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PLIEGO

MANUEL MARÍA BRU ALONSO
Presidente de la Fundación Crónica Blanca
“AUTÉNTICOS CRISTIANOS
Y EXCELENTES PERIODISTAS”
El periodismo es una vocación
2.878. 18-24 de enero de 2014
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Una verdadera misión social
Este “modelo” del diálogo pastoral
de la Iglesia con los comunicadores
parte de una mirada al comunicador
social como persona llamada y
convocada a una valiosísima misión
social, antes que a una responsabilidad
moral ante esa misión. En su primer
encuentro con los periodistas, Juan
Pablo II se atrevió, como él mismo dijo,
a utilizar el término vocación: “Vuestra
profesión, tan exigente y a veces tan
agotadora, me atrevería a decir vuestra
vocación, tan actual y tan hermosa”.
Para el beato Juan XXIII, la respuesta
a esta vocación requiere una profunda
preparación, porque “un periodista no
se improvisa”. Dirigiéndose en 1960
a los periodistas católicos italianos,
les decía: “Refexionad. El periodista
necesita la delicadeza del médico,
la facilidad del literato, la perspicacia
del jurista, el sentido de responsabilidad
del educador (…). Es necesario conocer
el modo y las técnicas de la información
y, al mismo tiempo, no perder el tiempo
en inútiles audiciones y lecturas, para
que se afne la sensibilidad y se posea
el arte de saber escoger, entresacar
y revestir las noticias”.
Pablo VI, hijo de periodista, fue
el primero en hablar del periodismo
como vocación. Dirigiéndose a los
periodistas católicos de todo el mundo,
en 1963, les decía: “Lo mismo que el
sacerdote, vosotros estáis al servicio de
la verdad; como él, sois para los demás,
no para vosotros mismos. Vocación
de servicio, con todo lo que lleva consigo
de sacrifcio, de fecundidad también,
de grandeza y de belleza”.
Y en el mencionado discurso a
los periodistas en México, el beato Juan
Pablo II explicó cuál es la específca
misión que justifca y dignifca esta
vocación: “No es una vida fácil, pero,
en compensación, como toda actividad
creativa, en especial la que signifca
un servicio a los demás, os ofrece
un especial enriquecimiento. Seguro que
todos tenéis experiencia de ello (…). Con
I. ACOMPAÑAR UNA VOCACIÓN
ANTES QUE UNA PROFESIÓN
No está la Iglesia llamada a
acompañar pastoral y espiritualmente
medios, funciones, tareas y profesiones,
sino a personas. Personas, eso sí,
con una vocación determinada,
en la que la profesión –en este caso,
la del comunicador social– constituye
un elemento importante de su vida,
y requiere de la mirada pastoral
de la Iglesia un “hacerse uno” en
esta realidad concreta de sus vidas,
principal tarea en el diálogo entre
Iglesia y comunicación social. Sírvanos
de ejemplo y de guía cada uno de los
papas contemporáneos, desde el beato
Juan XXIII hasta el papa Francisco,
pero, sobre todo, el beato Juan Pablo
II, que mostró en los años de su largo
pontifcado, en relación continua con
los comunicadores sociales, un diálogo
con ellos “de tú a tú”. Así se dirigía,
recién estrenado su pontifcado, a los
periodistas en la Ciudad de México, en
su primer viaje pastoral continental:
“Vale la pena arrancar unos minutos
a nuestro apretado horario para poder
estar juntos, refexionar y charlar un
poco, esta vez de persona a persona. Por
una vez, sin tener como intermediario
ningún medio de transmisión o
estar en función de hacer presentes
espiritualmente auditorios lejanos.
Disfrutemos sin más de la alegría
de estar juntos. Desde luego no se
me olvida que detrás de las cámaras
se encuentra una persona, que una
persona es la que habla a través del
micrófono, que es una persona la que
perfla y corrige cada línea del artículo
que publicará el periódico de mañana.
Quisiera, en este breve encuentro,
ofrecer a todos mi gratitud y respeto, y
dirigirme a cada uno con su nombre”. Ya
Pablo VI, en 1963, se había preguntado:
“¿No es el diálogo con los periodistas
el más interesante, el más provechoso,
el más digno de ser acogido y servido?”.
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Para el magisterio de la
Iglesia, es evidente que el
periodismo es una vocación.
Tanto Juan XXIII como
Pablo VI, Juan Pablo II,
Benedicto XVI y el papa
Francisco coinciden,
además, en la necesidad
de una pastoral específca
de acompañamiento a los
periodistas, creyentes y no
creyentes, que no solo tenga
en cuenta la centralidad
de su profesión en esta
sociedad de la información,
sino también las grandes
difcultades y la noble
misión que van unidas
a esta vocación. En torno
a la festa de san Francisco
de Sales (24 de enero),
patrono de los periodistas,
la Iglesia renueva no solo un
anticipo a la Jornada Mundial
de las Comunicaciones
Sociales (haciendo público
el mensaje del Papa para ese
día), sino su compromiso
pastoral de aliento y
de cercanía para con los
comunicadores, revestidos de
una valiosísima vocación.
