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Es una ilusión óptica; parecen muy distintas porque una siente y piensa desde su práctica cristiana
comprometida y la otra ha vivido para desentrañar cómo el machismo se agazapa y alimenta en la
religión, pero la periodista Mishelle Mitchell y la académica Yadira Calvo tienen algo en común;
ambas son mal portadas.
La frase que acompaña este texto la acuñó la historiadora Laurel Thatcher, quien se defne como
feminista activa y mormona, tras estudiar las biografías de mujeres que infuyeron en la historia
desde su experiencia privada.
Ser “bien portadas”, hacer lo que la sociedad nos impone, sólo perpetúa el patriarcado, ese
conjunto de conceptos y prácticas basadas en la estúpida idea de que el varón es superior a la
mujer. El cambio social lo han hecho quienes lo han cuestionado, quienes se le han rebelado, las
“mal portadas” a las que registra la historia con nombre y sin él, porque también desde el anonimato
se revoluciona.
En su último libro “La aritmética del patriarcado” Yadira desarma en piezas una maquinaria simbólica
que explica cómo el patriarcado “goza de buena salud y abunda tanto como las pulgas en los
perros callejeros”, y entendemos por qué hasta ahora Mishelle decide hablar sobre su reciente
divorcio: “para nosotras romper el vínculo matrimonial resulta sacrílego. Un hombre se divorcia y
es natural; pero una mujer que toma sus bártulos, sale de la casa, y cambia su estatus profana lo
sagrado, exuda rebeldía y es una bruja ingobernable. Asumir el riesgo y el costo de la separación
es un acto de valentía, la expresión más elocuente de la defensa personal. La reacción social es
predecible y para algunos resulta devastadora. Por ello ofcializar la separación y hacerla pública es
un acto calculado que requiere una estrategia de comunicación.”
Yadira y Mishelle nos sacuden neuronas y corazón porque deciden rebelarse hasta en salirse de sus
trincheras habituales para venir a una revista de moda y diseño a que sus experiencias dialoguen
entre sí y con las de cada una de nosotras.
Nos muestran cómo la autovaloración lleva necesariamente a volverse mal portadas contra el
patriarcado porque es el que en realidad nos separa de lo mejor de nosotras mismas y de los
varones.
Leerlas será un acto inspirador y liberador para muchas; ojalá también de epifanía para todos ellos.
LETRAS
MAL PORTADAS
“Las mujeres bien portadas rara vez hacen historia”
Laurel Thatcher Ulrich
Por ANY PÉREZ Por JUAN CALIVÁ Por ELDA SALAS para Tiff Costa Rica
Y A D I R A C A L V O M I S H E L L E M I T C H E L L
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DIVORCIO SIN
REMORDIMIENTOS
Por MISHELLE MITCHELL BERNARD Por DERLY CUBILLOS Por MIGUEL GARCÍA para ALLURE
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¿Cómo hacer del trago más amargo el más dulce? Sencillo: aceptando
la verdad y bebiéndola decidida, pero sin prisa. Por eso admito que no
lamento haber roto el determinante voto de “hasta que la muerte nos
separe”. Lo siento, pero no lo lamento; tampoco lo celebro, tan solo lo
vivo. Divorciarse, más que una angustia existencial, es para muchas de
nosotras una experiencia liberadora.
La delicada decisión nos confronta con un sentimiento de alta traición.
Ponderamos qué es más sagrado, si el juramento de unión eterna o
la dignidad personal. La balanza se inclinó por lo segundo, porque he
sido testigo de demasiados sacrifcios del yo, de la independencia y la
individualidad ante un altar.
No es un trance fácil, pero el divorcio supone un acto de profunda
reconciliación con el yo. Como nunca antes se vive la oportunidad de
pedirse perdón a una misma. Revive el auto reconocimiento, sentir las
alas, batirlas nuevamente y echarse a volar.
Resurgir como el ave fénix cuesta cuando las alas están atrofadas o
rotas: ¿Cuántas mujeres abandonaron sus anhelos a precio de un anillo?
¿Cuántas más renunciaron a sus ambiciones y sueños por cumplir
con abnegación el compromiso conyugal? Un matrimonio, -fgura en
la que sigo creyendo frmemente- puede ser una pavorosa trampa de
procastinación: cuando no es la atención de la casa y el marido, es la
crianza de los hijos recargados a la madre, y cuando no son éstos, la
edad ya está muy avanzada para reincorporarse en la autopista de la
realización personal.
