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CONTRA EL ENSAYISTA SIN ESTILO

Vivian Abenshushan
Como cúmulo de erudición y paráfrasis ostentosa, el ensayo no se me presenta más que
como un objeto obsolescente. sto podrá parecer una idea controvertida y caprichosa.
!ero no lo es tanto si no se olvida "aunque a veces se olvide" que el ensayo fue
concebido en las tardes ociosas de #ichel de #ontai$ne como un $%nero libre y
placentero, entre$ado a la especulación espontánea sobre cualquier cosa. &nformal,
diverso, inacabado, el ensayo diva$a sin proponerse dar con una verdad $eneral, pero sin
renunciar por eso a encontrar una verdad 'ntima, particular. (u esp'ritu contradictorio
)preso de la duda* acepta la precariedad de sus apro+imaciones, pero su minucia de
verdad lo salva del nihilismo o la complacencia. As', la tentación narcisista, o lo que
Arreola llamaba en #ontai$ne una ,hipertrofia del yo- "esa animada neurosis del que se
ocupa de s' mismo convencido de que en su e+periencia pueden reconocerse otros
hombres " da cuenta de la renuncia a todo saber sistemático, a toda ruina del
pensamiento. .o que cuenta son los a/arosos objetivos de las pulsiones privadas o
incluso $ástricas, cuyos trastornos, nacidos de la amar$ura o el re$ocijo ante una idea,
desmientes los presti$ios de los trastornos heredados, disuelve las certe/as, contraviene
los do$mas de la ra/ón o la $a/mo0er'a. Al hacerse materia de sus inda$aciones, al
conversar con su monstruo más 'ntimo, el ensayista escapa al ries$o de convertirse en
fiscal o moralista, chamán o autoridad de al$una superstición convincente. s un
esc%ptico, pues se conoce a s' mismo. 1 la iron'a, que es el ras$o más fecundo de su e$o
autocr'tico, lo salva tanto de las unciones cie$as como de los ar$umentos irrefutables. (e
dir'a que lo suyo es el esbo/o, las probabilidades imperfectas de lo que, por pere/a o
discreción, nunca lle$ará a ser. 2espojo y recorte, pero tambi%n se0al, indicio, rastro3
se$uir la huella de una idea con la certe/a de que no sabrá a dónde va a ir a parar y,
tambi%n, de que la perplejidad lo detendrá antes de que intente prolon$ar sus pasos. l
ensayista no propone soluciones totales, sino puntos de partida, anuncios destinados sólo
a aquel que estuviera en la disposición de retomar lo inconcluso.
l ensayo es un paseo, o mejor3 una deriva, es decir, una e+cursión fortuita,
imprevisible y llena de de ries$o a trav%s de /onas poco e+ploradas del pensamiento. 4o
me parece e+tra0o que a lo lar$o del tiempo se hayan escrito tantos ensayos sobre el
paseo, como los clásicos de (tevenson o 5a/litt, dos ensayistas que venero de manera
absoluta y que dieron forma, a trav%s de sus deambulaciones verbales, a ese $%nero
entre los $%neros llamado el ensayo in$l%s. n realidad, pocas cosas se parecen tanto al
discurrir del pensamiento como caminar6 tal ve/ por eso 7ier8e$aard escribió3
,Caminando he lo$rado mis mejores ideas-, como si la posibilidad de entendimiento
dependiera directamente de la actividad de los pies. .o cierto es que diva$ar, como andar,
una serie de asociaciones e imá$enes que parecer'an e+tra0as entre s' se ven de pronto
atra'das hacia el imán del ensayo que si$ue despu%s su propio camino, por senderos

Abenshushan, Vivian. ,Contra el ensayista sin estilo-, en Una habitación desordenada. #%+ico,
94A#: quilibrista )!%rti$a*, ;<<=, pp. 1<1>1<?.
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insospechados. Al$o curioso3 el ensayo es el trayecto, no la lle$ada. s como si a lo lar$o
de un terreno sinuoso, lleno de di$resiones, el ensayista reco$iera piedras, rare/as
botánicas, desperdicios, con la única intuición de que entre ellos e+iste una asociación
oculta que descubrirá el lector al volver a casa.
n al$ún lado, #aeterlinc8 dijo que, al escribir ensayos, en lu$ar de una verdad, lo
que buscaba era ofrecer tres buenas respuestas veros'miles. 1 esa verosimilitud, es decir,
ese triunfo de los ra/onamientos más descabellados frente al a incredulidad "sumida a
menudo en el letar$o de las ideas comunes " ha de estar $uiada por la e+presión. 4o se
trata de pontificar ni de iluminar6 mucho menos de contradecir a secas, sino de a$re$arle
al curso racional una se$unda dimensión, más pró+ima al arte que a la ciencia, más activa
en el dominio del ánimo y sus perturbaciones est%ticas que en el de los corolarios. !or
eso, lo único que res$uarda al ensayista de ser un pensador ocasional o diletante es el
tono estrat%$ico con que va formulando su paseo mental, ese acento peculiar que en una
buena conversación e+cita y en una mala, aburre. @ilósofo sin sistema, su verdad radica
en el estilo. ncontrará la complicidad espontánea o la repulsa de sus lectores, pero
nunca los dejará indiferentes. !ues a menudo, el buen ensayista convence, aunque sea
por un momento, no por la veracidad de sus ar$umentos, sino por la a$ude/a de sus
frases, la ori$inalidad de sus halla/$os, el inquietante oleaje afor'stico o la malicia de sus
paradojas6 en suma, esos jue$os en los que no puede caer el filósofo sin correr el ries$o
de ser tachado de falsario o charlatán.
