aguas del mar.
 Combinación de narración y diálogo.

Durante el reinado de los Reyes Católicos romances y villancicos serán las
composiciones más cantadas en el pueblo y en la corte: el romance está de moda. La imprenta
contribuye a su difusión facilitando su publicación a partir del siglo XVI. Lo hace, primero, en
pliegos sueltos de ocho o dieciséis páginas, sin encuadernar ni coser, que se ponen a la venta en
mercados y plazas, y después en formato libro en antologías conocidas como cancioneros. Pero
no se trata solo de recopilaciones de obras antiguas. Grandes poetas escriben romances nuevos:
Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora o, el ya citado Lope de Vega
(1562-1635). Las modernas composiciones conservan los rasgos característicos tradicionales y
mantienen siempre su esencia, estilo, carácter fragmentario y comienzos y finales abruptos que
fomentan su encanto y su misterio
El interés por el romance alcanza hasta la segunda mitad del siglo XVII, pero renace
con el movimiento romántico del XIX por su interés en la poesía popular y la exaltación de las
más puras tradiciones históricas y nacionales.






El primer Cancionero de Romances del que se tiene
noticia es publicado en Amberes, hacia 1548, por Martín
Nuncio. En su portada consta:

«Cancionero de / Romances /
EN QVE ESTAN / recopilados la mayor par- / te delos
romances caste- / llanos que fasta ago- / ra sean com- /
puesto». Le siguen otros muchos.







CLASIFICACIÓN DE LOS ROMANCES

Una de las principales dificultades que conlleva el estudio de los romances radica,
precisamente, en su clasificación. Se han utilizado criterios cronológicos, formales y temáticos,
pero todos ellos son susceptibles de objeción. La difícil datación de las composiciones
originales, las variaciones en los modos y mezclas de sus rimas o medida y la amplia variedad
de asuntos de su interés, constituyen la base de tal dificultad para su sistematización.
Sí se suele admitir sin discusión desde principios del siglo XIX la diferencia entre
romances viejos, o populares, y romances nuevos, o artísticos.
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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
ROMANCES Y ROMANCEROS


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Pertenecen al primer grupo aquellos que tienen probada una antigüedad anterior al siglo
XVI. Suelen ser de autor anónimo. El segundo comprende los compuestos por poetas conocidos
de dicho siglo, o posteriores. Más concretamente:

 Romances viejos
o Compuestos antes del siglo XVI
o Impresos en las primeras colecciones ( anteriores a la primera mitad
del siglo)
o Conservados por tradición oral que en su lenguaje, composición,
ofrecen rasgos indudables de épocas anteriores.
 Romances nuevos
o Compuestos, con características más o menos remozadas, por
poetas y dramaturgos desde mediados del siglo XVI hasta el día de
hoy.
 Romances vulgares (Valbuena Prat)
o Posteriores a los viejos pero de escaso interés artístico. Por ejemplo:
romances de ciego.

CATEGORIZACIÓN GENERAL DEL ROMANCERO VIEJO

Romancero viejo
Compuestos hasta principios del siglo XVI
Tipo Notas definitorias
Ejemplos
Romances referidos a:
Épicos o
históricos
Relacionados con los cantares de gesta.
Personajes de la vieja historia española, de
la tradición clásica o de la Biblia.
Don Rodrigo
Bernardo del Carpio
Infantes de Lara
Fernán González
Cid Campeador
Helena de Troya

Juglarescos
Personajes y hechos contemporáneos.
Relacionados con los romances fronterizos.
Pedro I de Castilla
El Conde Alarcos

Fronterizos
Personajes y hechos relacionados con
encuentros cristiano-musulmanes en el
entorno de las fronteras de Granada con
Castilla, Jaén y Murcia.
Referencias a la sociedad cristiana y la
morisca; relatan situaciones amorosas entre
hombres y mujeres de ambas religiones y
cantan triunfos cristianos sobre los ejércitos
musulmanes.
Cerco de Baeza
Toma de Antequera
Pérdida de Granada

Caballerescos:
Ciclo Carolingio
Utilización de fuentes francesas.
Más específico de Castilla por su
proximidad a los Pirineos.
Relacionados con la derrota de Carlomagno
y la muerte de Rolando.
Lenguaje artificioso y descripciones
ampulosas.
Roldán
Marsilio
Doña Alda
Roncesvalles
Melisendra

Caballerescos:
Ciclo Bretón
Muy limitado.
Localizado en el entorno galaico-portugués.
Mitos y leyendas relacionados con el Rey
Arturo.
Lanzarote
Tristán

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ROMANCES Y ROMANCEROS


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Romancero viejo
Compuestos hasta principios del siglo XVI
Tipo Notas definitorias
Ejemplos
Romances referidos a:
Novelescos
Múltiples temas no históricos.
Centrados mayoritariamente en hechos
personales, no colectivos: leyendas
dramáticas, escenas familiares, alusiones
eróticas, amores ilícitos, adulterios…
Conde Dirlo
Don Bueso
Marquilo
Blanca Flor
Moraina

Líricos
Subjetividad, lirismo melancólico, amor,
celos, nostalgia, misterio…
Conde Arnaldos
Fontefrida





































Antología
Selección de romances viejos





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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
ROMANCES Y ROMANCEROS

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TEXTOS
Romances de D. Rodrigo
―AMORES TRATA RODRIGO‖

Amores trata Rodrigo,
descubierto ha su cuidado;
a la Cava se lo dice
de quien anda enamorado;
-Mira, Cava; mira, Cava;
mira, Cava, que te hablo;
darte he yo mi corazón
y estaría a tu mandado.
La Cava, como es discreta,
a burlas lo habla echado;
respondió muy mesurada
y el gesto muy abajado:
-Como lo dice tu alteza,
debe estar de mí burlando;
no me lo mande tu alteza,
que perdería gran ditado.
Don Rodrigo le responde
que conceda en lo rogado.
Ella hincada de rodillas,
él estala enamorando;
sacándole está aradores
de las sus jarifas manos.
Fuese el rey dormir la siesta,
por la Cava había enviado;
cumplió el rey su voluntad
más por fuerza que por grado,
por lo cual se perdió España
por aquel tan gran pecado.
La malvada de la Cava
a su padre lo ha contado.
Don Julián, que es traidor,
con los moros se ha concertado
que destruyen España
por le haber así injuriado.

―ROMANCE DE D. JULIÁN‖

Ya se sale de Toledo
el conde don Julián,
él y su hija la Cava
muy mal enojados van,
el conde está muy sañudo
cuanto no puede ser más,
piensa de vender a España
con falsía y con maldad,
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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
ROMANCES Y ROMANCEROS

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porque pague todo el reino
lo que el rey fuera a pecar
en deshonrar a la Cava
la su hija natural.
Por hacer mejor su hecho
y su traición ordenar,
fuérase al rey don Rodrigo,
dice le va a aconsejar,
las palabras que le dice
son fundadas en gran mal:
«Rey Rodrigo, rey Rodrigo,
mi buen señor natural,
sé que estáis muy alcanzado
de moneda y de cabal,
vos dais muy grande partido,
no lo habéis menester dar,
a mucha gente de guerra
que en las fronteras están,
sesenta mil caballeros
todos comen vuestro pan,
más de cuatro mil castillos
tenedes que sustentar,
sin habello menester
ni habello necesidad;
si tomas, rey, mi consejo
muchos haberes tendrás,
tendrás tantos de tesoros
que en el mundo no haya más,
mandareis a los soldados
que se vayan sin tardar
a sus tierras y lugares
que no les queráis dar más,
y también porque las gentes
no se quieran guerrear,
mandad deshacer las armas
cuantas en el reino hay,
y que nadie sea osado
ningunas armas guardar,
y así estaréis en sosiego
y así viviréis en paz.»
Al rey le paresce bien,
ansi lo fue a mandar,
que nadie de allí en un mes
pueda más armas tomar
so pena que por traidor
le mandarán ahorcar.
Todos maldicen al rey
y al que el consejo fue a dar,
porque bien ven que no pueden
sino en gran mal redundar,
mas como son apremiados
no podían hacer más,
todos deshacen las armas,
nadie las osa guardar,
DRA Dª M. DOLORES MIRA Y GÓMEZ DE MERCADO Y DR. D. ANTONIO GARCÍA MEGÍA
SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
ROMANCES Y ROMANCEROS

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las espadas hacen sierras
para madera cortar,
los yelmos y los escudos
hacen rejas para arar,
de las otras armas hacen
azadas para cavar,
unas echan en los pozos,
otras lanzan en la mar.
¡Qué mal consejo que diste,
oh maldito don Julián!
maldito fuera aquel día
en que te fuiste a engendrar,
más valiera que en nasciendo
te lanzaran en la mar,
que no echaras a perder
a toda la cristiandad.

―ROMANCE DE LA DESTRUCCIÓN DE ESPAÑA‖

Cuán triste queda Castilla
sin ventura desdichada,
después que el rey don Rodrigo
se perdió en la gran batalla,
no quedó bandera enhiesta,
la noble gente asolada;
que el traidor don Julián
con don Opas se acordaba
en hacer gran traición
a bandera desplegada,
muy grandes daños se hacen
cruda cosa es lo que pasa,
que a cuantos pueden haber
pasan a filo de espada,
matan mujeres y niños,
que ninguno les quedaba,
las sin ventura doncellas
cada cual se las forzaba,
muchas reniegan la fe,
cualquier mora se tornaba,
y lo que más se sintió
y que más pena causaba
era ver cualquier iglesia
de moros vituperada,
allí ensalzan a Mahoma
y la su secta malvada,
un martirizar obispos
y otra gente consagrada,
ver de tanta cristiandad
tanta sangre derramada,
daban gritos y gemidos
cada cual según estaba.

―GRAN LLANTO HACE LA CAVA‖

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SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
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Gran llanto hace la Cava
con gran dolor y amargura
desque vio la perdición
y la crueldad tan dura
y que fue ocasión dello
la su grande hermosura,
a grandes voces decía:
«Oh mujer de gran locura,
nunca hobieras nascido,
ni se viera tu figura
pues que tanto mal causaste
y tanta mala ventura.»
Todos pasan a cuchillo
que no queda criatura,
hasta a las monjas sagradas
les vino su desventura:
tú eres perdición de España,
fuego que todo lo apura,
de ti quedará memoria
para siempre en escritura,
unos te llamarán diablo,
otros te llamarán diablura,
otros te llamarán demonio,
otros que eres su hechura,
yo soy mal aconsejada
y lo hice sin cordura:
Oh día para mí tan triste
mucho más que noche escura,
oh tú gran rey don Rodrigo,
grande fue tu desventura,
el día que tal heciste
hobo fin tu gran altura,
asaz pagas con setenas
tu osadía y travesura,
mucha ponzoña gustaste
con muy poquita holgura.


DRA Dª M. DOLORES MIRA Y GÓMEZ DE MERCADO Y DR. D. ANTONIO GARCÍA MEGÍA
SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
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TEXTOS
Romances del Conde Fernán González
―BUEN CONDE HERNÁN GONZÁLEZ‖

«Buen conde Hernán González
el rey envía por vos,
que vades a las sus cortes
que se hacen en León;
que si vos allá vais, conde,
dar os han buen galardón:
daros han a Palenzuela
y a Palencia la mayor,
daros han a Torquemada
la torre de Mormojón,
os dará las nuevas villas
con ellas a Carrión;
buen conde, si allá no ides
dar os ían por traidor.»
Allí hablara el buen conde
y dixera esta razón:
«Mensajero eres, amigo,
no mereces culpa, no;
que yo no he miedo al rey
ni a cuantos con él son:
villas y castillos tengo
todos a mi mandar son,
dellos me dexó mi padre
dellos me tenía yo;
las que me dexó mi padre
poblélas de ricos hombres,
las que me ganara yo
poblélas de labradores;
quien no tenía más de un buey
dábale otro, que eran dos;
todos los días del mundo
por mí hacen oración:
no lo hacen por el rey,
que no lo merece, no.»

―EL CONDE FERNÁN GONZÁLEZ‖

El conde Fernán González
cabe la villa de Lara,
mientras la gente se junta
sálese a buscar la caza.
Dentro en los robles del monte
un puerco se levantara,
tras él arremete el conde
de los suyos se alejaba.
DRA Dª M. DOLORES MIRA Y GÓMEZ DE MERCADO Y DR. D. ANTONIO GARCÍA MEGÍA
SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
ROMANCES Y ROMANCEROS

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Como el puerco corre mucho
el conde le va de zaga.
En la mayor espesura
con una ermita topara:
cubierta estaba de yedra,
de muy gran tiempo olvidada.
Por una pequeña puerta
el puerco dentro se entraba.
No puede el conde seguirlo
que el caballo le estorbaba;
era tan espeso el monte
que apenas se meneaba.
Saltando el conde en el suelo
metió la mano en la espada,
revolvió su manto al brazo
dentro en la ermita se entraba;
mas el puerco se acoge
cabe un altar que allí estaba.
No quiso el conde ferirlo,
mas de hinoyos se fincaba.
Estando oración haciendo,
un monje viejo asomaba
con un rosario en la mano,
y una vestidura blanca;
la barba tiene crecida,
pelada tiene la calva,
descalzos lleva los pies,
y arrimado a una cayada.
Palabras que el conde dice
pena le dan en el alma.
«Buen conde Fernán González
el rey Almanzor te aguarda.
Déjate de montear,
vete a darle la batalla
que será muy bien ferida
mucha sangre derramada:
ciento trae para uno,
¡Dios sea, conde, en tu guarda!
Lo que en ella te viniere
sonará por toda España.
Sólo te sabré decir
que es mucha tu buena andanza:
una señal verás, conde,
que te temblará la barba,
sabe que tus caballeros
desmayarán en mirarla.
Dos veces has de ser preso;
tu mujer llamarse ha Sancha;
vete, buen conde, a los tuyos
que por ti lloran en Lara.
Si bien vinieron tus hechos,
acuérdate desta casa.»
El conde que al monje escucha,
no le responde palabra;
DRA Dª M. DOLORES MIRA Y GÓMEZ DE MERCADO Y DR. D. ANTONIO GARCÍA MEGÍA
SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
ROMANCES Y ROMANCEROS

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mas despidiéndose dél
a los suyos se tornaba.
Recíbenlo alegremente;
mételos en ordenanza.
Ya llega el rey Almanzor
para darle la batalla.
El conde cuenta su gente,
muy poco número halla.
Poniéndola en un tropel,
a los moros esperaba:
cuando un caballero suyo
delante todos pasaba,
arremetiendo el caballo
en ristre pone la lanza;
corriendo va por el campo;
ambas huestes le miraban:
la tierra se abrió con él
y dentro de sí lo traga;
luego se tornó a juntar,
como si nada pasara.
Desque esto el buen conde vido
sus caballeros miraba;
todos los vio desmayados,
el más fuerte flaco estaba.
El conde que los vio así,
desta manera les habla:
«Caballeros castellanos,
¿cómo el corazón os falta
por un agüero como este?
Vergüenza es ver que os desmaya;
pues la tierra no nos sufre,
¿quién nos sufrirá en batalla?
A ellos, amigos míos,
ninguno no se os vaya.»
Da de espuelas al caballo,
entre los moros se lanza.
Tanto hizo con los suyos,
que vencedores quedaban.
En el despojo del campo
muchos tesoros hallaban.
Su parte dio el conde al monje
porque una iglesia hagan:
la cual se hizo después,
que fue Sant Pedro de Arlanza.

―CASTELLANOS Y LEONESES‖

Castellanos y leoneses
arman muy grande cuestiones
sobre el partir de los reinos
y el poner de los mojones.
El conde Fernán González
con el rey don Sancho Ordoñez
trátanse de hi de putas,
DRA Dª M. DOLORES MIRA Y GÓMEZ DE MERCADO Y DR. D. ANTONIO GARCÍA MEGÍA
SERIE APOYOS DIDÁCTICOS
ROMANCES Y ROMANCEROS

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hijos de padres traidores.
No les pueden poner treguas
caballeros ni señores,
si no son dos frailecicos
unos muy benditos monjes.
El uno es primo del rey,
el otro hermano del conde,
que se vayan a juntar
al campo de Carrión.
El uno se va por Burgos
y el otro va por León.
Si mucho madrugó el rey
el conde más madrugó;
a la pasada de un río
los dos ajuntados son:
el rey iba en una mula,
el conde en un buen trotón.
Sobre el pasar de los vados
muy mal arrevueltos son:
los del rey que pasarían,
los del buen conde que non.
El conde con lozanía
su caballo revolvió;
con el agua y el arena
al rey mal ensalpicó.
Allí hablara el rey
con semblante denodado:
«¿Cómo sois tan loco, el conde?
¿Cómo sois desmesurado?
Si no fuera por las treguas
de vos me hubiera vengado,
con vuestra sangre, el conde
hubiera yo vuelto el vado.»
«Pues para eso (dijo el conde)
mal lo teníades librado.
Si queréis uno a uno
Si no sean cuatro a cuatro;
y con las armas parejas
salgamos luego al campo.
Vos traéis muy gruesa mula,
yo muy ligero caballo;
vos traéis sayo de seda,
yo traigo un arnés trenzado.
Si vos, rey, tenéis espada,
yo venablo en la mi mano.
Vos traéis treinta de mula,
yo quinientos de a caballo.»
Esto que oyera el rey
a León se hubo tornado;
mandó luego llamar cortes,
por los grandes ha enviado.
Todos ellos son venidos,
solo el conde ha faltado.

DRA Dª M. DOLORES MIRA Y GÓMEZ DE MERCADO Y DR. D. ANTONIO GARCÍA MEGÍA
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TEXTOS
Romances de los I nfantes de Lara
―SACÓME DE LA PRISIÓN‖

Sacóme de la prisión
el rey Almanzor un día,
convidándome en su mesa
fízome gran cortesía.
Los manjares adobados
mucho fueron a su guisa
y después de haber yantado
díjome sobre comida:
«Sábese, Gonzalo Gustios
que entre tu gente y la mía
en campos de Arabiana
murió gran caballería.
Hanme traido un presente
enseñártelo quería,
estas son siete cabezas
por ver si las conocías.»
Presentólas a mis ojos
descubriendo una cortina,
conocí mis siete hijos
y el ayo que los regía.
Traspaséme de dolor
pero viendo que tenían
de ver mi pecho los moros
me esforzaba y no podía.
Dióme luego libertad
juré a Arlaja en mi partida
que me vengaría rabiando
o llorando cegaría.
Lo primero no cumplí
por ser corta la mi dicha;
medio estoy de llorar ciego
cumplí la palabra mía.
Non, pues, Rodrigo el traidor
se contenta ni se olvida
de darme a manojos penas
faced, mi buen Dios, justicia:
que porque mis hijos cuente
y los plaña cada día
sus homes a mis ventanas
las siete piedras me tiran.

―EN UN MONTE JUNTO A BURGOS‖

En un monte junto a Burgos
a las sombras de una haya
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echado esta Rui Velázquez
cansado de andar a caza,
la verde hiedra por lecho,
y el brazo por almohada,
y el caballo atado a un roble,
del arzón cuelga el adarga,
la lanza hincada en tierra,
la mano sobre la espada;
y entre sí está pensando
de la más cruel hazaña
que hizo jamás christiano
después que España fue España.
«Sobrinos, los mis sobrinos
los siete infantes de Lara,
si me tratárades bien
a mi muger doña Alambra,
no muriérades, sobrinos,
en campos de Araviana,
ni os quitaran las cabezas
al infante ni a Liarda,
y agora un medio morillo
que vuestro hermano se llama
dice que me ha de matar
y de mí tomar venganza:
nunca lobo a mi ganado
que mayor daño me haga,»
Y estando en estas razones
un caballero asomara:
tocado va a la morisca
aunque es la señal christiana,
y en medio del pendón trae
una gran cruz colorada.
Ruy Velázquez que lo vio
bien pensó que era Mudarra,
mas desque le conoció
quísole volver la cara.
Dijo: «Caballero, espera»
dícele: «Espera, aguarda,
que según las señas traigo
tú eres quien yo buscaba,
el que mató a traición
los siete infantes de Lara.»
«Mientes, mientes, vil bastardo,
hijo de una renegada;
yo no maté a mis sobrinos
nin en ellos non pensaba,
nin a un parsiento como ti
non les negaré la cara.»
Jugando van los caballos,
blandeando van las lanzas;
vase el uno para el otro
recios encuentros se daban,
y a los primeros encuentros
Ruy Velázquez en tierra daba.
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Esto que vio Gonzalvillo
del caballo se apeara,
hincara la lanza en tierra,
la cabeza le quitara,
y en la punta de su lanza
él la poniera hincada.
Fuérase para Almudévar
para Almudévar la llana;
por las calles de Almudévar
a grandes voces llamaba:
«Salid, damas e doncellas,
las del linaje de Lara,
verédes aquí un traidor
en la punta de mi lanza,
el que mató a traición
los siete infantes de Lara.

