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En el nombre del pueblo
Marina Kabat
Populismo, socialismo y peronismo
en la obra de Ernesto Laclau
IDHICS (FHACE-UNLP),
investigadora del CONICET, integrante del CEICS
Resumen: Analizamos la evolución del pensamiento de Laclau sobre el populismo y
el socialismo a partir de examinar dos de sus obras más importantes, Política e ideo-
logía en la teoría marxista y La razón populista. Nos concentramos, por un lado, en su
evolución teórica: de las contradicciones y ambigüedades iniciales a su adopción ple-
na del posmodernismo y su negación de las clases sociales. Por otra parte, estudiamos
su análisis de la dinámica política populista, con especial atención al caso argentino.
Reunimos las afirmaciones de Laclau sobre el peronismo y las contrastamos con la
evidencia empírica. Es nuestra tesis que para el pensamiento de Laclau es necesario
subestimar y hasta negar la importancia histórica de la clase obrera argentina, de
modo de componer un relato donde la acción creadora del líder se corresponda con la
ideada por él en su teoría.
Palabras clave: Peronismo - Populismo - Laclau.
Abstract: We analyze the evolution of Laclau’s understanding of populism and socia-
lism by examining two of his most relevant works Politics and ideology in Marxist
theory: Capitalism, fascism, populism and On populist reason. On the one hand, we
focus on his theoretical evolution, from his initial contradictions and ambiguities
to his complete embracement of postmodernism and his consequent denial of social
classes’ existence. On the other hand, we study his interpretation of the populist poli-
tical dynamic with special regard in the Argentinean case, which we contrast with
available empirical evidence. We believe that underestimating and neglecting the
importance of the Argentinean working class is central for Laclau´s thought so as to
force a match with his theoretical conception of a leader as a creative force.
Keywords: Peronism - Populism - Laclau.
Dossier: Peronismo y populismo en debate
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Razón y Revolución nº 26
El posmodernismo vergonzante del joven Laclau
1
En este texto, analizamos el empleo de la noción de populismo en
la obra de Laclau. Como veremos, distintos aspectos de su obra fueron
tomados por intelectuales para pensar el desarrollo del peronismo en
la Argentina, por lo que todo trabajo serio sobre el tema debe incor-
porar un balance de la producción de este autor. Nos centramos en
la contraste de dos de sus obras más importantes, Política e ideología
en la teoría marxista y La razón populista, aunque nos referimos tam-
bién a distintos artículos o intervenciones del autor. En el primer texto,
1
Ernesto Laclau, recientemente fallecido, estudió historia en la UBA y se vinculó
al Partido Socialista de la Izquierda Nacional, fundado en 1962 por “el colorado”,
Abelardo Ramos, hoy historiador favorito de Cristina Fernández. Fue ayudante
de Gino Germani y colaboró con José Luis Romero en la cátedra Historia Social
General. Dirigió las revistas Izquierda Nacional y Lucha Obrera. A fines de los ’60,
integró con Nun el grupo de investigación sobre marginalidad, que fuera fuertemente
criticado por la izquierda por recibir financiamiento de la Fundación Ford. Se va del
país tras el Cordobazo. Página 12 dirá que “Espantado con los altibajos de la demo-
cracia argentina, Laclau se quedó a vivir en Inglaterra” (Radar, Página/12, 7 de junio
de 2005), pero lo cierto es que su viaje, lleva el sentido contrario del de los revolucio-
narios: abandona la Argentina justo cuando la clase obrera se activa (pareciera huir
no de la dictadura, sino del Cordobazo) para dirigirse a Inglaterra que entraba en un
período de retroceso, marcado por el ascenso del partido conservador, en el gobierno
entre 1970-1974. Apadrinado por Eric Hobsbawm ingresó a Oxford, donde se doctora
en Historia y Sociología. Su última adscripción académica fue en las universidades
de Essex, en Gran Bretaña y de Northwestern, en los Estados Unidos. En la última
década se había transformado en un referente teórico del kirchnerismo. En agosto
de 2010, recibió de manos de Néstor Kirchner el Doctorado Honoris Causa de la
Universidad Nacional de San Juan. Realizó numerosas manifestaciones públicas de
apoyo a los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández, cuestionando a la
izquierda “dura” y a las movilizaciones sociales que en los últimos años enfrentaron
su gobierno.
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En el nombre del pueblo
escrito en la segunda mitad de los setenta, Laclau mantiene, al menos
formalmente, su adhesión al marxismo y propone junto a la noción de
populismo la de bonapartismo, clásica dentro de la tradición marxista.
Sin embargo, ya encontramos en esta obra el germen de sus posiciones
posteriores, presentadas sobre la base de una fundamentación distinta.
Política e ideología en la teoría marxista reúne una serie de ensayos
que discuten la relación entre la base económica, a la que Laclau le
reconocería cierta primacía y los fenómenos políticos, a los que atri-
buye una “autonomía relativa”. En este texto, Laclau distingue entre la
lucha de clases y las luchas populares democráticas. La lucha de clases,
fundada en las contradicciones que brotan de las relaciones de produc-
ción, tendría primacía sobre las luchas populares, por la determinación
económica en última instancia. Sin embargo, las luchas populares,y no
la lucha de clases, son para Laclau, la clave de la actuación política por
excelencia y, por ende, el centro de sus preocupaciones.
Para el joven Laclau, la izquierda, si quiere ser hegemónica, debe
forjar vínculos estrechos entre la lucha socialista y las luchas popu-
lares-democráticas. En este proceso, la disputa por hegemonizar a
las “clases medias” resulta central. Por su alejamiento de las relacio-
nes de producción dominantes, ellas centrarían sus reclamos en diver-
sos problemas ciudadanos. Por lo cual, según Laclau, para lograr un
ascendiente sobre este sector, la izquierda debe potenciar las políticas
populares democráticas. Un rumbo contrario, implicaría para Laclau
caer en un “reduccionismo clasista”. A su juicio, todas las revoluciones
triunfantes (Mao, Tito, incluso la Revolución Rusa) o los partidos con
mayor influjo social (PC italiano), desplegaron consignas democrático-
populares. Por el contrario, la izquierda europea en los ‘20 y ‘30 no lo
habría hecho, lo que no solo la habría conducido a la derrota, sino que
habría facilitado el ascenso fascista. Para Laclau, el reduccionismo cla-
sista de la izquierda habría arrojado a los sectores medios a los brazos
del nazi-fascismo.
Para evitar este error, el socialismo debe abrazar los reclamos
democrático-populares y transformarse en un populismo socialista;
para Laclau, la forma más avanzada de ideología obrera. Este popu-
lismo socialista debiera multiplicar los reclamos democráticos popu-
lares acompañando el, a su juicio, creciente peso de las clases medias.
Por otro lado, este populismo socialista debe incorporar los reclamos
nacionales.
Al respecto, Laclau critica a Poulantzas por su intransigencia en
considerar toda forma de nacionalismo una concesión a la burguesía-
se equivoca al mantener su intransigencia en este punto. En síntesis,
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Razón y Revolución nº 26
el socialismo debe ser populista y debe incluir las demandas populares
democráticas capaces de atraer a las clases medias, evitando su pasaje
al fascismo. Como Laclau cree que son las clases medias y no la cla-
se obrera el grupo social que tiende a expandirse, considera que esos
reclamos democráticos –populares deben incrementarse también.
