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Tu reputación Son las primeras seis letras de esa palabra Llevarte a la cama era más fácil que respirar. Tu teléfono es de total dominio popular y tu colchón tiene más huellas que una playa en pleno verano. Has hecho el amor más veces que mi abuela Y aún no acabas ni la escuela (...) (...) si supieran la ternura inmensa que hay en ti y todo lo que haces por mí; sabrían que el camino andado antes de aquí te ha preparado para mí (...)

TU REPUTACIÓN Ricardo Arjona, Si el norte fuera el sur, 1996.

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I

En días como éste recuerdo las tardes en que venías a verme. También eran nubladas y no era extraño que se pusiera a llover. Más de alguna vez al dejarte en el paradero te dije: Tú traes la lluvia. Entonces tú reías y ambos saltábamos desde la calzada a la berma pues la cuneta se transformaba en un río de agua espesa y café. A veces sin querer pisábamos el agua y retornábamos a nuestras casas con los calcetines empapados. Las hojas de los árboles húmedas y mustias golpeaban nuestros cuerpos entumidos al caer arrojadas por el viento helado de Santiago en invierno. Esperábamos locomoción subidos en el asiento del paradero y hacíamos malabares para que el agua de los charcos movida por los autos veloces no nos mojara. Yo te despegaba el pelo de la cara con mi mano apenas asomando por entre la manga de mi parka. Tú me mirabas, luego cerrabas ambos ojos y temblabas un poco diciéndome hace frío sin palabras.

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¿Cuándo vendrás? – te preguntaba. Quizás la semana próxima – respondías. Apenas divisábamos el bus que tomabas, inclinabas

la cabeza tú, niña, con las manos en tu chaqueta azul marino -parecías un bebé arropado-, te besaba en la frente, subías a la micro que a esa hora venía repleta de obreros y me mirabas desde arriba. Yo te movía la mano. Seguía lloviendo en Santiago y el bus se perdía entre los árboles altos y ramosos de la avenida Pajaritos.

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II

Cuando te conocí solías llegar tarde a clases. Lucías un rostro pálido el cual fascinaba al mirar y delineabas tus ojos con un lápiz oscuro. Tus cabellos castaño oscuros caían por tus hombros como toboganes de alquitrán, libres, sin que intentaras siquiera agruparlos en una trenza infantil. Los primeros días te vi muy apegada a un chico de tu curso cuyo nombre no recuerdo. Él, supongo, se sentía orgulloso de cortejar a la niña nueva del curso quien, además, poseía el encanto de una doncella. Te sentaste mucho tiempo a su lado, hasta que un día dejaste de hacerlo, a mi sorpresa. Y, ¿qué pasó, muchacho? – le pregunté. No, nada profe, nada. El chico evadió una respuesta. Incómodo me retiré a mi mesa de profesor. Al parecer hablar de ello para él era una tortura. Entonces te acercabas al escritorio y me contabas sobre cualquier historia con tal de llamar mi atención. Yo

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te respondía por cortesía pero te indicaba que debía hacer clases - lo cual era casi una odisea, lo recordarás, el año pasado en el primer año F-. Tu siguiente estrategia fue sentarte en primera fila, casi siempre sola, o con tu amigo del alma, Gustavo, con quien siempre te veía abrazada y frente a quien, antes de vaticinar alguna filiación, señalabas: Somos amigos. Uno de los recreos en que nos encontramos, tú con tu polera piqué verde olivo, él con su chaleco suelto y desastrado, me invitaste a tocar tu espalda. Sonreías con esa malicia típica que me descoloca. Gustavo también reía. Luego te acercaste y me dijiste al oído: Ando sin sostenes. Me sonrojé, miré a Gustavo que también compartía el matiz de tu sonrisa y escapé a la sala de profesores. Ahí me senté y reí, no sé si por gracia o nerviosismo. Por esos días tú molestabas a un profesor de física aplicada que había llegado hacía poco al colegio. Se llamaba Roger. Era delgado, usaba lentes, apenas hablaba. Los chicos aprovechaban su presencia en la sala para hacer desorden y molestar. Tú optaste por otro

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camino y empezaste a escribirle papelitos para que se pusiera nervioso. Una vez Roger se acercó para contarme su problema. Era primera vez que hacía clases y nunca se había enfrentado a una situación así. Roger, la Pame siempre hace eso con los profes. Ignórala - le dije. Sentí de sus labios un suspiro de alivio. De seguro seguiste molestándolo, pero él se evadía y pensaba que era nada más que un juego. Luego supe que también jorobabas al nuevo profesor de educación física. Un par de muchachos me llamaron luego de clases a un rincón en tanto todos se iban a casa.
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Profe, ¿le contamos algo? – miré a sus ojos con expectación- El profe colorín que llegó al colegio le dio un beso a la Pame – reí, aunque por dentro sentí una convulsión de sentimientos.

-

Sí. Nosotros nos escondimos pa no salir de la sala y el profe se quedó con la Pame, vio que nadie viera y le dio un beso.

-

Y ¿qué hizo la Pame? – pregunté.

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Nada, aunque sí. Parece que le dijo que no pasaba nada. Pero usted la conoce. Huevea con todos los profes. Se cree mina. Desde ese día me alejé un poco de ti y tú lo

notaste. Luego seguiste molestándome y, una vez en el pasillo, frente a algunos de tus compañeros me saludaste y te respondí a toda voz: Hola ninfómana. Me miraste, te pusiste roja y no me hablaste como por un mes.

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III

Tú me observabas desde lejos, yo también lo hacía, aunque de modo furtivo. Tratabas de no reír. Creí que actuar te era muy difícil. Me acerqué, te pedí disculpas y te regalé un poema de Bécquer. Al otro día tú me trajiste una caja de bombones envuelta en papel brillante. Me dijiste: No voy a molestar más a Roger, usted me gusta no sabe cuánto. Yo reí con nervios y te dije que te fueras a sentar. Me di vueltas, rojo de vergüenza, y escribí la fecha y los objetivos de la clase en la pizarra. Desde ese día fuimos mejores amigos y

aprovechábamos el tiempo de colación para conversar. Ahí me contaste que siempre salías de juerga con tus hermanos mayores quienes te llevaban por hartos años. En los pubs nunca pedían le mostraras el carné y bebías como si el mundo se fuese a acabar. Una noche te emborrachaste demasiado y te subiste a la mesa a hacer topless: quedaste sólo en jeans, tapando tus senos con tus manos largas y hermosas.

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Ganaste un pitcher y los tipos de las mesas cercanas te invitaron a sentarte con ellos. Bolseaste cigarros como quisiste y te sentiste una reina en medio de la noche. Sonreí y sentí un poco de celos. Traté de no elucubrar. Luego te pregunté por el resto de tu familia. Tus padres se casaron muy jóvenes y a poco andar participaron en una toma con el fin de tener un sitio propio en el cual vivir. Tu hermano mayor recién había nacido. Eran muy pobres y apenas les alcanzaba para poder comer. Tu viejo trabajaba en una fábrica y el golpe militar lo encontró lavándose en el patio, alistándose para ir a trabajar. Estaba con el torso desnudo y con una toalla en los hombros cuando los soldados llegaron. Los aviones volaban encima de las cabezas de los vecinos y un rumor extraño, lleno de miedo, recorría las humildes casas de la toma. Supongo que sintió los pasos pesados del batallón, las bocinas y las voces nasales megáfono. Estuvo dos días detenido; llegó demacrado y con un par de kilos menos. Eso me contaste y no quisiste hablar más porque te dio pena. Después, de improvisto, me de un

preguntaste si alguna vez me había enamorado de una alumna. Yo te miré a los ojos y no pude mentirte.

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Sí, pero nunca pasó nada. Esperé que terminara cuarto medio. Le llevé una carta le di un beso y me fui. Tenía que dejar el colegio; me habían ofrecido más horas en otro. No le pude decir en la cara cuánto la quería, me dio vergüenza – bajé la vista, me sentí desnudo y vulnerable frente a ti.

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¿Y ella no le escribió, no supo más de ella? – preguntaste con simpleza y con un dejo de dulzura que me conmovió.

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No. Nunca más supe de ella. Fue hace como cinco años. Ahora debe tener como veintidós años.

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¿Cómo se llamaba? Carolina – respondí- Una vez le llevé un regalo que no quise entregárselo de frente. Le dije a uno de sus compañeros que abriera su mochila y lo pusiera allí; la idea era darle una sorpresa.

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¿Y funcionó? Claro, se sorprendió harto, no lo esperaba. ¿Usted le gustaba? No sé. Pero lo que sí sé es que cuando la miraba también se ponía nerviosa. Ese día del regalo me dio las gracias y se puso colorada como un tomate. Creo que te estoy contando cosas que no tienen

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importancia – miré mi reloj – Es tarde, van a tocar para entrar a clases.
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Pero,

¿podemos seguir conversando después? –

preguntaste con interés. Claro, en el recreo de la tarde. Adiós. Chao profe, recuerde que lo quiero – reíste y cerraste un ojo como las mujeres mayores. Gracias, cuídate.

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IV

Una duda me inquietaba y en una oportunidad, en hora de colación, cuando tú comías manzana y yo tomaba un café, te hice la pregunta para quedar tranquilo. Pame, ¿has tirado con un profesor alguna vez? – te miré a los ojos para tener la respuesta antes de que abrieras la boca. No, nunca. Vamos, dime, no se lo voy a decir a nadie – callaste por un instante y mi presión, creo, fue demasiado para tu silencio. Sí, con un profe de electrónica, pero en el otro colegio. Me lo imaginaba. ¿Ibas en primero medio? No, en octavo. El profesor había sido despedido del colegio cuando el affaire se hizo público y tú, para no seguir sintiendo el martirio de los ojos sobre ti, pediste a tus padres que te

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cambiaran de colegio. Estuviste un año en el Santa Amalia y luego llegaste al colegio donde nos conocimos. Teñías tu pelo castaño de color negro, vestías de oscuro y lucías el mismo rostro pálido que has lucido siempre. Dejabas libres tus cabellos que solían descansar en tus senos generosos y puntiagudos. En principio creí que eras gótica o algo parecido. Te pregunté si ibas a la Blondie y me respondiste que sí, algunas veces, y yo me preguntaba cómo te dejaban entrar si eras una pendeja de quince años. Siempre me replicabas que era raro que te pidieran documentos al entrar, además que te acompañabas de gente grande y te arreglabas para salir. Yo también fui a la Blondie un par de veces y el ambiente me parecía alucinante pero algo tóxico. Era usual ver parejas de homosexuales y lesbianas dándose besos, gente dark medio dura, drogada. Iban muchos

adolescentes, igual que al Teatro Carrera. Pero no soy gótica ni dark – aclaraste- me gusta la música del ochenta porque mis hermanos escuchan esa música. Es bakán. En algo nuestros gustos podían tener un punto de intersección. Lo más curioso es que tus aficiones no sólo

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tocaban el plano de la música. Además conocías los monos animados que yo disfrutaba viendo cuando chico y cada una de las series que daban por televisión. Muchas veces conversamos de eso y otros chicos se nos sumaban a la plática. Sin embargo, más de alguna vez aparecía la directora, a quien nunca caí en gracia. Entonces debía despegarme de ti y de los demás, pues a ella no le gustaba que los profesores conversáramos con los alumnos ni que ellos. Esos días me contaste que habías tenido tuviéramos una relación cercana con

experiencias lésbicas con tu ex cuñada. Yo te escuché aparentando conmoví. Y, ¿qué onda? ¿Fue bueno? No sé. Estábamos solas en mi casa, mis viejos estaban trabajando y fue a verme. Fuimos a comprar unas chelas, pusimos música y empezamos a bailar. Después ella empezó a desnudarse, primero la blusa, luego el sostén. Quedamos en calzones. ¿Supongo que después pusieron un lento? – reíste y me preguntaste cómo es que yo lograba descubrirlo Claro. Y después nos besamos pero muy heavy. nula perplejidad, pero por dentro me

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Bueno, me imagino lo que pasó después y no es necesario que me lo digas. Pero Pame, ¿Fue tu primera vez con una mujer?

-

No, en realidad no. Pero antes filo, cero rollo, habían sido unos piquitos y unas caricias, nada más.

-

Entonces, ¿eres lesbiana? No, filo, igual me gustan los hombres. Ah, supongo que sí. No fue necesario que me lo explicaras. Era más que

evidente que te gustaban los hombres - y mayores-. Ese tiempo pololeabas con un tipo que era dependiente de una tienda. Tenía veintidós y pude

conocerlo en el estreno de mi obra de teatro, “Frágil”, en una sala del barrio Bellavista. Era guapo; fue con terno y corbata y tú apareciste con traje de fiesta. Luego de la presentación nos encontramos, me presentaste a Raúl, conversamos un par de minutos y luego fuiste a platicar con el profesor de Química. A mi lado se ubicó Beatriz, secretaria de tu colegio. Sin que mediaran mayores preámbulos empezó a bromear en doble sentido con tu pololo. Rato después apareciste, te sumaste a la conversación y ella, sin escrúpulos, siguió bromeando con Raúl. Me dijiste al oído:

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-

Esta galla es más fea que la chucha, ¿creís que mi mino se va a interesar en ella?

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Pame,

con

copete

un

hombre

hace

cualquier

estupidez. Salud – y sorbimos el vino de honor que mi compañía, “Palitroque”, brindó a los presentes. Nunca te vi dar un abrazo a tu pololo, tampoco le tomaste la mano o le diste un beso. Tu relación, a los ojos de los demás - o al menos para mí – era bastante peculiar. Ese detalle me lo hiciste ver en una de las conversaciones tendidas que sostuviéramos un año después, en mi departamento, en aquellas fiestas con café y cigarros. No soy demostrativa. Por eso los hombres se aburren conmigo. Eso era cierto, pero la característica que podía ser nefasta para las relaciones sentimentales normales, era compensada por tu creatividad y esa virtud de estar en el límite entre el ser niña y el ser mujer. Mal que mal esas virtudes únicas son las que oxigenan las relaciones y las enriquecen con cierto matiz que enternece. Con el estreno de mi obra teatral, aparte de las felicitaciones de mis colegas y el sutil renombre que adquiriera (al punto de dar algunas entrevistas para

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prensa, radio y televisión), me gané la definitiva animadversión del cuerpo directivo de tu colegio. Quizás porque yo solía cuestionar el accionar tiránico de la

directora y lo hacía ver en las reuniones de profesores. Pronto surgió la envidia (no sabría explicar de otro modo su actitud) y, por lo mismo, la persecución. Me jorobaba por todo lo que hacía y no hacía. Cuando me entrevistó para comunicar mi despido, mis colegas intuyeron que la decisión tomada no era por un asunto profesional sino por problemas personales entre ella y yo. Apenas pude despedirme de mis alumnos; lo hice con mucha pena. Una de las pocas personas que vi para decírselo eras tú que fuiste a buscar unos papeles los últimos días de diciembre. Te di un beso en la mejilla, te di mi teléfono y te pedí que me despidieras de tus compañeros.

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V

Una mañana golpeaste la puerta de una sala para conversar conmigo. Los chicos del curso desarrollaban una guía de figuras literarias y te atendí bajo el dintel. Estabas sola y te noté nerviosa, dopada, con los ojos desorbitados. ¿Te pasa algo? – Pregunté preocupado. No, nada. Me contaste que el día anterior habías ido con tu cuñada a comprar al supermercado y se les había ocurrido robar unos trajes de baño. Los escondieron y partieron con dirección a la calle. Metros después apareció un guardia que les pidió le acompañaran al vestidor. Tú reclamaste y tu cuñada te secundó. ¡Si no tengo ninguna huevá! – gritaste y te quitaste la polera para quedar en sostenes frente al vigilante, ahí en el vestíbulo, tú frente a él. No te descubrieron y terminaste por ir al mall con tu cuñada, que además era algo así como tu andante o algo parecido. Habían escondido las prendas en ambos sexos.

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Me preguntaste si estaba dispuesto a salir contigo esa tarde. Nunca lo habíamos hecho y me asusté. Aún eras mi alumna. Te dije, y era verdad, que tenía cosas qué hacer. Le ponís color, si no es pa tanto, qué te cuesta – frunciste el ceño, algo pasaba. Pame, estás mal, ¿te fumaste un pito? Filo, no, no fue un pito. ¿Qué fue? ¿Neoprén? No, como se te ocurre, nunca tan flaite. Me tomé unas pastillas; eso. Pame, por favor, no des jugo, ándate a tu casa; si alguien te ve así vas a terminar en problemas. Dile a la Mary que te acompañe. Trata de que no te cachen. Te despediste con beso. Rato más tarde retorné preocupado a clases. No fue la única ocasión en que te pillé en andanzas medio extrañas. ¿Te acuerdas días después? Te sorprendí pasándole un papelito a la Nicole. En su interior: una pastilla chica, redonda. ¿Qué onda, Pame, qué es esto? Nada, profe, una pastilla. Vamos, no creas que soy de la chacra.

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-

Ay, lo que pasa es que la Nicole me la pidió, es para dormir. Eso. No se la entregue a nadie. No le diga al inspector tampoco, si quiere se la deja para usted. Tómesela, es súper relajante. Te entendí. Frecuentemente pasabas por

depresiones que te hacían estar sin ánimo. El psiquiatra te recetó pastillas y lograste depender en alguna medida de ellas. ¿Por qué razón ibas al médico y cuál era la génesis de tus trastornos? Hasta hoy no me lo explico, pero en una de esas pláticas que sostuvimos te expresé que yo también tenía tendencia a la depresión y me evadía saliendo, conversando, aunque la mayoría de las veces nada más que encerrándome en mi pieza, esperando pasar los minutos. Acostumbrabas comprar marihuana a un chico de cuarto medio y me la mostrabas como si fuese un trofeo o el indicador de que ya estabas creciendo y no bastaba que tuvieras dieciocho para ser mayor de edad y vivir de los beneficios que ello implicaba. Yo te decía que la guardaras, aunque seguro después te ibas con tus

compañeros a fumar en la plaza que queda detrás del colegio.

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Pensé que para vivir no te imponías límites y llegué a pensar de qué modo podías vivir en ese sistema sin que tus padres hicieran nada para impedirlo. Sin embargo, después de mucho meditarlo barajé la posibilidad de que todo lo que me contabas podía ser simple y llanamente una mentira inventada por tu desbordante imaginación. De nuevo, sin embargo, me asaltaba otra interrogante: ¿para qué? ¿Es que tus padres no te daban el cariño que tú considerabas necesario? ¿Es que no eras la niña mimada, la menor de todos, la consentida de la casa? Después me contaste que tus viejos trabajaban todo el día, casi nunca podías verlos, salvo en las noches,

cuando llegaban a acostarse y a ver televisión. Tu dormitorio se transformó en el único lugar en que te sentías libre, fumando del un poco de marihuana, revistas

escuchando

música

ochenta,

leyendo

pornográficas para mujeres e imaginando historias para contárselas a tus compañeros. Días después me obsequiaste un video sorpresa. Es para que lo vea, profe. Es una penitencia que tuve que hacer por el grupo de primera comunión de mi parroquia. ¿Tuviste que cantar?

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-

No. Tuve que pasearme en bikini por el Paseo Ahumada.

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VI

La primera vez que fuiste a verme fue un día domingo. Los domingos acostumbran a ser aburridos. Yo dormía y no tenía un veinte para salir a pasear por el parque o para visitar la feria de libros viejos y antigüedades del paseo Estado. Estaba triste y, así, daba vueltas en mi cama en plena tarde nublada. De pronto sonó el teléfono y reconocí tu voz. Me avisaste que vendrías. Yo pensé en mi carestía y busqué en el baúl de mis imaginaciones algún pretexto para evitar tu visita. Y no era porque no quisiera verte, sino por el triste hecho de no poder ofrecerte galletas, helados o chocolate. Llegaste pronto, agotada, con el aliento entrecortado. Nos saludamos con un beso en la mejilla. En ese tiempo yo desconocía qué sentimientos te provocaba mi presencia y también ignoraba yo que un duende clandestino se movía por los rincones de mi alma recordándome tu nombre. Toma asiento. Hay música encima del equipo – te dije y fui a la cocina. Rogué al cielo poder encontrar algo en la despensa.

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Entendí desde ese momento que nuestros gustos musicales no poseían mayores líneas de intersección. Te ofrecí vino y café. Cuando pensabas en la respuesta, recién yo caía en cuentas de que las dos cajas de vino apenas sí sumaban un vaso de líquido avinagrado. Preparé dos café e ignoré mi ofrecimiento. No tenía más que ofrecerte. Tengo doscientos. Si quieres compramos un paquete de galletas – te dije. ¿No tienes cigarros? No. ¿No te molesta si compramos? Para nada. Tú apenas te abrigabas con esa chaqueta de buzo con rayas rojas, parecida a la que yo usaba cuando niño. La moda es cíclica, pensé, mientras te ofrecí mi chaqueta de corderito (aquella de cotelé con chiporro que tú sabes tanto me gusta). Disfruté viéndote tiritar mientras te ponías la prenda. Me miraste y tu risa, ese mundo rojizo coronado de margaritas, me recordó tu malicia de niña en vías de mujer; yo amo eso de ti. Vamos a conquistar Maipú, cabra chica – te dije.

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Intentamos caminar rápido para abrigar nuestros cuerpos pues los inviernos en este lado de Santiago son fríos y húmedos. Yo aún tenía miedo de decirte que al verte sentía cosquilleos en la guata o que deseaba abrazarte. Me olvidaba de eso y seguía caminando a paso rápido y tú, que caminabas más lento, hacías el esfuerzo de seguirme casi corriendo. Compartimos el primer

cigarro que prendiste ayudada por la vasija que formé con mis manos heladas. Llegamos rápido a casa y preparamos un café mientras conversamos de tu colegio, de los profesores y de la directora que poseía un insufrible rostro de ogro masculino.

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VII

Aquel

fue

nuestro

primer

ritual:

conversar

tomándonos un café, fumando secundariamente un cigarrillo. Tú, en la silla que da hacia el ventanal; yo en aquélla que queda frente a la puerta de la cocina. Pedías, al segundo sorbo, un cenicero para arrojar el tabaco consumido y yo, rápido, abría la puerta de la cocina que es muy helada, - más aún en estos días de inviernoconservas. Los Palitroques se llevaron los dos ceniceros que había – me excusaba las veces primeras. Después de eso conversábamos harto y nos reíamos demasiado. Yo disfrutaba viendo tus ojos pequeños y esas margaritas tan marcadas y tiernas. Hablábamos de fútbol, de amigos comunes, de los enemigos de ambos, de nuestras aventuras en algún bar de los barrios República o Brasil, de nuestras experiencias sexuales y traía a la mesa esa tapa de tarro de

que narrábamos como si se tratase de cuentos infantiles. En fin, nunca nos faltaban temas y casi nunca

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respirábamos para descansar. Eran tardes hermosas; no se necesita tener mucho dinero para ser feliz.

