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LORÌS ZANATTA

Perón y el mito de la
nación catól ica
Iglesia y Ej ército en l os orígenes del peronismo (1943-1946)
Traducción de
LUCÌANA DAELLÌ
EDÌTORÌAL SUDAMERÌCANA
BUENOS AÌRES
ÌSBN: 950-07-1674-7
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Índice
Ìntroducción .................................................................................................................. 5
1. La nación catóIica se convierte en Estado: Ia primera fase revoIucionaria,
junio-octubre de 1943 ............................................................................................. 10
El 4 de junio de la Iglesia ........................................................................................... 10
Los primeros pasos del gobierno revolucionario ........................................................ 11
La ideología del GOU, entre catolicismo nacionalista y
catolicismo populista .................................................................................................. 16
Iglesia y revolución: la tentación clerical .................................................................... 19
Los católicos y la democracia política en 1943 .......................................................... 21
La Iglesia al poder ...................................................................................................... 25
La política escolar: hacia la escuela confesional ....................................................... 28
La política social de la revolución: antes de Perón ..................................................... 33
La Iglesia entre la neutralidad y el panamericanismo ................................................. 40
La apoteosis de la unión de la Cruz y la Espada ........................................................ 42
El clero castrense en la revolución: apogeo y crisis ................................................... 45
Notas ......................................................................................................................... 49
2. EI giro nacionaIista. La "nación catóIica", de mito a reaIidad.
Octubre de 1943 a marzo de 1944 ........................................................................... 58
La Iglesia, la crisis de gobierno y el sistema político .................................................. 58
Un universo inquieto: el giro y el mundo católico ........................................................ 61
Cristo en la escuela: Martínez Zuviría, ministro de Instrucción Pública ...................... 63
La enseñanza religiosa en las escuelas públicas ...................................................... 66
La Iglesia y el comienzo de la era de Perón ............................................................... 69
Entre el sindicato único y el sindicalismo confesional ................................................. 71
Perón, el catolicismo social, la "nación católica" ........................................................ 73
La ruptura con el Eje, una cuña entre la Iglesia y los
nacionalistas ............................................................................................................. 76
La Iglesia y el gobierno en el terremoto de San Juan ................................................ 78
Notas ........................................................................................................................ 81
3. 1944. Auge y crisis deI nacionaIismo catóIico: entre eI Estado confesionaI y
Ia democracia corporativa ..................................................................................... 86
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La Iglesia y el espectro de la liberalización política ................................................... 86
Un año de inestabilidad: Iglesia y política en 1944 .................................................... 88
Iglesia, partidos políticos, elecciones ....................................................................... 92
El mundo católico dividido ......................................................................................... 96
Enseñanza religiosa, primer año .............................................................................. 102
La cruzada continúa: Baldrich, la Iglesia y el frente
universitario ............................................................................................................. 106
De la "cruzada" a la "retirada táctica": la Iglesia y los efectos
del aislamiento ......................................................................................................... 111
Notas ....................................................................................................................... 114
4. La IgIesia y eI ascenso de Perón ..................................................................... 120
¿Una primavera del catolicismo social? La política social
de Perón y la Iglesia en 1944 ................................................................................... 120
Los católicos, la utopía corporativa, el sindicato único ............................................. 125
Los católicos entre clase y nación, entre "pueblo" y
"oligarquía" ............................................................................................................... 134
La Iglesia, Perón, los Estados Unidos: la política exterior
en 1944 .................................................................................................................... 139
La cruzada antiprotestante: entre política interna y política exterior ......................... 145
Consolidación y crisis: la institución eclesiástica en 1944 ........................................ 148
El Ejército, reducto de la cristiandad ........................................................................ 154
Militarización y fragmentación: el clero castrense .................................................... 158
Notas ....................................................................................................................... 162
5. Crisis y retirada. EI 1945 de Ia IgIesia .............................................................. 171
Los dilemas de un futuro incierto ............................................................................. 171
La "democracia cristiana" y la "fuga del nacionalismo" ............................................ 173
El ocaso de las ambiciones revolucionarias: enero-abril
de 1945 .................................................................................................................... 183
La conciliación moderada: la Iglesia y el estatuto
de los partidos políticos ............................................................................................ 189
La transición democrática y la trinchera de la enseñanza
religiosa ................................................................................................................... 194
En el reino de lo opinable: la Iglesia y las reformas sociales
en 1945 .................................................................................................................... 201
Nación católica y cruzada antiprotestante ................................................................ 207
La breve "ilusión moderada" de la Iglesia argentina: hacia
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el 17 de octubre ....................................................................................................... 213
Notas ....................................................................................................................... 224
EpíIogo. Hombre de Ia Providencia o maI menor: Perón,
Ia IgIesia y Ias eIecciones ..................................................................................... 236
Notas ....................................................................................................................... 258
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Introducción
Este l ibro representa la l ógica continuación ÷y en cierto sentido la necesaria
conclusión÷ de otro que lo precedió, dedi cado a l a histori a de las rel aciones entre la
Ìglesia catól ica y el Ej ército en la Argenti na, entre 1930 y 1943.
1
Es decir, a los años
de l a melancólica decli naci ón de la hegemonía liberal y de la formación de un bloque
político e ideol ógico antil iberal que giró al rededor de la Ìglesia catól ica y el Ej ército, y
amalgamado en el mito de la "naci ón catól i ca¨. A esto, y no a una actitud narcisista, se
deben las continuas remisiones, en los distintos capítulos de este nuevo trabaj o, al que
lo precedió y que, por así decir, le al lanó el camino. Aunque este libro se diferenci a en
muchos aspectos importantes del otro, en especi al allí donde se mira a f ondo la
influencia de esa uni ón entre la Ìglesia y el Ej ército en el ascenso de Perón y en el
nacimiento del movimiento peronista, sus raíces arraigan profundamente en el
esquema analítico e interpretativo propuesto en aquél. Por otra parte, las raíces del
peronismo no son solamente aquell as fáci lmente observables, que pueden rastrearse
en la actividad de la Secretaría de Trabaj o y Previ sión, o bi en en las manifestaciones
populares del 17 de octubre de 1945, sino que se hunden con mayor profundidad en el
proceso histórico cuyas directrices se había esforzado por i ndividual i zar el primer
trabaj o. Con la guía de aquel esquema, que hacía interactuar l a historia de las ideas y
la de las instituci ones políticas y, en particular, de instituciones complej as como la
Ìglesia y el Ej ército, se desarrol la el estudio de la evolución del mito de la "naci ón
catól ica¨ durante el tortuoso proceso político que, i naugurado con la revolución militar
del 4 de j unio de 1943, desembocó en la vi ctoria el ectoral de Perón, el 24 de f ebrero de
1946.
Libre, en ci erta medida y por tales razones, del deber de volver a recorrer de
manera exhaustiva l as diversas fases y características del proceso paralelo de la
decl inación del régimen l iberal y del resurgimiento catól ico de los años '30 ÷proceso
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del que la fase políti ca abierta por la i ntervención militar del 4 de j unio de 1943 es en
gran medida la desembocadura÷, he considerado poder "al igerar¨ y, en cierto senti do,
"circunscri bir¨, el aparato conceptual e interpretativo de este trabaj o. "Al igerar¨ en el
sentido, l iteral, de reducir en la medida de lo posi ble el espacio reservado a las
reflexiones y sistematizaci ones abstractas sobre el fluj o de los acontecimientos, para
dej ar más lugar a su narración. Y esto por disti ntas razones: sobre t odo porque
considero que la narración si gue si endo un género que el historiador debe tratar de
cultivar, para comuni car a un público lo más vasto posible y de un modo agradable l os
frutos de su trabaj o; además, porque no pienso en absoluto que el estilo narrativo sea
necesariamente síntoma de escasa soli dez científica; en fin, porque, en este caso
específico, la sucesión convulsi onada de l os eventos que se produj eron en l a Argenti na
durante los años 1943-1946, así como lo fragmentario de las reconstrucciones que
existen, hacen i nevitable un esfuerzo diri gido a reconstruir por lo menos las grandes
líneas de aquell os "hechos¨ de los que los "actores pri nci pales¨ de este l ibro ÷la
Ìglesia y el Ej ército÷ fueron protagonistas.
Sin embargo ÷como decía÷ no se ha tratado sólo de "al igerar¨ el esquema
interpretativo, sino también de "circunscri birlo¨. ¿En qué senti do? El obj etivo de este
estudio ha sido, a sabiendas, el de enfocar solo y sol amente el complej o proceso
histórico que subió a escena precisamente durante esos tres agitados años de la
histori a argenti na. Todo lo ocurri do antes, y con mayor razón todo lo ocurri do después,
una vez surgido y afirmado el peronismo, queda por expresa voluntad fuera o al
margen de estas páginas. Eso, que quede en claro, no contradice en absoluto cuanto
ya se ha recordado acerca de lo inevitable que es, para comprender el sentido de esta
histori a, apelar incesantemente al legado de los años ' 30. Antes bien, esta el ecci ón
responde a la voluntad de no acreditar de ningún modo la exi st encia de una suerte de
consecutividad determinista entre aquel l egado y el nacimiento de un fenómeno en
tantos sentidos tan imprevisible ÷por lo menos en las formas que efectivamente
asumió÷ como fue el peronismo. Así como ÷por otro lado÷ a la de rehuir toda
expl icación de su nacimiento, fundada en reconstrucciones a posteri ori dirigidas a
expl icar el pasado a l a luz de lo que ocurri ó después. En real idad, tratando de esquivar
determinismos y raci onal i zaciones a posteriori, este l ibro el ige un abordaj e "ecl écti co¨
÷si así puede l lamarse÷ además de voluntariamente parcial, del nacimiento del
peronismo. Un abordaj e que enfati za, por ende, l a interacción entre elementos
"causal es¨ de l arga data ÷por así decir estructurales÷ atinentes, en senti do lato, a l a
estructura social, al contexto institucional y l a cultura política de los diferentes actores
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políticos y sociales involucrados, y elementos "contingentes¨, fruto de circunstancias a
veces imprevistas o directamente indeseadas por quien les sacaría provecho, de
eventos casuales, de poderosos condi cionamientos externos y por lo tanto no
planificabl es, de errores políticos y sus posteriores enmiendas, y de otros factores
más. Tanto que el peronismo, tal como emergió del proceso pol ítico i naugurado por l a
revolución militar del 4 de j unio de 1943, se perfila en este l ibro como un resultado en
modo alguno necesario, deseado o planificado, de aquel suceso fundante al que, sin
embargo, queda orgánicamente ligado. En fin, en muchos sentidos, aquél se perfila
como su "hij o ilegíti mo¨, aunque si empre reconocido y a veces incluso amado por
cuantos habían contribuido a generarlo, pero también desconocido o apenas tol erado
por muchos de ellos. Más aún: se proyecta, desde sus orígenes, como un fenómeno en
absol uto acorde, en importantes aspectos, con las intenciones y los ideales de su
mismo fundador, el cual nunca cesará, por otra parte, de esforzarse por remodelarlo a
su imagen y semej anza.
Por estas razones, además de mi firme convicción acerca de l a importancia de los
hechos como material primario de la investigación histórica, se observará la
insistencia, a veces tal vez incluso pedante, sobre la escansión cronológica de los sucesos ÷
tan importante para comprender los complej os mecanismos de acción y reacción que
suelen desencadenarse cuando el fluj o de la historia abandona, en determinadas fases
de "ruptura¨, el discurrir imperceptibl e de larga duración para sufrir imprevistas
aceleraciones. Así como, por la misma razón, se observará el esfuerzo ÷
inevitablemente incompleto y "naturalmente¨ selectivo÷ para fundar la interpretaci ón
de los eventos sobre la mayor cantidad posible de evidencia empírica: documentos,
publ icaciones, testimonios, etcétera.
No obstante, hechas estas precisiones es necesario añadir al gunas otras, capaces
de dar cuenta de l a pecul iar perspectiva de investigación adoptada en este estudi o.
Éste se pone en marcha a partir de un dato tal vez banal, pero no por ell o
suficientemente expl orado hasta ahora, ni por l os histori adores ni, en general, por los
científicos soci ales: l a observación de que el ci clo políti co i nici ado en j unio de 1943 no
sólo fue protagoni zado ÷en uno u otro sentido÷ por el movimiento obrero, los partidos
políticos tradici onal es, los grupos nacional istas de diversas tendencias, las
asociaciones estudiantiles, algunas potencias extranj eras, l as grandes o no tan
grandes asociaciones de los grupos propietarios, además de, naturalmente, las
Fuerzas Armadas. También la Ìgl esia, no menos que los actores recién recordados, fue
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otra de sus protagoni stas principales, y ej erció en él una influencia decisiva, tanto en el
plano de las ideas y de las propuestas pol íticas y sociales, cuanto en el pl ano del peso
institucional en la lucha por el poder y l a conquista del consenso. La Ìglesia, para ser
más precisos, entendida ya sea como j erarquía eclesiástica y cl ero, ya sea baj o el
ropaj e de sus múltiples organi zaciones l aicas, de su prensa, de sus intelectuales y
fiduciarios políticos. Y aun más como institución profundamente enrai zada en la
sociedad y vehículo de un bagaj e doctrinario articulado y sóli do, cuyo reflej o sobre l a
vida política y social aparecía condensado en el mito de la "nación catól ica¨, tan fuerte
que le hubi era bastado ÷por lo menos así parecía y el la esperaba el 4 de j unio de
1943÷ para fungir como basamento ideal del "nuevo orden¨. Un orden diferente de
cualquiera de los órdenes políticos fundados por las ideologías secul ares modernas, y
por ende alternativo a la decli nante democracia l iberal, pero también a la aborreci da
solución comunista y la derivación "pagana¨ asumida por la reacción antil iberal en
algunos Estados totalitarios. Un "nuevo orden¨, en suma, integralmente católico y,
como tal ÷de acuerdo con ese mito÷ estrechamente nacional, coronación del regreso
de la Argentina al núcleo de las "sociedades cristianas¨, de la reuni ón entre el Estado y
el "pueblo catól ico¨, entre las instituciones políticas y sociales por un lado, y la nación
y su sempiterna identidad por el otro.
Dicho esto, si n embargo, este trabaj o se esfuerza por no aislar nunca a su actor
principal, l a Ìgl esi a, del contexto histórico y social en el que actúa. El la es segui da y
estudiada en sus expresiones "temporales¨ ÷sean éstas políticas, sociales, ideales÷ y
no meramente como "depósito de una fe¨, o como institución ontológicamente perfecta
y triunfante, cuyo soplo espiritual se irradiaría casi naturalmente, y si n duda
providenci almente, sobre la vida de las sociedades y de los pueblos. La Ìglesia que
emerge de estas páginas es una i nstitución humana, bien i nmersa en la histori a,
constreñida a la intensa interacción con el "mundo¨ y sus actores, más plural y
articul ada en su interior de cuanto ell a trate de aparentar fuera de sus muros. Puesto
en esta perspectiva, su extraordinario protagonismo en los acontecimientos históri cos
que siguieron a la ocupaci ón militar del poder en 1943 no puede entenderse
prescindiendo de la relación en muchos senti dos simbiótica, en el pl ano ideal e
institucional, que había tej ido con el Ej ército en el curso del decenio precedente. Es
ese trasfondo lo que hace del vínculo entre la Ìglesia y l os militares un obj eto de
anál isis central e ineludible, en modo alguno particular y marginal en el estudi o del
turbulento trienio del que i ba a sal ir una Argentina radical y definitivamente distinta de
como había sido hasta entonces. Por eso vali ó la pena sondear la naturaleza de tal
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vinculación, así como seguir sus transformaciones, que fueron numerosas baj o la
presión de las tensi ones contrastantes a l as que dicho vínculo fue sometido entre la
revolución de j unio y la elecci ón de Perón. Sin determinismos, una vez más, porque si
es cierto que el humus ideal nacional catól ico, que al imentaba el vínculo entre la
Ìglesia y el Ej ército, fue sin duda el terreno del que se nutrió también Perón, también
es cierto que aquel vínculo pasó, entre 1943 y 1946, a través de distintas fases,
profundos aj ustes, borrascosas fracturas, bruscos y precarios reaj ustes. En suma, la
"nación catól ica¨ invocada por Perón en 1946 ya no será la misma que la que el bloque
clérico-militar subi do al poder tres años antes había caldeado, aunque existía una
inequívoca fil iación. Y j ustamente de esto se ocupan en primer lugar estas pági nas: del
recorrido, de los cambios semánticos, de las contradicciones, de los cambios de
referentes sociales y de modelos políticos, de las desviaciones obl igadas, atravesadas
por la "nación católi ca¨ en su pasaj e de "mito¨ a "real idad¨, a prácti ca política, a
ej ercici o del poder. De la materiali zación, en suma, y de la consecuente
transfiguración, del mito naci onal catól ico.
Dicho en otros términos, me propuse afrontar la complej a interacción y l os
resultados pecul iares del encuentro, y a veces del desencuentro, de un bagaj e ideal
profundamente radicado en el pasado, en l a tradición, con los ti empos modernos y sus
caracteres. Es decir, de un universo i deal ÷aquel sobreentendido en el mito de la
nación catól ica÷ estrechamente anclado en un imaginari o reli gi oso hi stóricamente
ligado a los regímenes de cristiandad, caracteri zados por la homogeneidad confesional
y por el vínculo orgánico entre la esfera espiritual y la temporal, por soci edades poco
diferenciadas y a menudo bastante estáticas, con una real idad radicalmente mutada
respecto de aquel la que él presuponía. Una real idad que tal herencia ideal deseaba
"reconqui star¨, signada por el ingreso de las masas a la vida política y social, por la
seculari zación de l as costumbres y a menudo también de las creencias, por la
multiplicaci ón de los derechos de los individuos, por el plural ismo de hecho en el pl ano
político y cultural, por un extraordinari o y siempre creciente dinamismo, por la
separación ÷ya no remendable÷ entre el poder temporal y el poder espiritual. Lo que
brota de tal encuentro, va de suyo, no es una mera restauración de un orden y de
valores antiguos. Pero tampoco es un fenómeno del todo nuevo, eminentemente
"moderno¨, que hubiera perdido con aquél l os todo tipo de vínculo. Como suele ocurrir
en la histori a, el resultado de tal interacci ón es una mezcla i nestable, mutable, de los
ingredientes distri bui dos de manera y cantidad cambiante entre lo "viej o¨ y lo "nuevo¨.
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Mezcla, además, que con el beneplácito de quien confía en el poder expl icativo de l as
grandes dicotomías ÷Estado y soci edad, liberales y nacional istas, ilustrados y
oscurantistas, democracia y autoritarismo, etcétera÷ las confunde, las somete a
cambios de significado, trasciende los límites demasiado rígidos entre ellas. En suma,
aquello a lo que se asiste en el curso de tal proceso es la redislocación de los valores
y conceptos tradi cionales del mito naci onal catól ico dentro de un universo semántico
nuevo, en parte impuesto por las circunstanci as, en parte fruto de su evolución
endógena. En tal sentido, aparecerá totalmente paradigmática la metamorfosis
lingüística conocida por el término "democracia¨ entre 1943 y 1946. Un término antes
desagradabl e a la ideología nacional católi ca, cuando no directamente rechazado o
combatido, pero que fue luego revalori zado e incorporado como un elemento natural de
su lenguaj e. No obstante, esta revalori zaci ón e incorporaci ón, a través de una frondosa
adj etivación no dej aba de conservar, dentro del uni verso de val ores sobreentendido por
el término "democracia¨, el tradici onal ethos nacional catól ico. Y por l o tanto hacía que
ese término tuviera, en la cosmología nacional catól ica, una relevanci a y una
significación distintas de las que el mismo poseía en el universo ideal de l as
ali neaciones ideol ógi cas y políticas que a ell a siempre resultaron extrañas o adversas.
Entiéndase bi en, todo esto no signifi ca en absoluto teori zar una especie de
relativismo histórico extremo. Vale l a pena precisarlo. No pretendo afirmar que el
resultado del trienio "revolucionario¨ ÷el peronismo÷ fuese del todo o en gran parte
"casual¨, o que esas dicotomías no resul ten de al gún modo útiles para describir su
naturaleza. En este sentido, este l ibro se esfuerza por reconstruir una genealogía
ideológica o espiritual del peronismo, y sostiene que sus raíces cal an profundamente
en aquel imaginario "tradicional¨, naci onal catól ico, del que se hablaba. Más aún, en tal
sentido ÷dicho sea de paso÷ este trabaj o se propone redimensionar el lugar común,
bastante difundido, que pretende que habría habido "dos revoluciones¨ de j unio, la
primera clerical y autoritaria, la segunda eminentement e popular, personali zada por
Perón, separadas entre sí por una brusca solución de continuidad. Lo que trato de
sostener precisamente en virtud de estas consideraci ones, es que esas raíces ideal es
del peronismo ni se mantuvieron inalteradas en el convulsi onado proceso del que
concretamente nació, ni se desvanecieron, trastornadas por el aporte de hombres y
tradici ones extrañas a ellas. No hay, a mi j uicio, muchas razones para que aparezca
tan obsesivamente el dil ema que tiende más o menos explícitamente a emerger
constantemente en los estudios acerca de la relación entre el catolicismo y el
peronismo, que separa a qui en lo conci be como un movimiento protorrel igioso, de
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quien l o consi dera un fenómeno político eminentemente secul ar y seculari zante. Más
aún, me parece más bien el fruto de la resistencia a aceptar la presencia en él de
ambos elementos. Ni, por un lado, el peroni smo desintegra el víncul o con la
cosmología esencial mente religiosa ínsita en el nacional catoli cismo, ni, por otra parte,
puede eximirse ÷al trasponerl a de "mito¨ a "real idad¨÷ de efectuar de el la una
proyecci ón secular.
Muchas otras advertencias podrían añadirse en la apertura de este volumen.
Muchas más de cuanto una i ntroducción que no acabe por i nhibir la lectura pueda
contener. Baste con subrayar, por ende, como prevenci ón de equívocos, que él
propone una historia política, ni rel igiosa ni social, de la revol ución de j unio de 1943.
Esto no significa de ningún modo presci ndir de la peculiaridad de la Ìgl esia ÷para
todos evidente e i ncesantemente enfatizada por l os especialistas "del ramo¨÷
reasumible precisamente en su fundamento espiritual. Ni mucho menos implica al gún
desinterés por la acción social del catol icismo. Todo lo contrario. Tanto que esos
ámbitos no se omiten en absoluto. Pero lo central del l ibro es la relación entre la
cultura política catól i ca y la cultura políti ca de al gunos actores ÷los militares, l os
"peronistas¨, los "nacional istas¨ y otros más÷ que, tomándola, invocándola para sí,
inj ertándose en el la, pretendiendo con razón o sin razón encarnar su esencia,
presidieron la entrada de la Argentina en la época de l a política de masas,
condicionando en forma permanente sus valores, su esti lo político, el sentido del
Estado y de las i nstituciones, l a reelaboración de la identidad nacional y del concepto
de legitimidad política.
En fin, este trabaj o se esfuerza por rehuir el i dealismo ÷a mi j uicio abstracto÷ de
las reconstrucciones, frecuentes, que invocan paradigmas expl icativos perfectos y
universales, tan armoniosos arquitectónicamente como para resultar "sospechosos¨,
además de escasamente creíbl es. Es decir, de reconstrucci ones que ti enden, de
manera más o menos articulada, a divisar en el devenir históri co l a eterna reedición de
la lucha entre "el bi en¨ y "el mal¨, "el progreso¨ y "la reacción¨, "la verdad¨ y "el error¨.
Que transforman el anál isis histórico en "j uicio moral¨. Reconstrucciones ancladas en
"paradigmas¨ inoxidables, impermeables a las esfumaturas, a las di stinciones, a l as
crónicas hi bridaciones que la histori a en real idad propone. A menudo incluso a la
evidenci a empírica. Que vuelven a poner eternamente en escena la lucha del
"liberal ismo¨ progresista con el "clerical ismo¨ reaccionari o y el itista o a la inversa, que
pretenden redescubri r el ethos "democrático¨ de l a tradición escolástica-tomista para
contraponerlo a la naturaleza "ontológicamente¨ autoritaria y estatista del "l iberalismo¨
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y de sus epígonos. No dispuesto a soportar cualquier "historia sal vífica¨ y
"providencial¨, he tratado más bien de emplear esas imponentes categorías
conceptuales, de por sí ambiguas, ya no como instrumentos de "absolución¨ o de
"condena¨ ÷funciones de las que el histori ador no tiene por qué considerarse
investido÷ sino más bien como tipos ideales para hacer interactuar con l a sucesi ón
concreta de los hechos, para cotej ar con l as "contaminaciones¨ a las que no pudieron
escapar, luego del inevitable contacto con "el mundo¨.
NOTAS
1
L. Zanatta, Del Estado l iberal a la nación catól ica. Iglesi a y Ejército en los
orígenes del peronismo. 1930-1943. Universidad Nacional de Qui lmes, 1996.
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1
La nación catóIica se convierte en Estado:
Ia primera fase revoIucionaria, junio-octubre
de 1943
El 4 de j unio de l a Igl esia
El 4 de j unio de 1943 la Ìglesia alcanzó el poder. La expresión sonará
paradój ica, tal vez provocativa. Y sin embargo es fundada. La revolución militar fue
para el la el esperado evento que ponía fin para siempre al largo período de l a
hegemonía liberal y abría de par en par el camino a l a restauración "argentinista¨, o
sea "catól ica¨. Tal circunstancia atenúa considerablemente una convicci ón
sumamente difundida, por lo menos en la historiografía: aquél la según la cual la
"revolución nacional¨ de j unio había nacido baj o el signo de la indeterminación
ideológica, de la confusión programática. En real idad, su carácter genui namente
castrense implicaba de por sí una matriz ideol ógi ca sufici entemente articulada,
además de algunas orientaciones programáticas bastante definidas. De manera
diferente de lo ocurri do en 1930, la institución que se había apoderado del poder en
1943 era la que la propaganda católi ca definía familiarmente como el "Ej ército
cristiano¨. Su intervención coronaba la larga marcha de la "reconquista cristiana¨ de
las Fuerzas Armadas. Y, a través de ellas, del Estado. Era la desembocadura
natural de la "vía militar al cristianismo¨.
1
Sin duda, aquel Ej ército no era un monolito. Al contrario, casi como una suerte
de partido catól ico, estaba surcado por las diversas corrientes que también
atravesaban el catol icismo argentino. Esto no quita que la Ìglesia y el Ej ército
formaran desde hacía cierto tiempo un bl oque de poder consolidado por una densa
red de al ianzas instituci onales, personal es, ideológicas, culturales. Es más: el
Ej ército, con sus institutos educati vos, sus tareas sociales, sus capel lanes, su
ideología "naci onal¨, tradici onalista pero industrial ista, había encarnado cada vez
más, con el pasar de los años, un embrión de nación católica. Después del 4 de
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j unio, ese embrión podía finalmente fecundarse, es decir, proyectarse sobre toda la
sociedad. Desde esta perspectiva, la instal ación de un gobierno militar y el ascenso
al poder de la Ìgl esi a no eran sino dos aspectos de un mismo proceso.
En el plano ideol ógi co, el el emento clave del vínculo orgáni co entre las dos
instituciones y, por l o tanto, del humus revol ucionario, era el compartir un mito: el
de la "nación católica¨. Sobre la base de ese mito, el catol ici smo representaba el
ADN de l a nacional i dad. De acuerdo con su doctrina y sus valores morales y
sociales se reconstrui ría el edificio de la nación.
Como se verá, es cierto que el recl amo al catol icismo como elemento fundante,
legitimante, del nuevo orden, l levaba en sí, a su vez, un elevado grado de
indeterminación, sobre todo cuando de ell o derivaban medidas concretas. Vale
decir, cuando de la i deol ogía se pasaba a la política. Tanto, que la revolución de
j unio devino pronto en el caótico l aboratorio de elaboración de un régimen cristiano,
en el cual competían concepciones "restauradoras¨ e "innovadoras¨, "j erárquicas¨ y
"popul ares¨: un l aboratorio en el cual, en otros términos, convivían disti ntas y a
veces i ncompatibles concepciones de la misma cristiandad, l as que, hasta el 4 de
j unio, sólo habían podido agluti narse por la común fobia antil iberal. Pero también
fue cierto que, inspi rándose precisamente en el mito de la "nación catól ica¨, las
nuevas autoridades, desde el día sigui ente de la revoluci ón, se ocuparon de
redefinir los límites y l os criteri os de la legitimidad política, ideológica e i ncl uso
cultural, en la Argenti na.
A la luz de esto, ¿es dabl e pensar que la Ìglesia estaba al tanto de la inminente
revolución? ¿Era posi ble que, dados los infinitos vasos comunicantes que la l igaban
al Ej ército, no estuvi ese al corriente de que un movimiento militar se anticiparía a
las elecciones presi denciales? Sobre todo porque ella compartía con el Ej ército una
aguda angustia respecto de su real i zaci ón. En efecto, en dichas elecciones se
perfilaban como alternativas un candi dato del orden li beral, por lo demás contrario a
esa política de neutralidad respecto de la guerra de la que la Ìglesia era una
ferviente sostenedora, y un candidato "frentista¨, en el cual l a Ìglesi a reconocía a
ciencia cierta a un cabal lo de Troya del comunismo. En este sentido, también
algunas personal idades vinculadas con el mundo católico enfati zaron l a sorpresa
que les causó la revolución;
2
i ncl uso, el mismo diario católico de la Capital, en su
edición del 4 de j unio, no dej ó transparentar en absoluto la inminencia de una
intervención militar. Todo lo contrario.
3
En suma, la documentación conocida no permite afirmar que las autoridades
eclesiásticas hubieran sido informadas acerca de los planes de ruptura del orden
constitucional. No obstante, se puede hipoteti zar que amplios sectores catól icos y
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de l a j erarquía misma no se sorprendieron en absoluto. Y no sól o porque
importantes exponentes del cl ero, bi en integrados en l a vida eclesiástica, ya desde
mediados de los años '30 habían animado las recurrentes conspiraciones militares,
sino, sobre todo, a la luz de las reacciones oficiales del mundo católico respecto de
la revolución: tanto por su tono entusiasta como por la rapidez que el los
demostraron al reconocer la perfecta sintonía del proceso políti co que se abría con
las aspiraciones del catoli cismo argentino.
Los pri meros pasos del gobierno revolucionario
Según un autor, "l a posi ción de la j erarquía eclesiástica respecto de la
Revolución del 4 de j unio, fue positiva. Si bien no hay una manifestación explícita al
respecto, los móvi les de l a revol uci ón coincidirían con algunos si gnos de
preocupación que había manifestado la Ìgl esia en la década del '40¨.
Para otros, en cambio, no habría existido en absoluto "ninguna referencia
públ ica de los obispos, en conj unto o individualmente, sobre la revolución¨.
4
Sin
embargo, no era dable esperar que el epi scopado publ icara una carta pastoral de
explícita adhesión a la revolución. Además de imprudente, un documento de esa
índole hubi era contradicho la doctri na por la cual el Magisteri o no se compromete
directamente en cuestiones políticas. Pero el análisis de la reacción eclesiástica
ante la intervención militar ciertamente no puede limitarse a la búsqueda de una
carta pastoral de los obispos. Ampliando un poco la perspectiva, no es difícil
observar que no sólo tal reacción no fue en absoluto tibia, sino que los hechos del 4
de j unio desencadenaron, entre las filas católicas y en la misma j erarquía, un
entusiasmo ilimitado. O, mej or aún, encendi eron en ell os el vértigo del triunfo;
perfilaron un futuro del que ell os mismos podrían ser finalmente forj adores.
Las publ icaciones católi cas dan de el lo una exhaustiva demostración. Tampoco
es verdad que los obi spos se abstuvieran de hacer comentarios. Ya el 8 de j unio de
1943, por ej emplo, monseñor Gui l land, arzobispo de Paraná, no manifestaba dudas
sobre la natural eza del nuevo curso político, al felicitar al presidente Ramírez por su
"magnífico programa de gobierno¨.
5
Y a sólo un mes de la revolución, el obispo de
Río Cuarto, monseñor L. Buteler, directamente hi zo cel ebrar una hora santa de
agradecimiento a Di os por los propósitos que inspiraban al gobi erno del general
Ramírez.
6
La Ìglesia había contribui do en gran medida a crear el clima revolucionario.
7
El
hecho de que las Fuerzas Armadas hubieran tomado el poder era para el la, de por
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sí, una garantía acerca de la orientaci ón de la revolución. En este sentido es
emblemático que, mientras l os partidos de la oposición, los si ndicatos y la opini ón
públ ica manifestaban prudencia o dudas sobre l as primeras declaraciones de las
nuevas autoridades, los ambientes catól icos las celebraron al instante. Ya el 5 de
j unio, cuando aún reinaba confusión en la Casa Rosada, El Puebl o refería los
hechos del día anterior con un titul ar a nueve columnas: "Tri unfa un movimi ento
militar argentini sta¨. Esa pal abra ya mágica, "argenti nista¨, aludía a un humus
ideológico y al respectivo programa de gobierno. En cuanto a Criterio, el prestigioso
semanario dirigido por monseñor Franceschi, no i ba a la zaga, tanto que defini ó
inmediatamente a la revolución como una "racha purificadora¨.
8
Tan sólo algo más
de tiempo fue necesario para que la prensa catól ica de Córdoba y de otras
provincias del interi or, alej adas del centro de los acontecimientos, se liberaran de l a
ini cial prudencia y ll egaran a l as mismas, entusiastas, conclusi ones: el programa de
las nuevas autori dades era genuinamente "argentinista¨.
9
Apenas ll egado al palacio presidencial, el nuevo Presidente, general Rawson,
que sería inmediatamente destituido por el general Ramí rez, había formulado
declaraciones que reaseguraban a la Ìglesia. Esta circunstanci a no debe
descui darse, puesto que él representaba a aquel sector de la j erarquía militar que
encarnaba, según la interpretaci ón más difundida, la tradición "liberal¨ del Ej ército.
El hecho de que fuera él quien expresara como propias algunas de las más
significativas reivindi caciones de los católi cos indicaba hasta qué punto éstas
habían pasado a ser patrimonio común de las diferentes corri entes del Ej ército, y
hasta qué punto constituían entonces una premisa ideal del programa militar.
También indicaban qué poco quedaba de ese liberal ismo laico que en el pasado
habían al bergado las instituci ones castrenses. En el fondo, ese efímero Presidente
había condenado gl obalmente la cl ase pol ítica tradicional, se había comprometido a
combatir el comunismo, activando a tal fin una nueva política de previsión en el
terreno social, había atacado el capital en su cal idad usuraria y, en fin, había
pronunciado una frase que para los católi cos prometía por sí misma un cambio
histórico: "[...] la educación de l a ni ñez ÷dij o Rawson÷ está alej ada de la doctrina
de Cristo¨.
10
Para El Pueblo tales conceptos demostraban la intención del gobierno militar de
promover una "regeneración nacional¨ a través de un "pl an de acción fundado en
esenci al es principios, penosamente olvidados durante toda una época de la histori a
nacional¨.
11
En suma, dicho pl an no se habría limitado a una superficial sustitución
de l os hombres en el poder, si no que habría determinado un cambio de sistema,
cerrando el largo paréntesis liberal de la historia nacional.
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Pocos días después el general Ramírez, que había reemplazado a Rawson,
repitió los mismos conceptos, expresando de manera aun más definida su propi a
sintonía con los anhelos del catolicismo argentino.
12
Para los frecuentadores de l os
círculos catól icos y de su prensa, hasta el lenguaj e del Presi dente debía resultar
claramente familiar, lleno como estaba de estereotipos comunes entre ell os. En
efecto, la más alta autoridad de l a naci ón había hablado del "nobl e y puro i deal de
argentinidad¨ que inspiraba al gobi erno, de l os cuarteles como "escuel as de virtud y
hogares del honor, cuyos fundamentos son tan hondos como el ori gen mismo de la
argentinidad¨, de los j efes revolucionarios como los "más puros ej emplos de
abnegación y desi nterés puestos al servici o de Dios y la Patri a¨.
13
Luego, el 15 de j uni o, el Presidente se reunió con la prensa aclarando una vez
más cuáles eran las bases ideol ógicas de la revol uci ón. Algunos ambientes políticos
prefirieron destacar en dichas declaraciones sobre todo la esperanza suscitada por
la promesa de un futuro retorno a la normalidad constitucional, además de la
condena del fraude electoral y de l a corrupción administrativa; la Ìglesia, por su
parte, tenía motivos mucho más fundados para apreciarlas. En el fondo, más allá de
esos principi os generales, sobre los cual es l a Ìglesi a poco tenía que obj etar, era
importante el marco ideal dentro del cual se i nscribían. En real idad, esto último era
lo que permitía comprender el significado que el Presidente quería atribuir a esas
afirmaciones genéricas. Y en cuanto al marco ideal, Ramírez había sido claro: l a
revolución estaba guiada por la aspiraci ón de "renovar el espíritu nacional y la
concienci a patria [...] infundiéndole nueva vida en concordancia con la tradici ón
histórica¨. Había sido real i zada para "dar contenido ideol ógi co argentino al país
entero y entregarle, entonces, saneado y renovado en todos sus valores y fuerzas
vivas, el brazo legal que debe gobernarle¨.
14
El si gnificado de estas frases, que muchos autores consi deraron vacuas,
síntoma de una defini ción ideológica sólo aproximativa de los revolucionarios,
resulta más claro a l a l uz de la identificación, asumida profundamente por la cultura
política de l os militares, entre "tradición nacional¨ y "nación católi ca¨. El bagaj e ideal
ostentado por Ramírez era un rompecabezas compuesto por referencias a un
catol icismo tradici onali sta y paternalista, en cuyo imaginario el "pueblo¨ era una
entidad abstracta y dependiente. El pueblo "quiere ser i nterpretado y defendido¨,
aspira a la "tranqui l a convivencia en el orden¨, según lo que ÷había subrayado
Ramírez÷ había afirmado Santo Tomás de Aquino, y reafirmara recientemente Pío
XÌÌ. Orden y j usticia social debían ir de la mano, sin contraponerse. En cuanto a l a
ley el ectoral, que garanti zaba el sufragio universal, la defini ó como "una conquista¨ ,
pero no excluyó la eventualidad de que fuese necesario perfeccionarla. A l os
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"hombres de partido¨ contrapuso, como valor superior, el hombre patrióti co. Por l o
tanto, su proclamado constitucionalismo, que tanto había i lusi onado a los partidos
de la oposición sobre el carácter democrático del nuevo curso político, debía
enmarcarse dentro de las coordenadas ideológicas del pensamiento católico. No es
casual que el diari o de l a diócesis de Córdoba, muy lej ano a los tonos a menudo
encendidamente nacional istas de su correspondiente de la Capital, y más bien
ali neado en posiciones de un confesi onal ismo moderado, celebrara en las
afirmaciones de Ramírez la promesa de una "restauraci ón constitucional¨. Lo hacía
allí donde esto implicaba la restauración de la Const itución en su espíritu más
profundo, eminentemente cristiano, contra los abusos interpretativos de los que,
según una fuerte corriente revisionista que se había desarroll ado en el catol ici smo
ya en los años '30, era culpable la cultura l iberal.
15
La i nterpretaci ón que el catol icismo argentino daba de la revolución, coincidente
con aquel la que repetían frecuentemente, tanto por entonces como posteriormente,
los propios revoluci onarios, fue explicitada en su forma más articulada por
monseñor Franceschi.
16
Éste negó, ante todo, polemizando con otras
interpretaci ones corri entes, la adhesión a determinadas fuerzas políti cas de los
dirigentes militares. Clara admonición ésta, dirigida a todos aquellos que habían
querido ver en la revolución un i nstrumento de mera recomposición institucional;
una antecámara, en última instancia, del retorno al poder del partido radical que, se
suponía, era con mucho el más popul ar en el caso de elecci ones regulares. De
hecho, él insistió sobre un punto fundamental: el deber de l a revolución no sería
solamente el cambio de los hombres del vértice. Volvía a proponer así el mismo
dil ema ya afrontado al día siguiente de la revolución militar de septiembre de 1930:
¿eran los hombres los que no funcionaban o el sistema? Pero si en 1930 la mayor
parte de un mundo católi co aún débi l y di sperso se había adecuado al mero cambio
de los hombres del gobi erno, en 1943 la al ineación a favor de la transformación
radical del sistema político y social era mucho más vasta, del mismo modo que la
Ìglesia estaba en condiciones de ej ercer un poder y de mover un consenso
inmensamente mayores. Por otra parte, precisamente para que no se repitiera el
fracaso de 1930, l os oficiales revoluci onarios de 1943 habían hilvanado un
movimiento puramente militar, sin ni nguna implicaci ón con los políticos, cuya
influencia consideraban nefasta.
En cuanto al contexto político general, Franceschi no tenía dudas acerca de que
la revol uci ón había prevenido j usto a tiempo una inminente convulsión social.
Expresaba de ese modo la convicción de que los militares habían reali zado una
saludabl e revol uci ón preventiva, de acuerdo con l o sostenido a menudo por
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importantes líderes revolucionarios, y en especi al por los miembros del GOU.
17
A
su entender, existía en el país un "estado prerrevolucionario¨, que el proceso
electoral interrumpido por la intervenci ón militar no había sino agudi zado. Y por
cierto, los partidos opositores no constituían una barrera; consideraba que, aun
definiéndose democráticos, estaban "i nfestados por células comunistas y núcleos
revolucionarios de toda especie¨. Entonces, ¿cuál es podrían ser los resultados de l a
revolución? Ella ÷según Franceschi÷ habría de imponer una vía fundada en la
j usticia social casada con el orden, tal como en esos mismos días había afirmado
Ramírez citando al Pontífice. En caso de que al recorrer este camino fallara, los
posibles resultados habrían de ser "o bien la vuelta a la politiquería y el derrumbe
progresivo e irremedi able haci a la podredumbre y la disolución; o bien el régimen de
los cuartel azos y el i mperio de un sargento triunfante. Ambos extremos nos llenan
de horror.¨
Sobre la explícita referencia de Franceschi a una i ncisiva política soci al como
ej e del programa revolucionario, completamente natural dada su cal idad de
exponente de vanguardia de la corri ente soci al del catolicismo argentino,
volveremos más adel ante. Por ahora baste puntual i zar cómo las observaciones que
formuló al respecto en su primer comentario a la revolución reflej aban de manera
fiel el tipo de actitud de gran parte del mundo católico ante la novedad que el la
representaba. Lo que de esas observaciones se transparentaba era la enorme
confianza que en sus filas se cultivaba ante la posibil idad de concil iar, en el
contexto argentino, el orden y la j usticia soci al. Esta confianza partía de l a
convicción, expresada por Franceschi, de que las clases peligrosas, es decir la
"unanimidad de l as cl ases modestas¨, "está con la revolución¨, así como "la inmensa
mayoría de la clase media¨. A la inversa, los enemigos del nuevo curso estaban en
el campo de la "plutocracia¨ y de los "caudi l los políticos desaloj ados¨. Tarea del
gobi erno debía ser, por ende, ir al encuentro del puebl o asegurándole una vida
mej or y una "j usticia suficiente¨. En ese caso, concluía, "no di go que el hombre del
pueblo no desee dej ar oír su voz de vez en cuando, pero la preocupación electoral
pasará completamente a segundo pl ano¨.
18
Por lo tanto, consideraba que la
revolución podía obtener el consenso de los sectores populares sin tener que
movili zarlos. Las virtudes de la intervenci ón estatal en el campo soci al, inspirada
naturalmente en la doctrina social católica, habrían en suma introduci do condi ciones
de mayor j usticia al prevenir el desorden y la agitaci ón clasista.
Esta perspectiva, si en algunos aspectos iba a revel arse profética, en el fondo
aparecía como veleidosa. En el la afloraba lo abstracto de un catolicismo crecido en
la orgullosa reivindicación de la absoluta autosuficiencia de su propia doctri na, más
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preocupado por contraponerla a los "errores¨ li berales que a proyectar su concreta
factibili dad en la realidad de las relaciones sociales. En otros términos, la mayor
parte de los catól icos, entusiasmados por la transición de la Argentina li beral a la
Argentina catól ica, consideraba que por fin se estaba viviendo el momento tan
esperado, en el que l a única doctrina verdadera, la de l as encíclicas soci al es, iba a
poder aplicarse en condiciones similares a las de un laboratorio, sin estorbos
electorales y sin rui dosas oposiciones o inoportunos conflictos entre las clases
sociales.
Una simplificación tan excesiva de las perspectivas políticas, cuyos límites
pronto saldrían a la luz, no debe interpretarse sin embargo como una actitud de
ingenui dad o pasivi dad por parte de l os católi cos y de l a Ìglesi a. El los se ocupaban
también de que se aprontaran los instrumentos aptos para hacerlas real idad. Así, se
contaron entre los más fervientes sostenedores de las primeras medidas concretas
adoptadas por el gobierno en el intento de crear dichas condici ones de laboratorio.
Estas medidas impli caban una sistemática represi ón política, especi almente en
perj uici o de los grupos o parti dos de i nspiración marxista, y un rígido control
gubernamental sobre la prensa.
19
Al mismo tiempo, siempre en la perspecti va de f undar las estructuras de esa
suerte de l aboratori o que se pretendía l legase a ser la organi zación política y social
del país, la prensa católi ca volvió a lanzar diferentes proyectos de modificación de
la l ey el ectoral y de reforma del sistema político que desde hacía un tiempo
circul aban entre las filas del catolicismo argentino. Soluciones corporativas, sufragio
familiar, limitaciones del sufragio basadas en discriminaciones de carácter
ideológico, restricción del derecho a ser el egi dos: todas estas fórmul as, total o
parcialmente alternativas de l a democracia parl amentaria, fueron mantenidas en
vida, con diversa intensidad, hasta por lo menos los primeros meses de 1945. El lo
confirmó hasta qué punto el obj etivo católi co de la concil iación entre j usticia social y
orden político remitía a una concepción política tendiente a reducir el peso del
consenso electoral en l a estructura i nstitucional y en el proceso de decisión política.
En suma, los católicos tendían a proyectar una organi zación pol ítica del Estado que
integrara sólo de forma indirecta y parcial, y en cual quier caso de manera no
desestabil i zadora, a las masas populares en la vida política nacional. En otros
términos, en los ambientes catól icos prevalecía el concepto de "gobierno de los
mej ores¨, entendido como "gobierno desde arriba¨, del que la revolución de j unio
prometía ser el mej or ej emplo, que habría de conservarse en el futuro a través de la
predeterminación instituci onali zada de rígi dos y selectivos criterios de elección de
los gobernantes.
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A l a luz de estas consideraciones es lícito preguntarse si el programa
revolucionario cultivaba análogos proyectos. El presidente Ramírez, como se
recordará, en la entrevista del 15 de j unio había aludi do la eventualidad de
"corregir¨ la ley Sáenz Peña. Debe observarse que l os periódicos catól icos
presentaban habitual mente propuestas de reforma electoral. Cuando Franceschi
publ icó sus primeras "consi deraciones sobre l a revolución¨, el Presidente se
apresuró a envi arle una elogiosa carta, con la que Ramírez quiso manifestar su
aprecio por los conceptos expresados por el director de Criterio. En dicha carta
remarcó con fuerza l a propia adhesión al mito de la "nación católica¨, remitiéndose
al "fulgor¨ de las encíclicas soci ales, a la "Cruz con que España marcó para siempre
el alma del continente¨ y manifestando un encendido espíritu de restauraci ón
cristiana frente a la "negación de la i denti dad nacional¨ de l a que había si do víctima
la Argentina.
20
En general, el ideal de una organi zación política y social fundada en
principi os corporativos, así como una visceral hostil idad hacia el concepto l iberal -
democrático de representaci ón, estaban profundamente arraigados en el
pensamiento del catolicismo nacional ista que impregnaba los círculos militares. Por
lo tanto es dable suponer, o al menos no se puede descartar, que las autoridades
militares l legadas al poder prometiendo transparenci a en l os escrutinios
contemplasen una "normalidad constitucional¨ por l o menos en parte corregida, es
decir, una suerte de "democraci a restringi da¨ o de "democracia corporativa¨.
Siempre observando desde una perspecti va puramente política la fase abierta
por la revolución, puede extraerse otra consideración. Por lo menos hasta la primera
crisis de septiembre de 1943, entre l as di ferentes corrientes internas, tanto en las
filas del Ej ército como en la Ìgl esi a, prevaleció una suerte de precario acuerdo de
máxima sobre algunas cuestiones fundamentales. En esos primeros meses no se
asisti ó, por lo menos públ icamente, a bruscas fracturas entre las corri entes
opuestas, aunque el las existieran y fueran fácilmente reconocibles detrás de la
unanimidad de su fachada. El marco ideal fij ado por las procl amas revolucionarias
aparecía suficientemente elástico o genérico como para permitir la convivenci a de
almas muy disti ntas entre sí. Éste es tal vez el único, efímero período de la
revolución en el que una superficial alusi ón a l a catolicidad de la naci ón funcionó
como adhesivo, como elemento de cohesión espiritual de las diversas corrientes que
habían confluido en ell a. Muy pronto este marco consensual se rompió en pedazos
para recomponerse, sólo parcialmente, durante la campaña electoral para l as
presidenci ales de febrero de 1946, cuando la formación de l a Uni ón Democrática
reflotó el espectro del retorno de la Argentina lai ca y li beral . En la primera fase
revolucionaria, vi éndolo bien, tal fenómeno se j ustificaba por las prioridades del
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momento. La revolución se dedicó mucho más a reprimir a las oposiciones y a
desmontar el orden liberal que a edificar un nuevo orden. Vale decir que esa
precaria unanimidad inicial no era más que una prolongación de lo que ya
precedentemente había reunido a las di versas corri entes del mundo católi co en
torno al común antil iberali smo.
Esta observación es verificable tanto entre las fil as revolucionarias como entre
las catól icas. En el primer gobierno revolucionario, por ej emplo, convivieron al gunos
oficiales de tendenci a católica nacional ista, como lo eran el mismo Presidente y su
ministro de Guerra, el general Farrell, y una amplia representación de miembros de
la Marina, comúnmente definidos como de tendencia "l iberal ¨, aunque sería más
apropi ado decir "conservadora¨. A su lado se ali neaban, en un ministerio estratégico
como el de Hacienda, un civil proveniente del más t radicional conservadurismo, y
como ministro de Educación un general, Elbio C. Anaya, que también se contaba
entre los moderados, es decir, entre esos liberal es a l os que el desorden político y
el moderno conflicto social habían revelado las virtudes del catoli cismo como factor
de armonía naci onal. En conj unto, aunque fuera de perfil predominantemente
moderado, la composici ón del gobierno era muy heterogénea, especialmente entre
los rangos intermedios y en l as intervenci ones provinciales.
Tal circunstanci a, además de presagiar las tempestades que minarían su
estabi li dad, i lustra l as contradicciones con las que se enfrentaba el catol icismo
argentino en la nueva fase política. Todos estos hombres se habían puesto, j unto
con el Presidente, baj o la protecci ón de Di os y habían compartido l os conceptos de
inspiración católica genérica que el general Ramírez había expresado al inici o de su
mandato. No obstante, es más que probabl e que no todos atribuyesen a esos
conceptos el mismo significado. Para el Presidente, como para Farrell, y aun más
para muchos funcionarios de rango inferior, la apelación a la identidad catól ica de la
nación comportaba una concepción militante del catoli cismo. Presuponía l a
construcción de un nuevo orden político y social fundado en sus princi pi os. Para los
otros miembros del gobi erno, como el al mirante Galíndez o el general Anaya, el
catol icismo era sin duda importante como fuente de legitimación política, pero l o
util i zaban en una acepción negativa: la identidad católica de l a nación se i nvocaba
más que nada como el emento apto para discriminar qué corrientes ideológicas
debían considerarse extrañas al "sentir nacional¨ y, por ende, no legitimadas para la
acción política. En esta función "excluyente¨, que naturalmente también compartían
los miembros nacionali stas del gobierno, consistía para el los la principal función
desarrol lada por la apelación de l a inspiración católica en el nuevo curso político.
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Por lo demás, la adhesión a l a "nación católica¨ no les hacía prefigurar un "nuevo
orden¨ político.
En los discursos del general Anaya, por ej emplo, aparecían a menudo muchos
de l os estereotipos del pensamiento catól ico: la contraposición entre el
espiritual ismo católico y el materialismo liberal; entre la sacrosanta libertad y su
crónico abuso, el libertinaj e; entre un gobierno con fuerza, legítimo, y un gobierno
de fuerza, que podía ser rechazado; la concepción del Ej ército como agente
moralizador de una sociedad corrupta y la al ineación de San Martín, elevado a la
cal idad de héroe católi co, con Goyena, numen de la genealogía católica argenti na.
No obstante, estos el ementos no prefiguraban un "Estado catól i co¨. El Ej ército debía
moralizar la sociedad, pero no remodelarla. Debía ser, en ci erto sentido, árbitro,
pero no j ugador. No es casual que Anaya enfatizara muy pronto la "restauraci ón de
las i nstituciones¨ antes que su transformación.
21
Esta frágil y del todo aparente
22
cohesión militar encontraba no por casual idad
un espej o aproximadamente fiel en las fil as catól icas, donde el gobi erno de facto
recibió en esos primeros meses apoyos de casi todas l as corrientes. Como vimos,
hubo obispos que lo manifestaron abiertamente. Lo mismo hicieron los
nacional istas, ya sea conservadores o populistas, de El Puebl o y La Acción.
También los catól icos sociales de Criterio y los conservadores de Los Principi os, por
no hablar de la miríada de folletos y revistas de l as parroqui as o de los colegios
catól icos, contagiados de un incontenibl e triunfalismo.
23
Hasta ciertos católi cos
democráticos del calibre de monseñor De Andrea mantuvieron, en este primer
período de la revolución, una actitud optimista en lo que atañe a sus resultados;
tanto, que el 4 de j ulio de 1943, en ocasión del Día de la Empleada, De Andrea
interpretó públicamente l a asistencia del presi dente Ramírez a la manifestación
como un símbolo de la uni ón en el país entre pueblo y gobierno. Justicia social y
democracia, los fundamentos de su apostolado, le parecieron entonces alcanzables
dentro de las coordenadas del nuevo orden político.
24
Expresó de ese modo, como
ya lo hi ciera en 1930, su confianza en las virtudes democráticas del Ej ército.
La ideología del GOU, entre catolicismo nacional ista
y catolicismo popul ista
Si en el primer gobi erno formado por el general Ramírez sobrevivía un fuerte
componente de catoli cismo "cultural¨, no "militante¨, no puede decirse lo mismo del
GOU. En el núcl eo de oficiales que diri gía esta l ogia, que como una suerte de
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gobi erno paral el o influía de manera determinante en las ori entaciones políticas
revolucionarias, y cuyos j efes informales eran los coronel es Juan D. Perón y Emilio
Ramírez, la referencia ideal al catol ici smo "militante¨, tanto nacional ista como
populista, era cl ara.
25
De ello dan amplia constancia algunos elementos del debate políti co en el
interior del GOU. El primero es la insistencia, obsesiva en los documentos de la
logia ya antes de la revolución de j uni o, sobre la necesidad de unificar la doctri na de
la organi zación. En otros términos, de perfilar un consenso ideal acerca de la
naturaleza del movimiento revolucionario in fieri. El segundo el emento, que como
reflej o informa precisamente acerca de cuál debía ser esa doctrina unificadora, es la
asidua recurrenci a en di chos debates de temas comunes al pensamiento católico
nacional ista y popul ista.
Ya desde l as Bases de acción del GOU, l as princi pales preocupaciones por el
futuro inminente de l a vida política nacional, compartidas en términos análogos por
el Ej ército y l a Ìgl esi a, fueron tratadas con particular alarma. Tal era el caso, en
primer lugar, de la eventual formación de un frente popul ar sobre l a base de una
ali anza entre las i zquierdas y los radicales con vi stas a las elecciones
presidenci ales: "No pueden llegar al Gobierno del país las fuerzas comunistas o las
asociadas con el las en cual qui er forma¨, advertían las Bases.
26
Con fórmulas que
parecían extraídas l i teralmente del léxico del apostolado militar, enfati zaban el
"factor moral¨ como alma del Ej ército, definido a su vez como "una escuela de
verdadero carácter¨, una definición recurrente en las conferencias del clero
castrense a l os militares.
27
Ìncl uso la referencia de las Bases a los antecedentes de
Rusi a y de España, a propósito de l os cual es afirmaban que el Ej ército había tenido
grandes responsabi l idades en el surgimiento del comunismo por haberse
desinteresado de l os problemas políticos nacional es, reproducía una interpretación
que desde hacía un tiempo el peri odismo catól ico se empeñaba en divul gar.
28
Una
vez que el gobierno revol uci onari o se asentó, a partir de estos presupuestos
ideológicos y políti cos, los líderes del GOU trataron de i nfundir homogeneidad
doctrinaria a la revolución. En esa perspectiva, las Nuevas Bases del GOU
indivi duali zaron como prioridad política el "extender nuestra doctrina¨ y establ ecer
una "distinción cada día más neta entre l o ético y lo profano¨, con el obj etivo de
conseguir la "purificación moral¨ del Ej ército.
Las huel las de la i mpronta católica en la ideología del GOU, que ya se
reconocían en las Bases y las Nuevas Bases, asumían contornos más nítidos en las
Noticias, una especie de boletín que el GOU había redactado con cierta frecuencia
en los primeros tiempos de la revolución.
29
En su primer número, por ej emplo, se
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destaca, i ncl uso por los tonos exacerbados, un ataque a la masonería, cuya
bandera, se afirma, era "contraria a la del Papa¨. Por entonces la masonería era "el
anti-catol icismo¨, y representaba, por defini ción, todo lo que era "anti -argentino¨.
Del mismo modo, las Noticias pronunciaban una sumaria condena a toda la histori a
moderna, desde la Revolución Francesa en adel ante, de acuerdo con un cl isé
patentado por el catoli cismo tradicional ista. En el mismo nivel de la masonería
estaba el Rotary Club, una inst ituci ón de la que muchas veces se había ocupado el
episcopado argenti no para disuadir a los católi cos de que formaran parte de el la.
30
La visceral aversi ón hacia estas i nstituciones representaba una de l as expresiones
de una particular mezcla de antisemiti smo y anti imperial ismo, también muy
frecuente en la cul tura católica argentina, especialmente en ocasión de las
recurrentes cruzadas antiprotestantes: "el Rotary Club¨, se l eía en una de las
Noticias, es una "verdadera red de espi onaj e y propaganda i nternacional j udía al
servicio de l os Estados Uni dos¨.
Pero si estos y otros temas eran típicos del naci onalismo restaurador,
tradici onalista, representado en el GOU por Jordan Bruno Genta, líder nacional ista y
dirigente periférico de la Acción Catól ica,
31
j unto a ell os aparecían otros destinados
a ser referencias mucho más fecundas en l os dos años venideros. En un documento
que el hi storiador Robert Potash atribuye a Perón, y que se remontaría
aproximadamente al mes anterior a la revolución, se propone una formulación del
programa político y social del GOU que por los contenidos y el lenguaj e parece
extraído de alguna publ icación del catolici smo populista. En particular, al lí donde se
expresa una resuelta condena a l os "i ntermediarios¨ económicos, culpables de
explotar tanto a los productores como a los consumidores, además de a los grandes
terratenientes y a la burocraci a. "La solución ÷escribía el autor de ese documento
clasificado como 'estrictamente confidenci al y secreto' ÷ está precisamente en l a
supresi ón del intermediario políti co, social y económico. Para lo cual es necesario
que el Estado se convierta en órgano regulador de la riqueza, director de l a política
y armonizador soci al. Ell o implica la desaparici ón del político profesional¨.
32
Precisamente, como en los escritos de los más lúci dos intérpretes del catol ici smo
populista, se fundían en la ideología del GOU una profunda vena antipolítica, una
acentuada inspiraci ón hacia una más ecuánime distribución de la riqueza y una
explícita teori zaci ón de la función de integración social y naci onal que sería
competencia del Estado.
La profunda compenetración entre la i deol ogía del GOU y el catolicismo
nacional ista y populi sta encuentra por fin una confirmación aun más explícita en
otros documentos de l a logia. En una colaboraci ón confidencial escrita por un
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anónimo corresponsal del GOU el 7 de j unio de 1943, el l enguaj e y los temas
reproducen casi l iteralmente los de l a propaganda catól ica. El movimiento
revolucionario, se l ee, "tiene que dar un contenido ideológico y argentino al país
entero¨. Hacen falta "hombres j óvenes, hombres nuevos y l impios¨. Aquél "no puede
ni debe perpetuarse, en su carácter militar; pero otra cosa es hablar desde ya de
fecha de entrega del Gobierno a l os políticos¨.
33
En particular, allí se sostiene que
mediante un organismo paralelo al gobi erno, "formado por hombres ÷pocos÷
totalmente desinteresados e íntegros¨ se podría lograr "organi zar los cuadros y
clases o estamentos sociales en forma democrática-corporativista. Paulatinamente
se pueden organi zar gremios y hacer j ugar los principios corporativos
insensiblemente, hasta que por la evidencia de sus ventaj as cuaj en, si es que
resultan eficaces¨.
34
El análisis político que seguía, redactado en los días sucesivos por el mismo
autor en otras "colaboraciones¨, apuntaba significativamente a la composición del
gobi erno del general Ramírez. A su j uicio, sobre todo en la persona del ministro de
Haci enda, transmitía la imagen de un gobierno de capitalistas, lo que lo hacía
incompatible con la inspi ración ideal y los obj etivos pol íticos del GOU. El
corresponsal tenía i deas claras sobre esa inspiración y obj etivos: el movimiento
revolucionario tenía como fundamento las ideas soci al es de Pío XÌÌ y debía
ambicionar "dar al país una organi zación tal de abaj o a arriba y de arriba a abaj o¨,
capaz de sobrevivir al retorno de l os civil es al poder. Desde tal perspectiva invitaba
a los miembros de la logia a respetar el concepto cri stiano de "autoridad-servicio¨, y
además señalaba que el enemigo era el "liberal ismo laico y agnóstico¨, culpable de
haber "privado a l a nación de una doctrina moral¨. Al deli near l a influencia profunda
del pensamiento católi co sobre el GOU, afirmaba de manera aun más explícita la
colaboraci ón del 22 de j ulio de 1943: "el gobierno debe ya definir su política. Podría
ser, o mej or, debe ser, de acuerdo a la tradición patria, l a políti ca social cristi ana¨.
Y proseguía: "Lo más importante es fundamentar doctrinariamente nuestra política,
¿y qué mej or base que los principi os sobre los que asienta el Vaticano su propia
política?¨.
35
En el conj unto de estos aportes a la definición de l a i deología del GOU
se i dentificaban el concepto de "nación catól ica¨ y el obj etivo de una "política
catól ica¨, completados con una excomunión, a l a vez política e i deológica, de l as
corrientes "anti -naci onales¨, y por eso mismo "anti -cató-licas¨.
Tales citas son necesarias pues ha faltado hasta el momento un cui dadoso
anál isis de los documentos del GOU a l a luz del vínculo orgánico entre la
Ìglesia y el Ej ército. El mismo Potash, aun reconociendo "la fil osofía corporativista
del autor¨ de una de l as "colaboraciones¨, y aun señalando, a propósito de otra, que
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"por el esti lo de la composición, así como por las fuentes citadas, el autor era
obviamente un intel ectual catól ico, qui zás un sacerdote o profesor universitario¨, no
saca de esas observaciones ninguna sugerencia significativa sobre la génesis y l a
naturaleza de la ideología del GOU.
36
Tanto que i ncl uso permanece sin solución el
misterio de quién podría ser el autor de esos documentos tan importantes. Lo que es
casi seguro es que no se trataba de un militar. Las citas cultas en latín, l as
referencias a l os clásicos del catol icismo francés, a San Agustín, inducen a excluir
esa posi bi li dad. En cuanto a los civi les, del único que se ti ene noticia de haber
desarrol lado un papel activo en la vida del GOU, como se vio, es el profesor Jordan
Bruno Genta, cuya formación cultural permite sin duda consi derar posible que fuese
el autor de documentos tan "cultos¨. Pero, al mismo tiempo, su adhesión a una
concepción rígidamente tradici onalista y j erárquica del catolicismo, cerrada a las
instancias social es expuestas en los citados documentos, hace dudar fuertemente
de que él fuese su autor.
En reali dad existe l a prueba de la estrecha l igazón con el GOU de otro
exponente destacado del pensamiento católico. En un memorándum de la logi a,
redactado en las primeras semanas que si guieron a l a revoluci ón, se señalaba a los
"colaboradores directos o inmediatos del Presidente¨. Entre ell os sobresalía "la
presencia del Capel lán Wilkinson¨, el cual "colmaba las aspiraci ones y ofrecía plena
garantía del cumplimiento de los postulados de la revolución al mismo tiempo que
aseguraba tranqui li dad para la Ìglesia, cuyo beneplácito sobre esa persona,
fortalecía al Gobierno al mismo tiempo que definía su posición ideológica
concordante con l a tradición argentina. Además ofrecía al Gobierno un i ntérprete
autori zado de las Encíclicas Papales que encierran un verdadero programa de
gobi erno¨.
37
Wilkinson, que el 8 de j uni o de 1943 había sido destinado por sus
superiores para un cargo en la secretaría de la Presidencia de la Nación,
38
figuraba
por lo tanto como un agente oficial de enlace entre la Ìgl esia, el gobierno y el
Ej ército.
¿Hubiera podido ser el mismo Wilkinson el autor de aquel las "colaboraci ones¨?
Por cierto, capacidad no le faltaba, tratándose de un sacerdote de notable espesor
intel ectual, formado en la Uni versi dad Gregoriana de Roma. Además, los contenidos
de dichos documentos correspondían a los que él solía desarrol lar en sus escritos y
conferencias.
39
Aunque esta cuestión pueda parecer total mente bizanti na, su
dil uci dación permite abrir una ventana sobre el entramado de ideas y l azos que
vinculaba el catol ici smo populista con el cuerpo de oficial es, y en este caso
específico, con el GOU. En efecto, esos escritos testimonian no sólo la presencia de
ese catolicismo en un sector del Ej ército que terminaría por imprimir a la revolución
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una definida caracterizaci ón populista, si no que, como asevera el memorándum
citado, el padre Wilkinson contaba también con la plena confianza de l as j erarquías
eclesiásticas. Por otra parte, de su completa organicidad con el movimiento católico
daban prueba aun en aquel los días sus activi dades públ icas de apostol ado, intensas
como siempre.
40
En conclusión, fuese o no ese capel lán el autor de l os documentos
examinados, queda el hecho de que éstos reflej aban la influencia sobre el GOU de
los i deales del catol icismo populista. Esta influenci a, cabe suponer, no era en
absol uto marginal, como tampoco limitada al plano ideol ógico, si se sigue el desti no
de Wilkinson en las agitadas semanas que siguieron al 4 de j unio. En este sentido
Potash consigna l acónicamente que luego de haber sido nombrado asesor del
presidente Ramírez, él "fue destituido de su puesto en la Casa Rosada¨ pocos días
después de las cel ebraciones del 9 de j ul i o de 1943. El legaj o personal del capel lán
Wilkinson arroj a luz sobre cuanto sucedió: del mismo resulta que él dej ó
efectivamente la presi denci a para pasar, desde el 19 de j ulio de 1943, a l a
secretaría del ministerio de Guerra. Por lo tanto, devino directo colaborador del
coronel Perón.
41
Iglesia y revolución: l a tentación clerical
La actitud de la Ìglesia hacia el gobierno revolucionario se caracterizó, durante sus primeros
meses de vida, por dos aspectos inmediatamente evidentes. El primero era el optimismo sobre el
futuro del país, absolutamente inédito, que pareció contagiarla. El segundo la continua y
perentoria presión sobre el gobierno para que operase de manera acelerada y eficaz en los más
variados campos de la vida nacional para promover medidas conformes a la doctrina católica.
Todo esto se hacía con una modalidad tal que, como se verá, daba claramente a entender que la
Ìglesia no ocultaba dirigirse al gobierno revolucionario en calidad de guía y maestra.
En ambos casos, tales elementos aparecen en ci erto modo como "estructurales¨
en la relación entre la Ìglesia y el poder pol íti co en l a Argentina en cada oportuni dad
en l a que l as Fuerzas Armadas asumieron el comando del país. Pero en ni nguna
oportuni dad anterior a ésta, ni probablemente luego, l os militares ll egados al poder
habían reconocido tan explícitamente, tanto en los hechos como en la doctrina, el
papel de guía de la Ìglesia, trastrocando la teoría y la práctica de la relación que
había prevalecido entre el poder político y el espiritual en l a época li beral.
Sin duda, aquel la Ìglesia argentina de 1943 estaba aún profundamente
empapada por una concepción teocrática de la organi zación de la sociedad
temporal, si bien ella se expresaba en formas más o menos articul adas y
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sofisticadas. Sobre la base de tal concepción, era un dato irrebati bl e que la
legitimidad de l os poderes públ icos derivaba de Dios, y que por lo tanto la Ìglesia,
en cal idad de única i ntérprete autori zada de su mensaj e, poseía el derecho de dirigi r
y gui ar su actuación. De modo que, l o que para l a opinión públi ca laica parecía una
intol erable y anacróni ca forma de clerical ismo, para ell a no era más que el ej ercici o
de un derecho-deber, inscrito en su misi ón sagrada: el de vi gil ar que la soci edad
temporal se conformara lo más posible al dictado de la doctrina cristiana. A pesar de
las frecuentes teori zaciones de algunos i lustres representantes, i ncluso en l a
Argentina, dirigidas a reconocer las diversas esferas de competenci a y el mutuo
respeto que debía existir entre ella y el César, en los hechos, y a partir de esos
principi os, la Ìglesia estaba animada por su natural tendencia a erigirse en j uez de
los límites entre lo lícito y lo ilícito. Y no sólo desde el punto de vista espiritual, si no
prácticamente en todos los campos de la vida social y política.
En reali dad, como se verá más de una vez en el transcurso del proceso
inaugurado el 4 de j unio, esa pulsión de la Ìglesia amenazaba con transformarse de
elemento de guía y legitimación ideal, en una verdadera camisa de fuerza,
especi almente para un gobierno, como sin duda era el gobierno revolucionario,
dispuesto a reconocerle ese papel. El condicionamiento eclesiástico operaba, en
efecto, en un plano escatológico, totalmente aj eno a l os del icados equi li brios, a los
necesarios compromisos, a la lógica pecul i ar de la esfera política. Esto se ej ercía de
manera tal que tornaba rígida, más allá de la cuenta, la relaci ón entre l os
gobernantes y la sociedad. Tanto más tratándose de una soci edad, como la
argentina en 1943, cada vez más articulada y diferenciada, pl uralista en los hechos,
en parte seculari zada, y además afectada por los agitados procesos de migración
del campo a la ciudad y de la industriali zación que tendían a producir nuevas formas
de social i zación, nuevas costumbres y culturas, e incl uso nuevos lenguaj es.
Más all á de tales límites, de todos modos la guía moral de la Ìglesia l egitimaba
adecuadamente el autoritarismo del gobi erno militar. En efecto, el la le permitía al
gobi erno proyectar su propia acción, y afrontar los conflictos y los disensos que
determinaba, fortaleci do por una férrea y sacral i zada lógica maniquea y también por
una i ndi scutible investidura moral. Tal es atributos eran fiel reflej o del espíritu de
cruzada al cual l as autoridades recurrían constantemente, en nombre de la
"Argentina catól ica¨ en lucha contra l a "Argentina laica¨, indivuali zada como
enfermedad inoculada en l a "idiosincrasia¨ nacional por l etales i nfluencias externas.
Pese a la presunción de que impondrían armonía y homogeneidad a la sociedad,
acabaron, en un breve lapso, por profundizar sus laceraciones, agudi zando
dramáticamente la brecha entre las "dos Argentinas¨.
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A tal es consi deraci ones induce una atenta observación de los fenómenos que
caracteri zaron desde el día si guiente al 4 de j unio la relaci ón de la Ìglesia con la
revolución: optimismo y presión sobre el gobierno. De ambos existen infinitas
demostraciones. Las mismas cartas pastorales de los obispos, que hasta el 4 de
j unio solían descri bir la vida naci onal con tintes sombríos, refiriéndose a el la como a
una orgía de materialismo, cambiaron súbitamente de tono. Monseñor Hanlon, por
ej emplo, obispo de Catamarca, consideraba finalmente ll egado "el momento
propicio¨ para morali zar la soci edad: "el superior Gobierno de la naci ón ÷escribía el
22 de j uli o de 1943÷, lo mismo que la Misión Federal en nuestra Provi nci a, están
empeñados en sanear y elevar el ambiente moral y espiritual en todas las esferas de
la vida nacional¨.
42
Por su parte, monseñor Caggiano redescubrió las virtudes de
los hombres en el poder, destacando el contraste entre l a obra de "nuestros
gobernantes¨, que "vi ven en medio de tareas abrumadoras¨ y todos esos ciudadanos
que en el mismo momento "se divierten locamente¨.
43
El 4 de j ulio, monseñor
Buteler reunió en Río Cuarto a una multitud de niños en oración, con el fin de
agradecer al Señor y rezar para que el presidente Ramírez tuviese l a fuerza
necesaria para derrotar a los enemigos de Di os, cumpliendo las promesas de l a
reimplantación de l a enseñanza rel igiosa en las escuelas públ icas.
44
Más en
general, las expectativas suscitadas en l as filas catól icas por la revol ución, eran
aquellas que expresara eficazmente el padre Badanell i el 9 de j ul io: "por una
especi al bendici ón de Dios [...] la Argenti na acaba de entrar, por l a glori osa puerta
del estupendo y salvador episodio del 4 de j unio, en una nueva etapa históri ca¨.
45
El nuevo cl ima de "restauración nacional¨ que se respiraba en el país se
manifestó públicamente en innumerables ocasiones desde el primer mes de
gobi erno revolucionario. Numerosas celebraciones oficiales, reali zadas con los
auspicios de las autoridades militares y eclesiásticas, sirvieron para dar el tono. Tal
fue el caso de la del 12 de j unio, cuando en la Catedral de Buenos Aires se
conmemoró a los caídos en la revolución. En esa ocasión el presidente Ramírez fue
recibido en un escenario triunfal por el Nuncio apostólico y por el cardenal
Copell o.
46
Tan sólo una semana después, el 20 de j uni o, el tradicional Día de la
Bandera fue ocasión para celebrar actos rel igiosos y pronunci ar encendidas
alocuciones patrióticas en las guarniciones del país, presididos como siempre por
los obispos diocesanos y por las nuevas autoridades militares de las provincias.
47
Significativamente, para la ocasión el Ej ército pidió, y obtuvo, l a col aboración de la
Acción Católica en una campaña de embanderamiento de los edi ficios públ icos.
48
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34
Particular reli eve asumió, sobre todo por la movili zación popular que implicó, la
procesi ón de Corpus Chri sti, reali zada el 24 de j unio en todas las ciudades
importantes. En la Capital fue conducida por el general Pertiné, que acababa de ser
nombrado intendente municipal por el nuevo gobierno.
49
En las provi nci as l es
correspondió en cambio a l os respectivos interventores federales abrir l as
procesi ones local es.
50
El interventor de la provi nci a de Buenos Aires, el general
Verdaguer, quiso testimoniar la adhesi ón de las nuevas autoridades a la 5ª
asamblea de los j óvenes de la Acción Católi ca, que se real i zó en j ulio en l a ciudad
de La Pl ata; intervi no activamente en ell a y fue recibido con escenas de gran
entusiasmo. De este modo tuvo oportuni dad de escuchar al arzobispo platense,
monseñor Chimento, expresar públ icamente su apoyo propio al gobierno y a l a
inspiración reli giosa de la que "ha hecho públ ica profesión¨.
51
Culminación
simbólica de esa ininterrumpida liturgi a patriótica fueron las manifestaciones del 9
de j ulio, cuando el Te Deum celebrado en cada una de las catedrales argentinas se
convirti ó en sendas consagraciones de las autoridades militares.
52
El evento
asumió sabor emblemático sobre todo en Paraná, donde por primera vez desde
1915 l as autoridades provinciales solicitaron a la Ìglesia tales celebraciones.
53
Al día siguiente de l a revoluci ón se puso nuevamente en boga en la prensa
catól ica la tradicional doctrina que prescribía el deber de obediencia de l os
ciudadanos a las autoridades constituidas, doctrina que en l os últimos años del
régimen li beral había dej ado paso a menudo a aquel la otra que j ustificaba la
revuelta contra el orden impío.
54
La autoridad de quienes nos gobiernan ÷
escribía en este sentido el padre Ciuccarell i en El Pueblo÷ les viene directamente
de Dios. "También ellos ÷por lo tanto÷ son ministros de Dios, delegados de su
poder¨.
55
Siempre en el diario católi co, pero con el carácter mucho más oficial que
implicaba un comentario editorial, encontraba luego formulación el significado
militante de la admonici ón sobre la col aboración con el gobi erno: "como lo señaló en
una al ocución reciente el primer magistrado ÷se leía el 29 de j ulio de 1943÷
cometen delito de traici ón los que se opongan al cumplimiento de la regeneración nacional;
teniendo presente, agregaríamos, que incurren en lesa patri a quienes, movidos por
egoísmos, resentimientos o banderas perturbadoras, pretenden restar su apoyo a
esa obra¨. Dicha obra consistía en la reafirmación de los "postulados básicos de la
argentinidad, que no son otros que l os que constituyen el orgullo de la civil i zación
cristiana¨.
56
En otros términos, toda oposici ón u obstáculo a la instauración de la
"nación catól ica¨ a l a que se estaba abocando el nuevo gobierno se configuraba en
términos de traición.
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35
La "regeneraci ón nacional¨ se había manifestado ante todo mediante formas
especi almente represivas, dirigidas a golpear al "comunismo¨, la prensa
independiente o de oposición, una parte para nada marginal del cuerpo docente, los
sindicatos más autónomos y batall adores. De ella formaron parte también
significativas intervenciones de censura en el campo de las costumbres públicas,
inspiradas en una concepción morali zadora de l a vida social muy cara al
catol icismo. El director de Criteri o, por ej emplo, celebró como un triunfo en su
propia batalla el decreto mediante el cual se impuso el respeto a l a "pureza¨ de l a
lengua castel lana en las transmisiones radiofónicas. Esto habría contribuido si n
duda a depurarla de las contaminaciones que cada vez con mayor frecuencia
amenazaban con desnatural i zarl a.
57
Con idéntico apl auso los ambientes catól i cos
recibieron otro decreto, mediante el cual se prohibía a la prensa publ icar anuncios
relativos a trámites de divorcio, una medida fundada en el axioma de que el divorcio
"contraría la tradición argentina¨.
58
Por otra parte, decretos imbuidos del mismo
espíritu l lovi eron por todo el país: el i ntendente de Buenos Aires prohibió, en
septiembre, la venta, distribución, exposici ón o publ icación de li bros, escritos,
publ icaciones i lustradas, imágenes, pinturas, emblemas u otros obj etos i nmorales,
de cualquier naturaleza, en lugares públ icos o de acceso al públi co; la intervención
de La Rioj a, al fundar el 8 de j uli o el Ìnsti tuto de Cultura local, estableció que toda
su actividad "deberá propender a l a formación humanista de los profesores y
maestros [...] dentro del espíritu de la cristiandad catól ica¨; el importante decreto
que el 21 de octubre definió las funciones de la Subsecretaría de Ìnformaciones y
Prensa, destacando entre el las la de "contribuir a la defensa y exaltación de l a
tradici ón histórica, de la cultura y de los valores morales y espirituales del pueblo
argentino¨.
59
Estas y otras numerosas medidas, cuyo impacto simbóli co no podía
descui darse, i nduj eron a la Acción Católica a felicitar al gobierno.
60
Ya desde
comienzos de agosto, tan sólo a dos meses de la revol uci ón, el diari o catól ico
observó complaci do que "la obra desarroll ada en un lapso tan corto es de una
trascendencia extraordinari a¨.
61
En síntesis, una Ìglesia tri unfante y optimista
presenciaba el desmantelamiento de las piedras angulares del Estado laico, así
como la restauración de los val ores catól icos, en l os más variados ámbitos de la
cultura, de la comunicación de masas, de las instituciones educativas.
Los catól icos y l a democracia política en 1943
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36
La revolución y el mundo catól ico se encontraron en perfecta sintonía, el día
después del 4 de j unio, para conducir una virul enta cruzada contra los partidos
políticos y, en general, contra l os fundamentos institucional es del sistema político
liberal. Al respecto, en el catolicismo argentino exi stían posici ones diferenciadas.
Pero sin duda la cultura que dominaba su imaginario político en 1943 reflej aba una
abierta hosti l idad hacia los partidos políticos, concebidos sobre todo como
elementos de división de la sociedad y atri butos típicos de la "herej ía l iberal¨. Tanto,
que precisamente en los parti dos del sistema político li beral la cultura del
catol icismo indivi dual i zaba el ori gen de la crisis nacional.
A partir de tales presupuestos, al gunos católicos sostenían la necesidad de que
fueran radicalmente reformados y "purgados¨. Para muchos otros, en cambio,
directamente hubieran debido desaparecer. Para gran parte de l os mayores
pensadores catól icos, el concepto mismo de "partido¨ contradecía l a vocación
universal ista y totali zadora del catol icismo, expresada en su identificación con l a
nación, con su tradición y su espíritu inmutable. Precisamente esta concepci ón del
catol icismo había inducido a la Ìglesia a bloquear anticipadamente el desarrol lo de
un partido católico, y a tomar un camino más seguro a través del cual hacer valer l a
propia influencia en l a esfera política y social: el de la presión directa, instituci onal o
informal, sobre los poderes públ icos, y aquél basado en la Acción Católica, es decir,
en un movimiento de masas estrechamente eclesial, sometido a l a j erarquía
eclesiástica.
La cuestión del papel de los partidos en el nuevo orden posrevol ucionario ocupó
el centro del debate políti co durante todo el tiempo que duró el régi men militar.
Sobre el la se volverá más de una vez, dado que permite reconstruir la evolución, en
esos años de transi ción entre dos épocas, de la atormentada rel ación de los
catól icos con la democracia política. En este sentido, el catol ici smo argentino vio en
la revolución la oportunidad para refundar las bases filosóficas y doctrinari as del
sistema político y social. Semej ante proceso hubiera conduci do verosímilmente a
una revi sión de la Constitución, aun cuando en el corto plazo a los catól icos les
urgía mucho más que se plasmara un espíritu nuevo en su interpretación y
apl icación, adecuado con la l ectura confesional del texto constitucional,
evidentemente sesgada, que amplios sectores del catolicismo venían promoviendo
desde hacía ti empo.
62
No por casuali dad en las publicaci ones catól icas se reiteraban con particular
frecuencia, acentuados por el clima de reconquista que las invadía, los argumentos
expuestos durante esos años en forma articulada por Arturo Enrique Sampay, uno
de los más prestigiosos filósofos y j uristas católicos del país.
63
El defecto de fondo
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37
de l a Constitución argentina de 1853 ÷sostenía Sampay÷ radi caba en su impronta
iluminista; un i luminismo, además, muy adentrado en su fase "economicista¨. En su
conj unto, l a Constitución era la expresión de una clase social que en su momento
había sabi do universali zar el propio ethos, pero que en buena medida estaba en
decadencia. En consecuencia, la Constitución ya no reflej aba la real idad política
argentina. Reconocía que cierto teísmo tradicional, presente en la Carta Magna,
mitigaba en parte su concepción antropocéntrica, propia del il uminismo. Pero en su
conj unto, la Constitución se fundaba en un grave error doctrinario, al postular la
neutral idad del Estado, entendido como entidad en última instancia agnóstica y
relativista. Por el contrario, una Constitución adaptada para l a Argentina
contemporánea debería reflej ar la verdadera j erarquía de l os valores espirituales.
Tener en suma una inspiración metafísica. Porque, afirmaba Sampay refiriéndose a
De Maistre, la Constitución políti ca no podía más que reflej ar la Constitución divina,
que era anterior a ell a.
Expresados en una de las formas más radicales, pero también más coherentes
en el plano teórico, éstos eran, en síntesis, los fundamentos de la crítica catól ica al
sistema político e institucional l iberal: el contractual ismo rousseauniano que
permeaba la Constitución vigente debía ser reemplazado por una "fundamentación
metafísica del orden político¨.
64
Éste es el fondo doctrinario sobre el que se al zó la campaña contra los parti dos
políticos tradi cional es y el orden político l iberal conducido por la prensa catól ica en
los meses que sigui eron a l a revolución. "Depuraci ón enérgi ca de l os parti dos
políticos¨, se titulaba el editorial de El Pueblo del 13 de j unio de 1943, que se repitió
con el mismo titular el 14 de j ulio. Para Los Principios no cabía duda de que la
revolución había interrumpido un largo proceso de i nvoluci ón demagógica de l os
partidos. En tal senti do, se proyectaba como una revol uci ón "reorgani zadora¨.
65
En
sintonía con el la , el 13 de septi embre el diario catól ico de la Capital auguraba
"normas inflexibles y severas para el funci onamiento de los partidos políticos¨, y el
27 del mismo mes prevenía a la clase política tradici onal que debía dej ar lugar a
una nueva generaci ón i nspirada en los valores de j usticia soci al y equi li brio
económico.
66
El tono de esta campaña había sido dado al día si guiente de la revolución por
monseñor Franceschi , en sus ya recordadas Consideraciones sobre la Revoluci ón,
en las cuales había aplaudido la intenci ón, manifestada por los militares, de no
rendir cuentas de sus propi as acciones a los partidos políticos y de regenerar a l a
nación sin su concurso. También, según el director de Criterio, era necesario
erradicar la figura del político profesional, más ligado al comité que al pueblo.
67
No
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faltó luego quien, en la prensa catól ica, extraj ese de esos mismos conceptos
consecuenci as extremas. Según José L. Astelarra, por ej emplo, era evi dente que
"de ninguno de los viej os partidos, por muy depurados que hayan l legado a estar,
por muy honestos y decentes que sean l os hombres que queden baj o sus rótulos,
(vendrán) las sol uciones cívi cas que el país necesita¨.
68
Por l o tanto no sorprende
que, cuando el gobi erno decretó, a final es de 1943, l a disol ución de los partidos
políticos, el mundo católi co reci biera con j úbil o la medida. Para Franceschi, que se
congratul ó, l a medida no podía de ninguna manera considerarse anti democrát ica.
"Sólo pueden ser aceptabl es nuevos partidos políticos ÷sostuvo÷ cuando ellos
estén fundados en cuerpos doctri nari os constructivos¨.
69
Por otra parte, en la
revista teórica de l os Cursos de Cultura Católi ca no era extraño, en aquel la época,
que el sistema parlamentario se equiparara a los absolutismos y a las "democracias
de masas¨ baj o la común matriz de "cinismo político¨.
70
En el plano políti co, esa campaña expresaba la voluntad del catolicismo más
intransigente y militante de impedir que la revoluci ón derivara en un efímero triunfo
de ese catol icismo "cultural¨, connotado más en términos negativos que por la
promoción de un "nuevo orden¨ que, como se vio, caracteri zaba a la ideología de no
pocos miembros del gobi erno. En efecto, esto hubi era implicado como resultado la
restitución, de uno u otro modo, del poder al tradi cional sistema de los partidos, con
el consecuente renegar del carácter "fundante¨ que la Ìgl esia asi gnaba a l a
revolución. Se debe subrayar esta circunstancia por cuanto, una vez más, muestra
un ej emplo de la coincidencia de las batallas políticas de l os católicos con l as
orientaciones del GOU.
71
Vista desde esta perspectiva, la disolución de los partidos
políticos decretada el 31 de diciembre fue para el los mucho más que un motivo de
complacenci a: representó la obtención de una victoria, la satisfacción de una
reivi ndi caci ón.
Dadas tales premisas, ¿qué estructura política consi deraban los católicos que
hubi era debi do surgir en la Argentina por obra de una revolución militar? Sobre este
punto no cabe duda de que entre el los, como por lo demás en el gobi erno, reinaba
una notable confusión, surgida de una contradicción potencial mente lacerante, de l a
que pronto deberían rendir cuentas. Aun habiéndose prefij ado el ambicioso obj etivo
de refundar la estructura del Estado, ell os no poseían para lograrl o ningún
instrumento específico, ya se tratara de movimientos o partidos. A l a i nversa, los
catól icos legitimaban su derecho a reformular los fundamentos espiritual es y
materiales del Estado en los mismos términos en que el Ej ército legitimaba el propi o
derecho: ambos reivi ndicaban una vocaci ón "nacional¨, "apolítica¨ por natural eza
propia, es decir, extraña y al mismo tiempo superi or a los parti dos políticos. De el lo
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derivaba que los confusos proyectos de reforma del Estado que fueron venti lados
cabal gando sobre el entusi asmo de la revolución estuvieran signados por una
común tendenci a a del imitar, cuando no a el iminar, el papel de las i nstituciones
centrales del si stema representativo: el Parlament o y los parti dos políticos.