Juan XXIII
en Radio
Vaticano
25
El comunicador cristiano abrirá
la ventana de su cámara de fotos
o de televisión, o su bloc de no-
tas de redactor, o su micrófono
de la radio, o su red social en
el ciberespacio a todo aquello
que es profundamente humano
(nada humano es ajeno a la mira-
da cristiana), que le conmueve,
le enseña, le educa, porque es
verdadero, y para él, como dice
Christopher Derrick, “la verdad
cuenta para algo”. Evidentemen-
te, esta mirada es sostenida so-
lamente por una pertenencia a
la comunidad cristiana, fuente
de luz y de discernimiento, de
vida y de gracia. Claves de esta
militancia, entre otras muchas,
podrían ser las siguientes:
1. El periodista cristiano es es-
clavo de la verdad. No solo por
un reconocimiento de quien
legitima su puesto de trabajo,
sino porque solo la verdad le
sostiene como persona, solo
la verdad le hace libre, solo
la verdad le dice lo que Dios
quiere que diga, solo la verdad
le permite mirar cara a cara a la
cámara o escribir su crónica sin
que le tiemble la mano.
2. El periodista cristiano es
insobornable, pero no solo
porque nada puede enturbiar
su dignidad e integridad pro-
fesionales, sino porque solo
su conciencia puede motivar
su selección de la noticia, su
modo de tratarla y de inter-
pretarla. Porque sabe que
traicionarla es traicionarse a
sí mismo, desoírla es desoír la
voz del Espíritu Santo que ha-
bita en él. Y porque, en todos
los aspectos de su vida, todos
esos “precios” no valen nada.
El cristiano ya está comprado,
y ningún postor es mejor que
Dios.
3. Su deber de rectificar sus pro-
pios errores habrá de llevarle
a vivir estas circunstancias
como servicio no solamente
a la verdad objetiva de los
hechos, sino también a la
verdad objetiva de sí mismo,
limitado, permeable a la equi-
vocación y a la ofuscación.
Ocasiones para la humildad
y para la misericordia, para
saber pedir perdón, para sa-
ber perdonar e incluso para
saber resolver cualquier mal-
entendido, crispación o con-
flicto con sus receptores o sus
compañeros, con generosidad
y magnanimidad.
4. Su derecho a la crítica será,
a su vez, deber: deber de dis-
cernir si su crítica es capri-
chosa o justificada; deber, en
este último caso, de hacerla y
no callarse, porque la digni-
dad de las personas y de las
cosas tiene sus propios de-
rechos. También tiene el de-
ber de ejercerla con aplomo,
con objetividad y con sere-
nidad, así como el deber de
reprimir toda crítica despro-
porcionada, que no construye
nada o que no goce de recta
intención.
5. Si nunca traiciona su concien-
cia, deberá por ella pagar el
alto precio de arriesgar su
estabilidad o de perder (o no
acceder) al trabajo en una em-
presa periodística que pon-
ga en peligro su libertad y su
honradez. Y si no escribirá o
hablará nunca en contra de
sus convicciones, será sobre
todo porque tendrá muy sóli-
das convicciones.
6. El periodista cristiano no solo
defenderá y promoverá los de-
rechos humanos, la justicia
social, la reconciliación y la
paz. El periodista cristiano
buscará siempre, como lo
genuinamente cristiano de
la noticia, todo aquello que,
en razón de la dignificación
de la persona humana, pue-
da hacerse público, bien para
apoyar, adherir y potenciar,
bien para descubrir, denunciar
y combatir.
7. El periodista cristiano no
será nunca un francotirador,
un reportero individualista
que trata de sobresalir o de
hacer carrera no por sus mé-
ritos, sino no por sus astu-
cias. Y su trabajo será, más
que en equipo, en comunión.
Y cuando la complicidad de
sus compañeros lo permita,
en comunión eclesial explí-
cita, esa que reconoce en la
presencia del único maestro
y comunicador en medio de
sus discípulos (Mt 18, 20) al
único capaz de hacer desde la
comunión lo que cada uno ha
sabido perder en la comunión.
PERTENENCIA Y MILITANCIA, ANTES QUE RESISTENCIA
Alumnos del
Máster en
Periodismo Social
de Crónica Blanca
vuestro talento y experiencia, vuestra
competencia profesional, la necesaria
inclinación y los medios que están
a vuestra disposición, podéis facilitar
este gran servicio a la humanidad”.
