Está en la página 1de 26

Espora 370

Jan Gržinić
Anotaciones de un primer lector

En principio, este libro es de poesía sólo porque así lo
consideré desde que comencé a escribirlo, cuando el
proyecto literario iba tomando forma, y su estilo es
totalmente arbitrario y no está en discusión su pertenencia
al género. Espora es la calle donde vivo desde hace casi un
año. Antes, fue hogar de mis abuelos paternos. Restaurada
y embellecida, devino en hogar para Yamila y yo. Espora
370 son testimonios de los pequeños fenómenos que
transcurren dentro de la casa o a sus alrededores. Una
mirada poética –despojada de la solemnidad que
caracteriza a mi escritura- sobre las plantas; el jardín; los
insectos; los gatos que caen como nieve de 9 de Julio de las
medianeras o bajan por la terraza; los objetos que residen
junto a nosotros y todo lo que alimenta nuestra
cotidianeidad. Espora es una visión relajada y ligera sobre
este microcosmos donde no importan las cosas
trascendentales, sino las nimiedades que se podrían dejar
pasar con indiferencia cada día de nuestras vidas.
Índice

 Los escupitajos de José
 La ruta de hormigas
 Avispones de mal agüero
 Al que madruga, una ONG lo ayuda
 Romeo (Chatran revival)
 Alfonso
 Barrio obrero
 Trash
 Terremoto bailable
 Cuando se extingan los duraznos
 Boccato di Cardinale
 Nunca nunca quisiera irme de casa
 Carnaval en el Viaducto
 Por mis venas corre clorofila
 Angustia oral celeste cual la divinidad
 Sobremesa cargada de espuma
Ideado, escupido y escrito por Jan Gržinić durante
2007 y 2008.

Contacto: nonaffaire@gmail.com

Los escupitajos del hijo de José

Digamos,
son fuertes.
Apenas comienza la mañana,
irrumpe en mi silencio un escupitajo propinado por Matías,
el hijo de José.
Dijeron que se había mudado a Domínico junto a su pareja,
Gonzalo que es el bebé que tuvieron y Lautaro,
hijo de ella, que para mí es sólo ella.

En mi barrio, a eso se lo llama calumnia, porque siguen acá.

Desde temprano, escupe
sonido gutural, onomatopeya incierta,
lo cierto es que soy malo para adivinarla.

José es carpintero; vive al lado con ellos y su esposa Norma
también con sus tres gatos -llegó a tener quince según sus
cuentas-
y su perra Ana, y las otras dos enanas y feas; una tuerta,
lo que no la hace más fea, sino que le tenga cierta
compasión.
También están sus canarios.

José vive inundado de trabajo, siempre entrega todo fuera
de fecha,
se atrasa, rezonga, lo encrespa la suba de los precios del
material,
las quejas de los clientes y sus deudas.
Critica, chusmea, pero no escupe.
Sí escupe su ayudante, no el paraguayo, sino Rodrigo,
el que siempre usa gorra.
Escupe ella, e intuyo que hasta el pequeño Lautaro,
sacándose el chupete diminuto de su boca de morena
hambrienta, y escupe.

A la noche, cuando cae el sol,
es un concierto de escupitajos
propio del centro de experimentación del Colón
y basta imaginar la flema, mezcla de nicotina y cerveza
yendo hacia el cordón, para quedar senza parole.

Se juntan más, amigos, vecinos, y todos recitan sus
escupidas y para lo que algunos sería sólo música funcional
hecha a base de fluidos,
para mí
es el declamo de una particular liturgia vernácula.
Combaten y riñen arriesgando cuerpo y alma para coronar
al mejor freak artie; aquel más sonoro y talentoso.

Desde los cuartos de adelante de mi casa
se escuchan los escupitajos del hijo de José, el carpintero,
de la pareja del citado hijo, de sus amigos y de sus
allegados.
El viernes a la noche, es fiesta.
Están todos en la puerta de su casa.
Otra que la Berliner Philharmoniker.
Éstos sí que saben/escupen.
La ruta de hormigas

La ruta de hormigas habla por sí misma
describe una silueta
curva femenina, silueta Sophia Loren
quijada de Yves Montand barbilla James Dean
ojos afinados Marlene Dietrich
corte capilar por los hombros Hedwig Lamarr
y le pierdo el rastro.

Continúa
por los pastos largos
sobre la pared blanca contrasta
pequeñas hormigas rojas.