Laclau no define al populismo en función de sus bases sociales,
tampoco cree que pueda considerarse como una superestructura nece-
saria a una base económica dada. Con ello niega la definición conven-
cional de populismo como forma de gobierno que asumen los países
latinoamericanos bajo el proceso de industrialización por sustitución
de importaciones en un contexto de crisis hegemónica de las elites tra-
dicionales.
2
Para Laclau, el populismo articula los elementos populares
democráticos como opción antagónica a la ideología del bloque domi-
nante. Este antagonismo no es necesariamente revolucionario, por ello,
Laclau diferencia entre populismo de las clases dominantes y un popu-
lismo de las clases dominadas, distinción que desaparecerá en los escri-
tos posteriores. El populismo de las clases dominantes surge cuando
una nueva fracción dentro del bloque dominante no logra imponer su
hegemonía y convoca a las masas para favorecer ese proceso,
3
tal el caso
del capital monopólico y el nazismo. El nazismo, como todo populis-
mo de las clases dominantes, sería altamente represivo porque intenta
una experiencia más peligrosa que un régimen parlamentario corrien-
te: mientras este último se limita a neutralizar el potencial revolucio-
nario de las interpelaciones populares, el nazismo las desarrolla al mis-
mo tiempo que las canaliza. A su vez, Laclau sostiene que el nazismo
debe apelar a una serie de distorsiones ideológicas para evitar “que el
potencial revolucionario de las interpelaciones populares se reorientara
hacia sus verdaderos objetivos.”
4
De esta manera, Laclau considera que
los reclamos ciudadanos contienen de por sí elementos revolucionarios
que deben ser neutralizados o falseados, para poder ser integrados a
2
Ver, por ejemplo, Fernández, A. A.: “El populismo latinoamericano en el siglo xx.
alcances y confusiones conceptuales pasados y presentes”, disponible en: paperroom.
ipsa.org/app/webroot/papers/paper_1810.pdf
3
Esta visión del proceso se corresponde en parte con la lectura que Torre hace del
peronismo, el añadido de Torre es que la fuerte presencia del movimiento obre-
ro organizado y el débil soporte burgués del peronismo, hicieron que este tuviera
que dar respuestas en mayor medida a las demandas de la clase obrera. Ver: Torre,
Juan Carlos: “Interpretando (una vez más) los orígenes del peronismo”. Desarrollo
Económico, 1989, pp. 525-548.
4
Laclau, E.: Política e ideología en la teoría marxista. Capitalismo, fascismo, populismo,
Siglo XXI, 1978, p. 203.
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un discurso político no radical. Por su parte, el bloque dominante para
dar respuesta a estos reclamos populares debe desarrollar el “transfor-
mismo”, una neutralización de estas demandas por la vía de una seudo
asimilación, una actuación “como si” se las incorporara.
5
Esto le per-
mite a Laclau sostener que todo tipo de demandas ciudadanas, pese a
su asimilación por la burguesía, son revolucionarias.
Para Laclau, el populismo surge ligado a una crisis del discurso
ideológico dominante, producto de una crisis más general dada por
una fractura en el bloque de poder en el que una clase o fracción de
clase necesita movilizar a las masas para afirmar su posición o una
crisis en su capacidad para neutralizar a los sectores dominados (crisis
del transformismo). Para Laclau no debe asociarse el surgimiento del
populismo en América Latina con el desarrollo de la industrialización
por sustitución de importaciones, sino con este proceso de crisis polí-
tica y discursiva. Es decir, pese a sus declaraciones teóricas iniciales,
al analizar el populismo, Laclau prioriza los determinantes del orden
político, en desmedro de aquellos económicos.
Para Laclau, en el caso Argentino, antes del ‘30 la clase hege-
mónica dentro del bloque de poder era la “oligarquía terratenien-
te”. Liberalismo, progreso económico, europeísmo, antipersonalismo
serían sus rasgos. Las ideologías populares, entendidas como las inter-
pelaciones constitutivas de sujetos populares en oposición al bloque
de poder, presentarían los rasgos opuestos, a saber: antiliberalismo,
nacionalismo, antieuropeismo y personalismo. En los países andinos,
estos discursos se vincularon con el indigenismo, mientras que en la
Argentina se alimentaron de tradiciones montoneras federales.
La capacidad distributiva de la oligarquía argentina, gracias a la
renta diferencial
6
permitió inicialmente neutralizar el potencial de
las demandas populares democráticas. En este sentido, Laclau no ve
a Yrigoyen como populista. Considera que en su discurso –al igual
que el de otros reformadores de la clase media latinoamericana como
Madero en México-, hay una creciente presencia de elementos popu-
lares democráticos: “…pero estos elementos permanecen, sin embargo,
en un mero nivel emocional o retórico, y no se articulan como totalidad
5
La noción de transformismo tiene una raíz gramsciana, pero la formulación de
Laclau no guarda relación clara con ella.
6
Este punto tiene un mayor desarrollo en: Laclau, Ernesto: “Modos de producción,
sistemas económicos y población excedente. Aproximación histórica a los casos
argentino y chileno”, en Marcos Giménez Zapiola (comp.): El régimen oligárquico,
Amorrortu, Bs. As.., 1975.
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coherente opuesta a la ideología liberal.”
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Cabe señalar que en el 2000,
Laclau considerará la acusación de “mera retórica”, como una forma de
denostar lo popular y reivindicará los elementos retóricos y emotivos
como rasgos positivos y esenciales del populismo. Con lo cual queda
abierta la pregunta acerca de si, con sus parámetros actuales, Laclau no
consideraría hoy al yrigoyenismo como un populismo hecho y derecho.
A juicio de Laclau, las ideologías obreras de la época no hicieron
el menor intento por incorporar interpelaciones popular-democráticas
y mantuvieron un fuerte reduccionismo clasista. Esta apreciación es
completamente falsa, en la obra de Hiroshi Matsushita puede verse
cómo a lo largo de la década del ’30 distintas organizaciones obreras, ya
sea los sindicatos o partidos políticos cómo el PC ampliaron sus reivin-
dicaciones democrático populares, incluso sus reivindicaciones nacio-
nalistas, hasta alcanzar un peso significativo en sus acciones y discur-
sos.
8
También cree que, por el carácter rural argentino, la clase obrera
se hallaba circunscripta a pequeños enclaves de las ciudades del litoral
y vivía una existencia marginal a los enfrentamientos del “pueblo”.
El planteo nuevamente carece de fundamento y va a contrapelo de
los datos censales más básicos. La afirmación supone, en primer tér-
mino, una población mayoritariamente rural, en segundo lugar, que
esa población rural no es obrera y tercero, que la población urbana y,
por ende la clase obrera, estaba reducida y aislada en las ciudades del
litoral. Más allá de que la principal fuente de riqueza del país y, cierta-
mente la casi única proveedora de divisas, era la actividad agraria, en la
Argentina de la primera mitad de siglo veinte, se había desarrollado un
amplio grupo de actividades que daban ocupación a un vasto número
de obreros.
