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JUICIO A LA SICOTERAPIA

En 1981, Jeffre'yM,Masson fue despedi-

do de su puesto como Director de Pro- yectos del Archivo Freud, m\iy poco después de haber insinuado que Freud había intencionalmente suprimido de sus primeras obras un descubrimiento clave -la así llamada teoría de la se- ducción. La denuncia de Masson -y su tremendamente controversia! libro

Asalto

a

la

Verdad,

en

que

adelantó

esta denuncia- se convirtieron en noti-

cias de primera plana. La investigación

de Masson lo llevó a cuestionar no sólo la historia del sicoanálisis, sino -más importante aun- sus premisas :mismas.

Ahora,

en

Juicio

a

la

Sicoterapia,

él

muestra cómo desde sus inicios la sico- terapia ha sido planteada para imponer la visión del terapeuta sobre el o la pa- ciente, y no para aliviar slJ,s sufrimien- tos. Comenzando con ejemplos fasci- nantes de la prehistoria de la skotera- pia, Masson pasa al trabajo mismo de Freud con una devastadora nueva lectu- ra del caso clínico de Dora; explora los conceptos radicales de terapia 'mutua que llevaron a Freud a rechazar a ;su dis- cípulo favorito, Ferenczi; aporta una nueva luz a lo inquietante cuestión de la conducta de Jung cuando los Nazis se adueñaron del poder en Alemanta. Desde los fundamentos de la sicote-

rapia, Masson se traslada al análisis de las prácticas actuales, mostrando cómo la tiranía emocional está en la médula misma del proceso, por benigno que éste parezca ser. En un acre comentario sobre el "análisis directo" de John Ro- sen, de abusos físicos por parte •de los terapeutas, de premisas y consec-qencias que subyacen hasta en la obra del mis- mo Carl Rogers, Masson demuestra que todas las sicoterapias -desde el Freu- dianismo clásico hasta las terapias fe- ministas y gestálticas- son peligrosas por naturaleza. Su vivaz, persuasiva, y .. altamente convincente argumentación ha creado en sus primeras ediciones

- olá~ de caldeadas discusiones y contro- versias. Más que eso, Juicio a la Si- coterapia sugiere que nuestra devoción por las estructuras de la sicoterapia ha cerr,do la puerta a métodos que ni son

sexistas ni se basan basados en la impo- sición de la voluntád del terapeuta sobre. el paciente, para aliviar sus sufri- '

mientos mentales. Pacientes y ·ex-pacientes, analistas y terápeutas, y quienquiera esté interesa-

do ~n la historia

y práctica de la sicote-

rapia encontrará en el brillante libro de

Masson un apasionante campo para

"renovados

debates y 'discusiones.

fefl~ey Moussaieff Masson tiene un doc- toraido (Ph.d) en Sánscrito de la Univer- sidad de Harvard. Fué' profesor de Sáns- crito en la Universidad de Toronto des- de 1970 hasta 1980. · Hizo su entrenamiento clínico en si- coanálisis en el Ins~ituto Sicoanalítico de Toronto entre 1970 y 1978, graduán- dose como sicoanalista y miembro de la Intemational Psychoanalytical Associa- tio·n en 1978. Fue por breve tiempo director de los 'Archivos Sigmund Freud, director de los Derechos de Autor de Sigmund Freud, y tuvo su práctica pri- vada en sicoterapia y sicoanálisis en Toronto y Berkeley, California. Masson vive actualmente en Berkeley, Cal. y ya no ejerce la sicoterapia dedicándose de lleno a escribir y dar conferencias.

Este libro es traducción de Against Therapy

© Jeffrey Moussaieff Masson © Editorial Cuatro Vientos, Santiago de Chile 1991. Juicio a la Sicoterapia Derechos reservados para todos los países de habhi hispana. Inscripción Registro de Propiedad Intelectual No 79.275 I.S.B.N. N" 84-89333-35-1 Ilustración de portada: El Conjuro de Cohoba de Virginia Huneeus Fotografía portada: Juan Carlos Sotomayor Traducción: Renato Valenzuela M.

Corrección técnica: Rolando Pi han V.

Digitación y verificación: Paulina Correa Composición y Diagramación: Computext Ltda.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

2' edición 1993

El autor desea agradecer la autorización para utilizar extractos del siguiente material:

Carta de Herman Hesse, traducida por Jeffrey Moussaieff Masson, d~ Kindheit und Jugend vor

Neunzehnhundert: Briefe und Lebenszeugnisse, 1877-1895, editado por Ninon Hesse, vol. 1 (Frankfurt am Main:

Suhrkamp Verlag, 1972). Se/ected Leue~:' by Herman Hesse será publicado en 1990 por Farrar, Straus & Giroux, lnc.; © Suhrkamp Verlag, 1972; ©de la traducción inglesa: Farrar. Straus & Giroux. lnc., 1988. Reimpreso con autorización de Farrar, Straus & Giroux, lnc.

The

(:omplete

Letters of Sigmund Freud to

Wi/helm

Fliess,

1887-1904, editado y traducido por Jeffrey

Moussaieff Masson, y publicado por Harvard University University Press.

Press.

Reimpreso con autorización de Harvard

El diario de Sándor Ferenczi, traducido del alemán por Jeffrey Moussaieff Masson. Publicado con autorización de la Dra. Judith Dupont.

Direct Analysis: Se/ected Papers, por John N. Rosen. Reimpreso con autorización del autor.

"Responses to Cumulative Trauma and lndoctrination in Chronic Schizophrenia" y The Awakening Nightmare:

A Breakthrough in Treating the Mental/y Ill, por Albert M. Honig, y un folleto sobre la película Other Voices

publicado por la Delaware Valley Mental Health Foundation. Usado con autorización de Albert M. Honig, D.O., F.A.C.N.

"The Punishment Cure", que apareció en el ejemplar de Philadelphia Magazine de marzo de 1979. Reimpreso con autorización del editor.

A

Secret Synimetry: Sabina Spie/rein hetween Jung and Freud,

por Aldo Carotenuto,

traducido por Arno

Pomerans, John Shepley y Krishha Wilson. © de la traducción: Random House, lnc., 1982. Reimpreso con autorización de Pantheon Books, una división de Random House, lnc.

The Freud/Jung Leffers: Correspondence hetween Sigmund Freud y C.G. Júng, editado por William McGuire,

traducido por Ralph Manheim y R.F.C. Hall, Bollingen Series 94. © Sigmund Freud Archives Ltd. y Erben- gemeinschaft Professor Dr. C.G. Jung, 1974. Reimpreso con autorización de Princeton University Press.

Conversations with Mi/ton H.

Press.

Erickson, M.D.

Reimpreso con autorización de Jay Haley, editor, y Triangle

Artículo de Jay Haley sobre la conferencia, publicado en The Evolution t>f Psychotherapy. Reimpreso con autorización de Jay Haley y Brunner/Mazel Publishers.

lnnovative Hypnotherapy: The Collected Papers of Mi/ton H. Erickson mz Hypnosis, vol. 4,, editado por Ernest

L. Rossi (New York:_'lrvington Publishers, 1980). Reimpreso con autorización de Ernest L. Rossi e lrvington Publishers.

Experiencing Eri~,{,on: An lntroduction to the Man and His Work, por Jeffrey K. Zeig. Rdmpreso con au-

torización de Jeffrey K. Zeig y Brunner/Mazel Publishers.

JUICIO

A

LA

~ICOTEQAPIA

JEffQEY

MOU&&i\!Eff

Mi\&&ON

LA TIQANÍA EMOCIONAL Y EL MITO DE LA 8ANACIÓN 8ICOLÓGICA

Traducción: Renato Valenzuela

CUATRO VIENTOS

Este libro es traducción de Against Therapy © Jeffrey Moussaieff Masson © Editorial Cuatro Vientos, Santiago

EDITORIAL

·,¡;.

'

Prólogo a la Versión en Español

Anticipo que los lectores del libro de Masson pueden corresponder

a dos categorías básicas. Por una parte, aquellas personas que sin tener enseñanza formal en temas sicológicos, se sienten atraídas por

ellos. Por otra, el grupo de los profesionales· en

sicología, siquiatría

y otras disciplinas vinculadas a la salud mental, en el que natural- mente incluyo a los estudiantes. Como los estudiantes de sicología no parecen tener otro modelo profesional que el de sicoterapeuta,

pienso que la lectura de este libro será para ellos de singular interés. El punto central del autor no es que tal o cual escuela de sico- terapia esté errada. No es, tampoco, que haya habido progreso o retroceso en la consideración de la sicoterapia como práctica profe- sional aceptada. Es, sencillamente, que todo el asunto de la sicote-

rapia es falso y viciado, desde

su misma raíz. Que el negocio

1

multibillonario de la sicoterapia está básicamente -o es- corrupto, pues en todas sus formas implica manipulación, asimetría y ejerci-

cio indebido de poder. ;) . ; .

1 1

-

Tal vez el hecho más signifiCativo del :proceso de modernización de las sociedades sea el de la profesionalización. Por ésta debe erltenderse la apropiación, por parte de un grupo de personas, de ciertas tareas cuyo ejercicio trae aparejado el goce de ciertas satis- facciones tales como prestigio, dinero o poder. Un grupo profesional es un grupo que ha logrado una identificación "hacia adentro" (quienes somos) y "hacia afuera" (quienes no somos), que impone normas de conducta y formas de socialización a sus integrantes. La

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solidaridad entre éstos pertenece en realidad a sus principios éticos.

El oficio de la sicoterapia, si algo, ha empezado hoy día la etapa

final de su profesionalización. Todavía sigue siendo el sicoanálisis

la orientación modélica en lo que a formación de adeptos respecta,

con criterios de aceptación o rechazo, que no por arbitrarios dejan

de ser criterios. Pero ya se avizora que otros grupos, al amparo de

definidas intenciones de "bien público", logran cautelar el ejercicio

de ciertas formas de intervención a las que suele darse, copiando la

termiÍ10logía médica, el nombre de "terapia". Ya existen, por ejem-

plo, manuales y libros de texto sobre muchas formas sicodinámicas

breves y no breves, y eso es señal inequívoca de madurez profe-

sional.

El libro de Masson empieza por recordar de qué modo el diagnós-

tico de "insania moral" era usado, en el ;;iglo XIX, como recurso

para tiranizar personas y cómo la mayoría de éstas eran mujeres.

Las historias de Hersilie Rouy en diferentes asilos franceses y de

Julie La Rache en la famosa clínica Bellevue del doctor Binswanger

son su demostración. Hay una mezcla de argumentos a lo Thomas

S~asz acerca de la siquiatría en general, de feminismo

reivindicato-

rio y de derechos humanos de los pacientes, sin que la amalgama

sea demasiado convincente. Se presenta, por una parte, un retrato

del sistema asilar del siglo pasado y de la valiente defensa de una

mujer que logró, si se quiere, derrotarlo. Por otra parte, la clínica

suiza, la típica clínica para enfermos nerviosos, aparece con los

mismos rasgos oscuros que en una serie de televisión. Si bien rele-

vantes al tema, cualquier defensor de la sicoterapia podría indicar

que se refieren a la perversa siquiatría de raigambre médica,· que

más de algún sicoq

__

nalista

ya ha denunciado y tratado de modificar.

Más centrado en el tema explícito del libro es el Capítulo 2.

Aquí, el clásico caso Dora es sometido a análisis. Buena parte de

éste consiste en mostrar cómo un sano sentido común y una cre-

dulidad mayor en las personas -en este caso, la paciente- podrían

haber sido ayudas valiosas. Dora, como paciente, desertó del análi-

sis y decenas de estudiosos han especulado, despechados, sobre su

suerte. Masson reconoce que la narrativa freudiana es superior a la

habitual en su época, mas no por eso deja de objetar el abandono de

la teoría de la seducción real por el concepto de la fantasía, que este

caso inaugura. De ahí para adelante, los pacientes no son creíbles.

No puede haberles sucedido en su infancia un acontecimiento real

de incesto, violación o ataque sexual. Son fantasías. Como principio

metódico, éste fue un descubrimiento capital: la interioridad hecha

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xi

objeto de estudio sicológico. Como regla inmutable, dice Masson,

está lejos de corresponder a la realidad. Los casos de trauma real son

numerosos. Por otro lado, reemplazar una buen historia real por un

"illustrated guess" -así sea el de Freud- no parece una práctica

recomendable.

Las revelaciones se multiplican. Aprendemos que Ferenczi, poco

antes de morir, escribió un diario en el cual confió sus dudas

fundamentales sobre el edificio freudiano y reconoció la posibilidad

del "análisis mutuo", intercambiando papeles (y suertes) con sus

pacientes. Damos un rodeo en torno a Carl Gustav Jung y su

aparente nazifilia para descubrir que también podría ser acusado de

poco ortodoxas prácticas con sus pacientes. En realidad, fuera de

contexto, muchas de sus pretensiones de guruísmo son interesantes

anécdotas.

El punto culminante del libro lo constituye el relato de las

prácticas de John Rosen y su "sicoanálisis directo". Esta terapia

terminó de manera relativamente escandalosa, con demandas judi-

ciales y sanciones éticas. Las cuales, obviamente, no provinieron de

la "profesión", sino de afuera, de pacientes vejadas y decididas a la

intervención legal. Rosen gozó de apreciable popularidad, incluso en

los círculos más exigentes de la siquiatría norteamericana. De sus

sucesores, el caso de Albert Honig es también utilizado para demos-

trar las tesis de Masson, con resultados y revelaciones más o menos

semejantes.

Cuando le toca el turno a Carl Rogers, la atención del lector no

deja de ser estimulada. Rogers emerge del recuerdo como una figura

dulzona y pontifical, que predica las buenas maneras, la aceptación

irrestricta, el dejar de lado las caretas, la autenticidad. Es como un

discurso filosófico adaptado a los magazines de moda, con un hálito

de sanidad mental, de buenaventuranza muscular y deportiva, apta

para muchachotes límpidos y bienintencionados. Error, dice Mas-

son. Obsérvese en primer término, lo artificial de la demanda: sea

empático con todo el mundo. ¿Quién puede preciarse de serlo?

¿Sería uno empático con un mentiroso recalcitrante, con un crimi-

nal, con un violador? El toque humanista va quedando menos bien

parado cuando se piensa que esto ·de ser auténtico por parte del

terapeuta es una exigencia que trivializa una larga cadena de tradi-

ciones, desde el cristianismo hasta todo tipo de orientalismos. Y

que, obviamente, no será materia de "formación profesional" el

despertar esta capacidad en personas comunes y corrientes.

En una confusa última parte se agrupan diversas sectas, escuelas

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y movimientos que constituyen algunas floraciones recientes en la

jungla sicoterápica. Se dejan fuera los seguidores del "grito prima-

rio" y del "renacimiento" por pertenecer directamente al bajo

mundo del "psychobabble" (traducible como sico-blá-blá), que pro-

mete charla fácil y "cura" rápida en esta era del sentimiento des-

atado. En este capítulo, la referencia es a la terapia familiar, la

gestáltica, la feminista, la terapia de sobrevivientes del incesto, la

hipnoterapia ericksoniana y el grupo amplio de los eclécticos de

diverso pelaje. No se hace ninguna referencia a los conductuales,

cognitivos y otros más cientifizantes, por razones de espacio y

porque, soterradamente, lo que afirma el autor sobre la asimetría, el

control y lo abusivo se encuentra en estas orientaciones explícita-

mente reconocido. No se puede reproducir toda la argumentación,

porque ello restaría interés al libro, que en esta parte tiene buen

humor y, aunque superficiales, interesantes observaciones. Está sin

duda destinada a servir de material de discusión en muchas horas

por venir.

