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ANTOLOGÍA DE FANTASMAS

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EL FANTASMA DEL MAYOR SYDENHAM Joseph Glanvil

Concerniente a la aparición del fantasma del Mayor George Sydenham, (muerto en Dulverton, en el condado de Somerset) al Capitán William Dyke, fallecido también en Skilgate, en el mismo condado: conténtense con tomar la relación del hecho tal como la obtuve del entendido y digno de confianza Dr. Thomas Dyke, pariente cercano del Capitán, de este modo:

Poco después de la muerte del Mayor, el Doctor marchó a su casa para atender a un niño que estaba enfermo, y en su camino hacia allá, él invitó al Capitán, que tenían deseos de ir al lugar, ya que debía, según dijo, haber ido a la casa esa noche, a pesar que no había tenido anteriormente el ánimo necesario. Luego de su arribo al lugar, fueron oportunamente conducidos a sus aposentos, según sus preferencias, en el mismo dormitorio. Luego de un rato, el Capitán se golpeó con algo, y de inmediato pidió a la servidumbre que le trajeran algunas velas para alumbrar la estancia. El Doctor le preguntó que significaba todo esto. Y el Capitán le respondió: “Usted sabe que con el Mayor tuvimos algunas disputas acerca de la naturaleza de Dios y de la inmortalidad del alma; un punto en el que jamás nos llegábamos a poner de acuerdo, por más que quisimos. Hasta que al final surgió una gran concordancia, cuando pactamos que el primero que muriera de nosotros, debería volver la tercera noche luego de su funeral, entre la medianoche y la una, a la casita del jardín, y brindar un completo relato al superviviente acerca de estos asuntos; el otro debería asegurarse de estar presente en el lugar indicado y al momento oportuno, de manera que ambos quedamos satisfechos; y esta —dijo el Capitán— es la noche indicada, y he venido con el propósito de cumplir mi promesa.” El Doctor le disuadió entonces, llamándole la atención sobre los peligros de continuar con esas extrañas sugerencias; el Capitán replicó agradeciéndole su buena voluntad, y que si quería podía continuar descansando, pero que por su parte, había decidido esperar y vigilar, de manera que se aseguraría de estar presente a la hora citada:

para este propósito sincronizó su reloj. Tan pronto como se dio cuenta que eran once y media, se levantó y tomó los candelabros, uno en cada mano, y salió por una puerta trasera de la que previamente se había munido de llave, y caminó hacia la casita del jardín, donde permaneció durante las siguientes dos horas y media. A su regreso declaró que no había visto ni escuchado nada más que lo usual. Pero, según dijo, “sé que mi Mayor hubiera seguramente venido, si hubiera podido”. Cerca de seis semanas después, el Capitán marchó a Eaton para llevar a su hijo a una escuela de ahí. El Doctor le acompañó. Se hospedaron en una posada, llamada el Signo, y se quedaron allí durante dos o tres noches, esta vez descansando cada uno en su recámara, no como en Dulverton. La mañana anterior a la que se fueron de allí, el Capitán se quedó en su recámara más de lo normal; finalmente entró en la recámara del Doctor, pero su cara

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y aspecto era muy diferente al suyo normal, su pelo estaba erizado y su vista fija, el cuerpo temblaba por completo. El Doctor le preguntó cuál era su afección, y el Capitán replicó:

“He visto a mi Mayor”. El Doctor pareció sonreír, y el Capitán inmediatamente confirmó su aseveración, relatándole tal cuál lo que le sucedió: “Cuando salió el sol, alguien apareció a un lado de mi lecho, y súbitamente corrió las cortinas, llamándome 'Cap, Cap' (que es el término con el cual familiarmente el Mayor me llamaba). Yo repliqué casi en sueños '¿Qué, mi Mayor, qué?' y por respuesta: 'No pude ir en el plazo estipulado, pero aquí estoy para contarte, hay un Dios, y es muy justo y terrible, y si tu no comienzas a hacerte una nueva vida (su expresión aquí fue puntualmente recordada por el Doctor), lo encontrarás terrible.” El Capitán prosiguió: “En la mesa había una espada, que el Mayor me había dado hacía mucho tiempo. Ahora, luego de que la aparición había dado un par de vueltas alrededor de la recámara, tomó su espada, y la desenvainó, encontrándola no tan brillante y limpia que como cuando él la poseía, 'Cap, Cap' me dijo, 'esta espada no acostumbraba a estar así cuando yo la usaba'. Luego de estas palabras, desapareció súbitamente. El Capitán no estaba solamente persuadido de lo que había visto y escuchado, sino que también se vio afectado por ello. Su anterior humor cambió, antes era jovial y enérgico, y luego extrañamente se alteró, de manera que, en la cena apenas probó bocado. Tiempo después se observó que lo que el Capitán había visto y oído tuvo una perdurable influencia sobre él, y esto fue observado por aquellos que tuvieron detallado conocimiento de esta conversación, y el recuerdo de este hecho permaneció siempre cercano a él, de manera que las palabras de su amigo muerto frecuentemente resonaron en sus oídos, durante el resto de su vida, que fue de unos dos años.”

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EL FANTASMA PROVECHOSO Daniel Defoe

Un caballero rural tenía una vieja casa que era todo lo que quedaba de un antiguo monasterio o convento derruido, y resolvió demolerla aunque pensaba que era demasiado el gusto que esa tarea implicaría. Entonces pensó en una estratagema, que consistía en difundir el rumor de que la casa estaba encantada, e hizo esto con tal habilidad que empezó a ser creído por todos. Con ese objeto se confeccionó un largo traje blanco y con él puesto se propuso pasar velozmente por el patio interior de la casa justo en el momento en que hubiera citado a otras personas, para que estuvieran en la ventana y pudiesen verlo. Ellos difundirían después la noticia de que en la casa había un fantasma. Con este propósito, el amo y la esposa y toda la familia fueron llamados a la ventana donde, aunque estaba tan oscuro que no podía decirse con certeza qué era, sin embargo se podía distinguir claramente la blanca vestidura que cruzaba el patio y entraba por una puerta del viejo edificio. Tan pronto como estuvieron adentro, percibieron en la casa una llamarada que el caballero había planeado hacer con azufre y otros materiales, con el propósito de que dejara un tufo de sulfuro y no sólo el olor de la pólvora. Como lo esperaba, la estratagema dio resultado. Alguna gente fantasiosa, teniendo noticia de lo que pasaba y deseando ver la aparición, tuvo la ocasión de hacerlo y la vio en la forma en que usualmente se mostraba. Sus frecuentes caminatas se hicieron cosa corriente en una parte de la morada donde el espíritu tenía oportunidad de deslizarse por la puerta hacia otro patio y después hacia la parte habitada. Inmediatamente se empezó a decir que en la casa había dinero escondido, y el caballero esparció la noticia de que él comenzaría a excavar, seguro de que la gente se pondría muy ansiosa de que así se hiciera. En cambio, no hacía nada al respecto. Se seguía viendo la aparición ir y venir, caminar de un lado para otro, casi todas las noches, y siempre desvaneciéndose con una llamarada, como ya dije, lo cual era realmente extraordinario. Al fin, alguna gente de la villa vecina, viendo que el caballero daba a la larga o descuidaba el asunto, comenzó a preguntarse si el buen hombre les permitiría excavar, porque sin duda había allí dinero escondido. Pues, si él consentía en que ellos lo cogieran si lo encontraban, excavarían y lo encontrarían aunque tuvieran que excavar toda la casa y tirarla abajo. El caballero replicó que no era justo que excavaran y tiraran la casa abajo, y que por eso obtuvieran todo lo que encontraran. ¡Eso era muy duro de tragar! Pero que él autorizaba esto: que ellos acarrearían todos los escombros y los materiales que excavaran y aparecían los ladrillos y las maderas en el terreno vecino a la casa, y que a él le correspondería la mitad de lo que encontraran. Ellos consintieron y comenzaron a trabajar. El espíritu o aparición que rondaba al principio pareció abandonar el lugar, y lo primero que demolieron fue los caños de las

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chimeneas, lo que significó un gran trabajo. Pero el caballero, deseoso de alentarlos, escondió secretamente veintisiete piezas de oro antiguo en un agujero de la chimenea que no tenía entrada más que por un lado, y que después tapió. Cuando llegaron hasta el dinero, los ilusos se engañaron totalmente y se maravillaron sin querer razonar. Por casualidad el caballero estaba cerca, pero no exactamente en el lugar, cuando se produjo el hallazgo, cuando lo llamaron. Muy generosamente les dio todo, pero con la condición que no esperaran lo mismo de lo que después encontraran. En una palabra, este mordisco en su ambición hizo trabajar a los campesinos como burros y meterse más en el engaño. Pero lo que más los alentó fue que en realidad encontraron varias cosas de valor al excavar en la casa, las que tal vez habían estado escondidas desde el tiempo en que se había construido el edificio, por ser una casa religiosa. Algún otro dinero fue encontrado también, de modo que la continua expectación y esperanza de encontrar más de tal manera animó a los campesinos, que muy pronto tiraron la casa abajo. Sí, puede decirse que la demolieron hasta sus mismas raíces, porque excavaron los cimientos, que era lo que deseaba el caballero, y que hubiérale llevado mucho dinero hacer. No dejaron en la casa ni la cueva para un ratón. Pero, de acuerdo con el trato, llevaron los materiales y apilaron la madera y los ladrillos en un terreno adyacente como el caballero lo había ordenado, y de manera muy pulcra. Estaban tan persuadidos —a raíz de la aparición que caminaba por la casa— de que había dinero escondido ahí, que nada podía detener la ansiedad de los campesinos por trabajar, como si las almas de las monjas y frailes, o quien quiera que fuera que hubiera escondido algún tesoro en el lugar, suponiendo que estuviera escondido, no pudiera descansar, según se dice de otros casos, o pudiera haber algún modo de encontrarlo después de tantos años, casi doscientos.

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EL APARECIDO Marqués De Sade

La cosa del mundo a la cual los filósofos otorgan menos fe es a los aparecidos. No obstante, si el caso extraordinario que voy a contar, caso certificado con la firma de muchos testigos y consignado en archivos respetables, si ese caso, digo, y teniendo en

cuenta esos títulos y la autenticidad que tuvo en su tiempo, puede volverse susceptible de ser creído, será necesario, a pesar del escepticismo de nuestros estoicos, persuadirse de que si todos los cuentos de aparecidos no son verdaderos, al menos hay acerca de eso cosas muy extraordinarias. Una gruesa Madame Dallemand, que todo París conocía entonces como una mujer alegre, franca, ingenua y de buena compañía, vivía, desde hacía más de veinte años que era viuda, con un cierto Ménou, hombre de negocios que habitaba cerca de Saint Jean-en- Grève. Madame Dallemand se encontraba un día cenando en casa de cierta Madame Duplatz, mujer de su apostura y de su sociedad, cuando en medio de una partida que habían comenzado al levantarse de la mesa, un lacayo vino a rogar a Madame Dallemand que pasara a un cuarto vecino, visto que una persona de su conocimiento demandaba insistentemente hablarle por un asunto tan apurado como consecuente; Madame Dallemand dijo que la esperara, que no quería interrumpir su partida; el lacayo vuelve e insiste de tal manera que la dueña de la casa es la primera en apurar a Madame Dallemand para que vaya a ver qué es lo que quiere. Ella sale y reconoce a Ménou. —¿Qué asunto tan urgente —le dice ella— puede hacerte venir a turbarme así en una casa en la que no eres conocido? —Uno muy esencial, señora, responde el corredor, y debes creer que es bien necesario que sea de esa especie, para que haya obtenido de Dios el permiso de venir a hablarte por última vez en mi vida Ante esas palabras que no anunciaban un hombre muy en sus cabales, Madame Dallemand se turba. Observando a su amigo que no había visto desde hacía unos días, se espanta aun más al verlo pálido y desfigurado. —¿Qué tienes, señor —le dice— cuáles son los motivos del estado en que te veo y de

las cosas siniestras de que me hablas

—Sólo algo muy ordinario, señora —dice Ménou—, después de sesenta años de vida era muy simple llegar a puerto, gracias al cielo heme allí; he pagado a la naturaleza el tributo que todos los hombres le deben, no me lamento más que de haberte olvidado en mis últimos instantes, y es por esa falta, señora, que vengo a pedirte perdón. —Pero, señor, tú bates el campo, no hay ningún ejemplo de una tal sinrazón; o vuelves en ti o voy a pedir socorro. —No llames, señora. Esta visita inoportuna no será muy larga, me aproximo al

término que me ha sido acordado por el Eterno; escucha, pues, mis últimas palabras, y es

Estoy muerto, te dije, señora. Muy pronto serás

para siempre que vamos a dejarnos

acláramelo rápidamente, qué te ha ocurrido?

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informada de la verdad de lo que te adelanto. Te he olvidado en mi testamento, vengo a

reparar mi falta; toma esta llave, transpórtate al instante a mi casa; detrás de la tapicería de mi lecho encontrarás una puerta de hierro, la abrirás con la llave que te doy, y te llevarás el dinero que contendrá el armario cerrado por esa puerta; esa suma es desconocida por mis herederos, es tuya, nadie te la disputará. Adiós, señora, no me sigas Y Ménou desapareció. Es fácil imaginar con qué turbación Madame Dallemand volvió al salón de su amiga; le fue imposible esconder el tema —La cosa merece ser reconocida —le dijo Madame Duplatz— no perdamos un instante.

Él estaba ante su

puerta, yaciendo en su ataúd; las dos mujeres suben a los apartamentos. La amiga del dueño, demasiado conocida para ser rechazada, recorre todas las habitaciones que le placen, llega a aquella indicada, encuentra la puerta de hierro, la abre con la llave que le han dado, reconoce el tesoro y se lo lleva. He aquí sin duda pruebas de amistad y de reconocimiento cuyos ejemplos no son frecuentes y que, si los aparecidos espantan, deben al menos, se convendrá en ello, hacerse perdonar los miedos que pueden causarnos, en favor de los motivos que los conducen hacia nosotros.

Se piden caballos, se sube en coche, se llega hasta casa de Ménou

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LA NOVIA DEL ESPECTRO William Harrison Ainsworth

El Castillo de Hernswolf, a fines del año 1655, era el centro de la moda y la alegría. El barón del mismo nombre era el más poderoso noble en Alemania, e igualmente celebrado por los logros patrióticos de sus hijos, y la belleza de su única hija. El Estado de Hernswolf, que estaba situado en el centro de la Selva Negra, le había sido otorgado por la nación en reconocimiento a uno de sus ancestros, y pasado de mano en mano con otras posesiones hereditarias a la familia del dueño actual. Era una mansión almenada, de estilo

gótico, construida acorde a la moda de la época, en el más grandioso estilo arquitectónico,

y consistía principalmente de oscuros corredores ventosos, y habitaciones tapizadas en

forma de bóveda, magníficas en su tamaño por cierto, pero que poco satisfacían las necesidades de confort, dada la circunstancia extrema de su lúgubre magnitud. Un oscuro bosquecillo de pinos y fresnos de montaña rodeaban el castillo por todos lados, y

proyectaban un aspecto tenebroso alrededor de la escena, la que rara vez era animada por

la alegre luz del sol.

Las campanas del Castillo repicaron en un alegre tañido ante la cercanía del crepúsculo invernal, y el guardián se apostó con su séquito en la galería de almenas, para anunciar el arribo de los visitantes que habían sido invitados a compartir las diversiones que reinaban entre las paredes. Lady Clotilda, la única hija del Barón, recién había cumplido sus diecisiete años, y se había invitado a un brillante auditorio para celebrar el cumpleaños. Las grandes habitaciones abovedadas habían sido abiertas para la recepción de los numerosos invitados, y el alborozo de la tarde apenas había comenzado cuando el reloj de la torre comenzó sus repiques con solemnidad inusual, e inmediatamente un forastero alto, vestido con un traje negro, hizo su aparición en el salón de baile. Se inclinó cortésmente a uno y otro lado, pero fue recibido por todos con la más estricta reserva. Nadie sabía quien era ni de donde venía, pero era evidente por su apariencia, que era un noble de primer rango, y aunque su presentación fue aceptada con recelo, fue tratado por todos con respeto. Se dirigió particularmente a la hija del Barón, y era tan inteligente en sus comentarios, tan jovial en sus salidas, y tan fascinante en su discurso, que rápidamente interesó los sentimientos de su joven y sensible oyente. Finalmente, luego de alguna vacilación por parte del anfitrión, quien, con el resto de los visitantes, era incapaz de acercarse al extraño con indiferencia, fue invitado a permanecer unos pocos días en el castillo, invitación que fue alegremente aceptada. Cuando cundió el silencio de la noche y todos se hubieron retirado a descansar, la monótona y pesada campana se oyó oscilando a uno y otro lado en la torre gris, aunque era apenas un aliento para mover los árboles del bosque. Muchos de los invitados, cuando se encontraron la mañana siguiente en la mesa del desayuno, aseguraron que hubo sonidos de la música más celestial, mientras que la mayoría persistieron en afirmar que habían oído ruidos horribles, provenientes, al parecer, de la habitación ocupada en aquel

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momento por el extraño. Este pronto hizo, sin embargo, su aparición en el círculo del desayuno, y cuando se hizo alusión a las circunstancias de la noche precedente, una oscura sonrisa de significado inexpresable jugueteó en sus lóbregas facciones. Y luego recayó en una expresión de las más profunda melancolía. Dirigió su conversación principalmente a Clotilda, y cuando habló de los diferentes climas que había visitado, de las soleadas

regiones de Italia, donde los simples hálitos de la fragancia de las flores, y la brisa del verano suspiran sobre una tierra de dulces, cuando le habló de esos países deliciosos, donde la sonrisa del día se hunde en la blanda belleza de la noche, y la hermosura del cielo nunca es oscurecida ni por un instante, provocó lágrimas sentimentales en su hermosa oyente, y por primera vez ella lamentó nunca haber salido de su hogar. Los días se sucedieron, y a cada momento aumentó el fervor de los inexpresables sentimientos que le inspiraba el extraño. El nunca habló de amor, pero se veía en su lenguaje, en sus maneras, en los insinuantes tonos de su voz, en la suavidad de su sonrisa,

y cuando comprobó que había tenido éxito en infundir en ella sentimientos favorables,

una mueca del más diabólico significado apareció por un instante, y murió luego en su oscuro semblante. Cuando la veía en compañía de sus padres, era al mismo tiempo respetuoso y sumiso, y era únicamente cuando estaba solo con ella, en su paseo a través de los oscuros recovecos del bosque, que asumía el aspecto del más apasionado admirador. Mientras estaba sentado una tarde con el Barón en la habitación revestida en madera de la biblioteca, sucedió que la conversación giró hacia un tema sobrenatural. El extraño

permaneció reservado y misterioso durante la discusión, pero cuando el Barón en una forma jocosa negó la existencia de espíritus, e imitó satíricamente su apariencia, sus ojos brillaron con un fulgor sobrenatural, y su forma pareció dilatarse aún más de sus dimensiones naturales. Cuando la conversación hubo cesado, se produjo una pavorosa pausa de pocos segundos y se escuchó un coro de armonía celestial sonando a través del oscuro bosque. Todos se extasiaron de gozo, pero el extraño estaba perturbado y lúgubre, miraba a su noble anfitrión con compasión, y algo parecido a una lágrima cruzó sus ojos. Después del lapso de unos pocos segundos, la música agonizó suavemente en la distancia,

y todo se serenó como antes. Poco después el Barón dejó la estancia, y fue seguido casi

inmediatamente por el extraño. No había estado ausente mucho tiempo, cuando se oyó un ruido horrible, como el de una persona en agonía de muerte, y el Barón fue descubierto muerto extendido a lo largo de los corredores. Su semblante estaba convulsionado de dolor, y el apretón de una mano era visible en su garganta ennegrecida. Se dio la alarma instantáneamente, el castillo fue revisado en todas direcciones, pero el extraño no fue

vuelto a ver. El cuerpo del Barón, mientras tanto, fue calladamente entregado a la tierra, y

el recuerdo de su horrenda transacción, recordado solo como una cosa que una vez fue.

Luego de la partida del extraño, quien ciertamente había fascinado sus sentimientos en extremo, los ánimos de la gentil Clotilda evidentemente declinaron. Ella amaba caminar tarde y temprano en los senderos que él había frecuentado una vez, para recordar sus últimas palabras; detenerse en su dulce sonrisa; y deambular por el sitio donde ella había hablado de amor con él una vez. Evitaba toda sociedad, y nunca parecía estar contenta sino cuando estaba sumida en la soledad de su cuarto. Era entonces cuando descargaba su aflicción en lágrimas; y el amor que su orgullo de doncella disimulaba modestamente en

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público, explotaba en los momentos de privacidad. Tan bella, y aún tan resignada en su justo luto, que parecía ya un ángel liberado de las redes del mundo, preparada para realizar su vuelo al cielo. Ella estaba una tarde de verano vagando por el sitio aislado que había elegido como lugar favorito, lentas pisadas avanzaron hacia ella. Se dio vuelta, y para su infinita sorpresa descubrió al extraño. Él dio un paso alegremente a su lado, y comenzó una animada conversación. “Cuando partiste”, exclamó la niña alborozada, “pensé que toda la alegría se había fugado para siempre de mi lado, pero ahora regresaste y, ¿no deberíamos estar contentos de nuevo?” “Contentos” replicó el extraño, con una desdeñosa explosión de sarcasmo, “podré alguna vez ser feliz de nuevo, podré, pero disculpa la agitación, mi amor, y atribúyelo al placer que experimento al encontrarte. ¡Oh! Tengo tantas cosas que contarte, ¡sí! Y muchas palabras afectuosas que recibir, ¿no es así, cariño? Ven, dime la verdad, ¿no has estado feliz en mi ausencia? ¡No! Lo veo en esos ojos hundidos, en ese semblante pálido, que el pobre vagabundo había cobrado al menos algún leve interés en el corazón de su amada. He deambulado por otros climas, he visto otras naciones, me he encontrado con otras damas, hermosas y exitosas, pero no he encontrado sino un ángel, y ella está aquí ante mí. Acepta esta simple ofrenda de mi afecto, queridísima”, continuó el extraño, arrancando una rosa de su tallo, “es hermosa como las flores silvestres que adornan tu pelo, y dulce como el amor que te tengo”. “Es dulce, por cierto”, replicó Clotilda, “pero su dulzura tiene corta vida, como el amor manifestado por el hombre. Que no sea este, entonces, el tipo de tu afecto, tráeme la delicada siempreverde, la dulce flor que florece durante todo el año, y yo diré, mientras la enrollo en mi pelo: ‘Las violetas han florecido y muerto, las rosas han florecido y decaído, pero la siempreverde todavía está joven, ¡y así es el amor de mí corazón!’ Tu no podrás abandonarme. Yo no vivo sino en tí, tú eres mi esperanza, mis pensamientos, mi existencia misma. Y si te pierdo, pierdo mi todo. Yo no era sino una solitaria flor silvestre en la tierra salvaje de la naturaleza, hasta que tú me transplantaste a un suelo más amigable, y puedes ahora romper el corazón tierno al que enseñaste primero a brillar con pasión”. “No hables de ese modo, —contestó el extraño—, se me desgarra el alma misma al escucharte, déjame, olvídame, evítame para siempre, o sobrevendrá tu ruina eterna. Yo soy una cosa abandonada de Dios y el hombre, y tú no ves sino el corazón lastimado que late apenas dentro de esta móvil masa deforme; deberías escapar de mí, como si fuera una víbora en tu camino. Aquí está mi corazón, amor, siente qué frío está, no tiene pulso que delate su emoción, porque todo está helado y muerto como los amigos que alguna vez conocí.” “Tú eres infeliz, amor, y tu pobre Clotilda estará para socorrerte. Piensas que puedo abandonarte en tu desgracia. ¡No! Deambularé contigo a través del mundo entero, y seré tu sirviente, tu esclava, si eso es lo que quieres. Yo te protegeré de las noches frías, y que el viento no sople demasiado fuerte en tu cabeza desprotegida. Yo te defenderé de la tormenta que aúlle alrededor, y aunque el mundo consagre tu nombre al escarnio, aunque los amigos se separaren, y se unan mustios en la tumba, habrá un corazón tierno que te ame mejor en tu desgracia, y te valore, y aún te bendiga”.

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Ella se detuvo, y sus ojos azules se bañaron en lágrimas, mientras se volvía resplandeciente de afecto hacia el extraño. Él desvió su cabeza de su mirada, y una sonrisa sardónica de la más oscura, la más mortífera malicia cruzó sobre su delicado semblante. En un instante, la expresión declinó, su vidriosa vista fija retomó su frío sobrenatural, y se volvió una vez más hacia su acompañante. “Es la hora del crepúsculo”, exclamó, “la hora suave, la más hermosa, cuando los corazones de los amantes están felices, y la naturaleza sonríe en armonía con sus sentimientos, pero para mí ya no sonreirá más, antes de que mañana amanezca yo estaré muy lejos de la casa de mi amada, de las escenas que mi corazón atesora, como en un sepulcro. ¿Pero debo dejarte a ti, queridísima flor silvestre, para ser presa de un torbellino, víctima de la explosión de la montaña?” “No, no nos separaremos”, replicó la apasionada niña, “donde tú vayas, yo iré, tu casa será mi casa, y tu Dios será mi Dios”. “Promételo, promételo” volvió a la carga el extraño, mientras la aferraba de la mano. “Promételo por el espantoso juramento que yo te dictaré”. Entonces él le pidió que se arrodillara, y sosteniendo su mano derecha en una actitud amenazante hacia el cielo, y arrojando hacia atrás sus oscuros rizos negros, exclamó en amargas imprecaciones con la espantosa sonrisa de un demonio encarnado: “Que las maldiciones de un Dios ofendido”, gritó, “te persigan, te aferren en la tempestad y en la calma, en el día y en la noche, en la enfermedad y en el pesar, en la vida y en la muerte, si te desviaras de la promesa que has hecho aquí de ser mía. ¡Qué los espíritus oscuros de los condenados al Infierno aúllen en tus oídos los coros malditos de los demonios, que el aire torture tu seno con las llamas inextinguibles del infierno! ¡Qué tu alma sea como el lazareto de la corrupción, donde el fantasma del placer ausente sea venerado, como en una tumba: dónde el gusano de las cien cabezas nunca muere, donde el fuego nunca se extingue! ¡Qué el espíritu del demonio controle tu mente, y proclame a tu paso: ‘ESTA ES LA ABANDONADA DE DIOS Y DEL HOMBRE’, qué espantosos espectros te persigan en la noche, qué tus amigos más queridos desciendan a la tumba día a día, y los maldigas en su aliento moribundo! ¡Qué todo aquello más horrible en la naturaleza humana, más solemne que el lenguaje pueda enmarcar, o los labios puedan pronunciar, que esto, y más que esto, sea tu parte eterna, si violases el juramento que aquí has hecho!”. Él se detuvo, apenas sabiendo lo que ella hizo, la niña aterrorizada accedió al horrendo juramento, y prometió fidelidad eterna a aquel que sería su señor de allí en adelante. “Los espíritus de los condenados, te agradecen por tu ayuda”, gritó el extraño, “he cortejado bravamente a mi bella novia. Ella es mía, mía para siempre. Si, cuerpo y alma son míos, míos en la vida y míos en la muerte. ¿Por qué lloras mi dulzura, antes de que haya pasado la luna de miel? ¡Por qué! Ciertamente tienes motivo para sollozar: pero cuando próximamente nos encontremos deberemos firmar el contrato nupcial”. Luego imprimió un frío saludo en la mejilla de su joven novia, y amortiguando los horrores impronunciables de su semblante, le pidió que lo encontrara a las ocho esa misma noche en la capilla adyacente al castillo de Hernswolf. Ella se volvió hacia él con un suspiro ardiente, como implorando su protección, pero el extraño se había ido.

Al entrar en el Castillo, se la observaba afectada por la más profunda melancolía. Sus parientes se esforzaron en vano para acertar con la causa de su desconsuelo, pero el

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tremendo juramento que había prestado había paralizado completamente sus facultades, y estaba temerosa de traicionarse aún por la más leve entonación de su voz, o la menor variación en la expresión de su semblante. Cuando la noche hubo concluido, la familia se retiró a descansar, pero Clotilda, que era incapaz de reposar, dada la agitación de su ánimo, pidió que la dejaran sola en la biblioteca contigua a su habitación. Todo era ahora noche profunda, cada sirviente se había retirado a descansar hacía largo tiempo, y el único sonido que se podía percibir era el tétrico lamento del perro guardián cuando aullaba a la luna. Clotilda permaneció en la biblioteca en actitud de profunda meditación. La lámpara que ardía sobre la mesa, donde ella estaba sentada, agonizaba, y el extremo inferior de la habitación estaba ya más que oscuro a medias. El reloj de la esquina norte del Castillo repicó la hora a las doce, y el sonido hizo eco de manera lúgubre en la solemne quietud de la noche. De pronto el picaporte de la puerta de roble del extremo más lejano de la habitación se levantó suavemente, y una figura pálida, ataviada con las vestimentas de la tumba, avanzó lentamente por la habitación. Ningún sonido anticipaba su aproximación, mientras se movía con pasos silenciosos hacia la mesa donde estaba ubicada la dama. Al principio ella no lo percibió, hasta que sintió una mano helada de muerte aferrar rápidamente la suya, y oyó murmurar una solemne voz en su oído, “Clotilda”. Ella levantó la vista, una figura oscura estaba parada a su lado, intentó gritar, pero su voz era desigual al esfuerzo empleado; su vista estaba fija, como si fuera magia, en la forma en que, lentamente removía el atuendo que ocultaba su semblante, y revelaba los ojos lívidos y forma esquelética de su padre. Parecía contemplarla con pena y sentimiento, y exclamó melancólicamente: “Clotilda, los vestidos y los sirvientes están listos, la campana de la iglesia ha repicado, y el sacerdote está en el altar, pero ¿dónde está la novia comprometida? Hay una habitación para ella en la tumba, y mañana ella estará conmigo”. “¿Mañana?” vaciló la niña distraída, “los espíritus del infierno deben haberlo registrado, y mañana el enlace debe ser cancelado”. La figura se detuvo, retirándose lentamente, y pronto se perdió en la oscuridad de la distancia. La mañana, noche, llegó, y cuando el reloj de la sala marcó las ocho, Clotilda estaba en su camino a la capilla. Era una noche oscura y sombría. Espesas masas de nubes oscuras navegaban a través del firmamento, y el rugido del viento hacía eco horriblemente entre los árboles del bosque. Ella alcanzó el lugar fijado, una figura la estaba esperando, esta avanzó, y descubrió los rasgos del extraño. “¡Por qué! Está bien, mi novia”, exclamó con una risa sardónica, “y bien voy a recompensar tu cariño. Sígueme”. Avanzaron juntos en silencio a través de las ventosas naves de la capilla, hasta que alcanzaron el cementerio contiguo. Aquí se detuvieron por un instante, y el extraño, en un tono suave, dijo, “Solamente una hora más, y la lucha quedará atrás. Y aún este corazón de malicia encarnada puede sentir, cuando se consagra un espíritu tan joven, tan puro a la tumba. Pero debe, debe ser”, prosiguió, “como si la memoria de su amor pasado se precipitase en su mente, porque el demonio al cual obedezco lo ha deseado así. Pobre niña, te estoy conduciendo a tus nupcias, pero el sacerdote estará muerto, tus padres los esqueletos descompuestos que se desmoronan en pilas alrededor, y los testigos de nuestra unión, los gusanos perezosos que se regocijan en los huesos cariados de los muertos. Ven, mi joven

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novia, el sacerdote está impaciente por su víctima”. Mientras avanzaban, una débil luz azul se movía velozmente delante de ellos, y exhibió en el extremo del cementerio los portales de una cripta. Estaba abierta, y entraron en ella en silencio. El viento cavernoso se precipitó a través de la lúgubre residencia de la muerte, y por todos lados se apilaban los restos descompuestos de los féretros, los que caían pieza por pieza encima de la húmeda Cada paso que daban era sobre un cuerpo muerto, y los huesos blanqueados rechinaban horriblemente bajo sus pies. En el centro de la bóveda se levantaba una pila de esqueletos sin enterrar, sobre la que estaba sentada, una figura tan horrenda aún para ser concebida por la imaginación más oscura. Mientras se aproximaban a ella, el hueco de la cripta resonó con una carcajada infernal, y cada cadáver descompuesto pareció cobrar una vida perversa. El extraño hizo una pausa, y luego aferró a su víctima con la mano, estalló un suspiro desde su corazón. Una lágrima resplandeció en su ojo. No fue sino por un instante, la figura frunció horriblemente el entrecejo ante su vacilación, y agitó su mano descarnada. El extraño avanzó, hizo ciertos círculos místicos en el aire, articuló palabras misteriosas, e hizo una pausa, desaforado por el terror. Súbitamente levanto su voz y exclamó salvajemente: “Esposa del espíritu de la oscuridad, unos pocos momentos son todavía tuyos, para que puedas saber a quién te has encomendado. Yo soy el espíritu imperecedero del miserable a quien maldijo el Salvador en la cruz. Me miró en la última hora de su existencia, y esa Mirada aún no ha transcurrido, porque yo estoy maldito en toda la Tierra. Estoy eternamente condenado al infierno y debo abastecer el paladar de mi maestro hasta que el mundo sea abrasado tal y como un pergamino, y los cielos y la tierra hayan muerto. Yo soy aquel al que debes haber leído, y aquel de cuyas proezas has oído. Un millón de almas me ha condenado mi maestro a atrapar, y cuando mi pena sea cumplida, yo conoceré el reposo de la tumba. Tú eres la milésima alma que he atrapado. Te he visto en tu hora de pureza, y te he marcado de inmediato para mi casa. Tu padre al que mate por su temeridad, y permití que te advirtiera de tu destino: y yo mismo he sido seducido por tu inocencia. ¡Ha! El hechizo trabaja briosamente, y tú pronto lo verás, mi dulce, a quien has encadenado tu eterno destino, porque mientras las estaciones se muevan en su curso natural, mientras los relámpagos destellen, y los truenos rujan, tu pena será eterna. Mira abajo y vé a lo que estás destinada”. Ella miró, la bóveda se abrió en mil distintas direcciones, la tierra bostezó en pedazos, y el rugido de aguas potentes se oyó. Un océano viviente de fuego derretido brilló en el abismo debajo de ella, y se mezcló con los alaridos de los condenados al infierno, y los gritos triunfantes de los demonios, representaban un horror más horrible que la imaginación. Diez millones de almas estaban retorciéndose en las llamas ardientes, y mientras las oleadas hirvientes los lanzaban violentamente contra las rocas ennegrecidas e inflexibles, maldecían con blasfemias desesperadas, y cada maldición hacía eco con los truenos. El extraño se precipitó hacia su víctima. Por un instante la sostuvo sobre la vista llameante, mirando tiernamente en su cara y sollozó como si fuera un niño. Eso no fue sino un impulso momentáneo, nuevamente la aferró en sus brazos, la arrojó violentamente con furia, y mientras su última mirada de partida se fundía con bondad en su rostro, vociferó con fuerza: “No es mío el crimen, pero la religión que tú profesas, ¿no dice que hay un fuego de eternidad preparado para las almas de los malvados, y no has incurrido tú en sus tormentos?” Ella,

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pobre niña, no escuchó, no hizo caso de los gritos del blasfemador. Su delicada forma rebotó de roca en roca, sobre oleadas, y sobre espuma, mientras sentía, que el océano se zamarreaba como si estuviera victorioso de recibir su alma, y mientras ella se hundía profundamente en la fosa ardiente, diez mil voces reverberaron desde el fondo del abismo, “¡Espíritu del mal! Aquí hay ciertamente una eternidad de tormentos preparada para ti, porque aquí el gusano nunca muere, y el fuego nunca se extingue”.

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LA CÁMARA DE LOS TAPICES Walter Scott

Hacia finales de la guerra norteamericana, cuando los oficiales del ejército de lord Cornwallis que se rindieron en la ciudad de York, y otros, que habían sido hechos prisioneros durante la imprudente y desafortunada contienda, estaban regresando a su país a relatar sus aventuras y reponerse de las fatigas, había entre ellos un oficial con grado de general llamado Browne. Era un oficial de mérito, así como un caballero muy considerado por sus orígenes y por sus prendas. Ciertos asuntos habían llevado al general Browne a hacer un recorrido por los condados occidentales, cuando, al concluir una jornada matinal, se encontró en las proximidades de una pequeña ciudad de provincias que presentaba una vista de incomparable belleza y unos rasgos marcadamente ingleses. El pueblo, con su antigua y majestuosa iglesia, cuyas torres daban testimonio de la devoción de épocas muy pretéritas, se alzaba en medio de praderas y pequeños campos de cereal, rodeados y divididos por hileras de setos vivos de gran tamaño y edad. Había pocas señales de los adelantos modernos. Los alrededores del lugar no delataban ni el abandono de la decadencia ni el bullicio de la innovación; las casas eran viejas, pero estaban bien reparadas; y el hermoso riachuelo fluía libre y rumoroso por su cauce, a la izquierda del pueblo, sin una presa que lo contuviera ni ningún camino que lo bordease para remolcar. Sobre un suave promontorio, casi una milla al sur del pueblo, se distinguían, entre abundantes robles venerables y el enmarañado matorral, las torretas de un castillo tan antiguo como las guerras entre los York y los Lancaster, pero que parecía haber sufrido importantes reformas durante la época isabelina y la de los reyes siguientes. Nunca debió ser una plaza de grandes dimensiones; pero cualesquiera que fuesen los alojamientos que en otro tiempo ofreciera, cabía suponer que seguirían disponibles dentro de sus murallas; al menos eso fue lo que dedujo el general Browne observando el humo que se elevaba alegremente de algunas de las chimeneas talladas y festoneadas. La tapia del parque corría a lo largo del camino real durante doscientas o trescientas yardas; y desde los distintos puntos en que el ojo vislumbraba el aspecto del bosque interior, daba la sensación de estar muy poblado. Sucesivamente, se abrían otras perspectivas: una íntegra de la fachada del antiguo castillo y una visión lateral de sus muy especiales torres; en éstas abundaban los recargamientos del estilo isabelino, mientras la sencillez y solidez de otras partes del edificio parecían indicar que hubiera sido erigido más con ánimo defensivo que de ostentación. Encantado con las vistas parciales del castillo que captaba entre los árboles y los claros que rodeaban la antigua fortaleza feudal, nuestro viajero castrense se decidió a preguntar si merecía la pena verlo más de cerca y si albergaba retratos de familia u otros objetos curiosos que pudieran contemplar los visitantes; y entonces, al alejarse de las inmediaciones del parque, penetró en una calle limpia y bien pavimentada, y se detuvo en

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la puerta de una posada muy concurrida. Antes de solicitar los caballos con los que proseguir el viaje, el general Browne hizo preguntas sobre el propietario del palacio que tanta admiración le había despertado, y le sorprendió y complació oír por respuesta el nombre de un aristócrata a quien nosotros llamaremos lord Woodville. ¡Qué suerte la suya! Buena parte de los primeros recuerdos de Browne, tanto en el colegio como en la universidad, estaban vinculados al joven Woodville, el mismo que, como pudo cerciorarse con unas cuantas preguntas, resultaba ser el propietario de aquella hermosa finca. Woodville había ascendido a la dignidad de par al morir su padre pocos meses antes y, según supo el general por boca del posadero, habiendo concluido el tiempo de luto, ahora estaba tomando posesión de los dominios paternos, en la alegre estación del festivo otoño, acompañado por un selecto grupo de amigos con quienes disfrutaba de todo lo que ofrecía una campiña famosa por su abundante caza. Estas noticias eran deliciosas para nuestro viajero. Frank Woodville había sido el colegial que le hizo de asistente en Eton y su íntimo amigo en la Iglesia de Cristo; sus placeres y sus deberes habían sido los mismos; y el honrado corazón del militar se emocionó al encontrar al amigo de la juventud en posesión de una residencia tan encantadora y de una hacienda, según le aseguró el posadero con un movimiento de cabeza y un guiño, más que suficiente para sostener y acrecentar su dignidad. Nada más natural para este viajero que suspender el viaje, que no corría la más mínima prisa, para rendir visita al antiguo amigo en tan agradables circunstancias. Por lo tanto, los caballos de refresco sólo tuvieron la breve tarea de acarrear el carruaje del general al castillo de Woodville. Un portero le abrió paso a una moderna logia gótica, construida en un estilo a juego con el del castillo, y al tiempo tocó una campana para advertir de la llegada del visitante. En apariencia, el sonido de la campana debió suspender la partida del grupo, dedicado a diversos entretenimientos matinales; pues, al entrar en el patio del palacio, había varios jóvenes en ropa de recreo repantigados y mirando, y criticando, los perros que los guardabosques tenían dispuestos para participar en sus pasatiempos. Al apearse el general Browne, el joven lord salió a la puerta del vestíbulo y durante un instante estuvo observando como si fuera un extraño el aspecto de su amigo, en el que la guerra, con sus penalidades y sus heridas, había producido grandes cambios. Pero la incertidumbre sólo perduró hasta que hubo hablado el visitante, y la alborozada bienvenida que siguió fue de esas que sólo se intercambian entre quienes han pasado juntos los días felices de la despreocupada infancia y la primera juventud. —Si algún deseo hubiera podido yo tener, mi querido Browne —dijo lord Woodville —, hubiera sido el de tenerte aquí, a ti mejor que a nadie, en esta ocasión, que mis amigos están dispuestos a convertir en una especie de vacaciones. No te creas que no se te han seguido los pasos durante los años en que has estado ausente. He ido siguiendo los peligros por los que has pasado, tus triunfos e infortunios, y me ha complacido saber que, tanto en la victoria como en la derrota, el nombre de mi viejo amigo siempre ha merecido aplausos El general le dio la pertinente réplica y felicitó a su amigo por su nueva dignidad y por poseer una casa y una finca tan hermosas.