―ANDA CÓRDOBA Y SU TIERRA‖

Anda Córdoba y su tierra
el pueblo todo alterado,
no por mal ni por revuelta
sino de regocijado.
Hacen todos algazara
y se tocan con las manos,
abrázanse unos a otros
a Mahoma gracias dando,
y el común y principal
sale con gran grita al campo,
los menores van a pie
los mayores a caballos,
los hombres con ricas lanzas
y los niños gritando,
a recibir a Alexante
que de Castilla ha tornado,
con la más brava victoria
que jamás volvió pagano.
No la ganó bueno a bueno
que un traidor se la ha entregado,
y por esta causa el moro
viene muy regocijado,
delante todos los suyos
en un gran caballo bayo,
enjaezado a la morisca
con un jaez encarnado.
La marlota traía blanca
y el albornoz colorado,
el brazo blanco y velloso
hasta el codo arremangado,
y en él una rica lanza
y en ella un pendón labrado,
por las manos de una mora
de quien era aficionado.
Ocho cabezas traía
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en el arzón del caballo,
colgadas de los cabellos
que se vienen desangrando,
las siete son de mancebos
la otra de un viejo anciano.
Y en llegando que llegó
a donde se hubo apeado,
al viejo Gonzalo Busto
las tristes nuevas le han dado.
El viejo que aquesto oyera
el corazón le dio un salto,
no porque sabe lo que es
sino que imagina el caso.
Mandóle llamar ante él,
las cabezas le ha mostrado;
dícele con agonía:
«¿Conoces algún christiano?»
Míralas por todas partes
y límpialas con un paño,
y ansí vino a conocer
que eran los que había engendrado.
«Santo Dios, grande es mi culpa»
decía el viejo cuitado,
muy grande pena merezco
pues tanto apretáis la mano,»
y diciendo estas razones
un parajismo le ha dado.

―DESPUÉS QUE GONZALO BUSTOS‖

Después que Gonzalo Bustos
del gran llanto ha descansado
que por sus hijos ha hecho
y por el ayo cuitado,
triste, ansioso y pensativo
se recostó en un estrado.
Mira las ocho cabezas
que Almanzor le ha presentado,
y dice, hablando entre sí,
ya del todo trasportado:
«¡Oh tirano don Rodrigo!
¿Qué intolerable pecado
que te hicieron tus sobrinos
que tan mal los has tratado?
Huélgate, perro alevoso
pues sin razón te has vengado.
Alaxa, hermana del rey
de quien anda aficionado,
viendo el triste lamento
se le allegó por un lado,
y dice: «Gonzalo mío
Bustos, bien de mi cuidado,
¿qué es del animoso pecho
y aquel esfuerzo sobrado
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con que al mundo resistís
a pesar del duro hado?
Agora, mi bien, te veo
tan herido y desmayado.»
Alzó los ojos arriba
y a Alaxa ansí ha hablado:
«Señora de mi contento
razón es que esté penado,
pues me han muerto siete hijos
y al que los había criado;
y haberlos muerto sin culpa
es lo que más me ha pesado.
Mas pues esta adversidad
y el verme yo aprisionado
fue causa que os conociese,
dóilo por bien empleado.








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TEXTOS
Romances del Rey Don Pedro
DE LA MUERTE DEL SEÑOR DE VIZCAYA

Yo me fui para Vizcaya
donde estaban los hidalgos,
que mandado me lo había
don Pedro mi primo hermano,
por virtud de aquel derecho
que tenía por ser casado
con doña Isabel de Lara
señora de lo asturiano;
el rey hizo hacer la junta
y él en ella se ha hallado,
mandara a los vizcaínos
que fuese por rey jurado,
y con este tal concierto
yo me partiera a Bilbao,
y el rey me envió a llamar
que viniese a su palacio,
yo infante sin ventura
cumplí luego su mandado;
llegado a la primera puerta
cubierto me ha negro hado,
entrara yo triste solo,
luego tropezó el caballo;
cuando entré por la segunda
falléme sin nadie al lado,
cuando llegué ante el rey
hallélo muy demudado.
Dixe: Dios os guarde, rey,
respuesta no me ha tornado,
un buen puñal que traía
quitaronmelo burlando,
y el ballestero Juan Diente
con la su maza le ha dado,
y el infante a Juan Fernández
se llegó desatinado;
Juan Fernández que le vido
sacó su espada y dio un salto:
Allá, allá, dixo, infante,
que allá fallareys recaudo.
Allegó Gonzalo Recio
y muy gran golpe le ha dado
que los sesos del infante
en la cara al rey han dado,
el rey don Pedro al infante
por las ventanas ha echado,
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diciendo a los vizcaínos:
Ved vuestro señor honrado.

―TENIENDO EL REY DON PEDRO‖

Teniendo el rey don Pedro
su real fortalescido
en esa tierra de Nájera
en campo que Azofra es dicho,
contra el conde don Henrique
por mal querencia que ha habido
un día estando en su tierra
un clérigo allí ha venido,
dice le quiere hablar
en puridad y escondido.
El rey don Pedro con él
en una pieza se ha metido,
el clérigo con esfuerzo
estas palabras le ha dicho:
«Rey don Pedro, rey don Pedro,
si supieses lo que sabido
no estarías tan descansado
ni tenías de ti olvido.
Sabe que por revelación
del señor Santo Domingo
he sabido que estás tú
en grandísimo peligro,
porque ese conde tu hermano
gran traición te ha urdido
y si no te vengas dél
no puedes escapar vivo,
porque el mesmo con sus manos
te dará cruel martirio:
mira bien lo que te digo
y no lo eches en olvido,
porque assina te vendrá
si no haces lo que digo,
y es que con muy gran presteza
ordenes sea prendido
y tenle en tus prisiones
hasta que haga paz contigo:
mira bien que no le sueltes,
que no hagas con él partido,
no pares hasta hacer paces
o habelle destruido,
mira que te vendrá mal
si no haces lo que dicho;
ten en mucho este consejo,
ten en mucho este aviso,
que no es menos que librarte
tornarte de muerto vivo,
ya ves en el gran peligro
en que tú estabas metido,
no podías escapar
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si no fueses socorrido,
no desprecies el aviso
que del cielo te ha venido.»
Don Pedro desque lo oyó
algo se hubo estremecido,
mas con disimulación
en muy poco lo ha tenido,
piensa el clérigo lo dice
por haber algún roído.
Después que un rato ha pensado
en lo que el clérigo ha dicho
llama a sus altos hombres
los que allí han venido;
después de todos juntados
estas palabras les dijo:
«¿Qué os paresce, caballeros,
deste caso acontescido?
Gran traición me estaba armada,
Dios vivo me ha socorrido;
oíd lo que dice el clérigo,
oiréis un gran peligro,
roas yo creo ciertamente
que es ello todo fingido
y que el clérigo lo dice
por armar algún ruido;
manda luego sin tardar
que cuente lo que ha sabido
por la revelación
del señor Santo Domingo.
Después que lo hubo contado
lo mandó llevar asido,
pensando mucho en el caso
por burla lo ha tenido;
mandó que sin dilación
el clérigo sea metido
en una grande hoguera
lo ha mandado quemar vivo,
porque el rey siempre creyó
que todo era fingido.

DE LA MUERTE DEL REY D. PEDRO

Encima del duro suelo
tendido de largo a largo
muerto yace el rey don Pedro
que le matara su hermano;
nadie lo osa alzar del suelo,
nadie quiere sepultallo,
antes la gente plebeya
querían despedazallo,
por ser hombre tan cruel
y tan mal complesionado;
ninguno llora por él
nadie le hace por el llanto,
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todos lo tienen por bien,
huelgan de verle finado,
bendicen a don Enrique,
que es el que lo había matado,
todos decían a una:
«Oh buen rey Eenrique honrado,
Dios te dará galardón
por el bien que has causado
en apartar deste mundo
a un tal cruel tirano.




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TEXTO
Romances del Cid
CABALGA DIEGO LAÍNEZ


EN SANTA GADEA DE BURGOS

En Santa Águeda de Burgos,
do juran los hijos de algo,
allí toma juramento
el Cid al rey castellano,
si se halló en la muerte
del rey don Sancho su hermano.
Las juras eran muy recias,
el rey no las ha otorgado:
«Villanos te maten, Alonso,
villanos, que no hidalgos,
de las Asturias de Oviedo,
que no sean castellanos;
si ellos son de León,
yo te los dó por marcados;
caballeros vayan en yeguas,
en yeguas, que no en caballos;
las riendas traigan de cuerda,
y no con frenos dorados;
abarcas traigan calzadas,
y no zapatos con lazo;
las piernas traigan desnudas,
no calzas de fino paño;
traigan capas aguaderas,
no capuces ni tabardos,
con camisones de estopa,
no de holanda ni labrados.
Mátente con aguijadas,
no con lanzas ni con dardos;
con cuchillos cachicuernos,
no con puñales dorados;
mátente por las aradas,
no por caminos hollados;
sáquente el corazón
por el derecho costado,
si no dices la verdad
de lo que te es preguntado,
si tú fuiste o consentiste
en la muerte de tu hermano».
Allí respondió el buen rey,
bien oiréis lo que ha hablado:
«Mucho me aprietas, Rodrigo,
Rodrigo, mal me has tratado;
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mas hoy me tomas la jura,
cras me besarás la mano».
Allí respondió el buen Cid,
como hombre muy enojado:
«Aqueso será, buen rey,
como fuere galardonado;
que allá en las otras tierras
dan sueldo a los hijos d'algo.
Por besar mano de rey
no me tengo por honrado;
porque la besó mi padre
me tengo por afrentado».
«Vete de mis tierras, Cid,
mal caballero probado;
vete, no me entres en ellas
hasta un año pasado»
«Que me place—dijo el Cid—
que me place de buen grado,
por ser la primera cosa
que mandas en tu reinado.
Tú me destierras por uno,
yo me destierro por cuatro.»
Ya se partía el buen Cid
de Vivar, esos palacios.
Las puertas deja cerradas,
los alamudes echados,
las cadenas deja llenas
de podencos y de galgos.
Con él lleva sus halcones,
los pollos y los mudados.
Con él van cien caballeros,
todos eran hijos de algo;
los unos iban a mula;
y los otros a caballo;
por una ribera arriba
al Cid van acompañando;
acompañándolo iban,
mientras él iba cazando.





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TEXTOS
Romances fronterizos
DEL CERCO DE BAEZA

Cercada tiene a Baeza
ese arráez Andalla Mir
con ochenta mil peones
caballeros cinco mil.
Con él va ese traidor
el traidor de Pero Gil.
Por la puerta de Bedmar
la empieza de combatir;
ponen escalas al muro;
comienzan le a conquerir;
ganada tiene una torre
non le pueden resistir,
cuando de la de Calonge
escuderos vi salir.
Ruy Fernández va delante
aquese caudillo ardil;
arremete con Andalla,
comienza de le ferir,
cortado le ha la cabeza;
los demás dan a huir.

MAYMÓN, ALCAIDE DE RONDA

De Ronda sale el alcayde
Maymon por nombre llamado,
caballero en una yegua
de fuertes armas armado.
Una marlota vestida
de terciopelo encarnado,
de alto abajo guarnecida
de espineta y gandujado,
y el capellar que traía
de damasco bandeado
con mil piedras cristalinas
por todo el campo sembrado;
flecos de oro y plata fina
por guarnición lleva echado,
dos lagartos de oro fino
con que lo lleva abrochado;
las asiones son de ante
y el estribo era dorado,
las espuelas son de plata
y el borceguí derivado
de cordobán de Turquía
por los cantos argentado,
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las rodillas descubiertas
mostrando ser esforzado;
la barba lleva cortada,
todo el rostro demudado;
en su mano gruesa lanza
todo el brazo arremangado;
una toca en su cabeza,
todo el cabello encrespado;
en el adarga traía
un Mahoma figurado
de bordadura de plata,
los escudos de morado;
en sus manos una luna
con un sañudo mirado;
los ojos vueltos al cielo
con semblante apasionado
y la silla de la yegua
era de fino brocado
con alcarchofas bordadas
de oro fino martillado.
Diez moros lleva consigo
por ir a mayor recado,
naturales de Moclin
moros diestros de a caballo.
Camino va de Alburquerque
ese castillo nombrado,
en busca de don Rodrigo
de Sotomayor llamado,
a demandalle la muerte
de Celin su padre amado
que lo mató en Antequera
siendo dél desafiado.
Caminando juntamente
Alburquerque han allegado,
dó mandó a sus caballeros
de quien iba acompañado,
que pongan su rica tienda
en un deleitoso prado,
que junto a la villa estaba
de puertas acompañado,
do pidió papel y tinta
antes de haberse apeado.
Lo que Maymón escribía
diré si no estoy olvidado:
«Don Rodrigo, don Rodrigo
serás por esta avisado,
que tendrás campo conmigo
que te soy aficionado;
porque tu gran valentía
y tu cuerpo apersonado
es notorio por el mundo
y en África eres nombrado;
mas otra de todo aquesto
soy a matarte obligado,
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pues te atreviste a matar
aquel que me hubo engendrado.
Vista mi letra, saldrás
apercibido y armado:
de treinta te doy licencia
que salgas bien rodeado,
todos con armas debidas
con que cada uno es armado;
que yo haré conocerte
mi grandeza y alto estado,
sacándote el corazón
por quedar mejor vengado;
el cual llevaré a Antequera,
como dejo concertado,
donde mis moros le vean
de quien es bien deseado.»
La carta dio al mensajero
y del moro se ha apartado
y en cantidad de una hora
dentro en Alburquerque ha entrado,
y a grandes voces el moro
por palacio ha preguntado.
Don Rodrigo que lo vido
al mensajero ha llamado;
el moro le dio la carta,
esta respuesta le ha dado:
«Dile a Maymón tu señor
que está mal aconsejado,
que con sola mi persona
daré fin a su cuidado;
que para solo once moros
basta un cristiano avisado
con las armas de la fe
de Cristo crucificado,
llevando cruz por escudo
con la misma fe abrazado,
con espada de justicia
en caridad inflamado,
con lanza de fortaleza
y caballo regalado
que se llama temperanza;
y el espaldar pavonado
será el corazón de Cristo
por mí roto y lastimado;
digo por mi redención
rompido y ensangrentado;
y la sagrada María
de quien yo soy abogado
será la celada fuerte
con que tengo de ir tocado.»
Con estas armas su gente
en un punto lo han armado
y con un veloz correr
salió todo encarnizado.
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El moro quando lo vido
de la yegua se ha apeado
y en lugar de señorío
a don Rodrigo ha abrazado;
y así haciendo lo mismo
don Rodrigo se ha apartado.
El moro sube en la yegua,
don Rodrigo en su caballo;
el moro llama a Mahoma
en su esfuerzo confiado
y don Rodrigo en su pecho
a Dios que el mundo ha criado.
Vanse el uno para el otro,
recios encuentros se han dado:
el moro con gallardía
su lanza le había arrojado
pensando de aqueste encuentro
acabar lo comenzado;
mas fue vana la esperanza
y Rodrigo libertado,
que cayó la lanza en tierra
terciándose en el costado.
Don Rodrigo es animoso
y en la lanza muy usado,
que le dio un encuentro al moro
con el cual mal de su grado
le hizo perder la rienda
en un muslo lastimado.
Los diez moros que esto vieron
prestamente han cabalgado
y el alcaide con sus moros
mal herido y afrentado
por el campo van huyendo
y en un soto se han entrado.
Don Rodrigo que lo vido
grandes voces les ha dado:
«Venid, alcaide, por lana
y volveréis trasquilado.»
Y ansí se volvió a Alburquerque
con la honra que ha ganado.

PÉRDIDA DE ANTEQUERA

En Granada está el rey moro,
que no osa salir della:
de las torres del Alhambra
mirando estaba la vega,
miraba los sus moriscos
cómo corrían la tierra;
el semblante tiene triste,
pensando está en Antequera;
de los sus ojos llorando
estas palabras dijera:
«¡Antequera, villa mía,
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oh quién nunca te perdiera!
Ganóte el rey don Fernando,
de quien cobrar no se espera:
¡Si le pluguiese al buen rey
hacer conmigo una trueca,
que le diese yo a Granada,
y me volviese Antequera!
No lo hé yo por la villa,
que Granada mejor era,
sino por una morica
que estaba de dentro della,
que en los días de mi vida
yo no vi cosa más bella:
blanca es y colorada
hermosa como una estrella,
sus cabellos son más que oro,
que el oro dellos naciera,
las cejas arcos de amor
de condición placentera,
y los ojos, dos saetas
que en mi corazón pusiera,
sus manos Deytebo son
no fue tan graciosa Elena.
¡Ay, morica, que mi alma
presa tienes en cadena!

DEL CERCO DE BAZA

Sobre Baza estaba el rey,
lunes, después de yantar;
miraba las ricas tiendas
que estaban en su Real;
miraba las huertas grandes
y miraba el arrabal,
miraba el adarve fuerte
que tenía la ciudad;
miraba las torres espesas
que no las puede contar.
Un moro tras una almena
comenzóle de fablar:
«Vete, el rey don Fernando,
non querrás aquí invernar,
que los fríos desta tierra
no los podrás comportar;
pan tenemos por diez años,
mil vacas para salar;
veinte mil moros hay dentro
todos de armas tomar,
ochocientos de caballo
para el escaramuzar;
siete caudillos tenemos,
tan buenos como Roldán,
y juramento tienen fecho
antes morir que se dar.»
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DEL REY CHICO QUE PERDIÓ GRANADA

El año de cuatrocientos
que noventa y dos corría
el rey Chico de Granada
perdió el reino que tenía.
Salióse de la ciudad
un lunes a medio día,
cercado de caballeros
la flor de la Morería.
Su madre lleva consigo
que le tiene compañía.
Por ese Genil abajo
el rey Chico se salía,
pasó por medio del agua
lo que hacer no solía,
los estribos se han mojado
que eran de grande valía.
Por mostrar más su dolor
que en el corazón tenía,
ya que esa áspera Alpujarra
era su jornada y vía,
desde una cuesta muy alta
Granada se parecía.
Volvió a mirar a Granada,
desta manera decía:
«Oh Granada la famosa
mi consuelo y alegría,
oh mi alto Albaicín
y mi rica Alcaicería,
oh mi Alhambra y Alijares
y mezquita de valía,
mis baños, huertas y ríos
donde holgar me solía;
¿quién os ha de mí apartado
que jamás yo vos vería?
Ahora te estoy mirando
desde lejos, ciudad mía;
mas presto no te veré
pues ya de ti me partía.
¡Oh rueda de la fortuna,
loco es quien en ti fía:
que ayer era rey famoso
y hoy no tengo cosa mía.»
Siempre el triste corazón
lloraba su cobardía,
y estas palabras diciendo
de desmayo se caía.
Iba su madre delante
con otra caballería;
viendo la gente parada
la reina se detenía,
y la causa preguntaba
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porque ella no lo sabía.
Respondióle un moro viejo
con honesta cortesía:
«Tu hijo mira a Granada
y la pena le afligía.»
Respondido había la madre,
desta manera decía:
«Bien es que como mujer
llore con grande agonía
el que como caballero
su estado no defendía.»

¡ABENÁMAR, ABENÁMAR!

Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había:
estaba la mar en calma,
la luna estaba crecida.
Moro que en tal signo nace
no debe decir mentira.
Allí respondiera el moro,
bien oiréis lo que diría:
- Yo te la diré, señor,
aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro
y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho
mi madre me lo decía,
que mentira no dijese,
que era grande villanía.
Por tanto, pregunta, rey
que la verdad te diría.
- Yo te agradezco, Abenámar,
aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquellos?;
altos son y relucían.
- El Alambra era, señor
y la otra la mezquita;
los otros, los Alijares,
labrados a maravilla:
el moro que los labraba
cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra
otras tantas e perdía.
El otro, es Generalife,
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,
castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan,
bien oiréis lo que decía:
- Si tú quisieses, Granada,
contigo me casaría;
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te daré en arras y dote
a Córdoba y a Sevilla.
- Casada soy, rey don Juan,
casada, que no viuda;
el moro que a mí me tiene
muy grande bien me quería.



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TEXTOS
Romances de los ciclos carolingio y bretón
ROMANCE DE DOÑA ALDA

En París está doña Alda,
la esposa de don Roldán.
trescientas damas con ella
para la acompañar:
todas visten un vestido,
todas calzan un calzar,
todas comen a una mesa,
todas comían de un pan,
si no era sola doña Alda
que era la mayoral;
las ciento hilaban oro,
las ciento tejen cendal,
las ciento instrumentos tañen
para doña Alda holgar.
Al son de los instrumentos
doña Alda adormido se ha,
ensoñado había un sueño,
un sueño de gran pesar.
Recordó despavorida
y con un pavor muy grande,
los gritos daba tan grandes
que se oían en la ciudad.
Allí hablaron sus doncellas,
bien oiréis lo que dirán:
-¿Qué es aquesto, mi señora?
¿quién es el que os hizo mal?
-Un sueño soñé, doncellas,
que me ha dado gran pesar:
que me veía en un monte
en un desierto lugar;
bajo los montes muy altos
un azor vide volar;
tras dél viene una aguililla
que lo afincaba muy mal.
El azor, con grande cuita,
metióse so mi brial,
el aguililla, con grande ira,
de allí lo iba a sacar;
con las uñas lo despluma,
con el pico lo deshace.
Allí habló su camarera,
bien oiréis lo que dirá:
-Aquese sueño, señora,
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bien os lo entiendo soltar:
el azor es vuestro esposo
que viene de allende el mar,
el águila sedes vos,
con la cual ha de casar,
y aquel monte es la iglesia
donde os han de velar.
-Si así es, mi camarera,
bien te lo entiendo pagar.
Otro día de mañana
cartas de fuera le traen;
tintas venían de dentro,
de fuera escritas con sangre,
que su Roldán era muerto
en la caza de Roncesvalles.

