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Directora y productora: Ana Patricia Moya Rodríguez Habitantes de Groenlandia:
Rafael Benítez Parrado, Rafael Infantes Lubián, Sonia Sáinz Capellán, Ana Patricia Moya Rodríguez (Córdoba), Pablo Morales de los Ríos (Madrid), Maria Bárbara López Mosqueda (México).

Sumario
Bienvenidos a Groenlandia Ensayos El marqués de Sade: el filósofo pervertido En torno al concepto de irracionalidad Sobre la política como forma de limpieza social Diego Rivera Árbol de la esperanza, mantedme firme Lars Von Trier: el cine como catarsis Machismo Identidad y Pertenencia Femenino Singular (I) Biografías de mujer en comic Reseñas Habitantes Rafael Benítez Parrado (cuento y poemas) 48 Rafael Infantes Lubián (relatos) 54 Bárbara López Mosqueda (relato) 59 Sonia Sáinz Capellán (relatos) 71 76 Pablo Morales de los Ríos (cuento y poemas) Ana Patricia Moya Rodríguez (cuentecitos, poemas...) 87 Visitantes Saúl Ariza (poemas) Verónica Moreno Puerto (poemas) Ángel M. Remis Saucedo (relatos) Carmen Moreno Díaz (cuento) Ángela María Romero (microrrelatos) Mario Jorge Piro (relato) Maria Teresa Fernández Ureña (poema) 94 96 101 108 110 112 116 4 8 10 17 22 24 31 37 40 43 3

Junto a los habitantes, colaboran en este número o visitan Groenlandia:
Saúl Ariza Cañete, María Teresa Fernández Ureña, Verónica Moreno Puerto, Ángel M. Remis Saucedo, Carmen Moreno Díaz (Córdoba), Ángela María Romero (Sevilla), Mario Jorge Piro (Argentina).

Diseño y maquetación:
Ana Patricia Moya Rodríguez \ Angustias Añón Flores

Edita:
Revista Groenlandia

Depósito legal:

CO-686-2008
(Importante) Apoyo Moral: Mari Carmen Fernández. Serrano

Groenlandia respeta las opiniones de sus colaboradores – de su total responsabilidad - y defiende la autoría de sus obras. Groenlandia expresa que, para poder proteger nuestra cultura, es esencial proteger las ideas originales de sus autores porque las mismas son un trabajo de imaginación y esfuerzo únicos. Queda totalmente prohibida la reproducción, total o parcial, de alguno de sus contenidos en cualquier medio.

PRIIMERA EDIICIIÓN DE PR MERA ED C ÓN DE ESTE NÚMERO:: Abrriill\\Juniio ESTE NÚMERO Ab Jun o 2008.. 2008 SEGUNDA EDIICIIÓN DE SEGUNDA ED C ÓN DE ESTE NÚMERO (rreviissado y ESTE NÚMERO ( ev ado y mejjorrado):: Noviiembrre dell me o ado) Nov emb e de 2008.. 200 8

Colaboraciones (tanto ensayos como obras): tierra.verde.de.hielo@gmail.com Para cualquier duda sobre Groenlandia, puedes escribir a: revista.groenlandia@gmail.com

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Bienvenidos a Groenlandia
Señoras y señores, niños y niñas, damas y damos, caballeros y caballeras, bienvenidos a la tierra verde de hielo: bienvenidos a Groenlandia. Groenlandia pretende ser un pequeño oasis para todos aquellos y todas aquellas que tengan inquietudes y que tengan la necesidad de expresarse. En esta modesta isla de habitantes y visitantes, habrá espacio para la literatura, para la opinión y el arte en general: en Groenlandia pretendemos la existencia de variedad – tendremos temas de actualidad, desde el punto de vista de sus autores, y también temas filosóficos, artísticos, literarios, etc – y también haremos sitio a diversas modalidades artísticas: poesía, narrativa, fotografía, poesía visual, cómic, cine, pintura, etc. Por tanto, esta revista se dividirá en dos partes, que son la ensayística y la creativa. En la ensayística los lectores podrán leer y enviar artículos de todo tipo – en este número, tenemos gran cantidad de ensayos, centrados en el Marqués de Sade, el concepto de irracionalidad, la política, Diego Rivera y Frida Kahlo, Lars Von Trier, sobre el machismo, la identidad y la pertenencia y biografías de mujeres en comic - y en la creativa, tanto los habitantes de Groenlandia como sus visitantes expondrán una muestra de sus obras. Espero que todos ustedes disfruten de la lectura de este proyecto que ha sido creado con toda la ilusión del mundo. Nos vemos en los próximos números. Saludos de: Los habitantes de Groenlandia

Si te gustaría participar en Groenlandia, ten en cuenta estas direcciones: tierra.verde.de.hielo@gmail.com para las colaboraciones, sean ensayos, sean textos, fotografía, comic o poesía visual; revista.groenlandia@gmail.com para las preguntas y -3sugerencias; yosoyperiquillalospalotes@gmail.com para contactar con la presidenta de Groenlandia.

EL MARQUÉS DE SADE: EL FILÓSOFO PERVERTIDO
Francia, siglo XVIII. Época de la Ilustración, de la nobleza barroca, de desigu aldades cada vez más acuciantes entre los privilegiados que derrochaban lujo y el pueblo llano que pasaba hambre; enfrentamientos entre la burguesía y una ari stocracia en decadencia. En esta época, donde el germen de una revolución se iba agarrando en los pechos desgraciados y descontentos de sus habitantes más pobr es, vivió Donatien Alphonse François, más conocido como el Marques de Sade, nac ido en el 1740; fue el libertino que aterraba a los sectores más conservadores de la sociedad parisina, el loco que reflejó toda la hipocresía de una sociedad nob le de doble cara, el ateo que se reveló contra las falsedades de la religión. En d icho siglo, atravesaba el país una grave crisis económica, en la capital se empe zaron a generar nuevos ideales de libertad; preparados para la lucha contra la o presión, los burgueses encabezaron una encarnizada pelea – matizamos que la Re volución Francesa fue en esencia una revolución burguesa que contó con el apoyo de las clases más bajas de la sociedad – contra una monarquía que dilapidaba todo s los impuestos en fiestas de bailes suntuosos y con exquisitos banquetes; apar te, gran parte de la riqueza se destinaba para fabricar armas y enviar alimentos a los militares que luchaban al otro lado del océano. Los precios del pan se dispa raron y el pueblo, viendo que la burguesía planeaba solucionar la cuestión de la crisis con los representantes de la nobleza, apoyó el tortuoso y largo proceso d e lucha contra las injusticias. Sin el pueblo, la revolución no hubiera sido pos ible; no quiero entrar en más detalles acerca de este olvido de la clase media hac ía la baja cuando subió al poder, pues estaba más centrada en sus intereses que en los de satisfacer a los verdaderos héroes de la revolución. Propia de la época fu e la rebeldía: todos se revelaban contra lo establecido. La gente no quería a rey es irresponsables – escandalosas fueron las actuaciones de la joven esposa del Rey, Maria Antonieta, también las de sus consejeros nobles que estaban cerrado s en banda y no permitían ningún tipo de cambio para solventar el problema económ ico francés – y por eso, salió a la calle. El cenit de ese disgusto hacía la clase pr ivilegiada llega con la toma de la Bastilla, prisión destacada de Paris – lugar d onde se encontraba Sade encarcelado ya que fue acusado de intentar asesinar con veneno a unas prostitutas - y símbolo del poder que acaba con la imposición del pu eblo llano. Las cosas cambian: la burguesía toma las riendas, se proclama la Rep ública bajo un nuevo himno de legalidad, fraternidad e igualdad y los miembros d e la monarquía acaban en la guillotina. La situación da otro giro radical despué s de los sucesivos gobiernos – la de los jacobinos con su programa del terror, la d e los girondinos moderados - de Francia: llega Napoleón, el genial estratega qu e consolida un gran imperio. La concepción general que tenemos acerca del sing ular personaje de Sade – con este seudónimo firmaba sus trabajos - es la de un escr itor pornográfico: toda su obra está impregnada de un erotismo muy explícito. L a censura dieciochesca se cebó con él por sus depravadas obscenidades – tanto li terarias como personales - y también por su forma de pensar, pues era un auténtic o trasgresor: se declaró antidemocrático, republicano y antirreligioso. ¿Od io hacía la democracia, uno de los valores más

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defendidos de la Revolución Burguesa? El Marques de Sade no tomó parte muy activ a por la lucha política entre las diferentes clases sociales y en ocasiones tuvo que “disimular” sus convicciones por las circunstancias – no se comprometió co n causa alguna si bien formó parte del ejército, aunque sólo para liberarse de la educación escolar y superior obligatoria -, podía suponerse que adoraba la ana rquía en todos los sentidos y que odiaba la imposición de reglas, y en cierto modo es cierto: abogaba por todos los tipos de libertad, una libertad reprimida por u n clero corrupto, criticaba a los jacobinos por su moralidad reprimida. La conc upiscencia era pecado, el pecado favorito de los aristócratas que disfrutaban de los goces de la carne y de los cargos eclesiásticos especialistas en encerrar en el yugo de la religión a sus fieles mientras en sus mansiones retozaban con sus amantes. Su vida de cliente predilecto de los prostíbulos más prestigiosos de P aris, sus actuaciones contra la autoridad clerical con sus ácidas sátiras, sus ocasionales acciones políticas – durante el Terror participó con sus ideas a fa vor del progreso y en contra del Antiguo Régimen - su repulsa hacía las actuacion es que limitaban la libertad humana afirman esta personalidad anárquica y, en c ierto modo, egoísta: la burguesía buscaba un ideal “por todos y para todos” y por eso el marqués fue perseguido y condenado por ese tercer estado, siempre alerta ante sus provocaciones. Lo de su calificativo como republicano convencido ya e s algo característico de la ideología burguesa, era totalmente contrario al po der antiguo y este aspecto resulta curioso porque él, en origen, era aristócrat a – provenía de una importante familia noble – y eso también le provocará conflic tos con su propia clase social, más encerrada en ideas tradicionales. Su caótic a vida inmersa en los placeres del sexo – fue condenado por sodomía y corrupción d e menores, también por maltratos a una mujer –, le causó no sólo la muerte en el 181 4 por enfermedad sino que también cultivó en su interior un profundo odio hacía l a religión que prohibía disfrutar de un placer natural, tal y como lo designaba é l, como una realidad inevitable pues los seres humanos estamos condicionados p or el sexo. Esta es la parte oscura de Sade: la pervertida, la excesiva, la sexual . Fue encarcelado en varias ocasiones por su conducta y al final falleció en un ma nicomio. Pero en su biografía también podemos observar datos algo más desconoc idos: a los veinte años se casó con una joven aristócrata – para resolver sus prob lemas económicos, si bien la mujer antes de pedirle el divorcio le ayudó a escond er varias obras suyas - y tuvo tres hijos a los que amó y por los cuales sintió orgul lo - uno de ellos fue un héroe que participó en las hazañas de Napoleón -; aparte de las prostitutas, tuvo una amante especial a los cincuenta años, una actriz sin i nfluencias que le amó hasta el día de su muerte. Sus amigos consiguieron con méto dos ingeniosos sacar las obras de Sade de la cárcel, aunque les costó trabajo enc ontrar un editor que se atreviese a ignorar la censura para publicar sus novelas . Fue un escritor prolífico que en pocos días podía redactar obras completas: e ncerrado en su celda, podía llegar a escribir un libro en dos o tres semanas; de he cho, toda su obra fue concebida entre barrotes. El Marqués de Sade también escri bió fuera del ámbito del género erótico: además de “Filosofía en el tocador”, “L os 120 días en Sodoma”, “El conde Oxtiern y los efectos del libertinaje”, tambié n tenemos novela

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picaresca – como “Aline y Vancourt” - obras ideológicas – “Diálogo entre un sac erdote y un vagabundo”, “Discurso a los manes de Marat y de Le Pelletier”, “Ideas sobre los romanos” – y tratados que expresan futuros proyectos. Escribió más de dieciocho obras, todas distintas y diversas, a destacar sin duda la obra que sup one una síntesis de su pensamiento expresada a través de una increíble novela: “ Los infortunios de la virtud”. Esta obra, que consta de varias continuaciones – “Justina y los infortunios de la virtud”, “La nueva Justina o los infortunios de la virtud” y “Julieta o las prosperidades del vicio” – nos narra la historia de un a muchacha que, por seguir el camino correcto, sufre todo tipo de penalidades. J ustina nació en el seno de una familia acomodada, pero que caerá en desgracia cua ndo muere su madre. Ella y su hermana son abandonadas por su padre, totalmente ar ruinado; solas en el mundo, deciden separarse. Por la educación del convento, J ustina quiere ser casta, ser recta, al contrario que su hermana, que quiere desv iarse de lo enseñado por la institución religiosa para poder salir de la pobreza . En efecto la hermana prosperó: vendió su cuerpo, consiguió dinero, poder, cas arse con un hombre influyente. Pero Justina, a lo largo de su vida, debido a su car ácter débil y de “chica buena”, se meterá en más de mil problemas. En las páginas d e esta singular novela, las actuaciones inocentes de Justina contrastaran con las de los personajes con los que se encuentra: libertinos asesinos ansiosos de poder, bandidos sin escrúpulos, hombres explotadores, monjes violadores. El la siempre se resistirá a cambiar, reconociendo que todo lo que le ocurre son pru ebas impuestas por Dios, y que al final llegará la recompensa prometida. No cont aré nada más, odio “los destripes”; aparte, pues pienso que lo adecuado es que se a el lector quien se aproxime a esta pequeña joya de la literatura. Teniendo en cu enta el carácter de Sade, todo puede ser posible, y por tanto, los finales, impre decibles. Con todo, “Los infortunios de la virtud” es una novela muy recomendab le, pues es la más significativa de Sade, es una obra clásica que jamás pasará de m oda porque trata temas que inducen a la reflexión acerca de la compleja naturale za humana. Los temas son las obsesiones – más allá de las sexuales – del autor: la r eligión, la autoridad, el poder, la corrupción, el incesto, la homosexualidad . También tendría que añadir algo más: es la obra menos “erótica” del autor, pero en ella concentra todas sus reflexiones. Leer “Los infortunios de la virtud” pu ede inspirar sentimientos contrapuestos: pena por la desdichada Justina, o de sagrado por su actitud tan estúpida e incluso cobarde. A mí, las desventuras de J ustina me transmiten tres cosas: una, que la religión no tiene que ser la que cond icione un camino; dos, que no podemos pararnos en definir lo que es bueno de lo que es malo, que nadie deba juzgar la conducta de otro tan sólo porque la religión dig a que es incorrecta o correcta; tres, que el ser humano es por naturaleza imperfe cto, que hay quienes disfrutan haciendo daño por placer y otros que se dejan llev ar por las maldades en una actitud nada defensiva. Cada uno se construye su propi o camino y, teniendo en cuenta nuestras acciones, llegaremos a una meta determi nada: da igual los métodos, la cuestión es llegar. El pesimismo de Sade hacía la r aza humana es palpable en las aventuras y desventuras de su Justina: la malicia e s una cualidad inherente en hombres y mujeres.

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¿Se le podría tratar al Marqués de Sade como un filósofo? En cierto modo, su filos ofía es una lucha contra lo impuesto. Se sabe que sintió admiración por Rousseau , Voltaire o Locke, los grandes ilustrados con los que compartía parte de sus doc trinas filosóficas; al igual que éstos, fue un adelantado de su tiempo, sin duda , y que destapó en sus escritos, sin ningún pudor, el verdadero rostro de la socie dad, la auténtica cara, repleta de debilidades y falsedades. Era un escándalo q ue en sus novelas hubiese sodomía, lesbianismo y escenas incestuosas, pero tod o aquello era una realidad que se mantenía oculta en el seno de las buenas familia s. Sade no fue un moralista, no pretendía juzgar ni el comportamiento incorrect o que conducía al bienestar – idea contraria en el clero – ni el correcto que te lle va, inexorablemente, al sufrimiento: quería convertirse en el abogado de la li bertad. En su anarquía, nos invita a que todos que hagamos lo que nos de la gana, si n tener en cuenta ni el control ni las normas, ni de otras personas ni de eso que lla man Dios, cuya existencia es una quimera, un error, una falsedad que nos impide s er totalmente liberados de las cadenas de una existencia que, ante ese Dios, no p odrá vivirse en toda su plenitud. Todo es instinto para Sade: dar rienda suelta a las pasiones son propias de la condición humana. Personalmente, creo que eso de “ser totalmente libres” es una utopía pues existe mucha censura, una censura mu y sutil y muy indirecta; aparte, son esenciales las normas pues es básico conviv ir en comunidad, el hombre por sí solo no vive, necesita relacionarse con los que le rodean. La anarquía, en su defecto, conduce a la destrucción, y Sade quiere de struirlo todo. Hoy por hoy, creo que lo adecuado es “lo mejor de lo peor”: una demo cracia para todos. Todos los sistemas tienen sus defectos – y lógicamente sus vi rtudes – y el democrático es el que permite que hombres y mujeres puedan vivir con cierto equilibrio. En suma, tendríamos que desprendernos de esa imagen que te nemos de Sade como de pornógrafo clásico: fue un genio con un pensamiento fuera d e lo común para su época, un escritor que desahogaba todas sus pasiones, tanto se xuales como intelectuales. No dudo que la mayor parte de sus obras tienen un alto contenido sexual, pero incluso en éstas, el autor hace “un descanso” en las orgí as en las que se sumergen los protagonistas para dedicar páginas repletas de pen samientos acerca de los enigmas que más preocupan al hombre de su tiempo, pero ta mbién aplicables al hombre actual. ¿Quién no se ha cuestionado alguna vez la ex istencia de Dios? ¿Quién no se ha preguntado sobre cuál es la conducta – desviada o correcta - a seguir para alcanzar la felicidad? En las novelas de Sade, tan admi radas por los filósofos de finales del siglo XIX – de hecho, fueron los que se preo cuparon por recuperar su legado literario - hay páginas sobre estos planteamie ntos… y también una sensualidad que las convierten en uno de los mitos eróticos m ás interesantes de la historia de la literatura.

Ana Patricia Moya Rodríguez

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EN TORNO AL CONCEPTO DE IRRACIONALIDAD
Es posible que una historia global de la cultura europea, con todo lo que esta aúna (arte, literatura, filosofía, pero también sociología, historia o religión), pueda ser separada en dos grandes bloques, divididos por la máxima fractura de la civilización occidental, aquélla que marca con nitidez un antes y un después: el Idealismo alemán y su inmediata consecuencia histórica y artística, el Romanticismo. Pensaba antes que la ruptura alemana e inglesa de finales del siglo XVIII fue algo novedoso y tremendamente original. Pero acaso esto no fue exactamente así. La puerta que abrieron los románticos y sus posteriores herederos (simbolistas, modernistas, expresionistas, superrealistas, entre otros) no lo fue desde la nada, es decir, lo que hicieron fue abrir a las puertas del Arte un camino, el de lo irracional y lo onírico, pero también el de lo mistérico e individual que subyacía en el espíritu humano desde la noche de los tiempos, en concreto desde la aparición de éste sobre la tierra. Me explico: un análisis detenido de las culturas más primitivas revela una densa presencia de lo simbólico, una constante materialización de lo intuido, de lo trascendente, vehiculado sin ningún problema en ese grupo humano mediante chamanes, danzas o toscas (sólo en apariencia) manifestaciones artísticas. Esta conceptualización de lo sagrado, de lo puro, no visto claramente pero sí entrevisto no es sólo privativa de estas culturas ancestrales: aflora en diversos momentos de la historia de la cultura, pero de un modo continuado hasta nuestros días en el comportamiento y en el subconsciente de toda la sociedad. Esta irracionalidad inherente al espíritu humano podemos descubrirla en la espiritualidad budista, en el culto zoroástrico, en la Babilonia de los magos caldeos (una de las matrices, como sabemos, de la cultura helénica), en el misticismo sufí de al-Rumi, pero también en la Grecia presocrática: recordemos a Heráclito y a Pitágoras, o la avanzada mentalidad que hizo posible la aparición de Safo de Lesbos; también aparece en el rico y poliédrico enjambre de las religiones mistéricas y asiáticas en la Roma de los primeros siglos de nuestra Era, e incluso en las múltiples herejías que taladraron el cristianismo recién convertido en religión oficial del Imperio. ¿Qué fue lo que ocurrió después? Muy sencillo. La nueva religión, hija de la férrea cosmovisión judía redujo consustancialmente esta presencia de lo irracional de un modo digamos oficial. Es decir, muchos de los símbolos del cristianismo son tomados de las religiones de esa época inicial (mitraísmo, culto a Isis, etc), pero suavizados; pensemos en el sacrificio incruento de la eucaristía. Por tanto la nueva religión, amparada por el poder político, aplastó todo brote de irracionalidad e incluso la persiguió: se crearon las diversas inquisiciones, se desarrollaron guerras de religión, etc. Su correlato artístico, salvo excepciones, fue el fiel trasunto de su victoria: Renacimiento carolingio, Renacimiento paneuropeo del siglo XII, el gran

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racionalismo humanista de los siglos XV y XVI, autores muy representativos como Descartes y Racine, la Contrarreforma tridentina, el propio Barroco, que no es sino una extrema flexión de las formas renacentistas, y su corolario ilustrado, el Neoclasicismo y su pléyade de philosophes. Lo que aconteció después es bien conocido: los románticos alemanes, espoleados por el Idealismo de Fitche (que a su vez lo heredó de Kant) hicieron crujir, de un modo terrible, las carcomidas vigas en las que se asentaba la vieja Europa. Los románticos ingleses primero y el resto de europeos después hicieron tambalear el sólido edificio del racionalismo europeo. Las consecuencias de ello en todos los planos de la cultura y sociedad son bien sabidas por todos. La semilla de ese irracionalismo decisivo para nuestro propio redescubrimiento ya estaba en un puñado de artistas: Blake, Hölderlin, Coleridge, Novalis, Nerval, Poe, Goya o Füssli, que germinaría decisivamente en el Simbolismo francés posterior con Baudelaire, Lautréamont, Verlaine, Rimbaud o Mallarmé, y a partir de ahí, toda la poesía del siglo XX, como bien ha explicado Octavio Paz en Los hijos del limo. Pero estos artistas de la ruptura habían contado con ilustres precedentes: los místicos medievales europeos o los españoles de la Contrarreforma, con San Juan de la Cruz a la cabeza, no en vano considerado por muchos gran precursor del Simbolismo. Estos místicos, que veían a Dios de un modo francamente heterodoxo, caminaron siempre en el filo de la navaja, y fueron con muchísima frecuencia sospechosos de herejía, precisamente por interpretar la religión de otro modo. El mismo Shakespeare nos muestra una palabra poética claramente disonante con la de su época: sus vocablos aún no parecen haberse desligado de esa zona de negrura que habita en nuestro subconsciente. Su verbo aún está ligado a algo irracional que sólo siglos más tarde se intentaría deshilvanar. Pero frente a este secular colapso de lo irracional hasta la irrupción romántica en lo que podemos convenir en llamar gran cultura, se advierte un flujo incesante y continuo de lo dionisíaco (por usar el término nietzscheano) desde la noche de los tiempos: cabalismo, astrología, brujería, las múltiples herejías que asaetan desde siempre el cristianismo, el espiritismo, las fiestas paganas como las carnestolendas y otras, incrustadas en un subsuelo realmente ancestral, y perpetuadas hasta nuestros días tras infinitas metamorfosis no hacen sino revelar que el temor y la intuición de lo irracional, canalizado del modo que se quiera, es una de las constantes más firmes de la historia de la humanidad. Es más, y a modo de síntesis: entiendo que la tensión entre estas dos fuerzas (démosle el nombre que prefiramos: apolíneo / dionisíaco, racionalidad / irracionalidad, clasicismo / idealismo, ortodoxia / heterodoxia, etc) tanto en la gran cultura como a cualquier otro nivel, ha estado siempre entre nosotros y ha sido uno de los grandes interrogantes que ha dinamizado el devenir de la especie h u ma n a .

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Rafael Benítez Parrado

SOBRE LA POLÍTICA COMO FORMA DE LIMPIEZA SOCIAL
No puede entenderse la vida del ser humano ni su desarrollo en sociedad sin la pre sencia de unas ideas que le guíen y rijan. Por tanto, la política viene dada por la llegada de la jerarquización, e involucrarse en ella es hacerlo con nuestra pro pia historia, ya que sin un mandatario que vele por su gente y sus bienes, un líder que guíe a los suyos a una digna guerra suicida o un monarca que explote a su querid o pueblo con sabiduría y dedicación, la existencia del hombre en el planeta hubi era sido desde luego muy distinta, y muy posiblemente, también mejor; pero cuan do se habla de política real, no debe haber nunca lugar para conjeturas: la verda d aquí poco importa. Importa el carisma, el ingenio, la ambición y si acaso, en pe queñas dosis, las excusas. La verdad es para los filósofos, quienes prefieren p reguntarse como va el mundo fuera de la humanidad antes de responderse que, por d entro, la cosa va fatal. Puede decirse que la política surge como renovación de unas formas de gobierno ancestrales basadas únicamente en la necesidad de nutr ición y la decantación por los deseos sexuales básicos, no necesariamente por e ste orden. Para subsistir como sociedad organizada, nuestra especie tuvo que a sumir ya hace mucho que siempre ha de haber uno que rija y dirija, y otro que haga y d eshaga. Y aquí las matemáticas sí sirven para algo: no puede haber entendimient o si son muchos los que dirigen y uno sólo el que lleva a cabo el trabajo duro. Los pr imeros acabarían en una guerra segura, y el segundo terminaría siendo el único s oldado disponible; no habría entonces guerra –o sólo una batalla con una sola ba ja por suicidio –, y todo resultaría un galimatías sin sentido. De la otra manera , es satisfactorio comprobar que cuando uno lidera y el resto es liderado, al men os uno consigue entenderse a la perfección. Y si la cosa tampoco funciona, siemp re quedan las elecciones o la guillotina. La utilización de diversos métodos a lo largo de los siglos demuestra claramente la ilimitada pretensión del ser hum ano por querer cambiar las cosas a mejor, pero “a mejor” nunca lo es para todos ni de la misma manera. Una constante búsqueda demuestra sólo la imposibilidad de es tabilización, y por tanto, cuando hablamos de política, también hablamos de in quietudes sociales. Si una mujer discutiera con un hombre por cuestiones de par eja, por ejemplo, independientemente de quien llevara razón o no – ¡de nuevo la f alsa verdad!– tendríamos ante nosotros la clara demostración de que cada uno es tá intentando conseguir aquello que ambiciona: ella, una relación madura, él, una relación sexual. El ejemplo puede proyectarse más allá y seguirá teniendo l a misma respuesta: no existe el 100 % de acuerdo y armonía cuando hablamos de más d e dos individuos. Ni siquiera se da en una sola persona, ya que la duda es inherent e a nuestra especie y cambiar de opinión es un juego que se da en la primera infanci a y que no nos suele abandonar tampoco después de la segunda. Y si el ser humano es p or naturaleza cambiante, ¿cómo no iba a serlo la humanidad? Por lo tanto y volvie ndo a lo anterior, la política es nómada porque no podía ser de otra forma: se muev e al mismo ritmo y según las mismas necesidades que nosotros. Y como nosotros sol emos equivocarnos siempre, la política es fallida ya desde el principio de la cr eación del concepto. Sabiendo ésto, hemos de entender que a veces los líderes, m andatarios y monarcas – ¿todavía existen?– nunca acierten del todo. No se trata de contestar correctamente un formulario, sino más bien de crear dicho formula rio

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dependiendo de las necesidades que surjan: una mala respuesta ayuda siempre me nos que una buena pregunta. Esto mismo puede verse en boca de los políticos a menu do, con lo cual se da la oportunidad al pueblo de crear sus propias respuestas. Y e s justo aquí donde hace entrada su importancia: si el pueblo no sabe lo que quiere , o como lo quiere, o para que lo quiere – sea lo que sea lo que quiera –, ahí deberá es tar el político para ello. Si además es guapo y lleva un traje limpio, será difíci l no votarle. Sin embargo, surge una incógnita, muy ligada al mismo asunto: que u na población no sepa en absoluto qué necesidades tiene nos hace plantearnos si r ealmente es que necesita algo. No puede haber solución si no existe el problema. Es decir, si una civilización goza de la falta de necesidades, ¿no será porque lo tiene todo para que funcione como es debido? También para eso sirven los polític os: para crear nuevas miras, diferentes puntos de vista y desnivelar la balanza . Si la sociedad perfecta debiera existir, no habría fraguado la idea de que para ser felices, los humanos necesitamos la política. Un líder puede conducir al éx ito o al fracaso, pero siempre conducirá a algún punto. Querer llegar o no con él d epende mucho de esas necesidades a someter. Y un buen político también es aquel q ue estropea la perfección y el equilibrio en pos de un buen debate y un claro senti do electoral. No es fácil definir con acierto el momento en que hace aparición u n concepto político nuevo, ni por qué lo hace. Las desavenencias suelen venir de muy atrás, y muchas veces arrastramos asuntos aún por resolver y cuestiones inc ompletas sin saberlo. El hecho de que vean la luz estas deficiencias del sistema crea una extraña demanda de soluciones en la que rara vez se ofertan otras cosas q ue no sean más cúmulos de imperfección. Pero no se trata de alcanzar la sociedad p erfecta, sino de vivir lo mejor posible en una sociedad que no lo es. Así que cuand o surge la posibilidad de hacer frente a una mancha, no importa con qué se lave ni s i hace agujeros en las camisas, siempre y cuando la mancha desaparezca. La polít ica, como las lavadoras, está para limpiar: cuanto más rápido y mejor lave el pol ítico, más ropa limpia tendrá y mejor arreglado podrá ir a los mítines. Y todo aqu el que tenga una mínima noción de lo que el arreglo personal significa en estos ca sos, sabrá que cuanto mejor huela un líder, más sangre se derramará por él. Que su forma de liderazgo quite o no las manchas de sangre, eso es ya otro asunto. La polí tica es por tanto la representación de todo aquello que necesitamos para entend er cualquier escala jerárquica, aceptando que una cosa así deba existir tambié n. La jerarquía como necesidad Tal como ocurrió en el pasado siglo XX con los ll amados totalitarismos, y antes con los grandes imperios del primer milenio, y a ntes con los antiguos egipcios, y mucho antes con los primeros asentamientos co ncebidos por el homo sapiens y así hasta llegar a los primeros protozoos en rival izar de la historia, la idea de un líder y su repercusión conlleva a su inmediato s eguimiento a la vez que a un inmediato rechazo. Así se cimienta la idea de una esca la jerárquica para que todo funcione bien al menos para la persona que más cómoda mente está sentada arriba – aunque esto es indudablemente discutible si la esca la tiene forma piramidal -; ahora bien: ¿quién debe permanecer en lo más alto, y p or qué?