Me bajo el pantalón y las baño en un chorro de meo
líquido –amarillento apagado- que se esparce sobre ellas.
Insultan,
ahora:
huérfanas
perdidas
buscan entre el olor a orina el rumbo,
la vuelta al hogar
y el sol se hace diminuto frente a ellas.

La ruta vuelve a colmarse, prolijamente
un solo andén del trazo de Brunelleschi.
Me recuerda a cuando era chico.
Las mataba sin piedad
una a una
diferenciando las jerarquías.
Bastaba imaginarme llegar a la reina
y convertirlas en hormigas anarquistas sufridas
apátridas, inmoladas hormigas muertas
asesinadas por mis manos
hiperquinéticas, psycho killers.

La ruta vuelve a la normalidad.
Ahora parecen una cadera de cubana
Olga Guillot.
Según la perspectiva,
una nariz prominente Ringo Starr,
y se alejan por la medianera para irse a la casa de al lado,
donde están el níspero y sus frutos rancios amados por las
cotorras.
¡Hedonistas!
Avispones de mal agüero
Los avispones inundan el patio
revolotean sobre las flores, las plantas
el agua de la fuente.

Vuelan desorientados, drogados
buscando su eje
Ohmmmmmmmm
Totalmente dopados
-yo soy de los que prefieren psicofármacos-
Y llegarán al nirvana
capaz cuando me claven el aguijón
que me lo debo tener merecido.

El más machote
el que se la pasó sudando abdominales
lagartijas y tomando esteroides.
Ese, seguro que no ataca
es pura imagen avispera.

Para mí
algo se traen entre alas.
Desconfío cuando pasan cerca de mí
son bichos de no fiar demasiado
hasta son jettatore –eso dicen por ahí-
Yo, sólo les deseo una flor de día peronista.
Al que madruga, una ONG lo ayuda

Me levanto temprano
y eso que no tengo mucho que hacer.
Es por una carga de remordimiento que arrastro hace años
inculcada en parte por mi familia, la obligación
y todas esas patrañas.

Pero me levanto temprano
ojotas al pie, short y en cuero
voy a la cocina y busco un cigarro
el primero del día
que fumo mientras contemplo el jardín
tanto verde, tanto cielo
tanto, me gusta.
Medio zombie de G. Romero,
miro mi panza en el reflejo de la ventana con aires de divo.
Hoy comeré liviano.

Después viene el café, hacerme hikikomori una hora,
o a veces comparto el desayuno con Chami
tomamos algo fresco, se irrita por el humo del tabaco
comemos alguna galletita o vamos a tomar unos matienzos
y ahí, no mucho después
ya tengo ganas de dormirme una siesta.
Romeo (Chatran revival)

Romeo es puto. O puta.
Desconocemos su sexo (y no nos atrevemos a averiguarlo)
pero por obra del destino, así lo llamamos.
O bien, desde que una vecina lo reclamó en su ventana con
ese nombre.
Es chistarle, y ese animal panzudo se acerca con su miau
copioso
entra a la casa y se siente anfitrión
o se invita solo, maullando en nuestra puerta.
Se frota con los pies de las sillas y si tuviera unos kilos de
más
las tiraría, pero como es sólo un obeso felino, las empuja y
las desorganiza todas.
Nosotros lo queremos, le acariciamos ese pelaje gris
aterciopelado
y lo llevamos por la casa
le mostramos nuestras riquezas y nuestros tesoros más
preciados.
A él no le importa
Se sienta donde quiere.
Romeo es divino. O divina.
Pero a la media hora de instalado en casa, lo sacamos
engañado
con falsas promesas humanas para gatos.
Alfonso

En un microclima especial, de cortinas rojas furiosas
ardientes y estridentes, vive Alfonso, recluido y casi aislado
de la humanidad.
Es en mi atelier, de aspecto despojado
que sirve también para alojar a los huéspedes.

Allí habita Alfonso, inmóvil
sostenido apenas por su estructura que alguna vez fue
férrea
ahora devenida en un milagro anticuario de calidad dudosa.
Alfonso es hermafrodita. Nada de queer, ni travesti. Es
hermafrodita.
Sólo eso.

Su cabeza la conseguí en una época remota, en el Mercado
de San Telmo
donde $1 me separaba de tener su rostro perfecto, tal como
Ken, pero algo mutilado. Demacrado por el uso o desuso.
Su torso es el de un mannequin patovica, según me dijeron
en el negocio de trastos viejos en Domínico, donde lo
conseguí. Allí fui con mi hermano Fran, para que otro día
consiguiera su cintura y piernas incompletas, terminadas en
una base de metal oxidada.

