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MARIO PAVERAS

EL TRUENO

EN LA CIUDAD

ARMADA URBANA DE 1981

EN GUATEMALA

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El trueno

en la ciudad

El trueno

en la ciudad

Episodios de la lucha armada

urbana de 1981 en Guatemala

de

Mario Rayeras

Jiiah Pablos Editor

México, 1987

Colección Luis Lujan Mufioz

Universidad Francisco Manroqufn

wv.nv.ufm.edu - Guatemala

EL TRUENO EN LA CIUDAD

EPISODIOS DE LA LUCHA ARMADA URBANA

DE 1981 EN GUATEMALA

de Mario Payeras

© Juan Pablos, Editor, S.A., 1987

MexicaH 39, México 06100, D.F.

ISBN 968-6039-56-2

Reservados los derechos

Impreso en México

Prólogo

El año 81

Las ideas de marzo

La estrategia y la flor del tamborillo

Los rugidos del Balam

El ala de la mariposa

índice

9

15

37

53

65

91

A la memoria de los combatientes revolucio- naiios caídos en el cumplimiento de su de-

ber,

a lo laigo de estos difícUes años de

lucha.

PROLOGO

El libro que el lector tiene en sus manos fue escrito a.

finales de 1983. Salió de la máquina casi de una tirada,

en apenas dos meses de trabajo, como quien se desprende

de una caparazón agobiante. Quería ser un sencillo ho-

menaje a los compañeros caídos y fue a la vez el balbuceo

de una reflexión necesaria. Lo hicimos cuando todavía

la sangre de los héroes no se resignaba a volver a la tierra

y cuando el cañón de sus armas aún olía a pólvora.

De entonces para hoy han pasado tres años. Para quie-

nes hemos hecho de la revolución la causa de nuestra vida

es sin duda mucho tiempo, pues no medimos éste por su

curso ordinario, sino en acontecimientos, como éxitos o

fracasos en el empeño diario de forjar las nuevas armas que reclama la lucha. De entonces para hoy, los comba-

tientes muertos han extendido en lo inmenso su metálica

forma y nuestra acción ha seguido nuevos derroteros.

En enero de 1984, un agrupamiento de militantes

rompimos con la Dirección Nacional del Ejército Guerri- llero de los Pobres, la organización en la que, durante va-

rios años, tuvimos el privilegio de servir al pueblo. Las

razones que nos llevaron a delinear, frente a estos cama-

radas, un proyecto revolucionario propio, abarcan cues-

tiones esenciales de la política y la guerra, de las masas y

las armas, de la estrategia y la táctica; pero pueden resu-

mirse en la necesidad de abocarnos prioritariamente a construir el instrumento político que, con apremio, exige ya de los militantes la complejidad de la lucha revolucio-

naria en nuestra patria: el partido de nuevo tipo, clasista,

marxista, de combate. La intolerancia prevaleciente en-

tonces en la Dirección impidió construir juntos la alter- nativa y nos forzó a buscar nuestro propio camino.

Transcurridas décadas de práctica, nosotros sostene-

mos que ni el modelo partidario tradicional, ni el tipo de

organización político-militar a través de los cuales hemos

tratado de abrirle paso a la revolución en nuestro país,

resultan instrumentos efectivos para la tarea, sin des-

medro del aporte inmenso rendido en el transcurso tanto por la organización comunista como por la gue-

rrilla.

Sostenernos también que a lo largo del rico periodo

de luchas que se inicia en 1944, la revolución guatemal-

teca ha gestado en su seno los recursos necesarios para proponerse ya una síntesis nueva, cuya construcción, no obstante, requiere un esfuerzo específico, pues la organización revolucionaria superior que necesitamos

nunca surgirá de manera espontánea, no es una tarea

más que pueda cumplirse sobre la marcha o adicionar-

se simplemente, toda vez que la concepción partidaria

lleva implícita una teoría de la revolución misma. Aunque se limitan a uno solo de los escenarios de lu-

cha y a la experiencia de una de las organizaciones revolu-

cionarias, los episodios que hoy damos a conocer ilustran

la necesidad de revisar a fondo nuestras concepciones,

construyendo, a partir de una práctica coherente con la

secuencia propia de los procesos sociales, los factores ca-

paces de subvertir con eficacia el poder dominante, en-

tendiendo que la guerra no es sino la continuación de la

política por otros medios, que la violencia sólo se justifi-

ca cuando es todo un pueblo quien recurre a ella, como

salida extrema, para abrirle camino al torrente transfor-

mador que porta en las entrañas, aunque sin perder de vista que el desenlace armado del esfuerzo popular exige de los revolucionarios un supremo esfuerzo de prepara-

ción.

