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Familias fuertes: la perspectiva de las fortalezas familiares

Ignasi de Bofarull

1. La familia española en tiempos de cambio

¿Cuáles son las razones del estudio en España de las familias fuertes? (término

que más adelante se definirá). ¿Por qué hay que estudiar la perspectiva de las fortalezas familiares de cara a trabajar con familias en España en estos tiempos de cambio acelerado?. ¿Qué ha sucedido en España en los últimos quince años para que sea muy oportuno acercarse a este tipo de estudios de ámbito anglosajón que ayudan a la prevención familiar?. Vamos a intentar responder a estas preguntas. La familia del Occidente desarrollado está viviendo un cambio constante (Amato y Booth, 1997). Los datos de los cambios familiares en España son concluyentes (Del Campo y Rodríguez-Brioso 2002). Los cambios fundamentales demográficos podrían ser los siguientes:

1. Bajos niveles de fecundidad. España presenta un ISF (índice sintético de fecundidad) de 1,3 hijos por mujer. La tasa de fecundidad en España se ha elevado recientemente hasta el 1,3 y alcanza su valor más alto desde 1993. Los nacimientos de madre extranjera suponen el 12,2% del total (INE, 2007)

2. Crecimiento de las rupturas matrimoniales, separaciones y divorcios.

3. Caída de la nupcialidad, aumento de la monoparentalidad y la cohabitación.

4. Emancipación tardía de los hijos.

5. Crecimiento de los hogares unipersonales.

6. Crecimiento de las parejas sin descendencia.

7. Mayor número de ancianos solos.

8. Y el cambio más importante: la incorporación de la mujer al mercado laboral (Cañal Ruiz y Rubio de Medina, 2004).

Algunos indicadores

Tabla 1.1. Cifras INE, 2004

Datos absolutos

Variación entre 1991 y 2001 en %

Número de hogares

14.187.169

+19,7

Hogares unipersonales

2.876.572

+81,9

Tamaño medio del hogar (persona)

2,9

-9,4

Jóvenes solteros entre 25 y 34 años que viven solos

346.290

+208,7

Jóvenes entre 25 y 34 años que viven con sus padres

2.587.867

+51,2

Parejas sin hijos

2.448.542

+22,3

Parejas con 3 hijos o más

853.831

-41,7

Familias reconstituidas.

232.863

 

Parejas de hecho

563.785

+155,0

Personas de 65 años o más

6.796.936

+26,6

Personas de 85 años o más que viven solas

199.362

+160,0

Estos cambios se han venido a denominar la Segunda Transición Demográfica,

en la que el vector social apunta a un crecimiento del número de hogares y una

reducción progresiva de los miembros de las familias que ocupan estos hogares

(Lesthaeghe y Surkyn, 2004):). Si la Primera Transición Demográfica (hacia la primera

mitad del siglo XIX) estuvo marcada, entre otros muchos indicadores, por la caída

constante de la mortalidad, la Segunda Transición Demográfica (segunda mitad del

siglo XX e inicios del siglo XXI) viene marcada por la progresiva caída de la

fecundidad, de la nupcialidad y por el aumento de separaciones, divorcios y nuevos

modos de convivencia.

Los cambios hablan de una familia que en España camina hacia una mayor

libertad de acción de sus miembros –padres y madres- en la medida en que éstos se

desmarcan de las instituciones seculares como el matrimonio (Alberdi, 1999; Flaquer,

1999; Meil, 1999, 2003; Ruíz Becerril, 1999). En esta dirección la familia se comporta

bajo un menor constreñimiento social que la lleva hacia una individualización

irreversible en lo que se ha venido a denominar la modernidad reflexiva (Beck,

Giddens, Lash, 1997). Definamos este concepto: cada ciudadano, con una creciente

periodicidad, revisa, cambia y modifica su rol, su papel en la vida: laboral, social,

familiar. Y esta revisión se realiza cada vez en el progresivo anonimato de una sociedad

muy urbanizada que anda en paralelo con una aceptación social que no estigmatizaba

los cambios, las rupturas familiares y los estilos de vida (Wolcott, 1999; Bellah et alt.

1985)

“Mientras en la sociedad preindustrial, la familia era principalmente una comunidad de necesidad mantenida unida por la obligación de solidaridad, en todo el mundo contemporáneo ha pasado a primer plano la lógicas de unas vida con designio propios. La familia se está convirtiendo cada vez más en una relación electiva; en una asociación de personas individuales, cada una de las cuales aporta sus propios intereses, experiencias y planes y se halla sometida a diferentes controles, riesgos y constreñimientos” (Beck-Gensheim, 1998, 67)

La mayor elección individual en la familia es un fenómeno de ámbito occidental (Popenoe, 2005). En las comunidades premodernas el juicio social, hasta principios del siglo XX, era determinante en la permanencia de las instituciones familiares (Ariés y Duby, 1985). El capitalismo maduro, con la abundancia de su oferta, comporta unos nuevos estilos de vida modernos que se aceleran en su diversificación tras la Segunda Guerra Mundial (Popenoe, 2005: 245-258). Estos nuevos estilos de vida hablan de un creciente número de desencuentros en unas familias cada vez más nuclearizadas (cada vez cuentan con menos miembros y diferentes generaciones) y aisladas (es decir: alejadas de cualquier rasgo de comunidad premoderna) en las grandes urbes del Occidente desarrollado (Putnam, 2002, 2003; Fukuyama, 1998, 2000; Coleman, 1990). En España este creciente divorcio habla de un progresivo aumento de la monoparentalidad, de la cohabitación, y de las familias reconstituidas (Ruiz Becerril, 1999; Iglesias de Ussel, 2005; Flaquer, Almeda, Navarro, 2006) La sociedad globalizada también presiona a la familia occidental con numerosos factores de cambio (Amato y Booth, 1997; Giddens, 2000). Estos factores podrían ser los siguientes: El mundo laboral sufre la creciente temporalidad, movilidad y deslocalización. El saturado mercado exige una fuerte competencia. La formación durante toda la vida presiona sobre todas las profesiones. Los precios de la vivienda han crecido por la especulación en todo Occidente. Los mayores y enfermos a cargo gravitan como un factor más de cambio sobre la familia en el marco de una creciente esperanza de vida. Y, fundamentalmente, la familia de la Segunda Transición Demográfica vive su diversificación en el marco de la llegada masiva de la mujer al mundo laboral. Eso supone un doble sueldo (por razones de necesidad, de status o de afirmación femenina) que llena de estrés la vida de las familias en el muy complejo cambio de roles (Giddens, 2001: 151-265; Perez Adán 2003; Donati, 2003). Cada vez

hay menos tiempo y cada vez la familia en España padece un mayor número de exigencias como hemos visto más arriba. Asimismo existe una mayor oferta de consumo que para algunas capas de la sociedad pudientes suponen un reto constante (Meil, 2006). Otras capas de la sociedad, bajo la misma presión de consumo, están marcadas por las familias que han perdido el trabajo remunerado en alguno o ambos miembros de la pareja. En estas familias la adversidad económica se suma a los otros factores de cambio (Flaquer, Almeda, Navarro, 2006). El resultado es que cada vez es más difícil bregar con el cambio constante de la sociedad global que genera a menudo intereses contrapuestos. Y entendemos el cambio como uno de los denominadores comunes de la nueva sociedad del riesgo (Beck, 1998). La sociedad occidental avanza aceleradamente y afrontar el cambio en todo los planos puede desemboca en el debilitamiento familiar –planos: laboral, escolar, vivienda, formación, infancia y juventud, atención de los mayores, nuevos roles parentales-. La familia, debilitada por el acelerado cambio social, económico y laboral, pierde capacidad de maniobra. Y además es más infeliz (Booth y Amato, 1991). Los nuevos estilos de vida aumentan la sensación de libertad y autenticidad, pero no de pertenencia (Baumeister y Leary, 1995) y de salud tan relacionada con la felicidad (Verbrugge, 1979). La familia pierde capacidades, empuje o coraje para arrostrar estos cambios y necesita crecer en recursos (Walsh, 1996, 2004). Estas debilidades hablan de un crecimiento en los conflictos (Amato y Fowler, 2002). Y estos conflictos a menudo parten de un cierto analfabetismo emocional, de una carencia de habilidades parentales y de pareja (Fincham, 2000). Conflictos que se dan en el plano más concreto de los déficits parentales (Schaefer, 1983 y 1989; Maccoby-Martin, 1983; Tausch-Tausch, 1984; Baumrind, 1980, 1996, 1997) y de las

habilidades de pareja (Gottman, 1993,1994,1999; Halford y Markham, 1997).

