Nueve Sonatas Literarias

Historias homoeróticas inspiradas en la música

AuroraSeldonAya+NatsuAthaliaBryAizooCarolLeons FreyaKarsteinHendelie+NeithMerGonzálezSofíaOlguínNut

Los derechos de cada relato contenido en este recopilatorio están reservados a sus respectivos autores. Este recopilatorio puede distribuirse y compartirse de manera totalmente gratuita, pero si deseáis hacer algún uso de las historias contenidas en su interior en forma de obras derivadas, por favor, poneos en contacto con el autor respectivo.

Sonatas
1. Todo fin es un comienzo - Aurora Seldon 2. El destino de un Ihnea - Aya & Natsu Athalia 3. Cielo de invierno - Bry Aizoo 4. La última partitura - Carol Leons 5. Linus - Freya Karstein 6. Los condenados - Hendelie & Neith 7. Rara avis - Mer González 8. La rueda del tiempo - Sofía Olguín 9. Atrapados - Nut
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Sonata N º 1

Todo fin es un comienzo
Aurora Seldon

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Y sé que las estrellas también se acaban con muertes violentas y estallidos celestiales. Pero como todo es relativo en este Universo, todo fin es un comienzo y una supernova crea un púlsar.

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La Escuela Naval estaba muy tranquila ese lunes 16 de diciembre. El año lectivo se había
clausurado el viernes anterior y los pocos cadetes que quedaban ya se habían retirado a sus habitaciones después del toque de silencio a las diez de la noche. El Capitán de Corbeta Óscar Falcón sentía orgullo cada vez que entraba en sus modernas instalaciones, en el distrito de La Punta, uno de los lugares de Lima que más le gustaba por su cercanía al mar. Era un hombre solitario de costumbres fijas. Su rostro curtido por el sol era severo la mayoría de las veces. Sus ojos negros, siempre atentos, podían ser como una noche en calma o como una tormenta cuando estaba enfadado. Llevaba el cabello castaño muy corto, casi al rape, porque le era más cómodo. Pasaba mucho tiempo en actividades al aire libre y odiaba el trabajo de oficina. Los cadetes lo respetaban y le temían por partes iguales, ya que sus castigos eran rigurosos, aunque se le consideraba justo. Estacionó su vehículo y al bajarse la brisa le trajo el olor del océano que tanto amaba. Se sentía en paz, lejos del Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro, conocido como el VRAEM, en pleno corazón de la selva peruana y centro de operaciones del narcoterrorismo en el país. «Estuve en el infierno y volví», se dijo una vez más, aunque después de seis meses de tratamiento psiquiátrico y dos más de descanso, aún tenía pesadillas algunas veces y se levantaba buscando su armamento. Tomaba su estancia como instructor en la Escuela Naval como unas breves vacaciones del fuego cruzado en los ríos de la selva y procuraba aprovechar al máximo su tiempo junto al mar. Era el cuartel de invierno donde curaría sus heridas y lo estaba logrando con la disciplina férrea que se había autoimpuesto. Por eso vivía allí y sólo salía algunas noches para dormir en su departamento. Se encaminó al Edificio Aguirre, donde estaba su dormitorio, paseando con lentitud, como adueñándose del lugar con cada paso que daba. Saboreaba esos momentos de paz y silencio, cuando todo el mundo descansaba. El patio de maniobras, de casi dos mil metros, estaba desierto. Al fondo, la imponente estatua del Gran Almirante Miguel Grau Seminario custodiaba el lugar. Hizo un saludo marcial a la efigie bajo la cual estaba el mausoleo del héroe y notó una luz. Era algo inaudito. La tradición de la Escuela Naval señalaba que nadie podía atravesar el patio 5

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de maniobras, ni cortar camino por la losa de granito que llevaba al mausoleo y mucho menos entrar allí sin autorización. Y allí estaba esa impertinente luz que delataba a un infractor. Falcón se encaminó allí con paso rápido, concentrado en atrapar al cadete que seguramente habría osado profanar el sagrado lugar. Faltaban unos metros para llegar cuando la luz se apagó. Se detuvo, atento, esperando que el intruso saliera a hurtadillas, pero los minutos pasaban y nadie aparecía. Avanzó decidido, atravesando la explanada de mármol y bajó las escaleras que llevaban al mausoleo. Encendió la luz. No había nadie. —¿Quién está allí? —preguntó y sólo le respondió el silencio. No había modo de ocultarse en el mausoleo y estaba seguro de que nadie había salido o se habría topado con él en el camino. —¿Mi capitán? —El cadete de turno estaba de pie junto a la escalera, sin atreverse a avanzar más. Se llamaba Ricardo Trelles, uno de los pocos cadetes de tercer año que se había quedado en la escuela. Un muchacho alegre e ingenioso, aunque en ese momento tenía la cabeza gacha, como si quisiera ocultar su rostro. Falcón lo escrutó en silencio. Sus ojos estaban enrojecidos y seguía empeñado en mirar hacia abajo. El oficial apagó la luz y comenzó a subir las escaleras. —Vi una luz y vine a investigar. ¿Vio a alguien? —No, mi capitán. Sólo a usted. Nadie ha salido del edificio Grau. Falcón frunció el ceño. El edificio Grau era el enorme pabellón que albergaba al Batallón Angamos, formado por todos los cadetes. Su puerta principal siempre estaba custodiada por el cadete de turno. Las otras puertas estaban cerradas a esa hora de la noche. —Entonces debió irse hacia el gimnasio —observó con calma. Hicieron un rápido registro pero no hallaron nada. —¿Qué hacemos, mi capitán? —Revisemos las cintas de seguridad. Pero la cámara que apuntaba hacia el mausoleo no había registrado nada. La cinta estaba en blanco. —Quizá fue un fallo en las luces —apuntó Falcón—. Vuelva a su puesto, cadete. El muchacho obedeció. Su andar mostraba abatimiento y el oficial lo notó. Mientras iba al edificio Aguirre, se preguntó qué le habría pasado.

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a las once y comenzó a anotar en el cuaderno de ocurrencias el incidente con el capitán Falcón. ¿Quién podría haber entrado al mausoleo? No creía que fuera un cadete. La prohibición estaba demasiado arraigada en sus mentes y la amenaza de expulsión era latente. Corría el rumor de que en 2005 dos de ellos habían violado la norma y habían sido expulsados sin miramientos, por la puerta falsa y con una patada en las posaderas. Ningún cadete en su sano juicio invadiría el sagrado recinto. Pero, ¿un oficial? Quizá Falcón había inventado toda la historia de las luces para justificar su presencia allí. Era un hombre extraño, muy reservado. Casi nunca reía, aunque ese era el comportamiento habitual para alguien que hacía ocho meses había estado en la zona de emergencia combatiendo contra los terroristas. Revisó su anotación anterior al incidente. “Bajada de intensidad de luces”, había escrito cinco minutos antes de observar la pantalla y divisar a Falcón bajando la escalera del mausoleo. Quizá tenía razón y el fallo de las luces del Edificio Grau había provocado que se encendieran las del mausoleo. Dejaría una recomendación para que lo revisaran los de mantenimiento. Se frotó las sienes y se masajeó el cuello. Los recuerdos volvieron y con ellos la sensación de vacío y desesperanza. No quería volver a casa. No podría soportar la cena de Navidad con sus padres y el lugar vacío donde debía sentarse su hermana. Pero Rosa jamás volvería a compartir una cena navideña. No volvería a arrojarse a sus brazos y a ensuciarle el hombro del inmaculado uniforme con su lápiz de labios. Tampoco volvería a decirle lo orgullosa que estaba de él. Lo último que Rosa le había dicho había sido: “Perdóname, hermanito. Ya no puedo soportarlo”, en una misiva breve que encontraron junto a su cuerpo. Había tomado una sobredosis de somníferos porque un desgraciado la dejó embarazada y la abandonó y ella no tuvo la fuerza de salir adelante. Las lágrimas volvieron a inundar sus ojos y un sollozo se le escapó, que fue ahogado rápidamente. El cadete Lazo se acercaba a reemplazarlo en el puesto. Se limpió el rostro y respiró hondo para tranquilizarse y poder hacer el relevo. Esa noche tampoco podría dormir.

Ricardo volvió a la pequeña oficina en el primer piso del edificio Grau. Su turno finalizaba

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abatimiento durante los ejercicios de remo que solían entusiasmarlo. En su ensimismamiento, el muchacho cayó al agua dos veces y al finalizar se dirigió sin decir palabra a la escuela. Los otros cadetes se quedaron esperando instrucciones. —Hemos terminado. Pueden descansar —ordenó y los dejó en la playa. Con paso rápido alcanzó a Ricardo antes de que entrara en la escuela. —¡Cadete Trelles! —lo llamó. Él se giró. —Mi capitán. —Se detuvo en posición de firmes. —¿Se encuentra bien? —Sí, mi capitán —respondió con energía pero su semblante seguía estando apagado. —He notado su falta de concentración en los ejercicios. Voy a hacerle una papeleta para que vea al médico. —No hace falta, mi capitán. —Yo soy quien determina eso, cadete. Vaya a ducharse y pase por mi oficina. El muchacho saludó y se dirigió al edificio. Falcón estuvo mirando su figura atlética conforme se alejaba. Era alto y bien parecido. Su rostro delgado solía estar muy atento a sus explicaciones y su risa era frecuente. No era el alumno más destacado, pero ponía empeño y tenía una actitud bastante proactiva que le facilitaría el camino en la marina. Seguramente llegaría a almirante. Horas más tarde, cuando estaba a solas en su oficina, volvió a pensar en él evocando su espigado cuerpo en ropa de baño cuando hacía prácticas de natación. Apartó el pensamiento con una leve irritación. No pensaría en ello. Tampoco pensaría en el dolor que le había causado la ruptura con la única persona que creía que lo comprendía. La decepción todavía era amarga, pero el tiempo se estaba encargando de hacerla más llevadera.

Al día siguiente, Falcón comprendió que algo serio pasaba con el cadete Trelles. Notó su

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de que su cuerpo necesitaba descansar. Además, Falcón lo había exonerado de la guardia y de los ejercicios matutinos para que pudiera dormir un poco más. Estaba solo en el dormitorio. Sus otros tres compañeros habían vuelto a sus hogares y no regresarían hasta después de Año Nuevo. Eso era bueno porque no tendría que darles explicaciones, sin embargo hacía que se sintiera muy solo. 8

El médico le había recetado un sedante y aunque no quería tomarlo, Ricardo era consciente

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El espacioso dormitorio con sus cuatro literas, sus cuatro mesas de trabajo con sus sillas y sus cuatro casilleros por todo mobiliario, se veía vacío e impersonal. El baño donde estaban las duchas y los lavabos estaba inmaculado y nadie tenía que recoger las cosas que Gerardo dejaba siempre regadas por todos lados. Se comenzó a cepillar los dientes frente al espejo. Se enjuagó la boca y cuando alzó la mirada las luces parpadearon. “Aquí vamos de nuevo”. Un cadete lo miraba desde el espejo y lo hizo pegar un respingo. —Eh… Cuando volteó notó que no había nadie. —Pero qué… Salió al pasillo pero estaba desierto. La luz de los retretes siempre estaba encendida y entró a investigar. Tampoco había nadie. Con toda la calma que pudo reunir volvió sobre sus pasos. Le había dado frío y se vistió, para bajar luego por la Escalera N° 4 en dirección al cuarto de guardia. El cadete Lazo salió a su encuentro. —¿Qué pasa? Parece que hubieras visto a un fantasma. Ricardo rió sin ganas y pidió ver las cintas de seguridad de su piso, alegando haber sido víctima de una broma. —Ahí lo tienes, tío. Nadie ha entrado a tu cuarto. Ahora, ¿vas a explicarme qué te pasó? —Creí ver a alguien. Debió ser una sombra en el patio. Me voy a dormir. Recostado en su cama, mientras el somnífero se apoderaba de su mente, pensó en el cadete que había visto. Tenía el uniforme de gala de la marina, pero no llevaba kepí. Era un poco más alto que él con un rostro cuadrado en el que lo primero que llamaba la atención eran sus ojos grandes y sus pestañas espesas. Su expresión atormentada le recordaba su propio dolor. ¿Quién sería? Era muy extraño, porque estaba seguro de que no había visto a ese cadete en la escuela.

de la mañana y el sol se alzaba en todo su esplendor, haciendo su trote más vigoroso. A su derecha estaba el mar con su orilla pedregosa y casi desierta a esa hora; y a su izquierda, las hermosas casonas de la zona, muchas de las cuales conservaban su arquitectura de principios de la república.

Falcón estaba de regreso de su carrera matutina por el Malecón Figueredo. Eran las seis

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El trote era parte de la disciplina que se había autoimpuesto y que lo ayudaba a superar el estrés post traumático de su experiencia en el VRAEM. Cada paso lo llenaba de la energía necesaria para afrontar el día y era una victoria más en su afán de combatirlo sin necesidad de medicamentos. Los había tomado durante seis meses y cuando notó que le estaban causando una ligera dependencia, los dejó. “Todo está en la mente”, se dijo. “Todo fin es un comienzo y una oportunidad”. Esas frases lo habían acompañado en los momentos más difíciles, al igual que su iPhone, donde escuchaba Coldplay. La agradable cadencia de la voz de Chris Martin mientras cantaba Lost!, le hizo recordar al cadete Trelles y su extraña actitud. “A ese chico le pasa algo”, se dijo una y otra vez. Trelles estaba totalmente ensimismado, decaído. Triste. Sí, la palabra era “triste”. Sintió lástima por él. Era como una estrella apagándose y quería que su brillo se volviera a encender. “Como un púlsar”. Sonrió con la comparación. Muchas veces él mismo se había comparado con una estrella decadente que muere con una gran explosión para dejar en su lugar una nebulosa brillante y en su centro una diminuta estrella de neutrones: un poderoso remanente estelar que concentra en su masa todo el planeta Tierra. La prueba de que todo fin es un comienzo. Pero desde luego, no podía decirle eso a Trelles. Era mejor que el propio muchacho resolviera sus problemas. Detuvo su trote al divisar a un cadete uniformado en una de las glorietas de madera que había frente al mar. Murmuró una maldición y se dirigió allí, dispuesto a echarle una buena bronca si descubría que había bebido. Estaba tan atento al cadete que tropezó con una joven que trotaba en dirección opuesta. —Disculpe —dijo haciéndose a un lado. Ella le sonrió y se alejó sin interrumpir su trote. Falcón miró hacia la glorieta, pero el cadete ya no estaba. Miró en todas direcciones, mas no había nadie. Después de dar dos vueltas por los alrededores, volvió a la escuela con una sensación de inquietud que no había tenido en meses.

seguían viendo el fútbol. No conseguía concentrarse. Cuando pensaba en Rosa las lágrimas afloraban a sus ojos y no quería llorar en público. Tampoco quería ir a su cuarto. Le intrigaba el misterioso cadete que había visto en el espejo y no necesitaba una nueva experiencia de algo que no entendía. 10

El miércoles por la tarde, Ricardo abandonó la sala de televisión donde otros dos cadetes

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A las cinco salió del edificio Grau rumbo a la biblioteca y se encontró con Falcón. —Mi capitán —saludó poniéndose en posición de firmes. —¿Cómo está, cadete? ¿Ya se siente mejor? —Sí, mi capitán. Me dieron pastillas para dormir. Falcón frunció el ceño a la primera mención de pastillas. Había tomado tantas que experimentaba un rechazo instintivo hacia ellas. —¿Su problema es el insomnio? —No, mi capitán. Pero no descansaba lo suficiente y me las recetaron. Falcón lo evaluó unos momentos. Se veía más descansado, sin embargo la pena asomaba en sus ojos, amenazando con desbordarse a la primera oportunidad. —Le daré un consejo gratuito: No tome pastillas. Todo está aquí —apuntó a su sien—. Usted puede controlarlo con su mente, así no las necesitará y se sentirá mejor. El semblante de Ricardo se endureció. —Con el respeto debido, mi capitán, usted no puede saber cómo me siento. Falcón se puso serio también. No debía haberse involucrado. Él estaba allí como instructor, no como psicólogo de cadetes. —Tiene usted razón. No debí entrometerme. Usted es el único que puede resolver sus problemas. El labio de Ricardo tembló y apartó la mirada. —Disculpe... No pretendía ser descortés. Todo esto es tan difícil... Perder a alguien... — murmuró con voz ahogada. Falcón debió irse en ese momento. En esos casos lo correcto era mantener su distancia. Pero había algo en la voz de Ricardo que no le permitía dejarlo allí sin más. Se sorprendió diciendo: —Lo sé. Sé lo que se siente cuando se pierde a alguien. Pero le diré una cosa: el dolor pasa. Sólo tiene que darle tiempo. Ricardo le devolvió una esperanzada mirada. Sus ojos estaban húmedos. Falcón se dio cuenta de que si lo presionaba más, se desmoronaría. Optó por darle tiempo para recuperarse. —Venga, cadete. Caminemos hacia la enfermería. Avanzaron en silencio y cuando llegaron a la enfermería pasaron de largo, para dirigirse al pequeño embarcadero detrás de la escuela. El aire era tonificante y fresco. Ricardo se relajó lejos de miradas indiscretas, pero seguía sintiendo un dolor casi físico, como si una losa le comprimiera el pecho. Respiró hondo. —Perdí a mi hermana hace una semana. Por eso volví... No soportaba estar en casa. Falcón se conmovió ante esa sencilla confesión. Recordó todo lo que había perdido en los últimos meses y tuvo que parpadear rápidamente para apartar los recuerdos. 11

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—Lo lamento. Pero no debe encerrarse en su dolor... —¿Y qué hago cuando cierro los ojos y los recuerdos me asaltan? —interrumpió Ricardo y las lágrimas bajaron ardientes por sus mejillas antes de que pudiera limpiarlas con su pañuelo. —Disciplina —dijo Falcón—. Ejercicio. Hasta que el cansancio sea tal que se quede dormido apenas su cabeza toque la almohada.

