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Universidad | Martes, 2 de abril de 2013
Opinión
Diez años sin Oscar Landi
Por Eduardo Rinesi *
El 6 de abril de 2003 (este sábado hará diez años exactos) moría en
Buenos Aires Oscar Landi, dejando a los estudiosos de los problemas de
la política, la sociedad y la cultura una obra que, sin duda, hay que
contar entre las más relevantes, originales y potentes de las que se
hayan producido en el campo de las ciencias sociales y de la filosofía
política local en el último tercio del siglo pasado. Landi había transitado
su período de formación política e intelectual en las filas del Partido
Comunista, donde había recibido la fuerte influencia de su maestro
Héctor Agosti (que intentaba renovar esa tradición comunista nacional
incorporando al programa de lectura de sus jóvenes discípulos las
primicias del marxismo italiano en general y del pensamiento de Antonio
Gramsci en particular), y durante algún tiempo había hecho convivir esa
militancia con sus lecturas filosóficas en la gran tradición de la
fenomenología francesa, y sobre todo del que no tardaría en volverse su
autor de referencia principal: Maurice MerleauPonty, cuya fuerte
intervención en el espacio de los debates filosóficos franceses de mitad
del siglo XX apuntaba a impugnar la separación entre conciencia y
mundo que había signado la tradición que se tendía de Descartes a
Sartre, y a sostener en su lugar la idea de un cuerpo anclado en el mundo, hundido en el mundo. No es posible
exagerar la importancia de este modo de entender las cosas en la evolución del pensamiento de Oscar Landi, en
cuyo interés por la obra del autor de la Fenomenología de la percepción y de Las aventuras de la dialéctica no sólo
estaba anunciada su necesaria salida –que no tardaría en producirse– de la cultura comunista, sino también su
ulterior encuentro con el movimiento que, mucho más que el viejo partido de cuadros en el que había hecho sus
primeras armas teóricas y prácticas, expresaba la corriente viva de las masas argentinas en las últimas décadas
de la historia nacional.
En efecto, es posible sugerir que fue la suma de las influencias del democratismo de Agosti, el culturalismo de
Gramsci y el antidualismo de Merleau-Ponty la que desarrolló en Landi una fuerte sensibilidad, que acaso podamos
llamar “movimientista”, que lo llevó primero al maoísmo y luego, bastante después, al peronismo. O mejor: que lo
fue desplazando del comunismo al peronismo por la vía (que muchos otros jóvenes marxistas como él recorrerían
también en esos años) del maoísmo. Como sea, el peronismo fue para Landi un objeto de estudio y de interés muy
grande, tanto por lo que tenía para decir sobre las razones de las frustraciones argentinas del pasado como por lo
que tenía para enseñarnos sobre las posibilidades de construir un orden político estable y justo en los años en los
que, bastante más tarde –a la salida de la última dictadura militar–, el país comenzaba a andar el camino de lo que
se llamó la “transición” a la democracia. Pensar los desafíos de esa transición exigía volver a enfrentar los
problemas de los que se habían ocupado las ciencias sociales que en su momento habían pensado la cuestión del
peronismo clásico, y también evaluar con ponderación la mucho más trágica experiencia del peronismo del ’73 al
’76. A ambas tareas dedicó Landi grandes esfuerzos y notables trabajos a lo largo de la primera mitad de los ’80,
con un instrumental teórico que entre tanto había incorporado, como nuevas herramientas, los grandes desarrollos
del estructuralismo francés, del psicoanálisis lacaniano y del análisis del discurso. Con esos utensilios desarrolló
Landi una de las más interesantes versiones del pensamiento sobre la democracia que nacía en la Argentina, a la
que siempre trató de pensar, lejos de todo formalismo y de todo “reduccionismo institucionalista”, en sus
dimensiones subjetivas, simbólicas y culturales.