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—Pero si todavía no has visto nada —dijo lord Woodville—; y cuento con que no pienses en dejarnos hasta haberte familiarizado con todo esto. Cierto es, lo confieso, que el grupo que ahora me acompaña es bastante numeroso y que la vieja casa, como otros lugares de este tipo, no dispone de tantos alojamientos como prometen las dimensiones de la tapia. Pero podemos proporcionarte un cómodo cuarto a la antigua; y me aventuro a suponer que tus campañas te habrán habituado a sentirte a gusto en peores condiciones. El general se encogió de hombros y se echó a reír. —Presumo —dijo— que el peor aposento de tu palacio es notablemente mejor que el viejo tonel de tabaco donde me vi obligado a alojarme por la noche cuando estuve en la Maleza, como le llaman los virginianos, con el cuerpo expedicionario. Allí me tumbaba, como el propio Diógenes, tan satisfecho de protegerme de los elementos que, aunque en vano, traté de llevarme conmigo el barril a mi siguiente acuartelamiento; pero el que a la sazón era mi comandante no consintió tal lujo y hube de decir adiós a mi querido barril con lágrimas en los ojos. —Pues muy bien. Puesto que no temes a tu alojamiento —dijo lord Woodville—, te quedarás conmigo por lo menos una semana. Tenemos montones de escopetas, perros, cañas de pescar, moscas y material para entretenernos por mar y tierra: no es fácil divertirse, pero contamos con medios para conseguirlo. Y si prefieres las escopetas y los pointers, yo mismo te acompañaré y comprobaré si has mejorado la puntería viviendo entre los indios de las lejanas colonias. El general aceptó de buena gana todos los puntos de la amistosa invitación de su amigo. Después de una mañana de viril ejercicio, el grupo se reunió a comer y lord Woodville se complació en poner de relieve las altas cualidades de su recobrado amigo, recomendándolo de este modo a sus invitados, muchos de los cuales eran personas muy distinguidas. Hizo que el general Browne hablara de las escenas que había presenciado; y, como en cada palabra se ponía de manifiesto por igual el oficial valeroso y el hombre prudente, que sabía mantener el juicio frío frente a los más inminentes peligros, el grupo miraba al soldado con general respeto, como a quien ha demostrado ante sí mismo poseer una provisión de valor personal poco común, ese atributo que es, entre todos, el que todo mundo desea que se le reconozca. El día concluyó en el castillo de Woodville como es habitual en tales mansiones. La hospitalidad se mantuvo dentro de los límites del orden; la música, en la que era diestro el joven lord, sucedió a las copas; las cartas y el billar estuvieron a disposición de quienes preferían estos entretenimientos; pero el ejercicio de la mañana requería madrugar, y no mucho después de las once comenzaron a retirarse los huéspedes a sus respectivas habitaciones. El señor de la casa en persona condujo a su amigo, el general Browne, a la cámara que le había destinado, que respondía a la descripción que había hecho, pues era confortable pero a la antigua. El lecho era de esos imponentes que se utilizaban a finales del siglo XVII y las cortinas de seda descolorida estaban profusamente adornadas con oro deslustrado. En cambio, las sábanas, los almohadones y las mantas le parecieron una delicia al soldado, que recordaba su otra mansión, el barril. Había algo tenebroso en los tapices que, con los ornamentos desgastados, cubrían las paredes de la reducida cámara y

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ondulaban brevemente al colarse la brisa otoñal por la vieja ventana enrejada, la cual daba golpes y silbaba al abrirse paso el aire. También el lavabo, con el espejo rematado en turbante, al estilo de principios de siglo, con su peinador de seda color morado y su centenar de estuches de formas extravagantes, previstos para tocados en desuso desde hacía cincuenta años, tenía un aspecto vetusto a la vez que melancólico. Pero nada hubiera podido dar una luz más resplandeciente y alegre que las dos grandes velas de cera; y si algo podía hacerles la competencia eran los luminosos y flamantes haces de leña de la chimenea, que irradiaban a la vez luz y calor por el acogedor cuarto. Éste, no obstante lo anticuado de su aspecto general, no carecía de ninguna de las comodidades que las costumbres modernas hacen necesarias o deseables. —Es un dormitorio a la antigua, general —dijo el joven anfitrión—, pero espero que no encuentres motivos para echar de menos tu barril de tabaco. —No soy yo muy exigente con las habitaciones —replicó el general—; no obstante, por mi gusto, prefiero esta cámara, con mucha diferencia, a las alcobas más modernas y vistosas de la mansión de tu familia. Ten la seguridad de que cuando veo unidos este ambiente de confort moderno con su venerable antigüedad, y recuerdo que te pertenece, mejor alojado me siento aquí de lo que estuviera en el mejor hotel de Londres. —Confío, y no lo dudo, en que te sentirás tan cómodo como yo te lo deseo, mi querido general —dijo el joven aristócrata; y volviendo a desearle las buenas noches a su huésped, le estrechó la mano y se retiró. El general volvió a mirar en derredor y, congratulándose para sus adentros de su retorno a la vida pacífica, cuyas comodidades se le hacían más sensibles al recordar las privaciones y los peligros que últimamente había afrontado, se desnudó y se dispuso a pasar una noche de sibarítico descanso. Ahora, al contrario de lo que es habitual en el género de cuentos, dejaremos al general en posesión de su cuarto hasta la mañana siguiente. Los huéspedes se reunieron para desayunar a una hora temprana, sin que compareciese el general Browne, que parecía ser, de todos lo que lo rodeaban, el invitado que más interés tenía en honrar lord Woodville. Más de una vez expresó su sorpresa por la ausencia del general y, finalmente, envió un criado a ver qué pasaba. El hombre volvió diciendo que el general había estado paseando por el exterior desde primera hora de la mañana, a despecho del tiempo, que era neblinoso y desapacible. —Costumbres de soldado —dijo el joven aristócrata a sus amigos—; muchos de ellos se habitúan a ser vigilantes y no pueden dormir después de la temprana hora en que por regla general tienen la obligación de estar alerta. Sin embargo, la explicación que de este modo ofreció lord Woodville a sus invitados le pareció poco satisfactoria a él mismo, y aguardó silencioso y abstraído el regreso del general. Éste se personó una hora después de haber sonado la campanilla del desayuno. Parecía fatigado y febril. Tenía el pelo —cuyo empolvamiento y arreglo constituían en aquella época una de las ocupaciones más importantes de la jornada diaria de un hombre, y decía tanto de su elegancia como en los tiempos actuales el nudo de la corbata o su ausencia— despeinado, sin rizar, falto de polvos y mojado de rocío. Llevaba las ropas desordenadas y puestas de cualquier modo, lo cual llamaba la atención en un militar, entre

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cuyos deberes diarios, reales o supuestos, suele incluirse el cuidado de su atavío; y tenía el semblante demacrado y hasta cierto punto cadavérico. —Te has ido de marcha a hurtadillas esta mañana, mi querido general —dijo lord Woodville—; ¿o acaso no has encontrado el lecho tan de tu gusto como yo esperaba y tú dabas por supuesto? ¿Cómo has dormido esta noche? —¡Oh, de mil maravillas! ¡Estupendo! No he dormido mejor en mi vida —dijo rápidamente el general Browne, pero con un aire de embarazo que era evidente para su amigo. Luego, a toda prisa, se tragó una taza de té y, desatendiendo o rechazando todo cuanto se le ofrecía, pareció sumirse en sus pensamientos. —Hoy saldrás con la escopeta, general —dijo el amigo y anfitrión, pero hubo que repetir dos veces la propuesta antes de recibir la abrupta respuesta:

—No, señor; lo siento, pero no puedo aceptar el honor de pasar otro día en tu mansión; he pedido mis caballos de posta, que estarán aquí dentro de muy poco. Todos los presentes demostraron su sorpresa y lord Woodville replicó inmediatamente:

—¡Caballos de posta, mi buen amigo! ¿Para qué vas a necesitarlos si me prometiste permanecer tranquilamente conmigo durante una semana? —Tal vez —dijo el general, visiblemente turbado—, con la alegría del primer momento, al volverme a encontrar contigo, tal vez dijera de permanecer aquí algunos días; pero posteriormente he caído en la cuenta de que me es imposible. —Esto es increíble —dijo el joven aristócrata—. Ayer parecías no tener ninguna clase de compromisos y no es posible que hoy te haya convocado nadie, pues no ha venido el correo del pueblo y, por lo tanto, no has podido recibir ninguna carta. Sin ninguna otra explicación, el general musitó algo sobre un asunto inaplazable e insistió en la absoluta necesidad de su marcha, en unos términos que acallaron toda oposición por parte de su amigo, que comprendió que había tomado una decisión y se abstuvo de ser impertinente. —Pero, por lo menos —dijo—, permíteme, mi querido Browne, puesto que quieres o debes irte, que te muestre el panorama desde la terraza, pues la niebla se está levantando y pronto será visible. Abrió una ventana de guillotina y salió a la terraza mientras hablaba. El general lo siguió mecánicamente, pero parecía atender poco a lo que iba diciendo su anfitrión mientras, de cara al amplio y espléndido panorama, señalaba distintos motivos dignos de contemplarse. De este modo fueron avanzando hasta que lord Woodville hubo conseguido el propósito de aislar por completo a su amigo del resto de los huéspedes; entonces, dándose media vuelta con gran solemnidad en el porte, se dirigió a él de este modo:

—Richard Browne, mi viejo y muy querido amigo, ahora estamos solos. Permíteme que te conjure a contestarme bajo palabra de amigo y por tu honor de soldado. ¿Cómo has pasado, en realidad, la noche? —Verdaderamente, de un modo penosísimo, señor —respondió el general, con el mismo tono solemne—; tan penoso que no querría correr el riesgo de una segunda noche semejante, ni por todas las tierras que pertenecen a este castillo ni por todo el campo que estoy viendo desde este elevado mirador.

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—Esto es todavía más extraordinario —dijo el joven lord como si hablara para sí—; entonces debe haber algo de verdad en los rumores sobre ese cuarto. —Dirigiéndose de nuevo al general, dijo—: Por Dios, mi querido amigo, sé honrado conmigo y cuéntame cuáles han sido las molestias concretas que has padecido bajo un techo donde, por voluntad del propietario, no hubieras debido hallar más que bienestar. El general dio la sensación de angustiarse ante el requerimiento y tardó unos momentos en contestar:

—Mi querido señor —dijo al cabo—, lo que ha sucedido la pasada noche es de una naturaleza tan peculiar y desagradable que me costaría entrar en detalles incluso contigo, si no fuera porque, independientemente de mi deseo de complacer cualquier petición tuya, creo que mi sinceridad puede conducir a alguna explicación sobre una circunstancia no menos dolorosa y misteriosa. Para otros, lo que voy a decir pudiera ser motivo de que se me tomara por un débil mental, un loco supersticioso que sufre a consecuencia de que su propia imaginación lo engaña y confunde; pero tú me conoces desde que éramos niños y jóvenes, y no sospechas que yo haya adquirido, en la madurez, sentimientos y flaquezas de que estaba libre cuando tenía menos años. Aquí hizo una pausa y su amigo le replicó:

—No dudes de mi absoluta confianza en la veracidad de lo que me participes, por extravagante que sea; conozco muy bien tu firmeza de carácter para sospechar que pudieras ser embaucado, y sé muy bien que tu sentido del honor y de la amistad te impediría asimismo exagerar en nada lo que hayas presenciado. —Pues entonces —dijo el general— te contaré mi historia tan bien como sepa hacerlo, confiando en tu equidad; y eso pese a tener la convicción de que preferiría enfrentarme a una batería mejor que repasar mentalmente los odiosos recuerdos de esta noche. Se detuvo por segunda vez y, luego, viendo que lord Woodville se mantenía en silencio y en actitud de escuchar, comenzó, bien que no sin manifiesta contrariedad, la historia de sus aventuras nocturnas en la Cámara de los Tapices. —Me desnudé y me acosté, tan pronto me dejaste solo anoche; pero la leña de la chimenea, que casi estaba enfrente del lecho, ardía resplandeciente y con viveza, y esto, junto con el centenar de excitantes recuerdos de mi infancia y juventud que me había traído a la cabeza el inesperado placer de encontrarme contigo, me impidió rendirme en seguida al sueño. Debo decir, no obstante, que las reverberaciones del fuego eran muy agradables y acogedoras, con lo que durante un rato dieron pie a la sensación de haber cambiado los trabajos, las fatigas y los peligros de mi profesión por un disfrute de una vida apacible y la reanudación de aquellos lazos amistosos y afectivos que habían despedazado las rudas exigencias de la guerra. “Mientras me iban pasando por la cabeza estos gratos pensamientos, que poco a poco me arrullaban y adormecían, de repente me espabiló un ruido parecido al fru-fru de un vestido de seda y a los pasos de unos zapatos de tacón, como si una mujer estuviera paseando por el cuarto. Antes de que pudiese descorrer la cortina para ver qué era lo que pasaba, cruzó entre la cama y la chimenea la figura de una mujercita. La silueta estaba de espaldas a mí, pero pude observar, por la forma de los hombros y del cuello, que correspondía a una anciana vestida con un traje a la antigua, de esos que, creo, las damas

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llaman un saco; es decir, una especie de bata, completamente suelta sobre el cuerpo, pero recogida por unos grandes pliegues en el cuello y los hombros, que llega hasta el suelo y termina en una especie de cola. “Pensé que era una intrusión bien extraña, pero ni por un momento se me ocurrió la idea de que lo que veía fuese otra cosa que la forma mortal de alguna anciana de la casa que tenía el capricho de vestirse como su abuela y que, puesto que su señoría mencionó que andaba bastante escaso de habitaciones, habiendo sido desalojada de su cuarto para mi acomodo, se había olvidado de tal circunstancia y regresaba a las doce a su sitio de costumbre. Con este convencimiento, me removí en la cama y tosí un poco, para hacer saber al intruso que yo había tomado posesión del sitio. Ella fue dándose la vuelta despacio, pero, ¡santo cielo!, señor, ¡qué semblante me mostró! Ya no cabía la menor duda de lo que era ni cabía pensar en absoluto que fuese una persona viva. Sobre el rostro, que presentaba las facciones rígidas de un cadáver, llevaba impresos los rasgos de la más vil y repugnante de las pasiones que la habían animado durante la vida. Parecía que hubiera salido de la tumba el cuerpo de algún atroz criminal y se le hubiera devuelto el alma desde el fuego de los condenados, para, durante un tiempo, aunarse con el viejo cómplice de su culpa. Yo me incorporé en la cama y me senté derecho, sosteniéndome sobre las palmas de las manos, mientras miraba fijamente aquel horrible espectro. Ella avanzó con una zancada rápida, o eso me pareció a mí, hacia el lecho donde yo yacía, y se acuclilló, una vez arriba, precisamente en la misma postura que yo había adoptado en el paroxismo del horror, adelantando su diabólico semblante hasta ponerlo a menos de medio metro del mío, con una mueca que parecía expresar la maldad y el escarnio de un demonio colorado”. Al llegar allí, el general Browne se detuvo y se enjugó el sudor frío que le había perlado la frente al recordar la horrible visión. —Señor —dijo—, yo no soy cobarde. He pasado por todos los peligros de muerte propios de mi profesión y en verdad puedo presumir de que ningún hombre ha visto a Richard Browne deshonrar la espada que luce; pero, en estas horribles circunstancias, ante aquellos ojos y, por lo que parecía, casi apresado por la encarnación de un espíritu maligno, toda firmeza me abandonó, toda mi hombría se derritió dentro de mí como la cera en un horno, y sentí ponérseme de punta todos los pelos de mi cuerpo. Dejó de circularme la sangre por las venas y me hundí en un desvanecimiento, más víctima del terror y del pánico que lo haya sido nunca una moza de aldea o un niño de diez años. Me es imposible conjeturar durante cuánto tiempo estuve en ese estado. “Pero me despertó el reloj del castillo al dar la una, con tanta fuerza que tuve la impresión de que sonaba dentro del cuarto. Transcurrió algún tiempo antes de que osara abrir los ojos, no fuesen a encontrar de nuevo la horripilante visión. No obstante, cuando reuní valor para mirar, la mujer ya no se veía. Mi primera idea fue tocar la campanilla, despertar a los criados y trasladarme a un desván o un henil, con tal de estar seguro de no recibir una segunda visita. Pero, he de confesar la verdad, mi decisión se vio alterada, no por la vergüenza de ponerme en evidencia, sino por el miedo que me daba de que, al ir hasta la chimenea, junto a la cual colgaba el cordón de la campanilla, volviera a interponérseme la diabólica mujer, que, me imaginaba yo, debía seguir al acecho en

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cualquier rincón de la alcoba. “No intentaré describirte qué paroxismos de calor y de frío me atormentaron durante el resto de la noche, en medio de las cabezadas, las vigilias penosas y ese estado incierto que es la tierra de nadie que los separa. Parecía que un centenar de objetos terribles me rondaran; pero había una gran diferencia entre la visión que te he descrito y esas otras que siguieron, de modo que yo me daba cuenta de que las últimas eran supercherías de mi imaginación y de mis nervios. “Por fin clareó el día, y me levanté de la cama, con el cuerpo enfermo y el espíritu humillado. Estaba avergonzado de mí mismo, como hombre y como soldado, más aún al percibir mis vivísimos deseos de huir del cuarto embrujado, deseos que, no obstante, se imponían sobre todas las demás consideraciones; de manera que, echándome encima las ropas a toda prisa, sin el menor cuidado, escapé de tu mansión para buscar en el aire libre algún alivio a mis nervios, que estaban perturbados por el horrible encuentro con el visitante del otro mundo, pues no otra cosa creo que fuese aquella mujer. Ahora conoces las causas de mi desasosiego y de mi repentino deseo de abandonar tu hospitalario castillo. Confío en que podremos vernos a menudo en otros lugares; pero ¡Dios me libre de pasar jamás una segunda noche bajo este techo! Aunque el relato del general era extravagante, había hablado con tal tono de profunda convicción que no daba pie a los comentarios que suelen despertar tales historias. Lord Woodville no le preguntó ni una sola vez si estaba seguro de que la aparición no fue un sueño ni propuso ninguna de las explicaciones en boga para justificar las apariciones sobrenaturales, como las excentricidades de la imaginación o los engaños de los nervios ópticos. Por el contrario, se mostró profundamente impresionado por la veracidad y autenticidad de lo que acababa de oír; y, luego de un largo silencio, se dolió, con abiertos visos de sinceridad, de que aquel amigo de la juventud lo hubiese pasado tan mal en su casa. —Lamento tanto más tu malestar, mi querido Browne —dijo—, cuanto que la desgracia es consecuencia, aunque imprevisible, de un experimento mío. Debes saber que, al menos en los tiempos de mi padre y de mi abuelo, la habitación que te asigné anoche estuvo cerrada por los rumores de que allí ocurrían ruidos y visiones sobrenaturales. Cuando tomé posesión de la hacienda, hace pocas semanas, pensé que el castillo no ofrecía suficientes aposentos a mis invitados como para permitir que los habitantes del mundo invisible retuvieran para sí una alcoba tan confortable. Por eso hice que abrieran la Cámara de los Tapices, que es como la llamamos; y sin destruir su ambiente vetusto, hice que le agregaran el mobiliario que imponen los tiempos modernos. Pero, como la idea de que el cuarto estaba embrujado seguía firmemente arraigada entre los criados, y también era conocida en el vecindario y por muchos de mis amigos, temí que los prejuicios del primer ocupante de la Cámara de los Tapices reavivaran la mala fama de que es objeto, frustrándose así mis intenciones de convertirla en parte útil de la casa. Debo confesarte, mi querido Browne, que tu llegada de ayer, tan de mi agrado por otras mil razones, me pareció la ocasión ideal para acabar con esos desagradables cuentos sobre tal cuarto, puesto que tu valor estaba fuera de toda duda y tu entendimiento libre de todo temor preconcebido. En consecuencia, no hubiera podido elegir mejor sujeto para mi experiencia.

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—Por mi vida —dijo el general Browne, con algo de precipitación—, que te quedo infinitamente obligado, verdaderamente reconocido. Es muy probable que durante algún tiempo recuerde las consecuencias del experimento, según gustas denominarlo. —No, ahora estás siendo injusto, mi querido amigo —dijo lord Woodville—. Bastará con que reflexiones un momento para convencerte de que yo no podía prever la posibilidad de exponerte a las angustias que desgraciadamente has sufrido. Ayer por la mañana yo era absolutamente escéptico en cuanto a las apariciones sobrenaturales. Pero estoy seguro de que si te hubieran hablado de la habitación, esos mismos rumores te habrían impulsado, por tu propio gusto, a elegirla como dormitorio. Ese ha sido mi revés, quizás mi error, pero que de verdad no puede calificarse de falta: haber dado lugar a que tú hayas sufrido de un modo tan increíble. —¡Verdaderamente increíble! —dijo el general, recuperando el buen humor—. Y reconozco que no tengo derecho a estar ofendido contigo por haberme tratado tal y como yo acostumbro a considerarme a mí mismo: un hombre firme y valiente. Pero veo que han llegado mis caballos de posta, y no quiero interrumpir tus diversiones. —Pero, viejo amigo —dijo lord Woodville—, ya que no te es posible permanecer con nosotros ni un día más, lo cual, desde luego, no tengo derecho a exigirte, concédeme al menos otra media hora. A ti te gustaban los cuadros, y yo tengo una galería de retratos, algunos de ellos de Van Dyke, que representan a los antepasados a quienes pertenecieron esta hacienda y este castillo. Creo que varios de ellos te impresionarán por su gran mérito. El general Browne aceptó la invitación, aunque no de muy buena gana. Era evidente que no respiraría con libertad y a sus anchas hasta haber dejado a sus espaldas el castillo de Woodville. No obstante, no podía rechazar la invitación de su amigo; y mucho menos cuanto que estaba un poco avergonzado por el mal humor que había mostrado a su bienintencionado anfitrión. Así pues, el general siguió a lord Woodville por varias salas hasta la galería donde estaban expuestos los cuadros, que este último fue señalando a su huésped, diciéndole los nombres y contándole algunas cosas sobre los sucesivos personajes cuyos retratos contemplaban. Al general Browne le interesaban muy poco los pormenores de los que se le iba informando. Los cuadros, de hecho, eran muy del estilo de todos los que se ven en las antiguas galerías familiares: un caballero que había arruinado su hacienda al servicio del rey, una hermosa dama que la había restaurado contrayendo matrimonio con un acaudalado puritano, un caballero galante que se había arriesgado a mantener correspondencia con la corte exiliada de St. Germain, otro que había tomado las armas en favor de William Cromwell durante la revolución, y otro que había volcado alternativamente su peso en el platillo de los whig y en el de los tory. Mientras lord Woodville atiborraba con estas palabras los oídos de su huésped, como se ceba a los pavos, alcanzaron el centro de la galería. De pronto, el general se sobresaltó y adoptó una actitud casi de asombro, no sin algo de temor, al recaer sus ojos, súbitamente atraídos por el cuadro, sobre el retrato de una anciana dama vestida según la usanza de la moda de finales del siglo XVII. —¡Ésta es! —exclamó—. Ésta es, por el tipo y por los rasgos, aunque la expresión no llegue a ser tan demoníaca como la de la detestable mujer que me visitó anoche.

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—Si es así —dijo el joven aristócrata—, ya no queda ninguna duda sobre la horrible realidad de la aparición. Este retrato es de una desdichada antepasada mía sobre cuyos crímenes se conserva una siniestra y espantosa relación en una historia de mi familia que guardo en mi escritorio. Enumerarlos sería demasiado horrible; baste decir que en tu funesto dormitorio se cometió un incesto y un asesinato perverso. Lo devolveré al aislamiento al que lo habían confinado quienes me precedieron; y nadie, mientras yo pueda impedirlo, se expondrá a que se repitan los horrores sobrenaturales capaces de hacer vacilar un valor como el tuyo. Así que los dos amigos, que con tanto regocijo se habían encontrado, se despidieron con muy distintos ánimos: lord Woodville pensando en ordenar que la Cámara de los Tapices fuese desmantelada y cegada la puerta; el general Browne decidido a buscar, en algún paraje menos hermoso y con algún amigo menos encumbrado, el olvido de la deplorable noche que había pasado en el castillo de Woodville.

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LIGEIA Edgar Allan Poe

Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad. —Joseph Glanvill

Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo ni siquiera dónde conocí a Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces y el sufrimiento ha debilitado mi memoria. O quizá no puedo rememorar ahora aquellas cosas porque, a decir verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, su belleza singular y, sin embargo, plácida, y la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y musical, se abrieron camino en mi corazón con pasos tan constantes, tan cautelosos, que me pasaron inadvertidos e ignorados. No obstante, creo haberla conocido y visto, las más de las veces, en una vasta, ruinosa ciudad cerca del Rin. Seguramente le oí hablar de su familia. No cabe duda de que su estirpe era remota. ¡Ligeia, Ligeia! Sumido en estudios que, por su índole, pueden como ninguno amortiguar las impresiones del mundo exterior, sólo por esta dulce palabra, Ligeia, acude a los ojos de mi fantasía la imagen de aquella que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, me asalta como un rayo el recuerdo de que nunca supe el apellido de quien fuera mi amiga y prometida, luego compañera de estudios y, por último, la esposa de mi corazón. ¿Fue por una amable orden de parte de mi Ligeia o para poner a prueba la fuerza de mi afecto, que me estaba vedado indagar sobre ese punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una loca y romántica ofrenda en el altar de la devoción más apasionada? Sólo recuerdo confusamente el hecho. ¿Es de extrañarse que haya olvidado por completo las circunstancias que lo originaron y lo acompañaron? Y en verdad, si alguna vez ese espíritu al que llaman Romance, si alguna vez la pálida Ashtophet del Egipto idólatra, con sus alas tenebrosas, han presidido, como dicen, los matrimonios fatídicos, seguramente presidieron el mío. Hay un punto muy caro en el cual, sin embargo, mi memoria no falla. Es la persona de Ligeia. Era de alta estatura, un poco delgada y, en sus últimos tiempos, casi descarnada. Sería vano intentar la descripción de su majestad, la tranquila soltura de su porte o la inconcebible ligereza y elasticidad de su paso. Entraba y salía como una sombra. Nunca advertía yo su aparición en mi cerrado gabinete de trabajo de no ser por la amada música de su voz dulce, profunda, cuando posaba su mano marmórea sobre mi hombro. Ninguna mujer igualó la belleza de su rostro. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y arrebatadora, más extrañamente divina que las fantasías que revoloteaban en las almas adormecidas de las hijas de Delos. Sin embargo, sus facciones no tenían esa regularidad que falsamente nos han enseñado a adorar en las obras clásicas del

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paganismo. “No hay belleza exquisita —dice Bacon, Verulam, refiriéndose con justeza a todas las formas y géneros de la hermosura— sin algo de extraño en las proporciones”. No obstante, aunque yo veía que las facciones de Ligeia no eran de una regularidad clásica, aunque sentía que su hermosura era, en verdad, “exquisita” y percibía mucho de “extraño” en ella, en vano intenté descubrir la irregularidad y rastrear el origen de mi percepción de lo “extraño”. Examiné el contorno de su frente alta, pálida: era impecable — ¡qué fría en verdad esta palabra aplicada a una majestad tan divina!— por la piel, que rivalizaba con el marfil más puro, por la imponente amplitud y la calma, la noble prominencia de las regiones superciliares; y luego los cabellos, como ala de cuervo, lustrosos, exuberantes y naturalmente rizados, que demostraban toda la fuerza del epíteto homérico: “cabellera de jacinto”. Miraba el delicado diseño de la nariz y sólo en los graciosos medallones de los hebreos he visto una perfección semejante. Tenía la misma superficie plena y suave, la misma tendencia casi imperceptible a ser aguileña, las mismas aletas armoniosamente curvas, que revelaban un espíritu libre. Contemplaba la dulce boca. Allí estaba en verdad el triunfo de todas las cosas celestiales: la magnífica sinuosidad del breve labio superior, la suave, voluptuosa calma del inferior, los hoyuelos juguetones y el color expresivo; los dientes, que reflejaban con un brillo casi sorprendente los rayos de la luz bendita que caían sobre ellos en la más serena y plácida y, sin embargo, radiante, triunfal de todas las sonrisas. Analizaba la forma del mentón y también aquí encontraba la

noble amplitud, la suavidad y la majestad, la plenitud y la espiritualidad de los griegos, el contorno que el dios Apolo reveló tan sólo en sueños a Cleomenes, el hijo del ateniense. Y entonces me asomaba a los grandes ojos de Ligeia. Para los ojos no tenemos modelos en la remota antigüedad. Quizá fuera, también, que en los de mi amada yacía el secreto al cual alude Verulam. Eran, creo, más grandes que los ojos comunes de nuestra raza, más que los de las gacelas de la tribu del valle de Nourjahad. Pero sólo por instantes —en los momentos de intensa excitación— se hacía más notable esta peculiaridad de Ligeia. Y en tales ocasiones su belleza —quizá la veía así mi imaginación ferviente— era la de los seres que están por encima o fuera de la tierra, la belleza de la fabulosa hurí de los turcos. Los ojos eran del negro más brillante, velados por oscuras y largas pestañas. Las cejas, de diseño levemente irregular, eran del mismo color. Sin embargo, lo “extraño” que encontraba en sus ojos era independiente de su forma, del color, del brillo, y debía atribuirse, al cabo, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido tras cuya vasta latitud de simple sonido se atrinchera nuestra ignorancia de lo espiritual! La

¡Cuántas horas medité sobre ella! ¡Cuántas noches de

expresión de los ojos de Ligeia

verano luché por sondearla! ¿Qué era aquello, más profundo que el pozo de Demócrito, que yacía en el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era? Me poseía la pasión de descubrirlo. ¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Llegaron a ser para mí las estrellas gemelas de Leda, y yo era para ellas el más fervoroso de los astrólogos. No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia psicológica, punto más atrayente, más excitante que el hecho —nunca, creo, mencionado por las escuelas— de que en nuestros intentos por traer a la memoria algo largo tiempo olvidado, con frecuencia llegamos a encontrarnos al borde mismo del recuerdo, sin poder, al fin, asirlo. Y

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así cuántas veces, en mi intenso examen de los ojos de Ligeia, sentí que me acercaba al conocimiento cabal de su expresión, me acercaba, aún no era mío, y al fin desaparecía por completo. Y (¡extraño, ah, el más extraño de los misterios!) encontraba en los objetos más comunes del universo un círculo de analogías con esa expresión. Quiero decir que, después del periodo en que la belleza de Ligeia penetró en mi espíritu, donde moraba como en un altar, yo extraía de muchos objetos del mundo material un sentimiento semejante al que provocaban, dentro de mí, sus grandes y luminosas pupilas. Pero no por ello puedo definir mejor ese sentimiento, ni analizarlo, ni siquiera percibirlo con calma. Lo he reconocido a veces, repito, en una viña, que crecía rápidamente, en la contemplación de una falena, de una mariposa, de una crisálida, de un veloz curso de agua. Lo he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. Lo he sentido en la mirada de gentes muy viejas. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una, de sexta magnitud, doble y cambiante, que puede verse cerca de la gran estrella de Lira) que, miradas con el telescopio, me han inspirado el mismo sentimiento. Me ha colmado al escuchar ciertos sones de instrumentos de cuerda, y no pocas veces al leer pasajes de determinados libros. Entre innumerables ejemplos, recuerdo bien algo de un volumen de Joseph Glanvill que (quizá simplemente por lo insólito, ¿quién sabe?) nunca ha dejado de inspirarme ese sentimiento: “Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad”. Los años transcurridos y las reflexiones consiguientes me han permitido rastrear cierta remota conexión entre este pasaje del moralista inglés y un aspecto del carácter de Ligeia. La intensidad de pensamiento, de acción, de palabra, era posiblemente en ella un resultado, o por lo menos un índice, de esa gigantesca voluntad que durante nuestras largas relaciones no dejó de dar otras pruebas más numerosas y evidentes de su existencia. De todas las mujeres que jamás he conocido, la exteriormente tranquila, la siempre plácida Ligeia, era presa con más violencia que nadie de los tumultuosos buitres de la dura pasión. Y no podía yo medir esa pasión como no fuese por el milagroso dilatarse de los ojos que me deleitaban y aterraban al mismo tiempo, por la melodía casi mágica, la modulación, la claridad y la placidez de su voz tan profunda, y por la salvaje energía (doblemente efectiva por contraste con su manera de pronunciarlas) con que profería habitualmente sus extrañas palabras. He hablado del saber de Ligeia: era inmenso, como nunca lo hallé en una mujer. Su conocimiento de las lenguas clásicas era profundo, y, en la medida de mis nociones sobre los modernos dialectos de Europa, nunca la descubrí en falta. A decir verdad, en cualquier tema de la alabada erudición académica, admirada simplemente por abstrusa, ¿descubrí alguna vez a Ligeia en falta? ¡De qué modo singular y penetrante este punto de la naturaleza de mi esposa atrajo, tan sólo en el último periodo, mi atención! Dije que sus conocimientos eran tales que jamás los hallé en otra mujer, pero, ¿dónde está el hombre que ha cruzado, y con éxito, toda la amplia extensión de las ciencias morales, físicas y metafísicas? No vi entonces lo que ahora advierto claramente: que las adquisiciones de Ligeia eran gigantescas, eran asombrosas; sin embargo, tenía suficiente conciencia de su

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infinita superioridad para someterme con infantil confianza a su guía en el caótico mundo de la investigación metafísica, a la cual me entregué activamente durante los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué amplio sentimiento de triunfo, con qué vivo deleite, con qué etérea esperanza sentía yo —cuando ella se entregaba conmigo a estudios poco frecuentes, poco conocidos— esa deliciosa perspectiva que se agrandaba en lenta gradación ante mí, por cuya larga y magnífica senda no hollada podía al fin alcanzar la meta de una sabiduría demasiado premiosa, demasiado divina para no ser prohibida! ¡Así, con qué punzante dolor habré visto, después de algunos años, emprender vuelo a mis bien fundadas esperanzas y desaparecer! Sin Ligeia era yo un niño a tientas en la oscuridad. Sólo su presencia, sus lecturas, podían arrojar vívida luz sobre los muchos misterios del trascendentalismo en los cuales vivíamos inmersos. Privadas del radiante brillo de sus ojos, esas páginas, leves y doradas, tornáronse más opacas que el plomo saturnino. Y aquellos ojos brillaron cada vez con menos frecuencia sobre las páginas que yo escrutaba. Ligeia cayó enferma. Los extraños ojos brillaron con un fulgor demasiado, demasiado magnífico; los pálidos dedos adquirieron la transparencia cerúlea de la tumba y las venas azules de su alta frente latieron impetuosamente en las alternativas de la más ligera emoción. Vi que iba a morir y luché desesperadamente en espíritu con el torvo Azrael. Y las luchas de la apasionada esposa eran, para mi asombro, aún más enérgicas que las mías. Muchos rasgos de su adusto carácter me habían convencido de que para ella la muerte llegaría sin sus terrores; pero no fue así. Las palabras son impotentes para dar una idea de la fiera resistencia que opuso a la Sombra. Gemí de angustia ante el lamentable espectáculo. Yo hubiera querido calmar, hubiera querido razonar; pero en la intensidad de su salvaje deseo de vivir, vivir, sólo vivir, el consuelo y la razón eran el colmo de la locura. Sin embargo, hasta el último momento, en las convulsiones más violentas de su espíritu indómito, no se conmovió la placidez exterior de su actitud. Su voz se tornó más suave; más profunda, pero yo no quería demorarme en el extraño significado de las palabras pronunciadas con calma. Mi mente vacilaba al escuchar fascinada una melodía sobrehumana, conjeturas y aspiraciones que la humanidad no había conocido hasta entonces. De su amor no podía dudar, y me era fácil comprender que, en un pecho como el suyo, el amor no reinaba como una pasión ordinaria. Pero sólo en la muerte medí toda la fuerza de su afecto. Durante largas horas, reteniendo mi mano, desplegaba ante mí los excesos de un corazón cuya devoción más que apasionada llegaba a la idolatría. ¿Cómo había merecido yo la bendición de semejantes confesiones? ¿Cómo había merecido la condena de que mi amada me fuese arrebatada en el momento en que me las hacía? Pero no puedo soportar el extenderme sobre este punto. Sólo diré que en el abandono más que femenino de Ligeia al amor, ay, inmerecido, otorgado sin ser yo digno, reconocí el principio de su ansioso, de su ardiente deseo de vida, esa vida que huía ahora tan velozmente. Soy incapaz de describir, no tengo palabras para expresar esa ansia salvaje, esa anhelante vehemencia de vivir, sólo vivir. La medianoche en que murió me llamó perentoriamente a su lado, pidiéndome que repitiera ciertos versos que había compuesto pocos días antes. La obedecí. Helos aquí:

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¡Vedla! ¡Es noche de gala en los últimos años solitarios! La multitud de ángeles alados, con sus velos, en lágrimas bañados, son público de un teatro que contempla un drama de esperanzas y temores, mientras toca la orquesta, indefinida, la música sin fin de las esferas.

Imágenes del Dios que está en lo alto, allí los mimos gruñen y mascullan, corren aquí y allá; y los apremian vastas cosas informes que el escenario alteran de continuo, vertiendo de sus alas desplegadas, un invisible, largo Sufrimiento.

¡Este múltiple drama ya jamás, jamás será olvidado! Con su Fantasma siempre perseguido

por una multitud que no lo alcanza, en un círculo siempre de retorno al lugar primitivo,

y

mucho de Locura, y más Pecado,

y

más Horror, el alma de la intriga.

¡Ah, ved: entre los mimos en tumulto una forma reptante se insinúa! ¡Roja como la sangre se retuerce en la escena desnuda! ¡Se retuerce y retuerce! Y en tormentos los mimos son su presa, y sus fauces destilan sangre humana, y los ángeles lloran.

¡Apáganse las luces, todas, todas! Y sobre cada forma estremecida cae el telón, cortina funeraria, con fragor de tormenta. Y los ángeles pálidos y exangües, ya de pie, ya sin velos, manifiestan que el drama es el del “Hombre”, y que es su héroe el Vencedor Gusano.