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La brillantez intelectual de algunos individuos suele salir a flote de una mane ra u otra, ya porque hagan una demostración de sus facultades o porque los demás m iembros de una civilización sin concretar sean brillantemente estúpidos. El é xito de una persona suele ser el fracaso de otra, con lo cual hablamos siempre de u na lucha hacia el poder – y casi siempre por el poder –, y es prioritario en dicha co nfrontación tener claro quién quedará por debajo de sus responsabilidades. Y a quí incluimos a otros partidarios de dichas aspiraciones políticas, gente inf initamente necesaria para crear una fuerza motriz que más tarde el cabecilla de l movimiento deba soportar sobre sus hombros, o sobre dicha cabecilla si esta es lo suficientemente gruesa. Un partido político nace de la conjunción de una ser ie de problemas con verdadero trasfondo en la sociedad y la unión de un equipo con afán por solucionarlo, o bien por oponerse por la vía legal a otro partido que ya e stá en el poder gozándolo. En cualquier caso, y como se demostrará, no es cosa de u na sola persona, aunque un sólo individuo sea suficiente para que algo así se dé p úblicamente, sobre todo si tiene ambición, o nuevos puntos de vista, o dinero pa ra pagar los gastos. Supongamos ahora que llevamos una lavandería: en primer l ugar y en lo más alto – o en su despacho, de tenerlo –, encontraríamos al líder polí tico de un partido, en este caso al jefe o dueño del establecimiento; por debajo e starían sus allegados políticos, o para seguir con el ejemplo, los vicepreside ntes de la lavandería; después estarían los secretarios de esos allegados, enc argados de que todo se tramite correctamente – y de que toda esa ropa sucia circul e sin problemas –; finalmente, estaría el resto del equipo, lavanderos, lavado ras, toallas, detergentes, maquinaria quitamanchas de todo tipo… es decir, aq uellos miembros del partido político que mantienen a este en pie con su devoción y su sudor. Tras ésto, pero ya no necesariamente por debajo, estarían los client es de la ropa manchada, puede que también por el sudor de los anteriores, aunque n o viene al caso. Suponiendo que una lavandería así pudiera existir – segurament e iría mucho mejor que algunas naciones –, los clientes, es decir, las gentes del pueblo, difícilmente tendrían una queja justificada, a no ser por lo largo de lo s pasillos y la cantidad de peldaños en las escaleras. Es indispensable entende r que si una pirámide empieza por arriba es porque su base es ancha, fuerte y sólid a. De ser al contrario y si todo ese peso recayera sobre el líder del partido, él ac abaría rompiéndose el cuello y toda la organización perdería las elecciones. La política como fuente de cambios Durante un grandísimo periodo de tiempo, el conocimiento de las cuestiones políticas era considerado como uno de los atrib utos indispensables en cualquier persona que velara por su país, con lo cual era necesario un alto sentido patriótico que hoy día ha dejado lugar al culto a la tel evisión y a ciertas páginas de internet. Sin embargo, no por ello esa forma de ver las cosas era más acertada, ya que a través de internet uno puede acceder a las mej ores lavanderías en mucho menos tiempo. La responsabilidad que conlleva el pod er para llevar a cabo una idea política difiere siempre en algo de lo que primeram ente fue concebido como un verdadero pensamiento político, la simiente de un ca mbio.

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El solo pensamiento de que un cambio es por defecto siempre a peor, niega su neces idad y esconde su verdadera intención: acabar con lo que se supone un error. Sin e mbargo esto no significa que todo cambio deba ser bienvenido, ni que sea un “erro r” para todos. Una persona que está contenta con su vida no querrá perder nada de c uanto le hace feliz, pero una persona infeliz tiene su derecho a robarle la ropa l impia a su prójimo, al menos desde un punto de vista higiénico y lúdico. Por ello y para ello, son concebidos estos cambios, que en modo alguno deberían permitir q ue el primero de los individuos citados se tuviera que vestir solo con andrajos p egajosos. Nada de esto puede remediarlo la política, pero sí lograr que o bien to dos vistan ropa más suave y aromática, o bien puedan plantearse la posibilidad d e turnarse la ropa más esponjosa y que menos arañe la piel. Hay que entender que co n el tiempo, todo aquello que ha sido cambiado es influido por lo nuevo de tal mane ra que también las formas modernas de organización social están destinadas a se r relegadas al olvido. Cuando miramos hacia atrás en el tiempo normalmente ente ndemos lo que se quiere decir con esto: que practiquemos la política que practiq uemos, en el futuro se reirán de nosotros porque no sabíamos hacer las cosas. El cambio sigue siendo necesario en cuanto no logramos lo que, hasta la fecha, pare ce imposible: dar con la sociedad perfecta, donde el transporte sea gratuito y l os conductores y pilotos puedan estar todo el año de vacaciones; donde los ladro nes roben a sus anchas sin discriminación, pero los robados tengan de manera vit alicia un seguro de hogar; donde las ancianas puedan andar por los barrios bajos hablando del tiempo que hace y los violadores puedan violar a hermosas androide s creadas para la ocasión – y sin sentimientos que puedan confundir sus obligaci ones sexuales –; las reformas, inclusive las religiosas, traen nuevos concept os y nuevos ideales consigo, y suelen volverse imparables una vez es germinada s u semilla. Como obligada necesidad de oposición al imperialismo de la anciana R oma, por ejemplo, surgió casi como una alergia la idea de la república, hasta que la historia volvió a dar un giro. Ocurrió exactamente igual en la Edad Media bajo el yugo de los grandes señores feudales, tiempos en los que acabó surgiendo la te rrible peste negra, que si bien no provenía exactamente de un movimiento revolu cionario –las ratas no cuentan como “movimiento revolucionario” aunque estén mejor organizadas –, si introdujo como remedio obligado la idea de lavar las cos as. Pero desde que la política es cosa del ser humano y no de los dioses, la mortal idad de toda concepción política vive exactamente lo mismo que sus progenitore s, nunca más, por lo que las culpas a todo mal pronóstico, a toda falta de organiza ción y a toda indiferencia recaen en dicha asociación y en sus ideales. Hubo un ti empo en que se podía nacer siendo líder; hoy por hoy todos los que nacen tienen der echo a serlo precisamente porque nada que tenga que ver con la actual política ti ene que ver con los viejos panteones divinos. Si llegamos a concebir la idea de un a democracia – que no concebimos, sino que le robamos a los griegos –, fue como opo sición a la egocentrista forma que tenían de ver el mundo los reyes y los emperado res de la antigüedad. El despotismo era, por lógica, un imán para cualquier reno vación, y si la Revolución Francesa no hizo estragos en los cuellos de la monarqu ía mucho antes es porque las gentes aún no habían comprendido que la primera de to das sus desgracias era no entenderse a sí mismos como poseedores de una identida d; se

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tardó más de un siglo en conseguir que la humanidad lavara sus ropas de manera asi dua, sobre todo porque hacerlo a mano era un verdadero hastío y la primera lavado ra fue inventada en 1901. Todo esto demuestra que nada perdura y todo está expues to al cambio, y que estos, a su vez, suelen ser cíclicos. Seguramente el tipo que i nventó la lavadora estaba también puesto en materias políticas, si no, no se exp lica que ambas cosas funcionen de similar manera. Diferentes puntos de vista p ara diferentes formas de ver Si la concepción de una solución a un problema no pu diera malinterpretarse, y a su vez no pudiera encontrase bajo la forma de un aban ico tan amplio, sólo existiría una manera de encaminar a la sociedad, con lo cual solo entonces sería innecesario un cambio. Pero puesto que la gama es tan vasta c omo las limpias sábanas de una cama de matrimonio –por dejar de hablar de abanico s –, existen diferentes maneras de ver y enfrentarse al destino de un pueblo. La c omplejidad de este punto es difícil de pasar por alto, ya que hay tantas maneras d e pensar como cosas lavables existen en un guardarropa. Y aún peor, porque no pod emos obviar que algunas viejas formas de hacer política aún no han sido olvidada s por algunas personas. Rescatar del pasado antiguos ideales y glorias muertas es un pasatiempo que siempre ha estado de moda entre algunos políticos. Muchos p iensan que nunca es mala la ocasión en que uno puede prestarse de la sabiduría de l os ancestros, aunque sea para meter la pata hasta el fondo, ya que esto funciona m ejor cuando hablamos de arte o de paleontología. Cuesta aceptar siempre que uno no esté haciendo lo correcto, sobre todo si está respaldado por todo un partido y ante todo si está ya en el poder. Pero hay que entender que ser el presidente de un p aís no hace a uno inmune a sus problemas. Si un líder político llega a hundirse, es muy probable que lo haga junto a su país, como en un sacrificio. Si un país se hunde , sin embargo, es bastante más probable que su representante se encuentre disfr utando de un buen vino en su mansión de Las Malvinas – suponiendo que no se trata de l presidente de Las Malvinas, en cuyo caso tal vez se encuentre en alguna playa de Mallorca -. La línea de demarcación entre las diferentes formas de emplear la p olítica, más que de hacerla, es a veces tan fina como la seda –y ya se sabe el cuidad o que hay que tener con la seda –, así que es bastante lógico confundirse en las ele cciones. Si miramos bien un retrato de Stalin, por ejemplo, nos daremos cuenta de que, en el fondo, tiene algo de parentesco con Hitler, uno de sus enemigos acér rimos. Baste imaginarse al líder del partido nazi poniendo cara de Terrier gord o en vez de su habitual rostro de Doberman, añadirle unos treinta kilos de más –a r epartir entre sus mejillas y su bigote – y ponerlo a hablar ruso en vez de masculla ndo alemán, para comprender que fina es la frontera entre un ideal político y otr o. Y debía ser así si ellos mismos, Josef Stalin y Adolf Hitler, acabaron confund iendo sus maneras de pensar. Sólo así se explica que firmaran un pacto de no agres ión antes de que el Telón de Acero se cerniera sobre Europa. Dicho telón, además, era difícilmente lavable en lavadoras: aún no existían, ni mucho menos de tales dimensiones.

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Es un hecho que un partido político haga pactos con sus oponentes con tal de cons eguir un bien común, pero el gran problema viene cuando lo ambicionado es el pode r absoluto de cualquiera de ellos. Nunca podrían ganar los dos, a menos que ambos partidos fuesen el mismo, en cuyo caso sería una verdadera estupidez haber escr ito este texto, y haberlo leído. Pero suponiendo que no fuera así, que es lo más pr obable, hay que entender que la misión de un político es ganar las elecciones o ma ntenerse firme en su cargo. No puede ejercitarse ninguna forma de gobierno ni ll evar correctamente un mandato si no se está en disposición de hacerlo, y para ell o hay que entender como se mueven las cosas de la política. Siguiendo con el ejem plo entre el fascismo y el comunismo, muy de actualidad todavía hoy día, entende mos que ambos puntos de vista conforman dos caras de una misma moneda, en cuanto a que son maneras políticas extremas, y los extremos suelen tocarse. Aunque cada uno de los dos ideales basan sus cimientos en cosas totalmente dispares entre sí , acaban pareciéndose ya no en su forma, sino en su manera de entender esa forma. L os comunistas, por ejemplo, mantenían firmemente el concepto del “todo para to dos o nada para nadie”, y aunque si hablamos de “nada” para “nadie” no estamos hab lando de un verdadero problema – y si no, analice la frase –, esto se traducía en cr isis de propiedad – no la querían –, reparto de bienes –primero había que consegu irlos – y ropa interior igual de delicada para todo el pueblo: lavada para “todos por igual”, o “sucia para nadie”. Los fascistas, y sobre todo los miembros del pa rtido nacional-socialista alemán, preferían opinar que “el todo” les pertene cía por derecho propio, y que el concepto de “la nada” solo era aplicable a lo que e llos, llamaban “razas marginales”, es decir, basaron su política en aquello qu e ellos consideraban una total limpieza, a veces usando duchas y malinterpreta ndo exageradamente el ejemplo de la política-lavandería del principio. Es jus to en este punto, los métodos usados para promover y proyectar su manera de conce bir una sociedad ideal, donde se encuentran estos dos extremos: los llamados co múnmente la “izquierda” y la “derecha”. Aunque no son las únicas maneras de ente nder la política – actualmente la derecha y la izquierda se mueven más por el cent ro –, esta forma radical de comprenderla nos acerca indiscutiblemente a la hipó tesis de que todo aquello que se mueva en el centro está expuesto a mojarse más –só lo en términos lavables –, lo cual explica que los nazis fueran tan secos, y que lo s comunistas compartieran más el detergente. Pero no detenerse ante la eviden cia sería un error grave: cualquier forma de liderazgo tiene su oposición, sea e sta cual sea, y esto es lo que hay que sacar en claro. Y no diré que también la ropa bl anca, porque eso sólo dependería de la temperatura del agua y poco tiene que ver e l agua con los difíciles términos políticos –a menos que el presidente se estuvi era muriendo de sed –. Tiene que existir un diálogo continuo entre aquellos que s e ganan la vida con la política en vez de trabajar y las personas que conforman el r esto del país, nación o reino. No es posible avanzar hacia la cúspide de una civil ización y a la autodestrucción de todas las civilizaciones –o inmolación si se e s un humano fervientemente practicante – si no se logra entender a la sociedad co mo materialización de las opiniones, aspiraciones y deseos de todo un equipo. L a unión no solo hace la fuerza, sino que engendra a más progenitores, que a su vez t endrán derecho también a usar ropas

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limpias. ¿Cómo organizarse si no para que, cada vez más y más rápidamente, vayan haciendo menos falta dichos políticos hasta que no quede ninguno? ¿De qué maner a se puede lograr la extinción de la jerarquización, si aún seguimos pensando qu e sólo los faraones, los reyes y los presidentes de estado tienen derecho a hacer suyas la comodidad, la elegancia y el buen vestir? Porque tanto el hombre como la mujer deben gozar de aquello para lo que el resto de los animales no han sido cread os: para usar vestidos suaves y cómodos, trajes sin mácula y ropa interior agrad able al olfato. Y ante todo, tienen derecho a disfrutar que existan cada vez más l avanderías, y para todos. ¡Alzad vuestros calcetines sucios y quejaros! ¡¡Ten éis todo el derecho del mundo!!

Pablo Morales de los Ríos

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DIEGO RIVERA
Hablar de Diego Rivera es hablar de un hombre lleno de contrastes. Apasionado, siempre defendiendo sus ideas, se convirtió en un hombre clave en la historia del arte mexicano y uno de sus más grandes representantes. Diego, el gran Diego Rivera, no agraciado físicamente pero imponente; Diego el grande, suma de luz y sombra, llevó a México a la escena internacional y le dio un rumbo en su nacionalismo. Blancos y negros, en su vida a Diego se puede tachar de cobarde, en ocasiones de traicionero, narcisista, también ser lo opuesto a todas estas cosas; siempre ha sido perfumado en la humildad y en el carácter, elementos quizá imposibles de unir en un concepto o en una persona. El muralismo mexicano no puede comprenderse si no se comprende a Diego. Y Diego no puede entenderse si no se entiende la radical transformación que sufrió el arte mexicano en sus manos, que pasó de ser un elemento propio de la gente burguesa a una herramienta verdadera de comunicación en todos los niveles y extractos sociales, arte que nació de la fusión de las necesidades de la sociedad por entender su entorno y a sí misma, de la comunicación popular y de la belleza de las grandes escuelas y los grandes predecesores. Para concebir a Diego basta mirar su obra. Y al mirar su obra de pronto comprendemos México. Este fue quizá su gran legado: dejar su esencia y su alma en sus murales, mostrar al mundo la cara de un país que hasta la fecha es erróneamente representado en los medios modernos de comunicación. El encanto, el carisma y el talento artístico de Diego tuvieron un profundo efecto en el panorama artístico internacional, convirtiéndose en uno de los más grandes del mundo. Actualmente, aunque Frida Kahlo está más presente en la mente de los mexicanos - y de quienes aprecian el arte latinoamericano en general - que el propio Diego, es difícil separarlos a uno de la otra: su relación fue más allá de todos los convencionalismos, maravillosa y apasionada. Pero a veces podemos referirnos a Diego como “el esposo de Frida” cuando posiblemente ignoramos todo lo que Rivera logró, tal vez, sin proponérselo. Confieso que el tema ahora me resulta apasionante. Particularmente, considerando la naturaleza de mi profesión y el gusto que tengo por las artes, particularmente las gráficas, desde que tengo uso de la memoria. Hasta antes de sumergirme en la obra y vida de Diego Rivera –la artística y la personal- no le había prestado nunca particular atención. Incluso también recibía siempre mucho más información sobre Kahlo, pero tras leer sobre Diego, no puedo más que admirarlo muchos sentidos y considerarlo un gran comunicador… un artista comunicador, que lo hace sumamente admirable a mis ojos. Para poder apreciar a Rivera como le es merecido y conocer el trasfondo de lo que posteriormente sería su ideología, vale la pena conocer sus orígenes. Nació en Guanajuato – orgullosamente para mí, es mi paisano-, una bella ciudad en el corazón de México, de actividad principalmente minera y rodeada de poblaciones eminentemente agrícolas. Por aquellos entonces, México vivía una terrible época de injusticia social, previa a la Revolución Mexicana. Diego Rivera nació en 1846 en el seno de una familia de clase media. Pese a que su posición social, era en cierto modo privilegiada, su entorno familiar ayudó a construirlo como persona. Su padre sería quien sembraría en él la semilla de su pasión política de Izquierda mientras que su madre alentaría su lado artístico. Al padre de Rivera lo descorazonaba la diferencia de clases

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tan profundamente marcada en la sociedad mexicana y que se reflejaba en la situación del campo y de las minas. Diego, desde muy pequeño, se identificó con la gente pobre, a pesar de no pertenecer a ellos. Su madre, por otra parte, lo colmaba de atenciones tras haber muerto el hermano gemelo de Diego, y fue ella quien desde su más tierna infancia le animó en sus expresiones artísticas. En 1893 la Familia Rivera se muda México. Y Diego convence a sus padres de que lo inscriban a la Academia de Artes en San Carlos. Allí comenzó a adquirir los conocimientos técnicos suficientes, pero por aquel entonces solamente se estudiaba lo clásico, lo europeo, lo remanente de la Colonia y no había fomento hacia lo nuevo, hacia la creación de un arte 100% mexicano, lo cual lo disgustaba mucho. Desde aquel entonces, Diego comenzó a manifestar desagrado a lo que él consideraba lo tradicional, que le chocaba. Al graduarse en San Carlos, quiso viajar a España, pero al no poder costear un viaje como tal, consiguió una beca de parte del gobernador de Veracruz. Una vez allá, Rivera conoció el cubismo, y entonces todo cambió. Era como si las líneas de Picasso, la nueva perspectiva, la forma en la que él rompía con todos los cánones conocidos hasta entonces, desafiando todo lo dicho y hecho en el arte, hubieran movido algo en su interior y lo hubieran hecho pensar en qué era lo que hacía. Y fue entonces cuando decidió tomar su arte y rehacerlo. Era como si una pasión dormida dentro de él despertara de golpe: quería ser un revolucionario del arte. Comprendería entonces que no quería ser un pintor convencional, y a partir de ahí empezó a trazar su propio camino. Así, se mudó a París en 1909, a experimentar la vida de artista bohemio; allí conocería a la primera de sus mujeres, Angelina Beloff. Diego era un hombre imponente, de gran estatura y corpulencia: tenía una gran presencia. Pese a que no era atractivo, fue siempre admirado por las mujeres, y dicha fascinación parecía crecer conforme su fama se acrecentaba. Siempre tuvo un gusto particular por las mujeres exóticas; la palabra “fidelidad” no figurara en su vocabulario, se decía que Diego Rivera era el peor de los esposos. Sin importar cual sea la concepción de él, no cabe duda que convertía a su mujer escogida en su musa, su fuente de todas las grandezas; pero de todas, la más amada, la más tormentosa, su querida Frida, su corazón, su cuerpo, su arte. La paloma al lado del elefante, como solía llamarlos la madre de Kahlo. Les hablaré un poco más de la hermosa, exuberante y frágil Frida un poco más adelante. Diego decide regresar a México, pero el país se encontraba enredado en un caos político y en medio de una cruenta guerra: La Revolución Mexicana. Es entonces cuando una de las decisiones más importantes de la vida de Rivera se hizo presente. Él tenía dos opciones en ese contexto: dejar el país y continuar con su desarrollo artístico o bien entrar a la guerra y pelear. Considerando su inclinación hacia la justicia social y su pasión comunista, lo más lógico era que él optase a luchar, tal como lo hicieron otros artistas en su momento, tales como Siqueiros y Orozco, pero no lo hizo. Decidió tomar la opción del arte: el pincel antes que el rifle. Aunque muchos cuestionaron su resolución, Rivera hizo su propia revolución, su propia pelea por México, por medio de su arte. Tras infidelidades y la muerte de su hijo con Angelina, su matrimonio terminó. A pesar de que su vida personal era un desastre, su vida artística despegó, llegando la mayor de sus oportunidades justo después de la Revolución. En 1920, el ministro de Educación José Vasconcelos tenía la visión de educar a las masas analfabetas a través de los murales. El proyecto era muy ambicioso, pues más del 80% de los mexicanos no sabían leer o escribir y la Revolución había dejado un país sangrante que necesitaba encontrarse nuevamente, encontrar una identidad y reconstruirse. La única manera que tenían los mexicanos de conocer el mundo,

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era a través de panfletos, volantes, cancioneros y pósters. Lo que se presentaba ante Diego Rivera era una oportunidad única de transmitir conocimiento, y de crear una identidad nacional a través del arte. Es enviado a Italia por cuenta del gobierno mexicano para estudiar los grandes frescos y encontrar la inspiración en autores clásicos, como Miguel Ángel. Tras este viaje, regresa a un nuevo México y es entonces cuando vuelve a experimentar una nueva transformación en su concepción del mundo. El cubismo comenzaría a quedar atrás y ahora él veía a su país con nuevos ojos, a ver aquello que no le había sido posible durante su vida en su tierra. Rivera encontró en la gente mexicana, en los pueblos rurales, en la vida del México desconocido para todos –incluso para sí mismo- una belleza incomparable. Los colores parecían más finos, más llenos de luz. En cualquier escena cotidiana podía encontrar una fuente inagotable de inspiración. Todo era una obra en potencia. Hoy en día, muy pocos artistas pueden, a mi juicio, presumir de tener esa visión, que posteriormente caracterizaría todos y cada uno de los trabajos de Diego Rivera. Una vez que adquirió esta visión, comenzó a trabajar en los murales que lo harían famoso y reconocido a nivel nacional e internacional. Y es también hasta ese momento en que él, tal vez sin pensarlo, o tal vez como su única visión, comenzó a crear en quienes contemplaban su obra, la idea de lo mexicano. Comenzó a forjar con un simple pincel y pintura las bases de la identidad nacional mexicana. Su vida sentimental, sin embargo, no parecía encontrar estabilidad. En México se casó Lupe Marín, pero la fuerza de carácter de ambos provocaba que entre ellos siempre hubiera grandes discusiones. Diego solía escapar de sus problemas maritales en el andamio, pintando los murales encargados por Vasconcelos para el edificio del Ministerio de Educación. La fascinante obra tardó cuatro años en su creación y contó con 128 paneles: era como leer un libro de historia en imágenes. Rivera siempre consideró a su trabajo el mayor de los placeres. Dedicaba semanas enteras, concentrado por completo en pintar, haciéndolo por más de doce horas diarias, comiendo y a veces durmiendo en los andamios en donde trabajaba. Honrando en cada pincelada a los indios con quienes se sentía tan identificado y a quienes admiraba de manera extraordinaria, siempre buscaba derribar el natural desdeño hacia ellos a través de la expresión visual de su belleza: nunca antes las vidas de éstos habían sido enaltecidas así. Su pasión por la pintura era sólo equiparable a su pasión por la política. Diego tenía fe ciega en el comunismo y su ideal de mundo era el mundo gobernado por los obreros, todos en igualdad. Él ya estaba plenamente convencido del arte como medio, y pensaba que si su arte podía transmitir historia, entonces también podría cambiar la vida de las personas; a través de su obra podría hacer que la gente comprendiera lo que era la lucha de clases. Él anhelaba una nueva revolución social, aún a pesar de la contradicción de pintar para personas acaudaladas. En la elección de sus temas adoptaba los ideales de la recién concebida Unión Soviética. Tanto se identificó con ella que se afilió al partido comunista en 1922. Su obra y la política estaban unidas, pero su matrimonio se estaba arruinando. Tras viajar a Rusia, se divorcia; al poco tiempo después conoció a la que sería la mujer más importante en su vida, Frida Kahlo, quien se convertiría en su amada, en su compañera, y con quien compartía el gusto por la pintura y las ideas políticas. Diego y Frida se complementaban perfectamente el uno al otro, eran un matrimonio exótico: Rivera podía andar con otras mujeres y ésto no parecía importarle demasiado a Kahlo, que declaraba siempre que Diego no era esposo de nadie. Ambos se volvieron el centro de un gran círculo bohemio-comunista y parecía que al fin Diego había encontrado la alegría, pero luego vendría una nueva y dura decisión en la que de nuevo se enfrentaría su arte contra sus convicciones. En 1929 el Partido Comunista apoyó una revuelta contra el gobierno y fue suprimido violentamente. Por la misma época, a Diego se le contrató

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para pintar un mural en el Palacio Presidencial; Diego optó nuevamente por el arte, y como represalia, fue expulsado del partido comunista. En 1930 es invitado pintar un mural en la Bolsa de Valores de San Francisco; ésto representaba, a primera vista, la peor de las traiciones a sus convicciones en contra del capitalismo: ¿cómo trabajar para quienes fomentaban la desigualdad? Pero ello no lo intimidaba. Aceptó el cargo por una sencilla razón: pretendía difundir el mensaje marxista a escala mundial. Él pintaba, los periódicos y sus murales llevaban el mensaje alrededor del mundo. Considerando que por aquellos tiempos Estados Unidos estaba sumergido aún en la depresión económica más fuerte de su historia, Rivera creía que una revolución de los trabajadores era inminente y quería estar en ese país para animarla. Sin duda, fue un hombre de fuertes convicciones, siempre dispuesto a demostrarlas a pesar de moverse en el campo enemigo. El mismo Rivera se vio a sí mismo en la cumbre de la fama, y eso lo divertía. En 1931 se celebró la primera exposición individual de su arte en New York. Él se encontraba encantado, a pesar de que Frida se sentía sola y triste en “gringolandia”. Pronto vendría el desencanto: en 1933 el acaudalado Nelson Rockefeller inauguró un complejo de rascacielos y le encargó a Rivera pintar un mural para el vestíbulo, y éste desafió todos los convencionalismos e incluyó en su mural la imagen de Lenin, como una forma de pronunciarse como buen comunista. A pesar de que era muy respetado en el círculo social neoyorkino y de que anteriormente a quienes lo contrataban no les importaba su inclinación política, Diego es despedido y no se le permite terminar el muro. Así, noches después, trabajadores del centro Rockefeller entraron al edificio y destrozaron el mural. Todo esto causó indignación entre los admiradores de su arte. Rivera decidió crear un conflicto público, exigiendo respeto; él mismo llegó a expresar: “Así se rinde homenaje a la libre expresión en los Estados Unidos”. En 1933 volvió deprimido a México, sólo para encontrarse que el movimiento muralista decaía con la incursión del cine. También ese regreso le traería problemas personales al tener amoríos con la persona más cercana a su Frida, su hermana menor Cristina. Frida, a pesar de que hasta aquel entonces se había mostrado tolerante con las aventuras románticas de su esposo, se sintió profundamente traicionada y se separaron; eso sólo llevó a Diego a darse cuenta de que Frida lo era todo para él, que la necesitaba de forma desesperada. Ésta decidió perdonarlo tras un año de distanciamiento; por aquel entonces, León Trostky fue expulsado de Europa y Diego lo invitó a vivir en Coyoacán, pero la llegada del ruso representaría otro conflicto pues éste y Kahlo tuvieron un romance. Al final, Trostky y su esposa se marcharon de la Casa Azul y Diego le pidió el divorcio a Frida en 1939, para luego mudarse a San Francisco. Sin embargo, la salud de Frida, y el sufrimiento por la nueva separación llevaron al pintor a reunirse con su esposa, a quien adoraba como a nadie: y por eso, volvieron a casarse. Una de las últimas grandes de obras de Diego se realizó en 1947, quizá uno de sus trabajos más fascinantes: “Sueño de una tarde dominical en la alameda central”, la cual no es solo hermosa por su gran colorido y detalle sino porque proporciona una generosa visión de la historia mexicana, no condenándola, sino celebrándola, en una deliciosa mezcla de clases sociales, vida, muerte, su infancia, su amor y todo lo que él adoraba y visualizaba de su país. Todos soñando, todos recordando, pintados sobre el Lobby del Hotel del Prado; pero cada una de las obras de Diego tenía su propio sello indiscutible, que siempre daba pie a la controversia. En el centro de su obra mural, se encuentra pintado el filósofo Ignacio Ramírez, quien sostiene un pergamino con la frase “Dios no Existe”; al rehusar borrar la frase, el mural fue tapado con

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una cortina. Cambiaría de opinión años después, argumentando que siempre era su deseo complacer a sus compatriotas mexicanos católicos. Frida murió el 7 de Julio de 1954 en la Casa Azul; eso marcó para Diego Rivera el principio del fin. Destrozado, el artista donó la casa familiar al pueblo de México. Este paso significó dar a conocer al mundo a Frida, quien después se convertiría en un verdadero icono mexicano, opacándolo incluso a él. Seguramente, si él lo hubiese sabido le habría encantado la idea, ya que la amaba tanto que lo menos que podría haber deseado era que el mundo la apreciara aunque sea con un poco de la pasión con la que él la veneraba. Tres años después, Diego Rivera murió debido a un ataque cardiaco, tras luchar contra el cáncer y en la más completa miseria, algo muy común en los grandes artistas. Sin embargo, su legado es vasto y riquísimo, lleno de contenido y de crítica social, de gracia, de sensualidad, de abundantes elementos coloristas, llenos de fantasía, desafiantes y de gran carácter, marcados por una intensidad sin límites en el trabajo, en los afectos y los instintos. Diego Rivera era un hombre con muchas facetas conflictivas, pero ejemplar al fin: siempre dispuesto a defender sus ideales, a transmitir lo que él era y lo que pensaba, especialmente para México. Su herencia artística sigue vigente y es causa de profunda pena en mí que en medio de un país lleno de conflictos políticos y sociales, no haya más artistas, hombres, trabajadores como él. Quizá llegue el momento en que alguien pronto surja, como él alguna vez comentó con estas palabras: “El artista nuevo no saldrá de escuelas de arte, ni en la URSS ni en ningún otro lado: saldrá de la convivencia directa, sin intermediario alguno, con el pueblo, y de la convivencia de pintores, escultores y arquitectos entre sí […], mientras el artista no aprenda del pueblo a hablar el lenguaje del pueblo, el pueblo no lo escuchará ni lo estrechará contra su corazón”; “El muralismo acabó con el culto a la personalidad, con la figura del héroe, del dios, del emperador, del santo, del mártir, del rey, del militar. Por primera vez en la historia del arte el héroe de la primera monumental fue la masa y el gran hombre dentro de ella, tiene un papel persona, pero dialécticamente ligado a la masa. Cuando se han presentado muchos héroes juntos, esos héroes forman la masa misma; ninguno de ellos sobresale. En este terreno la pintura mexicana es ejemplar”. Tal vez necesitamos a alguien nuevamente con esta visión, no sólo en México, sino en todas partes, un artista universal en cualquiera de las ramas, no sólo de la pintura. Diego Rivera fue y seguirá siendo por siempre un maestro de maestros.