ROMANCE DE ROSAFLORIDA

En Castilla está un castillo,
que se llama Rocafrida;
al castillo llaman Roca,
y a la fonte llaman Frida.
El pie tenía de oro
y almenas de plata fina;
entre almena y almena
está una piedra zafira;
tanto relumbra de noche
como el sol a mediodía.
Dentro estaba una doncella
que llaman Rosaflorida;
siete condes la demandan,
tres duques de Lombardía;
a todos les desdeñaba,
tanta es su lozanía.
Enamoróse de Montesinos
de oídas, que no de vista.
Una noche estando así,
gritos da Rosaflorida;
oyérala un camarero,
que en su cámara dormía.
-«¿Qu'es aquesto, mi señora?
¿Qu'es esto, Rosaflorida?
O tenedes mal de amores,
o estáis loca sandía».
-«Ni yo tengo mal de amores,
ni estoy loca sandía,
mas llevásesme estas cartas
a Francia la bien guarnida;
diéseslas a Montesinos,
la cosa que yo más quería;
dile que me venga a ver
para la Pascua Florida;
darle he siete castillos
los mejores que hay en Castilla;
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y si de mí más quisiere
yo mucho más le daría:
darle he yo este mi cuerpo,
el más lindo que hay en Castilla,
si no es el de mi hermana,
que de fuego sea ardida».

ROMANCE DE LANZAROTE

Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña vino:
que dueñas curaban dél,
doncellas del su rocino,
esa dueña Quintañona
ésa le escanciaba el vino,
la linda reina Ginebra
se lo acostaba consigo;
y estando al mejor sabor
que sueño no había dormido,
la reina toda turbada
un pleito ha conmovido:
-Lanzarote, Lanzarote,
si antes hubieras venido
no hablara el orgulloso
las palabras que había dicho,
que a pesar de vos, señor,
se acostaría conmigo.
Ya se arma Lanzarote
de gran pesar conmovido,
despídese de su amiga,
pregunta por el camino;
topó con el orgulloso
debajo de un verde pino,
combátense de las lanzas,
a las hachas han venido;
desmaya el orgulloso,
ya cae en tierra tendido,
cortárale la cabeza
sin hacer ningún partido;
vuélvese para su amiga
donde fue bien recibido.

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TEXTOS
Romances novelescos y líricos
EL INFANTE ARNALDOS

¡Quién hubiera tal ventura
sobre las aguas del mar
como hubo el infante Arnaldos
la mañana de San Juan!
Andando a buscar la caza
para su falcón cebar,
vio venir una galera
que a tierra quiere llegar;
las velas trae de sedas,
la ejarcia de oro torzal,
áncoras tiene de plata,
tablas de fino coral.
Marinero que la guía,
diciendo viene un cantar,
que la mar ponía en calma,
los vientos hace amainar;
los peces que andan al hondo,
arriba los hace andar;
las aves que van volando,
al mástil vienen posar.
Allí habló el infante Arnaldos,
bien oiréis lo que dirá:
-Por tu vida, el marinero,
dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero,
tal respuesta le fue a dar:
-Yo no canto mi canción
sino a quién conmigo va.

EL CONDE OLINOS

Conde Olinos por amores
es niño y bajó a la mar,
fue a dar agua a su cabaIlo
la mañana de San Juan.
Desde las torres más altas
la reina le oyó cantar:
-Mira, niña, cómo canta
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
que ésa tiene otro cantar:
es la voz del conde Niño
que por mí llorando está.
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-Si es la voz del conde Niño
yo le mandaré matar,
que para casar contigo
le falta sangre reaI.
-No le mande matar, madre,
no lo mande usted matar,
que si lo manda matar, madre,
juntos nos han de enterrar.
-Guardias mandaba la reina
al conde Niño buscar,
que le maten a lanzadas
y su cuerpo echen al mar.
Él murió a la media noche
y ella a los gallos cantar;
ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar
y él, como hijo de condes,
tres pasitos más atrás.
de ella nació una rosa
y de él un tulipán;
la madre, llena de envidia,
ambos los mandó cortar.
De ella nació una paloma,
de él un fuerte gavilán,
Juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan par a par.

LA BELLA EN MISA INFANTE

Mañanita de San Juan,
mañanita de primor,
cuando damas y galanes
van a oír misa mayor.
Allá va la mi señora,
entre todas la mejor;
viste saya sobre saya,
mantellín de tornasol,
camisa con oro y perlas
bordada en el cabezón.
En la su boca muy linda
lleva un poco de dulzor;
en la su cara tan blanca,
un poquito de arrebol,
y en los sus ojuelos garzos
Lleva un poco de alcohol;
así entraba por la iglesia
relumbrando como el sol.
Las damas mueren de envidia,
y los galanes de amor.
El que cantaba en el coro,
en el credo se perdió;
el abad que dice misa,
ha trocado la lición;
monacillos que le ayudan,
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no aciertan responder, non,
por decir amén, amén,
decían amor, amor.

EL ENAMORADO Y LA MUERTE

Un sueño soñaba anoche
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
-¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
-No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
-¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
-Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy deprisa se calzaba,
más deprisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
-¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña!
-¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
-Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
-Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la muerte que allí venía:
-Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.

ROMANCE DEL PRISIONERO

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
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y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

LA INFANTINA

A cazar va el caballero,
a cazar como solía,
los perros lleva cansados,
el halcón perdido había;
arrimárase a un roble,
alto es a maravilla,
en una rama más alta,
vido estar una infantina,
cabellos de su cabeza
todo el roble cubrían.
-No te espantes, caballero,
ni tengas tamaña grima.
Fija soy yo del buen rey
y de la reina de Castilla,
siete fadas me fadaron
en brazos de una ama mía,
que andase los siete años
sola en esta montiña.
Hoy se cumplían los siete años,
o mañana en aquel día;
por Dios te ruego, caballero,
llévesme en tu compañía,
si quisieres, por mujer,
si no, sea por amiga.
-Esperáisme vos, señora,
hasta mañana, aquel día,
iré yo tomar consejo
de una madre que tenía.
La niña le respondiera
y estas palabras decía:
-¡Oh, mal haya el caballero
que sola deja la niña!
Él se va a tomar consejo,
y ella queda en la montiña.
Aconsejóle su madre
que la tomase por amiga.
Cuando volvió el caballero
no la hallara en la montiña:
vídola que la llevaban
con muy gran caballería.
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El caballero, desque la vido,
en el suelo se caía;
desque en sí hubo tornado,
estas palabras decía:
-Caballero que tal pierde,
muy grande pena merecía:
yo mismo seré el alcalde,
yo me seré la justicia:
que me corten pies y manos
y me arrastren por la villa.

FONTEFRIDA

Fontefrida, Fontefrida,
Fontefrida y con amor,
do todas las avecicas
van tomar consolación,
si no es la tortolica
que está viuda y con dolor.
Por ahí fuera pasar
el traidor del ruiseñor,
las palabras que él decía
llenas son de traición;
-Si tu quisieses, señora,
yo sería tu servidor.
-Vete de ahí, enemigo,
malo, falso, engañador,
que ni poso en ramo verde,
ni en prado que tenga flor,
que si hallo el agua clara,
turbia la bebía yo;
que no quiero haber marido,
porque hijos no haya, no,
no quiero placer con ellos,
ni menos consolación.
Déjame, triste enemigo,
malo, falso, mal traidor,
que no quiero ser tu amiga
ni casar contigo, no

BLANCANIÑA

Blanca sois, señora mía,
más que el rayo del sol:
¿Si la dormiré esta noche
desarmado y sin pavor?
Que siete años había, siete,
que no me desatino, no.
Más negras tengo mis carnes
que un tiznado carbón.
-Dormilda, señor, dormilda,
desarmado sin temor,
que el conde es ido a la caza
a los montes de León.
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-Rabia le mate los perros,
y águilas el su halcón,
y del monte hasta casa,
a él arrastre el morón.
Ellos en aquesto estando,
su marido que llegó:
-¿Qué hacéis, la Blancaniña,
hija de padre traidor?
-Señor, peino mis cabellos,
péinolos con gran dolor,
que me dejéis a mí sola
y a los montes os vais vos.
-Esa palabra, la niña,
no era sino traición:
¿Cuyo es aquel caballo
que allá abajo relinchó?
-Señor, era de mi padre,
y envióoslo para vos,
-¿Cuyas son aquellas armas
que están en el corredor?
-Señor, eran de mí hermano,
y hoy os las envió.
-¿Cúya es aquella lanza,
desde aquí la veo yo?
-Tomalda, conde, tomalda,
matadme con ella vos,
que aquesta muerte, buen conde,
bien os la merezco yo.

GERINELDO Y LA INFANTA

-Gerineldo, Gerineldo,
paje del rey más querido,
quién te tuviera esta noche
en mi jardín florecido.
Válgame Dios, Gerineldo,
cuerpo que tienes tan lindo.
-Como soy vuestro criado,
señora, burláis conmigo.
-No me burlo, Gerineldo,
que de veras te lo digo.
-¿Y cuándo, señora mía,
cumpliréis lo prometido?
-Entre las doce y la una
que el rey estará dormido.
Media noche ya es pasada.
Gerineldo no ha venido.
«¡Oh, malhaya, Gerineldo,
quien amor puso contigo!»
-Abráisme, la mi señora,
abráisme, cuerpo garrido.
-¿Quién a mi estancia se atreve,
quién llama así a mi postigo?
-No os turbéis, señora mía,
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que soy vuestro dulce amigo.
Tomáralo por la mano
y en el lecho lo ha metido;
entre juegos y deleites
la noche se les ha ido,
y allá hacia el amanecer
los dos se duermen vencidos.
Despertado había el rey
de un sueño despavorido.
«O me roban a la infanta
o traicionan el castillo.»
Aprisa llama a su paje
pidiéndole los vestidos:
«¡Gerineldo, Gerineldo,
el mi paje más querido!»
Tres veces le había llamado,
ninguna le ha respondido.
Puso la espada en la cinta,
adonde la infanta ha ido;
vio a su hija, vio a su paje
como mujer y marido.
«¿Mataré yo a Gerineldo,
a quien crié desde niño?
Pues si matare a la infanta,
mi reino queda perdido.
Pondré mi espada por medio,
que me sirva de testigo.»
Y salióse hacia el jardín
sin ser de nadie sentido.
Rebullíase la infanta
tres horas ya el sol salido;
con el frior de la espada
la dama se ha estremecido.
-Levántate, Gerineldo,
levántate, dueño mío,
la espada del rey mi padre
entre los dos ha dormido.
-¿Y adónde iré, mi señora,
que del rey no sea visto?
-Vete por ese jardín
cogiendo rosas y lirios;
pesares que te vinieren
yo los partiré contigo.
-¿Dónde vienes, Gerineldo,
tan mustio y descolorido?
-Vengo del jardín, buen rey,
por ver cómo ha florecido;
la fragancia de una rosa
la color me ha devaído.
-De esa rosa que has cortado
mi espada será testigo.
-Matadme, señor, matadme,
bien lo tengo merecido.
Ellos en estas razones,
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la infanta a su padre vino:
-Rey y señor, no le mates,
mas dámelo por marido.
O si lo quieres matar
la muerte será conmigo


























Anexo
Documentos complementarios






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La literatura popular y tradicional. El romancero
Miguel Díez
FRAGMENTO

Junto a la literatura culta—escrita, inalterable y de autor generalmente conocido—fluye
paralela otra literatura llamada popular y tradicional que muestra, a veces, una extraordinaria
calidad artística. Esta literatura pertenece al folclore, es decir, al ―saber tradicional del pueblo‖
que, además de las costumbres, los bailes, los juegos, las fiestas, las creencias, etc., incluye
como aspectos destacados los cuentos, las leyendas, los mitos, las canciones y los romances.
Este folclore literario es una de las más completas y hermosas manifestaciones de la cultura
hispánica.
Aparte de la brevedad y sencillez, las principales características de la literatura popular
y tradicional son la transmisión oral, la anonimia y las variantes.
En nuestros días se ha perdido gran parte del prestigio y la fuerza de la palabra hablada.
Hemos vivido lo que se ha llamado ―el fetichismo de la letra impresa‖, que, a su vez, está cada
vez más desplazado por la avalancha y la preeminencia de la imagen.
Y, sin embargo, durante milenios, la palabra desnuda fue el único procedimiento de
conservación y transmisión de la cultura literaria. El pueblo, que ha considerado estas formas
literarias como algo suyo, las ha transmitido oralmente, de generación en generación,
reelaborándolas.
En cuanto a la anonimia, está claro que no se puede hablar de un creador colectivo
como se pensaba en el Romanticismo. Hay un creador inicial, un individuo especialmente
dotado que interpreta y expresa el sentir del pueblo. Otros individuos a través del tiempo van
rehaciendo la obra que se considera un bien común a disposición de la comunidad y, por esta
razón, la anonimia no es tanto porque se haya perdido el nombre del autor inicial, sino porque
sus autores son cuantos libremente recrean esas composiciones como cosa propia. Lo realmente
importante es ese circuito de la tradición en el que la obra ha entrado, y su integración en la vida
cultural del pueblo.
El autor se desentiende de su obrilla porque la entrega como anónima a la comunidad. A
este requisito ha de añadirse otro: que la comunidad prohíje esa obrilla y la considere suya.
Cumplidas ambas condiciones y cerrado el toma y daca, la obrilla queda ahí, como bien
mostrenco, a la disposición de todos. Todos pueden usarla, manosearla, modificarla, pulirla,
deformarla, transmitirla, gastarla. Es un ejido poético.
Como consecuencia de la anonimia y del carácter oral, aparece uno de los aspectos más
claramente diferenciadores de la literatura popular y la culta: las numerosas variantes de un
mismo cuento, cantar o romance. Menéndez Pidal decía que la literatura popular es como un ser
viviente y la variante su palpitación vital que nunca se repite de idéntico modo; en cambio, la
literatura de arte personal, la culta, es como un mármol definitivamente terminado con el último
martillazo sobre el cincel, y la variante de mano extraña no es más que un arañazo o desconchón
de la bien acabada estatua.
Y a partir de aquí el mismo estudioso introdujo el carácter de tradicional para designar a
este tipo de literatura y distinguirlo de lo puramente popular, es decir, la simple recepción o
aceptación por el pueblo —sin ninguna intervención por su parte— de una obra en cuanto que
satisface sus gustos. La palabra tradicional se refiere a la reelaboración por medio de las
variantes introducidas por muchos individuos, no coetáneos sino sucesivos, que son la forma en
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que el pueblo como colectividad interviene en la composición literaria. El pueblo es autor
mediante ese perenne fluir de las variantes y no tiene nombre porque es el inmenso anónimo; su
único nombre es legión y su fecha son los siglos.

EL ROMANCERO

Se designa con el nombre de Romancero el conjunto de romances surgidos a partir del
siglo XIV. La palabra romance en un principio servía para designar a la lengua vulgar frente al
latín de la que derivaba, acepción que aún se mantiene en la actualidad.
En los siglos XIII y XIV se aplica a diferentes textos, pero va limitándose
progresivamente a unas composiciones literarias muy concretas, de extensión breve y de
carácter épico o épico-lírico, compuestas anónimamente y que los juglares cantaban o recitaban
delante del pueblo al son de un instrumento que acompañaba al texto con breves y monótonas
notas. En su forma más popular los romances están formados por un número indefinido de
versos octosílabos con la misma rima asonante en los pares mientras quedan libres los impares.
Según la teoría más admitida, los romances más antiguos procedían de ciertos
fragmentos de los cantares de gesta, especialmente atractivos para el pueblo, que los retenía en
la memoria y después de cierto tiempo, desgajados del cantar, cobraban vida independiente y
eran cantados o recitados como composiciones autónomas con ciertas transformaciones. Los
oyentes se hacían repetir el pasaje más atractivo del poema que les cantaba o recitaba el cantor o
el rapsoda; lo aprendían de memoria y al cantarlos ellos, a su vez los popularizaban, formando
con esos pocos versos un canto aparte, independiente: un romance. A estos romances se les
denomina épico-tradicionales.
Más tarde, los juglares, dándose cuenta del éxito de los romances tradicionales,
compusieron otros muchos, ya no desgajados de un cantar, sino inventados por ellos, algo más
extensos y con una temática más amplia. Los autores, como ya hemos dicho, desaparecen en el
anonimato, y la colectividad, plenamente identificada con aquellos textos, los canta, modifica y
transmite. Éstos se conocen con el nombre de juglarescos.
Los romances tradicionales se caracterizan por su brevedad e intensidad. La acción y la
expresión de los afectos están muy concentradas. Son, en general, situaciones estallantes
abordadas de forma directa e incluso brusca, prescindiendo de los pasos que han llevado a ellas
y cuya enumeración podría diluir el interés del auditorio.
Participan, en diferentes casos, de los tres géneros literarios establecidos por la
preceptiva clásica: la ficción narrativa, los sentimientos y un conflicto próximo a lo dramático.
El relato y el diálogo refuerzan esta característica.
En el reinado de los Reyes Católicos estos romances anónimos llamados viejos, que en
un principio, como hemos visto, se difundían oralmente cantados por los juglares, entraron en la
corte donde eran ejecutados con tonadas más elaboradas, compuestas por músicos cortesanos y,
además, se fueron fijando por escrito. Desde comienzos del siglo XVI circularon escritos en
pliegos sueltos hasta ser luego recogidos y publicados en extensos cancioneros de romances,
como el de 1550 (hubo una primera edición hacia 1545) o el Romancero general de 1600,
recopilados por poetas cultos y eruditos. También se han conservado en la tradición oral
moderna y por tanto con nuevas y continuas y numerosas variantes, en la Península,
Hispanoamérica y las comunidades judeo - sefardíes.
La fecundidad y el éxito que tuvo el Romancero Viejo de los siglos XV y XVI, hicieron
que se bifurcase en una doble dirección. A partir del siglo XVI hasta finales del XVII, muchos
poetas cultos — Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Quevedo, etc. — componen también
romances, llamados nuevos o artísticos, que amplían y renuevan el contenido temático y los
recursos formales de los viejos romances, pero naturalmente estos ―nuevos romances‖ presentan
las características propias de la literatura culta: una marcada voluntad de estilo y mayor artificio
literario, es decir, una forma literaria cuidada y específica, esa y no otra, creada por un autor con
nombres y apellidos, y que por lo tanto no puede modificarse, además de la mayor libertad en
cuanto a los temas y, desde luego, la transmisión por escrito. Durante el Romanticismo y en los
siglos XIX y XX se conocerá una nueva floración de este tipo de romances cultos, como los
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pertenecientes, entre otros muchos autores, al Duque de Rivas, Zorrilla, Antonio Machado,
Unamuno, Gerardo Diego, García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, etc.
La otra dirección es la de la propia tradición popular, pues los viejos romances siguieron
transmitiéndose oralmente, y al mismo tiempo se fueron creando otros nuevos de tradición oral
más reciente. En palabras de José María Valverde, el Romancero es la columna vertebral de la
historia de la poesía española y el profesor Alborg apostilla: El Romancero constituye la poesía
nacional española por excelencia: un ―inmenso poema disperso y popular‖, que representa una
de esas pocas cumbres excelsas en la literatura de todos los países, capaces de llegar al alma de
todo un pueblo sin distinción de clases ni de preparación intelectual.





































