“Una boa sin fin fue tu esperanza, ribereño bogando en el olvido…” Canción popular del Amazonas peruano Olver

Gilberto DE LEON Université de Paris-Sorbonne – Paris IV Como reflejo de sus sueños, el Paraná será para Quiroga un espejo, en contemplación permanente, creando un mundo de solemnidad mágica y absoluta, un reflejo en el reflejo de lo real en un viaje permanente hacia la muerte: El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna muralla lúgubre; en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa.1 Cargada de impresiones y sentimientos múltiples, el calor, la humedad, el color, la quietud, el agua profunda, la corriente, que tantas veces trajo en sus entrañas los cadáveres de los mensú asesinados por sus patrones. Destino de muerte en las aguas oscuras del Paraná, dolor humano y animal en la poética quiroguiana en las confidencias de un observador objetivo de una realidad material. En Misiones encuentra Quiroga la naturaleza, el misterio biológico, el hambre de las fieras, el estallido de los nervios, la superstición, lo misterioso, la muerte que tantas veces tuvo que enfrentar, la muerte injusta, véase por ejemplo: “El hombre muerto” y “A la deriva”, muchas veces a causa justamente del enfrentamiento con esa naturaleza, otras muertes como consecuencia de dramáticos procesos de autodestrucción mediante la bebida y las drogas, o la locura, o la muerte trágica y truculenta en sus cuentos de horror y fantásticos. En este escenario brevemente evocado, en esta “Tercera orilla de la frontera” 2, al decir de Rubén Bareiro-Saguier, va a ser el centro de sus dialécticas pluralistas que afirman, que enriquecen, el corazón mismo de intercambios, el sentimiento de su individualidad que dice “yo creo”, (el trabajo manual), ver por ejemplo “Los fabricantes de carbón”, y el “yo quiero místico-mágico” de “Anaconda”. Y “Anaconda” va a ser apropiada mágica y místicamente por Quiroga, y él se va a reconocer en ella, produciéndose entonces una integración en ese gran intercambio, en ese movimiento del hombre hacia la naturaleza y sus habitantes y de la naturaleza al hombre, movimiento a la vez real, pues la muerte de la gran Boa, es una aproximación a la suya. En su interesante artículo: “Anaconda: del cuento al mito”, Napoleón Baccino Ponce de León expresa lo siguiente:

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“A la deriva”, Cuentos de amor, de locura y de muerte, Buenos Aires, Losada, 1975, undécima edición, p.62. 2 Etudes autout de la nouvelle Hispano-américaine, Revue PALINURE, Paris, 1986, p.84

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Desde 1921, la mayor de las boas americanas multiplica su imagen en las tapas de los libros de Quiroga y en las ilustraciones de sus cuentos, a modo de verdadero blasón —sobre campo verde esmeralda— de una heráldica que representa mejor que cualquiera otra figura, el espíritu de la obra del salteño. Es que, de la enorme variedad de animales que desfilan, en distintas funciones, por ese exuberante mundo narrativo; es la anaconda la que el autor privilegia. Sólo ella tiene la prerrogativa de simbolizar la mejor zona de su creación: aquella que tiene como ámbito la selva misionera. Sólo ella encarna la postura vital de Quiroga ante esa selva. Sólo ella es elevada a la categoría de mito; síntesis de la cosmovisión que es cimiento y estructura de una cumbre en las letras del continente. Seguir, pues, las etapas de este proceso que se inicia en la primera versión de un cuento en el que la idea apenas si aparece en germen, hasta la deliberada construcción del mito sienta años más tarde, en otro que tiene mucho de poema cosmogónico; sugiere una perspectiva que se abre en abanico sobre una serie de temas capitales en la obra quiroguiana.3 Anaconda había llegado a la región durante una gran creciente, seguramente de la cuenca del Amazonas. Si comparamos algunas pasajes de los dos cuentos de “Anaconda” con el origen de la vida de la comunidad letuama del Amazonas colombiano podemos constatar una serie de similitudes muy interesantes. Según el pensamiento aborigen letuama, la vida surge en la unión del agua y la tierra y así se eterniza, el cielo es el río que envuelve la tierra y desde allí sale la Gran Anaconda hacia los ríos de la tierra, regando la vida en las aguas, para penetrar la tierra y fecundarla. Como en el final del cuento: “El regreso…”, Anaconda es el principio fecundo de la vida, ella en su recorrido mítico por las riberas de los ríos de la selva tropical, fue depositando las primeras parejas humanas, marcándoles al mismo tiempo los límites de su posterior expansión. Principio fecundo de la vida en la muerte final: Vio de pronto ante sus ojos la selva natal en un viviente panorama pero invertida; y transparentándose sobre ella, la cara sonriente del mensú. —Tengo mucho sueño…—pensó Anaconda, tratando de abrir todavía los ojos. Inmensos y azulados ahora, sus huevos desbordaban del cobertizo y cubrían la balsa entera. —Debe ser hora de dormir…—murmuró Anaconda. Y pensando deponer suavemente la cabeza a lo largo de sus huevos, la aplastó contra el suelo en el sueño final.4 “La selva desgarrada”, “la frialdad del estuario”, el agua sombría, que sirve de lecho para la muerte final que nos lleva lejos con la corriente, quedando grabada en nosotros como un fantasma que continuará navegando eternamente. El agua será la tumba de Anaconda, como lo fue para el personaje de “A la deriva”, “sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino”, o para el mentí intentando escapar del círculo
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Op.Cit. p.36 “El regreso de Anaconda”, Buenos Aires, Losada, 1974, sexta edición, p.30