Maria Bárbara López Mosqueda

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ÁRBOL DE LA ESPERANZA, MANTÉDME FIRME
Hace cien años nació en el estado mexicano de Coyoacán Frida Kahlo. Hablar de esta extraordinaria mujer es señalar una vida llena de dolores, dolores tanto físicos como espirituales: el fatídico accidente de autobús y sus secuelas, el amor tormentoso pero apasionado con el muralista Diego Rivera. Fue una superviviente: no importaba si tenía que quedarse postrada en la cama durante meses o si su amado tenía aventuras con otras mujeres. Ella tenía lo esencial para no caer por el precipicio de la locura. Encontró consuelo en su pintura, en la esperanza del profundo sentimiento del amor: ella forjó su propia leyenda. Tuvo una vida corta - expiró a los cuarenta y siete años -, pero fue emocionante y muy, muy intensa: dos matrimonios con el mismo hombre, viajes a Estados Unidos y a Paris, grandes romances con hombres y mujeres que gozaron de una personalidad sensual, el entusiasmado apoyo a su Diego en actividades políticas a favor del comunismo. La pintora en sus lienzos refleja un mundo interior propio. Muchos expertos estudian a Frida Kahlo dentro del surrealismo pues se podrán observar en sus obras referentes oníricos, tema propio del movimiento artístico europeo de principios del siglo XX; curiosamente, el estilo de la mexicana se desarrolló antes de que ésta tuviera conocimiento de que existía al otro lado del océano una corriente surrealista, y a pesar de que hizo amistad con los artistas surrealistas de su tiempo, ella no se consideró encuadrada dentro de esta polémica vanguardia. Aparte, otra diferencia que se puede marcar entre los cuadros de Frida Kahlo y los de Salvador Dalí, René Magritte o Max Ernst es precisamente que lo que pinta Frida no son sueños ni obsesiones inconscientes tan propias de esa línea psicoanalista freudiana de la pintura surrealista: pinta la realidad de su vida. Frida Kahlo es más que una pintora cuya obra recuerda al surrealismo – algunos se atreven a calificarla de expresionista: a mi modo de ver, es una concepción no equivocada -, pues tenía un estilo propio, personal, incomparable. Pinta sus pasiones, pinta sus circunstancias, pinta su mundo: la obra de Frida Kahlo es una biografía pictórica completa que nos habla de emociones, de frustraciones, de deseos. En sus pinturas, tenemos paisajes desérticos simbolizando la soledad, frutas y flores de vivos colores representando la sexualidad; personajes populares de la cultura mexicana, como el San Judas del día de los muertos, animales diversos, tales como monos, perros o loros, sustitutivos de esos hijos que nunca pudo tener; momentos de crudeza, llenos de puro realismo, como el que se muestra en “Mi nacimiento”, que representa a su madre pariéndola, “Hospital Henry Ford”, pintado poco después de un aborto o “Unos cuantos piquetitos”, macabro y contundente por la representación de una mujer asesinada a puñaladas por su amante. Quizás lo más llamativo es su numerosa producción de autorretratos que nos dicen como era ella: siempre mirando al frente ante los problemas, con el semblante serio, casi estoico, como demostrando que es capaz de soportar todo el sufrimiento que le cayese; impactante es, por ejemplo, el cuadro de “La Columna Rota”, donde sale ella en un paisaje desolador con el gesto sereno, pero llorando, con una simbolización de su espina dorsal a modo de columna griega y con todo el cuerpo plagado de clavos. El resto de obras tratan más aspectos vitales: la impotencia por no poder ser madre, la melancolía del desamor – “Autorretrato de pelona”, “Las dos Fridas” - el desánimo que le generaba sus dolencias que le impedían moverse – “Sin esperanza”, “El sueño”- su amor hacía su tierra, hacía el rico folclore mexicano – “Cuatro habitantes de México”, “Raíces”, “El camión” – o su apego a la familia – retratos de hermanas y padres. Vitalismo, pesimismo, rabia, melancolía, angustia, nostalgia: todo se mezcla en su obra. Su legado son pinturas que hablan de su existencia y una forma de ser; también podríamos hacer referencia a un conjunto de textos epistolares donde podemos apreciar la personalidad de esta singular mujer. En efecto, las palabras que dirigía a amigos,

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familiares, amantes o a su adorado Diego nos enseñan que era lo que más ansiaba, lo que le preocupaba, sus temores, siempre haciendo gala de un buen sentido del humor a pesar de las adversidades y también demostrando un gran compromiso de amistad con las personas más apreciadas. Podemos, por tanto, hacer un exhaustivo estudio de la vida de Frida Kahlo no sólo a través de sus pinturas, sino también a través de sus cartas y de la información biográfica que nos ofrecen una serie de cuadernos con bocetos, dibujos, textos y hasta poemas dedicados a Diego Rivera, ese amor infiel pero siempre leal al corazón de la artista. De todas maneras, no le hacía falta escribir poemas con palabras porque ella, de por sí, ya era una increíble poeta de pinceles. Era poeta porque consiguió pintar en sus cuadros el dolor que experimentó en su piel, y un buen poeta, en sus versos, nos quiere hacer partícipes de lo que le lastima: consigue transmitir parte de su alma. Frida Kahlo no es sólo una de las pintoras más significativas de todos los tiempos sino también la poeta más grande de todos los tiempos porque ver un cuadro de ella sobrecoge, sobrecoge porque un trocito de su alma está ahí, pegado a la tela del lienzo. Frida Kahlo, personalmente, es algo más que una pintora - poeta que me atrae no sólo por el motivo de su producción pictórica, que es muy especial: es un ejemplo de superación personal y artística; a nivel personal porque, a pesar de las complicaciones de su enfermedad, siguió adelante, haciendo gala de una vitalidad impresionante; a nivel artístico porque convirtió la pintura en algo más que una forma de ganarse la vida – empezó a pintar por pura necesidad económica pues los gastos médicos y los tratamientos suponía mucho dinero para su familia -; su arte fue también el camino para sobrevivir al dolor. Luchó por un reconocimiento y lo consiguió: poco antes de morir, se celebró en México una exposición honorífica por su trayectoria artística, a la que asistió acostada en su cama. Peleó por vivir hasta lo que soportó esa columna rota en mil pedazos que ella tenía y que deseaba, en lo más hondo de su ser, que el árbol milagroso de la esperanza la volviese a reconstruir. Frida Kahlo: una vida marcada por el drama de la enfermedad, sus inevitables tragedias… y la alegría de vivir.
“La Vida callada… dadora de mundos. Venados heridos Ropas de tehuana Rayos, penas, Soles ritmos escondidos “La niña Mariana” frutos ya muy vivos. La muerte se aleja, líneas, formas, nidos. Las manos construyen los ojos abiertos los Diegos sentidos lágrimas enteras todas son muy claras Cósmicas verdades que viven sin ruidos. Árbol de la Esperanza, manténte firme”. [“El árbol de la esperanza”, de Frida Kahlo]

Ana Patricia Moya Rodríguez

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LARS VON TRIER: EL CINE COMO CATARSIS
Introducción Aproximarse a la obra cinematográfica de Lars von Trier supone un reto que reclama una especial actitud y complicidad al contemplar cada una de sus películas. Su forma de hacer cine parece exigir de una propedéutica previa con la que enfrentarnos a su obra, en la exigencia de dilucidar entre lo que en ocasiones parece una sutil manipulación de trucos formales y declaraciones pretenciosas frente a lo que podríamos reconocer como una obra de un impacto y profundidad inusitadas. El director danés se presenta a menudo ante la crítica y el público como un prestidigitador con una no declarada intención de mostrar en cada nueva entrega de su producción la más difícil todavía, lo nunca visto. Director carismático donde los haya, aglutina por igual en torno a su figura incondicionales seguidores y acérrimos detractores. No se puede negar sin embargo que Lars von Trier es uno de esos rara avis que se empecinan en abrir nuevos caminos en un medio como es el cine tan habituado a la inercia de las manidas estructuras de éxito, donde el riesgo formal y conceptual no es bien acogido por un público que en general se encuentra en exceso adocenado y acostumbrado a fórmulas expresivas y artísticas estereotipadas. Puede que el carácter egocéntrico de su actitud como artista tenga relación con su propia biografía, plagada de elementos que nada tienen que envidiar a los argumentos de sus propias películas; incluido el hecho de que respecto a su educación, sus padres eran partidarios de la libertad absoluta dejando en manos de Lars desde muy pequeño, cualquier decisión respecto a su vida, desde cuando ir al medico o el tiempo que debía dedicar al estudio, o mucho más allá, el hecho de que en 1990, justo antes de su muerte, su madre le confesara que su padre biológico era en realidad un individuo seleccionado expresamente por poseer genes con antecedentes artísticos y musicales en su familia. De esta forma podríamos interpretar a Lars von Trier como el proyecto cumplido de su madre. Algunos de estos datos biográficos podrían servirnos como argumentos para justificar su forma exhaustiva de trabajar, el carácter egocéntrico de su actitud como artista, el contenido y la forma de abordar los guiones de sus filmes. Lo cierto es que un elemento que destaca en su obra es una actitud continua de inconformismo que le lleva continuamente a proponer nuevas vías, y no sólo para aplicarlas a sí mismo sino también para hacerlas extensivas a sus compañeros de profesión. Un caso paradigmático de lo mencionado es el llamado manifiesto Dogma’95. El día 13 de marzo de 1995 nacía oficialmente dicho manifiesto y su llamado “voto de castidad” compuesto por diez reglas restrictivas. Con él, Lars von Trier y su co-autor el joven director danés Thomas Vinterberg, querían declarar la guerra a un tipo de cine, que como la mayoría del contemporáneo, hace un uso

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excesivo del efectismo sin contenido, de los trucos digitales, de la falta de realismo. El cine dogma no se hace por tanto “sobre” o “acerca de” sino “contra”: contra el llamado “cine artificial”; reclama el cine como verdad absoluta, quizás haciendo partícipe a este medio de una cierta visión heideggeriana del arte. Parece que Dogma’95 pretenda establecer una sistemática asepsia del realizador sobre el producto fílmico. Unos materiales reales y en estado puro, sin efectismos ni trucajes, parecen ser los condicionantes del producto final, el autor debe renunciar en todo momento a la consecución de una finalidad estética o manifiesta. Se trata de mostrar y no de denunciar. En este esfuerzo de negación, tanto del artista como de la obra, parece reconocerse un intento de contrarrestar el sentido de totalidad espectacular, en términos de Guy Debord, en que se ha convertido la sociedad y la cultura contemporáneas pues para los “dogmáticos”: “el instante es mucho más importante que la totalidad”. Si es la propia progresión como creador de Trier la que lo conduce a Dogma’95 o si es el manifiesto Dogma’95 el que provoca la evolución en su cine no es tan importante como el hecho de reconocer que este momento supone un punto de inflexión es su producción cinematográfica. En este momento que ahora precisamente se sitúa justo en la mitad de su carrera, marca la evolución de Trier tanto en el aspecto formal como conceptual. En cualquier caso se puede hablar de un antes y un después de Dogma’95 en la producción de Trier. Un cine pre - Dogma más preocupado por las posibilidades técnicas y visuales del cine, de un carácter formal mucho más complejo y que el de sus películas post - Dogma, donde la historia y la construcción de los personajes priman sobre el aspecto visual y el cuidado estilístico. Las influencias tanto de Dogma’95 como de su trabajo para televisión provocan la aparición de una nueva forma de hacer cine en Lars von Trier, quién sin embargo solo realiza una película bajo la exigente fórmula del manifiesto y su “voto de castidad” (Idioterne, Los idiotas, ambas de 1997). Quizás la clave de todo este asunto es que hacer cine dogma es una posibilidad en sus propios términos, es una negación in termini de las propias bases definitorias de este medio artístico: cuanto más dogma en la pureza de sus presupuestos, menos cine, quizás otra forma, el docudrama o el documental, de ello parece darse cuenta antes que nadie su propio gestador, Lars von Trier. Lars von Trier más allá del dogma Es frecuente que el propio Lars von Trier organice sus películas a modo de trilogías, con lo que así se han podido establecer diversas agrupaciones, tanto manifestadas por el propio director como bautizadas por la crítica. Agrupaciones como las siguientes: la trilogía de Europa (La escena del crimen, Epidemia y Europa); la trilogía del corazón (Europa, Rompiendo las olas y Bailar en la oscuridad) o la trilogía de la mujer (Rompiendo las olas, Los idiotas y Bailar en la oscuridad), también bautizada por Trier como su “trilogía Corazón de Oro”. Por lo que no me

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parece improcedente establecer mi propia tríada al servicio de los objetivos de presente trabajo, sería la que yo denominaría “trilogía del sacrificio” formada por Rompiendo las olas, Bailar en la oscuridad y Dogville. Me centraré en el análisis de tres de las películas del director danés, concretamente aquellas que en mi opinión configuran una trilogía oficiosa en torno a la mujer como protagonista. Las tres tienen un personaje principal femenino y parecen desarrollar argumentos dramáticos en las que la situación de desgracia o acoso a que éstas se ven sometidas ejerce como eje y desencadenante de la trama. Así, y mediante esta selección, pretendo establecer una relación, tanto a nivel formal como conceptual, entre las tres películas citadas y algunos de los elementos característicos de la tragedia griega, como son el héroe trágico y su hamartia, la anagnórisis, el agon, el desenlace funesto y el efecto catártico al que conducen al espectador, las acciones narradas y su resolución. Para Aristóteles la tragedia es “imitación de una acción esforzada y completa [...] y que mediante compasión y temor lleva a cabo la purgación de tales afecciones”. Pero según el griego, “esta imitación, no es tanto de los hombres cuanto de los hechos y de la vida, [...] principales cosas con que la tragedia recrea el ánimo son partes de la fábula, las peripecias y anagnórisis”. Las películas analizadas comparten por otra parte esa sucesión de hechos que describe el estagirita y que necesariamente han de ir de la dicha a la desdicha, se trata de la llamada peripecia. Peripecia es el cambio de la acción en sentido contrario, es decir, aquel hecho que supone el cambio de los acontecimientos de la dicha al infortunio. Este conocimiento se produce normalmente por medio de la agnición. La agnición implica que el personaje o los hechos, lleven a aprender algo que no se sabía. En el caso de la tragedia, el conocimiento de estas cosas, necesariamente, lleva a la desgracia. En definitiva, el agon al que se enfrenta el héroe trágico no puede resolverse sino con un desenlace funesto, no queda posibilidad en ningún caso a la aparición de un deus ex machina salvador al que tan acostumbrados nos tiene el cine “made in Hollywood”. Un final "trágico", por lógica, implica un paso desde la dicha a la desgracia, pero además, debe producirse por un "gran yerro", y "no por maldad", dirá Aristóteles. Es decir, que un personaje malvado caiga en la desdicha, no es ninguna tragedia, sino que más bien es una tragedia que un personaje honrado (por ejemplo Edipo en la tragedia clásica o Bess y Selma en la película de Lars von Trier) caigan en la desgracia por error, por circunstancias ajenas a ellos y no por maldad. Por otra parte, al profundizar en obra de Trier aparecen elementos indicativos que parecen confirmar la conexión Trier-tragedia griega: la realización del director danés de una versión para televisión de la Medea de Eurípides y la propia proximidad temática entre otra de las obras euripideas, Alcestis, y una de las películas emblemáticas de Trier, Rompiendo las olas. Aristóteles, en el capítulo III de su Poética, reconoce como elemento caracterizador de la tragedia la presencia de un héroe trágico. Lo

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interesante de la cuestión es que las tres películas seleccionadas para este análisis coinciden en tener como protagonista trágica una mujer. Las heroínas de Trier Bess McNeill. Un joven dulce vive en una comunidad escocesa de marcada carácter patriarcal y religioso. Una comunidad donde las mujeres no pueden hablar en misa, no pueden asistir a los funerales e incluso deben pedir permiso al consejo de notables para contraer matrimonio. Su agon: la dulce Bess Mcneill, llevada por su obsesiva atracción hacia Jan, su marido, tiene que sacrificar su propia integridad física y moral como único medio para salvarlo del estado de invalidez en que se encuentra. Su sacrificio y el amor llevados a un extremo son casi enfermizos. Selma Jezkova. Una emigrante checoslovaca en los Estados Unidos de los años 50. Soñadora, su vida está dedicada por completo a conseguir el dinero para operar a su hijo y evitar que acabe con la ceguera que ella misma padece. Su agon: el conflicto se plantea entre una mujer que ante la ceguera a la que se ve abocada decide sin embargo sacrificar hasta el último minuto de su vida para poder evita similar y trágico destino a su hijo. Grace. Una mujer sofisticada que huyendo de unos gangsters irrumpe de improviso en Dogville, un pueblo en las montañas rocosas, donde los habitantes le exigen la contraprestación de su trabajo a cambio de la protección que le otorgan. Su agon: la propia Grace enfrentada a su humanidad, su propia capacidad de renunciar a una vida de satisfacción material con objeto de encontrar un sentido en la entrega a los demás. La capacidad de comprender y perdonar a los demás en el sentimiento de que su superioridad moral lo está. La maldad manifiesta a la maldad encubierta e hipócrita. La maldad como medio a la maldad como fin en sí mismo. El cine como catarsis Expondré a continuación en qué elementos se plasma principalmente esa conexión de la tragedia con cada una de las películas mencionadas. Rompiendo las olas. Rompiendo las olas es la versión de Trier del cuento infantil “Corazón de oro” en palabras del propio director. Sin embargo es mucho más, también es su particular acercamiento al Carl T. Dreyer y a la Alcestis de Eurípides. El mito: “el chivo expiatorio”, alguien debe sacrificarse en beneficio de otro u otros. La fábula: Alcestis de Eurípides contagiada de la confrontación entre lo sagrado y lo profano que ya mostrara de forma magistral Carl Dreyer en películas como Ordet. Esta influencia de su compatriota aporta al cine de Trier elementos (antes exentos de

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la misma) de la tradición cristiana como es el milagro o la relación con lo trascendental divino por medio de la palabra. Confluyendo así en su cine los dos elementos que otorgan al pensamiento occidental su carácter inquieto y conflictivo, la herencia de la filosofía griega junto a la tradición judía legada través del cristianismo. Como reconoce el propio Lars von Trier para el montaje final de Rompiendo las olas (y esto es extensible a Bailar en la oscuridad y Dogville) prefirió seleccionar aquellas tomas donde los actores mostraran su mayor grado de expresividad y de ‘sinceridad’ sin importarle en absoluto que la película incluyese a veces tomas con desencuadres, desenfoques, fallos de eje o fallos de raccord de movimiento y de mirada. Definitivamente, en su película renuncia a la perfección estilística en aras de captar el momento, el gesto, la mirada más natural y expresiva de los actores. Recurre para ello al uso de la cámara al hombro que sigue a los actores en su acción, así, tal y como reconoce el director danés, en el montaje final nunca elige la escena más precisa desde el punto de vista técnico sino desde el punto de vista expresivo. Responde quizás a ese sentido de la mimesis, una expresión ciertamente naturalista del cine. En el montaje prima por tanto la posición ética sobre la estética y esto se traduce en un resultado final compuesto de innumerables destellos. El montaje inquieto y nervioso adquiere un cierto ritmo sincopado que pese a su ocasional imprecisión consigue transmitir un mayor grado de naturalidad y verismo. Lo que realmente interesa contar es el fondo, la degradación moral de Bess, que conlleva en paralelo la recuperación física de Jan. Esto se une al rechazo de la comunidad inmersa en una religiosidad plagada de normas y restricciones frente a la religiosidad de Bess, entendida como un pacto personal entre ella y Dios, y a su vez totalmente contrapuesta al carácter profano de la relación entre Bess y Jan y de la hybris a la que se arroja Bess, ese desenfreno caótico e irracional al que el propio Jan la conduce. Bailar en la oscuridad. Un Trier que parecía haber abandonado de forma definitiva el llevar su cine por los derroteros de los géneros, nos sorprende en 2000 con una revisitación y actualización del “musical”: Bailar en la oscuridad se presenta como una versión dulcificada y musical de Rompiendo las olas. El mito vuelve a ser el del “chivo expiatorio” y este se muestra de nuevo como una fábula. En este caso se trata del sueño americano convertido en la pesadilla americana. El propio von Trier señala cómo debajo de las formas escénicas de la comedia musical se deja sentir el verdadero latido de la vida, que en este caso se sobrepone con sus figuras convencionales estilizadas a una realidad carente de vitalidad, de esperanza, de pulso; los temas musicales, de carácter marcadamente diegético, no sólo en cuanto a la narración sin también cuanto a la caracterización de la protagonista, puestos al servicio de una temática que en ocasiones rebasan los límites del melodrama y constituyen el verdadero elemento integrador del sentido trágico de la obra y

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elemento que provoca la catarsis al descargar la tensión de un sufrimiento extremo en formas artísticas convencionalmente representativas del júbilo. Dogville. Dogville representa un giro en la representación trágica, o bien se abandona definitivamente esa concepción cercana a la tragedia de Eurípides o definitivamente se adentra en la verdadera esencia del arte trágico que para Nietzsche representaban Sófocles y Esquilo. En Dogville, Grace debe sufrir su martirio y realizar al igual que las anteriormente mencionadas, Bess y Selma, el sacrificio femenino que Trier ha hecho lugar común en sus últimas producciones. Pero Dogville también es una fábula sobre la aceptación del “otro”. Es pura metáfora y simbolismo en cada uno de sus elementos pero mostrados sin embargo con una literalidad a menudo insoportable. El minimalismo de la puesta en escena nos remite exclusivamente a los personajes y a la acción. La distancia, sobre la crudeza de lo que acontece, la ejerce la voz del narrador que parece transmitir con su narración pausada e irónica que cuanto está pasando forma parte de un cuento, ajeno a cualquier atisbo de realidad. Conclusiones Lars von Trier se presenta como un Prometeo desencadenado del que surge con cada película una nueva aportación a la cultura contemporánea, una criatura compuesta de la conjunción de innumerables elementos, bien elevados como tragedia o la lírica bien populares como el musical o el melodrama, algunos de las cuales he pretendido seccionar en este artículo. Lo que eleva a la categoría de tragedia estas películas de Lars von Trier es que en ellas podemos reconocer las trazas del mito y la fábula, que en palabras de Nietzsche son el fundamento de la tragedia. El mito que se traduce en Rompiendo las olas y Bailar en la oscuridad es el del ‘chivo expiatorio’, la víctima propiciatoria que acepta voluntariamente su sacrifico para aplacar la furia de un destino adverso cuyo poder le supera. Por su parte, Dogville no hay sacrificio sino entrega. Grace busca una humanidad distinta a la del ambiente corrupto del que procede. Sin embargo, encontrará una corrupción aún más terrible, pues ya no es el mal como medio sino el mal como fin en sí mismo arraigado en lo más profundo del espíritu humano. Al final de la película Grace ha adquirido de su padre un poder casi absoluto para disponer de la vida y de destino de los demás. Grace está en la disyuntiva entre la compasión cristiana o el pathos dionisiaco. Como vemos, ella elige el pathos, y esto indudablemente, remite a la figura mítica de Némesis (la diosa griega de la justicia vengadora), que cuando la humanidad ha sucumbido a una hybris incontrolada ha puesto en peligro el equilibro, sophrosiné y con ello el propio orden de las cosas, por lo que es necesario el castigo para mantener al mundo tal y como es. Y de esta forma, Lars von Trier nos aplica una terapia intensiva en cada película, no nos sentimos cómodos durante su visionado porque la

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intención del Trier no es precisamente la del entretenimiento sin más, se trata de conseguir la identificación con la historia que nos está contando como partícipes tanto de la acción como de la humanidad que ésta refleja. Pretende quizás que como los antiguos griegos salgamos de cine renovados habiendo alcanzado la catarsis, la purgación de nuestras propias miserias y errores como seres humanos.

Rafael Infantes Lubián

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MACHISMO
¿Cuál es el colmo de un chef machista? Cocinar Pa-ella. Macho. Machito. Macholandia. Machismo. Hay tanto qué decir sobre este concepto... aún escribiendo estas líneas dudo si he de hacerlo con seriedad o con humor. Y es que es tan rico, tan variado y tan terriblemente deprimente que puede prestarse a lo más ácido y jocoso pero igualmente a lo más humillante y oscuro, particularmente cuando quien escribe y quien lee es mujer. Así que si de pronto este texto es agridulce, de antemano les pido una disculpa, especialmente a las almas pudorosas y con vestigios de rancia autocompasión. El machismo es una total forma de vida de hombres y – tristemente - de mujeres. Dejémonos de si es costumbre o tradición de tal o cual sociedad o de tal o cual pueblo: esos son eufemismos. Cuando hablamos de machismo no podemos hablar de un acto o algo aislado dependiendo de la temporada del año. Hay gente que vive y respira el machismo todos los días en todos sus niveles. Me permito limitarme a hablar de esta situación en la sociedad en la que me tocó nacer y crecer: la mexicana. Aunque bien la descripción puede encajar perfectamente con otros países. La cosa jamás ha sido sencilla. Diariamente, las mujeres mexicanas luchamos contra este modus vivendi al que la mayoría estamos sujetas. Prácticamente es parte de la cultura, está enraizada en lo más intimo del imaginario del mexicano – repito, tanto varón como mujer -. El varón nace y crece en un ambiente en el que todos le enseñan que él es el que manda, que cualquier actitud sensible es desdeñable. Ahí tenemos las frases “los hombres no lloran” o “llorar es de viejas”. En todos los sentidos, el hombre es superior a cualquier mujer, salvo esa extraña paradoja de la madre, a quien hay qué respetar y reverenciar, lo cual no siempre es aplicable puesto que llegado el momento, el varón en cuestión puede considerar que su madre no es apta para tal o cual cosa. Octavio Paz ya lo menciona en su libro “El Laberinto de la Soledad”: la frase “no te rajes” “no seas rajón”, que es muy utilizada por los mexicanos y que significa “no seas cobarde” viene de un pensamiento puramente machista: las mujeres estamos “rajadas”, esa es nuestra condición fisiológica (entiéndase la “raja” como la vagina). Somos débiles, cobardes e incapaces de realizar las cosas por nosotras mismas. En ningún momento y bajo ninguna circunstancia, un hombre puede ser un “rajón” o “rajarse” ante algo o alguien pues eso lo convertiría inmediatamente en un ser inferior: una mujer. Tristemente, muchas de las mexicanas están, por decirlo de alguna manera, “acostumbradas” a ser tratadas como seres imperfectos, incapaces de realizar cualquier cosa sin ayuda del osado proveedor del hogar: el varón. Eso y un sinfín de cosas que

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caracterizan al machismo. Me permito hacer la lista de las más patéticas y evidentes en mi sociedad. El charro en su corcel México, durante muchos años, y en pleno siglo XX, vivió el más profundo de los analfabetismos, como casi cualquier país latinoamericano por aquellas épocas, por lo cual la única fuente del conocimiento del mundo era la radio, los panfletos o el periódico y por supuesto, la televisión. Estoy hablando de México en sus primeros años del siglo XX, desde 1940 en adelante, tras la Revolución. Desde aquellas épocas y aún hoy en día, la mujer se presentó – salvo las excepciones de la valiente “Adelita”- siempre como la abnegada esposa y madre, dispuesta a todo sacrificio con tal de mantener unida a la familia, y mantener unida a la familia quería decir soportar al marido para que no la abandonara: aguantar borracheras, aguantar adulterio, aguantar golpes. Una mujer no podía aspirar a gran cosa en su vida más que a esperar en el portón de su casa a su príncipe azul en su corcel, o dicho en términos aztecas, el charro en su caballo. Incluso en las películas más famosas de nuestro “Cine Mexicano”, el hombre llegaba a la casa de la mujer, vestido como tal, dispuesto a casarse con ella o a secuestrarla. La mujer en cuestión normalmente era disuadida por sus padres y hermanos y en general los miembros femeninos de la familia para casarse cuanto antes. Por supuesto que la cuestión se dulcificaba en el celuloide: tenemos grandes ídolos que, además de cantantes, eran todos unos “caballeros” en las películas, héroes charros que además de cantar de manera maravillosa, bastaban con echarle alguna mirada con ceja levantada a la “heroína” para tenerla a sus pies. Naturalmente, la mencionada no solía tener mucha voz o voto en la película, salvo llorar por su amor perdido - o recuperado - y ser la damisela en desgracia. Aunque algunas películas pretendieron formar a una mujer fuerte y de carácter que no se dejaba tan fácil mangonear por miembros del sexo masculino, no faltaba el “héroe” que llegaba y la agarraba de las “greñas”, la zarandeaba y le hacía saber quién era el que estaba a cargo; como era de esperarse, la mujer se rendía ante los encantos de su charro a caballo. Ese tipo de “heroínas” y modelos de mujer se permearon en el inconsciente colectivo de las mujeres mexicanas analfabetas. La música también tiene su parte en la creación del imaginario machista mexicano. Aunque incluso hoy en día todavía se puede percibir más en unos géneros o en otros: es algo que aún persiste. Me di a la tarea de investigar algunas canciones que son tan machistas que causan náuseas, pero la verdad es que la cantidad haría de éste un cancionero mexicano y no un escrito con aspiraciones a artículo de opinión. Sí amigos míos, la música mexicana está llena de canciones machistas a granel. No se vayan tan lejos: compren un disco de Vicente Fernández, cualquiera, y pónganle –por una vez en la vida- atención a las letras. Se convencerán de lo que les digo: se los voy a dejar de

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tarea. Lo triste es que son tan populares que las propias mujeres las cantan, tan quitadas de la pena. Es vil ignorancia o masoquismo puro. El destino de toda mujer Si un fulano cualquiera llegaba a presentarle sus intenciones a tu sacrosanto padre o a tu santa madre, ya estabas lista para “matrimoniarte” en la mayor brevedad posible, conocieras o no al interfecto. Después de todo, el único destino de la mujer era ése: casarse y tener hijos. Y soportar hasta que el hombre muriera primero, lo que solía ocurrir con frecuencia, ya fuera por cirrosis, por pleitos o por alguna enfermedad venérea, aunque claro en esos entonces no era tan evidente. Si una mujer osaba levantarle la voz a su esposo era merecedora de una tunda, hecho que normalmente era aprobado e incluso apoyado por la familia de ella, particularmente los padres y los hermanos, para que aprendiera quién era el que mandaba. Quisiera ejemplificar la situación con esta escena cotidiana: Bárbara está leyendo el periódico en la mesa. Ha sido la primera que ha terminado de comer, y tras llevar los platos al fregador, está tomándose un café. Sus hermanos varones están con ella comiendo y platicando. Finalmente terminan y se levantan, mientras la joven sigue leyendo. Pasan unos minutos y la madre llega de la calle, ve el comedor y reclama. - ¿Por qué está la mesa desordenada? ¿Es que acaso no tienes manitas y patitas para recoger esos platos y vasos? La acusada deja el periódico molesta y responde. - ¿Qué? Yo dejé MI plato y MI vaso en su lugar. Mis hermanos dejaron su tiradero - dicho ésto, regresa a su lectura; eso pone furiosa a la madre. - ¡Pues recógelo! - grita la señora. - ¿Yo? Mejor diles a ellos que vengan y lo hagan. ¿O es que acaso ellos son los que no tienen “manitas y patitas” para hacerlo? - dice ella sin levantar la vista del diario; si algo odia su madre, es que ella se comporte así, tan masculina, según sus propias palabras. Que irónico. - Pero TÚ ERES LA MUJER. Tú eres la que debes levantar los platos y no ellos. Ella toma café. - O sea, que también tengo que tender todas las camas, y lavar, y planchar, y cocinar, mientras que ellos hacen qué… ¿rascarse la cola? Por eso son unos inútiles. No quiero pensar qué harían si vivieran solos. De acuerdo a tus ideas, entonces yo no puedo conducir porque eso les corresponde a los hombres. ¿Qué te parece si de una vez dejo de usar pantalones para siempre?...