Texto completo con anotaciones y bibliografías en:
http://www.monografias.com/trabajos-pdf4/del-romancero-viejo-al-moderno/del-romancero-viejo-al-
moderno.pdf

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Mujer y romancero
Juana Rosa Suárez Robaina
TEXTO COMPLETO


El perfil del personaje femenino descrito en el corpus romancístico grancanario en
modo alguno se aleja del arquetipo de mujer que en el panorama literario ("culto" o "de autor",
como prefiera ser llamado) de casi todas las épocas se nos ha presentado. En efecto, "las viejas,
las suegras, las amantes o las <<descarriadas>> han ostentado un sitial privilegiado en la
literatura burlesca e incluso seria de todos los tiempos". El Romancero no va a la zaga de esta
afirmación anterior, y sin pretender ser particularmente "burlesco" o "serio", sí contribuye a
mostrar -desde su peculiar perspectiva oral, atemporal y moralizante-, si no ya el tópico literario
de la mujer como perdición del hombre, sí la consideración (o la imagen) de aquélla como un
personaje extraordinariamente afectado por su realidad circundante, realidad que la señala y
convierte en el centro incuestionable de la peripecia fabulística.
Indudablemente el mundo del romance tiene género mayoritariamente femenino: tanto
desde la óptica de los transmisores, habitualmente mujeres -depositarias todavía de buena parte
de la tradición oral-, como desde la consideración de aquéllas como la fuente de inspiración
misma de los relatos. Su protagonismo viene además favorecido, en la trayectoria del
Romancero, por la inevitable evolución y modernización de un género (aunque pueda resultar
paradójico sostener que es un género que agoniza -hoy por hoy-, y evoluciona -desde su
génesis- a la vez...) que, paulatinamente, ha ido acomodándose a los gustos progresivos del
auditorio -y de los propios recitadores- deseosos de reconocerse en modelos "literarios" más
accesibles.
Pero el carácter femenino del Romancero -desde el punto de vista del protagonismo-
viene delimitado por la naturaleza misma de los propios personajes: por su calidad de receptores
indudables de los acontecimientos que en los romances se narran. En este sentido el Romancero
apenas ha evolucionado, con respecto a su propia trayectoria, ni tampoco se distingue
particularmente de otras manifestaciones literarias como antes planteábamos.
El personaje femenino se consolida, pues, como modelo "receptor": recibe la
consideración, mayoritariamente, del personaje masculino -habitualmente del coprotagonista- y,
en segundo lugar, de otras figuras del relato. Y poco va a importar, en este sentido, la identidad
o el estado femenino: sean jóvenes o añosas, nobles o plebeyas, libres o cautivas, hijas o
esposas, su destino literario parece coincidir sorprendentemente. La literatura oral se manifiesta,
de este modo, seguidora inveterada del tópico que perpetúa no sólo la percepción de lo
femenino desde la óptica de lo masculino sino, y en consecuencia, la imagen maniquea a la que
se ve reducida el universo femenino.
En efecto, la coexistencia de dos arquetipos femeninos antitéticos, modelos de malas y
buenas mujeres, se suceden en los romances conformando un mosaico literario claramente
ejemplar. Podría pensarse que la naturaleza (o la necesidad) también didáctica del género fuera
una de las razones del maniqueísmo en la caracterización del personaje romancístico que
atiende así a un auditorio que debe reconocer, sin ambigüedades, la talla moral de los
protagonistas.
En este sentido, la etopeya del género romancístico, es decir, la caracterización moral o
interna -en este caso de la mujer-, nos mostrará a protagonistas víctimas de una
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(frecuentemente) "desnaturalizada" maldad frente a otras, muchas veces también víctimas, pero
ahora de su propia bondad.
Malas madres (La infanticida, La hija aprisionada por sus padres, Padres que matan a su
hijo por robarle el dinero, Padre que mata a su hijo a causa de su madrastra...) perversas suegras
y cuñadas (La mala suegra, La casada en lejanas tierras), crueles criadas (Horroroso crimen
cometido por una moza de servicio....., Josefa Ramírez), adúlteras caprichosas (Albaniña, El
fraile y la hortelana, El crimen de Fabara, De esta agua no beberé...) -claros referentes que
deben recibir su castigo social en la literatura romancesca-, conviven con innumerables jóvenes
seducidas y engañadas, humilladas y olvidadas. El estereotipo está servido, y aun escasamente
caracterizadas, desde el punto de vista moral o psíquico, sí queda evidenciado o el inadecuado
cumplimiento de su papel (de su función en la organización familiar -y por tanto social-) o bien
su éxito en determinadas acciones.
Frente a esta sutil etopeya, el Romancero sí que abunda en la prosopografía femenina
que se complace en presentar un modelo externo más homogéneo de mujer: favorablemente
descrita (siempre joven y bella) aunque se trate de una visión selectiva del cuerpo femenino.
En efecto, dominan en los textos los primerísimos planos que apenas sobrepasan el
busto de la mujer pero que se ofrecen uniformemente idealizados, si bien, verdaderamente
camaleónicos a los oídos del auditorio. Éste, tan pronto se hallará ante metáforas femeninas
terrenales (flores como la rosa, el clavel, el jazmín...; metales preciosos como el oro y la plata)
como verá alzar el vuelo a ligeras aves (sobre todo palomas) y, más arriba aún, a deslumbrantes
astros y toda suerte de luceros, a ángeles o a enigmáticas deidades (sol, luna, estrella, Venus,
Minerva...). El resultado, que casi todos los que miran pierden la cabeza: ¿galantes? amantes
(La venganza de Don Juan de Lara, La casada abandonada, El novio que mató a su novia,
Proposición amorosa, Carmela y Rogelio...) hermanos (Tamar, El hermano incestuoso), cuñados
(Blancaflor y Filomena, La doctora peregrina) padres (Sildana, Delgadina, El pescador Pedro
Marcial...). La mujer es, también, víctima de su belleza y a piropear la misma dedica el
Romancero innumerables elogios. Los piropos más frecuentes se expresan con los adjetivos
pertenecientes al campo semántico de la belleza y hermosura en general: bella, hermosa, bonita,
guapa, linda, preciosa, fina, pulida, compuesta y pueden referir el entusiasmo hacia el conjunto
de la figura femenina:
con una preciosa dama de tan peregrino aspecto
con la mujer más hermosa que había en todo aquel reino
(La doctora peregrina, GC II, 150.1)

o dirigirse más específicamente al talle y a la evolución del cuerpo femenino (movimientos,
curvas, ademanes, figura...):

Yo fui a misa, de misa no supe nada,
sólo andaba contemplando el tipo de la chabala
(De esta agua no beberé, GC I, 71.1)

o tener un tono mucho más selectivo (el primer plano ya mencionado en páginas anteriores) y
dirigirse hacia partes concretas de la mujer. Habitualmente acapara la atención la cabeza de la
protagonista (rostro y cabellos). Del rostro conoceremos su tonalidad habitualmente clara o
pálida y las delicadas facciones en general. La nota de color la ponen aquí las sonrosadas
mejillas y los labios "de coral". De los ojos, poco se habla en el romancero grancanario apenas
mencionándose su tamaño o su carácter de ficción (por ojos llamativos, "de película"). Del
cabello nos llamará la atención el modo de estar peinados, trenzado, pero sobre todo sueltos,
como indicio de la soltería o de la predisposición de la mujer. Parece abundar la mujer de
cabellos de oro aunque no descartan los textos la mujer morena, tanto de piel como de cabellos.

Sólo ocasionalmente el Romancero nos acerca a otras partes de la fisonomía femenina
tales como las manos, el busto -o mejor, el escote-, y, en general, la estatura e indumentaria de
la mujer.
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Con este panorama, al protagonista masculino no le queda más remedio que ocupar su
tiempo en intentar seducir y enamorar (pocas veces amar) a este ser tan preciado.
Porque hablar de mujer en el Romancero es también hablar del corazón. Y sobre el
corazón femenino recaerán básicamente los afectos de los demás. En este sentido, el personaje
femenino se convertirá en el punto de mira del amor (pero particularmente del desamor) del
resto de los pobladores del Romancero. El cortejo amoroso, desde el hombre a la mujer
(excepcionalmente y de modo transgresor puede darse al revés), es el hilo conductor que
sustenta prácticamente la totalidad del Romancero moderno, probablemente alentado por un
público cada vez más seducido por comprobar los desórdenes que Cupido provoca en corazón
ajeno, aunque sea ficticio...
Dicho cortejo se materializa en los textos básicamente a través del elogio -como antes
indicábamos-, y despliega en los romances toda su fuerza y logra su propósito inmediato:
conseguir a la mujer. Ésta habitualmente cae seducida y cede, tanto ante el que viene con buenas
intenciones, como ante el que transforma la pasión amorosa en una inminente agresión.
En este sentido, la misoginia que se advierte en muchos de los textos se va haciendo
cada vez más palpable a medida que también crece y se "humaniza" el dolor en los romances.
La "tragedia" femenina que, como ya destacara Pidal, se anuncia (y se aprende) desde el
Romancero infantil, parece también ir en consonancia con una progresiva pérdida de intensidad
y emotividad en los textos (esto es, de lirismo) en favor ahora de un incremento notable de la
"crónica" del suceso agrio. El Romancero, con el transcurrir del tiempo, se hace plebeyo -quizá
inevitablemente-, si bien conserva determinados gustos "tradicionales" que se convierten en
tópicos. Uno de ellos es el de orientar precisamente la misoginia hacia la mocedad de la mujer.
Así, la juventud (y la castidad) de muchas protagonistas del Romancero ejercen un papel
eficazmente seductor sobre los personajes masculinos, independientemente de la pertenencia o
no de éstos al clan familiar de la protagonista. Frecuentemente por ello, es la hija menor la más
codiciada por los galanes del Romancero, seguidores del tópico de que en la virginal menor
radica la mayor belleza.
No obstante, también el Romancero ofrece modelos de mujeres que, lejos de resignarse,
y en defensa de su honor (y cuerpo), se atreven a desafiar (a veces incluso a matar) al amante
agresor. Si no hay "arrestos" suficientes, el Romancero cuenta con excepcionales apoyos: la
intervención milagrosa de la Virgen o el recurso a la anagnórisis. Este último, a modo de
justicia poética, equilibra oportunamente la balanza en favor de la protagonista descubriendo -
como por arte de magia- la verdadera relación existente entre los implicados en la escena.
Ambos recursos, el milagro mariano y el "milagro" del reconocimiento, evitan el desenlace
trágico.
No obstante, no todo ocurre "como por arte de magia" y así, respecto al recurso de la
anagnórisis o reconocimiento, el Romancero presenta lo que hemos denominado como casos
"puros" (los más) y casos "impuros". Cuando el relato presenta los primeros, el efecto sorpresa
sí que está presente en la fábula al desconocerse, por parte de los personajes (y del auditorio), la
verdadera vinculación de parentesco que existe entre ellos. En el caso "impuro" el misterio
desaparece y se convierte ahora en un ardid planeado por uno de los protagonistas que, bajo un
disfraz (una auténtica mascarada) oculta "al otro" su identidad, eso sí -y como medida extrema-,
para conseguir un buen fin. En efecto, la anagnórisis restaura ipso facto no sólo el destino
inmediato de algunas protagonistas del Romancero, al borde del caos personal y sentimental
(mujeres sujetas al cautiverio, al borde de una agresión sexual o incluso próximas a la muerte...),
sino que al mismo tiempo restituye también el orden familiar al recuperar y devolver a casa
hermanas e hijas perdidas (La infantina, La hermana cautiva, Flores y Blancaflor) -evitando
además posibles relaciones incestuosas (Enrique y Lola; Gertrudis, la hermana perdida )- o al
lograr el reencuentro de los hijos con sus progenitores transcurridos los años (Niño abandonado
en el tren, El hijo que busca a su padre, Padre que reconoce a su hijo ante el pelotón de
fusilamiento, La huerfanita que encuentra a su padre, Hija abandonada que encuentra a su padre,
Las tres cautivas...).
Pero, sin duda, su eficaz contribución a la paz del hogar -a la vez que al amor- (binomio
éste, familia y amor inseparable en el mundo del Romancero) se manifiesta en los relatos que
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logran -mediando el recurso- la restitución del amor "legitimado" en el matrimonio (La
Condesita, Cautiva de su galán, La doctora peregrina, Las señas del esposo, El Conde Claros en
hábito de fraile). Vemos, pues, cuán saludable es -ya en el terreno ideológico-, este recurso
(auténtica "justicia poética" como ya adelantábamos) para impedir en unos casos el forzamiento
y la relación ilícita (incestuosa) y para recuperar, en otros, el vínculo matrimonial. Tanto en
unos casos como en otros, el saldo favorece mayoritariamente a la protagonista femenina. El
binomio ya citado se completa de esta manera con el sustantivo mujer convirtiéndose así en la
tríada sobre la que gira, prácticamente, toda la temática del Romancero novelesco o de
invención.
Mujer, amor y familia son una misma cosa en el Romancero y "sufren" al unísono los
destinos de la fantasía poética. Así, las "equivocaciones" en los caminos del amor desembocan,
casi siempre, en la esfera de lo familiar y la mujer es, dentro del clan, el eje vertebrador que
recibe mayoritariamente esos yerros.
Porque el amor en el Romancero tuerce con demasiada frecuencia el destino de sus
flechas. Así, se dirige (ilícitamente a veces, como ya comentábamos respecto a los relatos
incestuosos) y sin garantías de éxito, a las bellas "niñas": Delgadina, Sildana, Santa Catalina,
Santa Iria, El fraile y la niña, Rosita encarnada, La Asturianita, Infanticidio en Agüimes,
Rosaura la de Trujillo, De quince años yo tuve un novio, La huerfanita...); se limita a
desafortunados encuentros sexuales: La lechera, Joven engañada, Adelaida y Alfredo, El crimen
de Mogán...; se obstaculiza seriamente por la intervención directa de la familia de la
protagonista, expresada en términos de excesiva custodia familiar o, por contra, de actitud
celestinesca (Juanilla y Miguela, Monja a la fuerza, Blancaflor vengadora de su honra, La hija
de Asunción Tejada, Por la ambición de un padre...); se tropieza con la maledicencia de la
familia política (La mala suegra, La casada en lejanas tierras); se traiciona a sí mismo con la
infidelidad por ambas partes -si bien hay más adulterio femenino que masculino en el
romancero grancanario- (Albaniña, El fraile y la hortelana, El hijo del secreto de María, La
molinera y el corregidor, De esta agua no beberé, El crimen de Fabara, Madre que encierra a sus
hijos por unos amores adúlteros, Mujer que en ausencia de su marido se da a la mala vida..., La
malcasada); en definitiva, se trunca el amor (bajo la iniciativa del varón) por la no muy buena
imagen que éste representa en los textos.
Pero también el amor se reconduce en el Romancero, si bien, y esto es quizá lo más
significativo, lo hace con ayudas inestimables y en condiciones extremas. En primer lugar, ya
hemos mencionado el recurso del reconocimiento como un mecanismo muy saludable para el
sentimiento amoroso (evita relaciones incestuosas y restituye la unión matrimonial). En segundo
lugar el triunfo del amor es muchas veces un triunfo en la muerte, no en la vida, hecho que
subraya más aún la tendencia hacia la idealización (y la imposibilidad) del sentimiento en el
Romancero. Así, relatos como el Conde Niño, La difunta pleiteada, El difunto penitente, La
novia enferma o Los dos mártires del amor ilustran la idea de que la felicidad es casi una utopía,
inaccesible muchas veces al común de los mortales y lograda otras gracias a la intervención de
la Virgen o de una justicia divina que pasa excepcionalmente por encima de la justicia terrenal,
favoreciendo la unión de los amantes. En algunos de estos relatos incluso se plantea el
arrepentimiento masculino como un aspecto evidentemente reconciliador en las relaciones
amorosas si bien se produce a destiempo. En tercer lugar, y ahora desde una perspectiva de
mujer, el amor -de la protagonista al varón-, tiene algunos ejemplos, quizá ambiguamente
satisfactorios, en algunos relatos transgresores que manifiestan la firme decisión de lograr, al
menos, ciertas dosis de satisfacción sexual por iniciativa de la mujer. Sin duda es Gerineldo el
texto que mejor ilustra esta idea. En otros romances, como en La dama y el pastor o La serrana,
el varón rechaza el ofrecimiento femenino.
En definitiva, el amor, las más de las veces, se hace imposible en el mundo del
Romancero: por penoso y trágico, por inaccesible, por sólo superable gracias a "soluciones"
ajenas a la voluntad de ambos amantes. Se idealiza en exceso y por ello se aleja paulatinamente
de una mujer que, contrariamente, se "humaniza" progresivamente en el género. De ahí que
hayamos afirmado que el amor en el Romancero esté más abocado al fracaso que al éxito y que
su control escape, con frecuencia a la propia mujer. De hecho, muchos romances ilustran, cómo
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las decisiones sobre el proceso amoroso están en manos del núcleo familiar de la pareja -como
ya hemos sugerido- (pero particularmente de la familia de la mujer): desde el "derecho" de la
custodia de las vírgenes hasta la postura (contraria) celestinesca en la "promoción" de las hijas.
Igualmente también destacamos la actitud desnaturalizada de los padres (incesto y rivalidad) y
finalmente también nos hemos referido a la familia política, respecto a la cual el Romancero
manifiesta las tradicionales malas relaciones entre suegra (y cuñadas) y nuera que impiden el
gozo amoroso y que se "explican" en los propios textos en parte por la lejanía de las
protagonistas de "sus" hogares.
Porque, sin duda, el hogar es el espacio por antonomasia del personaje femenino. Es
éste, justamente, "su sitio": la esfera de lo doméstico debe dar sentido y realidad a lo femenino
en el Romancero, de tal manera que la mujer encuentre en su hogar lo imprescindible para vivir.
Con frecuencia los textos especifican la estancia particular de la casa en la que la mujer se halla
y así tenemos ocasión de conocer los hábitos y costumbres domésticos: la permanencia de la
mujer en la polivalente sala (allí aguarda sentada, allí cose, atiende al galán...); su paso por la
cocina, su retirada al cuarto o dormitorio o su reclusión en el sótano.
Acercándonos un poco más nos encontramos con expresiones formulísticas del tipo
"estando un día a la mesa", que como tales fórmulas no sólo marcan un momento decisivo del
relato sino que nos permiten también encontrar "virtualmente" reunidos a varios miembros de la
familia. Son escenas a las que el Romancero saca partido dando oportunidad al auditorio de
asistir a una de las pocas ocasiones en las que los miembros del clan participan en familia de su
vida doméstica: intercambian opiniones y se miran, toman decisiones, hacen planes...
(Delgadina, La Condesita, La romería del pescador), eso sí, siempre con un discurso jerárquico:
del "cabeza de familia" (padre o esposo) al resto.
Si la protagonista tiene necesidad de contactar con el mundo exterior le basta con
acceder a algunos de los espacios que permiten un primer acercamiento, furtivo algunas veces, a
la realidad externa (ventanas, celosías, balcones y puertas), de ahí que se hayan cargado de
valores simbólicos (deseos de varón) en muchos textos. Y así lo entienden los galanes que saben
que la manera de llegar a estas mujeres -casi recluidas en sus casas- es rondando dichos vanos.
Si el seductor da un paso más se encuentra al pie de las escaleras del dormitorio femenino. La
permanencia allí constituye otra fórmula "bisagra" muy frecuente en el Romancero. Habituales
son las "subidas al amor" con o sin el consentimiento expreso de la mujer y el descenso por las
mismas escaleras que amenazan con "quebrar" no sólo el color sino también la vida de solícitos
galanes y adúlteras pilladas in fraganti (Gerineldo, Albaniña). En ocasiones también esta mujer
puede abandonar el ámbito de lo privado y en incursiones al exterior (fuente, tienda, taller, otra
casa, iglesia) comunicarse, hasta cierto punto, con el resto del mundo. La fuente como espacio
mítico y la iglesia como terreno neutral son bien "aprovechados" por los textos para propiciar un
encuentro o reencuentro el primero y una excusa para dejarse "ver" el segundo.
Como vemos, la casa es algo más que el espacio femenino es, también su oficio:
ubicación y dedicación que proporcionan una "natural" protección a la mujer y que ésta no
abandona (salvo las escapadas coyunturales antes citadas: fuente, iglesia...) excepto que se vea
forzada (temporalmente) para lograr un buen fin. Así, buenos propósitos guían a las
protagonistas de La doncella guerrera y de La Condesita que voluntariamente dejan sus hogares
para restituir, la primera, su honra perdida (por la "desgracia" de no haber nacido varón) y la
segunda, su matrimonio. La salida no deseada o inesperada de la casa (incluso mediante algún
ardid o trampa) o por desobediencia paterna, puede provocar en la mujer soltera su
desvalimiento en forma de pérdida, apresamiento o rapto (La infantina, La hermana cautiva),
agresión sexual (Blancaflor y Filomena) ultraje (Rosaura la de Trujillo) o incluso la muerte
(Santa Iria). Pero la permanencia de la mujer en la casa sin la vigilancia del guardador (por
ausencia, sueño o descuido voluntario por móvil celestinesco) acarrea también, para la mujer
soltera, graves peligros: muerte y honra vulnerada con o sin consentimiento (El novio que mató
a su novia, Gerineldo, Blancaflor vengadora de su honra).
Tratándose de la mujer casada el abanico de posibilidades es más amplio cuando el
esposo se halla ausente. La mujer puede dar rienda suelta a su queja (La malcasada) o puede ir
más allá abriendo sus puertas a la infidelidad (Albaniña, La infanticida) y excepcionalmente a la
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prostitución (Mujer que en ausencia de su marido se da a la mala vida). Se puede poner a prueba
la fidelidad de la esposa (Las señas del esposo, La doctora peregrina) y se acrecienta, si la mujer
se halla además en la casa de la suegra, la maledicencia de ésta (La mala suegra).
Incluso para alguna protagonista (La romería del pescador) el alejamiento deliberado de
la casa mediante un ardid del esposo, se convierte en un requisito para la agresión de aquélla. En
este sentido muchos relatos de ultraje femenino se conciben en parajes indómitos, en escenarios
naturales, testigos mudos de la violencia sobre la mujer (La joven doncella, Blancaflor y
Filomena, Santa Iria...)
Para algunas mujeres "autosuficientes" y con un modo de vida muy particular (La
serrana), la casa no se ajusta a su desafío constante con la naturaleza, a su voz atronadora más
fuerte que la del hombre.
Y precisamente con la voz finalizamos estas líneas. Se infiere por todo lo comentado
anteriormente, que el discurso amoroso centra la práctica totalidad del corpus grancanario. El
lenguaje "afectivo", con sus consentimientos unas veces y sus negativas otras, no hace sino
reflejar la doble visión que del amor mismo (y de la mujer) ofrece el Romancero, según hemos
descrito con anterioridad: las relaciones abocadas al fracaso -o la imposibilidad del amor-, y el
siempre idealizado amor triunfante. El repertorio estudiado es una muestra mayoritaria del amor
penoso, del amor constantemente amenazado.
Igualmente los textos ilustrarán, acordes con esta dicotomía, dos maneras básicas de
responder la protagonista a este sentimiento: el tono de la sumisión, imprescindible en los
romances que ilustran el desencanto amoroso, frente al tono transgresor, más propio de los
relatos que pretenden reivindicar el "control" del amor por parte de la mujer. Ambos tonos, no
obstante, se adornan con constantes expresiones formulaicas -habituales en el discurso
romancístico- y se flexibilizan ante las inevitables intervenciones de las voces narradoras que -
en un género de transmisión oral- tienen, sin duda, mucho que decir.






















