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PALOTES ©
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Tu reputación
Son las primeras seis letras de esa palabra
Llevarte a la cama era más fácil que respirar.
Tu teléfono es de total dominio popular
y tu colchón tiene más huellas
que una playa en pleno verano.
Has hecho el amor más veces que mi abuela
Y aún no acabas ni la escuela (...)
(...) si supieran la ternura inmensa que hay en ti
y todo lo que haces por mí;
sabrían que el camino andado antes de aquí
te ha preparado para mí (...)

TU REPUTACIÓN

Ricardo Arjona, Si el norte fuera el sur, 1996.

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I

En días como éste recuerdo las tardes en que venías

a verme. También eran nubladas y no era extraño que se

pusiera a llover. Más de alguna vez al dejarte en el

paradero te dije:

- Tú traes la lluvia.

Entonces tú reías y ambos saltábamos desde la

calzada a la berma pues la cuneta se transformaba en un

río de agua espesa y café. A veces sin querer pisábamos

el agua y retornábamos a nuestras casas con los

calcetines empapados. Las hojas de los árboles húmedas

y mustias golpeaban nuestros cuerpos entumidos al caer

arrojadas por el viento helado de Santiago en invierno.

Esperábamos locomoción subidos en el asiento del

paradero y hacíamos malabares para que el agua de los

charcos movida por los autos veloces no nos mojara. Yo

te despegaba el pelo de la cara con mi mano apenas

asomando por entre la manga de mi parka. Tú me

mirabas, luego cerrabas ambos ojos y temblabas un poco

diciéndome hace frío sin palabras.

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- ¿Cuándo vendrás? – te preguntaba.

- Quizás la semana próxima – respondías.

Apenas divisábamos el bus que tomabas, inclinabas

la cabeza tú, niña, con las manos en tu chaqueta azul

marino -parecías un bebé arropado-, te besaba en la

frente, subías a la micro que a esa hora venía repleta de

obreros y me mirabas desde arriba. Yo te movía la mano.

Seguía lloviendo en Santiago y el bus se perdía entre los

árboles altos y ramosos de la avenida Pajaritos.

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II

Cuando te conocí solías llegar tarde a clases. Lucías

un rostro pálido el cual fascinaba al mirar y delineabas

tus ojos con un lápiz oscuro. Tus cabellos castaño oscuros

caían por tus hombros como toboganes de alquitrán,

libres, sin que intentaras siquiera agruparlos en una

trenza infantil.

Los primeros días te vi muy apegada a un chico de

tu curso cuyo nombre no recuerdo. Él, supongo, se sentía

orgulloso de cortejar a la niña nueva del curso quien,

además, poseía el encanto de una doncella. Te sentaste

mucho tiempo a su lado, hasta que un día dejaste de

hacerlo, a mi sorpresa.

- Y, ¿qué pasó, muchacho? – le pregunté.

- No, nada profe, nada.

El chico evadió una respuesta. Incómodo me retiré

a mi mesa de profesor. Al parecer hablar de ello para él

era una tortura.

Entonces te acercabas al escritorio y me contabas

sobre cualquier historia con tal de llamar mi atención. Yo

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te respondía por cortesía pero te indicaba que debía

hacer clases - lo cual era casi una odisea, lo recordarás,

el año pasado en el primer año F-. Tu siguiente estrategia

fue sentarte en primera fila, casi siempre sola, o con tu

amigo del alma, Gustavo, con quien siempre te veía

abrazada y frente a quien, antes de vaticinar alguna

filiación, señalabas:

- Somos amigos.

Uno de los recreos en que nos encontramos, tú con

tu polera piqué verde olivo, él con su chaleco suelto y

desastrado, me invitaste a tocar tu espalda. Sonreías con

esa malicia típica que me descoloca. Gustavo también

reía. Luego te acercaste y me dijiste al oído:

- Ando sin sostenes.

Me sonrojé, miré a Gustavo que también compartía

el matiz de tu sonrisa y escapé a la sala de profesores.

Ahí me senté y reí, no sé si por gracia o nerviosismo.

Por esos días tú molestabas a un profesor de física

aplicada que había llegado hacía poco al colegio. Se

llamaba Roger. Era delgado, usaba lentes, apenas

hablaba. Los chicos aprovechaban su presencia en la sala

para hacer desorden y molestar. Tú optaste por otro

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camino y empezaste a escribirle papelitos para que se

pusiera nervioso.

Una vez Roger se acercó para contarme su

problema. Era primera vez que hacía clases y nunca se

había enfrentado a una situación así.

- Roger, la Pame siempre hace eso con los profes.

Ignórala - le dije.

Sentí de sus labios un suspiro de alivio. De seguro

seguiste molestándolo, pero él se evadía y pensaba que

era nada más que un juego. Luego supe que también

jorobabas al nuevo profesor de educación física. Un par

de muchachos me llamaron luego de clases a un rincón

en tanto todos se iban a casa.

- Profe, ¿le contamos algo? – miré a sus ojos con

expectación- El profe colorín que llegó al colegio le

dio un beso a la Pame – reí, aunque por dentro sentí

una convulsión de sentimientos.

- Sí. Nosotros nos escondimos pa no salir de la sala y el

profe se quedó con la Pame, vio que nadie viera y le

dio un beso.

- Y ¿qué hizo la Pame? – pregunté.

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- Nada, aunque sí. Parece que le dijo que no pasaba

nada. Pero usted la conoce. Huevea con todos los

profes. Se cree mina.

Desde ese día me alejé un poco de ti y tú lo

notaste. Luego seguiste molestándome y, una vez en el

pasillo, frente a algunos de tus compañeros me saludaste

y te respondí a toda voz:

- Hola ninfómana.

Me miraste, te pusiste roja y no me hablaste como

por un mes.

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III

Tú me observabas desde lejos, yo también lo hacía,

aunque de modo furtivo. Tratabas de no reír. Creí que

actuar te era muy difícil. Me acerqué, te pedí disculpas y

te regalé un poema de Bécquer. Al otro día tú me trajiste

una caja de bombones envuelta en papel brillante. Me

dijiste:

- No voy a molestar más a Roger, usted me gusta no

sabe cuánto.

Yo reí con nervios y te dije que te fueras a sentar.

Me di vueltas, rojo de vergüenza, y escribí la fecha y los

objetivos de la clase en la pizarra.

Desde ese día fuimos mejores amigos y

aprovechábamos el tiempo de colación para conversar.

Ahí me contaste que siempre salías de juerga con tus

hermanos mayores quienes te llevaban por hartos años.

En los pubs nunca pedían le mostraras el carné y bebías

como si el mundo se fuese a acabar.

Una noche te emborrachaste demasiado y te subiste

a la mesa a hacer topless: quedaste sólo en jeans,

tapando tus senos con tus manos largas y hermosas.

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Ganaste un pitcher y los tipos de las mesas cercanas te

invitaron a sentarte con ellos. Bolseaste cigarros como

quisiste y te sentiste una reina en medio de la noche.

Sonreí y sentí un poco de celos. Traté de no elucubrar.

Luego te pregunté por el resto de tu familia.

Tus padres se casaron muy jóvenes y a poco andar

participaron en una toma con el fin de tener un sitio

propio en el cual vivir. Tu hermano mayor recién había

nacido. Eran muy pobres y apenas les alcanzaba para

poder comer. Tu viejo trabajaba en una fábrica y el golpe

militar lo encontró lavándose en el patio, alistándose

para ir a trabajar. Estaba con el torso desnudo y con una

toalla en los hombros cuando los soldados llegaron. Los

aviones volaban encima de las cabezas de los vecinos y

un rumor extraño, lleno de miedo, recorría las humildes

casas de la toma. Supongo que sintió los pasos pesados

del batallón, las bocinas y las voces nasales de un

megáfono.

Estuvo dos días detenido; llegó demacrado y con un

par de kilos menos. Eso me contaste y no quisiste hablar

más porque te dio pena. Después, de improvisto, me

preguntaste si alguna vez me había enamorado de una

alumna. Yo te miré a los ojos y no pude mentirte.

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- Sí, pero nunca pasó nada. Esperé que terminara

cuarto medio. Le llevé una carta le di un beso y me

fui. Tenía que dejar el colegio; me habían ofrecido

más horas en otro. No le pude decir en la cara cuánto

la quería, me dio vergüenza – bajé la vista, me sentí

desnudo y vulnerable frente a ti.

- ¿Y ella no le escribió, no supo más de ella? –

preguntaste con simpleza y con un dejo de dulzura

que me conmovió.

- No. Nunca más supe de ella. Fue hace como cinco

años. Ahora debe tener como veintidós años.

- ¿Cómo se llamaba?

- Carolina – respondí- Una vez le llevé un regalo que no

quise entregárselo de frente. Le dije a uno de sus

compañeros que abriera su mochila y lo pusiera allí;

la idea era darle una sorpresa.

- ¿Y funcionó?

- Claro, se sorprendió harto, no lo esperaba.

- ¿Usted le gustaba?

- No sé. Pero lo que sí sé es que cuando la miraba

también se ponía nerviosa. Ese día del regalo me dio

las gracias y se puso colorada como un tomate. Creo

que te estoy contando cosas que no tienen

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importancia – miré mi reloj – Es tarde, van a tocar

para entrar a clases.

- Pero, ¿podemos seguir conversando después? –

preguntaste con interés.

- Claro, en el recreo de la tarde. Adiós.

- Chao profe, recuerde que lo quiero – reíste y cerraste

un ojo como las mujeres mayores.

- Gracias, cuídate.

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IV

Una duda me inquietaba y en una oportunidad, en

hora de colación, cuando tú comías manzana y yo

tomaba un café, te hice la pregunta para quedar

tranquilo.

- Pame, ¿has tirado con un profesor alguna vez? – te

miré a los ojos para tener la respuesta antes de que

abrieras la boca.

- No, nunca.

- Vamos, dime, no se lo voy a decir a nadie – callaste

por un instante y mi presión, creo, fue demasiado

para tu silencio.

- Sí, con un profe de electrónica, pero en el otro

colegio.

- Me lo imaginaba. ¿Ibas en primero medio?

- No, en octavo.

El profesor había sido despedido del colegio cuando

el affaire se hizo público y tú, para no seguir sintiendo el

martirio de los ojos sobre ti, pediste a tus padres que te

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cambiaran de colegio. Estuviste un año en el Santa

Amalia y luego llegaste al colegio donde nos conocimos.

Teñías tu pelo castaño de color negro, vestías de

oscuro y lucías el mismo rostro pálido que has lucido

siempre. Dejabas libres tus cabellos que solían descansar

en tus senos generosos y puntiagudos.

En principio creí que eras gótica o algo parecido. Te

pregunté si ibas a la Blondie y me respondiste que sí,

algunas veces, y yo me preguntaba cómo te dejaban

entrar si eras una pendeja de quince años. Siempre me

replicabas que era raro que te pidieran documentos al

entrar, además que te acompañabas de gente grande y te

arreglabas para salir.

Yo también fui a la Blondie un par de veces y el

ambiente me parecía alucinante pero algo tóxico. Era

usual ver parejas de homosexuales y lesbianas dándose

besos, gente dark medio dura, drogada. Iban muchos

adolescentes, igual que al Teatro Carrera.

- Pero no soy gótica ni dark – aclaraste- me gusta la

música del ochenta porque mis hermanos escuchan

esa música. Es bakán.

En algo nuestros gustos podían tener un punto de

intersección. Lo más curioso es que tus aficiones no sólo

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tocaban el plano de la música. Además conocías los

monos animados que yo disfrutaba viendo cuando chico y

cada una de las series que daban por televisión. Muchas

veces conversamos de eso y otros chicos se nos sumaban

a la plática. Sin embargo, más de alguna vez aparecía la

directora, a quien nunca caí en gracia. Entonces debía

despegarme de ti y de los demás, pues a ella no le

gustaba que los profesores conversáramos con los

alumnos ni que tuviéramos una relación cercana con

ellos.

Esos días me contaste que habías tenido

experiencias lésbicas con tu ex cuñada. Yo te escuché

aparentando nula perplejidad, pero por dentro me

conmoví.

- Y, ¿qué onda? ¿Fue bueno?

- No sé. Estábamos solas en mi casa, mis viejos estaban

trabajando y fue a verme. Fuimos a comprar unas

chelas, pusimos música y empezamos a bailar.

Después ella empezó a desnudarse, primero la blusa,

luego el sostén. Quedamos en calzones.

- ¿Supongo que después pusieron un lento? – reíste y me

preguntaste cómo es que yo lograba descubrirlo

- Claro. Y después nos besamos pero muy heavy.

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- Bueno, me imagino lo que pasó después y no es

necesario que me lo digas. Pero Pame, ¿Fue tu

primera vez con una mujer?

- No, en realidad no. Pero antes filo, cero rollo, habían

sido unos piquitos y unas caricias, nada más.

- Entonces, ¿eres lesbiana?

- No, filo, igual me gustan los hombres.

- Ah, supongo que sí.

No fue necesario que me lo explicaras. Era más que

evidente que te gustaban los hombres - y mayores-.

Ese tiempo pololeabas con un tipo que era

dependiente de una tienda. Tenía veintidós y pude

conocerlo en el estreno de mi obra de teatro, “Frágil”,

en una sala del barrio Bellavista. Era guapo; fue con

terno y corbata y tú apareciste con traje de fiesta. Luego

de la presentación nos encontramos, me presentaste a

Raúl, conversamos un par de minutos y luego fuiste a

platicar con el profesor de Química. A mi lado se ubicó

Beatriz, secretaria de tu colegio. Sin que mediaran

mayores preámbulos empezó a bromear en doble sentido

con tu pololo. Rato después apareciste, te sumaste a la

conversación y ella, sin escrúpulos, siguió bromeando con

Raúl. Me dijiste al oído:

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- Esta galla es más fea que la chucha, ¿creís que mi

mino se va a interesar en ella?

- Pame, con copete un hombre hace cualquier

estupidez. Salud – y sorbimos el vino de honor que mi

compañía, “Palitroque”, brindó a los presentes.

Nunca te vi dar un abrazo a tu pololo, tampoco le

tomaste la mano o le diste un beso. Tu relación, a los

ojos de los demás - o al menos para mí – era bastante

peculiar. Ese detalle me lo hiciste ver en una de las

conversaciones tendidas que sostuviéramos un año

después, en mi departamento, en aquellas fiestas con

café y cigarros.

- No soy demostrativa. Por eso los hombres se aburren

conmigo.

Eso era cierto, pero la característica que podía ser

nefasta para las relaciones sentimentales normales, era

compensada por tu creatividad y esa virtud de estar en el

límite entre el ser niña y el ser mujer. Mal que mal esas

virtudes únicas son las que oxigenan las relaciones y las

enriquecen con cierto matiz que enternece.

Con el estreno de mi obra teatral, aparte de las

felicitaciones de mis colegas y el sutil renombre que

adquiriera (al punto de dar algunas entrevistas para

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prensa, radio y televisión), me gané la definitiva

animadversión del cuerpo directivo de tu colegio. Quizás

porque yo solía cuestionar el accionar tiránico de la

directora y lo hacía ver en las reuniones de profesores.

Pronto surgió la envidia (no sabría explicar de otro modo

su actitud) y, por lo mismo, la persecución. Me jorobaba

por todo lo que hacía y no hacía. Cuando me entrevistó

para comunicar mi despido, mis colegas intuyeron que la

decisión tomada no era por un asunto profesional sino

por problemas personales entre ella y yo.

Apenas pude despedirme de mis alumnos; lo hice

con mucha pena. Una de las pocas personas que vi para

decírselo eras tú que fuiste a buscar unos papeles los

últimos días de diciembre. Te di un beso en la mejilla, te

di mi teléfono y te pedí que me despidieras de tus

compañeros.

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V

Una mañana golpeaste la puerta de una sala para

conversar conmigo. Los chicos del curso desarrollaban

una guía de figuras literarias y te atendí bajo el dintel.

Estabas sola y te noté nerviosa, dopada, con los ojos

desorbitados.

- ¿Te pasa algo? – Pregunté preocupado.

- No, nada.

Me contaste que el día anterior habías ido con tu

cuñada a comprar al supermercado y se les había

ocurrido robar unos trajes de baño. Los escondieron y

partieron con dirección a la calle. Metros después

apareció un guardia que les pidió le acompañaran al

vestidor. Tú reclamaste y tu cuñada te secundó.

- ¡Si no tengo ninguna huevá! – gritaste y te quitaste la

polera para quedar en sostenes frente al vigilante, ahí

en el vestíbulo, tú frente a él.

No te descubrieron y terminaste por ir al mall con

tu cuñada, que además era algo así como tu andante o

algo parecido. Habían escondido las prendas en ambos

sexos.

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Me preguntaste si estaba dispuesto a salir contigo

esa tarde. Nunca lo habíamos hecho y me asusté. Aún

eras mi alumna. Te dije, y era verdad, que tenía cosas

qué hacer.

- Le ponís color, si no es pa tanto, qué te cuesta –

frunciste el ceño, algo pasaba.

- Pame, estás mal, ¿te fumaste un pito?

- Filo, no, no fue un pito.

- ¿Qué fue? ¿Neoprén?

- No, como se te ocurre, nunca tan flaite. Me tomé

unas pastillas; eso.

- Pame, por favor, no des jugo, ándate a tu casa; si

alguien te ve así vas a terminar en problemas. Dile a

la Mary que te acompañe. Trata de que no te cachen.

Te despediste con beso. Rato más tarde retorné

preocupado a clases.

No fue la única ocasión en que te pillé en andanzas

medio extrañas. ¿Te acuerdas días después? Te sorprendí

pasándole un papelito a la Nicole. En su interior: una

pastilla chica, redonda.

- ¿Qué onda, Pame, qué es esto?

- Nada, profe, una pastilla.

- Vamos, no creas que soy de la chacra.

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- Ay, lo que pasa es que la Nicole me la pidió, es para

dormir. Eso. No se la entregue a nadie. No le diga al

inspector tampoco, si quiere se la deja para usted.

Tómesela, es súper relajante.

Te entendí. Frecuentemente pasabas por

depresiones que te hacían estar sin ánimo. El psiquiatra

te recetó pastillas y lograste depender en alguna medida

de ellas.

¿Por qué razón ibas al médico y cuál era la génesis

de tus trastornos? Hasta hoy no me lo explico, pero en

una de esas pláticas que sostuvimos te expresé que yo

también tenía tendencia a la depresión y me evadía

saliendo, conversando, aunque la mayoría de las veces

nada más que encerrándome en mi pieza, esperando

pasar los minutos.

Acostumbrabas comprar marihuana a un chico de

cuarto medio y me la mostrabas como si fuese un trofeo

o el indicador de que ya estabas creciendo y no bastaba

que tuvieras dieciocho para ser mayor de edad y vivir de

los beneficios que ello implicaba. Yo te decía que la

guardaras, aunque seguro después te ibas con tus

compañeros a fumar en la plaza que queda detrás del

colegio.

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Pensé que para vivir no te imponías límites y llegué

a pensar de qué modo podías vivir en ese sistema sin que

tus padres hicieran nada para impedirlo. Sin embargo,

después de mucho meditarlo barajé la posibilidad de que

todo lo que me contabas podía ser simple y llanamente

una mentira inventada por tu desbordante imaginación.

De nuevo, sin embargo, me asaltaba otra interrogante:

¿para qué? ¿Es que tus padres no te daban el cariño que

tú considerabas necesario? ¿Es que no eras la niña

mimada, la menor de todos, la consentida de la casa?

Después me contaste que tus viejos trabajaban todo

el día, casi nunca podías verlos, salvo en las noches,

cuando llegaban a acostarse y a ver televisión. Tu

dormitorio se transformó en el único lugar en que te

sentías libre, fumando un poco de marihuana,

escuchando música del ochenta, leyendo revistas

pornográficas para mujeres e imaginando historias para

contárselas a tus compañeros.

Días después me obsequiaste un video sorpresa.

- Es para que lo vea, profe. Es una penitencia que tuve

que hacer por el grupo de primera comunión de mi

parroquia.

- ¿Tuviste que cantar?

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- No. Tuve que pasearme en bikini por el Paseo

Ahumada.

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VI

La primera vez que fuiste a verme fue un día

domingo. Los domingos acostumbran a ser aburridos. Yo

dormía y no tenía un veinte para salir a pasear por el

parque o para visitar la feria de libros viejos y

antigüedades del paseo Estado. Estaba triste y, así, daba

vueltas en mi cama en plena tarde nublada.

De pronto sonó el teléfono y reconocí tu voz. Me

avisaste que vendrías. Yo pensé en mi carestía y busqué

en el baúl de mis imaginaciones algún pretexto para

evitar tu visita. Y no era porque no quisiera verte, sino

por el triste hecho de no poder ofrecerte galletas,

helados o chocolate. Llegaste pronto, agotada, con el

aliento entrecortado. Nos saludamos con un beso en la

mejilla. En ese tiempo yo desconocía qué sentimientos te

provocaba mi presencia y también ignoraba yo que un

duende clandestino se movía por los rincones de mi alma

recordándome tu nombre.

- Toma asiento. Hay música encima del equipo – te dije

y fui a la cocina. Rogué al cielo poder encontrar algo

en la despensa.

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Entendí desde ese momento que nuestros gustos

musicales no poseían mayores líneas de intersección. Te

ofrecí vino y café. Cuando pensabas en la respuesta,

recién yo caía en cuentas de que las dos cajas de vino

apenas sí sumaban un vaso de líquido avinagrado.

Preparé dos café e ignoré mi ofrecimiento. No tenía más

que ofrecerte.

- Tengo doscientos. Si quieres compramos un paquete

de galletas – te dije.

- ¿No tienes cigarros?

- No.

- ¿No te molesta si compramos?

- Para nada.

Tú apenas te abrigabas con esa chaqueta de buzo

con rayas rojas, parecida a la que yo usaba cuando niño.

La moda es cíclica, pensé, mientras te ofrecí mi

chaqueta de corderito (aquella de cotelé con chiporro

que tú sabes tanto me gusta). Disfruté viéndote tiritar

mientras te ponías la prenda. Me miraste y tu risa, ese

mundo rojizo coronado de margaritas, me recordó tu

malicia de niña en vías de mujer; yo amo eso de ti.

- Vamos a conquistar Maipú, cabra chica – te dije.

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Intentamos caminar rápido para abrigar nuestros

cuerpos pues los inviernos en este lado de Santiago son

fríos y húmedos. Yo aún tenía miedo de decirte que al

verte sentía cosquilleos en la guata o que deseaba

abrazarte. Me olvidaba de eso y seguía caminando a paso

rápido y tú, que caminabas más lento, hacías el esfuerzo

de seguirme casi corriendo. Compartimos el primer

cigarro que prendiste ayudada por la vasija que formé

con mis manos heladas. Llegamos rápido a casa y

preparamos un café mientras conversamos de tu colegio,

de los profesores y de la directora que poseía un

insufrible rostro de ogro masculino.

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VII

Aquel fue nuestro primer ritual: conversar

tomándonos un café, fumando secundariamente un

cigarrillo. Tú, en la silla que da hacia el ventanal; yo en

aquélla que queda frente a la puerta de la cocina.

Pedías, al segundo sorbo, un cenicero para arrojar el

tabaco consumido y yo, rápido, abría la puerta de la

cocina que es muy helada, - más aún en estos días de

invierno- y traía a la mesa esa tapa de tarro de

conservas.

- Los Palitroques se llevaron los dos ceniceros que

había – me excusaba las veces primeras.

Después de eso conversábamos harto y nos reíamos

demasiado. Yo disfrutaba viendo tus ojos pequeños y esas

margaritas tan marcadas y tiernas. Hablábamos de

fútbol, de amigos comunes, de los enemigos de ambos,

de nuestras aventuras en algún bar de los barrios

República o Brasil, de nuestras experiencias sexuales

que narrábamos como si se tratase de cuentos infantiles.

En fin, nunca nos faltaban temas y casi nunca

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respirábamos para descansar. Eran tardes hermosas; no

se necesita tener mucho dinero para ser feliz.

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VIII

Apareciste una tarde de miércoles vestida de

colegial. Sentí un leve estremecimiento mientras el

conserje anunciaba tu nombre a través del citófono.

Ahí estabas: niña, inocente y angelical, tras un

rostro lavado y esas ropas algo húmedas.

