EL PABELLÓN DE LA MANDRÁGORA

Emilio Alberto Restrepo Baena
“¿Sabes que pasa en los hospitales a media noche, qué clase de gente recorre sus
pasillos...?
Efraim Medina Reyes
“Érase Una Vez el amor pero tuve que matarlo”



Mandrágora: Planta herbácea, solanácea; tiene figura humana o se la dan con
artificio; la superstición popular le atribuye virtudes mágicas y medicinales y en este
sentido era empleada para sus maleficios por los hechiceros de la antigüedad. En
Alemania, la palabra significa a la vez bruja y raíz de mandrágora. Maquiavelo
recomendaba el uso de esta hierba para hacer fecunda a la mujer estéril, y esta misma
idea aparece en una comedia griega de Alexis titulada Mandragodixoméne, en la que se
alude al poder fecundante del jugo de aquella planta. La administraban contra las
serpientes, y antes de cortar y de pinchar, para embotar o abolir la sensibilidad del
paciente. Vinculado a lo antedicho, Pitágoras llamó anthropomorphon a la mandrágora
que significa figura humana, por su raíz y por la mayor parte de ella, pues consta de dos
piernas semejantes a las del hombre. Los campesinos de aquellos tiempos le tenían
horror porque creían que poseía, además de forma, ciertas características humanas.

También se ha dicho que la violencia de su perfume aturde a los que no están
habituados a olerla, y que para dormirse a algunos les basta con el olor que exhala; y a
una dosis demasiado fuerte ocasiona la muerte. En medicina popular o casera es planta
que no debe utilizarse por lo peligroso de su uso.

En los textos de magia se habla de ella con verdadero culto. Supuestamente, el
destino del poseedor de una mandrágora se vería dichosamente influido por ella, pero su
extracción se consideraba altamente peligrosa. Josehus Flavus, del siglo I de nuestra
Era, decía en una obra que arrancar la mandrágora es empresa ardua, porque se adueña
de quienes se acercan a ella; añadía que aún tomando precauciones es bien cierto que
puede bastar tocarla para morir. Aconsejaba: "hay que desenterrar la raíz todo en
derredor hasta que sólo una pequeña parte de la misma permanezca invisible". Según
cuenta Arias Carbajal se creía que nacía debajo de los árboles en donde ahorcaban a los
condenados, quienes al expirar eyaculaban, el semen caía a tierra y de allí nacía la
planta. Cuando la arrancaban del suelo, el hombrecillo encerrado en ella despedía ayes
lastimeros y agudos gemidos. "Era menester cogerla bajo una horca, observando ritos
particulares, y solamente en determinadas condiciones disfrutaba de todas sus
propiedades."
1. ESE AROMA QUE ME EMBRIAGA

De todas formas el ambiente de los hospitales es un mundo aparte, especial,
distinto.

No es fácil para quien no trabaja en salud entender todas las circunstancias que
giran locamente en la dinámica de una clínica. Desde el lenguaje tan técnico, pasando
por la actitud del personal y aún su forma de vestir, hasta llegar a los olores tan
particulares, o a los sonidos. Se pasa en un minuto del aroma agradable de una visita
recién perfumada o de un bebé acicalado amorosamente por su mamá, al hedor
putrefacto de la úlcera gangrenosa de un diabético, o a las pestilencias de la mezcla de
las peritonitis con la materia fecal y los vómitos que desnudan lo más despreciable de la
esencia humana.

Si uno torna la cara para un lado, observa el rito sublime y tierno con que una familia
acoge a un recién nacido y al otro lado, los gritos desgarradores de una madre que perdió
a su hijo en un hecho de violencia o por una enfermedad inesperada. Casi nada es rutina,
todo es impredecible, uno no sabe que puede ocurrir en los próximos minutos; cuándo
vendrá el accidente masivo, la explosión con varias víctimas, el atentado, la masacre, el
muerto de repente que deja la familia entre atónita y compungida.

El ambiente nunca es plano, las situaciones no son predecibles. Todo borracho es
distinto al otro, todo herido tiene su propia marca, todo epiléptico o infartado tiene algo
que lo diferencia de su vecino, cada materna es una caja de sorpresas, una nunca sabe si
un hecho aparentemente rutinario terminará en una tragedia. Nadie sabe cual paciente
hará una reacción alérgica severa a una droga, cuál se va a infectar, cuál no tolerara la
anestesia, cuál va a demandar, a insultar o a intimidar.

Y como la enfermedad y la muerte igualan a los seres humanos, en una camilla
presa de un cólico intestinal o renal, se ven muy parecidos tanto un ejecutivo como un
pobre vergonzante; ante un trabajo de parto activo, pesadas y lentas como elefantas,
todas las maternas se ven similares, sean de la posición social que sean; todas ceden y
gritan derrotadas ante ese dolor que sin tregua les parte en dos el abdomen y la espalda
durante las contracciones uterinas que cada tres minutos hace su aporte en el proceso de
dar a luz.

Mientras tanto, al personal que en el día a día hace de éste su oficio de vida, ya
todo le parece normal y cotidiano. Muy pocas cosas que impresionan a las personas de
afuera, logran conmover la coraza de frialdad de los que trabajamos en los hospitales.

A fuerza de soportarlos, los insultos de los acompañantes en la sala de espera ya
resbalan, las amenazas ya no sacuden el espíritu y de tanto oírlas ya no le roban la paz al
sueño, ya casi ninguna anécdota impresiona; todo es posible, todo cabe en la imaginación
y en la capacidad de tramar y conspirar del animal humano.

A mí ya casi nada me asombra. Me ha tocado ver retirar del recto de hombres muy
machos botellas de cerveza o aguacates enteros. Recuerdo cuando una noche llegó un
señor bien vestido y de apariencia digna diciendo que tenía en el ano un aguacate, pues
de estar jugando con uno de estos verde, duro y rígido, luego de la dilatación de su
esfínter, se le introdujo intestino arriba. El paciente trató de expulsarlo, se puso enemas,
tomó catárticos y cuando llegó a urgencias ya llevaba varios días con él adentro.
Temblaba de dolor, pero más de temor y de vergüenza. No fue posible la extracción con
la mano, ni siquiera con anestesia; ya estaba muy inflamado y adolorido y hubo que
llevarlo al quirófano y sacárselo a través de una incisión en el abdomen, abriendo el colon
y terminando el pobre con una colostomía, que es un abocamiento del intestino por la piel
para hacer por allí sus defecaciones. Esto causó mucho impacto y todos lo conocimos
como “la cesárea del aguacate”.

Hablando de colostomías, recuerdo la historia de una muchacha que trabajaba en
un bar, la cual nos llegó herida con varios balazos en el abdomen; uno de ellos le perforó
el intestino, le tuvieron que hacer una colostomía temporal, ya que el plan era cerrársela
en 8 semanas, para lo cual fue programada en cirugía. El día del cierre, la chica nunca
apareció y me correspondió a mí llamarla para indagar por su paradero; cuando hablé con
ella, no tuvo impedimento en confesar a viva voz:

– Vea enfermera, a mí me da mucha pena, pero desde que me hicieron la
colostomía estoy ganando mucha plata, pues antes tenía tres huecos y ahora tengo
cuatro y a los hombres les encanta meterlo por ahí y me pagan lo que yo les pida. -Total,
así se quedó y nunca la volvimos a ver por el hospital.

También recuerdo a Juan “Pernicia”, un rufián del barrio que terminó en prisión
condenado por un homicidio, también con colostomía por heridas de arma de fuego; lo
traían los guardias con cierta frecuencia al hospital para hacerle tratar por el especialista
de una infección purulenta en la boca de la colostomía. Luego de múltiples tratamientos, a
un médico se le ocurrió cultivarle la secreción de pus que por allí salía y detectó que era
producida por un gonococo, es decir, tenía una infección venérea llamada gonorrea o
blenorragia en su orificio cutáneo artificial.

-No vayan a pensar nada malo de mí, ¡Yo soy todo un varón!- decía con convicción-
lo que pasa es que en la cárcel hay mucho ocioso y mucho degenerado y me propusieron
billete por dejármelo meter por ahí, pero que conste que yo no siento nada, ni miro, ni se
me para; además, me hacen fila y uno se tiene que rebuscar la platica; además, a mí lo
que me gusta son las hembras, porque eso sí, que le quede claro enfermerita, que ¡Yo
soy todo un varón!-Vociferaba entornando las cejas como para que no quedaran dudas.-
El hecho de que a veces me toque cogerle a un fulano las pelotas mientras me lo hunde,
no quiere decir nada, pues me tiene que encimar billete, y como yo no siento nada, no hay
problema-Remataba sin ningún rubor.

Y una que tiene hasta ahora todas las funciones corporales intactas, no deja de
agradecerle a mi Dios cuando se enfrenta con las múltiples incapacidades, secuelas y
amputaciones que dejan las enfermedades, la violencia y el cáncer. Recuerdo la alegría
de don Hernando, un paciente al cual le practicaron una resección de laringe por un tumor
muy agresivo y quedó de por vida sin poder hablar en forma natural. Luego de una terapia
de foniatría en la que le enseñaron a medio parlar mediante la devolución del aire
estomacal en forma de eructo, estuvo practicando un tiempo, casi sin éxito, hasta que
logró articular algunas palabras.

El día en que me lo encontré, me dijo jubiloso y juguetón, con un brillo de alegría en
sus ojitos:

- Vea monita, estoy muy contento, ya casi hablo del todo, ¡Llevaba dos años sin
poder decir ¡hijuepuuutaaaa!!!-Mientras a fuerza de sus estentóreos fonemas, el huracán
de su voz me despeinaba el copete y me hacia reír a carcajadas.

O cuando los pacientes con trastornos digestivos le dicen a una que lo que más
añoran es poderse tirar un vientecito o pegarse una buena defecada leyendo periódico,
mientras que un lagrimón se vierte díscolo e irreverente por los pómulos.

O don Gilberto el de la tienda, enfrentando la tragedia ante la broma pesada de
unos amigotes que le hicieron tomar una copa de soda cáustica que le quemó
completamente el esófago dejándolo incapacitado para tragar y obligado a alimentarse
por un huequito en el estómago que se llama gastrostomía, a través del cual se
introducen los alimentos licuados; cada que se quería emborrachar, se aplicaba los tragos
de aguardiente por la sondita, pero antes hacía un buche con el licor en su boca porque
extrañaba el sabor de su buen amigo el guaro.

O cuando las personas que habiendo sido sometidas a amputaciones de sus
miembros inferiores por causa de un accidente, o por gangrena, aún sentían el dolor, los
movimientos de los dedos o incluso se paraban abruptamente de las camillas como si
todavía estuvieran completos. Esto es por lo que se llama “el miembro fantasma”, un
fenómeno inquietante que produce desconcierto e incluso depresión en los pobres
pacientes que lo sufren.

O ver los contrastes de la miseria de algunos médicos que se ganan cualquier
cantidad de plata con sus cirugías, pero no tienen ni para tomarse un refresco, incluso son
mendigando comida porque no se les ocurre comprar. Aquí recuerdo mucho a un cirujano
esteticista muy exitoso que operaba a diario a las esposas de los mafiosos y de los
políticos, al cual por casualidad todos los días se le olvidaba comprar almuerzo o traer el
endulzante dietético, o la seda dental, o el dentífrico, o el cable para conectar el celular y
siempre estaba pidiéndole cosas a las enfermeras. Era muy notorio, pues era orgulloso
como un pavo, muy elegante y exigente y ganaba muchísimo dinero. Ya cansadas de
tanta lambrañadera por parte de galeno tan avaro, decidimos ante su insistencia a la hora
del almuerzo, organizarle toda una amalgama de sobrados, incluso recogidos de la
basura o de la poceta; lo tuvimos todo un mes comiendo reciclados y sobras en un plato
azul de plástico e incluso “Memo Piltrafa”, uno de los auxiliares más irreverentes, un día le
ajustó el resto de la gaseosa con orines. Nos turnábamos para ver a tan encopetado
personaje comiendo las viandas dignas de un gamín o de un indigente, mientras que
hacía honor al remoquete que aún lo persigue y lo define, “El Doctor Agonía”.

O cuando cogieron de tema o “de teta”al ya nombrado “Memo piltrafa”, un
deslenguado fauno auxiliar de enfermería de los más bajos modales, con la respuesta
insolente y oportuna siempre a flor de labios. Se les ocurrió a sus malquerientes la idea
de comérsele la merienda mientras él estaba en cirugía. Así durante varias noches fue
despojado de las confituras que amorosamente le empacaba su madre, pues hay que
recordar que era un solterón avaro y mantenido que no aportaba un peso para la casa, y
sus padres lo sostenían del todo para que Memo pudiera ahorrar. Cansado de esto,
decidió inyectarle unos centímetros de Sinogan, un poderoso tranquilizante, a la manzana
y al pastel del pollo que en esa noche le empacaron. Por supuesto, éstas desaparecieron
y a las 2 horas vimos dormidos, desmadejados, desencajados, a la doctora “María
Monster” y al cirujano coordinador, que supuestamente eran los únicos que estaban fuera
de toda sospecha en el servicio, por aquello de edad, dignidad y gobierno, o simplemente
por la lambonería y el arrodillamiento típico de los subalternos. Esta fue la comidilla
burlona durante un buen tiempo, más aún cuando dicha doctora, fea y amargada, de piel
verdosa y genio endemoniado, compulsiva, insegura y solitaria, un día apareció sin darse
cuenta con la lengua completamente negra, luego de que alguien sustrajo de mi bata de
enfermera unos confites de broma que había comprado para llevarle a mis hijos.

Y el manejo de la tensión en el transcurrir del trabajo normal es un verdadero
problema. Creo que ningún otro oficio en la sociedad tiene el grado de especialidad, de
características tan llamativas y específicas, que el nuestro. Y lo pienso, no por lo bueno o
por lo malo, sino que trato de hacer una simple descripción, sin tratar de calificar, sólo de
expresar.

Los turnos son aberrantes, no hay horarios predecibles, las jornadas de oficina no
existen, es lo mismo un lunes que un domingo, el día, la noche, los festivos; las fechas
importantes no tienen ninguna significancia a la hora de elaborar un cuadro de turnos, sin
que por ello la remuneración sea mejor. Tal vez será por eso que veo tanta gente
separada o con conflictos personales o familiares entre nuestros compañeros. Los hijos
se quedan muy solos durante su crianza, porque nosotros estamos muy ocupados
gastándonos la salud y la juventud en un trabajo que no siempre nos devuelve lo que le
entregamos en la misma proporción.

Cuando el gobierno quiere, hace un recorte de personal; cuando el gerente lo
dispone, decreta una carnicería laboral, nos suprime los cargos, nos baja el sueldo a la
mitad, nos recontrata a través de una cooperativa manejada por su familia y nosotros en
el medio de nuestras vidas sin saber hacer otra cosa, dejando la fe y la dignidad
arrastradas por el suelo a cambio de algo más fuerte que un sueldo miserable: Una
vocación a toda prueba que en sí misma entraña una personalidad algo patológica, acaso
una aberrante tendencia al masoquismo.

Porque si no es así, quien explica la razón para querer aguantarnos las presiones
permanentes de los borrachos en urgencias que noche a noche nos degradan, o la
intimidación del sicario y sus acompañantes que por el más mínimo motivo entran
ofreciendo plomo e infamándonos con toda suerte de agresiones y ofensas, o de los
políticos que creen que el hospital es una extensión gratuita y servil de su directorio para
seguir comprando conciencias y fabricando votos que les perpetúen en el poder, o de los
policías que simplemente llegan y depositan en la puerta un cadáver víctima de confusas
circunstancias luego de sus rondas de vigilancia y preservación del orden.

O tener que obligarnos a afrontar la payasada de remitir intubado y con una falsa
respiración artificial al gañán que llega con más de 20 balazos, muerto más que
merecidamente a buena hora desde antes de llegar a urgencias; pero teniendo en cuenta
las amenazas de los compinches de que si le pasa algo todos pagaremos, entonces
nosotros vernos obligados a montar la farsa de que lo remitimos vivo, de que hicimos todo
lo posible para salvarlo y que se murió precisamente al bajarlo de la ambulancia o en la
puerta de la policlínica.

O ver y tener que callar al percatarnos de que noche tras noche Hilda “La Pájara”,
cada que llega un herido casi moribundo, se abalanza sobre él, llorando a gritos por el
esposo amantísimo que está en grave riesgo de morirse, y en milésimas de segundos lo
despoja del reloj, los anillos, la billetera y hasta los zapatos, llorando cual plañidera
lágrimas reales que brotan como surtidor, gritando con un dolor que desgarra el alma a
los que contemplamos el espectáculo de la miseria humana a que conducen el hambre, el
vicio y la falta de escrúpulos. En una noche llora a varios “muñecos” y nadie se atreve a
impedirle su acoso o “raqueteo”, primero por su velocidad, luego por su histrionismo
realmente impactante y también porque al verse confrontada no duda en ofrecer una
buena tanda de puñaladas sobaqueras al que se ponga de sapo o de soplón.

Y tener que soportar a los “gallinazos” o agentes funerarios que rondan a la entrada
de urgencias en espera de un nuevo muerto y sus acompañantes, a los que en medio de
la confusión y a veces sin que nadie autorice, aprovechan para vender toda suerte de
servicios exequiales para todos los gustos y con todos los aditamentos. Casi siempre
están encompinchados con el personal de vigilancia o del anfiteatro, quienes agilizan los
trámites de los cadáveres recomendados por sus cómplices y entorpecen la entrega de
los que no quisieron hacer contratos con ellos, o de la patrulla de turno; por épocas se
han dado verdaderas batallas por el territorio entre estos buitres mal agüero, entre estas
raposas sin respeto por el dolor ajeno.

Y saber que en la morgue se da un verdadero festival del usado, un mercado persa
con las pertenencias del difunto en donde he visto con mis propios ojos que el legista
aparece al otro día con la chaqueta de un muertico, o el director estrena tenis cada que
algún joven elegante es pasado por las armas. Incluso en navidad me han ofrecido relojes
para mi esposo o cachuchas para mis hijos, garantizándome que con un poco de
detergente se le quitan las manchas de sangre o los restos de masa encefálica o un
zurcido discreto tapa sin huellas el orificio de entrada de la bala asesina.

O tener que tirarme al suelo con el uniforme blanco postrada de la humillación
cuando se arman abaleos en urgencias; o tener que reconocer ante mi misma que me
oriné del susto cuando llegaron a rematar a un herido en un operativo digno de las
mejores películas de acción, en un trabajo preciso y milimétrico sin rostros visibles, sin
reconstrucciones de hechos, sin detenidos y con un occiso más que es llevado al depósito
de cadáveres sin diligencias de levantamiento y sin fiscales husmeando e indagando.

Es complejo de entender, pero una no comprende la actitud de compañeros que
desesperados ante el cansancio o la claustrofobia inhalan sin pudor gases anestésicos
hasta el punto de caer fundidos y aporrearse una mano o la cabeza e incluso volverse
adictos a ellos, o cuando descubrimos que se perdían las ampollas de Morfina, Demerol y
Fentanil, tres poderosos narcóticos derivados del opio y era porque un médico se los
inyectaba al escondido supuestamente para aliviar los terribles dolores que lo acosaban
en sus crisis migrañosas o de cálculos renales y a la final resultó ser un vulgar caso de
fármaco dependencia severa. Llegó hasta el extremo de reemplazar con agua de la
canilla el contenido de las ampolletas que saqueaba, el mismo que después era inyectado
a los pacientes en infusiones intravenosas e incluso en la columna vertebral para las
anestesias epidurales.

O darnos cuenta de que la enfermera jefe de cirugía tenía toda una feria de
negocios de alta rentabilidad a costa de su poder sobre las auxiliares y esto lo hacía en
horas de trabajo y al mismo tiempo mantenía relaciones simultáneas con varios médicos y
no pasaba nada, no podíamos decir una palabra y ella cada vez se atornillaba mas a su
puesto gracias a su habilidad y la manipulación que hacia de varios miembros de la junta
administrativa. Al final la conocíamos como “Mesalina” o “Lola Puñales”.

Y veíamos a una compañera hacer llamadas internacionales, a celulares, a líneas
calientes y de cartas astrales en un teléfono supuestamente codificado; nunca se supo
como hacía para violarlo a su gusto y ponerlo a su disposición, porque a nosotros ni nos
daba tono para hacer llamadas locales. Era tan conchuda que se daba el lujo de ofrecer
los servicios de telefonía al exterior a bajo costo, y en sus turnos entraba gente de la calle,
la vestía con ropa de cirugía para hacer llamadas a España y Estados Unidos. Nunca le
pudieron comprobar nada.

O descubrir que Rosiana la instrumentadora costeña, callada y buena trabajadora,
discreta y desapercibida, tenía doble vida y triples ingresos, pues en sus jornadas de
descanso practicaba el oficio más viejo del mundo y en nuestros tiempos uno de los mejor
remunerados, pues ejercía como meretriz y dama de compañía prepagada, por catálogo y
según el Doctor Mejía, el médico que la descubrió, la puso en evidencia o como se dice,
la “banderió”, una verdadera furcia, una vampiresa experta en las milenarias artes del
Kamasutra. Yo misma le cambie varios turnos en forma súbita, luego de que le sonara el
celular para concretar citas.

Y es extraño ver que una de las personas más queridas, respetadas y de confianza
como Carmenza la trabajadora social, resultó envuelta en un lío muy sonado de tráfico de
niños y adopciones, supuestamente haciendo parte de una extensa red que por un buen
fajo de dólares hacía gestiones ilegales para parejas extranjeras y solucionaba el
problema de adolescentes o de madres solteras o de indigentes que no querían o no
podían llevar a cabo la crianza de sus hijos y se les constituían en un estorbo. Al final ella
salió invicta de los cargos, pero la intriga generó mucho malestar y desconfianza y
menoscabó el amor propio de una mujer de por sí susceptible y algo paranoica.

También un médico del ministerio de justicia adscrito al hospital, en complicidad con
una secretaria del forense, se vio implicado en el caso de venta de córneas y órganos
para instituciones trasnacionales que los vendían al exterior para llevar a cabo
trasplantes. El caso fue denunciado y generó un gran debate público que suscitó mucha
controversia, con demandas y muertos de por medio.

Y también durante un tiempo, luego del asesinato de Carlos “Fastidio”, un auxiliar de
medicina interna que durante un tiempo fue novio de Diana, mi mejor amiga del hospital,
hombre de oscuros antecedentes y al parecer ausencia completa de escrúpulos morales,
se oyó decir que hacía parte de toda una cadena de especuladores de seguros de vida
que lo tenían a él como contacto para asegurar pacientes terminales, manipular historias,
mentir sobre las enfermedades pre-existentes, engañar a los peritos, falsificar firmas y
expedientes y luego de la rápida y predecible muerte del enfermo crónico, cobrar unas
cifras abrumadoras por concepto de primas y bonificaciones para pagarles el seguro a los
beneficiarios, que eran ellos. De hecho, era muy llamativo, pues sin conocerle otra
actividad distinta a ser auxiliar de enfermería, con un sueldo no propiamente muy boyante,
dígamelo a mí, tenía una camioneta de mafioso o mafioneta y fue de los primeros que
conocí con teléfono celular, cuando este era un verdadero lujo de ricos. Parece que el
modus operandi se extrapolaba también a indigentes y recicladores que después fallecían
en cualquier accidente o muertos sin dolientes, borrachitos arrastrados o N.N. que no eran
reclamados; después de los trámites legales, estos casos eran sujetos de millonarias
reclamaciones por concepto de seguros de vida por cuenta de esta banda de avivatos sin
compasión.

Como lo he relatado sin exageración y aún casi sin asombro, este ambiente sui
generis de los hospitales nos convierten casi en un gueto, una ciudad dentro de otra con
sus propias reglas y sus códigos específicos.

Me he descubierto a misma casi 15 días sin ver el sol cuando me tocan jornadas de
corridos de doce horas sucesivas ante algunas incapacidades o alguna contingencia del
servicio. Me he visto con impotencia despierta en mi casa a las 3 de la mañana sin poder
conciliar el sueño, luego de un turno de 36 horas continuas. He estado hasta 8 días sin
ver a mi esposo, pues los turnos laborales se montan y no coincidimos en la casa, sólo
nos comunicamos fríamente por el teléfono y cuando nos encontramos, estoy tan cansada
por la fatiga acumulada, que ni el humor ni el sueño me permiten atenderlo y quererlo
como se merece.
Me parece aberrante ver también como muchos especialistas cargan en su carro la
ropa y los utensilios de aseo personal pues durante varias jornadas no van a su casa, por
estar haciendo turnos en distintas partes que se suceden unos con otros. Incluso los
domingos o festivos, sus esposas les llevan los niños al hospital para que puedan verse,
para tratar de ser un poco menos ajenos y menguar la culpa de no poder ver crecer y
disfrutar los años de infancia de sus propios hijos.
Y tener que torear el ego de los especialistas quienes a fuerza de salvar vidas en
condiciones desesperadas y en ocasiones increíbles ante la gravedad de las
enfermedades que a diario enfrentamos, van adquiriendo un aura de superhombres, de
semidioses que tienen en sus manos el poder de la curación y se lo van creyendo, van
modificando su actitud, su nueva manera de dirigirse al mundo, su propia estima y auto
imagen y al final no hay pinzas con que cogerlos, se sienten invulnerables, infalibles en la
armadura de arrogancia que les confiere el don de la sanación con que la naturaleza los
ha dotado.
Definitivamente es un entorno muy particular, difícilmente repetible en otros gremios,
que talla el espíritu de quienes hacemos parte de su círculo. Nos ha tatuado el carácter,
pues hemos estado en él más de la mitad de nuestra vida personal y laboral, nos ha
modificado el lenguaje, las historias, la experiencia, el semblante, la salud, la familia, la
forma de mirar el mundo.

Para bien o para mal, en nuestro ambiente hemos cambiado y llevamos la marca
indeleble de
2. DESDE MI ORILLA.


Yo nunca imaginé que me iría a tocar entrar al hospital, el sitio donde llevo
trabajando más de quince años, de esa forma.

Cuando una está joven no piensa en envejecer o en morir, cuando está aliviada, no
se le ocurre que se puede llegar a enfermar. Y así me pasó a mí.

Había empezado a sentirme indispuesta desde dos días antes, con un dolorcito en
el ombligo que interpreté como una indigestión por comerme la merienda tan tarde. De
todas formas, los analgésicos y los antiácidos mitigaron esa brasa que me arañaba por
dentro el estómago y pude dormir tranquila.

Al otro día tuve mil ocupaciones y destinos y a pesar de tener ese chuzo en mi
abdomen, no le presté importancia, pensé que era por estar a punto de menstruar, total, a
mí siempre me duelen los ovarios, un mes el uno, otro mes el otro. Nada que no
resolvieran los calmantes. Y ahí me fui llevando. Pero esa mañana ya el dolor se hizo
insoportable, me impedía hasta para caminar, orinar o levantarme de la cama. Con tantos
años de experiencia y no tuve la suspicacia de pensar en lo que para el médico fue tan
obvio.

- Todo parece indicar que tienes una apendicitis aguda perforada-indicó con voz
grave el galeno.-Estoy esperando exámenes, pues creo que ya estás en fase de
peritonitis inicial. De todas formas te voy a programar para cirugía. -Su tono de voz se me
antojaba imperioso y distante. Siempre nos trataba de usted, pero ese día como paciente
me tuteaba.

Para acabar de ajustar, nunca tuve buena empatía con ese cirujano; le criticaba su
arrogancia que más disimulaba una inseguridad personal y su trato con las auxiliares y
enfermeras era displicente y autoritario. Se creía de mejor familia, aunque no lo teníamos
como el mejor del hospital, y ¡precisamente me enfermo la noche en que él está de turno!
¡Cómo extrañé en ese momento al Dr. Velásquez, mi médico de confianza!

-La lengua si es el azote del culo-me escuché decir en voz alta, aunque en realidad
nunca supe si lo pensé o lo dije.

De todas formas en los hospitales públicos una no es quien escoge médico. Lo
atiende el que esté de turno, bueno, malo, amable o agrio. A éste en especial lo
aborrecían por pedante, pues desde que vino de Francia se le subieron los humos y se
creía el mejor sin serlo, hablaba mal de sus compañeros y fanfarroneaba de sus post-
grados sin ser verdad. De hecho, con el tiempo se supo que en el exterior no hizo una
verdadera especialización sino una pasantía por hospitales en donde no lo dejaron sino
mirar, nada de meter la mano para operar, ni siquiera para practicar.

Cuando vino a ejercer, y en vista de su alto nivel de complicaciones en cirugía, al
doctor Frank Córdoba ya le decían “Cordobé le filtré” o “Frank el eviscerador”, para
ridiculizar la mezcla de sus ínfulas con la combinación entre montañero venido a más y
galo, de cirujano prepotente pero imperito, pues a muchos de sus pacientes abdominales
les filtró la sutura intestinal por fallas en la técnica y por su acelere innecesario, o se
evisceraban, vulgarmente hablando, se les salían las tripas por la herida. Rápidamente
cogió fama de complicado e incapaz, lo peor que le puede pasar a un médico recién
graduado.

- Ese matarife no cura una gonorrea ni dándole la Penicilina-Decía Catalina Palacio
la de oficios generales

Él siempre encontraba a quien echarle la culpa, a los materiales, a los
instrumentadores, a los ayudantes y, con el pretencioso dejo de afrancesamiento o
franchute de porquería que cogió como acento luego de sólo tres meses de estadía en
Francia, se regaba a despotricar de todo el mundo.

Yo no tenía otra opción. Me tenía que dejar operar de él y me encomendé a Dios
que no me fuera a complicar. Me vi a mí misma llorando en silencio. Me daba pena que
descubrieran que además de terror tenía dudas, desconfianza, recelo.

Y me di cuenta de que urgencias se ve distinto desde una camilla; nunca se me
pasó por la cabeza que una practicante que no me conocía se ensañara en mi vello
púbico para afeitarlo hasta hacerme sangrar sin saludarme siquiera, sin preguntarme mi
nombre o mirarme a los ojos. Y por supuesto al tratar de canalizarme la vena para
colocarme un suero me hizo más de cinco pinchazos erráticos hasta que me tuve que
enojar, llamaron a la enfermera jefe que no sabía que yo andaba en esas vueltas y ahí si
me tendieron tapete rojo, me atendieron mucho mejor y yo pensé desde mí, cuantas
veces habré sido insuficiente o distante ante el dolor ajeno de un pobre paciente aterrado
porque un personal que ni lo determina se ensaña con su piel y con su cuerpo a agredirlo
con chuzones y cortadas en medio del terror que se apodera de una cuando está desde
esa otra orilla del camino.

Y creo que estaba tan rutinizada con el ambiente que no me di cuenta del silencio;
los pacientes apenas hablan, pero una desde el puesto de enfermería no lo percibe así,
pues nos pasamos cotorreando y chismoseando, con el radiecito al lado, con la mente en
otras cosas.

Pero desde la camilla, con una batola ridícula que no es la propia, abierta por detrás
dejándole ver las nalgas y una con ese dolor para tratar de cubrir sus vergüenzas, con
ese espaldar tan duro y sin almohada, los segundos parecen eternos, el silencio hace
como un eco que magnifica la angustia de esperar sin ver acción: que no la pasan rápido
a cirugía, que el examen no llega, que el analgésico no actúa, que el especialista no
aparece.

Y el olor que siempre ha estado allí pero que una incorpora sólo cuando ha estado
mucho rato quieta mirando para lado y lado, a alcohol, a medicamentos, a pecueca, al
sudor rancio mezclado con los orines berrichonsos de los indigentes, a cobija cargada de
fiebres y auras ajenas. Me aterró descubrir esa mezcolanza de hedores entre dulces y
putrefactos y no tuve más opción que vomitar, no sé sí de la impresión, de la enfermedad
o del asco. ¡Cómo es posible haber gastado mi vida en este espacio y no saber nada de
él, parece que hubiera sido la primera vez que estuviera allí!

Y tenía un miedo terrible, un temblor que se apoderó de mis manos cuando iba a
firmar la hoja de autorización y la rúbrica quedó ridículamente ladeada; me dieron ganas
de llorar pensando en mis hijos, en mi madre, pero no como es ahora sino como cuando
yo era niña, pues en ese momento me volví una niña, me dieron ganas de orinar, de
tirarme de la camilla cuando rodaba por el pasillo hacia la sala de ingreso a cirugía.

Y no sé si fue por la droga que me dieron como somnífero pre-anestésico pero veía
como las luces titilaban, los rostros de las compañeras que trataban de darme ánimos se
veían borrosos y desfigurados y las voces se oían confusas y retumbantes. Al ver que iba
pasando como por un túnel, me sentí grotescamente histérica, ¡Acaso me iba a morir!,
era imbécil pensar que me fuera a morir, pero los recuerdos se atropellaban, me sacudían
y se sucedían uno a otro, ¡que carajos!, ésta es mi casa aquí he dejado mis años más
vitales y más de media vida, todo mi tiempo mejor; aquí enterré muchas de mis ilusiones y
esperanzas y si me muero que más da, alcancé a pensar.

De un momento a otro descubro que ya no tengo miedo, sólo un bostezo gigante
antes de sentir que floto como en un precipicio gigantesco y sin fondo.

*

-¡Te fue muy bien! Tenías peritonitis por perforación del apéndice. Había bastante
pus, te tuvimos que hacer una cortada muy grande para lavarte, pero te vas a recuperar
sin problemas -Parecía recitando una perorata pregrabada el médico cuatro ojos que me
miraba por encima de sus lentes culo-de-botella.

-Además, me extraña que te hubieras dejado coger tanta ventaja. Hubiera sido más
fácil si te operamos más a tiempo la apendicitis.-No podía aguantarse las ganas de
echarme cantaleta.

¡Claro, si mi tía Lola tuviera pipí, sería mi tío Lalo!-pensé con rabia. Como siempre el
doctor pontificaba, regañaba, sentaba cátedra.

-Te tuvimos que dejar la herida abierta y de pronto te tendremos que volver a llevar
a cirugía para hacerte nuevos lavados.-Remató con una forzada sonrisa que se me antojó
ridícula.

El abdomen me dolía profundamente, me daba dificultad respirar y toser era una
calamidad. Tenía la boca seca, la lengua carrasposa, no podía ingerir líquidos, tenía
sondas en la nariz y en la vejiga; sin maquillaje y con la cara llena de grasa y sudor,
debía verme espantosa.

Como pude salí de esas. Estuve diez días hospitalizada, me sometieron a tres
cirugías en total hasta que, sin estar recuperada del todo, el auditor de la empresa de
salud que respondía por mi seguridad social presionó a los médicos para que me
mandaran para la casa pues les estaba saliendo muy costosa y él se comprometía a
seguirme tratando por visita domiciliaria, aplicándome drogas y haciéndome curaciones.
Al final, dediqué mes y medio de mi existencia a enfrentar esa enfermedad y ese doloroso
proceso de curación.

Desde entonces pude ver de otro modo el hospital, ese gigante dormido en
apariencia que rugía en el peristaltismo de su propio ritmo. Vi de otra forma a mis
compañeros, a mí misma, a mi familia y decidí organizar mis recuerdos para darle forma a
mi memoria.

No había caído en la cuenta de que me rodeaba tanta historia, tanto mundo, tanta
energía, tanto movimiento. Me di cuenta de que tenía que enfocar de otra manera el
sentido de mi existencia pues ya no volvería a ser la misma.

Esto que estoy sintiendo, sudando, regurgitando, es el testimonio de todo eso.

3. UNA DE FANTASMAS

Esas noches de la hospitalización durante mi convalecencia fueron eternas.

Se me hacía un mundo ver pasar el tiempo, lento, cadencioso, pesado, sin prisas. Al
principio, divagaba entre las nebulosas de la septicemia que me obnubilaba los sentidos
y me contaminaban la vigilia de una sensación incorpórea y vaporosa; además, sentía
que me afectaban las drogas anestésicas, que algún alambre desconectarían en esa
unidad sellada de mi cerebro de por sí ya un poco locato y díscolo. Y el terrible miedo a
morirme que me asfixió como un peso sobre mis apegos y culpas cuando vi que no tenía
reversa la cirugía por la peritonitis.

Al principio me daba dificultad saber si dormía o me desvelaba, si eran delirios o
ensueños, si hablaba o soñaba que lo hacía. Me sumía en imágenes borrosas, indefinidas
e intangibles que no sabía si eran recuerdos o elucubraciones; tenía la sensación de que
yo no existía, sino que alguien me soñaba, no entendía si era cierto que me veía a mi
misma desde arriba, desdoblada en un torpe vuelo desangelado y tiritante.

Cuando pensaba que iba retomando el control de mis pensamientos, la coherencia
de los instantes, la secuencia de las imágenes, la corporeidad de las visitas, venía una
nueva cirugía, una nueva anestesia, el efecto de los analgésicos, que me hacían flotar sin
espacio ni tiempo.

En esas estuve durante 8 días. La sensación de impotencia, de tiempo perdido era
castrante.

Me quedó como un orificio en la memoria, un agujero negro a través del cual se
escurrió algo que durante mucho tiempo pobló mis noches siguientes de desvelos,
sobresaltos, pesadillas, inverosímiles paisajes surrealistas en el desierto de mi conciencia.

Cuando ya pude recuperar un poco la rutina de mis ritmos biológicos, me empezó a
atizar la obsesión extraña de habitar un mundo compartido con fantasmas.

Sólo en ese momento, luego de muchos años de rondar de día y de noche en este
hospital, de revolotear en medio de las energías de la vida y de la muerte, de la
enfermedad y de la angustia, de los desprendimientos y las ansiedades, pude entender
que de algún modo eran una realidad que en su momento no pude ver. Y mirando con los
ojos del entendimiento, la lógica y la racionalidad era natural que no los comprendiera;
pero, pese a mí, ahí estaban como un episodio abrumador e incontrovertible.

Hoy no sé decir si era por la labilidad de mi estado de conciencia; o por lo cerca que
estuve de trascender a otros estados energéticos cuando me supe al borde de la muerte
en el curso intensivo de arpa que tomé cuando al fondo de la oquedad se vislumbraba el
tan cacareado túnel; o si fue por todo lo anterior que hice una relación de cofradía con
esos espectros que durante noches me rondaron y que me dejaron tatuada como realidad
indiscutible su presencia.

Ya en otras ocasiones, en años anteriores, había tenido contactos que en su
momento ignoré o dejé pasar desapercibidos, como cuando muy recién vinculada empecé
a encontrarme durante varias noches con una señora muy amable y saludadora que
atravesaba el patio dirigiéndose hacia la lavandería, con un traje rojo muy llamativo y una
enorme cartera negra.