Hoy, con la experiencia acumulada, no volveríamos a

actuar en la ciudad de la misma manera. Nuestra acción

no puede preferenciar el despliegue de operaciones ejem-

plares, consideradas suficientes por ellas misma's para

convocar al pueblo a la lucha revolucionaria, sustituyen-

do con ellas el trabajo de hormiga, tenaz y anónimo casi

siempre, que es preciso efectuar en el seno de las masas para proporcionarles el arsenal necesario. Ni es nuestro

cometido asumir por cuenta propia, en nombre de quien ha de emanciparse a sí mismo, la tarea de ajustarle cuen- tas a los verdugos por la sangre derramada, reduciendo de

hecho la gesta popular a una desigual lucha entre aparatos militares. Nuestra tarea central consiste en proporcionarle

al gran protagonista los instrumentos que siempre le harán

falta —puesto que no aparecen espontáneamente—, para

desarrollar sus luchas de manera organizada y para con-

ducirlas, de acuerdo al balance de fuerzas, hacia formas

superiores, cada vez más eficaces. Tales instrumentos son la formulación del programa, la elaboración de la tác-

ca, la construcción de las alianzas, la organización de los

instrumentos militares que requiera el desenlace de la

lucha y la dirección del proceso en su conjunto.

La ciudad no es cementerio de revolucionarios; pero

con facilidad puede convertirse en una trampa mortal si,

al margen de las masas, pretendemos convertir el centro

nervioso del enemigo, su baluarte por excelencia, en cam-

po de batalla prematuro, en retaguardia aparatista o en

caja de resonancia artificial de una guerra de guerrillas cuyos epicentros sociales se localizan en el campo, des-

plegando en ella operaciones mihtares que no se corres-

ponden con el desarrollo, con las modalidades y con los

ritmos de la lucha política.

La ciudad y las áreas suburbanas son el asiento princi- pal del proletariado, la clase que el capitalismo guatemal-

teco ha conformado estructural o ideológicamente como fuerza capaz de generar luchas ligadas orgánicamente a

las posibilidades de desarrollo de la estructura socioeco-

nómica, siendo a la vez la clase social mejor preparada, históricamente, para impulsar sin trabas el proyecto re-

volucionario de transformación de la sociedad. Y debido

a su forma de vivir y de producir, las formas de la violen-

cia accesibles al proletariado, en el momento en que la

cuestión del poder se dirime por la fuerza, son las armas

insurreccionales. La ciudad y las áreas suburbanas, por lo tanto, son uno de los principales frentes de batalla,

donde el precio de nuestros errores es, ciertamente, la vida; pero donde, al mismo tiempo, nuestra labor coti-

diana con sus riesgos inherentes, y ante todo el despliegue

de nuevos y más eficaces métodos de lucha, resulta indis-

pensable para contribuir a la toma del poder por las fuer-

zas revolucionarias. El viejo principio militar que establece la necesidad de

conocer al adversario y conocer las propias fuerzas, como

pre condición para vencer en la guerra, es sin lugar a du-

das uno de los déficits históricos del movimiento guerri-

llero guatemalteco. Pocas formas de la práctica social en- trañan tan radicalmente la dialéctica de los factores como

el fenómeno de la guerra, y ninguna modalidad de ésta

es más compleja que la guerra revolucionaria. En la ex-

periencia guatemalteca, la falta de rigor en la observancia

del principio aludido es una de las claves para explicarse

que una guerra justa, que en algún momento ha sido he-

cha suya por las masas, y que se libra en uno de los esce-

narios más propicios del continente para la guerra irregu-

lar, haya entrado ahora en su tercera década sin que en

el horizonte actual se vislumbre la victoria. Los episodios

que hoy presentamos pretenden contribuir a ese conoci-

miento, sobre todo en lo que se refiere a las operaciones

enemigas de inteligencia en el frente urbano.