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—¡Oh, Dios! —gritó casi Ligeia, incorporándose de un salto y tendiendo sus brazos al cielo con un movimiento espasmódico, al terminar yo estos versos—. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Padre Celestial! ¿Estas cosas ocurrirán irremisiblemente? ¿El Vencedor no será alguna vez vencido? ¿No somos una parte, una parcela de Ti? ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad. Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer los blancos brazos y volvió solemnemente a su lecho de muerte. Y mientras lanzaba los últimos suspiros, mezclado con ellos brotó un suave murmullo de sus labios. Acerqué mi oído y distinguí de nuevo las palabras finales del pasaje de Glanvill: “El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad”. Murió; y yo, deshecho, pulverizado por el dolor, no pude soportar más la solitaria desolación de mi morada, y la sombría y ruinosa ciudad a orillas del Rin. No me faltaba lo que el mundo llama fortuna. Ligeia me había legado más, mucho más, de lo que por lo común cae en suerte a los mortales. Entonces, después de unos meses de vagabundeo tedioso, sin rumbo, adquirí y reparé en parte una abadía cuyo nombre no diré, en una de las más incultas y menos frecuentadas regiones de la hermosa Inglaterra. La sombría y triste vastedad del edificio, el aspecto casi salvaje del dominio, los numerosos recuerdos melancólicos y venerables vinculados con ambos, tenían mucho en común con los sentimientos de abandono total que me habían conducido a esa remota y huraña región del país. Sin embargo, aunque el exterior de la abadía, ruinoso, invadido de musgo, sufrió pocos cambios, me dediqué con infantil perversidad, y quizá con la débil esperanza de aliviar mis penas, a desplegar en su interior magnificencias más que reales. Siempre, aun en la infancia, había sentido gusto por esas extravagancias, y entonces volvieron como una compensación del dolor. ¡Ay, ahora sé cuánto de incipiente locura podía descubrirse en los suntuosos y fantásticos tapices, en las solemnes esculturas de Egipto, en las extrañas cornisas, en los moblajes, en los vesánicos diseños de las alfombras de oro recamado! Me había convertido en un esclavo preso en las redes del opio, y mis trabajos y mis planes cobraron el color de mis sueños. Pero no me detendré en el detalle de estos absurdos. Hablaré tan sólo de ese aposento por siempre maldito, donde en un momento de enajenación conduje al altar —como sucesora de la inolvidable Ligeia— a Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules. No hay una sola partícula de la arquitectura y la decoración de aquella cámara nupcial que no se presente ahora ante mis ojos. ¿Dónde tenía el corazón la altiva familia de la novia para permitir, movida por su sed de oro, que una doncella, una hija tan querida, pasara el umbral de un aposento tan adornado? He dicho que recuerdo minuciosamente los detalles de la cámara —yo, que tristemente olvido cosas de profunda importancia— y, sin embargo, no había orden, no había armonía en aquel lujo fantástico, que se impusieran a mi memoria. La habitación estaba en una alta torrecilla de la abadía fortificada, era de forma pentagonal y de vastas dimensiones. Ocupaba todo el lado sur del pentágono la única ventana, un inmenso cristal de Venecia de una sola pieza y de matiz plomizo, de suerte que los rayos del sol o de la luna, al atravesarlo, caían con brillo horrible sobre los

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objetos. En lo alto de la inmensa ventana se extendía el enrejado de una añosa vid que trepaba por los macizos muros de la torre. El techo, de sombrío roble, era altísimo, abovedado y decorosamente decorado con los motivos más extraños, más grotescos, de un estilo semigótico, semidruídico. Del centro mismo de esa melancólica bóveda colgaba, de una sola cadena de oro de largos eslabones, un inmenso incensario del mismo metal, en estilo sarraceno, con múltiples perforaciones dispuestas de tal manera que a través de ellas, como dotadas de la vitalidad de una serpiente, veíanse las contorsiones continuas de llamas multicolores. Había algunas otomanas y candelabros de oro de forma oriental, y también el lecho, el lecho nupcial, de modelo indio, bajo, esculpido en ébano macizo, con baldaquino como una colgadura fúnebre. En cada uno de los ángulos del aposento había un gigantesco sarcófago de granito negro proveniente de las tumbas reales erigidas frente a Luxor, con sus antiguas tapas cubiertas de inmemoriales relieves. Pero en las colgaduras del aposento se hallaba, ay, la fantasía más importante. Los elevados muros, de gigantesca altura —al punto de ser desproporcionados—, estaban cubiertos de arriba abajo, en vastos pliegues, por una pesada y espesa tapicería, tapicería de un material semejante al de la alfombra del piso, la cubierta de las otomanas y el lecho de ébano, del baldaquino y de las suntuosas volutas de los cortinajes que velaban parcialmente la ventana. Este material era el más rico tejido de oro, cubierto íntegramente, con intervalos irregulares, por arabescos en realce, de un pie de diámetro, de un negro azabache. Pero estas figuras sólo participaban de la condición de arabescos cuando se las miraba desde un determinado ángulo. Por un procedimiento hoy común, que puede en verdad rastrearse en periodos muy remotos de la antigüedad, cambiaban de aspecto. Para el que entraba en la habitación tenían la apariencia de simples monstruosidades; pero, al acercarse, esta apariencia desaparecía gradualmente y, paso a paso, a medida que el visitante cambiaba de posición en el recinto, se veía rodeado por una infinita serie de formas horribles pertenecientes a la superstición de los normandos o nacidas en los sueños culpables de los monjes. El efecto fantasmagórico era grandemente intensificado por la introducción artificial de una fuerte y continua corriente de aire detrás de los tapices, la cual daba una horrenda e inquietante animación al conjunto. Entre esos muros, en esa cámara nupcial, pasé con Rowena de Tremaine las impías horas del primer mes de nuestro matrimonio, y las pasé sin demasiada inquietud. Que mi esposa temiera la índole hosca de mi carácter, que me huyera y me amara muy poco, no podía yo pasarlo por alto; pero me causaba más placer que otra cosa. Mi memoria volaba (¡ah, con qué intensa nostalgia!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada. Me embriagaba con los recuerdos de su pureza, de su sabiduría, de su naturaleza elevada, etérea, de su amor apasionado, idólatra. Ahora mi espíritu ardía plena y libremente, con más intensidad que el suyo. En la excitación de mis sueños de opio (pues me hallaba habitualmente aherrojado por los grilletes de la droga) gritaba su nombre en el silencio de la noche, o durante el día, en los sombreados retiros de los valles, como si con esa salvaje vehemencia, con la solemne pasión, con el fuego devorador de mi deseo por la desaparecida, pudiera restituirla a la senda que había abandonado —ah, ¿era posible que fuese para siempre?— en la tierra.

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Al comenzar el segundo mes de nuestro matrimonio, Rowena cayó súbitamente enferma y se repuso lentamente. La fiebre que la consumía perturbaba sus noches, y en su inquieto semisueño hablaba de sonidos, de movimientos que se producían en la cámara de la torre, cuyo origen atribuí a los extravíos de su imaginación o quizá a la fantasmagórica influencia de la cámara misma. Llegó, al fin, la convalecencia y, por último, el restablecimiento total. Sin embargo, había transcurrido un breve periodo cuando un segundo trastorno más violento la arrojó a su lecho de dolor; y de este ataque, su constitución, que siempre fuera débil, nunca se repuso del todo. Su mal, desde entonces, tuvo un carácter alarmante y una recurrencia que lo era aún más, y desafiaba el conocimiento y los grandes esfuerzos de los médicos. Con la intensificación de su mal crónico —el cual parecía haber invadido de tal modo su constitución que era imposible desarraigarlo por medios humanos—, no pude menos de observar un aumento similar en su irritabilidad nerviosa y en su excitabilidad para el miedo motivado por causas triviales. De nuevo hablaba, y ahora con más frecuencia e insistencia, de los sonidos, de los leves sonidos y de los movimientos insólitos en las colgaduras, a los cuales aludiera en un comienzo. Una noche, próximo el fin de septiembre, impuso a mi atención este penoso tema con más insistencia que de costumbre. Acababa de despertar de un sueño inquieto, y yo había estado observando, con un sentimiento en parte de ansiedad, en parte de vago terror, los gestos de su semblante descarnado. Me senté junto a su lecho de ébano, en una de las otomanas de la India. Se incorporó a medias y habló, con un susurro ansioso, bajo, de los sonidos que estaba oyendo y yo no podía oír, de los movimientos que estaba viendo y yo no podía percibir. El viento corría velozmente detrás de los tapices y quise mostrarle (cosa en la cual, debo decirlo, no creía yo del todo) que aquellos suspiros casi inarticulados y aquellas levísimas variaciones de las figuras de la pared eran tan sólo los naturales efectos de la habitual corriente de aire. Pero la palidez mortal que se extendió por su rostro me probó que mis esfuerzos por tranquilizarla serían infructuosos. Pareció desvanecerse y no había criados a quien recurrir. Recordé el lugar donde había un frasco de vino ligero que le habían prescrito los médicos, y crucé presuroso el aposento en su busca. Pero, al llegar bajo la luz del incensario, dos circunstancias de índole sorprendente llamaron mi atención. Sentí que un objeto palpable, aunque invisible, rozaba levemente mi persona, y vi que en la alfombra dorada, en el centro mismo del rico resplandor que arrojaba el incensario, había una sombra, una sombra leve, indefinida, de aspecto angélico, como cabe imaginar la sombra de una sombra. Pero yo estaba perturbado por la excitación de una inmoderada dosis de opio; poco caso hice a estas cosas y no las mencioné a Rowena. Encontré el vino, crucé nuevamente la cámara y llené un vaso, que llevé a los labios de la desvanecida. Ya se había recobrado un tanto, sin embargo, y tomó el vaso en sus manos, mientras yo me dejaba caer en la otomana que tenía cerca, con los ojos fijos en su persona. Fue entonces cuando percibí claramente un paso suave en la alfombra, cerca del lecho, y un segundo después, mientras Rowena alzaba la copa de vino hasta sus labios, vi o quizá soñé que veía caer dentro del vaso, como surgida de un invisible surtidor en la atmósfera del aposento, tres o cuatro grandes gotas de fluido brillante, del color del rubí. Si yo lo vi, no ocurrió lo mismo con Rowena. Bebió el vino sin vacilar y me abstuve de hablarle de una

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circunstancia que, según pensé, debía considerarse como sugestión de una imaginación excitada, cuya actividad mórbida aumentaban el terror de mi mujer, el opio y la hora.

Sin embargo, no pude dejar de percibir que, inmediatamente después de la caída de

las gotas color rubí, se producía una rápida agravación en el mal de mi esposa, de suerte

que la tercera noche las manos de sus doncellas la prepararon para la tumba, y la cuarta la pasé solo, con su cuerpo amortajado, en aquella fantástica cámara que la recibiera recién casada. Extrañas visiones engendradas por el opio revoloteaban como sombras delante de mí. Observé con ojos inquietos los sarcófagos en los ángulos de la habitación, las cambiantes figuras de los tapices, las contorsiones de las llamas multicolores en el incensario suspendido. Mis ojos cayeron entonces, mientras trataba de recordar las circunstancias de una noche anterior, en el lugar donde, bajo el resplandor del incensario, había visto las débiles huellas de la sombra. Pero ya no estaba allí, y, respirando con más libertad, volví la mirada a la pálida y rígida figura tendida en el lecho. Entonces me asaltaron mil recuerdos de Ligeia, y cayó sobre mi corazón, con la turbulenta violencia de una marea, todo el indecible dolor con que había mirado su cuerpo amortajado. La noche avanzaba, y con el pecho lleno de amargos pensamientos, cuyo objeto era mi único, mi supremo amor, permanecí contemplando el cuerpo de Rowena. Quizá fuera media noche, tal vez más temprano o más tarde, pues no tenía conciencia del tiempo, cuando un sollozo sofocado, suave, pero muy claro, me sacó bruscamente de mi ensueño. Sentí que venía del lecho de ébano, del lecho de muerte.

Presté atención en una agonía de terror supersticioso, pero el sonido no se repitió. Esforcé la vista para descubrir algún movimiento del cadáver, mas no advertí nada. Sin embargo,

no podía haberme equivocado. Había oído el ruido, aunque débil, y mi espíritu estaba

despierto. Mantuve con decisión, con perseverancia, la atención clavada en el cuerpo. Transcurrieron algunos minutos sin que ninguna circunstancia arrojara luz sobre el misterio. Por fin, fue evidente que un color ligero, muy débil y apenas perceptible se difundía bajo las mejillas y a lo largo de las hundidas venas de los párpados. Con una especie de horror, de espanto indecibles, que no tiene en el lenguaje humano expresión suficientemente enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir, que mis miembros se ponían rígidos. Sin embargo, el sentimiento del deber me devolvió la presencia de ánimo.

Ya no podía dudar de que nos habíamos apresurado en los preparativos, de que Rowena aún vivía. Era necesario hacer algo inmediatamente; pero la torre estaba muy apartada de

las

dependencias de la servidumbre, no había nadie cerca, yo no tenía modo de llamar en

mi

ayuda sin abandonar la habitación unos minutos, y no podía aventurarme a salir.

Luché solo, pues, en mi intento de volver a la vida el espíritu aún vacilante. Pero, al cabo de un breve periodo, fue evidente la recaída; el color desapareció de los párpados y las mejillas, dejándolos más pálidos que el mármol; los labios estaban doblemente apretados y

contraídos en la espectral expresión de la muerte; una viscosidad y un frío repulsivos

cubrieron rápidamente la superficie del cuerpo, y la habitual rigidez cadavérica sobrevino

de inmediato. Volví a desplomarme con un estremecimiento en el diván de donde me

levantara tan bruscamente y de nuevo me entregué a mis apasionadas visiones de Ligeia. Así transcurrió una hora cuando (¿era posible?) advertí por segunda vez un vago sonido procedente de la región del lecho. Presté atención en el colmo del horror. El sonido

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se repitió: era un suspiro. Precipitándome hacia el cadáver, vi —claramente— temblar los labios. Un minuto después se entreabrían, descubriendo una brillante línea de dientes nacarados. La estupefacción luchaba ahora en mi pecho con el profundo espanto que hasta entonces reinara solo. Sentí que mi vista se oscurecía, que mi razón se extraviaba, y sólo por un violento esfuerzo logré al fin cobrar ánimos para ponerme a la tarea que mi deber me señalaba una vez más. Había ahora cierto color en la frente, en las mejillas y en la garganta; un calor perceptible invadía todo el cuerpo; hasta se sentía latir levemente el corazón. Mi esposa vivía, y con redoblado ardor me entregué a la tarea de resucitarla. Froté y friccioné las sienes y las manos, y utilicé todos los expedientes que la experiencia y no pocas lecturas médicas me aconsejaban. Pero en vano. De pronto, el color huyó, las pulsaciones cesaron, los labios recobraron la expresión de la muerte y, un instante después, el cuerpo todo adquiría el frío de hielo, el color lívido, la intensa rigidez, el aspecto consumido y todas las horrendas características de quien ha sido, por muchos días, habitante de la tumba. Y de nuevo me sumí en las visiones de Ligeia, y de nuevo (¿y quién ha de sorprenderse de que me estremezca al escribirlo?), de nuevo llegó a mis oídos un sollozo ahogado que venía de la zona del lecho de ébano. Mas, ¿a qué detallar el inenarrable horror de aquella noche? ¿A qué detenerme a relatar cómo, hasta acercarse el momento del alba gris, se repitió este horrible drama de resurrección; cómo cada espantosa recaída terminaba en una muerte más rígida y aparentemente más irremediable; cómo cada agonía cobraba el aspecto de una lucha con algún enemigo invisible, y cómo cada lucha era sucedida por no sé qué extraño cambio en el aspecto del cuerpo? Permitidme que me apresure a concluir. La mayor parte de la espantosa noche había transcurrido, y la que estuviera muerta se movió de nuevo, ahora con más fuerza que antes, aunque despertase de una disolución más horrenda y más irreparable. Yo había cesado hacía rato de luchar o de moverme, y permanecía rígido, sentado en la otomana, presa indefensa de un torbellino de violentas emociones, de todas las cuales el pavor era quizá la menos terrible, la menos devoradora. El cadáver, repito, se movía, y ahora con más fuerza que antes. Los colores de la vida cubrieron con inusitada energía el semblante, los miembros se relajaron y, de no ser por los párpados aún apretados y por las vendas y paños que daban un aspecto sepulcral a la figura, podía haber soñado que Rowena había sacudido por completo las cadenas de la muerte. Pero si entonces no acepté del todo esta idea, por lo menos pude salir de dudas cuando, levantándose del lecho, a tientas, con débiles pasos, con los ojos cerrados y la manera peculiar de quien se ha extraviado en un sueño, aquel ser amortajado avanzó osadamente, palpablemente, hasta el centro del aposento. No temblé, no me moví, pues una multitud de ideas inexpresables vinculadas con el aire, la estatura, el porte de la figura cruzaron velozmente por mi cerebro, paralizándome, convirtiéndome en fría piedra. No me moví, pero contemplé la aparición. Reinaba un loco desorden en mis pensamientos, un tumulto incontenible. ¿Podía ser, realmente, Rowena viva la figura que tenía delante? ¿Podía ser realmente Rowena, Rowena Trevanion de Tremaine, la de los cabellos rubios y los ojos azules? ¿Por qué, por qué lo dudaba? El vendaje ceñía la boca, pero ¿podía no ser la boca de Rowena de Tremaine? Y las mejillas —

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con rosas como en la plenitud de su vida—, sí podían ser en verdad las hermosas mejillas de la viviente señora de Tremaine. Y el mentón, con sus hoyuelos, como cuando estaba sana, ¿podía no ser el suyo? Pero entonces, ¿había crecido ella durante su enfermedad? ¿Qué inenarrable locura me invadió al pensarlo? De un salto llegué a sus pies.

Estremeciéndose a mi contacto, dejó caer de la cabeza, sueltas, las horribles vendas que la envolvían, y entonces, en la atmósfera sacudida del aposento, se desplomó una enorme masa de cabellos desordenados: ¡eran más negros que las alas de cuervo de la medianoche! Y lentamente se abrieron los ojos de la figura que estaba ante mí. “¡En esto, por lo menos —grité—, nunca, nunca podré equivocarme! ¡Éstos son los grandes ojos, los ojos negros,

los extraños ojos de mi perdido amor, los de

los de LIGEIA!”

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EL FANTASMA Y EL ENSALMADOR Joseph Sheridan Le Fanu

Al revisar los papeles de mi respetado y apreciado amigo Francis Purcell, que hasta el día de su muerte y por espacio de casi cincuenta años desempeñó las arduas tareas propias de un párroco en el sur de Irlanda, encontré el documento que presento a continuación. Como éste había muchos, pues era coleccionista curioso y paciente de antiguas tradiciones locales, materia muy abundante en la región en la que habitaba. Recuerdo que recoger y clasificar estas leyendas constituía un pasatiempo para él; pero no tuve noticia de que su afición por lo maravilloso y lo fantástico llegara al extremo de incitarle a dejar constancia escrita de los resultados de sus investigaciones hasta que, bajo la forma de legado universal, su testamento puso en mis manos todos sus manuscritos. Para quienes piensen que el estudio de tales temas no concuerda con el carácter y la costumbres de un cura rural, es conveniente resaltar que existía una clase de sacerdotes, los de la vieja escuela, clase casi extinta en la actualidad, de costumbres más refinadas y de gustos más literarios que los de los discípulos de Maynooth. Tal vez haya que añadir que en el sur de Irlanda está muy extendida la superstición que ilustra el siguiente relato, a saber, que el cadáver que ha recibido sepultura más recientemente, durante la primera etapa de su estancia contrae la obligación de proporcionar agua fresca para calmar la sed abrasadora del purgatorio a los demás inquilinos del camposanto en el que se encuentra. El autor puede dar fe de un caso en el que un agricultor próspero y respetable de la zona lindante con Tipperary, apenado por la muerte de su esposa, introdujo en el féretro dos pares de abarcas, unas ligeras y otras más pesadas, las primeras para el tiempo seco y las segundas para la lluvia, con el fin de aliviar las fatigas de las inevitables expediciones que habría de acometer la difunta para buscar agua y repartirla entre las almas sedientas del purgatorio. Los enfrentamientos se tornan violentos y desesperados cuando, casualmente, dos cortejos fúnebres se aproximan al mismo tiempo al cementerio, pues cada cual se empeña en dar prioridad a su difunto para sepultarle y liberarle de la carga que recae sobre quien llega el último. No hace mucho sucedió que uno de los dos cortejos, por miedo a que su amigo difunto perdiera esa inestimable ventaja, llegó al cementerio por un atajo y, violando uno de sus prejuicios más arraigados, sus miembros lanzaron el ataúd por encima del muro para no perder tiempo entrando por la puerta. Se podrían citar numerosos ejemplos, y todos ellos pondrían de manifiesto cuán arraigada se encuentra esta superstición entre los campesinos del sur. Pero no entretendré al lector con más preliminares y procederé a presentarle el siguiente:

Extracto de los manuscritos del difunto reverendo Francis Purcell, de Drumcoolagh.

«Voy a contar la siguiente historia con todos los detalles que recuerdo y con las propias palabras del narrador. Tal vez sea necesario destacar que se trataba de un hombre,

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como se suele decir, bien hablado, pues durante mucho tiempo enseñó las artes y las

ciencias liberales que a su juicio era conveniente que conocieran los despiertos jóvenes de su parroquia natal, circunstancia ésta que podría explicar la aparición de ciertas palabras altisonantes en el transcurso de la presente narración, más destacables por su eufonía que por la corrección con que se emplean. Sin más preámbulos, procedo a presentar ante ustedes las fantásticas aventuras de Terry Neil. »Pues es una historia rara, y tan cierta como que yo estoy vivo, y hasta me atrevería a decir que no hay nadie en las siete parroquias que pueda contarla ni mejor ni con más claridad que yo, porque le pasó a mi padre y la he oído de su propia boca cien veces. Y no es porque fuera mi padre, pero puedo decir con orgullo que la palabra de mi padre era tan indigna de crédito como el juramento de cualquier noble del país. Tanto es así que cuando algún pobre hombre se metía en líos, siempre era él quien iba de testigo a los tribunales. Pero bueno, eso da igual. Era el hombre más honrado y más sobrio de los alrededores, aunque, eso sí, le gustaba un poco demasiado empinar el codo. No había en todo el pueblo nadie mejor dispuesto para trabajar y cavar, y era muy mañoso para la carpintería y para arreglar muebles viejos y cosas por el estilo. Y como es natural, también le dio por componer huesos, porque no había nadie como él para ajustar la pata de un taburete o de una mesa, y puedo asegurar que nunca hubo ensalmador con tantísima clientela, hombres

y niños, jóvenes y viejos. No ha habido en el mundo nadie que arreglara mejor un hueso

roto. Pues bien, Terry Neil, que así se llamaba mi padre, viendo que el corazón se le ponía

cada día más ligero y la cartera más pesada, cogió unas tierrecitas que pertenecían al señor de Phelim , debajo del viejo castillo, un sitio bien bonito . Ya fuera de noche o de día, iban a verle pobres desgraciados de toda la región con las piernas y los brazos rotos, que no podían ni apoyar siquiera un pie en el suelo, para que les juntara los huesos. »Todo marchaba muy bien, señoría, pero era costumbre que cuando Phelim salía al campo, unos cuantos arrendatarios suyos vigilasen el castillo, como una especie de homenaje a la vieja familia, y la verdad, era un homenaje muy desagradable para ellos, porque todo el mundo sabía que en el castillo había algo raro. Al decir de los vecinos, el abuelo de Phelim, que Dios tenga en su gloria, era un caballero de los pies a la cabeza pero le daba por pasear en mitad de la noche, igual que lo hacemos usted o yo, y que Dios quiera que sigamos haciendo, desde el día que se le reventó una vena cuando sacaba un corcho de una botella. Pero a lo que vamos: el señor se salía del cuadro en el que estaba pintado su retrato, rompía todos los vasos y botellas que se le ponían por delante y se bebía lo que tuvieran, cosa que no es de extrañar. Si por casualidad entraba alguien de la familia, volvía a subirse a su sitio con cara de inocente, como si no supiera nada de nada,

el muy sinvergüenza.

»Pues bien, señoría, como iba diciendo, una vez los del castillo fueron a Dublín a pasar una o dos semanas, así que, como de costumbre, varios arrendatarios fueron a vigilar el castillo, y a la tercera noche le tocó el turno a mi padre. »“Maldita sea” se dijo para sus adentros. “Tengo que pasar en vela toda la noche, y encima con ese espíritu vagabundo, que Dios confunda, dando la tabarra por la casa y haciendo perrerías”. Pero como no había forma de librarse de aquello, hizo de tripas corazón y allá que se fue a la caída de la noche, con una botella de whisky y otra de agua

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bendita. »Llovía bastante y estaba todo oscuro y tenebroso cuando llegó mi padre. Se echó un poco de agua bendita por encima y, al poco tiempo, tuvo que beberse un vaso de whisky para entrar en calor. Le abrió la puerta el viejo mayordomo, Lawrence O'Connor, que siempre se había llevado bien con mi padre. Así que al ver quién era y que mi padre le dijo que le tocaba a él vigilar en el castillo, el mayordomo se ofreció a velar con él. Estoy seguro de que a mi padre no le pareció mal. Larry le dijo:

»—Vamos a encender fuego en el salón. »—¿No será mejor en el comedor? —contesta mi padre, porque sabía que el retrato del señor estaba en el salón. »—No se puede encender fuego en el comedor, porque en la chimenea hay un nido de grajillas —dice Lawrence. »—Pues entonces vamos a la cocina, porque no me parece bien que una persona como yo esté en el salón —va y dice mi padre. »—Venga, Terry —dice Lawrence—. Si vamos a mantener la vieja costumbre, más vale hacerlo como Dios manda. »“¡Al diablo con las costumbres!”, dijo mi padre, pero para sus adentros, a ver si me entiende, porque no quería que Lawrence notara que tenía miedo. »—Bueno, como a ti te parezca, Lawrence —dice, y bajaron a la cocina hasta que prendiera la leña en el salón, para lo que no tuvieron que esperar mucho. »Al poco rato subieron otra vez y se sentaron cómodamente junto a la chimenea del salón y se pusieron a charlar, fumando y bebiendo a sorbitos el whisky, con un buen fuego de leña y turba para calentarse las piernas. »Pues señor, como iba diciendo, estuvieron hablando y fumando tan a gusto hasta que Lawrence empezó a quedarse dormido, como solía pasarle con frecuencia, porque era un criado viejo acostumbrado a dormir mucho. »—Pero hombre, ¿será posible que te estés durmiendo? —dice mi padre. »—No digas bobadas —le contesta Larry—. Es que cierro los ojos para que no me entre el humo del tabaco, que me hace llorar. Así que no te metas donde no te llaman —le dice muy tieso (porque el hombre tenía una panza enorme, que Dios le tenga en su gloria) —, y continúa con lo que me estabas contando, que te escucho —le dice, cerrando los ojos. »Cuando mi padre se dio cuenta de que no servía de nada hablarle, siguió con la historia de Jim Sullivan y su cabra, que es lo que estaba contando. Era una historia bien bonita, y tan entretenida que podría haber despertado a un lirón y aún más a un simple cristiano que se estaba quedando dormido. Pero, según como lo contaba mi padre, creo que jamás se ha oído nada por el estilo, porque le ponía toda el alma, como si le fuera en ello la vida, porque quería que Larry se mantuviera despierto. Pero no le sirvió de nada, porque lo invadió el sueño, y antes de que terminara de contar la historia, Larry O'Connor se puso a roncar como un condenado. »—¡Maldita sea! —dice mi padre—. Este tipo es imposible, es capaz de dormirse en la misma habitación en la que ronda un espíritu. Que Dios nos coja confesados —dice, y fue a sacudir a Lawrence para espabilarlo, pero cayó en la cuenta de que si lo despertaba, seguramente se iría a la cama y lo dejaría completamente solo, lo que sería todavía peor.

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«“En fin, no molestaré al pobre hombre” pensó mi padre. “No estaría bien interrumpirlo ahora que se ha quedado dormido. Ojalá estuviera yo igual que él”. »Así que se puso a pasear por la habitación, rezando, hasta que rompió a sudar, con perdón. Pero como no le servía de nada, se bebió lo menos medio litro de alcohol para darse ánimos. »“Ojalá estuviera tan tranquilo como Larry” se dijo. “A lo mejor me duermo si me lo propongo”. »Y al tiempo que lo pensaba arrastró un sillón grande hasta el de Lawrence y se acomodó lo mejor que pudo.

»Pero se me olvidaba contarle una cosa muy rara. Aunque no quería hacerlo, de vez

en cuando miraba al cuadro, y se dio cuenta de que los ojos del retrato lo seguían a todas

partes y lo miraban fijamente y hasta le hacían guiños. Al ver aquello pensó: “Maldita sea

mi suerte y el día en que se me ocurrió venir aquí. Pero nada vale lamentarse. Si tengo que

morir, más vale armarse de valor”. »Pues bien, señoría, intentó tranquilizarse y hasta llegó a pensar que a lo mejor se había quedado dormido, pero lo desengañó el ruido de la tormenta, que hacía crujir las grandes ramas de los árboles y silbaba por el tiro de las chimeneas del castillo. Una vez, el viento dio tal bufido que le pareció que se iban a desmoronar los muros del castillo de lo fuerte que los sacudió. De repente se acabó la tormenta, y la noche se quedó de lo más apacible, como en pleno mes de julio. No habrían pasado más de tres minutos cuando le pareció oír un ruido sobre la repisa de la chimenea. Mi padre abrió una pizca los ojos y vio con toda claridad que el viejo señor salía del cuadro poco a poco, como si se estuviera

quitando la chaqueta. Se apoyó en la repisa y puso los pies en el suelo. Y entonces, el viejo zorro, antes de seguir adelante, se paró un rato para ver si los dos hombres dormían, y cuando creyó que todo estaba en orden, estiró un brazo y agarró la botella de whisky, y se bebió por lo menos medio litro. Cuando quedó satisfecho dejó la botella en el mismo sitio

de antes con todo el cuidado del mundo y se puso a pasear por la habitación, tan sobrio

como si no hubiera bebido ni una gota de alcohol. Cada vez que se paraba junto a él, a mi padre se le venía un olor a azufre, y le entró un miedo espantoso, porque sabía que es azufre precisamente lo que se quema en el infierno, con perdón. Se lo había oído contar muchas veces al padre Murphy, que tenía que saber lo que pasa allí. El pobre ya ha muerto, que Dios lo tenga en su gloria. Mire usted, señoría, mi padre estuvo bastante tranquilo hasta que se le acercó el espíritu. Madre mía, le pasó tan cerca que el olor a

azufre lo dejó sin respiración y le dio un ataque de tos tan fuerte que casi se cayó del sillón

en que estaba.

»—¡Vaya, vaya! —dice el señor parándose a poco más de dos pasos de mi padre y volviéndose para mirarlo—. De modo que eres tú, ¿eh? ¿Qué tal te va, Terry Neil?

»—A su disposición, señoría —dice mi padre (cuando se lo permitió el susto que tenía, porque estaba más muerto que vivo)—. Me alegro de ver a su señoría. »—Terence —dice el señor—, eres un hombre respetable (cosa que es cierta), trabajador y sobrio, un verdadero ejemplo de embriaguez para toda la parroquia. »—Gracias, señoría —respondió mi padre, cobrando ánimos—. Usted siempre ha sido un caballero muy atento. Que Dios tenga en su gloria a su señoría.

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»—¿Que Dios me tenga en su gloria? —dice el espíritu (poniéndosele la cara roja de ira)—. ¿Que Dios me tenga en su gloria? Pero ¡serás cretino y bruto! ¿Qué modales son ésos? —dice—. Yo no tengo la culpa de estar muerto, y la gente como tú no tiene que restregármelo por las narices a la primera de cambio —dice, dando una patada tan fuerte en el suelo que casi rompió la madera. »—No soy más que un pobre hombre, tonto e ignorante —le dice mi padre. »—Desde luego que sí —dice el señor—, pero para escuchar tus tonterías y hablar con gente como tú no me molestaría en subir hasta aquí, quiero decir en bajar —dice, y a pesar de lo pequeño que fue el error, mi padre se dio cuenta—. Escúchame bien, Terence Neil —dice—. Siempre fui un buen amo para Patrick Neil, tu abuelo. »—Sí que es verdad —dice mi padre. »—Y además, creo que siempre fui un caballero correcto y sensato —dice el otro. »—Así es como yo lo llamaría, sí señor —dice mi padre (aunque era una mentira muy gorda, pero ¡a ver qué iba a hacer!). »—Pues aunque fui tan sobrio como la mayoría de los hombres, o al menos como la mayoría de los caballeros, y aunque en algunas épocas fui un cristiano tan extravagante como el que más, y caritativo e inhumano con los pobres —va y dice—, no me encuentro muy a gusto donde vivo ahora, que sería lo suyo. »—Sí que es una lástima —dice mi padre—. A lo mejor su señoría debería hablar con el padre Murphy »—Calla la boca, deslenguado —dice el señor—. No es en mi alma en lo que estoy pensando. No sé cómo te atreves a hablar de almas con un caballero. Cuando quiera arreglar eso, iré a ver a quien se ocupa de estas cosas. No es mi alma lo que me molesta — dice sentándose frente a mi padre—. Lo que tengo mal es la pierna derecha, la que me rompí en Glenvarloch el día en que maté a Barney. «(Más adelante, mi padre se enteró de que era uno de sus caballos preferidos, que se cayó debajo de él al saltar la valla que bordea la cañada.) »—¿No será que su señoría se siente incómodo por haberlo matado? »—Calla la boca, estúpido —dice el señor—. Ahora te explico por qué me molesta la pierna —dice—. En el lugar en que paso la mayor parte del tiempo, a no ser los pocos ratos que me quedan para dar una vuelta por aquí, tengo que andar mucho, cosa a la que no estaba acostumbrado antes —dice—; y no me sienta nada bien, porque sabrás que a la gente con la que estoy le gusta muchísimo el agua, porque no hay nada mejor para la sed y, además, allí hace demasiado calor — dice — . Tengo la obligación de llevarles agua, aunque la verdad es que yo me quedo con muy poca. Te puedo asegurar que es una tarea complicada, porque esa gente parece estar seca y se la beben toda en cuanto la llevo. Pero lo que me lleva a mal traer es lo débil que tengo la pierna y, para abreviar, lo que quiero es que le des un par de tirones para ponerla en su sitio. »—Pues, señoría, yo no me atrevería a hacerle una cosa así a su señoría —dice mi padre (porque no le apetecía lo más mínimo tocar al espíritu)—. Sólo lo hago con pobres hombres como yo. »—No seas pelotillero —dice el señor—. Aquí tienes la pierna —dice, levantándola hacia mi padre—. Dale un buen tirón, porque si no lo haces, te juro por todos los poderes

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inmortales que no te dejaré un solo hueso sano. »Cuando mi padre oyó aquello, comprendió que no le iba a servir de nada resistirse, así que cogió la pierna y se puso a tirar hasta que la cara se le cubrió de sudor, bendito sea Dios.

»—Tira fuerte, imbécil —dice el señor. »—Como mande su señoría —dice mi padre. »—Más fuerte —dice el señor. »Y mi padre tiró con todas sus fuerzas. »—Voy a beber un traguito para darme ánimos —dice el señor, acercando la mano a la botella y dejando caer todo el peso del cuerpo. Pero, con todo lo listo que era, metió la pata, porque cogió la otra botella—. A tu salud, Terence —dice—, y sigue tirando con todas tus fuerzas. —Levantó la botella de agua bendita, pero casi no se la había acercado a los labios cuando soltó un grito tan grande que pareció como si la habitación fuera a hacerse pedazos, y pegó tal sacudida que mi padre se quedó con la pierna en las manos. El señor dio un salto por encima de la mesa, y mi padre salió volando hasta el otro extremo de la habitación y se cayó de espaldas en el suelo. Cuando volvió en sí, el alegre sol de la mañana se colaba por las contraventanas, y él estaba tumbado de espaldas en el suelo. Tenía agarrada la pata de una silla que se había desprendido, y el viejo Larry seguía dormido como un tronco y roncando. Aquella mañana, mi padre fue a ver al padre Murphy, y desde ese día hasta el de su muerte no dejó de confesarse ni de ir a misa, y, como hablaba poco de lo que le había pasado, la gente le creía más. En cuanto al señor, o sea el espíritu, no se sabe si porque no le gustó lo que bebió o porque perdió una pierna, el caso es que nadie lo volvió a ver deambular.»

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FANTASMAS DE NAVIDAD Charles Dickens

Me gusta volver a casa en Navidad. Todos lo hacemos, o deberíamos hacerlo. Deberíamos volver a casa en vacaciones, cuanto más largas mejor, desde el internado en el que nos pasamos la vida trabajando en nuestras tablas aritméticas, para así descansar. Viajamos hasta casa a través de un paisaje invernal; por campos cubiertos por una niebla baja, entre pantanos y brumas, subiendo prolongadas colinas, que se van volviendo oscuras como cavernas entre las espesas plantaciones que llegan a tapar casi las estrellas chispeantes; y así hasta que estamos en las amplias mesetas y finalmente nos detenemos, con un silencio repentino, en una avenida. En el aire helado la campana de la puerta tiene un sonido profundo que casi parece terrible; la puerta se abre sobre sus goznes y al llegar hasta una casa grande las brillantes luces nos parecen más grandes tras las ventanas, y las filas de árboles que hay frente a ellas parecen apartarse solemnemente hacia los lados, como para dejarnos pasar. Durante todo el día, a intervalos, una liebre asustada ha salido corriendo a través de la hierba cubierta de nieve; o el repiqueteo distante de un rebaño de ciervos pisoteando el duro hielo ha acabado también, por un minuto, con el silencio. Si pudiéramos verles sus ojos vigilantes bajo los helechos, brillarían ahora como las gotas heladas de rocío sobre las hojas; pero están inmóviles, y todo está callado. Y así, las luces se van haciendo más grandes, y los árboles se apartan hacia atrás ante nosotros para cerrarse de nuevo a nuestra espalda, como impidiéndonos la retirada, y llegamos a la casa. Probablemente huele todo el tiempo a castañas asadas y otras cosas buenas y reconfortantes, pues estamos contando historias de Navidad, historias de fantasmas, o más vergonzosas para nosotros, alrededor del fuego de Navidad, y no nos hemos movido salvo para acercarnos un poco más a él. Pero dejemos eso. Llegamos a la casa y es una casa antigua, repleta de grandes chimeneas en las que la leña arde en el hogar sobre viejas tenazas, y retratos horrendos (algunos de ellos con leyendas también horrendas) miran con saña y desconfianza desde el entablado de roble de las paredes. Somos un noble de edad mediana y damos una generosa cena con nuestro anfitrión y anfitriona y sus invitados, es Navidad y la vieja casa está llena de invitados, y después nos vamos a la cama. Nuestra habitación es muy antigua. Está recubierta de tapices. No nos gusta el retrato de un caballero vestido de verde colocado sobre la repisa de la chimenea. En el techo hay grandes vigas negras y para nuestro acomodo particular contamos con una enorme cama negra a la que en los pies le sirven de apoyo dos figuras negras también grandes que parecen salidas de dos tumbas de la antigua iglesia que tenía el barón en el parque. Pero no somos un noble supersticioso, y no nos importa. ¡Todo va bien! Despedimos a nuestro criado, cerramos la puerta y nos sentamos delante del fuego vestido: con el camisón, meditando en muchas cosas. Finalmente, nos metemos en la cama. ¡Muy bien! No podemos dormir. Damos vueltas y más vueltas, pero no podemos dormir. Las ascuas de la chimenea arden bien y

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dan a la habitación un aspecto fantasmal No podemos evitar escudriñar, por encima del

cobertor, las dos figuras negras y el caballero

apariencia perversa Con la luz parpadeante dan la impresión de avanza y retroceder: lo

cual, a pesar de que no seamos et absoluto un noble supersticioso, no resulta agradable.

más y más nerviosos. Decimos: «esto es una

verdadera es tupidez, pero no podemos soportarlo; simularemos estar enfermos y llamaremos a alguien». ¡Muy bien! Precisamente vamos a hacerlo cuando la puerta cerrada se abre y entra una mujer joven, de palidez mortal y de cabellos rubios y largos que se desliza hasta la chimenea, y se sienta en la silla que hemos dejado allí, frotándose las manos. Nos damos cuenta entonces de que su ropa está húmeda. La lengua se nos pega al velo del paladar y no somos capaces de hablar, pero la observamos con precisión. Su ropa está húmeda, su largo cabello está salpicado de barro húmedo, va vestida según la moda de hace doscientos años, y lleva en su ceñidor un manojo de 11, ves oxidadas. ¡Muy bien! Se sienta allí y ni siquiera podemos desmayarnos del estado en el que no encontramos. Entonces

ella se levanta y prueba todas las cerraduras de la habitación con las llaves oxidadas, sin que encuentre ninguna que vaya bien; después fija la mirada en el retrato del caballero vestido de verde y con una voz baja y terrible exclama:

«¡El hombre lo sabe!» Después se vuelve a frotar las manos, pasa junto al borde de la cama y sale por la puerta. Nos apresuramos a ponernos la bata, cogemos las pistolas (siempre viajamos con ellas) y la seguimos, pero encontramos la puerta cerrada. Damos la vuelta a la llave, miramos en el pasillo oscuro y no hay nadie. Lo recorremos tratando de encontrar a nuestro criado. No es posible. Recorremos el pasillo hasta que despunta el día

y luego regresamos a nuestra habitación vacía, caemos dormidos y nos despierta nuestro

criado (nunca hay nada que le hechice a él) y el sol brillante. ¡Muy bien! Tomamos un

desayuno terrible y todos dicen que tenemos un aspecto extraño. Después del desayuno paseamos por la casa con nuestro anfitrión, y le conducimos hasta el retrato del caballero vestido de verde, y entonces se aclara todo. Se comportó con falsedad con una joven ama de llaves unida en otro tiempo a esa familia, y famosa por su belleza, que se ahogó en un lago y cuyo cuerpo fue descubierto al cabo de mucho tiempo porque los ciervos se negaban a beber el agua. Desde entonces se ha dicho entre susurros que ella atraviesa la casa a medianoche (pero que va especialmente a esa habitación, en donde acostumbraba a dormir el caballero vestido de verde) probando las viejas cerraduras con las llaves oxidadas. ¡Bien! Le contamos a nuestro anfitrión lo que hemos visto, y una sombra cubre sus rasgos tras lo que nos suplica que guardemos silencio; y así se hace. Pero todo es cierto; y lo contamos, antes de morir (ahora estamos muertos) a muchas personas responsables. Es infinito el número de casas antiguas con galerías resonantes, dormitorios lúgubres

y alas encantadas cerradas durante muchos años, por las cuales podemos pasear, con un

agradable hormigueo subiéndonos por la espalda y encontrarnos algunos fantasmas, pero quizá sea digno de mención afirmar que se reducen a muy pocos tipos y clases generales;

pues los fantasmas tienen poca originalidad y «caminan» por caminos trillados. Sucede, por ejemplo, que en una determinada habitación de un cierto salón antiguo en donde se

ese caballero vestido de verde y de

¡Muy bien! Nos ponemos nerviosos

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suicidó un malvado lord, barón, o caballero, hay en el suelo algunas tablas de las que no se puede borrar la sangre. Raspas y raspas, como el actual dueño ha hecho, o cepillas y cepillas; como hizo su padre, o friegas y friegas, como hizo su abuelo, o quemas y quemas con ácidos fuertes, como hizo el bisabuelo, pero la sangre seguirá estando allí, ni más roja ni más pálida, ni en mayor ni en menor cantidad; siempre igual. En otra de esas casas hay una puerta encantada que nunca se abrirá; u otra que nunca se cerrará; o un sonido de una rueda de hilar, o un martillo, o unos pasos, o un grito, o un suspiro, un galope de caballos

o el rechinar de unas cadenas. O hay un reloj que a medianoche da trece campanadas

cuando va a morir el cabeza de familia, o un carruaje sombrío, negro e inmóvil que ve siempre en esos momentos alguien que aguardaba cerca de las amplias puertas del patio del establo. O sucede, como en el caso de Lady Mary, que fue a visitar una casa situada en los Highlands escoceses, y como estaba fatigada por su largo viaje se retiró pronto a la cama y a la mañana siguiente dijo con toda inocencia en la mesa del desayuno:

—¡Me resultó muy extraño que celebraran una fiesta a una hora tan tardía anoche en este remoto lugar y no me hablaran de ella antes de que me acostara! Entonces todos preguntaron a Lady Mary lo que quería decir. Y ésta contestó:

—Bueno, anoche todo el tiempo oí carruajes que daban vueltas y más vueltas alrededor de la terraza, bajo mi ventana. Entonces el dueño de la casa se puso pálido, lo mismo que su señora, y Charles Macdoodle de Macdoodle hizo señas a Lady Mary de que no dijera más, y todos

guardaron silencio. Tras el desayuno, Charles Macdoodle le contó a Lady Mary que según una tradición de la familia era un presagio de muerte que los carruajes dieran vueltas por

la terraza. Y así fue, pues dos meses más tarde moría la señora de la casa. Y Lady Mary,

que era doncella de honor en la Corte, contó a menudo esta historia a la Reina Charlotte; y es por esto que el viejo rey decía siempre: «¿Cómo, cómo? ¿Qué, qué? ¿Fantasmas, fantasmas? ¡No existen, no existen!» Y no dejaba de decir esa frase hasta que se iba a la cama. Y ahora bien, un amigo de alguien al que casi todos conocemos, cuando era un joven que estaba cursando estudios tenía un amigo especial con e que había hecho el pacto de que, si era posible que e espíritu retornara a esta tierra después de separarse del cuerpo, aquel de los dos que muriera primero se le aparecería al otro. Nuestro amigo se olvidó de ese pacto con el curso del tiempo; los dos jóvenes habían progresado en la vida, habían tomado camino; divergentes y se habían separado. Pero una noche muchos años después, estando nuestro amigo en e norte de Inglaterra, y quedándose a pasar la noche en una posada de Yorkshire Moors, miró desde la cama hacia fuera; y allí, bajo la luz de la luna, apoyado en un buró cercano a la ventana, y mirándole fijamente, vio a su antiguo compañero de estudios Cuando éste se dirigió con solemnidad hacia la aparición, ésta respondió en una especie de susurre pero bien audible:

—No te acerques a mí. Estoy muerto. He venido aquí para cumplir mi promesa. ¡Vengo del otro mundo, pero no puedo revelar sus secretos! En ese momento empezó a volverse más pálido y se fundió, por así decirlo, con la luz de la luna, desapareciendo en ella. O está el caso de la hija del primer ocupante de lo pintoresca casa isabelina, tan

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famosa en nuestra vecindad. ¿Ha oído hablar de ella? ¿No? Bueno, la hija salió una noche

de verano en el momento del crepúsculo; era una joven muy hermosa, de diecisiete años de edad, y se disponía a coger flores del jardín: pero de pronto llegó corriendo, aterrada, hasta el salón donde estaba su padre, a quien le dijo:

—¡Ay, querido padre, me he encontrado conmigo misma!