Te preguntarás por qué, pero desde ese día dejé de

preocuparme de la opinión de los vecinos, el portero o de

nuestros conocidos. Y hubo un día en que ya

definitivamente no me importó la opinión del mundo y

te abracé en tanto caminábamos a comprar cigarros,

pese a que tú vistieras de colegiala y yo de profesor con

esa corbata que me coloco por casualidad cuando te veo

y tú dices que es mi manda.

Ese mismo día en que me eché al bolsillo el planeta

era cercano al día treinta. Yo portaba algo de dinero y

por vez primera no hicimos una vaca para comprar

cigarros. Compré una cajetilla de Luckys Stricke. Señalé

riendo que los meses empezaban con ésos, a la quincena

fumaríamos Belmont y bordeando fin de mes sólo

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alcanzaría para Derbys. Ambos reímos. Entonces comenzó

a llover.

- Vámonos por la orilla.

- Ya, pero tú te vas delante para comprobar si las pozas

son hondas– me dijiste y te tapaste la cabeza con la

capucha de la parka.

- Te paso el dinero, tú compras los cigarros, yo voy por

el diario a la vuelta. Tengo que ver los económicos.

- ¿Es por pega? Cuidado viene un auto.

- Claro, necesito más horas – de pronto hice una pausa.

Seguimos caminando, cruzamos el puente y, como

los niños, fabriqué un escupitajo más o menos grande y

lo lancé al agua. Ambos observamos cómo navegaba y

luego se perdía entre los vericuetos de la orilla. Después

te llamé por tu nombre acaparando tu atención. Dejaste

de ver los charcos y las ramas flotando en los canalcillos

de la orilla de calle.

Esa tarde te regalé mi cuaderno de historias y

dibujos. Ahí, en medio de las páginas dobladas, se

encontraban los fragmentos del cuento de Ianco y Aluani,

que seguía escribiendo luego de las jornadas en que ibas

a verme.

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UNO

Esta es una isla ubicada entre el norte y el sur.

Nadie la conoce y no aparece en los mapas, salvo en el

que dibujé una tarde cuando preparaba mis clases de

Lenguaje diferenciado para terceros medios. Tiene forma

de manzana, posee muchas playas, un puerto natural

lleno de rocas y un volcán que la divide en norte y sur. En

el norte vive una tribu pacífica que comparte mis

características: posee piel morena, lee poesía, le gusta

cantar canciones de amor y dibuja caras de personas

toda vez que está aburrida. En el sur habita una tribu

distinta. Por extraña coincidencia todos los habitantes se

parecen a ti: son blancos como tú, cuando ríen se

vuelven chinos y muestran margaritas en sus mejillas, les

gusta contar historias fantásticas, fuman demasiado y

además bailan hasta quedar exhaustos.

Nunca en su historia se habían conocido. Empero un

día cualquiera, un joven intentó escalar el volcán

llamado Kabur y se encontró que de espaldas a él, había

una aldea en la que las personas trabajaban sin cesar.

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Este joven se llamaba Ianco. Pertenecía a la tribu

morena que llevaba por nombre pueblo Kru.

Pensó cruzar la montaña, descender por las

pendientes, sin embargo, encontró que la tarea era

enorme; estaba ya cansado. Pensó que la noche llegaría y

le sorprendería en medio de las rocas y precipicios, sin

ropa ni alimentos con los cuales subsistir. Hacía un poco

de frío pues era invierno, además estaba nublado. En la

historia de esta isla casi todos los días son nublados.

Ianco se devolvió a su aldea Kru y no supo si revelar

el descubrimiento al rey Samuel, gobernante de esa

tribu. Cuando uno descubre algo siempre tiene la duda si

será perjudicial o beneficioso para el resto. Llegó a su

casa y se acostó temprano, sin darles las buenas noches a

sus familiares, pues casi todos los Kruelenses viven solos

en sus casas que se parecen a las casas de los campesinos

de la Edad Media.

Lo que no sabía Ianco es que todas las tardes, desde

una ventana de un castillo ubicado en la aldea de los

Manmara, una doncella dulce y angelical llamada Aluani

observaba el paisaje y sus alrededores con un catalejo de

alcance cósmico. Un buen amigo de ella, hacia muchos

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años, lo había encontrado en una feria y lo compró para

obsequiárselo, pues presintió que le haría falta.

¿Por qué aquella doncella de pelo largo, delgada,

algo menuda y muy blanca necesitaba un catalejo de

lupas poderosas? La respuesta es la siguiente:

Los padres de Aluani, reyes absolutos de la aldea,

no permitían que ella pudiese juntarse con la gente del

pueblo. Decían que era peligroso que conviviera con los

adolescentes de su edad, que se contagiara de sus malas

costumbres y plebeyas ensoñaciones. Algún día se

casaría, pero con alguien venido de otras latitudes, con

una especie de enviado de los cielos quien la haría feliz y

la acompañaría el resto de sus días. Esa revelación la

había recibido el padre de la princesa de labios del mago

Ior, un hombre dedicado al estudio de las estrellas y la

lectura de las hojas de los gigantescos árboles de

Miarum, vegetales que crecían cerca de la montaña y

sobre los cuales los niños y jóvenes de la aldea jugaban

por días enteros a las escondidas, pues sus troncos eran

gruesos y altos como cuatro castillos juntos, además de

ahuecados, lo cual permitían que los chicos escalaran por

dentro.

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Aluani pasaba el día colgada a la ventana,

contemplando desde ahí el devenir de su pueblo apacible

y bello. Pero por prohibición de su padre no le estaba

permitido salir de ese lugar y para esto él había tomado

una serie de precauciones: su habitación se hallaba en el

tercer piso del castillo, la puerta estaba cerrada con tres

grandes candados cuyas llaves guardaba en lugar secreto

la madre de la princesa. Además, el patio al cual daba la

ventana del cuarto de la muchacha poseía una laguna

cuya profundidad, decía su padre, asemejaba las

profundidades del mar que estaba tras de sus espaldas y

cuyas aguas recordaba con tanta pasión, remembranzas

que trataba de revivir cada noche para que su frágil

memoria no las enterrase en el polvo del olvido.

El viaje al mar lo realizó cuando tenía cerca de

ocho años. Su familia real, subida en una carroza

empujada por caballos blancos, fue vitoreada durante

todo el camino por el pueblo que había salido a las calles

a aclamar a su rey. La imagen nunca se le olvidaría a

Aluani pues había visto a niños igual que ella que vestían

pobremente, que tenían zapatos tallados de madera,

chalecos sucios y descocidos, caritas cubiertas de hollín y

cabelleras despeinadas.

35
- Papá, ¿por qué ellos visten así? – le preguntó la

princesa a su padre, el imponente rey de Manmara.

- Por que son pobres – concluyó.

- ¿Por qué? – volvió a preguntar la princesa, mientras

acercaba su rostro al regazo de su padre.

- La vida se ha ensañado con ellos. Algún día lo

comprenderás.

El mar era tan extenso que fue imposible que Aluani

pudiese explicárselo a Buara, el simpático bufón que

alegraba sus noches de insomnio, contándole cuentos,

historias fantásticas que la muchacha creía eran reales.

- ¿Es en realidad tan grande el mar, señorita princesa? –

y hacía una mueca que robaba una sonrisa angelical,

con margaritas incluidas y ojos chinos también.

- Sí, Buara. ¿Cómo te lo puedo explicar? Es como el

cielo, pero el mar no duerme, está despierto y no se

sosiega nunca.

- Señorita princesa, eso merece una celebración – La

muchacha sonrió y aplaudió con furor. Los momentos

de celebración implicaban un momento para escuchar

historias.

- Pero, ¿qué me contarás hoy? – simulaba seriedad y

arrugaba la cara, como si fuese la pregunta de un

36
adulto. Los adultos suelen ser graves en sus

cuestionamientos.

- Bien, señorita princesa, esta historia...- el bufón hizo

una pausa y le miró a los ojos con dulzura. Luego dejó

fluir por los músculos de la cara una expresión que

dibujó en su boca la forma de un plátano. Agregó: -

... será de amor.

37
En un apartado lugar, lejos de toda huella de

civilización, vivía un hombre llamado Pedro. Su morada

se levantaba en el bosque encantado, según contaban las

leyendas. La gente lo llamaba Pedro, el solitario.

Era un hombre capaz de seducir a las mujeres con

sus palabras, sus trovas y su mirada profunda. No tenía

linaje real y nadie nunca supo por qué vivía solo. No

tenía mal humor, como muchos pensarán y, cuando se

encontraba con gente, alegraba a ésta con sus historias y

su antiguo laúd. De este modo le invitaban a vivir dentro

de sus villas, pero él se resistía, aunque agradecía la

amabilidad de ella.

Cuenta la historia que se enamoró de una bella

doncella perteneciente a la corte. ¿Cómo era aquella

mujer cuya belleza era inigualable y formidable en gran

manera? Lo relataré a usted, señorita princesa, para que

sepa cuán hermosa era.

Poseía cabellos ondulados y largos, era muy blanca,

delgada, poseía grandes ojos azules y dientes que se

asemejaban a estrellas del firmamento. Dedicaba su

38
tiempo a observar la naturaleza, la cual retrataba luego

en lienzos de tela que pintaba con matices que

preparaba ella misma con sustancias que extraía del

bosque encantado en el que vivía Pedro, el solitario. Ahí

la conoció él, una tarde de sol, cuando se aprontaba a

cortar un poco de leña para cocinar. Se preguntó: ¿quién

será esa hermosa mujer cuya hermosura es

incomparable? ¿Cuál será el nombre que la corona y el

motivo de sus visitas a este bosque encantado?

Desde aquel día Pedro pensaba en ella con

insistencia. Tomaba su laúd, se dirigía al patio de la casa

construida por sus propias manos y, sobre un grueso

tronco cortado, simulaba estar frente a una gran

asamblea, como las que encontraba en los mercados

populares, para luego versear poéticamente, pensando

en la mujer de belleza extraordinaria.

Así se lo pasaba tarde tras tarde. A veces se dirigía

al pueblo a comprar trigo y especias. Allí un día se la

encontró y no pudo evitar dirigirle la palabra.

- Doncella, tenga usted un buen día. Me es imposible

no hablarle sin sentir un escalofrío que me invade

desde el corazón hasta el pensamiento. Nada más

dígame su nombre y mi alma quedará en paz.

39
La doncella le miró con cierto desdén. Le respondió

de inmediato.

- Mi nombre es Minerva – Luego le observó de pies a

cabeza y agregó - Perdón, no está permitido que los

miembros de la corte conversen con los plebeyos.

Buenos días.

La princesa se retiró raudamente y ni siquiera

alcanzó a percibir la venia galante y cortés que el pobre

Pedro le otorgó con motivo de su despedida.

Lo que no sabía el trovador era que Minerva, la

bella doncella de quien comenzó a enamorarse, guardaba

en su corazón antiguas heridas que un príncipe se había

encargado de dejar hacía varios lustros atrás.

El apuesto y admirado Kitim, perteneciente a la

corte de otro feudo algo lejano, conoció a la bella

Minerva una noche de luna llena. Ambos participaban en

un carnaval que realizaron las monarquías con propósito

de la victoria del padre de Kitim, rey del feudo de

Fodorocia. La bella doncella se ocultaba tras un antifaz y

fue abordada por el locuaz y anodino príncipe.

- ¿No gusta usted, bella dama, bailar con este humilde

vasallo suyo?

40
- Desde luego, príncipe, es un honor para una mujer

danzar con tan apuesto varón.

Cupido flechó el corazón de ambos aquella noche y

al menos una vez al mes viajaban ciento treinta

kilómetros al lomo de un caballo, acompañados de un

séquito real, con el fin de encontrarse en un lugar

equidistante de sus reinos.

Lo que no sabía la bella Minerva es que aquel varón

visitaba constantemente la montaña y, encontrándose

con las vertientes de aquélla, extraía ramas y yerbas

verdes con las cuales preparaba brebajes que le hacían

ver el mundo con otros colores. En sus delirios también

aparecían monstruos y aves gigantescas y horripilantes.

Una noche de encuentro, cuando la luna grande

iluminaba la montaña y ambas embajadas descansaban

para iniciar el viaje de retorno al siguiente día, Minerva y

el apuesto Kitim se encontraron bajo en un descampado

en cuyo espacio nada más se escuchaba el rumor de los

grillos y el movimiento suave de las ramas. La noche

estaba tibia e iluminada y las luciérnagas revoloteaban

alrededor.

- Te amo más que a nada en el mundo, Minerva. Quiero

que seas nada más que mía y que vivamos por una

41
eternidad en el reino que me legará mi padre – le dijo

con pasión el príncipe quien apretó con su fornido

brazo la cintura de la muchacha hasta lograr en ella

un suspiro, mezcla de lívido y candidez.

- Yo también, amado Kitim. Vibro ante tu mirada y

cuando me aferras contra tu cuerpo siento que nada

en el mundo podrá destruirme. Llévame a tu reino,

hazme tu mujer, quiero ser aquella que te acompañe

en tus momentos de guerra y paz y darte todos los

hijos e hijas que ansíe tu alma guerrera.

Así, profesándose amor eterno, aquella noche

ambas almas fueron una sola. El cosmos se concertó y las

estrellas brillaron con acordada pasión junto a las

caricias de aquellos dos amantes. Los cometas del cielo

atravesaban raudos en el firmamento cuando aquellos

microscópicos viajaban desde aquel hombre a la mujer a

quien amaba.

Rato después, el príncipe Kitim hizo descansar en el

pasto la cabeza de la muchacha que dormía y se dirigió a

la tienda en la cual sus súbditos descansaban. Allí extrajo

de sus pertenencias una caja de madera con un tesoro

muy preciado, más valioso que cualquier otro tesoro

conocido en la tierra. Esperó que el alba acercara sus

42
largos brazos de luz y que los pájaros emitieran sus voces

de ángeles terrenos, para despertar a la doncella. Ahí,

aquella dama descansaba con su largo cabello ondulado,

sus ojos cerrados y su rostro de marfil, blanco, casi

transparente.

Cuando abrió sus ojos, aquellos se encontraron con

la mirada de aquel príncipe a quien amaba. El cielo

parecía estar más celeste que lo habitual, como si se

alimentara del color de los ojos de aquella dama mágica

y dulce.

- Estaba esperando que te despertaras para obsequiarte

algo que he preparado para ti.

La doncella bostezó, se restregó los ojos y con

pudor de princesa se retiró al riachuelo cercano con el

propósito de lavarse el rostro. Luego retornó y dio un

beso de buenos días a su amado. Fue ese el instante en

que Kitim, sacó de su morral una caja de madera antigua

y hermosa, tallada con muchas formas, como las que

traían hasta los límites de su feudo los navegantes desde

el oriente.

- Este presente te lo obsequio como la demostración

más sublime de mi amor por ti. Nunca he amado como

lo hago ahora y cuando te veo el cosmos se concierta

43
para reducir toda su fuerza en la pasión desbordante

que empieza en mi corazón como un fuego que me

quema por completo. Te amo, toma esta prenda que

ha adquirido de ti la belleza, aquella misma sustancia

que el creador formó en ti y la delegó en cada una de

las cosas bellas de esta tierra.

Minerva tembló tras escuchar las palabras de su

príncipe y se sintió un bocado frente a él. En sus ojos

asomaron lágrimas de emoción. Temblando, recibió la

caja como si dentro contuviera huesos de algún santo

mentado, con la solemnidad con que rezaba todas las

mañanas en la catedral del palacio del feudo en el cual

vivía.

¿Quiere saber qué contenía dicha caja? ¿En serio

quiere conocer esa parte de esta bella historia de amor?

Bueno, vamos a tener que dejar para mañana esta parte

de la historia pues es menester que usted duerma ya que

debe levantarse muy temprano para ir a misa de ocho.

Además tiene carita de mucho sueño. No es bueno

escuchar historias así, medio adormilada. Uno tiende a

tener fantasías mientras duerme y las fantasías, aunque

son divinas, pueden causar cierta adicción.

Buenas noches, señorita princesa.

44
IX

Supiste una tarde que “Palitroque”, compañía de teatro

que fue mi desvelo durante años, cayó en crisis con la

puesta en escena de “Pretina y costura”, un drama

incomprendido por el público que no tuvo mayor apoyo

de los medios. Nunca previmos, junto a Alfonso y Felipe

(te recordarás: aquellos dos actores que interpretaron a

sendos homosexuales en “Frágil”) que la obra sería un

completo fracaso y yo tendría que vérmelas con los

actores y personal adicional a la hora de pagar lo

acordado. Para redundar, la mayoría de mis amigos

actores empezaron a cuestionar el curso por el que

estaba atravesando mi pluma en esos días y optaron por

adherirse a otras compañías o a formar una propia. Pero

antes debí darles en parte de pago algunas pertenencias

como un televisor, el equipo de música recién comprado,

una estufa, una colección de clásicos libros de teatro en

que se incluían obras de Brecht, Sartre, García Lorca,

Buero, entre otros y otras tonteras chicas como música

45
en CD, una chaqueta de cuero y la foto autografiada en

que salía junto a Nicanor Parra hace siete años.

Debes imaginarte cómo es sentir que el sueño que

hace mucho tiempo tienes de pronto se te escapa, se

diluye, es asesinado por el destino disfrazado de alguna

circunstancia. Durante meses tuve que trabajar sólo para

pagar deudas y eso me provocaba una impotencia

enorme. A ese estado de cosas se sumaba el sentimiento

de ingratitud que sentía de parte de los palitroques. No

me dieron tiempo para que pudiese pagarles con un

préstamo que pretendía tramitar con algún amigo

dramaturgo o alguna institución local. Me obligaron a

deshacerme de mis pocas pertenencias para saldar la

deuda que tenía.

- Vamos Vicente, no creerás que podemos esperar uno o

dos meses más – me dijo Alfonso- Tú sabes que a los

actores no nos sobra la plata, menos a esta altura del

año, donde escasean los estrenos.

- Pocho, entiéndeme, no es que no quiera pagarte, lo

que pasa es que no tengo. Pensé que la compañía era

de todos y que serían comprensivos en los momentos

difíciles. Yo soy el que ha invertido de su bolsillo pa

46
llevar a cabo los montajes que hemos realizado y que

nos han otorgado cierto prestigio. Espérame un poco.

- Vicho, es que tú no entendí. Estamos apremiados –

agregó Felo- hace dos meses que no pagamos el

arriendo y si no te cobramos nos van a echar del

depto. No es que queramos ser mala onda contigo,

pero el asunto es así, somos profesionales igual que

tú.

- Chucha, huevón, qué hacer. No tengo efectivo. A lo

más mis pocas pertenencias.

- ¿Cómo qué? – preguntaron a dúo.

- Una tele, un equipo y cosas así.

- Bueno, páganos con eso.

Fueron a buscarlas un día lunes, tipo cinco de la

tarde. Yo había llegado a las dos del trabajo y llegué a

embalar las pertenencias. Me dio rabia y pena. Pensé por

qué en Chile pa hacer arte se tiene que andar viviendo al

tres y al cuatro. Dejé las cosas en la mesa, puse música

en el computador y me senté a tomar un café esperando

a los chiquillos.

Cuando llegaron intercambiamos algunas palabras

de rigor. Sentía en el alma el tener que alejarme de

47
ellos; las circunstancias así lo habían determinado y no

podía hacer nada frente al viento invisible del destino.

- No perdamos el contacto. Tengo hartas ideas

dramáticas en mi mente – les expresé.

- Sí, Vicente. Tenemos tu e mail – Alfonso fumaba un

cigarrillo que convidó a Felipe mientras ubicaba en

sus brazos el pesado televisor.- Ahora trabajaremos

con Gustavo de la Sotta, tú sabes, el director

argentino. Nos ofreció integrar su compañía de

teatro. Escribe cosas bastante interesantes. Te

conviene leerlo.

- Vicho, gracias por todo, fueron años inolvidables.

Vengan esos cinco.

Esa tarde no hice más que fumar uno tras otro

cigarrillo, observando las micros pasando por la avenida,

pensando en mi destino como dramaturgo, en los

proyectos futuros, en cómo pagar las deudas, en cómo

afrontar mi soledad sin los amigos con quienes trabajé

durante años. Perder a Palitroque, en cierta medida, era

perder a mi familia, era extirpar parte de mí y

resignarme a sentir un vacío vital difícil de llenar con

algún otro proyecto fabricado por mi mente cansada en

esos días de tanto elucubrar sin encontrar un sentido.

48
X

No supe qué hacer esa tarde. Habíamos conversado

demasiado y te invité a uno de los espacios del

departamento para que conocieras mi biblioteca y mi

colección de música. Te mostré unos libros de poesía y la

discografía completa de Ricardo Montaner. Fue raro pero

te quedaste mirando una biografía de Albert Camus y

unos compactos de Depeche Mode, Duran Duran y Pink

Floyd. Cuando sacabas una carátula de los últimos, no sé

que pasó por mi mente y te di el primer beso, medio

robado, medio legal. Me miraste a los ojos y deduje que

habías sentido lo mismo que yo. Pusiste el de Depeche,

nos sentamos en el suelo alfombrado y seguimos tomando

café, fumando y conversando. Saqué un lápiz y nos

divertimos colocando bigotes a los tipos de la foto y

cariándoles los dientes también. Luego saqué del clóset

la cáfila de títeres que llevo al colegio, y nos vimos

representando una función delante de nosotros, artistas

y público al mismo tiempo. Reímos a carcajadas pues se

nos ocurrió cada cosa. Terminamos en el suelo, abrazados

49
y, encima, todos los títeres que también parecían

contentos con esa fiesta de café, conversación y

cigarrillos.

Seguro algo estaba pasando en nuestros solitarios

corazones pero no me atreví en ese minuto a determinar

qué grado de compromiso podía implicar nuestra relación

que sobrepasaba los límites de una amistad, pero que se

diferenciaba de todo tipo de vínculo existente. Lo

sacaste a colación minutos después cuando sorbíamos en

la mesa el último concho de café y compartíamos el

mismo cigarrillo que llegaba a pocos milímetros del

filtro. Se nos habían acabado y no teníamos más monedas

para comprar.

- Pero qué piensas de todo – me preguntaste, haciendo

un paréntesis de seriedad en medio de la algarabía.

- Eh, bueno, qué te puedo decir – pensé por un rato-

Nunca me había pasado. Tú tienes dieciséis y yo

veintinueve. Es mucho.

- ¿Eso quiere decir que no quieres nada conmigo? - me

miraste a los ojos con temor.

- Pamela, no es eso. Yo te quiero. Si saco a relucir

nuestra diferencia de edad es porque igual me da lata

ser mayor que tú. Sí, en realidad es eso.

50
- ¿Crees que podríamos ser algo? – me quitaste el

cigarrillo y le quitaste el último segundo de vida.

- De más, pero...

- ¿Pero qué?

- Lo que pasa es que yo no quiero andar contigo porque

eso para mí es muy superficial. Me suena como a

leseo. Pero pololear es demasiado y las cosas no están

dadas para eso. ¿Te imaginas qué dirían tus

compañeros y la directora? Justificaría con creces el

haberme echado el año pasado.

- Sí, tienes razón...

La tarde estaba deliciosa. El día anterior había

llovido y el verano de San Juan se presentó preciso pues

el atardecer con su sol amarillo tornándose en una

naranja cósmica nos iluminaba tras el ventanal. No

parecía invierno; tú estabas frente a mí, a punto de

marcharte, seguro, mas yo trataba de disfrutar cada uno

de los minutos junto a ti. No rogaría que te quedaras,

eso significaba alargar más el momento de despedida.

Hay que vivir el presente, decíamos; carpe diem era el

lema, nuestro argumento vital.

- Pero quizás podríamos estar entre el andar y el

pololeo – dijiste.

51
- ¿Algo así como inventar un nuevo tipo de relación

sentimental?

- ¡Claro! – reíste y golpeaste la mesa. Luego moviste tu

cabeza y llevaste tu pelo dócil hacia atrás con los

dedos, pues había caído tapando tu ojo derecho.

- Sí, tendría que ser el nombre de otro bicho que no

fuera pololo.

- ¡Palote! – gritaste.

- ¡Palotes! –respondí. La palabra era exacta, el

momento bendito.

Entonces simulé estar serio, aunque mi corazón

rebosaba de alegría y cariño. Te tomé las manos, te miré

a los ojos con dulzura espontánea y te dije:

- ¿Quieres ser mi palota?