En general, el pensamiento político católi co estaba empapado de un genérico
corporativismo. A veces en él también se teori zaba sobre sistemas electoral es
restringi dos. Después del 4 de j unio de 1943, la intel ligentzi a católi ca f ue llamada a
dar si gnificado concreto a aquell as fórmulas por lo general abstractas, para que se
pudi era ensayar su viabil idad cuando se perfilaba l a oportunidad de hacerlo. En
aquel momento, en l as filas catól icas se cruzaron varios proyectos. Franceschi, por
ej emplo, no negaba que los partidos políticos deberían conservar importantes
funciones en el futuro ordenamiento. Sin embargo, sobre todo le preocupaba que,
más allá de el los, se garanti zara el "gobi erno de los mej ores¨. Tal como él había
sostenido más de una vez en el pasado, para conseguir ese fin hubi era sido l egítimo
introducir algunas formas de proscripción, o de filtro electoral, que limitaran y
canal i zaran el impacto de las masas sobre el sistema político. La misma finalidad
podía reconocerse en su invocación a l a depuración doctrinaria de l os partidos
tradici onales, que en el l enguaj e catól ico de la época aludía a la necesi dad de que
eliminaran de l os propios programas toda huell a de l iberal ismo o soci al ismo, para
adecuarse a los caracteres eternos de la nacional idad. En suma, la "cristiani zación¨
de sus presupuestos ideol ógicos y de sus programas sería la antecámara de su
legitimidad. Al mismo tiempo, la reforma sobre la base de esos l ineamientos del
sistema político respondía en sus i ntenci ones a otro obj etivo: el de garanti zar su
moderación y evitar que la radicali zación del conflicto políti co conduj era a una
solución bonapartista, guiada por un "caudil lo¨ oportunista.
Al mismo tiempo, no había desapareci do en absol uto en el mundo catól ico ÷al
contrario vivía sus días de mayor fervor÷ esa corriente naci onal ista e hispanista
que exaltaba la posibil idad de fundar el Estado catól ico en el autoritarismo
confesional. Como escribía, entre los numerosos propagandistas de esta corriente,
el agustino Gabriel Riesco, el "ser naci onal¨ no necesitaba en absoluto de la
consagración tributada por el "recuento de votos¨; siendo de origen divino, aquél era
inmutable. Por lo tanto no podía estar suj eto "a la venalidad de las mayorías
amorfas¨.
72
En el frente opuesto, finalmente, los dispersos sectores cristianos democráticos,
a menudo estigmatizados por las corrientes mayoritari as del catoli cismo argentino
con la despreci ativa definici ón de "catól icos li beral es,¨ relegados a los márgenes de
las instituciones ecl esiásticas, tendían a unirse a los partidos del viej o orden l iberal
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en una protesta común en contra del nuevo régimen, a medida que éste revelaba
sus rasgos autoritarios. Esta circunstancia contribuía notablemente a hacer
fermentar las tensiones en el interi or del mundo católico. Una parte de ellos
encontrará, a partir de septiembre de 1943, una referencia ideal en monseñor De
Andrea, cuando, tras una primera fase de confianza en l os resultados de la
revolución, éste empezó a oponerse a sus manifiestas tendencias a borrar las
instituciones democráticas.
73
Por lo tanto, en conj unto, no exi stía una postura unívoca del catolicismo y de l a
Ìglesia argentinos respecto de la estructura institucional de l a "nación catól ica¨.
Además, sus posici ones vari arían con el cambio del contexto político, en el
transcurso del convulsionado proceso revolucionario. En l a primera fase, por
ej emplo, se perfiló tímidamente entre los catól icos el compromiso de sostener un
eventual partido de la revolución que se formara como expresión de una nueva clase
dirigente y como garantía de que los postulados de la "nación católica¨ quedarían
inalterados en el futuro.
74
El Pueblo ÷declaró en forma oficial el diario católico el
5 de agosto de 1943÷ no sólo acompañará al gobierno "con todo su poder
publ icitario y su capacidad de expresión¨, sino que "alentará igualmente [...] a
aquellos movimientos limpios y elevados que tengan un obj etivo regenerador¨.
75
Y
de manera aun más explícita escribió José L. Astelarra en Criterio: "el que espera
cómodamente que el gobi erno militar lo haga todo, sepa que si considera necesario
que los viej os parti dos políticos desaparezcan, hay que demostrar que se es capaz
de crear un gran movimiento político nuevo, destinado a actuar en un nuevo
ordenamiento j urídico¨.
76
La referencia al nuevo marco j urídico era i mportante porque suponía una radical
redefinici ón de la estructura instituci onal del Estado. Tanto más si gnificativa si se
recuerda que en el catol icismo estaba profundamente radicado el mito del
corporativismo como alternativa cristi ana por excel encia a los postulados
indivi dualistas del sistema institucional l iberal democrático. Pero ni si qui era sobre l a
naturaleza y el alcance del corporativismo existía, en el momento de transformarlo
en una propuesta prácti ca, amplio consenso entre los catól icos. Por ej emplo, en la
óptica de la formación de un partido de la revoluci ón, ¿se debería perseguir un
modelo de partido único, acompañado por una cámara corporativa? ¿O bi en se
debería apuntar a un régimen semirrepresentativo, en el cual el ej ercicio del voto
estuviera limitado por discriminaciones ideológicas pero que, sin embargo,
conservara un sistema pl uripartidista? ¿Un sistema, como concebía Franceschi, de
representaci ón mixta, en el cual l a representación fuese en parte expresión del voto
indivi dual y en parte del corporativo?
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Estos y otros dil emas se incubaban tras la unanimidad católica de la primera
fase revolucionaria. No se trataba de problemas de mera ingeni ería institucional ,
sino de profundas gri etas, que sacaban a la l uz la falta de preparación del mundo
catól ico, como tal, para definir concretamente, y de un modo reali zable en la
situación histórica argentina, las coordenadas políticas e insti tucionales del nuevo
"orden cristi ano¨ i nvocado durante tantos años. Estas gri etas, entre otras cosas,
permitían entrever profundas disonanci as en su i nterior. Las mismas podían
divisarse incluso en las páginas de El Pueblo, donde a l os editoriales, más
prudentes y circunspectos ÷firmes al invocar la depuraci ón de los partidos pero, al
mismo tiempo, dispuestos a mantenerles la puerta abi erta para el diálogo÷, se
oponían los tonos perentorios de la mayor parte de los colaboradores habituales.
Éstos, animados en su mayoría por ideales de reforma social, sostenían de manera
más explícita una organi zaci ón política íntegramente corporati va, en la cual no les
quedaría ni ngún papel a los partidos.
La Iglesia al poder
La evoluci ón política determinada por la revolución pronto empezó a generar
algunas situaci ones sumamente embarazosas para las j erarquías eclesiásticas,
destinadas además a agudi zar la conflictividad en el interi or del mundo católico. En
resumen, lo que ocurría era que un elevado número de militantes y dirigentes de l a
Acción Catól ica era nombrado por las autoridades militares para cubrir importantes
cargos en l as instituciones gubernamentales, tanto en el nivel federal como en el
provincial. Pero no sólo esto: el mismo clero asumió a menudo las funciones de
"consej ero del príncipe¨. Tales circunstancias muy pronto presentaron, para l a
Ìglesia, problemas de dos órdenes. Por un lado, en lo inmediato, provocaron fuertes
reacciones en la opinión públ ica, así como recurrentes denuncias sobre el
clerical ismo imperante. Esto amenazaba con causar un creci ente aislamiento de l a
Ìglesia y con hacer resurgir con nueva fuerza aquel la cultura anticlerical que desde
hacía más de un decenio parecía haber perdido su incisividad. Por otro lado, visto
en perspectiva, hicieron emerger el delicado problema de la autonomía instituci onal
de l a Ìgl esi a, en vistas de la hemorragia que sus organi zaciones estaban sufriendo,
aunque esa hemorragia se debiera a la causa de la restauración cristiana en el
orden temporal. Si las mej ores energías y capacidades intel ectuales maduradas en
el ámbito eclesiástico en el transcurso de un decenio migraban ahora hacia el
gobi erno, ¿qué pasaría con las organi zaciones eclesiales? ¿Cuánto iba a sufrir l a
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presencia de la Ìglesia en la sociedad, ya de por sí tradicionalmente débi l en la
Argentina? De hecho, muy pronto se pudo percibir el ri esgo de que el proceso
revolucionario acentuase en última instancia la dependenci a de la Ìglesia respecto
del Estado. Si, en efecto, el Estado incorporaba ideas, hombres y programas de la
Ìglesia, y hacía propi as sus finali dades, ¿qué papel l e quedaba a ell a salvo el de
criada del Estado cristiano?
No obstante, tales di l emas no eran fruto de la fatalidad. Al contrario, l os mismos
nacían de l as ideas profesadas y de las elecciones concretas de la Ìglesia. ¿Cómo
podía ésta impedir que tales dilemas se impusieran en el momento en que alentaba
explícitamente a los fieles a colaborar activamente con las nuevas autori dades,
especi almente si se consi dera que sus obj etivos contemplaban, entre las
prioridades, la formación de una nueva clase diri gente nacional impregnada de
ideales catól icos, como premisa para la edificaci ón de un Estado católico? ¿Podía
sorprender, dado este contexto, que la Ìglesi a fuese considerada plenamente
corresponsable de l os actos del gobierno y acabase, por ende, por quedar
involucrada en l os conflictos pol íticos que aquél l os necesariamente
desencadenaron?
Por lo menos una parte de estos interrogantes comenzó a aflorar ya desde j uli o
de 1943. Fue entonces cuando Franceschi se hi zo cargo de un rumor que circulaba
en Córdoba, según el cual el gobierno estaba siendo de hecho ej ercido por el
clero.
77
Aunque esto no le pareciera en absoluto preocupante, dada la satisfacción
que, a su j uicio, la mayor parte de los argentinos experimentaba respecto del
espíritu si nceramente cristiano de los nuevos gobernantes, el problema no podía, en
reali dad, ser soslayado en absol uto. Tanto, que poco tiempo después, en la sesión
del 7 de septiembre de 1943, hasta el mismo GOU destacó el problema: señal
inequívoca de que, al respecto, el nivel de al arma estaba próximo, y que aquel los
"rumores¨ se habían difundido tanto que creaban serias dificultades para el curso de
la revol uci ón.
78
Por entonces el coronel González afirmó que había que afrontar el
tema de la influencia de l os sacerdotes sobre el gobierno, dado que ésta había sido
denunciada en otras partes. Ahora bien, aunque l as actas no aclaran si la discusión
a propósito de la influencia del clero se había real i zado o no, otros documentos
permiten suponer que la misma efectivamente se realizó. Y además permiten
comprender cuál fue el espíritu que conformó su resultado.
Una circular confidencial enviada a su cl ero por monseñor Buteler, obispo de
Mendoza, el 14 de septiembre de 1943, ofrece al respecto una pista significativa.
79
El interventor de la provincia, se l eía en dicha circular, había querido reunirse con
Buteler el 11 de septiembre para hacerle observar que l a actitud de algunos
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sacerdotes que frecuentaban asiduamente a los miembros del gobierno provi nci al
era tal, que generaba en la opini ón públi ca reacciones "odiosas¨, dictadas por l a
convicción de que ell os "ej ercen ci erto dominio sobre los funci onarios¨. El gobi erno
de la provincia, había prosegui do el interventor, tenía sin duda l a intención de servir
a la causa de la Ìgl esia. Pero a tal fin hubi era sido mej or evitar actitudes que l o
obl igaran a tener que demostrar que quien gobernaba era él, no la Ìgl esi a. En otros
términos, no se trataba de negarle el ej ercici o de aquella i nfluencia que ell a estaba
despl egando, sino de prevenir que dicha i nfluencia no produj era un efecto contrari o
al deseado. No había necesidad al guna, en suma, de que en el momento en que el
Ej ército exhibía su vocación cristiani zadora, su autoridad se viera menoscabada por
inúti les ostentaci ones de clerical ismo. Tanto, que Buteler concluía su mensaj e
pidiendo a sus sacerdotes mayor prudencia, una frecuentaci ón menos asidua de la
Casa de Gobi erno, además de que recordaran que la independencia seguía siendo
el bi en supremo de la Ìglesia.
En real idad, la crisis política que j ustamente en aquel septiembre ll egaba a su
maduración, y que en octubre provocaría un importante cambio en el perfil político e
ideológico del gobierno, acrecentaría aún más la i nfluenci a eclesiástica. En cuanto a
los probl emas, inéditos, que la Ìglesia empezaba a afrontar como consecuencia de
haberse involucrado en el proceso político inaugurado el 4 de j unio, no cambiarían
por el simple efecto de genéricas invocaci ones a la salvaguardia de su
independenci a, del ti po de l a de monseñor Buteler. No existe constanci a de que las
j erarquías eclesiásticas, firmemente alineadas en sostener la revolución y decididas
a hacer val er sobre ell a la influencia de la Ìgl esia, hicieran algo más que emitir
invocaciones como aquél la. En la medida de lo posi bl e, y como máximo esfuerzo,
trataron de evitar que fueran precisamente miembros del clero qui enes aceptaran
los cargos ofrecidos por el gobierno. Pero en general dej aron li brado a la conci encia
de los militantes católicos el respetar o no el compromiso de mantener separada su
militanci a política y su militancia rel igi osa. En real idad era un compromiso imposible
de respetar, desde el momento en que la revolución en curso solía ser interpretada,
en los ambientes católi cos oficiales, como el fruto natural de una florida estación de
renacimiento católico en la Argentina. En otros términos, las autoridades
eclesiásticas solían i nvocar una bizantina separación entre dos dimensiones, la religiosa y la
política, orgánicamente ligadas entre sí en la militancia católica.
Las ambigüedades y contradi cciones de tal actitud emergieron también en las
intervenciones públicas de numerosos dirigentes de l a Acción Catól ica, ori entadas a
contrarrestar las crecientes acusaciones a la impronta clerical del gobierno militar.
En septiembre, por ej emplo, la Acción Catól ica de Tucumán hi zo públ ico un
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comunicado para desmentir la veraci dad de un rumor que circul aba en boca "de un
gran número de habitantes¨, según el cual ell a era poco menos que el brazo político
del Ej ército.
80
Y sin embargo, difícilmente hubiera podido ser de otro modo, desde
el momento en que el interventor enviado a Tucumán por el gobi erno no era otro que
Alberto Bal drich. Éste era un hombre cuya militanci a política, i nspirada en un férreo
militarismo y un nacional ismo exasperado, era la prolongaci ón de su militanci a
catól ica, y que se apresuró a formar un gobierno provincial cuyo perfil nacionali sta y
clerical era evidente.
Poco después, otras secciones diocesanas de l a Acción Católica emitieron
comunicados anál ogos. La de Mendoza, l uego del nombramiento del presi dente de
la j unta central local como interventor de l a Universidad de Cuyo.
81
Y también la de
Rosari o, donde monseñor Caggiano retomó los conceptos de l as j untas de Mendoza
y de Tucumán.
82
De hecho, esos documentos trataban de minimi zar un proceso muy
evidente: la Acción Católi ca en particular, y el mundo catól ico en general, estaban
nutriendo de dirigentes y cuadros al gobierno militar, del cual ellos representaban el
componente civil más importante. O sea que los católicos, que hasta entonces
habían permanecido al margen de las i nstituci ones políticas, entraban ahora en
ell as masivamente como personal político de un gobierno militar, inaugurando una
costumbre destinada a consol idarse en la histori a argenti na.
En ese contexto, ya a fines de 1943, las diferenci as entre las diversas
corrientes del catol i cismo tendieron cada vez más a expresarse en términos
explícitamente políticos. La política entró así, prepotentemente, y sin filtro alguno,
en la vida i nterna de la Ìglesia, obl igando a su j erarquía a reali zar complicados
equi l ibrios a veces, y elecciones drásticas y dolorosas otras, con el resultado de
que, de todos modos, su participaci ón directa en la vi da políti ca fue cada día más
evidente. En tal sent ido, precisamente la carta de monseñor Caggiano del 22 de
octubre de 1943, reci entemente mencionada, revel aba no sólo l as dificultades que la
Ìglesia estaba afrontando, sino también l as respuestas que tenía l a intención de
darles.
Caggiano, un prelado cuyo prestigio en l a Ìglesi a ya estaba consol idado para
entonces, y cuyas palabras gozaban de la autoridad que le confería su papel de
asesor nacional de l a Acción Católica, enfatizaba dos preocupaciones. Por un lado
le urgía reafirmar el deber de obedienci a de l os católicos a los obispos, como
fundamento de su unidad. Por otra parte, el respeto por la autoridad del gobierno
nacional. "Se debe establecer para todo dirigente y socio de l a Acción Católica ÷
escribía÷ como principio inalterable de discipl ina y acat amiento a la autoridad
legítima, que no se debe firmar un manifiesto que, aunque dirigi do a l a autori dad, es
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dado a la publ icidad, si en él se expresan disidencias y oposici ones respecto de l as
normas que la autori dad sigue en l o que se refiere al gobierno del país, tanto en el
orden interno como en el orden internacional¨.
La necesi dad de rei terar esos principios no era en este caso fruto de una
inquietud abstracta. Antes bien, surgía de una circunstancia concreta, determinada
por un acto político del gobi erno revolucionario, cuyos efectos minaban la cohesión
y la discipli na del campo católico. De este modo proseguía Caggiano: "Según esto,
ningún socio de la Acción Católica debi era firmar algún manifiesto público en
adhesión al que publ i caran con otras personas los señores profesores universitarios
que fueron separados de sus cargos, por cuanto el lo implicaría abierta oposición
con las normas arriba expuestas¨. Lo que había ocurrido era que, como
consecuenci a de las purgas en las universidades que habían tenido lugar en octubre
de 1943, algunos miembros de la Acción Catól ica habían adherido a un manifiesto
de protesta solidari zándose con los docentes expulsados. Lo que más preocupaba al
obispo de Rosari o, además de no minar el sostén de l as autoridades eclesi ásticas al
gobi erno militar, era contener y resolver dentro de los muros de la ci udadela catól ica
un conflicto que había asumido reli eve públi co. Éste se perfilaba como un conflicto
entre catól icos, unos responsables de las purgas, en vi rtud de los cargos
desempeñados en el sistema universitari o, otros ali neados inusitadamente con la
"Argentina laica¨ en defensa de los expulsados.
Sobre la cuestión específica de los profesores expulsados, Caggiano se abstuvo
de asumir posición públ icamente, aunque dio a ent ender que el obj etivo de los que
habían firmado aquel manifiesto, vale deci r la rei ntegraci ón de los docentes, podía
ser compartido, aunque debía perseguirse por vías más discretas. Sin embargo, el
punto sobre el que no estaba dispuesto a transigir era acerca de la obedi encia a l os
obispos y al gobierno por parte de cuantos se proclamaban catól icos. No se
toleraría ninguna ali anza que comprendiera sectores extraños al catol icismo, y
mucho menos para atacar a las autoridades públ icas. A pesar de que reconocí a l a
necesi dad de poner freno a l os fanatismos de algunos sectores catól icos adictos al
gobi erno, de declararse contrario a toda forma de cristiani zación forzada y recordar
"la oposici ón abi erta con las enseñanzas de la Ìglesia¨ de las doctrinas total itari as,
aquellos principios debían respetarse.
Tras la perentoriedad de la admonición de Caggiano a los catól icos se ocultaba
en reali dad el problema de siempre: ¿cómo podía pretender l a Ìglesia i ncitar a la
colaboraci ón con el gobi erno y, al mismo tiempo, evi tar quedar mezclada en l a
polari zación políti ca e ideológica en que estaba sumido el país? Su voluntad de
bloquear toda oposici ón católica al gobierno, manteniendo al mismo tiempo unidos y
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discipl inados a los militantes de l a Acci ón Católica, sonaba más bi en veleidosa,
especi almente si se considera el clima encendido de "guerra civi l i deológica¨ que
desde hacía tiempo incendiaba la política argentina, y de lo cual era reflej o l a
fractura entre "ali adófilos¨ y "neutral istas¨.
83
Esta guerra ideol ógica se agudi zó aun
más con el ascenso al poder de l as Fuerzas Armadas, dado que la difundida
simpatía por las potencias del Ej e que al bergaba en su seno exacerbó el choque,
del cual no era verosímil que se mantuviera al margen el complej o universo cató-
lico.
Tales circunstancias hacían que fuese extremadamente complej o, para la
Ìglesia, afirmar su aj enidad y hasta su hostil idad hacia l as doctrinas totalitarias, en
el momento en que éstas encontraban espacio para expresarse en el gobierno al
que ell a i nvitaba i nsistentemente a sostener y no contradecir. No sólo esto, si no que
su inevitable invol ucramiento en el confl icto i deológico que movili zaba a masas
ingentes de población minaba profundamente las posibil idades concretas de que el la
se irgui era, como por otra parte deseaba hacer, como la garante de la unidad
espiritual de la nación. De hecho, la Ìglesi a se arri esgaba a transformarse, de factor
de cohesión, en un el emento más de discordia y de di visión.
Mientras las tensiones políticas que siguieron a la revolución planteaban de
manera cada vez más aguda estos problemas, la Ìglesia conservó inalterada l a
actitud doctrinaria que había mantenido hasta entonces, consi stente en la condena
indiferenciada de todas las doctrinas políti cas modernas, en nombre de l a
autosuficiencia y la perfección del catoli cismo. Lo sostuvo aunque dicha actitud
pareciera cada día más inadecuada para guiar a los católi cos en la actividad
política, además de i nsuficiente para conservar su uni dad. Pero además, como por
otra parte ya había ocurrido en el pasado, la procl amada neutrali dad ideológica de
la Ìglesia argenti na, formalmente adversa en i gual medida a los total itarismos y las
democracias l iberal es, sirvió en reali dad una vez más a l as autoridades
eclesiásticas como instrumento de homogenei zación forzada del catol ici smo
argentino baj o los principi os de la "nación catól ica¨, encarnados ahora en el
gobi erno revoluci onario. Tanto que qui enes pagaron l os costos siguieron siendo casi
exclusivamente los ll amados católicos liberales.
En tal sentido, el desarrol lo del i ntento, surgi do en el seno del organismo
directivo de la Acci ón Católica, de i ntroducir una profunda modificación en la actitud
de l a Ìglesia respecto de las i deologías modernas, ilustra mej or que cualqui er otro
episodio el sentido de estos comentarios. En noviembre de 1943, un miembro de la
Junta Central de la Acción Catól ica, y con el obj eto de aportar claridad en medio de
la confusión política que, según una opinión muy difundi da, reinaba entre l os
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mismos afiliados de l a organi zaci ón, propuso un borrador de declaración sobre sus
principi os doctrinari os. Ese texto contenía una novedad sustancial respecto del
pasado, una verdadera "revoluci ón¨: al condenar los errores modernos, como era
ritual en esos documentos, "olvidaba¨ incluir en la l ista al l iberalismo y al
comunismo. Era en suma un documento decididamente antifascista y antinazi, y
revelaba una explícita voluntad de reorientar en tal sentido al catoli cismo argentino.
Verosímilmente, con el fin de minar la legitimación ideol ógica a l a que apelaba el
gobi erno militar. No es casual que el texto hubiera sido propuesto por Luis Roque
Gondra (h.), hombre conocido por sus posiciones democrático -cristianas y proa-
liadas.
84
Este borrador, como siempre, se sometió a la evaluación del cardenal Copel lo,
que lo aprobó en sus lineamentos generales, pero luego de haberl e aportado una
corrección decisiva sobre cuya conveniencia convino también monseñor Caggi ano:
en la lista de las doctrinas condenadas había que volver a i ncluir al "comunismo
ateo¨ y al l iberalismo.
85
Éstos, por otra parte, y no el fascismo o el nazismo, eran,
según solía señalar l a Ìglesia, los verdaderos males padeci dos por la Argentina. El
intento "revolucionari o¨ de Gondra, en suma, había tenido una vida efímera y la
legitimación ideológica de la revolución no corría riesgos.
La política escolar: hacia la escuela confesional
Tanto los militares llegados al poder el 4 de j unio como las autoridades
eclesiásticas nunca habían tenido dudas acerca de que los pil ares del "nuevo orden¨
revolucionario debían ser dos: una radical intervención dirigi da a revolucionar la
organi zaci ón y l os pri ncipios de la i nstrucción públi ca, volviendo a conducirl a por l a
fuerza dentro del paradigma de la "nacional idad¨, y una política de reformas
económicas y social es que conj ugara una creciente equidad con un espíritu de
colaboraci ón entre el capital y el trabaj o. No es casual que precisamente éstas
fueran desde hacía ti empo las directivas pri oritari as del apostol ado catól ico. Así, al
día siguiente de la revolución confirmó el plan de actividades de la Acción Catól ica
para 1944, preparado por el episcopado, que tenía como centro la "vi gi lancia de l as
leyes del trabaj o¨ y la "iniciación de la campaña pro enseñanza reli gi osa¨.
86
La restauración de la enseñanza reli giosa en las escuelas del Estado, como ya
se vio, figuró desde el primer momento, por lo menos de forma implícita, como un
punto programático fundamental del gobi erno militar. A el lo aludían en efecto los
primeros manifiestos de las autoridades militares, cuando lamentaban el al ej amiento
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de la escuela de Cristo. No obstante, ese aspecto ha sido a menudo confinado por
los estudios a l os márgenes de la trama revoluci onaria, casi como si el ámbito
educativo fuese un ámbito menor, escasamente relevante para definir l as
orientaciones general es del nuevo curso político. En resumen, un ámbito que en una
especi e de feudal i zación del gobierno revolucionario fue adj udicado para su gesti ón
al mundo católico, con el fin más o menos explícito de captar así la benevolencia de
la Ìglesia. Si bien no exi ste ninguna duda sobre el hecho de que el ministerio de
Educación tendía desde entonces a convertirse cada vez más en un verdadero
feudo eclesi ástico, la política que dicho mini sterio desarrol ló nunca estuvo aislada
del curso general de la revolución, del cual siempre fue un termómetro sumamente
sensible. Del mismo modo, lo fue siempre de la dinámica y del equi li brio i nterno
tanto del gobierno de facto como del mundo catól ico. En otros términos, la política
educativa de l a revol ución sólo puede comprenderse en l a perspectiva más amplia
de l a política revolucionaria en su total idad, dado que el la refl ej aba con particular
fidelidad el cambio ideol ógico madurado en las elites militares durante el deceni o
anterior a la revoluci ón. La reconquista de la educación públ ica para los val ores de
la argenti ni dad, y por lo tanto su confesional i zación, representaba efectivamente
uno de los ej es del mito de la "nación católi ca¨. De esto, y no del "oportunismo¨
militar enfatizado por demasiados anál isis históricos, sería fruto el decreto que a
fines de 1943 introduj o la enseñanza de l a rel igión en las escuelas públ icas y, más
en general, el agitado proceso de cristi ani zación f orzada de la escuel a que se había
inaugurado el 4 de j unio.
"La revolución [...] será lo que sea su programa docente¨, escri bía El Pueblo en
su edición del 20 de j unio de 1943. Los militares ÷agregaba poco después Los
Principios÷ "deben darse cuenta de que la escuela católica es l a clave triunfal de la
Revolución¨.
87
A partir de tales premisas, y de la firme convicción de que en el
campo educativo, antes que en ninguna otra parte, debería efectuarse el aj uste de
cuentas con la tradici ón l iberal y l aica, la Ìgl esi a se preocupó de monitorear
punti ll osamente, día tras día, la acci ón del gobierno. Las pági nas de l a prensa
catól ica comenzaron así a l lenarse ya no de sugerencias i ntercaladas si no de
apremiantes "consej os¨, "denuncias¨, "i ndicaciones¨, "admoniciones¨ dirigi dos a
orientar al gobi erno en la dirección exacta.
En la mayor parte de los casos, prel udiaban efectivas intervenci ones del
gobi erno en el sentido indicado. Tan sólo una semana después de l a revolución, por
ej emplo, el di ario católi co de la Capital di rigió un violento ataque a l o que j uzgaba
como los pri nci pales males de la escuela argentina: el antimilitarismo, la hostil idad
al cristi anismo, la influenci a social ista. Para poner remedio a esta situación invitaba
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perentoriamente a las nuevas autori dades a intervenir con mano pesada.
88
Al día
siguiente, el general Anaya, ministro de Educación, fue recibido por el cardenal
Copell o y sólo una semana después el Consej o Naci onal de Educación, el
organismo directivo de la escuela públ ica, fue intervenido por el gobierno. Sus
miembros ÷escribió entonces El Pueblo÷ deberían ser despedidos prácti camente
sin excepciones. Las Fuerzas Armadas deberían dedi carse a l a regeneraci ón de la
educación hasta su completa real i zación. El significado epocal que debía atri buirse
a tales medidas era claro: "El país espera fundadamente que el interventor del
Consej o [...] silenci e todos los sectari smos que durante medio sigl o [...] han
impedido que la doctrina cristiana pueda ser recibi da por los niños argentinos¨.
89
El general Elbio C. Anaya era, como ya di j imos, un exponente típico de aquel la
corriente ideológica militar para la cual el mito de la "nación católi ca¨ representaba
más un hábito cultural, un reservori o de valores, que un verdadero proyecto de
transformación políti ca y soci al. Estaba sin duda a favor de una fuerte inyección de
valores y espíritu católico en la escuela argentina, pero no consideraba que esto
tuviese que ocurrir como consecuencia de una cruzada contra el laicismo, a
diferencia de lo que sostenían l a Ì gl esia y l as corrientes nacionalistas. Antes bien, l e
preocupaba que en la escuela se afirmasen el orden y l a discipl ina, que l as
j erarquías "naturales¨ se respetaran, que l a enseñanza del catoli cismo favoreciera
las virtudes del patri otismo y de l a obedi encia. El retorno a la enseñanza catól ica,
en sus intenciones, debía entenderse como la restauración de la atmósfera que
reinaba en los i nstitutos educativos antes de l a ruptura determinada por l a Reforma
Universitari a de 1918. En cambio, no debía interpret arse necesariamente como una
aspiración a volver a la escuel a previa a la ley 1420 de 1884, vale decir, a l a l ey que
había sancionado la instrucci ón l aica en la Argentina, y que por eso catal i zaba
sobre sí la rabiosa hostil idad de los católi cos.
90
Durante su permanencia en el ministerio, o sea hasta octubre de 1943, los
catól icos consigui eron sin duda algunos i mportantes resultados. Sobre todo, el que
un ministro de Educación proclamara públicamente que las ideas cardinales de su
política serían las de Dios y Patri a significaba ya de por sí un acto altamente
simbólico, una pequeña revolución cultural. No fueron pocos l os actos de el evado
valor simbólico real i zados por Anaya. Muchos de el los muy importantes, como el
patrocinio ofrecido por su ministeri o a las celebraci ones del 75º aniversari o de la
fundación del Col egi o del Salvador, que asumieron extraordinario rel ieve, entre
otras razones porque el gobierno aprovechó la oportunidad para declarar la pl ena
autonomía administrativa y j urídica de ese prestigioso insti tuto j esuita. En el
discurso que pronunció en esa ocasión, Anaya quiso subrayar, como sanción del
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papel de guía que l os oficiales revolucionarios reconocían en la enseñanza católica,
que "este Colegio es para nosotros, los hombres de j unio, el órgano de la educación
cristiana por excelencia¨.
91
Más concretamente, a fines de septiembre el ministerio
de Educación hi zo públ icas las bases de una reforma general de la enseñanza, las
que recibieron el i nmediato aplauso de l a prensa catól ica, que reconoció en ellas l a
impronta de cuanto venía sosteni endo desde hacía por lo menos un decenio.
92
Las medidas, que marchaban en la dirección auspiciada por las autori dades
eclesiásticas, abarcaron también otros aspectos del sistema educativo. Por ej emplo,
Anaya empezó a adoptar algunas medidas de censura que fueron particularmente
apreciadas por la Ìgl esia, entre las cuales suscitó cierto revuelo la supresión del
programa de lecturas obligatorias en los col egi os nacionales de El cri men de l a
guerra, una obra de sabor antimilitarista de Juan Bauti sta Alberdi.
93
En general, acogió favorablemente las insistentes presiones catól icas, en
especi al para efectuar amplias purgas en el si stema educativo que, en honor a l a
verdad, la Ìglesia las hubi ese deseado mucho más amplias. Así, poco después de
que l a prensa catól ica señalara que "la enseñanza sufre en Córdoba baj o factores
nefastos¨, entre los cuales se destacaba la confirmación entre sus dirigentes de
exponentes de la i zquierda y de la cultura laica, el Ministro procedió a intervenir l a
Dirección General de Escuelas de aquel la provincia.
94
En otras provincias, por
ej emplo en Entre Ríos , donde la docencia l aica tenía un importante bastión, se
adoptaron importantes medidas dirigidas a reintroducir la enseñanza de la rel igi ón
en las escuel as públi cas.
95
No obstante, aunque Anaya había propiciado estas y otras medidas que
recogían sus reivindi caciones, la Ìglesia no demostró particular satisfacción por su
actuación. En efecto, aún se estaba demasiado lej os de la cristi ani zaci ón integral de
la escuel a y de l a universi dad que ella ambicionaba. Sobre todo, ciertos refluj os de
lai cismo escolar tenían, a su entender, demasiado espacio aún en el sistema
educativo. Las críticas a la gesti ón de Anaya, que salieron a la luz luego de su
alej amiento del gobi erno, empezaron a expresarse en forma velada ya durante su
permanencia en el ministeri o. Por un lado, la prensa católi ca le reprochó la excesiva
tolerancia hacia los representantes de la vi ej a escuela lai ca. "Nombramientos
desconcertantes¨, así definió al gunas desi gnaci ones hechas por el Mi nistro l uego de
la revolución, cuando eli gi ó a sus colaboradores.
96
Por otro lado, la prensa catól ica
no cesó nunca de reprocharle sus métodos blandos, especial mente en el gobierno
de l a universidad, donde en cambio consi deraba que había que intervenir con puño
de hierro.
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La política uni versitaria de Anaya se fundaba en criterios muy tradicional es:
prudencia con respecto a la cuestión de la autonomía de las universidades,
confianza en su capacidad y vol untad de "autodepuración¨, cambio gradual. Sin
embargo, la posici ón catól ica consi deraba que, para obtener el cambio radical que
la revolución debía i ntroducir en ese sector estratégico de l a vida nacional, hacía
falta una drástica intervenci ón por part e del Estado. Conscientes de cuán arraigada
estaba la cultura laica en el sistema educativo, los catól icos no cesaban de repetir
que urgía efectuar intervenciones enérgi cas y radicales. Las intervenciones se
reali zarían tras la caída de Anaya, pero en part e ya comenzaron a producirse allí
donde algunos exponentes del catol icismo nacional ista habían sido llamados a
ocupar puestos directivos. Éste era el caso de la Universidad del Litoral, para cuya
conducción había si do nombrado en j uli o el profesor Jordan Bruno Genta, que
emprendió un plan de verdadera medieval i zación.
98
En agosto el proceso de
cristiani zación integral se extendi ó también a la Universidad de Cuyo, donde se
nombró interventor al doctor Pithod, presidente de la Acción Católi ca de Mendoza.
99
Tales designaciones i ndicaban que en las filas revoluci onarias existía una lucha
entre corrientes ideol ógicas divi di das entre sí por concepciones diversas del común
ideal de Dios y Patria. Así lo confirma la circunstanci a de que el tema de la
educación públ ica estuviese durante esos meses en la mirill a del GOU, el cual
manifestó, una vez más a este respecto, una fuerte consonanci a con l as posiciones
catól icas. En su sesi ón del 7 de agosto de 1943, el coronel Perón presentó un l argo
informe donde denunció l a parál isis en que se encontraba el ministerio de
Educación. Además señal ó la acci ón contrarrevoluci onaria emprendi da por uno de
los princi pales miembros del equipo de Anaya, que ciertamente figuraba entre los
"nombramientos desconcertantes¨ hostil i zados por la prensa católi ca.
100
Por otra
parte, como se recordará, el profesor Genta era uno de los ideólogos del GOU,
como lo era el padre Wilkinson, que precisamente en esas semanas dirigió gran
parte de su actividad al sector educativo y universitario.
101
No es casual que el
GOU i nterpretara como una señal prometedora en vistas a la "revolución intelectual ¨
el nombramiento de Genta en la Universi dad del Litoral.
102
Por lo tanto, no resulta
sorprendente que la primera gran crisis política de l a revol ución, en oct ubre de
1943, provocara la caída, entre otros, del general Anaya, y su sustitución por un
catól ico muy presti gioso, por otra parte l igado a l a curia de Buenos Aires: el escritor
Gustavo Martínez Zuviría. Pero aun antes de que se verificase la sucesi ón en l a
conducción del ministerio, las universidades se habían convertido en un campo de
batal la. El choque entre los interventores nombrados por el gobi erno militar y l as
organi zaci ones de estudiantes, en especial la Federación Universitaria Argentina
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(FUA) se radicali zó cada vez más. Además de los caracteres cada vez más
autoritarios de la revoluci ón de j unio, lo que contri buyó a al imentarlo
sustanci almente fue precisamente la política inaugurada por Genta.
¿Cuál era, entonces, la concepción de l a universidad profesada por Genta?
¿Cuál era su fil osofía pedagógica? ¿Y cuál fue la posición de la Ìglesia respecto de
su accionar? En síntesis, Genta pretendía restaurar el pri nci pio clásico según el
cual la uni versi dad no era más que "una corporación j erárquica de maestros y
alumnos cuya misión fundamental es la contemplación de la Verdad y el cuidado del
alma de la naci ón¨.
103
La metafísica, afirmó en un discurso pronunci ado en l a
Universidad del Litoral el 17 de agosto de 1943, debía ser reafirmada como la
primera entre todas l as ciencias, y a el la debían subordi narse todas las otras.
104
Por el contrario ÷observaba÷, la universidad que conducía estaba corroída por un
ideal abstracto de democracia, incapaz de disti nguir entre razas, nacional idades o
credos, y mucho menos de respetar j erarquías o fronteras. Se trataba
sustanci almente de una universidad que no reflej aba el patrimonio cultural
argentino, encarnado en ideales cristianos y heroicos. Pero l a revolución había
llegado para poner término a una época dominada por el util itarismo y para
restaurar el senti do heroico y militar de l a nación.
Tradicional ismo católico, militarismo vitali sta, mito del orden y de la j erarquía:
tales elementos se fundían en su pensamiento, y en su acción, en una versión
programáticamente autoritaria del gobierno de la universidad. Como era previsibl e,
esta versi ón desencadenó el repudio de numerosos estudiantes y docentes, a l o que
siguió la represi ón ordenada por las autori dades.
105
Genta, que además de ser un
exponente destacado del nacional ismo también estaba vinculado con las
organi zaci ones eclesi ásticas, f igura como un personaj e relativamente marginal en el
vasto mundo católico. Su actitud de nuevo cruzado causó además considerabl es
situaciones embarazosas y ataques a l as autoridades eclesiásticas, así como cierto
fastidio entre las franj as católi cas más moderadas. Sin embargo, el catol icismo
oficial aval ó durante mucho tiempo, por lo menos públicamente, su acci ón, al menos
hasta donde esa actuación pareció favorecer l a erradicación del laicismo de los
programas universitarios y del cuerpo docente. Así ocurr ió, por ej emplo, en agosto,
en l os cal ientes días en que chocaron Genta y l a oposición de estudiantes y
docentes. El Pueblo alentó su acción, previniendo a las autoridades que no tuvieran
escrúpulos en l a tarea de "saneamiento¨ de las universidades.
106
Precisamente la falta de escrúpul os invocada por el diari o católi co hi zo que se
precipitara la crisis en las universidades, cuyo resultado sería la caída de Anaya y el
abandono de la estrategia de cristi ani zación moderada y gradual ista que él
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encarnaba. En ef ecto, la FUA decretó una huel ga hacia fines de agosto. Las
autoridades respondi eron reprimiendo y echando de l a universidad a numerosos
docentes y estudiantes. Pronto la situaci ón se puso tan incandescente que pareció
ingobernable, hasta que una nueva huel ga ordenada por l a FUA, esta vez por
tiempo indeterminado, induj o a Anaya a revocar las expulsiones y a pedirl e a Genta
un "gesto patriótico¨: que dimitiera.
107
Pero si la actitud conci l iadora de Anaya, en
ese momento provocó la caída de Genta, signó de hecho su destino. En efecto,
mientras él pedía la cabeza de Genta, Perón exigía la suya habl ando a l os miembros
del GOU.
108
Por su parte, Genta no abandonó el cargo sin antes haber encendido
la pólvora: el 18 de septi embre emitió un comunicado en el cual acusaba a
estudiantes y docentes de adoptar una táctica comunista, consistente en "minar el
carácter de l a cl ase dirigente¨. No sólo hi zo esto, sino que, frente a la reacción de
ell os, aumentó la dosis en un último comunicado, del 23 de septiembre, donde
amenazó a los docentes recordándoles que era "deber de todo argentino bien nacido
cooperar con l a obra del Superi or Gobierno¨.
109
Como dij imos, el Li toral no fue la única región en la que el proceso de
confesionali zación de la universidad había conoci do desde entonces una fuerte
aceleración. Tanto o más significativo para la Ìglesia, fue el nombramiento de Pithod
a cargo de la Universidad de Cuyo. Pero en ese caso, el ex presidente de la Acción
Catól ica de Mendoza debió afrontar un ambiente en el cual la tradición laica tenía
raíces mucho menos profundas que en el Litoral. Sea por esta razón como por su
moderación, adoptó un perfil más sosegado que el de Genta. De él dio ej emplo su
discurso de investidura, en el cual apel ó genéricamente a Pío XÌÌ al postular l a
necesi dad de armonizar la ciencia con l a fe y afirmó su vol untad de lograr una
restauración "argenti nista¨.
110
También en este caso, sin embargo, los tonos
radicales del catol ici smo nacionalista ani maban el accionar del gobi erno provincial ,
como aclaró su representante en la asunci ón de Pithod, Vi llegas Oromí, cuando dij o:
"No hay forma de educar moralmente un pueblo sin l os Santos Evangelios¨. Por esa
razón el programa educativo de l a revolución se habría inspirado en ell os, con el
propósito de reintegrar la universidad al "alma católica e hispáni ca de la Patria¨.
111
No obstante, fue precisamente la situación producida en el Litoral, y
especi almente en la provinci a de Entre Ríos, la que asumió un decisivo rel ieve
nacional. Tanto que el GOU se ocupó específi camente de ella, y Perón temió que se
convirti era en l a pri mera batalla de una verdadera guerra ci vil.
112
En efecto, al l í
más que en cualqui er otra parte se libraba la primera seria prueba de fuerza, no
sólo entre la "nación católi ca¨ y la "naci ón laica y li beral¨, sino también entre la
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concepción "culturali sta¨ y la "militante¨ de la "nación catól ica¨. El conflicto políti co,
cuyo resultado fue el cambio nacional ista de octubre de 1943, tuvo entonces en el
campo educativo uno de sus frentes más encendidos. Sobre su naturaleza y sobre la
apuesta que implicaba los católicos y l a Ìglesia no manifestaron dudas: el los
combatieron con la misma convicción tanto a la oposición laica como a la opción
gradualista, abi erta al compromiso, de Anaya. Así lo confirma la actitud del diari o
catól ico de la Capital en la fase crucial de la crisis universitaria del Litoral. Cuando
Anaya, en el intento de terminar con el conflicto desencadenado, sustituyó a Genta
por un catól ico de tendencia moderada como era Dana Montaño, éste f ue
inmediatamente obj eto de un ataque directo y explícito, cuyo obj etivo no era sólo él,
sino el ministro.
113
Por el contrario, las posiciones de políti ca educativa que la
prensa catól ica propi ciaba se revelaron por esos días en términos explícitos, en una
encendida polémica conducida por el di ario l iberal más importante del país. A La
Prensa, que había reivindicado como model o educativo ideal el fundado en el
pluralismo confesional de l os Estados Unidos, El Pueblo respondi ó negando a ese
modelo toda val idez para l a Argentina, sobre la base de que l a inmigración había
profundizado en ella el catoli cismo ya arraigado en su tradici ón. Por esa razón el
pluralismo confesional habría resultado un sinsenti do.
114
Una vez más las
aspiraciones predominantes en el cat ol ici smo argentino coinci dieron con las del
GOU, en cuyo seno se debatían hacía tiempo l os nombres de los posibles sucesores
de Anaya, con una clara propensión hacia algunos hombres de conoci das ideas
catól icas y nacionali stas.
115
Desde el punto de vista catól ico, por lo tanto, la crisis
de octubre y la caída de Anaya representaron, en el pl ano de la política educati va,
un cambio hacia la confesional i zación integral del sistema educativo. Y
precisamente la logi a militar en la que operaba el coronel Perón desempeñó un
papel deci sivo a ese efecto.
La política soci al de l a revolución: antes de Perón
En los meses que si guieron al 4 de j uni o de 1943, la represión, especialmente
en cl ave anticomunista, fue más característica de la política social revolucionaria
que l as primeras intervenci ones, que también las hubo, tendientes a mej orar las
condiciones de vida de l os trabaj adores y, por l o tanto, a i ntegrarlos al proceso de
"restauración de l a nacional idad¨.
116
Este hecho, en especial porque se lo examinó
a la luz de la intensa obra de reforma social reali zada por Perón en los dos años
siguientes, frecuentemente animó una distorsionada visión retrospectiva de todo el
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proceso revol uci onari o; de acuerdo con el la, la política social de Perón parecería
una sustancial desvi ación populista de l os caracteres originari os de la revolución.
En otros términos, la misma habría surgido al madurar el distanciamiento de Perón
respecto de los pri ncipios i nspiradores de la revol ución, entre los cuales, la
tendencia a una mayor equidad social no habría estado presente, como
precisamente lo demostraban las actitudes represivas de los primeros meses. En el
mito peronista, en cambio, la política soci al de Perón acaba por coinci dir tout court
con la revol uci ón de j unio de 1943, como si ella hubi era representado un proceso
lineal, y casi como si Perón la hubiera "inventado¨, "creado¨ de l a nada. En real idad,
el inicio de una política soci al ambiciosa no era del todo extraño a los proyectos
origi nari os de la revolución; al contrario, era uno de los principi os ideol ógi cos y de
los puntos programáticos calificados. Pero además, Perón no actuó en el curso
revolucionario como una suerte de deus ex machi na, en una especi e de vacío del
cual habría emergido con ideas y proyectos extraños al ambiente en el que actuaba.
Dada l a clara matriz católica de la revol ución, y la evidente influencia de l a
Ìglesia sobre el la, la actitud católica respecto de la política social se perfila como
sumamente sugestiva para comprender sus orígenes y obj etivos. Sobre todo si se
considera que el proceso de cristi ani zación de las Fuerzas Armadas, que ya ll evaba
más de un decenio, había comportado también una difundi da adhesión de los
militares a la nueva sensibi lidad social manifestada por la Ìglesi a, especialmente en
virtud de la mayor i ntegración nacional que prometía. Por otra parte, en ese proceso
la Ìglesia no había dej ado de dedicar ingentes y cal ificadas energías al apostolado
social en el cuerpo de oficiales.
117
Al mismo tiempo, y precisamente por la
contigüidad ideol ógi ca entre Ej ército e Ìgl esia, en la instituci ón castrense, tal como
había ocurrido en las filas eclesiásticas, tendió pronto a reproducirse en materia
social un creciente cl ivaj e entre una t endencia más radical, popul ista, y una
tendencia moderada.
Tal premisa permite enmarcar dentro de las coordenadas apropiadas la nueva
fase abierta por la revolución de j unio en materia de política social. Además permite
aclarar que l as diferentes sensibil i dades que en el la existían no correspondían a
aquéllas representadas por la contraposición clásica entre "liberales¨ y
"nacional istas¨, según la cual los primeros habrían sido denodados sostenedores del
libre mercado y los segundos partidarios de una estat i zación indi scriminada de la
economía y del gobierno de las relaci ones sociales. Uno de los puntos más
explícitos del programa revolucionario era comenzar una política social dirigida a
reequi l ibrar la excesi va desi gualdad entre las cl ases y a sentar las bases de una
mayor armonía social en una sociedad que se perci bía como presa de graves
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fracturas. También, que le correspondía al Estado hacerse cargo de ella en primera
persona. Sobre ese principi o no había resistencias en el cuerpo de ofici ales. Por
supuesto que había quienes concebían di cha orientación más que nada como una
suerte de mal menor, necesari o para prevenir una revolución social. Pero también
estaban quienes la tomaban como una necesaria respuesta a un imperativo de
j usticia social y de moderni zación naci onal. Había quienes pensaban en una
superficial intervenci ón de naturaleza asi stencial y quienes consideraban necesario
modificar a fondo las relaciones entre el capital y el trabaj o. Pero en conj unto,
cuando se reali zó l a revolución, existía un consenso sumamente amplio, ya sea
entre los oficiales revolucionarios como entre los militantes católicos, acerca de la
necesi dad de una urgente política de reformas social es. Más bi en, en este campo
como en otros, el problema que inmediatamente se planteó, y que tantas tensi ones
terminó por generar entre las nuevas autoridades, fue aquel tan arduo de construir
un consenso igualmente amplio sobre las medidas prácticas a adoptar para hacer
eficaces y efectivos esos documentos en los que todos, en el gobierno, afirmaban
inspirarse: las encíclicas papales. De modo que, también en materia social, el
catol icismo argentino era l lamado con urgencia a abandonar su tradici onal hábito de
condena al li beral ismo en el pl ano doctrinario, y a mostrarse capaz de inspirar el
gobi erno concreto de la sociedad.
Las autoridades militares enfati zaron, desde las primeras declaraci ones
públ icas, el conteni do social que deseaban imprimir a la revolución. Tanto, que el
presidente Ramírez j ustificó su real i zación, precisamente en la necesidad de "dar
una solución al angustioso probl ema en que se hallaba el puebl o, sobre todo l a
masa trabaj adora¨.
118
Poco después, en el discurso anual a l as Fuerzas Armadas
del 7 de j ulio de 1943, fue aun más explícito cuando sostuvo que la revolución se
había real i zado para redistribuir la ri queza y el trabaj o, así como para construir un
país l ibre de la miseria y el analfabetismo, salvaguardando al mismo tiempo la
integri dad de la familia y l a soberanía nacional.
119
El general Pertiné, al asumir el
cargo de intendente de la Capital, señaló como prioridad de su gobierno l a solución
de los problemas de los trabaj adores, comenzando por el dramático de la
vivi enda.
120
Pero aparte de esas declaraciones programáticas, repetidas
centenares de veces en los cuatro puntos del país por l as nuevas autoridades, sobre
la voluntad de una decidida i ntervención estatal en materia social, aparte de su
inspiración i deológica, se expresó claramente la primera, tímida, legisl ación soci al
decretada por el gobierno central y t ambién por algunos gobiernos provinciales,
especi almente por aquel los en l os que el vínculo entre las autoridades militares y
eclesiásticas se había manifestado con mayor organicidad. Tal era el caso de
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Mendoza, donde el gobierno presi dido por el general Vi ll anueva j ustificó su decisión
de fij ar el salario mínimo para los trabaj adores agrícolas refiriéndose explícitamente
a los principios expresados en l a Rerum Novarum y en la Quadragesi mo Anno, a las
cuales la revol ución quería atenerse con fideli dad.
121
Al lí, al fundar en septiembre
la Direcci ón General del Hogar Obrero, afirmó que, desde el momento en que "las
clases obreras no pueden ej ercer el Derecho Divi no y natural que les asiste¨ el
Estado debía propi ciar una "mej or distribución de las riquezas¨.
122
Aun más
concretamente, desde el día siguiente de la revolución, l a Secretaría de Guerra,
presidida por Perón, asisti do entre otros por el capel lán Wilkinson, comenzó a poner
en marcha los primeros contactos sindical es, con el fin de conseguir l a satisfacción
de las rei vindicaci ones obreras en el Departamento Nacional de Tra-baj o.
123
Por su parte, también en este campo la Ìgl esia se propuso ej ercer de inmediato
la función de orientación de la obra gubernativa. A pocos días de la revolución las
autoridades de la Acción Católica se apresuraron a hacer l legar al nuevo gobierno
una copia del proyecto de ley que habían preparado, relativo a las asignaciones
familiares.
124
Las primeras tímidas medidas adoptadas por el gobierno, como la
rebaj a de los al qui leres y la campaña para el abaratamiento de algunos bienes de
primera necesidad, recibieron el apl auso de la prensa catól ica, que vi o en el lo l a
"iniciación de una pol ítica social de neto cuño cristiano¨.
125
También suscitó cierta
euforia el coronel C. M. Gianni, presidente del Departamento Nacional de Trabaj o, al
afirmar principi os caros a los catól icos, por ej emplo, que "los sindicatos deben
apartarse en absoluto de la política¨, pero además que "un cristiano deber de
sol idari dad exige [...] que l a protección del Estado alcance al trabaj ador en todos los
alcances de su vi da¨.
126
Estos principi os permearon el decreto sobre las
asociaciones profesi onal es del 20 de j ul io de 1943, que inspirándose en el mito
excluyente de la "nación catól ica¨, negaba legitimidad sindi cal a las ideologías
contrarias "a los fundamentos de nuestra nación¨. En el decreto, los elementos
confesionales y rígidamente corporativistas del catol icismo social más moderado
prevalecían sobre l as inqui etudes de sus corrientes populistas, mayormente
preocupadas por potenciar l a representación obrera.
127
No tardaron mucho en aprobarse otras medidas que respondían pl enamente a
las tradicionales aspiraci ones del catol ici smo social, muchas veces reivi ndicadas
por las mismas cartas pastorales de los obispos. Tal fue el caso, en primer lugar,
del salario familiar, que el gobierno nacional introduj o antes en algunas
administraciones públicas y que se extendió luego como una mancha de aceite por
todo el país. Al instituirlo para sus propios empleados, la Munici pal idad de la Capital
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no dej ó de expresar su deber ideal hacia l as encíclicas pontificias, y fundó su
decisión en un axioma explícito: "Los principios y aspiraciones cristianas deben ser
escuchados y guiar l a política social de nuestros gobiernos¨.
128
Un típico ej emplo
de una legislación social modulada sobre l os principios catól icos fue el que ofreció
el general Córdoba, interventor de la provincia homónima, quien al i ntroducir un
"sobresueldo familiar¨ para empleados y obreros, especificó que sólo se
beneficiarían con el lo los "padres de hij os l egítimos y legitimados¨.
129
Cuando se lo
introduj o en Mendoza para los empleados de la administraci ón provincial, el decreto
que lo instituía se redactó como un tratado de doctrina social de la Ìgl esi a: partía de
la consideración de que "la familia constituye el elemento básico del orden social¨ y
acababa fundando la j usticia del sal ario familiar sobre los "principios humanitarios y
cristianos en que se sustenta¨.
130
Pero esta viej a bandera del catol icismo social
también se instituyó inmediatamente a favor de los trabaj adores de al gunos
importantes sectores, entre ellos el ferroviari o, que representaba el núcleo
históricamente más importante de la organi zaci ón sindical argentina. Cuando
preparó la reglamentación del decreto que introducía aquel la medida, el ministro de
Obras Públ icas mostró una significativa deferencia. En efecto, quiso informar a las
autoridades de l a Acción Católica que "al preparar tal proyecto¨ había "considerado
[...] en especial [...] los proyectos y estudios preparados por la Acción Católica¨.
Esta circunstancia induj o a E. F. Cárdenas, que presidía su Junta Central, a conclui r
que "nuestras ideas en materia económico-social se abren camino y l legan hasta
informar actos de gobierno en favor de l as clases trabaj adoras¨ y que finalmente se
observaba el "principio de penetración del pensamiento de los Romanos Pontífices
en nuestras instituci ones¨.
131
Desde el punto de vista catól ico, estas pri meras, moderadas medidas adoptadas
por el gobierno tenían el enorme mérito de moverse dentro de la perspecti va de una
pacífica col aboración entre las clases soci ales, como lo demostró el hecho de que l a
misma Unión Ìndustri al Argenti na propiciara a su vez el sal ario familiar.
132
Pero al
mismo tiempo, estaba bastante difundi do en el mundo catól ico la idea de que esas
medidas, aunque indi caran la vol untad del gobi erno de intervenir en las relaci ones
entre capital y trabaj o, serían en su conj unto ampliamente inadecuadas para ofrecer
una respuesta satisfactoria a una cuestión social engangrenada, sobre todo porque
los sindicatos no se quedaban de brazos cruzados y ya en los meses siguientes a l a
revolución protagoni zaron cierto número de huel gas. Por cierto, en teoría l a
reali zación de una política social conforme a los principi os católi cos podía parecer
hasta simple: el Estado debería i ntroducir una amplia legisl aci ón social, aparte de
incentivar la si ndi cal i zación. Los si ndicatos, una vez que se organi zaran, confluirían
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a su vez, j unto con las organi zaciones patronal es, en corporaciones apolíticas,
completamente libres de infiltraciones ideológicas "contrarias a la naci onali dad¨.
Dentro de esos límites, se aseguraría la l i bertad sindical y el espíritu del sistema se
orientaría correctamente hacia la colaboración entre l as clases.
Pero en reali dad, los católi cos tuvi eron muy pronto la experi encia de que la
sociedad no era un laboratorio sobre el cual esta doctrina pudi era proyectarse en su
perfecta arquitectura. Tampoco lo era en el corto plazo, aunque l a represión del
sindicalismo clasista podía servir para crear esa impresión. No había duda de que
sólo una mínima parte de la clase obrera estaba si ndical i zada, y que un intenso y
novedoso proceso de industrial i zación y de urbani zación reciente estaba renovando
en buena medida sus características. Dado que se planteaban el obj etivo de
"conqui starla¨ para l a causa de la "restauración argentinista¨, esto hacía que l os
catól icos se encontraran por primera vez con el deber de confrontarse seriamente
con algunos datos de l a reali dad histórica que, con excepción de las mentes más
lúcidas del catol icismo social o popul ista, siempre habían li quidado recurriendo a
categorías i deológicas tranqui l i zadoras. Entre esos datos se destacaba, en primer
lugar, el de l a identidad, en general socialista, pero también en menor medida
comunista, de la clase obrera sindicali zada. Al respecto, desde el momento en que
los católicos aceptaron finalmente, como un hecho de sentido común, que la
extirpación del comunismo debía basarse también en una audaz política soci al,
133
gran parte de ell os debi ó reconocer que era necesario avanzar más allá de l a
introducción del sal ario familiar para producir una hendidura en esa identidad
sindical y superar la desconfianza de los trabaj adores hacia ell os y el gobi erno
militar.
La segunda real idad con l a que se toparon tanto los catól icos como las elites
militares, era la del moderno conflicto entre capital y trabaj o. Esto no significa que
antes l o desconocieran, pero la responsabil idad de gobernarl o ÷y esto sí era algo
nuevo÷, les impidió seguir l iquidándolo como mero fruto de la obra disgregante y
antinacional de al gunas minorías "extrañas a la nacional idad¨. La resistenci a del
conflicto entre las cl ases sociales, tanto a la represión como a las invocaciones
conci li adoras, minaba profundamente su concepción organicista de la sociedad, en
la que este conflicto entre capital y trabaj o no estaba contemplado. Difícilmente la
revolución hubiera podido "conqui star¨ al prol etariado, como era su aspiraci ón, si n
enemistarse con los patrones. Por otra parte, aunque sólo se hubiera limitado a las
medidas adoptadas durante los primeros meses de gobierno, era improbable que
lograran esa "conqui sta¨. En otros términos, l legados al poder, militares y católicos
estaban l lamados a comenzar una estrategia política que habría de amenazar
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profundamente su pretensión de "neutralidad¨, su ambición de representar los
intereses naci onales por sobre los intereses sectoriales. Aunque fuera en nombre
del "bien común¨, ell os deberían dar y quitar. Y la unidad política de los
revolucionarios debería resentirse grandemente al enfrentar la espinosa cuestión de
a quién, cómo y cuánto dar y quitar.
A estos dos aspectos de la real idad con los que el catol icismo argentino tuvo
que enfrentarse luego de l a revolución del 4 de j unio, se añadi ó un tercero, que era
su natural corolari o, y sobre el cual su reflexión siempre había sido deficitaria: el
papel y las funciones que debía desarrol lar el Estado. En tal sentido, aunque entre
los catól icos predominaba l a i dea de que era deber de las corporaciones, es decir
de la sociedad organi zada, asegurar l a armonía social y l a col aboraci ón entre las
clases, en la práctica el los reconocieron cada vez más explícitamente que el Estado
estaría en condici ones de desarroll ar una eficaz acci ón concil iadora entre capital y
trabaj o. También, que siempre sería competencia del Estado eli minar el cl asismo de
los sindicatos, ya fuese mediante la necesari a represión, o desarrol lando una
política soci al tan incisiva como para incent ivar una ruptura entre la clase obrera y
su tradicional identidad política e ideológi ca. Pero admitir eso comportaba el riesgo
de desnatural i zar la "utopía corporativa¨ católica, desde el momento en que, en
lugar de prefigurar una sociedad fundada en la autonomía de sus "cuerpos
intermedios¨, habría terminado por estimular precisamente esa central i zación de los
poderes en el Estado que en teoría se proponía evitar.
Por ende, las tímidas medidas adoptadas por el gobierno mil itar no podían
ofrecer una solución a la grave cuestión social argentina; esto resultaba claro para
muchos, tanto católicos como militares. En sus reflexiones, que tan favorablemente
habían impresionado al general Ramírez, monseñor Franceschi no había usado
medias tintas al describir su dramaticidad: a su entender, se había l legado a un
paso de la revol uci ón social, dado que "exi stía en las masas una ira profunda contra
los desvergonzados explotadores con los elementos de primera necesi dad¨.
134
Por
lo tanto era necesari o decidirse a afront ar la cuestión en los términos radicales que
ell a reclamaba, dado que la posguerra también le incumbía a la Argenti na, donde
habría transformado "las relaciones entre las clases, la organi zaci ón de la
producción y del consumo, los valores económicos¨. Era sobre estos elementos
estructurales de l a sociedad que las nuevas autoridades debían intervenir: "una
revolución exclusivamente política, que redundaría finalmente en beneficio de uno
de l os partidos tradicionales y mantendría el régimen de producción y consumo, las
relaciones de clase que han existido hasta hoy, constituiría una profunda desilusión
para el puebl o¨. Todo esto debe ser profundamente modificado ÷sostenía
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Franceschi÷ "y tengo para mí que éste y no otro es el senti do de la revolución
hecha el cuatro de j unio¨.
135
Desde esa perspectiva, esos capitalistas de viej o
cuño que habían sostenido decidi damente el vi ej o régimen, demostraban no
comprender que "al combatir la revolución social moderada de hoy [...] lo que hacen
es preparar i nconsciente pero eficazmente l a revolución social extremista¨ de
mañana. En otros términos, que las el ites comprendieran de una buena vez,
mientras hubiera tiempo, que los sacrificios que la revoluci ón se aprestaba a
pedirles eran un costo que valía la pena pagar, fuera para humanizar la sociedad,
fuera por su propio interés.
En suma, ya no se consentían autoengaños a esos sectores que se habían
acostumbrado a gozar sin ninguna preocupación social de una riqueza nacional que
se suponía il imitada. La situación había ll egado a un nivel de al arma. Así lo advertía
desde hacía tiempo Francisco Valsecchi, colaborador de monseñor Franceschi en la
dirigencia del secretariado económico social de la Acción Catól ica, qui en
precisamente al día siguiente de la revol ución renovó sus perentorias señales de
alarma: la situación de l a familia obrera ÷recordó÷, que ya era grave antes de l a
guerra, "se ha tornado i ntolerabl e¨ a causa de sus consecuencias. El salario era
insuficiente y los precios de los artículos de consumo eran demasiado el evados. A
su entender la situaci ón era tal como para configurar "un ataque a la dignidad de la
persona humana, un atentado contra la estabil idad de la familia, un estímulo al odio
y a la lucha de clases¨. Hacía falta por eso una "vi gorosa acción¨, de modo que las
primeras medidas del gobi erno debían ser "completadas paulati namente¨ con otras y
más incisivas medidas.
136
Por lo tanto, en general, l os católicos se expresaron en el senti do de reforzar en
el gobierno y en el cuerpo de oficial es l as posiciones de aquel los sectores que
presionaban por una radicali zación de l a obra de reforma social. Su campaña en
este aspecto no careció, ni siquiera en esos meses que precedieron a la apari ción
del coronel Perón en la escena de la políti ca soci al revolucionaria, de momentos de
notabl e trascendenci a. Tal el caso del importante discurso pronunciado por
monseñor Caggi ano el 18 de j ul io de 1943 en la Catedral de Buenos Aires, sobre
"salari o familiar y vivi enda obrera¨ que tanto por los tonos como por los contenidos
reveló públ icamente el apoyo de la Ìglesia argentina a una reforma social
profunda.
137
Caggi ano era consciente de la oportunidad sin precedentes que le
ofrecía la revolución al catolicismo social: gracias a el la, en efecto, había finalmente
llegado el momento de "traducir en obras nuestras creencias¨. De el lo se seguía la
"urgente necesidad¨ de que el los emprendieran una "cruzada de j usticia social¨. La
polémica contra "los poderosos organi zados¨ en sociedades multinaci onales era el
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fondo sobre el cual el tema del rescate de lo soci al del dominio del capitalismo se
conj ugaba con el de l a lucha por la soberanía económica de la nación. El marco que
esbozaba de la situación soci al argenti na era impiadoso. Los sal arios eran de
hambre y l as viviendas obreras indignas: "Una sociedad que no es capaz de afrontar
y resolver el problema del sal ario y de la vivienda obrera ÷observaba÷ corre
rápidamente a la decadencia, a los sacudi mientos y a las revol uciones sociales y a
su propia ruina¨. No había coartada que pudiese ocultar la real idad: "La real idad que
experimentamos [...] es pavorosa en l os actuales momentos¨. La desocupación y los
salarios i nj ustos sumaban sus efectos, y motivaban su áspera denuncia: "Nunca el
país ha presenciado simultáneamente como en nuestros días una miseria general, ni
nunca ha tenido tanto dinero acumulado e i mproductivo como ahora, ni j amás se han
reali zado por l os hombres de negocio ganancias tan fabulosas¨. Particularmente
indignos ÷señalaba÷ eran los alqui leres "usurari os¨ que debían soportar l os
trabaj adores de l a ti erra, así como los "conventi l los¨ obreros en las ciudades y las
"chozas¨ miserables en los campos, lugares infernales en los que l os trabaj adores
estaban constreñidos a vivir, y cuya existencia conspiraba "contra la grandeza de l a
Patria¨.
Pero lej os de l imitarse a expresar una denuncia, Caggi ano señal ó también
precisas líneas de acción. Ante todo era necesari o que los católicos contribuyeran a
"crear ambiente favorable y propicio para l eyes adecuadas¨ y colaboraran "con todas
las fuerzas vivas del país y con el poder del Estado para una soluci ón firme y
progresiva, pero rápi da¨. En cuanto al Estado, "tenemos derecho a esperar una
acción enérgica de l os poderes públ icos y [...] tenemos la firme esperanza de que
así se hará¨. El catoli cismo decorativo y oportunista de gran parte de la alta
sociedad era a su vez fustigado implícita pero claramente: "ningún catól ico ÷
afirmaba Caggiano÷ podrá escudarse en convenios positivos, real i zados entre el
empleador y el asalariado, para j ustificar salarios que están por debaj o del trabaj o
suministrado¨. En otros términos, a los católi cos que desearan seguir profesando
como tales, se les prevenía vigorosamente que no debían sacar provecho de la
extorsión que el capital estaba en condiciones de ej ercer sobre el trabaj o. En
síntesis, acusaba a todo el sistema de relaciones económicas y sociales vigente.
Tanto, que la teoría según la cual el salario no debería ser si no el resultado de la
ley de la demanda y de l a oferta, le parecía "tan i nhumana y anticristiana que cuesta
trabaj o creer que haya dominado en su tiempo los ambientes¨. La solución, concluía
Caggiano apelando a la doctrina social católi ca, estaba entonces en la difusión de la
pequeña propiedad, l a que permitiría también evitar el error, no menos nocivo, y que
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él implícitamente les imputaba a los secuaces del marxismo, de quienes "quisieran
all anarlo todo con la i ntervención del Estado¨.
Los campos de acción hacia los que los católicos dirigieron en primer lugar sus energías,
desde el día siguiente de la revolución, fueron entonces los del salario familiar y de las viviendas
populares. Era lógico, desde el momento en que en esos frentes el ansia por una mayor equidad
coincidía con el refuerzo de la familia como fundamento de la organización social. Y no es casual
que los primeros pasos del gobierno en materia de legislación social se produjeran precisamente
en estos sectores, con intervenciones que afirmaban explícitamente estar inspiradas en las ideas
del catolicismo social, como ya vimos ampliamente a propósito de la introducción del salario
familiar, y como lo confirmó el plan edilicio popular del gobierno, también inspirado en las tesis de
los católicos.
138
Esta circunstancia confirmaba todo lo que había afirmado Caggiano, es decir
que la revolución abría extraordinarias perspectivas para las posiciones de los católicos en el
campo social, y que precisamente en ese terreno ellos debían demostrar la fuerza y la justicia de
sus ideas.
Este conocimiento hi zo vivir a los catól icos esos primeros meses de gobierno
revolucionario con un espíritu de optimismo y de participación activa. Les garanti zó
incluso una discreta cohesi ón interna. El cardenal Copell o, aunque no bril laba por
su estilo popular, intensificó sus visitas y los discursos a los obreros de algunas
fábricas, con las que desde hacía años mantenía un vínculo especial.
139
La
tradici onal manifestación del Día de la Empleada, real i zada el 4 de j ul io en la Plaza
del Congreso de la Capital, transcurrió en un clima de entusiasmo, con la presencia
del presidente Ramírez y de monseñor De Andrea, quien condenó, en su discurso, el
"fraude económico¨ perpetrado en el decenio anteri or para daño del pueblo
argentino, e i nvocó por salarios más j ustos, vivi endas di gnas y una asistencia social
más eficaz, en l a forma de caj as de j ubilación.
140
A fines de septiembre, ese clima
invadió sobre todo la gran asamblea de la Juventud Obrera Catól ica (JOC),
reali zada en La Plata con la presencia de 6.000 delegados provenientes de todo el
país. Tanto que las crónicas católicas la representaron como el preludio de una
renovación del "milagro de la Edad Medi a¨, dado que l a Ìgl esia era la que debía
organi zar el trabaj o.
141
De la asamblea emergió con cl aridad que la JOC
ambicionaba ser, además de una escuel a para la formación de cuadros obreros
catól icos y un i nstrumento de evangel i zación de l a cl ase obrera, también una vali osa
colaboradora del gobierno; su obj etivo era reunir el consenso de todas l as cl ases
sociales, ya fuera para introducir en l a Argentina una l egislaci ón obrera moderna y
avanzada como para potenci ar l a i ndustri a nacional, de acuerdo con una concepción
de la grandeza nacional fundada en la i ndustrial i zación y la i ntegración social de l a
clase obrera, con la cual concordaba también buena parte del cuerpo de ofi ciales.
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Pero más allá de estos episodios, existía una densa trama de vínculos que
ligaban a la Ìglesia y al gobierno en el campo de la política soci al. De estos vínculos
también formaba parte, sin duda, la cooperativa de pescadores fundada en Mar del
Plata por el capellán Wilkinson, quien a fines de j ulio la dio a conocer al presidente
Ramírez, como más tarde lo haría con el cardenal Copel lo.
142
La iniciativa tenía
importancia, en parte por su aspiración a proyectarse como modelo de organi zaci ón
socioeconómica católica, y en parte por la personali dad de su inspirador.
¿Cómo interpretar, entonces, l a política social del gobierno entre j unio y octubre
de 1943? ¿De qué modo fue, o no fue, el preludio de l a acción reformista de Perón?
Al respecto, no se puede dej ar de recordar con qué eficaci a Juan Carlos Torre
refutó la tradici onal l ectura según l a cual la ulterior apertura a los sindicatos habría
sido una sagaz inici ativa tomada "en frío¨ por el gobierno de j unio.
143
En efecto,
ésta sólo es comprensible en el contexto de la fuerte movili zación sindical de esos
meses, que induj o al gobierno y a los mili tares a abandonar una actitud puramente
represiva y a adoptar una estrategia más articul ada. Por estas razones, el margen
de maniobra de Perón habría sido en reali dad mucho más reducido de lo que por lo
general se ha consi derado. No obstante, sin restar importancia a la influencia de l a
presión sindical en l a política social de l a revolución, el la no debería considerarse
en términos absolutos. El estudio de la i nfluencia del pensamiento social catól ico
sobre los revolucionarios de j unio induce, en efecto, a considerar que una estrategia
de integración de la clase obrera, a través de un programa de reformas sociales
incluso audaces, habría formado parte del bagaj e i deológico de muchos de el los. Si
es cierto que el margen de maniobra de Perón, y del gobierno en su totali dad, era
estrecho a causa de la movili zación obrera, no es menos cierto que, entre las filas
revolucionarias, se había generali zado desde el 4 de j unio el conocimiento de que el
fantasma de la revolución social no podría borrarse por medio de una política
puramente represiva, y que por ende sería necesario afrontar desde sus raíces la
irresuelta "cuestión social¨.
La influencia del pensamiento social catól ico en la revol uci ón de j unio ayuda a
comprender la sel ectivi dad de la represión militar, también agudamente señalada
por Torre. La represi ón estuvo orientada ya desde los primeros meses a golpear a
las vanguardias de l as "ideologías extranj eras¨ en el mundo obrero, precisamente
mientras el gobierno actuaba en otro plano para promover su "nacional i zación¨. En
tal senti do, no cabe duda de que el gobi erno revolucionari o trasponía en el plano de
las relaciones soci ales el paradigma de "nación católica¨ que lo inspiraba, y del que
formaba parte la convicci ón, muchas veces expresada por los i ntelectuales catól icos
de mayor envergadura, de que en la Argentina el partido por la conquista de l a clase
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obrera estaba aún por j ugarse. Y esto en consideraci ón al hecho de que sus masas
populares, reci entemente integradas al trabaj o industrial, no sól o no estaban todavía
"descristiani zadas¨, sino que hasta debían considerarse los mej ores custodi os de
las raíces cristianas de l a nacional idad. Sobre la base de tal convicción, cabía
considerar que la identidad social ista o comunista de los sindicatos obreros, aunque
sedimentada, no era en real idad tan impermeable a la atracción de una política
social ambiciosa, fundada en l os principios del catolicismo soci al.
Por otra parte, fue precisamente sobre la base de estas convicciones que
algunos sectores católi cos se involucraron directamente en las luchas obreras de
aquellos meses. Como ha recordado Cipriano Reyes, por ej emplo, ya en el
transcurso del importante conflicto surgido en el frigorífico de Berisso, poco después
de la revolución, algunos influyentes ambientes eclesiásticos sostuvieron
activamente las reivindicaciones obreras, mediando al mismo tiempo entre los
sindicatos y las autoridades.
144
Fue entonces cuando el padre Gonzál ez,
secretario de monseñor Chimento, arzobispo de La Plata, se empeñó en la
liberaci ón de Reyes y de sus compañeros presos y puso a su disposición las sal as
del sindicato católico de la construcción local. El mismo padre González fue el
portavoz y el garante de los obreros en las negoci aci ones con el general Verdaguer,
el poderoso interventor de la provincia de Buenos Aires. Cuando luego éste acusó a
los obreros de ser comunistas, ellos se defenderían ÷si queremos darle crédito a
Reyes÷ sosteniendo que no estaban movidos por ideas "extrañas a nuestros
sentimientos de argentinos¨. En definitiva, la i ntervención de la curia de La Plata fue
decisiva para obtener la reapertura del sindicato, que l as autoridades habían
clausurado. Pero además, esa intervenci ón no quedó como hecho epi sódico, si es
verdad que el padre González se apresuró a poner a Reyes en contacto con el
padre Rau, que entonces ocupaba el cargo de director del Seminario de La Plata y
era si n dudas uno de los más importantes exponentes del cat oli cismo "populista¨
argentino.
145
Desde cierto punto de vista, el epi sodio del conflicto de Berisso aparece como
emblemático. En efecto, permite hipoteti zar que la influencia de l a Ìgl esi a sobre l a
política soci al de la revolución no se ej ercía exclusivamente en los planos ideol ógico
o legisl ativo. Por el contrario, a través del compromiso directo en los conflictos
sociales que sacudían al país, algunos de sus sectores contri buyeron a reforzar l as
posiciones de l os ambientes militares que poco después radi cali zarían la política
social de la revol ución. Dentro de este marco, precisamente la provincia de Buenos
Aires y la ci udad de La Plata, donde operaban, baj o la di rección de un vi ej o
exponente del catolicismo social como monseñor Chimento, importantes miembros
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del catolicismo "populi sta¨, y donde j ustamente en esa época se celebró la gran
asamblea de la JOC, fueron también los lugares en los que se pusieron de
manifiesto las primeras señales del proceso de "nacionali zación¨ de la clase obrera
argentina. El proceso ha sido observado por numerosos autores,
146
así como por
importantes protagonistas, como el sindicali sta Juan José Taccone, para quien se
hi zo entonces evi dente el cambio de mentali dad entre los trabaj adores, del que fue
expresi ón "ese nuevo si ndi cal ismo que surgía al calor de un sentimiento nacional,
inspirado en la filosofía humanista propia de l a rel igión profesada por la inmensa
mayoría de nuestro puebl o¨.
147
Desde ya que l os orígenes de un proceso tan complej o como el de la
"nacional i zación¨ del movimiento obrero, superan la ambición del catolicismo de
provocarl o y la decisi ón de ci erto número de oficiales de conseguirl o. Eso no impide
de todos modos observar que la Ìglesia desarrol ló un papel i mportante no sólo al
estimularlo, sino también al ofrecerle un canal de sali da, inspirando l as medidas
sociales del gobierno de j unio.
La Iglesia entre la neutralidad y el panamericanismo
El factor desencadenante de l a crisis política de octubre de 1943 fue l a
publ icación, poco honrosa para l a Argenti na, del célebre intercambio de cartas entre
el almirante Storni, canci ll er argentino, y el secretario de Estado norteamericano,
Cordel Hul l. El alej amiento de Storni, un panamericanista convencido, y su
sustituci ón en Relaci ones Exteriores por un hombre que expresaba las posiciones
del GOU favorables a la neutrali dad, provocó l a momentánea derrota de los intentos
de invertir la política de neutral idad en el conflicto mundial ya adoptada por el ex
presidente Castil lo. Pero sobre todo, fue el claro indicio de un inminente giro político
de neta impronta nacional ista.
El contexto en que se produj o ese conflicto se caracteri zaba por las creci entes
presiones de los Estados Unidos, pero también de buena parte de la opinión pública
argentina, dirigidas a obtener un cambio de l a línea de política exterior segui da
hasta entonces por el gobierno militar. Esa circunstanci a hi zo que se agudi zara más
all á del límite de seguridad la contradicción que se i ncubaba en el interi or del
gobi erno revolucionario entre dos corrientes contrapuestas. Por un l ado, el ministro
Storni se empeñó constantemente en promover una política de "acercamiento
continental¨ e introducir l as medidas más urgentes que recl amaba la seguridad
americana.
148
Al mismo tiempo, siendo consciente de que las relaciones de fuerza
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en el seno del gobierno y de las Fuerzas Armadas le eran desfavorables, trató de
conseguir ese fin mediante una políti ca prudente y gradual ista, y también
procurando no provocar conflictos abiertos. Por otro lado, el presidente Ramírez
admitía que su gobierno estaba sometido a poderosas presiones para que
abandonara la política de neutral idad, pero no les atri buía el mismo valor que les
acordaba Storni.
149
Aun más firme defensor de la neutral idad argentina era el GOU,
que se opuso con firmeza a toda hipótesis de renunci ar a ell a.
Como el GOU, también la Ìgl esia era una convencida sostenedora de la
neutral idad argentina en el conflicto mundi al. Aunque en el multiforme mundo
catól ico hubiera quienes simpatizaban abi ertamente con una u otra de las potenci as
bel igerantes, la posición ofici al de la Ìglesi a era explícita en la defensa a ultranza de
la neutral idad. Si se la interpretara sobre la base de l os esquemas de l a furiosa
guerra ideológica argentina de ese momento, tal posición l a enrolaba sin duda entre
los sostenedores de las potencias del Ej e. De hecho, así l o percibieron amplias
franj as de la opinión públ ica, ante todo la liberal y la de i zquierda. Pero en reali dad
la posición de la Ìglesia, que con todo no dej ó de resultar ambigua, era más
complej a, y sólo se podía comprender a partir de una canti dad de elementos que
esa simplificación no tomaba en cuenta.
Sobre todo, la Ìglesia expresaba de esa forma una precisa voluntad de la Santa
Sede, cuyas autoridades habían manifestado más de una vez el deseo de que la
Argentina se mantuviese al margen de la conflagración.
150
Esto es lo que hicieron
una vez más, al día siguiente de la revol ución del 4 de j uni o, cuando, según una
nota del ministro de Relaci ones Exteri ores itali ano a Mussol ini, la Secretaría de
Estado del Vaticano habría expresado su preocupación por el futuro de la
neutral idad argentina, al punto de dar un paso dipl omático ante las nuevas
autoridades con el fin de asegurarse de sus intenci ones.
151
En general, l a
neutral idad argentina se j ustificaba por razones humanitari as que no eran en
absol uto secundarias. En especial, la Ìglesia universal se esforzaba por no
involucrar en una guerra planetaria a uno de los pocos países que había quedado
afuera. Además, la Argentina, gracias a sus ingentes recursos alimentarios, habría
podi do, por su condición de país neutral, desarrol lar una importante obra de socorro
a las poblaci ones más golpeadas por la guerra. En fin, su gran territori o austral
habría podido servir como reparo seguro para por lo menos una parte del gran
número de prófugos y refugiados que la guerra creaba en Europa. En este sentido,
la neutrali dad de una gran naci ón católica como la Argentina se perfilaba para el
Vaticano como un recurso estratégico en su política de asistencia a las víctimas del
conflicto.
152
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Pero estas razones expl ican sólo en parte la adhesi ón entusiasta a la política de
neutral idad de la Ìgl esia argentina. Para ell a, dicha política era antes que nada la
proyecci ón, en el pl ano internacional, del mito de la "nación católica¨, según el cual
la Argentina habría de representar en el mundo posbélico la vitalidad de la
civi l i zación cristi ana, espiritualmente superior tanto respecto de l a estadol atría de
los regímenes totali tarios, cuanto de la herej ía liberal e i ndividual ista de las
potenci as al iadas. Es verdad que tal perspectiva aparecía cada vez más irreal a
medida que se precisaba la evolución de la guerra, así como era irreal l a
perspectiva, aun más ambiciosa, según la cual la Argentina habría podido aspirar a
dirigir, con el estímulo del Vaticano, la constitución de un frente de las naciones
catól icas decidido a tener peso en el orden internacional que i ba a emerger de las
ruinas de la guerra.
153
No obstante, tal perspectiva permeó profundamente, durante
mucho tiempo, el mundo católico y l a Ìglesia argentinos, para l os cuales el proceso
de restauración católi ca que había empezado en su país el 4 de j unio representaba
un motivo adici onal de confianza en las razones de esa política. Por l o tanto, con el
transcurso de l os meses, tanto para la Ìglesia como para el gobi erno militar, tendió a
devenir cada vez más estridente el contraste entre la edificación de un nuevo orden,
"argentinista¨ y católi co en el pl ano interno, y la necesi dad apremiante de l legar a
arreglos con un orden mundial en el cual se perfilaba l a afirmación, no sólo militar
sino también política e ideológica, de las democracias liberal es.
Ésta era la contradicción que yacía en el fondo de la tensión creciente con los
Estados Unidos, y que exacerbaba, en el gobi erno y en la Ìglesia, una rígida actitud
de defensa de la soberanía naci onal. Ésta era siempre la causa del continuo
entrecruzamiento de los planos de la política internacional y de la política interna,
tanto en las presi ones norteamericanas como en la defensa argentina. Lo que los
Estados Unidos consi deraban l a enésima répl ica de l os total itari smos de derecha ÷
el gobi erno militar argentino÷, para los revolucionarios de j unio no era sino el
emblema del rescate nacional. Se trataba, en suma, de una contradicción
aparentemente insalvable, que emergía con claridad i ncluso de las posiciones de l os
sectores más realistas del mundo católi co. Por ej emplo, de las de monseñor
Franceschi, que siendo sin duda consciente del peli groso aisl amiento en el que la
política de neutral idad amenazaba relegar al país, y admitiendo la posi bi li dad de
que la Argentina estableciese al ianzas en el plano internaci onal, descartaba de
manera total que ello pudi ese ocurrir como fruto de una imposici ón externa.
154
A dichos factores, que i nspiraban l as posiciones de l a Ìglesia argenti na en
materia de política internacional, se añadió uno más, precisamente durante el
conflicto mundial, que sin ser del todo nuevo fue percibido como inusitadamente
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grave. Se trataba de la creci ente difusión del protestantismo en la Argentina, y más
en general en Hispanoamérica, un fenómeno que l a Ìglesia consideraba como un
del iberado intento de los Estados Unidos para "descristi ani zar¨ a América Latina, a
fin de poder dominarla mej or. De acuerdo con esta i nterpretación, la "penetraci ón
protestante¨ reforzó en el catolicismo argentino la convicción de representar el más
sól ido bastión de l a civi l i zación catól ica en el continente americano. Por eso mismo,
se consideraba investido de l a responsabi lidad de defender la catol icidad frente a
las miras hegemónicas de la gran potencia protestante del Norte.
Después del 4 de j unio la Ìglesia mostró una genéri ca buena disposición
respecto del ministro Storni quien, como ya se dij o, se movió con extrema
prudencia, y es verosímil que diera seguridades a la Ìglesia y a l a Santa Sede
acerca de l as intenciones del gobierno, en los encuentros mantenidos con el
cardenal Copel lo y con el Nuncio, monseñor Fietta, poco después de haber asumido
el cargo.
155
El discurso que pronunció el 7 de j ul io en presencia del cuerpo de
oficiales hasta le val i ó el aplauso de la prensa catól ica.
156
Todo esto transcurrió en
el cl ima de optimismo determinado por la revolución, un cont exto en el que l a
presencia del cardenal Copell o, al lado del presidente Ramírez, en ocasión de la
recepci ón del cuerpo diplomático en el mes de j ul io, transmitía la defini da impresión
de que también l a política exterior de las nuevas autori dades obedecía l os
postulados de l a "nación católica¨.
157
Pero entre bambalinas crecía el contraste entre las dos posici ones. Tanto, que
ya haci a comienzos de agosto de 1943 el aj uste de cuentas parecía inminente. Si
todavía a fines de j ulio, los oficiales del GOU se declaraban satisfechos por haber
logrado crear un cl ima favorable a la conservación de la política de neutrali dad, sólo
una semana después éstos empezaron a sospechar que Storni encubría simpatías
"rupturistas¨, es decir, que anhelaba dar por tierra con la neutrali dad.
158
A partir de
entonces la cri sis no hi zo más que crecer, hasta que estal ló a comienzos de
septiembre, cuando se hi zo públ ica la humillante respuesta de Cordel Hull al
confidenci al requeri miento de armamentos real i zado por el ministro argenti no.
Entonces el GOU pidi ó explícitamente la cabeza de Storni, imputado de boicotear la
soberanía nacional, oponiéndose a la neutralidad. Qui enquiera hubiese adoptado
dicha posici ón, estableció el bol etín interno de la logia, "será apartado
violentamente de esta cruzada renovadora¨.
159
En esa crisis, las posici ones católicas y las del GOU coincidieron una vez más.
Muy pronto, la prensa catól ica emprendió una intensa campaña de sostén al nuevo
ministro de Relaciones Exteriores, el general Gil bert, nombrado con el apoyo del
GOU a fin de que defendi ese la política de neutral idad de los crecientes ataques. En
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octubre, por ej emplo, El Pueblo dedicó amplio espacio a expl icar "l as razones en
que se funda la neutralidad argenti na¨, y en noviembre reunió en un fascículo, de
una tirada de 20.000 ej emplares, sus numerosos artículos que sostenían la
neutral idad argentina frente al conflicto mundial.
160
Ìmportantes exponentes del
mundo católico contribuyeron a acentuar el aisl amiento de Storni, y faci litaron l a
caída, ya sea renunciando o amenazando con renunciar a l os altos cargos que
ocupaban en la Cancil lería. Ése fue el caso de Enrique Rui z Gui ñazú, un catól ico
conservador muy vi nculado a la Ìglesia, que había sido ministro de Relaciones
Exteriores de Castil lo, quien abandonó sus funciones dipl omáticas en cuanto
conoci ó el contenido de las negoci aci ones mantenidas entre Storni y Hul l,
protestando contra l a venta de la soberanía, que él j uzgaba como inopinadamente
subordi nada a "aspectos uti litarios¨.
161
Ése era también el caso de Llobet,
embaj ador ante la Santa Sede, que también era un catól ico conservador, conocido
por las estrechas relaciones con la Ìgl esia y con l os más poderosos círculos
financieros argentinos, quien dio a conocer que estaba pronto a dimitir si acaso su
país abandonaba la neutral idad,
162
a favor de cuyo mantenimiento se expresó en
términos perentorios. Era éste un hombre en cuyos j uicios, expresados en un
coloquio con el embaj ador itali ano ante el Vaticano, se reflej aba no sól o el
aislamiento de Storni , sino, más aún, el férreo optimismo que muchos neutralistas a
ultranza al imentaban con respecto a la fuerza y autonomía de su país. En efecto,
todavía a fines de agosto de 1943 consi deraba que el presidente Ramírez podría
resistir l as presi ones angloameri canas, ya fuera porque en la Argentina exi stía un
frente cohesionado encendidamente nacional ista favorable a la neutral idad, un
férreo prej uicio anticomunista y una estructura económica sól i da, ya fuera porque el
agudo antagonismo económico entre los Estados Unidos y Gran Bretaña
seguramente favorecería a su país, como lo demostraba el hecho de que los
ingleses hubieran ayudado baj o cuerda al gobi erno.