Texto completo con anotaciones y bibliografías en:
http://parnaseo.uv.es/Lemir/Revista/Revista6/AMPARO_RICO/suarez.htm

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Carlomagno y Cervantes: Representación del romance
carolingio en el Quijote
Jesús David Jerez-Gómez
TEXTO COMPLETO

La vigencia del romancero carolingio y su amplia difusión oral son documentadas por
Cervantes en el Quijote, haciéndose eco igualmente de sus modos de trasmisión popular. Las
innumerables referencias literarias entretejidas en él no dejan de lado aquellos géneros de mayor
popularidad entre las masas, destacando los vehículos y contextos en los que las vertientes
intelectuales y populares se entrecruzan para conformar el bagaje cultural de la sociedad de los
siglos de oro.
Si don Quijote representa a un lector culto, poseedor de una biblioteca, que se vuelve
loco debido a su lectura en exceso y «en silencio» de todo tipo de libros de caballerías, también
es uno en contacto con las manifestaciones populares de una literatura sin fronteras sociales o
jerárquicas, pues ésta es conocida y compartida por todos los estamentos sociales. En un
ejercicio meta literario, de enorme valor antropológico, Cervantes refleja una literatura que vive
oralmente, dando sentido al protagonismo de una serie de tipos sociales representativos de la
vida cotidiana literaria.
En este trabajo indagaremos en la popularidad y fuentes que hacen a la temática
carolingia protagonista del retablo de Maese Pedro del Quijote. Con Melisendra y Gaiferos
Cervantes muestra un modo de representación de una literatura que vive oralizada, difundida a
través de la voz colectivamente, y que conforma gran parte del corpus literario intertextual de la
obra que don Quijote hace gala en numerosas ocasiones, destacan la temática carolingia y sus
personajes. Valdovinos, Montesinos, Belerma, Durandarte, entre otros, plagan la obra de
referencias a la tradición romancista derivada de la épica francesa y a su manifestación por el
Mediterráneo, que llega a nuestros días. Ramón Menéndez Pidal nos habla de una escuela de
juglares especializados en el romancero carolingio, lo que certifica su extrema popularidad y
difusión por la Península, a través del camino de Santiago.
Carlos Gumpert Melgosa, que ha estudiado las influencias carolingias como fuente del
Quijote, señala que la Historia del emperador Carlomagno y de los Doce Pares de Francia,
publicada en Sevilla por Jacobo Cromberger (1521), tuvo gran repercusión a pesar de no pasar
de ser considerada por la crítica como un subgénero de «relatos caballerescos breves» de
difusión popular. La desatención propiciada hacia este género por estimarlo menor, o «literatura
marginada», no es óbice para volver la atención sobre una literatura ampliamente popularizada a
través de la lectura en voz alta y su representación audio visual, de gran repercusión además
para el corpus literario de autores consagrados del Siglo de Oro. Las ediciones y derivados de la
Historia de Carlomagno gozan de una popularidad extraordinaria que la mantiene viva a lo
largo de los siglos a través de reimpresiones ininterrumpidas y versiones en pliegos de cordel
tanto en la Península como en América. Tal es la aceptación entre las masas de esta temática
que, según documenta Milá i Fontanals, en un romance valenciano un campesino se jacta de
saber de memoria el romance de Calaínos, proveniente del ciclo carolingio.
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La amplia popularidad de esta temática es señalada por Diego Catalán, quien comenta
que es fruto de la relación de las baladas carolingias y el fragmentarismo con el que se
difundieron en la Península en libros de música cortesanos y manuales vihuelistas durante los
siglos xv y xvi.
Catalán apunta cómo en el declive de la épica la juglaría castellana se decantó por las
narraciones de tema francés y su estilo formulaico para una serie de composiciones que
acaparan en el xvi los pliegos sueltos y cancioneros por delante del romancero viejo, mientras
en el ámbito cortesano ya desde finales del xv se extraen de esta fuente carolingia las escenas
más llamativas para darles autonomía.
Los versos con los que Cervantes introduce la historia:

«Jugando está a las tablas don Gaiferos
que ya de Melisendra está olvidado»
y
«Caballero, si a Francia ides,
por Gaiferos preguntad»

reflejan su amplia popularidad y la familiaridad del episodio para los lectores contemporáneos
del Quijote.
Las versiones del mismo romance, conocido por «Asentado está Gaiferos» y referidas
en el retablo cuando alude a dos de sus variantes más difundidas, gozan de una popularidad
extraordinaria, como señala don Ramón Menéndez Pidal, pues «de él se hicieron entremeses,
mojigangas, danzas de cascabel, bailes, jácaras, contra hacimientos a lo divino, sin contar
bastantes glosas parciales sobre las famosas quejas de Melisendra». Popularidad ésta que, según
Martín de Riquer, llega a todos los públicos, pues Gaiferos y Melisendra se representaba en los
teatros de Madrid, existiendo documentación de su puesta en escena en las fiestas del Corpus
de1609, así de la publicación en Valladolid de un «Entremés de Melisendra».
Las variantes que aparecen en el episodio del Retablo deben interpretarse como una
prueba de su popularidad latente en las muchas versiones documentadas y que llegan incluso a
la América de Pizarro. Junto a las alusiones locales del romance, como Sansueña o la torre de la
Aljafería, indicios de su difusión peninsular, otros elementos de las variantes de Asentado en las
que se basa el Retablo pueden estar directamente relacionados con los medios de transmisión y
popularización de dicho romance.
De esta fuente, Samuel Armistead destaca en particular que varios motivos, descritos
por Cervantes mediante el trujamán, como el que Gaiferos arroje encolerizado el tablero y el
descenso dramático de Melisendra desde el balcón, indican que la versión del Quijote comparte
con la tradición moderna una visión más sensacionalista del episodio. Gran parte del éxito
popular del Quijote puede atribuirse a que refleja este corpus intertextual de referencias
romancistas, patrimonio cultural de un público «lector-receptor» sobre todo oral, de la época. El
trasfondo del romancero, que representa esta literatura de amplio consumo durante el siglo
áureo, obedece al interés de cargar la obra de connotaciones paródicas que tienen como
referencia un género y motivos caballerescos de sobra familiares para un público que abarca,
según nos indica Cervantes, todos los estamentos sociales reunidos alrededor de la función:
Puestos, pues, todos cuantos había en la venta, y algunos en pie, frontero del retablo, y
acomodados don Quijote, Sancho, el paje y el primo en los mejores lugares, el trujamán
comenzó a decir lo que se oirá y verá el que le oyere o viere el capítulo siguiente.
El Retablo, como pantalla de proyección del romancero, alude a una serie de fuentes
literarias fundadas alrededor de su difusión oral, mostrando uno de los modos populares de
representación propios del marco cultural mediterráneo del siglo xvii.
Nos centraremos en dos manifestaciones mediterráneas que testifican la popularidad de
la temática carolingia en la península ibérica y en el sur de Italia, y que guardan gran parecido
con el retablo de Gaiferos y Melisendra: las danzas de Carlomagno, y el teatro de títeres
siciliano y napolitano. Entre los rasgos destacables de estos modos de representación, el
paralelismo existente entre éstos y el retablo cervantino se basa especialmente en su formulismo
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característico y el violento final de los romances. Frecuentemente, los protagonistas de este
romancero, siguiendo su modelo francés, desembocan en un violento desenlace típico de la
tradición épica medieval de la que deriva el Romance de los Doce Pares de Francia, y de la que
salen muy mal parados físicamente. Así, por ejemplo, Calaínos, al igual que Bramante,
caballero principal de Arabia, muere decapitado en su enfrentamiento con Roldán:

203Van se el uno para el otro con un esfuerço muy grande, Dan se tan rezios
encuentros que el moro caydo ha.
205 Roldán que vio al moro en tierra, luego se fue apear;[…]
223echó mano a un estoque para el moro matar, la cabeça de los hombros luego se la
fue a cortar.

Lo que nos interesa para el episodio de Melisendra en el Quijote es comprobar que para
la difusión del romancero el juglar tiene muy en cuenta a un público específico consumidor de
esta temática para el que la adapta y versiona según gustos y contextos. Los finales violentos y
formulismo propio de estos romances carolingios son de gran aceptación entre el público, y así
se han conservado como rasgos característicos del teatro de títeres y la tradición oral siciliana.
Como he señalado en un trabajo anterior donde profundizo en la influencia del teatro de la opera
dei pupi siciliana en el episodio de Cervantes que nos ocupa, el autor del Quijote demuestra
conocer con soltura este género que tiene como motivo principal la temática y personajes de la
épica carolingia.
Sin embargo, para comprobar la vigencia de Carlomagno y su amplia difusión en
España sí resulta interesante destacar el paralelismo del episodio, narrado por el trujamán de
maese Pedro al iniciar la representación del retablo, con la tradición de las danzas populares de
Carlomagno que se han conservado hasta bien entrado el siglo xx en la comarca leonesa de La
Cabrera. Según nos cuenta Concha Casado Lobato, las danzas de paloteo y sus representaciones
teatrales se celebraban en esta localidad con motivo de la festividad del Corpus Christi, siendo
representadas las conocidas como «Danzas de Carlomagno» en la localidad de La Baña en 1948
por última vez. Esta danza era escenificada por los propios vecinos dando vida a personajes
como Roldan, Carlomagno, Fierabrás y Cuy de Borgoña. Lo que para este pueblo es una extraña
leyenda de origen desconocido, sin duda entra en la región gracias al camino francés y el tráfico
de peregrinos a los que, como indica Ramón Lull en el siglo xii, «se incorporaban juglares
«recomptadores», que entretenían a los viajeros con historias sagradas y profanas».
La semejanza las Danzas de Carlomagno y la apertura del retablo resulta más que
evidente. Ambos comienzan de la misma forma, indicando los efectos sonoros con rosque se
abre la representación del romance. Así el pliego suelto conservado por uno de los informantes
en La Baña comienza con unos versos caracterizados por un formulismo que alude a la difusión
de este romancero:

Suenen cajas y clarines
y sonoros instrumentos,
en acordes consonancias
por los espacios del tiempo…
la más reñida batalla
y los más recios encuentros
que ha habido entre espada y lanza,
mano a mano y cuerpo a cuerpo.

La apertura que inicia el romance carolingio, y su representación mediante la danza,
recuerda el modo con que Cervantes abre el retablo al introducir el capítulo XXVI donde se
representa el romance «Jugando está a las tablas don Gaiferos»:

Callaron todos, tirios y troyanos, quiero decir, pendientes estaban todos los que el
retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas, cuando se oyeron sonar
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en el retablo cantidad de atabales y trompetas, y dispararse mucha artillería, cuyo
rumor pasó en tiempo breve, y luego alzó la voz el muchacho, y dijo: […].

Estas alusiones reflejan igualmente los efectos sonoros empleados en las
representaciones de tema carolingio de los títeres sicilianos, y establecen un vínculo «genético»
revelador acerca de ambas tradiciones romancistas. Igualmente el dinamismo de las batallas
representadas por los títeres sicilianos recuerda al de los bailes y danzase Carlomagno de la
Península, probablemente relacionadas con los matachines, que Sebastián de Covarrubias, en su
Tesoro de la lengua castellana o española, define como:

[…] muy semejante a la que antiguamente usaron los de Tracia, los cuales armados
con celadas y coseletes, desnudos de brazos y piernas, con sus escudos y alfanjes, al
son de flautas, salían saltando y danzando, y al compás dellas se daban tan fieros
golpes que a los que los miraban ponían miedo y les hacían dar voces, persuadidos que
habiendo entrado en cólera se tiraban los golpes para herir y matar; y así de acuerdo
caían algunos en tierra como muertos, y los vencedores los despojaban y aclamando
victoria se salían triunfando; y todo esto al son de las dichas flautas. Y por este estrago
aparente de matarse unos a otros, los podemos llamar matachines.

Más allá de que el retablo de Melisendra de Maese Pedro demuestra una relación entre
los diferentes modos de difusión del romancero carolingio, podemos argumentar que tanto los
versos que abren el pliego suelto conservado como el capítulo cervantino constituyen una
muestra de cómo este romancero era representado, ya fuera a través de títeres o danzantes. La
impresión causada en el público, a la que alude Covarrubias, es también muy similar a la que se
vive en el heterogéneo espacio de la venta donde se recita el romance de Melisendra, causando
la espontánea intervención de don Quijote, convencional, por cierto, en la tradición de títeres
italiana. Las variantes en las que vive el romancero de tema carolingio obedecen a los modos de
difusión que lo rodean y su adaptación a éstos, como en el caso del teatro de títeres y su
escenificación en bailes folklóricos. El episodio del retablo documenta cómo los modos de
escenificación dramática contribuyen no sólo a la difusión del romance fuente consolidando sus
variantes, sino que a su vez éstos juegan un papel indudable en su transmisión y elaboración al
dar más protagonismo a elementos característicos propios y estelares de su representación que
son, a su vez, favorecidos y anticipados por el público. La pervivencia del romancero carolingio
y su temática, manifiesta a través de los siglos en las tradiciones mencionadas de títeres y
danzantes, apuntan a un intercambio de cultura popular, no sólo dentro de España sino también
con Italia, que no puede pasar desapercibido para Cervantes.





Texto completo con anotaciones y bibliografías en:
http://www.academia.edu/5074317/Carlomagno_y_Cervantes_Representacion_del_romancero_carolingio_en_el_Qui
jote_y_su_marco_cultural_mediterraneo



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Lope de Vega y sus Romances
María Jesús Zamora Calvo
TEXTO COMPLETO

La imaginación y el talento barrocos consideran que los límites en la composición del
verso tan solo existen para transgredirlos y renovarlos, dando lugar a creaciones de una calidad
artística fascinante. Esto justamente es lo que ocurre con el romance, cuyas estrofas se colman
de ingenio y erudición. La mayoría de estos poemas proceden de una tradición oral, dignificada
durante el Renacimiento. Gracias a ello, los poetas áureos comienzan a ejercitarse en la
construcción de una de las estrofas que mejor se adapta al español. De este modo nace el
romancero nuevo, que mantiene su vigencia hasta mediados del siglo xvii. En estos poemas se
pone de manifiesto la formación refinada y culta de sus autores, quienes aplican al octosílabo la
evolución y perfeccionamiento que experimenta el verso durante el siglo anterior.
Los temas sobre los que versan estas composiciones son fundamentalmente de dos
tipos: los moriscos y los pastoriles, donde la identidad del poeta se oculta bajo el aspecto de
moro o de pastor, evocando para ello un mundo oriental o bucólico como escenario de sus
amores. Este gusto por lo exótico o lo idílico llega a su máxima expresión en esta época, aunque
comienza a ponerse de moda mucho antes y constituye parte de la sensibilidad renacentista. Lo
mismo ocurre con la utilización de máscaras literarias, de origen carnavalesco, a través de las
que se revela una visión ambigua y festiva tanto de las pasiones como de los desengaños
sufridos por el hombre.
En este sentido, los creadores más activos del romancero nuevo son Lope de Vega y
Góngora. Ambos muestran desde muy jóvenes su gran inclinación hacia la lírica cantada de tipo
tradicional. En ellos culmina el fenómeno de la exaltación de la poesía popular que se inicia en
el Renacimiento, al mismo tiempo que perfeccionan el nivel de la poesía culta marcado por
Garcilaso y Herrera. Aunque Lope nunca muestra intención de editar sus romances juveniles,
cuya difusión y aceptación son enormes, lo cierto es que van a parar a pequeños romanceros de
la época, reunidos más tarde en el Romancero general de 1600.
Lope transfigura todo acontecimiento que envuelve o cruza su existencia. La vida
irrumpe en sus versos con transparencia y genialidad. Su poesía moldea la lengua con el deseo,
de donde emana un fluir poético latente y estremecido. Funde acontecimientos bajo la oscuridad
de amores prohibidos y, por ello, más anhelados por un hombre caprichosamente enamorado.
Solo a partir de esta concepción se puede explicar por qué la pasión hacia una mujer hecha de
seducción, inteligencia y vida, Elena Osorio, da lugar a un torbellino de sentimientos
transformados en versos.
A ella están dedicados los romances moriscos, escritos entre 1583 y 1590. Todos los
pormenores de dicha relación son transcritos poéticamente, recreando un mundo lleno de
luminosidad, descripciones fascinantes y evocaciones sutiles. Aquí la concisión expresiva del
romancero viejo aparece reemplazada por paralelismos, epítetos dobles y alegorías donde
priman burlas y cinismos. El poeta se encubre bajo la apariencia, a veces, de Gazul y, otras, de
Zaide. El hilo conductor de todo este ciclo es el abandono por parte de una bella mora de un
pretendiente apuesto, valiente y pobre, a causa del «amor» inspirado por otro sujeto, rico y con
influencias, trasunto de don Francisco Perrenot de Granuda, el rival de Lope con respecto a
Elena.
Posterior a este es el romancero pastoril, aunque algunos de estos poemas son escritos al
mismo tiempo que los moriscos. En este caso están dedicados a Filis y una mínima parte a
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Belisa. Belardo es la máscara con la que se disfraza su autor, denominación esta que en algunas
ocasiones es sustituida por la de Alanio, Salicio o Celindo. Aquí la situación es diferente. En
este ciclo, el moro apasionado se ha transformado en pastor melancólico, obsesionado por un
amor ya inalcanzable. De nuevo, la imagen de Elena se proyecta en gran parte de estos versos,
una historia que Lope convierte en tema recurrente en sus escritos.
Amor, celos y despecho, encarcelamiento, destierro y muerte, todo un cúmulo de
sentimientos complementariamente enfrentados que dotan de pasión y latido palabras hechas
seducción y lamento. En Lope no existe ningún tipo de medida, la desmesura y el impulso se
proyectan ad infinitum. Un frenesí contagioso sella su vida, hecho este que se refleja en su
inmensa obra, hasta el punto de que para Lope, amar y hacer versos, todo es uno.

¿Que no escriba decís o que no viva?
Haced vos con mi amor que yo no sienta,
que yo haré con mi pluma que no escriba.







































Texto completo con anotaciones y bibliografías en:
http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/marzo_10/24032010_02.htm


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Sobre la ideología de la Reconquista: Realidades y tópicos
Manuel González Jiménez
FRAGMENTO

La idea de Reconquista

La idea de reconquista, a despecho de modernas teorías y hasta del descrédito que en
determinados círculos académicos e intelectuales haya podido tener o tenga, sigue en pie.
Despojada de las retóricas e inevitables adherencias de una historiografía de corte romántico-
tradicionalista, ha sido reforzada por las investigaciones de los más reputados historiadores de
este siglo. El primero de ellos fue, sin duda, don Claudio Sánchez-Albornoz, maestro del
moderno medievalismo. En su obra España un enigma histórico defendió, con la contundencia
que le caracterizaba, la tesis de que la reconquista fue, nada más y nada menos, que la «clave de
la Historia de España», negando de paso lo afirmado por Ortega y Gasset, Altamira, Américo
Castro y otros.
A partir de un despliegue impresionante de datos y de argumentos, Sánchez-Albornoz
afirma la existencia de «los más variados estilos de contacto pugnaz entre los dos enemigos
enfrentados»; la irrupción tempranera en la lucha —inicialmente ajena al «deseo de recuperar el
solar nacional perdido»— de «un vivaz neogoticismo, que soñó con la continuidad de la historia
hispano-goda» y que se propuso de manera consciente» la ambiciosa pretensión de conquistar
de nuevo la tierra madre de España». Entre los textos aducidos están por supuesto los de la
Crónica Albeldense, que citábamos más arriba, y el no menos famoso de la llamada Crónica
Profética, perteneciente también al ciclo de Alfonso III, que concluye afirmando, refiriéndose al
monarca astur-leonés, que estaba próximo el día en que iba a reinar sobre toda España.
De estos textos infiere Sánchez-Albornoz que el ideal de la reconquista estaba ya
implantado en el reino astur a fines del siglo IX y que, por tanto, nada debe en sus orígenes a la
influencia de los monjes de Cluny, como defendiera en su tiempo don Rafael Altamira.
Unos años antes, otro ilustre historiador, don José Antonio Maravall había publicado un
estudio fundamental sobre «la idea de reconquista» en la España medieval. Para el ilustre
tratadista de las ideas políticas «no es posible entender lo que España significa para los
cristianos medievales sin aclararse esa conexión entre España y la empresa histórica [de la
Reconquista] que en ella se desenvuelve y que la postula como su propia meta». Tras definir
Maravall la reconquista como «recuperación, restablecimiento, restauración» del señorío
político de los cristianos sobre la Península, afirma que se trata de un «mito» del que interesa
averiguar no tanto «cómo los hechos se pasaron en realidad», sino «cómo se fue constituyendo
un sistema de creencias».
Entre otras motivaciones, la reconquista tuvo dos principales: la recuperación política
del control del territorio y la restauración del culto cristiano. Ahora bien, de ello no es posible
deducir como se ha hecho más de una ocasión que la reconquista fue una respuesta por parte
cristiana a la yihad o guerra santa, como defendiera Américo Castro, ni que en sus orígenes
estuviese influida por la idea de cruzada o, lo que es lo mismo, una guerra de carácter
esencialmente religioso.
En su libro La realidad histórica de España, Américo Castro no duda en postular un
origen islámico para la idea de Cruzada, que sería algo así como el equivalente de la yihad
islámica. En un largo capítulo trata de demostrar esta filiación y, de paso, la de las Órdenes
Militares, con respecto a la institución del ribat islámico. Sin entrar ni salir en la polémica, que
no hace al caso, es evidente que la Reconquista —y todas sus manifestaciones e instituciones
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vinculadas con ella– adoptó desde muy pronto, si no desde el principio, un tono religioso. Los
textos asturianos así lo ponen de manifiesto, y también muchos otros exhumados por Maravall.
Consciente de ello, Castro aduce una carta de Urbano II a los condes de Besalú, Ampurias,
Rosellón y Cerdaña animándoles a luchar contra los musulmanes de Tarragona, en la que
anticipa uno de los rasgos fundamentales de la Cruzada: el perdón de los pecados y la vida
eterna a todos los que participasen en la guerra contra el Islam, y hasta la opinión de don Juan
Manuel para quien el Señor permitió la conquista de España para que los cristianos luchasen
para recuperarlas y para que «los que en la guerra murieren [...] sean mártires o sean las sus
almas quitas del pecado que ficieren».
Más recientemente, Bronisch ha defendido la tesis de que la Reconquista fue una
«guerra santa». Esta concepción difería de la que predominaba en Europa. Hasta el siglo XI,
cuando la idea de Cruzada comenzó a penetrar en la España cristiana, la guerra contra los
infieles enlazaba con el concepto de guerra «justa» tal como fuera concebida en la España
visigoda. A través del análisis de las obras de Juan de Bíclaro, Isidoro de Sevilla y Julián de
Toledo, y de los textos litúrgicos visigodos, el autor cree poder demostrar que el concepto
visigodo de guerra «se inspira en el Antiguo Testamento» y «asume la identificación del pueblo
visigodo con el pueblo elegido por Dios», concibiendo la guerra como «pruebas impuestas por
Dios a su pueblo», y sus resultados, como expresión del favor divina o como castigo por sus
pecados».
El análisis de los textos posteriores a 711, especialmente el mozárabe de la Missa pro
hostibus, lleva a Bronich a defender la continuidad de esta concepción en el reino astur-leonés,
otra prueba más de la conexión entre época visigoda y el mundo astur-leonés. Esta concepción
explica, por ejemplo, que en los textos historiográficos asturianos se llame a los musulmanes
con un nombre de clara resonancia bíblica como el de caldeos. De ahí que la guerra, emprendida
en nombre de Dios —bellum Deo auctore—, se conciba como «guerra santa», porque deriva de
un mandato divino y no porque de ella se dedujesen especiales beneficios espirituales, como el
perdón de los pecados o la condición de mártires para los que en ella pereciesen.
Pero mucho antes de que los historiadores modernos elucubrasen sobre el sentido de la
guerra contra los moros, don Juan Manuel definió la Reconquista como una guerra desprovista
de objetivos religiosos. En un texto muy conocido, el conocido político y escritor afirmaba:

á guerra entre los christianos et los moros, et abrá fasta que ayan cobrado los chris-
tianos las tierras que los moros les tienen forçadas; ca, quanto por la ley ninpor la
secta que ellos tienen, non avría guerra entre ellos.