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Toda la afirmación de Laclau se desmorona ante la simple
constatación de que en 1945, momento de emergencia del peronismo la
población urbana representaba el 61,6% del total del país, mientras que
7
Laclau: Política e ideología …, p. 214.
8
La demanda de nacionalizar servicios públicos, fomentar la industria nacional o el
acto de entonar el himno nacional son algunos ejemplos. El autor demuestra que este
giro se produce en el conjunto de las organizaciones obreras, en abstracción d su ori-
gen nacional o geográfico, a tal punto que este mismo nacionalismo puede observarse
en gremios con elevada incidencia de trabajadores extranjeros. Hiroshi Matsushita,
El movimiento obrero argentino, sus proyecciones en los orígenes del peronismo (1930-
1945), Bs. Aires, Ediciones RyR, 2014.
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Ver Sartelli, Eduardo: “¿Cómo se estudia la historia de la industria?”, presentada en
VIII Jornadas Interescuelas y Departamentos, Salta, Setiembre de 2001. Organización
de la Mesa temática abierta: “Procesos de trabajo en la Argentina del siglo XX”.
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En el nombre del pueblo
la población rural solo alcanzaba el 38,4%.
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Esta minoritaria pobla-
ción rural estaba, a su vez, compuesta en parte por una experimenta-
da clase obrera que había desarrollado importantes luchas.
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La clase
obrera lejos de tener una existencia marginal a la vera de los grandes
enfrentamientos del pueblo (que dicho sea de paso Laclau no indica
cuáles serían), se podría decir exactamente lo contrario: las grandes
luchas de la clase obrera (las huelgas del centenario, la semana trágica,
la huelga de 1936, etc.) son parte central y constitutiva de la historia
argentina y en distintos momentos la movilización de la clase obrera
es lo suficientemente importante como para atraer a su seno a sectores
provenientes de la pequeño burguesía. Evidentemente, para sostener
su concepción del populismo y su consecuente visión del peronismo,
Laclau debe negar y vilipendiar la historia de la clase obrera argentina,
desde una obscena desacreditación de su importancia numérica y su
peso específico a un cuasi macartista olvido de sus grandes gestas. En
conjunto, Laclau transforma un movimiento obreros nutrido y pode-
roso, en un simple espectador, aislado y marginado de las supuestas
grandes gestas populares.
A su vez, para Laclau, los inmigrantes europeos habrían natura-
lizado al liberalismo y sus instituciones porque les recordaban la vie-
ja Europa que dejaron atrás. Esta afirmación resulta llamativa, sien-
do que la mayoría de los migrantes que arribaron a la Argentina eran
de origen español o italiano, es decir, provenían de países y regiones
donde la cultura e instituciones liberales no tenían un fuerte arraigo.
Resulta sintomático cómo se repiten los mismos prejuicios que nublan
el pensamiento de otros intelectuales. Se presupone una actitud con-
servadora del inmigrante que se ve atraído por todo lo que le recorda-
ría su lugar de origen, olvidando la audacia, la búsqueda de cambio
propia de los individuos que se lanzan a semejantes travesías persona-
les, como podía serlo una migración transoceánica a inicios del siglo
veinte. A esto se añade la ausencia de verificación de los argumentos es
aún más peligrosa: migrantes de países monárquicos y conservadores
son presentados como seres nostálgicos por el liberalismo y sus ins-
tituciones que en realidad nunca se habían instalado firmemente en
sus países de origen. Peor aún, esta tendencia a explicar cambios en
la orientación política del movimiento obrero en base a movimientos
10
Incluso, si nos remontamos un cuarto de siglo atrás, a 1920 la población urbana ya
era mayoritaria con el 50,5% del total. Ferreres, Orlando (dir.) Dos siglos de economía
argentina, Fundación Norte y Sur, Bs. As., 2010, p. 235.
11
Sartelli, Eduardo: La sal de la tierra, Buenos aires, Ediciones ryr, en prensa.
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migratorios, parece suponer un carácter estático de la conciencia que
solo tiende a ser transformada bajo el influjo del arribo de grandes con-
tingentes portadores de un ideología diferente. Esta concepción estáti-
ca de la conciencia social muestra cuán alejado ya se encontraba Laclau
de Gramsci, a quien pretendía continuar.
En síntesis la clase obrera argentina sería según Laclau una frac-
ción minoritaria reducida a los “enclaves” urbanos del litoral (que
reúnen en realidad el 60% de la población), marginada de las gran-
des luchas del pueblo (no sabemos cuáles) y adscripta emotivamente
a los valores liberales supuestamente traídos por los migrantes euro-
peos (por parte de oriundos de países monárquicos). Sobre la base de
estos argumentos, Laclau cree ver una unidad entre la ideología liberal
hegemónica y la ideología socialista. Esta última sólo le añadiría a la
primera el reduccionismo obrero. El comunismo no implicaría un ele-
mento superador porque, mas allá del binomio reforma/revolución, lo
realmente importante sería que no trascendía el pensamiento propio
del liberalismo oligárquico.
Nuevamente, la falta de contrastación empírica es notoria: si algo
ha caracterizado al partido socialista argentino es su preocupación por
las demandas popular democráticas, al punto de defender los intereses
de la pequeña y mediana burguesía agraria (los chacareros) por sobre
los de los trabajadores rurales. A su vez, el PC, desde que adopta la
estrategia de frente popular, intenta una articulación similar. En este
sentido, no puede acusarse a estos partidos de una exclusión de deman-
das ciudadanas en pos de reforzar el clasismo, más bien son culpables
de lo contrario.
Para Laclau, los años ’30 introducen cambios importantes porque
el proceso de industrialización por sustitución de importaciones crea
antagonismos entre los nacientes sectores industriales y la oligarquía
terrateniente (sectores que Laclau ve como plenamente divorciados).
Las ideologías obreras entrarían en crisis por la presencia de un nuevo
proletariado llegado del interior del país, ajeno al reduccionismo cla-
sista y con un discurso con fuerte componente popular democrático.
De esta manera, Laclau, al igual que Germani, asigna un rol impor-
tante a las migraciones en las transformaciones ideológicas de la clase
obrera argentina en la década del ’30. Como Germani, atribuye a los
viejos migrantes de origen europeo un sólido credo liberal, mientras
que el nacionalismo sería el rasgo notorio de los migrantes internos,
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En el nombre del pueblo
supuestamente ajenos al clasismo. Ambos juicios han sido desmentidos
por investigaciones históricas de sólido fundamento empírico.
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Para Laclau, el discurso peronista entabla un combate frontal con-
tra el liberalismo con el objetivo de romper la asociación del liberalismo
con la democracia. Para Laclau, el elemento populista del peronismo
consistió en la radicalización de demandas populares democráticas.
Pero, el discurso peronista también procuró su articulación a un dis-
curso que intentaba circunscribir el enfrentamiento con la oligarquía
liberal dentro del proyecto del capitalismo nacional. Por eso, el antago-
nismo de las demandas populares democráticas se desarrollaba dentro
de un límite dado y asociado con otros elementos antiliberales, como el
militarismo o el catolicismo.