Alfonso fue Lord. Vistió como un caballero, ocultando su
parte femenina. Llevó con prestancia bigotes de plastilina,
gafas oscuras y una peluca castaña calcinada de mi madre.
Me hubiera gustado leerle cuentos de Felisberto Hernández.
A pesar de mi amor, nunca advierte mi presencia.

Con Chami,
le dimos vida por las noches en casa de mis padres.
Ahora, yace vestida nuevamente como una dama, con una
pollera marrón larga de mi nona, una camisa y un
sobretodo de la feria de los italianos de Pompeya. Luce
encantadora, dan ganas de besarla.
Su cuello está abrigado por una bufanda beige y tiene un
sombrero arrabalero, un poco de rouge viejo en los labios y
la mirada oculta tras los anteojos gigantes de mi nona. Es
mi Barbie ahora, totalmente ida,
extraviada en su nuevo hogar, con el calor aceitándole el
cuerpo.
Hasta le hice un relleno de tetas con trapos viejos.

Barrio obrero

La calle donde habito es así:
Espora, que a su vez,
es por el Comandante Tomás Espora
que nació a principios del siglo XIX.
Fue el primer marino argentino en dar la vuelta al mundo.
Además, murió el mismo día que nací yo,
¡Igualito que Audrey Hepburn!
Esta calle antes de que viniesen mis nonos por ella, era
campo,
zanjas infinitas repletas de anguilas y ranas
como donde tenían las quintas cerca de la costa de Sarandí.
Ellos nacieron en Hum, la ciudad más pequeña del mundo
que alberga unas pocas almas medievales.
Mi nono se disparó un tiro en el pie en la segunda guerra
cuando estaba en una isla del mar Adriático,
para que lo marginaran del ejército.
Después terminó vendiendo vino patero acá, en su quinta
más tarde trabajando bajo las órdenes de una petroquímica
y tocando, en su tiempo de ocio, el contrabajo con un
conjunto
en el club de los yugoeslavos.

Espora es talleres, galpones,
casas bajas austeras, parrillas,
pocos árboles, zanjas multicolores,
las manzanas de casas clones obreras,
más allá,
la laguna Saladita rodeada por alambres maltrechos
refleja sobre su superficie la bandada de palomas
que vuelan en sincronismo.
Mucho olor a naftalina
entre abuelos que montan pymes
o se dedican a vender artículos de limpieza.
Un barrio que como otros, quedó varado en el tiempo.
De día, en verano, capaz pasa el de La Perla,
helado de antaño. O el afilador en cualquier estación.
Después no pasa ni el cuco,
conviene que ni te asomes después de las 23.

Hace años está la plazoleta Oscar Smith, donde tiran basura
y sobre los adoquines y las plantas, se erige su busto.
Se dice que ese fue el lugar exacto donde lo secuestraron a
este ex secretario de Luz y Fuerza, para luego ejecutarlo en
1978.
Osqui, peronista e hincha de independiente.
Marcó tendencia en Avellaneda.
Trash

Trasto de corazón
de relleno ecológico
muerto en el garage.
Terremoto bailable

Hay sismos,
no como en Perú ni como en California
pero la casa tiembla hasta casi el atardecer.
Son terremotos de magnitud 7 en la escala Richter
originados por camiones gigantes e imponentes.
Vienen de cargar gas o nafta en la YPF de la esquina.
Nosotros temblamos cuando pasan,
las paredes se agrietan, con su revoque y pintura nuevos.
Todo tiembla y se mueve en la sensación del agite.
Es para bailar o llorar.
La calle algún día va a ceder y se va a abrir directo al
infierno.
Cuando se extingan los duraznos

Hoy tuve un sueño
en el que los blancos querían ser negros
y los negros, negros.

Hoy, tuve una visión

Soy un viejo
rondaré con piedad los 73.
No puedo creer haber llegado a esa edad.

Me planto en la puerta de la cocina y salgo
miro techos lejanos, huelo una tarde mansa
y vienen hormigas negras que piso
casi como en un juego arcade
camino de un lado al otro
las pisoteo.
Las muy guachas son rápidas y yo tan flojo.

