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Los símbolos de la Biblia

Ramón Hernández Martín O.P.

¡Qué suerte!
Para muchos fue la salvación. Hoy tiene que serlo para más. Siguen pensando
como San Agustín, desde los principios de la juventud hasta casi los treinta
años: la Biblia es un cuento de viejas. No le llenaba el Dios de la Biblia: las
continuas alusiones antropomórficas no cuadraban en su concepto espiritualista
de Dios y de la religión. El Dios bíblico era un hombre grande, o un dios chico
como los otros, pero actuando siempre a lo hombre: colérico, lleno de ira,
vengador, aunque fuera bueno con los buenos. “Su santo brazo”, “su brazo
extendido contra los enemigos”, “el dedo de Dios”, sus hazañas a lo humano no
distaban mucho de los dioses paganos.
Le pareció más inteligible la religión de los maniqueos que gozaba de buen
ambiente en su mundo africano. Las cosas malas para el dios del mal, las cosas
buenas para el Dios del bien: parecía una solución al antropomorfismo de la
Biblia. Estuvo muchos años afiliado a esa religión, aunque no del todo. Encontró
pronto en ella sus lagunas; incluso sus grandes maestros, como el más famoso
entre los maniqueos, Fausto, no consiguieron disipar sus dudas. Un Dios creador
omnipotente no podía convivir con un principio malo, tan eterno como Él, que
pretendía destruir su obra. Con la lectura de Cicerón y de otros filósofos,
principalmente platónicos, se inclinó por la pura razón y por el escepticismo en la
cuestión religiosa.
¿Quién resolvió sus antinomias? Ya estaba el santo en sus casi treinta años. Con
su madre Santa Mónica, acicate religioso ineludible en su conciencia, se instala en
Milán. El nombre del obispo San Ambrosio llenaba el ambiente de la ciudad; era
fácil escuchar su nombre en la boca de los ciudadanos, exaltando sus sermones y
sus intervenciones en bien de los necesitados y de los turbados por las inquietudes
religiosas en aquella confusión de paganos, arrianos y seguidores fieles de la
Iglesia. San Agustín se decidió por escuchar al santo de Milán. Allí encontró la
chispa que encendió el fuego saludable a su intelecto, mientras las oraciones de su
madre le ablandaban por completo el corazón, su voluntad.
San Ambrosio poseía una formación muy completa. Cercano todavía a los
grandes maestros clásicos romanos es un gran latinista. Junto con el de San
Jerónimo, el latín de los escritos de San Ambrosio goza de una elegancia y de un
sabor puro romano, que no vemos ya en otros Padres de la Iglesia ni en autores
más tardíos. Conoce a los clásicos latinos y griego; gusta de leer y de aprovechar
a los escritores alejandrinos, para inspirarse en ellos. Ve en el pensador
alejandrino Orígenes un gran maestro expositor de la Biblia. San Ambrosio
aprendió pronto su valor y lo aprovechó. Los sermones de San Ambrosio saben
exponer al estilo de Orígenes el simbolismo bíblico.
Con ese simbolismo, inspirado en Orígenes resolvía el santo los problemas
antropomórficos de todas las Sagradas Escrituras. Y San Agustín escuchaba a San
Ambrosio con la mayor atención. El simbolismo bíblico; palabras mágicas que se
grabaron con fuego ardiente y luminoso en el alma de Agustín: ¡Fuera por
completo el maniqueísmo y fuera también el puro racionalismo filosófico! El
santo encontró la piedra teológico-filosófica que determinará su vida de pensador
y de creyente. Siempre he creído que fue Orígenes quien salvó a nuestro San
Agustín, el que nosotros conocemos como lumbre gigante y santo de fe ardiente.
Orígenes dedicó su vida de escritor a la Biblia: las Exaplas, para conocer
literalmente la Biblia en su original hebreo y en sus mejores traducciones; todo
palabra por palabra (obra de superhombres), para atinar mejor con sus símbolos.
Tiene además las homilías, los escolios o explicaciones de pasajes y términos
oscuros, los varios comentarios a casi todos los libros bíblicos, aparte de otras
obras (Sobre los Principios, Sobre la Oración…), en las que la Biblia es el
principal recurso y argumento, y en las que con insistencia, junto al sentido literal
e histórico invoca el sentido espiritual y alegórico o simbólico. Gracias a ti,
Orígenes porque convertiste a san Agustín y a tantos otros antiguos, medievales,
modernos, contemporáneos y posmodernos.