Para Laclau, el éxito del peronismo en articular un lenguaje popu-
lar democrático a nivel nacional se funda en la homogeneidad social
argentina, dada por la presencia masiva de la clase obrera en el pero-
nismo.
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Esto permitió que su ideología perdurase tras la caída del régi-
men con el golpe de 1955. Pero, a partir de entonces, el antagonismo
del discurso trasvasó sus límites originales y comenzó a fundirse con el
“socialismo nacional”.
14
La experiencia del ’73 mostró que no se podía
volver atrás y articular la ideología democrática popular en forma asi-
milable por la burguesía. Esto probaría, una vez más, el potencial revo-
lucionario propio de las demandas populares democráticas. Sin embar-
go, ¿qué puede decir Laclau del menemismo o del kirchnerismo? ¿Por
qué estos regímenes sí son asimilables? Para defenderlos, Laclau debe-
rá profundizar su relativismo, como veremos al analizar sus obras más
recientes.
En esta explicación puede verse cómo Laclau, a medida que desa-
rrolla sus argumentos, se aleja más y más del materialismo histórico al
que en la introducción decía adscribir. Los límites de los discursos esta-
rían dados por otros discursos. En esta versión, el peronismo del ‘73
fracasa porque su discurso democrático- popular ya no era asimilable
por la burguesía. Sin embargo, lo que ocurre es otra cosa: primero, ese
12
Matsushita, Hiroshi: El movimiento obrero argentino, sus proyecciones en los orígenes
del peronismo (1930-1945), Buenos Aires, Ediciones ryr, 2014.
13
Aquí o Laclau se contradice o supone que mágicamente una clase obrera marginal y
circunscripta a los enclaves del litoral podía obtener en pocos años semejante presen-
cia nacional y ser la base de la perduración y fuerza política del peronismo.
14
Esta lectura del proceso es similar a la que luego desarrollará James sobre la
resistencia peronista. James también comparte con los últimos textos de Laclau
la visión de una clase obrera que es performada por el discurso del líder. James,
Daniel: Resistencia e integración, Sudamericana, 1991.
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Razón y Revolución nº 26
discurso sí es asimilable por la burguesía como recurso de última ins-
tancia frente al avance de la fuerza social revolucionaria. En segundo
lugar, el discurso del peronismo no choca con otro discurso, sino con
la realidad. Las perspectivas de conciliación social, o el desarrollo eco-
nómico nacional fundado en pequeños capitales probaron ser meras
ilusiones imposibles de materializarse. Finalmente, el peronismo debe
enfrentar a la izquierda que crece al desmoronarse las perspectivas del
proyecto económico social reformista.
El varguismo es, en cambio, visto por Laclau como un “populismo
insuficiente y fragmentario”. Para Laclau, el varguismo no fue con-
secuentemente populista. Según Laclau, Vargas intenta un lenguaje
conservador por momentos y en otros desarrolla el antagonismo social,
pero no cuenta con bases sociales suficientes para sostener esta última
opción. Es decir, la falta de radicalidad política no sería responsabili-
dad de Vargas ni del carácter del movimiento que construye, sino de
las bases que limitan el proceso.
15
Pero los hechos históricos muestran
lo contrario, ya que Vargas se ocupa de reprimir ferozmente al ala más
radical de su movimiento. Pese a haber sido apoyado por el PC, Vargas
crea la Comisión Nacional de Represión al Comunismo y posterior-
mente, en 1937 da un autogolpe de estado, asumiendo su gobierno una
faceta aún más represiva. Al analizar los sucesos históricos vemos que
no son las bases sociales las que limitan el desarrollo radical del popu-
lismo brasileño. Éste emplea, por el contrario, todo el poder coercitivo
del estado para extirpar las corrientes más radicales de sus bases, depu-
rándolas de toda inspiración socialista.
Para Laclau, en los ’60 y ’70, el populismo resultaría menos frecuen-
te en América Latina y los regímenes descansan más en represión. Por
otra parte, mientras en la década del ’30 los bloques de poder se encon-
traban divididos, en los ’70 se reunificarían bajo la egida del capital
monopolista y los enfrentamientos internos no serían tan fuertes como
para que una fracción intentara una salida populista. Finalmente, la
profundización del antagonismo por parte de las masas latinoamerica-
nas haría difícil la neutralización de las demandas populares democrá-
ticas y más peligrosa una aventura populista.
Laclau define al pueblo y la clase como los dos polos constitutivos
del discurso político. La contradicción de clase representa el principio
articulatorio del discurso, el populismo es un momento abstracto de
15
Nótese que este argumento muchas veces es sostenido para defender el chavismo.
Sus vacilaciones no serían atribuibles a la voluntad política de Chavez, sino que a
nivel político, las masas no estarían preparadas para el socialismo.
19
En el nombre del pueblo
aquel que no puede cumplir una función articulatoria. Este carácter
abstracto es lo que le permite su presencia en la ideología de las clases
más diversas. Pero, para Laclau, las clases sólo existen como fuerzas
hegemónicas en tanto logran articular las interpelaciones populares
a su propio discurso. Deben desenvolver el antagonismo implícito en
estas demandas hasta el punto en el cual ellas no sean digeribles por
ninguna fracción del bloque de poder. Esto sería, precisamente, lo que
los populismos hacen. En consecuencia, para Laclau, el populismo no
es una expresión de atraso, sino que es el momento en el cual el poder
articulatorio de esa clase se impone hegemónicamente sobre el resto de
la sociedad.
Esta afirmación anticipa un movimiento posterior que veremos en
sus escritos del 2000 donde el populismo de los sectores dominantes
desaparece del análisis y la visión positiva de los populismo de Laclau
se vuelve más unilateral. Por el momento, Laclau sostiene la existencia
de una dialéctica entre pueblo y clases: las clases no pueden afirmar su
hegemonía sin articular el pueblo a su discurso, y la forma de hacer-
lo será el populismo. Desde el ángulo inverso, la contradicción pue-
blo/bloque de poder no puede desarrollarse sin las clases. El grado de
populismo dependerá de la naturaleza del antagonismo entre la clase y
el bloque de poder. La contradicción pueblo/bloque de poder solo pue-
de consistir en la supresión del estado. No hay socialismo sin populis-
mo, pero las formas más altas de populismo son socialistas.
Si el populismo es desarrollado por una clase cuyo enfrentamiento
con el bloque de poder es menos radical y que, por tanto, no conduce
a la supresión del estado-la dialéctica entre clase y pueblo el antago-
nismo quedará contenido dentro de límites requeridos. En el fascis-
mo, esto se hace ligando interpelaciones populares con el racismo y el
corporativismo. En los regímenes bonapartistas, como el peronista, el
método de neutralización fue distinto: consistió en permitir la subsis-
tencia de varias elites que basaban su apoyo en proyectos diferentes y
en afirmar el poder del estado como mediador entre ellas. El estado
bonapartista ejercía un poder mediador entre estas diferentes bases de
apoyo y se identificaba con muy pocos símbolos ideológicos, de ahí la
supuesta pobreza ideológica y doctrina oficial del peronismo frente a
la mayor precisión del fascismo. Los regímenes bonapartistas no bus-
can la unificación de los aparatos ideológicos del estado puesto que su
capacidad mediadora constituye su fuente de poder. La radicalización
del lenguaje político del peronismo más allá de los límites aceptables
por el bonapartismo es algo posterior al ‘55.