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VIII

Apareciste una tarde de miércoles vestida de colegial. Sentí un leve estremecimiento mientras el conserje anunciaba tu nombre a través del citófono. Ahí estabas: niña, inocente y angelical, tras un rostro lavado y esas ropas algo húmedas. Te preguntarás por qué, pero desde ese día dejé de preocuparme de la opinión de los vecinos, el portero o de nuestros conocidos. Y hubo un día en que ya

definitivamente no me importó la opinión del mundo y te abracé en tanto caminábamos a comprar cigarros, pese a que tú vistieras de colegiala y yo de profesor con esa corbata que me coloco por casualidad cuando te veo y tú dices que es mi manda. Ese mismo día en que me eché al bolsillo el planeta era cercano al día treinta. Yo portaba algo de dinero y por vez primera no hicimos una vaca para comprar cigarros. Compré una cajetilla de Luckys Stricke. Señalé riendo que los meses empezaban con ésos, a la quincena fumaríamos Belmont y bordeando fin de mes sólo

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alcanzaría para Derbys. Ambos reímos. Entonces comenzó a llover.
-

Vámonos por la orilla. Ya, pero tú te vas delante para comprobar si las pozas son hondas– me dijiste y te tapaste la cabeza con la capucha de la parka.

-

Te paso el dinero, tú compras los cigarros, yo voy por el diario a la vuelta. Tengo que ver los económicos.

-

¿Es por pega? Cuidado viene un auto. Claro, necesito más horas – de pronto hice una pausa. Seguimos caminando, cruzamos el puente y, como

-

los niños, fabriqué un escupitajo más o menos grande y lo lancé al agua. Ambos observamos cómo navegaba y luego se perdía entre los vericuetos de la orilla. Después te llamé por tu nombre acaparando tu atención. Dejaste de ver los charcos y las ramas flotando en los canalcillos de la orilla de calle. Esa tarde te regalé mi cuaderno de historias y dibujos. Ahí, en medio de las páginas dobladas, se encontraban los fragmentos del cuento de Ianco y Aluani, que seguía escribiendo luego de las jornadas en que ibas a verme.

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UNO

Esta es una isla ubicada entre el norte y el sur. Nadie la conoce y no aparece en los mapas, salvo en el que dibujé una tarde cuando preparaba mis clases de Lenguaje diferenciado para terceros medios. Tiene forma de manzana, posee muchas playas, un puerto natural lleno de rocas y un volcán que la divide en norte y sur. En el norte vive una tribu pacífica que comparte mis características: posee piel morena, lee poesía, le gusta cantar canciones de amor y dibuja caras de personas toda vez que está aburrida. En el sur habita una tribu distinta. Por extraña coincidencia todos los habitantes se parecen a ti: son blancos como tú, cuando ríen se vuelven chinos y muestran margaritas en sus mejillas, les gusta contar historias fantásticas, fuman demasiado y además bailan hasta quedar exhaustos. Nunca en su historia se habían conocido. Empero un día cualquiera, un joven intentó escalar el volcán llamado Kabur y se encontró que de espaldas a él, había una aldea en la que las personas trabajaban sin cesar.

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Este joven se llamaba Ianco. Pertenecía a la tribu morena que llevaba por nombre pueblo Kru. Pensó cruzar la montaña, descender por las pendientes, sin embargo, encontró que la tarea era enorme; estaba ya cansado. Pensó que la noche llegaría y le sorprendería en medio de las rocas y precipicios, sin ropa ni alimentos con los cuales subsistir. Hacía un poco de frío pues era invierno, además estaba nublado. En la historia de esta isla casi todos los días son nublados. Ianco se devolvió a su aldea Kru y no supo si revelar el descubrimiento al rey Samuel, gobernante de esa tribu. Cuando uno descubre algo siempre tiene la duda si será perjudicial o beneficioso para el resto. Llegó a su casa y se acostó temprano, sin darles las buenas noches a sus familiares, pues casi todos los Kruelenses viven solos en sus casas que se parecen a las casas de los campesinos de la Edad Media. Lo que no sabía Ianco es que todas las tardes, desde una ventana de un castillo ubicado en la aldea de los Manmara, una doncella dulce y angelical llamada Aluani observaba el paisaje y sus alrededores con un catalejo de alcance cósmico. Un buen amigo de ella, hacia muchos

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años, lo había encontrado en una feria y lo compró para obsequiárselo, pues presintió que le haría falta. ¿Por qué aquella doncella de pelo largo, delgada, algo menuda y muy blanca necesitaba un catalejo de lupas poderosas? La respuesta es la siguiente: Los padres de Aluani, reyes absolutos de la aldea, no permitían que ella pudiese juntarse con la gente del pueblo. Decían que era peligroso que conviviera con los adolescentes de su edad, que se contagiara de sus malas costumbres y plebeyas ensoñaciones. Algún día se casaría, pero con alguien venido de otras latitudes, con una especie de enviado de los cielos quien la haría feliz y la acompañaría el resto de sus días. Esa revelación la había recibido el padre de la princesa de labios del mago Ior, un hombre dedicado al estudio de las estrellas y la lectura de las hojas de los gigantescos árboles de Miarum, vegetales que crecían cerca de la montaña y sobre los cuales los niños y jóvenes de la aldea jugaban por días enteros a las escondidas, pues sus troncos eran gruesos y altos como cuatro castillos juntos, además de ahuecados, lo cual permitían que los chicos escalaran por dentro.

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Aluani pasaba

el día colgada a la ventana,

contemplando desde ahí el devenir de su pueblo apacible y bello. Pero por prohibición de su padre no le estaba permitido salir de ese lugar y para esto él había tomado una serie de precauciones: su habitación se hallaba en el tercer piso del castillo, la puerta estaba cerrada con tres grandes candados cuyas llaves guardaba en lugar secreto la madre de la princesa. Además, el patio al cual daba la ventana del cuarto de la muchacha poseía una laguna cuya profundidad, decía su padre, asemejaba las profundidades del mar que estaba tras de sus espaldas y cuyas aguas recordaba con tanta pasión, remembranzas que trataba de revivir cada noche para que su frágil memoria no las enterrase en el polvo del olvido. El viaje al mar lo realizó cuando tenía cerca de ocho años. Su familia real, subida en una carroza empujada por caballos blancos, fue vitoreada durante todo el camino por el pueblo que había salido a las calles a aclamar a su rey. La imagen nunca se le olvidaría a Aluani pues había visto a niños igual que ella que vestían pobremente, que tenían zapatos tallados de madera, chalecos sucios y descocidos, caritas cubiertas de hollín y cabelleras despeinadas.

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-

Papá, ¿por qué ellos visten así? – le preguntó la princesa a su padre, el imponente rey de Manmara.

-

Por que son pobres – concluyó. ¿Por qué? – volvió a preguntar la princesa, mientras acercaba su rostro al regazo de su padre.

-

La vida se ha ensañado con ellos. Algún día lo comprenderás. El mar era tan extenso que fue imposible que Aluani

pudiese explicárselo a Buara, el simpático bufón que alegraba sus noches de insomnio, contándole cuentos, historias fantásticas que la muchacha creía eran reales. ¿Es en realidad tan grande el mar, señorita princesa? – y hacía una mueca que robaba una sonrisa angelical, con margaritas incluidas y ojos chinos también. Sí, Buara. ¿Cómo te lo puedo explicar? Es como el cielo, pero el mar no duerme, está despierto y no se sosiega nunca.
-

Señorita princesa, eso merece una celebración – La muchacha sonrió y aplaudió con furor. Los momentos de celebración implicaban un momento para escuchar historias.

-

Pero, ¿qué me contarás hoy? – simulaba seriedad y arrugaba la cara, como si fuese la pregunta de un

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adulto.

Los

adultos

suelen

ser

graves

en

sus

cuestionamientos. Bien, señorita princesa, esta historia...- el bufón hizo una pausa y le miró a los ojos con dulzura. Luego dejó fluir por los músculos de la cara una expresión que dibujó en su boca la forma de un plátano. Agregó: ... será de amor.

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En un apartado lugar, lejos de toda huella de civilización, vivía un hombre llamado Pedro. Su morada se levantaba en el bosque encantado, según contaban las leyendas. La gente lo llamaba Pedro, el solitario. Era un hombre capaz de seducir a las mujeres con sus palabras, sus trovas y su mirada profunda. No tenía linaje real y nadie nunca supo por qué vivía solo. No tenía mal humor, como muchos pensarán y, cuando se encontraba con gente, alegraba a ésta con sus historias y su antiguo laúd. De este modo le invitaban a vivir dentro de sus villas, pero él se resistía, aunque agradecía la amabilidad de ella. Cuenta la historia que se enamoró de una bella doncella perteneciente a la corte. ¿Cómo era aquella mujer cuya belleza era inigualable y formidable en gran manera? Lo relataré a usted, señorita princesa, para que sepa cuán hermosa era. Poseía cabellos ondulados y largos, era muy blanca, delgada, poseía grandes ojos azules y dientes que se asemejaban a estrellas del firmamento. Dedicaba su

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tiempo a observar la naturaleza, la cual retrataba luego en lienzos de tela que pintaba con matices que preparaba ella misma con sustancias que extraía del bosque encantado en el que vivía Pedro, el solitario. Ahí la conoció él, una tarde de sol, cuando se aprontaba a cortar un poco de leña para cocinar. Se preguntó: ¿quién será esa hermosa mujer cuya hermosura es

incomparable? ¿Cuál será el nombre que la corona y el motivo de sus visitas a este bosque encantado? Desde aquel día Pedro pensaba en ella con insistencia. Tomaba su laúd, se dirigía al patio de la casa construida por sus propias manos y, sobre un grueso tronco cortado, simulaba estar frente a una gran asamblea, como las que encontraba en los mercados populares, para luego versear poéticamente, pensando en la mujer de belleza extraordinaria. Así se lo pasaba tarde tras tarde. A veces se dirigía al pueblo a comprar trigo y especias. Allí un día se la encontró y no pudo evitar dirigirle la palabra. Doncella, tenga usted un buen día. Me es imposible no hablarle sin sentir un escalofrío que me invade desde el corazón hasta el pensamiento. Nada más dígame su nombre y mi alma quedará en paz.

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La doncella le miró con cierto desdén. Le respondió de inmediato.
-

Mi nombre es Minerva – Luego le observó de pies a cabeza y agregó - Perdón, no está permitido que los miembros de la corte conversen con los plebeyos. Buenos días. La princesa se retiró raudamente y ni siquiera

alcanzó a percibir la venia galante y cortés que el pobre Pedro le otorgó con motivo de su despedida. Lo que no sabía el trovador era que Minerva, la bella doncella de quien comenzó a enamorarse, guardaba en su corazón antiguas heridas que un príncipe se había encargado de dejar hacía varios lustros atrás. El apuesto y admirado Kitim, perteneciente a la corte de otro feudo algo lejano, conoció a la bella Minerva una noche de luna llena. Ambos participaban en un carnaval que realizaron las monarquías con propósito de la victoria del padre de Kitim, rey del feudo de Fodorocia. La bella doncella se ocultaba tras un antifaz y fue abordada por el locuaz y anodino príncipe. ¿No gusta usted, bella dama, bailar con este humilde vasallo suyo?

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-

Desde luego, príncipe, es un honor para una mujer danzar con tan apuesto varón. Cupido flechó el corazón de ambos aquella noche y

al menos una vez al mes viajaban ciento treinta kilómetros al lomo de un caballo, acompañados de un séquito real, con el fin de encontrarse en un lugar equidistante de sus reinos. Lo que no sabía la bella Minerva es que aquel varón visitaba constantemente la montaña y, encontrándose con las vertientes de aquélla, extraía ramas y yerbas verdes con las cuales preparaba brebajes que le hacían ver el mundo con otros colores. En sus delirios también aparecían monstruos y aves gigantescas y horripilantes. Una noche de encuentro, cuando la luna grande iluminaba la montaña y ambas embajadas descansaban para iniciar el viaje de retorno al siguiente día, Minerva y el apuesto Kitim se encontraron bajo en un descampado en cuyo espacio nada más se escuchaba el rumor de los grillos y el movimiento suave de las ramas. La noche estaba tibia e iluminada y las luciérnagas revoloteaban alrededor. Te amo más que a nada en el mundo, Minerva. Quiero que seas nada más que mía y que vivamos por una

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eternidad en el reino que me legará mi padre – le dijo con pasión el príncipe quien apretó con su fornido brazo la cintura de la muchacha hasta lograr en ella un suspiro, mezcla de lívido y candidez. Yo también, amado Kitim. Vibro ante tu mirada y cuando me aferras contra tu cuerpo siento que nada en el mundo podrá destruirme. Llévame a tu reino, hazme tu mujer, quiero ser aquella que te acompañe en tus momentos de guerra y paz y darte todos los hijos e hijas que ansíe tu alma guerrera. Así, profesándose amor eterno, aquella noche ambas almas fueron una sola. El cosmos se concertó y las estrellas brillaron con acordada pasión junto a las caricias de aquellos dos amantes. Los cometas del cielo atravesaban raudos en el firmamento cuando aquellos microscópicos viajaban desde aquel hombre a la mujer a quien amaba. Rato después, el príncipe Kitim hizo descansar en el pasto la cabeza de la muchacha que dormía y se dirigió a la tienda en la cual sus súbditos descansaban. Allí extrajo de sus pertenencias una caja de madera con un tesoro muy preciado, más valioso que cualquier otro tesoro conocido en la tierra. Esperó que el alba acercara sus

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largos brazos de luz y que los pájaros emitieran sus voces de ángeles terrenos, para despertar a la doncella. Ahí, aquella dama descansaba con su largo cabello ondulado, sus ojos cerrados y su rostro de marfil, blanco, casi transparente. Cuando abrió sus ojos, aquellos se encontraron con la mirada de aquel príncipe a quien amaba. El cielo parecía estar más celeste que lo habitual, como si se alimentara del color de los ojos de aquella dama mágica y dulce. Estaba esperando que te despertaras para obsequiarte algo que he preparado para ti. La doncella bostezó, se restregó los ojos y con pudor de princesa se retiró al riachuelo cercano con el propósito de lavarse el rostro. Luego retornó y dio un beso de buenos días a su amado. Fue ese el instante en que Kitim, sacó de su morral una caja de madera antigua y hermosa, tallada con muchas formas, como las que traían hasta los límites de su feudo los navegantes desde el oriente. Este presente te lo obsequio como la demostración más sublime de mi amor por ti. Nunca he amado como lo hago ahora y cuando te veo el cosmos se concierta

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para reducir toda su fuerza en la pasión desbordante que empieza en mi corazón como un fuego que me quema por completo. Te amo, toma esta prenda que ha adquirido de ti la belleza, aquella misma sustancia que el creador formó en ti y la delegó en cada una de las cosas bellas de esta tierra. Minerva tembló tras escuchar las palabras de su príncipe y se sintió un bocado frente a él. En sus ojos asomaron lágrimas de emoción. Temblando, recibió la caja como si dentro contuviera huesos de algún santo mentado, con la solemnidad con que rezaba todas las mañanas en la catedral del palacio del feudo en el cual vivía. ¿Quiere saber qué contenía dicha caja? ¿En serio quiere conocer esa parte de esta bella historia de amor? Bueno, vamos a tener que dejar para mañana esta parte de la historia pues es menester que usted duerma ya que debe levantarse muy temprano para ir a misa de ocho. Además tiene carita de mucho sueño. No es bueno escuchar historias así, medio adormilada. Uno tiende a tener fantasías mientras duerme y las fantasías, aunque son divinas, pueden causar cierta adicción. Buenas noches, señorita princesa.

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IX

Supiste una tarde que “Palitroque”, compañía de teatro que fue mi desvelo durante años, cayó en crisis con la puesta en escena de “Pretina y costura”, un drama incomprendido por el público que no tuvo mayor apoyo de los medios. Nunca previmos, junto a Alfonso y Felipe (te recordarás: aquellos dos actores que interpretaron a sendos homosexuales en “Frágil”) que la obra sería un completo fracaso y yo tendría que vérmelas con los actores y personal adicional a la hora de pagar lo

acordado. Para redundar, la mayoría de mis amigos actores empezaron a cuestionar el curso por el que estaba atravesando mi pluma en esos días y optaron por adherirse a otras compañías o a formar una propia. Pero antes debí darles en parte de pago algunas pertenencias como un televisor, el equipo de música recién comprado, una estufa, una colección de clásicos libros de teatro en que se incluían obras de Brecht, Sartre, García Lorca, Buero, entre otros y otras tonteras chicas como música

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en CD, una chaqueta de cuero y la foto autografiada en que salía junto a Nicanor Parra hace siete años. Debes imaginarte cómo es sentir que el sueño que hace mucho tiempo tienes de pronto se te escapa, se diluye, es asesinado por el destino disfrazado de alguna circunstancia. Durante meses tuve que trabajar sólo para pagar deudas y eso me provocaba una impotencia enorme. A ese estado de cosas se sumaba el sentimiento de ingratitud que sentía de parte de los palitroques. No me dieron tiempo para que pudiese pagarles con un préstamo que pretendía tramitar con algún amigo dramaturgo o alguna institución local. Me obligaron a deshacerme de mis pocas pertenencias para deuda que tenía. Vamos Vicente, no creerás que podemos esperar uno o dos meses más – me dijo Alfonso- Tú sabes que a los actores no nos sobra la plata, menos a esta altura del año, donde escasean los estrenos. Pocho, entiéndeme, no es que no quiera pagarte, lo que pasa es que no tengo. Pensé que la compañía era de todos y que serían comprensivos en los momentos difíciles. Yo soy el que ha invertido de su bolsillo pa saldar la

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llevar a cabo los montajes que hemos realizado y que nos han otorgado cierto prestigio. Espérame un poco. Vicho, es que tú no entendí. Estamos apremiados – agregó Felo- hace dos meses que no pagamos el arriendo y si no te cobramos nos van a echar del depto. No es que queramos ser mala onda contigo, pero el asunto es así, somos profesionales igual que tú. Chucha, huevón, qué hacer. No tengo efectivo. A lo más mis pocas pertenencias. ¿Cómo qué? – preguntaron a dúo. Una tele, un equipo y cosas así. Bueno, páganos con eso. Fueron a buscarlas un día lunes, tipo cinco de la tarde. Yo había llegado a las dos del trabajo y llegué a embalar las pertenencias. Me dio rabia y pena. Pensé por qué en Chile pa hacer arte se tiene que andar viviendo al tres y al cuatro. Dejé las cosas en la mesa, puse música en el computador y me senté a tomar un café esperando a los chiquillos. Cuando llegaron intercambiamos algunas palabras de rigor. Sentía en el alma el tener que alejarme de

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ellos; las circunstancias así lo habían determinado y no podía hacer nada frente al viento invisible del destino. No perdamos el contacto. Tengo hartas ideas

dramáticas en mi mente – les expresé. Sí, Vicente. Tenemos tu e mail – Alfonso fumaba un cigarrillo que convidó a Felipe mientras ubicaba en sus brazos el pesado televisor.- Ahora trabajaremos con Gustavo de la Sotta, tú sabes, el director argentino. Nos ofreció integrar su compañía de teatro. Escribe cosas bastante interesantes. Te

conviene leerlo. Vicho, gracias por todo, fueron años inolvidables. Vengan esos cinco. Esa tarde no hice más que fumar uno tras otro cigarrillo, observando las micros pasando por la avenida, pensando en mi destino como dramaturgo, en los proyectos futuros, en cómo pagar las deudas, en cómo afrontar mi soledad sin los amigos con quienes trabajé durante años. Perder a Palitroque, en cierta medida, era perder a mi familia, era extirpar parte de mí y resignarme a sentir un vacío vital difícil de llenar con algún otro proyecto fabricado por mi mente cansada en esos días de tanto elucubrar sin encontrar un sentido.

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X

No supe qué hacer esa tarde. Habíamos conversado demasiado y te invité a uno de los espacios del para que conocieras mi biblioteca y mi

departamento

colección de música. Te mostré unos libros de poesía y la discografía completa de Ricardo Montaner. Fue raro pero te quedaste mirando una biografía de Albert Camus y unos compactos de Depeche Mode, Duran Duran y Pink Floyd. Cuando sacabas una carátula de los últimos, no sé que pasó por mi mente y te di el primer beso, medio robado, medio legal. Me miraste a los ojos y deduje que habías sentido lo mismo que yo. Pusiste el de Depeche, nos sentamos en el suelo alfombrado y seguimos tomando café, fumando y conversando. Saqué un lápiz y nos divertimos colocando bigotes a los tipos de la foto y cariándoles los dientes también. Luego saqué del clóset la cáfila de títeres que llevo al colegio, y nos vimos representando una función delante de nosotros, artistas y público al mismo tiempo. Reímos a carcajadas pues se nos ocurrió cada cosa. Terminamos en el suelo, abrazados

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y, encima, todos los títeres que también parecían contentos con esa fiesta de café, conversación y cigarrillos. Seguro algo estaba pasando en nuestros solitarios corazones pero no me atreví en ese minuto a determinar qué grado de compromiso podía implicar nuestra relación que sobrepasaba los límites de una amistad, pero que se diferenciaba de todo tipo de vínculo existente. Lo sacaste a colación minutos después cuando sorbíamos en la mesa el último concho de café y compartíamos el mismo cigarrillo que llegaba a pocos milímetros del filtro. Se nos habían acabado y no teníamos más monedas para comprar. Pero qué piensas de todo – me preguntaste, haciendo un paréntesis de seriedad en medio de la algarabía. Eh, bueno, qué te puedo decir – pensé por un ratoNunca me había pasado. Tú tienes dieciséis y yo veintinueve. Es mucho.
-

¿Eso quiere decir que no quieres nada conmigo? - me miraste a los ojos con temor.

-

Pamela, no es eso. Yo te quiero. Si saco a relucir nuestra diferencia de edad es porque igual me da lata ser mayor que tú. Sí, en realidad es eso.

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-

¿Crees que podríamos ser algo? – me quitaste el cigarrillo y le quitaste el último segundo de vida.

-

De más, pero... ¿Pero qué? Lo que pasa es que yo no quiero andar contigo porque eso para mí es muy superficial. Me suena como a leseo. Pero pololear es demasiado y las cosas no están dadas para eso. ¿Te imaginas qué dirían tus

compañeros y la directora? Justificaría con creces el haberme echado el año pasado. Sí, tienes razón... La tarde estaba deliciosa. El día anterior había llovido y el verano de San Juan se presentó preciso pues el atardecer con su sol amarillo tornándose en una naranja cósmica nos iluminaba tras el ventanal. No parecía invierno; tú estabas frente a mí, a punto de marcharte, seguro, mas yo trataba de disfrutar cada uno de los minutos junto a ti. No rogaría que te quedaras, eso significaba alargar más el momento de despedida. Hay que vivir el presente, decíamos; carpe diem era el lema, nuestro argumento vital. Pero quizás podríamos estar entre el andar y el pololeo – dijiste.

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-

¿Algo así como inventar un nuevo tipo de relación sentimental?

-

¡Claro! – reíste y golpeaste la mesa. Luego moviste tu cabeza y llevaste tu pelo dócil hacia atrás con los dedos, pues había caído tapando tu ojo derecho.

-

Sí, tendría que ser el nombre de otro bicho que no fuera pololo.