Después me enteré que la lavandería cerraba a las 7 p.m. y que desde el sitio de
donde ella repuntaba, ya la puerta había sido cerrada. Con el tiempo me contaron la
historia de Doña Lucila, una señora de 60 años que cuidaba a sus dos hermanitas
mayores, luego de que muriera su padre de mucho más de 90 años.

Las otras dos mujeres rápidamente se enfermaron y se murieron sucesivamente.
Durante la cirugía de la última, cuando le dieron a doña Lucila la noticia de que no había
tolerado la anestesia y que su hermana había fallecido en pleno quirófano, ella asimiló el
golpe con resignación y sin aspavientos se sentó en la sala de espera a morirse de
tristeza y de soledad. A las tres horas vinieron a descubrir que esa señora vestida de rojo,
que dormitaba plácidamente del cansancio en una de las sillas, se había entregado a la
parca mientras rezaba para encomendar su alma y la de su hermana al creador. Muchos
en el hospital la hemos visto deambulando por la noche, pero en forma curiosa sólo
espanta a los recién llegados.

También varios pacientes y practicantes han oído llantos de niños, o sonidos de
objetos quebrándose en el suelo, o puertas de los baños colectivos que oponen
resistencia a ser abiertas como si alguien las retuviera desde adentro sin haber nadie allí
al momento de confrontar.

La que se sacudió durante algún tiempo con estas historias fue Catalina Palacio la
empleada de servicios generales, una negra zumbona y chisposa aparentemente inmune
a desvaríos metafísicos, a prueba de sustos y sobresaltos esotéricos. Ella nos juraba que
en los trasnochos, cuando aprovechaba una o dos horas para descansar, en varias
ocasiones vio a una monja que con una bandeja de medicamentos se dirigía a las
habitaciones de las maternas y otras veces la escuchó rezando en su cubículo, que
quedaba continuo a la capilla.

Al principio nos burlábamos de su miedo, pero al verla pálida y transfigurada, a ella,
una negra rozagante y vital, casi que le empezamos a creer. Algunos pacientes nos
contaron que en la ronda nocturna había ido la hermana Maribel a repartirles la droga,
sabiendo que en el hospital ninguna funcionaria era religiosa, ni había monjas enfermeras
y las versiones eran radicales al decir que sí, que habían recibido medicamentos de una
persona con esas características; empezamos a indagar y al final se supo que en el
servicio de maternidad había muerto una paciente de nombre Maribel, fallecida por un
absceso abdomino-pélvico por un aborto provocado que se complicó.

Al final se supo que dicha señora era una novicia que trabajaba en el Chocó como
auxiliar de enfermería en un hospital rural y había quedado en embarazo de un misionero
alemán. Al practicarle el procedimiento abortivo, tuvo una perforación uterina, fue remitida
desde Quibdó a nuestro centro y aquí, luego de varias cirugías y tratamientos agresivos,
murió. Parece mentira, pero el padre Gildardo tuvo que hacer una suerte de rituales y
actos como de exorcismo medio clandestinos, no avalados por la curia, para lograr que el
alma errante de la reverenda tuviera por fin paz en el más allá y abandonara los
pabellones que retenían su espíritu sin sosiego.

Pero en mi propia convalecencia lo que más me atormentó, fue la presencia de Ana
Matilde, una paciente a la cual yo personalmente asistí durante su hospitalización, en la
cadena de tragedias que marcaron su destino nefasto.

La noche en que ingresó al servicio de urgencias, estaba jugando con la hija de su
prometido, a la que sostenía llevándola en una bicicleta de niños. La boda estaba
próxima, se iba a casar con don Julián, un viudo que tenía un almacén veterinario, padre
de dos hijos, un adolescente y la niña de 5 años. Anamati, como le decíamos, se encariñó
mucho con ella, la incorporó a sus afectos y ya la quería como a una hija. En esa noche,
por no dejarla caer, perdió el equilibrio y se torció el tobillo, sufriendo un trauma menor
llamado esguince. Mientras la atendían para ponerle un vendaje, llegaron unos sicarios a
rematar a un herido que estaba en las camillas y una de las balas colaterales fue a dar a
su barriga y salió por la cadera derecha destruyéndole en el trayecto la arteria ilíaca. Casi
se muere, fue operada de urgencia y en la evolución terminó con los intestinos expuestos,
el abdomen abierto para continuos lavados en cirugía. La extremidad inferior derecha no
pudo ser salvada y a los pocos días la amputaron.

Su caso nos conmovió a todos y ella no podía entender por qué le había pasado
todo eso a ella que supuestamente era una buena mujer, temerosa de Dios y respetuosa
de las leyes humanas. Era el momento más feliz de su vida, cuando se iba a organizar
con un hombre justo y noble, cuando iba a constituir un hogar cristiano, sin haberle hecho
nunca ningún mal a nadie, incluso ofrendando a su futuro esposo hasta el privilegio de su
virginidad concertada con sus principios morales.

Empezó a desarrollar una depresión severa que se fue transformando en un delirio
misántropo en el cual blasfemaba, rechazaba las visitas y toda compañía, se quitaba los
sueros y se provocaba el vómito para regurgitar las pastillas.

Era impresionante verla, pues parecía poseída, con risas inmotivadas, rugidos
terribles que no parecían salir de su garganta de mujer delicada sino de más adentro. Los
sedantes le actuaban muy poco y por muy corto tiempo, casi no la profundizaban y no
lograban tranquilizarla. No admitía las visitas del padre Gildardo, al que repudiaba con
groserías, desfachatez y descortesía. Una vez trató de agredir a Carmenza la de trabajo
social que sólo buscaba ser amable con ella en una visita de rutina y al final sólo
conversaba con el doctor Acosta, un anestesiólogo con fama de masón y rosacrucista, del
cual nadie sabía casi nada, que se mantenía con unas bolitas metálicas en la mano en
continuo movimiento y de quien se decía que hacia parte de una secta satánica, que se
reunía en San Cristóbal para hacer aquelarres de adoración a Belcebú.

Otro que también tenía algo de acceso a ella en sus últimos días era Fercho, uno de
nuestros pacientes crónicos, parapléjico por una herida de bala en la columna y también
todo un compendio de maldad rufianesca
.
Con él, fue sorprendida fumando marihuana en el patio, una tarde en que el acceso
de tos que la acometió luego de aspirar el cigarrillo, le ocasionó una hemorragia intestinal
y una salida de las vísceras por la herida del abdomen que se conoce como evisceración.
En su retahíla decía que quería perder la virginidad con Fercho para probar el sexo antes
de morirse y para engendrar un hijo suyo.

A Fercho esto lo abochornaba con ella cuando sabía que alguien más escuchaba,
por las evidentes limitaciones que las secuelas del balazo habían hecho sobre su función
sexual y mejor evitaba el tema y cambiaba de conversación. Claro que cuando era para
acosarnos a punta de fanfarronerías a algunas de las funcionarias que le gustábamos, ahí
si no paraba en mientes y posaba de insaciable garañón, poderoso macho presto a
brindarnos placeres inconmensurables.

Al final de tanta lucha y tanto sufrimiento, la paciente entró en coma y murió.

Al médico de turno se le metió en la cabeza que el doctor Acosta había tenido que
ver en el asunto de la precipitación de la muerte y una noche en que se habló del asunto
casi se van a las manos, pero el tema se quedó así y nadie lo volvió a tocar. Para ser
justos, al anestesiólogo lo precedía una fama, no sé qué tan justa o no, de practicarles
eutanasia activa a los pacientes terminales, cuando él consideraba que estaban
desahuciados. Su leyenda decía que les aplicaba un coctel intravenoso de Tiopental,
Succinil Colina y potasio, mientras les musitaba un extraño rezo en sánscrito al compás
de música de Mozart, reconocido apóstata. Esto les proporcionaba a los pacientes una
muerte plácida, indolora y sin repulsa, pues los sumía suavemente en la inconsciencia, y
les ocasionaba paro cardio-respiratorio. Nunca se aclaró si era cierto y si el médico lo
hacía por compasión o por algún dictado de su supuesta avenencia con el maligno.

A mí el tema de Anamati me tocó en lo profundo y me produjo mucho impacto.

Cuando volví al hospital ya como paciente y estuve tan enferma, su presencia se
hizo constante, me rondaba siempre que yo volvía al cuarto, después de salir del
quirófano luego de las varias cirugías que me hicieron. Como yo estaba tan dopada, tan
confusa, sin determinar desde mí misma si estaba o no consciente, no pude saber si
esos diálogos, si ese verla deambular alrededor de mi cama, a veces riendo, a veces
llorando, caminando no sé cómo con una sola pierna, a lo mejor flotando. Tengo tan claro
ese triqui-triqui coordinado de su tacón con su bastón que algunas otras personas con la
mente menos enredada que la mía también oyeron.

El día en que me puse mas enferma, sentí que ella me tomó de la mano y me llevó
a caminar suavemente a través de un jardín que tenía como una puerta de luz
atravesada; cuando llegamos a ella, soltó mi mano, me miró dulcemente, sonrió y la
trastornó, dejándome allí parada.

Me cuentan que ese día fue el que más delicada estuve y casi me muero. A partir
de entonces tuve una conciencia más o menos clara, y supe con certeza que por esta vez
ya no me iba a morir.

Luego de la incapacidad tan larga que tuve y de reincorporarme al trabajo, volví a
entrar a la habitación y algo siempre me sobrecogía, pero sin evidenciar nada ante mis
sentidos.

Le conté todo al padre Gildardo, quien también había sentido cosas e inquietudes
relacionadas con el caso de Anamati y durante una tarde en que estaban pintando las
alacenas, de entre una separación de madera cayó una pequeña libreta. Los muchachos
la cogieron con curiosidad. Era un recordatorio del cumpleaños de la niña del novio de
Ana Matilde, que tenía una foto de éste con ella, todos juntos en un momento feliz que no
presagiaba lo que vendría después. Le comenté al padre, fuimos al cuarto, rezamos
juntos y desde entonces parece que se conjuró la maldición de Anamati. Nunca más la
volvimos a sentir.

De todas maneras esas energías que circulan en los hospitales, con muertos en
plena cirugía, con desprendimientos de vida luego de tanto sufrimiento y dolor, de
accidentados y asesinados, de niños inocentes que sucumben ante la enfermedad o la
adversidad del destino, tienen una carga poderosa que no tengo duda, en muchas
ocasiones sigue circulando alrededor de los que seguimos vivos.

4. MONOPOLIO

I

Al ingresar a la universidad por presión de su padre, Fercho entendió rápidamente
que no iba a durar mucho tiempo allí. Lo castraba la norma y el rigor de la exigencia lo
exasperaba; la autoridad y los compromisos académicos no eran compatibles con su
espíritu ya marcadamente rebelde y ambicioso.

Tan sólo en el primer año ya había hecho contactos y tomado participación con un
grupo que se dedicaba al saqueo de los autos estacionados en el parqueadero y él se
encargaba de recibir los objetos robados para venderlos a los reducidores del centro de la
ciudad. Algo dentro de él lo presionaba a estudiar, a tratar de lograr a través de la
academia un desarrollo como hombre de bien, pero sucumbía siempre ante la tentación
del monstruo proclive al delito que siempre le habitó. Por eso se descubrió desocupando
apartamentos de compañeros que le brindaban la amistad y la confianza invitándolo a
estudiar o a reuniones sociales, aprovechando para entrar y robarlos cuando utilizando la
información que le daban, predecía las rutinas y diseñaba las oportunidades. Alcanzó
junto con sus amigotes a robarse dos carros del parqueadero de la facultad, gracias a que
logró tomar el molde de las llaves al vaciarlo en plastilina para luego hacer una copia,
cuando pedía permiso para guardar en el auto un libro o para escuchar un cassette y ya
estaba explorando el terreno para empezar a distribuir droga entre los consumidores
universitarios.

Su buena estrella declinó cuando fue sorprendido con un amigo echando a rodar el
carro de éste por el precipicio del alto de Boquerón, luego de desvalijarlo de los
aditamentos valiosos, para cobrar el seguro después de hacer una falsa denuncia de robo
a mano armada. En esas andaban cuando una patrulla de la policía los detuvo. No
tuvieron dinero para asumir el costo del soborno que los uniformados les pidieron por el
silencio, así que fueron a dar rápidamente a la cárcel, en donde pasaron varios días
mientras avanzaban las investigaciones. Pero como siempre, una oportuna fianza
pagada por su padre con la respectiva eliminación del expediente gracias a un diligente
funcionario que a cambio de unos cuantos miles de pesos le borró el prontuario, volvió a
las calles con mil promesas y compromisos, pero con la claridad de que ya nunca más
sería capaz de volver a estudiar.

Liberado ya de esa carga, empezó a vender droga al menudeo en las esquinas de
los barrios, encargándose de establecer una red de distribución de pequeño alcance, pero
de gran rendimiento. Los billetes empezaron a llegar por montones y en poco tiempo se
hizo a un capital apreciable. Poco amigo de los bancos, confió en su hermano para que le
administrara el efectivo. En un acto de indiscreción y en medio de unos tragos, éste
cometió la infidencia de contarle a varios amigos que tenía la caleta con el dinero en algún
lugar de la casa y preciso, al poco tiempo fueron por él, lo torturaron para que confesara,
le robaron y enseguida lo mataron. Fercho empezó a investigar para tratar de descubrir a
los culpables y gracias a una eficaz cadena de delatores desenmascaró al asesino, el
cual apareció muerto a los pocos días, tirado en una manga cerca de la canalización de la
quebrada de la setenta y cuatro. Como todo el mundo por más miserable que sea tiene
dolientes que lo lloren y lo extrañen, los familiares del traidor sorprendieron una semana
después a Fercho tomándose una cerveza en la tienda de la esquina y allí le propinaron
varios balazos, uno de los cuales le partió en dos la columna vertebral, dejándolo inválido
y condenándolo para siempre a vivir anclado en la que denominó la “aerodinámica
maldita”, la silla de ruedas que desde entonces nunca lo abandonó.

II

A Fercho lo conocí cuando trabajaba como auxiliar de enfermería en el servicio de
medicina interna del hospital. Era muy llamativo porque se veía enorme, larguísimo y
flaco en esa silla de ruedas tan pequeña para él, que manejaba con tanta habilidad con
esas manos bruscas y callosas, las uñas siempre sucias, los muslos inservibles, las
piernas kilométricas a toda hora amenazando desequilibrarlo, siempre a punto de caerse
de su chéchere con rodachines.

Y me impresionaban sus cambios de humor, su genio cambiante e impredecible, los
gritos y el maltrato a que sometía a las enfermeras que no le gustaban o que le parecían
feas o gordas y en cambio la dulzura con que nos trataba a las que le caíamos bien
porque le gustábamos o porque le llevábamos los caprichos o le teníamos más paciencia
o tolerancia. Yo era una de ellas y junto con Marleny y con Diana, terminaba siempre
asignada al cuarto de Fercho pues las jefes consideraban que éramos las únicas capaces
de manejar tamaña situación, “semejante Chicharrón”, pues cuando no estábamos ellas o
yo, Fercho se convertía en un demonio, en un energúmeno que tiraba cosas, maltrataba a
los otros pacientes, les decía perlas como “maldito tísico” a un indiecito enfermo de
tuberculosis, o “manicortica” o “albóndiga con patas” a Adriana, una enfermera rechoncha
y bajita, o “mochis” a un soldado amputado por la explosión de una granada, o
“carecrimen” a una paciente que sufrió quemaduras en el rostro. Su presencia cuando
estaba de mal talante era un problema e indisponía a todo el mundo, con el agravante de
que sus estancias en el hospital eran de meses, curándose sus escaras infectadas y sus
múltiples úlceras en las caderas y tobillos, cuando no neumonías y asfixias bronquíticas
por su consumo compulsivo de cigarrillos y marihuana.

Cuando estaba más recuperado, de mejor semblante, era el tipo más atento y
amable de la tierra. Nos mandaba traer frutas y golosinas, repartía gaseosas por todo el
pabellón, contaba muchas historias llenas de gracia y de picante que nos hacían morir de
la risa y a pesar de sus limitaciones, era coqueto y enamoradizo, incluso nos prometía
placeres sexuales extremos si cedíamos a sus devaneos, como olvidándose de sus
obvios impedimentos. Cuando notaba que yo estaba seria o muy ocupada, me perseguía
por todo el pasillo con su silla a toda velocidad a preguntarme que por qué estaba tan
rara, a indagar si él había hecho o dicho algo malo, a ver si habían puesto una nueva
queja sobre su comportamiento.

En sus arranques de buen humor se burlaba de sí mismo, se presentaba a los
nuevos pacientes o a los practicantes como “tullis” o “Fercho el escaroso” o
“carnepodrida”. Algún día le puso a su trono rodante una chapa metálica que decía
“Monopolio”, el nuevo y definitivo apodo que había adoptado para sí, al parecer por un
juego de palabras que combinaba su pelo notablemente rubio(mono) y su estado de
discapacitado o tullido(polio). El mismo se lo celebraba con una carcajada que inundaba
el corredor.

Buscando matar los días mientras el lento proceso de curación seguía su curso, se
inventaba cualquier cantidad de bromas para atormentar a los acompañantes de los
pacientes o a los estudiantes de medicina. A un practicante muy veterano, bastante mayor
que sus compañeros, de nombre Vicente, lo puso “Vicentenario”, apodo que lo persiguió
por el resto de la vida. Un día se hacía el muerto o fingía una convulsión; otro día decía
que tenía SIDA o tosferina o cólera o alguna enfermedad contagiosa. Se inventaba
enfermedades con nombres inverosímiles(una apoplejía por alicángaros, una picadura de
algurribí tropical, una disentería por manchívoros) y síntomas estrafalarios para confundir
a los aprendices y ridiculizarlos ante el profesor; combinaba secreciones para las
muestras de laboratorio y así enloquecer a los médicos, cambiaba los rótulos de las
muestras de sangre y así aparecían hombres en embarazo o mujeres con cáncer de
próstata, hasta que un día unos estudiantes ya cansados de tanta provocación(“Joda más
o joda menos, pero no joda tanto”, de decía la negra Catalina Palacio, de servicios
generales), decidieron darle un poco de su misma medicina. Lo sedaron, le tiñeron su
larga y blonda cabellera de rojo, le hicieron un par de trenzas de colegiala a cada lado de
la cabeza, coronadas con un moñito de colores, le afeitaron las cejas, le pintaron pecas
en la cara con una tinta casi indeleble, le amarraron las piernas a la silla y lo metieron al
ascensor acostado de espaldas sobre el piso de éste. Cuando despertó, estuvo más de
una hora en esa posición, gritando para que lo sacaran, como una cucaracha gigante y
rubia patas arriba, tratando aparatosamente de mover sus miembros inútiles, desgastando
infructuosamente sus fuerzas y su orgullo en ese claustrofóbico encierro, hasta que por fin
se compadecieron y lo dejaron salir. Los muchachos en complicidad con un empleado de
mantenimiento que también había sido víctima de Fercho, descompusieron el elevador y
colocaron una señal de reparación en la puerta para que nadie sospechara nada. Luego
del rescate, más irritado por la humillación del gozador burlado que por otra cosa, nunca
quiso delatar a sus vengadores. El caso nunca se esclareció, pero parece que “mister
Tullis” aprendió la lección y se tranquilizó por un tiempo.

Por sus múltiples reingresos y convalecencias, desarrolló un profundo apego y una
dependencia absoluta por el hospital y por algunas de nosotras, especialmente por
Carmenza la trabajadora social que tanta paciencia y dedicación le consagró, y por mí.
Cuando se estaba curando y se perfilaba una posible alta, recaía nuevamente con fiebre o
aquejaba todo tipo de dolores. Parece que manipulaba las cosas, se aplicaba ajos por el
recto para subirse la temperatura, calentaba artificialmente los termómetros, no guardaba
el ayuno para dañar los exámenes de laboratorio o cambiaba las muestras por las de otro
paciente más enfermo. Definitivamente no se quería ir, la calle le parecía muy dura e
intimidante, sus paranoias le impedían darle la cara a sus amigos y familiares, extrañaba
el afecto, la importancia, la notoriedad y la atención que recibía en el hospital y que en su
casa no tenía.

Un día, luego de una temporada de vacaciones, regresé al trabajo y me extrañé de
no verlo en las bancas del parquecito en donde siempre tomaba el sol. Fui a la habitación
y lo encontré acostado y mal encarado. Al abrir la puerta, me tiró con una revista que casi
me golpea la cara y me preguntó:

- ¿Qué necesita maldita bruja?¿Qué se le perdió aquí?-

Un poco extrañada pues era cierto que Fercho ya había moderado de alguna
manera su lenguaje insultante, le dije que por favor respetara, que yo estaba allí tratando
de hacer mi trabajo lo mejor posible, que no era mi culpa que él tuviera una vida y una
suerte como la suya y que no tenía porque sufrir por su agresividad y su grosería. Sin
decir palabra, con el gesto fruncido y unos ojos que parecían pedir a gritos compasión, se
descobijó y me mostró su nueva condición: Le habían amputado las dos extremidades a
la altura de la parte superior de los muslos, pues la última infección de sus escaras se
había complicado con gangrena y ponía en peligro su vida. Ya esas piernas gigantes y
contrahechas no iban a ser más un estorbo y se podría desplazar mejor, con menos
dificultades.

- ¿Qué opina?- Me preguntó-

- ¡Que por lo menos ya no va a tener que comprar zapatos
y se ahorra la plata! – Le contesté, dándole un portazo a la puerta y apenas
conteniendo las lágrimas en una combinación de odio con lástima, de afecto con
rabia, de ira con impresión. Por supuesto, se tiró rápidamente de la cama a la silla
y me persiguió por todo el corredor.

- Pero ¿Yo que hice? ¿Por qué está tan seria, monita?
¿Por qué vino brava conmigo? Por favor, ¡Hábleme! ¡Conversemos!-

Y así, una y otra vez reanudamos nuestras conversaciones, nuestra rutina de ires y
venires continuos, yo dándole cigarrillos a escondidas, poniéndole sin autorización médica
droga cada vez más fuerte para calmar sus terribles dolores, más del alma que del
cuerpo, peinándolo, afeitándolo, posponiendo vacaciones o permisos o licencias para no
dejarlo muy solo, ayudándole a asearse, hasta una nueva alta y un nuevo reingreso
cuando volvía cargado de infecciones y de regalos, cada vez más solitario y derrotado,
cada vez más callado, menos chisposo, menos vital.

III

Al volver al barrio, Fercho chocaba de frente sus nostalgias, sus expectativas y su
ego contra las limitaciones propias de su condición y de un mundo que no le daba
alternativas, concesiones ni treguas. Tenía un puesto en donde ofrecía lotería y juegos
de apuestas conocidos como “chance”, pero por debajo aprovechaba para vender
papeletas de marihuana y pastillas estimulantes. Ante las autoridades que lo rondaban
con desconfianza pero sin pruebas y las señoras que lo conocían, figuraba como un pobre
minusválido que con esfuerzo trataba de recuperarse de su propia tragedia; por esto lo
apoyaban, lo estimulaban y les parecía encomiable su ejemplo y capacidad de superación
sin aparentes complejos ni autocompasión. Él sonreía con dignidad y gratitud, bajaba la
mirada con humildad, ponía su mejor cara de ternero huérfano y degollado y les
despertaba toda su solidaridad cristiana y maternal. Luego hacía las conexiones
respectivas y se sabe que aprovechaba sus escaras para hacer viajes a Urabá y al
Suroeste Antioqueño completamente repleto de bolsas de cocaína encubiertas con gasas
y apósitos que cubrían sus profundas heridas. Su condición de tullido lo libraba de toda
sospecha, no lo requisaban ni tenía que pagar la coima a los policías corruptos, lo
dejaban pasar tranquilo o por respeto o por lástima o por fastidio, en todo caso coronaba
su viaje con éxito, se sacaba el matute de sus cavernas despojadas de carne y con el
hueso expuesto; en la transacción ganaba mucho dinero y nuevamente se reinfectaba,
teniendo necesariamente que volver a ser hospitalizado, volviendo una y otra vez a rodar
hacia el fondo de sus eternos círculos viciosos que lo conducían lenta e inexorablemente
hacia el abismo de su propia perdición.


IV

La última vez que vi a Fercho era un despojo humano. Estaba yo de turno en el
servicio de urgencias y me tocó recibirlo asfixiado, hecho un costal de huesos(iba a decir
medio costal), casi carbonizado por la fiebre que lo fundía. Apenas si podía hablar, pero
supe que se emocionó al reconocerme. Le descubrí ese brillo en los ojos que le
destellaban cuando tenía un apunte agudo o jocoso o un asomo de sus escasas alegrías,
con la diferencia que ahora estaba en las últimas, ya en la perdedora. En esas pasó toda
la noche, a cada momento todos esperando que por fin falleciera, pero por alguna razón
no se desprendía.

Al filo de la madrugada, cuando pude descansar un momento de mi oficio, volví a
conversarle. Él me repetía una especie de gesto con los dedos que yo interpreté como un
saludo. Con paciencia y viendo que ya no tenía trabajo pendiente, decidí asearle la cara y
aprovechar para peinarlo un poco y organizarle esos bucles largos y rebeldes, ya
mínimamente rubios, ya casi todos cenizos con unas canas curtidas que denotaban en él
años de sufrimiento e infelicidad. Fercho esbozó un intento de sonrisa agradecida, cerró
los ojos y me repitió la señal con los dedos. Tardé un rato en comprender, pero cuando lo
hice y viendo que nadie en el cubículo nos miraba, le prendí un cigarrillo y se lo puse en
los labios. Mientras inhalaba gustoso, apretó mi mano con la suya y en el aliento final de
la despedida me hizo saber que siempre me había amado y que ya se podía morir en paz
y descansar para siempre.
5. ALEJANDRO

Nunca supimos en que momento Alejandro, el gran compañero de pilatunas, de
aventuras y escarceos de mis hermanos en la época de la efervescencia de los años
puntudos, cambió tanto. Realmente pasó por diferentes etapas, experimentó varias
transiciones. Era también un vecino nuestro de toda la vida, quien como tantos en el
barrio, al graduarse de Ingeniero de Sistemas, fue a trabajar al hospital, uno de los
grandes generadores de empleo del municipio.

En la ya remota juventud era el “pipiloco” o “tumbalocas” del barrio. Tenía gran
predilección por las mujeres mayores, pero al cabo de un tiempo empezó a demostrar su
apetencia sin límites por las fámulas y sirvientas, lo cual hizo que las muchachas de la
cuadra no lo tomáramos muy en serio y le hiciéramos más bien el asco.

Llama también poderosamente la atención, que Marina, su hermana mayor, era la
mujer más sana y mojigata del barrio, lo que se conocía como una “zanahoria”. Pero lo
era genuinamente, de corazón, por convicción. Al principio era gran amiga de mis
hermanas Aleida y Marcela. Luego por su carácter reconcentrado, se fue distanciando de
ellas. Claro que también le ayudaba a preservar su aura de santidad, una feúra extrema y
repelente que desde pequeña la hizo tristemente notoria. Su cara era de aspecto perruno
y desde el bachillerato le decíamos “cuerpo extraño”, como comentábamos en la esquina
siempre a espaldas de ella y de Alejandro, quien no toleraba ningún dicho referente a su
familia. Por supuesto, el destino lógico de tan poco agraciada y desdichada mujer, no
podía ser otro que el convento, en donde se consagró por entero a la vida pastoral.
Estuvo en varios pueblos, siempre trabajando con campesinos pobres en áreas
dominadas por la guerrilla. Casi nunca volvió por el barrio, y la última vez que la vi, estaba
obesa como una elefanta, con unos ojos tristísimos y enrojecidos (de llorar, supongo) y
los pies hinchados como si sufriera del corazón. El contraste con Alejandro siempre fue
marcado y llamativo, ella tan callada y discreta, el tan avispado y notorio.

La vida siguió transcurriendo y luego, en esa transformación que nos asombraba, en
esa búsqueda de identidad que siempre nos descuadernaba cualquier posibilidad de
interpretación sensata, Alejandro terminó estudiando inicialmente Antropología en la
universidad pública. Su aspecto se hizo descuidado, su discurso se tornó rebuscado, su
lenguaje adquirió un insoportable aire de intelectualidad que le contaminó su gusto por el
cine, por la música, por el arte, hasta el punto de volverse inabordable. En esa época le
decíamos que era impajaritable, definitivamente mamón. Tenía teorías personalísimas e
inentendibles que resolvían muy a su manera grandes dilemas como la fórmula
cuadrática, el número de Avogadro, la implosión del bigbang, el paralelepípedo, la
semiótica y mil ladrillos académicos más. Como muletilla incorporó un desesperante
¿Sabes? que antecedía todas sus frases y un ¡O sea! que coronaba toda su dialéctica.
Ya en todo momento citaba a Carlos Castaneda como su autor de cabecera y sus artistas
favoritos eran los representantes de la Nueva Trova Cubana y la canción social
latinoamericana, despreciando al bien amado rock and roll que siempre fue de su
predilección. Mantenía en su mochila el “Inventario” de Mario Benedetti, una flauta, un
paquete de cigarrillos baratos sin filtro de marca Pielroja, una bolita de marihuana, y un
ejemplar pirata del “I Chin” con sus respectivas monedas. Era, como decía su padre, Don
Alfredo, un verdadero sancocho ideológico, un coctel estúpido, una melcocha intelectual.
Se creía el amo del universo y su mundo se dividía entre los pocos de su cofradía de
elegidos que pensaban y actuaban como él y el resto del miserable mundo superficial y
vacío que no los comprendían.

Ya en ese entonces expelía ese olor característico que le granjeó el remoquete del
“rey del cachupe” por aquello de la caspa, la chucha y la pecueca que lo perseguían
como la peste durante ese tiempo, o como le decíamos parafraseando el argot seudo-
científico en un latín de porquería, “Alejandrosporidium Pestilentis Fetidum”, por ese
impenitente olor que lo precedía y ya lo estigmatizaba. Por un tiempo su lucha contra el
baño diario fue frontal, su enemistad con el aseo radical, su desprecio por el jabón, un
festín para buitres, hienas carroñeras y ratas de alcantarilla. Era un decir en el barrio que
lo repelían hasta los gamines, los indigentes callejeros(o desechables) y los recicladores
por su fetidez. Que por pestilente y hediondo, se vomitaba con él un gallinazo con gripa.
Sus amigas eran todas del mismo corte: teta caída sin sostén, pezón tapa-de-caneca
negro y coronado por tres pelos puercoespinosos, culo chupado, sandalias, chucha
mantequera asomando la cola por la manga de la camisa en medio de una axila greñuda,
matorral salvaje de vello púbico a lo “gatoechado”, mugre en la uña del dedo gordo,
dientes amarillos y mirada de desprecio garantizada por considerarte poco menos que
miserable; varias eran teatreras o estudiantes de sicología.

Luego de una fallida excursión a la isla de Providencia en donde su maestro amado
de filosofía y preceptor moral le birló la novia y el orgullo y se la devolvió preñada, cayó en
una profunda depresión y se dedicó a la práctica del yoga y de la meditación espiritual. Su
discurso cambió por siempre; se hizo más hosco y reservado que nunca. Ya el aire
patriarcal, profético y trascendental no lo abandonaría nunca.

En su búsqueda frenética del yo interior, hizo incursiones en diversas disciplinas
como diletante activo y entusiasta practicante: método Silva, curso de Avatar, egiptología
piramidal, crecimiento personal a través de la autoflagelación silenciosa, rosacrucismo,
hermano de la séptima cruzada, discípulo de los maestros ascendidos, laico, prospecto
de camaldulense; incluso recuerdo cuando era ya instructor del curso avanzado de
Relajación mental como vía suprema al estado máximo de perfección existencial, casi una
deidad en estado etéreo, cuando agredió en frente de nosotros de una manera
inconsecuente y primitiva, en un lenguaje de vulgar y mundano verdulero, a su esposa, la
madre de sus hijos, la mujer más buena, ingenua y generosa que conozco, ( de lo buena
y decente que era, la ridiculizábamos diciendo que era “un alma tominona”) por cometer el
terrible pecado de tomarse un aguardiente con sus parientes. Jamás vi un energúmeno de
tal calaña, un acto de ira tan inesperado, injusto y sorprendente en una persona que
minutos después nos trató de convencer en su conferencia magistral de las ventajas del
control interior para lograr el crecimiento personal y alcanzar la perfecta armonía consigo
mismo, con los semejantes y con el cosmos.

Después de muchas inestabilidades y giros entorno a la nada tratando de encontrar
la senda de su propio destino, le correspondió por obligación ponerse al frente de los
negocios familiares, al presentarse la súbita muerte de su padre Don Alfredo y la ida de su
hermana Marina para el convento. Eso le hizo sentar cabeza a la fuerza, pero le permitió
vivir holgadamente durante una buena temporada y sostener a la familia sin mucho
sacrificio.

Dejó por un tiempo la universidad, abandonó la carrera sin futuro que estaba
estudiando, y al cabo de los años regresó a ella para terminar Ingeniería de Sistemas, que
se acoplaba mucho más a las necesidades de la empresa. Cuando su hermano Pablo
terminó Administración y encaró la gerencia del negocio, Alejandro fue a trabajar en el
área de sistemas e informática de nuestro hospital, trabajo que se consiguió con una
carta de recomendación de un senador.

A pesar del ingreso forzoso al mundo del pequeño burgués, lo que le implicó un
necesario y brusco cambio de actitud y de lenguaje, nunca perdió la necesidad de
experimentar, la ansiedad por la búsqueda; parece que nunca estaba contento ni
satisfecho. Se comenta en el barrio y en el hospital que un día se relacionó con la vieja
equivocada, una mujer esposa de otro conocido de la gallada de juventud, que también
trabajaba en nuestro hospital, más peligrosa que un costalado de alacranes o que un
balazo en un oído: Carolina la enfermera jefe de cirugía, conocida como Mesalina o “Lola
puñales”, una verdadera arpía saca-ojos; al parecer perdió la cabeza por ella,
asumiéndola sin sensatez ni discreción.

Una noche fue asesinado. Al principio se decía que era por atracarlo, pero luego se
empezó a esparcir la voz que había sido el esposo de la fulana quien lo había mandado a
mejor vida por no respetar el precepto bíblico de no desear a la mujer del prójimo y menos
aún, acostarse con ella.

Siempre se ha dicho que eso de husmear en cama ajena siempre será un mal
negocio.

6. RICHI

Les cuento esta parte de la historia para que vean que todo es circular, que unos
hechos se relacionan con otros aunque al principio no tengan una conección aparente. Por
ejemplo Richi era hermano del gerente del hospital, ambos eran conocidos de vieja data del
barrio, incluso fueron quienes nos ayudaron a mi hermana Aleida y a mí a entrar a trabajar,
cuando nos graduamos de auxiliares de enfermería.

Ese par de personajes era muy especial, una combinación de maldad con bondad, de
astucia con ambición, de éxito con fracaso, de amabilidad con arrogancia; subían y bajaban
como una montaña rusa y uno nunca sabía que se podía esperar de ellos. Un día saludaban
con gran especialidad y al otro día ni la determinaban a una. Eran muy raros, pero quiero
recordar la historia de Richi, quien terminó casado(esposa oficial, pero no mujer exclusiva, y
perdónenme lo chismosa, ya verán por qué) con Carolina, la enfermera jefe de cirugía.

Desde muy temprana edad, Ricardo demostró su afinidad por el dinero fácil, por los
negocios turbios, por los enredos conocidos como “torcidos”. Ya en su infancia era el favorito
de los muchachos mayores pues regresaba de la plaza de mercado cargado de frutas, carne
y gallinas vivas que con sus mañas conseguía engañando vendedoras sin ser sorprendido
nunca.

Para el juego callejero de las bolas de cristal o canicas, era el campeón; siempre era el
que tenía la bolsa más grande, no necesariamente conseguida en forma muy ortodoxa. Para
conseguir laminitas coleccionables conocidas como “caramelos” o “cromos” tenía una
habilidad especial o “estaba solo en la plaza”, como se denominaba a quien se destacara en
alguna actividad.

Su obsesión por atesorar y tener siempre más que los compañeros se hizo evidente
desde su mediana infancia. Siempre que podía tomaba ventaja de los demás llevándose a
quien fuera por delante, incluso intimidando físicamente o utilizando amenazas. Esto lo
conocíamos como “darle en la cabeza” o “en la torre” a la víctima, o “llevárselo por los
cachos”. Rápidamente abandonó los estudios en los cuales nunca fue muy destacado. A la
sombra de un primo suyo, empezó a frecuentar el ambiente del narcotráfico y a realizar
múltiples trabajos colaterales a él, que lo fueron involucrando cada vez más.

En realidad su astucia era subterránea, maquinadora, solapada, siempre esquivándole
al riesgo o al compromiso directo. Por eso nunca fue sicario ni transportó droga a otros
países (lo que se llama ser “mula”), por físico miedo, por pura cobardía. Prefería trabajos que
no manejaran armas ni implicaran enfrentamientos personales. Empezó haciendo mandados
convencionales, manejándole el carro al primo mafioso, luego transportando droga y dólares
de un sitio para otro de la ciudad camuflados en los autos (o encaletados). También servía a
las bandas de ladrones de carros (o “jaladores”) como vigía, “campanero” o “tiradedo”,
buscando víctimas potenciales mientras conducía por las calles informando por teléfono
celular el automóvil que era requerido por encargo o la persona que fuera fácil de asaltar
(que “estuviera botado”, “dando Papaya” o “marcando calavera”).

Cuando tuvo un capital más o menos considerable, se dio la casualidad de que el
primo protector murió trágicamente y muchos de sus compinches fueron capturados o
tuvieron que huir; ya el negocio estaba demasiado riesgoso y su nivel de cobardía y
autocuidado extremo le impedían seguir exponiendo su pellejo en una actividad de tanto
peligro. Optó entonces por montar una oficina de cambio de cheques, lo que le daba un
margen altísimo de utilidades mientras le permitía seguir haciendo negocios de todos los
pelambres, cambalaches de cuanta cosa se presentara, compra y venta de lo que fuera,
desde carros legales y robados pasando por armas con y sin salvoconducto, hasta dólares
buenos y falsos.

Su teléfono era prodigioso. Si alguien necesitaba una cédula de ciudadanía o un
pasaporte, él tenía el amigo indicado. Si fulano fue objeto de un atraco vehicular, él era
capaz, con una llamada, de neutralizar el hecho, bajando el monto del rescate.
Definitivamente era un mago para los contactos y para las relaciones en el comercio de lo
lícito y de lo ilegal. Dominaba los entresijos del bajo mundo y tenía en todas partes
magníficas conexiones.