Sin embargo, nuestro cometido, en el plano militar,

trasciende ampliamente el aspecto señalado. Una de nues-

tras tareas cardinales consiste en apropiarnos de la ciencia

y el arte mihtares -ojalá con el concurso de oficiales y

soldados patriotas—, para pertrechar con ambas al prole-

tariado, al campesinado pobre y a las amplias masas indias

y ladinas de nuestro país. En la experiencia nacional, las

insurrecciones populares de 1920 y 1944 representan

importantes referencias históricas para ilustrar lo que pue-

de ser el arte militar revolucionario, y el papel que pueden jugar en su materialización aquellos militares profesiona-

les, leales a su pueblo y a su patria.

Los hechos que se reconstruyen en la narración, re-

lativos a los años 1980 y 1981 , reflejan la experiencia di-

recta del autor, desde la función de dirección. En el relato

de los episodios operativos más complejos, sobre todo de aquellos cuya explicación aún permanece en la oscu-

ridad, nos hemos abstenido de adelantar hipótesis que

contribuyan a su esclarecimiento. Lo hemos hecho deh-

beradamente así, no sólo porque carecemos de elementos

concluyentes para desentrañarlos, sino porque conside- ramos que su exposición detallada puede arrojar luz al respecto. No debe, por lo tanto, leerse nada entre líneas,

ni buscarse en el relato alusión o insinuación alguna, más

allá de lo que revelan los hechos mismos. En todo caso,

éstos ponen de relieve nuestros errores y nuestra inge-

nuidad, y sobre todo la sofisticación de las coberturas y

demás métodos empleados por el ejército guatemalteco

en sus operaciones de inteligencia. Una lectura moraHsta o susceptible, dictada por un afán de prestigio malen-

tendido, no contribuirá a extraer las lecciones nece-

sarias.

Sin duda, la información operativa que contienen los

episodios será usada por el enemigo para corroborar da-

tos previos en su poder; pero no incluyen ningún elemento que en esencia aquél desconozca: los golpes que se rese- ñan en el libro son precisamente resultado de la informa-

ción acumulada por su aparato de inteligencia. Dar a co-

nocer estas experiencias a los mihtantes revolucionarios

y a los dirigentes populares —a todos aquellos que se pro-

pongan reiniciar o continuar la lucha—, es un deber, una

necesidad, para no incurrir de nuevo en errores ele-

mentales, pagados ya, más de una vez, con torrentes de sangre.

Mientras tanto, estas páginas, con su dura verdad, han

ido de mano en mano de los mihtantes, sin esperar a la

imprenta, como ocurre a menudo en la vida revoluciona-

ria con el manual cospirativo, con el folleto polémico,

con la octavilla subersiva. Es una prueba de su utilidad.

El autor

Febrero de 1987

EL AÑO 81

Al iniciarse el año 8 1 , la guerra duraba ya cinco años.

Durante este nuevo intento de las fuerzas revolucionarias,

los primeros disparos habían resonado en las montañas

del Quiche, un día del mes de junio de 1975. Desde en-

tonces, el trueno de la guerra retumbaba en el norocci-

dente y en las calles de la ciudad de Guatemala. Bajo las

banderas de tres organizaciones revolucionarias se libra-

ban combates guerrilleros en Los Cuchumatanes, en la

Sierra Madre y en las selvas del norte, mientras en la ca-

pital, en la Costa Sur y en otras partes del país las fuerzas

insurgentes desplegaban distintas formas de guerra irregu-

lar. En 1974, tras. años de ^repliegue y preparación clan-

destina, luego de la derrota del alzamiento de Luis Turcios

y Marco Antonio Yon Sosa en las sierras del nororiente,

las huestes guerrilleras se habían hecho fuertes en la sel-

vas lluviosas de los ríos fronterizos del norte, en las áreas

boscosas del Sistema de Los Cuchumatanes y en los con-

trafuertes nublados de la Sierra Madre occidental. En los años siguientes extendieron la guerra a las planicies del Pacífico, a las Verapaces y al altiplano central. En 1979,

en Nicaragua, el Frente Sandinista había derrocado a la

dictadura de Anastasio Somoza, instaurando el poder re-

volucionario. En El Salvador, al iniciarse el año 81, las guerrillas revolucionarias se aprestaban a lanzar la prime-

ra gran ofensiva militar contra el gobierno. El istmo co-

menzaba a arder.

