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Carta de San Ignacio al joven de hoy Paz y reconciliación Juan Carlos Scannone S.J. Marzo

Carta de San Ignacio al joven de hoy

Paz y reconciliación

Carta de San Ignacio al joven de hoy Paz y reconciliación Juan Carlos Scannone S.J. Marzo

Juan Carlos Scannone S.J. Marzo de 2006

Queridos jóvenes latinoamericanos del siglo XXI:

Como Ustedes quizás saben, me gusta mirar al universo mundo desde junto a Dios Trino y Uno, con los ojos con los que Él lo mira. Así enseño a contemplarlo, en mis Ejercicios espirituales, a quienes hacen la meditación de la Encarnación.

Pues bien, tanto en el tiempo de la encarnación de Cristo como en los míos y, lamentablemente, también en el de Ustedes, desde allí a lo alto se contempla la humanidad global sumida en la injusticia y la violencia, en oposición a Dios, quien es Amor y comunión. Pero así como entonces el Hijo eterno se hizo hombre para traernos la paz y la reconciliación que sólo Él puede dar -aunque por el camino paradójico de la Cruz-; y así como en mi época, mis primeros compañeros y yo luchamos por lo mismo en seguimiento de Jesús y bajo su bandera, aceptando aun ser víctimas con Jesús, para servir a tantas víctimas y para que no las haya más, así también ahora se hace necesario que Ustedes se decidan a seguir su llamado. Seguramente éste resuena en sus corazones generosos aunque débiles, interpelándolos para que Ustedes colaboren con Él -como yo lo hice- para hacer a este mundo no sólo más humano, sino también más divino, es decir, más a la imagen y semejanza de Dios Amor y comunión. Y Él les promete que, donde se da la debilidad humana, estará la fuerza de Dios.

Les escribo porque estoy muy preocupado por el aquí y ahora tan violentos y tan contrarios a la comunión y la justicia, que les ha tocado vivir. Pero, sobre todo, porque confío en que Ustedes podrán contribuir eficazmente a revertir esa situación tan indignante. También a mí, en mi siglo, me tocaron momentos violentos de la historia: ruptura de la Iglesia por la Reforma protestante, guerras de religión escondiendo inconfesables intereses, conquistas sangrientas de nuevos Continentes por las armas -¡aun intentando unir la espada con la Cruz!-, sometimiento a esclavitud

de hermanos y hermanas sólo porque el color de su piel era diferente

...

;

como -por

otro lado- estuvieron cargados de esos u otros horrores muchos períodos de la

historia.

Pero Ustedes están viviendo un tiempo y un lugar muy peculiares, de los cuales les deseo hablar, para que juntos podamos contribuir -yo con mis plegarias y mis

consejos, y Ustedes con su oración y con su acción- a que los tiempos actuales y la circunstancia latinoamericana se hagan menos inhumanos y más dignos del hombre y del cristiano. Pues, en los comienzos del Tercer milenio los laudables avances de la ciencia y de la técnica -sobre todo de la información y comunicación-, en vez de haber fomentado la verdadera comunicación y comunión interhumanas, han desembocado en una globalización manipulada (e ideologizada) por poderes económicos, políticos y militares globalizados, como nunca antes se habían dado. Así se ha llegado a algo aún peor que la explotación del hombre por el hombre (¡que es decir mucho!), es decir, a

la actual exclusión (económica, social, política

)

de la gran mayoría de hombres y

... mujeres, de naciones, clases y aun Continentes enteros. Ella es fruto de la violencia

institucionalizada de un mercado global desregulado y puesto al servicio de los más fuertes, de medios de comunicación de masas ideologizados que amenazan con homogenizar las diferencias culturales, y de la estructuración hegemónica del poder

económico, político y militar mundial. Y, queridos jóvenes, a la violencia se ha respondido entonces aún

económico, político y militar mundial. Y,

queridos jóvenes,

a la violencia se ha
a
la
violencia
se
ha

respondido entonces aún con más violencia, tanto ideológica -a través de fundamentalismos y fanatismos religiosos y culturales- como militar. Pienso en el terrorismo, que ha llegado hasta a hacerse suicida y tiende a globalizarse. Y, empeorando más las cosas, se lo ha afrontado con la así llamada "guerra preventiva", con prisiones sin derechos y aun con torturas. De ese modo la espiral de violencia va

creciendo, con el riesgo de que se llegue, no a la comunión global de los diferentes

pueblos y

culturas, sino

a

un "choque

de civilizaciones". De este

peligro

acaba

de

hablar el nuevo Papa. Me gustaría emplear para esa situación mundial una expresión

forjada por uno de mis hijos jesuitas, Bernard Lonergan, llamándola un "absurdo social"; pero, esta vez, globalizado.