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[…y luego inserte aquí una hora de quejas sobre lo grosera que Bárbara es y que son solamente acalladas hasta que ella lleva los platos al fregadero. Sí, jóvenes, tristemente, doblé las manos ese día, más por no discutir que por otra cosa]. Durante siglos la educación que recibía la mujer se relacionaba con el cuidado del hogar, de los hijos y del marido. Y cualquiera que deseara aprender otra cosa o ampliar sus horizontes, no tenía de otra que quedarse “solterona” o bien de ser tachada como lo peor. Tristemente, hoy en día seguimos viviendo eso de manera velada. Les contaré mis experiencias con el machismo comenzando por esta, que creo que es una síntesis de lo que la mujer “es” dentro del mismo. Bárbara se encuentra comiendo en un pequeño puesto de “almuerzos” con su madre mientras la cocinera, que también es la dueña del local, conversa con ellas . - Y dígame, doña Cata, ¿para cuando se nos casa Bárbara? - la aludida da vuelta a los ojos, preguntándose: ¿por qué carajos le pregunta eso a mi mamá? ¿Qué no tengo boca para contestar o es ella es la que tiene qué tomar esa decisión? - Pues ella dice que no tiene eso en sus planes - técnicamente así es, Bárbara no tiene ni la menor intención de casarse, al menos no en su corto plazo. - Pero… ¿cuántos años tiene? - Veinticuatro - en aquel entonces -. Casi veinticinco. - Pues ya está en edad de casarse - o sea, ¿qué hay fecha de caducidad de la mujer para casarse? - Es verdad - al fin habla la joven mujer -. No pretendo casarme en un muy buen tiempo. ¿Cómo hacerlo cuando ni siquiera he sabido lo que es vivir de manera independiente de mis padres? Sería absurdo salir de la casa de unos para pasar a vivir con alguien más sin haber realizado más proyectos. - Su madre sonríe pero la otra señora, tras una mueca de asombro, se ríe. - ¿Ah, de veras? - dijo en tono casi triunfante -. ¡Qué casualidad! Mis hijas, todas, decían lo mismo y míralas ahora, casadas, con hijos, viviendo aquí conmigo. Me acuerdo que me decían: no, mamá, yo no me voy a casar, yo quiero viajar, tengo muchas cosas que quiero hacer… pero nomás tuvieron novio, y se casaron. Yo creo que contigo va a ser lo mismo. Bárbara y su madre no dicen nada por un par de instantes, hasta que ella levanta una ceja mirando a la señora con cara de ¿“qué tarugadas está diciendo”?, pero la señora parece sonreír triunfal de haber puesto en claro su punto, ejemplificado – tristemente - por sus hijas a cabalidad. - Eso pensará usted - agrega la muchacha -. Pero yo sí pienso hacerlo. El tiempo se encargará de demostrarlo.

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Y pagando la cuenta, ambas se retiran. ¿Es acaso este el destino que la sociedad nos ha impuesto? Los seres humanos como seres sociales que de forma natural creamos núcleos de convivencia, como la familia, pero de eso a que las mujeres mientras son jóvenes deban pasar del hogar paterno – o materno - al lado de un hombre sin haber experimentado la libertad de ser y de hacer, es muy distinto. Por cierto, que la mujer que toma el camino difícil de la libertad (porque sí, es difícil dejar de estar bajo el cobijo patriarcal o matriarcal) también sufre, y quizá todavía más de lo que debiera, en las sociedades machistas, como hablaré a continuación. Mujeres liberales o mujeres libertinas: el pecado de no vivir bajo la sombra del hombre Supongamos ahora que una mujer ha decidido hacer su vida fuera del seno familiar, y quiere vivir sola, o con alguna amiga, para hacer lo que le plazca, no en el sentido netamente sexual, que muchas en realidad lo viven así, sino en el sentido de tener su espacio, como quiera, con los elementos que quiera, y por que no, para recogerlo cuando se le pegue en gana. Si es mexicana, seguramente salió de la casa en términos no muy tersos: la madre pensará que se quiere ir a vivir sola para verse con hombres (esto lo estoy escribiendo citando de manera casi textual a la madre de mi mejor amiga) y el padre y hermanos pensarán que seguramente tiene algunos tratos turbios con algún hombre (o mujer, asumiendo que su hija es lesbiana); o bien que está embarazada y que se quiere “arrejuntar” sin que ellos sepan quién es el padre. Y mil cosas – absurdas más. Que si te vas de la casa, no vuelvas. Que si quieres vivir sola, ni cuentes con nosotros. Que allá tú si te pasa algo: como si las mujeres jamás tuviéramos el medio de defendernos. Realmente triste. Ahora bien, ya llevado a cabo el muchas veces penoso trance de dejar el hogar “familiar”, la chica con sueños de libertad e independencia – personal y económica -, pasará a sufrir otro tipo de situaciones incómodas. Por ejemplo, el asedio incontrolable de los machos mexicanos quienes en su pequeño cerebrito piensan que una mujer sola equivale a una mujer disponible para todo, como si las que viven solas tuvieran en su frente escrito: “no tengo quién me moleste en mi casa así que podemos ir a pasarla bien en cualquier momento”. No sé que enfermedad cerebral sea esa, pero es como un hecho predeterminado en la mente del mexicano. Vives sola, te la pasas teniendo sexo libre, gastas tu dinero en placeres banales – como si fuera mucho y como si una no comiera, vistiera o pagara servicios – y, quién sabe, igual tarde o temprano esa amiga con la que vives invitará amigos y se hará alguna orgía o terminará acosándote sacando su lado homosexual. Tal vez experimentes drogas o un día en la soledad de tu cuarto alguna vez entrará algún sujeto y te hará lo indecible. Es eso o ven mucha tele gringa y asumen que todas las mujeres de cualquier edad que viven solas son como las de “Sex and the City”.

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Tal vez lo que consuela a la mayoría, aunque no sea cierto, es que tarde o temprano, llegarás a pedir ayuda a los hombres de tu casa – o de otra - y que no pasarán ni dos años antes de que te cases.

Sexismo: una forma de machismo liberal Él: “A ella le gusta la gasolina”. Ella: “¡Dame más gasolina!”. Siempre he creído que el reggaetón es el género sexista por excelencia: aunque las canciones sean más pegajosas que la miel, de reggae no tienen nada, y esa patraña del “Romantic Style” se ha creado para justificar los tonos sexistas utilizados en ellas. Con perdón anticipado de los que gustan de este tipo de “música”, es la verdad. ¿Han escuchado alguna vez la “letra” de esas canciones? No faltan las frases “Mamita rica” o “Mueve tu (se inserta cualquier palabra que sustituya ‘trasero)”. En todas las mujeres son ninfómanas, y el hombre puede hacer lo que quiera. Ojo: no son sumisas, ni son pobres mujeres a las que el hombre las maltrata, son otro tipo de mujeres que el hombre quiere, las que hacen lo que quieren, cuando quieren y con quien quieren. Descerebradas sin dignidad, se convierten en otro tipo de objeto para los hombres: ya no son una pera de box, son una muñeca hinchable que se mueve, habla y deja que le hagan lo que quieran. Triste transformación del machismo de la mujer arrodillada besando las bosas a la mujer arrodillada que espera ser penetrada y que, en teoría, siempre lo quiere y lo disfruta. El feminismo también es una perversión: no ahondaré mucho en él, pero es cuando las cosas se sacan totalmente fuera del contexto. Les voy a dejar de tarea que comparen a los dos polos opuestos: aquellos quienes defienden a la mujer pisoteando al hombre y aquellos que hacen lo contrario. Lean “El varón domado” de Esther Villar y “Eva al Desnudo”. Comparen y formen su opinión. En resumen: esto sólo puede acabar cuando las mujeres nos demos el lugar que tenemos, no como objetos del hombre, sino como sus acompañantes, sus complementos, parte del equipo. Esa otra mitad en todo. La parte sensible y complicada. La parte misteriosa. La que no está detrás de ellos sino al lado de ellos.

Maria Bárbara López Mosqueda

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IDENTIDAD Y PERTENENCIA
Pertenencia (Del b. lat. pertinentĭa).1. f. Relación de una cosa con quien tiene derecho a ella.2. f. Territorio o núcleo de población separados de la cabeza de un municipio y que corresponde a su jurisdicción.3. f. Antigua unidad de medida del suelo para las concesiones mineras.4. f. Cosa accesoria o dependiente de la principal, y que entra con ella en la propiedad. Francisco compró la hacienda con todas sus pertenencias.5. f. Cosa que es propiedad de alguien determinado. U. m. en pl.6. f. Hecho o circunstancia de formar parte de un conjunto, como una clase, un grupo, una comunidad, una institución, etc. Su pertenencia a tal estamento. De la definición de Pertenencia me interesan dos acepciones: la 1 (relación de una cosa con quien tiene derecho a ella) - que yo relaciono con la 5 (cosa que es propiedad de alguien determinado) - y la 6 (hecho o circunstancia de formar parte de un conjunto). Es decir, el simbolismo personal e impersonal, propio y colectivo, de la palabra. Me pertenece o pertenezco. No hay más. Tomemos la primera opción: me pertenece. Hablamos de la posesión, la propiedad. Lo que es mío por derecho (art.348 Código civil: La propiedad es el derecho de gozar y disponer de una cosa sin más limitaciones que las establecidas en las leyes). Ahora bien, volvamos a la segunda opción, pertenezco. Yo pertenezco a un conjunto, colectividad, comunidad. Y ese pertenezco determina a su vez lo que me pertenece, como dice el código civil, sin más limitaciones que las establecidas en las leyes; leyes que la comunidad determina, y que yo acepto. Luego mi doble pertenencia, la singular y la colectiva, parten de un mismo sujeto: unas reglas, una aceptación. Un deseo. Sobre la doble pertenencia, dice Thomas Nagel: “lo que parece ser el problema central de la Teoría Política sería el conocido problema de intentar reconciliar la posición de la colectividad con la posición del individuo (considerándolo) en su origen y esencia como un asunto referido a la relación del individuo consigo mismo (es decir) a la división que se da en cada individuo entre dos puntos de vista: el personal y el impersonal. El segundo representa a la colectividad y plantea sus demandas a cada individuo”. Demandas. O deseos. La colectividad determina las demandas del individuo a través de una lógica de abstracción. La colectividad valora como “deseables” determinados objetos y el individuo pasa a desearlos a su vez. Dando un paso más, podemos incluir en “objetos” tanto figuras inertes como abstracciones. Familia, ciudad, país. ¿Qué determina el paso de lo “deseable” colectivo a lo “deseable” individual? ¿Qué agentes confluyen en nuestra Identidad (Del b. lat. identĭtas, -ātis).1. f. Cualidad de idéntico.2. f. Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.3. f. Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás.4. f. Hecho de ser alguien o algo el mismo que se supone o se busca.5. f.

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Mat. Igualdad algebraica que se verifica siempre, cualquiera que sea el valor de sus variables)? Seamos clásicos: religión, cultura, familia, estrato social... incluso más allá, Lenguaje. ¿Puede darse el proceso a la inversa, de lo individual a lo colectivo? Dice Davis: “sin las ilusiones del lenguaje simplemente no hay agente, no hay egos, no hay conciencia de sí. Descartes y Locke supusieron que debía haberlos porque un mundo sin individuos- un mundo entonces, sin Dios,- era demasiado terrible de contemplar. Sin embargo, para Nietzsche, el lenguaje era un voluble juego de máscaras detrás de los cuales no había, simplemente, nada. Las ideas de Nietzsche reaparecen en Derrida, Foucault, Lyotard, Janeson, Rorty, Baudrilland… para quienes la identidad individual siempre se disuelve en la nada, en cuanto intentamos localizarla”. Volvamos al 2008.Analicemos la situación. Nuestro lenguaje nos da conciencia de sí mismos, dice Davis. Retomemos las aportaciones de la ingeniería genética sobre el ser y la nada, sobre el determinismo cultural y su proyección social tan de moda. Sobre la Genética y la Sociedad. Dawkins, Dennett, Pinker… ¿realmente tener una laringe desarrollada para el lenguaje nos hace individuos? Pensemos en los discapacitados, ciegos, mudos, sordos... y en su lenguaje. Son individuos per se (nuestro código civil dice de la personalidad y la adquisición de sus derechos: nacidos con figura humana y más de 24 horas desprendidos del seno maternoart. 29 y 30 CC). Y por tanto con conciencia de serlo. Conciencia de sí. La religión. A día de hoy cualquier estado deseable es laico. Digo deseable con conciencia de lo que significa. El respeto a las creencias de cada individuo o comunidad no pasa, a mi parecer, por asumir su prevalencia. Por tanto, cualquier estado deseable, que yo desearía, deber se laico. Y si esto es así, la religión tiene el poder que cualquier otro agente externo del círculo íntimo puede tener: influye de la misma manera que alguien acepta el verano como época propicia para tomar gazpacho, o los regalos en Papá Noel en lugar de los Reyes Magos. Son creencias íntimas casi, ligadas a la concepción del individuo y a un círculo mayor, una colectividad también íntima: familia en sentido amplio, ambiente, lo alrededor. Enlazamos aquí estrato social. Ahora bien, si es cierto que el individuo puede o no dejarse influir por algunos agentes, escapar de ellos y renacer, crear sus propios nuevos agentes, debe también ser cierto que, de otros, no. Y esos otros son, a mi juicio, aquellos en los que se mezclan de forma inequívoca las dos concepciones de la Pertenencia dichas al principio: pertenezco y me pertenece. Pertenezco a una familia, a la que me unen vínculos afectivos. ADN en algunos casos. ¿Cómo escapo a eso? ¿Quiero hacerlo? La respuesta más habitual será NO. No quiero escapar sino pertenecer. Y que me pertenezcan. Sentirme dentro y reconocerme como tal.

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La sensación de seguridad y la química hacen el resto. Es el primer y más fuerte enlace. Quiero ser reconocido como tal, pertenecer. Y quiero que me pertenezcan. Es un reflejo innato, de protección. El círculo más pequeño de la dinámica de pertenencia. A ese círculo se ligan agentes como la ciudad, el país, o el amor. El amor, por cierto, es el mayor y más fuerte vínculo de pertenencia. El sentimiento más egoísta. Yo te amo porque me hace feliz, y en esa medida espero que tú me ames. Recordemos aquí el simbolismo de “la entrega de la esposa”, “la dote” o la “alianza” como modo de reconocer los demás y recordar uno mismo, la pertenencia. Su pertenencia. Y es otra vez una pertenencia feliz, a la que nos entregamos con la seguridad misma de la existencia. Como el niño recién nacido que agarra (instintivamente) el dedo de su madre. Nos reconocemos en esa pertenencia, en ese ser, creyendo atarnos cuando nos desatamos. Vamos tachando de la lista deseos, demandas, vida. El tercer círculo será la nacionalidad. El gran problema de la nación. ¿No existían los individuos antes de la creación de los estados-nación? Recordemos su tardía aparición, casi el siglo XVIII en España. ¿Antes no nos reconocíamos como individuos? Sí, por supuesto que sí. Porque un grupo, una colectividad, no es una simple suma de individuos. Hay lazos ocultos, casi mágicos, que los circundan. Que los entretejen. La pertenencia al grupo como nacionalidad ha sido siempre una forma esencial de poder, de deber. Es una pertenencia que crea un débito, una sujeción, una aceptación. Todas las formas de pertenencia lo hacen, pero aquí es donde se reconoce con más fruición. Todos los grupos tienen leyes y éstas no son siempre escritas. Es una ley que yo no cruce un semáforo en rojo, y lo acepto como creo que el otro lo acepta, en la creencia de que la aceptación viene por el simple hecho de que alguien, otro más, lo ha decidido así. ¿Por qué lo respeto? ¿Por qué paro en el rojo y sigo en el verde? Porque tengo la confianza de que el otro lo reconocerá igual, y él a su vez, y el tercero, el cuarto, el quinto. Y porque confío en que ellos cumplirán como yo lo hago, lo acepto. Confianza y aceptación. Dos vínculos más, junto al reconocimiento. Hilos de seda que unen la colectividad. Flecos de la pertenencia. Por último, el quiero. Sobre todo lo escrito fluctúa la palabra “quiero”. Yo quiero, yo deseo, yo confío. Yo (primera persona del singular) quiero (presente de indicativo). Y es el deseo - (del lat. desidĭum).1. m. Movimiento afectivo hacia algo que se apetece.2. m. Acción y efecto de desear.3. m. Objeto de deseo.4. m. Impulso, excitación venérea - el último acto que hilvana el proceso. El objeto de deseo es un más allá posible, un reconocimiento, una confianza en sentirse dentro y ser aceptado como tal, innato al propio existir, que todo lo iguala. Y al que nos empeñamos en escapar, creyéndonos únicos en el proceso. Especiales. Como Tántalo, ejemplo de tentación sin satisfacción o deseo insatisfecho, eternamente condenado a vivir en un lago, cuyas ramas repletas de fruta se retiraban ante su intento desesperado de agua o fruta, y con una roca oscilante en alerta contínua. Así intentamos escapar de la pertenencia. En un intento imposible de lo que, al final, nos diferencia. Lo que nos ata, nos desata. Nos hace, por encima de todo, Ser. Existir.

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Sonia Sáinz Capellán

FEMENINO SINGULAR I
Uno de los géneros más curiosos, dentro del cómic, es el de la biografía: este medio nos ofrece la posibilidad de saber más sobre la vida de variopintos personajes, personajes reales, personajes que han formado parte de la historia o que quieren aportar su visión personal del mundo a los lectores. A continuación, en esta primera parte de “Femenino Singular”, voy a reseñar dos obras, dos biografías que tienen como nexo común sus protagonistas: son mujeres. Se trata de “Modotti: una mujer del siglo XX” y “Kiki de Montparnasse”. Son dos historias basadas en mujeres reales, en hechos reales. Han sido realizadas con exhaustiva documentación: en sus páginas finales cuentan con variada bibliografía, demostrando que los autores se han interesado por aproximarse lo mejor posible a las existencias de esas singulares mujeres. “Modotti: una mujer del siglo XX” (Ángel de la Calle, prólogos de Paco Ignacio Taibo II, Editorial Sins_entido) relata la vida de Tina Modotti, mujer de raíces italianas, fotógrafa profesional y comprometida con el comunismo. De joven, emigra a América, a la tierra donde se cumplen las ilusiones, y después de trabajar como actriz, se convierte en la alumna predilecta de Edward Weston y decide trasladarse a México, tierra de la que se enamora y en la que habita gran parte de su vida. Tina Modotti tuvo un papel muy importante en el mundo artístico de su tiempo: entró en contacto con destacados artistas mexicanos - hizo amistad con Diego Rivera, conoció a David Alfaro Siquerios, José Clemente Orozco y a Frida Kahlo –, posó como modelo para muchos de ellos y tuvo amores tormentosos que marcaron su destino; su primer marido, un artista californiano la introdujo en el fascinante mundo del arte y de la cultura, pero murió a consecuencia de una grave enfermedad; el gran amor de su vida, Julio Antonio Mella, político cubano, murió asesinado a tiros y, aunque todavía se especula que el autor del crimen podría haber sido un ex amante de Tina, Xavier Guerrero, a ella la culparon de la desgracia. Sentía tal pasión por la política que renunció al arte para ser militante consumada y arriesgar su vida en multitud de ocasiones: trabajó como agente secreto en Rusia y se trasladó a España para atender a los heridos de la guerra civil. Fue fiel al partido comunista hasta que, durante el inminente final de la Segunda Guerra Mundial, Stalin pacta con Hitler: ese momento histórico marcó a Tina Modotti, que se sintió traicionada por esa ideología que tanto había defendido. Esta gran mujer, humana y luchadora, murió a los cuarenta y seis años por causas desconocidas: una fría noche de invierno apareció muerta en la parte trasera de un taxi. Ciertamente, tal y como reza el título de la obra de Ángel de la Calle, Modotti fue una mujer del siglo XX: trabajadora, moderna, de mentalidad liberal, leal a sus principios y revolucionaria. Tina Modotti ha sido protagonista de muchas novelas y ensayos biográficos y sus

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preciosas obras fotográficas, puro arte visual, están expuestas en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. A nivel personal, es una lectura recomendable que nos adentrará en la vida de una mujer en una época de profundos cambios sociales, culturales y políticos a nivel mundial. Sinceramente, la vida de Tina Modotti es ejemplar: mujer adelantada a su tiempo, estaba muy concienciada de la situación que afectaba a las clases más desfavorecidas, hizo de su vida un frente de batalla contra la injusticia social; resulta admirable que hayan existido personas así, que hayan aportado su granito de arena a la historia. Para concluir con el comentario de esta novela gráfica, su autor, de origen español, ha obtenido importantes reconocimientos: recibió el Premio de la Crítica en el 2006 y fue nominada a la mejor obra y guión en el Salón del cómic de Barcelona. Y no me extraña: cuenta una historia real que engancha desde el principio hasta el final y que refleja la intensidad con la que vivió esta mujer. “Kiki de Montparnasse”, de Catel Muller y José Louis Bacquet, es la biografía de una de las mujeres más populares de los locos años veinte en Paris. A pesar de que conocía a sus padres, Kiki – su nombre real fue Alice Prin -, se crió en un orfanato de Chatillon Sur Seine, un pequeño pueblo francés. Cuando llega a la adolescencia, se traslada a la capital parisina, donde realiza diversos trabajos de supervivencia – durante este periodo de entreguerras, Kiki trabajó como aprendiz en una empresa de encuadernación de libros, en una fábrica de botas y también fue panadera - hasta que finalmente encuentra su verdadera vocación, que es la de modelo; al principio, esta decisión causó algunos problemas a Kiki porque dicha profesión no era muy aceptada socialmente y era identificada directamente con el ejercicio de la prostitución. Con todo, la joven Kiki, dotada de una envidiable vitalidad, un encanto personal y una belleza muy natural, fue una mujer influyente: conocerá y posará para pintores de gran reputación, como Modigliani, Picasso, Duchamp, Soutine, o Kisling, será testigo del auge de los movimientos dadaísta y surrealista, empujadas por otros artistas tales como Breton, Tzara, Desnos o Cocteau. Kiki triunfó como una completísima artista: aparte de modelo, fue cantante, bailarina, pintora y actriz. Muchos amantes compartieron cama con ella, pero su gran amor fue el fotógrafo y pintor Man Ray, artista que permaneció al lado de Kiki durante muchos años. Conocida como la Reina de Montparnasse, fue una auténtica celebridad en Paris: fue una gran asidua de fiestas, recitales artísticos y cabarets; sin embargo, su coqueteo con el alcohol y las drogas. Al despreocuparse por su salud, enferma y muere a los cincuenta y dos años de edad. Fue, sin duda, una mujer que se enfrentaba al destino con optimismo y que vivía la vida al máximo. La musa de Man Ray – gran parte de la obra fotográfica de éste tiene, como modelo, a su adorada Kiki – tuvo una existencia apasionada. Y es que, para ella, la vida era una fiesta, algo que había que aprovechar bocado a bocado; de hecho, esta actitud tan despreocupada era también propia de los

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habitantes de una Europa desconcertada por los sucesos políticos que se estaban suscitando: en Alemania, el partido de Hitler acosaba a los judíos y empezaba a desarrollar su programa bélico de expansión. Ante la incertidumbre de la invasión alemana, la gente de Paris se limitó a gozar del ocio y de los excesos: de ahí la famosa etapa de los “locos años veinte”, años en los que todos intentaban no pensar en la inminente amenaza del nazismo. La vida de Kiki narrada en esta novela gráfica también nos aporta las circunstancias del mundo artístico de las vanguardias, abarcando desde la plenitud y la muerte del dadá – el arte comandado por Tristán Tzara, un arte azaroso y casual, de caos y nihilismo, colmado de publicidad escandalosa para atraer a los intelectuales, expertos del arte y también a los ciudadanos burgueses – hasta los inicios del surrealismo dirigido por Breton y consagrado por Paul Eluard. El arte, durante estos años, va a ser el reflejo de las inquietudes de una generación de literatos y artistas plásticos que mostraban su oposición a los conflictos bélicos y al impulso de la derecha extrema y radical en Europa. Esta obra ha sido publicada también por la editorial Sins_sentido, dentro de la colección Sin_ nosotras. En “Femenino Singular II”, dentro del próximo número de Groenlandia, comentaré “Persépolis”, una de las novelas gráficas más interesantes y populares publicadas en nuestro país, que cuenta con una reciente versión animada, y también vamos a dar un toque de humor a la sección con “Todas las Mujeres Alteradas”, de Maitena.

Ana Patricia Moya Rodríguez

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Reseñas

El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Editorial Salamandra. Novela.
Bruno, un niño de nueve años, tiene que afrontar los nuevos cambios que impo nen sus padres: tienen que trasladarse a otra ciudad. En un principio, al chiqui llo no le gusta nada su nuevo hogar, ubicado en un sitio inhóspito y terrible, per o con el paso del tiempo descubrirá el precioso regalo de la amistad en alguien mu y especial. No extraña que haya tenido tan buena acogida entre el público esta si ngular novela: es una excelente lectura que consigue calar en el corazón del lec tor, sea adulto, sea joven. El autor nos ofrece una obra breve, pero interesante , que nos traslada a uno de los acontecimientos históricos más devastadores que ha padecido la humanidad en el siglo XX, pero que, gracias al pequeño personaje p rotagonista, se le ha dotado a la narración de una ternura y una sensibilidad ext raordinarias, esto es, que vamos a encontrarnos con una visión inocente sobre u na cruda realidad del pasado. Estamos muy acostumbrados a disfrutar de grandes películas, novelas o comics sobre las feroces atrocidades del fascismo alemán en la Segunda Guerra Mundial – La Lista de Schilder, El Diario de Ana Frank o Maus, por poner algunos de los ejemplos más significativos -, pero El niño con el pijam a de rayas es toda una revelación en el sentido de que la historia está siendo prot agonizada por un niño alemán, no por judíos o simpatizantes. A título personal, creo que esto constituye un punto más a favor en esta conmovedora historia.

Los libros de sangre (Libros I al IV) \ Tapping the Vein, de Clive Barker. Editorial L a Factoría de Ideas y Ediciones Kraken. Libro de relatos \ Comic
Si hay personas algo desencantadas con las historias de terror que ofrecen algunos escritores actuales, que busquen la obra de Clive Barker. Este escritor, director y productor ha dirigido películas de culto como Hellraiser – uno de los filmes esenciales y clásicos de los años ochenta - e incluso videojuegos como el espectacular Clive Barker´s Jericho. Se ha convertido en una de las figuras clave de la literatura fantástica y de terror. Galardonado con destacados premios - el World Fantasy Horror, el International Horror Guild de novela, el BAM Stroker o el Locus en distintas modalidades - ha sido reconocido por la crítica mundial como uno de los grandes maestros del género. Los libros de Sangre contienen pequeñas piezas maestras, son compilaciones de relatos de terror, en cuatro libros editados, donde el autor regala la fórmula precisa para hacernos pasar un mal rato: en sus páginas, hallaremos criaturas y bestias imposibles, realidades sobrenaturales, sangre, misterios inquietantes, erotismo, fantasías oníricas y hasta humor negro. Y si los lectores prefieren una alternativa a la lectura de estos espeluznantes relatos en dichas novelas, pueden adquirir Tapping the Vein, donde algunos artistas han tomado los cuentos de miedo más impactantes de Barker y los trasladan a las páginas de un comic con una calidad excepcional, a la altura del genio creador. Recomendable al cien por cien si tienes estómago y si buscas una alternativa dentro de esta popular temática.

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Blankets, por Craig Thompson. Editorial Astiberri. Novela Gráfica.
Asusta un poco el volumen del libro – parece un tomo de enciclopedia – y en apariencia podría resultar aburrido y cargante… nada más lejos de la realidad. Se trata, a mi modo de ver, de una de las mejores novelas gráficas publicadas en nuestro país: el americano autor de esta obra consigue crear un precioso relato autobiográfico acerca de su niñez y adolescencia sin caer en los sentimentalismos tópicos en este tipo de historias. Craig Thompson, cuya obra ha sido reconocida con multitud de nominaciones y premios, nos traslada al primer amor, el más especial en nuestra vida, ese amor que arraiga en el corazón y que te embarga de incontables emociones; pero el primer amor también puede ser muy cruel y muy doloroso, y puede marcar nuestra existencia para siempre. Todo esto que identifica al amor es plasmado, con una sinceridad impresionante, en las páginas de esta historia intimista. Otro tema que va a obsesionar a Thompson y que veremos en Blankets es la religión. Educado en una estricta familia cristiana, su fe entrará en conflicto con sus sentimientos hasta que, finalmente, descubre que sus creencias se derrumban por su propio peso, que se extinguen los argumentos: el Dios de sus oraciones cae ante la dura realidad. El estilo del dibujo es el adecuado para narrar la historia; su vida está contada de manera tan comprensible y tan sencilla que la lectura no se hace pesada. En otros términos: también esto es literatura. Quitemos la absurda etiqueta de que los comics son para el público infantil y que nunca alcanzarán la calidad de las novelas escritas.

Mujeres encontradas, de Fernando Beltrán. Ediciones Sinsentido. Poemario. Original propuesta de esta editorial de comics: se trata de un libro de poesía narrativa, donde el autor nos habla de toda s aquellas mujeres que han pasado por su vida, esas mujeres que han marcado su exi stencia de alguna manera u otra. Entre estos personajes femeninos tenemos a la m adre, a la anciana, la psicóloga, la imposible, la dolida, la maltratada, la bru ja, la estrecha, la pintora, la enamorada… en suma, hasta cuarenta y dos poemas q ue hacen referencia a todas esas mujeres tan diferentes, con historias y circun stancias distintas. El diseño del libro es muy original: la calidad de las foto grafías que hay en el interior es soberbia, el creador ha tenido mucha imaginaci ón a la hora de identificar a cada mujer con múltiples objetos – no mal piensen: es to no es un comentario machista, hojeen el libro y verán a lo que me refiero – y sus t extos de esencia claramente biográfica nos remiten a sentimientos que se gener an en el encuentro o en la relación con las protagonistas de esta obra. Como muest ra, escribo un fragmento: “cuerpo estancado, cabeza desbocada, y ambos al fina l desembocando en la disciplina laboral más cruel que he conocido nunca. Formal hasta el gris perla. Como todos los que trabajan con la joya de la imaginación y ha bitan sin embargo cada día la cuadriculada bisutería del folio”. Se titula “La e scritora”: un poema cargado de palabras tan significativas como las del resto d e composiciones que encontraremos en este poemario, cuyo único defecto, a mi mo do de ver, es el precio. Pero vale la pena.

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Las hermanas Bolena (The other Boleyn Girl), de Justin Chadwick. Cine.
Se ha notado mucho la huelga de guionistas en Hollywood y por ello hemos experimentado una particular sequía de películas interesantes en nuestros cines; sin embargo, antes de que e sto s sufridos artistas del mundo que sus cinematográfico consiguieran reindivicaciones fuesen escuchadas, se estrenó este film cargado de historia, en concreto, de historia sobre la peculiar monarquía de Inglaterra en el siglo XVI. Aparte de contar con un plantel de actores y actrices conocidos que desempeñan sus papeles a la perfección – personalmente, son geniales las interpretaciones de los tres actores principales, Eric Bana, Scarlett Johansson y Natalie Portman, en las pieles del caprichoso Enrique VIII, la dulce y bondadosa Maria Bolena, y su maquiavélica hermana, Ana -, estamos ante una historia bien contada, en una forma interesante de precisar las circunstancias de un hecho histórico relevante: nos lleva a la época donde el monarca inglés rompe todas las relaciones con la Iglesia por amor – yo diría mejor obsesión - hacía una mujer que, en el fondo, aspiraba al trono de Inglaterra para garantizar el prestigio de su familia y que carecía de escrúpulos a la hora de conseguir sus objetivos. El director de la película ha creado un drama de política y ambición que engancha al espectador de principio a fin: todo es traición – sinceramente, las traiciones hacía los lazos de sangre es escalofriante: ¡hasta que punto llega el puto egoísmo del ser humano! -, pero también hay sitio para la esperanza y la piedad. Una buena película, quizás una de las mejores que se hayan podido estrenar por estas fechas.