Confieso que el libro de Masson me parece lectura recomenda-

ble, aunque no comparto algunos de sus·juicios. En especial, creo

que confunde la siquiatría asilar con la sicoterapia actual, y si bien

puede demostrar que la prehistoria de la insania moral es relevante

al actual estado de ésta, el espacio que le dedica hubiera sido mejor

invertirlo en, por ejemplo, el problema de la clase social. Es cierto

que escribiendo en la costa oeste de Estados Unidos, después de

haber ejercido la profesión de sicoanalista, no se es la persona más

sensible a la relación entre sicoterapia y clase social. Sin embargo,

para los lectores de otras latitudes éste es, sin lugar a dudas, un

tema sobre el que debe reflexionarse. Cómo compatibilizar la ideo-

logía sicoterapéutica más habitual con las exigencias de un sistema

de cuidado de la salud que considere las grandes masas, se mueva

en el terreno de las macroplanificaciones y tenga, al fin de cuentas,

algún impacto numérico en las labores de tratamiento y prevención

en el seno de la comunidad. Tal vez este problema esté realmente

conectado con la misma esencia ideológica de la sicoterapia según

es mayoritariamente practicada, y según seguirá practicándose. Esto

es, la asimetría entre alguien que se define como "experto" y al-

guien que, por definición, no lo es. La medicina académica ha

podido, en este terreno, intimidar con la compleja tecnología y el

refinamiento de un lenguaje abstruso, mas no todas las escuelas

sicoterapéuticas pueden decit lo mismo. De allí la necesidad de la

"seudotecnología" -escondida bajo el muy obvio término de técni-

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xiíi

ca, aunque aluda a cosas tan triviales como el comentario o la

confrontación- y del esoterismo, rayano a veces en el obscurantis-

mo, con que se presentan, a los iniciados, los fundamentos de

aquellas "técnicas".

Pero más allá de esta simplificación entre experto-profano, que la

medicina ha implantado como profesión más antigua que es, el

punto crucial es la geométrica -y hoy día insuficiente- conceptua-

lización del intercambio como una díada. El encuentro bipersonal

es, sin duda, un tema de fructíferas reflexiones, en el que se han

ejercitado los mejores ingenios, no sólo de la medicina (en donde es

tema clásico) sino de la filosofía. Sucede, no obstante, que hoy día

es una segregación artificial de un sistema de interrelaciones que

propasa con mucho ese límite claustral del terapeuta (experto) y del

paciente (inexperto). Digamos simplemente que no es un tema

trivial el de la intrusión de los agentes económicos en esa relación.

El Estado, las compañías de seguros, los empleadores de todo orden,

son terceros silentes en la relación terapeuta-paciente. Terceros no

excluídos ni excluíbles, puesto que cada vez más gravitan sobre lo

que se dicte y lo que se calla, y aún sobre la forma en que se habla

o se calla. La díada (así esté uno de sus miembros conformado por

un grupo o una familia) no es, por otro lado, tan asimétrica como

el guruísmo de algunas sico-escuelas quisiera. Hoy día la informa-

ción fluye a las personas a través de centenares de canales. Aunque

en ocasiones es seudoinformación desfigurada por una prensa ávida

de sensacionalismos (y los "expertos" destacan repetidamente sus

limitaciones) no puede ya decirse que los clientes, pacientes o

dolientes sean pasivos receptores de cualquier "preparado". La

. autoridad sólo puede sostenerse en la deliberada mantención de un

clima iniCÍático, un lenguaje retorcido, una cierta pomposidad seria,

un "ejemplo" de sabiduría a veces con tufillos orientales, eremítiCos

o exóticos, entre otros ingredientes. Reducidas a sano sentido

común, muchas sentencias y jerigonzas trascendentales son trivia-

lidades dichas pedantemente. Puede explicarse el éxito de algunos,

a la luz de estas realidades, en base a una afición a las vaciedades

que cultivan las sociedades opulentas y que constituyen una como-

didad más. O bien, como temo que sea el caso muchas veces, como

una suspensión del juicio crítico debida a la desesperación. El punto

de Masson es, precisamente, el aprovechamiento del miedo, la

angustia y el desvalimiento por personas que muchas veces saben,

en su fuero interno, que no podrán ayudar. También Ferenczi sabía

esto, como sabía también de las ventajas materiales que reporta

xviii

•.;··

PREFACIO

práctica? ¿Existían algunas "destrezas" que se pudieran adquirir, · <;:omo por ejemplo, aprender a escuchar, a ser "empático" o simple- mente simpático, aprender a suspender el juicio, etc.? Si fuese así, ¿estaba yo adquiriéndolas? Estas dudas eran bastante típicas en mis colegas durante las etapas iniciales del entrenamiento sicoanalítico. Pero en mí subsistían tras ocho años de preparación. Vi tres posibilidades: algo andaba mal en mí; algo malo había en el aprendizaje específico que estaba cursando; o algo erróneo existía

en la teoría y práctica. Opté por creer en la segunda y menos amenazante alternativa, y decidí que una vez graduado en Toronto y adquirido un conocimiento más amplio del mundo del sicoanáli- sis, tanto en Estados Unidos como en Europa, podría ser capaz de resolver mis dudas con respecto a la sicoterapia. Me rriudé a California para iniciar mi práctica sicoanalítica. Mis dudas persistieron; de hecho, aumentaron. Me di cuenta que mien- tras no tuviera mayor claridad sobre estos puntos, me sería más beneficioso no ejercer. Entonces volqué mis energías a la investiga-

ción histórica

El asunto que más me intrigaba era el abandono por

.. parte de Freud de la a$1 llamada teoría de la seducción. Cuando estudiaba sicoanálisis, se me había enseñado que, inicialmente, Freud creía a las mujeres que llegaban a él por terapia cuando le ·decían que habían abusado sexualmente de ellas en su niüez, a menudo miembros de su propia familia. Entonces él hizo un, "descubrimiento" que consideró trascendental: lo que él oía de estas mujeres, no eran recuerdos genuinos; eran., decía Freud, historias fabricadas o ficciones inventadas. Fantasías, no recuerdos. O recuer- dos de fantasías. Eran, creía Freud, importantes, pero no reales; se referían a sucesos internos, no externos. Las implicaciones de este "descubrimiento" -a Freud nunca se le ocurrió pensar que sólo era un punto de vista-' fueron enormes. Han afectado el curso del sicoanálisis y la terapia en general de ahí en adelante, y han causado incalculables sufrimientos a pacientes que de hecho habían sido objeto de abusos sexuales. Los terapeutas aceptaron la creencia de Freud de que el mejor juez de lo realmente sucedido no es necesa- riamente la persona a la que le ha sucedido. En terapia, el relato de una persona acerca de un evento traumático no debe ser tomado literalmente, como referido a algo real acontecido en el mundo real. Puede ser nada más que un símbolo, un signo que apunta hacia una zona interna oscura de deseos y fantasías confusos, un nido de necesidades, impulsos, tendencias e instintos no reconocidos, su- puestamente ocultos en el corazón de todo ser humano.

PREFACIO

xix

Descubrir lo que ocurrió, desde este punto de vista, requiere una fuente externa, objetiva, una persona entrenada en el proceso des- enmascarador: el terapeuta. Las opiniones de Freud se convirtieron en el campo de prueba para el adiestramiento de una gen.eración posterior de terapeutas. El terapeuta pensó que sabía cuando los pacientes estaban confundiendo la fantasía interna con la realidad

externa, ya . qÚe él tenía como

guía las experiencias previamente

analizadas de los pacientes del fundador del sicoanálisis. Muchos. creyeron que se había logrado un importante avance en el alivio del sufrimiento humano: si las personas podían equivocar de tal modo . la realidad interna con la externa, hasta el punto de confundir un oscuro (y nunca consciente) deseo con un espantoso y vívido recuer- do de haber sido ultrajadas sexualmente, ¿entonces cuántas cosas más de su vida podrían haber distorsionado? ¿Cómo se podía confiar. en que conocieran la intrincada relación real que tenían con sus madres, padres, retoños, incluso con sus cónyuges? La idea de que sólo el analista puede juzgar si algo es real o una mera fantasía, se convirtió en una doctrina estándar y en la verdadera base de la sicoterapia orientada sicoanalíticamente. Durante mi entrenamien- to sicoterapéutico, se ·me enseñó que los relatos sobre familiares siempre se debían considerar sólo como una narración de anhelos, fantasías, deseos y proyecciones. No se les podía dar más valor que el dado a los relatos de vejámenes sexuales en la infancia. Así, cuando inicié mi investigación sobre el importante cambio · de·

posición de Freud, yo no estaba investigando algún oscuro rincón de la historia del sicoanálisis que sólo interesara como reliquia a un pequeüo número de historiadores. Yo estaba examinando una de las

piedras fundamentales de la terapia sicoanalítica.

. Los resultados de mi investigación fueron inicialmente recibidos por la profesión sicoanalítica con algo menos que un interés cordial y objetivo. Cuando a principios de 1984 apareció mi libro The

Assault on Truth: Freud's Suppression of the Seduction Theory (El

Asalto a la Verdad, 1985), no debería haberme sorprendido que la atención de los comentaristas se concentrara en el carácter del autor antes que en el análisis de lo publicado. Yo había supuesto que las implicancias para la terapia sicoanalítica de los nuevos documentos que había encontrado -por ejemplo, cartas no publicadas de Freud, nuevo material de la morgue de París sobre abusos con niños, páginas desconocidas del diario privado de Ferenczi- serían prose- guidas por otros miembros de la profesión con mayor experiencia clínica que yo. Estaba completamente equivocado. En lugar de ello,

XX

PREFACIO

donde quiera que yo diese conferencias, incluso en Francia, Italia, España y Holanda, las discusiones se centraban en mi apariencia física, mi vestuario, mi motivación para investigar el abuso de niños, mi relación con mi padre, mi madre, mi analista, Anna Freud y otros. Parecía que ni mis hallazgos ni sus implicaciones podían ser mirados con objetividad. Aprendí que a la gente qué critica los dogmas de la institucionalidad no se le concede una atención seria. En algo me consoló reconocer que la pena sufrida bajo los ataques personales provenía de mi ingenuidad política. Pero si los sicoanalistas, académicos y algunos miembros del público partidarios del sicoanálisis no estaban preparados para debatir los planteamientos, otra parte importante y no silente del público sí lo estaba: las feministas. Muchas mujeres estaban inte- resadas en el material histÓrico y la documentación que yo había reunido. Escritoras feministas, incluyendo a Florence Rush, Judith Herman, Diana Russell y Louise Armstrong, comentaron favora- blemente mi investigación. Mi libro se unió a una larga lista de obras recientes que exponen la realidad del abuso sexual de niñas y mujeres, siendo la más reciente el excelente libro de Diana

Russell, The Secret Trauma: Incest in the Lives of Girls and Wo- men.

Recibí muchas cartas en respuesta a un artículo sobre la historia del abuso sexual, publicado en la edición de marzo de 1984 del Atlantic, y otro en Mother fones de diciembre del mismo año, acerca de mis hallazgos. Estas cartas, casi todas provenientes de mujeres que habüin sido objeto de abusos sexuales en su niñez, me demostraron que muchos de los hechos que salieron a la luz como resultado de mi investigación en antiguos archivos, eran correctos y relevantes en la actualidad. La satisfacción puramente intelectual que experimenté con la

publicación, en 1985, de The Complete Letters of Sigmund Freud to

Wilhelm Fliess, 1887-1904, y los comentarios mayoritariamente favorables que éste recibió, me ayudaron a recuperar algo de mi fe

en el

valor de la investigación pura. Pero pienso que esto sólo se

debió a que la mayoría de los comentaristas no vio la relevancia de estas cartas -que contienen la más acabada exploración que tene- mos de las fluctuantes opiniones de Freud respecto al abuso sexual en la niñez- en relación a los puntos que yo había expuesto en mi libro anterior. Ninguna reseña reparó en el abuso sexual a la luz

arrojada por estas cartas. Creo que ellas dejan en claro que Freud tenía una considerable evidencia clínica, material provenier'fte de

PREFACIO

xxi

sus propios pacientes,

de

que

el abuso

que él después repudiara .

como 1antasía; ae hecho era

reaL

.. Yo alin tenía que aclarar un punto importante: ¿por qué razón esperaría que Freud o Fliess tuvieran una actitud diferente que la que tuvieron, hacia su paciente Emma Eckstein? Freud la había traspasado a Fliess, quien "diagnosticó" que ella sufría de una "neurosis nasal refleja" y realizó una intervención experimental en su nariz. Ella casi murió de una hemorragia causada por una gasa quirúrgica que Fliess dejó en la herida hecha por él. Más tarde, Freud dijo a Fliess que la hemorragia era "histérica" ~sicológica, y no una consecuencia de la incompetencia de Fliess. Esto era de esperar, me comentaron algunas feministas, porque toda la herencia de intervenciones médicas y quirúrgicas en mujeres era un legado de violencia. ¿Era esto verdadero? Las historias siquiátricas oficiales presentaban al siglo XIX como la época en que nació la sicoterapia tal como la conocemos hoy. Muchas autoras habían argumentado que esta historia oficial omitía los aspectos violentos de la siquia- tría del siglo XIX. Pero la gran mayoría limitó su investigación al material disponible en idioma inglés. Era muy difícil obtener mate- rial de la siquiatría alemana y francesa, tan influyentes en Inglaterra y Estados Unidos, para efectuar una exploración a fondo. Mis co- nocimientos de la literatura original se limitaban a lo encontrado en mis lecturas cuando estaba preparando las cartas Freud/Fliess para su publicación. Para ubicar la controversia sobre el abuso sexual en un contexto histórico más amplio, fue necesario pasar algunos de los años siguientes examinando con cierta profundidad, en periódi- cos y revistas, la literatura siquiátrica, pediátrica y ginecológica del

siglo XIX. El resultado fue A Dark Science: Women, Sexuality and Psychiatry in the Nineteenth Century, un texto sobre los horrores

infligidos en las mujeres en nombre de la "salud mental". Sintiendo que se terminan mis compromisos con la Historia, aún tengo una tarea pendiente para justificar mis muchos años de entre- namiento sicoanalítico. La mayor parte de tal adiestramiento no fue

teórico sino práctico -como

prefieren decir los

siquiatras: clínico ..

Durante mis estudios estuve muy próximo a la sicoterapia, ya sea recibiéndola o entregándola, para poder examinarla en forma crítica. Ahora estaba libre de trabas, sin necesidad de proteger la profesión o mi lugar en ella. Quizás la respuesta de la profesión a mis hallaz-

gos sobre abuso infantil en tiempos de Freud, y por ende, en el presente, fue tan obtusa, maligna y egoísta que podría haberme predispuesto contra los terapeutas en general. Algo de verdad hay en

xxii

PREFACIO

esto. Sin embargo, ya no siento la amargura personal que alguna vez

PREFACIO

xxiii ·

aparentemente más fuerte, más sabio, mejor, más feliz, cuya guía se

sentí. Me queda la fuerte necesidad de revisar lo aprendido sobre el

puede solicitar.