-

¡Palote! – gritaste. ¡Palotes! –respondí. La palabra era exacta, el momento bendito. Entonces simulé estar serio, aunque mi corazón

rebosaba de alegría y cariño. Te tomé las manos, te miré a los ojos con dulzura espontánea y te dije: ¿Quieres ser mi palota? El mundo se paralizó. El sol ya se escondía tras las casas y árboles de Maipú. Me dio la impresión que las micros no pasaron por un segundo en la avenida y seguro que también escuchaste música angélica en tus oídos. Me respondiste con dulzura de niña y pasión de mujer: Sí.

Nos besamos largo y nuestro beso me supo a cigarros, café, conversación y carnaval.

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XI

¿En qué consistía ser palotes? Era menester definirlo durante las tardes que prosiguieron a aquélla. El comedor de mi departamento fue el cuartel desde el cual semantizamos el término, elaboramos estrategias y comenzamos a convertirnos en cómplices para derrotar al mundo y sus límites. Antes que todo para ser palotes se necesitaba poseer una condición: la contrariedad del mundo. Nos imaginamos, creo que con justa razón, que la gente jamás aceptaría que yo, un viejo de casi treinta años, tuviera como pareja a una muchacha de dieciséis, que más encima era su ex – alumna. Tus padres armarían escándalo, a mí seguro me echarían del trabajo y quedaríamos a expensas de las habladurías de las viejas de los departamentos vecinos. Sin embargo, no nos importaba mucho eso e igual salíamos de la mano por el patio del condominio. No obstante, presentarse así en plena calle, a la vista y paciencia de todos, sería una actitud casi suicida y no estábamos dispuestos a

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mantenerla, al menos en ese momento que tú aún eras menor de edad. Los palotes disfrutan conversando y hacen fiesta con café y cigarros. Esta fue nuestra segunda definición. No queríamos ser como en otro tipo de parejas que se pasan teniendo relaciones sexuales o besándose y se descuidan de lo interior expresado en la palabra. La acepción surgió espontáneamente y no fue una sentencia impositiva. Para configurar el significado de palotear, nos

propusimos no inventar el sema, sino dejarnos llevar por lo que había sido nuestra experiencia. Dentro de esa práctica descubrimos que ambos tendíamos a ser creativos. De otro modo no podríamos haber estado platicando por tardes enteras sin aburrirnos siquiera un minuto. Y ahí surgió otro matiz del término en cuestión: los palotes son creativos y nunca guatean, de lo contrario no pueden llegar a ser buenos palotes, menos

pretenderlo. Al menos en cada visita tuya descubríamos un color nuevo al logos que nos interesaba armar. Pero en esos días en los que trabajaba sólo en las mañanas necesité buscar más horas para poder pagar las deudas

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que mi compañía teatral había contraído. Compraba todos los domingos El Mercurio y solía salir el lunes muy temprano en la mañana a dejar currículum a distintos lugares de Santiago. Eso implicó que no te viera con tanta frecuencia, pues hubo días en que también fui a entrevistas en la tarde. Yo no te llamaba, tú tampoco hacías, a lo más te mandaba un mensaje de texto por celular, pero fue en pocas ocasiones, pues el dinero no me alcanzaba para comprar siquiera una tarjeta

telefónica.

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DOS

El regalo, señorita princesa, consistía en una diadema que poseía el color de los ojos de aquella doncella llamada Minerva. Sí, era azul. La diadema tenía la cualidad mágica de llevar parte de la sustancia de aquel príncipe llamado Kitim y otra parte de la bella y dulce Minerva. Era la perla más hermosa que ella había visto en su vida y, de vuelta en su feudo, la cuidaba diariamente, de modo que nadie pudiese hacerle daño. La contemplaba, la sacaba de la caja de madera en la cual descansaba, la limpiaba con un pañuelo de seda, la ubicaba a un costado de su almohada para dormir con ella. Desde ese día dicha piedra fue la razón de su existencia y el modo por el que sabía que su amado la amaba en extremo. Un día la princesa tomó uno de sus caballos y partió de sorpresa a las tierras en las cuales su enamorado habitaba. Idealizó tanto ese momento que su corazón parecía salirse del gozo mientras cabalgaba por los prados. Pronto caería rendida en los brazos de Kitim y

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soñaba en navegar en los olores de aquel varón vigoroso y valiente. Sin embargo, al llegar a una montaña, sintió un fuerte estremecimiento, como si el destino quisiera advertirle de algún suceso extraño y fatal. A lo lejos sus azules ojos divisaron el caballo de su amado y tomó las riendas de su corcel para acercarse a aquél. El príncipe, pensó, estaría cerca de ahí. Kitim no estaba en los alrededores. Su noble bestia pastaba atada a un tronco de árbol grueso. Minerva decidió dejar su caballo a un costado del otro y salir a caminar entre los árboles bajo el monte para encontrar al hombre que la hizo suya una noche de luna llena. Luego de caminar por cerca de media hora, la hermosa princesa escuchó los alaridos y las risas de un hombre. También el chapotear de éste en el agua. Se ubicó tras unos matorrales para dirigir sus ojos hacia el lugar donde dimanaban los ruidos. ¿Sabe usted, señorita princesa, qué vio aquella tarde esa dulce y bella joven? Nada más ni nada menos que a su príncipe bebiendo el potaje alucinógeno de la planta Pogasia. Sus ojos desorbitados, lleno de raíces carmesíes, observaban con espanto los grandes árboles,

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seguro que veía en ellos a grandes e inexpugnables monstruos de río. Luego comenzó a gritar, a golpear sus manos en el agua, a ser secundado por un par de jóvenes que le acompañaban. Era una especie de fiesta trágica, abundante en gritos y alaridos feroces. La princesa no pudo contener su pavor y gritó tan fuerte que el grupo de mozos se enteró de la presencia de ella. Fue Kitim, sin embargo, quien nadó desde el origen de la vertiente hasta la orilla en la que se encontraba la princesa. El joven, con su rostro deforme, parecía un ente poseso, un monstruo antropomorfo. La muchacha huyó despavorida por el bosque, en tanto un horripilante Kitim la seguía acompañado de gemidos bestiales y grotescos. Apenas vio su caballo Minerva se arrojó sobre él, la bestia se desató por sí sola y la guió rauda hasta los límites de sus territorios. La noche ya caía y el lamento de la doncella, según cuenta la leyenda, todavía se sigue oyendo en los campos en los atardeceres oscuros e invernales.

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XII

Las nueve de la mañana y la recepción del colegio estaba vacía, salvo por la presencia una secretaria que digitaba de cuando en cuando un computador y respondía a las consultas de los llamados que recibía en su teléfono. Sobre la gran pared un cuadro de la silueta de Neruda en tonos plomizos y azulinos y un poco más al costado una réplica del Quijote de Picasso. Debe esperar a la señora María Soledad. Puede sentarse, yo le aviso cuando esté lista para atenderle. Bien, gracias. Dejé mi maletín en el suelo y con mis dos manos tomé nerviosamente el curriculum. Tendía a observar mi foto (aquella misma que cloné para adjuntarla a todo el fajo de fotocopias que cada lunes entregaba en los colegios de Santiago) y me recordaba de la vez que te la obsequié y te reíste de buena gana. Apareces chistoso – me expresaste y a mí me dio un poco de plancha.

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Por la puerta apareció una señora de ojos claros, pelo castaño claro y delgada. La saludé con un beso en la mejilla; se disculpó por la espera y yo la excusé con sinceridad. Mal que mal no había esperado tanto. Subimos al segundo piso. Pasamos por las salas que poseían grandes ventanales. Así los tenemos controlados. Disculpe – la mujer extrajo de su solapa un micrófono por el cual hablóSí dígale que espere un rato, voy a entrevistar a un profesor. En quince minutos más. Sí, ya bajo. Claro, como le decía, así también podemos ver si los profes realmente hacen clases. Los parlantes del intercomunicador seguían sonando cuando llegamos a su oficina, a un costado de una sala y de un baño. Me ofreció asiento; le alcancé mi currículum y ubiqué mi maletín en el suelo. Tomó un par de segundos para hojearlo. Luego se detuvo en la foto. Me parece haberlo visto en algún lado, don Vicente – arguyó y me observó a los ojos. Su sonrisa y ojos eran muy bellos. Bueno, soy Vicente Valverde, director de teatro.

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-

¡Ah, claro, sí me acuerdo! He visto un par obras de usted; son bien interesantes. Su compañía se llama Palitroque ¿no?

-

Eh, este... sí, bueno, se llamaba. Ya no funciona. Ah, perdón. ¿Se disolvió? Claro- respondí con cierta pena. La mujer siguió leyendo el documento, marcó con

grafito algunos puntos y me volvió a dirigir la vista - Tiene ocho años de experiencia en docencia, algunos talleres, estudió en una universidad tradicional. ¿Está trabajando en este momento? Claro. Y, ¿por qué desea cambiarse? No tengo nada más que veintiuna horas. Por eso. Ah, entiendo. Afuera, a través del ventanal, el patio de cemento adornado con grandes y frondosos molles y, más atrás, una enorme cancha de fútbol. Más lejos pude observar los minúsculos automóviles pasar raudos por la Autopista del Sol. Bueno – prosiguióen realidad debo entrevistar a

varios profes, pero por su experiencia y sus cualidades me gustaría que pudiese quedarse trabajando por

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nosotros. Mire, las horas que ofrecemos son cuarenta y en propiedad. La profesora que estaba

anteriormente no cumplió con nuestras expectativas. Es lo que tenemos, no sé si le interesa. Desde luego – dibujé una sonrisa en el rostro. Si es así le llevo ahora mismo a conversar con el director para que le explique nuestras políticas educativas y el valor hora. Está bien. Salimos de su oficina y seguimos derecho hasta el extremo del pasillo. Un auxiliar yacía de pie, apoyado a una escoba, vigilando lo que acontecía en el pasillo. Saludamos a un tipo de terno y corbata y la señora le preguntó si estaba el director. Claro, está ahí. Dígale que queremos conversar con él. El director era un tipo bajo de estatura, rosado, de mejillas abundantes y una frente amplia. Tenía los ojos color miel. Usaba una gruesa chaqueta a cuadros. Don Alfredo, el profesor Vicente Valverde. ¿Cómo está, hombre? Un placer, por favor, tome asiento. ¿Usted hace teatro, no? Claro.

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-

María Soledad, muchas gracias. Hasta luego, profesor – la señora se retiró. Musitó algo por el intercomunicador que seguía transmitiendo voces y chirridos. La conversación con el director fue amena.

Platicamos de lo profesional y también de teatro. Me gustó esa parte de su obra en que la niña conversa con el cura y el tipo se pone a llorar– me expresó acariciándose la barbilla- Estuve varios días metido en esa escena. ¿Fue una experiencia real? No; nada más que imaginación. Tiene una mente muy prolífica, no sé cómo puede inventar tantas cosas e hilvanar historias. Luego sonrió e hizo una pausa. Por mero trámite le echó un vistazo al currículum y lo dejó encima de un fajo de papeles que tenía sobre su escritorio. - Don Vicente, el valor hora es de diez mil pesos, pero tenemos un bono de movilización y otro por concepto de colación. Más menos estará sacando cuatrocientos

líquido. ¿Le interesa? El sueldo doblaba lo que ganaba por veintiuna horas en el otro colegio. Sí desde luego.

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El director, aún mirándome a los ojos, de pronto se levantó de su asiento y se dirigió al gran ventanal que permitía ver la lejana cordillera y parte del sur de Santiago. Me hizo un gesto con su mano, invitándome a acompañarlo. Dirigió su vista al patio y a la cancha. Tenemos cerca de dos mil alumnos. Son buenos cabros, no son malos. No tenemos un Simce muy alto, debo reconocerlo, por lo mismo ahí tenemos que hincarle un poco el diente. Hay muchos factores que pueden explicar el que no mejoremos

sustancialmente de un año pa otro. Ese va a ser mi encargo para usted en el tiempo que esté aquí. Este año le toca a los octavos. Sí, desde luego. Bueno, su horario no incluye octavos, pero por ahí le vamos a estar dando algunos cursos para que haga algún taller de comprensión de lectura, o algo parecidosacó un pañuelo y secó sus narices algo

húmedas- Perdón. Sus colegas son buena gente, pero hay que saber tratar con ellos. Ajustó su intercomunicador que murmuraba ruidos suaves; los decibeles bajaron al volumen mínimo. Luego prosiguió, ayudándose de sus manos.

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- Mire ahí, en ese container funciona el casino de los alumnos. En el de allá el comedor de profesores. Los de atrás son los camarines de los cabros- Puso su mano en mi hombro y detuvo su alocución fluida. Habló con tono grave y sentencioso- Usted es joven; tengo algunos profes de su edad, pero en su departamento ya son todos como mayores, señoras hechas y derechas. Va ser buena su llegada, puede darle otro toque al grupo. ¿Le interesa quedarse? Por supuesto, don Alfredo. Bueno, entonces bienvenido. Creo que será un honor poder tenerle en medio nuestro. El honor es mío. Bueno, debe traerme su fotocopia legalizada del título y un certificado de antecedentes. Lo de la firma del contrato lo ve directamente con Johana, la oficina de ella queda a un costado de recepción. Le acompaño. Bajamos por las escaleras; el timbre había sonado y los alumnos en masa, con paso rápido, colmaban los pasillos oscuros. El ruido del recreo, los gritos, el correr de los cuerpos allá afuera animaron mis ansias. Esperé

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salir del colegio, luego de la conversación con la contadora, para escribirte un mensaje de texto. - “Cabra xica encontre trabajo beso”

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TRES

La

doncella

retornó

a

su

casa

y

se

tornó

introvertida. Los días posteriores se dedicó a observar el devenir de su feudo desde la ventana de su castillo, al igual que usted, noble princesa. Lo único que sintió hacer era cuidar esa diadema azul que, si bien poseía la sustancia del ser a quien alguna vez amó, también llevaba la suya. Por mucho tiempo no visitó el bosque encantado ni pintó los bellos paisajes que acostumbraba a pintar. En su existencia tenía preponderancia la presencia de su tesoro. Uno de esos días, observó por la ventana casi la última línea del horizonte. Una gran polvareda se veía acercar, una especie de humo de grandes dimensiones y mientras avanzaba, traía consigo un ruido de galopes y gritos de hombres. El pueblo se inquietó en extremo y se refugió en sus casas. Al parecer era la invasión de un rey enemigo quien quería someter al pueblo y hacerlo su esclavo.

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El padre de ella, un bondadoso monarca, sintió un profundo temor y al igual que su esposa y su pequeño hijo, se escondieron en el subterráneo del castillo a la espera del ataque final. La doncella llamada Minerva sintió fuego en su corazón. Pensó que no podía permitir que el pueblo quedara así, a expensas de los invasores y se alistó para emprender la defensa del pueblo. Ubicó entre sus ropas su preciada diadema, se vistió con una coraza de hierro que su padre guardaba como adorno en el castillo. Cuando sus súbditos la vieron se sorprendieron y trataron de disuadirla. Señorita doncella, tenga a bien acceder a nuestros consejos. El ejército que viene a tomar posesión de nuestro feudo trae muchos hombres, es una acción suicida la que usted pretende emprender. Si no hay hombre en este lugar, hay una mujer. Afuera, en el bosque encantado, mientras Pedro, el solitario, cortaba las ramas subido a un árbol de ciclópeo tamaño, pudo observar al batallón invasor. Raudamente bajó y se dirigió a un cuarto donde guardaba sus

herramientas de agricultura. Allí también descansaba una espada enorme, pesada y bella, mucho más magnífica

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que la Tizona y la Colada juntas. Vistió su uniforme de guerrero y se dirigió a las cercanías del castillo en el cual habitaba la bella Minerva. Se encontraron montados en sendos caballos, los dos solos en el pueblo desierto. No se reconocieron pues llevaban sobre sus rostros extraordinarios yelmos para protegerse de las flechas enemigas. Pedro se acercó y le preguntó con voz enérgica: ¿Quién eres, varón valiente, cuya hidalguía será recordada por todo el pueblo que habita este lugar? No soy varón. ¿Y quién sois vos, caballero aguerrido? Permítame presentarme. Soy Pedro, el solitario, habitante del bosque encantado. Entonces la doncella se quitó aquel elemento de hierro que cubría su rostro y el plebeyo observó aquellos ojos azules que le habían cautivado hacía mucho tiempo atrás. Sintió un estrépito en su corazón y el flechazo de cupido que le atravesaba desde el cráneo hasta el talón. Nos conocemos, bella doncella. Vuestra merced visitaba el bosque para adquirir de los árboles las sustancias necesarias para elaborar matices.

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-

Así es, buen hombre. ¿A qué tarea a salido usted en esta hora? ¿No sabe que a los enemigos ha placídoles atacarnos?

-

Por lo mismo, señora, he salido para defender a este feudo, aun a costa de mi propia vida. Yo diría que vuestra merced debería resguardarse tras las murallas del castillo real, pues no es menester de damas tomar espada y batirla contra sus enemigos.

-

Callad, hombre guerrero, el deber ha puesto el fuego en mi corazón y en mi alma el clamor de la justicia ha despertado mis ansias. No dudéis, noble vasallo, que no retrocederé en esta empresa. Nuestro feudo requiere que alguien lleve la enseña y la espada de frente.

-

Pues ahí estaré yo, bella dama, para enterrar espada en el pecho de nuestros enemigos. He de

acompañarla al campo de batalla, aunque seamos los dos luchando contra mil guerreros. Cuando la gente les vio por las ventanas de sus humildes moradas, sintió confianza y una ventada de aire guerrero les cubrió y un estremecimiento de gozo y esperanza les cubrió. Padres de familia aferraron sus espadas, desataron a sus corceles desde las caballerizas y

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salieron a hacer compañía a aquellos dos líderes de batalla. El ejército enemigo habíase detenido un poco antes de cruzar el río. Seguro que prepararía el ataque para el alba del siguiente, después de alimentar a sus tropas y darle de beber a los caballos. En el feudo, el ejército de la resistencia se daba ánimo alrededor de un fogón. Ahí la bella Minerva y Pedro terminaron por conocerse. Pero no crea, señorita princesa, que pasó algo, pues las historias románticas usualmente terminan con un final feliz. Esta historia es algo distinta. Se lo advierto para que sepa y no se ponga triste al terminar este relato. ¿Está claro? Si es así, entonces proseguiré. Ambos conversaron de todo. De naturaleza, de arte, de aves y animales silvestres. Pero nunca conversaron de amor. No podían, pues la doncella llevaba en su alma aún las heridas provocadas por el apuesto príncipe Kitim y él no pudo hablar pues sería decirle cuánto la amaba a ella, la única mujer que pudo cautivar su corazón solitario y melancólico. Entenderá usted, bella princesita, que las palabras tienen que soltarse en el momento preciso y en

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el lugar exacto, de lo contrario no producen lo que toda comunicación debiera producir: conciliación. Pedro, el solitario, estaba allí por un compromiso personal con la mujer a quien amaba y flechó desde el día en que la contempló por primera vez. Supuso que estaría sola en la lucha contra el bando enemigo. Aunque su relación con las monarquías era distante, Pedro consideró injusto el objetivo de los invasores y pensó, además, que su amada sería, al igual que su familia, el blanco predilecto de aquéllos. La mañana siguiente les despertó con el ruido de las cabalgaduras, el grito de los guerreros y el sonido de los cañones y saetas que zumbaban sobre sus cabezas. Un ejército de mil hombres irrumpió sangrientamente en el pueblo y destruyó todo cuanto encontró a su paso. El bando defensor, de apenas trescientos hombres luchó heroicamente con Minerva y Pedro en el frente de batalla. Éste fue herido y tomado prisionero. Antes de su detención inminente, extrajo una flecha de su morral de combatiente y con la punta hurgó en la herida de su brazo derecho. Escribió con la sangre que expelía de su herida “te amo” en un cinturón de cuero que encontró a un costado de un caído rival. Fue corriendo donde su

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amada y se lo obsequió. Enseguida vinieron los enemigos lo golpearon y lo llevaron a una lejana mazmorra. En ésta Pedro, el solitario, escribió poemas y trovas de amor hacia Minerva. Todas las noches observaba la luna y la asemejaba al rostro albo de ella y, de día, contemplaba el cielo azul y recordaba sus ojos. El cuerpo de la doncella era la medida de todo su cosmos. Luego de unos meses, los guardias de prisión le dieron una noticia que logró esperanzarlo: podría enviar cartas y recibirlas también. Rápido, se encargó de transcribir todas las coplas y poemas en especies de pergaminos y las envió al feudo de la doncella, dueña de su corazón. Pedro siempre esperó noticias de su amada, sin embargo éstas nunca llegaron. Solo y triste no le bastó más que recordar cada segundo que había pasado junto a ella y soñar que la tenía y que la podía hacer suya. Así imaginariamente le cantaba canciones, recitaba sus coplas y le hablaba con voz suave y dulce. Los guardias al percibir este comportamiento, pensaron que el guerrero se había vuelto loco y le dejaron en la montaña, como solían hacer con los orates en ese tiempo. Allí dejó crecer sus cabellos, adelgazó, convivió con las bestias y

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nunca más descendió al feudo que alguna vez osara defender. Se volvió un anacoreta y, según cuenta la leyenda, murió un día en que la luna llena y el cielo celeste se juntaron en un amanecer.

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CUATRO

Aluani, nunca olvidaría aquella historia que había terminado de escuchar en esa noche tibia y calma.

Seguía observando a través del catalejo como lo hacía cada tarde. Una de ellas vio bajar a un hombre moreno desde la montaña Kabur. Éste traía un morral en sus

espaldas recias y era muy distinto a la gente de Manmara. En teoría era el único ser que podía liberarla, pues ninguno de sus coterráneos se atrevía a hacerlo ya que ello implicaría recibir la condena a muerte de parte del rey. Quien contrariaba los decretos del monarca debía pagar con su vida el costo de dicha insensatez. Ianco, el humilde joven kruelense que por primera vez visitaba el desconocido paraje ubicado tras la montaña, tuvo cierto temor al ir descendiendo por las pendientes y acantilados. ¿Cómo le recibirían? ¿Estarían dispuestos los habitantes de ese pueblo a actuar con hospitalidad frente a una persona que no era de su tribu y, además, poseía diferencias físicas notables con ellos?

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Lo primero que pudo observar al llegar al plano fue un riachuelo de aguas cristalinas. Dos campesinos daban de beber a una manada de cabras que emitían un dulce y armónico ruido. Se dirigió hacia aquél, se acostó en tierra y bebió del agua que sabía como agua de manantiales. Los campesinos se le acercaron y le invitaron a quedarse en casa de ellos. La humilde casa poseía un comedor y un par de dormitorios. La madera con que estaba construida la morada era muy rústica. El piso era de tierra y los muebles de estar eran un par de troncos viejos y algo apolillados. Al centro del comedor yacía una cocina a leña, la cual mantenía el ambiente tibio y con un sutil aroma a madera fresca y eucalipto. Encima de ésta colgaban

bolsas con huevos y tiras de longanizas. Parece que usted viene viajando desde muy lejos. Cuéntenos, ¿llegó en barco hasta nuestra isla? No – les respondió Ianco- Ustedes no me creerán, pero se los diré: tras la montaña hay un pueblo, cuyas personas poseen distintas características a las de ustedes.