s dif'cil equivocar los l'mites del ensayo, pues carece de ellos. (ólo una cosa hay
que e+i$irle3 procurarse un estilo. !orque una lucide/ sin carácter es un derroche inútil de
la inteli$encia, di$amos, una inversión sin inter%s3 permanecerá en estado virtual o se
de$radará a letra muerta. 1 %se es el penoso estado al que conducen tanto las prisas del
maquina/o por encar$o como la dilatada y cada ve/ más incomprensible jer$a del tratado
acad%mico, dos consecuencias naturales del afán de prota$onismo y confort cultural que
hoy se propa$a como la peste. s una des$racia que un $%nero que hab'a sido practicado
en #%+ico durante d%cadas con tanta sin$ularidad, sentido del humor e inteli$encia haya
entrado en un proceso de de$radación tan penoso y no despierte hoy el inter%s ni de los
editores, ocupados más bien en los vaivenes del mercado, ni de los lectores, que han
perdido la confian/a, cansados ya del basural de los suplementos semanales y las
revistas. n estos momentos pienso con nostal$ia en la ma$n'fica prosa que (alvador
4ovo dispersó durante d%cadas en numerosos art'culos period'sticos, o las columnas
)lue$o reco$idas en libros* que sostuvieron en distintos momentos Aor$e &bar$Ben$oitia y
sus Autopistas rápidas, (alvador li/ondo y sus frecuentes conversaciones con el 2r.
Aohnson en El estanquillo, Au$usto #onterroso e+hibiendo su timide/ desde el diario
público La letra e, y más recientes, nrique (erna que $o/a en contradecir lo evidente en
Las caricaturas me hacen llorar o Cuillermo @andanelli y sus corrosivos ensayos desde la
podredumbre, publicados por aqu' y por allá. !ero hoy los ejemplos son cada ve/ más
e+i$uos, al menos comparados con la amnesia masiva que se esmera en olvidar que el
impulso del ensayo no radica sólo en la refle+ión )que en la prensa cultural suele
confundirse con el mero comentario*, sino en la invención, esa tonalidad sin la cual las
ideas no son más que un desfile de conceptos o fórmulas, carentes de vibración, de hiel
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irónica o aliento emotivo, no creando nunca, siempre eludiendo el compromiso del
temperamento, la irritación o la e+altación del que escribe, como el desapasionado
acad%mico que santamente ha renunciado a sus propias ideas, para reiterar con esmero y
tibie/a las de los otros6 o, peor aún, como el rese0ista de oficio que, encandilado por las
idolatr'as de la novedad y el oportunismo, absuelve su posición cr'tica en la ple$aria de un
eufemismo y sus miradas falsas, o se plie$a rápidamente a las muletillas que no dicen
nada o dicen a medias.
2i$o esto porque hace unos doce a0os fui invitada por un par de ami$os
universitarios a formar parte de la redacción de la revista Ensayo. 4o tard% en
desconcertarme3 parec'a que nadie, tal ve/ ni siquiera nosotros mismos, entend'a el
sencill'simo nombre de la revista. .o que recib'amos a diario eran te+tos de una
solemnidad sopor'fera que no pod'an prescindir del comentario cr'tico de otros libros y
donde el arte ventr'locuo sólo e+hib'a la falta de destre/a de la vo/ propia. #e alej% poco
despu%s de que al$uien elo$iara la revista como ,una refrescante publicación de cr'tica
literaria-. (upon$o que %sa era una definición favorable de buena fe que, sin embar$o, a
nosotros nos instalaba ne$ativamente en los propósitos ori$inales de la revista. !ero,
Equ% propósitos eran esosF A mi entender, sólo se trataba de hacer que el desierto
floreciera. n otras palabras, intentábamos restituir la vocación creadora del ensayo entre
los escritores más jóvenes que lo practicaban poco o mal, pues lo consideraban un
$%nero secundario, alejado de las avenidas presti$iosas de la novela o la poes'a. Gui/á
entonces nos encontrábamos demasiado cerca de la universidad y muy lejos de la
literatura, pero el asunto es que el fárra$o y el tono acad%mico de las pá$inas que
lle$aban a la redacción de Ensayo terminó por impacientarme y me fui. (in embar$o, la
revista sobrevivió varios a0os, menos precipitada y veleidosa que yo, y supo contrarrestar
discretamente el poco espacio que las publicaciones periódicas le conceden al ensayo
casual, errabundo y breve. ntre sus mayores virtudes encuentro la de haber inventado,
en los már$enes de la revista, una sección dedicada a definiciones de ensayo, desde la
serpiente sinuosa de Chesterton, hasta el inevitable centauro de los $%neros de Heyes,
como si se hubiera propuesto educar pacientemente a los ensayistas despistados y
astrosos. 1, en efecto, en varios de sus números lo ha conse$uido.