El mundo se paralizó. El sol ya se escondía tras las

casas y árboles de Maipú. Me dio la impresión que las

micros no pasaron por un segundo en la avenida y seguro

que también escuchaste música angélica en tus oídos. Me

respondiste con dulzura de niña y pasión de mujer:

- Sí.

Nos besamos largo y nuestro beso me supo a cigarros,

café, conversación y carnaval.

52
XI

¿En qué consistía ser palotes? Era menester definirlo

durante las tardes que prosiguieron a aquélla. El

comedor de mi departamento fue el cuartel desde el cual

semantizamos el término, elaboramos estrategias y

comenzamos a convertirnos en cómplices para derrotar

al mundo y sus límites.

Antes que todo para ser palotes se necesitaba

poseer una condición: la contrariedad del mundo. Nos

imaginamos, creo que con justa razón, que la gente

jamás aceptaría que yo, un viejo de casi treinta años,

tuviera como pareja a una muchacha de dieciséis, que

más encima era su ex – alumna. Tus padres armarían

escándalo, a mí seguro me echarían del trabajo y

quedaríamos a expensas de las habladurías de las viejas

de los departamentos vecinos. Sin embargo, no nos

importaba mucho eso e igual salíamos de la mano por el

patio del condominio. No obstante, presentarse así en

plena calle, a la vista y paciencia de todos, sería una

actitud casi suicida y no estábamos dispuestos a

53
mantenerla, al menos en ese momento que tú aún eras

menor de edad.

Los palotes disfrutan conversando y hacen fiesta

con café y cigarros. Esta fue nuestra segunda definición.

No queríamos ser como en otro tipo de parejas que se

pasan teniendo relaciones sexuales o besándose y se

descuidan de lo interior expresado en la palabra. La

acepción surgió espontáneamente y no fue una sentencia

impositiva.

Para configurar el significado de palotear, nos

propusimos no inventar el sema, sino dejarnos llevar por

lo que había sido nuestra experiencia. Dentro de esa

práctica descubrimos que ambos tendíamos a ser

creativos. De otro modo no podríamos haber estado

platicando por tardes enteras sin aburrirnos siquiera un

minuto. Y ahí surgió otro matiz del término en cuestión:

los palotes son creativos y nunca guatean, de lo contrario

no pueden llegar a ser buenos palotes, menos

pretenderlo.

Al menos en cada visita tuya descubríamos un

color nuevo al logos que nos interesaba armar. Pero en

esos días en los que trabajaba sólo en las mañanas

necesité buscar más horas para poder pagar las deudas

54
que mi compañía teatral había contraído. Compraba

todos los domingos El Mercurio y solía salir el lunes muy

temprano en la mañana a dejar currículum a distintos

lugares de Santiago. Eso implicó que no te viera con

tanta frecuencia, pues hubo días en que también fui a

entrevistas en la tarde. Yo no te llamaba, tú tampoco

hacías, a lo más te mandaba un mensaje de texto por

celular, pero fue en pocas ocasiones, pues el dinero no

me alcanzaba para comprar siquiera una tarjeta

telefónica.

55
DOS

El regalo, señorita princesa, consistía en una

diadema que poseía el color de los ojos de aquella

doncella llamada Minerva. Sí, era azul. La diadema tenía

la cualidad mágica de llevar parte de la sustancia de

aquel príncipe llamado Kitim y otra parte de la bella y

dulce Minerva. Era la perla más hermosa que ella había

visto en su vida y, de vuelta en su feudo, la cuidaba

diariamente, de modo que nadie pudiese hacerle daño.

La contemplaba, la sacaba de la caja de madera en la

cual descansaba, la limpiaba con un pañuelo de seda, la

ubicaba a un costado de su almohada para dormir con

ella. Desde ese día dicha piedra fue la razón de su

existencia y el modo por el que sabía que su amado la

amaba en extremo.

Un día la princesa tomó uno de sus caballos y partió

de sorpresa a las tierras en las cuales su enamorado

habitaba. Idealizó tanto ese momento que su corazón

parecía salirse del gozo mientras cabalgaba por los

prados. Pronto caería rendida en los brazos de Kitim y

56
soñaba en navegar en los olores de aquel varón vigoroso

y valiente.

Sin embargo, al llegar a una montaña, sintió un

fuerte estremecimiento, como si el destino quisiera

advertirle de algún suceso extraño y fatal. A lo lejos sus

azules ojos divisaron el caballo de su amado y tomó las

riendas de su corcel para acercarse a aquél. El príncipe,

pensó, estaría cerca de ahí.

Kitim no estaba en los alrededores. Su noble bestia

pastaba atada a un tronco de árbol grueso. Minerva

decidió dejar su caballo a un costado del otro y salir a

caminar entre los árboles bajo el monte para encontrar

al hombre que la hizo suya una noche de luna llena.

Luego de caminar por cerca de media hora, la

hermosa princesa escuchó los alaridos y las risas de un

hombre. También el chapotear de éste en el agua. Se

ubicó tras unos matorrales para dirigir sus ojos hacia el

lugar donde dimanaban los ruidos.

¿Sabe usted, señorita princesa, qué vio aquella

tarde esa dulce y bella joven? Nada más ni nada menos

que a su príncipe bebiendo el potaje alucinógeno de la

planta Pogasia. Sus ojos desorbitados, lleno de raíces

carmesíes, observaban con espanto los grandes árboles,

57
seguro que veía en ellos a grandes e inexpugnables

monstruos de río. Luego comenzó a gritar, a golpear sus

manos en el agua, a ser secundado por un par de jóvenes

que le acompañaban. Era una especie de fiesta trágica,

abundante en gritos y alaridos feroces. La princesa no

pudo contener su pavor y gritó tan fuerte que el grupo de

mozos se enteró de la presencia de ella. Fue Kitim, sin

embargo, quien nadó desde el origen de la vertiente

hasta la orilla en la que se encontraba la princesa. El

joven, con su rostro deforme, parecía un ente poseso, un

monstruo antropomorfo. La muchacha huyó despavorida

por el bosque, en tanto un horripilante Kitim la seguía

acompañado de gemidos bestiales y grotescos. Apenas vio

su caballo Minerva se arrojó sobre él, la bestia se desató

por sí sola y la guió rauda hasta los límites de sus

territorios. La noche ya caía y el lamento de la doncella,

según cuenta la leyenda, todavía se sigue oyendo en los

campos en los atardeceres oscuros e invernales.

58
XII

Las nueve de la mañana y la recepción del colegio

estaba vacía, salvo por la presencia una secretaria que

digitaba de cuando en cuando un computador y respondía

a las consultas de los llamados que recibía en su

teléfono. Sobre la gran pared un cuadro de la silueta de

Neruda en tonos plomizos y azulinos y un poco más al

costado una réplica del Quijote de Picasso.

- Debe esperar a la señora María Soledad. Puede

sentarse, yo le aviso cuando esté lista para atenderle.

- Bien, gracias.

Dejé mi maletín en el suelo y con mis dos manos

tomé nerviosamente el curriculum. Tendía a observar mi

foto (aquella misma que cloné para adjuntarla a todo el

fajo de fotocopias que cada lunes entregaba en los

colegios de Santiago) y me recordaba de la vez que te la

obsequié y te reíste de buena gana.

- Apareces chistoso – me expresaste y a mí me dio un

poco de plancha.

59
Por la puerta apareció una señora de ojos claros,

pelo castaño claro y delgada. La saludé con un beso en la

mejilla; se disculpó por la espera y yo la excusé con

sinceridad. Mal que mal no había esperado tanto.

Subimos al segundo piso. Pasamos por las salas que

poseían grandes ventanales.

- Así los tenemos controlados. Disculpe – la mujer

extrajo de su solapa un micrófono por el cual habló-

Sí dígale que espere un rato, voy a entrevistar a un

profesor. En quince minutos más. Sí, ya bajo. Claro,

como le decía, así también podemos ver si los profes

realmente hacen clases.

Los parlantes del intercomunicador seguían sonando

cuando llegamos a su oficina, a un costado de una sala y

de un baño. Me ofreció asiento; le alcancé mi currículum

y ubiqué mi maletín en el suelo. Tomó un par de

segundos para hojearlo. Luego se detuvo en la foto.

- Me parece haberlo visto en algún lado, don Vicente –

arguyó y me observó a los ojos. Su sonrisa y ojos eran

muy bellos.

- Bueno, soy Vicente Valverde, director de teatro.

60
- ¡Ah, claro, sí me acuerdo! He visto un par obras de

usted; son bien interesantes. Su compañía se llama

Palitroque ¿no?

- Eh, este... sí, bueno, se llamaba. Ya no funciona.

- Ah, perdón. ¿Se disolvió?

- Claro- respondí con cierta pena.

La mujer siguió leyendo el documento, marcó con

grafito algunos puntos y me volvió a dirigir la vista

- Tiene ocho años de experiencia en docencia, algunos

talleres, estudió en una universidad tradicional. ¿Está

trabajando en este momento?

- Claro.

- Y, ¿por qué desea cambiarse?

- No tengo nada más que veintiuna horas. Por eso.

- Ah, entiendo.

Afuera, a través del ventanal, el patio de cemento

adornado con grandes y frondosos molles y, más atrás,

una enorme cancha de fútbol. Más lejos pude observar

los minúsculos automóviles pasar raudos por la Autopista

del Sol.

- Bueno – prosiguió- en realidad debo entrevistar a

varios profes, pero por su experiencia y sus cualidades

me gustaría que pudiese quedarse trabajando por

61
nosotros. Mire, las horas que ofrecemos son cuarenta

y en propiedad. La profesora que estaba

anteriormente no cumplió con nuestras expectativas.

Es lo que tenemos, no sé si le interesa.

- Desde luego – dibujé una sonrisa en el rostro.

- Si es así le llevo ahora mismo a conversar con el

director para que le explique nuestras políticas

educativas y el valor hora.

- Está bien.

Salimos de su oficina y seguimos derecho hasta el

extremo del pasillo. Un auxiliar yacía de pie, apoyado a

una escoba, vigilando lo que acontecía en el pasillo.

Saludamos a un tipo de terno y corbata y la señora le

preguntó si estaba el director.

- Claro, está ahí.

- Dígale que queremos conversar con él.

El director era un tipo bajo de estatura, rosado, de

mejillas abundantes y una frente amplia. Tenía los ojos

color miel. Usaba una gruesa chaqueta a cuadros.

- Don Alfredo, el profesor Vicente Valverde.

- ¿Cómo está, hombre? Un placer, por favor, tome

asiento. ¿Usted hace teatro, no?

- Claro.

62
- María Soledad, muchas gracias.

- Hasta luego, profesor – la señora se retiró. Musitó algo

por el intercomunicador que seguía transmitiendo

voces y chirridos.

La conversación con el director fue amena.

Platicamos de lo profesional y también de teatro.

- Me gustó esa parte de su obra en que la niña conversa

con el cura y el tipo se pone a llorar– me expresó

acariciándose la barbilla- Estuve varios días metido en

esa escena. ¿Fue una experiencia real?

- No; nada más que imaginación.

- Tiene una mente muy prolífica, no sé cómo puede

inventar tantas cosas e hilvanar historias.

Luego sonrió e hizo una pausa. Por mero trámite le

echó un vistazo al currículum y lo dejó encima de un fajo

de papeles que tenía sobre su escritorio.

- Don Vicente, el valor hora es de diez mil pesos, pero

tenemos un bono de movilización y otro por concepto de

colación. Más menos estará sacando cuatrocientos

líquido. ¿Le interesa?

El sueldo doblaba lo que ganaba por veintiuna horas

en el otro colegio.

- Sí desde luego.

63
El director, aún mirándome a los ojos, de pronto se

levantó de su asiento y se dirigió al gran ventanal que

permitía ver la lejana cordillera y parte del sur de

Santiago. Me hizo un gesto con su mano, invitándome a

acompañarlo. Dirigió su vista al patio y a la cancha.

- Tenemos cerca de dos mil alumnos. Son buenos

cabros, no son malos. No tenemos un Simce muy alto,

debo reconocerlo, por lo mismo ahí tenemos que

hincarle un poco el diente. Hay muchos factores que

pueden explicar el que no mejoremos

sustancialmente de un año pa otro. Ese va a ser mi

encargo para usted en el tiempo que esté aquí. Este

año le toca a los octavos.

- Sí, desde luego.

- Bueno, su horario no incluye octavos, pero por ahí le

vamos a estar dando algunos cursos para que haga

algún taller de comprensión de lectura, o algo

parecido- sacó un pañuelo y secó sus narices algo

húmedas- Perdón. Sus colegas son buena gente, pero

hay que saber tratar con ellos.

Ajustó su intercomunicador que murmuraba ruidos

suaves; los decibeles bajaron al volumen mínimo. Luego

prosiguió, ayudándose de sus manos.

64
- Mire ahí, en ese container funciona el casino de los

alumnos. En el de allá el comedor de profesores. Los de

atrás son los camarines de los cabros- Puso su mano en

mi hombro y detuvo su alocución fluida. Habló con tono

grave y sentencioso- Usted es joven; tengo algunos

profes de su edad, pero en su departamento ya son todos

como mayores, señoras hechas y derechas. Va ser buena

su llegada, puede darle otro toque al grupo. ¿Le interesa

quedarse?

- Por supuesto, don Alfredo.

- Bueno, entonces bienvenido. Creo que será un honor

poder tenerle en medio nuestro.

- El honor es mío.

- Bueno, debe traerme su fotocopia legalizada del

título y un certificado de antecedentes. Lo de la

firma del contrato lo ve directamente con Johana, la

oficina de ella queda a un costado de recepción. Le

acompaño.

Bajamos por las escaleras; el timbre había sonado y

los alumnos en masa, con paso rápido, colmaban los

pasillos oscuros. El ruido del recreo, los gritos, el correr

de los cuerpos allá afuera animaron mis ansias. Esperé

65
salir del colegio, luego de la conversación con la

contadora, para escribirte un mensaje de texto.

- “Cabra xica encontre trabajo beso”

66
TRES

La doncella retornó a su casa y se tornó

introvertida. Los días posteriores se dedicó a observar el

devenir de su feudo desde la ventana de su castillo, al

igual que usted, noble princesa. Lo único que sintió

hacer era cuidar esa diadema azul que, si bien poseía la

sustancia del ser a quien alguna vez amó, también

llevaba la suya. Por mucho tiempo no visitó el bosque

encantado ni pintó los bellos paisajes que acostumbraba

a pintar. En su existencia tenía preponderancia la

presencia de su tesoro.

Uno de esos días, observó por la ventana casi la

última línea del horizonte. Una gran polvareda se veía

acercar, una especie de humo de grandes dimensiones y

mientras avanzaba, traía consigo un ruido de galopes y

gritos de hombres. El pueblo se inquietó en extremo y se

refugió en sus casas. Al parecer era la invasión de un rey

enemigo quien quería someter al pueblo y hacerlo su

esclavo.

67
El padre de ella, un bondadoso monarca, sintió un

profundo temor y al igual que su esposa y su pequeño

hijo, se escondieron en el subterráneo del castillo a la

espera del ataque final.

La doncella llamada Minerva sintió fuego en su

corazón. Pensó que no podía permitir que el pueblo

quedara así, a expensas de los invasores y se alistó para

emprender la defensa del pueblo. Ubicó entre sus ropas

su preciada diadema, se vistió con una coraza de hierro

que su padre guardaba como adorno en el castillo.

Cuando sus súbditos la vieron se sorprendieron y

trataron de disuadirla.

- Señorita doncella, tenga a bien acceder a nuestros

consejos. El ejército que viene a tomar posesión de

nuestro feudo trae muchos hombres, es una acción

suicida la que usted pretende emprender.

- Si no hay hombre en este lugar, hay una mujer.

Afuera, en el bosque encantado, mientras Pedro, el

solitario, cortaba las ramas subido a un árbol de ciclópeo

tamaño, pudo observar al batallón invasor. Raudamente

bajó y se dirigió a un cuarto donde guardaba sus

herramientas de agricultura. Allí también descansaba una

espada enorme, pesada y bella, mucho más magnífica

68
que la Tizona y la Colada juntas. Vistió su uniforme de

guerrero y se dirigió a las cercanías del castillo en el cual

habitaba la bella Minerva.

Se encontraron montados en sendos caballos, los

dos solos en el pueblo desierto. No se reconocieron pues

llevaban sobre sus rostros extraordinarios yelmos para

protegerse de las flechas enemigas. Pedro se acercó y le

preguntó con voz enérgica:

- ¿Quién eres, varón valiente, cuya hidalguía será

recordada por todo el pueblo que habita este lugar?

- No soy varón. ¿Y quién sois vos, caballero aguerrido?

- Permítame presentarme. Soy Pedro, el solitario,

habitante del bosque encantado.

Entonces la doncella se quitó aquel elemento de

hierro que cubría su rostro y el plebeyo observó aquellos

ojos azules que le habían cautivado hacía mucho tiempo

atrás. Sintió un estrépito en su corazón y el flechazo de

cupido que le atravesaba desde el cráneo hasta el talón.

- Nos conocemos, bella doncella. Vuestra merced

visitaba el bosque para adquirir de los árboles las

sustancias necesarias para elaborar matices.

69
- Así es, buen hombre. ¿A qué tarea a salido usted en

esta hora? ¿No sabe que a los enemigos ha placídoles

atacarnos?

- Por lo mismo, señora, he salido para defender a este

feudo, aun a costa de mi propia vida. Yo diría que

vuestra merced debería resguardarse tras las murallas

del castillo real, pues no es menester de damas tomar

espada y batirla contra sus enemigos.

- Callad, hombre guerrero, el deber ha puesto el fuego

en mi corazón y en mi alma el clamor de la justicia ha

despertado mis ansias. No dudéis, noble vasallo, que

no retrocederé en esta empresa. Nuestro feudo

requiere que alguien lleve la enseña y la espada de

frente.

- Pues ahí estaré yo, bella dama, para enterrar espada

en el pecho de nuestros enemigos. He de

acompañarla al campo de batalla, aunque seamos los

dos luchando contra mil guerreros.

Cuando la gente les vio por las ventanas de sus

humildes moradas, sintió confianza y una ventada de aire

guerrero les cubrió y un estremecimiento de gozo y

esperanza les cubrió. Padres de familia aferraron sus

espadas, desataron a sus corceles desde las caballerizas y

70
salieron a hacer compañía a aquellos dos líderes de

batalla.

El ejército enemigo habíase detenido un poco antes

de cruzar el río. Seguro que prepararía el ataque para el

alba del siguiente, después de alimentar a sus tropas y

darle de beber a los caballos.

En el feudo, el ejército de la resistencia se daba

ánimo alrededor de un fogón. Ahí la bella Minerva y

Pedro terminaron por conocerse. Pero no crea, señorita

princesa, que pasó algo, pues las historias románticas

usualmente terminan con un final feliz. Esta historia es

algo distinta. Se lo advierto para que sepa y no se ponga

triste al terminar este relato. ¿Está claro? Si es así,

entonces proseguiré.

Ambos conversaron de todo. De naturaleza, de arte,

de aves y animales silvestres. Pero nunca conversaron de

amor. No podían, pues la doncella llevaba en su alma aún

las heridas provocadas por el apuesto príncipe Kitim y él

no pudo hablar pues sería decirle cuánto la amaba a ella,

la única mujer que pudo cautivar su corazón solitario y

melancólico. Entenderá usted, bella princesita, que las

palabras tienen que soltarse en el momento preciso y en

71
el lugar exacto, de lo contrario no producen lo que toda

comunicación debiera producir: conciliación.

Pedro, el solitario, estaba allí por un compromiso

personal con la mujer a quien amaba y flechó desde el

día en que la contempló por primera vez. Supuso que

estaría sola en la lucha contra el bando enemigo. Aunque

su relación con las monarquías era distante, Pedro

consideró injusto el objetivo de los invasores y pensó,

además, que su amada sería, al igual que su familia, el

blanco predilecto de aquéllos.

La mañana siguiente les despertó con el ruido de las

cabalgaduras, el grito de los guerreros y el sonido de los

cañones y saetas que zumbaban sobre sus cabezas. Un

ejército de mil hombres irrumpió sangrientamente en el

pueblo y destruyó todo cuanto encontró a su paso. El

bando defensor, de apenas trescientos hombres luchó

heroicamente con Minerva y Pedro en el frente de

batalla. Éste fue herido y tomado prisionero. Antes de su

detención inminente, extrajo una flecha de su morral de

combatiente y con la punta hurgó en la herida de su

brazo derecho. Escribió con la sangre que expelía de su

herida “te amo” en un cinturón de cuero que encontró a

un costado de un caído rival. Fue corriendo donde su

72
amada y se lo obsequió. Enseguida vinieron los enemigos

lo golpearon y lo llevaron a una lejana mazmorra.

En ésta Pedro, el solitario, escribió poemas y trovas

de amor hacia Minerva. Todas las noches observaba la

luna y la asemejaba al rostro albo de ella y, de día,

contemplaba el cielo azul y recordaba sus ojos. El cuerpo

de la doncella era la medida de todo su cosmos.

Luego de unos meses, los guardias de prisión le

dieron una noticia que logró esperanzarlo: podría enviar

cartas y recibirlas también. Rápido, se encargó de

transcribir todas las coplas y poemas en especies de

pergaminos y las envió al feudo de la doncella, dueña de

su corazón.

Pedro siempre esperó noticias de su amada, sin

embargo éstas nunca llegaron. Solo y triste no le bastó

más que recordar cada segundo que había pasado junto a

ella y soñar que la tenía y que la podía hacer suya. Así

imaginariamente le cantaba canciones, recitaba sus

coplas y le hablaba con voz suave y dulce. Los guardias al

percibir este comportamiento, pensaron que el guerrero

se había vuelto loco y le dejaron en la montaña, como

solían hacer con los orates en ese tiempo. Allí dejó

crecer sus cabellos, adelgazó, convivió con las bestias y

73
nunca más descendió al feudo que alguna vez osara

defender. Se volvió un anacoreta y, según cuenta la

leyenda, murió un día en que la luna llena y el cielo

celeste se juntaron en un amanecer.

74
CUATRO

Aluani, nunca olvidaría aquella historia que había

terminado de escuchar en esa noche tibia y calma.

Seguía observando a través del catalejo como lo hacía

cada tarde. Una de ellas vio bajar a un hombre moreno

desde la montaña Kabur. Éste traía un morral en sus

espaldas recias y era muy distinto a la gente de

Manmara.

En teoría era el único ser que podía liberarla, pues

ninguno de sus coterráneos se atrevía a hacerlo ya que

ello implicaría recibir la condena a muerte de parte del

rey. Quien contrariaba los decretos del monarca debía

pagar con su vida el costo de dicha insensatez.

Ianco, el humilde joven kruelense que por primera

vez visitaba el desconocido paraje ubicado tras la

montaña, tuvo cierto temor al ir descendiendo por las

pendientes y acantilados. ¿Cómo le recibirían? ¿Estarían

dispuestos los habitantes de ese pueblo a actuar con

hospitalidad frente a una persona que no era de su tribu

y, además, poseía diferencias físicas notables con ellos?

75
Lo primero que pudo observar al llegar al plano fue

un riachuelo de aguas cristalinas. Dos campesinos daban

de beber a una manada de cabras que emitían un dulce y

armónico ruido. Se dirigió hacia aquél, se acostó en

tierra y bebió del agua que sabía como agua de

manantiales. Los campesinos se le acercaron y le

invitaron a quedarse en casa de ellos.

La humilde casa poseía un comedor y un par de

dormitorios. La madera con que estaba construida la

morada era muy rústica. El piso era de tierra y los

muebles de estar eran un par de troncos viejos y algo

apolillados.

Al centro del comedor yacía una cocina a leña, la

cual mantenía el ambiente tibio y con un sutil aroma a

madera fresca y eucalipto. Encima de ésta colgaban

bolsas con huevos y tiras de longanizas.

- Parece que usted viene viajando desde muy lejos.

Cuéntenos, ¿llegó en barco hasta nuestra isla?

- No – les respondió Ianco- Ustedes no me creerán, pero

se los diré: tras la montaña hay un pueblo, cuyas

personas poseen distintas características a las de

ustedes.

76
- No, usted quiere tomarnos el pelo, estimado

forastero.