Marat-Sade, de Peter Weiss. Animalario. Versión de Alfonso Sastre. Teatro. El título es una abreviatura del más largo: Persecución y asesinato de Jean Paul Marat representado por el grupo de teatral de la Casa de la Salud de Chareton bajo la dirección del Marqués de Sade. La dialéctica entre un individualista como Sade y un agitador social como Marat, dos formas de reflexión y voluntad. Alberto San Juan (al que podrá reprochársele mucho pero nunca su mala interpretación o vaguedad) y Pedro Casablanc asumen el protagonismo en una obra de ímpetu coral (Roberto Álamo, Javivi, Lola Casamayor, Nathalie Poza), de locura y ruido en el mejor sentido de la palabra. De dominio de la escena múltiple, donde varias acciones se suceden a la vez en un mismo - y magnificado- escenario. Teatro dentro del teatro. La propuesta de la compañía Animalario no deja indiferente a nadie en su montaje de Andrés Lima: desde la musicalidad del comienzo a cómo hacer París con una sábana azul (el Sena) y unas manos que se juntan (la torre Eiffel), en triángulo. Totalmente recomendable.

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Pequeña Miss Sunshine. Yonathan Daython, Valerie Faris. Cine. Para los que, como yo, todavía se resistían: ¡Una maravilla! Una maravilla doble, de vida y optimismo en la más absoluta de las perdiciones posibles entre nosotros, los hombres: la de aquel que quiere ganar. Las derrotas que son victorias y al revés. Una niña que es un sol y una familia que es de todo menos familia siendo – ellos - la más normal de las posibilidades de existencia en el mundo de locos que conocemos. Que nos mueve y por el que nos movemos. Aceptando la anormalidad como inocencia y vitalidad, asumiendo cada uno lo propio como excepcional y único. Como real. Una película alegre para soñar. Una película para creer.

4 meses, 3 semanas, 2 días. Cristian Mungio. Cine. Palma de oro en Cannes 2007. La película se encuentra con el final del comunismo en Rumania. Otilia y Gabita comparten habitación mientras terminan sus estudios universitarios en Bucarest, 1987. El embarazo de Gabita obliga a buscar una solución discreta: contactan con un extraño experto en abortos clandestinos que les propone un hotel barato como quirófano. A partir de ahí, la historia. Una película sobria, inteligente, veraz y viva. La confrontación de caracteres en una realidad gris, opaca, de lucha por la supervivencia y de solidaridad con el dolor. Un dolor que acaba siendo propio, en el temor y la lucha por su propio porvenir. Su propio y posible devenir. Una película magnífica, que logra apartar (sin ocultar) el tema moral y personal del hecho y se centra en la emoción propia, la lucha de cada cual y la responsabilidad como un hecho adquirido. Como forma de ser. Y el olvido. Una gran película.

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RAFAEL BENITEZ PARRADO

Rafael Benítez Parrado. Nació en Córdoba. Cuenta con dos licenciaturas: Filología Hispánica y Humanidades (itinerario de Filosofía). Es profesor de Instituto desde 2004 por la especialidad de Literatura Española. Autor del estudio introductorio del poemario Memoria del olvido de la poetisa colombiana Luisa Ballesteros Rosas (París, L’Harmattan, 2001). Pertenece a la Asociación Andaluza de Profesores de Español Elio Antonio de Nebrija, de la que es Vocal por la Provincia de Córdoba. Este habitante groenlandés nos ofrece un cuento y dos poemas.

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Un manuscrito Cuando el día penúltimo de 1785, el venezolano Francisco de Miranda examinó el más antiguo manuscrito conocido de Virgilio en una oscura biblioteca florentina, aspiró profundamente y sintió que una bocanada de aire puro ensanchaba sus pulmones. Era un códice tardío, del siglo V de nuestra Era y coetáneo de las invasiones. Había sido finamente glosado en sus márgenes por un cónsul. Encima del sobrio ventanal renacentista sobresalía una pequeña esfinge de mirada desasosegada que parecía inquirir en el ánimo de los ocasionales visitantes del recinto. Una ráfaga agria, como las que oreaban los farallones de La Guaira en la olvidada Caracas de su niñez, volvió a estremecerle los tuétanos, y comprendió el delgado hilo de que conectaba al cónsul romano que glosó aquella Eneida con el ajado texto que hoy desempolvaba bajo la mirada inquieta de esa esfinge custodiada por florones y finas cresterías de yeso. No era preciso recordar que dos años atrás, el futuro prócer grancolombiano había desertado del ejército del rey Carlos III, injustamente acusado, y huido a la península de la Florida, donde recorrió los E.U.A. teniendo ocasión de conocer aquel naciente estado donde concibió el difícil proyecto emancipador. La visita a Nueva York tan solo un año antes había sido una piedra de toque decisiva para pulir el iris de su voluntad. En algún puente de la fuerte ciudad, fijos los ojos en las frías y azules aguas del Hudson, había creído

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hallar escritas en las negras mareas las viejas palabras: Todo fluye. Todo fluye... Ahora se hallaba en Italia, en el viaje iniciático de todo americano ilustrado por Europa, tratando de buscar apoyo para una causa que creía remota y estéril, pero tan necesaria como el desgastado aire que respiraba en Toscana. Ante aquel texto de Virgilio, percibió el tono monocorde de un gozne labrado en bronce que solo ahora alguien se atrevía a golpear. La aldaba que resonaba, grotesca y lúcida, no era sino la de su propia conciencia, que le advertía de otro tono monocorde que ya había descubierto en los años de su mocedad tropical: los versos desgarrados y pérfidos de un Guido Cavalcanti transcritos en un vetusto facsímil que ya no podía recordar ni ver, pero en los que creyó notar un misterioso precedente de lo que en este momento le helaba las mientes: la escritura ligera y perfecta, casi infantil, de aquel lejano cónsul en una uncial remota. Rufo Turcio Apronio no ignora que ya no tiene tiempo para la huida. Los vándalos cercan la Urbe; Estilicón ha sido asesinado. Prevé el fin de sus días que nunca fueron de vino y rosas pero no se resigna a enterrar su daga de metal sobrepujada con una inscripción griega en su orondo cuello de puerco cebado. El delicado reflejo de luz que produce la hoja de la daga repele en él todo deseo de agonía. Sabe que el péndulo informe ha alcanzado el nadir de su ciclo secular y él no es sino un actor más de la comedia borgeana que le ha sido dado representar.

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La delación ha sido descubierta pero nada turbia, en su soledad, la paz del recinto, solo agotada por las pesadas caléndulas que en el suelo mismo mecen su sopor. De pie sobre el triclinio, extrae de aquella confusa biblioteca de Babel un rollo de papiro donde su mocedad trazó en rasgos fríos como de intenso azul de mar todo el esplendor de un tiempo abolido. El prócer posa sus dedos lentamente sobre el texto que huele a mugre pútrida y a ratón de cloaca. El sol se va poniendo tras los ventanales de la Biblioteca Laurenziana y constata con una amarga sonrisa que describir aquella escena en su Diario como un "crepúsculo bañado en rojo sanguinolento" no es sino una ineficaz imagen desgastada por el uso. Rufo decide tumbarse cómodamente en su triclinio mientras repasa por última vez sus notas pulcramente transcritas. Los vándalos ya asolan la Urbe. Su fiel esclavo aparece con un ejemplar de Heráclito en una mano y la daga griega en la otra. Sin previo aviso, siguiendo órdenes estrictas del que pronto dejará de ser su amo, introduce el corvo acero en el cuello de Rufo. La sangre no salpica al prócer, pero éste ha de apartarse, en el sombrío rincón de la biblioteca, para que ella gotee fuera del manuscrito.

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Dafne

Vedme emerger vegetal: el azul de la pervinca y este dulce serbal miran la caediza semilla de mi reseda, blanco dosel de aljabas, suspensas en alabes de rocío y pura dicha. Ved cómo hierve el brote en mis venas: no soy yo ni mi nombre es ya mi nombre: puro aliento de humus vestido de médano y estío mientras el laurel es ya un lance de luz en mis cabellos.

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Lamento de Galatea Lamento de Galatea Tus ojos no son ojos son algas verdemar tu pupila rota no es iris no es llanto es un cangrejo acre que avanza encendido en lodo por este flumen acis hudson que tú eres ahora, daga de jazmín sobredorado por el almíbar blanco de las aguas.

Rafael Benítez Parrado
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RAFAEL INFANTES LUBIAN
No-currículo, por Rafael Infantes. Realmente resulta odioso definirse por lo que uno no es, por aquello que nunca se alcanzará más allá de una noche de sueño intranquilo o un momento heroico de ebriedad. Pero sin duda, es éste el último acto de honestidad que me debo a mí mismo. Así, y de esta guisa, yo no nací en el seno de una familia ácrata ni contracultural. No fui un bebé precoz, ni un niño prodigio, ni mucho menos un joven enardecido por la osadía o la más irrefrenable actitud rebelde. De mis méritos académicos habla mejor la tinta malgastada en centenares de apuntes y exámenes en la Facultad que el lugar al que éstos me relegaron en la vida. Mis aptitudes artísticas y creativas, siempre puestas a prueba, han recibido de forma casi permanente el no - reconocimiento que las sitúa en su justo lugar, el de la generación, no ya perdida, sino más bien extraviada. No soy tertuliano de atractivos debates radiofónicos de la vanguardia cultural ni dirijo institución alguna de renombre. Por no gestionar, no gestiono ni mi propia cultura con decencia. En definitiva: no soy alto, ni bello, ni rico pero ¿qué se le va a hacer? Tampoco la vida es noble, ni buena, ni sagrada. Esto es lo que no-hay. Pero espero que estén ustedes de acuerdo conmigo en que definirse en el fracaso es siempre preferible a hacerlo en la autocomplacencia. Este habitante de Groenlandia nos ofrece unos relatos

seleccionados por él mismo, titulados “Teseo en el Carrefur” y “Apuestas”.

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TESEO EN EL CARREFUR Frente a Teseo, reluciente en todo su esplendor, se extendía el laberinto, construido aquí y allá por enhiestas hileras de estantería colmadas de abastos y ultramarinos, cuando no sobre sólidos contenedores rebosantes de aparejos y cachivaches. El ateniense, que era inmortal en sus aspiraciones y empeños pero inequívocamente mundano en sus necesidades, nunca se habría enamorado de la Paqui si no hubiera sido por su incontenible apego al queso añejo. Y es que, por extraordinario que parezca, su amor por la empleada del centro comercial se había fraguado entre incesantes visitas a la bandeja que, de aquella ambrosia patria, la chica distribuía de forma gratuita a cuantos transeúntes deambulaban por los pasillos. Tras varias incursiones de lácteo tanteo, llegó por fin la gloriosa tarde en que decidió enredar a la Paqui en una fuga romántica y, en consecuencia, convencerla de que abandonara sin recelos al guardia de seguridad que ejercía de pretendiente cuando los turnos y la fortuna lo permitían. Se adentró en el moderno dédalo aunque, si hemos de ser fieles a la verdad, sin un pleno convencimiento en el logro de su tarea, por eso invocó en la memoria su triunfo en aquel otro de la antigüedad cuando, haciendo acopio de su genio griego, se aventuró para concitar el deseo y el valor en una apuesta de maquias y prosodia. “Yo canturreo y me cabreo, ¿acaso es este un laberinto muy diferente?”, se dijo para sí en un intento de reafirmarse en su arrojo. Por si le flaqueaban el ánimo o las piernas, o tal vez para evitar quedarse mudo ante la arrebolada belleza de la Paqui, arrebató a la estantería una botella de JB y empezó a digerirla en breves chupitos al amparo de una columna de cajas de mazapán. “Si ese minotauro uniformado me ve, me la cargo o me lo cargo”, empezaba a entonarse el argonauta cuando a los sorbos les sucedieron tragos cada vez más largos.

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Y así fue que cuando se presentó ante su amada ninfa, su porte distaba mucho de la compostura propia de los héroes. Al estado de despreocupada temeridad se le unía el hecho de que la transparencia de la camisa de la Paqui le dejaba intuir sobre su piel “el enjambre..., el embrague..., el encaje”, quería decir, “¡maldita borrachera!”. Todo ello contribuyó a que en su declaración de amor se unieran por igual el desatino y la paradoja. “Si quisieras podrías ser Ariadna, aunque la etiqueta sobre tu pecho diga al mundo lo contrario, porque llamarse Paqui es justo lo contrario de llamarse Ariadna. No importa, huyamos”. Absorto en los ojos encendidos de la muchacha no percibió la llegada abrupta del guardia de seguridad que se abatió sobre él con inusitada contundencia. Habría que aclarar, llegados a este punto, que a un habitual celo profesional, al minotauro le iban también en el empeño las ganas que desde hacía algún tiempo le tenía al infeliz Teseo, justo desde el momento en que descubriera que a éste le había dado por rondar a su novia. Maltrecho, desarrapado y con algunos moratones que hacían aún más patética su figura, el ateniense salió finalmente del laberinto escoltado por el fiero guardián. Desvió por un instante su atención hacia la muchacha que lo observaba, desolada por la fallida peripecia amorosa. Teseo le dirigió una cándida mirada y emitió una súplica final que ella, sin embargo, no acabó de entender entre la estridencia del hilo musical y el bullicio propio de los que se habían congregado atraídos por el tumulto. “Desentrañemos el hilo que nos ata y nos separa, por ti arrebaté a la estantería una botella de JB y le di algunos tragos. Me arrepiento ahora, no soy un tipo vulgar, debería haber elegido un buen malta escocés”.

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APUESTAS La vida se reduce sólo a un puñado de apuestas, esa es mi filosofía. Cada decisión que tomamos, cada camino que elegimos seguir o que preferimos abandonar, hacedme caso, sólo son apuestas. Apuestas en las que el envite es la vida misma. Si lo aceptáis así, pronto veréis que toda esa maraña de complicados esquemas, ese laberinto de teorías y dogmas con que nos castigan la sesera, no tienen nada que ver con la vida real sino que ésta se reduce a un sencillo mecanismo, tan fácil de asimilar que hasta un niño de tres años lo entendería. Para triunfar basta con ser un buen postor, saber arrojar los dados con algo de estilo, arriesgar en el momento oportuno, elegir al caballo adecuado. Es cierto, a veces se gana y a veces se pierde, no siempre las cartas son buenas, y por eso hay que tener ciertas estrategias, no me refiero a hacer trampas, solo se trata de jugar un poco de farol cuando la situación lo precisa. En la época de la que os hablo yo pasaba una mala racha, de hecho no había perdido tanto dinero en toda mi vida y creo que mi mujer no encajaba muy bien aquella broma del destino. Amanda, mi esposa, pertenecía a ese tipo de personas que yo califico como Ce-I-eLe (católico insoportablemente lastimero). De hecho había pasado por todas las fases del cristianismo que podáis imaginar: adolescente neocatecumental, devota no-practicante, mística piadosa, beata visionaria… pero definitivamente en los últimos tiempos su comportamiento respondía claramente al de una CeI-eLe sin remedio. Por supuesto ella no compartía mi punto de vista y como era bastante creyente había empezado a refugiarse en sus rezos y plegarias. Esperaba que Dios obrase un milagro y nos sacara del atolladero, pero para mí Dios es como el crupier del Universo, controla que el juego se desarrolle según las reglas pero no interviene en qué casilla caerá la bolita, no decide quien es el ganador. Sí, claro, al final la banca siempre gana, y el dichoso embudo acaba engulléndonos a todos, pero llegados a ese punto ¿a quién le importa qué vaya a suceder en el casino? Si hasta el mismo Einstein me daba la razón, el genio de los genios, el tipo de la relatividad. En el Reader Digest leí aquella frase suya “Dios no juega a los dados en el universo” y sin embargo, yo mismo, el ateo irreverente, que no había entrado en una iglesia en los últimos trece años - justo desde el día de mi boda- clamaba ayuda divina. Me pregunté como sería Dios si un buen día se me apareciera. Supongo que no tendría ese aspecto de viejo verde con barbas

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tal y como lo pintan a veces. Estoy seguro de que no se parecería ni en el más pequeño detalle al mendigo borrachín que duerme entre cartones en el cajero automático del banco de la esquina. Bueno, entendedme, no pretendo ser blasfemo, solo quiero decir que si fuera Dios todopoderoso podría permitirme una imagen más cuidada, algo realmente guay. Lo cierto es que empezaba a estar harto de las monsergas de mi mujer y sabía que tenía que encontrar una solución de inmediato, así que nada más llegar el sobre con la pensión por invalidez - esa es otra historia que espero no me obliguéis a contar por ahora -, pues bien, tan pronto recibí la paga, cogí el dinero y me largué sin pensarlo dos veces al hipódromo. "Oiga, apueste al 8" me espetó aquel tipo mientras esperaba mi turno. Ese hombre encajaba con lo que yo llamaría un despojo humano. Ya podéis imaginar: aquella horrible corbata debía costar tanto como todo mi ropero, y el tipo en cuestión parecía haberse esforzado en hacerla combinar con uno de esos trajes a medida, uno de Versani o de Armace. Supongo que era su cabeza untada con avaricia de una de esas ceras brillantes y grasientas lo que le impedía cavilar con sentido. El 8, menuda estupidez: estaba 13 a 1. "Gracias amigo - le respondí - pero nunca acepto consejos cuando se trata de apostar a las carreras" - no al menos de un desconocido que lleva escrita en su cara la palabra «perdedor». Por un instante aquel tipo me lanzó una mirada que no sabría describir muy bien, no era desprecio o condescendencia, sino más bien algo entre irónico y sarcástico, sentí algo verdaderamente extraño, era como si pudiera leer mis pensamientos. Se dio media vuelta y tan pronto lo perdí de vista hice mis apuestas. No volví a verlo. Más tarde, mientas rompía mis boletos no premiados en la puerta del hipódromo volví a echar un vistazo al cuadro de ganadores que revelaba aquella extraña circunstancia jamás vista en toda la historia del Club Sausalito. Por primera vez, en todas las carreras de la jornada había ganado el caballo con el dorsal número 8. Sigo pensando que aquello fue sólo una estúpida casualidad y que aquél tipo no tenía la menor idea de caballos.

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Rafael Infantes Lubián

BÁRBARA LÓPEZ MOSQUEDA
Maria Bárbara López Mosqueda, Licenciada en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de León (Guanajuato, México). Peculiar personaje de corazón y orgullo mexicano. Conocida en su patria por curiosos nombres, tales como Barbiruca, Marshell, Barbie, Barquiquiú, Barbita, Coach, Pesadilla, Quesadilla y Quesadilla con frijoles. Adora leer buenas historias de literatura erótica y fantástica, dibujar – y lo hace de puta madre – y escribir. Ni fuma, ni bebe, pero sí dice palabrotas – y muchas - cuando va al volante. Tampoco es muy amante del ejercicio: es un poquito perezosa por naturaleza. A pesar de las apariencias, a esta alma inquieta aprecia mucho e l romanticismo – tiene mil amores platónicos, la mayor parte de ellos inventados por los demás -, los finales felices, las charlas tranquilas, los chicos de pelo largo, el sabor moka y su vieja chatarra de coche. Por lo bajo, confiesa que es adicta a la cafeína, los espaguetis y el queso fundido. Es una mujer muy directa y muy, muy sincera, que sabe escuchar y que aprende siempre algo todos los días, aunque también es especialista en decir cosas indebidas en lugares indebidos. Es un pedazo de pan: apenas se enfada, pero, ¡ay!, mal acaba quien se enfrenta con ella cuando se le cruzan los cables. A pesar de sus defectos, os aseguro que es una gran mujer. Palabrita de honor. Bárbara ofrece para Groenlandia un relato con el que ganó un concurso de narrativa hace mucho tiempo, titulado “Frío y Duro corazón”. Que ustedes lo disfruten.

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Frío y duro corazón El polvo vuela a través del aire, siguiendo su caprichoso camino, pegándose en la piel, irritando los ojos. El calor del ambiente provoca que el zumbido incesante de las moscas que vuelan alrededor se escuche con más claridad y que sus patas resulten más molestas sobre la piel pegajosa. El ruido del ir y venir de los autobuses por la calle ausente de pavimento hacen que el sentarse afuera de la casa sea un acto que, contrario a lo que debería, se encuentre muy lejos de la meditación y la tranquilidad. Y allí está ella, en medio del humo contaminante, del ruido infernal, del calor agobiante, de las moscas y de la tierra que se le queda entre las arrugas. En su silla que intenta de repente mover como mecedora, dormita casi involuntariamente, agobiada por el calor y por la indiferencia. El portal blanco de la casa donde está recargada está bañado de la suciedad de la calle. De vez en vez abre los ojos que se vuelven a cerrar. Sus dedos se aferran entrelazados a un rosario de madera fina que repasa sin cesar, con sus labios moviéndose ligeramente en una plegaria llena de calor y pegajosa como el ambiente. La gente pasa y la ve como una viejecita más que no tiene nada qué hacer y que por inercia y hastío sale a la calle. Los cabellos blancos de Joaquina están amarrados en una trenza inmensa, inmaculadamente blanca y sus labios se parten bajo el mapa de sus arrugas. Aproximándose a ella, viene desde la esquina un joven que camina con un singular ritmo. Joaquina lo ve entrecerrando los ojos y ve cómo la figura delgada y alta camina meneando las caderas —qué extraño y sutil movimiento que sólo pocos hombres logran efectuar—, como un fantasma oscuro, temblando. Los cabellos inmensamente negros escurren cual largos ríos de ébano sobre la cara del muchacho, empapada de sudor. Acarrea en su cuello un enorme colguije con la cruz céltica, que le llega hasta la cintura. Trae puesta una camisa de cuello alto y mangas largas y un pantalón, ambos negros. La señora no puede menos que impresionarse por lo loco de aquel muchacho, que a pesar de estar deshidratándose, aquel día se había empeñado en vestir como si fuera al sepelio de alguien. Pero… quién sabe. Ella misma ya había llorado muchos meses antes en el fallecimiento de su hijo mayor. Muy probablemente a él le había pasado lo mismo: desafortunadamente su duelo llegó en la época más árida y calurosa del año. La ciudad tiembla de calor, y sus habitantes tiemblan con ella, estremecidos. El muchacho tiembla, y Joaquina lo ve caminar. Ve cómo sus pies se mueven sin parar pero no avanza. ¿Será una ilusión del calor? Tal vez, como aquella con la que vemos el piso como un espejo tembloroso de agua. El chico se detiene, sus pies dejan de moverse. Mira unos instantes al cielo mientras saca un pañuelo blanco e impecable y seca el sudor de su frente. Increíblemente trae guantes. Mira unos instantes a los transeúntes, que lo ven asombrados y hasta burlescos diciéndole con la expresión que está loco. Da un recorrido minucioso con la mirada al lugar e intenta agarrarse su larga melena quebrada y su liga se revienta. La tira en la calle, vuelve a mirar alrededor tratando de ubicarse. Al parecer no le es familiar ningún tramo, y también parece que no está en ningún lugar conocido, como si hubiera abordado la ruta errónea que lo dejó lejos, muy lejos del destino que el pensaba. Se hace el cabello para atrás y entonces camina a donde se encuentra ella. Mira

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su reloj unos instantes al caminar y al final, con paso delicado y ligero, llega a donde Joaquina. — Buenas tardes, señora — saluda. A la anciana le parece una voz extrañísima, tan extraña que si la hubiera querido describir sería como decir con precisión cómo es el canto de la lluvia. — Buenas tardes — contesta ella con su voz rasposa, mirando al muchacho de arriba hacia abajo, con aire de desconfianza. “Seguro este es uno de esos vándalos que se pasean por la noche como si fueran demonios” pensó. Al mirarle con detenimiento la cara sudorosa la ve tan blanca como la superficie de la luna. — ¿Podría decirme usted qué calle es ésta? — Es la calle Cobalto. — Maldita sea... — masculla el joven — No es aquí... — luego, mira a Joaquina con detenimiento, le sonríe y murmura — Tanto dar vueltas para nada...no importa... — entonces saca nuevamente el pañuelo de su bolsa y se seca la frente casi mecánicamente —Algún provecho tendré de esto. Mi reporte aquí hoy no se irá en blanco… — A mí no me importa lo que hagas, muchacho loco. Así que vete a maldecir a otro lado—dice Joaquina, mirándolo fijamente y luego desviando su atención a sus flacos y huesudos dedos y a su rosario. — ¡Ah! — exclama el muchacho — Usted disculpe — Se burla. — Estos pinches muchachos...cada día más irrespetuosos y más locos. El joven se sienta en la polvorienta banqueta a un lado de la señora. — Por supuesto. Tiene razón. Y si no le molesta, me voy a sentar un rato aquí, hay algo de sombra. Joaquina lo mira asombrada en su actitud frívola e irreverente. “Qué grosero” piensa ella: “Grosero y brusco”. Luego el muchacho empieza a mirar a la gente, riéndose de cada uno de ellos discretamente, murmurando con cada quien unas palabras incomprensibles porque las decía entre dientes. La mujer empieza a ponerse nerviosa. Para distraer de estas terribles contemplaciones a su acompañante y a ella misma en su temor, decide sacarle plática de algún modo. — ¿No te parece agobiante andar todo de negro como si fueras de luto? Es ridículo andar así si no se expresa el dolor de una pérdida. Además el calor está insoportable como la puerta de los infiernos. La ropa negra sólo te va a deshidratar. — ¿En serio le importa ?—Pregunta el joven a la mujer, mirándola con unos ojos negros, muy negros, como si de verdad fuera un fantasma, con esa cara blanca como la harina y ese cabello encrespado, y esa mirada parece que la reta. La anciana no dice nada y le pide a todos los santos que le hagan el milagro de que ese joven se vaya. — No se preocupe por mi apariencia. No soy de ninguna clase de grupos raros de niños inmaduros que andan por las calles de negro, pretendiendo ser lo que no serán jamás...esos más bien me dan risa. Por cierto que lo del luto es verdad. Yo siempre estoy de luto...y a pesar de eso, nunca he experimentado lo que significa el dolor. ¿Pérdidas? Todo mundo muere poco a poco cada minuto. A diario muere la gente. Y si ésta diera pesar, todos lloraríamos todo el tiempo, porque cada vida que se crea tiene como único

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propósito predeterminado el de extinguirse. No sé qué es el sufrimiento. Y no voy a sufrir por nadie porque nadie lo merece, ¿No cree usted? Por la frente de Joaquina comienza a recorrer un sudor frío. — Nunca oí a alguien tan joven como tú decir tantas idioteces juntas. — Y puedo decirle muchas más — rió el por lo bajo, haciendo círculos con sus dedos en el polvo—. Aunque probablemente no sean idioteces. Señora: el infierno no existe porque el infierno es una idea colectiva, de un mundo de locos. Después de morir no hay nada: ni cielo ni infierno. Sólo hay un vacío inmenso, un hoyo negro, tan negro como mis ojos, mi pelo, mi ropa...Mi ropa es mi símbolo, y muchos me respetan y veneran por todas estas cosas que le estoy diciendo. — ¡Venerar! — la vieja casi se levanta de golpe tirando la silla para encarar al muchacho sentado en el suelo— ¡Qué blasfemo! Lo único que se puede venerar en el mundo es a esto...— Y entonces, le extiende su rosario, casi golpeándolo con él en la cara. — ¿Usted cree en eso ?—dice el joven mirando con atención casi infantil las cuentas del rosario — ¡Qué fanática! Me encantan, definitivamente me fascinan las señoras como usted. Entonces el muchacho se levanta de un tirón, con tal agilidad que parecía impulsado por resortes sobre naturales, como una marioneta a la que levantan los hilos desde lo alto. — Hace mucho que no discuto con nadie — sonríe —. Si me lo permite nuevamente, me gustaría pelearme con usted hasta hacerla morir de un infarto. Estará bien para que pase un buen rato sin la necesidad de andar perdiendo el tiempo en nostalgias pasadas, aquí afuera, ignorada por su familia como todos los viejos que salen a acabar sus últimos días sentados en los portones a esperar... El muchacho suspende su monólogo al mirar los ojos brillosos de Joaquina. — Mi nombre es Daniel — y tomó una mano de la venerable anciana, que al contacto con esta se estremeció violentamente, sintiéndola a través del guante tan fría como si el calor insoportable de esa tarde no existiera... ¿Tanta era su temor, la adrenalina que le recorría las venas, que esa horrible sensación podía manifestársele así? — No tengo por qué decirte mi nombre— responde ella contrariada. — No es necesario que lo haga. De todas formas lo voy a saber. Siempre termino enterándome. Daniel fija la mirada oscura que siempre carga en sus ojos sobre el pelo de Joaquina, analizándolo de tal manera que parece que lee en él la vida de la señora. Ella por su parte procura ignorarlo más eso es imposible, él casi la acosa con ese mirar. Si ella fuera más joven ya lo hubiera puesto en su lugar como en sus tiempos lo hacía con los muchachos que la importunaban. Pero no era el caso y parece que Dios y los santos, a quienes ella les tiene tanta fe, le están jugando algún juego escabroso o la han abandonado. Sigue rezando, esta vez con celeridad, como si rezar más rápido implicara más pronta respuesta a sus oraciones. Y el chico la ve bastante entretenido, como si lo que está ante sus ojos fuera el espectáculo más divertido del mundo.

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— ¿En serio cree usted en eso? — vuelve a preguntar. Joaquina detiene su rápido movimiento de labios y el apresurado paso de las cuentas de madera por sus dedos. Levanta la mirada y lo observa molesta. — El hombre que no cree en nada no sirve para vivir — replica. — ¿Pero no cree que tantos santos es una especie de burlesque, una charlatanería? Eso de rezar el rosario es como repetir un mantra que ni siquiera viene del corazón. Se repite sin cesar, algunos ni siquiera entienden la profundidad de lo que se está hablando, el cerebro lo tienen en otro lado mientras la boca se mueve sola. Además, ¿quién va a escucharla? ¿Acaso no cree en un solo Dios? ¿O de plano prefiere venerar a otras imágenes que el hombre ha creado tras Él? Toda esa clase de juegos son los que me divierten, porque quienes los practican me parecen ignorantes, crédulos y contradictorios en sus ideas fundamentales. Cada palabra que Daniel pronuncia hace que a Joaquina se le manifieste un rubor encendido, colérico. No puede evitarlo, le asesta una bofetada impresionante al joven que ha sido tan insolente con ella. Acto seguido, él se toma una mejilla y la mira con un semblante terrible. Un instante después sonríe. — Caramba. Tiene la mano pesada. — Y tú tienes la cabeza demasiado caliente por el calor. Si sólo vas a insultarme te puedes ir largando — el tono de voz de la anciana es seguro, imponente, como si de pronto todos los años arrastrados hubieran desaparecido. — Yo no me voy. Entiéndame que no puedo dejarla sola. Porque está sola, ¿es que acaso no lo ve? Y ella, que ya se había puesto de pie, se sienta pesadamente en la silla. — No tienes derecho a juzgarme, eres un extraño y no puedes hacerlo. — Yo juzgo lo que veo. Diario deambulo por las calles, buscando ciertas personas con ciertos criterios para el juicio. Yo hago la audiencia—Joaquina no encuentra coherencia en las palabras de Daniel —. Sólo imagine cuántos ancianos he visto en la urbe, abandonados a su suerte, solos, sin compañía, con los ojos cansados y brillosos como si fueran cuentas de cristal que han visto los últimos lustros de la vida de la tierra. Solos, a veces más solos que los perros, porque a los perros hay gente que los alimenta y que les encuentra utilidad. Ancianos, encogidos, melancólicos, tristes, que se sirven sólo de sus glorias pasadas para sobrevivir, condenados al exilio del olvido por su propia sangre, por la sociedad. Como si en verdad... como si en verdad no valieran nada... Y dichas estas últimas palabras, el sombrío joven toma la punta de la trenza de la señora, acariciándola con suavidad, mirándola con ternura al rostro, sin lástima. Porque Joaquina sabía cuándo la miraban con lástima y este loco de negro no la miraba así. Quizá con pesar, pero no lástima. A ella sin querer los ojos le lloran ante la verdad innegable. Vive con un hijo que casi no la saca a pasear, que siempre está muy ocupado en sus asuntos para atenderla, que la ignora, que le es desagradecido, como si ella no hubiera llorado amargas lágrimas cuando él se enfermaba o hubiera olvidado su hambre para que él comiera. Y así había sido con todos los demás. Su único consuelo es su rosario viejo y salir a la calle a recordar lo pasado y olvidar lo presente. Cuánta razón tiene ese joven, que de todas formas viene a abrir las heridas sin piedad.