—¡ os más! —ordenó Falcón y Ricardo alzó las pesas con renovada energía. Estaba tendido en una banca de gimnasia, cubierto de sudor. A su lado, en otra banca similar, estaba el capitán. Habían comenzado a ejercitarse desde el miércoles por la noche. Ya era viernes y aunque la pena seguía allí, Ricardo había comprobado que la idea de Falcón no había sido tan descabellada como parecía. No necesitaba más pastillas para dormir. El capitán había sido muy amable al proponerle ese programa de ejercicios. En la escuela lo conocían por sus arraigados hábitos saludables, como trotar por las mañanas y no beber alcohol ni café. “Disciplina”, decía siempre y Ricardo comenzó a comprender todo lo que encerraba esa palabra para el oficial. Pero no todo era ejercicio. Después de hacer pesas durante 45 minutos en el gimnasio de los cadetes, se duchaban e iban al embarcadero a las diez en punto. Falcón solicitaba una lancha e iban a patrullar la costa. No sabía cómo se las había arreglado el capitán para que le permitieran utilizar la embarcación, ni había preguntado. Sabía que lo habían condecorado por acción distinguida y que estaba destacado a la Escuela Naval por estrés post traumático y creía que por eso se le permitía ese paseo diario. Tampoco le importaba. Se limitaba a disfrutar del aire tonificante del mar y de ayudar en lo que pudiera. Falcón hablaba poco. A veces se quedaba inmóvil mirando las estrellas como si quisiera volar hacia ellas y quedarse allí. Ricardo lo miraba. La silueta de Falcón, de pie en el puente de mando, manejando el timón con la precisión de quien lo ha hecho miles de veces, parecía una estatua majestuosa, cincelada con tenacidad y firmeza. A menudo pensaba en todo lo que habría vivido Falcón en la zona de emergencia, que él conocía sólo por los vídeos de entrenamiento y por los relatos de los combatientes. Se decía que Falcón se veía bastante entero considerando que había escapado por los pelos de un atentado en el que falleció casi toda su compañía Lo admiraba por haber salido adelante después de estar “en el infierno”, como solía decir. Aunque muchas veces también lo odiaba cuando se mostraba inflexible con las rutinas de ejercicios, como esa noche. —Descanso de cinco minutos —anunció Falcón. 12

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Ricardo dejó las pesas y se secó el sudor con una toalla pequeña. Era 20 de diciembre y había tomado una decisión que quería comunicarle al oficial. —Mi capitán, iré a pasar la Navidad en casa. —Hace bien, cadete. Estoy seguro de que sus padres se alegrarán. —Eso creo. ¿Y usted irá a ver a su familia? El silencio le indicó que había sido una pregunta impertinente y estaba a punto de disculparse cuando Falcón habló: —No tengo familia. Estoy divorciado y no tengo hijos. Mis padres murieron y mi hermana vive en Boston. Me quedaré aquí. —Entonces lo llamaré para saludarlo —ofreció Ricardo. Falcón no dijo nada. Lo que había comenzado con una genuina preocupación por la salud del cadete se estaba convirtiendo en una familiaridad peligrosa. La última vez que se había dejado llevar por sus sentimientos había salido malparado y no quería repetir la experiencia. Se dijo que se contentaría con los paseos en lancha bajo las estrellas. Esos paseos eran parte de su terapia personal y lo llevaban a un viaje imaginario a una galaxia lejana donde la muerte de una estrella había generado un púlsar. Él manejaba la lancha pero su mente estaba en esa estrella remota en la que querría fundirse y perdurar para siempre. Quizá había hecho mal en llevar a Ricardo en la lancha, a pesar de que nunca le había contado una fantasía tan íntima que no la había compartido con nadie. Ricardo lo miró. Estaban sentados en una banca y el silencio se prolongaba. Buscó su botella de agua para tener las manos ocupadas y cuando alzó la vista se quedó paralizado. Frente al espejo había un cadete. Era el mismo que había visto en su dormitorio. Los ojos tristes lo miraban en silencio. La boca se le secó y no pudo articular palabra. Miró a Falcón, que tenía la misma expresión asombrada. —¿Lo ve? —susurró. —Lo veo. El cadete no se movió. Solamente se quedó allí, frente a ellos, durante varios minutos. Pasado el asombro inicial, Falcón logró preguntar: —¿Quién es usted? El cadete no respondió. Avanzó hacia la puerta sin que sus pies hicieran ruido y la atravesó. El silencio sepulcral que siguió fue roto por la voz de Ricardo: —Mi capitán, ¿cree en los fantasmas? —Desde ahora sí, cadete.

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de su experiencia sobrenatural, había logrado dormir mucho mejor que los otros días. Quizá era a causa del ejercicio o por el hecho de tener algo nuevo en qué pensar. Había acordado con el capitán Falcón que investigaría la identidad del cadete y como el sábado tenía la tarde libre, se había dirigido a la desierta biblioteca, donde un soñoliento bibliotecario le alcanzó varios anuarios. Había comenzado por 2009, que era el año anterior a su ingreso a la escuela, y siguió con los años precedentes, aunque después de media hora estaba mareado con tantos rostros. ¿Y si el fantasma era mucho más antiguo? ¿Hasta que año debería revisar? No quería desanimarse, así que desterró esa idea y comenzó a revisar el anuario de 2003 armándose de paciencia y luego tomó el de 2002. Los rostros de los cadetes danzaban ante sus cansados ojos: cabellos rubios y morenos, caras angulosos y redondas, ojos marrones, azules, verdes... La mayoría de ellos se habían convertido en oficiales de la Marina de Guerra del Perú. Algunos habían muerto en el VRAEM. Muertes prematuras e injustas en una guerra que no tenía visos de terminar. Quizá lo enviaran allí. Quizá con el tiempo se volvería como Falcón. Sintió un ligero cosquilleo en el estómago. Era una posibilidad remota pero latente. Y pensó que tal vez necesitara esa experiencia extrema para poder entender al capitán. “Nadie necesita ir al infierno, cadete”, había dicho Falcón cuando se lo planteó días atrás. “Lo hacemos porque es nuestro deber y porque nos sentimos preparados para eso. Pero la verdad es que nadie lo está”. Con un suspiro pasó la página y comenzó a mirar los rostros. Entonces, en la segunda fila, por fin lo vio: Lizardo José Zurita Valdez. Era él, aunque en la fotografía su rostro se veía sereno y sus ojos no estaban tristes. Junto a su nombre había una pequeña cruz que le confirmó que estaba muerto. Cerró el anuario tan fuerte que el bibliotecario le lanzó una mirada desaprobadora. —¿Encontró lo que buscaba, cadete? —¡Sí! —Le tendió el anuario—. Gracias, es justo lo que buscaba. Y sin más, salió en busca de Falcón.

Ricardo terminó de revisar el anuario de 2004 y se masajeó el cuello. Esa noche, a pesar

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— abemos su nombre y sabemos que murió después de graduarse —dijo Falcón—. Es algo. Pero tenemos que saber qué le pasó y por qué merodea por la escuela. —Habrá que preguntar. Seguramente alguien lo sabrá. Falcón pensó en algunos oficiales que podrían haber estado en la escuela en 2002 pero antes de que verbalizara los nombres, Ricardo se adelantó. —Puedo preguntar al técnico de enfermería Arce. Está en la escuela desde hace mil años y siempre cuenta anécdotas. Además, me tiene aprecio. Era una buena idea que libraba a Falcón de hacer preguntas incómodas. —Hágalo. Ricardo salió de la austera oficina de Falcón en el edificio Ferré y se dirigió a la enfermería. El técnico Arce estaba leyendo una revista. Le contó que estaba durmiendo mucho mejor pero que tenía problemas para levantarse temprano y quería saber si había algún energizante natural que lo ayudara porque estaba llegando tarde a las prácticas. Arce carraspeó y le dio varios consejos que Ricardo escuchó con paciencia. Luego comenzó a relatarle la historia de un cadete que siempre era el primero en formar por las mañanas, hasta que sus compañeros descubrieron que dormía vestido y lo ataron al catre. Cuando quiso levantarse y no pudo, se armó un escándalo de mil demonios y como nadie se confesó autor de la travesura, todos los ocupantes de ese dormitorio tuvieron que hacer mil sentadillas con excepción del dormilón, que hizo mil quinientas. —No se preocupe, mi técnico —comentó Ricardo—. Haré lo que me ha dicho y no dormiré vestido. Me han dicho que había un cadete que hablaba dormido y no dejaba descansar a nadie, hasta que sus compañeros lo amordazaron con cinta. Se llamaba Lizardo Zurita. ¿Lo conoce? El técnico se persignó. —Lo conocí. —¿Qué le pasó? —preguntó Ricardo tratando de no parecer demasiado ansioso. Pero no era necesario. Arce no lo miraba. Parecía sumido en sus recuerdos y le contó la triste historia. —Era un muchacho brillante. Fue Cadete Capitán de Fragata y habría sido un excelente oficial. El día de la graduación, cuando todos estaban en la ceremonia, volvió a su dormitorio y se ahorcó. Una desgracia terrible. ¡Un suicida! El dolor volvió a oprimirle el pecho. ¿Por eso lo veía? ¿Porque, a causa de su hermana, había estado pensando en el suicidio hasta el punto de obsesionarse?

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—Cadete, ¿se siente bien? —Sí, mi técnico. La noticia me sorprendió. Nunca pensé que un cadete pudiera suicidarse. ¿Por qué lo hizo? —Jamás lo supimos. No dejó ninguna nota. Pensamos que podía ser una decepción amorosa pero luego se supo que no tenía novia. Quizá no se sentía preparado para ser oficial y se desmoronó. Ese año la graduación estuvo teñida de luto. —Me lo imagino. ¿Quién lo encontró? —¿Por qué lo pregunta, cadete? Ricardo supo que estaba pasando ciertos límites. El técnico, normalmente tan dispuesto a contar anécdotas, se había puesto muy serio. —Curiosidad. Es difícil imaginar lo que se siente al encontrar a alguien a quien conoces, muerto y además ahorcado. El hombre frunció el ceño, dudoso y preguntó a quemarropa: —¿No habrá visto algo extraño? —¿Cómo qué? —replicó Ricardo con un nudo en el estómago. El técnico se sacó los lentes y comenzó a limpiarlos un rato que a Ricardo se le antojó interminable. Parecía estar analizando qué decir y qué no. Entonces comenzó a hablar. —Verá, no es por asustarlo, pero todo ocurrió en la habitación que ocupa usted ahora. Él dormía en la cama 1. Algunos cadetes han tenido pesadillas y el Capitán de Navío Suárez hizo bendecir el lugar hace un par de años. Es nuestra leyenda urbana, ¿sabe? —Es algo muy triste como para hablar de ello a la ligera —repuso Ricardo. —No lo hago —replicó Arce y se volvió a santiguar—. Pobre muchacho, yo le tenía mucho aprecio. Y respecto a su pregunta, lo encontró el cadete Alfonso Rojas. Era su mejor amigo y el golpe le afectó mucho. Estuvo en el VRAEM recientemente y creo que ahora está destacado en la Base Naval. Ricardo hizo algunas preguntas más y se despidió. Mientras iba en busca de Falcón, no podía dejar de pensar en los ojos tristes de ese pobre chico y en la decisión que lo había impulsado a quitarse la vida.

— lfonso Rojas —murmuró Falcón minutos después, evocando el rostro que le había quitado el sueño durante varios meses en el VRAEM—. Qué coincidencia. —¿Lo conoce? —Estuvimos en el infierno. Nos evacuaron juntos. Ahora está en la Base Naval, en comunicaciones. Era muy bueno en eso... 16

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—Entonces usted puede preguntarle… La mirada de Falcón se endureció y clavó los ojos en Ricardo. —¿Preguntarle qué, cadete? —Pues lo que pasó con Zurita. —Puedo, pero no sé con qué objeto —refutó, sabiendo que estaba siendo odioso. La mención de Alfonso le había hecho recordar el dolor y humillación que le había causado la ruptura de la incomprensible relación que mantuvieron en el VRAEM. Se hizo un tenso silencio que duró breves segundos. —¿No tiene curiosidad? —preguntó Ricardo—. ¿No quiere saber qué le pasó al pobre chico para llevarlo al suicidio el mismo día de su graduación? Debe haber sufrido mucho, desesperado y sin nadie en quién confiar. Debe haberse sentido tan solo que… —La voz se le quebró—. Lo siento. Falcón frunció el ceño. —Esto va para usted más allá de Lizardo Zurita —dijo en tono neutro. Ricardo estuvo a punto de contarle lo de Rosa pero se contuvo. Todavía no se sentía preparado para hablar de eso con Falcón y menos cuando le mostraba una actitud hostil. —Murió en mi cuarto y ahora se me aparece —replicó—. Lo que no sé es por qué se le aparece a usted, mi capitán.

Se habían conocido en el VRAEM y al inicio sintió admiración por él debido a su serenidad. Aunque después de un tiempo notó que lo que le había parecido entereza y templanza no eran otra cosa que incapacidad para tomar decisiones. El ídolo del que creía haber aprendido a tomar las cosas con calma, demostró ser manipulable y débil y el pedestal en el que lo había puesto comenzó a derretirse. Había conservado el cariño hacia la persona, no hacia el oficial, en su afán de mantener a flote la relación. Pero se dio cuenta muy tarde de que no podía desdoblar a Alfonso fingiendo que el amante y el oficial eran distintas personas. Al final, ese cariño también se destruyó. No se habían visto en meses y no sabía si podría afrontarlo. En el fondo, era consciente de que, si quería culminar con su improvisada investigación, tendría que hablar con él u olvidar todo el asunto. Lo único que hacía era retrasar el momento. El domingo 22 a primera hora, Ricardo se fue a su casa a pasar la Navidad y cumplió con llamarlo el 24 a medianoche.

Falcón estuvo cavilando todo el fin de semana sobre la conveniencia de llamar a Alfonso.

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—Oh capitán, mi capitán —dijo parafraseando la frase que Robin Williams hizo célebre en la película “La sociedad de los poetas muertos”. —Muy gracioso, cadete. —Lo siento, mi capitán. No quería decir el clásico “Feliz Navidad” y tampoco quise parecer irrespetuoso. Lo dije porque lo admiro mucho. El enojo de Falcón se aplacó y esbozó una sonrisa. —¿Cómo lo lleva en casa? —Mejor. Estamos tristes, pero al menos estamos juntos. La breve charla lo había reconfortado y pasó el resto de la velada leyendo mientras todos celebraban la Navidad. El 25 sólo el personal de turno estaba en la escuela y el ambiente, normalmente lleno de actividad, se le tornó deprimente. Había llamado a su exesposa pensando visitarla para no pasar lo que quedaba de la Navidad en solitario, pero por el tono de voz con que ella recibió su saludo, era evidente que su llamada no era oportuna. De modo que decidió no postergar más su charla con Alfonso, sacó su auto y se encaminó a San Borja, donde vivía. Mientras conducía, evocó las pocas veces que, aprovechando sus días de franco, había dormido con Alfonso en un hotel de Huancayo. Tenía pesadillas pero, ¿no era eso normal en alguien que venía de la zona de emergencia? Él mismo las había tenido durante meses. Sólo que en las pesadillas, Alfonso pedía perdón. Nunca le había tocado el tema cuando estaban despiertos. Cada combatiente del VRAEM vivía su infierno personal y tenían un voto tácito de respetarlo. Ahora se preguntaba si, en el caso de Alfonso, eso tendría que ver con la muerte de Lizardo Zurita. Llegó al edificio y llamó al intercomunicador. No había avisado de su llegada, pero estaba seguro de encontrarlo. Una voz infantil le respondió y lo hizo sentir un poco culpable. Había pensado que Alfonso seguiría separado de su familia, al igual que él, pero por lo visto no era así. Se identificó y una voz femenina pidió al niño avisar a papá. Ella le abrió la puerta del edificio. En el ascensor comenzó a arrepentirse de su decisión, aunque era tarde para eso. Cuando se detuvo, salió a un pasillo enmoquetado. El departamento de Alfonso tenía una llamativa corona navideña en la puerta. Era extraño: Alfonso siempre decía que odiaba la Navidad. —Alea jacta est —murmuró mientras llamaba a la puerta. El propio Alfonso le abrió.

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—¿Qué haces aquí? —preguntó con acritud. En eso no había cambiado: seguía siendo serio cuando se encontraban en público, para que nadie sospechara lo que pasaba entre ellos. Sólo que ya no pasaba nada. —Eh…, tranquilo —replicó Falcón—. No vine a causarte problemas. —La escena de su ruptura volvió a su mente con toda su crudeza: una pelea donde lo acusó de cobarde por querer volver con su familia y no elegirlo a él—. Sólo quiero preguntarte algo que no tiene nada que ver con lo que pasó en el VRAEM. —De acuerdo. Pasa. Se hizo a un lado y Falcón entró, palmeándole ligeramente el hombro. —Por cierto, feliz Navidad. El departamento estaba decorado con motivos navideños en alegres tonos donde abundaban el rojo y el verde. En una esquina del salón había un árbol de Navidad lleno de diminutos ángeles plateados y al lado, un Nacimiento. El suelo estaba lleno de juguetes, y Falcón tuvo que sortear un tren y sus vagones, para poder sentarse en un sillón con cojines rojos. Alfonso se sentó frente a él, apartando un reno de peluche. Una guapa mujer con un niño en brazos se acercó para saludarlo y ofrecerles bebidas. —Mi esposa Carla y mi hijo Adrián —dijo Alfonso. Falcón la saludó con un beso en la mejilla. Siguieron felicitaciones navideñas y la mujer desapareció volviendo poco después con una coca cola para Alfonso y un vaso con agua para Falcón. El televisor de plasma estaba encendido y Adrián se sentó en el suelo para mirar la película del Grinch y no les volvió a prestar atención. Falcón se volvió hacia Alfonso, que lo seguía mirando con hostilidad, reprochándole haber interrumpido su remanso de paz familiar. —Seré breve —dijo—. Estoy destacado a la Escuela Naval y oí una historia respecto a un cadete que se suicidó el día de su graduación: Lizardo Zurita. Sé que tú lo encontraste y quisiera que me contaras lo que pasó. Alfonso palideció intensamente y lanzó una mirada nerviosa hacia el pasillo por donde había desaparecido su esposa. —¿Por qué? —cuestionó con aspereza. —Porque tengo un cadete muy angustiado, con insomnio y pesadillas, que afirma haberlo visto. Alfonso rió pero su risa no fue convincente. —¿Crees en los fantasmas? ¿Tú? —Desde luego que no. Pero pienso que si le ofrezco una explicación razonable se calmará y olvidará el asunto. 19

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Su respuesta le pareció creíble incluso a él. De hecho, era lo que habría pensado si él mismo no hubiera visto a Lizardo en el gimnasio. Alfonso parecía impaciente por deshacerse de él, y como el único modo de hacerlo era contándole la historia, Falcón se acomodó en el sillón y se dispuso a escuchar. Al cabo de un rato, Alfonso comenzó a hablar: —Era un amigo muy cercano, pero no tengo idea de qué le pasó. Estaba un poco decaído, pero no le dimos importancia. Todos teníamos emociones encontradas por esos días: Acabar la escuela, separarnos, una vida nueva… No sé qué pasó por su cabeza. De pronto se ausentó de la ceremonia y me pareció extraño así que, como no volvía, fui a nuestro cuarto y allí estaba… Se había colgado de la lámpara del techo con una cuerda, subiéndose a la litera superior y saltando desde allí. Su cuerpo todavía se balanceaba cuando lo encontré. La pena se le notaba en la voz y no lo había mirado una sola vez. Hablo en voz baja, ligeramente inclinado hacia Falcón, sin quitar la vista del pasillo. —Lo siento. Debió ser terrible. —Lo fue. Aún lo veo en mis pesadillas. Grité para llamar al cadete de guardia y traté de bajarlo, pero no pude. Entonces llegó con otras personas… No recuerdo muy bien quiénes eran… Lo pusieron en su cama y lo cubrieron con una sábana. Me quedé con él hasta que se lo llevaron. No fui a la ceremonia, no podía estar allí. —¿No había nota de suicidio? —No. Nadie encontró nada. Sé que sus padres pusieron una demanda pero no prosperó — Alfonso estaba recobrando su aplomo—. Y ahora que ya tienes lo que viniste a buscar, ¿quieres dejarme pasar la Navidad con mi familia? Falcón no discutió. Simplemente se puso de pie y le hizo un saludo militar. —Despídeme de tu esposa.

deportivas. Había estado entrenando en solitario hasta que le avisaron que lo buscaba la madre del cadete Trelles. Un escalofrío le recorrió la columna, pensando que podía pasarle algo a Ricardo. La mujer se parecía mucho a él, rondaba los cuarenta y tenía los mismos ojos almendrados. Vestía con sencillez y buen gusto, aunque su atuendo era negro. Apenas lo vio, lo saludó con una deslumbrante sonrisa. —¿Capitán Falcón? —A su servicio, señora Trelles. 20

El 26 por la tarde, Falcón volvía del edificio Pardón, donde se realizaban las prácticas