Pensaba tirarme en la fuente.
Darme un baño clavándome en la aspereza del fondo de
cemento
Y contemplar renovado el paisaje
el patio lleno de caca de gatos perdidos, anónimos
Y ver
Cómo se extinguen los duraznos por el mundo
sin excederme en mi tiempo permitido para estar bajo el
sol.

Me acaricio la calvicie y la grasitud de la cabeza.
La barriga choca contra las rocas erosionadas de la fuente
y salgo a la superficie medio ahogado
medio estúpido.

Chami se asoma por la puerta y me llama
No escucho nada, me duele la espalda y sólo veo que hace
señas
¿Qué revolución le tocó el culo? ¿Por qué tan agitada?
Un fruto de níspero transgénico me golpea la cabeza.
Es enorme, como un melón.
Necesito atención médica.

There´s no future

Boccato di Cardinale

Y por supuesto, cómo olvidar este momento
el ritual más importante para un hombre como yo
que heredé la sabiduría y refinamiento de mi abuelo
Norberto,
sibarita como pocos han existido (y perdurado) en
barrios del conurbano.

Antes que nada, la maestra Chami, que con sus manos
esculpe las comidas más sabrosas,
apoyándose en su fortuna de exitosa cocinera cuando
incursiona
en platos nuevos
nunca deja de sorprenderme.
Nuestra mesa pop sostiene riquezas culinarias
de las que las paredes de la cocina en composé con la
totalidad
de objetos
son únicos testigos junto a mí,
y las pocas bocas de los comensales
que tuvieron el sabor de conocer a mi convivente.

La ceremonia comienza con el extractor sonando,
mi exhaustiva colaboración picando vegetales y
condimentando.
Incluso hemos pasado por manjares de todo tipo
yendo por el sendero ascético de la mano de Scarsdale
cruzando
Las tartas mantecosas de atún o zapallitos
Las tortas de mandarina, los flanes
Las ensaladas, mmmmm
se me cae un hilito de saliva en el teclado…
Como ex vegetariano y dudoso omnívoro que soy,
creo que la licenciada Chami supera a Narda
y no tiene que presumir en mercados y restaurantes cools
de Grecia, Inglaterra, Marruecos o animando el esófago a
infantes en fiestas al aire libre.
Sí, para vos Narda. Te queremos pero sos tan desabrida…

Nunca nunca quisiera irme de casa

Mi mamá me mima
Mi mamá me hechiza
Mi mamá me odia
Mi mamá me ama
Mi papá me ignora
ya no juega conmigo a la pelota.
Mamá y Papá me echaron de casa
de modo elegante
porque me consideraron lo suficiente grande.
Arreglaron esta casa
la dejaron demasiado hermosa
para alguien tan feo como yo.

Y heme aquí, ambivalente como soy.
Siempre siempre quise irme de casa
pero era tanto el miedo,
a tener responsabilidades de adulto.
Lejos de casa.
De mi vieja casa.
No tan lejos de mi vieja casa.
Nunca tan lejos.

Carnaval en el Viaducto

Frente al islote donde emerge la iglesia mutante
sobre la avenida Roca, sobre la grela de los camiones
cortan el tránsito algunos días en febrero.
Se arman jornadas de carnaval con rey momo,
chicos y chicas salpicándose alegría y gritos
bombitas de diversos colores dispuestas sobre la pasarela
avenida.

La apertura corre por cuenta de la comparsa del barrio,
los Prisioneros del delirio,
que se abre paso entre la multitud de gordos
familias aventureras, desprevenidos, camioneros de parada,
los chicos de la Saladita, del Viaducto,
vecinos saturados de ocio, Chami y yo.
El vocero del evento grita por el portavoz
y anuncia después de la anfitriona,
las murgas y comparsas invitadas.

Se llena de colorinche y pasos estrambóticos
petardos salvajes huyendo por la noche
parafernalia del conurbano con hollín y mugre del Docke
percusión febril incansable con delay
que se escabulle dentro de la fosa oscura de Debenedetti.
Algunos imitan la coreografía, otros aplauden
los que están sentados se sienten en el palco de la final del
´78.
Nosotros miramos un rato,
pensamos en el candombe uruguayo,
en el carnaval del noroeste argentino y el de Venecia.
En la cama, acurrucados, concluimos:
estamos bastante lejos de eso.

