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Javaloy, F., Cornejo, J.M. y Bechini, A. (1990): España vista desde Cataluña.

Estereotipos étnicos
en una comunidad plural. Barcelona: PPU. (pp. 23-41)
Cap. 1. LOS ESTEREOTIPOS, EN EL PUNTO DE MIRA
En el marco de un amplio y documentado análisis de las comunidades autónomas
("Regionalismo y autonomías en España, 1976-1979") afirma García Ferrando que
Cataluña es la comunidad que, durante las dos últimas décadas, ha recibido una más
nutrida corriente migratoria de familias procedentes de otras regiones del Estado. Ello no
ha hecho más que reforzar una intermitente tradición migratoria que tiene lugar a lo largo
del presente siglo, cuyo resultado ha sido un intenso contacto entre los diversos pueblos de
España con todas sus variedades culturales.
1.1. EN UNA COMUNIDAD PLURAL
Nuestro estudio se sitúa pues en una de las comunidades más plurales del Estado, en un
territorio donde la población autóctona se ha habituado a convivir con inmigrantes de
diversas regiones y nacionalidades españolas, especialmente andaluces, y ha visto nacer en
su suelo a varias generaciones de hijos de inmigrantes que procuran adaptarse a nuevas
formas de vida sin renegar de sus orígenes. La más viva expresión de esta
realidad-mosaico la constituye el área metropolitana de Barcelona, objeto de esta
investigación, cuyo porcentaje de inmigrantes se aproxima al 50 por 100.
Es en este área barcelonesa, verdadero crisol de diferentes
grupos étnicos, donde hemos querido preguntarnos: ¿qué opinión tienen los catalanes
sobre los andaluces, aragoneses, gallegos, valencianos y vascos? ¿qué postura tienen los
inmigrantes ante la población nativa? En definitiva, se trataba de averiguar los estereotipos
y actitudes de unos hacia otros.
Hemos de confesar que la presente investigación despertaba en nosotros un particular
atractivo por ser conscientes de que, aunque trabajábamos con datos procedentes de una
exigua muestra, estos poseían un notable valor ya que representaban las opiniones de una
amplia población. De hecho, este era el primer estudio de esas características realizado en
Cataluña y, por lo que sabemos, en el Estado español, ya que un importante trabajo que
guarda alguna similaridad con el presente, el realizado por Sangrador (1981), sólo tuvo en
cuenta la población universitaria. Por otra parte, hemos de mencionar un estudio
antropológico elaborado por Barrera (1985), aunque debe puntualizarse que la muestra
que en él se toma corresponde a un área diferente de la nuestra (en concreto, la llamada
"Catalunya vella", al norte de esta comunidad) y sólo aborda pasajeramente el tema de los
estereotipos.
1.1.1. Convivencia y proceso autonómico
Es razonable pensar que la convivencia entre inmigrantes y nacidos en Cataluña haya
influído en los estereotipos y actitudes de unos hacia otros, teniendo en cuenta estudios de
temática semejante realizados en otros países. Klineberg (1963) cita diversos trabajos que
constatan que los cambios en las condiciones políticas y económicas han producido
también una transformación, refuerzo o debilitamiento en las imágenes simplificadas o
estereotipos de otros grupos. Nos referiremos más adelante a este fenómeno, en diversas
ocasiones.
En el caso que en estas páginas nos ocupa, podríamos, por ejemplo, preguntarnos: ¿cuál
ha sido el impacto de la convivencia entre catalanes y andaluces sobre los estereotipos que
ambos mantienen? Contestar seriamente a esta cuestión no es posible por el momento,
dado que hubiera sido necesario realizar un estudio longitudinal e ir administrando
cuestionarios periódicamente a lo largo de las últimas décadas para ser capaces de ofrecer
una respuesta ponderada; a no ser que pudiera aplicarse una técnica fiable de análisis de
documentos. Lo que ciertamente podemos afirmar es que tal convivencia ha influído al
respecto. Como también es razonable inferir que las confrontaciones políticas mantenidas
en el pasado reciente, probablemente, han dejado huella, como ha ocurrido y ha sido
constatado en algunos países (Buchanan y Cantril, 1955; Salazar y Marín, 1977).
Un factor que parece haber introducido cambios en los estereotipos es el desarrollo del
proceso autonómico que ha tenido lugar en todo el Estado durante los diez últimos años.
Nosotros hemos tenido ocasión de observar alguno de sus probables efectos. En concreto,
notamos, por ejemplo, que en la citada investigación de Sangrador, que pasó un
cuestionario en 1979 preguntando opiniones sobre andaluces, catalanes, gallegos y vascos,
sólo se atribuyó al último grupo citado el ser "amantes de su tierra" como principal rasgo,
mientras que ocho años después hemos detectado nosotros que dicha característica es
atribuída en primer lugar no sólo a los gallegos sino también a los catalanes, valencianos y
vascos.
Otra prueba evidente de la incidencia del contexto social e histórico sobre los estereotipos
ha sido un fenómeno que hemos denominado "la politización de la imagen del vasco". Los
miembros de este grupo fueron vistos, hace un cuarto de siglo (Rodríguez Sanabra, 1963),
como "religiosos, honrados, serios, buenos" etc., mientras que hoy son percibidos como
"amantes de su tierra, separatistas, fuertes, extremistas y violentos".