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-

No,

usted

quiere

tomarnos

el

pelo,

estimado

forastero. Es verdad, amigos míos. Pero en nuestra historia aquella declaración nunca ha aparecido. Nadie se ha atrevido tampoco a tocar siquiera el monte sagrado pues el día en que lo haga los dioses, furiosos, harán estallar el estómago de la tierra y caerá sobre nuestro pueblo todo su vómito incandescente – señaló con temor uno de los campesinos. El otro que le observaba atento añadió Sí, señor forastero. Los dioses son muy celosos de los decretos y los hacen cumplir con una severidad asombrosa. Si usted está diciendo la verdad y tocó el monte, debiera haber caído muerto en el momento. Los ancianos, luego, se apartaron a un lugar oscuro de la sala y conversaron entre sí muy despacio, para que Ianco no pudiese escuchar el contenido de su plática. Con rostros de pena y nerviosismo le advirtieron. Discúlpenos, estimado forastero. Pero si lo que usted dice es cierto, entonces le rogamos abandone nuestra humilde morada pues tememos el castigo del gran Ukana, el dios de los montes.

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El joven se levantó de su asiento y observó a los ojos de aquellos dos hombres. Supo que temían a sus dioses y respetó la devoción con que ellos actuaban. Les extendió la diestra y les agradeció las atenciones brindadas. Luego, uno de ellos, el más anciano y concorvado le advirtió: Procure no mostrarse por estos lugares, buen hombre, usted es tan distinto a nuestro pueblo que pueden atacarlo y hacer de usted un esclavo. Gracias, estimado anciano – replicó Ianco – buscaré un lugar entre los montes para habitar. El joven forastero, siguiendo el consejo de ambos pastores, decidió no adentrarse en el pueblo sino en las inmediaciones del monte, entre árboles gigantescos y las hojas de los matorrales húmedos. Pensaba qué

recibimiento le darían en su pueblo luego de la hazaña de descubrir el pueblo de los Manmara. Dentro de su interior un fuego aventurero y temerario le dominaba y le instaba a proseguir con esa empresa peligrosa. Allí vivió durante muchos días el joven Ianco, estudiando cada uno de los aspectos que constituían la aldea: su clima, la forma de sus casas, los montes que la cercaban, los caminos que llegaban a ella. Sobrevivió

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comiendo de los frutos que recogía de los arbustos que tenía alrededor. Lo que no sabía el muchacho era que, desde muy lejos, la hermosa joven le seguía observando y escrutaba cada uno de sus movimientos. Se preguntaba quién sería aquel apuesto varón tan distinto a los demás mortales que vivían en su aldea y porqué razón vivía tan lejos, comiendo frutos silvestres, habitando en una casucha construida con ramajes de árboles y hojas de mantos de Eva. Quiso de algún modo comunicarse con él, pero esa empresa resultaba, sino imposible, al menos muy difícil. Un día tuvo una ocurrencia casi providencial que llenó su corazón de esperanzas y alegría: pensó que podía hacer señales luminosas al mancebo con un trozo de espejo que tenía en su habitación. Rápido lo extrajo desde sus pertenencias y lo ubicó a un costado del catalejo. Era de noche y esperaría muchas horas para que el alba llegara con su resplandor y le permitiera reencauzar sus haces tibios con dirección al hombre que vino a romper sus tardes de rutina y a despertar sus ansias de adolescente en vías de ser mujer.

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XIII

Los palotes se veían una vez cada tres semanas y por lapsos de tiempo que no superaban los diez minutos. Sí, y volvían a retomar la conversación última como si el tiempo no hubiese pasado y las pláticas fuesen una especie de bocado de torta que uno deja a refrigerar para seguírselo comiendo al día siguiente. Nadie

reclamaba al otro por su aparente indiferencia, por esa supuesta apatía de no querer verse todos los días (según quienes observaban nuestra relación desde afuera), pues considerábamos que la obsesión de estar cotidianamente al lado del otro terminaba matando de rutina a los

amores “normales”. Simplemente me avisabas por teléfono: “te voy a pasar a ver” y yo me quedaba ahí encerrado, hasta que el guardia anunciaba tu llegada. Yo ponía la tetera y preparaba dos tazas y un cenicero. Un sábado fuiste sin avisar; yo había salido. Después me llamaste desde el supermercado que queda a cinco minutos del departamento. Debías ir a comprar algunos ganchos y pendientes para hacer collares y pulseras

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artesanales. Yo había tenido que ir a tomar unas pruebas atrasadas al colegio. Te fui a buscar, conversamos un rato sentados en la berma del estacionamiento: te invité a un helado de cien pesos, había algo de sol en pleno invierno, algo inusual en la historia de los palotes. ¿No te acuerdas qué pasó ayer? – me preguntaste y pasaste tu lengua al helado de crema y chocolate. No me acordé de nada especial, debo reconocerlo. Tú me miraste con algo de pena y guardaste silencio. Después miraste al suelo, volviste a prender tus ojos en los míos- ayer cumplimos un mes de palotes. Renegué internamente por mi despreocupación y te di un beso en la mejilla. Traté de mentirte, decirte que había simulado que no lo sabía. Pero era inútil. Se me ocurrió, de pronto, invitarte a salir a

Santiago. Con eso, te dije, era la primera vez que los palotes salían juntos en la historia de la humanidad. Reímos a carcajadas. Te levanté de la berma dándote mi mano, corrimos hacia el paradero, tú me seguiste el juego, hice parar la micro, te dije: Por primera vez los palotes se subirán a una micro juntos – y simulé andar lento, al ritmo en que Neil Amstrong dio la primera pisada en la superficie lunar.

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No paramos de reír mientras íbamos; el sol de aquel verano de San Juan jugó a nuestro favor y la tarde era espléndida para compartirla. Luego subió un señor vendiendo bombones helados a doscientos pesos. Compré una bolsa, comí un bombón, me pediste para probarlos. En ese instante inventé una nueva ley en nuestro código: los palotes comen de la boca de los otros. Íbamos cerca del metro La Rejas y me contaste sobre tu afición por fabricar pulseras y collares. Seguíamos comiendo de la boca; así los bombones sabían más deliciosos. Nunca me dijiste que eras artesana. ¿No? Estaba segura. Algunas veces vendo, pero tengo poco capital, por eso no confecciono muchos. Tengo mil pesos. Me alcanza para comprar unos ganchos y unas cuentas que son baratas. ¿Me das más bombones? Queda uno, toma – lo puse en mi boca y lo agarraste con tus labios. Entre los dos lo deshicimos- Los palotes son buenos para comer bombones helados. En el verano también fabriqué collares. Me fue la raja. Los vendí en la playa. ¿Fuiste sola?

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-

Con una amiga. Me compré una tela negra y ahí los enganché. Nos pusimos en Cartagena. Ahí conocimos a unos hippies buena onda, pero vendían repoco. La gente prefería comprarnos a nosotras. Los gallos después nos invitaron a la playa a tomar. Bien, pero con trago se pusieron medio jugosos. Se picaron porque le robamos los clientes, después uno de ellos quería atinar con mi amiga y filo, nos viramos mejor. Nos vinimos haciendo dedo. Igual estábamos raja de curadas, pero nos llevaron. Un gallo de auto rojo que venía solo.

-

¿Tiraste con él? No, igual como que mi amiga enganchó, pero nada más. Le dio un pico pa despedirse.

-

¿Tus viejos te dan permiso? No, pero les dije que iba a estar en la casa de una amiga. No hacía calor, pero el sol golpeaba tibio, en días en

que la nieve de la cordillera refulge y uno nota la delicia de vivir tan cerca de ella. Nos bajamos frente a la casa central de la Universidad de Chile, miraste tu celular para ver la hora y me dijiste las tres. Por vez primera me pareció que no estabas apurada y la tarde sería nuestra

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para caminar juntos también por primera vez. No nos dimos la mano ni caminamos abrazados como los demás amantes, lo hicimos separados, a veces juntos,

observando los diarios en los quioscos, la mercancía de los vendedores ambulantes, los músicos que tocaban sus instrumentos, los locos que bailaban al son de un ritmo de moda; sorteamos el humo de los carros que venden pizzas y choripanes y tú me comentaste alguna aventura sostenida en los pasillos del Eurocentro: que tuviste un amigo, que comprabas algo de música o te conseguías ahí flanyers para ir a la Blondie y pagar menos. Dos punkies nos pidieron monedas y tú les diste cincuenta pesos. También te cuesta decir que no, igual que yo - te dije- la ventaja es que yo soy hombre. Me pegaste un palmazo en el hombro. Reímos y todo el Paseo Ahumada se nos abrió cómplice, como si hubiera sabido que los dos primeros palotes de la historia mundial caminaban por ahí. Ese día tenía dinero, hacía poco había pasado fin de mes y luego de que te quedaras observando unos dibujos y pinturas en la Plaza de Armas te dije si querías que te hicieran un retrato. Tú me miraste con ojos de cariño. Le pregunté al pintor cuánto me cobraba.

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-

Tres quinientos – me respondió. Tengo tres. Bueno, dejémoslo en tres. Te besé, tomé tu chaleco y te sentaste en una silla

pequeña. El pintor sacó un block, lo adosó a la tabla de su atril con un clip metálico y te observó moviendo en su derecha su lápiz de grafito. Me ubiqué tras él y nos miramos. Estabas contenta; siempre quisiste tener un retrato y ese bendito día las circunstancias se

concertaban para que tuvieras uno. Cerca sonaba la música de un grupo folclórico y me fui a sentar cerca de aquél. Desde ahí te seguía; el pintor conversaba contigo y trazaba con el lápiz la silueta de tu rostro pálido y bello. Te preguntó qué éramos y tú le dijiste que palotes. Tuviste que explicarle y se dobló de la risa en cada definición. También te preguntó qué edad tenía yo y le dijiste veintitantos. ¿Se nota mucho? – dijiste algo perpleja No, no tanto, hacen buena pareja. – replicó, yo te cerraba el ojo desde allá y tú me saludabas con la manito como una colegiala de primero básico.

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Aproveché de comprar cigarros y pedí a un fotógrafo que me prestara fuego. Había dinero para cigarros caros. El dibujante demoró poco menos de media hora. Tú reíste y pusiste tu cabeza en mi pecho. El tipo dobló el retrato y te lo pasó envuelto en papel kraft. ¿Dónde vamos? – te pregunté. A tomar shop– sentenciaste. Te alcancé un cigarro y te procuraste fuego con la punta del mío. Botaste el humo en mi rostro; tosí y puse cara de palote, es decir, de risa. Pero preferiste que fuéramos primero a comprar los elementos para tus artesanías. Por eso nos internamos dentro de unos pasillos cercanos al mercado central, lugar donde se reunía mucha gente para comprar

detalles como cierres, elásticos, blondas y todo tipo de chucherías. El lugar era nuevo y pronto mi mente comenzó a recolectar historias y rincones para escribir alguna nueva obra de teatro. Viste unos ganchos minúsculos de acero y unas cuentas de madera. Tenías nada más que mil pesos y yo ofrecí auspiciarte en algo. Tú me dijiste que no, pero luego accediste. Compraste

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otros elementos en un local en que atendía una coreana que hablaba muy poco español. Después fuimos al patio de comidas del mall y pedimos dos shop de medio litro. Tú, como si fueses una mujer hecha y derecha, fumando bien, tomando el cigarrillo con total propiedad, con las piernas cruzadas, no te arrugabas al beber; nadie sospechaba que tenías apenas dieciséis e ibas en segundo medio, ni menos que estabas compartiendo mesa con su antiguo profesor de literatura, que apenas sabía tragar el humo del cigarro sin sentir picazón en la garganta o mostrar lágrimas en los ojos. Y era el momento para que me contaras otra de tus aventuras, esta vez con tu amiga Daniela cuando ella se curó y buitreó en plena sala de restaurante, mientras todos los clientes comían y tú, súper urgida levantándola del suelo, moviéndola para que reaccionara diciéndole: “esto nos pasa por aceptar que nos regalen pitcher de otras mesas” o “viste hueona pa qué tomai tanto” y el mozo te ayudaba y tú le sonreías para que no te retara, mientras otro rápido limpiaba el suelo con un paño húmedo y la gente mostraba cara de asco y dejaba sus sándwiches y qué se yo en la mesa, para buscar otro lugar y pedir otra cosa. Y lo contabas con tanto lujo de

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detalles, con tanta tensión, te aplaudí y te besé en la boca con pasión de poeta romántico y maldito. No me has contado cómo te ha ido en el nuevo colegio – me preguntaste luego de un lapso de silencio. Bien, no me puedo quejar. Pero no existe muy buena onda entre los profes. ¿Cómo así? Como que cada quien va a cumplir con su pega y

después se va. Con decirte que algunos hasta ni saludan. Qué fome. ¿En el San Lucas era así? No, para nada. La directora podía ser una tipa vaca y todo, pero entre los profes había harta buena onda. Varios fines de semana nos juntamos a comer algo y a pasarla bien. ¿Has conocido a alguien? Sí, me junto con un tipo que es del departamento de artes plásticas. Él tiene la idea de formar un sindicato. Igual está bien porque a los profes les faltan algunos beneficios. ¿Cómo cuáles?

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-

No sé, hay un computador como pa ochenta tipos. No hay casilleros personales, no existe un fondo de eventualidades por si alguien pasa una desgracia, por ejemplo. Además es casi un hecho que el dueño roba una parte del sueldo legal de los profesores y todo intento por organizar a los profesores es coartado.

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Sindicato, suena un poco a comunista. Reí y te tomé la mano.

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No creai; bueno, la gente de arriba, quienes manejan el poder, piensan eso, que los sindicatos son pa puro revolverla, pero no es así. Si ellos se preocuparan de mantener a su gente contenta no obligarían a los obreros a organizarse.

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Mi viejo formó parte de un sindicato. Le fue bien, consiguieron hartos beneficios en la fábrica donde trabajaba.

-

Redacté una carta para que los colegas pudiesen leerla y se adhirieran a esta iniciativa. Igual tenemos que hacerla muy piola, hasta el momento somos como cuatro. Dimos un par de vueltas por el centro, ahí los dos

palotes y la ciudad me supo distinta contigo a mi lado. Me olvidé de las deudas, de mis dramas inconclusos, de

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lo peligroso de la empresa que estaba emprendiendo en favor del gremio. Ambos pronunciamos carpe diem con los labios unidos en complicidad.

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XIV

Pero, ¿qué es el amor? Quizás un significante demasiado abordado y sobre quien el juego de las connotaciones ha depositado toda su furia y, en conclusión, le ha robado el color como si éstas fueran las astas de una lavadora automática con motor de betonera para construcción. Hay días en que he pensado en que nadie habla el mismo idioma, que todos hacemos el esfuerzo por comprendernos pero nunca nos entendemos al cien por cien. Por eso no hay comunicación, por eso existe el momento exacto donde empieza la trizadura sin que nos demos cuenta hasta que la muralla del corazón comienza a colapsar, entonces es demasiado tarde y decimos adiós con el corazón destrozado y un verbo que se cuelga de nuestros labios pero que nunca pudimos expresar en el momento ni lugar apropiados. Por eso no sé qué tan equivocado esté cuando te digo que a mis treinta años nunca me he enamorado. Si fuera cierto yo sería un fracaso como ser humano y el hombre más digno de conmiseración en la historia. Pero

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quizás sí me he enamorado y todo el panorama cambiaría. Pero la duda de por sí ya anula la existencia. Se cree y se tiene. Si se duda se pierde en el acto. Me he cuestionado una y mil veces lo que sucede en mi alma, lo he sometido al juicio de la razón y ésta no me da luces pues las cosas humanas han de entenderse más allá de inferir deductiva, inductiva o

abductivamente. Sin bien es cierto, la sociedad tiende a no comprender nuestras posiciones, puede que esta actitud de ella avive nuestras ansias adolescentes por querer estar juntos: y ni siquiera en el plano físico, pues nos vemos tarde, mal y nunca, sino en el plano espiritual. Somos dos islas tan diferentes que se atraen ineludiblemente, somos una especie de batería con dos polos, dos áreas antagónicas que hacen corte pero producen vida y energía al mismo tiempo. Decir “te amo”, entonces es insuficiente. Sería vestirte con ropas prestadas que son parte de la colección completa, con todas sus tallas. Más bien quisiera ser el sastre verbal que te cree un vestido a la medida, con huincha, tiza y alfileres. A ver si puedo decírtelo con una palabra sin usar un largo discurso, a ver si puedes entenderme y hablar mi mismo

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vocabulario. O ayúdame a inventar un nuevo alfabeto; destruyamos la morfosintaxis, sentémonos encima del diccionario, hagamos cohetes con las páginas de la gramática, e inventemos la lengua perfecta, aquella en la cual existe una sola palabra, palotes, y amemos el silencio que es la suma de todos los mensajes habidos y por haber.

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XV

Las mujeres de mi edad carecen de dos detalles que tú posees a flor de piel, las cuales ojalá no sucumban frente a las aguas turbulentas del sistema: la simpleza y el idealismo. No sabes cuánto me ha costado llevar relaciones sentimentales que adquiero como una carga gravosa, pesada, que se sustenta sobre la base del esfuerzo, pero no sobre la base de lo que los hombres llaman amor. Las mujeres de mi edad no piensan sino en casarse, en tener hijos, un auto, casa, comodidades. No tienen en su mente ideales ni metas que sobrepasen el límite de lo normal. Crecieron con el pensamiento de que debían usar uniforme en el colegio y aquel pensamiento les persigue como una odiosa sombra, manifestándose ahora por esa obsesión de ser normal, igual que los demás mortales. Además viven haciendo problemas,

preguntándose todos los porqué habidos y por haber. Me he cuestionado porqué siempre tiene que haber razones. ¿No podríamos hacer las cosas simplemente porque queremos?

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Durante muchos años traté de vivir de acuerdo al sistema, a lo que todos consideraban moral o éticamente aceptable. Sin embargo, me he dado cuenta que quienes manejan el poder demandan esto de las bases, para ejercer dominio absoluto de ellas, pasando por alto la justicia cuando les toca actuar. Me rebelo, por esto, al sistema y sus imposiciones. A veces pienso qué tan prohibido es que ambos sintamos este fuego y lo demostremos con ternuras como un beso, tomarnos de la mano, darnos un abrazo. La sociedad prohíbe que nos queramos con libertad, pero aquella misma sociedad discrimina a los pobres, explota a los obreros, justifica a los opresores y roba

deliberadamente la pasión que los idealistas poseen en sus inquietos corazones. Soy rebelde, por eso te amo y me cuesta decirlo sin sentir un estrépito en el alma. Pero me hago la idea que los hombres son extranjeros y peregrinos en este planeta. Que nunca poseyeron nada como ellos piensan. Que viven perdiendo lo que no les pertenece y, por lo mismo, sobreviven amargados, exhaustos, sometidos a la loca carrera del tener. Piensa, palota mía, cuánto tiempo invertimos en nuestras vidas pasajeras para poseer:

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bienes, amores, éxitos. Reflexiona luego cuánto tiempo en sobrepasar la amargura de perderlos. Ve tú que todo lo que creemos aferrar ineludiblemente se irá de nuestro lado en algún momento. Esa idea me lleva a creer que no eres mía, aunque me vuelva melancólico al pensarlo. Mi consuelo es afirmar que no eres de nadie, ni siquiera de ti misma. Concluyo que si nunca te tuve, tampoco nunca te perderé. Ese pensamiento, al final, alumbra estos días tan amargos y oscuros que el injusto destino me otorgó quizás como un castigo por anhelarte demasiado y contrariar el sistema gris y frío en el cual

ineludiblemente subsistimos.

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XVI

Un día me besaste en la boca sin mediar palabra alguna. Lo hiciste por un par de segundos que me parecieron benditos y que intenté disfrutar plenamente. Terminaste, secaste tus labios en mi chaqueta y me preguntaste: ¿No sentiste algo raro? Emmm, no, creo que nada. ¿Seguro? – luego sacaste tu lengua y la luz hizo relucir el pearcing que tenías sujeto a tu lengua. Fuimos a la cocina, te pedí que sacaras las tazas y los individuales mientras yo abría la llave y ponía agua en el hervidor. Me contaste los pormenores de la cirugía, con ese ritmo y tensión tan alucinantes. No fue nada más que con una pistola. Ni siquiera me

dolió. ¿Y te costó muy caro? Como cuatro lucas. ¿De dónde sacaste la plata?

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El Pepe me la prestó. Pepe fue tu profesor que en primero, segundo,

tercero y cuarto básico. Te conoció pequeña cuando eras la más inquieta del curso y a cada rato llamaban a tu madre para que pagara las témperas que tú derramabas, los vidrios que quebrabas y cuanto daño ocasionaras. Me contaste que una vez le enterraste un lápiz en el trasero de una auxiliar porque no te quiso dar más galletas en el desayuno. Así de terrible. Cuando no tenías dinero para salir él ofrecía llevarte en su auto. Tenía cerca de cuarenta años y hartas canas en la cabeza. Un domingo en la tarde escuché el ruido del citófono y contesté. Don Rigoberto, el conserje que conversaba contigo a veces, te anunció. Señor, la señorita Pamela lo busca – me dijo algo inquieto. Bueno, hágala pasar – respondí. Ordené las cosas, guardé los platos y lancé un poco de desodorante ambiental en el living y baño. Segundos después volvió a sonar el citófono. Don Vicente – expresó el guardia – la señorita Pamela no viene sola.

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Yo me reí y le expresé las gracias. Seguro pensó que era tu padre o algo parecido que venía a pegarme por meterme con su hija de dieciséis años. Ese día conocí a Pepe quien me cayó

excepcionalmente bien. Luego de tomar un café fuimos en su auto a la feria de artesanía que queda a un costado del supermercado y te dirigiste al puesto de una conocida, la niña que te recomendó el local para instalarte el peircing. Ahora querías ponerte un aro en uno de los pezones o en el ombligo. El Pepe de nuevo estaba ahí para auspiciarte. Él es mi palote – le dijiste a la Pancha. En su local vendía aros, incienso, velas y toda clase de elementos artesas. ¿Qué cosa? – preguntó perpleja. Palote – le dijiste riendo. Entonces tú y yo le explicamos toda nuestra historia, la definición del término y todos los beneficios de adoptar este tipo de relación. Pero en todo caso le dijimos que era un secreto; nadie debía saber porque eso sería echarse a mucha gente encima, perder mi pega, pelea con tus padres. Mientras menos gente sepa, mejor – agregó Pepe.

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Hacía calor y yo debía entrar al supermercado para comprar algo para el almuerzo. Me despedí de ti, de Pepe, de la Pancha. Tú me dijiste Te voy a dejar a la puerta del super. Caminamos; tú no tenías prisa pues la niña que

hacía las operaciones no llegaba aún. ¿Qué vas a cocinar? No sé, arroz con un tarro de atún y ensalada de tomates. Es mi plato preferido. Estaba cansado pues la noche anterior me había quedado escribiendo hasta tarde un guión de un corto llamado “Musement”. Me sorbí varias tazas de café y fumé casi media cajetilla de cigarrillos. Lo bueno es que había avanzado un buen número de páginas. La idea era presentarle el escrito a un director norteamericano que visitaba esos días la capital. El dato me lo había dado Verónica, una periodista que conocí en el lanzamiento de mi primera obra “Esa crueldad momentánea”, drama con el que alcancé cierta notoriedad en el ambiente intelectual. ¿Dónde te vas a poner el aro? – te pregunté con curiosidad infantil.