Mientras,
el ruido
el bullicio de la gente
y los redoblantes
nos convocan de vuelta
nos obligan a dormir rezongando con el sueño festivo de
otros
con la alegría ajena que avanza en procesión.
Por mis venas corre clorofila

Ella es divina
Risueña
A veces se deprime
Puede ser bipolar,
no la quiero diagnosticar, ni domesticar como planta de
interior
La amé cuando la vi en el puesto de flores Mariano
Y no paré.

La fui a buscar una vez
Dije que volvería a la noche después de trabajar
y estaba cerrado.
En mi tercer intento, tuve mi sanguínea.
Y fui muy feliz.

Trepadora. Mi Duquesa sangrienta.
Reposa en nuestro dormitorio, cerca de la ventana
mira de reojo la televisión
y nos quejamos los tres de la programación.
Porque miramos basura, pero tenemos nuestra tolerancia
y repudiamos cierto contenido que abusa en lo vomitivo.
Somos detractores de los programas intensamente
estúpidos.

Ella comenzó a brotar un día
Y jamás cesó.
Ahora alcanza el techo del cuarto y parece que nada va a
detenerla.
Jamás pensé que los hermanos Grimm estuviesen en lo
cierto,
capaz trataron de engañar a niños y grandes con
habichuelas mágicas
y la verdad radicara en una planta hermosa,
de hojas reverdecientes, corteza rojiza.
Seré el afortunado Juan?
Sabrá la sanguínea que tengo vértigo y jamás podré
treparme
surcando el cielo entre sus ramas?

Angustia oral celeste cual la divinidad

Quizás en los rincones de Espora puedas encontrar todo.
Absolutamente todo.
Desde hebillas, arañas gigantes al estilo del sci-fi clase B,
postales, gnomos, Marosas Di Giorgio,
Buddhas, un gurú oriental proscrito en algún país por
pederasta,
manzanas verdes y apuestas, una volturno en erupción,
una colección Jack incompleta
un refugiado africano, una cigarrera de 1910
pero escasea Dios.
El manto, viejo manto sucio donde recostaba mis rodillas
descansa solo, exceptuando al didjeridoo que reposa sobre
su espalda.
Allí solía meditar y rezar como musulmán.
La superficialidad y materialismo reciente me han vuelto
XYZ
un hombre sin credo que comulga sin acierto.
Extraño Su Presencia.
Sobremesa cargada de espuma

A modo de vergher, la cosa está más o menos igual.
Antes podía sentirse la presencia de la nona
en los cuadros cristianos, en los platos colgados
en la pintura colosal de Hum en el garage.
De a poco fue esfumándose por completo su figura.
Poco menos queda del nono; la biblioteca, arreglos
y partes Frankenweenie sueltas de la casa que él
mismo construyó.

Por fuera, entrando en contacto con el mundo exterior
todo sigue como antes:
el olor a podrido en la calle, el cansancio del sol,
el gallego al lado, Ana y Victorio del otro,
el viejo Camacho, sentado afuera de su taller en un tronco
contando sus aún más viejas anécdotas
de cuando jugaba en Independiente
y su conjunto de discípulos o pares lo arengan
con la sobriedad que inspira el maestro.
Los cantos de la cancha de Arsenal
que vienen cuando corre viento del sur
y chocan contra el frente de mi casa
luego serán un eco apagado en el patio.
La horda de trotadores sin pausa
que avanzan en ropas apretadas hasta la laringe
por la rambla de avenida Roca
enjuagando su sudor durante el verano
con el olor de las flores del mandiyú-rá.

Somos jóvenes y rebeldes
el fiasco de las generaciones de ancianos idealistas y
visionarios.
Vivimos en un sueño de más de cuatro paredes
con colores modernos por doquier
variedad de adornos de toda etnia y gracia.
Nos acicalamos poco pero bien
contribuimos con el Estado, a nuestro pesar,
y despertamos despaturrados y en cualquier ángulo
en una cama Luis XV, parte del legado de mi abuelo
Norberto
donde celebraremos la continuidad de nuestras dinastías.
Somos eso, y muchos sueños.
Artistas suburbanos, marginales y desterrados
que no quieren ni deben llamarse artistas.

Todo sigue como antes, o eso pensamos.
Desnaturalizados, como somos
confiamos nuestro porvenir a una causa por el desorden.
Y Espora será eso, nuestro Cabaret Voltaire
Nuestro Café Sarandí, nuestro Man San,
Nuestro Parque Lezama, nuestro Ital Park.
Nuestro mar de deseos, nuestro orgasmo de cine
continuado.