1.1.2. Grupos étnicos organizados en comunidades autónomas
Los seis grupos étnicos (andaluces, aragoneses, catalanes, gallegos, valencianos y vascos)
estudiados se halla organizados, a nivel de administración territorial, en comunidades
autónomas, reconocidas como tales por la Constitución española y aprobadas en
referéndum por las distintas poblaciones en las consultas populares celebradas a partir de
1979.
El establecimiento de tales comunidades no fue otra cosa queun reconocimiento por parte
de la Administración de la realidad plural del Estado español en base a la existencia de
grupos étnicos diferenciados no sólo por vivir en un determinado territorio sino por poseer
una serie de rasgos peculiares de carácter histórico y cultural. Ello era especialmente cierto
con referencia a tres de los grupos estudiados que son nacionalidades históricas: catalanes,
vascos y gallegos.
No nos interesa aquí aclarar el concepto de comunidad autónoma, dada su naturaleza
política, sino el de grupo étnico, que es el que sí tiene realmente un contenido psicosocial.
El sociólogo Max Weber (1961) definió los grupos étnicos como aquellos grupos humanos
que mantienen una creencia subjetiva en su descendencia común, ya sea debida a
similitudes en el aspecto físico o en las costumbres o en ambas cosas. En esta definición se
encuentran los dos elementos advertidos en la definición de Max Weber: un elemento
subjetivo (creencia de pertenecer a un grupo y un elemento objetivo (el poseer una historia
o descendencia común, similitud en el aspecto físico y/o costumbres). Weber especifica el
elemento objetivo aludiendo a toda una gama de manifestaciones culturales peculiares del
grupo étnico, tales como su lengua, su religión, memoria política y conducta social. Similar
a este concepto es el adoptado recientemente por Fishman (1985).
En la mayoría de definiciones antropológicas de grupo étnico ,como las de Esteva (1984) o
Zamora (1988), encontramos estos dos elementos subjetivo y objetivo, aludiéndose al
primero con expresiones tales como "comunidad consciente de su identidad y
singularidad" (Esteva) o "los miembros se sienten unidos por una consciencia de
singularidad" (Zamora), mientras que las referencias al elemento objetivo se efectúan
haciendo mención de una historia y cultura común, e incluyendo aspectos diferenciadores
tales como la lengua, folklore, conciencia política, territorio etc. Sin embargo, se señala
que todos estos aspectos objetivos no son imprescindibles sino que lo principal es el
elemento subjetivo: identidad común, autoconciencia colectiva, auto adscripción grupal.
Desde el punto de vista psicosocial, Henri Tajfel (1984)considera que un grupo es un
conjunto de personas que sienten que son un grupo. Añade Tajfel que ello puede tener
efectos cognitivos (los individuos conocen que pertenecen a un grupo), valorativos
(consideran positiva o negativa la pertenencia) y emocionales (como sentir amor u odio al
propio grupo o a los que se relacionan con él). En esta línea, Turner (1982) define el grupo
social como "dos o más individuos que comparten una identificación social común de ellos
mismos...se perciben a sí mismos como miembros de la misma categoría social". Por
nuestra parte, estamos de acuerdo en que lo distintivo de un grupo, a nivel psicosocial es el
sentimiento de pertenencia a él y, por tanto, el compartir una misma identidad social, el
tener una conciencia de "nosotros".
¿Y que es un grupo étnico, desde nuestra perspectiva psicosocial? Un conjunto de personas
que sienten que son un grupo cultural, es decir, que comparten una misma identidad
cultural, una conciencia de poseer unas características culturales que llaman "nuestras". Se
dan también en nuestro concepto (al igual que en las primeras definiciones ofrecidas),
tanto el elemento subjetivo (identidad social compartida, con sus aspectos cognitivos,
valorativos y emocionales), como el elemento objetivo, que puede abarcar aspectos
culturales muy diversos como los antes citados.
Es el sentido que acabamos de decir que consideraremos que los grupos estudiados en este
libro (andaluces, aragoneses, andaluces, catalanes, gallegos y vascos) son grupos étnicos.
Lo son porque se consideran tales (hablan en términos de "nosotros, los andaluces" o
"nosotros, los vascos" y lo son también porque comparten unas características culturales
que tendremos ocasión de concretar en el capítulo 2. Podemos añadir que lo son también
porque "se autocategorizan con un alto grado de aprobación dentro del modo de
comportarse... y los otros están de acuerdo en categorizarlos dentro de ese mismo
comportamiento" (Tajfel, 1984). Prueba de esto último es la notable semejanza entre los
comportamientos que los grupos por nosotros estudiados se atribuyen a sí mismos y los
comportamientos que otros grupos les atribuyen: ambas cosas tendremos ocasión de
comprobarlas en los estereotipos e imágenes que analizaremos en el presente libro. Y
también podremos ver las consecuencias valorativas y emocionales de pertenecer a un
grupo étnico.
1.2. LOS ESTEREOTIPOS, COMO FORMA DE VER EL MUNDO
Percibir el mundo a través de estereotipos es algo tan normal que lo que realmente parece
infrecuente es captarlo de otra manera. Ello hace comprensible la multitud de tópicos,
refranes, frases hechas o etiquetas verbales que constantemente encontramos en las
conversaciones diarias o en los mensajes de los medios de comunicación social. Se trata
en realidad de modalidades diversas del pensamiento estereotipado que forman una parte
importante de lo que con acierto T. Ibáñez (1988) ha denominado "ideologías de la vida
cotidiana".