Pero la decisión, por agónica que sea, resulta oportuna cuando las
razones son las correctas. Un estudio del sociólogo Sergio Reuben da
cuenta de que la edad promedio de las mujeres que se divorciaron entre
1995 y el 2005 era de 36 años. Su edad promedio al contraer nupcias
era 26. Conforme avanza la edad, menos mujeres optan por el divorcio.
Mi hipótesis es que la necesidad de la aparente estabilidad y el apego
pueden más que la notoria infelicidad de una relación vacía y opresiva.
¿Por qué un matrimonio termina en divorcio, qué lo detona? Alicia
Puleo, en su libro “La Dialéctica de la Sexualidad”, manifesta desde la
perspectiva flosófca que el amor y la sexualidad suponen la supremacía
del impulso sobre la refexión y el intelecto.
Entrar sin herramientas y sin proyecto claro al matrimonio puede ser
una perversa ilusión: Dos cónyuges enamorados, embebidos de amor,
pero en sus aspiraciones y valores rivalizan. Su relación será una eterna
maniobra para hacer valer su posición individual. El matrimonio deriva en
una estrategia de poder, en el cómo te cambio para amoldarte a mí.
Con frecuencia el hombre asume el papel de mesías erótico: conquista,
rescata, provee y protege, no a una persona con historia y voluntad
propia, sino a una posesión. Lo justifca una lógica machista, políticamente
correcta, socialmente aceptada y mediáticamente validada.
Ella sin norte claro ni identidad defnida se asume incompleta, dependiente,
frágil, muchas veces pasiva...Otras, en afán maternal, adopta un cónyuge
que más parece un hijo, con la ambición de darle el afecto que de pequeña
no recibió. Una media naranja en espera permanente de su otra mitad.
Quisiera pensar que ambos roles, desesperantemente estereotipados
y programados son conductas superadas. Pero en pleno siglo XXI su
existencia persiste y es abundante.
Y en ese contexto, por contradictorio que suene, el desapego defnitivo
que supone el divorcio es un acto de amor y respeto, fundamentalmente
uno de amor propio cuando se afnca en la restauración del individuo, en
la reconstrucción de los sueños y en la reelaboración de los procesos
para lograrlos.
Asumir el divorcio es romper el cautiverio. No lo promuevo, pero
ciertamente abre la puerta para restituir lo perdido y recobrar las fuerzas
invertidas en todos menos en una misma. Al fnal y al cabo, ¿qué puede
dar un ser humano si está vacío?
Y es que para nosotras romper el vínculo matrimonial resulta sacrílego. Un
hombre se divorcia y es natural; pero una mujer que toma sus bártulos,
sale de la casa, y cambia su estatus profana lo sagrado, exuda rebeldía,
es mala madre y es una bruja ingobernable. Asumir el riesgo y el costo
de la separación es un acto de valentía, la expresión más elocuente de la
defensa personal.
La reacción social es predecible y para algunos resulta devastadora. Por
ello ofcializar la separación y hacerla pública es un acto calculado que
requiere una estrategia de comunicación.
La separada –ofcioso estigma– se hace acreedora de la mirada
compasiva, la palabra lastimera y hasta a la reprobación de quienes la
rodean. El subtexto detrás de la nueva condición remite al rechazo, al
fracaso, a la sensación de culpa y soledad. Pero todas esas nociones
palidecen ante la libertad. Sobrellevar los epítetos de quienes se ofenden
por el divorcio es posible cuando nuestro músculo es más poderoso
porque siente, pero ante todo, razona.
Reza un dicho que los 40 son los nuevos 20s. Para mí el divorcio es la
oportunidad de afanzar una soltería inteligente, asertiva y empoderada.
Y frente a esta etapa, me encanta pensar que Dios nos creó solteros y
cuando vio que sus criaturas eran independientes únicas y solteras, hasta
ese momento pensó en buscarle compañía, como lo señala el escritor
barbadense, Myles Munroe.
Tomada la decisión y asumido el desafío de resignifcar el amor, -el propio
y el de pareja- concluyo que como mujeres, nuestra piel y corazón son un
santuario al que se entra con reverencia y devoción. Devoción del amante
y entrega de la amada, una doble vía que más que emotiva es estratégica
y racional.
En el post divorcio el ejercicio de amar, más que impulsivo es
deliberadamente refexivo, dosifcado, cuidadosamente administrado por
quien concede y recibe las mieles del amor.
