Vida social, un lenguaje para interpretar

T E XTOS E S COGI DOS
Nils Christie
Introducción
Juan Francisco Iosa*
Junto a algunos textos hasta hoy inéditos, presentamos aquí una
compilación de la mayor parte de los artículos que Nils Christie lleva
publicados en inglés hasta el presente. Los escritos en noruego, su len-
gua materna, deberán esperar otros traductores. Dado que ya están tra-
ducidos sus principales libros (Los límites del dolor, La industria del
control del delito, y Una adecuada cantidad de delito) con esta compi-
lación los lectores de habla hispana contamos finalmente con un pano-
rama bastante representativo de su obra.
Nils Christie ha dedicado su larga vida como pensador e investi-
gador social al estudio del sistema de control del delito como admi-
nistración de la violencia. El reparto deliberado de dolor, la función
principal del sistema penal, es moralmente problemático. Su obra es
un persistente llamado de atención sobre este punto, que de tan
obvio y tan constante pasa desapercibido a buena parte de nuestros
operadores jurídicos, quienes suelen descansar relajados en la tran-
quilizadora idea de que están administrando justicia. Es por ello que
Nils Christie, junto con toda su generación, corrió el foco de los estu-
dios criminológicos hacia el análisis de las actividades de los Esta-
dos, tomando distancia de la criminología clásica centrada en inves-
tigar al delincuente y las supuestas causas de su actuar. De aquí su
conocida frase: “el delito no existe”. No hay nada en las actividades
concretas que permita identificarlas como delitos naturales, por
decirlo de algún modo. Simplemente hay conflictos, conflictos que
por diversas razones son calificados de uno u otro modo. Se pueden
tomar sólo unas pocas o bien muchas acciones y calificarlas como
delito. Christie siempre estuvo preocupado porque la calificación de
* Universidd nacional de Córdoba, Argentina.
I
un conflicto como delito (calificación que hace más probable la apli-
cación de la fuerza estatal) fuera sólo aquella a la que se acude en
última instancia. El uso excesivo del derecho penal, esto es, del poder
calificador, vuelve a los Estados peligrosos para los ciudadanos. En
tiempos en que el péndulo vuelve a ponerse del lado de los interesa-
dos en maximizar el poder del Estado como herramienta de control
social, donde las demandas por más pena y más criminalización no
dejan de oírse, donde la criminología deja de lado su tono crítico
para tornarse un instrumento útil para el logro de ciertos objetivos
sociales considerados de suyo valiosos, vale la pena volver a llamar la
atención sobre un pensamiento anacrónico.
Quisiera insistir sobre dos cuestiones vinculadas a la criminolo-
gía como pensamiento crítico. Primero, al escribir, Christie deja com-
pletamente de lado el lenguaje técnico y muchas veces enrevesado,
tan común en la escritura académica. Él afirma que escribe para sus
tías preferidas, para gente interesada en el tema pero que dejará de
leer si se enfrenta a un lenguaje obtuso y oscuro. Al leerlo uno siente
que está dialogando con un igual, con una persona que no habla
desde un lugar de autoridad o de supuesto saber. Aunque, por
supuesto, conoce toda la literatura criminológica así como los datos
empíricos relevantes, cuando habla simplemente reflexiona desde el
lugar de una persona preocupada por el bienestar de su comunidad
y de la humanidad toda. Su crítica del lenguaje académico y profe-
sional está vinculada a su idea de que si nos interesa disminuir la vio-
lencia estatal y social en general (la violencia, no los conflictos) una
herramienta central es procurar disminuir la distancia entre la gente,
la distancia económica, educativa, de poder, etc., siendo el lenguaje
oscuro del profesional muchas veces nada más que una herramienta
de construcción de estatus y, por ende, de poder.
Segundo, Nils Christie se califica a sí mismo como un irrespon-
sable cultivador de dilemas. Le interesan más las preguntas que las
respuestas, y no le resulta desagradable constatar que no ha encon-
trado respuesta para alguna pregunta. Hoy la criminología, sobre
todo en los países centrales donde no es sólo una asignatura prescin-
dible en la formación de los abogados, tiende a ser concebida como
un campo dedicado a encontrar respuestas a preguntas concretas
típicamente formuladas desde la administración del Estado. ¿Fun-
ciona la medida X como modo de lograr el efecto Y? ¿Sirve el botón
de pánico para reducir los casos de violencia contra las mujeres?
¿Cómo disminuir la tasa de reincidencia? Éstas pueden ser pregun-
tas muy interesantes y muchos criminólogos entienden que es su res-
ponsabilidad responderlas. Christie, en cambio, no está interesado
II
en ellas, no está interesado en la criminología como instrumento del
control del delito sino como crítica en un sentido más bien clásico,
es decir como una reflexión sobre nuestras prácticas. No pone tanto
el acento en el análisis del sistema penal como instrumento para
lograr ciertos fines sino en los fines, en los valores que expresan
nuestras prácticas e instituciones.
Y, por cierto, Christie nunca se ha limitado a pensar el sistema de
control del delito como un fenómeno aislado y autocontenido. Por el
contrario, siempre lo ha estudiado en conexión con el resto de la
estructura social, incluso como el lugar donde la sociedad ofrece una
lectura privilegiada de sí misma. De allí el título de esta compilación,
Vida social, un lenguaje para interpretar. Sin duda, al leer el título, una
persona desconocedora del pensamiento de Christie podría pensar que
está frente a un pensador de lo social en sentido amplio y no frente a
un criminólogo, un especialista. Y tal vez no se equivoque.
A su entender lo que ocurre en el sistema penal es un reflejo de
los valores centrales de la sociedad en cuestión. Y es importante que
nos podamos sentir cómodos, en casa, con esos valores tal como los
refleja el sistema. Al respecto cabe llamar la atención sobre un tópi-
co recurrente en el análisis de Christie: las cifras de encarcelamien-
to. En Argentina estas cifras muestran una evolución hacia una situa-
ción cada vez más incómoda. Según indica el Sistema de Estadísticas
sobre la Ejecución de la Pena en su Informe Anual del año 2012, la
población carcelaria ha pasado de 25.163 presos en 1996 (cifra que
se mantenía más o menos estable desde el año 1972 con 24.233 pre-
sos) a 62.263 presos en 2012. Tal como Christie ha sostenido y
demostrado en numerosos trabajos, las cifras de encarcelamiento no
tienen relación alguna con el índice de delitos. De aquí que su
aumento se explique por cambios en la política punitiva del Estado,
cambios que nuestra criminología debe explicar en detalle y valorar.
Christie ha colaborado al poner en la agenda cuestiones que hoy
nos resultan familiares pero que no lo eran hasta hace unos años: la
enajenación de la víctima respecto de su propio conflicto, el carácter
problemático de los especialistas en conflictos (abogados, psiquia-
tras, etc.) justamente en tanto se apropian de conflictos ajenos, o,
para decirlo en términos generales, la mercantilización del control
del delito, su retrato de la víctima ideal, sus análisis del significado
de los cambios punitivos, etc. Para apropiarse de estas ideas o para
profundizar en ellas en caso que nos sean familiares, no queda sino
leer el libro.
Febrero de 2014
III

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