Ante un fenómeno tan extendido es lógico que nos interese conocer su naturaleza así como
las causas de su amplia difusión.
1.2.1. Qué son los estereotipos y por qué resultan inevitables
Los estereotipos son "creencias hipersimplificadas, rígidas y generalizadas acerca de
grupos de gente según las cuales todos los individuos del grupo se considera que tienen un
mismo conjunto de características dominantes" (Furnham y Lamb, 1986).
Analizando los términos empleados en la definición, podemos precisar que los estereotipos
son creencias con las siguientes características:
§ hipersimplificadas: reflejan una realidad tan pobre y desprovista de matices que
queda distorsionada;
§ rígidas: son inflexibles, no se realimentan ni suelen variar con la información
nueva;
§ generalizadas, es decir compartidas por los miembros de una sociedad, y
§ que se aplican por igual a todas las personas pertenecientes al grupo estereotipado,
que quedan desprovistas de atributos individuales.
Los estudios de Allport (1971) acerca de la naturaleza del prejuicio pusieron de relieve,
entre otras cosas, que los estereotipos son hasta cierto punto inevitables ya que derivan del
modo humano de conocer, son una consecuencia de nuestra forma de percibir y pensar la
realidad. Tomando como referencia las ideas de Allport, es posible afirmar que el
conocimiento humano reúne,como mínimo, cuatro características: es un conocimiento
categorial, generalizador y estable. A continuación, explicaremos brevemente estas
características, que no son otra cosa que estrategias de adaptación a la realidad, y
observaremos su conexión con la estereotipia.
El conocimiento humano es categorial, es decir, funciona a base de categorías, porque
necesita hacerlo. En efecto, vivimos en un mundo tan complejo que nos resulta imposible
orientarnos en él a menos que reduzcamos y simplifiquemos la multiplicidad de estímulos
que nos rodea. La estrategia que empleamos para simplificar el conocimiento de la realidad
es la categorización: el agrupar en categorías abstractas la multiplicidad de objetos y
personas que encontramos, en base a ciertas características comunes, hace posible una
percepción estructurada y, consiguientemente, una comprensión de la realidad. Sin
categorías, la realidad nos parecería caótica, inexplicable y, en consecuencia,
impredecible.
El conocimiento por categorías es generalizador ya que aplicamos a la totalidad de los
elementos que componen una categoría las características propias de ésta. El conocimiento
tiende también a ser estable: la construcción de conceptos, que hace posible el
pensamiento, representa un esfuerzo de estabilidad y modulación que frecuentemente va
asociado a cierta rigidez. Finalmente, puesto que aquí nos referiremos concretamente al
conocimiento social, hay que añadir una cuarta característica a las ya mencionadas: este
conocimiento es compartido por todas aquellas personas que forman parte de una serie de
grupos y configuran una misma cultura.
Los rasgos que hemos señalado como definitorios del estereotipo son resultado de la
acentuación exagerada de las cuatro características distinguidas en el conocimiento
humano, en su vertiente social. Así, en el estereotipo observamos lo siguiente:
§ las categorías alcanzan tal grado de simplificación (o hiper simplificación) que
convierten la realidad en una caricatura;
§ las generalizaciones son tan absolutas e indiferenciadas queno prestan atención a
las diferencias individuales de las personas que forman parte de la categoría,
siendo éstas consideradas prácticamente idénticas;
§ las creencias son tan rígidas y resistentes al cambio que todo hecho que las
contradiga es rechazado o bien es interpretado en forma distorsionada para
acomodarlo a la categoría, y
§ el carácter compartido del conocimiento es tal que el sujeto acepta pasivamente las
creencias estereotipadas sin oponer razonamiento crítico alguno.
En la medida que el conocimiento humano no es capaz de ser siempre complejo, flexible y
crítico podemos decir que tendemos a caer en el estereotipo. De ahí, su amplia difusión y
el consenso de que muchos de ellos gozan. Ahora bien, el peligro del consenso es que la
gente suele asumirlo como criterio de "verdad" y ello produce cerrazón en las propias
opiniones aun cuando nuevos hechos exijan cambiarlas (Nemeth, 1989).
Aunque los estereotipos más estudiados se refieren a los grupos étnicos, encontramos, en
realidad, estereotipos en todos los dominios de la vida social: los hay referentes a ambos
sexos, a las ocupaciones, al ciclo vital, a la familia,a la clase social, al estado civil, a la
desviación social, etc. Los estereotipos, en cuanto manifestación del conocimiento vulgar
y acrítico, se oponen, como ha notado Munné (1989), al conocimiento científico,
caracterizado por la crítica y el rigor.
Los recientes estudios del sociocognitivismo (por ejemplo,Hamilton, 1981) ha reafirmado
el papel crucial de los estereotipos en la percepción de otros seres humanos, describiendo
asímismo, con amplio apoyo empírico, los sesgos en el proceso de la información que
generan y mantienen los estereotipos. Es significativa al respecto, la posición de
Bodenhausen y Wyer (1985), que sostienen que las personas utilizan prioritariamente los
estereotipos para interpretar la información compleja sobre individuos y grupos, buscando
otras interpretaciones sólo cuando los estereotipos no ofrecen explicación suficiente.
