Una recolectora

de experiencias
Reconocida en el mundo del arte y prestigiada por sus pares, es artista plástica, docente y
arengadora del trabajo colaborativo. En una entrevista con eye to eye cuenta su método, que
se basa en el cariño y la generosidad. Y explica por qué el mercado del arte ya está caduco.
Diana Aisenberg (Buenos Aires, 1958) va de un
tema a otro. Podría parecer un barullo, pero avanza
certera y precisa, con dirección y alegría. “Ahora
no quiero hacer nada nuevo. Igual me escriben
desde un espacio autogestionado y me convencen
para que vaya, viajo para dar clínicas y a hacer
talleres. La demanda es muy grande y yo termino
enamoradísima por la buena onda y con un montón
de alumnos y proyectos nuevos”, cuenta.
La descripción objetiva de su actividad sería “pintora
y docente”, pero desborda ambas definiciones.
Aisenberg es artista polirrubro y recolectora de gente,
experiencias, historias y material para trabajar su obra.
Últimamente fue jurado en varios concursos de artes
plásticas y la editorial Adriana Hidalgo está armando
un libro sobre ella y su trabajo. Desde 1982 se dedica
a la docencia y por su taller pasaron muchos de los
artistas más prometedores de las últimas tres décadas.
Aisenberg es, también, creadora de Historias del
arte. Diccionario de certezas e intuiciones, una
obra en múltiples formatos. La materia prima fueron las
preguntas y respuestas a lo largo de los años sobre los
más variados temas a cualquier cómplice dispuesto a
participar y el acopio de esas definiciones. El resultado
fue un proyecto enorme que se convirtió, entre otros
formatos, en un libro de 544 páginas publicado
en 2011. Recolección y la creación colaborativa:
ese modo de trabajo es su marca registrada.
Diana Aisenberg Artista visual
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¿Qué está recolectando ahora?
Bijou en desuso. Son objetos íntimos regalados o con
historias personales muy fuertes, de distintas épocas y
generaciones. Y así acopio, bijou y también experiencias.
Enhebro todo con un alambre finito y hago patrones,
decido criterios. Por ejemplo: blanco y negro. O plateado.
Estoy fabricando materia prima para hacer obra. Ese
es mi móvil. Es muy lindo enhebrar. Relaciono la
acción con las oraciones, las plegarias, los rosarios.
¿Invita a otros?
Sí. Me es familiar trabajar así. Lo importante, para
mí, es acopiar. Antes fueron definiciones sobre
el significado del arte y terminó siendo un libro.
Ahora es bijou, pero el proceso es como el de juntar
ideas. Hacer eso da una ilusión de comunidad.
¿Documenta el proceso?
No lo escribo ni nada. Por ahora lo estoy viviendo
y creo que es lo que hay que hacer. Tengo ideas
de montaje, pero no me quiero adelantar. En
esencia, todas las cosas que hago tienen este
mismo esqueleto. Es un formato Aisenberg. Así
también invento los ejercicios para estudiar. Así
armo los grupos. Así fue creciendo mi método.
¿Le importa más el proceso que el resultado?
Yo soy pintora y al final de todos mis procesos siempre va
a haber una obra. Pero no pienso en eso. Lo que me gusta
es este trabajo que sucede ahora porque es bueno para
todos. Veo la recolección como algo más bien bíblico.
También está la teoría de que el hombre
es cazador y la mujer recolectora.
Le rehúyo a todo lo que diferencia lo masculino de
lo femenino. No creo que las cosas se dividan así.
¿A la hora de insertarse en el mercado
tampoco hay diferencias?
Ahí hay diferencias, claro. Antes que yo, pocas mujeres
ingresaron al mercado con presencia. Pero yo tengo una
forma muy peculiar, porque nunca tuve ese objetivo.
Mi grúa, lo que me levanta, es la cantidad de gente que
formé. Tengo una inquietud docente muy fuerte y eso me
hizo salir del camino que otros transitan, porque muchos
dan clases hasta que venden obra. En mi caso no fue así.