Veintiún años después, en la
celebración del Jubileo de los periodistas
enmarcada en el Año Jubilar de 2000,
mientras seguía mostrando la misma
cercanía, aprecio y sinceridad con los
periodistas –“he deseado vivamente
este encuentro con vosotros, queridos
periodistas”–, les proponía pasar
de la mirada exterior del mundo
de su profesión a la mirada interior
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arma veritatis; en su encíclica Ad
Petri cathedram del mismo año, les
recuerda que, además de propagar lo
verdadero, deberán guardar “incólume
la integridad de las costumbres”, como
arma honestitatis; inseparable del
“realizar el bien” e “irradiar la virtud”,
como arma caritatis.
Y Pablo VI, dirigiéndose a los
periodistas italianos, explicaba así en
1963 esta vocación profética: “Sois
maestros, hoy, para la gran mayoría
de vuestros compatriotas; sois, por lo
tanto, educadores; decimos más, sois
profetas, pues, como todos los seglares
cristianos, según la doctrina de la
constitución conciliar sobre la Iglesia,
estáis comprometidos en un testimonio
específco, que tiene una cierta nota
específca y una particular efcacia por
el hecho de que se lleva a cabo en las
condiciones comunes del siglo (Lumen
Gentium, n. 35). Vuestro testimonio
consiste en estar al servicio de la
palabra, que en todas sus expresiones
creadas debe ser eco fel de la Palabra
eterna e increada, el Verbo del Padre,
la luz de nuestras inteligencias,
la Verdad que tanto nos sublima”.
En un discurso a los miembros
de la Unión Católica de la Prensa
Italiana (1983), el beato Juan Pablo
II recogía así el legado magisterial
de la Iglesia sobre esta vocación:
“Según ha señalado repetidamente
el magisterio pontifcio durante estos
decenios, la profesión periodística debe
ser entendida como una misión de
información y formación de la opinión
pública, en cuyo origen se sitúa un
impulso fuertemente interior, que
podríamos llamar vocación. Tal misión,
es decir, cometido cualifcado, mientras
reclama del sujeto un compromiso
personal que moviliza sus mejores
facultades, exige por su naturaleza,
ejerce al abrigo de toda arbitrariedad
y se canaliza en la corriente
de un ministerium, de un servicio
–como se dice en el argot también
algo más. Para testimoniar a Cristo es
necesario encontrarse personalmente
con Él y cultivar esa relación a
través de la oración, la Eucaristía y
el sacramento de la Reconciliación,
leyendo y meditando la Palabra de
Dios, estudiando la doctrina cristiana
y sirviendo a los demás. Si todo ello es
auténtico, será mucho más por obra del
Espíritu que nuestra. Proclamar a Cristo
no es solo un deber, sino un privilegio”.
II. MINISTERIO PROFÉTICO LAICAL
Y VOCACIÓN DEL COMUNICADOR
Con expresiones como “especial
inclinación” o “impulso interior”, Juan
Pablo II distinguía las facultades y
cualidades de la personalidad, de la
vocación en su dimensión ad intra, como
predisposición subjetiva a acoger la
llamada; mientras que con expresiones
como reclamo, compromiso y la más rica
en signifcación teológica, ministerium,
hacía referencia a la dimensión ad
extra de la vocación como llamada que
se recibe objetivamente para cumplir
una misión, y para ser, el comunicador
mismo, un mediador. Como dice
monseñor Antonio Montero, “antes
que profesional de los medios, él mismo
debe sentirse un medio, un hombre
mediático, un mediador. Esto dilata
sus horizontes, humanos y cristianos,
hasta unos confnes ilimitados”.
Para el beato Juan XXIII, la vocación
del periodista se despliega en tres
“militancias”. A los periodistas católicos
italianos les dice en 1959 que deben
“ser cultivadores de la verdad, a fn
de que esta, a menudo conculcada
y traicionada por los medios de
información, pueda triunfar”, como
del mundo de su fe, del sentido de sus
vidas, de su compromiso personal,
del verdadero valor de lo que se hace,
por lo que se hace y para lo que se hace.
De tal modo que, en el cruce de estas
dos miradas, se pueda encontrar a Aquel
que llama a la puerta de todo corazón
humano, y renovar la opción vital de
una profesión entendida, de modo
personalizado, como vocación: “Esto os
debe inducir a vosotros, periodistas, a
interrogaros sobre el sentido de vuestra
vocación de cristianos comprometidos
en el mundo de la comunicación (…).