1.2.2. El hábito de clasificar a las personas
Todos hemos tenido ocasión de observar que, normalmente, las personas se sienten
molestas cuando en lugar de ser consideradas como seres individuales y diferenciados se
las clasifica en categorías como si fueran objetos intercambiables. Al parecer, ello es
percibido como una amenaza a nuestra preciada identidad personal. Sin embargo, hemos
visto que captar la realidad a través de un enrejado de categorías es hasta cierto punto
inevitable, dadas las características de la forma humana de conocer. Incluso, podemos
constatar también que nos percibimos a nosotros mismos como miembros de categorías
sociales.
Los estudios sobre el papel de la categorización en la formación de estereotipos, que había
iniciado Allport, han tenido un brillante desarrollo, durante las dos últimas décadas,
especialmente, gracias a los trabajos experimentales de Tajfel, Billig y colaboradores. A
continuación, expondremos, algunas de las principales conclusiones de estos estudios, y de
otros que se han derivado de ellos, que pueden resultar útiles para la interpretación de los
resultados de nuestro propio trabajo.
a) El favoritismo endogrupal
El simple hecho de categorizar a un individuo como miembro del propio grupo (endogrupo
o ingroup) o como miembro otro grupo diferente (exogrupo o outgroup) tiene
consecuencias tan amplias que pueden sorprender. Numerosos trabajos (por ejemplo,
Tajfel et al., 1971; Tajfell y Billig, 1974) demuestran que basta que un individuo se
considere miembro de un endogrupo, aunque sea en función de un aspecto trivial (como el
preferir ciertos cuadros), para que evalúe más favorablemente a los que considera también
miembros de su endogrupo, con lo que dará muestras de favoritismo endogrupal. Esta
tendencia, una de cuyas manifestaciones es el etnocentrismo, nos conduce a crear y
mantener una autoimagen favorables, una "distintividad positiva" del propio grupo (Tajfel,
1984). Como contrapartida del favoritismo endogrupal, se da una tendencia a discriminar o
considerar menos favorablemente a los miembros de exogrupos.
En conclusión, los dos fenómenos citados de signo contrapuesto dan lugar a estereotipos
favorables hacia el endogrupo (auto estereotipos) y estereotipos menos favorables hacia los
exogrupos (hetero estereotipos). Aplicando lo dicho a nuestro trabajo, cabrá esperar que
los sujetos catalanes construyan estereotipos positivos acerca de sí mismos y estereotipos
menos favorables hacia andaluces o gallegos, por ejemplo. De los sujetos no catalanes
puede esperarse estereotipos de signo contrario a los anteriores.
b) La diferenciación categorial
Desde que Tajfel y Wilkes (1963) realizaron un experimento ya clásico sobre la
percepción de líneas, han sido muchos los trabajos que han demostrado que cuando se
juzga un estímulo (un objeto material o una persona) la opinión sobre él varía en función
de la categoría en que lo situamos, de manera que: a)se acentúan las diferencias entre los
estímulos que pertenecen a distintas categorías, y b)se minimizan las diferencias entre
estímulos de la misma categoría.
Expresemos la diferenciación categorial con un ejemplo. Cuando percibimos a un
individuo de raza gitana, tendemos a acentuar las diferencias entre éste y los payos, a ver el
color de su piel, su cabello y su forma de hablar exageradamente diferentes de los que no
son gitanos. Al mismo tiempo, vemos a los gitanos como más semejantes entre sí de lo que
realmente son, prestando escasa atención a las diferencias individuales entre ellos. De la
misma forma, solemos captar de forma exagerada las diferencias entre andaluces y
catalanes, a la vez que percibimos a los andaluces como excesivamente semejantes entre
sí y a los catalanes como demasiado parecidos unos a otros.
Desde el planteamiento anteriormente expuesto, Doise (1986,310) ha ofrecido una
interesante definición de estereotipo, afirmando que éste existe "cuando varios miembros
de un grupo acentúan las diferencias que existen entre los miembros de su grupo y los
miembros de otro grupo, acentuando así mismo las semejanzas entre los miembros de ese
otro grupo".
Pero los miembros de un grupo étnico no son percibidos como más semejantes en todos los
aspectos por igual. Tajfel (1984, 143) demostró que "a los individuos de un grupo étnico se
los percibe como más semejantes entre sí en relación a los rasgos que forman parte del
estereotipo del grupo que en relación a los rasgos que no se consideran como
característicos de ese grupo". Por ejemplo, los aragoneses serán considerados más
parecidos entre sí en tanto que son vistos como nobles y tozudos (estereotipo del grupo).
Otra importante conclusión de los estudios mencionados es que una persona "presta más
atención y hace más distinciones dentro de un grupo cuanto más familiarizado está con
dicho grupo" (Taylor et al., 1978, 781). Así, Malpass y Kravitz (1969), en su estudio de
reconocimiento de caras, encontraron que los sujetos de raza blanca no eran capaces de
distinguir con igual precisión los rasgos de caras negras que los rasgos de caras blancas.