2. El estudio internacional de las familias fuertes (o saludables).

En esa dirección ha crecido una literatura que estudia cómo son las familias que afrontan satisfactoriamente el cambio. La razón es que la familia funcional, capaz de afrontar el cambio, mengua frente a la familia que arrastra el estrés y el conflicto. La frontera entre la familia capaz o funcional y la familia que se aparta de la capacidad de afrontamiento es muy delicada. Sin embargo el número de trabajos sobre las características de las familias que son capaces de afrontar el cambio no ha dejado de

crecer desde que en la década de los años treinta en Estados Unidos Chase G. Woodhouse (Woodhouse,1930) inició su estudio. Desde esos estudios los gobiernos de diferentes países occidentales han promovido políticas públicas de alfabetización emocional, de enriquecimiento preventivo de la pareja (cuple and marriage enrichment) (Gladding, 2007: 109-112; Maton, et alt. 2004) para encarar este reto del fortalecimiento familiar ante el cambio acelerado (Wolcott, 1999). Estos estudios también han contribuido al crecimiento de una muy variada literatura que ha desembocado desde la década de los años cuarenta en la terapia familiar (Gladding, 2007). Estos estudios proceden de diferentes disciplinas: algunos desde la sociología, otros desde la psicología y unos terceros desde la terapia familiar (Barnhill, 1979; Krisan, 1990, Wolcott, 1999; Smith, 2006). De esta forma van sucediéndose los modelos de lo que es o debería ser una familia funcional (Barnhill, 1979; Beavers y Voeller, 1983; Beavers y Hampson, 1990; Epstein, Bishop, Ryan, Miller, & Keitner, 1993; Fleck, 1980; Geismar & Camasso, 1993; Kantor & Lehr, 1975; Olson, McCubbin, & Associates, 1983; Reiss, 1981; Billingsley, 1986; Curran, 1983; Geggie, DeFrain, Hitchcock, y Silberberg, 2000; Mberengwa y Johnson, 2003; Olson, McCubbin, Barnes, Larsen, Muxen, y Wilson, 1989; Olsosn y Olson, 2000; Otto, 1962, 1963; Gabler y Otto, 1964; Sani y Buhannad, 2003; Stinett & DeFrain, 1985, 1977, 2002). Desde el punto vista de la metodología de investigación hay que decir que algunos modelos provienen del campo psicológico y psicológico-clínico. Otros modelos proceden de estudios sociológicos cuantitativos y cualitativos donde las familias que se auto-perciben como fuertes son encuestadas y de ese modo se construyen diferentes escalas de fortaleza familiar (DeFrain & Asay, 2007). Trabajando en esta dirección se ha confeccionado una tabla, a partir de los diferentes estudios, en la que se pueden reconocer algunos de los distintos modelos de familias funcionales más claros y definidos y sus características principales. La terminología para denominar a estas familias puede ser muy variada. John DeFrain (2007) y NicK Stinnett (junto a DeFrain, 1985), los estudiosos que han consolidado esta disciplina desde hace más de treinta años, han elegido usar los siguientes términos: familias fuertes, matrimonios fuertes, parejas fuertes y fortalezas familiares en sus estudios. Estos términos son los que asumimos nosotros. Otras terminologías han sido usadas por otros investigadores: familia feliz, familia buena, familia saludable (o sana), familia exitosa, familia resiliente, familia equilibrada, familia de funcionamiento óptimo. Son términos que se enmarcan más en un

determinado número de disciplinas que cuentan con un cariz más terapéutico y clínico. De este ámbito entresacamos el término familias saludables. Desde este trabajo proponemos que a las familias que afrontan el cambio con recursos y capacidades de superación se las podría denominar de la siguiente forma: familias fuertes y saludables (en el plano emocional). En cualquier caso este carácter saludable habla de una salud emocional más que física. Estas familias, en una definición muy escueta, serían aquellas que contarían con unas fortalezas que las hacen capaces de afrontar el estrés, la crisis y el cambio con resultados. Las familias que no afrontan el cambio con resultados las llamaremos familias disfuncionales en algún grado. Es decir, familias que ante algunos de los retos de cambio y situaciones de crisis y estrés, que presenta el mundo de hoy, no son capaces de salir totalmente a flote.

Tabla 1.2. Familias fuertes: investigadores, países y dimensiones

Teóricos y países

Dimensiones

Beavers and Hampson (1990). U.S.A.

Interacción centrípeta / centrífuga; proximidad; intimidad; coalición entre los padres; autonomía; adaptabilidad; poder igualitario; negociación por objetivos; capacidad para resolver los conflictos; claridad en la expresión; gama de sentimientos; apertura a los otros; entendimiento, comprensión empática.

Billingsley (1986). U.S.A

Fuertes lazos familiares; fuerte orientación religiosa; aspiraciones / logros educativos.

Curran (1983). U.S.A.

Cercanía, respeto y confianza; ocio compartido; privacidad valorada; horas de comer compartidas; responsabilidades compartidas; rituales familiares; comunicación; afirmación de cada uno; devoción religiosa; humor / juego.

Epstein, Bishop, Ryan, Miller, and Keitner (1993). Canada.

Implicación afectiva; control del comportamiento; comunicación.

Geggie, DeFrain, Hitchcock and Silberberg (2000). Australia

Comunicación (abierta, positiva, sincera, incluyendo comunicación con sentido del humor); cercanía; actividades compartidas; afecto; apoyo; aceptación; compromiso; resiliencia.

Kantor and Lehr (1974). U.S.A

Afecto; manejo del poder.

Kryson, Moore and Zill (1990). U.S.A.

Compromiso hacia la familia; tiempo juntos; estímulo de la individualidad; capacidad de adaptación; roles de delimitación clara; comunicación; orientación religiosa; relaciones sociales.

Mberengwa and Johnson (2003). Botswana.

Consenso en el sentido de la resolución de las diferencias; manejo del enfado; preocupación por los familiares; valoración de su cultura; respeto hacia los otros; kgotla (asociaciones del desarrollo de la comunidad) para el fortalecimiento de los barrios.

Olson, McCubbin, Barnes, Larsen, Muxen, and Wilson (1989); Olson and Olson (2000). U.S.A.

Matrimonio fuerte; alta cohesión familiar; buena adaptabilidad familiar; eficaz afrontamiento del estrés y la crisis; positiva comunicación de la pareja y la familia.

Otto (1962, 1963); Gabler and Otto (1964). U.S.A.

Valores religiosos y morales compartidos: amor; respeto y comprensión; intereses comunes; objetivos y propósitos; niños felices y amados; trabajo y juego juntos; compartir actividades recreativas especiales.

Sani and Buhannad (2003). Emiratos Árabes Unidos.

Estructura familiar patriarcal; matrimonios pactados por las familias; derechos de cada género; responsabilidades y privilegios; fuertes lazos emocionales familiares (muwada); Familia extensa (dhurriyah); vivir cerca de la familia extensa; frecuentes consultas a los mayores como aconsejadores y modelos para los roles; las crisis son pruebas mandadas por Alà; las creencias islámicas

 

(taqwa) y la práctica de rituales proporciona unas óptimas directrices; la colectividad sobre la individualidad; el gobierno es el apoyo del individuo, la pareja y la familia.