- Es verdad, amigos míos.

- Pero en nuestra historia aquella declaración nunca ha

aparecido. Nadie se ha atrevido tampoco a tocar

siquiera el monte sagrado pues el día en que lo haga

los dioses, furiosos, harán estallar el estómago de la

tierra y caerá sobre nuestro pueblo todo su vómito

incandescente – señaló con temor uno de los

campesinos. El otro que le observaba atento añadió

- Sí, señor forastero. Los dioses son muy celosos de los

decretos y los hacen cumplir con una severidad

asombrosa. Si usted está diciendo la verdad y tocó el

monte, debiera haber caído muerto en el momento.

Los ancianos, luego, se apartaron a un lugar oscuro

de la sala y conversaron entre sí muy despacio, para que

Ianco no pudiese escuchar el contenido de su plática.

Con rostros de pena y nerviosismo le advirtieron.

- Discúlpenos, estimado forastero. Pero si lo que usted

dice es cierto, entonces le rogamos abandone nuestra

humilde morada pues tememos el castigo del gran

Ukana, el dios de los montes.

77
El joven se levantó de su asiento y observó a los

ojos de aquellos dos hombres. Supo que temían a sus

dioses y respetó la devoción con que ellos actuaban. Les

extendió la diestra y les agradeció las atenciones

brindadas. Luego, uno de ellos, el más anciano y

concorvado le advirtió:

- Procure no mostrarse por estos lugares, buen hombre,

usted es tan distinto a nuestro pueblo que pueden

atacarlo y hacer de usted un esclavo.

- Gracias, estimado anciano – replicó Ianco – buscaré un

lugar entre los montes para habitar.

El joven forastero, siguiendo el consejo de ambos

pastores, decidió no adentrarse en el pueblo sino en las

inmediaciones del monte, entre árboles gigantescos y las

hojas de los matorrales húmedos. Pensaba qué

recibimiento le darían en su pueblo luego de la hazaña

de descubrir el pueblo de los Manmara. Dentro de su

interior un fuego aventurero y temerario le dominaba y

le instaba a proseguir con esa empresa peligrosa.

Allí vivió durante muchos días el joven Ianco,

estudiando cada uno de los aspectos que constituían la

aldea: su clima, la forma de sus casas, los montes que la

cercaban, los caminos que llegaban a ella. Sobrevivió

78
comiendo de los frutos que recogía de los arbustos que

tenía alrededor.

Lo que no sabía el muchacho era que, desde muy

lejos, la hermosa joven le seguía observando y escrutaba

cada uno de sus movimientos. Se preguntaba quién sería

aquel apuesto varón tan distinto a los demás mortales

que vivían en su aldea y porqué razón vivía tan lejos,

comiendo frutos silvestres, habitando en una casucha

construida con ramajes de árboles y hojas de mantos de

Eva. Quiso de algún modo comunicarse con él, pero esa

empresa resultaba, sino imposible, al menos muy difícil.

Un día tuvo una ocurrencia casi providencial que

llenó su corazón de esperanzas y alegría: pensó que

podía hacer señales luminosas al mancebo con un trozo

de espejo que tenía en su habitación. Rápido lo extrajo

desde sus pertenencias y lo ubicó a un costado del

catalejo. Era de noche y esperaría muchas horas para

que el alba llegara con su resplandor y le permitiera

reencauzar sus haces tibios con dirección al hombre que

vino a romper sus tardes de rutina y a despertar sus

ansias de adolescente en vías de ser mujer.

79
XIII

Los palotes se veían una vez cada tres semanas y

por lapsos de tiempo que no superaban los diez minutos.

Sí, y volvían a retomar la conversación última como si el

tiempo no hubiese pasado y las pláticas fuesen una

especie de bocado de torta que uno deja a refrigerar

para seguírselo comiendo al día siguiente. Nadie

reclamaba al otro por su aparente indiferencia, por esa

supuesta apatía de no querer verse todos los días (según

quienes observaban nuestra relación desde afuera), pues

considerábamos que la obsesión de estar cotidianamente

al lado del otro terminaba matando de rutina a los

amores “normales”. Simplemente me avisabas por

teléfono: “te voy a pasar a ver” y yo me quedaba ahí

encerrado, hasta que el guardia anunciaba tu llegada. Yo

ponía la tetera y preparaba dos tazas y un cenicero.

Un sábado fuiste sin avisar; yo había salido. Después

me llamaste desde el supermercado que queda a cinco

minutos del departamento. Debías ir a comprar algunos

ganchos y pendientes para hacer collares y pulseras

80
artesanales. Yo había tenido que ir a tomar unas pruebas

atrasadas al colegio. Te fui a buscar, conversamos un rato

sentados en la berma del estacionamiento: te invité a un

helado de cien pesos, había algo de sol en pleno

invierno, algo inusual en la historia de los palotes.

- ¿No te acuerdas qué pasó ayer? – me preguntaste y

pasaste tu lengua al helado de crema y chocolate. No

me acordé de nada especial, debo reconocerlo. Tú me

miraste con algo de pena y guardaste silencio.

Después miraste al suelo, volviste a prender tus ojos

en los míos- ayer cumplimos un mes de palotes.

Renegué internamente por mi despreocupación y te

di un beso en la mejilla. Traté de mentirte, decirte que

había simulado que no lo sabía. Pero era inútil.

Se me ocurrió, de pronto, invitarte a salir a

Santiago. Con eso, te dije, era la primera vez que los

palotes salían juntos en la historia de la humanidad.

Reímos a carcajadas. Te levanté de la berma dándote mi

mano, corrimos hacia el paradero, tú me seguiste el

juego, hice parar la micro, te dije:

- Por primera vez los palotes se subirán a una micro

juntos – y simulé andar lento, al ritmo en que Neil

Amstrong dio la primera pisada en la superficie lunar.

81
No paramos de reír mientras íbamos; el sol de aquel

verano de San Juan jugó a nuestro favor y la tarde era

espléndida para compartirla. Luego subió un señor

vendiendo bombones helados a doscientos pesos. Compré

una bolsa, comí un bombón, me pediste para probarlos.

En ese instante inventé una nueva ley en nuestro código:

los palotes comen de la boca de los otros.

Íbamos cerca del metro La Rejas y me contaste

sobre tu afición por fabricar pulseras y collares.

Seguíamos comiendo de la boca; así los bombones sabían

más deliciosos.

- Nunca me dijiste que eras artesana.

- ¿No? Estaba segura. Algunas veces vendo, pero tengo

poco capital, por eso no confecciono muchos. Tengo

mil pesos. Me alcanza para comprar unos ganchos y

unas cuentas que son baratas. ¿Me das más bombones?

- Queda uno, toma – lo puse en mi boca y lo agarraste

con tus labios. Entre los dos lo deshicimos- Los

palotes son buenos para comer bombones helados.

- En el verano también fabriqué collares. Me fue la

raja. Los vendí en la playa.

- ¿Fuiste sola?

82
- Con una amiga. Me compré una tela negra y ahí los

enganché. Nos pusimos en Cartagena. Ahí conocimos a

unos hippies buena onda, pero vendían repoco. La

gente prefería comprarnos a nosotras. Los gallos

después nos invitaron a la playa a tomar. Bien, pero

con trago se pusieron medio jugosos. Se picaron

porque le robamos los clientes, después uno de ellos

quería atinar con mi amiga y filo, nos viramos mejor.

Nos vinimos haciendo dedo. Igual estábamos raja de

curadas, pero nos llevaron. Un gallo de auto rojo que

venía solo.

- ¿Tiraste con él?

- No, igual como que mi amiga enganchó, pero nada

más. Le dio un pico pa despedirse.

- ¿Tus viejos te dan permiso?

- No, pero les dije que iba a estar en la casa de una

amiga.

No hacía calor, pero el sol golpeaba tibio, en días en

que la nieve de la cordillera refulge y uno nota la delicia

de vivir tan cerca de ella. Nos bajamos frente a la casa

central de la Universidad de Chile, miraste tu celular

para ver la hora y me dijiste las tres. Por vez primera me

pareció que no estabas apurada y la tarde sería nuestra

83
para caminar juntos también por primera vez. No nos

dimos la mano ni caminamos abrazados como los demás

amantes, lo hicimos separados, a veces juntos,

observando los diarios en los quioscos, la mercancía de

los vendedores ambulantes, los músicos que tocaban sus

instrumentos, los locos que bailaban al son de un ritmo

de moda; sorteamos el humo de los carros que venden

pizzas y choripanes y tú me comentaste alguna aventura

sostenida en los pasillos del Eurocentro: que tuviste un

amigo, que comprabas algo de música o te conseguías ahí

flanyers para ir a la Blondie y pagar menos. Dos punkies

nos pidieron monedas y tú les diste cincuenta pesos.

- También te cuesta decir que no, igual que yo - te

dije- la ventaja es que yo soy hombre.

Me pegaste un palmazo en el hombro. Reímos y

todo el Paseo Ahumada se nos abrió cómplice, como si

hubiera sabido que los dos primeros palotes de la historia

mundial caminaban por ahí.

Ese día tenía dinero, hacía poco había pasado fin de

mes y luego de que te quedaras observando unos dibujos

y pinturas en la Plaza de Armas te dije si querías que te

hicieran un retrato. Tú me miraste con ojos de cariño. Le

pregunté al pintor cuánto me cobraba.

84
- Tres quinientos – me respondió.

- Tengo tres.

- Bueno, dejémoslo en tres.

Te besé, tomé tu chaleco y te sentaste en una silla

pequeña. El pintor sacó un block, lo adosó a la tabla de

su atril con un clip metálico y te observó moviendo en su

derecha su lápiz de grafito. Me ubiqué tras él y nos

miramos. Estabas contenta; siempre quisiste tener un

retrato y ese bendito día las circunstancias se

concertaban para que tuvieras uno. Cerca sonaba la

música de un grupo folclórico y me fui a sentar cerca de

aquél. Desde ahí te seguía; el pintor conversaba contigo

y trazaba con el lápiz la silueta de tu rostro pálido y

bello. Te preguntó qué éramos y tú le dijiste que palotes.

Tuviste que explicarle y se dobló de la risa en cada

definición. También te preguntó qué edad tenía yo y le

dijiste veintitantos.

- ¿Se nota mucho? – dijiste algo perpleja

- No, no tanto, hacen buena pareja. – replicó, yo te

cerraba el ojo desde allá y tú me saludabas con la

manito como una colegiala de primero básico.

85
Aproveché de comprar cigarros y pedí a un

fotógrafo que me prestara fuego. Había dinero para

cigarros caros.

El dibujante demoró poco menos de media hora. Tú

reíste y pusiste tu cabeza en mi pecho. El tipo dobló el

retrato y te lo pasó envuelto en papel kraft.

- ¿Dónde vamos? – te pregunté.

- A tomar shop– sentenciaste. Te alcancé un cigarro y te

procuraste fuego con la punta del mío. Botaste el

humo en mi rostro; tosí y puse cara de palote, es

decir, de risa.

Pero preferiste que fuéramos primero a comprar los

elementos para tus artesanías. Por eso nos internamos

dentro de unos pasillos cercanos al mercado central,

lugar donde se reunía mucha gente para comprar

detalles como cierres, elásticos, blondas y todo tipo de

chucherías. El lugar era nuevo y pronto mi mente

comenzó a recolectar historias y rincones para escribir

alguna nueva obra de teatro. Viste unos ganchos

minúsculos de acero y unas cuentas de madera. Tenías

nada más que mil pesos y yo ofrecí auspiciarte en algo.

Tú me dijiste que no, pero luego accediste. Compraste

86
otros elementos en un local en que atendía una coreana

que hablaba muy poco español.

Después fuimos al patio de comidas del mall y

pedimos dos shop de medio litro. Tú, como si fueses una

mujer hecha y derecha, fumando bien, tomando el

cigarrillo con total propiedad, con las piernas cruzadas,

no te arrugabas al beber; nadie sospechaba que tenías

apenas dieciséis e ibas en segundo medio, ni menos que

estabas compartiendo mesa con su antiguo profesor de

literatura, que apenas sabía tragar el humo del cigarro

sin sentir picazón en la garganta o mostrar lágrimas en

los ojos. Y era el momento para que me contaras otra de

tus aventuras, esta vez con tu amiga Daniela cuando ella

se curó y buitreó en plena sala de restaurante, mientras

todos los clientes comían y tú, súper urgida levantándola

del suelo, moviéndola para que reaccionara diciéndole:

“esto nos pasa por aceptar que nos regalen pitcher de

otras mesas” o “viste hueona pa qué tomai tanto” y el

mozo te ayudaba y tú le sonreías para que no te retara,

mientras otro rápido limpiaba el suelo con un paño

húmedo y la gente mostraba cara de asco y dejaba sus

sándwiches y qué se yo en la mesa, para buscar otro

lugar y pedir otra cosa. Y lo contabas con tanto lujo de

87
detalles, con tanta tensión, te aplaudí y te besé en la

boca con pasión de poeta romántico y maldito.

- No me has contado cómo te ha ido en el nuevo

colegio – me preguntaste luego de un lapso de

silencio.

- Bien, no me puedo quejar. Pero no existe muy buena

onda entre los profes.

- ¿Cómo así?

- Como que cada quien va a cumplir con su pega y

después se va. Con decirte que algunos hasta ni

saludan.

- Qué fome. ¿En el San Lucas era así?

- No, para nada. La directora podía ser una tipa vaca y

todo, pero entre los profes había harta buena onda.

Varios fines de semana nos juntamos a comer algo y a

pasarla bien.

- ¿Has conocido a alguien?

- Sí, me junto con un tipo que es del departamento de

artes plásticas. Él tiene la idea de formar un

sindicato. Igual está bien porque a los profes les

faltan algunos beneficios.

- ¿Cómo cuáles?

88
- No sé, hay un computador como pa ochenta tipos. No

hay casilleros personales, no existe un fondo de

eventualidades por si alguien pasa una desgracia, por

ejemplo. Además es casi un hecho que el dueño roba

una parte del sueldo legal de los profesores y todo

intento por organizar a los profesores es coartado.

- Sindicato, suena un poco a comunista.

Reí y te tomé la mano.

- No creai; bueno, la gente de arriba, quienes manejan

el poder, piensan eso, que los sindicatos son pa puro

revolverla, pero no es así. Si ellos se preocuparan de

mantener a su gente contenta no obligarían a los

obreros a organizarse.

- Mi viejo formó parte de un sindicato. Le fue bien,

consiguieron hartos beneficios en la fábrica donde

trabajaba.

- Redacté una carta para que los colegas pudiesen

leerla y se adhirieran a esta iniciativa. Igual tenemos

que hacerla muy piola, hasta el momento somos como

cuatro.

Dimos un par de vueltas por el centro, ahí los dos

palotes y la ciudad me supo distinta contigo a mi lado.

Me olvidé de las deudas, de mis dramas inconclusos, de

89
lo peligroso de la empresa que estaba emprendiendo en

favor del gremio. Ambos pronunciamos carpe diem con

los labios unidos en complicidad.

90
XIV

Pero, ¿qué es el amor? Quizás un significante

demasiado abordado y sobre quien el juego de las

connotaciones ha depositado toda su furia y, en

conclusión, le ha robado el color como si éstas fueran las

astas de una lavadora automática con motor de betonera

para construcción. Hay días en que he pensado en que

nadie habla el mismo idioma, que todos hacemos el

esfuerzo por comprendernos pero nunca nos entendemos

al cien por cien. Por eso no hay comunicación, por eso

existe el momento exacto donde empieza la trizadura sin

que nos demos cuenta hasta que la muralla del corazón

comienza a colapsar, entonces es demasiado tarde y

decimos adiós con el corazón destrozado y un verbo que

se cuelga de nuestros labios pero que nunca pudimos

expresar en el momento ni lugar apropiados.

Por eso no sé qué tan equivocado esté cuando te

digo que a mis treinta años nunca me he enamorado. Si

fuera cierto yo sería un fracaso como ser humano y el

hombre más digno de conmiseración en la historia. Pero

91
quizás sí me he enamorado y todo el panorama

cambiaría. Pero la duda de por sí ya anula la existencia.

Se cree y se tiene. Si se duda se pierde en el acto.

Me he cuestionado una y mil veces lo que sucede en

mi alma, lo he sometido al juicio de la razón y ésta no

me da luces pues las cosas humanas han de entenderse

más allá de inferir deductiva, inductiva o

abductivamente. Sin bien es cierto, la sociedad tiende a

no comprender nuestras posiciones, puede que esta

actitud de ella avive nuestras ansias adolescentes por

querer estar juntos: y ni siquiera en el plano físico, pues

nos vemos tarde, mal y nunca, sino en el plano

espiritual. Somos dos islas tan diferentes que se atraen

ineludiblemente, somos una especie de batería con dos

polos, dos áreas antagónicas que hacen corte pero

producen vida y energía al mismo tiempo.

Decir “te amo”, entonces es insuficiente. Sería

vestirte con ropas prestadas que son parte de la

colección completa, con todas sus tallas. Más bien

quisiera ser el sastre verbal que te cree un vestido a la

medida, con huincha, tiza y alfileres. A ver si puedo

decírtelo con una palabra sin usar un largo discurso, a

ver si puedes entenderme y hablar mi mismo

92
vocabulario. O ayúdame a inventar un nuevo alfabeto;

destruyamos la morfosintaxis, sentémonos encima del

diccionario, hagamos cohetes con las páginas de la

gramática, e inventemos la lengua perfecta, aquella en

la cual existe una sola palabra, palotes, y amemos el

silencio que es la suma de todos los mensajes habidos y

por haber.

93
XV

Las mujeres de mi edad carecen de dos detalles que

tú posees a flor de piel, las cuales ojalá no sucumban

frente a las aguas turbulentas del sistema: la simpleza y

el idealismo.

No sabes cuánto me ha costado llevar relaciones

sentimentales que adquiero como una carga gravosa,

pesada, que se sustenta sobre la base del esfuerzo, pero

no sobre la base de lo que los hombres llaman amor. Las

mujeres de mi edad no piensan sino en casarse, en tener

hijos, un auto, casa, comodidades. No tienen en su

mente ideales ni metas que sobrepasen el límite de lo

normal. Crecieron con el pensamiento de que debían

usar uniforme en el colegio y aquel pensamiento les

persigue como una odiosa sombra, manifestándose ahora

por esa obsesión de ser normal, igual que los demás

mortales. Además viven haciendo problemas,

preguntándose todos los porqué habidos y por haber. Me

he cuestionado porqué siempre tiene que haber razones.

¿No podríamos hacer las cosas simplemente porque

queremos?

94
Durante muchos años traté de vivir de acuerdo al

sistema, a lo que todos consideraban moral o éticamente

aceptable. Sin embargo, me he dado cuenta que quienes

manejan el poder demandan esto de las bases, para

ejercer dominio absoluto de ellas, pasando por alto la

justicia cuando les toca actuar. Me rebelo, por esto, al

sistema y sus imposiciones.

A veces pienso qué tan prohibido es que ambos

sintamos este fuego y lo demostremos con ternuras como

un beso, tomarnos de la mano, darnos un abrazo. La

sociedad prohíbe que nos queramos con libertad, pero

aquella misma sociedad discrimina a los pobres, explota

a los obreros, justifica a los opresores y roba

deliberadamente la pasión que los idealistas poseen en

sus inquietos corazones.

Soy rebelde, por eso te amo y me cuesta decirlo sin

sentir un estrépito en el alma. Pero me hago la idea que

los hombres son extranjeros y peregrinos en este

planeta. Que nunca poseyeron nada como ellos piensan.

Que viven perdiendo lo que no les pertenece y, por lo

mismo, sobreviven amargados, exhaustos, sometidos a la

loca carrera del tener. Piensa, palota mía, cuánto tiempo

invertimos en nuestras vidas pasajeras para poseer:

95
bienes, amores, éxitos. Reflexiona luego cuánto tiempo

en sobrepasar la amargura de perderlos. Ve tú que todo

lo que creemos aferrar ineludiblemente se irá de nuestro

lado en algún momento.

Esa idea me lleva a creer que no eres mía, aunque

me vuelva melancólico al pensarlo. Mi consuelo es

afirmar que no eres de nadie, ni siquiera de ti misma.

Concluyo que si nunca te tuve, tampoco nunca te

perderé. Ese pensamiento, al final, alumbra estos días

tan amargos y oscuros que el injusto destino me otorgó

quizás como un castigo por anhelarte demasiado y

contrariar el sistema gris y frío en el cual

ineludiblemente subsistimos.

96
XVI

Un día me besaste en la boca sin mediar palabra

alguna. Lo hiciste por un par de segundos que me

parecieron benditos y que intenté disfrutar plenamente.

Terminaste, secaste tus labios en mi chaqueta y me

preguntaste:

- ¿No sentiste algo raro?

- Emmm, no, creo que nada.

- ¿Seguro? – luego sacaste tu lengua y la luz hizo relucir

el pearcing que tenías sujeto a tu lengua.

Fuimos a la cocina, te pedí que sacaras las tazas y

los individuales mientras yo abría la llave y ponía agua en

el hervidor. Me contaste los pormenores de la cirugía,

con ese ritmo y tensión tan alucinantes.

- No fue nada más que con una pistola. Ni siquiera me

dolió.

- ¿Y te costó muy caro?

- Como cuatro lucas.

- ¿De dónde sacaste la plata?

97
- El Pepe me la prestó.

Pepe fue tu profesor que en primero, segundo,

tercero y cuarto básico. Te conoció pequeña cuando eras

la más inquieta del curso y a cada rato llamaban a tu

madre para que pagara las témperas que tú derramabas,

los vidrios que quebrabas y cuanto daño ocasionaras. Me

contaste que una vez le enterraste un lápiz en el trasero

de una auxiliar porque no te quiso dar más galletas en el

desayuno. Así de terrible. Cuando no tenías dinero para

salir él ofrecía llevarte en su auto. Tenía cerca de

cuarenta años y hartas canas en la cabeza.

Un domingo en la tarde escuché el ruido del

citófono y contesté. Don Rigoberto, el conserje que

conversaba contigo a veces, te anunció.

- Señor, la señorita Pamela lo busca – me dijo algo

inquieto.

- Bueno, hágala pasar – respondí.

Ordené las cosas, guardé los platos y lancé un poco

de desodorante ambiental en el living y baño. Segundos

después volvió a sonar el citófono.

- Don Vicente – expresó el guardia – la señorita Pamela

no viene sola.

98
Yo me reí y le expresé las gracias. Seguro pensó que

era tu padre o algo parecido que venía a pegarme por

meterme con su hija de dieciséis años.

Ese día conocí a Pepe quien me cayó

excepcionalmente bien. Luego de tomar un café fuimos

en su auto a la feria de artesanía que queda a un costado

del supermercado y te dirigiste al puesto de una

conocida, la niña que te recomendó el local para

instalarte el peircing. Ahora querías ponerte un aro en

uno de los pezones o en el ombligo. El Pepe de nuevo

estaba ahí para auspiciarte.

- Él es mi palote – le dijiste a la Pancha. En su local

vendía aros, incienso, velas y toda clase de elementos

artesas.

- ¿Qué cosa? – preguntó perpleja.

- Palote – le dijiste riendo.

Entonces tú y yo le explicamos toda nuestra

historia, la definición del término y todos los beneficios

de adoptar este tipo de relación. Pero en todo caso le

dijimos que era un secreto; nadie debía saber porque eso

sería echarse a mucha gente encima, perder mi pega,

pelea con tus padres.

- Mientras menos gente sepa, mejor – agregó Pepe.

99
Hacía calor y yo debía entrar al supermercado

para comprar algo para el almuerzo. Me despedí de ti, de

Pepe, de la Pancha. Tú me dijiste

- Te voy a dejar a la puerta del super.

Caminamos; tú no tenías prisa pues la niña que

hacía las operaciones no llegaba aún.

- ¿Qué vas a cocinar?

- No sé, arroz con un tarro de atún y ensalada de

tomates. Es mi plato preferido.

Estaba cansado pues la noche anterior me había

quedado escribiendo hasta tarde un guión de un corto

llamado “Musement”. Me sorbí varias tazas de café y

fumé casi media cajetilla de cigarrillos. Lo bueno es que

había avanzado un buen número de páginas. La idea era

presentarle el escrito a un director norteamericano que

visitaba esos días la capital. El dato me lo había dado

Verónica, una periodista que conocí en el lanzamiento de

mi primera obra “Esa crueldad momentánea”, drama con

el que alcancé cierta notoriedad en el ambiente

intelectual.