La ciudad donde por segunda vez en las últimas dos

décadas librábamos la guerra de guerrillas, es una peque-

ña urbe moderna en un país montañoso. Trazada a cor-

del por sus constructores a finales del siglo XVIII, lue-

go del arrasamiento de la antigua capital por los terre- motos de Santa Marta, en 1773, las calles rectas y la

arquitectura extensa del antiguo casco urbano no resultan favorables para la guerra de guerrillas. Al edificarla en un

valle apacible, protegido de los vientos por cadenas de

montañas, a 1 ,500 metros de altura sobre el nivel del mar,

las construcciones de adobe y tejas se extendieron en or-

den a partir de la vieja Plaza de Armas, dominada por el

formidable espinazo de la catedral. La Reforma Liberal

de 1871 , al hacer de Guatemala un país productor de ca-

fé para el mercado mundial, introdujo el ferrocarril y otros inventos de la revolución industrial, transformando

la provinciana capital en una pequeña urbe capitalista, en

la cual comenzaba a surgir la industria manufacturera. Las formas de lucha en la ciudad estuvieron determinadas

entonces por esas circunstancias. Durante un siglo, dos

grandes fortalezas de mampostería, edificadas en promi-

nencias del terreno, fueron la llave militar de la ciudad.

Ambas fueron tomadas por las masas insurrectas urbanas durante las revoluciones de 1920 y 1944. A partir de

1954, tras la intervención imperialista que derrocó al go-

bierno democrático de Jacobo Arbenz y anuló su refor- ma agraria, la población rural depauperada comenzó a

emigrar a la ciudad en búsqueda de empleo, aglomerán-

dose en las barriadas populares y a orillas de los barran-

cos, acrecentando las filas del ejército industrial de reser-

va. La ciudad se transformó en un complejo mosaico de

ámbitos urbanos mucho más favorable para la actividad

clandestina y para el despHegue de tácticas irregulares de

lucha. Las zonas populosas fueron escenarios frecuentes

de la guerra de guerrillas urbana de los años 60. Al ini-

ciarse el año 8 1 habitaba la ciudad alrededor de un millón

de personas.

En la ciudad vivíamos entonces días decisivos. El es-

fuerzo de guerra emprendido por la organización en tres

vastos escenarios sociales y geográficos reclamaba de la estructura clandestina urbana multiplicar sus empeños.

Al mismo tiempo que teníamos como tarea desplegar la

guerra de guerrillas en el centro nervioso principal del

enemigo, sobre el Frente recaían crecientes y complejas

funciones de retaguardia para la guerra en su conjunto.

En el último trimestre del año anterior, la primera colum-

na guerrillera regular había sido formada en las montañas

del Quiche y había entrado en campaña. Desde sus baluar- tes en el ramal oriental de Los Cuchumatanes, la colum-

na había descendido a las selvas de Ixcán, completando durante la marcha su adiestramiento militar y abastecién-

dose de las bases de apoyo con que contaba en el itinera-

rio. En enero de 1981, varias semanas después de su

partida de la sierra, libraba su primer y único combate.

El 19 de aquel mes atacó el cuartel del ejército en Cuarto

Pueblo, junto a la frontera mexicana. Tanto la constitu-

ción de esta columna guerrillera como su primer combate,

fueron victorias pírricas. Durante el cruento ataque, en

efecto, nuestras fuerzas le ocasionaron a la tropa enemi- ga sitiada cerca de cien bajas. Sin embargo, el arribo de

la aviación enemiga, insuficientemente previsto por el

comandante, obligó a éste a ordenar la retirada cuando

el asalto a la posición estaba a punto de iniciarse. En el

repliegue cayó el teniente Eider, uno de nuestros más

aguerridos oficiales guerrilleros, hijo de campesinos ladi-

nos que se habían incorporado a la revolución desde los

primeros años. Naturalmente, no recuperamos armas, y

el cuantioso gasto de parque por nuestra parte no pudo

ser compensado. Sin embargo, no era éste el error princi-

pal. Nuestra equivocación había consistido en formarla columna a expensas de la mayor parte de oficiales, com-