De igual manera, puede preverse que los catalanes harán más distinciones al describirse a
sí mismos que al describir a otros grupos que le resultan menos familiares.
c) Conducta y realidad social
Los estereotipos no sólo sirven para caracterizar a losindividuos en base a su pertenencia a
grupos, sino también para predecir sus conductas y para interpretarlas (Stephan y
Rosenfield, 1981). Uno de los resultados del proceso de categorización es que la conducta
de los miembros de un grupo llega a ser explicada en términos de los estereotipos que se
les aplican (Taylor et al., 1978). De acuerdo con lo anterior, una conducta afectuosa
realizada por una mujer puede ser vista como maternal, y una conducta agresiva ejecutada
por un hombre puede ser etiquetada de machista. Similarmente, una broma en un andaluz
puede ser considerada como propia del "carácter andaluz" (al que se considera gracioso y
divertido); una conducta insistente puede ser interpretada como "constancia" si es realizada
por un catalán y como "tozudez" si es realizada por un aragonés.
Se ha advertido que cuando uno o unos pocos miembros de ungrupo se encuentra dentro
de un grupo más amplio (como ocurriría con uno o dos gitanos en un grupo de payos) con
características diferentes, es mayor la probabilidad de que la conducta del grupo
minoritario sea interpretada en función del estereotipo de ese grupo, dada su mayor
"saliencia" o destacabilidad (Taylor et al. 1978). Esto hace pensar que la conducta de un
andaluz o un vasco será más interpretada de acuerdo con sus respectivos estereotipos
cuando es juzgada en Barcelona (donde los miembros de estos grupos constituyen minoría)
que cuando lo es en sus comunidades de procedencia. Sería interesante la verificación de
una hipótesis como la que acabamos de apuntar.
La relación entre estereotipo y conducta no se agota en el hecho ya mencionado de que los
estereotipos sirven para predecir y explicar conductas. Los estereotipos sociales, aun en el
caso de que carecieran del "fondo de verdad" que se les suele atribuir, sirven de estímulo
generador de respuestas o conductas. De hecho, algunas veces se ha demostrado que
carecían de toda base (en contra del refrán "cuando el río suena, agua lleva"). Tal es el caso
de La Piere (1937), que demostró que el estereotipo de armenio era una fantasía colectiva,
o de Hartley (1946), que puso en evidencia a las personas que decían no estar dispuestos a
casarse ni con danerianos ni con pirenianos (grupos imaginarios). Nuestra conclusión es
que los estereotipos, no importa sean verdaderos o falsos, forman parte de la realidad social
construída por los sujetos y que esa realidad social, aunque fuera completamente falsa,
influye realmente en su conducta. La discriminación que sufrían los armenios
estereotipados no era ninguna fantasía.
No hablamos aquí pues de la realidad, sino de la construcción o, como diría Moscovici
(1981), de la representación social de la realidad. Tal como argumentaron Berger y
Luckman (1967), la realidad social no está "ahí fuera" para ser captada por nosotros, sino
que somos más bien nosotros los que la construímos a partir de la información que
recibimos de nuestro contexto social. Así las cosas, si las personas definen una situación
como real, ésta es real en sus consecuencias (Thomas, 1937).Al margen de los extremos
mencionados, lo que parece claro es que si creemos, por ejemplo, que los gallegos son
desconfiados y supersticiosos, es probable que les tratemos como a tales e incluso es
posible que nuestra percepción de ellos se vuelva selectiva, que interpretemos su
conducta en términos del estereotipo y nuestras predicciones se hagan realidad. Es la
"profecía que se cumple por sí misma", fenómeno ampliamente confirmado en las
investigaciones sobre estereotipos, desde trabajos como el de Rosenthal y Jacobson
(1968) hasta el más reciente (Snyder, Tanke y Berscheid, 1988).
A la luz de la teoría del etiquetamiento, aplicada a la desviación social (Becker, 1971,
Lemert, 1967), se ha visto la potencialidad del estereotipo no sólo para describir la realidad
sino para crearla. El estereotipo-etiqueta puede convertirse en estigma (Goffman, 1970)
que marca, en el peor sentido de la palabra, al grupo etiquetado y le margina, convirtiendo
al presunto desviado en un desviado real que tenderá a comportarse tal como le ven los
demás y "cumplir las profecías". Allport (1971, 204ss.) habla al respecto de "rótulos con
carga emocional" (como "marica" en lugar de homosexual, o "moro" en vez de árabe). Un
rótulo popular en Cataluña hace un tiempo, y afortunadamente poco usado hoy, es el de
"xarnego" con que se calificaba a la "persona de llengua castellana resident a
Catalunya i no adaptada lingüísticament al seu nou país" (Diccionari de la Llengua
Catalana, de la Enciclopedia Catalana, 1985). Algunos calificativos de estereotipos como
"separatista" o "tozudo" pueden convertirse en rótulos con carga emocional que resumen
una actitud desfavorable hacia un grupo.
1.2.3. La estructura de los estereotipos
Descubrir la estructura que subyace en los estereotipos ha sido una de las metas que más
fascinación han despertado en un buen número de investigadores. Esta misma meta, que
refleja una preocupación constante tanto en los primeros como en los más actuales
representantes del sociocognitivismo, ha sido una de las obsesiones que ha guiado nuestro
trabajo.