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de explotación a que lo tiene sometido el régimen de explotación maderera, “llovió aún toda la noche sobre el moribundo la lluvia blanca y sorda de los diluvios otoñales, hasta que a la madrugada Podeley quedó inmóvil para siempre en su tumba de agua”; o en el mensú que se venga de su patrón luego de castigarlo duramente, introduce la jangada en el río y corta el cabo, entrando en un silencio de muerte en el agua cargada de tragedia. La muerte de Anaconda es fecunda, la del personaje de “A la deriva”, accidental y trágica, la del mensú Podeley, la única manera de escapar de la explotación, y la del patrón necesaria a la venganza del peón, en imágenes, cuyo denominador común es el agua, funcionando la misma como un mediador plástico entre la vida y la muerte. Es sin embargo, creemos, dentro de toda la obra de Quiroga, la más preparada, la más total, el agua y la naturaleza participan a esa fuerza fecunda, renovadora y polivalente de la Gran Anaconda, la muerte en el río de la misma, es la más heroica, la más “desgarradora” y la más literaria de las muertes. Es muy probable que Quiroga conociera a través de su impregnación con la cultura oral de la región, momentos fundamentales de la lucha contra la empresa exterminadora del blanco. No debemos olvidar que Misiones, y otras regiones de la zona, entran en la etapa de descubrimiento inmenso del paraíso verde, es decir la madera, yacimientos, coca, etc., usurpando las riquezas aborígenes y destruyendo el entorno. No es de extrañar entonces el papel de la víbora en las mitologías precolombinas, y más concretamente de Anaconda en este caso, asumiendo el papel de inconsciente colectivo ante la situación de un mundo en extinción. Al día siguiente la primera preocupación de Lanceolada fue el peligro que con la llegada del Hombre se cernía sobre la Familia entera. Hombre y Devastación son sinónimos desde el tiempo inmemorial en el Pueblo entero de los Animales. Para las Víboras en particular, el desastre se personificaba en dos horrores: el machete escudriñado, revolviendo el vientre mismo de la selva, y el fuego aniquilando el bosque enseguida, y con él los recónditos cubiles.5 En varios cuentos de H. Quiroga podemos apreciar la presencia del hombre colonizador en el entorno de Anaconda, y el resto de los animales que ella reúne. “El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura” (“A la deriva”); “El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal…” (“El hombre muerto”); “Por el camino quemante, el sombrero en una mano y mirando a uno y al otro lado de las copas de los árboles, con los labios estirados como si silbase, aunque no silbaba, iba mi hombre a buscar el machete.” (“Un peón”),… etc. El ambiente donde cohabitan hombre y colonizadores y animales es descrito por Quiroga de una manera concisa, indicando con precisión el marco donde se mueven los personajes: En la base de un murallón de piedra viva, de cinco metros de altura, y en pleno bosque, desde luego, existía una caverna disimulada por los helechos que obstruían casi
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“Anaconda”, Madrid, Alianza-Editorial, 1981, p.9