163
Aunque tales razones
sucumbirían poco ti empo después, frente a la apremiante evolución de las
relaciones de fuerza internacionales, que induj eron al gobierno argentino a romper
relaciones con el Ej e en enero de 1944, el las prevalecieron en la crisis de
septiembre y octubre de 1943, cuyo resultado fue, en el plano de la política exterior,
la conservación de la política de neutral idad.
La apoteosis de l a unión de la Cruz y l a Espada
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En los meses que siguieron a l a revol ución de j unio, la rel aci ón entre la Ìglesia
y el Ej ército fue casi simbiótica. En el cl ima enfervorizado de "restauración
argentinista¨ de aquell os días, era prácticamente imposibl e distinguir entre el
clerical ismo de los militares y el militarismo de los ambientes católicos. Tal
fenómeno no era nuevo en sí mismo, dado que había madurado a lo largo del
decenio precedente, pero en la nueva situación política asumía una valencia inédita:
lo que antes sólo había sido una reivindi cación, vale decir la restauración de un
orden social organi zado a la sombra de la cruz y la espada, ahora se convertía en
buena medida en una real idad, o por lo menos en una concreta posibi lidad. "Lo que
el puebl o argentino acaba de descubrir¨ ÷escribía V. F. López en El Pueblo÷ era
"que en la esencia misma del sacerdote y del militar radica el fundamento
indestructibl e de l a Patria¨, cuya real idad se funda hoy "en la cruz y en la espada,
expuestas a l a l uz de la redención¨. Desde esta óptica, "el fundamento [...] del
derecho, con que el Ej ército asume la representaci ón política está implícito en la
Constitución misma, porque él es el que otorga el sagrado aval de su val idez¨.
164
Tanto en la Capital como en las provincias se multipl icaron las ceremonias
públ icas, rel igiosas, sociales, culturales, políticas, de las que l a Ìglesi a y el Ej ército
eran coprotagonistas indisti nguibles. La li turgia revolucionaria, en otros términos,
tuvo explícitos rasgos clérico-militares. Los oficial es enviados por el gobierno a
gobernar las provinci as procedieron inmediatamente a establ ecer íntimos vínculos
con los titul ares de l as diócesi s l ocal es. Tanto, que los obispos y los interventores
se perfilaron como los símbolos del nuevo curso político. En esa suerte de
laboratorio del nacional ismo católi co que devi no la ciudad de Paraná, se cimentó
una asidua relación, hecha de frecuentación y col aboraci ón, entre monseñor
Gui l land y el general Sanguinetti. Juntos asistieron a las conferencias de uno de los
más asiduos apóstoles del catol icismo en los cuarteles, el sacerdote español
Laburu, visitaron el Seminario diocesano, arengaron a la pobl ación en ocasión de
las misas de campaña en las fiestas nacionales, y así sucesivamente,
165
sigui endo
un l ibreto puesto en escena de manera análoga en cada una de las demás
provincias, de San Juan a Córdoba, de Mendoza a La Rioj a, o a La Pl ata.
166
La
presencia de l os obispos y del cl ero en los cuartel es se hi zo aun más asidua, para
administrar los sacramentos, celebrar aniversari os y patrones o pronunciar
alocuciones. Por su parte, los oficial es y las tropas asisti eron a innumerables misas
de campaña, que se celebraban cada vez más a menudo en las plazas públ icas,
donde figuraban como ej emplo para los estudiantes reunidos y movili zados para la
ocasión.
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72
Sobre este trasfondo, algunas inici ativas se destacaron por su el evado valor
simbólico, como la comunión pascual de los cadetes del Col egio Mi litar, que les
administró en los días posteriores a la revolución monseñor Franceschi, es decir, un
sacerdote investido de un elevado prestigi o y sumamente conocido, quien no dej ó
de subrayar lo acontecido en l as páginas de Criterio, ni de recordar las palabras
dirigidas a los cadetes: desde la muerte de Cristo "l a cruz y la espada debieran
marchar para siempre unidas¨.
167
No menos significativo fue el extraordinario
activismo exhibido en sus relaci ones con l os militares por el cardenal Copel lo quien,
en l as semanas que siguieron a la revolución, no sólo procedió a bendecir las
espadas de l os nuevos subtenientes del Ej ércit o y l a Marina en la Catedral de
Buenos Aires, de acuerdo con una tradición que había vuelto a tener auge desde
hacía algunos años, sino que colaboró activamente con las autoridades militares
incluso en cuesti ones que no guardaban ninguna rel aci ón con su investidura, por
ej emplo invitando a la poblaci ón a participar en los ej ercicios de defensa
antiaérea.
168
Uno de los obj etivos prioritarios de la l iturgia clérico-militar que se puso en
escena con tanto énfasis, fue sin sombra de duda el de confesional i zar l a historia
nacional, su imagen y su percepci ón. Ni siquiera esto, en honor a la verdad, era en
sí mismo una novedad, pues la relectura de la historia nacional desde una óptica
catól ica hacía tiempo que había echado raíces profundas incluso en las filas del
Ej ército.
169
No obstante, después del 4 de j unio, cuando l legó al poder el bloque
antil iberal que giraba alrededor de la Ìgl esia y del Ej ército, la confesional i zación del
pasado ascendió a doctrina ofici al, ampliamente sostenida y difundida por las
nuevas autori dades. De esto ya hubo ej emplos macroscópicos en los primeros
meses, como en las celebraciones en homenaj e de Pedro Goyena, uno de los
númenes de la tradici ón católica, que asumieron carácter oficial gracias al patrocinio
del Primado eclesiástico y del Presi dente de la Nación, y una dimensión que
difícilmente hubieran alcanzado en un contexto político diferente.
170
Este proceso
tuvo su momento más agudo el 17 de agosto, en ocasión del aniversari o
sanmartiniano; una formación de capel lanes militares y de oficiales del Ej ército
coincidieron en celebrar un San Martín transfigurado respecto del de l a iconografía
liberal,
171
al que incl uían, con todas las de l a ley, en la tradici ón católica argentina.
Coronaban así una vasta y profunda revisión histórica, consistente en anexar
sistemáticamente a l a catol icidad a prácti camente todos los forj adores de la nación.
En este plano, la ideología y el lenguaj e de los militares en el poder no eran
disti ntos de los de l os católicos. Así, por ej emplo, en una importante ceremonia que
tuvo l ugar en Mendoza en septiembre de 1943, el mayor Velazco estableció un
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vínculo entre l a celebración de San Martín y de Belgrano y "la recuperaci ón de
nuestra soberanía, de la soberanía de l a fe, de la moral [...] que imperarán ahora y
por siempre sobre aquel materialismo liberal que amenazaba asfixiar la vida de l a
nación¨.
172
Por su parte, el general Verdaguer ll egó a trazar un paralelo entre el
Ej ército de entonces y el de mayo de 1810, revelando que el punto de encuentro era
la común identificación en Cristo.
173
En todos estos casos se trataba de claros síntomas de que el Ej ército en el
poder se proponía actuar como vehículo de la cristiani zaci ón nacional, de que el
país había tomado decididamente la "vía militar a la cristi andad¨. Los discursos
públ icos de los ofici ales, las revistas militares, los ciclos de conferencias en los
institutos militares: todo el lo revel aba hasta qué punto el mito de la "nación
catól ica¨, entendido en sus di versos matices, impregnaba la más importante
institución armada. Desde esa perspecti va debían entenderse algunas medidas,
adoptadas por el gobierno revoluci onari o, que de otro modo podrían parecer
insignificantes, instrumentales, hasta ridículas. Tal el caso del decreto mediante el
cual, en septiembre de 1943, el gobierno reconoci ó oficial mente el grado de
"general a¨ del Ej ército a la Virgen del Carmen y a la Virgen de la Merced. En los
fundamentos de ese acto, el mito de la "nación catól ica¨ se articulaba de manera
elaborada, sobre todo al lí donde la j usti ficación se apoyaba en el "patriótico¨ interés
del gobierno por la "recuperación de las entidades que forman el acervo espiritual
de la nación¨. Daba formalmente nacimiento a un ritual altamente simbólico, el
enésimo de la l iturgi a clérico-militar: en l os meses y años sucesivos se celebraron
en todo el país innumerables ceremonias de imposición de la banda de generala del
Ej ército a las imágenes de la Virgen.
174
Lo mismo ocurrió con otro ritual, tal vez
menos conocido, inaugurado por el general Rawson, preci samente el efímero
presidente del 4 de j unio, al que se suele describir como un "liberal¨: la donaci ón de
la espada a la Virgen, un gesto que en l os años venideros muchos otros oficiales
cumplirían, en señal de devoción, en otras tantas enfáticas ceremoni as.
175
Por otra parte, el cli ma intelectual predominante en el Ej ército se manifestaba
en la actividad de su principal cenácul o cul tural, el Círculo Mi l itar, en los meses que
siguieron a la revolución. El 23 de j unio Jordan Bruno Genta pronunció en su sede
una conferencia, cuya rel ación con el GOU y la Ìgl esia ya fue señal ada;
176
el 27 de
agosto l e tocó el turno al j esuita Ernesto Dann Obregón; el 29 de septi embre
intervi no Juan Alfonso Carri zo, que ya por entonces dirigía la sección de estudio del
folclore naci onal abi erta por los Cursos de Cultura Catól ica;
177
en fin, el 4 de
octubre, su prestigiosa tribuna fue ocupada por Alberto Bal drich, un destacado
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catól ico y nacional i sta, funcionario del gobierno militar y futuro ministro de
Ìnstrucción Públi ca.
178
Cuatro oradores, por l o tanto, de un modo u otro
orgánicamente ligados a la Ìglesia y a sus i nstituci ones.
La "prédica argentini sta¨ de Genta motivó los enfáticos elogios del coronel L. O.
Anaya al presentarlo a la pl atea colmada de oficiales, de l os que, por lo demás, él
se consi deraba "activo e inapreciable colaborador¨.
179
¿Cuáles eran los elementos
de dicha "prédica¨? En primer lugar, estaba impregnada por una forma extrema de
militarismo, fundado sobre circunstanciadas apelaciones a Santo Tomás: el Ej ér cito
÷tal era su axioma÷ es el "fundamento de todas las otras realidades¨. Dado que "l a
libertad es un estado de discipli na¨, nadie podía encarnarla tan fielmente como un
militar. El militarismo de Genta estaba recorrido también por una profunda vena
vital ista y antiburguesa, manifiesta en su contraposición de los valores militares a
las "pequeñas virtudes burguesas¨, típicas de sus más acérrimos enemigos, como el
"pedagogo¨ li beral. Creada a medida del militar y del Ej érci to, toda la soci edad
debía modelarse en forma j erárquica y orgánica. Ìdeólogo, como ya se vio, de un
catol icismo milenarista, radicalmente reaccionario, Genta interpretaba y combatía
todo alej amiento de ese modelo de sociedad como una desvi ación de la ley divi na,
la única e inmutable ley, la sola que podía gobernar a la humanidad. Desde esa
perspectiva, el militar era llamado a interpretar en la historia el papel de héroe, de
quien viola la ley "porque responde a l a necesidad de restaurar la ley olvidada¨: es
decir, el papel del redentor, del santo guerrero. Su "nación catól ica¨, por ende,
debía concebirse como "una realidad militar¨, y los militares como los sacerdotes de
la redención argenti na. Sobre tales bases, su nacional ismo adoptaba también
postulados total itari os, llegando a teori zar sobre el eventual sacrificio de las
libertades individual es ante los derechos soberanos de los Estados. Estas
posiciones chocaban con l a doctri na muchas veces expresada por las autoridades
eclesiásticas argenti nas, que en los años anteriores no cesaron de condenar el
"nacional ismo exagerado¨. Sin embargo, esas posiciones no las induj eron en
absol uto a tomar distancia, como se vio al tratar los conflictos políticos que Genta
protagoni zó en l a Uni versidad del Litoral.
Algunos el ementos de la reflexión de Genta, aunque enriqueci dos por
sugerencias que no l e eran propi as, volvi eron a aparecer en el discurso preparado
para el Círculo Mil itar por el j esuita Dann Obregón.
180
Dando un testimonio más de
la i ntrincada red de vasos comunicantes que unía a la Ìgl esi a con el Ej ército, no
dej ó de vanagloriarse de sus numerosas amistades militares, ni de cel ebrar las
anal ogías que existían entre la Orden j esui ta, conocida por ser vanguardia de asalto
del pontificado, y las instituciones militares. En su pensamiento, el mit o de la
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"nación catól ica¨ prefiguraba una suerte de doctri na de la seguridad nacional:
defender la nación ÷afirmó en este sentido÷ si gnifica "defender su personal idad
moral característica contra el metamorfoseo de l os enemigos de adentro¨. Cada
miembro de la sociedad estaba ll amado a asumir este deber. De manera especial ,
aquella conci encia nacional debía insuflarse en las masas populares. Precisamente
a partir de esta reflexión, Dann Obregón llegaba a conclusiones que el militarismo
aristocrati zante de Genta no contemplaba, pero que pertenecían al bagaj e cultural
de la corriente popul i sta de la revol uci ón de j unio.
Vistas desde esta perspectiva, la inj ustici a soci al, los baj os salarios, la pésima
distribución de la ri queza, además de anticipos de la lucha de clases y del
comunismo, no eran más que atentados contra Dios, vale decir contra la nación, que
había que remediar si se quería defenderla. Lo mismo valía para el tema de su
conferencia, la instrucción públ ica argenti na. También el probl ema educativo debía
afrontarse desde la óptica de la lucha "contra los enemigos de adentro¨: para tal fin,
en la escuela debía producirse una reacción antipositivista y antimaterialista. Dios,
el honor y el heroísmo deberían inspirar la educaci ón argenti na. La reinstauraci ón
de la enseñanza rel igiosa en l as escuelas públ icas habría sido sin duda un paso en
la dirección j usta, pero insuficiente en sí: "propici o en nombre de la defensa
nacional ÷afirmó Dann Obregón÷ un ambiente en que desde el Director hasta el
último de los encargados valoricen prácticamente esta trilogía de conceptos:
hombre, Patria, Dios¨.
181
¡Que se tomara como modelo la Francia de Petain! Que
por lo tanto se expul sara de la escuela a los secuaces de Comte, de Spencer o de
Nietzsche: "los instructores deben ser(lo) de Cristo y de Ari stóteles¨. La mayor
equi dad soci al y la escuela confesional no eran, por lo tanto, más que dos caras del
mismo mito, la "nación católi ca¨.
El cl ero castrense en la revoluci ón: apogeo y crisis
Curiosa paradoj a, pero sólo en apariencia, fue la vi vida por el cuerpo de
capel lanes militares después de l a revol ución del 4 de j unio de 1943. Así como
durante más de un deceni o había si do uno de los puntos cardinales para la
consol idaci ón del bl oque histórico de l a Ìglesia y del Ej ército, l uego de la revolución
sus vici situdes se tornaron turbulentas, reflej ando mej or que cualquier otra
institución las contradicciones que, una vez triunfante, ese bloque empezaba a
afrontar. La primera y más evidente consecuencia de la revolución sobre este
cuerpo, por su naturaleza poco conocido para la opi ni ón públ ica, fue hacerlo salir a
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la luz de la escena. La visibi l idad de los más importantes capell anes militares se
hi zo patente en ocasión de las innumerables e imponentes celebraciones clérico-
militares. Monseñor Calcagno y monseñor Di llon, vicarios general es
respectivamente del Ej ército y de la Marina, fueron figuras infaltables al lado de las
máximas autoridades del Estado, de la Ìgl esia y de las Fuerzas Armadas. El papel y
las funci ones institucionales del clero castrense apareci eron valori zadas como
nunca, como si así se cel ebrara el ej emplo más cristali no del vínculo orgánico entre
la institución eclesi ástica y l as instituciones armadas, así como la reali dad
institucional de la "nación católica¨.
Pero la revolución, al coronar su larga e intensa obra de apostolado militar,
abría para el clero castrense una fase necesariamente nueva, que habría implicado
una redefinici ón de sus motivaciones y finali dades. Su actividad en las guarniciones
había alcanzado la ci ma: ya se tratara de conferencias, de alocuciones, de misas o
de sacramentos administrados por l os capel lanes en los cuarteles, su cantidad
había crecido a ritmo constante y exponencial desde aproximadamente mediados de
los años ' 30. Preci samente en 1943 comenzaron a mostrar una tendencia al
estancamiento, si no a la decl inación.
182
Por un lado, podía deberse a que la
estructura del cuerpo de capell anes mili tares, tal como existía entonces, era en
general más bien débil y desarrol laba ya su máximo potencial.
183
Un crecimiento
adicional de la acti vidad del clero castrense hubiera comportado su profunda
reestructuración. Por otro lado, ese fenómeno podía imputarse a que el ascenso al
poder del Ej ército había involucrado a los capel lanes más prestigiosos en
importantes actividades públ icas. Tal circunstanci a los había sustraído en buena
parte a sus tradicionales acti vidades en l os cuarteles o en los institutos militares,
pero sobre todo, ponía en grave peligro la discipl ina interna del clero castrense.
Caído el aborreci do régimen liberal, el clero castrense, a pesar de su reducido
número, se encontró ocupando una posición estratégica en el proceso de edificaci ón
del nuevo orden político, dada su ubicaci ón a cabal lo entre l as dos instituciones
conductoras del nuevo curso: el Ej ército y la Ìglesia. Además, el haber logrado con
los años ej ercer una significativa influenci a ideol ógica y cultural sobre el cuerpo de
oficiales acrecentó su responsabi l idad, además de someterlo a profundas tensiones.
En el microcosmos del clero castrense se cruzaban las distintas corrientes ideal es
que atravesaban al catol icismo y al Ej ército, fuesen nacionali stas, populistas o
conservadoras. Para complicar aun más este cuadro, había además profundos
vínculos personales entretej idos por l os capel lanes, tanto en el mundo militar como
en el eclesiástico, elemento para nada i nsi gnificante para comprender sus
comportamientos y sus alineaciones en el ambiente de suma inestabi lidad políti ca
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que prevaleció entre 1943 y 1945.
184
En fin, el cl ero castrense no podía sino
acabar por hallarse aprisionado en medio de una contradicción latente entre l a
Ìglesia y el Ej ército: ¿en última instancia, cuál de l as dos instituciones lo
controlaba? En otros términos, las tensiones y los conflictos que lo involucraron
después de l a revol ución produj eron crecientes pol émicas sobre su naturaleza:
lanzado con vigor por el cardenal Copel lo a fines de los años '20 para recristiani zar
el Ej ército, ¿se podía decir aún que respondí a a esa función, ya ampliamente
cumplida? ¿O qui zás el clero castrense se había transformado cada vez más en una
suerte de Ìglesia paralel a, sobre l a cual las autoridades ecl esi ásticas habían perdi do
buena parte de su control en manos de la cúpul a militar? Ciertamente, ese problema
siempre había existido. Pero si hasta el 4 de j unio de 1943 no había determinado
graves conflictos, al estar entonces la Ìgl esia i nteresada sobremanera por la activa
colaboraci ón del clero castrense en la superación del orden l i beral, después de l a
revolución, cuando el clero castrense asumió una elevada rel evancia política, dicha
contradicción empezó a manifestarse más abiertamente.
La acentuada militari zación del cl ero castrense hal laba su reflej o en l as foj as de
servicio de los capel l anes, de l as cuales surgía que la eval uaci ón expresada por su
actuación por el superior eclesiástico, monseñor Calcagno, era en general i nferior a
la de los superiores militares. Por lo tanto, podría decirse que muchos capellanes
eran consi derados óptimos militares, pero sólo discretos sacerdotes. O mej or aún,
que su ej ercicio del sacerdocio respondía mej or a las expectativas de las
autoridades militares que a las exigenci as pastorales de la Ìglesia. Lo que los
comandantes de l as guarni ciones militares esperaban era que l os capel lanes
proyectaran haci a el mundo circundante una imagen de irreprochabi lidad, que
reflej ara las virtudes superiores del sacerdote-sol dado, como pudo constatar
personalmente un capel lán que se topó con las iras del general Sanguinetti por no
haber respondido a esas expectativas.
185
Por otra parte, que el control de l as
autoridades eclesiásticas sobre el clero castrense estuviera amenazado, l o
confirman las contrariedades que sufrió monseñor Calcagno luego de la revolución.
El vicario general del Ej ército, aun representando oficialmente a las autoridades de
la Ìglesia a la cabeza del cuerpo, vio declinar fuertemente su autoridad, por causa
en parte del meteórico ascenso del capel l án Wilkinson, que, como se recordará, se
perfiló como garante recíproco entre la Ìgl esia y el gobi erno. Esta circunstancia es
de por sí significativa, dado que Wilkinson debía esa posición al prestigio
conquistado "en el campo¨, vale decir, a la confianza de que gozaba entre los
oficiales revolucionarios y no, como Calcagno, al nombramiento eclesi ástico. Pero
esa caída de autori dad también se debía a la verdadera feudal i zación del clero
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castrense, que no pudo remediar, y de la que, al contrario, resultó víctima,
sufriendo, entre j unio y noviembre de 1943, dos condenas de la j usticia militar.
186
El clero militar, como instituci ón, estaba entrando en una profunda crisis, de
difícil solución. Esto se vi o claramente en ocasión de los dos procedimientos
discipl inarios de los que fue víctima monseñor Calcagno. En el primero de ell os, por
ej emplo, su condena a arresto fue el resultado de una causa que él mismo había
ini ciado contra un subordi nado, el capel lán González Paz, y que los tribunales
castrenses j uzgaron i nmotivada.
187
Fue un episodio muy significativo, pues revel ó
el estado en que se encontraba la instituci ón: la l arga i nstrucción de la causa
revelaba i ntrigas poco honorabl es, profundas hosti lidades, indisci pl ina. Dicho
episodio i lustra además hasta qué punto su cohesi ón y su credi bi l idad moral
escapaban en gran medida a la supervi sión de las autori dades ecl esi ásticas. Al
mismo tiempo, revela hasta dónde l as tensiones políticas e ideol ógi cas que
atravesaban la revol ución reverberaban profundamente en los rangos del clero
castrense. Las l uchas entre los capell anes se perfilaron también como luchas entre
corrientes políticas que en este caso eran también corrientes militares, a las cuales
los capel lanes hacía tiempo que se habían vinculado orgánicamente. En ese caso,
surgía el insanable conflicto entre las posiciones de un nacional ista moderado,
como era monseñor Calcagno, cuya pri ncipal preocupación era salvaguardar el
papel de guía de la Ìglesia en el proceso revol uci onari o, y las de un militarista
extremo como González Paz.
188
El hecho de que la j ustici a mil itar castigara a
Calcagno y absolviera por completo a González Paz, aunque éste ya hubiera sufrido
en el pasado numerosas sanciones disciplinarias, fue revel ador. Como lo fue
también el segundo arresto impartido a Calcagno, en novi embre de 1943, fundado
en l a inconveniencia de algunos conceptos que había expresado en una alocución
públ ica.
189
Esas sentencias reflej aban el clima ideal que prevalecía en el Ej ército,
donde el nacional ismo católi co a ultranza se aprestaba a imponer su hegemonía, así
como el efecto de tal circunstancia sobre el cl ero castrense. De esto también se
encontraban rastros en las evaluaciones de los superiores, tanto de Calcagno como
de González Paz. Mi entras el ministro Farrell expresó, en noviembre de 1943, un
j uicio de moderada aprobaci ón a lo actuado por el vi cario general, el coronel Solari,
superior directo de González Paz en la Patagonia, recurrió a expresiones
entusiastas para j uzgar su actividad, su "gran cultura¨, su "sobresal iente espíritu¨,
su prédica incansable de los valores de Dios y Patri a.
190
Se trataba, pues, de síntomas evidentes de una crisis aun más radical hacia la
que se encaminaba el clero castrense. Si n embargo, durante los primeros meses de
la revol uci ón esta crisis aún estaba en una fase de maduración, sin estal l ar
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abiertamente. De modo coherente con l os desarroll os más generales del curso
revolucionario, tampoco en el cl ero castrense las distintas corrientes i deológicas,
cimentadas por el común antil iberalismo y anti comunismo, entraron en una
inmediata coli sión. Así, a pesar de la creciente presi ón ej ercida por los sectores
nacional istas más extremos, Calcagno conservó durante esos meses el cargo de
vicari o general y el padre Ferro, el más próximo entre los capellanes a las
posiciones de monseñor De Andrea, si gui ó dirigi endo el servici o rel igioso en la
estratégica guarnici ón de Campo de Mayo, recibiendo incl uso las fel icitaciones de
su comandante, el coronel Ávalos.
191
¿De qué modo los capel lanes militares contribuyeron a defini r la orientación
revolucionaria? ¿Cuáles fueron, concretamente, sus actividades? Aunque se poseen
tan sól o informaciones fragmentarias, da l a impresión de que por lo menos algunos
de el los desarrol laron una gama sumamente amplia, y a menudo clandestina, de
activi dades relevantes. En tal sent i do, se destacaron las del capel lán Wilkinson en
los primeros meses de la revol uci ón. Por un lado, seguía cubriendo cargos de orden
eclesial: era asesor eclesi ástico de la corporación de economistas católicos,
colaboraba en l a acti vidad de la Acción Católi ca, escribía para El Pueblo. Por otro
lado, su actividad rebul lía en el frente militar. Ìdeólogo del GOU y agente de unión
entre el gobierno, el Ej ército y la Ìglesia, fue en tal cali dad el encargado de
pronunciar la alocuci ón patriótica del primer 9 de j ulio posterior a la revolución. En
la ocasi ón, al celebrar la renovada unión de la cruz y la espada, y señal ar como
deber de la revolución la efectiva reali zaci ón de la independenci a nacional ,
desarrol ló al gunos i mportantes temas del catol icismo, tanto naci onal ista como
populista.
192
Pero además de esto, ¿qué actividades desarrol ló Wilkinson en su cali dad de
colaborador de Perón en la Secretaría de Guerra, lugar al que había sido destinado
el 19 de j ul io de 1943 "por sus presti gios intelectuales y conocimiento de los
problemas sociales¨?
193
Es verdad que sus acti vidades en el campo de la
cooperación entre los pescadores de Mar del Pl ata testimoniaban su compromiso
con las acti vidades sociales, pero ésa no era la causa de un nombramiento para un
cargo tan poco habitual en un sacerdote. De hecho, a Wilkinson se le confiaron
tareas políticas sumamente delicadas, que debían real i zarse con la discreción
propia de un agente de la intel ligence. Esto, por lo menos, es lo que se deduce de
las actas de una causa que promovió contra él ante la j usti cia militar el general
Verdaguer, interventor de la provincia de Buenos Aires, a raíz de un conflicto del
que fueron protagoni stas en noviembre de 1943.
194
De estas actas surge que en
esa época Wilkinson todavía reali zaba mi si ones confidenciales por cuenta de la
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secretaría de la presi denci a, de la que oficialmente ya no formaba parte desde j ul io,
respondiendo a las órdenes del coronel Gonzál ez, uno de los l íderes del GOU; que
en esas misiones él vestía el uniforme militar pues había recibi do la autori zación de
hacerlo, según él, del mismo cardenal Copell o; en fin, que se ocupaba de cuestiones
políticas importantísimas: concesiones de servicios públicos, prevención de
eventuales desórdenes en ocasión de l a visita del Presi dente, rumores sobre el
estal lido de una huelga "general y revolucionaria¨. Todo esto en cal idad de
representante del GOU: fue, precisamente, la velada amenaza dirigida por Wilkinson
a Verdaguer, cuando le informó que los ministros del gobi erno provincial no gozaban
de la confianza de l os "camaradas¨, lo que causó la desequil ibrada reacción de
Verdaguer, que se resolvió echando al capel lán de la sede gubernamental de La
Plata, acompañada por la admonición de no "pisarl e¨ más la provincia. El gesto del
poderoso Verdaguer luego se revel ó efímero, pues la fortuna política no le siguió
sonriendo mucho tiempo, y a diferencia de Wilkinson, acabó por perder su posición
de poder en la seri e infinita de luchas intestinas que se multipl icaron entre los
revolucionarios de j unio en el transcurso de 1944. Por lo tanto, parece por lo menos
verosímil lo que declaró el coronel Lagos en 1947 a l a j unta médica que se
interesaba por el estado de salud mental de Wilkinson, en ese momento afectado
por un grave agotamiento nervioso: a su entender, "por l a especie, cantidad,
cal idad¨ de activi dad que el capel lán había desempeñado entre el 4 de j unio de
1943 hasta fines de 1945, era muy probable que su estado de debi l itamiento físico
pudi era imputársele a ello.
195
También parecía en conti nuo ascenso el prestigio de otro sacerdote, el padre
Bozzo, sobre cuyas cuali dades coincidían las autori dades eclesiásticas y las
militares. Capel lán de la 1ª Di visión, un centro militar neurálgico situado en plena
Capital, era sumamente estimado por su superior, el coronel Martini, por su
ferviente patriotismo, pero también por monseñor Calcagno, que lo j uzgaba como
"uno de los grandes valores¨ del clero castrense por sus dotes intelectuales y
morales.
196
No por casual idad fue él, el 17 de agosto de 1943 en Plaza de Mayo, el
encargado de celebrar oficialmente la incorporaci ón del general San Martín al
panteón de la "patria católica¨, en presencia del cardenal Copell o y del presidente
Ramírez.
197
No vari aron en cambio las activi dades confiadas a J. Cruz Munárri z,
capel lán del Colegio Mil itar, al que l os superiores siguieron evaluando como un
"eficaz colaborador de los j efes¨: durante todo el año 1943, aunque hubi era sido
formalmente pasado a retiro, siguió dictando di ez horas de cl ase semanales a l os
cadetes.
198
Y aparentemente no sufrieron mayores cambios l as actividades de los
capel lanes diseminados en l as diversas guarniciones del país, quienes continuaron
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pronunciando numerosas conferencias y al ocuciones en los cuarteles, presenciaron
con creciente intensi dad los actos patrióti cos, y animaron el ci clo de conferenci as
radiofónicas semanales organi zado por el vicari ato general del Ej ército.
199
Disti nta, en cambio, era la condición del capel lán Gonzál ez Paz, cuyas
activi dades eran expl ícitamente colaterales a las de los grupos nacional istas, a los
que estaba estrechamente vinculado. El estar entonces desti nado en el comando
militar de la Patagoni a l o aislaba de l os centros neurálgicos de l a actividad políti ca.
Pero esto no le impidió desarrol lar en el lugar una intensa actividad
propagandística, tanto entre l os militares como con los civi les, enfatizada por sus
superiores. Éstos, por otra parte, le concedieron prolongadas l icenci as, que
transcurrieron en la Capital, ya sea en la vigil ia de la revoluci ón como dur ante la
época en la que más se afirmó la hegemonía nacional ista, luego de noviembre de
1943.
200
Si n embargo, nada como la ya recordada causa que l o opuso a monseñor
Calcagno, ilustra las relaci ones, ni abre otras tantas rendij as sobre las facciones
que animaban el intri ncado sotobosque de la trama entre el mundo eclesiástico y el
militar.
201
A primera vista, cuanto surge de las actas de aquel la causa es la condi ción de
relativo aislamiento en el que se encontraba González Paz, tanto en el interi or del
cuerpo de capel lanes como en la Ìglesi a argentina. El aisl amiento iba acompañado
por acusaciones de gran peso: inmoralidad, cinismo, activismo políti co indebido, y
más aún. Eran acusaciones que un sacerdote diri gía a otro sacerdote, para colmo su
subordi nado, f rente a la j usticia militar, es decir, en una sede ofici al no ecl esiástica.
Por otra parte, los testimonios de los más prestigiosos capell anes del Ej ército, como
el padre Bozzo, que confirmaban gran parte de la acusación, agravaban la
controversia. Todo esto, sobre el fondo de una crisis anti gua y nunca resuelta, que
había tenido una larguísima incubación, durante l a cual González Paz había ido
atrayendo sobre sí l as sospechas y las enemistades de numerosos obispos, como
Caggiano, Copell o, Fasol ino y Barrere. Si n embargo, a pesar de todo esto, siempre
había quedado firme en su puesto, con excepción de al gunos i ndeseados trasl ados,
y sus superiores mil itares l e profesaban gran estima, tanto que gozaba de
poderosas protecciones, entre ell as la del ex ministro de Guerra de Casti llo, el
general Tonazzi, así como la del coronel Emilio Ramírez, poderoso j efe de policía
del gobierno revoluci onario, determinante a partir del 4 de j uni o. Pero esto no era
todo, ya que González Paz consi deraba poder contar también con algunos
significativos apoyos eclesiásticos, como para invitar a los j ueces militares a que se
dirigieran a monseñor Gui lland, arzobispo de Paraná, con el fin de obtener un
testimonio en su favor.
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En general, todo esto permite hipoteti zar que González Paz era una especie de
fragmento aislado, por lo menos en parte, en el ámbito eclesi ástico. Pero también
ilustra cómo la incapacidad, l a imposibi li dad o la falta de vol untad de las j erarquías
eclesiásticas para i mponer prudencia y obediencia a este sacerdote, habrían
generado un efecto perverso del víncul o preferencial entre l a Ìglesia y el Ej ército.
Desde el momento en que l os militares se hal laban abocados a la promoción y
reali zación de la "nación catól ica¨, parecía poco menos que natural que, en virtud de
esa función, el Ej ército cri stiano usurpara el papel de guía que reclamaban las
autoridades eclesiásticas, y que, como tal, se erigiera en teól ogo de la naci ón, en
j uez supremo de la ortodoxia del catolicismo y de cada sacerdote.
Pero el caso de González Paz l levaba también al dilema de fondo que el víncul o
orgánico con el Ej ército le creaba a l a Ìglesia. Por un lado, él había sido durante
más de un deceni o una punta de lanza de la cristiani zación del Ej ército: a él se l e
debían los nuevos métodos de movili zación cívico-militares en ocasión de los
congresos eucarísticos di ocesanos, el restablecimiento de antiguas prácticas
devoci onales en los cuarteles, y asimismo el desarroll o de la vida soci al y religiosa
en un lugar estratégi co como el barrio de suboficiales de Campo de Mayo. Si n duda,
su actividad había favoreci do enormemente la penetración de l a Ìgl esi a y del
catol icismo en los cuarteles. Pero, por otra parte, a lo largo de ese trayecto el
sacerdote había asumido cada vez más el aspecto del militar nacional ista, para el
cual el cuartel era un templo en el que se asimilaba el sentido de la naci onali dad,
hasta volverse su poeta.
202
Había contribui do así a orientar en tal sentido las
funciones del cl ero castrense y a minar la discipl ina, así como a comprometer a la
Ìglesia en delicados conflictos políti cos.
Por l o tanto, la atmósfera que reinaba en el Ej ército después de la revoluci ón, y
las contradicciones profundas a que conduj o, para la Ìglesia, el activi smo de los
capel lanes, quedaron reflej adas en la sentenci a de aquel l a causa, en la cual ,
erigi éndose en garantes del buen nombre de la Ìgl esi a y de los sacerdotes, l as
autoridades militares condenaron a monseñor Calcagno por haber "obrado en forma
difícilmente conci li abl e con la mesura y serenidad que corresponden a su cargo y a
su investidura¨, y absolvieron a González Paz.
203
NOTAS
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83
1
Acerca de este concepto, cfr. L. Zanatta, Del Estado l iberal a l a nación
catól ica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo, 1930-1943, Bernal,
Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 367-391.
2
Véase, por ej emplo, B. Del Carri l, Crónica interna de la Revolución
Libertadora, Buenos Aires, Emecé, 1959, pp. 22-23.
3
"La plataforma de la Concordanci a¨, El Puebl o, 4 de j unio de 1943.
4
Cfr., respectivamente, A.J. Soneira, Las estrategias institucionales de l a
Iglesia Catól ica (1880-1976), v. 2, Buenos Aires, CEAL, 1989, p. 113, y C. Chi esa y
E. Sosa, "Ìgl esi a y Justici al ismo. 1943-1955¨, en Cuadernos de Iglesia y Sociedad,
Buenos Aires, 1983, pp. 53-54.
5
ADP, mons. Guil land al gen. P.P. Ramírez, 8 de j uni o de 1943.
6
REAC, agosto de 1943, pp. 375-377.
7
Cfr. L. Zanatta, Del Estado l iberal a la nación católica, pp. 307-364.
8
"La Revoluci ón¨, Criterio, 10 de j unio de 1943.
9
"La mej or colaboración¨, Los Pri nci pios, 14 de j unio de 1943.
10
No fue casual que tales declaraciones fueran subrayadas en REABA, j uli o de
1943, pp. 542-543.
11
"Ante el movimiento militar¨, El Pueblo, 5 de j unio de 1943.
12
El "Ej ército cristi ano¨, como lo entendía Ramírez, en "Ìnauguración del
Centro de Altos Estudios¨. Discurso pronunciado por el Mi nistro de Guerra, General
de División P.P. Ramírez (24 de mayo de 1943), Revista de Informaciones, j ulio de
1943, pp. 1-6. Frente al cuerpo diplomático, el 1° de j ul io, Ramírez se presentó
acompañado, además de otros ministros, también por el cardenal Copel lo.
13
Cfr. P.P. Ramírez, "Proclama a las tropas¨ (5 de j unio de 1943) y "Discurso
pronunciado al asumir l a presidenci a de l a nación¨ (7 de j uni o de 1943) , en A.S.
García ÷ R. Rodríguez Molas, Textos y documentos. El autoritarismo y los
argentinos. La hora de la espada, V. ÌÌÌ, Buenos Aires, CEAL, 1987, pp. 189-191.
Estos conceptos también fueron subrayados en REABA, j ul io de 1943, p. 544.
14
El texto de la entrevista en La Prensa, 16 de junio de 1943. El Pueblo, 16 de junio de
1943, puso de relieve, precisamente, el paso citado.
15
"La obra revolucionaria¨, Los Principios, 17 de j unio de 1943; "El Ej ército ha
vuelto por sus fueros¨, Los Princi pi os, 18 de j unio de 1943.
16
G.J. Franceschi, "Consideraciones sobre la Revolución¨, Criterio, 17 de j unio
de 1943.
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84
17
GOU, "Bases¨, en R.A. Potash, Perón y el G.O.U. Los documentos de una
logia secreta, Buenos Aires, Sudamericana, 1984, pp. 30-31.
18
G.J. Franceschi, "Nuevas consideraci ones sobre la Revol ución¨, Criteri o, 1º
de j uli o de 1943.
19
El gobierno clausuró de inmediato el diari o comunista La Hora, primero de
una larga serie de actos represivos análogos. El Pueblo del 7 de j unio cel ebró con
entusiasmo la medida. Del mismo tenor fue la campaña de apoyo a las medidas
represivas del gobierno en Los Principios; cfr. "El comunismo en Córdoba¨, 13 de
j unio de 1943 y "La prédica comunista¨, 19 de j uni o de 1943. Máximo empeño en l a
represión del comunismo solían manifestar también los miembros del GOU, cfr.
GOU, 10, 31 de j uli o de 1943, en R.A. Potash, Perón y el G.O.U., pp. 136-137.
20
"Carta del Excmo. Sr. Presidente de l a Naci ón al Director de Criteri o¨,
Criterio, 1º de j ul io de 1943.
21
Acerca del pensamiento de Anaya, cfr. "El ministro de Justi cia e Ìnstrucci ón
Públ ica evocó con expresivos conceptos l a figura de San Martín¨, El Pueblo, 18 de
agosto de 1943.
22
Las actas de las reuniones del GOU i ndican hasta qué punto, en real idad,
esa unanimidad era pura fachada destinada a caer, cfr. R.A. Potash, Perón y el
G.O.U., pp. 321-345.
23
Véase un elocuente ej emplo en "A propósito de la proclama revolucionaria¨,
Dios y Patria, 13 de j unio de 1943.
24
El discurso de De Andrea en Los Principi os, 5 de j ul io de 1943. Una crónica
detal lada de l a manifestación en El Puebl o, 5 de j uli o de 1943. Con el decreto Nº
6164, del 19 de agosto de 1943, el gobierno nombró entonces a De Andrea miembro
del "Consej o de la Orden del Libertador General San Martín¨, creado por las nuevas
autoridades, cfr. Anales de l a Legislación Argenti na, Decretos del Poder Ej ecutivo
Naci onal, 1943, p. 311.
25
Acerca de los elementos doctrinari os que a la vez mancomunaban y
diferenciaban estas dos corri entes, cfr. L. Zanatta, Del Estado l iberal a l a nación
catól ica, pp. 326-345.
26
R.A. Potash, Perón y el G.O.U.; véanse las Bases, pp. 25-43, y l as Nuevas
Bases, pp. 44-60.
27
Entre los numerosos ej emplos, es particularmente significativo R.A.
Wilkinson, "¿Se ha obtenido un hombre?¨, Revista Mi litar, dici embre de 1942, pp.
1305-1308. Para l a marina, cfr. Capellán L. Bertoni Flores, Ética de la autoridad o l a
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moral del mando. Nociones de psicología, pedagogía y moral apl icadas al mando
mi litar, Río Santiago, Escuela Naval Mi litar, 1945, 1ª ed., 1937.
28
Esta interpretación del papel de l os militares había sido introducida en la
Argentina por R. de Maetzu a la caída de Alfonso XÌÌÌ en España, cfr. "La necesi dad
de la monarquía militar¨, Criterio, 23 de abril de 1931. Fue retomada de i nmediato
por G.J. Franceschi, cfr. "Kerenski presidente de la Repúbl ica española¨, Criterio, 11
de mayo de 1931, y tuvo amplia difusión desde entonces.
29
Cfr. R.A. Potash, Perón y el G.O.U., pp. 101-183.
30
Todavía en abri l de 1945, respondi endo a una consulta que se le había
presentado, monseñor Caggi ano considerará inconveni ente la adhesión de l os
catól icos al Rotary Cl ub. Cfr. "Libro de Actas de la J.C. (Junta Central) de la A.C.A.¨,
v. 2, 24 de abril de 1945, pp. 311-317.
31
Acerca de la participación de Genta en el GOU, cfr. E. Díaz Arauj o, La
conspiración del '43. El GOU: una experiencia mil itarista en la Argenti na, La
Basti ll a, 1971, pp. 61-63. Para un perfil véase Jordan B. Genta, "Bibl ioteca del
Pensamiento Nacionalista Argentino¨, Buenos Aires, Dictio, 1976.
32
R.A. Potash, Perón y el G.O.U., pp. 202-203; para una confrontación con el
pensamiento del clero popul ista, cfr. L. Zanatta, Del Estado liberal a la nación
catól ica, pp. 330-344.
33
R.A. Potash, Perón y el G.O.U., pp. 213-219. Posi ciones análogas, por
ej emplo, en "Depuración enérgica de l os partidos políticos¨, El Pueblo, 13 de j unio
de 1943.
34
La "democracia orgánica¨, es decir, corporativa, era desde hacía tiempo un
cabal l ito de batal la del catolicisimo social. Cfr. G.J. Franceschi, "Corporativismo,
catol icismo, democracia¨, Criteri o, novi embre de 1940. Entre sus más asiduos
apóstol es descol laban monseñor Caggiano, F. Valsecchi, R.J. Bonamino.
35
R.A. Potash, Perón y el G.O.U., pp. 227-243.
36
Ibidem, p. 189.
37
Ibidem, pp. 255-257.
38
Como resulta de AGE, Legaj o Personal, 14.812, año 1943.
39
R.A. Wilkinson, "¿Se ha obtenido un hombre?¨, op. cit.
40
A fines de j unio de 1943 Wilkinson había pronunciado un discurso frente a la
"Corporaci ón de economistas católicos¨, de la que era asesor eclesiástico, en el
salón de los "Cursos de cultura católica¨, pronunciando un enfático elogio del
gobi erno revol uci onario, cfr. El Pueblo, 4 de j ulio de 1943.
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41
AGE, Legaj o Personal, 14.812, año 1943.
42
"Pastoral del Excmo. Obispo de Catamarca sobre el matrimonio¨, Boletín de
la A.C.A., septi embre de 1943, pp. 120-124.
43
"Auto Pastoral de Mons. Caggi ano¨, El Pueblo, 26 de septiembre de 1943.
44
"Se imploró el auxil io de Dios en la Diócesis de Río Cuarto¨, Los Principios,
6 de j ulio de 1943; veáse también BEAC, agosto de 1943, pp. 376-378.
45
Pbro. P. Badanel li , "Perspectiva intelectual ante el 9 de j ul i o¨, El Puebl o, 9
de j uli o de 1943.
46
La crónica de l a ceremonia en El Pueblo, 13 de j unio de 1943; cfr. también
REABA, j ul io de 1943, pp. 545-546.
47
Véanse, entre otras, las ceremonias real i zadas en Paraná, con oración
"patriótico-cristiana¨ del general Sanguinetti y la misa de campo de monseñor
Gui l land, en REABA, j uli o de 1943, p. 296, y la de San Luis, cfr. REASJ, j uli o de
1943, pp. 223-224.
48
Libro de Actas de la J.C. de la A.C.A., v. 2, pp. 195-199.
49
La procesión en la Capital fue organi zada por la Ìglesia con especi al
cuidado. En este marco Copello recibió en audi encia, el 22 de j unio, al general
Pertiné. Al respecto, véase la cróni ca en El Pueblo, 25 de j uni o de 1943 y REABA,
agosto de 1943, pp. 599-600.
50
Cfr. REAPA, j ul io de 1943, p. 286; "La bendición a la ci udad¨, Los Principios,
25 de j unio de 1943.
51
La 5ª Asamblea Federal de l os Jóvenes de la Acción Catól i ca, REALP, j ul io
de 1943, pp. 309-312.
52
"Un auténtico renacimiento argentinista inflama todo el país¨, El Pueblo, 10
de j ul io de 1943; REASJ, agosto de 1943, pp. 235-239 y 256-258; REAC, agosto de
1943, p. 377.
53
REAPA, agosto de 1943, p. 309.
54
Véanse, por ej emplo, L. Barrantes Mol ina, "Todo gobierno j usto merece
obediencia¨ y "El derecho a la j usta rebeli ón¨, El Pueblo, 25 y 26 de j unio de 1943.
55
Pbro. J.A. Ci uccarell i, "Sostén y maj estad de los poderes del gobernante¨ y
"El verdadero origen de la soberanía¨, El Puebl o, 27 de j unio y 11 de j ulio de 1943.
56
"Sepamos sintonizar el momento histórico que vivimos¨, El Puebl o, 29 de
j ulio de 1943.
57
"Apl ausos¨, Criterio, 17 de j unio de 1943; F. Luna, El 45, Buenos Aires,
Sudamericana, 14ª ed., 1986, p. 34, define tales medidas como "ridículas¨ ,
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definici ón con la cual es difícil disentir, pero añade que ell as eran "pueri l idades¨. Se
trata aquí de demostrar que el las no eran causadas por la excentricidad o el celo de
algún funcionario, sino que eran parte i ntegrante, y de ni nguna manera secundari a,
de la ambición regeneradora de la revoluci ón.
58
"Una medida drástica e indispensable¨, Criterio, 22 de j uli o de 1943; cfr.
también REABA, agosto de 1943, p. 608.
59
En lo que respecta a estos decretos, cfr. REABA, novi embre de 1943, p. 792;
Anal es de la Legislación Argentina, Decretos del Poder Ej ecutivo, La Rioj a, 1943,
Decreto Nº 496 del 8 de j ulio de 1943, pp. 887-888; ibidem, Decretos del Poder
Ej ecutivo Naci onal, Decreto Nº 13.644, 21 de octubre de 1943, p. 439.
60
Congreso de los Jóvenes en San Juan, 12-15 de agosto de 1943, REASJ,
septiembre de 1943, pp. 269-271.
61
"Por sobre toda bandería¨, El Pueblo, 5 de agosto de 1943.
62
Acerca de l a reflexión del catol icismo argentino a propósito de la democracia
remito a L. Zanatta, Del Estado l iberal a la nación católi ca, pp. 270-274; sobre la
confesionali zación de la Constituci ón, cfr. ibidem, pp. 302-305.
63
A.E. Sampay, "La filosofía del 'i luminismo' y la Constitución argentina de
1853¨, Ortodoxia, Nº 4, 1943, pp. 324-351. Como es sabido, Sampay fue algunos
años más tarde uno de los arquitectos de l a Constitución peroni sta de 1949.
64
Juan Miguel Bargall o Cirio, "La sociedad como ser exclusivamente artificial¨,
Ortodoxi a, Nº 5, 1943, pp. 566-593.
65
"Reorganización de los partidos¨, Los Principios, 5 de julio de 1943.
66
"Normas inflexibl es y severas para el funcionamiento de los partidos políticos
y ¡Paso al futuro! ¨, El Puebl o, 13 y 27 de septiembre de 1943.
67
G.J. Franceschi, Consideraciones sobre la Revolución; análogos conceptos
sobre la naturaleza militar y antipolítica del movimiento revolucionario, en "Aun los
errores de 1930 son hoy preciosa enseñanza¨, El Pueblo, 5 de septiembre de 1943.
68
José L. Astelarra, "El deber de estar presente¨, Criterio, 12 de agosto de
1943.
69
"Políticos y pol itiquerías¨, Criterio, 6 de enero de 1944.
70
Reseña del l ibro de W.G. Hamilton, "Lógica parlamentaria¨, Ortodoxia, Nº 4,
1943, p. 465.
71
Cfr. las claras expresi ones en este sentido de dos de sus miembros
fundadores, los tenientes coronel es Lagos y Baisi, en la sesi ón del 7 de septi embre
de 1943, en R.A. Potash, Perón y el G.O.U., p. 330.
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72
G. Riesco O.S.A., "Revol uci ón: retorno al punto de partida¨ y "El ideal es un
Estado católico¨, El Puebl o, 15 de agosto de 1943 y 4 de noviembre de 1943.
73
El punto de inflexión, en el sostén de monseñor De Andrea al nuevo curso,
se tuvo en ocasión de la censura apl icada por las autoridades al discurso que debía
pronunciar el 29 de septiembre de 1943 sobre "La l ibertad frente a la autoridad¨, en
el cual sobresalía como particularmente vibrante su admonici ón a respetar l a
democracia. En tal sentido véase Senado de la Naci ón, Pensami ento cristiano y
democrático de Monseñor De Andrea, Ìmprenta del Congreso de l a Nación, Buenos
Aires, 1965, pp. 26-31. De todos modos, a continuación De Andrea pudo expresarse
públ icamente en otras ocasi ones, cfr. "El día de l a enfermera¨, El Puebl o, 23 de
noviembre de 1943.
74
Según los recuerdos de M. Amadeo, Ayer, Hoy, Mañana, Buenos Aires,
Gure, 1956, p. 8, también Perón pensaba en ese mismo período en crear un partido
de la revolución.
75
"Por sobre toda bandería¨, El Pueblo, 5 de agosto de 1943.
76
José L. Astelarra, "El deber de estar presente¨, Criterio, 12 de agosto de
1943.
77
"Una medida drástica e indispensabl e¨, Criterio, 22 de j uli o de 1943.
78
R.A. Potash, Perón y el G.O.U., pp. 329-330.
79
ADM, "Circular confidencial a los señores...¨, 14 de septiembre de 1943.
80
El documento de la Junta Di ocesana de Tucumán, en Boletín de la A.C.A.,
septiembre de 1943, p. 147.
81
"La Acción Católica de Mendoza y la política¨, Boletín de la A.C.A.,
noviembre de 1943, pp. 254-255.
82
"Junta Diocesana de Rosari o. Carta de monseñor Caggi ano a monseñor
Núñez, 22 de octubre de 1943¨, Bol etín de l a A.C.A, noviembre de 1943, pp. 256-
258.
83
Acerca de la "guerra civi l ideol ógica¨, cfr. L. Zanatta, Del Estado l iberal a l a
nación católica, pp. 291-301; M. Rapoport, "Argentina¨, en L. Bethel l e Ì.
Roxborough (ed.), Latin America between the Second World War and the Cold War,
1944-1948, Cambridge, Cambridge U.P., 1992, pp. 92-119.
84
L.R. Gondra (h.), futuro embaj ador ante la Santa Sede en l a década de los
sesenta, era un fervi ente "al iadófilo¨, como recuerda M.J. Bel l o, que por entonces
era uno de l os dirigentes de la j uventud de la Acción Catól ica, al ser entrevistado
por el autor en Buenos Aires, el 16 de mayo de 1991. Sobre el ambiente ideal en el
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89
que militó Gondra, cfr. A. Ponsanti, "Maritain i n Argentina¨, en R. Papini (dir.),
Jacques Maritain e l a società contemporanea, Mi lán, Massimo, 1979, pp. 350-397.
85
Sobre este episodio, cfr. "Libro de Actas de l a Junta Central de la A.C.A.¨, v.
2, 16 de noviembre y 21 de diciembre de 1943, pp. 221-225 y 229-233.
86
"Li bro de Actas de la Junta Cent ral de la A.C.A.¨, v. 2, 28 de septiembre de
1943, pp. 215-221.
87
"El Consej o Naci onal de Educación intervenido¨, El Pueblo, 20 de j unio de
1943; "Cristo en la escuela¨, Los Principi os, 3 de j ulio de 1943.
88
"Magisterio corrompido¨, El Pueblo, 12 de j unio de 1943.
89
Acerca del encuentro entre Anaya y Copel lo, cfr. REABA, j uli o de 1943, p.
546; "El Consej o Nacional de Educación intervenido¨, op. cit., El Pueblo, 20 de j unio
de 1943.
90
Sobre el pensamiento del coronel Anaya, cfr. sus discursos del 8 de j ul io y
del 29 de agosto de 1943: "Preparar en vi rtud y en l etras¨, Suplemento Cátedra, El
Pueblo, 18 de j ul io de 1943; Revi sta del Salvador, di ciembre de 1943.
91
Detal ladas crónicas de aquel las ceremonias, en l as cuales se celebró con
gran énfasis la unión de la cruz y l a espada, en REABA, octubre de 1943, p. 734;
Revista del Salvador, dici embre de 1943.
92
"Bases firmísimas¨ y "La enseñanza media en las bases ministerial es¨, El
Pueblo, 29 de septiembre y 13 de octubre de 1943.
93
Para el apl auso catól ico, cfr. "Lecturas inapropi adas¨, El Pueblo, 16 de
agosto de 1943. En general, se adoptaron numerosas medidas dirigidas a
restablecer los cánones de la moral catól ica en las escuel as.
94
"La enseñanza pri maria¨, Los Principios, 28 de j unio de 1943; "La enseñanza
en Córdoba sufre baj o factores nefastos¨ y "Oportuno encauzamiento de l a
enseñanza en Córdoba¨, El Pueblo, 12 de j uli o y 21 de agosto de 1943.
95
El 10 de septiembre de 1943, la Direcci ón General de Escuelas de la
Provincia de Entre Ríos decretó la i ntroducci ón de la enseñanza de la rel igi ón
catól ica en todas las escuelas públicas, fuera del horario escolar, para todos los
niños cuyos padres no se manifestaran en contrario, cfr. "Circul ares del Arzobispo y
de l a Dirección General de Escuel as sobre la enseñanza de la rel igión en las
escuel as de l a Provi ncia¨, REAPA, octubre de 1943, pp. 335-338.
96
"Nombramientos desconcertantes¨, El Pueblo, 27 de j uni o de 1943; "Cristo
en la escuela¨, Los Princi pios, 3 de j ulio de 1943.
97
Cfr. "Saneamiento de las universidades¨, "La crisis universitaria en su culminación¨,
"Ofensiva del izquierdismo docente en San Juan¨ y "La intervención a las universidades¨, El
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90
Pueblo, 2 y 28 de julio, 8 y 9 de agosto de 1943. Una excepción parcial estaba representada por
la Universidad de Córdoba, a la que la prensa católica local señalaba como modelo de
universidad extraña a las lógicas electoralistas y a otras intrigas políticas, cfr. "La labor
universitaria¨, Los Principios, 2 de julio de 1943.
98
Algunos de sus i mportantes documentos de esta fase de la vida públ ica, en
Jordan B. Genta, pp. 79-93.
99
Pithod nombró al padre Juan R. Sepich rector de la Facultad de Filosofía y
Letras. Cfr. REABA, septiembre de 1943, p. 670.
100
En R.A. Potash, Perón y el G.O.U., p. 327.
101
A fines de agosto, Wilkinson participó en el Círculo Mi litar en la "comida de
la cámara universitaria¨. Pocos días más tarde partici pó, al lado del padre Laburu,
otro prestigioso catól ico social, en l as cel ebraciones del Col egio del Salvador, y a
comienzos de octubre dictó una conferencia diri gida específicamente a los
universitarios. Véase, El Pueblo, 28 y 30 de agosto, 8 de octubre de 1943.
102
R.A. Potash, Perón y el G.O.U., sesión del 21 de agosto de 1943, pp. 150-
152.
103
M. Caponnetto, "Estudi o prel iminar¨, en Jordan B. Genta, pp. 11-32.
104
"La función de l a Universidad Argentina¨, en Jordan B. Genta, pp. 79-89.
105
Cfr. C. Mangone y J.A. Warley, Universidad y peronismo, 1946-1955,
Buenos Aires, CEAL, 1984, pp. 13-18.
106
"La Ìntervenci ón a las Universidades¨, El Puebl o, 9 de agosto de 1943.
107
Una reseña de estos acontecimientos en C. Mangone y J.A. Warley,
Universidad y peronismo, pp. 13-18. Sobre l as renuncias de Genta, cfr. M.
Caponnetto, "Estudio preliminar¨, en Jordan B. Genta.
108
R.A. Potash, Perón y el G.O.U., sesión del 16 de septiembre de 1943, pp.
338-341.
109
"Dos comunicados dados por Jordan B. Genta durante su Ìntervención en la
Universidad Nacional del Litoral en el año 1943¨, en Jordan B. Genta, pp. 90-93.
110
"Discurso del Ìnterventor de la Universidad de Cuyo¨, REASJ, octubre de
1943, pp. 292-295.
111
"Di scurso del Secretario de Economía, Obras Públicas y Riego de
Mendoza¨, REASJ, octubre de 1943, pp. 295-296.
112
R.A. Potash, Perón y el G.O.U., sesiones del 16 y 22 de septiembre de
1943, pp. 338-341 y 347-350.
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91
113
"No está acertado el Sr. Ìnterventor de la Universidad del Litoral¨, El
Pueblo, 14 de octubre de 1943.
114
"No se aj usta a l a real idad una comparación¨, El Pueblo, 11 de octubre de
1943.
115
Entre l os candi datos cuyos nombres se venti laron en l as reuniones del
GOU, se destacaba el del general Sangui netti, un ferviente católico y nacional ista,
cfr. R.A. Potash, Perón y el G.O.U., sesi ones del 16 y 22 de septiembre de 1943,
pp. 338-341 y 347-350.
116
Tal como lo atestiguan los mej ores estudios sobre el movimiento obrero
durante la revolución de j unio, cfr. J.C. Torre, La vi eja guardia si ndi cal y Perón,
Buenos Aires, Sudamericana, 1990; H. Del Campo, Sindical i smo y peronismo. Los
comienzos de un vínculo perdurabl e, Buenos Aires, Clacso, 1983.
117
Cfr. L. Zanatta, Del Estado li beral a la nación catól ica, pp. 353-357.
118
"Decl araci ones a los periodistas del General Pedro Pabl o Ramírez, 15 de
j unio de 1943¨, en A.S. García y R.Rodríguez Molas, Textos y documentos, p. 205.
119
"Discurso en la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas del General
Pedro Pabl o Ramírez, 7 de j ul io de 1943¨, en A.S. García y R. Rodríguez Molas,
Textos y documentos, pp. 227-234.
120
Las decl araci ones de B.B. Pertiné en El Pueblo, 16 de j unio de 1943. El
nuevo intendente eligió como colaboradores a destacados exponentes del
catol icismo nacional i sta, como el coronel O.R. Sacheri y A.V. Tedín Uriburu.
121
Anales de la Legislación Argentina, Decretos del Poder Ejecutivo, Mendoza, 1943,
decreto Nº 767 G. del 14 de julio de 1943, pp. 922-923.
122
Anales de la Legi slación Argentina, Decretos del Poder Ej ecutivo, Mendoza,
1943, decreto Nº 929 E. del 28 de septiembre de 1943, pp. 944-945.
123
Circunstancia señalada en T.S. Di Tell a, "La Unión Obrera Textil, 1930-
1945¨, Desarrollo Económico, abri l-j uni o de 1993, p. 129.
124
Cfr. "Libro de Actas de la Junta Central de la A.C.A.¨, v. 2, sesión del 27 de
j unio de 1943, pp. 202-208.
125
"Claras orientaci ones sociales en dos actos del gobi erno¨, El Pueblo, 3 de
j ulio de 1943; cfr. también "El problema de los alqui leres¨, Los Principi os, 4 de j ul io
de 1943, donde el aplauso es más esfumado, en virtud de la específica situación de
Córdoba, que habría requerido parámetros disti ntos de los de la Capital, y de la
línea más moderada de ese di ario.
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126
"Plausibles conceptos del Presidente del Departamento Nacional del
Trabaj o¨, El Pueblo, 7 de j ulio de 1943.
127
J.C. Torre, La viej a guardia si ndical y Perón, pp. 56-57, define
correctamente como "corset corporativi sta¨ a ese decreto; sobre el mismo decreto
véase también H. Del Campo, Sindical ismo y peronismo, p. 125. El texto del decreto
figura en el Boletín de la A.C.A., agosto de 1943, pp. 100-115.
128
"Las asignaciones familiares en la Munici pal idad de Buenos Aires¨, 5 de
agosto de 1943, en Boletín de l a A.C.A., septiembre de 1943, pp. 169-172.
129
Anal es de l a Legisl ación Argentina, Decretos del Poder Ej ecutivo, Córdoba,
1943, decreto Nº 502 B. del 29 de j ul io de 1943, p. 767.
130
Anales de la Legislación Argentina, Decretos del Poder Ejecutivo, Mendoza, 1943,
decreto Nº 304 F. del 22 de julio de 1943, pp. 924-925.
131
Sobre este intercambio de cartas, cfr. "Libro de Actas de la Junta Central
de la A.C.A.¨, v. 2, sesión del 14 de septi embre de 1943, pp. 211-215; Boletín de la
A.C.A., octubre de 1943, p. 182.
132
"La Unión Ìndustrial Argenti na propici a el salario familiar¨, El Pueblo, 17 de
noviembre de 1943.
133
Esa convicción también la compartía Los Principios, cfr., Haci a la j usticia
social, 20 de j unio de 1943, di ario catól i co que, sin embargo, a diferencia de El
Pueblo y La Acción, expresaba posiciones sociales moderadas y recelosas respecto
de formas de conducción económica excesivamente estatistas.
134
G.J. Franceschi, "Consi deraci ones sobre la Revoluci ón¨, op. cit., Criterio,
17 de j unio de 1943.
135
G.J. Franceschi, "Nuevas consideraciones sobre la Revol uci ón¨, Criteri o, 1º
de j uli o de 1943.
136
F. Valsecchi, "Las recientes medidas económico-sociales¨, Boletín de l a
A.C.A., j uli o de 1943, pp. 35-38. Acerca de los mismos temas Valsecchi conferenció
en Paraná el 29 de j unio de 1943, cfr. REAPA, j ul io de 1943, p. 286, ante la
presencia del Ìnterventor, el coronel E. Ramírez, uno de los líderes del GOU, y de
monseñor Guil land.
137
"Sal ario familiar y vivienda obrera. Alocuci ón pronunciada en la Santa
Ìglesia Catedral de Buenos Aires por Monseñor Antonio Caggiano, 18 de j ul io de
1943¨, Bol etín de la A.C.A., agosto de 1943, pp. 62-69.
138
"La Comisión Asesora de la vivienda popular coincide con nuestra tesis¨, El
Pueblo, 15 de septiembre de 1943. El director del secretariado económico-social de
la Acción Católi ca de Buenos Aires no dej ó sin embargo de criticar la excesiva
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93
atención dedicada por éste a los equi li brios contables a despecho de l os valores
morales, cfr. R.J. Bonamino, "No deben privar razones económicas¨, El Pueblo, 18
de septiembre de 1943.
139
El 29 de j unio Copel lo pronunció una "ferviente alocución¨ en presencia de
los obreros y propietarios de la fábrica Campomar; el 4 de octubre visitó la de
Pittal uga, cfr. REABA, agosto y noviembre de 1943, pp. 605 y 798.
140
"El comunismo se ahuyenta con hechos, con pan y con holgura de vivir¨,
dij o Monseñor De Andrea, Los Principios, 5 de j ulio de 1943.
141
M. Sánchez Márquez, Historia de la Arquidiócesis de La Pl ata, Arzobispado
de La Plata, 1978, p. 52. Crónicas en La gran concentraci ón jocista de La Plata, Ì y
ÌÌ, REALP, octubre y noviembre de 1943, pp. 466-479 y 563-568.
142
El Pueblo, 31 de j ulio de 1943.
143
J.C. Torre, La vieja guardia sindical y Perón, pp. 58-62.
144
C. Reyes, Yo hi ce el 17 de octubre, CEAL, Buenos Aires, 1984, pp. 116-
123.
145
Sobre l a personalidad y el pensamiento de E. Rau, cfr. Cfr. L. Zanatta, Del
Estado l iberal a la nación católica, pp. 333-336.
146
Cfr. S.L.Bail y, Movi miento obrero, nacional ismo y políti ca en la Argentina,
Buenos Aires, Paidós, 1984, pp. 92-105, quien ha individual i zado en la cultura de
parte del sindicalismo una fuerte matriz hispano-criol la y radi calmente antili beral.
También H. Matsushita, Movi miento obrero argentino, 1930-1945, Buenos Aires,
Siglo Veinte, 1987, p. 281, ha observado el despertar de la conciencia nacional
entre los trabaj adores, que hace remontar a una época aun precedente a 1943.
147
N. Domínguez, Conversaciones con Juan José Taccone, Buenos Aires,
Col ihue-Hachette, 1977, p. 25.
148
ARGSS, Storni a Llobet, telegrama cifrado n. 13, 12 de j unio de 1943.
149
Como observó un diplomático itali ano luego de haber mantenido una
entrevista con Ramírez el 29 de j uni o de 1943, cfr. AMAE, Appunto per i l Capo
Gabinetto del Ministro, 30 de j unio de 1943.
150
Al respecto, cfr. L. Zanatta, Del Estado l iberal a la nación católi ca, pp. 296-
301.
151
Cfr. AMAE, "Regia Ambasciata d'Ìtalia presso la Santa Sede¨, Appunto,
Riservato, 27 de j uni o de 1943.
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152
Se puede recabar confirmación en Actes et documents du Saint-Siège
relatifs à l a seconde guerre mondiale, Città del Vaticano, Liberi a Editrice Vaticana,
1973. Por ej emplo, v. ÌX, p. 201, pp. 486-487 y pp. 530-532.
153
Cfr. L. Zanatta, Del Estado li beral a la nación catól ica, pp. 296-301.
154
G.J. Franceschi, "La dignidad argenti na¨, Criterio, 15 de j ul i o de 1943.
155
Encuentros reali zados el 9 y 10 de j unio, cfr. REABA, j ul io de 1943, pp.
544-546.
156
"Palabras fundamentales para l a armonía de las Américas¨, El Pueblo, 7 de
j ulio de 1943. El diario católico estaba satisfecho por la defensa, que a su j ui cio
había reali zado Storni, de los principios básicos de l a política exterior argentina. Las
Noticias Nº 8 del GOU, por su parte, señaló que en aquel l a oportunidad el
presidente Ramírez se había opuesto con valor a las tendencias "rupturistas¨ que se
percibían en el gobierno, cfr. R.A. Potash, Perón y el G.O.U., op. cit., pp. 123-128.
157
Cfr. REABA, agosto 1943, p. 603. El cardenal Copello también estuvo al
lado de Storni en ocasión de l a recepci ón de los diplomáticos en el Ministeri o de
Rel aciones Exteriores, el 31 de j uli o de 1943, cfr. REABA, septiembre de 1943, p.
670.
158
R.A. Potash, Perón y el G.O.U., Notici as Nº 10 del 31 de j ulio de 1943, pp.
136-141, y la sesión del 7 de agosto de 1943, pp. 325-328.
159
Ibidem, pp. 169-170. Fue el coronel Perón el primero en pedir l a dimisión
de Storni, pp. 332-333.
160
"Razones en que se funda la neutrali dad argentina¨, El Pueblo, 21 de
octubre y 6 de novi embre de 1943.
161
ARGRE, E. Rui z Gui ñazú al general P.P. Ramírez, 8 de septiembre de
1943. La polémica contra el "uti litarismo¨, contrapuesto a l os valores "espirituales¨
de la nacional idad, era muy corriente entre los catól icos. Pasada la fase aguda de la
crisis, el ministro de Rel aciones Exteriores ad i nteri m, general Gi lbert, en una nota
reservada a Rui z Gui ñazú, l o invitó a retirar la renuncia habiendo "desaparecido los
reparos que la fundamentaban¨ y l e ofreció la embaj ada en Madrid, cfr. ARGRE,
general Gi lbert a Rui z Guiñazú, Reservada, 30 de septiembre de 1943. Acerca de
los vínculos de Rui z Gui ñazú con la Ìglesi a, cfr. L. Zanatta, Del Estado li beral a l a
nación catól ica, pp. 265-267 y p. 280.
162
Cfr. AMAE, "Regia Ambasciata d'Ìtalia presso la Santa Sede¨, Appunto,
Riservato, 27 de j uni o de 1943, op. cit.
163
Cfr. AMAE, "Regi a Ambasciata d'Ìtalia presso la Santa Sede¨, Situazi one i n
Argentina, 23 de agosto de 1943.
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164
V.F. López, "Fundamento in re¨, El Pueblo, 29 de j ulio de 1943.
165
Sobre esas ceremomias cfr. REAPA, j uli o de 1943, p. 286; agosto de 1943,
p. 309; septiembre de 1943, pp. 322-323. Sobre Laburu, cfr. L. Zanatta, Del Estado
liberal a la nación católi ca, p. 227.
166
Véase REASJ, j uli o de 1943, pp. 223-224; agosto de 1943, pp. 256-258;
REABA, j ul io de 1943, pp. 543-546; agosto de 1943, pp. 599-608; Los Principios, 1º
y 6 de j ul io de 1943.
167
"Nuestros cadetes del Colegio Mi litar¨, Criterio, 24 de j unio de 1943.
168
Cfr. REABA, novi embre de 1943, p. 759.
169
Cfr. L. Zanatta, Del Estado li beral a la nación catól ica, pp. 302-305.
170
Las ceremonias en honor a Goyena en REABA, septiembre de 1943, p. 670.
Sobre las polémicas que el las suscitaron, cfr. "La Prensa y La Nación agravian la
concienci a católica argentina¨, El Puebl o, 25 de j ulio de 1943. Ceremonias del
mismo tenor se efectuaron también en las provincias, por ej emplo en Paraná, cfr.
REAPA, agosto de 1943, p. 310. El sentido de la celebración en J.C. García
Santi ll án, "Pedro Goyena¨, Archivum, Nº 2, 1943, pp. 472-479.
171
Un ej emplo elocuente de l a obra desplegada por el clero castrense en l a
catol i zación de San Martín, en ocasión de la conmemoración de la batal la de Maipú,
cfr. Revista Mil itar, abri l de 1943, pp. 413 y 415. El mismo espíritu en las
celebraciones del 17 de agosto de 1943, coronadas por una al ocución del capel lán
militar J.F. Bozzo, cfr. "Ese muerto habla y viene este día a darnos su lección¨, El
Pueblo, 18 de agosto de 1943. Véase también L. Barrantes Mol ina, "La tradición
militar religiosa en la Argentina¨, El Puebl o, 22 de j ulio de 1943.
172
"Homenaj es a la Patrona del Ej ército de los Andes¨, Revista Mil itar,
septiembre de 1943, p. 642; "Sabi as palabras de un militar¨, El Puebl o, 28 de
septiembre de 1943.
173
Citado en A. Rouqui é, Pouvoir mil itai re et société pol itique en Républ ique
Argentine, París, Presses de la Fondati on National e des Sciences Politiques, 1978,
p. 340 (hay versión castel lana).
174
El decreto en Anal es de la Legisl ación Argentina, Decretos del Poder
Ej ecutivo Nacional, 1943, Decreto Nº 9471 del 22 de septiembre 1943, pp. 368-369;
cfr. "La Virgen General a¨, Revista Mi litar, septi embre de 1943, p. 625;
"Consagración de la Virgen General a del Ej ército¨, Revista Mi litar, noviembre de
1943, pp. 1131-1132.
175
"Ofrendará su espada a l a Virgen de l a Consol aci ón el general A. Rawson¨,
El Puebl o, 15 de septiembre de 1943.
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176
El programa del cicl o anual de conferencias del Círcul o Mi l itar en "Memoria
del Círculo Mil itar¨, 1943-1944. En la "Memoria¨ la conferencia de Genta tiene fecha
del 30 de j unio de 1943. La Revista Mi l itar sól o publ icó los textos de las
conferencias de Genta y Dann Obregón.
177
Cfr. R. Rivero de Olázabal, Por una cultura católica, Claretiana, Buenos
Aires, 1986, p. 139. Un significativo perfil de Carri zo en la obra del capel lán A.
González Paz, Fray Patricio y yo, Buenos Aires, Ed. La Cruz y l a Espada, 1944.
178
Un perfil de Baldrich, definido como "falangista¨ en A. Puiggrós y J.L.
Bernetti (dir.), Peroni smo: cultura política y educación, Buenos Aires, Galerna, 1993,
pp. 316 y 351-352. Sobre su pensamiento, cfr. A. Baldrich, "La ascendencia
espiritual del Ej ército argenti no. La mística militar¨, Revista Mi l itar, agosto de 1940,
pp. 321-351.
179
J.B. Genta, "La función del militar en la existencia de la l i bertad¨, Revista
Mi litar, j ul io de 1943, pp. 3-17.
180
E. Dann Obregón, S.J., "La instrucción pública y los problemas de la
defensa nacional. Factores que contri buyen a la preparaci ón moral del pueblo¨,
Revista Mil itar, septi embre de 1943, pp. 505-520. Cfr., del mismo autor, Lógica,
Castel lvi, Santa Fe, 1945, manual de filosofía con la impronta de un radical
antipositivismo.
181
Conceptos anál ogos en el "moderado¨ Los Principios, "Cristo en la
escuel a¨, 3 de j ulio de 1943, op. cit.
182
Sobre el estancamiento verificado en l as actividades del cl ero castrense en
1943, cfr. "Ej ército Argentino, Vicaría General del Ej ército¨, Memoria Anual del Cl ero
castrense, Año 1943.
183
En total, en 1943, el clero castrense estaba compuesto por un vicario
general, un capellán mayor, 16 capel l anes mayores de diverso grado, cinco
capel lanes retirados en servici o activo, si ete capel lanes honorarios. Cfr. "Ej ército
Argentino, Vicaría General del Ej ército¨, Memoria Anual del Clero castrense, Año
1943, op. cit., pp. Ì-ÌX. En el curso del último decenio, de todos modos, había
crecido constantemente. Naturalmente, no tenía el monopoli o del apostol ado militar,
del cual se ocupaban autónomamente una variedad de actores del mundo católico.
184
Sobre l a importancia de l os vínculos personales en el ambiente mili tar cfr.
sobre todo R.A. Potash, El Ejército y la política en la Argentina, 1928-1945. De
Yrigoyen a Perón, Buenos Aires, Sudamericana, 1983, 12ª ed.; A. Rouqui é, Pouvoir
mi litaire et société pol itique en Républi que Argentine. Para los vínculos de los
capel lanes en el ámbito eclesiástico, véase la correspondencia entre monseñor
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Gui l land y el capel lán J.F. Bozzo, que se remonta a los años ' 30, cfr. ADP, Bozzo a
Gui l land, 27 de noviembre de 1935, 9 de agosto de 1937. Acerca de los víncul os en
el ámbito castrense, véase, por ej emplo, aquél cultivado por Perón con algunos
miembros del clero castrense luego de la frecuentación de la Ìglesia castrense, cfr.
E. Pavón Pereyra, Perón tal como fue, Buenos Aires, CEAL, 1986, pp. 49-58.
185
Cfr. AGE, LP Nº 13.922, F.S. Vives, 12 de octubre de 1943.
186
AGE, LP Nº 2.386, A. Calcagno, 10 días de arresto el 31 de agosto de 1943
y 8 días el 2 de noviembre de 1943.
187
AGE, Mi nisterio de Guerra, Direcci ón General del Personal. Amancio
González Paz, denuncia contra el causante, Expedi ente 30.290, Letra "G¨, Nº
195/49, 26 de mayo de 1943.
188
Sobre las ideas y actividades de Calcagno y Gonzál ez Paz, cfr. L Zanatta,
Del Estado l iberal a l a nación catól ica, pp. 220-228 y 360-364.
189
AGE, LP Nº 2.386, A. Calcagno. La alocuci ón impugnada había sido
pronunciada por Calcagno el 2 de noviembre de 1943 en el Cementerio del Oeste.
190
Cfr., respectivamente, AGE, LP Nº 2.386, A. Calcagno, 15 de noviembre de
1943; LP Nº 15.967, A. González Paz, 15 de novi embre de 1943.
191
Cfr. AGE, LP Nº 14.586, M. Ferro, 15 de novi embre de 1943.
192
"Discurso pronunciado por el capel l án D. Roberto A. Wilkinson en la
audición patri ótica de Radio El Mundo el 9 de j uli o de 1943 a las 12.15 horas¨, en
R.A. Potash, Perón y el G.O.U., pp. 258-262.
193
AGE, LP Nº 14.812, R.A. Wilkinson. El 15 de noviembre de 1943 estaba en
comisión en el Mi nisterio de Guerra.
194
AGE, Ministerio de Guerra, Dirección General del Personal. Expedi ente Nº
34.127.
195
AGE, Ej ército Argentino, 1ª Divisi ón de Ej ército. Coronel J.A. Lagos,
"Respuesta al cuestionario formulado al suscripto¨, 12 de diciembre de 1947.
196
AGE, LP Nº 2.046, J.F. Bozzo, 15 de noviembre de 1943.
197
Cfr. "Ese muerto habl a y vi ene este día a darnos su lección¨, El Pueblo, 18
de agosto de 1943, op. cit.
198
AGE, LP Nº 8.602, J. Cruz Munárri z, 13 de j uli o de 1943. Cfr. el texto de su
conferencia en el Col egio Mil itar, "Caupol i cán¨, Revista Mi litar, octubre de 1943, pp.
716-722.
199
Cfr., por ej emplo, AGE, LP Nº 16.969, J.B. Hargain, 15 de novi embre de
1943.
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98
200
AGE, LP Nº 15.967, A. González Paz. Obtuvo 30 días de licenci a en la
Capital desde el 20 de marzo de 1943, l uego, nuevamente, por enfermedad, del 16
de novi embre de 1943 hasta el nuevo año, y una vez más del 1º de marzo al 7 de
mayo, internado en el Hospital de Campo de Mayo.
201
AGE, Mi nisterio de Guerra, Direcci ón General del Personal. Amancio
González Paz, denuncia contra el causante, op. cit.
202
Charrúa. Sentir l o argentino. Estudio preliminar de Amanci o González Paz,
Buenos Aires, (s.e.) 1943, pp. 9-25.
203
AGE, Mi nisterio de Guerra, Direcci ón General del Personal. Amancio
González Paz, denuncia contra el causante, op. cit., 31 de agosto de 1943.
2
EI giro nacionaIista. La "nación catóIica",
de mito a reaIidad. Octubre de 1943 a marzo
de 1944
La Iglesia, la cri sis de gobi erno y el sistema político
En el semestre transcurrido entre la crisis de gobierno de octubre de 1943 y la
destitución del presi dente Ramírez en marzo de 1944, la revolución tomó una
dirección a primera vista más clara. De genéricamente antili beral y catól ica, devino
cada vez más "fundante¨. Es decir que, con mayor determinación, ambicionó echar
las bases de un nuevo orden político y social. Ese giro fue la pri ncipal consecuenci a
del triunfo del GOU sobre la corriente que, en la revol uci ón, representaba una mayor
continuidad con el antiguo régimen.
1
Asumió entonces perfil más neto un curso
político más coherentemente nacional ista y confesional desti nado, por otra parte, a
precipitarse muy pronto en una crónica inestabi lidad.
La nueva j erarquía de prioridades demostró en seguida cuál sería el sentido
profundo de aquel gi ro. El probl ema de la reorgani zaci ón del sistema político dej ó
efectivamente el primer plano de la escena a las i ntervenciones en los frentes
educativo y social. De al lí en poco tiempo más el coronel Perón imprimió un giro
decisivo a la política social de la revolución. A fines de año el gobi erno disolvió los
partidos políticos y al mismo tiempo emitió un decreto que reintroducía l a enseñanza
de la rel igi ón católi ca en l a escuela públ ica. En enero de 1944 la política de
neutral idad argentina en el conflicto mundial sufrió una importante modificación,
cuando el gobierno rompió relaciones con los países del Ej e. En fin, entre febrero y
marzo de 1944 concluyó l a parábola política del presi dente Ramírez, al que
sustituyó el general Farrel l. Ìnstituciones políticas, política soci al, educación,
relaciones exteriores: todas estas cuestiones vitales sobre las que l a Ìglesia desde
años atrás hacía sentir con fuerza su voz se enfrentaron con i mportantes cambios.
No por casuali dad ell a fue uno de los protagonistas de esos meses convulsi onados.
Desde su inici o, el ci clo políti co abierto por la crisis de octubre ofreció amplias
garantías para la Ìgl esia. En efecto, los ministros sustituidos, vale decir Anaya,
Galíndez y Santamarina, eran también aquél los para los cuales el catolicismo era
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una fe, o un baluarte moral e ideológico, más que un programa de gobierno. A l a
inversa, gran parte de los hombres del nuevo rumbo provenía de las filas catól icas,
o bien de aquel las organi zaci ones nacionalistas, a menudo surgidas a la sombra de
la Ìglesia, que habían hecho del catolicismo el nervio de su i deología. El
nombramiento más significativo fue en este sentido el de Gustavo Martínez Zuviría
en el ministerio de Ìnstrucción Pública,
2
un hombre de prestigio, con irreprochable
imagen, no sól o de "hombre de Ìglesia¨, sino "de la Ìgl esia¨. Tanto, que su
nombramiento apareció de inmediato como una verdadera delegación a la Ìglesia de
la elaboración y reali zaci ón de la política educativa. Una impresión más que
j ustificada, que pronto se vio reforzada por las efusivas felicitaciones que le
dirigieron la más alta j erarquía eclesiástica y l os más prestigiosos intelectuales
catól icos.
3
Pero también los nombramientos del general Perli nger en el ministerio
del Ìnterior y del general Gi lbert en el de Rel aciones Exteriores prometían garantías
tranqui li zadoras para la Ìglesia: ambos fervientes nacionali stas, el primero
continuaría y radical i zaría la cruzada anticomunista en marcha, mientras que el
segundo, sin duda, no se separaría de los principios de neutralidad en política
exterior. Y aun más garantías le daba a la Ìglesi a el nombramiento del general
Pistari ni, en dici embre, como titular del ministeri o de Obras Públicas, por tratarse de
un hombre orgánicamente ligado a los ambientes catól icos, de los que tomó a sus
propios colaboradores.
4
En lo que atañe a las intervenci ones a las provincias, los
cambios que se produj eron marcharon en la misma dirección, y los altos oficial es
nombrados podían cal ificarse como prototipos de soldados cristianos,
estrechamente vincul ados con l a Ìglesi a. En este sentido, la el ección del i nterventor
en Córdoba, uno de l os cargos estratégicos, fue emblemática. El almirante Scasso,
que asumió esa funci ón el 20 de novi embre de 1943, no solamente era uno de los
raros apoyos que el GOU tenía en la marina, si no que además era un hombre con
antiguos y estrechos vínculos con la Ìgl esi a y sus organi zaciones.
5
En ese contexto, las autoridades no cesaron de subrayar, en un crescendo de
declaraciones y actos públi cos, l a deuda i deológica de l a revolución con el
catol icismo. Para el general Pertiné, ell a correspondía a un diseño de la
Providencia, a una "revolución moral¨ dirigi da a la "restauración de los eternos
principi os¨; para el poderoso j efe de la policía, el coronel E. Ramírez, el la
reintroducía la primacía del espiritualismo cristiano en oposici ón al materialismo del
régimen li beral: "siendo cri stiano ÷afirmó÷ sé lo que vale el signo de la Cruz¨;
también para el coronel Ávalos, que comandaba la guarnición de Campo de Mayo, l a
revolución reafirmaba la superioridad de los "valores morales¨ encarnados en la
religión católica, cuya posición de privil egi o se destacaba en la Constitución.
6
Por l o
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101
tanto, a partir de entonces la entrada en los rangos gubernativos de los cuadros
catól icos asumió el perfil de un verdadero trasvasamiento, y en vista de ello las
autoridades de l a Acción Católica se esforzaron por codificar l os "deberes políticos¨
de l os católicos,
7
manteni endo la idea de que precisamente de l as filas catól icas
debía provenir l a nueva cl ase dirigente de un país regenerado. Poco importaba que
los enemigos de la Ìglesia l a acusaran de haberse "entregado de l leno al ej ercici o
de la política¨: al estar en curso una profunda renovación fundada en el
redescubrimiento de l as raíces catól icas de la nación ÷escri bía el diari o catól ico de
Córdoba÷, era absol utamente natural "que gran parte de los hombres necesarios
para el plan de restauración que se persi gue haya debi do buscarse en las filas de la
Acción Catól ica¨. De ell as, el almirante Scasso tomó, poco después, a los ministros
de su gobierno, y éstos a sus colaboradores.
8
De este modo la crisis de octubre, aunque no dej ó de suscitar preocupaciones
en el seno del mundo catól ico, pues continuaba indicando los síntomas de
inestabi lidad que el curso revolucionario había padecido cróni camente, no minó ni
por un instante el acti vo apoyo al gobierno.
9
El apoyo fue, por el contrario, cada vez
más entusiasta a medida que el perfil confesional de buena parte del nuevo equipo
tomó una forma más definida. Su espíritu "argentinista¨, l a pri oridad asi gnada a la
unidad naci onal, el desprecio por los "políticos¨, la gratitud hacia l as Fuerzas
Armadas, salvadoras de la patria, fueron los element os que ÷según el diario
catól ico de l a Capital ÷ hacían del sexto mes de la revolución un aniversario para
festej ar.
10
Dicho apoyo se mantuvo inal terado incluso cuando, a comienzos de
1944, las divisiones entre l os revolucionarios se acentuaron aun más. Aun incitando
a los "enérgicos pi lotos¨ que habían salvado al país "del materiali smo degradante¨ a
mantenerse unidos, la prensa catól ica no demoró un instante en manifestar su
confianza en el general Farrell, al día siguiente de la destituci ón de Ramírez.
Tampoco demoró el imputar a este último un exceso de prudencia en la obra de
renovación de la clase dirigente, que el la pretendía que fuese aun más radical. Ni,
en fin, demoró en condenar firmemente el intento de rebel ión comandado por el
teniente coronel Ducó.
11
El apoyo y la adhesi ón de la Ìglesia al gobierno se sustentaban en el plano
estrechamente político, sobre al gunos elementos clave. Entre ell os se destacaba la
ideología-genéri camente antipolítica y hosti l a las instituciones democrático-
liberal es que desde hacía tiempo caracterizaba al catol icismo argentino, heredada
por completo de los revolucionarios de j unio. En l as semanas sucesivas a la crisis
de octubre, la campaña antipolítica, y especialmente antipartidista, asumió en las
pági nas de la propaganda catól ica un nuevo vi gor, prel udiando el decreto con el que
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102
el gobierno, el 31 de di ciembre, disolvió los parti dos políticos. Por cierto, como
siempre, las posici ones catól icas no fueron unívocas y asumieron tonos
particularmente violentos, sobre todo en las páginas de El Pueblo, de l as que
emanaba el visceral autoritarismo y la profunda repulsión hacia la democracia
política de una parte muy significativa del mundo católico. El agustino Riesco al abó
desde las pági nas de ese diario la constitución del Est ado católi co integral, sobre el
modelo de las corporaciones medievales, para poner fin a la "absurda l ibertad de
opinión¨: "La Patria ÷escribió÷ no se eli ge ni se discute: ante la Patria no hay más
libertad que la del sacrificio¨; Luis Barrantes Mol ina cel ebró desde dichas pági nas
como triunfo de la asi dua campaña catól ica la l imitación aun más estrecha impuesta
por el gobierno a la l ibertad de prensa; el dominico Montes de Oca uti li zó l a radio
para difundir el concepto cardi nal sobre el que se apoyaba el mito de la "naci ón
catól ica¨: sólo un católico podía ser un verdadero y buen argentino; el conoci do
escritor Manuel Gálvez, desde las columnas de El Pueblo, fue un franco sostenedor
del gobierno militar y autoritario.
12
Ése fue el telón de fondo sobre el que se al zaron
también viol entas requisitorias contra el sufragio universal. Para Javier Noguer S.,
por ej emplo, era absurdo que el voto de un campesino tuviese el mismo valor que el
del Presidente de l a Repúbl ica. Los sistemas electorales del si glo XÌX estaban ya en
su ocaso. Por lo tanto urgía real i zar l a transici ón hacia un sistema corporativo
integral, donde la representaci ón fuese l a expresión de las fuerzas vivas, y cuyos
"parlamentarios¨ fuesen obi spos y generales, pero de ni nguna manera "los
políticos¨, portadores de "intereses negativos¨.