 

practicar terapia en "pacientes' 11 , y examinar los supuestos teóricos

Algunos

que

han

escuchado mis ideas han aceptado que yo

de la sicoterapia en genera( en forma más crítica de lo que siento

se ha hecho hasta ahora.

Este libro, entonces, llena mi obligación hacia el estudio, el

entrenamiento y las preocupaciones de los últimos dieciséis años de

mi vida. Estos años ahora parecen un desvío. intelectual. Me fasciné

con lo que, en ese tiempo, parecía ser la belleza intelectual de la

teoría sicoanalítica. Tal vez la lección más profunda que aprendí es

que la investigación del sicoanálisis no era, después de todo, una

completa pérdida de tiempo. Si hubiera estudiado medicina, derecho

o filosofía, se habrían duplicado los tipos de descubrimientos que

habría hecho en esos campos. Finalmente aprendí algo sobre las

pretensiones al conocimiento. Aprendí algo de la fragilidad de

nuestra capacidad para ayudar a otra persona que tiene un problema

emocional, y especialmente, sobre las pretensiones a tal capacidad.

Aprendí acerca del poder, las jerarquías, el dominio, las racionaliza-

ciorie~ sc)bre

el abuso,

...

¡

la incapacidad de mucha gente para com-

prei19~r el.sufrimiento que causa a otros.

.

--

...

Después de todo, quizás no fue un desvío. Cuando empecé mí

adiestramiento sicoanalítíco, yo era un estudiante de sánscrito que

se había desilusionado de la idea de que la vida siempre podría

proveer un gurú, una persona con una percepción sin igual de la

vida interior de otro ser humano. Pensaba que esta pretensión era

exclusividad de la cultura india, algo que había causado mucha

infelicidad a las personas, aunque sin duda muchas podían sostener

que también les había traído gran felicidad, incluso alegría y éxtasis

(tal como mucha gente a quien se le ha aplicado clectroshock,

sostiene que le hizo mucho bien). En 1980, escribí un impopular

libro sobre este tema, The Oceanic Feeling: The Origins of Reli- gious Sentiment in Ancient India. Y, sin embargo, aquí estaba yo,

ocho áños después, llegando a la misma triste conclusión sobre la

sicoterapia: no hay gurúes. Quizás estaba tocando una de las carac-

terísticas del animal humano, la necesidad de encontrar a alguien

1 Ojalá hubiera otro término que "pacientes", el cual es peyorativo y tiene una falsa connqtación médica, pero no lo hay. El término "clientes" de Carl Rogers carece de las implicaciones médicas, pero parece subrayar perversamente lo despectivo. La falta de un término que no sea peyorativo ni atemorizante es una irónica prueba de la realidad que propugno en este libro.

podría estar en lo cierto, pero a continuación han hecho una pregun-

ta. Concediendo que la sícoterapia es imperfecta, ¿con qué cosa

mejor yo lá reemplazaría?

En respuesta, yo señalaría que, como lo expresara una feminista

amiga, nadie piensa en preguntar: ¿con qué reemplazaría usted la

misoginia? Si algo es malo, imperfecto o peligroso, ~asta con g_ue}o

denunciemos por lo. que es. Es casi como si una vez que se ha

determinado que algo existe, decidamos que está allí por alguna

razón (indudablemente cierto) y enseguida nos deslicemos a la falsa

posición de que debe estar ahí por alguna buena razón, lo que

indudablemente no es verdadero. O es como si creyéramos que si

finalmente nos libramos de algo odioso (como el apartheid), ensegui-

da debemos reemplazarlo por algo de naturaleza similar. La verdad

es que no sabemos todas las cosas maravillosas que podrían suceder

una vez que algo odioso es abolido. Cualquiera que alguna vez haya

oprimido a otro ser humano, invariablemente se pregunta qué

sucederá al terminar la opresión. ¿Qué le pasará a los niños cuando

dejemos de golpearlos en las escuelás? ¿Qué le sucederá a los escla-

vos de las plantaciones cuando sean liberados? ¿Qué le ocurrirá a

' lb~ animales cuando dejemos de matarlos para alimentarnos? ¿Qué

le pasará a las mujeres cuando cesemos de someterlas? ¿Qué le

sucederá a los disidentes cuando no los encerremos en instituciones

siquiátricas? ¿Qué le ocurrirá a la esposa cuando su marido deje de

pegarle? Estas preguntas no son en absoluto verdaderas preguntas.

Lo que se requiere es un cambio de enfoque hacía las personas que

hacen estas cosas, los agresores, no hacia sus víctimas. ¿PQr_ CJ.':lé

cazan los hombres? ¿Por qué los siquíatras torturan a las personas

y lo llaman terapia de electroshock? ¿Por qué violan los hombres?

Y, quizás tan importante, ¿por qué la sociedad tiende a culpar a la

víctima por todos estos actos de violencia? ¿Por qué los sícól()gos

buscan en la víctima lo que ellos piensan es la falla que captó la

atención del depredador?

-

Tengo algunas ideas acerca de cómo las personas podrían -vivir

sin sicoterapia o siquiatría. Pienso en grupos de auto-ayuda que no

tengan líderes y rechacen las estructuras autoritarias, donde no haya

intercambio de dinero, que no se basen en principios religiosos (una

dificultad con Alcohólicos Anónimos y grupos similares, ya que no

todos los miembros comparten los mismos intereses espirituales o

xxiv

PREFACIO

religiosos) y donde todos los participantes hayan experimentado el

problema que quieren discutir. Sé que a algunas mujeres que han

sido objeto de abusos sexuales les ha ayudado el reunirse con otras

mujeres ultrajadas, para compartir experiencias, estrategias de su-

.pervivencia, análisis políticos y simplemente su propia violación.

Lo que necesitamos son más amigos bondadosos y menos profesio-

nales.

.

Nota sobre Términos y Conceptos

Más ahajo doy una lista de los términos más comunes que los

lectores encontrarán en casi todos los libros sobre sicoterapia y que

son usados en el desarrollo de éste. Las definiciones que siguen son

las generalmente aceptadas .

. Un siquiatra siempre es un médico que ha pasado posteriormen-

te por un entrenamiento en siquiatría. En su práctica privada, la

mayor parte de los siquiatras tienden tanto a ofrecer sicoterapia

como a recetar fármacos. Si la terapia se basa en los principios del

sicoanálisis, habitualmente se la denomina sicoterapia dinámica.

En Estados Unidos, el sicoanalista por lo general es un médico si-

. quiatra que luego ha seguido un entrenamiento en sicoanálisis. Ge-

neralmente, él no prescribe fármacos. Algunas veces, a una persona

licenciada en sicología o disciplinas afines se le autoriza entrenarse

como sicoanalista. Este entrenamiento involucra un análisis perso-

nal (con alguien designado como su analista didacta, es decir, al-

guien capaz de enseñar a los candidatos a sicoanalistas), un curso

sobre los principios básicos del sicoanálisis, y la supervisión de un

analista calificado de los casos tratados durante el entrenamiento.

Hasta que se completa el trabajo, la persona bajo entrenamiento se

denomina "candidato". El sicoanálisis generalmente se practica con

el paciente tendido en un diván y el analista sentado detrás de él;

es intenso y se hace cuatro o cinco veces por semana en sesiones

de cincuenta minutos. Un análisis típico puede durar desde dos

hasta diez años. Sicoterapia es un término que se refiere a las

  • xxvi NOTA

SOBRE

TERMINOS

Y

CONCEPTOS

sesiones entre un paciente y una persona adiestráda en sicoterapia

en las que casi todo lo que pasa involucra conversación. Habitual-

mente es ofrecida por siquiatras, sicoanalistas, sicólogos clínicos

(personas licenciadas en sicología), asistentes sociales siquiátricos y

orientadores familiares y matrimoniales (quienes han hecho un

curso de postgrado de dos años). Es menos formal que el sicoanáli-

sis; comúnmente implica una sesión semanal y dura desde unos

pocos meses hasta uno o dos años.

Entre los numerosos términos usados por los terapeutas en

general, los más comunes son: transferencia, proyección, contra-

transferencia, inconsciente, represión (mecanismos de defensa),

interpretación, insight, acting out, resistencia, cmpatía, neurosis,

sicosis, esquizofrenia. Transferencia se refiere a los sentimientos

que un paciente "transfiere" desde una persona importante del

pasado (principalmente de su niñez, y por lo general, uno de los

padres) a la persona del terapeuta. La conducta de este último es

considerada irrelevante para originar estos sentimientos. Ellos per-

tenecen a la figura del pasado, y por lo tanto, se les considera como

proyecciones. Contratransferencia se refiere a los sentimientos

igualmente irracionales del terapeuta hacia el pólcientc, que no

émanan de alguna característica real de este último, sino del propio

pasado del terapeuta. Inconsciente se refiere a algo dcsconocidopara

la persona, pero cuyos efectos no por eso son menos activos. Repre-

~ión es la actividad que permite que algo permanezca en el incons-

ciente. Es uno de los mecanismos de defensa; otros son negación,

anulación, formación reactiva. Constituye una actividad

involuntaria. Interpretación es la actividad a que se aboca el tera-

peuta cuando se le hace consciente al paciente algo inconsciente o

cuando se evidencia una verdad. Insight se refiere al reconocimiento

intelectual y emocional de la verdad de una interpretación, median-

te la cual se hace consciente algo que ha estado reprimido hasta

entonces. Idealmente, el insight es seguido por cambios

conductuales. Actíng out es lo opuesto a insight. Se refiere al actuar

bajo impulsos cuyo origen o significado no se comprende, en opo-

sición a rememorar y hacer una conexión consciente. Si una emo-

ción es inconsciente, casi todas las conductas se pueden interpretar

como una forma de acting out. Habitualmente, sin embargo, los

terapeutas refieren este término a cualquier acción emprendida

fuera de la terapia que se estime va en desmedro de esta última o

como una defensa contra un insight emergente, por ejemplo: contra-

er matrimonio, cambiar de empleo o iniciar un romance

NOTA

SOBRE

TERMINOS

Y

CONCEPTOS

xxvii

impulsivamente. Resistencia es el rechazo de las interpretaciones

del terapeuta o cualquier otra actividad que, en su opinión, impide,

retrasa u obstruye el proceso sicoterapéutico, por ejemplo, el ganar

insight. Cualquier desacuerdo con el terapeuta puede ser (y con

frecuencia lo es) interpretado como resistencia. Empatía es la

cualidad que se supone tiene el terapeuta y que le permite una

comprensión simpatizante de las circunstancias del paciente, sufri-

miento mental, cte. Es una forma de identificación con los senti-

mientos del paciente. Neurosis se refiere a las formas menos graves

de padecimiento emocional. Se considera que son las razones idea~

les para consultar a un terapeuta. Sicosis es el término g~ncral para

las formas más severas de sufrimiento emocional, tales como la

enfermedad maníaco-depresiva

.

.Esquizofrenia es una sub-categoría

de la sicosis y su diagnóstico se aplica con líberalida~ a las personas

que se juzgan como portadoras de un "desorden del pensamiento".

Debo señalar aquí que no tengo gran respeto por ninguno de

estos términos. Todos ellos han sido usados para insultar, humillar

y degradar de cualquier forma a los pacientes. Dudo ser el primero

en resaltar esto. No obstante, es importante tenerlo presente al leer.

Ninguno de los términos se refiere a entidades reales, objetivas. Son

más bien banderas ondeadas que indican la fidelidad intelectual de

quien las usa. Cuando yo los empleo en este libro, siempre estoy

pensando en ellos entre comillas. No acepto ninguno en su signifi-

cado literal.

Introducción

Este es un libro sobre las presuposiciones fundamentales de la

sicoterapia. No es un intento de cuestionar la efectividad de la

misma -es decir, yo no cuestiono el que algunas personas crean

que han sido ayudadas por la terapia (aunque sí cuestiono el que

.haya!} .$.ido .de.,hecho ayudm\<ls por ella). No n1c-G;;p;cSIOñan"las

cst~ÍcÜsticas sobre el fracaso de la terapia. Me parecen ajenas al

punto. El valor de la sicoterapia no pueden decidirlo las estadísti-

cas. La parcialidad de estos estudios es demasiado evidente: los

métodos orgánicos de "cura" andan mejor, especialmente para lo

que llaman "enfermedades mentales reales", tales como la "esqui-

zofrenia" y la "sicosis maníaco-depresiva". Mi propósito, al cuestio-

nar la sicoterapia, no es que sea reemplazada por la siquiatría, la que

Hans Ey~enck (Decline and Fall of the Freudian Empire) llamó una

"verdadera sicología científica", pues la siquiatría, en mi opinión,

siempre ha sido entremetida, maligna y destructiva. Generalmente,

lo que sustituye a la sicoterapia (modificación conductual o terapias

orgánicas, incluyendo medicación) por los autores que la critican,

incluidos Eysenck y Garth Wood (The Myth of Neurosis), es peor.

Este libro difiere

de otros

que han

criticado la sicoterapi~1 -~~

diversas e importantes maneras. Soy escéptico con respecto a cual-

quiera que se beneficie con el sufrimiento ajeno. No creo que los

fármacos u otras formas de tratamiento siquiátrico sean preferibles

a la sicoterapia. Por el contrario, creo que ayudan menos y, casi

siempre, son tnás. dañinas. Tampoco adhiero a la posición de que

2

JUICIO

A

LA

SICOTERAPIA

hay personas "mentalmente enfermas" que necesitan un "trata-

miento real", o sea, drogas siquiátricas (Martín Gross, en The

Psychological Society, adopta esta posición) y luego estamos el resto·

de nosotros, que sólo necesitamos que se nos converse. Yo creo, por

el contrario, que mientras no haya una entidad médica tal como la

enfermedad mental, existen innumerables tipos de sufrimiento y

terribles dolores emocionales que mucha gente, en la práctica la

mayoría, pasa alguna o varias veces durante su vida. No estoy

negando la magnitud del problema, sino la certeza de la solución.

Quiero dejar en claro que, en este libro, no estoy criticando a

aquellos que buscan terapia. La gente acude a los terapeuta por

buenas razones. Está sufriendo, es desdichada, siente que su vida es

vacía. Cuando las personas buscan a un terapeuta, una de sus

motiváciones es aliviar el peso de sus propios recuerdos. Puede q{;~

nunca hayan hablado sobre éstos, con alguna profundidad, con otra

persona:. A menudo les han sucedido cosas trágicas, especialmente

en la infancia, que otras personas niegan, especialmente quienes las

provocaron. Cuando leemos casi cualquier autobiografía moderna,

vemos que lo más doloroso fue vivir en una realidad que los demás

no vieron, no reconocieron o no les importó.

Las preguntas empiezan realmente cuando pensamos en profun-

didad sobre la capacidad de cualquier terapeuta para responder a la

infelicidad de la gente. Lo que se necesita, creo yo, es un examen

sostenido de las suposiciones básicas subyacentes. Existen ya exce-

lentes críticas de las terapias orgánicas. Los sobrevivientes del

electroshock, medicación siquiátrica y encierro forzado han· hecho

;. ~mucho para alertar al público sobre ,la destructividad de estos así

llamados tratamientos. Gracias a muchos artículos, a menudo publi-

cados en revistas y folletos clandestinos o de circulación restringi-

da por muchos ex internos de instituciones siquiátricas, conocemos

los peligros de los hospitales siquiátricos modernos (que se deberían

llamar "instituciones", porque eso es lo que son). Hay un conoci-

miento cabal de los peligros inherentes de clasificar a alguien dentro

de una categoría de enfermedad tal como la esquizofrenia, y mucha

¡:. gente está empezando a darse cuenta que no existe tal entidad.