Me hubiera gustado viajar durante mi vida a América Latina, para misionarla junto con tantos hijos míos que lo hicieron desde los comienzos de la Compañía. Aún más, desearía estar allí ahora combatiendo con ellos por el servicio de la fe y la promoción de la justicia, porque en el Continente de Ustedes dicho absurdo social ha cobrado características alarmantes. Como Ustedes lo saben y lo sufren, aunque sus pueblos no son los más pobres del mundo, son en cambio aquellos donde la inequidad es mayor y clama al cielo. Y, aunque no siempre la pobreza tiene causas injustas, sí las tiene siempre la inequidad. A veces me pregunto cómo es posible que eso se dé en sociedades que se dicen cristianas y católicas. Me escandaliza tanta falta de coherencia fe y vida, que son moneda corriente en sus países, tanto en el orden personal, como en el institucional. Por ello les exhorto a abrir los ojos, mirar las cosas con la mirada de Jesús, y a seguirlo a Él en esa lucha del tiempo y del Continente que les ha tocado en suerte.

Cuando

estudiaba en

la

Universidad de París aprendí que

la

"paz

es

la

tranquilidad del orden". Por

consiguiente,

no habrá

paz

verdadera

-¡no

la

"paz

(muerta) de los cementerios"!-, si no hay orden: orden en los corazones con la paz de Cristo, orden en las sociedades -familiar, nacional, regional, mundial- gracias a la práctica de la justicia. ¡No sin razón he compuesto los Ejercicios para librar a hombres y mujeres de las afecciones desordenadas, y así encontrar en paz la Voluntad de Dios!

Pues bien, son la paz y la reconciliación (consigo mismo de cada uno, con los otros -aun los más lejanos- y con Dios, en corazones e instituciones justas) las que acabarán con el absurdo social y podrán construir una globalización alternativa. No sé si Ustedes leyeron un documento que hace unos años publicó la Comisión "Justicia y paz" de los obispos franceses. Allí se indican dos modelos de globalización, cuyos símbolos son, por un lado, la torre de Babel y, por el otro, Pentecostés. Como lo dice la Biblia, los hombres -movidos por la ambición y la soberbia- pretendieron construir por sí solos esa torre, para que llegara hasta el cielo; pero tales afectos desordenados sólo lograron el más absoluto desorden social, porque no sólo no se entendían entre sí - desde distintas lenguas y culturas-, sino que se agredían mutuamente considerando como amenaza las lenguas (es decir, las culturas y cosmovisiones) diferentes. En cambio -espero que Ustedes lo recuerden- el milagro de Pentecostés consistió precisamente en lo contrario: cada uno, sin renunciar a su lengua y su cultura, entendía la lengua en la que Pedro predicaba, en una recíproca comprensión entre unos y otros. Ni uniformización a partir de hegemonías (como la pretende la globalización actual), ni el "hombre lobo para el hombre", propia del todos contra todos (como en Babel), sino la comunión de los diferentes en el mutuo respeto y reconocimiento, y en el fecundo diálogo a partir de las diferencias. Como ven, es un ideal de reconciliación, paz y justicia, y de una "globalización en y de la solidaridad", de la cual no se cansaba de hablar el anterior Papa, Juan Pablo II.