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Quiero que sea en el pezón, sí, mejor no me lo voy a colocar en el ombligo, está muy trillado.

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Qué buena, lástima que no voy a poder ver cómo te quedó. Me miraste seria, simulando ser una mujer mayor,

una especie de viuda negra escrutadora, inquisitiva, sensual. Acercaste tu boca a mi oído y despacio, casi imperceptible, como jugando a la seducción susurraste: Si quieres después lo estrenamos. Reímos y el guardia nos miró extrañado. “No puede haber dos personas tan felices”, debe haber pensado.

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XVII

Nunca te vi con mucha frecuencia, pero esos días nos encontramos con mucho menos frecuencia aún. “No eres mía”, repetía con insistencia en mi mente y dejaba que los pensamientos de egoísmo se fueran como el agua sucia en el orificio del lavamanos. Los palotes no se reclaman, pues nadie pertenece a nadie, ni siquiera uno se pertenece a uno mismo, argüíamos. ¿Es que acaso uno puede saber lo que va a suceder en el futuro? Pues si uno fuese de sí mismo el destino también sería propiedad privada ¿Puede un ser humano predecir el porvenir? ¿Qué si de pronto viene la muerte y encuentra nuestras defensas débiles y sin vigor? Somos polvo y no somos nuestros. Ser palotes es creer en la deconstrucción del yo. Acaricié cada uno de los instantes vividos y el café y los cigarrillos me atraían tu aroma de niña mujer. Muchas veces creí que en los largos lapsos de ausencia estabas probando otros labios, comprobando las caricias furtivas de otras manos; pensé que si fuese así no tenía por qué

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reclamarte pues los palotes no invaden la voluntad del otro, ni pueden exigir tal o cual cosa pues eso es abrirle las puertas al egoísmo. Inspiraste las líneas de mis

tragedias y entremeses, fuiste la medida de todos mis personajes. Veía tu rostro en la luna estacionada tras la cordillera y esas hendiduras de tus mejillas en los

badenes de la nieve sobre aquélla. No estaba a tu lado y, pese a todo, era feliz. Los palotes son felices y no necesitan estar uno al lado del otro para serlo. Fue mucho tiempo sin vernos, hasta que un día me avisaste que vendrías a verme temprano en la mañana, antes de que te fueras al colegio. Te bajaste en el paradero, caminaste un poco y le dijiste al guardia que me buscabas. Oí el citófono y rogué que te dejara entrar. Tú vestías uniforme y yo el mío: pantalón de tela, camisa de cuello duro, corbata; me alistaba para ir a trabajar. Llegaste, te ofrecí un café, no quisiste, escuchamos las noticias de la radio Cooperativa mientras yo me ajustaba la corbata. Entraste a la cocina y sacaste del mueble la tapa de conservas que nos sirve de cenicero. Apenas conversamos diez minutos, ambos bajamos, tú caminaste hacia el colegio y yo al paradero. En la calle no nos dimos ni siquiera un beso: la gente y tus

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compañeros nos verían, quizás algún alumno de mi colegio nuevo. Caminaste por la calle diagonal y te perdiste en la curva. ¡Qué extraños son los palotes! – dije en voz baja – Verse diez minutos, más encima a las siete y media de la mañana. ¿Qué otros amantes harían eso? Muchas veces fuiste a esa hora, tomábamos rápido un café, me ayudabas a ubicar la corbata en mi cuello, me contabas de tus aventuras en el colegio. Llegabas con cara de sueño; te venías casi colgando de alguna micro, de una de aquéllas que vienen repletas de obreros desde Maipú a otros sitios de Santiago. Con el nuevo trabajo ya no tenía que trabajar sólo para pagar. Me quedaba algo de dinero al menos para sobrevivir hasta el día quince, el mismo día en que

compraría cigarrillos más baratos para ofrecerte.

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XVIII

Esos días en que fuiste a verme, que no fueron más de tres, te percibí delgada y con el rostro ligeramente más pálido. ¿Estás enferma? – te pregunté. Un poco. Vomité casi toda la noche, no me he sentido muy bien últimamente. ¿Comiste algo que te cayó mal? No, nada fuera de lo común. Puede que sean los nervios. De nuevo, intuí, empezabas a entrar a tus fases cíclicas depresivas. Pensé en decirte que podíamos salir a caminar luego de clases, ir al cine, a alguna exposición de arte, pero luego me retracté pues siempre rehuías mis invitaciones. Si salimos alguna vez fue por que lo decidimos en el momento y ambos, sin la existencia de una moción personal, más bien por una decisión casi aparecida corazones. por generación espontánea en nuestros

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Me pediste agua y sacaste de tu mochila un frasco con pastillas. Esa mañana sólo yo tomé café, tú te sorbiste el vaso de agua y dos cápsulas. Quedaste en silencio mirando el cuadro de Dalí que cuelga en una de las murallas del living. A veces no tengo ganas de vivir. Preferiría matarme o quedarme encerrada en la habitación por días enteros. Vamos, no digas eso. Si te puedo ayudar a salir puedes contar conmigo, pero no seas tan cerrada, Pame. No puedo evitar ser así. Hemos conversado tantas veces y te soy honesta, te he contado casi una mínima parte de lo que soy. Si supieras todo lo que me ha pasado me comprenderías. No nos vimos en un mes más y el único contacto que tuvimos fue el mensaje de texto que enviaste como una semana después de esa mañana. Pusiste “t kiero” y yo te respondí “también”. En medio de mis clases me recordaba de ti y ese recuerdo me sirvió para tratar con ternura a mis alumnos del nuevo colegio. Podía sentarme a conversar y entenderlos un poco mejor. A veces me contaban sus penas y me transformé para ellos en una especie de paño de lágrimas.

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Entendí más a cabalidad que la edad no es más que una circunstancia en la vida y, como tal, el hombre la ha usado para construir murallas sobre la base de ésta. La mayoría de mis colegas veía a los jóvenes como individuos en vías de ser personas, no como personas en vías de descubrir su vocación. En esas largas pláticas en recreo, horas de colación o mientras hacían alguna actividad evaluada, aprendí que los alumnos podían enseñarme muchos aspectos de la vida, pues detrás de cada persona existe una pasión y detrás de cada pasión una curiosidad por investigar. El resultado de esa investigación era el saber y aquel saber me lo podrían transmitir, así como yo les transmitía los contenidos de la asignatura. Un día volví a presenciar con ellos, después de cerca de trece años el filme “La sociedad de los poetas muertos”. La última vez que la vi era un tímido estudiante de tu edad, lleno de trancas y complejos. No se me pasaba por la mente qué seguiría estudiando en la universidad y empezaba a escribir mis primeras

representaciones teatrales y guiones cinematográficos. Entonces vimos la película en clases de filosofía con una profesora practicante y entendí que mi vocación estaba

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en el enseñar y hacerlo con la pasión con que se escribe un poema. Pero no se entienden los mensajes hasta que la experiencia y las circunstancias del cosmos se conciertan en el ambiente y uno comprende con ojos maduros la realidad. Y después de hacer clases en muchos colegios, luego de muchos golpes en la vida y errores cometidos, creí que el mensaje ya estaba dentro de mí, lo fui haciendo vida y lo practiqué con mis alumnos. ¡Carpe Diem – empecé en una clase a deciraprovechen el día que los que vienen no serán mejores! Aprovechen ahora que todavía tienen

esperanzas y sueños, que mañana, cuando trabajen será demasiado tarde. Cuando lo hagan se darán cuenta que uno empieza a transar por el dinero con que se procura el pan, uno hará concesiones por la comodidad, y perderá la pasión con que enfrentaba a la vida. Y sin pasión, ¿quién puede vivir feliz? ¡Carpe diem! Siempre fui cercano a mis alumnos pero ahora, al conocerte, podía comprender los conflictos por los que pasaba tu generación; me introduje en el pensamiento de ella y en sus sinsabores; me parecían gente mucho

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más honesta y sincera que mis colegas que predicaban con insistencia: “A los alumnos tú les das la mano y te toman el codo”. El carácter falaz de esta declaración la comprendería semanas después, cuando tuve que liderar el movimiento que culminó en mi despido y proceso judicial.

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CINCO

Aquel mancebo llamado Ianco, luego de días de vivir en medio del bosque y alimentarse con los productos proporcionaba, que la naturaleza que aquel benefactora reflejo le

entendió

lejano

consistía en un mensaje de auxilio. Se disfrazó de mendigo para lo cual envejeció sus vestimentas, caminó encorvado y sin sandalias y tiñó su rostro con hollín para ocultar su condición morena. En el pueblo la gente laboraba apaciblemente, las señoras hacían el aseo de sus casas, los hombres martillaban tablas y labraban la tierra. Los niños jugaban con pelotas de trapo y caballos fabricados con madera. El paisaje resultó nuevo para los ojos del joven forastero; la gente era tan distinta, pero al mismo tiempo pudo distinguir la belleza en esa diversidad. Las calles eran adoquinadas; sobre los techos asomaba el humo de las chimeneas. En ese rincón de la Isla de los palotes se respiraba paz y sosiego.

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Al acercarse al castillo, una construcción que desde afuera parecía inexpugnable, le preguntó a un pequeño quién vivía allí. ¿Es que acaso usted, buen varón, es el único en la provincia que no sabe que allí vive el rey, su señora e hijos? Lo he olvidado, buen niño. Mirad, soy un mendigo que a veces olvida las cosas. Y me podrías decir ¿quién vive precisamente en la altura de aquella torre? – Ianco, apuntó con el dedo en dirección a la habitación de la cual refulgían cada día los rayos del sol desde un breve espejo. Ahí vive nada más ni nada menos que la hermosa, bella, formidable, dulce, admirable, angelical - y todos los sinónimos posibles – Aluani, hija del rey de Manmara – el pequeño respondió e hizo una

reverencia al pronunciar el nombre de la doncella. ¡Vaya, en realidad debe ser una mujer encantadora! – exclamó el visitante. Eso es decir poco, señor mendigo. Es maravillosa, sin embargo casi nunca se le ve caminar por las calles y los prados de nuestro pueblo, como usted debe recordar, pues su padre teme que se enamore de

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algún plebeyo que robe y conquiste su corazón. Para eso la mantiene encerrada día y noche. Se entretiene observando la ciudad y sus alrededores con un catalejo y escuchando las historias que un magnífico bufón llamado Buara. Pero Buara se encuentra un

poco enfermo; los médicos de la corte se lo han llevado a un lugar que queda a los pies de la montaña. Es una cueva en la cual mana agua volcánica. Dicen que con eso puede curarse. Oh, qué calamidad, buen pequeño; qué triste debe sentirse esa doncella sin alguien que la pueda entretener en sus largas jornadas de encierro – expresó con sincera tristeza el apacible Ianco. Pero no se entristezca, señor mendigo. La princesa muy pronto tendrá entretención por mucho tiempo pues el rey ha llamado a todos los bufones de Manmara para hacer una selección y escoger al mejor de los saltimbanquis. Hoy los escogerá en una reunión que se celebrará en la plaza pública. Ahí encontrará el reemplazante para el gracioso y formidable Buara. ¡Oh, que buena idea se le ha ocurrido a su majestad! – exclamó Ianco, al mismo tiempo de sentir un chispazo en su mente- Iré a la plaza pública a

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presenciar a aquellos bufones que me parecen son muy divertidos. Gracias, buen niño. No hay de qué, señor mendigo. Rápidamente el joven forastero, habitante de la tribu Kru, la que a su vez se encontraba en la hermosa Isla de los palotes, se hizo la idea de participar en aquel certamen que tendría por finalidad escoger de entre todos los bufones a aquel que debería entretener a la princesa Aluani en sus tardes de ocio. Supo que aquella alma le necesitaba, por lo mismo, pensó que la única posibilidad de lograr llegar a ella sería siendo un bufón de la familia real. Un bufón que supiera contar historias, que jugara con elementos diversos, que tuviera

ocurrencias divertidas y que exprimiera risas de la nada. Sin embargo, se enfrentó a algunos problemas: ¿cómo podría ocultar la condición de su piel oscura de modo de que la gente y el monarca no supiera que era un extraño en el pueblo? ¿Cómo lo haría para vestirse con gracia y colorido si es que sus únicas prendas las tenía puestas y para simular ser mendigo las desgastó deliberadamente? Como Ianco era aventurero, temerario, pero aparte muy creativo fue al bosque, cortó un trozo de corteza de árbol y con una piedra afilada hizo orificios sobre ella de

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modo que quedó una bella máscara de madera. Pero, ¿qué de su ropa? Fue al pueblo y caminó por los patios traseros de las casas. Allí los cordeles mostraban infinidad de ropas desplegadas, esperando secarse ante el tibio aire de Manmara. Tomó prestadas aquellas prendas más coloridas y fue a acicalarse detrás de unos arbustos. Allí, colgado en unas ramas quedaba el traje de vagabundo; en el cuerpo delgado de aquel moreno joven el traje de gran bufón. Ianco llegó pronto a la plaza del pueblo; los

habitantes de Manmara esperaban expectantes, sentados en el suelo, que empezara el espectáculo. El joven

forastero se dirigió a un señor que anotaba en un pergamino y le habló: Permítame presentarme, noble señor. Soy nada más ni nada menos que el extraordinario, admirable y bien ponderado... – se olvidó de pensar en un nombre gracioso y grandilocuente y tuvo que inventarlo en el momento¡OGACIC!, saltimbanqui, trovador,

escudero, malabarista y cuenta cuentos. Oh, enmascarado personaje, me imagino que usted viene a presentarse al concurso de bufones que ha

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organizado su majestad. Permítame inscribirlo. ¿Cómo me dijo que se llamaba? ¡Ogacic, saltimbanqui, trovador, escudero,

malabarista y cuenta cuentos! – e hizo aspavientos que llamaron la atención de todos quienes se encontraban alrededor del señor cortesano encargado de reclutar a los participantes. Muy bien, Ogacic, usted es el cuarto y último inscrito. Tan pronto sea su turno debe salir al escenario. Pero le advierto, ¿le dijeron qué le pasaría a quienes no ganaran el certamen? – el tipo puso cara de miedo y miró fijamente a los ojos de Ianco. No, señor, nadie me lo ha explicado. Aquéllos irán directamente a la horca.

Ianco tragó saliva y abrió los ojos como los de un escuerzo. Pensó en retractarse de su compromiso, empero ya estaba inscrito y no podía echar pie atrás. La concurrencia estaba enfervorizada cuando el animador fue presentando a los participantes, sin embargo, a medida que cada uno de ellos hacían su participación el público daba su categórico veredicto: ¡HORCA, HORCA! – gritaban molestos pues no lograban satisfacer sus ansias de entretención.

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Entonces llegó el turno de Ianco, quien tiritaba como un polluelo a la intemperie. No se le ocurrió otra cosa qué hacer, salvo contar una historia, una historia simple y romántica, que sensibilizó a toda la audiencia y que mientras era contada atraía a las mariposas y a los pétalos de flores que navegaban en el aire tibio de Manmara.

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XIX

Redacté una carta que explicaba los lineamientos de la iniciativa que pretendíamos llevar a cabo. Fui nombrado por Emilio – el profesor de artes- como el relacionador público o vocero. Mi tarea era acercarme a cada uno de los profesores, explicarles el asunto haciendo hincapié que no queríamos armar conflictos sino lograr mayores beneficios que redundaran en una mejor calidad de vida y, por lo mismo, una mayor productividad. Esta iniciativa puede generar algunos problemas – me expresó Emilio. Llevaba tres años haciendo clases y conocía el carácter del mandamás del

establecimiento. ¿Por qué? – pregunté extrañado. Alfredo no es una persona con las que uno se sienta a dialogar para buscar un consenso. Puede verse muy buena gente, le hace favores a medio mundo, pero es así como también va comprando las lealtades. No acepta que disientan con él. Es más, no sabe discutir, por eso rechaza el diálogo.

117

-

Pero, ¿qué de malo tiene eso? Cuando llegó al poder disolvió el bienestar que había. Su miedo es que la gente se organice.

-

¿Cómo así? ¿No existen departamentos bien armados, grupos de gestión?

-

Puta, huevón, parece que tengo que explicarte con monitos. ¿No has cachado que todos los jefes de departamentos son unos mamones, gente manejable, huele peos de Alfredo? No están ahí por méritos académicos sino porque lo saben chupar bien.

-

Chuta, qué gráfico. Bueno, en todo caso tienes razón. Lo que estamos haciendo es pionero, pero traerá algunos costos si no hacemos las cosas bien.

-

¿Qué tipo de costos, Emilio? Despidos, hostigamiento, cosas así. ¿No te importa? No. Estamos pidiendo lo justo. Se supone que la etapa de ese perro de mierda llamado Pinochet ya pasó. Estamos en democracia, podemos organizarnos.

-

Es posible, en el papel, viejo, pero la práctica me dice que aún llevamos la dictadura en la mente, Vicho.

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Cincuenta

y

dos

profesores

adhirieron

a

la

iniciativa, hasta el momento en que, de algún modo, el cuerpo directivo se enteró del movimiento. Uno de esos días, durante la hora de colación dejé mi bolso en la sala de profesores y dentro de aquél la carpeta que contenía el documento y el apoyo en firmas del cuerpo docente. Al retornar, faltaba dicha carta. Emilio, ¿tú sacaste la carta de mi bolso? No, compadre, ¿yo? ¡Para nada! Si la hubiese querido te la habría pedido primero. ¿Por qué? No, lo que pasa es que no está entre mis papeles. La habrás dejado en otro lado, recuerda. No, Emilio. La tenía allí. Me senté en mi lugar con el fin de hacer memoria. Un grupo de profesores traspasaba el umbral luego de la hora de colación conversando. Hay reunión – escuché de labios de una profesora de ciencias. ¿Por qué razón? – preguntó Manuel, un profesor de matemáticas. Una eventualidad – agregó la mujer. El director venía detrás de un grupo de profesores, con el intercomunicador encendido y un par de papeles

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en la diestra. Su rostro denotaba malestar. La sala de profesores se observaba repleta y un silencio

relativamente nervioso lograba reinar dentro y en los sectores cercanos al lugar. Don Alfredo nos dio las buenas tardes con un saludo que pareció nada más que un trámite forzado de buena educación. Los he citado a esta reunión con el fin de aclarar algunos puntos de una carta que ha llegado a mis manos – observé a Emilio. Él también lo hizo. Comprendí que el documento había sido sustraído por alguien- ¡Yo no voy a permitir que estén armando cahuines de esta envergadura. Si quieren pueden conversar conmigo, siempre he tenido las puertas abiertas para que la gente que quiera venga a conversar conmigo! – gritó y notamos que sus manos temblaban. Los grupos de poder siempre temen que sus trabajadores se organicen; aplican el criterio de dividir para debilitar. Emilio alzó su mano para explicarle nuestra posición. Señor director, éste no es un problema individual, por eso debemos conversarlo como grupo de profesores – acotó de modo cauto.

120

-

¡Usted no hable, señor, con qué cara viene a reclamar si usted está aquí porque yo le permitido. Agradezca que le he dado trabajo! Pensé en participar en la conversación, sin embargo

me contuve. Llevaba recién dos meses trabajando, qué peso podrían tener mis declaraciones. Me contuve. Emilio agregó: Soy un profesional que estudió cinco años en una universidad. Cuando hablamos de trabajo no estamos hablando de favores – los colegas aplaudieron y el director se puso rojo. Iracundo en extremo gritó, fijando sus ojos en los de Emilio ¡Usted es un demagogo y un amargado! – y salió enfurecido por la puerta que daba al patio. Desde ese día las cosas se tornaron complicadas para los profesores que habíamos firmado el documento. Empezaron a examinar cada uno de nuestros actos al interior del colegio, esperando vernos en alguna

situación impropia; los auxiliares – seguro enviados por los directivos- trataban de escuchar las conversaciones que entablábamos entre colegas. Todo el grupo leal al director, comprado a bases de favores y protección, hacían mofa de nosotros y evitaban nuestros saludos.

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Durante ese tiempo encontré descanso en la amistad con mis alumnos, aun cuando ellos no sabían lo que pasaba entre los profesores y la dirección (pues tomamos el acuerdo de no hacerlos partícipes del conflicto). Vivimos momentos inolvidables en las fogatas con velas que hacíamos en la sala, redactando ensayos, leyendo poesía, analizando películas del cine arte. Siempre

desembocábamos en nuestras propias vivencias y me convencía aún más que la literatura es en definitiva un puente que nos emparenta con la humanidad y la sensibilidad inherente a todos los mortales. Muchos profesores al ver la reacción del director y las amenazas implícitas de sus actuaciones posteriores, fueron ablandando su postura y al final, por cuidar su trabajo, se humillaron yendo a conversar con el director, pidiendo perdón por haber adherido al espíritu del movimiento. Un día, mientras me lavaba los dientes luego del horario de colación, apareció el inspector general. Me empezó a molestar diciéndome “compañerito” o algo así y también frases tales como “hay olor a revoltoso”. Quise agachar mi cabeza, pero me acordé de ti, de mis padres

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y de las personas que quiero. ¿Qué harían tú y ellos si alguien me faltara el respeto de esa forma? Me defendí: Señor inspector, quiero ver si usted diría eso si los directivos no le guardaran las espaldas. Si estuviera solo se mearía de miedo. Se enfureció y me empujó contra el lavamanos. Mi cepillo cayó al suelo. Pensé en agredirle, pero no quería agravar más los hechos. Eres un maricón, vendido – le grité. Él se rió y me miró a los ojos. Agradece que no te saqué el dinero que tenías guardado en el bolso – agregó. Sentí rabia; él había hurtado la carta de mis pertenencias. Esto no se va a quedar así – advertí con la cara roja de furor. Mi golpe en el lavamanos, que al parecer sonó bastante fuerte, alertó a un par de colegas que

transitaban por afuera. El inspector se retiró, casi pasando por encima de ellos. ¿Qué te pasó colega? – me preguntaron. Ese matón intentó pegarme – respondí y lavé mi cara ardiente.

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Me retiré del colegio profundamente ofuscado y con el estómago colapsando. El café y los ácidos gástricos estaban haciendo lo suyo. Al llegar al departamento atiné a acostarme. De ahí no pude levantarme. Pensé en que tenía que regresar pero con ese dolor me era imposible hacerlo. El teléfono como siempre estaba cortado y mi celular no tenía cupo para llamar y dar aviso de mi ausencia. Tampoco podía bajar a portería a llamar desde el teléfono público pues el dolor era insoportable. Al día siguiente, un poco mejor de salud intenté entrar al colegio. El guardia me detuvo y me dijo que esperara en recepción. Pronto apareció el director, el inspector y la contadora. El primero tenía en sus manos una carta de despido. La leí en voz baja, asombrado, estático, con un nudo en la garganta. ¿Qué significa esto, señor director? – pregunté con lágrimas en los ojos. Está despedido – respondió con una leve sonrisa. Tragué saliva, apenas me despedí y me senté en las escaleras de la entrada. A esa hora casi no entraba gente y me vi por mucho rato solo. Pensé en los momentos de reflexión con mis alumnos, en nuestras pláticas íntimas, revivieron en mi interior esas jornadas acompañadas con

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música de guitarra y con fragmentos de poesía; por un momento pasaron por mi mente todos esos rostros y las miradas llenas de esperanzas y sueños de los alumnos que tenía a mi cargo. Faltaban cerca de dos meses para que los cuartos medios se graduaran, mi corazón se

estremeció. Pensando esto lloré en silencio. El cielo, nublado como en nuestros mejores días de fiesta también comenzaba a hacerlo.