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— Me llamo Joaquina — es lo único que atina a decir. Daniel sonríe lo más ampliamente que sus delgados labios le permiten. La señora lo mira con detenimiento al rostro, es muy bello, con una belleza casi andrógina, pero fría. Demasiado fría. Tan fría como el contacto que ella tuvo cuerpo a cuerpo. El joven se separa, se sienta de nuevo en el piso. Saca su blanco pañuelo y vuelve a secarse el sudor. — Perdóneme. Suelo ser muy brusco en ocasiones. No ha sido mi intención lastimarla ni en sus creencias ni en sus recuerdos. Pero a veces se me sale sin querer. Creo que mi trabajo me ha hecho así, medio duro de cabeza. — Será duro de corazón—increpó Joaquina, que se seca con las manos las lágrimas. Daniel le extiende el pañuelo para que se las seque y ella no tiene más remedio que tomarlo. — En realidad... — dijo Daniel sonriendo nuevamente— Yo no tengo corazón. Tampoco suelo involucrarme mucho con la gente con la que trabajo. Es demasiado deprimente en ocasiones. No lo mal interprete. No lo digo por usted. — ¿Trabajar? ¿Es que acaso alguien como tú trabaja? — Yo creo que precisamente por como soy me han elegido. Se necesitan ciertas cualidades específicas, sabe...Pero no hablemos de mí. Sigamos hablando de usted, doña Joaquina. Mi día ya se perdió, la persona que tenía que ver está en una calle que sabrá Dios cuál será. Pero aún puedo entretenerme un poco, y hacer justicia a alguien que la merece. Joaquina trata de entender todo lo que dice Daniel, pero no alcanza a concebir ninguna idea concreta. Se pierde con demasiada facilidad ante las luces seductoras de su voz, y eso le impide concentrarse. — ¿Puedo robármela un momento ?— dice él—. No sé si a alguien le vaya a molestar que salgamos a pasear un rato. En realidad, no. Joaquina podría desaparecer del portón y nadie se preocuparía por eso. — No tengo nada mejor que hacer, ateo. — ¿Ateo yo ?—Daniel empieza a reír, ¡Qué hermosa y metálica risa, casi fantasmagórica! Pero a ella le causaba una especie de extraño terror— Se equivoca. Sí, fui ateo un tiempo, pero el destino me enseñó que hay fuerzas superiores en el mundo y me lo hizo saber dándome una bofetada con guante blanco. Pero quedamos en que ya no hablaríamos de mí. Y en ese instante le extiende su diestra dispuesto a ayudarle a levantarse. Joaquina la toma con temor, la sensación de frío aún estaba allí, y cuando lo toca, vuelve a experimentarla. — Estás muy frío—dijo ella, con sinceridad, levantándose y separándose en seguida de él, para evitar prolongar ese desagradable contacto. — ¿En verdad ?—dice él mirando el guante, extrañado—. Nunca me había percatado de eso. Ni siquiera vistiéndome como ahora puedo evitarlo. Todas las personas con las que

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me encuentro me dicen lo mismo, pero nunca me había preocupado por eso. Con razón todos terminan aterrados. Algunos con sólo verme o presentir que me aproximo, buscan evitar mi contacto. Todo mundo huye de mí. — ¿Y todavía no te imaginas por qué? — Lo sé de sobra, señora. Pero ya me acostumbré a que me teman. Ya se lo dije. Entonces el joven comienza a caminar tranquilamente por la calle, como si no le importara dejar a Joaquina al margen. Pero, para sorpresa de ella, pronto lo alcanzó, como olvidando el peso de sus pesadas piernas. Al poco tiempo se alineó a Daniel. — ¿Y bien? — ¿Bien qué? — ¿No me va a platicar de usted? — ¿Para qué o por qué? — Esto es exasperante. Una pregunta tras otra. Me molesta demasiado. Normalmente, las personas se someten rápido a mí y termino mi trabajo sin mucha dificultad. Pero usted es demasiado obstinada. Eso me agrada. Ha de saber que con pocas personas tengo las atenciones que estoy teniendo con usted. Así que aprécielo, por favor. — Desde que te has agarrado hablando, no entiendo nada. ¿En qué trabajas ?... — Oh, no querrá saberlo. Le haría apartarse de inmediato de mí y eso me echaría, es decir, nos echaría a perder la tarde a ambos. Justo en ese instante, un autobús pasó con su infernal ruido y Daniel estiró la mano para hacerle la parada. — ¿A dónde vamos? — A un lugar más fresco. ¿No gusta venir? ¿Qué remedio le queda? Aborda con paso más ligero de lo usual el autobús y se sienta en los primeros asientos. Dan entra en seguida y paga los pasajes. “Al menos es caballeroso” piensa Joaquina. “Loco, pero caballeroso al fin”. El joven se acerca y la mira sentada. — ¿Te vas a quedar allí? Ese lugar es de minusválidos. Yo veo que tienes todos tus miembros. Vámonos atrás. ¿Pero qué se cree este idiota? vuelve a pensar ella. Él la toma de la mano nuevamente y ella se levanta, otra vez evitando ese contacto espeluznante. Se sienta cerca de la puerta de salida y una sensación de miedo extremo se apodera de ella. ¿Qué ha hecho? Quién sabe qué le irá a hacer el tipo que la subió al camión, y a dónde la va a llevar. Se increpa nuevamente su ingenuidad y pronto Daniel se sienta con ella. — ¿Ahora sí quieres platicar? “Tengo que hacerlo” reflexiona Joaquina. “Si no le sigo el juego, puede hacerme algo. A lo mejor es un secuestrador, un asesino o un ratero”. Todo eso es muy posible, naturalmente. Pero luego lo mira al rostro y sus dudas se disipan, como si la presencia de Daniel ya no fuera tan mala.

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— No hay nada interesante qué contar. — Alguien de su edad tiene muchas cosas que contar. Imagino que lo que usted quiere decir es que no sabe por dónde empezar. Se lo voy a hacer más fácil, ¿Cuántos hijos tiene? — Ocho. — ¿Cómo se llamaba el mayor? — Miguel. Ya se murió. — Ya lo sé. Joaquina abrió mucho los ojos. ¿Cómo sabía…? — ¿Qué? — Su cara evidencia sus respuestas antes de que me las diga. Sus ojos me dicen que lo ha perdido recientemente. No soy muy sensible, pero sé algunos trucos. — Se mató en un carro. — ¿Bebía? — Sí. Muy a menudo. Ya estaba enfermo por el alcohol. Pero no me hacía caso... — El alcohol esclaviza al hombre — le murmuró Daniel—. Lo hace denotar la bestia de su interior. A mí me hace muy fácil mi trabajo, verá: Cuando me toca un hombre ebrio, no tiene mucha conciencia para enfrentarme. De hecho, se entregan con suma facilidad, sin oponer mucha resistencia. Es entonces cuando me quedo con su posesión más valiosa y me retiro silenciosamente. ¡Dios mío! La adrenalina comienza a correr de manera violenta por el torrente sanguíneo de Joaquina. Sus sospechas han sido confirmadas y de la propia boca de su acompañante. — Murió el año pasado en el Hospital General. — Probablemente yo lo vi antes de que falleciera Voy a menudo por allá. ¿Qué día fue? — Un tres de enero. — Sí... yo casualmente estaba por allí. Entonces, Daniel se levanta de pronto: han llegado a su destino. Descienden del autobús, es un parque. No se le hace muy familiar, pero no le importa: al fin y al cabo ella ya se la pasaba siempre en su casa sin salir. León pudo haber cambiado mucho en ese lapso de tiempo. El joven camina nuevamente adelante de ella, que lo vuelve a alcanzar. No comprende nada. — Yo no tengo nada de valor que me puedas quitar. — Yo no hablé de quitar nada a usted. Y tiene demasiadas cosas de valor. — ¿Cómo qué? — Como sus recuerdos, ¿No es así? Tiene muchas cosas interesantes qué contarle a alguien como yo. — No creo que te importe. — ¿Así era de joven? Fuerte e impetuosa, me hubiera gustado conocerla. — Tenía que criar a mis hijos sin la ayuda de su padre. Tenía que ser fuerte. — Su valor es único — murmuró nuevamente Daniel — Es una verdadera pena que las personas no aprecien lo que alguien con su experiencia de vida puede proporcionarle.

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Qué extraño comportamiento aprecia Joaquina. Le tiene miedo, eso no puede negarlo, pero en su mente no alcanza a comprender que alguien de tan frío y duro corazón pudiera pensar de esa forma. — Descuide, no le voy a hacer daño. A veces hablo de más, pero en realidad no soy como usted y los demás piensan. Por favor, cuénteme algo de su historia, olvide su soledad, y hágame agradable la tarde, que yo se la haré. Le tengo un regalo especial porque usted me ha caído muy bien. Daniel se sienta en una banca. Le hace una seña a Joaquina para que se siente a su lado. Ella no tiene más remedio y se acomoda cerca de él, guardando una distancia prudente. — ¿Cuántos años tienes ?—Le pregunta, como una ocurrencia repentina. — Tengo más de los que aparento y menos de los que quisiera tener. Ande, platíqueme. Y ella ignora ese último comentario. Una brisa fresca, muy distinta al aire caliente de afuera de su casa, empieza a manifestarse. Las hojas se mueven bailando con el viento, y algunas caen alrededor de ellos. El ambiente es distinto, tranquilo, al punto de que el ruido de los camiones cesa para dar paso a los armoniosos trinos de los pájaros. Joaquina empieza a mirar cómo los muchachos que se encontraban en el parque caminan en grupos hacia una dirección, siguiendo las manecillas del reloj. Las muchachas están separadas de ellos y caminan también en grupos en sentido contrario. Luego, algunos se interceptan y los hombres hacen caravanas a las mujeres, haciendo ademanes de quitarse el sombrero. — Mira, niño. Así solíamos salir a buscar novio... no sabía que alguien aún pudiera hacerlo hoy en día... — Nadie ha dicho que eso que estamos viendo existe... Y el relato de la vida de Joaquina comenzó, como en un armonioso ensueño, donde sus lágrimas brotaban agridulces, como la vida que vivió. Él está allí, con ella. Ya no suda, su expresión es seria y atenta. De vez en vez se toca el corazón, cuando Joaquina toca un punto de su vida que la hace derramar amargas lágrimas, y se aprieta el pecho cuando ella ríe de alguna peripecia hecha por sus hijos cuando eran pequeños. Al final, ella concluye su historia diciendo lo último que había sucedido, en el sepelio de Miguel: el día en que pensó que se le secarían las lágrimas para siempre. La tarde cae casi sin sentirlo. El cielo se torna rojizo y la luna asoma su semblante, aún no por completo, como si esperara que el sol ya se fuera a dormir para entonces salir tímidamente a regalar al hombre su luz. Joaquina sostiene el pañuelo de Daniel en sus manos y entonces lo mira. Él sigue tocando su pecho. — Te agradezco que me hayas escuchado. Nunca nadie me había escuchado. — Yo... te agradezco que me lo hayas contado. Esto me abre una perspectiva nueva, sabes...sólo me da coraje por lo que tengo que hacer todos los días. Ojalá pudiera decirle a todo mundo cuán importante puede ser para alguien escuchar la voz de la experiencia, en lugar de dejar que ésta se extinga en un portón sucio y triste, o en la calle en una fría noche.

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— ¿Por qué te estás tocando el pecho? Lo has hecho toda la tarde. — Es por lo que le había dicho antes...déjeme explicarle, trataré de ser lo suficiente claro, pero sin asustarla. Dígame, ¿Le parezco insensible? — De principio. — No es cierto. Soy insensible aún ahora. ¿Sabe por qué? Ni siquiera en lo más triste de su relato, lloré. Tampoco reí en lo más alegre. Así soy, y no puedo evitarlo. Ella lo mira insistentemente, como pidiendo que se explique mejor. — Cada cierto tiempo...escoge a alguien como yo. Creo que en realidad soy demasiado insensible y mi contrato estipula que mi “trabajo” es así. Tampoco es placentero, pero no siento nada. Eso es muy deprimente. — ¿Hasta cuándo vas a hablar claro niño? — Yo nunca debo hablar claro. Eso haría sufrir mucho a las personas, si soy sincero. Sólo que esto es muy hermoso, y quisiera que nunca terminara. ¿Cómo te sientes? Ella guarda silencio. Bien, se siente muy bien, como si los años no le pesaran. Daniel mete una mano en uno de sus bolsillos y saca un pequeño espejo. Le sonríe mientras le estira la mano extendiéndoselo. — Este es mi regalo. Mírese. Ella lo toma, y él se recarga en la banca, como si estuviera cansado. Quizá en realidad esta triste pero su expresión no revela nada. Ella mira su imagen en el espejo. Exclama y se tapa la boca. Daniel la voltea a ver y le estira la mano. Ella le regresa el espejo. — ¿Qué vio? — Yo... Joaquina había visto su reflejo joven en el espejo. ¡Qué hermosa se veía! ¡Qué lozanía la de su piel, que brillante y castaño su pelo! Todos sus dientes estaban en su lugar y sus labios estaban rojos, ansiosos por partirse en una sonrisa de felicidad. — En verdad que es muy hermosa. Ojalá pudiera haber nacido antes para haberla conocido como la veo ahora. Pero ella lo mira y lo ve sin expresión, hermoso, con su largo y rizado pelo negro cayendo en sus hombros, y un estremecedor sentimiento se apodera de ella. Sumerge su rostro en sus manos y se echa a llorar sin consuelo. El joven le entrelaza sus manos con las propias y ella ya no las siente frías. Un sollozo ahogado impide cualquier comunicación. — No tengo corazón. Me lo han quitado para hacer esto. Daniel se levanta poco a poco, ya ha caído la noche. Extiende su mano y ella la toma. Él pronto hace la parada a un autobús que iba de lado contrario y ambos suben. El camino

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de regreso es breve, y él sostiene la mano de Joaquina con fuerza. Pero ella ya no lo mira. Bajan de nuevo en la calle Cobalto, y caminan despacio hacia el portón y la silla que aún se encontraba allí. Al parecer, nadie se ha percatado de que ella se había ausentado toda la tarde, y de nuevo llora. Ambos se detienen un instante mientras Joaquina se seca las lágrimas. Luego, vuelve a sentarse. — Malditos malagradecidos — masculla Daniel —. No quiero decirte adiós, Joaquina. Ha sido un placer conocerte. Ella no pronuncia palabra pero le extiende su rosario. — Ya no lo voy a necesitar — dice al fin —. Pero te lo regalo. Para que te acuerdes ser siempre amable con los que están como yo, para que tampoco sufran mucho. Daniel lo toma con suavidad y lo cuelga a un lado de su cruz céltica. — ¿Lo has visto en persona? — Sí — responde él. — ¿Y fuiste feliz? — Es la felicidad encarnada… pero él me tuvo que quitar el corazón, ¿comprendes? — Joaquina asiente — ¿Ya sabes cuál es mi nombre verdadero, cierto? En algún lejano tiempo, me llamaba Daniel. Pero ahora me conocen por otro nombre. — La muerte. — Y mi corazón es el duro y helado corazón del que tanto me hacen honor. Y él se inclina hacia ella y le da un beso en su frente. — ¿Y entonces, si no hay cielo ni infierno, qué hay después de tu frío toque? — Descuide... se sumergirá en un sueño pesado y profundo... como un eterno descanso del mal... no sabrá nada de nadie hasta el día en que todos se levanten... y alguien como yo ya no deba trabajar... Después Daniel tomó entre sus manos la de Joaquina, le sonrió y le besó en las mejillas. — Perdóname, perdóname por extenderle mi fría mano a tu hijo aquella noche... en la sala de urgencias. Y sus labios ahora cálidos recorrieron las arrugas suaves de Joaquina, secando con ellos sus lágrimas, enjugando su sudor. *** Qué lastima, qué pena tan grande. Qué triste es el destino y la crueldad que puede esconder dentro de sí. La muerte siente pena por primera vez, quizá no es tan frío como piensa. Y se lamenta cada segundo que las personas dejen morir a los ancianos que aún pueden dar tanto para ellos...

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Nadie sabe en realidad como pasó. De repente vieron que la anciana no se movía en su silla. Muchos comentan que quizá la nostalgia por la pérdida de su hijo la hizo reunirse con él. Simplemente quedó como dormida, tranquila, en la silla a un lado del portón sucio. La gente pasó y la vio como una viejecita más que no tenía nada qué hacer y que por inercia y hastío salió a la calle. ¿Quiénes serán realmente los de frío y duro corazón? Él camina aún por las aceras, pero ahora nadie lo mira. Es serio y hermoso. Sus luces son cegadoras y tranquilas. Y nadie tampoco ve que una lágrima recorre una de sus pálidas mejillas.

Bárbara López Mosqueda
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SONIA SÁINZ CAPELLÁN
Sonia Sáinz Capellán. Córdoba, licenciada en Ciencias Políticas y Sociología.

Me gustan el color verde y el rojo, el negro e incluso a veces puedo considerar al azul un color. No concibo la literatura como relato sino el intento de plasmar emociones concretas. La prosa como desnudez emocional. Los momentos de luz y vida. Soy arisca, cruel y de pequeña mojaba la cama. Odio la oscuridad. Si tuviese que elegir un lema de vida me quedaría con el inmejorable “en plazas más grandes hemos toreao”. Siempre hay un barranco más hondo, una felicidad más grande, una piedra más tosca y una imagen más bella. Ningún obstáculo es definitivo. Pocas victorias lo son. La lucha, la dulce lucha es el último aliento. Vivir. Haber vivido.

Dedica a Groenlandia unos relatos inéditos, seleccionados por la propia autora.

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...Oh, something pernicious and dread! Something far away from a puny and pious life! Something unproved! Somenthing in a trance! Something escaped from the anchorage and driving free. W .W .

La felicidad Hablaba el otro día sobre el miedo que acecha tras la palabra Felicidad. Como si su sola imagen (o inminencia, aquiescencia) nos apremiara en silencio a no ser pronunciada, bajo riesgo de muerte. De adiós. Sólo se puede perder lo que se tiene, y lo que intuye apenas subyace como válido, o cierto o prescindible. Capaz de ser perdido luego de tenido. Con todo, la felicidad no es un estado de consciencia, sino de su falta. No es un ente entero, ni siquiera abstracto, y sólo es percibida en sus manifestaciones. En sus dividendos y galanteos. En sus partes, nunca en el todo. En los detalles siempre ingenuos y personales. Inexpugnables para todo ser ajeno a uno mismo. Incluso para uno mismo, a ratos. Para mí,- y el mí es fundamental en la frase puesto que determina el secundario- la felicidad, Felicidad, lleva nombre de paciencia. De descanso, de sonrisa torcida y de semblante de Alatriste. Es levantarme con un nombre y acostarme con el mismo, mi mismo nombre y a la vez otro; hablar de una tilde que cambie el destino del mundo y de un cuento con liga roja mientras un suspiro te agota. De madrigueras, verdades y humores. De vigilia en el sueño y de sueño en la vigilia. De proyectos, deseos. De madrugar con una sonrisa para ir a trabajar y de volver con otra. De todo. De números y cambios dólar, jamás pensados ni asomados. Porque nos vuelve miedicas, la felicidad, pero a su vez valientes. Y porque la queremos, casi tanto como tememos. Habrá que afrontarla, pues, como modo de defensa. La mejor defensa siempre es un buen ataque. Marines Vi un marine tomando el sol en la playa. Era Agosto, Torremolinos. Lo de marine es subjetivo, pero tenía toda la pinta de marine que una puede imaginar tener un marine en un Agosto en Torremolinos. Bajo el brazo derecho, un tatuaje decía: "Cogito ergo sum". Y entonces pensé que claro, que es lógico. Hay que gente que necesita recordar el cogito y el sum. Todavía más, el ergo.

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La diferencia Una vez me dijeron que la diferencia entre ser mujer y hombre consistía en que nosotras, (hembras) siempre pensábamos en un hombre antes de dormir. Un hombre concreto. Ethan Hawke ha sido siempre mi hombre concreto. Atormentado, dulce pero arisco...inteligente, con altibajos de valentía. Un Zeus de madrugada. Lo peor por supuesto. No hay peor personaje del que te puedas enamorar. Con ningún otro hombre tendrás tanta seguridad de sufrimiento porcentual. Pero.... ¿cómo eliges una cosa tan importante? Las cosas importantes de la vida siempre te vienen dadas. Como la vida en sí, que nadie te pregunta si la quieres antes de otorgártela. Y entonces ya no tiene remedio. Carretera Los viajes en carretera siempre me han parecido una excursión por los burdeles de España. Ves olivos, burdeles; montañas, burdeles; pueblos llanos, burdeles; pueblos en cerros, burdeles; emetreinta, burdeles; toros de Osborne, burdeles. Con un burdel cada dos kilómetros no me extraña que el gobierno invierta tanto en carreteras. Ahí está la verdadera economía del país. En los burdeles. Las carreteras no dejan de ser la excusa.

Llave Y entonces me quise morir de la vergüenza al ver que yo, que ya tenía mi carné y mi “L” y mis gafas de sol puestas, había llegado a la gasolinera sin saber qué gasolina usaba mi padre. Y peor aún, sin llave de la gasolina. Mi padre me había dado un juego de llaves incompleta.”Tú no necesitas poner gasolina” me dijo luego. Jamás podré volver a esa gasolinera sin sentir que llevo pañales en vez de bragas.

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Está escrito Está escrito que todo final de proyecto debe ser rubricado por un corte de pelo si eres una fémina de verdad. Esto es así, y es tan así que no tiene razón alguna. Pero ahí está, la prueba de la verdad. La Piedra Rosetta del ADN. La peluquería. Y como hoy ha finalizado mi proyecto personal actual (el banco) me he cortado las puntas. Un poquito más que puntas: las escalas. Allí, frente a ese espejo cuadrado con enchufes a los lados y sonidos de secador entre mujeres descabezadas (qué irreconocibles somos todas mojadas) me he visto cortar las puntas, desfilar los lados y alisar la melena. Me he visto guapa, muy guapa. Blanca y guapa. Y he sonreído más, con ese hilar fino de las que se saben guapas, en un deje de artes escénicas absoluto: ya que me sonreía a mí misma, frente al espejo de los enchufes, por mucho que el sonido viniese detrás, en dolby soundround, era lo adecuado. Ruinas Ayer encontré una foto de la vieja casa de mis abuelos en internet, como reclamo turístico. Sigue en pie el arco de entrada, una letanía de esperado regreso. Como si el resto no importara, los muros fuesen mero atrezzo y tan sólo el umbral mostrara el inicio, lo que fue, las historias contadas; una vida pasada. Recuerdo haber salido justo por ese arco la última vez que estuve. Podía salir por donde quisiera, por los cuatro puntos cardinales ya que el resto no se mantenía en pie. Pero, en la inmensidad de esa sierra, pisar cualquier resto de muro resultaba un sacrilegio. Y yo debía salir por el arco, por la puerta, por la entrada, lo tenía claro. El empuje estaba allí, como las viejas fotos que guardamos en que aparecen unas niñas que hoy son mujeres y madres y una madre que luego fue abuela y que no existe más que en el recuerdo. Como las historias. Como los muros. Que una no se atreve a pisar al salir.

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A la Recherche du Temps Perdu Siento mucho no estar más aquí, pero no tengo tiempo. O ganas. Consciencia. Añadiría voluntad, pero no es cierto; de eso estoy sobrada. Una tiene más frentes, como todos. Ninguna losa es mayor que otra y a cada uno le pesa la suya. La mía, en estos días, es dura. La física, en tanto que el despertador suena y tú te encaminas al trabajo, con frío ya - y chaquetón nuevo- de noche aún. Y la noche de nuevo, bajo las mantas y con la mirada al mismo reloj de números rojos que en poco rato será protagonista de nuevo. Él decide. Este mirar es diferente, el de la duermevela de los deseos y las sonrisas, cuando todo se hace un revoltijo de palabras y horas pasadas y futuras. Reales unas, imaginadas otras. Y con cierta chulería le dices al reloj que sí, que vale, que él sigue su ritmo y tú lo aceptas, pero que fuera de ese alfa y omega eres libre y nadie te marca nada. Y a veces nos creemos. Hoy, por ejemplo, con el primer frío de otoño yo iba pensando en la decisión. Hace días que espero una decisión importante en el trabajo, por la que se están moviendo personas y saberes, y en la que yo me quito la espinita del Trabajo Bien Hecho, sonrisa en mano. Un poco opusino, igual. O un poco Proust. Mi Proust, que en la revista de libros de El Corte Inglés, cogida al vuelo como los maratonianos "cazan" los repuestos en los oportunos tenderetes, sin segundos que perder en elegir, aparece en un artículo titulado: "Sobria escuela de la vida". Dice: "blablabla...se encerró a escribir con 36 años hasta su muerte en un apartamento del parisino Voulevard Haussmann, entregado, como es bien sabido, casi en exclusiva a la redacción de A la Recherche du Temps Perdu". Nada puede interesarnos del artículo más que la frase. Pero sí, se lee, y sí, se piensa, y sí, se mira. Así somos. Como el autor, hasta el final. Hasta rompernos la crisma con las palabras manidas. Como mis dudas o como mi decisión. O mis viajes (he de volver a Madrid en breve) o mis idas y venidas. Sobre irme o quedarme. Quién sabe.

Sonia Sáinz Capellán
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PABLO MORALES DE LOS RÍOS
Pablo Morales de los Ríos. Yo por bien tengo no decir demasiado de aquello que no merece Pa ser contado, pero a buena cuenta del lector, también tengo por bien contar de mí lo que a otros daría vergüenza. Sin embargo, no es propósito ahondar demasiado en ello, pues sepa Vuestra Merced que de espacio andamos cortos, y de palabras escasos. Vine yo a dar de cabeza con el mundo a edad muy temprana, nasciendo por cesárea por el vientre de mi madre, quien demasiado bien se ha portado desde entonces teniendo en cuenta el desafortunado incidente. Y fue nada más caer en Las Palmas de Gran Canaria muy a finales de los 70 (Noviembre de 1979, para ser exactos) que di de bruces con mi destino. Y lo digo orgulloso, ya que con estilo e imaginación parióme aquella (mi madre), y he venido a intentar ser pintor, escritor y cineasta desde entonces. Que lo haya yo logrado o no, no es motivo para dudar de estos hechos y de su repercusión e influencia. Desta manera me fue forzado el pasar hambres y desgracias, y sacar fuerzas de flaqueza frente a desventuras de todo tipo, desde comprobar ciento y una veces que la mayoría de los productores saben más de producir asco que cine, hasta ver caer el techo de una de las casas en las que vine a malvivir (convirtiéndome así en un sintecho de barba rala y bolsillo vacío), pasando por incidentes tales como una inundación hogareña, un cortometraje inacabable, un malentendido con el amor y el casi mortal encuentro con un inofensivo ciérvido de Londres. Y aunque todo me vino por mi empeño y dedicación al arte de cumplir sueños, también ha sido esto (el sueño de hacer arte) lo que a fin de cuentas ha venido a salvar mi integridad, mis ideales y mi vida. Como Vuestra Merced imaginará ya, mi currículum llena de tal forma mi única maleta que apenas caben en ella lo necesario para seguir viviendo desaguisados, algún libro casual y un par de calzoncillos limpios. As Así pues, si acaece algún entuerto, mi única salida (y la más usada) es quejarme escribiendo un relato, o un poema, o un guión de cine, o pintando un cuadro, o maltocando mi guitarra (creo que en realidad es de una amiga de mi hermana, pero aquellos que sufren deberían tener prioridad). De lo que de aquí en adelante me sucediere, Vuestra Merced tendrá noticias por vía de alguna novela, de una historieta o, tal vez, de la ácida letra de una canción. En el supuesto, claro está, de que alguien se digne a publicar todo esto, o de que el ciervo londinense no dé con mis huesos. Pa Pablo regala a Groenlandia un relato perteneciente a su obra inédita “Relatos de MAL acabar”, titulado “Del Cristo del Buen Sufrir y sus milagros”, y unos poemas, de sus obras “Pequeño Réquiem por 21 hombres grandes” y “Autorretratos sin óleo”. Pasen y lean.

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Del Cristo del Buen Sufrir y sus milagros Así fue que las gentes se acercaban y tocaban el trono, y se bendecían diciendo: “Cristo del Buen Sufrir, danos tu bendición en este Viernes Santo”. Y durante horas caminaban todos por las calles de la modesta ciudad pensando sólo en la muerte de Jesús de Nazaret, crucificado hacía dos mil años, aún llorado como Dios y admirado como hombre. La Banda de Cabecera de la Hermandad tocaba continuamente, las trompetas sonaban con su eco purificador acompasadas por los severos tambores. Y ahí estaba la talla del Cristo, esculpida por el maestro Gabino del Monte en el año 1872, abriéndose paso con pie de plomo gracias a los fornidos costaleros, ataviada con su túnica púrpura de la Pasión, portando sobre su frente la terrible corona de espinas. Con sus manos agarraba la cruz eterna, la misma que cada año simbolizaba su Vía Crucis. Unos mechones rojos se derramaban por su cara torturada y exageradamente realista. Fijándose bien, oculto tras el pelo real que colgaba de su cabeza, se podían vislumbrar bajo sus ojos dos lágrimas de cristal, subrayando siempre su dolor. La procesión anduvo a ritmo de tambor durante casi doce horas seguidas, desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro de la tarde, y tras el crucificado su madre, la Virgen María, tallada también con dulce artesanía y encerrada por cien cirios en su celda de clausura. Ahora el trono volvía a casa, a la parroquia de San Bartolomé Desollado, cumpliendo así su ciclo vital de cada año, que por un lado le daba vida y por otro muerte. Todas las personas allí reunidas, con el corazón en vilo por ver al fin el pequeño milagro del día, buscaban un lugar en que subirse, en que alzarse por encima de los demás y ser partícipes de la tercera y última bendición de Jesucristo. Con un mecanismo oculto, la mano derecha del Hijo de Dios haría en breves segundos la señal de la cruz sobre el aire liviano, bendiciendo a los hombres y mujeres de la tierra. Algunos lloraban, mostraban su fe ciega poniéndose de rodillas en el duro suelo y diciendo: “Bendícenos, Señor, que hoy nos sentimos todos crucificados”.