Durante las vísperas de los fines de semana festivos o puentes, se daba un banquete
con tarjetas de crédito que un cómplice empleado de un banco le entregaba, un contacto le
fabricaba una cédula con su foto y con el nombre correspondiente y a gastar sin compasión,
adquiriendo toda suerte de electrodomésticos que revendía a menor precio o comprando
ropa fina, lociones, licor a borbotones en una feria desbocada que conocían como “la Piñata”
o “irse de Carnavales” en almacenes donde no hubiera circuito cerrado de vigilancia, o de
alguien muy conocido. Luego le devolvían las tarjetas al empleado “torcido” del banco y a la
semana siguiente éstas eran entregadas al dueño original, quien en la próxima cuenta de
cobro caía de bruces viendo la magnitud de la factura y teniendo mil dificultades para
explicar y demostrar que no era culpable ni responsable de tal derroche.

Su buena estrella empezó a declinar cuando fue descubierto conduciendo un carro
robado, lo cual genuinamente él ignoraba. Al mejor cazador se le escapa la liebre y fue
víctima de un avivato de toda su confianza quien lo estafó y le metió lo que se conoce como
un “tapado” o un “embutido”. Por algo los viejos decían que a todo gavilán le sale su sirirí y
de esta forma Richi fue a templar sus huesos a la cárcel.

Como frecuentemente ocurre, durante su detención varios de sus negocios paralelos,
como la tipografía y la mueblería que funcionaban de maravilla desde antes cuando él
estaba al frente, quebraron y tuvieron que ser liquidadas. Una estafa millonaria que estaba
fraguando, conocida como un “tamal”, fracasó por el repentino cambio de planes. Consistía
en poner a alguien de su más entrañable y cerrado círculo de cofrades como pantalla para
una gran bodega de abarrotes, que se mantenía a reventar con mercancía pedida a los
comerciantes del sector y pagada de estricto contado durante los primeros meses mientras
se granjeaba la confianza de los distribuidores. Así, recibía camionados enteros de bultos de
arroz y cajas de chocolate que daban la imagen de solvencia y solidez. Los revendía baratos
para poner a circular el efectivo y para volver a surtir, aún perdiendo plata al principio. De esa
forma ganaba buen nombre, obtenía préstamos bancarios, varias chequeras, tarjetas de
crédito y pasado un tiempo, los bodegueros le soltaban mercancía respaldadas en letras de
cambio o compromisos a uno o dos meses. Para una fecha determinada de antemano,
recogía todo lo que podían en abastos fiados, gastaba el tope de las tarjetas, metía los
cheques posfechados sin fondos. El plan era que el socio que daba la cara, el payaso o
“tamalero”, (que era el que le administraba el dinero, firmaba las facturas, ponía la cédula y
el nombre), para la fecha en que iban a liquidar el ilícito o “coronar la vuelta”, sabía que se
tenía que perder de la ciudad (“abrirse del parche” o poner pies en polvorosa), dejando
tirados todos los compromisos y estafando a todos los proveedores, a cambio de un
porcentaje de las ganancias. El verdadero ganador sería Richi, quien era el que ponía el
capital y pasaba desapercibido, pues su participación era de incógnito. Así “no se calentaba”.
Era un negocio perfecto, que exigía paciencia, pero garantizaba pingües ganancias.

En esas andaba cuando fue capturado. Su mujer alzó el vuelo, lió bártulos y empacó
maletas con el viejo amigo y socio, terminando derretidos de amor y gastando a manos
llenas en algún país de Centroamérica.

Profundamente deprimido y golpeado, al salir de prisión siguió con el negocio de los
cheques. Su perfil bajó notablemente, los arrestos de los viejos tiempos eran cosa del
pasado. Volvió a vivir con su madre y pasado un tiempo de alcoholismo fuertemente
acentuado, inició un romance con Carolina, una enfermera que lo atendió muy bien y lo cuidó
con especial deferencia durante su estadía en la clínica para la recuperación de su adicción
al licor y a las drogas.

A ella yo la conocía bien desde tiempo atrás, pues había hecho las prácticas y el
servicio social obligatorio en el hospital donde yo he trabajado durante muchos años,
además, mi hermana Aleida se hizo buena amiga de ella durante alguna época cuando
trabajaron juntas. Después de eso, al retirarla de la clínica de reposo, aprovechando que su
hermano Francisco Eladio era el gerente de nuestro hospital, le consiguió trabajo
automáticamente como enfermera jefe del servicio de cirugía, pasando por encima de
muchas otras enfermeras que ya tenían toda una carrera y una trayectoria. Bueno, para eso
es el poder y la política, y en nuestro país los funcionarios son toda una jauría de voraces
chupasangres y el estado es una teta magnánima, generosa e inagotable al parecer.

Al principio, lo de siempre, la pareja perfecta, la heroína que lo rescató del abismo, los
palomitos melosos, radiantes de pasión. Se casaron por lo civil en Panamá y nada en
particular llamaba la atención o ponía en peligro el romance.

Carolina era mucho más joven que él, alta, rubia, voluptuosa y muy bella. Su sonrisa
era exquisita y era especialmente amable y atenta. De pronto más de lo que un macho latino
puede esperar y soportar, pues rápidamente se esparció el rumor entre los amigos de que la
vieja era de cascos ligeros, que alguien la vio entrando de parrillera en una motocicleta con
otro enfermero a un motel por Caldas, que salía con varios médicos de la clínica en donde
trabajaba, que en los paseos se duchaba desnuda con la puerta del baño entreabierta
propiciando ser sorprendida, que se implicaba sexualmente con los practicantes de medicina
o internos (y muy gracioso, por cierto, cuando se enteró que uno de estos, el de reciente
adquisición, muy pulidito y puesto en orden, resultó ser un mariquita encubierto que
cacorriaba con Wilson y Hernandito, esos sí declarados gays. Casi la mata la indignación y la
sorpresa), que rompió relaciones con otra amiga que la pilló besándose con el novio, que un
día tuvo sexo en la piscina de la casa con un fugaz amigo mientras todos dormían y mil
cuentos más.

Ya para esta época, Richi no era el mismo. Estaba celoso y paranoico, intolerante e
inseguro. Ya no era tan solvente como antes; de ceño fruncido en toda ocasión, era poco
afable y en todo momento proyectaba amargura y decepción.

Las peleas de la pareja se hicieron cada vez más frecuentes y públicas, día a día
más violentas. Luego se reconciliaban y volvían a tener de nuevo otro conflicto. Era un
círculo vicioso continuo e insostenible. Un día cualquiera cambiaron de barrio, se fueron a
vivir a una unidad cerrada en Itaguí y durante mucho tiempo les perdimos la pista. Los
chismes decían que seguían en ese vaivén loco del carrusel de unas emociones
demasiado intensas, arrebatadas e incompatibles.

7. B. J.

Los Patos eran personajes muy importantes dentro de la vida del barrio. En el libro de
Antonio Montaña, "Fauna Social Colombiana" los definen como colados, seres que sin
invitación se infiltraban a todos los sitios donde hubiera algo que hacer o que celebrar.

Nuestros Patos, además de la anterior, tenían otras connotaciones. Pato no
solamente era el colado, también era el pegajoso, incluso el vago. El Pato estaba en todas.
Una de las características que lo definen es el oportunismo. Siempre aparece en el
momento preciso, cuando el carro va a salir, cuando destapan la botella de aguardiente (
“guaro”), cuando van a servir el sancocho o la fritanga. Por el contrario, siempre desaparece,
como por arte de magia, en el momento de recoger la cuota (“hacer vaca”) o pagar la cuenta.
Él busca compensar su falta de aporte económico, tratando de aparecer servicial, incluso
servil. El Pato es muy acomedido, hasta el punto de hacer labores que otros rechazan:
carga cajas, prende fogones de leña, sirve trago, hace mandados. Otra característica del
Pato es que no genera mucho rechazo. Todos lo acolitamos, incluso fomentamos su
existencia, pues generalmente es un tipo muy buena persona, chistoso, conversador
agradable y buen amigo. Sin esas características no sería Pato. Acaso, si mucho,
clasificaría para remedo de vulgar lagarto, ser mucho más repulsivo y fastidioso. Pero no. El
pato es fundamental dentro de la fauna del barrio. Nadie como él para el trabajo sucio en los
paseos, para dar lora graciosa (hacer miserablemente el ridículo) cuando está
prendido(copetón o farriado), bajo los efectos de la marihuana(trabado), o para servir
simplemente de fiel compañía.

Un ícono entre los patos del barrio, que merece una referencia aparte por los múltiples
giros de su historial fue B J., que también entra en nuestro relato y tiene relación directa con
él pues fue portero del hospital durante un tiempo y conductor de la ambulancia gracias a
unas recomendaciones políticas que se consiguió con unos concejales, cargo que le fue
suprimido con el cambio de alcalde y, por consiguiente, de gerente, además de que ya tenía
muchos enemigos buscándole la caída porque se dice que tomaba trago durante los turnos y
utilizaba el vehículo para actividades que normalmente se hacen en moteles con damiselas
de dudosa reputación.

Su nombre salió del apócope de su verdadera tragedia bautismal: Betzharión de los Mil
Jesuses, horripilante nominación con la que fue crismado y la que siempre trató de minimizar
con apodos como Betzi, Betzarí y que sólo pudo atenuar cuando por televisión apareció la
famosa serie del heroico galán que protagonizaba mil aventuras con un chimpancé y que se
llamaba B. J. Mackey. Ahí encontró nuestro amigo el más musical de sus nombres pues a
partir de entonces se presentaba como “B. J. un amigo más”, aunque las malas lenguas se
inclinaban a pensar que la relación con el programa era más directa y asimilable a su caso
por el gran parecido con el primate...

Hombre de gran simpatía personal, amable, atento y servicial, siempre tenía una
historia lista para alimentar su leyenda personal como pato de gran categoría. Sus
fanfarronadas hicieron carrera y nunca se diseccionó el verdadero límite entre la verdad y la
fantasía. En el hospital era toda una leyenda y cuando el trabajo en urgencias estaba
tranquilo, los médicos y enfermeras lo buscaban para ponerle tema de conversación y
escucharle sus relatos, a cuál más estrafalario y fantasioso. Así por ejemplo, aseguraba que
en la época de su servicio militar, durante el operativo de Marquetalia, cuando los primeros
embates de una naciente guerrilla apenas en gestación, tuvo bajo la mira de su fusil a un
asustado combatiente que de rodillas le suplicaba, tembloroso y sollozante, que no lo
matara; cuando iba a disparar, llegó la orden presidencial, en la voz del entonces ministro
Belisario Betancur, de que abortara el procedimiento y dejaran prescribir la acción. El
atribulado y lloriqueante subversivo lo miró entre asustado y agradecido y prontamente se
escabulló por el monte. Según asegura nuestro locuaz amigo, era Manuel Marulanda Vélez,
alias “Tirofijo”, el guerrillero más viejo del mundo, el líder cruel y sanguinario que puso en
jaque al país durante más de cuarenta años. ¡Y pensar que estuvo en sus manos el destino
de nuestra sufrida patria! Al terminar esta historia fruncía el ceño denotando una genuina
angustia y preocupación, procediendo a apurar un nuevo trago del licor de la botella del
comprador de turno. Si estaba de guardia en el hospital, pedía una malta y una empanada
de cuenta del contertulio. Eso era al principio, porque cuando se cogió confianza, se hacía
servir el licor disimulado en pocillos de café, truco aprendido del Doctor “Pachito”, un médico
que durante más de treinta años iba al trabajo e incluso operaba borracho creyendo que
nadie se daba cuenta.

También en el ejército, según él, era el favorito de las esposas de los oficiales para
calmar sus fiebres y ansiedades de hembras en celo y sin atención en medio de la soledad y
la monotonía de la vida en los campamentos de la milicia. Al mismo tiempo, era obligada
compañía de los coroneles y generales, y hasta del ministro de Defensa (en esa época,
ministro de Guerra), para ir a los burdeles de alta categoría (“de caché” o “de alto
turmequé”), en donde alternaba con reinas de belleza, actrices de la época o personajes de
la farándula que tenían en forma subrepticia casas de citas, haciendo shows de strip-tease
masculino con barra hasta el techo y pantalón de baño insinuante conocido como “tanga
narizona” y terminando en descomunales orgías que hacían furor en la capital de la
república, para escándalo de la pacata y moralista sociedad de los años sesenta.

Era también el mayor publicista de sus proezas sexuales. Cuenta que desde muy
temprano en su vida, el descomunal tamaño de su miembro viril lo convirtió en la feliz víctima
de las mujeres del barrio que lo acosaban para consumirse de pasión y caer desfallecidas
ante su potencia legendaria. Decía sin sonrojarse que su dosis habitual era “tres en ráfaga
sin sacarlo”, hasta que la extasiada damisela le rogaba suplicante que por favor finalizara,
que no toleraba ya ese colindar con la muerte en ese carrusel sin fin de placer extremo. De
hecho lo vimos varias veces a las 3 a.m. caminar desde el balcón de su casa hacia la
terraza de su vecina por el borde del techo, con los zapatos en la mano, caminando como La
Pantera Rosa (Popular personaje de los dibujos animados), para aprovechar que el
desgraciado de su esposo salía a iniciar jornada laboral en Coltejer a las 2:30 a.m. Allí
gozaban de las dulces mieles del amor prohibido hasta las 5 a.m., hora en que se deslizaba
de nuevo cual gato funámbulo de regreso a su casa para acostarse al lado de su esposa y
hacerla la mujer más feliz. Cuando se regó la voz, nos pusimos de acuerdo, nos dimos cita y
en una madrugada todos los desocupados y curiosos del barrio lo aplaudimos
frenéticamente en medio de una algarabía risueña que despertó a todo el vecindario
mientras retornaba victorioso de una de sus batallas cuerpo a cuerpo. Al final el cornudo se
enteró y el furtivo semental se tuvo que escabullir durante un tiempo.

Fue a parar entonces a Urabá y en una correría por la selva del tapón del Darién,
cuenta que la manigua se lo tragó en compañía de otros diez caminantes. Según su relato,
cazó, pescó, se enfrentó a tribus caníbales, fue obligado por un cacique indio a poseer a sus
dos hijas gemelas para tratar de que quedaran en embarazo y mejorar la raza, pero se metió
en problemas con la esposa del jefe indígena, quien en un ataque de celos lo amenazó con
tal vehemencia que tuvo que huir de la población. Para terminar la correría, cuando ya
desfallecían de hambre y de sed y era el único que se sostenía en pié, tuvo la idea de
improvisar una brújula con un alfiler, ignoro rescatado a última hora de donde, que puesto
sobre una hoja con agua les señaló el norte y pudo salvar a toda la delegación. Claro que
cuando confrontamos a su hermano Alirio sobre la veracidad de tal aventura, se burla y dice
que todo es mentiras; B.J. contra argumenta y dice que Alirio tuvo una especie de psicosis
en la selva, que quedó con una laguna mental permanente, con un daño cerebral irreversible
y que a él le tocó llevarlo a cuestas durante seis días de la travesía.

Luego de esto, hizo un largo periplo por Centroamérica y Venezuela, en donde cortejó
reinas de belleza, presentadoras de televisión, arregló maquinarias que ya estaban
desechadas por chatarra, fue cantante de boleros en casinos donde alternó con Daniel
Santos, Celia Cruz y Tito Rodríguez, estuvo en la final del mundial de fútbol de México 70 en
donde cargó en hombros a Pelé durante la vuelta olímpica (Él jura que es el personaje que
aparece en la histórica foto de tal suceso futbolístico) y mil hazañas más, cual de todas más
fascinante.
En las épocas en que regresaba al barrio era una verdadera caja de música, un
manantial de anécdotas inverosímiles y encantadoras. Durante sus estadías hacía cualquier
oficio que le ofrecieran, albañilería, fontanería, mensajería, ocasionalmente manejaba taxi a
horas extremas (lo que llaman “caimaniar”). Casi ningún trabajo le duraba. De pronto el que
más conservó fue el que tuvo en el hospital, y eso porque era suave, de tipo político y sin
muchas responsabilidades. Cuando un trabajo se volvía fijo o implicaba mucho compromiso,
fácilmente se aburría, lo dejaba tirado y al regresar no tenía empacho en contar que estuvo
secuestrado por equivocación o que cayó en la tentación de unas trillizas ninfómanas que lo
embrutecieron con escopolamina ( o “burundanga”) para abusar de él y saciarse
carnalmente aprovechándose del indefenso angelito en contra de su voluntad.

También cuando manejaba taxi estaba lleno de situaciones: que había visto y recogido
al prófugo narcotraficante Pablo Escobar, el convicto más buscado del mundo y le había
hecho una carrera, que le cayó bien, que lo tenía en la mira para una oferta importante; si no
es porque mataron a Pablo, hoy quizás sería su mano derecha o testaferro de su gran
fortuna, o administrador de sus rutas. Que un día recogió en una carrera a los sicarios que
mataron al político Luis Carlos Galán cuando iban para el aeropuerto a efectuar su plan. Que
parejas de amantes hetero y homosexuales, que iban rumbo a moteles le ofrecían dinero o
le rogaban para integrar un triángulo amoroso y cualquier cantidad de cosas más.

Su discurso siempre era florido y lleno de mil matices que lo hacían ingenioso y nunca
cansón. En el hospital lo recordamos con mucho cariño y se dice que alcanzó a tener hasta
tres enamoradas al mismo tiempo. A una de ellas, a Patricia, dicen las malas lenguas que le
cobraba los cheques del salario y le administraba los gastos para solventarse los suyos
propios, y que incluso se le quedó con la platica de la indemnización cuando la echaron por
recorte de personal.

A otra de sus conquistas, Catalina Palacio la de servicios generales, la tenía ya casi
convencida de que se irían a vivir juntos, pero la negra malició y empezó a desconfiar ante la
obstinación de B.J. para que le escriturara la casa que le habían asignado a ella en el
programa de vivienda del municipio. De todas maneras para Catalina Palacio fue muy duro
pues estaba muy enamorada de tamaño duende; contaba que tenía una “traga maluca” y
que “la tenía bailando en las pestañas”. Dada su fama de enredadora y yerbatera, se decía
que le había echado el lance mediante las viejas artes de la brujería, pero este hombre le
salió más liso que todos, mucho más astuto y resbaladizo. Nosotras ya sabíamos que para
atrapar al hombre deseado, las mujeres poco agraciadas y víctimas de los desaires del
indiferente tenorio, hacían la forma de aplicarle en sus comidas o bebidas toda suerte de
brebajes que lo enloquecían de amor y lo rendían a sus pies. Entre, muchísimas, las más
socorridas eran la “raspadura de jarrete” y la “juagadura de calzones” que contenía un
extracto de “agua de las tres cañadas”, infalible al momento de la conquista forzosa. Era
extraído de lo que quedaba luego de lavar en agua sin jabón, la ropa interior sin quitársela
durante los días de luna llena de la mujer interesada y que tuviera la menstruación. Pero
con el pajarraco de B.J. esto no funcionó. No le hizo ni cosquillas. Su fama de mujeriego y
jugador, de coqueto y de volátil, contribuyeron a que nuestra querida morenaza, que nunca
había sido ingenua ni boba, entrara en razón.

Una noche se le juntaron en la puerta de urgencias tres mujeres, la esposa, la amante
oficial de aquel entonces y una mozita que le montó a las otras dos. Le armaron soberano
tropel, pero al final las tenía ya casi convencidas de que todo era una comedia de
equivocaciones producto de la envidia y la malquerencia y fue capaz de salir intacto y
victorioso de semejante zafarrancho. Lo terminó de salvar el que en ese momento lo
enviaron con la ambulancia a remitir un paciente grave, después a cada una la cuentió por
su lado.

Al final de sus días, la vida real se le hizo más difícil; viejo y cansado, terminó sin
hogar, explotado por mujeres jóvenes que sabían de su insaciable apetito y su ego sin
límites. Corrió la voz de que estaba enyerbado y víctima de un maleficio.

Nadie como él para encarnar la figura del pato perfecto en toda la extensión de la
palabra. Aún en los turnos hablamos de él, contamos sus historias y más de una que fue
víctima de sus escarceos y de su astucia, en silencio baja los ojos y prefiere cambiar de
tema.

8. TIO
I

En los muchos turnos que hice en urgencias como auxiliar de enfermería, sólo una
vez me tocó atender a un familiar cercano, a Octavio el hermano de mi papá, “Tío”, como
siempre le dijimos. El susto fue mayúsculo, pues a la media noche de un fin de año,
estando en pleno baile decembrino, luego de una buena dosis de tragos y un exceso de
fritanga, sintió un terrible dolor en el pecho que por supuesto era un infarto masivo al
miocardio. Cuando lo trajeron al hospital, el pobre estaba lívido, sudoroso, helado, con un
miedo conmovedor marcado en esos ojos que presentían la inminencia de la parca y su
guadaña voraz respirándole en la nuca. Preguntaron por mí, les agilicé el ingreso por
admisiones, le aplicamos oxígeno y analgésicos pero el médico de guardia entendió
rápidamente que el caso era delicado y que nuestro nivel de atención no permitía darle
todas las seguridades que su caso ameritaba, por lo tanto lo remitió a la unidad de
cuidados intensivos del seguro social.

Cuando fui a la sala de espera me encontré con algunos de sus hijos, con su
esposa Amalia y aparte, hecha a un lado, sumergida en un silencio discreto pero atento,
estaba Carmen, su amante de más de treinta años; todos esperando noticias, todos
expectantes y ansiosos, angustiados ante la posibilidad de que un roble como “Tío” se
derrumbara, de que el desenlace pudiera ser adverso. En la ambulancia de traslado
permitieron que lo acompañara sólo una persona, y el elegido fue mi primo Jorge, por ser
el único que no estaba borracho. Al alejarse con el enfermo, todos subieron a la
camioneta familiar e invitaron a Carmen a subirse a ella. Como siempre, en silencio, ella
abordó de última el vehículo y al salir por la portería, la vi mirando por la ventanilla, como
a ninguna parte, como suspendida en sus propios recuerdos, como aferrada a los
designios de un destino que nunca entendió muy bien, pero que asumió con toda la
entereza y lealtad de un cómplice incondicional.

II

Pasado el torrencial de la primera crisis, lentamente todo fue regresando a la
normalidad. El dolor en el pecho fue desapareciendo, la asfixia era cada vez menor, el
color de los labios fue cediendo ese tono lúgubre de los primeros días y los ojos
recobraron el brillo de vitalidad que tanto llamaba la atención por su ausencia. Además
del semblante, “Tío” fue recuperando el humor y la alegría de siempre.

Luego de ocho días en la unidad de cuidados coronarios, fue trasladado a una
habitación de la clínica, mientras que terminaba de recuperarse y esperaba a que le
dieran turno para realizarle un cateterismo cardíaco con el fin de ver cuales arterias tenía
obstruidas y que tratamiento se le podía ofrecer.

Los días iban pasando, la salud se recuperaba poco a poco, pero el esperado
procedimiento no era aprobado. Que no había presupuesto, que no se tenía contrato con
ninguna clínica particular pues era legendaria la morosidad del seguro para pagarle a sus
contratistas, que el equipo propio del servicio de cardiología se dañó, que el medio de
contraste para realizarlo estaba vencido por desgreño administrativo o por un fraude de
unos corruptos que se robaron la droga y la cambiaron por una a punto de caducar, que
descubrieron a un funcionario que cobraba comisiones por adjudicar contratos o por pagar
un cheque a unos proveedores y era precisamente él quien autorizaba el cateterismo, que
el sindicato convocó a un paro justo el día de la cita y mil vicisitudes más. Parece mentira
pero “Tío” pasó más de tres meses hospitalizado en el seguro social esperando el famoso
examen. Estaba tan escéptico de que en realidad se lo realizaran, que un día en que lo
llamaron para realizárselo de urgencia, en lugar de otro paciente que cuando le llegó el
turno ya había fallecido esperándolo, no lo encontraron pues había salido sin avisar y en
secreto de la clínica para tratar de pedirle un autógrafo al cantante Vicente Fernández
que por esa época estaba en la ciudad y ese día tenía una rueda de prensa. Porque “Tío”
era así.

Una vez mejorados los síntomas y en vista de que el examen no se daba, la cogió
por el lado fácil y organizó su vida para estar en la clínica el tiempo que fuera necesario
sin pasar apuros y sin aburrirse. Así estableció cuadros de turnos de sus visitas para que
no coincidieran nunca Carmen y Amalia, su amante eterna y su esposa, sus hijos con las
nueras y yernos que no congeniaban, sus amigotes de juerga.

Esto le funcionó de tal forma, que hasta los porteros le manejaban la agenda y no
permitían que se quebrantaran las leyes de su propio territorio dominado. Durante la
espera, nos cuenta que vio ir y venir a muchos pacientes crónicos que se hicieron sus
amigos, que vio morir a varios de ellos, alguno en sus brazos con toda suerte de apegos y
rupturas, uno que se murió de la risa en una carcajada que le acabó de reventar el
aneurisma, otro cardíaco que no toleró una película de pornografía que entraron sin
autorización y que estaba viendo con otros cinco ancianos en alguna noche de insomnio,
otro pensionado que al llevar hospitalizado más de diez días sin recibir una sola visita de
su familia recurrió a su mejor amigo el alcohol industrial combinado con más de cien
pastillas de todo tipo que saqueó del botiquín del piso y en una bacanal solitaria se
despachó al otro mundo en busca de un destino menos espinoso del que en suerte le tocó
vivir.

En su estadía, todo el mundo tenía que ver con él. Su don natural de gentes, su
parla amena y su simpatía coquetona cautivaron a todos en la clínica.

Los porteros eran sus compinches, las voluntarias eran sus correveidiles, las
enfermeras y auxiliares cayeron en las redes de su labia fácil y su capacidad de halago
sin preferencia. Les organizaba reinados secretos en donde cada una quedaba
convencida de que era la soberana del servicio, que los pasillos no eran los mismos sin
sus contoneos, que el aire no se explicaba sin sus aromas de hembra exquisita, que el sol
palidecía al lado de su sonrisa deslumbrante. Ninguna se bajó mientras él estuvo, de su
pedestal de princesa sin la cual la belleza y la estética nunca serían las mismas. Los
practicantes y los médicos le celebraban todas sus ocurrencias y los demás enfermos lo
tenían como su jefe natural, como el equivalente a un capo en la mafia, como un cacique
de patio en una prisión. Su habitación era un oráculo, su palabra contundente, su visto
bueno determinante.

Luego de pasada la ronda de enfermería que terminaba a las 9 p.m, convenció a las
jefes de que por las noches pusieran siempre a las enfermeras que estaban estudiando
durante el día, para así cogerlas cansadas y con un guiño cómplice mandarlas a reposar y
entonces empezar a jugar cartas, dominó y parqués hasta la madrugada, con apuestas de
por medio, con las normas y leyes de un garito.

Así también vendía toda suerte de cachivaches, lociones, dulces, regalos pequeños,
joyas de fantasía, cigarrillos y licor, ropa interior y hasta condones. Organizó un servicio
de encomiendas por el cuál, bien fuera él que podía salir a cualquier hora o alguno de
sus recomendados, les hacía vueltas y mandados a los pacientes e incluso a los médicos,
les pagaba las cuentas de servicios, prestaba con gran reputación los servicios de
amanuense y consejero sentimental o les realizaba los trámites de cualquiera de las mil
oficinas de la burocracia local. Cuenta la leyenda que llegaron a ir hasta a partidos de
fútbol al estadio y que en una tarde de francachela terminaron en el barrio Lovaina en
una casa de putas dando rienda suelta a sus impulsos de machos urgentes.

Por todo eso la demora en espera del tan cacareado cateterismo nunca fue un
problema para él. Por el contrario fue la bocanada de aire fresco que lo sacudió de su
rutina de años como jubilado enquistado en sus propios rituales y frustraciones.

Casi que todos presentimos que cuando por fin se lo realizaran, tres meses
después, le dilataran las arterias y lo devolvieran a su casa, todo iba a ser un poco más
distinto, más rudo y menos amable para él, que tuvo que renunciar a su pequeño reino
artificial que por un tiempo lo hizo tan feliz.

III

El procedimiento fue todo un éxito, se llevó a cabo sin ninguna complicación y las
arterias de su corazón cansado encontraron una nueva cauda de circulación que lo
revitalizó y le dio nuevos bríos. Pero afuera las cosas se le pusieron un poco más difíciles.

Al principio era la sobreprotección de una familia preocupada genuinamente por la
salud de su patriarca, lo que ocasionaba una supervigilancia y un cuidado permanente el
cual no era normal para él; además le limitaba el vuelo de pájaro libre al que siempre
estuvo acostumbrado y le castraba un poco la movilidad y su espíritu declaradamente
libertino.

Lo primero fueron las limitaciones para salir a su antojo y por ejemplo seguir
visitando en la rutina de su día a día a Carmen, su amante de más de treinta años, quién
vivía a una cuadra de su casa y para quién siempre tuvo la constancia de un amor
correspondido, ya un poco menguado en pasión corporal, pero completamente adherido a
su ser en cuanto a su compromiso y consideración emocional. Carmen renunció a todo
por él. Le entregó todo y se resignó desde siempre a su condición inicial de rival
advenediza, luego de confidente y compinche absoluta, casi una Geisha en función de su
bienestar. Con el tiempo y casi que en forma desapercibida, fue haciendo parte del
paisaje cotidiano del hogar de “Tío” con Amalia, cuidando los niños en algunas
emergencias, asistiendo dietas puerperales, velando muertos familiares, hasta el punto de
que los hijos menores de “Tío” la sentían como una tía suya, incluso dormían en su casa
las borracheras y buscaban en ocasiones el bocado de comida que nunca les fue
negado.

Pero de esa aceptación pasiva, a admitir que en plena convalecencia “Tío” se
escapara para visitar a su concubina, fue un golpe de dignidad que Amalia nunca
negoció. Esa fue la pequeña pero certera venganza a su amor propio que decidió aplicar
al cabo del ocaso postrero de un amor compartido desde siempre.

“Tío” se veía tristón y depresivo, no sólo por su convalecencia y el miedo que
generan los cardíacos a que se repita el envión que los pone al borde del precipicio, sino
en una especie de nostalgia pegajosa que no se le quitaba y que interpretábamos como
una ausencia de Carmen, como un vacío de los espacios que tenían diseñados. Las
cosas se sucedieron después demasiado rápido. En pocos meses Carmen cayó en una
postración terminal por un cáncer de páncreas que literalmente la devoró. Sólo en ese
momento Amalia cedió a la obstinación de prohibirle a “Tío” que la visitara y decidió
acompañarlo. El cuadro les partió el alma y los tres se descubrieron llorando en silencio
sin poder entender la dinámica de ese triángulo absurdo en el cual cada uno asumía su
esquina dándole soporte al otro.

A partir de entonces Amalia asumió hasta las últimas consecuencias el ayudarle a
bien morir a Carmen y “Tío”, retraído y debilitado por la indefensión y la impotencia,
únicamente atinaba a seguirla y a asentir en un cuadro triste que era una vaga y mediocre
sombra de lo que fue en sus mejores días.

Al fin Carmen murió y Amalia y “Tío” terminaron de elaborar la catarsis de su duelo
indescifrable vertiendo toda su consagración y energía a cuidarse en su rutina de viejos,
en la cual las palabras sobraban. Además, tenían un hijo limitado físico, Juanchis,
completamente reducido a la cama y dependiente total de los cuidados de la madre para
cubrir todas sus necesidades básicas.

Un buen día, sin apenas dar muestras de deterioro previo, Amalia murió. De súbito,
“Tío” se vio enfrentado a esa soledad enorme que ya nunca más lo abandonaría.

No tenía más a Amalia, ni a Carmen, casi todos los hijos vivían ya independientes.
Debía valerse y cuidarse a sí mismo y hacer el papel que Amalia había hecho con
Juanchis durante toda la vida, con el agravante que era de un momento a otro, sin
entrenamiento y sin vocación. Para éste, las cosas tampoco se pusieron fáciles. Desde mi
casa, que lindaba con la de “Tío”, se oían sus gritos desencajados, las guturales
angustias que extrañaban el calor, la paciencia, el amor y los cuidados de Amalia. Estaba
inconsolable. Sus ojos suplicantes de niño grande la reclamaban, los alimentos se le
devolvían de la boca, los excrementos se le retenían hasta por varias semanas y al salir,
luego de múltiples enemas, catárticos y hasta extracciones manuales, lo desgarraban y lo
escaldaban. El paternalismo culposo de “Tío” no alcanzaba a entender qué estaría
purgando, pero con resignación trató de asumir los cuidados del enfermito gigante con su
mayor solidaridad y entrega, pero nos parecía que no era suficiente, que en su
consagración de día y de noche no alcanzaba a dar la talla y ser mínimamente feliz. Si
acaso, cristianamente resignado.

Y en esas anda “Tío”. No tiene tiempo ni memoria para ocuparse de su propia
convalecencia de cardíaco redimido, de gozón en sus cuarteles de invierno, de jubilado
sin otros espacio ni opción, de solitario que renunció hasta sus propias memorias y
recuerdos.

Para mí es impactante ver como le cambió de una vez y para siempre la vida.
Desde mi balcón observo como saca a Juanchis a tomar el sol mientras le limpia una
lágrima y trata de que no regurgite una vez más el alimento que trata de ponerle en su
boca.

9. EL DECAPITADOR.

Cuando una está en cirugía, viendo las camillas con los pacientes acostados
recuperándose de un procedimiento o de una anestesia, no sabe quien es quien debajo
de las cobijas. Como el silencio y el dolor las iguala, es difícil precisar, si uno no las
conoce, la naturaleza de cada persona.

Es así como en una misma semana rotan por los servicios reinas de belleza o las
modelos famosas haciéndose ajustes de latonería y pintura, como llamamos a las cirugías
plásticas de retoque, más por lujo y vanidad o por motivación estética que por necesidad
anatómica. (Cuando es una paciente gorda o fea, o incluso una compañera del hospital,
ya no las llamamos con tan garboso nombre sino que decimos que es una neverectomía,
una monstruoplastia o una bultorrafia.) O del señor obispo operado de la vesícula o al
alcalde en operación de la próstata, o al futbolista en una artroscopia de rodillas.

Y si no es por la infidencia de alguien, o por los aspavientos de algún familiar o
conocido o por la lambonería arrodillada de algún funcionario, una no se enteraría del
origen o de la importancia de tal o cual personaje. Lo mismo con los malandrines y pillos
que caen por urgencias. A muchos, los de más baja estofa, los delata su mal aspecto, el
descuido y desaseo de su pelo, dentadura y piel, o las múltiples cicatrices de heridas e
intervenciones previas. Pero a otros, los de cuello blanco, los protegidos del narcotráfico o
los de bajo perfil, es difícil diferenciarlos del resto de la población general si alguien no los
marca con el chisme oportuno o el relato de sus antecedentes.

Por eso fue que al principio, un villano de la talla de Alonso Tabares no llamó la
atención sino por su aspecto físico tan especial y su mirada escrutadora y tenebrosa.

Era un hombre marcadamente moreno, pero sin los rasgos característicos de la
raza negra en su rostro, que se perfilaba aguileño y de corte facial delicado y definido. Su
pelo era lacio, no ensortijado y sus ojos tenían un matiz entre verde y azuloso, que
variaba de acuerdo al juego de luz y sombra y creo que hasta dependiendo del estado de
ánimo. Su cuerpo era pequeño y compacto, y proyectaba una gran fuerza.

Ingresó en una madrugada con una herida en el abdomen producida por un
machete que le abrió la piel e inicialmente los cirujanos pensaron que no le había
perforado los intestinos, por lo que diseñaron un manejo conservador en él, sin cirugía de
exploración, sólo con sutura cutánea y observación.

Como no tenía documentos de identidad y no dijo que estaba afiliado al sistema de
seguridad social, ingresó por urgencias al ser recogido por un taxista que lo vio herido y
lo trajo al hospital nuestro, por ser el más cercano a su ruta. Aquí se le prestó la atención
y el plan era vigilarlo para ver como reaccionaba, para determinar si necesitaba la
intervención o no. El hombre era de un mutismo gélido, una mirada que provocaba miedo
sin saber claramente por qué y una respiración agitada y presurosa, que al principio yo
interpreté como secundaria a su estado de dolor y nerviosismo.

Cuando estuve sola con él en la sala de procedimientos menores en donde se le
hizo la sutura, creí observar que al darle la espalda él hacía un extraño movimiento con
sus manos a la altura de los genitales, por debajo de las sábanas, pero que va, no era
lógico, me lo debí imaginar. De todas maneras tuve algo de susto e inquietud y me
desentendí del asunto.

Al otro día me contaron que el fulano había alzado vuelo, que emprendió la fuga
ante un descuido del personal y de los vigilantes, que no pagó la cuenta y que nunca
volvió a aparecer. En los registros aparecía con un nombre ficticio pues al confrontar al
otro día en el sistema, no correspondía con el número de la cédula, ni del teléfono que dio
y en la sábana y en la camilla se observaba un empastamiento húmedo, blancuzco y
pegajoso con un olor dulzón y concentrado, a hipoclorito, que alcanzó a confirmar mis
suspicacias de la noche anterior.

Al fin me olvidé por unos días del caso, y pasada una semana, el doctor Velásquez,
cirujano nuestro que también trabajaba en el hospital del seguro social, nos contó que
habían capturado al decapitador, que el sujeto que había estado generando pánico en la
ciudad, había sido descubierto y actualmente tenía detención hospitalaria por estar
convaleciente de una cirugía. Para acabar de ajustar, me contó que el dulce angelito no
era otro que Alonso Tabares, el negro zarco que habíamos suturado él y yo por urgencias,
el que se había fugado, el que me había impresionado tanto con su mirada y su actitud de
pervertido.

Parece que cuando se escapó, se refugió en su casa durante varios días,
convencido de que con la sutura cutánea tenía. Pero no, en realidad había sufrido con el
arma una laceración intestinal que fue filtrando y llenando de jugos gástricos, alimento y
materia fecal el abdomen, lo que le ocasionó una peritonitis que se fue instalando lenta
pero inexorablemente. Al cabo de dos o tres jornadas, mal disimulado el cuadro clínico
por los analgésicos, el fulano no pudo más con el dolor y consultó, ahora voluntariamente
y con el nombre y los papeles en regla, al seguro social en donde fue atendido y operado,
sin levantar ninguna sospecha, a pesar de los puntos de sutura que presentaba, pues le
dijo a los médicos y al policía de turno que había sido atendido en un pueblo de la Guajira,
y la cosa se quedó así.

Mientras se recuperaba, nada anormal pasó, sólo que las compañeras decían que
les parecía que cuando se le acercaban a bañarlo o a hacerle curaciones, notaban que
las tocaba con disimulo, que respiraba intranquilo y en ocasiones presentaba erecciones
que no se molestaba en ocultar. No recibía visitas; sólo sus padres, bastante mayores por
cierto, lo frecuentaban, sentándose durante horas en silencio al pie de su cama, sin abrir
la boca para modular palabra.