- ¿Dónde te vas a poner el aro? – te pregunté con

curiosidad infantil.

100
- Quiero que sea en el pezón, sí, mejor no me lo voy a

colocar en el ombligo, está muy trillado.

- Qué buena, lástima que no voy a poder ver cómo te

quedó.

Me miraste seria, simulando ser una mujer mayor,

una especie de viuda negra escrutadora, inquisitiva,

sensual. Acercaste tu boca a mi oído y despacio, casi

imperceptible, como jugando a la seducción susurraste:

- Si quieres después lo estrenamos.

Reímos y el guardia nos miró extrañado. “No puede

haber dos personas tan felices”, debe haber pensado.

101
XVII

Nunca te vi con mucha frecuencia, pero esos días

nos encontramos con mucho menos frecuencia aún. “No

eres mía”, repetía con insistencia en mi mente y dejaba

que los pensamientos de egoísmo se fueran como el agua

sucia en el orificio del lavamanos. Los palotes no se

reclaman, pues nadie pertenece a nadie, ni siquiera uno

se pertenece a uno mismo, argüíamos. ¿Es que acaso uno

puede saber lo que va a suceder en el futuro? Pues si uno

fuese de sí mismo el destino también sería propiedad

privada ¿Puede un ser humano predecir el porvenir? ¿Qué

si de pronto viene la muerte y encuentra nuestras

defensas débiles y sin vigor? Somos polvo y no somos

nuestros. Ser palotes es creer en la deconstrucción del

yo.

Acaricié cada uno de los instantes vividos y el café y

los cigarrillos me atraían tu aroma de niña mujer. Muchas

veces creí que en los largos lapsos de ausencia estabas

probando otros labios, comprobando las caricias furtivas

de otras manos; pensé que si fuese así no tenía por qué

102
reclamarte pues los palotes no invaden la voluntad del

otro, ni pueden exigir tal o cual cosa pues eso es abrirle

las puertas al egoísmo. Inspiraste las líneas de mis

tragedias y entremeses, fuiste la medida de todos mis

personajes. Veía tu rostro en la luna estacionada tras la

cordillera y esas hendiduras de tus mejillas en los

badenes de la nieve sobre aquélla. No estaba a tu lado y,

pese a todo, era feliz. Los palotes son felices y no

necesitan estar uno al lado del otro para serlo.

Fue mucho tiempo sin vernos, hasta que un día me

avisaste que vendrías a verme temprano en la mañana,

antes de que te fueras al colegio. Te bajaste en el

paradero, caminaste un poco y le dijiste al guardia que

me buscabas. Oí el citófono y rogué que te dejara entrar.

Tú vestías uniforme y yo el mío: pantalón de tela, camisa

de cuello duro, corbata; me alistaba para ir a trabajar.

Llegaste, te ofrecí un café, no quisiste, escuchamos las

noticias de la radio Cooperativa mientras yo me ajustaba

la corbata. Entraste a la cocina y sacaste del mueble la

tapa de conservas que nos sirve de cenicero.

Apenas conversamos diez minutos, ambos bajamos,

tú caminaste hacia el colegio y yo al paradero. En la

calle no nos dimos ni siquiera un beso: la gente y tus

103
compañeros nos verían, quizás algún alumno de mi

colegio nuevo. Caminaste por la calle diagonal y te

perdiste en la curva.

- ¡Qué extraños son los palotes! – dije en voz baja –

Verse diez minutos, más encima a las siete y media de

la mañana. ¿Qué otros amantes harían eso?

Muchas veces fuiste a esa hora, tomábamos rápido

un café, me ayudabas a ubicar la corbata en mi cuello,

me contabas de tus aventuras en el colegio. Llegabas con

cara de sueño; te venías casi colgando de alguna micro,

de una de aquéllas que vienen repletas de obreros desde

Maipú a otros sitios de Santiago.

Con el nuevo trabajo ya no tenía que trabajar sólo

para pagar. Me quedaba algo de dinero al menos para

sobrevivir hasta el día quince, el mismo día en que

compraría cigarrillos más baratos para ofrecerte.

104
XVIII

Esos días en que fuiste a verme, que no fueron más de

tres, te percibí delgada y con el rostro ligeramente más

pálido.

- ¿Estás enferma? – te pregunté.

- Un poco. Vomité casi toda la noche, no me he sentido

muy bien últimamente.

- ¿Comiste algo que te cayó mal?

- No, nada fuera de lo común. Puede que sean los

nervios.

De nuevo, intuí, empezabas a entrar a tus fases

cíclicas depresivas. Pensé en decirte que podíamos salir a

caminar luego de clases, ir al cine, a alguna exposición

de arte, pero luego me retracté pues siempre rehuías mis

invitaciones. Si salimos alguna vez fue por que lo

decidimos en el momento y ambos, sin la existencia de

una moción personal, más bien por una decisión casi

aparecida por generación espontánea en nuestros

corazones.

105
Me pediste agua y sacaste de tu mochila un frasco

con pastillas. Esa mañana sólo yo tomé café, tú te

sorbiste el vaso de agua y dos cápsulas. Quedaste en

silencio mirando el cuadro de Dalí que cuelga en una de

las murallas del living.

- A veces no tengo ganas de vivir. Preferiría matarme o

quedarme encerrada en la habitación por días

enteros.

- Vamos, no digas eso. Si te puedo ayudar a salir puedes

contar conmigo, pero no seas tan cerrada, Pame.

- No puedo evitar ser así. Hemos conversado tantas

veces y te soy honesta, te he contado casi una

mínima parte de lo que soy. Si supieras todo lo que

me ha pasado me comprenderías.

No nos vimos en un mes más y el único contacto que

tuvimos fue el mensaje de texto que enviaste como una

semana después de esa mañana. Pusiste “t kiero” y yo te

respondí “también”. En medio de mis clases me

recordaba de ti y ese recuerdo me sirvió para tratar con

ternura a mis alumnos del nuevo colegio. Podía sentarme

a conversar y entenderlos un poco mejor. A veces me

contaban sus penas y me transformé para ellos en una

especie de paño de lágrimas.

106
Entendí más a cabalidad que la edad no es más que

una circunstancia en la vida y, como tal, el hombre la ha

usado para construir murallas sobre la base de ésta. La

mayoría de mis colegas veía a los jóvenes como

individuos en vías de ser personas, no como personas en

vías de descubrir su vocación. En esas largas pláticas en

recreo, horas de colación o mientras hacían alguna

actividad evaluada, aprendí que los alumnos podían

enseñarme muchos aspectos de la vida, pues detrás de

cada persona existe una pasión y detrás de cada pasión

una curiosidad por investigar. El resultado de esa

investigación era el saber y aquel saber me lo podrían

transmitir, así como yo les transmitía los contenidos de la

asignatura.

Un día volví a presenciar con ellos, después de

cerca de trece años el filme “La sociedad de los poetas

muertos”. La última vez que la vi era un tímido

estudiante de tu edad, lleno de trancas y complejos. No

se me pasaba por la mente qué seguiría estudiando en la

universidad y empezaba a escribir mis primeras

representaciones teatrales y guiones cinematográficos.

Entonces vimos la película en clases de filosofía con una

profesora practicante y entendí que mi vocación estaba

107
en el enseñar y hacerlo con la pasión con que se escribe

un poema. Pero no se entienden los mensajes hasta que

la experiencia y las circunstancias del cosmos se

conciertan en el ambiente y uno comprende con ojos

maduros la realidad. Y después de hacer clases en

muchos colegios, luego de muchos golpes en la vida y

errores cometidos, creí que el mensaje ya estaba dentro

de mí, lo fui haciendo vida y lo practiqué con mis

alumnos.

- ¡Carpe Diem – empecé en una clase a decir-

aprovechen el día que los que vienen no serán

mejores! Aprovechen ahora que todavía tienen

esperanzas y sueños, que mañana, cuando trabajen

será demasiado tarde. Cuando lo hagan se darán

cuenta que uno empieza a transar por el dinero con

que se procura el pan, uno hará concesiones por la

comodidad, y perderá la pasión con que enfrentaba a

la vida. Y sin pasión, ¿quién puede vivir feliz? ¡Carpe

diem!

Siempre fui cercano a mis alumnos pero ahora, al

conocerte, podía comprender los conflictos por los que

pasaba tu generación; me introduje en el pensamiento

de ella y en sus sinsabores; me parecían gente mucho

108
más honesta y sincera que mis colegas que predicaban

con insistencia: “A los alumnos tú les das la mano y te

toman el codo”. El carácter falaz de esta declaración la

comprendería semanas después, cuando tuve que liderar

el movimiento que culminó en mi despido y proceso

judicial.

109
CINCO

Aquel mancebo llamado Ianco, luego de días de

vivir en medio del bosque y alimentarse con los

productos que la naturaleza benefactora le

proporcionaba, entendió que aquel reflejo lejano

consistía en un mensaje de auxilio. Se disfrazó de

mendigo para lo cual envejeció sus vestimentas, caminó

encorvado y sin sandalias y tiñó su rostro con hollín para

ocultar su condición morena.

En el pueblo la gente laboraba apaciblemente, las

señoras hacían el aseo de sus casas, los hombres

martillaban tablas y labraban la tierra. Los niños jugaban

con pelotas de trapo y caballos fabricados con madera. El

paisaje resultó nuevo para los ojos del joven forastero;

la gente era tan distinta, pero al mismo tiempo pudo

distinguir la belleza en esa diversidad. Las calles eran

adoquinadas; sobre los techos asomaba el humo de las

chimeneas. En ese rincón de la Isla de los palotes se

respiraba paz y sosiego.

110
Al acercarse al castillo, una construcción que desde

afuera parecía inexpugnable, le preguntó a un pequeño

quién vivía allí.

- ¿Es que acaso usted, buen varón, es el único en la

provincia que no sabe que allí vive el rey, su señora e

hijos?

- Lo he olvidado, buen niño. Mirad, soy un mendigo que

a veces olvida las cosas. Y me podrías decir ¿quién

vive precisamente en la altura de aquella torre? –

Ianco, apuntó con el dedo en dirección a la habitación

de la cual refulgían cada día los rayos del sol desde

un breve espejo.

- Ahí vive nada más ni nada menos que la hermosa,

bella, formidable, dulce, admirable, angelical - y

todos los sinónimos posibles – Aluani, hija del rey de

Manmara – el pequeño respondió e hizo una

reverencia al pronunciar el nombre de la doncella.

- ¡Vaya, en realidad debe ser una mujer encantadora! –

exclamó el visitante.

- Eso es decir poco, señor mendigo. Es maravillosa, sin

embargo casi nunca se le ve caminar por las calles y

los prados de nuestro pueblo, como usted debe

recordar, pues su padre teme que se enamore de

111
algún plebeyo que robe y conquiste su corazón. Para

eso la mantiene encerrada día y noche. Se entretiene

observando la ciudad y sus alrededores con un

catalejo y escuchando las historias que un magnífico

bufón llamado Buara. Pero Buara se encuentra un

poco enfermo; los médicos de la corte se lo han

llevado a un lugar que queda a los pies de la

montaña. Es una cueva en la cual mana agua

volcánica. Dicen que con eso puede curarse.

- Oh, qué calamidad, buen pequeño; qué triste debe

sentirse esa doncella sin alguien que la pueda

entretener en sus largas jornadas de encierro –

expresó con sincera tristeza el apacible Ianco.

- Pero no se entristezca, señor mendigo. La princesa

muy pronto tendrá entretención por mucho tiempo

pues el rey ha llamado a todos los bufones de

Manmara para hacer una selección y escoger al mejor

de los saltimbanquis. Hoy los escogerá en una reunión

que se celebrará en la plaza pública. Ahí encontrará

el reemplazante para el gracioso y formidable Buara.

- ¡Oh, que buena idea se le ha ocurrido a su majestad!

– exclamó Ianco, al mismo tiempo de sentir un

chispazo en su mente- Iré a la plaza pública a

112
presenciar a aquellos bufones que me parecen son

muy divertidos. Gracias, buen niño.

- No hay de qué, señor mendigo.

Rápidamente el joven forastero, habitante de la

tribu Kru, la que a su vez se encontraba en la hermosa

Isla de los palotes, se hizo la idea de participar en aquel

certamen que tendría por finalidad escoger de entre

todos los bufones a aquel que debería entretener a la

princesa Aluani en sus tardes de ocio. Supo que aquella

alma le necesitaba, por lo mismo, pensó que la única

posibilidad de lograr llegar a ella sería siendo un bufón

de la familia real. Un bufón que supiera contar historias,

que jugara con elementos diversos, que tuviera

ocurrencias divertidas y que exprimiera risas de la nada.

Sin embargo, se enfrentó a algunos problemas: ¿cómo

podría ocultar la condición de su piel oscura de modo de

que la gente y el monarca no supiera que era un extraño

en el pueblo? ¿Cómo lo haría para vestirse con gracia y

colorido si es que sus únicas prendas las tenía puestas y

para simular ser mendigo las desgastó deliberadamente?

Como Ianco era aventurero, temerario, pero aparte muy

creativo fue al bosque, cortó un trozo de corteza de

árbol y con una piedra afilada hizo orificios sobre ella de

113
modo que quedó una bella máscara de madera. Pero,

¿qué de su ropa? Fue al pueblo y caminó por los patios

traseros de las casas. Allí los cordeles mostraban

infinidad de ropas desplegadas, esperando secarse ante

el tibio aire de Manmara. Tomó prestadas aquellas

prendas más coloridas y fue a acicalarse detrás de unos

arbustos. Allí, colgado en unas ramas quedaba el traje de

vagabundo; en el cuerpo delgado de aquel moreno joven

el traje de gran bufón.

Ianco llegó pronto a la plaza del pueblo; los

habitantes de Manmara esperaban expectantes, sentados

en el suelo, que empezara el espectáculo. El joven

forastero se dirigió a un señor que anotaba en un

pergamino y le habló:

- Permítame presentarme, noble señor. Soy nada más ni

nada menos que el extraordinario, admirable y bien

ponderado... – se olvidó de pensar en un nombre

gracioso y grandilocuente y tuvo que inventarlo en el

momento- ¡OGACIC!, saltimbanqui, trovador,

escudero, malabarista y cuenta cuentos.

- Oh, enmascarado personaje, me imagino que usted

viene a presentarse al concurso de bufones que ha

114
organizado su majestad. Permítame inscribirlo. ¿Cómo

me dijo que se llamaba?

- ¡Ogacic, saltimbanqui, trovador, escudero,

malabarista y cuenta cuentos! – e hizo aspavientos

que llamaron la atención de todos quienes se

encontraban alrededor del señor cortesano encargado

de reclutar a los participantes.

- Muy bien, Ogacic, usted es el cuarto y último inscrito.

Tan pronto sea su turno debe salir al escenario. Pero

le advierto, ¿le dijeron qué le pasaría a quienes no

ganaran el certamen? – el tipo puso cara de miedo y

miró fijamente a los ojos de Ianco.

- No, señor, nadie me lo ha explicado.

- Aquéllos irán directamente a la horca.

Ianco tragó saliva y abrió los ojos como los de un

escuerzo. Pensó en retractarse de su compromiso,

empero ya estaba inscrito y no podía echar pie atrás.

La concurrencia estaba enfervorizada cuando el

animador fue presentando a los participantes, sin

embargo, a medida que cada uno de ellos hacían su

participación el público daba su categórico veredicto:

- ¡HORCA, HORCA! – gritaban molestos pues no lograban

satisfacer sus ansias de entretención.

115
Entonces llegó el turno de Ianco, quien tiritaba

como un polluelo a la intemperie. No se le ocurrió otra

cosa qué hacer, salvo contar una historia, una historia

simple y romántica, que sensibilizó a toda la audiencia

y que mientras era contada atraía a las mariposas y a los

pétalos de flores que navegaban en el aire tibio de

Manmara.

116
XIX

Redacté una carta que explicaba los lineamientos

de la iniciativa que pretendíamos llevar a cabo. Fui

nombrado por Emilio – el profesor de artes- como el

relacionador público o vocero. Mi tarea era acercarme a

cada uno de los profesores, explicarles el asunto

haciendo hincapié que no queríamos armar conflictos

sino lograr mayores beneficios que redundaran en una

mejor calidad de vida y, por lo mismo, una mayor

productividad.

- Esta iniciativa puede generar algunos problemas – me

expresó Emilio. Llevaba tres años haciendo clases y

conocía el carácter del mandamás del

establecimiento.

- ¿Por qué? – pregunté extrañado.

- Alfredo no es una persona con las que uno se sienta a

dialogar para buscar un consenso. Puede verse muy

buena gente, le hace favores a medio mundo, pero es

así como también va comprando las lealtades. No

acepta que disientan con él. Es más, no sabe discutir,

por eso rechaza el diálogo.

117
- Pero, ¿qué de malo tiene eso?

- Cuando llegó al poder disolvió el bienestar que había.

Su miedo es que la gente se organice.

- ¿Cómo así? ¿No existen departamentos bien armados,

grupos de gestión?

- Puta, huevón, parece que tengo que explicarte con

monitos. ¿No has cachado que todos los jefes de

departamentos son unos mamones, gente manejable,

huele peos de Alfredo? No están ahí por méritos

académicos sino porque lo saben chupar bien.

- Chuta, qué gráfico. Bueno, en todo caso tienes razón.

- Lo que estamos haciendo es pionero, pero traerá

algunos costos si no hacemos las cosas bien.

- ¿Qué tipo de costos, Emilio?

- Despidos, hostigamiento, cosas así. ¿No te importa?

- No. Estamos pidiendo lo justo. Se supone que la etapa

de ese perro de mierda llamado Pinochet ya pasó.

Estamos en democracia, podemos organizarnos.

- Es posible, en el papel, viejo, pero la práctica me

dice que aún llevamos la dictadura en la mente,

Vicho.

118
Cincuenta y dos profesores adhirieron a la

iniciativa, hasta el momento en que, de algún modo, el

cuerpo directivo se enteró del movimiento.

Uno de esos días, durante la hora de colación dejé

mi bolso en la sala de profesores y dentro de aquél la

carpeta que contenía el documento y el apoyo en firmas

del cuerpo docente. Al retornar, faltaba dicha carta.

- Emilio, ¿tú sacaste la carta de mi bolso?

- No, compadre, ¿yo? ¡Para nada! Si la hubiese querido

te la habría pedido primero. ¿Por qué?

- No, lo que pasa es que no está entre mis papeles.

- La habrás dejado en otro lado, recuerda.

- No, Emilio. La tenía allí.

Me senté en mi lugar con el fin de hacer memoria.

Un grupo de profesores traspasaba el umbral luego de la

hora de colación conversando.

- Hay reunión – escuché de labios de una profesora de

ciencias.

- ¿Por qué razón? – preguntó Manuel, un profesor de

matemáticas.

- Una eventualidad – agregó la mujer.

El director venía detrás de un grupo de profesores,

con el intercomunicador encendido y un par de papeles

119
en la diestra. Su rostro denotaba malestar. La sala de

profesores se observaba repleta y un silencio

relativamente nervioso lograba reinar dentro y en los

sectores cercanos al lugar.

Don Alfredo nos dio las buenas tardes con un saludo

que pareció nada más que un trámite forzado de buena

educación.

- Los he citado a esta reunión con el fin de aclarar

algunos puntos de una carta que ha llegado a mis

manos – observé a Emilio. Él también lo hizo.

Comprendí que el documento había sido sustraído por

alguien- ¡Yo no voy a permitir que estén armando

cahuines de esta envergadura. Si quieren pueden

conversar conmigo, siempre he tenido las puertas

abiertas para que la gente que quiera venga a

conversar conmigo! – gritó y notamos que sus manos

temblaban. Los grupos de poder siempre temen que

sus trabajadores se organicen; aplican el criterio de

dividir para debilitar. Emilio alzó su mano para

explicarle nuestra posición.

- Señor director, éste no es un problema individual, por

eso debemos conversarlo como grupo de profesores –

acotó de modo cauto.

120
- ¡Usted no hable, señor, con qué cara viene a reclamar

si usted está aquí porque yo le permitido. Agradezca

que le he dado trabajo!

Pensé en participar en la conversación, sin embargo

me contuve. Llevaba recién dos meses trabajando, qué

peso podrían tener mis declaraciones. Me contuve. Emilio

agregó:

- Soy un profesional que estudió cinco años en una

universidad. Cuando hablamos de trabajo no estamos

hablando de favores – los colegas aplaudieron y el

director se puso rojo. Iracundo en extremo gritó,

fijando sus ojos en los de Emilio

- ¡Usted es un demagogo y un amargado! – y salió

enfurecido por la puerta que daba al patio.

Desde ese día las cosas se tornaron complicadas

para los profesores que habíamos firmado el documento.

Empezaron a examinar cada uno de nuestros actos al

interior del colegio, esperando vernos en alguna

situación impropia; los auxiliares – seguro enviados por

los directivos- trataban de escuchar las conversaciones

que entablábamos entre colegas. Todo el grupo leal al

director, comprado a bases de favores y protección,

hacían mofa de nosotros y evitaban nuestros saludos.

121
Durante ese tiempo encontré descanso en la amistad con

mis alumnos, aun cuando ellos no sabían lo que pasaba

entre los profesores y la dirección (pues tomamos el

acuerdo de no hacerlos partícipes del conflicto). Vivimos

momentos inolvidables en las fogatas con velas que

hacíamos en la sala, redactando ensayos, leyendo poesía,

analizando películas del cine arte. Siempre

desembocábamos en nuestras propias vivencias y me

convencía aún más que la literatura es en definitiva un

puente que nos emparenta con la humanidad y la

sensibilidad inherente a todos los mortales.

Muchos profesores al ver la reacción del director y

las amenazas implícitas de sus actuaciones posteriores,

fueron ablandando su postura y al final, por cuidar su

trabajo, se humillaron yendo a conversar con el director,

pidiendo perdón por haber adherido al espíritu del

movimiento.

Un día, mientras me lavaba los dientes luego del

horario de colación, apareció el inspector general. Me

empezó a molestar diciéndome “compañerito” o algo así

y también frases tales como “hay olor a revoltoso”. Quise

agachar mi cabeza, pero me acordé de ti, de mis padres

122
y de las personas que quiero. ¿Qué harían tú y ellos si

alguien me faltara el respeto de esa forma? Me defendí:

- Señor inspector, quiero ver si usted diría eso si los

directivos no le guardaran las espaldas. Si estuviera

solo se mearía de miedo.

Se enfureció y me empujó contra el lavamanos. Mi

cepillo cayó al suelo. Pensé en agredirle, pero no quería

agravar más los hechos.

- Eres un maricón, vendido – le grité. Él se rió y me

miró a los ojos.

- Agradece que no te saqué el dinero que tenías

guardado en el bolso – agregó. Sentí rabia; él había

hurtado la carta de mis pertenencias.

- Esto no se va a quedar así – advertí con la cara roja

de furor.

Mi golpe en el lavamanos, que al parecer sonó

bastante fuerte, alertó a un par de colegas que

transitaban por afuera. El inspector se retiró, casi

pasando por encima de ellos.

- ¿Qué te pasó colega? – me preguntaron.

- Ese matón intentó pegarme – respondí y lavé mi cara

ardiente.

123
Me retiré del colegio profundamente ofuscado y con

el estómago colapsando. El café y los ácidos gástricos

estaban haciendo lo suyo. Al llegar al departamento atiné

a acostarme. De ahí no pude levantarme. Pensé en que

tenía que regresar pero con ese dolor me era imposible

hacerlo. El teléfono como siempre estaba cortado y mi

celular no tenía cupo para llamar y dar aviso de mi

ausencia. Tampoco podía bajar a portería a llamar desde

el teléfono público pues el dolor era insoportable.

Al día siguiente, un poco mejor de salud intenté

entrar al colegio. El guardia me detuvo y me dijo que

esperara en recepción. Pronto apareció el director, el

inspector y la contadora. El primero tenía en sus manos

una carta de despido. La leí en voz baja, asombrado,

estático, con un nudo en la garganta.

- ¿Qué significa esto, señor director? – pregunté con

lágrimas en los ojos.

- Está despedido – respondió con una leve sonrisa.