13
No obstante, más all á de los tonos más o menos ulcerados, y de las
perspectivas políticas, que oscilaban entre los extremos de la democracia "cristiana¨
y del "totalitarismo catól ico¨, toda la prensa confesional i ntensificó la campaña
contra los partidos políticos tradicionales, con un obj etivo inmediato, sobre el cual el
consenso era absoluto: conj urar el pronto retorno a l a normalidad constitucional. Las
simpatías conservadoras y nacional istas de El Puebl o no chocaban en este pl ano
con aquel las favorables al radicali smo a la antigua de Los Principios, ni con el
catol icismo social de Criterio. Fueran cuales fuesen los modelos de organi zación
institucional del Estado que ambicionaban las diversas corrientes católicas a las que
ell os representaban, en l o i nmediato coinci dían en lo esencial, es decir, acerca de la
necesi dad de que el gobi erno mil itar procediera, por imperio, a reformar el sistema
político nacional. Como escribía Los Principios, los políticos debían aprovechar la
oportuni dad y colaborar con las autoridades en la moralizaci ón de los partidos en
vistas a la creaci ón de un sistema pol ítico "depurado¨. Morali zar, depurar,
argentini zar los parti dos: éste era el deber del momento.
14
Palabras recurrentes,
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103
que aludían a una redefinici ón no sól o organi zativa, sino también ideológica, de l os
viej os partidos políti cos, con las cuales no sólo se reprobaba la tan vituperada
política de "comité¨, el "caudi llaj e¨, la contaminación financiera o el electoralismo
exacerbado, sino sobre todo se sostenía la necesi dad de que ellos adecuaran su
doctrina a los postul ados de la "argentinidad¨, vale decir, a los puntos cardinales de
la "nación catól ica¨. En otros términos, los parti dos debían nacional i zarse,
liberándose de los aspectos doctri nari os tomados de ideol ogías "foráneas¨ a la
identidad nacional. Esta admonición, a la par que quitaba l egiti midad a l os partidos
de i nspiración liberal o social ista, aparecía especialmente dirigi da al parti do radical,
es decir, al único partido popul ar de masas de la Argentina. A él se le imputaba
haber abandonado el "vi ej o espíritu radi cal¨, el de Alem, para convertirse en un
partido como los demás, esclavo de la "primacía electoral¨, presa de las "fuerzas
disolventes¨ y "exóticas¨. Pero se suponía que en él quedaban muchos argentinos
hosti les a la "concomitancia con los eternos enemigos de la nación¨, dispuestos a
seguir "un gran movimiento argentinista dentro de la agrupaci ón¨.
15
En virtud de l a concepción organicista de la sociedad que dominaba la cultura
política católica, l os partidos se concebían como organi smos destinados a
desarrol lar funciones preestabl eci das en un organi smo preexistente, antes que como
suj etos investidos del pleno derecho de contribuir a determinar las reglas de la vida
de dicho organismo. Más que entidades autónomas, y por ende reflej o institucional
de identidades políticas diversas y suj etos con todo el derecho a representarl as, los
partidos aparecían en esa concepción enj aulados dentro de la camisa de fuerza de
una identidad nacional en cuya definición no estaban ll amados a partici par, pero de
la que debían ser una emanación; así podrían gozar de la legitimidad, sólo
asegurada si se estaba en consonancia con ell a. Se trataba de una identidad
nacional que, sinteti zada en el mito de la "nación catól ica¨, las autoridades militares
estaban imponiendo al país y a los partidos, los cuales debían recibir del Estado su
patente de l egitimidad. Al "Ej ército cristiano¨ le correspondía, por lo tanto, la función
de tutelar la sociedad civil y el sistema político, de garanti zar la "unidad espiritual¨
de los argentinos. Hasta que no se hubiera consegui do la "purificación¨ de los
partidos, el retorno a las elecciones habría sido "prematuro¨ y "extemporáneo¨: los
partidos políticos debían "permanecer a l a espera de que se l os convoque a l a vida
activa¨, hasta que l os "argentinos apolíticos¨ que estaban conduciendo al país
consol idaran "las bases de l a normali zación institucional, moral, administrativa,
social¨.
16
De hecho, l a campaña acerca de la necesi dad de un paréntesis "apolítico¨
cuya finalidad sería reformar la "política¨, destinada a ocurrir repetidas veces en la
histori a argentina de los siguientes treinta años, produj o al poco tiempo el efecto
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deseado: la suspensión de las actividades de los partidos políticos. Un "acto de
pol icía¨ necesario, que según Criterio debía "morali zar¨ a los partidos, y lograr que
se refundaran sobre "cuerpos doctri nari os constructivos¨. Un decreto, para El
Pueblo, que respondía al "bien del país¨.
17
Un uni verso inquieto: el giro y el mundo católico
El giro nacionalista y confesional que siguió a la crisi s de octubre no sólo tuvo
efectos virtuosos para la Ìglesia; también produj o efectos indeseados. En particular,
en l a medida en que la involucró aun más a fondo en el gobierno del país, acentuó
la confli ctividad en el mundo católico. "Oficial istas¨ contra "l iberales¨, moderados
contra totalitari os, fili oal iados contra favorables a la neutralidad, defensa ante las
acusaciones de los católi cos extranj eros. Las autoridades eclesiásticas tuvieron, en
suma, no pocas dificultades para mantener cohesionadas a sus tropas, para
imponerles su autori dad. Ni entre el las reinaba unanimidad acerca de la cruzada
dirigida a imponer l a "nación catól ica¨, ni ese mito respondía para todas l as
corrientes eclesiásticas a la misma rea-lidad.
El abi erto conflicto entre los católicos "l iberales¨ y la j erarquía no naci ó por
cierto el 4 de j unio de 1943, pero no hay duda de que entonces, y aun más después
del giro de octubre, se radical i zó, especialmente porque reproduj o, en las filas
catól icas, el choque entre el gobierno y la oposición. De ell o di eron amplio
testimonio las acerbas polémicas públi cas entre Orden Cristiano, el principal órgano
catól ico "l iberal¨, y El Pueblo, el órgano ofi cioso del episcopado, ali neado el primero
con la oposición, con l a revol uci ón el segundo. En efecto, mientras que el
ostracismo hacia Orden Cristi ano prosigui ó, tanto que aun en j unio el obispo de Río
Cuarto prohibió su difusión en su propia diócesis, El Pueblo vivi ó una época de
"elevado prestigio¨, corroborada por las recurrentes recomendaci ones de vari os
obispos a leerlo y difundirlo.
18
Sin embargo, otras líneas de tensión empezaron a sumarse a ésta; aunque
menos explícitas, amenazaban con minar aun más profundamente la cohesión del
catol icismo argentino. Sobre todo, empezó aquí y al lá a manifestarse la impaciencia
de los sectores más moderados del mundo catól ico, así como de una parte de la
j erarquía, hacia las franj as más extremas, "totalitarias¨, de l a revolución de j unio.
Una impaciencia que rara vez se hi zo públi ca y que aun menos frecuentemente fue
segui da de medidas concretas, pero que sacaba a luz problemas enormes. En
efecto, ella introducía algunas dudas larvadas acerca de la prudencia del apoyo
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indiscriminado que l a Ìglesia, como insti tución, tributaba a la revolución. No sólo
ell o, sino que conducía al nudo i nextricabl e del víncul o orgánico entre el catol icismo
y el nacional ismo, que podía detectarse, por ej emplo, en el perentorio ataque de Los
Principios, el órgano del catol icismo cordobés, a Cabi ldo, la publi caci ón nacional ista
en la que solía escribir el padre Castel lani, por su presunción de representar "la voz
de la Compañía de Jesús¨ y su teori zación de la "dictadura católica¨. Pero también
se advertía, en cierta medida, en la preocupaci ón de Caggiano por el fanatismo de
algunos sectores católicos progubernamentales.
19
La más clamorosa manifestación de las tensiones que amenazaban la cohesión
del campo católico fueron l as inquietudes expresadas por monseñor De Andrea
acerca de las final idades de l a revol ución poco después de l a crisis de octubre.
Tanto, que el sermón sobre "la l ibertad frente a la autori dad¨ en el que aquéll as se
expresaban, y que hubiera debi do pronunci ar el 29 de octubre de 1943 en presencia
del presi dente Ramírez, fue censurado por las autoridades.
20
Los principios
manifestados por De Andrea, aun representando en l as intenciones una admonición
a las autoridades del Estado, no podían dej ar de herir también a l as de l a Ìgl esi a,
que ciertamente no le habían negado el i mpri matur al giro de octubre. Su
advertenci a respecto de la naturaleza contraria al Evangel io de cualquier forma de
gobi erno totalitaria, así como sobre el derecho del pueblo de participar en la
elección de sus autoridades, aun sin renegar de su origen di vino, no podía sino
interesar a amplias franj as del mundo católi co, a las que precisamente el giro de
octubre había ll evado al gobi erno. Por otra parte, l a invitaci ón dirigida al gobi erno
para que tomase el camino del regreso a la normalidad consti tucional contrastaba
con la campaña, de signo opuesto, de l a prensa católica. La el evación moral y
material de los ci udadanos, que también él reconocía como fin l egítimo de la
revolución, debía tener la final idad de la restauración, sobre bases más sanas, de
las tradici onales insti tuci ones democráticas argenti nas, y no de su trastrocamiento,
como en cambio planteaban las diversas hipótesis de "nuevo orden¨ que animaban
el campo católico. En suma, aquel disenso que había manifestado De Andrea era un
disenso surgido dentro del cauce revol ucionario. Tal como en 1930, él no condenaba
la función tutelar asumida por los militares, ni discutía la oportunidad de que el los
presidieran l a regeneración de l as viej as i nstituci ones y de sus protagonistas. Pero
precisamente por eso era aun más signifi cativo, pues demostraba que los conflictos
latentes en el mundo catól ico emergían con fuerza a medida que se iban definiendo
las final idades de la revolución.
En fin, no poca leña al fuego de este conj unto de tensiones echaron l as
acusaciones que, acerca de la actitud de la Ìglesia argentina respecto de l a
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revolución de j uni o, empezaron a l lover desde algunos ambientes católicos
extranj eros. Retomando la creciente polémica contra el autori tarismo del gobierno
militar de Buenos Aires, que agitaban las potencias democráticas para que
abandonase l a neutralidad en la guerra, se inj ertaron en los conflictos que
atravesaban al catol i cismo argentino, en el i ntento de reforzar en él las posiciones
de la corriente "l iberal¨. En ese contexto, en enero de 1944 una revi sta catól ica
uruguaya, Civismo, expresi ón de la di námica corriente l iberal y democrática que
animaba al catolicismo de ese país, relanzó la acusaci ón de "totalitari smo¨ al
gobi erno argentino, l o que suscitó la polémica reacción, en su defensa, de monseñor
Franceschi quien, pretendi endo expresar la posición doctri naria de los católicos
argentinos acerca de la revolución y de l a democracia, repitió, como si fuesen ex
cathedra, precisamente aquel las argumentaciones que encendían l a confrontación
ideológica entre los católi cos.
21
En efecto, es difícil que Franceschi convenciera a esos católicos, que
estigmatizaban el totalitarismo del gobierno, haciendo propias las declaraciones de
uno de sus líderes, el coronel Gonzál ez: era ilógica la idea misma de que fuese
totalitari o un régimen "catól ico¨ que acababa de reintroducir la enseñanza reli giosa
en l as escuel as, siendo los totalitarismos paganos por definici ón. Mucho menos
recordándoles que la Ìglesia, aun habiendo condenado severamente los modernos
totalitari smos, es decir el nazismo y el comunismo, no había hecho lo mismo con los
regímenes autoritari os, de los que había ej emplos en Brasi l, España, Portugal.
Franceschi reconocía que el catol icismo y la democracia eran perfectamente
conci li ables, pero los catól icos democráticos no podrían menos que encontrar
reducci onista su concepción de ese régi men político, en el que "de alguna manera
se da intervención al pueblo¨ en la elección de los gobernantes.
Aun alej ándose de l os nacional istas católicos a ultranza, qui enes veían en la
democracia el mal encarnado, Franceschi se alej aba también de cuantos
consideraban que la democracia no sólo podía conci liarse con el catolicismo, sino
que los catól icos debían alcanzarla porque era el mej or sistema de gobi erno. Si se
podía aceptar que la democracia era el régimen normal en una sociedad que hubiera
alcanzado un elevado nivel de desarrollo cristiano, ése no era el caso de l a
Argentina, donde la democracia había sido viciada por el l iberal ismo y el
colectivismo.
22
Sólo en el caso de ser cri stiano, por lo tanto, el democrático habría
podi do ser el régimen preferido por los católi cos. De l o contrario, el los tenían el
pleno derecho de preferir uno autoritario. De todos modos, como ya había
sancionado Pío X condenando Le Sil lon, la dignidad humana "no ti ene como
cimiento la libertad política¨. En suma, al no existir en l a Argentina ninguna tiranía
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÷concluía Franceschi ÷ y tampoco, desde el punto de vi sta catól ico, razones
doctrinarias capaces de motivar una oposición al régimen militar, los catól icos
tenían la obligaci ón de obedecerlo, evitando también de este modo desafiar la
autoridad de los obispos y la unidad de la Ìglesia.
En conclusión, bien visto, la aclaración doctrinari a de Franceschi reafirmaba,
más que reabsorbía, los contrastes que surcaban el catol icismo argentino. Sobre
todo, al pretender que la actitud política frente a la revolución fuera el reflej o de la
correcta interpretaci ón de la doctrina católi ca, postulaba que se afrontara un
problema "político¨, es decir, la oposici ón al gobierno por parte de una franj a
minoritaria de catól icos, como un problema de ortodoxia doctrinaria, es decir, de
discipl ina ecl esiástica. Pero si esto respondía a la voluntad de reconducir a la
obediencia a los "disi dentes¨, el efecto que producía era la acentuación, en el seno
de la Ìgl esi a, de las divisiones políticas e ideológicas. De el l as, precisamente en
esos meses, fue reflej o un curioso fenómeno.
Empezó entonces una sorda competencia entre las distintas áreas del mundo católico, con
excepción de la nacionalista, cuya apuesta era conseguir la legitimidad para encarnar el proyecto
de "democracia cristiana¨ en la Argentina. Tal legitimidad, según ellas consideraban, debía pasar
a través de la recuperación de una relación preferencial con el maritainismo, y de ser posible,
con el mismo Maritain. Una verdadera paradoja, a la luz de la denigración de que había sido
objeto entre los católicos argentinos el pensamiento político del filósofo francés.
23
Mucho más
considerando la escasa fe democrática de algunos sectores que se esforzaron por conseguir esa
patente de legitimidad. Pero era un fenómeno que no sorprendía, sobre todo luego del mensaje
radial pontificio de la Navidad de 1942, en el que Pío XÌÌ había enfatizado los derechos de la
persona humana, incluidos los de tomar parte en la actividad política, abolidos por el
totalitarismo.
24
Tanto que, incluso para algunos católicos argentinos, la palabra "democracia¨
empezaba a expresar la legitimidad del futuro orden político, aunque debía quedar claro que
debería ser "cristiana¨, es decir, "orgánica¨, "funcional¨, "corporativa¨. En suma, algo
completamente diferente de la democracia liberal.
Como efecto de esa tendencia, Maritain volvi ó a adquirir derecho de ciudadanía
en l a prensa católica, aunque a través de lecturas diversas. Por un lado, l os
catól icos que giraban en torno a Orden Cristiano, al gunos de l os cuales figuraban
entre sus corresponsales, y que se inspiraban explícitamente en él, desarroll ar on
sobre todo su pensamiento político. En el medio, Los Principios reproduj o sus
escritos con ci erta frecuencia. Por otro lado, El Pueblo redescubrió esencialmente
su pensamiento soci al, en una clave funcional para su batal l a por la democracia
corporativa.
25
Junto con el pensamiento social de Maritain, redescrubrieron también
el de Tristán de Athayade, cuyo verdadero nombre era Alceu Amoroso Lima, el
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célebre sociólogo y escritor brasi leño, muy próximo a Maritai n y, sobre todo, uno de
los más prestigiosos referentes de la red que l os maritainistas estaban tej i endo en
América Latina.
26
Éste, contactado por su director en el marco de un ambicioso
plan de relanzamiento del diario en una etapa afortunada de su vida, aceptó
gustosamente la perspectiva de colaborar en ese "gran órgano catól ico¨.
Cristo en l a escuela: Martínez Zuviría, mini stro de Instrucción Públ ica
Cuando el 16 de octubre de 1943 el "ul tracatólico y antisemita¨
27
Gustavo
Martínez Zuviría, que escribía con el seudónimo de Hugo Wast, j uró como ministro
de Ìnstrucción Públ ica y de Justicia, el "i ntento de instaurar un régimen nacional -
catól ico¨ asumió semblantes humanos.
28
El giro nacional ista y confesional había
hal lado un digno i ntérprete y el víncul o entre la Ìglesia y el gobierno militar se
estrechó aun más. Hasta entonces, aquéll a había representado la guía doctrinaria y
espiritual del movimiento de j unio; ahora se aprontaba a obtener la gesti ón de una
parte del Estado, y a poner finalmente en marcha, desde puestos de comando, una
política de cristiani zación de l a educación, cumpliendo un paso decisivo hacia la
edificaci ón de la "nación católica¨. La maciza oleada de dirigentes y militantes de l as
organi zaci ones catól i cas que se volcó desde entonces al sector educativo
materiali zó a los oj os de la opinión públi ca más que ni ngún otro fenómeno la
naturaleza confesional de la revol ución. Entre la rel igi ón y l a políti ca parecieron
desvanecerse todas las fronteras. La pol iti zación de la Ìglesi a se impuso como
prolongación natural y coherente de sus principi os doctrinarios.
Así lo declaró en l a ceremonia de asunci ón del cargo del nuevo Presidente del
Consej o General de Educación, que también era un destacado representante del
mundo católico: "en l a escuela debe rei nar un ambiente cristi ano¨. La total formación
de l os alumnos se lograría "baj o el signo de la más pura argentini dad¨.
29
Anti liberal ismo y cristiani zaci ón impuesta a la fuerza: ésas i ban a ser las líneas
rectoras del ministeri o de Martínez Zuviría. Fij adas tales bases, lo primero que hi zo
fue afrontar la espinosa cuestión universitaria, a propósito de la cual garanti zó
inmediatamente que no i ncurriría en las concesiones y l os compromisos en que
había incurri do el general Anaya. Esto fue l o que dio a entender ya al día siguiente
de su asunci ón del cargo, reaccionando duramente frente al documento con el que
un grupo de prestigiosas personali dades universitarias habían reivindicado una
política de leal panamericanismo y de fidel idad a la democracia. Se trataba de
"antiargentinos¨, siervos de la i zqui erda. Como tales, para Castex, Houssay,
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Palacios, Del Mazo y otros, todos exponentes descol lantes de la cultura l aica
argentina, ya no habría lugar en l a universi dad argenti na.
30
Reci bido por el cardenal Copel lo el 25 de octubre de 1943, en pocos días
Martínez Zuviría i ntervino las universidades del país, incluida la de Buenos Aires, a
la cual la revolución había evitado intervenir hasta entonces. De allí en poco tiempo,
suprimió la Federaci ón Universitaria Argentina, que reunía a los estudi antes de
i zquierda.
31
Todos los nuevos interventores estaban, de un modo u otro,
íntimamente relacionados con la Ìglesia: Casares, el gran mentor de los Cursos de
Cultura Catól ica, fue nombrado para la Universi dad de Buenos Aires; R. Etcheverry
Boneo y Novi llo Saravia, ambos dirigentes de la Acción Catól ica, para las
universidades del Litoral y Córdoba; en cuanto a Pithod, que también provenía de la
Acción Católica, fue confirmado en la conducción de l a Universidad de Cuyo; en La
Plata se nombró a Labougle, un católico nacional ista, y lo mismo en Tucumán,
adonde fue Santiago de Estrada. A su vez, los interventores nombraron a los nuevos
decanos de las distintas facultades, tomándolos una vez más de las filas católicas.
En resumen: pocos días después de asumir Martínez Zuviría como ministro, la
universidad argentina cambió de cara, tomando, aparentemente sin más obstáculos,
el camino de la restauración cristiana, como se evidenció por el cl ima de fervor, casi
como si abriera una etapa nueva y luminosa, que dominó la ceremonia de asunción
de las nuevas autoridades en l a universidad de Buenos Aires.
Fue una ceremonia emblemática, en la que encontraba su expresión simbólica
el largo camino recorrido por el catol ici smo argentino, al pasar de la subalternidad
cultural padeci da en el pasado, al control directo de la más alta sede educativa. En
el fondo, fue una ceremonia hasta familiar. Las nuevas autoridades tenían una
histori a y un mito en común: la hi storia del renacimiento catól ico argentino de los
años '30, y el mito de l a "nación católica¨. Por otra parte, todos quienes fueron
nombrados eran hombres de la Ìglesia, di rigentes, militantes, i ntelectuales de sus
organi zaci ones. En particular, era como si una parte de los Cursos de Cultura
Catól ica hubiera efectuado una metamorfosis, deviniendo, de instituci ón eclesial,
institución del Estado. Fundadores, diri gentes y animadores de l os Cursos habían
sido tanto el interventor Casares como su delegado en l a Facultad de Derecho y
Ciencias Soci al es, Atil io Del l' Oro Maini . Por sus aulas había pasado Carlos
Obl igado, i nterventor de la Facultad de Filosofía y Letras. Y del mismo ambiente
provenían los demás delegados del interventor, exponentes, en su mayoría, de
prolíficas familias de militantes catól icos, como eran los Etcheverry Boneo, los
Ayerza, los Si lveyra.
32
Ese origen se refl ej aba en l a inspiraci ón del nuevo curso de
las cosas, que anunciaba una radi cal refundaci ón en el senti do confesional de las
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bases filosóficas de la enseñanza, así como la imposición de l a primacía de la
metafísica. Como afirmó Casares, en efecto, "la formación de esta casa ha de
procurar el discernimiento ci erto del derecho de cada uno¨. Ahora bien, "el principio
de ese derecho está en l a ley; pero por encima de l a ley positiva en la l ey natural, y
por sobre ésta en la eterna y divina. No otra cosa qui ere deci r la apelación de la
Constitución, que l lama a Dios fuente de toda justici a¨. A su vez, ese fundamento
filosófico debería irradi arse de la universi dad a todos los demás ámbitos de la vida
nacional, tanto que la facultad de Derecho estaba ll amada a "ser rectora¨ de la "vida
política y social¨, y a reconducir la "ley humana¨ a "su esencial suj eción a esos
principi os que la trascienden¨, vale decir, a la ley de Di os.
33
Al surgir con estos auspicios, el nuevo curso de la política uni versitaria recibi ó
entusiasta acogida en las filas catól icas, tanto en la Capital como en las provincias
del i nterior.
34
La prensa catól ica se confi guró inmediatamente como su más tenaz
sostenedora, ya sea avalando las brutales purgas impulsadas por los nuevos
interventores, ya combatiendo las resistencias que el las suscitaban, ya denunciando
las indecisiones en su actuación.
35
Estas "actitudes de tolerancia¨ ÷escri bi ó El
Pueblo÷ "chocan hoy con l os deseos patrióticamente proclamados por el superior
gobi erno de la naci ón de recuperar l as universidades del país para el hondo
movimiento de argentini dad i niciado el 4 de j unio¨. Dado que tal "recuperación¨
debería ser "integral¨, todos los docentes ateos y contrarios a l a Ìglesia debían ser
expulsados. La misión de los interventores era, pues, profunda y purificadora: "l a de
restaurar el pensamiento universitario y recobrarlo para Di os, la Patria y la
argentinidad en hombres, programas, planes, organi zación estatutaria y superiores
finalidades académicas desde las de estudio hasta las de i nvestigación¨. Estas
razones hacían que fuera una "satisfacción honrosa¨, "la que nos ha dado el
superior gobi erno nacido de la Revolución al entregar a hombres de nuestro campo
esta labor¨. "Ahora el timón está en nuestras manos¨ escribió complacido Luis
Gorosito Heredia en Criterio: "Se han convertido en reali dad l os dos símbolos de
máximo respeto: la cruz y la espada¨. Para Los Pri nci pios, que pensaba del mismo
modo, debía considerarse como una "indi scutible necesidad nacional¨, fundada en
los "fallos de la Corte Suprema¨, la expul sión de todos l os docentes que profesaran
"ideas contrari as al orden social¨.
36
Tanto más cuando también en Córdoba, el
interventor Novil lo Saravia, que había sido director y colaborador del diario catól ico
local, se había rodeado, por esa necesidad, de colaboradores tomados de la Acci ón
Catól ica. El fenómeno pronto se extendió al Consej o Provi nci al de Educación, cuyos
miembros, se regocij ó la revista del arzobispado de Córdoba, eran "catól icos todos
militantes y de conoci da actuaci ón¨.
37
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Por lo tanto, fue explícito que la Revolución había entregado a la Ìglesi a la
política educativa. A su vez, ya sea por su impronta estrechamente confesional, ya
sea por l as dificultades para dobl egar a un ambiente en el que l a tradición del
pensamiento liberal y racionali sta era sól i da, ell a adoptó también explícitamente un
carácter acentuadamente autoritario, que causó lacerantes conflictos y sembró
profundos resentimientos. Así ocurri ó, por ej emplo, cuando Casares se dirigi ó a los
nuevos egresados del Col egi o Nacional y, además de invocar l a subordinación de la
nación a la "suprema soberanía¨ de Dios y de su ley, pretendi ó también l a
obediencia a la "autoridad¨, que por derecho reina sobre toda "comunidad
organi zada¨. El "heroísmo auténtico ÷añadi ó÷ es el triunfo de una
subordi nación¨.
38
Esta actitud, que suscitó la protesta de los estudiantes, así como
la suspensi ón de muchos cursos a causa del estado de agitaci ón en las facultades,
determinó análogas consecuenci as en Córdoba,
39
donde sin embargo los conflictos
no impidieron la celebraci ón, en nombre del nuevo curso educativo, de la Patrona de
la Universi dad.
40
Era un evento significativo, y nada aislado, que ilustraba hasta
qué punto la batal la por l a reconquista de la simbología y de los ritos de la vi da
escolar era un elemento que caracteri zaba el giro confesional. Se trataba de un
pasaj e determinante para quitar de raíz l a profunda impronta laica de la escuel a
argentina, al que se sumaron otros, como el decreto con el que el coronel Adi net,
presidente del Consej o Provincial de Educación de Córdoba, impuso que en las
aulas escolares se reintroduj era el crucifi j o. Fue el primero de una larga serie de
anál ogos decretos, emanados en todo el país, e i nmediatamente reci bido con el
aplauso de l os dos obispos de la provincia.
41
A la misma fenomenología debían remitirse también otros importantes actos,
como el j uramento, formulado por un grupo de egresados de la Facultad de Derecho
ante el cardenal Copel lo, de ej ercer la abogacía inspirándose en l os pri nci pios
cristianos.
42
Se trataba de un episodio en absol uto marginal , sobre todo porque
había si do patrocinado por el Primado de la Ìglesia Argentina, desde el momento en
que revel aba la impermeabilidad de gran parte de la cultura católi ca a la concepción
lai ca del Estado, aparte de la profundidad de su matriz teocrática. En efecto, ese
j uramento anticipaba lo que teori zaría expresamente Tomás D. Casares pocos días
más tarde, al asumir la conducción de la universidad de Buenos Aires: la obedi encia
a las leyes del Estado, para un catól ico, debía entenderse como subordinada a su
fidelidad a la ley divi na. Para aquellos futuros funcionarios del sistema j udicial ÷en
otros términos÷ la ley de Dios debería ser la unidad de medida de la legitimidad de
las l eyes del Estado.
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112
La oleada represiva que sufrieron l as uni versidades luego del giro confesional,
así como la conclusi ón del año académico, determinaron que a fines de 1943 los
numerosos focos de revuelta contra el nuevo curso se fueran apagando uno tras
otro.
43
Pero no definitivamente. En todo caso, cuando l a protesta se encendiera
nuevamente, no era difícil prever que se dirigiría contra el carácter autoritario y
confesional de la política uni versitaria. La Ìglesia no iba a poder evitar acabar en su
mira.
La enseñanza rel igiosa en las escuel as públicas
"Aquí está el dedo de Dios¨, declamaba una inscripción que Martínez Zuviría
conservó al lado de su lapicera con la que, el 31 de diciembre de 1943,
precisamente mientras otro decreto disol vía a los parti dos políticos, firmó el que
disponía el triunfal retorno de la enseñanza reli giosa en las escuel as públicas.
44
Una medida epocal. Ya sea en sí misma, desde el momento en que coronaba la más
reiterada reivindicaci ón de la Ìglesia argentina, ya sea por la valencia simbólica que
comportaba, dado que la antigua diatri ba i deol ógica que la había precedido actuaba
como frontera ideal entre el pasado laico y el futuro catól ico de la nación. Lej os de
ser una medida instrumental, adoptada "en frío¨ por un gobierno mi litar en busca del
apoyo ecl esi ástico, como no pocos autores sostuvieron,
45
ella alcanzó su punto de
madurez l uego de un largo proceso y fue l a desembocadura coherente del giro
nacional ista y confesional de octubre de 1943. El emento cardinal del mito de la
"nación catól ica¨, la enseñanza reli gi osa no podía dej ar de serlo también de l a
misma ideología revolucionaria. ¿Acaso no habían lamentado los revolucionarios, ya
desde el 4 de j uni o, el "alej amiento de la escuel a de Cristo¨? Por lo tanto, el
"retorno de Cristo a l as escuelas¨ era el símbolo y la sustancia, al mismo tiempo, de
la "regeneración argentini sta¨.
Por cierto, no faltaron entre los católicos, por entonces pero sobre todo
después, algunas protestas contra el carácter autoritario de dicha medida que,
introducida por decreto por un gobi erno de facto, transformaba una antigua
reivi ndi caci ón, perseguible por la vía democrática y mediante el consenso, en una
imposición. Pero éstas fueron marginales, a menudo titubeantes, y en general se
limitaron, una vez más, al reducido grupo de los catól icos "l iberales¨. Mi entras tanto,
en torno de el los el mundo catól ico y del episcopado ÷para l os cuales la legitimidad
del gobierno militar, al ser aval ada por l a Corte Suprema y por su catolicidad, no
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113
estaba cuestionada÷ levantaban un coro j ubi loso y celebraban la apoteosis del
triunfo.
Al mismo tiempo, el clima político e ideol ógico en el que cayó esa medida era
tal que hacía inverosímil la imagen de una Ìglesia sorprendida por el decreto e
imposibi litada de sustraerse a las insidias que conl levaba el abrazo por parte del
gobi erno.
46
Ese gobi erno al que el la exigía obediencia, estaba repleto de catól icos.
Que estuvi ese o no preparada para admini strar la pesada tarea de planificar y poner
en marcha el mecani smo de la enseñanza rel igi osa en las escuelas públ icas, como
pretende una versión ampliamente difundida, no podía imputarse al desconcierto
causado por el decreto, sino más bien a la dificultad obj etiva de la tarea, para la
cual hacía ti empo que se estaba preparando y que l levó a tér-mino.
En realidad, a j uzgar por la ideología revol ucionaria, por el perfil de los hombres
que habían obtenido la gesti ón de la políti ca escolar, por su vínculo orgánico con el
Ej ército, no es demasiado provocati vo afirmar que, en cierto sentido, fue la propia
Ìglesia quien decretó la restauración de la enseñanza reli giosa. Como en el caso de
numerosas otras medidas adoptadas durante esos meses por el gobierno militar,
ésta fue decretada j usto mientras llegaba a su culminación y como respuesta a su
explícita invocaci ón, una insistente campaña de la prensa católi ca. La campaña, por
sus tonos y conteni dos, más que diri gi da a ej ercer presión sobre el gobierno,
pareció movida por l a intenci ón de preparar a l a opinión públ i ca para una medida
que el la i ntuía como inminente, y que se convertiría en oficial recién al finali zar el
año escolar. "La hora histórica ÷proclamó El Pueblo desde comienzos de
diciembre÷ para devolver al puebl o argentino la escuela rel igi osa en todas sus
etapas ha l legado¨. No se puede "dej arlo para mañana¨ advirtió Los Principios el día
antes del decreto: "es indispensable dej ar implantado para toda la Repúbl ica el
principi o i nicial de la revolución de j unio, el retorno de Cristo a la escuela
argentina¨.
47
Al mismo tiempo, esa medida debería preludiar una cristi ani zación
profunda e integral de la escuel a argenti na. No bastaba con que Cristo volviera a
ell a: "urge su completa entroni zación¨.
48
Al ser la rel igi ón católica l a rel igión oficial
del Estado ÷razonaba El Puebl o proponiendo una revisión confesional de la
Constitución muy en boga en sus pági nas÷, su enseñanza debía considerarse una
unidad con la instrucción cívi ca, de la que era "el capítulo bási co y principal¨. Pero
si así estaban las cosas, todo argentino que i gnorara la doctrina del catolicismo
habría pecado de inadmisibles deficiencias "en asuntos elementales de su
instrucci ón en materia constitucional y ci udadana¨. Por esta razón lógica, debería
enseñarse también a los estudiantes de otras confesiones aunque hubieran optado
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por ser exonerados de cursar la materia y frecuentaran las clases de i nstrucción
cívica. Así lo requería su formación de ciudadanos argenti nos.
49
Por l o tanto, estaba bien fundamentado el título con el que el diario católico de
Buenos Aires recibió, el 1º de enero de 1944, el decreto del ministro Martínez
Zuviría: "La sostenida campaña de El Pueblo ha tri unfado¨. No menos j ustificado era
que lo celebrase como "un caluroso triunfo personal¨, por el cual estaba recibiendo,
durante esos días, i nnumerables felicitaciones.
50
Por otra parte, los fundamentos
del decreto en cuestión, firmado por el presidente Ramírez y por todos sus
ministros, no dej aban dudas acerca de su filiación intelectual : se trataba de una
summa de la cultura naci onal católica que penet raba l a Ìglesi a argentina,
51
empezando con su reivi ndi caci ón de haber restaurado, j unto con la enseñanza
religiosa, el espíritu mismo de la Constitución, rescatándolo de la adulteración que
le habían infligido en el pasado las doctri nas extrañas a la ident idad nacional. De
esto se seguía que habría sido absurdo, e incluso anticonstitucional, sancionar
leyes que contrariaran el carácter confesional del Estado, y que sólo el retorno de la
religión católica en l as escuelas reconstituiría l os víncul os de la unidad nacional ,
restaurando aquel tej i do de la "nación catól ica¨ que l a escuel a l aica destruía día tras
día.
Las reacciones de l a Ìglesi a y de las publicaciones catól icas no fueron, por lo
tanto, reticentes, sino todo lo contrari o. Más bi en, tuvieron connot aciones, casi en
igual medida, de triunfalismo y de espíritu de revancha. Estos sentimientos eran
expresados más o menos en los mismos términos empleados por el gobierno para
j ustificar el decreto. Por cierto, ninguna reacción dej ó filtrar temor alguno acerca de
eventuales instrumentaciones con fines políticos. "Ayer ÷comentó El Pueblo al día
siguiente del decreto÷ ha quedado aboli do el lai cismo escolar¨. "Es el ídolo
carcomido cubierto de gusanos que yace por los suelos¨, glosó F. S. Tessi en
Criterio.
52
La Comisión Permanente del Episcopado se apresuró a agradecer al
presidente Ramírez por haber de ese modo "recuperado para la Patria l a
inmortalidad de sus grandes destinos¨ y echado las bases para la unidad espiritual
del país.
53
Obispos, sacerdotes, laicos de la Acci ón Católi ca y de otras
organi zaci ones ecl esial es de todo el país cubri eron al gobierno de enfáticos
mensaj es de aplauso. El decreto sobre la enseñanza religiosa, escribió el obispo de
La Rioj a, "repara un error de sesenta años¨;
54
para l a Acción Catól ica de Córdoba
el decreto reflej aba el espíritu de la Constitución y permitía "modelar a los futuros
ciudadanos dentro del plan integral de Dios y Patri a¨;
55
en forma análoga, insisti ó la
revista diocesana de San Juan sobre l a reparación del espírit u catól ico de la
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Constitución de 1853.
56
Más articul ada fue la reacci ón de la publ icación mensual
j esuita Estudios, para la cual l a restauración de la enseñanza religiosa sanci onaba
la decli naci ón de l a cl ase burguesa-li beral, culpable de haber inoculado en el país el
germen antirreligioso, adverso a las tradici ones naci onales. Por el contrario, el
decreto del gobierno representaba un paso decisivo hacia la reunión de la Argenti na
con su pasado hispano, una etapa fundamental de la reconci l i ación entre el Estado
y la nación. Su condi ción era que la reli gi ón no se convirtiera en una materia más
entre las otras: borrado todo rastro de li berali smo en los programas escolares, ell a
debería convertirse en "norma inspiratri z de toda la l abor educativa argentina¨.
57
Movido por los mismos principios, El Pueblo preanunció, en vistas del nuevo
año lectivo, una campaña nacional "de adhesi ón a la pol ítica educati va del
gobi erno¨. Ésta habría debi do adoptar una "concepci ón i ntegral ¨, es decir, capaz de
abarcar tanto los programas y las disti ntas materias como el cuerpo docente. Para
el diario catól ico, el espíritu que había presidido l a restauraci ón de l a enseñanza
religiosa hacía "imposible l a existencia del profesor antirreligioso, ateo, anticatólico,
masón y, en general, de todos l os docentes que por su formación filosófica o política
son opuestos a l a enseñanza de la religión¨.
58
La posici ón preanunci aba las
inminentes purgas en el cuerpo docente.
Como siempre, los argumentos dispersos con los que el mundo catól ico reci bi ó
el decreto encontraron una síntesi s en uno de los influyentes editori al es de
monseñor Franceschi en Criterio,
59
donde no hubo espacio para la duda acerca de
la bondad, o la oportunidad, de aquel la medida. El texto representaba la más
explícita reivi ndicaci ón de las razones del decreto y, más en general, del curso
confesional que había tomado la revoluci ón. También él, al tributar su explícito
apoyo a la medida de gobierno, enfati zó su consonancia con el espíritu primigenio
de la Constituci ón argentina. Por cierto, Franceschi no ll egó hasta el punto de negar
que los constituyentes de 1853 profesaban una suerte de catol icismo "liberal¨, pero
adj udicaba tal accidente al clima cultural de aquel la época. En todo caso, lo que
ell os no habían tenido en mente, pero que en cambio se afirmó sucesivamente por
efecto de la influenci a de un liberal ismo "nada autóctono¨, era l a conformación de un
Estado ateo. Vi sto desde tal perspectiva, el sistema educativo laico era
sustanci almente totalitario, al estar fundado en ideologías arti ficiales, importadas,
impuestas. A la inversa, el nuevo sistema no lo era, desde el momento en que
reflej aba la verdadera tradición del puebl o argentino. Pero si l a escuela laica había
sido la expresión de un Estado ateo, empeñado en descristiani zar a l a naci ón, era
del todo natural que el Estado cristiano se preocupara por formar ciudadanos
cristianos. Esta consi deración dej aba pocas dudas sobre la función eminentemente
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cristiani zadora que Franceschi y la Ìglesia argentina asignaban al gobierno militar.
Por cierto, él estaba bien i nformado acerca de cómo un decreto análogo, emitido por
el gobierno fascista en Ìtalia, había dado resultados insatisfactorios para la Ìglesia.
Pero esto no lo perturbaba. En Ìtal ia, el resultado no había sido el esper ado porque
el régimen fascista había suprimido las organi zaciones j uveni les catól icas,
depositarias de una i mportante función formativa. En la Argenti na, en cambio, sería
la misma Ìglesia qui en control ara directamente la enseñanza de la reli gión. Tanto,
que la Direcci ón General de Ìnstrucción Rel igi osa, es decir, el organismo
responsable de organi zarla baj o l a supervisión de l a j erarquía ecl esi ástica, se
confiaría muy pronto a un "sacerdote distinguidísimo¨.
60
No cabían dudas acerca de que las ideas que i nspirarían a l a Direcci ón General
de Ìnstrucción Rel igiosa iban a estar en perfecta sintonía con la orientación i deal de
las autoridades ecl esiásticas, como se desprendía de l os conceptos contenidos en
un breve panfleto escrito precisamente entonces por el padre García de Loydi, que
pronto sería nombrado alto funcionari o.
61
El escrito, al ilustrar de manera
doctrinaria l as razones sobre l as que l os católi cos fundamentaban la restauración de
la enseñanza de la reli gi ón, remitía a los ej es cardinales que regían el mito de la
"nación catól ica¨: desde la identificación entre "argentinidad¨ y "catolicismo¨, a la
concepción de catol i cismo como baluarte de la independenci a y de la soberanía
nacional es, a la rel ectura confesional de la Constitución.
Lej os de responder a una óptica instrumental, el decreto sobre la enseñanza
religiosa era un acto coherente de un gobierno fundado en una ideol ogía nacional
catól ica que contemplaba la edificaci ón de un Estado confesional y l a
cristiani zación, además de sus instituciones, de la sociedad toda. El proceso no
podía dej ar de formar parte, asimismo, de la el evación de la Ìglesia a condiciones
de privi legio. Tanto que, como efecto del decreto, l a Ìglesia reconquistaba "la
posición donde quísose ayer desplazarl a¨.
62
No es casual que los obispos no se limitaran a felicitarse indivi dualmente con el
gobi eno, sino que consideraran necesario hacerlo también a través del instrumento
más oficial y de más alto valor simbólico del que disponían: la carta pastoral
colectiva, firmada por todos los miembros del Episcopado.
63
En el la, el decreto era
acogi do como un "feli z y trascendental acontecimiento¨, por el cual el presidente
Ramírez merecía el "reconocimiento más profundo¨, en nombre no sólo de la Ìgl esi a,
sino también de "nuestro pueblo catól ico¨. Esta medida, por otra parte ÷añadían los
obispos÷ daba final mente respuesta positiva a la l arga campaña conducida por la
Ìglesia en favor de la educación católica. De ese modo, el gobierno no había
concedido una regalía a la Ìglesia, si no que más bien había restaurado su derecho
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divino de educar, tanto más necesario en l a Argentina, desde el momento en que la
escuel a, "si no fuese cristiana en un país católico, sería destructiva¨. Con el lo,
escribieron los obispos, reconociendo el triunfo de l a "nación catól ica¨, el gobierno
había recompuesto la fidelidad del país hacia sí mismo y "su tradición catól ica¨, y
robustecido la unidad espiritual de la nación "vinculando armónicamente su presente
y su pasado¨.
Por otra parte, el Episcopado no se l imitó a agradecer al gobi erno. En el
momento de la publ i cación de la carta pastoral, l a Comisión Permanente, formada
por el cardenal Copel lo y los arzobispos del país, ya hacía tiempo que había puesto
en marcha los complej os preparativos necesarios a fin de que l a maquinaria de l a
enseñanza religiosa estuviese l ista al comenzar el nuevo año lecti vo. Por cierto, el
gobi erno aún no había hecho públ ica la reglamentación de la enseñanza de la nueva
materia, pero tal como lo revelan las comunicaciones intercambiadas a tal fin entre
la Comisión Permanente y l os obispos, esto no impedía que las autoridades de la
Ìglesia conocieran por antici pado sus líneas conductoras. La redacci ón de l a
reglamentación se efectuaba baj o su supervisi ón: era natural, dado que la nueva
materia había si do encomendada a la gestión de la Ìglesia, como precisamente en
esos días se congratulaba monseñor Franceschi. En real idad, como esquema
organi zativo i nicial l as j erarquías ecl esi ásticas preveían que en las escuel as
primarias fueran las mismas maestras, en la medida de lo posibl e y con el previo
consenso episcopal, quienes impartieran l a enseñanza de la rel igión. En las
escuel as secundarias, en cambio, contaban con lograr que l o hicieran l os mismos
sacerdotes. En todo caso, era necesario que el ministerio de Ìnstrucción i nformara a
los directores de las escuel as que los párrocos serían delegados para control ar la
enseñanza de la reli gi ón y que podrían vi sitar las clases toda vez que l o
consideraran oportuno.
64
En general, la restauración de la enseñanza de la rel igi ón y la radical purga que
sufrió el sistema escolar y uni versitari o argentino fueron los aspectos más
resonantes de una política educativa íntegramente confesional . A través de ella, de
un modo al mismo tiempo autoritario y veleidoso, l os catól icos a cargo del ministeri o
de Ìnstrucción Pública esperaron revoluci onar, a golpe de decretos, todo el sistema
educativo y cultural, sus estructuras, sus valores, sus hombres, transformando con
celo sus antiguas rei vindicaciones en otras tantas disposiciones legales. Comenzó
por la supresi ón de la enseñanza mixta.
65
Prosiguió con la revalori zación de las
"tradiciones patrias¨, dirigida a rescatar las raíces catól icas de la nacional idad, de
las que fueron emblema la creación del Ìnstituto Naci onal de Tradici ón, baj o la
dirección de Juan Alfonso Carri zo, y la introducción de l a celebración, en las
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escuel as argentinas, del Día de la Tradici ón.
66
Fi nal i zó con medidas que elevaban
la j erarquía de los institutos educativos dirigidos por militares, por ej emplo,
permitiendo que los estudiantes egresados del Li ceo Mi litar accedi eran a l a
universidad sin tener que pasar por ningún examen, coherentemente con una
consol idada posición catól ica, que señalaba en las escuelas mili tares y religiosas un
modelo a imitar.
67
En síntesis, l a escuela argenti na, concebida a la manera de una enorme
parroqui a, fue sometida a una radical terapia confesional, que implicó una dosi s
creciente de represión y autoritarismo, en parte prevista y planificada, pero sobre
todo determinada por el hecho de que, contrariamente a cuanto pretendía el mito de
la "nación católica¨, las corrientes i deológi cas e intelectuales extrañas al catolicismo
no eran meras protuberancias posti zas insertadas sobre l as sanas tradiciones
nacional es. Al contrario, el pensamiento laico, l iberal y social i sta tenía profundas
raíces en el sistema educativo argenti no. Su extirpación, a l o que se abocaron con
espíritu de cruzada l a Ìglesi a y el gobierno militar, iba a ser por lo tanto más difícil
de lo previsto.
La Iglesia y el comienzo de la era de Perón
Dadas las profundas y evidentes coincidencias entre la doctrina social de la
Ìglesia y el peronismo, una deuda, por otra parte, reconocida por el mismo Perón, es
curioso cómo los estudios sobre sus i nspiraciones ideales hayan por l o general
descui dado el efecto que, sobre su formación cultural y políti ca, tuvo la profunda
penetraci ón del catol i cismo social entre los militares argentinos a lo largo de todo el
decenio que precedi ó a la revolución de j unio.
68
Al mismo tiempo, se le dedicó
también insufici ente atención a una circunstancia obj etiva: l a l legada de Perón a la
cúspide de la políti ca social del gobierno militar, con el consecuente inicio de un
incisivo ci clo de reformas, fue posible en el marco del giro naci onal ista y confesional
de octubre de 1943. Fue, en suma, su consecuencia directa. En este sentido, a la
luz de l as crónicas crisis que el gobierno militar siguió enfrentando, a menudo se ha
considerado que se debían a la irremediable feudal i zación del régimen, que luego
de octubre se vería privado de toda coherencia interna, pues estaba dividido en
facciones i ncompatibles entre sí: los nacional istas en los asuntos i nternos, l os
clerical es en la educación, Perón al frente de la política social. Si n embargo, como
lo demostraba la sumaria ideología del GOU, esas facciones no eran totalmente
extrañas una de la otra. Por lo menos provenían de una cepa común. A lo sumo,
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estaban en conflicto con l a i nterpretación y l a modalidad de reali zaci ón de un mito
compartido, el de la "nación católica¨. No es casual que sus conflictos aumentaran
de manera exponenci al precisamente a partir de entonces. En efecto, fue a partir de
octubre que la "el iminación de los últimos moderados¨
69
y el triunfo del GOU
permitieron por primera vez la actuación de una política que transformara ese mito
en real idad.
Desde esta perspecti va, las raíces del giro impreso por Perón a la política social
también penetraban profundamente en el mismo proceso de restauraci ón de la
"nación catól ica¨, que en otros campos se manifestaba con la supresión de los
partidos políticos y l a represión del comunismo, o bien con l a confesionali zaci ón
forzada de l a escuela pública. Así se enmarcó ese giro y así se lo perci bi ó.
Resuelto, o casi resuelto, el problema escolar ÷escribía Los Principi os en diciembre
de 1943, al día siguiente de l a creación de la Secretaría de Trabaj o y Previsi ón÷ l e
tocaba el turno a la cuestión social.
70
El diario catól ico de l a Capital, que contaba entre sus colaboradores a muchos
de los más prestigiosos exponentes del catol icismo "populista¨, como el padre Di
Pasquo, el capel lán Wilkinson, R. J. Bonamino y muchos más, no dudó un instante
en tributar su entusiasta apoyo a Perón desde el momento mismo de su
nombramiento, en octubre de 1943, a cargo del Departamento Naci onal del Trabaj o.
El apoyo fue ampliamente corroborado por los conceptos que el coronel había
expresado en el di scurso programático de su investidura, en l os cuales El Puebl o
había reconocido una "certera y sorprendente visión¨.
71
¿Qué otra cosa presagiaba
su proclamada intención de "atraer, aglutinar, ordenar, nacional i zar
argentini zándolo¨ al sindicalismo argentino, que hasta entonces había estado
dominado por ideologías extrañas a la tradici ón nacional, sino l a transformación de
los ideal es nacionales y corporativos de l os católicos en un concreto programa de
gobi erno? Esto valía igualmente para su obj etivo de fundar el sindical ismo
"argentini zado¨ sobre la base del sano "concepto de su j erarquía funcional dentro
del Estado, no frente ni al margen del mismo¨. Por lo tanto, de "conj ugarlo con los
demás intereses igualmente legítimos que integran l a total i dad de la economía
nacional, pero sin supeditarlo a dichos intereses ni tampoco desconociéndolos, sino
en j usta, racional y patriótica armonía con el los¨. En esto consistía "el programa
orientador¨ con el cual Perón reconocía por primera vez en la Argentina la función
del trabaj o organi zado en un Estado moderno, indicando a los sindi catos el camino
para "incorporarse como factor de la revolución en marcha¨.
Había una sorprendente anal ogía entre la doctrina comúnmente expresada por
el catol icismo "populi sta¨ y aquell a que acababa de ilustrar Perón, especialmente a
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120
propósito de l a solución del conflicto entre capital y trabaj o. La solución debería
fundarse, por un lado, en potenciar el rol de árbitro del Estado, para lo que se
crearían un ministerio específico y tri bunales de trabaj o dotados de amplia
j urisdicción. Por otro lado, en la organi zación paralela del trabaj o y del capital,
sobre la base del respeto, por parte de ambos, de su específica función en el
organismo social, así como de las finali dades comunes: el progreso económico de la
nación, la colaboraci ón entre las clases. Todo esto, dentro de l os límites de un sano
patriotismo. Esta afirmación contemplaba la exclusión de las ideologías de
derivación marxista que dominaban el sindicalismo argenti no. Precisamente el
hecho de invocar este equil ibri o, apuntalado por l as seguridades que Perón había
brindado a l os capitali stas argenti nos sobre la naturaleza de su política soci al,
prometía asegurarle un amplio sostén en el mundo catól ico. Muy pronto l o di eron a
conocer no sólo El Puebl o, sino también los catól icos nacional i stas de Cabil do, así
como Los Principios que, aunque fuera el vocero de la corriente católica más
próxima a los intereses del capital y de las clases medias, recibió con agrado la
"sana políti ca obrerista¨ puesta en marcha por el gobierno.
72
El Pueblo, en particul ar, no se limitó a expresar un articulado el ogio de la nueva
orientación de la política soci al, sino que se afanó a fin de que la misma se
consol idara y reforzara, obteniendo, como ya había ocurri do en otros casos, notable
éxito: contemporáneamente con su explí cito pedido de que se reconociera j erarquía
ministerial a la funci ón desarrol lada por Perón, en virtud de su "programa de amplia
proyecci ón soci al¨, surgió de l as ceni zas del vi ej o Departamento Nacional del
Trabaj o la flamante y pronto célebre Secretaría de Trabaj o y Previsi ón. La creación
del organismo fue recibida con gran énfasis por la prensa católi ca, que no dej ó
pasar esa ocasión de renovar la invocación a la armonía entre las clases y al mito
de la sociedad armónica de las corporaciones medievales.
73
Más aún considerando
que, como había ocurrido poco antes con la ley que rei ntroducía la enseñanza
religiosa en l as escuelas públi cas, los fundamentos del decreto de creación de la
Secretaría estaban i mpregnados de evocaciones al pensamiento social catól i co, así
como de referencias al mito de la "naci ón católica¨: de la finali dad de una "mej or
armonía entre las fuerzas productivas¨ a la de "fortalecer l a uni dad naci onal¨ a
través de una "mayor j usticia social y distributiva¨ que asegurase l a "suprema
dignidad del trabaj o¨, a la de conseguir por tal vía "una pacífica convivencia dentro
de los principi os cristianos que i nforman nuestra tradición histórica¨. Todo ello "tendiendo a
la consecución del bien común¨ y al "fortalecimiento de la familia argentina¨.
74
Estas referencias al pensamiento social católi co encontraron su cauce concreto
en muchas de las más importantes medidas sociales adoptadas por Perón durante
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121
los primeros meses transcurridos a la cabeza de la Secretaría, empezando por
aquella que, recogi endo la sol icitud diri gida al gobierno por los hombres de la
Acción Catól ica, extendió l a introducción del salario familiar a todas las
repartici ones públ icas dependientes del gobierno federal.
75
La medida fue seguida
por otras análogas en numerosas provinci as.
76
Prosiguió con otros importantes
decretos, que recibieron el i nmediato aplauso católico, como aquell os que
establecían el impuesto a l as gananci as extraordi nari as y la introducción del
contrato colectivo de trabaj o.
77
A fines de ese año, estas circunstancias motivaron un cl ima eufórico en las filas
catól icas. Finalmente, afirmó el vicario general del Ej érci to en un discurso
radiofónico, la nueva Argentina resurgida el 4 de j unio había tomado el camino hacia
una "vida nueva de j usticia social¨. Ésta impli caría una redistribución de la riqueza a
favor de los obreros, "los fautores primeros de nuestra riqueza¨, y de los
trabaj adores de la ti erra.
78
En análogo sentido se expresó monseñor Franceschi ,
quien subrayó l a urgencia de subordinar la producción y el comercio a l as
necesi dades del consumo.
79
Hasta las voces manifiestamente conservadoras se
complacieron por la sustancial fidel idad a l os principios de la encícl ica Rerum
Novarum de la política social puesta en marcha por Perón.
80
A l a i nversa, l a
decl inación y l a marginal idad se perfilaban como el destino de las cada vez más
escasas posiciones, en el campo católico, de quienes habían crecido en la escuel a
de un catol icismo rigurosamente apegado a la i nmovil idad de l as j erarquías
sociales. Ése era el caso de Lui s Barrantes Mol ina, el viej o columnista de El Pueblo,
destinado a una inminente j ubi lación.
81
Entre el si ndi cato úni co y el sindical ismo confesional
El idil io, en el plano de la política social, que se dio entre el catolicismo
argentino y el coronel Perón, tuvo desde su comienzo algunas zonas de sombra. En
particular, el principal nudo de conflicto que se perfilaba en el horizonte tenía que
ver con la natural eza de las organi zaciones sindicales, una vez establ eci do que
ell as iban a ser "argentini zadas¨. Ya el 21 de diciembre de 1943 monseñor Caggiano
hi zo sonar, en este sentido, la campana de alarma. Al hablar a los diri gentes de la
Acción Catól ica, en efecto, les informó que había recibido noticias de un proyecto
que estaba en preparación en l a Secretaría de Trabaj o y Previ sión que i ntroduciría
el si ndicato úni co. En consecuencia, propuso que el Episcopado notificase al
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122
organismo dirigi do por Perón su contrariedad frente a semej ante medida que
contradecía la doctrina católi ca.
82
El tema era importante, tanto para los católi cos como para Perón. Desde el
punto de vista de la doctrina católica se planteaba, a primera vista, en términos
claros: la final idad del apoyo a l a sindicali zación obrera debería ser la creación de
corporaci ones. Es decir, de organismos que reunieran en su interi or tanto a los
representantes del capital como a los del trabaj o, que allí encontrarían un
instrumento para diri mir los confli ctos. Como tales, las corporaciones deberían ser
"cuerpos intermedios¨ de la sociedad, eminentemente democráticos, l ibres de la
tutela del Estado. Por lo menos en teoría, porque en la reali dad los límites entre la
democracia y el Estado corporativo aparecí an a menudo lábil es. Tanto, que
monseñor De Andrea consideró necesari o recordar polémicamente que se trataba de
reali dades contrapuestas: sana la primera, perversa la segunda.
83
En efecto,
siempre sobre el plano doctrinario, el sindicato único, reconocido legalmente como
tal por el Estado, habría anulado la autonomía de los sindicatos y de las
corporaci ones. Frente a esta perspectiva, los católicos se perfilaban entonces como
paladines del pluralismo sindical contra las pretensi ones autoritarias del Estado. No
obstante, esto sólo era cierto en parte. El plural ismo sindical defendido por los
catól icos estaba por lo menos restringi do, limitado por la di scriminante i deología
ínsita en el mito de la "nación catól ica¨. Así lo demostraba el apoyo que el los habían
tributado al decreto con el cual, el 20 de j ul io de 1943, el gobierno militar había
reglamentado con un acto autoritario el tema. Para el director del secretariado
económico-social de la Arqui di ócesis de Buenos Aires, ese decreto garanti zaba l a
libertad de asociación y el plural ismo sindical, aunque hubiese negado l egitimidad a
los sindicatos social istas y comunistas, es decir, a casi todos los sindicatos
argentinos, por cuanto se fundaban en ideologías contrarias a l os "fundamentos de
nuestra nación¨.
84
Por lo tanto, concretamente, más que el princi pio abstracto del
pluralismo sindical, l os catól icos defendían la posibi lidad de consol idar y reforzar el
sindicalismo confesional, que en los últimos años había mostrado signos de
progreso. Podía presumirse que la represión puesta en marcha por el gobierno
militar contra los sindicatos de matriz marxista l e abriría un inmenso campo de
acción. ¿No era éste qui zás el deber de un Estado cristiano y cri stiani zador? Así, en
aquellos meses el universo sindical católico vivió una fase de gran fervor,
caracteri zada por la fundación en La Pl ata de una escuel a de dirigentes de la
Juventud Obrera Católi ca y por la apertura en Buenos Aires de las inscripciones a
las universidades populares de los "Círculos Católi cos de Obreros¨.
85
Esto fue
corroborado por las apel aciones dirigidas por algunos si ndicatos a la Ìglesia, a fin
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de que mediase en sus reivi ndicaciones, y además por la atención especi al que las
autoridades militares dirigieron a las organi zaciones catól icas.
86
Para Perón el probl ema se planteaba en términos diferentes. Por un lado, l os
discursos que él pronunció durante aquell os meses confirmaron que sus fines
coincidían con los de los catól icos: redistribución de la riqueza, colaboraci ón entre
las clases, nacional i zación de l os sindicatos. Por otra parte, esa sintonía era puesta
a prueba cuando se trataba de los medios a adoptar en el futuro para conseguir
esos fines. Frente a l a realidad de un país en transición hacia l a sociedad industrial
y de masas, frente a un futuro que, como precisamente entonces señal ó monseñor
Franceschi,
87
permitía adivinar una sociedad menos individual ista y más fundada en
organi zaci ones colectivas, así como en una economía basada cada vez más en las
grandes industrias y en los servicios naci onal i zados, el ideal romántico de la
restauración corporativa sonaba abstracto. ¿Cómo, entonces, podrían conseguirse
dichos fines? La hipótesis de una l egi slaci ón sindical que dej ara campo libre a los
sindicatos catól icos eliminando a aquéll os "antinaci onales¨ parecía irreal ista,
aunque Perón no dej ó de sondear la potenciali dad del sindical ismo católico en su
proyecto de "nacionali zaci ón¨ de los si ndicatos obreros. Lo hi zo, por ej emplo,
sol icitando la colaboración del padre Di ll on, vicari o general de la Armada y hombre
de estrechos víncul os en l os ambientes del catol ici smo social, para que brindara
dirigentes obreros católicos a fin de ponerlos a la cabeza de l os sindicatos.
88
En
reali dad, los católi cos tenían pocos cuadros obreros sufici entemente preparados y
sus sindicatos, además de ser netamente minoritarios, estaban sobre todo formados
por empleados. Su perfil clerical, además, tenía pocas posibi lidades de atraer a una
clase obrera en cuyo imaginario el sacerdote representaba por lo general un férreo
defensor del orden social establecido. En suma, no se veía de qué modo permitiría
ese camino conquistar el apoyo de la cl ase obrera para un proyecto "argentini sta¨.
En este sentido, aunque existieran en la Argenti na amplias franj as de
trabaj adores viej os y nuevos no si ndicali zados, potencialmente "conqui stabl es¨,
también era ci erto que hacía falta, en pri mer lugar, tener en cuenta al movimiento
sindical existente, que respondía en su grandísima mayoría a dirigenci as sociali stas
y, en menor medida, comunistas. El movimiento había dado muestras de cierta
combatividad en los primeros meses que siguieron al 4 de j uni o. Para atraerlo haci a
la órbita gubernamental, esperando seducirl o con respecto a las virtudes de la
ideología "naci onal¨ de la revolución, era necesario echar las bases de una ali anza
entre el Estado y la clase trabaj adora. De lo contrario, no se veía cómo se hubiera
podi do convencer a los trabaj adores sobre l as bondades de un proyecto de
colaboraci ón de clases, y mucho menos que se separaran de las ideol ogías
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dominantes en sus sindicatos, a menos que no se contase con las virtudes
taumatúrgicas de la represión a ultranza que, por otra parte, contradiría la pulsión
revolucionaria a la integración de l os trabaj adores a la nacionalidad. Pero para que
esa alianza respondi ese a los fines deseados, el gobierno debería emplear toda su
energía para satisfacer las más apremiantes rei nvi ndi caci ones obreras. Para tal fin
debía elaborar un instrumento que, por un lado, les confiriera fuerza y cohesión ante
una clase capital ista que de otro modo difícilmente aceptaría renunci ar a parte de
sus propias ganancias, y que por otra parte garanti zara, a través del control estatal,
su coherencia con los caracteres tradicionales de la nacional i dad. Ese instrumento
no podría ser sino un sindi cato "naci onal¨, único por definición, dado que única era
la "naci onalidad¨. Un instrumento, entre otras cosas, que no parecía ni siquiera en
contradicción con el diseño de una arquitectura social corporativa: en efecto, podía
entenderse como parte de l a necesari a fase de organi zación de los factores
productivos con la perspectiva de su confluenci a en un organismo corporativo.
Por cierto, desde el punto de vista católico, el lo habría implicado, como tal,
absorber el sindical i smo confesional en un organismo estatal, desplazando a l a
Ìglesia del papel de guía que ambicionaba desempeñar en la sociedad toda y
dej ándola a merced del Estado. Pero las ventaj as de este instrumento hubieran si do
enormes, por lo menos en lo inmediato, dado que prometía encol umnar al
movimiento obrero baj o las banderas de la "nación catól ica¨. Esta perspectiva era
promovida desde hacía tiempo por amplios sectores del catol icismo argentino, que
además haría del caso argentino un caso excepci onal, demostrando que la Ìglesi a
podía "reconquistar¨ a la clase obrera.
Las autori dades máximas de la Ìglesia argentina debían ser muy conscientes de
los elementos de este dilema. Ìncluso esforzándose por conseguir la autonomía del
sindicalismo confesional, nunca hicieron de la i ntroducción del sindicato único un
casus bel l i capaz de determinar una revisión de su rel aci ón con el gobierno
revolucionario, aunque se produj eron contrastes, incluso públicos. Por otra parte,
éste no era un di lema novedoso en el debate doctri nario catól ico; curiosamente fue
obj eto, j ustamente entonces, de un atento examen por parte del padre Bruccul eri S.
J. en la Civi ltà cattol ica.
89
Sus conclusiones confirmaban que aquel lo que estaba
surgiendo entre Perón y la Ìglesia catól ica a propósito del sindi cato único no era un
conflicto que realmente pusiera en peli gro, para los católi cos, graves e
irrenunciables pri nci pios doctri nari os, desde el momento en que el sindical ismo
cristiano "no se opone en absoluto a que l as fuerzas del trabaj o se concentren en un
solo poderoso organi smo¨. Siempre que, especificaba el sociólogo belga Mul ler S.J.,
"no esté animado por principios contrarios a la doctrina de l a Ìglesi a y tenga el
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espíritu de colaboraci ón de clases¨, y que además, "quede a los obreros la libertad
de reagruparse fuera del sindicato por razones de formación cívica, moral y
religiosa¨. Estas condiciones parecían totalmente respetadas e incluso persegui das
por Perón y por la revolución de j unio.
En real idad, la tensi ón latente entre la Ìglesia y Perón con respecto al modelo
de organi zación de l os si ndi catos no tenía que ver con el pri ncipio del pluralismo
sindical, entendi do como principio universal, vál ido para todos. Más bien, revel aba
la inquietud eclesiásti ca frente a un proceso que la Ìgl esia no iba a poder supervisar
directamente y que, por el contrario, i mplicaría para ell a, en perspectiva, una
pel igrosa pérdida de autonomía. Por lo demás, en la perspecti va de la edificaci ón de
la "nación catól ica¨, y frente a un gobierno tan devoto, l a gran mayoría del
catol icismo argentino consideró poder pagar ese precio. Por otra parte, la intención
de Perón de absorber en el sindicato único también a l as organi zaciones católicas
no aparecía en absol uto como la manifestación de un anticleri cal ismo de principio.
Desde su punto de vi sta, era totalmente funcional a la creación de un si ndical ismo
nacional, que habría sido el hábitat natural del si ndi cal ismo confesional al ser su
doctrina, como la de la revolución, profundamente católica. Dado este trasfondo, la
voz de alarma dada por monseñor Caggiano no impidió a monseñor Franceschi, en
su polémica con los catól icos uruguayos en enero de 1944, negar de manera
taxativa que el modelo sindical argentino se i nspirara en los sistemas totalitarios,
como recientemente había garanti zado una vez más el coronel Perón, al exhibir
pruebas concretas de su apoyo a la li bre si ndical i zación.
90
Perón, el catolicismo social, la "nación católi ca"
Cómo, en lo concreto, se introduj o la doctrina social católi ca en el bagaj e
intel ectual de Perón, es algo que en buena medida aún debe reconstruirse. Por otra
parte, todavía hoy es incompleto el marco general de las corrientes políticas e
ideológicas que influyeron en su pensamiento en las distintas fases de su vida. Del
mismo modo queda por determinar si sus contactos con el pensamiento y con l os
hombres del catol icismo soci al i nfluyeron en el giro político que él puso en marcha
desde la Secretaría de Trabaj o y Previ sión y hasta qué punto lo hicieron. Sin
embargo, existen suficientes indicios para formular la hi pótesis de que no sólo
asimiló, ya desde l os años '30, las i deas sociales del catol icismo, sino también que
apel ó en gran medida a los exponentes de esa corriente de pensamiento cuando
comenzó a ej ercer una significativa cuota de poder.
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A propósito de la formación intelectual de Perón por l o general se han
subrayado las i nfluencias del pensamiento militar alemán, especi almente el
concepto de "nación en armas¨, que él habría conocido a través de la l ectura de Van
der Gl otz, o bien aquéll as derivadas de su observación directa de las real i zaciones
del régimen fascista en Ìtalia. Sin embargo, esas influencias, i nnegables, no ayudan
a comprender por qué, una vez a cargo de la Secretaría, Perón programó una
política social teórica y prácticamente inspirada en las encícl icas soci ales de los
Pontífices. Una política que represent aba el nervi o de un proyecto político más
amplio, como se podía deducir de algunos documentos del GOU y que, por lo tanto,
no podía ser fruto de la sola improvisación, de su capacidad camaleónica para
adaptarse a l as circunstancias.
Esto i nduce a despej ar el campo de las i nterpretaciones desviadoras, según las
cuales, dado que la j erarquía eclesiástica argentina no se habría ocupado de la
j usticia social, Perón llegó prácticamente solo, "casi si n maestros¨, a la formulación
de su propia política.
91
En cambio, mucho más sugestivo se perfila el análisis de
los orígenes de la política soci al de Perón si se la ubica sobre el fondo del
impetuoso renacimiento católico de los años '30, del cual había sido parte
importante ÷y para nada descuidada por la j erarquía en su conj unto÷ l a creciente
atención por l a "j usti cia social¨.
92
Por otra parte, dada la cultura dominante en el
Ej ército de aquellos años que giraba en torno del mito de la "nación catól ica¨,
resulta del todo natural que también Perón estuviera embebido de las i deas y l as
aspiraciones del naci onal ismo católico,
93
una corriente de pensamiento en realidad
sumamente heterogénea, que contenía también un sóli do filón social.
94
Pero l a búsqueda de las raíces catól icas de la política social de Perón parecería
a veces conducir hacia l as direcciones más impensadas. Así, por ej emplo, algunos
testimonios poco documentados, pero atendi bles, lo remiten a la influencia que
Perón habría sufrido ante el encuentro con una línea del pensamiento catól ico
aparentemente opuesta al nacional ismo catól ico imperante entre los militares: la
corriente humanista y cri stiana que, teniendo como guía a Jacques Maritai n,
trabaj aba por la fundación de un orden social y político que estuvi era por igual
distante de l os total i tarismos y de las democracias liberales.
95
Ese encuentro se
remontaría a 1936, cuando Perón, entonces agregado militar en Chi le, habría leído
en La Nación, quedando sumamente impresionado, las síntesi s de las conferencias
ofrecidas por Maritai n en Buenos Aires. El interés por esas i deas habría quedado
luego en él tan vivo como para empujarlo, entre 1939 y 1940, mientras se
encontraba en Europa, a la lectura de Humanisme intégral .
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127
Al respecto, conviene evitar todo equívoco. La influencia de Maritain sobre
Perón, si efectivamente existi ó, tuvo que ver con algunos aspectos de su
pensamiento, y no necesariamente con la totali dad de su filosofía. Es probable que
Perón tomara de Maritain aquel lo que más se adaptaba para integrarse a la
ideología nacional católica madurada en l os ambientes castrenses, principalmente la
invocación a un "nuevo orden soci al¨. Por el contrario no hay rastros, en el
pensamiento ni en l a práctica política de Perón, de una análoga atención a la
reflexión de Maritain sobre el plural ismo político. Al respecto, baste recordar que en
1937, en medio de la Guerra Civi l Español a, la polémica enfurecida entre l os
catól icos nacional istas argentinos y Maritai n había tenido que ver con la licitud, para
los catól icos, de colaborar con movimientos de tipo fascista para alcanzar la
restauración de la cristianidad, una opci ón que Maritain excl uía firmemente, así
como condenaba toda solución de fuerza dirigida a tal fin. Perón, en cambio, debía
su posici ón a una revolución militar conducida por la corri ente naci onalista, que se
inspiraba expresamente en los movimientos fascistas y cuyo fin era expresamente
restaurar la cristianidad. No es casual que para los católi cos nacional istas
argentinos Maritain no fuera más que un "católico liberal¨, mientras que Perón se
perfilaba ya como uno de los hombres de punta de un gobierno cuya misión era, en
primer lugar, eliminar de la vida política argentina toda huel la de liberali smo. Los
dispersos maritainistas argentinos combatieron frontalmente a Perón, quien en
cambio encontró pleno sostén en las corrientes mayoritarias del catol icismo, que
nunca habían amado las ideas políti cas de Maritai n.
96
Por otra parte, precisamente
la suti l separación del Maritain "político¨ y del Maritai n "social¨ caracteri zó, como se
recordará, el "redescubrimiento¨ de que el filósofo era obj eto en el mundo católi co
j usto en los meses del ascenso de Perón.
Lo dicho de Maritain vale, en cierta medida también, a propósito de l a eventual
influencia sobre Perón de uno de l os más conoci dos apóstoles del catol icismo social
argentino, monseñor De Andrea, del que Perón habría conoci do muy bien no sólo
sus exitosas obras en el campo social, sino también su pensamiento social.
97
También en este caso, la asimilación de elementos de su pensamiento, si la hubo,
fue selectiva y ese pensamiento terminó filtrado y dil ui do en el paradigma nacional
catól ico. Por lo tanto, Perón podría haber tomado de él las inquietudes social es,
como la invocaci ón a mej orar el nivel material y espiritual de l a vida de l as masas
obreras, a l a nacionali zación y cri stiani zación de l os trabaj adores, a la col aboración
entre el capital y el trabaj o, a la organi zación sindical. Pero no, ciertamente, la
reflexión polí-tica.
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128
Una sintonía mayor, en cambio, aparece durante la primera fase de l a
revolución entre las posiciones de Perón y las de monseñor Franceschi, como en
cierta medida l o demuestra el apoyo que éste si guió manifestándol e cuando ya De
Andrea había tomado distanci a de la revol ución. En particular, Perón compartía con
Franceschi una aguda concienci a del papel central que el Estado habría en todo
caso asumido en la Argentina posbélica, de la ineluctable entrada de las masas a la
escena política, de l a urgencia por desarrollar la industria nacional como factor
indispensable de la potencia y de la independencia nacionales. Es difícil decir a qué
exactamente se podría hacer remontar esa sintonía, pero ciertamente hay
indicaciones de algunas vías indirectas a través de las cual es Perón habría podi do
conocer las ideas sociales de Franceschi, o bien de la corriente catól ica social
cuyas posici ones encarnaba. Así, por ej emplo, con Franceschi y con el catolicismo
social había tej ido una estrecha relación, poco antes de la revolución de j unio,
Alej andro E. Bunge, que dedicó parte de l as últimas energías de su vida al estudi o
de las encíclicas sociales pontificias. Precisamente el presti gioso economista y
sociólogo, fundador de l a Revista de Economía Argentina, habría influido
notabl emente en l as ideas sociales de Perón.
98
Ori gi nalmente un "conservador
popular¨, Bunge se había acercado en los años ' 30 al nacional i smo, al que unía, tal
como era cultura corriente en el mundo católico, un radical desprecio por l a políti ca
y los políticos. Su concepción de la sociedad era sustancialmente organici sta,
fundada en princi pios de armonía e integración social compatibles con el respeto
por l as "j erarquías naturales¨. El eco de esta concepción recorría los primeros
discursos de Perón como secretario de Trabaj o y Previsión.
99
Era además tenaz
fautor de la promoción de la i ndustria nacional y el refuerzo de la intervenci ón
estatal en la esfera económica y soci al. Por otra parte, hasta qué punto el
pensamiento de Bunge había inspirado a Perón lo confirma su abundante recurso a
los discípulos de Bunge, primero en la Secretaría de Trabaj o y Previ sión, y luego
aun más, en 1944, en el Consej o Nacional de Posguerra. Entre los discípulos se
destacaba, sin duda, José Figuerola quien, además de haber colaborado con el
dictador español Pri mo de Rivera, también había sido militante de la Acción
Catól ica, y era un hombre al que Perón si empre le reconoció una gran deuda en la
formulación de su política económica y social.
100
Sus discípulos, como se verá,
eran también otros j óvenes economistas y sociólogos que colaboraron
estrechamente con Perón, que se reunieron en el Ìnstituto que llevó el nombre de
Bunge, y cuyos escritos comenzaron a aparecer con ci erta frecuencia, ya desde los
primeros meses de 1944, en las pági nas del principal diari o católi co argentino.
101
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Esta circunstancia propone otros puntos más de intersección entre los orígenes
de la política social peronista y los ambientes católico-soci ales. Por lo tanto, induce
a equívoco l a tesis, bastante difundida, según la cual sól o desde 1945 Perón habría
desarrol lado importantes contact os con al gunos buenos conocedores de la doctrina
social catól ica como los padres Benítez y Fil ippo,
102
de la que sería lógico deducir
que las ideas social es del catol icismo no habrían figurado en los orígenes de l a
política puesta en marcha por Perón cuando se hi zo cargo de la Secretaría. En
reali dad, todo da a entender que Perón, como gran parte del cuerpo de oficiales del
Ej ército argentino de esa época, no habría quedado al margen del vertiginoso
proceso de renacimiento del catolicismo argentino. Y en parti cular del catol icismo
social. Él mismo ha recordado sus vincul aciones con el clero castrense desde los
años '30, así como la estrecha relaci ón surgida con la orden de los mercedarios en
los ti empos de su estadía en Roma.
103
Estas relaciones si n duda son significativas
si se pi ensa cuánto debía la penetraci ón del catolicismo social en los ambientes
militares a la i ntensa obra de algunos capel lanes, y también de al gunos miembros
de la orden mercedaria. Se encuentra un reflej o de estas relaciones en el ya
mencionado pedido de Perón al vicario general de la Armada, para que le
consigui era dirigentes sindicales católicos, en l a val iosa col aboración que l e había
asegurado el capel lán Wilkinson, antes en el GOU y luego en la Secretaría de
Trabaj o y Previsi ón, y hasta en la del padre Prato, un mercedario precisamente
destinado a convertirse, algunos años más tarde, en el agregado eclesiástico del
presidente Perón.
En concl usi ón, una gran cantidad de indicios permite revelar una influenci a
directa y profunda sobre Perón del pensamiento católico y de hombres vinculados
con el heterogéneo mundo eclesiástico. No sólo eso; permite también afirmar que en
la doctri na católica hal laban un punto de fusión la vena nacional ista y la social,
tanto de su pensamiento cuanto de su acción política. Pensamiento y acci ón que,
precisamente como para gran parte del catol icismo argentino, no estaban
necesariamente en contradicción entre sí, sino que, más bien, encontraban ambas
espaci o dentro del mito de l a "nación católica, al punto de que todo hacía suponer
que la revolución estaba conduci endo a la Argentina hacia aquell o que Juan Carlos
Torre agudamente representara como un régimen fundado sobre "Cruz, espada y
j usticia social¨.
104
La ruptura con el Eje, una cuña entre la Igl esia
y los nacional istas
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La ruptura de las rel aciones con las potencias del Ej e, sancionada a fines de
enero de 1944, parecería a primera vista una medida que se oponía a aquél la
muchas veces expresada, en concordancia con la Santa Sede, por la corriente
mayoritaria del catolicismo argentino, que propendía a una política de pura
neutral idad, más que a una de no beli gerancia ori entada a favor de uno de los dos
frentes. La medida, por lo tanto, contrastaba con la férrea inspiraci ón catól ica a la
que el gobierno revol ucionario parecía atenerse en todos los campos de su política.
No obstante, su alcance l imitado, así como el modo con que el gobi erno l a j ustificó,
no determinaron una seria fractura, ni política ni doctri nari a, en la relación entre l a
revolución y la Ìglesia. Todo lo contrario: ésta la metaboli zó rápi damente. Aunque en
rigor no dej ara de aportar una fuerte sacudida, agorera de una aún mayor
inestabi lidad, tanto en las filas revolucionarias cuanto en las catól icas, y de
representar, por ende, una nueva fase en la erosión de su cohesi ón i nstitucional,
luego del desgarro causado por la crisis de octubre de 1943, dicha medida
salvaguardaba, formalmente, los principi os caros a la Ìglesi a: la neutral idad y l a
soberanía de la "nación católica¨. La pri mera debía entenderse sobre todo como
neutral idad de orden ideológico entre los dos frentes de guerra. La segunda, en
primer lugar como reafirmación del derecho argenti no a la autodeterminación frente
a las presiones de la gran potencia protestante del norte, los Estados Unidos.
105
Por ci erto, luego de la ruptura con el Ej e l a "neutralidad¨ ya no era
"equidistancia¨ entre los combatientes. Pero, a pesar de todo, la Argenti na seguía
siendo un país no beli gerante, no i dentifi cado ni con l os total itarismos ni con las
democracias l iberales. Es verdad que esto causó, en l o i nmediato, el abandono del
gobi erno por parte de un consistente grupo de catól icos nacional istas.
106
De este
modo no sólo entraron en col isión con el nuevo curso revolucionario, sino que se
ubicaron también por primera vez al margen del mundo católico, dado que la Ìglesia,
en cambio, no negó su aval a dicho curso revol uci onari o. Pero también es verdad
que aquel la medida tenía buenas posibil idades de ser favorabl emente recibida en
otros ámbitos del catoli cismo, sea porque estaban convenci dos, a la l uz de l a
marcha de la guerra al comienzo de 1944, de que la "equidi stancia¨ podría ser a l a
larga inoportuna, si no autolesiva, y de que era necesario sacar al país de su
aislamiento, sea porque, en ciertos casos, ellos compartían la opinión de que el
nazismo representaba decidi damente el mayor peligro para el futuro de la
humanidad.
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No es que esta últi ma se hubiese convertido en la posición dominante en la
Ìglesia argentina, la que, más bien, siempre había dado prioridad a la condena de la
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"herej ía¨ liberal, por los daños que le había acarreado a l a tradición catól ica
nacional, antes que a la totalitaria. Pero por cierto, l a acusaci ón de connivencia de
la Ìgl esi a con el nazismo, a través de su apoyo a la política de "equidistancia¨,
inducía a abandonarl a, aunque aclarando que esto no equi val dría a adoptar la causa
de las democracias liberal es si no, a la i nversa, a reafirmar la natural eza de l a
neutral idad argentina. Ésta debería segui r interpretándose como la neutral idad de
una potencia ni comunista, ni capitalista, ni total itaria, ni li beral, sino rei ntegrada a
las raíces y tradici ones de l a civi li zación hispana y católica. Una potencia, por lo
tanto, volcada a la edificación de un orden mundial posbéli co fundado en los
principi os de la cristi andad. En este senti do, la neutral idad seguía siendo para la
Ìglesia, como para l os revolucionarios de j uni o, un el emento vital del proceso de
restauración de la "argentinidad¨, exactamente como la cristiani zación de la escuela
y de la universidad y como la reali zación de una política social inspirada en l as
encícl icas pontificias. En síntesis, el la prefiguraba debidamente la doctrina de la
"tercera posici ón¨ peronista, cuya paternidad, por lo demás, algunos católi cos
reivi ndi carían.
108
Por otra parte, esta i nterpretación de la neutrali dad argenti na también emergía
en l os debates del GOU. Con el obj eto de reducir, por lo menos entre l os vecinos de
la Argentina, el aisl amiento al que aquell a política había conducido en el ámbito
latinoamericano, el GOU no dudó en prestar una sustanci al ayuda al gol pe de
Estado que el 20 de diciembre de 1943 llevó al poder en Bol ivi a al coronel Vi l larroel
como j efe de un movimiento de análoga naturaleza, por lo menos en las intenciones,
al argentino del mes de j uni o precedente.
109
La ayuda, según algunas versiones,
habría consistido en 15 millones de pesos, envi ada a los golpistas bol ivi anos a
través de dos hombres de confianza del GOU, y de la Ìglesia: el almirante Scasso y
el capel lán Wilkinson.
110
A primera vista, la ruptura con el Ej e en enero de 1944 representaba una
clamorosa, y en muchos aspectos cínica, retractación, por parte del gobierno, de l a
posición i ntransi gente tan orgul losamente sostenida durante la crisis de octubre de
1943, y cuya consecuencia había sido la caída del ministro de Rel aciones Exteri ores
y de los demás moderados. Aun más que por parte del gobierno, de la del GOU, que
había si do el verdadero vencedor del confli cto de octubre. Tanto que cuando el 5 de
octubre de 1943, con la Casa Rosada ci rcundada por las tropas fieles al GOU, el
presidente Ramírez constató que la política de neutral idad, aunque respondiera a un
sacrosanto sentimiento de dignidad nacional, perj udicaba, a esa altura de los
acontecimientos, a los intereses del país y que, por lo tanto, hubiera sido necesario
recurrir a al gún expediente para sancionar la ruptura con el Ej e, fue sumergido en
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una l luvia de acusaci ones. Perón fue uno de los más encendidos voceros de esas
acusaciones, sobre todo cuando, con un lenguaj e caro al nacional ismo católico,
contrapuso a la concepci ón "materialista¨ de la neutrali dad expresada por el
Presidente, la primacía de los val ores "espirituales¨.
111
Esa retractación, evi dentemente, se produj o. Y también la Ìgl esia, que había
sostenido el éxito de la crisis de octubre ÷a partir de la cual, por otra parte, se
había puesto en marcha el decisi vo giro confesional en la política revolucionaria÷ y
ahora compartía la ruptura con el Ej e, parecía repentinamente haber invertido su
posición. Sin embargo, esa retractación respondía a una cierta lógica, que hacía
más racional de cuanto pudiera parecer tanto l a actitud del gobierno como la
reacción de la Ìglesi a. Por un lado, no cabían dudas de que Ramírez había tenido
razón: no sól o la presión de los Estados Unidos se hacía cada vez más insostenible,
sino que, además, era cierto que el creciente aisl amiento amenazaba con dañar
gravemente al país, especi almente considerando l as relaciones de fuerza que se
perfilaban como resultado de los combates en los frentes de guerra. Además, no
podía descuidarse en absoluto la gran popul aridad de que gozaba l a causa de los
Al iados entre l a opi nión pública. En efecto, la propuesta que Ramírez había
formulado en octubre fue aplicada al pi e de la letra en el mes de enero siguiente:
para j ustificar l a ruptura se echó mano de un expediente. Pero sobre todo, por otro
lado, también era cierto que la misma decisión, la ruptura con el Ej e, según hubiera
sido adoptada en octubre de 1943 o en enero de 1944, habría tenido significados y
consecuenci as políticas totalmente distintas. En el primer caso, habría significado l a
afirmación de los moderados, y probabl emente la i nminente adhesión a la causa
ali ada, lo que, en el plano interno, habría verosímilmente reforzado las posici ones
favorables a una restauración constitucional rápida y relativamente indolora. A la
inversa, en enero de 1944 la ruptura con el Ej e se producía en un contexto en el que
dichas hi pótesis habían sido arrinconadas, j unto con l os últi mos moderados, y el
gobi erno podía tratar de sacar de ell a las esperadas ventaj as, es decir, la relaj ación
del aislamiento y de l as presiones estadounidenses, sin renunci ar a los principios de
política exterior hasta entonces proclamados, ni a la aspiración de fundar un "nuevo
orden¨ en el plano i nterno. Así, no pocos de esos nacionalistas que, sinti éndose
traicionados habían abandonado el gobierno, volvieron a acercarse cuando la
crónica tensi ón con l os Estados Unidos reveló cuán errada era la percepción de que
sus banderas habían sido "vendidas¨ y el país había renunciado a la defensa de su
soberanía.
En síntesis, l a ruptura con el Ej e era, dadas l as circunstancias, el "mal menor¨,
al cual, precisamente por tal razón, también la Ìglesia argenti na se adecuó, con una
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actitud real ista, sobre todo porque la ambiciosa perspectiva que la Ìglesia había
cultivado hasta ese momento ÷la de un bl oque de naci ones católi cas a ambos lados
del Atlántico, como nervio de un orden posbél ico ni total i tario ni democrático
liberal÷ se estaba hundiendo melancóli camente en su ocaso. Con el Ej e ya
totalmente encarnado en el paganismo nazi, Ìtali a derrotada, l acerada y pasada al
campo aliado, Francia humillada y divi di da, España débi l y aislada, y América
Latina, finalmente encaminada a entrar en la órbita militar y económica
estadounidense, aquell a perspectiva ya no era más que una quimera. Ésa era la
reali dad con la que era necesario enfrentarse si se deseaban salvaguardar , por l o
menos en l a Argentina, los pri nci pios sobre los que se estaba edificando l a "nación
catól ica¨.
Esto explica por qué, sin mostrarse en absoluto desorientado o traicionado, El
Pueblo hi zo inmediatamente propias las razones desplegadas por el gobierno para
romper con el Ej e: "l a posición neutral argentina podía y debía durar mientras no
variasen los hechos que la i nformaban¨. Pero "ante el nuevo caso de espionaj e
descubierto en nuestro país¨ la ruptura había pasado a ser inevitable y j usta;
reivi ndi có al mismo tiempo la integridad inviolada de la dignidad argentina, y l a
absol uta autonomía con la que las autoridades habían deci dido la ruptura.
112
Precisamente así, pocos días antes lo había hecho monseñor Franceschi en
polémica contra el intento de las potencias extranj eras de inducir al gobierno, con
sus presiones, a cambiar de política exterior.
113
Y como, en esos días, hi zo el
padre Fi li ppo, uno de l os más populares predicadores del país, que encabezó el
libro que estaba enviando a imprenta con una expresa felicitación al presidente
Ramírez quien, al motivar la ruptura con el Ej e había demostrado que los argentinos
determinaban l ibremente ser neutrales o no.
114
Superada esta etapa borrascosa del curso revolucionario, sin causar daños
irreparables a los pri ncipios sobre los que se había fundado la neutral idad, el mundo
catól ico y la Ìglesia adoptaron, hasta donde fue posible, una actitud de baj o perfil
respecto de l a política exteri or. De el la, según todo parecía demostrar, no podrían
surgir más que amenazas al proceso de edificación de la "naci ón catól ica¨, hacia el
que estaban dirigiendo todas sus energías. Sin embargo, no dej aron de agitar, a
medida que l a guerra se encaminaba al triunfo de los Ali ados, el espectro de las
tropas soviéticas que avanzaban sobre Europa.