La vocación específca que os distingue
como seguidores de Cristo en el mundo
de las comunicaciones sociales [es esta]:
estáis llamados a consagrar vuestra
profesionalidad al servicio del bien
moral y espiritual de las personas y de la
comunidad humana (…). Por eso, pido
al Señor que esta celebración jubilar
suscite en vosotros la convicción de
que es posible ser auténticos cristianos
y, al mismo tiempo, excelentes
periodistas. El mundo de los medios de
comunicación social necesita hombres
y mujeres que se esfuercen día a día por
vivir mejor esta doble dimensión. Esto
sucederá cada vez más, si sabéis tener
vuestra mirada fja en Aquel que es el
centro de este Año Jubilar, Jesucristo,
el testigo fel, ‘Aquel que es, que era y
que va a venir’ (Ap 1, 4)”.
Ser “auténticos cristianos y excelentes
periodistas” suponía, además,
para Juan Pablo II, un compromiso
eminentemente espiritual del periodista
cristiano. Así lo explicaba ese mismo
año en su mensaje para la XXXIV
Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales: “Realizar esto con acierto
requiere capacidad y entrenamiento
profesional. Pero también requiere
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Pablo VI contempla por televisión
la llegada del hombre a la Luna (1969)
Juan Pablo I tras su elección en 1978
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de algunas prestaciones periodísticas–
constantemente anclado en los criterios
de la veracidad, objetividad y claridad”.
Es más, para Juan Pablo II, la “difícil
y fascinante vocación” del comunicador
social, tanto por la naturaleza de su
misión como por el puesto que ocupa y
la infuencia que tiene en la sociedad,
se inserta en la colaboración de los
cristianos a la “acción redentora y
regeneradora a la cual aspira el mundo”,
convirtiéndose en cauce concreto de la
vocación profética que todo cristiano
tiene por el bautismo.
Por eso, el documento Ética en las
comunicaciones sociales (2000) habla
expresamente de la vocación profética
del periodista: “El comunicador
cristiano en particular tiene una tarea,
una vocación profética: clamar contra
los falsos dioses e ídolos de nuestro
tiempo –el materialismo, el hedonismo,
el consumismo, el nacionalismo
extremo y otros–, ofreciendo a todos
un cuerpo de verdades morales basadas
en la dignidad y los derechos humanos,
la opción preferencial por los pobres,
el destino universal de los bienes,
el amor a los enemigos y el respeto
incondicional a toda vida humana,
desde la concepción hasta la muerte
natural, buscando la realización más
perfecta del Reino en este mundo”.
Se trata, por tanto, de una vocación
que se inscribe entre aquellas
vocaciones en y desde la Iglesia
destinadas a la transformación según
el Evangelio de las cosas temporales,
como vocaciones primordialmente
–aunque no exclusivamente– laicales.
En el mensaje fnal de la X Asamblea
General del Sínodo de los Obispos
de 2001, se dice, en el contexto de lo
que el papa Juan Pablo II llamó los
areópagos modernos, particularmente
en el universo de los medios de
comunicación, que los laicos “continúen
rellenando el foso que separa la fe de la
cultura. Que se reúnan en un apostolado
organizado para estar en primera línea
en esta lucha necesaria por la justicia
y la solidaridad, que da esperanza
y sentido a este mundo”.
Una lucha que, de algún modo,
compete hoy en día a todos. Benedicto
XVI, consciente de que “es necesaria
una info-ética, así como existe la bio-
ética en el campo de la medicina y de
la investigación científca”, porque
“hay que evitar que los medios de
comunicación social se conviertan en
La vocación del periodista
tiene como norte el plan de
Dios, que tiene mucho que
ver con una comunicación
entre los hombres y los pue-
blos hacia la consecución
del ut omnes unum sint, de
la oración sacerdotal de Je-
sús (Jn 17, 20). De hecho, la
vocación del comunicador
social solo puede entender-
se desde la vocación de todo
hombre a colaborar con la
comunicación de Dios; no
solo con los fines de esa
comunicación, sino con los
“modos” propios de esa co-
municación salvífica, que
no pueden ser otros que los
modos pericoréticos, los mo-
dos trinitarios. Juan Pablo
II, en 1986, en Australia,
puso la tarea del comuni-
cador bajo el paradigma de
la comunicación revelada:
“¡Qué precioso es su trabajo
ante Dios! Qué importante
es su tarea de compartir con
Él la obra de comunicar la
verdad y el amor al mundo”.
Existe, en la analogía trini-
taria de la comunicación,
una conexión con la voca-
ción del comunicador, que
se establece a través de ese
nudo común que algunos
teólogos han llamado trini-
tización, es decir, acogida
–en el misterio de la cris-
tificación del hombre y del
cosmos– de las relaciones
de tipo trinitario, desde el
ángulo de la comunicación
social.