El mismo sentido político se observa en la carta que los Reyes Católicos dirigieron al
Sultán de Egipto en respuesta a su petición de que cesasen las hostilidades contra los moros
granadinos:

Las Españas en los tiempos antiguos fueron poseídas por los reyes sus pro- genitores; e
que si los moros poseían agora en España aquella tierra del reino de Granada, aquella
posesión era tiranía, e non jurídicia. E por escusar esta tiranía, los reyes sus
progenitores de Castilla y de León siempre pugnaron por lo restituir a su señorío,
segund antes lo avía sido.

Con estas referencias y otras más que pudieran aducirse no pretendo negar las múltiples
implicaciones religiosas que subyacen en la idea y hasta en la práctica de la reconquista. La
recuperación del reino y la restauración de la Iglesia eran fenómenos que, desde las grandes
conquistas del siglo XI en adelante, estuvieron íntimamente asociados. Y rara es la ocasión en
que tras el relato de las operaciones militares y la capitulación de los musulmanes no se describa
—con evidente delectación, todo hay que decirlo— la restauración del culto cristiano en la
mezquita aljama, previamente purificada de la spurcicia Machometi.
Por ello, no sé muy bien qué es lo que se oculta detrás de la tesis del supuesto origen
europeo de la idea de Reconquista. Cuando comienzan a difundirse las ideas de Cruzada —la de
Barbastro (1064) sería el primer atisbo de la Cruzada predicada por Urbano II treinta años más
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tarde— y cuando Cluny irrumpe en el panorama monástico peninsular, la idea de Reconquista
era ya algo sólidamente asentado tanto en la ideología como en la práctica política. Por ello,
puestos a buscar precedentes, habría que decir que fue precisamente la experiencia hispá- nica la
que inspiró la idea de la Cruzada. En cualquier caso, es evidente que a partir de los finales del
siglo XI, la idea de Reconquista se vio afectada por la difusión de la idea de Cruzada. Y está
claro que, por lo menos en el plano de las grandes declaraciones, desde entonces y en momentos
especialmente graves, el enfrentamiento tradicional con el mundo andalusí se tiñó también de
connotaciones religioso-ideológicas.
Ahora bien, admitido esto, hay que afirmar también que la Reconquista no fue una
simple manifestación hispánica de la Cruzada. Con ello no pretendo minimizar la importancia
del fenómeno cruzado. Pero es preciso tener claro que la cruzada fue, todo lo más, uno de los
varios elementos, importantísimo en ocasiones, que influyeron sobre la idea y la realidad de la
reconquista; un elemento que en sí mismo no era necesario para justificar la guerra contra el
moro.
Hace años, Karl Erdmann, sorprendido por la complejidad de las relaciones entre
cristianos y musulmanes en la época de las cruzadas, afirmó, que la reconquista fue «uma guerra
profana e se combatia pelo dominio do território contestável. Lutavase para defender a casa e o
lar como o intuito de alargas as fronteiras». Y concluía afirmando que «não nos é permitido
imaginar que as guerras dos cavaleiros ibéricos fôssem concebidas como serviço religioso e
levadas a efeito com a intenção de cruzadas».
Posiblemente la posición de Erdmann es un tanto extremista. Pero es sin duda es reflejo
de que, ni siquiera desde fuera de España, se comparte la idea del nacimiento tardío de la idea
de reconquista por efecto de la influencia de la idea de Cruzada. De todas formas la conexión
entre una y otra se debe, tal vez, el hecho de que la reconquista propiamente dicha, concebida
como grandes operaciones militares sobre territorios poblados por los musulmanes, inició su
andadura a mediados del siglo XI coincidiendo con la aparición de la idea de Cruzada. Ahora
bien, la aceptación sin matices de esta tesis significa eliminar de un plumazo tres siglos de
resistencias a la presencia islámica en España, todos los textos historiográficos, algunas
conquistas muy significativas, como la de Nájera a comienzos del siglo X, el despliegue
repoblador —que fue algo más que una mera colonización de «tierras de nadie»– de los siglos
IX y X, y el desarrollo de una ideología que se había marcado como objetivo remediar la
«pérdida y destrucción de España» mediante la recuperación por los cristianos del control sobre
el territorio y la restauración de la Iglesia.
Cuando se conquista Toledo circulaban ampliamente formulaciones teóricas
inequívocas de un proyecto que se había ido adaptando en cada momento a las circunstancias
históricas. Primero fue la resistencia, luego la colonización y, por último, la conquista y la
repoblación sistemáticas y programadas. En cualquier caso, a mediados del siglo XI la ideología
de la reconquista estaba ya sólidamente asentada y hasta era conocida por los propios
musulmanes. Abd Allah, el último rey de taifa granadino, nos ha transmitido esta opinión, oída
a un personaje político muy significado de la época. En sus Memorias, refiere que Sisnando, el
gobernador mozárabe de Coimbra y, posteriormente, de Toledo, le dijo de viva voz lo siguiente:

Al-Ándalus pertenecía a los cristianos hasta que fueron vencidos por los árabes, que
los obligaron a refugiarse en Galicia, la región más desfavorecida por la naturaleza.
Pero ahora, que es posible, desean recuperar lo que les fue tomado por la fuerza. Para
que los resultados sean definitivos, es necesario delitirlos y desgastarlos con el
transcurso del tiempo. Cuando no tengan dinero ni soldados, nos apoderaremos del
país sin esfuerzo.

Texto completo con anotaciones y bibliografías en:
http://www.google.es/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=8&ved=0CF4QFjAH&url=http%3A%2F%2Fdi
alnet.unirioja.es%2Fdescarga%2Farticulo%2F814513.pdf&ei=p4iyU6mGEPH70gWHxICQAg&usg=AFQjCNEg1jx
bwet28SFBxYK_pDja2Ha8_Q&sig2=m7qQC1GQtQW3F9hiFkODvw&cad=rja


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La Reconquista
Alí Lmrabet
FRAGMENTO

1. Buscando a Don Pelayo en Covadonga

La primera reacción de la recepcionista del Gran Hotel Pelayo de Covadonga a la
pregunta « ¿Hay algún resto árabe por aquí?» es, primero, de franca incredulidad; luego de
certero dictamen cuando, entre carcajadas, suelta: «Estamos en el único lugar de España donde
los musulmanes no pudieron llegar». Covadonga, que pertenece al municipio de Cangas de
Onís, Asturias, valle agarrado a una montaña y rodeado de cumbres abruptas y exuberantes
bosques, vive de la leyenda de Don Pelayo, el primer matamoros de la Historia de España.
Para subir hasta Covadonga hay que tener buenas piernas o una sólida fe en la Santina,
virgen y patrona del santuario donde, según la leyenda, reposan los restos de Pelayo, el caudillo
de la Reconquista. En la entrada de una sobria gruta llamada Santa Cueva, no es difícil darse
cuenta de que soy el único infiel que osa aventurarse en este venerable lugar. En medio de
cruces y sotanas, los beatos turistas cuyas caras reflejan pasión y respeto por el
protonacionalista de la Hispanidad se dirigen hacia una suerte de cavidad donde puede leerse
una inscripción que reza: «Aquí se inició la restauración de España, vencidos los moros».
Pero, la gesta de Pelayo, ¿existió tal y como la cuentan los libros escolares? El tema no
es tan simple. Aunque las fuentes históricas españolas, escasas y de problemática autenticidad,
glorifican la proeza de un tal Pelayo que, con cuatro gatos, «aniquiló al enemigo ismaelita»,
estas cándidas creencias han sido desde hace lustros doctamente barridas por casi todos los
historiadores.
Con la notable excepción de Claudio Sánchez Albornoz que sentenció que «bajo [el]
amparo [de Pelayo] nació por tanto España», los estudiosos son categóricos: el despedazamiento
en Covadonga de una simple patrulla árabe, hecho acaecido supuestamente en el 722 y obra del
jefe astur, no fue ni una batalla ni el comienzo de la Reconquista, y ningún invasor musulmán se
murió de miedo al oír el nombre de Pelayo. Los árabes nunca se interesaron seriamente por
Asturias, una región montañosa y un poco fresca para sus cálidos gustos.
En todo caso es así como lo ve el catedrático de Literatura Árabe Serafín Fanjul, un
universitario poco sospechoso de maurofilia (simpatía hacia lo moro). En uno de sus libros, este
nuevo revisionista de la historia de Al-Andalus y azote del multiculturalismo no tiene reparo en
reconocer que es «el reducido interés estratégico, climático y de riqueza que presentaba el
rincón noroeste de la Península, unido a las dificultades orográficas y de comunicación,
[quienes] indujeron a la retirada [musulmana] más que ningún Don Pelayo, Covadongas
incluidas».
Dicho esto, lo incuestionable en esta historia de moros y cristianos es la irrupción
repentina e imparable de los musulmanes en la antigua Hispania del siglo VIII. En el 711 del
calendario gregoriano, una tropa enviada desde el Magreb por Musa Ibn Nusair y conducida por
su lugarteniente Tarik Ibn Ziyad desembarca en la península.
Al pisar tierra ibérica, Tarik quema sus barcos y se dirige a sus hombres en una arenga
que todavía sigue siendo coreada por los escolares árabes y musulmanes 14 siglos después: «Al
bahru wara'akum ual ad'duo amamakum» («el mar está detrás de vosotros y el enemigo está
frente a vosotros»). Es el «vencer o morir» que, como muchas veces, surte efecto. En una carga
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digna de la yihad que les llevó a atravesar el Estrecho, las tropas arabo-beréberes de Tarik
destrozan el ejército visigodo de don Rodrigo en la batalla de Wadilaqqa -un lugar que hasta
hoy los historiadores son incapaces de ubicar en un mapa-, y abren la vía para la conquista de la
Península.
La expansión territorial islámica es un paseo militar. Por la ruta de las antiguas calzadas
romanas, los invasores cosechan victorias. Las grandes ciudades caen sin apenas resistencia y el
reino visigodo se derrumba. El botín es considerable. Las crónicas árabes describen la
fascinación que causa el descubrimiento del país sobre esos ascetas guerreros.
En su Descripción de España, Ahmad Al-Razi se deja llevar por la exaltación cuando
evoca el «clima muy sano por la calidad de su aire», las «altas montañas», los «anchos valles y
grandes bosques», los «árboles frutales», la «abundancia de peces» y hasta los «buenos vinos».
Al final, rendido, Al-Razi no tiene más remedio que reconocer que «Hispania se parece al
paraíso de Dios». Un paraíso que no tarda mucho en caer en manos musulmanas para luego
convertirse en Al-Andalus como expresión geográfica de un territorio que englobaba no
solamente el sur, el centro y parte del norte de la Península, sino también la casi totalidad del
actual Portugal.
¿La rapidez de la ocupación, la felonía del conde don Julián (el legendario gobernador
de Ceuta que ayudó a los musulmanes a atravesar el Estrecho), y la profusión de traiciones por
parte de la aristocracia del reino de Toledo, tienen algo que ver con la mitificación de un
personaje histórico de poca monta? Es probable. Los sentimientos patrióticos se nutren siempre
de símbolos e indomables. No sería de extrañar, pues, que la vaga gesta del Pelayo de
Covadonga haya sido magnificada hasta hacer de un simple cabecilla un impulsor de la
Reconquista, omitiendo de señalar su inicial colaboración con los invasores y la causa primera
de su revuelta: la boda de su hermana con un gobernador mahometano de la zona.
Sin embargo, y es algo que va a tranquilizar a los guardianes del templo de la
Hispanidad, los textos árabes no ignoran Covadonga. Por ejemplo, el cronista Al Maqqari, que
tacha a Pelayo de «malvado cristiano», deja entrever al final de un párrafo que algo debió
ocurrir en las infranqueables montañas de Asturias que el cronista sitúa en Galicia.
«No había quedado en Galicia alquería ni pueblo que no hubiese sido conquistado, a
excepción de la sierra, en la cual se había refugiado este cristiano. Sus compañeros murieron de
hambre, hasta quedar reducidos a 30 hombres y 10 mujeres aproximadamente, que no se
alimentaban de otra cosa sino de miel de abejas, que tenían en colmenas, en las hendiduras de
las rocas que habitaban. En aquellas asperezas permanecieron encastillados, y los musulmanes,
considerando la dificultad del acceso, los despreciaron: 'Treinta hombres, ¿qué pueden
importar?'. Después llegaron a robustecerse y a ganar terreno, como es cosa sabida».
Eso sí, se «robustecieron» y emprendieron una resistencia que con los siglos se
convirtió en otro mito llamado Reconquista. Un término que, como la historia de Pelayo, fue
utilizado hasta la saciedad con fines no muy históricos, ¡pero que muy católicos!, para dar fecha
y argumento al nacimiento de la identidad española.
Antes de dejar Covadonga, intento informarme sobre la presente presencia árabe en
Asturias. En todo el municipio de Cangas de Onís, Covadonga incluida, no hay ningún residente
musulmán. Y en toda Asturias, el número de residentes magrebíes no llega a 700. Es muy poco.
¿Acaso es por miedo a oír algún día el grito de guerra del fantasma de Pelayo?

2. La Córdoba de Abderrahmán III

Si Alá, «en su infinita misericordia» como dicen los creyentes, devolviera la vida a
Abderrahmán, el tercero de nombre, el omeya, el primer califa de Al-Andalus, no reconocería ni
de lejos a su Córdoba natal, a la capital de su poderoso imperio. El casco antiguo musulmán está
imbricado en la ciudad moderna. Las imponentes murallas que antaño protegían a la ciudad de
sus enemigos se han convertido en muros carcomidos por el tiempo y la intemperie, y algunos
de ellos sirven de miserable apoyo para sostener casas de estructura inestable. Medina Azzahra,
la joya que el califa ordenó construir para ser sede de su corte y de su administración, está en
ruinas y es hoy el pasto de turistas que penetran sin ningún pudor en algunas alcobas íntimas.
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Y lo más grave, la Gran Mezquita de Córdoba, la que su ancestro Abderrahmán I
construyó y que él mandó embellecer y ampliar, se ha convertido en un antro de la cristiandad
donde está prohibido rezar si no es en cristiano. La mezquita de los omeyas es hoy una catedral
desfigurada por algunos aportes arquitectónicos que los vencedores cristianos agregaron a la
estructura original para intentar borrar de la mente de los vivos que bajo estos techos
abigarrados se postraron durante siglos los fieles del Todopoderoso.
¿Qué hubiera hecho un resucitado Abderrahmán III al constatar tales profanaciones?
Creo que el sultán hubiera vociferado «¡A mí, seguidores del Profeta!». Pero ¿quién acudiría a
su socorro en este Al-Andalus del siglo XXI, tan transformado y tan irreconocible? Pues nadie.
O casi nadie. Los 700 musulmanes, entre marroquíes, paquistaníes, senegaleses y algún que otro
sirio o palestino, de Córdoba están más preocupados por su situación socioeconómica que por
grandezas pasadas. Ninguno de ellos se ofende cuando a la vuelta de una callejuela de la antigua
Judería se encuentra que bajo el rótulo del bar Bodegas Mezquita se ofrecen más de «40 tapas y
60 vinos», o que cerca de la Puerta de Almodóvar un bar se haya atrevido a llamarse Mihrab
Tapas. ¡Nuestro sacrosanto mihrab, nicho que señala la dirección de La Meca, convertido en
impío anuncio publicitario! ¿Dónde vamos a parar?
En definitiva, la Córdoba de nuestro tiempo, la que contempla este viajero, no está
hecha para Abderrahmán III ni para los fieles de Mahoma. Lo que en su tiempo fue la mayor
metrópoli de Europa con calles pavimentadas y alumbradas, y una población de centenares de
miles de habitantes -cuando las capitales de la cristiandad eran poblados hediondos y
pauperizados-, es hoy una simple capital de provincia que se acuerda de su pasado a través de
las ruinas. Incluso los inmigrantes musulmanes prefieren otras urbes, otros horizontes más
prósperos. «Del esplendor omeya quedan únicamente las piedras», me dice un intelectual árabe
que reside en la ciudad, antes de suspirar «pese a todo, ¡qué grandes fueron Córdoba y su
califato omeya!».
Los omeyas eran la dinastía que reinaba en Damasco, centro del mundo musulmán,
cuando en 749 el clan de los abasíes se hace con el poder, extermina a la familia reinante y
traslada la capital a Bagdad. Sólo un príncipe espabilado, Abderrahmán, se salva por los pelos.
El joven, de 20 años, se escapa al actual Marruecos y de allí pasa a Al-Andalus donde, gracias a
sus dotes de embaucador nato, se proclama emir (representante del califa) bajo el nombre de
Abderrahmán I. Como Bagdad se encuentra a miles de kilómetros, el nuevo gobernante omeya
funda una nueva dinastía que se independiza de la autoridad abasí sin cortar formalmente los
lazos de sujeción ni atreverse tampoco a alzarse con la dignidad de califa, o príncipe de los
creyentes (los califas detentaban la doble autoridad terrenal y espiritual), dejando esta función
religiosa al usurpador de Bagdad.
Dos siglos más tarde, en 912, su descendiente directo, Abderrahmán III, accede al
poder. No es un novato ni mucho menos. Comienza por mantener a raya a los cristianos de las
Marcas (fronteras militares con los reinos cristianos), impone el respeto a los príncipes
magrebíes -«reyezuelos de la costa africana», como los llama el cronista Ibn Hayyan-, y como
buen estratega se ensaña en minar poco a poco los dominios del rebelde Omar Ibn Hafsún, un
nieto de muladíes, cristianos convertidos al islam, que controla un amplio territorio entre
Algeciras y Murcia. En vez de atacar frontalmente al disidente caudillo, como lo habían hecho
en vano sus predecesores, Abderrahmán III asedia sus fortalezas más vulnerables haciéndolas
caer una tras otra hasta que, según el cronista Al-Razi, el extraviado Ibn Hafsún, señor del nido
de perdición del castillo de Bobastro, pide la paz.
Liquidada la revuelta de Ibn Hafsún, seguramente la amenaza más seria para sus feudos,
el emir omeya decide hacer lo que sus antecesores no se habían planteado ni en sueños: noquear
a los lejanos abasíes transformando el emirato de Córdoba en califato. Un viernes de 929, el
alfaquí encargado de las plegarias invoca desde el mimbar de la mezquita aljama de Córdoba la
condición de califa de Abderrahmán III. Bagdad no se mueve y el nuevo representante de Dios
en su tierra puede ir a lo suyo: la grandeza de Al-Andalus.
Durante sus años de califato, la administración se centraliza, las arcas del Estado se
llenan con el flujo de impuestos, tributos y otros tesoros de guerra, y la economía crece. En el
exterior, Abderrahmán III puede permitirse el lujo de mosquear a los otros dos califas del
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mundo musulmán, el fatimí del Magreb y el abasí de Bagdad, manteniendo buenas e inútiles
relaciones diplomáticas con el imperio bizantino. El sultán es para sus súbditos y aliados Nasir
li-din Alah (el defensor de la religión de Dios) y para el poeta Ismail ben Badr, que se lo canta,
el que «Dios le ha decretado en sus inexorables designios. Que sea siempre triunfante contra los
enemigos».
Pero en 939, ni los designios de Alá ni tampoco los del poeta Ismail pueden hacer nada
para defender al ejército de Nasir en la batalla de Simancas. Ese año, al sur de Valladolid, las
milicias del rey Ramiro II de León ponen en fuga a los musulmanes. Aunque la batalla en sí no
es importante y no cambia el orden de las cosas, por primera vez un supuesto ejército invencible
era derrotado por los «malvados cristianos», como se lamenta el cronista Ibn Hayyan en Al
Muqtabis.
Abderrahmán muere en 961 dejando un califato al cénit de su magnificencia que su hijo
Al-Hakam II y luego Almanzor mantendrán en lo más alto hasta que los desmanes de los
sucesores terminen extinguiéndolo definitivamente.
Vuelta al presente. En agosto de 2005, la Córdoba que yo contemplo es la sombra de sí
misma. La Universidad islámica Averroes de Al-Andalus, creada con fondos árabes por un
ulema marroquí acérrimo opositor de Hassan II, está cerrada desde hace dos años. «Los moros
se han ido», me confirma una vecina.
La muerte repentina de su fundador, pero también las guerras intestinas (y financieras)
entre los promotores, han dinamitado el bello proyecto.
Mansur Escudero, el secretario general de la Comisión Islámica de España, el mismo
que hace unos años pidió al Papa Juan Pablo II permitir a los musulmanes rezar en la Mezquita-
Catedral, sigue esperando que la Divina Providencia ablande el corazón de los obispos romanos.
Y algunos cordobeses convertidos al islam siguen «cabreándose», me confía el intelectual árabe,
cuando se les tilda de «conversos. Aseguran que son los descendientes de los moriscos, los
musulmanes obligados a convertirse al cristianismo después de la Reconquista, y que han vivido
ocultos todos estos siglos». Mejor seguir mi camino.
En un céntrico parque, está la mezquita Al Morabito. Es un minúsculo templo
construido por Franco durante la Guerra Civil española en homenaje a su ejército marroquí y
frecuentado por inmigrantes. Es allí donde quiero acabar mi relato. Al final de la tarde, después
del rezo, me mezclo con los fieles y entablo conversación con uno de ellos.
«Es increíble que en la capital de Abderrahmán III los musulmanes no tengan una gran
mezquita», le comento, algo airado. «¿Abderrahmán qué? ¿Quién es éste?», me responde mi
interlocutor.