No me digan que
No
me digan
que
No me digan que no les entusiasma esa perspectiva de una globalización alternativa, aunque -claro está-

no les entusiasma

esa

perspectiva de una globalización

alternativa, aunque -claro está- nunca podrán tener el cielo en la tierra, pero sí hacer que ésta sea un preanuncio y signo del Reino de Dios. Se necesita una especie de "visión", de una utopía realizable, para mover los corazones a una acción eficaz, que llegue hasta a cambiar las actuales estructuras de pecado a las que me referí algo más arriba. Uno solo no puede, pero entre muchos y con la fuerza de Dios, todo es posible. ¡"Otro mundo es posible"!, en la paz y solidaridad que surgen de la reconciliación.

Otro hijo mío jesuita, esta vez, latinoamericano, Pedro Trigo, habla de la "internacional del amor", la que debería estar constituida por todas las personas de buena voluntad, de los países centrales y de los periféricos, de todas las religiones y aun no creyentes, hombres y mujeres de diferentes países y grupos sociales, que optaran por dicha globalización alternativa o, como lo decía Pablo VI, por la "civilización del amor". Hay que elegir entre Babel y Pentecostés, entre el "choque de las civilizaciones" y la "civilización del amor": ¿cuál de las dos prefieren Ustedes? ¿cuál de las dos está de acuerdo con el plan salvífico de Dios? ¿no valdría la pena ponerse desde ya a trabajar en la construcción de esa alternativa para cada sociedad, para América Latina en su conjunto, para el mundo en vías de globalización? Pienso que Ustedes no serían jóvenes ni latinoamericanos si no sintieran arder el corazón con esos deseos, como también si no sufrieran íntimamente por la indignidad e injusticia de la situación actual. Pues bien, ¡manos a la obra con el poder de Dios, que nunca falta, sino que sobreabunda!

Pero Ustedes me dirán: la "visión" utópica y el objetivo están claros, pero ¿cómo pelear por la paz? Porque, si oponemos violencia contra violencia: ¿no se vuelve a desenroscar la espiral que la hace crecer? Pues bien, se me ocurren algunas pistas para ir encontrando juntos una respuesta. En primer lugar, hay pensadores -como el francés René Girard- que afirman que fue Cristo quien, asumiendo en sí mismo la violencia, inició el camino de su superación. Por mi parte, les vuelvo a citar a mi hijo Lonergan. Éste afirma que la dialéctica que se opone al absurdo social y que puede superarlo, no es la de la lucha del amo y el esclavo, sino la del amor. Pues éste se opone y contrapone al odio, interpela a los hombres y mujeres de buena voluntad y de corazón recto, y hasta puede transformar el corazón del agresor, en cuanto todavía sigue siendo humano, y nunca se le niega la gracia del Señor.

Queridos jóvenes: si los de buena voluntad -de cualquier nación o religión que sean- se coordinaran entre sí, organizando la red de la ya mencionada "internacional del amor"; si ellos se aliaran con quienes buscan inteligentemente sus intereses (que nunca radican, en el mediano y largo plazo, en la violencia personal ni institucional), y emprendieran el camino de un discernimiento como el que yo les enseñé en mis Ejercicios (un discernimiento que -en el plano macrosocial- use también los aportes de las ciencias del hombre y la sociedad), podrán -espero- ir encontrando estrategias políticas "de lo humano" y creando estructuras nuevas, ya no de violencia e injusticia, sino de justicia y solidaridad. ¡Vean que proyecto histórico tan atractivo, el cual merece todo su esfuerzo, apoyado en Dios!

¿Se trata nuevamente de una utopía? Creo que sí, pero que, aunque nunca pueda ser realizada plenamente, con todo, puede ir lográndose parcial y provisoriamente, en un mundo más humano y más según el espíritu cristiano, según el ritmo del "ya sí, pero todavía no". Espero que Ustedes estén pensando ahora lo mismo que yo: que vale la pena intentarlo, y que lo que se alcance, aunque sea poco, podrá ser mejor -y aun mucho mejor- que la situación mundial y latinoamericana actual.