Así, un trago amargo se torna dulce, cuando se bebe decidida y sin prisa.
Brindo por la vida, por una consciente de que el lenguaje del amor se
escribe en primera persona: Yo, en segunda: Tu y en tercera: Nosotros.
¡Salud!
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La palabra “feminismo” suele provocarle picazón a muchos hombres y
hasta a algunas mujeres que relacionan este concepto con bigotudas y
tragamachos. Pero la mejor manera de quitarse prejuicios es conocer.
Hay una historia que el patriarcado no suele contar, porque da por
hecho que la opresión y la servidumbre de un sexo al otro son tan
naturales como el agua y el aire. Durante siglos se esperaba que las
mujeres callaran y su palabra se valoraba poco. Por eso manda el refrán
que donde hay barbas callen faldas. El pretexto de este mandato era
una alegada incapacidad mental femenina; la verdad de fondo era la
dominación. Y así, puesto que carente de valor, la voz de las mujeres
no se escuchaba; y como no se escuchaba, ellas no podían demostrar
la falsedad del argumento. De este modo el malintencionado prejuicio
ponía cara de inocente verdad mientras cuadraba el círculo.
Así se garantizaban los patriarcas la inamovilidad de su jerarquía, que
antes del siglo XVIII parapetaban en la religión. Después de ahí, en la
ciencia, que iba ganando prestigio, desde donde afrmaban que las
mujeres eran incapaces para la libertad, ineptas para la vida autónoma,
inútiles para las tareas mentales, menores de edad permanentes,
nacidas solo para servir a los hombres y propagar la especie. En vista de
todo eso, se les vedaba el acceso a las universidades, el ejercicio de la
ciudadanía, y la práctica de profesiones; se las sometía a la voluntad del
marido cuando no del padre, de un hermano o de un hijo varón.
No obstante, contra vetos y mandatos, al principio de una en una, y
después como grupo, muchas mujeres decidieron plantarle cara a los
prejuicios y cuestionar la servidumbre. Se preguntaban por qué se les
prohibía asistir a las universidades, ejercer la ciudadanía, desempeñar
cargos, manejar dinero, gozar de libertad. Al fn y al cabo, si eran tan
seguras las incapacidades que se les atribuían, ¿por qué no querer
probarlas?; y si no lo eran, ¿por qué seguir atribuyéndoselas? A las que
esto planteaban se les llamó feministas. Se las recibió con caras rojas
de ira. Venían a mover lo inmóvil, a alterar el orden social, a cuestionar
un poder nunca puesto en cuestión, a buscarle los tres pies al gato.
Había que desarticularlas, ridiculizarlas, intimidarlas. Todo eso se hizo.
Se las acusó de actuar contra natura, desestabilizar la familia, querer ser
hombres, despreciar la feminidad. Se les advirtió que las mujeres buenas
y normales se conformaban con lo que les tocó, y si les tocó escaso
era porque la sabia naturaleza había puesto a los hombres un cetro y a
las mujeres una escoba. Claro que ellas rápido le hallaban los pelos a la
sopa ideológica y los alzaban del plato. Lo siguen haciendo todavía. Por
eso para algunas personas “feminismo” es una palabra que pica, igual
que “abolicionismo” les picaba a los viejos esclavistas.
Si algunas creen que ya todo está hecho y que ya el patriarcado tuvo
su velorio y su funeral, se equivoca. La realidad dice que goza de buena
salud y abunda tanto como las pulgas en los perros callejeros. Se
manifesta en violencia física contra las mujeres, que es nuestro pan de
cada día; en las múltiples conductas machistas que nos abruman no
más abrir la puerta, y hasta sin abrirla; en el techo de cristal que nos
pone topes de ascenso en las profesiones; en la propaganda televisiva
que nos ve como si no tuviéramos más interés que el brillo del piso, el
blancor de la ropa, la talla del brassiere, el peso y el sobrepeso. Se le
puede hallar en cualquier lugar en donde haya un hombre convencido
de que el pene es una condecoración, y una mujer dispuesta a compartir
esa fe. Esos sitios son muchos y precisamente porque a los muchos de
esos sitios la palabra “feminismo” les produce desasosiego y picor, les
convendría más enterarse y conocer que rascarse si les pica.
PALABRA
QUE PICA
Por YADIRA CALVO
Por LILLIANA ÁLVAREZ para ALLURE
Por DERLY CUBILLOS