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Se estrecharon las manos. Él la invitó a sentarse en la sala de espera de oficiales. —Quiero agradecerle lo que ha hecho por Ricardo, capitán. Un inesperado rubor tiñó sus mejillas. Nunca habría pensado que el muchacho hablaría de él con sus padres. —Er… Sólo hice lo que debía, señora. —Seguramente, pero de todos modos quiero agradecérselo. Nuestra familia sufrió un durísimo golpe con el suicidio de mi hija menor y Ricardo fue el más afectado. Se ha estado culpando y ni siquiera quería venir a casa en Navidad. Ahora lo noto más tranquilo y me habla mucho de usted. El rubor se acentuó y Falcón quiso salir de allí y que la tierra se tragara a la madre de Ricardo. Se forzó a tranquilizarse. La mujer había dicho algo que explicaba muchas cosas. —¿Su hija se suicidó? ¿Cuándo ocurrió? —Hace dos semanas. ¿No se lo dijo Ricardo? —Me dijo que había perdido a alguien y que por eso estaba tan abstraído. Pero no me dio detalles. —Estaba embarazada —replicó ella con tristeza—. Nos dejó una nota explicando sus motivos y estamos tratando de vivir con eso. Me preocupaba Ricardo, pero gracias a usted lo noto más tranquilo. Es usted un ejemplo para él. —Se puso de pie—. Debo irme. Se despidieron y cuando ella se fue, Falcón se quedó pensando. Podía entender que Lizardo Zurita se le apareciera a Ricardo. Había vivido en la misma habitación y dormido en la misma cama. Además, los conectaba un suicidio. Pero la pregunta que Ricardo le había hecho seguía sin respuesta. “¿Por qué a mí?” ¿Sería a causa de Alfonso? Tenía la sensación de que su colega no había sido del todo sincero, pero también podían ser impresiones suyas. Era lógico que se sintiera incómodo con la visita intempestiva de su ex en la intimidad de su hogar.

trabajo asignado, se cambió y se fue al gimnasio. Poco después se encontró con Falcón, que iba a navegar. —Mi capitán —saludó. —Buenas tardes, cadete. ¿Se encuentra mejor? —Sí, mi capitán. 21

La tarde del 27 de diciembre, Ricardo volvió a la escuela. Como era viernes y no tenía

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—Entonces venga conmigo a la Base Naval. Quiero ver cómo avanzan las reparaciones de mi corbeta. Ricardo lo siguió sin atreverse a preguntar más hasta que se encontraron en el mar, lejos de oídos indiscretos. —Mi capitán, ¿averiguó algo? La voz de Falcón se elevó sobre el ruido del motor. —Hablé con el teniente Rojas. Me contó que Zurita era su mejor amigo y la impresión que se llevó al descubrir el cadáver. Dijo que le sorprendió como a todos, porque Zurita deseaba con toda el alma servir al país. Quizá por eso se ha quedado en la escuela... Temo que no averiguaremos más. Ricardo consideró esas palabras por un momento. No hacer nada equivalía a rendirse y no quería hacerlo. No había podido ayudar a su hermana, pero el espíritu de ese cadete no descansaba en paz. Se acercó a Falcón. —Quizá algo lo ata aquí. Tenemos que encontrar su tumba y quemar sus restos. Falcón lo miró estupefacto. —¿De dónde ha sacado esa idea, cadete? Ricardo se ruborizó. —Supernatural. —Las cejas de Falcón se alzaron más—. Los Winchester... ¿Sam y Dean? Es una serie... —¿Quiere que profanemos una tumba porque lo vio en la televisión? —No es del todo ficción y hace un recuento de varios mitos populares —se defendió Ricardo—. Tiene cierta base, porque estuve investigando. Además, no puede negar que vimos un fantasma. Sólo es una idea, es mejor que estar allí sin hacer nada. —Hicimos lo que estaba a nuestro alcance, cadete. Será mejor dejarlo así —dijo Falcón aunque interiormente no estaba convencido. Cada vez se inclinaba más a creer que Alfonso ocultaba algo, pero no lo pensaba discutir con Ricardo. No volvieron a tocar el tema. Ricardo se sumió en un obstinado silencio que duró hasta el viaje de regreso. Eran casi las seis y de pronto Falcón detuvo la lancha. A babor estaba el malecón que comenzaba a iluminarse y a estribor, la inmensidad del océano. —¿Por qué nos detenemos, mi capitán? Falcón tardó en responder. Ocupado en maniobrar los instrumentos, pensaba en el reproche de Ricardo. Había calado hondo, porque no quería perder la admiración del cadete. Además, no estaba en su naturaleza rendirse. —Podemos averiguar donde está su tumba y hacerla bendecir. Quizá sirva de algo —propuso. Ricardo sonrió por primera vez en toda la tarde. 22

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—Podría ser. Aunque me parece más provechoso descubrir por qué lo hizo. —Cadete… —¿Es que no lo entiende? No puede descansar y no sabemos qué le pasó. Deberíamos tratar de ayudarlo… Falcón caminó hacia la borda y le hizo un ademán para que lo siguiese. Entonces le dijo con calma: —Cadete, su madre vino a verme ayer. Me contó lo de su hermana. Lo siento mucho pero no debe culparse. Ricardo se quedó de una pieza. Su labio inferior comenzó a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas. —No pude ayudarla, ¿entiende? ¿Cómo voy a vivir así? Falcón conocía ese sentimiento. Lo había vivido, sintiéndose culpable por haber sobrevivido al atentado y sus compañeros no. Sufría y se recriminaba día a día, reprochándose no haber planificado mejor el operativo, hasta que el psiquiatra lo ayudó a comprender que la culpa lo estaba inmovilizando. Le dolía aún pero ya no se culpaba. Ricardo tendría que aprender eso por sí mismo. Lo veía tan desolado que instintivamente lo abrazó y el muchacho se aferró a él con fuerza, como si fuera una tabla de salvación en medio de un océano salvaje. El vaivén de las olas los hizo acercarse más en un abrazo que parecía eterno. Falcón cerró los ojos. Ricardo suspiró. La brisa del mar lo acariciaba y el sol, ocultándose en el horizonte, lanzaba sus últimos destellos brillantes como si quisiera imbuirle la fuerza que le faltaba para afrontar la pérdida de Rosa. Los brazos de Falcón lo rodeaban como si quisieran protegerlo del mundo. Quería quedarse allí, meciéndose en el mar, bajo una noche estrellada y después volar hacia el firmamento. “Hacia una estrella de neutrones”, se dijo y sonrió. “Pero no... Nos fundiríamos allí y moriríamos”. Las manos de Falcón le masajearon suavemente la espalda, que comenzó a relajarse. Suspiró de nuevo y alzó el rostro para darle las gracias. Sus ojos se encontraron y vio ternura en la mirada del oficial, una ternura infinita que lo envolvía amorosa y le mostraba un lugar al que sólo tenían acceso ellos dos. “Una estrella de neutrones perdida en el firmamento”, pensó mientras Falcón buscaba sus labios. No se apartó. Por primera vez en varios días sintió que ya no estaba perdido, que ese beso era un regalo precioso y entreabrió los labios para devolverlo, comunicando sin palabras los sentimientos que amenazaban con desbordarse. Cuando Ricardo lo comenzó a besar, Falcón lo estrechó con más fuerza, como si quisiera fundirse para siempre con él en ese paraíso privado. No pensó en las consecuencias, sólo en sentirlo, en tocarlo, en la certeza de que no podría besar nunca a nadie más de esa manera.

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—Óscar —susurró Ricardo y lo devolvió a su realidad terrenal. Se soltaron. Ricardo se apoyó en la borda y miró hacia el mar. —Lo siento. Esto no debió pasar —murmuró Falcón y fue a refugiarse en el puente de mando, para encender el motor y volver a la escuela.

de la litera superior: algunos tenían inscripciones hechas con lapicero, como si los cadetes que habían pasado por allí quisieran dejar sus recuerdos. Frases sencillas como “Futuro almirante”, “yo estuve aquí”, “Siempre adelante”, algunos nombres y fechas. Las había leído apenas llegó, pero después de cuatro años ya no les daba importancia. Formaban parte de ese universo que era la escuela y no había vuelto a pensar en ellas. Sin embargo esa noche, demasiado inquieto por lo ocurrido con Falcón, comenzó a revisar una a una, preguntándose cuál habría escrito Lizardo. Si es que había escrito una. “Sin ti no soy nada, A.R. Una gota de lluvia mojando mi cara Mi mundo es pequeño y mi corazón pedacitos de hielo.” Reconoció la letra de una canción de Amaral. Era extraño que el cadete despechado que había escrito eso utilizara iniciales en vez del nombre. Quizá su dolor era tanto que no pudiera escribir el nombre de la chica que lo había dejado. ¿Y si fuera Lizardo? Eso podría explicar su angustia. Miró hacia el techo. Era el lugar donde el muchacho se había colgado y debía haber estado desesperadamente resuelto para hacer algo tan drástico. Su futuro había sido prometedor, pero eso no fue suficiente para darle la fuerza para seguir viviendo. Su hermana Rosa había tomado las pastillas porque no sabía cómo afrontar la pena, la responsabilidad por el niño y la vergüenza de confesar su estado. Pero, ¿Lizardo? ¿Qué podía pesar más que un porvenir brillante en la marina? Pensó en su propia situación. Estaba afrontando la ruptura de algo que ni siquiera había comenzado. Falcón había evitado referirse al incidente y actuaba como si nada hubiera ocurrido. Pero su beso le había dicho tantas cosas... Tenía miedo. Ambos lo tenían. Su sexualidad le había preocupado mucho cuando ingresó a la Marina. Sentía deseo por los cuerpos desnudos de sus compañeros cuando estaban en la ducha y a veces fantaseaba con su relación de camaradería con Gerardo, pensando en algo más romántico.

Ricardo se recostó en su litera. La misma donde había dormido Lizardo. Miró los tablones

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Pero nada se comparaba a lo que había sentido con Falcón. Era una sensación de pertenencia tan grande que su rechazo dolía. Cerró los ojos, tratando de no pensar en eso porque le hacía daño. El sueño fue envolviéndolo poco a poco con su manto misericordioso lleno del rostro de Falcón en medio de un cielo estrellado y lejano. Despertó con un ligero golpe en la puerta. —Pase —dijo, con la esperanza de que fuera Óscar. Pero quien entró fue un hombre joven y guapo, con uniforme de faena. Contó los galones: era un teniente primero y venía acompañado del cadete Lazo. —Cadete, le presento al teniente primero Rojas. Tiene permiso del Capitán de Navío Suárez para visitar la escuela. Ricardo se puso de pie rápidamente y saludó. ¡Era el amigo de Lizardo! Varias interrogantes pasaron por su mente y antes de que pudiera formularlas, Rojas pidió: —Esta era mi antigua habitación. Cadete, quisiera estar a solas un momento —pidió. Avanzó unos pasos. Se movía como si estuviera dentro de un fluido denso y su rostro pedía a gritos una buena noche de sueño. —No hay problema, mi teniente. Ricardo salió y Alfonso cerró la puerta. El cadete Lazo se encogió de hombros y volvió a su puesto. Ricardo estuvo unos momentos parado frente a la puerta cerrada, pensando que Rojas no tardaría, pero los minutos pasaban y la puerta no se abría. Se sentó en la banca de cemento que había junto al balcón, resignado a esperar, aunque su espera no duró mucho. Óscar Falcón subió las escaleras con prisa y se le acercó. —¿Qué sucede, cadete? Ricardo se puso de pie y saludó. —Mi capitán, el teniente Rojas me pidió quedarse unos minutos a solas en la habitación. Falcón se acercó a la puerta. Dentro alguien decía algo que no pudo distinguir. Parecía la cadencia de un rezo, pero era tan bajo que no estaba seguro. Las luces parpadearon brevemente. Entonces un alarido rompió la quietud de la noche. Falcón se lanzó contra la puerta y la cerradura saltó. Dentro, Alfonso estaba encogido en un rincón, meciéndose de un lado a otro. —Perdóname, perdóname, perdóname —murmuraba. Ese era el hombre que lo había abandonado. Se preguntó qué habría pasado con el imperturbable, impasible, incluso indiferente Alfonso, para que perdiera el control de esa manera. Ricardo, el cadete Lazo y otros cadetes habían acudido al oír el grito. Falcón sintió una profunda compasión hacia él. No quería que los muchachos lo vieran así. 25

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—¡Fuera todo el mundo! Usted no, cadete Trelles. Cadete Salazar, avise al técnico Arce que llevaremos al teniente a la enfermería. Cadete Lazo, vuelva a su puesto. Ricardo cerró la puerta. Falcón se había inclinado junto a Alfonso y le hablaba despacio. —No pasa nada. Ya se fue. Iremos a la enfermería y luego te podrás ir a tu casa. —El armario... ¡Estaba allí...! —No hay nada en el armario —replicó Falcón. La ropa de Ricardo y sus efectos personales eran lo único que había allí—. ¿Lo ves? —No, no... él... Alfonso comenzó a temblar y Falcón lo ayudó a ponerse de pie. Por un momento el teniente lo abrazó negándose a caminar, pero luego lo hizo, vacilante al inicio y más seguro después. —Vamos a la enfermería. Venga con nosotros, cadete. Ricardo los siguió. No entendía por qué Falcón lo había hecho quedarse. Era evidente que podía manejar la situación él solo. Se notaba la familiaridad que tenía con el teniente. ¿Y si lo había hecho adrede? Vislumbró una historia en el VRAEM: una camaradería de armas que había terminado en algo más profundo. Enrojeció de rabia por la humillación que eso suponía. Apretó los labios y entró a la enfermería donde los esperaba el técnico Arce. Seguramente el incidente le daría una anécdota más que contar. Falcón recostó a Alfonso que parecía más calmado. El técnico le dio una píldora y cerró la cortina que estaba frente a la camilla para darle privacidad. Ricardo dio media vuelta. Su presencia no tenía ningún sentido allí. Volvió cabizbajo al dormitorio. Su armario seguía abierto y deseó que Lizardo le hubiera dado un buen susto al teniente. Después de todo, también había sido el armario del muerto. En el último compartimiento de la izquierda colgaban sus uniformes y debajo estaban sus zapatos, aunque notó que estaban fuera de lugar, como si hubieran sido apartados para hacer sitio. Enfadado por esa intromisión en su espacio personal se inclinó para arreglarlos y notó que el panel de madera del fondo estaba ladeado. Frunciendo el ceño, empujó para acomodar el panel, pero éste se hundió, dejando una rendija entre el armario y el suelo. Metió la mano para sacar el panel y se topó con algo que examinó con asombro. De pronto comprendió muchas cosas y salió deprisa en busca de Falcón, pero cuando llegó a la enfermería la encontró cerrada y el cadete Salazar le informó que el capitán había llevado al teniente Rojas a su casa.

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Falcón conducía en silencio. A su lado, Alfonso también callaba.
—Podrías cambiar de cara —dijo al cabo de un rato. —Claro —replicó Falcón sin alterar su expresión en lo más mínimo. Siguió conduciendo y aceleró al llegar a la Avenida La Marina, atravesó el puente y continuó sin decir palabra hasta llegar a San Borja. Ignorando deliberadamente a Alfonso, se estacionó en el parque que estaba frente a su edificio. —¿Y ahora qué? —preguntó el teniente. —Ahora me contarás lo que pasó. —Entré a la habitación y me encerré. Y tuve uno de esos episodios de guerra que tú conoces porque también los tuviste —respondió en tono glacial. —No me refiero a eso —dijo lentamente—. Quiero saber lo que pasó con ese cadete, Lizardo Zurita. —Se suicidó. ¿Qué puede importarte eso a ti? —exclamó Alfonso. —Me importa. Y creo que tienes algo que ver. Te conozco, Alfonso. Has cargado con esto por mucho tiempo. Cuéntamelo. El hombre comenzó a temblar de arriba a abajo y se cubrió el rostro con las manos. —No lo entenderás. —Ponme a prueba. —Falcón le apartó las manos del rostro y lo miró directamente a los ojos, demandando una explicación que no tardó en llegar. —Él era... —¿Tu novio? —sugirió con calma. —¡No! Es decir... Nunca le pusimos nombre, sólo estábamos juntos cuando podíamos y ya podrás imaginar que era difícil en la escuela. Él esperaba el momento de graduarse para tener libertad porque quería algo más. Comenzó a presionarme: Me regaló una cadena y un dije con medio corazón. Él tenía el otro y me dijo que estaríamos siempre juntos. Cada mitad tenía nuestras iniciales y usé la cadena un tiempo, pero me sentía incómodo porque no podía hacer lo que él quería y se la devolví. Le dije que no podíamos seguir con eso, que pronto nos graduaríamos y tendríamos que hacer nuestras vidas. Él lo tomó muy mal y se deprimió. Fue durante las últimas semanas, cuando todos estábamos pensando en los exámenes. No me di cuenta de lo mal que estaba hasta que hizo lo que hizo... 27

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Alfonso cerró los ojos. Sus facciones atormentadas le daban un aspecto trágico y desvalido a la vez. Falcón lo miraba con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, evaluándolo. —Ese día estábamos en el auditorio, en la ceremonia. De pronto dijo que tenía algo que hacer y se fue corriendo. Como no regresaba, fui a buscarlo a nuestro cuarto y cuando entré, lo encontré allí... Había una nota encima de su cama y tenía dentro la cadena con los dos dijes y una canción de Amaral. Tomé todo y lo escondí. ¡Nadie podía enterarse, ¿entiendes?! —Claro que entiendo —dijo Falcón—. ¿Qué hiciste con la nota? —La rompí en pedacitos y la eché al inodoro. Pero no podía deshacerme de la cadena y los dijes, así que los escondí en un lugar donde nadie buscaría. —Ya veo. Pobre chico... ¿Dónde está enterrado? Alfonso negó con la cabeza. —No lo enterraron. Sus padres lo cremaron y arrojaron sus cenizas al mar. Allí se iba también la teoría de Ricardo sobre quemar los restos. Alfonso lo miraba esperando una palabra de consuelo. Si lo hubiera mirado así meses antes, quizá su reacción hubiera sido otra. Ahora sólo sentía indiferencia. Comentó con tono seco: —Supongo que esta noche viste al fantasma. —E-era... estaba igual que ese día... Se balanceaba en el techo… No sé si era real... —Sí lo era. Yo también lo vi, en el gimnasio. Es un alma que no puede descansar. —¡Yo no tuve la culpa! ¡Él quería algo que yo no podía darle! —Lo sé. Lo mismo te pasó conmigo. Tu problema, Alfonso, es que nunca has sido un luchador. Si algo te importa, no peleas por conseguirlo. Solamente te dejas arrastrar por la corriente, culpas a los demás y optas por lo más fácil. Dejar hacer, dejar pasar. —Lo había dicho con calma, sin apasionamientos, sin dolor. Aunque no esperaba que Alfonso lo entendiera, no lo había dicho por él sino por Ricardo. Con esas palabras había terminado de escribir el capítulo de Alfonso en su vida, esta vez para siempre—. Tuviste que elegir y elegiste, pero estoy seguro que en ese momento tú mismo no sabías lo que querías. —Pero ahora lo sé. —La mano del teniente se posó sobre la de Falcón. Sus ojos suplicaron. —Me alegro. Tienes una hermosa familia. Consérvala. Sin añadir nada más, Falcón encendió el motor y esperó que bajara. Cuando lo hizo, arrancó sin mirar atrás.

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siguiente, después de una noche en la que tomó una decisión crucial, fue a su encuentro en el comedor de cadetes a la hora del desayuno. —¿Cómo estás? Los ojos de Ricardo se agrandaron por la sorpresa. La ausencia del trato protocolar lo incomodó y miró hacia los lados, pero estaba en una mesa alejada y nadie lo había oído. —Bien —respondió con sequedad, aunque no era cierto. Esa noche no había podido dormir, indignado y dolido. Había tratado en vano de llamar a Lizardo, al punto de sentirse incluso desplazado por un fantasma. —¿Cuándo sales? La pregunta lo tomó desprevenido. En realidad no tenía ningún motivo para quedarse en la escuela. Sólo Falcón. —¿Por qué? —Quiero decirte algo y este no es un buen lugar. Su pulso se aceleró mientras luchaba con la tentación de negarse y zanjar el asunto, y el deseo de contarle a su instructor lo que había descubierto y poner en evidencia a Alfonso. —Mañana. —Esta es mi dirección. —Le alargó una tarjeta—. A las nueve está bien.