Eso mismo lo llevó al estudio del lugar de los medios masivos de comunicación (y sobre todo de la televisión) en la
construcción de la escena democrática que se inauguraba. Sus estudios sobre el tema, polémicos en su momento,
y no siempre tratados con justicia, se cuentan sin duda entre los más agudos e importantes que se hayan producido
entre nosotros. Con todo, es posible sostener que el gran tema de Landi, durante los últimos veinte años de su
vida, no fue tanto el de los medios como el de la palabra. El de la palabra política. El de la palabra como
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constructora de escenas, como enunciadora de promesas, como ordenadora del mundo de los grandes debates
colectivos. Por eso le importó a Landi mostrar el modo en que esa palabra política, después del ciclo de obligado
silencio que había transitado durante los años de la dictadura, volvía al centro de la escena subordinando a su
dominio –al dominio de su prestigio, de su legitimidad y de su capacidad de movilizar emociones y esperanzas– a
una televisión que, erosionada en su credibilidad por su manifiesta complicidad con las mentiras oficiales que se
dedicó a transmitir durante la guerra en las Islas Malvinas, apenas podía recibirla y transmitirla a una audiencia de
ciudadanos activos y movilizados. Por eso le importó indicar cómo se fueron modificando los términos de esta
relación entre palabra y medios (entre la credibilidad de la palabra y la de los medios) en la Semana Santa de
1987. Por eso le interesó estudiar el modo en que esos medios fueron colonizando cada vez más, a partir de
entonces, los dominios de esa palabra política antes soberana, imponiéndole con cada vez mayor descaro sus
formas, géneros y tiempos. Por eso dedicó tanta atención a ese sorpresivo y fundamental acontecimiento que fue
el Pacto de Olivos, que de un golpe nos había mostrado a todos de qué modo, sin embargo, la política seguía
haciendo su trabajo detrás de las bambalinas.
Claro que en aquella ocasión lo había hecho del peor modo: en secreto. Los temas del pacto y del secreto
ocupaban un lugar central entre las preocupaciones de Landi, que aspiraba a que pudiera reemplazarse ese tipo
espurio de acuerdos sigilosos hechos a espalda del escrutinio de la ciudadanía por la construcción de grandes
acuerdos colectivos a través de la recuperación del valor de la palabra. De una palabra que pudiera volver a “poner
sentido” –como escribió muchas veces a medida que avanzaba la década del ’90– en medio del delirio de una vida
colectiva gobernada cada vez más inapelablemente por un conjunto de fuerzas, poderes y lenguajes (el de los
empresarios, el de sus economistas y periodistas especializados, el de los medios de comunicación) que nadie
parecía dispuesto a combatir. Landi abrigó alguna expectativa de que la renovación política operada en el ’99
pudiera modificar algo las cosas, pero muy pronto vio frustrada esa esperanza. Y casi no escribió en aquellos años
sino para exigir a los representantes democráticos del pueblo estar a la altura del desafío de articular una palabra
diferente a la de los dueños del poder económico y mediático. Supo escuchar los sonidos de la furia de fin de 2001
y protestó, en una vena democrática tanto más digna de elogio cuanto más se la compara con el conservadurismo
que tendió a presidir las intervenciones de tantos académicos en los meses que siguieron, contra las miradas más
preocupadas por la salida del corralito bancario y la superación de la emergencia financiera que por la recuperación
de todo el potencial de movilización y de lucidez que se había expresado en la protesta ciudadana. Murió pocas
semanas antes de poder comprobar hasta qué punto ese oído más atento por el que bregaba podía inspirar una
orientación diferente de la vida política del país desde la cima misma del aparato del Estado.
Landi fue una figura intelectual de primer orden en una Argentina que hoy nos parece, por más de una razón,
distante. Pero cuyos grandes debates no dejan de proyectar sus ecos sobre los que hoy mismo protagonizamos y
sobre los que todavía nos esperan. Pienso, en relación con los escritos que nos ha dejado Landi, en sus reflexiones
sobre la cuestión de la justicia y en sus múltiples trabajos sobre la problemática de los derechos humanos y de su
violación. O en sus textos sobre las complejidades de ciertas categorías analíticas sobre las que tenemos que
seguir reflexionando, como la de “hegemonía” o la de “cultura política”. O en su preocupación por las distintas
formas de pensarse y de ejercerse la ciudadanía. Son temas que nunca estuvieron tan presentes en nuestras
discusiones como hoy mismo, y sobre los que los escritos de Landi tienen todavía mucho para decirnos. Habrá
pues que volver a leer Reconstrucciones, acaso su libro más logrado. Habrá que volver a pensar, con menos
prejuicios, sus textos sobre ese asunto inmundo (inmundo, es decir: que está en el mundo, y que por eso tenemos
que pensar, y que Landi se dedicó a pensar en el más alto nivel y con la mayor sofisticación entre nosotros) que es
la televisión. Habrá que repasar las notas y las bibliografías de las clases y los cursos que durante décadas dictó,
con gran dedicación (y sin dejar de escandalizar con sus provocaciones, que eran siempre invitaciones a pensar las
cosas a fondo y sin pacaterías), en la universidad pública argentina. Remedos de la imposible conversación que
nos habría gustado poder tener con él sobre este fascinante y arduo tiempo que vivimos, esos ejercicios de revisión
de su trabajo pueden todavía entregarnos la evidencia de la vitalidad y el interés de un pensamiento con el que
tenemos que seguir contando.
* Rector de la Universidad Nacional de General Sarmiento.
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