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Razón y Revolución nº 26
Aquí aparece una nueva contradicción de Laclau: antes había dicho
que el peronismo fracasó en el ‘73 porque las demandas democrático-
populares se habían desarrollado de tal forma en que ya no eran asimi-
lables por el capitalismo. Si ese fuera el caso, en términos de Laclau, el
momento cúlmine de la política de clase y del populismo es, al mismo
tiempo, el momento de su fracaso. Esto es precisamente, porque no hay
un fácil pasaje del populismo al socialismo como Laclau cree.
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Siguiendo el razonamiento de Laclau, se arriba indefectiblemen-
te a este callejón sin salida. Laclau habla de socialismo, pero no de
revolución. Parecería confundir socialismo con populismo o creer que
el socialismo sería una mera consecuencia evolutiva del populismo.
Precisamente, como Laclau borra del horizonte político a la revolu-
ción, considera al populismo como la cumbre de la política de clase. Un
populismo que debe potenciar el antagonismo de las demandas popu-
lares hasta hacerlo intolerable al capitalismo, pero sin intentar destruir
este sistema social. Es lógico, entonces que se conduzca a las fuerzas a
la derrota.
En términos militares, la consigna es desarrollar nuestras fuerzas
hasta resultar intolerables a la fuerza rival. Es decir, hasta que el capital
considere necesario destruir nuestra fuerza. Momento, en el que tam-
bién para nosotros será necesario destruir la fuerza rival, incluso para
sobrevivir. Pero, en vez de prepararnos para ese enfrentamiento y enca-
rar decisivamente el proceso revolucionario, Laclau, propone detener-
nos allí y celebrar que hemos completado nuestra máxima aspiración
(ser intolerables al capital). Con su blanco detenido en la celebración,
-o lo que es lo mismo a la espera de la autoevolución socialista- la reac-
ción capitalista tendrá una fácil tarea.
Orbuá clase obrera
En La razón populista, Laclau ya no reconoce la existencia de clases
sociales ni les asigna valor alguno en la construcción política. La clase
deja de ser el principio articulador de los discursos y debe, por ello, ser
remplazada por mecanismos del orden lingüístico o psicológico. De
16
Cabe señalar que, como dijimos anteriormente, Laclau refiere a la supresión del
estado, pero no remite a otro proceso político conducente al mismo que no sea el
mero desarrollo del populismo. En ese sentido, si bien el socialismo sigue presente
en el horizonte, la revolución no. Podría inferirse que en última instancia conside-
ra al socialismo como el resultado de una lenta y gradual evolución de los mismos
populismos.
21
En el nombre del pueblo
ahí que Laclau apele a Saussure-Freud-Lacan. Simultáneamente, los
lazos afectivos implícitos en las relaciones de liderazgo, los mecanis-
mos retóricos y simbólicos pasarán al centro de la escena.
Si para el joven Laclau existían distintos tipos de populismos, sien-
do más avanzados aquellos que más desarrollaban la dialéctica clase-
pueblo y vinculaban con más fuerza las demandas populares con el
socialismo, para el viejo Laclau estos parámetros han perdido validez.
El populismo solo se mide en función de su capacidad de articular
demandas populares en cadenas equivalentes cada vez más amplias.
Es decir, la simple adición de un mayor número de demandas en el
mismo discurso contra un mismo enemigo es la base del éxito de los
populismos y su mayor virtud.
La desaparición de las distinciones previas va de la mano con un
embellecimiento de los populismos realmente existentes, algo bastante
evidente en su nuevo análisis del peronismo. Simultáneamente, des-
aparece toda alusión al populismo de los sectores dominantes y toda
mención al fascismo o nazismo como populismos. Es cierto que en su
lugar aparece la distinción entre populismo de izquierda y de derecha.
Sin embargo ésta no se presenta como significativa, sino más bien como
dos extremos de un universo discursivo carente de fronteras rígidas.
Laclau trata de ejemplificar esta supuesta ausencia de límites rígi-
dos entre la izquierda y derecha describiendo el pasaje de un políti-
co laborista a las filas del thatcherismo. Lejos de analizarlo como un
cambio del programa político, Laclau acepta y reproduce la auto-justi-
ficación del político en cuestión, quien asegura haberse visto seducido
por “el brillo de revolución” en los ojos de Margaret Tatcher. Así, pese
a transformarse en un funcionario de uno de los gobiernos derechis-
tas más reaccionarios de fines de siglo veinte, el político mantendría
su espíritu “radical”. En realidad, tanto el ex dirigente laborista deve-
nido en tatcherista como Laclau encubren el pasaje de clase por ellos
efectuado.
17
Naturalmente, este cambio en su visión de la estructura social y
la negación de la existencia de clases sociales conduce a Laclau a un
enfrentamiento directo con el marxismo. Esta teoría no solo le resulta
17
Laclau, Ernesto: La razón populista, FCE, Buenos aires, 2011, p. 167. Laclau intro-
duce este caso para ejemplificar su noción de “significantes flotantes”. Más allá de la
acepción del término, demandas particulares cuyo sentido permanece indeciso entre
cadenas equivalenciales rivales, su función es la de señalamos que, en el ámbito dis-
cursivo, que para Laclau es por excelencia el espacio de construcción de la política,
estos corrimientos son naturales y no guardan, a su juicio, ningún tipo de relación
con los procesos de avance y reflujo de la lucha de clase.
22
Razón y Revolución nº 26
inútil, sino autoritaria. Según Laclau, Marx habría procedido a aislar
dentro del mundo de la pobreza a un sector diferenciado (la clase obre-
ra) al que le asignaría un rol histórico fundamental. Por eso enfatiza
la existencia en los textos de Marx del binomio clase obrera/lumpen
proletariado. Según él, Marx incorporaría a este último grupo a todos
aquellos sectores bajos de la sociedad que no tienen una inserción clara
en el proceso productivo.
Laclau introduce el debate sobre la noción de “masa marginal”.
Según él, mientras que Marx podía plantear que los desocupados for-
maban parte del ejército industrial de reserva, podía mantener que los
mismos seguían cumpliendo algún tipo de función dentro del sistema
productivo. Pero, si como sostiene Nun, existe una capa de la sobre-
población relativa que no cumple la función de ejército industrial de
reserva, ésta sería un otro no contemplado y arbitrariamente margi-
nado por la teoría marxista. Esos otros marginales serían asimilables
a los pueblos sin historia de Hegel. Su existencia, negada por Marx,
sería la prueba del autoritarismo implícito en las visiones totalizadoras
de la historia que culminarían necesariamente en la desestimación de
lo heterogéneo.
18
En consonancia con esto, la clase sería un actor meramente secto-
rial, mientras que el pueblo sería un sujeto superador históricamente
negado por el marxismo. El pueblo sería la gran anatema del mar-
xismo, desterrado del pensamiento social por el totalitarismo de esta
doctrina. Para sostener esto, Laclau por una lado distorsiona la obra
de Marx y, por otro, intenta enfrentar entre sí a teóricos marxistas,
diferenciando a aquellos ortodoxos y autoritarios de otros de mentes
supuestamente más amplias.