batientes y armas con que contábamos en el Frente de la

sierra, y en haber enviado a esta fuerza a combatir a

la selva. Durante semanas cruciales, el Frente serrano quedó virtualmente inerme y el enemigo aprovechó las

circunstancias. Pocos días después que de que partiera la

columna hacia el norte, el ejército lanzó en el área ixil

una feroz campaña de exterminio que diezmó muchas

de las bases de apoyo y puso a la defensiva a nuestras

escasas fuerzas. El 5 de diciembre, en medio de la ofen-

siva, cayó en combate el comandante Mariano. La muerte

de quien en ese momento era el virtual jefe militar de los

Frentes del noroccidente fue un duro revés para la orga- nización. En un páramo de Xolchichén, acompañado

por una escuadra de combatientes mal armados, chocó

con una unidad del ejercito y pereció en el enfrentamien-

to. Su inesperada caída nos forzó a variar los planes. Dos pelotones de la efímera columna volvieron a marchas

forzadas a apuntalar el Frente serrano, interrumpiéndose

así nuestro primer proyecto de constituir fuerzas regula-

res. El Frente de Huehuetenango se hallaba todavía en

fase preparatoria, con extrema penuria de pertrechos,

por lo que poco podía pasar en aquellos momentos en la

balanza de la guerra. El Frente de la Costa Sur estaba también en incapacidad efectiva de jugar su papel en los acontecimientos. Las unidades del llano estaban siendo

reorganizadas, y hacíamos denodados esfuerzos por asen-

tamos en las montañas de la bocacosta, buscando equili-

brar de mejor forma la actividad guerrillera en los distin-

tos territorios. Todo esto impedía la articulación de un verdadero plan militar estratégico. La ciudad seguía sien- do la principal retaguardia, y los oscuros nubarrones que

se avizoraban en el horizonte exigían que aceleráramos

los preparativos para modificar esa situación y para hacer

del área urbana un frente de guerra efectivo.

De ahí que el año 81 nos hallara abocados a las dos

grandes tareas de evacuar de la urbe la vieja y aparatosa

infraestructura de retaguardia, acumulada allí a lo largo de los años, y a la vez poner en jaque al adversario en su

principal baluarte. Ambos eran propósitos difíciles de

cumplir, debido a antiguos errores nuestros y a vicios ori- ginarios de la organización en el trabajo urbano. No obs-

tante los años de combate y las hazañas militares realiza-

das en ese lapso por la guerrilla de la ciudad, al iniciarse

el año 81 sólo contábamos allí con una bisoña unidad

militar, aunque al mando de un jefe veterano y capaz.

Decisiones diversas dictadas por la necesidad, por la pro- longación de la guerra y por las complejas condiciones de

clandestinidad que la lucha urbana impone, pero también

nuestros errores en la conducción política de la organiza-

ción, habían llevado a que varias generaciones de guerri-

lleros urbanos se hallaran entonces dispersos en distintos

frentes de trabajo. Hasta entonces, la guerrilla de la ciu-

dad no había sufrido bajas en combate. Esa era, por cier-

to, una de nuestras hazañas. La efectiva táctica militar

utihzada y un riguroso arte operativo habían permitido que en decenas de operaciones la unidad militar urbana

saliera indemne. Sin embargo, tanto esta guerrilla de élite,

como en general la estructura clandestina urbana, tenían un talón de Aquiles: su estructura y su funcionamiento no se asentaban en verdaderas bases de apoyo populares,

sino en la peligrosa artificialidad de sus propios recursos.

Pocos meses después, la vida iba a demostrar las letales

consecuencias de este vicio originario.

Las operaciones militares en la ciudad, aquel año deci-

sivo, siguieron entonces a cargo de una nueva generación de guerrilleros. La tarea encomendada y nuestra propia

impaciencia no nos dejaban respiro, y la joven guerrilla

saHó a las calles vigiladas a hacer su propia experiencia.