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la entrada. Servía de guarida desde mucho tiempo atrás a Terrífica, una serpiente de cascabel, vieja entre las viejas, y cuya cola contaba treinta y dos cascabeles (…). Fue allí, en consecuencia, donde, ante la inminencia del peligro y presidido por la víbora de cascabel, se reunió el Congreso de las Víboras.6 Podemos constatar en la obra quiroguiana una ajustada precisión terminológica científica, —debemos decir que Quiroga fue un asiduo lector de enciclopedias—, donde cada cosa es nominada por su vocablo específico, sobre todo en las referencias al terreno, a la fauna y a la flora. Tanto en “Anaconda”, como en “El Regreso…” hay en el escritor una voluntad calculada de retener y restituir íntegra y vívidamente un contorno paisajístico y humano, en íntima relación con el medio, todo es preciso, natural y minuciosamente presentado. Se establecerá entonces una correspondencia, un intercambio, como decíamos líneas arriba, entre el río y el autor, no hay —claro está— una identificación romántica y sentimental, bastaría ver los ejemplos citados para convencerse que el autor describe el Paraná tal como el lo vio y lo conoció, con realismo veraz, descubriendo al mismo tiempo en su convivencia misionera el paisaje bárbaro de América. La descripción de la sequía hecha por Quiroga en “El Regreso de Anaconda”, es un ejemplo más que significativo de lo apuntado: Desde dos meses atrás, no tronaba la lluvia sobre las polvorientas hojas (…) Noche a noche, de un crepúsculo al otro, el país continuaba desecándose como si todo él fuera un horno. (…) De lo que había sido el cauce de umbríos arroyos sólo quedaban piedras lisas y quemantes; y los esteros densísimos de agua negra y camalotes hallábanse convertidos en páramos de arcilla surcada de rastros durísimos que entre cubría una red de filamentos deshilachados como estopa, y que era cuanto quedaba de la gran flora acuática.7 Esta oposición calor-sequía/agua, será una metáfora recurrente. Napoleón Baccino de León en el artículo citado llega a expresar lo siguiente: Con la lucidez de un visionario, Quiroga se anticipa no sólo a las sequías provocadas por el hombre con la tala a gran escala de árboles y la construcción de grandes represas hidroeléctricas; sino a cualquiera de las muchas formas de devastación, a cualquiera de las muchas maneras de atentar contra el equilibrio de ese ecosistema. Es probable que Quiroga haya tenido esta “lucidez de visionario”, lo único cierto es el texto, la preocupación de los animales está ahí en toda su dimensión en contexto histórico determinado, que no es otro que el del colonizador de los primeros tiempos y que tan bien describe el autor en su mejor libro: Los desterrados. Cuando digo los primeros tiempos, me refiero a los años vividos por el escritor en Misiones, y en particular entre 1907 y 1925.

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Op. Cit. P.9 Op. Cit. Pp.8-9