Los estudios de cognitivismo social ponen de relieve desde sus comienzos (Asch, 1946)
que toda percepción, tanto de objetos como de personas, se halla estructurada. Igual que no
percibimos un prisma como una serie de aristas y caras sino como una estructura global, no
captamos a una persona como un conjunto de rasgos físicos y psíquicos aislados entre sí,
sino como un todo más allá de los elementos que los componen. Consiguientemente, los
estereotipos e imágenes de las comunidades no deben ser considerados, a pesar de que con
frecuencia así ha ocurrido, como meras colecciones de palabras asociadas a las distintas
comunidades, como una serie de adjetivos yuxtapuestos más o menos curiosos y
divertidos. Debe haber pues una estructura en los estereotipos sobre las comunidades que
vamos a estudiar.
La investigación sociocognitiva reciente ha propuesto una gran variedad de constructos
para referirse a las unidades de conocimiento con que el ser humano estructura la
información. Munné (1989) hace un recuento de estas unidades refiriéndose a los
esquemas, scripts, categorías, marcos, teorías implícitas, prototipos, etc. Nosotros, en el
capítulo 6, acudiremos a dos de estos constructos, los citados en último lugar, en nuestro
búsqueda de la estructura de los estereotipos.
1.3. LA DIMENSION SOCIAL DE LOS ESTEREOTIPOS
La inmensa mayoría de estudios que dicen tratar sobre los"estereotipos" se refieren en
realidad únicamente a los estereotipos sociales. Sociales porque son compartidos por un
gran número de personas y también porque se atribuyen a grupos. Si bien la omisión del
calificativo "social", debida a una simple norma de economía, carece de la menor
importancia, lo que sí resulta realmente grave es que apenas haya sido tenido en cuenta el
carácter social de los estereotipos y se ha hablado de ellos como si se tratara de una mera
colección de juicios individuales que casualmente coinciden entre sí.
Tan grave olvido ha sido lamentado por Tajfel (1984, 28),quien afirma que "el estudio de
los estereotipos sociales por parte de los psicólogos sociales no será sino una parodia de
nuestra realidad, a menos que el término social se tome seriamente como punto de apoyo
de nuestro trabajo sobre el tema" (las cursivas son del autor). Esta recriminación es
semejante a la que el mismo autor dirige a la psicología social tradicional al hablar de "su
común olvido de la inserción del comportamiento y experiencia individuales o
interindividuales en sus marcos sociales más amplios" (1984, 33). En la misma línea, entre
nosotros, denuncia Torregrosa el intento de la psicología social de "encapsular en el
laboratorio" los procesos sociales estudiados, desconectándolos de otros procesos del
contexto social "de los que realmente dependen y en los que adquieren su sentido"
(Torregrosa y Crespo, 1984, 52).
Lo dicho equivale a afirmar que lo que se ha echado en falta en los trabajos sobre
estereotipos ha sido los niveles superiores de explicación psicosocial, de acuerdo con el
análisis de Doise (1982). Los niveles mencionados son el posicional y el ideológico. El
primero tiene en cuenta un conjunto de variables (como el status o la clase social) que se
hallan relacionadas con la inserción del individuo en la sociedad y que configuran su
identidad social, o "conocimiento que el individuo tiene de que pertenece a ciertos grupos
sociales, junto con el significado valorativo y emocional asociado a dicha pertenencia"
(Tajfel, 1972, 131). En cuanto al nivel ideológico, éste implica las representaciones
colectivas, sistemas de creencias, modelos y esquemas culturales. Nosotros, en la Tercera
Parte del presente trabajo, tomaremos en consideración las variables del nivel posicional,
mientras que en la Segunda Parte tendremos en cuenta algunos aspectos del nivel
ideológico, como la influencia de diversas pautas culturales en los estereotipos.
1.3.1. Funciones sociales de los estereotipos
Atender a la dimensión social de los estereotipos implica también, como observa Tajfel
(1984), preguntarnos por las funciones sociales que cumplen los estereotipos para el grupo
que los adopta así como por las condiciones sociales que se requieren para que los
estereotipos se creen y difundan ampliamente. Según el citado autor, las condiciones
requeridas serían las siguientes: necesidad de explicar graves acontecimientos sociales,
justificación de acciones contra exogrupos y diferenciación positiva de los endogrupos. En
los tres casos, los estereotipos pueden servir de material que, articulado con una serie de
creencias, valores y objetivos grupales, permite la construcción de una ideología. No debe
sorprender la importancia que cobra la ideología en esa muestra del conocimiento vulgar
que es el estereotipo cuando resulta que la ideologización es también un fenómeno
"inherente al conocimiento propiamente científico", como argumenta recientemente
Munné (1989, 51).
Consiguientemente, las tres funciones sociales dichas se pueden resumir en una: la función
ideológica. En las ideologías, al igual que suele ocurrir en los estereotipos étnicos podemos
distinguir una definición del endogrupo, perfectamente diferenciado y con características
positivas (bueno, honrado, auténtico, justo) y una definición del exogrupo, con rasgos
opuestos. Las características atribuidas son en realidad racionalizaciones que permiten
crear y mantener una identidad o distintividad positiva, al mismo tiempo que culpar a los
exogrupos de cualquier suceso desagradable y justificar la agresión contra otros grupos
como acto de legítima defensa.
Son incontables los ejemplos históricos de creación de estereotipos negativos contra
exogrupos (brujas, nativos de países coloniales, inmigrantes, judíos, etc.) con objeto de
atribuir a éstos la responsabilidad de hechos desgraciados y justificar su exterminio.