Hasta ahora, sin embargo, no ha habido un ataque sostenido a las

suposiciones subyacentes básicas de la sicoterapia, ningún intento

de simplemente aclarar qué es lo problemático en la sicoterapia en

general, en contraposición a cualqvier terapia particular. Todas las

críticas que yo he visto, desean sustituir la que censuran por una

forma distinta de sicoterapía o buscan de alguna manera reformar o

INTRODUCCION

3

reestructurar la terapia. Estos análisis no penetran en lo medular de

la sicoterapia para examinar qué error existe en la idea misma de

emprender cualquiera forma de sicoterapia.

Vamos donde los terapeutas esperando que ellos posean ciertas

cualídades: compasión, comprensión, bondad, calidez, un sentido de

justicia, integridad. ¿Pero por qué deberíamos creer que alguien ·

posee estas cualidades? ¿Son éstas, después de todo, algo que se pue-

de aprender? _Freud pensó que sí, y la mayoría de los sicoterape~tas

lo han seguido. ¿Pero cómo se adquieren estos rasgos? ¿Se adquieren

en una sala de clases, en un "programa

..

d.e. e11.trenamiento"? ¿Se

pueden enseñar objetivamente siquiera las cualidades menos rele-

vantes? ¿Podemos adquirir la capacidad de escuchar, por ejemplo? Y

aun si supusiéramos que estas cualidades se pueden aprender (¿y

quién puede juzgar si lo han sido?), ¿cómo podría el cliente poten-

cial saber que el terapeuta realmente'Tas~-po~scefitiastán unas cuan~

tas- s-esiones? ¿Por qué bastarían, si cuando todo lo que nos rodea es

evidencia de que a menudo se necesitan años para que alguien se

haga un cuadro exacto de las virtudes y defectos de otra persona?

¿Cómo pueden es.tarlo, si la mayoría de los terapeutas han aprendi-

do que deben tratar de revelar lo menos posible de sí mismos a sus

pacientes?· El hecho de que algunos sicoterapeutas sean seres

humanos decentes, cálidos, compasivos, que a veces ayudan a quie-

nes recurren a ellos, no libera a la profesión misma o a su ejercicio

de

las

críticas que hago en este libro.

Sólo significa que ellos fun-

cionan así a pesar d~ ser sicoterapeutas, y no a causa de ello.

.

Las virtudes y destrezas enumeradas más arriba son reconocidas

universalmente en cualquier programa de instrucción para cualquier

tipo de terapia. Estas son las cualidades que todo instituto que

forma sicoterapeutas busca en los aspirantes. Una vez en ejercicio,

el terapeuta es estimulado a creer que posee estas cualidades. El

terapeuta que admita no poseerlas, probablemente no se sentirá

calificado para tratar pacientes. Así se crea, inevitablemente, un

desequilibrio estructural. A veces esto es reconoCido explícitamente

por los terapeutas, quienes creen que ellos mismos sirven de

"modelo" para sus í)acientes. Así es como Freud, en "Sobre la

Historia del Movimiento Sicoanalítico", .escribió que el análisis es

una "situación donde hay un superior y un -subordinado". Cierta-

mente, los terapeutas esperan que los pacientes los respeten. Si no

se produce "transferencia", la terapia se considera, al menos por los

terapeutas orientados sicoanalíticamente, como imposible. En cual- ·

quier área de desacuerdo entre el paciente y el terapeuta, se presu-

·-

i..

{{

4

JUICIO

A

LA

SICOTERAPIA

me que es más probable que tenga la razón el terapeuta [más ob-

jetivo, imparcial, erudito, experimentado en la interpretación de la

conducta humana) que el pa.ciente. Cuando surge un desacuerdo

sobre un curso de acción, el terapeuta no admite que sus prejui-

cios o puntos de vista personales tengan algo

ciente.

·

que ver

con

el

pa-

El terapeuta alega que siempre está tratando de determinar qué

será más beneficioso para el paciente. Toda conducta del terapeuta

y toda prohibición al paciente, se hacen por el 11 propio bien" del

paciente. Pero esto es lo que dicen todos los que quieren cambiar

la conducta de otra persona

..

Lo dicen los padres, los profesores, la

policía y el gobierno. ¿Cómo ~~b~~ sCcs realmente cierto? El tera-

peuta más sofisticado muy bien puede decir: 11 No, quizás no pueda

saber qué es lo mejor para mi paciente. Pero puedo ayudarle a

decidir explorando con él todas las alternativas e implicaciones. Si

él elige hacer algo que no considero sensato, siempre es él quien

debe decidir". Suena bien, ¿pero podemos esperar realmente tal tipo

de imparcialidad y tolerancia en un terapeuta? ¿A cuántas personas

hemos conocido en la vida real de quienes podríamos decir esto?

Muchos pacientes tienen experiencia directa de situaciones que

surgen en terapia donde temen no poder contar con una verdadera

tolerancia y objetividad.

Un ejemplo está en una conversación que sostuve recientemente

con una mujer -activa en el movimiento Mujeres contra la Porno-

grafía. Cuando ella dijo a su analista que estaba comprometida en

una acción política contra Playboy, él le respondió malhumorado

que a él le gustaba Playboy. Ella estaba alerta y se dio cuenta que

su análisis estaba condenado, así que lo abandonó. Pero supongamos

que el analista se hubiera guardado su opinión, ¿cómo habría podido

ella percatarse que estaba trabada en una pugna que era imposible

que la beneficiara, con una persona que no estaba en condiciones de

comprenderla o de apreciar la seriedad de su hu;:ha contra la porno-

grafía?

Una mujer con quien intimé durante muchos años, estaba en

sicoanálisis clásico. Ella creció en el ghetto de Varsovia y eligió un

analista cuyo apellido sugería un origen judío [en realidad, él era

alemán), y por lo tanto, sabría de los problemas que ella había

enfrentado cuando niña en una Polonia desgarrada por la guerra.

.Bien adiestrado, él nunca respondió a su pregunta de si era o no

1 judío. Ella creía que sí y él nada hizo para sacarla de su error.

· Desgraciadamente, su suposición (él la llamaría después una fanta-

I NTRO DUC CI O N

5

sía) tuvo resultados devastadores para ella, y ninguno para él, quien

ignoraba totalmente la historia del ghetto de Varsovia y poco enten-

día lo que ella le contaba, insistiéndole que muchas de sus percep-

ciones y observaciones estaban distorsionadas por una agresión

interna. El 11 lado ario", una expresión

que aparecía repetidamente

en sus recuerdos, fue para él sólo una metáfora de la vida interna

de la mujer. El terapeuta puede haberse beneficiado con el velo

arrojado con esta metáfora sobre la espantosa realidad, pero no ella.

Todo lo que ella ganó fue la tarea de librarse de un torturador más.

Su insensibilidad, desconocimiento histórico e incomprensión gene-

ral eran armas con las que castigaba a esta mujer por no ver el

universo en igual forma que él: estrecha y benévolamente. La cre-

encia 11 paranoica" de ella de ser perseguida, zozobró en el pasmoso

despliegue de su ignorancia. Un apologista más sofisticado puede

muy bien alegar que este hombre no estaba en condiciones de

alterar el pasado de ella, y que la única forma en que podía serie

útil, era enfocando su vida interna. Para el terapeuta, las terribles

realidades del ghetto de Varsovia o de Auschwitz son, como cual-

quier otra realidad, nada más que la arcilla cruda de nuestras fan-

tasías de la que el sicoterapcuta es el escultor. Pero parece que

quienes más vocean esta pretensión son aquellos que en su vida

jamás han estado cerca de hechos traumáticos de esta magnitud.

Estos sencillamente están más allá de su propia experiencia.

Una excepción memorable fue un analista freudiano quien me

confesó que le era insoportable tratar' a sobrevivientes de campos de

concentración, por la sencilla razón de que también él había estado

allí y sentía el apremio por "llegar" a su compañero de sufrimiento.

Esto, a sus ojos, lo descalificaba para ayudar. Le era imposible ser

objetivo. Pero permanecía inconsciente de la tragedia que con fre-

cuencia aguardaba a la persona que derivaba a otro colega: él o ella

son enviados a un analista sin una real comprensión, y por consi-

guiente, sin el apremio de "llegar" a ellos. Los analistas germanos

no-judíos están recientemente aceptando tratar a judíos sobrevivien-

tes de los campos ele concentración, y la Asociación Sicoanalítica

Internacional patrocina encuentros sobre el tema de sobrevivientes

del holocausto y la terapia. Esto puede ser una forma sutil [o quizás

no tan sutil) ele rcvictimación.

Intentar imponer nuestros propios puntos de vista a los pacien-

tes, va contra los cánones de la mayoría de las formas ele terapia,

pero en realidad, es lo que hace la mayor parte de los terapeutas.

Frene!, a la celad de 82 años, escribió una fuerte declaración contra

6

los intentos de

listas:

1

JUICIO

convertir a los pacientes en

A

LA

SICOTERAPIA

de

sus ana-

el reflejo

Por mucho que el analista pueda tener la tentación de llegar a ser un maestro, modelo e ideal para otras personas y crear hombres ·a su imagen y semejanza, él no debe olvidar que no es tal su tarea en la relación analítica y que, de hecho, será desleal a su misión si se deja llevar por sus inclinaciones. Si lo hace, sólo estará repitiendo un error de los progenitores que aplastaron con su influencia la indepen- dencia de su hijo, y sólo estará reemplazando la dependencia anterior del paciente por una nueva 1

Pero dos frases más adelante, Freud arruina estos nobles sentimien-

tos al añadir el comentario: "Algunos neuróticos han permanecido

tan infantiles que incluso durante el análisis sólo pueden ser trata-

dos como niños", dejando así una salida para toda y cualquier forma

de abuso bajo el disfraz de esfuerzos "educativos" necesarios.

La mayoría de los terapeutas creen que la desdicha que hace que

el paciente recurra a la terapia no es causada socialmente, sino auto-

creada; que los pacientes son, al menos en parte, responsables del

descontento que sienten. Con frecuencia, el terapeuta afirmará que

no está en posición de alterar la sociedad, cambiar el pasado de un

paciente o intervenir en su vida. El terapeuta alega que ofrece

comprensión. Pero en esta oferta está implícita la creencia de que

la comprensión es de lo interno, una comprensión de lo que el

paciente ha agregado a la situación para crearse infelicidad o al

menos para intensificarla. Aquí tenemos un terreno fértil para crear

hondos y duraderos malentendidos, y desdichas aún mayores. Esta

es un área donde la sicoterapia deja de ser un pasatiempo inofensivo

y pasa a ser opresiva.

Para ofrecer sólo un ejemplo, no debe olvidarse que todas las

profesiones, hasta hace muy poco tiempo, negaban la existencia

misma del abuso sexual en niños. La pediatría, el sicoanálisis, la

siquiatría, la sicología, la asistencia social y las terapias de todas las

tendencias no estaban preparados, hasta hace pocos años, para

reconocer la realidad y magnitud del abuso sexual en niños. El que

ahora pretendan ser, como muchos lo han hecho, 11 expertos" en la

"An Outline of Psycho-Analysis" ( 1938), en vol. 23 de The Standard Edition of

the

Complete Psychological Works

of Sigmund Freud,

(London: The Hogarth Press,

1964), 175.

trad.

por James Strachey

INTRODUCCION

7

cura de una condición reconocida a regañadientes y en forma tardía,

no inspira confianza.

Se podría argüir que los terapeutas, aun cuando no sean propen-

sos a mostrar un sentido de justicia social, no lo hacen menos que

cualquier otro profesional. Estoy dispuesto a creer que existen tera-

peutas individuales que encuentran ultrajante la injusticia social.

¿Pero alguna vez un grupo específico de sicoterapeutas ha tomado

posiciones en contra de los abusos? ¿Lo hizo Freud? Sabemos que su

insistencia (en 1896) en que las mujeres le decían la verdad respecto

a haber sido ultrajadas sexualmente en su primera infancia no duró, ·

y que alrededor de 1903 se había retractado de su declaración. '

Igualmente significativo es que, cuando en 1933 publicó el final de

sus New Introductory Lectures on Psycho-Analysis, guardó silencio

sobre el surgimiento del fascismo. Sebastiano Timpanáro; eñ-.I::a.Psus.

Freudiano, lo dice muy bien:

En esta última conferencia, que examina 11 Cosmovisiones" oscuran- tistas o falsamente pro¡,rrcsistas, no hay ni una sola palabra en contra del fascismo que dominaba en Italia y Hungría, ni contra el clerica- lismo fascista de Seipel y Dollfus en Austria o el nazismo que estaba por triunfar en Alemania.

En la prohibición del electroshock por los votantes en Berkeley,

California, en 1982, ni un solo grupo que representara alguna forma

de sicoterapia tomó una posición pública a favor del veto, aunque ·

en privado muchos sicoterapeutas me han dicho cuán consterna~.

dos se sienten con la continuación del uso de tan desacreditada téc-

nica.

Carl Jung, como incluso algunos de sus más fieles aliados han

reconocido ahora, estaba preparado para cooperar con la siquiatrí:¡

nazi en Alemania, haciendo comentarios antisemitas sobre la "si-

coterapia judía" con la esperanza -argüía él, inverosímilmente- de

mantenerla viva. Cuando el gobierno argentino comenzó a encarce-

lar y torturar a algunos sicoanalistas activos en política, su propio

instituto sicoanalítico local no quiso defenderlos. Tal vez ello sólo

se debió al temor. ¿Pero entonces cómo se explica el hecho de que

su organización matriz, la Asociación Sicoanalítica Internacional,

aunque instada por un pequeño número de colegas políticamente

conscientes, no adoptara una actitud pública o enviara una carta de

protesta a la Sociedad Sicoanalítica Argentina o al gobierno argen-

tino?

8

JUICIO

A

LA

SICOTERAPIA

El nefasto rol de los siquiatras en el programa de eutanasia en

Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, ha sido investigado

en un reciente y demoledor libro de Lenny Lapon, quien fue enfer-

mo siquiátrico y ahora es activista político. El mensaje de Mass

Murderers in White Coats: Psychiatric Genocide in Nazi Germany and the United States fue tan impopular, que Lapon debió publi-

carlo por su cuenta. Susan Brownmillcr, en su libro Contra Nuestra

Voluntad (Planeta, 1981), ha demostrado que las actitudes siquiátri-

cas hacia la violación crearon un clima que hizo necesaria la apa-

rición del movimiento femenino en la década del 70, para conven-

cer al grueso del público que la violación era real y endémica en so-

ciedades de dominio masculino por doquiera. ¿Acaso Helene

. Deutsch, una influyente siquiatra y sicoanalista, no había escrito en

·· Psychology of Women (dos tomos) que "las fantasías de violación

con frecuencia tienen tal irresistible verosimilitud, . que aun los

jueces más experimentados pueden despistarse en procesos a

hombres inocentes acusados de ultraje por 'mujeres histéricas"'?