Siempre quise enseñar. Ese fue mi fin y no mi medio.
¿Cómo le dio formato a sus talleres?
Lo enhebré. Cada módulo de trabajo está porque
en algún momento necesité saber algo y entonces
lo incluí, para comprobar qué le pasaba a los
otros. Cada módulo es una semilla. Es realmente
apasionante. Tiro una idea y va creciendo con
los artistas convocados, que le dan forma.
El verdadero mercado está en todos lados
Aunque las artes plásticas dominan lo que se conoce como
“mercado del arte”, Diana Aisenberg no cree que ese sea
el único lugar al cual apuntar. Es más, está convencida de
que hay que mirar hacia otros lados y plantea un cambio
radical de lo que se piensa, desde el rol de artista, como
imagen del éxito. “Se idealizan mucho a los mercados,
sobre todo a algunos supuestamente ideales, pero ya no
sirven. Son unas cuantas personas que están en esos lugares
y son muy pocos los que viven de la venta de su obra. Es
un grupo minúsculo que, además, no es feliz. Están muy
presionados por seguir perteneciendo”, dice, y asegura que
lo que realmente importa es lo que sucede por fuera.
“Hay muchísimos artistas que están en otros lados. Todos esos
otros lados son lo que me interesa explorar. Esa mayoría tiene
la necesidad de generar modos de supervivencia y eso los fue
obligando a crear nuevos modos de relación
con el arte. El peor enemigo del artista, para
que funcione esta expansión, es el modelo
incorporado de lo correcto y lo incorrecto.
Esas voces insertadas en el cerebro que dicen
qué es lo bueno y lo malo son enemigas. No
todos los artistas venden obra y muchos de los
que venden obra ya no son artistas”, explica.
“Por ejemplo ahora veo que pibas de 30 años
tienen empresas de fiestas para niños, o
escuelas, o lugares en los que se juntan porque
juegan con los hijos. Y ahí hacen una producción
de fotos. Muchas veces ni siquiera se dan
cuenta de que están usando sus herramientas
artísticas y arman unas movidas que son puro
arte. Yo veo esa inserción, veo cómo se generan
un mercado porque ellas mismas conocen las
necesidades. Y a eso aún no se le dice obra,
pero desde mi mirada, sí lo es”, asegura.
Entonces, para Aisenberg, es primordial
cambiar el punto de vista. Reconoce que existe un
circuito de galerías que, más allá de las ventas, dan
prestigio y por eso siguen teniendo poder sobre los
artistas, que quieren o creen que necesitan pertenecer,
pero a la vez advierte que eso es una ilusión.
El modo en que un artista se gana la vida es uno de los intereses
más fuertes de Aisenberg y, convencida de que es por fuera
del “mercado del arte”, dice: “Me parece una muy buena
opción, y la recomiendo, el empleo de artistas en empresas
como asesores que propongan ideas de renovación y modos
de intercambio. Esto serviría para lidiar con el espacio vacío y
ayudaría a la creación desde la nada con los recursos que ya
existen. Nada mejor que un artista para la economía de recursos.
Es un tema que, justamente, me interesa. Es muy importante
pensar la relación de los artistas en el campo laboral”.
¿Se arma un proceso colaborativo?
Claro. Yo hablo de un pensamiento único, pero no
porque todos pensemos lo mismo, sino porque tal
propiedad de tal persona suma al equipo. Parece
muy fácil al decirlo pero es muy difícil de lograr.
¿Qué busca la persona que va a su taller?
Hace muchos años había una mística más fuerte con
el que pasaba por mi puerta. Eso sigue sucediendo en
cierta medida, pero también se desvirtuó bastante.
Lamentablemente, alguna gente que se acerca no le
interesa el taller y viene porque cotiza en el currículum.