115
La Iglesia y el gobi erno en el terremoto de San Juan
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El violento terremoto que el 15 de enero de 1944 destruyó la ciudad de San
Juan no representó solamente una terrible tragedia. Al terremoto se lo recordó
muchas más veces por otros dos motivos. En primer lugar por la eficienci a y rapidez
aparentemente demostradas por el gobierno militar, y en particular por la Secretaría
de Trabaj o y Previsión en llevar ayuda. Esta circunstancia contribuyó enormemente
a consol idar el presti gio de Perón.
116
En segundo lugar, porque fue precisamente
durante las manifestaciones organi zadas por el gobi erno para recaudar fondos
destinados a las poblaciones casti gadas por el terremoto que, casi con certeza,
Perón conoció a Eva Duarte.
117
Pero su principal relevancia, en este caso, reside
en el hecho de que en medio de la tragedia y l uego, durante las operaciones de
ayuda, emergieron nítidamente las expectativas que el gobierno militar tenía
respecto de la Ìglesi a y viceversa. Y con ell as también algunas fuentes de tensión
ínsitas en su rel ación.
En general, el cl ima de conmoción y soli daridad que el terremoto instaló en el
país fue la ocasión propici a para que el gobi erno y l a Ìglesia renovaran
públ icamente, con el énfasis adecuado a la dramaticidad del momento, el rico
repertorio de di scursos, celebraciones, símbolos, de los que se nutría la liturgia de
la "nación catól ica¨. En este sentido, el presidente Ramírez, hablando a la nación
desde la ciudad destruida, hasta quiso remitirse a l as imágenes apocalípticas de los
textos sagrados: con el terremoto ÷dij o÷ Di os había querido castigar al puebl o
argentino por los errores del pasado.
118
Por l o tanto, debía afrontarse como un
pasaj e catártico a través del cual la Providencia había dispuesto que pasara la
nueva Argentina surgida de l a revolución de j unio para enmendarse de la
prolongada y pecaminosa época en la que se había volcado a l a "herej ía¨ liberal.
La presencia de l a Ìglesia al lado de las aut oridades fue sumamente destacada
y diri gida a comunicar al país confianza y sentido de protección a la sombra de la
cruz y de la espada. El Nuncio apostóli co, monseñor Fietta, se trasladó a San Juan
para que fuese visi bl e para todos la proxi midad de la Ìgl esia universal ante el dol or
de los argentinos. Al lí llevó un mensaje de Pío XÌÌ, habló a la población por
radiotelefonía y expresó su especial agradecimiento al clero, a l os militares y a los
obreros como si rindi era homenaj e a esa tríada formada por la cruz, la espada y la
j usticia social, sobre la cual estaba surgiendo un país regenerado.
119
Los mismos
elementos alcanzaron su máxima expresión en ocasión de la misa en sufragio de las
víctimas de San Juan, celebrada en la Pl aza del Congreso, en Buenos Aires, el 25
de enero de 1944, cuyo momento culminante estuvo representado por la homilía del
vicari o general del Ej ército. Monseñor Cal cagno recurrió a la metáfora de la patria
destinada a resurgir de sus ruinas redimida de sus propios pecados y a retomar su
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camino baj o la guía de la cruz. Dolor y muerte, desde esta perspectiva, servían, por
lo tanto, para reunir al pueblo con su reli gión tradicional, reforzando al cristianismo
como fundamento de la unidad nacional.
120
En síntesis, lo que la Ìglesia esperaba del gobierno, en ocasi ón de la tragedia
de San Juan, era una actitud coherente con los valores a los que aquél profesaba
fidelidad, que reacci onara como un gobierno católico. Por lo tanto debería mostrar
sol idari dad respecto de las necesidades materiales y espirituales de la población
golpeada, dando muestras así del empeño por el bien común que caracteri zaba a l a
revolución de j unio. En este ámbito, el gobierno debería promover activamente la
aproximación de la población al catol ici smo y a l a Ìglesia. Además, la reconstrucción
debería tomar debida cuenta del papel de guía de l a Ìgl esi a en la sociedad. En
general, desde cada uno de estos puntos de vista las autoridades eclesiásticas no
tuvieron motivo de quej a por la actuación del gobierno y repetidas veces elogiaron
su eficiencia, tanto en la obra de ayuda inmediata como en la de la
reconstrucción.
121
Al respecto, el general Sosa Mol ina, futuro ministro de Guerra de Perón, por
entonces interventor de la provincia, recibi ó particulares encomios debido al espír itu
cristiano del que había dado prueba, un espíritu cristiano de tal envergadura que era
capaz ÷según el vicario general de la arqui diócesi s de San Juan÷ de
garanti zar una era de perfecta colaboración entre las autori dades civi les y las
eclesiásticas.
122
En honor a él, pocos meses más tarde, cuando abandonó l a
intervención a San Juan, la Acci ón Católi ca y los colegios catól i cos organi zaron una
desacostumbrada ceremonia, dirigida a celebrar su gobierno de clara orientaci ón
cristiana en todos l os campos de acci ón.
123
De esta ori entación había dado
pruebas, entre otras cosas, la di li gencia con la que, desde el día siguiente al
terremoto, el gobi erno provincial se había abocado a instalar locales de emergencia
donde se pudieran administrar los sacramentos y poco después había anunciado
una licitación pública para la construcci ón de siete nuevas capil las, para remediar
por lo menos en parte la destrucción de l os viej os templos.
124
Más en general, a
propósito de la reconstrución, en los meses sucesivos el mi smo monseñor
Rodríguez y Olmos, arzobispo de San Juan, celebrará con énfasis los
extraordinarios resul tados conseguidos por el ministerio de Obras Públicas del
gobi erno federal, que estaba a cargo del general Pistarini. Entre ell os se destacaba
la construcción, en brevísimo tiempo, de barrios de emergenci a, dotados de
bibli otecas y capi l las, que habían favorecido el espíritu rel igioso de la colectividad
de San Juan.
125
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En cuanto a las expectativas del gobierno acerca de la Ìglesia, éstas eran,
naturalmente, en buena medida especulares a las expectati vas de las autoridades
eclesiásticas con respecto al gobierno, dado el común sentimiento que los inspiraba.
En consecuencia, l a Ìglesia debería prestar su obra de auxi lio, material y sobre todo
espiritual a los damnificados por el terremoto; hacer palpabl e el espíritu de unidad y
orden social que el la, en armonía con el gobi erno, garanti zaba; actuar, en fin, de
modo tal que se estrecharan los vínculos entre l a pobl ación y el gobi erno.
Precisamente la especularidad de tal es expectativas puso una vez más a la Ìglesi a
ante las insidias naturalmente surgidas frente a la cristiani zación por la "vía militar¨,
ínsitas en el mito de la "naci ón catól ica¨. Por una parte, era cierto que, como
resultado de su constante presencia al lado del gobierno, la Ìglesia había ganado
también para sí el prestigio que aquél había obtenido por l a obra de ayuda y
reconstrucción. Sobre todo, de ese modo se había "reacercado al pueblo¨,
reconquistando en la soci edad aquel papel rector que el vi ej o orden político no l e
reconocía. Por otra parte, para que esto ocurriera debía necesariamente identificar
su propia posici ón política con la del gobierno, sacri ficando su propia
independenci a. Fungir, en otros términos, como instrumentum regni de un poder
temporal que, aunque católico, actuaba "en el mundo¨ y estaba, por lo tanto,
sometido a miles de tensiones y conflictos en los que la Ìglesi a no podía a su vez no
involucrarse.
Fueron precisamente estas insidi as las que se perfilaron sobre el fondo de un
conflicto que, en ocasión del terremoto, enfrentó al gobierno militar y al arzobispo
de San Juan. Un conflicto a primera vista carente de significado. Surgi ó del
contraste entre la actitud que había tenido durante el terremoto el clero de Mendoza
y de San Juan por un lado, encomiable por su coraj e y abnegación,
126
y la actitud
de monseñor Rodríguez y Olmos por el otro. El arzobispo, según su versión, había
sido sorprendido por el terremoto en una perdida l ocalidad de la provincia de
Córdoba, desde la cual, por razones logísticas y burocráticas, sólo había podido
llegar a su ciudad destruida varios días después de que tuviera lugar la tragedia.
127
Su ausenci a, como era natural, no había pasado i nadverti da, tanto que se volvió
obj eto de vivas polémicas en l a prensa, segui das de una dura reprimenda del
gobi erno por medio del ministro responsable del culto, el general Gi lbert.
128
Tras
haberl e pedido al cardenal Copel lo explicaciones de la ausencia de monseñor
Rodríguez y Olmos j unto a los fieles, l legó al extremo de dirigirse, el 8 de febrero de
1944, al Procurador general "manifestándole que el Poder Ej ecutivo [...] considera
necesario adoptar una medida disciplinaria adecuada, medida que no puede ser otra
que la suspensión¨ del arzobispo. Al respecto, el subsecretari o de Culto se dirigió
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también al Nuncio, quien habría estado de acuerdo acerca de la gravedad de l o
ocurrido, declarándose dispuesto a interesar a la Santa Sede.
De hecho, tal vez para evitar un escándal o aún mayor en las relaciones, por lo
demás óptimas, entre el gobierno y la Ìgl esia, o para evitar enfrentamientos con l a
Santa Sede, que difícilmente hubiera aceptado una apl icación tan uni lateral de los
derechos de Patronato, la suspensión no fue implementada. Pero el episodio había
sido muy significativo. En efecto, en él se traslucía la tendencia del gobierno, fuerte
por la legitimidad que le había conferido la Ìgl esi a en cuanto vehícul o de la
cristiandad, a exigir, de ser necesario con intervenciones discipl inari as que herían l a
autonomía eclesiástica, que el la cumpliera íntegramente las funciones que l e cabían
en la construcción del nuevo orden, es decir, el de la "nación católi ca¨. Desde esta
perspectiva, se j ustificaba el ataque contra un obispo que no prestaba con suficiente
entusiasmo el debido apoyo al nuevo curso de la política argentina. Un obispo que,
como lo denunci aba l a ascendencia aristocrática de su apell ido, era sin duda, entre
los miembros de la j erarquía ecl esi ástica, uno de los más ligados al orden político y
social abatido el 4 de j uni o. Como tal ÷según la acusación de Gi lbert ÷
representaba a una Ìglesia encerrada en los palacios y al ej ada del pueblo, y no
representaba a aquel l a Ìgl esia militante, nacional ista y al mismo tiempo popular, que
estaba ofreciendo una contribución decisiva al éxito de la revolución.
Más específicamente, su ausencia de San Juan en el momento en el que la
ciudad vivía su martirio, había impedido que destacara como hubiera debido ser l a
indisoluble unión entre la cruz y la espada, sobre la cual estaba creciendo el nuevo
orden social del país. Además ÷como observaba Gi lbert÷ con su comportamiento
el arzobispo se había hecho culpabl e de haber dado lugar a "comentarios y j ui cios
que afectan a la Ìglesia¨. A esto conducía, podría decirse que inevitablemente, la
orgánica mezcla entre poder espiritual y temporal, cuya finali li dad era la
restauración de la "nación catól ica¨: a la i mplí cita amenaza, ventilada por un general
del Ej ército, de hacer uso de las disposi ciones constituci onales sobre el Patronato
para sancionar a un arzobispo, en nombre ÷y ésta era la paradoj a÷ de l a defensa
de la Ìglesia y de l a nación. Por otra parte, no será ésta la última vez que ese
Ej ército al que la Ìgl esia había concienzudamente cristiani zado se erigiría en tutor
de su prestigio y de su patriotismo.
129
Tal vez a costa de su independenci a.
NOTAS
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138
1
En este senti do véanse las actas de l a reunión del GOU del 5 de octubre de
1943, en R.A. Potash, Perón y el G.O.U., pp. 351-363.
2
Un perfil de Martínez Zuviría, en A. Pui ggrós y J.L. Bernetti (dir.), Peronismo:
cultura política y educación, p. 351. Sobre su trayectori a política, cfr. E. Zuleta
Álvarez, El nacional ismo argentino, Buenos Aires, Ed. La Bastil la, 1975, ÌÌ, pp. 181-
183.
3
Acerca de las felicitaciones del cardenal Copell o, cfr. El Puebl o, 17 de octubre
de 1943; para l as de monseñor Franceschi véase Criterio, 21 de octubre de 1943.
4
Sobre los víncul os con la Ìglesia del general Pistarini, uno de los oficiales que
permanecería fiel a Perón durante más tiempo, y no obstante una figura por l o
general descuidada por la histori ografía, existen, dispersas en varias fuentes,
numerosas demostraciones. Corroboradas por R.J. Bonamino, entrevista con el
autor, Buenos Aires, 28 de mayo de 1990, quien fue precisamente entonces su
colaborador en el Ministerio de Obras Públ i cas.
5
Sobre el almirante Scasso y el GOU cfr. R.A. Potash, Perón y el G.O.U., p.
379. Sobre sus víncul os con la Ìglesia, cfr. L. Zanatta, Del Estado li beral a la nación
catól ica, pp. 351-353 y Los Principios, 20 de noviembre de 1943.
6
Cfr., respectivamente, El Pueblo, 25 de diciembre de 1943, 24 de octubre de
1943, 5 de diciembre de 1943. Cfr. también "Está altamente inspirada l a
intervención interina de La Ri oj a¨, Los Principios, 6 de diciembre de 1943.
7
Véase, al respecto, cap. 1, nota 82 y "Deberes de los catól icos¨, Los
Principios, 24 de novi embre de 1943.
8
"Para evitar confusi ones¨, Los Principios, 17 de novi embre de 1943.
9
"Unidad en la autori dad¨, El Pueblo, 4 de noviembre de 1943. Cfr. también Los
Principios, 15 y 21 de octubre de 1943.
10
"Seis meses de revolución argentinista¨, El Pueblo, 6 de dici embre de 1943;
"El deber de la hora¨, Los Principios, 30 de noviembre de 1943.
11
Jus, "Uni ón de l os argentinos¨, El Pueblo, 16 de febrero de 1944; "Ante los
sucesos de ayer¨, El Pueblo, 26 de febrero de 1944; "La desuni ón es fuente de todo
mal¨, El Puebl o, 2 de marzo de 1944. Sobre los detall es de l a rebel ión del teniente
coronel Ducó, cfr. R.A. Potash, El Ejército y la política en la Argentina, 1928-1945,
pp. 345-346.
12
G. Riesco, O.S.A., "El ideal es un Estado catól ico¨, El Puebl o, 4 de
noviembre de 1943. El pensamiento de Riesco en su El catol i cismo y los errores
modernos, Buenos Ai res, 1942. L. Barrantes Mol ina, "Restricci ones a la l ibertad de
prensa¨, El Pueblo, 8 de enero de 1944. Sobre l as reacciones a las medidas de
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139
censura de un gran órgano de la prensa nacional, cfr. R. Sidicaro, La política mirada
desde arriba. Las ideas del di ario "La Nación", 1909-1989, Buenos Aires,
Sudamericana, 1993, pp. 177-199; Fr. L.A. Montes de Oca O.P., "Vivir nuestra vida
de catól icos y argentinos en el momento present e de l a Patria¨, discurso
pronunciado para l a Tribuna Radial de El Pueblo, el 5 de noviembre de 1943,
reproduci do en el "Suplemento Cátedra¨, El Puebl o, 7 de novi embre de 1943; M.
Gálvez, "Acerca de l a libertad y de cuándo conviene no exigirl a¨, El Pueblo, 21 de
noviembre de 1943, y "Este pueblo necesita discipl ina¨, El Pueblo, 5 de diciembre
de 1943.
13
J. Noguer, S., "¿Un hombre, un voto?¨, El Puebl o, 17 de novi embre de 1943.
14
"Tarea para los políticos¨, Los Principi os, 29 de noviembre de 1943. "Paso a
la j uventud¨, El Pueblo, 26 de novi embre de 1943 y "Limpieza de los partidos
políticos¨, El Pueblo, 1º de noviembre de 1943.
15
"Retomando la tradición¨, Los Pri ncipios, 14 de noviembre de 1943.
16
"Bueno es olvidar las elecciones y renovarse¨, El Pueblo, 24 de noviembre
de 1943. "Pol iticismo impaciente¨, El Puebl o, 15 de noviembre de 1943. Véase
también análoga posi ción en Los Principios, 21 de octubre de 1943.
17
"Políticos y politi querías¨, Criteri o, 6 de enero de 1944; Spectator, "Para el
bien del país¨, El Pueblo, 6 de enero de 1944.
18
Sobre el conflicto entre El Puebl o y Orden Cristiano, cfr. L. Zanatta, Del
Estado l iberal a la nación católi ca, p. 282. El Pueblo, recordó monseñor L. Buteler
en polémica con Orden Cristiano, gozaba de la confianza del Episcopado y del
Papa, cfr. REAC, j uli o de 1943, pp. 330-331. Véase al respecto, "Concurso difusión
de El Pueblo. Ìnvitaci ón del Prelado¨, en REAC, noviembre de 1943, pp. 517-518. La
"victoriosa superación¨ y el "alto prestigio actual¨ de El Pueblo fueron exhibi dos por
su director, el pbro. José A. Sanguinetti , cfr. CAAL, "José A. San-gui netti a A.
Amoroso Lima¨, 16 de agosto de 1943.
19
Sobre la polémica con Cabi ldo, cfr. "Catól icos: ése es su deber¨, Los
Principios, 1º de diciembre de 1943; sobre la inqui etud de Caggiano, cfr. Junta
Diocesana de Rosari o. "Carta de monseñor Caggiano a monseñor Núñez¨, 22 de
octubre de 1943, op. cit.
20
El texto de la conferencia se publ icó, sin ningún comentario, y con la única
aclaración de que el mismo le había sido consignado por el mismo monseñor De
Andrea, en El Pueblo, 29 de octubre de 1943.
21
G.J. Franceschi, "Un 'grave problema argentino' imagi nario¨, Criterio, 27 de
enero de 1944.
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22
Cfr. G.J. Franceschi, "Los puntos sobre las íes¨, Criteri o, 24 de febrero de
1944.
23
Al respecto véase L. Zanatta, Del Estado liberal a la nación católi ca, pp. 198-
208; cfr. también O. Compagnon, "Jacques Maritain et la naissance de l a démocratie
chrétienne sud-américaine: le modèle malgré lui¨, en L' Améri que Latine face aux
modèles pol itiques et culturels européens: emprunts, reproducti on, images,
Bordeaux, Maison des Pays Ìberiques, 1998.
24
Véase al respecto, F. Malgeri, "La Chi esa di Pi o XÌÌ fra guerra e dopoguerra¨,
en A. Riccardi (dir.), Pio XII, Bari-Roma, Laterza, 1984, pp. 93-121, en particular pp.
106-107.
25
Para el contexto general del maritainismo cfr. A. Ponsanti, Maritain in
Argentina; véase también J. Maritain, "Por qué no somos racistas ni anti semitas¨,
Los Principios, 29 de octubre de 1943; así como la apelación a Maritain en R.J.
Bonamino, "Precisi ones sobre el nuevo orden social¨, El Pueblo, 8 de enero de
1944.
26
Cfr., al respecto, l a correspondencia cursada entre el director de El Pueblo y
A. Amoroso Lima, en CAAL, 16 de agosto, 30 de octubre, 3 de noviembre, 24 de
noviembre, 27 de dici embre de 1943.
27
R.A. Potash, El ej ército y la política en la Argentina, 1928-1945, p. 322.
28
A. Rouquié, Pouvoir mi l itaire et société politique en Républ i que Argentine, p.
347.
29
Cfr. REABA, dici embre de 1943, pp. 845-847. Un homenaj e a los principios
rectores de Martínez Zuviría, por su énfasis en la cristiani zación forzada y en un
antil iberal ismo agresi vo en "Se había olvidado el profesor espiri tual¨, El Pueblo, 20
de diciembre de 1943.
30
Cfr. C. Mangone y J.A. Warley, Universi dad y peronismo, 1946-1955, pp. 13-
18.
31
Para la audiencia con el cardenal Copello, cfr. REABA, diciembre de 1943, p. 847; una
reseña de estos acontecimientos en A. Puiggrós y J.L. Bernetti (dir.), Peronismo: cultura política
y educación, op. cit., p. 319.
32
Cfr. R. Rivero de Olazábal, Por una cultura catól ica, op. cit. , pp. 195-204. A
la luz de ese trasvasamiento, no sorprende que empezara entonces la decl inación
de los Cursos.
33
Sobre la ceremonia cfr. "Crónica Universitaria. Ìntervención de l a
Universidad¨, Revista de l a Universidad de Buenos Aires, octubre-diciembre de
1943, pp. 367-377.
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34
"Firme autoridad en las universi dades naci onales¨, El Puebl o, 3 de
noviembre de 1943; L. Barrantes Mol ina, "Universidades y educación¨, El Pueblo, 6
de novi embre de 1943; "La exhortación ministeri al¨, Los Pri nci pios, 3 de noviembre
de 1943.
35
Como en el caso de la Facultad de Derecho de la Uni versi dad de La Plata,
cfr. "Cosas de pigmeos¨, El Pueblo, 14 de noviembre de 1943.
36
Las palabras de L. Gorosito Heredia, cit. en F. Mal limaci, "Cathol icisme et
État militaire en Argentine, 1930-1946¨, Tesis para el doctorado en Sociología,
París, 1990, p. 368; "Escol los que se suprimen¨, Los Principios, 3 de diciembre de
1943.
37
Sobre l os nombramientos en cuesti ón cfr. C. Tcach, Sabattinismo y
peronismo. Partidos políticos en Córdoba, 1943-1955, Buenos Aires, Sudamericana,
1991, pp. 86-88. Sobre el Consej o de Educación, cfr. REAC, enero de 1944, p. 23 y
Los Principios, 14 de diciembre de 1943.
38
"Entrega de dipl omas y premios en el Colegio Nacional de Buenos Aires¨,
Revista de la Universidad de Buenos Aires, octubre-dici embre de 1943, pp. 378-382.
39
"El deber de la hora¨, Los Princi pi os, 30 de noviembre de 1943.
40
El 8 de diciembre de 1943, cfr. REAC, enero de 1944, p. 22.
41
El texto del decreto, fechado el 16 de noviembre de 1943, en REAC, enero
de 1944, pp. 18-19. El aplauso de monseñor L. Buteler en REAC, diciembre de
1943, p. 574; los de l a Acción Católica y de monseñor Lafitte en Los Principios, 19 y
23 de noviembre de 1943.
42
Para la ceremonia en cuestión, celebrada el 22 de octubre de 1943, cfr.
REABA, diciembre de 1943, pp. 845-847.
43
"Se normali za l a vi da universitari a¨, El Puebl o, 16 de diciembre de 1943.
44
"'Hugo Wast', escritor católi co¨ (En el centenario de Martínez Zuviría),
Esquiú, 25 de septiembre de 1983.
45
En este sentido, una interpretación típica querría verl a formando parte de l os
"extravagantes esfuerzos¨ del gobierno para "atraerse a la Ìglesia¨; cfr. D. Rock,
Argentina, 1516-1987. Desde l a col oni zaci ón española hasta Raúl Alfonsín, Buenos
Aires, Alianza, 1989, p. 317.
46
Esta tesis es bi zarramente sostenida en R. McGeagh, Rel aciones entre el
poder político y el poder eclesiástico en la Argenti na, Buenos Aires, Ìtinerari um,
1987, p. 30.
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142
47
"Ìnstrucción rel igi osa y educación católi ca para la gran mayoría del puebl o
argentino¨, El Pueblo, 9 de diciembre de 1943; "Restauremos la educación cristiana
en la escuela argentina¨, El Pueblo, 11 de diciembre de 1943; "La religión y l a
escuel a¨, Los Principi os, 30 de diciembre de 1943.
48
"Cristo en l as escuelas¨, Los Principi os, 18 de noviembre de 1943.
49
"Enseñanza reli gi osa e i nstrucción cívica¨, El Pueblo, 29 de dici embre de
1943.
50
"Gratitud nacional¨, El Pueblo, 8 de enero de 1944.
51
El texto del decreto en El Pueblo, 1º de enero de 1944.
52
"Por luminosos y definitivos derroteros marchará desde hoy la Argentina¨, El
Pueblo, 1º de enero de 1944; F.S. Tessi, "La restauración espi ritual de la educación
argentina¨, Criterio, 3 de febrero de 1944.
53
Cfr. REABA, enero de 1944, pp. 83-84.
54
La carta de monseñor Ferreira Reynafé, del 2 de enero de 1944, en REAC,
marzo de 1944, p. 100.
55
Cfr. "Gran repercusión del decreto sobre enseñanza religiosa¨, REAC,
febrero de 1944, pp. 67-68.
56
REASJ, febrero de 1944.
57
"Enseñanza rel igiosa¨, Estudios, enero-febrero de 1944, pp. 5-8.
58
"Concepci ón i ntegral de l a enseñanza religiosa¨, El Pueblo, 9 de enero de
1944.
59
G.J. Franceschi, "El decreto acerca de la enseñanza rel igiosa¨, Criteri o, 20
de enero de 1943.
60
G.J. Franceschi, "Un 'grave probl ema argentino' imaginario¨, op. cit.
61
L. García de Loydi, Cuatro poderosas razones i mponen la enseñanza
religiosa en las escuelas, Buenos Aires, 1944.
62
"El Episcopado argentino y la enseñanza rel igiosa¨, El Pueblo, 10 de febrero
de 1944.
63
"Carta Pastoral del Episcopado Argentino sobre la implantación de la
enseñanza rel igiosa en las escuelas públ i cas de la naci ón¨, fechada el 11 de febrero
de 1944, en REABA, marzo de 1944, pp. 134-142.
64
Cfr. Archivo de la Di ócesi s de Mendoza, (ADM), "Mons. T.J. Solari,
Secretario de la Comisión Permanente, a mons. A. Buteler¨, 28 de enero de 1944.
65
En Córdoba, por ej emplo. El decreto correspondi ente en Anales de l a
Legislación Argentina, Decretos del Poder Ej ecutivo, Córdoba, 1944, n. 4608 A., del
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2 de febrero de 1944, p. 943. El decreto seguía a una campaña conducida en tal
sentido por Los Princi pios, cfr. "La escuela bisexual¨, 16 de octubre de 1943.
66
El decreto que creó el Ìnstituto en Anales de la Legislación Argentina, Decretos del Poder
Ejecutivo Nacional, 1944, Nº 15.951, del 20 de diciembre de 1943; cfr. también "El culto de las
tradiciones patrias¨, El Pueblo, 11 de noviembre de 1943. Sobre Carrizo, cfr. el cap. 1, nota 177.
67
Cfr. C. Mangone y J.A. Warley, Universi dad y peronismo, 1946-1955, p. 18.
68
Acerca de la cual remito a L. Zanatta, Del Estado l iberal a l a nación catól ica,
pp. 353-357.
69
J.L. Romero, Las ideas políticas en Argentina, Buenos Aires, Fondo de
Cultura Económica, 10ª ed., 1987, p. 244.
70
"El i nterés por el obrero¨, Los Princi pi os, 2 de diciembre de 1943.
71
"La recuperación del trabaj o nacional para l os fines de la argentinidad¨, El
Pueblo, 30 de octubre de 1943.
72
"Sano sindical ismo no es marxismo¨, El Pueblo, 25 de noviembre de 1943;
acerca del apoyo de Cabildo, cfr. D. Rock, La Argentina autoritaria. Los
nacional istas, su historia y su influencia en la vida pública, Buenos Aires, Ariel,
1993, p. 152; "Política obrerista¨, Los Principios, 19 de noviembre de 1943.
73
"El Ministerio de Trabaj o¨, El Pueblo, 27 de noviembre de 1943; "Asegurar 'l a
suprema digni dad del trabaj o'¨, El Puebl o, 2 de diciembre de 1943. En los días
siguientes el diario publ icó muchos otros comentarios, del mismo tono, acerca de l a
creación de la Secretaría. Análogo énfasis se advierte también en Los Pri nci pios, 1º
de diciembre de 1943.
74
Anal es de la Legisl ación Argenti na, Decretos del Poder Ej ecuti vo Nacional,
1943, n. 15.074 del 27 de noviembre de 1943, pp. 459-460.
75
Cfr. el telegrama enviado a Ramírez por los hombres de la Acción Catól ica
de Córdoba, "Elocuente despacho telegráfi co¨ y F. Casiell o, "El salario familiar¨, Los
Principios, 30 de noviembre de 1943; "Una nueva y gran conquista del salari o
familiar¨, El Pueblo, 24 de diciembre de 1943.
76
Véanse algunos ej emplos en Anales de la Legi slación Argentina, Decretos
del Poder Ej ecutivo, San Luis, 1944, decreto n. 499 del 31 de enero de 1944, p.
1247; y Tucumán, 1944, decreto del 29 de dici embre de 1943, pp. 1285-1286.
77
"Para bien de todos¨, Criterio, 6 de enero de 1944; "El contrato colectivo de
trabaj o¨, El Pueblo, 11 de febrero de 1944.
78
Monseñor A. Cal cagno, "En marcha hacia una nueva Argentina¨, discurso
pronunciado para Radio El Pueblo el 31 de diciembre de 1943 y reproduci do en el
"Suplemento Cátedra¨, El Pueblo, 2 de enero de 1944.
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79
G.J. Franceschi, "El decreto acerca de la enseñanza reli giosa¨, op. cit.
80
Véase, por ej emplo, E. Reyes, "Col aboración necesari a¨, Dios y Patria, 27 de
febrero de 1944.
81
L. Barrantes Mol ina, "El remedio que necesitamos¨, El Pueblo, 16 de febrero
de 1944.
82
Li bro de Actas de la Junta Central de la A.C.A., 21 de diciembre de 1943, v.
2, pp. 229-233.
83
Monseñor M. De Andrea, "Discurso pronunciado en la Plaza Nueve de Jul io
el 22 de noviembre de 1943¨, en Senado de la Nación, Pensamiento cristiano y
democrático de Monseñor De Andrea, pp. 100-102. Lo lábi l de ese límite daba
margen a evidentes ambigüedades, como aquél la reflej ada en el título que El
Pueblo, el 23 de novi embre de 1943, puso a la crónica de la manifestación en l a que
había hablado monseñor De Andrea: "Monseñor De Andrea hi zo el elogio del
corporativismo¨. Cfr. también "Monseñor De Andrea habl ó en un acto¨, Los
Principios, 23 de novi embre de 1943.
84
R.J. Bonamino, "El buen camino en materia sindical¨, El Pueblo, 11 de
diciembre de 1943. Sobre el decreto del 20 de j uli o de 1943 cfr. H. Del Campo,
Sindical ismo y peroni smo, p. 124.
85
Cfr. M. J. Chimento, "Autodisponiendo la fundación de una escuela de
formación de dirigentes de l a JOC¨, REALP, marzo de 1944, pp. 133-135; M.
Sánchez Márquez, "Historia de la Arquidiócesis de La Pl ata¨, op. cit., p. 52; REABA,
abril de 1944, p. 252.
86
Cfr., por ej emplo, la mediación pedida por un grupo de dirigentes ferroviarios
a monseñor Lafitte en Los Princi pi os, 6 de novi embre de 1943; también la atenci ón
dirigida a Córdoba por el general Gugli el mone, nombrado interventor federal, a los
sindicatos que estaban surgiendo por inici ativa de los Círculos Católi cos de Obreros
locales, cfr. REAC, abril de 1944, pp. 122-123.
87
G.J. Franceschi, "El decreto acerca de la enseñanza reli giosa¨, op. cit.
88
Esto es cuanto se rescata de los recuerdos de L. García de Loydi, La Iglesi a
frente al peronismo, Buenos Aires, 1956, p. 21.
89
A. Brucculeri S.J., "Monismo e plurali smo sindacale¨, Civiltà cattolica, 8 de
septiembre de 1943, pp. 400-407.
90
G.J. Franceschi, "Un 'grave probl ema argentino' imaginario¨, op. cit.
91
Un ej emplo de este tipo de interpretaciones, bastante di fundidas, en A.
Puiggrós y J.L. Bernetti (dir.), Peronismo: cultura política y educación, p. 309.
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92
Al respecto, cfr. L. Zanatta, Del Estado l iberal a la nación católi ca, pp. 122-
128, 211-218, 322-326.
93
Como lo ha observado, por ej emplo, R. Dri, La Iglesi a que nace del pueblo,
Buenos Aires, Nueva América, 1987, p. 52.
94
Acerca de esto debo remitir una vez más a L. Zanatta, Del Estado l iberal a la
nación catól ica, pp. 326-345.
95
F. Chávez, Perón y el justici al ismo, Buenos Aires, CEAL, 1984, p. 11.
96
A. Ponsanti, Maritain i n Argentina, pp. 367-373.
97
Según V. Frankl, op. cit. en C. Buchrucker, Nacionalismo y peronismo. La
Argentina en l a crisis ideológica mundial (1927-1955), Buenos Aires, Sudamericana,
1987, p. 305.
98
Como lo confirma F. Chávez, Perón y el justicialismo, p. 11.
99
Sobre la profunda anal ogía entre las ideas de Bunge y las de Perón cfr. J.L.
De Ìmaz, "Alej andro E. Bunge, economista y sociólogo, 1880-1943¨, Desarrol lo
Económi co, Nº 55, 1974, pp. 545-567. Sobre l a concepción organicista de Perón,
cfr. el anál isis de su discurso al hacerse cargo de la Secretaría de Trabaj o y
Previsión en J.C. Torre, La vieja guardi a si ndical y Perón, pp. 73-74.
100
J.L. De Ìmaz, "Alej andro E. Bunge, economista y soci ól ogo. 1880-1943¨,
señal a a Fi guerola y a otros discípulos de Bunge como autores de la formulación del
primer Plan Quinquenal del gobierno peronista en 1946. Sobre los víncul os de
Figuerola con la Acci ón Catól ica, cfr. F. Mall imaci, Catholicisme et État militaire en
Argentine, 1930-1946, p. 311. J.C. Torre, La vieja guardia sindi cal y Perón, pp. 73-
74, subraya en cambio la actuación de Figuerola j unto a Primo de Rivera.
101
En enero de 1944 apareció en El Puebl o una serie de artículos de C.
Moyano Llerena, militante catól ico de la órbita de l os Cursos así como miembro del
Ìnstituto de Ìnvesti gaciones Económicas y Soci ales A.E. Bunge. Moyano Ll erena y
sus col egas del mismo Ìnstituto, muchos de cuyos artículos aparecerán en el
transcurso de 1944 en El Puebl o, publ icaban al mismo tiempo también en la Revista
de Economía Argentina, además de colaborar con el Ìnsti tuto de Estudios y
Conferencias de la Unión Ìndustrial Argentina, cfr. C. Lucchini, Apoyo empresari al
en l os orígenes del peronismo, Buenos Aires, CEAL, 1990. También Criterio, 21 de
octubre de 1943, se había hecho eco de las actividades del Ìnsti tuto A.E. Bunge.
102
Cfr. C. Buchrucker, Nacional ismo y peronismo, p. 308.
103
Cfr. E. Pavón Pereyra, Perón tal como fue, Buenos Aires, 1986, pp. 49-58.
104
J.C. Torre, La vieja guardia sindical y Perón, p. 75.
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105
"La soberanía nacional¨, Los Pri ncipios, 26 de noviembre de 1943.
106
Sobre la reacción nacional ista, por ej emplo en la provi ncia de Tucumán, cfr.
los recuerdos de E.F. Mi gnone en A. Puiggrós y J.L. Bernetti (dir.) Peronismo:
cultura política y educación, pp. 352-353.
107
Véase, por ej emplo, la firme condena al totalitarismo por parte de monseñor
Barrere, obispo de Tucumán, en "Oportuna advertenci a episcopal ¨, La Prensa, 23 de
noviembre de 1943. En monseñor Barrere, como probablemente en monseñor
Lafitte, arzobispo de Córdoba, es difícil eval uar hasta qué punto ci erta vena
filoal iada podía deberse a su ascendenci a francesa, poco i ncl inada a tolerar a los
alemanes acampados en París.
108
Cfr. B. Del Carril, Memorias dispersas. El coronel Perón, Buenos Aires,
Emecé, 1984, pp. 21-22, para el cual l a "tercera posición¨ se debía al Movimiento de
Renovación.
109
La importancia de Boli via en el anál isis estratégico del GOU en R. Potash,
Perón y el G.O.U., "La situación i nternacional argenti na¨, pp. 191-197. Sobre el
contexto bol iviano de la época cfr. L. Whitehead, "Bol ivia¨, en L. Bethell e Ì.
Roxborough (ed.), Latin America between the Second World War and the Cold War,
1944-1948, Cambridge, Cambridge University Press, 1992, pp. 120-146.
110
Cfr. A. Ostria Gutiérrez, Un pueblo en l a cruz. El drama de Boli via, Santiago
de Chi le, 1956, citado en E. Díaz Arauj o, La conspiraci ón del '43, op. cit., Buenos
Aires, 1971, p. 229.
111
R. A. Potash, Perón y el G.O.U., pp. 364-374.
112
"Trascendental decisión¨, El Pueblo, 27 de enero de 1944.
113
G.J. Franceschi, "El decreto acerca de la enseñanza rel igiosa¨, op. cit.
114
V. Fi l ippo, "Pról ogo¨, en Confabul aci ón contra la Argentina, Buenos Aires,
De Lista Blanca, 1944.
115
Véase, por ej emplo, "El hál ito de la estepa¨, El Pueblo, 4 de febrero de
1944.
116
Cfr., sobre este aspecto, el testimonio del profesor O. Ìvanissevich, en E.
Pavón Pereyra, Diario secreto de Perón, Buenos Aires, Sudamericana-Pl aneta,
1985, p. 78.
117
Cfr. J. Perón, Del poder al exi l io. Cómo y quiénes me derrocaron, Buenos
Aires, s.f., p. 52. Evita, recuerda Perón, se prestó a trabaj ar para los damnificados
por el terremoto con una voluntad y una fe que recordaban l as de los "primeros
cristianos¨. Véase también M. Navarro, Evita, edición corregida y aumentada,
Buenos Aires, Planeta, 1997, pp. 73-77.
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118
Cfr. REABA, febrero de 1944, pp. 122-125. Un hecho curioso: precisamente
entonces Al bert Camus, en la célebre novela La peste, hi zo pronunciar una prédica
igualmente apocalípti ca a un j esuita. En Argentina lo hi zo un general.
119
Para estas informaciones cfr. REABA, febrero de 1944, pp. 122-125; R.P.A.
Doglia, S.J., "El representante del Papa en la castigada San Juan¨, El Puebl o, 27 de
enero de 1944.
120
Al respecto véase REASJ, febrero de 1944, pp. 78-82; "Alocución del señor
Vicario General del Ej ército en los funeral es por las víctimas de San Juan¨, Revista
Mi litar, febrero de 1944, pp. 397-400.
121
Cfr. sobre todo, "Alocución del señor Vicario General del Ej ército en los
funerales por las vícti mas de San Juan¨, op. cit.
122
REASJ, febrero de 1944, pp. 38-43.
123
"General J.H. Sosa Mol ina. La Acción Catól ica y asociaciones rel igiosas l e
tributaron un expresivo homenaj e¨. REASJ, agosto de 1944, pp. 291-294.
124
"San Juan resurge. Reportaj e al señor Arzobispo de Cuyo¨, diario Los
Principios, de Córdoba, citado en REASJ, agosto de 1944, pp. 196-198.
125
Ibidem; véase además el discurso de M. Martínez de Hoz, "La obra de
emergencia en San Juan¨, REASJ, j ulio de 1944, p. 253.
126
S. Carr, "Reportaj e al señor Obi spo de Mendoza, monseñor A. Buteler¨, Los
Principios, 28 de enero de 1944.
127
La versi ón de Rodríguez y Olmos en ARGRE, "Rodríguez y Olmos a
Gi lbert¨, 9 de febrero de 1944. Cfr. también Tribuna, 9 de abri l de 1944, citado en
REASJ, mayo de 1944, pp. 133-135.
128
Sobre las pol émicas de la prensa, cfr. El Búho, 20 de febrero de 1944;
todos l os documentos sobre este conflicto en ARGRE, Expdte. Terremoto de San
Juan.
129
Las importantes implicaciones de esta aparente paradoj a se tratan, en un
arco de tiempo más extenso, en L. Zanatta, Perón, l a Igl esi a y la reforma que no
fue. Patronato naci onal y confl icto con la Santa Sede en la reforma constitucional de
1949, informe presentado al 49º Congreso Ìnternacional de Americanistas, Quito, 7-
11 de j uli o de 1997.
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3
1944. Auge y crisis deI nacionaIismo catóIico: entre eI Estado confesionaI y Ia
democracia corporativa
La Iglesia y el espectro de la l iberali zaci ón política
1944, año turbulento para la Argentina. Surcado por una cróni ca inestabil idad
política de lógica a menudo inescrutabl e, por conflictos ideológicos mezcl ados con
luchas políticas y social es, con guerras entre caudi l los o entre grupos militares, con
poderosas presiones internacionales. Ìnaugurado baj o firme hegemonía nacional ista,
a su cierre se perfilaba el retorno a l a normalidad constitucional. Mi entras tanto, el
universo nacional ista había hecho implosión, y se habían defini do cada vez con
mayor nitidez los confines que separaban a los sectores de espíritu populista de
aquellos tradi cional istas y conservadores. La evol ución de l a guerra, y con ell a el
refuerzo de las oposi ciones, pasaron a ser factores cada vez más influyentes en la
determinación del curso de la revolución y de las estrategi as políticas de sus
protagonistas. La di námica frenética de los acontecimientos, los rápidos cambios de
escenario, hi cieron cada vez más patente, con el correr de las semanas, la urgencia
de revitali zar, ofreciéndol e una sali da política, su mito legitimador, la invocaci ón de
la "nación católica¨. So pena de muerte. A fin de que la revolución y su mito
inspirador pudieran sobrevivir y proyectarse hacia el futuro hacía fal ta que el los se
liberaran de sus resi duos aristocráticos, de las quimeras medievales, con los que
aún aparecían a veces recubi ertos, para "vivir¨ en la reali dad social argenti na,
conquistando a ese "puebl o¨ que el mismo mito quería "cristiano¨ por definici ón.
Precisamente, el mayor intérprete del potencial popular de aquel mito, por lo demás
tan presente en el catoli cismo popul ista, fue el coronel Perón, con su constante
esfuerzo, l levado a cabo durante todo el año 1944, por ampliar las bases sociales de la
revolución, de manera que ella pudiera afrontar el desafío de la liberalización política.
Las grandes líneas de este proceso empezaban a emerger, a fines de 1944,
como resultado de una trayectoria en modo alguno lineal y previsi bl e, durante la
cual, a lo largo de buena parte del año, se habían renovado, y l uego agotado, l os
intentos de i ntroducir, manu mi l itari , un nuevo orden político y social, i nspirado en
sus líneas generales en l os modelos español y portugués. Estos intentos, uni dos al
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viento de li beral i zaci ón que soplaba como reflej o de los triunfos aliados, habían
contribuido a revigori zar la protesta de las oposiciones, las que poco a poco habían
sustraído al gobierno la iniciativa política. Sobre el fondo de estos fracasos, y de
estos desafíos, la crónica inestabi l idad que agitó al gobierno, y con él al cuerpo de
oficiales, fue el reflej o de la batal la que se li bró en sus filas por la conquista del
mito de la "argentini dad¨, de la "nación católi ca¨. Es decir, por la hegemonía entre
las diferentes concepciones de ese mito que desde el comienzo habían convivido en
la revol ución. Durante l a batal la se mostró hasta qué punto eran i nadecuadas l as
concepciones el itistas, puramente restauradoras, de dicho mito, que amenazaban
con sumergir a la revolución en un aislamiento l etal; su único resultado habría si do
el retorno al ancien régi me, y, por lo tanto, la humillación de l as Fuerzas Armadas
que, para abatirlo, se habían sublevado el 4 de j unio de 1943. En esa batall a,
inversamente, Perón emergió cada vez más como la encarnación de la única
concepción de ese mito, la popul ista, que podría evitar que la revol uci ón se
hundiera, y que las Fuerzas Armadas quedaran humilladas. Sin embargo, al implicar
una proyecci ón de l a revolución en el hori zonte de la política, se perfilaba también
como una concepci ón destinada a "contaminar¨ ese mito, a doblegarlo teniendo en
cuenta las priori dades políti cas, l os equi li brios de l as fuerzas en j uego. Se cumplía
así un proceso que no podía dej ar de someter a erosión su "pureza pri migenia¨,
fruto de su procl amado "apoliti cismo¨, o, mej or aún, "metapoliticismo¨, y que, por lo
tanto, inducía a una creciente fragmentación entre quienes en él se habían
inspirado.
Entre el los se destacaba sin duda la Ìgl esia, que desde el comienzo de la
revolución había compartido sus destinos, y que por cierto no pudo sustraerse a sus
aflicciones. Tanto que, de hecho, vivi ó en carne propia sus contratiempos, y del
mismo modo que la revolución, fue dividi da por contrastes cada vez más profundos.
La lucha abierta, en algunos planos, entre diferentes concepci ones ÷también muy
alej adas entre sí÷ acerca de la "nación católi ca¨, de la que la Ìglesia también fue
inevitable presa, signó en sí un giro en el l argo proceso de su renacimiento. La
lucha revelaba abiertamente cómo, lej os de garanti zar la unidad espiritual de la
nación, aquel mito no sólo figuraba entre l as causas de su desgarramiento, sino que
incluso aparecía como inadecuado para garanti zar la cohesi ón de todos los que
adscribían a él. En síntesis, si a comienzos de 1944 l a Ìgl esi a aún parecía exaltada
por la perspecti va de una cristiani zación rápida e integral del Estado y de l a
sociedad, a fines de año ya empezaba a tomar conciencia de su fracaso, así como
de lo ineluctable del retorno de la "política¨ y de sus protagonistas. Al mismo tiempo,
la sal ida del mito de la "naci ón catól ica¨ del puerto seguro de las i nstituciones
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"fundantes¨, la Ìgl esi a y el Ej ército, y su creciente politi zación, o "seculari zaci ón¨, l e
creaba probl emas análogos a l os de la revolución en su conj unto. Por un lado ésa
parecía la única perspectiva que podría salvaguardar sus princi pios y evitar el
retorno al statu quo ante. Por otro lado, minaba aun más profundamente la cohesi ón
interna, amenazando su capacidad de conservar presti gio, influenci a, credi bi l idad,
en el orden político que emergería con el retorno de los civi les al poder, cualquiera
que éste fuera. Tanto más porque, con las victori as ali adas y l a reactivación de los
partidos de la oposi ción, hasta el pequeño Ej ército de los ll amados "catól icos
liberal es¨ pareció i ncrementarse y convertirse en una variabl e de creciente
importancia en los equil ibrios eclesiásticos. De allí el perfil cada vez más alej ado de
la actualidad política que la Ìglesia empezó a asumir a fines de 1944, así como su
actitud por l o menos públ icamente más prudente, dirigida a contener l a apremiante
amenaza de que, tal como le había ocurrido al nacionali smo, el mundo católico
también hiciera implosión.
Pero a l as analogías con los di lemas de la revolución, la Ìgl esia añadía una
especificidad: una vez devenido "real idad¨, "instrumento¨ ideol ógico en el mar
abierto de la política, el mito de la "nación catól ica¨ se escapaba en gran medida del
control ecl esi ástico. Más explícitamente: en la perspectiva del retorno a la
normalidad política, a la competencia entre partidos, la Ìglesia perdería ese papel de
guía ideológica que, a l a inversa, había podido desarrol lar ampli amente durante el
régimen militar. La esenci a de ese rol, condensada en el mito de la "nación
catól ica¨, habría podido sobrevivir si de la revolución militar hubi era surgido un
movimiento que reafirmara su inspiraci ón en la vida política. Pero en ese caso, l a
Ìglesia habría sido fuertemente tributaria de dicho movimiento, que se hubi era
proyectado como protector de la doctri na catól ica frente a las insidias de sus
enemigos. Con mayor razón si se considera que los parti dos de la oposición
tomaban, como consecuencia de l a experiencia autoritaria y confesional de l a
revolución, un perfil cada vez más anticleri cal.
Por lo tanto, en su conj unto, aun cuando la politi zación del mito le creara
crecientes problemas, incluso en la relación con el gobi erno, sobre todo a causa de
sus secuelas de inestabi li dad política y radical i zación soci al, l a Ìgl esi a si gui ó
cultivando con firmeza la perspectiva de salvar todo lo posible del proyecto
revolucionario, y de evitar a toda costa l a restauraci ón del vi ej o orden político. De
ser necesari o, adoptaría una función moderadora respecto del cari z cada vez más
radical tomado por la revolución. Quedaba entendido, sin embargo, que al seguir
defendiéndola, se defendía a sí misma y a todo lo que había conseguido: en primer
lugar el reconocimiento del catol icismo como elemento cardinal de la identidad
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nacional y, por ende, en sentido lato, de la legitimidad políti ca e incluso del pri nci pi o
de ciudadanía. Pero también defendía elementos más concretos, como la
restauración de la enseñanza rel igi osa, el ingente sostén económico recibido, una
política exterior fundada en la soberanía de la nación católica e hispánica en
contraposi ción a las miras hegemónicas de los Estados Uni dos, de las que era
reflej o la "invasión¨ de las sectas protestantes en el país, una política social basada
en la colaboración entre las clases y la "argentini zación¨ de l a clase obrera, y l a
firme determinación de reprimir al comunismo y de impedir el retorno al poder de l os
partidos "l iberales¨.
Un año de inestabi lidad: Iglesi a y política en 1944
El ascenso del general Farrel l como j efe de Estado y la caída de Ramírez, al
comienzo oficiosos, en febrero de 1944, y luego definitivos, en marzo, provocaron
cierta alarma en l as filas eclesiásticas. Tanto que, para obtener seguri dades acerca
de la natural eza de la crisis política en curso en Buenos Aires, la Secretaría de
Estado vati cana convocó al encargado de negocios argentino.
1
Ya sea porque dicha
crisis revelaba l a profundidad de las divisi ones que surcaban la revol uci ón, y por lo
tanto la i nestabil idad a la que la revolución estaba suj eta, ya sea porque dicha crisi s
se producía sobre el fondo de la ruptura con el Ej e, que había determinado una
grave hemorragia de cuadros nacional istas, en general vinculados con el mundo
catól ico. Para la Ìgl esia, entonces, era pri oritario asegurarse que la sucesi ón en la
cúpul a de la revolución no implicara el abandono de las ori entaciones políticas
asentadas en el momento de la crisis de octubre de 1943. También, que l a selección
de los nuevos cuadros, con los que se sustituiría a los que habían abandonado l a
revolución, se siguiera haciendo entre l os hombres del campo católi co.
Los primeros pasos de l a presidenci a de Farrell correspondi eron por lo tanto no
sólo a una fase de redefinici ón del curso revolucionario, sino t ambién a una de
reordenamiento en las relaci ones entre l a Ìglesi a y l a revolución. Esto se debió
sobre todo a la incerti dumbre acerca de las estrategias que l a revolución perseguiría
en la edificación de la "naci ón católica¨, en una fase en la que, por un lado, l as
soluciones puramente autoritarias encontraban enormes resistencias, y por el otro,
la ruptura con el Ej e representaba un paso implícito hacia la restauración de
instituciones fundadas en un mínimo de representatividad. Ante esa perspectiva, era
necesario que la revolución se preparara.
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En tal sentido, el nuevo Presidente envió inmediatamente mensaj es
tranqui li zadores a l as autoridades eclesiásticas, afirmando que era un obj etivo de
los militares restaurar la democracia, pero subrayando que el la debería
caracteri zarse por una "neta esencia argentinista¨ y que el gobierno no aceptaría
que en su nombre se afirmaran "confabulaciones hosti les a l a nacional idad¨.
2
La
especificación, si bien li gada a una profesión democrática diri gida a moderar las
presiones al iadas, al udía claramente, con el recurso al adj etivo "argentinista¨, a un
universo de val ores en el cual no sól o el catol icismo dominaba, sino que la
concepción misma de democracia sufría una metamorfosis. Por otra parte, tal como
Farrel l también los nuevos ministros subrayaron l a conti nuidad, en el pl ano
ideológico, entre el nuevo y el viej o curso revol uci onari o. Esto incluía al almirante
Teisaire, nombrado ministro del arma más exenta de i nfatuaciones confesionales, l a
Marina, sobre cuya pertenenci a a la masonería ya se murmuraba, quien se presentó
por primera vez ante la prensa invocando Dios y Patria.
3
El conjunto de esas circunstancias se reflejó en el recibimiento reservado a Farrell por El
Pueblo, que fue positivo y cauteloso al mismo tiempo.
4
Positivo por la feliz solución de la crisis,
así como por la confirmación de que los objetivos de la revolución permanecerían inmutables.
Pero cauteloso al poner en guardia contra la inestabilidad política y la frenética alternancia en los
cargos de gobierno en todos los niveles. Lo que preocupaba sobre todo al mundo católico era el
torbellino de sustituciones que se había desencadenado en los puestos políticos estratégicos
luego de la crisis. La preocupación se basaba en la eventualidad de que de este modo se
infiltraran en la revolución exponentes más o menos camuflados del viejo orden liberal: los
periódicos católicos combatieron echando mano del más tradicional de sus instrumentos de
presión, dejado en segundo plano luego del 4 de junio: agitar el espectro del comunismo que
amenazaba con gravitar nuevamente en los destinos nacionales.
5
Por otra parte, esa
preocupación encontraba fundamento en un elemento objetivo. Buena parte de los cuadros
civiles que habían gobernado con Ramírez provenían de los ambientes católicos, en general
próximos al nacionalismo, y las nuevas autoridades se encarnizaban en sustituirlos: ¿lograría el
mundo católico proveer de suficientes cuadros nuevos? Con mayor razón a la luz de que los
cuadros dirigentes católicos que estaban en condiciones de asumir cargos de gobierno no eran,
por cierto, muy numerosos.
Precisamente entonces, de manera coherente con la reafirmada adhesión a los
principi os de l a "naci ón catól ica¨, los círculos gubernamentales empezaron a activar
contactos con el fin de encontrar, siempre dentro del mundo catól ico, pero sobre
todo en ambientes que hasta entonces habían quedado fuera de la gestión del
poder, a los sustitutos de los cuadros nacional istas que habían dimitido. Dentro de
este contexto Perón contactó, en marzo, a Bonifacio Del Carril, líder del Movi miento
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de la Renovaci ón, un grupo católico casi desconocido para la opinión públ ica, pero
bien dotado de i deas y de hombres, por lo general dirigentes de la Acción Católica o
intel ectuales catól icos.
6
El movimiento conj ugaba la tradicional prédica nacional ista
y antil iberal con un acento explícitamente hosti l a los totalitarismos, y por lo tanto
podría ofrecer una contribución provechosa en el contexto político que si gui ó a la
ruptura con el Ej e. En especi al porque llevaba como dote una cautivante reflexión
acerca de l a perspectiva de una "tercera vía¨ para la Argentina, centrada en el
corporativismo cristi ano y, por lo tanto, igualmente alternativa frente a las
democracias li berales y a los totalitarismos.
7
Dadas estas premisas, los temores eclesiásticos se esfumaron como por
encanto entre fines de abril y comienzos de mayo, cuando l a revol uci ón pareció
nuevamente tomar con decisi ón el carri l político que corría a la sombra de cruz,
espada y j usticia soci al. El nombramiento de Perón para el mini sterio de Guerra y el
del general Perl inger en el ministerio del Ìnterior parecieron por un instante
cicatri zar el desgarro con el nacional ismo y reverdecer la perspectiva de una
conj ugación entre éste y la veta soci al de la revol uci ón. Muchos catól icos
nacional istas volvieron al gobierno, mientras ingresaron por pri mera vez Del Carri l y
otros catól icos de Renovación que, col aborando con Perl inger en el ministerio del
Ìnterior, demostraron, según El Puebl o, que la revolución había cumplido un paso
más hacia la restauración de su pasado hispánico y catól ico.
8
Luego de la breve fase de incertidumbre, en el país volvi ó a sopl ar con
renovado vi gor el viento de la "nación católi ca¨. Farrell, al asegurar nuevamente su
lealtad a l a inspiración origi nari a de l a revolución, aclaró expresamente que el
fundamento de la uni dad naci onal debería ser la fe católica. Ìnduj o pues a la prensa
catól ica a abandonar toda cautela y a manifestar plena confi anza en los nuevos
ministros, así como en su voluntad de purgar sus reparticiones de las infiltraciones
que se hubieran producido en ell as.
9
Análogos reaseguros prodigaron también los
dos hombres fuertes del gobierno. Uno era Perón, que como se verá en su momento
no cesó un instante de manifestar, con la palabra y con los hechos, su deuda hacia
la doctrina social de l a Ìgl esia; el otro, Perlinger, que señal ó en la "afirmación de la
unidad espiritual del país¨ un obj etivo irrenunci able de la "revoluci ón pura y
auténticamente argentina¨ que el 4 de j uni o de 1943 había asumido lo que el país
reclamaba con urgencia: "que fuera una verdad l a conj unción de la tradición y la
reali dad argentinas [...] a despecho de las infiltraciones y penetraciones
foráneas¨.
10
El 4 de j uni o de 1944, en ocasi ón de l as celebraciones del primer aniversario de
la revolución, ese cli ma de renovado entusiasmo llegó a su apogeo. Una infinidad de
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manifestaciones cléri co-militares hicieron resonar en todo el país un ensordecedor
himno a la hispani dad de la nación y al catoli cismo como su fundamento
exclusivo.
11
Los Te Deum y las misas en las pl azas públicas de las principales
ciudades, los discursos oficiales que pronunciaron l as máximas autoridades
eclesiásticas, el protagonismo de los capell anes militares: todo reveló que t ambién
para la Ìglesia el 4 de j unio, una fecha muy reciente de la historia política nacional,
sobre cuyo significado el país estaba divi dido, había entrado con pleno derecho en
las efemérides de la nación, a la par de otras fechas que recordaban los momentos
clave de la edificaci ón de la nación.
12
Sobre ese fondo, la exposici ón organi zada en
celebración de las obras revolucionarias fue personalmente bendecida por el
cardenal Copel lo, y El Pueblo lanzó la propuesta de que la misma pasara a ser
itinerante, de manera que todos los argentinos pudieran visitarl a y darse cuenta del
camino regenerador emprendido por el país.
13
El mismo presidente Farrel l, al
referirse enfáticamente al anclaj e de la revolución en sus orígenes, expresado en su
"programa claro, val i ente y definido¨, tranquil i zó hol gadamente a l a Ìgl esi a, en
especi al, reivindicando con firmeza el decreto que había reintroducido l a rel igión en
las aulas.
14
Pero entre las líneas del discurso oficial, como entre aquel l as líneas de la
reacción que el mismo suscitó en el mayor diari o catól ico, emergían en realidad
algunos elementos de la ideología revolucionaria que, aunque no novedosos,
asumían entonces por primera vez un perfil más destacado. Estos elementos
revelaban l a ambición revolucionaria de acredi tar al movimiento surgido el 4 de j uni o
una legitimidad "'popular¨, y por l o tanto "democrática¨. Respondían en parte a l a
necesi dad de contrarrestar las acusaciones de autoritarismo dirigidas a l a
revolución, pero también a prefigurar el i ntento de cultivar y ampliar su consenso
"popul ar¨ en la perspectiva de un orden político nuevo. En ese orden, la relación
entre los gobernantes y el "pueblo¨ se perfilaba tanto en términos de tutel a, de los
primeros hacia el segundo, como en términos de investidura directa, plebiscitaria,
en sentido inverso. En él, la "democracia¨ se expresaría por la unidad del "pueblo¨
con sus gobernantes; tanto, que una oposición política verdaderamente legítima
habría resultado inconcebi ble en ese nuevo orden, como lo era la i dea de que fuera
posible oponerse al "puebl o¨. Fue desde esa óptica que Farrell se refirió a las
Fuerzas Armadas y al "pueblo¨ como los únicos soberanos del destino de la nación.
También desde el la, El Pueblo aplaudi ó su "actitud democrática¨, que confirmaba
que las i nstituciones militares representaban a los "cel osos guardi anes del bien
social argenti no¨, glosando que no sólo oponerse, si no i ncluso permanecer
indiferentes a la revol ución, constituía "un antipatri otismo inconcebible¨.
15
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El perfil de régimen de cri sti andad del gobi erno de Farrel l se reveló muy pronto
ilusorio, si no efímero. Aún a fines de j unio, en ocasión de la cel ebración del Día del
Pontífice, su carácter confesional pudo ser enfáticamente celebrado,
16
pero ya a
comienzos de j ulio la caída del general Perl inger, y la consecuente nueva
hemorragia de cuadros catól icos nacional i stas de los rangos de gobierno, signaron
el ini cio de una nueva fase de la revoluci ón. Esta fase se caracteri zó ante todo por
la consol idación del poder, y de la estrategia, de Perón, que j ustamente entonces
acumuló a los cargos de secretari o de Trabaj o y Previsi ón y de ministro de Guerra el
de vicepresidente de la Repúbl ica. Pero mirada en una perspectiva más amplia, esa
nueva fase tuvo un significado de parecida relevancia desde el punto de vista
catól ico: terminaba en aquel momento, con l a sanción de su fracaso, l a "vía militar a
la cristiandad¨ y se abría en cambio l a etapa "política¨ de la revolución. Vale decir
que, considerado el peli groso aislamiento al que la imposición autoritaria del Estado
cristiano estaba conduciendo el movimiento del 4 de j unio, empezó a manifestarse,
baj o la égi da de Perón, un diseño dirigi do a romperlo. Tomando nota de que la
sociedad argenti na no podía ser gobernada como un l aboratori o en el cual efectuar
experimentos y al cual imponerle modelos, ese diseño se proponía arraigar en su
tej ido los pri nci pios originarios de la revol ución, comprometiéndose en el i ntento de
construir alianzas con aquell os protagonistas que serían más útiles para el propósito
de romper el aislamiento, fuesen esos actores los líderes sindicales o al gunos
dirigentes de los parti dos tradicionales.
En sí, ese diseño se proyectaba como el único capaz de "salvar¨ lo salvabl e de
la revolución. A diferencia de l a estrategi a naci onal ista y rígidamente confesional,
tomaba debida cuenta de que l a Argentina era un país en rápi da transformación, que
estaba en l os umbrales de la civi li zaci ón i ndustrial, donde nuevos sectores soci al es,
en su mayoría popul ares, tocaban a la puerta de la vida política y social. Además,
era un país en el que las raíces de la cultura laica y l iberal se revelaban más
resistentes de cuanto los revolucionarios y la Ìgl esi a j amás habían querido admitir.
En consecuencia, la i mposición de un régi men de cristiandad estaba exigiendo dosis
masivas y creci entes de represión, precisamente cuando la evolución de la guerra,
tributando una renovada "sacralidad¨ a la democracia, vol vía a encender las
presiones hacia la li berali zación política. En este contexto, los princi pi os ideológicos
de la "nación catól ica¨ que habían inspirado la revolución podrían salvaguardarse
mej or con una política dirigida a ampliar sus bases sociales, así como a fundar su
legitimidad popular, antes que con una pol ítica fundada en la autosuficienci a militar
y un anacrónico cl eri cal ismo, inevitablemente destinada a fracasar.
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No obstante, desde el punto de vista ecl esiástico, no había motivos para recibir
con entusiasmo el pasaj e de l a fase "militar y confesional¨ a la "política¨ de la
revolución, que en reali dad no fue lineal ni repenti no. El lo determinó el inicio de un
cambio en el rol de la Ìglesia en la revol ución, ante todo, rompiendo su relación
simbiótica. Frente a l a perspectiva de la l i beral i zación políti ca, el papel de guía que
ell a había ej ercido hasta entonces debía necesariamente dej ar paso a la dialéctica
entre el gobierno y los actores políticos tradici onales, con cuya excl usi ón la
influencia de la Ìglesi a había ganado i nmensamente. En el contexto de la transici ón
política que entonces se entreabría, la Ìglesia, li gada a doble fil o con la revolución y
privada de fuertes bases de apoyo en el sistema político tradici onal, no podía sino
perder progresivamente su autonomía y depender cada vez más de la acción del
gobi erno para defender las conquistas conseguidas después del 4 de j unio. En tal
sentido, no fueron tanto los contenidos de la estrategi a perseguida por Perón los
que suscitaron las dudas de la Ìglesia y hasta sospechas, sino el hecho de que esa
estrategia escapaba a su guía, constriñéndola a una posición subalterna en relación
con un gobi erno que se inspiraba precisamente en su doctrina. Esta circunstanci a
chocaba fuertemente con la cultura sustancialmente teocrática que la impregnaba.
El malestar causado por el giro "político¨ de la revolución en l as filas catól icas
se expresó a propósito de al gunas cuestiones específicas. En primer lugar, la nueva
tanda de nombramientos que desde agosto abarcó a toda la administración pública,
y de manera particul ar al Poder Judicial y las intervenciones a las provi nci as. El
fenómeno no sól o reflej aba la conflictividad existente entre las diferentes facciones
militares en el interior de la revolución; también revelaba la intención del gobi erno
de cooptar en sus propias filas, de acuerdo con su estrategi a política, a algunos
sectores de la sociedad civi l. La consecuencia fue a menudo el alej amiento de los
cargos de responsabil idad de aquell os cuadros que gozaban de la confianza de l a
Ìglesia para dar l ugar a representantes de sectores políticos o si ndi cal es con los
que no tenía vínculos. Desde esta perspectiva, la advertencia de El Puebl o a fin de
que el gobierno se dedicara a la pars construens de la revol ución, dado que aún
quedaba mucho por hacer para completar el "excel ente¨ programa, revelaba su
impaciencia respecto de un proceso de l i beral i zación que le parecía prematuro y
capaz de poner en peli gro los obj eti vos revolucionarios. Sobre todo, la obl igaba a
pasar a un plano menos protagónico con respecto a l as posiciones hegemónicas que
consideraba haber conquistado.
17
Los mismos motivos del malestar eclesiástico se manifestaron en forma aguda
en octubre, cuando el gobierno empezó a nombrar sistemáticamente a funcionarios
civi les en lugar de militares en numerosos cargos, tanto políticos como
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administrativos. En la estrategia "política¨ puesta en marcha por Perón esto
correspondía a obj eti vos totalmente lógicos: romper el frente de las oposiciones y
ampliar l as bases popul ares de la revol ución, invol ucrando especi almente a un
sector del radical ismo. Pero el úni co "partido catól ico¨ argenti no eran precisamente
las Fuerzas Armadas. Para la Ìglesia, el las eran las úni cas garantes de la
edificaci ón de la "nación catól ica¨. A la inversa, los ci vil es suscitaban su
desconfianza. ¿Qué garantía podrían ofrecerle? De aquí el temor acerca de las
orientaciones de l os nuevos cuadros políti cos, así como de que el gobierno estuviese
poniendo fin antes de tiempo a la obra revolucionaria. De esa desconfianza por los civiles surgía
también la apelación a formar inmediatamente "equipos de civiles¨ impregnados en el espíritu del
4 de junio: hasta que éstos no estuvieran disponibles ÷advirtió El Pueblo÷ "no habrá derecho
para nadie, militares o civiles, a dar por terminada la obra constructiva de la Revolución¨.
18
Precisamente acerca de este punto la posición catól ica no tenía visos de
reali dad y era necesariamente perdedora. Lo que el la revelaba no haber
comprendido, y que Perón en cambio había comprendido perfectamente, era que la
revolución no tenía ti empo para esperar a que la nueva clase di rigente "argentinista¨
que el la necesitaba se formara de la nada, sino que era necesario echar mano, y
rápido, de lo que ya existía. No para poner fin a la obra revolucionaria, sino para
salvaguardar l o esencial antes de que acabara desbaratada. Considerando lo
existente, no cabía duda de que, al haber dado prioridad a la "vía militar a la
cristiandad¨, la Ìglesia no había formado cuadros "políticos¨. La Ìglesi a había
demostrado saber nutrir de hombres a un régimen de facto, militar, que no se
legitimaba en el consenso, pero su atávica repugnancia por la "política l iberal¨ y su
sistema de "parti dos¨ la hacía ahora inoperante ante la perspectiva de su
restauración.
Sin embargo, la emergenci a de tales tensi ones entre el gobierno y l a Ìglesia no
comportaba de modo alguno una contraposici ón frontal. La Ìglesia, en suma, no se
pasó a "la oposici ón¨. Tanto, que poco después del giro de j uli o monseñor
Franceschi defendió a capa y espada al gobierno de l as acusaci ones de
totalitari smo que en aquel momento le dirigían cotidianamente de muy diversas
partes.
19
Hasta el padre Meinviel le, en l a vertiente naci onali sta, alabó en esos
mismos días la reivindicación de la "voluntad de ser¨ de l a nación que había
pronunciado el presi dente Farrel l al hablar al cuerpo de oficiales.
20
Por otra parte,
el gobi erno demostraba por todos l os medios su intención de mantener
estrechamente entre sus manos las riendas de la l iberali zaci ón política, a fin de
determinar su amplitud y sus tiempos. Así lo revel aba la ambigüedad del decreto
con el que el 8 de agosto el iminó las suspensiones impuestas a la prensa, donde se
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reafirmaba que su deber era el de colaborar con "la obra de renovaci ón que se está
reali zando¨, y del cual quedaron excluidas aquell as publ icaciones que habían si do
cerradas porque se volcaban a l a "difusión de teorías sociales contrarias a nuestra
organi zaci ón instituci onal¨.
21
Todas estas circunstancias constituían un reaseguro
para la Ìgl esi a acerca de la prudente evol ución de la revolución.
Fue el mismo Farrell qui en confirmó una vez más, explícitamente, la fideli dad
del gobierno a su doctrina. Lo hi zo precisamente en ocasión del esperado discurso
con el cual, el 6 de septiembre de 1944, al anunciar la l iberación de los presos
políticos, dio oficialmente comienzo a l a l i beral i zación política. Somos "miembros de
la ci vi li zaci ón occidental ÷dij o entonces el Presidente÷. Por eso adquieren en l a
orientación del gobierno particular si gnificación los valores reli giosos, a los que el
pueblo argentino ha prestado y presta reverencia y acatamiento¨. Es "ese espíritu de
fe que diferencia las sociedades civil i zadas de los paganismos totalitarios¨.
22
El
discurso fue acogi do por El Pueblo como una "ratificación enérgica¨ de los
postulados revolucionarios: l a doctrina cristiana seguía siendo por l o tanto la
inspiración de fondo del accionar del gobi erno, al que debía seguir asegurándose el
sostén eclesiástico. Aun cuando debería resultar cl ara l a necesidad de evitar los
riesgos de una acel eración incontrolada de la li beral i zación. En tal sentido cabía
censurar todo abuso de las l ibertades concedi das, así como la impacienci a por el
rápido retorno "a una mal llamada normalidad¨. La li beral i zaci ón política, en otros
términos, j amás hubi era debido implicar un retorno enmascarado al pasado l iberal.
El gobierno, por ende, debería vigi lar que ell o no ocurri era. La explícita apelación de
Farrel l al "occi dente cristiano¨ parecía, a tal respecto, tranqui l i zante, y ll evaba al
diari o católico a definir como "inadmisibl e toda actitud que no sea de repudio por las
ideologías foráneas o extremistas, y particularmente las llamadas total itarias, que
no condi cen por cierto con los derechos y garantías individuales que la Constitución
asegura a l os habitantes de la Argentina¨.
23
Esta última afirmación revelaba de qué modo la Ìgl esia, precisamente como la
revolución en su totalidad, estaba viviendo importantes cambios, generalmente
inducidos por la impracticabil idad de la "vía militar a l a cristiandad¨ y, por l o tanto,
por la necesidad de prepararse para afrontar la perspecti va imprevista de la
liberal i zación. Estos cambios tuvieron que ver en primer lugar con el lenguaj e: la
recurrente apelación a la hispanidad empezó a atenuarse para dar l ugar a aquél la,
más a tono con los nuevos equi li brios mundiales, al "occidente cristiano¨. Un énfasis
absol utamente inédito asumió la condena a los totalitarismos, que empezó a
aparecer separada de la paralela condena al li beral ismo. La neutrali dad ideológica
entre los frentes beligerantes empezó a ser desmantelada, y casi cesaron los
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ataques hasta entonces dirigidos a las "democracias li beral es¨. En suma, la Ìglesi a
se mostró cada vez más consciente de los riesgos conexos con la identificación con
un diseño político autoritario y confesional: riesgos de aislamiento de la sociedad,
de acabar en el banqui ll o de l os acusados una vez restaurada la democracia, de
perder todas l as conquistas y terminar en los márgenes del nuevo orden político.
Sobre todo, riesgos de di sgregación i nterna, que seguirían a l a profunda pol iti zaci ón
de sus rangos, así como de estridente disonanci a con las orientaciones vaticanas.
Precisamente entonces empezó la discreta "retirada¨ de la Ìglesia del escenario
político. La prensa católica adoptó poco a poco un perfil menos militante, Criteri o se
ocupó cada vez menos de l a actuali dad política, El Pueblo lo hi zo cada vez con
mayor prudencia. El catol icismo nacionali sta más extremo, devenido cada vez más
embarazoso y fuente de problemas, empezó a ser mantenido a mayor distancia, e
inducido a expresarse a través de canales que no comprometieran a la j erarquía.
Poco a poco cesaron las invocaci ones públ icas a los modelos corporativos y
autoritarios europeos, incluso al más amado, el salazarismo, al que, desde
entonces, sólo quedó expresamente vincul ado el grupo naci onal ista reunido en torno
de la revi sta Nuestro Tiempo, fundada en j unio de 1944 por el padre Meinviel le.
24
Pero la "retirada¨ estaba inducida por circunstancias externas más que por un
profundo cambio ideológico. El mito de la "nación católica¨ subsi stía intacto, y con él
la firme determinación de impedir que la Argentina retornara al pasado li beral. Por lo
tanto, el futuro de la Ìglesi a y el de l a revolución seguían estando estrechamente
ligados.
Iglesia, partidos políti cos, el ecciones
La continuidad de la orientación i deológica de gran parte del mundo catól ico y
eclesiástico se reflej ó en su actitud hacia los parti dos políticos. Reducidos al
sil enci o durante el auge nacional ista, éstos comenzaron poco a poco a hacer oír su
voz en el curso de 1944. Por otra parte, la declinaci ón de l a perspectiva de un
nuevo orden político autoritario los recolocó en el centro del debate político. En fin,
los efectos de la evolución de la guerra y la puesta en marcha de la li beral i zación
política di eron un nuevo impulso a sus reivindicaciones de democratizaci ón,
elevándolos cada vez más a inel udibl es i nterlocutores del gobierno militar. Tanto,
que haci a fines de 1944 la presión por el rápido l lamado a nuevas elecciones
empezaba a ser consi derabl e.
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160
Ante ese proceso, la reacción dominante en el catolicismo argentino se atuvo a
algunos pri nci pios bi en arraigados: el rechazo a regresar al proceso eleccionario en
breve término; l a necesidad de que los partidos se expurgaran de los elementos
doctrinarios contrarios a la "nacional idad¨; el imperativo de que l a revolución llevase
a buen término su curso, impidiendo que el retorno de los partidos al poder
implicara la restauración de la "democracia li beral¨. En el fondo, siguió rei nando en
las filas catól icas un profundo despreci o hacia "el parti do¨ como tal, por l o general
concebido como una institución connatural a aquel orden liberal que había
sancionado la ruptura de la sociedad armónica tradicional. Ese desprecio i ba
naturalmente dirigido, con particular vigor, a los partidos tradici onal es, aunque con
el ti empo, también para los catól icos los partidos pasarían de ser agentes removidos
a actores a tener en cuenta, aunque de mala gana. Además, su renovado
protagonismo terminó acentuando los contrastes entre las diferentes concepciones
de la organi zación política del Estado que se albergaban en las filas catól icas.
En los primeros meses de 1944, mientras prevaleció l a hegemonía nacional ista,
las reivi ndicaci ones de la oposici ón a fin de que se l lamara a el ecci ones y se
restituyera a los partidos la l ibertad de acción, no parecieron influir en la
determinación del gobierno de imponer los principios revol ucionarios en un "vacío
político¨. Entonces, l a propaganda catól ica estuvo en la primera fila en l a batal la
contra dichas reivindi caciones, sobre todo cuando se hicieron peli grosamente cargo
de l as mismas, en un manifiesto públ ico, dieciséis generales del Ej ército, en su
mayoría exponentes de l a corriente moderada que había sido derrotada con l a crisis
de octubre, quienes en vista del rumbo asumido por la revolución, invocaron la
"restitución inmediata del Ej ército al cumplimiento de su misión específica¨ y la
reali zación, a la brevedad posible, de el ecciones políti cas general es.
25
El diario
catól ico de la Capital no usó medias tintas para demoler tal eventual idad. El frenesí
electoral ÷escribi ó poco después El Pueblo÷ "solamente lo exteriori zan quienes
están más atentos a sus propias conveniencias que a las de su pueblo¨. El retorno a
la normalidad reclamaba que antes estuvi eran creadas las condiciones, y entre el las
se destacaba la necesidad de que los parti dos se reestructuraran de manera "seria y
orgánica¨. De lo contrario, las elecciones volverían a l levar al poder a la vi ej a y
corrupta cl ase política, dej ando entrar por la ventana al mismo régimen liberal al
que la revolución había expulsado por la puerta.
26
De todos modos, cuando se l lamara a elecciones, una de las condiciones que l a
propaganda catól ica seguía remarcando para que su real i zación fuera un paso hacia
la restauración de una democracia "limpia y veraz¨, era la li mitación del sufragio
universal. A el la al udió con creciente insi stencia una parte si gnificativa del mundo
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catól ico, a medida que la li beral i zación se perfilaba en el hori zonte, y con el la el
espectro del voto popular. Desde tal perspectiva, a ese sector del mundo católico l e
parecía absurdo que existi era en el país una elevada cuota de ciudadanos que, aun
siendo analfabetos, y como tales incapaces de actuar de forma autónoma, gozaran
igualmente del derecho al voto: el "elector sin educaci ón [...] ll eva al fracaso de la
democracia¨.
27
En esta concepción el itista, con fuertes acentos paternal istas, de la
partici paci ón política, convergían diversas corrientes del catoli cismo argentino, l as
que de ese modo daban muestras de la molesti a y l a falta de preparación con la que
se disponían a afrontar la moderna políti ca de masas. Esto emergía también del
apoyo tri butado por los catól icos al obj etivo de integración de la clase obrera
perseguido por Perón: el apoyo se diri gía al reconocimiento de los derechos
económicos y sociales de los trabaj adores, pero no contemplaba del mismo modo el
de los correspondientes derechos políticos. Naturalmente, quienes expresaban esa
concepción en sus términos más radicales eran los catól icos nacional istas, como el
padre Sepich, que di rigió violentas acusaciones a los enemigos extranj eros de la
Argentina, culpables de ej ercer presi ones indebidas con miras a hacerle convocar a
elecciones. Desde esa óptica, incluso, el rechazo a real i zar elecciones se perfilaba
directamente como una forma de defensa de la soberanía nacional. "No queremos
elecciones ÷decl aró a fines de j ulio en un discurso pronunci ado en el Aula Magna
del Col egio universitario de San Carlos÷ queremos gobierno. Porque l as elecciones
son un medio circunstancial y el gobierno es un elemento esencial¨.
28
La misma
concepción no era en absoluto extraña a monseñor Franceschi, tanto que hi zo
propios los conceptos formulados por Sepich al polemizar, en las páginas de su
semanario, con el dirigente soci al ista Nicolás Repetto: éste, al invocar las
elecciones, se había manchado con las culpas de "trai ción¨ y "deslealtad¨.
29
En
todo caso, l os tiempos y los modos de la l iberali zaci ón permitían, aún en
septiembre, que un católico naci onalista tan radical como el padre Meinviell e
albergara todavía cierto optimismo acerca de sus resultados, fundado sobre todo en
la certeza de que la población habría perdido toda confianza en l a posibil idad de
obtener un buen gobierno a través de las elecciones, y por ende, se le abrían al
gobi erno amplias perspectivas para introducir profundas reformas.
30
Durante buena parte de 1944, la perspectiva de la l iberal i zación política ÷
aunque empuj ara a la Ìglesia hacia una "retirada¨ frente al retorno de la "política¨÷,
no fue de una natural eza e intensidad tales como para inducirla a redefinir su j uicio
y actitud respecto de los partidos políticos, ni respecto de la eventual normali zación
constitucional a breve término. Más aún, puesto que la convocatoria a elecciones,
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en las condiciones dadas, determinaría el retorno al poder de los partidos, y por
ende la restauraci ón de un sistema político democrático liberal, la corriente
mayoritaria del catoli ci smo argentino siguió esforzándose por retardar o
directamente conj urar tal perspectiva.
Esos esfuerzos, así como la cultura políti ca en la que se hundían sus raíces,
emergieron con particular niti dez en el curso del año en las pági nas de El Pueblo: al
creciente desafío planteado por la democratización, si guieron impertérritos
contraponiendo el i nstrumental ideológico nacional católi co. Sobre esa base, l a
unidad del país debería fundarse en la sól ida base espiritual de la doctri na catól ica,
y al mismo tiempo, era necesario rechazar como una concepción materialista
extraña al espíritu de la nación aquél la para la cual dicha unidad debería afirmarse
en torno de las instituci ones políticas. Así lo demostraba el hecho de que "sin
partidos, sin comités, sin dirigentes, sin caudi l los el país va superando muchas
dificultades¨.
31
No se trataba de que los partidos, como tales, tuvieran que
desaparecer. Estas posiciones tan drásti cas, aunque hubiesen seducido durante
mucho tiempo a buena parte del catolicismo militante, ya eran cada vez más difíciles
de defender y eran pocos qui enes las expresaban abiertamente. Antes bien, l a
palabra de orden que desde el 4 de j unio de 1943 reaparecía i nsistentemente entre
los catól icos era: "depuración¨. Que l os partidos se depuraran, y paralelamente que
se "educase¨ a la población para el ej erci cio equi li brado de los derechos políticos.
El retorno de los partidos ÷escribía El Pueblo÷, debía ser la "consecuencia
regular, lógica, precisa, de un acontecimiento, de un reaj uste, de un
perfeccionamiento social, cívico y cultural que implique una capacitaci ón general
para el ej ercicio cabal y responsabl e del gran instrumento de la opinión públ ica en
función electiva: el sufragio¨.
32
Eran por l o tanto funciones del gobierno militar, como partes esenci al es de su
misión regeneradora, tanto la "educaci ón¨ polít ica de los ciudadanos como la
edificaci ón de la arquitectura instituci onal y j urídica dentro de la cual debería
despl egarse la acti vi dad de los partidos. Al respecto, la prensa catól ica se movili zó
con cierta antici paci ón a fin de inducir al gobi erno a elaborar un estatuto que
reglamentase la vida de los parti dos políticos y defini ese los criterios de selección
de sus dirigentes, para que sólo los ciudadanos "honestos y capaces¨ pudieran
aspirar a conducirlos.
33
Cuanto más se material i zaba la perspectiva del "retorno de
los partidos¨, tanto más se acentuaba en l as filas católicas la prisa por "enj aular¨ la
futura dialéctica política, a fin de evitar que la misma desembocara en un régimen
de naturaleza l iberal. También, para conseguir que en el nuevo orden l os partidos
enseñaran constantemente "el val or de las normas morales¨, fungiendo
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sustanci almente como organismos de reproducci ón de l a "nación catól ica¨. Por otra
parte, si la política no era más que "una conducta y una moral¨, como había
declarado el general Mason, ministro de Agricultura y modelo de "militar cristiano¨,
¿cómo no concluir de el lo que la política debería conformarse íntegramente a la
doctrina catól ica? En una "naci ón católica¨ no podía haber moral concebi ble fuera
de ella. Como advertía El Pueblo: "Sea más catól ico para ser más argentino, y sea
más argentino para ser más católico¨.
34
Haci a mediados de 1944, a pesar de las evidentes dificultades encontradas por
la revolución para edificar un régimen de cristiandad, aparecía sumamente claro
para la Ìglesia y para gran parte de l os católi cos argentinos que los pri ncipios que
ell a había afirmado deberían defenderse a toda costa. La hegemonía liberal había
caído en el ocaso: l a restauración del mito de la "nación catól i ca¨ había atacado de
raíz muchos de l os males originados por la Revolución Francesa, como el
racional ismo y el inmanentismo.
35
El catolicismo se dispuso a defender a ultranza
tales principios, así como las conqui stas conseguidas, cuando hacia fines de año el
problema del futuro orden i nstitucional del país, y por lo tanto del papel de los
partidos políticos dentro de di cho orden, ocupó cada vez más el centro del debate
político.
En este sentido, escribi ó El Pueblo, "uno de los efectos mediatos de l a
Revolución de Junio, habrá de ser la convocatoria de una Convención Nacional que
refrende y preste debida sanci ón a l as creaciones revoluci onarias¨. En suma, era
necesario que esa transición política contemplara la constitucional i zación de los
cambios introducidos por el gobierno mili tar que, por otra parte, como "gestor y
continuador del Movi miento Revolucionari o de Juni o¨, debía "decidir las etapas de
su acción¨.
36
Por lo tanto, la li berali zaci ón no debería minar de ningún modo los
ej es de l a "nación católica¨. Nacía de al lí l a invocaci ón a una Constituyente privada
de toda autonomía, de soberanía, cuyo principal deber sería codificar y l egitimar
debi damente todo lo reali zado por el gobi erno, lo que en buena medida equivalía a
conferir poder constituyente a la revol ución de j unio. El poder debería usarse para
sancionar importantes reformas instituci onales, que cambiarían de raíz la naturaleza
del si stema político argentino, l imitando la i nfluenci a de las asambleas
representativas elegi das sobre l a base de los pri nci pios l iberales. Entre las reformas
figura la introducci ón de las instituciones "naci das de las cl ásicas concepciones
corporativistas del Estado¨, o bien, como alternativa, l a prolongaci ón del mandato
presidenci al a nueve años.
Esa pretensión común al gobi erno y a la Ìgl esia de imponer el orden
institucional y j urídico al que iba a tener que adecuarse la vi da política una vez que
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se l e hubi ese restituido pl ena ci udadanía, era naturalmente inaceptable para los
partidos políticos, cuya función habría resultado desnaturali zada, al igual que su
identidad y doctrina, que habrían acabado baj o l a tutel a militar. No es casual que, a
partir de los últimos meses de 1944, l a cada vez más encendi da oposición al
gobi erno se centró precisamente en la cuestión del estatuto de los partidos
políticos, que el gobi erno se aprestaba a redactar, de acuerdo con las solicitudes
proveni entes del campo católico. Pero al sostener a toda costa el derecho del
gobi erno de facto para dictar las reglas del futuro ordenamiento político, la Ìglesia
se exponía a consecuenci as del etéreas, sobre todo en términos de aislamiento,
desde el momento en que esa actitud la ponía en conflicto hasta con los sectores
más moderados del vi ej o establ ishment.
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Sin embargo, esa actitud era coherente con l a inspiraci ón de fondo que había
guiado el impetuoso resurgimiento del catolicismo argentino. Probabl emente a causa
de su debi li dad en la sociedad civil, éste había privi legiado la ruptura de los puentes
con el orden liberal más que la vía de su cristiani zación "desde adentro¨, mediante
la transacción con aquellas de sus franj as más dispuestas a abandonar los
principi os básicos de ese orden liberal.
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A l a luz de l a estrategia perseguida, el
retorno a la "normalidad constituci onal¨ representaba, para l a Ìgl esia, un "cuco¨
cuyos efectos negativos debían prevenirse a toda costa. Si ella había recuperado la
capaci dad de ej ercer una profunda influencia sobre las orientaciones políticas del
país, esto se debía a los canales extrapolíticos a l os que se había confiado: el
Ej ército, el gobierno de facto, sus decretos. Pero dada la conformación del espectro
político argentino, l a perspectiva, en el caso de que los partidos retornaran al poder
sobre la ola de una derrota de la revol ución militar, era que aquella influencia se
evaporara. Entre l os partidos tradici onales no había ninguno al que la Ìglesia no le
hubi era imputado estar en alguna medida infectado del morbo liberal. Por eso, en
suma, era necesario que el nuevo estatuto de los partidos políticos reglamentara
"hasta el detal le la vida interna de las fuerzas que se propongan participar en las
luchas electorales¨.
39
Con esas premisas, a fines de 1944 la actitud de l a Ìglesia haci a la
liberal i zación política había asumido contornos bastante definidos. No se trataba por
cierto, a esa altura de los acontecimientos, de oponerse, de negar l o i neluctable.
Más bien, la Ìglesia sostuvo al gobierno en el i ntento de imponer algunas rígidas
condiciones que le permitirían conservar su control y, sobre todo, orientar dicha
liberal i zación hacia cauces coherentes con los princi pi os de l a revol ución de j unio.
Por l o tanto, era totalmente compartible la posición expresada a comienzos de
diciembre por el presidente Farrel l: el retorno a l as elecciones requeriría todavía un
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largo proceso de preparación, durante el cual el gobierno se apresuraría a
completar la real i zaci ón del programa revolucionario.