¿Existen valores inherentes a la sic()terapia que estimulan, aun-

que silenciosamente, la pasividad frente a la injusticia? ¿Son los

ejemplos recién entregados (y los examinados en los capítulos si-

guientes) fortuitos, errores casuales? Me temo que no. Acusar a la

víctima, el tema de una brillante denuncia social hecha en un libro

. de

igual nombre de William Ryan en 1971, es la marca registrada

de la sicotcrapia. Los valores esenciales de la sicotCl·apia desvían a

una persona de la profunda reflexión sobre los orígenes de la mise-

ria humana.

Las herramientas del ejercicio de la sicoterapia son el insight y

las interpretaciones. Pero el insight ele una persona es el desatino

de otra. El término "insight" se usó originalmente en la siquiatría

alemana, donde la expresión era Iúanl<:heitseinsicht, que se refiere

al reconocimiento del paciente de su propia enfermedad. Cuando un

paciente decía "Estoy enfermo", se consideraba que estaba mejor.

En otras palabras, una cura comenzaba tan pronto como la defini-

ción social de enfermedad era personalmente aceptada. Como podrá

ver el lector, lo que el médico alemán del siglo XIX definía como

"enfermo" quizás hoy se llamaría "independiente". "Insania moral"

era el término que más se aplicaba a una joven que no aceptaba su

rol subordinado en la sociedad. Igual criterio está vigente en las

instituciones siquiátricas de hoy, donde un paciente no puede ser

dado de alta hasta que no admita que la razón de su hospitalización

es correcta. Unos pocos espíritus atrevidos como Janet Gotkin, en

INTRODUCCION

9

Too Much Anger, Too Many Tears, ya han reconocido lo absurdo

de esta posición y cómo trastoca la realidad: los auténticamente

"sanos" son los que ven a través de la imagen aparente de la siquia-

tría institucional. Pero si bien algunos terapeutas podrían simpati-

zar con esta posición, cuando se los enfrenta con la descripción de

la institución siquiátrica son menos "insightful" en lo que concier-

ne a su propio trabajo. Los analistas freudianos encuentran tan

difícil como cualesquiera otros examinar críticamente sus propios

prejuicios sicoanalíticos. No obstante, cuando alguien que ha sido

estigmatizado como "enfermo mental" mantiene con firmeza su

propia visión frente a la desaprobación social, los terapeutas consi-

deran tal coraje como una prueba más de desorden mental. La

sicoterapia aún es una herencia viviente de su antecesora: la insti- ·

tución de confinamiento.

La sicoterapia no es menos inmune a las presiones políticas,

gremiales e ideológicas que cualquier otra profesión. El propósito de

este examen de Jos fundamentos de la sicoterapia es demostrar que

las pretensiones de la sicoterapia no son accidentales. Por su propia

naturaleza, la sicoterapia debe pretender entregar una atmósfera ob-

jetiva, bondadosa y humana a aquellos que desean expresar sus más

hondos sentimientos de dolor y aflicción. Lo trágico es que esta

legítima necesidad sea explotada, aun con las mejores intenciones,

por "expertos" que proclaman ofrecer lo que nunca ha sido suyo

para dar.

CAPITULO 1

La Prehistoria de la Sicoterapia:

Hersilie Rouy en los Asilos

de Francia y

la Historia de Julie La Roche

en

el

Lago

Constanza

Las publicaciones médicas y siquiátricas de fines del siglo XIX y

comienzos del XX, reflejan una sociedad sin una gran agitación

intelectual. La serena visión del mundo de las enfermedades men-

tales era particularmente cómoda para el status quo. Este enfoque

sostenía ciertos postulados: la herencia es ele primordial importan-

cia; una vida sexual vigorosa es patogénica; la masturbación, en

particular, conduce a una peligrosa enfermedad; debe protegerse a

los niños de toda forma de sexualidad, especialmente ele la propia.

Si han estado expuestos, los niños deben ser aislados de inmediato

para evitar que contagien a otros niños. Cuando los niños han

estado expuestos a cualquier tipo de estimulación, con frecuencia se

desarrollan mentalmente inestables. Esta inestabilidad se manifesta-

rá en determinados síntomas, siendo uno de los más importantes,.

para el siglo XIX, la "insania moral", es decir, hacer cosas que el

resto de la sociedad, espc'cialmente un padre o una sociedad siquiá-

trica masculina, considera malas. Dada la amplitud del concepto,

casi todo lo que una persona hacía, cualquier elección de carrera,

pareja, etc., podía ser considerada una forma de insania moral, tal

como en la actualidad cualquier cosa que haga un paciente en

sicoterapia, contraviniendo los valores del terapeuta, con frecuencia

es etiquetada como "acting out".

En 1887, Carl Emminghaus, Profesor de Siquiatría y Director de

la Clínica Siquiátrica de Friburgo, escribió un libro -muchas ve-

ces citado- bajo el título de Emotíonal Disturbances of Child-

12

JUICIO

A

LA

SICOTERAPIA

hood 1 En esa obra hablaba de una "inclinación instintiva a lo

obsceno" del niño, o aún más en general, "específicamente al mal".

Sin embargo, muchos de los ejemplos· que él daba mostraban el

terror de un niño pequeño atrapado en un mundo de brutalidad y

horror del cual no tiene posibilidades de escapar y el que nadie

siquiera admitiría. Emminghaus contaba de una niña de 8 años·

quien a menudo escapaba de casa y que manifestaba gran angustia

cuando sus padres intentaban acercársele. Su frente se ponía roja y

caliente, su cara empezaba a sudar profusamente y corría fuera de

la casa gritando: "Mi padre ha matado a un niño". Finalmente

intentó ahorcarse, explicando sincera y tristemente: "Lo hice para

poder estar en paz". Emminghaus la describió como paranoide y la

hizo internar en un asilo.

Un muchacho fue encerrado porque sufría "alucinaciones sexua-

les". Esto se dedujo del hecho que en una oportunidad dijo al

médico: "Usted es un cerdo y un loco.

Es la misma persona que

hizo esas cosas inmorales en mi cuarto, y ahora me está haciendo

exactamente lo que la gente en casa también me hizo". Emmíng-

haus y sus colegas consideraron tal acusación una prueba clínica de

garrulería insana y de paranoia. Emmínghaus no preguntó: ¿a este

niño le sucedió algo en su hogar? Y sí hubiera hecho la pregunta,

no cabe duda que la respuesta habría sido negativa, porque para

Emmínghaus tales cosas no ocurrían. Un niño de 12 años "sin ab-

solutamente ninguna razón", escribía Emminghaus, estaba obsesio-

nado por la "loca fantasía de que su propio padre quería asesinar-

lo". Tan pronto como veía al padre, se angustiaba terriblemente y

trataba de huir de casa. Incluso saltó por una ventana. Esto era

evidencia de su inestabilidad mental.

Para Richard von Krafft-Ebing, el más famoso siquiatra de su

época, la educación, en el caso de niños "predispuestos a enferme-

dades mentales", debe empezar a muy temprana celad. A tales niños

no debería permitírscles leer cuentos de hadas, sólo la literatura

más liviana. Tales niños (a quienes Krafft-Ebing llamaba "nervio-

sos") muestran un "desarrollo intelectual anormal", es decir, a me-

nudo despliegan un deseo de aprender y leer muy prematuramente

en la vida. Esto se debe desalentar. No debería dársclcs lecciones de

idiomas o música. Debería enscñársclcs, por sobre todo, a ser obe-

dientes y se les debe ''apartar de cualquier forma de sensibilidad".

1 Die psychischen Stórungen des Kindesalters (Tübingen: H. Laupp, 1887), 206-13.

LA

PREHISTORIA

DE

LA

PSICOTERAPIA

i3

A tales nmos se les debería adiestrar para ser inquilinos rurales,

alejados de las cosas que sólo excitarían sus emociones e intelecto

y que los llevarían directo a una institución mentaP.

Hermann Oppenheim (1858-1919), Profesor de· Siquiatría en

Berlíny direCtor de un sanatorio privado, en una popular serie de

conferencias sobre "perturbaciones mentales" en niños, aconsejaba

que no se permitiera a los niños leer la prensa ni que se les llevara

a galerías de arte, muscos o teatros; no debía permitírsclcs demos-

trar emociones fuertes de ninguna especie, fuesen positivas o nega-

tivas; debían aprender, sobre todo, "renunciación", "orden", "lim-

pieza", "sencillez" e "inmunidad al deseo". Las palabras finales del

libro son éstas:

Aunque no estamos en condiciones de reemplazar una constitución neuropática heredada y congénita con alguna otra, no obstante tene- mos el poder -a través del tipo de educación y el modo en que se guíe a un niño, especialmente distanciándolo de ciertas cosas dañi- nas que he indicado en las conferencias anteriores- de ver que el capullo no se desarrolle lujuriosamente, no florezca en plenitud, y de tal modo, prevenir la creación de una enfermedad 3

.

Las palabras de Oppenheím parecen muy benévolas en la superficie:

¿qué persona razonable podría contradecir el esfuerzo de un "profe-

sional" para librar a un níüo de una vida de tortura mental? Y, dado

el papel autoritario de los padres en el siglo XIX, ¿quién cuestiona-

ría el derecho de un padre -o de un médico que él contratara-

para prescribir tratamiento a un niño "perturbado"? Pero bajo la

superficie de los comentarios de Oppenheim, yacen interrogantes

aún más perturbadoras. Toda la profesión médica fomentaba entre

sus pacientes la creencia en el conocimiento especíallzado, en la

experiencia, y una plena confianza en la autoridad. Sí el médico no

aconsejaba y prevenía, él no sabía, y sí no sabía, perdía pronto su

autoridad, y sin autoridad, no podía ejercer. La siquiatría era la he-

rramíent'a de la medicina, y 6sta era la herramienta de la sociedad.

La sociedad exigía que estos mismos niños que mostraban cual-

quier signo de sensibilidad debían, cuando adultos -y a veces in-

  • 2 Estos sentimientos se describen en el libro de Krafft-Ebing Ne.rvositiit und Neu-

rasthenische Zustiinde. (Vicnna: Alfred Hiildcr,

del capítulo sobre tratamientos, 299ff.

1895). Las ideas citadas provienen

  • 3 Nervenlwinl<heit und Lel<türe (Berlin: S. Kargcr, 1907).

14

JUICIO

A

LA

SICOTERAPIA

cluso cuando niños-, ser enviados a los siquiatras para tratamien-

to. A fin de entender cómo el tratamiento siquiátrico llegó a con-

vertirse en sicoterapia, tenemos que conocer algo de la historia. Me

propongo entregar parte de esa historia en forma de dos narraciones

del siglo XIX que ilustrarán, mejor que cualquier recuento de la

historia, lo que significaba ser juzgado "insano".

Memorias de una Loca Hersilie Rouy en los Asilo::; de Francia

Uno de los documentos más extraordinarios en la historia de la

siquiatría permanece casi totalmente desconocido. Es un libro,

publicado en París en 1883, que no se encuentra en ninguna biblio-

teca de Estados Unidos; sólo se pudo ubicar con gran dificultad un

ejemplar en Francia. Sin embargo, el libro se sitúa, según mi opi-

nión, como el documento individual más importante de la historia

social de la locura en el siglo XIX.

El libro fue escrito por Hersilie Rouy y se titula Mémoires d'une

aliénée [Memorias de una Loca) 4 El extenso libro, 540 páginas,

narra la historia de la encarcelación de Hersilie Rouy, cuando tenía

40 años, en la Salpctricre [el famoso hospital siquiátrico donde

trabajaba Jean Martín Charcot) en París y en muchos otros asilos

franceses durante un período que se prolongó por quince años. El

libro, escrito en francés, nunca ha sido traducido a otros idiomas ni

citado en la historia de la siquiatría.

Lo que le sucedió a Hersilie Rouy iba a acontecerle a nu~erosas

mujeres en Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, y en

4 Publicado por E. le Norman des Varanncs (l'aris: Paul Ollcndorff, 1883). Prefacio de Jules-Stanislas Doincl. Recientemente, en Francia ha aparecido un libro, que he visto demasiado tarde como para analizarlo aquí, que habla sobre las experiencias de Hersilie Rouy: Yannick Ripa: La nonde des folles: Femme, folie et enfermement au XIX• siecle (Paris: Aubicr-Montaignc, l9il6). En 1882 apareció una novela, escrita por Le Norman des Varanncs, director del asilo en Orléans (el mismo hombre que publicó su autobiografía), bajo el seudónimo de Edouard Burton: Mémoire d'une feuille de papier, écrits par elle-meme (l'aris: Ollcndorff), pero no he podido conse- guir un ejemplar. Quizás mi anterior comentario sobre la singularidad del libro de Rouy deba ser moderado. Paul Gotkin me envió hace poco otro libro, muy poco conocido, de una autora del siglo XIX sobre el mismo tema que el ele Rouy: A Secret Institution, de Clarissa Caldwell Lathrop (New York: Bryant Publishing Co., 1890). Ella también escribe bien y con gran indignación sobre las humillaciones infligidas a los "enfermos mentales".

LA

PREHISTORIA

DE

LA

PSICOTERAPIA

15

todas partes, hasta nuestros días. Lo que hace casi completamente

única a su obra es la claridad de su visión, su capacidad para

comprender lo que los siquiatras franceses le estaban haciendo. Ella

jamás dudó de su salud mental, y el lector no puede menos que

sentirse impactado con la fuerza y pasión de su relato. El libro

puede servir de paradigma de todas las víctimas de la siquiatría

siempre y en cualquier lugar. Merece ser conocido.

N.o pude saber sobre la autora más allá de lo que ella misma nos

revela en su obra. Toda la información proviene de ésta. Hersilie

Rouy nació en Milán, Italia, en 1814. Hija ilegítima del astrónomo

Henri Rouy. Era una pianista de moderado éxito y conocida por la

sociedad musical de París a través de sus conciertos. Vivió con su

padre hasta la muerte de éste en 1848, cuando ella andaba en la

treintena. Nada sabemos sobre su madre.

Sus tribulaciones empezaron, bajo misteriosas circunstancias.,

pocos años después. Aparentemente, estuvo implicado su medio

hermano. En 8 de septiembre de 1854 fue sacada, sin aviso, de su

departamento en París. Sus pertenencias, incluso sus joyas, fueron

confiscadas (y nunca las recuperó), y fue llevada a un asilo, Charen-

ton. Después se le condujo al Asilo de Maréville y luego a la Sal-

pctricre, donde le dijeron: "Loca o no, usted será considerada insana.

Una vez encerrada, todo está en su contra" [66). También le dijeron,

en pocas palabras, lo que a muchos "pacientes mentales" les toma

años descubrir. Un conocido siquiatra francés, de apellido Lasegue,

la vio. Rouy describe lo que sucedió:

El sólo

me

vio por uno

o

dos minutos

y

me sentencia en

base

a

la opinión del Dr. Calmcil, quien

me sentenció fundado en la opi-

nión

de

otro médico que nunca me había visto,

quien me encerró

favor a alguien más, tado! [92-93].

como un

¡basándose en lo que le habían con-

Un problema que la importunaría por el resto de su vida, empezó

tempranamente en este famoso asilo: su apellido. La primera perso-

na que la examinó en la Salpctricre, se apellidaba Chevalier. El

decidió llamarla así. Cuando ella insistió que en realidad su apellido

era Rouy, el médico le dijo que eso era producto de su imaginación

enferma. Ella no tenía familia, le explicó el médico, "excepto en su

enferma imaginación. Usted no puede saber quién es, dado que na-

die sabe quién es usted" ( 101 ).