1o, por mi parte, sólo he se$uido acumulando ar$umentos en favor de mi $usto
insatisfecho. Con la mirada perdida en busca de una frase oblicua, al$una contradicción
mati/ada por cláusulas irónicas que nunca aparecen, contemplo la homo$eneidad de la
prensa cultural cada ve/ con mayor indiferencia. !á$inas firmadas como documentos de
un trámite, art'culos cortados con el mismo patrón y que terminan por hacer del ensayo un
espectáculo de la hora6 o bien, en el otro e+tremo de mi queja, las autoauscultaciones
teóricas a las que se somete cada revista acad%mica, especiali/ada, sobre todo, en rehuir
los o'dos anónimos del común de los mortales con esas concien/udas notas al pie de
pá$ina encadenándose fatalmente unas detrás de otras y en las que apenas lo$ran
sobresalir al$unas frases neutras y embotadas. ntre esos dos malentendidos, el ensayo
tiende a bambolearse sin brillo ni perdurabilidad, llenando las horas huecas de nuestra
incertidumbre. 1 es una lástima, porque no hay mejor tónico para el esp'ritu del ensayo
que una %poca tan desquiciada, ruin y absurda como la que nos ha tocado en suerte vivir.
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ntre los escombros de la modernidad, entre los deshechos de una %poca que
parece estar viviendo horas e+tra, se anuncia el fin de los $randes sistemas, el ocaso de
la cultura del libro, la imposibilidad de inventar nuevos estilos y mundos porque todos ya
han sido inventados, la ca'da inevitable del chorro creador en una $randiosa nada. EGu%
cabe escribir en una %poca que se e+hibe voluntariamente tan desprovista de
ima$inaciónF !ara al$unos sólo queda la impostura, la apat'a le$'tima, las
conversaciones sobre nada, la cr'tica oficiosa, la nota farisea, el cinismo complaciente. 1o
prefiero el e+tra0o placer que produce el saberse derrotado, el autode$radarse, antes que
consentir en los adulterados remedios contra la decepción que circulan en los mercados
públicos. 1 no habrán de sorprenderse demasiado los lectores ante la e+presión cada ve/
más frecuente del autoescarnio, el humor despiadado y el sarcasmo de los nuevos
ensayistas, es decir, de aquellos que han ido asumiendo el ries$o de pensar desde la
rumia de sus afecciones interiores, haciendo del desencanto universal, acaso incurable
tambi%n en ellos, materia de invención refle+iva. 5an nacido sin asideros, pero esa
evidencia desconsoladora parece más bien como el clima ideal para desple$ar su nota
incr%dula, discordante, personal, y as' disponer en plenitud de ese recurso supremo del
ensayo que es el ejercicio de la libertad y la lucide/ creadora. 4o son muchos, pero entre
los escritores nacidos en la d%cada de los setenta hay al$unos que ya se ejercitan en la
refle+ión fra$mentaria, el humor y el escepticismo )al$o muy parecido a la ecuación
cioranesca3 e+presión, refle+ión e iron'a* como las precisiones de su estilo3 5eriberto
1%pe/ que ejerce desde Jijuana la escritura radical, cosa rara en un pa's desierto de
escritores e+tremos, y que en Ensayos para un desconcierto y alguna crítica ficción ha
tenido la osad'a de reinventar el $%nero más recurrente a la reinvención3 la cr'tica literaria6
Aos% &srael Carran/a que escribe con descreimiento y socarroner'a sobre la mujer
iracunda y otras perplejidades cotidianas en los apuntes de La estrella portátil6 .ui$i
Amara, filósofo que, como quer'a Kallace (tevens, ha hecho de la poes'a y el ensayo
corto dos versiones no oficiales del ser y que se aplica en denunciarla incómoda
acumulación de las revistas o los libros que no deben leerse, desde la mirada, a la ve/
meditabunda y campante, del Peatón inmóvil6 5%ctor A. Ayala que en un desplante
sarcástico de ensayista inconforme ha renunciado a los presti$ios de la posteridad en su
libro, ya para siempre in%dito, Los impublicables. !rovocadores versátiles, estos
ensayistas conjuran a su manera las rid'culas aspiraciones de su %poca, el paso de unas
costumbres mentales a otras, desde la interpretación asistemática pero diáfana de su
estilo.
nsayar es alejarse de toda servidumbre metal6 leerlo todo para despu%s
prescindir de todo lo le'do6 comen/ar de cero. 1 as', ajeno a todo %+tasis adquirido de
se$unda mano, el ensayista aspira a pensar por s' mismo. Al$o saludable y necesario en
momentos en que ya casi nadie quiere pensar de nin$una forma.
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