Él la cogió en sus brazos y le dijo que todo era una fantasía, pero ella replicó:

—¡Oh, no! Me encontré conmigo en el camino ancho, y yo estaba pálida, y recogía flores marchitas, y giraba la cabeza y las levantaba! Y aquella noche murió la joven; y se empezó a hacer un cuadro con su historia, pero

no se terminó nunca, y dicen que ha estado hasta hoy en algún lugar de la casa, con el rostro vuelto hacia la pared.

O la historia del tío de la esposa de mi hermano, que volvía a casa cabalgando al

atardecer de un hermoso día y en una calle arbolada cercana a su casa vio a un hombre de

pie ante él en el centro mismo de la estrecha calzada. «¿Qué hace ese hombre del manto ahí parado?», pensó. «¿Quiere que pase con el caballo por encima de él?» Pero la figura no se movió. Al verlo tan quieto tuvo una sensación extraña, pero

siguió avanzando, aunque aflojando el trote. Cuando estuvo tan cerca que llegó a tocarlo casi con el estribo el caballo se asustó y la figura se deslizó hacia arriba, hasta la acera, de una manera curiosa y nada natural: hacia atrás, sin que pareciera utilizar los pies, hasta que desapareció. El tío de la esposa de mi hermano exclamó:

—¡Por el Dios de los cielos! ¡Si es mi primo Harry, el de Bombay! Espoleó el caballo, que de pronto se había puesto a sudar profusamente, yextrañándose de tan rara conducta dio la vuelta para dirigirse hacia la fachada de su casa. Cuando llegó allí vio la misma figura, que pasaba en ese momento junto a la alargada ventana francesa de la sala de estar, en la planta baja. Le pasó las bridas a un criado y se dirigió presurosamente hacia la figura. Allí estaba sentada su hermana, a solas. Alice, ¿dónde está mi primo Harry? —¿Tu primo Harry, John? —Sí, el de Bombay. Acabo de encontrarme con él ahora en la avenida, y le vi entrar aquí hace un instante. Pero nadie había visto a nadie; y tal como después se supo, en ese mismo instante moría en India aquel primo.

O está la historia de esa sensible y anciana dama soltera que murió a los noventa y

nueve años de edad manteniendo sus facultades hasta el último momento y vio realmente al chico huérfano. Es una historia que a menudo se ha contado incorrectamente, pero de la que la verdad auténtica es ésta, lo sé porque en realidad es una historia de nuestra familia,

y ella era amiga de la casa. Cuando tenía unos cuarenta años de edad, y seguía poseyendo una hermosura poco común (su amado murió joven, razón por la cual ella nunca se casó, a pesar de tener numerosas ofertas), fijó su residencia en un lugar de Kent, que su hermano, un comerciante con India, había comprado recientemente.

Se contaba la historia de que en otro tiempo aquel lugar estuvo a cargo del tutor de

un joven; que ese tutor sería el segundo heredero y que matóal muchacho con su

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tratamiento duro y cruel. Ella nada sabía de tales cosas. Se ha dicho que en el dormitorio de ella había una jaula en la que el tutor solía encerrar al muchacho. Es falso. Sólo había un gabinete. Ella se acostó, no hizo llamada alguna durante la noche, pero por la mañana le dijo con toda tranquilidad a la doncella cuando ésta entró:

—¿Quién es ese guapo mocito de aspecto abandonado que estuvo mirando hacia fuera desde el gabinete toda la noche? La doncella contestó lanzando un fuerte grito y echando a correr al instante. La dama se sorprendió de aquello, pero era una mujer de notable fuerza mental, por lo que se vistió ella sola, bajó las escaleras y acudió a reunirse con su hermano:

—Walter, toda la noche me ha estado inquietando un guapo mocito de aspecto abandonado que constantemente miraba hacia fuera desde el gabinete que hay en mi habitación, y que no puedo abrir. Ahí debe haber algún truco. —Me temo que no, Charlotte —contestó el hermano—, pues es la leyenda de la casa. Es el huérfano. ¿Qué es lo que hizo? —Abrió la puerta con suavidad y miró hacia fuera. A veces penetraba uno o dos pasos en la habitación. Entonces yo le llamaba, para animarle, y él se encogía, se estremecía y volvía a meterse de nuevo, cerrando la puerta. —Charlotte, el gabinete no tiene comunicación con ninguna otra parte de la casa, y está cerrado con clavos. Aquello era indudablemente cierto y dos carpinteros necesitaron una mañana entera para abrir la puerta y poder examinar el gabinete. Sólo entonces Charlotte quedó convencida de que había visto al huérfano. Pero lo terrible de la historia es que fue visto sucesivamente por tres de los hijos de su hermano, todos los cuales murieron jóvenes. En cada ocasión, el niño enfermaba, regresaba a casa con fiebre, doce horas antes de la muerte, y le decía a su madre que había estado jugando bajo un cierto roble que había en un prado con un chico extraño, un chico de buen aspecto, pero que parecía abandonado, que era muy tímido y le hacía señas. A partir de esa experiencia fatal los padres llegaron a saber que se trataba del huérfano, y que el destino del niño al que había elegido como compañero de juegos estaba seguramente fijado.

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EL ABRAZO FRÍO Mary Elizabeth Braddon

Él era un artista; las cosas como las que le pasaron, algunas veces les pasan a los artistas. Él era alemán; las cosas como las que le pasaron, algunas veces le pasan a los alemanes. Él era joven, apuesto, estudioso, entusiasta, metafísico, descuidado, incrédulo, despiadado. Y siendo joven, apuesto, y elocuente, también fue amado. Él era un huérfano, bajo la tutoría del hermano de su difunto padre, su tío Wilhelm, en cuya casa él había vivido desde su temprana infancia; y aquella que lo amó era su prima, Gertrude, a quien le juró que amaba, a cambio. ¿Él la amaba? Sí, cuando por primera vez se lo juró, sí. Pero pronto su pasión terminó; ¡y cómo al final se convirtió en un sentimiento miserable en el egoísta corazón del estudiante! ¡Pero que bello sueño, cuando él tenía solo diecinueve años, y había regresado de su aprendizaje con un gran pintor en Amberes, y ellos vagaban juntos en los más románticos alrededores de la ciudad, con rosado crepúsculo o con la divina luz de luna o la brillante y jovial luz matinal! Ellos tenían un secreto, que era la ambición del padre de la chica de que ella tuviera un rico pretendiente. Era una lúgubre visión frente al amor soñado. Así que se comprometieron; y estando uno al lado del otro, cuando la agonizante luz del sol y la pálida luz de la luna dividían los cielos, él puso el anillo de compromiso en el dedo de ella, en su blanco e inmaculado dedo, cuya delgada forma él conocía bien. Este anillo era bastante particular, tenía la forma de una gran serpiente dorada, la cola en la boca, que era el símbolo de la eternidad; había pertenecido a su madre, y él lo podría haber reconocido de entre cientos. Si se hubiera vuelto ciego al otro día, él podría distinguirlo entre cientos con solo el tacto. Lo puso en el dedo de ella, y ambos se juraron fidelidad, el uno al otro, por siempre jamás, sin importar peligros o dificultades, en los pesares y en los cambios, en la riqueza o la miseria. Aún debían conseguir el consentimiento del padre para consumar su unión, pero ya estaban comprometidos, y solo la muerte podría separarlos. Pero el joven estudiante, burlón de las revelaciones, y entusiasta adorador de lo místico, preguntó:

“¿Puede la muerte separarnos? Yo podría regresar a ti, Gertrude. Mi alma podría volver para estar cerca de mi amor. Y tú, tú, si tu mueres antes que yo, la fría tierra no podría separarte de mí; si me amas, tu regresarías, y nuevamente estos bellos brazos estarían alrededor de mi cuello, como lo están ahora”. Pero ella le respondió, con un extraño brillo en sus profundos ojos azules, que el que muriera lo haría en paz con Dios e iría feliz al cielo, y no podría regresar a la atribulada

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tierra; y solamente el suicidio, la pérdida que provoca que los afligidos ángeles cierren las puertas del Paraíso, provoca que el infausto espíritu persiga a los vivos. Transcurrió el primer año de su compromiso, y ella se quedó sola, a causa del viaje de él a Italia, por comisión de algún hombre rico, para copiar Rafaeles, Tizianos y Guidos en una galería en Florencia. Quizás habría marchado para ganar fama; pero esto no era lo

¡sino que se había ido! Por supuesto, su padre extrañó a su joven sobrino, quien

había sido como un hijo para él; y pensó que la tristeza de su hija no era más que la que una prima puede sentir por la ausencia de un primo. Durante ese tiempo, las semanas y los meses pasaron. Los amantes se escribían, primero muy seguido, luego con menos frecuencia, al final dejaron de hacerlo. ¡Cuántas excusas ella se inventó para él! ¡Cuántas veces ella fue a la lejana oficina postal, a la que él dirigía sus cartas! ¡Cuántas veces ella esperó, solo para verse decepcionada! ¡Cuántas veces ella desesperó, solo para tener una nueva esperanza! Pero la real desesperación vino, al final, y no se fue más. El rico pretendiente apareció en escena, y el padre se decidió. Ella tenía que casarse de inmediato, y la fecha de la boda se fijó para el quince de junio. La fecha parecía abrasarle la mente. La fecha, escrita en fuego, danzaba permanentemente frente a sus ojos. Esa fecha, gritada por las Furias, sonaba continuamente en sus oídos. Pero aún no era tiempo, estábamos a mediados de mayo, estábamos a tiempo para escribirle una carta a Florencia; era tiempo de que regrese a Brunswick, para tomarla y unirse en matrimonio a ella. A pesar de su padre, a pesar del mundo entero. Pero los días y las semanas volaron, y él no escribió. Y tampoco vino. Esto en verdad la desesperó, y ese sentimiento se adueñó de su corazón y ya no se marchó. Llegó el catorce de junio. Por última vez ella fue a la pequeña oficina postal; por última vez hizo la vieja pregunta, y por última vez le respondieron: “No; no hay carta”. Por última vez, ya que al otro día sería la fecha fijada para la boda. Su padre no escucharía apelaciones; su rico pretendiente no escucharía sus oraciones. Ellos no querían demorarse ni un solo día, ni una hora; esa noche sería suya, esa noche, ella podría hacer lo que quisiera. Ella tomó otro camino que el que llevaba a su casa; se dio prisa a través de algunas callejuelas de la ciudad, pasó por un solitario puente, donde ella y su amado habían estado de pie frente al crepúsculo, mirando el cielo tornarse rosado, y el sol caer sobre el horizonte del río. Él regresó de Florencia. Él había recibido la carta de ella. Esa carta, borroneada con lágrimas, surcada de ruegos y llena de desesperanza. Él la había recibido, pero ya no la amaba. Una joven florentina, quien había posado para él como modelo vivo, poblaba sus ilusiones. Y Gertrude había quedado casi olvidada. Si ella tenía algún pretendiente rico, bien; la iba a dejar que se casara; mejor para ella, mejor para él. Él ya no tenía deseos de encadenarse a ninguna mujer. ¿No tenía su arte? Su eterna novia, su constante mujer. De esta manera él decidía demorar su vuelta a Brunswick, de manera que cuando arribara, el casamiento ya se hubiera celebrado, y él pudiera saludar a la novia. ¿Y los votos, las ilusiones místicas, la creencia en su regreso después de la muerte,

peor

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para abrazar a su amada? Oh, extinguidos para siempre de su vida; desaparecidos para siempre, solo sueños irracionales de su juventud. Así que el quince de junio él entró en Brunswick, por ese mismo puente en el que había estado de pie, con las estrellas cayendo sobre ella, bajo el cielo nocturno. Caminó a través del puente, un perro tosco le seguía el paso, y el humo de su corta pipa rizándose en forma de guirnaldas fantásticas en el puro aire de la mañana. Llevaba su cuaderno de

bocetos bajo el brazo, y se su ojo artístico se vio atraído por algunos objetos, ante los cuales se paró a dibujarlos: unas hierbas y unos guijarros sobre la ribera del río; un despeñadero sobre la orilla opuesta; un grupo de sauces a la distancia. Cuando hubo terminado, admiró su dibujo, cerró el cuaderno, vació las cenizas de la pipa, volvió a llenarla con su bolsita de tabaco, y cantó el refrán del feliz bebedor, llamó al perro, fumó nuevamente, y siguió caminando. Súbitamente volvió a abrir el cuaderno; esta vez le atrajo un grupo de figuras, pero ¿qué eran? No era un funeral, puesto que no estaban de luto. No era un funeral, pero había un cadáver en un tosco ataúd, cubierto con una vieja vela, llevada por dos de los portadores. No es un funeral, puesto que los portadores son pescadores, pescadores en su atuendo de todos los días. A unas cien yardas de donde él estaba, hicieron un alto en el camino y tomaron un respiro. Uno se quedó parado a la cabeza del ataúd, los otros se sentaron a los pies. Y de esta manera, él dio dos o tres pasos para atrás, seleccionó su punto de vista, y comentó a esbozar un rápido contorno. Lo pudo terminar antes que volvieran a ponerse en marcha; pudo escuchar sus voces, a pesar que no podía entender sus palabras, y se preguntó de que podrían estar hablando. Caminó hacia ellos y se les unió. “Mis amigos, ¿llevan ahí un muerto?” preguntó. “Sí; un muerto que fue echado a tierra hace una hora”. “¿Ahogado?” “Sí, ahogado. Una joven, muy bonita”. “Las suicidas siempre son bonitas”, dijo el pintor; y entonces se quedó para un rato de pipa y meditación, mirando la sutil forma del cuerpo y los pliegues de la lona que lo cubría. La vida era una temporada de verano para él, joven, ambicioso, listo, ya que aquello que parecía luto y congoja, no parecía tener parte en su destino. Al final, pensó que, si esta pobre suicida era tan bonita, él tenía que hacer un boceto de ella. Dio a los pescadores algún dinero, y ellos accedieron a remover la lona que cubría sus facciones. No; se diría a sí mismo. Él levantó la áspera, tosca y húmeda lona de su rostro. ¿Qué rostro? El mismo que había brillado en los irracionales sueños de su juventud; el rostro

que una vez fue la luz de la casa de su tío. Su prima Gertrude

Él vio, como en un atisbo, mientras respiraba profundo, las facciones rígidas, los brazos fríos, las manos cruzadas sobre el pecho helado; y, sobre el tercer dedo de la mano izquierda, el anillo, el mismo que había sido de su madre, esa serpiente dorada; el anillo, el

¡Su prometida!

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mismo que si él hubiera sido ciego, podría reconocer solo al tacto entre cientos de anillos. Pero él es un genio y un metafísico, una pena, una verdadera pena. Su primer pensamiento fue la huida, una huida hacia cualquier otro lugar, fuera de aquella maldita cuidad, cualquier lugar, lejano a aquel espantoso río, cualquier lugar libre de los recuerdos, lejos del remordimiento: cualquier lugar para olvidar. Solo cuando su perro se echó a sus pies, fue que se sintió exhausto, y buscó sentarse en algún banco, para descansar. ¡Cómo le daba vueltas el paisaje frente a sus obnubilados ojos, mientras en su cuaderno el boceto de los pescadores y el féretro cubierto con una lona resplandecía por sobre la penumbra! Al final, luego de quedarse un largo rato sentado a un costado del camino, un rato jugando con el perro, otro rato fumando, otro rato repantigándose, mirando todo como cualquier estudiante feliz y haragán podría haber mirado, aunque por dentro devorándose la mente con un mismo pensamiento, el de aquella escena matinal, recuperó la compostura, y trató de pensar en sí mismo, ya no más en el suicidio de su prima. Aparte de esto, él no estaba peor de lo que había estado el día anterior. No había perdido su genio; el dinero que había ganado en Florencia aún permanecía en su bolsillo; él era su propio maestro, libre de ir adonde quisiera. Y mientras seguía sentado en el costado del camino, tratando de separarse a sí mismo de la escena que vio a la mañana, tratando de expulsar de su mente la imagen del cadáver cubierto con la lona de vela, tratando de pensar que haría al siguiente momento, donde iría, lo más lejos posible de Brunswick y delremordimiento, la vieja diligencia vino a los tumbos. Él la recordó; iba desde Brunswick a Aix-la-Chapelle. Él le silbó al perro, gritó al cochero que detuviera su vehículo y brincó dentro del carro. Durante toda la tarde, y luego, toda la noche, a pesar que no pudo cerrar sus ojos, nunca dijo una palabra; pero cuando la mañana volvió a romper, y los otros pasajeros se despertaron, comenzando a hablarse unos con otros, él se plegó a la conversación. Les contó que era un artista y que iba a Colonia y a Amberes para copiar unos Rubens, y la gran pintura de Quentin Matsys, en el museo. Recordó, luego de hablar y reír bulliciosamente, y antes, mientras hablaba y reía de manera ruidosa, a un pasajero, mayor y más serio que el resto, que abrió su ventana, cerca suyo, y le dijo que pusiera su cabeza fuera. Recordó el aire fresco golpeando en su cara, el canto de los pájaros en sus oídos, y los campos que se extendían hacia el horizonte frente a sus ojos. Él recordó esto, y luego cayó en un estado inánime, en el piso de la diligencia. Fue la fiebre que lo mantuvo en el lecho durante unas seis largas semanas, en un hotel de Aix-la-Chapelle. Él se puso bien, y, acompañado por su perro, comenzó a caminar a Colonia. Nuevamente era su antiguo ser. De nuevo el humo azulado de su corta pipa daba vueltas por el aire de la mañana, mientras él cantaba una vieja canción de la universidad que festejaba el buen beber, y de nuevo parando aquí y allá, meditando y dibujando bosquejos. Él era feliz, y había olvidado a su prima, y así se dirigía a Colonia. Fue en la gran catedral que se quedó parado, con el perro a su lado. Era de noche, las campanas habían terminado de anunciar la hora, y dieron las once; la luz de la luna llena

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iluminaba el magnífico edificio, sobre el cual el ojo del artista vagaba en busca de la belleza de la forma. No estaba pensando en su prima ahogada, ya que la había olvidado y ahora se sentía

feliz.

Súbitamente alguien, algo, por detrás suyo, le colocó dos fríos brazos alrededor de su cuello, y abrazó las manos sobre su pecho.

Y no había nadie detrás suyo, ya que en la calle bañada por la luz lunar, se

proyectaban solo dos sombras, la propia y la de su perro. Rápidamente se dio la vuelta, pero no había nadie, nada que ver a lo largo y a lo ancho de la cuadra, más que él mismo y su perro; y a pesar que lo sintió, no pudo ver los frígidos brazos que se abrazaron a su cuello. No era un abrazo fantasma, ya que él pudo sentirlo al tacto, aunque no podía ser real, ya que no podía ver nada. Trató de quitarse de encima esa gélida caricia. Se puso sus propias manos en el cuello para desunir aquellas que lo rodeaban. Pudo sentir los largos y delicados dedos, húmedos

al tacto, y sobre el tercer dedo de la mano izquierda, logró palpar el anillo que había sido de su madre, la serpiente dorada, el anillo que él había dicho que podría reconocer al tacto entre cientos de ellos. ¡Él ahora lo sabía! Los helados brazos de su prima muerta estaban rodeándole el cuello, las manos de ella estaban firmemente agarradas entre sí sobre su pecho. Se dijo a sí mismo que si se estaría volviendo loco. “¡Up, Leo!” se gritó. “¡Vamos, muchacho!” y el Terranova saltó a sus hombros, y cuando sus patas tocaron las manos de la muerta, el animal lanzó un terrorífico aullido, y salió disparado del lado de su amo.

El estudiante se quedó parado a la luz de la luna, con los brazos muertos alrededor

de su cuello, y el perro a distancia considerable, aullando lastimosamente. Un sereno, alarmado por el aullido del animal, llegó a la escena para ver que era lo que ocurría.

Al

siguiente instante el gélido abrazo se desvaneció.

El

joven marchó a la casa del sereno y luego al hotel. Antes le dio un dinero; en

gratitud podría haberle dado la mitad de su pequeña fortuna. ¿Volvió a aparecer este abrazo mortal? Intentó no volver a quedarse solo; se hizo con cientos de conocidos, y compartió los cuartos de otros estudiantes. La gente comenzó a notar su extraño comportamiento, y comenzaba a creer que estaba loco. Pero, a pesar de estos intentos, otra vez se quedó solo; fue una noche en que la plaza quedó desierta por un momento, y él comenzó a caminar por la calle, pero la calle estaba también desierta, y por segunda vez sintió los fríos brazos sobre su cuello, y por segunda vez, cuando llamó a su animal, este saltó lejos de su amo con un lastimero aullido. Luego de dejar Colonia, ahora viajando a pie por necesidad (ya que su dinero comenzaba a escasear), se unió a unos vendedores ambulantes, de manera que podía estar todo el día con gente, y hablar con quien quiera que se encontraba, tratando de llegar a la noche y estar en compañía de alguien.

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A la noche dormía cerca del fuego de la cocina de la posada en la que paraba; pero cualquier cosa que hiciera, él se quedaba solo con frecuencia, y siendo cosa común para él, volvía a sentir el frío abrazo alrededor de su cuello. Muchos meses pasaron desde la muerte de su prima, otoño, invierno, hasta que llegó la primavera. Su dinero casi se había agotado, su salud estaba severamente dañada, y él era la sombra de quien solía ser. Se encontraba cerca de París. Había acudido a esta ciudad durante la época del Carnaval. En París, la época del Carnaval le significaba que no se volvería a quedar solo, y no volvería a sentir esa mortal caricia, hasta que podría recobrar su alegría perdida, su estado de salud, y una vez más reiniciar su oficio y profesión, para una vez más ganar dinero y fama por su arte. ¡Cuánto que intentó salvar la distancia que lo separaba de París, mientras día a día se debilitaba más y más, y su caminar se hacía más lento cada vez! Pero al final, luego de mucho tiempo, logró alcanzar la ciudad. Esta es París, en la que él ingresa por primera vez, París, la que había soñado tanto, París cuyo millón de voces podía exorcizar su fantasma. París le pareció esa noche un vasto caos de luces, música y confusión. Luces que danzaban ante sus ojos y que jamás se quedaban quietas, música que sonaba en su oído y lo ensordecían, confusión que hacía que su cabeza se vea presa de un inacabable remolino. Llegó a la Casa de la Opera, donde se daba el baile de máscaras. Había ahorrado un dinero para comprar un boleto de admisión, y para alquilar un disfraz de dominó para cubrir su zaparrastrosa indumentaria. Parecía que había pasado solo un momento desde que había pasado las puertas de la ciudad y ahora se encontraba en medio de un salvaje alboroto en el baile de la Casa de la Opera. No más oscuridad, no más soledad, sino que una multitud enloquecida, gritando y bailando frenéticamente, del brazo de una chica. La tempestuosa alegría que sentía seguramente haría que regrese su vieja despreocupación. Él pudo escuchar a la gente a su alrededor hablando de la salvaje conducta de algunos estudiantes borrachos, y fue a él a quien señalaron mientras decían esto, a él, que no se había mojado los labios desde la noche anterior; a pesar que sus labios estaban deshidratados y su garganta seca, él no podía beber. Su voz era densa y ronca, y su articulación poco clara; pero su vieja despreocupación volvió, y él se hizo poco problema. La chica se cansó, su brazo permaneció en su hombro, mientras las otras bailarinas se fueron yendo, una por una. Las luces de los candelabros, fueron extinguiéndose una por una. Los decorados comenzaron a oscurecerse ante la disminución de la iluminación. Una débil luz de las últimas lámparas, y un pálido haz de luz grisácea proveniente del nuevo día, comenzó a avanzar por entre las persianas medio abiertas. Y por esta luz la chica se fue desvaneciendo. Él miró en su rostro. ¡Cómo iba sucumbiendo el brillo de sus ojos! De nuevo volvió a mirar en su rostro. ¡Qué pálido se había puesto su rostro! Y una vez más volvió a mirar, y ahora observaba la sombra del que fue un rostro. De nuevo, el brillo de los ojos, el rostro, la sombra del rostro. Todo se había ido. Y él

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volvió a quedarse solo; solo en un salón tan vasto. Solo, y, en un terrible silencio, escuchó los ecos de sus propios pasos en una tétrica danza que no tenía música. Sin ninguna otra música más que el golpeteo del corazón contra su propio pecho. Los brazos helados volvían a rodearle el cuello, a arremolinarse en torno suyo, ellos no iban a soltarse, tampoco a fundirse; él ya no podía escapar de aquel álgido abrazo más de lo que podía escapar de la muerte. Miró detrás suyo, no había nada más que él mismo en un gran salón vacío; pero podía sentirlo, el frío mortecino, y aquellos largos y delgados dedos, y el anillo que había sido de su madre. Trató de gritar, pero ya no tenía más poder en su garganta reseca. El silencio del lugar únicamente fue roto por los ecos de sus propios pasos en aquella danza de la que no podía liberarse a sí mismo. ¿Quién podía decir que no tenía pareja de baile? Los gélidos brazos que estaban prendidos a su pecho. Y él no rehuiría de tal caricia. ¡No! Una polka más y caería muerto. Las luces se apagaron del todo, y media hora después, los gendarmes llegaron con una linterna para ver si el salón había quedado vacío; un perro los seguía, un gran perro que habían encontrado sentado frente a la entrada del teatro. Cerca de la entrada principal tropezaron con El cadáver de un estudiante, que había muerto de inanición, y por la rotura de los vasos sanguíneos.

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LA DILIGENCIA FANTASMA Amelia B. Edwards

Los incidentes que voy a relatarle merecen la pena porque son verdaderos. Me ocurrieron a mí y mi recuerdo es tan vívido como si hubiesen sucedido ayer. Sin embargo, han transcurrido veinte años desde aquella noche. Durante estos veinte años sólo le he contado la historia a otra persona. La cuento ahora con una repugnancia que se me hace difícil superar. Lo único que ruego, por de pronto, es que se abstenga usted de imponerme sus conclusiones. No quiero explicaciones de nada. No deseo discutir. Mi opinión sobre el asunto está más que hecha y, disponiendo del testimonio de mis propios sentimientos, prefiero guiarme de él. Bueno, sucedió hace exactamente veinte años, a un día o dos del final de la temporada del urogallo. Había estado todo el día en el campo, con la escopeta, y no había cazado una sola pieza. El viento soplaba directamente del este y era el mes de diciembre; el lugar, un gran páramo desolado en el extremo septentrional de Inglaterra. Me había perdido. No era un lugar agradable para extraviarse, con los primeros copos plumosos de la inminente nevada revoloteando sobre los brezos y la noche plomiza cerrándose a mi alrededor. Me puse la mano por visera sobre los ojos y escruté ansiosamente la creciente oscuridad, donde el color morado de la paramera se confundía con el de una cadena de montes bajos, a unas diez o doce millas de distancia. En ninguna dirección encontraron mis ojos el más leve rastro de humo, ni la menor parcela de terreno cultivado, ni una valla, ni un sendero de ovejas. De modo que no quedaba más que seguir andando y confiar en que la suerte me deparase algún refugio, por casualidad. Así que volví a cargarme la escopeta al hombro y tiré cansinamente adelante, pues llevaba de pie desde una hora después de romper el día y no había comido nada desde el desayuno. Mientras, comenzó a caer la nieve con ominosa regularidad y el viento se calmó. Luego, el frío se hizo más intenso y rápidamente se cerró la noche. En cuanto a mí, mis perspectivas se ennegrecieron al oscurecerse el cielo y se me oprimía el corazón al pensar en que mi esposa ya estaría intentando atisbarme por la ventana de nuestro saloncito del albergue, y al pensar en todo el sufrimiento que la aguardaba a lo largo de aquella penosa noche. Llevábamos casados cuatro meses y, después de haber pasado el otoño en las Tierras Altas de Escocia, nos habíamos instalado en una pequeña aldea situada al borde de los grandes páramos ingleses. Estábamos muy enamorados y, claro está, éramos felices. Aquella mañana, al separarnos, ella me había rogado que regresara antes de anochecer y yo se lo había prometido. ¡Qué no hubiese dado yo por haber mantenido mi palabra! Incluso antes, fatigado como estaba, tenía la sensación de que con cenar, tomarme una hora de descanso y disponer de un guía, podría estar de vuelta con ella antes de medianoche; siempre y cuando encontrara un guía y un refugio. Durante todo este tiempo, la nieve caía y se iba espesando la noche. Me detenía y gritaba de vez en cuando, pero mis voces no parecían sino ahondar el silencio. Después se

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apoderó de mí una vaga sensación de malestar y comencé a recordar historias de viajeros que había caminado y caminado bajo la nieve hasta que, agotados, se vieron obligados a dejarse caer y a dejar escapárseles la vida mientras dormían. ¿Sería posible, me preguntaba, aguantar andando durante toda la negra noche? ¿No llegaría un momento en

el que me fallarían las piernas y me abandonaría el tesón? Entonces yo también dormiría el sueño de la muerte. ¡La muerte! Me estremecí. ¡Qué cruel era morir precisamente en aquel momento, cuando la vida se me presentaba tan prometedora! ¡Qué cruel para mi esposa,

Pero esa idea era impensable. Para disiparla, volví a

gritar, aún más fuerte y durante más tiempo, y luego escuché lleno de ansiedad. ¿Había habido respuesta a mis gritos o era yo quien se imaginaba haber oído una voz remota? Repetí los gritos y de nuevo me respondió un eco. Luego brotó de la oscuridad un punto de luz vacilante, que desaparecía y aumentaba por momentos, cada vez más próxima y brillante. Corriendo hacia él tan deprisa como pude, me encontré con inmenso júbilo frente a un anciano con una linterna. —¡Gracias a Dios! —fue la exclamación que salió involuntariamente de mis labios.

cuyo corazón rebosante de amor

!

Guiñando los ojos y frunciendo el entrecejo, él alzó la linterna y me escrutó el rostro. —¿Y por qué? —rezongó de mal humor.

—Pues

por usted. Comenzaba a temer que me había perdido en la nieve.

—La gente se pierde por estos andurriales de vez en cuando, pero ¿qué más le daría perderse si Dios está tan vigilante? —Si Dios quiere que usted y yo nos perdamos juntos, debemos conformarnos — repliqué—; pero no me gustaría estar perdido sin usted. ¿A qué distancia estoy de Dwolding? —A sus buenas veinte millas, más o menos. —¿Y de la aldea más cercana? —La aldea más cercana es Wyke y está a doce millas hacia el otro lado. —Entonces, ¿dónde vive usted? —Por allí —dijo él, señalando con un impreciso movimiento de linterna. —Supongo que va hacia casa. —Puede ser. —Entonces me voy con usted. El viejo denegó con la cabeza y se restregó la nariz pensativamente con la mano que sostenía la linterna. —Yo no le serviré de nada —farfulló—. Él no le dejará entrar; no le dejará. —Ya lo veremos —repliqué yo, animado—. ¿Quién es él? —El amo —¿Quién es el amo? —Usted no lo conoce —fue la respuesta sin cumplidos. —Buenos, bueno; usted me enseña el camino y ya me ocuparé yo de que el amo me dé cobijo y cena por esta noche. —¡No logrará convencerlo! —murmuró mi renuente guía. Y sin parar de negar con la cabeza, echó a andar cojeando, como un gnomo, entre la nieve que caía. Enseguida apareció en medio de la oscuridad una gran mole, de donde

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salió a todo correr un inmenso perro, ladrando como una fiera. —¿Ésta es la casa? —pregunté. —Sí, ésta es la casa. ¡Calla, Bey! —Y el viejo buscó la llave en los bolsillos. Yo me pegué mucho a él, decidido a no perder la oportunidad de entrar, y vi, en el centro del círculo de luz de la linterna, que la puerta estaba profusamente tachonada con clavos de hierro, como la puerta de una prisión. Poco después hizo girar la llave y yo me metí en la casa tras sus pasos. Una vez en el interior, miré a mi alrededor con curiosidad y vi que estaba en una gran estancia con vigas que, por lo que parecía, se utilizaba para muy distintas cosas. En un extremo, se apilaba el grano hasta el techo, como si fuese un granero. El otro estaba ocupado por sacos de harina, aperos de labranza, toneles y toda clase de trastos de madera; y de las vigas colgaban hileras de jamones, lonjas de tocino y manojos de hierbas secas, almacenado todo para el invierno. En el centro del suelo se alzaba un enorme objeto, cubierto con una sucia tela de saco, que alcanzaba hasta la mitad de la altura del local. Al levantar una esquina de la tela, vi, para mi sorpresa, un telescopio de considerable tamaño montado sobre una tosca plataforma móvil con cuatro ruedecillas. El tubo, de madera pintada, estaba envuelto en flejes torpemente ajustados; la lente, en la medida en que pude calcular su tamaño a la escasa luz, medía por lo menos quince pulgadas de diámetro. Mientras examinaba el instrumento, preguntándome si no sería obra de algún óptico autodidacta, se oyó el sonido agudo de una campanilla. —Es para usted —dijo mi guía, con un mohín malicioso—. Pasando este cuarto. Me señalaba una puerta negra y baja que había al otro lado del local. Crucé hasta allí, di unos golpes bastante fuertes y entré sin aguardar respuesta. Un anciano gigantesco y canoso se levantó de una mesa llena de libros y papeles y me plantó cara con expresión hosca. —¿Quién es usted? —dijo—. ¿Cómo ha venido aquí? ¿Qué quiere? —Soy James Murray, abogado en ejercicio. He venido andando por el páramo. Quiero comida, bebida y dormir. Sus cejas se plegaron en un fruncido prodigioso. —Mi casa no es una fonda —dijo con altivez—. Jacob, ¿cómo has osado admitir a este desconocido? —Yo no lo admití —rezongó el viejo—. Él me siguió por el páramo y se metió a codazos antes que yo. Yo no puedo contra seis pies y dos pulgadas. —Y ahora, dígame, señor, ¿con qué derecho ha allanado usted mi casa? —Con el mismo con que me hubiese agarrado a su embarcación de estar ahogándome. Con el derecho de autoconservación. —¿Autoconservación? —Hay una pulgada de nieve sobre la tierra —repliqué concisamente—, y tendrá la suficiente profundidad para cubrirme el cuerpo antes de que amanezca. Se dirigió a zancadas a la ventana, apartó una pesada cortina negra y miró al exterior. —Es cierto —dijo—. Puede quedarse, si gusta, hasta la mañana. Jacob, sirve la cena. Al hablar, hizo una seña para que me sentase, recuperó su sitio e inmediatamente se sumió en los estudios que yo le había interrumpido.

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Coloqué la escopeta en un rincón, acerqué una silla a la chimenea y examiné sin

prisas el cuarto. Aunque más pequeña y menos incongruente en su disposición que el vestíbulo, había en esta estancia muchas cosas que despertaron en mi curiosidad. El suelo no estaba alfombrado. Las paredes enjalbegadas tenían garabateados en algunas partes extraños diagramas y en otras estaban cubiertas de estanterías donde se apelotonaban instrumentos científicos, muchos de los cuales yo no sabía para qué se usaban. A un lado del hogar había una librería repleta de folios manchados; al otro, un pequeño órgano con una fantástica decoración a base de grabados polícromos de santos y diablos medievales.

A través de la puerta entreabierta del armario más lejano del cuarto, distinguí una

colección de muestras geológicas, preparaciones quirúrgicas, crisoles, retortas y frascos de productos químicos; en la repisa de la chimenea, entre cierto número de objetos menudos,

había una maqueta del sistema solar, una pila galvánica y un microscopio. Todas las sillas estaban llenas de cosas. En todos los rincones se apilaban libros. Incluso por el suelo había esparcidos mapas, moldes, papeles, calcos y todos los útiles científicos imaginables. Yo lo repasaba todo a mi alrededor, con un asombro que crecía con cada nuevo objeto sobre el que posaba los ojos. Nunca había visto un sitio tan extraño; pero lo que resultaba aún más extraño era encontrarlo en una casa de campo perdida en medio de aquellos páramos agrestes y desiertos. Una y otra vez, pasaba la vista de mi anfitrión a lo que lo rodeaba y volvía del entorno a mi anfitrión, preguntándome quién y qué podría ser. Tenía

la cabeza singularmente hermosa, pero era más bien cabeza de poeta que de filósofo:

amplia en las sienes, prominente sobre los ojos y adornada con una abundante melena desordenada y totalmente blanca. Compartía toda la idealidad y muchos de los caracteres abruptos de la testa de Ludwig van Beethoven. Las mismas arrugas profundas alrededor

de la boca y los mismos surcos firmes en el entrecejo. La misma concentración en el gesto.

Mientras todavía estaba observándolo, se abrió la puerta y entró Jacob con la cena. Entonces su amo cerró el libro, se puso en pie y, con mayor cortesía de la manifestada hasta entonces, me invitó a la mesa. Me hallé ante un plato con jamón y huevos, una rebanada de pan moreno y una botella de admirable jerez. —Sólo puedo ofrecerle un menú muy casero de la tierra, señor —dijo mi anfitrión—. Espero que su apetito supla las deficiencias de nuestra despensa. Yo la había emprendido ya con las viandas y ahora protesté, con entusiasmo de cazador hambriento, diciendo que nunca había comido nada tan delicioso. Él hizo una fugaz reverencia y se dedicó a su propia cena, que consistió, primordialmente, en una jarra de leche y un cuenco de gachas. Comimos en silencio y, cuando hubimos terminado, Jacob retiró la bandeja. Entonces, volví a colocar mi silla ante el fuego. Sorprendiéndome un poco, mi anfitrión hizo lo mismo y, volviéndose inesperadamente hacia mí, dijo:

—Señor, he vivido aquí en riguroso retiro durante veintitrés años. En todo ese tiempo no he visto ni una sola cara extraña ni he leído un solo periódico. Usted es el primer desconocido que traspasa mi umbral en más de cuatro años. ¿Tendría la amabilidad de decirme unas palabras sobre el mundo exterior del que tanto tiempo llevo aislado?