Stinnett, DeFrain y colaboradores (1977, 1985,

Aprecio y afecto; compromiso; comunicación positiva; tiempo juntos de disfrute, bienestar espiritual; eficaz manejo del estrés y la crisis.

2002).

U.S.A.

 

Xia, Xie, and Zhou (2004); Xie, DeFrain, Meredith, and Combs (1996); Xu and Ye. (2002). China.

Cercanía y tiempo juntos a través de las generaciones; Amor, cuidado y compromiso; comunicación; Apoyo familiar; espiritualidad (como paz con la naturaleza, con uno mismo, con los otros y con el mundo); familia con orientación y armonía.

Yoo (2004); Yoo, DeFrain, Lee, Kim, Hong, Choi and Ahn (2004). Korea.

Respeto; compromiso; aprecio y afecto; comunicación positiva; compartir valores y objetivos; funcionamiento de los roles; salud física; relaciones con el entorno social; estabilidad económica; capacidad para resolver problemas.

3. La perspectiva de las fortalezas familiares

Desde el inicio del estudio se ha hablado de un contexto de cambio demográfico, social, laboral y económico que ha individualizado a las familias en el Occidente desarrollado. Esta individualización las ha hecho en muchas ocasiones más débiles ante el cambio. En segundo lugar hemos ofrecido una enumeración pormenorizada de los estudios sobre las familias fuertes destacando las características de dichas familias. Hemos presentado, en la tabla 1.1., un marco de las fortalezas (strengths) de cada uno de los modelos que proponemos como más destacado. A partir de ahí hemos propuesto un denominación en castellano para estas familias. Familias fuertes y saludables (en el plano emocional más que en el plano físico) en función de los conceptos que originalmente se utilizan en inglés: strong and healthy. A continuación vamos a presentar el funcionamiento interno, los procesos que desempeñan estas familias ante el cambio, ante las transiciones que la vida les depara (hablaremos más adelante de los ciclos vitales). Las familias fuertes y saludables pueden resolver solas sus problemas en unas ocasiones, en otras ocasiones necesitan del apoyo de la familia extensa o la comunidad, en otras necesitan del trabajo de expertos asesores que les van ayudar a reconocer y dinamizar sus fortalezas. Por tanto este tipo de familias desarrolla sus fortalezas de una forma autónoma, familiar y social; y también asesoradas. El asesoramiento será, por un lado: a) educativo grupal, y por otro:

b) en la resolución de conflictos más concretos, podrá ser personal. Hay en esta dirección familias que no son fuertes pero que pueden descubrir qué fortalezas podrían generar para afrontar la crisis de la mano del asesoramiento: en esta dirección –de una familia que camina de la normalidad a la disfuncionalidad- nos encontraríamos gradualmente con la terapia familiar.

En este último caso les han de descubrir el valor reparador de sus propias fortalezas con asesoramiento. Entonces actúan ante las crisis muy a menudo asesoradas por un experto que trabaja desde la perspectiva de las fortalezas. Es lo que se conoce como la strengths family perspective. La strengths family perspective se mueve en el ámbito más amplio de la strengths perspective (Smith, 2006). Esta perspectiva de investigación basada en las fortalezas se inicia con los trabajos sobre las necesidades humanas de Maslow (1954, 1968, 1976). En su obra, Abraham Maslow destacaba las motivaciones que empujan a los seres humanos a satisfacer sus necesidades desde las más básicas y adaptativas, hasta las más elevadas y humanizantes. Estas motivaciones se constituyen, desde nuestro punto de vista, en las fortalezas que empujan al hombre a llegar a lo más valioso de su humanidad. En esta dirección van los estudios sobre las fuerzas que mueven el crecimiento personal de Carl Rogers (1951, 1972, 1980), que después se convertirá en el punto de partida de toda la terapia centrada en el cliente. El cliente debe descubrir sus propias fuerzas personalizadoras, humanizadoras, de la mano de un asesor que más que resolver sus síntomas y carencias le debe plantear retos. La perspectiva de las fortalezas hunde sus raíces por tanto en la psicología humanista representada por estos dos psicólogos. Continua con los trabajos de Victor Frankl (1963,1967, 1973, 1975) y la logoterapia, donde el centro de la reconstrucción de la persona está en la capacidad de ésta misma para dotar de sentido las diferentes situaciones vitales. La logoterapia se basa en actos continuados de libertad interior capaces de crear una gran fortaleza interior y exterior. En la actualidad la psicología positiva (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000) es la expresión más clara de hacia dónde apunta el estudio de la perspectiva de las fortalezas. La psicología positiva, heredera de la psicología humanista, y muy directamente emparentada con la psicología cognitiva (Ellis, 1973, 1993), parte de unos presupuestos que se distancian de la patologización del cliente y se centran en la potenciación de las capacidades de mejora de éste mismo. En este sentido la psicología positiva se inscribe de una forma muy clara en la strengths perspective. Si la psicología positiva busca sanar a las personas alimentando el aprendizaje del optimismo y las fortalezas de superación; la psicología cognitiva busca que el cliente potencie su capacidad de realizar nuevas percepciones más positivas y menos irracionales y destructivas.

En el marco de la psicología positiva, y en la tradición del concepto de virtud

(fortaleza) de Aristóteles, Christopher Pertesen y Martin Seligman (2004) cuentan con

una investigación en la que proponen que el crecimiento en las fortalezas y las virtudes

(aquí muy claramente entendidas como las fortalezas de carácter) tienen una capacidad

de sanar y prevenir disfunciones psicológicas. La perspectiva de las fortalezas halla su

último divulgador en Daniel Goleman (1995) y su reflexión sobre la inteligencia

emocional. Una persona emocionalmente inteligente es aquélla que sabe integrar sus

emociones en perspectivas altruistas y de crecimiento personal.

En general la strengths perspective emerge como alternativa a los

planteamientos en los que ante la crisis (individual o familiar) lo importante es fijarse en

las fortalezas, la esperanza, el coraje, el empuje para recuperarse de la crisis más que en

los síntomas de la disfunción y, por tanto, en las debilidades. Esta última actitud

desarma al paciente-cliente (ver tabla 1.2) y acaban patologizando una situación que

podría enfocarse desde la perspectiva de la mejora y la superación (Walsh, 1998b;

DeFrain, 2005; Saleebey, 2006). La strengths perspective (strengths aproach) sería

una alternativa al enfoque basado en las dificultades, en los síntomas, en los déficits

(deficit approach) (Smith, 2006). A continuación proponemos una tabla que nos

ayudará a entender el funcionamiento de la perspectiva de las fortalezas (SP) frente a los

planteamientos de la perspectiva del déficit. La tabla 1.3 está basada en los trabajos de

Dennis Saleebey (2006) que realiza sus estudios desde el ámbito del trabajo social y la

educación social.

Tabla 1.3. La perspectiva del déficit vs. la perspectiva de las fortalezas

Acercamiento

desde la perspectiva del

Acercamiento desde la perspectiva de las fortalezas

déficit

La persona es definida como un caso, un paciente

 

La persona es definida como única en rasgos y talentos. Es un cliente.

Hay una apertura total de soluciones en función de lo que el cliente explica

Los síntomas cuadran con la diagnosis más allá de los juicios del cliente visto sobre todo como un paciente.

La soluciones estan focalizadas en los problemas y los síntomas.

Las soluciones están focalizadas en las posibilidades orientadas cooperativamente por el asesor.

La persona es tenida en cuenta en tanto que ayuda en el momento de proporcionar unos datos que tienen que configurar un diagnóstico que debe ser reinterpretado por un experto.

La persona y sus explicaciones son tenidas en cuenta en la ruta de mejora para que esta misma persona sea reconocida

y

apreciada en sus capacidades.