“Tomemos como ejemplo
–escribe el teólogo argen-
tino Enrique Cambón– el
periodismo y la crónica de
un acontecimiento. ¿Qué
significaría tratar de vivirla
en sentido pericorético? Un
modo podría ser el siguien-
te: las personas que han vi-
vido el episodio que relata
la crónica, y que por lo tanto
generan la noticia, ¿podrían
de algún modo representar
al Padre? En todo caso, el
periodista hace las veces del
Verbo en la medida en que
sabe, al recoger y transmitir
la noticia, recibirla vacío de
sí mismo, expresándola sin
prejuicios ni morbosidad,
sin deformarla ideológica-
mente o con segundas in-
tenciones, sin interpretarla
maliciosamente con fines
sensacionalistas (pensando
únicamente en los índices
de audiencia o en el número
de ejemplares vendidos),
o para beneficiarse econó-
micamente sin interesarle
el daño que produce. Re-
flejará lo que el Verbo es
en la Trinidad y respecto a
la humanidad, si ofrece su
servicio expresando objeti-
vamente el hecho relatado,
pero respetando sus even-
tuales aspectos positivos,
poniéndose en el lugar de
los protagonistas de la his-
toria. A su vez, el periodista,
al narrar el hecho, lo revive,
lo hace existir, lo genera en
quien recibe la noticia o el
artículo. Con ello, en algún
sentido, hace que quien
lee o escucha constituya
una cierta imagen del Hijo
generado o modificado por
esa noticia o comentario,
porque todo contenido im-
plica un mensaje, toda infor-
mación forma. Sí además el
periodista es canal límpido,
inteligentemente positivo, a
través de su servicio pasan,
de algún modo, los dones
típicos del Espíritu: amor,
alegría, paz, magnanimidad,
afabilidad, bondad, confian-
za, mansedumbre, dominio
de sí (Gal 5, 22)”.
Esta emulación es posible
solo a partir de una gracia
entregada. Como decía el
cardenal Carlo Maria Mar-
tini, “la comunicación en-
tre las personas, para ser
verdadera, requiere un don
gratuito y una aceptación,
y debe desplegarse en esa
atmósfera de reciprocidad y
libertad de las que el Espíri-
tu Santo da testimonio en la
relación entre las personas
divinas. La Trinidad comple-
ta está totalmente implica-
da en el acto de comunicar
la vida divina al mundo, y
así pone los cimientos de
toda auténtica comunica-
ción interpersonal”.
Así lo explicaba el beato
Juan Pablo II en 1996: “Co-
municar, pues, es aprender
a vivir según la lógica de la
entrega personal, es decir,
del amor. La verdad plena
de la comunicación se en-
cuentra en la comunión.
Su modelo supremo es la
Trinidad, comunión total
del Padre con el Hijo en el
Espíritu Santo”.
VOCACIÓN TRINITARIA
Enrique
Cambón
Juan Pablo II
en un centro
emisor de
radio (1991)
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reductiva, se podrá ofrecer un servicio
de comunicación que responda a
la verdad profunda del hombre (…). Se
trata de una noble misión que enaltece
a quien la ejerce dignamente, porque
presta una valiosísima contribución
al bien de la sociedad, a su equilibrio
y enriquecimiento”.
Desde este punto de vista, el servicio
a la verdad constituye un elemento
básico de la identidad vocacional del
comunicador. En el discurso a los
periodistas acreditados en las Naciones
Unidas, al comienzo de su pontifcado,
Juan Pablo II establecía una mutua
dependencia entre servicio a la verdad
y servicio a la unidad y a la paz:
“Vosotros sois auténticos servidores de
la verdad; vosotros sois sus incansables
transmisores, difusores, defensores.
Sois transmisores entregados, que
promovéis la unidad entre todas las
naciones al hacer que todos los pueblos
compartan la verdad (…). El servicio a
la verdad, el servicio a la humanidad
y emisor son personas que en este
proceso merecen a la vez la mirada
de la comunión, fn último de la
comunicación, pero también principio y
guía de la misma. En 1980, Juan Pablo II
les agradecía a los periodistas europeos
el haber “ayudado a la edifcación
del hombre que es, a fn de cuentas,
el objetivo de vuestro trabajo;
del hombre, cuyos derechos son
inseparables de los derechos de Dios”.
Para el acompañamiento espiritual
del comunicador social, bienvenida
sea la “espiritualidad de comunión”,
así defnida por Juan Pablo II en su
carta apostólica Novo Millennio Ineunte:
“Espiritualidad de la comunión es
también capacidad de ver ante todo
lo que hay de positivo en el otro, para
acogerlo y valorarlo como regalo de
Dios: un don para mí, además de ser un
don para el hermano que lo ha recibido
directamente”.
La espiritualidad de comunión
deviene en espiritualidad de servicio, de
un servicio que forma parte del “ser” del
periodista, antes que de su “deber ser”.
Se trata de un elemento de su identidad,
fundamento de su espiritualidad,
antes que un elemento normativo de su
responsabilidad moral.
