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El destino y el culpable

En los cuentos de “La mujer descuartizada” e “Historia de los dos visires en la que
se habla de Anis al-Chalis” se narran una serie de eventos que tienen un responsable inicial
o un culpable. Sin embargo, el papel de éstos se problematiza dentro de la misma narración.
Así, en la historia de la mujer descuartizada, se señalan diferentes culpables sin llegar a un
causante, mientras que en la otra las desgracias que le ocurren a Nur al-din pueden ser
atribuidas a un causante así no se haga explícito.
En el primer caso, la muerte genera una deuda que se tiene que pagar. El encargado
de hacer esto es Harún al-Rashid porque es el gobernante de Bagdad y los crímenes que
ocurren allí recaen sobre él. El que tiene que pagar la deuda es el culpable de la muerte de
la mujer descuartizada. En un principio, Chafar no encuentra este culpable por lo que él
mismo debe saldar la deuda. Harún al-Rashid determina que el precio es una vida,
condenando a muerte a su visir. Justo antes de ser ejecutado aparece quien cometió el delito
dispuesto a dar su propia vida como forma de pago. Esta aparición resulta ser milagrosa, lo
que deja ver cómo las cosas ocurren por una providencia, o un destino que ya está escrito.
La aparición sorpresiva de un nuevo culpable, que sustituye al anterior, se repetirá varias
veces, salvando la vida de Chafar.
El joven asume la culpa porque él mismo realiza el asesinato, es decir, es el culpable
material: asesina. El viejo sustituye a éste como culpable porque le parece que el esposo de
la mujer está excusado por los infortunios del destino y además, como tiene una vida por
delante en razón a su juventud, el viejo considera que lo justo es dar su vida. A pesar de que
el crimen tenga una justificación y que el joven, aparentemente no tenga tanta culpa, la
deuda debe ser saldada con la vida de alguien, la del viejo.
Pero súbitamente Harún al-Rashid reconoce un tercer culpable en el esclavo quien
se inventó el rumor de que la esposa del joven fue infiel con él. Como el esclavo no puede
ser encontrado, es Chafar quien debe asumir la culpa. De nuevo, de manera milagrosa,
Chafar se entera, justo antes de pagar con su vida, que es uno de sus esclavos. Cuando
Chafar asume la culpa se pone en el lugar del otro y deja de ser el visir, convirtiéndose en
un condenado a muerte. Harún al-Rashid determina que el responsable último de la muerte
de la joven es el esclavo, no quien cometió el acto de descuartizarla, ni otro de otro de los
posibles causantes.
¿Qué se condena? Parece que la condena no fuera una cosa única, sino más bien un
enredo entre los diferentes personajes que propiciaron el evento. Primero se condena a
Chafar porque no tiene al asesino a su alcance, pero quien debe ser castigado es el asesino.
Luego de que llega el asesino, Chafar es perdonado, y a su vez, el asesino se justifica y es
disculpado porque su acción dependió de la mala intención del esclavo. Otra vez, Chafar es
culpable por no poder encontrar al responsable del crimen. Cuando es encontrado el
esclavo, el castigo recae totalmente sobre éste. El esclavo en vez de ser quien empieza toda
la serie de eventos relatados, es simplemente un eslabón, con mala intención, en los
acontecimientos. A él se le atribuye toda la responsabilidad. Sin embargo, el esposo, por no
ser capaz de controlarse, podría ser culpable. Pero también la hija por robarse la manzana y
la esposa por tener tal capricho. La culpa, podría decirse, es colectiva. Con esto se muestra
que todos los personajes involucrados son culpables y participan del asesinato. No obstante,
por esta misma razón podemos decir que ninguno de ellos es culpable como tal. En
realidad, los eventos no tienen un responsable sino que están escritos, por decirlo de alguna
manera, en un destino truncado. Pero aunque no haya un culpable a priori, se establecen
individuos que pagan las contingencias del destino como simulacros de superación de la
muerte.
¿Lo que debe ser castigado es un asesinato o el acto que lo causo? Harún al-Rashid
determina que debe ser el acto malvado del esclavo que causó todo el problema, pero el
cuento muestra una cadena de causantes que parece ser infinita, y lo que finalmente ocurre
es que nadie es castigado porque no existe un culpable ya que todo está escrito. Por eso al
final Chafar indulta a su esclavo contándole una historia al califa.