Tragué saliva, apenas me despedí y me senté en las

escaleras de la entrada. A esa hora casi no entraba gente

y me vi por mucho rato solo. Pensé en los momentos de

reflexión con mis alumnos, en nuestras pláticas íntimas,

revivieron en mi interior esas jornadas acompañadas con

124
música de guitarra y con fragmentos de poesía; por un

momento pasaron por mi mente todos esos rostros y las

miradas llenas de esperanzas y sueños de los alumnos

que tenía a mi cargo. Faltaban cerca de dos meses para

que los cuartos medios se graduaran, mi corazón se

estremeció. Pensando esto lloré en silencio. El cielo,

nublado como en nuestros mejores días de fiesta también

comenzaba a hacerlo.

125
SEIS

Cuenta esta historia que un rey estaba muy aburrido

una tarde. Todos los bufones de su corte no lograban

siquiera entretenerlo un poco. Salía al patio, caminaba

de un lado al otro, cabalgaba por los jardines de su

palacio, tomaba su arco y flecha y salía a cazar liebres

en el campo, pero todo lo aburría y así se la llevaba por

semanas enteras.

Un día tuvo una gran idea: organizó un concurso que

consistía en premiar con una perla valiosísima a la

persona que pudiera tomar con su diestra la hermosa

piedra ubicada en el centro de una alfombra vasta. La

prohibición radicaba en que nadie podía pisar la alfombra

o tocar su superficie. Quien lo hiciera sería decapitado

en la plaza pública.

Mucha gente asistió a dicha convocatoria. Todos

tenían las esperanzas de recibir tan costoso regalo, ya

que su valor era tan sublime que el poseedor podría

llegar a ser millonario y dejar de trabajar de por vida.

126
El primero de ellos ubicó un cordel amarrado de un

extremo a otro del gran salón usando como soportes unas

columnas. Se colgó de aquél y fue acercándose a la

perla, pero tuvo mala suerte pues su peso era

demasiado: la cuerda hizo una parábola al medio y su

cuerpo tocó ineludiblemente la alfombra. El rey hizo

sonar sus dedos y sus súbditos entraron y enérgicamente

llevaron entre sus brazos al primer postulante que

lloraba de pavor y pedía clemencia.

El segundo tomó mucho vuelo, empezó a correr,

seguro quería saltar, agarrar la piedra y caer al otro lado

de la alfombra. Sin embargo el esfuerzo fue inútil, cayó

en la alfombra y corrió la misma suerte que el anterior.

Otro trató de extraer la diadema con dos largas

ramas, pero se tornó nervioso, sus manos temblaron y

movió el tesoro que cayó finalmente en la superficie.

Esto enfureció al rey que envió a sus súbditos a pagar con

treinta latigazos la temeridad del individuo.

Así pasaron uno tras otro, pero ninguno pudo

alcanzar el éxito en su empresa. Empero, tras el grupo

de súbditos apareció un señor bajito, calvo, algo

encorvado y muy anciano. La gente comenzó a hacer

mofa de él, pues decían para sí:

127
- ¿Cómo un pequeño alfeñique puede lograr vencer a

todos los mozos hidalgos y temerarios que han pasado

por esta competencia?

La gente de la corte le miró de pies a cabeza,

sonrió y, como modo de divertirse un rato, le permitieron

ser el último participante de este gran desafío.

El anciano se paró enfrente de la alfombra, observó

fijamente la diadema, se agachó, puso el dorso de sus

manos en el suelo, las arrastró hacia la alfombra. Sin

tocar la superficie, sino la parte trasera de aquélla,

procedió a doblarla como se dobla un pergamino. La

gente observó asombrada, estupefacta, las acciones del

anciano. Cuando llegó a la diadema, tomó ésta con

suavidad, se puso de pie y alzó el galardón con humildad

en los ojos. Todo el público le aplaudió, el rey le hizo

vestir con ropas nuevas y un anillo nuevo, se organizó

una magnífica fiesta para exaltar la sabiduría de ese

anciano que desde ese día fue nombrado ministro de

asuntos complicados y problemas del palacio del rey.

128
XX

Sin saber cómo reaccionar, sentado en las

escalinatas, con los ojos húmedos, escribí un mensaje de

texto dirigido a los profesores y alumnos. Que me

acababan de despedir, que tomaron mi ausencia como

excusa y que todos sabían las razones exactas de la

decisión: el director no quería que los profesores se

organizaran. Seguro que al dueño del colegio esto le

hacía gracia y era posible que fuera la única razón por la

que aun tuviera a ese monigote en el cargo.

Recibí un par de llamadas de alumnos que aún no

podían creer la noticia, al igual que yo. En un mensaje

de texto un par de alumnos de segundo medio me decían

que el curso estaba de pie sobre las mesas – al igual que

en el filme que habíamos visto- a modo de protesta.

Había rumores que iban a despedir a otros profesores y

eso les alertó aún más.

La tarde me sorprendió en una banca de la plaza de

Maipú, comiendo maní confitado, aún en shock por los

hechos acaecidos en la mañana. Recibí el llamado de

129
René, un alumno del cuarto medio “A”, quien quería

conversar conmigo. Lo invité al departamento. Nuestra

cita fue a las nueve de la noche.

- Profe, vamos a hacer un paro. Andan diciendo que van

a echar más profes. Cuando los inspectores supieron

que queríamos organizarnos nos andaban

persiguiendo, mandaban a los auxiliares a escuchar lo

que decíamos, el ambiente está muy denso. Aun así

logramos contactarnos con los representantes de los

cursos. Toda la media se sumó. Mañana empezamos.

Trate de ir.

Como era de esperar, las versiones que hizo correr

el inspector cambiaban radicalmente la verdad. Expresó

que fui yo el que lo provocó y también fui yo el que lo

agredió físicamente. Me encargué de contar los hechos

tal cual sucedieron y las circunstancias anteriores el

primer día de movilización ante unos doscientos alumnos

apostados en un parque cercano.

Esos días grises, pero a la vez llenos de esperanza

pues recibí cartas, llamados, visitas de mis alumnos

(extrañamente ningún profesor estuvo conmigo, ni

siquiera Emilio, seguro por miedo). Sólo te escribí un

mensaje de texto. Al día siguiente apareciste de mañana,

130
acompañada por tu amiga Mary. Te viste obligada a

contarle nuestro secreto.

Aún estaba acostado, Mary quedó fumando un

cigarro en la terraza, pasaste a mi dormitorio y te

sentaste a un costado de la almohada. Te conté lo que

había pasado y lloré como si fuese un niño. Tú acariciaste

mi pelo y por primera vez pensé que tenías más años que

yo, pues tu mano me supo maternal.

- Pensé que te habían echado por lo nuestro – me

dijiste aliviada. Si te preguntan niégalo. Te puede

perjudicar mucho. No me voy a sentir mal.

- Los alumnos están de paro, piden la cabeza del

director. Ayer fui a la movilización y les conté lo que

había pasado. Cuéntame, ¿Mary es de confianza?

- Sí, claro – me miraste a los ojos y luego detuviste la

mirada, bajándola, en un punto incierto.

- ¿Qué pasa? – te pregunté distinguiendo un matiz de

inquietud en tus ojos.

- La Mary tiene una amiga que va en tu colegio.

- Supongo que no le habrá dicho...

- No creo.

Te fuiste pues faltaban diez minutos para las ocho.

Me despedí de Mary y de ti y observé cómo se perdían en

131
las escaleras del edificio. Luego me fui a acostar

pensando en nosotros, pensando en la pesadilla que

estaba viviendo. Ni siquiera podía imaginarme lo que

trágicamente acontecería en los días siguientes.

132
SIETE

La historia contada por aquel desconocido

enmascarado, sacó aplausos de todo el público y de los

súbditos del rey. Éste, mostrando en el rostro un gesto de

aprobación alzó su voz fuerte y bronca:

- Lo felicito, señor enmascarado. Ha demostrado que es

posible entretener y dejar una enseñanza al mismo

tiempo. Sin embargo, creo que los bufones no sólo se

caracterizan por contar historias, sino por hacer otro

tipo de actividades también. ¿Puede usted decirnos

cuáles son múltiples habilidades y hacernos una

demostración aquí de aquéllas?

- Oh, excelentísimo rey, desde luego que sí. Le diré que

sé cocinar, lavar, planchar, cuidar plantas, tocar el

laúd, escribir trovas, cabalgar, escribir obras de

teatro, dibujar, manejar marionetas, cantar, escrutar

los astros, conquistar mujeres, oh, formidable rey, y

haré demostración de esas virtudes aquí. Pero para

empezar me gustaría hacerlo trovando. ¿No tiene

133
usted, magnánimo rey, un laúd que pueda facilitar a

este, su humilde vasallo?

- Oh, desde luego. ¡Súbditos, traed el mejor laúd que

haya en mi palacio!

Una vez que le hubieron traído el instrumento

musical, Ianco, dominador absoluto del escenario,

procedió a afinarlo. La gente estaba cautivada por ese

hombre que llenaba todo el espacio y hablaba con voz

varonil y suave y esperaba expectante las habilidades

que mostraría en los próximos minutos.

- Oh, respetable público, ahora que he afinado estas

cuerdas procederé a cantarles una trova que yo

mismo he compuesto.

Al terminar, el pueblo se sacudió ante tan ciclópea

ovación. El rey contemplaba sonriendo al joven

enmascarado, demostrando aceptación absoluta. Pero

eso no fue todo: Ianco prosiguió e hizo malabarismo,

simuló con sus manos títeres que hablaban entre sí, luego

pidió cueros para dibujar sobre la base de una raya que

hacía un representante del público. Para finalizar pidió

silencio al público enfervorizado que no cesaba de

comentar el extraordinario carisma y talento de su

persona.

134
- Oh, magnífico público, maravilloso y extraordinario

auditorio, ahora permitidme hacer una breve

dramatización de un monólogo que yo mismo he

escrito y quiero dedicarlo a vosotros.

Todo iba bien, Ianco con desplante, movido por

histrionismo en su límite máximo se movía con gestos

grandilocuentes y asombrosos, hasta que de pronto, a

causa de un movimiento imprudente de sus ágiles brazos,

sucedió un hecho que dejó estupefactos al rey, a la corte

y a todo el público que presenciaba el acto: La máscara

que ocultaba el rostro de Ianco cayó al suelo, dejando en

evidencia su morena condición.

El pueblo se paralizó; la inmovilidad llegó incluso

hasta los más mínimos músculos de aquel carismático

saltimbanqui. Luego de unos segundos, intuyendo el

magro destino que le depararía, el asustado Ianco se

encomendó a las potestades celestes y esperó le llevaran

a la horca, la hoguera o guillotina, arrodillado en el

suelo, con el rostro rojo de vergüenza.

135
XXI

No me llamaste ni me escribiste ningún mensaje. Es

que eso era normal en nuestra relación palota. Pero te

recordaba en los café y en los cigarrillos que fumaba

cada tarde en tanto trataba de concentrarme en las

acciones judiciales que emprendería y en escribir un

proyecto de serie de televisión. Llamé a Verónica para

que me contactara con algunos medios de prensa de

modo que pudiera dar cobertura a la movilización que

realizaban los alumnos por esos días. Mientras platicaba

con ella en mi departamento recibí una llamada de la

contadora del colegio. Quería que fuera a conversar con

el representante legal. Seguro deseaba llegar a un

acuerdo económico que secundariamente podía hacer

que los alumnos depusieran su actitud e ingresaran a

clases para terminar bien el año. Seguí conversando con

mi amiga quien sacó su agenda con nombre y teléfonos

de algunos periodistas de televisión y medios de prensa.

- ¿Crees que puedan hacer una nota? – le pregunté.

- Sí. Estos hueones me deben algunos favores.

136
Esa tarde respondí a un cuestionario por teléfono

que me hiciera un tipo de Las Últimas Noticias, luego el

que me formulara una periodista de radio Chilena. Al día

siguiente, en medio de la marcha, llegó la gente de

Chilevisión y entrevistaron a un par de voceros y a mí. El

asunto estaba tomando fuerza, aunque no sabía a ciencia

cierta qué es lo que estaba pasando al interior del

establecimiento.

Nada más fui ese día pues mis alumnos me

aconsejaron no acompañarlos pues eso podría perjudicar

mi imagen. Me lo dijo Karina, representante de los

terceros medios, quien era una de las coordinadoras y

jefa del grupo negociador.

- Profe, la gente del equipo directivo del colegio anda

diciendo que usted organizó todo, que poco menos

nos manipuló.

- ¿Eso? – la miré con seriedad. Sentí rabia adentro.

- Quizás sea mejor que no tome una postura tan activa

en la marcha – me dijo, tratando de ser lo más

atinada posible; no quería herir mis sentimientos.

- Tienes razón. Además tengo que estar buscando

trabajo. Es imposible que vuelva como lo está

solicitando tu grupo. A lo más pueden echar a esa

137
mala copia de Pinochet que gobierna el colegio – la

voz por un momento tendió a quebrárseme – Dale las

gracias a todos tus compañeros por el apoyo. Desde

hoy seré más leal con mis alumnos que con los

profesores. Ustedes son un ejemplo para mí.

Sinceramente gracias.

Me despedí de los chicos que estaban a mi

alrededor. Tenía la garganta apretada y los ojos irritados.

Era posible que nunca más volviera a ver esos rostros

juveniles y alegres.

Caminé hacia el paradero y me dirigí a las oficinas

centrales de la sociedad educacional. Allí me esperaba el

señor Alberto Morales, un tipo alto, grueso, canoso y

rosado.

- Me dijo el director que gente como tú no le servías –

habló mientras fumaba. Una suave cortina de humo se

interpuso entre nosotros – eso.

- Pero me despiden por faltar, sin dejar siquiera que

justifique – repliqué con voz fuerte.

- Ese es el pretexto, compadre. Tengo que hacer caso a

mi gente. A ese huevón yo lo puse y tengo que

defender mis decisiones.

138
- Pero me deja en la calle, sin trabajo a esta altura del

año.

- Puta huevón, si esto no es una guerra tampoco. No te

voy a dejar en pelota. Te ofrezco dos sueldos más. ¿Te

parece?

- Quizás – le miré a los ojos y traté de pensar en si

aceptar o no.

- Pero bajo una condición...

- ¿Cuál condición?

- No hagas olas – dejó el cigarrillo en el cenicero. Se

puso de pie y fue a buscar una carpeta- Tengo aquí el

proyecto de finiquito. Léelo.

Me pasó tres hojas las cuales leí con rapidez. Las

razones del término de contrato indicaban mutuo

acuerdo de las partes.

- Está bien. Pero le advierto que voy a ocupar todos los

canales disponibles para denunciar la injusticia que

han cometido conmigo.

- Estás en tu derecho. Vivimos en democracia, tienes

toda la potestad para hablar, obviamente no

inventando mentiras y no siendo grosero tampoco con

la gente que estimo.

139
Salí de la oficina con las tres hojas y el acuerdo de

ir en un mes más a buscar los cheques.

En la tarde conversé con algunos periodistas quienes

prometieron redactar una nota aquella misma jornada.

Mi celular casi colapsa de tanto recibir mensajes de

apoyo de los estudiantes. Al llegar al departamento

encontré otros en forma de carta, escritos en páginas de

cuaderno.

Aquellas noches no pude dormir bien. Me desvelaba,

pensaba en todo lo que había pasado y el acordarme de

ti de algún modo venía a ser ungüento que lograba

apaciguar las heridas de mi corazón sufrido.

Uno de esos momentos me advirtieron que una

profesora había hurgado en mis cosas y sacó los trabajos

y pruebas que no alcancé a corregir. No pude entrar a

retirar mis libros, los títeres, mi pizarra pequeña y las

dejaron allí, en las escalinatas, las mismas que me

sirvieron de asiento aquella jornada gris que convocó mis

emociones más profundas y despertó a la melancolía con

su movimiento de lágrimas.

140
OCHO

Atónitos toda la corte y el pueblo, observó cómo el

ex – enmascarado se moría de vergüenza, genuflexo. El

rostro del monarca aún dibujaba una boca en forma de o

y dos ojos casi saliéndose de sus cuencas.

- ¡Quién eres, bufón desconocido! – habló el rey en

tanto todo el pueblo y su séquito escuchó con miedo.

- Oh, magnífico rey, no quiero mentirle, pero le suplico

me escuche con atención, antes de que aplique

contra mí la pena que merezco por llegar sin permiso

a la nación que usted rige.

El monarca le observó de pies a cabeza. Comprobó

que el color de su piel era morena, tan distinta a la de

él y a la de todo su pueblo. Nunca había visto a una

persona con similares características. Del asombro, su

corazón viajó a la admiración.

- Pertenezco a una nación que se ubica al otro extremo

de esta isla, detrás de la montaña – habló con voz

enérgica Ianco que ya estaba de pie, aferrando de

nuevo la valentía que le caracterizaba.

141
- ¡Eso es imposible, detrás de la isla sólo hay océano! –

gritó uno de los súbditos del rey.

- ¡Miente, miente! – gritó la audiencia y el ruido hizo

temblar las columnas de las construcciones vecinas.

- ¡Dejad hablar al forastero! – sentenció el rey y ante

su declaración toda la plaza volvió a quedar en

silencio casi sacramental.

- Decía que detrás de la montaña hay un pueblo

llamado pueblo Kru. La gente que habita en esa

latitud posee mis mismas características físicas: es

morena, pelo renegrido y ojos oscuros, muy diferente

a ustedes, noble pueblo. Los Kruelenses son gente

apasionada, que ama vivir y necesita de la poesía y la

música para poder subsistir; para ellos estos

elementos son como el aire y al agua, así de vitales y

urgentes.

La princesa que observaba al costado de su padre a

este noble y sincero forastero, sintió un fuego sutil en el

cuerpo. Se sintió extasiada por la musicalidad de la voz

de Ianco y por su mirada profunda.

- ¿Cómo llegaste hasta acá, noble forastero? – preguntó

su majestad.

142
- Me vine cruzando la montaña – respondió Ianco.

Murmullos de admiración y pavor se sintieron en

medio de la asamblea.

- Buen hombre, los murmullos de la multitud no son

gratuitos. Nuestra religión señala que quien llega a

pisar la montaña que tú pisaste, despertará la furia

de los dioses. Nadie antes ha osado pisar aquel coloso

de roca – señaló su majestad con ánimo didáctico- Si

lo que dices es cierto, oh visitante, mi deseo es llegar

hasta aquella tierra de la cual me hablas y poder

llevar a mi gente y que pudiéramos estrechar lazos de

hermandad. Mal que mal a la providencia le ha

placido juntarnos es este lugar del planeta para que

convivamos. Sin embargo, temo a los dioses.

- Su majestad, permítame instruirle – habló un

sacerdote que poseía una larga barba blanca que

parecía babero sobre su pecho- si desea vuestra

merced, podría su servidor visitar hoy el oráculo

ubicado en el acantilado Kuraer y consultar a nuestras

santísimas deidades si autorizan a su majestad a

realizar semejante travesía. He sabido que en épocas

de la historia del pueblo Manmara ha habido reyes y

sacerdotes que han pedido autorización al panteón

143
para contrariar por una sola vez sus designios

trascendentes escritos en las planchas de Kalibur. Ésta

podría ser una de esas oportunidades que se conceden

sólo una vez cada mil años. – La gente escuchaba con

atención las palabras graves de ese anciano que tenía

el aspecto de profeta bíblico. Le sorprendía saber que

hacía un milenio ningún sacerdote pedía la

autorización divina y el momento le supo histórico y

trascendental.

- Muy bien, ministro Maintra, gran sacerdote de los

supremos dioses – contestó el rey, en tanto su hija

Aluani le observaba con la esperanza de que las cosas

con este descubrimiento cambiaran los días de su

vida- te autorizo a que preguntes al oráculo si es que

nos permite escalar la montaña para visitar a nuestro

pueblo hermano.

- Así lo haré, excelentísimo rey, así lo haré – y la

asamblea aplaudió emocionada.

Ianco, con los ojos llenos de lágrimas, agradeció al

cielo la reacción de su majestad, se le acercó, dobló su

rodilla ante su humanidad, le besó el dorso de la mano y

expresó su admiración. De reojo observó a una bellísima,

menuda y blanca Aluani y ésta le concedió también unos

144
breves segundos de su mirada. Ambos fueron flechados

por un ser que en sus tradiciones no se llamaba Cupido

sino Palotámalo.

145
XXII

El paro llevaba tres días y se habían hecho correr

rumores que un grupo de alumnos haría ingreso

clandestino al colegio.

- La toma es casi segura – me dijo un muchacho que me

llamó por teléfono para saludarme.

- ¿No has sabido de tus profesores? – le pregunté

preocupado. Tampoco los rumores de despido cesaron

en ese tiempo.

- Nada. Sólo que los vigilan para que no se asomen a los

ventanales. Se los acusa de estar instigando y

haciendo funcionar la movilización desde dentro.

- No te preocupes, es el ánimo paranoico del director y

toda su cáfila de matones- le señalé- Los extraño

mucho. Sinceramente lamento lo que sucedió y me

duele en el alma pensar que no voy a poder estar con

ustedes en el día de su graduación – hice una pausa

de contrición. Mi voz tembló un poco. Mi ex alumno la

aprovechó para proseguir.

146
- Nosotros también lo echamos de menos, profe. Tenga

ánimo. Las cosas se van a solucionar de buena forma.

Las tardes que siguieron a esa me encontraron

caminando solitario por los bares del barrio universitario.

Me sentaba a una mesa, tomaba una cerveza, fumaba dos

o tres cigarrillos y mi mente novelaba todas y cada una

de las acciones que viví en esos agitados días. Más de

alguna vez terminé conversando con alguien, contándole

de mi destino magro y fatal. También platicaba de ti, y

tu nombre venía a ser un salvavidas a la conversación.

Hasta me cambiaba el rostro y pronunciaba aquél con

una inevitable sonrisa.

En casa, sin embargo, no lograba concentrarme y el

tiempo me confundió con su séquito de minuteros y

segunderos. Se me imaginaba que los días transcurrían

sin que yo alcanzara a hacer nada. No escribí demasiado,

tampoco aproveché las jornadas para ir a buscar historias

caminando por el parque u observando vidas en las

plazas que frecuentaba. La depresión comenzaba a

seducirme con la angustia que manaba de dentro de mí

y contagiaba cada una de mis acciones. Pensaba,

además, en el acuerdo que tomamos de no acercarnos

por esos días para que los directivos del colegio no

147
pudiesen tomar algún argumento para desprestigiarme;

me hubiera gustado verte, que estuvieses a mi lado, que

me hubieras ayudado a hacer más llevaderos esos días.

Dos días después de la conversación sostenida con

Alberto a través del teléfono, sonó mi celular mientras

viajaba a Recoleta a dejar antecedentes para un trabajo.

- Profe, tenemos que hablar, es urgente – distinguí la

voz de una alumna.

- Perdón, ¿con quien hablo? – la micro producía

demasiada bulla con su ejército de fierros.

- Soy Karina, una de las coordinadoras de la

movilización. ¿Se acuerda de mí?

- Claro, Karina. Dime.

- Es que no es pa conversarlo por teléfono. ¿Podemos

encontrarnos hoy en la tarde? Tiene que ser hoy – la

chica estaba algo nerviosa. Se desesperó cuando

escuchó el pito que indicaba que debía echar más

monedas al teléfono.

- Está bien, puedes venir con René, él conoce la

dirección de mi departamento. Los espero a las siete.

¿Está bien a esa hora?

- Sí; estaremos allá, profe cuídese.

148
Un extraño sentimiento inundó mi pensar durante

ese medio día. El matiz de inquietud que pude percibir

de los labios de Karina me dejó con un sabor ciertamente

amargo del cual no pude deshacerme.

Al llegar a casa me tomé un café y fumé un

cigarrillo, observando hacia el ventanal que observaba

de reojo las veces en que platicábamos. Había sol,

aunque éste ya empezaba a descender perdiéndose entre

los edificios y las casas de Maipú. Puse música, tal vez el

compilado de baladas anglo de los ochenta. Revisé el

proyecto de finiquito, hojeé un libro de teatro de Jean

Paul Sartre que guardo con devoción en mi escuálida

biblioteca e hice algunas anotaciones, seguro para

incluirlas en alguna próxima obra.