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SEIS

Cuenta esta historia que un rey estaba muy aburrido una tarde. Todos los bufones de su corte no lograban siquiera entretenerlo un poco. Salía al patio, caminaba de un lado al otro, cabalgaba por los jardines de su palacio, tomaba su arco y flecha y salía a cazar liebres en el campo, pero todo lo aburría y así se la llevaba por semanas enteras. Un día tuvo una gran idea: organizó un concurso que consistía en premiar con una perla valiosísima a la persona que pudiera tomar con su diestra la hermosa piedra ubicada en el centro de una alfombra vasta. La prohibición radicaba en que nadie podía pisar la alfombra o tocar su superficie. Quien lo hiciera sería decapitado en la plaza pública. Mucha gente asistió a dicha convocatoria. Todos tenían las esperanzas de recibir tan costoso regalo, ya que su valor era tan sublime que el poseedor podría llegar a ser millonario y dejar de trabajar de por vida.

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El primero de ellos ubicó un cordel amarrado de un extremo a otro del gran salón usando como soportes unas columnas. Se colgó de aquél y fue acercándose a la

perla, pero tuvo mala suerte pues su peso era demasiado: la cuerda hizo una parábola al medio y su cuerpo tocó ineludiblemente la alfombra. El rey hizo sonar sus dedos y sus súbditos entraron y enérgicamente llevaron entre sus brazos al primer postulante que lloraba de pavor y pedía clemencia. El segundo tomó mucho vuelo, empezó a correr, seguro quería saltar, agarrar la piedra y caer al otro lado de la alfombra. Sin embargo el esfuerzo fue inútil, cayó en la alfombra y corrió la misma suerte que el anterior. Otro trató de extraer la diadema con dos largas ramas, pero se tornó nervioso, sus manos temblaron y movió el tesoro que cayó finalmente en la superficie. Esto enfureció al rey que envió a sus súbditos a pagar con treinta latigazos la temeridad del individuo. Así pasaron uno tras otro, pero ninguno pudo alcanzar el éxito en su empresa. Empero, tras el grupo de súbditos apareció un señor bajito, calvo, algo encorvado y muy anciano. La gente comenzó a hacer mofa de él, pues decían para sí:

127

-

¿Cómo un pequeño alfeñique puede lograr vencer a todos los mozos hidalgos y temerarios que han pasado por esta competencia? La gente de la corte le miró de pies a cabeza,

sonrió y, como modo de divertirse un rato, le permitieron ser el último participante de este gran desafío. El anciano se paró enfrente de la alfombra, observó fijamente la diadema, se agachó, puso el dorso de sus manos en el suelo, las arrastró hacia la alfombra. Sin tocar la superficie, sino la parte trasera de aquélla, procedió a doblarla como se dobla un pergamino. La gente observó asombrada, estupefacta, las acciones del anciano. Cuando llegó a la diadema, tomó ésta con suavidad, se puso de pie y alzó el galardón con humildad en los ojos. Todo el público le aplaudió, el rey le hizo vestir con ropas nuevas y un anillo nuevo, se organizó una magnífica fiesta para exaltar la sabiduría de ese anciano que desde ese día fue nombrado ministro de asuntos complicados y problemas del palacio del rey.

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XX

Sin

saber

cómo

reaccionar,

sentado

en

las

escalinatas, con los ojos húmedos, escribí un mensaje de texto dirigido a los profesores y alumnos. Que me

acababan de despedir, que tomaron mi ausencia como excusa y que todos sabían las razones exactas de la decisión: el director no quería que los profesores se organizaran. Seguro que al dueño del colegio esto le hacía gracia y era posible que fuera la única razón por la que aun tuviera a ese monigote en el cargo. Recibí un par de llamadas de alumnos que aún no podían creer la noticia, al igual que yo. En un mensaje de texto un par de alumnos de segundo medio me decían que el curso estaba de pie sobre las mesas – al igual que en el filme que habíamos visto- a modo de protesta. Había rumores que iban a despedir a otros profesores y eso les alertó aún más. La tarde me sorprendió en una banca de la plaza de Maipú, comiendo maní confitado, aún en shock por los hechos acaecidos en la mañana. Recibí el llamado de

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René, un alumno del cuarto medio “A”, quien quería conversar conmigo. Lo invité al departamento. Nuestra cita fue a las nueve de la noche. Profe, vamos a hacer un paro. Andan diciendo que van a echar más profes. Cuando los inspectores supieron que queríamos organizarnos nos andaban

persiguiendo, mandaban a los auxiliares a escuchar lo que decíamos, el ambiente está muy denso. Aun así logramos contactarnos con los representantes de los cursos. Toda la media se sumó. Mañana empezamos. Trate de ir. Como era de esperar, las versiones que hizo correr el inspector cambiaban radicalmente la verdad. Expresó que fui yo el que lo provocó y también fui yo el que lo agredió físicamente. Me encargué de contar los hechos tal cual sucedieron y las circunstancias anteriores el primer día de movilización ante unos doscientos alumnos apostados en un parque cercano. Esos días grises, pero a la vez llenos de esperanza pues recibí cartas, llamados, visitas de mis alumnos (extrañamente ningún profesor estuvo conmigo, ni siquiera Emilio, seguro por miedo). Sólo te escribí un

mensaje de texto. Al día siguiente apareciste de mañana,

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acompañada por tu amiga Mary. Te viste obligada a contarle nuestro secreto. Aún estaba acostado, Mary quedó fumando un cigarro en la terraza, pasaste a mi dormitorio y te sentaste a un costado de la almohada. Te conté lo que había pasado y lloré como si fuese un niño. Tú acariciaste mi pelo y por primera vez pensé que tenías más años que yo, pues tu mano me supo maternal. Pensé que te habían echado por lo nuestro – me dijiste aliviada. Si te preguntan niégalo. Te puede perjudicar mucho. No me voy a sentir mal. Los alumnos están de paro, piden la cabeza del director. Ayer fui a la movilización y les conté lo que había pasado. Cuéntame, ¿Mary es de confianza? Sí, claro – me miraste a los ojos y luego detuviste la mirada, bajándola, en un punto incierto. ¿Qué pasa? – te pregunté distinguiendo un matiz de inquietud en tus ojos. La Mary tiene una amiga que va en tu colegio. Supongo que no le habrá dicho... No creo. Te fuiste pues faltaban diez minutos para las ocho. Me despedí de Mary y de ti y observé cómo se perdían en

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las escaleras del edificio. Luego me fui a acostar pensando en nosotros, pensando en la pesadilla que estaba viviendo. Ni siquiera podía imaginarme lo que trágicamente acontecería en los días siguientes.

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SIETE

La

historia

contada

por

aquel

desconocido

enmascarado, sacó aplausos de todo el público y de los súbditos del rey. Éste, mostrando en el rostro un gesto de aprobación alzó su voz fuerte y bronca: Lo felicito, señor enmascarado. Ha demostrado que es posible entretener y dejar una enseñanza al mismo tiempo. Sin embargo, creo que los bufones no sólo se caracterizan por contar historias, sino por hacer otro tipo de actividades también. ¿Puede usted decirnos cuáles son múltiples habilidades y hacernos una demostración aquí de aquéllas? Oh, excelentísimo rey, desde luego que sí. Le diré que sé cocinar, lavar, planchar, cuidar plantas, tocar el laúd, escribir trovas, cabalgar, escribir obras de teatro, dibujar, manejar marionetas, cantar, escrutar los astros, conquistar mujeres, oh, formidable rey, y haré demostración de esas virtudes aquí. Pero para empezar me gustaría hacerlo trovando. ¿No tiene

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usted, magnánimo rey, un laúd que pueda facilitar a este, su humilde vasallo? Oh, desde luego. ¡Súbditos, traed el mejor laúd que haya en mi palacio! Una vez que le hubieron traído el instrumento musical, Ianco, dominador absoluto del escenario, procedió a afinarlo. La gente estaba cautivada por ese hombre que llenaba todo el espacio y hablaba con voz varonil y suave y esperaba expectante las habilidades que mostraría en los próximos minutos. Oh, respetable público, ahora que he afinado estas cuerdas procederé a cantarles una trova que yo mismo he compuesto. Al terminar, el pueblo se sacudió ante tan ciclópea ovación. El rey contemplaba sonriendo al joven

enmascarado, demostrando aceptación absoluta. Pero eso no fue todo: Ianco prosiguió e hizo malabarismo, simuló con sus manos títeres que hablaban entre sí, luego pidió cueros para dibujar sobre la base de una raya que hacía un representante del público. Para finalizar pidió silencio al público enfervorizado que no cesaba de comentar el extraordinario carisma y talento de su persona.

134

-

Oh, magnífico público, maravilloso y extraordinario auditorio, ahora permitidme hacer una breve

dramatización de un monólogo que yo mismo he escrito y quiero dedicarlo a vosotros. Todo iba bien, Ianco con desplante, movido por histrionismo en su límite máximo se movía con gestos grandilocuentes y asombrosos, hasta que de pronto, a causa de un movimiento imprudente de sus ágiles brazos, sucedió un hecho que dejó estupefactos al rey, a la corte y a todo el público que presenciaba el acto: La máscara que ocultaba el rostro de Ianco cayó al suelo, dejando en evidencia su morena condición. El pueblo se paralizó; la inmovilidad llegó incluso hasta los más mínimos músculos de aquel carismático saltimbanqui. Luego de unos segundos, intuyendo el magro destino que le depararía, el asustado Ianco se encomendó a las potestades celestes y esperó le llevaran a la horca, la hoguera o guillotina, arrodillado en el suelo, con el rostro rojo de vergüenza.

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XXI

No me llamaste ni me escribiste ningún mensaje. Es que eso era normal en nuestra relación palota. Pero te recordaba en los café y en los cigarrillos que fumaba cada tarde en tanto trataba de concentrarme en las acciones judiciales que emprendería y en escribir un proyecto de serie de televisión. Llamé a Verónica para que me contactara con algunos medios de prensa de modo que pudiera dar cobertura a la movilización que realizaban los alumnos por esos días. Mientras platicaba con ella en mi departamento recibí una llamada de la contadora del colegio. Quería que fuera a conversar con el representante legal. Seguro deseaba llegar a un acuerdo económico que secundariamente podía hacer que los alumnos depusieran su actitud e ingresaran a clases para terminar bien el año. Seguí conversando con mi amiga quien sacó su agenda con nombre y teléfonos de algunos periodistas de televisión y medios de prensa. ¿Crees que puedan hacer una nota? – le pregunté. Sí. Estos hueones me deben algunos favores.

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Esa tarde respondí a un cuestionario por teléfono que me hiciera un tipo de Las Últimas Noticias, luego el que me formulara una periodista de radio Chilena. Al día siguiente, en medio de la marcha, llegó la gente de

Chilevisión y entrevistaron a un par de voceros y a mí. El asunto estaba tomando fuerza, aunque no sabía a ciencia cierta qué es lo que estaba pasando al interior del establecimiento. Nada más fui ese día pues mis alumnos me aconsejaron no acompañarlos pues eso podría perjudicar mi imagen. Me lo dijo Karina, representante de los terceros medios, quien era una de las coordinadoras y jefa del grupo negociador. Profe, la gente del equipo directivo del colegio anda diciendo que usted organizó todo, que poco menos nos manipuló. ¿Eso? – la miré con seriedad. Sentí rabia adentro. Quizás sea mejor que no tome una postura tan activa en la marcha – me dijo, tratando de ser lo más

atinada posible; no quería herir mis sentimientos. Tienes razón. Además tengo que estar buscando trabajo. Es imposible que vuelva como lo está solicitando tu grupo. A lo más pueden echar a esa

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mala copia de Pinochet que gobierna el colegio – la voz por un momento tendió a quebrárseme – Dale las gracias a todos tus compañeros por el apoyo. Desde hoy seré más leal con mis alumnos que con los profesores. Ustedes son un ejemplo para mí.

Sinceramente gracias. Me despedí de los chicos que estaban a mi alrededor. Tenía la garganta apretada y los ojos irritados. Era posible que nunca más volviera a ver esos rostros juveniles y alegres. Caminé hacia el paradero y me dirigí a las oficinas centrales de la sociedad educacional. Allí me esperaba el señor Alberto Morales, un tipo alto, grueso, canoso y rosado. Me dijo el director que gente como tú no le servías – habló mientras fumaba. Una suave cortina de humo se interpuso entre nosotros – eso. Pero me despiden por faltar, sin dejar siquiera que justifique – repliqué con voz fuerte. Ese es el pretexto, compadre. Tengo que hacer caso a mi gente. A ese huevón yo lo puse y tengo que defender mis decisiones.

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-

Pero me deja en la calle, sin trabajo a esta altura del año.

-

Puta huevón, si esto no es una guerra tampoco. No te voy a dejar en pelota. Te ofrezco dos sueldos más. ¿Te parece?

-

Quizás – le miré a los ojos y traté de pensar en si aceptar o no.

-

Pero bajo una condición... ¿Cuál condición? No hagas olas – dejó el cigarrillo en el cenicero. Se puso de pie y fue a buscar una carpeta- Tengo aquí el proyecto de finiquito. Léelo. Me pasó tres hojas las cuales leí con rapidez. Las

razones del término de contrato indicaban mutuo acuerdo de las partes. Está bien. Pero le advierto que voy a ocupar todos los canales disponibles para denunciar la injusticia que han cometido conmigo. Estás en tu derecho. Vivimos en democracia, tienes toda la potestad para hablar, obviamente no

inventando mentiras y no siendo grosero tampoco con la gente que estimo.

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Salí de la oficina con las tres hojas y el acuerdo de ir en un mes más a buscar los cheques. En la tarde conversé con algunos periodistas quienes prometieron redactar una nota aquella misma jornada. Mi celular casi colapsa de tanto recibir mensajes de apoyo de los estudiantes. Al llegar al departamento encontré otros en forma de carta, escritos en páginas de cuaderno. Aquellas noches no pude dormir bien. Me desvelaba, pensaba en todo lo que había pasado y el acordarme de ti de algún modo venía a ser ungüento que lograba apaciguar las heridas de mi corazón sufrido. Uno de esos momentos me advirtieron que una profesora había hurgado en mis cosas y sacó los trabajos y pruebas que no alcancé a corregir. No pude entrar a retirar mis libros, los títeres, mi pizarra pequeña y las dejaron allí, en las escalinatas, las mismas que me sirvieron de asiento aquella jornada gris que convocó mis emociones más profundas y despertó a la melancolía con su movimiento de lágrimas.

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OCHO

Atónitos toda la corte y el pueblo, observó cómo el ex – enmascarado se moría de vergüenza, genuflexo. El rostro del monarca aún dibujaba una boca en forma de o y dos ojos casi saliéndose de sus cuencas. ¡Quién eres, bufón desconocido! – habló el rey en tanto todo el pueblo y su séquito escuchó con miedo. Oh, magnífico rey, no quiero mentirle, pero le suplico me escuche con atención, antes de que aplique contra mí la pena que merezco por llegar sin permiso a la nación que usted rige. El monarca le observó de pies a cabeza. Comprobó que el color de su piel era morena, tan distinta a la de él y a la de todo su pueblo. Nunca había visto a una persona con similares características. Del asombro, su corazón viajó a la admiración. Pertenezco a una nación que se ubica al otro extremo de esta isla, detrás de la montaña – habló con voz enérgica Ianco que ya estaba de pie, aferrando de nuevo la valentía que le caracterizaba.

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-

¡Eso es imposible, detrás de la isla sólo hay océano! – gritó uno de los súbditos del rey.

-

¡Miente, miente! – gritó la audiencia y el ruido hizo temblar las columnas de las construcciones vecinas.

-

¡Dejad hablar al forastero! – sentenció el rey y ante su declaración toda la plaza volvió a quedar en silencio casi sacramental.

-

Decía que detrás de la montaña hay un pueblo llamado pueblo Kru. La gente que habita en esa latitud posee mis mismas características físicas: es morena, pelo renegrido y ojos oscuros, muy diferente a ustedes, noble pueblo. Los Kruelenses son gente apasionada, que ama vivir y necesita de la poesía y la música para poder subsistir; para ellos estos

elementos son como el aire y al agua, así de vitales y urgentes. La princesa que observaba al costado de su padre a este noble y sincero forastero, sintió un fuego sutil en el cuerpo. Se sintió extasiada por la musicalidad de la voz de Ianco y por su mirada profunda. ¿Cómo llegaste hasta acá, noble forastero? – preguntó su majestad.

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-

Me vine cruzando la montaña – respondió Ianco. Murmullos de admiración y pavor se sintieron en medio de la asamblea.

-

Buen hombre, los murmullos de la multitud no son gratuitos. Nuestra religión señala que quien llega a pisar la montaña que tú pisaste, despertará la furia de los dioses. Nadie antes ha osado pisar aquel coloso de roca – señaló su majestad con ánimo didáctico- Si lo que dices es cierto, oh visitante, mi deseo es llegar hasta aquella tierra de la cual me hablas y poder

llevar a mi gente y que pudiéramos estrechar lazos de hermandad. Mal que mal a la providencia le ha placido juntarnos es este lugar del planeta para que convivamos. Sin embargo, temo a los dioses. Su majestad, permítame instruirle – habló un

sacerdote que poseía una larga barba blanca que parecía babero sobre su pecho- si desea vuestra merced, podría su servidor visitar hoy el oráculo ubicado en el acantilado Kuraer y consultar a nuestras santísimas deidades si autorizan a su majestad a realizar semejante travesía. He sabido que en épocas de la historia del pueblo Manmara ha habido reyes y sacerdotes que han pedido autorización al panteón

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para contrariar por una sola vez sus designios trascendentes escritos en las planchas de Kalibur. Ésta podría ser una de esas oportunidades que se conceden sólo una vez cada mil años. – La gente escuchaba con atención las palabras graves de ese anciano que tenía el aspecto de profeta bíblico. Le sorprendía saber que hacía un milenio ningún sacerdote pedía la

autorización divina y el momento le supo histórico y trascendental. Muy bien, ministro Maintra, gran sacerdote de los supremos dioses – contestó el rey, en tanto su hija Aluani le observaba con la esperanza de que las cosas con este descubrimiento cambiaran los días de su vida- te autorizo a que preguntes al oráculo si es que nos permite escalar la montaña para visitar a nuestro pueblo hermano. Así lo haré, excelentísimo rey, así lo haré – y la asamblea aplaudió emocionada. Ianco, con los ojos llenos de lágrimas, agradeció al cielo la reacción de su majestad, se le acercó, dobló su rodilla ante su humanidad, le besó el dorso de la mano y expresó su admiración. De reojo observó a una bellísima, menuda y blanca Aluani y ésta le concedió también unos

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breves segundos de su mirada. Ambos fueron flechados por un ser que en sus tradiciones no se llamaba Cupido sino Palotámalo.

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XXII

El paro llevaba tres días y se habían hecho correr rumores que un grupo de alumnos haría ingreso clandestino al colegio. La toma es casi segura – me dijo un muchacho que me llamó por teléfono para saludarme. ¿No has sabido de tus profesores? – le pregunté preocupado. Tampoco los rumores de despido cesaron en ese tiempo. Nada. Sólo que los vigilan para que no se asomen a los ventanales. Se los acusa de estar instigando y haciendo funcionar la movilización desde dentro. No te preocupes, es el ánimo paranoico del director y toda su cáfila de matones- le señalé- Los extraño mucho. Sinceramente lamento lo que sucedió y me duele en el alma pensar que no voy a poder estar con ustedes en el día de su graduación – hice una pausa de contrición. Mi voz tembló un poco. Mi ex alumno la aprovechó para proseguir.

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-

Nosotros también lo echamos de menos, profe. Tenga ánimo. Las cosas se van a solucionar de buena forma. Las tardes que siguieron a esa me encontraron

caminando solitario por los bares del barrio universitario. Me sentaba a una mesa, tomaba una cerveza, fumaba dos o tres cigarrillos y mi mente novelaba todas y cada una de las acciones que viví en esos agitados días. Más de alguna vez terminé conversando con alguien, contándole de mi destino magro y fatal. También platicaba de ti, y tu nombre venía a ser un salvavidas a la conversación. Hasta me cambiaba el rostro y pronunciaba aquél con una inevitable sonrisa. En casa, sin embargo, no lograba concentrarme y el tiempo me confundió con su séquito de minuteros y segunderos. Se me imaginaba que los días transcurrían sin que yo alcanzara a hacer nada. No escribí demasiado, tampoco aproveché las jornadas para ir a buscar historias caminando por el parque u observando vidas en las plazas que frecuentaba. La depresión comenzaba a seducirme con la angustia que manaba de dentro de mí y contagiaba cada una de mis acciones. Pensaba, además, en el acuerdo que tomamos de no acercarnos por esos días para que los directivos del colegio no

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pudiesen tomar algún argumento para desprestigiarme; me hubiera gustado verte, que estuvieses a mi lado, que me hubieras ayudado a hacer más llevaderos esos días. Dos días después de la conversación sostenida con Alberto a través del teléfono, sonó mi celular mientras viajaba a Recoleta a dejar antecedentes para un trabajo. Profe, tenemos que hablar, es urgente – distinguí la voz de una alumna. Perdón, ¿con quien hablo? – la micro producía demasiada bulla con su ejército de fierros. Soy Karina, una de las coordinadoras de la

movilización. ¿Se acuerda de mí? Claro, Karina. Dime. Es que no es pa conversarlo por teléfono. ¿Podemos encontrarnos hoy en la tarde? Tiene que ser hoy – la chica estaba algo nerviosa. Se desesperó cuando escuchó el pito que indicaba que debía echar más monedas al teléfono. Está bien, puedes venir con René, él conoce la dirección de mi departamento. Los espero a las siete. ¿Está bien a esa hora? Sí; estaremos allá, profe cuídese.

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Un extraño sentimiento inundó mi pensar durante ese medio día. El matiz de inquietud que pude percibir de los labios de Karina me dejó con un sabor ciertamente amargo del cual no pude deshacerme. Al llegar a casa me tomé un café y fumé un cigarrillo, observando hacia el ventanal que observaba de reojo las veces en que platicábamos. Había sol, aunque éste ya empezaba a descender perdiéndose entre los edificios y las casas de Maipú. Puse música, tal vez el compilado de baladas anglo de los ochenta. Revisé el proyecto de finiquito, hojeé un libro de teatro de Jean Paul Sartre que guardo con devoción en mi escuálida biblioteca e hice algunas anotaciones, seguro para incluirlas en alguna próxima obra. Los muchachos llegaron diez minutos después de lo previsto. Estaban cansados y sus ojos escrutaron los míos con angustia. Me abrazaron y aquéllos se tornaron húmedos. Profe, el director publicó unas fotos suyas en el diario mural de la entrada del colegio – Karina y René esperaron mi reacción. ¿Fotos? ¿Fotos de qué? – asombrado pregunté.