3. Toledo, tolerancia, ¿intolerancia?

Lo primero que hace el turista al llegar a la estación de ferrocarril de Toledo es buscar
con la mirada la parte medieval de la ciudad. Las guías turísticas de Castilla-La Mancha, que no
escatiman elogios al presentar a su capital como un centro histórico del más elevado interés, la
sitúan en una colina rodeada de grandes muros como si fueran pertrechos. Esos folletos también
recuerdan que Toledo sigue fabricando sus famosas y afiladas espadas, por si acaso.
Como todo viajero curioso, me dirijo hacia el casco histórico y hago el obligado
recorrido turístico comenzando, como no podía ser de otra manera, por el Museo Taller del
Moro. En realidad, tendría que llamarse Museo Taller del Mudéjar, porque son los mudéjares,
los musulmanes que se quedaron a vivir en tierra reconquistada, los que fabricaron los
artesonados y yeserías del museo. Pero seguramente que, como la palabra mudéjar es menos
accesible al común de los mortales, pues ¡anda! vamos a lo moro. Aunque la morería ya me
empieza a cansar en este viaje.
La mezquita del Cristo de la Luz, uno de los dos templos musulmanes que todavía
siguen en pie, tiene una bonita y devota historia. Cuenta la leyenda que, al ocupar las huestes
arabobereberes la ciudad en 716, los cristianos emparedaron entre sus muros la imagen de
Cristo acompañada de una lamparilla encendida. Querían protegerlo de la supuesta profanación
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a la que le iban a someter los musulmanes. Juran que la lámpara brilló durante 369 años. Un
auténtico milagro, ya que la compañía Gas Natural no existía aún.
En cuanto a los judíos, peor parados están que los musulmanes. La sinagoga de Santa
María la Blanca, la más antigua, construida a finales del siglo XII e inspirada en el arte
almohade, se halla nada menos que en la calle de los Reyes Católicos. Menudo homenaje a los
que expulsaron a los judíos de España.
Vine a Toledo porque alguien me dijo que la ciudad simboliza el espíritu de tolerancia
de Al-Andalus. La ciudad de las tres culturas, las tres religiones -musulmana, cristiana y judía-
que, según algunos historiadores, convivieron durante siglos. Cuando Toledo fue reconquistada
por Alfonso VI en 1085, muchos eruditos musulmanes se quedaron, mezclándose con los judíos
que escaparon de la zona almohade. Fue cuando Toledo vivió un periodo de paz y libertad que
facilitó la circulación de ideas y ciencias, en especial cuando se crearon las escuelas de
traductores que tradujeron muchos libros del árabe al latín, pudiendo así difundir parte del
legado de la Grecia antigua en Europa.
El aire liberal que se respiró en Toledo se respiraba igualmente en muchas ciudades de
la zona controlada por los musulmanes de Al-Andalus, pero al terminar la Reconquista en 1492,
y especialmente después de la deportación de los moriscos de España a comienzos del siglo
XVII, tanto la epopeya de Toledo como la de Al-Andalus quedaron relegadas a un segundo
plano. La Historia de casi ocho siglos de presencia árabe, con mozárabes viviendo en zonas
musulmanas y mudéjares en las cristianas, la introducción de nuevas formas de riego, de nuevas
cosechas desconocidas como el arroz, la caña de azúcar y los frutos cítricos, así como el
formidable desarrollo del comercio que hizo de Al-Andalus una zona central del mundo, y
finalmente las obras arquitectónicas, fueron olvidándose. Santiago había efectivamente cerrado
España, pero cerró todo, lo bueno y lo malo.
Este olvido hubiera durado bastante tiempo si un viajero norteamericano, Washington
Irving, no hubiera visitado España en 1829. Su viaje a pie de Sevilla a Granada y su
descubrimiento del palacio de la Alhambra revolucionan la visión que se tenía de la España
musulmana. Su libro Cuentos de la Alhambra, publicado en 1932, desata un romanticismo
frenético que abre la imaginación de los occidentales sobre Al-Andalus. Poco a poco se
descubre que existió un gran imperio musulmán en la antigua Hispania.
La ola de romanticismo mitifica Al-Andalus hasta tal punto que la Hispania musulmana
es vista como una civilización culta y refinada, un paraíso en la tierra. En su obra Historia de la
España musulmana, W. Montgomery Watt recuerda lo que señaló Américo Castro en uno de sus
libros sobre la entrada en Sevilla de las tropas victoriosas cristianas en 1248, que «no pueden
reprimir su asombro al contemplar la grandeza de Sevilla; los cristianos nunca habían poseído
nada semejante en el campo artístico, en esplendor económico, en organización civil, en
tecnología, o en producción científica y literaria». Y Watt se pregunta:
«¿Cabe considerar el periodo islámico de la Historia de España como una de las más
grandes épocas de la Humanidad?».
Toda la polémica pasada y actual sobre Al-Andalus está en la pregunta de Montgomery
Watt. ¿Al-Andalus fue o no algo extraordinario que benefició a España? El primero que
respondió es Américo Castro. En su libro más conocido, España en su historia: cristianos, moros
y judíos, Castro defiende la idea de que no existe ninguna continuidad entre la España de antes
del islam, es decir, la visigoda, y la España reconquistada, siendo ésta el fruto de la Hispania
musulmana y de la cultura mixta que se desarrolló allí durante los casi ocho siglos de presencia
árabe. Es todo lo contrario de lo que sostiene otro historiador, Claudio Sánchez Albornoz, que
considera el periodo árabe como un paréntesis, ya que, según él, España existía antes de la
llegada de los moros. Esta polémica que enfrentó a los dos eruditos en los años posteriores a la
Guerra Civil ha sido estudiada y comentada hasta la saciedad por generaciones de arabistas e
historiadores de Al-Andalus, cada cual quedándose con su opinión y creencia.
La polémica estaba agotada cuando entre 2000 y 2004 se publican Al-Andalus contra
España y La quimera de Al-Andalus, dos polémicos libros de Serafín Fanjul, un catedrático de
la Universidad Autónoma de Madrid. En sus obras, Fanjul no sólo arremete contra las
«elucubraciones de Américo Castro y su harka», que «se deja arrastrar [por] su propia
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verborrea, o [por] su misión profética»; también se mofa de la propuesta de «rearabización de
España» (sic) de Juan Goytisolo en su Reivindicación del conde don Julián y de sus «disloques
maurófilos». La misión de Fanjul, tal como lo explica él, es desmitificar Al-Andalus, pero con
argumentaciones que no escapan a lo ideológico. Tampoco Sánchez Albornoz, cuyas ideas no
son muy lejanas a las suyas, se salva de la ira del profesor universitario cuando considera a los
musulmanes nacidos en Al-Andalus como españoles. Para desmentirlo, Fanjul da como ejemplo
el hecho de que cuando el viajero Ibn Battuta, el árabe predecesor de Marco Polo, llega a China,
la comunidad islámica local lo recibe como a un «hermano». De la argumentación de Fanjul
parece deducirse que Ibn Battuta ¡es más chino que árabe o español andalusí!
Los libros de Serafín Fanjul tienen mucho que ver con el pasado, pero también con el
presente, el islam, los musulmanes y otros moros. Desmitificar Al-Andalus es una misión
perfectamente legítima, ya que como escribió Eduardo Manzano, un investigador del CSIC, en
la revista Hispania, «existe todo un género pretendidamente histórico que ha alumbrado una
idea de Al-Andalus bastante disparatada y trufada de alhambras, poesías líricas, astrolabios,
refinamientos orientales, convivencias y esplendores artísticos». Pero lo que es incomprensible
es cuando Fanjul traslada el objeto de su investigación al presente, se mete con la lengua árabe
(de la cual es catedrático, y además, como lo reconoce Manzano, de «prestigio»), se burla de la
prosa poética con la que está redactado el Corán y hace un estudio sobre la homosexualidad en
el mundo árabe actual, insinuando algo no muy católico, o no muy musulmán. La ideología de
Serafín Fanjul se encuentra definida en el último párrafo de su libro. «Si los musulmanes de
Hispania cometieron pecados que debían expiar, es materia para la reflexión de sus
correligionarios de hoy, que no descendientes. Reflexionen, pues, y no nos involucren en sus
frustraciones y fracasos; suyos son en primer término». De acuerdo, profesor, pero ¿qué tiene
que ver esto con Al-Andalus?

4. Valencia o 'El Vuestro Cid'

En las postrimerías del protectorado español en Marruecos, allá por los años 50, un
investigador recogió, de una vieja judía marroquí de ascendencia española, un viejo romance
transmitido oralmente a través de los siglos. El tono es humorístico y contrariamente a los
romances caballerescos moriscos, donde los galantes guerreros son siempre los árabes, en este
romance la imagen del musulmán no es muy halagadora:

«El moro que ( ) viene
parece de gran estado,
la barba trae crecida,
y el cabello crespo y cano,
un ojo tiene de vidrio,
y el otro tiene cerrado
un oído trae sordo,
y el otro tapado;
un brazo trae velludo,
la mitad de él alheñado,
¡Ay, Valencia! ¡Ay Valencia!
¡Valencia la bien cercada!
Primero fuisteis de moros
que de cristianos ganada.
Ahora si Alá me ayuda,
a moros seréis tornada,
a ese perro de ese Cidi
yo le tranzaré la barba,
si la enfilaré en mi espada».

En el imaginario arabomusulmán, Valencia no tiene el mismo alcance simbólico que la
Córdoba omeya, y la pérdida de esta ciudad situada en el Levante, en Sharq Al-Andalus, no
tuvo la misma resonancia que la de Granada. Pero la historia de esta urbe, famosa por la riqueza
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de sus tierras y la calidez de su clima mediterráneo, está estrechamente ligada a otro matamoros
de la Hispania musulmana: el Cidi del romance, procedente de Sidi, término árabe que significa
Mi Señor, derivado luego en Cid, nombre con el que se conoce a Rodrigo Díaz de Vivar,
personaje histórico y héroe de película.
Cada vez que voy a Valencia, me reservo unas horas para ir a ver a Tono, señor y amo
de El Carabo, una librería de viejo situada en medio de lo que queda del casco antiguo de
Valencia. Su tienda no es la más bonita ni la más grande del barrio, pero es un auténtico bazar
de libros, revistas, pergaminos y manuscritos de todo tipo.Lo más gracioso es que ni el propio
Tono sabe lo que tiene. Si le preguntas por algún libro sobre Al-Andalus o la Reconquista, El
Cid de El Carabo, con respetable barba y gafas de sabio, te responderá amablemente con la
negativa, cuando hay solamente que sacudir las estanterías para que aparezca, como por arte de
magia, una vieja edición de los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving o parte de la
colección de Al-Qantara, la revista de estudios árabes sucesora de la difunta Al-Andalus. Pero lo
más importante es que una tarde de conversación con Tono en su librería te permite conocer
mejor Valencia que todos los prospectos turísticos.
No muy lejos, cerca de la Lonja, las obras de construcción de un edificio de infinitas
plantas han sido paradas desde que, dicen en el barrio, se descubrió algo que parece ser restos de
una ciudad musulmana. Y a poquísimos metros, en una calle peatonal, la ampliación de un
sótano se topó con unos arcos aparentemente árabes, bien conservados y de valor. «La nueva
ciudad de Valencia está encima de la antigua Valencia, con dos palas y voluntad política
podríamos recuperar nuestro pasado», clama un mesonero levantino con aires de intelectual que
controla desde su establecimiento tanto las facturas de los clientes como el trabajo de los
obreros del sótano.
Pero en fin ¿cómo soñar en recuperar la Valencia árabe si hasta la Valencia del siglo
XIX, cuando no fue echada abajo, ha sido reemplazada por bloques de edificios disparatados y
feos? Como en muchos sitios de España, los especuladores inmobiliarios han pasado por aquí,
mutilando fachadas, sustituyendo las espesas puertas de madera por otras supuestamente más
sólidas y más modernas y ganando metros y centímetros en espacios interiores. Ya se sabe que
el dinero lo puede todo. En los alrededores de la calle de Ruzafa, donde antiguamente estaba el
límite urbano de la ciudad, algunos ancianos (en un idioma que no quieren aclarar si es
valenciano o catalán) añoran la época de los grandes jardines interiores que han desaparecido
por completo para dejar paso al hormigón. ¡Ay Valencia! ¡Valencia la bien cercada! como canta
el romance. La capital de la Comunidad Valenciana sigue llamándose la Valencia del Cid, pero
en realidad de Cid nada. El antiguo principado musulmán gobernado por Sidi Rodrigo existe
solamente en la mente de los estudiosos.
Rodrigo Díaz de Vivar nace hacia 1043 en Vivar (Burgos), en el seno de una familia de
la pequeña nobleza castellana. Armado caballero por el rey Fernando I de Castilla, el pueblo lo
apoda Ruy Díaz. La leyenda, o el cuento chino que evoca los amoríos del futuro Campeador con
una tal Jimena Gómez, es fruto de la imaginación desbordante de los poetas y otros escribanos
de la época sarracena de España. El Cid se casó efectivamente con una Jimena, pero su apellido
era Díaz y no Gómez. Lo que sí es cierto es la enemistad entre Rodrigo Díaz y uno de los hijos
de Fernando I, el futuro Alfonso VI. Esta antipatía recíproca, unida al carácter independiente de
Rodrigo y a sus logros en los campos de batalla, es la principal causa de su exilio.
El Poema de Mío Cid comienza con la salida del Cid de los feudos de Alfonso. Después
de confiar su esposa y sus dos hijas al monasterio de San Pedro de Cárdena, Rodrigo ofrece sus
servicios a la familia reinante de Zaragoza, los Banu Hud. Durante años defiende los dominios
del emir de Zaragoza de los apetitos de cristianos y musulmanes.
Cuando los almorávides invaden la Península y derrotan al ejército de Alfonso I en la
batalla de Sagrajas en 1086, Rodrigo es llamado a la corte, donde no se queda mucho tiempo.
Sin embargo, la experiencia zaragozana, sus naturales dotes de mando y la superioridad técnica
de su ejército le han abierto una nueva vía: la protección, mediante tributos, de los pequeños
soberanos del levante con los cuales estaba, según el arabista Mikel de Epalza, «bajo contrato».
La empresa guerrera de Rodrigo es próspera, democrática, ya que la distribución de los botines
de guerra es igualitaria, y además casi humana.
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Dice la leyenda que El Cid mantiene buenas y amistosas relaciones con muchos
musulmanes, clientes o enemigos. Como lo señala Mikel de Epalza, citando el Poema de Mío
Cid, cuando Rodrigo ocupa Alcocer no pasa a cuchillo a los vencidos como hacían muchos
vencedores medievales. El Cid no es Sidi por nada. «Los moros y las moras no podemos
venderlos. No ganaremos nada cortándoles la cabeza. Instalémonos en el interior de su ciudad,
ya que la poseemos. Nos alojaremos en sus casas y nos aprovecharemos de ellos». Si hay que
buscar al verdadero creador del marketing, allí lo tenemos.
Pero la hazaña más heroica de su larga carrera militar es seguramente la toma de
Valencia. Por entonces, pequeño principado árabe, Valencia pasaba de una mano musulmana a
otra hasta que Al Qadir, el sátrapa local, que depende, aunque a regañadientes, de Alfonso VI,
contrata a Rodrigo para proteger su minúsculo territorio, lo que Rodrigo hace de buena gana.
Pero durante una de sus expediciones, los almorávides, con la complicidad de un clan de la
ciudad, toman la fortaleza y asesinan a Al Qadir. El Cid se presenta entonces frente a la
fortaleza y después de un largo asedio la conquista con la ayuda del partido antialmorávide. En
junio de 1094, ya cansado de depender de reyes y emires, Rodrigo se hace coronar soberano de
Valencia.
Cinco años más tarde, muere precozmente a la edad de 56 primaveras. El Cid entra en la
Historia antes de acceder a los romances y a la literatura.
Los más ponderados en testificar de sus guerras son los cronistas árabes. Los españoles,
de Quevedo a Machado, lo pintan con tintes heroicos y nacionalistas, aunque el primero lo
caricaturiza un poco. Pero son los franceses los que se apoderan, literalmente hablando, del
personaje; Corneille, Théophile Gauthier, Victor Hugo, Leconte de Lisle, Claudel y otros lo
propulsan al olimpo de la literatura. La popularidad del personaje, su fama que trasciende el
tiempo, y la simpatía que atrae hacen que muchos se nieguen a reconocer que Sidi Rodrigo ha
combatido tanto a los musulmanes como a sus hermanos cristianos. Muchas veces por intereses
espurios. La verdad histórica es, de nuevo, compleja y no del gusto de todos.