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—Le ruego que me pregunte —repliqué—. Estoy a su entera disposición. Inclinó la cabeza en señal de reconocimiento; se echó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y el mentón sujeto entre las palmas de las manos; miró fijamente al fuego y procedió a interrogarme. Sus preguntas giraban sobre todo alrededor de cuestiones científicas, cuyos recientes progresos, en la medida en que se aplicaban a usos de la vida práctica, desconocía casi por completo. No siendo una persona dedicada a las ciencias, le contesté tan bien como me permitía mi parca información; pero el interrogatorio estaba lejos de resultarme fácil y sentí un gran alivio cuando, pasando de las preguntas a la conversación, comenzó a explayarse en sus propias conclusiones sobre los datos que yo me había esforzado en comunicarle. Él habló y yo escuché embelesado. Habló hasta hacerme pensar que se había olvidado de mi presencia y se limitaba a reflexionar en voz alta. Hasta entonces nunca había oído nada semejante; desde entonces nunca he vuelto a oír nada parecido. Familiarizado con todos los sistemas de todas las filosofías, sutil en sus análisis, audaz en las generalizaciones, fue dando salida a sus pensamientos en un discurso fluido, manteniendo siempre la cabeza adelantada en la misma actitud taciturna y los ojos fijos en el fuego, pasando de un tema a otro, de una especulación a otra, como un soñador inspirado. De las ciencias prácticas a la filosofía del entendimiento; de la electricidad de los cables a la electricidad de los nervios; de Watt a Mesmer, de Mesmer a Reichenbach, de Reichenbach a Swedenborg, a Spinoza, a Condillac, a Descartes, a Berkeley, a Aristóleles, a Platón y a los magos y místicos orientales, haciendo transiciones que, pese a confundir por su diversidad y amplitud, parecían fáciles y armoniosas en su labios, como secuencias musicales. Con el tiempo he olvidado mediante qué nexo conjetural, o ejemplo, saltó a ese terreno que está más allá de la frontera incluso de la filosofía especulativa y entró en aquello que ningún hombre conoce. Habló del alma y de sus aspiraciones; del espíritu y de sus poderes; de la segunda visión; de las profecías; de esos fenómenos que, bajo el nombre de fantasmas, espectros y apariciones sobrenaturales, han sido negados por los escépticos y atestiguados por los crédulos en todas las épocas. —El mundo —dijo— se vuelve más escéptico por momentos respecto de todo lo que está más allá de su estrecho radio de acción; y nuestros hombres de ciencia fomentan esa fatal tendencia. Condenan como fábulas todo lo que se resiste a la experimentación. Rechazan como falso todo lo que no se puede comprobar en el laboratorio o en la mesa de disección. ¿Contra qué superstición se ha emprendido una guerra tan larga y tan obstinada como contra la creencia en las apariciones? Y sin embargo, ¿qué superstición ha pervivido más tiempo y con mayor arraigo al ánimo de los hombres? Señáleme algún hecho de la física, de la historia, de la arqueología, que cuente con tan extensos y diversos testimonios. Atestiguado por todos los pueblos, en todas las épocas y en todos los climas, por los más juiciosos sabios de la Antigüedad, por los más burdos salvajes de la actualidad, por los cristianos, por los paganos, por los panteístas y por los materialistas, este fenómeno es considerado un cuento de niños por los filósofos de nuestro siglo. Las pruebas circunstanciales pesan para ellos tanto como una pluma en la balanza. Las comparaciones entre causas y efectos, por valiosa que sea en las ciencias físicas, se deja de lado como inválida e indigna de confianza. Las pruebas aportadas por testigos

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competentes, aun siendo concluyentes ante los tribunales de justicia, no cuentan para

nada. A quien vacila ante lo que tiene que decir se le condena por frívolo. Quien cree es un soñador o un loco. Hablaba con amargura y, tras estas palabras, se sumió durante algunos minutos en silencio. Luego separó la cabeza de las manos y, con la voz y la pose alteradas, agregó:

—Yo, señor, he vacilado, he investigado, he creído y no he sentido vergüenza de afirmar mis convicciones ante el mundo. Yo también fui calificado de visionario, puesto en ridículo por mis contemporáneos y expulsado entre abucheos de la especialidad científica en que había trabajado honradamente durante los mejores años de mi vida. Desde entonces he vivido como me ve usted vivir ahora, y el mundo se ha olvidado de mí como yo me he olvidado del mundo. Ya conoce mi historia. —Es una historia muy triste —murmuré yo, sin saber muy bien qué decir. —Es muy vulgar —replicó él—. Sólo he padecido en nombre de la verdad, como otros muchos hombres mejores y más sabios padecieron antes que yo. Se puso en pie, como si deseara acabar la conversación, y se acercó a la ventana. —Ya no nieva —observó, dejando que se cerrara la cortina y regresando junto a la lumbre. —¡Ya no nieva! —exclamé yo, poniéndome de pie a toda prisa—. Ay, si hubiese la

pero no hay ninguna. Aunque me fuese posible orientarme en el

menor posibilidad

, páramo, tampoco sería capaz de recorrer veinte millas esta noche. —¡Recorrer veinte millas esta noche! —repitió mi anfitrión—. ¿En qué está pensando? —En mi esposa —respondí con impaciencia—. En mi joven esposa, que no sabe que me he extraviado y que en este momento tendrá el alma estremecida de ansiedad y de terror. —¿Dónde está? —En Dwolding, a veinte millas de distancia. —En Dwolding —repitió él como un eco, pensativo—. Sí, es cierto, está a veinte millas de aquí; pero ¿tanto le importa ganar las próximas seis u ocho horas? —Mucho, tantísimo que ahora mismo pagaría diez guineas por un guía y un caballo.

—Su deseo puede satisfacerse a un precio mucho menor —dijo sonriendo—. El correo nocturno del norte, que cambia los caballos en Dwolding, pasa a unas cinco millas de este lugar y estará en un determinado cruce dentro de una hora y cuarto. Si Jacob pudiera acompañarle por el páramo hasta el antiguo camino de la diligencia, supongo que usted solo se bastaría para encontrar el cruce de la carretera nueva.

—Iría

con sumo gusto.

Él volvió a sonreír, tiró de la campanilla, dio instrucciones al viejo criado y, tomando

una botella de whisky y un vaso de vino del armario donde guardaba los productos químicos, dijo:

—Hay mucha nieve y será difícil andar por el páramo esta noche. ¿Qué le parece una copa de nuestra cosecha antes de ponerse en camino? Yo hubiese rechazado el lico, pero él me lo alargó y lo bebí. Me cayó en la garganta como fuego líquido y casi me cortó la respiración.

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—Es fuerte —dijo—, pero ayuda a combatir el frío. Y ahora ya no tiene un momento que perder. ¡Buenas noches! Le agradecí su hospitalidad y le habría estrechado la mano pero me dio la espalda antes de que yo hubiera terminado de hablar. Un minuto después había cruzado el vestíbulo, Jacob había cerrado con llave la puerta de la calle una vez fuera y estábamos al raso en el inmenso páramo blanco. Aunque el invierno había menguado, el frío seguía siendo intenso. No brillaba ni una estrella en la bóveda negra del firmamento. Ni un ruido, salvo el crujido de la nieve bajo nuestros pies, perturbaba el profundo silencio de la noche. Jabob, que no estaba muy contento con el encargo, arrastraba los pies delante de mí en taciturno silencio, con la linterna en la mano y la sombra cayéndole sobre los pies. Yo lo seguía, con la escopeta al hombro, tan poco propenso como él a conversar. Mis pensamientos volvían sobre mi anfitrión. Aún me resonaba su voz en los oídos. Su elocuencia aún cautivaba mi imaginación. Recuerdo hasta el día de hoy, con sorpresa, cómo mi sobreexcitado cerebro retenía frases enteras y fragmentos de frases, docenas de imágenes brillantes y extractos de espléndidos razonamientos, con las mismas palabras con que él las había pronunciado. Meditando de este modo sobre lo que había oído y esforzándome por recordar algún que otro nexo perdido, andaba a zancadas pegado a los talones de mi guía, absorto y sin prestar atención. Enseguida —al cabo de muy pocos minutos, según me pareció a mí— se detuvo de improviso y dijo:

—Ya está usted en el camino. Mantenga la valla de piedra a su derecha y no se perderá. —¿Así que éste es el antiguo camino de la diligencia? —Sí, éste es el antiguo camino de la diligencia. —¿Y cuánto he de avanzar hasta encontrar el cruce? —Casi tres millas. Eché mano a la bolsa y él se volvió más comunicativo. —El camino es bastante bueno —dijo— para quienes van a pie; pero resulta demasiado pendiente y estrecho para el tráfico del norte. Fíjese en donde el pretil se interrumpe, que está muy cerca del poste indicador. Nunca lo han reparado desde el accidente. —¿Qué accidente? —El correo nocturno se despeñó de cabeza al valle, por lo menos unos cincuenta pies, justamente en el peor tramo de carretera de todo el condado. —¡Qué horrible! ¿Cuántas vidas costó? —Todas. Cuatro aparecieron muertos y otros dos murieron al día siguiente. —¿Cuándo tiempo hace que ocurrió? —Nueve años, exactamente. —¿Cerca del poste indicador, dice usted? Lo tendré presente. Buenas noches. —Buenas noches, señor, y gracias, Jacob se echó al bolsillo la media corona, hizo un amago de tocarse el sombrero y emprendió penosamente el regreso por donde habíamos venido. Estuve observando la luz de la linterna hasta casi su absoluta desaparición y luego di

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la vuelta para proseguir mi camino en solitario, que no parecía presentar la menor dificultad, pues, pese a la negrura, la línea de la valla de piedra destacaba con sobrada claridad contra el lívido brillo de la nieve. Pero ¡qué silencio, en el que únicamente se oían mis pasos, qué silencio y qué soledad! Me embargó la extraña y desagradable sensación de estar completamente solo. Anduve más deprisa. Iba tarareando un fragmento de tonada. Mentalmente, fui contando enormes cifras y calculando lo que supondrían a interés compuesto. En suma, hice todo lo posible por olvidar las especulaciones alarmantes que acababa de escuchar y, en cierta medida, conseguí mi propósito. Mientras el aire de la noche parecía ir tornándose cada vez más frío y, aunque caminaba rápido, no conseguía mantenerme caliente. Tenía los pies como el hielo. Había perdido la sensibilidad en las manos y, mecánimente, llevaba empuñada la escopeta. Incluso me costaba respirar, como si en lugar de ir recorriendo un camino real del norte estuviese escalando las más altas cumbres de unos gigantescos Alpes. Este último síntoma se volvió pronto tan inquietante que me vi obligado a detenerme unos minutos y apoyarme contra la valla de piedra. Al hacerlo, volví la vista por casualidad hacia el camino recorrido y allí, para mi infinito alivio, vi un lejano punto luminoso, algo así como el resplendor de una linterna que se acercaba. Al principio pensé que Jacob había vuelto sobre sus pasos y me seguía; pero no había hecho sino vislumbrar este pensamiento cuando se hizo visible una segunda luz, una luz sin duda paralela a la primera y que se acercaba a la misma velocidad. No tuve necesidad de pensarlo dos veces para entender que debían de ser los faroles de algún vehículo particular, aunque era extraño que circulara por una carretera reconocidamente peligrosa y en desuso. No obstante, no cabía duda de este hecho, pues los faroles se volvían más grandes y luminosos a cada instante, e incluso imaginé que ya distinguía la silueta oscura del carruaje entre ambos. Se acercaba más deprisa y casi sin hacer ruido, pues rodaba casi sobre un palmo de nieve. Pronto la masa del vehículo se hizo netamente visible detrás de los faroles. Resultaba llamativamente alto. Me pasó por la mente una fugaz sospecha: ¿sería posible que hubiese pasado de largo el cruce en medio de la oscuridad, sin haber reparado en el poste indicador, y que se tratase de la diligencia que buscaba? No tuve necesidad de formularme la pregunta dos veces, pues, torciendo ya en la curva del camino, llegaron el guarda y el mayoral, con un pasajero en el pescante y cuatro caballos tordos bufando vaho, envueltos todos en una leve neblina de luz, dentro de la cual resplandecían los faroles, como un par de meteoritos ardientes. Me adelanté dando un salto, hice señas con el sombrero y grité. El correo siguió a toda velocidad y me sobrepasó. Por un instante, temí no haber sido visto ni oído, pero fue sólo eso: un instante. El cochero se irguió; el guarda, embozado hasta las cejas con capas y bufandas, y al parecer profundamente dormido en medio del estrépito, no respondió a mi saludo ni hizo el menor esfuerzo por apearse; el pasajero que iba en el pescante ni siquiera volvió la cara. Yo mismo abrí la puerta y miré dentro. Sólo había tres pasajeros en el interior, de modo que subí, cerré la portezuela, ocupé el rincón vacío y me felicité por mi buena fortuna. La atmósfera de la diligencia me pareció, si cabía, más gélidad que la de la

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intemperie e impregnada de un olor especialmente húmedo y desagradable. Repasé a mis compañeros de viaje. Los tres eran hombres y los tres guardaban absoluto silencio. No parecían estar dormidos, pero los tres se retrepaban en las esquinas del vehículo, como absortos en íntimas reflexiones. Yo intenté iniciar una conversación. —Vaya frío que hace esta noche —dije, dirigiéndome al de enfrente. Alzó la cara y me miró sin responderme. —Parece ser que el invierno ha comenzado bien fuerte —agregué. Aunque su rincón estaba tan oscuro que no le distinguía las facciones con ninguna nitidez, vi que me apuntaba con los ojos. Y no obstante, no respondió ni una sola palabra. En otra ocasión cualquiera me habría sentido incómodo y tal vez lo hubiera manifestado, pero en aquellos momentos me encontraba demasiado débil para una cosa así. El frío helado del aire nocturno se me había metido en los tuétanos y el extraño olor del interior de la diligencia me estaba provocando unas insoportables náuseas. Me estremecí de pies a cabeza y, volviéndome hacia el vecino de la izquierda, le pregunté si le molestaría que abriese la ventanilla. No dijo nada ni se movió. Repetí la pregunta en voz algo más alta, pero con idéntico resultado. Entonces perdí la paciencia y solté el marco corredizo de la ventana. Al hacerlo, el tirante de cuero se partió, quedándoseme en la mano, y observé que el cristal estaba cubierto por una fina capa de moho, acumulado, se diría, en el curso de años. Interesado por el estado de la

diligencia, la examiné con mayor atención y, a la luz incierta de los faroles de fuera, vi que estaba absolutamente ruinosa. No sólo necesitaba reparaciones por todas partes, sino que se estaba pudriendo. Las ventanillas se rajaban al tocarlas. Los accesorios de cuero estaban enmohecidos y literalmente putrefactas las juntas de las molduras. El suelo casi se quebraja bajo mis pies. En pocas palabras, todo el vehículo estaba muy dañado por la humedad y pensé que sin duda había sido rescatado del almacén, donde llevaría años descomponiéndose, para rodar un par de días más por las carreteras. Me dirigí al tercer pasajero, al que aún no había hablado, y le hice un nuevo comentario de circunstancias. —Esta diligencia —dije— se encuentra en un estado deplorable. Supongo que estarán reparando el vehículo en activo. Él movió lentamente la cabeza y me miro a la cara, sin decir palabra. Nunca olvidaré mientras viva aquella mirada. Se me heló el corazón al verla. Se me sigue helando el corazón ahora, cuando la recuerdo. Le brillaban los ojos con un fulgor increíblemente ardiente. Tenía el rostro blanco como el de un muerto. Los labios sin sangre estaban contraídos como en la agonía y en medio le brillaban los dientes. Las palabras que yo iba a pronunciar perecieron entre mis labios y un extraño horror, horror terrorífico, se apoderó de mí. Para entonces me había habituado a la oscuridad de la diligencia y veía con aceptable claridad. Me volví hacia el pasajero de enfrente. Éste también me miraba con la misma alarmante palidez en el rostro y el mismo lustre pétreo en los ojos. Me pasé la mano por la frente. Me volví hacia el tercer pasajero, el que se

sentaba a mi lado, y vi

vivo, que ninguno de ellos estaba vivo como yo. Una luz lívida y fosforecente, la luz de la

¡Santo cielo, cómo describiría lo que vi! Vi que no era un hombre

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putrefacción, salía de sus horrorosas caras; de sus cabellos mojados por la humedad de las tumbas; de las ropas manchadas de tierra y cayéndose a jirones; de las manos, que eran como las de los cadáveres que llevan mucho tiempo enterrados. Sólo los ojos, aquellos ojos terribles, tenían vida; ¡y todos aquellos ojos apuntaban amenazadoramente hacia mí! Al volcarme hacia la puerta y tratar en vano de abrirla, brotó de mis labios un alarido de terror, un grito salvaje e incomprensible en demanda de ayuda y piedad. En aquel singular instante, breve y vívido como un paisaje visto en el resplandor de un relámpago de verano, distinguí, a la luz de la luna que se colaba por un hueco entre las nubes tormentosas, el fantasmal poste indicador que alzaba su dedo de advertencia al borde del camino, el parapeto soto, los caballos que se despeñaban, el negro vacío Entonces la diligencia cabeceó como un barco en el mar. Después hubo un fuerte golpe, una aplastante sensación de dolor, y luego la oscuridad.

Tuve la impresión de que habían pasado años cuando desperté una mañana de un sueño profundo y encontré a mi esposa contemplándome junto a la cabecera. Paso por alto la escena que siguió y, en media docena de palabras, le repetiré a usted la historia que ella me contó entre lágrimas de agradecimiento a la providencia. Me había caído por un precipicio, cerca del cruce del viejo y el nuevo camino de la diligencia, y sólo me había salvado de una muerte segura gracias a que caí sobre un ventisquero que se había acumulado a los pies de las rocas del fondo. En ese ventisquero fui descubierto al amanecer por un par de pastores, que me trasladaron al refugio más cercano y buscaron un médico para que me atendiese. El médico me encontró en estado delirante con un brazo roto y una fractura grave de cráneo. Los documentos de mi billetero lo informaron de mi nombre y dirección; se requirió a mi esposa para que me sirviera de enfermera; y gracias a ser joven y de constitución fuerte, acabé por salir sano y salvo. El lugar donde ocurrió mi caída, casi no es menester que lo diga, fue exactamente el mismo en el que el correo del norte había sufrido un terrible accidente nueve años antes. Nunca conté a mi esposa los terroríficos hechos que acabo de relatarle. Al médico que me asistió sí se los conté; pero él consideró toda aquella peripecia como una mera pesadilla debida a la fiebre que me abrasaba el cerebro. Lo hablamos una y otra vez, hasta convencernos de que éramos incapaces de hablar del asunto con calma, y entonces lo dejamos. Otros podrán sacar las conclusiones que quieran, pero yo sé que hace veinte años fui el cuarto pasajero que iba en el interior de aquella diligencia fantasma.

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EL RAYO DE LUNA Gustavo Adolfo Bécquer

Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación. Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda que, a los que nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.

Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un trovador. Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra. —¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? —preguntaba algunas veces su madre. —No sabemos —respondían sus servidores—: acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo. En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes. Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos. Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre. Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando traducirlo.

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En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas,

imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender. ¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco. Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba:

—Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y

yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!

amor? Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza. Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río. En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas. En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina. Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente. Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios. La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente,

¿Cómo será su

¿Cómo será su hermosura?

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estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo. En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que

había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines.

, yo busco —exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta. Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer

misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía. —¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! —dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas

parásitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo

—¡Ah!, por aquí, por aquí va —exclamó entonces—. Oigo sus pisadas sobre las hojas

secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos; —y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía—. Pero siguen sonando sus pisadas —

El viento que

suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír

¿En qué idioma?

No sé, pero es una lengua extranjera

creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las cuales había

desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil! Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada. Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre que se eleva la ermita de San Saturio. —Tal vez, desde esta altura podré orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto —exclamó trepando de peña en peña con la ayuda de su daga. Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo encarcelan. Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia. La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta. En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin

Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces

lo que ha dicho; pero no hay duda, va por ahí, ha hablado

murmuró otra vez;— creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado

¡a estas horas! Esa, esa es la mujer que

—¡Una mujer desconocida!

¡En este sitio!

¡Nadie!

ha hablado

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duda, la mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente. Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas. Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a vagar por sus calles a la ventura. Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas. Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.

Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al

detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente. —No cabe duda; aquí vive mi desconocida —murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;— aquí vive. Ella entró por el postigo de

San Saturio

casa, donde pasada la media noche aún hay gente en vela

¿En vela? ¿Quién sino ella, que

No hay más; ésta es su

vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas? casa.

En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista un momento. Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano, restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo. Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de un instante.

por el postigo de San Saturio se viene a este barrio

en este barrio hay una

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—¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido

a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal —ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:

—En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas. —Pero ¿y su hija? —interrumpió el joven impaciente—; ¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o lo que sea? —No tiene ninguna mujer consigo.

Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la

noche he visto arder una luz? —¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que amanece. Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le causaron estas palabras.

—Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que

pero he de conocerla. El eco de

he de conocerla

sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me

están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de

sus ininteligibles palabras

la encontraré; me lo da el corazón, y mi

acaso

¿qué dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo,

—¡No tiene ninguna!

¿En qué?

Eso es lo que no podré decir

¿Qué dijo?

pero aún sin saberlo la encontraré

corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote,

que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el

yo la he de encontrar, y la gloria de

del traje de mi desconocida; pero no importa

poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.

Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la

noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan

negros y largos para que floten

traje, y eran negros

no hay duda; azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy

Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su

¿Cómo serán sus ojos?

no me engaño, no; eran negros.

¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera

suelta, flotante y oscura, a una mujer alta

ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un

misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles de granito! ¡Su voz!

su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar

ella es alta, alta y esbelta como esos

porque

su voz la he oído

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acompasado y majestuoso como las cadencias de una música. Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un

espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma?

¿Quién

sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche? Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado un

castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus jardines. La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles. Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las

macizas columnas de sus arcadas

Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo. Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco. Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible. Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante. Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde

bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas. Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores. —Tú eres joven, tú eres hermoso —le decía aquélla—; ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?

Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto

Estaba desierto.

—¡El amor!

El amor es un rayo de luna —murmuraba el joven.

—¿Por qué no despertáis de ese letargo? —le decía uno de sus escuderos—; os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y

marchamos a la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.

—¡La gloria!

La gloria es un rayo de luna.

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—¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal? —¡No! ¡No! —exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial—; no quiero

nada

mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y

vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna. Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.

felicidad

es decir, sí quiero

quiero que me dejéis solo

Cantigas

mujeres

glorias

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UNA HISTORIA DE FANTASMAS Mark Twain

Fui a una gran habitación, lejos de Broadway, de un gran y viejo edificio cuyos departamentos superiores habían estado vacíos por años, hasta que yo llegué. El lugar había sido ganado hacía tiempo por el polvo y las telarañas, por la soledad y el silencio. La primer noche que subí a mis cuartos, me pareció estar a tientas entre las tumbas e invadiendo la privacidad de los muertos. Por primera vez en mi vida, me dio un pavor supersticioso; y como si una invisible tela de araña hubiera rozado mi rostro con su textura, me estremecí como alguien que se encuentra con un fantasma. Una vez que llegué a mi cuarto me sentí feliz, y expulsé la oscuridad. Un alegre fuego ardía en la chimenea, y me senté frente al mismo con reconfortante sensación de alivio. Estuve así durante dos horas, pensando en los buenos viejos tiempos; recordando escenas, e invocando rostros medio olvidados a través de las nieblas del pasado; escuchando, en mi fantasía, voces que tiempo ha fueron silenciadas para siempre, y canciones una vez familiares que hoy en día ya nadie canta. Y cuando mi ensueño se atenuó hasta un mustio patetismo, el alarido del viento fuera se convirtió en un gemido, el furioso latido de la lluvia contra las ventanas se acalló y uno a uno los ruidos en la calle se comenzaron a silenciar, hasta que los apresurados pasos del último paseante rezagado murieron en la distancia y ya ningún sonido se hizo audible. El fuego se estaba extinguiendo. Una sensación de soledad se cebó en mí. Me levanté y me desvestí, moviéndome en puntillas por la habitación, haciendo todo a hurtadillas, como si estuviera rodeado por enemigos dormidos cuyos descansos fuera fatal suspender. Me acosté y me tendí a escuchar la lluvia y el viento y los distantes sonidos de las persianas, hasta que me adormecí. Me dormí profundamente, pero no se por cuanto tiempo. De repente, me desperté, estremecido. Todo estaba en calma. Todo, a excepción de mi corazón podía escuchar mi propio latido. En ese momento las frazadas y colchas comenzaron a deslizarse lentamente hacia los pies de la cama, ¡cómo si alguien estuviera jalándolas! No podía moverme, no podía hablar. Los cobertores se habían deslizado hasta que mi pecho quedó al descubierto. Entonces, con un gran esfuerzo los aferré y los subí nuevamente hasta mi cabeza. Esperé, escuché, esperé. Una vez más comenzó el firme jalón. Al final arrebaté los cobertores nuevamente a su lugar, y los así con fuerza. Esperé. Luego sentí nuevos tirones, y la cosa renovó sus fuerzas. El tirón se afianzó con firme tensión a cada momento se hacía más fuerte. Mi fuerza cesó, y por tercera vez las frazadas se alejaron. Gemí. ¡Y un gemido de respuesta vino desde los pies de la cama! Gruesas gotas de sudor comenzaron a poblar mis sienes. Estaba más muerto que vivo. Escuché unos fuertes pasos en el cuarto —como si fuera el paso de un elefante, eso me pareció— y no era nada humano. Pero era como si se alejara de mí. Lo escuché aproximándose a la puerta, traspasándola sin mover cerrojo o cerradura, y deambular por

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los tétricos pasillos, tensando el piso de madera y haciendo crujir las vigas a su paso.

Luego de eso, el silencio reinó una vez más. Cuando mi excitación se calmó, me dije a mí mismo, “esto ha sido un sueño, simplemente un horrendo sueño”. Y me quedé pensando eso hasta que me convencí que había sido solo una pesadilla, y entonces, me relajé lo suficiente como para reír un poco y estuve feliz de nuevo. Me levanté y encendí una luz; y cuando revisé la puerta, vi que la cerradura y el cerrojo estaba como lo había dejado. Otra serena sonrisa fluyó desde mi corazón y se ondeó en mis labios. Tomé mi pipa y la encendí, y cuando estaba ya sentado

frente al fuego, ¡la pipa se me cayó de entre mis dedos, la sangre se fue de mis mejillas, y

mi plácida respiración se detuvo y quedé sin aliento! Entre las cenizas del hogar, a un

costado de mi propios huellas, había otra, tan vasta en comparación, que las mías parecían

de un infante. Entonces, había habido un visitante, y las pisadas del elefante quedaban

demostradas. Apagué la luz y regresé a la cama, paralítico de miedo. Me recosté un largo rato, mirando fijamente en la oscuridad, y escuchando. Percibí un rechinido más arriba, como si alguien estuviera arrastrando un cuerpo pesado por el piso; entonces escuché que lanzaban el cuerpo, y el chasquido de mis ventanas fue la respuesta del golpe. En otras

partes del edificio escuché portazos. A intervalos, también oi sigilosos pasos, por aquí y por allá, a través de los corredores, y subiendo y bajando las escaleras. Algunas veces esos ruidos se acercaban a mi puerta, dubitaban y luego retrocedían. Escuché desde pasillos lejanos, el débil sonido de cadenas, los que se iban acercando paulatinamente, a la par que ascendían las escaleras, marcando cada movimiento con un matraqueo metálico. Escuché palabras murmurantes; gritos a medias que parecían ser violentamente sofocados; y el crujido de prendas invisibles. En ese momento fui conciente que mi habitación estaba siendo invadida, y de que no estaba solo. Escuché suspiros y alientos alrededor de mi cama, y misteriosos murmullos. Tres pequeñas esferas de suave fosforescencia aparecieron

en el techo, directamente sobre mi cabeza, brillando durante un instante, para luego

dejarse caer —dos de ellas sobre mi cara, y una sobre la almohada. Me salpicaron con algo líquido y cálido. La intuición me dijo que podría ser sangre— no necesitaba luz para darme cuenta de ello. Entonces vi rostros pálidos, levemente luminosos, y manos blancas, flotando en el aire, como sin cuerpos flotando en un momento, para luego desaparecer. El murmullo cesó, lo mismo que las voces y los sonidos, y una solemne calma siguió. Esperé

y escuché. Sentí que tendí auq encender una luz o moriría. Estaba debilitado por el temor. Lentamente me alcé hasta sentarme, ¡y mi rostro entró en contacto con una mano viscosa! Todas mis fuerzas me abandonaron de repente, y me caí como si fuera un inválido. Entonces escuché el susurro de una tela pareció como si hubiera pasado la puerta y salido. Cuando todo se calmó una vez más, salí de la cama, enfermo y enclenque, y encendí la luz de gas, con una mano tan trémula como si fuera de una persona de cien años. La luz

me dio algo de alegría a mi espíritu. Me senté y quedé contemplando las grandes huellas

en las cenizas. Las miré mientras la llama del gas se ponía mustia. En ese mismo momento volví a escuchar el paso elefantino. Noté su aproximación, cada vez más cerca, por el vestíbulo, mientras la luz se iba extinguiendo poco a poco. Los ruidos llegaron hasta mi puerta e hicieron una pausa, la luz ya había menguado hasta convertirse en una mórbida

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llama azul, y todas las cosas a mi alrededor tenían un aspecto espectral. La puerta no se abrió, y sin embargo, sentí en el rostro una leve bocanada de aire. En ese momento fui conciente que una presencia enorme y gris estaba frente a mí. Miré con ojos fascinados. Había una luminosidad pálida sobre la Cosa; gradualmente sus pliegues oscuros comenzaron a tomar forma, apareció una mano, luego unas piernas, un cuerpo, y al final una gran cara de tristeza surgió del vapor. ¡Limpio de su cobertura, desnudo, muscular y bello, el majestuoso Gigante de Cardiff apareció ante mí! 1 Todo mi misterio dejó de existir, ya que de niño sabía que ningún daño podría esperar de tal benigno semblante. Mi alegría regresó una vez más a mi espíritu, y en simpatía con esta, la llama de gas resplandeció nuevamente. Nunca un solitario exiliado fue tan feliz en recibir compañía como yo al saludar al amigable gigante. Dije:

“¿Nada más que tú? ¿Sabes que me he pegado un susto de muerte durante las últimas dos o tres horas? Estoy más que feliz de verte. Desearía tener una silla, aquí, aquí. ¡No trates de sentarte en esa cosa!” Pero ya era tarde. Se había sentado antes que pudiera detenerlo; nunca vi una silla estremecerse así en toda mi vida. “Detente, detente, o arruinarás todo”. De nuevo muy tarde. Hubo otro destrozo, y otra silla fue reducida a sus elementos originales. “¡Al infierno! ¿Es que no tienes juicio? ¿Deseas arruinar todo el mobiliario de este lugar? Aquí, aquí, tonto petrificado”. Pero fue inútil, antes que pudiera detenerlo, ya se había sentado en la cama, y esta era ya una melancólica ruina. “¿Qué clase de conducta es esta? Primero vienes pesadamente aquí trayendo una legión de fantasmas vagabundos para intranquilizarme, y luego tengo que pasar por alto tal falta de delicadeza que no sería tolerada por ninguna persona de cultura elevada excepto en un teatro respetable, y no contento con la desnudez de tu sexo, tu me compensas destrozando todo el mobiliario mientras buscas lugar donde sentarte. Tu te dañas a tí mismo tanto como a mí. Te has lastimado el final de tu columna vertebral, y has

1 Gigante de Cardiff: En una granja cercana a Cardiff, N.Y. E.U.A, fue “desenterrado” en 1869 un bloque de roca de más de una tonelada que aparentemente correspondía a un fósil humano de casi 3 metros de altura. Al encontrarse en él huellas recientes de herramientas para cincelar, así como tejidos blandos supuestamente petrificados (lo que no es posible) se demostró que se trataba de un engaño. El gigante de Cardiff, como se le llamó, generó una fortuna a sus “descubridores” que cobraban por verlo y aún se exhibe en el Farmers' Museum en Cooperstown, N.Y. E.U.A. (Caupolicán Muñoz Gamboa, Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa). El “Gigante” fue descubierto por William C. Newell, granjero, el 16 de octubre de 1869. Su autor fue George Hull, un tabacalero de Nueva York que en 1866 contrató a un obrero para esculpir al gigante en piedra, y luego hacerlo parecer antiguo. Luego lo transportó a Cardiff, enterrándolo en la propiedad de Newell. Una vez “desenterrado”, llamó mucho la atención, y se dijo que era “un hombre fosilizado”. Un experto, el Dr. John Boynton, declaró que creía que podía tratarse de una estatua mandanda a hacer por los misioneros jesuitas para impresionar a los indios. Luego de un análisis más apropiado, Othniel Marsh dijo que era una farsa, elaborada en tiempos recientes. El empresario circense P.T. Barnum ofreció comprarlo a sus dueños, pero su oferta fue rehusada, así que Barnum se hizo hacer una copia del gigante, cuya exacerbada publicidad hizo más famosa que el verdadero “Gigante”.

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dejado el piso sembrado de astillas de tus destrozos. Deberías estar avergonzado, ya eres bastante grande como para saber las cosas”. “Está bien, no romperé más muebles. Pero ¿qué puedo hacer? No he tenido chance de sentarme desde hace cien años”. Y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. “Pobre diablo”, dije, “no debería haber sido tan rudo contigo. Eres un huérfano, sin duda. Pero siéntate en el piso, aquí, ninguna otra cosa aguantará tu peso, además, no podemos ser sociables contigo cuando te alzas sobre mí; te quiero abajo donde pueda posarme en el taburete de esta oficina bancaria y chismorrear contigo cara a cara” . Así que se sentó en el piso, y encendí una pipa que me dio, le di una de mis mantas y se la puse sobre sus hombros, le puse mi bañera invertida en su cabeza, a modo de casco, y lo puse sentir confortable. Entonces, él cruzó sus piernas, mientras yo avivé el fuego y acerque las prodigiosas formas de sus pies al calor. “¿Qué pasa con las plantas de tus pies y la parte anterior de tus piernas, que parecen cinceladas?” “¡Sabañones infernales! Los agarré estando en la granja Newell. Amo ese lugar, como si fuera mi viejo hogar. No hay para mí como la tranquilidad que siento cuando estoy ahí.” Hablamos durante media hora, y luego noté que se veía cansado, y se lo dije. “¿Cansado?” dijo. “Bueno, debería estarlo. Y ahora te diré todo, ya que me has tratado tan bien. Soy el espíritu del Hombre Petrificado que yace sobre la calle que va al museo. Soy el fantasma del Gigante de Cardiff. No puedo tener descanso, no puedo tener paz, hasta que alguien de a mi pobre cuerpo una sepultura. ¿Qué es lo más natural que puedo hacer para hacer que los hombres satisfagan ese deseo? ¡Aterrorizarlos, encantar el lugar donde descansan! Así que embrujé el museo noche tras noche. Hasta tuve la ayuda de otros espectros. Pero no hice bien, porque nadie se atrevía luego a ir al museo a medianoche. Entonces se me ocurrió acechar un poco este lugar. Sentí que si escuchaba gritos, tendría éxito, así que recluté a las más eficientes almas que la perdición pudiera proveer. Noche tras noche estuvimos estremeciendo estas enmohecidas recámaras, arrastrando cadenas, gruñendo, murmurando, deambulando, subiendo y bajando escaleras, hasta que, para decir la verdad, me cansé de hacerlo. Pero cuando vi una luz en su cuarto esta noche, recuperé mis energías nuevamente y salí con la frescura original. Pero estoy cansado, enteramente agotado. ¡Dadme, os imploro, dadme alguna esperanza!” Encendido por un estallido de excitación, exclamé:

“¡Esto sobrepasa todo, todo lo que ocurrido! ¿Por qué tu, pobre fósil antiguo, te tomás tantas preocupaciones por nada? ¡Has estado acechando una efigie de yeso de tí mismo, ya que el verdadero Gigante de Cardiff está en Albany!” 2 “¡Demonios! ¿No sabes en donde están tus propios restos?” Nunca vi tan elocuente mirada de vergüenza, de lastimera humillación. El Hombre Petrificado se levantó lentamente, y dijo:

“Honestamente, ¿es eso cierto?” “Tan cierto como que estoy aquí sentado.”

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Sacó la pipa de su boca y la dejó en el mantel, luego se irguió dubitativamente (de manera inconsciente, por algún viejo hábito, llevó sus manos hasta donde los bolsillos de sus pantalones deberían haber estado, y de forma meditativa dejó caer su barbilla en su pecho), finalmente dijo:

“Bien, nunca antes me sentí tan absurdo. ¡El Hombre Petrificado ha sido vendido a alguien más, y ahora el peor fraude ha terminado vendiendo su propio fantasma! Hijo mío, si tienes alguna caridad en tu corazón de un pobre fantasma sin amigos como yo, no dejes que esto se sepa. Piensa como te sentirías si te hubieras puesto tu mismo en ridículo también.” Escuché esto, y el bribón se fue retirando lentamente, paso a paso bajó las escaleras y salió a la calle desierta; me sentí triste que se hubiera ido, pobre tipo, y también porque se llevó mi manta y mi bañera.

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LA MUJER ALTA: CUENTO DE MIEDO Pedro Antonio De Alarcón

I

—¡Qué sabemos! Amigos míos

¡qué sabemos! —exclamó Gabriel, distinguido

, ingeniero de Montes, sentándose debajo de un pino y cerca de una fuente, en la cumbre

del Guadarrama, a legua y media de El Escorial, en el límite divisorio de las provincias de Madrid y Segovia; sitio y fuente y pino que yo conozco y me parece estar viendo, pero

, nuestro programa —continuó Gabriel, a descansar y hacer por la vida en este ameno y

clásico paraje, famoso por la virtud digestiva del agua de ese manantial y por los muchos borregos que aquí se han comido nuestros ilustres maestros don Miguel Rosch, don Máximo Laguna, don Agustín Pascual y otros grandes naturalistas; os contaré una rara y

, llaméis oscurantista, que en el globo terráqueo ocurren todavía cosas sobrenaturales: esto es, cosas que no caben en la cuadrícula de la razón, de la ciencia ni de la filosofía, tal y como hoy se entienden (o no se entienden) semejantes, palabras, palabras y palabras, que diría Hamlet Enderezaba Gabriel este pintoresco discurso a cinco sujetos de diferente edad, pero

ninguno joven, y sólo uno entrado ya en años; también ingenieros de Montes tres de ellos, pintor el cuarto y un poco literato el quinto; todos los cuales habían subido con el orador, que era el más pollo, en sendas burras de alquiler, desde el Real Sitio de San Lorenzo, a pasar aquel día herborizando en los hermosos pinares de Peguerinos, cazando mariposas por medio de mangas de tul, cogiendo coleópteros raros bajo la corteza de los pinos enfermos y comiéndose una carga de víveres fiambres pagados a escote. Sucedía esto en 1875, y era en el rigor del estío; no recuerdo si el día de Santiago o el

de San Luis

Inclínome a creer el de San Luis. Como quiera que fuese, gozábase en

aquellas alturas de un fresco delicioso, y el corazón, el estómago y la inteligencia funcionaban allí mejor que en el mundo social y la vida ordinaria

reducida a manifestar, aunque me

peregrina historia en comprobación de mi tesis

en

cuyo nombre se me ha olvidado—. Sentémonos, como es de rigor y está escrito

Sentado que se hubieron los seis amigos, Gabriel continuó hablando de esta manera:

—Creo que no me tacharéis de visionario

Por fortuna o desgracia mía, soy,

digámoslo así, un hombre a la moderna, nada supersticioso, y tan positivista como el que más, bien que incluya entre los datos positivos de la Naturaleza todas las misteriosas

Pues bien: a propósito de

fenómenos sobrenaturales o extranaturales, oíd lo que yo he oído y ved lo que yo he visto, aun sin ser el verdadero héroe de la singularísima historia que voy a contar; y decidme en seguida qué explicación terrestre, física, natural, o como queramos llamarla, puede darse a tan maravilloso acontecimiento.

¡A ver! ¡Echar una gota, que ya se habrá refrescado el

facultades y emociones de mi alma en materias de sentimiento

—El caso fue como sigue

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pellejo dentro de esa bullidora y cristalina fuente, colocada por Dios en esta pinífera cumbre para enfriar el vino de los botánicos!

II

—Pues, señor, no sé si habréis oído hablar de un ingeniero de Caminos llamado

Telesforo X

,

que murió en 1860

—Yo no

—¡Yo sí!

—Yo también: un muchacho andaluz, con bigote negro, que estuvo para casarse con

la hija del marqués de Moreda

—¡Ése mismo! —continuó Gabriel—. Pues bien: mi amigo Telesforo, medio año antes de su muerte, era todavía un joven brillantísimo, como se dice ahora. Guapo, fuerte, animoso, con la aureola de haber sido el primero de su promoción en la Escuela de

Caminos, y acreditado ya en la práctica por la ejecución de notables trabajos, disputábanselo varias empresas particulares en aquellos años de oro de las obras públicas,

y también se lo disputaban las mujeres por casar o mal casadas, y, por supuesto, las viudas

Pero la tal viuda no viene ahora

a cuento, pues a quien Telesforo quiso con toda formalidad fue a su citada novia, la pobre Joaquinita Moreda, y lo otro no pasó de un amorío puramente usufructuario —¡Señor don Gabriel, al orden!

, chanzas ni donaires. Juan, échame otro medio vaso

Conque atención y poneos serios, que ahora comienza lo luctuoso.