Falcón llegó muy tarde a la Escuela Naval y no se arriesgó a buscar a Ricardo. A la mañana

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la plaza mayor, frente a la iglesia, a un par de cuadras de la Escuela Naval. Estaba en el segundo piso de una casa y tenía entrada independiente. El lugar le gustó. Tenía buena vista y la zona era muy tranquila. Con un departamento tan cercano, no entendía por qué el capitán dormía en la escuela. Tocó el timbre y esperó. No sabía cómo afrontar un encuentro a solas con Falcón. Había imaginado muchos diálogos que sólo habían logrado ponerlo más nervioso. Finalmente optó por actuar según la pauta que le diera el capitán. Cuando Falcón le abrió, se llevó una grata sorpresa al verlo sin uniforme. Llevaba jeans y un polo con cuello de color azul marino que acentuaba los músculos de sus brazos. Aún vestido de civil, su porte era imponente. 29

Ricardo llegó puntual y Falcón le abrió la puerta. El departamento quedaba en

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—Mi capitán. —Hola, Ricardo. Pasa. El departamento era pequeño y bien iluminado, con una decoración austera propia de un marino solitario. Se sintió cohibido apenas se cerró la puerta. —Siéntate, Ricardo. Falcón se sentó en el sofá y le hizo un ademán para que lo acompañara. Ricardo lo hizo. Después de una breve vacilación, sacó del bolsillo la cadena y los dijes y se los tendió. —Los encontré en el armario, debajo del tabique que lo separa del piso. Parece que alguien los escondió allí. Quizá su amigo, el teniente Rojas. Por eso hablaba del armario. Las iniciales coinciden. Falcón examinó los dijes y descubrió las iniciales. El hallazgo sólo confirmaba lo que le había dicho Alfonso. Lo apretó en la mano, sintiendo cómo los diminutos bordes que partían el corazón se clavaban en su palma. El rostro serio de Ricardo y su tono de hablar, sin inflexiones, como repitiendo algo que había aprendido de memoria, le demostró que estaba molesto. “Esto no será fácil”, se dijo. Pero, ¿cuando lo que valía la pena lo era? Había estado pensando en cómo afrontar lo que había pasado con Ricardo. Decidió que la verdad era el único modo. —No es mi amigo. Fue mi compañero en el infierno; estuvimos juntos algunos meses y cometí el error de hacer planes para el futuro, pero cuando nos evacuaron de la zona, Alfonso estaba aterrado de dejar a su familia. Yo ya estaba separado y como había pensado seguir con mi vida junto a él, me llevé una gran decepción. Rompimos en malos términos y me afectó. La combinación de estrés post traumático y desengaño amoroso me tuvo bastante mal. Tuve una depresión muy fuerte, pero la he superado. —¿Con disciplina? —preguntó Ricardo, que empezaba a comprender. —Sí. En parte fue por eso. —¿Y la otra parte? —Cuando comencé a salir en la lancha, comprendí una cosa: No importa lo que nos pase, el mundo sigue allí, inmenso, majestuoso. Incluso las estrellas, que pueden vivir milenios, no se apagan sin más. Estallan en supernovas, como para que el Universo sepa que están muriendo, pero no se extinguen del todo… —Crean nebulosas y estrellas de neutrones —completó Ricardo. Falcón le sonrió. No había esperado que comprendiera sus extrañas ideas y se llevó una inesperada sorpresa que hizo que la sensación de pertenencia fuera mayor. —A veces quisiera estar en una estrella así —susurró. 30

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—Yo iría contigo —dijo Ricardo sin vacilar. —¿De verdad lo harías? —Sí. Nos desintegraríamos y formaríamos parte de la energía que mueve el Universo. Dominaríamos el mundo —bromeó. —Todo fin es un comienzo. Ricardo se acercó con timidez y lo besó. Fue como una suave brisa demasiado breve. Falcón dejó la cadena y los dijes sobre la mesita de la sala y le tomó las manos. —No te mentiré. Esto será difícil. Te queda un año más en la escuela y serán muy pocos los momentos en que podremos vernos. Allí tendremos que seguir tratándonos con distancia. —Podré con ello —afirmó Ricardo. Se volvieron a besar con más calma, saboreándose, reconociéndose. Falcón volvió a sentirse pleno después de mucho tiempo. Era como si el mundo le perteneciera otra vez. —Cuéntame lo que te dijo él —susurró Ricardo rompiendo el beso. Falcón se lo explicó mientras acariciaba lentamente sus mejillas. —Alfonso y Lizardo desarrollaron un fuerte vínculo. Alfonso creyó estar enamorado y Lizardo se enamoró de verdad. Esta cadenita fue un regalo que Lizardo le hizo, pero una semana antes de acabar la escuela, Alfonso se dio cuenta de que eso no era lo que quería. No deseaba luchar por un amor incomprendido en el mundo hostil de la Marina. Renunció al amor, a la amistad... Y devolvió el regalo que Lizardo le había obsequiado. El chico se desesperó porque todo su mundo era Alfonso Rojas. Pensó que no le quedaba nada por lo que vivir y se suicidó. Dejó una nota, la cadena y una canción. Como Alfonso fue el primero en encontrarlo, se deshizo de ellas. Ricardo suspiró. —Sin ti no soy nada. —¿Qué? —La canción de Amaral. Está escrita en los tablones de la litera de arriba —Hizo una pausa—. Creo que la cadena y los dijes lo están atando aquí. Pobre... ¡cómo debió sufrir! —Es muy triste pero no debemos juzgarlo. Simplemente algunas personas son más sensibles que otras. —Lo dices por mi hermana... —También lo digo por ella. Quizá haber averiguado lo que le pasó a Lizardo te ayude a superar lo de tu hermana o quizá no. Sólo tú tienes la respuesta. 31

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Ricardo se quedó callado mirando un punto indefinido en el espacio. El dolor era demasiado reciente pero la culpa había disminuido. Desde luego, la suya no era una culpa como la que sentía Alfonso Rojas. Porque... —Yo no tuve la culpa —susurró. —Claro que no. Una sonrisa triste iluminó su rostro. —Gracias. —Está bien. Sus labios volvieron a unirse con un beso lento que poco a poco se hizo apasionado conforme las caricias se volvían más osadas. Falcón lo tomó de la mano y se pusieron de pie. Alzó los brazos en una muda invitación para que Ricardo lo desvistiera. Él lo hizo, cubriéndole de besos el cuello y los hombros. Su torso tenía varias cicatrices de esquirlas de granada. Las besó una por una. —Oh, capitán, mi capitán —susurró en su oído. Falcón le quitó la camisa y volvió a abrazarlo como si quisiera fundirse con su cuerpo. Sus torsos se rozaron, piel con piel. Sus manos recorrieron la firme espalda de Ricardo, mientras que sus besos lo devoraban cálidos, exigentes, demandantes. El cadete se dejó hacer. Sentía fuego bajo la piel, un ardor febril que le pedía a gritos ser saciado. Las manos de Falcón estaban por todas partes, desvistiéndolo, acariciándolo en los lugares más ocultos, incendiándolo con cada toque. —Yo nunca… —quiso explicar, tratando de justificar su inexperiencia. —No importa. —El capitán se terminó de desnudar con rápidos y precisos movimientos—. Ven aquí. Lo tomó de la mano para llevarlo al dormitorio. La luz tenue se colaba por las cortinas cerradas perfilando la silueta de Falcón que sonreía dándole confianza. Ricardo olvidó su inexperiencia. Sólo podía pensar en que necesitaba tocarlo, palpar uno por uno sus músculos, sentir su poderío adentrándose en su cuerpo y estallar en mil fragmentos de placer para después volver a comenzar. ¿Sería el amor o la idea de estar enamorado? No lo sabía y a esas alturas no le importaba. Sólo se concentró en dar y en recibir, deseando que el tiempo se quedara suspendido en ese instante y que ese espacio único que les pertenecía sólo a los dos, perdurase en la eternidad del cosmos. Falcón también lo entregó todo. Su habitual reserva se desmoronó con los besos de Ricardo y cuando las oleadas de pasión sacudieron su cuerpo, hundió el rostro en el hombro de su amante murmurando palabras de amor.

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dónde lo llevaría esa loca aventura que violaba muchas reglas escritas y por escribirse, aunque no le importaba. Duraría lo que tuviese que durar. Sus ojos comenzaron a cerrarse mientras su mente vagaba en ese firmamento lejano que contemplaba cuando estaba en el mar. El teléfono lo despertó casi a las tres de la mañana. Ricardo se desperezó y se sentó en la cama mientras él tomaba el aparato. Era Alfonso. —Está aquí... —Su voz estaba aterrorizada. —¿Quién? —Lizardo... ¡Está aquí afuera! —Cálmate, Alfonso. ¿Dónde estás? —En la escuela. No me dejan entrar pero él está aquí, Óscar. ¡Lo he visto y nadie me cree! Falcón pudo imaginar el estado en el que Alfonso se encontraba y sintió un poco de lástima al imaginarlo en la recepción hablando incoherencias delante del personal de guardia. —Quédate allí y no trates de entrar. Iré enseguida. Cortó la comunicación y se puso de pie. —¿Qué ha pasado? —preguntó Ricardo. Falcón se lo resumió brevemente mientras comenzaba a vestirse. —¿Y vas a ir? —No puedo dejarlo allí. Puede hacer alguna tontería. —Al ir te pondrás en evidencia. —No. Hemos sido compañeros de armas y esos vínculos son fuertes. Nadie se extrañará. —¿Crees que el fantasma dejará de aparecérsele si vas? No sé mucho de psicología fantasmal pero no veo qué pintas tú allí. Falcón se detuvo. Sólo le faltaba calzarse los zapatos. —¿Tienes alguna idea? —No... No puedo pensar ahora mismo... —No hay tiempo. Si se te ocurre algo, me llamas. El oficial salió sin que Ricardo pudiera decir nada más.

Ricardo dormía enredado en sus brazos. Falcón lo contemplaba, pleno y feliz. No sabía a

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y disparaba al aire en el patio de maniobras.

Cuando Falcón llegó, encontró una gran conmoción. Alfonso había entrado a la escuela
—¡No vas a llevarme! ¡No lo permitiré! —gritaba.

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El Comandante Aguirre, segundo al mando en la escuela, se encontraba en la garita de ingreso, dando órdenes. —Mi comandante, déjeme hablar con él. —Imposible. Vamos a tomar el control en cualquier momento. —Asumo la responsabilidad, mi comandante. Aguirre lo miró a los ojos y vio su resolución. Aceptó con un movimiento de cabeza y Falcón salio al patio. —¡Alfonso! Él se volvió y una expresión de alivio se dibujó en su rostro. —¿Lo ves? ¡Dime que puedes verlo! —Lo veo —mintió, a pesar de que no veía nada. Se preguntó si Alfonso tendría alucinaciones o si sería un juego cruel del espíritu de Lizardo. Avanzó junto al teniente, moviéndose con cautela. Sabía que Aguirre podía ordenar francotiradores en cualquier momento y haría lo posible por evitarlo. Sus dudas se vieron disipadas al cabo de unos minutos. Frente a Alfonso, poco a poco comenzó a materializarse la figura de un cadete.

rápidamente y buscó la cadena y los dijes que estaban en la mesita del salón. Con ellos en la mano comenzó a buscar desesperadamente un cuenco y encontró un cenicero de arcilla en un rincón de la alacena de la cocina. Las manos le temblaban cuando depositó la cadena y los dijes dentro del cenicero y abrió el microondas. Retiró el plato, colocó el cenicero en el horno y lo encendió. Puso la temperatura al máximo y se alejó, rogando que quince minutos y 500 grados fueran suficientes para derretir el metal. Permaneció cerca de la puerta de la calle, con la vista clavada en la puerta de la cocina, contando los minutos. En esos momentos toda su vida desfiló por su mente: sus alegrías y 34

Ricardo estuvo sentado unos minutos, aclarando sus ideas. De pronto se puso de pie

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tristezas, sus victorias y fracasos, las personas que le eran más queridas y las que no. Falcón ocupaba un lugar preponderante en sus pensamientos. Quería explorar ese nuevo camino que se había abierto ante él, quería conocerlo y disfrutar su tiempo juntos en su paraíso particular. Durase lo que durase. Al cabo de un rato, el horno comenzó a hacer un sonido extraño. No se atrevió a entrar a mirar. En vez de eso, comenzó a vestirse y salió a toda carrera hacia la escuela. Cuando llegó, encontró un espectáculo sobrecogedor. Alfonso estaba en medio del patio de maniobras. Su pistola estaba tirada en el piso, varios metros más atrás, a los pies de Falcón. Ambos estaban silenciosos, al igual que el comandante Aguirre, el personal de guardia y algunos cadetes que espiaban desde la puerta vidriera del edificio Grau. No veían a Alfonso, que seguía gritando incoherencias. La mirada de todos estaba clavada en un cadete que se hallaba frente al teniente, con la mano extendida, como invitándolo a avanzar. La irrupción de Ricardo en escena pasó totalmente desapercibida. Se paró junto a Falcón y desde allí pudo ver bien el rostro enloquecido de Alfonso, que manoteaba en el aire. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Los movimientos de Alfonso se hicieron erráticos y cayó de rodillas. El espíritu no se movió. Seguía con la mano extendida. El oficial alzó la mano y la extendió también. Los dedos del fantasma parecieron alargarse para rozarlo. Ricardo parpadeó. A lo lejos una detonación como un disparo hizo que Falcón reaccionara y corrió junto a Alfonso en el instante en que sus dedos y los de Lizardo se unían. Pero la unión no llegó a concretarse. Una llama de fuego envolvió al espíritu y lo hizo estallar en pequeños fragmentos luminosos. No quedó nada. Tan sólo un sollozante hombre al que Falcón y Ricardo ayudaron a ponerse de pie. Entregaron a Alfonso al jefe médico de la escuela, que acababa de pedir una ambulancia, y se enfrascaron, cada uno por separado, en la frenética actividad que vino después. Sus sentimientos y las explicaciones quedarían para cuando estuvieran a solas.

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Epílogo
de Lima. Iba a velocidad de crucero, de forma que apenas planeaba. Podría haber ido mucho más rápido pero no había necesidad, y los motores hacían un ruido infernal cuando aceleraba. Falcón estaba a su lado, mirándolo en silencio bajo la escasa luz del puente. Había pasado un año desde aquella fatídica noche en la que Alfonso Rojas estuvo a punto de morir. Ahora la vida les traía desafíos distintos. Ricardo llegó a un punto intermedio frente al malecón. La ciudad frente a ellos brillaba con la luz dorada de las miles de bombillas que no podían eclipsar las estrellas. Apagó el motor. —Iré a la DICAPI, a la Capitanía Marítima de Pimentel —informó con voz pausada. Aunque estaba emocionado por haber sido asignado a la Dirección de Capitanías y Guardacostas, sabía que eso implicaba separarse de Falcón. El Puerto de Pimentel queda en la ciudad de Piura, a varias horas de Lima. —Sabíamos que pasaría cuando te graduaras —apuntó Falcón. —¿Seguirás en la escuela? —Había evitado la pregunta durante todo ese tiempo. La estancia de Falcón el último año no había sido fácil. El incidente con Rojas había sido hábilmente cubierto y el teniente estaba recibiendo tratamiento por psicosis de guerra. Sin embargo la explosión del microondas en el departamento de Falcón había arrojado dudas sobre la conveniencia de que siguiera siendo instructor y lo habían mantenido en la escuela gracias a la consideración que el Capitán de Navío Suárez le tenía. —No. Volveré a Operaciones Especiales y seguramente al VRAEM. Es lo que mejor sé hacer. —No es cierto —protestó Ricardo—. Sabes hacer bien muchas cosas y es injusto que no te consideren en la escuela. Podía haber explicado lo de la explosión... —Y nos hubieran dado de baja a los dos —completó Falcón—. De ningún modo habría permitido que te arriesgaras así. —Te quiero —dijo sencillamente Ricardo. —Ven aquí. —Falcón lo envolvió en un posesivo abrazo, como si jamás quisiera dejarlo ir. Aún abrazados, salieron a cubierta e hicieron el amor en una colchoneta, bañados por la luz de la luna, lentamente, siguiendo el vaivén de las olas, acariciándose con la nostalgia anticipada de la separación. —¿Qué pasará con nosotros? —quiso saber Ricardo. —No lo sé —respondió Falcón—. Seguir juntos depende de los dos, y si quieres dejarlo lo entenderé. —¡No quiero dejarlo! —exclamó—. ¿Tú quieres? 36

El Alférez de Fragata Ricardo Trelles conducía hábilmente la lancha bajo el cielo estrellado

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—Claro que no. —¿Entonces? —Entonces seguiremos viéndonos cuando podamos y crearemos nuestro espacio único, como esta lancha bajo la luz de las estrellas. Volvieron a besarse. La tristeza de Ricardo se borró momentáneamente con caricias. Se aferró al cuerpo de Falcón pensando que habían pasado demasiadas cosas juntos como para que un simple traslado pudiera separarlos. Era solamente una nueva etapa que le abriría las puertas hacia nuevas experiencias. Procuraría estar a la altura, y cuando la pena amenazara con ahogarlo, recordaría ese mágico instante, meciéndose en el mar calmado con las estrellas como testigos. —Todo fin es un comienzo —susurró Falcón. Ricardo sonrió. Sin ti no soy nada - Amaral

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Biografía
Aurora Seldon es peruana y escribe historias homoeróticas desde 2002. Comenzó escribiendo fanfiction del Señor de los Anillos y las Crónicas Vampíricas, para luego dedicarse a escribir con personajes originales. Tiene varias novelas publicadas: Inocencia, del género paranormal; Campo de Rosas, del género de misterio y sobrenatural; Punto de Quiebre, del género contemporáneo; Su pecado fue la envidia (Ediciones Babylon), del género de misterio. Asimismo, es autora de la Saga Hellson, que consta de Sinergia y Evolución, además un spinoff de la saga: Cybersoul. Junto con Isla Marín, es coautora de la Saga Bizarro, que consta de Descubrimiento, Exploración, Confirmación y Efecto Mariposa. Colaboró en la Colección Homoerótica a través de la edición de recopilaciones de relatos que brindan a autores noveles la oportunidad de ser publicados. En 2009 ganó el Primer Premio del Concurso Epicentro en Lima, Perú, con su relato Caballo Negro. Una de sus grandes aficiones es la lectura, principalmente de ciencia ficción. Admira a Stephen King, Isaac Asimov, Arthur Clarke y Brian Lumley. Para mayor información está su página web:

www.auroraseldon.com

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Sonata N º 2

El destino de un Ihnea
Aya & Natsu Athalia

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antes de eso ya había estado registrando ciertas cosas, entre el sueño y la vigilia: el canto de los pájaros en el exterior, el sonido de la brisa matinal, el tacto un poco áspero de la manta de piel de oso que cubría mi desnudez… Y sí, el cuerpo de Ashem a mi lado. Ahora la luz de la mañana me daba en los ojos, y yo moví la cabeza, frotando el rostro contra el almohadón de plumas e intentando huir de ella sólo un minuto más. Con un plácido suspiro enredé mis brazos alrededor de mi pequeño y lo estreché contra mi cuerpo, ambos desnudos como estábamos. Alcé lánguidamente una mano hasta enredar los dedos en su pelo, blanco como la nieve recién caída, suave como el sedoso pelaje de un visón, pero mucho más largo. ¿Hay un mejor despertar que con la persona amada entre los brazos, sentirlo respirar contra tu cuello, su piel caliente y desnuda contra la tuya? Oh, lo dudo mucho. Supongo que fueron mis caricias las que lo despertaron, porque él, desde luego, era de lo más perezoso. —Eh… —saludó en un murmullo adormilado. Se estremeció un poco, y al apartarme vi que entreabría los ojos y me miraba. Sonreí ampliamente. —Eh… —respondí en un ligero ronroneo, y le di un leve beso en los labios, esos que tanto me gustaba acariciar. Fue él, muy picarón, el que estremecido sacó la punta de la lengua para pedir un poco más, mi pequeño caprichoso… Y por supuesto se lo concedí. Me encantaba besar a Ashem. Era sencillamente perfecto: el tamaño de su boca, su sabor y calor, la forma y suavidad de sus labios, y el modo en que se amoldaba a los míos. Él era maravilloso. Cómo nos besábamos, cómo nos tocábamos… Todo. Con lentitud alzó su mano y acarició mi pelo como yo acariciaba el suyo, dejándose llevar. Su cuerpo se frotó contra el mío, piel con piel. —Mmmmm… —suspiró. Sonreí al verlo todo ruborizado entre mis brazos, bajo mis labios. —Oh, sí —ronroneé—. Mmmmm… ¿Has dormido bien, pequeñín? La pregunta iba… Un poco con trampa, sí. Sabía muy bien que había dormido bien: me había asegurado de que estuviera tan cansado que la única opción viable fuera caer rendido. Ashem me devolvió una sonrisa. Creo que intentaba ser pícaro… y fracasaba estrepitosamente. Era demasiado… tierno para eso. No le salía. Era tan dulce… tan… él. 40