Algunos de estos ejemplos de grupos sociales convertidos en "chivos expiatorios" son
descritos por Tajfel al hablar de la "ideologización de acciones colectivas" (1984),
Ashmore (1970) cuando se refiere a las situaciones de dominio sobre un grupo oprimido y
a la de conflicto intergrupal o Javaloy (1983) al analizar la historia del fanatismo. En estos
casos, los estereotipos se convierten en el núcleo de prejuicios, es decir, de juicios
infundamentados y desfavorables que tienden a la acción.
Los estereotipos creados hacia los inmigrantes constituyen un buen ejemplo de la
tendencia a "ideologizar" la acción contra ellos. Klineberg (1963) ha observado la
tendencia a considerarles indiscriminadamente en Estados Unidos como criminales e
indigentes, citando un estudio de Schrieke (1936), que advirtió la fluctuación en los
estereotipos sobre los chinos inmigrantes de California al mismo ritmo que la coyuntura
económica: al principio (cuando se les necesitaba), fueron considerados "trabajadores,
ahorrativos, tratables y respetuosos", pero al llegar la época de la competencia con ellos se
les vio como "diferentes, exclusivistas, peligrosos y degenerados". En la actualidad,
observamos en Europa una ola de racismo, respaldada por el desarrollo de estereotipos
desfavorables hacia las minorías étnicas, que parece estar relacionada también con un
cambio en la situación económica y laboral. En Cataluña, ha podido apreciarse igualmente
un creciente número de noticias en la prensa referentes a acciones de discriminación contra
africanos y gitanos.
Las funciones sociales a que nos hemos referido se hallan facilitadas por una consecuencia
inseparable de todo estereotipo: la despersonalización. Los importantes efectos de este
fenómeno, que tiende a conducir a la deshumanización (Zimbardo, 1970), justifican que
nos ocupemos de él a continuación.
1.3.2. Hombres estereotipados, hombres sin rostro
Hemos observado que los estereotipos nos hacen percibir a las demás personas como más
semejantes entre sí, como caracterizadas por unos mismos atributos, lo cual implica a su
vez la desaparición de las diferencias individuales. A ello se debe que la percepción
estereotipada conlleve, en cuanto tal, una despersonalización.
Este fenómeno se produce tanto cuando nos autopercibimos como miembros de un grupo
(despersonalización de uno mismo) como cuando percibimos a otros como elementos
grupales (despersonalización de los demás). Es decir, en la medida en que un individuo se
atribuye los rasgos del auto estereotipo, se ve a sí mismo de forma despersonalizada, y en
tanto que aplicamos al otro los atributos estereotipados del grupo al que pertenece, le
despersonalizamos también. La percepción estereotipada crea hombres desprovistos de
rasgos personales, individuos convertidos en categorías, hombres sin rostro.
a) La despersonalización de uno mismo
Turner (1987) ha estudiado cómo se produce el proceso de despersonalización de uno
mismo y ha analizado sus efectos sobre la conducta en su teoría de la auto categorización.
Según este autor, conforme un individuo va aplicándose a sí mismo el auto estereotipo
grupal va perdiendo identidad personal (no presta atención a sus rasgos distintivos, a sus
intereses personales, etc.) y gana identidad social, es decir, adquiere más conciencia de
pertenecer a un grupo, lo incorpora más a su auto concepto y autoestima.
Consiguientemente, los sentimientos hacia el propio grupo se van haciendo más fuertes.
"La despersonalización, dice Turner (1987, 50) se refiere al proceso de 'auto
estereotipación' por el que la gente llega a percibirse a sí misma más como ejemplares
intercambiables de una categoría social que como personalidades únicas definidas por sus
diferencias individuales de los otros" (la cursiva es del autor). El fenómeno tiene efectos
aparentemente positivos como el aumento de solidaridad, cooperación y altruismo
respecto a los miembros de su grupo, pero también consecuencias nada positivas, como el
etnocentrismo, o tendencia a ver al propio grupo como el centro de todo (Sumner, 1906) y
el fanatismo.
Cuando Hoffer (1951) describe al "verdadero creyente", el fanático dispuesto al auto
sacrificio, no hace otra cosa que caracterizar al prototipo de hombre despersonalizado, el
cual "debe haberse despojado de su identidad individual y distinta... debe dejar de ser
Jorge, Hans, Iván o Tadao", de forma que "cuando se le pregunta quién es, su respuesta
automática es que él es un alemán, un ruso, un japonés, un cristiano, un musulmán un
miembro de cierta tribu o familia" (Hoffer, 1951, 77). El aspecto más dramático de este
hombre-categoría, totalmente fundido con el auto estereotipo de su grupo, no es la
disposición a morir (qué más da, si su grupo continuará la lucha) sino que también es capaz
de matar. Es que la despersonalización de uno mismo desemboca en despersonalización de
los demás.
b) La despersonalización de los demás
Despersonalizar a los miembros del exogrupo es probable que conduzca a la indiferencia,
hostilidad e incluso a la crueldad. Porque un individuo sin rostro se diferencia poco de una
piedra, una planta o un animal ya que no despierta sentimientos específicamente humanos
como la simpatía o la compasión. Tampoco la agresión contra él provocará sentimientos de
culpa, puesto que, al hallarse el agresor despersonalizado, ha delegado su responsabilidad
individual en el grupo con el que se identifica o en la autoridad a que obedece. Los
experimentos de Zimbardo (197O) o de Milgram (1979) han puesto de relieve los efectos
agresivos de la despersonalización en ciertas situaciones y cómo en ese estado un
individuo puede cometer acciones que, por propia iniciativa, jamás hubiera realizado.