Los muchachos llegaron diez minutos después de lo

previsto. Estaban cansados y sus ojos escrutaron los míos

con angustia. Me abrazaron y aquéllos se tornaron

húmedos.

- Profe, el director publicó unas fotos suyas en el diario

mural de la entrada del colegio – Karina y René

esperaron mi reacción.

- ¿Fotos? ¿Fotos de qué? – asombrado pregunté.

149
- Éstas – René abrió su mochila de la cual extrajo un

sobre hecho con hojas de cuaderno.

- Las bajamos de Internet. También las puso ahí –

Karina tomó mi brazo mientras yo abría el paquete y

extraía fotos impresas en papel oficio.

Ahí estábamos tú y yo, palota mía, abrazados,

caminando por el parque, tú con tu uniforme escolar, yo

disfrazado de profesor, con cigarros en la mano,

sonriendo como dos niños el día de su cumpleaños; ahí de

nuevo, besándonos en la entrada del condominio,

echándonos al bolsillo el mundo y sus problemas y una

vez más, yo con los brazos extendidos, tú aplaudiendo, la

vez que jugamos a hacer equilibrismo en la berma de la

calle que daba al almacén donde comprábamos. No quise

seguir observando, un nudo enorme se me armó en la

garganta y tragué saliva para desatarlo. Observé a ambos

chicos, quería pensar que no habían percibido mi

reacción, pero me imagino estaban tan afectados como

yo. Sin pedir permiso, me levanté rápido de la mesa, en

una maniobra que no pensé sino que fue espontánea,

dejé los papeles ahí, abrí el ventanal, me asomé por el

balcón, el sol teñía de anaranjado el firmamento y,

aferrado al pasamanos lloré en silencio. Los chicos se

150
levantaron de la mesa, se dirigieron al lugar donde me

encontraba pero Karina se disuadió y comentó a René:

- Déjalo, el profe está afectado.

Pensé en ti, en mí, en la sociedad cruel. Me imaginé

que nadie comprendería este amor puro, infantil, por

más argumentos que presentara. Mi mente recorrió

aquellos días tan oscuros en que apareciste para

transformarlos en fiesta, pasé por los juegos, los café y

cigarrillos, nuestras historias de bohemios, nuestra

promiscuidad inocente. Seguro que estabas bajo el sol

anaranjado que se escondía tras las espaldas de Maipú,

allá lejos, cerca de Melipilla, encerrada en tu cuarto, con

la luz apagada, fumando un cigarrillo de marihuana,

dejando una abertura en la ventana para que esa naranja

luminosa dejara entrar un poco su jugo de luz. Seguro

pensabas en mí con un nudo en la garganta, escribiendo

esquelas con mi nombre y el nuestro, aquel nombre que

nadie jamás en la historia usó y que fue nuestro único

argumento para hacer frente al mundo.

151
NUEVE

Ianco retornó de nuevo a la tribu Kru y pidió una

audiencia con su majestad, el gran monarca Samael, un

anciano de ciento quince años que era benevolente pero

muy olvidadizo. Se olvidaba del trayecto de su dormitorio

al salón comedor o del baño al patio y, por lo mismo,

debía ser acompañado por un sirviente que le explicaba

el camino al lugar al cual quería ir. Pero no servía de

mucho pues a veces también no recordaba qué quería

hacer y podía estar en vilo durante horas y horas hasta

que caía en cuentas de sus propósitos. Entonces el

vasallo, cansado, lo llevaba de la mano al lugar al cual

deseaba llegar.

El día en que Ianco tuvo su encuentro con su

majestad, el muchacho moreno y valiente se vistió con su

mejor traje y preparó en su mente el mejor discurso que

pudo hilvanar. Pero más allá de todo trabajo intelectual,

constantemente pensaba en Aluani, la bella hija del rey

del reino de Manmara y una ráfaga de vida golpeaba todo

su ser y una inyección de vigor le devolvía el alma al

152
cuerpo. Desde que la conociera un nuevo matiz vino a

colorear sus días algo grises y la imagen de esa bella

mujer fue la inspiradora de muchos de sus poemas. Cada

uno de los habitantes del pueblo Kru es un poeta

apasionado y sensible.

Las dos grandes puertas del inmenso castillo se

abrieron y un despeinador sonido de clarines

(interpretado por una orquesta flamante a un costado del

pasillo que desembocaba al salón real) le vino a recibir.

Algo recordaba el rey de los antecedentes de la visita

que recibiría aquella mañana y lo hizo comunicar a sus

súbditos: aquel joven vendría a dar parte sobre un

descubrimiento formidable, casi tan importante como el

día en que hacía dos mil años los primeros habitantes

descubrieron aquella aldea que hoy se erguía como un

reinado.

- Oh, formidable rey Samael. En esta mañana he venido

con profundo respeto a dirigirme a usted, excelencia

del pueblo Kru, para comunicarle algo que he

guardado como secreto durante un par de días –

Ianco, hizo una reverencia acompañado de capa y

rodillas.

153
- Oh, joven Ianco, me imaginé que sería una gran

noticia cuando mis súbditos anunciaron que tú querías

tener una entrevista conmigo. Perdón, pero... ¿de qué

estábamos hablando? – los guardias se sintieron

tentados a reír; nuevamente el rey tenía uno de sus

lapsus tan especiales de pérdida de memoria.

- Oh, su majestad, le decía que venía a comunicarle

sobre un gran descubrimiento.

- Decídmelo, buen mozuelo, decídmelo que escucho

atento tu declaración – el rey se acomodó en su sillón

real y llevó su diestra hacia el oído formando una

especie de concavidad con ella.

- Mi buen rey, detrás del volcán Kabur existe un pueblo

desconocido para nosotros. Es un reino que se

denomina Manmara.

El rey dibujó una mueca de perplejidad en el rostro.

Luego se levantó de su asiento y aferró con su diestra un

báculo labrado en oro que poseía además piedras

preciosas. Con su punta golpeó el suelo. El castillo se

estremeció.

- ¡Pero qué dices, joven Ianco! – habló a gran voz el

monarca.

154
- Lo que usted ha escuchado, noble rey – El joven se

asustó un poco.

- ¡No puede ser, lo que dices es una invención de tu

cerebro!

- Su majestad, por favor, ruego a usted no se airee,

déjeme explicar la aventura que he vivido en los días

anteriores a éste, entonces usted comprenderá, oh

excelentísimo rey, que mis palabras son verdad y no

una mera ilusión o invención de mi mente.

Entonces Ianco procedió a narrar con lujo de

detalles cada uno de los episodios vividos por él desde

que subió al volcán, descendió por sus espaldas y habitó

en la tierra de los Manmara, específicamente en el

bosque. Luego narró su encuentro con el pequeño quien

le contó la historia de la princesa Aluani, su experiencia

en el concurso de bufones y la recepción del rey a la

noticia de que detrás de la montaña existía el pueblo

Kru.

- Es decir, los anales sagrados de nuestro pueblo

estaban en lo cierto: la profecía de un pueblo cercano

que visitaría nuestras tierras se cumplirá. ¡Y siempre

creí que se trababa nada más que de una metáfora! –

155
expresó el rey ostentando en el rostro una risa de

esperanza y felicidad.

- Así es, bienaventurado rey. Su majestad, el rey de

Manmara quiere visitaros con un séquito de hombres y

mujeres. Expresaron que si a usted le place, oh

magnífico monarca, lo haga saber mandando señales

de humo.

- Oh, desde luego que así lo deseo. ¡Traed anillo y

vestido para este vasallo que desde hoy será parte de

esta corte! – ordenó el rey- y preparad mi otro

castillo, mi gigantesco palacio que queda detrás del

río, para alojar a todos los visitantes del pueblo...

¿cómo me dijiste que se llamaba, noble príncipe?

- Manmara – respondió Ianco.

- Oh, sí, Manmara – pronunció el rey, tratando de que

no se le olvidase.

Así, todo el reino se organizó, príncipes, súbditos y

vasallos, para que por primera vez en la historia de

aquella isla, la Isla de los Palotes, los dos pueblos se

encontraran.

Tal como lo había acordado Ianco con su majestad,

el rey de Manmara, el día quinto del mes décimo, un

poco antes de que cayera el sol, los súbditos del rey

156
Samael debían hacer una gran hoguera cuyo humo

pudiese traspasar la montaña y fuese visto por los

habitantes del otro extremo de la isla. Entonces ellos

entenderían que el pueblo Kru aceptaba ser visitado por

su majestad, el gran Monarca, padre de Aluani, su familia

real, sus súbditos y sirvientes. La comitiva la

conformarían cerca de dos mil personas quienes

peregrinarían a través de la montaña, sus precipicios y

valles cercanos hasta llegar a su destino.

Las calles del pueblo Kru fueron adornadas con

cintas de colores, versos de poesía; los trovadores

salieron a las calles a preparar el ambiente festivo, las

muchachas danzaban al compás de los tamborines

tocados por los saltimbanquis y los titiriteros salieron en

multitud hacia las ferias y plazas populares a representar

el día cercano de la visitación del pueblo de Manmara.

El rey había mandado a un batallón de valientes a

cortar ramas de las gigantescas Hartunias, árboles que

crecían cerca de la playa y que podían medir hasta cinco

metros. Los trajeron hasta un lugar descampado y

prendieron fuego sobre ellos. Minutos más tarde el humo,

aquella mano incierta y plomiza, trepó por los cielos y

saludó a la montaña con su movimiento de bandera.

157
Detrás de aquel coloso de roca, observando desde el

balcón del palacio real, el monarca, el gran rey Ukar, su

esposa Mabra, su hijo Lyua y su triste pero ilusionada hija

Aluani observaron el humo que desde lejos les

confirmaba que serían recibidos por el monarca del

pueblo de los kruelenses.

- ¡Eureka, mirad, familia! ¡Hemos de ser recibidos en la

aldea Kru! ¿No es esa una magnífica noticia? ¡Por

primera vez en la historia de la Isla de los Palotes

estos dos pueblos podrán conocerse y hermanarse! –

gritó el rey y alzó sus brazos como agradeciendo a los

dioses por el recibimiento de aquella providencial

buena nueva.

El sacerdote, cercano al palacio real, salió de sus

divagaciones astrológicas y cruzó el pasillo del palacio,

subió las escaleras de piedra y fue a observar el balcón,

preguntándose el por qué de los gritos de su majestad.

- Oh, sacerdote, observad, ved que los kruelenses han

confirmado que seremos bien recibidos por el rey de

dicha aldea. Podremos conocer a nuestros hermanos y

viviremos en fraternidad por los días que nos restan

de vida.

158
- Sí, excelentísimo rey, hemos de visitar dicha comarca.

Los dioses han confirmado otorgándonos su silencio –

replicó Maintra ante la euforia de su majestad.

- Pero, Maintra, el silencio de los dioses no es ninguna

respuesta – arguyó la reina Mabra.

- El silencio otorga, bella esposa. Si los dioses callan es

porque podemos hacer usufructo de nuestra voluntad

– expuso el rey.

- Oh, noble reina, su excelencia lo ha señalado.

En lo alto el humo de la quema de los ciclópeos

arbustos se fue confundiendo con las leves humaredas

sulfurosas que emanaban de la boca escarpada del

volcán. Hacía más de un milenio que aquel monstruo no

despertaba de su sueño aletargado. Su estómago

preparaba el vómito ardiente y silencioso mientras detrás

aún humeaban los arbustos y el pueblo de los kruelenses

esperaban con ansias el día del encuentro con sus

hermanos. Nadie imaginaba que en el silencio de los

dioses las manos de éstos preparaban un juicio funesto y

sangriento, una hecatombe apocalíptica digna de ser

escrita en los anales del planeta y ser olvidada al mismo

tiempo. Una tragedia que ni el narrador que cuenta esta

historia consideraría, pero que cree necesaria exponerla

159
pues las enseñanzas que se aprenden con dolor nunca se

olvidan y permanecen para siempre en el recuerdo como

una sombra ubicua e insufrible pero redentora.

160
XXIII

Te llamé por teléfono y nada más escuché la voz de

la operadora invitándome a dejar un mensaje de texto.

Así, durante toda la noche y parte de la mañana

siguiente. Intenté ubicar a Mary a la salida de tu colegio,

pero sus compañeros me dijeron que hacía dos días no

iba, igual que tú. Aún desconocía si te habías enterado

del asunto de las fotos y pensé que sería mejor lo

supieras de mis labios para que estuvieras preparada al

recibir el peso de la noticia. Nunca me diste tu dirección

y sólo me recordaba que vivías en la villa Los héroes,

cerca de Padre Hurtado. Tomé una micro, me bajé en

cualquier parte y de pronto, reaccioné en medio de la

locura, mientras le preguntaba a las personas por una

chica llamada Pamela, que era menuda, blanca, y tenía

el pelo oscuro y largo. Era casi imposible que te

encontrara así, en medio de las miles de personas que

habitan en ese sector del gran Santiago. Me senté en la

berma de la carretera en tanto los autos y buses pasaban

rápido cerca de mí. Intenté nuevamente llamar pero tu

161
celular continuaba apagado. Las nubes sobre la ciudad se

disipaban y daban paso a un sol de medio día un poco

más quemante que lo usual en esa altura del año. Me

levanté, caminé hacia un paradero. Pensé en dirigirme a

la plaza de Maipú. Allá pagaría una cabina de Internet, le

escribiría a Verónica para informarle del vuelco que se

había producido en mi caso, aprovecharía de revisar mi

correo y cerciorarme de los dichos de Karina y René con

relación a la publicación de mis fotos contigo en la web

del colegio.

Estaba tenso; los pensamientos se me sucedían uno

detrás de otro y una especie de adormilamiento

gobernaba mi accionar. Sentí ganas de llorar, no sé si de

rabia o de pena; quería estar contigo y decirte al oído

que todo esto iba a pasar; yo le explicaría a tus padres

sobre nuestra relación; en el mejor de los casos nos

permitirían vernos un poco antes de que cumplieras

dieciocho y después podríamos estar juntos sin la

preocupación de escondernos frente a la sociedad hostil

que no permitía que estos dos niños de vocación

expresaran su cariño a vista y paciencia de todos.

La micro doblaba en avenida Esquina Blanca cuando

sonó mi teléfono. Era Verónica.

162
- Vero, hola, qué sorpresa – le dije. Estaba nerviosa; su

modo de saludar me indicó que algo no andaba bien.

- Vicente, ¿no viste los diarios de hoy? – la

comunicación tendió a cortarse. El ruido de la micro

me obligó a tapar mi oído libre.

- No, ¿pasó algo malo? –tragué saliva, presentí que algo

funesto iba a serme revelado.

- Los diarios dicen que tienes una querella en tu

contra. El cargo es estupro.

Mi corazón latió con frenesí y el paisaje de las

calles de Maipú se me tornó onírico, incierto. Empecé a

temblar y mi sudor se tornó helado. Apoyé mi cabeza

contra el fierro del respaldo del asiento anterior al mío y

observé hacia el suelo. Sentí con inusitada sensibilidad el

peso de la gravedad en mi cuerpo. Estuve varios

segundos en silencio; mil imágenes se me sucedieron en

la cabeza como la secuencia fría de diapositivas oscuras y

monocromáticas.

- Vicente, ¿estás ahí? ¿Aló?

- Oh, sí claro. Vero, disculpa. Estoy sorprendido –

comencé a llorar. Contuve mis labios, no quise que

Verónica se enterara de mi quebranto.

163
- ¿Es cierto que pololeabas con una niña de dieciséis

años? – Me preguntó con ánimo inquisitivo.

- No pololeaba, era otro tipo de relación – Hice una

pausa para tragar saliva y secar un poco las lágrimas

de mis ojos- Verónica, mis sentimientos hacia la Pame

son sinceros. Nunca podría aprovecharme de ella.

- Vicho, aunque fuera así. Sabes que estabas en la mira

de los tipos del plantel. Te serviste en bandeja. El

director usó ese hecho en los medios para justificar tu

despido. Aparecía al lado de la madre de la chica.

- ¿Pero, cómo? – pregunté asombrado.

Estaba tan turbado que me fui imposible explicarme

el modo cómo pudieron relacionarse la madre de Pame

con el rector del colegio. No había ningún tipo de vínculo

posible, al menos por lo que creía hasta el momento.

- Vero, es imposible. Ambos nunca se conocieron; no

me cabe en la cabeza.

- Llamé por teléfono al periodista que escribió la

noticia. Me contó pa callado que la gente del colegio

supo el rumor a través de una chica. Indagó, citaron a

declarar a ésta y le prometieron que si soltaba la

verdad la podían becar. Ella les dio la dirección de la

Pame. Conversaron con su mamá, le mostraron las

164
fotos y le ofrecieron ponerle abogado y ayudarle

económicamente, porque la institución “reprobaba

todo tipo de actos de esa naturaleza, menos de

alguien que formó parte de su cuerpo de profesores”.

- ¡Maricones! – grité, apoyé mi cabeza en el respaldo.

Luego me puse a llorar mientras la voz gangosa de

Verónica en el teléfono gritaba “¿aló?” y otras

palabras.

Corté el celular y cerré mis ojos para pensar qué

pasos debía tomar. El mundo se tornaba totalmente en

mi contra y pensé en entregarme a sus designios sin

oponer mayor resistencia. Pero luego de unos segundos

pensé en ti y caí en cuentas de que lo nuestro aún podía

ser motivo para luchar.

Bajé en la plaza y crucé la calle para internarme

por Monumento. Allí, a un costado de una librería, se

encontraba el Cyber café el cual frecuentaba. Abrí mi

correo y me encontré con cuatro o cinco mensajes de

algunos alumnos del colegio en el cual había trabajado.

Me expresaban que se encontraban decepcionados por mi

accionar, que cómo era posible que yo me pudiese haber

metido con una alumna, que siempre creyeron que yo era

un buen profe y ahora mi imagen se les caía por

165
completo. Luego abrí la página de un foro creado a

propósito del paro. Allí se anunciaba el término de la

movilización y aparecían fotos en las que los

representantes del alumnado y profesores, incluido

Emilio, se daban la mano con un director sonriente,

victorioso y arrogante. Seguro adentro las cosas seguirían

tal cual estaban, con las mismas injusticias de siempre y

el miedo de los profesores por no pronunciarse frente a

ellas. Sentí rabia; me culpé de haber permitido que lo

nuestro prosperara, pero luego pensé y me dije que por

nada del mundo hubiera cambiado esas tardes de

conversación y risas, esas fiestas de cafeína y tabaco que

me ayudaron a ser más humano y sensible.

¿En qué lugar de Santiago estabas? ¿Por qué no

marcabas mi número y me concedías tu bendita voz que

era un bálsamo a las heridas de mi alma y música con

que alegrabas mi cosmos lleno de fantasmas y laberintos?

Disqué tu número con insistencia hasta que media hora

después, cuando cerraba las ventanas de los diarios

electrónicos que consignaban mi nombre y tus iniciales

en portada, sonó mi celular y al responder escuché la voz

nerviosa, tremolante, desesperada de tu amiga Mary.

Seguro le pesaba en el corazón haber revelado nuestro

166
secreto y más aún la noticia que me anunciaba anulando

todos mis sentidos:

- Vicente, la Pame está en la UCI a punto de morir.

Tomó medio frasco de pastillas.

Entonces salí del lugar; sin rumbo corrí por las

calles de Maipú, en medio de bocinazos, gritos de gente,

ruidos de pájaros ciclópeos, cielos de color verdoso y un

sol triangular que se abría y cerraba como un fuelle de

acordeón de sonido melancólico y trágico.

167
DIEZ

El rey y su familia, sobre un magnífico carruaje

negro hecho de cuero, oro y piedras preciosas, vigilaban

la titánica comitiva que empezaba ya a bordear las

faldas del volcán Kabur. Miles de personas peregrinaban

detrás de ellos, cargando sacos con presentes para sus

hermanos del pueblo Kru, a quienes conocerían por

primera vez en la historia de la Isla de los palotes.

Cabalgaban a un costado de ellos asnos de carga los

cuales llevaban en sus espaldas víveres y vegetales para

procurar su alimentación en los días en que

permanecerían allí. La señal del humo, que se mantenía

pese a haber pasado el día y la hora acordada para la

confirmación, vino a ser interpretada por el rey y la

totalidad del pueblo como una señal de sincero afecto

por parte del pueblo anfitrión. Lo que no sabía éste y sus

súbditos era que el humo que se observaba sobre la boca

del volcán era producto de que el coloso se aprontaba a

despertar su furia milenaria e inmisericorde.

168
- Buen Maintra, sacerdote indiscutible de los dioses que

rigen a Manmara, ¿no percibes, al igual que mis

narices, cierto olor a azufre? – preguntó el rey al

ministro.

- Oh, su majestad, dicho olor es característico de las

regiones en la cual existe un volcán dormido. No se

preocupe. Los dioses han procurado, seguro, en su

benevolencia y misericordia, el mejor clima y la más

completa disposición de la naturaleza para que los

propósitos sublimes de esta empresa sean cumplidos

en su totalidad.

Los vasallos, humildes campesinos que viajaban con

su mejor traje acompañados de sus numerosas familias,

dibujaban una sonrisa en su rostro y observaban la

hermosa naturaleza que empezaba a teñirse sutilmente

de un polvo grisáceo. Por primera vez tenían la

oportunidad de ser considerados por el rey, nada menos

que en una invitación a un paraje desconocido para ellos.

Pronto sus nombres estarían escritos en los anales de la

historia de Manmara como los primeros visitantes del

pueblo que se situaba al otro de extremo de la isla. Ese

honor les alegraba el alma pues tendrían algún orgullo

que contarles a sus descendientes, no sólo el hecho de

169
que fueron pobres obreros que siempre habían sido los

últimos en ser considerados por la sociedad.

Algunas piedrecillas comenzaron a rodar montaña

abajo en tanto la comitiva llevaba medio volcán de

camino. Algunos niños y ancianos principiaban a toser con

convulsiones secas que obligaban a sus ojos a lagrimear

un poco. El cielo se nubló; todo los peregrinos pensaron

que se anunciaba un aguacero que podía dejarse caer

sobre la región. Sin embargo, los designios de la

naturaleza eran otros, muchos más trágicos y magros

que los inferidos por ellos.

El primer ruido percibido, proveniente desde el

fondo de la tierra, fue tan fuerte que pareció el rugido

de un monstruo furioso y bravío. Los niños que

ascendían, jugando con sus caballos de madera,

caleidoscopios y muñecos de greda, sintieron pavor y

fueron a esconderse entre las piernas de sus padres. Los

adultos, en tanto, observaron a todos lados, tratando de

ubicar el sitio de dónde había dimanado tan aterrador

clamor.

- ¿Qué está pasando, sacerdote Maintra? ¿Qué fue ese

ruido? – preguntó preocupado el rey.

170
- Debe ser un derrumbe en algún punto de la montaña,

bienaventurado rey - respondió el sacerdote,

ocultando su preocupación.

La princesa Aluani apenas observaba el paisaje

desde una pequeña ventana del carruaje. Estaba tan

acostumbrada a estar sola y escondida que no podía

hacerse ver, aun cuando el rey le advirtiera que podía

hacerlo a modo de celebración por el descubrimiento de

la existencia de un pueblo detrás de la montaña.

Contemplaba a la gente pobre del reino de su padre con

la misma atención y pena que le embargaron la vez que

visitó por primera vez el océano, hacía muchos años

atrás. En ese recuerdo lejano navegaba, cuando, de

pronto, se recordó de su buen amigo Buara, quien en

esos días infantiles alegró muchas de sus noches con las

formidables historias de dragones y amantes.

- Papá, ¿no ha sabido usted cómo se encuentra el

formidable Buara, gran bufón del palacio que usted

gobierna? – preguntó la apacible y delicada Aluani.

- Oh, sí, claro que sí, amada hija. Él está muy cerca de

aquí, en una de las cuevas de la montaña. Allí todavía

se sigue alimentando de almendras, miel silvestre y

bebiendo el agua de la montaña mezclada con hierbas

171
medicinales. Su salud, según me lo declaró un

enviado, está mejor – declaró el rey con dulzura.

- ¿Puedo ir a verlo, padre? – le suplicó .

- Hija, vamos de camino al pueblo Kru, no podemos ir a

verlo. Pero te prometo que de vuelta pasarás,

acompañado por un grupo de mis valientes súbditos.