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Y así fue que este Jesús de Nazaret, en vez de dar a todos la bendición con sus dedos de madera, dejó caer la robusta cruz en lo alto de su trono, y dijo: “Esperad, hijos míos, no me conduzcáis tan pronto al final de mi calvario, que para esto es hoy un santo día, y todo nos ha de ser perdonado”. Su voz susurró a todos los oídos de la ciudad, llegando incluso a aquellos de los que no se encontraban allí delante, frente al hacedor de milagros, causando estragos de pasión y fe. Los rostros se hicieron piedra, y las bocas y las manos se crisparon como figuras de barro cocido, y se hizo bien la lágrima y la magia de la Cristiandad. Y el Cristo dijo, acercándose al borde del trono labrado, dejando asomar los dedos de sus pies descalzos: “Ya está ahí mi Gólgota lapidario, pero no me siento hoy con fuerzas de verlo siquiera. ¿Es que acaso os sentís también vosotros asesinos? Dejad la pena y el sufrir para otro día, hijos míos, por favor os lo pido, y dejadme disfrutar de éste espléndido Viernes. Así lo deseo con toda mi alma, son ya dos mil años de cruz temible”. El milagro del Cristo del Buen Sufrir hizo que se alzara un grito esplendoroso al unísono, un fuerte: “¡Milagro!”, y luego un potente: “¡El Señor ha hablado!”. La masa de gente comenzó a apretarse contra el trono, estirando todos cuanto podían sus dedos creyentes, a veces rozando las imágenes de la vida de Jesús que aparecían en los costados, otras sintiendo llegar espiritualmente todo su poder sacro. El frenesí ya no podía crecer más, pues ya era todo al máximo, desde el principio. Y dijo Cristo, levantando sobre su cabeza perfecta ambos brazos, como buscando un espacio en el silencio sobre el que hablar: “No, hijos míos, no. No busquéis en mí la curación de vuestras almas, pues no soy más que un pedazo de madera bien tallado. Me habéis tocado ya mil veces a lo largo de los años, y os aseguro que sigo siendo el mismo. Dejad la plegaria, la piedad y la voluntad de reliquias, no lo quiero ante mí ahora”. Y la gente, muy poco a poco, fue callando, y los costaleros y los penitentes jamás se sintieron mejor ante su empresa santa. Volvió a hablar el Señor mirando a cuantos tenía delante, y luego al cielo, y a los pájaros: “Ya habrá tiempo de seguir con esta tragedia, esta farsa antigua... Mantened alejada ahora la visión de mi muerte y dadme la oportunidad de soñar con un instante de vuestras vidas, en verdad humanas”. La gente escuchaba, pero no entendía. Por otro

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lado, la Hermandad nunca hubiera imaginado llegar a tal orgullo. El Cristo, con sus labios de suave talla, dijo: “Quiero ser como vosotros, sentir como vosotros. Llevadme, por ejemplo, hijos míos, a ese cine del que habláis tanto. Deseo saber que bendita cosa es esa”. Y cada una de las personas presentes en la procesión, hipnotizada por la sorpresa de estas palabras insólitas, se miraron unos a otros, sin saber bien que hacer. Un anciano habló: “¿Pero no eres tú el Cristo del Buen Sufrir?”. Dijo Jesús: “Lo soy. Uno sólo, dividido en mil tallas por el mundo”. Una mujer habló: “¿Pero no fuiste llevado a la cruz en este día santo?”. Dijo Jesús: “Lo fui. Y por eso mismo deseo desprenderme hoy de ése mi eterno destino”. Un penitente dijo: “Pero... ¿Al cine, Nuestro Señor?”. Y aquí finalizó Jesús: “Sí, al cine, pues os he visto llorar y reír en él, e incluso temer y amar, y eso describe cuanto es el hombre. Durante dos milenios he sido una imagen, un ídolo de lo que fui, no una realidad, sino la mentira de un sueño. Vosotros, por vuestra cuenta, habéis intentado labraros a mi imagen y semejanza, y esto no es del todo correcto. Ahora os digo que vosotros sois la ley y la verdad, y es mi misión el hacerme humano. Eso es lo único que deseo, reír, llorar, sentir... Quiero volver a ser hombre”. Entonces todos comprendieron, y de nuevo al unísono, las gentes dijeron: “¡Milagro!”, y todos lloraban de camino al cine, pensando en que el Cristo había bajado de los cielos por ellos y para ellos. Y llegaron, y miraron las sesiones, y por la hora que era y por la curiosidad que le inspiraba el cartel de la entrada, el Señor dijo: “¿Qué tal si vemos ésta?”. Una mujer entonces, de edad avanzada y aspecto algo severo, se acercó a la escultura viviente, y así le habló al Señor: “Señor, esa no os la recomiendo, es de un marciano y de naves espaciales y es para niños...”. Cristo se volvió hacia ella, y, poniéndole una mano en el hombro, le habló, y todos escucharon: “¿Y no es acaso la fantasía, bendita mujer, la mejor forma de evadirse de las maldades del mundo, que por siempre nos persiguen y atormentan? Y si es para niños... ¿No es acaso el mundo de los niños el más perfecto y puro entre los humanos, en que se descubre la vida y se vive por ello, de alguna forma, tal vez con más intensidad?”. Y luego dijo, ya para acabar, señalando el cartel de aquella película, que de “E .T. el Extraterrestre” se trataba: “Ésta es la que quiero ver, mirad que imagen poderosa la de esta pintura, que me recuerda tanto a la Creación de nuestro divino Miguel Ángel. Siendo como parece ser, esta película no puede ser cosa tan mala”.

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Así que, viendo tranquilamente en su butaca la película aquella, el Cristo quedó sorprendido por la magia del cine y la maravillosa historia, que tantos recuerdos le traía, y por los buenos sentimientos que inspiraba, e incluso derramó alguna lágrima más de las que ya estaban vertidas en forma de cristal sobre sus mejillas. Y cuando todos a su alrededor murmuraban sorprendidos por la plenitud extraña del milagro, el Cristo del Buen Sufrir se daba la vuelta levemente y decía, siempre con la voz de la justicia y la bondad: “No hagáis tanto ruido, hijos míos, que no me dejáis ver la película”. Al salir, aquel Jesús de madera sólo pudo decir: “Ésta es buena forma también de hacer milagros, ¿no creéis?”, a lo que muchos decían, asumiendo esto como verdad cristiana: “Lo es, lo es”. Luego, que eran ya las siete de la tarde y, por motivo de la escena mística, ya habían cesado todas las procesiones en la pequeña ciudad, un hombre ciego se abrió paso entre la multitud hasta el Señor. Todos le conocían, y dijeron al verle: “¡Es Alberto, el ciego! ¡Es Alberto, el ciego!”. Y dijo él: “Señor, soy ciego desde los tres años... Sé que tienes en tu mano el hacer que pobres hombres como yo curen con sólo tocarles. Así te pido, me devuelvas de nuevo la vista”. Cristo le miró a los ojos, por los cuales aquel hombrecillo no veía, y le habló severo, aunque con esa voz de amor que nunca pudo desprenderse del Nazareno: “Escúchame, hijo mío, y no temas por lo que voy a decirte, pues ellas mismas, mis palabras, te servirán de consuelo. No puedo llevar a cabo tal empresa, pues no es hoy un día de curación, tan sólo de mi purificación como hombre. Hoy no hay divinidad en mí, tan sólo está mi Dios Padre para mantenerme aquí en pie, y vivir... ¿Y qué sería de todos aquellos a los que, aunque quisieran, necesitándome incluso más que tú, no pudieran llegar a mí para que yo les curase? Tú mismo has dicho ser ciego desde los tres años... ¿No ha sido todo este tiempo motivo de costumbre y lucha? ¿Es que no sabes que hay hermanos nuestros que, aun viendo, son más ciegos que tú? Eres un hombre hecho en la oscuridad, no creas que la luz puede ayudarte ahora. Tú ya estás salvado, y tuyo es ya el Reino de los Cielos”. Y seguidamente, Jesús de Nazaret dejó caer sus labios en su frente, y tras el beso, siguió su camino por la ciudad. Los tambores seguían sonando una y otra vez, endulzando con festejo la asombrosa aparición.

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Fue entonces que un inocente niño se llegó a los pies del Señor y, curioso como suelen serlo a su edad, alzó la gruesa túnica bordada con filigranas de oro que cubría su cuerpo. Descubrió entonces, y junto al niño muchos de cuantos allí estaban, que no había en la desnudez de Cristo más que un par de palos arquitectónicamente clavados, es decir, que en serio seguía siendo el Señor una talla en madera, y simplemente eso. Él dijo: “¿No os lo dije, hijos míos? Sigo siendo el mismo, solo que con el aliento del Todopoderoso en el pecho”. Según fue anocheciendo, el Señor se sintió más libre, más cercano a la multitud, y, con una gran sonrisa benévola, con enorme calidez en sus ojos de cristal, inspiro a todos su confianza, hablando así: “Se hace la luna en la cúpula del cielo. No me llevéis a iglesia o parroquia alguna, tampoco eso lo deseo como fin de ésta mi resurrección”. Se acercó un sacerdote, aquel que oficiaba en la mencionada parroquia de San Bartolomé Desollado, y con algo de nerviosismo, pues se dirigía al Cristo cara a cara, dijo: “Señor, oh, es tanto el respeto que yo te guardo, que me parece difícil, casi imposible, el entender esta nueva forma de ver las cosas. ¿No es la Iglesia aquello por lo que luchaste hace ya tantas centurias, y no le debemos a ella tanto por ser hija de tu seno?”. Dijo Él: “Lo es y no lo es, pues vino la Iglesia dada como algo divino, y el hombre la hizo suya de tal forma que, cuantos defectos tiene en su haber el hombre, los tiene también su Iglesia”. Dijo el sacerdote, incrédulo ante el extrañísimo actuar de su Señor: “Pero Maestro... ¿Qué hemos hecho mal entonces?”. Y el Hijo de Dios, guardando primero un breve silencio como el que respiran a veces las tumbas, mirando a todos los presentes con un fuerte cargo de conciencia, dijo luego: “Guárdate de comprensiones que puedan herir tu orgullo de creyente, sacerdote, que tú has obrado bien desde el principio y no hay forma de que las culpas que otros han de llevar consigo te rocen y dañen. Que mis palabras no caigan al duro suelo y se rompan en mil añicos. Cuídate de cuanto te dijeren aquellos que creen estar por encima de ti, pues sólo hay uno que pueda dárselas con ese cargo. Y ése es el Dios Padre, que a través de mi boca y pensamiento te habla”. El sacerdote, hincando las rodillas en el suelo, rompió a llorar ininterrumpidamente, hasta que la mano tallada se posó sobre su cabeza, y luego sostuvo su barbilla entre sus dedos. Dijo el Cristo del Buen Sufrir: “¿Por qué lloras, hijo mío? Ya lo dije antes, y con devoción por todas las criaturas

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del Señor lo repito ahora. Dejad la pena, el dolor y la fe ciega, al menos por hoy, pues es éste un día bendito. Haya paz, y amor, pero también diversión y risas”. Los tambores seguían marcando el ritmo, una y otra vez, una y otra vez, hasta que, llegados a una gran plaza, la Plaza de Antonio Soler, Jesús dijo a la banda: “Hijos míos, Dios os bendiga, pero parad ya, pues en verdad os digo que tengo la cabeza como un bombo”. Y dicho esto, la Banda de Cabecera de la Hermandad se detuvo. El Señor anduvo hasta un local en que se veía escrito a la entrada: “Golosinas, cerveza y bollos Antonio Soler”. Entró y, dejando helada a la dependienta por lo repentino de su llegada, que aunque ya se habían oído suficientes rumores por todos lados de que Jesús de Nazaret estaba en la ciudad, verle con ojos propios siempre sorprendía, dijo: “Buenas tardes, buena moza. ¿Cuánta cerveza podríais darnos para esta buena ocasión? Vuestro Señor, directamente, os lo pide”. Todas las gentes se miraron como sin haber entendido. La chica logró emitir unas palabras, aunque con voz débil y temblorosa: “¿Có... cómo? ¿Cerveza?”. Comenzó un murmullo que fue creciendo, hasta que Cristo alzó de nuevo los brazos: “¿Cuántas veces habéis hecho esto sin mí?”. La gente calló casi de golpe. Él dijo: “¿Es que no sois capaces de hacerlo ahora conmigo?”. Y al poco, todos entendieron, y todos rieron con aquel Cristo del Buen Sufrir, y algunos seguían gritando, muy de vez en cuando, con voces nada apagadas: “¡Milagro! ¡¡Hosanna!! ¡¡Milagro!!”. Se sentaron todos en aquella plaza, y hubo bebida para todos, y aunque algunos y algunas no gustaban del todo de lo que estaban viendo y oyendo, no tuvieron más que callar, porque la única palabra con derecho era la de aquel Cristo renovado y puro. Y el Señor se sintió hombre como jamás se había sentido, pues ni siquiera en su anterior vida, la del Jesús nazareno de los evangelios, había sido tan dichoso. Los presentes cantaron en su nombre, y pese a que Él se sentía algo molesto con tanta pompa en su honor, calló por ellos. “Oh, Señor, Hijo de Dios, ¿cómo hacer que estos últimos momentos con nosotros te sean duraderos e inolvidables?”, se vino a decir una joven muchacha, y Él contestó: “Ya están escritos en mi memoria por siempre, y también en la vuestra, y en la tuya, y hasta os digo que en la Historia, pues mientras haya personas como vosotras narrando cuanto

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aquí han visto, esta escena se mantendrá viva en el Arte y en el Tiempo”. Y aquí besó Jesús a la joven muchacha, primero en la frente, luego en la mejilla y después en los labios, y ella sonrojó, y enamoró por siempre de tal escultura. Pero Cristo sabía que aquello no había de durar, pues, en el fondo, su Pasión había de ser la misma, con su final en la cruz del martirio. Así que, a las cinco y media de la mañana, con tristeza, se levantó de aquel banco en el cual había reído y bebido como vulgar hombre, y, poniéndose en pie sobre él, haciendo acallar al buen pueblo, pidió un minuto de silencio. Así se hizo. Luego, acogiendo lloros y piedades, el Cristo del Buen Sufrir terminó aquel Viernes doblemente Santo con estas palabras brutalmente humanas e inolvidables: “Hijos míos, hermanos, ha llegado mi hora. Os doy las gracias como Hijo de Dios por haberme hecho sentir hombre, y os pido en verdad, no olvidéis lo que habéis aprendido aquí conmigo. Soy todo vuestro, de nuevo. Llevadme ya, por favor, a mi calvario. Así lo quiere el Dios Padre, y, por ello, así he de quererlo yo. Hacedlo ya, pronto, llevadme a la parroquia. Dadme ya la muerte”. Y los ancianos, y las mujeres, y los hombres, y los niños, todos en un murmullo perpetuo, pidieron clemencia a los cielos, y sus caras y ojos todos húmedos por el tremendo sufrir de sus penas, ya que nunca se había vivido así la Semana Santa. A las seis y veinte de la mañana de aquel Sábado especialmente humano, el Cristo del Buen Sufrir se subió a su trono, recogió su cruz y, dando la bendición con la mano firme pero dolida, fue llevado por los costaleros al interior de la parroquia de San Bartolomé Desollado. No tardaron en sacar el trono de la Expiración Divina, en que Cristo era ya crucificado, y horas después el trono del Descendimiento, y por último en aquel Sábado, el del Jesús del Santísimo Entierro, completando así el ciclo que debía haberse cerrado aquel pasado Viernes de milagros, cambiando por una vez tradición e historia. Y ésta vez, ahora con tremenda agonía de creyentes, las gentes lloraron como nunca, nunca, habían llorado por una talla de madera.

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Pequeño réquiem por Hitchcock (1899-1980) Si presientes una trágica desgracia entre las grises esquinas enfrentadas; si oyes crujir la puerta felina en macabras danzas sobre dos bisagras; si crees ver una sombra caprichosa escondida tras la cortina de la ducha; si hueles la hoguera inesperada de las llamaradas huecas y sordas; si escuchas ruidos extraños en la ventana y no asemejan huesos de árbol; si intuyes el malestar de los cuervos marchando fúnebres los aires; si notas los golpes bajo la escalera que con vértigo cruje sus peldaños; si sientes sudores fríos sobre la nuca como un gato noctámbulo agazapado a los tejados, no temas. Es el maestro Hitchcock, que planea rodar temores por última vez.

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De mi corazón Desde el suelo se alza una torre caliente de carne infranqueable. Protege de asedios a mi corazón con doce pares de costillas de empalizada. No logran pasar ni los cañonazos del viento ni la soldadesca de la lluvia. Pero siempre, siempre, a golpe de amores se infiltran por rendijas en mis débiles muros muchachas de ojos claros, dorados cabellos y cuchillos asesinos.

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De mi memoria De mi memoria Mendigando mi presente, camina a mi lado la ausente fotografía que jamás se hizo, y que tengo llena de agujeros en el bolsillo de algún pantalón desprestigiado. La meteré en el álbum sin cubiertas que tanto peso porta, aquel que anda forrado de promesas. ¿Qué biblioteca de Babel es esta llena de miedos de Borges, cargada a rebosar de presencias que no pueden admitir una caricia? ¡Que mal plato para el hambriento, que sólo nutre lágrimas! Te lo tengo dicho, memoria: vivir del recuerdo, sobrevivir con la nada.

Pablo Morales de los Ríos
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ANA PATRICIA MOYA

Ana Patricia. Alias Periquilla los Palotes (no “de” los Palotes), nacida en 1982, acuariana testaruda y pasota. Currante desde los dieciocho años y estudiante frustrada de Relaciones Laborales, está a punto de terminar la licenciatura en Humanidades con sendas especializaciones en las orientaciones de Filosofía y Arqueología. Escritora de cuentos, microrrelatos y de novelas, poeta de palabras e imágenes: le han publicado algunas cosillas por ahí y hasta ha quedado tercera en un destacado concurso de relatos. De mente y culo inquieto, adora las viejas glorias musicales, el chocolate blanco, el Black Devil y el More, el valgas y el bourbon Four Roses – miente cuando dice “ni fumo, ni bebo, ni digo palabrotas”, sobre todo miente más en esto último -, y atiborrarse de barato prozak de azúcar, preferiblemente en forma de esponjitas. Tres pasiones: el negro, el arte y la reflexión. Tres palabras definitorias: orgullo, paciencia, tesón. Tres frases propias: “haz lo que debas”, “haz bien y no mires a quién” y “la culpa no fue mía: yo era joven, inocente e ilusa”. Confiesa que es mística, una nostálgica sin remedio, un “poquito” radical, un “pelín” supersticiosa y muy puñetera cuando la ocasión lo requiere. Los textos – seleccionados por ella misma – que ofrece para este primer número de Groenlandia es un “cuentecito”, un relato – de obra inédita de cuentos y poemas pertenecientes a poemarios también inéditos -, y dos poemas visuales.

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Gloria

Soy un Dios metido en el cuerpo de un monstruo que llega a la ciudad gris dispuesto a arrasarlo todo. Mi entrada es triunfal: con mi pesada cola de reptil destrozo el frágil edificio de la sede de Justicia. Con mis poderosas patas, pisoteo los apartamentos ilegales de la costa, aplasto los cochazos aparcados en lujosas residencias. Cuando llego al centro, con mis escamadas y afiladas zarpas agarro a dos infelices que salen del banco hipotecario; al trajeado le arranco la cabeza de un bocado y luego mastico su cuerpo, al segundo desgraciado me lo trago directamente. Sigo sembrando el caos, el pánico y la destrucción hasta que el director grita: “¡corten!”. Me quito la sudada máscara del disfraz de dinosaurio y abandono el plató con el decorado de cartón piedra y plástico. Y suspiro, triste: he recuperado mi indeseada identidad. La gloria ha concluido y será la gran diversión en horario infantil.

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Androginia justificada Mi consolador se llama Pepe – no, no es el nombre de alguno de mis ex – y es genial. Lo adoro. Me lo monto donde y cuando quiera: siempre está disponible. Yo ya no tengo que esperar hasta las tantas de la noche – hora habitual de los encuentros con los antiguos amantes – o hasta que se acabe el puñetero partido de fútbol de la televisión. Es fiel. Sé que nunca me engañará: está bien escondido en el cajón de mi mesilla. Sólo le permito serme “infiel” cuando yo estoy con otro y le permito que participe… aunque esto se da en poquísimas ocasiones porque casi siempre el ligue de turno le rechaza porque puede herir su masculinidad – Pepe es de talla extra grande - y su condición de machote heterosexual. Se preocupa por mí: con Pepe, hay sexo seguro. Ni riesgo de embarazo, ni de ser contagiada con alguna enfermedad. Además, es limpio: le meto unos fregados en el lavaplatos que se cruje. No es un coñazo: me encanta su silencio, no habla más de la cuenta y se limita a su función de vibrar. No tengo que soportar tonterías típicas de los tíos, ni desagradables chistes machistas ni tampoco los comentarios acerca de las mujeres más sagradas para ellos, que son las dichosas madres. Y lo mejor, lo mejor de todo, es que nunca miente: no me dice “te quiero”. Yo no odio a los hombres. Odio su cerebro secundario. Y afirmo estar enamorada de la mecánica: me encanta Pepe, el sustituto del orgullo masculino.

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Realidad extraña

No hay nada peor que sentirse sola estando con alguien. El amor es una sombra extraña.

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Botas sucias (pasos limpios)

Zapatos Así está el camino: complicado. El suelo está frío: mis pies desnudos caminan sobre terreno desconocido. Me corto con fragmentos de cristal, me tuerzo un tobillo por descuido, me mojo con pequeños charcos. Necesito unos zapatos nuevos, un calzado que atrape mis píes en la resistencia de la seguridad. Y me conformo con la piel agrietada, cubierta de tiritas y gasas enrojecidas: cuando dije “quiero este sueño”, perdí los zapatos de la realidad.

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Soledad acompañada (II) ledad acompañada II) Soledad acomp ada (II) ledad

Ana Patricia Moya Rodríguez
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SAÚL ARIZA
Saúl Ariza (Córdoba, 1984). Estudia actualmente la licenciatura en Humanidades en la Universidad de Córdoba. Asimismo, ha realizado estudios de

Interpretación en la Escuela Superior de Arte Dramático de Córdoba y de Dirección de Escena y Dramaturgia en la de Málaga. Hasta ahora, su escritura se ha traducido en cuentos, relatos y, especialmente, poesía, aunque actualmente prepara su primera obra teatral.

Los siguientes poemas del autor son reflejo de la experiencia del amor, no y si bien en son creaciones de sus

independientes,

inscritas

ninguno

poemarios, bien podrían formar una especie de trilogía que expresa distintas evocaciones de emociones que sin duda tienen la experiencia amorosa como telón de fondo.

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Le conté al agua Le conté al agua que había amado, le conté al agua que había vuelto a amar, y el agua corría y se iba y me contaba, limpiándome las señales de mi cuerpo enrojecido, que para volver a amar primero hay que saber olvidar. Que amar por dos a quien no lo hizo una es morir dos veces y olvidar ninguna

La distancia que existe como un vacío como un hueco crece en el acercamiento Juego del amor búsqueda Ultraje de ser visto por ojos que no ven

El joven idealista no sabía que su don era la infinita tristeza del sueño ido.

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Saúl Ariza

VERÓNICA MORENO PUERTO
Verónica Moreno Puer to. La poesía está en todas partes aunque a veces la atrapemos. Esta es la historia de cómo conseguí capturarla y encerrarla en diversos papeles. Todo comenzó cu ando me licencié en Humanidades (sí, existe esta titulación, siempre me gustaron las cosas desconocidas) por la Universidad de Córdoba, continué con la caza e n varias publicaciones colectivas como “Cuadernos de creación literaria”, colección de poemas y relatos de un taller de creación literaria realizado en 2005 y editado por Plurabelle. Y así continué capturando miradas poéticas en la recopilación de poemas del recital de la CNT realizado en el día de la mujer trabajado ra de 2007 e intentando hablar con palabras sobre palabras en la Agenda Cultural Andalocio en su edición en papel y colaboración digital con mi perfil. Intenté reducir la palabra a su esencia y así fui Finalista del I concurso Literatura Comp rimida 2006 patrocinado por Cajastur, en una publicación digital con los 177 microrrelatos finalistas. Me di cuenta de mi error e intenté liberar a la poesía pronunciándola en voz alta en un bar y conseguí la segunda posición en el VI Premio Alea Blanca, lectura pública de poemas que se realizó en el Café Anais en Granada y la sorpresa volvió a aparecer en un poema que llegó a la publicación en el fanzine “Bar Sobia” de la editorial La Bella Varsovia. Actualmente, soy miembro de la mesa de redacción de la publicación Café con Letras, que vio si primer número en Enero \ Febrero de 2007 y sigo viendo poesía por todas partes pero ¿es la palabra suficiente? Esta visitante de Groenlandia nos deleita con poemas. Que ustedes disfruten de la lectura de sus versos.

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Un día

Dormito en un rincón despedazado de silencio. Un día saldré hacia campo abierto sin miedo al sonido de mi voz, caminaré por los extensos maizales afinando las palabras, alargándolas, desmembrándolas hasta perder el sentido de mi propia existencia y sólo existan para mí. Y nombraré las cosas en un parto interminable. Aunque los hijos, desagradecidos por su propia independencia, caminarán por mil caminos estrechos y retorcidos. Arrancados de mis entrañas, romperán el silencio en el que habito, dejando entrar el aire en esta casa deshabitada de palabras.

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Dolores Casi nunca toco los bordes de la sangre ajena para que no se derrame entre mis dedos, líquida y escurridiza. No quiero caminar por los surcos de las lágrimas de otros sintiendo que mis pies han hecho ese camino al andar. Paso de puntillas por los lamentos de mis alumbradores como una ladrona de palabras, con puñados de arena en los bolsillos agujereados, golpes sin marca. Todo comenzó cuando un día me cortaron el cordón umbilical. Desde entonces, a veces, cuando llueve o hace frío, duele como una herida antigua que nunca terminó de curarse.

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Desteñidos Tengo el yo descolorido, se le ha ido la color, el entusiasmo. Como agua se derrama por las aceras en pequeños charcos de desidia donde los niños chapotean. Se olvidó de la belleza de la sangre sobre la nieve y comenzó a cambiar al canal de las antenas. Cambió el grito por un amago de suspiro, un susurro. Tengo el yo descolorido, construcción verbal sin la palabra.

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Retrato Retrato

Tus cadenas son de azúcar mientras nadas por el río desnuda, aunque la desnudez en ti no significa transparencia. Nombras el mundo con palabras inversas en una tierra de nombres secretos. Alargaré la mano hacia ti para darte una sonrisa para que tus labios rocen los hilos del tiempo. Seguiré atenta siempre a tu boca, aunque nunca necesite a la mía para un beso.

Verónica Moreno Puerto
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ÁNGEL REMIS SAUCEDO
Ángel Manuel Remis-Saucedo. Nacido en 1984 en la Ciudad de México. Actualmente, reside en España. Hijo de emigrante español y madre mexicana de ascendencia vasca, explica su decisión de emigración con las siguientes palabras: “México es un país en verdad hermoso, con una cultura inmensa y gente vive para ella, lo lamentable de la situación del país es la impune corrupción que lo apresa a todos los niveles, sin cercanos destellos de cambio, lo que complica tanto al ciudadano de a pie que se ve indefenso para hacer efectivo el uso del Derecho, como a todo aquel que no se encuentre de acuerdo con el sistema, sin posibilidad individual alguna de cambiar el panorama”. Autor narrativo de ficción literaria que abarca desde relatos hasta novela, ha dirigido la Revista Literaria Café con Letras, escritos de ensayos sociales y políticos,

actualmente prepara la edición de su novela “La ordalía de Quetzalcóalt”.

Ángel ofrece a Groenlandia dos relatos, titulados “En el Tenampa te vine a encontrar” y “Carta a Santiago”.

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EN EL TENAMPA TE VINE A ENCONTRAR Hoy le he pedido perdón a la virgencita de Guadalupe, allí en su casa la basílica. Le dije arrodillado que vengo de Cocula a matar a mi primo Isidro, el jerillo de la Hacienda La Cotera de Amatitán, también de allá en Jalisco. No sé si me ha perdonado lo que voy a hacer, pero por lo menos seguro que me entendió. Yo de todas maneras le encendí una veladora. Llegué aquí a la capital buscando donde tocaran mariachis porque me dijeron que a mi primo le gusta la cantadera y que seguro que lo encontraba aquí en la Plaza Garibaldi porque cuentan que no canta malas rancheras, solamente que tiene mala sangre el muy desdichado porque cuando se toma una botella de tequila empieza a contar cosas que mejor tenía que guardarse páel, y más siendo cosas de familia, que a nadie le importan ni le interesan. El encargo me lo hizo mi abuelo Don Anselmo Arteaga, padre de mi padre y caporal de La Ensenada. Ya cuando andaba enfermo y a punto de morirse me dijo que allá por los tiempos de la Revolución, cuando él era muy chamaco todavía, tuvo que emigrar pá los Estados Unidos, porque las tropas de Villa andaban quemando las haciendas. Dice que a él le tocó ver cómo colgaban al caporal de La Sauceda, que era nuestra. Me contó que se escondió con sus hermanos y sus padres en las porquerizas pá que no los encontraran, y que tras la baleada nomás no pudieron evitar que le prendieran fuego a todo el casco de la hacienda y a los sembradíos. Me dijo que pues ya nomás no pudieron hacer nada más que caminarle al norte y que si no es por un buen paisano de Guadalajara, amigo de mi bisabuelo Don Martín Arteaga que era el hacendado de La Sauceda, pues no tienen ni como seguirle, pues imagínate tú, eran ocho criaturas con mi abuelo más la madre, que pál caso el padre ni come con tal de no ver a sus angelitos desfallecer, pero eran nueve bocas, óyeme. Total que con el encomiendo a Dios y el poco dinero que llevaban pudieron llegar al norte. Allá se quedaron doce años hasta

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que se acabó la revuelta y volvieron con lo poco que juntaron de regreso pá Jalisco. De la Hacienda La Sauceda quedó solamente el casco medio cayéndose y como tres mil hectáreas de sembradío en propiedad, de las treinta mil que tenía antes; y adivina de quién eran ahora, pues del hermano de mi bisabuelo, Mauro Arteaga, que antes de la Revolución era cabestrero. Pues de ahí viene el cuento este, oye. Que el Mauro este se fue de revolucionario con Villa pá denunciar a los hacendados a cambio de que en la repartición le tocara un casco de hacienda. Y mira tú que el General Villa no era tan tonto que le dejó La Sauceda, que era de mi bisabuelo, su hermano, pá que ante la gente de las cercanías se supiera quién había sido el soplón. Ahora es cuando la cosa se pone buena, porque ya lo perdido, pues perdido, pero dicen que el dinero malo no hace ganancia en manos de ladrón. Pues mira tú que quedó medio atontado el tal Mauro con eso de saber que le había robado a su propio hermano, que nomás se la pasaba bebiendo y bebiendo en las cantinas, de mujeriego y pe leonero buscando la muerte. Al final se gastó todo lo que tenía jugando a las cartas con los otros dizques hacendados a los que les regalaron las tierras en la repartición. En una de esas partidas que se le viene la mala mano y pierde todo el patrimonio, así como lo oyes, en una jugada se le fue la hacienda, las tierras y hasta el caballo. Cuentan que se quedó mirando las cartas un rato largo y que ni parpadeaba. Al final se levantó de la mesa, firmó el documento y dicen que pidió la última botella que tomaría con sus amigos. En la mesa yo creo que pensaban que esas palabras eran porque se había quedado sin dinero, pero la verdad es que la intención era otra bien distinta. Lo llevaron a la que ya no era su casa de madrugada, cantando, según me contó mi abuelo. Levantó a la mujer y a los hijos, les dio dos cinturonzazos a cada uno y les dijo que no entraran hasta el otro día a la hacienda a recoger sus cosas, porque esa ya no era su casa.