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-

Éstas – René abrió su mochila de la cual extrajo un sobre hecho con hojas de cuaderno.

-

Las bajamos de Internet. También las puso ahí – Karina tomó mi brazo mientras yo abría el paquete y extraía fotos impresas en papel oficio. Ahí estábamos tú y yo, palota mía, abrazados,

caminando por el parque, tú con tu uniforme escolar, yo disfrazado de profesor, con cigarros en la mano, sonriendo como dos niños el día de su cumpleaños; ahí de nuevo, besándonos en la entrada del condominio, echándonos al bolsillo el mundo y sus problemas y una vez más, yo con los brazos extendidos, tú aplaudiendo, la vez que jugamos a hacer equilibrismo en la berma de la calle que daba al almacén donde comprábamos. No quise seguir observando, un nudo enorme se me armó en la garganta y tragué saliva para desatarlo. Observé a ambos chicos, quería pensar que no habían percibido mi reacción, pero me imagino estaban tan afectados como yo. Sin pedir permiso, me levanté rápido de la mesa, en una maniobra que no pensé sino que fue espontánea, dejé los papeles ahí, abrí el ventanal, me asomé por el balcón, el sol teñía de anaranjado el firmamento y, aferrado al pasamanos lloré en silencio. Los chicos se

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levantaron de la mesa, se dirigieron al lugar donde me encontraba pero Karina se disuadió y comentó a René: Déjalo, el profe está afectado. Pensé en ti, en mí, en la sociedad cruel. Me imaginé que nadie comprendería este amor puro, infantil, por más argumentos que presentara. Mi mente recorrió aquellos días tan oscuros en que apareciste para transformarlos en fiesta, pasé por los juegos, los café y cigarrillos, nuestras historias de bohemios, nuestra promiscuidad inocente. Seguro que estabas bajo el sol anaranjado que se escondía tras las espaldas de Maipú, allá lejos, cerca de Melipilla, encerrada en tu cuarto, con la luz apagada, fumando un cigarrillo de marihuana, dejando una abertura en la ventana para que esa naranja luminosa dejara entrar un poco su jugo de luz. Seguro pensabas en mí con un nudo en la garganta, escribiendo esquelas con mi nombre y el nuestro, aquel nombre que nadie jamás en la historia usó y que fue nuestro único argumento para hacer frente al mundo.

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NUEVE

Ianco retornó de nuevo a la tribu Kru y pidió una audiencia con su majestad, el gran monarca Samael, un anciano de ciento quince años que era benevolente pero muy olvidadizo. Se olvidaba del trayecto de su dormitorio al salón comedor o del baño al patio y, por lo mismo, debía ser acompañado por un sirviente que le explicaba el camino al lugar al cual quería ir. Pero no servía de mucho pues a veces también no recordaba qué quería hacer y podía estar en vilo durante horas y horas hasta que caía en cuentas de sus propósitos. Entonces el vasallo, cansado, lo llevaba de la mano al lugar al cual deseaba llegar. El día en que Ianco tuvo su encuentro con su majestad, el muchacho moreno y valiente se vistió con su mejor traje y preparó en su mente el mejor discurso que pudo hilvanar. Pero más allá de todo trabajo intelectual, constantemente pensaba en Aluani, la bella hija del rey del reino de Manmara y una ráfaga de vida golpeaba todo su ser y una inyección de vigor le devolvía el alma al

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cuerpo. Desde que la conociera un nuevo matiz vino a colorear sus días algo grises y la imagen de esa bella mujer fue la inspiradora de muchos de sus poemas. Cada uno de los habitantes del pueblo Kru es un poeta apasionado y sensible. Las dos grandes puertas del inmenso castillo se abrieron y un despeinador sonido de clarines

(interpretado por una orquesta flamante a un costado del pasillo que desembocaba al salón real) le vino a recibir. Algo recordaba el rey de los antecedentes de la visita que recibiría aquella mañana y lo hizo comunicar a sus súbditos: aquel joven vendría a dar parte sobre un descubrimiento formidable, casi tan importante como el día en que hacía dos mil años los primeros habitantes descubrieron aquella aldea que hoy se erguía como un reinado. Oh, formidable rey Samael. En esta mañana he venido con profundo respeto a dirigirme a usted, excelencia del pueblo Kru, para comunicarle algo que he guardado como secreto durante un par de días – Ianco, hizo una reverencia acompañado de capa y rodillas.

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-

Oh, joven Ianco, me imaginé que sería una gran noticia cuando mis súbditos anunciaron que tú querías tener una entrevista conmigo. Perdón, pero... ¿de qué estábamos hablando? – los guardias se sintieron tentados a reír; nuevamente el rey tenía uno de sus lapsus tan especiales de pérdida de memoria.

-

Oh, su majestad, le decía que venía a comunicarle sobre un gran descubrimiento.

-

Decídmelo, buen mozuelo, decídmelo que escucho atento tu declaración – el rey se acomodó en su sillón real y llevó su diestra hacia el oído formando una especie de concavidad con ella.

-

Mi buen rey, detrás del volcán Kabur existe un pueblo desconocido para nosotros. Es un reino que se denomina Manmara. El rey dibujó una mueca de perplejidad en el rostro.

Luego se levantó de su asiento y aferró con su diestra un báculo labrado en oro que poseía además piedras preciosas. Con su punta golpeó el suelo. El castillo se estremeció. ¡Pero qué dices, joven Ianco! – habló a gran voz el monarca.

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-

Lo que usted ha escuchado, noble rey – El joven se asustó un poco.

-

¡No puede ser, lo que dices es una invención de tu cerebro!

-

Su majestad, por favor, ruego a usted no se airee, déjeme explicar la aventura que he vivido en los días anteriores a éste, entonces usted comprenderá, oh excelentísimo rey, que mis palabras son verdad y no una mera ilusión o invención de mi mente. Entonces Ianco procedió a narrar con lujo de

detalles cada uno de los episodios vividos por él desde que subió al volcán, descendió por sus espaldas y habitó en la tierra de los Manmara, específicamente en el bosque. Luego narró su encuentro con el pequeño quien le contó la historia de la princesa Aluani, su experiencia en el concurso de bufones y la recepción del rey a la noticia de que detrás de la montaña existía el pueblo Kru. Es decir, los anales sagrados de nuestro pueblo estaban en lo cierto: la profecía de un pueblo cercano que visitaría nuestras tierras se cumplirá. ¡Y siempre creí que se trababa nada más que de una metáfora! –

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expresó el rey ostentando en el rostro una risa de esperanza y felicidad. Así es, bienaventurado rey. Su majestad, el rey de Manmara quiere visitaros con un séquito de hombres y mujeres. Expresaron que si a usted le place, oh

magnífico monarca, lo haga saber mandando señales de humo. Oh, desde luego que así lo deseo. ¡Traed anillo y vestido para este vasallo que desde hoy será parte de esta corte! – ordenó el rey- y preparad mi otro castillo, mi gigantesco palacio que queda detrás del río, para alojar a todos los visitantes del pueblo... ¿cómo me dijiste que se llamaba, noble príncipe? Manmara – respondió Ianco. Oh, sí, Manmara – pronunció el rey, tratando de que no se le olvidase. Así, todo el reino se organizó, príncipes, súbditos y vasallos, para que por primera vez en la historia de aquella isla, la Isla de los Palotes, los dos pueblos se encontraran. Tal como lo había acordado Ianco con su majestad, el rey de Manmara, el día quinto del mes décimo, un poco antes de que cayera el sol, los súbditos del rey

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Samael

debían

hacer una gran hoguera cuyo humo

pudiese traspasar la montaña y fuese visto por los habitantes del otro extremo de la isla. Entonces ellos entenderían que el pueblo Kru aceptaba ser visitado por su majestad, el gran Monarca, padre de Aluani, su familia real, sus súbditos cerca y de sirvientes. dos mil La comitiva la

conformarían

personas

quienes

peregrinarían a través de la montaña, sus precipicios y valles cercanos hasta llegar a su destino. Las calles del pueblo Kru fueron adornadas con cintas de colores, versos de poesía; los trovadores salieron a las calles a preparar el ambiente festivo, las muchachas danzaban al compás de los tamborines tocados por los saltimbanquis y los titiriteros salieron en multitud hacia las ferias y plazas populares a representar el día cercano de la visitación del pueblo de Manmara. El rey había mandado a un batallón de valientes a cortar ramas de las gigantescas Hartunias, árboles que crecían cerca de la playa y que podían medir hasta cinco metros. Los trajeron hasta un lugar descampado y prendieron fuego sobre ellos. Minutos más tarde el humo, aquella mano incierta y plomiza, trepó por los cielos y saludó a la montaña con su movimiento de bandera.

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Detrás de aquel coloso de roca, observando desde el balcón del palacio real, el monarca, el gran rey Ukar, su esposa Mabra, su hijo Lyua y su triste pero ilusionada hija Aluani observaron el humo que desde lejos les

confirmaba que serían recibidos por el monarca del pueblo de los kruelenses. ¡Eureka, mirad, familia! ¡Hemos de ser recibidos en la aldea Kru! ¿No es esa una magnífica noticia? ¡Por primera vez en la historia de la Isla de los Palotes estos dos pueblos podrán conocerse y hermanarse! – gritó el rey y alzó sus brazos como agradeciendo a los dioses por el recibimiento de aquella providencial buena nueva. El sacerdote, cercano al palacio real, salió de sus divagaciones astrológicas y cruzó el pasillo del palacio, subió las escaleras de piedra y fue a observar el balcón, preguntándose el por qué de los gritos de su majestad. Oh, sacerdote, observad, ved que los kruelenses han confirmado que seremos bien recibidos por el rey de dicha aldea. Podremos conocer a nuestros hermanos y viviremos en fraternidad por los días que nos restan de vida.

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-

Sí, excelentísimo rey, hemos de visitar dicha comarca. Los dioses han confirmado otorgándonos su silencio – replicó Maintra ante la euforia de su majestad.

-

Pero, Maintra, el silencio de los dioses no es ninguna respuesta – arguyó la reina Mabra.

-

El silencio otorga, bella esposa. Si los dioses callan es porque podemos hacer usufructo de nuestra voluntad – expuso el rey.

-

Oh, noble reina, su excelencia lo ha señalado. En lo alto el humo de la quema de los ciclópeos

arbustos se fue confundiendo con las leves humaredas sulfurosas que emanaban de la boca escarpada del

volcán. Hacía más de un milenio que aquel monstruo no despertaba de su sueño aletargado. Su estómago preparaba el vómito ardiente y silencioso mientras detrás aún humeaban los arbustos y el pueblo de los kruelenses esperaban con ansias el día del encuentro con sus hermanos. Nadie imaginaba que en el silencio de los dioses las manos de éstos preparaban un juicio funesto y sangriento, una hecatombe apocalíptica digna de ser escrita en los anales del planeta y ser olvidada al mismo tiempo. Una tragedia que ni el narrador que cuenta esta historia consideraría, pero que cree necesaria exponerla

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pues las enseñanzas que se aprenden con dolor nunca se olvidan y permanecen para siempre en el recuerdo como una sombra ubicua e insufrible pero redentora.

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XXIII

Te llamé por teléfono y nada más escuché la voz de la operadora invitándome a dejar un mensaje de texto. Así, durante toda la noche y parte de la mañana siguiente. Intenté ubicar a Mary a la salida de tu colegio, pero sus compañeros me dijeron que hacía dos días no iba, igual que tú. Aún desconocía si te habías enterado del asunto de las fotos y pensé que sería mejor lo supieras de mis labios para que estuvieras preparada al recibir el peso de la noticia. Nunca me diste tu dirección y sólo me recordaba que vivías en la villa Los héroes, cerca de Padre Hurtado. Tomé una micro, me bajé en cualquier parte y de pronto, reaccioné en medio de la locura, mientras le preguntaba a las personas por una chica llamada Pamela, que era menuda, blanca, y tenía el pelo oscuro y largo. Era casi imposible que te encontrara así, en medio de las miles de personas que habitan en ese sector del gran Santiago. Me senté en la berma de la carretera en tanto los autos y buses pasaban rápido cerca de mí. Intenté nuevamente llamar pero tu

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celular continuaba apagado. Las nubes sobre la ciudad se disipaban y daban paso a un sol de medio día un poco más quemante que lo usual en esa altura del año. Me levanté, caminé hacia un paradero. Pensé en dirigirme a la plaza de Maipú. Allá pagaría una cabina de Internet, le escribiría a Verónica para informarle del vuelco que se había producido en mi caso, aprovecharía de revisar mi correo y cerciorarme de los dichos de Karina y René con relación a la publicación de mis fotos contigo en la web del colegio. Estaba tenso; los pensamientos se me sucedían uno detrás de otro y una especie de adormilamiento gobernaba mi accionar. Sentí ganas de llorar, no sé si de rabia o de pena; quería estar contigo y decirte al oído que todo esto iba a pasar; yo le explicaría a tus padres sobre nuestra relación; en el mejor de los casos nos permitirían vernos un poco antes de que cumplieras dieciocho y después podríamos estar juntos sin la preocupación de escondernos frente a la sociedad hostil que no permitía que estos dos niños de vocación expresaran su cariño a vista y paciencia de todos. La micro doblaba en avenida Esquina Blanca cuando sonó mi teléfono. Era Verónica.

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-

Vero, hola, qué sorpresa – le dije. Estaba nerviosa; su modo de saludar me indicó que algo no andaba bien.

-

Vicente,

¿no

viste

los

diarios

de

hoy?

la

comunicación tendió a cortarse. El ruido de la micro me obligó a tapar mi oído libre. No, ¿pasó algo malo? –tragué saliva, presentí que algo funesto iba a serme revelado. Los diarios dicen que tienes una querella en tu contra. El cargo es estupro. Mi corazón latió con frenesí y el paisaje de las calles de Maipú se me tornó onírico, incierto. Empecé a temblar y mi sudor se tornó helado. Apoyé mi cabeza contra el fierro del respaldo del asiento anterior al mío y observé hacia el suelo. Sentí con inusitada sensibilidad el peso de la gravedad en mi cuerpo. Estuve varios

segundos en silencio; mil imágenes se me sucedieron en la cabeza como la secuencia fría de diapositivas oscuras y monocromáticas. Vicente, ¿estás ahí? ¿Aló? Oh, sí claro. Vero, disculpa. Estoy sorprendido – comencé a llorar. Contuve mis labios, no quise que Verónica se enterara de mi quebranto.

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-

¿Es cierto que pololeabas con una niña de dieciséis años? – Me preguntó con ánimo inquisitivo.

-

No pololeaba, era otro tipo de relación – Hice una pausa para tragar saliva y secar un poco las lágrimas de mis ojos- Verónica, mis sentimientos hacia la Pame son sinceros. Nunca podría aprovecharme de ella.

-

Vicho, aunque fuera así. Sabes que estabas en la mira de los tipos del plantel. Te serviste en bandeja. El director usó ese hecho en los medios para justificar tu despido. Aparecía al lado de la madre de la chica.

-

¿Pero, cómo? – pregunté asombrado. Estaba tan turbado que me fui imposible explicarme

el modo cómo pudieron relacionarse la madre de Pame con el rector del colegio. No había ningún tipo de vínculo posible, al menos por lo que creía hasta el momento. Vero, es imposible. Ambos nunca se conocieron; no me cabe en la cabeza. Llamé por teléfono al periodista que escribió la noticia. Me contó pa callado que la gente del colegio supo el rumor a través de una chica. Indagó, citaron a declarar a ésta y le prometieron que si soltaba la verdad la podían becar. Ella les dio la dirección de la Pame. Conversaron con su mamá, le mostraron las

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fotos y le ofrecieron ponerle abogado y ayudarle económicamente, porque la institución “reprobaba todo tipo de actos de esa naturaleza, menos de alguien que formó parte de su cuerpo de profesores”. ¡Maricones! – grité, apoyé mi cabeza en el respaldo. Luego me puse a llorar mientras la voz gangosa de Verónica en el teléfono gritaba “¿aló?” y otras palabras. Corté el celular y cerré mis ojos para pensar qué pasos debía tomar. El mundo se tornaba totalmente en mi contra y pensé en entregarme a sus designios sin oponer mayor resistencia. Pero luego de unos segundos pensé en ti y caí en cuentas de que lo nuestro aún podía ser motivo para luchar. Bajé en la plaza y crucé la calle para internarme por Monumento. Allí, a un costado de una librería, se encontraba el Cyber café el cual frecuentaba. Abrí mi correo y me encontré con cuatro o cinco mensajes de algunos alumnos del colegio en el cual había trabajado. Me expresaban que se encontraban decepcionados por mi accionar, que cómo era posible que yo me pudiese haber metido con una alumna, que siempre creyeron que yo era un buen profe y ahora mi imagen se les caía por

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completo. Luego abrí la página de un foro creado a propósito del paro. Allí se anunciaba el término de la movilización y aparecían fotos en las que los

representantes del alumnado y profesores, incluido Emilio, se daban la mano con un director sonriente,

victorioso y arrogante. Seguro adentro las cosas seguirían tal cual estaban, con las mismas injusticias de siempre y el miedo de los profesores por no pronunciarse frente a ellas. Sentí rabia; me culpé de haber permitido que lo nuestro prosperara, pero luego pensé y me dije que por nada del mundo hubiera cambiado esas tardes de conversación y risas, esas fiestas de cafeína y tabaco que me ayudaron a ser más humano y sensible. ¿En qué lugar de Santiago estabas? ¿Por qué no marcabas mi número y me concedías tu bendita voz que era un bálsamo a las heridas de mi alma y música con que alegrabas mi cosmos lleno de fantasmas y laberintos? Disqué tu número con insistencia hasta que media hora después, cuando cerraba las ventanas de los diarios electrónicos que consignaban mi nombre y tus iniciales en portada, sonó mi celular y al responder escuché la voz nerviosa, tremolante, desesperada de tu amiga Mary. Seguro le pesaba en el corazón haber revelado nuestro

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secreto y más aún la noticia que me anunciaba anulando todos mis sentidos: Vicente, la Pame está en la UCI a punto de morir. Tomó medio frasco de pastillas. Entonces salí del lugar; sin rumbo corrí por las calles de Maipú, en medio de bocinazos, gritos de gente, ruidos de pájaros ciclópeos, cielos de color verdoso y un sol triangular que se abría y cerraba como un fuelle de acordeón de sonido melancólico y trágico.

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DIEZ

El rey y su familia, sobre un magnífico carruaje negro hecho de cuero, oro y piedras preciosas, vigilaban la titánica comitiva que empezaba ya a bordear las faldas del volcán Kabur. Miles de personas peregrinaban detrás de ellos, cargando sacos con presentes para sus hermanos del pueblo Kru, a quienes conocerían por primera vez en la historia de la Isla de los palotes. Cabalgaban a un costado de ellos asnos de carga los cuales llevaban en sus espaldas víveres y vegetales para procurar su alimentación en los días en que

permanecerían allí. La señal del humo, que se mantenía pese a haber pasado el día y la hora acordada para la confirmación, vino a ser interpretada por el rey y la totalidad del pueblo como una señal de sincero afecto por parte del pueblo anfitrión. Lo que no sabía éste y sus súbditos era que el humo que se observaba sobre la boca del volcán era producto de que el coloso se aprontaba a despertar su furia milenaria e inmisericorde.

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-

Buen Maintra, sacerdote indiscutible de los dioses que rigen a Manmara, ¿no percibes, al igual que mis narices, cierto olor a azufre? – preguntó el rey al ministro.

-

Oh, su majestad, dicho olor es característico de las regiones en la cual existe un volcán dormido. No se preocupe. Los dioses han procurado, seguro, en su benevolencia y misericordia, el mejor clima y la más completa disposición de la naturaleza para que los propósitos sublimes de esta empresa sean cumplidos en su totalidad. Los vasallos, humildes campesinos que viajaban con

su mejor traje acompañados de sus numerosas familias, dibujaban una sonrisa en su rostro y observaban la hermosa naturaleza que empezaba a teñirse sutilmente de un polvo grisáceo. Por primera vez tenían la oportunidad de ser considerados por el rey, nada menos que en una invitación a un paraje desconocido para ellos. Pronto sus nombres estarían escritos en los anales de la historia de Manmara como los primeros visitantes del pueblo que se situaba al otro de extremo de la isla. Ese honor les alegraba el alma pues tendrían algún orgullo que contarles a sus descendientes, no sólo el hecho de

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que fueron pobres obreros que siempre habían sido los últimos en ser considerados por la sociedad. Algunas piedrecillas comenzaron a rodar montaña abajo en tanto la comitiva llevaba medio volcán de

camino. Algunos niños y ancianos principiaban a toser con convulsiones secas que obligaban a sus ojos a lagrimear un poco. El cielo se nubló; todo los peregrinos pensaron que se anunciaba un aguacero que podía dejarse caer sobre la región. Sin embargo, los designios de la naturaleza eran otros, muchos más trágicos y magros

que los inferidos por ellos. El primer ruido percibido, proveniente desde el

fondo de la tierra, fue tan fuerte que pareció el rugido de un monstruo furioso y bravío. Los niños que ascendían, jugando con sus caballos de madera,

caleidoscopios y muñecos de greda, sintieron pavor y fueron a esconderse entre las piernas de sus padres. Los adultos, en tanto, observaron a todos lados, tratando de ubicar el sitio de dónde había dimanado tan aterrador clamor. ¿Qué está pasando, sacerdote Maintra? ¿Qué fue ese ruido? – preguntó preocupado el rey.