Tantas ganas tenía la princesa de ver el rostro

bondadoso de aquel bufón, de escuchar de nuevo esa voz

mágica que le transportaba a las más increíbles historias

con sólo escucharla que, minutos después, cuando su

padre, madre y hermano dormitaban, se bajó del

carruaje, se tapó con un velo de lana y preguntó a uno

de los súbditos que no le reconoció dónde se encontraba

Buara, el magnífico saltimbanqui.

- Por allá, doncella, donde se ve esa roca rojiza y esos

matorrales.

La princesa corrió hacia la gruta que se encontraba

no muy lejos del lugar de la procesión. Quería contarles

los hechos acaecidos en el pueblo luego de su ausencia y

también narrarle que un joven de color cobrizo, valiente

y aventurero había cautivado su corazón con su mirada y

sonrisa. Pero tan pronto faltaban algunos metros otro

ruido desde el fondo de la tierra acometió contra el

172
sonido suave de la brisa sobre Manmara y sus

alrededores. Murmullos de miedo y pavor corrieron desde

el lugar en que los habitantes ascendían la montaña a los

oídos de la doncella. Ésta corrió hacia la cueva y pudo

contemplar a un señor delgado, barbudo y serio que salía

de la entrada para comprobar qué era el ruido telúrico

que sacudía al pueblo.

- ¡Buara, mi buen Buara, soy yo, Aluani! – gritó con

alegría la princesa. La tierra comenzaba a temblar y

el ruido de gente se apoderó de la tranquilidad de la

comarca.

- ¡Doncella, oh, querida Aluani, es usted,

bienaventurados los ojos que la contemplan! – y la

invitó a pasar en tanto la abrazaba. Sus ojos

lagrimearon de emoción.

- ¿Qué está pasando, Buara, por qué tiembla? –

preguntó preocupada la princesa.

- Los dioses, doncella, los dioses están enojados. Ayer

tuve un sueño: toda la ciudad sucumbía frente a una

ola de lava que descendía del volcán.

- ¡Buara, mis padres y hermano! ¡Van de viaje a la

aldea del pueblo Kru! – la joven se levantó y dirigió

173
sus pasos hacia la entrada de la cueva. El bufón la

detuvo y le explicó.

- Princesa, oh noble y bella princesa. Me temo decirle

que el destino está escrito. Todo nuestro pueblo

sucumbirá ante el trágico sino de los dioses.

La muchacha le miró a los ojos, y pudo comprobar

que el hombre hablaba con férrea convicción y certeza.

Lloró con entereza mientras sentía que el suelo se movía

en sus pies y trozos de roca le golpeaban el cuerpo.

Afuera los peregrinos yacían en el suelo,

protegiendo con sus cuerpos a los pequeños. Los

animales de carga rebuznaban de miedo y muchos de

ellos, desatándose de sus aparejos, corrían

desenfrenados hacia los precipicios cercanos, lugar en

el cual se aventaban sin comprender el trágico azar. El

ruido de los lamentos cubrió con su denso manto de

miedo a todo el pueblo, tan grueso como la capa de

cenizas que comenzó a caer sobre la familia real, los

campesinos y súbditos del rey, sin hacer distinción de

clases.

- ¡Oh, Maintra sacerdote de los supremos dioses, qué

hemos hecho para que el panteón desate su juicio en

este día en que la historia de la isla iba a ser grabada

174
por la valentía de nuestra hazaña? ¿Es que acaso

desobedecimos a su voz? – dijo el rey mientras

rasgaba sus vestiduras al escuchar los lamentos del

pueblo.

- ¡Su majestad, excelentísimo rey de Manmara, todo el

furor de los dioses caiga sobre mí, pecador sumo,

transgresor de los designios de los escritos sagrados.

He interpretado el silencio de los dioses como una

respuesta positiva siendo que el callar de sus labios es

un llamado a aguardar, a estarse quieto, a no resolver

con impaciencia. Perdonad mi grande falta, oh ungido

monarca, he actuado con insensatez extrema, con

arrogancia humana!

Maintra, entonces, extrajo de sus ropas una espada

de doble filo cuyo extremo ubicó en su pecho para luego

arrojarse sobre ella. La daga traspasó sus entrañas y

asomó por su espalda curva. La tierra se abrió y tragó en

su boca de precipicio el cuerpo del sacerdote que se

teñía de sangre tibia. Las rocas empezaban a rodar desde

el pico de la montaña y el día se tornó noche. Aire y

ceniza fueron uno.

El rey, que había tratado de sostener con su mano la

caída de Maintra, el sacerdote de su reino, empezaba a

175
llorar en la orilla del acantilado que había digerido en sus

fauces furiosas al infortunado ministro. Su esposa e hijo

esperaban aferrados uno a otro el desenlace fatal,

dentro del carruaje. El pueblo, al ver asomar la sustancia

líquida e incandescente desde la boca del nevado, dejó

sus pertenencias, corrió con sus pequeños en brazos en

dirección al pueblo; sin embargo unos se atropellaban

con otros y muchos murieron aplastados por la multitud

confundida que descendía del monte.

La princesa Aluani, profundamente quebrantada,

leía con sus ojos llenos de lágrimas los escritos sagrados

del pueblo de Manmara, los cuales fueron la única

compañía para el bufón Buara en los días de retiro por su

grave enfermedad. El párrafo que leía, mientras allá

afuera el ruido de las rocas y el bramido del volcán

hacían lo suyo, era el siguiente:

“Y llegará el día en que serás conocido y tú no

conocerás. La saliva tibia de mi ministro te cubrirá; haré

desaparecer tus gentes, tus bosques y animales; pero

aún en la muerte hay vida; el barro ardiente de la

montaña te será por fertilizante y la furia de mi monte

por esperanza. Conocerás que mi misericordia es extensa

y sigue al juicio. No te desampararé ni te dejaré sola,

176
Manmara, levantaré a uno de mis vasallos para que

escriba tu historia y a una reina que mantenga la sangre

real de la familia que he escogido para que rija tus

destinos terrenos. Estos saldrán por senderos no

conocidos, a lugares inexplorados por ti, no conocerán la

furia de gigante y fundarán mi pueblo sobre la base de

la justicia y la esperanza.”

- Buara, esto estaba escrito en nuestros pergaminos

sagrados- exclamó con asombro la princesa.

- Así es, excelentísima princesa. Luego de la erupción

los dioses me han encomendado continuar escribiendo

los anales de nuestro pueblo.

Buara le miró a los ojos, apenas los podía

distinguir en medio de la oscuridad disuadida sólo por

una pequeña lumbre hecha con aceite y un poco de

algodón encendido. La princesa trataba de no llorar, pero

su mente le llevaba a pensar en su familia, en el pueblo

que sólo conoció desde su ventana y en el joven que vino

un día de detrás de la montaña para invitarlos a su

comarca.

- A usted, noble princesa, le han otorgado la

responsabilidad de seguir el linaje de los reyes, para

lo cual debe buscar a un hombre, de sangre real para

177
cumplir dicho cometido – le expresó el arlequín con la

solemnidad de un momento trascendental.

- Pero Buara, ¿cómo podremos cumplir los designios del

panteón si estamos atrapados en esta gruta? Seguro

que la lava y las rocas han tapiado la entrada.

- Como hace mucho tiempo estoy en este lugar conozco

cada uno de los laberintos que hay en esta cueva

como la palma de mi mano. Existe una oscura vía que

lleva hasta el otro lado de la montaña, al pueblo que

dice usted, honorable doncella.

El alma de Aluani se llenó de esperanzas pese a que la

pena y el miedo reinaban en su corazón y el ambiente.

Conocería el pueblo Kru, a sus gobernantes; podría por

primera vez en su vida correr libre por los prados,

conversar con la gente sin hacer distinción de clases ni

razas. Pensó, por sobre todo, que podría encontrarse

con Ianco, aquel apuesto mozo que había provocado en

su corazón un rincón de remanso, una isla apacible de

vida y sueños.

Lo que no sospechaba la hermosa princesa era que

aquel joven que por rescatarla del encierro había querido

ser bufón, al enterarse de la erupción del volcán salió

raudo con un grupo de quinientos hombres en rescate de

178
los habitantes de Manmara. Sabía que éstos se

encontrarían viajando con dirección a su pueblo e

imaginó la catástrofe que se produciría si la multitud no

alcanzaba a cruzar hacia el costado del reino Kru. Pero,

más allá que cualquier otro pensamiento, su mente

aferró la imagen de la adorable Aluani, la hija del rey, a

quien recordaba cada una de las noches. Ella había sido

la inspiración de todos los sueños, el sol de todos sus

paisajes, el cosmos en el cual sus planetas y cometas

habían orbitado esperanzados. Espada en mano encabezó

el valiente contingente que salvaría de las manos

furibundas y ardientes del volcán Kabur a los habitantes

del reino de Manmara.

Cuando llegó tras la montaña pudo observar con

pavor como una multitud de campesinos flotaban en una

gran ola de barro y lava ardiendo. Los gritos de auxilio

conmovieron su corazón a tal punto de que el llanto

espontáneo intentó asomar por los poros de su cuerpo,

pero fueron detenidos por su férrea voluntad, pues,

pensó, quienes iban a su cargo debían verlo fuerte,

sangre fría corazón ardiente, para cumplir con éxito su

cometido. Entonces alzó la voz que tendió a quebrársele

en el acto:

179
- ¡Oh, aguerridos hombres kruelenses, alzad espada;

esta vez no para matar ni imponer, sino para rescatar

a la gente de este pueblo desconocido pero hermano!

¡Proceded, nobles y bravos compatriotas!

Los varones esforzados corrieron a los rincones en

los cuales yacían aferrados a las rocas madres e hijos, en

espera del auxilio. Los hombres del reino de Manmara,

tratando de socorrer a los cortesanos y al rey, habían

muerto, arrastrados por el alud.

Ianco, internándose por los rincones no invadidos

por la lava, sintiendo el calor del ambiente y las ásperas

cenizas en su torso semidesnudo, contempló, de pronto,

una carroza que poseía las características de ser carruaje

real. Un estrépito inundó todos sus sentidos; ahí se

encontraba su bella Aluani, la doncella más dulce y

tierna que existía en su planeta. Olvidó el ardor del

barro, los metros que le separaban de aquel móvil o las

rocas que volaban cerca de su cabeza. Corrió al

encuentro del carruaje internando sus pies en el pantano

ardiente; su rostro se arrugó monstruosamente, el dolor

era extremo; caminó con dificultad ayudándose con su

espada que se sostenía en cada roca flotante que pasaba

cerca de su cuerpo. Pronto se sostuvo en uno de los

180
soportes que enyugaba a los corceles y trepando por éste

entró dentro de la carroza. Sólo vio lava, barro, piedras y

una delgada mano que apenas se movía entre semejante

manto de furia volcánica. Ianco, sintiendo en su cuerpo

el rigor del fuego, aferró la extremidad con sus dos

manos y lloró con la fuerza que había guardado de toda

una vida.

- ¡Oh, bella Aluani, hija de los dioses, flor del paraíso

eterno! ¡Cuánta belleza se ha concentrado en tu

figura y cuanta bondad divina coronó tu existencia!

¡Fuiste el verso del cosmos en este rincón del

planeta, el punto y aparte de la historia humana, así

de importante y trascendental! ¡Oh, no soy digno

siquiera de aferrar tus suaves dedos que daban vida a

todo cuanto tocaban; ni siquiera soy digno de hablar

con mis prosaicas palabras ante tus oídos habituados

al concierto de la tierra en primavera! ¡Concédeme el

honor, a mí, indigno, vil y perverso hombre, de dejar

esta existencia aferrado a tu cuerpo y sentir al menos

por pocos segundos la gloria de un paraíso terrenal!

Y luego de pronunciar estas palabras, con las

piernas cubiertas de llagas por el ardor de los elementos,

se lanzó al mar de escombros para abrazar el cuerpo de

181
la mujer que creía que era su amada, pero que en

realidad era la madre de ésta que sucumbía en la misma

tierra con la cual alguna vez los dioses la habían creado,

al igual que a todos los habitantes de la sufrida tierra de

Manmara. La muerte es el destino común de todos los

seres humanos, no importando la nobleza de su sangre ni

lo abultado de sus riquezas.

182
XXIV

Te internaron en el Barros Luco esa mañana,

temprano. Te encontraron en tu cuarto con los ojos

blancos, tirada en el suelo, pálida y fría. La ambulancia

tardó cuarenta minutos en llegar y tu madre lloraba

desconsolada mientras los enfermeros te cargaban en

camilla hacia el móvil. Tu padre estaba trabajando y tan

pronto se enteró pidió permiso y arribó al hospital. Ahí

los conocí de lejos. Te parecías a él en los ojos y en

cierta curvatura de los pómulos; a ella en la sonrisa y en

la piel.

Tuve que tomar dos micros; una desde Maipú a

Teatinos y otra que pasara por Gran avenida. El viaje se

me hizo largo y triste, no sabía de qué pensamiento

aferrarme. Habían sido tantos golpes en tan pocos días

que lo único que quería era poder creer que todo se

trataba de una pesadilla que pronto acabaría y

despertaría un poco más esperanzado. Mientras

contemplaba desde la micro las portadas de los

183
periódicos en los cuales éramos noticia, recibí el llamado

de don Anselmo, administrador del condominio. Minutos

antes había atendido al recado de uno de los porteros. La

policía de Investigaciones dejó una carta de citación a

uno de los juzgados civiles. El sobre llevaba mi nombre.

Me informó que éste quedaría en portería para que lo

retirara tan pronto llegara a casa.

Los detalles que se generaran a partir de los

conflictos del colegio ya no me interesaban. Sentí que

estaba solo frente al mundo y con el término del paro la

injusticia volvía a gobernar en uno de los rincones del

país. Pasó por mi mente la risa del director y su estúpida

cara de triunfo. De un momento a otro me encontré

desnudo, solitario, anacoreta, sin nadie a quien recurrir,

con toda una sociedad dándome la espalda. Lo peor era

pensar en que debatías entre la vida y la muerte, te

balanceabas entre esas dos realidades, así como yo

cuando caminaba por la berma y tú aplaudías mi

vocación de equilibrista. No me avergonzaba llorar ante

los pasajeros del bus que de cuando en cuando volteaban

para observar mi pena vital clavada en el rostro como

una careta, espejo del alma compungida. El sol me

golpeaba con furia y deseé en el alma que el cielo se

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nublara, que el frío entumiera mis flojos músculos para

sentir el cosquilleo de las veces en que venías y traías el

invierno y todos sus ministros tras de ti.

En qué lugar habías guardado tu sonrisa, pensaba. Y

seguro que ya no ostentabas peircing en la piel sino

largas mangueras que controlaban tu pulso y te

procuraban el alimento. Seguro que estabas más pálida

que nunca y tu inquietud usual y atávica había sido

encarcelada encima de esa cama con correas y

cinturones que sujetaban tu ahora débil humanidad.

Qué pasó por tu mente aquella noche triste en que

supiste que el mundo se enteró de lo nuestro y tu madre

fue cómplice de él a tus espaldas. Qué nuevas historias

produjo tu imaginación sonámbula que te llevaron a abrir

el frasco de pastillas que alguna vez llevaste al colegio y

cuyo contenido regalabas a tus amigas para que se

evadieran un poco de la tormentosa realidad que tenían

que vivir diariamente. Quizás pensabas en mí, en ti, y en

lo nuestro, aquello que por ventura estaba destinado al

infortunio.

Llegué al hospital y pregunté a una señora que

atendía un carro de confites en qué sector del recinto se

encontraba la UCI. Caminé sin observar a los auxiliares ni

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enfermeras y me interné por las escaleras hasta llegar a

un tercer piso. No era día de visitas y unos tipos

disfrazados de blanco comenzaron a seguirme gritando

detrás de mí no sé que cosas. Escapé de ellos entrando al

ascensor; seguro que alguien llamaba por

intercomunicador a algún guardia para que me tomara

detenido por sobrepasar los límites. En el espejo del

ascensor contemplé mi rostro demacrado; mis párpados

estaban hinchados y mis labios partidos de tanto tragar

lágrimas. Lloré de nuevo, pensando en que no te

encontraría con vida, pues las paredes frías del hospital

me persuadían con su matiz de muerte. Era posible que

los esfuerzos por hacerte revivir hubiesen sido inútiles.

Me imaginaba eso, pensaba que no te encontraría con

vida y mi ser entero se estremecía ante lo implacable del

designio. No podía creerte quieta, sin la sonrisa en los

labios, sin ver tu pelo jugar ante el movimiento sutil de

tu cuello, pero trataba de hacerme la idea pues la vida

es fatal, casi siempre pasa lo que uno no quiere que

ocurra, como si ésta se encargara expresamente de

contrariarnos en todo, por el sólo hecho de hacernos la

existencia más amarga.

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Al secar mis lágrimas con la manga de mi chaqueta

y salir de dentro del ascensor, dos enfermeros me

esperaban con rostros que denotaban enojo.

- ¿Qué hace usted aquí? ¿No sabe que no es horario ni

día de visitas? – Me incriminó uno tratando de asirme

del brazo para llevarme de vuelta por las escaleras.

- Sé que no es horario de visita, pero mi amiga está a

punto de morir, déjeme verla, aunque sea una sola

vez, por favor- Les supliqué y la voz se me quebró.

Seguí llorando y los tipos sintieron algo de lástima.

El más bajo tocó mi hombro diciendo palabras de

consuelo en tanto me guiaba a un banco de espera que

había en uno de los pasillos.

- No puede estar acá, señor, entiéndanos, el doctor

está visitando a los pacientes, seguro que está

controlando que los signos vitales de su amiga estén

de modo normal. ¿Cuál es el nombre de ella?

- Pamela, ella se llama Pamela, tiene dieciséis años,

ingresó por una sobredosis de fármacos.

- Pablo, es la niña que salió en el diario en la mañana –

le dijo el enfermero canoso a su compañero- Oiga

señor – me dijo mirando a los ojos con lástima – su

amiga está muy mal, no es que quiera ser pesimista.

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Llegó casi sin signos vitales acá; estuvieron harto rato

aplicándole electro shock y ahí recién como que atinó

a despertar un poco.

- Está con respirador artificial ahora – prosiguió el otro-

No paraba de vomitar. Parecía un animalito. Y es tan

linda ella, tan jovencita, llena de vida.

- ¿Cree que pueda vivir? – les pregunté secándome la

nariz con el dorso de la mano-

- Bueno, nunca hay que perder la fe en Dios, amigo.

Me invitaron a quedarme allí, uno de ellos iría a

buscar al médico, pensé. Pero minutos después el

enfermero apareció con tu padre quien se acercó algo

afectado y me extendió su mano en señal de saludo.

Luego me preguntó quién era yo y, como verás, no pude

mentirle, le dije que era Vicente, tu ex profesor.

Entonces puso la cara roja de furia y me gritó no sé qué

palabrotas. Con el susto, las lágrimas nublando mi

mirada y la pena de por medio que azotaba mi ser como

un huracán a un arbusto, no sentí nada más que el puño

de él en mi rostro, luego que el mundo se me volvía una

ruleta, ruidos, bulla, gritos, el palpitar en mi cabeza que

ardía, el suelo helado y duro en mi espalda, el correr de

dos enfermeras que decían “pero qué sucede aquí señor,

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cálmese, no se altere” y yo tratando de incorporarme

pero en la imposibilidad de hacerlo entregarme a los

brazos del dolor y llorar con gemidos de hombre que

sufre. No sé si has visto llorar a un hombre alguna vez,

pero te diré que es el espectáculo más amargo que

puedes contemplar, más aún si sus murmullos no son

tales sino gritos que brotan desde las entrañas de un

alma indefensa. Así lloré por ti, por mí, por los dos, por

el mundo que nunca logró entendernos y que hizo de

nuestra unión un espectáculo morboso, una especie de

circo romano, pero con dos seres que se amaban de

veras.

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XXV

Y por eso estoy aquí en esta noche nublada, a tu

lado, sintiendo en mi mano la tímida mano tuya que

nunca pude acariciar por largo rato. Tuve que hacer lo

imposible por contemplarte así como estás, con los ojos

cerrados, el rostro pálido y los labios secos. Tengo los

brazos llenos de rasguños de plantas y el pantalón con

una rajadura pues sorteé la muralla que da a la calle

lateral para pasar desapercibido por las casetas de

vigilancia del hospital.

La luz apenas ilumina cierto ángulo de tu cama; me

imagino que la oscuridad de este cuarto es en algo

parecida a la del sueño que te tiene enclaustrada

durante estos tres días de coma. Si tengo que hacerte

una descripción del paisaje que proyecta el ventanal, te

diré que desde aquí el gran Santiago se ve iluminado y

que en horas más, seguro, el cielo se pondrá a llover.

Llegué hace cinco horas, cuando aún era atardecer

y nadie me percibió, salvo un viejito que pasaba el

trapero por el pasillo de enfrente. Pero le hice señas y al

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parecer comprendió mi urgencia por estar al lado tuyo

que sonrió y se hizo el desentendido. Dos veces me he

escondido bajo la cama pues han venido enfermeras a

controlar que estés evolucionando favorablemente.

Yo no sé que tan mal estás, pero trato de no pensar

en ello. De algún modo siempre perdemos algo en la

vida; estamos acostumbrados a despedirnos de alguien y

ya no quiero alargar el momento del adiós, sino

aprovechar intensamente los momentos que se viven en

el presente.

Afuera el mundo sigue igual; la próxima semana

debo ir a los tribunales a declarar; te diré que no tuve

dinero para contratar un abogado y el estado pondrá uno

para que pueda defenderme. La herida del golpe que me

dio tu padre ya cicatrizó un poco a punta de jugo de

limón. Los diarios siguen hablando de nosotros y hasta un

productor me ofreció dinero para que escribiera un guión

que tratara de nuestro caso, seguro para venderle la

producción a algún canal. También he recibido la visita

de Karina y René que han estado preocupados de todo lo

que me ha acontecido. Lo más probable es que no siga

trabajando como profesor y tenga que enfrentar el año

próximo bajo sombra. Ahí, lo más probable es que me

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dedique a escribir y dicte cursos de alfabetización a

gente que se encuentre detenida, igual que yo. Pero no

me interesa y me he entregado a los avatares del

destino. No me arrepiento de haberte amado con la

pasión y la entrega con que lo hice; es fácil amar cuando

se tiene todo el mundo y las circunstancias a favor.

Escogí el camino difícil y creo que aquello tiene más

virtud que cualquier otro rumbo tomado.

Deseo con toda mi alma que en un segundo de esta

amarga noche puedas abrir los ojos, formar margaritas

en tus mejillas y mover tu pelo dócil, regalándome tu

dulzura tan bendita, aquella que me ofrendabas sin

merecerlo en las tardes nubladas en que solías visitarme.

Pero también sé que no es menos probable que continúes

en esta larga siesta e incluso te pierdas para siempre en

la infinita y oscura madrugada de la muerte. Entonces

pienso y digo, ¿qué es la muerte? ¿Por qué nos otorgan la

vida y nos la quitan cuando la empezamos a disfrutar,

como cuando uno le muestra un caramelo a un niño y

luego se lo niega?

Quizás nunca pueda entender a ciencia cierta este

misterio. Pero lo que sí entiendo es que te amo con todas

las fuerzas de mi ser y nunca había amado a una mujer

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como te amo a ti. Con lágrimas en los ojos lo reconozco,

quizás demasiado tarde, en el momento en que tú

saludas cercanamente a la muerte y yo enfrento por

ambos la venganza hostil de un mundo que no ha

conocido el amor sino sólo destellos de luz en medio de

una oscuridad tan profunda como la que logras observar

en tu trance o tan amarga como la que yo observo en

esta habitación fría, lúgubre y solitaria. Por eso, palota

mía, te he narrado nuestra historia, para ver si en uno de

esos episodios logras despertar, tan sólo un segundo,

nada más que un segundo, que me permita decirte lo que

te he dicho y que tú lo escuches con todos los sentidos

despiertos. Sería mi último deseo antes de resignarme a

vivir sin ti en este mundo, que es como aceptar la

muerte en cuotas fijas y con intereses implacables.

Te amo; perdóname por usar el mismo término que

han usado los hombres en el transcurso de la historia. Tú

mereces uno nuevo, escrito con la tinta de mi sangre y

mis lágrimas más profundas.

Santiago de Chile, diciembre de 2004.

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