La “Historia de los dos visires en la que se habla de Anis al-Chalis”, también
muestra diferentes formas de papel del culpable o responsable. En esta historia el que
determina quién es culpable de un crimen son los visires, ya que ejercen un poder sobre el
sultán, al ser sus consejeros. El enfrentamiento entre ellos supone una lucha entre el bien y
el mal en la que ambas partes tienen un poder similar, en donde la gente está sujeta, tanto a
la bondad de uno como a las intrigas de otro. El crimen en esta historia es no cumplir la
orden de darle al sultán la esclava que él mismo pidió y pagó. El responsable, es decir, el
causante de todo esto, es Nur al-Din, por no poder contenerse. Sin embargo, en un principio
no hay culpable porque al sultán se le olvida y por lo tanto no existe crimen. En esta
medida, todo crimen requiere ser registrado de alguna manera en la memoria para
establecer un castigo. Además, se muestra cómo el sultán también ejerce un poder. Él
determina si hay un crimen o no. En este caso, el precio del crimen también es una vida,
pues al-Muain b. Sawí quiere perjudicar a su rival y despojarlo de papel que tiene. Cabe
preguntarse si Nur al-Din no es culpable porque naturalmente la belleza busca belleza y
estaba escrito que él se lanzara sobre Anis al-Chalis.
Para al-Muain b. Sawí, el visir malo, el culpable y quien debe pagar es el visir
bueno. Sin embargo, nunca se entera del crimen mientras al-Fadl b. Jaqán, el visir bueno,
está vivo. Al-Fadl b. Jaqán predice lo que sucedería si se enterara, destino que no recaerá
sobre él sino sobre el verdadero responsable, Nur al-Din, su hijo. El poder de los visires, de
poder determinar culpables, se anula al enfrentarse a su opuesto, bien y mal, al-Fadl b.
Jaqán y al-Muain b. Sawí. En el momento en el que el visir bueno muere, el malo puede
tomar acción y exiliar a Nur al-Din junto con Anis al-Chalis, porque no hay nada que se le
oponga.
Harún al-Rashid vuelve a ser quien determina la persona que debe ser castigada. En
principio, quiere castigar a la pareja de exiliados por entrar a su jardín, pero también quiere
enterarse de su historia. Al conocer la historia, escribe el destino de los personajes, ya que
en una carta determina lo que sucederá con los personajes. Entonces el responsable de las
desgracias narradas, Nur al-Din, es premiado en vez de ser castigado, y el sultán cuyo único
crimen es el olvido es castigado, obligados a intercambiar papeles. Con esto se ve cómo
Harún al-Rashid ejerce un poder sobre todos los personajes y estable un orden para
gobernarlos.
Nur al-Din rechaza este orden y se limita a seguir su propia vida, mostrando, al
igual que en el cuento de “La mujer descuartizada”, hay un destino ya escrito que sobrepasa
el poder de Harún al-Rashid y que hace que no la figura del culpable se problematice y se
borre. Finalmente, el único condenado es el visir malo, que lo único que hizo fue odiar a su
rival y a todos, pues no alcanzo a ser ningún mal, y además buscaba justicia porque quería
que el sultán fuera restituido, así fuera para ser reconocido por encima de su rival.
En estas historias, la figura del culpable se confunde con la del responsable —es
decir el causante—, multiplicando los personajes capaces de asumir una culpa lo que lleva
a pensar ¿qué se está condenando? ¿Qué se debe pagar? Si todo el destino está escrito ¿es
posible que exista un culpable? ¿Puede existir la justicia si todo está predeterminado?
Finalmente, el precio es saldado con una vida —la del visir malo— o con una historia —la
que Chafar cuenta para salvar a su esclavo y la historia de Nur al-Din que oye Harún al-
Rashid. Todas estas preguntas indican que ni el hombre ni la mujer son dueños de su vidas,
ya que siempre otros disponen de ellas, como Harún al-Rashid, a sus acciones están
determinadas previamente por una fuerza divina.