Los asesores (que actúan fundamentalmente como distantes terapeutas) son escépticos en el estudios de las historias y las racionalizaciones hecha por del cliente

Los asesores estudian a sus clientes para que éstos mismos

le

den la vuelta del revés a sus propias vidas orientados

cooperativamente por el mismo asesor.

El trauma infantil es un predíctor de una patología del adulto

El trauma infantil no es un predíctor de la patología del adulto, a los sumo debilita o merma las fortalezas disponibles (Werner, 1993)

El centro del trabajo terapéutico radica en los consejos del asesor.

El centro del cambio está en la voluntad de mejora y aspiraciones del cliente orientadas cooperativamente por el asesor.

Los asesores son los expertos

Los individuos, la familias, las comunidades son los expertos orientados por el asesor

Las posibilidades de elección, control, responsabilidad, compromiso y desarrollo personal están limitadas por la patología.

Las posibilidades de elección, control, responsabilidad, compromiso y desarrollo personal están abiertas.

Los recursos para el trabajo radican en el conocimiento y la profesionalidad del experto.

Los recursos para el trabajo radican en las fortalezas, capacidades, habilidades de adaptación de los individuos, las familias o la comunidad.

La ayuda radica en la reducción de los efectos de los síntomas y la reducción de las negativas consecuencias de las acciones y las emociones.

La ayuda radica en llevarse bien con uno mismo, afirmando y desarrollando valores y mostrando sentido de la pertenencia a la familia y a la comunidad.

De la perspectiva basada en las fortalezas (SP) se pasa, en los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, con autores como Otto (1962,1963), Curran (1983), DeFrain y Stinnett (1985, 2002), a la perspectiva de las fortalezas familiares: nace la

strengths family perspective. Es decir, el trabajo con familias, sea preventivo, formativo

o terapéutico, aplica los conceptos de la SP a la familia: ahí nace la SFP. A menudo la

SFP se aplica en el mundo clínico. En esta dirección clínica, uno de los campos donde la SFP está avanzando de una forma muy considerable es el de la resiliencia familiar. En este campo de investigación se trabaja con familias en las que, tal como plantea Froma Walsh (1991, 1995, 1996, 1998a, 1998b), hay que dotar de sentido a la adversidad desde una perspectiva positiva en la que la flexibilidad y la cohesión ante el cambio deben prevalecer desde unos procesos comunicativos claros, sinceros y

cooperativos. Y dotar de sentido a la adversidad, en el mundo de la resiliencia familiar, supone arrostrar el cambio también desde la perspectiva de la esperanza en la trascendencia (Walsh, 1999). Sin embargo desde este ensayo vamos a pensar en la SFP desde un punto de vista preventivo, formativo grupal. Y desde un asesoramiento en la resolución de conflictos individual pero siempre pre-terapéutico. Es decir, caminamos hacia un estudio de las fortalezas familiares en aras a conocer fortalecer sus capacidades y recursos entre la crisis y el estrés (Olson y Dfrain, 2006). Se debería trabajar inicialmente lejos de una atención terapéutica, sino educativa y preventiva que subraya

y fortalece unos recursos que ya existen en las familias y que se deben movilizar en

aras a afrontar el cambio, la crisis, el estrés (siempre que sea de una magnitud asumible)

y las transiciones del ciclo vital (Carter y McGoldrick, 1980, 2005). Los encuentros

personales son también pre-terapéuticos y asesoran a las familias para la resolución de transiciones y conflictos asequibles. A continuación, y desde los trabajos de John DeFrain (1999, 2002, 2007), proponemos una serie de características funcionales de las familias fuertes y saludables que nos ayuda a reconocer la especificidad de la SFP ante a otros planteamientos. Estos otros planteamientos serían convergentes y se inscriben en el mismo campo pero difieren en diversos aspectos de nuestro enfoque preventivo a tenor de los que hemos afirmado más arriba: nos apartamos de la perspectiva de la resiliencia familiar (Walsh, 1998b), de la terapia familiar (Gladding, 2007).

a. La familia, teniendo en cuenta la diversidad de sus concreciones, es el fundamento, el cimiento de las sociedades.

b. Todas las familias tienen fortalezas. Y todas las familias tienen campos abiertos y áreas de crecimiento y desarrollo potencial en los que hacer crecer estas fortalezas.

c. Si uno, al estudiar la familia busca problemas, déficits, circunstancias negativas, será sólo eso lo que encontrará cuando acabe su investigación. Y

si en la investigación con familias se buscan fortalezas, capacidades, valores,

eso será lo que encontrará tras su estudio.

d. Las familias fuertes y saludables lo son por su funcionamiento, no sólo por su estructura: hay numerosas familias monoparentales, reconstituidas, cohabitantes, que son fuertes y funcionan emocionalmente de una forma saludable. En cualquier caso la estructura de dos padres comprometidos en matrimonio facilita (que no asegura) claramente el mejor funcionamiento familiar (Wilcox et alt., 2005; Wilson, 1993; Blackenhorn, 1995; Whelan et alt. 2006; Popenoe, 1996, 2005; Amato, y Rivera, 1999; Amato y Booth, 1997; Pruett, 2000).

e. Los matrimonios fuertes y saludables son el centro de muchas familias fuertes. La óptima relación de pareja es una fuente fundamental de fortalezas para las familias que lo están haciendo bien (Gottman, 1993, 1994, 1999:

Olsosn y Olson, 2000).

f. Las familias fuertes tienden a crear, a dar lugar a hijos con altas capacidades

y habilidades relacionales. Y esto sucede en sociedades muy alejadas. Las

personas que destacan por sus habilidades relacionales y valores se suelen

encontrar en las familias fuertes (Wilcox et alt. 2005; Whelan et alt. 2006;

Diener, Gohm, Suh, y Oishi, 2000; DeFrain, 1999)

g. Si uno crece en una familia fuerte le va a resultar más fácil crear una familia fuerte cuando llegue a la edad adulta. Pero también es bastante probable acabar creando una familia fuerte aunque se haya crecido en una familia con serios problemas (Wilcox et alt. 2005; Whelan et alt. 2006; Werner y Jonson,

1999).

h. La relación entre el dinero y las fortalezas familiares es débil, incierta, de entrada. Una vez una familia ha alcanzado unos ingresos que aseguran una cierta holgura –holgura muy difícil de concretar- el incremento de ingresos sucesivo no va a significar una mejor calidad de vida, una felicidad compartida, o la fortaleza de las relaciones de unos con otros. Los norteamericanos dicen: “Las mejoras cosas de la vida no son las cosas”. (Seligman, 2002; Lyubomirsky, King y Diener, 2005; Diener y Biswas- Diener. 2002).

i. Las fortalezas se desarrollan a lo largo del tiempo. Cuando las parejas inician su andadura se encuentran que su relación exige progresivamente una adaptación, reajustes, etc. La convivencia tiene sus dificultades que irán siendo limadas con el crecimiento de las fortalezas, de las capacidades aprendidas en el manejo de los conflictos a los largo del tiempo (DeFrain, y

Stinnett, 2002).

j. Y es que las fortalezas, las capacidades, crecen en proporción a los desafíos, a los retos que la vida va planteando (ciclos vitales). Un verdadero testador de las fortalezas de la pareja y de la familia es la capacidad de arrostrar con competencia los estresores cotidianos o las crisis más graves y menos periódicas a las que se debe hacer frente, tarde o temprano (Carter y

McGoldrick, 1980, 2005)

k. Las familias fuertes no reparan demasiado en cuáles son sus fortalezas:

simplemente las viven a diario.

l. Las familias fuertes, como las personas, no son perfectas. Una familia fuerte es la que ante una crisis se rehace y, en general, una familia fuerte es la que continuadamente está en proceso de crecimiento (Olson y DeFrain, 2006).

m. No sólo las familias se hacen fuertes mediante las capacidades, las habilidades relacionales, las fortalezas y los valores compartidos; también

les sucede lo mismo a los barrios, a las comunidades (elementos que finalmente componen los pueblos, las ciudades y las naciones). Buscar la unidad de grupos y personas alrededor de la causa del fortalecimiento de las familias puede ser una estrategia poderosa (Maton et alt. 2004). n. Los seres humanos tienen el derecho y la responsabilidad de luchar por sentirse seguros, confortables, felices y amados: las familias fuertes son un lugar donde esta aspiración sucede, tiene lugar. Las familias fuertes es un lugar donde las personas apuntan a una vida feliz (Seligman, 2002; Lyubomirsky, 2008).