40
Al mismo tiempo, la Ìglesia
previó l a eventual i ntroducci ón de correcciones a la ley Sáenz Peña, por ej emplo,
como se ha visto, a través de la introducción de i nsti tuciones políticas de bases
corporativas, dirigidas a la creaci ón de una "democracia orgánica¨, o bien incluso
por medio del recurso al "sufragio familiar¨, sobre el que el diario católi co efectuó,
entre fines de 1944 y comienzos de 1945, una intensa campaña.
41
En l a
propaganda católica, la campaña se vinculó con el relanzamiento de la cruzada en
contra del comunismo, cuyo pel igro volvía a asomar una vez más ÷de acuerdo con
dicha campaña÷ como consecuencia de l a inminente l iberali zación política.
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Fue preci samente en esos mismos días de fines de 1944 cuando el coronel
Perón, empeñado entonces en cortej ar al partido radical con el obj eto de ampliar las
bases políticas de l a revolución y de crear las condiciones para que ell a se
proyectara lo máximo posible en la arena electoral, concedió una entrevista a l a
prensa chi lena. La entrevista que se hi zo famosa porque en ella, por primera vez,
Perón enfrentó, negándola, la eventual i dad del nacimiento de un parti do de la
revolución, así como la eventual idad, cuya posi bi l idad dej ó entreabierta, de su
propia candidatura presidencial. No obstante, en esa entrevista Perón reveló una
extraordinaria consonanci a con las posi ciones muchas veces expresadas por l os
ambientes eclesiásticos a propósito del si stema político argentino, así como de su
ley electoral. Por cierto, también para Perón el retorno a las formas democráticas de
gobi erno era una perspectiva finalmente cierta, y no se podía pensar en crear
partidos políti cos nuevos. Esto no quitaba que l os parti dos existentes fueran
responsables de haber deformado la ley electoral. Respecto de ésta, consi deraba
que era una ley perfecta para l os países que gozaban de una el evada cultura cívica,
pero no para un país sin preparación como la Argentina. El j uici o dej aba cl aramente
abierta la puerta a su "corrección¨. A l a l uz de este panorama, concluía Perón, por
medio del estatuto de los parti dos políticos, la revol ución se proponía "purificar¨ los
partidos existentes, sacrificando sus formas de organi zaci ón.
43
El mundo catól ico di vidi do
Tanto el Ej ército como la Ìglesia cultivaban una imagen de sí y de la revolución
de la que constituían el esqueleto: eran i nstituci ones apolíticas, que en los hechos
ambicionaban ej ercer poderes y funciones de natural eza superpolítica, porque se
consideraban investi das de una suerte de derecho natural para tutelar los
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inalterables val ores nacionales. Ese derecho las elevaba implícitamente como
fuentes y garantes de la legitimidad de l as leyes que reglamentaban l a vida de l a
nación y la de sus actores políticos. Tal cultura, que representaba una evi dente
herenci a de las concepciones sociales corporativas de origen colonial, sobrevivía en
un contexto político y soci al profundamente atravesado por los síntomas de la
modernización, es decir, por la irremediable resquebraj adura de las j erarquías
tradici onales, por cierta secul ari zación, por la creciente diferenciación soci al, por el
pedi do de autonomía y partici pación política de i ndi viduos y nuevos grupos soci ales.
En tal contexto, la supresión de los canales políticos e institucionales a través de
los cuales solían expresarse los conflictos y l as reivindicaci ones inherentes al
proceso de modernización, producía no sólo el i lusorio restabl ecimiento del orden y
de la j erarquía, sino también efectos indeseados, en particul ar sobre l a cohesión
interna de ambas instituciones, que devenían receptáculo de aquellos conflictos y
de aquell as reivindicaciones.
Ese fenómeno se reflej ó en la crónica inestabi lidad que minó al Ej ército desde
el 4 de j unio de 1943, y más aún durante todo el año 1944. Pero también en el
profundo desgarramiento que cada vez más atravesó el campo católico y la Ìgl esi a
misma. Era natural que esto ocurri era: si para la Ìglesia el deber de l a revolución
consistía en l a instauración de un régimen de cristiandad, entonces se desprendía
que los conflictos políticos con los que el la se hubiera enfrentado la involucrarían
directamente. Desde el momento en que dicha circunstancia l a ubicaba en uno de
los extremos de una lucha política extremadamente polari zada, poco importaba que
proclamara lo apolítico de su accionar: de hecho, el la aparecía de pleno como un
suj eto político. Se comprende entonces que emergieran en sus filas algunas
tensiones, levantadas aquí o al lá por quienes peroraban por una actitud más
prudente, atenta sobre todo a salvaguardar su perfil espiritual y su i ndependenci a
de cada facción política, en especi al en un momento en el que la fortuna de la
revolución se hacía cada vez más incierta.
Pero sobre todo, la Ìglesia devino campo de batal la política. Por un lado, como
ya se vio, muchos católi cos pasaron a ser cuadros de la revolución; por el otro,
hubo incluso quienes se opusieron activamente. La referencia a la doctrina católi ca
fue cada vez más un instrumento de la lucha políti ca e i deológi ca. Por otra parte, las
autoridades eclesiásticas nunca di eron una solución satisfactoria a la espinosa
cuestión de la partici pación de los catól icos en la vida política. Es más, habiendo
limitado rígidamente la autonomía de los laicos, en general sometidos a una rígida
discipl ina j erárquica, ell as no podían sino aparecer como directamente responsables
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de sus actividades políti cas, a menudo contradictori as, que no dej aban de
extralimitarse hacia terrenos doctrinari amente poco ortodoxos.
Desde el punto de vi sta de gran parte de los activistas políticos católicos, con
excepción del minoritario grupo maritainiano, que desde hacía tiempo se encontraba
en l os márgenes de la Ìglesia, tal situaci ón equivalía a una verdadera investidura
eclesiástica de las propias posiciones, por otra parte de manera totalmente legítima,
dado el nivel de exposición política exhibido en la defensa de la revolución por las
mismas máximas autoridades de la Ìglesia. Pero como consecuenci a de tal
investidura ell os tendían a representar el propio compromiso en términos mesiánicos
y, por ende, apolíticos: no se consideraban expresi ón de un parti do, ni de una
ideología en sentido estricto, sino más bien los apóstoles de una verdad revelada,
de la palabra de Dios, así como de una doctrina que, expresada en el Magi sterio
pontificio, contenía en sí l a solución de todos los problemas. Sin embargo, ya que
en reali dad la traducción de la doctri na en medidas de gobierno, por su naturaleza
estrechamente política, no se había revelado unívoca, sino todo lo contrario, había
hecho emerger profundas disonancias entre los mismos católicos. Estas divisiones,
lej os de quedar limitadas a la esfera política, tendían inevitablemente a perfilarse
como disputas entre interpretaciones "verdaderas¨ o "falsas¨ de la única doctri na.
Como tales, tendían a amenazar cada vez más los fundamentos institucionales de l a
Ìglesia: la unidad en la común doctrina y la obediencia a su j erarquía. Tanto, que
sus máximas autoridades se vieron obligadas a adoptar al gunas contramedidas que,
aparte de tardías, se revelaron también ineficaces.
Estos problemas, connatural es al papel asumido por la Ìgl esia en el curso
revolucionario desde el 4 de j unio, se hici eron cada vez más agudos a l o largo del
año 1944, a medida que decl inaba el hori zonte del "nuevo orden¨ cristiano y se
perfilaba una tímida liberal i zación. Entonces l a Ìglesia fue obj eto de crecientes
acusaciones por su i ndebida identificación con la revolución, y también entre sus
rangos crecieron las disensiones y las voces críticas, ya sea acerca de la actitud
asumida hasta entonces, ya sea acerca de las distintas perspectivas de l a
revolución. En este sentido, los términos de la pol émica de comienzos de 1944 entre
los maritainianos uruguayos y monseñor Franceschi habían sido ej emplares. En
dicha pol émica, la respuesta del director de Criteri o a la acusación dirigida a la
Ìglesia argentina de practicar una forma autoritaria de clericalismo había sido
sumamente débil, sobre todo allí donde se había apel ado precisamente, de manera
provocadora, a la doctrina de Jacques Maritain para i nvitar a sus oponentes a
disti nguir entre l as responsabi li dades de los catól icos como individuos y la de la
Ìglesia.
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En efecto, la i nvitación a efectuar esa distinción evadía el problema,
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oponiéndole un argumento válido tan sólo en el plano doctrinario, pero en real idad,
bi zantino. Aunque fuera cierto que no existía ningún documento de la j erarquía
eclesiástica que sancionara oficialmente la comunión entre el trono y el altar, entre
la espada y l a cruz, los hechos hablaban de por sí. Bastaba con leer la prensa
catól ica, asistir a l as manifestaciones oficiales, escuchar l os discursos y las
declaraciones de innumerables y prestigiosos miembros del clero, para convencer se
de que aquel lo denunciado por Ci vismo no podía liqui darse como si se tratara de un
epifenómeno, que podía cargarse a una responsabi lidad de los "indivi duos¨
separada de la de l a j erarquía eclesi ástica. La pol émica, más bien, atañía a la
atmósfera políti ca e i ntelectual que impregnaba la Ìgl esi a argentina, y de la que su
apoyo a l a revolución era el reflej o orgánico.
Por otra parte, las mismas j erarquías eclesiásticas, que desde hacía años
alertaban a los militantes catól icos ÷aunque, al parecer, con escasos resultados÷
para que separaran el activismo religioso del político, estaban muy preocupadas por
los posibles efectos de la peligrosa mezcla entre la esfera política y l a esfera
institucional. El probl ema, por coincidir precisamente con el giro confesional de l a
revolución en octubre de 1943, había vuelto a aparecer con fuerza con la ya
recordada solicitud de Luis Roque Gondra, en el sentido de que la Acci ón Católica
publ icara un nuevo documento acerca de l a actividad política de los catól icos.
45
Por
lo tanto, el problema no aparecía como reflej o de presiones externas, sino de l as
tensiones que ese giro había agudi zado en el seno mismo del catoli cismo argentino.
Sin embargo, ese documento, significativamente enmendado por l as altas
autoridades eclesi ásticas, sól o se publicó en febrero de 1944, sin prisa alguna,
46
posiblemen-te para que no pudi era interpretarse como una retractación de todos los
miembros de la Acci ón Catól ica que habían entrado a formar parte del gobierno
después del giro de octubre. Por ot ra parte, dado su carácter eminentemente
doctrinario y el clima de polari zaci ón i deológica del país, no podía no ser blandi do
como instrumento político por las distintas fracciones.
Así, pronto naci eron vivaces pol émicas. El mismo monseñor Franceschi, por
ej emplo, aprovechó l a ocasi ón para manifestar su apreci aci ón frente a la censura
impuesta por la Acci ón Catól ica a la "imprudencia¨ de aquel l os que, siendo sus
miembros o dirigentes, se habían escudado detrás de la Acción Católi ca al
desarrol lar su activi dad política, con el resultado de comprometer a la Ìglesia.
Expresando una opi nión muy poco común en las páginas de la prensa católi ca,
Franceschi reconoció también que en el conflicto que se daba en el país ni nguna de
las al ineaciones podía adj udicarse el monopoli o de la ortodoxia católica. Esta
posición, pese a ser valerosa, se negaba una vez más a afrontar dicho problema en
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su real naturaleza y dimensión: se trataba de un elemento estructural de la
revolución de j unio, y no sólo, como Franceschi daba a entender, de un fenómeno
incidental.
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Pero si en el j uici o de Franceschi no se visl umbraba una razón por la que ese
documento tuviera que hacer mella en el apoyo catól ico al gobierno, en el frente
opuesto resultó revel adora la actitud asumida por La Prensa. El gran di ario liberal,
que siempre había sido uno de los más denodados adversarios de l a Ìglesia
argentina, se comportó como si fuera el portavoz de l a corriente maritainiana, con lo
que reveló la convergencia que estaba por producirse entre esa corriente y la
oposición l iberal a la revolución. Desde esa óptica, no se sabe si con la veleidosa
ambición de hacer aparecer a la Ìglesia en contraste con el gobierno, o bien presa
de una macroscópica equi vocación, La Prensa propuso una lectura del documento
de la Acción Católica que respondía sin duda más a las intenciones que Gondra
había puesto en él, que al espíritu con el que el cardenal Copello había enmendado
el texto. Se explica así que La Prensa otorgara especial rel ieve a l a condena del
totalitari smo, de la que el la hacía derivar automáticamente una concepción de la
"civi li zaci ón cri stiana¨ fundada en la "li bertad indivi dual, la igualdad ante la l ey, la
limitación de los poderes del Estado¨, así como una expresa condena del gobierno y
de cuantos lo sostenían en nombre del catolicismo.
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Llegaba hasta el punto
paradój ico de que ese documento, según La Prensa, parecía enrolar al episcopado
en l as filas del catol i cismo democrático y l iberal, de los fautores de un catol icismo a
la Maritai n más que a la García Moreno, a l a Estrada más que a la De Maistre.
49
No obstante, ya fuese del iberadamente instrumental o fruto del equívoco, l a
posición adoptada por La Prensa revelaba la profundidad del cambio sufrido, en el
curso de los últimos tres lustros, por la cultura política argentina. El viej o diario
liberal había abandonado su ropaj e anticl erical e invocaba ahora abiertamente una
"sociedad vitalmente cristiana¨. Por cierto, La Prensa no había arriado las banderas
del l aicismo, pero, de todas maneras, reconocía que el elemento confesional se
había impuesto como un ej e primordial de la identidad nacional, y que por esa razón
habría sido absurdo oponerse frontalmente a l a Ìglesia. Más bien, valdría la pena
secundar aquel las corrientes del catol icismo liberali zantes y socialmente moderadas
que habrían podi do i nj ertarse, garanti zándole ci erta continuidad en esa época de
crisis y de transformación en el tronco de l a Argentina l iberal. Por lo tanto no resulta
sorprendente que, ante el rumbo asumido por el debate sobre l a declaración de l a
Acción Católica, se levantaran de los ambientes catól icos más cercanos a la
revolución voces que ponían en guardia respecto de l as interpret aci ones
"antoj adi zas¨.
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En conj unto, esa pol émica reveló a las mismas autoridades eclesiásticas cuán
profunda era, ya desde los primeros meses de 1944, la fractura que surcaba el
mundo catól ico, así como la rapi dez con la que se extendía hasta i nvol ucrar
directamente a la Ìglesia. Profundamente dividida estaba, sin duda, l a Acci ón
Catól ica, donde la convivencia de las diversas corrientes i deales se hacía cada vez
más difícil. Al punto de que entre marzo y abri l de 1944 monseñor Caggiano, que
era su asesor eclesi ástico, abrió las j ornadas de su Junta Central con i nsistentes
invocaciones a la unidad de los catól icos y a l a obedienci a a las j erarquías
eclesiásticas.
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De cuando en cuando, dichas tensiones asumieron también eco
públ ico, sobre todo en aquel las oportunidades en las que la polémica de los
catól icos "li berales¨ derivaba en un ataque a la actitud de flanqueo que las
organi zaci ones eclesi ales mantenían respecto del gobi erno militar. Entonces, según
un conocido l ibreto, ell os se exponían a la reprimenda eclesi ástica, como ocurrió
cuando Orden Cristiano rechazó la representatividad de l a Acción Católica,
incurri endo en la dura reconvención de monseñor Caggiano, que reafirmó
taxativamente su carácter de "apostolado j erárquico¨.
52
De distinta naturaleza, además de más reservados, eran en cambio los
malhumores que aquí y al lá se incubaban en las mismas filas del episcopado. Éstos
parecían por el momento girar sobre todo en torno a cuestiones estrechamente
institucionales, antes que a cuestiones doctrinarias o políticas. Las cuesti ones, en
todo caso, tenían que ver con aspectos cruciales de la vi da de la Ìgl esi a, en
particular, su gobierno. Monseñor Fasoli no, por ej emplo, no encubría ci erta
intol erancia haci a la rígida central i zación del gobierno eclesiástico operada por el
cardenal Copel lo, que no tenía demasiados escrúpulos en pasar por encima de la
Comisión Permanente. Tanto que si ésta ÷observó molesto monseñor Fasol ino en
una carta al Cardenal de marzo de 1944÷ no servía ni si quiera para decidir los
nombramientos de las máximas autoridades de l os organismos nacional es, entonces
debía considerarse que estaba "de más¨.
53
Latentes durante gran parte de 1944, es decir, hasta que el gobierno mantuvo
baj o rígido control l os canales de expresión de l a opinión públ ica, l os conflictos
entre los católicos se inflamaron con renovado vigor en cuanto se perfilaron l os
primeros signos de l i beral i zación. Éstos, j unto con el cl amor de los triunfos aliados
en los frentes bélicos, dieron un nuevo ímpetu a los católi cos liberal es y a su
condena al gobierno argentino, al que equiparaban, por l o general, con los
regímenes totalitari os europeos que la guerra estaba demoliendo. Sus posici ones, a
fines de un año en cuyo transcurso se habían sucedi do la l iberación de París, l a
visita a Buenos Aires del padre Ducatil l on, el progresivo di stanciamiento de l as
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autoridades ecl esi ásticas del nacional ismo y, en fin, en Navi dad, el histórico
mensaj e radial de Pío XÌÌ sobre la democracia, pareci eron haber asumido
repentinamente un peso sin precedentes en el catol icismo argentino. Sobre todo
porque el ani qui lamiento de los sistemas totalitarios, así como la decli naci ón o el
aislamiento de los autoritarismos católi cos, induj eron a cierto número de militantes,
algunos por convi cción y otros por oportuni smo, a reexaminar críticamente la actitud
que había prevalecido hasta entonces en la Ìglesi a. También, a medir, como hizo
precisamente entonces Alceu Amoroso Lima en una carta a Criterio, los efectos
dañi nos de la tendencia sumamente difundida entre los catól icos de confiar más en
los privi legios y la protección que les había conferido el Estado contra un
omnipresente "pel igro comunista¨, antes que en sus propias fuerzas: "considero esta
tendencia ÷escribi ó entonces el presti gioso catól ico brasi l eño÷ como la más
pel igrosa posible¨. A la inversa, habría si do necesari o defender más que cualqui er
otra cosa la l ibertad de la Ìglesia y las l ibertades cívicas de l os ciudadanos de todo
tipo de i ntrusión totali taria por parte del Estado.
54
Mientras l os catól i cos l iberales, impelidos por tal proceso, establ eci eron
relaciones cada vez más estrechas con los partidos políti cos, e individual i zaron en
los nacionali stas a su pri nci pal blanco polémico, estos últi mos, por su parte,
relanzaron con tonos bel igerantes la cruzada contra el catoli cismo liberal. Las
posiciones expresadas por Ducati l lon durante su visita susci taron su vehemente
repulsa. A l a "falsa¨ dicotomía que él había predicado entre libertad y tiranía, el
padre Mei nviel le contrapuso aquel la eterna, inmutable y única "verdadera¨, entre
Dios y el anti Dios. Al adoptar aquel la perspectiva, Ducati ll on y sus seguidores
argentinos habían dado la espalda al Papa en su l ucha contra el comunismo, con el
cual, a la inversa, habían estrechado ali anzas a fin de combat ir al fascismo.
55
Tal
como en el pasado, los ataques más vi olentos de los católi cos nacional istas se
dirigieron a Jacques Maritain, que era el padre putativo de aquell os "li beral es¨. A él
se debía la resurrección del modernismo. Él se había manchado con la cul pa de
haber sustituido la obedi enci a de l a ley divi na por la li bertad, al indicar la vía del
progreso humano, así como con la culpa de haber colocado a la Ìglesia catól ica en
el mismo plano de los herej es, de los cismáticos y de l os infieles. Su "cité
fraternelle¨ no era más que la ciudad del Anti cristo, que seguramente asumiría las
aparienci as del comunismo. En fin, en cuanto al Estado, más que garanti zar l a
libertad de culto como pretendía Maritain, éste debería imponer a los ci udadanos las
virtudes cristianas. Y en vez de fundarse en la falsa democracia del sufragio
universal y femenino debería reflej ar las naturales desigualdades entre l os
hombres.
56
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Frente a la violenta guerra entre católicos, que tomaba cuerpo a medida que la
situación política se radical i zaba, las autoridades ecl esi ásticas trataron cada vez
más de adoptar un perfil moderado, conci l iador, así como de restablecer el principio
de la uni dad y de l a disci pl ina. Sin embargo, esto no implicaba una actitud de
neutral idad respecto de l os campos en lucha. Aunque el víncul o que el las mantenían
con l as agrupaciones naci onalistas se hubiera hecho embarazoso y se hubiera
vuelto causa de consecuencias extremadamente dañinas, su ruptura no era en
absol uto fácil. Esos grupos estaban por lo general formados por militantes catól icos.
Habían crecido a la sombra de la Ìglesi a, a la que seguían l igados por un robusto
cordón umbilical.
57
No por casuali dad, todavía en agosto de 1944, El Pueblo acogi ó
calurosamente, señal ándolo a sus propi os lectores, el peri ódico fundado poco antes
por el padre Meinviel le,
58
en el cual algunas de las firmas más prestigiosas de l a
intel ectualidad catól i ca nacional ista estaban preci samente en aquel momento
conduciendo la enésima campaña explícitamente antidemocrática y autori tari a:
Ezcurra Medrano, desempolvando antiguos lugares comunes antisemitas; el padre
Derisi, i nvocando una "recatol i zación¨ integral de la vida humana y soci al;
Etchecopar, denigrando la "democracia igual itaria¨; Bargal ló Ci rio, pidiendo que la
política se ordenara según l a reli gi ón, y así sucesivamente.
59
Totalmente distinta era la relación del episcopado con los grupos catól icos
"liberales¨. Para gran parte de la j erarquía eclesiástica, ell os habían representado,
desde su surgimiento, la encarnación de una pel igrosa herej ía, al resultarl e
inconcebibl e que la doctrina de Cristo aceptara pactar con la ideología que había
generado todos los "errores¨ modernos. De esa manera, aun cuando sus posi ciones
estaban consiguiendo aquel la l egitimidad de la que nunca habían usufructuado, las
autoridades máximas de la Ìglesia no tenían intenciones de reconocérsela, como lo
demostraban los dardos con que, de vez en cuando, di chas autoridades atacaban a
la prensa de l os catól icos l iberales y como lo reveló el violento ataque que El Puebl o
reservó a Ducati l lon y al catol icismo "liberal¨.
60
En esas premisas se fundaron las autoridades de la Ìglesia al i ntentar, con
creciente empeño durante 1944, enfriar el conflicto entre los catól icos y
salvaguardar a la institución de la disgregación. En esa obra monseñor Caggi ano
representó el princi pal papel, ya que en su cal idad de representante de la j erarquía
en la cúpula de la Acción Catól ica, ocupaba una posici ón parti cularmente delicada,
en el cruce de todos los conflictos que desgarraban al catoli cismo. Fue con su
superintendencia que la Junta Central renovó, a los pocos meses de la publicaci ón
del documento propuesto por Gondra, la admonición a sus miembros a fin de que
custodiaran la unidad de l os catól icos, y que repitió la firme condena a toda forma
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de totalitarismo.
61
También fue con su aprobación que, poco más tarde, en
septiembre, algunos miembros de l a Junta Central lograron que se publ icara una
síntesis de las numerosas declaraciones emitidas en el pasado por las autoridades
de la Acción Católica acerca de l a actividad política de sus miembros. Esto se
acompañaba en la ocasión con una perentoria apelación a l a prudencia y a evitar
todo acto de vi olenci a, motivado por el reconocimiento de que tales normas habían
sido a menudo desatendi das hasta entonces, al punto de que una vez más debía
lamentarse el uso de los disti ntivos de l a Acción Catól ica en las manifestaciones
políticas y otros fenómenos igualmente comprometedores para l a Ìglesi a.
62
Pero si en las declaraciones avaladas por monseñor Caggiano se reflej aba si n
duda el deseo eclesi ástico de sustraerse a las acusaciones de connivencia con las
doctrinas totalitarias, así como de restaurar el principi o j erárquico y unitario en l a
Ìglesia, en el las no había ninguna revisión doctrinaria o política. Moderadas, y por lo
general no obedecidas cuando el activismo político de los miembros de la Acción
Catól ica había si do esencialmente de impronta naci onali sta, aquel las declaraciones
de principios se hacían ahora cada vez más taxativas y apremiantes, en el momento
en que los protagonistas del mayor activismo político, especialmente en las
universidades, habían pasado a ser sobre todo los catól icos "liberales¨. No era
casual que la declaración de septiembre, que l lamaba firmemente al orden y a la
prudencia a los católi cos, hubiera sido emitida luego de las protestas formuladas al
respecto por el coronel Perón.
63
Que la insistente apelación de Caggiano a la reconcil iación entre los catól icos
tuviera como fin no sólo reducir a la discipl ina a las corrientes extremas del
catol icismo, comprendida la nacional ista, sino también y, específicamente, contener
el renovado vigor del ala "li beral¨, se transparentaba en l os términos con los que se
dirigía durante esos meses a los dirigentes de la Acción Catól i ca. Les señal aba que
era inadmisible la "actitud de algunos católi cos¨ que "no suele ser de l ucha por el
bien de los adversarios de buena vol untad, sino más bien de polémica para
abatirl os¨. En efecto, ¿qui énes, sino l os "li beral es¨, se proponían "abatir¨ al
adversari o, es decir, al gobierno revol ucionario? Por otra parte, l as mismas
preocupaciones, y l as mismas ambigüedades, se repetían también en el deseo
manifestado por Caggiano de que se resolviera de una vez por todas el problema
causado por aquel las revistas que pretendían representar la voz de l a Ìglesia si n
poder j actarse de el l o. Ese título sólo podrían exhibirl o aquel las revistas sometidas
a la censura eclesiástica.
64
Al no captar su real naturaleza, l a gran prensa moderada vio, o quiso ver, en el
papel i nterpretado por Caggi ano, el reflej o de una posici ón sinceramente
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democrática, que La Naci ón colocó incl uso en el mismo nivel que la de monseñor De
Andrea.
65
Pero si éste efectivamente puso cada vez más el acento en l a urgencia
de restaurar la democracia y de reconci li ar al país a la sombra de sus
instituciones,
66
monseñor Caggi ano estaba más empeñado en restablecer la uni dad
de la Ìglesia y reconducirla a un perfil de mayor moderaci ón, en vista de los
inciertos escenarios que el futuro parecí a proyectar cada vez más. Visto desde esta
perspectiva, el repliegue político que él trataba de imprimir a las organi zaciones
eclesiásticas ÷del que la creciente separación de los grupos nacional istas era sin
duda un aspecto÷ corría paralelo al de la revol uci ón. Val e decir que no se
contraponía en absoluto con ella, como en cambio lo hacía la posici ón de De
Andrea.
La naturaleza de su obra de reconci li aci ón encontró por otra parte un eco más
fiel en las columnas de El Pueblo, un periódico que respondía ciertamente a los
criterios señalados por el mismo Caggi ano para definirse como portavoz de la
Ìglesia, dotado como estaba de un censor eclesiástico y del imprimátur oficial. "Los
catól icos ÷reconoci ó en El Pueblo en novi embre el escri tor Manuel Gálvez÷
estamos profundamente dividi dos¨. Diferencias de natural eza ideológica ÷que él
atribuía superficialmente a la guerra÷ habían conducido a los católi cos a acusarse
unos a otros de ser "nazis¨ o bien "cipayos¨. Ahora bien, a su j uicio, las razones de
ese conflicto habían sido en buena medida superadas, sobre todo porque, si
efectivamente muchos católicos nacionali stas habían deseado la victoria del Ej e,
esto no se había debido a una simpatía por el nazismo. De cualquier modo, esos
catól icos habían moderado mucho sus posiciones, al punto de ser "cada día más
catól icos y menos pol íticos¨, de manera que lo que quedaba de ell os no era sino un
núcleo de hombres "tradicional istas catól icos e hispanistas¨. Pero si el catolicismo
nacional ista no representaba una amenaza para la unidad de la Ìglesia, confinado
como estaba a una inocua expresión cultural, muy distinto era el caso del
catol icismo "liberal¨, muchos de cuyos neófitos agitaban ahora con orgull o ese
término ante el que hubieran huido aterrori zados sólo pocos años antes. En efecto,
eran el los, como ya había señalado monseñor Franceschi, los que protagoni zaban
los fenómenos de rechazo de la j erarquía, como en el transcurso del Congreso
Eucarístico nacional que había concluido hacía poco, en ocasi ón del cual muchos de
ell os habían l levado a sus familias fuera de la ciudad como protesta contra el
"congreso nazi¨.
67
En suma, la reconci li ación en la Ìglesia, del mismo modo que la liberal i zación de
la revolución, debería impedir la resurrección de los sectores catól icos "l i berales¨,
así como prevenir su proclamada intenci ón de hacer añicos el vínculo estrechado
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por la j erarquía ecl esiástica con la revolución militar, al iándose con aquell os
partidos que profesaban ideas contrarias a la "nación catól i ca¨. La admonición
lanzada en tal sentido por Roberto J. Bonamino, que poco después sería nombrado
director de El Pueblo, no dej aba ninguna duda al respecto: en el momento en que
faltaran obedi encia a la j erarquía y a l os principi os doctrinari os i ndicados por el la ÷
escribió a comienzos de dici embre, cuando la polémica sobre l a indiscipli na de l os
catól icos "liberal es¨ estaba en su punto culminante÷ ya no se trataría de "una
cuestión entre catól icos, sino senci l lamente [de] un antagonismo de catól icos y no
catól icos¨. ¿Por qué, en cambio, no "dej ar de lado nuestras renci llas internas¨ y
"formar, frente al alud del ateísmo, un frente compacto que ofrezca resistencia¨?
68
Enseñanza rel igiosa, primer año
La inestabi lidad políti ca que agitó al gobi erno militar en el transcurso de 1944
no dej ó ciertamente indemne al sector educativo, en el cual, en efecto, se produj o
una densa rueda de cambios, ya sea de ministros como de funcionari os. Ya a
comienzos del año, la sali da del gobi erno de los catól icos nacionali stas tuvo
repercusi ones inmediatas, pues era precisamente en ese ámbito donde ellos
ej ercían una influenci a política e ideológica particularmente acentuada. Justamente
en ocasión del éxodo naci onalista causado por l a ruptura de las relaciones con el
Ej e, el ministro Martínez Zuviría, a tan sólo dos meses de l a firma del histórico
decreto que había restablecido l a enseñanza religiosa en las escuelas públ icas,
abandonó el cargo dej ando vacante una de las posi ciones estratégicas en el
gobi erno. Éste tuvo entonces que afrontar una situación del icada, al haber quedado,
precisamente, sin el apoyo de la corriente catól ica y nacionalista a la que había
confiado el encargo de confesional i zar la escuela, uno de los obj etivos que más
caracteri zaba el perfil programático del gobierno. Pero a ese problema era
necesario ponerle un urgente remedio, no sólo porque ya se había puesto en
marcha un proceso de radical restauraci ón confesional en las escuelas y en la
universidad, del que no era posible desi stir sin renunciar a una de las razones
fundantes de la revolución, sino también porque dentro de poco tiempo se
reanudaría el año escolar. Ésa era una razón particularmente váli da para colocar
apresuradamente una guía segura a la cabeza del ministeri o de Ìnstrucción Públ ica.
Esa guía debía gozar además de la máxima confianza de las autoridades
eclesiásticas, tal como había ocurrido con el ministro sal iente, dado que l a adhesión
integral a l a doctrina catól ica había si do desde el comienzo el punto cardi nal de l a
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política educativa revolucionaria, y dado que se estaba en las vísperas de l a
inauguración de los nuevos cursos de rel igión. Pero era precisamente en ese plano
donde surgían los problemas. La Ìglesi a, a su vez, había confi ado en sus militantes
de orientación nacionali sta, ya sea porque, ya desde l os tiempos de l os Cursos de
Cultura Catól ica, habían representado un nutrido grupo de sobresal iente nivel
intel ectual y de clara vocaci ón "política¨, ya porque sus posiciones radicales
concordaban con el espíritu de "reconqui sta¨ que ell a cultivaba. Pero entonces,
dadas tales condiciones, ¿dónde debía reclutarse al nuevo mini stro y, en general,
los nuevos cuadros que lo acompañarían? ¿Cómo garantizar la coherenci a con los
obj etivos revolucionarios y conservar l a confianza eclesiástica?
No sorprende que l a política educativa de la revoluci ón atravesara entonces,
por estas razones, una breve fase de dispersión. De el la fue reflej o el que se
confiara la cartera de Ìnstrucción Públi ca a Honorio Si lgueira, un catól ico de perfil
ideológico menos radical que el de su predecesor, que había sostenido l a ruptura
con el Ej e y que parecía predispuesto a atenuar aquel los aspectos de la política
educativa que habían suscitado vehementes resistencias, sobre todo en las
universidades.
69
Sobre ese ministro la Ìglesia comenzó i nmediatamente a hacer
pesar su tutela, a fin de que no comprometiera la continuidad de la política
educativa de l a revol ución. Desde su punto de vista no había motivo para que la
ruptura con el Ej e determinara también una revisión de los postulados políticos e
ideológicos revolucionarios, condensados en el mito de la "nación católica¨. La
cruzada escolar, en suma, debía proseguir a lo largo del camino ya trazado. Por
ende, la moderación en la marcha que le había impreso Silguei ra le val ió al ministro
la airada reacci ón del mundo católico y el creciente aislamiento en el seno del
gobi erno, factores que preludiaron su caída.
Muchas de l as tensiones surgidas entre la Ìglesia y el nuevo ministro se
debi eron a l os probl emas particularmente del icados que debió afrontar durante su
breve gestión. En l as semanas a caballo entre febrero y marzo de 1944 se
sancionaron l as bases normativas de la enseñanza reli giosa en las escuelas
públ icas. En l os ambientes eclesial es la atmósfera era por lo tanto de un frenético
activismo y al mismo tiempo de un irrefrenable entusi asmo, corroborado por el clima
de impetuosa restauración de los "valores de la nacional idad¨ que en todo el país
ell os se esforzaron por imprimir al comienzo del año escolar.
70
La máquina
eclesiástica procedía por lo tanto a pleno régimen y difícilmente hubiera tol erado
obstácul os: el padre Escobar había asumido l a tarea de organi zar la introducci ón de
la nueva materia en todas las escuel as dependientes del Consej o Nacional de
Educación y l os obi spos se ocupaban de reunir a los docentes de religión para
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impartirles l as directi vas sobre los cursos.
71
La apertura de una fase de repli egue,
de atenuación de l a cruzada educativa, no podía ni si qui era pensarse. Al contrario,
era necesario golpear el hierro para mantenerlo cal iente. Es decir, había que extraer
el máximo provecho de las circunstancias favorables y aplicar de manera inflexibl e
el decreto que el 31 de diciembre de 1943 había enterrado a l a escuel a laica.
La firmeza con la que las autori dades eclesiásticas querían hacer valer las
disposiciones de aquell a medida se manifestó en l a reacción, rápida e i ntransi gente,
ante la i nterpretaci ón moderada de algunos directores de escuel a que habían
convocado a los padres de los al umnos para averiguar su efectivo consentimiento
respecto de la partici pación de sus hij os en l as horas de reli gión. Ya el 18 de marzo,
precisamente a la luz de estos episodios, l a dirección de enseñanza rel igiosa emitió
una circular, y pocos días más tarde el padre García de Loydi, inspector de la
misma repartición, afrontó el problema en una nota confidenci al a l os obispos, a
quienes el decreto l es había asignado l a función de control y vigilanci a de la
enseñanza de la rel i gión. El contenido de ambos documentos era absolutamente
explícito: era necesario reafirmar de la manera más irrevocable el espíritu del
decreto del 31 de dici embre: todos los alumnos debían asistir a las clases de
religión, a menos que uno de sus padres, espontáneamente, y sin ser convocado de
ningún modo, se hubiera presentado ante el director del instituto escolar para firmar
el registro de las exenci ones.
72
Por otra parte, el espíritu del decreto era
obstacul i zar de toda forma las eventual es exenciones de l a enseñanza de la
religión, y conferirle un carácter l o más próximo posible a l a obl igatoriedad que
consintiera l a Constitución. El hecho fue confirmado por un nuevo decreto, emitido
el 22 de marzo, donde se estableció que l a enseñanza de la rel igi ón debería
colocarse en una franj a intermedia en el horario de clases. Por l o tanto, ni a la
primera hora ni a la última, a fin de evitar todo incentivo a la deserción.
73
Con análogo celo los ambientes eclesiásti cos siguieron interesándose también
por la política universitaria. Ésta, fundada sobre radical es depuraciones y medidas
de confesional i zación autoritaria, había chocado con la maci za oposición de las
organi zaci ones estudianti les, de la prensa y de la opinión públ ica l iberal. Estas
circunstancias habían transformado a la Universi dad en uno de l os ámbitos donde la
revolución había encontrado mayores resi stencias. Dado ese trasfondo de extrema
polari zación en l as universi dades, el nuevo ministro trató de aprovechar la
oportuni dad ofrecida por las dimisiones de los interventores católi cos naci onalistas
luego de la ruptura con el Ej e, para descomprimir la atmósfera nombrando a otros
más moderados. Éstos, como dij o el mismo ministro en la ceremonia de asunción de
Davi d M. Ari as como rector de la Universidad de Buenos Aires, deberían atenerse a
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los principi os de "col aboraci ón¨, "toleranci a¨ y "orden¨.
74
La aspiración de pacificar
las universidades y dil uir la cruzada ideológica confesional en una actitud más
profesional se enfrentó, inmediatamente, con la abierta hosti lidad con la Ìglesia,
para quien dicha aspiraci ón representaba un síntoma del temido peli gro de que el
giro en la política exterior se reflej ara en l a políti ca i nterna y causara un alej amiento
de la revolución de su programa regenerador.
El 22 de marzo un violento ataque del diari o catól ico al nuevo curso de la
política universitari a preludió su hundimiento, así como la decl inación de aquel
efímero ministro. En su editori al de aquel día El Puebl o definía como
"desconcertante¨ el nombramiento de l os nuevos i nterventores, especialmente el de
la Universidad de Tucumán, un hombre que había honrado l a memoria de un ex
senador social ista en ocasión de su reciente desaparición. Se trataba de un gesto
de homenaj e a un "político profesional, socialista, anti catól ico y antimilitarista¨, val e
decir, a un "enemigo de la argenti nidad¨. En suma, el hombre que el ministro había
colocado a la cabeza de la Universidad de Tucumán había abrazado "la antítesis de
todo lo que el 4 de j unio ha venido a restaurar¨. Que Silgueira volviera a l a razón:
como ministro debía su nombramiento a la fideli dad hacia la revolución. Por lo tanto,
su deber era el de "encauzar a las universidades de la naci ón hacia los fines de la
argentinidad¨.75 El trueno del órgano católico ll egó probablemente a destino. Sól o
dos días transcurri eron entre él y el nombramiento del nuevo presidente del Consej o
Naci onal de Educación, en la persona de José Ì. Olmedo, un hombre que, tanto por
su perfil como por el alto cargo al que había sido destinado, comunicó la i nmediata
impresión de que Si lgueira había sido puesto baj o tutela.
Olmedo era a todos los efectos un "patri ota y catól ico ej emplar¨, por usar los
términos empleados por sus amigos nacional istas. Ferviente sostenedor del
fascismo, era sobre todo un hombre de la Ìglesia, de cuyas organi zaci ones era un
activo militante, en cal idad de dirigente de la Acción Católi ca y de algunas
prestigiosas confraternidades. Por otra parte, su formación se basaba en los
estudios reali zados en la Universi dad de Lovai na en la época en la que esa
Universidad estaba dominada por l a figura del cardenal Mercier.
76
Por lo tanto,
desde su discurso de toma de posesi ón al cargo proclamó explícitamente la
intención de atenerse a los "imperativos de nuestra civil i zación cristi ana¨.
77
En
suma, la revolución continuaba y l a fractura con los ambientes nacionali stas, que
había tenido lugar en el plano de la política exterior, podía reabsorberse en el de l a
política interi or apel ando a las raíces de l a ideología revolucionaria, al mit o de la
"nación catól ica¨. En el término de unos pocos días l a confianza ahuyentó el
desconcierto en el mundo católico. Olmedo era un "hombre de j unio¨ y con él l a
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revolución involucró finalmente al sector educativo en su integridad, haci endo
retroceder la ol a contrarrevoluci onaria.
78
Por otra parte, reflej aba el espíritu del
catol icismo que había permeado la revol ución. Compartía su ansia revanchista de
regeneración, su drástica repulsi ón por la Argenti na l iberal. En suma, estaba
totalmente identificado con la ideol ogía nacional católica que había impregnado el
clima de los Cursos de Cultura Catól ica, con los cuales también estaba vincul ado.
79
Con el nombramiento de Olmedo en el Consej o Naci onal de Educaci ón se
configuró en el ministerio de Ìnstrucción Públ ica una suerte de diarquía, destinada a
durar poco más de un mes, desde el momento en que el 3 de mayo la titularidad de
dicho ministerio pasó de las manos del moderado Sil gueira a las de Alberto Bal -
drich, un catól ico nacional ista sumamente conocido en l os círculos militares y
eclesiásticos por su doctrina acentuadamente tradicional ista y reaccionaria, que por
muchos motivos recordaba al falangismo español.
80
La diarquía de todos modos
había restablecido en gran parte la confianza católica: el ministeri o, escri bi ó El
Pueblo el 29 de marzo, estaba trabaj ando de la mej or manera. Sólo le quedaba
normalizar la universi dad.
81
A la espera de que se produj era di cha normali zación, ya en abri l se
manifestaron de todos modos los primeros signos de l a dirección impresa a la
política educativa por el i ngreso de Olmedo al ministerio. En primer lugar, coincidió
con el agravamiento del cl ima represivo, como lo reveló la intervención de la pol icía
de Santa Fe, una ciudad que figuraba entre l os bastiones del l aicismo escolar, para
impedir la real i zación de un congreso de la Asociación de Maestros local, cuyo
obj etivo era manifestarse a favor de l a escuela l aica.
82
Más all á de la represión,
sin embargo, la ori entación de la política educativa avanzó desde entonces
siguiendo tres orientaciones principales.
La primera de el las, que era también la más ambiciosa, se di rigía a conseguir
que el gobierno fuera más all á del decreto que había restaurado l a enseñanza de la
religión y, como lógica consecuencia, golpeara en el corazón del símbolo por
excelenci a de la educación laica: la ley 1420, cuya reforma fue entonces invocada
en las pági nas de Criterio.
83
Era evidente que en el caso de que el gobierno
cumpliera ese paso, imprimiría una brusca acel eraci ón al camino hacia la
instauración, incl uso j urídica, de la "naci ón catól ica¨. Pero también que, dada su
controvertida legitimidad, di cho paso echaría sin duda una nueva mecha al fuego, ya
encendido, de l os conflictos políticos, ai slando cada vez más al gobierno en su
propia autosufici enci a y, por lo tanto, exponi endo a los militares y a sus al iados a
eventuales represal ias cuando los parti dos retornaran al poder, y a la revolución a la
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anul ación de sus real i zaciones. Pero tales cálcul os, estrechamente "políticos¨, eran
en general extraños a la ideología de la "nación católica¨, que se fundaba en una
lógica maniquea, de acuerdo con l a cual no era cuestión de quedar vinculados a una
concepción formalista, rígidamente j urídica, de la legal idad, ni de pl egarse a
compromisos o cálculos políticos. Para el l a se trataba de vol ver a conducir a toda
costa a la nación a sus fuentes católicas; para el lo no había dudas: el espíritu, si no
la letra, de la Constitución, avalaba tales ambiciones. Como escribió en esos
momentos el padre Actis, "el princi pi o es i ncontrovertible. Las l eyes que contrarían
el espíritu católico de nuestra Constitución, como es la enseñanza laica, son
fundamentalmente inconstitucionales¨. Al Estado l e cabía por l o tanto "procurar que
en las escuelas del país se imparta como mat eria obligatoria la enseñanza
religiosa¨, eventualmente también contra la voluntad de los padres, los que no
podrían "desconocerl e ni suprimirle ese derecho¨ a sus hij os.
Hasta la li bertad de conci enci a de l os alumnos de distintas confesiones
religiosas, expresamente sancionada por la Constitución y como tal garanti zada por
el mismo decreto del 31 de diciembre de 1943, terminaba en esta perspectiva por
ser sacrificada a la obli gatori edad de la enseñanza catól ica: "aunque l a enseñanza
de la Reli gi ón Católica hubiera sido implantada para todos en las escuelas del país
÷observaba al respecto el padre Acti s÷ no se hubiera cometido delito alguno
contra la l ibertad de concienci a de l os ni ños cuyos padres pertenecen a otros cultos
o a ninguno¨. "¿Desde cuándo ÷en efecto, se preguntaba Actis÷ constituye un
crimen contra la libertad de concienci a i mponer el conocimiento de una verdad o
proporcionar a la inteli gencia humana la posi bi li dad de conocerla?¨
84
Por otra
parte, la invocación de la reforma de l a ley de enseñanza laica, el rechazo al
pluralismo confesional y la reivi ndicaci ón de una catol i zación forzada de la escuela
por obra del Estado eran no sólo temas recurrentes, sino también íntimamente
vinculados entre sí en las páginas de l os órganos de prensa catól icos. Urgía
reformar la ley 1420, se leía en Criterio, para conj urar el peli gro de que en nombre
del respeto por l as di ferentes confesiones se l legara a ver que "el rabino israel ita o
el pastor angl icano i mparta enseñanza rel igi osa en las escuelas argentinas¨.
85
La segunda directri z con la que Olmedo se propuso encaminar la política
escolar fue la de la confesionali zación de la historia patria.
86
En este plano, sus
primeras iniciativas reflej aron las posiciones dominantes en la cultura católica y en
la Ìglesia argentina, que constantemente tendían a representar baj o la luz
confesional hasta a los personaj es de primera línea del panteón li beral. En este
sentido, fueron ej emplares las declaraciones formuladas por Olmedo el 21 de abri l,
cuando expuso públ i camente el proyecto de imponer como texto escolar una obra
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dedicada por Sarmiento a la vida de Cristo. Estas declaraciones revelaban l a
ambición de adquirir a Sarmiento para la tradición catól ica, haciendo de él un
"maestro de reli gión en la escuela argenti na¨.
87
Así lo confirmaron al poco tiempo
los fundamentos del decreto que sancionó la adopción de aquel texto: a la admisión
de que no toda la obra había sido en reali dad de autoría de Sarmiento, seguía la
afirmación de que a él, y no a otros, se debía el espíri tu cristiano que la
impregnaba.
88
La actitud expresada por Olmedo se fundaba, por otra parte, en una
tendencia sumamente en boga entre l os historiadores católi cos, cuyas obras
convergían por l o general j ustamente en el intento de confesional i zar l a histori a
nacional. Así se desprendía, en aquell as semanas, del anál isis sumario y rápi do de
la historia naci onal ofrecido en Criteri o por Juan Carlos Zuretti , donde se incluía,
entre quienes habían sostenido a la Ìglesia y a la enseñanza catól ica, no sól o a
Belgrano y a la Junta de Mayo, sino incluso a Mariano Moreno.
89
En fin, la tercera directriz de la política escolar perseguida por Olmedo, con el
apoyo de la Ìglesia, fue la de la rápi da y eficaz organi zaci ón de la enseñanza
religiosa en todas las escuelas públ icas del país. En tal senti do era necesario en
primer lugar establ ecer con precisión dónde terminaba la j urisdicción del Estado y
comenzaba la de la Ìglesia. El decreto del 31 de diciembre había asi gnado a la
Ìglesia y a sus autoridades una amplísima autonomía en la gestión de dicha
enseñanza, al punto de transformarla en una suerte de feudo eclesiástico engarzado
en el sistema escolar. Pero el que el lo i ntroduj era una excepción en el régimen
escolar ya dej aba abierta la puerta a eventual es conflictos entre el Estado y la
Ìglesia respecto de l os límites de las respectivas competencias. En particular, en
relación con el nombramiento de los docentes y de los inspectores, por un lado, y
con respecto a la coordinaci ón de los programas de reli gión con los planes
generales de la enseñanza, por otro. El problema era acentuado por el espíritu de
cruzada con el que las autoridades eclesiásticas se aprestaban a ej ercer las amplias
competencias que se les había concedido, que en muchos casos la conducirían a no
tolerar ni siquiera un mínimo margen de supervisión por parte del Estado, aunque
siempre se tratara de las escuelas públ icas.
Ése era el espíritu con el que las autoridades de la Ìglesia tendieron a poner en
práctica l as disposi ci ones del decreto. Esto se traslucía, por ej emplo, en la circular
enviada a los docentes de la diócesi s de Río Cuarto por monseñor L. Buteler. En el
documento se afrontaba el espinoso problema de reclutar maestros, entre los que ya
ej ercían la docencia en la escuela, que estuvieran i nmediatamente en condiciones,
por la confianza y la obediencia que garantizaran al obispo, de enseñar la doctrina
catól ica a los ni ños, puesto que la Ìglesia no estaba en condiciones de brindar
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directamente todos los docentes que hacían falta. Además, del documento emergía
con fuerza la manifiesta intenci ón de l a Ìglesia de gobernar directamente, con puño
de hierro y por fuera de todo control, l a enseñanza de la reli gi ón. Los criterios
dictados por monseñor Buteler para sel eccionar a los maestros previeron no sólo
que el los no pertenecieran a confesiones "anticatól icas¨, como era natural, sino
también que no fuesen catól icos "de forma¨. De todos modos, los docentes
seleccionados deberían comprometerse a seguir las directivas de l os párrocos, los
que por su parte asistirían con frecuencia a las clases y reunirían a los docentes por
lo menos cada diez días.
90
La cruzada continúa: Baldrich, la Iglesia y el frente universitari o
El 3 de mayo de 1944, con el ingreso al ministerio de Ìnstrucción Públ ica de
Alberto Baldrich, en sustituci ón de Silgueira, cesó la diarquía en la cúspide de la
educación argenti na, y con ell o todo resi duo de moderación en la aplicación del
programa de restauración confesional. Desde entonces, y durante los pocos meses
en los que todavía convivieron el espíritu restaurador y el popul i sta de la revolución,
aquellas tres líneas directrices fueron perseguidas en forma orgánica y agresiva.
Sólo pocos días antes, cuando aún ocupaba el cargo de interventor de Tucumán, el
nuevo ministro había firmado un decreto por el cual la enseñanza de l a rel igión se
impartiría en esa provincia "por los maestros católi cos como materia ordinaria del
plan de estudios¨, y cuyos fundamentos reflej aban completamente su doctrina en
materia educativa. En ell os se afirmaba que la religión era "el único fundamento
sól ido de la moral¨, que "a ningún gobernante, que ame sinceramente a su pueblo,
le es lícito privarlo de aquel los beneficios¨ que sól o el la podía dar a la sociedad, y
que la Constitución argentina estaba impregnada por el catol icismo, hasta el punto
de que incluso la l ibertad de conciencias que el la sancionaba no debía interpretarse
como si previera una igualdad j urídica entre el culto catól ico y l os otros cultos. Pero
sobre todo, en aquel decreto que Baldri ch firmaba j unto a sus ministros, Adolfo
Si lenzi de Stagni y Ramón Dol l, ambos figuras de punta de una corri ente
nacional ista próxima al falangismo, se exponía de la manera más direct a y cruda el
nudo de l a i deología nacional católica: "así como en la escuela debe inculcarse y se
inculca el concepto de Patria ÷se afirmaba÷ debe enseñarse también lo referente a
Dios y a l os santos evangelios¨.
91
Era difícil negar que la ideología de Baldrich, tal como él l a había expresado
públ icamente en sus conferencias en el Círculo Mil itar, poseyera muchos rasgos de
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aquel nacional ismo "extremo¨ a cuya condena l a Ìglesia había dedicado numerosos
documentos.
92
En especial esas partes en l as que el la alababa una suerte de
religión del Estado fuerte, y más específicamente del Estado militar. No obstante
eso, ya el 6 de mayo El Pueblo celebró su nombramiento a l a cabeza de l a
educación argentina: se abría entonces l a "nueva y definitiva etapa¨ de la polít i ca
escolar revolucionari a, durante la cual se superarían las "i nfluencias retardatari as¨
que l a habían minado hasta entonces. Los primeros nombramientos efectuados por
el nuevo ministro aseguraban que cesarían las "vaci laciones¨ y se anunciaba l a
"reconstrucción total¨, comenzando por la universidad.
93
En esta satisfacción había algo paradój i co. Al sostener tan abiertamente la
política inaugurada por Baldrich, l a Ìglesia se cerraba más allá de toda prudenci a a
cualquier posibi li dad residual de separar su propia imagen de la del gobierno
revolucionario. Esta circunstancia sería devastadora si acaso el gobierno fracasara.
Actuando así y temiendo como al mayor de los males el "retorno a la normalidad¨,
estaba poni endo la defensa de sus propi as conquistas completamente a merced de
quienes, entre los revolucionarios, y en primer lugar Perón, la veían en cambio
como un hori zonte i neluctable, que debería afrontarse con sagaz estrategia. Por
otra parte, todo lo indicaba, desde la evolución de l a guerra y la creciente
fragmentación del frente revolucionario, hasta el despertar de la oposici ón. El
encarni zamiento ecl esiástico en la defensa de la confesi onal i zación forzada,
conducida además por hombres de la corriente más autoritaria y oscurantista del
campo católico, aparecía así como un vano y pel igroso esfuerzo por remar contra la
corriente. Es difícil decir a qué se debía esa actitud aparentemente irraci onal, si a l a
escasa visión del Pri mado que gobernaba autocráticamente la Ìglesia argentina, o
bien a la natural eza "impolítica¨ y estrechamente ideol ógica del proyecto
eclesiástico de restaurar la "nación catól i ca¨, o bien a ambos factores. Lo cierto es
que l a Ìgl esia pareci ó darse cuenta muy tarde de la disyunti va que, luego de la
ruptura con el Ej e, había empezado a producirse entre el espíritu restaurador y el
populista de la revol ución. Y si bien seguía aplaudiendo con entusiasmo la política
social de Perón, conti nuó erróneamente pensando que dicha pol ítica seguiría siendo
conci li able con el autoritarismo confesional personificado por Baldrich. Al menos
trató, hasta que pudo hacerlo, de no afrontar aquel la real idad, tan dolorosa para
ell a, que quebraba sus sueños de unani midad e implicaba divisiones incurables,
tanto en la revolución como entre sus filas, hasta que l os efectos de la liberal i zación
se la impusieran de l a manera más brusca.
El nivel de autoritarismo confesional que Baldrich infundió a la política escolar
superó al de todos l os que lo habían precedi do. Como él mismo proclamó en un
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enfático mensaj e a l a j uventud estudianti l , con él empezaba l a "cruzada redentora¨
que conduciría a rescatar el "acerbo espiritual grecolati no subl imado en la
civi l i zación de la cristiandad católica¨. Confesionalismo totalitario, encendi do
militarismo, exaltación vitali sta de l a j uventud, hasta signos de retórica popul ista,
eran los elementos de los que estaba repleta su ideol ogía. La j uventud estudianti l
era llamada a unirse a la j uventud trabaj adora para formar los "cuadros de la
revolución en marcha¨. El elemento fundante de la patria regenerada se
indivi duali zaba en la "espada del soldado¨, a l a que se debía el mérito de que l a
patria hubi era sido "salvada de l a muerte¨. Lo que quedaba aún por hacer consistía
en completar la "integral nacionali zación del Estado¨, la "argent ini zación de nuestras
instituciones y de nuestro ser colectivo¨, mediante la el iminación de las ideologías
"extrañas¨ al mismo.
94
Una nueva ola de católicos nacional istas, muchos de ellos ya enrolados en las
filas revoluci onarias en cargos de diverso nivel, ingresó al ministerio j unto con
Baldrich. Estaba compuesta por hombres que compartían con el ministro el mismo
bagaj e de ideas y que de un modo u otro estaban vinculados con los Cursos de
Cultura Católi ca y con l a Acción Catól ica, comenzando por el subsecretari o de
Educación, Héctor A. Llambías, un prestigioso fil ósofo tomista de Córdoba.
95
Pero
fue sobre todo en la universidad donde el nuevo curso se hi zo sentir de inmediato,
especi almente en la Universidad de Buenos Aires, a cargo de l a cual, el 19 de mayo,
se nombró a Carlos Obli gado, hombre de los Cursos de l arga militancia en las
formaciones naci onali stas más íntimamente l igadas a la Ìglesia, y que ya había sido
colaborador de Casares durante su i ntervención.
96
Cuál era l a misión lo expresó en
términos inequívocos el ministro Bal drich en el discurso que pronunció al ponerlo en
el cargo: imponer la "subordinación y el respeto¨ de l a universidad "a los fines
propios de la patria¨. Estos fines se encontraban inscritos en la histori a, la tradición
y "la esencia misma de la nacionali dad¨, y a el los debían plegarse "todas las
activi dades nacional es¨. Al "comando supremo de la Repúbli ca¨ le cabía en cambio
el deber de señalar a la población y a todos l os organismos de l a nación, cuáles
eran los "fines supremos¨ de la nacional idad, y de velar para que "la verdad y sól o l a
verdad¨ tuviese acceso a la universi dad argentina.
97
Aunque Baldrich no hubi era hecho ni nguna referencia explíci ta a la doctri na
catól ica, el entusiasmo despertado por sus orientaciones en los ambientes catól icos
era motivado: en efecto, no cabía duda alguna sobre el hecho de que l os "fines
nacional es¨, la "esencia de l a naci onali dad¨ y la "verdad¨ a los que se había referido
aludían al imperio de la "nación catól ica¨. Así lo confirmó inmediat amente el mismo
Obl igado, al afirmar explícitamente que el i deal perseguido, "al ser profunda y
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raigalmente argentino, no puede ser si no tradicional ista y catól ico¨. Lo mismo
hicieron los interventores de las distintas facultades, en primer lugar Héctor Sáenz y
Quesada, otro miembro de viej a data tanto de los Cursos como de varios
movimientos nacional istas, para el cual era incluso "innecesari o recordar, en un país
constitucionalmente catól ico, que la fil osofía es una sol a ÷la ' philosophi a
perennis'÷ y conforme a la doctrina de l a Ìglesia¨.
98
Muy pronto, por lo tanto, a fi n
de cumplir la misión que se le había asi gnado, Obligado se prodigó en una ráfaga de
medidas y actos simból icos que ambicionaban i nculcar en el sistema universitario
aquellos principios. En ocasión de la fiesta de Corpus Christi, por ej emplo, emitió un
decreto que no sólo proclamaba el deber de cada universi dad de incl inarse ante el
Verbo de Di os, sino que establecía que toda la universidad debía concurrir "en
corporaci ón¨ a las celebraciones dispuestas, las que se articul aron en torno a una
procesi ón que el 8 de j unio atravesó la ciudad encolumnada tras el cardenal
Copell o, el Nunci o monseñor Fietta y hasta monseñor De Andrea.
99
Con ese mismo
espíritu instituci onali zó la comunión pascual universitaria en l a catedral de Buenos
Aires, reuniendo para la ocasión a l os más il ustres representantes de la corporación
docente católica, desde nacionali stas como Casares, De Estrada y Ramos a
conservadores como Aberg Cobo, a católicos sociales como Valsecchi, y hasta a
demócratas cristianos como Ordóñez, Gondra y Río.
100
Mucho más que simbóli co fue el decreto que Obli gado firmó el 7 de j uni o, con el
que le cambió el nombre al más prestigi oso colegio secundario argentino, el
Naci onal Buenos Ai res, que recuperó desde entonces el que había tenido
antiguamente: Colegi o Universitario de San Carl os. Sobre todo porque la dirección
le fue confiada al padre Sepich, un "eminente hombre de la Ìgl esia¨, que actuaría ÷
precisó Obl igado÷ "para bien de Dios y de Nuestra Argentina¨. En suma, designaba
a un sacerdote que no sólo figuraba entre los intelectuales e ideólogos más
bril lantes del nacional catolicismo, sino que además gozaba de amplia estima y
confianza en las esferas eclesiásticas, mucho más allá de los li mitados confines de
los grupos nacionali stas, como lo había demostrado, pocos meses antes, su
nombramiento como director general de enseñanza rel igiosa, un cargo estratégico
sobre el que la Ìgl esi a ej ercía su supervisi ón.
101
Pero en análoga l ongitud de onda quedaron sintoni zados también los otros
interventores, todos provenientes del mundo católico. En particul ar, el de l a
Universidad de Córdoba, Lisardo Novi l lo Saravi a, se distingui ó por un encendido
discurso en honor al presidente Farrel l, pronunciado el 3 de j ul i o, en el cual cel ebró
la restauraci ón en curso de las raíces católi cas e hispáni cas de la nacional idad y
apel ó a una patria reconducida a la unidad.
102
Ìnclusive Jordan Bruno Genta, cuyo
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integralismo autoritario ya había causado innumerables rompecabezas al gobierno
militar cuando estuvo a la cabeza de la Universidad del Litoral, entró otra vez en
j uego. En cuanto asumió las ri endas del ministerio, Baldrich lo ubicó en la
conducción del Ìnstituto del Profesorado, con la seguridad de que él impondría en la
formación de los profesores el respeto por los valores de la argentinidad. Sól o tres
meses más tarde Olmedo lo nombró rector de la Escuela Superior del Magisterio,
donde Genta se presentó con un programa de "Revolución Restauradora¨ y de
"lucha decisiva contra la antipatria¨, fundado en la primacía de la teología y de la
metafísica en contraposición con la pedagogía liberal y universal ista.
103
Pero el pri ncipal colaborador de Bal drich siguió siendo, de todos modos,
Olmedo, que era en cierto modo el prot otipo de aquel la estirpe de catól icos para los
que la Ìglesia, el Estado y la nación se fundaban en una uni dad orgánica y
totalitari a, baj o la tutela de l a cruz y de la espada. Sin prestar atención a las
crecientes reacciones que esa ideol ogía suscitaba en sectores cada vez más vastos
de la soci edad argentina, siguió adoptando, durante todo el tiempo que duró en su
cargo, medidas coherentes con dicha i deología y proclamando agresivamente sus
principi os. Ése fue el caso, por ej emplo, de la ceremonia públ ica organi zada para
dar amplio relieve simbólico a la colocación de un crucifij o en su oficina del
ministerio, a la cual también mandó transportar un busto de Don Bosco, por el que
profesaba una especial veneración.
104
O bien de una medida de menor
envergadura, pero sumamente significativa, como fue la instituci ón de tres becas del
Consej o Nacional de Educación que debían desti narse al Seminari o metropolitano,
al Colegio Mil itar y a la Escuela Naval. En los fundamentos de la medida no sólo se
volvía a expresar el axioma de la "nación catól ica¨, si no que se afirmaba
perentoriamente en nombre del mismo que el Estado debería velar a fin de que el
clero manifestara abiertamente el necesario fervor patriótico.
105
Por lo tanto,
dej aba transparentar el enorme riesgo al que se exponía la Ìgl esia con su entusi asta
abrazo a la confesionali zaci ón forzada: el de terminar presa de la ideología y de los
hombres que ella misma había formado, li gada de pies y manos al Estado Cristiano.
Por otra parte, era un riesgo propi o del mi to de la "nación catól i ca¨: si el catolicismo
debía imponerse en su cual idad de esencia misma de la nación, y si con la
revolución de j uni o la i dea confesi onal de nación estaba convirtiéndose
efectivamente en Estado, entonces era natural que l os que gui aban tal proceso se
irgui eran como protectores de la Ìglesia, y como tales, se apresuraran a formar un
clero patriótico, tal como se habían preocupado por instaurar la enseñanza rel igiosa.
Si por lo tanto ése era el perfil de los hombres que habían l legado a la cúspide
del sistema escolar entre abri l y mayo de 1944, no sorprende que el nuevo curso
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encaminado por ell os contara con el convencido apoyo ecl esi ástico. En su aspecto
universitario, sobre todo, la resol uci ón de Bal drich obtuvo inmediato al iento.
106
Si n
embargo, era precisamente en ese frente donde se manifestaba con mayor
evidenci a lo veleidosa que era la línea del ministro, y en qué medida agravaba el
aislamiento del gobierno. En efecto, como observaba preocupado El Pueblo, aunque
los nuevos dirigentes de la política universitaria vibraran "al mismo impulso
recuperador que va conmoviendo las instituci ones¨, y aunque sus primeros pasos
fuesen "halagüeños¨, "la i nfiltración, en l a masa universitaria, de tales impulsos¨,
resultaba extremadamente lenta.
107
Lo cierto es que la "masa universitaria¨ seguía
oponiendo una tenaz resistenci a al proyecto revolucionari o. Tanto que, para
imponerlo, el gobierno se veía obl igado a recurrir a una cuota creciente de
arbitrariedad y represión, encendiendo un ciclo de reacci ones que contri buía a
debi l itar su fuerza y cohesi ón.
Hubo por entonces muchas demostraciones del ai slamiento de las autoridades
universitarias respecto del ambiente donde se proponían infundir concienci a de l a
"esenci a de l a nacionali dad¨. No había señal alguna de que las infinitas ceremonias
dirigidas a movili zar a la poblaci ón estudi antil baj o l as i nsi gni as de l a cruz y de la
espada al zaran ol eadas de participación y de consenso. Cuando, por ej emplo, a un
año del 4 de j unio, el interventor de la Universi dad de Buenos Aires convocó a los
docentes y a los estudiantes a una misa de campaña en l a Pl aza de Mayo, con la
finalidad de que rezaran por "el aci erto de los gobernantes¨, reunió un séquito muy
reducido.
108
No obstante, esto no induj o a Baldrich a moderar sus ambiciones. Más
bien, pareci ó convencerlo más aún de l a necesidad de apl icar una terapi a de choque
a los males que padecía la universidad: una terapia cuyos ingredientes fueron el
confesionalismo, el militarismo, la represión de las protestas y las purgas en el
cuerpo docente. La li turgia clérico-militar i nvadi ó las uni versidades, donde se hi zo
familiar la presencia del interventor de la provincia, por lo general un alto oficial de
las Fuerzas Armadas, que j unto con el obispo local inauguraba un pendón, hacía
bendecir una bandera, celebraba un aniversario, premiaba a alguna personal idad
meritoria, pronunci aba invocaciones a Dios y a la patria.
109
La l iturgi a recalcaba
aquélla promovida en los colegios secundarios, l os que también fueron obj eto de
ambiciosos pl anes de movili zación, como ocurrió en ocasi ón de su convocatori a a la
manifestación real i zada el 7 de j ul io en Plaza de Mayo, presenciada, desde los
balcones de la Casa Rosada, por el cardenal Copello, el presidente Farrell y el
ministro Baldrich.
110
Sin embargo, en la perspectiva de acelerar la militari zación de l as universidades
Baldrich no se limitó a actos simbólicos, sino que adoptó también importantes
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medidas. Entre el las, la más significativa fue sin duda la institución de una cátedra
de Defensa Nacional en l a Universidad de La Plata, inaugurada por una conferencia
del coronel Perón el 10 de j unio. Una decisión, comentó el diari o católico, que
coronaba la sentida exigenci a de vincular a la Universi dad Nacional con l o actuado
por las i nstituciones armadas en vistas de una misma finalidad.
111
El lo se inj ertaba
en un plan más amplio de compenetración entre las escuel as militares y civiles, que
pocos días antes se había reflej ado en una disposición del gobierno que establ ecía
que todas l as escuelas debían estar preparadas para las eventuales necesidades de
la guerra total moderna. La disposición fue recibida por El Pueblo como un triunfo
en l a viej a batal la a favor de l a instrucción militar preescolar, pero no hi zo sino
aumentar la intol erancia de las oposici ones políticas y de la gran prensa haci a el
perfil cada vez más autoritario y militarista asumido por la revol ución.
112
Además de actuar sobre el agitado frente universitario, Baldrich y Olmedo se
empeñaron naturalmente en los frentes de otros niveles escolares, en l os cuales
fermentaban las acti vidades l igadas a l a puesta en marcha de l os cursos de
enseñanza rel igiosa. Precisamente en los meses en los que el l os se hicieron cargo
de la política escol ar de la revol uci ón se pasó a la fase de instrumentación del
histórico decreto del 31 de diciembre de 1943, y se definió cuál iba a ser la concreta
interpretaci ón que se le i ba a dar. Esa cuestión revestía gran i mportancia, pues se
establecería cuáles i ban a ser los límites de los poderes de conducci ón y gobierno
que el gobierno "adj udicaría¨ a la Ìgl esia en un recorte del sistema educativo. Así se
comprendería hasta qué punto la introducción de la enseñanza de la reli gi ón podía
preludiar una confesional i zación integral de la escuela argentina.
Que l as autori dades eclesiásticas concibieran el decreto del 31 de diciembre
como un instrumento a través del cual acelerar la imposición de un modelo
educativo íntegramente confesional no era un misterio. Por otra parte, el nuevo
curso educativo estaba en total sintonía con aquel modelo, como lo confirmó el
espíritu con el que la enseñanza rel igi osa fue poco a poco restaurada y aplicada en
las distintas provi nci as. Como recordó precisamente entonces a los directores de
escuel as el padre Escobar, que tenía el cargo de inspector de enseñanza rel igiosa,
la moral cristiana debería forj ar la patria del futuro, una patria fundada en el senti do
de "obl igación y deber¨ y por lo tanto, contrapuesta a aquell a "de Freud¨, a la patria
"util itarista¨; todos quienes dirigí an las escuelas debían proceder inmediatamente a
introducir l a enseñanza rel igiosa en todos los nivel es de l a educación, evitando
consultar previamente con los padres e introduciendo la materia en la mitad del
horario escolar.
113
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Por otra parte, los mismos obispos se empeñaron en que el decreto fuera
apl icado de manera extensiva. Monseñor Gui l land produj o a tal fin las disposiciones
del código de derecho canónico, para confirmar cómo, en el espíritu de un sector no
minoritario de la Ìgl esia, sus leyes eran consideradas "natural mente¨ válidas como
leyes del Estado. Con tal principio se trataba de evitar que se les enseñara a los
catól icos nociones contrarias a su rel igi ón: la Ìglesia, por lo tanto, debía
inspeccionar la formación rel igiosa, y los mismos obispos tenían el derecho de
vigilar que en las escuelas no se hici era nada que fuera contra la fe o la moral, de
autori zar textos y docentes de la materia y, en fin, de revocarlos cuando
indivi duali zaran en ellos comportamientos lesivos a la moral o a la reli gión. El
control de los sacerdotes sobre todo el sistema de la enseñanza rel igiosa debía ser
extensivo y asiduo.
114
Éste era un concepto que sobresalía también en la circular
enviada a sus sacerdotes por monseñor Chimento, arzobispo de La Plata.
115
En
cambio, los riesgos conectados con el clerical ismo, exasperado por esa actitud,
debi eron estar presentes para monseñor A. Buteler, obispo de Mendoza, que
manifestó mayor prudencia al subrayar que la enseñanza reli gi osa, aun puesta baj o
el control de la Ìglesi a, se i ntegraba en un régimen educativo de l egítima
pertenencia del Estado, con el que mantenía plena armonía. Desde esa perspectiva
era bueno que l os sacerdotes se comprometieran, con su asidua presencia en las
aulas, a borrar el difundi do prej uicio que existía sobre ell os. Pese a el lo, invocaba
una interpretación amplia de la restauración de la enseñanza rel igiosa, aunque
lamentaba las disposici ones estatales que sometían a límites y controles la técnica
pedagógica del sacerdote, sus horarios, y así sucesivamente.
116
Vistas las ori entaciones ideológicas que prevalecían en l as filas de la j erarquía
eclesiástica, el perfil de los hombres que habían ll egado al mini sterio sobre la huel la
de Baldrich y de Ol medo ofrecía las mejores garantías: sin duda fomentarían una
abarcativa i nterpetaci ón del decreto. En este sentido, cuando aún ocupaba el cargo
de director general de enseñanza rel igi osa, el padre Sepich había dicho
confidenci almente a l os obispos cuáles eran l os criterios que pretendía adoptar con
la finali dad de sal vaguardar los derechos de la Ìgl esi a y de obtener l a máxima
coordinaci ón con sus autoridades.
117
Pero si la exposici ón de tal es criterios
coincidía, en sus contenidos, con las orientaciones expresadas por los obispos o por
el ministro, revelaba también una dosis de pragmatismo que en aquéll os parecía
estar ausente, hasta dar a entender que también en el sector educativo, donde
parecía que regía una sustancial unanimidad sobre cómo conseguir la
confesionali zación de la escuela, en real idad existían posiciones distintas, que a su
vez remitían a las diferencias entre las corrientes revolucionarias.
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A diferencia de Baldrich, Sepi ch parecía compartir la preocupación de aquell os
revolucionarios que temían el aislamiento de la revol uci ón y que, por lo tanto, se
prometían evitarlo, de ser necesario procurando no dar pasos que por su grosera
arbitrariedad l o profundi zaran. En vez de elevar la arbitrariedad como método, él se
mostraba más bien preocupado por dar forma institucionali zada a las conqui stas
logradas. Esto valía en particular para el nudo cruci al de l a selección de los
docentes de reli gión y de su futura formación, a propósito de la cual Sepich
consideraba que antes que nada era necesario codificar en un reglamento explícito
aquellos pri nci pi os que para l a Ìgl esi a eran inal ienabl es: su derecho a seleccionar a
los candidatos y el i mperativo de que el cuerpo docente fuera preparado y capaz. El
mismo principio tenía además que preceder a la creaci ón de un sistema de
relaciones entre las autoridades ci vi l es y las eclesiásti cas suficientemente
institucional i zado para prevenir las "arbitrariedades¨ que en un futuro podrían
cometer los "enemigos¨ de la Ìglesia.
En otros términos, era necesario que l os pasos ll evados a cabo para la
restauración cristi ana no pudieran borrarse fácilmente cuando la revolución tuviera
que ceder la mano. Razonando desde esta perspectiva, reconocía el derecho de las
autoridades eclesi ásticas a ej ercer la máxima discrecionali dad en la elección de los
docentes, pero también consi deraba conveniente, para su nombramiento oficial, l a
conservación del tradicional procedimiento del concurso públ ico. Su el iminación
haría indefendi bles esos nombramientos cuando se restableciera la legal idad.
Lo que Sepich quería era que los obispos ej ercitaran su derecho a conceder la
habi l itación para la enseñanza de la religión, pero que l os candidatos que
obtuvieran dicha habil itación parti ciparan luego en un concurso convocado por el
Estado. Era una propuesta sensata, diri gida a no inspirar luego conflictos creados
por el carácter autoritario y cleri cal de l a política escolar, y más bien dirigida a
evitar que l a Ìgl esi a, en el intento de ej ercer lo que consi deraba su derecho
"natural¨, entrara en col isión con el Gobierno; éste, a su vez, como protector de la
"nación catól ica¨, j uzgaba "natural¨ que l a Ìglesia le prestara su col aboración para
conseguir los obj etivos comunes sin pretender sustituirlo. Era una propuesta que,
temiendo las consecuencias, trataba de poner freno a dos arbitrariedades explícitas:
la de algunos obispos, que pretendían pasar por encima de los concursos y
sobrepasar la j urisdi cción del Estado en el nombramiento de los docentes de
religión, y la del gobi erno, en particular del ministro Bal drich, que para tener l ibertad
de acción en la revol ución escol ar acababa de decretar la suspensi ón del régimen
de concursos vigente con vistas a una reforma.
118
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191
La misma ambigüedad acerca de los respectivos roles del Estado y de la
Ìglesia, igualmente origi nada por la transformación del primero en "Estado cristi ano¨
y "cristiani zador¨, se manifestó inevitablemente también en el interi or de las filas
catól icas. Lo que más tensiones creó fue el contraste entre la perspectiva de
aquellos católi cos que habían asumido importantes cargos en el gobierno, y que en
muchos casos adoptaban la óptica del Estado cristiano en razón de l a "natural¨
colaboraci ón eclesiástica con su acci ón, y la de los que se preocupaban sobre todo
por l a libertad de acción de l a Ìglesi a. Esa divergencia empezó a aflorar en la
relación entre las escuelas públi cas y las escuelas confesionales. ¿Hubiera sido
preferible ÷en este sentido÷ que el Estado expl icara su propia función
cristiani zadora reforzando las estructuras autónomas de la Ìgl esia, como eran las
escuel as catól icas, o bien pri vi legiando la confesional i zación de la escuela estatal?
Cuando todavía la cruzada escolar arreciaba, tal di lema había generado serios
conflictos en el mundo catól ico. Por ej emplo, en j ulio se dio a conocer el reglamento
escolar de la provinci a de Córdoba. A j uici o del órgano j esuita Estudi os, penali zaba
a las escuelas secundarias catól icas respecto del presti gioso Colegio de Montserrat,
al punto de que los directores de los cuatro colegios católicos de la ciudad habían
apel ado al interventor de la provincia, señal ando que la medida adoptada en
Córdoba contrastaba con la direcci ón nacional de la política educativa. Su
naturaleza era de una índol e tal que permitía recordar l as políti cas de los gobi ernos
ateos y l iberales, y hasta las persecuciones de Cal les. En efecto, con tal medida, el
"profesor liberal o fil ocomunista¨ habría poseído "un arma estupenda para fastidiar
de continuo al colegio católico incorporado¨. Pero la circunstancia más grave la
representaba el que "¡esa arma se las pone en l as manos un i nt erventor 'católi co' de
la Universidad! ¨.
119
Fue una polémica violenta, que si n embargo parecía no asumir
en todas sus implicaciones el espíritu de la política escolar revolucionaria, para l a
que el problema sería más bien cómo impedir que el "profesor liberal o
filocomunista¨ l legara a ocupar una cátedra del Colegio de Montserrat o de cualquier
otro colegio públ ico.
De la "cruzada" a la "retirada táctica": la Iglesia y los efectos del aisl amiento
De todos modos, en el marco total de la política escolar, las posiciones más o
menos ideológicas o pragmáticas que convivían en l as filas católicas no
representaban, hacia mediados de 1944, más que diversas esfumaturas de un
mismo proyecto: el de la recristiani zación integral de la educación argentina. El las
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revelaban algunas di vergencias acerca del método más oportuno para conseguir el
mismo obj etivo, y se alimentaban de diferentes percepci ones respecto del futuro de
la revolución. El espíritu de cruzada que hasta entonces había impregnado el
catol icismo argentino no salía significativamente dañado, como precisamente
entonces confirmó la publ icación de los programas de reli gión para las escuel as
superiores. Eran programas profundamente imbuidos de un antimodernismo
intransigente, así como de un espíritu agresivo y revanchista.
120
El clima fue tal
que, en j unio, El Pueblo invocaba aún que se aprovechara l a oportunidad para
proceder al "saneamiento¨ de los l ibros y de las bi bl iotecas.
121
Pero precisamente ese espíritu de cruzada exacerbó cada vez más, en aquel los
meses, la oposici ón al gobi erno por parte de una vasta y creciente franj a de la
opinión públ ica que, impulsada por la marcha de la guerra mundial y por la
inestabi lidad del gobi erno militar, intensificó su protesta contra el "clérico-fascismo¨.
Ya en abril la prensa liberal había puesto en la mira a la ideología naci onal catól ica
profesada con gesto autoritario por Olmedo, para l a que los únicos "verdaderos
argentinos¨ eran aquell os que habían cel ebrado la introducci ón de la enseñanza
religiosa.
122
De al lí en adelante la oposi ción a la política educativa del gobi erno
creció conti nuamente, sobre todo en el i nterior de l as escuelas, donde las masivas
purgas infligidas al cuerpo docente habían encendido el cl i ma. La mira principal
pasaron a ser las vi olaciones de l a l ibertad de conciencia de los padres y de los
alumnos, denunciadas en todo el país, a l as que se contrapusi eron en una creciente
polémica los tradici onal es principios de tolerancia de la escuela laica y de l a
Constitución naci onal. Hacia j unio el clamor de la oposici ón era tan grande que
hasta induj o al di ario catól ico, y al mismo padre López Moure, que había seguido a
Sepi ch en l a conducción de la dirección general de enseñanza rel igiosa, a
defenderse proclamando el propio respeto por las confesiones no catól icas.
123
Más al lá de la verosi militud, más que dudosa, como se verá, de esa protesta de
inocenci a, el la reflej aba de todos modos la paradój ica situación en la que, también
en el frente educativo, se encontraba la Ìglesia hacia mediados de 1944. En efecto,
ell a no había tenido siquiera ti empo para saborear el triunfo sobre la escuel a l aica y
de consoli darlo, cuando ya se veía obl igada a elaborar una estrategia defensi va, a
fin de que su más que reciente conqui sta no resultara hundida por la oleada
produci da por la oposici ón. En tal circunstancia l a colocaba el cambio radical del
escenario nacional. La definición de esa estrategia, por lo demás ya implícita en la
invocación de Sepich a fundarse en la consol idación y la i nstitucional i zación de las
conquistas antes que en el puro arbitri o, i mplicaba una "contaminación¨ de la pureza
del modelo ideal encarnado en el mito de l a "nación católica¨. Por ende, ya no
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bastaría con enunciar la recta doctri na y proceder a implementarla. La necesidad de
defender las conqui stas logradas planteaba a la Ìglesia ci ertos problemas de
naturaleza estrictamente "política¨. En suma, tampoco podría dej ar de preguntarse
si era más oportuno, para alcanzar tal fin, acel erar el camino autoritario contando
con dobl egar a la oposición e imponer la pureza del mito, o bien elaborar una
estrategia diri gi da a construir nuevas y más amplias al ianzas en vista del inevitabl e
"retorno a la normalidad¨. El di lema, no por casual idad, al imentaba en ese mismo
momento las agitaci ones y l os desgarramientos políticos de los que era presa el
gobi erno militar.
Ya en agosto de 1944 los síntomas de cri sis de l a política escolar revolucionaria
empezaron a agravarse y desde entonces se multiplicaron. Podían percibirse con
clari dad en la frecuencia con que l a Ìglesia recurrió a la autoj ustificación o a la
autodefensa, una actitud que suplantó gradualmente el gesto triunfalista exhibido
hasta entonces y que tuvo su más explíci ta manifestación en la inusual
puntuali zación publ icada el 19 de agosto por El Pueblo, en un intento por frenar la
oleada de acusaciones que embestía a la Ìglesia. En ell a se destacaba una
vehemente defensa de la enseñanza rel i giosa, cuya restauración repr esentaba la
esenci a misma de la revoluci ón; pero a l a vez se adj udicaba significativamente la
plena y autónoma responsabi li dad a los militares, los que de ese modo habían
adoptado una medida extremadamente popul ar: "la enseñanza rel igiosa es obra de
las instituciones armadas, i nspiraci ón suya; de los conductores del pueblo, por
excelenci a, para el pueblo. De ahí su inmensa populari dad, y su implantación
rápida, entusi asta y sin reticencias¨. La ambigüedad de esta puntual i zación era
evidente. Por un lado, el periódico católi co daba explícita muestra de querer
sustraer a la Ìglesia de las responsabil idades que le imputaban, en particular los
círculos católicos democráticos, tanto en la nación como en el exteri or, y por lo
tanto de la acusación de haber fomentado el autoritarismo y el clerical ismo: "...no ha
sido el catol icisimo como tal ÷precisó El Pueblo÷ el ej ecutor de ese anhelo de la
inmensa mayoría de nuestro puebl o, sino el gobi erno de la Revolución.¨
124
Pero por
otro lado, mientras rehuía l os costos que esa medida implicaba, el di ario catól ico no
renunci aba a los honores que ell a había aportado como dote. Sosteni endo espada
en mano su extraordi naria popularidad, reafirmaba la ambición de edificar la "nación
catól ica¨ sobre la base del Ej ército y la Ìglesi a, pero capaz, al mismo tiempo, de
conquistar al "pueblo¨, como lo demostraba el elevado porcentaj e de inscripciones a
los cursos de reli gión.
Los sucesos de las semanas y de los meses siguientes habrían demostrado
cuán problemático era el intento de l a Ìglesia de separarse, aunque sólo fuera
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formalmente, de la molesta identificaci ón con las medidas más exageradamente
autoritarias y clerical es de la revol uci ón. Las acusaci ones diri gidas a las máximas
autoridades de la pol ítica escolar se extendieron cada vez más inevitablemente a l a
Ìglesia, con la que tales autoridades estaban vinculadas. En este sentido un caso
ej emplar estalló a comienzos de septiembre en la provincia de Entre Ríos, donde el
interventor, invocando la "uni dad espiritual y psi col ógica¨ de l a escuela, había
despedido en bloque a 120 maestros que tenían en común el hecho de pertenecer a
la nutrida comunidad j udía de la zona. La furiosa reacción que provocó dicha
decisión i nvolucró directamente al arzobispo de Paraná, monseñor Gui ll and, que fue
acusado de haber sido el i nspirador, quien de inmediato se resguardó negando toda
inj erencia en la cuestión,
125
aunque, en honor a la verdad, dicha medida era
coherente con la cruzada dirigida a la homogeneizaci ón confesional de la escuela
tantas veces arengada por los obi spos, y en particular por el mismo monseñor
Gui l land.
La súbita desmentida del arzobispo de Paraná, seguida de una declaración
bastante ambigua acerca de la natural eza de l as relaciones entre el catol ici smo y el
j udaísmo, así como la dimi sión de Olmedo de la dirección del Consej o Naci onal de
Educación, acompañada por una rencorosa denuncia de l a "tempestad de odi o¨ de l a
que se había sentido víctima, fueron entonces los síntomas más transparentes del
asedi o que pesaba sobre la política escol ar y sobre la Ìglesia.
126
El asedi o cada
vez más la estaba conduciendo a una prudente retirada del escenario político a
medida que se revelaban no sólo el fracaso, sino aun más las consecuencias
deletéreas de la confesional i zación autoritaria emprendida por Baldrich. El cambio
en curso fue sancionado, en la segunda mitad de septiembre, y en sintonía con la
apertura de la primera fase de moderada l iberali zaci ón políti ca, por el repentino
recambio de las autoridades máximas de la política educativa. El cambio a primera
vista parecía perderse en el convulsionado sucederse de cambios en el gobierno
revolucionario, pero que asumía en el nuevo clima una valencia bien definida: con él
se dej aban a un lado los tonos más extremos de la cruzada, que tantos males
estaban causando al gobierno y a la Ìglesia, y se retomaba un camino de mayor
moderación, aunque dirigido a conseguir l os mismos obj e- tivos.
Las nuevas autoridades de la política educativa, por l o tanto, pusi eron en
marcha una tímida "retirada táctica¨ que debía consol idar las conquistas logradas
por l a Ìgl esi a durante el primer año de l a revolución, evitando al mismo tiempo,
pel igrosas y ambiciosas fugas hacia adelante. Además, desde sus primeras
declaraciones, esas autoridades se mostraron consci entes de la urgente necesi dad
de romper el aisl amiento hacia el que se di rigía l a revolución y de ampliar las bases,
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precisamente para defender cuanto había si do conquistado. En este sentido, el
cambio de guardi a en las cúpulas escolares fue el reflej o, en el ámbito educativo, de
la transici ón que la revolución estaba l levando a cabo, de un sueño puramente
"restaurador¨ a una perspectiva "popul ista¨. La transición i nteresaba tanto a las filas
del catolicismo como a las de los militares, donde se había manifestado con la
afirmación de Perón sobre las corri entes nacional istas más extremas de los cuerpos
de oficial es. Era la enésima demostración del carácter orgánico, y no episódico, que
unía a la revoluci ón, la Ìglesia y el Ej ército, y que se manifestaba en el evidente
paralel ismo de sus dinámicas políticas, i deológicas e institucionales.
Los cambios en los máximos cargos del ministerio de Ìnstrucción Públ ica
representaron el i ni cio de una transici ón firmemente anclada en el programa
origi nari o de la revol ución; esto se podía deducir de las i ncl i naciones políticas e
ideológicas de las nuevas autoridades. Los hombres que fueron nombrados no eran
"nuevos¨: además de estar más o menos orgánicamente vincul ados con la Ìglesia,
provenían una vez más de la gal axi a naci onal ista. A lo sumo, la novedad consistía
en que la corri ente católi ca y revolucionaria en la que los mismos se inscribían era
sensible a la necesidad de ampliar las bases sociales de la revolución, y por ende a
la impronta que Perón le estaba imprimiendo. El nuevo ministro era Rómulo
Etcheverry Boneo, que en el pasado había sido miembro y luego presi dente de la
Junta Central de la Acción Catól ica, y al que el gobierno revolucionario ya había
enviado como interventor a la Universidad del Litoral. En ese cargo se habí a val ido
de la colaboración de Atal iva Herrera, conocido intelectual catól ico, que fue
nombrado a la cabeza del Consej o Naci onal de Educación. Ambos eran además
colaboradores de Criterio, publ icación que se alegró abiertamente por su ascenso al
ministerio, que se producía j unto al retorno de Tomás D. Casares, nombrado
ministro de la Corte Suprema, a los máximos cargos.
127
La formación i deológi ca y los obj etivos educativos de estos hombres, en suma,
no se apartaban del imaginario confesional de l a "naci ón católica¨. En el Proyecto
de estatuto básico para las universidades argentinas, presentado en febrero de
1944, Etche-verry Boneo había proyectado una selección de docentes fundada en
un rígido criterio "humanista, cristiano y argentinista¨, con el obj etivo de infundir a
las futuras clases diri gentes una cultura que respondiera a las "notas esenciales¨ de
la "comunidad nacional¨, sobre la base de una concepción de l a uni versi dad como
"un el emento u órgano de ese organismo moral que es la comunidad política o
Estado¨.