Sucedió, como sabréis los que la conocisteis, que Joaquina murió de repente en los

Hallábame yo en Pau cuando me dieron

tan triste noticia, que me afectó muy especialmente por la íntima amistad que me unía a

Telesforo

cierto que aquella palidez azulada, propia de las personas que tienen una aneurisma, me

pareció desde luego indicio de mala salud

por su distinción, hermosura y garbo; y como además era hija única de título, y de título

que llevaba anejos algunos millones, conocí que mi buen matemático estaría inconsolable

Por consiguiente, no bien me hallé de regreso en Madrid, a los quince o veinte días de su desgracia, fui a verlo una mañana muy temprano a su elegante habitación de mozo de casa

abierta y de jefe de oficina, calle del Lobo

cerca de la Carrera de San Jerónimo. Contristadísimo, bien que grave y en apariencia dueño de su dolor, estaba el joven ingeniero trabajando ya a aquella hora con sus ayudantes en no sé qué proyecto de ferrocarril, y vestido de riguroso luto. Abrazóme estrechísimamente y por largo rato, sin lanzar ni el más leve suspiro; dio en seguida algunas instrucciones sobre el trabajo pendiente a uno de sus ayudantes, y condújome, en fin, a su despacho particular, situado

No recuerdo el número, pero sí que era muy

Pero, en fin, la muchacha valía cualquier cosa

baños de Santa Águeda al fin del verano de 1859

sí, voy al orden, pues ni mi historia ni la controversia pendiente se prestan a

impenitentes, y entre ellas alguna muy buena moza que

, y que murió de ictericia

—Sí

¡Bueno está de verdad este vino!

A ella sólo le había hablado una vez, en casa de su tía la generala López, y por

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al extremo opuesto de la casa, diciéndome por el camino con acento lúgubre y sin mirarme:

Varias veces te he echado de menos en el

estado en que me hallo

como tú podría oír sin considerarme imbécil o loco) y acerca de la cual necesito oír alguna

opinión serena y fría como la ciencia

llegado a su despacho—, y no temas en manera alguna que vaya a angustiarte

¿Para qué? ¡Tú te

lo figurarás fácilmente a poco que entiendas de cuitas humanas, y yo no quiero ser consolado ni ahora, ni después, ni nunca! De lo que te voy a hablar con la detención que requiere el caso, o sea tomando el asunto desde su origen, es de una circunstancia horrenda y misteriosa que ha servido como de agüero infernal a esta desventura, y que tiene conturbado mi espíritu hasta un extremo que te dará espanto —¡Habla! —respondí yo, comenzando a sentir, en efecto, no sé qué arrepentimiento

describiéndote el dolor que me aflige, y que durará tanto como mi vida

—prosiguió diciendo, cuando hubimos

Ocúrreme una cosa muy particular y extraña, que sólo un amigo

—Mucho me alegro de que hayas venido

Siéntate

de haber entrado en aquella casa, al ver la expresión de cobardía que se pintó en el rostro de mi amigo.

—Oye

—repuso él, enjugándose la sudorosa frente.

III

No sé si por fatalidad innata de mi imaginación, o por vicio adquirido al oír alguno de aquellos cuentos de vieja con que tan imprudentemente se asusta a los niños en la cuna, el caso es que desde mis tiernos años no hubo cosa que me causase tanto horror y susto, ya me la figurara mentalmente, ya me la encontrase en realidad, como una mujer sola, en la calle, a las altas horas de la noche. Te consta que nunca he sido cobarde. Me batí en duelo, como cualquier hombre

decente, cierta vez que fue necesario, y recién salido de la Escuela de Ingenieros, cerré a palos y a tiros en Despeñaperros con mis sublevados peones, hasta que los reduje a la obediencia. Toda mi vida, en Jaén, en Madrid y en otros varios puntos, he andado a deshora por la calle, solo, sin armas, atento únicamente al cuidado amoroso que me hacía velar, y si por acaso he topado con bultos de mala catadura, fueran ladrones o simples perdonavidas, a ellos les ha tocado huir o echarse a un lado, dejándome libre el mejor

camino

entonces (ríete si se te antoja, pero créeme)

se veía más alma viviente por ningún lado

Pero si el bulto era una mujer sola, parada o andando, y yo iba también solo, y no

poníaseme carne de gallina; vagos temores asaltaban mi espíritu; pensaba en almas del otro mundo, en seres fantásticos, en todas las invenciones supersticiosas que me hacían reír en cualquier otra circunstancia, y apretaba el paso, o me volvía atrás, sin que ya se me quitara el susto ni pudiera distraerme ni un momento hasta que me veía dentro de mi casa.

Una vez en ella, echábame también a reír y avergonzábame de mi locura, sirviéndome de alivio el pensar que no la conocía nadie. Allí me daba cuenta fríamente de

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que, pues yo no creía en duendes, ni en brujas, ni en aparecidos, nada había debido temer

de aquella flaca hembra, a quien la miseria, el vicio o algún accidente desgraciado tendrían

a tal hora fuera de su hogar, y a quien mejor me hubiera estado ofrecer auxilio por si lo

Repetíase, con todo, la deplorable escena

cuantas veces se me presentaba otro caso igual, ¡y cuenta que ya tenía yo veinticinco años, muchos de ellos de aventurero nocturno, sin que jamás me hubiese ocurrido lance alguno

penoso con las tales mujeres solitarias y trasnochadoras!

llegó nunca a adquirir verdadera importancia, pues aquel pavor irracional se me disipaba

siempre tan luego como llegaba a mi casa o veía otras personas en la calle, y ni tan siquiera lo recordaba a los pocos minutos, como no se recuerdan las equivocaciones o necedades sin fundamento ni consecuencia.

(desgraciadamente, tengo varios motivos

Pero, en fin, nada de lo dicho

necesitaba, o dar limosna si me la pedía

Así las cosas, hace muy cerca de tres años

para poder fijar la fecha: ¡la noche del 15 al 16 de noviembre de 1857) volvía yo, a las tres

de la madrugada, a aquella casita de la calle de Jardines, cerca de la calle de la Montera, en

que recordarás viví por entonces

feroz de viento y frío, no de ningún nido amoroso, sino de

sorprenda), de una especie de casa de juego, no conocida bajo este nombre por la policía,

pero donde ya se habían arruinado muchas gentes, y a la cual me habían llevado a mí

aquella noche por primera

engañado por un mal amigo, en la creencia de que todo iba a reducirse a trabar

conocimiento con ciertas damas elegantes, de virtud equívoca (demi-monde puro), so pretexto de jugar algunos maravedises al Enano, en mesa redonda, con faldas de bayeta; y

el caso fue que a eso de las doce comenzaron a llegar nuevos tertulios, que iban del teatro

Real o de salones verdaderamente aristocráticos, y mudóse de juego, y salieron a relucir

monedas de oro, después billetes y luego bonos escritos con lápiz, y yo me enfrasqué poco

a poco en la selva oscura del vicio, llena de fiebres y tentaciones, y perdí todo lo que

llevaba, y todo lo que poseía, y aun quedé debiendo un dineral

correspondiente. Es decir, que me arruiné por completo, y que, sin la herencia y los grandes negocios que tuve en seguida, mi situación hubiera sido muy angustiosa y apurada. Volvía yo, digo, a mi casa aquella noche, tan a deshora, yerto de frío, hambriento, con la vergüenza, y el disgusto que puedes suponer, pensando, más que en mí mismo, en mi

anciano y enfermo padre, a quien tendría que escribir pidiéndole dinero, lo cual no podría menos de causarle tanto dolor como asombro, pues me consideraba en muy buena y

, de Peligros, y al pasar por delante de una casa recién construida de la acera que yo llevaba, advertí que en el hueco de su cerrada puerta estaba de pie, inmóvil y rígida, como si fuese

de palo, una mujer muy alta y fuerte, como de sesenta años de edad, cuyos malignos y audaces ojos sin pestañas se clavaron en los míos como dos puñales, mientras que su desdentada boca me hizo una mueca horrible por vía de sonrisa El propio terror o delirante miedo que se apoderó de mí instantáneamente diome no sé qué percepción maravillosa para distinguir de golpe, o sea en dos segundos que tardaría en pasar rozando con aquella repugnante visión, los pormenores más ligeros de

cuando, a poco de penetrar en mi calle por el extremo que da a la

desahogada posición

con el pagaré

Acababa de salir, a hora tan avanzada, y con un tiempo

(te lo diré, aunque te

y última vez. Sabes que nunca he sido jugador; entré allí

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su figura y de su traje

recibí, y tal y como se grabaron para siempre en mi cerebro a la mortecina luz del farol que alumbró con infernal relámpago tan fatídica escena Pero me excito demasiado, ¡aunque no sin motivo, como verás más adelante!

Descuida, sin embargo, por el estado de mi razón

Lo primero que me chocó en aquella que denominaré mujer fue su elevadísima talla y la anchura de sus descarnados hombros; luego, la redondez y fijeza de sus marchitos ojos de búho, la enormidad de su saliente nariz y la gran mella central de su dentadura, que convertía su boca en una especie de oscuro agujero, y, por último, su traje de mozuela del

Avapiés, el pañolito nuevo de algodón que llevaba a la cabeza, atado debajo de la barba, y un diminuto abanico abierto que tenía en la mano, y con el cual se cubría, afectando pudor, el centro del talle. ¡Nada más ridículo y tremendo, nada más irrisorio y sarcástico que aquel abaniquillo en unas manos tan enormes, sirviendo como de cetro de debilidad a giganta tan fea, vieja y huesuda! Igual efecto producía el pañolejo de vistoso percal que adornaba su cara, comparado con aquella nariz de tajamar, aguileña, masculina, que me hizo creer un

momento (no sin regocijo) si se trataría de un hombre disfrazado asquerosa sonrisa eran de vieja, de bruja, de hechicera, de Parca

Pero su cínica mirada y ¡no sé de qué! ¡De algo

, que justificaba plenamente la aversión y el susto que me habían causado toda mi vida las

¡Dijérase que, desde la cuna, había

mujeres que andaban solas, de noche, por la calle!

presentido yo aquel encuentro! ¡Dijérase que lo temía por instinto, como cada ser animado teme y adivina, y ventea, y reconoce a su antagonista natural antes de haber recibido de él ninguna ofensa, antes de haberlo visto, sólo con sentir sus pisadas!

No eché a correr en cuanto vi a la esfinge de mi vida, menos por vergüenza o varonil

decoro, que por temor a que mi propio miedo le revelase quién era yo, o le diese alas para

¡no sé! ¡Los peligros que sueña el pánico no tienen

seguirme, para acometerme, para forma ni nombre traducibles!

Mi casa estaba al extremo opuesto de la prolongada y angosta calle en que me

hallaba yo solo, enteramente solo con aquella misteriosa estantigua, a quien creía capaz de

¿Qué hacer para llegar hasta allí? ¡Ah! ¡Con qué ansia veía a

aniquilarme con una palabra

lo lejos la anchurosa y muy alumbrada calle de la Montera, donde a todas horas hay agentes de la autoridad! Decidí, pues, sacar fuerzas de flaqueza; disimular y ocultar aquel pavor miserable; no

acelerar el paso, pero ganar siempre terreno, aun a costa de años de vida y de salud, y de esta manera poco a poco, irme acercando a mi casa, procurando muy especialmente no caerme antes redondo al suelo.

así habría andado ya lo menos veinte pasos desde que dejé atrás la

puerta en que estaba escondida la mujer del abanico, cuando de pronto me ocurrió una

idea horrible, espantosa, y, sin embargo, muy racional: ¡la idea de volver la cabeza a ver si me seguía mi enemiga!

—pensé con la rapidez del rayo—: o mi terror tiene fundamento o es

una locura; si tiene fundamento, esa mujer habrá echado detrás de mí, estará

Y si es una locura, una aprensión,

alcanzándome y no hay salvación para mí en el mundo

Voy a ver si coordino mis impresiones del modo y forma que las

¡Todavía no estoy loco!

Así

caminaba

;

—Una de dos

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un pánico como cualquier otro, me convenceré de ello en el presente caso y para todos los que me ocurran, al ver que esa pobre anciana se ha quedado en el hueco de aquella puerta preservándose del frío o esperando a que le abran; con lo cual yo podré seguir marchando hacia mi casa muy tranquilamente y me habré curado de una manía que tanto me abochorna. Formulado este razonamiento, hice un esfuerzo extraordinario y volví la cabeza. ¡Ah! ¡Gabriel! ¡Gabriel! ¡Qué desventura! ¡La mujer alta me había seguido con sordos pasos, estaba encima de mí, casi me tocaba con el abanico, casi asomaba su cabeza sobre mi hombro! ¿Por qué? ¿Para qué, Gabriel mío? ¿Era una ladrona? ¿Era efectivamente un hombre disfrazado? ¿Era una vieja irónica, que había comprendido que le tenía miedo? ¿Era el espectro de mi propia cobardía? ¿Era el fantasma burlón de las decepciones y deficiencias humanas? ¡Interminable sería decirte todas las cosas que pensé en un momento! El caso fue que di un grito y salí corriendo como un niño de cuatro años que juzga ver al coco y que no dejé de correr hasta que desemboqué en la calle de la Montera Una vez allí, se me quitó el miedo como por ensalmo. ¡Y eso que la calle de la Montera estaba también sola! Volví, pues, la cabeza hacia la de Jardines, que enfilaba en toda su longitud, y que estaba suficientemente alumbrada por sus tres faroles y por un

reverbero de la calle de Peligros, para que no se me pudiese oscurecer la mujer alta si por acaso había retrocedido en aquella dirección, y ¡vive el cielo que no la vi parada, ni andando, ni en manera alguna! Con todo, guardéme muy bien de penetrar de nuevo en mi calle.

«¡Esa bribona —me dije— se habrá metido en el hueco de otra puerta! mientras sigan alumbrando los faroles no se moverá sin que yo no lo note desde aquí

En esto vi aparecer a un sereno por la calle del Caballero de Gracia, y lo llamé sin desviarme de mi sitio: díjele, para justificar la llamada y excitar su celo, que en la calle de jardines había un hombre vestido de mujer; que entrase en dicha calle por la de Peligros, a la cual debía dirigirse por la de la Aduana; que yo permanecería quieto en aquella otra salida y que con tal medio no podría escapársenos el que a todas luces era un ladrón o un asesino. Obedeció el sereno; tomó por la calle de la Aduana, y cuando yo vi avanzar su farol por el otro lado de la de Jardines, penetré también en ella resueltamente. Pronto nos reunimos en su promedio, sin que ni el uno ni el otro hubiésemos encontrado a nadie, a pesar de haber registrado puerta por puerta.

Pero

—Se habrá metido en alguna casa

—dijo el sereno.

—¡Eso será! —respondí yo abriendo la puerta de la mía, con firme resolución de mudarme a otra calle al día siguiente. Pocos momentos después hallábame dentro de mi cuarto tercero, cuyo picaporte llevaba también siempre conmigo, a fin de no molestar a mi buen criado José. ¡Sin embargo, éste me aguardaba aquella noche! ¡Mis desgracias del 15 al 16 de noviembre no habían concluido! —¿Qué ocurre? —le pregunté con extrañeza.

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—Aquí ha estado —me respondió visiblemente conmovido—, esperando a usted

desde las once hasta las dos y media, el señor comandante Falcón, y me ha dicho que, si venía usted a dormir a casa, no se desnudase, pues él volvería al amanecer Semejantes palabras me dejaron frío de dolor y espanto, cual si me hubieran

notificado mi propia muerte

padecía aquel invierno frecuentes y peligrosísimos ataques de su crónica enfermedad, había escrito a mis hermanos que en el caso de un repentino desenlace funesto telegrafiasen al comandante Falcón, el cual me daría la noticia de la manera más

conveniente

Sentéme en una butaca a esperar el día y a mi amigo, y con ellos la noticia oficial de tan grande infortunio, y ¡Dios sólo sabe cuánto padecí en aquellas dos horas de cruel expectativa, durante las cuales (y es lo que tiene relación con la presente historia) no podía separar en mi mente tres ideas distintas, y al parecer heterogéneas, que se empeñaban en formar monstruoso y tremendo grupo: mi pérdida al juego, el encuentro con la mujer alta y la muerte de mi honrado padre! A las seis en punto penetró en mi despacho el comandante Falcón, y me miró en silencio Arrojéme en sus brazos llorando desconsoladamente, y él exclamó acariciándome:

Sabedor yo de que mi amadísimo padre, residente en Jaén,

¡No me cabía, pues, duda de que mi padre había fallecido!

—¡Llora, sí, hombre, llora! ¡Y ojalá ese dolor pudiera sentirse muchas veces!

IV

—Mi amigo Telesforo —continuó Gabriel después que hubo apurado otro vaso de vino— descansó también un momento al llegar a este punto, y luego prosiguió en los términos siguientes:

—Si mi historia terminara aquí, acaso no encontrarías nada de extraordinario ni sobrenatural en ella, y podrías decirme lo mismo que por entonces me dijeron dos hombres de mucho juicio a quienes se la conté: que cada persona de viva y ardiente imaginación tiene su terror pánico; que el mío, eran las trasnochadoras solitarias, y que la vieja de la calle de Jardines no pasaría de ser una pobre sin casa ni hogar, que iba a pedirme limosna cuando yo lancé el grito y salí corriendo, o bien una repugnante Celestina de aquel barrio, no muy católico en materia de amores También quise creerlo yo así; también lo llegué a creer al cabo de algunos meses; no obstante lo cual hubiera dado entonces años de vida por la seguridad de no volver a encontrarme a la mujer alta. ¡En cambio, hoy daría toda mi sangre por encontrármela de nuevo! —¿Para qué? —¡Para matarla en el acto! —No te comprendo —Me comprenderás si te digo que volví a tropezar con ella hace tres semanas, pocas horas antes de recibir la nueva fatal de la muerte de mi pobre Joaquina

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—Cuéntame

,

cuéntame

—Poco más tengo que decirte. Eran las cinco de la madrugada; volvía yo de pasar la última noche, no diré de amor, sino de amarguísimos lloros y desgarradora contienda, con

, publicado mi casamiento con la otra infeliz a quien estaban enterrando en Santa Águeda a aquella misma hora! Todavía no era día completo; pero ya clareaba el alba en las calles enfiladas hacia Oriente. Acababan de apagar los faroles, y habíanse retirado los serenos, cuando, al ir a

cortar la calle del Prado, o sea a pasar de una a otra sección de la calle del Lobo, cruzó por delante de mí, como viniendo de la plaza de las Cortes y dirigiéndose a la de Santa Ana, la espantosa mujer de la calle de Jardines.

Llevaba la misma vestimenta y el mismo

abanico que hace tres años

rapidísimamente la calle del Prado, luego que ella pasó, bien que sin quitarle ojo, para

asegurarme que no volvía la cabeza, y cuando hube penetrado en la otra sección de la calle

del Lobo, respiré como si acabara de pasar a nado una impetuosa corriente, y apresuré de

nuevo mi marcha hacia acá con más regocijo que miedo, pues consideraba vencida y

anulada a la odiosa bruja, en el mero hecho de haber estado tan próximo de ella sin que

me viese De pronto, y cerca ya de esta mi casa, acometióme como un vértigo de terror

pensando en si la muy taimada vieja me habría visto y conocido; en si se habría hecho la desentendida para dejarme penetrar en la todavía oscura calle del Lobo y asaltarme allí impunemente; en si vendría tras de mí; en si ya la tendría encima

, mirándome con sus viles ojuelos, mostrándome la asquerosa mella de su dentadura, abanicándose irrisoriamente, como si se burlara de mi pueril espanto! Pasé del terror a la más insensata ira, a la furia salvaje de la desesperación, y arrojéme

sobre el corpulento vejestorio; tirélo contra la pared, echándole una mano a la garganta, y con la otra, ¡qué asco!, púseme a palpar su cara, su seno, el lío ruin de sus cabellos sucios, hasta que me convencí juntamente de que era criatura humana y mujer. Ella había lanzado entretanto un aullido ronco y agudo al propio tiempo que me pareció falso, o fingido, como expresión hipócrita de un dolor y de un miedo que no sentía, y luego exclamó, haciendo como que lloraba, pero sin llorar, antes bien mirándome con ojos de hiena:

—¿Por qué la ha tomado usted conmigo? Esta frase aumentó mi pavor y debilitó mi cólera. —¡Luego usted recuerda —grité— haberme visto en otra parte! —¡Ya lo creo, alma mía! —respondió sardónicamente—. ¡La noche de San Eugenio, en la calle de Jardines, hace tres años! Sentí frío dentro de los tuétanos. —Pero, ¿quién es usted? —le dije sin soltarla—. ¿Por qué corre detrás de mí? ¿Qué tiene usted que ver conmigo?

—contestó diabólicamente—. ¡Usted me odia y me teme

y ¡allí estaba! ¡Allí, a mi espalda, casi tocándome con sus ropas,

¡Mi azoramiento y cobardía fueron mayores que nunca! Corté

mi

¡de quien érame ya preciso separarme por haberse

antigua querida la viuda de T

No me miró, y creí que no me había visto

Vuélvome en esto

—Yo soy una débil mujer

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Y si no, dígame usted, señor caballero: ¿por qué se asustó de aquel modo la

primera vez que me vio? —¡Porque la aborrezco a usted desde que nací! ¡Porque es usted el demonio de mi

vida!

sin motivo!

—¿De modo que usted me conocía hace mucho tiempo? ¡Pues mira, hijo, yo también

a ti!

—¡Usted me conocía! ¿Desde cuándo? —¡Desde antes que nacieras! Y cuando te vi pasar junto a mí hace tres años, me dije a

mí misma— «¡Éste es!». —Pero ¿quién soy yo para usted? ¿Quién es usted para mí? —¡El demonio! —respondió la vieja escupiéndome en mitad de la cara, librándose de

mis manos y echando a correr velocísimamente con las faldas levantadas hasta más arriba

de las rodillas y sin que sus pies moviesen ruido alguno al tocar la tierra

Además, por la Carrera de San Jerónimo pasaba ya

alguna gente, y por la calle del Prado también. Era completamente de día. La mujer alta

siguió corriendo, o volando, hasta la calle de las Huertas, alumbrada ya por el sol; paróse allí a mirarme; amenazóme una y otra vez esgrimiendo el abaniquillo cerrado, y desapareció detrás de una esquina ¡Espera otro poco, Gabriel! ¡No falles todavía este pleito, en que se juegan mi alma y

mi vida! ¡Óyeme dos minutos más!

Cuando entré en mi casa me encontré con el coronel Falcón, que acababa de llegar para decirme que mi Joaquina, mi novia, toda mi esperanza de dicha y ventura sobre la

tierra, ¡había muerto el día anterior en Santa Águeda! El desgraciado padre se lo había

telegrafiado a Falcón para que me lo dijese

antes, al encontrarme al demonio de mi vida! ¿Comprendes ahora que necesito matar a la

enemiga innata de mi felicidad, a esa inmunda vieja, que es como el sarcasmo viviente de

mi destino?

Pero ¿qué digo matar? ¿Es mujer? ¿Es criatura humana? ¿Por qué la he presentido desde que nací? ¿Por qué me reconoció al verme? ¿Por qué no se me presenta sino cuando me ha sucedido alguna gran desdicha? ¿Es Satanás? ¿Es la Muerte? ¿Es la Vida? ¿Es el Anticristo? ¿Quién es? ¿Qué es?

¡a mí, que debí haberlo adivinado una hora

¡Locura intentar alcanzarla!

V

—Os hago gracia, mis queridos amigos —continuó Gabriel—, de las reflexiones y argumentos que emplearía yo para ver de tranquilizar a Telesforo; pues son los mismos, mismísimos, que estáis vosotros preparando ahora para demostrarme que en mi historia

no pasa nada sobrenatural o sobrehumano

Vosotros diréis que mi amigo estaba medio

loco; que lo estuvo siempre; que, cuando menos, padecía la enfermedad moral llamada por unos terror pánico y por otros delirio emotivo; que, aun siendo verdad todo lo que refería acerca de la mujer alta, habría que atribuirlo a coincidencias casuales de fechas y accidentes;

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y,

en fin, que aquella pobre vieja podía también estar loca, o ser una ratera o una mendiga,

o

una zurcidora de voluntades, como se dijo a sí propio el héroe de mi cuento en un

intervalo de lucidez y buen sentido —¡Admirable suposición! —exclamaron los camaradas de Gabriel en variedad de formas—. ¡Eso mismo íbamos a contestarte nosotros! —Pues escuchad todavía unos momentos y veréis que yo me equivoqué entonces, como vosotros os equivocáis ahora. ¡El que desgraciadamente no se equivocó nunca fue Telesforo! ¡Ah! ¡Es mucho más fácil pronunciar la palabra locura que hallar explicación a ciertas cosas que pasan en la Tierra! —¡Habla! ¡Habla! —Voy allá; y esta vez, por ser ya la última, reanudaré el hilo de mi historia sin beberme antes un vaso de vino.

VI

A los pocos días de aquella conversación con Telesforo, fui destinado a la provincia de Albacete en mi calidad de ingeniero de Montes; y no habían transcurrido muchas semanas cuando supe, por un contratista de obras públicas, que mi infeliz amigo había sido atacado de una horrorosa ictericia; que estaba enteramente verde, postrado en un sillón, sin trabajar ni querer ver a nadie, llorando de día y de noche con inconsolable amargura, y que los médicos no tenían ya esperanza alguna de salvarlo. Comprendí entonces por qué no contestaba a mis cartas, y hube de reducirme a pedir noticias suyas al coronel Falcón, que cada vez me las daba mas desfavorables y tristes Después de cinco meses de ausencia, regresé a Madrid el mismo día que llegó el parte telegráfico de la batalla de Tetuán. Me acuerdo como de lo que hice ayer. Aquella noche compré la indispensable Correspondencia de España, y lo primero que leí en ella fue la noticia de que Telesforo había fallecido y la invitación a su entierro para la mañana siguiente. Comprenderéis que no falté a la triste ceremonia. Al llegar al cementerio de San Luis, adonde fui en uno de los coches más próximos al carro fúnebre, llamó mi atención una mujer del pueblo, vieja, y muy alta, que se reía impíamente al ver bajar el féretro, y que luego se colocó en ademán de triunfo delante de los enterradores, señalándoles con un abanico muy pequeño la galería que debían seguir para llegar a la abierta y ansiosa tumba A la primera ojeada reconocí, con asombro y pavura, que era la implacable enemiga de Telesforo, tal y como él me la había retratado, con su enorme nariz, con sus infernales ojos, con su asquerosa mella, con su pañolejo de percal y con aquel diminuto abanico, que parecía en sus manos el cetro del impudor y de la mofa Instantáneamente reparó en que yo la miraba, y fijó en mí la vista de un modo particular como reconociéndome, como dándose cuenta de que yo la reconocía, como enterada de que el difunto me había contado las escenas de la calle de Jardines y de la del

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Lobo, como desafiándome, como declarándome heredero del odio que había profesado a mi infortunado amigo Confieso que entonces mi miedo fue superior a la maravilla que me causaban aquellas nuevas coincidencias o casualidades. Veía patente que alguna relación sobrenatural

anterior a la vida terrena había existido entre la misteriosa vieja y Telesforo; pero en tal momento solo me preocupaba mi propia vida, mi propia alma, mi propia ventura, que correrían peligro si llegaba a heredar semejante infortunio La mujer alta se echó a reír, y me señaló ignominiosamente con el abanico, cual si

hubiese leído en mi pensamiento y denunciase al público mi cobardía

apoyarme en el brazo de un amigo para no caer al suelo, y entonces ella hizo un ademán

compasivo o desdeñoso, giró sobre los talones y penetró en el campo santo con la cabeza vuelta hacia mí, abanicándose y saludándome a un propio tiempo, y contoneándose entre los muertos con no sé qué infernal coquetería, hasta que, por último, desapareció para siempre en aquel laberinto de patios y columnatas llenos de tumbas

Si era

criatura humana, ya debe de haber muerto, y si no lo era, tengo la seguridad de que me ha desdeñado ¡Conque vamos a cuentas! ¡Decidme vuestra opinión acerca de tan curiosos hechos! ¿Los consideráis todavía naturales?

Yo tuve que

Y digo para siempre, porque han pasado quince años y no he vuelto a verla

* * *

Ocioso fuera que yo, el autor del cuento o historia que acabáis de leer, estampase aquí las contestaciones que dieron a Gabriel sus compañeros y amigos, puesto que, al fin y a la postre, cada lector habrá de juzgar el caso según sus propias sensaciones y creencias Prefiero, por consiguiente, hacer punto final en este párrafo, no sin dirigir el más cariñoso y expresivo saludo a cinco de los seis expedicionarios que pasaron juntos aquel inolvidable día en las frondosos cumbres del Guadarrama.

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VERA Augusth Villiers De L'isle Adams

A la señora condesa d'Osmoy:

“La forma del cuerpo le es más esencial que su propia sustancia.” La fisiología moderna.

El amor es más fuerte que la muerte, ha dicho Salomón: su misterioso poder no tiene límites. Concluía una tarde otoñal en París. Cerca del sombrío barrio de Saint-Germain, algunos carruajes, ya alumbrados, rodaban retrasados después de concluido el horario de cierre del bosque. Uno de ellos se detuvo delante del portalón de una gran casa señorial, rodeada de jardines antiguos. Encima del arco destacaba un escudo de piedra con las armas de la vieja familia de los condes D'Athol: una estrella de plata sobre fondo de azur, con la divisa Pallida Victrix bajo la corona principesca forrada de armiño. Las pesadas hojas de la puerta se abrieron. Un hombre de treinta y cinco años, enlutado, con el rostro

mortalmente pálido, descendió. En la escalinata, los sirvientes taciturnos tenían alzadas las antorchas. Sin mirarles, él subió los peldaños y entró. Era el conde D'Athol. Vacilante, ascendió las blancas escaleras que conducían a aquella habitación donde, en la misma mañana, había acostado en un féretro de terciopelo, cubierto de violetas, entre lienzos de batista, a su amor voluptuoso y desesperado, a su pálida esposa, Vera. En lo alto, la puerta giró suavemente sobre la alfombra. Él levantó las cortinas. Todos los objetos permanecían en el mismo lugar en donde la condesa los había dejado la víspera. La muerte, súbita, la había fulminado. La noche anterior, su bien amada se desvaneció entre placeres tan profundos, se perdió en tan exquisitos abrazos, que su corazón, quebrado por tantas delicias sensuales, había desfallecido. Sus labios se mojaron bruscamente con un rojo mortal. Apenas tuvo tiempo de darle a su esposo un beso de adiós, sonriendo, sin pronunciar una sola palabra. Luego, sus largas pestañas, como cendales de luto, se cerraron para siempre. Aquella jornada sin nombre ya había transcurrido. Hacia el mediodía, después de la espantosa ceremonia en el panteón familiar, el conde D'Athol despidió a la fúnebre escolta. Después solo, encerrose con la muerta, entre los cuatro muros de mármol, y cerró la puerta de hierro del mausoleo. El incienso se quemaba en un trípode, frente al ataúd. Una corona luminosa de lámparas, en la cabecera de la joven difunta, la aureolaba como estrellas. Él, en pie, ensimismado, con el solo sentimiento de una ternura sin esperanza, se había quedado allí durante todo el día. Alrededor de las seis, en el crepúsculo, salió del lugar sagrado. Al cerrar el sepulcro, quitó la llave de plata de la cerradura y, empinándose en el último peldaño de la escalinata, la arrojó al interior del panteón. Cayeron sobre las losas interiores a través del trébol que adornaba la parte superior del portal. ¿Por qué todo

esto

?

Con certeza obedecía a la secreta decisión de no volver allí nunca más.

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Y ahora, él revisó la solitaria habitación. La ventana, detrás de los amplios cortinajes de cachemira malva, recamados en oro, estaba abierta. Un último y pálido rayo de luz del atardecer iluminaba un cuadro envejecido de madera. Era el retrato de la muerta. El conde miró a su alrededor. La ropa

estaba tirada sobre un sillón, como la víspera. sobre la chimenea estaban las joyas, el collar de perlas, el abanico a medio cerrar, y los pesados frascos de perfume que su amada no aspiraría nunca más. Sobre el techo deshecho, construido de ébano, con columnas retorcidas, junto a la almohada, en el lugar donde la cabeza adorada había dejado su huella, en medio de los encajes, vio el pañuelo enrojecido, por gotas de su sangre cuando su joven alma aleteó un instante. El piano permanecía abierto, a la espera de una melodía inconclusa. Las flores de indiana, recogidas por ella en el invernadero, se marchitaban dentro del vaso de Sajonia. A los pies del lecho, sobre una piel negra, estaban las pequeñas chinelas orientales, de terciopelo, sobre las que un emblema gracioso resaltaba bordado en perlas: Quien ve a Vera la ama. Los pies desnudos de la bien amada jugaban aún la mañana del día anterior, moviendo a cada paso el edredón de plumas de cisne. Y allá, en la sombra, estaba el reloj de péndulo al que él había roto el resorte para que no sonasen más las horas.

¿Adónde? Vivir ahora, ¿para hacer qué? Era imposible,

absurdo Y el conde se abismó en aquellos pensamientos extraños y sobrecogedores,

rememorando toda la existencia pasada. Seis meses habían transcurrido desde su matrimonio. ¿No fue en el extranjero, en el

baile de una embajada, donde la vio por primera vez

sus ojos, pero de forma muy distinta. Ella se le apareció allí, radiante, deslumbrante. Aquella tarde sus miradas se habían encontrado. Ellos se habían reconocido íntimamente, sabiéndose de naturaleza igual, y en adelante se amaron para siempre. Los propósitos engañosos, las sonrisas que observaban, las insinuaciones, todas las dificultades y problemas que opone el mundo para retrasar la inevitable felicidad de aquellos que se pertenecen, se desvanecía ante la certeza que ellos tuvieron, en aquel fugaz instante, de saberse el uno para el otro. Vera, cansada de la insípida ceremoniosidad, de las personas de su entorno, había ido hacia él desde el primer instante, dejando de lado las banalidades donde se pierde el tiempo precioso de la vida. ¡Oh! Cómo, a las primeras palabras, las tontas ideas de quienes les eran indiferentes, les parecían como el vuelo de los pájaros nocturnos adentrándose en la oscuridad. ¡Qué sonrisas intercambiaban y qué inefables abrazos! Sin embargo, su naturaleza era de lo más extraña. Eran dos seres dotados de sentidos maravillosos, pero exclusivamente terrestres. Las sensaciones se prolongaban en ellos con una intensidad inquietante, tanto es así que se olvidaban de sí mismos a fuerza de experimentarlas. Y por el contrario, ciertas ideas, aquellas del alma, por ejemplo, del Infinito, de Dios mismo, estaban como veladas a su entendimiento. La fe de la mayoría de las personas en las cosas sobrenaturales no era para ellos más que algo sorprendente y extraño, una cuestión de la cual no se preocupaban, no considerándose con capacidad para

Así, pues, ella había partido

?

Sí, ese instante se recreaba ante

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criticar o aprobar. En razón de eso, puesto que reconocían que el mundo les era extraño, se habían aislado, inmediatamente después de haberse unido, en esa vieja y sombría mansión, donde la extensión de los jardines alejaba los ruidos del exterior. Allí, ambos amantes se sumergieron en ese océano de alegrías lánguidas y perversas donde el espíritu se mezcla con los misterios de la carne. Ellos agotaron las violencias de los deseos, los estremecimientos de la ternura más apasionada, y se convirtieron en el palpitante latido de ser el uno del otro. En ellos, el espíritu se adentraba tan bien en el cuerpo que sus formas parecían compenetrarse, y los besos ardientes les encadenaban en una fusión ideal. ¡Prolongado deslumbramiento! La muerte había destruido el encanto. El terrible accidente los desunía, y sus brazos se desenlazaban. ¿Qué sombra había atrapado a su querida muerta? ¡Muerta no! ¿Es que el alma de los violoncelos puede ser arrastrada con el gemido de una cuerda que se quiebra? Transcurrieron las horas. A través de la ventana, él contemplaba cómo la noche se insinuaba en los cielos. Y la noche se le apareció como algo personal. Tuvo la impresión de que era una reina marchando con melancolía en el exilio, y el broche de diamantes de su túnica de luto, Venus, sola, brillaba por encima de los árboles, perdida en el fondo oscuro. —Es Vera —pensó él. Al pronunciar en voz muy baja su nombre se estremeció como un hombre que despierta. Después, enderezándose, miró en torno suyo. En la habitación, los objetos estaban iluminados ahora por una luz tenue, hasta entonces imprecisa, la de una lamparilla que azulaba las tinieblas, y que la noche, ya alzada en el cielo, hacía aparecer como si fuese otra estrella. Era esa lamparilla, con perfumes de incienso, un icono, relicario de la familia de Vera. El relicario, de una madera preciosa y vieja, colgaba de una cuerda de esparto ruso entre el espejo y el cuadro. Un reflejo de los dorados del interior caía sobre el collar encima de la chimenea. La compacta aureola de la Madona brillaba con hálito de cielo; la cruz bizantina con finos y rojos alineamientos, fundidos en el reflejo, sombreaban con un tinte de sangre las perlas encendidas. Desde la infancia, Vera admiraba, con sus grandes ojos, el rostro puro y maternal de la Madona hereditaria. Pero su naturaleza, por desdicha, no podía consagrarle más que un supersticioso amor, ofrecido a veces, ingenua y pensativamente, cuando pasaba por delante de la lámpara. Al verla, el conde, herido de recuerdos dolorosos hasta lo más recóndito de su alma, se enderezó y sopló en la luz santa, para luego, a tientas, extendiendo la mano hacia un cordón, hacerlo sonar. Apareció un sirviente. Era un anciano vestido de negro. Llevaba un candelabro que colocó delante del retrato de la condesa. Cuando se volvió, el hombre sintió un escalofrío de terror supersticioso al ver a su amo de pie y tan sonriente como si nada hubiera sucedido. —Raymond —dijo tranquilamente el conde—, esta tarde, la condesa y yo nos sentimos abrumados de cansancio. Servirás la cena hacia las diez de la noche. Y a propósito, hemos resuelto aislarnos aquí durante algún tiempo. Desde mañana, ninguno

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de mis sirvientes, excepto tú, debe pasar la noche en la casa. Les entregarás el sueldo de tres años y les dirás que se vayan. Atrancarás después el portal, encenderás los candelabros de abajo, en el comedor. Tú nos bastarás puesto que en lo sucesivo no recibiremos a nadie. El mayordomo temblaba y le miraba con atención. El conde encendió un cigarro y descendió a los jardines. El sirviente pensó primeramente que el dolor, demasiado agudo y desesperado, había perturbado el espíritu de su amo. Él le conocía desde la infancia y comprendió al instante que el choque de un despertar demasiado súbito podía serle fatal a ese sonámbulo. Su primer deber consistía en respetar aquel secreto. Inclinó la cabeza. ¿Una abnegada complicidad a ese sueño religioso? ¿Obedecer ? ¿Continuar sirviéndoles sin tener en cuenta a la muerte? ¡Qué idea tan extraña! ¿Podría

además sostenerse por más tiempo que una noche? Mañana, mañana

¿Con qué derecho reflexionar

sobre ello? Salió del cuarto. Ejecutó las órdenes al pie de la letra y aquella misma tarde comenzó la insólita experiencia. Se trataba de crear un terrible espejismo. El embarazo de los primeros días se borró súbitamente. Al principio con estupor, pero luego por una especie de deferente ternura, Raymond se las ingenió tan bien para parecer natural que aún no habían transcurrido tres semanas cuando por momentos él mismo se sentía engañado por su buena voluntad. No había lugar para segundas interpretaciones. A veces, experimentando una especie de vértigo, tenía la necesidad de decirse a sí mismo que la condesa estaba realmente muerta. Se dejó arrastrar a ese juego fúnebre olvidándose a cada instante de la realidad. Y muy pronto tuvo necesidad en más de una ocasión de reflexionar para convencerse y rehacerse. Comprendió pronto que de seguir así no tardaría en abandonarse por completo al espantoso magnetismo a través del cual el conde iba impregnando paulatinamente la atmósfera que les rodeaba. Tenía miedo, un miedo indeciso, suave D'Athol, en efecto, vivía sumido en la inconsciencia de la muerte de su bien amada. No podía más que tenerla siempre presente, a tal punto la memoria viva de la joven dama estaba mezclada con la suya. En ocasiones se sentaba en un banco del jardín, los días de sol, leyendo en voz alta las poesías que ella prefería, o bien, en la tarde, delante del fuego, las dos tazas de té sobre una mesita, conversaba con la Ilusión sonriente, sentada, a sus ojos, en el otro sillón. Las noches, los días, las semanas, transcurrieron en un soplo. Ni el uno ni el otro sabían lo que estaban haciendo. Y se producían unos fenómenos singulares que hacían que resultase cada vez más difícil distinguir cuándo lo imaginario y lo real se hacían idénticos. Una presencia flotaba en el aire: una forma se esforzaba por manifestarse, por hacerse ver, plasmándose en el espacio indefinible. D'Athol vivía doblemente iluminado. Un semblante suave y pálido, entrevisto como un relámpago, en un abrir y cerrar de ojos; un débil acorde que hería de repente el piano; un beso que le cerraba la boca en el momento en que se disponía a hablar, pensamientos femeninos que aparecían en él como respuesta a

¡Ay! Pero, ¿quién

sabe

? ¡Quizá! Después de todo era un proyecto sagrado

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lo que decía, un desdoblamiento de sí mismo que le llevaba a percibir como en una niebla fluida, el perfume vertiginosamente dulce de su bien amada muy próximo a él. Y por la noche, entre la vigilia y el sueño, las palabras oídas muy quedas le conmovían. ¡Era una

negación de la muerte elevada, por fin, a un poder desconocido! Una vez, D'Athol la vio y sintió tan cerca de él que la tomó en sus brazos, pero ese movimiento hizo que desapareciera. —¡Chiquilla! —murmuró él, sonriente. Y se adormecía como un amante ofendido por su amada risueña y adormilada. El día de su cumpleaños colocó, como una broma, una flor de siemprevivas en el ramillete que depositó encima de la almohada de Vera.