Una de las pacientes del servicio de cirugía plástica, cuando pasaba en camilla por
el corredor luego de salir de la sala de recuperación, fue la que lo reconoció. Era la mujer
que lo había herido en la madrugada en que ingresó por primera vez a nuestro hospital.
Rápidamente llamó a los guardias, el negroide fue cogido por sorpresa y la rubia recién
operada narró la historia: Cuando se dirigía para el trabajo, a coger el turno de las
primeras horas de la mañana, el tipo le salió amenazándola con un machete, le puso un
lazo por el cuello, la arrastró hacia una manga y con una violencia inusitada alzó el arma
con la clara intención de arrancarle la cabeza. En medio del susto, con rápidos reflejos, la
mujer se defendió, lo pateó y recibió el primer machetazo en una mano, pero esto no la
intimidó. Asumió con él la lucha cuerpo a cuerpo hasta que rodaron por una manga cuesta
abajo en una pelea a muerte por el machete.

En un instante, ella lo aferró por el mango, trató de clavárselo en el abdomen
ocasionándole la herida que nosotros conocimos, pero él logró esquivarle un poco
evitando que la atravesada con el filo del sable criollo fuera total; retomado el control,
comenzó a golpearla salvajemente hasta que ella perdió el conocimiento. Exhausto,
creyéndola muerta, herido y al ver las primeras luces del día, el sujeto se asustó, salió a
la avenida y ahí fue dónde el taxista lo auxilió. La víctima quedó allí tendida por varias
horas hasta que recuperó la conciencia y como pudo llegó a la clínica en donde le
practicaron varias cirugías para tratar de recuperarle los tendones de la mano que
quedaron partidos en el forcejeo.

El fiscal que fue asignado al caso entendió que una agresión tan severa, tan
determinada e inmotivada no era normal; empezó a escudriñar en sus registros y fue
cuando hizo la conexión que dio en el clavo: El zambo era el decapitador. Tenía que ser
él, el causante de las muertes que literalmente tenían “de cabeza” a la policía de la
ciudad. Se habían encontrado varios cuerpos de damas jóvenes despojadas de testa,
arrancada ésta de un golpe limpio y certero en el cuello, generalmente abandonados en
mangas, sin evidencia de robo o de violación carnal; eran siempre mujeres trabajadoras y
limpias, nunca indigentes, gaminas, desechables o mendigas. El asesino operaba en
todos los barrios, actuaba en la madrugada y no se tenían más pistas.

El perfil inicial de Alonso Tabares tampoco lo delataba de entrada. Tenía un trabajo
fijo hacía más de cinco años en una fabrica de alimentos del sur en donde servía como
conductor. Allí se desempeñaba con eficiencia y sumisión, nunca altanero ni impuntual,
claramente reconocido como un hombre solitario, discreto y callado, más bien
reconcentrado. Tenía fama de ser honrado y decente, a tal punto que en la empresa, si
terminaban el recorrido muy tarde, lo autorizaban para que se llevara el carro para la
casa. No se le conocía novia ni amigos, nunca lo vieron bebiendo o fumando marihuana y
no solía concurrir con sus compañeros a los bares, casas de citas y espectáculos de
nudistas que tanto les gustaban en los alrededores de la central de abastos.

Era el hijo único de una pareja de esposos de clase media, de color blanco,
bastante mayores de edad. Mucha gente siempre sospechó que se trataba de un hijo
adoptado, era demasiado evidente, pero ellos le rehuyeron siempre al tema, callándole la
boca con regalos o con castigos si se obstinaba en seguir hurgando la cuestión. Se llegó
incluso a decir que el niño fue arrebatado o comprado a los pocos días de nacido, de una
aldea de la costa atlántica, en la región de Urabá. Para más evidencia, el padre siempre
se negó a volver a esta zona conduciendo el camión de su propiedad en el que trabajó
toda la vida. Parece que consiguió el niño para calmar la ansiedad de su esposa luego de
varios años de matrimonio sin poder concebir familia, luego de muchas venéreas de
camionero que le dañaron por siempre la capacidad de engendrar. Cuando el pequeño
hizo su aparición, alcanzó a revertir un poco el delirio místico de la madre, sin hacerlo
desaparecer del todo. Y en un ambiente de ansiedades, incapacidad, religiosidad casi
fanática mezclada con incultura, ausencias paternas mal compensadas con dinero,
agasajos y prebendas sin medida, creció el muchacho, solo, sobreprotegido, aséptico y
casi asocial. La comunicación entre ellos era casi nula, el aburrimiento cotidiano les
pesaba arrobas en el espíritu, el tedio les curtió el alma. La timidez era lo más notorio de
su carácter y sólo en el ejercicio físico extenuante gastaba sus energías marcadas por la
desmotivación. Al negarse a seguir estudiando, su padre le consiguió trabajo en la fabrica
y allí se diluía entre la masa, pasaba desapercibido entre todos sus semejantes.

Su primera relación sexual la tuvo con una prostituta de mala muerte, casi obligado
por un tío paterno que empezaba a cuestionar su hombría, al ver que a su edad aún
estaba virgo, y ya era hora de que “botara cachucha” o “desgarrara el forro”. Al principio la
meretriz trató de hacer su oficio, pero los bloqueos de tanta tara no le permitieron a él
responder como era lo esperado; la vieja empezó a burlarse y a humillarlo por el tamaño y
la blandura de su miembro y él, entre abochornado y furioso, trató de huir del cuarto.

Al intentarlo, se tropezó y ahí se hizo más humillante la carcajada burlona y cruel de
la cortesana. En ese momento, Alonso cruzó la línea que a partir de ese día lo definiría.
Con una mirada que literalmente echaba chispas por sus ojos de fiera herida, se devolvió,
tomó por el cuello a la casquivana y empezó a sofocarla. Sólo en ese momento fue que se
empezó a excitar y tuvo necesidad de poseer furiosamente a la ramera moribunda.

Ahí conoció el placer que mil momentos de onanismo compulsivo nunca le
brindaron. La víctima no murió, quizá fue el privilegio que tuvo por permitirle encontrarse,
pero él desarrolló una necrofilia que lo poseyó y le dictó su dilatada carrera criminal.

Como todo el día conducía por la ciudad, conocía todos sus recovecos, los
movimientos de las fábricas y de las personas que por obligación de transporte tenían que
recorrer a pie ciertos trayectos. Sabía de sus horarios y rutinas. Tenía la paciencia y la
laboriosidad que le permitían elaborar un plan sin fallas, sin peligros. No daba espacio
para los errores y la espera lo estimulaba.

Una vez caía la presa, el toque fino y contundente de su alfanje seccionaba de un
solo tajo la cabeza de la cerviz; la envolvía en bolsas plásticas, la montaba al carro y se
solazaba con ella en vicios solitarios y aberrantes que le proporcionaban unas de las
pocas alegrías que nunca tuvo en la vida. Cuando empezaban a descomponerse, las
enterraba en el solar de su casa o en la parcela de sus padres en Marinilla. Por eso
nunca aparecieron, por eso a los cuerpos de sus víctimas siempre les faltaba la cabeza.

En el carro de la empresa siempre le vieron la macheta, a veces las bolsas que
nunca supo nadie que contenían y un compañero le vio unas películas y unas revistas que
él jura que contenían material snuff, en donde se muestran actos extremos de violencia,
crudeza, maltrato sexual e incluso muertes reales durante la escena. Alonso le dijo que si
abría la boca las pagaría y el tono fue lo suficientemente intimidatorio como para
cometer una infidencia.

Luego de que fuera sorprendido en la clínica y detenido, mientras esperaban a que
se recuperara de la cirugía, a pesar de estar fuertemente custodiado, se dio nuevamente
a la fuga. Dicen que su padre le sirvió de mampara mientras la madre le ofrecía pastelillos
a los policías de turno.

Los agentes de la ley, conocidos como polochos, rayas, peyes o tombos, gozan de
la fama de que todo lo que sea gratis y más si es comida, bienvenido, y preciso, crió alas
y emprendió el vuelo; en cuestión de segundos nadie lo volvió a ver.

El pánico cundió, la alarma se disparó, se generó una alerta en toda la ciudad y en
un operativo en las afueras, luego de un intercambio de balazos, fue recapturado. Esta
vez reingresó con unos tiros en las piernas y en el abdomen.

Mi hermana Aleyda estaba de turno y me cuenta que se presentó un dilema ético
entre los cirujanos y los practicantes, con intervención de los fiscales, el defensor del
pueblo y hasta del capellán. Unos decían que para qué tratar de salvar esa porquería, ese
enfermo mental, esa lacra social, ese psicópata; otros argumentaban que era un ser
humano como cualquiera, que ellos no tenían por qué juzgarlo, que había que hacer todo
lo técnicamente posible en aras de salvarlo.

Al final fue atendido, se vio en las últimas, pero que va, esos mientras más malos,
más resistentes. Aguantó todas las intervenciones, la convalecencia, las negativas del
seguro para alimentarlo por la vena (puesto que no podía comer) dados los altísimos
costos, las cirugías hechas por practicantes. No decía una palabra. Me cuenta Aleyda que
en lugar de drogas, algunas enfermeras le ponían agua destilada para que sufriera, y él
impasible, como si nada estuviera pasando, encerrado en su propio mutismo estoico.

Hay que ver por el contrario cuando a una persona de bien le pasa algo, con
seguridad se complica o se muere, pero a esas joyitas nunca les pasa nada.

Al tiempo fue enjuiciado, juzgado y condenado a prisión.

En la cárcel no se metía con nadie, su comportamiento fue casi perfecto. Llamaba la
atención que cuando iban las parejas a visita conyugal, ahí sí se desfasaba, hacía el
modo de hacerse asignar a dicha zona para supuestamente hacer aseo y tratar de
fisgonear. Lo vieron robarse de los baldes las toallas higiénicas y el papel sanitario de las
mujeres que allí entraban.

Al tiempo, luego de perderle la pista y no volver a oír mencionar su nombre, un día
estaba yo asignada al servicio de curaciones. A eso de las 10 de la mañana llegó doña
Estella, una secretaria de la fiscalía, a contar que estaba muy impresionada porque supo
que habían matado a Alonso en la cárcel y ella lo conocía mucho, pues habían llevado su
caso en el despacho en donde trabajaba.

Parece que los papás le consiguieron un buen abogado y que con el trabajo como
interno y con el estudio carcelario, además, invocando supuestos problemas siquiátricos y
hasta con sospechas de haber sobornado a una juez, iba a quedar pronto en libertad.

-No se sabe – Me dijo – pero cuando ésto se supo, alguien le echó el viaje y le
metieron en silencio, poniéndole la almohada contra su cara para que no hiciera
escándalo o repulsa, más de cuarenta puñaladas. No se pudo establecer si fue algún
doliente de sus víctimas, o algún compañero de patio que sabía de sus malas mañas o
incluso los mismos guardianes.

- No sé hija - Decía doña Estella mientras yo le retiraba un vendaje de su pierna -
Pero nunca había visto un muerto más bien muerto que ese. Y Dios me perdone -Decía
mientras se echaba una bendición y hacía un gesto quejoso al yo retirarle bruscamente
una gasa adhesiva de su empeine.

Una extraña sensación de roce gélido recorrió mi espalda. Era el mismo cubículo en
donde una vez atendí y traté a ese abandonado de la esperanza.

Me sacudí rápido de esa mala energía y proseguí en mis cosas. Así es la vida.
10. MARGARITA “MONGUIS”


Cuando terminé el curso de auxiliar de enfermería que duraba un año e ingresé a
trabajar al hospital en una práctica que se llama etapa productiva, me volví a encontrar
con Margarita “Monguis”, una vieja amiga del colegio que salió un tiempo antes que yo y
ya estaba vinculada en el mismo servicio al que me asignaron inicialmente. Yo la conocía
como compañera de juegos y vecina, pero nunca había trabajado con ella y no tenía
referencias de su desempeño. Y he aquí que cuando nos reencontramos, resultó ser todo
un paquete, lo que llamamos en la calle un petardo, un “tapado”, una verdadera
calamidad.

Y digo esto porque Margarita ejercía su oficio con un sentido muy personal y
folclórico de los conceptos, lo que no sabía se lo inventaba, lo que desconocía lo intuía
con unos criterios muy particulares, le daba importancia a trivialidades e ignoraba lo
fundamental.

Por eso fue tan difícil convencerla de que administrarle caldo de fríjoles a los recién
nacidos en lugar de leche maternizada era una práctica perniciosa cuando no agresiva
con los bebés; de que por más de que un paciente llevara doce horas largas de ayuno
esperando un turno de quirófano, nada justificaba que le ofreciera alimentos y bebidas
para “aguantar la cirugía”, para que no desfalleciera de hambre pues era peligroso que
fuera sometido así a la anestesia por el riesgo de vomitar e inundar sus pulmones de
jugos gástricos; era casi imposible que entendiera que si los anticonceptivos que se le
ordenaban a las mujeres como tratamiento alternativo del acné, se administraban a los
hombres llenos de barros y espinillas, puede que sí les sirvieran para mejorar la piel, pero
alteraba seriamente el sistema hormonal del pobre paciente, se le aflautaba la voz y los
pechos le empezaban a crecer en forma incomoda y generando toda serie de suspicacias,
pues el desdichado ya tenía que utilizar sostenes “principiante” o “Pinina”, como les
decíamos.

- Dotor, ¡Urgente, hay un utópico roto!, gritó a todo pulmón
una vez que una señora llegó por urgencias con un embarazo ectópico, presentando
una hemorragia abdominal muy aguda, con el agravante de que estaba acompañada
de su suegra y el esposo llevaba más de un año en el exterior. ¡Vaya lío!. La
progenitora del cornudo no solamente preocupada por la madre de sus nietos, sino
haciendo cuentas para entender el por qué y el cómo de las protuberancias frontales
de su expatriado hijo. Después, poniendo gesto de concentrada, se dirigió al médico:

- Dotor, estuve motorizando al paciente y la suturación
estaba en el 90 por cierto(Queremos creer que se refería a monitorizar y a la
saturación de oxígeno referidas en porcentaje). Para rematar el interrogatorio, le
preguntó a la paciente: Señora, ¿Usted tiene diapositivo o planifica con óvulos de
Neosampao, o con coitus interceptado?

A medida que pasó el tiempo, nuestra compañera rápidamente cogió vuelo, se dio
alas de confianza e interpretó que la medicina era algo muy fácil y sin misterios y
acudiendo a su enorme corazón y a su bondad sin precedentes, tratando de democratizar
la atención médica y llevarla a la gente de bajos recursos, decidió que podía montar un
consultorio en el barrio, donde era cierto que no cobraba por recetarle a sus vecinos y
recibía a cambio toda suerte de regalos en señal de agradecimiento.

Era así como aplicaba inyecciones musculares y venosas con toda clase de
cocteles de medicamentos en un sistema que llamamos de “escopeta regadora”,
combinando varios antibióticos, incluso antagónicos entre sí; como es sabido que casi
todas las enfermedades que no son graves se auto-limitan, es decir, se curan solas y que
el acompañamiento del que ejerza la figura de curandero, sea médico o empírico, tiene
gran poder en el acto curativo, sus pacientes le cogieron gran confianza y cariño, además
de que les salía muy barato. No entendemos cómo no tuvo mayores complicaciones, o si
se presentaron tenía la capacidad de implicar a los médicos o a los hospitales, o
atribuirlas a lo “inhumano de los Galenos” o a “la despersonalización de la medicina” o a
un destino predeterminado por la providencia divina. Sólo la vi asustada una vez en que le
aplicó un centímetro intramuscular de “Quelicin” a un paciente que tenía una tortícolis
severa en el cuello, espasmo muy molesto e incapacitante conocido popularmente como
“mico”. Fue que Margarita escuchó decir a un anestesiólogo que el “Quelicin” o
Succinilcolina era muy buen relajante muscular, pero para uso quirúrgico, para ser
utilizado en anestesia General y poder intubar, ventilar y operar a los pacientes sin
protestas ni dolor. Nuestra amigable tarada entendió que servía para relajar los músculos
contraídos y casi mata al ingenuo que terminó sin poder respirar, pues los músculos
torácicos no le respondían, en una unidad de cuidados intensivos, pegado a una máquina
de ventilación mecánica o de respiración artificial.

De todas maneras nunca escarmentó y seguía prescribiendo medicamentos,
poniendo vendajes, haciendo masajes supuestamente terapéuticos sobre esguinces y
fracturas, encubriendo todo tipo de síntomas que a largo plazo terminaban perjudicando al
paciente; como al final siempre el cuasi-inmolado caía al hospital, ella muy amable y
servicial, le hacía la intriga con los especialistas y el problema se solucionaba.

Creo que nunca actuó de mala fe sino que simplemente era más terca que una
mula, tapada, trancada y sellada por dentro. No negociaba sus ideas fijas y por donde
metía la cabeza la tenía que sacar. Siempre tuvo muchos problemas con las jefes y los
especialistas e incluso una vez un ortopedista exasperado con ella la empujó y por poco
no le mete un martillazo en su dura cabezota, aburrido por la retahíla irritante que como
una catarata necia y palabrera salía de su boca sin conexión con el cerebro.

Era un problema en todas las asignaciones. Ingresaba pacientes con la vena cogida
en el mismo lado de la mano fracturada que iban a operar, lo cual evidentemente implica
falta de sentido común; no se aguantaba las ganas de drenarle abscesos de piel a los
pacientes que iban a ser sometidos a cirugías, lo cual aumentaba enormemente el riesgo
de infección, pues decía que “se le hacía agua la boca con una espinilla o un barro ciego”
y no podía contener los impulsos de destriparlos; confundía los pacientes por no leer las
historias y llegó a raparle la cabeza para una trepanación a una muchacha bonita que iba
para una apendicectomía y que ya estaba bajo los efectos de los sedantes prequirúrgicos
y no podía defenderse; en varias ocasiones extravió prótesis dentales de ancianos,
incluso una vez cuando le ocurrió, para que no la pillaran, le trató de pegar el diente caído
con una pócima llamada “Pegaloca” y para sorpresa de los acompañantes cuando
recibieron a la adormilada viejita, ¡tenía ésta el colmillo pegado al revés!

También llegó a echar colirios dilatadores de pupilas en ojos de vidrio, le hizo por
equivocación un enema rectal evacuante a una encopetada señora que salía de una
cirugía plástica de la cara, preguntaba con toda ingenuidad a los médicos que cuál era la
diferencia entre peroné y periné, o entre faringe y laringe, entre carótida y parótida, en fin
era un verdadero caos cuando estaba de turno.

Fue rotando de servicio en servicio, pues las jefes no la soportaban. No la echaban
ya que les partía el corazón verla tan ingenua, tan noble, tan transparente, a pesar de ser
tan bruta. La hicieron evaluar por el servicio de psicología para buscarle salidas creativas
a su problema, pero nada concreto se logró. Decía el psicólogo a manera de chiste “que
ese táparo lo que necesitaba era un siquiatra con postgrado en veterinaria”. Carmenza la
coordinadora de la oficina de trabajo social trató de hacerle un diagnóstico laboral para
sugerir una reubicación, pero según sus propias palabras, la que casi se tuvo que retirar
fue ella, pues Margarita la iba a enloquecer. Todos sabíamos que si salía del hospital
nuestro, que era una empresa del Estado, nadie le daría trabajo y el caso era de hambre,
pues era cabeza de familia de una extensa recua de parásitos e incapacitados. Por eso
siempre se escudaban en la generosidad de “Papá gobierno” y ahí seguía con nosotros,
enloqueciéndonos de la impaciencia, atosigándonos con su absoluta incapacidad.

Y es que desde su aspecto físico llamaba la atención. Una vez que entró al hospital
empezó a aumentar desaforadamente de peso, dada la forma desmesurada de comer. Al
llegar usualmente en la mañana se comía un “preparito” consistente en fríjoles
recalentados o en un tamal de la víspera y tres horas después sacaba de su mochila una
arepa con huevo y carne y un tarro con chocolate, pues se estaba “maluquiando del
hambre”. Luego se comía un plato de ensalada y una gaseosa dietética para ahorrar
calorías y “para que no se le dañara el cuerpo”.

En esto se plegó rápidamente a las costumbres de las auxiliares más veteranas
quienes paraban los servicios a la media mañana para hacer un convite gastronómico,
sacando de las cajas de Pandora de sus bolsos toda clase de viandas y haciendo unas
comilonas extravagantes que desbordaban los más estrambóticos y estrafalarios sueños
de melona, olores, fritanga e indigestión. En ese momento los servicios se paraban y no
había cirugía, por urgente que fuera, que las hiciera movilizar de su bacanal atroz.
Usualmente el festín era comandado por alguna de las más antiguas, casi siempre
miembro beligerante y combativo del sindicato, quien asignaba incluso por cuadro a la
encargada de la cocina, mientras otras como Catalina Palacio o Edith, las de servicios
generales, iban al mercado cercano a comprar viandas para el ajuste, con tal de poder
repelar en la repartija. A esto no se pudieron oponer nunca ni las jefes ni las directivas y al
final terminaban haciendo parte de la pantagruélica francachela. Margarita encuadró
fácilmente en este esquema de las más viejas, usualmente prejubiladas y líderes reales
de los servicios de entonces y cayó rápidamente en la obesidad. Ya su trasero estaba
adquiriendo un tamaño descomunal y por ese desproporcionado tafanario ya le decíamos
“Nalgarita”.

Las mas jóvenes, aún llenas de bríos y de responsabilidad, no éramos capaces de
gastarnos varias horas del día atragantándonos, nos daba miedo en ese entonces no
acatar las órdenes de la enfermera jefe y teníamos cierto respeto por la estética y el
autocuidado personal. Por eso a medida que se fueron jubilando nuestras compañeras
mayores, las nuevas fuimos llegando, casi todos ingresaban por contratos temporales,
los sindicatos perdieron fuerza y el estereotipo de la auxiliar de enfermería típica fue
cambiando un poco. El de Margarita no.

De piel morena, frente amplia, ojos saltones, cuerpo de círculos concéntricos que se
acomodaban en ropas imposibles ceñidas a la piel en una combinación caleidoscópica de
colores, plumas, encajes que la hacían ver como un grotesco papagayo, como un
esperpento ridículo que contrastaba con el alto concepto estético que tenía de sí misma;
pues era cierto, no sé basada en qué indicios, que se creía un monumento, una morenaza
irresistible que nunca entendió el por qué nunca la invitaban a salir los compañeros
hombres o nadie la cortejó ni le gastó algo parecido a un piropo. De razón decía el Dr
Mejía, un irreverente gocetas que no dejaba títere con cabeza ni respetaba pinta, que
“comerse a Margarita era como masturbarse con unas tijeras”, que “era mas fea que
perseguir a la abuelita con la tranca en la mano” o “mas fea que sodomizar al papá”. Hay
que verla embutida en un imposible físico, en unas ropas ceñidas al cuerpo llamadas
“chicles” o “botadetubo”, camisas ombligueras o “strapless”, pantalón descaderado en un
atentado estético que sobrepasaba los límites de la imaginación, el buen gusto y el
mínimo sentido del decoro personal y la autoestima. Y así era en general para los gustos,
para su estilo, para expresar su forma de ser.

Era común encontrar en su bolso de mano todo tipo de objetos, como boletas de
prendería, solicitudes de crédito, carretas de microporo, etc., pero lo que no le faltaba
nunca, era la estampita del santurrón venezolano José Gregorio Hernández, del Indio
Amazónico y de “Regina Once”, una conocida mentalista criolla que se vio metida en
varios problemas legales, que incluso estuvo en la cárcel y que contaba con miles de
fanáticos que la seguían ciegamente, Margarita entre ellos. En la sala de su casa, junto al
cuadro del “Corazón de Jesús”, dominaba la escena una coqueta fotografía de la pitonisa
de marras. Lo mismo en el gusto musical, era estigmático escuchar en los quirófanos
cuando ella estaba de turno, sin consideración por nadie y con buen volumen, un cassette
con los éxitos de Helenita Vargas, o de Marbelle y del favorito, Darío Gómez; de este
último por supuesto el tema más popular es “Nadie es eterno en el mundo”, que siempre
le arrancaba lágrimas y suspiros, sin contar cómo se emocionaba con la versión que hace
de “Sobreviviré” de la cantante norteamericana Gloria Gaynor, en Apache, idioma que
Darío domina a la perfección. Una vez nos contó muy conmovida que había estado en un
concierto de música clásica muy hermosa. Cuando le preguntaron, dijo que se trataba de
la banda ”Marco Fidel Suárez” de Bello, unos reconocidos “chupacobres” de música
parrandera y tropical que tocan temas fiesteros instrumentales. Claro, como no cantaban,
pensó que eran dignos representantes del género musical de Beethoven y Bach.

Para acabar de ajustar, desde muy pequeña en el barrio ya sabíamos que carecía
completamente de dentadura por las caries tumbadientes consecuencia de una infancia
en medio de la pobreza y la falta de higiene. Cuando empezó a ganarse sus primeros
sueldos, fue a donde los dentistas empíricos del municipio de Bello y allí se hizo poner
una prótesis dental total, superior e inferior conocida como “chapa” o “doble cassette”.

El sistema era y sigue siendo muy práctico, pues en estos gabinetes los
odontólogos de pacotilla exponen las sonrientes placas en una vitrina y el paciente se las
va midiendo hasta que encuentra la que se le adapte de inmediato, sin tratamientos
dolorosos, sin impresiones molestas y por un precio, digámoslo, irrisorio.

Cuando Margarita llegó un lunes al servicio estrenando su recién adquirido trofeo,
algo raro había en su rostro que la desfiguraba, que reñía con su imagen de siempre.
Claro, era su sonrisa permanente, no porque estuviera muy simpática en esa mañana,
sino porque físicamente la boca no le cerraba y las nuevas hachas que fungían de
dientes le daban un nuevo aspecto de monalisa hienesca de risa sardónica.

No es por exagerar, pero creo que se le contaban algo mas de cuarenta unidades
en esa feroz exposición de caninos, incisivos y molares. Parecía una pelea de perros, una
fosa común nazi, un osario de cementerio pobre. Pero lo peor fue al saludar y escuchar
nosotros ese musical, serpentino y siseante tono que fluía de esa caja de sorpresas de su
boca. Parecía una gitanilla, una andaluza, una graciosa amalgama de acentos
combinados entre español y colombiano, con la lengua ya tetanizada por tratar de
mantener en su sitio esos díscolos intrusos que no se sostenían en sus encías heridas en
la cruel doma del potro salvaje de sus prótesis inquietas y silbantes.

Mientras duró su lucha por adaptarse y nosotros a verla en ese cuadro de oji-
brotada– frente–panela-dientes-de-burro, optó por el silencio para no mortificarse y no ser
tema de más burlas que tanto le herían el amor propio. Pero no pudo mantener el control
por mucho tiempo. Al menos en tres ocasiones fui testigo de los apuros que su inquieta
dentadura artificial le hizo pasar. La primera fue en una fiesta del hospital cuando se le
cayó en plena olla del sancocho y el gerente se dio cuenta y vaya usted a imaginar la
lucha para tratar de rescatarla del hirviente potaje y ser capaz de colocárselas
nuevamente sin ser ridiculizada; créame el alboroto que se armó cuando varias personas
se dieron cuenta de que habían comido sustancia de semejante calambombo; y en otra
ocasión que los compañeros la tiraron borracha y con ropa a una piscina y su risueño
martirio fue a dar al fondo de ella mientras Margarita asustada y rabiosa, respirando con
dificultad, no se preocupó por cubrirse esa parte rojiza y callosa con el belfo invertido
sobre sus encías indignas. Tuvo que tirarse Juan Carlos, alma justa y solidaria, a
rescatarle la prótesis del piso de baldosín de la alberca, en medio de la risa incontenible
del respetable. La última vez, la más grotesca, en otra fiesta del hospital, estando también
borracha y luego de abrazar a todo el personal y expresarnos su amor y admiración a
todo pulmón con abrazos rompe-huesos, al repetir por quinta vez la fila para la comida, le
dio por vomitar hasta las últimas consecuencias la mezcolanza de licores y toda serie de
alimentos ingeridos apenas sin masticar, en plena mesa del comedor, ante la mirada
atónita y apenada de los compañeros que nos debatíamos entre la carcajada, el asco y la
vergüenza ajena. El más asombrado era el padre Gildardo, capellán del hospital, defensor
a ultranza de la pobre imbécil, más por cristiana obligación y por pesar que por
reconocimiento a sus cualidades, quien en un acto similar al de Jesucristo limpiando a un
leproso, le recogió compasivo con una servilleta la volátil dentadura que había ido a parar
al postre, nadando entre el torrencial de la apestosa regurgitación.

Y otro vicio que casi no le quitamos fue el de evacuar sus necesidades fisiológicas
en pleno cambio de turno en el cafetín en donde todas las auxiliares nos cambiábamos. Si
bien es sabido, como come el mulo caga el culo, entonces la producción intestinal de
Margarita se podía pesar en arrobas.

A eso de las cuatro de la tarde se le iba distendiendo el abdomen, la cogía la
caminadera y un sudor frío cursaba por su frentota y una la veía moviéndose con
disimulo en su asiento, o levantando con falsa discreción su cadera para emitir sin pudor
los gases que la atormentaban, aprovechando que los pacientes apenas se recuperaban
de las cirugías y no podían protestar, incluso hubo momentos en que al verse sorprendida
los implicaba a ellos y para rematar los regañaba por su falta de control de esfínteres y
ellos consternados, apenas atinaban a contestar, apesadumbrados por el bochorno y
doblegados por los somníferos.

Al final de la jornada, se pasaba muy oronda por en medio de todas nosotras
mientras nos cambiábamos, se encerraba en el baño y ya sabíamos que comenzaba el
vía crucis. Sólo escuchábamos sus quejidos pujosos en medio de la tormenta de
ventosidades que presagiaban el torrencial escatológico. Salía por fin victoriosa de su
lucha cuerpo a cuerpo con el peristaltismo, empapada en un sudor cansado y como si
se hubiera quitado un peso de encima. Simultáneamente el vaho verdoso de su
mortecina se apoderaba del ambiente y teníamos que desocuparle de inmediato. Y ella
como si nada. Cuando la empezamos a confrontar, ella genuinamente indignada alegaba
que eso era normal, que si acaso era que nosotros defecábamos flores, ripostaba. En
todo caso tenía la sublime capacidad de descomponer a todo el mundo. Hasta el cirujano
más serio del hospital, el Dr. Velásquez, tuvo que ver en el asunto y le ofreció practicarle
una colostomía. Al final, la jefe del departamento tuvo una larga conversación con ella y
por varios días estuvo haciéndose enemas intestinales antes de salir de la casa a las 5:30
a.m, so pena de perder, ahora sí, el trabajo.

Un día en que estaba bastante presionada por las deudas, pues la llamaban
permanentemente de almacenes y cooperativas a cobrarle créditos en mora y le estaba
quedando muy difícil hacerse negar a diario o escondérsele a los pajarracos que la
asediaban para exigirle las acreencias, logró convencer a otra compañera más inocente
que ella, si eso es acaso posible, de que compraran un lote de gallinas ponedoras para
vender los huevos y al finalizar la producción, feriar la carne por kilos. Un buen día, una
peste de características brutales y bíblicas proporciones arrasó con todo el gallinero y las
plumíferas amanecieron muertas.

En medio de la desolación, al borde de la quiebra y presa del desespero, se dejó
instruir por “Fercho”, uno de nuestros pacientes crónicos, conocido como “Monopolio”, el
tullido más gozón, irreverente y zumbón que haya pasado por hospital alguno, quien le
dijo que él había estudiado zootecnia y que por lo tanto era experto en el tema, que no
todas las pestes avícolas eran transmisibles al hombre, o sea, que no necesariamente
esa que les dio era una zoonosis y que no había problema, que bien pudiera hacer una
cocción con los cadáveres de las avechuchas y que junto con papas y huevos las hiciera
en forma de pastel de pollo.

-Dígame la verdad Fercho. ¿Eso no atenta contra la hípica?-Preguntó con genuina
preocupación, pero con ganas de que la respuesta fuera negativa.

-No Margarita-la miró compasivo y paciente “Monopolio”, haciendo un esfuerzo para
no reírse y no poner en peligro el negocio.-Eso no atenta contra la ética.

-Me alegro mucho, porque yo siempre respeto la épica en mis principios morosos-
dijo la cretina cerrando la discusión.

Él mismo le hizo algunas llamadas y con la ayuda de Catalina Palacio que tenía
muchas amigos en tiendas de barrio y cafeterías de colegio, lograron vender más de mil
unidades a precios bajos, ella libró el capitalito y el patán se agenció una buena comisión.

El capítulo final de su estadía en el hospital ocurrió cuando Carolina, una nueva jefe
de enfermería se hizo muy amiga de ella. Dicha profesional resultó ser una arpía sin
escrúpulos, que aprovechaba su belleza y simpatía para el lucro personal. Así montó en el
servicio un sistema primitivo de ahorros y rifas con el personal conocido como “Natillera”,
vendía productos de belleza y ropa por catálogo, transportaba niños durante las horas de
turno, montó el negocio de ponerle aretes a las recién nacidas, involucró a varios médicos
en créditos personales y tuvo sonados romances simultáneos con varios de los
especialistas y al mismo tiempo con Alejandro, el ingeniero de sistemas del hospital.
Logró convencer al gerente, cuñado suyo, de que parte importante de las pérdidas de
cirugía se daban por descuido del almacén de suministros de materiales y que si le daban
el contrato de administración a ella, en compañía de Margarita, su auxiliar de confianza,
cesarían los robos y se optimizarían el recurso y los gastos.

Al gerente le pareció bien y les asignó a las dos un estipendio extra por el manejo
de dicho almacén. Por supuesto, todo el trabajo sucio de organización y cuidado, en horas
nocturnas y festivas, lo hacía Margarita con el argumento de que vivía a dos cuadras del
hospital, de que era soltera y sin hijos y de que tenía mucho tiempo libre.

Cuando todo estuvo sistematizado, todo inventariado y el negocio se cuidaba solo,
la enfermera urdió toda una trama de conspiración subterránea para vender la idea de
que nuestra pobre idiota estaba implicada en un proceso de robo continuado, de mal
manejo de unos gases anestésicos de alto costo y mil intrigas más para así quedarse sola
con el cargo y no tener que compartir el cheque. Esto le costó el puesto, lo que no
pudieron varios años de andar cometiendo torpezas en todos los servicios. Salió del
trabajo por la puerta de atrás, sin despedirse, envilecida, indignada, herida y con la moral
por el suelo. Por el causal que le manejaron no recibió ni un solo peso de indemnización.

Cuando abrieron por la fuerza el casillero en donde guardaba sus enceres, aún
estaba la botella de gaseosa de dos litros que siempre mantenía a medio llenar, llena de
residuos alimentarios que conocíamos como “Submarinos” y que ella generosamente
siempre nos brindó sin entender el porque nunca le recibíamos.

Esta es la hora en que no volvimos a saber nada del maldito monstruo de nuestra
Margarita, nuestra boba favorita, la monguis del corazón, la imbécil desesperante y
entrañable que nunca volvimos a ver.

11. LA JEFE CAROLINA

Eso de las enfermeras jefes es todo un cuento, son una raza aparte; y no es porque
yo sea una auxiliar de enfermería que van a pensar que es pura envidia, que son celos
de amargura o chapaleos de hembra herida.

No, al cabo que durante toda mi vida en el hospital he capoteado todo tipo de
personalidades, he visto ir y venir varios gerentes, algunos administradores y muchas
jefes y una ahí, a más vieja más escéptica y todos los días un poco más canchera
creyendo cada vez menos en minas con tanto oro, riéndome para mí de tantas ínfulas y
tantas pretensiones.

Pero de todas las que he toreado, ninguna como Carolina; es la que más recuerdo y
no necesariamente porque la estime o la quiera, sino porque marcó con su personalidad
muchos episodios que nunca he olvidado.

Cuando llegó nueva, recién desempacada de hacer su año rural obligatorio, nos
llamó la atención por alta y garbosa, por simpática y bonita. Era muy joven para su cargo
y rápidamente hizo un marcado contraste con las otras enfermeras que eran, como decía
el Doctor Mejía, un ortopedista famoso por su irreverencia, un corral de iguanas, una
manada de cocodrilos, un estanque de bagres.

Es común que al llegar nueva a un servicio, cada enfermera licenciada trata de
halagar a las auxiliares más viejas, más líderes, o de más experiencia para tramarlas,
para ponerlas de su lado, para liquidar posibles oposiciones y no dejar duda de quien
ejerce el liderazgo.

Por supuesto Carolina no fue ajena a esta práctica y rápidamente compuso su
sanedrín de áulicos para sentar las bases del reinado en su territorio y no dejar lugar a
cuestionamientos sobre quien es el que manda. Luego de terminar su año rural y dejar
muy buen nombre por su eficiencia y dominio de los servicios, salió durante un tiempo a
trabajar como enfermera jefe de una clínica siquiátrica y de recuperación de todo tipo de
adictos. Como es tan frecuente en nuestra profesión, allí conoció al que sería su esposo,
Richi, un viejo conocido del barrio, connotado malandrín venido a menos. Era hermano
del gerente de ese entonces, el Doctor Francisco Eladio, y de manera inmediata la
contrataron en el hospital como funcionaria vinculada y de carrera, mientras sus colegas
estaban por contrato de pocos meses.

Carolina dejó claro en su estilo, más temprano que tarde, tres cosas puntuales: Que
su ambición no tenía límites, que en su ética no había lugar para los escrúpulos morales o
los reatos de conciencia y que el que se interpusiera en su camino pagaría las
consecuencias. Para este ejercicio tan personal de la existencia, recurría eficientemente a
varias armas contundentes. Su belleza fresca y de aspecto simpático e inocente, su
inteligencia aguda de juicio certero y oportuno; un discurso tierno sin caer en lo meloso
que de forma precisa envolvía al interlocutor para terminar haciendo lo que ella discurría y
una coquetería sin concesiones, neutra, felina que insinuaba sin evidenciar, invitaba sin
comprometerse, halagaba sin ceder y terminaba involucrando a la persona que ubicaba
como objetivo de cualquiera de sus planes y ardides.

Así fue imponiendo poco a poco su talante, intercambiaba privilegios por delaciones,
concesiones por reportes precisos y no había secreto que no supiera, comentario que no
conociera, movimiento por discreto que fuera del que ella no se enterara, hasta tener el
control absoluto de su servicio y hacerlo girar en torno a su criterio y para su propio
beneficio. Tenía a su alrededor toda una pléyade de mediocres que fomentaba y protegía
sin nosotras entender inicialmente porqué, cuyo único mérito era que le traían y le
llevaban información de lo que a ella le interesaba, de chismes, de comportamientos en
los turnos, de habladurías a sus espaldas, de las andanzas del médico de urgencias que
era su última conquista, de las fallas de las otras enfermeras jefes, para así siempre tener
cubiertos todos los frentes y tener datos de primera mano que la atornillaban a su poder.