Una de sus primeras operaciones consistió en atentar contra la vida del comandante de la Brigada Guardia de

Honor, de la capital, el General Horacio Maldonado

Schaad. Algunas semanas antes habíamos obtenido infor-

mación respecto a sus rutinas; pero no conociendo de

actividades represivas de las fuerzas a sus órdenes, de ma-

nera directa, no habíamos tomado aún una determina-

ción. La decisión política de hacerlo se tomó al compro-

bar que tropas bajo su mando eran las responsables de

las primeras masacres que ocurrieron en Chimaltenango. A partir de ese momento, la información con que contá-

bamos fue puesta al día y procedimos a montar el aten-

tado. Aficionado a la equitación, el alto jefe militar solía

efectuar cabalgatas dos o tres veces por semana, en los

terrenos del hipódromo que se halla al sur de la ciudad,

haciéndose acompañar de un asistente. Ambos jinetes sa-

lían del establo de La Aurora, cerca del antiguo acue-

ducto, tomaban una solitaria calle de tierra y por una calle

perpendicular salían al Boulevard del Aeropuerto, a lo

largo del cual reahzaban el paseo. Desde el punto de vis-

ta operativo era una zona difícil, pues esa calzada corre

junto a las alambradas que protegen por el lado oeste la

Base Militar de La Aurora, la principal instalación aérea

del país. Cada docientos metros se levanta una casamata

de concreto, en cuyo interior hay permanentemente un

hombre armado. Aunque la información inicial era cierta,

el reconocimiento directo arrojó nuevos datos. El gene-

ral llegaba a las instalaciones hípicas en un auto blinda-

do, y al iniciar la cabalgata, tras los jinetes, a unos cien

metros de distancia iba siempre un vehículo de escolta

con hombres fuertemente armados. Los otros datos en nuestro poder provenían de informaciones de prensa.

Por las fotografías de las crónicas sociales, en las que

con alguna frecuencia aparecía, teníamos su descripción

física. Era un hombre de expresión adusta, de unos 54 años, más bien fornido que obeso, cuyo pelo entrecano

y una baja estatura, compensada por el enérgico porte,

lo hacían destacar entre diplomáticos y hombres de ne-

gocios.

Este cuadro de informaciones nos llevó a concebir un atentado clásico, basado en la sorpresa, la potencia de fuego y la velocidad. Utihzando dos unidades motoriza-

das, comunicadas por radio, era factible realizar la ope-

ración, atacando al objetivo en un punto intermedio

entre dos de las casamatas, de tal manera que ambas uni- dades alcanzaran una ruta de retirada que se abría a la derecha, yendo de norte a sur, antes de pentrar en el sec-

tor de fuego de la segunda fortificación enemiga. Los combatientes encargados del aniquilamiento debían aba-

tir al objetivo en el preciso momento en que la unidad

de protección rebasara al vehículo de escolta y a su vez

abriera fuego sobre él por sorpresa. La unidad de aniqui-

lamiento, a bordo de una furgoneta, debía aparearse a

los jinetes, de tal manera que los dos tiradores, tendidos

bocarriba a lo ancho del piso del vehículo y armados de subametralladoras, rompieran fuego en el preciso mo-

metno en que, a la orden del mando, se abrieran las puer- tas corredizas de la furgoneta. Un combatiente, en el

asiento trasero, sería el encargado de activar el mecanis-

mo de tracción que haría correr las puertas. Antes de en- trar a operar se hicieron varios simulacros. Este esquema operativo no pudo ponerse en práctica

en dos ocasiones sucesivas. Durante el primer intento, la

unidad de aniquilamiento, estacionada en el parqueo del

Aeropuerto Internacional, vio pasar frente a sí a los dos jinetes, sin que la unidad de protección lograra colocarse

tras el coche de la escolta, debido al intenso tráfico. La

segunda vez, la unidad de aniquilamiento se colocó a la

par de los jinetes durante instantes interminables, espe-

rando la maniobra de la otra unidad. En el piso de la fur-

goneta, cubiertos por una frazada, los dos tiradores

esperaron en vano que a la voz del mando se abriera la puerta corrediza. El jefe de la unidad, en el puesto del

copiloto, se abstuvo de dar la voz, porque a través del es- pejo retrovisor vio que cien metros atrás, no obstante sus esfuerzos en ese sentido, la unidad de protección no

había logrado hacer la maniobra que le correspondía. El general y su ayudante continuaron la cabalgata desapren-

sivamente, no sin reparar por un momento en el vehícu-

lo que por algunos segunos se les había apareado.

Estos intentos fallidos determinaron que cambiáramos

la