—Puesto que ella se cree muerta

—murmuró él.

Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del señor D'Athol que, a fuerza de amor, forjaba la vida y la presencia de su mujer en la solitaria mansión, esta existencia había acabado por llegar a ser de un encanto sombrío y seductor. El mismo Raymond ya no experimentaba temor y se acostumbraba a todas aquellas circunstancias. Un vestido de terciopelo negro entrevisto al girar un corredor, una voz risueña que le llamaba en el salón; el sonido de la campanilla despertándole por la mañana, como antes, todo esto llegaba a hacérsele familiar. Se hubiera dicho que la muerta jugaba en lo invisible, como una chiquilla. ¡Se sentía amada de tal modo que resultaba todo de lo más natural! Había transcurrido un año. En la tarde del aniversario, sentado junto al fuego en la habitación de Vera, el conde terminaba de leerle un cuento florentino, Callimaque, cuando, cerrando el libro y sirviéndose el té, dijo:

—Douschka, ¿te acuerdas del Valle de las Rosas, en las orillas del Lahn, del castillo

Estas historias te lo han recordado, ¿no es verdad?

de Cuatro Torres

Se levantó y en el espejo azulado se vio más pálido que de ordinario. Introdujo un brazalete de perlas en una copa y miró atentamente las perlas. Las perlas conservaban todavía su tibieza y su oriente se veía muy suave, influido por el calor de su carne. Y el ópalo de aquel collar siberiano, que amaba también el bello seno de Vera, solía palidecer enfermizamente en su engarce de oro, cuando la joven dama lo olvidaba durante algún tiempo. Por ello la condesa había apreciado tanto aquella piedra fiel. Esta tarde el ópalo brillaba como si acabara de quitárselo y como si el exquisito magnetismo de la hermosa

muerta aún lo penetrase. Dejando a un lado el collar y las piedras preciosas, el conde tocó por casualidad el pañuelo de batista en el que las gotas de sangre aparecían todavía húmedas y rojas como claveles sobre la nieve. Allá, sobre el piano, ¿quién había vuelto la página final de la melodía de otros tiempos? ¿Es que la sagrada lamparilla se había vuelto

Sí, su llama dorada iluminaba místicamente el semblante de

a encender en el relicario

ojos cerrados de la Madona. Y esas flores orientales, nuevamente recogidas, que se abrían en los vasos de Sajonia, ¿qué mano acababa de colocarlas? La habitación parecía alegre y dotada de vida, de una manera más significativa e intensa que de costumbre. Pero ya nada podía sorprender al conde. Todo esto le parecía tan normal que ni siquiera se dio cuenta de que la hora sonaba en aquel reloj de péndulo, parado desde hacía un año. Sin embargo, esa tarde se había dicho que, desde el fondo de las tinieblas, la condesa

?

?

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Vera se esforzaba por volver a aquella habitación, impregnada de ella por completo. ¡Había dejado allí tanto de sí misma! Todo cuanto había constituido su existencia le atraía. Su hechizo flotaba en el ambiente. La desesperada llamada y la apasionada voluntad de su esposo debían haber desatado las ligaduras de lo invisible en su derredor. Su presencia era reclamada y todo lo que ella amaba estaba allí. Ella debía desear volver a sonreír aún en aquel espejo misterioso en el que admiró su rostro. La dulce muerta, allá, se había estremecido ciertamente entre sus violetas, bajo las lámparas apagadas. La divina muerta había temblado en la tumba, completamente sola,

mirando la llave de plata arrojada sobre las losas. ¡Ella también deseaba volver con él! Y su voluntad se perdía en las fantasías, el incienso y el aislamiento, porque la muerte no es más que una circunstancia definitiva para quienes esperan el cielo; pero la muerte y los cielos, y la vida, ¿es que no eran para ella algo más que su abrazo? El beso solitario de su esposo debía atraer sus labios en la penumbra. Y el sonido de melodías, las embriagadoras palabras de antaño, los vestidos que cubrían su cuerpo y conservaban aún su perfume, las mágicas pedrerías que la amaban en su oscura simpatía, la inmensa y absoluta necesidad de su presencia, ansia compartida finalmente por las mismas cosas, tan insensiblemente que, curada al fin de la adormecedora muerte, ya no le faltaba más que regresar. ¡REGRESAR!

¡Ah! ¡La ideas son iguales que seres vivos

!

El conde había esculpido en el aire la

forma de su amor y era preciso que aquel vacío fuese colmado por el único ser que era su igual o de otro modo el universo se hundiría. En ese momento la impresión se concretó en una idea definitiva, simple, absoluta: ¡Ella debía estar allí, en la habitación! Él estaba tan seguro de eso como de su propia existencia y todas las cosas a su alrededor estaban

saturadas de la misma convicción. Eso era algo patente. Y como no faltaba más que la misma Vera, tangible, exterior, era preciso que ella se encontrase allí y que el gran sueño de la vida y de la muerte entreabriese por un momento sus puertas infinitas. El camino de resurrección estaba abierto por la fe hacia ella. Un fresco estallido de risa iluminó con su alegría el lecho nupcial. El conde se volvió, y allí, delante de sus ojos, hecha de voluntad y de recuerdos, apoyada sobre la almohada de encajes, sosteniendo con sus manos los largos cabellos, deliciosamente abierta su boca en una sonrisa paradisíaca y plena de voluptuosidad, bella hasta morir, al fin ella, la condesa Vera le estaba contemplando, un poco adormecida aún.

—¡Roger

!

—exclamó con voz lejana.

Él se le acercó. Sus labios se unieron en una alegría divina, extasiada, inmortal.

Y entonces se dieron cuenta de que ellos no formaban más que un solo ser. Las horas volaron en un viaje extraño, un éxtasis en el que se mezclaban, por primera vez, la tierra y el cielo. De repente, el conde D'Athol se estremeció como golpeado por una fatal reminiscencia.

—¡Ah! Ahora recuerdo

¿Qué es lo que me sucede

?

¡Pero si tú estás muerta!

En ese mismo instante, al oírse estas palabras, la mística lamparilla del icono se extinguió. El pálido amanecer de una mañana insignificante, gris y lluviosa, se filtró en la habitación por los intersticios de las cortinas. Las velas vacilaron y se apagaron, dejando

humear acremente sus mechas rojizas. El fuego desapareció bajo una capa de tibias cenizas. Las flores se marchitaron y secaron en un instante. El balanceo del péndulo fue

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recobrando paulatinamente su anterior inmovilidad. La certeza de todos los objetos se esfumó de golpe. El ópalo, muerto ya, no brillaba más. Las manchas de sangre se habían secado también, sobre la batista. Y esfumándose entre los brazos desesperados, que en

vano querían retenerla, la ardiente y blanca visión entró en el aire y se perdió. El conde se puso en pie. Acababa de darse cuenta de que estaba solo. Su maravilloso sueño acababa de disiparse en un momento. Había roto el hilo magnético de su trama radiante con una sola palabra. La atmósfera que reinaba allí era ya la de los difuntos. Como esas lágrimas de cristal, ensambladas ilógicamente pero tan sólidas que un solo golpe de martillo, asestado en su parte más gruesa, no llegaría a romperlas, pero que caen en súbito e impalpable polvo si se rompe la extremidad más fina que la punta de una aguja, todo se había desvanecido.

¡Otra vez vuelve a estar

¡Indícame el camino que puede

conducirme hasta ti!

De pronto, como una respuesta, un objeto brillante cayó del lecho nupcial sobre la

negra piel con un ruido metálico. Un rayo del tétrico día lo iluminó

inclinó. Lo cogió y una sonrisa sublime iluminó su rostro al reconocer aquel objeto. ¡Era la

El abandonado se

sola

—¡Oh! —gimió él—. ¡Todo ha terminado! ¡La he perdido

!

¿Cuál es ahora la ruta para llegar hasta ti

?

!

llave de la tumba!

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APARICIÓN Guy De Maupassant

Se hablaba de secuestros a raíz de un reciente proceso. Era al final de una velada íntima en la rue de Grenelle, en una casa antigua, y cada cual tenía su historia, una historia que afirmaba que era verdadera. Entonces el viejo marqués de la Tour-Samuel, de ochenta y dos años, se levantó y se apoyó en la chimenea. Dijo, con voz un tanto temblorosa:

Yo también sé algo extraño, tan extraño que ha sido la obsesión de toda mi vida. Hace ahora cincuenta y seis años que me ocurrió esta aventura, y no pasa ni un mes sin que la reviva en sueños. De aquel día me ha quedado una marca, una huella de miedo, ¿entienden? Sí, sufrí un horrible temor durante diez minutos, de una forma tal que desde entonces una especie de terror constante ha quedado para siempre en mi alma. Los ruidos inesperados me hacen sobresaltar hasta lo más profundo; los objetos que distingo mal en las sombras de la noche me producen un deseo loco de huir. Por las noches tengo miedo. ¡Oh!, nunca hubiera confesado esto antes de llegar a la edad que tengo ahora. En estos momentos puedo contarlo todo. Cuando se tienen ochenta y dos años está permitido no ser valiente ante los peligros imaginarios. Ante los peligros verdaderos jamás he retrocedido, señoras. Esta historia alteró de tal modo mi espíritu, me trastornó de una forma tan profunda, tan misteriosa, tan horrible, que jamás hasta ahora la he contado. La he guardado en el fondo más íntimo de mí, en ese fondo donde uno guarda los secretos penosos, los secretos vergonzosos, todas las debilidades inconfesables que tenemos en nuestra existencia. Les contaré la aventura tal como ocurrió, sin intentar explicarla. Por supuesto es explicable, a menos que yo haya sufrido una hora de locura. Pero no, no estuve loco, y les daré la prueba. Imaginen lo que quieran. He aquí los hechos desnudos. Fue en 1827, en el mes de julio. Yo estaba de guarnición en Ruán. Un día, mientras paseaba por el muelle, encontré a un hombre que creí reconocer sin recordar exactamente quién era. Hice instintivamente un movimiento para detenerme. El desconocido captó el gesto, me miró y se me echó a los brazos. Era un amigo de juventud al que había querido mucho. Hacía cinco años que no lo veía, y desde entonces parecía haber envejecido medio siglo. Tenía el pelo completamente blanco; y caminaba encorvado, como agotado. Comprendió mi sorpresa y me contó su vida. Una terrible desgracia lo había destrozado. Se había enamorado locamente de una joven, y se había casado con ella en una especie de éxtasis de felicidad. Tras un año de una felicidad sobrehumana y de una pasión inagotada, ella había muerto repentinamente de una enfermedad cardíaca, muerta por su propio amor, sin duda. Él había abandonado su casa de campo el mismo día del entierro, y había acudido a vivir a su casa en Ruán. Ahora vivía allí, solitario y desesperado, carcomido por el dolor,

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tan miserable que sólo pensaba en el suicidio. —Puesto que te he encontrado de este modo —me dijo—, me atrevo a pedirte que me hagas un gran servicio: ir a buscar a mi casa de campo, al secreter de mi habitación, de nuestra habitación, unos papeles que necesito urgentemente. No puedo encargarle esta misión a un subalterno o a un empleado porque es precisa una impenetrable discreción y un silencio absoluto. En cuanto a mí, por nada del mundo volvería a entrar en aquella casa.

»Te daré la llave de esa habitación, que yo mismo cerré al irme, y la llave de mi secreter. Además le entregarás una nota mía a mi jardinero que te abrirá la casa. »Pero ven a desayunar conmigo mañana, y hablaremos de todo eso. Le prometí hacerle aquel sencillo servicio. No era más que un paseo para mí, su casa de campo se hallaba a unas cinco leguas de Ruán. No era más que una hora a caballo. A las diez de la mañana siguiente estaba en su casa. Desayunamos juntos, pero no pronunció ni veinte palabras. Me pidió que lo disculpara; el pensamiento de la visita que

iba a efectuar yo en aquella habitación, donde yacía su felicidad, lo trastornaba, me dijo. Me pareció en efecto singularmente agitado, preocupado, como si en su alma se hubiera librado un misterioso combate. Finalmente me explicó con exactitud lo que tenía que hacer. Era muy sencillo. Debía tomar dos paquetes de cartas y un fajo de papeles cerrados en el primer cajón de la derecha del mueble del que tenía la llave. Añadió:

—No necesito suplicarte que no los mires. Me sentí casi herido por aquellas palabras, y se lo dije un tanto vivamente. Balbuceó:

—Perdóname, sufro demasiado. Y se echó a llorar. Me marché una hora más tarde para cumplir mi misión. Hacía un tiempo radiante, y avancé al trote largo por los prados, escuchando el canto de las alondras y el rítmico sonido de mi sable contra mi bota. Luego entré en el bosque y puse mi caballo al paso. Las ramas de los árboles me acariciaban el rostro, y a veces atrapaba una hoja con los dientes y la masticaba ávidamente, en una de estas alegrías de vivir que nos llenan, no se sabe por qué, de una felicidad tumultuosa y como inalcanzable, una especie de embriaguez de fuerza. Al acercarme a la casa busqué en el bolsillo la carta que llevaba para el jardinero, y me di cuenta con sorpresa de que estaba lacrada. Aquello me irritó de tal modo que estuve

a punto de volver sobre mis pasos sin cumplir mi encargo. Luego pensé que con aquello

mostraría una sensibilidad de mal gusto. Mi amigo había podido cerrar la carta sin darse cuenta de ello, turbado como estaba. La casa parecía llevar veinte años abandonada. La barrera, abierta y podrida, se

mantenía en pie nadie sabía cómo. La hierba llenaba los caminos; no se distinguían los arriates del césped. Al ruido que hice golpeando con el pie un postigo, un viejo salió por una puerta lateral y pareció estupefacto de verme. Salté al suelo y le entregué la carta. La leyó, volvió

a leerla, le dio la vuelta, me estudió de arriba abajo, se metió el papel en el bolsillo y dijo:

—¡Y bien! ¿Qué es lo que desea?

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Respondí bruscamente:

—Usted debería de saberlo, ya que ha recibido dentro de ese sobre las órdenes de su amo; quiero entrar en la casa. Pareció aterrado. Declaró:

—Entonces, ¿piensa entrar en Empecé a impacientarme.

—¡Por Dios! ¿Acaso tiene usted intención de interrogarme? Balbuceó:

en su habitación?

—No

señor

, quiere esperarme cinco minutos, iré

,

pero es que

es que no se ha abierto desde iré a ver si

desde

la muerte. Si

Lo interrumpí colérico. —¡Ah! Vamos, ¿se está burlando de mí? Usted no puede entrar, porque aquí está la

llave.

No supo qué decir. —Entonces, señor, le indicaré el camino.

—Señáleme la escalera y déjeme sólo. Sabré encontrarla sin usted.

—Pero

señor

sin embargo

Esta vez me irrité realmente. —Está bien, cállese, ¿quiere? 0 se las verá conmigo. Lo aparté violentamente y entré en la casa. Atravesé primero la cocina, luego dos pequeñas habitaciones que ocupaba aquel hombre con su mujer. Franqueé un gran vestíbulo, subí la escalera, y reconocí la puerta indicada por mi amigo. La abrí sin problemas y entré. El apartamento estaba tan a oscuras que al principio no distinguí nada. Me detuve, impresionado por aquel olor mohoso y húmedo de las habitaciones vacías y cerradas, las habitaciones muertas. Luego, poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y vi claramente una gran pieza en desorden, con una cama sin sábanas, pero con sus colchones y sus almohadas, de las que una mostraba la profunda huella de un codo o de una cabeza, como si alguien acabara de apoyarse en ella. Las sillas aparecían en desorden. Observé que una puerta, sin duda la de un armario, estaba entreabierta. Me dirigí primero a la ventana para dar entrada a la luz del día y la abrí; pero los hierros de las contraventanas estaban tan oxidados que no pude hacerlos ceder. Intenté incluso forzarlos con mi sable, sin conseguirlo. Irritado ante aquellos esfuerzos inútiles, y puesto que mis ojos se habían acostumbrado al final perfectamente a las sombras, renuncié a la esperanza de conseguir más luz y me dirigí al secreter. Me senté en un sillón, corrí la tapa, abrí el cajón indicado. Estaba lleno a rebosar. No necesitaba más que tres paquetes, que sabía cómo reconocer, y me puse a buscarlos. Intentaba descifrar con los ojos muy abiertos lo escrito en los distintos fajos, cuando creí escuchar, o más bien sentir, un roce a mis espaldas. No le presté atención, pensando que una corriente de aire había agitado alguna tela. Pero, al cabo de un minuto, otro movimiento, casi indistinto, hizo que un pequeño estremecimiento desagradable

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recorriera mi piel. Todo aquello era tan estúpido que ni siquiera quise volverme, por

pudor hacia mí mismo. Acababa de descubrir el segundo de los fajos que necesitaba y tenía ya entre mis manos el tercero cuando un profundo y penoso suspiro, lanzado contra

mi espalda, me hizo dar un salto alocado a dos metros de allí. Me volví en mi movimiento,

con la mano en la empuñadura de mi sable, y ciertamente, si no lo hubiera sentido a mi lado, hubiera huido de allí como un cobarde. Una mujer alta vestida de blanco me contemplaba, de pie detrás del sillón donde yo había estado sentado un segundo antes. ¡Mis miembros sufrieron una sacudida tal que estuve a punto de caer de espaldas! ¡Oh! Nadie puede comprender, a menos que los haya experimentado, estos espantosos y estúpidos terrores. El alma se hunde; no se siente el corazón; todo el cuerpo se vuelve blando como una esponja, cabría decir que todo el interior de uno se desmorona. No creo en los fantasmas; sin embargo, desfallecí bajo el horrible temor a los

muertos, y sufrí, ¡oh!, sufrí en unos instantes más que en todo el resto de mi vida, bajo la irresistible angustia de los terrores sobrenaturales. ¡Si ella no hubiera hablado, probablemente ahora estaría muerto! Pero habló; habló con una voz dulce y dolorosa que hacía vibrar los nervios. No me atreveré a decir que recuperé el dominio de mí mismo y que la razón volvió a mí. No. Estaba tan extraviado que no sabía lo que hacía; pero aquella especie de fiereza íntima que hay en mí, un poco del orgullo de mi oficio también, me hacían mantener, casi pese a mí mismo, una actitud honorable. Fingí ante mí, y ante ella sin duda, ante ella, fuera quien fuese, mujer o espectro. Me di cuenta de todo aquello más tarde, porque les aseguro que, en el instante

de la aparición, no pensé en nada. Tenía miedo.

—¡Oh, señor! —me dijo—. ¡Puede hacerme un gran servicio! Quise responderle, pero me fue imposible pronunciar una palabra. Un ruido vago brotó de mi garganta. —¿Quiere? —insistió—. Puede salvarme, curarme. Sufro atrozmente. Sufro, ¡oh, sí,

sufro! Y se sentó suavemente en mi sillón. Me miraba. —¿Quiere? Afirmé con la cabeza incapaz de hallar todavía mi voz. Entonces ella me tendió un peine de carey y murmuró:

—Péineme, ¡oh!, péineme; eso me curará; es preciso que me peinen. Mire mi cabeza Cómo sufro; ¡cuanto me duelen los cabellos! Sus cabellos sueltos, muy largos, muy negros, me parecieron, colgaban por encima del respaldo del sillón y llegaban hasta el suelo. ¿Por qué hice aquello? ¿Por qué recibí con un estremecimiento aquel peine, y por qué tomé en mis manos sus largos cabellos que dieron a mi piel una sensación de frío atroz, como si hubiera manejado serpientes? No lo sé. Esta sensación permaneció en mis dedos, y me estremezco cuando pienso en ella. La peiné. Manejé no sé cómo aquella cabellera de hielo. La retorcí, la anudé y la desanudé; la trencé como se trenza la crin de un caballo. Ella suspiraba, inclinaba la cabeza, parecía feliz.

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De pronto me dijo «¡Gracias!», me arrancó el peine las manos y huyó por la puerta que había observado que estaba entreabierta. Ya solo, sufrí durante unos segundos ese trastorno de desconcierto que se produce al despertar después de una pesadilla. Luego recuperé finalmente los sentidos; corrí a la ventana y rompí las contraventanas con un furioso golpe. Entró un chorro de luz diurna. Corrí hacia la puerta por donde ella se había ido. La hallé cerrada e infranqueable. Entonces me invadió una fiebre de huida, un pánico, el verdadero pánico de las batallas. Cogí bruscamente los tres paquetes de cartas del abierto secreter; atravesé corriendo el apartamento, salté los peldaños de la escalera de cuatro en cuatro, me hallé fuera no sé por dónde, y, al ver a mi caballo a diez pasos de mí, lo monté de un salto y partí al galope. No me detuve más que en Ruán, delante de mi alojamiento. Tras arrojar la brida a mi ordenanza, me refugié en mi habitación, donde me encerré para reflexionar. Entonces, durante una hora, me pregunté ansiosamente si no habría sido juguete de

una alucinación. Ciertamente, había sufrido una de aquellas incomprensibles sacudidas nerviosas, uno de aquellos trastornos del cerebro que dan nacimiento a los milagros y a los que debe su poder lo sobrenatural.

E iba ya a creer en una visión, en un error de mis sentidos, cuando me acerqué a la

ventana. Mis ojos, por azar, descendieron sobre mi pecho. ¡La chaqueta de mi uniforme estaba llena de largos cabellos femeninos que se habían enredado en los botones! Los cogí uno por uno y los arrojé fuera por la ventana con un temblor de los dedos. Luego llamé a mi ordenanza. Me sentía demasiado emocionado, demasiado trastornado para ir aquel mismo día a casa de mi amigo. Además, deseaba reflexionar a fondo lo que debía decirle.

Le hice llevar las cartas, de las que extendió un recibo al soldado. Se informó sobre mí. El soldado le dijo que no me encontraba bien, que había sufrido una ligera insolación, no sé qué. Pareció inquieto. Fui a su casa a la mañana siguiente, poco después de amanecer, dispuesto a contarle la verdad. Había salido el día anterior por la noche y no había vuelto. Volví aquel mismo día, y no había vuelto. Aguardé una semana. No reapareció. Entonces previne a la justicia. Se le hizo buscar por todas partes, sin descubrir la más mínima huella de su paso o de su destino. Se efectuó una visita minuciosa a la casa de campo abandonada. No se descubrió nada sospechoso allí. Ningún indicio reveló que hubiera alguna mujer oculta en aquel lugar. La investigación no llegó a ningún resultado, y las pesquisas fueron abandonadas.

Y, tras cincuenta y seis años, no he conseguido averiguar nada. No sé nada más.

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CORAZONES PERDIDOS M. R. James

Fue en septiembre de 1811, según he comprobado, cuando se detuvo un coche de alquiler en la puerta de Aswarby Hall, en el corazón de Lincolnshire. Un niño, que era el único pasajero, bajó en cuanto se detuvo y miró con viva curiosidad durante el breve intervalo que transcurrió desde que sonó la campanilla hasta que se abrió la puerta Vio una casa alta, cuadrada, de los tiempos de la reina Ana; se le había añadido una portada con pilares de piedra del más puro estilo clásico de 1790; sus ventanas eran numerosas, altas, estrechas, con cristales pequeños y gruesa carpintería blanca. Un frontón perforado por una ventana redonda coronaba la fachada. Dos alas, a derecha e izquierda, comunicaban con el cuerpo central mediante curiosas galerías acristaladas sostenidas por columnatas. En estas alas se hallaban claramente las cuadras y los servicios de la casa. Cada una tenía una cúpula ornamental rematada por una veleta dorada. La luz del ocaso daba en el edificio, brillando en los cristales como si estuviesen en

llamas. Frente a la mansión se extendía un parque de robles y bordeado de abetos que se recortaban contra el cielo. El reloj de la torre de la iglesia —oculta tras la franja de árboles,

y cuya veleta dorada era lo único de ella que recibía la luz— estaba dando las seis, y sus

tañidos llegaban arrastrados por el viento. Todo contribuía a transmitir al espíritu del niño

una impresión agradable, aunque teñida de esa especie de melancolía propia de un atardecer de principios de otoño, mientras esperaba a que le abriesen. El coche le traía de Warwickshire, donde había quedado huérfano. Gracias al generoso ofrecimiento de su viejo pariente el señor Abney llegaba ahora a Aswarby para quedarse. Fue un ofrecimiento inesperado, porque los que conocían al señor Abney le consideraban una especie de recluso, para el que la llegada de un niño supondría un elemento nuevo e incompatible. La verdad es que se sabía muy poco de las ocupaciones del señor Abney. Habían oído decir al profesor de Griego de Cambridge que el hombre

que más sabía sobre creencias religiosas de los últimos paganos era el dueño de Aswarby. Desde luego, su biblioteca contenía todo lo publicado hasta entonces sobre los Misterios, los poemas órficos, el culto a Mitra y los neoplatónicos. En el vestíbulo de mármol se alzaba un hermoso grupo de Mitra matando al toro, importado de levante a un coste considerable por el dueño. Éste había publicado una descripción de dicho grupo en la Gentleman's Magazine, y había escrito una notable serie de artículos en la revista Critical Museum sobre supersticiones de los romanos durante el Bajo Imperio. En resumen, se le tenía por una persona sumergida en los libros; por lo que causó una sorpresa enorme entre sus vecinos que se hubiese enterado siquiera de la existencia de Stephen Elliott, su pariente huérfano,

y más aún que se hubiera ofrecido a acogerle en Aswarby Hall.

Lo cierto es que el señor Abney —el alto, flaco y austero señor Abney— parecía dispuesto a brindar a su joven primo una cálida acogida. En el instante en que abrían la puerta de la entrada salió precipitadamente de su despacho frotándose las manos de

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satisfacción. —¿Qué tal, muchacho, cómo estás? —dijo—. ¿Cuántos años tienes? Quiero decir, espero que no estés demasiado cansado del viaje como para no cenar ¿verdad? —No; gracias, señor —dijo el joven Elliott—. Estoy bien. —Buen chico. —dijo el señor Abney—. ¿Y cuántos años tienes? Parecía extraño que le hiciera dos veces la misma pregunta en los primeros dos minutos de conocerse. —Casi doce, señor —dijo Stephen. —¿Y cuándo los cumplirás, pequeño? El doce de septiembre, ¿eh? Eso está bien; eso está muy bien. Dentro de un año, casi, ¿no? Me gusta. Me gusta anotar estas cosas en mi libro. ¿Seguro que el doce? ¿Seguro? —Sí; completamente seguro, señor. —¡Bien, bien! Parkes, llévele a la habitación de la señora Bunch y que tome su té, cena o lo que sea. —Sí, señor —contestó el circunspecto señor Parkes; y condujo a Stephen al interior. La señora Bunch era la persona más amable de las que Stephen había conocido hasta ahora en Aswarby. Le hizo sentirse completamente a gusto; a los quince minutos habían hecho ya gran amistad; amistad que siguieron conservando. La señora Bunch había nacido cerca de la residencia unos cincuenta años antes de la llegada de Stephen, y llevaba veinte viviendo en ella. Así que si alguien estaba al corriente de cuanto ocurría en la casa y los alrededores era ella; y no le desagradaba ni mucho menos hacerse eco de cualquier novedad. Naturalmente, había multitud de cosas en la residencia y los jardines. Stephen, que era de inclinación curiosa, estaba deseoso de que le explicasen:

—¿Quién construyó el templo del final del paseo de laureles? ¿Quién es el anciano del cuadro de la escalera, sentado junto a una mesa con una calavera debajo de la mano? Éstas y otras preguntas fueron aclaradas gracias a la poderosa fuente de información que era la señora Bunch. Había otras, en cambio, cuya explicación encontró menos satisfactoria. Un atardecer de noviembre, Stephen se hallaba sentado ante la chimenea del cuarto del ama de llaves pensando en todo lo que le rodeaba. —¿Es bueno el señor Abney, e irá al cielo? —preguntó de repente, con esa confianza tan típica de los niños en la capacidad de los mayores para resolver estas cuestiones, cuya decisión se considera reservada a otros tribunales. —¿Bueno? ¡Dios le bendiga! —dijo la señora Buch—. ¡El señor es la persona más bondadosa que he conocido! ¿No te he hablado nunca del niño que recogió, puede decirse que de la calle, hará siete años? ¿O de la niña, a los dos años de entrar yo a trabajar? —No. ¡Cuéntemelo, señora Bunch! ¡Cuéntemelo ahora! —Bueno, —dijo la señora Bunch— de la niña no me acuerdo muy bien. Sé que el señor la trajo un día al volver de su paseo, y dio orden a la señora Ellis, que era el ama de llaves entonces, de que la atendiese en todo. La pobre criatura no tenía a nadie (ella misma me lo dijo), y vivió aquí con nosotros como unas tres semanas. Después, sea porque tenía algo de sangre gitana o por lo que fuera, saltó de la cama una madrugada antes de que los

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demás hubiéramos abierto los ojos, y desde entonces no hemos vuelto a saber de ella. El señor movilizó a toda la comarca y mandó dragar todas las charcas; pero yo estoy convencida de que se fue con los gitanos. Porque la noche en que desapareció estuvieron cantando alrededor de la casa lo menos una hora; y Parkes asegura que les oyó dar voces toda esa tarde en el bosque. ¡Pobre!, era una niña rarísima, y muy reservada; aunque yo me entendía con ella a las mil maravillas, porque era muy casera. Curioso, ¿verdad? —¿Y qué pasó con el niño? —dijo Stephen. —¡Ah, pobre chico! —suspiró la señora Bunch—. Era extranjero; se llamaba Jevanny, y apareció por el camino un día de invierno. El señor le hizo entrar en seguida, le preguntó de dónde venía, cuántos años tenía, cómo había llegado, y dónde estaban sus parientes, todo con una amabilidad que no podía pedirse más. Pero pasó lo mismo. Me parece que esos extranjeros son gente ingobernable; y una madrugada se fue, igual que la niña. Estuvimos preguntándonos lo menos un año por qué lo haría. Stephen se pasó el resto de la velada haciéndole preguntas a la señora Bunch. Esa noche tuvo un sueño extraño. Al final del pasillo de arriba, donde estaba su dormitorio, había un cuarto de baño que no se utilizaba. Estaba cerrado con llave; pero la mitad superior de la puerta era de cristal, y dado que había desaparecido hacía tiempo la cortina podía verse desde fuera la bañera de plomo pegada a la pared de la derecha, de cara a la ventana. Esa noche, Stephen Elliott se descubrió a sí mismo mirando a través del cristal de esa puerta. La luna entraba por la ventana, y Stephen observaba fijamente una figura que había en la bañera. Su descripción de lo que vio me recuerda lo que vi una vez en la famosa cripta de la iglesia de St. Michan, en Dublín, que tiene la horrible propiedad de preservar los cadáveres de la descomposición durante siglos. Era una figura indeciblemente delgada y conmovedora, de un color ceniciento, envuelta en una prenda parecida a un sudario, con sus finos labios contraídos en una leve y horrible sonrisa, y las manos fuertemente apretadas en la región del corazón. Y mientras la miraba, pareció brotar de ella un gemido lejano, casi inaudible, y empezó a mover los brazos. El terror de la escena hizo retroceder a Stephen, y despertar al hecho de que, efectivamente, se hallaba de pie en el frío entarimado del corredor, a plena luz de la luna. Con un valor que no es normal en los chicos de su edad, se acercó a la puerta del cuarto de baño a comprobar si estaba allí realmente la figura del sueño. No estaba; así que regresó a la cama. A la señora Bunch le causó honda impresión lo que le contó Stephen; al extremó de que volvió a poner una cortina en la puerta de cristal. El señor Abney, por su parte, al que narró también su experiencia en el desayunó, se mostró enormemente interesado, y tomó notas al respecto en lo que llamaba su libro. Se aproximaba el equinoccio de primavera, y el señor Abney se lo recordaba a menudo a su joven pariente, añadiendo que los antiguos lo consideraron siempre una época difícil para los jóvenes, que haría bien en cuidarse, cerrando la ventana durante la noche. Dos incidentes ocurrieron por entonces que impresionaron a Stephen.

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El primero fue después de pasar una noche con sensación de opresión y desasosiego, aunque no consiguió recordar qué había soñado. Ya por la tarde, la señora Bunch estaba ocupada en coser el camisón de Stephen. —¡Válgame Dios, señorito Stephen! —exclamó de repente con cierta irritación— ¿qué ha hecho para dejar el camisón así? ¡Mire el trabajó que da a las pobres criadas que tienen que zurcir y remendar! Efectivamente, la prenda tenía una serie de desgarrones cuyo zurcido requería una aguja hábil. Estaban todos en el lado izquierdo del pecho: unos surcos largos, paralelos, de unas seis pulgadas. Stephen sólo pudo manifestar que ignoraba por completo su origen; estaba seguro de el camisón no los tenía la noche anterior. —Pero, señora Bunch, —dijo— son iguales que los arañazos que tiene por fuera la puerta de mi cuarto; y le aseguró que no los he hecho yo. La señora Bunch le miró boquiabierta; acto seguido cogió una vela, salió apresuradamente de la habitación, y la oyó subir. Unos minutos después bajó. —No sé, señorito Stephen, —dijo— es muy extraño cómo han podido aparecer esos arañazos ahí: están demasiado altos para ser de un perro ó de un gato, y menos aún de una rata. Parecen hechos por las uñas de un chino, como nos contaba un tío mío que estuvo en el negocio del té cuando éramos chicas. Yo que usted no le diría nada al señor; pero cierre la puerta con llave cuando se vaya a acostar. —Siempre lo hago, señora Bunch, después de rezar. —¡Ah, buen chico! No se olvide nunca de rezar, y no le ocurrirá nada malo. Dicho esto la señora Bunch se aplicó en coser el camisón, quedándose pensativa de cuando en cuando, hasta que se hizo hora de acostarse. Esto ocurrió un viernes por la noche, en marzo de 1812. Durante la velada siguiente, el dúo habitual formado por Stephen y la señora Bunch se vio aumentado con la llegada repentina del mayordomo, el señor Parkes, que por regla general no salía de sus dominios. No se dio cuenta de que estaba Stephen; además, entró más nervioso y menos circunspecto que de costumbre. —Si el señor quiere vino por la noche que vaya él a buscarlo —fue su primer comentario—. O lo subo de día, o no lo subo, señora Bunch. No sé qué puede ser: lo más probable es que sean las ratas o el viento que se cuela en las bodegas; pero yo ya tengo muchos años, y ya no lo soporto como cuando era joven. —Vaya, señor Parkes; sería muy raro que hubiera ratas en esta casa, y usted lo sabe. —No lo voy a negar, señora Bunch; y aunque he oído contar muchas veces a los hombres del astillero lo de la rata que hablaba, jamás me lo he creído; pero esta noche, si llegó a pegar la oreja a la puerta de la cueva del fondo, seguro que me habría enterado de lo que decían. —¡Vamos, señor Parkes, no consiento que diga esas fantasías! ¡Ratas hablando en la bodega! ¿Habráse visto? —Bueno, señora Bunch, no quiero discutir con usted; lo único que digo es que si va a la cueva del fondo y pega la oreja a la puerta, puede comprobar ahora mismo lo que digo. —¡Señor Parkes, está diciendo tonterías que no está bien que oiga un niño! Va a asustar al señorito Stephen.

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—¡Cómo! ¿El señorito Stephen? —dijo Parkes reparando en la presencia del niño—.

El señorito Stephen, señora Bunch, comprende que le estoy gastando una broma.

La verdad es que el señorito Stephen comprendía demasiado para suponer que el señor Parkes quisiera gastar ninguna broma. Mostró interés —un interés no del todo grato — por el caso. Pero ninguna de sus preguntas consiguió sacarle al mayordomo más detalles sobre su experiencia en la bodega.

Llegamos ahora al 24 de marzo de 1812. Fue un día de experiencias singulares para Stephen; un día de viento y ruidos que llenaron la casa y el parque de un vago desasosiego. Estando en la valla del jardín contemplando el parque, sintió como si desfilara ante él un cortejo interminable de seres invisibles arrastrados por el viento,

irresistiblemente, sin objeto, mientras pugnaban en vano por detenerse, por sujetarse a lo que fuera para poner fin a su vuelo y volver a entrar en contactó con el mundo de los vivos del que habían formado parte. Ese día, después de comer, dijo el señor Abney:

—Stephen, muchacho, ¿te importaría venir esta noche a mi despacho, a eso de las once?; hasta esa hora estaré ocupado. Quiero enseñarte algo que tiene que ver con tu vida futura, y es de suma importancia que conozcas. No se lo digas a la señora Bunch ni a nadie

de la casa; y es mejor que subas a tu habitación a la hora de siempre. He aquí una nueva emoción que añadir a la vida. Stephen aprovechó con avidez la

ocasión que se le brindaba de permanecer levantado hasta las once. Esa noche, al subir, se asomó a la puerta de la biblioteca y observó que el brasero —que había visto a menudo en un rincón de la estancia— estaba delante de la chimenea; sobre la mesa había una antigua copa plateada llena de vino tinto, y al lado unas hojas escritas. En el momento de pasar Stephen el señor Abney estaba tomando incienso de una caja redonda y espolvoreándolo

en el brasero; pero no oyó sus pasos. El viento había cesado. La noche era tranquila y había luna llena. Hacia las diez,

Stephen estaba de pie juntó a la ventana abierta de su dormitorio contemplando el campo. Pese a la quietud general, aún no se habían acallado los misteriosos habitantes del bosque lejano bajó la luna. De cuando en cuando le llegaban del otro lado del estanque gritos extraños como de seres errantes, perdidos, desesperados. Quizá eran chillidos de lechuzas

o gaviotas, aunque no sonaban exactamente igual que estas aves. ¿No se estaban

acercando? Unos momentos después provenían de la orilla más próxima. Y ahora parecían flotar en la zona de los arbustos. Cesaron a continuación. Pero justo cuando Stephen se disponía a cerrar la ventana y volver a su lectura de Robinson Crusoe advirtió dos figuras detenidas en el camino que se extendía juntó a la residencia: las figuras de un niño y una niña, parecían; estaban el uno al lado del otro y miraban hacia las ventanas. La de la niña

le recordaba de manera irresistible a la de la bañera que había visto en sueños. El chico le

inspiraba un miedo más intenso. Mientras la niña permanecía inmóvil, medió sonriendo, con las manos apretadas sobre el corazón, el chico, de figura delgadísima, cabello negro y ropa andrajosa, alzó los

brazos como en un gesto de amenaza y hambre y ansia insaciable. La luna iluminó sus manos traslúcidas, y Stephen vio que tenía las uñas terriblemente largas y que las

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atravesaba la luz. Y al alzar los brazos reveló un detalle espantoso: en el costado izquierdo del pechó tenía abierto un agujero negro. Y entonces le llegó a Stephen —al cerebro más que al oído— uno de esos gritos hambrientos y desolados que habían estado resonando en el bosque de Aswarby. Acto seguido la horrible pareja se desplazó veloz y silenciosa por la grava, y dejó de verla. Aunque indeciblemente asustado, decidió coger una vela y bajar al despacho del señor Abney, porque casi era la hora a la que le había citado. El despacho ó biblioteca daba a un lado del vestíbulo; y Stephen, acuciado por sus terrores, llegó en un abrir y cerrar de ojos. No le fue tan fácil entrar. La puerta no estaba cerrada con llave, desde luego, ya que la llave estaba puesta por fuera como de costumbre. Sus repetidas llamadas no obtuvieron respuesta. El señor Abney estaba ocupado: le oía hablar. ¿Qué ocurría? ¿Por qué trataba de gritar? ¿Y por qué se le ahogaba un gritó en la garganta? ¿Había visto también a los misteriosos niños? Pero ahora quedó todo en silenció, y la puerta cedió al forcejeo aterrado y frenético de Stephen.

Sobre la mesa de escritorio del señor Abney se descubrieron ciertos papeles que explicaron a Stephen Elliott lo ocurrido cuando tuvo edad suficiente para entenderlos. He aquí los pasajes más relevantes:

creencia general entre los antiguos (de cuyo saber en esta materia he tenido

experiencias que me inducen a creer en sus afirmaciones) que merced a determinados procesos que para nosotros tienen algo de bárbaros, el hombre puede alcanzar una muy notable expansión de las facultades espirituales; que, por ejemplo, absorbiendo la

personalidad de cierto número de individuos, se puede lograr un total dominio sobre esos órdenes de seres espirituales que controlan las fuerzas elementales de nuestro universo.

constancia de que Simón el Mago podía desplazarse por el aire, hacerse

invisible o adoptar las formas que quisiera en virtud del alma de un niño al que —para utilizar el término calumnioso que emplea el autor de Clementine Recognitions— había asesinado. Además, en los escritos de Hermes Trimegisto encuentro detallado que pueden obtenerse idénticos resultados absorbiendo los corazones de al menos tres seres humanos menores de veintiún años. A comprobar la veracidad de esta fórmula he dedicado la

mayor parte de los últimos veinte años, escogiendo como corpora vilia de mi experimento a sujetos a los que podía suprimir oportunamente sin que ocasionasen vacío alguno en la sociedad. La primera fase la llevé a efecto eliminando a una tal Phoebe Stanley, niña gitana, el 24 de marzo de1792. La segunda, mediante la supresión de un italiano vagabundo llamado Giovanni Paoli, la noche del23 de marzo de1805. La víctima final (por emplear un término que repugna sobremanera a mi sensibilidad) va será mi primo Stephen Elliott. Su día será este 24 de marzo de 1812.

mejor manera de lograr la absorción es extraer el corazón in vivo, reducirlo a

cenizas, y mezclarlas con medio litro de vino tinto, preferentemente oporto. Conviene guardar ocultos al menos los restos de los dos primeros sujetos; un cuarto de baño en desuso o una bodega sirven perfectamente a este propósito. Puede que el componente psíquico de los sujetos —que la terminología popular dignifica con el nombre de fantasmas o espectros— ocasione alguna molestia. Pero un hombre de talante filosófico

Era

Hay

La

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concederá muy poca importancia a los débiles esfuerzos de esas naturalezas por descargar su venganza. Pienso con la más viva satisfacción en la existencia prolongada e independiente que el experimento me conferirá si tiene éxito, no sólo poniéndome fuera del alcance de la pretendida justicia humana, sino eliminando prácticamente la perspectiva misma de la muerte

El señor Abney fue encontrado en su silla, con la cabeza hacia atrás, el rostro contraído en una expresión de rabia, miedo y dolor insoportable. En el costado izquierdo tenía abierta una herida terrible que le dejaba el corazón al descubierto. No tenía sangre en las manos, y el largo cuchillo que había sobre la mesa estaba intacto. Seguramente le infligió esa herida un gato montés: la ventana del despacho estaba abierta, y el dictamen del forense fue que el señor Abney había muerto víctima de alguna alimaña. Pero la lectura de los papeles que acabo de citar llevaron a Stephen Elliott a una conclusión muy diferente.