Fue así como inicialmente organizó un sistema pequeño y cerrado de ahorros en el
cual cada persona pone una cuota fija semanal y se compromete a participar en rifas,
bailes, bingos, venta de empanadas y mil cosas más para recoger dineros, invertirlos en
un fondo común, prestarlos a altos intereses y al final del año repartir entre todos las
ganancias. Este sistema bastante común en los hospitales, se conoce como “Natillera”
porque se liquida en diciembre cuando la gente come natilla. En muchas partes está
prohibido porque no paga impuestos, no tiene personería jurídica, la contabilidad es
primitiva y de bolsillo, sin auditorias ni controles fiscales, casi sujeto al libre albedrío y a la
honestidad del administrador que casi nunca tiene quien lo ronde. Pues bien, nuestra jefe
era la que manejaba la natillera de cirugía; se entendía, sin que ella lo hubiera expresado
nunca explícitamente, que todas teníamos que participar activamente en ella y ¡ay! del
que cuestionara un manejo o sembrara alguna duda sobre la transparencia del proceso.
El correo de las brujas, la emisora radio-pasillo y radio-cafetín, los más eficientes
difundidores de chismes, consejas y comentarios en los hospitales, hablaban con
propiedad de los viajes de Carolina, del carro y la casa que compró, de lo bien que se
vestía, de sus joyas y perfumes, pero nunca nadie averiguó nada. Como tampoco nadie
se atrevía a cuestionar el mercado persa que instaló durante su régimen en el servicio de
cirugía. Así vendía por catálogo y a crédito, toda suerte de baratijas, adornos, bisutería,
lociones, ropa interior. Cuando alguna de nosotras se hacía morosa en las cuotas,
inicialmente nos favorecía con horas extras o recargos nocturnos o festivos para poderle
pagar en la próxima quincena y cuando por alguna dificultad ya estábamos muy atrasadas
en los pagos, la indisposición de ella se veía, sin ceder un ápice su sonrisa de postín, en
los cuadros de turno donde virtualmente nos masacraba o en las asignaciones donde no
nos perdonaba ni un error y nos empapelaba con memos y reconvenciones escritas de
desempeño con copia a la hoja de vida que amenazaban con dejarnos cesantes, si no
nos poníamos al día.

Para ahorrarse el transporte escolar de su hijo, decidió asumirlo personalmente,
aunque los horarios de ingreso al colegio se le montaran con los de su propio trabajo.
Pero para eso era cuñada del gerente y tenía su red de lacayos a los que delegaba esa
hora de por la mañana y del medio día en que se ausentaba, y porque no, aprovechó para
ofrecer los espacios sobrantes en su carro para vender los cupos a unos niños vecinos de
la unidad residencial en que vivía y así hacer un negocio redondo. Parece mentira, pero
hizo estas evoluciones por varios años, nunca la pillaron, nunca la delataron, su manejo
de las riendas y su autoridad sin atenuantes no dejaban cabo suelto ni esguinces a sus
planes por mejorar su nivel de ingresos. También se apoderó del monopolio de la
instalación de aretes para las bebes recién nacidas, prohibiendo bajo amenaza de
retaliación que alguien osara montarle competencia. Era un brillante negocio, en un
hospital en donde nacían entre diez y quince niños diariamente.

Pero su mayor fuente de ingresos la obtuvo cuando descubrió la preocupación del
gerente y de la junta directiva por el almacén de suministros de material quirúrgico y
drogas de cirugía. Allí se manejaban muy liberalmente las cosas, es cierto; cada cual
llegaba y metía las manos, sacaba droga, muchas veces para uso personal, se perdían
jeringas, suturas, en fin, era un verdadero desagüe económico.

Ella vio claro que si presionaba, pescaría en río revuelto y decidió radicalizar las
cosas para obligar a la gerencia a tomar medidas y ganar por todos los frentes, matando
dos pájaros de un tiro. Así empezó ella misma a sacar material a diario, para que los
inventarios hicieran crisis y se descubriera el faltante, responsabilidad que nunca recayó
en nadie en concreto. Cuando ya la administración estaba inquieta, en un descuido,
descargó varias suturas de cirugía plástica y oftalmología, muy costosas por cierto, en el
bolso de Denisse, una compañera que nunca le rindió mucha pleitesía ni se arrodilló ante
ella y que si bien figuraba como conflictiva y tropelera, nunca como ladrona. Por supuesto
una llamada anónima alertó a los vigilantes quienes sorprendieron a la pobre gorda de
Denisse quien no salía de su asombro y no atinaba a musitar palabra. Fue despedida por
robo, humillada su dignidad y manchada la reputación, sin derecho a descargos, en medio
de la sonrisa discreta y los ojitos brillantes de Carolina que la despidieron deseándole la
mejor de las suertes.

Al instante, un hecho detrás de otro, Carolina pidió cita con un médico amigo suyo
miembro de la Junta quién le creó el escenario para que le fuera asignado el manejo del
almacén, bajo su estricto control, todo bajo llave e inventarios semanales, con una
excelente remuneración adicional que casi duplicaba el sueldo. Para bajar el perfil y para
no clavarse a sí misma el puñal de una responsabilidad tan grande y consagratoria, pues
implicaba responder por los suministros las 24 horas del día, escogió como compañera a
Margarita Monguis, la boba más ingenua, honrada e inocente que haya pasado por
hospital alguno, obstinada como una mula, obsesiva y enceguecida como una vaca loca.
El plan era que entre las dos se repartían los horarios y por ende el cheque. Como no, a
los pocos días, con esa forma fácil y musical de Carolina manejar la dialéctica, el halago y
la capacidad de convicción, terminó la pobre solterona de Margarita yendo diariamente,
clavada todos los fines de semana y todas las noches hasta que al cogerle el hilo a la
dinámica y entender bien los procesos, vieron que todo marchaba sobre ruedas, que ya
casi no tenían que ir en horarios extras al hospital, que dejando un botiquín con la rutina
del día a día y un estricto control en las hojas de descargo era suficiente para que el
almacén estuviera sano, a salvo de robos, garantizando los suministros y ganándose el
pago extra. Carolina lo entendió rápidamente y le pareció tontería tener que seguir
repartiendo la mitad del pago sin necesidad y con su habilidad de siempre discurrió la
forma de implicar a la estúpida de Margarita Monguis en el caso de la desaparición
sistemática de unos frascos de gases anestésicos que resultaron vendidos a mitad del
costo a otra clínica y que fue descubierto por unos números de serie de la droga. La
investigación desnudó rápida y eficientemente a un chivo expiatorio ideal y la pobre de
Margarita resultó de patitas en la calle, con la fama y sin el género, sin alcanzar a
entender nunca que fue lo que pasó, mientras que Carolina siguió administrando sola el
almacén que ya se manejaba en forma automática, pero sin tener que compartir el cheque
con nadie. Definitivamente era una campeona.

Por todo esto, vimos pasar una tras otra, a varias auxiliares por su servicio, las que
no se acomodaban salían, las que le rendían, permanecían.

Sucedió lo mismo con las enfermeras profesionales supernumerarias que
compartían con ella el mando, más no el liderazgo, a quienes siempre culpaban sin ella
desgastarse diciendo nada, por todas las fallas en el montaje de una cirugía difícil, en la
consecución de algún equipo especial, en la logística de algún procedimiento
especializado. Siempre fallaba algo cuando estaba la otra, no sólo por el gran talento
técnico de Carolina, sino por su capacidad para atribuir con discreción culpas, con sus
silencios poco inocentes cuando veía que algo faltaba y ella supuestamente en aras de
respetar el fuero de la otra no hacía caer en cuenta del error. Así vimos desfilar a varias
que no soportaban ese ego tremendo, que terminaban haciendo el trabajo sucio y
dispendioso mientras la otra ganaba los méritos, que resultaban haciendo los diseños
teóricos y los protocolos de manejo, para que Carolina finalmente los presentara a la jefe
de atención médica y se llevara los laureles.

Durante muchos años y hasta el final, fue la reina, la absoluta. No podíamos menos
que compadecernos de la pobre jefe recién llegada que arribaba llena de espíritu y
voluntad a tratar de poner lo mejor de su empeño por hacer bien las cosas y dejar su
marca personal. Pero nada, todas se estripaban, se estrellaban contra el muro de la
arrogancia de Carolina que era la jefe natural e intocable del servicio.

Desde el principio otra de sus características, la que la conduciría al desenlace
definitivo, fue su apetencia sin límite por los hombres. Como era muy agraciada,
mantenía siempre su corte de gavilanes que la rondaban y ella sin evidenciar romances
concretos, tenía la capacidad de jugar con ellos y ponerlos físicamente a sus pies. El más
evidente, que asumió en una relación sorprendentemente pública dada su hábil
discreción, fue con Alejandro, el ingeniero jefe de sistemas del hospital quien literalmente
le entregó el corazón, la confianza y la chequera.

Las que trabajábamos con ella éramos testigos de los muchos galanes que la
acechaban, de las llamadas permanentes de toda suerte de romeos y donjuanes que la
pretendían, de los juegos pícaros y los flirteos con los especialistas que la cortejaban, de
las conversaciones de doble sentido con los visitadores médicos y el pobre de Alejandro
allí, como siempre queriéndola, esperándola, acompañándola en todas sus crisis de
histeria, sirviéndole el hombro como paño de lágrimas para sobrellevar sus crisis
matrimoniales permanentes con su esposo Ricardo, “Richi”, un oscuro personaje con
antecedentes de negocios sucios y cruces raros. El pobre Alejandro vivía loco por ella, le
servía de codeudor en los múltiples préstamos que Carolina hacía, lo sacaba de quicio
quedándole mal en el pago de las cuotas cuando lo llamaban del banco a cobrarle, o
cuando le ponía de frente los cuernos con los médicos del hospital, siempre con la
disculpa de que se le había ido la mano en licor o que estaba muy deprimida por los
problemas con Richi. Una vez incluso la sorprendió besándose apasionadamente y en
tremendo manoseo en pleno parqueadero de la finca en donde se celebraba la fiesta del
hospital con el presidente de la Junta. Al Alejandro hacerle el reclamo, Carolina le
respondió que él era un acomplejado, que le tenía celos injustificados a los médicos, que
era un intenso y un resentido social. Él como siempre callaba, pero no entendía el porqué
dicho médico se la llevaba en horas de trabajo para la finca, con suministros, drogas,
sueros, jeringas del almacén proporcionados por Carolina para capar marranos o dizque
para operarle la hernia a un caballo. El pobre hombre se condenaba de la rabia pero ella
lo manipulaba una y otra vez.

También manejaba una relación con el auditor del hospital, con quién sostenía
interminables reuniones a puerta cerrada o salían a estaderos de la periferia a cuadrar
inventarios. Alejandro empezó a escudriñar desde su puesto como jefe de sistemas y
descubrió varios negocios no muy santos del presidente de la junta y de la esposa del
auditor quién era a la vez contratista para la ampliación del parque y del aula de eventos
del hospital, un negocio que nunca nadie entendió y que recuerdo mucho pues todos los
trabajadores del hospital fuimos obligados a comprar boletas y a ir a un baile público para
recoger fondos, gastos que nos fueron sacados por nómina de nuestro sueldo, sin poder
negarnos a tal juego, porque sería visto como una total falta de compromiso institucional.

Al percatarse de todos esos manejos extraños, de ver los múltiples juegos de
Carolina con esos personajes, de entender que toda la relación con ella giraba en torno a
utilizarlo y escurrirlo, a servirle de fiador en créditos y a utilizar sus relaciones para tapar
sus negocios, Alejandro se volvió un personaje estorboso y molesto para Carolina.

Nadie sabe a ciencia cierta que pasó, pero un día Alejandro fue asesinado. Unos
dicen que fue Richi, el esposo celoso, otros dicen que fueron unos miembros de la
administración molestos y temerosos porque Alejandro estaba indagando mucho y ya
sabía demasiado, otros que toda la vuelta se la hizo Carolina hastiada como estaba de un
hombre simple y comprometido que lo único que había hecho era darle todo su amor.

Al cabo de un tiempo, pocos meses después de la muerte de Alejandro y de varios
juegos peligrosos de Carolina, terminó accidentada junto con su esposo Richi, cuando su
carro rodó por un despeñadero en el Alto de las Palmas. Nunca se supo si fue algo
fortuito, aunque las malas lenguas dicen que Richi quebrado por los malos negocios en
una racha perversa de suerte negra y agobiado hasta la irritación por los constantes
devaneos y jugadas chuecas de Carolina, decidió terminar con todo y echarse a rodar
juntos arrastrándola consigo. Es muy complicado en esas circunstancias saber la verdad
definitiva.

De todas maneras fue una brusca sacudida para nosotras pues Carolina era
demasiado notoria y dominante, pero no fue muy sorprendente saber que iba a tener un
final no muy feliz. Aquí en el hospital siguen yendo y viniendo jefes y nosotras quietas,
mirándolas desde nuestra orilla, viéndolas en todas sus evoluciones pasar una tras otra,
ego tras ego, historia tras historia.

12. UN ASUNTO SOR-PRENDENTE

En los largos años que llevo trabajando en el hospital, me he enfrentado a muchas
historias, a muchos dramas, a toda serie de enredos y situaciones increíbles que si no
fuera porque los viví de primera mano, no los creería. De hecho, a veces le cuento
anécdotas a las personas de afuera, a las que no trabajan en salud, y piensan, o que una
está exagerando, o está inventando o se pretende burlar de ellos. El relato que sigue a
continuación no es mío, pero me sobrecogió de tal manera, que se los voy a narrar tal
cual me lo contó su protagonista, el Doctor R. B. Por puro respeto, porque sé que es una
situación compleja y delicada y por que es el médico que me atendió los partos y sigue
siendo mi ginecólogo personal, no me atrevo a cambiarle ni una coma. Además, conozco
a los protagonistas, tanto del barrio como del hospital y de una u otra manera hacen parte
del círculo permanente de la vida, del tiovivo constante del existir y del ser.


I.

- Necesito que me hagas un favor muy grande. No vayas a negarte. Eres el
único que me puede solucionar este problema - La voz de Gladis Tatiana, mi
hermanita médica, mostraba gran perturbación. Su tono, a mitad de camino, entre
autoritario, demandante y ansioso no daba elección.

Muy intrigado, al otro lado del auricular, atiné a preguntarle -¿ Cuál es la situación?
¿En qué consiste tu problema? - Enseñado como estaba a sortear toda clase de
angustias típicamente femeninas en mi calidad de ginecólogo, sabía que no podía dejar
manipularme por su expectación. Las mujeres hacen de cualquier llovizna una verdadera
tempestad.

- No puedo decírtelo por teléfono. La situación es demasiado delicada. Ya ni duermo
y no puedes dejarme sola en esto – Contestó ella.

- No me vengas a decir que después de la vejez quedaste en embarazo – respondí
tratando torpemente de ser gracioso. Me arrepentí de inmediato.

-Por favor, esto es serio. ¿A qué hora me puedes atender en tu consultorio? – más
que una pregunta era una orden.

- A las diez de la mañana en el hospital -respondí avergonzado.

- Allí estaré- escupió sin cortesía.

No supe qué pensar; acaso uno de sus repetidos problemas con esa cabra de “El
Perro”, como llamábamos a su esposo Jaime Alberto y pretendería que yo le sirviera de
intermediario para hacerlo entrar en razón, como en otras tantas veces me lo pidió; preferí
hacerme el loco y seguir leyendo una revista de frivolidades. Mañana sería otro día.

II.

A las 9:45 de la mañana estaba puntualmente Gladis Tatiana en la sala de espera
del hospital. No quiso permanecer sentada, deambuló varias veces por el pasillo. Me
asomé por la ventana del recibo y pude ver que su rostro estaba marcado por dos líneas
cruzadas por una vena feroz en su frente. Conociéndola como la conocía, entendí que
algo la estaba descomponiendo. Sentí que ella tenía ganas de llorar, o de gritar y decidí
que pasara pronto al consultorio. Cuando me vio, me hizo sentir que descansaba, que le
quitaba un peso de encima.

Algo cambió en esa facies marcada por el peso de una extraña fuerza que después
pude entender. Entró sin apenas saludar, como queriendo escabullirse de la
muchedumbre de tres pacientes que indiferentes leían revistas viejas en la sala. Me
pareció que sentía como si mil dedos la señalaran, como si mil ojos la espiaran, como si
mil bocas la vituperaran.

En realidad nadie la reparó, cada cual siguió enquistado en su propia coraza. Antes
de cerrar la puerta, le hizo una señal a otra persona que estaba en una silla junto a la
ventana. Era una religiosa gorda y fea, entrada en años, que al recibir la orden ingresó al
consultorio también sin saludar y mirando siempre hacia el suelo. Casi no la reconozco,
estaba extrañamente cambiada, tenía algo raro, pero sí, era Marina, la hija de don
Alfredo, la hermana del difunto Alejandro. Personas de toda la vida del barrio, amiga de
juventud, aunque la monja hacía muchos años había profesado y hecho sus votos
perpetuos por lo cual se había ido hace ya mucho tiempo de la cuadra y no la veía desde
entonces. Sin entender nada, las invité a sentarse. La médica aceptó, la reverenda
permaneció de pies. Yo tampoco tenía palabras, era todo oídos.

III.

- Y bien, mis estimadas amigas ¿A qué tengo el honor de tan amable visita? - No
pude reprimir el impulso de ser fastidioso para que supieran que era yo y no ellas quién
tenía el control. Esbocé una mueca apenas parecida a una sonrisa. No podía renunciar a
mi condición de hermano mayor y a la maldita costumbre arrogante de especialista
endiosado, enfrentado a un médico general en problemas clínicos que no es capaz de
resolver.

- Muéstrele hermana -ordenó la médica sin asumir protocolos.

La religiosa obedeció. Parada como estaba se desabotonó un abrigo grueso que le
cubría los hábitos y procedió a levantarse la falda del traje talar. Me llamaron la atención
esas piernas violáceas e hinchadas que me hicieron pensar en contra de mi querer en un
hipopótamo, esa ropa interior despulida por el uso y pasada de moda en forma de unos
calzones que le llegaban hasta el tercio superior del muslo, que en mis tiempos
llamábamos “mata-pasiones” o “bordo de olla” y que eran sólo el grotesco preámbulo a
una enorme panza que denotaba al menos nueve meses de embarazo.

¡Casi no me repongo a esa imagen tan atosigante, tan impresionante, tan llena de
contradicciones, de ver a esa enorme mole de mujer religiosa en gravidez! ¡Una monja
preñada! . De súbito se me antojaba repugnante, confuso, antiestético, antiético.

¿Y esto qué es? Pregunté tratando de mantener la calma. ¿Me quieres explicar qué
está pasando aquí? - Me senté y les hice saber que no movería un solo dedo hasta
escuchar todo el relato. La monja nunca habló. La médica Gladis Tatiana lo resumió todo.

IV.

La historia fue como sigue: Al parecer la monja en compañía de otra de su
comunidad, estaba haciendo un trabajo pastoral en una vereda del Oriente, zona de
conflicto armado, dominado por un frente guerrillero. En una noche cualquiera, unos
subversivos que pasaron por la escuela rural en donde se alojaban las religiosas, se
tomaron por la fuerza el recinto, tumbaron la puerta y blandiendo el fusil las amenazaron.
Estaban bastante ebrios y su actitud era fiestera sin dejar de ser violenta. Con el cuento
de “querer probar un virgo, o querer romper un duro”, procedieron a violarla en una y otra
vez, a la fuerza, haciendo ningún caso a sus súplicas, abusando de su indefensión. A la
compañera no la violaron porque tenía la menstruación y era coja por un defecto de la
cadera que le impedía abrir bien las piernas, pero en cambio la golpearon hasta que
perdió el conocimiento, dejándole como consecuencia un hematoma y una amnesia
permanente. La tuvieron que pensionar.

Al otro día, cuando el comandante del frente se enteró, montó en cólera y ordenó
una fuerte retaliación contra la cuadrilla, se cree que con ajusticiamiento de varios de los
implicados. Además, dejó a las monjas bajo el cuidado de los moradores de la vereda,
hasta que se recuperaran, eso sí, bajo la advertencia de que si decían una sola palabra
de lo ocurrido lo lamentarían. Al reestablecerse, la hermana pidió traslado y fue a parar
a otro pueblo. Mientras tanto el infierno en su interior apenas comenzaba. Allí, en el
nuevo poblado fue donde se encontró con mi hermana que estaba trabajando en el
hospital local, en una de sus tantas separaciones con Jaime Alberto, además de que en la
ciudad había una crisis laboral severa, con alto desempleo de los médicos generales. La
religiosa era una vieja conocida de la infancia y de la cuadra y la involucró en su propia
tragedia.

V.

De sólo pensar en esta situación, me conmoví profundamente. Cómo en sólo una
maldita noche se pierden la paz de la conciencia, la estabilidad mental, la convicción
religiosa, el don más preciado para ella que era su virginidad y empieza a carcomerle su
mundo interior ese parásito que nunca deseó, que nunca añoró, producto del acto brutal
sin amor de diez bocas pestilentes de alcohol, de diez cuerpos sudorosos de machos de
monte, de diez o más penetraciones de miembros viriles que como barras de acero al rojo
vivo le destrozaban una y otra vez su caverna más oculta, su pedestal más venerado, su
secreto más cuidado, su último recinto más celosamente preservado.

Me imaginé esas doscientas y punta de noches de insomnio, de desvelo, de
amargas dudas, de profundas contradicciones que la ponían entre la espada y la pared de
la repugnancia, de la duda, del temor, del pulso del ser que añoraba la vida que se
gestaba y el no-ser que la repelía.

Me imaginé las fajas que tallaban su estómago para encubrir lo cada vez más
evidente, la náusea constante que le negaba hasta el derecho a alimentarse, la tensión
que generaban los cambios impostergables de su cuerpo. Pensaba en la aberración de
no saber quién era el padre, de no ubicar una cara ni un semblante que lo identificaran
para tratar de darle una vinculación amorosa a ese cangrejo maldito que le atenazó la
entraña.

Me llegué a imaginar también que todo era un montaje, al pensar que sólo me
necesitaban a mí como idiota útil para resolver un problema que no era mío.

Mi cabeza se debatía entre el caos de los pensamientos sin cauce y la anarquía de
la confusión total y yo también tuve asco, ansiedad, angustia. Me maldije por dejarme
permear por una situación que sin yo propiciar ya me involucraba y se me pegaba a la
piel y al espíritu como una babosa.

VI

- Ya lo puedes ver, no es una simple histeria – Dijo la médica - Te pido el favor de
que me ayudes a manejar el problema con la hermana Marina.

- Su caso es desesperado. En la comunidad no pueden saber nada, sabes que no lo
entenderían, ni lo aprobarían nunca. Ella no tiene dinero pues depende completamente
de sus superioras. No es capaz de criar al niño, incluso no quiere saber nada de él, dice
que no tiene fuerzas ni de mirarlo y tiene muy claro que no puede renunciar a sus vínculos
religiosos; su vocación y su fe son lo único que tiene.

El discurso y los argumentos eran contundentes; la voz de la médica era fría y
metálica pero certera. Admiré su carácter y su dialéctica como ya en otras veces lo había
hecho; la sentí, sabia y ponderada.

El problema cayó directamente sobre mis hombros. Se convirtió, sin yo pedirlo ni
quererlo, en mi responsabilidad. Supe y entendí de inmediato que no tenía otra opción.
Entre otras cosas no veía clara la solución. Múltiples interrogantes me atormentaban.
¿Cómo manejar el asunto en un hospital público o en una una clínica particular con mil
testigos, con cientos de protocolos y trámites, sin dinero y sin privacidad?. ¿Cómo acudir
a una clínica clandestina, sin recursos, sin las mínimas garantías para su salud y con la
repugnancia que me generaban por su carácter subrepticio e ilegal? ¿Cómo hacerlo todo
con discreción sin bordear peligrosamente los límites de lo legal? ¿Cómo no exponerme
al escarnio público y a la maledicencia de las personas que fueran testigos de ocasión?
Estaba poniendo en peligro mi prestigio y mi buena reputación.

Cavilando furiosamente, mi cerebro me palpitaba con un gota a gota de obsesión
que me abrasaba las sienes. Les dije que en ese momento no tenía las cosas claras, que
al otro día las llamaría, que alguna cosa haríamos.

Nos despedimos. En esa misma noche, con el reloj marcando las once, la médica
me llamó a la casa a recordarme el compromiso. Su voz sonaba aguardientosa y se intuía
que había estado llorando. Por supuesto no pude volver a conciliar el sueño. Me sentía
inmiscuido, más que en un problema de tipo médico, en un chantaje fraternal y de
solidaridad que no podía evadir.

VII .

La noche fue aterradora, por lo lenta y reiterativa. El insomnio es atroz y en ese
desvelo estaba más posesionado que nunca. La cabeza me daba vueltas y vueltas en
torno a nada, con un sudor pegajoso corriéndome por la nuca, con entresueños que me
sumían en pensamientos fantasmagóricos que quise interpretar como pesadillas para
convencerme de que no estaba bordeando los brumosos senderos de la locura, en esa
levedad de pasmo, en esa sinrazón de ideas sin cause.

De pronto, aliviado, organicé un plan. Me acordé de una clínica pequeña dedicada a
la cirugía plástica, privada, discreta, con elementos que permitían trabajar con los
mínimos requisitos de seguridad que uno necesita y en condiciones dignas. Al amanecer
contacté al dueño, que oficiaba allí como anestesiólogo y le conté toda la historia. Le pedí
que me permitiera operarla en su quirófano, que la íbamos a ingresar como si tuviera un
tumor de ovario; diríamos que éste se había torcido y que los dolores eran tan terribles y
el riesgo de complicación era tan grande, que tuvo que ser intervenida como una
emergencia quirúrgica. Lo tranquilicé por el dinero, pues la comunidad pagaría sus
honorarios y los costos totales de la cirugía (ya que estarían convencidos que era por un
tumor y no una cesárea, cosa que jamás aceptarían); la médica se encargaría de recibir al
niño; el procedimiento se realizaría un domingo para que nadie notara nada, ya que en
ese día no se realizaban procedimientos electivos y la clínica permanecía cerrada.
Tendría que involucrar a la enfermera jefe y a la auxiliar de más confianza, para que se
garantizara la discreción necesaria. El colega aceptó colaborar, no preguntó más y todo
se planeó para el fin de semana siguiente, que en forma casual incluía un lunes festivo, lo
cual nos daba más margen de maniobra.

El problema del recién nacido también estaba resuelto. Sonialuz, una amiga de la
médica se encargaría de sacarlo rápidamente del quirófano para evitar el contacto con la
monja; se lo llevaría para su casa, lo cuidaría por cerca de dos o tres semanas y luego se
lo entregaría a un funcionario de Bienestar Familiar quien tramitaría las gestiones para ser
dado en adopción a una pareja de europeos que tenía interés por el niño.


VIII.

Al otro día cité a las atribuladas féminas al consultorio, les expliqué el plan; les dije
que yo organizaría lo logístico y que realizaría la cesárea, pero que negaría de entrada y
a quién fuera, mi participación en el acto; que era Gladis Tatiana quien velaría por el
cuidado post -quirúrgico de la grávida madona, que ella se encargaría de la salud del
niño, de darle la cara a la madre superiora para explicarle lo del tumor, lo de la urgencia y
lo de la cuenta. Ella no reviró, lo aceptó todo, no podía hacer otra cosa. Sólo me pidió el
favor de que consiguiera un certificado de nacimiento sin llenar y un informe falso de
patología para simular el resultado del estudio del tumor. Sintiéndome el más vil de los
rufianes, cometí ambas fechorías: con una habilidad que desconocía en mí, engañé a la
jefe de maternidad de mi hospital y le robé un certificado. Por supuesto, estaba numerado
y tuvo la pobre ingenua que poner el denuncio y asumir la responsabilidad por la pérdida.
La constancia del patólogo, con firma falsa y todo, la conseguí recurriendo a mi más
patética caracterización de galán de pacotilla con la secretaria más bigotuda, narizona y
contrahecha que hubiera en hospital alguno; todavía me saluda de beso, el cual ella
pretende que sea en la boca. Aún me sigo odiando pero supuse, me explicaba a mí
mismo, que era por una buena causa.

IX.

El día de la cirugía todo sucedió como se había previsto. El plan no era malo, no
daba espacios para los errores o la improvisación y todo salió según lo estipulado. Yo me
escabullí rápidamente, nadie me hizo preguntas, la médica manejó todo lo que seguía
según su compromiso. Yo me sentí liberado de un peso enorme, fui a misa luego de
varios años de ausencia, invocando en el Creador piedad y comprensión por lo que yo
reiteraba era una buena labor por una de sus siervas amadas y me desentendí del
problema. Todo salió a pedir de boca. Casi no me libro de eso que en el argot de los
médicos y de los inspectores de policía se conoce como un verdadero “chicharrón”.

X .

Pasó el tiempo y me tuve que ausentar del país por varios meses para realizar un
curso de sub-especialización; al llegar de nuevo tuve curiosidad de saber en qué paró
toda la historia de la atribulada monja. Llamé a mi hermana; ya había terminado su
contrato con el hospital de aquella población y ahora vivía de nuevo en la ciudad, pues se
había reconciliado con su esposo, “El Perro Arbeláez”. Al principio, todo funcionó según
lo estipulado: el niño fue registrado a nombre de la mejor amiga de la médica, que vivía
con ella en el pueblo y tenían una relación entrañable de almas gemelas, casi de
hermanas; la madre superiora en medio de la desconfianza connatural a las de su
especie y a la avaricia ya legendaria entre sus congéneres, pagó cumplida la cuenta
cuando se tragó entero el embuste al leer el reporte de patología que confirmaba el tumor
y al ver que costó menos de lo presupuestado pues el ginecólogo y el ayudante nunca
cobraron honorarios, lo que le restaba un monto considerable a la factura. ¡Almas pías y
generosas!, debió pensar la reverenda mientras nos incluía en sus plegarias místicas.

La monja nunca se enfrentó a su engendro, nunca lo vio ni sintió su llanto, esa fue
siempre su voluntad. Asumo que elaboró el duelo y se sintió descansada y tranquila en la
recuperación de su cirugía y en la liberación del lastre que literalmente la consumía en
cuerpo y alma. Fácilmente se reintegró a sus labores pese a ese borbotón de leche que
brotaba de sus inmaculados pechos.

La situación se complicó un poco cuando Sonialuz, la amiga de la médica, que vivía
también con otra hermana llamada Alina, elaboró un desconocido pero irrefrenable amor
maternal que la aferró grandemente al niño. Le parecía imposible desprenderse de él,
dejarlo en manos desconocidas después de todo lo que habían pasado juntos, que
alguien ajeno pudiera quererlo y cuidarlo como ella lo hacía. Esta actitud alcanzó a
tornarse muy conflictiva y traumática pues no era lo que habían diseñado y Alina tenía
unos escrúpulos enormes por el niño, por su origen, por esa explosión energética de la
que era producto, por tanto sufrimiento y violencia que lo rodeaba y lo estigmatizaba.
Sabía que no era culpable, pero era incapaz de quererlo. Sabía que lo había salvado pero
no se sentía capaz de asumirlo ni como propio ni como sobrino y quería sacarlo pronto
de su vida y de su casa para cerrar de una vez por todas ese capítulo. Esto generó un
cisma en la familia, una dicotomía de sentimientos, decisiones y afectos que fue bastante
difícil de superar. Al final en medio de reproches, llantos, depresiones, reclamos y
reconciliaciones, decidieron que lo correcto era seguir con el plan inicial, pero apareció
otro escollo: El funcionario de Bienestar Familiar empezó a ejercer una presión
económica por su silencio, a realizar un vulgar chantaje para tratar de pescar en río
revuelto. Además, estaba cobrando comisión en dólares a la pareja europea para agilizar
los trámites de entrega del bebé. En su desespero y conociendo la voracidad implacable
de los burócratas colombianos, los esposos aceptaron darle el dinero con tal de obtener
el hijo que siempre habían anhelado.

Pero mi hermana no toleró ninguna de las dos situaciones. Armada de un carácter a
toda prueba, profundamente indignada, sometida a esa presión severa que la tenía a
punto de reventarle la paz y la calma por todo lo que había pasado, decidió que ocurriera
lo que ocurriera, no iba a permitir semejante abuso. Hizo contactos y habló con el
comandante del frente guerrillero local; le explicó todo y éste solícito y diligente, con una
rápida visita y un corto cruce de palabras enderezó el entuerto. La sabandija lloró, suplicó
de rodillas y se comprometió a que si lo dejaban salir del pueblo vivo olvidaría el problema
y no entorpecería más los trámites.

Así lo hizo y el niño fue entregado a los extranjeros, quienes felices retornaron al
viejo mundo con su familia ya completa. Luego de su escala en París, abordaron el
Concorde, el avión más seguro del mundo. Iban pletóricos y realizados. A los pocos
minutos de despegar del aeropuerto Charles De Gaulle, la nave estalló en llamas en una
tragedia que sacudió al mundo en el año 2000. Aquí en Colombia, a muchos kilómetros
de distancia, una monja remota y confinada en un pueblucho olvidado, sintió un
corrientazo que la sacudió sin entender lo que ocurría, sumiéndola en una suerte de
nostalgia pasajera muy parecida a la amargura y a la depresión. No comprendía qué le
sucedía. Fue a rezar un poco y después de un llanto corto, rápidamente regresó a las
actividades propias de su oficio.

13.NICOLÁS


En el tiempo en que estuve en el pabellón de los adultos de medicina interna, tuve
varios pacientes que me llamaron la atención. Uno de ellos, Nicolás, había sido
compañerito de estudio de mis hermanos en la escuela primaria y era un antiguo conocido
del barrio. He de reconocer que siempre me gustó, me parecía muy atractivo, de rasgos
delicados pero varoniles, lo que ahora llaman metrosexual, pero nunca andrógino ni
afeminado. Era muy cuidadoso en su presentación personal, de porte muy elegante, bien
vestido, no descuidaba ni un detalle de su apariencia.

Como dije, a mí me fascinaba en mi época de adolescencia, bailaba rico,
conversaba delicioso, era muy culto, el mejor estudiante del salón, gran lector y hasta
editor del periódico del colegio en donde estudió.

También reconozco que nunca me dio quiebre, nunca me puso atención como
mujer y fuera de ser amable y atento, no me dio ninguna entrada.

Al cabo del tiempo se graduó de ingeniero y tomó en serio su afición como escritor.
No supe más de él hasta que ingresó al hospital con una neumonía y un derrame pleural
que le tenían seriamente afectada la respiración, luego de que estuviera de paseo en el
nevado del Ruiz, al parecer tomando trago y exponiéndose sin ninguna precaución a
esas temperaturas tan extremas.

Al hospital llegó muy febril, pálido y sudoroso, con dificultad para respirar y hasta
para hablar y un dolor punzante en el pecho que lo hería como puñal cuando inspiraba o
tosía. Lo tuvimos muchos días hospitalizado con oxígeno, antibióticos y sonda a tórax
mientras que se recuperaba y volvía a adquirir esa cara de muchachito bueno que me
encantaba. Porque es cierto que vino desfigurado, translúcido, desencajado. Entre el
dolor, la angustia, la fiebre y la infección severa que lo devoraba por dentro en esa
septicemia voraz que le hervía la sangre y le derretía los pulmones, su cara tomó un
aspecto cadavérico, un rictus de gravedad que lo anatemizaba.

Poco a poco fue volviendo a coger color en la cara y brillo en los ojos. Se fue
destetando del oxígeno y la fiebre al fin cedió. Al cabo de una semana era otro, casi el de
siempre, pero había algo que lo atormentaba, que le robaba la paz.

Por orden del médico, dada la gravedad del paciente, estuvieron prohibidas todas
las visitas hasta descartar una tuberculosis o una enfermedad contagiosa, además de
evitar que hablara mucho o que se agitara. Su lucha por una pizca de aire era total y se
buscaba ser agresivo con el tratamiento. Sólo podía permanecer con él Doña Inés, su
madre, quien durante todo el tiempo de día y de noche había estado a su lado
sacrificando el sueño y el descanso por velar por todos los detalles, siempre a la cabecera
de la cama.

Como fue usual a través de su vida de hijo único de madre soltera, siempre
estuvieron implicados en una fusión simbiótica de armonía común y dependencia mutua.
Nunca se separaban, siempre vivían juntos, inclusive cuando a Nicolás lo trasladaron por
motivos de trabajo a otra ciudad, doña Inés siempre estuvo tras él. Fue la artífice
absoluta de todo el modelo que su hijo representó, de sus virtudes y defectos, de sus
triunfos y fracasos. Lo diseñó y lo moldeó a su imagen y semejanza y no permitió nunca ni
un milímetro de desviación a lo que ella consideraba que era la norma o lo correcto o lo
razonable. Y él la amaba, vivía más para ella que para sí, se veía reflejado en los ojos de
ella y trataba de no hacer nada que la pudiera mortificar u ofender. Nunca pudimos
delimitar los alcances de su Edipo.

Durante la hospitalización ella lo aseaba, lo alimentaba, lo vestía, lo negaba al
teléfono con contundencia, devolvía de la puerta a los amigos y parientes que trataban de
visitarlo o indagar por su salud.

Por nuestra vieja amistad, pedí ser asignada a su habitación y allí pude compartir
mucho con ellos, siempre bajo la mirada discreta pero escrutadora de su madre. Ello nos
limitaba las conversaciones o nos obligaba a hablar en un tono absolutamente formal o
tratando de diseñar un lenguaje casi cifrado.

El hombre ya se veía mejor, pero se notaba atristado. Algo lo corroía por dentro,
tenía una inquietud que lo sobrecogía. Estaba durmiendo muy mal, pero por el tipo de
enfermedad respiratoria que sufría, no se le debían administrar somníferos. Sus ojos
estaban apesadumbrados y me daba la impresión de que un lagrimón siempre estaba a
punto de emerger. Doña Inés estaba preocupada pero tampoco sabía que pasaba por la
mente y el corazón de su hijo; le reclamaba y se dolía con el consabido recurso materno
del chantaje emocional, de que no le tuviera confianza para expresarle sus angustias o
inquietudes. Ya las personas que trataban de visitarlo eran mínimas, pues se corrió la voz
del inexorable cancerbero que custodiaba la pieza.

El teléfono ya casi no sonaba y cuando lo hacía, era para colgar la llamada si doña
Inés contestaba, pues lo tenía a su lado y no junto a Nicolás, para que él no pudiera
hacerlo.