4. El marco espaciotemporal de las fortalezas: el ciclo vital individual y familiar

Si el propósito de este trabajo es profundizar sobre qué es una familia fuerte y

saludable (emocionalmente) habrá que comenzar a situar en qué plano se mueven las familias si han de ser ayudadas, formadas en un trabajo preventivo. Entonces hay que responder a la siguiente pregunta: en qué espacio y en qué tiempo hay que actuar. Y

sobre todo en qué momentos vitales las familias afrontan cada transición y los cambios más agudos que se convierten en un termómetro de su fortaleza o disfuncionalidad (Gladding, 2007).

Y hemos de empezar diciendo que es Eric Erikson quien empieza a trabajar el

ciclo vital individual con sus retos, desafíos, transiciones, superaciones desde la psicología del desarrollo y su personal enfoque del psicoanálisis (1950, 1959, 1968). Erikson estudia lo que se denominan la teoría del crecimiento y el desarrollo humano. Allí, en estos estadios se suceden las crisis del desarrollo: tiempos de cambio y de oportunidad ligados al nacimiento, infancia, adolescencia, vida adulta y vejez. En un primer momento este autor habla de cinco estadios que suponen el crecimiento de la persona hasta el final de la adolescencia. En su trabajo se explica y describe la superación de cada estadio y sus retos. Este psicólogo del desarrollo humano relata cómo tras superar un estadio se debe arrostrar el siguiente estadio con nuevos objetivos. Los últimos tres estadios apuntan al cumplimiento adulto de la vida de la persona con especial énfasis en: a) primero, confirmación de una vida profesional y afectiva estable; b) segundo, ayuda a la siguiente generación; y, c) tercero, la constatación de los valores aportados y el alcance de una sabiduría que permite con mayor serenidad y maestría enfocar los últimos retos vitales. Pero es un proceso, según sus críticos, y deducimos

también desde la SFP, muy centrado en el desarrollo masculino y a la vez poco atento a concebir a la persona como un ser familiar, como un haz de relaciones, de

interrelaciones, en el sistema vivo que es la familia. En esta dirección hay que ir a un enfoque más familiar y que además contemple a la familia como un sistema vivo (systems theory: Bertalanffy, 1968). A partir de los años cuarenta del siglo pasado, una serie de investigadores procedentes de los campos de la biología, psicología y ciencias sociales desarrollaron una nueva teoría integradora, la teoría general de sistemas. La obra homónima de Ludwig von Bertalanffy fue publicada en 1968. La SFP se enmarca por tanto, desde el punto de vista teórico, en una concepción sistémica de la familia. En esta dirección no es suficiente, como se viene apuntando, con saber qué le sucede y cómo se supera una persona en su infancia, adolescencia, adultez y senectud. Es preciso saber también todos los elementos que convergen en el ciclo vita familiar (Gladding, 2007):

1. El adulto soltero que debe desarrollar su autonomía, dejar el hogar de los padres, iniciar su carrera y fijar un círculo de amistades para el futuro.

2. La nueva pareja que tiene como tarea adaptarse al otro miembro de la díada, y aprender a compartir la vida con el otro o la otra.

3. Familias con hijo-s pequeños, donde las tareas exigen nuevos horarios, integrar el tiempo personal, familiar, y social; y, sobre todo, acumular energías y habilidades para cuidar a los hijo-s

4. Familias con hijo-s adolescentes, donde la tarea es administrar energía física y psicológica para integrar de nuevo el tiempo personal, familiar y social con unos hijo-s adolescentes y unos abuelos que envejecen. Es uno de los momentos más exigentes del ciclo vital familiar en el que es preciso acumular la capacidad de manejarse con flexibilidad y cohesión (Olson, 1983, 1989) ante los conflictos y las crisis.

5. Familias que proyectan a los hijos jóvenes para la vida adulta; aquí la tarea consiste en capacitar a los hijos para que se conviertan en maduros adultos solteros e independientes. Es un tiempo también de redescubrimiento mutuo entre los miembros de la pareja

6. Familias en el último periodo de la vida, en este estadio hay que lidiar con la vejez, la natural y progresiva pérdida de energía y la pérdida de un miembro de la pareja.

Las primeras formulaciones del ciclo vital familiar las realizó Evelyn Duval (1977, 5ª edición). Esta estudiosa puso las bases del desarrollo de esta disciplina. Nosotros nos movemos en el ámbito de unos estudiosos que en la actualidad viven de su herencia y que además construyen este ciclo vital familiar en el marco de la cambiante sociedad de los primeros compases del siglo XXI (Carter & McGoldrick, 2005; Gerson, 1995 –p.20, ver tabla 1.4.-). Los trabajos de estos estudiosos dibujan muy bien las fases, los estadios y las posibles crisis por las que pasa toda familia siempre entendida como sistema. Estos trabajos señalan los desafíos de cada momento. Y estamos hablando de unos retos (lances, desafíos) muy estudiados y contrastados que son de tres tipos: prácticos, emocionales y relacionales. Ahí vamos a encajar, no en el vacío, la definición de las familias fuertes (o saludables). Es decir, las familias fuertes, exitosas (en el sentido más psicosocial y psicopedagógico de la palabra), fuertes o saludables son como todas. Y en esa dirección se enmarcan en unos ciclos vitales que a todas éstas les es común. Sólo se puede hacer un serio estudio de las fortalezas familiares en la medida en que en un trabajo empírico sepa cómo cada familia, con su perfil sociodemográfico, responde a cada reto de una sucesión de estadios muy bien delimitados y a partir de una clasificación muy pormenorizada de los que son los desafíos prácticos (es decir, aquellos más de orden material, de consecución de la propia autonomía, de los horarios de los recursos financieros); b) desafíos emocionales (es decir más interiores y psicológicos, más relacionados con la maduración afectivo-cognitivo-intelectiva, más ligados a la propia capacidad de manejar los retos en el plano personal; c) desafíos relacionales (es decir, aquellos que se mueven en el ámbito del sistema familia, de las relaciones, los compromisos, de la puesta en marcha de las fortalezas familiares que deben acaparar la cohesión y la adaptabilidad y la flexibilidad en el marco de una comunicación eficaz (Olson, DeFrain, 2006)). En el marco de los desafíos relacionales se ponen en juego las fortalezas de las familias que hacen bien las cosas. Allí nacen y se dinamizan las fortalezas que aúpan a las familias hasta ese grado de funcionalidad que nos permite hablar de familias fuertes y saludables. En ese marco de las relaciones se ponen en evidencia también las potenciales crisis. Si no se han dinamizado las fortalezas, si no han prosperado, florecido (verbo muy usado en el mundo anglosajon:

flourish, el adjetivo flourishing), pueden emerger las crisis. Y es muy importante volverlo a subrayar. Las fortalezas no han emergido por razones muy variadas (ese es en sí mismo un campo de estudio), pero siempre existen potencialmente. La tarea del

asesor, del orientador familiar, del coach será lograr que estas fortalezas se dinamicen cuanto antes mejor. De este modo se puede hablar de la necesidad de programas de formación para estudiantes en los últimos dos cursos de bachillerato tal como sucede en el Estado de Florida en los Estados Unidos (Fagan, 2001).