La luz penetrando por el hueco de la pared fue lo que me despertó definitivamente, pero

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—Por supuesto —susurró—. ¿Cómo iba a dormir si no, al lado de la persona que amo y que me deja sin aliento las noches que nos juntamos? No pude evitar reír. Sí, era cierto. Cuando dormíamos juntos… solíamos terminar desnudos y enredados entre las mantas, jadeando por el esfuerzo y el placer desenfrenado. ¿Pero cómo podíamos no hacerlo? Nos amábamos. —Qué suerte que no sea todas las noches, ¿verdad? —dije, juguetón, acariciándole la línea de la columna con la punta de los dedos. Se estremeció entre mis brazos, relamiéndose el labio inferior. «Mmmm, ese labio…», pensé. —En realidad… —dijo Ashem—… preferiría que todos los días fueran así. Se me encogió el corazón ante sus palabras. En nuestra cultura todavía no estábamos capacitados para vivir juntos como pareja. No éramos lo bastante mayores todavía. Cuando ambos lo fuéramos, y sólo entonces, podríamos tener nuestra propia casa, la de los dos. —Poder sentirte todas las noches y despertar a tu lado siempre —prosiguió, entrecerrando los ojos, pero entonces intentó añadirle algo de humor alzando una ceja—. Aunque está claro que al final no podría ni sentarme, con un ritmo tan desenfrenado. Algunos tienen demasiada pasión en el cuerpo, porque son depredadores. Ya me entiendes. —Ooooh… —sonreí, divertido—. Depredadores, ¿eh…? Bajé la mano por su espalda hasta acariciar sus pálidas nalgas con lentitud, suavemente, sintiendo la tersa piel bajo mi palma. No pudo contener un jadeo por mis atenciones, y una risilla nerviosa después. —¿No lo ves? —preguntó—. El zorro comienza su acecho de buena mañana —Lanzó un teatral suspiro—. Oh, Guardianes, ¿qué he hecho para merecer este cruel destino? Este zorro hambriento con deseos de un manjar. Reí, encantado. Bueno, ¿quería jugar? Pues jugaríamos. Rodé bruscamente en la cama, recostándome sobre él, cubriéndolo con mi cuerpo. Ashem era unos años menor que yo, eso era cierto, pero había crecido mucho en los últimos tiempos y éramos igual de altos, con constituciones parecidas. Y eso lo volvía todavía más perfecto. No era tan pequeño como para aplastarlo con mi peso, ni tan grande como para sentirme ridículo encima suyo. Éramos iguales. Estábamos hechos el uno para el otro, en todos los aspectos posibles. —Ahora soy un zorro —ronroneé, recordando que aquella noche me había llamado lobo, y anteriormente de otras mil maneras—. Y estoy hambriento. 41

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Incliné la cabeza para lamer su tersa mejilla, juguetón. Mi Ashem gimió, cerrando el ojo con fuerza. —Mmm… Aún no tengo claro qué soy yo… Hizo una pausa, en la que sentí su mano en mi cabello. —Pero puedes degustarme para descubrirlo tú mismo —propuso. Reí. —Oh, sí… —ronroneé—. Creo que puedo hacerlo. Y de nuevo besé su boca, con ternura, sí, pero también con una pasión que ya prendía, las brasas comenzando a alzarse en llamas. Acaricié su boca con la mía, busqué su lengua húmeda y caliente, saboreé y exploré aquellas acogedoras profundidades. Adoraba besar a Ashem. No hay nada, nada tan maravilloso como tomar sus labios con ardor. Bueno, puede que haya un par de cosas que estén a la altura… Si sabes lo que quiero decir. El modo en que me correspondía, apasionado y feroz, es una de esas cosas. Mientras nuestros labios se presionaban, se buscaban, su mano bajó por mi espalda, y Ashem gimoteó. Se separó para tomar aire… Y de inmediato abordó de nuevo mi boca, haciéndome sonreír. —Mmmmmm, mi pequeño… —ronroneé contra esos labios hambrientos, lamiéndolos—. Mi chiquitín… Dejé que mis manos acariciaran su pecho desnudo, resiguiendo el costado hacia el hombro y luego los pectorales hacia abajo, más abajo, hasta su miembro. Cuando mis dedos rodearon su enhiesta dureza Ashem dio un respingo, y nuestros labios se separaron. Oh, estaba ya tan turbado y ruborizado… —Ah… Aah… —balbuceó—. ¡Por todos los…! —Cerró los ojos con fuerza—. ¡Depredador! —Oh, sí… —ronroneé—. Soy un depredador hambriento… Sin dudar arqueé el cuello para lamer su garganta, mientras acariciaba su miembro con suavidad, sintiendo lo dispuesto que estaba. —Mi pequeñín… Él se revolvió. —Ioreeeeek… —jadeó, poniendo su mano sobre la mía, y yo reí. —¿Qué pasa, pequeño? —ronroneé. —Pervertido —dijo al final, tragando saliva—. Por los Guardianes, ¡si así fue mi primera vez! —Oh, ¿te refieres a la primera vez que tu miembro se alzó como ahora, y me rogaste que te ayudara? ¿Esa vez en la que amablemente me ofrecí a tocarte y excitarte hasta que te derramaste en mis manos? ¿A eso te refieres, mi chiquitín inocente? 42

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Porque así había sido. De eso hacía apenas tres años. Hasta entonces habíamos estado siempre juntos, pero Ashem era todavía demasiado pequeño como para que pudiéramos pensar en relacionarnos más que como amigos. No obstante con el despertar de su sexualidad se despertó todo lo demás. Su mano apretó la mía alrededor de su miembro. —… No lo digas así —masculló por lo bajo, tímidamente. —¿Por qué? —Sonreí—. Es la verdad. Es lo que sucedió. Y… sé que no te molestó. Tampoco te molesta ahora que te toque y te excite, ¿verdad…? Ashem se encogió bajo mi cuerpo. —No, no me molesta… —negó—. Pero es injusto. Pocas veces puedo proporcionarte yo placer a ti, ¿lo sabías? Es totalmente injusto y poco equilibrado. Sus palabras hicieron que me recorriera una sensación cálida por el pecho. No era excitación, sino algo más atemperado, más suave y tierno que me inflamó el corazón. —Oh, mi pequeño… Con un quedo suspiro lo besé en la frente, en la sien y en la mejilla. —No necesito que me proporciones placer. —Susurré cerca de su oído—. Tú ya eres todo el placer que quiero. El siguiente beso fue en su mentón. El siguiente, en su boca. Acaricié de nuevo su miembro con mis dedos, incitándolo, excitándolo todavía más. Él se estremeció, lanzando quedos gemidos. —¡E–espera…! —tartamudeó, deteniéndome con sus propias manos—. Espera, espera, espera. Le lamí la garganta. —¿Hmmmm…? —ronroneé. Inspiró con fuerza. —Para, por todos los Guardianes… ¡Detente! Me relamí al ver su insistencia. Con un mohín juguetón me erguí, sentándome entre sus piernas, y desde allí le sonreí. —¿Qué pasa, mi pequeño? —murmuré—. ¿No quieres? Estaba ruborizado, y no me miraba. —¡Pues claro que no! —exclamó, encogiéndose—. ¡Esto así es raro! Ahora sí me miró, haciendo un mohín. —¡No puedo consentir que mi mujer haga esto tan sucio! 43

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Me eché a reír. —Vaya, pequeño… —ronroneé—. Creo que olvidé mencionártelo… Me moví entre sus piernas, hasta que mis caderas encajaron contra las suyas y nuestros miembros, ambos enhiestos, dispuestos y anhelantes, se tocaron. Fue una sensación electrizante que me atravesó como un relámpago recorriéndome la columna, y me relamí por impulso. Lo que deseaba era lamer sus labios. —No soy una mujer. Ashem cerró sus preciosos ojos rojos, y sus manos alcanzaron mi espalda, apretando. Finalmente me miró. —Me has… engañado todo este tiempo —dijo con voz afectada—. ¡Todos estos años! ¡¿Cómo has podido hacerme esto a mí?! Me llevé la mano al pecho con un gesto teatral, ladeando la cabeza. —Oh, mi pequeño… —suspiré, juguetón—. Temía que no me aceptaras si lo descubrías, pero ya no puedo ocultártelo más. Soy un hombre. Aquel era nuestro juego. Toda la vida lo había llamado “pequeño”, porque, de hecho, cuando nació yo estuve allí, fui una de las primeras personas que lo tomó en brazos, y me sorprendió lo diminuto que era. A partir de entonces era así como lo llamaba, “pequeño”, y en respuesta Ashem a veces se refería a mí como mujer. Pero no dejaba de ser un jugueteo, una broma, especialmente la parte en que yo mentía y me hacía pasar por una fémina porque él no me aceptara como hombre. Nosotros, nuestro pueblo, no éramos así. De tierras distantes habíamos sabido que muy a menudo las parejas del mismo sexo eran perseguidas o, como mínimo, comentadas. No lo entendíamos. En nuestra cultura, que dos hombres o dos mujeres se sintieran atraídos el uno por el otro era una de las cosas más naturales que puedan existir. Ashem y yo nos amaríamos toda la vida, pero no tendríamos hijos. No podíamos. Esa era la manera en que la naturaleza controlaba la población humana en nuestra tierra. Y eso estaba bien. Dijeran lo que dijeran esas extrañas culturas extranjeras, estaba bien. En respuesta a mis palabras él rió. —Oh, amado mío, ¿cómo podremos yacer entonces? —preguntó, llevándose la mano a la frente en un gesto teatral. —Oh, mi pequeño, no temas por eso —sonreí y me incliné sobre él, quedando mi rostro muy cerca del suyo, respirando su aliento ardiente—. He pensado mucho en ello. ¿Quieres que te muestre mis conclusiones? Te lo prometo… no te arrepentirás.

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Más partes de nuestro juego particular, porque aquella no era la primera, ni sería la última vez que hiciéramos el amor. —Soy completamente tuyo desde el día en que nací —dijo—. Haz lo que desees con mi carne. Me besó ligeramente en los labios, y después se movió bajo mi cuerpo, dándome la espalda al recostarse boca abajo en el colchón. Sentí un ramalazo de excitación al verlo. Ashem prefería hacer el amor de frente, yo lo sabía. Pero él era consciente de que yo me inclinaba más por otro tipo de posturas. Así, tendido a su espalda, era libre de tocarlo, de lamerlo y besarlo, de excitar su miembro mientras el mío se enterraba en su cuerpo en arrebatos apasionados. Así lo tenía a mi completa merced, en mis manos, delirante de placer. Y era exactamente como lo quería. Cubrí su espalda con mi pecho y lo besé bajo el oído, entre los blanquísimos mechones de su cabello. —Te amo, pequeño —le susurré—. Te amo más que a mi vida. Después le acaricié los brazos, los costados, me apoyé en un codo y presioné mis caderas contra las suyas, mi miembro contra sus pálidas nalgas. Le temblaron las piernas, estoy bastante seguro de eso, y se aferró a la cama con las manos. —Yo también te amo —dijo de inmediato, mirándome por encima del hombro con ojos ardientes—. Te amo con toda mi alma. Le sonreí. Después lo besé en la nuca, en el principio de la columna. Me sostuve con un sólo brazo para no dejar sobre Ashem todo el peso, y con la mano libre rodeé sus caderas y encontré, de nuevo, su sedosa dureza. Cerró los ojos con fuerza y dejó caer la frente sobre el almohadón, estremeciéndose. —No me hagas esperar demasiado —pidió en un susurro azorado—. Por tu culpa tengo el cuerpo ardiendo y deseoso de ti. Me encantaba su aplastante sinceridad, el modo tan llano en que confesaba, una y otra vez, lo mucho que me deseaba. Yo sentía lo mismo por él. Sentía una pasión imposible de refrenar cada vez que lo miraba. —Tranquilo, pequeño —ronroneé—. No tendrás que esperar mucho. Acaricié su miembro durante unos momentos, pero después lo solté, rodeando con caricias sus caderas. Alcé mi mano y me lamí un dedo, para después bajarlo otra vez a su entrada, entre las nalgas, comenzando con un leve roce y luego, poco a poco, introduciéndolo en su interior. 45

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Noté cómo se estrechaba por puro instinto, y Ashem alzó un poco la cabeza, gimiendo. —Ah, por los… —su frase terminó en un jadeo de placer. —¿Sí, pequeño? —dije en tono inocente. Moví el dedo en su interior, jugueteando, dilatándolo, preparándolo para mi entrada. Mi miembro estaba tenso y palpitante de deseo, pero tendría que esperar. De nuevo se apoyó en la almohada, mordiéndola, y entre dientes me llamó. Sacudió las caderas, exigiendo más, y yo me reí con descaro. —Vale, chiquitín, ya voy… —ronroneé, encantado con su ansiedad, con su pasión, con su absoluto y abrumador deseo. Introduje un segundo dedo dentro de Ashem, conteniendo el aliento, conteniendo mi propia y prominente excitación. Se le cortó la respiración con un gemido. Estremecido, apretó las manos contra las mantas. —¿Qué, pequeño? —murmuré. Me incliné sobre su espalda y le recorrí a besos la columna hasta la nuca. —¿Quieres más? —susurré mientras movía los dedos en su interior, mientras lo conducía a la desesperante necesidad. Su cuerpo se movió contra el mío. Ah, Ashem también sabía cómo excitarme a mí, el condenado. —¡Hazlo, hazlo, hazlo ya…! —suplicó vehementemente—. Iorek… ¡Por lo que más quieras, entra! Reí y sin pensar le mordí el cuello, suave, con gentileza. —Mi pequeño… apasionado… —ronroneé—. Estoy a tus órdenes. Saqué los dedos de su interior, y dejé que mis caderas se movieran contra las suyas, mi miembro frotándose entre sus nalgas. Su cuerpo se apretó contra el mío mientras me miraba por encima del hombro, ruborizado; la palidez de su piel y el blanquísimo de su pelo hacían que el sonrojo de sus mejillas pareciera más intenso. —Iorek… —me llamó con voz anhelante, temblorosa de deseo. —Sí, amor mío —murmuré—. Sí. Mi mano volvió a encontrar su dureza, envolviéndola, mientras con la otra me apoyaba en la cama, cubriendo a Ashem sin dejar todo mi peso sobre él. —¿Listo? —ronroneé, relamiéndome con una sonrisa felina. —Oh… Felino… —noté que contenía un gemido—. Ahora mismo mordería esa boca de león, la lamería y la volvería a morder. Estaba al borde del delirio, y me encantaba que así fuera. 46

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Me arqueé lo suficiente para lamerle la mejilla y después besar su cuello y su nuca. Mis dedos comenzaron a acariciar su miembro con suavidad, sabiendo exactamente cómo hacerlo para enloquecerlo… Y para que perdiera completamente la cordura, poco a poco, conteniendo el aliento, con un lento y certero movimiento de cadera entré en su interior. Lo hice poco a poco, saboreando cada pulgada que mi carne entraba en la suya, sintiendo su perfecta estrechez, su calor. Noté que contenía el aliento, que se revolvía contra mí, pidiendo en silencio más, más profundo. Temblaba, y gimió mi nombre con desesperación. Lo adoraba. Mordisqueé su nuca, y con un jadeo, por fin, mi miembro quedó completamente hundido en su interior. —Mi Ashem… —ronroneé de puro placer, sólo por esto, por sentirme enfundado en su carne, el lugar perfecto, el lugar donde debía estar. —Por los Guardianes… Oh, por todos los… —repetía lo mismo una y otra vez, desbordado—. Eres tan… Retorcido y cruel… —Lo sé… Oh, lo sé… Le lamí la nuca y lo besé en el cuello. Mis dedos aumentaron el ritmo de las caricias en su dureza, tocándolo como más le gustaba ser tocado. Mis caderas permanecieron inmóviles, aunque las piernas me temblaban por la ansiedad de comenzar a moverme, de cimbrearme en busca de mi propio placer. Debí haber previsto que si no era yo quien se movía, lo haría él. Ashem apretó las nalgas y sacudió su cuerpo contra el mío. Con un jadeo apoyé la cabeza en su espalda un momento. —Está bien, pequeño… —reí por lo bajo—. Ya voy… —¡Demuestra que eres un depredador! —exclamó él, sin quedarse quieto—. Te deseo, est… estoy ardiendo po… por ti. ¡Dame ya lo que pido! Con un bronco gruñido enardecido le mordisqueé la nuca. Entonces aparté las caderas, y embestí, profunda y fuertemente. Ashem gimió mi nombre, tembloroso. —¡Más! —exigió. Y le di más. Comencé a cimbrear mis caderas contra las suyas, sintiendo mi miembro entrar y salir de su interior, sintiendo su carne envolviéndome, mis dedos envolviendo la suya, acariciándola cada vez más deprisa. 47

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La pasión se desataba, y ya no había vuelta atrás. Su cuerpo buscaba el mío, febril, fuertemente. Su voz gemía más y más alto, enloquecido por el placer, y se frotaba contra mí, buscando más, más de lo que tenía, más de cuanto podía darle. Mis caricias se volvieron frenéticas. También el movimiento de mis caderas. Temblaba, jadeando por el esfuerzo, por las llamas que me corrían por las venas, por el deseo y la pasión. Besaba, lamía y mordía su nuca, sus hombros y su espalda mientras lo acariciaba, mientras lo embestía, sintiendo la tensión de sus músculos, su propia y manifiesta desesperación porque lo llevara al más delirante éxtasis. Entonces llegó. Con un increíble grito de placer Ashem se derramó en mis dedos, su cuerpo sacudido por las oleadas del éxtasis. Su carne se estrechó con fuerza a mi alrededor, y yo jadeé, apretándome contra él. Mi pequeño quedó lánguido sobre el lecho, agotado, rendido. Y yo todavía enhiesto, ardiendo, tembloroso de la excitación insatisfecha. —Hmmmmmmm… —me quejé en un jadeo, y lo besé en la nuca—. Chico malo… Mi voz era un murmullo trémulo, profundo y ronco, una voz oscurecida por el deseo que me tenía en llamas. Pero el pequeño Ashem había terminado ya. Ahí estaba bajo mi cuerpo, mi miembro aún en su interior, mis dedos impregnados de su simiente rodeando su carne ya lánguida. Su respiración superficial, agotada. Temblando como estaba, tan cansado, dudo que pudiera siquiera mirarme. —¿Po… por qué? —preguntó con apenas un hilo de voz. Lo besé en el hombro y en la cabeza. —Me has dejado insatisfecho… —ronroneé. No lo decía en serio. Nunca lo hubiera dicho en serio. Sí, ardía de excitación y sentía que ese ardor se convertía en una queda frustración en el fondo del estómago, pero nunca culparía a mi pequeño y agotadísimo Ashem. Me encantaba cuando se quedaba así, lánguido e incapaz de un sólo movimiento más. Sonreí. Con cuidado salí de su interior, aunque todo mi cuerpo gritara en negación, y rodé con cuidado hasta ponerme a su lado, boca arriba. En mi mano todavía tenía los restos de su placer, de modo que fue la otra la que usé para cogerlo del brazo y tirar de él para acercarlo a mí, para apoyarlo en mi pecho y estrecharlo con suavidad. Se dejó llevar. Podía estar excitado y frustrado por la necesidad no satisfecha, pero también quería abrazarlo, besarlo después de haberle proporcionado todo el placer que su precioso y pálido cuerpo podía soportar. 48

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Y lo había logrado. —Sigue —exigió entonces, alzando la cabeza para mirarme a los ojos—. Continúa hasta terminar. —No —reí por lo bajo—. Nada de eso. Podría. Sabía que Ashem estaba más que dispuesto, pero, ¿cómo podía utilizar su cuerpo para mi propio placer, si estaba tan cansado ahora? —Si no lo haces tú lo haré yo —me aseguró. Era perfectamente capaz. No obstante yo sonreí, y para distraerlo primero lo besé mansamente en los labios, y después, recostándome de nuevo, asegurándome de que me viera, me llevé la otra mano a la boca y lamí su simiente de mis dedos, deliberadamente lento. Noté cómo su cuerpo se estremecía por completo, todo su fino bello se puso de punta. Se llevó una mano al vientre. —Cruel… y retorcido… depredador… —susurró con la voz tomada. —Mmhmmmmm… —asentí con un ronroneo. Aunque me sentía ardiendo y excitado me moví un poco para besarlo en la frente, estrecharlo entre mis brazos y, sí, con el miembro palpitante y enhiesto en toda su envergadura me aparté y salté fuera del lecho en busca de mis pantalones, tirados de cualquier manera en el suelo. En fin, esa misma noche habíamos tenido nuestra dosis de pasión, ¿cómo nos íbamos a preocupar por algo tan nimio como la ropa? —Eehh… Ashem trató de agarrarme de la pierna, aunque por suerte estaba ya fuera de su alcance. —No es justo —replicó—. Yo también quiero mi desayuno y lo llevas encima. Eso me arrancó una fuerte carcajada. —¡Oh, mi pícaro Ashem! —exclamé, divertido—. ¿Tienes hambre, amor? Vi que asentía con la cabeza. Su mirada era fija. —De ti, quiero mi parte —exigió. —Sí, ¿eh? Divertido me puse los pantalones y las botas de cuero, y después me acerqué a él, inclinándome para darle un suave beso en la mejilla. —Lo que tienes que hacer es dormir, pequeño —comenté—. Estás absolutamente agotado, lo sé. —Lo que tengo que hacer es quitarte ese peso de encima —resopló, cruzándose de brazos—. ¡No se puede trabajar así! ¡Lo sé! Lo sé muy bien porque… —titubeó—. ¡Simplemente lo sé! Con diversión lo miré y le acaricié el mentón.