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-

Debe ser un derrumbe en algún punto de la montaña, bienaventurado rey - respondió el sacerdote,

ocultando su preocupación. La princesa Aluani apenas observaba el paisaje desde una pequeña ventana del carruaje. Estaba tan acostumbrada a estar sola y escondida que no podía hacerse ver, aun cuando el rey le advirtiera que podía hacerlo a modo de celebración por el descubrimiento de la existencia de un pueblo detrás de la montaña. Contemplaba a la gente pobre del reino de su padre con la misma atención y pena que le embargaron la vez que visitó por primera vez el océano, hacía muchos años atrás. En ese recuerdo lejano navegaba, cuando, de pronto, se recordó de su buen amigo Buara, quien en esos días infantiles alegró muchas de sus noches con las formidables historias de dragones y amantes. Papá, ¿no ha sabido usted cómo se encuentra el formidable Buara, gran bufón del palacio que usted gobierna? – preguntó la apacible y delicada Aluani. Oh, sí, claro que sí, amada hija. Él está muy cerca de aquí, en una de las cuevas de la montaña. Allí todavía se sigue alimentando de almendras, miel silvestre y bebiendo el agua de la montaña mezclada con hierbas

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medicinales. Su salud, según me lo declaró un enviado, está mejor – declaró el rey con dulzura. ¿Puedo ir a verlo, padre? – le suplicó . Hija, vamos de camino al pueblo Kru, no podemos ir a verlo. Pero te prometo que de vuelta pasarás, acompañado por un grupo de mis valientes súbditos. Tantas ganas tenía la princesa de ver el rostro bondadoso de aquel bufón, de escuchar de nuevo esa voz mágica que le transportaba a las más increíbles historias con sólo escucharla que, minutos después, cuando su padre, madre y hermano dormitaban, se bajó del carruaje, se tapó con un velo de lana y preguntó a uno de los súbditos que no le reconoció dónde se encontraba Buara, el magnífico saltimbanqui. Por allá, doncella, donde se ve esa roca rojiza y esos matorrales. La princesa corrió hacia la gruta que se encontraba no muy lejos del lugar de la procesión. Quería contarles los hechos acaecidos en el pueblo luego de su ausencia y también narrarle que un joven de color cobrizo, valiente y aventurero había cautivado su corazón con su mirada y sonrisa. Pero tan pronto faltaban algunos metros otro ruido desde el fondo de la tierra acometió contra el

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sonido

suave

de

la

brisa

sobre

Manmara

y

sus

alrededores. Murmullos de miedo y pavor corrieron desde el lugar en que los habitantes ascendían la montaña a los oídos de la doncella. Ésta corrió hacia la cueva y pudo contemplar a un señor delgado, barbudo y serio que salía de la entrada para comprobar qué era el ruido telúrico que sacudía al pueblo. ¡Buara, mi buen Buara, soy yo, Aluani! – gritó con alegría la princesa. La tierra comenzaba a temblar y el ruido de gente se apoderó de la tranquilidad de la comarca. ¡Doncella, oh, querida Aluani, es usted,

bienaventurados los ojos que la contemplan! – y la invitó a pasar en tanto la abrazaba. Sus ojos lagrimearon de emoción. ¿Qué está pasando, Buara, por qué tiembla? – preguntó preocupada la princesa. Los dioses, doncella, los dioses están enojados. Ayer tuve un sueño: toda la ciudad sucumbía frente a una ola de lava que descendía del volcán. ¡Buara, mis padres y hermano! ¡Van de viaje a la aldea del pueblo Kru! – la joven se levantó y dirigió

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sus pasos hacia la entrada de la cueva. El bufón la detuvo y le explicó. Princesa, oh noble y bella princesa. Me temo decirle que el destino está escrito. Todo nuestro pueblo sucumbirá ante el trágico sino de los dioses. La muchacha le miró a los ojos, y pudo comprobar que el hombre hablaba con férrea convicción y certeza. Lloró con entereza mientras sentía que el suelo se movía en sus pies y trozos de roca le golpeaban el cuerpo. Afuera los peregrinos yacían en el suelo,

protegiendo con sus cuerpos a los pequeños. Los animales de carga rebuznaban de miedo y muchos de ellos, desatándose de sus aparejos, corrían lugar en

desenfrenados hacia los precipicios cercanos,

el cual se aventaban sin comprender el trágico azar. El ruido de los lamentos cubrió con su denso manto de miedo a todo el pueblo, tan grueso como la capa de cenizas que comenzó a caer sobre la familia real, los campesinos y súbditos del rey, sin hacer distinción de clases. ¡Oh, Maintra sacerdote de los supremos dioses, qué hemos hecho para que el panteón desate su juicio en este día en que la historia de la isla iba a ser grabada

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por la valentía de nuestra hazaña? ¿Es que acaso desobedecimos a su voz? – dijo el rey mientras rasgaba sus vestiduras al escuchar los lamentos del pueblo. ¡Su majestad, excelentísimo rey de Manmara, todo el furor de los dioses caiga sobre mí, pecador sumo, transgresor de los designios de los escritos sagrados. He interpretado el silencio de los dioses como una respuesta positiva siendo que el callar de sus labios es un llamado a aguardar, a estarse quieto, a no resolver con impaciencia. Perdonad mi grande falta, oh ungido monarca, he actuado con insensatez extrema, con arrogancia humana! Maintra, entonces, extrajo de sus ropas una espada de doble filo cuyo extremo ubicó en su pecho para luego arrojarse sobre ella. La daga traspasó sus entrañas y asomó por su espalda curva. La tierra se abrió y tragó en su boca de precipicio el cuerpo del sacerdote que se teñía de sangre tibia. Las rocas empezaban a rodar desde el pico de la montaña y el día se tornó noche. Aire y ceniza fueron uno. El rey, que había tratado de sostener con su mano la caída de Maintra, el sacerdote de su reino, empezaba a

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llorar en la orilla del acantilado que había digerido en sus fauces furiosas al infortunado ministro. Su esposa e hijo esperaban aferrados uno a otro el desenlace fatal, dentro del carruaje. El pueblo, al ver asomar la sustancia líquida e incandescente desde la boca del nevado, dejó sus pertenencias, corrió con sus pequeños en brazos en dirección al pueblo; sin embargo unos se atropellaban con otros y muchos murieron aplastados por la multitud confundida que descendía del monte. La princesa Aluani, profundamente quebrantada, leía con sus ojos llenos de lágrimas los escritos sagrados del pueblo de Manmara, los cuales fueron la única compañía para el bufón Buara en los días de retiro por su grave enfermedad. El párrafo que leía, mientras allá afuera el ruido de las rocas y el bramido del volcán hacían lo suyo, era el siguiente: “Y llegará el día en que serás conocido y tú no conocerás. La saliva tibia de mi ministro te cubrirá; haré desaparecer tus gentes, tus bosques y animales; pero aún en la muerte hay vida; el barro ardiente de la montaña te será por fertilizante y la furia de mi monte por esperanza. Conocerás que mi misericordia es extensa y sigue al juicio. No te desampararé ni te dejaré sola,

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Manmara, levantaré a uno de mis vasallos para que escriba tu historia y a una reina que mantenga la sangre real de la familia que he escogido para que rija tus destinos terrenos. Estos saldrán por senderos no conocidos, a lugares inexplorados por ti, no conocerán la furia de gigante y fundarán mi pueblo sobre la base de la justicia y la esperanza.” Buara, esto estaba escrito en nuestros pergaminos sagrados- exclamó con asombro la princesa. Así es, excelentísima princesa. Luego de la erupción los dioses me han encomendado continuar escribiendo los anales de nuestro pueblo. Buara le miró a los ojos, apenas los podía distinguir en medio de la oscuridad disuadida sólo por una pequeña lumbre hecha con aceite y un poco de algodón encendido. La princesa trataba de no llorar, pero su mente le llevaba a pensar en su familia, en el pueblo que sólo conoció desde su ventana y en el joven que vino un día de detrás de la montaña para invitarlos a su comarca. A usted, noble princesa, le han otorgado la

responsabilidad de seguir el linaje de los reyes, para lo cual debe buscar a un hombre, de sangre real para

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cumplir dicho cometido – le expresó el arlequín con la solemnidad de un momento trascendental. Pero Buara, ¿cómo podremos cumplir los designios del panteón si estamos atrapados en esta gruta? Seguro que la lava y las rocas han tapiado la entrada. Como hace mucho tiempo estoy en este lugar conozco cada uno de los laberintos que hay en esta cueva como la palma de mi mano. Existe una oscura vía que lleva hasta el otro lado de la montaña, al pueblo que dice usted, honorable doncella. El alma de Aluani se llenó de esperanzas pese a que la pena y el miedo reinaban en su corazón y el ambiente. Conocería el pueblo Kru, a sus gobernantes; podría por primera vez en su vida correr libre por los prados, conversar con la gente sin hacer distinción de clases ni razas. Pensó, por sobre todo, que podría encontrarse

con Ianco, aquel apuesto mozo que había provocado en su corazón un rincón de remanso, una isla apacible de vida y sueños. Lo que no sospechaba la hermosa princesa era que aquel joven que por rescatarla del encierro había querido ser bufón, al enterarse de la erupción del volcán salió raudo con un grupo de quinientos hombres en rescate de

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los habitantes de Manmara. Sabía que

éstos se

encontrarían viajando con dirección a su pueblo e imaginó la catástrofe que se produciría si la multitud no alcanzaba a cruzar hacia el costado del reino Kru. Pero, más allá que cualquier otro pensamiento, su mente aferró la imagen de la adorable Aluani, la hija del rey, a quien recordaba cada una de las noches. Ella había sido la inspiración de todos los sueños, el sol de todos sus paisajes, el cosmos en el cual sus planetas y cometas habían orbitado esperanzados. Espada en mano encabezó el valiente contingente que salvaría de las manos furibundas y ardientes del volcán Kabur a los habitantes del reino de Manmara. Cuando llegó tras la montaña pudo observar con pavor como una multitud de campesinos flotaban en una gran ola de barro y lava ardiendo. Los gritos de auxilio conmovieron su corazón a tal punto de que el llanto espontáneo intentó asomar por los poros de su cuerpo, pero fueron detenidos por su férrea voluntad, pues, pensó, quienes iban a su cargo debían verlo fuerte, sangre fría corazón ardiente, para cumplir con éxito su cometido. Entonces alzó la voz que tendió a quebrársele en el acto:

179

-

¡Oh, aguerridos hombres kruelenses, alzad espada; esta vez no para matar ni imponer, sino para rescatar a la gente de este pueblo desconocido pero hermano! ¡Proceded, nobles y bravos compatriotas! Los varones esforzados corrieron a los rincones en

los cuales yacían aferrados a las rocas madres e hijos, en espera del auxilio. Los hombres del reino de Manmara, tratando de socorrer a los cortesanos y al rey, habían muerto, arrastrados por el alud. Ianco, internándose por los rincones no invadidos por la lava, sintiendo el calor del ambiente y las ásperas cenizas en su torso semidesnudo, contempló, de pronto, una carroza que poseía las características de ser carruaje real. Un estrépito inundó todos sus sentidos; ahí se encontraba su bella Aluani, la doncella más dulce y tierna que existía en su planeta. Olvidó el ardor del barro, los metros que le separaban de aquel móvil o las rocas que volaban cerca de su cabeza. Corrió al encuentro del carruaje internando sus pies en el pantano ardiente; su rostro se arrugó monstruosamente, el dolor era extremo; caminó con dificultad ayudándose con su espada que se sostenía en cada roca flotante que pasaba cerca de su cuerpo. Pronto se sostuvo en uno de los

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soportes que enyugaba a los corceles y trepando por éste entró dentro de la carroza. Sólo vio lava, barro, piedras y una delgada mano que apenas se movía entre semejante manto de furia volcánica. Ianco, sintiendo en su cuerpo el rigor del fuego, aferró la extremidad con sus dos

manos y lloró con la fuerza que había guardado de toda una vida. ¡Oh, bella Aluani, hija de los dioses, flor del paraíso eterno! ¡Cuánta belleza se ha concentrado en tu figura y cuanta bondad divina coronó tu existencia! ¡Fuiste el verso del cosmos en este rincón del planeta, el punto y aparte de la historia humana, así de importante y trascendental! ¡Oh, no soy digno siquiera de aferrar tus suaves dedos que daban vida a todo cuanto tocaban; ni siquiera soy digno de hablar con mis prosaicas palabras ante tus oídos habituados al concierto de la tierra en primavera! ¡Concédeme el honor, a mí, indigno, vil y perverso hombre, de dejar esta existencia aferrado a tu cuerpo y sentir al menos por pocos segundos la gloria de un paraíso terrenal! Y luego de pronunciar estas palabras, con las piernas cubiertas de llagas por el ardor de los elementos, se lanzó al mar de escombros para abrazar el cuerpo de

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la mujer que creía que era su amada, pero que en realidad era la madre de ésta que sucumbía en la misma tierra con la cual alguna vez los dioses la habían creado, al igual que a todos los habitantes de la sufrida tierra de Manmara. La muerte es el destino común de todos los seres humanos, no importando la nobleza de su sangre ni lo abultado de sus riquezas.

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XXIV

Te internaron en el Barros Luco esa mañana, temprano. Te encontraron en tu cuarto con los ojos blancos, tirada en el suelo, pálida y fría. La ambulancia tardó cuarenta minutos en llegar y tu madre lloraba desconsolada mientras los enfermeros te cargaban en camilla hacia el móvil. Tu padre estaba trabajando y tan pronto se enteró pidió permiso y arribó al hospital. Ahí los conocí de lejos. Te parecías a él en los ojos y en cierta curvatura de los pómulos; a ella en la sonrisa y en la piel. Tuve que tomar dos micros; una desde Maipú a Teatinos y otra que pasara por Gran avenida. El viaje se me hizo largo y triste, no sabía de qué pensamiento aferrarme. Habían sido tantos golpes en tan pocos días que lo único que quería era poder creer que todo se trataba de una un pesadilla poco más que pronto acabaría y

despertaría

esperanzado.

Mientras

contemplaba desde la micro las portadas de los

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periódicos en los cuales éramos noticia, recibí el llamado de don Anselmo, administrador del condominio. Minutos antes había atendido al recado de uno de los porteros. La policía de Investigaciones dejó una carta de citación a uno de los juzgados civiles. El sobre llevaba mi nombre. Me informó que éste quedaría en portería para que lo retirara tan pronto llegara a casa. Los detalles que se generaran a partir de los conflictos del colegio ya no me interesaban. Sentí que estaba solo frente al mundo y con el término del paro la injusticia volvía a gobernar en uno de los rincones del país. Pasó por mi mente la risa del director y su estúpida cara de triunfo. De un momento a otro me encontré desnudo, solitario, anacoreta, sin nadie a quien recurrir, con toda una sociedad dándome la espalda. Lo peor era pensar en que debatías entre la vida y la muerte, te balanceabas entre esas dos realidades, así como yo cuando caminaba por la berma y tú aplaudías mi vocación de equilibrista. No me avergonzaba llorar ante los pasajeros del bus que de cuando en cuando volteaban para observar mi pena vital clavada en el rostro como una careta, espejo del alma compungida. El sol me golpeaba con furia y deseé en el alma que el cielo se

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nublara, que el frío entumiera mis flojos músculos para sentir el cosquilleo de las veces en que venías y traías el invierno y todos sus ministros tras de ti. En qué lugar habías guardado tu sonrisa, pensaba. Y seguro que ya no ostentabas peircing en la piel sino largas mangueras que controlaban tu pulso y te procuraban el alimento. Seguro que estabas más pálida que nunca y tu inquietud usual y atávica había sido encarcelada encima de esa cama con correas y

cinturones que sujetaban tu ahora débil humanidad. Qué pasó por tu mente aquella noche triste en que supiste que el mundo se enteró de lo nuestro y tu madre fue cómplice de él a tus espaldas. Qué nuevas historias produjo tu imaginación sonámbula que te llevaron a abrir el frasco de pastillas que alguna vez llevaste al colegio y cuyo contenido regalabas a tus amigas para que se evadieran un poco de la tormentosa realidad que tenían que vivir diariamente. Quizás pensabas en mí, en ti, y en lo nuestro, aquello que por ventura estaba destinado al infortunio. Llegué al hospital y pregunté a una señora que atendía un carro de confites en qué sector del recinto se encontraba la UCI. Caminé sin observar a los auxiliares ni

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enfermeras y me interné por las escaleras hasta llegar a un tercer piso. No era día de visitas y unos tipos disfrazados de blanco comenzaron a seguirme gritando detrás de mí no sé que cosas. Escapé de ellos entrando al ascensor; seguro que alguien llamaba por

intercomunicador a algún guardia para que me tomara detenido por sobrepasar los límites. En el espejo del ascensor contemplé mi rostro demacrado; mis párpados estaban hinchados y mis labios partidos de tanto tragar lágrimas. Lloré de nuevo, pensando en que no te encontraría con vida, pues las paredes frías del hospital me persuadían con su matiz de muerte. Era posible que los esfuerzos por hacerte revivir hubiesen sido inútiles. Me imaginaba eso, pensaba que no te encontraría con vida y mi ser entero se estremecía ante lo implacable del designio. No podía creerte quieta, sin la sonrisa en los labios, sin ver tu pelo jugar ante el movimiento sutil de tu cuello, pero trataba de hacerme la idea pues la vida es fatal, casi siempre pasa lo que uno no quiere que ocurra, como si ésta se encargara expresamente de contrariarnos en todo, por el sólo hecho de hacernos la existencia más amarga.

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Al secar mis lágrimas con la manga de mi chaqueta y salir de dentro del ascensor, dos enfermeros me esperaban con rostros que denotaban enojo. ¿Qué hace usted aquí? ¿No sabe que no es horario ni día de visitas? – Me incriminó uno tratando de asirme del brazo para llevarme de vuelta por las escaleras. Sé que no es horario de visita, pero mi amiga está a punto de morir, déjeme verla, aunque sea una sola vez, por favor- Les supliqué y la voz se me quebró. Seguí llorando y los tipos sintieron algo de lástima. El más bajo tocó mi hombro diciendo palabras de consuelo en tanto me guiaba a un banco de espera que había en uno de los pasillos. No puede estar acá, señor, entiéndanos, el doctor está visitando a los pacientes, seguro que está controlando que los signos vitales de su amiga estén de modo normal. ¿Cuál es el nombre de ella? Pamela, ella se llama Pamela, tiene dieciséis años, ingresó por una sobredosis de fármacos. Pablo, es la niña que salió en el diario en la mañana – le dijo el enfermero canoso a su compañero- Oiga señor – me dijo mirando a los ojos con lástima – su amiga está muy mal, no es que quiera ser pesimista.

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Llegó casi sin signos vitales acá; estuvieron harto rato aplicándole electro shock y ahí recién como que atinó a despertar un poco. Está con respirador artificial ahora – prosiguió el otroNo paraba de vomitar. Parecía un animalito. Y es tan linda ella, tan jovencita, llena de vida. ¿Cree que pueda vivir? – les pregunté secándome la nariz con el dorso de la manoBueno, nunca hay que perder la fe en Dios, amigo. Me invitaron a quedarme allí, uno de ellos iría a buscar al médico, pensé. Pero minutos después el enfermero apareció con tu padre quien se acercó algo afectado y me extendió su mano en señal de saludo. Luego me preguntó quién era yo y, como verás, no pude mentirle, le dije que era Vicente, tu ex profesor. Entonces puso la cara roja de furia y me gritó no sé qué palabrotas. Con el susto, las lágrimas nublando mi mirada y la pena de por medio que azotaba mi ser como un huracán a un arbusto, no sentí nada más que el puño de él en mi rostro, luego que el mundo se me volvía una ruleta, ruidos, bulla, gritos, el palpitar en mi cabeza que ardía, el suelo helado y duro en mi espalda, el correr de dos enfermeras que decían “pero qué sucede aquí señor,

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cálmese, no se altere” y yo tratando de incorporarme pero en la imposibilidad de hacerlo entregarme a los brazos del dolor y llorar con gemidos de hombre que sufre. No sé si has visto llorar a un hombre alguna vez, pero te diré que es el espectáculo más amargo que puedes contemplar, más aún si sus murmullos no son tales sino gritos que brotan desde las entrañas de un alma indefensa. Así lloré por ti, por mí, por los dos, por el mundo que nunca logró entendernos y que hizo de nuestra unión un espectáculo morboso, una especie de circo romano, pero con dos seres que se amaban de veras.

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XXV

Y por eso estoy aquí en esta noche nublada, a tu lado, sintiendo en mi mano la tímida mano tuya que nunca pude acariciar por largo rato. Tuve que hacer lo imposible por contemplarte así como estás, con los ojos cerrados, el rostro pálido y los labios secos. Tengo los brazos llenos de rasguños de plantas y el pantalón con una rajadura pues sorteé la muralla que da a la calle lateral para pasar desapercibido por las casetas de vigilancia del hospital. La luz apenas ilumina cierto ángulo de tu cama; me imagino que la oscuridad de este cuarto es en algo parecida a la del sueño que te tiene enclaustrada durante estos tres días de coma. Si tengo que hacerte una descripción del paisaje que proyecta el ventanal, te diré que desde aquí el gran Santiago se ve iluminado y que en horas más, seguro, el cielo se pondrá a llover. Llegué hace cinco horas, cuando aún era atardecer y nadie me percibió, salvo un viejito que pasaba el trapero por el pasillo de enfrente. Pero le hice señas y al

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parecer comprendió mi urgencia por estar al lado tuyo que sonrió y se hizo el desentendido. Dos veces me he escondido bajo la cama pues han venido enfermeras a controlar que estés evolucionando favorablemente. Yo no sé que tan mal estás, pero trato de no pensar en ello. De algún modo siempre perdemos algo en la vida; estamos acostumbrados a despedirnos de alguien y ya no quiero alargar el momento del adiós, sino aprovechar intensamente los momentos que se viven en el presente. Afuera el mundo sigue igual; la próxima semana debo ir a los tribunales a declarar; te diré que no tuve dinero para contratar un abogado y el estado pondrá uno para que pueda defenderme. La herida del golpe que me dio tu padre ya cicatrizó un poco a punta de jugo de limón. Los diarios siguen hablando de nosotros y hasta un productor me ofreció dinero para que escribiera un guión que tratara de nuestro caso, seguro para venderle la producción a algún canal. También he recibido la visita de Karina y René que han estado preocupados de todo lo que me ha acontecido. Lo más probable es que no siga trabajando como profesor y tenga que enfrentar el año próximo bajo sombra. Ahí, lo más probable es que me

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dedique a escribir y dicte cursos de alfabetización a gente que se encuentre detenida, igual que yo. Pero no me interesa y me he entregado a los avatares del destino. No me arrepiento de haberte amado con la pasión y la entrega con que lo hice; es fácil amar cuando se tiene todo el mundo y las circunstancias a favor. Escogí el camino difícil y creo que aquello tiene más virtud que cualquier otro rumbo tomado. Deseo con toda mi alma que en un segundo de esta amarga noche puedas abrir los ojos, formar margaritas en tus mejillas y mover tu pelo dócil, regalándome tu dulzura tan bendita, aquella que me ofrendabas sin merecerlo en las tardes nubladas en que solías visitarme. Pero también sé que no es menos probable que continúes en esta larga siesta e incluso te pierdas para siempre en la infinita y oscura madrugada de la muerte. Entonces pienso y digo, ¿qué es la muerte? ¿Por qué nos otorgan la vida y nos la quitan cuando la empezamos a disfrutar, como cuando uno le muestra un caramelo a un niño y luego se lo niega? Quizás nunca pueda entender a ciencia cierta este misterio. Pero lo que sí entiendo es que te amo con todas las fuerzas de mi ser y nunca había amado a una mujer

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como te amo a ti. Con lágrimas en los ojos lo reconozco, quizás demasiado tarde, en el momento en que tú saludas cercanamente a la muerte y yo enfrento por ambos la venganza hostil de un mundo que no ha conocido el amor sino sólo destellos de luz en medio de una oscuridad tan profunda como la que logras observar en tu trance o tan amarga como la que yo observo en esta habitación fría, lúgubre y solitaria. Por eso, palota mía, te he narrado nuestra historia, para ver si en uno de esos episodios logras despertar, tan sólo un segundo, nada más que un segundo, que me permita decirte lo que te he dicho y que tú lo escuches con todos los sentidos despiertos. Sería mi último deseo antes de resignarme a vivir sin ti en este mundo, que es como aceptar la muerte en cuotas fijas y con intereses implacables. Te amo; perdóname por usar el mismo término que han usado los hombres en el transcurso de la historia. Tú mereces uno nuevo, escrito con la tinta de mi sangre y mis lágrimas más profundas.

Santiago de Chile, diciembre de 2004.

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