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Vete tú a saber si fue un accidente o no, pero pá mí que no. Esa noche se prendió La Sauceda con Mauro y todo adentro, y dicen los que lo vieron que las llamas se veían desde el Cerro de La Estrella. Pos ya te podrás imaginar el coraje que hizo mi bisabuelo Don Martín Arteaga, que ya andaba venadeando al Mauro pá matarlo en la cantina por ladrón cuando se enteró. Pues que se me muere el pobre del disgusto, imagínate tú el coraje que le dio que hasta la tumba lo llevó por no poder vengarse. Mi bisabuelo le dio el encargo a mi abuelo pá que completara su venganza, porque si es verdad que La Sauceda ya no iba a ser pá nadie, pues que no se quedara el agravio así sin cobrarse. Mi abuelo no quiso ir a buscar a los hijos del Martín porque eran hijos de viuda y eso a una madrecita no se le hace, así que dejó correr los años. Después a mi padre, Facundo Arteaga, que era buen gallo, lo mató un caballo que se encabritó en la sierra siendo yo un niño y pues ya nomás quedé yo pá cumplimentar el encargo, que pá eso soy el primogénito varón de mi familia. Mi abuelo me dijo que era por la honra que nos robaron en la Revolución, y encima nuestra propia sangre, así que pues ya ves, al final te encontré después de tantos tropiezos aquí en la capital, y aunque seamos ya primos segundos, pues las promesas son pá cumplirlas, que pá eso aquí traigo la pistola de mi bisabuelo así que ya ni modo Isidro, dispénsame pero nos tomamos la botella y terminamos con esta historia tan atrasada que apenas hoy se viene a cumplir, pero mientras ve llamando a los mariachis que nos cantamos algo, ¿no primo?

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CARTA A SANTIAGO
A la memoria de Santiago Remis-Saucedo. Descanse en paz.

Estoy escuchando de fondo a Los Tigres del Norte mientras te escribo. Bien sabes que no son muy de mi agrado pero los he puesto para ambientar el entorno ya que después de un año de nue stra definitiva separación siento que si preparo el ambiente me será más fácil e scribirte. La prueba es que los he puesto pensando en ti y he recordado a la primer a canción cómo te entusiasmaban y lo que discutíamos inútilmente sobre nuestro s gustos musicales. En eso también nos parecemos, nunca dábamos nuestro brazo a torcer. Te voy a ser sincero, no pienso rectificar ni una sola línea de las que te escribo, voy a dejar que corra la tinta al mismo tiempo que fluyen los pensamient os, así que si en tu afán de encontrar mis errores descubres que he repetido palab ras o las frases quedan medio confusas, no te creas que es por falta de oficio, sin o por temor a que se me inunden los ojos si repaso estas letras. ¿Alguna vez escuc haste hablar de George Perec? Era un escritor francés medio raro pero tiene un li bro interesante que se titula en español Me acuerdo. Es curioso descubrir la can tidad de recuerdos medianamente olvidados que vienen a nuestra cabeza si nos po nemos a asociar ideas de nuestra infancia, adolescencia, lugares comunes o lo q ue sea. Como bien te imaginas tú siempre apareces en todas la líneas que llegué a e scribir siguiendo el modelo de Perec. La verdad es que no me sorprendió demasiad o, es bastante normal, lo que más que enoja es que no sé si alguna vez te dije o llega ste a imaginarte lo mucho que me importas. En mi ejercicio de imitación del escr itor francés aparecieron los tiempos dorados de Veracruz, ¿cómo no te vas a acor dar de Mariela?, la armadura de los Ocampo en Cuauhtla donde tanto te reías cada v ez que la golpeaba y caía la visera del caballero de bronce estático, el portón de la casa de Maruca el día que te machucaste el dedo y te quedó negra la uña no sé cuánt o tiempo, los caballos del Centro Asturiano, tu miedo al escuchar el silbato del carro de camotes, los abrazos que te daba el abuelo, cuando aprendiste a caminar en Costa de Oro y cuando me decías sonso en vez de hermano y te reías como el cabronc ete que siempre has sido al ver que me molestaba y encima te reían las gracias… Co mo ves el tiempo tiene al menos la gracia de hacer que recordemos a las personas si empre con una sonrisa en el rostro, a menos que sean unos canallas y en lugar de eso nos den ganas de lanzar truenos por la boca. Pero contigo siempre sonrío. A pesar de nuestras diferencias supimos darnos cuenta a tiempo del cariño que en verdad nos unía.

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¿Sabes? creo que alguna vez te dije que el hubiera es el tiempo maldito de nuestr o idioma. Nos aviva la mente y comenzamos a darle vueltas a cositas pequeñas y aca bamos cambiando nuestro mundo en nuestra imaginación de tal manera que cuando l a cruel realidad acaba por alcanzarnos sentimos una desazón tan grande por todo lo que hemos hecho mal o simplemente dejado de hacer que odiamos ese tiempo del es pañol. Contigo también es así; me reprocho más de lo habitual el no haber estado c ontigo a tiempo. Sé que no hay nada que hacer, lo sé, pero como me conoces espero qu e entiendas que si no te lo dije nunca es porque suelo encerrarme en esta burbuja q ue no permito traspasar a nadie. En ocasiones mis silencios se vuelven en mi cont ra pues la gente que no me conoce demasiado prefiere mandarme al carajo antes que comprender. Por mi parte no los culpo, pero a veces me duele que no me hayan dado si quiera la oportunidad de explicarme. Así que si no te lo dije antes, te lo digo aho ra, perdona por no haber estado allí antes. Mi imaginación se pone ahora a volar y surco océanos y vientos hasta llegar contigo. Te veo adolescente y enamorado d e una chica judía que nunca podría haberte hecho el más mínimo caso en atención a l as normas. Miro ahora los rayos del sol de España, tan distinto y tan parecido a la vez del de nuestra tierra mexicana, impactando sobre mi brazo, extendiendo su s ombra sobre el cuaderno, dibujando la silueta perfecta de mis vellos y recuerdo al instante tu barba. ¿Por qué nunca te la dejaste? Seguro que te hubiese quedado bien. Lo peor es mamá. No hablamos demasiado, al menos no tanto como tú con ella. Sí, ya sé, son cosas que pasan, que el tiempo va borrando. En fin, naturaleza nues tra. Pero ella me preocupa. No quisiera hacerle la pregunta fácil de que tan repe tida pierde su significado. ¿Qué me diría? “bien, no te preocupes”. Quizá piens e que no la entiendo. Y tal vez tenga razón, pero de cualquier manera intento pone rme en su lugar y sé que no son fechas fáciles. Estas distancias lo complican todo . No sé, a veces cuando pienso en ti me voy por las ramas y me acomodo en respuestas f áciles. Me da por divagar, por darle sensatez a los hechos y creer que al menos la f ilosofía puede otorgar una repuesta. Al final no hallo ninguna, al contrario, m e deja todo este devaneo con una desazón infernal que no cuaja más que en nudos de g arganta y un par de blasfemias sinceras. ¿De qué sirve que estemos aquí? Y sin embargo nos aferramos a este mundo, a esta realidad. Cada vez que me lo pregunto cre o llegar a una respuesta definitiva, al menos para mí lo es; creo que estamos aquí sólo para disfrutar. Sí, ¿no lo crees? No me explico cómo la gente decide hipotec ar su futuro e ilusiones en créditos bancarios para hacerse con una casa, un coch e, te lo juro que no sé. Tal vez carezcan de ambición o puede que realmente no se sie ntan mal consigo y su mundo y el que esté equivocado sea yo. En cualquier caso por m ás vueltas que le doy no tiene sentido.

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Perdona, ya me estaba enroscando en uno de mis bucles interminables. Sí, el don de la palabra a veces se trasforma en un poder desmedido puesto al servicio de dem asiada gente que no sabe lo mucho que puede hacer con ella, para bien o para mal, ¿m e explico? Estábamos en que si estoy en lo correcto y en este mundo no tenemos más función que pasárnoslo bien pues para sufrir ya hay tiempo o lugar o nada, entonc es caigo como te decía antes en justificaciones que por muy sensatas que me parez can no me dejan conforme. Lo que quiero decir es que aunque tú no estabas bien, que no tuviste oportunidad de disfrutar, que no conociste más que una silla de rueda s y la enfermedad, aún así, me duele no tenerte. Te escribo estas líneas con la sec reta pretensión de que si existe otro lugar puedas acercarte hoy en tu aniversar io luctuoso a leerla, o si existen otros mecanismos por los cuales puedas ponert e en contacto directo con mi voluntad y pensamiento sepas lo mucho que te extraño y la falta que siempre me vas a hacer. Apenas hoy pude sacar la foto tuya que me rega ló mamá. Le tenía pánico hermano. Y sí, comencé a llorar. Me hacía falta en verdad . Llorarte a solas, en mi departamento, sin música, sin televisión, sólo tu foto y yo, tú en mis recuerdos, tú en cada cosa que hago desde que te fuiste porque asumí que me tocaba vivir por dos. Sé que no estarás muy orgulloso si te digo que no he com ido apenas en dos días. Espero que lo entiendas y me disculpes también por eso. Ya sé que no te gustaría verme así, pero me es inevitable Santiago. ¿Quién iba a dec ir que serías actor? No se te daba tan mal. Otra de las cosas que nunca te dije es que me enorgullecía verte en los paneles de publicidad gigantes y en la televisión. Sí, me guardé muchas cosas. Me enorgullecía verte luchando por salir adelante, rogarle a Dios que te echara una mano sabiendo muy dentro de ti que era verdaderam ente complicado, aguantar vendavales de casa y familia y siendo y aceptando, cu riosamente, el crisol de nuestra casa. Ya han pasado esos días en los que te envi diaba de niño por las atenciones que te daban. Tuve que estar en terapia para comp render que las cabronadas que te hacía pertenecen a la etapa concreta de la infan cia y que no pueden juzgarse ahora al trasluz de la madurez. Me alegra haber podid o hablar contigo cada vez que llamaba a casa. Lo hacía por ti, no por nadie más. Fui ste tú el que me hizo volver a México apenas a los diez meses de haberme venido a viv ir a España. Al menos arreglamos nuestras diferencias. Perdona que no haya regr esado a tiempo y que me aferre al clavo ardiente de mi salvación telefónica de est os años, pero las cosas son así y no se pueden cambiar, por mucho que ahora quiera. Tendría muchas más cosas que decirte Santiago. Pero ya no puedo.

Ángel Remis Saucedo
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CARMEN MORENO DÍAZ
República apícola Un aire cálido del sur se coló por la ranura de una colmena de poniente. Amanecía. En su interior, la sinfonía de miles de abejas obreras parecía distinta, como si su mundo apícola se hubiera detenido de repente. - ¿Cómo vamos a conseguir más abejas si quitamos a la abeja reina, es decir, abolimos la monarquía? - Mi consigna es jalea real para todos... que, por cierto, a partir de ahora se llamará “jalea republicana”. Si alimentamos a más larvas con dicha sustancia, podremos conseguir lo que antes llamaríamos reina; ahora tendremos tres parturientas auntonomáticas o autonómicas, elegidas por concejo y que nos proporcionarán las nuevas obreras... - ¡Un panal de abejas sin abeja reina es una contrariedad! - Esto es un “quítate tú que me pongo yo” democrático...- refunfuñó una. - Chicas, nuestras compañeras las hormigas han hecho ya la revolución pro feminista y además han conseguido media jornada y fines de semana libres. - Entonces bajará la producción si se trabaja menos y moriremos en el invierno de hambre- ha dicho el abejorro conservador, enfadado. - No, porque habrá más obreras que trabajen. Haremos planes semanales para la organización de los excedentes de producción. Murmullos. Algarabía. Gritos de protesta. Confusión. Cuando Abubú abrió por primera vez sus ojos en aquella tibia habitación, presintió que todo estaba a punto de cambiar. Miró a su alrededor, asustada por el alboroto y divisó a lo lejos una abeja amordazada con un estambre de flor muy vistosa. Aquel insecto, digamos que con un porte distinto, oteaba desde su abandono cada rincón de la colmena, como grabándolas en su memoria de abeja olvidadiza. Las demás escuchaban a la líder republicana subida en un cajón de cera inestable. El grupo, deslavazado aparentemente, seguía su orden interno: Las más escépticas se agolpaban al final, ancianas, con su palillo de dientes entre sus manos. Otras, exaltadas, seguían con sus ojos el discurso enfervorizado de Adelaida; y en el centro, la indiferente mayoría, valoraba las consecuencias de un cambio revolucionario en la historia apícola. - Tendremos que elaborar una constitución para los demás paneles constituyentes, vamos, que constituyen la granja, para que me entendáis... Si los convencemos, ¡podríamos formar una granja federalista!

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- ¿Y cuál será nuestro himno? ¿Y la bandera?- preguntó una. - ¿Quién será la presidenta?- inquirió otra. - ¿Y qué pasa con los machos? - La elección a la presidenta la someteremos a voto, nombraremos una ministra de economía jaeleriana y una abeja-obrera-canguro... y, respecto a los machos, se acerca el verano rojo y es posible que la República decida expulsarlos para siempre... - ¡Eso no es democrático! - Hay que someterlo a referéndum, que las abejas proletarias sean quienes tenga la palabra. Todas se quedaron pensativas por un instante, paladeando el sabor incierto de un nuevo cambio. Parecía que la mayoría estaba de acuerdo. Fue entonces cuando al final de la sala de plenos apícolas, se escuchó: - ¿Y qué haremos con la Abeja Reina? Todas miraron al suelo, reprimiendo cualquier mirada hacia aquel insecto recluido en su condición monárquica. Ella había sido durante dos años la soberana y aún, en los ojos de las abejas, quedaban residuos del respeto antiguo que profesaron a la corona. Se sentían avergonzadas y soberbias al haber sesgado la evidente diferencia entre ambas clases, cual experimentar la sensación de igualdad por primera vez o como paladear sin permiso el sabor de la osadía. Solo Abulaida podía deshacer esa vieja sumisión. Ella misma, incapaces las otras de tomar ninguna decisión radical, sugirió que fuera una de las parturientas autonómicas durante lo que le quedara de vida. Sin embargo, la monarca, entendiendo en silencio que la decisión era ya irreversible, cogió su hatillo de polen rancio y calló su sentencia última en la que no habría reproche, solo la exhalación cadente de una despedida prematura. Miró a todas las obreras una a una, preguntándose tal vez en que había fallado el sistema, con ojos de derrota y sumisión: aceptaría el exilio para morir reina sin corona ni trono. Atrás, ya cuando desapareció por la ranura que un vigilante abrió con desprecio, dejó palmas de fiesta, conjeturas de reforma y, envuelta en la sorpresa del nuevo día, a la futura reina abandonada en una celdilla hexagonal. Abubú IV abrió los ojos por un instante, pero no entendió nada de lo que acababa de ocurrir a su alrededor.

Carmen Moreno Díaz
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ÁNGELA MARIA ROMERO
TRABAJO Todos los días salía por la puerta pensando si se la toparía por la calle. Nunca era así, ella tenía marido. A ella le gustaba comer, pero nunca se atrevió a llevarla al restaurante ese donde se come sobre mujeres desnudas. Es verdad que en el trabajo ya no trabajaba: se dedicaban a tocarse con los pies, eso era lo bueno de compartir mesa y ordenador, ella sin bragas; ella misma lo hizo varias veces, eso: ir sin bragas. Y las dos se morían por ir a mear juntas para aprovechar esos ocho minutos, metiendo dedos y chupándolos después. Y que los hombres no entiendan eso de ir juntas al baño... CALEIDOSCOPIO Sentada a horcajadas sobre él, a oscuras en las escaleras de aquel parking, ella supo exactamente lo que tenía que decir: “no te quiero” Ya está, eso era todo lo que sentía. Lentamente, sin mirarle a él, abrazados y con los ojos cerrados dijo: “te quiero” sabiendo que estaba traicionándose a sí misma. Lo dijo muy claro, muy despacio, porque era consciente de lo que significaba esa decisión. Hacía mucho frío fuera y lo había hecho todo tan mal, que prefirió olvidarse del suceso y continuar su vida donde la había dejado antes de las vacaciones.

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EL NIÑO DE CRISTAL El niño de cristal, no tuvo infancia, porque lloraba por cualquier cosa y sus pa dres quisieron protegerlo. No tuvo amigos que le quitaran la pelota, no tuvo no vias que le rompieran el corazón, no tuvo mascotas que pudieran morir, no tuvo ni nguna discusión a lo largo de su vida. Era un pequeño buda feliz que no había ido nu nca a la playa, que no había visto la nieve jamás. Los humildes padres no contaro n con la adolescencia, que fue dura y estuvo llena de candados. A los quince años e l niño de cristal lloraba por fuera mientras se llenaba de rabia por dentro. El ni ño de cristal se educó en casa, casi a la vez que su madre, que ejerció de educadora ; obviaron los pormenores de las guerras; el Holocausto apenas existió en su his toria y así infinitos detalles que crearon una realidad absurda alrededor de su pequeño buda feliz. El padre, trabajador tenaz y eficiente, cada vez estaba má s amarillo, pero nuca era el momento de ir al médico: su vida estaba, literalment e, en su casa. Allí murió, cuando el chico de cristal tenía veintidós años, la mad re rezó con la cabeza gacha y dejó que su adorado hijo la viera llorar, sin congoja ni grandes suspiros; tapó al padre, que había sido trabajador y tenaz en vida, co n la sábana que estuvo presente en la concepción y el parto de su niño de cristal. Los dos supervivientes de la familia se miraron sin pestañear apenas, alguno de ellos, madre e hijo, debió haber dicho algo. Tras una semana de luto, en la que se l loró por la guerras, el Holocausto, el padre y la vida, la madre cogió la mano de su hijo: “ya no eres de cristal, vete y encuentra a una mujer, sé feliz, sé libre hast a que tengas un hijo y sepas lo que es tener una sola responsabilidad en la vida”. L e dio las llaves de su casa y un mapa obsoleto de la ciudad que se había perdido.

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Ángela Romero

MARIO JORGE PIRO
Ta Tarot Esa tarde, al salir de la farmacia, luego de encargar sus medicinas, Paula fijó su atención en el descolorido cartel, que colgado se le anunciaba de forma extraña frente al oscuro local: LE TAROT DE MARSEILLE. Insegura abrió la pesada puerta, y un aroma a sándalo la inundó. Perfumes y ungüentos que atrapan suerte, atrapan amor, repelen el mal, repelen la envidia. Santos negros, santos rojos, santos blancos, velas negras, velas rojas, velas blancas, incienso, mirra, ruda, novenas, pirámides de cristal, talismanes, runas, péndulos, guijas, San Cono, Ceferino, gauchito Gil, madre María, Pancho Sierra, caracoles, Oxalá, pai Ogum, toda la parafernalia la observa al entrar. Una voz femenina muy ronca, en tono amable desde el fondo la invita a acercarse, y Paula obediente asiente, algo cohibida. - Hija, dime un numero entre el uno y el veintidós - la ronca voz mezcla un mazo de cartas, que en la penumbra Paula apenas distingue - Piensa o no, al caso hija es lo mismo, solo dime un número, que la rueda ya está en movimiento. - ¡Veinte! - contesta Paula dubitativa, mientras el ambiente confunde su mente. El porvenir en un número, la posibilidad de cambiar el destino, en un número, ¿será acaso esta la verdadera forma de interpretar el devenir?, ¿me estoy engañando nuevamente? Sus dudas se reflejan en el rostro, y la voz ronca anticipando sus pensamientos le contesta: - Desde el momento que pisaste el salón mis hadas pusieron en movimiento la rueda del futuro, ellas percibieron tu angustia, y tu dolor, en las vibraciones de tu cuerpo, ¿Veinte dijiste? Contando tantas cartas como lo indica el número, y guardando la última, repite el procedimiento tres veces más, extrayendo cuatro cartas, luego de unas murmuraciones que Paula apenas oye, extrae la quinta lámina, y las dispone sobre la mesa en forma de cruz. - Ya los arcanos mayores han tomado su posición, cada una de estas cinco láminas contienen poderosas fuerzas de gran simbolismo mítico, ¿Estas dispuesta a interpretar la verdad, que latente espera ser revelada? Suspirando Paula asiente con la cabeza, la ronca voz ya comienza a sonarle familiar, y el temor inicial comienza a disiparse, ahora ya más segura, la enfrenta con la mirada, sentándose frente a ella. Al observarla detenidamente, siente que la voz no encaja con el diminuto cuerpo, de esta

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enjuta y arrugada anciana de pelo blanco, que fumando un puro, le habla de forma tan particular. - A mi izquierda: LA LUNA “invertida”, a mi derecha: LA TORRE “invertida”, arriba: EL DIABLO “derecho”, abajo: EL AHORCADO “derecho”, y veo que LA PAPISA; ha tomado el centro de manera “invertida”. Bueno hija, esto es muy curioso, ¿todavía no cumpliste los cuarenta, no? La pregunta parece fluir entre el blanco humo del habano, Paula contesta con un “¡No!”, seco y firme. Tiene veinte recién cumplidos, y le molesta aparentar más edad, desde que tiene memoria, su cuerpo fue desarrollándose mas rápidamente que el común, ésto le trajo aparejado una gran cantidad de problemas, a los diez parecía “de quince”, y ahora “de cuarenta”. Era muy común que la confundieran por alguien de más edad. - ¡Mira, hija, interpretar estas cartas no tiene sentido! Tú no tienes necesidad de un ejercicio espiritual de esta magnitud, dentro de las generalidades escondidas en los arcanos, existen certezas, que a ti no te hacen falta conocer, siendo “aún”, tan joven. Paula, se mantiene sentada y firme en la silla, esta decidida a continuar y nada va a impedirlo, su decisión se nota en los seguros movimientos gestuales. -¡Para mí si tiene sentido! Si no, ¿a qué vine aquí? - A mi izquierda: la Luna carta invertida: si actualmente tienes un apoyo espiritual, alguien en quien confiar, cuídate, porque es un reflejo tuyo, él se refleja en ti, y tú en él, esto traba todo tipo de proyectos, obligándote a caminar en círculos, tras un espejismo. ¿Tú nunca fuiste creyente, verdad? - ¡No! nunca me inculcaron ningún tipo de religión… - A mi derecha: la Torre, y esta invertida. Confusión, un permanente estado de confusión rige tu vida, la imposibilidad de un desarrollo positivo te atrasa en la construcción de un futuro, los límites que te muestra esta carta, traban toda esperanza de un futuro feliz. Por lo que veo, niña, a esta altura de la lectura debemos de ponernos de acuerdo en lo esencial, dime, con la mayor sinceridad ¿qué buscas? - Todo el mundo tiene derecho a ser feliz, y yo no encuentro en ningún lugar la felicidad, no puedo recordar la ultima vez que reí con ganas, mi vida está ensombrecida por la tristeza, y siento que me estoy hundiendo en la apatía: ya nada me importa, nada me conmueve, me veo envejecer día a día. Luego del primer intento de suicidio, me internaron y trataron por largo tiempo, lo que diagnosticaron como una “gran depresión”. Por un tiempo estuve bien, pero luego recaí e intente nuevamente terminar con todo. Ahora estoy contenida por las pastillas, a las que me agarro para poder vivir. Estoy entre sombras, encerrada en mi desgano. Vi el cartel y me dije ¿por qué no? - ¡Hay hija! Todo lo que aquí te rodea es el producto de la imaginación humana puesta al servicio para la búsqueda de la “verdad”. No tiene el hombre otro deseo que el de alcanzar la felicidad, y se sirve de fuerzas que apenas conoce

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para conseguirla. Consultar los arcanos es bucear por las profundidades del alma, desentrañando los ocultos mensajes tras estas coloridas láminas. Podemos aunar sentimientos y sin mentirnos, encontrar los caminos que te lleven a lo que buscas. Hay tantas verdades como almas y la felicidad hoy, “puede tener el color de tus ojos”, pero la verdad es sólo una y “atrasar el tiempo que acelerado te cobija bajo su manto es imposible”. - Mi felicidad sería poder salir de mí misma, sentirme bien con mi ser, tener ganas de vivir, tener motivos para vivir, sentirme joven. ¡Míreme, sólo tengo veinte! Y aparento cuarenta, pero no veo la salida. - Ves, hija, esta lámina de arriba, es el Diablo, está derecha, y veo que es positivo para ti que permitas la intervención de las cartas, estas buscando un principio de actividad espiritual; si se materializara en consecuencia con tus anhelos, no todo seria tan negro. Hoy al entrar aquí, sólo pensaste en buscar una salida y en nada ni en nadie más, eso es pensar verdaderamente en uno, también es pensar el tener fe, en algo o alguien. Aquí abajo, el Ahorcado, se posó derecho, nos está diciendo entre otras cosas que debes detenerte. Tienes que invertir tus acciones y orientarte espiritualmente en un sentimiento de espera y abnegación. La quinta, la del medio, es la Papisa: la casa de Dios, el santuario, la ley, que al estar invertida confirma lo anterior, debes detenerte por un tiempo, pues tus acciones son torpes, pesadas, por eso tu desgano. Las pastillas te contienen, pero no detienen los sombríos pensamientos que avanzan, cercando tu mente. Como te darás cuenta, hija, el tarot no te ha mentido, lo dicho es el reflejo de tu pasar, estas cinco cartas en cruz son el laberinto de tu alma, y te muestran muchas salidas. - Nunca pensé en la fe, ¿orientarme espiritualmente en un sentimiento de espera y abnegación significa que debo creer, en que algo divino rige mi destino? - ¡No! Debes de creer en el orden natural de las cosas y en la imagen de un creador representante de los misterios de la vida. Mas allá del entendimiento humano está Dios. Los arcanos son puertas que, al abrirse, nos muestran diferentes niveles de lectura, abrir esas puertas es mi trabajo, descifrar que puerta es la correcta, y que camino debes tomar, es tu elección. La anciana, baja la cabeza dando por terminada la sesión. Su cuerpo inmóvil parece integrarse al esmalte y yeso de las figuras que la rodean, luego pita el puro con fuerza y expele una gran bocanada de humo blanco, sumando tinieblas al oscuro local. Paula, algo confusa por lo experimentado, deja unos pesos sobre la mesa y gana la calle. La consulta apenas duró una hora pero para el reloj interno de Paula fueron muchas más. Respirando profundamente, emprende la caminata sabe que envejece minuto a minuto; las palabras de la vieja retumban insistentes, roncas, sentenciosas: “atrasar el tiempo que acelerado te cobija bajo su manto es imposible”.

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La tarde cae a jirones entre una calle que se hace hostil a los pasos lentos de Paula, el delgado cuerpo lucha por avanzar entre el gentío que transita en febril actividad. Lo caminado hasta su casa la deja exhausta; abrir el grifo y preparar el baño acrecientan su cansancio. Desnuda ante el espejo observa sus carnes flojas, nota su espalda huesuda, encorvada, incipientes arrugas cruzan su cara robándole lozanía, los pómulos caídos anuncian una precipitada senilidad: nada en su cuerpo denota que sólo tiene veinte, y ya nada la contiene. Las pastillas quedaron en el botiquín y la hoja de afeitar muerde la marchita carne, hilos rojos surcan el agua y poco a poco la bañadera cambia de color. Los pensamientos de Paula son ahora de niña, hallo la felicidad en el color de sus ojos, sonríe, ya no siente el cansancio. *** Crónicas Policiales: Misterio y macabro hallazgo. Por las reiteradas denuncias de los vecinos por malos olores, la policía allanó una vivienda ubicada en el barrio de Boedo. Grande fue la sorpresa de los pesquisas al encontrar en la bañadera el cadáver descompuesto de una recién nacida. Se ignora el paradero de la dueña del lugar, y para la policía este caso es un verdadero misterio.

Mario Jorge Piro
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TERESA FERNÁNDEZ UREÑA
Dolorror
Remueve, revuelve, devuelve. Atrapa. Engulle. Dolor que sorbe y traga las tripas. Y las vísceras. Visceralmente. Dolor descoyuntador. Dolor deshuesador. Quebrantador. Resquebrajador. Fulminador. Dolor violador. Hacia el centro, hundido hacia dentro. Vuelve de sí mismo, volviendo del revés, volviendo vuelto. Te aspira, te saliva y te deglute. Te enrolla en un lío que se anuda. Te tuerce y te retuerce. Topando, chocando, tras-pasando. Golpeando con puños de sordos porrazos.

Pena incesante. Indomable. Tristeza enraizada. Desarraigada. Llanto inevitable. Irremediable… Crispación. Languidez. Inquietud. Vaguedad. Miseria personal. Dolor. Dolor. Profundo e intenso dolor. Dolor de alma. Dolor que empuja, aprieta, oprime, estrangula, aplasta, machaca, marchita. Dolor triturador. Dolor que desgarra las entrañas, arañando, rasgando, raspando, escociendo, irritando. Carraspeando. Dolor que escarba y despedaza podridos jirones, tropezones de ser. Infectados. Infestados.

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Trompazos. Bocados rabiosos, cargados. Pellizcos de furia enfermiza, histeria que tira. Mientras goterones de lágrimas resbalan y caen,

presiona, aprisiona, apisona. Estruja, ahoga, ahorca.

resbalan y caen… Sufre. bullendo a borbotones. Castiga. Hirviendo. Revienta. Dolor ebullición. Liquida. Achicharrador. Muere… Dolor desesperado que chilla y acuchilla susurrantes aullidos, agudos gemidos. Escalofríos. Dolor punzante de ojos hinchados y escocidos. Dolor jaqueca, dolor migraña. Dolor que exprime. Que se agarra. Dolor desnucador. Dolor agrio. Dolor nausea, arcada. Dolor vomitado que vomita. En ti. A ti. De ti. Dolor espeso, viscoso, pegadizo, pegajoso... Dolor que escupe. A la cara. Y a los ojos.

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Dolor repugnante, repulsión. Dolor expectoración. Loco, desquiciante. Dolor torturador. Dolor verdugo. Dolor trauma. Dolor carga, peso, lacra... Ironía. Desvarío. Delirio. Risa boba. Abstracción, ausencia, evasión. Mente absorta, mente ausente, mente quieta. Cuerpo inmóvil, calma reflexiva, introspección… ...silencio. Cansancio. Derribo. Flojera. Hálito, soplo, aliento.

Aire. Bocanada, la última o la primera… Quietud. Ovillarse, envolverse, acurrucarse. Recogerse. Encogerse. Respirar. Espirar. Caer. Dormir. Soñar. Ciclo. Espiral. Ciclo. Espiral. Ciclo. Espiral… …Expirar.

Teresa Fernández
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Revista trimestral de literatura, opinión y arte en general
Todos los textos e imágenes incluidos en Groenlandia pertenecen a sus respectivos autores y artistas. Groenlandia respeta las opiniones de sus colaboradores – las cuales son de su total responsabilidad - y defiende la autoría de sus obras. Groenlandia expresa que, para proteger nuestra cultura, es esencial proteger las ideas originales de sus autores porque las mismas son un trabajo de imaginación y esfuerzo únicos. Queda totalmente prohibida la reproducción, total o parcial, de alguno de sus contenidos en cualquier medio.
¿Te gustaría participar en Groenlandia? Si es así, mándanos tus ensayos y tus obras – poesía, cuentos, relatos, poesía visual, etc – a la siguiente dirección: tierra.verde.de.hielo@gmail.com. Dudas, quejas, críticas y sugerencias a tierra.verde.de.hielo@gmail.com. revista.groenlandia@gmail.com. revista.groenlandia@gmail.com. Para contactar con la jefa,

yosoyperiquillalospalotes@gmail.com. yosoyperiquillalospalotes@gmail.com. PRIMERA EDICIÓN DE ESTE NÚMERO: Junio 2008. SEGUNDA EDICIÓN DE ESTE NÚMERO (revisado y mejorado): Noviembre del 2008.

Depósito legal: CO-686-2008
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REVIISTA GROENLANDIIA REV STA GROENLAND A
Córdoba, 2008

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