Así lo explicaba Juan Pablo II a los
periodistas españoles en su primer viaje
a nuestro país: “He pronunciado una
palabra bien pensada: servicio. Porque,
en efecto, con vuestro trabajo servís
y debéis servir a la causa del hombre
en su integridad: en su cuerpo, en su
espíritu, en su necesidad de honesto
esparcimiento, de alimento cultural y
religioso, de correcto criterio moral para
su vida individual y social (…). Así,
desde una dimensión antropológica no
megáfono del materialismo económico
y del relativismo ético”, consideró
prioritario proponer “la búsqueda y
la presentación de la verdad sobre el
hombre” como “la vocación más alta de
la comunicación social”, como “tarea
entusiasmante confada, en primer
lugar, a los responsables y operadores
del sector”. Una tarea que –y esto era
ya evidente cuando lo escribió en el año
2008–, “sin embargo, nos corresponde
en cierto modo a todos, porque,
en esta época de globalización, todos
somos usuarios y a la vez operadores
de comunicaciones sociales”.
III. ACOMPAÑAR
UNA ESPIRITUALIDAD
DE COMUNIÓN Y DE SERVICIO
La Iglesia sirve a los comunicadores
sociales al ofrecerles un hábeas
doctrinal sobre los aspectos teológico,
teleológico y deontológico de su
profesión. Pero mucho más los sirve
cuando se acerca a ellos de modo
personal y los acompaña pastoralmente
en sus dudas y en sus logros, en sus
difcultades, alegrías y esperanzas. Un
acompañamiento pastoral que es antes
acompañamiento espiritual que moral.
Pero, ¿desde qué espiritualidad?
Evidentemente, la espiritualidad de todo
christifdeles, basada en el bautismo,
y cualquier forma de espiritualidad
eclesial que ayude a concretizarla.
Del Magisterio de la Iglesia emergen
dos principios básicos donde sostenerse
una espiritualidad del comunicador:
espiritualidad de comunión
y espiritualidad de servicio.
Si, como dice la constitución Gaudium
et Spes del Concilio Vaticano II, es
el hombre, “el hombre todo entero,
cuerpo y alma, corazón y conciencia,
inteligencia y voluntad”, el centro de
la mirada cristiana y eclesial, será el
hombre concreto quien esté siempre
en el centro de la comunicación social:
el hombre o los hombres a los que
se refere directa o indirectamente
el objeto de la información o la
opinión periodística, el hombre o los
hombres a los que va destinada esa
comunicación, el hombre o los hombres
que forman parte del engranaje del
proceso comunicativo. Objeto, receptor
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Foto de archivo de la Redacción
de L’Osservatore Romano (2006)
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mediante la verdad, es una de las
cosas más valiosas de vuestros mejores
años, de vuestros sutiles talentos y
de vuestra más esforzada entrega.
Como transmisores de la verdad, sois
instrumentos de la comprensión entre
la gente y de la paz entre las naciones”.
Resuena en estas palabras el legado
de Juan Pablo I, para quien, en su único
discurso a los periodistas, identifcaba
comunicabilidad con empatía.
Y también del beato Juan XXIII, que
en su mensaje al IV Congreso Católico
de la Prensa, celebrado en Santander,
les decía: “La amistad entre los pueblos
será la ley del periodista cristiano.
Procurará lo que acerca y une, con
preferencia a lo que divide y opone.
En virtud de este amor a todos los
hombres, que reciben de Dios igual
vocación sobrenatural y semejante
dignidad humana, el publicista católico
se constituirá gustosamente en defensa
de todas las personas humilladas y
víctimas de injusticias”.
En una audiencia a los periodistas y
dirigentes de la cadena estadounidense
NBC en 1986, Juan Pablo II ahondaba
en esta misma idea: “Ciertamente,
vuestro trabajo es muy importante
–el servicio de la verdad–, que a su vez
puede contribuir signifcativamente
al bienestar y a la libertad de nuestros
hermanos y hermanas, y a la unidad
y a la paz de toda la familia humana.
El reportero de noticias puede
contribuir a aumentar la comprensión,
puede suscitar generosidad ante las
necesidades, como hemos visto tan
dramáticamente en el caso de las
víctimas del hambre en África;
puede unir a las personas del mundo
en la experiencia de compartir”.
Servidumbre a la verdad que es
inseparable de la servidumbre al amor.
En el discurso a los periodistas
en Dublín, en 1979, Juan Pablo II
les increpaba evangélicamente:
“Ama al prójimo como a ti mismo.
Este mensaje y este mandato debería
tener un signifcado especial para
vosotros, porque vuestro trabajo os hace
huéspedes de honor en millones
de casas de todo el mundo. Dondequiera
se escuchen las voces que transmitís,
dondequiera se vean las imágenes que
captáis, dondequiera se lean las palabras
que referís, allá está vuestro prójimo”.