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LA CASA DEL PASADO Algernon Blackwood

Una noche una Visión vino a mí, trayendo con ella una antigua y herrumbrosa llave. Me llevó a través de campos y senderos de dulce aroma, donde los setos ya susurraban en la oscuridad primaveral, hasta que llegamos a una inmensa y sombría casa, de ventanas conspicuas y tejado elevado, medio escondido en las sombras de la madrugada. Advertí que las persianas eran de un pesado negro y que la casa parecía revestida por una tranquilidad absoluta. —Ésta —susurró ella en mi oído—, es la Casa del Pasado. Ven conmigo y recorreremos algunas de sus habitaciones y pasadizos; pero apresúrate, pues no tendré la

llave por mucho tiempo y la noche ya casi se acaba. Aún así, por ventura, ¡debes recordar! La llave produjo un espantoso ruido cuando giró en la cerradura, y cuando la puerta estuvo abierta a un vestíbulo vacío y hubimos entrado, escuché los sonidos de murmullos

y llantos, y el roce de telas, como de gente moviéndose en sueños, a punto de despertar.

Entonces, instantáneamente, un espíritu de gran tristeza vino a mí, empapando mi alma; mis ojos comenzaron a arder y picar y en mi corazón advertí una extraña sensación, como

si algo que había dormido por años se desenrollara. Todo mi ser, incapaz de resistir, se rindió inmediatamente al espíritu de la melancolía más profunda, y el dolor de mi corazón, mientras las Cosas se movían y despertaban, por un momento se hizo demasiado fuerte para expresarlo en palabras Mientras avanzábamos, las débiles voces y sollozos escaparon delante nuestro hacia

el interior de la Casa, y me di cuenta de que el aire estaba lleno de manos suspendidas, de

vestimentas oscilantes, de trenzas colgantes, y de ojos tan tristes y nostálgicos, que las lágrimas —que ya casi desbordaban de los míos—, se retenían por milagro ante la contemplación de tan intolerable anhelo. —No permitas que esta tristeza te aplaste —susurró la Visión a mi lado—. No despiertan frecuentemente. Duermen por años y años y años. Los cuartos están todos ocupados y a no ser que lleguen visitantes como nosotros a perturbarlos, jamás despertarían por propio acuerdo. Pero cuando uno se agita, el sueño de los otros también se ve perturbado, y también despiertan, hasta que el movimiento es comunicado de una

habitación a otra y así finalmente, a través de toda la Casa

Pero, a veces, la tristeza es

demasiado grande como para soportarla, y la mente se debilita. Por esta razón, la Memoria les entrega el sueño más dulce y profundo que posee y cuida de usar poco esta pequeña y herrumbrosa llave. Pero, escucha ahora —agregó ella, tomándome la mano— ¿no oyes, acaso, el temblor del aire a través de toda la Casa, que se asemeja al murmullo de agua

cayendo? ¿Y quizá ahora tú

Aún antes de que ella hablara, yo ya había captado débilmente el inicio de un nuevo sonido; y ahora, en lo profundo de los sótanos bajo nuestros pies, y también desde las regiones superiores de la gran Casa, me llegaba el murmullo y el crujido y el movimiento

recuerdas?

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ligero y contenido de las Sombras durmientes. Se elevaba como una cuerda tañida

suavemente de entre las inmensas e invisibles cuerdas pulsadas en algún lugar de las bases de la Casa, y su vibración corría suavemente por sus paredes y techos. Y supe que había escuchado el lento despertar de los Espíritus del Pasado. ¡Ay de mí!, con qué terrible invasión de amargura me sostenía allí, con los ojos

inundados, escuchando las tenues voces muertas mucho tiempo atrás

toda la Casa estaba despertando; y en ese momento llegó hasta mi nariz el sutil y penetrante perfume del tiempo: de cartas, por largo tiempo conservadas, con la tinta borrosa y las cintas desteñidas; de olorosas trenzas, doradas y castañas, guardadas, ¡oh, tan tiernamente!, entre las flores prensadas que aún conservaban la profunda delicadeza de su olvidada fragancia; la aromática presencia de memorias perdidas, el intoxicante incienso del pasado. Mis ojos se inundaron, mi corazón se contrajo y expandió, mientras me rendía sin reserva a esas antiguas influencias de sonidos y aromas. Estos Espíritus del Pasado —olvidados en el tumulto de memorias más recientes— se apretaban alrededor mío, tomaron mis manos en las suyas y, siempre susurrando lo que yo hace tiempo había olvidado, siempre suspirando, exhalando de sus cabellos y vestiduras los aromas inefables de las épocas muertas, me guiaron a través de la inmensa Casa, de cuarto en cuarto, de piso en piso. Pero no todos los Espíritus me eran igualmente claros. De hecho, algunos tenían sólo la más débil vida, y me agitaban tan poco que sólo dejaban una impresión indistinta y borrosa en el aire; mientras que otros me observaban casi con reproche con sus apagados y desteñidos ojos, como anhelando retornar a mis recuerdos; y entonces, al ver que no eran reconocidos regresaban flotando suavemente hacia las sombras de sus habitaciones, para volver a dormir imperturbados hasta el Día Final, cuando no fallaré en reconocerlos. —Muchos de ellos han dormido por tanto tiempo —dijo la Visión a mi lado— que

Porque de hecho,

despiertan sólo a duras penas. Sin embargo, una vez despiertos te reconocen y recuerdan, aunque tú no logres hacerlo. Pues es la regla de la Casa del Pasado que, mientras tú no los evoques claramente, no recuerdes precisamente cuándo los conociste y con qué causas particulares de tu evolución pasada están asociados, no podrán mantenerse despiertos. A menos que los recuerdes cuando sus ojos se encuentren, a menos que su mirada de reconocimiento les sea devuelta por la tuya, están obligados a regresar a su sueño, silenciosa y desconsoladamente —sus manos sin estrechar, sus voces sin ser oídas—, para soñar un sueño inmortal y paciente, hasta que En ese instante, sus palabras se extinguieron repentinamente en la distancia y tomé conciencia de un abrumador sentimiento de deleite y alegría. Algo me había tocado los labios, y un fuego poderoso y dulce se precipitó hacia mi corazón y envió la sangre tumultuosamente por mis venas. Mi pulso latía locamente, mi piel resplandecía, mis ojos se enternecieron, y la terrible tristeza del lugar fue instantáneamente disipada, como por arte de magia. Volviéndome con una exclamación de júbilo, que de inmediato fue tragada

por el coro de sollozos y suspiros que me rodeaban, observé

mis brazos en un rapto de felicidad hacia

e instintivamente adelanté

hacia la visión de un Rostro

cabello, labios,

ojos; una tela dorada rodeaba el hermoso cuello, y el antiguo, antiguo perfume del Este — ¡por las estrellas, cuánto hace de ello!— estaba en su aliento. Sus labios nuevamente

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estaban en los míos; su cabello sobre mis ojos; sus brazos alrededor de mi cuello, y el amor de su antigua alma vertiéndose en la mía a través de unos ojos todavía fulgurantes y

claros. Oh, el feroz tumulto, la maravilla inenarrable, ¡si sólo pudiese recordar!

Aquel

aroma, sutil y disipador de brumas, de muchas eras atrás, una vez tan familiar

antes de

que las Colinas de la Atlántida estuvieran sobre el mar azul, o que las arenas comenzaran

a formar el lecho de la esfinge. Pero, un momento; ya regresa; comienzo a recordar.

Cortina tras cortina se levantan de mi alma, y casi puedo ver más allá. Pero el espantoso

elástico de los años, horrible y siniestro, milenio tras milenio

tengo miedo. Otra cortina se eleva y otra perspectiva, que va más allá que las otras, se hace visible, interminable, corriendo hacia un punto rodeado de gruesas brumas. ¡Y he aquí,

que ellas también se mueven!, elevándose, iluminándose. Finalmente veré

la gracia Oriental, los maravillosos ojos que contenían el

conocimiento de Buda y la sabiduría de Cristo, aún antes que aquéllos hubieran soñado

con alcanzarla. Como un sueño dentro de un sueño, me cautiva nuevamente, tomando una

apremiante posesión de todo mi ser

Oriental

los setos al inclinarse y suspirar en la dorada superficie de arena. Hace miles de años, hace

evos de distancia. Se difumina un poco y comienza a pasar; luego parece surgir

nuevamente. ¡Ay de mi!, aquella sonrisa de dientes resplandecientes

de venas de encaje. Oh, quién me ayudará a recordar, pues se encuentra demasiado lejos, demasiado oscuro, y yo no puedo recordarlo completamente; aunque mis labios aún se estremecen, y mis brazos se encuentran aún extendidos, nuevamente comienza a desvanecerse. Ya hay una mirada de tristeza, demasiado profunda para expresar con

palabras, al darse cuenta de que no es reconocida

y ella se devuelve, lentamente, tristemente,

silenciosamente a su oscuro e inmenso sueño, para soñar y soñar con el día en que la recordaré y que vendrá a donde pertenece Me observa desde el final de la habitación, donde las Sombras comienzan a cubrirla y

a ganarla de vuelta con sus brazos estirados hacia su sueño de siglos en la Casa del

Pasado. Estremeciéndome entero, con el extraño perfume aún en mi nariz y el fuego en mi corazón, me di la vuelta y seguí a mi Sueño por una amplia escalera, hacia otra parte de la Casa. Al entrar en los corredores superiores oí al viento pasar cantando sobre el tejado. Su música tomó posesión de mí hasta que sentí como si todo mi cuerpo fuera un solo corazón, doliente, tenso, palpitante, como si fuera a quebrarse; y todo porque escuché al viento cantar alrededor de la Casa del Pasado. —Recuerda —murmuró la Visión, respondiendo a mi inexpresada pregunta— que estás escuchando la canción que ha cantado por incontables siglos y para miríadas de incontables oídos. Se remonta asombrosamente lejos; y en ese simple salmo, profundo en

su terrible monotonía, se encuentran las asociaciones y los recuerdos de las alegrías, penas

y luchas de toda tu existencia previa. El viento, como el mar, le habla a la memoria mas

íntima —agregó— y es por eso que su voz es de tal tristeza, profundamente espiritual. Es

la canción de las cosas por siempre incompletas, inconclusas, insatisfechas.

vez extinguir para mí el universo entero

ella, cuya mera presencia pudo una

aquellos párpados

recordar… la piel morena

ya comienzo a

Mi corazón se estremece, y

la forma esbelta

las estrellas en aquel mágico cielo el murmullo del río y la música de

los susurrantes vientos entre las palmeras

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Mientras pasábamos por las abovedadas habitaciones, advertí que nadie se agitaba.

Realmente no había ningún sonido, sólo una impresión general de una respiración profunda y colectiva, como el vaivén de un mar amortiguado. Mas los cuartos, lo supe

inmediatamente, estaban llenos hasta las paredes, repletos, fila tras fila

inferiores, a veces se elevaba el murmullo de las Sombras llorosas al retornar a su sueño,

instalándose nuevamente en el silencio, la oscuridad y el polvo. El polvo

flotaba en esta Casa del Pasado, tan denso, tan penetrante; tan fino que llenaba los ojos y la garganta sin dolor; tan fragante, que aliviaba los sentidos y tranquilizaba el corazón; tan suave, que resecaba la boca, sin molestar; y cayendo tan silenciosamente, acumulándose, posándose sobre todo, que el aire lo sostenía como una fina bruma y las sombras durmientes lo usaban como mortajas. —Y éstas son las más antiguas —dijo mi Sueño— las dormidas hace más tiempo — apuntando hacia las filas repletas de silenciosos durmientes—. Nadie aquí ha despertado por siglos, demasiados para contarlos; y aún si despertaran no podrías reconocerlos. Ellos son, como los otros, todos tuyos, sólo que son los recuerdos de tus etapas más tempranas a lo largo del gran Camino de Evolución. Algún día, sin embargo, despertarán, y deberás reconocerlos y contestar sus preguntas, pues ellos no pueden morir hasta no agotarse a sí mismos a través de ti, quien les dio la vida. —¡Ay de mí! —pensé, escuchando y entendiendo a medias estas palabras— cuántas madres, padres, hermanos, pueden entonces estar dormidos en este cuarto; cuántas fieles amantes, cuántos amigos de verdad, ¡cuántos antiguos enemigos! Y pensar que un día se levantarán y me confrontarán, y yo deberé encontrarme con sus ojos nuevamente,

reclamarles, conocerlos, perdonarlos, y ser perdonado

Y, desde los pisos

oh, el polvo que

los recuerdos de todo mi Pasado

Me volteé para hablarle al Sueño a mi lado, y toda la Casa se disolvió en el brillo del cielo oriental, y escuché a los pájaros cantando y vi las nubes arriba velando las estrellas en la luz del día que se acercaba.

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LA HISTORIA DE MIMI-NASHI-HOÏCHI Lafcadio Hearn

Hace ya más de setecientos años que tuvo lugar, en los desfiladeros de Shimonoséki, en Dan-no-ura, el último combate de la grande y larga contienda que sostuvieron los Heikés, o tribu de Taira, con los Jenjís, o tribu de Minamoto. En esta batalla perecieron todos los Heikés, con sus niños y mujeres, e igualmente su joven emperador, recordado ahora con el nombre de Antoku Tennó. Y aquellos mares y aquellas costas han sido

frecuentados sin cesar por las almas de las víctimas durante siete siglos… En otro lugar he escrito algo acerca de los rarísimos cangrejos que se crían allí, y que llaman “cangrejos heikés”, a causa de que en sus lomos se dibujan rostros humanos, y de los que se dice que son los espíritus de los guerreros… 3 En aquellas costas se ven y se oyen cosas muy fantásticas. Durante las noches oscuras y lóbregas, miles de fuegos espectrales revolotean sobre las playas, o se deslizan rápidamente por encima de las olas, como si fueran pálidas

y blanquecinas lucecillas, y a las cuales los pescadores llaman Oni-bi, o “fuegos

endemoniados”. Y siempre que los vientos llevan la dirección de tierra, se oyen grandes alaridos, que proceden del mar, gritos e imprecaciones tan ruidosos, que parecen el clamor

de una gran batalla.

Antiguamente los Heikés eran mucho más inquietos que ahora: acostumbraban a rodear los barcos que cruzaban por las noches sus dominios, y hacían todo lo posible por

hundirlos. Si lo conseguían, atacaban a los naúfragos, arrastrándolos hacia el fondo del mar. Con el fin de aplacar los espíritus de estos muertos fue edificado el templo budista de Amidají, en Akamagaséki 4 , y al lado de la iglesia se construyó un cementerio, muy cerca del mar. En él se erigieron monumentos, poniendo en ellos el nombre del emperador ahogado y de sus heroicos vasallos. Por las almas de los guerreros se celebraban en el templo, y con toda regularidad, infinidad de servicios y ceremonias budistas. Después que

se terminó el templo, y luego de haber sido erigidas las tumbas de los Heikés, éstos ya no

causaron tantos disturbios como anteriormente; pero, a intervalos, continuaron haciendo cosas raras y misteriosas, para demostrar que aún no habían hallado el estado de perfecta paz.

En Akamagaséki vivió, hace varios siglos, un cieguito llamado Hoichi, que era muy célebre por su gran habilidad en el arte de cantar poesías y de interpretar música en el biwa 5 . Desde su más tierna infancia fue educado para declamar versos y tocar el biwa, y

3 Para leer una curiosa descripción de estos cangrejos, véase mi Kottó.

4 O Shimonoséki. La ciudad también es conocida por el nombre de Bakkan.

5 El biwa es una especie de laúd de cuatro cuerdas, y generalmente suele usarse para audiciones de música recitada. Antaño los trovadores profesionales que cantaban los Heikés-Monogataris y otras historias dramáticas eran llamados biwabosbi, o “sacerdotes del laúd”. El origen de este hombre aparece bastante confuso, pero es muy posible que fuera sugerido por el hecho de que los “sacerdotes del laúd”, como igualmente los “sobadores”, llevaban la cabeza afeitada por completo, lo mismo que los sacerdotes budistas. El biwa se toca con una púa, llamada bachi, que suele ser de cuero.

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siendo todavía mozalbete sobrepasaba ya en destreza y condiciones a sus maestros. Como profesional de este instrumento llegó a ser famoso, principalmente por sus recitados históricos de los Heikés y de los Jenjís. Dícese que cuando cantaba las tristes y evocadoras canciones del combate de Dan-no-ura “hasta los mismos duendes eran incapaces, de contener las lágrimas”. En los albores de su artística profesión, Hoichi fue muy pobre; pero después encontró a un buen amigo que le prestó ayuda. El sacerdote del Amidaji sentía gran fervor por la música y por la poesía. Muy a menudo solía invitar al ciego para que diera representaciones poéticas en el templo. Más tarde, grandemente impresionado por el maravilloso dominio musical que poseía el cieguito, le propuso que hiciera su vida y fijase su residencia en el templo de Amidaji. Hoichi aceptó la oferta muy agradecido. El sacerdote le destinó una cámara para él solo. En pago de la alimentación y la morada, el cieguito no tenía otra obligación que la de alegrar con sus canciones los solitarios atardeceres de aquellos parajes, recitando leyendas musicales y siempre que no tuviera ninguna otra cosa que hacer. Cierta noche, durante un verano, el sacerdote recibió aviso para ir a representar una ceremonia budista en casa de un feligrés suyo que había fallecido. Marchó acompañado de un acólito, quedando en el templo solamente Hoichi. La noche era muy calurosa, y el cieguito buscó el fresco yendo a sentarse bajo el pórtico, que daba frente a su dormitorio. Desde el pórtico se distinguía perfectamente un diminuto jardín que rodeaba la parte zaguera del Amidaji. Hoichi se acomodó en aquel sitio y esperó la vuelta del sacerdote. Para distraer su soledad ensayó en el biwa algunas canciones. Transcurrió la media noche, y su protector no había regresado. Mas como el viento era demasiado sofocante aún, permaneció sentado. Poco tiempo después oyó pasos hacia la puerta trasera. Alguien atravesaba el jardín, avanzando hacia el pórtico, y se detenía frente a Hoichi; pero no era el sacerdote. Una voz profunda y sonora llamó por su nombre al trovador, y lo hizo de un modo áspero y descortés, de la misma manera que lo hacen los samurais cuando dan órdenes a sus inferiores. —¡¡Hoichi!!… Éste se asustó, y durante el primer momento no pudo responder. Y la voz habló de nuevo, en tono de áspero mandato:

—¡¡Hoichi!!… —Hai! —respondió el músico, temblando ante la amenaza que se adivinaba en el metal de aquella voz—. ¡Soy ciego… y no puedo saber quién me llama!… —¡No temas nada! —exclamó de un modo más benigno el recién llegado—. Estoy parado en un lugar cerca de esta iglesia, y me ordenaron traeros un mensaje. Mi señor actual, que es una persona de elevadísima alcurnia, ha llegado a Akamagaséki y trae una numerosa corte de servidores nobles. Mi señor deseaba visitar el sitio donde se verificó la famosa batalla de Dan-no-ura, y hoy lo ha recorrido. Hace tiempo que oyó hablar de tu destreza en el manejo de biwa y tus dotes poéticas en los recitados de los combates, y quiere oírte. Por lo tanto, prepara el instrumento y ven conmigo ahora mismo, que vamos a la casa en que está esperándonos la augusta reunión. En aquellos tiempos era temerario tratar de resistirse a las órdenes de un samurai.

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Considerando esto, el cieguito se calzó las sandalias, tomó el biwa y marchó con el enviado, quien le conducía bien, pero haciéndolo ir muy de prisa. La mano del guía era de hierro, y el rechinar de sus pasos demostraba que iba perfectamente armado: quizás sería algún centinela del palacio… Y las primeras alarmas de Hoichi desaparecieron; empezó a imaginar que el suceso traería buenas consecuencias para él, pues recordaba la afirmación del samurai acerca de “una persona de elevadísima alcurnia”, y dio en pensar que el señor que tanto empeño demostraba en oírle sería, cuan menos, un daimio de las primeras clases. En aquel instante el samurai se detuvo, y el trovador supo que habían llegado a una gran puerta, y se quedó estupefacto, porque no recordaba que en aquella parte de la ciudad hubiera una gran puerta, excepto la puerta principal de Amidaji. —¡Kaimon!… 6 —exclamó el samurai. Y se oyó desatrancar una puerta, abierta la cual, ambos pasaron dentro. Cruzaron un espacio de jardín y se detuvieron de nuevo delante de alguna entrada. El acompañante gritó en voz alta:

—¡Venid aquí…! ¡He traído a Hoichi!… Y sonaron ruidos de pasos rápidos, de biombos que se descorrían de balcones que abrían sus vidrieras, de voces femeninas que hablaban apresuradamente… Por el lenguaje de las mujeres conoció el cieguito que debían pertenecer a la servidumbre de una casa noble; pero no pudo adivinar a qué sitio le habían conducido. Poco tiempo tuvo para hacer conjeturas. Después de ayudarle a subir varios escalones de piedra, sobre el último de los cuales le mandaron dejar las sandalias, que se quitó con gran cuidado, sintió que las manos de una mujer le guiaban a través de interminables distancias de entarimados lisos y columnatas y sobre maravillosas anchuras de pisos esterados, que debían ser las vastas extensiones de algún colosal departamento… Al llegar, percibió una gran reunión de personas, y el crujir de las sedas remedaba el zumbido de las hojas de un bosque. También oyó el mosconeo de muchísimas voces, que hablaban en tonos reposados, y por las palabras que hablaban supuso que eran gentes principales. Dijeron a Hoichi que tomara acomodo en el cojín que le habían preparado, y se sentó. Después que templó su biwa, la voz de una mujer, que el ciego se imaginó sería la “Rójo”, o directora de los servicios femeninos, se dirigió al trovador y le habló así:

—Es necesario que recites la historia de los Heikés, acompañando los versos con el biwa… Mas la recitación completa requería varias sesiones, por lo que Hoichi se atrevió a decir:

—Como la historia entera es bastante larga, ¿qué parte de ella quiere oír el augusto auditorio que va a hacerme el honor de escuchar?… La voz femenina respondió:

—Canta la que se refiere a la batalla de Dan-no-ura, que es la parte de mayor emoción 7 .

6 Término respetuoso, que significa “abrid la puerta”. Era usado por los samurais cuando llamaban a los guardas para pedirles admisión por la puerta de los señores.

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Hoichi elevó su hermosa voz y cantó el romance del combate librado en el áspero y rugiente mar. Su biwa imitaba de un modo asombroso el voltear de los remos, las embestidas de las embarcaciones, el aleteo y el silbar de las flechas, los gritos, las imprecaciones y el correr de los hombres, el estrépito de los aceros al chocar contra los morriones y las celadas de las armaduras, el ruido seco que hacían los cadáveres al sumergirse para siempre en las furiosas y encrespadas olas… A un lado y a otro, durante las pausas, oía exclamaciones de encanto y alabanza por su trabajo:

—¡Es un artista maravilloso!… —¡En nuestra provincia nunca hubo un músico tan grande como éste! ¡Ni en todo el Imperio hay un cantor que pueda igualarse con Hoichi!… Al darse cuenta del entusiasmo que producía, adquirió un nuevo vigor, y tocó y cantó aún mejor y con más bríos que la vez anterior. Y a su alrededor se hizo un silencio de profunda veneración y respeto. Cuando, al final, empezó a describir el trágico destino de las mujeres y los niños, y la risueña muerte de Nii-no-Ama teniendo en sus brazos al emperador niño, los oyeron profirieron un prolongado grito de angustioso dolor, y desde aquel momento lloraron y gimieron tan ruidosa y desesperadamente, que el ciego tembló al considerar la violencia de la pena que había causado en los circunstantes. Los gemidos y los sollozos continuaron durante bastantes minutos. Poco a poco dejaron de oírse los ecos de las lamentaciones. Y de nuevo, en medio del gran silencio que siguió después, Hoichi oyó a la que él creía la “Rójo”:

—Aunque ya habían llegado a nuestro conocimiento que eras un diestro tocador de biwa y sin igual en el arte de recitar, jamás pudimos suponer que fueras tan habilidoso como ahora has demostrado serlo. Nuestro augusto señor está muy complacido de ello, y desea conferirte una recompensa digna de tus grandes méritos. Pero quiere también que vengas durante seis noches seguidas, al transcurrir las cuales piensa regresar al palacio. Mañana, y a la misma hora, habrás de volver. El criado que hoy te ha conducido hasta aquí te irá a buscar… Hay otro asunto del que tengo orden de informarte: durante el tiempo que nuestro augusto señor permanezca en Akamagaséki no hablarás absolutamente a nadie de tus visitas a esta casa. Nuestro augusto y gran señor viaja de incógnito 8 y ha mandado que no se haga pública su estancia… Y ahora eres libre de regresar al templo… Después que Hoichi dio cumplidas gracias por el ofrecimiento de la recompensa, una mano delicada y juvenil le condujo hasta la entrada de la casa, y desde allí el enviado le llevó al templo. Una vez llegados al pórtico se despidieron, y el samurai desapareció… Cuando regresó el cieguito casi despuntaba ya la aurora; pero no se notó su ausencia, porque el sacerdote había vuelto muy tarde y le creyó durmiendo. Durante el día, Hoichi pudo gozar de algún reposo. Nada dijo de su fantástica aventura. Al llegar la siguiente noche, el mismo samurai vino a buscarle. En la augusta reunión obtuvo el mismo gran éxito de su recital anterior. Pero durante la segunda visita fue notada su ausencia del templo a causa de una circunstancia fortuita. Al regresar por la mañana, fue llevado ante el sacerdote, el cual, en tono cariñoso, le dijo:

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—Mi querido amiguito Hoichi: hemos estado intranquilos. Salir tú solo a tales horas, ciego como estás, es muy peligroso. ¿Por qué no nos lo has dicho?… Hubiera ordenado que te acompañaran. ¿Dónde estuviste?…

El músico de un modo evasivo, respondió:

—¡Perdonadme, cariñoso amigo! Tenía que arreglar varios asuntos particulares. No puedo hacerlo a otra hora…

La reticencia de Hoichi causó más sorpresa que pesar en el ánimo del buen sacerdote.

No le parecía natural, y sospechó algún extravío. Se imaginaba que el cieguito había sido

embrujado o alucinado por los malos espíritus. Nada más le preguntó; pero hizo llamar a

sus criados y les comunicó órdenes secretas para que vigilasen los movimientos de Hoichi, siguiéndole si volvía a dejar el templo al llegar la próxima noche.

Y en efecto, el músico fue visto al salir del templo. En seguida, los sirvientes

encendieron sus linternas y se dispusieron a seguirle. Pero la noche era oscura y muy lluviosa, y antes de que ellos pudieran llegar a la carreterar ya había desaparecido el trovador. Evidentemente, había caminado muy de prisa, y esto era una cosa bien extraña, teniendo en cuenta su ceguera y el pésimo estado del camino. Los criados cruzaron con rapidez calles y más calles, preguntando en todas las casas que acostumbraba a visitar Hoichi; pero no supieron darles noticia alguna. Regresaron al templo siguiendo el camino de la costa. Y de repente quedaron asombrados al oír los acordes de un biwa que sonaba de un modo furioso en el cementerio del Amidaji. Exceptuando algunos fuegos fatuos, cosas usuales en estos parajes, y más que nunca en las noches tormentosas, todo era oscuridad en aquella dirección. Se apresuraron a entrar en el cementerio. Y por medio de las linternas que llevaban pudieron descubrir a Hoichi. La lluvia caía incesante sobre él. Estaba solo y, sentado delante de la tumba inmemorial de Antoku Tennó, rasgueaba con gran pasión las cuerdas de su biwa y al mismo tiempo cantaba desaforadamente los versos de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y delante, y a su alrededor, ardían las llamas espectrales de los muertos, y parecían velas mortecinas, aunque no despedían luz, porque estos fuegos no proyectan resplandores sobre las superficies… Jamás ningún huésped de Oni-bi se presentó a la vista de un ser humano con mayor grandeza evocativa… —¡Hochi-San! ¡Hoichi-San! —gritaron los sirvientes—. ¡Hoichi-San!… Más el ciego pareció no oírles. Golpeó vigorosamente su instrumento y repiqueteó el biwa con gran fuerza, y a cada instante cantaba con más brío y con más nerviosidad la canción de la batalla… —¡Hoichi-San! ¡Hoichi-San! ¡Venid con nosotros!… Pero él respondió, con malos modos:

—¡No puede tolerarse el que me interrumpáis de una manera tan desvergonzada estando delante de una reunión de tan nobles y augustas personas!… Al escuchar esto, y a pesar de lo terrorífico del caso, los sirvientes no pudieron contener la risa. Indudablemente estaba embrujado. Se sentaron a su lado, y después de grandes trabajos lograron llevarle al templo, donde le despojaron de sus vestidos, que estaban empapados de agua. Por mandato del sacerdote le hicieron comer y beber. Después le exigió una explicación completa acerca de las causas de su fantástica conducta.

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Hoichi dudó largo rato entre hablar y callarse; pero viendo que su conducta tenía realmente alarmado al buen sacerdote, decidió explicarse con claridad. Y refirió todo lo que le había ocurrido desde la noche en que recibió la primera visita del samurai. El sacerdote le dijo:

—¡Hoichi, mi amigo Hoichi! ¡Te encuentras en un gran peligro! ¡Qué desgracia! ¿Por qué no me lo has dicho antes?… Tu maravillosa destreza en el arte de la música te ha llevado ciertamente a un extremo bien lastimoso. Y ahora es preciso que sepas que no has estado visitando ninguna casa, sino que pasaste las noches entre las tumbas de los Heikés. Cuando te vieron los sirvientes estabas delante de la tumba inmemorial de Antoku Tennó. Todo lo que has imaginado no era más que una ilusión de tus pensamientos, excepto la llamada de los muertos. Mas, por haberlos obedecido una vez, estás voluntariamente en su poder. Si los obedeces de nuevo después de lo que ya ha ocurrido, destrozarán tu cuerpo, haciéndote infinidad de pedacitos. Pues en cualquier caso terminarán por asesinarte… Me es imposible acompañarte esta noche. He recibido aviso para ir a prestar un servicio religioso. Pero antes de irme haré lo necesario para proteger tu cuerpo escribiendo textos piadosos sobre él. A la hora del crepúsculo, el sacerdote y su ayudante desnudaron al trovador, y, valiéndose de unos pinceles, le trazaron en el pecho, en la espalda, en los labios, en las manos y en las piernas, en fina, hasta en las plantas de los pies, el texto piadoso del sutra llamado Hannya-Shin-Kyo7 9 . Cuando terminaron esta operación el sacerdote dijo a Hoichi:

—Esta noche, poco tiempo después de que yo marche, te irás a sentar en el pórtico, y esperas allí. Probablemente vendrá una voz y te llamará; pero, ocurra lo que ocurra, no contestes ni te muevas. Seguirás sentado y sin hablar, y en actitud meditabunda. Si te agitas o haces algún ruido, serás partido en dos trozos. No temas nada, ni tampoco intentes pedir ayuda, porque ninguna ayuda humana podría salvarte. Si cumples todas las instrucciones según te las doy, el peligro desaparecerá y no tendrás nada que temer de aquí en adelante. Llegada la noche, el sacerdote y su acólito salieron; Hoichi fue a sentarse en el pórtico. Dejó su biwa en la tarima, y, adoptando una actitud reflexiva, permaneció enteramente quieto, cuidando de no toser ni respirar de un modo perceptible. Así transcurrieron varias horas. Hasta que al fin oyó ruido de pasos que se acercaban. Sintió cruzar la puerta, hacia el

9 Así es llamado en japonés el más pequeño de los Sutras-Pragña.Paramita.Hridaya. El más pequeño y el más grande de los sutras, llamado Pragña-Paramita (Sabiduría trascendente), fue traducido por el profesor Max Muller y puede verse en el tomo XLIX de los Libros Sagrados del Este (Sutras budistas del Mahoyana). A propósito del uso mágico que se hace del texto, tal como se describe en esta historia, es digno de notarse que la ciencia del sutra es la Doctrina del Vacío de las Formas, es decir, el irreal carácter de todo fenómeno o nóumeno… “La forma es vacuidad y la vacuidad es forma; la forma no es diferente de la vacuidad. Lo que sea forma, aquello es vacuidad. Lo que sea vacuidad, aquello es forma… Percepción, nombre, concepto y conocimiento sólo son una gran vacuidad… No existen los ojos, ni los oídos, ni la lengua, ni el cuerpo, ni el pensamiento… ¡Nada existe!… Más cuando el desarrollo del conocimiento ha sido vencido y aniquilado, entonces el (¿investigador?) queda libre de todo miedo y, más allá de la extensión del cambio, empieza a disfrutar del Nirvana final”.

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jardín, y notó que se aproximaban al pórtico, deteniéndose frente a él. —¡Hoichi!… —gritó la voz profunda. Mas el cieguecito contuvo su respiración y quedó inmóvil. —¡Hoichi!!… Pero el cantor seguía mudo y tan silencioso como una piedra. Y la voz gruñó sordamente:

—¡No contesta!… ¡Pues nunca ha hecho eso!… ¡Veamos dónde está el individuo! Se oyó el ruido acompasado de unos pies que subían hacia el pórtico y se detuvieron cerca de Hoichi. Durante varios minutos reinó un silencio de muerte. El músico sintió que su cuerpo se estremecía y que su corazón latía desordenadamente. Por último, la agria y rudísima voz susurró en los mismos oídos del cieguecito:

—¡Aquí está el biwa! ¡Pero del trovador no veo más que sus dos orejas!… ¡Ahora ya está explicado por qué no contestaba: no puede hablar porque no tiene boca; de él no han quedado más que las dos orejas!… ¡Y yo debo llevar estas orejas a mi señor para demostrarle que su augusta orden ha sido cumplida en lo posible!… En aquel instante Hoichi sufrió un dolor agudísimo; sus orejas fueron atenazadas, y… ¡¡rrrrrás!, desaparecieron las orejas… No dio el menor grito. Oyó retroceder los pies, que caminaban a lo largo del pórtico, bajaron al jardín, salieron a la calle, y… cesó de oír aquel ruido fantástico. De ambos lados de la cabeza del trovador manaba la sangre en abundancia, y sintió un cálido goteo; pero no se atrevía a levantar las manos… El sacerdote regresó antes de salir el sol. Fue directamente hacia el pórtico, y se detuvo, pues había resbalado sobre algo viscoso, y profirió un grito de horror. Con la luz de su linterna acababa de observar que la viscosidad era un gran chorro de sangre coagulada, y contempló a Hoichi, sentado aún y en actitud meditabunda, conforme le ordenara al marchar. De sus heridas seguía cayendo la sangre. —¡Pobre, pobrecito Hoichi! —gritó aterrado el sacerdote—. ¿Qué es esto?… ¿Estás herido?… Al reconocer la voz de su amigo, el músico se sintió en salvo. Y rompió en sollozos desgarradores. Y le refirió el terrible suceso nocturno. —¡Pobre, pobre Hoichi! ¡Y ha sido culpa mía! ¡Mi grande y tremenda culpa!… ¡Por todas las partes de tu cuerpo había puesto infinidad de textos sagrados, por todas partes menos en las orejas!… Confié a mi acólito el que hiciera esa operación, y ha sido mi falta, mi verdadera gran falta, el no haber inspeccionado la forma en que lo había hecho.¡Pero ya no tiene remedio! … Solamente nos queda el tratar de curar tus heridas del mejor modo que esté a nuestro alcance… ¡Ánimo!…, querido amiguito… El peligro desapareció para siempre. Ya no volverás a recibir la visita de aquellos fantasmas… Con la ayuda de un buen médico, Hoichi se curó bien pronto de sus heridas. La historia de su terrorífica aventura se divulgó por todas las regiones comarcanas, y se hizo muy famoso. Centenares de nobles llegaban a Akamagaséki para oír al cieguito. Y Hoichi recibía grandes regalos de dinero, y llegó a ser un hombre de gran fortuna. Pero desde el día de su aventura fue conocido por el sobrenombre de Mimi-Nashi-Hoichi, “Hoichi el

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desorejado”.

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LA TIENDA DE LOS FANTASMAS G. K. Chesterton

Casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis. Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este periódico, cuyo precio más bajo es la mitad de medio penique. Este principio general resultará enseguida evidente. En la calle detrás de mí, puedes montar en un tranvía eléctrico por medio penique. Subirte a un tranvía eléctrico es como subirte a un castillo volador en un cuento de hadas. Puedes hacerte con un buen puñado de chucherías de colores por la mitad de un penique. También tienes la oportunidad de leer este articulo por medio penique, junto con, por supuesto, otras cosas menos importantes. Pero si quiere descubrir la enorme cantidad de cosas asombrosas que puedes conseguir por medio penique, haz lo que yo hice anoche. Estampé la nariz contra el escaparate de una de las tiendas más pequeñas y peor iluminadas de uno de los callejones más estrechos y oscuros del barrio de Battersea. Pero por oscuro que fuese ese rectángulo de luz, resplandecía con todos los colores que Dios creó, utilizando la expresión que una vez escuche a un niño. Los juguetes de los pobres son todos como los niños que los compran. Sucios pero todos alegres. Por mi parte, prefiero la alegría a la limpieza. La primera es del alma y la segunda del cuerpo. Les ruego que me disculpen, es que soy demócrata. Sé que estoy trasnochado en el mundo actual. Mientras miraba aquel palacio de maravillas liliputienses, los pequeños autobuses verdes, los pequeños elefantes azules, los muñequitos negros y las pequeñas arcas de Noe rojas, debí caer en una especie de trance antinatural. El escaparate iluminado se transformó en el brillante escenario en que uno contempla una comedia muy entretenida. Me olvide de las casas grises y de la gente triste a mis espaldas como uno se olvida del público y las galerías oscuras en el teatro. Me parecía que los objetos detrás del cristal eran pequeños no por su tamaño a causa de la distancia. El autobús verde era realmente un autobús verde. Un autobús verde del barrio de Bayswater, que estuviese recorriendo un enorme desierto, al hacer su ruta diaria hasta Bayswater. El elefante ya no era azul por la pintura sino por la distancia. El muñequito era realmente un hombre de raza negra recortándose contra el brillante follaje tropical de la tierra en que cada planta tiene un color ardiente y solo el ser humano es oscuro. El arca de Noe roja era en verdad la enorme nave de la salvación del mundo, flotando en un mar acrecentado por la lluvia, en el rojo primer amanecer de la esperanza. Creo que todos tenemos estos extraordinarios instantes de abstracción, estos brillantes momentos con la mente en blanco. En momentos semejantes, podemos mirar a la cara a nuestro mejor amigo y ver gafas y bigotes imaginarios. Por lo general están marcados por lo lento que se desarrollan y lo abrupto de su fin. El regreso a la actividad mental normal es a menudo tan repentino como tropezarse con alguien. A menudo, uno

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termina chocándose de verdad contra alguien, al menos en mi caso. Pero de todos modos, el despertar es claro y, por lo general, completo. Pues bien, en esta ocasión, aunque una ola de cordura me arrastro a la conciencia de que en realidad solamente estaba mirando una humilde y diminuta juguetería, de alguna extraña manera la curación no parecía ser definitiva. Algo que no podía controlar seguía diciéndome que me había adentrado en una atmósfera extraña, o que había hecho algo raro. Me sentía como si hubiese como si hubiese obrado un milagro o cometido un pecado. Era como si de alguna forma hubiese atravesado una frontera del alma. Para librarme de esta sensación onírica tan peligrosa, entré en la tienda e intenté comprar algunos soldaditos de madera. El dependiente era muy anciano y estaba muy deteriorado. Con medio rostro y toda la cabeza cubiertos de despeinado cabello cano. Un cabello tan increíblemente blanco que parecía artificial. Y aunque parecía senil y enfermo no se reflejaba sufrimiento en sus ojos. Era como si, poco a poco, se estuviese quedando dormido en una decadencia amable. Me dio los soldaditos de madera pero, cuando coloqué el dinero sobre el mostrador, aparentó no verlo en un primer momento. Parpadeó débilmente mirándolo y l