5. La reina mora de Siurana

Si los árabes de Siurana hubieran sabido que la tierra donde vivían en el Priorato, en la
provincia de Tarragona, iba algún día a producir uno de los vinos más caros del mundo,
seguramente no se habrían rendido al enemigo cristiano en el siglo XII. En vez de responder,
vociferando, al ultimátum de los asediadores con un firme «esta es mi tierra», habrían coreado
jubilosamente «este es mi vino» para frenar la imparable ola reconquistadora.
Contrariamente a lo que se piensa, los arabobereberes que ocupaban Hispania no eran
todos monjes guerreros almorávides o radicales almohades. Muchos pasaban de los santos
preceptos del Corán que prohíben el consumo del vino porque esta bebida mareante les gustaba
realmente. En Al-Andalus, aunque sus descendientes lo obvien, existía un activo comercio de
vino. Y, para disimular este próspero negocio, los cultivadores musulmanes elaboraban, al
mismo tiempo que la uva vendimiada, un jarabe de mosto cocido llamado rubb o arrope en
castellano. Al menor control de la autoridad, esos pillos agricultores fingían una aguda tos de
tuberculoso para luego, bajo la severa mirada de los vigilantes de la fe, aliviarse con el rubb.
¿Por qué negarlo? El vino era apreciado por los andalusíes. No en vano, el gran (y
descarado) poeta del siglo XI Omar Jayyam celebra en sus Rubayyat las glorias del tinto. «En
primavera, voy a veces a sentarme en la orilla de un campo florido/ cuando una hermosa
muchacha me trae una copa de vino».
En el campo florido del Priorato, tierra de licorella y pizarra, llegó a finales de los años
80 un conocido productor de vino llamado Alvaro Palacios. El negociante estaba acompañado
por otros enólogos amigos que eran también productores de vino de renombre. Todos ellos se
quedaron enamorados de la región por su clima mediterráneo y suave, su altitud entre 250 y 600
metros, su pluviometría ideal y sus viñedos en lomas de pronunciadas pendientes que obligan a
cultivarlos a mano.
Hoy en día, una botella de L'Ermita de las bodegas de Alvaro Palacios tiene un precio
de salida de más de 200 euros. Dominando este panorama de buen vino y boyante mercado, se
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encuentra, a 700 metros de altitud, la antigua fortaleza árabe de Siurana. Plantado sobre un
enorme promontorio, rodeado de impresionantes barrancos de roca calcaria y encajonado entre
el río Siurana y el torrente de Estopiñá, Siurana es un precioso pueblo de piedra compuesto por
una treintena de casas y apenas una veintena de vecinos. El poblado está unido a las montañas
por un paso muy estrecho. Cuando lo visité a finales de julio, el pueblo estaba sofocado, bajo un
sol implacable. No pasé mucho tiempo porque, aparte de los paisajes espectaculares, la vista del
pantano de abajo y una antiquísima iglesia románica, no había mucha gente con quien charlar.
El problema en este relato es que los datos históricos fehacientes son escasos y las
leyendas y cuentos de hadas numerosos. En el libro de Ezequiel Gort Juanpere, Història de
Cornudella de Montsant, editado por la Fundació Roger de Belfort de Reus, la leyenda de
Siurana comienza en los tiempos del conde Ramón Berenguer IV, cuando toda Cataluña pasa a
ser un dominio cristiano. ¿Toda? No. Un reino enano situado en el interior de las tierras
conquistadas por el conde resiste a las embestidas catalanas. El gobernante local, un tal Al
Memoniz, y su reina Abdelazia (de incomparable belleza, según los escribanos de la época) se
niegan a ceder sus dominios a los cristianos, pero, como Siurana está aislada del resto de Al-
Andalus, sus feudos caen uno tras otro hasta que solamente queda la fortaleza que, se decía por
entonces, estaba a «medio camino del cielo».
Después de muchos asedios, combates crueles y encarnizados, las milicias catalanas
llegan a la conclusión de que no pueden con la resistencia de Al Memoniz y de su bella mora.
Entonces entra en juego un traidor que, para salvar sus bienes, acepta enseñar un camino secreto
que lleva al castillo.
Después de obtener las llaves del castillo, los cercadores dirigidos por Ramón de
Gaganot (¡en esta leyenda, los nombres son de risa!) provocan una carnicería. Mientras tanto, en
un ala de la alcazaba, Abdelazia, que estaba segura de la impermeabilidad del castillo, celebra
una fiesta. Cuando por fin se da cuenta de la catástrofe, ya es demasiado tarde.
Para no caer en manos infieles, la reina morena monta en su caballo blanco, pasa por
delante de los cristianos y, tapando los ojos de su rocín, se lanza por el barranco. El cuento dice
que, en el último momento, el caballo, que no era tonto, se da cuenta de la tendencia suicida de
su ama, intenta frenar clavando las patas en el suelo y hasta hundiéndolas en las rocas. En vano,
ya que el pobre caballo y la reina caen al precipicio. Trastocado por tanto coraje, Gaganot
ordena entonces que el cuerpo de la mora sea recuperado y enterrado con honores en la
mezquita. Pero, como ésta había sido consagrada como iglesia, Abdelazia es inhumada en la
pared exterior del templo.
Cuando estuve en Siurana, un viejo aldeano me mostró las supuestas señales que dejó el
rocín en la roca, así como una sepultura clavada en la pared de la iglesia. Como si realmente
esta historieta, la existencia de un traidor, el caballo blanco y la reina suicida hubieran realmente
existido.
El más conocido cronista árabe de Al-Andalus Al-Razi no habla de Siurana ni de cerca
ni de lejos. Sólo Abu Abdalá Mohamed Ben Mohamed Al-Idrisi, en su monumental libro sobre
la geografía de Occidente, Kitab Nuzhat Al Mushtaq Fi Jtiraq al afaq, evoca una «S'branah que
dista de Barcelona de cincuenta kilómetros». Otro cronista árabe, Al Himyari, habla de un Ibn
Zaidun, señor de S'branah, que solía salir a matar cristianos en el campo de Tarragona.
La fuente más creíble sobre la historia de Siurana es la indispensable Catalunya
románica. En esta obra, se explica que la zona del Priorato no fue ocupada por los musulmanes
hasta mediados del siglo IX y que, durante mucho tiempo, Siurana vivió peligrosamente porque
estaba metida de lleno en la Marca Superior, la frontera militar de Al-Andalus con los reinos
cristianos del norte. Se sabe, por ejemplo, según textos cristianos, que Siurana fue árabe durante
284 años, hasta que Ramón Berenguer IV intenta tomarla en 1146. La tentativa fracasa, pero la
fortaleza queda totalmente aislada en un mar de fortines y ciudades (Tortosa y Lérida) ganadas
por el enemigo.
En 1153, una expedición enviada por Ramón Berenguer y comandada por Bertrán de
Castellet vence por fin a los últimos defensores de la fortaleza. Los habitantes se exilian, unos
hacia el bajo Ebro y otros a Valencia. Siurana era el último reducto musulmán en Cataluña.
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¿Y la leyenda de la reina mora? ¿Y el caballo blanco? Pues como siempre, es una
falacia histórica para, como dirían algunos, atraer a los futuros turistas y hacer subir el precio
del metro cuadrado. Por una vez, los historiadores están de acuerdo entre ellos. Nunca hubo
reina mora en Siurana. Hasta su nombre Abdelazia parece una burda deformación de Abdelaziz.
En cuanto a su supuesto marido Al Memoniz (cuyo rol en la leyenda es pobre) no se sabe por
donde salio, ni él ni su apellido.
Seguramente de la mente de algún ocioso. Ocho siglos y medio desde la ocupación de
Siurana, Cataluña ha vuelto a ser conquistada por los árabes. La venganza -si podemos llamarla
así-, de la fantasmagórica reina Abdelazia se ha consumado de otra manera. Es el retorno de los
expulsados moriscos, como lo llama Bernabé López, catedrático de estudios árabes en la
Universidad Autónoma de Madrid. Esta vez por razones económicas y no guerreras. Según el
último Atlas de la Inmigración marroquí en España, 15.344 ciudadanos de ese país magrebí
estaban empadronados en la provincia de Tarragona en 2003 y 128.686 en toda Cataluña. Estas
cifras no reflejan la realidad de la presencia marroquí en Cataluña y no toman en cuenta la gran
regularización llevada a cabo por el Gobierno de Zapatero en 2005.
Pero mejor no extenderse en este tema, para que no salga algún desaprensivo llamando
por allí a Santiago para que cierre otra vez España.

6. Las Granadas de ayer y de hoy.

La historia es sobradamente conocida. En 1492, los buenos y virtuosos Reyes Católicos,
Fernando e Isabel, se hacen con el último reducto musulmán de la Península y echan al nazarí
Boabdil de su reino. Este, camino al exilio, a la vuelta de una colina, mira por última vez a sus
queridas Alhambra y Granada, y comienza a sollozar, atrayendo la severa reprimenda de su
progenitora, que le pega con un: «Llora como una mujer lo que no has sabido defender como un
hombre». El lugar donde supuestamente Boabdil comenzó a llorar se llama hoy el Suspiro del
Moro.
Durante siglos, a los colegiales del vasto mundo arabo-islámico -uno de ellos es el autor
de estas líneas-, se les enseñó que la pérdida del paraíso andalusí se debió a la decadencia de los
dirigentes de las taifas, que por su holgazanería y corrupción habían permitido que la
Reconquista avanzara cada vez más en la recuperación de los territorios perdidos en el siglo
VIII. Naturalmente a ningún maestro de escuela, profesor de instituto o catedrático de
universidad se le ocurrió criticar, con la misma contundencia, a las autocracias y dictaduras que
imperaban y siguen imperando en el Mundo árabe. Las lecciones de moral son para los otros,
nunca para sí mismos. Como dice el proverbio árabe: el camello siempre se ríe de las jorobas de
los otros porque no puede ni quiere ver las suyas.
Pues bien, Boabdil paga por todos los sátrapas árabes del mundo, pasados, presentes y
futuros. Los cronistas árabes lo aborrecen, y ningún padre se atreve a dar a su hijo el nombre de
Boabdil. Me acuerdo de un maestro en los años 60 que cada vez que pronunciaba el nombre de
Boabdil decía: «Hashakum», palabra intraducible que se utiliza cuando se invoca algo impuro o
cuando se pide permiso para ir al baño. ¡Pobre Boabdil! De la Alhambra al retrete.
Nuestro Boabdil era el descendiente de la familia de Banu Nasr o Nasríes que los
vencedores castellanizaron en nazaríes. Los Banu Nasr se dan a conocer cuando en 1232
Mohamed ben Yusef ben Nasr se hace proclamar sultán de pacotilla por los habitantes de
Arjona. Luego, con una suerte increíble (seguramente la Baraka), el nuevo cabecilla y sus
acólitos ocupan otras ciudades de la región, hasta que en 1237 llegan a Granada que,
inmediatamente, se convierte en la capital de un nuevo reino. En 1238 la antigua y austera
fortaleza de Granada se rehabilita para acoger los cimientos de un palacio real: la Alhambra. En
las siguientes décadas, los descendientes de Mohamed ben Yusef se mantienen en el poder
haciendo y deshaciendo alianzas, tanto con los cristianos como con los benimerines que
mandaban en el Magreb.
Si las detestadas taifas eran nichos de decadencia, con asesinatos principescos o
colectivos y orgías demenciales, las relaciones entre cristianos, nazaríes y benimerines en los
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dos últimos siglos de presencia árabe en la Península pueden calificarse difícilmente de probas o
normales.
En las crónicas árabes nos encontramos muy a menudo con la noticia de una alianza de
Granada con el reino de Castilla para impedir la invasión de los benimerines, para luego, dos o
tres páginas más adelante, sorprendernos con otra noticia que anuncia la firma de un pacto del
califa magrebí benimerín con los castellanos para socavar la influencia de los granadinos en
alguna ciudad costera de lo que quedaba de Al-Andalus. Para los historiadores, es justamente
esta profusión de alianzas, pactos y traiciones la que permitió a Granada sobrevivir durante dos
siglos. Los nazaríes se mantuvieron en el poder más tiempo que los almorávides o los
almohades, potentísimas dinastías cuyos ejércitos no tenían adversarios merecedores de sus
espadas.
El más famoso emir nazarí, a parte del malogrado Boabdil, es Mohamed V, quien de
1370 a 1391 proporciona a los granadinos una vida política estable (si se excluye su breve exilio
a Fez), una economía próspera y una vida cultural realmente brillante. En su corte ejerce un tal
Ibn Jatib, secretario, vizir, estadista y cronista de lujo de ese periodo de la magnificencia nazarí.
Autor de tratados y amigo del emir, Ibn Jatib tiene una muerte digna de la otra cara de Al-
Andalus. Porque rechazar implicarse en guerras palaciegas, Ibn Jatib se exilia con su familia a
Marruecos.
Allí lo reciben bien antes de que mandatarios enviados por Mohamed V le acusen de
herejía y desviacionismo. El que es sin duda uno de los prohombres de la cultura y del apogeo
andalusí es privado de sus bienes, torturado y finalmente estrangulado en su celda. Por orden de
Mohamed V su tumba es profanada y su cadáver quemado frente a lo que desde entonces se
llama Bab El Mahruq (Puerta del Quemado) en Fez.
Ibn Al Jatib fue la última estrella en el firmamento de Al-Andalus y a la muerte de su
verdugo, Mohamed V, en 1391, el reino de los nazaríes entra en una fase de decadencia
imparable que culminará con el último de la fila de los sultanes españoles, Boabdil. Primogénito
del emir Mulay Hasan, el joven príncipe es animado por su propia madre a desbancar a su padre
por un asunto de faldas, o de harenes si queremos respetar la verdad histórica. En 1482, el
príncipe, que los cristianos llaman Boabdil el Pequeño (no se sabe si por talla o por su cerebro),
es proclamado rey gracias a una conjura palaciega. El Pequeño empieza una guerra victoriosa
contra los Reyes Católicos antes de terminar preso en la batalla de Lucena. En vez de
quedárselo, los soberanos cristianos sabiendo que una guerra de sucesión acecha el reino nazarí
lo liberan. Después de algunas batallas y guerras intestinas, Boabdil entrega las llaves de la
ciudad de Granada a los Reyes Católicos. Es el 2 de enero de 1492. «Cautivo y desarmado el
ejército moro, la Reconquista ha terminado».
Boabdil se marcha a La Alpujarra antes de embarcar para Fez. Aunque la inmensa
mayoría de los musulmanes andalusíes (convertidos luego a fuerza de palo en moriscos) no lo
sigue, Al-Andalus ya no existe, la civilización árabo-musulmana se ha apagado. En la oscuridad
que se apodera del mundo árabe, sólo quedan llantos por un paraíso perdido.
Cuando fui a Granada, en julio pasado, me compré un ejemplar de la revista El legado
andalusí, pensando que iba a respirar un cierto aire nazarí. Cual no fue mi asombro cuando me
di cuenta de que una buena parte de la revista estaba repleta de fotografías oficiales del rey
Mohamed VI con su hermano Juan Carlos I, su esposa Lalla Salma y su verdadero hermano
Mulay Rashid. Tuve que frotarme dos o tres veces los ojos para darme cuenta de que no se
trataba de la revista Hola o del oficialista diario marroquí Le Matin.
Como se ve, algunos han hecho del pasado un trampolín para vender en Occidente la
imagen de alguna que otra autocracia medieval, y en España estamos en la onda. Desde hace
algunos años Al-Andalus está siendo utilizado para fines que no tienen nada que ver con el
pasado, la cultura o el entendimiento entre los pueblos. La Fundación de las Tres Culturas, cuya
sede se encuentra en Sevilla, tiene mucho que ver con el oportunismo político y poco con las
culturas ; y el Comité Averroes, creado conjuntamente por Hassan II y el ex presidente del
Gobierno Felipe González es una cueva controlada por una amiga de Mohamed VI y el sumo
templo del positivismo. Algunos se preguntan: ¿qué hace en ese comité un financiero español
más curtido en temas bancarios que filosóficos o literarios?
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Antes de abandonar Granada como Boabdil, voy a ver Paco Vigueras, un periodista
granadino que anima un colectivo llamado Manifiesto 2 de enero.
Con un grupo de intelectuales y artistas de diferentes horizontes, Paco intenta desde
1995 transformar la fiesta granadina del Día de la Toma [de Granada] que se hace el 2 de enero,
en Fiesta de la Tolerancia. Con más o menos éxito, ya que el Ayuntamiento después de haber
cedido sobre algunas exigencias del colectivo, como por ejemplo dar lectura de un manifiesto
por la tolerancia el día de la fiesta, ha dado marcha atrás. «Hemos podido reconciliarnos
después de lo que hicimos durante la Guerra Civil; y somos incapaces de hacer lo mismo con
algo que ocurrió hace cinco siglos», se lamenta el samaritano Paco.

7. 'Bye, bye', España

La historia da muchas vueltas. En mi ciudad natal, Tetuán, estamos familiarizados con
la cultura española. No es que seamos unos quintacolumnistas del Nasrani (cristiano), como
insinúan algunos tontos políticos de Rabat, es por una simple razón: cuando Marruecos fue
declarado protectorado francoespañol, la zona norte del país fue entregada a la España de
Alfonso XIII. Después del desastre de 1898, el Borbón quería otro imperio y las potencias
europeas le engañaron dándole un trozo de tierra marroquí situada frente a las costas españolas.
Como allí había unas minas de hierro (que el conde Romanones se apresuró a meter en su
carpeta de acciones), Alfonso XIII y sus gobiernos, tanto liberales como conservadores,
pensaron que esa región era un regalo de Dios, un nuevo El Dorado.
Naturalmente, las consecuencias que sufrió España al aceptar ese dorado territorio que
se llama el Rif fueron trágicas. Los continuos enfrentamientos con los indígenas terminaron
afectando a la Península: la Semana Trágica de Barcelona, el golpe de Estado del general Primo
de Rivera, la República y la Guerra Civil, donde participaron unos 100.000 marroquíes.
¿Pero, por qué me pierdo en los cerros de Ubeda? Es para recordar que España nos
ocupó para, según los cuentos cantados entonces por los políticos madrileños, traernos la
civilización. Una civilización ciertamente diferente a la andalusí porque era de las que vertía
sobre las cabezas de nuestros mayores toneladas de gas mostaza, ocasionando millares de
muertos e implicando a nuestros padres en una Guerra Civil que nada tenía que ver ni con
nosotros ni con nuestras incipientes ideologías. Pero, al final, como Francia, España tuvo que
irse en 1956, llevándose las traviesas de la línea de ferrocarril que iba de Tetuán a Ceuta, pero
dejando la huella de la lengua castellana en la región y una inmensa biblioteca de estudios y
libros sobre la Historia de España, Marruecos y Al-Andalus.
Es en la Biblioteca General y Archivos de Tetuán, pequeña pero rica Biblioteca
Nacional del norte de Marruecos, donde algunos nuevos independizados de España hemos
descubierto y devorado los ejemplares de la revista Al-Andalus y libros como Al Hulal Al
Mawsiyya (Crónica árabe de las dinastías Almorávide, almohade, y benimerín), o el Fragmento
de la época sobre noticias de los Reyes Nazaríes. Lo que nos enseñaron esos libros, aparte de lo
grande que fue la España islámica, es que en muchas medinas, o cascos antiguos de las ciudades
marroquíes, seguían viviendo descendientes de andalusíes. Y algunas familias vivían aún en sus
viejas casas, algunas reformadas siguiendo las modas de los siglos, pero otras todavía intactas.
Los habitantes de la medina de Rabat saben todos dónde está la casa de los Zapata o la de los
Molina; y en Tetuán, el forastero que penetra en la medina no tiene ninguna dificultad en
encontrar las casas de los García, Aragón, Torres, Lucas, etcétera.
Todas estas gentes habían sido exiliadas de su tierra natal por la Santa Inquisición o
expulsadas por la intolerancia de sus contemporáneos después de la Reconquista. No es que
siempre, como lo quiere alguna leyenda, los musulmanes que se habían quedado en tierras
reconquistadas por los cristianos hubieran sufrido persecución. Por ejemplo, en 1085, cuando
cayó Toledo, muchos artesanos y eruditos musulmanes se quedaron en la ciudad, facilitando con
su labor la transmisión de las ciencias islámicas o griegas al resto de Occidente. Como lo
explica W. Montgomery Watt en su libro Historia de la España islámica: «Después de 1248, en
los reinos cristianos vivían muchos musulmanes. En la nueva provincia andaluza de Castilla, los
musulmanes constituían la mayoría de la población, mientras que en Aragón y en la provincia
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de Valencia los cristianos eran una minoría relativamente pequeña». Según Watt, son los
propios conquistadores españoles los que retenían a los musulmanes porque eran el soporte de
la economía local.
Se les llamaba los mudéjares, se sabe que conservaron sus leyes musulmanas y
siguieron practicando su religión y oficios. Se beneficiaban de la misma protección que la de los
mozárabes, los cristianos que vivían en tierras de Al-Andalus regidas por el islam. En su obra
Los árabes en la historia, el arabista norteamericano Bernard Lewis evoca al rey Pedro I de
Castilla, que, al restaurar el Alcázar de Sevilla en el siglo XIV, escribió en la lápida que
conmemoraba su obra: «Gloria a nuestro Señor, el Sultán don Pedro».
Tuvo realmente que pasar mucho tiempo antes de que este complejo mundo de etnias,
religiones y costumbres se viniera abajo. Los mudéjares tuvieron una vida apacible, tan apacible
que pocos historiadores se interesaron por ellos. No protagonizaron acontecimientos históricos
y, contrariamente a los muladíes (cristianos convertidos al islam) de Omar Ibn Hafsún, que
fueron la mosca cojonera del reino de Abderrahmán III, los mudéjares nunca se sublevaron.
Sólo cuando las coronas de Castilla y Aragón se unieron para terminar la Reconquista
comenzaron los perjuicios contra los musulmanes. Siete años después de la conquista de
Granada, el tristemente famoso cardenal Cisneros ordenó quemar libros musulmanes; y en 1502
se dio a elegir a los musulmanes de Granada entre el exilio al Magreb o el bautismo. Esta
exigencia fue trasladada al resto de los musulmanes de España entre 1525 y 1526.
Naturalmente, la mayoría de los musulmanes optó por la farsa del bautismo a sabiendas
que continuarían practicando su religión. Esos falsos cristianos se llamaban los moriscos. Los
manuscritos aljamiados, donde se enseñaba a los moriscos cómo cumplir con sus obligaciones
religiosas, escritos en español pero con caracteres árabes, fueron utilizados durante casi 100
años. En el siglo XVII la intolerancia cristiana llegó a un extremo tal que entre 1609 y 1614 más
de 500.000 moriscos fueron expulsados de España, acabando casi todos en Marruecos.
Cuando llegaron al país magrebí, estos musulmanes de segunda se adentraron en un país
que no era el suyo. Marruecos había sido la nación de muchos antepasados suyos, pero ya no era
su país. Los moriscos se mezclaron difícilmente con la población local guardando muchas
distancias con los marroquíes, especialmente con los beréberes. Hasta hoy, los cuatro gatos que
se dicen descendientes de los moriscos expulsados miran dos veces los orígenes de los
pretendientes de sus hijas antes de casarlas. Como si esas vírgenes fueran santas marías
mahometanas.
Ocho siglos de presencia musulmana en España y de un larguísimo periodo de
reconquista son difíciles de plasmar en pocas páginas. Sin duda, queda todavía mucho por
estudiar sobre este rico periodo de la Historia de España que sigue marcando el imaginario
simbólico de los españoles y de muchos musulmanes. Por eso no es de extrañar que hoy en día
muchos políticos utilicen esos episodios para apoyar sus propuestas políticas o confirmar sus
planteamientos ideológicos, aunque no venga a cuento. Este es el caso del ex presidente
español José María Aznar, que en unas desafortunadas declaraciones en la Universidad de
Georgetown, en Washington, relacionó el terrorismo islamista de Al Qaeda con la conquista
árabe de España en el siglo VIII. O cuando José Luis Rodríguez Zapatero propone en la
Asamblea General de Naciones Unidas una Alianza de Civilizaciones con el mundo árabe, y
habla del clima de concordia que dominó el periodo andalusí recordando, por ejemplo, la labor
de la Escuela de Traductores de Toledo.
Para hacer una Alianza de Civilizaciones hace falta aliados civilizados, que hoy
llamaríamos además democráticos. ¿Con qué civilizado o demócrata dirigente árabe o
musulmán quiere firmar el presidente su alianza? ¿Con el autócrata marroquí? ¿Con el general
Ben Ali? ¿Con el faraón Mubarak de Egipto?, ¿o más bien con el sultán Abdalá de Arabia
Saudita? Como dice un destacado arabista, «que no se mezclen las churras con los merinas».
¡Dejemos Al-Andalus en paz!

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2014 Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado
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Algunos de los vídeos de romances, elaborados por el portal, accesibles directamente desde este documento son:
Cervantes: "Servía en Orán al rey..." - www.youtube.com/embed/VHOtsQ1bemY
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García Lorca. Romancero gitano. Prendimiento del Camborio - www.youtube.com/embed/3xSOF-Bha1Y







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