En la identificación de la
identidad del periodista en
su búsqueda de la verdad, la
fe aporta vocacionalmente
no un plus de subjetividad,
sino un plus de objetividad,
de realismo, de apertura,
de profundidad, de capaci-
dad de introspección en el
misterio de la realidad, de
empatía con el ser huma-
no y de comprensión de su
situación, de su misterio,
de su sentido. Esto es lo
que Mariano Zafio llama la
“verdad criteriológica” del
magisterio de Juan Pablo
II, quien, dirigiéndose a
un nutrido grupo de jóve-
nes universitarios en 1996,
les decía: “La fe pone en la
mente una especie de in-
clinación connatural a la
verdad, que consiente en
ir más allá de los estratos
intermedios y provisionales
de lo real para llegar al ni-
vel donde cada significado
alcanza su propia plenitud”.
La fe objetiviza, no sub-
jetiviza. Es un principio
importante en la doctrina
de la Iglesia, no solo del
periodismo, sino de todas
las vocaciones seculares
profesionales, en contra del
principio secularista de la
privacidad de la fe; ya sea
desde una perspectiva re-
duccionista laicista, para
la que lo religioso es solo
una opción subjetiva refe-
rida a lo trascendente; ya
sea desde una perspectiva
teológica desenfocada, para
la que la autonomía de las
realidades temporales com-
portaría una ruptura con su
fundamento y su destino,
y una constitutiva imper-
meabilidad a la compren-
sión y a la transformación
cristianas.
Para la periodista Cristi-
na López Schlichting, esta
capacidad objetivizadora
de la mirada cristiana en
la profesión periodística se
muestra en tres aspectos
complementarios: realis-
mo, positividad, y apertura:
◼ Realismo, porque “para
el cristiano la conversión
es una suerte de vacuna
contra el desinterés. Una
garantía de curiosidad en
cuanto apertura al miste-
rio que constituye todas las
cosas. El hombre de nues-
tra época se desliza hacia
el escepticismo a medida
que envejece, y el católi-
co corre naturalmente el
mismo riesgo. Pero, en la
medida en que permanece
enraizado en la Iglesia, su
constante reconversión, su
recuperación, marca a la vez
los mejores momentos pro-
fesionales: los de mayor ca-
pacidad de investigación”.
◼ Positividad, porque “las
malas noticias existen. La
positividad del cristianis-
mo y, por ende, de todo lo
real no consiste en evitar el
sufrimiento, sino en propor-
cionar sentido al mismo. La
pretensión de Cristo consis-
te en impregnar todo de su
presencia, de modo que la
Encarnación posibilite que
cualquier acontecimiento,
por nimio o desagradable
que resulte, transparente
el bien, la verdad, la belleza
de su persona. Desde lue-
go, al profesional no le toca
inventarse el sentido de la
realidad, intentar justificar
los acontecimientos, ni mu-
cho menos aprovecharlos
con intención moralizado-
ra. De lo que se trata es de
mirar las cosas tal y como
son. Porque estas, tal y
como son, transparentan a
Cristo. No se trata de decir
‘la vida es bella’, sino de
captar la fuerza, el valor,
la belleza de la realidad”.
◼ Apertura, porque “la
ideología es un corsé que
se impone a la realidad con
absoluta indiferencia hacia
ella. No es de extrañar que
la ideología sea la forma in-
formativa del escepticismo,
porque este se caracteriza
por negar que las cosas
tengan razón de ser. Por el
contrario, quien sabe que
el nombre de la realidad es
Cristo, es libre para abrazar
la realidad sin prejuicios.
En este sentido, informar
es dar cuenta de la realidad
en la totalidad de sus fac-
tores. Como se trata de un
trabajo arduo, exigente, es
importante la motivación.
Solo si uno espera recibir
algo grande, solo si uno cree
que la realidad le depara
siempre un scoop, puede
empeñarse en un trabajo tan
extenuante”.
LA FE, UN PLUS DE OBJETIVIDAD PERIODÍSTICA
Cristina López Schlichting
Benedicto XVI
durante una
audiencia en el
Aula Pablo VI
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acento de bondad, súbitamente un rayo
de belleza inunda vuestra obra. No se
os pide que os convirtáis en moralistas
de una tesis fja, sino que se pone
confanza en vuestra habilidad de hacer
entrever el campo de luz que hay tras
el misterio de la vida humana”.
tantas otras profesiones, pero implica
una atención especial respecto a la
verdad, la bondad y la belleza”.
Para entender esta prioridad, tenemos
que remontarnos a su magisterio
cuando aún era cardenal Bergoglio.