En un ejercicio de este tipo, Laclau trata de oponer a Marx y a Mao,
quien sería capaz de pensar la heterogeneidad al reconocer los enfren-
tamientos en el seno del pueblo. Para Laclau esto implicaría reconocer
la heterogeneidad en el seno del pueblo, es decir, en sus abstrusas pala-
bras, reconocer la heterogeneidad dentro de la heterogeneidad. Pero, en
18
La posición de Nun que Laclau retoma es problemática. Por un lado, no resulta
sencillo demostrar que ciertas capas de la clase obrera no actúan como ejército indus-
trial de reserva. Por otro lado, si éste fuera el caso, como parece señala Marx para la
capa más baja de la sobrepoblación relativa, los enfermos, mutilados, etc., personas no
aptas para el trabajo, esto no quiere decir que no conformen parte de la clase obrera.
Ver análisis extenso de estos puntos en Kabat,Marina: “La sobrepoblación relativa.
El aspecto menos conocido de la concepción marxista de clase obrera” en Anuario
CEICS, 2009. Del mismo modo, se violenta aquí la definición que da Marx da de
Lumpen-proletariado.
23
En el nombre del pueblo
realidad Mao alude, al igual que Lenin, a los conflictos de clase en el
seno del pueblo. Particularmente, señala tres ejes de enfrentamiento:
entre la clase obrera y los campesinos, entre la clase obrera y los inte-
lectuales y entre la clase obrera y la burguesía nacional. A lo que se
suma las contradicciones en el interior de cada una de estas clases.
19
Es
decir, en este sentido Mao no se aparta ni de Marx ni de Lenin quienes
habían sostenido esta concepción. Lejos de ser el pueblo una anatema
dentro de la teoría marxista, a la cual el maoísmo escaparía, la noción
de pueblo como alianza de clases oprimidas es una constante en los
principales referentes del marxismo y el análisis de Mao, en este sen-
tido, no se aparta del marco teórico marxista-leninista. El marxismo
recurre a la noción de pueblo para expresar la alianza de distintas cla-
ses oprimidas y recalca el desarrollo de la lucha de clases en el seno del
pueblo y la necesidad de que la clase obrera bajo un programa revolu-
cionario dirija esa alianza.
20
Para el viejo Laclau, la economía ya no posee ningún tipo de jerar-
quía frente a otros niveles de la vida social y no determina, enton-
ces, qué son los sujetos portadores del cambio social. Una línea de
19
Discurso pronunciado por el camarada Mao Tsetung en la XI Sesión (Ampliada) de
la Conferencia Suprema de Estado. Fue publicado el 19 de junio de 1957 en Diario del
Pueblo, después de que el autor revisó el texto transcrito de las actas y le hizo algunas
adiciones.
20
En Lenin, por ejemplo, hay un empleo homogéneo del concepto de pueblo de que
no es planteado como sustituto de la noción de clase. En todo momento aclara que
tiene distintos componentes (el proletariado y el campesinado, principalmente pero
también los pobres o capas semiproletarias de la ciudad, artesanos, etc.). Esto está
presente en referencias del tomo X de las obras completas (pp. 253-254, 336 y 365). Lo
mismo ocurre en el tomo II, pp. 249 y 250 (allí además señala que en el devenir políti-
co el proletariado se va aliando y movilizando a sectores cada vez más revolucionarios
del pueblo) y en el T. IX, p. 50. En el T. IX, p. 126 hay una mención importante pues
plantea que Marx unifica en la categoría de pueblo dos elementos, pero no creyendo
en la “unidad” del pueblo, sino mostrando la lucha de clases dentro de su seno. En
la p. 284 del tomo VIII alerta al mismo tiempo a no desestimar la importancia de
las capas populares, pero a buscar la organización independiente del proletariado
debido al carácter pequeño burgués y los intereses democráticos de gran parte de esa
masa. En el tomo XXVII, pp. 257-9, es la única vez que no se aclara el contenido de
la palabra pueblo, pero esto se explica porque se habla de apelaciones que el capital
hace al pueblo. Solo en el tomo VIII p. 296 aparecería una definición distinta donde
el pueblo es definido como capas pequeño burguesas sin incluir en él al proletariado:
“el pueblo, es decir toda la masa de la pequeño burguesía y de los campesinos”, pero
este fragmento aparece como marginal respecto al conjunto de citas que refieren al
pueblo incluyendo al proletariado. Lenin: Obras completas, Cártago.
24
Razón y Revolución nº 26
argumentación secundaria, claramente un síntoma del contexto de
derrota política en el cual Laclau piensa los problemas es que cree que
la resistencia a la venta de la fuerza de trabajo es algo que puede o no
surgir y que, por lo tanto, el antagonismo no es inherente a las relacio-
nes de producción.
21
Evidentemente, esto está escrito en un contexto de
pasividad política de la clase obrera que puede hacer creer a Laclau en
la posibilidad de la inexistencia –más allá de una breve coyuntura en
términos históricos- de conflictos abiertos entre capital y trabajo.
Laclau insiste: no hay puntos de ruptura que puedan establecer-
se a priori. Pero, contradictoriamente, cree poder asegurar que serán
los marginales, los fuera de sistema, el lumpen proletariado quienes
irrumpan en los discursos políticos. A su juicio, el capital globalizado
generaría una miríada de puntos de ruptura. Por ello, aboga por una
política radical que debiera fundarse en la búsqueda de la confluencia
de todos estos sectores. Una lectura superficial de la coyuntura actual,
movilizaciones de jóvenes antiglobalización, mileuristas europeos,
inmigrantes franceses, piqueteros argentinos, puede llevar a esta con-
clusión. Pero, atrás de todas estas manifestaciones, estamos asistiendo
a la movilización de la clase obrera, algo que Laclau, quien abandonó
el concepto de clase no puede ver.
22
A su vez, para Laclau, no hay luchas más importantes que otras;
todas son inmanentemente políticas per se. En los ’60, el énfasis en
las políticas populares democráticas se justificaba por el supuesto peso
creciente de los sectores medios. Ahora se pretende justificar lo mismo
bajo la idea de que la globalización generará demandas cada vez más
numerosas y heterogéneas. Aun así, la preocupación por los sectores
medios no desaparece. Las manifestaciones concretas a las que alude
como parte de la respuesta al capitalismo globalizado son protagoni-
zadas por sectores de pequeña burguesía en vías de proletarización.
21
Laclau, Ernesto, La razón …,,op. cit., p. 188.
22
El carácter de clase de estos movimientos se ha visto ocultado por varios factores: el
carácter de población sobrante de muchas de las fracciones de la clase obrera movi-
lizada (tal los piqueteros en Argentina o la base social del chavismo en Venezuela)
sumado a la errónea conceptualización que muchas veces considera como no prole-
tarios a estas fracciones de la clase obrera. El hecho de que muchos de estos grupos
provengan de una pequeña burguesía recientemente proletarizada, que aterriza en la
clase obrera directamente como población sobrante, dificultando la asunción de una
nueva identidad acorde con su nueva situación de clase (tal movimiento de obreros
rurales sin tierra, o movimientos de jóvenes urbanos).