Un día en que le ofrecí una merienda, Nico me preguntó en voz baja si alguien
había llamado al puesto de enfermería a preguntar por él o por su estado de salud. Yo le
respondí que sí, que varias personas lo habían llamado, algunas le dejaban razón o
saludos y yo se las tenía anotadas en una lista, pero había alguien que a diario indagaba
por él sin identificarse y era evidente que estaba impostando la voz. Puntualmente lo
hacía dos veces por día y cuando yo le contestaba se extendía un poco más en las
preguntas, pero se negaba a decirme quien era. Ni él ni doña Inés dijeron palabra, sólo se
miraron y rápidamente bajaron los ojos.

Nicolás seguía callado y taciturno, no hacía gala del buen humor que le conocí
cuando estaba aliviado; cuando sonaba el teléfono parecía a punto de caerse de la cama
del susto.

Otro día que me mando llamar para que lo ayudara a afeitarse y a quitarle los vellos
de las orejas y de la nariz, invitó a su madre a que se bañara, aprovechando que yo
estaba ahí para asistirlo. A ella no le pareció del todo bien, pero aceptó con desgano y se
metió al cuarto de baño. Al segundo, Nico se apoyó en mí, se bajó de la cama y mientras
nos dirigíamos al teléfono me dijo susurrándome al oído:

-Te vas a tener que hacer la loca, necesito que me hagas una segunda; tienes que
comer callada y no decir ni una palabra.

Al fondo se oía la caída del agua en la ducha y Nico hizo su llamada, de la cual ni
pude, ni quise oír nada, aunque en el fondo me mordía la curiosidad.

Así estuvimos en otras dos ocasiones, hasta que a la tercera, la puerta del baño se
abrió de súbito y doña Inés vestida, con la ducha abierta, emergió como una leona que
cuida a sus cachorros.

-¡Nicolás Albeiro!-¿Con quién estás hablando?-¿Que es lo que me estás
ocultando?-¡Me parece el colmo que estando bien enfermo andes en esas
sinverguenzadas y que no me tengas confianza para que tengas que llamar al
escondido!-Bramó la reina destronada más humillada y herida que enojada.

-Después hablamos de esto madre, -Dijo Nicolás suavemente, aún sacudido por el
susto.

-Necesito que hablemos de esto ya.-Rugió sin dar pie a negativas.

Nico la miró con el teléfono en la mano. Giró su cuerpo hasta quedar mirando la
pared. La voz era firme:

-Amor, vente ya para el hospital -ordenó Nicolás a la bocina- Necesito que
hablemos entre todos- Al colgar se encerró en el baño. Nosotras desde afuera oíamos las
arcadas de su vómito impertinente entre sollozos y accesos de tos. Yo me intenté
escabullir muerta de la vergüenza por descubrirme como una metiche en el lugar
equivocado, pero doña Inés, tratando de mantener la compostura, me pidió que no me
saliera, que los acompañara hasta el final.

A los diez minutos , Jhon Jairo ingresó por la puerta de la habitación .

Entró firme y decidido, sin mirar a nadie; se dirigió directamente a Nicolás y se
fundió con él en un abrazo que por poco lo asfixia desencadenándole un ataque de tos
perruna. Al calmarse un poco del incómodo acceso bronquial, con los ojos llenos de las
lágrimas que contuvo durante tantas noches de soledad y vacío, de aflicción y necesidad,
de extravíos y extrañeza, se dirigió a doña Inés que ya había caído al mueble estupefacta
de la impresión.

-Madre, te presento a Jhon Jairo- En ese momento sentí que no soportaba más la
tensión. Aproveché que parlanteaban preguntando por una auxiliar cualquiera y salí de allí
como alma que lleva el diablo.

Ellos tenían que conversar, resolver su conflicto, desenredar su nudo y yo era la
menos indicada para permanecer allí, como un mosco en un vaso de leche. Fui a dar a la
cafetería, compré una gaseosa y un cigarrillo y aún temblando desenredé la madeja de
las muchas cosas que no entendía, resolví el enigma de vidas que no me cuadraban,
encontré la pieza del rompecabezas que me faltaba. La película pasó completa ante mis
ojos y estuve más de media hora absorta en mis propias dudas, aún inmersa en la más
grande de las sorpresas. ¡Con razón sufría tanto mi pobre mariquita!

-Que desperdicio. Ese tarrao y bota el aceite, esa belleza de muchacho y le rumba
la transmisión; ese bombón y nos salió florecita -Decía Catalina Palacio la de servicios
generales, apoyándose en su escoba, mirándolos pasar con nostalgia por el corredor,
cuando a partir de ese día Jhon Jairo y Nico salían juntos al patio a tomar el sol,
mirándose con un brillo que partía el alma, riéndose de cualquier cosa, aprovechando un
mínimo roce, una agachada para decirse cuanto se amaban.

El semblante de mi amigo cambió rápidamente; a partir de ese día su recuperación
se hizo vertiginosa, admirable y a los pocos días los vi a los tres, a Nico, a J. J. y a doña
Inés riéndose juntos, pasando ambos los brazos por los hombros de Nicolás en el medio,
quién al verme pasar me guiñó un ojo.

Al otro día abandonaron el hospital. Yo no estaba de turno pero me cuenta Catalina
Palacio que Jhon Jairo cargaba la maleta en una mano y en la otra se apoyaba doña Inés
mientras salían al sendero del no retorno de sus vidas marcadas por un designio que nunca
nadie alcanzó a diseñar ni en el más loco de sus sueños.

14. PACHOLOCO

Uno de los más emblemáticos viciosos del barrio fue Pacholoco. Al mismo tiempo, era
uno de los mejores clientes del hospital: O lo ingresaban herido, o intoxicado, o llevaba por
urgencias a cualquiera de los amigotes. En todo caso era una figura muy conocida por las
largas temporadas que pasaba en nuestros pabellones recuperándose de cirugías. Allí lo
desesperaba el tedio y la inmovilidad, además, muchas veces estuvo custodiado por la
policía pues era un pillo de poca monta y pésima suerte que siempre resultaba herido,
aporreado o sorprendido en sus actos de malevaje como ratón de alcantarilla, como chucha
de cañería, como delincuente de pacotilla.

Nada en su infancia hacía presagiar que su rumbo derivaría en el mundo del pillaje.
Era el mayor de tres hijos de una pareja convencional, buena en el sentido civil y cristiano del
término. Al entrar en la adolescencia, luego de trasegar una niñez de barrio descrita como
normal en medio de la cotidianidad de la esquina, de la cuadra, de la escuela, de los juegos
de la calle, su carácter hizo explosión y degeneró en un sujeto impredecible e inestable,
arrogante y agresivo que no conocía las limitaciones de la norma ni respetaba a nadie
cuando su monstruo interior afloraba, cosa que por lo demás se presentaba con asidua
frecuencia.

Su condición no se reflejaba en su aspecto físico, el cual lo hacía pasar más bien
desapercibido: pequeño de estatura, complexión delgada, cabello poco hirsuto pero
prolongado en largos bucles que caían desordenadamente sobre su espalda, hablar lento y
melodioso matizado de monosílabos que brotaban hoscos de su boca casi edéntula. Su cara
grasosa y de aspecto sucio, empedrada por un acné rebelde y persistente, con pústulas
volcánicas que en todo momento daban la impresión de estar a punto de explotar,
amenazando con bañar en un borbotón de pus a quien se le acercara. En fin, un conjunto
muy poco agraciado, lo que las señoras con chispa denominaban “un ñurido” o un
“moscorrofio”.

Sólo se atenuaba un poco el fastidio que su figura agreste provocaba cuando se reía,
pues aunque sea imposible entenderlo desde lo físico y lo estético, su sonrisa era tierna e
infantil, desarmadora y cómplice. Él parece que lo entendió siempre así y en muchas de las
ocasiones que marcaron el curso de su vida, siempre tuvo para sus víctimas, o para sus
contertulios o para sus vecinos, la cortesía de una mueca deleitosa que no proyectaba
totalmente al rufián que estaba detrás de ella. Esto era particularmente notorio cuando por
alguna razón estaba frente a su madre, acaso la única persona que realmente lo intimidaba;
por ejemplo, siendo ya adulto llegó a entrarlo para la casa agarrándolo de la oreja o del pelo,
o del brazo cuando departía en la esquina con sus amigotes, convirtiéndose en un indefenso
querubín que aceptaba sin reparos ni discusión los requerimientos maternos, en medio de
las más procaces burlas de sus compañeros; tal vez por alguna proyección de ese Edipo
mezclado con reverencia o indefensión, era especialmente amable y atento con las señoras
mayores del barrio, a quienes trataba con gran deferencia y respeto.

También era un merengue cuando de coquetear muchachas se trataba y se
transformaba en un tenorio frustrado y ordinario, lleno de palabras melosas que no lograban
impactar a las colegialas objeto de sus decires pomposos, las cuales le temían y se
asustaban con su reconocida maldad y con su feúra repelente.

Como pillo de poca monta se le recuerda en el barrio cuando por asaltar a un borracho
noctámbulo, en un ataque incontrolable de risa que le suscitó la relajación de esfínteres de
éste ante el atraco, accidentalmente se le disparó el arma y lo mató. Esto generó un
problema severo con sus compinches pues tuvieron que perderse un tiempo o “Abrirse del
parche”, como decían, por una complicación innecesaria que aumentó la vigilancia policial y
el acoso de las autoridades.

También se consiguió una novia muy particular y su romance fue la comidilla de la
esquina durante mucho tiempo, pues era una mujer casi veinte años mayor que él, de pronto
más adicta al alcohol y a las drogas que muchos de los viciosos de más tradición, presa de
una celotipia compulsiva que la llevaba a armarle unos berrinches histéricos e históricos con
puñetazos y patadas propinadas en plena calle. Entre coces, trompadas y cachetadas, hasta
una puñalada en el abdomen le aplicó la indomable Deyanira cuando lo sorprendió con unos
pantalones íntimos de mujer conocidos como “Tangas” o “Cucos” en su chaqueta, producto,
según él, de una broma que le jugó a una víctima de un fugaz secuestro por encargo. No
logró convencer a su consorte del origen de la sospechosa prenda y fue a dar a la sala de
cirugía con sus intestinos perforados. Por supuesto, nadie le cuidó tan amorosamente la
convalecencia como su impredecible amante, quien no sólo lo mimaba y le hacía las
curaciones, sino que le llevaba narcóticos al hospital, en una especial muestra de amor
marital y pasional. Todos lo sabíamos, pero nadie se atrevía a denunciarlos o a decirle algo.
Incluso se supo que juntos llegaron a robar objetos de los carros en el parqueadero del
pabellón de pensionado.

Con esto las travesuras no terminaron y una vez recuperado, todavía tuvo tiempo y
alientos de hacer un túnel y desocupar una casa vecina, pero fue descubierto cuando salió a
fanfarronear con una chaqueta extranjera que tenía un estampado muy llamativo, reconocida
de inmediato por el dueño de la casa.

Siempre fluctuando entre los ires y venires del barrio, entre la clandestinidad y el
exhibicionismo más descarado, la ejemplar pareja tuvo el fino detalle de atracar a un
anciano. Al éste oponer resistencia le propinaron una monumental paliza que a los pocos
días le causó la muerte. La endemoniada Deyanira era la que más duro pegaba y la que
más disfrutó de ese festín macabro de violencia desbordada. Fueron capturados y
llevados a prisión.

Ella salió primero, luego de varios años y decidió que lo más conveniente para
enderezar su vida era alejarse de Pacholoco y su nefasta influencia. Había entrado a
formar parte de un culto cristiano-protestante, el mismo que profesaban varios
compañeros del hospital como Margarita Monguis, Marleni, Diana y Memo Piltrafa, de
esos de falda hasta los tobillos, cabellera a la cintura, biblia en mano, corbata los
domingos y creyendo haber encontrado la senda de la verdadera fe, se entregó en cuerpo
y alma a la oración, en un fervor y un fanatismo exhibicionista muy típicos del pecador
arrepentido que clama a los cuatro vientos su nueva verdad.

Él lo tomó a mal; echó de menos sus visitas a la cárcel, se sintió abandonado y
resentido (“se llenó de mocos”, como decíamos), le extrañó sobremanera su falta de
solidaridad y de apoyo y al quedar libre lo primero que hizo fue cocerla a puñaladas en la
puerta de su casa. Cuando huía, se enfrentó con una patrulla de policía, fue salvajemente
abaleado e ingresó por una vez más al servicio de urgencias quirúrgicas de nuestro
hospital. Sería la última. Allí le practicaron varias cirugías y luego de una lenta agonía en
una sala colectiva de recuperación de heridos, en medio de tubos, sondas, bolsas de
suero, curaciones, al cabo de unos cuantos días, murió.

15. LA FAMILIA GALLÓN OCAMPO


En tantos años de trabajar en salud una va desarrollando una carcaza que la
preserva de herirse en lo cotidiano con cosas que a los demás conmueven
profundamente. Es por eso que al personal hospitalario lo tildan de frío, de gélido, de
inhumano, de inconmovible y la mayoría de las veces no discuto que sea cierto.

Una cierta bruma de indiferencia impermeabiliza los sentires, un aura de lejanía
aísla la piel de estremecimientos, una coraza de carnadura repele la levedad de los
sentimentalismos.

Porque si no fuera así, si no estuviéramos protegidos contra la permanente
amenaza de lo más bajo de la esencia humana, la enfermedad, el dolor, la violencia, el
deterioro, la muerte, todos los días estaríamos en el riesgo de sucumbir ante la miseria,
de derrumbarnos ante la injusticia, de derrotarnos ante la impotencia o de desfallecer de
compasión ante la inequidad.

Porque a diario nos enfrentamos a la anécdota espeluznante de un niño quemado
con el rostro desfigurado de por vida, del joven deportista amputadas sus piernas por el
accidente de moto, del muchacho mongólico a quien se le muere la madre anciana de un
infarto y queda tirado en el mundo presa de la más atroz soledad y desprotección; es
frecuente el caso de la niñita a quien su padre mató accidentalmente al reversar el
vehículo, o la que en cuestión de segundos, en un descuido se ahogó en la piscina, o el
bus escolar con treinta niños que se despeñó, o la jovencita drogada sin querer sometida
a una violación múltiple de más de quince machos vueltos bestias y otras mil historias
que no hacen sino desnudar la iniquidad, la maldad, la crudeza del destino o lo
inexplicable de la condición de ese bicho raro llamado hombre.

De todas esas historias dolorosas que me tocó enfrentar en mi trabajo como auxiliar
de enfermería en mis años de ejercicio, recuerdo mucho la de la familia Gallón Ocampo,
cuyos miembros se fueron malogrando sucesivamente como fichas de dominó puestas
una tras otra y sometidas a la suerte de un destino signado por las truculencias de un
hado perverso.

Los conocí de toda la vida en el barrio, típicos representantes de la clase media alta
en ascenso. La madre se llamaba Camelia, el padre Pedro Pablo y los dos muchachos un
poco menores que yo, Luis y Conrado, compañeros de juego, de calle y de esquina
desde la infancia.

Pedro Pablo seguía la tradición familiar de administrar una casa de empeños o
Prendería de su propiedad, en donde prestaba plata a altos intereses y por cortos plazos
y compraban y vendían todo tipo de objetos a precios humillantes para los pobres clientes
que en un momento de necesidad no podían recurrir a otra opción. En cierto modo era
popular en el vecindario pues era conversador y dicharachero, tomaba aguardiente a
diario y no era como los otros prenderos, lo que llamábamos un “chupasangre”, pues si
bien amaba el lucro, no abusaba de la angustia del cliente. Hasta los marihuaneros
circundantes a su esquina le cuidaban las borracheras y a la “peña”, como le decían al
negocio, nunca la atracaron, como sí le pasó al local de enfrente, en donde su dueño sí
era un verdadero arranca-piel, conocido como “calambre” o “cagalástimas”, su apellido
era Iriarte y rápidamente lo trastocaron por “Iscariote”, en alusión al bíblico vende-patrias y
traidor.

Decíamos que Pedro Pablo era chistoso e inquieto, pero la rutina de trabajar de
domingo a domingo encerrado entre cuatro paredes, obstinado en contar dinero y hacer
cobros y avalúos, tomando licor todas las noches en una rueda-loca de monotonía que
terminó por crisparle los nervios y lo obligó a hacer búsquedas que compensaran su afán
de atesorar, descuidando su hogar y sus relaciones; al final terminó ingiriendo todo tipo
de sustancias incluso en su oficina, metido con las putarras de más baja categoría,
viviendo un carrusel de sexo, cocaína y licor con remate en casinos y lugares de
striptease en los cuales literalmente se consumió el hígado, licuó el cerebro y derrochó el
capital.

Pero antes de que lo encontraran muerto en una fría mañana de domingo en que
los hijos me recogieron para que le tomara la tensión arterial y le auscultara el corazón y
el pulso, ya estaba a punto de declararse en quiebra. La noche anterior lloró como un
niño, le pidió perdón a Camelia y a los muchachos como si una admonición terrible lo
rondara y se acostó para morirse, sin haber estado nunca enfermo, sin ni siquiera haber
sufrido de la presión o del colesterol, diciendo con gracia que iba a donar el hígado para
un trasplante de alguien que lo necesitara. Al llegar con sus asustados hijos, encontré el
fiambre rígido y morado, desencajado y ojiabierto, con un rostro que me impactó más por
la fealdad que por la condición de cadáver sin atenuantes.

Luego de esa muerte casi sin dolor familiar, a Camelia le correspondió asumir la
carga económica del hogar y se puso al frente del negocio, llena de deudas, sin
experiencia, rodeada de pícaros que querían explotarla, pero poco a poco, con entereza y
con tesón, enderezó las cargas. Sacó a flote la prendería, organizó libros, expulsó a los
parásitos que escurrían en vida a su esposo y siguió luchando para sacar adelante la
crianza y la educación de sus dos hijos.

En este esfuerzo casi sobrehumano dejó parte de su ser social, al principio muy
aislada de su estatus de dama voluntaria en instituciones de salud como el hospital, de
benefactora de obras de caridad, de señora de sala de bordado y tejido de punto; su
semblante fue cambiando, la palidez le robó los rubores a su cara antes radiante, el
cansancio la vencía, los pies se le hinchaban a reventar, el sueño la dominaba. Consultó
al médico pensando que era una fatiga crónica o un exceso de trabajo mezclado con falta
de descanso y recreación y luego de unos exámenes, se desató la cascada de su propia
tragedia. Detrás de su anemia estaba un daño renal crónico que para el momento del
diagnóstico ya era irreversible, por una enfermedad que le produjo un deterioro progresivo
e inexorable del riñón y que es más común en mujeres.

Como yo le hacía los exámenes, le aplicaba las inyecciones en su casa y por que no
decirlo, también fui una o dos veces cliente secreta y encubierta de su casa de empeño
para cubrir faltantes pecuniarios por mis veleidades de juventud, noté claramente el
debacle de Camelia, me conmoví de la transparencia macabra de su cara exangüe que le
servía como marco a unos ojos sin vida, a un cabello que se caía a mechones, a un
cuerpo que cada vez se desplazaba con más dificultad.

Mientras que esperaba el donante para su trasplante de riñón, se fue practicando
diálisis para ir limpiando su organismo que se intoxicaba en sus propios detritos, pero me
confesaba que lo hacía sin esperanza, que sólo se sometía a la lista de espera para
sobrevivir por sus hijos, que en ese entonces eran adolescentes. Pero la expectativa se
prolongaba, pues su grupo sanguíneo era de los más escasos y nada que aparecía un
riñón, ya fuera de donante muerto o vivo.

En esas evoluciones y en vista de que la salud se deterioraba con celeridad, un
médico del grupo descubrió que según los exámenes, Conrado, el hijo más pequeño, a
pesar de ser menor de edad, era compatible para donarle el riñón. Camelia se opuso
rotundamente, pero tuvo que ceder ante el coraje sin paliativos de Conrado que nunca lo
dudó, que desde que lo supo tuvo claro que si tendría que desprenderse de un riñón por
su madre lo haría y así fue.

Al final el trasplante se hizo, la convalecencia de ambos fue perfecta y a medida que
el riñón recién llegado asumió sus funciones, el rostro de Camelia ganó una nueva
expresión, el color tornó a sus mejillas, sus coyunturas recuperaron agilidad, sus piernas
volvieron a tener la esbeltez de los tiempos idos.

La droga que tomaba para evitar el rechazo del órgano le producía una cara
redonda y graciosa que llegué a pensar que hasta le lucía. Los negocios perfilaron su
vector ascendente, los muchachos siguieron creciendo, Luis empezó a administrar la
prendería, Conrado terminó ingeniería civil y Camelia consiguió un pretendiente que la
cuidaba y la protegía como a una niña y todos pudimos ver que había vuelto a encontrar
la felicidad por tanto tiempo tan esquiva y que ella temió por siempre extraviada.

Mientras tanto Luis Alfonso el mayor, amigo de mis hermanos menores, alto y feo
pero con una suerte loca para las mujeres, casi bruto para el estudio pero mago para las
cuentas y para los cambalaches, se negó a seguir estudiando y se dedicó de lleno a la
administración del negocio familiar. En él rápidamente hicieron expresión la carga de los
genes de su díscolo padre y mostró una especial afinidad por el licor, el cigarrillo, las
viejas bonitas y la buena vida de juerga y diversión, pero curiosamente, sin vulnerar la
estabilidad del negocio como sí lo hacia su progenitor. Es que era tan rentable que daba
hasta para robar, decía nuestro amigo ricachón y se prodigaba en generosidad con
nosotros en el barrio y hacía obras de caridad en secreto para beneficiar una serie de
menesterosos que le conmovían el corazón.

En el torbellino de su vida alborotada y sin freno, comenzó a observar que sus
resacas eran cada vez más severas, que se veía acosado por el monstruo de una sed
salvaje que le quemaba las entrañas luego de cada bebeta, hasta que decidió ir al
médico para que le recetara unas vitaminas buscando tolerar mejor el trago y de paso
proteger el hígado. El galeno, luego de interrogarlo, creyó prudente hacerle exámenes y
no tardó en diagnosticarle una diabetes muy avanzada, de la más agresiva, que suele dar
en pacientes jóvenes y que necesita la aplicación de insulina dos veces por día el resto de
vida, so pena de terminar gravemente complicada.

La sorpresa fue terrible, la noticia los alarmó y al principio por presión de su familia
fue juicioso con el tratamiento y con la dieta, moderando tímidamente el consumo de los
vicios que tanto le gustaban. Yo misma le apliqué en varias veces la insulina subcutánea,
le consolé sus depresiones de bacán en cuarentena y de semental venido a menos, le
conseguí citas médicas y conferencias en el grupo de diabéticos del hospital, que era uno
de los más prestigiosos de la ciudad.

Pero conociendo el carácter humano, era de esperar que tanta consagración al
autocuidado durara poco tiempo, y de nuevo Luis volvió a las andanzas, a la rumba, al
desmadre de comida, licor y cigarrillo. En un acto de negación típico de los enfermos
crónicos, dejó de aplicarse la insulina y aprovechó los partidos de fútbol que se jugaban
en Bogotá cuando el equipo Atlético Nacional quedó campeón de la copa Libertadores de
América, para dar rienda suelta a ese duende que le pulsaba por dentro y lo obligaba a
asumir el día a día hasta las últimas consecuencias.

Como el equipo de fútbol llevaba una racha victoriosa y él se consideraba fanático
admirador, en el frenesí del triunfo se empacó varias botellas de aguardiente y una
sobredosis de lechona tolimense; por supuesto, éstas dispararon la marea almibarada de
una cetoacidosis diabética que lo mandó a la unidad de cuidados intensivos, al borde de
la muerte.

En ese estado de inconsciencia y tal vez o por el coma prolongado o por la
tonelada de dinamita que le metió al estómago en esa correría, hizo una complicación
que se llama úlcera de estrés, que le perfora el estómago a los pacientes estuporosos no
protegidos con drogas antiulcerosas o antiácidos; le dio una peritonitis que en cosa de
cinco días lo despachó a mejor vida. Fue un recio golpe para todos sus amigos y todos los
vecinos lo acompañamos al entierro; recuerdo que sonreí al ver que se congregaban
como plañideras varias de sus novias simultáneas, que en vida habían peleado entre sí
por celos y se habían llegado incluso a mechonear y ahora lloraban en coro ante el
cadáver del loquito maravilloso de Luis.

Lo que no puedo olvidar de esta escena mortuoria, fue la imagen de José “El
Costeño”, uno de sus antiguos amigos, deshidratado de llorar, golpeado por el hecho
hasta la conmoción, sus ojos derretidos en el ritual de un arrepentimiento tardío, sus
lágrimas ahogando la arrogancia de un perdón que nunca hizo concesiones. Recuerdo
cuando visité por última vez a Luis en su lecho terminal, el quejido lento y profundo que
presagiaba la tormenta de pus en sus cavernas rotas por el ácido impertinente y José al
pie de la cama por horas, tratando de robarle a la vigilia que nunca fue, una explicación o
un reclamo o aunque fuera una venia adormilada. Porque en épocas mejores, José salía y
se refocilaba con Mariana, una de las novias favoritas de Luis.

Al tener la evidencia, en un acto de venganza certera y contundente, Luis pagó un
aviso clasificado en una revista sensacionalista de baja calaña llamada “Lea”, la cual
tenía una sección en la que toda clase de libertinos daban rienda suelta a sus
exposiciones de efebos sodomitas. Allí Luis ubicó un aviso que proponía la necesidad
esfinteriana imperiosa de un costeño joven y apuesto llamado José, que urgía de chicos
fogosos y bien dotados para deslizarse en carnavales irrefrenables de pasión al teléfono
tal. Al otro día, todos los cacorros de la ciudad, en un desborde de lubricidad,
enloquecieron a la inocente víctima. ¡Nunca pensó que hubiera tanto marica
desprogramado en Medellín! José nunca le perdonó en vida a Luis y ya en las últimas,
como perro a la cabecera del lecho del enfermo, sólo esperaba una mínima señal para
decirle que lo perdonaba, que ya lo había olvidado, que ya no importaba. Nunca pudo
decírselo y le tocó atragantarse con el vómito de su propia frustración en un mar de
lágrimas amargas.

El golpe fue terrible para Camelia y para Conrado. Les parecía increíble que la vida
conspirara con tanta saña y sin contemplaciones contra ellos, pero decidieron seguir
afrontándola gallardamente, trabajando y estudiando, total era lo que les tocaba.

Luego de una tregua de pocos años en las mansas aguas de la estabilidad
tranquila de la solvencia económica y afectiva, Camelia volvió a sentir los cansancios de
antes, la moridera y los desfallecimientos provocados por el más mínimo esfuerzo. En el
seguimiento, los médicos detectaron una nueva falla renal por rechazo tardío al
transplante, por esa estampida de auto-anticuerpos circulantes que se engolosinaron
nuevamente contra el recién llegado, se burlaron de la droga inmunosupresora y se dieron
un festín suculento con lo poco que le quedaba de riñón. En esta ocasión la agonía fue
corta y el desenlace rápidamente letal. Camelia sucumbió indefensa a la falla general de
su organismo y en cortos días de sufrimiento se despidió de Conrado y de las pocas
amigas que ya le quedábamos.

Conrado estaba recién casado, graduado como ingeniero, en buena posición
económica y fuerte ante el sufrimiento; de hecho su vida había tenido una serie sucesiva
de duelos que le habían arrebatado uno tras otro y en pocos años todo lo que más quería.

Al principio mostró una entereza de admirar, delegó en unos primos el manejo de la
prendería, dirigió varias construcciones de edificios, siempre con el apoyo de su esposa,
que resultó muy hábil para el manejo de los negocios. Al poco tiempo, empezó a notar un
aliento que no era el suyo, un vaho agreste que salía de su boca y no se aliviaba con sus
estrictas medidas de higiene. Además, empezó a presentar disminución del deseo sexual
y una leve inflamación de sus testículos. Al consultar, confirmó el sino maldito que desde
los genes lo perseguía y lo sentenciaba: Su riñón único, el que le sostenía el filtro vital de
sus toxinas, hizo falla y pronto entró en insuficiencia.

El ciclo se repetía, ya sabía bien de esos menesteres; en aras de luchar por su
salud para sostener la relación enriquecedora y estrecha con su esposa, poniendo de su
lado su juventud y vitalidad, inició todo el proceso del transplante. Al contrario de Camelia,
todo salió rápido y en forma exitosa. Su carácter y fortaleza ganaron fama y era invitado
permanente para la motivación del grupo de diálisis y de transplantados. Vendía con la
vehemencia de un pastor protestante los argumentos para la lucha, para la
perseverancia, para el no claudicar; pronto estuvo de nuevo trabajando y dando ejemplo
de superación y veteranía en las extenuantes lides por sobrevivir.

Su consagración a la dieta, a las diálisis y a la causa de los nefrópatas fue ejemplar.
Pero la uremia le fue impregnando el cerebro, la piel y las exhalaciones. Fui testigo,
cuando creyó que nadie lo miraba, de la despedida amorosa y coqueta a la maquina de
diálisis de la que con dolor se alejaba luego de cada sesión de desintoxicación. Me contó,
enmarcado en un amago de lágrimas que se negaban a brotar de pura dignidad, de cómo
sorprendió a su esposa vomitando luego de que él le suplicó que tuvieran una relación
sexual. Entendía con dolor, que a pesar de que ella aun lo amaba, no podía superar ese
olor a orinal, a cantina de mala muerte que le reventaba por los poros y le enrarecía la
saliva y el sudor. Peor cuando confirmó de primera mano como ciertos los rumores que
le envenenaban el espíritu: Los vecinos le decían que cuando él se ausentaba a trabajar
o a dializarse, ella metía en su propia casa a otros hombres que suponía le estremecían
la piel de sensaciones sin olores, de besos sin hedores amargos. Allí decidió Conrado
dejarlo todo.

No quiso saber nada más de inmunosupresores y su boca fue la puerta de entrada a
su propio réquiem. Desoyó de todo consejo, desatendió toda invitación a la prudencia, se
diluyó en su propia desmesura. Rápidamente la insuficiencia renal le poseyó y en pocos
días acudimos a su funeral. Lo que no me dolió del acompañamiento fúnebre de Pedro
Pablo, de Camelia y de Luis, casi me parte el alma con Conrado. En ese adiós sólo
estuvimos su tía Tere, Eliana su nutricionista amiga y confidente y yo. Su esposa estaba
tal vez muy ocupada cuadrando el testamento y la sucesión para evitar que abogados
raposos y familiares voraces dieran cuenta de los negocios y echaran mano de alguna
tajada y los primos que administraban la prendería ni se enteraron. No recuerdo un
regreso a casa de un entierro que cerraba un círculo más doloroso e inexplicable que
ese. Ahí se terminaba el capítulo de la caída de la estirpe Gallón Ocampo. Era un poco
como ir a sepelio de la razón, del entendimiento, de los motivos lógicos y coherentes.

Aún me visitan sus fantasmas y me estremezco al recordar.

16. MATERNAS


Para mí con tantos años de experiencia en el hospital, habiendo rotado por todos los
servicios, conociendo ya de memoria los caprichos de los médicos y los embelecos de las
enfermeras, es casi un castigo cuando me mandan al servicio de maternidad o a la sala
de partos.

Y no sé si es que tengo alguna especie de trauma desde la infancia o qué fue lo que
me hizo cogerle tal aversión a las maternas y al proceso en sí de dar a luz un hijo.

Desde lo personal no lo sé explicar, pues tengo dos hijos y considero que ha sido
una experiencia muy gratificante en lo emocional e inigualable en lo existencial. Sólo una
que ha parido sabe lo que eso significa; desde lo álgico, no creo que nada en el mundo
duela como lo hace una contracción. Desde lo humano, no imagino ninguna experiencia
que repita esa emoción que la embarga a una cuando el niño asoma, le desgarra las
entrañas y de súbito deja de doler, le ponen la criatura en el vientre y es como si una
cascada de felicidad le inundara el alma desde el cielo.

No creo que haya nada igual. Pero de ahí a tener que trabajar con el proceso de
otras personas, hay mucho trecho. Porque en la vida real, el parto físico es
completamente diferente al parto emocional e idealizado de las propagandas publicitarias,
de los sueños de solterona o de las novelas rosa.

Es una amalgama de efusiones corporales, de gritos desgarradores, de dolores, de
secreciones, de intolerancia e impaciencia, de perdida del control.

Lo primero es encontrarnos con una dama sin maquillaje, con quince o veinte kilos
de más, boca seca y halitosis repelente, despeinada y desencajada por la ansiedad y la
deshidratación, respirando y movilizándose con una dificultad paquidérmica, atormentada
por los miedos y la inseguridad de si todo saldrá bien o no, de la duda constante acerca
de si su niño nacerá completo o enfermo, vivo o muerto.

Todo esto en medio de la tortura china de las contracciones del útero una tras
otra, que cada 3 minutos le parten en dos las entrañas, le atraviesan el espíritu y le cortan
la respiración. No hay consuelo, ni consejo, ni amenaza, ni regaño que valgan. Todo lo
que se le diga o haga le resbala ante la magnitud de ese mamut que hace esfuerzos
desesperados por asomarse a este lado del mundo.

Entre tanto, chuzones por aquí para ponerle el suero o ese Pitocín que es como un
buldózer triturador que busca acelerar la eficiencia del trabajo de parto, o ese lavado
rectal indignante para eliminar el contenido intestinal y lo único que hace es ponerla a
nadar a una en un lago de materias fecales, o la orina que sale a chorros en forma
involuntaria y ese calor que amenaza con hacer explotar la cabeza y el sudor de manteca
derretida que le repugna en la piel y el aliento pestilente por las muchas horas de ayuno.

Y un médico que ni saluda, distinto en cada ocasión, afanado para seguir pasando
una ronda interminable, más de camas que de personas, más que haciéndole un tacto
vaginal cada 2 horas, escarbándole las vergüenzas con una brusquedad insolidaria, sin la
delicadeza que el momento amerita; y las enfermeras y auxiliares, indiferentes a su dolor,
mostrando impaciencia por la falta de colaboración debido a su impedimento físico, a su
lentitud, a su peso, a su cansancio, a su constante quejumbre.

Cuando la paciente llega a la dilatación completa del cuello del útero, la cabeza fetal
empieza a buscar salida a través de la vagina y éste es un paseo peor, más doloroso y
desgarrador que el de las últimas 12 horas. Es como expulsar un ladrillo atravesado,
como defecar una piedra del tamaño de un coco; siente una que se está partiendo por la
mitad, que la vida se le va escurriendo del ombligo para abajo.

Y fuera de los gritos desaforados de la pobre materna, aullidos incontrolables y
bestiales que ponen a prueba cualquier tímpano y todo tipo de carácter por paciente y
tolerante que sea, empiezan los sangrados copiosos, las volquetadas de mierda en pleno
alumbramiento, pues la sensación de pujar es idéntica a la de defecar, la salida de orina,
moco vaginal o meconio que es un liquido verde mohoso que se presenta cuando le falta
oxígeno al niño. ¡La estética del nacer es asquerosa!!!!! No hay filosofía que la disimule o
adorne.

Y después de esta lucha literalmente cuerpo a cuerpo entre una materna expuesta
de una manera vergonzante ante unos extraños, en una posición antinatural y
antifisiológica (patas arriba como una tortuga con las piernas abiertas, como los pollos
asados de las caricaturas), con el equipo médico que también está ya exhausto e irritable,
a una le toca limpiar todo el desorden, toda la mugre, todas las secreciones de personas
extrañas con el riesgo de ganarse una enfermedad, o que haya una complicación o una
demanda. Mientras tanto la luz incandescente y sofocante de la lámpara cielítica nos
derrite en sudor y deslíe los últimos arrestos que aún nos quedan de la jornada de trabajo.

Y eso que todo se pone más complicado cuando al esposo le da por entrar a ver el
nacimiento de su hijo y termina desmayado del susto o de la impresión, o le da por gritar o
llorar parejo con su esposa, o se pone agresivo y desafiante en pleno nacimiento y le dice
al médico que si pasa algo se atenga a las consecuencias. Y más impresionante cuando
hay que aplicar fórceps para precipitar el nacimiento del niño, que si bien son un recurso
salvador y adecuadamente aplicados son un instrumento fundamental de los obstetras, el
espectáculo de verlos aplicar es impresionante, siente una que van a sacar destrozado al
recién nacido o van a voltear al revés a la pobre parturienta.

Es por eso que no me gustan las maternas, ni los partos, ni esa sensación
impredecible de peligro en cada caso que puede terminar en complicación o muerte, en
amenaza o en demanda. Una no sabe como va a terminar un parto y esa falta de
seguridad para mí es angustiante, además de lo antiestético, del desorden, de la bulla y
del olor.

Porque por ejemplo en los servicios de medicina interna o de oncología, con tanto
paciente anciano, crónicamente enfermo o con cáncer, una está acostumbrada a ver morir
a muchas personas ya sin esperanzas. Pero cuando se muere un niño o una materna, es
una calamidad que hace temblar al hospital y hasta es noticia en los barrios, en el
vecindario, incluso en la prensa y en los telenoticieros.

Menciono dos casos que me impresionaron, aquellas que me hicieron tomar la
decisión de no volver a aceptar asignaciones en maternidad. La primera paciente era una
primeriza de 17 años y todo trascurrió normal hasta el momento de la cesárea, la cual se
realizó por la presentación de nalgas de la criatura, lo que se conoce como podálica, o
tener “sentado” al niño. Al momento de extraerle la placenta, instantes después del
nacimiento del niño, la señora dijo:

- Ay Doctor, no puedo respir....

Y ahí, de súbito, sin otra opción, quedó muerta en pleno quirófano, acostada sobre
la mesa de cirugía.

Todos los médicos que estaban presentes, los anestesiólogos, las enfermeras y
auxiliares corrieron desesperados e hicieron todos los esfuerzos humanos para
reanimarla, lo cual fue imposible. Catalina Palacio, nuestra compañera del aseo, vieja
canchera y maliciosa, experta en los duros trajines de sortear las tragedias y sufrimientos
de la vida, me comentó en voz baja para no ser oída por la jefe, mientras recostaba su
mentón curtido de reveses sobre el palo de la trapera:

-Yo no sé para que corren tanto. A esa no la salvan por que la necesitan arriba.-Dijo
mientras señalaba las nubes a través de la ventana. -Esa desde que llegó tenía ojos de
difunta, casi tenía asignado su gallinazo en la puerta del quirófano. -Remató fríamente,
pero sin ser grotesca para el momento. Pura sabiduría de barrio, ruda pero contundente.