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—¿Cómo lo sabes, eh, chiquitín? —pregunté con aparente inocencia. Sus mejillas se tiñeron de rojo intenso. Parecían dos manzanas. —Como si no lo supieras… —susurró—. Pensar en ti, en… esto… en el trabajo, y… ¡Por todos los Guardianes, no se trabaja bien excitado! Me gustó que lo admitiera. No es como si fuera algo raro, pero me gustaba mucho oírle decir que pensaba en mí. Reí con suavidad. —Ven, pequeño —ronroneé, poniéndole una mano en la nuca e inclinándome—. Ven que te diga un secretito. Ashem dio un respingo, pero se acercó un poco más para escuchar. Mis labios acariciaron su mejilla, y después se deslizaron hasta su oído. —Yo… —murmuré—… estoy muy acostumbrado a cumplir con mis obligaciones estando excitado de pensar en ti gimiendo y cimbreándote bajo mi cuerpo, amor. Me aparté con una gran sonrisa. —Me voy —dije alegremente—. ¡Deséame suerte, pequeño, voy a por mi tercera prueba de adultez! Y con estas palabras, cogiendo la camisa de cuero por el camino, me marché.

ihnea no pasábamos a adultos al alcanzar cierta edad, sino cuando los Guardianes, nuestros protectores, nos consideraban preparados. Conocía un par de ancianos que todavía eran niños, del mismo modo que había chiquillos de diez o doce años que ya eran adultos de pleno derecho. Los Guardianes nos observaban, nos cuidaban y evaluaban, y cuando estábamos preparados, cuando éramos lo bastante maduros, lo bastante responsables, a través del Portavoz nos indicaban que podíamos comenzar nuestras pruebas de adultez. Eran cuatro pruebas, una por cada Guardián, una por cada elemento de la naturaleza. Lo cierto es que nunca me había sentido particularmente llamado por la idea de convertirme en un adulto. Me gustaba ser un niño: aunque tenía, como todo el mundo, una función en nuestra sociedad (yo cazaba con mi padre, y Ashem, por ejemplo, cocinaba en las cocinas comunitarias del poblado), no tenía responsabilidades de peso, cumplía con mi obligación con la supervisión de un adulto y el resto del tiempo lo dedicaba a estar con Ashem o a bailar. Pero sin siquiera pensar en ello tomé por mi propia cuenta una responsabilidad muy grande: cuidar a alguien vivo que languidecía, al filo de la muerte. 50

Al contrario que en muchas otras culturas de las que apenas teníamos noticia, los

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Lo alimenté, lo lavé y le cambié las vendas, y cuando pudo moverse, lo ayudé a caminar. Le enseñé mi lengua y cómo desenvolverse en Ihneas, nuestra tierra, e incluso encontré para él una función con los niños más pequeños. Y por ello los Guardianes me consideraron digno. Cuando recibí la noticia de boca del Portavoz sentí que una parte de mí siempre había deseado aquel honor: que los Guardianes se enorgullecieran de mí, y decidieran convertirme en un adulto. Desde entonces había superado con éxito dos de las cuatro pruebas, y en aquellos momentos me dirigía a la tercera. Crucé el poblado desde la casa de Ashem (técnicamente la de sus padres, pues él, al igual que yo, todavía no era un adulto y por tanto no tenía hogar propio) hacia el acantilado, a un buen trecho de camino por el prado. Antes de llegar vi al Portavoz en lo alto del precipicio, con el viento revolviéndole el pelo de un rubio muy claro y la larga túnica de piel de ciervo que solía adornarse con plumas y algún que otro colmillo de tigre. Verlo hizo que me recorriera un curioso cosquilleo de anticipación, y apreté el paso, comenzando a subir la inclinada cuesta. Fue un trayecto largo, pesado, y la impaciencia que sentía por llegar y descubrir de qué se trataba mi prueba no ayudaban. Con la respiración algo acelerada por la caminata, por la ansiedad, saludé cuando todavía me quedaba un trecho para llegar. —¡Portavoz! —lo llamé alegremente. Él se volvió, mirándome con sus rasgos juveniles y atemporales, y me dirigió una suave sonrisa. No me respondió hasta que, un minuto más tarde, llegué a su lado. —Tan ansioso como siempre, Iorek —dijo. —No puedo evitarlo —sonreí. —¿Cómo está Ashem? Amplié la sonrisa al pensar en él, agotado y satisfecho, y el Portavoz lanzó una queda y suave risa. —Comprendo —asintió con la cabeza—. En ese caso… Es el momento de explicarte en qué consiste tu prueba del aire, ¿no? —Oh, sí. —Ven conmigo. Me indicó que lo siguiera, y dio unos pasos hacia el borde del precipicio. Yo me puse a su lado, y al igual que él miré hacia abajo. 51

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El acantilado era profundísimo, tanto que en aquel momento no se veía el fondo: había neblina en lo más hondo, impidiendo ver si el suelo estaba a cincuenta o a cien metros de distancia. —Es una buena caída —comenté, despreocupado. —Sí —respondió el Portavoz—. Y debes saltarla. Las palabras fueron dichas con sencillez, contundentemente. Volví la cabeza hacia el hombre, que a su vez me miró con completa sinceridad. “Debes saltarla”, había dicho. Saltar. Noté que la sangre me huía del rostro. De todo el cuerpo, de hecho, como si de pronto me hubiera quedado seco como una planta sin agua. —¿Qu…qué? —musité. —Sabes lo que he dicho, Iorek —dijo—. Debes saltar. —¿S…altar? Incrédulo volví a mirar al vacío, en cuyas profundidades la niebla me impedía saber qué había al otro lado. ¿Cuán dura era esa caída? ¿Acaso era posible sobrevivir a ella? —¿Qué clase de barbaridad es esta? —mascullé, atónito—. No…no es posible. ¿Cómo voy a saltar esto? Noté su mano en mi hombro, una leve caricia que, no obstante, me afectó como si me acabara de caer un rayo. Me aparté bruscamente y lo miré, tenso, incrédulo. ¿Los Guardianes querían que saltara al vacío? ¿Querían que…muriera? —Escúchame bien, Iorek —pidió el Portavoz, con gentileza pero también con firmeza—. Sé que amas apasionadamente, y valoras y anhelas la ayuda de nuestros protectores. Sé que crees en tus amigos, tus familiares, que crees en Ashem y en los Guardianes, pero… ¿Confías en ellos? —¡Desde luego que sí! —exclamé en respuesta, sintiéndome insultado por la duda. —Entonces salta. Sacudí la cabeza. No entendía qué tenía que ver el suicidio con la confianza. ¡Saltar aquello significaba morir! —Iorek. Sus dedos se crisparon sobre mi hombro. Esta vez me esforcé en no apartarme y lo miré, encogiéndome. Su mirada era seria y segura. A nuestro alrededor el viento comenzó a rugir con fuerza, como un vendaval que me empujaba hacia el precipicio. 52

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—Tú no confías ciegamente en nadie —sentenció el Portavoz. —Eso no es cierto —mascullé—. No es cierto. —Desde que Ashem nació te has encargado de cuidarlo y protegerlo. —¡Naturalmente! —Has vigilado que no se cayera de un árbol ni que se hiciera daño al escabullirse por una ventana. —¡Es mi pareja! —También tomaste toda la responsabilidad sobre Elier. —¡Papá! Oh, Guardianes… ¡Papá! Llamaba a mi padre mientras me dejaba caer junto a aquel cuerpo mutilado. Busqué su aliento, el latido de su corazón. Estaba vivo. No sabía quién era ni cómo había llegado allí. Su cuerpo inmenso estaba plagado de heridas y cortes. Tenía los ojos en blanco, y su aliento era débil, quebradizo. —¡Papá, hay alguien aquí! —puse la mano sobre la ancha frente febril—. Tranquilo, amigo, tranquilo. Todo va a ir bien. Te vas a poner bien. No sabía quién era, pero no importaba. —¡Yo lo encontré! —mascullé. —Lo has alimentado y vestido y aseado, le has enseñado nuestra lengua y has logrado que se integre en nuestra sociedad. —¿Por qué eso implica que no confío en nadie? —En cuanto viste que Elier deliraba y rechazaba a tu madre de inmediato volviste a encargarte de todo, como si nadie más pudiera hacerlo. —Era responsabilidad mía. ¡Elier es responsabilidad mía! El Portavoz negó con la cabeza, y puso ambas manos en mis hombros. Sentía su peso, y sentía el viento que me empujaba. —Desde que has tenido uso de razón te has responsabilizado de cosas que no eran tu deber —me dijo—. Eso te convierte en una gran persona, Iorek, pero también has desarrollado la tendencia de no confiar en nadie, porque no lo necesitas. —¡Sí confío! —negué con vehemencia, frustrado. —Entonces salta. Se apartó de mí y señaló el precipicio. Se me encogió el estómago dolorosamente. 53

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—Salta, Iorek —murmuró el Portavoz, y aunque el viento rugía sus palabras llegaron como si me susurrara al oído—. Demuestra que eres capaz de confiar en que los Guardianes te protegerán. Demuestra que confías en que algo te salvará de una muerte que crees segura. Esta es tu prueba: un salto de fe. Después dio la vuelta y se marchó. Con su partida el viento se aquietó, y todo quedó en silencio a mi alrededor, inmóvil como si el tiempo se hubiera detenido a la espera de mi respuesta. No lo entendía. ¿Cómo no iba a confiar en mis seres queridos? ¡Por supuesto que lo hacía! Ashem, Elier, mis padres, confiaba en ellos con todo mi corazón, ¿cómo podía ser de otra manera? Y los Guardianes, ¿cómo no confiar en ellos? Ellos protegían nuestras fronteras, dotaban a los adultos de poderes que nos hacían la vida más fácil, que nos permitían sobrevivir en comunión con nuestra tierra. Los Guardianes nos protegían del peligro. ¡Pero no me protegerían de la estupidez! ¿Qué hay más estúpido que saltar al vacío pensando «Eh, bueno, algo me salvará de la muerte»? «No puedo hacerlo», pensé. «¡No puedo hacerlo!» Le di la espalda al precipicio y eché a andar. El viento se alzó de nuevo, rugiente, y me empujó hacia atrás. Gruñí y me revolví. —¡No! —exclamé—. ¡Esto es una locura! ¡No hay nada ahí abajo! ¡No voy a sobrevivir si lo hago! Me froté el rostro con las manos. Me sentía enfadado… pero no lo estaba. Estaba asustado ante la idea de que si no saltaba, sino demostraba esa fe ciega, no avanzaría. No me convertiría en un adulto. No entraría en sintonía con un Guardián para recibir su poder. No tendría mi propia casa. No podría unirme a Ashem. Se me revolvió el estómago y me arqueé, dolorido. —No puedo hacerlo… —musité—. Pedidme otra cosa… Pedidme lo que sea… pero no soy capaz de saltar sin más. Ni siquiera puedo ver lo que hay ahí abajo. Los Guardianes no respondieron a mi ruego. No hablaban con todos los ihnea, sólo con el Portavoz, y en una sola ocasión, terminadas las pruebas, con cada individuo al que dotaban de poder un nuevo nombre. Estaba asustado. Me costaba respirar. —¿Qué tengo que hacer? —murmuré—. ¿Qué debo hacer? ¿Saltar? ¿Dar la vuelta y saltar al vacío? ¿Esperar que algo me sostenga en el aire? El aire no sostiene a los humanos. No puede. Me voy a matar. Me tiraré por el acantilado y moriré, y entonces sí que nunca… Nunca… 54

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Nunca volvería con Ashem. —No puedo… ¡No puedo! Eché a correr. Me negaba a confiar mi vida a los Guardianes. Me negaba a confiar mi vida a lo desconocido. Me negaba a apostar mi vida a que pasara lo que pasara volvería con Ashem. —¡Ah, maldición! —grité. Mis botas derraparon sobre la tierra cuando di la vuelta, seguí corriendo… Y salté. En un primer instante fue como si flotara, y el nudo de miedo en el estómago se aflojó. Entonces comencé a caer, y el terror me atenazó la garganta, impidiéndome respirar. Respirar, pero no gritar, porque grité. Caí y grité, y pensé que mi estupidez no tenía igual mientras el aire, en lugar de sostenerme, dejaba que me abocara a la muerte más segura. «Los Guardianes nos dan las armas para protegernos», pensé mientras la sangre me rugía en los oídos. «Pero no nos van a salvar ellos». Aun así cerré los ojos con fuerza y esperé un milagro. O el terrible dolor de mi cuerpo destrozado contra el suelo. Lo que tuviera que ser, sería. Mi mente convocó el recuerdo de Ashem y me aferré a él. Y entonces terminó. Fue como chocar contra el agua, excepto que no había agua. El mismo viento que atravesaba en mi caída me empujó brutalmente hacia arriba, arrancándome el aliento. Pero seguí cayendo. Seguí cayendo, y después… Después choqué. Fue algo duro, pero no era el suelo ni la roca. Era un cuerpo. Un cuerpo caliente y tenso que me envolvió, me protegió, y cayó conmigo. Temblando me encogí contra aquel cuerpo, aquella inexplicable salvación. «Ashem». Alcé la cabeza bruscamente, sin aliento, y lo vi.

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Lo vi. Mi Ashem de espaldas sobre el suelo, sosteniéndome, protegiéndome, apretándome contra su cuerpo para que el mío no sufriera ningún daño. Mi Ashem. Mi pequeño. El aire volvió a mis pulmones, y con él las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas. Su respiración era rápida, acelerada. Me miraba. Sus ojos rojizos estaban empañados. —Jamás dejaría que te ocurriera nada —sonrió, pero fue una sonrisa temblorosa—. Mi princesa. Yo también temblé. Temblé, reí y lloré, desbordado. —Asheeeeemmm… Me abracé a su cuello incapaz de contener mis propias emociones, las lágrimas, las carcajadas y los temblores de todo mi cuerpo. Lleno de amor, de agradecimiento, de clara revelación y fe ciega, me aferré a su cuerpo y lloré como no había llorado en la vida. —Ashem, te amo tanto… —sollocé quedamente, con la voz quebrada, ahogada por las emociones que me colmaban—. Ashem… Noté cómo él tragaba saliva y me apretaba contra su cuerpo. —Te amo, Iorek —susurró con voz trémula—. Te amo con toda mi alma, daría mi vida por ti. Comenzó a besarme allí donde daban sus labios, y yo, con una risa, lo agarré del rostro y le devolví un beso en la boca, desesperado, largo, ardiente, un beso enmarcado en lágrimas. —Mi pequeño… héroe… —ronroneé a duras penas, con una sonrisa temblorosa y bromista—. Mi amor… Volví a besarlo, estrechándome contra su cuerpo, sin pensar ni en él ni en mí, sólo en nosotros. Evocation - Adrian von Ziegler

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Biografía
Aya y Natsu Athalia comenzaron a escribir juntas como parte de un juego en el 2002, pero lo que era un pasatiempo se fue volviendo más serio mientras hilaban las bases de un cosmos completo y escribían sus propias novelas, hasta que se lanzaron al mundo literario publicando su primera obra, Lazos de Sangre, en el 2012.Un año después publicaron una segunda novela, Sacrificio. Las dos Athalia’s tocan muchos temas y géneros, pero la homoerótica es y siempre será “el principal”. Página web: http://athalia.es Blog:http://libreriaathalias.blogspot.com.es/

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Sonata N º 3

Cielo de invierno
Bry Aizoo

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There’s no chance for us It’s all decided for us This world has only one sweet moment set aside for us Who wants to live forever? Who wants to live forever - Queen

« l hambre es como un oso en invierno, una bestia dormida. Crees que ya no está, que ha desaparecido para siempre y que puedes hacer como si nunca hubiera existido, como si nunca te hubiera dominado. Pero no es así y lo sabes. Y temes el día en el que la Bestia despierte, porque cuando el invierno llega a su fin, el oso abandona su caverna. Todas las bestias despiertan y tú no eres diferente a ellas. Cuando se acerque aquello que busca Ella abrirá los ojos y alzará la cabeza, y no dejará de rugir y arañar, de retorcerse, de clavarte sus garras en las entrañas hasta que le des lo que pide». Polvo y cenizas acumuladas por el paso de los siglos se levantaron en una nube turbia cuando la losa del pozo se movió, y brillaron refractados por la luz de la luna llena. Por la pequeña rendija, asomaron unos dedos ensangrentados que, no sin esfuerzo, acabaron de apartar el mármol hasta dejar el suficiente espacio para que un cuerpo delgado pudiera salir al exterior. El dormido alzó la mirada y buscó las estrellas. Había escuchado la llamada y había despertado. ¿Dónde estaba? No recordaba su nombre... Todavía no, pero no importaba, lo haría, tarde o temprano. —Sangre —murmuró con una voz ronca, silenciada durante siglos. Tenía que estar cerca. De lo contrario, él no habría despertado. «¿De verdad has despertado? A lo mejor sigues dormido. Fíjate, estás rodeado de ruinas. ¿Acaso sabes dónde estás?» —Tengo mucha hambre —gimió, ignorando la voz de su cabeza. No le importaba dónde estaba él, quería saber dónde estaba aquello que necesitaba. Avanzó con pasos torpes, arrastrando los pies, el dolor era demasiado agudo. Sus venas se contraían y se clavaban en sus músculos como si fueran cuchillas afiladas. —¿Qué es esto que tenemos aquí? —bramó una voz a su espalda. Se giró lentamente para ver como un tipo de larga barba y pelo trenzado le dedicaba una sonrisa burlona, lobuna—. ¡Un romano! Un patricio, ni más ni menos. Un jovencito sin pelo en el pecho —rió y se apoyó en el suelo, mostrando su enorme hacha manchada de sangre. Amenazador y confiado al mismo tiempo. Cerró los ojos y lo olió, el aroma del cuero curtido, del metal sucio, el sudor de la piel, los restos de humo, el caballo... Pero bajo todo esto había otro olor, uno que le prometía calma avivando su rabia, uno que le prometía paz llamándole a la guerra. Uno que le devolvería la humanidad tras despertar a la Bestia.