Tabla 1.4. Ciclo vital familiar: fases, estadios y crisis (Gerson, 1995)

 

Fases

Estadios del

Desafíos prácticos

Desafíos

Desafíos

Potenciales crisis

ciclo vital

emocionales

relacionales

familiar

Acoplamiento

Joven adulto

Independencia

Sentido del sí mismo seguro

Diferenciación del sí mismo con respecto a

Fracaso en la maduración

de pareja

soltero

financiera

 

la

familia de origen

 

Cuidador de uno mismo

Sentimientos de

 

competencia

Formación de la familia a través del acoplamiento de pareja

Búsqueda del

Compromiso

Formación de la estable unidad de

Fracaso en el encuentro con la

compañero o

compañera

pareja

pareja o el compromiso

potencial

 

Economía de la pareja

Equilibrio entre necesidades y expectativas del sí- mismo y de la pareja

Cambio de lealtades desde la familia de origen hacia la nueva

Fin de la luna de miel

Cooperación

Conflicto con los

doméstica

familia

parientes políticos

Compatibilidad de

 

intereses

Expansión

Familia con hijos pequeños

Obligaciones

Aceptación de los nuevos miembros

Mantenimiento de la unidad de pareja

Descontento, desencuentro de la pareja

financieras

 

Organización de la vivienda para la educación de los hijos

Crianza y

Integración de los abuelos y otros

Problemas en el comportamiento de

responsabilidades

parentales

parientes

los hijos en el hogar y en la escuela

 

Familia con hijos adolescentes

Reglas, rutinas y horarios menos previsibles

Flexibilidad para el cambio

Mantenimiento del

Rebelión

contacto entre padres

adolescente

   

y

adolescentes

Adolescentes

Sentido de los que es irrelevante y lo que sí es relevante

Mantenimiento del

inasequibles

hilo de la confianza y

la

disponibilidad

Mantenimiento del

Cuidado de los abuelos mayores

autocontrol

Contracción

Espabilar a los hijos para la independencia

Nuevas cargas

Perdida de la vida familiar por la marcha de los hijos del hogar.

Restablecimiento de

Síndrome del nido

económicas:

la

primera vida

vacío. Hijos que

universidad, matrimonio de los hijos. Reenfocar el trabajo

matrimonial

regresan al hogar

Familia en el periodo final de su ciclo vital

Incertidumbres de la vejez e inseguridad económica

Envejecimiento (y/o muerte) de los padres

Relaciones adultas con los hijos ya

Jubilación

inasumida.

 

mayores

 

Crecimiento de los cuidados médicos

Afrontar la pérdidas, mantenimiento de la dignidad a pesar del declive físico y personal

Mantenimiento de una adecuado sistema de apoyos: familiares

No aceptación de la enfermedad y la muerte

y

amigos.

Reconciliación

5.

Análisis de las cualidades de las familias fuertes o saludables

El siguiente paso es acercarse a la descripción pormenorizada de cada una de las fortalezas de estas familias fuertes y saludables. Sobre cuáles son estas fortalezas no hay acuerdo (Gladding, 2007). Su valor transcultural también es un motivo de discusión. DeFrain (1999) propone su carácter universal y transcultural después de investigar en una veintena de países de distintos continentes. Sin embargo matiza que en cada país se dan procesos con tonos diferentes aunque coincidiendo en los valores básicos (Xie, DeFrain, 1996; Yoo, 2004). Además, los autores que estudian las familias fuertes y saludables lo hacen desde diferentes disciplinas: la psicología, la psicoterapia, la pedagogía social, la sociología. Los diferentes estudios revelan algunas ideas convergentes: afirman los estudiosos que al profundizar en estas familias resultan ser unidades vivas que se comportan como sistemas en equilibrio; a) capaces de adaptarse al cambio; b) capaces de fijar unos límites apropiados (ni muy asfixiantes y estrechos, ni muy laxos y amplios); c) capaces de desarrollar sus relaciones a través de una comunicación abierta; d) capaces de promover responsabilidad; e) capaces de ser más funcionales sobre la base de una pareja que confía en sí misma y en sus hijos; f) capaces de arrostrar el futuro con optimismo (Cutler & Redford, 1999). Sin embargo presentar esta lista de fortalezas, de capacidades y habilidades es todavía decir poco. No se resuelve con este marco el problema del análisis de las fortalezas de las familias fuertes pues muchos estudiosos podrían no estar de acuerdo con lo que hoy por hoy serían puntos comunes. Es todavía una lista provisional. Y en muchos casos tampoco hay acuerdo terminológico. Se ha propuesto desde estas líneas unos términos, familia fuerte y saludable (strong and healthy family), con el cual algunos autores ya no estarían de acuerdo. Pero los conceptos de fortaleza y familia fuerte (family strengths, strong family), aún no siendo unánimes, son los que concitan más consenso. El concepto de familia fuerte es muy común en el mundo anglosajón. Fuerte sería sinónimo de sólido, arraigado, firme, resistente, de gran valor. En este plano habría un gran acuerdo aportado por la misma comunidad hablante en el mundo, en los países de habla inglesa. El concepto de familia saludable plantearía una discusión alrededor de lo que se entiende por este mismo término en cursiva (Wilcoxon, 1985). Como consecuencia de los estudios que hemos ido consultando nos proponemos definir

el concepto de saludable aplicado a la familia. Este carácter saludable que hemos planteado fundamentalmente en el plano emocional más que en el plano físico, supone una actitud de implicación de cada uno de sus miembros en procesos de responsabilidad ética en los que se promocionan buenas y equilibradas relaciones entre todos (Boszormenyi-Nagy & Ulrich, 1980). Y es importante destacar además que este carácter fuerte y saludable es dinámico. Que las familias fuertes no son invulnerables. Ya se ha insistido más arriba. Y que estas fortalezas se ponen a prueba constantemente en el ciclo vital familiar. Aún más, estas familias fuertes y saludables pueden, dinámicamente, pasar por épocas menos saludables y fuertes en los momentos más agudos del ciclo vital familiar. En esta dirección hay que añadir que la suma de individuos que son saludables e inteligentes emocionalmente no supone familias saludables y fuertes forzosamente (Wolin y Wolin, 1993). En cualquier caso sí se puede afirmar, con los datos que manejamos, que son familias que mantienen un equilibrio y que no se mueven en los extremos (entre excesiva flexibilidad o excesiva unidad/ cohesión); que cuentan con convicciones y energía; y que saben manejarse ante los retos desde un compromiso con el bienestar familiar que suele andar por delante de los bienestares particulares. Un bienestar familiar fundado en una eficaz comunicación y este aspecto se repite, insistimos, en muchos estudiosos (Olson, DeFrain, 2006). Se han dado pasos, pero sobre la definición de cuáles y cómo son las fortalezas familiares aún no ha alcanzado el suficiente acuerdo académico. Existen estudios comparativos que hemos querido presentar en este trabajo, pero aún no se ha ido más allá. No hay, pues acuerdo, ni sobre cuáles serían la definición de las fortalezas familiares ni cuáles serían las fundamentales. Otra cuestión que también se puede afirmar es que las familias fuertes y saludables suelen partir de una buena unidad marital (Beavers, 1985; Lavee, McCubbin, & Olson, 1987). Pero este paso nos exigiría definir un nuevo concepto de carácter complejo a su vez: ¿qué es una pareja que presenta gran unidad, o una buena unidad marital? Algunos autores señalan que una buena unidad marital habla de buenas relaciones íntimas, de relaciones flexibles sin sometimientos. La unidad marital hablaría entonces de claridad en el reparto del poder y la asignación de roles (Kantor and Lehr, 1974). De una unidad marital cuyas relaciones van más allá de la suma de sus dos miembros pues generan unas sinergias que cada uno de los dos componentes de la pareja no obtendría por su cuenta (Olson & Olson, 2000). De nuevo hemos de decir que hay muchos autores que difieren, de entrada en el hecho de que sea necesaria una pareja