Y pareciera que así hubiera sido. Cuando la paciente llegó al servicio de cirugía, le
dijo al ginecólogo entonando un dejo de niña mimada:

-Ay doctor póngame todo el cuidado, no me vaya a dejar morir.

El especialista, veterano gozador le respondió sin pensarlo y con una sonrisa algo
burlesca, pero mirándome a mí:

-Recuérdame en el quirófano que no la puedo dejar morir, ¡que no se me olvide!.

Él reconoce que hoy todavía resiente esa respuesta torpe y del mal gusto que desde
entonces lo ha perseguido y mortificado.

Además, durante el transcurso de toda esa semana, la niña venia protagonizando
una serie de hechos, inicialmente inconexos pero luego completamente coherentes en la
cadena de su propia fatalidad: Empezó a visitar a varias amigas que no veía desde tiempo
atrás; propició la reconciliación con su madre, hasta ese momento innegociable; tomó la
costumbre de ir diario a misa; le encomendó con pasión y con un discurso recurrente a la
abuela sobre la crianza del niño en caso de que ella faltara. El tema de la muerte y de la
suya propia con mas énfasis, se hizo reiterativo. Por eso cuando murió, un velo macabro
de certeza, de certidumbre por un destino inevitable, llenó de resignación y entereza el
espíritu de todos los familiares quienes desistieron de toda demanda o retaliación. Lo
entendieron como el designio inexorable de un fado que la había predeterminado y que
desde la Providencia le tenía marcado el rumbo. La autopsia demostró que el deceso se
produjo por un embolismo de líquido amniótico, es decir, el paso de éste a las venas y de
allí al pulmón en forma masiva. Es una situación muy rara, no hay factores de riesgo que
permitan prevenirla, no se sabe a quien le va a pasar y tiene una mortalidad altísima.

La otra paciente que falleció era una señora que luego de una cesárea normal y sin
complicaciones, empezó a presentar dolor en la herida. Consultó muchas veces. Varios
médicos la examinaron, le pusieron cuidado, le mandaron droga y le explicaron que era el
dolor esperado de toda herida quirúrgica abdominal. Ella insistía a diario, entre asustada y
sometida, pero se sentía cada vez peor. Se hacía con resignación y fe los remedios, pero
la fatiga era progresiva, la panza estaba cada vez mas templada, las náuseas la
descomponían.

Al final reculó, su cuerpo desfalleció, la marea de puses invadió su abdomen y por
último una severa peritonitis dio cuenta de ella, al cabo que su apéndice díscolo y
arrogante se desparramó en efervescencias e impregnó de supuraciones la cavidad.
Los síntomas se confundieron, el arte médico no dio la medida y la septicemia la
poseyó postrando los riñones, denostando el cerebro, rindiendo a su merced el corazón
que inerme se rindió de impotencia y cesó en sus funciones.

Como casi todo el mundo tiene un tío alcohólico, un primo bobo, un cuñado médico,
un sobrino maricón y un pariente abogado, rápidamente la demanda hizo curso y casi
todas desfilamos ante la fiscalía dando nuestra versión “libre y espontánea”.

La bocaza del medico antiético de la familia tratando de hacerse el célebre y la
voracidad del tinterillo consanguíneo buscando pescar en río revuelto, hicieron el resto.
Sin pararse en mientes, sin un mínimo de ética, sin una dosis elemental de análisis
pensaron que se lucirían y se harían estrafalariamente ricos a costa del personal del
hospital que de buena fe les prestó la atención.

Pero una fiscal sensata que sopesó el nivel de compromiso, que entendió desde la
valoración de los hechos lo vulnerable y lo falible del ser humano, desdeñó toda
posibilidad de negligencia, inpericia o irresponsabilidad. Al final el caso se falló a favor de
nuestra gente, un equipo pudo dormir tranquilo, dos hijos se quedaron sin madre, un
médico mediocre y fanfarrón se quedó sin teoría y un leguleyo de media petaca se quedó
sin caso. Un grupo entero lleno de vocación y entrega quedó seriamente cuestionado y
casi sin mística; yo me quedé sin convicciones y enfrentada a lo más mezquino del ser
humano: la gente por dinero hace lo que sea necesario, pisotea, traiciona los principios,
sacrifica las causas.
17. EL TRISTE SUEÑO DE LOS INFANTES.

En el devaneo diario del oficio, una se sorprende con casos que no puede explicar y
la confrontan agriamente con los sucesos más extremos de la vida y la muerte, del ser o
del no ser.

Eso me ocurrió con el caso de María Eugenia, una paciente que conocí en el
servicio de control prenatal.

Inicialmente fue admitida al programa de alto riesgo obstétrico al cual ingresó por el
antecedente perverso de haber tenido tres hijos que antes de un mes de vida habían
muerto en forma inexplicable. Este era el cuarto embarazo y todas las gestaciones habían
sido normales, los partos exitosos, la recuperación adecuada. Ella se iba para su casa y
siempre volvía por urgencias, atacada por la angustia, pues los niños sin motivo aparente,
sufrían paro cardio-respiratorio y morían sin explicación alguna.

En el último embarazo todo transcurría normal. El ginecólogo, dado el precedente,
decidió hacerle muchos estudios para descartar infecciones recurrentes. Le hicieron
ecografías, le ordenaron exámenes de anticuerpos y estudios para malformaciones
cardíacas o cerebrales; le realizaron test de enfermedades metabólicas, además de los
consabidos estudios genéticos. Todo era normal, nada denotaba algo anómalo que
hiciera presagiar algún tipo de complicación.

Todo transcurrió sin novedades. María Eugenia albergaba la esperanza de que en
esta ocasión nada adverso ocurriría; nosotros en la consulta la apoyábamos mucho, le
dábamos ánimo e incluso la hicimos evaluar por el psicólogo, quien no detectó nada en
especial que rompiera el equilibrio, pese a tanta tragedia sucesiva. La evaluación que hizo
Carmenza del entorno familiar, tampoco denotó nada, desde el punto de vista del trabajo
social, que pusiera en peligro el feliz término del embarazo. Hasta Catalina Palacio metió
baza en el asunto y con primor y solidaridad, le fabricó una pulsera que repelería todo
daño que acechara al niño, pues para ella era evidente que todo era producto de un “mal
de ojo” que personas envidiosas y con mala energía le transmitían a la criatura con sólo
mirarla, o sea que lo “ojiaban”, ya que tenían el poder malévolo de dañar a los bebés de
su malquerencia a través de su mirada enconosa.

El día del parto todo se presentó normalmente. Los pediatras examinaron en forma
exhaustiva al recién nacido, le hicieron todo tipo de chequeos y análisis: El niño estaba
exultante de salud, vigoroso, rebosante de vida y energía.

María Eugenia se veía radiante, como aferrada a la ilusión de que todo iba a ser
normal esta vez; así nos lo expresó y con genuina gratitud partió con su esposo e hijo
para la casa.

A los veinte días, un sábado a la media noche, María Eugenia irrumpió como
enloquecida por la puerta de urgencias, con el chiquillo desmadejado en sus brazos,
atónico, casi sin llanto, apenas sin respirar. Contó que luego de alimentarlo de su pecho,
el niño empezó a toser hasta ahogarse y a partir de un instante se había quedado
quietecito y morado, por lo que trató de consultar lo más rápido posible. Los médicos
hicieron todo lo que pudieron por revivir a la criatura, pero todo fue en vano. La madre,
más atribulada que nunca, estalló en un llanto que llenó todos los rincones,
conmoviéndonos hasta la última fibra, literalmente arrugándonos el corazón.

Estaba inconsolable, desecha, resentida, impotente. Expresaba ira y desconsuelo,
sorpresa y desespero, dolor e irritación. El doctor Bermúdez, jefe de urgencias, se
apersonó del caso, que ya se había convertido en un referente para el hospital, en un
verdadero problema que cuestionaba diversos órdenes de tipo asistencial, académico,
existencial, humano y hasta filosófico.

La sensación de impotencia era total, la falta de respuestas y de resultados
generaba una tensión que se podía palpar en el ambiente.

Mientras que el esposo callado y frío llevaba a un rincón a María Eugenia, nuestro
compañero “Memo Piltrafa”, extraño e indescifrable personaje lleno de mundo y espuela,
veterano de mil batallas callejeras, sobreviviente de esquinas y vecindades, artero de la
noche y de la sordidez, ahora tardíamente reconvertido a un culto cristiano de obstinada
estolidez, le dijo algo al oído al Doctor Bermúdez que lo hizo cambiar de actitud.

-Necesito que me autoricen una autopsia del niño. Yo sé que tienen mucho dolor y
el momento no es el más oportuno, pero creo que es lo más conveniente.-Ordenó con una
autoridad sin concesiones.

Antes de que los atribulados padres pudieran revirar o mínimamente protestar, el
galeno prosiguió con un tono que no daba entrada a la duda ni pie a la discusión.

-Les ruego que no se opongan. Sé que si llamo a la fiscalía para que el
procedimiento sea obligatorio, las cosas se podrían poner algo mas difíciles.-Puntualizó.

Los padres no atinaban a responder. Entre compungidos y perplejos, balbucearon
algún monosílabo, se disculparon, firmaron la autorización y como pudieron se
escabulleron, diciendo que luego regresarían, cuando finalizaran todos los trámites para
poder dar sepultura al hijo fallecido.

La necropsia confirmó el sofoco criminal a que había sido sometido el inocente
querubín: Una muerte por asfixia que reventó los capilares y negó todo acceso de oxígeno
a sus órganos, ocasionada por un objeto blando que taponó boca y nariz del infante, fue
el dictamen incontrovertible de los sabuesos forenses que no salían del asombro y no
cabían en sí de la indignación.

De la pareja nunca más se supo. Los registros de la historia clínica no permitieron
dar con su paradero.

A partir del hecho, todo se diluyó en especulaciones y versiones extemporáneas y
anacrónicas que no permitieron resolver la historia.

Se invoca todo tipo de explicaciones. Que la pareja de esposos en realidad era de
hermanos viviendo un prolongado y conflictivo incesto; que fuera de ello, practicaban un
culto Gnóstico donde negaban toda reproducción para evitar la perpetuación de taras
transmitidas de generación en generación por la mezcla prohibida de sangres malditas,
pero tampoco aceptaban la planificación familiar por ser una práctica según ellos
aberrante y contra natural, al parecer no así el asesinato sistemático de niños..

Que hacían parte de una secta satánica dirigida por un cura renegado y procuraban
el crecimiento jerárquico en la organización mediante el sacrificio de sus engendros
ofrendados al maligno. Así demostraban su devoción a la bestia al ofrendarle a los
inocentes, evidenciando su compromiso con el rito, el desapego por los sentimientos y
podían ganar poder y respeto en la organización a costa de una maldad sin atenuantes y
sin discusión,

Que la señora sufría de una esquizofrenia limítrofe y el señor de un retardo mental
fronterizo; que entre los dos tenían elaborado un desvarío macabro lleno de símbolos
personales y rituales diseñados para alimentar su mundo paranoico y patológicamente
delirante.

Que el señor era un drogadicto, alcohólico crónico, intolerante al llanto y
requerimientos de los infantes y que la esposa, con tal de no hacerlo enojar para no
desencadenar escenas de violencia, prefería aplacar los quejidos con una almohada en la
cara para silenciar los lloriqueos.

En fin, nunca supimos de motivaciones o de causales concretas.

Sólo nos quedó el asombro y el dolor solidario por un hecho aberrante que nunca
entendimos ni alcanzamos a redondear.

El círculo nunca se cerró y siempre desde mí, cuando veo niños recién nacidos
abrazados por madres amorosas y familias expectantes, pienso en esos pobres angelitos;
fueron cuatro, hoy pueden ser ocho o diez, que en este momento desde el limbo o desde
la nebulosa no definida de ese nirvana utópico de lo etéreo y lo infinito, lanzan un lamento
medroso por ese aire esquivo que sin ellos elegir, les quita el derecho a esta otra forma
de infierno que les fue negado.

18. EL DIA DEL SANTO.

Una de mis mejores amigas desde siempre, empezando por el colegio, luego en el
curso de enfermería, y al cabo de un tiempo al reencontrarnos en el hospital, fue Diana.
Era una loquita encantadora y arrebatada en la cual siempre se podía confiar. O por lo
menos desde mí, siempre lo hice. Lo que haya hecho la leyenda y los comentarios con su
prestigio y su reputación, no me corresponde valorarlo.

Su familia era acomodada y siempre le brindaron todo el gusto posible, pero ella
nunca quiso estudiar una carrera profesional. Le parecía tedioso y acartonado tener que
sacrificar cinco o más años para salir a engrosar las filas de “Doctores desempleados”,
llenos de títulos e ínfulas, pero con ingresos y oportunidades poco menos que ridículas.
En nuestra época, las auxiliares de enfermería eran muy apetecidas, el estudio duraba
sólo un año, casi siempre patrocinado por una empresa, la demanda era muy alta, la
oferta escasa, los sueldos buenos comparando los años de estudio y las
responsabilidades con otras profesiones y casi desde que entrábamos a estudiar ya
teníamos el trabajo garantizado y seguro.

Teniendo en cuenta todo esto, sin reales presiones económicas, con la anuencia
pasiva de sus padres, con deseos de trabajar rápido para empezar a tener ingresos
propios y con esas ganas de plata que mantenía para poder darse gusto, decidió ingresar
a nuestro curso. También presionó que al terminar la secundaria, Diana estaba locamente
enamorada de Carlos “Fastidio”, otro auxiliar graduado que ya estaba trabajando e influía
mucho sobre ella. El embeleco con este personaje le duró poco, y siquiera, porque
terminó muy mal enredado y lleno de problemas que finalmente le costaron la vida. Diana
seguía con toda su vitalidad viviendo el día a día, gozándose el momento, sin que por
esto fuera superficial o irresponsable. De hecho, era muy crítica, y si la jefe Carolina y
otras enfermeras abusivas no pudieron manipularnos más, era por ese bloque férreo e
impenetrable con que les impusimos una resistencia pasiva pero a toda prueba. Lo mismo
para torear pacientes confianzudos o médicos aprovechados o acosadores.

Siempre la he recordado con mucho cariño y extraño la energía creativa con que
asumía todos sus rollos. Lo único en lo cual yo no le hacía la segunda, era en esos
sueños de riqueza que mantenía, esas ganas de dinero a toda costa. Al final se fue dando
cuenta que por el lado de la enfermería no era la cosa, que la famosa dote o herencia
familiar no era nada del otro mundo y que si quería engordar la cuenta bancaria, tendría
que pensar en otras alternativas. A mí tampoco me afectaba mucho, pues ella
rápidamente entendió que no me agradaba ni me interesaba el tema, y por respeto y
camaradería, no me volvió a involucrar en esas conversaciones ni a hacerme confidencias
al respecto. Creo que fue lo mejor para todos. La historia que les voy a relatar,
genuinamente le ocurrió, y para no dañárselas contaminándola con mi estilo y con la
deformación que mi memoria o mis prejuicios hagan de ella, voy a dejar que ella se las
cuente de la manera textual como la narraba. Les juro que es verdad y yo fui testigo
directo, van a entender por qué.

No, imagínate. Hay veces en que no le paga a una levantarse de la cama, ni que
hubiera matado a un cura, ni que hubiera pisado a un gato churrusco.

Precisamente era el día de mi cumpleaños. Claro que yo no hice ninguna bulla
porque a ciertas edades es mejor ni acordarse de que una va para vieja y entonces decidí
quedarme mejor callada. De todas formas ya venía medio depresiva, en esos días estaba
como bajada, como mermada, nada me alegraba.

Como era fin de semana, mis padres cuadraron viaje para la finca, me invitaron
como por no dejar, pero no me mencionaron nada de celebraciones, ni de partirme una
torta, ni nada por el estilo. Será que ya estoy muy crecidita para estar por ahí
haciéndome piñatas, el caso es que me ignoraron del todo y yo, por supuesto, nada les
dije, no me correspondía.

Al medio día aparece el pesado de mi novio, que en esa época era Carlos, quien ya
me venía fastidiando por lo intenso que se estaba poniendo. Esa tarde estaba algo
indiferente, se veía irritable; me preguntó como por compromiso si quería algo en
especial, que en qué forma quería que celebráramos. Yo no lo sentí con ganas, parecía
sólo por cumplir y al fin y al cabo terminamos peleando y discutiendo. Después de un rato
de alegar, dijo que yo estaba insoportable, que iría a dar una vuelta para tomar aire
fresco, que después hablábamos.

Yo me quedé muerta de la ira en la casa, definitivamente ese día me levanté con el
pie izquierdo. Primero me ignoran mis padres, luego se van y me dejan sola, después
peleo con Carlos en pleno cumpleaños y me quedo en medio del sábado sin qué hacer,
derrotada, podrida del mal genio y desprogramada.

Empecé a llamar a varios amigos y amigas, pero que va, no había nadie en casa,
todo el mundo ya había cuadrado su propia forma de matar el tiempo y divertirse. Y ahí
estaba yo como una pelota, sola y aburrida, triste y desengañada, me sentía un merengue
de lo melancólica.

Nada me servía. Veía televisión y me hartaba. Leía y no me concentraba. Veía fotos
y me cogía la nostalgia. El teléfono no sonaba. El silencio, la quietud y la soledad estaban
insoportables. Entonces decidí salir. No tenía por qué amargarme y pensé en irme para
un centro comercial, de pronto entraba a un cine, o me ponía a vitrinear o a ver libros o
discos.

Así lo hice. Tomé la moto y me fui para “El Tesoro”, que estaba recién inaugurado y
era el sitio de moda en la ciudad. Había mucho bullicio, muchos niños correteando,
parejas felices que se querían arrancar los labios a besos, toda una puñalada a mi espíritu
de pajarraco volantón y solitario.

Escogí como por no dejar cualquier película, la primera que comenzaba en una hora
y mientras tanto me fui a comer un helado. En esas andaba cuando al estar sentada, unas
manos me taparon los ojos. No sé qué me sobrecogió más, si el susto de que me
agarraran por sorpresa o ese olor de loción mezclada con aroma de macho agreste que
me sacudió hasta lo más profundo de mis nostalgias.

Cuando le escuché la voz casi me muero. Por supuesto, era él.

Era Álvaro. Había sido mi novio hacía varios años y luego de una amarga pelea por
razones ridículas, habíamos terminado. Nunca lo olvidé, siempre lo tuve presente en mis
recuerdos, en mis fantasías, en mis idealizaciones. Incluso con un orgullo torpe del que
siempre me arrepentí, soporté la arremetida de varios enviones humillados que me lanzó
antes de irse a estudiar su cantaleteado postgrado al exterior y me di el lujo imbécil de
ignorarlo sabiendo que me mataba, que me lo estaba perdiendo, que dejaba sacrificados
mi porvenir y mi felicidad por el ego inútil de hembra digna y caracterizada. Lo lloré mil y
una noches. En mil insomnios lo odié y me desprecié, en varios bailes mal acompañada lo
extrañé, en muchos besos babosos lo reclamé, en esas caricias torpes que dañaron mi
piel y la curtieron de urgencias utilitarias e insensatas, supe cuanta falta me hacía.

Y precisamente en ese día estaba allí, parado frente a mí, con esa sonrisa de niño
malo, con esa barbilla partida en ese valle azul de una belleza que me dolía, como si
nunca se hubiera ido, con ese brillo en los ojos que me doblegaba la mirada, con esa voz
tan queda y dulce que me aturdía de lo compuesta, con esas maneras simétricas que me
descomponían de lo irreales.

Sí. Allí estaba. Sin yo pretenderlo ni diseñarlo, sin que apenas lo sospechara,
estaba parado mirándome a la cara. Siempre le criticaron que era muy bajito, pero apenas
era para asfixiarlo del abrazo en que nos fundimos cuando no me pude contener, en el
momento en que lo vi.

Sin yo saberlo, había vuelto. Nos sentamos a conversar, apenas le ponía freno a mi
emoción y se me notaba. Casi no lo dejo contarme en que andaba, que hacía, que había
sido de su vida. No me importó todo lo que yo había averiguado y que me permitía saber
todo de él hasta el momento en que mis amigos y sus amigos y los familiares en un acto
de compasión o de hastío habían decidido no contarme nada más o embriagarme con
mentiras piadosas que me dejaran en paz el corazón.

En ese encuentro la única verdad era la suya, lo que me contaba, lo que yo en ese
instante estaba oyendo y que me tenía alta del piso. Y pasaron las horas y los rones, el
deleite era total. Llegó el momento en que supe que tenía que apagar el buscapersonas y
el celular, aunque sabía que en ese día nefasto pero maravilloso nadie me iba a llamar.

Cuando ya estaba frenética, ebria más de gozo que de licor, supe que tenía que
hacer algo antes de que él decidiera que ya era hora de irse, que era un placer haberme
visto pero que ya tenía que volver a su casa, quizás a visitar a una novia perfecta y
casamentera, antes de que renunciara a asumir el concierto de remembranzas que ya
tenía en la piel y muy cerquita del corazón y que sentía que también me revolcaba por
dentro y por fuera cuando me besó y casi me mata, cuando me di cuenta de que si no
ponía pie en tierra me le desmayo ahí mismo.

Era el momento de actuar. Luego de volver del baño le dije que ya estaba casi
borracha, que me daba miedo manejar la moto en ese estado, que por favor me llevara a
mi casa, que luego él se iba en ella para la suya y que al otro día me la regresaba y por
ahí derecho me hacía la visita y me seguía contando cosas.

Él como siempre, caballero hasta lo último, aceptó y por supuesto iba yo detrás, mis
manos en su barriguita, mi cabeza en su espalda, mareada de emoción y de loción hasta
que llegamos a la casa.

No quise dejar la moto en la puerta, la puse justo detrás del árbol de la casa de
enseguida para que los vecinos no conjeturaran ni dijeran nada. Abrimos la puerta y
entramos; no encendí la luz de la sala, lo direccioné para el patio de atrás junto a la
cocina, en donde teníamos el estar para recibir a las visitas más informales, las de más
confianza.

Justo allí, no nos contuvimos. Nos faltaron dedos, bocas y piel para fundirnos en
una comunión perfecta que trataba de deshacer los pasos, de recuperar el tiempo, de
plasmar en la ropa que caía, en la respiración que se hacía corta, en el sudor que
quemaba, todos los besos que faltaron, todo lo que no había podido ser.

En ese derroche magnífico estuvimos un buen rato. Sus manos estaban más sabias
que nunca, su aliento era deleitoso. Tardamos segundos en entender que no nos
estábamos muriendo, que no estábamos alucinando, cuando una luz desgarradora
iluminó el recinto y nos hizo caer en cuenta casi sin comprender, casi en otra dimensión,
de que era cierto que mi madre se desmayaba, que mi padre aplaudía desde su orilla de
ebrio desorientado, que mis hermanos y amigos se morían de la risa mientras mi novio
Carlos se quedaba pasmado sin poder apenas decidir si vivía o moría, si huía o mataba
mientras ese canto rotundo pero trunco de la sorpresa fallida apenas atinaba a decir y a
resonar brutalmente como un eco maldito que no ha dejado de retumbar en mi cerebro,
Cumpleaños feliz, que los siga cumpliendo... que los vuelva a cumplir...

19. GENIO Y FIGURA

El día en que pasó lo que voy a contar, mi hermana Aleida amaneció malhumorada
y taciturna. Tuvo una noche de mal dormir y ese cansancio acumulado en sus párpados
ya se le notaba en esos círculos negros alrededor de sus órbitas. Un día más de rutina y
de seguir siempre los mismos protocolos, los mismos vaivenes, los mismos olores en el
pabellón de cirugía que le correspondía como sitio de trabajo.

-Por favor hágale la curación al paciente de la cama 12- le gruñó la enfermera jefe,
una vez comenzó su turno.

Como lo he dicho con anterioridad, Aleida era auxiliar de enfermería. Nunca tuvo ni
la consagración ni el interés para estudiar una carrera profesional como el resto de
nuestros hermanos; yo por lo menos estudié por vocación y porque en realidad me
gustaba el oficio; a ella no tanto, lo hizo más bien con desgano y desdén, además se casó
muy joven, rápidamente tuvo los hijos y pronto perdió a su esposo. No le molestaba su
trabajo y trataba de hacerlo con decoro y eficiencia, pero se sentía estancada y mal
compensada en compañía de médicos fríos, de enfermeras petulantes y de pacientes
heridos y amargados, víctimas de un carrusel de violencia que no paraba nunca. Sólo
veía en ellos el rostro del miedo, del resentimiento, del dolor. Muy rara vez una expresión
de gratitud o un gesto amable que recompensara su labor.

-Por favor muéstreme la herida, yo le cambio las gasas y se la limpio – Dijo Aleida
tratando de hacer algún tipo de empatía con esa cara resentida, marcada de cicatrices y
aliento apestoso, que yacía irreverente y con indolencia explayado en la cama número
12.

-Hágame pasito mamacita, que usted tiene la mano como dura – Escupió con una
mueca de resignación el paciente, sobreviviente de ocho impactos de bala en el
abdomen.

Mientras él se quitaba la camisa, Aleida apenas contuvo su asco visceral. Ese rostro
delataba mil noches de vida canallesca, todo un prototipo del rufián de baja estofa.

-No me venga con chillidos de niñita mimada – Le ripostó ella. -Me imagino que
cuando le metieron esa ráfaga de plomo en la barriga no estaba haciendo nada bueno,
así que no se queje.-Ya sabía que a esa calaña de pillos le servía el lenguaje rudo y
confrontador – ¡Quédese callado y quieto para que no le duela más! ¿Me escuchó?

Aleida procedió a realizar la limpieza de la herida en el abdomen del paciente. Se
quitó su viejo reloj y su anillo de matrimonio, los colocó en la mesa de noche junto a la
cama y se puso los guantes. Contra las protestas del pelafustán, terminó la curación,
recogió las gasas y cuando trató de recuperar sus joyas, éstas ya no estaban.

Irritada, las buscó por todas partes y nunca las encontró. Les preguntó a los
pacientes que estaban a su lado en el amplio salón colectivo de camas enfiladas y todos
negaron haberlas cogido.

Miró a la cama de enseguida y allí estaba un viejo conocido del barrio, “Pacholoco”,
casi un indigente, semi-inconsciente, víctima de las múltiples heridas de bala que le
propinaron los policías la noche en que coció a puñaladas a su novia Deyanira; estaba
respirando con dificultad, sudoroso, demacrado, con varias bolsas de suero en sus
brazos, con tubos de drenaje en ambos lados del tórax, con sonda en la vejiga; tenía un
aire de moribundo que lo libraba de toda sospecha, literalmente atado al camastro. En fin,
lo que en el argot de los médicos de la policlínica se conocía como un “sobrado de tigre”,
acostumbrados como estaban a estos despojos humanos, retazos de la miseria y de la
crueldad sin límites de la ciudad.

Enfurecida, llamó a la jefe del piso y a los vigilantes. Hizo requisar a los estudiantes
quienes fastidiados y a regañadientes apenas se prestaron para el esculco tan molesto.
No apareció nada. Más furiosa todavía, la emprendió contra el paciente de la cama
número 12, el cual fue escrutado sin piedad y sin resultados positivos.

-Yo sé que usted me tiene las joyas, pedazo de malandrín – le disparó en la cara,
presa de un furor maligno- Pero, o aparecen o me las vas a pagar, maldito hijo de puta –
masculló y giró histérica hacia el baño. Tenía deseos de vomitar, de maldecir, de matar a
alguien.

-No es que el relojito o el anillo valgan mucho – nos decía a una compañera y a mí
entre sollozos de rabia – pero tienen un valor sentimental para mí. El reloj, me lo dio mi
mamá antes de morirse y el anillo es el que toda la vida he cargado, el del matrimonio –
dijo mientras se secaba las lágrimas recordando a un esposo que murió demasiado joven
para hacerla infeliz, dejándola llena de dolor, ilusiones deshechas en el aire, varios hijos
y una gran estrechez económica –Pero ya me las pagará el maldito.

Temiendo que tomara alguna represalia contra el paciente acusado o que éste en
un acto de malevaje por la injuria sufrida tomara represalias, el coordinador de cirugía
consideró que era más prudente concederle a Aleida unos días de descanso y cambiarle
luego la asignación.

Cuando ella volvió de sus compensatorios a la semana siguiente, las joyas habían
aparecido: En el levantamiento del cadáver de “Pacholoco”, el de la cama de enseguida
del sospechoso, las encontraron dentro de sus pantaloncillos. Lo que nunca nadie se
explicó es cómo fueron a parar allí, o qué última expresión de sus malas artes le habían
permitido en un imposible físico apoderarse de ellas, dando fe hasta lo último de sus
mañas irrefrenables, de su talante marrullero hasta el final.

20. AL FILO DE LA DECADENCIA

El día en que vi a B.J. como lo vi, me quedé anonadada.

Del moreno alegre y fortachón que tanta historia había dejado en el barrio y en el
hospital, de voz recia y contextura gruesa, sólo quedaba un amasijo pálido y quejumbroso
de huesos que a duras penas lo sostenían. Estaba grotesco, era una caricatura de sí
mismo, una deformación contrahecha de su propio recuerdo. No pude menos que
conmoverme y me sentí mal cuando al verlo, pensé inmediatamente en un
espantapájaros. Su tez verdosa, sus labios morados, los párpados a reventar por la
inflamación; respirando con dificultad y con prisa inusitada como si la bocanada de aire no
le llegara a los pulmones, sus pies paquidérmicos de lo edematosos, su barriga coronada
por una ridícula hernia en el ombligo que delataba el dique contenido de su hinchazón,
haciendo contraste con su costillar escuálido de perro aporreado y viejo.

Y su mirada. Me atormentó el dejo suplicante de ese par de ojillos perdidos en la
soledad inmensa de su rostro marchito. Ese desamparo, esa orfandad, ese saberse
derrotado por una fuerza que lo consumía. Hablaba con mucha dificultad. Costaba oírle.
No sé si fue parecer mío, pero al tratar de mascullar algunas palabrejas cortadas se oía
como un aullar de burbujas en una caverna. Me causó impacto esa impresión.

- Desde que se fue de la casa empezó a decaer y no ha levantado cabeza – Me dijo
su hija mayor que lo sostenía con dificultad del brazo – Ya no quiere comer, no es capaz
de dormir porque se ahoga y no acepta que lo vea ningún médico - Dijo ella en un tono de
reproche típicamente femenino, que trató de recuperar inmediatamente con un toque de
dulzura – Si usted supiera lo que le he rogado para que se deje llevar al hospital, ¡pero
siempre ha sido muy terco! – Remató.

Yo no sabía que B.J. se había ido de la casa; hacía tiempos que no le veía, que no
hablaba con él; creo que desde que lo echaron de su trabajo como conductor de la
ambulancia del hospital no tenía noticias de él; luego me contaron que por estar
correteando una muchachita, dejó su hogar de muchos años, no les volvió a pasar dinero
y se despreocupó de ellos. No era una conquista más de las muchas que tuvo. No fue una
aventura casual, parece que ésta le talló el corazón y le amordazó el alma. No tenía sino
ojos para ella y por ella lo abandonó todo. Cuando se enfermó y ya no pudo trabajar y
responderle como varón ni darle la vida que le venía dando, la mozuelita alzó vuelo y lo
dejó con los crespos hechos.

Muy limitado, muy apenado, con el orgullo y el afecto hechos pedazos, se fue a
malvivir solo en una pieza del centro, donde decidió entregarse a la pena moral y no
luchar más contra ese monstruo de mil cabezas que lo consumía por dentro y le robaba
la paz, el sueño y la respiración. De allí fue rescatado por su hija y su yerno quienes a la
fuerza lo arrastraron para buscar ayuda.

- Si usted conoce un especialista bueno, ayúdenos. Estoy desesperada de ver a mi
papá en ese estado – imploró ella.

B.J. no dijo nada, pero desde la postración de esos ojos de náufrago creí adivinar
que estaba vencido y que no opondría resistencia a lo que hiciéramos por él. Se notaba
demasiado débil para oponerse, demasiado endeble para protestar.

Sin saber mucho de medicina interna, pues no soy como Margarita Monguis o Diego
“Cuasi” que siendo auxiliares creen que saben más que los médicos y recetan y todo,
entendí que ese hombre estaba muy delicado, que necesitaba ayuda de forma inmediata.
Busqué a un doctor, viejo amigo del barrio y de toda mi confianza para no parecer
conchuda, que ahora era un médico eminente y respetado, especialista en enfermedades
cardiopulmonares y le pedí el favor personal de que lo evaluara.

En efecto, en mi propio carro lo llevé hasta la clínica; esperamos que el galeno lo
atendiera, lo cual hizo en forma amable y oportuna. Lo interrogó, lo examinó prolijo y
diligente y entornando las cejas con un aire de preocupación aseveró de manera adusta,
muy propia de la gravedad con que los médicos veteranos sentencian sus dictámenes:

-El paciente está bastante deteriorado, tiene una insuficiencia cardiaca congestiva
muy descompensada. Debe ser hospitalizado pues en estas condiciones, su vida corre
peligro- Aseguró.

Por primera vez B.J. habló. Con dificultad nos hizo entender que no quería
hospitalizarse, que no quería luchar, que ya estaba viejo y cansado, que no tenía dinero
para pagar tratamientos y que no tenía sentido el enfrentar un proceso que ya entendía
como natural. Fue muy enfático y no dio pie a discusión. Volví a oírle las burbujas
cavernosas.

-El problema es de calidad de vida – ripostó el médico un tanto mecánico pero sin
insistir mucho – Se trata de que no se asfixie, de deshincharse, de que pueda comer y
dormir de pronto más tranquilo -

B.J. no negoció razones. Sólo aceptó, y creo que para quitarse de encima esta
situación que lo incomodaba y lo abochornaba, hacerse el tratamiento en la casa, ser
cumplido con la dieta y los medicamentos y asistir al hospital dos veces por semana; yo
me ofrecí a transportarlo.

Un poco a regañadientes, sintiéndome algo molesta por la actitud de mi amigo
enfermo y testarudo como una mula, le compramos la droga y lo dejamos en la casa. Su
esposa accedió a recibirlo de nuevo allí, en vista del lamentable estado de salud de su
volátil marido. Se veía genuinamente acongojada y solidaria. Pensé que en medio de su
resentimiento, aún lo amaba.

Por razones de trabajo, un curso de actualización al que me envió el hospital, esa
semana me tuve que ausentar de la ciudad. Cuando regresé, llamé a la casa de B.J. a
indagar por su salud y me dijeron que no estaba, que había salido al estadio para asistir a
un partido de fútbol con los hijos y que estaba muy aliviado. Incrédula, le repetí la llamada
por la noche; le reclamé por su descuido y su desfachatez; casi puedo asegurar que
estaba bebido, esa sensación me dio la cadencia musical y gozona de su hablar. Él lo
negó pero no le creí.

-No se preocupe jovencita- dijo burlón; luego bajó la voz - Ya me curé, lo que
pasaba es que esta vieja hija de puta de mi mujer me tenía enyerbado, resentida porque
me fui de la casa detrás de otra nalga. Pero cuando me vio tan enfermo, se llenó de
compasión, le pudo más la culpa, cogió mi foto, la retiró del altar con sahumerios donde la
tenía y le sacó el alfiler que le tenía clavado en el corazón. ¡Qué trabajo tan bravo me
estaban haciendo, casi me mata esa bruja hija de puta! Pero a los días empecé a
recuperarme, a orinar bien, a respirar mejor, a deshincharme, vea, ya tengo hasta ganas
de fumar – La carcajada retumbó al otro lado del teléfono - No me tuve que tomar ni una
pastilla del matasanos amigo suyo. Tranquilo mija que ya soy otro.

No me aguanté las ganas de llamar al médico amigo para contarle lo acontecido.
Por supuesto no me creyó nada y por el contrario lo sentí como irritado. Pensaba que nos
estábamos burlando de él, o algo así. En tono firme, sin dar lugar a excusas, me exigió
que le llevara a B.J. al hospital al otro día. A eso me comprometí.

No esperé que amaneciera para recoger a B.J. en su casa. Era increíble, pero
encontré a otro hombre. Era otra vez el B.J. de siempre. No paró de hablar, me tenía
mareada. Casi prefería al atorrante cuando estaba enfermo.

El médico nos atendió nuevamente. No salía de su asombro. Lo examinó mejor que
la primera vez. Parecía embarazado de sentir por dentro como se derrumbaban muchos
de sus conceptos académicos y se le notaba la estupefacción. Para despedirse, recurrió
al lugar común. Dijo lo predecible y eso me desilusionó un poco viniendo de él. Yo lo
idealizaba tanto, lo admiraba tanto.

-Que las hay, las hay, pero no hay que creer en ellas-Afirmó entornando una ceja y
deformando la boca.

Volvimos a la casa, yo en silencio, B.J. en su perorata insufrible. Estaba lleno de
salud y quería demostrarlo a toda costa, gastándose atropelladamente las palabras. Casi
con alivio lo devolví a su familia. Por unos días no supe de él. Al tiempo me enteré de que
estaba correteando nuevamente a otra jovencita del barrio. Me encogí de hombros. No he
vuelto a llamar a preguntar por B.J.

21. LOS PERROS BUENOS VAN AL INFIERNO

Siendo yo agua, me bebió.
Siendo yo yerba, me pisó.
Y me resopló, siendo yo ceniza.
Joao Guimaraes Rosa

La historia me pareció siempre triste e infame además de absurda, más aún
tratándose de Alejandro, quién siempre figuró como astuto y nada simplón.

En ese entonces, me había vuelto a reencontrar con él en el hospital, en donde
trabajaba como ingeniero de sistemas. Había dejado la empresa familiar que manejó
durante varios años, para cederle la gerencia a su hermano Pablo quien había terminado
Administración de Negocios en la universidad y por una intriga política había conseguido
el puesto para hacer lo que según él, tan cambiante y voluble, era su verdadera vocación:
los sistemas, programas y computadores.

Eran personajes de toda la vida del barrio y de la cuadra y además de conocerlo
mucho, mi hermana Aleida había sido muy amiga de su hermana Marina, que ahora
andaba de monja; ella era la religiosa protagonista de la historia que les relaté en la
narración del Doctor R.B.

Como ocurre frecuentemente, Alejandro, a pesar de tener un hogar estable y
tranquilo, cayó en los brazos (iba a escribir en las garras) de la seducción de Carolina,
una bella enfermera del servicio de cirugía, quien no ahorró esfuerzos y mañas para
atraparlo en cuanto lo vio, acaso adivinando en él su bonhomía y su proclividad para
sucumbir a los encantos de las mujeres hermosas.

Inicialmente los encuentros eran casuales y fogosos, con una pasión puramente
carnal y un encantamiento recíproco que no ponía en peligro la estabilidad de sus
respectivos matrimonios, porque olvidaba decirlo, Carolina era también casada y tenía un
bebé de cerca de dos años. Para acabar de ajustar, su esposo era Richi, viejo conocido
de Alejandro.