Igual, los que se quedan son esos que dicen “al fin
puedo relajarme en un lugar y aprovechar lo que
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otros piensen”. En el taller es prioridad el afecto, la
colaboración. Si alguien busca casa, o trabajo, todos
buscamos. Es una comunidad. Eso funciona y es muy
conmovedor. Yo quería ser maestra rural. Esas escuelas
me movilizaban mucho, sobre todo cuando veía que
había grandes y chicos aprendiendo juntos y que uno
podía ayudar al otro, que todo era circular. Ese formato
es bastante parecido a lo que hago ahora en la ciudad.
¿Le interesa más la docencia
que las artes plásticas?
No, es paralelo. Siempre pensé que iba a enseñar
a pintar. Si me pongo a pintar, al de al lado le dan
ganas de hacerlo también. Soy contagiosa. Creo que
las pasiones son contagiosas. Hay un módulo en mis
clases que se llama “tesina” y consiste en dar una
clase sobre algo que te interese mucho. Hay que
organizar la información para poder transmitirla.
Después de tanto tiempo de escuchar descubrí que
tengo una cultura general enorme, como si me hubiera
tragado una enciclopedia entera. Es maravilloso.
¿Qué es lo que más le gusta de dar clases?
Soy buena lectora de obra y también soy un público
agradecido, pero lo que más me interesa es la relación
del artista con la obra y con el contexto. Lo que me
apasiona es la construcción del artista, su supervivencia
como un ser social. ¿Cómo paga sus cuentas? Eso es
lo que quiero que esté en el centro de la escena. El
artista no es un raro, es necesario y es parte de todas las
sociedades. En algún momento fue el borracho, en otro
el bohemio, el loco, un nerd. Ahora el rol del artista es
muy variado, con la globalización y la simultaneidad,
en todas las áreas hay una convivencia de perfiles y
de mercados. Se va dando una descentralización del
poder. No voy a decir que ya no hay focos enormes
de poder, hay un modelo mainstream prioritario,
pero viene en caída. Es viejo y está en decadencia.
¿Se confunde el arte con productos?
Quien es artista puede hacer cualquier cosa, no importa
qué, que siempre va a ser artista. Tengo un problema
con la palabra “decorativo”, se usa de forma despectiva
y hay un montón de prejuicios muy idiotas con respecto
a muchísimos conceptos. Que algo sea “decorativo”
no quiere decir que es malo, una obra de arte puede
decorar. Me interesa vivir con el arte y vivir en el arte.
Hay que poder ver el arte en el lugar en el que esté.
Hay arte en el diseño, en un florero. No me parece nada
raro que haya artistas haciendo tapas de revistas.
¿Se hacen productos y se los
enmarca como obra?
Todo es arte, o no lo es, según el discurso de época y el
discurso del artista. Si tengo que diagnosticar qué pasa
ahora, el nivel de lo que se considera “arte” ha llegado
a niveles patéticos. Está tan chupado por el mercado
que en realidad no queda nada, no hay under, no hay
outsiders. En Sudamérica hay una proliferación de
artistas que no se condice con ninguna capacidad de
mercado, y son todos seres humanos que tienen que
sobrevivir con lo que saben hacer. Por lo tanto, lo que se
encuentra es una inserción del arte en infinitas ramas y
ocupaciones de la vida. Lo que intuyo es que cada vez
es más natural que las empresas empiecen a incorporar
artistas. Los artistas hacen que el arte funcione en
cualquier rama, porque no queda otra. El arte va a estar
filtrado en cualquier cosa que necesitemos que funcione.
¿Qué artistas de ahora le interesan?
Tengo muchos alumnos geniales y ellos copan el 90
por ciento de mi tiempo y atención. Mi mirada está
puesta, y muy atenta, en qué es lo que producen,
qué intenciones tienen, cómo se comportan. Tienen
actitudes bastante indiferentes frente a las galerías.
Han sido muy maltratados. Las galerías, por ejemplo,
siguen pidiendo exclusividad, aun cuando no venden
como para que paguen sus cuentas. Esos modelos,
que uno ya sufrió, hacen que los chicos hoy exijan
otro tipo de tratos. ¿Qué es esto de que la galería te
posee y sólo ellos te pueden vender? Es un sistema
que está un poco viejo en relación a la realidad.
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