para protagonizar y dirigir una familia fuerte y saludable. De hecho muchos autores señalan que la estructura no es el fundamento (DeFrain, 2007), sino que el elemento definitorio de la familia fuerte es la función. Después de numerosas lecturas en este trabajo proponemos que es una combinación de ambas (se ha señalado más arriba): una buena estructura –la de familia de padre y madre comprometidos- promueve y facilita una buena función; asimismo, una buena función puede ir más allá y superar una estructura que no es la mejor –por ejemplo una familia monoparental. Finalmente sí se puede concluir, a tenor de las investigaciones empíricas sobre parejas que funcionan, que una pareja que parte de unas relaciones íntimas saludables, una pareja realizada personal, laboral y socialmente, una pareja equilibrada está dispuesta a hacer más

sacrificios por su familia e incluso a obtener satisfacción por esos sacrificios (Stabb, 2005; Lyubomirsky, 2008; Lyubomirsky, King, y Diener, 2005). Pero hemos de dar un paso más y, aunque no haya consenso académico, hemos de proponer algunas características de las familias fuertes y saludables, de un modo provisional y a la espera de estudios con mayor acuerdo en este tema (Krysan, Moore y Zill, 1990). En este trabajo de 1990 se reunieron casi todos los estudios sobre las familias fuertes que existían hasta esa fecha y de hecho es uno de los estudios más completos hasta hoy. Las fortalezas o cualidades de las familias fuertes y saludables andarían en la dirección de las siguientes características:

a.

Compromiso entre sus miembros

b.

Aprecio y conexión entre sus miembros

c.

Buena disposición para gastar el tiempo juntos

d.

Eficaz comunicación

e.

Orientación espiritual y/o religiosa

f.

Capacidad de manejar la crisis de un modo positivo

g.

Capacidad de alentar y reconocer el crecimiento de cada miembro

h.

Claros roles y funciones.

a.

Compromiso.

Las familias fuertes no se sienten un agregado de individuos: les interesa el bienestar de toda la familia y andan comprometidas con el crecimiento de cada uno de sus miembros (Thomas, 1992). Y este compromiso hace que cada uno se sienta implicado en el curso del crecimiento del otro (con los lógicos altibajos y discusiones). Este compromiso es la base que hace que sus miembros dediquen tiempo y energía a

los otros miembros: no sólo desde las relaciones verticales (padres-hijos), sino también desde las relaciones horizontales (entre hermanos) e inclusos intergeneracionales (Donati, 2003). El compromiso se traduce en actos concretos de lealtad y apoyo en los buenos y malos momentos. Si hemos señalado que una familia fuerte es capaz de afrontar la crisis, significa que los miembros de este tipo de familias son leales y apoyadores en los momentos de la adversidad. Y, de hecho, ahí radicará una de sus fundamentales fuerzas. En una palabra: comprometerse es cumplir con la palabra dada:

y cuando el compromiso es violado podemos hablar de infidelidad tanto vertical como

horizontal. La infidelidad de los cónyuges puede ser letal para la familia, incluso en el caso de las fuertes y saludables (Pittman, 1991). Una pequeña infidelidad en las

relaciones diarias que suele ser coyuntural en las familias fuertes. La capacidad de perdón muy estudiada a nivel individual sería una fortaleza a considerar poco estudiada (Lyubomirsky, 2008).

b. Aprecio

El compromiso entre los miembros de una familia se puede alimentar y fortalecer desde muchos planos, uno de ellos es fundamental: las muestras expresivas de aprecio, los actos concretos y vivos de reconocimiento. La amabilidad y la simpatía vividas no como obligaciones sino como actos que proporcionan felicidad para el otro y

para uno mismo (Lyubomirsky, 2008; DeFrain, 2006). Se trata no sólo de que existan abrazos y besos, sino también respeto, ausencia de ironía o sarcasmo, ausencia de crítica

o mordacidad (Wills, Weiss & Patterson, 1974) y presencia de cumplidos, palabras

gratas y amor (Thomas, 1992). (El concepto de amor exigiría toda una revisión de la profundidad de su significado pero lo dejamos aquí de este modo, sin revisión, y en su acepción más común y familiar).

c. Tiempo juntos.

Las familias sanas y fuertes invierten en tiempo compartido: y todos los autores que tratan de este tema insisten en que es una inversión en calidad y en cantidad de tiempo. No se puede funcionar con el criterio de que la calidad suple la cantidad pues eso, a la larga, tiende a reducir tanto la cantidad que los resultados no pueden ser positivos (Stinnett & DeFrain, 1985). El tiempo sale, para las familias fuertes, de todas partes y fundamentalmente de las vacaciones y de las noches o los fines de semana en los que se comparten juegos, o salidas: a) un acontecimiento deportivo, b) salidas

culturales y c) el muy productivo voluntariado social vivido como familia y como fuente de capital comunitario (capital social: Putnam, 2002) que no hace otra cosa que fortalecer y subrayar las propias fortalezas de la familia (Lyubomirsky, King & Diener, 2005; Maton et alt. 2004) Los tiempo de las comidas son en esta dirección fundamentales (mealtimes) así como las celebraciones y los ritos que puntúan la vida de las familias (celebraciones, bodas, funerales, ritos, graduaciones) (Giblin, 1995, 1996). El objetivo no es acumular tiempo por el hecho de acumular tiempo en sí mismo. El objetivo es fortalecer las relaciones, compartir ideas, valores, sentimientos y construir identidades fuertes capaces de arrostrar el cambio. De hecho el objetivo último es alimentar la unidad familiar que va más allá de una agregado aleatorio de individuos (Bofarull, 2005; Gladding, 2007).

d. Comunicación Antes de concretar cuáles son los modelos y las pautas de mejor comunicación entre las familias fuertes y saludables es bueno saber qué se entiende por comunicación es este plano: “La comunicación está relacionada con la expresión y la recepción de información verbal y no-verbal entre los miembros de la familia. Ello incluye habilidades (y debilidades) en las pautas de intercambio de información en el seno del sistema familiar” (Brock y Barbard, 1999: 36). Y es que cuando las familias funcionan de un modo saludable y se envían mensajes, cada uno sabe de un modo positivo cuáles son los matices sutiles y obvios de la comunicación. Eso significa que los mensajes se captan bien: tal como son dirigidos, en el marco de un apoyo, una comprensión y una empatía compartida. (Gibling, 1994). No se está produciendo una competición para ver quien queda por encima de los demás o quien castiga a los otros con el silencio. Los mensajes en las familias fuertes son enviados de una manera sensible, empática y afectuosa (caring manner). Existen en los estudios sobre familias fuertes muchas perspectivas en lo que se refiere a los matices de una eficaz comunicación (Olson y DeFrain, 2006). Sin embargo hay denominadores comunes. Los mensajes son claros y congruentes (no ambiguos e impredecibles). La comunicación es fluida. Además gozan estas familias de una ciertamente eficaz capacidad de expresar realmente lo que sienten con precisión, y a la vez, una sutil capacidad de dialogar sin enzarzarse en discusiones (lo que no significa que éstas estén siempre ausentes). Suelen estar más abiertas a hablar para solucionar los problemas que a callar cuando los conflictos se han hecho más patentes. En esta dirección hay una búsqueda evidente de soluciones para los problemas.