No era la primera aventura de ella; de hecho, había saltado de cama en cama
durante varios años, con amigos cercanos a su marido, en una búsqueda fatigosa de
sensaciones nuevas que ella insistía no reñían en nada con el amor que por él sentía. No
se consideraba infiel a su esposo porque estando con él, decía, trataba de hacerlo sentir
feliz y según su lógica, el hecho de que no se enterara, lo preservaba de todo dolor y
humillación.

A medida que pasaba el tiempo, el sentimiento de Alejandro fue creciendo y los
encuentros eran cada vez más próximos e intensos; fue abriendo espacios de entrega y
confianza en su vida que con ninguna otra persona se permitió; fue dejando permear su
situación social y financiera hasta no tener ningún secreto con Carolina y en algún
momento, se sintió loco de amor por ella, hechizado por una belleza que lo atolondraba,
embrujado por un carácter que lo envolvía, por un olor que lo extasiaba.

Desde la orilla de Carolina, la ebullición emotiva no marchaba a la misma velocidad.
Era dueña de una inteligencia práctica y fue perfectamente capaz de ponerle dique a sus
afectos en aras de lograr los fines que se proponía. Empezó a manejarlo de acuerdo con
sus necesidades e intereses en una forma tan maniquea y utilitaria, que todos los amigos
comunes no pudimos menos que sentir lástima por el pobre Alejandro, tan pagado de sí
mismo, tan ególatra, convertido en una ridícula marioneta de su hermosa manipuladora.

Ella no cambió para nada. Seguía viviendo con su esposo Richi, un hombre callado
que podía ser bastante agresivo y violento cuando se veía confrontado, también loco de
amor y dependencia por ella, sosteniendo un matrimonio convencional marcado por las
crisis económicas y las fluctuaciones de una rutina que se equilibraba entre los celos, la
pasión, la irritabilidad, la desconfianza, las mentiras y la lujuria. Richi venía ya de capa
caída y en su decadencia no tenía fuera de Carolina ya a nadie en quien confiar. Se había
vuelto muy reconcentrado y huraño.

Carolina manejaba con Alejandro una relación en donde ella ponía las condiciones,
basada en la seguridad absoluta de su amor irreductible y siempre libre de sospecha. Ella
imponía las normas, las fechas, los espacios, el deseo, la disponibilidad. Él todo lo
aceptaba, aún a regañadientes de su propia insatisfacción e inconformismo.

Ella siguió con sus costumbres arraigadas en varios años de andar manipulando
hombres. Mantenía relaciones con varias personas, plantaba a Alejandro con una
desfachatez que nos hería, le mentía descaradamente; nos consta que en algunas
ocasiones el pobre la sorprendió prodigándose besos y caricias muy poco inocentes con
varios de sus amigotes aún en fiestas donde ella iba como su pareja.

El imbécil lo pasaba todo, lo perdonaba todo. Se atragantaba con su propio orgullo
en la búsqueda de preservar un amor imposible que lo hacía renegar hasta de su
condición de macho herido y sin dignidad. Además de eso, él fue eficiente proveedor de
dineros para cubrir las cada vez más grandes crisis económicas de ella: fue su fiel
codeudor en cuanto préstamo quiso adquirir, fue soporte fundamental de ella cuando
deseó comprar casa y carro, cuando quiso viajar, siempre presto a satisfacer todos sus
caprichos y antojos, en fin, siempre estuvo a su lado como perro fiel y sin voluntad. Ahí
empezó su perdición.

Obnubilado como estaba por lo que consideraba y sentía era un amor a toda prueba
y sin limitaciones, no entendía muchos de los desaires de ella y aunque a regañadientes
le aceptaba todas sus decisiones, siempre dejaba sentada su protesta en un tono que a
ella le parecían reclamos y celotipias sin razón. Por eso en las discusiones ella lo
consideraba “demasiado intenso” y eso la aburría y cuando ella lo humillaba, el que salía
regañado y derrotado era él, pues “no te soporto esos celitos tuyos, esa cantaletica
tuya, esos reproches, ¿Cuándo vas a madurar?”.

Al día siguiente ella le esbozaba la mejor de sus sonrisas (encantadora, hay que
decirlo) aún en medio de su rostro cansado por el agite de la noche anterior en otros
brazos y otros ambientes y él caía de nuevo en sus tentáculos, inerme, absurdo,
empequeñecido por un sentimiento que más que amor era un oprobio, a firmar un nuevo
pagaré, a hacer un nuevo mal negocio, a entregar nuevamente su corazón a cambio de
nada.

Con el paso del tiempo ella entendió que ya estaba harta de él, que sería muy difícil
sacarlo de sí luego de tantos años de relación y entrega; se sintió encartada y aturdida
con su compañía; no lo soportaba, sentía que no le daba lugar para desarrollar sus
nuevas conquistas ni sus propósitos sin herirlo, sin enfrentarse a los cuestionamientos
razonables y dolidos que Alejandro siempre esgrimía.

Entonces decidió que tenía que hacer algo. Y lo hizo. Lo convenció de que hicieran
un último préstamo de gran cuantía a nombre de él, pues ella ya tenía agotada su cuota
de crédito; con eso ella pagaría todas sus deudas y se comprometía con él a pagarle
mensualmente. El monto estaba cubierto por un seguro de vida que respaldaba el valor
del capital.

Luego, en una de tantas peleas con su esposo Richi, donde ella le reprochaba una
supuesta relación que éste venía manteniendo con otra mujer, tratando de herirlo y
presionarlo, le confesó que había salido varias veces con Alejandro, insinuándole que
había estado implicada con él, aún a sabiendas de que iba a desatar una furia que podía
ser nefasta, pues se consideraban buenos amigos desde las épocas del barrio. Peor aún,
Richi era hermano de Francisco Eladio, el gerente del hospital y ella sabía que él podría
intrigar para que su atrevimiento le costara el puesto.

Pocas noches después, estando enfrascada en una nueva pelea con el marido y
luego de discutir agriamente, lo dejó hablando solo en la sala y se encerró en su cuarto.
Desde allí llamó a Alejandro, le pidió que la recogiera sin avisarle que su esposo estaba
en la casa; concretó la cita con él en la portería de su apartamento, se maquilló como
solía hacerlo y dándose la última mirada al espejo desde donde se vio preciosa, salió sin
decir palabra, quince minutos antes de la hora prevista.

Sabía que su consorte podía ser un demonio feroz cuando estaba irritado y que si la
seguía, necesariamente se tendría que encontrar con Alejandro cuando éste llegara a
cumplirle la cita.

Al estar en la portería de la unidad residencial, Carolina observó con disimulo que su
marido la espiaba escondido detrás de unos carros. Cuando reconoció el auto de
Alejandro a una cuadra de distancia, se apresuró a tomar un taxi sin que su amante se
percatara y se escabulló rápidamente de allí. Alejandro entró muy confiado por la portería
y de súbito, se encontró de frente con Richi, el esposo, a quien saludó nerviosamente sin
poder explicar qué diablos estaba haciendo allí.

Al encontrarse los dos, se suscitó una rápida discusión a los gritos, sin argumentos,
con disculpas atropelladas y amenazas de parte y parte. Allí, sin fórmula de juicio, sin
apenas creerlo, Alejandro recibió tres balazos que acabaron con su vida. Richi huyó
subrepticiamente y no hubo testigos, los porteros no vieron nada, nadie da razón del
hecho.

Carolina quedó sin ataduras, sin culpas, sin remordimientos, libre para echar a flotar
su espíritu de alto vuelo y ligero de cascos, ya sin deudas, con todos sus compromisos
económicos saldados cubiertos por los seguros de Alejandro pues las obligaciones
estaban a nombre de él.

En el barrio no se conocieron bien los detalles de los hechos, pero la leyenda nos
cuenta que Alejandro fue víctima de unos vulgares atracadores callejeros, un número más
dentro de las estadísticas de ésta, una ciudad sin escrúpulos y que no perdona. Esa fue la
versión que se tomó como cierta. Los que estamos dentro del círculo, sabemos que las
cosas fueron distintas, aunque de eso no se habla mucho. Debo reconocer con un tufillo
de amargura, de dolor y de rabia que aún lo extrañamos.

Carolina está cada día más linda; en la tienda de la esquina y en los pasillos del
hospital se rumora que tiene una nueva conquista.

22. CARMENZA EN SU LABERINTO


Ya ésta es la quinta vez en cinco años que me toca acudir al entierro de algún
compañero de mi generación del colegio. Y no es que el promedio sea bajo, uno por año,
si no que lo que me impacta es que todos somos menores de cuarenta años. Pero lo más
sorprendente es que hoy, aquí, estamos velando a Carmenza, la única que no falleció por
muerte violenta, cuando todos los anteriores murieron trágicamente en alguna de las
expresiones delincuenciales o accidentales de la dinámica sin freno de esta ciudad.

Y no sólo eso. Además de ser compañera de grado, era la ex de mi hermano
Giovanny. Digo, una de las ex, pues ese se cree sultán y ya lleva tres oficiales en su
colección y eso que faltan datos de otros municipios y sin contar las mozas y las fufas.
Ella y yo llegamos a entendernos bien, ya que nuestro temperamento era similar, calladas
y reservadas. Ella luego se licenció en trabajo social y yo me fui por el lado de la salud
como mis hermanos, pero como auxiliar de enfermería. Al tiempo, y como muchos del
barrio en donde nos criamos, entró a trabajar en el departamento de servicio social y
comunitario del hospital. En esa suerte de círculos perpetuos que tiene la vida, me la volví
a encontrar en el sitio de trabajo. Con alguna frecuencia nos encontrábamos, y siempre
nos consideramos buenas amigas.

Y estamos tristes por Carmenza. Ya veníamos quizás de alguna manera preparados
para su muerte, pero es extraño estar aquí congregados alrededor de ella, viéndonos
todos un poco más viejos, un poco más gordos, resintiendo cada uno en el otro la forma
como nos ha tratado la vida, riéndonos de cómo pensamos que fulano o perana siempre
está peor o más deteriorada que una.

Y Carmenza en el féretro, quieta, sin dolor en su rostro, sin resentimientos
expresados en su cara, siempre con ese aire de tristeza que nunca se le quitó de sus
ojitos claros y que la perfiló aún en sus mejores años.

Es aquí en donde uno se burla con ironía y desdén de esas mil dietas, de esos
múltiples tratamientos inútiles para preservar la piel del paso del tiempo, de esa obsesión
por la nariz perfecta a punta de bisturí, de tetas artificiales y nalgas postizas pagadas a
crédito, de productos naturistas para detener lo inevitable, de búsquedas metafísicas, de
luchas frenéticas para alcanzar la felicidad, la sabiduría y la estabilidad, todo un trío de
geniecillos volátiles, esquivos y marrulleros.

Y atrás quedaron sus novios, todos con promesa firme de matrimonio a los quince
días de conocidos y luego la inefable escabullida estratégica del galán de marras, cuando
la utilizaban y escurrían en su condición de separada urgida; los proyectos para
conquistar Canadá, Australia o Estados Unidos que no hicieron sino enriquecer
intermediarios astutos de agencias turísticas de garaje; el único matrimonio fallido con
Giovanni, mi hermano matasanos, qué pena pero hay que decirlo, un extraño personaje
bueno para nada de doble vida y vocación existencial equívoca; el hijo que la confrontaba
con sus indefiniciones, extremos y dubitaciones.

Todo comenzó hace un mes cuando Carmenza consultó al médico general del
seguro por un dolor en el hemitorax derecho a la altura de las costillas y que según ella la
doblegaba. Luego de repetidas visitas y reiteradas quejas sin encontrarle nunca nada
anormal, más por salir del paso que por cualquier otro hallazgo clínico, el galeno decidió
mandarle una ecografía de hígado y vesícula biliar, buscando cálculos por si se los
encontraba. Como hecho circunstancial apareció una imagen redonda en el hígado que
según la lectura, ameritaba profundizar en ella. En efecto, le ordenaron una tomografía
que descubrió otras dos cosas: Que la lesión hepática podía ser benigna, pero que existía
la posibilidad de que fuera maligna, acaso una metástasis de un cáncer. Y en el hueso de
la pelvis, una distorsión que podía ser o no sugestiva de un tumor óseo. ¡Maldita la
medicina, acumulación de especulaciones y ambivalencias empaquetada en una
arrogante prestancia de lo que no es más que una ciencia inexacta!.

Esta fue una brusca noticia para nuestra amiga, que durante toda la vida fue una
consultadora consuetudinaria por toda suerte de dolores inespecíficos e indescifrables
que le hicieron ganar una merecida fama de hipocondríaca, sobretodo después de su
divorcio con Giovanny, donde todos los síntomas se le acentuaron. De todas formas él,
aún siendo médico, nunca le prestó mucha atención a su quejadera. De su manía daban
fe su botiquín exhaustivo, sus varias enciclopedias sobre medicina familiar, la resección
de sus lunares buscando el melanoma que nunca apareció, los exámenes de pulmón para
descartar la siempre romántica tuberculosis luego de dos días de tos, el obstinadamente
rondante tumor cerebral cuando le dolía la cabeza al llegarle la regla y la apropiación de
los síntomas que aparecían en los programas documentales de la televisión por cable.

Ese día, al salir del hospital, tuvo la rara sensación de conjugar sin definir muy bien
los límites de su tragedia. No conseguía entender si estaba feliz por saber que por fin
había demostrado la enfermedad verdadera que explicaba radicalmente todas las
dolencias que durante años la habían atormentado y nadie había querido valorar en toda
su dimensión, o si estaba aterrorizada por comprender en forma brutal que el crustáceo
voraz le atenazaba peligrosamente su salud y la exponía al evidente riesgo de morirse.

No tenía muy claro si estaba ganando o perdiendo. No sabía si esa abrumadora
realidad era una prueba fehaciente de que era una heroína incomprendida y subvalorada
o una víctima condenada y digna de lástima. No lograba comprender si se estaba
sacando un clavo o recibiendo una estocada.

En todo caso las palabras del cirujano que la atendió inicialmente, o lo que ella
quiso interpretar de su discurso, le robaron la paz. Quizás él tuvo muy poco tacto, acaso a
ella le sobró susceptibilidad. El daño ya estaba hecho.

En la primera marea alta que se le desbordó en la tormenta del golpe inicial, se
desahogó en su compañera de oficina, ni siquiera una gran amiga. Le hizo prometer
discreción, pero la bola de nieve ya iba cuesta abajo. A la media hora la recién
desahuciada ya estaba en boca de todo el personal administrativo. Para acabar de
ajustar, en la prisa dejó olvidada encima del escritorio una copia del informe de la
tomografía. La tesorera general del hospital, con la prepotencia del poder de su pequeño
trono y embargada de solidaridad cristiana, se tomó la atribución de leerlo y confirmar la
malanueva: Carmenza tenía un cáncer de hueso con metástasis en el hígado, o al revés,
no lo sabía bien, pero estaba llevada, sea lo que fuera, la situación se veía muy delicada.
No había que ser médico para pronosticar el desenlace fatal.

Genuinamente compungida, convocó a las compañeras del bloque administrativo en
pleno y de una novena con rogativas inicial, rápidamente invocaron al creador en una
misa carismática de sanación invitando a la plana mayor del hospital y al comité de damas
voluntarias. El rumor daba por hecho que estaba consumida, que tenía los días contados,
que ya sólo era cuestión de tiempo. Muchas señoras confirmaron con mirada astuta y
ademán inteligente, que desde cada una de ellas ya venían intuyendo la situación por los
sutiles estigmas que tan agudamente percibían en Carmenza.

Se dio entonces la conjugación del proceso culposo de los que la trataron con tanta
dureza por sus continuas ausencias en múltiples consultas médicas, con la aflicción que
generaba por estar sufriendo a su edad de un mal incurable, con la conmiseración
auténtica de muchas de las secretarias solteronas y rezanderas que veían en ella una
forma más de ganar indulgencias efectivas ante el cielo por desearle fervorosamente un
final rápido, sin dolor y en gracia de Dios.

Como Carmenza era tan conocida en el medio no sólo por su histrionismo e
histerismo en el manejo de sus relaciones con el mundo, sino también por su
consagración al trabajo y por la dedicación con que afrontaba a los compañeros, a los
usuarios de bajos recursos, a los amigos y vecinos en dificultades, rápidamente toda la
ciudad se enteró del mal que la acosaba.

Desde saludos empalagosos que fingían indiferencia y discreción, hasta reales y
conmovedores expresiones de pésame que partían el alma; desde cobradores que
decidieron ignorar sus acreencias, hasta los que ante la inminencia de la partida no
negociaron el dolor y se apresuraron con avaricia a tratar de adelantar los cobros. Desde
enemigos de años que llamaban pesarosos a renegociar sus incomprensiones y
desamores de antaño, hasta ex amantes que le pedían un perdón extemporáneo por
infidelidades pretéritas ya casi olvidadas.

Su nuevo estatus de mártir la reivindicó con uno de sus anhelos más sentidos: por
fin hablaba duro y pontificaba sobre cosas por las que antes fue ignorada y tratada con
cierto desgreño por sus superiores. Nadie osaba contradecirla, todo lo que decía o
proponía era aceptado de inmediato. Todo era consideración y reverencia.

Ahora se veía y se sentía también hermosa, pues era cierto que lo que mostraban
los exámenes no se reflejaba físicamente en su aspecto. No había un mínimo grado de
deterioro externo, al contrario, todos se asombraban sinceramente de lo bien que lucía, de
la entereza y el alto concepto estético con que afrontaba su drama. Sus ojos adquirieron
un nuevo brillo que matizaba su melancolía con una levedad que los hacían extrañamente
atractivos. Ya tenía una razón sin atenuantes que echaba por tierra el desapego de un ex-
esposo desprendido, la indiferencia de un padre ya escéptico por las quejas estériles y sin
motivo de muchos años, la insolidaridad de sus amigos médicos ya impermeables a la
continua quejumbre por dolencias que no aparecían en ninguna prueba. Ya tenía un
pretexto sólido que haría regresar a su hijo del exilio voluntario, para que volviera a su
lado y hacerle entender a golpes de chantaje emocional que nunca la debió abandonar,
como tanto le rogó, para estar al lado de su padre, ese bueno para nada y dejarla a ella
sola a merced del cáncer que le consumía las entrañas donde él se había gestado.

Mientras tanto los exámenes continuaban para tratar de definir el real grado de
compromiso de la enfermedad y ver que se podía ofrecer. Resonancias nucleares de
hígado, marcadores tumorales en sangre, gamagrafías de hueso, biopsias en varias
partes del cuerpo.

Cerca de un mes duró la incertidumbre y el martirio de Carmenza, de los médicos,
de los familiares, de los amigos, de los compañeros. A ella se le antojaba que algo
extraño estaba ocurriendo, pues a pesar de la contundencia de la sospecha de las
pruebas iniciales, los nuevos estudios no mostraban de manera definitiva al temido
enemigo. Ninguno lo desenmascaraba. Por lo demás, ella se sentía físicamente vigorosa.
No reflejaba ninguna sugerencia de deterioro, el sueño era apacible y reposado, sus
apetitos estaban intactos, sus rutinas biológicas, imperturbables.

Mientras esperaba los resultados de patología de las biopsias realizadas, que serían
la última palabra, empezó a temer lo peor. Los médicos insistían en razones que los
invitaban a estar optimistas y a pensar que el desenlace podría ser más favorable de lo
esperado, pero ella no compartía ese pensamiento. No y no. Despreciaba ese
paternalismo barato con que los facultativos siempre trataban de minimizar los golpes y
los diagnósticos en medio de una palmadita en la espalda y una forzada sonrisa de
postín. Definitivamente no era así. Ellos sabían que antes que todo, no se podía decir
nada concreto sin los resultados de la biopsia en la mano. Sin esa prueba, todo era una
suposición, una presunción sin fundamento. Siempre se necesitaba el concepto del
patólogo para definir. Guardando las proporciones, era como la palabra de Dios, la
sentencia pontifical.

La noche previa a la entrega del ansiado dictamen, no pudo conciliar el sueño. Se
levantó muy temprano y organizó muy bien la casa como en la mejor expresión de sus ya
bien diseñadas compulsiones. A primera hora estuvo en el laboratorio y reclamó el
informe.

No podía ser. No lo podía creer, pero le estaba ocurriendo: esa fuerza interna que le
derrumbaba todas sus convicciones le pudo a una fortaleza que ella creía a toda prueba.
Ya todo era un hecho, la evidencia estaba allí. No le quedó más remedio que hacer lo que
sus fantasmas de esa noche en vela le ordenaban. No se iba a exponer a vejaciones, a
experimentos, a sufrimientos interminables, a responsos humillantes, a miradas de
compasión, a falsas solidaridades o a comprensiones hipócritas.

Cómodamente apoltronada en su sofá favorito, oyendo sin escuchar una melodía
distante que vomitaba sin convicción el equipo de sonido, se tomó una tras otra ochenta
pastillas de Fenobarbital acompañadas de varios tragos lentos y degustados de un oporto
guardado desde hacía mucho tiempo. Los recuerdos se le atropellaban, pero no había
culpas ni remordimientos. En la nebulosa de sus pensamientos confusos, diluidos y
obnubilados por la ebriedad, se fue profundizando y en un momento que afrontó sin
luchas y sin dolor, se olvidó de respirar.

Doce horas más tarde su padre entraba al apartamento y descubría la apacible
durmiente que nunca despertó de su sueño eterno. En la mesa del comedor reposaba el
informe de patología. Todo estaba reportado como benigno; en efecto el cáncer había
sido una jugada sucia del azar, una sospecha fundada en varias coincidencias que al final
se quedó sin piso, una desafortunada confabulación de casualidades que diseñó una
ingeniosa cadena de equivocaciones médicas.

Carmenza no lo toleró. No fue capaz de regresar a su vida diaria sin su trofeo, con
la desvergüenza en la mirada de no poder mostrar su enfermedad terminal y enrostrársela
al mundo en la cara, con la sensación de ser la gran impostora, la gran simuladora, la
farsante que logró tener por primera vez el control de su vida, de sus afectos, de la
atención de todos entre sus manos y que vio impotente cómo se le escurría sin poderlo
controlar ni aceptar.

Es por esto que prefirió el sueño de los justos, con un concepto muy personal de la
dignidad, a tener que enfrentar la humillación de no sentirse buena ni siquiera para
generar lástima, de ser mediocre aún hasta en el fracaso.

Es por eso que hoy estamos aquí convocados alrededor del cadáver de Carmenza.
Me da tristeza ver cómo aparecen cada vez más cruces en el mosaico de mi promoción
de grado de bachillerato. Espero no tener que regresar muy pronto a esta sala de
velación.

23. DIANA


Nuestra rutina se ve siempre afectada por la dinámica propia de los turnos en el
hospital. Es por eso que mientras no estamos en vacaciones, toda nuestra vida gira en
torno al cuadro de asignaciones. Si no estamos en el día de 7 am a 7 pm, estamos de
guardia en la noche, con el respectivo preturno y el compensatorio al día siguiente, los
cuales se aprovechan casi todos para descansar y dormir.

Esto influye notoriamente en nuestra vida social, que se ve muy restringida, pues
nuestros horarios y la necesidad de madrugar o trasnochar, hace que nos limitemos al
momento de bailar hasta tarde, o de ir a fincas a pasear o ingerir licor por sus
consecuencias posteriores. No es extraño ver la cantidad de compañeras solteras y
solteronas, separadas o con relaciones afectivas dentro de la institución, pues el único
personal que siempre vemos a toda hora, es al que trabaja en el hospital.

Es muy común ver compromisos de varios años como novios o como amantes
entre compañeros y relaciones que se inician o se terminan aquí, pues la gente que no
trabaja en salud no se adapta fácilmente a este ritmo aberrante e impredecible de trabajo.
Al final nuestros amigos externos se aburren de invitarnos, pues siempre tenemos una
justificación razonable desde nosotras para no aceptar tal o cual invitación.

Por eso recuerdo tan puntualmente el caso de Diana, una de las compañeritas que
ingresó conmigo a trabajar como auxiliar de enfermería. Decía que si había tomado la
decisión de estudiar esto, era por que le venía en gana, que en su familia le insistían que
fuera profesional, que ellos le podrían costear la universidad, pero que ella no se iba a
gastar toda la flor de su juventud estudiando durante más de cinco años para de pronto no
conseguir trabajo o platica.

Claro que cuando salió y vio que nuestro trabajo era duro y esclavizante, que las
opciones para conseguir dinero sin cometer deshonestidades son casi nulas y que hay
que sortear en lo cotidiano miles de historias crueles con circunstancias y situaciones
difíciles de digerir (y más ella con su carácter fiestero y facilista), decidió que no aspiraba
a estar toda la vida limpiando enfermos y oyéndolos quejarse. Que cuando pudiera, se
abriría paso en busca de mayores oportunidades. Soñaba con montar un negocio en
Venezuela, en donde tenía familiares.

Luego de varios años consiguió novio, precisamente en el trabajo, y se retiró para
casarse.

Diana era menuda y compacta, alegre y muy activa. Tenía una gran disposición
laboral y personal y nunca la recuerdo de mal genio o irritable. Era muy amable con los
pacientes y trataba con gran tolerancia a los acompañantes, por demandantes que ellos
fueran. Por su talante, fue asignada durante un tiempo al servicio de oncología, en donde
tenía que lidiar pacientes con cáncer, en tratamientos con quimio y radioterapia y unas
características físicas y sicológicas muy especiales: todos tenían el rótulo de cancerosos
con las implicaciones sociales y personales que eso implica, pues estaban muy enfermos,
algunos terminales; se veían rodeados de sentimientos de pesar, lástima, dolor o
compasión por parte de ellos mismos o de sus familiares; tenían gorro o pañoleta por la
caída de su cabello; andaban lentos y cadenciosos, por debilidad o por cirugías recientes;
tenían sondas en algún orificio de su cuerpo o estaban en silla de ruedas, o se veían
pálidos y terrosos, flacos y demacrados. Su semblante siempre los delataba, en su mirada
se conjugaba con mucha frecuencia una mezcla de ansiedad con esperanza, de dolor con
súplica, de resignación con ánimo de lucha. Cuando una los detalla, se hace siempre
evidente el brillo de unos ojos que no han perdido la entereza enmarcados en una cara
ojerosa y alabastrina. Las sonrisas son escasas, las palabras avaras. El tono de la voz es
grave, la náusea siempre ronda, los pómulos se proyectan, los dientes se afilan.

Diana tenía una especial y deferente forma de tratar a los pacientes sin parecer
falsamente compasiva o forzada. Tenía un natural talento para dirigirse a ellos entre firme
y solidaria, entre receptiva y consecuente. No resbalaba en actitudes lastimeras o
melodramáticas por más lacrimosa que fuera la historia y su actitud generaba mucha
confianza y gratitud entre los enfermos.

De todas maneras Diana era hermética con su vida personal, contaba única y
exclusivamente lo que ella quería que supiéramos, incluso en algunas ocasiones la
descubrí narrando las cosas tergiversadas sin entender cual era su motivación para
hacerlo. Realmente, para ser sincera y a pesar de considerarme buena amiga suya, no
sabía casi nada de ella; siempre se veía compuesta y estable, no daba entrada para
permear sus sentimientos a nadie que no quisiera.

Uno de los pacientes, Gustavo, conocido como “Tato”, ingresó como cualquiera al
servicio con un diagnóstico de cáncer no quirúrgico, en un programa de tratamiento con
quimioterapia. El pronóstico no era muy bueno, pero había una opción estadística de
curarse después de unos ciclos agresivos de oncoterapia. Se trataba de un ingeniero, de
cincuenta años, separado hacía cerca de 10 años y con 2 hijas adolescentes. Al momento
del diagnóstico, las relaciones con su ex esposa y sus hijas se daban en buenos términos,
pero se hicieron más acentuadas con la noticia de su enfermedad. Tampoco como para
esperar una reconciliación, habían demasiadas heridas antiguas y resentimientos
enquistados que impedían fluir una relación cimentada en vínculos únicamente
sentimentales.

Y Diana siempre estuvo a su lado durante la convalecencia. Lo acompañaba incluso
fuera de su trabajo, aplicándole droga para el vómito, le cuidaba sus noches de vigilia y
silencios temerosos haciéndole sentir que estaba allí a su lado, le acicalaba su cabello
debilucho aplicándole con esmero sustancias regenerantes, le hacía masajes para
recuperar el tono de sus músculos exiguos y macilentos.

No tenían prisas. Se consumían la madrugada mirando por el balcón la ciudad que
los ignoraba en sus mil luces y en su accionar delirante y frenético.

Era una especie de relación de madre solícita para su hijo enfermo, aunque ella era
casi 20 años menor que él. Era todo oídos para sus angustias, para sus sueños y
esperanzas, para catalizar sus miedos y exorcizar sus temores al mañana. Nunca se
habló de muerte, era casi un hecho que el resultado final del proceso sería la
recuperación definitiva y el inicio de una nueva vida en común plena de estabilidad y
compañía.

“Tato” empezó a desarrollar una dependencia absoluta por Diana, no concebía la
vida sin ella; ante sus ausencias se tornaba irritable y ansioso y a lo último le estaba
haciendo reclamos hasta por que ella se tenía que ir a trabajar al hospital.

Al final del ciclo madre-joven-hijo-viejo, los dos entendieron que se querían y se
necesitaban, que alrededor todo era hostil, que el mundo era una cadena de utilitarismo e
hipocresía y que juntos podrían preservarse contra la crueldad de la vida por fuera de su
esfera de cristal. Contra el parecer de la familia, ella decidió retirarse del trabajo y
consagrarse a él, para terminar de ayudarle en la recuperación. La mamá le decía que
estaba comprando un fiambre, que no sólo era un hombre viejo y enfermo, sino que no
tenía expectativa de vida, pues en su caso, el pronóstico era muy malo y lo más probable
era que se muriera más pronto que tarde. Sus hermanas se condolían al imaginársela
entregando sus desvelos a limpiar secreciones y lidiar dolores y agonías, sin lugar para el
disfrute del cuerpo, sacrificando la sexualidad y sin espacio para una vida social propia de
su juventud. Su hermano la mortificaba diciéndole que tenían más futuro Pambelé o
Maradona que su novio “sobrado-de-tigre”.

Diana asumía con indiferencia todo comentario, creía que era lo suficientemente
madura como para tomar decisiones en forma autónoma y decidió seguir adelante con su
proyecto de convivencia.

Los primeros meses fueron calmos y sin sobresaltos. Compartían un amor tranquilo,
de pasiones lentas y cuidadosas, de exploraciones en silencio más parecidas al afecto
que a la concupiscencia. Para Diana el modelo estaba bien, era lo que había elegido y se
veía apacible y compensada. “Tato” veía por los ojos de ella, le hacía saber al mundo que
jamás había querido con ese amor que lo embargaba, que como en las canciones le
aceleraba el corazón, le cortaba el respirar y le hacía un vacío en el estomago.

Durante un tiempo estuvo aliviado, siguió con sus negocios personales, la parte
económica estaba ampliamente solventada, figuraba como un hombre pudiente y exitoso.
Pero el monstruo dormido se cansó de hibernar y al cabo de un tiempo regresó de sus
cuarteles de invierno para volver a hacer suyas esas carnes que se creían ya
recuperadas, esos órganos que ya a habían vuelto a funcionar sin su presencia
corruptora. Esta vez la embestida no dio tregua y el cuerpo disminuido de “Tato” no toleró
la arremetida de la bestia desbocada. Ahora sí, rápido y sin contemplaciones, acabó con
él.

Diana nunca se despegó de su lado y lo acompañó más maternal y entregada que
nunca. Estuvo serena y digna, no la vimos derramar una sola lágrima en público. Si no
fuera por lo que contó Catalina Palacio, nuestra lenguaraz compañera que no le tuvo
nunca mucho aprecio, jamás nos hubiéramos enterado de que a todas estas Diana nunca
dejó de frecuentarse en secreto con “Memo Piltrafa”, su amante-novio de toda la vida
desde que ingresó a trabajar, luego de terminar con Carlos “Fastidio”; que la primera
esposa y las hijas de “Tato” no recibieron un solo peso de su herencia; que todos los
bienes y negocios quedaron a nombre de Diana por cesión expresada en escrituras en
vida del difunto; que la decisión de dejar abandonados en la mitad los ciclos de
quimioterapia luego de una súbita vocación mística de “Tato”, fue influenciada
directamente por Diana y que el pastor que los acompañaba en las rogativas y plegarias y
los dirigía en la imposición de las manos para los rituales de sanación, no era otro que
“Memo Piltrafa”, antes de retirarse del hospital para ir a montar un negocio a Caracas.

Desde que se fue para Venezuela a recuperarse del dolor de su viudez, no he vuelto
a saber nada de Diana.
24. LA OTRA EXPLOSIÓN DEL CORAZÓN

La última bomba que colocaron los terroristas en Medellín dejó un saldo oficial de
ocho muertos que perecieron como consecuencia directa del estallido. Algunas de ellas,
entre muertos y heridos, llegaron al servicio de urgencias de nuestro hospital, de hecho esa
noche yo estaba de turno y quedé muy impresionada. Pero hay otras víctimas que no
figuran en los registros policiales.

El día del atentado, los noticieros de televisión mostraron imágenes del rescate y
testimonios de los sobrevivientes. Esa noche Richi reconoció en uno de los videos la imagen
aterrorizada de su esposa Carolina, quien inconsolable sollozaba al lado de Alex Mauricio,
un viejo amor de juventud, compañero de ella en la facultad de ciencias de la salud.

El impacto los sorprendió en uno de los locales del parque Lleras del barrio El Poblado,
en donde tranquilamente departían. Lo extraño era que presuntamente Carolina esa noche
estaba en la casa de Cris, una prima que recién llegaba de España y con la cual Richi no
congeniaba, por lo cual no quiso acompañarla. Le llamó la atención verla con minifalda y
con la camiseta verde que le parecía tan sensual, cuando de la casa salió con vestido largo y
chaqueta.

Su comportamiento le venía pareciendo algo raro, nada fuera de lo común, pero con
sutiles cambios que frente al televisor empezó a comprender con una certeza que lo hería:
Peinados nuevos, renovación del maquillaje, llegadas un poco más tarde por quedarse
estudiando en la universidad su postgrado o trabajando en la clínica horas extras o trabajo
administrativo, jaquecas frecuentes que llamativamente se exacerbaban en las ocasiones en
que él la solicitaba en la intimidad; recordó cuando se dio cuenta que ella venía tomando
pastillas anticonceptivas a pesar de que él se había practicado la vasectomía, teóricamente
para tratarse una irregularidad menstrual que él desconocía; llamadas telefónicas sin voz
cuando él contestaba. Le parecía imposible, no lo podía creer, pero la evidencia estaba allí.

Y pensar que ella se había comprometido a hacer cambios en su vida, luego de lo que
pasó con Alejandro; se habían prometido que harían todo lo posible para recuperarse y
rescatar la magia de los primeros tiempos.

Él como siempre le creyó, acaso obnubilado por la esperanza de reencontrar en ella lo
que era una búsqueda frenética en pos de la felicidad y de la estabilidad, luego de haber
vivido el carrusel loco de sus años idos, después de haber superado tantas crisis de todo
tipo, de haber salido tantas veces del infierno, de aferrarse con tanto ahínco a ella a pesar de
siempre sospechar que en definitiva era una causa perdida.

El talante de ella era más fuerte que sus propósitos. Esa era su naturaleza y era
tiempo perdido luchar contra eso. Richi lo veía claramente.

Sin embargo, con discreción, esperó la llegada de Carolina esa noche. Curiosamente
tenía puestos el vestido largo y la chaqueta. Estaba callada e irritable, pero en forma
detallada contó pormenores del viaje de la prima Cris. Nada en su actitud la delataba.
Luego de ponerse la bata de dormir, sonó el celular, ella hizo la forma de contestarlo desde
el baño; cuando salió denotando bastante aflicción y ansiedad en sus ojos, dijo que era una
llamada equivocada.

Esa noche ninguno de los dos habló, ninguno de los dos durmió. Quizá, que
angustiosos pensamientos en ella, que tenebrosas culpas, que terribles recuerdos. Él,
inquieto, ofendido, burlado, profundamente herido.

A la madrugada siguiente tenían que subir al aeropuerto de Rionegro a recoger
otros parientes que venían del exterior. Cuando llegó la hora, calladamente se vistieron y
subieron en el carro por la vía a las Palmas.

El cerebro le trabajaba furiosamente a Richi. Sentía hervir la sangre en su cabeza y
una humillante lágrima se le escapó en silencio. Se odiaba y la odiaba. Sabía que ya no
podía vivir con ella pero tampoco sin ella. Sabía que era una locura pero una ira terrible lo
poseía. La vida le estaba cobrando todo. Nada lo motivaba, nada tenía ya valor, no había
ya una razón para luchar. Por más que se había esforzado, su vida era ya un sinsentido
sin retorno posible. Nada lo llenaba ya, se había consumido en mil proyectos fracasados
que no conducían a ninguna parte. Sin poder hablar le tomó la mano. Ella se asustó pero
sin resistencia lo aceptó. Ahí comenzó la tragedia.

Con su mano izquierda, Richi dirigió el auto hacia la orilla mientras aceleraba
alocadamente hacia el abismo. Antes de rodar sin freno él ya estaba muerto, la autopsia
demostró un infarto fulminante, que es en último término lo que mata a los que mueren de
amor y desamor.

Ella no alcanzó a comprender lo que pasaba. En esa terrible oscuridad del último
instante pensó en la explosión, pensó en Alex Mauricio, en Alejandro, creyó oír que su
celular sonaba mientras la rígida mano de Richi la sujetaba con fuerza obligándola a
cruzar sin querer los límites del entendimiento y la razón, los designios inescrutables de
un absurdo trazado del destino.
ÍNDICE DE CAPÍTULOS


1.ESE AROMA QUE ME EMBRIAGA
2.DESDE MI ORILLA
3.UNA DE FANTASMAS
4.MONOPOLIO
5.ALEJANDRO
6.RICHI
7.B. J
8.TIO
9.EL DECAPITADOR
10.MARGARITA MONGUIS
11.LA JEFE CAROLINA
12.UN ASUNTO SOR-PRENDENTE
13.NICOLAS
14.PACHOLOCO
15.LA FAMILIA GALLON OCAMPO
16.MATERNAS
17.EL TRISTE SUEÑO DE LOS INFANTES
18.EL DIA DEL SANTO
19GENIO Y FIGURA
20.AL FILO DE LA DECADENCIA
21.LOS PERROS BUENOS VAN AL INFIERNO
22.CARMENZA EN SU LABERINTO
23.DIANA
24.LA OTRA EXPLOSIÓN DEL CORAZON

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