E

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—¿Has perdido algo? —continuó el vándalo, mientras caminaba hacia él en una actitud poco amistosa, o mucho, si se pensaba bien. —Sí —murmuró. Alzó la mirada lentamente, casi con pereza, y sonrió—, pero ya lo he encontrado. Durante dos semanas las tropas vándalas saquearon Roma. Durante dos semanas, los gritos se sucedieron, las calles despertaron bañadas en sangre y las noches se iluminaron con las hogueras. Entre todo eso, nadie se preocupó por los cadáveres desangrados que aparecían en la vía pública. ¿Qué importaba un demonio suelto cuando el mismísimo infierno se había desatado sobre la ciudad?

probablemente, una espada. Los mechones desiguales caían por su rostro confiriéndole cierto aire salvaje y sus ojos grises brillaban con la rabia encendida de una bestia enjaulada. Y, para aquellos hombres, no debía de haber mucha diferencia. Las marcas en su torso desnudo hablaban de golpes y vejaciones, demasiados para su corta edad porque el muchacho no debía tener más de once o doce años y todo parecía indicar que no cumpliría ninguno más. Brujería... Ese había sido el veredicto final y sólo había una cura: la hoguera. Y eso era así para hombres y ancianos, para mujeres y, como era el caso, para los niños. —¡Y yo os lo digo, hermanos! —gritó el sacerdote al pie del cadalso, dirigiéndose a la pequeña multitud—. ¡No sintáis compasión o pena porque lo que vosotros veis como un niño no es más que un vestido de carne que el Diablo toma para mortificarnos! ¡Todos habéis visto los prodigios de esta criatura y la malevolencia que destila su lengua viperina! ¡Osa amenazarnos! ¡Pero somos buenos creyentes, criaturas de Dios y no tememos a la ira del Oscuro porque el Señor nos protege! ¡Alabado sea el Señor y su corte angelical! —No he amenazado a nadie —replicó el niño—, sólo he dicho que antes de que caiga el sol, llegará la bestia con rostro humano y tu sangre bañará la tierra. Y eso pasará aunque yo muera. —Maldita abominación —masculló el hombre con el rostro enrojecido por la ira. Soltó la mano en un golpe rápido que resonó por todo el valle—. ¿Osas maldecirme? Eira saboreó la sangre de su labio partido. ¿Maldiciones, amenazas? Ese sacerdote no entendía nada. Habían sido sus hombres los que le habían ido a buscar, los que le arrancaron de su hogar para que les dijera lo que todo el mundo quería saber: ¿quién será el nuevo pontífice? Pero las estrellas no siempre respondían a sus preguntas, aunque siempre decían la verdad. «Antes de que crezca la luna nueva, antes de que salga un nuevo sol, la Bestia con rostro humano se alimentará y aquel que esgrime su fe como si fuera un hacha contemplará, impotente, cómo su sangre baña la tierra». 60

Le habían cortado el pelo con alguna herramienta que no se había inventado para ello,

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Ahora, aquel hombre de fe le amenazaba con una cruz y una antorcha como si todo fuera culpa suya. No creía en las palabras del muchacho pero le iba a quemar por si pudiera ser real, como si silenciándolo pudiera borrar su aciago sino. Y él... iba a morir. Las estrellas no le habían dicho lo contrario. Sería un idiota al decir que no tenía miedo porque no era cierto. No le aterraba la muerte, sabía que volvería a reencarnarse pero... ¿morir quemado? Eso no iba a ser agradable. No recordaba que ninguna de sus vidas anteriores hubiera acabado de una forma tan dolorosa y eso que tenía un magnífico abanico de muertes violentas. Con todo, Eira se limitó a apretar la mandíbula y alzó la barbilla en un gesto orgulloso mientras uno de los hombres del clero derramaba aceite por su cabeza. Estaba temblando, tiritaba de frío apenas cubierto por un improvisado sudario de arpillera que ardería bien en cuanto encendieran la pira. —Apaga esa antorcha —ordenó una voz entre el público. La gente se apartó para dejar pasar a un extraño individuo vestido con ropas sencillas, demasiado ligeras para la estación en la que estaban. La pobreza podía explicar muchas cosas, entre ellas, una vestimenta escasa, pero no justificaría que el recién llegado se mantuviera impertérrito ante el frío gélido que azotaba la región. Nada parecía afectarle. Llevaba el cabello corto y el rostro afeitado, como la nobleza, y había algo en su forma de moverse que hacía pensar en reyes e inducía reverencia. —Apaga la antorcha —repitió con voz firme y sosegada, sin dejar de avanzar hacia el cadalso. Su acento era extraño pero pronunció las palabras con claridad. Quizá fuera un extranjero pero sabía bien lo que estaba diciendo. El sacerdote balbuceó sorprendido e intercambió miradas entre la antorcha encendida que llevaba en la mano y el crucifijo de la otra. Fue incapaz de alzar el rostro para devolver la mirada al extraño. —E-es un brujo —murmuró—, está maldito. Debe ser purgado por el fuego divino y debemos rogar a Dios que... —Calla —dijo el extraño haciéndole un gesto con la mano—.Tu voz me molesta. ¡Buenas gentes! —exclamó hablando a la multitud y todos le escucharon. Sus palabras eran vibrantes, cargadas de una energía cálida que invitaba a ser oída y compartida. Eira casi podía ver el chisporroteo mágico que impregnaba la atmósfera—. La brujería es algo serio. Hablar del demonio es algo serio pero... ¿desde cuándo las habladurías de un niño son obra del diablo? Juegos infantiles, es lo que son, y nosotros deberíamos avergonzarnos de habernos planteado la mera posibilidad de que fuera real. —E-el niño está maldito —insistió el sacerdote—. Dice cosas... ¡Cosas que se cumplen! —Al salir el sol, se irá la noche —replicó con un tono burlón para que le escuchara todo el mundo—. Yo también digo cosas que se cumplen. Podría decirle que se le caerá una muela y puede que no sea hoy, ni mañana, es probable que no suceda nunca y, sin embargo, cuando suceda, si sucede, recordará mis palabras y pensará que lo he profetizado. ¿Estaré embrujado 61

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yo? En realidad —añadió con un susurro, encarando al sacerdote pero dándole la espalda al resto. Desde su perspectiva, Eira seguía observándolo todo y abrió los ojos, aterrado, cuando el atractivo rostro del desconocido se desfiguró en una mueca siniestra que dejaba en evidencia unos afilados incisivos—, sí estoy maldito. Y antes de que salga el sol me habré bebido tu sangre. Y mientras el sacerdote temblaba sin poder pronunciar una palabra coherente, la orina resbalaba por su pierna formando un charco a sus pies y una mancha oscura en el hábito. El pequeño gentío gritaba que soltaran al chico, que no era más que un niño, y aclamaban al extraño que arrojó al suelo la antorcha encendida y, con paso firme, se dirigió a la pira del cadalso. —Eres un vampiro —dijo Eira con la voz temblorosa por el frío. Alzó la mirada y se encontró con unos ojos del color del cielo al anochecer que le contemplaban con curiosidad—. ¿Por qué me...? —En realidad... no tengo ni idea —confesó el extraño, y casi parecía que era una broma si no fuera por la expresión adusta y el ceño fruncido. Sí, en verdad no tenía ni idea. Desató las cuerdas y ayudó al niño a bajar de la pira de ramas y leña amontonada mientras la multitud estallaba en vítores, ajena a lo que en realidad había sucedido, incapaz de apreciar que estaban bajo el influjo del ser. —¿Cómo te llamas? —preguntó Eira, abrazándose a sí mismo para entrar en calor. El vampiro le contempló extrañado. Pareció que iba a responder algo pero, en vez de eso, se quitó la capa que cubría sus hombros y envolvió en ella al muchacho. —Te vas a congelar —dijo sin responder a su pregunta—, necesitas ropa y... comida caliente. Vamos, seguro que alguien te ayudará. Cuando bajaron del cadalso, la multitud lo arropó. Una señora le abrazó como si fuera el nieto perdido mientras no dejaba de repetir «pobre criatura» en una monótona letanía y le empujaba lejos de allí. Eira la dejó hacer pero giró la cabeza intentando seguir con la mirada a su misterioso salvador. Pero era inútil; había desaparecido.

fuerza de una legión de caballería. Demasiado cerca. El vampiro abrió los ojos en la oscuridad y se incorporó lentamente. —Por fin te has levantado —le recibió una voz juvenil—, llevo horas esperando a que se pusiera el sol. Bueno, eso creo —añadió tras una pausa—, en esta bodega no hay forma de saber si el sol se ha puesto, pero te has levantado, ¿no? Eso significa que ya es de noche.

Sabía que no estaba solo. Ya no estaba dormido, ya no, y el corazón del mortal latía con la

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Recordaba la voz... aunque en ese momento no le había parecido que fuera tan molesta. Sus sospechas se convirtieron en certezas cuando el niño encendió una vela y la luz dorada de su llama iluminó la pequeña bodega que utilizaba como refugio temporal. Allí, no llegaba la presencia del sol. Esas tinas gigantescas sólo se abrían en la temporada previa a la cosecha para limpiarlas a fondo y prepararlas para su nuevo contenido, ya que los hombres accedían a ellas desde los grifos que comunicaban con el otro lado de la pared. Su refugio apenas era un hueco lleno de telarañas. ¿Cómo le había encontrado? No era fácil, tomaba precauciones cada noche y se cuidaba mucho de no levantar sospechas. No podía arriesgarse a ser descubierto si su vida dependía de ello. —Llevo tres días buscándote —siguió diciendo el pequeño. Llevaba ropa gruesa de abrigo y los cardenales de la cara ya empezaban a amarillear—, no has sido fácil de encontrar y eso que tenía un buen guía. —Tenías que haberte quedado en el poblado —gruñó. No tenía hambre, se había alimentado bien y no necesitaba comer, pero si el niño seguía hablando le mataría sólo para no tener que escucharle. «No, no lo harás». —¿Y tú qué sabes? —gruñó para sí frotándose el entrecejo. —Pues... muchas cosas —respondió el niño como si la pregunta hubiera sido para él. «Claro, por qué iba a pensar lo contrario. Aquí sólo estáis vosotros dos». —¿Por qué no te quedaste en el poblado? —insistió—. Aquella gente te habría cuidado. —Ya... —El chico carraspeó un poco y se rascó la cabeza, desviando la mirada—. Bueno... se pusieron muy susceptibles cuando apareció el cadáver del sacerdote con el cuello destrozado y la tierra ennegrecida con su sangre. —¿Apareció? —se extrañó. Estaba bastante seguro de haberlo escondido bien. —Bueno... aparecerá —rectificó el jovencito—. A veces confundo las cosas que veo con las cosas que ya han pasado. Por cierto, me llamo Eira, ¿y tú eres? —Eres un vidente —observó sin responder a su pregunta. El niño sonrió en una mueca torcida, como si esa palabra tuviera significados ocultos para él. Los trasquilones de su cabello le daban un aire salvaje pero allí, en la oscuridad, destellaba con los colores del oro pálido, casi blanco. «Pelo blanco y ojos grises, tiene una belleza extraña. Si consigue conservarla en la madurez será realmente atractivo». —Entre otras cosas —dijo Eira ladeando la cabeza—, y tú eres un vampiro, una alimaña. ¿Cómo os llamaban en el sur? Ah, sí; cainitas. Los descendientes de Caín. Eres un cainita. ¿Qué haces tan lejos de tus gentes? —¿Un vidente no lo sabe? —preguntó con desdén aunque la verdad era que no quería pensar en ello. 63

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«Saliste corriendo y me dejaste atrás. Eso fue lo que pasó. Todos murieron, todos menos tú». —¡No te dejé atrás! —se defendió alzando la voz, como si no supiera que discutir consigo mismo no servía de nada. Las voces no se callaban. Había muchas, muchísimas, pero por encima de todas estaba la voz del muchacho, tan familiar y tan desconocida al mismo tiempo. Incapaz de darle un nombre a ninguna de ellas, de dárselo a sí mismo. —¿Con quién hablas? —preguntó el niño. Él no contestó, no podía hacerlo porque no lo sabía—. No eres muy hablador. —Nadie es tan hablador como tú —replicó molesto. ¿Por qué estaba allí?—. ¿No tienes nada mejor que hacer que seguirme? ¿Por qué no vuelves a tu casa? —Estoy en ello, me han dicho que para encontrar el camino a mi casa debo encontrar el camino a ti. Nunca... nunca dicen cosas concisas como gira a la derecha al llegar a Vindobona —se excusó ante su mirada perpleja—. Siempre son mensajes así. Creo que porque también inspiran a los artistas. El vampiro miró al niño con incredulidad, recogió la capa que había tirada en una esquina y el fardo que había debajo. No era un equipaje muy pesado. Se colocó bien la ropa y la sacudió para quitar el rastro de polvo y telarañas. Despensas y bodegas eran poco confortables y aun así las prefería a los cementerios. Abrió la puerta con cuidado de no hacer mucho ruido y sacó la cabeza para comprobar que no hubiera nadie cerca. Había ruidos en un cobertizo cercano, la gente regresaba a su hogar después de un día de trabajo pero ninguno suponía una amenaza. Se acomodó la mochila en la espalda y echó a andar hacia el camino, apenas iluminado por una luna creciente que comenzaba a mostrarse. —¿Me estás ignorando? —preguntó Eira trotando detrás suyo—. Las estrellas no se equivocan. Yo no me equivoco, digo siempre la verdad. Los mensajes pueden ser confusos pero son ciertos, siempre. El vampiro bufó y se giró para encarar al pequeño. —Lo sé —dijo con voz seca—. Cuando era pequeño mi padre me llevó a ver a un hombre que leía las estrellas. Tenía los ojos dorados. ¿Y sabes qué me dijo? Tu voluntad será tu condena. Y... aquí estoy, condenado. No me gustan las estrellas, mocoso, no me importa lo que tengan deparado para mí, no quiero saberlo. Así que... aunque lo veas, no quiero que me lo digas. Eira asintió pero siguió caminando detrás de él. Si el niño creía que siguiéndole encontraría su camino, nada de lo que le dijera haría que cambiara de idea. No quería viajar con niños. Vivía en la oscuridad y ese mocoso apenas era un crío. Podía matarle, así solucionaría todo. Pero esa vocecita insidiosa de su cabeza, la misma que le había empujado a rescatarle en la hoguera, no se lo permitiría. 64

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—¿Sólo haces eso? —gruñó—. ¿Ves el futuro? —Y el pasado —respondió Eira en un murmullo—, pero sí, sólo hago eso. No sirvo para mucho más. —¿Cuántos años tienes? —preguntó el vampiro con la voz temblorosa por la rabia contenida. —Pronto cumpliré once inviernos —dijo con un tono calmado, como si temiera ofenderle si hablaba más alto—, pero recuerdo muchos más —Agachó la cabeza y su voz tembló ligeramente—. Sé... sé cómo te sientes, yo tampoco querría saberlo. No me gusta mi poder, preferiría no tenerlo. No saber. Pero lo sé. Sé que ya he vivido la mayor parte de mi vida, que nunca tendré hijos, que nunca sabré lo que es formar mi propia familia. Sé que moriré solo y que ni en el mejor de los casos veré veinte primaveras. Y sé que volverá a empezar y volverá a ser lo mismo, una vez y otra. Yo también querría no saber, así podría vivir cada día sin pensar en ello. El cainita se quedó quieto, incapaz de decir nada. Veinte primaveras no era mucho tiempo y, sin embargo, el niño había pronunciado esas palabras con una entereza encomiable. Cualquier otro podría permitirse dudar de su significado pero no él, Eira sabía que su camino estaba trazado y no se podía cambiar. —¿Cómo te llamas? —le preguntó de nuevo el joven vidente. —No lo sé —confesó agachando la cabeza—. Desperté hace poco y mis recuerdos se confunden. —Pero... recordaste la visita al profeta —observó el niño. —Sí —admitió—, y recuerdo a una mujer llamándome Marcus, pero sé que ya no me llamo así. —Pero alguna vez fue tu nombre... —Sí —asintió. Miró al niño, en sus ojos grises había determinación, no se iba a dar por vencido. Suspiró, aunque no lo necesitara y retomó el camino—. Supongo que, mientras no recuerde el otro Marcus nos servirá. ¿Hacia dónde queda tu casa? Cuanto antes llegara, antes sería libre de nuevo. Libre de seguir su propio camino. Pero Eira no pensaba así, dio un saltito ilusionado y corrió para alcanzarle. —No tengo ni idea —confesó con una carcajada.

nieves que no desaparecían en primavera, y de bosques que llegaban hasta donde alcanzaba la vista y que escondían en su interior ciudades enteras. Marcus era un hombre culto y parecía saber bastante sobre el mundo que les rodeaba, decidió que lo más probable era que su hogar se hallara en los límites de las tierras de los germanos y Eira se encogió de hombros y asintió, por qué no. Podría decirle que el mundo había cambiado mucho y que ya no era el que conocía. 65

Caminaron hacia el norte durante semanas. Eira habló a Marcus de las montañas, de las

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Sólo tenía que esperar a que las estrellas dieran un mensaje claro, pero ya se lo habían dado y sabía que si permanecía cerca del vampiro, tarde o temprano encontraría su hogar. —Mi Nana me despertó con siete años —explicó el vidente entre bocados de pan, una noche que Marcus le preguntó si siempre había sabido su destino—. Ella no quería hacerlo, pero yo me estaba volviendo loco con las visiones y necesitaba darles un sentido. Después de aquello me pasé días llorando, y me negué a probar bocado. ¿Para qué? ¿Qué sentido tenía? Después llegaron los recuerdos y me di cuenta de que siempre era lo mismo, de que ya había pasado por ello una vez y otra. Y al mismo tiempo que supe que moriría joven, ya era viejo. En realidad, no es tan malo, supongo. —¿Cómo puedes decir eso? —se extrañó Marcus. —No tengo miedo a morir —explicó Eira—. Sé que es algo que tiene que sucederme y que no pasa nada, ya sé lo que viene después. Es... como todos esos monjes que están convencidos en ir al cielo cuando se mueran. ¡Sólo que yo tengo razón! —rió. —Pues no parecías muy tranquilo cuando aquel tipo iba a quemarte. —Ya... bueno —carraspeó y se rascó la cabeza—. No me asusta la muerte pero no me gusta el dolor —reconoció—. Luego te queda, ¿sabes? Cuando vuelves a nacer lo recuerdas y... no quería acordarme de eso —dijo, negando con la cabeza. Tiró el cacho de pan al suelo y se limpió las manos en el pantalón. Todavía estaban muy lejos del poblado más cercano y tenían que encontrar refugio antes de que saliera el sol—. Ya tengo suficientes muertes desagradables. Marcus no contestó, no hablaba mucho. Parecía que cargara siempre con demasiadas cosas a sus espaldas. Durante el día, tenía horribles pesadillas y no hacía más que hablar en una lengua que Eira desconocía. Había intentado preguntarle sobre ello pero nunca recibía respuestas claras. Se levantaban en cuanto caía el sol, cuando el cielo no había oscurecido del todo, y caminaban siguiendo los restos de la calzada romana hasta bien entrada la madrugada. Entonces buscaban un sitio para descansar y él dormía, mientras el vampiro salía de caza. Nunca le preguntaba dónde iba y más de una vez temió que no regresara, pero al levantarse, con el sol del mediodía, siempre había algo de comida y unas monedas para que comprara más. Entonces recababa información sobre la zona, y preguntaba por la distancia a la que se encontraba el siguiente poblado y esperaba a que cayera la noche para comenzar a caminar. No tenía ni idea de si el rumbo que seguían era el correcto pero pasados unos días le dejó de importar. De hecho, estuvo tentado de mentir abiertamente. Disfrutaba de la compañía del cainita. Y podía pasarse horas enteras viéndole dormir. Estudiando su perfil, el ángulo de su barbilla o la forma en la que sus músculos se marcaban incluso por debajo de la ropa. Las semanas se convirtieron en meses y, en todo ese tiempo, apenas había conseguido sonsacar información a su salvador. Nada, salvo que era romano, de la época dorada del imperio y que se había sumido en un letargo que había durado siglos para despertar en el ocaso de su civilización. 66