128
Si n embargo, al mismo tiempo las nuevas autoridades se di stinguían de
las viej as por l o menos en lo que atañe a dos cuestiones cl ave. En primer lugar, por
la mayor atención que parecían dar a las i nstancias del catol ici smo social, a las que,
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por el contrari o, l es resultaba extraño el elitismo aristocrático de Baldrich y de
Olmedo. No es casual que este aspecto, precisamente, asumiera una particular
importancia en ocasi ón de la ceremonia de su asunci ón al cargo, en el transcurso de
la cual Herrera, al renovar l a absol uta fidelidad al programa de la revolución, señaló
abiertamente que su punto prioritario era conseguir l a "j usticia social¨. En segundo
lugar, por su implícita admisión de los excesos cometidos anteriormente, que se
desprendía de la promesa formulada por el nuevo presidente del Consej o Naci onal
de Educación de ponerl e remedio: l a enseñanza de l a rel igi ón ÷señal ó
efectivamente Herrera÷ seguiría gozando de atención preferencial, pero el lo no
implicaría recurrir a formas de coacción, ni a violaciones de las l ibertades de
concienci a.
129
Se cerraba de este modo la fase de l a cristiani zación autoritaria y de etapas
forzadas y se abría una nueva, fundada en el esfuerzo de la Ìglesia y el gobi erno
por consol idar las bases i nstitucionales y legal es de l as medidas adoptadas hasta
entonces. Las decl araciones formuladas a propósito de l a política educativa por el
presidente Farrell decretaron puntualmente ese pasaj e. Al defender con l a máxima
fuerza l a restauración de l a enseñanza reli gi osa, Farrel l se apresuró a evitar todo
recurso tendiente a dar legitimaciones de naturaleza "ideol ógica¨, como podría
haber sido la invocación a l a identidad cristiana de la nación, y prefirió ceñirse a
consideraci ones concernientes a la constitucional idad de aquell a medida. En tal
sentido, en perfecta sintonía con la interpretación en clave confesional del texto
constitucional tan apreciado por l os círcul os eclesiásticos, el Presidente reivindicó
la más cristali na adhesión al espíritu y al texto de l a Constitución. Espíritu y texto
que, según él acusó, los legisl adores l aicos habían violado permanentemente.
130
No obstante, los resultados que la transi ción abría eran en general i nci ertos, y en
todo caso, plenos de dificultades para la Ìglesia.
NOTAS
1
AEAASS, Rohde a Cancil lería, telegrama cifrado n. 20, 28 de febrero de 1944.
2
"Dice el general Farrel l en declaraciones para Londres¨, El Pueblo, 5 de
marzo de 1944.
3
"El espíritu en Dios y en la Patria¨, El Pueblo, 2 de marzo de 1944. Teisaire
será uno de los más estrechos colaboradores de Perón durante todo el decenio
siguiente.
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197
4
"Seguri dad en el rumbo y firmeza en el mando¨, El Pueblo, 11 de marzo de
1944.
5
Torel, "¿Se podrá detener la ol a comunista?¨, El Pueblo, 16 de marzo de
1944; M. Gálvez, "¿Qui én detendrá al comunismo?¨, El Pueblo, 19 de marzo de
1944; pbro. S.V. Del gado, "¿Quién podrá detener al comunismo?¨, El Pueblo, 31 de
marzo de 1944; etcétera.
6
Cfr. B. Del Carri l, Memori as dispersas, pp. 21-22.
7
Sobre la doctrina del Movimiento de l a Renovación cfr. B. Lastra, Bajo el
signo nacional ista. Escritos y discursos, Buenos Aires, 1944; B. Del Carri l, Crónica
interna de la Revolución libertadora, Buenos Aires, Emecé, 1959, pp. 22-24. Según
Del Carri l, él mismo le habría hecho llegar a Perón l as publ icaciones del
Movimiento. De él, Perón habría sido deudor en cuanto a su doctrina en materia
social, inspirada en l as encícl icas pontifici as.
8
Acerca del reingreso de los nacional istas al gobierno, cfr. E. Díaz Arauj o, La
conspiración del '43, p. 256; acerca del nombramiento de Del Carri l, cfr. N.A.
Lemme, "Una significativa designaci ón¨, El Puebl o, 3 de mayo de 1944. Lemme
subrayó entre otras cosas la intervención de Del Carri l en ocasión del homenaj e
brindado poco antes al director del diari o católi co.
9
"Nuevos hombres, nuevos métodos¨, El Pueblo, 28 de abri l de 1944; "El plan
de gobierno y quienes lo ll evan a cabo¨, El Pueblo, 3 de mayo de 1944. Para las
declaraciones de Farrell cfr. "Mensaj e del Presidente a las provincias andinas¨, en
El Puebl o, 5 de mayo de 1944.
10
General Luis C. Perl inger, "Discurso en el primer aniversario del golpe de
Estado del 4 de j uni o de 1943¨, en A.S. García ÷ R. Rodríguez Molas, Textos y
documentos. El autori tarismo y l os argentinos. La hora de la espada, pp. 247-250.
11
Revista Mil itar, j unio de 1944, pp. 1064-1114.
12
Crónicas y discursos en celebración del 4 de j unio en ibidem, pp. 1064-1114
y p.1254; El Pueblo, 5 de j uni o de 1944; REABA, j ul io de 1944, pp. 503-510; REASJ,
j ulio de 1944, pp. 229-230; REAPA, j uli o de 1944, p. 528.
13
REABA, j ul io de 1944, pp. 503-510; "La exposici ón de l o real i zado en un año
de gobierno debe l levarse al interior del país¨, El Puebl o, 12 de j unio de 1944.
14
El di scurso de Farrel l en A.S. García ÷ R. Rodríguez Molas, Textos y
documentos. El autori tarismo y l os argentinos. La hora de la espada, pp. 243-247.
15
"Hechos y no palabras¨, El Pueblo, 5 de j unio de 1944; del mismo tono
también "Nada puede la obra negativa de l os obstruccionistas¨, El Pueblo, 8 de j unio
de 1944, un editorial en el que el diario católico i ntroducía la di stinci ón entre pueblo
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"sano¨ e "insano¨; cfr. también "No puede existir más que un sol o patriotismo
legítimo¨, El Pueblo, 16 de j unio de 1944.
16
El Pueblo, 29 de j unio de 1944.
17
"Continuidad funci onal del Movimiento de Junio¨, El Pueblo, 1º de septiembre
de 1944; "Mental idades apocalípticas¨, El Pueblo, 14 de octubre de 1944.
18
"No basta con llevar civi les al gobierno: es necesari o sel ecci onarlos
cuidadosamente¨, El Pueblo, 23 de octubre de 1944.
19
G.J. Franceschi, "Carta a un amigo no argenti no¨, Criterio, 20 de j ul io de
1944.
20
"Frente a la encrucij ada¨, Nuestro Tiempo, 14 de j uli o de 1944.
21
Anales de l a Legi slación Argenti na, Decretos del Poder Ej ecutivo Nacional,
n. 21.343, del 8 de agosto de 1944, p. 461.
22
Estos pasaj es del discurso de Farrell no es casual que fueran retomados en
REABA, octubre de 1944, pp. 698-699.
23
"Ratificaci ón¨, El Pueblo, 7 de septi embre de 1944.
24
Acerca del "modelo¨ portugués cfr. "Una página de Ol iveira Salazar ", El
Pueblo, 30 de j uni o de 1944; "Ìntel igenci a y Revolución", Nuestro Ti empo, 25 de
agosto de 1944; "Conducción políti ca argentina¨, Nuestro Ti empo, 15 de septiembre
de 1944; "Palabras de gobernante¨, Nuestro Tiempo, 24 de novi embre de 1944.
25
R.A. Potash, El Ej ército y la política en la Argentina, 1928-1945, op. cit., p.
348.
26
"¿Ha l legado l a hora electoral ?¨, El Pueblo, 21 de abril de 1944.
27
"Previsiones para un futuro mediato¨, El Puebl o, 19 de mayo de 1944.
28
Universidad de Buenos Aires, De la Soberanía Argentina y l a Fortaleza
Naci onal, discursos pronunciados por S.E. el Señor Mi nistro de Rel aci ones
Exteriores, General de Brigada don Orlando L. Peluffo, en el Palacio San Martín y
por el Rector del Col egio Universitario de San Carlos, pbro. Juan R. Sepich, en el
Aula Magna del establecimiento los días 26 y 28 de j ul io del año 1944, ÌÌ de l a
Revolución, Ìmprenta de la Universidad, Buenos Aires, 1944, p. 27.
29
"Lealtad¨, Criterio, 3 de agosto de 1944.
30
"Convivencia políti ca¨, Nuestro Tiempo, 1º de septiembre de 1944.
31
"Los fundamentos de la unidad espiritual¨, El Pueblo, 24 de marzo de 1944;
"Para la genui na expresión de la voluntad popular¨, El Pueblo, 8 de mayo de 1944.
32
"Para la genui na expresión de la voluntad popular¨, El Puebl o, op. cit.
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199
33
"Una necesidad previa: limpieza del ambiente¨, El Pueblo, 15 de octubre de
1944.
34
El Pueblo, 7 de j ulio de 1944. El comentario a las decl araci ones del general
Mason en "Políticos y gobernantes¨, El Pueblo, 17 de mayo de 1944.
35
Cfr. J.C. Goyeneche, "Prólogo a la edición española" de Ì. Anzoá-tegui, Tres
ensayos españoles, escrito el 18 de j uli o de 1944. Goyeneche había sido fundador
de Sol y Luna, presti gioso periódico cultural del catolicismo nacional ista l igado a l os
Cursos de Cultura Católi ca. Posiciones análogas en pbro. R. Carboni, "Li bertad,
igualdad, fraternidad¨, El Pueblo, 16 de j ul i o de 1944.
36
"Reformas constitucionales¨, El Pueblo, 12 de noviembre de 1944.
37
Véase la oposi ci ón de La nación a l a perspectiva de tal estatuto en R.
Sidicaro, La política mirada desde arriba, op. cit., pp. 177-199; sobre el convencido
apoyo católico, cfr. "El estatuto de los partidos políticos¨, El Pueblo, 17 de
noviembre de 1944; pbro. J.B. Lértora, "Reflexiones en torno al anunci ado estatuto
de los parti dos políticos¨, El Pueblo, 23 de noviembre de 1944.
38
Para una profundi zación de estos puntos remito a L. Zanatta, "Rel igión,
nación y derechos humanos. El caso argentino en perspectiva histórica¨, Revista de
Ciencias Social es Nº 7-8, abril de 1998, pp. 169-188.
39
"La función representativa a los hombres probos y capaces¨, El Pueblo, 11
de diciembre de 1944.
40
"En el camino¨, El Pueblo, 2 de dici embre de 1944; pbro. R. Mej ía, "¿Ha
llegado la hora de ir a los comicios?¨, El Puebl o, 8 de diciembre de 1944.
41
M. Aberg Cobo, "Reforma electoral y sufragio familiar¨, Supl emento Cátedra,
El Pueblo, 10 de dici embre de 1944; idem, "El sufragio familiar no ataca la igualdad
frente a la ley¨, El Pueblo, 21 de diciembre de 1944.
42
K. Verax, "La tempestad roj a sobre el hori zonte internacional¨, El Pueblo, 13
de novi embre de 1944; R. Meisegei er, El Pueblo, 16 de noviembre de 1944; pbro. P.
Badanel li, "¿Qué es, en fin, la democracia?¨; R.J. Bonamino, "El pel igro comunista¨,
El Pueblo, 16 de dici embre de 1944; sobre la amenaza comunista relacionada con l a
evolución de l a guerra cfr. también mons. F. Castell ano, Rector del Seminario de
Córdoba, "Rusia y l a cuestión religiosa¨, discurso del 10 de diciembre de 1944,
REAC, enero de 1945, p. 20.
43
La entrevista de Perón a la prensa chi l ena en La Nación, 27 de diciembre de
1944; la importancia de sus declaraciones fue inmediatamente percibida por la
diplomacia ital iana, cfr. AMAE, "Mi nistero degli Affari Esteri. Appunto anonimo¨:
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200
entre otras cosas, ell a observó que, al agitar el espectro de una guerra civi l análoga
a la español a, Perón se había "asegurado el concurso de la Ìglesia Catól ica¨.
44
G.J. Franceschi, "Un 'grave probl ema argentino' imaginario¨, op. cit.
45
Véase cap. 1, nota 84.
46
La demora en la publ icación del documento fue admitida por el mismo G.J.
Franceschi, cfr. "El manifiesto de l a Acción Catól ica¨, Criteri o, 24 de febrero de
1944.
47
Ibidem.
48
Andrenio, "El pensamiento católico¨, La Prensa, 17 de febrero de 1944, en
ARGRE, Culto, reseña de prensa, febrero-marzo de 1944.
49
Andrenio, "Desautorizaci ón oportuna¨, La Prensa, 26 de febrero de 1944;
Aristo, "Catoli cismo y li bertad humana¨, La Prensa, 2 de marzo de 1944; Ari sto, "La
ley natural y los derechos humanos¨, La Prensa, 19 de marzo de 1944, en ARGRE,
Culto, Reseña de prensa, febrero-marzo de 1944.
50
"La Acción Catól i ca y el momento actual¨, Dios y Patria, 27 de febrero de
1944.
51
L. de A. de la J.C. de l a A.C.A., v. 2, 1º de marzo de 1944, pp. 233-239, y 25
de abri l de 1944, pp. 245-252.
52
L. de A. de la J.C. de la A.C.A., v. 2, 28 de marzo de 1944, pp. 239-243.
53
ADSF, mons. Fasoli no al card. Copell o, 17 de marzo de 1944. La carta se
refería a la creación de l a Federación de l os Centros de Estudi antes Secundarios de
la Acción Catól ica y al nombramiento de su Presidente.
54
CAAL, Amoroso Lima a Criterio, "Monsenhor Franceschi¨, 14 de noviembre
de 1944, texto escrito en ocasión de los cuarenta años de la ordenación sacerdotal
de monseñor Franceschi.
55
J. Mei nvi el le, "Los errores del p. Ducatil lon y de los católi cos 'cristianos'¨,
Nuestro Ti empo, 29 de noviembre de 1944.
56
J. Meinviel le, "La 'Ciudad fraternal' de Maritain y los errores del Sil lón¨, "El
mito de la persona humana en la 'Ci udad fraternal' de Maritain¨, "La 'Cité
fraternelle', ciudad del Anticristo¨, "La conspiración anticri stiana¨, Nuestro Tiempo,
13 y 20 de octubre de 1944, 3 de novi embre de 1944, 1º de diciembre de 1944.
57
Acerca de las raíces católicas del nacional ismo argenti no remito a L.
Zanatta, Del Estado l i beral a l a nación católica, pp. 114-122, 185-197, 274-291.
58
El Pueblo, 28 de agosto de 1944.
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201
59
A. Ezcurra Medrano, "La ciudad del mal¨, Nuestro Tiempo, 30 de j unio de
1944; pbro. N.O. Deri si, "En la encrucij ada de la historia¨, Nuestro Ti empo, 7 de j ul io
de 1944; M. Etchecopar, "Política¨, Nuestro Tiempo, 21 de j ulio de 1944; J.M.
Bargal ló Cirio, "Ubicación de la política¨, Nuestro Tiempo, 11 de agosto de 1944.
60
Pbro. R. Carboni, "Catol icismo liberal¨, El Puebl o, 16 de septiembre de 1944.
61
El texto de l a decl aración en B.A.C.A., j unio-agosto de 1944, pp. 1-4.
62
En tal senti do véanse, REAC, novi embre de 1944, pp. 339-340 y L. de A. de
la J.C. de la A.C.A., v. 2, 27 de septiembre de 1944, pp. 273-283.
63
Así afirma L. García de Loydi, La Igl esi a frente al peronismo, op. cit., p. 111.
64
L. de A. de la J.C. de la A.C.A., v. 2, 5 de septiembre de 1944, 27 de
septiembre de 1944, 22 de noviembre de 1944, pp. 269-273, pp. 273-283, pp. 289-
292.
65
"Cristianismo y democracia¨, La Naci ón, octubre de 1944, en ARGRE, Culto,
publ icación periódica, octubre de 1944.
66
Véase en Senado de la Naci ón, Pensamiento cristiano y democrático de
Monseñor De Andrea, pp. 74-75, el sermón pronunciado en San Miguel el 31 de
diciembre de 1944.
67
M. Gál vez, "La conci liación entre catól i cos¨, El Pueblo, 26 de noviembre de
1944.
68
R.J. Bonamino, "Concordia de voluntades¨, El Pueblo, 2 de diciembre de
1944.
69
El j uramento de Silgueira en REABA, marzo de 1944, p. 190. Algunos datos
biográficos en C. Mangone ÷ J.A. Warley, Universidad y peroni smo, 1946-1955, pp.
11-12.
70
En este sent ido, fue ej emplar la ceremonia que tuvo l ugar para la ocasión en
Cordoba, cfr. REAC, abril de 1944, p. 123.
71
Véanse, al respecto, REABA, mayo de 1944, p. 379 y REAPA, mayo de 1944,
p. 486.
72
ADM, L. García de Loydi a mons. Buteler, confidencial, n. 9, documento sin fecha, pero
inmediatamente posterior al 18 de marzo de 1944.
73
El texto del decreto en REABA, mayo de 1944, p. 379.
74
"Crónica Universitaria. Ìntervención de la Universidad¨, Revi sta de la
Universidad de Buenos Aires, enero-marzo de 1944, p. 163.
75
Aquil a, "Desconcertante¨, El Pueblo, 22 de marzo de 1944.
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202
76
Cfr. J.C. Goyeneche, Ensayos, artículos, discursos, Ed. Dicti o, Buenos Aires,
1976, pp. 580-583. Sobre l as relaciones de Olmedo con los representantes de la
neofascista Consociazi one Ital iana, cfr. AMAE, "Ìl R. addetto Stampa¨, Memorandum
per il R. Incari cato d'Affari , 15 de septiembre de 1944.
77
El Pueblo, 26 de marzo de 1944.
78
"Un hál ito renovador ha ll egado al Consej o¨, El Pueblo, 26 de marzo de
1944.
79
Sobre su rel aci ón con los Cursos, que inauguraron sus clases en 1944 con
una conferencia de C. Marfany preci samente acerca de El debate sobre la
enseñanza religiosa, cfr. R. Rivero de Ol azábal, Por una cultura catól ica, op. cit.,
pp. 54-55.
80
Sobre A. Bal drich, cfr. L. Zanatta, Del Estado l iberal a la nación católica, pp.
349-351; la partici pación del cardenal Copel lo en su j uramento en REABA, j uni o de
1944, pp. 443-445.
81
"Enérgica depuración de la docencia argentina¨, El Puebl o, 29 de marzo de
1944.
82
S. Cancl ini, Los evangélicos en el tiempo de Perón, Buenos Aires, Ed.
Mundo Hispano, 1972, p. 265.
83
M.E. de Martini, "La enseñanza rel igi osa en las escuelas¨, Criterio, 27 de
abril de 1944.
84
Pbro. L.J. Actis, "La enseñanza rel igiosa en las escuelas del país. Razones
que exigen su reimplantación¨, B.A.C.A., mayo de 1944, pp. 201-207. El autor de
este artículo era párroco de la catedral de Azul, ciudad de l a que luego sería obi spo,
así como capellán honorario del Ej ército.
85
M.E. de Martini, "La enseñanza rel igiosa en las escuelas¨, Cri terio, op. cit.
86
Sobre los caracteres de la relectura en sentido confesional de la hi stori a
nacional cfr. L. Zanatta, Del Estado li beral a la nación católica, pp. 302-307.
87
Cfr. REABA, mayo de 1944, pp. 379-382. Junto a esta línea de "cooptaci ón¨
de los próceres reivi ndicados por el li berali smo dentro de la corriente confesional,
había naturalmente otra línea de "contraposición frontal¨ a la tradici ón l iberal.
Sostenida abiertamente por los rosistas, esta última posición afloraba por ej emplo
en el ya recordado artículo de M.E. de Martini aparecido en Criterio, en el que se l e
renovaba a Sarmiento la tradicional acusación de haber desnacionalizado la enseñanza.
88
REABA, j ul io de 1944, pp. 503-510; "Una obra de Sarmiento será obra de
lectura en l a enseñanza reli giosa¨, El Pueblo, 24 de mayo de 1944.
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203
89
J.C. Zuretti, "La enseñanza rel igiosa y la Junta de Mayo¨, Criterio, 25 de
mayo de 1944.
90
La circular al cl ero de mons. Buteler, del 21 de abri l de 1944, en REAC,
mayo de 1944, pp. 157-158.
91
Anales de la Legi slación Argentina, Decretos del Poder Ej ecutivo, Tucumán,
1944, decreto del 28 de abri l de 1944, pp. 1311-1312.
92
Sobre la ideología de Baldrich véase, por ej emplo, el discurso prounciado en
el Círculo Mi litar el 26 de j ul io de 1940, "La ascendencia espiritual del Ej ército
argentino. La mística militar¨, Revista Mil itar, agosto de 1940, pp. 321-351.
93
"Nueva y definitiva etapa¨, El Pueblo, 6 de mayo de 1944.
94
El mensaj e en El Pueblo, 29 de j uni o de 1944. En el mismo número del diario
catól ico dos pági nas de un apartado especial dedicado a celebrar el Día del
Pontífice se destinaron a elogiar los fastos del nuevo curso escol ar.
95
Cfr. El Pueblo, 8 de j unio de 1944. Sobre H. Llambías cfr. E. Zuleta Álvarez,
El nacional ismo argentino, pp. 394-399, 463-465.
96
Sobre l os antecedentes nacional istas de Carlos Obl igado, cfr. E. Zuleta
Álvarez, El naci onalismo argenti no, pp. 274-287. Sobre su asunción al cargo cfr. El
Pueblo, 20 de mayo de 1944.
97
Los discursos pronunciados en aquel la ocasi ón están íntegramente
reproduci dos en Crónica Universitaria. "Ìntervención de la Uni versidad¨, Revista de
la Universidad de Buenos Aires, abri l-j uni o de 1944, pp. 347-367.
98
El di scurso de asunción del cargo de Sáenz y Quesada en ibidem, pp. 351-
353. Sobre sus antecedentes en los movimientos nacionalistas cfr. E. Zuleta
Álvarez, El naci onali smo argenti no, pp. 399-401; sobre su activi dad en los Cursos
cfr. R. Rivero de Ol azábal, Por una cultura catól ica, op. cit., p. 128.
99
La crónica de la procesión en REABA, j uli o de 1944, pp. 503-510.
100
Ibidem. Manifestaciones anál ogas tuvieron lugar en las provinci as, cfr.
REASJ, j ulio de 1944, pp. 280-281.
101
Para el discurso de asunción del cargo de Sepi ch cfr. "Col egio Universitari o
de San Carlos¨, Revi sta de la Universidad de Buenos Aires, abril-j uni o de 1944, pp.
367-377; sus ideas en materia de política universitaria en "Autonomía universitaria¨,
Nuestro Ti empo, 28 de j ulio de 1944.
102
El texto de esta i ntervención en Nuestro Tiempo, 28 de j ul io de 1944.
103
Véase al respecto, Jordan B. Genta, op. cit. Las palabras con las que
Baldrich l o puso en posesi ón del cargo, el 6 de j unio de 1944, pp. 101-102. Cfr.
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también pp. 112-123. El texto de l a conferencia de J.B. Genta en la Escuel a
Superi or del Magisterio también en El Pueblo, 2 de agosto de 1944.
104
REAC, agosto de 1944, pp. 257-258. Durante esa ceremonia, real i zada el
21 de j unio de 1944, Olmedo leyó un importante discurso, en el cual reafirmó con
tonos agresivos su doctrina. Para la veneración a Don Bosco y el trasl ado del busto,
cfr. ASC, Ìnspectoría Argentina S. Franci sco de Sales, F063, Buenos Aires, 11 de
agosto de 1944.
105
El texto de este decreto en REABA, agosto de 1944, pp. 564-570.
106
"Recuperaci ón de la Universidad¨, El Pueblo, 12 de mayo de 1944.
107
"Patriotismo y universi dad¨, El Pueblo, 26 de mayo de 1944.
108
Véanse, al respecto, los recuerdos de E.A. García, Yo fui testigo. Antes,
durante y después de la segunda tiranía, Buenos Aires, sin fecha, p. 271.
109
De un ej emplo típico de este ti po de ceremonias hay i nformación en REAC,
agosto de 1944, pp. 257-258. En tal caso la misma se reali zó en l a Universidad de
Córdoba el 21 de j unio, y la presenci aron, aparte de Novi l lo Saravi a, el arzobispo
mons. Lafitte y el interventor de la provinci a, el general Gugl iel mone.
110
Cfr. REABA, agosto de 1944, pp. 564-570.
111
"Los imperativos de la defensa¨, El Pueblo, 14 de j unio de 1944. El discurso
de Perón, cuyo sesgo autoritario suscitó las ai radas protestas de los Estados
Uni dos, fue íntegramente reproducido en El Puebl o, 10 de de j unio de 1944.
112
"Los estudiantes y el servicio militar¨, El Pueblo, 20 de mayo de 1944. El
diari o católico tenía razón al vanagloriarse del éxito obtenido, dado que este di ario,
efectivamente, sostenía la necesi dad de adoptar medidas análogas desde hacía
muchos años.
113
Véase, por ej emplo, para los casos de San Juan y San Luis, REASJ, La
enseñanza rel igiosa en las escuelas primarias, j unio de 1944, pp. 230-231.
114
Circular a l os señores sacerdotes con cura de al mas sobre la enseñanza
religiosa, REAPA, 13 de mayo de 1944.
115
Mons. J. Chimento, Circular a l os Sres. Curas Párrocos sobre la enseñanza
religiosa en las escuelas Láinez en nuestra Provincia, 20 de j unio de 1944, en
REALP, j unio de 1944, pp. 351-353.
116
Mons. A. Buteler, A los señores Curas Párrocos, REASJ, j uli o de 1944, pp.
266-267.
117
ADM, pbro. J.R. Sepich a mons. A. Buteler, confidenci al, 1º de j unio de
1944.
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205
118
La reglamentación de la enseñanza rel igi osa recogió l os criterios señalados
por Sepich, aunque sobre su respecto si guió habi endo, en los meses siguientes,
algunas tensiones entre ciertos obispos y el Ministerio de Ìnstrucción Públ ica.
Reglamentos análogos fueron aprobados en las provinci as, cfr. REAC, La
enseñanza de l a rel i gión en las escuel as. Reglamentación de dicha enseñanza en
las escuel as de la Provincia, agosto de 1944, pp. 256-257. El decreto de suspensi ón
del régimen de concursos, en Anales de la Legislación Argentina, Decretos del
Poder Ej ecutivo, n. 13.868 del 30 de mayo de 1944, pp. 300-301.
119
G.F., "Reglamentación para l os i ncorporados cordobeses¨, Estudios,
diciembre de 1944, pp. 385-391.
120
Pbro. L.S. Artese, "Programas de religión para los cursos secundarios¨,
Supl emento Cátedra, El Puebl o, 28 de j uni o de 1944.
121
El Pueblo, 11 de j unio de 1944.
122
La Prensa, 23 de abril de 1944.
123
"Li bertad de credos¨, El Pueblo, 22 de j unio de 1944. En l a misma edición
se publ icó también la carta de felicitaciones al diari o catól ico enviada por el padre
López Moure.
124
"Un postulado esencial de la Revol uci ón de Junio¨, El Pueblo, 19 de agosto
de 1944.
125
"Sobre la cesantía de docentes se formulan diversas aclaraciones¨, La
Prensa, 6 de septiembre de 1944; "Acl aración muy oportuna¨, La Prensa, 7 de
septiembre de 1944.
126
En el Consejo Nacional de Educación, REASJ, noviembre de 1944, pp. 383-
384.
127
Criterio, 28 de septiembre de 1944.
128
"Dos programas de organi zaci ón uni versitaria¨, Revista de la Universidad
de Buenos Aires, j ul i o-septiembre de 1944, pp. 160-163.
129
El texto de este i mportante discurso en Criterio, 28 de septiembre de 1944;
una cróni ca de l a ceremonia en En el Consejo Naci onal de Educación, REASJ, op.
cit.
130
Sobre las declaraciones del Presi dente véase REABA, novi embre de 1944,
pp. 780-783.
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206
4
La IgIesia y eI ascenso de Perón
¿Una primavera del catoli cismo social? La política social
de Perón y la Iglesia en 1944
La actitud mantenida por l a Ìgl esi a argentina respecto de l a política social
puesta en marcha por Perón estuvo estrechamente ligada, en el curso de 1944, a l a
evolución general de la revol uci ón de j uni o. Durante la primera mitad de ese año y
también después, es decir, hasta tanto el perfil de esa política se mantuvo como
elemento orgánico del programa revolucionario, como complemento de reformas, sin
duda necesario y al mismo tiempo compatible con el orden confesional que dicho
programa ambicionaba edificar, el apoyo que le prestaron la Ìglesia y el mundo
catól ico fue entusiasta, creciente y casi unánime. Por otra parte, en esos meses,
también le bri ndaron su apoyo amplios sectores del mundo económico, que
apreciaban el espíritu de la política de Perón, muchas veces reafirmado, tendiente a
conci li ar los diversos intereses, y en particular los planes de industrial i zación del
país con los intereses agrarios.
1
De hecho, la política soci al de Perón surgía efectivamente del programa
revolucionario. No representaba de ningún modo una "desvi ación¨ del proyecto
origi nal de los hombres de j uni o. Mucho menos reflej aba el contraste incurable entre
dos espíritus opuestos, extraños entre sí, por l os valores, la cultura, las
aspiraciones: el progresista y soci al personificado por Perón, y el fascista y cl erical,
que se ocultaba en los ministerios de Educación y de Relaciones Exteriores, del que
el primero habría si do rígido e irreductibl e enemigo.
2
En real i dad, l a divi sión entre
esos "espíritus¨ fue el fruto de un proceso de transformación y de separación que se
produj o de manera cada vez más agitada en el transcurso de 1944, a partir de un
tronco ideológico común, sobre el cual, por otra parte, se había inj ertado la
revolución de j unio. Tampoco sus resul tados, en buena medida imprevisibles y
condicionados por factores extraños a la voluntad de l os que fueron sus
protagonistas, conduj eron a una resuelta y definitiva separaci ón entre el
progresismo social y el cleri cal ismo autoritario. Más bien, en el curso de las luchas
entre las fracciones revolucionarias de 1944, se fueron definiendo con una clari dad
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207
cada vez mayor, y separándose cada vez más, las diversas concepciones del común
mito de la "naci ón católi ca¨, así como las distintas estrategias para proceder a su
edificaci ón en el campo de la política social. Esto resultaba absolutamente claro
para gran parte de los católicos y de la Ìglesia, cuyo entusiasta apoyo a l a políti ca
social y económica de Perón si gui ó siendo del todo coherente con el prestado a l a
revolución en su totalidad. Vale la pena volver a recordar, en ese sentido, que el
logro de la "j usticia social¨ se perfilaba como un elemento esencial del programa
revolucionario, tal como lo eran l a política escolar de impronta confesional, la
ambición de reformar en senti do anti li beral el sistema político e institucional
argentino, y l a política exteri or, tendiente a reivindicar las peculi aridades
"espirituales¨ de la América hispana y católica.
Por l o menos hasta septiembre de 1944, l a adhesi ón catól ica a la actuación de
Perón no sólo fue constantemente reafirmada, sino que conoció un continuo
crescendo, alimentado por l a extraordinaria coincidencia entre las tradicional es
reivi ndi caci ones del campo católico y las medidas adoptadas por l a Secretaría de
Trabaj o y Previsión. En este sentido, fue ej emplar la forma en que se encaró el
antiguo problema de las viviendas populares. Desde hacía años, la extirpaci ón del
conventi l lo representaba uno de l os princi pales obj etivos del catoli cismo social. En
marzo de 1944, poco después de la caída de Ramírez, ese obj etivo fue remarcado
con renovada fuerza por el gobierno y por la Ìglesia: al inaugurar conj untamente una
exposi ción dedicada a la condici ón habitacional de los sectores populares, el
presidente Farrell y el cardenal Copello subrayaron su pri oridad, tal como lo hi zo, en
la misma oportunidad, en su intervención de cl ausura, Pedro Til li, un dirigente
histórico de la corri ente cristiana democrática del catol ici smo argentino, en la que
había militado durante largo tiempo al lado de muchos de aquel l os catól icos soci ales
que giraban alrededor de la órbita de Perón, entre ell os el mismo capellán
Wilkinson.
3
En suma, estaban dadas todas l as condici ones para que, tan sólo un
mes más tarde, El Pueblo pudiera dirigir un enfático el ogi o a las activi dades
emprendidas por la Secretaría de Trabaj o y Previsión en materia de viviendas
populares. "Era hora¨, escribió el diari o católico como comentario del estudi o
estadístico reali zado por la Secretaría acerca de las condici ones habitacional es de
los sectores popul ares, sosteni endo la i ntervención públ ica que dicha Secretaría
había planificado sobre la base de los resultados así recogidos. Aunque ese estudio
sólo examinara algunas de l as mayores ciudades, había revelado que 160.000
familias con cuatro o más hij os vivían en un solo ambiente. La "redención¨ de esas
familias argentinas debería pasar, por lo tanto, a través de una debida obra de
abaratamiento de los mercados habi tacionales, que contemplase la reducci ón de las
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208
ganancias de los constructores y su adecuación a l as necesidades colectivas.
Precisamente en esta virtuosa dirección se estaba encaminando la Secretaría
dirigida por Perón.
4
No es casual entonces que, cuando a comienzos de agosto el gobi erno creó el
Consej o Nacional de la Vivi enda, un organismo dependi ente de la misma Secretaría
investido con l a responsabil idad de diri gir y coordinar todo el proceso de proyección
y construcción de casas populares, l e confiara la dirección precisamente a Pedro
Til l i.
5
Por otra parte, en la misma longitud de onda del gobi erno también se
desarrol ló, en el transcurso de ese año, la acti vidad de la Acción Católi ca, que
dedicó gran parte de sus energías al probl ema de la "vivienda popular¨, así como a
la cuesti ón del "sal ario familiar¨, ya sea en ocasión de l as asambleas de sus
disti ntas ramas, como con la directa intervención de su asesor eclesiástico,
monseñor Caggi ano.
6
En suma, el contexto era tal que, hacia fines de 1944, hasta
los sectores catól icos más abiertamente hostil es al cl erical ismo autoritario, fautores
de un reformismo social contenido dentro de los límites de la moderación, y que de
allí en poco tiempo más expresarían una abierta aversi ón respecto de las miras
políticas de Perón, reconocían los méritos del gobi erno a propósito de l a política en
favor de la "vivienda popular¨. Los princi pios que había seguido, observaban por
ej emplo los Pregoneros Social -Católicos muy cercanos a monseñor De Andrea,
"coincidían con l os conceptos básicos¨ que ell os habían sostenido si empre. Aunque
les preocupaba que no se quemaran etapas en perj uicio del principi o de propiedad,
ell os también reconocieron que "el catolicismo social está en marcha¨ y que a el los
no les quedaba más que "ocupar¨ su puesto "en las filas¨.
7
Pero la proximidad entre el gobierno y la Ìglesia, que se manifestaba ante todo
en la políti ca habitacional, no estaba de ningún modo limitada a ella. A la i nversa,
ésta no era más que una de l as numerosas oportuni dades en que se manifestó la
profunda consonanci a entre los ideales y los obj etivos del mundo católico y la
inspiración de fondo de l a política social de Perón, mancomunados por l a
preocupación de integrar a l a "nacional idad¨ a los sectores populares. Este obj etivo
debería conseguirse en primer lugar a través de una audaz política de distribución
de l os recursos, que no se arredrara ni si quiera frente a l a necesidad de limitar las
ganancias de las empresas. En suma, tanto para la Ìgl esi a como para Perón, sólo un
tenaz programa de "j ustici a social¨ permitiría derrotar al comunismo y nacional i zar al
proletari ado.
8
Y no sólo esto: como había escrito Enrique Benítez de Aldama al
crearse la Secretaría de Trabaj o y Previsi ón, esbozando la línea de Sol idaridad, un
periódico en torno al cual gravitaban hombres e i deas catól icas destinadas a ej ercer
profunda influencia sobre Perón y el peronismo: "la acción social constituye hoy l a
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apol ogética del cristi anismo¨. Por lo tanto, "la Ìglesia catól ica emprende la acción
social como un prerrequisito indispensable que abra camino a su acción
sobrenaturali zadora¨. Éste era, en síntesi s, el si gnificado más profundo de la "obra
efectuada en benefici o material del obrero, de las cl ases oprimidas e impecunes, de
la vivienda propia y familiar, del seguro de vi da, de l a unión gremialista¨.
9
Algunos
resultados, apenas embrionarios pero no por ell o menos significativos de una
tendencia en l a dirección deseada, se vieron ya entre marzo y abril de 1944, cuando
numerosos trabaj adores de l os ferrocarri les manifestaron públi camente en dos
ocasiones su apoyo al presidente Farrel l; y esto a pesar de que el gobierno si guiera
adoptando una política de represi ón selecti va respecto de los dirigentes sindicales y
La Vanguardi a lamentara el hori zonte corporativo de l a política social de Perón.
10
La organicidad de las reformas social es y de l a estrategia i ndustrial ista
perseguida por Perón con respecto al proyecto de edificar l a "nación católica¨,
parecía en esos momentos fuera de duda. No es casual que El Pueblo,
precisamente mientras celebraba el giro confesional en la educación públ ica,
empezara a publicar con regularidad las contribuciones de l os j óvenes
investigadores del Instituto de Investi gaciones A. Bunge. Las col aboraciones se
institucional i zaron y siguieron incluso cuando algunos de el los empezaron a tomar
parte activa en la defi nición de l a política económica y social en el Consej o Nacional
de Posguerra dirigido por Perón, o bien pasaron a formar parte de las filas
gubernamentales, por ej emplo, en la Secretaría de Ìndustri a y Comercio. Así,
durante el transcurso de 1944, el diario católico publicó las intervenciones del
sociólogo José Enrique Mi guens, del economista Emilio Llorens, del ingeniero José
Luis Astelarra, todos indudablemente a favor de una decidida política industrialista y
redistributiva.
11
A esos artículos continuaron sumándose los de varios sacerdotes y
militantes católi cos, como los padres Riesco y Badanel li, o Manuel Gálvez, que al
celebrar la política social de Perón, no cesaron de invocar el mito de la restauración
integral de la "nación católi ca¨. Los mismos nombres e ideas animaron, por otra
parte, siempre en el transcurso de 1944, el cicl o de conferencias dedicado por la
Corporación de Ìngenieros Catól icos a los temas económicos y sociales de mayor
actual idad. El ciclo estimuló cierto debate entre los catól icos acerca del nivel de
industrial i zación que sería deseable para el país y de la rel aci ón entre la industria y
los recursos agrícol as, sin que ese debate hiciera pel igrar el consenso respecto de
la necesidad de i ndustrial i zar la Argentina.
12
En su totali dad, la convivencia y el consenso de fondo entre sensibi lidades
aparentemente tan diferentes del mundo catól ico reflej aban las contradi cciones,
pero también la potenciali dad del mito nacional católi co. No caben dudas acerca de
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que esas sensi bi li dades revelaban algunas profundas fisuras de naturaleza cultural
y generacional que l o surcaban, que en cierta medida permitían presagiar por lo
menos una parcial fragmentación o i ncongruenci a del mundo catól ico oficial en el
plano políti co y soci al. Los j óvenes profesi onal es del Ìnstituto Bunge representaban
efectivamente una nueva generaci ón de católi cos, muy disti nta de gran parte de la
de los viej os militantes. Así como la ideología de l os más ancianos había sido
permeada por el imaginario antimodernista y por una cultura eminentemente
humanista, los más jóvenes, por el contrario, se habían formado en l a línea de las
ciencias sociales y económicas, y por l o tanto se orientaban más a razonar en
términos "prácticos¨ antes que en términos "ideológicos¨ acerca de l a aplicabi l idad
de las encíclicas social es de los pontífices. En suma, el hori zonte ideal de buena
parte de la nueva generaci ón, ya sea por el tipo de formación cultural que había
recibido como por el contexto histórico en el que estaba alcanzando la madurez, era
el "gobi erno¨ de l a moderni dad, más que su mera "condena¨. Desde esta perspectiva
esa j uventud no seguía cultivando, como parte de la viej a generaci ón lo había
hecho, el mito del retorno a l as corporaci ones medievales, sino que más bien se
planteaba el problema de cómo edificar un "orden social¨ que fuese "cristiano¨ y no
"liberal¨. Los problemas que esta j uventud se planteaba eran por lo tanto los de la
industrial i zación, el advenimiento de la sociedad de masas, la ubicación de la
Argentina en el mundo posbél ico y, por ende, de sus rel aciones con las grandes
potenci as industriales.
No obstante, por otro lado el mito de la "nación catól ica¨ revelaba aún una
extraordinaria potencial idad como ligazón ideológica. La medida de su capacidad
para agluti nar corrientes ideal es y generaciones en ciertos aspectos tan distantes
entre sí en torno a los principios básicos de la doctrina social de la Ìglesia y de l a
"catolicidad¨ intrínseca de l a "nacional idad¨, era precisamente la convergenci a que
se estaba produciendo respecto de la política social de Perón. Esa convergencia se
producía a partir de motivaciones y sensi bil idades diferentes, y en la cual confluían
instancias del nacional ismo católico e i nstancias más cercanas a la tradición
democrático-cristiana. En efecto, algunos catól icos veían en dicha política la
reali zación de un principi o de j usticia social en el que creían firmemente; otros
apreciaban sobre todo su retórica nacional ista y anti imperialista; otros valoraban
sobre todo su esfuerzo dirigi do a industrial i zar al país; otros aun veían en tal
política más que nada un instrumento para prevenir la revol ución social, o para
liberar al país de los odiados "políticos¨; muchos, en f in, consi deraban simplemente
que se aj ustaba a los principios de un orden cristiano. Pero l o que los unía en el
apoyo a esa política era antes que nada el hecho de que, surgi da en el seno de l a
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revolución de j unio, y más precisamente del Ej ército "cristiano¨, ella se fundaba en
un imaginario político y social que l es era extremadamente familiar, cuyo obj etivo
era restaurar la "argentini dad¨.
Por lo tanto, durante gran parte de 1944 la política de Perón pareció revesti r
todas las característi cas capaces de unificar, dentro del álveo de la fideli dad al
magisterio ecl esiásti co, las instancias tradicionales y las modernas del mundo
catól ico. Y como tal suscitó, entre sus filas, apoyos no sól o entusiastas, si no
también compañados por la aprobación de l a ofici al idad. El boletín oficial de l a
Acción Catól ica, por ej emplo, inauguró en forma totalmente inusual una nueva
sección, consi stente en un amplio apéndice de documentos a cargo del Secretari ado
Económico Social, dedicado a reproducir los princi pales decretos emi tidos por la
Secretaría de Trabaj o y Previsión y diri gidos a introducir i mportantes reformas
sociales.
13
Pero tales expresiones de apoyo eran especi almente si gnificati vas por
el contenido que expresaban en la mayor parte de los casos: se basaban en l a
convicción de que, con su política de reformas, Perón i nterpretaba el papel
providenci al del cristiani zador de las relaciones social es y económicas en l a
Argentina. En otros términos, Perón se perfilaba para l a Ìglesia, j unto con el
gobi erno revol ucionario al que pertenecía, como una especie de brazo secular de su
doctrina social.
Esa percepci ón no se fundaba, natural mente, en elementos abstractos. Al
contrario, se apoyaba en circunstancias muy concretas: l a procedencia de sus
colaboradores, sus vínculos con el mundo catól ico, su inequívoco perfil de "hombre
de j unio¨. Por otra parte, a esa percepci ón contribuía, y no poco, la ideología de
origen manifiestamente catól ico que desbordaban sus decretos. Por ej emplo, de
aquél con el que el 25 de abri l de 1944 se creó el Consej o Naci onal de Previsi ón
Soci al, en el cual se postul aba la necesi dad de reconstruir el "orden moral de la
sociedad¨, se denunciaba como "inmoral el pago de baj os sal arios¨ y se tri butaba
especi al atención a l a familia en cuanto "célula básica sobre l a cual descansa el
fortalecimiento de l a raza¨. Era por ende natural que los responsables del
Secretariado Económico Social de la Acción Catól ica celebraran el predominio de l a
concepción soci alcristiana, e incluso del lenguaj e mediante el cual solía expresarse,
en la acti vidad legislativa del gobierno militar.
14
Dado este contexto, el hecho de que en el discurso pronunciado en ocasión del
1º de mayo si guiente Perón di era el primer paso explícito en di rección a la central
sindical, como ha sido observado, en vistas de aquel la ampliación de l as bases de
la revol uci ón que no había logrado conseguir a través de una ali anza con el
radicali smo de Sabattini,
15
no fue en absoluto recibido por el mundo catól ico ofici al
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como una señal de alej amiento de los princi pios i deales y programáticos de l a
revolución. Todo lo contrario. Ìncluso porque una vez más Perón había proyectado
un camino de emancipación de la cl ase obrera sobre la base de la col aboración
entre el capital y el trabaj o, así como de la lucha si n tregua contra las ideologías
extrañas al "verdadero sentir argentino¨. Por otra parte, la Ìglesia tenía óptimos
motivos para alegrarse no sólo por los conteni dos, si no también por el cl ima de la
manifestación en la que Perón había pronunci ado su discurso. Un cl ima capaz de
inducir a El Pueblo a complacerse por el entusiasmo manifestado por los numerosos
obreros que habían concurrido. En aquel la ocasión ÷señaló el diario catól ico÷
Perón se había colocado "dentro del marco de la doctrina soci al católica¨ y contra
los excesos explotadores del capital ismo. De ese modo, no había hecho más que
expresar los principi os de la revolución de j unio, l os cuales "coinci den con los
postulados de l a doctrina catól ica y buscan la j usticia social fuera de la l ucha de
clases, en la armonía del capital y del trabaj o baj o la función eminentemente
reguladora del Estado¨.
16
Globalmente, era el conj unto de la obra social reali zada por l a Secretaría de
Perón en sus escasos meses de vida l a que gozaba de l a adul aci ón de los
ambientes catól icos oficiales. En parti cular porque parecía haberl es dado por
primera vez a los trabaj adores argenti nos una sensación de protección y una
perspectiva de mayor dignidad y consi deración. Pero aun más porque estaba
expresamente fundada en el "patrioti smo¨ y en los val ores de la "argentinidad¨, fuera
de toda perniciosa i nfluencia de l os políticos de profesión, y, por lo tanto, orientada
hacia l a nacional i zaci ón del proletariado argentino. ¿No era acaso precisamente ese
vínculo indisolubl e entre "j usticia social¨ y "argentinidad¨ lo que el catol ici smo social
argentino hacía tiempo que buscaba encarni zadamente? En suma, buenos motivos
para alegrarse tenía Francisco Valsecchi , que dirigía el Secretariado Económico
Soci al de la Acción Católi ca, y que precisamente en aquell as semanas manifestó su
complacenci a por el cambio producido en la atmósfera que se respiraba en el país:
el nuevo clima le parecía de lo más favorable a los principi os sociales de i nspiraci ón
catól ica, en la soci edad, en la cultura, en las instituci ones públ icas.
17
Tanto más
cuanto que el optimismo de los católi cos estaba acrecentado por otros fenómenos,
sin duda minoritarios, pero no por el lo menos significativos por las novedades que
representaban. En efecto, había síntomas dispersos que permitían deducir que los
fundamentos sociales del mito nacional, al que la obra y los discursos de Perón
estaban dando una amplificación si n precedentes, prosperaban aquí y al lá, hasta
entre algunos dirigentes sindicales. Es decir, entre algunos de aquél los con l os
cuales la Ìglesia nunca había logrado estrechar relaciones orgáni cas. "Justicia
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social¨ y "sentimientos de argentinidad¨ fueron, por ej emplo, los elementos
cardinales del discurso con el que Tesori eri, el líder de los trabaj adores estatales,
manifestó públ icamente, en mayo de 1944, su adhesión a la política de la Secretaría
de Trabaj o y Previsi ón, que por lo demás fueron retomados y desarrol lados también
por otros líderes sindi cales.
18
Sobre este trasfondo, la irreductible oposi ción de la política social de Perón a
las tendenci as "cleri cales y autoritarias¨, sobre la que a menudo ha i nsi stido la
histori ografía, debe ser en parte redimensionada. No sólo esto; el mismo
redimensionamiento habría que hacer en cuanto al j uicio según el cual los vínculos
que desde entonces mantuvo con algunos sectores que sostenían aquel las
posiciones sólo habrían si do fruto del cálculo político.
19
Esas valoraciones
corresponden a una real idad irrefutable cuando ponen de relieve el profundo
contraste entre la estrategia políti ca de Perón, diri gi da a crear un amplio sistema de
ali anzas políticas y sociales que permitieran a la revoluci ón sostenerse en el
consenso popular, y la puramente restauradora y autárquica de gran parte de los
grupos naci onalistas. No obstante, esas val oraci ones parecen ser demasiado
estáticas ÷al eludir el efecto de descomposición que habían causado, incluso entre
los sectores "clerical es y autoritarios¨, las políti cas sociales de Perón÷, y también
excesivamente reduccionistas, al individuali zar como tales solamente a aquellos
sectores universalmente conoci dos como "nacional istas¨. Del mismo modo, a menos
que se quiera reducir las ideas a puro instrumento de la voluntad de poder, a meras
"superestructuras¨, es difícil pensar que los conceptos de impronta naci onal católica
expresados insistentemente por Perón respondieran tan sól o a un puro cálculo
político. En real idad, la política social de Perón, así como el aislamiento en que
estaba cayendo la revolución por efecto de la línea autoritaria adoptada y de la
evolución del contexto internacional, obli garon, en el curso de 1944, a todos
aquellos que la habían sostenido o rechazado, a rever sus propias posiciones. En el
curso de ese proceso de redefinición políti ca e ideol ógi ca en el que entraron, más o
menos convenci das de su necesi dad, las disti ntas corrientes revolucionarias, no
fueron pocos quienes, entre aquel los que habían desposado la solución clerical y
autoritaria, desposaron con igual entusiasmo la política de Perón, en la cual veían
su coherente desarrol lo. A esto es necesario añadir que aquell os grupos
nacional istas que cada vez más se alej aron del gobierno a medida que éste
procedía haci a la li berali zaci ón política y l a revisión de l as al ianzas internacionales,
no poseían de ningún modo el monopol io del clerical ismo ni del autoritari smo. A la
inversa, el mito de la "nación catól ica¨ ÷un mito que en virtud de la lógica maniquea
y excluyente con que definía los caracteres de la nacional idad, era eminentemente
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autoritario, aunque no necesariamente "clerical ¨÷ hundía profundas raíces en el
imaginario político y en el bagaj e doctrinari o de los distintos espíritus
revolucionarios, así como en los de Perón, que precisamente se preocupaba por
inj ertar sobre dicho mito los principi os de l a "j usticia social¨.
Asentada sobre estas bases, la sintonía entre Perón y la Ìgl esi a con respecto a
la política soci al perduró, sin grandes sobresaltos, durante buena parte de 1944,
superando todos aquel los obstáculos que, a pesar de todo, se presentaban y
dej aban presentir tensi ones. A mediados de mayo, por ej emplo, El Puebl o celebró el
proyecto de creación del fuero del trabaj o, anunci ado por Perón y por el mayor
Estrada, como el triunfo de una de sus viej as reivindicaciones. Para Roberto J.
Bonamino, un j oven que gozaba de la confi anza del cardenal Copel lo, no cabía duda
de que el mismo interpretaba "el anhelo de los catól icos sociales¨.
20
Por otra parte,
más en general, el lenguaj e y l os contenidos típicamente nacional -católicos
impregnaban prácticamente cada deci sión adoptada por el gobi erno en el terreno de
las rel aci ones entre el capital y el trabaj o. A el los remitía por ejemplo la condena de
la doctrina del Partido Socialista sobre cuya base el gobierno decretó, en j unio, la
intervención de la Unión Obrera Metalúrgi ca, culpable de estar vinculada con dicha
doctrina. Esa condena, al fundarse en el "despiadado¨ ataque que la misma
implicaba para el "fundamento de la naci onal idad¨, daba valor de ley a la ideología
excluyente ínsita en el mito de la "nación catól ica¨.
21
Así, el sostén catól ico a la política emprendida por la Secretaría de Trabaj o y
Previsión fue continuamente reafirmado, con tonos cada vez más fervorosos, en los
meses centrales de ese año, a medida que el la tomaba una forma más definida. El
diari o católico, en particular, se distinguió por una verdadera campaña en tal
sentido. Así l o hi zo, por ej emplo, precisamente al día siguiente de la soluci ón, en
sentido favorable a las reivindicaciones de los trabaj adores, del más espinoso
conflicto obrero afrontado por l a revoluci ón de j uni o: el que durante largos meses
había implicado a l os "frigoríficos¨ Armour. La solución estaba fundada en el
principi o, establecido por el decreto del 1º de j unio, de que era "contraria a las
directivas político-sociales¨ del gobierno l a fal ta de "espíritu de entendimiento entre
obreros y patronos¨.
22
En cambio, los "princi pios básicos de l a política social
gubernativa¨ sinteti zados en l os conceptos de "autoridad, organi zaci ón y j ustici a¨
expresados tan sólo pocos días antes por Perón, representaban, según el diari o
catól ico, "la fórmula, que es la que, coi nci dente con l a enseñanza doctrinari a de l a
Ìglesia catól ica, veni mos sosteniendo desde el primer día de la aparición de El
Pueblo¨. Esa concepción i lustraba perfectamente los progresos real i zados por la
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lucha contra el indivi dual ismo liberal y para la recuperaci ón, por parte del Estado,
del "principio de autoridad¨.
23
En suma, no cabían dudas de que Perón y su política abrevaban en las fuentes
del catol icismo social . Así lo destacó preci samente en esos mismos días el decreto
sobre el Aprendi zaj e y Trabaj o de Menores, con el cual el gobierno reglamentó el
régimen de aprendi zaj e y de trabaj o j uveni l. Como el mismo Perón reconoci ó
públ icamente, él hacía propio un proyecto de las Vanguardi as Obreras Catól icas,
una institución madurada en el interior de los Círculos Católicos de Obreros que
había alcanzado una discreta difusión, por lo menos en la Capital y en el Litoral, y era
guiada por un grupo de j óvenes sacerdotes muy activos en el campo social.
24
Los catól icos, la utopía corporativa, el sindicato único
La política de reformas puesta en marcha por Perón en el transcurso de 1944
no configuraba de modo alguno un proceso predeterminado. Que de el la nacería el
"peronismo¨, entendido como ese movimiento político de masas de fuerte
caracteri zación obrera y popul ar que se material i zó por primera vez el 17 de octubre
de 1945, no era al go que se diera por descontado. Más aún, se puede decir que era
casi imprevisibl e. Esa política partía de al gunos pri ncipios generales, de naturaleza
política y social, en general madurados en el humus ideol ógico del catolicismo
populista, pero tanto sus desarroll os como sus efectos estaban suj etos a una
cantidad de factores muy grande como para poder pl anificarl os con rigor. Expuesta
a los vi entos impetuosos de los radi cal es cambios en el contexto internacional, así
como a las reacci ones para nada previsibl es o control ables de los distintos actores
políticos y sociales interesados, de l os partidos a los sindicatos y a las
organi zaci ones patronales, dicha política estaba necesari amente suj eta a l os aj ustes
y correcci ones de ruta, a menudo determinados por el sucederse de los hechos más
que por la voluntad de Perón. Al anal i zar l a variedad de actitudes adoptadas por el
mundo católico y por la Ìglesia frente a la estrategia social de Perón durante ese
agitado proceso, es absol utamente necesario tomar en cuenta dicha i ncertidumbre.
En efecto, así como el movimiento peronista aparecería como el resultado
inesperado de una sucesi ón de acontecimientos y de procesos extremadamente
complej os y articulados, también la definición de l a actitud del mundo católico frente
a él siguió caminos tortuosos y vari ados, en cuyo curso se formó en sus filas un
abanico de posiciones muy esfumado, que iba de la visceral oposición a una suerte
de neutral idad que condescendía, en formas y niveles diversos pero
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preponderantes, del apoyo a la adhesión, o hasta a la identificación con la política
social de Perón. Durante el transcurso de ese proceso l a gal axia católica se fue
desarticulando cada vez más para reagruparse a l o l argo de nuevas líneas, y la
unanimidad que había recibido a las primeras reformas social es de Perón se
quebrantó.
En general, los conflictos de un sector del mundo católico con el gobierno a
propósito de la políti ca social de Perón asumieron rel ieve significativo sobre todo a
partir de la segunda mitad de 1944, cuando adquirió caracteres más radicales y
pasó a ser de hecho el más importante instrumento de la estrategia política
revolucionaria. Dados los fundamentos ideológicos de aquel la política, tales
conflictos se convirtieron inmediatamente en conflictos entre católi cos. Si n embargo,
ya a comienzos de año el sustancial idi l io que rei naba entre ellos y el gobierno
respecto de la política de la Secretaría de Trabaj o y Previsi ón estaba amenazado
por algunas sombras. Los potenci ales focos de discordi a derivaban sobre todos de
dos grandes temas, en parte conectados. El primero, impuesto a la atención de las
autoridades eclesiásticas ya a fines de 1943, era el de la nueva l egislación sindical
que estaba en estudi o en la Secretaría. El tema llevaba a la superficie l a delicada
cuestión del papel y l a autonomía de los sindicatos confesionales. El segundo era el
del corporati vismo, es decir, el de l a naturaleza y la organi zación de l a relación
entre el capital y el trabaj o, así como de las funciones que en tal órbita le
corresponderían al Estado. Este tema era de gran importancia para la Ìglesia, que
solía señalar en el corporativismo la forma de organi zación de las relaciones
sociales más apta para un orden cristi ano.
En l a primera mitad del año 1944, cuando aún la liberal i zación política no
estaba a la orden del día y la cristiani zación autoritari a parecía un camino posibl e
de recorrer, buena parte de los catól icos cultivaba ambiciosas expectativas acerca
de ambos temas. El que la política soci al de Perón conduj era a l a potenci aci ón del
sindicalismo confesional y a la organi zaci ón corporativa de l as relaciones entre el
capital y el trabaj o, parecía natural desde el momento en que él y la revolución de
j unio estaban echando las bases de un régimen conforme a la "sana doctrina
catól ica¨. En esa perspectiva, no se contemplaba ÷más bien se veía con
inquietud÷ la eventual idad de que l a consecución de la "nacional i zación¨ de l os
sindicatos obreros i ncluyera, como "costo¨, la absorción de las organi zaciones
sindicales confesionales en un movimiento sindical unitario más amplio. A lo sumo,
estaba muy difundi da en los ámbitos eclesi ásticos la esperanza de que
precisamente el sindi cal ismo católico, históricamente frágil y marginal, pudiera ser
favorecido por l a imprevista vitalidad impresa por Perón a l a doctrina soci al de l a
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Ìglesia.
25
Análogamente, las corrientes mayoritarias del mundo católico ponían
esperanza y confianza en l a perspectiva de que la política social de Perón
conduciría, en última instancia, a la introducción de un si stema expresamente
corporativo. En este sentido, no faltaban indicios reconfortantes: el esfuerzo que
Perón estaba dedicando a unificar, potenciar y nacional i zar la representaci ón de los
trabaj adores, dado el trasfondo ideológico en el que se ubicaba, parecía preludiar
una organi zación i ntegral de l os factores productivos. En otros términos, aparecía
como una etapa indeludible en la creación de un sistema corporativo. Por l o tanto,
nada había de extraño en que, al elogi ar la creación del Fuero del Trabaj o, el
responsable del Secretariado Económico-Soci al de la arquidiócesis de Buenos Aires
invocara explícitamente la reproducción, en la Argentina, del modelo corporativo
portugués, que contemplaba la existenci a de "si ndi catos paralelos de patrones y
obreros unidos en comisión paritaria y constituyendo esa uni ón la Corporaci ón¨,
dentro de la cual l os conflictos soci ales encontraban armónica solución.
26
Por lo menos en el pl ano teórico, el modelo portugués parecía el más apto para
lograr una i ntegraci ón relativamente indolora de los sindi catos obreros. Esto
presuponía, en efecto, que tal integraci ón pudiera l levarse a cabo de manera
armónica y casi natural, evitando la agudi zación de los conflictos entre el capital y
el trabaj o, la movili zación de las masas trabaj adoras y el crecimiento incontrol ado
del poder estatal sobre los sindicatos y sobre los "cuerpos soci ales i ntermedios¨ en
general. Desde el punto de vista de la Ìgl esia, el modelo portugués tenía también
otras virtudes: contemplando la "si ndicali zaci ón l ibre dentro de la corporación
obl igatoria¨ ese modelo inhibiría la institución de un si ndi cato único vinculado
verticalmente con el Estado. Por lo tanto habría impedido que el asesinato del
sindicalismo clasista, perseguido por la misma Ìglesia, involucrara también al
sindicalismo confesional. Por estos motivos, el corporati vi smo portugués era
preferible al español, sustentado en "sindicatos verti cal es como corporaciones de
derecho públ ico¨. En reali dad, l os presupuestos del modelo portugués no estaban
presentes en el contexto de rápida y agitada moderni zación de la Argentina, donde
el si ndi cal ismo clasista estaba bastante desarroll ado, ci ertamente mucho más que el
catól ico, donde la "cuestión social¨ había alcanzado una dramaticidad capaz de
imponer ingentes redistribuciones de recursos a favor de l os sectores popul ares
urbanos y donde la situación política se caracteri zaba por su radical i zación y por l a
movili zación de vastos sectores soci al es. La opci ón portuguesa, además, no
permitía eludir la espinosa cuestión del papel del Estado. Esto de todos modos se
convertiría en factor determinante, dado que l a representaci ón del capital y del
trabaj o en las corporaciones debería ser paritaria, la sol ución del conflicto
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obl igatoria en su ámbito, y al Estado mismo le correspondería, en última instancia,
la decisi va función de árbitro. Más allá del modelo adoptado, cuanto más aguda
hubi era sido la "cuestión social¨, cuanto más radicali zada hubiera si do l a situación
política y social, cuanto más diferenciada la estructura soci al y económica del país,
tanto mayor habría si do la intervenci ón estatal en las relaciones entre el capital y el
trabaj o. De todos modos, la preferencia por el modelo portugués no era más que
eso, una "preferencia¨. La elecci ón del modelo "vertical ista¨ que asignaba al Estado
una función de dirección y comando de las relaci ones sociales más que de arbitraj e,
hacia l a que parecía orientarse Perón, era menos grata a la Ìgl esia, pero de todos
modos constituía a sus oj os una de las vías legítimas hacia la definitiva superaci ón
de la organi zación social y económica li beral. En el fondo, ése era el obj etivo
prioritario del catol icismo y en vistas a ello l a genérica invocaci ón del
"corporativismo¨, cualquiera fuera su acepción, sonaba como una irrevocable
evocación del mito nacional catól ico. Hasta el punto de que en la prensa católi ca
incluso la exaltación de las corporaciones medievales fue cada vez más un reflej o
ideológico, una reevocación del mito corporativo en función antil iberal, y pudo
acompañarse del más fervoroso sostén para la política social de Perón.
27
No es
casual, entonces, que durante las furiosas polémicas que agitaron el campo católi co
y l as relaciones de al gunos de sus ambient es con Perón a partir de fines de 1944, el
nudo del sindicato único fuera dej ado de l ado por l a j erarquía eclesiástica y por las
corrientes mayoritari as del catolicismo, mientras que los católi cos liberal es l o
agitaran polémicamente.
Visto desde una perspectiva más general, el di lema planteado a la Ìglesia y a
los catól icos por el debate sobre la estructura que el gobierno revolucionario
entendía dar a la organi zación sindical y a las rel aci ones entre el capital y el trabaj o
era el mismo que ya había surgido en el campo educativo. En otros términos, era el
dil ema connatural al vínculo orgánico que ligaba a la Ìglesia con la revolución militar
de j unio. Simplificando, el mismo se presentaba en estos términos: ¿los catól icos
habrían debido darle prioridad a la defensa y a la potenci aci ón de l os instrumentos
confesionales de apostolado, aunque su debi li dad demorara o directamente hiciera
fracasar el proyecto de cristi ani zación integral de l a sociedad y de l as instituciones,
o bien hubi eran hecho mej or en cuidar los "resultados¨, delegando al Estado
secular, en la medida en que estaba impregnado de ideales católicos, l a
persecución de aquel la finali dad? Es decir, ¿habrían debido privi legiar l a
salvaguardia de la independencia de la Ìgl esia o bien apresurarse en pr imer lugar a
crear un orden soci al y político catól ico? En teoría, la cultura eclesiástica argentina
no perci bía entonces todas l as implicaciones de tal dil ema. Profundamente
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impregnada de cleri cal ismo, ella propendía a consi derar que el Estado catól ico
debía naturalmente ponerse al servici o de la Ìglesi a. En suma, esas dos opci ones no
parecían excluirse, sino más bien reforzarse una a la otra. Sin embargo, en lo
concreto, la ori entaci ón clerical de l a revolución, anacrónica y autoritaria como era
por naturaleza, se estaba revel ando cada vez más impracticable y hasta
contraproducente, desde el momento en que conducía al gobi erno al aislamiento,
avivaba el anticl ericalismo y dividía l as mismas filas católicas. Tales circunstancias
llevaron cada vez más a la Ìgl esi a y mucho más aún a amplios sectores del mundo
catól ico, a confrontarse con ese dilema, a propósito del cual no tardaron en
perfilarse posiciones divergentes que, en buena medida, eran reflej o de l as
diferentes actitudes respecto del ascenso de Perón. Por un lado, los católi cos que
se oponían al ascenso de Perón, entendían que era pri oridad absoluta proteger la
independenci a de la Ìglesia y de sus i nstituciones, en este caso específico del
sindicalismo católico, de l a i nj erenci a de un Estado que, a sus oj os, tenía
ambiciones total itari as. Desde esta perspectiva, el los encontraron un importante
punto de contacto con las cúspides ecl esiásticas, ansi osas de proteger las obras
sociales construidas en el transcurso de decenios. Al mismo tiempo, las máximas
autoridades de la Ìgl esia no estaban del mismo modo dispuestas a hacer propia l a
concepción separatista de l as rel aci ones entre el poder temporal y el espiritual, ni
mucho menos el espíritu tolerante y plural i sta que se ocultaba tras esa posici ón. Al
contrario, no tenían ninguna intenci ón de renunciar a la i dea de que la función
eminente del Estado y l a fuente de su misma legitimidad era cristiani zar
íntegramente la sociedad. Pero para conseguir tal fin, descartada la vía cl erical, era
necesario que la Ìglesia se resignara a l a seculari zación de su doctrina en la obra
de un gobierno católico formado por lai cos. Ésa, por lo menos, era la posición
expresada por un grupo de i ntelectual es católi cos que se estaba empeñando a fondo
en apoyar la estrategia política de Perón, para los cual es "un gobierno catól ico no
es lo mismo que un gobierno clerical. Debe el gobi erno ser católico cuando la
mayoría muy mayor de los ciudadanos profesa el catolici smo. Y quedará a
resguardo de toda acusación de sectari smo o de cl erical ismo mientras quienes rigen
la cosa públ ica o legi slan [...] no entreguen las pal ancas del gobierno a l os hombres
de la Ìgl esi a por más que se guíen en sus l uces, como es de su deber¨.
28
Bien mirados, ambos enfoques representaban reacciones al curso
marcadamente clerical tomado por la revolución y planteaban la necesidad de que
las reivi ndicaciones catól icas se persigui eran a través de la catol i zación de la
política antes que por medio de su el i minación. Al señalar esto, así como la
necesi dad de que l os lai cos se convirti eran en los protagonistas de l a política
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catól ica, l os sostenedores de ambas posici ones se consideraban, con mayor o
menor razón, discípulos de Maritain. Al mismo tiempo, el segundo enfoque, a
diferencia del primero, se prometía explícitamente desarrollar, sobre una amplia y
sól ida base de legiti midad popular, un orden políti co y social íntegramente extraído
del Evangel io y visceralmente contrapuesto a l os presupuestos ideol ógicos y
j urídicos del orden liberal. En tal sentido, ese enfoque era el natural continuador de
la primigenia i nspiración de la revolución de j unio, y por l o tanto del mito de l a
"nación católi ca¨. Desde esa óptica, el refuerzo del apostolado de la Ìglesia, aunque
no fuera indiferente, estaba de todos modos subordinado a l a puesta en marcha de
una políti ca catól ica por parte del Estado. En el caso específico de los sindicatos,
habría sido netamente preferible un Estado que practicara una política soci al
conforme a los pri nci pios de la doctri na social de la Ìglesia y que se afirmara en una
organi zaci ón sindical unitaria, pero i nspirada en los valores de la "argenti ni dad¨,
antes que un Estado fautor de la l ibertad y del pl ural ismo sindical pero, como tal,
neutral respecto de l a "cuestión soci al¨ e indiferente al "deber¨ de integrar la clase
obrera a los valores de la nacional idad.
Los diversos elementos de tal di lema acompañaron cada vez más, durante
1944, los debates y l as polémicas en el interior del catol icismo argentino. Además,
afloraron también en algunas tensiones que opusieron la concepción "secular¨ de la
"nación católi ca¨, que se percibía en muchas de las decisi ones de Perón, y la
tradici onal concepción "cleri cal¨, que impregnaba la cultura de una amplia parte del
clero. Al respecto fue ej emplar el contraste surgido en mayo de 1944 entre la
Secretaría de Trabaj o y Previsión y el presi dente del Consej o Superior de Educación
Catól ica, el j esuita Dogl ia, a propósito del régimen salarial en l os colegios catól icos.
Más all á de las evidentes razones económicas y social es y de l a explícita
reivi ndi caci ón de su i ndependencia por parte de la Ìglesia que estaban en la base de
esa oposición, ésta traj o a la luz algunas contradicci ones que gravitaban en la
relación entre la i nstituci ón eclesiástica y un gobernante que se proponía real i zar
una "política catól ica¨. El problema nació cuando la Secretaría, de acuerdo con un
principi o de equidad social caro al catolicismo social, se preocupó por determinar
los sal arios mínimos para los docentes. Se trataba ÷observó Dogl ia÷ de una
intención sin duda loable, que sin embargo, tal como se había proyectado,
amenazaba con arroj ar a la crisi s más negra a los col egi os catól icos, que se
encontrarían en l a imposibi lidad de pagar a sus propi os docentes. Por ende, podía
atentar contra la "li bertad de enseñanza¨. A fin de obviar ese riesgo y de
salvaguardar al mismo tiempo el sano princi pio que inspiraba a la Secretaría, era
entonces necesario que el Estado i nterviniera en sostén de la enseñanza privada,
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catól ica en su mayor parte, decretando su "partici pación en el presupuesto de
instrucci ón públ ica¨.
29
Al surgir precisamente en el momento en que la instrucci ón públ ica estaba
sometida a una i ntensa terapia confesional por Baldrich y Olmedo, esa polémica
revelaba la fuerte resistencia de la cultura "cleri cal¨ en la Ìglesia argentina, que l a
inducía a rei vindicar al mismo tiempo, y con la misma determinación, la
confesionali zación de la escuela públ ica y el sostén estatal a la escuel a confesional.
Consagrada a la edificación de un régimen de cristiandad y aparentemente
impermeable al rechazo que tal obj etivo generaba en amplios estratos de la opinión
públ ica, invocaba al Estado catól ico para todos los argentinos y, para sí, la "libertad
de enseñanza¨ y el "pluralismo sindical¨. A esta perspectiva "cl erical¨, el gobernante
que se proponía reali zar una "política catól ica¨, en este caso particular Perón,
oponía una óptica "secular¨. A la perspectiva "ideológica¨ de l a Ìgl esia, que
anteponía el modelo doctrinario a la reali dad, él le oponía el criterio "político¨ , según
el que era necesario ante todo construir las condiciones para que los valores de
"j usticia social¨ y "restauración argentinista¨ persegui dos por la revolución de j uni o
pudi eran prosperar. Vistos desde esta perspectiva, los obj etivos eclesiásticos
parecían totalmente abstractos. La real idad era que la revolución marchaba por un
túnel cuya salida no se veía, pues carecía de bases popul ares organi zadas frente al
crecimiento de la oposición y al probable ocaso, en Occi dente, de las formas de
gobi erno carentes de legitimación democrática.
Ubicada sobre este fondo, la actitud cleri cal a ultranza adoptada por la Ìglesi a
prometía agudi zar el aislamiento de la revolución y obstacul i zar el esfuerzo de
Perón diri gi do a evitar que su resultado fuese precisamente el que la Ìglesia temía
más que a ningún otro: la restauración del orden liberal. En consecuencia, tanto en
el pl ano de l a política educativa como en el de la política sindical habría resultado
intol erable para Perón que la Ìglesia, para cuyos obj etivos y valores su estrategi a
política resultaba la única ancla de salvaci ón, estorbara el camino y minara la fuerza
y l a cohesión de la revolución. Si hubiese cedi do continuamente a las
reivi ndi caci ones de i mpronta clerical, ¿no se habría expuesto el gobierno acaso aun
más a la acusación, ya muy difundida, de ser el instrumento del clero, aislándose
cada vez más de la sociedad? Y si hubiere acogido l as pretensiones de
independenci a de l a Ìglesia en el campo si ndical, ¿no habría hecho acaso aun más
arduo el intento de "conquistar¨ y "nacional i zar¨ a la clase obrera? La supervivencia
del sindicalismo confesional independiente, ¿no legitimaría acaso también la del
sindicalismo clasista? ¿O bien los si ndi catos cl asistas deberían seguir tratándose
con la medicina de l a represión y de la exclusión sistemática? Pero en tal caso,
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¿cómo se podía pretender incorporar a los trabaj adores a las bases revolucionarias?
¿Cómo habrían podi do extirparse las "ideologías extranj eras¨ de la clase obrera?
¿Qué tipo de "j ustici a soci al¨ se habría podido fundar? ¿Acaso no eran éstos otros
tantos obj etivos persegui dos por l a Ìglesia tal como los perseguía el gobi erno
revolucionario?
30
Aunque fuera consciente de l a desconfianza que el perfil social de
su concepción de "gobierno catól ico¨ hubiera podido generar en las filas de un clero
a menudo conservador, Perón tenía buenas razones para esperar, por parte de la
Ìglesia, la máxima colaboración y una no menor gratitud, aun cuando el di lema que
hacía de telón de fondo a la relaci ón entre la Ìgl esia y la revolución quedaría
irresuelto, y seguiría siendo fuente de actitudes eclesiásticas vari abl es, ora
entusiastas, ora confl ictivas, hacia la orientación que Perón l e había impreso.
De todos modos, hacia fines de j uni o de 1944 estaba maduro el tiempo para
introducir las nuevas normativas sindicales. Para Perón y sus más estrechos
colaboradores, tanto civi les como militares, era necesario actuar con rapidez. Urgía
la creación de una sól ida estructura si ndical "nacional¨, que fuese expresión del
sindicalismo "criollo¨ ÷para usar la expresión empleada por Perón el 25 de j uni o÷
para lograr que l a revolución sali era de l os bancos de arena en los que se había
encal lado y hacer que avanzara hacia l a real i zación de su programa.
31
Sólo
ali gerando de sus características elitistas y cleri cal es el mito nacional catól ico sobre
el que l a revolución giraba, y enriqueciéndolo con un nuevo ali ento popular y soci al
se podría evitar que la Argentina viviera la tragedia que había ensangrentado a
España, o bien que la revol ución acabara en la derrota, con l a consecuente
humillación de las Fuerzas Armadas. Pero la construcción de un "sindicali smo
criol lo¨ era impensabl e si n recurrir a la uni dad sindical baj o la égida del Estado, ya
sea por razones organi zativas ÷dado que sól o una estructura unitari a podría
garanti zar su discipl i na y su fuerza negociadora÷, ya sea por razones políticas,
desde el momento en que sól o así el Estado podría disponer de todos los recursos
necesarios para tratar de atraer hacia el la a la clase obrera, ya sea, en fin, por
razones ideol ógi cas: si l a "nacional idad¨, como pretendía la i deol ogía que había
sustentado l a revol ución de j unio, debía entenderse como una uni dad espiritual
cuyos caracteres eran inmutables y estaban inscritos en su tradición católi ca,
entonces un sindicato "nacional¨ no podía ser más que el reflej o de dicha unidad.
¿Qué márgenes de pluralismo podía dej ar la ambición de crear un sindicato
"argentinista¨? Parecía natural, por lo tanto, que todos los que hubieran quedado
aj enos a él representasen de hecho intereses o ideologías "extrañas a l a
nacional idad¨, "antinacionales¨. Esta lógi ca conservaba, con mayor razón, su valor
con respecto al sindicalismo confesional: ¿cómo hubiera podido un sindicato
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pretender ser "naci onal¨ y no inclui r a los catól icos, si precisamente la catolicidad
era el ej e cardi nal de la nacional idad argentina? ¿Acaso el si ndical ismo "nacional¨
no sería, precisamente porque era "nacional¨, "católico¨? Tal es eran los
interrogantes que yacían en el fondo de las maniobras que agi taron al gobierno y a
las fil as catól icas en l os meses que precedi eron a la introducción de la nueva
normativa sindical.
En el campo católico, quien no tardó en denunciar públicamente la perspectiva
de que se introduj era en la Argentina el sindicato único fue monseñor De Andrea,
para el cual la oposici ón a los pl anes de Perón no era más que la coherente
prolongación de la manifestada hacia al gi ro autoritari o de l a revolución en octubre
de 1943. No obstante, su discurso sobre el sindicali smo, pronunci ado en l a Pl aza
del Congreso de la Capital el 2 de j ul io de 1944, en ocasión de la reunión anual de
la Federación de Asoci aci ones Catól i cas de Empleadas, revistió particular
importancia política y simbólica dado que signó su brusco distanciamiento del curso
revolucionario j ustamente en el terreno de la política social,
32
es decir, en el
terreno donde monseñor De Andrea gozaba de prestigio enorme y universalmente
reconocido. Ese discurso sancionó simból icamente la irremediable y definiti va
fractura entre Perón y el líder del catoli ci smo democrático, y determinó la fractura
entre las diversas corrientes del catoli cismo social, que se divi dieron
dramáticamente precisamente acerca de l a oportunidad o no de sostener la política
social del secretario de Trabaj o y Previ sión.
33
Esa circunstancia representó sin
duda un duro gol pe para Perón, qui en ÷según algunos testimonios÷ cultivaba
intensos contactos con monseñor De Andrea, intentando conseguir su colaboración
con su política de reformas sociales, cuyo valor ya había constatado en ocasión de
la huelga de los 14.000 obreros del frigorífico de Berisso.
34
La abierta ruptura con monseñor De Andrea, dado el modo y los contenidos con
los que éste la había ratificado, no hacía más que darle mayor credibi l idad a l os
rumores acerca de l as miras totalitari as de Perón. Además, esa ruptura constituía la
premisa de la unión orgánica de un tronco del mundo catól ico, minoritario aunque
significativo, con el frente de las oposiciones sobre la base de algunos principios si n
duda evocativos: el pluralismo, la libertad, la democracia. El sindi cato ÷afirmó
perentoriamente monseñor De Andrea÷ no debía devorar l a l ibertad de su socio. Y
a cada trabaj ador le pertenecía el derecho de elegir libremente la organi zaci ón a l a
cual afil iarse. La imposición del si ndicato único ÷añadi ó÷ era una prerrogativa
ideológica del marxismo: al hacerla propi a, el gobierno argentino se aproximaba por
lo tanto a los umbrales del comunismo y del total itarismo. A la misma admonición
inducía luego el exorbitante crecimiento de la intervención estatal en la vi da
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económica y soci al. El Estado debería li mitarse a ej ercer una función de árbitro
entre los intereses, sin incurrir en una constante y arbitrari a inj erencia. Al espectro
del sindicali smo de Estado, contrapuso una vez más, remitiéndose a la doctrina
predominante en las filas del catolicismo social, la democracia corporativa,
expresada en la fórmula: "sindicación li bre dentro de la profesión organi zada¨.
Desde esta perspectiva l lamó a las asociaciones patronales a organi zarse,
precisamente como lo estaban haciendo l os sindicatos obreros. Sólo la fuerza de l as
organi zaci ones profesionales reconduciría el Estado dentro de sus naturales
funciones.
El asunto sindical no fue sin embargo el único punto de fricci ón con la política
social de Perón enarbolado por monseñor De Andrea. En su discurso recalcó con
firmeza, y con evidentes intenciones polémicas, otro tradicional principio de la
doctrina social catól i ca: la lucha contra l os abusos del capitalismo no debía tener
como finali dad la destrucción del capital y de la propiedad privada, sino la de
reformar el capital ismo.
35
Aunque ese principi o no contrastara de modo alguno con
la doctrina comúnmente predicada por el mismo Perón, su invocaci ón en esa
oportuni dad estaba dirigida a una crítica de fondo de su políti ca soci al. Según De
Andrea, al atentar contra el respeto de la propiedad, esa política amenazaba con ir
demasiado lej os y, por lo tanto, con vi olar desde abaj o aquel l a j usticia que hasta
entonces había sido violada desde arriba. El sentido de su apelación a la
conci li aci ón, remarcado en un di scurso del 31 de j ulio, debía entenderse por lo tanto
como una invocaci ón al gobi erno a fin de que moderara su ímpetu reformista, que se
prefiguraba como la antecámara de nuevas y más graves inj ustici as.
36
Visto desde
esta perspectiva, el sindicalismo de Perón no aparecía en modo alguno ori entado a
promover la armonía entre las clases, si no que más bien se configuraba como
eminentemente clasi sta. Como tal, no ofrecía ninguna garantía a los sostenedores
de l a doctrina social catól ica. Por esta razón se hacía absolutamente imprescindible
salvaguardar l a autonomía del sindical ismo católico.
Tales circunstancias eran, por lo menos aparentemente, paradój icas.
Precisamente monseñor De Andrea, el más conocido de l os apóstol es soci al es
argentinos, que durante tantos años había denunciado las inj ustici as sufridas por l os
trabaj adores e invocado una l egislación social que l os benefici ara, advertía ahora al
gobi erno, que finalmente parecía haber tomado esa orientación, que procediera con
moderación. Si bi en esa actitud se fundaba en las sóli das razones que él mismo
había ilustrado en sus discursos, a pesar de todo revel aba la dificultad en la que se
encontraba l a heterogénea corri ente democrática y social que, en el mundo católico,
tenía en monseñor De Andrea su punto de referenci a. La revolución de j unio se
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había apropi ado de sus banderas, radicali zando su contenido y sobre todo
plantándolas en un terreno ideológico e i nstituci onal tot almente distinto del que De
Andrea presuponía. Por lo tanto, frente a tal proceso la posici ón de De Andrea
aparecía como alineada en posiciones conservadoras, en defensa de la "democracia
liberal¨ contra el avance de la "verdadera democracia¨, aquel la fundada sobre la
"j usticia social¨. No es casual que monseñor De Andrea, el apóstol de los
trabaj adores, fuera pronto acusado por l os secuaces de Perón de ser agente de la
"oligarquía¨.
No obstante, en su conj unto, la posición expresada por De Andrea no reflej aba,
por entonces, la acti tud de la Ìglesia y de l as organi zaci ones catól icas hacia la
política social del gobierno. Más bien era deci didamente minoritaria. El clima que
predominaba en las filas católicas seguía estando invadido por el optimismo, la
confianza y hasta el entusiasmo. En este sentido, fue ej emplar la extraordinaria
acogi da que reservaron los Círculos Católicos de Obreros de Córdoba al general
Farrel l en ocasión de la gran concentración obrera organi zada el 4 de j ul io en su
honor. Por otra parte, el mismo Presidente aprovechó l a oportunidad para rendir
homenaj e a la importante obra real i zada por el clero cordobés, conducido por el
padre Moreno, vicepresidente de l os Círculos, al impulsar la sindicali zaci ón de los
trabaj adores. Mi entras, el interventor de la provincia, el general Gugl ielmone, lo
acompañó con la ya acostumbrada invocación de los temas más caros al catol icismo
argentino, en primer lugar el de la enseñanza rel igiosa, y un vigoroso homenaj e a la
política social de Perón. "El pensamiento social de los gobiernos ÷afirmó el
interventor÷ constituye el obj etivo histórico que demanda imperiosamente la
presente época¨.
37
Por lo tanto, la orientación social de l a revolución de j unio se
consol idaría, como lo confirmaría tres días más tarde el nombramiento de Perón
para la vi cepresidencia de l a Repúbl ica.
Sobre este trasfondo, aun más significativa sonó l a interpretaci ón de l a política
social del gobierno propuesta por monseñor Franceschi a mediados de j ul io, que se
apartaba de la de monseñor De Andrea. "Admitimos la solidaridad de los de arri ba
[...] ÷apuntó el director de Criterio÷ sería i nfame y sustanci almente
anticristiano negar la de l os de abaj o. Y si l os resultados desagradan ÷añadió÷ y
se adivina a veces l a tendenci a revol uci onaria, tanto peor para los que durante
decenios han poseído los medios y posibi lidades para crear instituciones gremiales,
y a pesar de todos los avisos [...] se contentaron con crear o fomentar instituciones
amorfas, mezcla heterogénea de clases y profesiones, cuya acción en este momento
crucial es equivalente a cero¨. Más bien, l o que había que crear con urgencia, "y se
están estableciendo¨, eran unos "organismos que protegen esta sol idaridad
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sustanci al ll amada familia¨, sobre cuya base se "afianza l a uni dad nacional¨.
38
En
suma, si la introducción de una mayor equi dad social estaba asumiendo formas
diferentes de aquel las que los católicos hubieran preferido, esto se debía en buena
medida a l a ceguera y a l a falta de previsi ón de muchos de ell os y de l as elit es
argentinas. Ahora, por lo menos, por fin se estaba tratando de reconstruir sobre
bases más fuertes y sanas l a unidad nacional. No sólo eso; como Franceschi
destacó en el mes de agosto, en una vehemente polémica con el diri gente social ista
Nicolás Repetto, estaban a l a vista de todos l os "si n número de beneficios que han
recibido verbigracia las clases trabaj adoras con acertadas medidas y decretos
oportunos, l levados a cabo en el término de un año¨.
39
En este contexto el 21 de j ul io de 1944, en ocasión de la concentración de l os
Vanguardistas Obreros de los Círculos Católi cos de Obreros, Perón pronunció un
importante discurso dirigido a la Ìgl esi a y a los catól icos. Aunque a veces ha si do
señal ado como ej emplo de su desprej uiciado pragmatismo ÷que habría hecho
escasamente atendibl es las declaraciones de sus discursos como indicadores de su
real pensamiento, al haber sido concebidas para complacer a las distintas
audi enci as a las que estaban dirigidas÷, ese discurso revi stió un preciso significado
en el contexto en el que fue pronunciado. En efecto, con él Perón no sólo reconoció,
más explícitamente que nunca, su deuda con l as enseñanzas sociales del
catol icismo, sino que procuró también responder al golpe sufrido en el frente
catól ico a causa de la actitud crítica de monseñor De Andrea, tratando de
tranqui li zar a la Ìgl esia respecto de los "sanos¨ propósitos persegui dos con la
inminente introducción del si ndi cato único. En ese caso no se trataba de "seducir¨ a
los catól icos para "conquistar¨ su apoyo, sino de "retener¨ su consenso
tranqui li zándolos con respecto a la total organici dad de sus obj etivos y de su
doctrina con los del catol icismo. Para ese fin, Perón se eri gió en cruzado de l a
"nación católica¨, al precisar que hablaba en su calidad "de católico y de soldado¨,
celebraba la uni ón i ndisoluble de la cruz y de l a espada, l os dos "más ilustres
instrumentos de la humanidad¨, y expresaba una concepción confesional de l a
identidad nacional y organicista de l a soci edad. Pero de una "nación catól ica¨ que,
aun apoyándose en l as sól idas bases de "Dios y Patri a¨ él enriquecía añadiéndole
un elemento sin el cual hubiera quedado si n alimento: el "pueblo¨.
40
La perspectiva, enunciada con énfasis por Perón, de que la revolución de j unio
evolucionaría debidamente hacia un régi men fundado en los conceptos de "Di os,
Patria y pueblo¨, no podía sino acrecentar el entusiasmo, y l a atmósfera militante,
entre las filas catól icas. Gran parte de los católicos social es veía en el lo la
reali zación de sus propias reivindicaciones. Muchos católi cos nacional istas,
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consci entes del ecl ipse que se cernía sobre el los y sobre su ideol ogía,
indivi duali zaban en esa perspectiva el camino para evitarlo. Hasta algunos
ambientes socialmente conservadores, en general muy cercanos a las máximas
autoridades eclesiásticas, no consideraron necesario tener que atrincherarse tras
una prudente expectativa y reci bieron con j úbli lo esa perspectiva, por lo menos
durante algunos meses más, es decir hasta que pudieron culti var la i lusión de que
los obj etivos enunci ados por Perón podrían efectivamente conseguirse en un
contexto de colaboración entre clases y con escasa movili zaci ón sindical. En suma,
la de monseñor De Andrea pareció entonces una voz ai slada.
"La Secretaría de Trabaj o y Previsión ÷escribió en ese momento Enrique
Benítez de Al dama en Soli dari dad÷ ha puesto en movimiento tantas y tan
importantes obras de mej oramiento soci al que no nos es posible comentarlas ni
sumariamente¨. Los "progresos reali zados y l as mej oras en beneficio de numerosos
gremios obreros¨ eran "enormes¨, tanto que el los habían "reaccionado en forma
asaz elocuente¨.