Asímismo, los estudios experimentales de Bandura y otros han testificado el poder auto
desinhibidor de la despersonalización o "deshumanización". Este autor concluye que igual
que el hombre puede maltratar o incluso matar a un animal sin experimentar autorreproche
alguno, "también es posible separar o amortiguar las auto sanciones contra los malos tratos
a personas, desproveyéndolas de sus cualidades humanas. Una vez deshumanizados, dejan
de considerarse personas con sentimientos, esperanzas y preocupaciones, pasando a ser
objetos infrahumanos rebajados a estereotipos como 'gitanos', 'maricas' o 'negros'". Y
añade el mismo autor: "Si la desposesión de humanidad no consigue amortiguar el auto
rreproche, éste puede eliminarse del todo atribuyéndoles a las personas desfavorecidas
cualidades bestiales. Así se convierten en 'degenerados', 'cerdos' y demás animales"
(Bandura, 1987, 406-7).
Por su parte, Martín-Baró (1983), que trágicamente sufrió en su carne las consecuencias de
ser estereotipado, inspirándose en un estudio de Duster (1971), escribe estas palabras
premonitorias: "Para realizar una matanza con la conciencia tranquila, hacen falta varias
condiciones. La más importante consiste en deshumanizar a la víctima, negándole su
carácter de persona; no es alguien como nosotros, sino una 'alimaña', un 'subversivo', un
'comunista' y 'el único comunista bueno es el comunista muerto'" (1983, 419).
La propaganda política suele crear y difundir estereotipos, utilizándolos como punta del
lanza en la lucha política. La propaganda aprovecha de esta manera un rasgo peculiar de
los estereotipos: su carácter simple, escueto y expresivo, a veces punzante, como un buen
slogan. Tengamos en cuenta que la "imagen de marca" que construye la publicidad no es
otra cosa que un auto estereotipo (Cadet y Cathelat, 1971). En graves situaciones de
conflicto, la estrategia propagandística extrema la imagen del exogrupo, tiende a borrar el
rostro del enemigo para convertirlo en un estereotipo brutal y desechable, como ocurrió
durante la última guerra mundial, especialmente en la propaganda nazi (Young, 1963;
Domenach, 1963; Bonnin, 1973; Keen, 1986). Dicha estrategia ha sido ampliamente
utilizada por la extrema derecha española (Javaloy, 1983, 519), aunque en absoluto es
patrimonio de la derecha. No olvidemos que cada vez que ETA decide arrebatar la vida a
uno de sus ex-militantes, suele estereotiparle previamente llamándole "traidor" en las
paredes.
1.3.3. Movimientos sociales versus estereotipos
"Para la mayoría de nosotros es importante tener y manteneruna autoimagen tan positiva
como podamos... tener que vivir con una imagen despreciable de uno mismo, tanto si
procede de dentro como de los demás, constituye un grave problema psicológico". De estas
afirmaciones, deduce Tajfel (1984, 362-3) que un grupo no puede tolerar a la larga el peso
de un estereotipo negativo o degradante, y concluye que, en esa situación, es muy probable
que, o bien se repliegue sobre sí mismo creando una minicultura en la que reconstruya su
autoestima o, por el contrario, trate de desarrollarla pasando a la acción y creando un
movimiento social (id., 370 ss.).
Una de las tareas del movimiento social es conseguir que sus propios miembros y la
sociedad cambien los estereotipos desfavorables con que sus opresores les han etiquetado y
reconozcan el valor de sus rasgos diferenciadores, como el color de la piel ("lo negro es
bello", como nuevo estereotipo) o el status del propio idioma (casos de Bélgica, Quebec,
País Vasco o Cataluña). La búsqueda de una distintividad positiva del endogrupo a través
de la revalorización del lenguas minoritarias ha sido ampliamente constatada por Giles
(1977). En cuanto al efecto de los movimientos sociales en el problema que nos ocupa,
parece fuera de duda que estereotipos como los de homosexual pusilánime o mujer
sumisa han cambiado en parte gracias al activismo de militantes gays y feministas
(Javaloy, en prensa).
En el comportamiento colectivo, la creación de estereotipos puede representar también una
de las "inevitables estrategias para tratar con un poderoso adversario al que no es posible
confrontar directamente" (Reicher, 1987, 202), convirtiéndose el estereotipo en arma de
lucha. Esto se aprecia especialmente en los movimientos extremistas: el pensamiento se
hace más encorsetado y dogmático, desembocando en ideologías vertebradas alrededor de
auto y hetero estereotipos. Como ejemplos de ello, puede citarse la clásica descripción del
movimiento social, según Blumer (1953), la de Lifton (1961) sobre los movimientos
totalitarios o la de Javaloy sobre las nuevas sectas (1988). Por su parte, Zimbardo (en
prensa), al prevenir contra las tácticas proselitistas de algunos movimientos, advierte de la
importancia de rechazar las "etiquetas deshumanizadoras" que éstos utilizan como
argumento persuasivo.