Sin duda, el intento de despojarla de su identidad empezó como

16

JUICIO

A

LA

SICOTERAPIA

un prejuicio contra los hijos nacidos fuera del matrimonio: ellos no

tenían un apellido legítimo, legal. El asunto pronto tomó matices

más siniestros. Una vez que ella defendió su derecho a existir como

una persona individual, con su propio apellido, estaba cuestionando

valores que nadie, ni en éste ni en ningún otro asiiv, estaría dispues-

to a apoyar. Las autoridades le dijeron que no tenía otra identidad,

excepto la que ellos habían elegido para darle.

Este debe haber sido el destino de muchos pacientes, pero en el

caso de Rouy sucedió algo embarazoso. Algunos obreros vinieron a

lavar las ventanas y quedaron evidentemente impresionados con su

porte majestuoso y su elegante lenguaje. La tomaron por la hija del

Duque de 'Burdeos:

Esto se agravó mucho más, ya que existían negociaciones para fusio- nar las dos ramas de los l3orbones, y era sabido que la Salpetricrc se usaba a menudo como una especie de calabozo para tragarse a las- víctimas (de las intrigasL bajo el pretexto de que eran insanas (106].

Rápidamente se propagó el rumor de que Rouy podría ser la hija

ilegítima del rey Enrique V. Rouy, despojada de su verdadera iden-

tidad, decidió devolver el golpe valiéndose de este rumor para

incomodar a sus torturadores del asilo. A estas alturas había deci-

dido que no podía esperar ayuda de la siquiatría francesa, del siste-

ma judicial francés o siquiera del gobierno, no obstante siguió sola,

luchando una batalla notable contra una vasta e inalterable estruc-

tura, sólo con su ingenio para sobrevivir. Su médico le dijo: "Su

delirio es total, y lo más peligroso e incurable es que usted habla

como una persona en plena posesióq de su raciocinio" ( 133 ).

Una vez que se descubrió su talento como pianista, el médico del

asilo le ordenó tocar. Ella se negó. El amenazó con castigarla. Ella

continuó rehusándose. El médico entonces refinó el "diagnóstico"

de su enfermedad diciéndole: "Usted es orgullosa". Ella respondió:

"Doctor, el orgullo es la riqueza del pobre, y una persc5na pobre

tiene el derecho ele negarse a ser juguete de los ricos" (160). Muchos

de los asilados se congregaban a su alrededor, y ella vio que podía

series de mayor ayuda que los médicos: "Yo llevé, desde mi cora-

zón, más esperanza y consuelo a mis pobres compañeros que lo que

hicieron todos. los especialistas juntos" (173).

Dada la agitación que había estado causando en la Salpctricre,

fue enviada a otro asilo, en el campo, en Auxerre. Ella cuenta que

al llegar, éste lucía muy hermoso por fuera, cuidadosamente arregla-

do, con jardines y flores. Pero la apariencia era engañosa, pues den-

LA

PREHISTORIA

DE

LA

PSICOTERAPIA

17

tro del edificio había celdas "donde se puede encerrar en oscuros

calabozos a quienes se quejan ...

diciendo 'yo doblego y yo curo"'

(202). El Dr. Poret prometíó liberarla en tres meses si ella se man-

tenía callada, pero ella se negó.

El

le dijo:

"Loca

o

no,

mientras

usted esté aquí será considerada loca, y con tal número de certifi-

cados que le conciernen, uno más o uno menos no hará mayor

diferencia" (180).

Ella le concedió la razón con amargura. Los médicos, tanto en la

Salpetriere como en Auxerre, estaban claramente intrigados con

Rouy, quien no evidenciaba signos de lo. que ellos consideraban

locura. Sin embargo, allí estaba, y por consiguiente, debía ser loca.

Fue retenida en Auxerre durante cinco años. Un día, años des-

pués de su liberación, encontró la nota que la había mantenido

encerrada en celdas bajo llave aquellos cinco afíos:

La mujer llamada Chevalier, 50 ai'los de edad, quien ha sido tratada

en varios asilos,

llegó a París hace

pocos días

con una carta deli-

... rante que contiene amenazas a la estación de policía del Sena. Está

en un estado de manía razonable. Firmado: Lascgue [204].

Después de los cinco años, fue devuelta a la Salpctricre el 3 de jülio

de 1863, y como ella anotara concisamente, "la palabra 'recaída' fue

suficiente para retenerme allí" (204).

Los mismos atributos que hacen de Rouy un testigo tan valioso,

la claridad de su estilo, la elocuencia de su redacción, la agudeza de

su intelecto, fueron considerados como "patognomónicas", como

señales de su enfermedad. De vuelta en la Salpctricre tuvo una fatal

y breve conversación con el Dr. Payent, que habría de tener impor-

tantes repercusiones. El escribió que ella tenía una alta opinión de·

su valía personal y se expresaba con la mayor facilidad (212). Estaba

sufriendo lo que los franceses llamaban folie lucide (locura lúcida)

y que los ingleses y alemanes más tarde llamaron "insania moral".

Ella tenía, continuaba él, "algunas ridículas pretensiones de que se

le indemnizara por su encierro" (212-213). El le dijo que era desa-

fortunado que el mundo ordinario no reconociera su enfermedad.

Sólo los expertos podían reconocer cuán enferma estaba. Ella replicó

ácidamente a su comentario: "Mi insania no sería justipreciada en

el mundo real" (213). Payent estaba perturbado por su racionalidad,

su capacidad para percibir las intenciones de los médicos. El llegó

a un nuevo "diagnóstico": "La mujer sufre de orgeuil incurable",

¡orgullo incurable! (212). Fue un diagnóstico que la acompañaría por

el resto de su vida.

18

JUICIO

A

LA

SICOTERAPIA

LA

PREHIST.ORIA

DE

LA

PSICOTERAPIA

 

19

Pero mientras los médicos del asilo consideraban su capacidad

Inspector:

¡No,

por cierto

que

no!

El

me

extendió

la mano

para escribir, e insistencia en su derecho a hacerlo, como sintomá-

(254].

ticas, ella sabía que éste era su único lazo con la realidad: "Si no .

hubiera podido escribir, habría muerto o enloquecido" (214).

El problema se centraba cada vez más en su nombre. Ella firmaba

sus cartas El Anticristo, El Diablo, Sílfide o Polichinela. Explicaba

que le agradaba Polichinela (nombre de una deforme marioneta del

teatro francés) porque así la llamaban los pacientes al ser amenaza-

dos por el personal cuando criticaban a los médicos y buscaban la

ayuda de ella: "Se me acusa de una loca vanidad, de delirios de

grandeza. Este nombre que pertenece a una marioneta, me enseñó

que era amada por los pobres, los miserables, los abandonados, no

por mi nombre, sino por mí misma" ( 148).

En un momento dado, su médico le preguntó si aún firmaba sus

cartas de aquella manera. Su respuesta fue perceptiva: "¡Por supues-

to! No hay ninguna ley que prohíba el uso de seudónimos, especial-

mente si uno es oficialmente anónimo" (216). Cuando terminó la

entrevista, Rouy comentó, en forma devastadora, la partida del mé-

dico: "El se fue, cojeando con sus pies diminutos que estaban em-

butidos en ajadas zapatillas -le dolían los callos-, metiendo su

gran cabeza en su pequeña y raída levita" (217).

Cuando estaba siendo considerada para ser puesta en libertad, un

médico que no la había visto por varios años escribió a un miembro

de la familia: "No vacilo en afirmar que su liberación sería una

. terrible tragedia, primero que nada para ella misma, y además, para

toda su familia sería una fuente inagotable de las más enfadosas

preocupaciones" (250). Pero Rouy se las arregló para desacreditar

totalmente estos comentarios:

Esta carta muestra cómo un médico es capaz de proclamar que alguien es todavía insano (y por consiguiente, hacer que continúe

detenido contra su voluntad en un asilo) aun cuando no lo haya visto

en diez años,

el que podría, por lo tanto, haber sanado durante ese

tiempo, si es que de hecho estaba loco al comienzo (251].

Finalmente, Rouy conoció al Inspector General de Asilos, quien

revisó su historia y los muchos asilos en que había sido internada:

Inspector:

Rouy:

Usted no parece estar a gusto en ninguna parte. ¿Usted lo estaría si estuviera en mi lugar? El dejó de reír cuando oyó esto.

El día de Navidad de 1865, en Orléans, dos altos funcionarios fueron

a verla:

Vinieron a probar mi pensamiento, mis creencias, para ver si había base para encerrarme a perpetuidad. ¿Estaba yo, entonces, frente a

los grandes inquisidores?

¿Cómo puede destruirse el futuro de una

... mujer y dejar que su libertad sea violada por el simple hecho de

mantener la frente alta y tener la audacia de querer vivir de su propio talento y su propia prosa? He sido sepultada viva (257].

En el intertanto, su medio hermano se había convertido en director

del diario La presse en París. El no quería que se le liberara, ya que

había informado a sus familiares que Hersilie había muerto. Ella

sabía que nadie podría comprenderla, porque "uno tiene que haber

pasado este sufrimiento para entender plenamente la amargura"

(264). Los médicos la consideraban paranoica, escribía ella, debido a

sus reclamos por la inadecuada iluminación de su celda que le

impedía escribir. ¿Y qué, preguntaban ellos, tenía ella que escribir

en prlmer lugar? Rouy estaba desesperada. Escribió:

Durante catorce años he vivido en un encierro que me ha separado del mundo real, me ha despojado de mis derechos civiles, me ha privado de mi nombre, me ha quitado todo lo que poseía y destrui- do mi existencia completa sin siquiera poder decir por qué [275].

A pesar de esto, fue capaz de decir: "Podéis matarme, pero no podéis

dominarme ni silenciarme" (290).

Poco después de escribir esto, tras catorce años de encarcela-

miento, su suerte comenzó a cambiar. Desde Milán, su lugar de

nacimiento, llegaron sus papeles y las autoridades pudieron compro-

bar que en realidad ella era la persona que alegaba ser. Se descubrió

un primo: Laurence Rouy, Comandante de una División del Haras,

la caballería de la Casa del Emperador, Napoleón III. Y empezaron

a suceder cosas asombrosas debido al alto cargo de su primo Rouy:

Desde

el

día

en

que

el

Dr.

Payent supo que yo

era prima

de

un

Comandante de una División del Haras, decidió que yo ya e~taba

mucho mejor. Mejoré aún más

después

de

la visita

del Jefe

de

la

20

JUICIO

A

LA

SICOTERAPIA

LA

PREHISTORIA

DE

LA

PSICOTERAPIA

21

 

Policía. El médico determinó que yo estaba totalmente sana el día en que el Administrador decidió referir mi caso a los tribunales [304].

 

mos asilos. Negáis que mi correspondencia fue interceptada y que mis ventanas fueron tapiadas, ya que no podéis creer que tales actos

Le fue concedida otra audiencia con el Inspector General de Asilos,

sean posibles o siquiera probables. Permitidme deciros, doctor, que sois como cualquier otro siquiatra. En el momento en que algo os

a quien ella había visto antes. Después de escuchar su historia, le aconsejó:

sorprende como fuera de lo ordinario, gritáis: 11 ¡Locura! 11 y rotuláis al paciente sin más trámite. La ciencia de la siquiatría debe ser clari-

 

Inspector:

Creedme, haríais mejor guardando silencio.

vidente, ya que quienes la practican pueden· hacer esto sin ningún examen [3 72].

Rouy:.

Gracias por vuestro consejo, seli.or, pero no puedo

 
 

sacrificarme continuamente por la reputación y

 

Las autoridades querían saber quién era ella exactamente y cuáles

tranquilidad de quienes debieron velar por mí y

eran sus antecedentes familiares. Rouy no estaba tan interesada

hacerme justicia [318].

 

como ellos: "Para mí no era cuestión de saber sí yo era legítima,

Las autoridades estaban alarmadas. Podían quedar en muy mal pie. Rouy les pedía responsabilizarse por lo que le había ocurrido:

fruto del adulterio o una bastarda, sino más bien por qué estaba encerrada como loca sin serlo y bajo un apellido que no era el mío" (403). Ella sabía que el aprieto que había creado iba más allá de su propio caso y que claramente acusaba a toda la profesión: "En todo,

 

Rouy:

Podríais

decir

simplemente

que

cometísteis un

en todas partes y siempre, el ministerio, las prefecturas y la policía

 

error.

no tenían más preocupación que exculparse todos y cada uno y no

 

Inspector:

   
   

Rouy:

Eso es imposible. Os encerramos porque estábais loca. Os liberamos porque habéis sanado. ¿De qué he sanado?

 

buscaban la verdad en forma alguna" (411 ). El Fiscal General hizo un1 investigación para el Ministerio de Justicia. El 18 de octubre de 1868, escribió al Guardasellos Real:

Inspector:

Eso lo deben

decir los médicos [320].

 

La Srta Chevalier (sic] habla y escribe mucho. He leído con gran cui-

Las innumerables cartas y quejas de Rouy a los funcionarios de gobierno empezaban a tener efecto. Ahora las autoridades tenían que explicar por qué Rouy había sido encerrada en un manicomio

dado varias de sus cartas

Esta correspondencia me pareció indicar

sin estar loca. Entre los primeros médicos que la habían visto estaba

Como

prueba, anotaba que ella escribió, .el

16

de

julio de

1867, al

un tal Pelletan. Las autoridades ahora creían que él quiso librarse de ella por razones personales y es así que la había internado. Pero había problemas con esta teoría, como se hizo evidente durante el interrogatorio a que la sometió el Ministerio de Salud:

Administrador:

Pienso que es mi deber repetir que hoy hay dos Hersilies. La prueba de ello es que durante los últimos quince ali.os yo hablo, escribo y repito que la otra Hersilie desapareció en una sola tarde y no se han

Ministerio:

¿Negaréis acaso que él fue vuestro amante?

 

encontrado rastros de ella [419].

Rouy:

Ciertamente lo haré, me internara [324].

pues

nunca le

vi

antes

que

Aquí Rouy se estaba burlando de los siquiatras por insistir en que

En La France médicale (vol.

16,

12

de

agosto de

1871), se publicó

ella no era lo que decía ser. Ellos utilizaron su humor irónico como evidencia de que su pensamiento estaba desordenado. Ella les res-

una

carta de

Rouy a

uno

de sus siquiatras. Dice así:

 

pondió:

Vos tenéis, según decís, quince aflos de experiencia como médico en asilos mentales. Yo he tenido cato,rce como paciente en estos mis-

Una extranjera tocaba música bajo el nombre de Hersilie Rouy

... pronto como me encerraron, se propagó el rumor de que Hersilie

tan

22

JUICIO

A

LA

SICOTERAPIA

Rouy había muerto. ¿Pero cuál murió? Su muerte fue anunciada a mis parientes, amigos y conocidos (421].

Rouy apeló nuevamente al Ministerio de Justicia. La posición de

éste fue reveladora:

Esto no nos concierne en absoluto. Todo lo que hemos hecho es asilar a una persona desconocida cuya identidad es tan dudosa como su nombre. Pero nuestro médico, que sabe de esto más que nosotros, tiene la convicción de que ella está loca y nos inclinamos ante su ciencia infalible (421].