Si logramos la paz personal de muchos corazones -comenzando con el propio-, habremos hecho mucho; cuánto
Si logramos la paz personal de muchos corazones -comenzando con el propio-, habremos hecho mucho; cuánto

Si logramos la paz personal de muchos corazones -comenzando con el propio-, habremos hecho mucho; cuánto más, si llevamos la paz a las familias y a las relaciones cortas del plano microsocial; pero habremos realizado muchísimo más, si se trata de las sociedades nacionales y de la sociedad internacional, sea la comunidad latinoamericana de naciones, sea la misma sociedad mundial global. Claro está que entonces más que nunca, habrá que unir al mismo tiempo la astucia sagaz de la serpiente con la sencillez de la paloma (símbolo de simplicidad de corazón y de la paz). Cuando, después de la segunda guerra mundial del siglo pasado, políticos cristianos como Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi pusieron las bases de la reconciliación franco-alemana y de la nueva Europa, su proyecto parecía entonces ilusorio, impracticable e imposible. Sin embargo, aunque no lo obtuvieron todo, algo -y aun mucho- han logrado para el bien común de los pueblos europeos. Una tarea semejante les aguarda hoy a Ustedes en su propio Continente latinoamericano y en el mundo globalizado que les toca vivir.

Cristo es nuestra

paz

y

nuestra reconciliación, no sólo

con

el Padre,

sino

también entre nosotros y aun con nosotros mismos. Por ello la evangelización a la que Él los invita, implica la bienaventuranza de quienes trabajan por la paz. Precisamente el Papa Juan Pablo II llamó a América Latina a una nueva evangelización. Aún más, desde Santo Domingo, es decir, desde América Latina, se dirigió con ese mismo llamado a todos los Continentes. Ya a partir de su primera encíclica enseñó que el servicio de la justicia, la paz, el desarrollo, la liberación de los pueblos según la óptica del Evangelio, son un constitutivo esencial de la evangelización (¡no meramente una parte integrante!). Lo volvió a repetir en su última encíclica social: se trata de un elemento esencial de la nueva evangelización a la que sus palabras siguen convocándolos a Ustedes.

Como fácilmente pueden verlo -sobre todo si lo miran con los ojos de Dios-, se trata de distintos niveles y momentos entrelazados de un mismo llamado: a construir

un mundo nuevo, a la nueva evangelización

es decir, de una con-vocación a la cual

, Ustedes no pueden hacerse sordos, si quieren ser dignos de Cristo, de América Latina y del momento histórico que les toca vivir.

...

Me parece que me estoy repitiendo, pero creo que Ustedes ya comprendieron mis consejos. Espero que asimismo yo haya podido hacerles participar un poco -al menos a través de una chispa- del fuego apostólico que arde en mi corazón, más ahora que estoy en comunión plena con el Corazón de Cristo y -en Él y con Él- con el Dios Trino que es Amor.

Es el amor y no el odio el que es capaz de superar el absurdo social, pero debe ser un amor inteligente, una caridad discreta, la que los guíe a Ustedes en su construcción del mundo y la sociedad, aunque vayan vislumbrando cada vez sólo la luz para dar el siguiente paso, haciendo sendero al andar.

O, más bien, siguiendo el único Camino -Cristo- que es Verdad que ilumina y Vida que vivifica y hace arder por dentro, aun a través de la oscuridad del misterio pascual. Así Él salvó a toda la humanidad y así Ustedes podrán colaborar con Él en esa salvación, que implica asimismo la exigencia de una vida digna y plena para quienes todavía están -impulsados por el Espíritu- de camino hacia el Padre.

Sigo rogando

por

todos y

cada

uno de Ustedes,

por América Latina, por la

globalización alternativa y la nueva evangelización. Desde junto al Padre los bendigo,

haciéndoles saber que espero mucho de Ustedes o, más bien, que Cristo Jesús espera mucho de
haciéndoles saber que espero mucho de Ustedes o, más bien, que Cristo Jesús espera mucho de

haciéndoles saber que espero mucho de Ustedes o, más bien, que Cristo Jesús espera mucho de su colaboración con Él, y les promete su gracia para las batallas que deban

pelear en sus propios corazones, en la

lucha

contra la

violencia y por

la

paz

y

la

justicia, y en el servicio de la nueva evangelización.

Con mis más sinceros deseos de paz y reconciliación auténticas, siervo suyo en el Señor nuestro,

haciéndoles saber que espero mucho de Ustedes o, más bien, que Cristo Jesús espera mucho de