25
En el nombre del pueblo
Caracterización que es, por supuesto, ajena a Laclau, quien intenta
abstraerse de la pertenencia de clase de los sujetos políticos.
23
Demandas, cadenas y la conciencia de clase como falsa conciencia
Todo elemento estructural desaparece del mapa, se afianza así un
individualismo metodológico al que Laclau cree escapar. Laclau busca
explicar la lógica de conformación de las identidades colectivas toman-
do como observable no el grupo social, sino las demandas. Es decir,
Laclau parte de las demandas particulares para estudiar luego su arti-
culación. Laclau cree que una construcción futura de una tipología del
populismo (opción epistemológica propia del individualismo metodo-
lógico), le permitiría recomponer esa totalidad que ha desechado al ele-
gir como punto de partida las demandas individuales.
24
Laclau toma el término demanda en su doble acepción inglesa
como reclamo y como petición. Señala que las demandas aisladas pue-
den considerarse demandas democráticas y pueden ser asimiladas. En
cambio, una pluralidad de demandas en articulación de equivalencia
compone demandas populares.
25
Para Laclau, no hay nada que las diferencie las demandas en sí;
no hay demandas más políticas o más revolucionarias en sí. Lo que
transforma a una demanda democrática en una demanda popular es,
en primer lugar, su no resolución/asimilación por el sistema y su poste-
rior incorporación a una cadena equivalencial de demandas igualmen-
te insatisfechas por el régimen. En consecuencia, las demandas que
componen las cadenas equivalenciales no tienen entre sí nada mas en
común que el no haber sido satisfechas: “…en una relación equivalen-
cial las demandas no comparten nada positivo, sólo el hecho de que
todas ellas permanecen insatisfechas”
26
Laclau es muy insistente en
este último punto. Incluso, sostiene que, si los individuos llegaran en
algún caso, a considerar la existencia de otro tipo de relación entre sus
diferentes demandas esto sería un mero espejismo:
23
También Laclau señala que el cartismo fracasa por una creciente brecha entre las
demandas de los trabajadores y aquellas propias de los sectores medios.
24
Laclau, E.:La razón…, op. cit., nota 7, pp. 286 y 274.
25
En los ’70,Laclau consideraba que los discursos socialistas y popular-democráti-
cos debían intrincarse mutuamente. En el 2000 el primero desaparece, por lo que el
segundo se desdobla en la diada democrático, por un lado, popular, por otro.
26
Laclau, La razón populista…, op. cit., p. 125.
26
Razón y Revolución nº 26
“trabajadores que viven en un determinado barrio, que trabajan en empleos
comparables, que tienen un acceso similar a bienes de consumo, cultura,
recreación, etcétera, pueden tener la ilusión de que a pesar de la heterogenei-
dad de sus demandas en varias esferas, todas ellas son demandas del mismo
grupo, y que existe un vínculo natural o esencial entre ellas”
27
De esta manera, para Laclau, la conciencia de clase se muestra
como una falsa conciencia.
28
Laclau que parece no tener certeza de
nada, sí está seguro del carácter ilusorio del clasismo. Si el marxismo
concibe la religión, el populismo, u otra ideología como una forma de
conciencia alienada, éste será -a los ojos de Laclau- un procedimiento
autoritario o la muestra de un elitismo que mira peyorativamente las
ideas populares. Sin embargo, no parece aplicar el mismo criterio a sus
propias reflexiones.
En el principio estuvo el líder
Como Laclau no reconoce unaunidad a priori a las demandas, cree
que la misma debe ser performada. Este conjunto, creado a partir de
la simple adición de demandas insatisfechas, solo puede constituirse
en una totalidad al definir sus límites. Para hacerlo, la totalidad expele
algo de sí. El resultado es una totalidad fallida. La totalización popu-
lista se caracterizaría por dividir la comunidad: el pueblo es menos que
la totalidad de miembros de la comunidad. Es, sin embargo, un com-
ponente parcial que aspira a ser la única totalidad legítima (un plebs
que se reclama populus).
Esta totalidad fallida constituye un objeto imposible y necesario.
¿Cómo alcanza, pues, el plano de la representación? Una demanda
particular, sin perder su contenido específico pasa a representar el con-
junto de las demandas de la cadena equivalencial. Ésta es una opera-
ción hegemónica donde una parte pasa a representar el todo.
29
Cuanto
más extendida resulta una cadena equivalencial, menos resabios de la
demanda particular original deben permanecer en la demanda que
27
Ibid, p. 286.
28
Los grupos se fundan en articulación de demandas que carecen de una unidad
sistémica a priori, de ahí que plantee que el momento de unidad de los sujetos se da
en el nivel nominal, no conceptual (sectorial), por ello mismo, los límites entre las
demandas que incluye y excluye una cadena equivalencial son borrosos. Ibid, p. 151.
29
Este procedimiento es considerado un mecanismo catacrético, puesto que el proceso
figurativo que implica no puede ser substituido por una expresión literal. Al mismo
tiempo, constituye una sinécdote, ya que el todo es representado por una de sus partes.
27
En el nombre del pueblo
cumple la función totalizadora. De ahí la importancia de los signifi-
cantes vacíos. Éste sería el fundamento de la vacuidad-ambigüedad de
los discursos populistas.
Otra vez, como no hay un elemento estructural que determine
prioridades en última instancia, no hay nada de antemano que indi-
que qué demanda será capaz de cumplir la función totalizadora. Por
ello, Laclau concibe el momento de asunción de esta función como
una “investidura radical”. Algo similar ocurre con el liderazgo. Para
Laclau, el nombre, el líder, pasa a representar el todo. Con más pre-
cisión, el líder no representa, sino que conforma, puesto que no existe
una voluntad del pueblo previa al acto de representación. Mediante el
acto de nominación el líder conforma al pueblo. Cuando James señala
que al nombrarla y constituir su totalidad en el plano discursivo, Perón
crea a la clase obrera argentina, ésta es claramente su matriz de pen-
samiento.
30
La construcción identitaria se reduce así a un proceso en
gran medida unidireccional y unitemporal, una investidura radical es
un hecho aislado que ocurre de una vez y –casi- para siempre. Laclau,
que permanentemente cita a Gramsci para oponerlo a Marx, no podría
alejarse más del marxista italiano. En su visión no hay una construc-
ción histórica de la identidad que se desarrolle a través de procesos de
lucha, sino que el líder actúa como una deidad que nombra y crea,
donde nada había.
Laclau entiende los lazos grupales en términos de lazos libidina-
les (Freud). La totalidad se puede recomponer porque es restituida en
objetos parciales que, en términos de Lacan, asumen el valor de leche
del pecho materno. Esto explica el fuerte valor emocional de los símbo-
los/líderes que asumen esa función. No es extraño que con esta visión
del liderazgo Laclau defienda la reelección indefinida de los líderes
latinoamericanos, en general, y de Cristina Kirchner, en particular.
31
En esta visión no hay pasado histórico y tampoco hay futuro: lo
que la divinidad construye el hombre no habrá de destruir. Los sím-
bolos y la misma embestidura del líder adquieren ese valor emotivo,
conceptualizado como el valor de leche del pecho materno, del cual los
30
James, Daniel: Resistencia e integración, Sudamericana, Buenos Aires, 1991.