Rouy no se engañó con esta respuesta. Comenzaba a reconocer lo

difícil que era su posición, pues "al exonerar al Dr. Pelletan, se

hacía necesario exonerar también a todos los que más adelante me

mantuvieron encarcelada" (421 ). Una vez cometida la equivocación

(si eso fue lo que ocurrió), sería necesario tapar las huellas de todos

los que alguna vez participaron, y por supuesto la solidaridad de la

profesión médica, del sistema judicial, del Ministerio de Justicia

prevalecería sobre la verdad y la necesidad de una mujer de des~u­

brir. esa verdad.

Pronto, sin embargo, gracias a los incansables esfuerzos de Rouy,

también se involucró el Ministro del Interior, quien pidió una inves-

tigación. El Dr. Calmeil, en Charenton, el primer asilo donde fue re-

cluida, escribió al Ministro del Interior defendiendo sus actuaciones

basado en que cuando él la vio, ella bien podría haber parecido sana,

pero sólo porque estaba en un état latent d'aliénation (es decir,

remisión). El22 de mayo de 1869, a solicitud del Ministro, él explicó

el origen de su insania: "Ella fatigaba su sistema nervioso con un

_c;::xc:c;.~() _de trasnochadas y por su aplicación al estudio y su

devoción

a la música

...

su vida estaba llena de emociones" (428). No obstante,

continuaba, uno debe ser cauteloso, ya que "ella ha conservado su

capacidad para razonar en forma lógica e incluso plausible

...

El dí~

después de su llegada estaba sobreexcitada y hablaba volublemente".

Rouy se defendió: "¡Los siquiatras son maravillosos! Me encan-

taría saber si ellos estarían alegres y satisfechos si de pronto se en-

contraran encerrados en un asilo de orates

"

...

(431).

Calmeil continuaba: "Al final, evitamos la incomodichld de dejar

que el público conociera la tragedia sucedida a ella" (432). Pero

Rouy no lo dejó soltar el anzuelo y preguntó, justamente, quién se

habría incomodado:

LA

PREHISTORIA

DE

LA

PSICOTERAPIA

23

Los siquiatras fueron muy capaces de evitar esta molestia haciéndo- me desaparecer de mi casa con tanta facilidad· como un prestidigita- dor a su arveja. Ellos cambiaron mi apellido para que nadie supiera donde estaba. Dijeron que estaba muerta para que nadie intentara averiguar lo que me había sucedido (432].

El

29

de

junio de

1865, Payent, el médico de Orléans, se defendía

en una carta al Administrador:

Cuando reviso su historial, veo que todos los médicos, Trélat, Métivicr, Falret, Lasegue, Calmcil, Husson, la consideraban loca; que los directores y médicos de los asilos de Fains, Maréville, Auxerre,

los Drs. Auzouy, Tcillcux, Fovillc, cte., cte., cte., eran todos de la

misma opinión

Ella estimula la subversión dondequiera que vaya.

Consideramos, junto con

... Diagnóstico: orgullo, vanidad, envidia

... todos nuestros colegas, que ella sufre de una clase de locura de orgullo incurable [folie d'orgueil incurable]. Ella debe, por consi-

guiente, continuar en un asilo de insanos (443].

Cuando el Ministerio indicó que Rouy estaba solicitando una au-

diencia pública, el siquiatra, dado que ella ahora más estaba tran-

quila y reservada, escribió:

¿No comprometería este resultado el exponerla a las emociones de la audiencia personal que ella pide? Después de todo, no estamos tratando con alguien que sea culpable y a quien sería beneficioso

escuchar en su propia defensa, sino más bien con una persona que

ha estado largo tiempo enferma protección y ayuda (446].

...

que no necesita justificación, sino

¡Cuán clara es la voz del siquiatra del siglo XIX! Pero Rouy se negó

a quedarse callada:

¿Es que la gente del Ministerio cree por casualidad que los insanos

no tienen emociones?

Si yo hubiese sido vista e interrogada en

... forma seria y honrada, ya no se habría creído en esta "insania" tan

trabajosamente construida, y éste es el resultado que con tanto esfuerzo evitaron so pretexto de apiadarse de mi situación (446].

El Inspector General .escribió al Ministro del Interior d' Aboville. El

aceptaba que un médico pudo haber cometido el error inicial de

admitirla. Pero

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JUICIO

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LA

SICOTERAPIA

No puedo admitir que diez, quince individuos con títulos oficiales, estimados, honrados, de los cuales varios son justamente citados en

el mundo académico como verdaderos maestros, pudieran, cada uno de ellos, haberse hecho cómplices de una mala acción, de un cri-

men

y os ruego observar que acusáis no sólo a estos hombres, sino

... también a todos los funcionarios, jueces y otros que, durante la larga

reclusión de vuestra protegida, han estado obligados a oír, escuchar y juzgar' sus numerosas e incesantes protestas [457].

Ella sabía, y se lo habían dicho las autoridades, que "no podemos

condenarnos por admitir un error". Pero ella no desistió:

Estoy tan cuerda hoy como lo estaba hace veinte años. Persistiré hasta ser vindicada. No deseo desaparecer otra vez bajo un nombre ficticio mediante un certificado preparado anticipadamente por orden de la policía so pretexto de que mi estilo, mis ideas, hacen necesario encerrarme y arrebatarme mis libertades civiles [460].

Ella fue implacable:

No tengo intenciones ni de ocultar lo que he sufrido, que fue una lección tan valiosa, ni de excusar a los que primero me arrojaron en ese infierno y rto se recataron de ninguna calumnia para dejarme allí, y una vez que saliera, viera que yo había desaparecido [466].

En 1878, el Ministerio de Justicia ofreció a Hersilie Rouy una in-

demnización de doce mil francos franceses y una pensión anual de

tres mil seiscientos (467).

Ella falleció

de congestión pulmonar en

tiembre de 1881.

Orléans el 27 de sep-

El libro de Hersilie Rouy es un notable documento por derecho

propio y también por lo que puede decir a los lectores de hoy. Casi

no tenemos información, v~a pacientes del siglo XIX, sobre cómo

era estar en una institución. En su lugar, lo que tenemos son los

informes hechos por los médicos. Si se compara el relato de Rouy

con casi cualquier "historia clínica" hecha por un siquiatra del siglo

XIX, se ve que no sólo es más completo, detallado y elaborado, sino

también claramente más auténtico. Ella escribió a partir de su ex-

periencia directa, no desde un punto de vista teórico. Otra razón de

la importancia de su relato es la creciente atención que hoy se está

dando al hecho de que especialmente las mujeres son con frecuencia

LA

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DE

LA

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victimizadas al clasificárselas u otorgárseles un diagnóstico siquiá-

trico específico. El libro de Rouy, desconocido para las personas que

están escribiendo sobre este asunto, provee quizás el primer informe

sobre tal victimización. Muchas feministas, y algunas siquiatras que

se identifican como tales, están haciendo un examen crítico del

Diagnostic and Statistical Maiwal (el DSM III), el manual oficial de

la Asociación Siquiátrica Estadounidense para clasificar a los "enfer-

mos mentales" 5 . El relato de Rouy es un valioso ejemplo de los

daños asociados con el diagnóstico. Finalmente, un influyente artí-

culo de David Rosenhan, "Sobre el Ser Sano en Lugares para Insa-

nos~', demostró empíricamente cuán sencillo es que una persona

perfectamente normal sea confin~da en una institución ~iquiátri~a,

y cuán difícil es ser liberado, aurí cuando el experimento sea de~­

crito al siquiatra 6 El relato de Rouy es el primero que demuestra la

verdad tras el experimento de Rosenhan.

Nada de lo acontecido a Hersilie Rouy podría describirse hoy

como "terapia". Pero recordemos que los siquiatras que la vieron

estaban ·convencidos que la recluían por su propio bien. Los siquia-

tras de Rouy describían como "terapia" lo que le estaban haciendo,

aunque la tal terapia no fuera más que un intento de doblegar su

voluntad. La práctica de la sicoterapia ha cambiado enormemente

en estos cien años; pero las interrogantes que planteo en este libro

son perturbadoras: ¿es posible que no hubiera nada de inusual o

único en la experiencia de Hersilie Rouy, entonces o ahora? ¿Es po-

sible que lo que ocurrió a mediados del siglo XIX a Hersilie Rouy,

el intento de doblegar su voluntad, de clasificarla como "enferrp.a"

y necesitada de tratamiento, represente la esencia misma de la

sicoterapia, su cimiento básico? Ya sea que pongamos a la gente en

instituciones siquiátricas o que simplemente interpretemos sus sue-

ños, una vez que permitimos que cualquier grupo de personas en

nuestra sociedad defina qué es sano e insano, hemos comenzado a

erigir la estructura sobre la que está construida la sicoterapia tal

S Véase especialmente Patricia Perri Rickcr y Elaine (Hilbcrman) Carmen, The

Gender 'Gap in Psycho~herapy: Social Realities and Psychological Processes (New

York: Plenum Publishing Co., 1984). 6 Science 179 (1973): 250-58. Este artículo p'rovocó una enorme controversia, espe- cialmente en los círculos siquiátricos. Robert L. Spitzcr, el principal autor del DSM III, respondió en "On Pseudoscicnce in Scicnce, Logic in Remission, and Psychiatric Diagnosis: A Critique of Rosenhan's 'On Being Sane in Insane Places"', el que fue publicado con otras críticas y la respuesta de Rosenhan en el fournal of Abnormal Psychology 84, Nº 5 (1975): 433-74.

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como la conocemos hoy. Hersilie Rouy es una de las primeras

personas que cuestionó tal estructura y merece ser recordada por

ello.

Pero aun cuando estas cosas ocurrían a Hersilie Rouy, y a innu-

merables otras personas en las instituciones siquiátricas europeas,

en Suiza se empezaba a manifestar un nuevo enfoque, uno que

habría de tener fatales consecuencias para el desarrollo de la sico-

terapia.

Insania Moral

La Historia de Julie La Rache en el Lago Constanza

El término "insania moral" fue acuñado por el s,iquiatra británic9

James Cowles Prichard, en su Trealise on Insanity 7 He aqÜílo que

Richard Hunter e Ida Macalpine tienen que decir sobre insania

moral en su libro Three Hundred Years of Psychiatry, 1535-1860.: A

History Presented in Selected English Texts:

En su época fue un avance considerable, casi revolucionario, el igua- lar con insania misma, casos sin esas características gemelas, delirio y alucinación, que por largo tiempo, y en verdad todavía, se conside- ran como la marca de la locura 8

.

Esta definición es interesante, porque muestra claramente que el

diagnosticar a las personas como padeciendo insania moral fue un

precursor necesario para ofrecerles sicoterapia, dado que el término,

en efecto, significa que ellas no viven en la forma en que uno de-

searía que lo hicieran. Es realmente imposible ofrecerles sicoterapia

hasta que uno no haya hecho el juicio (que en cierto modo se les

coerciona a aceptar) de que no están viviendo bien, o tan bien como

otra gente, y que por lo tanto, necesitan "ayuda". Nosotros a me-

nudo pretendemos que la gente que busca sicoterapia efectúe este

juicio moral por su propia cuenta, pero casi nunca es así. La tiranía

de juzgar como inadecuada la vida de otra persona, fue y es-la Tuenfe-

. rr;-isma de la sicoterapia.

  • 7 London: Sherwood, Gilbcrt &

Piper, 1835.

  • 8 London: Oxford University Prcss,

1963, 838.

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DE

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Hace unos años visité el Sanatorio Bellevue en Kreuzlingen,

Suiza, junto al lago Constanza 9 Andaba en busca de nuevo material

sobre Ida Bauer (la Dora de Sigmund Freud), y creí que podría

encontrarlo allí. Sabemos que Anna O. había sido paciente en

Bellevue y sabemos, asimismo, que Freud envió allí otras pacientes

durante la década de 1890.

Puedo recordar mi primera visita a Bellevue y los extraños sen-

timientos que me invadieron cuando traspasé la verja de fierro que

da acceso al enorme jardín, apacible y semejante a un parque, donde

estaban enclavados los edificios de Bellevue. Este había sido cerrado

recientemente (después de más de ciento cincuenta años) y estaba

deshabitado. Era otoño, todo era quietud, y a medida que pisaba las

hojas y miraba los gigantescos árboles, no podía evitar imaginar los

sentimientos de las pacientes de hace siglo y medio, cuando Belle-

vue estaba en el pináculo de su fama, al llegar por primera vez a

asumir su extraña nueva vida.

¿Cuántas mujeres, llenas de inexpresable tristeza y temor, habían

tomado este mismo sendero antes de mí? Recordé el inicio' de la

novela de Thomas Mann La Montaña Mágica, cuando Hans Castorp

hace su primera visita al sanatorio suizo Schatzalp para tuberculo-

sos (contrapartida ficticia del pueblo montaii.oso de Davos), con la

intención de pasar allí tres semanas, para quedarse, sin embargo,

siete años. Y recordé la conferencia de Thomas Mann en Princeton

en que describió la creación de La Montaña Mágica y de cómo, en

1912, fue a visitar a su esposa a Davos por tres semanas y el médico

a cargo del sanatorio lo examinó, encontró una sombra en su pul-

món y sugirió que se quedara por seis meses. Mann sabía que si lo

hacía, podría entrar, como el Hans Castorp de ficción, en una zona

mágica del tiempo donde le serían arrebatados siete años de su vida.

Un extraño, con "conocimiento experto", nos dice que estamos

enfermos y necesitamos cuidados especializados. Cuánto más pode-

rosa sería la compulsión de creerlo si fuéramos una muchacha y

9 El sanatorio (conocido también como la Clínica Bellevue de Binswanger) es por muchas razones renombrado. Ludwig Binswanger, fundador de la "siquiatría exis- tencial", fue discípulo de Carl )ung, y acompañó a éste, en 1907, en su primera visita a Freud en Viena. Freud visitó a Binswanger en Bellevue, en 1912. Anna O. (Bcrtha Pappenheim), la célebre paciente de )oscf Breuer, acerca de quiery. escribió en Estudios sobre la Histeria en 1895, estuvo allí, al igual que el gran bailarín ruso Nijinsky algunos años más tarde. Edmund Husserl, Martin Buber, Karl Jaspers, Martin Heidegger y muchas otras conocidas personalidades de la vida intelectual eu- ropea estuvieron allí de visita.

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SICOTERAPIA

nuestro padre nos trajera para una consulta a este lugar, la más

avanzada, elegante y prestigiosa clínica de toda

Europa.

.