Tienen sus discusiones pero están más inclinadas a evitarlas mediante la misma palabra (Brock y Bernard, 1999).

e. Orientación religiosa y/o espiritual

Las personas religiosas y/o con un hondo sentido de los espiritual son más felices que aquéllas que se sienten ante la vida sumidas en el absurdo de un mundo sin sentido (Lyubomirsky, King & Diener, 2005). En las familias se ha demostrado que tiene lugar una situación semejante a la individual (Walsh, 1999). Asimismo, la mayoría de las familias de todos los continentes presentan alguna forma de religiosidad y/o espiritualidad. Las familias más religiosas/espirituales –sin los extremos del fanatismo y la intolerancia- presentan un mayor grado de salud y bienestar (Prest y Keller, 1993). Las creencias espirituales y las prácticas religiosas ayudan a las familias a afrontar (cope) el cambio, ser resilientes, así como las hace capaces de encontrar significado y principios morales en las circunstancias en las que viven (Griffith y Rotter, 1999; Walsh y Price, 2003). Las familias que se han visto sometidas a momentos de presión, diáspora, sometimiento, han encontrado, también como pueblo, como étnia, un apoyo grande en la religión y la espiritualidad para soportar tiempos difíciles (afroamericanos, diáspora judía) (Hampson, Beavers, y Hulgus, 1999). La religión, los ritos, los encuentros espirituales marcan los hitos vitales del ciclo vital familiar de muchas familias: el nacimiento, el matrimonio, la muerte. Es más: la pareja en el seno de la familia reporta también más satisfacción y realización en sus relaciones si ésta se ve involucrada en una orientación religiosa y/o espiritual. DeFrain (2007) argumenta que esta orientación espiritual puede no estar marcada por una religión fundamentada en sus seres superiores y sus ritos. La espiritualidad que estaría presente en una solidaridad de barrio, comunitaria (o incluso planetaria) con los desfavorecidos, la paz o la preservación de clima, también actuaría como una fortaleza dinámica y cohesionadora de las fortalezas de muchas familias.

f. Capacidad para manejarse ante la crisis de una manera positiva.

Esta es una de las habilidades, de las fortalezas más fundamentales e inclusivas que presentan las familias fuertes. Las familias fuertes y saludables emocionalmente presentan su fortaleza ante los sucesos estresantes del ciclo vital familiar. Los estresores normativos son sucesos muy previsibles colocados en el ciclo vital familiar tal como se vio en el capítulo cuatro. Un estresor normativo es aquel que va a ocurrir en una familia

casi por necesidad: los primeros meses de acoplamiento de la pareja; el primer hijo; los hijos adolescentes; las primeras enfermedades de los abuelos. Las familias fuertes y saludables integran, encajan bien estos estresores normativos, afrontan con habilidad las dificultades que ven llegar con una sabia e intuitiva visión de la vida y de la familia. Lo han visto en sus antecesores y los ven en sus coetáneos y, calibrando pros y contras, negociando, con una comunicación asertiva, recurren a su fondo de valores y también a unas fuentes cercanas. Preguntan, se asesoran, saben capear el temporal y reflexionar. Van y vuelven a los problemas sin dramatizar y con el ánimo enterizo. Es más: son familias flexibles y llenas de buen humor y optimismo (Stinnett, DeFrain, 1985; Geggie, DeFrain et alt., 2000). Esa flexibilidad, que no supone pérdida de cohesión (Olson, 19869; Strong, De Vault, y Sayard, 2001), es la fortaleza que les permite encarar el futuro y los cambios. Existen también los estresores no normativos (Gladding, 2007; Scholossberg et alt., 1996). Estos no tienen por qué estar ligados al ciclo vital familiar: un ejemplo es la fractura de la pareja y el consiguiente divorcio (en el caso que no sea una pareja que viva en cohabitación). Otro ejemplo es la pareja que no ha sabido educar a sus hijos, por incapacidad, negligencia, o por la razón que sea, y este hijo, o hijos, se convierte en un problema cada vez más acuciante. Otro problema es la muerte de una persona joven, como un hijo o uno de los padres (en este caso se excluye la muerte de un abuelo o pariente muy mayor). O cuando se produce una ruina económica como consecuencia del desempleo continuado de alguno de los dos padres (o ambos) o como consecuencia del cierre del negocio o empresa familiar. En estas situaciones, las familias fuertes y saludables emocionalmente se unen, buscan apoyos, sufren pero se rehacen. Aquí emerge un concepto revisado más arriba: las familias resilientes son aquellas capaces de resistir un fuerte estresor que se caracteriza por ser imprevisible y que tras lidiar con el dolor, encuentran soluciones y acaban no sólo saliendo de la crisis sino que emergen del cambio fortalecidas y conscientes de sus propias fortalezas de cara a encara de otra manera una futura crisis (Walsh, 1995, 1996, 1998b, 1999, 2003).

g. Estimular la individualidad

La familia debe alimentar, en tanto que sistema y teniendo a los padres como protagonistas, la individualidad de sus miembros entendida como autonomía. No una individualidad como desvinculación (Beavers y Hampson, 1990), sino una individualidad como construcción de la propia identidad diferenciada del resto de

miembros de la familia. Corresponde a la familia alentar, alimentar las habilidades, el desarrollo de los talentos de cada uno de sus miembros como individuos singulares, como personas irrepetibles. Este proceso de alumbramiento, de llevar a la luz lo mejor de cada uno, no sólo de los hijos, sino del proceso de personalización de los propios padres (Rogers, 1972) ocurre en el dinámico crecimiento y superación de la familia como sistema a través del ciclo vital familiar (Carter y McGoldrick, 1999). Alentar el crecimiento de la persona en su individualidad y su especificidad es vital en los siguientes momentos del ciclo vital familiar:

a) En la edad escolar para que los hijos encajen en la escuela y sus exigencias,

para que encaren con determinación el proceso educativo en aras a subrayar sus

capacidades.

b) En la primera y segunda infancia es preciso un tiempo de ocio emprendedor

para que los hijos descubran libremente sus habilidades y destrezas más escondidas en contacto con los otros, la sociedad, la cultura y la naturaleza (Bofarull, 2005)

c) En la edad adolescente hay que alentarlos para que afronten todos los cambios

que esta época supone, tanto físicos, como emocionales, como en el manejo con el grupo de pares. d) En la época de juventud para que sean capaces de alcanzar un grado de autonomía suficiente (personal, laboral, económica) que les permita dejar el hogar paterno para establecerse por su cuenta y hacer despegar su propio espacio y tiempo lleno de sueños, proyectos y posibilidades, para que empiecen a poner en juego sus propias fortalezas (Lambie y Daniels-Mohring, 1993).

h. Roles claros

Los roles son comportamientos repetitivos y prescritos en un acuerdo sobre el reparto de los diferentes papeles (y actuaciones recíprocas con los otros miembros de la familia) que se llevan a cabo en un hogar para que todo funcione. Los roles en las familias fuertes y saludables son claros, apropiados, asignados como es debido, en un acuerdo mutuo e integrados en la especificidad de cada familia (Minuchin, 1982). Una de las características de las familias fuertes es el adecuado reparto de poder (Cantor y Lehr, 1974). Los padres deben saber negociar sus roles, tan fluctuantes desde la llegada de la mujer al mundo laboral, y superar los esquemas obsoletos de la familia patriarcal del pasado. Es verdad que la tradición y el estilo de cada familia darán matices diferentes (DeFrain, 1999). Y es verdad que a lo largo del ciclo vital individual y

familiar estos roles deben cambiar. Y el cambio consiste en empujar hacia la colaboración a los hijos en la medida que se hacen mayores. En cualquier caso las familias fuertes y saludables muestran una flexible capacidad de adaptarse al cambio y saber por un lado demandar ponderadamente la correcta gestión de los roles y cambiarlos cuando es preciso. Hay roles que deben de ser establecidos de un modo impostergable y estos están ligados a temas como quién se hace cargo de aportar los recursos materiales. Otros roles son menos urgentes, aunque también vitales, como es el papel cooperativo que cada hijo interpreta en el hogar conforme a su edad, madurez y capacidades (Steinhauser, Santa- Barbara y Skinner, 1984).

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