41
En el mismo sentido intervino, esos mismos días, en l as pági nas
del di ario católico, Manuel Gál vez, con un artículo que, escrito expresamente para
"elogiar entusiastamente al coronel Perón por su obra soci al¨, se caracteri zaba por
la agudeza con la que la enlazaba al mito popular encarnado por Yri goyen sin, al
mismo tiempo, contradecir su profunda i nspiración cristiana.
42
Además resultaba,
en muchos sentidos, premonitor de los obstáculos con los que tropezaría. Luego de
haber condenado sin apel ación la indiferencia soci al del sistema parlamentario y de
haber acusado a la clase dirigente del l iberal ismo de haber reprimido
constantemente los movimientos obreros, Gálvez sólo rescataba del pasado reciente
a Yri goyen, por su buena voluntad hacia el "pueblo¨.
43
"El coronel Perón ÷
escribió÷ es un nuevo Yrigoyen. Pero además de la grandeza de corazón, tiene
méritos que no tuvo Yrigoyen: una actividad asombrosa, la despeocupaci ón de la
pol itiquería, el don de la palabra y un sentido panorámico y profundo de la cuesti ón
obrera¨. Al gozar, además de esas virtudes, de la falta de obstáculos que la
existencia de un Parl amento sin duda hubi era acarreado, Perón podía emerger como
el "hombre providenci al¨. "Creo que las masas ÷continuaba÷ que ya lo adoran, así
lo van comprendiendo, con su formidable insti nto¨. Perón era, entonces, un
"conductor de hombres, un caudi ll lo, un gobernante de excepci ón¨, al punto de que
"ningún gobernante de esta tierra ha dicho j amás palabras tan bellas, tan
penetradas de humanidad como las que pronuncia con frecuencia el coronel Perón¨.
Su obra, para evitar equívocos, encarnaba plenamente las aspiraciones del
cristianismo, pero había que esperar que, precisamente por eso, chocaría con la
resistencia de l as clases acomodadas y de alguna potencia extranj era.
44
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Aunque en ci erto modo único, ya sea por la fama de su autor como por el
énfasis de sus tonos, el artículo de Gálvez no fue un hecho aisl ado, si no uno de los
tantos de análogo tenor que poblaron las páginas del di ario católico durante algunos
meses más. Los votos de apoyo a Perón a veces tuvieron que ver con algunas
medidas puntuales adoptadas por su Secretaría, por ej emplo cuando i nstituyó la
Divisi ón de Trabaj o y Asistencia de la Muj er, fundándola en l a premisa del papel
central de l a muj er dentro de la familia.
45
En otros casos, en cambio, se renovaron
en ocasión de algunos del icados momentos de l a política nacional, como cuando
Roberto Meisegeier enfatizó, del importante discurso pronunciado por Perón el 1º de
septiembre en la Bol sa de Comercio de Buenos Aires, la apelación a la encícl ica
Rerum Novarum.
46
Ìncluso a mediados de septiembre, cuando ya el conflicto sobre
la política soci al de Perón daba señal es de acentuarse, fue nuevamente Franceschi
quien defendió su conteni do frente a las críticas adversas de Richard Pattee, un
prestigioso exponente del catol ici smo democrático norteamericano, que había
denunciado su inspiración "parafascista¨. "No pretendo ÷escribió entonces
monseñor Franceschi refiriéndose al gobierno argentino÷ que en todo haya
acertado, pero se lo tilda de demagogo sobre todo porque ha pretendi do introducir
un poco de j ustici a social, lo que perj udicaba económicamente a un grupo de
personas que desde el punto de vista pl utocrático son prepotentes¨.
47
Los más fervientes elogios a Perón y a l a política social del gobi erno, en fin,
coincidieron con la fastuosa celebración del ÌV Congreso Eucarístico nacional,
reali zado a mediados de octubre. Vale decir, en una época en l a que ya era explícita
la tendencia del gobi erno a introducir el si ndicato único y preci samente mientras se
sancionaba el "estatuto del peón¨, destinado a suscitar vehementes reacciones entre
los grandes terrateni entes y a agudi zar l os tonos del conflicto político y social.
"Pueden tener la seguridad ÷escribió El Pueblo en esos días como comentario del
homenaj e dirigido al Presidente por los trabaj adores ferroviari os÷ tanto el general
Farrel l como todos aquel los que cumplen primordiales funciones en el gobi erno por
él presidido, que mientras no se aparten de l a línea recta del deber y mantengan,
contra vi ento y marea, la fortaleza del ánimo y l a voluntad para forj ar la obra de
j usticia social, recibirán ÷al término de sus trabaj os÷ como lo esperan, el
reconocimiento de sus conciudadanos¨.
48
La celebraci ón de l a obra social de Perón
alcanzó entonces vetas retóricas j amás tocadas anteriormente. El diari o catól ico le
reservó una página entera de una edi ción especi al íntegramente dedicada a
magnificar los fastos del gobierno militar.
49
El 2 de diciembre de 1943 ÷declamaba
una didascal ia puesta j unto a una gran foto de Perón÷, fecha de l a fundación de la
Secretaría de Trabaj o y Previsi ón, había naci do la nueva pol ítica social agentina.
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"Hemos sufrido en la Argenti na ÷escri bía el peri ódico católi co recordando el
pasado÷ las consecuenci as de una políti ca de corte netamente capitalista¨; tras lo
cual "la Revoluci ón ha establ eci do en la Argentina la verdadera ubicación del Estado
con relación a las cuestiones soci ales¨. Desde esta perspectiva, Perón asumía una
vez más el perfil del hombre providencial, que había l legado para reali zar los
postulados de la doctrina social catól ica, para concretar la cristiani zación de l a
Argentina. "Nunca un gobernante y un conductor social ÷afirmaban esos mismos
días los católicos sociales de Sol idaridad÷ ha podido acumular mayor número de
aciertos, de iniciativas trascendentes y de actividad dinámica en menor espacio de
tiempo¨, dej ando si empre "en salvo la integridad de los valores inalterables de las
colectivi dades cristi anas¨. Por tal razón "se impone, por decirl o así, la centrali zación
de toda l a actividad social del Estado, y ésa es la labor formidable que desarroll a el
coronel Perón¨.
50
Activos sostenedores de su política, y como él fautores de una
concepción opuesta a l a democracia liberal, el los reivindicaban por lo tanto su
carácter eminentemente democrático, dado que "ser demócrata es amar y servir al
pueblo¨. Es más, una vez establ eci do que "sin democracia social, no hay
democracia política¨, y que "l a democracia social nunca fue practicada¨ en la
Argentina, podían lanzarse a señalar a la revoluci ón de j unio como "la rehabil itación
de l a verdadera democracia¨, y al gobierno de Farrel l y de Perón como "el más
legal¨ desde los tiempos de Yrigoyen. A él, por lo tanto, una vez más se acercaban
los católicos en la búsqueda de la l egitimidad "democrática¨ de la política de Perón.
Por otra parte, ni sól o Perón, ni también el gobierno en su total idad, aunque se
hubi ese visto agitado en el transcurso del año por una rueda de recambios
ministerial es, cesaron de invocar públ icamente la matriz católi ca de la revolución de
j unio y de su políti ca social. No hubo discurso de ministro o de algún alto
funcionario públ ico, conmemoración o celebración, que no la reinvindicara. "Dios y
j usticia social¨, la "verdad evangélica¨ y la "familia trabaj adora, célula viva del
organismo social¨: tales eran los ej es cardinales ideológicos de la nueva Argentina
enunciados enfáticamente por el almirante Teisaire en agosto de 1944, al hablar al
personal civi l del ministerio de Marina.
51
Por su parte, el general Mason remitió al
respeto por los pri nci pios cristi anos cuando explicó a la prensa española l a política
agrícola del gobierno.
52
Finalmente, en lo que atañe a l os hombres que Perón poco
a poco estaba ubicando a la cabeza de las provincias, no hacían más que invocar el
mismo lema, a lo sumo reemplazando, en la tradicional tri logía formada por Dios,
Patria y familia, a la "familia¨ por el "pueblo¨ o por la "j usticia social¨, sin por el lo
separarse del principi o católi co de l a colaboración entre las cl ases.
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Los catól icos entre cl ase y nación, entre "puebl o" y "ol igarquía"
A fines de 1944 se hi zo cada vez más evidente que las dos trilogías, "Di os,
Patria y familia¨ y "Dios, Patria y j usticia social¨ no serían int ercambiables durante
mucho tiempo más. A la inversa, el las podían ocultar, tras la común alusión a la
edificaci ón de un "orden cristiano¨, importantes diferencias en los contenidos
políticos y sociales del régimen cristiano i nvocado. No es casual que preci samente
en coincidencia con la consol idación política social de Perón esas diferencias
empezaran a manifestarse de manera estridente. Si hasta mediados de 1944 l a
batal la ideológica l ibrada por la revolución de j uni o podía simplemente remontarse
al conflicto entre "nación católica¨ y "orden l iberal¨, ahora el contexto estaba
cambiando radicalmente. La política social de Perón tocaba intereses concretos, y
de este modo introducía, en ese conflicto, un el emento que no tardaría en
resquebraj ar, a lo largo de l as líneas de clase, también al mundo católico.
54
La
naturaleza del fenómeno que se estaba desarrol lando ante l os oj os de todos no
escapó a los observadores más agudos, como Franceschi: "se constituyó por un
lado un proletariado que paulatinamentte fue tomando concienci a de su fuerza, y por
otra parte una clase rica, y entre ambas esa clase media [...] que se ha ido
proletari zando mental y económicamente. Nuestro verdadero problema es éste.
Nunca entre nosotros habrá una lucha de razas [...] pero sí una guerra de cl ases¨.
55
"En ninguna sociedad, como en la actual ÷observaron por su parte l os redactores
de Sol idaridad÷ se ha ofrecido con más frecuencia y en proporciones mayores la
pobreza extrema coexisti endo con l a ri queza excesiva, y el derroche y el luj o
contrastando con l a indigencia y l a miseria¨.
56
Si, como ellos auguraban y como
estaba ocurriendo, el gobierno se hubiera hecho cargo de poner remedio a tal
estado de cosas, ¿cómo no esperar una agudi zación del choque entre capital y
trabaj o?
Aunque "Dios y Patria¨ quedaran como las inamovibles bases del panteón
ideológico del gobierno revolucionario, el despl azamiento del énfasis desde aquella
institución, que encarnaba el emblema mismo del orden soci al tradicional, l a familia,
hacia la j ustici a soci al, debía amenazar nuevamente la cohesión del mundo católico.
No había en él, y mucho menos en las cúspides eclesiásticas, ningún acuerdo sobre
los límites hasta donde era j usto y deseabl e que avanzara la política soci al del
gobi erno. No pocos obispos, y no de los menos importantes, tenían al respecto
ideas muy conservadoras y empezaron pronto a temer que la "demagogia¨ popul ista
de Perón representara una seria amenaza a las tradicionales j erarquías sociales.
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Reforzó estos temores la constatación, ya inevitable a fines de 1944, de que en vez
de prevenir l a lucha de clases y de reconci li ar el capital y el trabaj o, l a política
social encaminada por Perón parecía perfilarse, al menos en lo inmediato, como
causa de que se exasperara cada vez más el choque entre las cl ases. Un choque
que, una vez ati zado, no se veía de qué modo podía ser control ado. Por lo tanto, ya
fuera que se j uzgara con entusiasmo o con temor esa política social, no había duda
de que, si la Ìglesia seguía apoyándola abiertamente ÷como hasta entonces había
hecho÷ se vería expuesta al peli gro de ser identificada con l os intereses de una
sola parte, en un contexto de creciente radicali zaci ón de los conflictos soci ales. De
ese modo la Ìgl esi a habría puesto en seri o pel igro la ambición de imponerse como
elemento de cohesi ón de la unidad espiritual de la naci ón, y de afirmar al
catol icismo como el humus de su vida política e i nstitucional, reconocido como tal
por todos los sectores sociales.
Tales circunstancias, uni das a las que en la segunda mitad del año se
produj eron en los otros planes de la políti ca interna y externa argentina, induj eron a
fines de 1944 a la Ìglesia a poner en marcha, también en el terreno de la política
social, una prudente retirada del escenari o político, y a tomar distancia de los t onos
cada vez más radical es adoptados por Perón. La retirada era i nevitable, a medida
que el ocaso de l a vía confesional y autoritaria se demostraba inexorable y l a
política reconqui staba parte de sus derechos. Tal perspectiva debía acentuar, entre
las priori dades del gobi erno revolucionario, la de ampliar l as bases sociales y
políticas de la revol ución, culti vando rel aciones con aquel los sectores del parti do
radical que reivi ndi caban la tradici ón yrigoyenista, por un lado, y con los sindicatos
por otro. En tal contexto, el explícito apoyo de l a Ìglesia perdía buena parte del
relieve político que había tenido hasta entonces, aunque lo conservara en el plano
de la legitimación i deológica de la política social revolucionaria, cuya conformidad a
los dictámenes de la doctrina social catól i ca podía o no certificar, y por l o tanto los
caracteres espirituales de la "nacionali dad¨. Al mismo tiempo, la posición más cauta
asumida por la Ìglesia a propósito de los conflictos suscitados por las reformas
sociales de Perón se debió a que ellas hacían emerger sus profundas fracturas
internas. La Ìglesia era una i nstitución a la defensiva, dramáticamente dividida y
profundamente surcada por esos mismos conflictos, comprendi dos l os de clase, que
había queri do reconducir a la armonía bajo su tutela; el hecho apareci ó claramente
en los últimos meses de 1944, cuando en torno a las medidas adoptadas por l a
Secretaría de Perón comenzó a ampliarse cada vez más el conflicto. Mientras de l as
filas catól icas si guieran l evantándose voces, numerosas y contradictori as, di vididas
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entre sostener u oponerse a Perón, a l a Ìgl esia le resultó cada vez más difícil
expresarse como tal sobre la política soci al de l a revol ución.
Así, los temores acerca de l a natural eza y los resultados de l a política social de
Perón sobre la cohesión del mundo catól ico, y más en general sobre el destino de
aquella revolución con la que la Ìgl esi a se había identificado tanto, la induj eron, por
lo menos públ icamente, a adoptar una actitud de repl iegue. A l a vez, el catol icismo
"democrático¨, que se había apartado de la revolución de j unio, precisamente
cuando el la tomó la vía autoritari a y cleri cal, no tuvo, al contrario de la fracción
oficial ista de la Ìgl esi a, motivos para moderar sus reclamos. Ìmpelido por el viento
que provenía de los frentes del conflicto mundial y obl igaba al gobierno militar a
crecientes concesiones, sus posiciones ÷que remitían el conflicto acerca de l as
reformas sociales de Perón a aquel conflicto más amplio entre totalitarismo y
democracia÷ adquiri eron más fuerza y vi sibil idad. Fuerza, porque l a escalada de
violencia retórica con la que Perón respondió a las reacci ones que hacia su política
tuvieron las organi zaciones patronales y l os grandes órganos de información, les
pareció confirmar a los católicos democráticos l a naturaleza totalitaria de sus
propósitos. Visibil idad, porque frente a una Ìglesia que había pasado a ser prudente
y expectante, multipl i caron sus denuncias, las que fueron reavi vando cada vez más
el ya encendido cl ima político. Al respecto, resultó ej emplar la nueva y más explícita
admonición diri gi da por monseñor De Andrea a la política social de Perón en un
sermón pronunciado en l a parroquia de San Mi guel el 21 de octubre de 1944.
Pensaran lo que pensaran los catól icos sociales al ineados en apoyo a Perón, para
los cuales no se podía "limitar su palabra [la de monseñor De Andrea] dentro de
supuestas facciones, sin incurrir en un delito confusionista¨, la admonición
confirmaba su progresiva convergenci a hacia las posi ciones del frent e
antirrevoluci onario.
58
Era necesario prestar atención ÷previno monseñor De
Andrea÷ a no incurri r en fáciles excesos, cayendo en la demagogia y acabando por
fomentar esa lucha de clases que, se decía, quería evitar. De este modo, el torrente
en pleno, val e decir, l a movili zaci ón de las masas, podría romper los di ques y pronto
se pasaría de la j ustici a a la inj usticia social. La verdadera j usticia sólo se podría
fundar en el amor, y j amás en el odio. Por ende, en la col aboración y no en la lucha
de clases.
Pero precisamente sobre este punto se revelaba con mayor evidencia el
disenso, en el plano de la política social, entre De Andrea y Perón. En efecto, para
el primero, la colaboración entre las clases debía ser no sólo un fin, sino también el
método a través del cual conseguir, gradualmente y con moderación, una mayor
equi dad social. Por l o tanto, desde su punto de vista la políti ca de Perón estaba
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precipitando artificial mente un conflicto de clases que de otro modo no sería tan
inminente. Para Perón, en cambio, la col aboración entre las cl ases era sin duda un
fin, pero no necesariamente también un método para alcanzar dicho fin. Él no
consideraba para nada conj urada la eventual idad de que, si no se afrontaba con
urgenci a y radicalmente la cuestión social , una revolución prol etaria destruyera los
caracteres fundantes de la "argenti ni dad¨. Del mismo modo, una restauración l iberal,
que bloqueara el proceso de reformas, sería la antesala de la revolución social. Por
lo tanto urgía salvar a la revol uci ón y potenci ar su capacidad de atraer a su órbita a
los sindicatos obreros. Como dij o a las el i tes económicas argentinas en el discurso
pronunciado el 25 de agosto en la Bolsa de Comercio, invitándol as a la colaboraci ón
entre clases sobre esas bases, sería conveniente que el las cedieran algo en
segui da antes que tener que renunciar a todo más tarde. En suma, él actuaba
también en su interés, como lo demostraba el hecho de que l os sindicatos estaban
adhiriendo a los postulados de la argenti nidad. Si su política de redistribución de
recursos a favor del "pueblo¨ asumía cada vez más los tonos de un conflicto de
clase, se debía a la sordera que las el ites se obsti naban en oponer a su "revolución
preventiva¨.
59
Por lo tanto, el contraste entre Perón y el catol icismo "democrático¨ y "l iberal¨
comenzó a unirse cada vez más estrechamente con aquel destinado a contraponer
frontalmente la políti ca social del gobierno, por un lado, y l os grandes intereses
industrial es y rurales y la gran prensa, por otro. La circunstancia ciertamente no
favoreció la popul ari dad ni el perfil ideal i sta del catolicismo democrático y, por el
contrario, aumentó la pol ari zación políti ca entre l as filas católi cas. Sobre todo
porque, al acentuarse, el choque social asumió cada vez con mayor frecuencia las
connotaciones de una batalla ideol ógica sobre la correcta interpretación del
magisterio pontificio en materia social. Así, si Perón solía invocar las encícl icas
sociales de los Pontífices, lo mismo empezó a hacer, por ej emplo, La Nación: si era
cierto que sobre sus bases el prol etariado debería "ser elevado¨, también lo era que
el orden social debería fundarse en el "granítico principio de l a propiedad privada,
sobre el que reposa todo el orden occi dental¨.
60
En tal contexto, la alocución
radiofónica sobre l a j ustici a social pronunciada el 1º de septiembre por Pío XÌÌ se
convirti ó en ocasión para reavivar la polémica.
61
La política cada vez más abiertamente favorable a l os sindicatos por un lado, y
la introducci ón del "estatuto del peón¨ por otro, no hicieron más que echar leña al
fuego. Por el lo, cuando en diciembre Perón, sometido a creci entes presiones, afirmó
una vez más que el obj etivo de su política social seguía siendo el de la conci l iación
entre el capital y el trabaj o a fin de prevenir la revolución comunista, surgió una
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furiosa polémica con la Unión Ìndustri al Argentina, que haciendo propio el
argumento ya empleado por monseñor De Andrea lo acusó de introducir
artificialmente la lucha de cl ases y su lenguaj e en los lugares de trabaj o.
62
Por l o
tanto, si realmente Perón, de acuerdo con el deseo expresado por monseñor
Franceschi, había esperado fundar sobre una organi zación de industrial es, fuerte y
abierta a una audaz fase de redistribución de los recursos, el segundo pi lar de un
orden corporativo, que balanceara la potenciación de las organi zaciones obreras,
debi ó cambiar de opi nión. Tanto que, luego de haber acusado a la Unión Ìndustrial
de ser escasamente representati va, se dedicó a fundar una organi zaci ón
empresarial que realmente lo fuese y que comprendiera la conveniencia de la
organi zaci ón y mej ora de las condiciones de vida de las masas.
63
También en el frente opuesto al de De Andrea, es decir, el nacional ista, los
efectos de la política social de Perón empezaron, a fines de 1944, a suscitar
crecientes inquietudes. Especi almente entre los que si empre se habían considerado
como los más firmes defensores del orden y de la tradici ón, para quienes la
inclinaci ón populi sta de Perón, aunque fundada en el mito "argentinista¨, implicaba
serios pel igros. Hasta un sacerdote que luego le prestaría su apoyo, y que
ciertamente no obj etaba en principi o la real i zación de una política soci al i ncisiva,
como el padre Castell ani, asoció la política de Perón con un peli gro inminente: el del
secularismo. En efecto, de categoría moral, la "j usticia social¨ se aprestaba a
convertirse ÷en el mismo lenguaj e de Perón÷ en una categoría meramente social.
La política y la economía amenazaban así relegar a un segundo plano la religión. La
observación de Castell ani apuntaba por cierto a una de las consecuencias más
profundas y duraderas, y para la Ìglesi a más relevantes, de l a transformación
política y cultural ínsita en el l lamado de Perón a las masas. La misma, aunque
menos lúcidamente, reaparecía en las inquietudes de muchos obispos, en general
aterrorizados frente a la rápida seculari zación de las costumbres sociales.
64
Que la política de Perón, a l a que muchos de ell os volverían a acercarse luego,
suscitara entre los católi cos nacionali stas perplej idades no era sorprendente. En
efecto, ella decretaba en esos momentos difíciles la decli nación definitiva de l a
utopía que los naci onali stas habían perseguido tenazmente: la del Estado católico y
de un régimen teocrático; en el mej or de los casos, permitía proyectar la edificación
de una cristiandad en vías de seculari zaci ón, es decir, de un régimen que no podría
renunci ar a aquel los instrumentos típicos de las sociedades "modernas¨, como la
política, los partidos, la movili zaci ón del consenso, que ellos habían tratado de
eliminar. No obstante, las reformas de Perón comenzaron a suscitar, entre
numerosos católicos nacional istas, también una reacción estrechamente clasista,
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cuyos contenidos, curiosamente, tendían a veces a coi nci dir con los expresados por
la corri ente católica "democrática¨. El periódico del padre Mei nviell e, por ej emplo,
empezó ya en septi embre a apuntar sus flechas contra toda forma de obrerismo y a
sostener las razones de la pequeña propiedad productiva.
65
En octubre, luego,
embistió contra el "estatuto del peón¨, lamentando los daños que el mismo
acarreaba a los "patrones¨ y el abuso que representaba. Prácti camente así lo había
hecho poco antes Pablo Hary (h.) en una conferencia pronunciada en la Obra
Cardenal Ferrari, una prestigiosa institución en que solía reunirse el catol icismo
"democrático¨; allí señaló en las "estanci as¨ de tipo "patriarcal y cri stiano¨ el modelo
de cristiandad rural, amenazado por el avance del capital ismo y por la ruptura de los
vínculos j erárquicos en l os que se fundaban.
66
Las coincidencias que afloraban en
la concepci ón soci al de algunos nacional istas y de numerosos católicos
"democráticos¨ no eran, por otra parte, fortuitas, y podían remitirse al hecho de que,
aunque tuvieran profundas divergencias políticas, compartían un profundo
extrañamiento cultural y psicológico del mundo obrero y proletario y una extracción
social por lo general elevada.
La divisoria de aguas creada en el mundo catól ico por las reformas sociales de
Perón superpuso, por lo tanto, una profunda fractura de naturaleza clasista a un
imaginario social aún sól idamente corporativo. Un imaginario, en suma, dentro del
cual quedaba ampli o margen para apoyar la políti ca soci al de Perón. En la
percepción de las vastas filas del catolici smo social y del clero y de los laicos más
j óvenes, crecidos en el cl ima de revanchismo católico de los años '30, esas
reformas eran el reflej o de la misma visceral aversión que ell os también cultivaban,
por razones morales y sociales al mismo tiempo, hacia el "capitalismo¨ y el
indivi dualismo liberal, por un lado, y hacia la "amenaza comunista¨, por el otro, así
como hacia la distribución desigual de las riquezas y el extremado poder de una
reducida plutocracia cosmopolita, extraña e indiferente a la "naci onalidad¨. Para
ell os, el escándal o suscitado por l a radicali zaci ón de los discursos de Perón no era
más que el reflej o de la culpable ceguera de las elites soci ales y económicas
argentinas frente a la moderna cuestión social. Su estado de ánimo no debía ser
demasiado disti nto del manifestado en septiembre de 1944 por monseñor
Franceschi, val e decir, por un hombre que de al lí en poco tiempo más no
enmascararía su desconfianza hacia las ambiciones plebiscitari as del coronel.
67
Franceschi no tenía dudas acerca de que el proceso de emancipaci ón de l a
clase obrera, al que se estaba asisti endo, era ineluctable. Desde esta perspectiva,
no quedaba más que preguntarse: ¿qué ti po de civi li zación surgiría del ingreso del
proletari ado a l a vi da política y soci al? La misma pregunta se podía pl antear en
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términos aun más perentorios: "esta nueva civi l i zación, ¿será cristi ana o
comunista?¨. Y en tal senti do no se podía negar que el camino emprendido por
Perón era del todo compatible con la edi ficación de una "civil i zación cristiana¨ y de
un orden corporativo. En efecto, pronto todos se darían cuenta de que la clase
obrera, una vez "que ha tomado conciencia de su val or como clase¨, pediría una
representaci ón como tal: "es decir que al antiguo parlamentarismo sustituiráse un
nuevo sistema¨. Pero esto no era todo. Era necesario tomar conciencia de que en un
sistema social moderno la asistencia social es controlada directamente por el
Estado, "en el que deben desempeñar un papel primario los si ndicatos¨. Por cierto,
con similares consideraciones Franceschi entendía soli citar el compromiso de la
Ìglesia y estimularla a promover las "obras sindicales¨, un camino que l a instituci ón
de la nueva legislaci ón sindical haría impracticable. Pero en todo caso el las eran el
telón de fondo de un explícito aval a la ori entación política y doctrinaria del gobierno
en materia social, debido a que había "comprendido la necesi dad de organi zar tanto
a obreros cuanto a patrones en sindicatos orgánicos, reconoci dos por l a autoridad
civi l, y que poseyeran la responsabi li dad indispensable¨. Aun cuando no había
llegado hasta el punto de sustituir a l a Cámara política por una Cámara corporativa,
medida con la que se hubi era expuesto a l a acusación de fasci sta, de todos modos
el gobi erno había "transformado el modo de relaciones entre empleadores y
asalariados¨ y estaba "extendiendo el sistema a la agricultura¨. "Ha ido con rapidez
÷continuaba Franceschi, casi como queriendo j ustificar al gunos excesos de
arbitrariedad÷ porque le constaba se intentaba real i zar una obra semej ante por
parte de los comunistas¨, como le había confiado un hombre destacado del
gobi erno, que l e había asegurado: "estamos intentando vacunar los gremios contra
el comunismo, procurando transformarlos en col aboradores del progreso soci al¨.
Frente a la acción social desarrol lada por el gobi erno, hasta había que alegrarse de
que no existiera, en l a Argentina, un partido conservador con la ambición de enrolar
a la Ìglesia, dado que "no puede un católi co ser conservador¨ y seguir sosteniendo
las "prácticas soci ales y económicas del si glo XÌX¨.
Por ende, planteado en estos términos, el conflicto al que se estaba asistiendo
en la Argenti na no era, como pretendían los así llamados "democráticos¨, entre
democracia y total itarismo. Ése era un conflicto entre "civi li zaciones¨, la cristiana y
la comunista, las úni cas, por cuanto diametralmente opuestas en sus fundamentos
filosóficos, dotadas del ethos necesario para integrar a las masas a la vida política y
social. La concepci ón l iberal de la democracia, con su énfasi s en las regl as y los
procedimientos y la central idad de los i ndividuos, no era desde esa óptica sino un
instrumento superado, ya fuera como doctrina o como model o institucional. Por el
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contrario, la "democracia corporativa¨, eminentemente cristiana, sería ante todo una
democracia soci al, reflej o del orden natural, y como tal fundada en la organi zación,
sobre bases profesionales, de los suj etos colectivos que componían la sociedad.
Sin embargo, si Franceschi y buena parte de los catól icos sociales eran
perfectamente consci entes de que la edificación de la "democracia social¨ implicaría
serios conflictos soci ales, no podía decirse l o mismo de esa amplia franj a del mundo
catól ico que cultivaba una concepci ón altamente ideal i zada del corporati vismo,
como si él pudiera nacer en la armonía social, por generación espontánea de la
"natural constitución¨ de l a sociedad. De esta concepción, que expresaba una
arraigada moderación soci al, empezaron hacia fines de año a hacerse cada vez más
portavoces los editori ales del más importante di ario católico, como confirmación de
la creciente inquietud suscitada entre las cúspides mismas de la Ìglesia por la
radicali zaci ón de la política social de Perón y por la dramática polari zaci ón política
que parecía encender. La j ustici a soci al, señalaba en este sentido Roberto
Mei segeier en septi embre, no debía ser "impuesta desde arriba solamente por
decretos, sino lograda por el imperio de l a equi dad, de la recíproca comprensión y
del derecho que también impone deberes¨.
68
Sólo dos meses más tarde, al hacer el
balance del primer año de actividad de l a Secretaría de Trabaj o y Previsión, El
Pueblo evitó recurrir al énfasis de los meses precedentes, para adoptar un perfil
más discreto, conforme al clima de refluj o y fragmentación que había en el
catol icismo argentino. Esta discreción, por otra parte, no l e impidió manifestar
abiertamente los temores suscitados por l a evol uci ón de la revolución de j unio.
69
En
efecto, si seguía apreciando el intent o de Perón de aproximar el capital y el trabaj o,
era también evidente que ese intento no había podido aún "cristal i zarse¨. Esto se
debía sin duda a que "tratándose de mejorar la situaci ón de los trabaj adores ha
privado en la primera etapa una tendencia marcadamente obrerista¨, pero era
necesario que en el futuro el Estado asumiera una posición más equi li brada, dirigida
a "coordinar derechos y deberes de una y otra cl ase en procura de la armonía, ya
sea persi guiendo los excesos de un capitalismo desalmado, como limitando y
conteni endo l as pretensiones excesivas, a veces rayanas en l a misma demagogia,
de los trabaj adores¨. A esta admonición seguía luego el ataque frontal a la "sombra
que se cierne¨ del "unicato sindical¨ y, más en general, a ciertas ori entaciones
expresadas por Perón que "provocaron inquietudes en cuanto a la noci ón básica de
los derechos del Estado frente al individuo¨.
Las invocaci ones del diario catól ico a l a moderación, a la conci li aci ón, a la
democracia, inéditas hasta entonces pero desti nadas a ser con el tiempo más
frecuentes, reflej aban el cambio de la actitud eclesiástica frente a la coyuntura
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política abi erta por el fracaso de la vía autoritaria y clerical y por la puesta en
marcha de la li beral i zación política. Reflej aban cuánto había cambiado la atmósfera
en el país. La revolución, y con ell a la Ìgl esia, se batían en retirada. La oposición
ocupaba las call es y l as pl azas celebrando los triunfos aliados y reclamando
democracia y elecciones. La política de alianza con los sindicatos obreros
perseguida por Perón parecía encender una escalada de confl ictos de imprevisible
resultado. El cl ima político era tal que hacía temer lo peor, tanto que a comienzos
de noviembre las sedes de l as órdenes rel i giosas habían sido al ertadas por l a Junta
Central de l a Defensa Soci al Argentina acerca del peligro de una inminente
insurrección e i nvitadas a proveerse de armas.
70
Pero al mismo tiempo, el lenguaj e
cada vez más moderado adoptado por El Pueblo no podía ocultar el estado de grave
crisis de l a Ìglesi a j ustamente frente a la nueva coyuntura política y social. La
coyuntura se caracteri zaba por una pol ari zación tal que, además de surcarla
profundamente, la ponía frente a escenarios decididamente desagradabl es. Se
estaba concretando l a uni ón entre los partidos políticos tradici onal es y l os grandes
intereses económicos; aunque en princi pio los i ntereses económicos y soci ales
sostenidos por aquel l a uni ón no disgustaran a amplios sectores del mundo católi co y
eclesiástico, la misma implicaría además la restauración de la odiada "democracia
liberal¨, así como la restauración del predominio de los partidos políticos
tradici onales. En suma, la restauración de todo aquel lo que la revolución de j unio se
había propuesto eliminar. Como si esto no fuese suficiente para que dicha unión
resultara indigesta para la Ìgl esia, la misma, al formar un frente común contra el
gobi erno militar en nombre de la lucha contra el "total itarismo¨, hasta se mostraba
propensa a ali arse con los partidos marxistas, lo que para l a Ìgl esi a era
absol utamente inaceptable. En el frente opuesto, el gobi erno revolucionario, a cuyo
destino l a Ìglesia seguía estando íntimamente ligada, parecía encaminado a l a
radicali zaci ón populi sta. Aunque proclamara que su hori zonte seguía siendo el
eminentemente corporativo de la colaboración entre las clases, de hecho parecía
alimentar un conflicto de clases de tonos cada vez más violentos. Lo desearan o no
sus mayores exponentes, y Perón seguía afirmando que no lo deseaba, l a
revolución de j uni o, que había sido reali zada para evitar ese conflicto, parecía
alimentarlo.
Puesta frente a tales escenarios, suj etos por l o demás a rápidos cambios, no
sorprende que la Ìgl esia adoptara una actitud más prudente, a la espera de que
aclararan sus perspectivas. Pero esa reti rada, diri gi da sobre todo a recomponer las
rasgaduras que la estaban devastando, no podía sanar las profundas
contradicciones de las que era presa desde que había entrado en su ocaso la "vía
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militar a la cri stiandad¨. Por un lado, era favorable a las reformas sociales y
confiaba en que conduj eran a la naci onali zación del prol etari ado; pero a la vez,
dado que encendían el conflicto entre capital y trabaj o, ll amaba precozmente a su
moderación. Por un lado, era hosti l al retorno a elecciones y al gobi erno de l os
partidos políticos tradicionales; pero también miraba con inquietud la política de
ampliación del consenso iniciada por el gobierno militar. Por un lado, deseaba la
eliminación del sindi cal ismo clasista; por el otro, era hostil al sindicato único
propiciado por Perón, dado que se proponía conseguirlo penali zando también al
sindicalismo católico. Por un l ado, en fin, la Ìglesia sostenía la necesidad de
vacunar a l a clase obrera contra el comunismo; pero a la vez, no escondía su
aversión hacia aquel las "corrientes ideol ógicas de i zquierda¨ que precisamente a
fines de 1944 empezaban a navegar desde los sindicatos clasi stas hacia la órbita de
Perón.
71
En conclusión, a fines de 1944, mientras se hacía cada día más inevitable la
perspectiva del retorno a elecci ones, y con igual nitidez caía la noche sobre el
sueño de la restauración i ntegral de un orden catól ico, la Ìglesia entraba en un cono
de crisis. Comprometida con los aspectos más autoritarios del gobi erno militar,
desprovista de los instrumentos y de l a i nfluencia necesari os para defender, en el
ámbito de un régimen democrático, lo conquistado gracias a un régimen de facto,
angusti ada por l a endémica fragmentación de sus filas, se veía obl igada a
mantenerse a la defensiva. La institución, que con gesto tri unfal había colaborado
con la revol uci ón de j unio, escrutaba ahora el hori zonte tratando de sustraerse a
eventuales revanchismos. En todo caso, había perdido la ini ciativa.
La Iglesia, Perón, l os Estados Unidos: l a política exterior en 1944
Previsiblemente, la ruptura con las potencias del Ej e en enero de 1944 no puso
punto final a las presiones de l os Estados Unidos sobre l a Argenti na. Aunque
representara un giro en la política exteri or del país, no impli caba en absoluto su
ali neación con l a causa al iada, ni mucho menos con el i deal panamericano cultivado
en Washington. El gobierno ÷según l a versión hecha propi a por los ambientes
eclesiásticos÷ había "procedido por determinaciones autónomas¨ y "en ni nguna
manera se ha sometido a imperialismos foráneos¨. Por lo tanto, había que sostener
la "no beligerancia¨ de la misma manera que se había sostenido la "neutral idad¨,
pues ella no implicaba en absoluto abandonar una política exterior e interior
sustentadas en l a afirmación de la catol ici dad argentina e hispanoamericana.
72
No
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240
es casual que el aisl amiento argentino pasara a ser, a l a luz de la evolución de l a
guerra, cada vez más insostenibl e en el curso del año, y l a tensión con los Est ados
Uni dos se impusiera como la característica dominante de las relaciones
internacionales del gobierno militar. En este sentido, fue ej emplar la cuesti ón de las
relaciones argentinas con el gobierno surgido en Ìtali a a la caída de Mussol ini. El
Departamento de Estado norteamericano ordenó inmediatamente al gobierno italiano
que hiciera regresar a su encargado de negoci os ante la Argentina como signo de
sol idari dad con los Al iados.
73
De nada sirvieron, frente a tal i ntimación, dirigida
explícitamente a aumentar la presión di plomática sobre el gobierno argenti no, las
tímidas protestas del gobierno ital iano, que trató de oponerse invocando l a
naturaleza del todo particular de las relaciones entre Ìtalia y l a Argentina,
argumentando que el regreso de su representante tendría muy poca influencia sobre
las borrascosas rel aciones entre la Argenti na y los Estados Uni dos. Tampoco sirvi ó
que el gobierno ital iano aconsej ara al gobierno de Washington que dej ara de lado
las medidas punitivas hacia Buenos Ai res y se ofreciera i mplícitamente como
mediador, declarándose dispuesto a nombrar un nuevo embaj ador en Buenos Aires,
especi almente elegido para colaborar en perfecto acuerdo con los Estados Unidos a
los fines de sostener en la Argenti na los ideal es democráticos y occi dentales. El
gobi erno de Washington se mostró inamovibl e e induj o al gobi erno ital iano a retirar
de inmediato de Buenos Aires al propio encargado de negocios.
74
Este paso, como
la di pl omacia ital iana comunicó al gobierno argentino de manera "reservadísima¨,
había sido "exclusivamente motivado por las continuadas y vivas presi ones de
Washington¨ y "ha si do l levado a cabo [...] para bloquear el intento norteamericano
de obl igarnos directamente a romper relaci ones¨.
75
De este ej emplo se puede deducir l a exacta medida de las crecientes
dificultades que el gobierno militar encontraría para mantener firmes los principios
ideales sobre los que fundaba su orientación en política exterior. Estos principi os
remitían a la misión espiritual de l a que habría sido investi da la Argentina en cuanto
"nación católica¨, sobre todo en las Américas, y gozaban del total apoyo de la
Ìglesia. Tanto más cuanto que el escenario que en el transcurso de 1944 fue
emergiendo cada vez con mayor claridad de los campos de batalla era muy dif erente
de cómo lo habían imaginado y deseado el gobierno y l a Ìgl esi a. En esa guerra que
ell os concebían en general como "el choque de corrientes de ti po anticristiano¨, una
de tipo "neopagano¨ y otra representada por la "viej a civi l i zación de tipo cristiana
aunque desnaturali zada por la herej ía¨, no se estaba imponiendo la "paz pronta y
honorable¨ invocada por Pío XÌÌ. A la inversa, era precisamente una de las
"corrientes anticristianas¨, la representada por el mismo "neoliberali smo enclenque y
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efímero¨ contra el cual el Ej ército se había sublevado el 4 de j unio de 1943, la que
emergía revigori zada de la guerra,
76
y como si fuera poco, al iada con el más
tremendo enemigo de la "argentinidad¨, el comunismo soviético. En cambio, el
bloque de naciones catól icas que el gobierno y la Ìgl esia argenti nos habían
invocado como nervio del orden posbél i co, se reveló cada vez más como una
quimera: la América Latina se había ali neado totalmente al lado de los Estados
Uni dos, Portugal era cada día más una casil la estratégi ca de los esfuerzos militares
angl osaj ones, la neutralidad española se desequil ibró cada vez más en el curso del
año a favor de la causa al iada, Ìtali a, lacerada y reducida a un campo de batal la, no
gozaba ya de autonomía alguna, e incluso la Francia de Pétain, tan celebrada por la
Ìglesia argentina cuando había surgido, ya no era más que un recuerdo, por lo
demás embarazoso, destrozado en agosto por las tropas al iadas.
77
El contraste entre el "tercer camino¨ que la revolución de j unio afirmaba
perseguir, un camino ni l iberal ni totalitario sino esencialmente inspirado en el
catol icismo, y el equi librio que iba emergiendo del conflicto mundi al se hi zo por lo
tanto más estridente. Además, se impuso cada vez más como el punto de
coagulación de la guerra ci vi l ideológica que divi día a l os argentinos. De tal
contraste, fue sin duda el punto fundamental la tensión con l os Estados Unidos, es
decir, con el país que emergía como la indiscutible potenci a militar y políti ca de
Occi dente y que, en virtud de esa fuerza, ambicionaba aun más que en el pasado
imponer su hegemonía en todo el continente americano. Sobre ese plano, l a
dramática polari zación política de l os católi cos y el surgimiento de i nquietudes en
las filas eclesiásticas acerca de la evol uci ón de la revoluci ón no fueron un obstáculo
insalvable para l a estrecha alianza entre l a Ìgl esia y el gobierno militar. La al ianza
tenía sus sól idas raíces en la común concepción que profesaban sobre la identidad
nacional y, por ende, sobre l a "misión¨ de la Argentina en el conj unto de las
naciones. Sobre l a base de esta concepción, esencialmente fundada en el mito de la
"nación catól ica¨, la presión política, di plomática, económica y hasta ideol ógica
ej ercida por l os Estados Unidos para que la Argentina retornara a l a normalidad
constitucional se perfilaba como una inj erencia i nadmisible por parte de una
potenci a completamente extraña a la matriz espiritual de la que tomaba su alimento
la "naci onali dad¨ argentina. En suma, se trataba de una verdadera manifestación de
imperial ismo que amenazaba la soberanía argentina.
En el pl ano internacional, el reflej o de l a i nspiración catól ica de l a política
exterior argenti na fue, como ya en el pasado, el decidido apoyo a la dipl omacia
vaticana. A través de él, el gobierno mil itar ambici onaba reafirmar la autonomía
argentina en el escenario internacional y reafirmaba aun más el vínculo que lo unía
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con la Ìglesia, como se vio en ocasión de l as negociaciones dirigi das a evitar el
bombardeo angloamericano a Roma y luego en oportunidad de l a ayuda a la ciudad
liberada. En efecto, desde que los ali ados habían comenzado a avanzar hacia
Roma, la Santa Sede había activado sus canales diplomáticos con la final idad de
evitar que el centro de l a cristiandad fuese obj eto de ataques militares. En el caso
específico de la Argentina, el Secretari o de Estado vaticano había recomendado
desde febrero al Nuncio, monseñor Fietta, que no sólo activara a los obispos locales
y a la prensa catól i ca contra l a eventuali dad del bombardeo a Roma, sino que
reclamara también l a atención del gobi erno, el cual, era de presuponer, sería
sensible a l a sol icitud.
78
Por tal recomendaci ón el cardenal Copell o y otros altos
prelados latinoamericanos se dirigieron al presidente Roosevel t rogándol e evitar a
toda costa la destrucción de l a Ciudad Eterna.
79
Y en obediencia a las
preocupaciones humanitari as de la Santa Sede el gobierno argentino emitió con
extraordinaria sol icitud, en cuanto l legó la noticia de la l iberación de Roma, un
decreto destinando al socorro de su pobl ación una conspicua cifra para la
adquisición de medicamentos y víveres.
80
El decreto l e val ió el públ ico
agradecimiento de l a j erarquía catól ica argentina y el encomio del cardenal
Magli one, Secretario de Estado vati cano, en nombre de Pío XÌÌ.
81
No obstante, aunque la sensibi lidad y el respeto manifestados por Roosevelt por
el carácter sagrado de Roma hubieran suscitado el aplauso de l a prensa catól ica,
82
tal circunstancia no podía ocultar la contienda que existía entre la Ìglesia y el
gobi erno argentino, por un lado, y la políti ca de los Estados Unidos, por el otro. No
es casual entonces que, en los mismos días en los que elogiaba la espirituali dad
demostrada por Roosevelt, Franceschi ilustrara, polemizando con un catól ico
norteamericano, los principales motivos por los cuales un católi co l atinoamericano
debería desconfiar de los Estados Unidos.
83
En primer lugar ÷escribió÷ ellos
estaban fomentando una especie de imperial ismo religioso en contra de América
Latina, promoviendo la penetraci ón en el l a de una enorme corriente "anticatól ica¨,
en la forma de una miríada de sectas protestantes que se caracteri zaban por su
prosel itismo agresivo. Frente a tal "ataque al alma católica¨ americana, consideraba
absurdo hablar de "buena vecindad¨. En segundo lugar, Franceschi j uzgaba
intol erable que la radio y l a prensa norteamericanas se hicieran eco de lo que él
consideraba una insensata propaganda a favor del comunismo. Era comprensible,
reconocía, que los Estados Unidos se hubieran al iado con la Uni ón Soviética para
ganar la guerra, pero no lo era que ll egaran a elogiar su doctri na.
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Sin embargo, dado que la "desconfianza¨ era recíproca, y que se fundaba en
una contienda política e ideológica que dej aba poco margen para la mediaci ón, el
primer suceso que se prestó para fungi r como casus bell i bastó para transformarla
en abierto conflicto. En este caso particul ar, el suceso fue el discurso con el cual
Perón inauguró, a fines de j unio, la cátedra de Defensa Nacional de l a Universidad
de La Plata. El discurso estuvo dirigi do ant es que nada a sostener la necesi dad del
desarrol lo industrial y militar del país, pero no aportó novedades a la doctrina de la
revolución de j uni o, al punto que incluso recibió elogios por parte de La Naci ón.
Pero bastó para suscitar la vehemente reacción del Secretario de Estado
norteamericano Cordell Hull, que vi o al lí la demostración de la i deología fascista
que permeaba al gobierno argentino y amenazó con adoptar inmediatas sanciones
en su contra.
84
En el conflicto que nació de ese suceso, l a propaganda catól ica se
destacó por el fervor con que acudi ó a defender la soberanía nacional violada y el
gobi erno militar, así como por el énfasis con que reafirmó los fundamentos de la
ideología nacional católica que inspiraba l a revolución de j unio contra la pret ensi ón
norteamericana de exportar la democracia li beral, el util itarismo, el individual ismo.
De hecho, la viol enta reacción de Hul l fungi ó como impulso del latente
antiimperialismo católico, y también brindó al vasto mundo católi co que sostenía la
revolución un poderoso el emento de cohesión, precisamente cuando las crecientes
divergenci as políticas y sociales por l as que estaba surcado amenazaban con
fragmentarlo irremediablemente. Este elemento de cohesi ón se personificaba
j ustamente en quien era el ori gen de aquellas divergencias, Perón, que por ende no
podía sino sal ir favorecido, más que ningún otro, de este suceso.
El Pueblo, por ej emplo, reaccionó tempestivamente y con desdén contra la
afrenta de Hull. Cuando el 6 de j ul io el presidente Farrel l l e respondió al Secretario
de Estado reivindicando con fuerza l os principi os que regían la política exteri or
argentina, el diario católico glosó sus palabras afirmando de la manera más
categórica que él había representado de este modo a todos l os verdaderos
argentinos.
85
Cuando después, el 26 de j ulio, le tocó al ministro de Relaciones
Exteriores Pel uffo fundamentar con firmeza las razones de la política exterior
agenti na, El Pueblo sostuvo, pasando por encima de la profunda divi sión de la
opinión públ ica y recurriendo a l a presunción de que la revolución de j uni o
encarnaba el "senti miento¨ nacional, que él había expresado así lo que "sentía,
unánimemente, la Repúbl ica Argenti na¨. Por ende, no se comprendía la razón por la
que ell a tuviera que ser víctima de tanta agresividad, dado que no hacía más que
respetar la propia moral nacional y el derecho internacional. En suma, en la base
del conflicto sólo había "inconsistencia de la posición de Estados Unidos frente a l a
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244
Argentina¨.
86
Para l os catól icos sociales de Sol idaridad esa "inconsistencia¨ en
reali dad no era sino una manifestación de prepotenci a y despotismo del más fuerte
en perj uicio de los más débi les, "condenados a vivir el ludibrio y el encantamiento
lel o de su l ibertad democrática¨. "Es irrisorio ÷escribió como comentario del
conflicto que siguió al discurso de Perón÷ hablar de política de buena vecindad
entre puebl os sometidos¨. El probl ema nacía del hecho de que, "baj o el señuelo de
defender la paz continental y la democracia i nteramericana¨, se pretendía que "l a
vida política, económica y social de las naciones del continente fuera dirigida por
poderes hegemónicos¨. Pero esa actitud no podría menguar l a sol idaridad de las
naciones americanas, "unidas por la herencia del patrimonio cultural hispánico¨,
hacia l a "actitud limpia, inquebrantable y nobl e asumida por l a Argentina, ante el
proceso a que la somete Norteamérica¨.
87
En la polémica contra los Estados Unidos se vol vían a unir también l os catól icos
nacional istas. Tanto aquellos que gravitaban aún en la órbita gubernativa, como el
padre Sepich, como aquel los que, reunidos en torno al padre Meinviel le,
manifestaban una creciente desil usi ón respecto del curso revolucionario. El 28 de
agosto de 1944, al hablar en el Aula Magna del Colegio Universitario de San Carl os,
Sepi ch j uzgó que el discurso pronunciado por el ministro de Relaciones Exteriores
en respuesta a Cordell Hull se inj ertaba en aquella cadena de eventos, el primero de
los cual es había si do la lucha en 1806 y 1807 contra las i nvasiones i ngl esas, que
habían edificado la soberanía argentina. Como tal, revestía importancia histórica.
88
Aun más entusiasmo le había despertado la concepción de soberanía reivindicada
por el Ministro, de cl ara impronta nacional católica. Sobre la base de una definición
de la soberanía como el derecho de proteger "la reali dad i ntegral de la nación¨, y de
la nación como una "entidad moral social que representa valores eternos de
convivencia¨, él había en efecto individual i zado las raíces de l a soberanía argentina
en su pertenencia a l a civi li zaci ón cristiana occidental. Una pertenencia por la que
era deudora de l a cruz y de l a espada españolas y a la que j amás malvendería por
puro util itarismo. El Occidente cri stiano dentro del cual gravitaba la Argenti na, por lo
tanto, no sólo debía consi derarse diferente, sino incluso alternativo al que los
Estados Unidos pretendían representar. Tanto, que l a soberanía argentina ÷para
Sepi ch÷ coincidía naturalmente con l a "misión de la hispanidad¨, entre cuyos
fundamentos reinaban l a "dignif icación¨ del trabaj o y la aversi ón a toda forma de
mercantilismo. Sobre la base de esa concepción de soberanía y de ese senti do de la
propia misión, l a Argentina se consideraba candidata para unir a América Latina, en
contraste con las miras hegemónicas de Washington.
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De modo análogo, también Meinvielle había recibido con satisfacción, desde el
discurso de Farrel l del 6 de j uli o, las señales de la "voluntad de ser¨ del gobi erno
argentino, entendida como la voluntad de defender con firmeza los valores
espiritual es i nmutables de la América Hispánica.
89
En el di scurso del general
Peluffo, reencontró con satisfacción la plena reafirmación de la "personal idad de l a
Argentina¨.
90
El conflicto entre la Argentina y los Estados Unidos no era sino el
conflicto entre dos Américas irreconcil iabl es, observó Meinviell e, expresando en su
forma más cruda y maniquea un concepto inherente al mito de l a "naci ón catól ica¨, y
como tal sin duda común a gran parte del mundo catól ico. Era el conflicto entre el
materialismo prepotente de la cultura angl osaj ona, por un lado, y la cultura l atina e
hispánica inspirada en la Ìglesia, por el otro. En consecuencia, mientras el conflicto
estuviera en el orden del día, era necesari o evitar de cualqui er modo que la unidad
nacional se rompiera.
91
Quien l a despedazara ÷añadió Marcelo Sánchez
Sorondo÷, sometiéndose a la "baj a¨ del valor de soberanía, debería ser excluido de
la comunidad nacional.
92
Al coro de voces católi cas decididas a reivi ndicar las bases espirituales de la
soberanía argenti na, no dej ó de uni rse también aquél l a ÷particularmente
significativa, dado el presti gio del que estaba investida÷ de monseñor
Franceschi.
93
Para él, no cabían dudas acerca de que la paz internaci onal debía
fundarse en el respeto de la autonomía y de los caracteres específicos de cada
Estado; al expresar tales conceptos el general Peluffo no había hecho más que
retomar aquéll os tantas veces procl amados por Pío XÌÌ. También para Franceschi l a
"soberanía¨ era un atributo que reflej aba l a "característica de l a vida i nterior¨ de un
Estado, el cual debía verse del mismo modo que una sociedad natural, a la par de
una familia, dotada como tal de una propi a indivi duali dad i ndiscutible. Precisamente
porque no tomaba en cuenta este dato básico, l a división del mundo en esferas de
influencia le parecía un despropósito. De esto se deducía que el choque entre los
Estados Unidos y la Argentina se perfilara en términos de un "conflicto psicológico¨,
causado por l a di stancia espiritual existente entre ambos países. El conf licto
político, que, por otra parte, había estallado "por una causa absol utamente
desproporcionada con sus efectos¨ era, por ende, hij o del conflicto espiritual. La
incomprensión de la que era víctima la América católica había hecho que l os
Estados Unidos incri minaran el discurso de Perón, cuando no había sido en absoluto
tan escandaloso como se había queri do hacerlo aparecer.
Las agencias de noticias norteamericanas ÷recordaba Franceschi ÷ habían
aprovechado esa oportunidad para imputar al gobierno argentino l a vol untad de
construir un bloque de naciones fascistas dispuestas a combatir contra los Estados
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Uni dos. En esa absurda denuncia se había apoyado Cordel l Hul l . La verdad ÷de-cía
Franceschi÷ era que los Estados Unidos pretendían dirigir a todos los países
comprometidos en el esfuerzo bél ico, en vez de tratarlos en un plano de igualdad.
Pero era precisamente de este modo que ellos demostraban, como j ustamente había
afirmado el presidente Farrell, que no comprendían a la Argentina, dispuesta a
ofrecer solidaridad, pero no a renunciar a su propia soberanía: "no se trata de
nazismo ÷concluía÷ sino de argenti nismo¨. En suma, cuanto sucedía en l a
Argentina no podía j uzgarse con los mismos criterios que solían aplicarse a las
potenci as en guerra, según los cual es el mundo era un inmenso escenario en el que
se l ibraba l a lucha entre las democracias li berales y los total itarismos. Tal divisi ón
no tenía nada que ver con la Argenti na, donde sólo había una pequeña minoría que
"no da color a nuestra entidad nacional¨, un reducido grupo de comunistas y de
diari os que sostienen la "tesis anti argentina¨. Pero el los "nada significan en el
movimiento enorme, tan grande que nunca se lo había visto en la República, y que
abarcó desde la Escuela Mi litar hasta la CGT, desde l os elementos conservadores
hasta l os de extrema i zqui erda¨, que se había al ineado en forma compacta en
defensa de l a soberanía nacional, de la "argentinidad¨. En suma, no había en l a
Argentina un choque entre "democracia¨ y "total itarismo¨, sino más bien entre
"nación y "antinación¨.
El movimiento al que hacía referencia Franceschi, exagerando su amplitud,
había asumido perfil públ ico el 29 de j ulio de 1944, en una manifestación de gran
impacto simbólico, reali zada en la Capital pero repetida también en l as pri nci pal es
ciudades del país, que prefiguraba, i n nuce, el nacimiento de una ali anza social
inédita, si no directamente un suj eto político en busca de un autor. En efecto, ese
día el presi dente Farrell y el secretari o de l a Confederación General del Trabaj o
presenciaron, lado a lado, en el palco levantado frente a una multitud de
trabaj adores que acl amaba a Perón, una concentración popul ar convocada para
apoyar la soberanía naci onal y la políti ca exterior del gobi erno.
94
Fue ésa l a
ocasión en la que por primera vez de manera tan explíci ta parecieron unirse
estrechamente la política social y l a política exterior del gobierno militar. La batal la
por la defensa de la "soberanía nacional¨ se configuró entonces como el vehículo
ideológico a través del cual el carácter "popul ar¨ de la políti ca social de Perón
confluía en el cauce "nacional¨ excavado por la revolución de j unio. Que esto era l o
que estaba ocurriendo se podía deducir del creciente protagonismo de los
trabaj adores y de los sindicatos en un movimiento que podía al mismo tiempo contar
con el apoyo del Ej ército, de la Ìglesia y hasta de los grupos nacional istas. Aunque
los límites de aquel movimiento fueran muy confusos y contradictori os, era de todos
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modos indudable que habría sido impensable siquiera un año antes, y que en torno
al mito de la "argenti nidad¨ amenazada di cho movimiento empezó a celebrar, en las
plazas del país, los ritos que definirían cada vez más netamente su identidad. En
este sentido, el lenguaj e batal lador, l leno de eslóganes, exhibido en aquella ocasión
por Perón, respondía perfectamente al objetivo. Este hecho no parece ser casual, si
se da crédito a la admisión del propio Perón de haber hablado por entonces a los
trabaj adores del iberadamente "en comuni sta¨. La admisión trae forzosamente a la
memoria l a insistente i nvocación, típica del clero populista, de que el apostolado
social cal ara profundamente en el mundo del proletariado y aprendi ese a hablar su
lenguaj e.
95
De hecho, ese cl ero figuraba no sólo entre los sostenedores, sino
también entre los protagonistas del movimiento, a la cabeza de la columna formada
por los Círculos Católi cos de Obreros y por la Confederación Catól ica de
Trabaj adores Agremiados.
96
La mayor prudenci a que precisamente desde entonces la Ìglesia empezó a
mostrar f rente a los conflictos surgidos en torno de la pol ítica social y de l a
legisl aci ón sindical sostenidas por Perón, no cambió su actitud de apoyo a la
política exterior del gobierno revolucionario. La Ìglesia no dej ó de perorar, en
polémica con los Estados Uni dos, sobre l a causa de l a "argentini dad¨, así como de
reivi ndi car su fundamento en el mito de la "nación catól ica¨. El concepto de
argentinidad, por ende, siguió siendo invocado, en la propaganda catól ica, como
nervio ideológico irrenunciable de cualquier movimiento político que aspirara a
representar l a "soberanía¨ de l a "nación¨ y del "pueblo¨ argentinos. En cambio,
quienes hubiesen impugnado el monopolio de l a nacionali dad por parte de las
corrientes i deales que habían conflui do en la revoluci ón de j unio ÷monopol io de
hecho introduci do por ese concepto÷ habrían por eso mismo quedado
deslegitimados en su ambición de representar al pueblo y a l a nación. En pocas
palabras, el los habrían sido el "antipueblo¨ y l a "antinación¨.
La Ìgl esi a siguió siendo entonces uno de l os pri ncipal es puntal es del gobi erno
en el desigual desafío que lo oponía a los Estados Unidos. El desafío alcanzó un
nuevo grado de paroxismo cuando en septiembre el mismo presidente Roosevelt
volvió a lanzar las acusaciones ya hechas por Hul l al gobi erno argentino. Aunque l a
evolución de la guerra induj era a la Ìgl esi a a dej ar de lado algunas posiciones que
habían pasado a ser embarazosas, por ej emplo cambiar la viej a pasión por Pétain
con una enfática cel ebración de la li beración de París,
97
los ej es cardinales de la
orientación catól ica en política internacional no cambiaron y si guieron coincidiendo
por lo general con aquél los en torno a los cual es giraba la política exterior de la
revolución de j unio. "Estamos hoy donde estábamos ayer¨, escri bió Sol idaridad.
98
El
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primero de dichos ej es consistía sin duda alguna en la reafirmación de la identidad
catól ica de l a nación argenti na frente a las pretensi ones de los Estados Unidos de
engl obar al país en su propi a esfera de i nfluencia y de reconducir lo al cauce de las
democracias li beral es. Sobre este fondo, el conflicto con la administración
Roosevelt se proyectó cada vez con mayor nitidez, a los oj os de la Ìglesia, como la
natural prolongación de su antigua cruzada contra la ideol ogía liberal y la " herej ía¨
protestante. Fuerte en tal convicción, l a prensa católica no retrocedió ni un palmo en
la i nfatigable defensa del gobierno militar de las acusaci ones de autoritarismo
proferidas contra él por Washington, hasta el punto de polemizar ásperamente con
el catol icismo democrático norteamericano, que no escatimó críticas a la misma
Ìglesia argentina.
99
El mito de la "nación católica¨ siguió pues fungiendo como el
adhesivo i deológico de corrientes catól icas en otros sentidos lej anas entre sí, que
recurrieron a una amplia gama de argumentaciones polémicas. Esto comprendía
desde los católi cos nacional istas, que siguieron exasperando l os tonos respecto de
la natural aversión entre el "materialismo angl osaj ón¨ y el "espi ritual ismo latino¨,
100
hasta monseñor Franceschi, que prefi rió detenerse en l os aspectos menos
clamorosos de las miras hegemónicas estadounidenses lanzando un verdadero grito
de alarma frente el ataque l levado a cabo contra l a tradicional identidad criol la por
la penetración cul tural, deportiva, musical, l ingüística, de proveniencia
angl osaj ona.
101
También, a los católi cos sociales reunidos en torno al padre
Hernán Benítez, que rechazando la concepción liberal de la democracia implícita en
las acusaciones norteamericanas invocaron el "magnífico programa de democracia
social y de l ibertad económica¨ reali zado por el gobierno, y afirmaron con orgullo
que "los argentinos somos nacional istas y demócratas¨.
102
El segundo ej e cardinal en torno al cual la posici ón de la Ìglesia argenti na
siguió girando en materia de política exterior fue el aun más tradicional del
anticomunismo. Un tema que la Ìglesia retomó con renovado vigor a medida que las
tropas ali adas avanzaban hacia el corazón de Europa y la i nfluenci a sovi ética en el
orden i nternacional posbél ico empezaba a perfilarse en toda su dimensión. Como el
primero, también este ej e representaba un mínimo común denominador entre l as
disti ntas áreas del mundo catól ico. El espectro del comunismo que se cernía sobre
los desti nos de l a humanidad fue a menudo agi tado por la propaganda catól ica en
polémica con las "democracias liberales¨, que en el retorno a sus raíces cristianas
encontrarían el único camino para huir de la artera penetración comunista. Aunque
ése fuese el tema predil ecto de los católicos nacional i stas, para los cuales las
"potencias del Dinero¨ que estaban sali endo victoriosas de la guerra no iban a poder
resistir al triunfo de Lucifer, es decir, de los bolcheviques,
103
ellos no ej ercían de
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ningún modo el monopol io del anticomunismo. Toda la prensa católica, tanto l a
oficial como la oficiosa, tanto conservadora como populista, lanzó un insistente grito
de alarma: "el comunismo es un pel igro hoy más real y poderoso que nunca y del
que debemos precavernos todos si l os pueblos vírgenes de Sudamérica no quieren
verse envueltos en su avalancha¨.
104
En fin, el tercer ej e cardi nal de la ori entación i nternaci onal de la Ìglesia
argentina no podía más que ser la resultante de su oposición doctrinari a al
liberal ismo y al comunismo. En síntesis, estaba represent ado por la prol ongación,
en l a escena internacional, del mito de la "nación católica¨, por la construcción, en
otros términos, de una "tercera posición¨ católi ca. Concretamente, la Ìglesia, y como
ell a también el gobi erno militar, señal aba en la adhesi ón al magisterio y a l a
diplomacia vaticana el fundamento ideal de la política exteri or argentina. Sobre esta
base, la misión naci onal sólo podía ser unir a las naciones catól icas, ya sea en
vistas al fin ideal de la edificación de un orden internacional crist iano, ya sea, de
manera más realista, para reforzar la influencia de los valores catól icos en el orden
posbélico.
105
Tales eran las bases ideales sobre las que la Argentina podría
ambicionar ej ercer un papel autónomo, y con las que las miras hegemónicas de los
Estados Unidos volverían a chocar.
La cruzada antiprotestante: entre política i nterna
y política exterior
Así como en la i deología nacional catól ica no estaba prevista ni nguna distinción
entre la esfera reli gi osa y la política, del mismo modo, los movimientos rel igiosos y
los móviles políticos tendieron a confundirse en las razones de la hosti li dad
eclesiástica hacia los Estados Unidos. Reli gi osa y política al mismo tiempo, fue,
entre otras cosas, l a vehemente reacción de la Ìglesia argentina a l a creci ente
difusión, en todo el país, del proseliti smo protestante. De ese modo, entre la
intensidad de la cruzada antiprotestante y la del conflicto políti co y diplomático con
los Estados Uni dos empezó a manifestarse, a partir de 1944, una relación directa.
En los primeros meses de ese año, cuando aún la tensión con el gobierno de
Washington no había sufrido la acel eración que luego se produciría, la cruzada se
mantuvo dentro de límites, por así decir, fisi ológicos. Es decir que su intensidad no
fue sensiblemente mayor que la de los años precedentes. Al mismo tiempo, los
argumentos esgrimidos ya entonces en este senti do por la prensa catól ica
preludiaban una inminente escalada del conflicto con l os Estados Unidos. Se había
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puesto en marcha ÷solía denunciar ya a comienzos de 1944÷ una virul enta
penetraci ón del protestantismo, que se había ido acentuando en el curso de los
últimos meses, y era capaz de poner en peli gro l a paz interna y la unidad espiritual
de la naci ón. Proveni ente de l os Estados Uni dos, la misma respondía a un explícito
diseño anti catól ico dirigido a imponer la hegemonía "yankee¨ sobre la América
hispana.
106
Lo que se estaba difundiendo cada vez más entre el cl ero argentino era
una verdadera psicosis: l a "agresión religi osa¨ en curso, orquestada por los Estados
Uni dos, dotada de "poderosos medios¨, amenazaba con destruir la unidad
confesional y, por ende, l a identidad misma, argentina e hispanoamericana.
107
En
suma, amenazaba a l a "argentinidad¨ en su elemento constituti vo: la unidad católica
de la naci ón. Si l a "soberanía rel igi osa¨ estaba en pel igro, por eso mismo lo estaba
también la "soberanía nacional¨.
Rígido confesionali smo, espíritu anti ecuménico, hispani smo intolerante,
anticomu-nismo y, en fin, antiimperialismo: tales fueron los el ementos recurrentes
de la cruzada anti protestante. Precisamente esos el ementos caracteri zaron el aporte
eclesiástico a la defensa de la política exterior del gobierno mil itar cuando, l uego de
la censura planteada por Cordel l Hull al coronel Perón, el conflicto con los Estados
Uni dos se radical i zó. En este sentido, la sucesi ón de los acontecimientos revela
claramente cómo para la Ìglesi a el ataque promovido por Hull y el representado por
la ol eada protestante formaban parte de una misma controversia. Sólo pocos días
habían pasado desde la denunci a del Secretario de Estado, cuando en perfecta
sinergia con la reacción del gobierno la Ìglesia rel anzó con extraordinario vi gor la
campaña antiprotestante. De inmediato, cuando El Pueblo reproduj o un importante
documento redactado por monseñor Leopoldo Buteler, obispo de Río Cuarto,
108
quedó cl aro que los tonos de esa campaña iban a ser exacerbados y que su
armamento ideológico sería el armamento típico del nacional catol icismo. "No sólo
son enemigos de l a Rel igión Católica, los herej es protestantes ÷escri bi ó el
prelado÷ son enemigos de la Patria, y lo son contra nuestra Constituci ón y nuestras
leyes¨. De hecho ÷añadi ó÷ el país estaba enfrentando una invasión proveniente de
Norteamérica, un ataque a "nuestra hi dal ga idiosincrasia hispanoamericana¨, que,
dividi endo a la nación, le abriría la puerta al comunismo.
La fidel idad a la naci ón, a las leyes y a la catol icidad aparecía ÷una vez más÷
como un único e imperativo deber, tanto que la defensa contra el protestantismo
debía entenderse como un deber "patriótico¨, dado que "a los agenti nos no se nos
puede descatoli zar, sin desargentini zarnos a la vez¨. Ni siquiera la Constitución
podía escapar de tal axioma: si bien era cierto que ella decretaba l a l ibertad de
cultos ÷observó monseñor Butel er÷ también lo era que no decretaba la de agredir
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a la rel igi ón nacional . El que la Argentina hubiera demostrado gran generosidad al
permitir a los hombres que habían ll egado de todas partes del mundo que
profesaran su propio culto, no podía ahora ser aprovechado por los protestantes
para hacer proselitismo. La libertad de cul to, en suma, no debía entender se como un
derecho de los ciudadanos garanti zado por la Constitución, sino más bien como una
magnánima excepción a la soberanía de la "naci ón catól ica¨. Excepción que el
Estado debía impedir que se convirti era en regl a, como se deducía de la apelación
dirigida por Buteler a los poderes públicos a fin de que intervinieran activamente
contra la difusión del protestantismo.
Sobre estas bases, fue del todo natural que la campaña iniciada por el obispo
de Río Cuarto se adentrara sin poblemas en lo vivo del confl icto político e ideol ógi co
con los Estados Uni dos, y contribuyera a i nflamar cada vez más los sentimientos
antiimperialistas de amplios sectores de la opi nión pública. Esto ocurrió de l a
manera más explícita a comienzos de agosto, cuando manifestó en térmi nos
perentorios su apoyo al gobierno por el empeño que estaba poniendo en la
edificaci ón de una nación "que no quiere atarse a carros extranj eros¨.
109
Carros
que fomentaban el avance del protestantismo, y a l os cuales era necesario oponerse
de todos los modos posibles, sin caer en la resignación muy difundida, hasta en el
cuerpo de ofici al es, de cuantos afirmaban que l a Constitución, con sus artículos
sobre la l ibertad de culto, impedía ponerles reparos.
Aunque en la Ìglesia argentina la voz de monseñor But el er era una de l as más
rígidamente volcadas a una eclesiología tradici onali sta, no estaba para nada
aislada, más bien era bastante representativa del nutri do coro que sal ió del mundo
catól ico a denunciar l a penetración protestante. En efecto, no sólo su campaña pudo
valerse de las páginas de El Pueblo, sino que fue acompañada por una
extraordinaria cantidad de intervenciones, en l as páginas de l os boleti nes
eclesiásticos y en las de la prensa catól ica en general, que retomaron sus temas y
tonos. En este senti do fue ej emplar la amenazadora admonici ón dirigi da a los
protestantes por un reli gi oso redentorista que, citando al Evangel io de Lucas en l as
pági nas de la publicación oficial de la arquidiócesis de Córdoba tronó: "Quien no
está conmigo está en contra de mí¨.
110
En la segunda mitad de 1944, en suma, la
cruzada antiprotestante no hi zo más que crecer, pasando a ser uno de los temas
predi lectos de la polémica ideol ógica catól ica j ustamente cuando la Ìgl esia
empezaba a retirarse del escenario político y soci al. El cl ima era tal que la revista
de la arquidi ócesis de La Plata instituyó una sección especial dedicada a la
propaganda antiprotestante, mientras las más conocidas firmas del diario católico,
de Luis Barrantes Mol ina a Delfina Bunge de Gálvez, a l os padres Carbone y
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Badanel li y muchos otros, iniciaron, con la misma finali dad, una campaña
extremadamente viol enta.
111
Pero sobre todo, la campaña desencadenada por
monseñor Buteler preludió l a carta pastoral col ectiva que los obispos dedicarían, a
comienzos de 1945, a condenar l a penetración protestante. La redacci ón de la Carta
pastoral fue comisionada por l a Comisión Permanente a monseñor Caggiano, y
empezó a circular entre los obi spos ya desde fines de noviembre de 1945.
112
En su conj unto, la batal la dirigida a imponer una interpretación gravemente
limitante de los artículos constituci onales sobre la l ibertad de culto, con el fin de
impedir el prosel itismo protestante, se perfilaba como una causa perdida. Aun en el
caso, más que dudoso, de que el la hubi era suscitado un ampli o consenso en el
gobi erno y en el Ej ército, era fáci l prever que, l esi onando uno de l os principi os más
sagrados de l a Constituci ón argentina, causaría una violenta reacción, en l a patri a y
en el exteri or, y agravaría el aislamiento de la revolución de j uni o, j ustamente
mientras Perón perseguía una estrategi a apta para quebrarlo. En suma, en la
segunda mitad de 1944, el camino de l a cristiani zación por la fuerza se había
agotado y el gobierno militar no habría tenido la fuerza, tan comprometido como
estaba en garanti zar su respeto por la Constitución y su eminente democraticidad,
como para violar abi ertamente la li bertad de culto.
Esto, por supuesto, no significó que el gobierno se abstuvi era completamente
de intentarlo. Es más, permeado como estaba por el mito de la "nación catól ica¨,
mostró por lo general compartir las inquietudes de la Ìglesia respecto de l a amenaza
protestante, y en algunos casos adoptó medidas dirigidas a combatirla. A veces, las
medidas de neta impronta confesional católi ca que adoptó, hasta acabaron por
penali zar aquel las confesiones protestantes que en la Argentina se habían
establecido desde el siglo XÌX y a l as que la misma Ìglesia solía reconocer la virtud
de no real i zar ni ngún proselitismo. En este sentido, fue emblemático el conflicto que
a fines de 1944 opuso al gobierno y a l a Ìglesia angl icana acerca de la activi dad de
los pastores de aquel la confesión entre l as poblaciones aborígenes del Territori o de
Formosa. En ese caso se tuvo una demostración de la influencia que los
fundamentos ideológi cos de l a cruzada de monseñor Buteler tenían en el gobierno.
En efecto, aunque declarara apreci ar el valor de la obra angli cana, el ministro
Ameghino acabó por aval ar la circular con la que un comisario local les había
prohibido a l os pastores angl icanos ej ercer su ministerio entre los indígenas,
remitiéndose a las normas constitucionales según las cuales la cristiani zación de l a
pobl ación indígena era competencia de la Ìglesia catól ica.
113
No faltaron tampoco
algunos casos de gobi ernos municipal es que no sólo l esionaron, con sus
disposiciones, el principio constitucional de la li bertad de culto, sino que parecían
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directamente inspirados por el prelado del lugar. En este senti do fue típico el caso
de Río Cuarto, preci samente la ciudad de monseñor Buteler, donde el j efe político
local adoptó, en novi embre de 1944, una resolución que fue causa de clamores y de
encendidas polémicas, dado que, i nvocando l as mismas razones "constitucionales¨
muchas veces sostenidas por el obispo, le prohi bía a un grupo protestante reali zar
una manifestación públi ca. Una resolución que, como observó El Pueblo, reflej aba
exactamente lo que l a Ìglesia sostenía desde hacía tiempo, es decir, que ella tenía
derecho en la Argentina, un país "donde no existen infieles ni paganos¨, a un
privi legio del que ninguna otra confesión podía gozar: el de real i zar proselitismo.
114
En definitiva, el resultado del conflicto de Río Cuarto, con el al ej amiento del j efe
político luego de la movili zación de las oposiciones, demostró del modo más
explícito que no exi stían las condi ciones para un ataque frontal a la l ibertad de
culto.
115
Pero, al mismo tiempo, tales epi sodios fueron el indicio de la tensi ón
existente entre l a ideología nacional catól ica del gobierno y los preceptos
constitucionales en materia de l ibertad de culto.
Consoli dación y crisis: la institución eclesiástica en 1944
Desde muchos puntos de vista, el año 1944 hi zo de divisoria de aguas, para l a
Ìglesia, entre el decenio de agitado renaci miento que l o había precedi do y una fase
de relativo estancamiento, de reducida vitali dad, hasta de crisi s. Por un l ado, con el
fuerte apoyo del gobierno militar, entre cuyos principios reinaba la manifiesta
intención de reubicar a l a Ìglesi a en l a cúspide del orden social, la institución
eclesiástica se consolidó en sus estructuras, reforzó sus fundamentos. Sin embargo,
también alcanzó entonces un punto muerto su ambición de restaurar un "nuevo
orden¨ íntegramente catól ico y empezaron a manifestarse dramáticas divisiones en
sus filas. Además, sus organi zaciones parecieron haber llegado a un punto de
saturación, más allá del cual no parecía que lograran atraer nuevas fuerzas. Es
más, se hizo cada vez más evidente que muchos de sus militantes, a menudo los
más activos y preparados, tendían a ser drenados por la lucha política, por
activi dades, movimientos y partidos hacia los que propendían a trasladar l os i deales
hasta entonces persegui dos como militantes catól icos. Como consecuenci a de l a
decl inación del proyecto clerical, y el "retorno¨ a la escena de la política secular y
de sus actores, ante todo de los partidos, la Ìglesia entró a fines de ese año en una
fase de repli egue destinada a acentuarse cada vez más en 1945, durante la cual
pareció cambiar su ubicación en la sociedad.
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No obstante, en su conj unto, la Ìglesia pudo continuar durante 1944 celebr ando
sus propi os fastos e ignorando l os si gnos de crisi s. Durante gran parte de ese año
sus éxitos y su vi talidad parecieron i rrefutables, aunque enfatizados por la
propaganda católi ca. La sospecha de que el triunfo que celebraba era en real idad el
apogeo de un ciclo, más allá del cual ya se insi nuaban probl emas inmensos, no
parecía hacerle mella, por l o menos públ icamente. Sobre todo mientras pudo
mantener con vida la ilusión de que l a Argentina estaba yendo, de la mano de la
revolución de j unio, hacia una suerte de nuevo Medioevo, hacia la edificaci ón de
una ci vi li zaci ón impregnada del ethos y de las leyes del catol icismo. Las noticias del
mundo católico parecían, por otra parte, j ustificar tanto optimismo. Las
organi zaci ones católi cas gozaban de discreta salud, como en el caso de la Acción
Catól ica, que aunque ya no crecía con el rimo vertiginoso de sus primeros años de
vida, seguía ramificándose en el país y veía afluir nuevos i nscritos.
116
O bien de
óptima salud, como lo i ndi caba l a memoria anual de los Círculos Catól icos de
Obreros, según la cual estaban pasando por una etapa de acentuado crecimiento,
especi almente en la sección de l os Vanguardistas Obreros, y gozaban de un estado
patrimonial floreciente.
117
El terreno era suficientemente fértil como para dar vida a
nuevas instituciones, como lo atestiguaba la inauguración, el 3 de abri l, de los
cursos de l as Uni versidades Populares, cuya gesti ón dependía de l os mismos
Círculos. O bi en, en las mismas semanas, la puesta en marcha de la organi zación,
de acuerdo con un mandato del cardenal Copel lo, de l a Federación de Centros de
Estudi antes Secundarios de la Acción Católi ca.
118
El 9 de marzo, la inauguraci ón
del año académico en el Seminario Metropol itano se caracteri zó por el mismo clima
de confianza: el estado del Seminario ÷afirmó el padre Paravano en su
intervención÷ "no puede ser más consolador¨.
119
Más al lá de esas ci rcunstanci as, el opti mismo manifestado por la Ìglesia se
fundaba también en el extraordinari o nivel de visibil idad públ ica que había logrado y
que la reafirmaba en la sensa-ción de hacer recuperado el papel central en la sociedad que
÷consideraba÷ le competía por derecho. 1944 fue, en efecto, el año en el que la
visi bi li dad de la Ìglesia en las cal les y en las pl azas alcanzó su punto máximo. La
manifestación de ci erre de la Semana Santa, a l a que l os Círculos Catól icos de
Obreros quisieron dar particular resonancia organi zando una gran concentración
catól ica presidida por el cardenal Copell o, por el Nunci o monseñor Fietta y por
monseñor De Andrea, asumió dimensiones inéditas.
120
Las reuniones de l as
asambleas diocesanas de la Acción Catól i ca fueron ocasión, en los meses centrales
del año, de numerosas manifestaciones públ icas en las principales ciudades del
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país.
121
En cada una, en conformidad con el mito de l a "naci ón catól ica¨, el
optimismo por la suerte de la Ìglesia fue el reflej o, en ciertos momentos imposible
de contener, del optimismo sobre el futuro de l a Argentina, l a cual, por usar la
expresi ón empleada por el padre Federico Rademacher, asesor eclesiástico de la
rama masculina de la Acción Católica, "constituye el milagro de esta vuelta a
Jesús¨.
122
Muy numerosa fue, en particul ar, la multitud que desfiló tras las
banderas vaticana y argentina por las call es de la Capital el 14 de mayo, en ocasión
de la Asamblea arqui diocesana de la Juventud de la Acción Católica.
123
Así como
la que, menos de un mes después, partici pó en la procesión de Corpus Christi.
124
Por no hablar de l as masas que concurrieron a las grandes reuniones del ÌV
Congreso Eucarístico nacional, en octubre.
A apuntalar el optimismo de la Ìglesia contribuía una circunstancia decisiva: el
gobi erno militar surgido de la revoluci ón de j unio se configuraba, en muchos
aspectos, como el órgano ej ecuti vo de un Estado católico que, como tal, reservaba a
la Ìgl esi a las atenci ones y pri vi legios debidos a l a i nstituci ón que expresaba l a
"religión del Estado¨. Esa característica del gobi erno revolucionario, no
circunstancial sino coherente con la i deología nacional católica que lo i nspiraba, se
manifestó con particular vigor precisamente en 1944, año durante el cual se dedi có
con extraordinario cel o a su misión cristiani zadora. La misión no se l imitó a la esfera
política, educativa o social, sino que contempló también la potenciación de la
institución eclesiástica. El Estado evangeli zador, por otra parte, requería una Ìglesi a
fuerte, además de obedi ente. Dadas estas circunstancias, no sorprende que se
alcanzara entonces una verdadera simbiosis entre la Ìgl esi a y el Estado, de l a que,
como siempre, fue adecuado termómetro la liturgia patriótica de los aniversari os
patrios.
125
Aunque ya hacía tiempo que las del 25 de mayo y del 9 de j uli o se
habían convertido en celebraciones destinadas a rendir culto a la "nación catól ica¨,
no sólo se les agregó ahora, con i gual énfasis, la del 4 de j unio, aniversario de la
revolución, si no que todas parecieron ani madas por un fervor inédito, por un "clima
de patriotismo auténtico¨, muy distinto del escepticismo y la indi ferencia propagados
por el "demoliberalismo¨.
126
"El 25 de mayo y el 4 de j unio del presente año ÷
observó Enrique Benítez de Aldama÷ han puesto de reli eve l os val ores íntimos de
religiosidad y patri oti smo¨ de los argentinos, y demostrado que "cuanto más católica
sea nuestra patri a, será tanto más patria y tanto más nuestra¨. La simbiosis entre la
Ìglesia y el Estado y el "clima de patriotismo auténtico¨ que la rodeaba, no fueron,
por tanto, fenómenos limitados a l as grandes efemérides nacionales, sino que
representaron los elementos característicos de una miríada de manifestaciones, a
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veces más relevantes, otras menos, a veces en las grandes ciudades, otras en los
más perdidos lugares del interi or argenti no. Durante las manifestaciones se hi zo
habitual que l os representantes de los poderes públ icos presidi eran, como tales,
actos de carácter eminentemente eclesi ástico, como las asambleas de la Acción
Catól ica, o bi en las procesiones por las calles de las ciudades.
127
Natural corolari o de l a concepción de las relaciones entre el Estado y la Ìglesi a
que así se manifestaba fue la adopción, por parte del gobi erno, de una gran
cantidad de decretos en apari encia sól o simbólicos pero que, en su total idad,
estaban diri gidos, por ej emplo, a fomentar y "estati zar¨ la devoci ón popular, en
especi al la mariana, o bien a catol i zar la toponimia de las ciudades argentinas. En
este senti do, el 18 de mayo el gobi erno decretó que la Vi rgen de Luj án fuese
venerada como patrona de las rutas naci onales, dando inicio a una incesante rueda
de ceremonias ofici ales durante l as cuales las autoridades civi les, militares y
eclesiásticas procedi eron a la colocación y bendición de imágenes sagradas a l o
largo de las rutas del país.
128
En consonancia con el mismo espíritu manifestado
por el gobierno, los dirigentes de muchas repartici ones de la administración públi ca
"adoptaron¨ un Santo patrono y establecieron fechas y modalidades para su culto,
mientras que los intendentes de numerosas ci udades, entre el las la Capital,
modificaron los nombres de algunas cal les y plazas, asignándol es el de Santos.
129
Ìgual significado, pero mayor relevancia, tuvieron las ceremonias con las que, en el
transcurso del año, algunas ciudades o provincias fueron consagradas, por voluntad
de quienes l as gobernaban, a la Virgen. En efecto, en los sitios donde tuvieron
lugar, el las representaron una extraordinaria ocasión para reunir, en torno a l a
liturgia de la "nación católica¨, no sól o al gobierno y a la Ìglesia, sino también al
Ej ército, a las escuel as públicas y catól icas, al Poder Judi cial y, en fin, al "puebl o¨,
casi como poniendo en escena, baj o la égida de María, la uni dad orgánica de los
cuerpos sociales. Así ocurrió, por ej emplo, en San Juan, donde, ante una numerosa
multitud, el obispo pronunció una alocución patriótica de tonos agresivos haci a "los
enfermos de la intel i genci a¨, y el general Humberto Sosa Mol i na, interventor de l a
provincia, exaltó "nuestra fisonomía propia e inconfundibl e¨, ratificada por la
consagración que se estaba reali zando.
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Por otra parte, como sostuvo
abiertamente monseñor Gui -lland en una carta pastoral dedicada a la consagraci ón
de l a arquidiócesis de Paraná a la Santísima Virgen del Rosario, actos como ésos
no debían interpretarse sól o desde una acepción espiritual, sino también como
manifestaciones del respeto de los poderes públ icos hacia l a soberanía de Di os
sobre la vida de los puebl os.
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|cris Zana||a Pcrcn q c| ni|c dc |a nacicn ca|c|ica
257
Además de todo esto, el gobierno militar subvencionó generosamente a la
Ìglesia, en especial para la construcción de nuevos seminarios, la asignaci ón de
becas para los seminaristas y la creación de una facultad teológica. Todas
cuestiones de importancia vital para reforzar inst itucional mente a la Ìglesi a
argentina, en las cuales se manifestó de manera concreta la ideología nacional
catól ica que l igaba al gobierno y a la Ìglesia. Como escribió monseñor Gui ll and al
interventor de l a provincia de Entre Ríos, agradeci éndole l a creación de 10 becas
destinadas a otros tantos seminaristas, era particularmente digno de elogio que el
gobi erno hubiese reafirmado, en los fundamentos del correspondi ente decreto, su
compromiso de apoyar al clero como parte esencial de su misi ón por el bien de la
patria y de l a rel igi ón.
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Por otra parte, conceptos análogos, por no decir i dénti cos,
fueron repetidos muchas veces en el curso de 1944, ya sea por las autoridades del
Estado como por parte de las autori dades ecl esiáticas. Aun cuando, a fines de ese
año, ya habían aflorado entre ambas algunos desacuerdos sobre ciertas cuestiones,
lo que confirma hasta qué punto esos desacuerdos se habían producido dentro de
las coordenadas de un mismo universo ideológico, del que tanto la Ìglesi a como el
gobi erno revolucionario formaban parte. La invocación de la "nación catól ica¨, por
ej emplo, dominó las ceremonias en las que se colocó la piedra fundamental del
Seminario de Mendoza, el 1º de diciembre de 1944. A la construcción del edifici o
contribuyeron tanto la donación de una famil ia rica y devota, como las subvenci ones
del Estado y de la provincia.
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Pero la expresión más acabada de l os fundamentos
ideológicos que daban "organici dad¨ al vínculo entre el Estado y la Ìgl esia, y de los
deberes que ese vínculo implicaba para l a colecti vidad, fue la del 8 de novi embre,
cuando la ceremonia de colocaci ón de l a piedra fundamental del Seminario Menor
de Buenos Aires asumió relieve nacional.
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En el plano material, el ministerio de
Obras Públicas comunicó que luego de haber proyectado el edifici o, también se
ocuparía de financiarlo por entero y de reali zarlo. En el plano i deol ógico, el general
Pistari ni, que era titular del ministeri o y cuya devoción a l a Ìglesi a, así como su
adhesión a la política de Perón eran bi en conoci das, sostuvo la licitud de la ingente
subvención estatal i nvocando el tradicional instrumental nacional católico. Por ende,
se remitió a la Cruz evangeli zadora de los conquistadores, exaltó en el catolicismo
el núcleo de l a argentinidad, reivindicó el víncul o i ndi sol uble entre l a rel igión
catól ica y el puebl o, y, en fin, con un procedimiento caro a la Ìglesia, apeló al
espíritu catól ico que i mpregnaba la Constitución.
En fin, el apoyo financiero del gobierno fue decisivo para la creación, siempre en 1944, de la
primera Facultad teológica argentina. En la institución, el cardenal Copello depositaba grandes
expectativas y el mismo gobierno la deseaba firmemente, convencido de que la formación del
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