Wolfgang Binswanger, hijo de Ludwig y el último 'médico direc- tor de la clínica, me llevó a uno de los edificios y me condujo a una

sala que contenía miles de archivos; eran las historias clínicas de cada paciente que había pasado por Bellevue, desde 1875 hasta su cierre en 1975. Revisándolos, encontré que no sólo contenían las historias clínicas escritas por los médicos, sino también cartas de las pacientes a sus familiares, cartas del primer Binswanger a otros médicos, cartas de gente relacionada con las pacientes, fotografías y otros papeles. Ocupé dos semanas leyendo todos los casos de las mujeres que estuvieron en Kreuzlingen entre 1880 y 1900. Era una especie de Montaña Mágica con documentos originales. Pero, a di- ferencia de los personajes de Mann, estas mujeres eran reales; no eran portavoces de las opiniones de una persona (por interesantes que fuesen) del mundo de la Europa de preguerra. ¡Tantas vidas, tantos sufrimientos y tan poco que quedaba! Me entristeció, pero también resolví intentar comprender algo de lo que ocurrió ·a estas mujeres. Sus historias verdaderas, sus vidas reales, no la ficción, podrían ayudarme a entender la historia_ oculta de la sicoterapia. Un escenario frecuente, como lo revelaron las historias clínicas, era el siguiente 10 : a una joven su padre (de quien está algo distan- ciada) le avisa que la llevará a visitar familiares en Suiza. En el camino, el tren se detiene en la algo desolada estación de Kreuzlin- gen. Es un apacible día de invierno. La mujer mira por la ventanilla, observa los desnudos árboles, la q].lietud de este pequeño lugar, las calles sin gente, los edificios silenciosos. Divisa el oscuro lago y la neblina y recuerda que la gente lo considera romántico. Nada podría suceder aquí. (No es de sorprender que una paciente escribiera:

"Aquí nada existe", y otra: "Yo esperaba que sólo fuera una pesa- dilla -que desaparecería, que yo despertaría"). Ella se estremece,

  • 10 He aquí, resumida, una carta al Dr. Binswangcr, fechada el 9 de mayo de 1894, en Meran: "Estimado Dr.: Llegaré a Constanza el 11 en la mañana directamente desde Innsbruck. Mucho os agradeceré si podéis enviar a alguien para que nos reciba, ya que desconozco el lugar. Mi hija y yo vestimos de luto. Ella es una muchacha alta, esbelta, algo más alta que yo, muy bonita, de ojos negros. Yo iré de sombrero y llevaré -un para¡,'Uas con cacha de oro en la mano derecha, para que podáis re- conocerme. Mi hija ignora que pretendo dejarla allí. Le diré que ambos iremos a una pensión donde podamos descansar. Lo demás se arreglará solo. Atentamente vuestro".

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contenta de venir de Be~lín, Munich o Viena. Su padre la hace baja.t del tren y la presenta a un hombre que jamás ha visto: "Herr Doktor Binswanger". El padre se ve incómodo, arrastra los pies, enseguida se separa abruptamente y sube al tren, diciendo al dejarla: "Ve con él". Estas no son vacaciones; es su destino. Ha sido traída con en- gaños a una clínica para mujeres histéricas, un sanatorio para Ner- venkranke, las enfermas de los nervios. Binswanger sabe poquísimo sobre ella, pero sólo en virtud de que se la hayan traído, él "sabe" que está enferma, sufriendo, que es histérica. La mirada que da a su padre al partir, facilita el diagnóstico: esta joven sufre de insania moral. Es decir, en opinión de su familia y sus médicos, no hay nada malo con su intelecto· o sus sentidos, sin embargo no puede vivir como las otras mujeres. Quiere demasiado, tiene demasiadas ideas, es demasiado independiente. No sabe lo que es mejor para ella. No sabe qué es una conducta adecuada. Es moralmente insana. Binswanger se prendó del- término inventado por el médico inglés. Se acomoda bien a sus pacientes. Lo que andaba mal en ellas es que eran moralmente insanas. Había tantas y parecían aumentar todo el tiempo. Apenas podía arreglárselas con todas. Fue necesario contratar ayudantes, todos médicos distinguidos como él: el Dr. Hermano Smidt, de Bremen, y el Dr. Otto von Holst, de Livonia. Algo a favor de B~nswanger, no deseaba usar ningún tipo de conten- ción física o química y se interesaba más bien en lo que llamaba traitement moral o lo que hoy llamaríamos "sicoterapia". Un tra- tamiento moral para una enfermedad moral parecía sensato. Algu- nas de las pacientes más ricas, de la clase alta, "podían disponer de una villa completa, de modo que también pudieran ser atendidas por su propia servidumbre" 11 Pero el gentil cuadro de sereno cui- dado rural para la ligeramente excéntrica nobleza europea, no co- rresponde a la realidad. El acceso a los archivos del sanatorio me permitió una evaluación más realista de lo que en verdad pasaba

11 Véase Ludwig Binswanger, Zur Geschichte der Heilanstalt Bellevue in Kreuzlin-

gen, 1857-1932, una historia de Bcllcvue impresa privadamente. Es posible encon- trar más información sobre la clínica en el semanario de Zurich Tagesanzeiger Ma- gazin (Nº 14, 5 de abril de 1980), y en un artículo de Jor Acschbacher, que contiene algunas excelentes fotografías (pp. 16-23). El último prospecto describe· a Bellevue como sigue: "El Sanatorio Bellevue es un hospital privado dedicado a la cura y tratamiento de toda forma de neurosis, sicosis moderadas y severas, y adicciones crónicas. Existen facilidades educacionales para sicópatas jóvenes que sigan trata- miento aquí. Además, la institución está especialmente adaptada a las necesidades de quienes requieran rehabilítación física· y neurológica".

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allí. A continuación presento algunas de las historias clínicas, co-

menzando por la de Julie La Roche 12

El 25 de febrero de 1896, cierto Herr La Roche (escrito también

Laroche) envió una breve carta en alemán, desde Basilea, al Dr. Ro-

bert Binswanger, que dice:

Estimado Sr.:

Permítaseme preguntar si estaríais dispuesto a admitir para obser-

vación a una joven de 19 años a quien sus médicos han diagnosticado

como 11 síquicamente

perversa

11 :

En

este momento 1 la dama no está aquí 1 no obstante yo podría en-

viaros un telegrama avisando nuestra llegada a Kreuzlingcn; de mo- do que ella pueda llegar a vuestra institución propiamente acompa- ñada1 sin detenerse en Basilea 1 para ser ubicada allí en caso que acep- téis a la paciente. Os ruego avisarme si estáis dispuesto a admitirla. La dama debe ser puesta bajo estricta vigilancia a fin de evitar cualquier intento de evasión. Esperando vuestra respucsta 1 sinceramente vuestro, La Roche-Ringwald 13

El 28 de febrero de 1896, R. Massini, un ginecólogo que era el mé-

dico de la familia, escribió una carta a Binswanger, a petición del

Sr. La Roche. La carta es muy reveladora de la actitud de los mé-

dicos del siglo XIX hacia mujeres como Julie La Roche. Merece

citarse por completo:

Estimado Dr. Binswanger:

A solicitud del Sr. L. La Rochc-Ringwald, os estoy enviando rá- pidamente un breve informe sobre su hija Julie. La Srta. Julie La Ro- che tiene 19 aii.os de edad. Su madre murió de diabetes hace seis años; su padre tiene 52 aii.os. Tras la muerte de su esposa, él llevó

  • 12 La información para la primera historia clínica proviene de los ficheros de Julie La Rache contenidos en los archivos de Bcllcvuc. Con la cooperación de Marianne Loring, mi investigador asociado, también pude encontrar los artículos periodísticos

originales y algunos de los importantes documentos judiciales relativos al caso en el Cantón Thurgau, en Suiza. Gran parte de la información ha sido reimpresa en un pequeño y escaso folleto: Irrcnanstalt une! Millioncnerbc: Strciflichter aus einer Basler Millionarsfamilie une! cincr thurgauischcn Irrcnanstalt, una reimpresión del Schweiz. Wochen Zeitung (Zurich: J. Endcrli, 1897).

  • 13 Todas las traducciones que siguen en este capítulo fueron hechas por el autor y Marianne Loring, de textos originales en alemán y francés. Todo este material ha sido recientemente transferido a los archivos de la Universidad de Tübingen.

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una vida que no puede describirse como modelo; tiene una querida que hasta hace apenas dos años acompaíí.aba con frecuencia a él y a

sus hijos en sus caminatas. El hecho de que el marido de esta mujer se les uniera en estos paseos y tolerara la relación en razón del apoyo . financiero que recibía del Sr. La Rache, no mejoraba en nada el asunto.

El Sr.

La Roche 1 de salud delicada, frecuentemente de mal humor

y dado a violentos a~;rebatos, proporcionaba a sus hijos un hogar es- casamente amoroso. La Srta. La Roche pasó su adolescencia en tal ambiente, cuidada por sirvientas y una gobernanta algo estúpida. Más o menos dos años atrás conoció a una amiga con quien proba- blemente tuvo una relación lésbica. Al mismo tiempo manifestó una creciente tendencia a mentir. Por una parte, tal tendencia hizo que las desagradables condiciones en su hogar parecieran peores de lo que realmente eran, y por otra, le creó una verdadera novela basada en meras fantasías. Sus relaciones familiares y sus experiencias se entretejían en un tapiz de mentiras. Hasta el aíí.o pasado, la Srta. La Rache fue mantenida en una pensión en Lausana. Ella regresó a casa sufriendo de mctritis [inflamación del útero], y después de un alter- cado probablemente .violento con su padre, huyó a Berlín con su amiga, la Srta. Schmitter. Desde entonces inició una vida aventurera. Se dice que en Aíí.o Nuevo sangró del estómago; de Wiesbaden viajó repentinamente a Berlín e ingresó al sanatorio del Dr. Aronsohn y fue tratada por el Dr. Ewald. A mediados de enero huyó de allí, supuestamente con su hermano, pero en realidad fue con el aventu- rero von Smirnoff 1 y apareció sorprcsivamentc en Basilea, presentán- dolo como su prometido. Aquí, por supuesto, no se aprobó tal rela- ción, y después de unos días, la hija desapareció dejando una carta donde decía que o se casaba con von Smirnoff o se mataba. Desde entonces, todos los esfuerzos de la policía para ubicarla han sido infructuosos. Su huida de Basilea sólo puede haberse realizado con la ayuda de empleados que fueron sobornados. Incluso parece ·que en Berlín la Srta. La Roche contrató detectives. Von Smirnoff vive con su madre -quien está separada de su ma- rido- en Berlín, probablemente de haberes prestados. Está claro que él explota a la Srta. La Roche, quien gusta de exagerar sus activos financieros. Todo esto me lleva a concluir que la Srta. La Rache, que por otra parte es una criatura adorable, se encamina hacia la 11 insania moral", lo que hace recomendable l; supervisión médica. También el Dr. Aronsohn encontró que su paciente está emocionalmente enferma. Es poco probable que la Srta. La Rache acepte libremente

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permanecer en Bellevue. De seguro intentará escapar o quizás al menos simule que se suicidará. Será necesario, entonces, ponerla a cargo de personas incorruptibles que la vigilen de cerca. Por cierto, en vista de las circunstancias mencionadas, un embarazo no es imposible. Hace algunos años, una prima de la paciente se hizo embarazar por un feo cochero; un primo y cui'íado de su padre (casado con una hermana del Sr. La Roche, su primo Gcrmaine) estuvo mentalmente trastornado, pero ya está de regreso en casa. Yo no creo que el Sr. La Roche haya maltratado alguna vez a su hija, aunque puede haberla amonestado duramente. Como podé is ver, no es un cuadro agradable el que os presento. También estoy sin saber qué hacer con la infortunada y corrupta joven. Por desgracia, no puedo influir en ella en forma alguna, pues me considera un aliado de su padre. Me apeno por él pese a sus faltas, por las que ahora debe pagar tan alto precio. Es innecesario deciros que examinéis a la paciente, y en caso de no encontrar suficientes fundamentos para diagnosticar una sicosis (enfermedad mental), la descarguéis. No obstante, aún confío en que la disciplina inherente a una vida institucional y un adecuado tratamiento llevarán a la pobre paciente al punto en que pueda ser devuelta a la sociedad. Os ruego excusar mi larga carta, pero sería difícil expresarme más brevemente, ya que es muy importante para mí daros un cuadro tan claro como sea posible.

Respetuosamente vuestro, Dr. R. Massini

Basilea, Feb. 28,

1896

Julie La Rache ingresó a la clínica de Binswanger el 12 de abril de 1896. Hay bastantes historias clínicas en los archivos de Bellevue que nos permiten saber qué es lo que pudo haberle pasado. Hay casos de jóvenes admitidas en la flor de la juventud, sólo para permanecer allí durante cuarenta años y luego ser transferidas a un asilo de ancianos. Ese no fue el caso con esta valiente, ingeniosa e independiente mujer. Menos de una semana después, ya estaba afuera. Y no sólo se había marchado, sino que había dado lo que era para la época el osado paso de escribir su propia historia y publicarla en un respetable diario alsaciano en alemán, el Strassburger Bürger- zeitung, el 24 de julio de 1896. Por muchas razones, éste constituye un. documento único:

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Yo, Julie von Smirnoff, nacida La Roche, hija de Louis La Roche y Louise La Rache, nacida Ringwald, de Basilea, me veo forzada a ofrecer al público la historia de mi vida, o al menos parte de ella, en tan pocas palabras como sea posible, con el objeto de buscar apoyo público. Nací el 8 de marzo de 1877 en Basilea, Suiza, hija primo- génita de mis padres. Hasta 1887, mi infancia podría llamarse completamente feliz, ya que siempre estaba al cuidado de una madre amorosa. Pero en 1887 mi madre murió y desde entonces mi vida se convirtió en una dolorosa batalla. Mi padre, que siempre me ha tenido aversión, ahora lo hizo patente en toda forma posible. Me trataba con crueldad exquisita e incluso logró indisponerme con mi hermano menor, a quien yo quería mucho, de modo que nuestra relación infantil se deterioró. En 1893, ante mi urgente insistencia, fui puesta en una pensión en Lausana, ya que no podía soportar por más tiempo vivir en casa. Mi padre me maltrataba de manera terri- ble, y tanto su ebriedad como su vida inmoral, que llegaban hasta el hogar mismo, hicieron insoportable mi vida en Basilea. En 1895 regresé a allí desde Lausana. Una vez resbalé en los peldaños y por mala fortuna derramé un poco de tinta en la escalera, lo que provocó una terrible cólera en mi padre, y como resultado del accidente, tuve que soportar por horas una violenta escena. A principios de marzo de ese ai'ío, me vi obligada a decir algo a mi padre sobre su inmoral vida, que se estaba dando cada vez más en nuestro hogar. A las 10 de la noche me echó a la calle, tras haberme lanzado a la cabeza un objeto püntiagudo con tal fuerza, que mi rostro quedó cubierto con la sangre que· manaba de una profunda herida. Hay testigos de .todos estos hechos. Me fui a Berlín, donde tenía q.migos, y escribí a mi padre desde allí. En Berlín estuve muy enferma. Cuando mejoré, fui a Wiesbadcn, donde me aceptaron en un pensionado femenino. En diciembre de 1895, me vi forzada a dejar Wiesbadcn e ir a Berlín para consultar a un famoso profesor (por consejo de un médico de Wies- baden), ya que padecía de una dolencia estomacal. Notifiqué a mi padre. En Berlín conocí a un joven noble ruso, Edgar von Smirnoff; su hermana había sido amiga mía. Nos enamoramos, y cuando mi condición lo permitió, viajé con su pariente más cercano a Basilea

para informar

a mi padre. Apenas había comenzado a contarle d~ mi

amor por este noble ruso, le sobrevino un terrible acceso de ira y me

maltrató horriblemente con su bastón, me arrojó platos y me pateó. Al día siguiente, Edgar von Smirnoff vino a casa para pedir mi mano. La única respuesta g.ue recibió fueron groseros insultos. De allí en adelante, me encerró en la casa y el jardín. Yo estaba sometida a las

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