31
Ver entrevista a Ernesto Laclau en El país, 2/10/2011, en la misma sostiene que “la
democracia real en América Latina se basa en la reelección indefinida de los líderes”.
Igualmente, en otro periódico: “Sé que a ella no le gusta que se mencione el tema,
pero me parece que una democracia real en Latinoamérica se basa en la reelección
indefinida. Una vez que se construyó toda posibilidad de proceso de cambio en torno
de cierto nombre, si ese nombre desaparece, el sistema se vuelve vulnerable.” Página
12, 2/10/11.
28
Razón y Revolución nº 26
mortales no pueden desprenderse en sus vidas. Para el caso argentino:
una vez peronista, siempre peronista. La infantil clase obrera de este
país del sur jamás será destetada.
La mirada del peronismo
Para Laclau de los ’70, el peronismo clásico resultaba un populis-
mo limitado. Su carácter bonapartista conllevaba, necesariamente, un
intento de neutralizar el antagonismo social. Su ambigüedad no impli-
caba un mérito, sino que constituía el mecanismo particular por el cual
se neutralizaba y contenía el enfrentamiento social. En cambio, Laclau
en sus últimos escritos no ve nada especialmente cuestionable en el
peronismo clásico.
El resultado conjunto de la visión de Laclau del peronismo podría
resumirse de la siguiente manera: el peronismo emerge en la Argentina
una sociedad rural donde la clase obrera se encontraría confinada a
los “enclaves” urbanos del litoral y habría mantenido una existencia
marginal a las grandes luchas del pueblo. Esta clase obrera de raíz
inmigrante tendría una fuerte impronta liberal, dada porque los inmi-
grantes sentirían añoranza por las instituciones liberales de su queri-
da Europa (una Europa monárquica y conservadora en el caso de la
mayoría de los inmigrantes argentinos). Por el contrario, repitiendo el
mito de que Perón sólo es apoyado por migrantes internos (los “cabeci-
tas negras”) sectores del interior serían nacionalistas y tendrían recla-
mos nacionales. Estos nuevos sectores apoyarían a Perón, quien crea al
pueblo al perfomar la unidad de un conjunto de demandas populares
democráticas dispersas.
A partir de entonces, el líder representa la totalidad y adopta un
valor simbólico cuasi perenne. Su alejamiento permite y hasta deli-
beradamente fomenta una radicalización del discurso peronista que
parece resumir todas las expresiones políticas de los sesenta-setenta.
Sólo la ausencia del líder y la recepción alterada de su mensaje permi-
te y explica la radicalización de la clase obrera. Esta visión no puede
explicar la huelga metalúrgica del 54 ni otros conflictos durante las pri-
meras presidencias de Perón. Las masas no ganan ningún tipo de auto-
nomía de clase. Su radicalización no parece exceder la que el mismo
Perón alienta. El Cordobazo es el mero producto de grupos armados.
Y su única consecuencia habría sido reforzar el rol de Perón. Ningún
tipo de organización o tendencia que exceda los límites del peronismo
es mencionada y el peronismo cae en el ’73 por el exceso de demandas
que había articulado en su seno, es decir por contradicciones internas.
29
En el nombre del pueblo
Ya en el siglo XXI, tras décadas en las que nada digno de mencio-
nar ocurre, un nuevo líder, reconfigura al pueblo de sus cenizas e ini-
cia un proceso transformador. Pareciera que la izquierda no peronista
no hubiera florecido en los ’70. Este mismo ninguneo de la izquier-
da se repite en sus análisis de la coyuntura: interrogado por el rol de
la izquierda en la Argentina, responde que la única izquierda real es
el kirchnerismo y que, a diferencia del matrimonio austral, los otros
grupos que se reivindican de izquierda resultan marginales y no han
sabido proponer ninguna alternativa novedosa.
32
Al igual que en la
emergencia del peronismo clásico, el proceso histórico del cual estas
experiencias emergen es borrado y ninguna referencia a la luchas de
finales de los ’90 ni al 2001 aparece. Se ve a las luces que el pensamien-
to posmoderno que se autocalifica de pluralista y acusa de autoritario
al marxismo, concluye en una abierta censura a la izquierda, para la
cual no tiene empacho alguno en negar aspectos centrales del proceso
histórico.
El líder lo es todo, el pueblo sólo su creación. La clase no es nada,
salvo el autoritario intento de un pensador alemán de constituir a un
actor sectorial en el sujeto por excelencia, discriminando al modo de
“pueblos sin historia” al resto del pueblo. Y si, pese a toda la intrinca-
da explicación de Laclau, un grupo de trabajadores osara pensar que
sus problemas y reclamos tienen un fundamento común en su condi-
ción de proletarios, esa incipiente conciencia de clase será desacredi-
tada como mera ilusión. Peor aún, si estos trabajadores se sumaran a
una organización de izquierda: según Laclau todas “tradicionales” y
no promotoras de ningún proceso de cambio (¿ignora acaso Laclau la
organización de los desocupados, el Argentinazo, la renovación de la
organización obrera en los gremios?), pues obstaculizarían el desarro-
llo de este renovado populismo.
Si Laclau del ’70 podía criticar algunos elementos de los populis-
mos y nos llamaba radicalizar estos regímenes, el Laclau actual nos
insta a aceptarlos tal cual son. Su propuesta más radical se limita a un
entrismo de izquierda democrática dentro del kirchnerismo (reivin-
dica así la trayectoria Sabatella) o al desarrollo de La Cámpora. No
cabría esperar una ideología más afín al gobierno actual.
Resulta paradójico que Laclau inicie su recorrido denunciando que
bajo el calificativo de populismo la izquierda desmerecía las acciones
de la clase obrera y culmine con un relato que niega toda entidad a la
clase obrera en general y a la argentina en particular. De un plumazo,
32
El país, 2/10/2011.
30
Razón y Revolución nº 26
borra la presencia numérica y la trayectoria de la clase obrera argentina
de la primera mitad de siglo veinte y la transforma en una masa amor-
fa que sólo puede tener unidad fundiéndose en el pueblo y adoptando
identidad propia gracias al discurso de Perón. Pero, esto no es extraño:
la defensa que hace de un gobierno bonapartista requiere borrar la his-
toria que permitiría ver las concesiones hechas por ese gobierno como
la vía de contener una clase obrera organizada y en ascenso, alejándola
de una potencial salida revolucionaria. Dado el conjunto de disparates
históricos que condensa su obra, su éxito actual solo puede atribuirse a
dos factores. El primero, el desconocimiento en el exterior de la historia
argentina. El segundo, en el ámbito local, en paradójica consonancia
con su propio pensamiento, a la voluntad del líder. De la cual, la entre-
ga del Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional de San
Juan, en forma personal y de las propias manos de Néstor Kirchner, es
una prueba contundente.
33
Recibido: 10/12/2013
Aceptado: 20/3/2014
33
Ver, diario El zonda, 27 de agosto de 2010, disponible en: http://www.elzonda.info/
index.php/En-el-Auditorio-entregaron-el-Doctorado-Honoris-Causa-de-la-UNSJ-
a-Laclau.html