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Según Cesare Pavese: “el mito antes que una fábula, caso maravilloso, fue una simple norma, un comportamiento significativo, un rito que santificó la realidad.”8 El “rito” para Quiroga está ubicado en esa naturaleza que él tanto conoce y respeta, en el orden inalterable del equilibrio entre los elementos que la componen, pero la llegada del hombre con su afán “civilizador” será un elemento perturbador, destruyendo el entorno, de ese paraíso tan buscado por Quiroga. Paraíso terrenal con claras referencias al Génesis, búsqueda de una vida primitiva y esencial, dolor ante la destrucción, por lo tanto no será extraño que a través del texto, su relato estará orientado en clara oposición entre aquellos que defienden el Edén y los que quieren destruirlo. La presencia del autor en este cuento, como en tantos otros, constituye una síntesis que no es posible escindir, veamos las propias palabras de Quiroga: Aunque hay mucho menos que lo que el lector supone, cuenta el escritor su propia vida en la obra de sus protagonistas, y es lo cierto que del tono general de una serie de libros, de una cierta atmósfera fija o imperante sobre todos los relatos a pesar de la diversidad, pueden deducirse modalidades de carácter y hábitos de vida que denuncien en este o aquel personaje la personalidad tenaz del autor.9 Si es cierto que Quiroga presenta a través del Instituto el enfrentamiento entre la naturaleza y lo que la intenta someter, es cierto también que la presencia de la cobra asiática representa lo extranjero, la lucha entre dos civilizaciones completamente diferentes. La victoria de Anaconda sobre Ilamadrías será de lo americano contra lo extranjero, factor negativo de la historia y que es necesario eliminar. Pero Anaconda, a pesar de haber quedado maltrecha como consecuencia del combate no morirá y “…le hace conservar siempre una buena amistad con el hombre.” Sin embargo la oposición dialéctica del motor del relato, es decir naturalezacivilización no se resolverá en el cuento, Anaconda será salvada por los hombres, y en buena convivencia con ellos, pero luego los abandonará para regresar: “…en complicidad con los elementos nativos del trópico, meditó y planeó la reconquista del río, acabada de cumplir treinta años.” La mitología letuama presenta a la gran Anaconda saliendo del río cósmico que envuelve al mundo y por donde navega el sol. Así entró en los ríos de la tierra y en sus largos recorridos fue dejando pedazos de su cuerpo, que a su vez dieron origen a las diferentes etnias hermanas. “Particularidades de su vida vagabunda” por los inmensos ríos americanos, donde “Un hombre primero, con su miserable ansia de ver, tocar y cortar había emergido tras el cabo de arena con su larga piragua. Luego otros hombres, con otros más, cada vez más frecuentes. Y todos ellos sucios de olor, sucios de machetes y quemazones incesantes. Y siempre remontando el río, desde el sur…” Los letuamas afirman que son hijos de la gran Anaconda mayor, y los macumas, sus hermanos de la Anaconda menor. Son mayores porque fueron los primeros en ser depositados por la Gran Anaconda en su espacio ancestral. La Anaconda aparece en el comienzo dando la vida y como tal el símbolo de la fecundidad, principio esencialmente femenino.
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“El oficio del poeta”, Buenos Aires, Ed. Nueva Visión, 1957, p.97 Horacio Quiroga en “Un recuerdo”, 1929

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“Cielo despejado ahora y sol radiante, que apenas alcanzaba a velar un momento los vapores matinales. Como una serpiente muy joven Anaconda abrió curiosamente los ojos al día de Misiones, en un confuso y casi desvanecido recuerdo de su primera juventud”, ha vuelvo para no estar lejos de la casa y el árbol, en su viaje hacia la fecundidad-muerte, “todo le era conocido, pero como en la niebla de un sueño”, hacia la muerte y su destino final. “Amigos de nuevo, jamás. Enemigos, desde luego, puesto que contra ellos estaba desencadenada la lucha”, los tiempos habían cambiado, y mismo la idea generalizada entre las tribus indígenas del Amazonas que consideran al hombre el eslabón de transformaciones del animal, todo, había quedado en los vagos recuerdos de Anaconda. Algunas veces las Anacondas primigenias se habían transformado en gentes, dando lugar a “la gente de Anaconda”. Cada grupo tiene, por consiguiente un patrón de comportamiento que resulta de su propia interpretación de la versión humana del comportamiento animal con el que entretiene lazos imponderables y eternos.10 Anaconda en su regreso final defiende el hombre, “—¡No se pasa he dicho! ¡Atrás! He tomado a ese hombre enfermo bajo mi protección. ¡Cuidado con la que se acerque!”, los otros animales la acusan de haberse vendido al mismo, todo es lejano, la propia boa no se explica “¿Qué le importaba ese hombre? Ella lo había defendido, sin duda; habíalo resguardado de las víboras, velando y sosteniendo a la sombra de la inundación un resto de vida hostil”. Y como en los primeros tiempos, a pesar de los cambios producidos por “la civilización”, se producirán entre el animal y el hombre esos “lazos imponderables y eternos”, quizá toda esa relación que haya quedado en el olvido aparente, pero la unión muestra lo contrario, ese moribundo, un pobre mensú será para Anaconda una ayuda fundamental para la continuidad de su especie: “Fiel al calor del hombre, continuaba, poniendo sus huevos vitales, propagadores de su especie, sin esperanza alguna para ella misma”. Complementaridad entre la boa y el hombre, fin y principio que hace posible la unión fecunda en la continuidad de la vida.

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Milagros, PALMA, “Los viajeros de la Gran Anaconda”, Managua, Editorial América Nuestra, 1984, p.110

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