Especialmente a una conferencia
pronunciada en Buenos Aires en 2002
bajo un sugestivo título: Comunicador,
¿quién es tu prójimo? En ella decía que
“aproximarse en la comunicación”
consiste en que, si “bien, verdad y
belleza son inseparables cuando nos
comunicamos”, lo son (inseparables)
“por presencia o también por ausencia,
y –en este último caso– el bien no será
bien, la verdad no será verdad ni la
belleza será belleza”. Y “así como a nivel
ético, aproximarse bien es aproximarse
para ayudar y no para lastimar, y a nivel
de la verdad, aproximarse bien implica
transmitir información veraz, a nivel
estético, aproximarse bien es comunicar
la integridad de una realidad, de manera
armónica y con claridad. Aproximarse
mal, en cambio, es aproximarse con una
estética desintegradora, que escamotea
algunos aspectos del problema o que los
manipula creando desarmonía
y que oscurece la realidad, la afea y
la denigra”.
Ya Pablo VI proponía en 1967 a los
periodistas reconocer en su interior “dos
energías” secretas: la primera, el amor-
simpatía por el pueblo, “no el amor de
su aplauso (que puede envanecer); no el
amor de su favor (que puede envilecer),
sino el amor de su bien”. La otra energía
es la belleza de la bondad, porque
“cuando vosotros, escritores y artistas,
sabéis sacar de las vicisitudes humanas,
por humildes y tristes que sean, un
Y en otro discurso a periodistas
en 1993, con gran belleza en su
expresividad, Juan Pablo II les
proponía el amor al prójimo como
la quintaesencia de su militancia
cristiana: “El servicio al hombre –todo
hombre, especialmente el menos
protegido contra las manipulaciones,
y en cualquier fase de la vida o
circunstancias en que se encuentre–
debe ser vuestro punto de llegada y el
contenido inalienable de la misión de
periodistas, que en dicho sentido no
dudaría en defnir como militantes;
militantes, es decir, no aquiescentes,
en favor de la causa de la dignidad
y de la libertad del hombre. Más que
el dinero, la carrera, el éxito, debéis
amar a la gente, al público al que
os dirigís, porque solo amándolo,
podéis respetarlo, tratarlo como
adulto, como interlocutor serio, como
sujeto y no como objeto”. Y en 1996,
a los universitarios les decía que “la
comunicación se desarrolla hasta llegar
a ser comunión, donación de sí mismo,
intercambio recíproco, participación
profunda y vital en la que uno se da y
recibe del otro”.
También el papa Francisco, con su
inconfundible sensibilidad humana y
social, ha subrayado este aspecto de la
espiritualidad del comunicador. En el
mandamiento del amor al prójimo, en su
realización concreta desde el horizonte
de la vocación del comunicador, son
inseparables servidumbre a la verdad
y servidumbre al hombre. Lo hizo ya
en su primer discurso a los periodistas,
al indicar que al profesional de la
comunicación se le pide “estudio,
sensibilidad y experiencia, como en
P
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San Francisco de Sales (1567-1622), eviden-
temente, no fue periodista. Ni siquiera se
consideraba esta profesión en su tiempo. Si
es el patrono de los periodistas, además de
los escritores, no fue por su buen ejercicio
del ministerio episcopal, o por fundar, junto
a santa Juana Francisca de Chantal, la Orden
de la Visitación. Algo más tiene que ver con
el hecho de ser el autor de la Introducción a
la vida devota, que para Benedicto XVI fue
“uno de los libros más leídos en la Edad Mo-
derna”; o por escribir el famoso Tratado del
amor de Dios, en cuanto representan obras
de divulgación en las que, adelantándose
a nuestro tiempo, expone la noble vocación
de los laicos y la importancia del diálogo
entre fe y razón. Dos temas que, pasados los
siglos, son claves, desde el punto de vista
subjetivo el primero y objetivo el segundo,
en la vocación periodística.
Pero, unido a esto, tenemos que entender
que el que fuera proclamado doctor de la
Iglesia, con un empeño evangelizador es-
pecialísimo propio del ímpetu de la Contra-
rreforma, ideó todo tipo de medios –como
las octavillas que repartía de noche por
las casas– para la divulgación del mensaje
cristiano, en respuesta apologética a las
controversias sobre la fe. De tal suerte que,
cuando en 1923 Pío XI le otorgó este patro-
nazgo, vio en todos estos méritos un ejemplo
a seguir por parte de los escritores y de los
periodistas, sobre todo, en el contexto del
surgimiento, en esos años, de la llamada
“buena prensa” católica, más vinculada al
periodismo editorialista de divulgación de
las ideas que al, aún incipiente, periodismo
moderno informativo.
UN PATRONO PARA LOS
ESCRITORES Y PERIODISTAS
El papa
Francisco
a su vuelta
de Río