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—¿Estás bien? —le preguntó Marcus una noche. Según él, su hogar se encontraba al otro lado de las montañas y Eira tuvo que admitir que probablemente era cierto. Recordaba vagamente la silueta de la cordillera que se extendía ante él. El terreno era cada vez más abrupto y la nieve había hecho acto de presencia. Eira parpadeó confuso y salió de su ensoñación. Caminaba arrastrando los pies, abrigado en la gruesa capa de piel, pero incluso así el viento helado le había calado los huesos y no podía expulsarlo. Tenía frío. Sus dientes castañeaban sin parar y temía hablar por si se mordía la lengua. Asintió con la cabeza y continuó caminando. Tenía que seguir. Desde donde estaba ya se veían las luces de la posada que le habían indicado. La última antes de cruzar el paso. Un lugar que solía estar lleno de gente que se abastecía para una larga travesía, o que descansaba tras un duro viaje. Habría fuego, y comida y quizá podría descansar. Y quizá podría quitarse de la cabeza el último mensaje de las estrellas. Marcus lo había dicho muy claro: «No quiero saber». El cainita le miró de reojo y se detuvo. «¡No, no te pares. Si me detengo no sabré continuar y está cerca. Ya casi hemos llegado». —Hace demasiado frío —dijo con voz suave. Eira la reconoció, era el tono que se usaba para dar malas noticias—, y pronto empezará a nevar. Es un riesgo hacer el paso en esta época; aplazaremos el viaje. —¿Qué? —murmuró Eira—. ¡No! ¡No hace falta! ¡Puedo seguirte! ¡No me da miedo la nieve! —Eira, yo no tengo frío —le contestó Marcus mirándole a los ojos—. No necesito abrigo, ni cobijo, ni víveres como los tuyos. Pero si seguimos así te pondrás enfermo. Es una locura cruzar las montañas en invierno, no podrás avanzar con toda la nieve y yo no puedo darte calor. Allí arriba habrá todo tipo de seres hambrientos y no serás más que una presa para ellos —le explicó, y aunque el niño comprendía la verdad de esas palabras, no podía quedarse con los brazos cruzados mientras le abandonaba, porque sabía que allí era en donde derivaría esa conversación, y sabía lo que pasaría si le perdía—. Cuando lleguemos a la posada, les convenceré para que se ocupen de ti y volveré a buscarte cuando llegue la primavera. —¿Me vas a dejar? ¿Me vas a dejar de verdad? —exclamó el joven aterrado ante la simple idea de que pudiera suceder—. ¡No, por favor! ¡No lo hagas! —Eira, cálmate —le pidió el cainita. Se arrodilló a su lado para estar a su mismo nivel. Su voz era tranquila y grave, tenía una cadencia seductora que invitaba a escucharle—. No podré quedarme contigo, no puedo estar todo el invierno sin alimentarme y hay muy poca gente. Es demasiado arriesgado. Volveré a la ciudad y me quedaré allí hasta que llegue el deshielo, entonces vendré a buscarte —Estás usando tu magia conmigo —murmuró Eira agachando la cabeza para no mostrar las lágrimas que en ese momento pugnaban por salir. 67

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—Sólo lo hago porque quiero que me escuches, no porque lo que diga sea mentira. —Sé que dices la verdad —respondió asintiendo con la cabeza, le costaba hablar, sentía que si lo hacía rompería a llorar y... no era un niño. Puede que en apariencia lo fuera pero él no lo era. Había vivido muchas veces, tenía toda esa sabiduría acumulada, no era un niño—. No soy un niño. Puedes explicarme las cosas y las entiendo —replicó de malos modos—. No tienes que usar trucos conmigo. Marcus suspiró. A Eira le divertía ese gesto tan humano en alguien que no lo necesitaba lo más mínimo, pero en esa ocasión no había nada divertido en él. —Confía en mí —le pidió el cainita—. Volveré a buscarte. —Sé que lo harás —murmuró apretando las mandíbulas. Marcus buscaba sus ojos pero Eira era incapaz de devolverle la mirada. Sabía que volvería, claro que sí, se lo habían dicho las estrellas. Pero también le habían dicho que sería demasiado tarde. El vampiro asintió, más tranquilo, y reanudó el camino hacia la posada. Eira intentó imitarle, pero en ese momento el viento frío regresó con más fuerza, era una fuerza helada que parecía surgir de todas partes. La naturaleza entera se había levantado en su contra. Quizá era lo que tenía que suceder. «No es justo, no es justo», decía una vocecita en su interior. «No es justo». Eira cerró los ojos y alzó una mano para protegerse de la ventisca. Sin darse cuenta, tropezó con una piedra del camino y cayó al suelo. La mugre húmeda del suelo golpeó su rostro. —¡Eira! —exclamó Marcus y retrocedió para buscarle—. ¿Ves a lo que me refiero? —dijo mientras le ayudaba a ponerse en pie—. Seguir adelante con este clima será tu muerte. —Si tú me dejas moriré también —murmuró. —¿Te lo han dicho las estrellas? —Marcus parecía preocupado de verdad. Eira sonrió, y estuvo tentado de decirle que así era, pero eso sería mentir. Las estrellas no hablaban de muerte, hablaban de dolor pero no de muerte. No aún. —Me lo dice el corazón. —Alzó la mano y acarició el rostro que le observaba, dibujó las fuertes líneas de su mandíbula, la silueta de sus labios, miró sus ojos azules como océanos. Él había visto el mar, en otra vida, y esos ojos eran como ese mar, salvaje, frío y profundo. En un impulso buscó su beso, si eso iba a ser una despedida sería una de verdad. Marcus le apartó con brusquedad. —¿Qué estás haciendo? —preguntó. —Te quiero —respondió Eira con un susurro y buscó un nuevo beso—. Te quiero. —Déjate de tonterías, niño, no sabes de qué hablas —le espetó el cainita separándole de nuevo. 68

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—¿Es porque soy un hombre? —¡Es porque eres un maldito crío, Eira! ¡Eres un niño! —Marcus parecía escandalizado por su comportamiento. —No lo soy —negó él—. Te lo he dicho: he vivido muchas veces, no soy un niño. —A mis ojos sí lo eres —replicó él—. Y hay límites que incluso un condenado como yo no piensa cruzar. Entonces lo vio claro. Vio sus ojos, el miedo que había en ellos, el terror a hacerle algo, a despertar a la Bestia y perder su humanidad por completo. Marcus no volvería a buscarle. Todo se había acabado. Lo había hecho. Las estrellas habían vuelto a tenderle una trampa. En su afán por detenerle a su lado lo había apartado de él. Eira no detuvo las lágrimas, no tenía sentido hacerlo. Habría muchas más, lo sabía. Eso sí se lo decían las estrellas. Se dejó caer sobre sus rodillas y lloró, lloró sin importarle si alguien le veía, lloró como nunca había hecho y como nunca más haría, no en esa vida. Dejó que los gemidos rompieran su pecho para escapar de él y Marcus le dejó hacer. Si su llanto tuvo algún efecto en el cainita no lo supo ver, cegado como estaba en su propio dolor. Pasada una eternidad que apenas duró unos minutos, Eira recuperó la templanza y se levantó. —No es necesario que me acompañes —dijo con toda la firmeza que pudo reunir—. Ya improvisaré una historia. Marcus asintió y le dejó una bolsa con monedas. —No es mucho, pero te ayudará algo —dijo. En su voz no podía apreciar ninguna emoción y su rostro era una máscara esculpida. —¿Volverás a buscarme? —preguntó Eira en un hilo de voz. —Lo haré —respondió el cainita tras una larga pausa. Eira esbozó un amago de sonrisa y se encogió de hombros restándole importancia. Todavía sentía las mejillas encendidas por el llanto, y los ojos le quemaban. Pero de nuevo puso su mejor esfuerzo en sonreír y se despidió con la mano en un gesto vago. —Con eso me basta —dijo y comenzó a caminar hacia la posada, con la firme intención de no volver la vista a atrás.

C « inco años... Es mucho tiempo. Quizá no deberías molestarte en regresar».

—Le dije que lo haría —contestó en voz alta y se detuvo al ver las luces de la posada.

Apenas había cambiado en ese tiempo. Era un edificio grande y si se parecía en algo a las otras postas de este estilo, compensaría la poca actividad de los meses de invierno con una mucho más frenética en la primavera, cuando los pasos se abrían y las caravanas recorrían de 69

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nuevo el angosto paso entre las montañas. Casi todas las construcciones vecinas eran establos para guardar los animales y almacenes para guardar las provisiones. Aunque la mayoría de las caravanas grandes preferían acampar en la enorme pradera. «A lo mejor no está. A lo mejor se ha marchado. ¿Por qué iba a esperarte?» —Porque me necesita para regresar a su casa —repuso, sin darle demasiada importancia al viajero que le miraba, sin duda extrañado de que hablara solo. Marcus suspiró y agitó la cabeza, cansado. La vocecita desconocida cada vez era más molesta—. ¿De qué te quejas? — preguntó—. Pensaba que eras tú quien no quería que le dejara aquí. El que insistió en que regresara antes. «Y no me hiciste caso». —Ahora estoy aquí, ¿por qué me atormentas? —La voz calló. Marcus esperó a que hubiera una respuesta ácida por parte de esa conciencia extraña que habitaba en su interior, pero nada. No hubo nada—. Así está mejor. Abrió la puerta y nada más hacerlo, una bocanada de calor y humanidad le golpeó la cara. Una enorme chimenea central calentaba la estancia alrededor de la cual se habían dispuesto una serie de mesas redondas. No había mucha gente. El paso de las montañas se había abierto hacía unos días, las caravanas que esperaban ese momento habían partido casi al instante, y las que volvían todavía no habían atravesado el desfiladero. Era unos días de tregua antes de que el trabajo duro activara por completo la pequeña población. Marcus se acercó a la barra y llamó al tabernero, un hombre fuerte de aspecto recio, con una espesa barba rubia y las mejillas coloradas, una sonrisa amable y una voz como el trueno. —¿Qué desea? —le preguntó. —Estoy buscando a un chico llamado Eira —dijo. El tipo le miró de arriba a abajo y frunció el ceño. Su semblante se oscureció. —Esos tratos en el establo, no aquí —gruñó el tabernero bajando la voz, como si temiera que el resto de la clientela le escuchara—. Ahora está ocupado pero si espera unos minutos seguro que tiene un rato para usted. —¿En el establo? —repitió Marcus, más sorprendido por el cambio de actitud del hombre que porque el chico estuviera trabajando allí. —Me da igual lo que hagan pero no bajo mi techo —repitió con un tono tajante. Marcus le miró extrañado mientras abría la puerta y se dirigió a los establos. Mientras lo hacía, un mal presentimiento se adueñaba de él. De nuevo los nervios y la incertidumbre que le habían asaltado días atrás. Cinco años era suficiente tiempo. Ahora debía tener quince o dieciséis años y ya no era el niño que le perseguía. Ahora, si cedía a la tentación no sería un monstruo. No mucho más de lo que era habitualmente. Pero... cinco años era demasiado tiempo. Estaría furioso con él, puede que ni siquiera quisiera verle. Y si eso sucedía... 70

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«Ya lo sé», exclamó la vocecita insidiosa cargada de sorna. «Te marcharás y te olvidarás del asunto porque es fácil. ¿No? Por eso no has dejado de pensar en ese niño en cada primavera. Por eso no has dejado de contar los días que faltaban para el deshielo». —Eres molesto —gruñó—. ¿No te cansarás nunca de torturarme? «¿Torturarte?», el dolor quebró la voz de su conciencia. «Tanto tiempo... y sigues sin saber quién soy, ¿verdad? Sin saber quién eres tú. No... no importa. Sólo escúchame, eso me vale». —Tengo que conseguir deshacerme de ti —murmuró. Pero no dijo nada más. La voz calló y él también lo hizo. Había llegado a los establos y escuchaba ruidos. Escuchó los gemidos y los golpes. Un animal relinchó inquieto al verle. Marcus le ignoró. Los golpes se hacían más fuertes conforme se acercaba, las maderas crujían. Allí había alguien. Apretó los puños e intentó contener la rabia homicida que empezaba a gestarse en su interior ante la escena que se formaba en su mente. —¿Quién es mi potro salvaje? ¿Quién es mi potro salvaje? —Fuera quién fuera jadeaba mientras decía eso, y no parecía necesitar una respuesta. Marcus se quedó allí, de pie, aturdido ante la imagen. Un hombre, con los pantalones bajados, arremetía vigorosamente contra un muchacho con las muñecas encadenadas a una viga del techo, completamente indefenso. Los pies apenas le rozaban el suelo y se despegaban de este cuando el tipo acercaba las caderas con golpes secos y constantes que acompañaba con jadeos y estúpidas exclamaciones. —Potrillo de culo prieto. Yo te domaré. ¿Te gusta que te domen? El chico no contestó, apretaba los puños con fuerza, se mordía los labios y cerraba los ojos. Con un jadeo largo, el cuerpo del hombre se estremeció en una corriente de placer. Cuando acabó, empujó las caderas del chaval y salió de su interior, todavía goteando. El cuerpo del chico quedó colgando como un fardo. Marcus sólo tenía ojos para ese cuerpo menudo en el que sin mucho esfuerzo se podían contar las costillas. En su espalda se veían cardenales y marcas de latigazos. El cabello, casi blanco, le caía por los hombros en mechones apelmazados por el sudor. —¿Quién eres tú? —le espetó el hombre de malos modos mientras se abrochaba el pantalón—. Podías haber esperado fuera, ¿no? El chico giró la cabeza al escucharle hablar. Abrió los ojos, esos ojos grises como el cielo de invierno, nubes de tormenta que amenazaban lluvia, y en ese cielo vio vergüenza, y vio miedo. Eira apartó la mirada con el rostro enrojecido. Se puso de pie y, sin demasiadas complicaciones, se deshizo de las cadenas de sus muñecas. No alzó la vista en ningún momento. —Es igual —continuó el tipo, quitándole importancia—. Ya he acabado. Todo tuyo. Te he abierto el camino —rió.

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No estaba hambriento pero hacía mucho tiempo que no sentía una sed como la que se apoderó de él en ese momento. La Bestia alzó la cabeza desde la profundidad de las entrañas de su alma, donde la tenía relegada. Separó las mandíbulas y mostró las garras, dispuesta a abrirse paso hasta el exterior, decidida a tomar el control de su cuerpo. Y él la dejó porque era lo que quería, quería matar y destrozar, quería la sangre de ese tipo bajando por su garganta y sentir los latidos de su corazón apagarse lentamente. Disfrutó, sí, disfrutó de su rostro de terror absoluto, de la superioridad que le confería su poder. Disfrutó aplastando la cucaracha, ahogando sus gritos al arrancarle la garganta. Disfrutó incluso del gorgoteo de la sangre, del sonido que hicieron sus pies al chapotear en el charco cálido, y del golpe sordo con el que su despreciable cuerpo golpeó el suelo. Satisfecha, la Bestia regresó a su guarida, se encogió sobre sí misma y cerró los ojos. Recordándole que, aunque durmiera, tenía un sueño ligero. Marcus se miró las manos, cubiertas de sangre, y las lamió lentamente, saboreando la huella del terror que allí quedaba. No había ira, ni dolor. Ya no. Ahora sólo había sangre y paz. —Vístete —ordenó a Eira con sequedad—. Voy a llevarte a tu casa.

curtido. O eso había creído hasta el incidente del establo, hasta que vio esa mirada en los ojos de Marcus. Nunca hasta entonces le había visto alimentarse. Sabía lo que era, lo había sabido siempre, pero nunca, nunca había sido consciente de la bestia que anidaba en su interior. Una bestia hermosa y aterradora al mismo tiempo. ¿Hermosa? Sí, quizá estaba loco, no era la primera vez que se lo decían, pero lo había visto, era... hermoso. El rojo de la sangre, la rabia animal impregnando cada golpe... Era como ver cazar a un gato salvaje. Cada gesto tenía una mortal elegancia. Una danza macabra que bailaba para él, que bailaba por él. Ahora, no era la bestia la que cabalgaba con él, era Marcus. Había vuelto a buscarle. «Demasiado tarde», pensó abrazándose a su cuerpo, apoyando la cabeza contra su espalda, mientras se alejaban a galope tendido de aquel lugar que había sido su hogar y su infierno. Ya estaba, ya había pasado. Tras ellos, las llamas llegaban al cielo iluminando el horizonte, quemando sus recuerdos y cauterizando las heridas de su alma. Eira escondió el rostro en la capa del jinete y dejó que lágrimas silenciosas resbalaran por sus mejillas. Cabalgaron durante horas, hasta que Marcus paró el caballo y le hizo desmontar. Eira obedeció sin decir nada. No habían intercambiado palabras desde ese escueto “Vístete” que significaba tantas cosas. Él seguía sin ser capaz de mirarle a los ojos pero obedeció sin rechistar. 72

Los años habían pasado, Eira había crecido y su piel se había vuelto dura como el cuero

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—Quédate aquí y no te alejes —dijo—. Tengo que localizar un refugio antes del amanecer. Eira asintió con la cabeza y se sentó en una piedra a esperar que regresara. Marcus no tardó en hacerlo. —Hay unas cuevas en aquellas rocas —explicó—. Podremos usarlas de refugio hasta el anochecer. La cueva era poco más que un agujero en la pared que se estrechaba hacia el final, convirtiéndose en una angosta madriguera por la que apenas pasaría un hombre arrastrándose. Algún animal, quizá un tejón, debía de haberlo usado para invernar pero no quedaba rastro de él. Prepararon un campamento en la entrada, donde apenas podían permanecer sentados sin tocar el techo y el paso era tan angosto que era imposible no tocarse. Mientras estuvieron entretenidos trabajando, el silencio era soportable. Fue al terminar, cuando ambos se encontraron sentados el uno frente al otro, separados apenas por una minúscula hoguera, entonces el silencio se volvió asfixiante. Había llegado el momento de hablar de lo sucedido, de esos cinco años, y ninguno de los dos parecía estar dispuesto a dar el primer paso. —Has tardado mucho —dijo Eira armándose de valor. —Lo sé —respondió el cainita—. Lo siento. —No... —Eira tomó aire y negó con la cabeza. Era difícil hablar sin llorar—. No importa, fue culpa mía, no debí besarte. Si no lo hubiera hecho me habrías venido a buscar en la primavera, como habías dicho. No tienes que disculparte, ya sabía que iba a pasar. —¿Lo sabías? —se extrañó Marcus—. ¿Por qué no me lo dijiste? —Porque no hubiera cambiado nada —dijo encogiéndose de hombros mientras se cubría con la manta—. Nunca se puede cambiar. Y es doloroso ver cómo al intentarlo desencadenas los acontecimientos. Como el beso, por ejemplo. Sólo quería quedarme contigo y lo que conseguí fue que te alejaras de mí. Tanto tiempo jugando a este juego y todavía me engañan. Marcus no dijo nada, se limitó a contemplar las llamas. Si algo de lo que le había contado le importaba, aunque fuera un poco, no lo demostró. Eira esbozó una sonrisa triste. ¿Qué había pensado que pasaría? Se tendió en el suelo, dándole la espalda, así por lo menos no le vería llorar. —¿Cómo sucedió, Eira? —preguntó—. ¿Cómo acabaste..? —¿Vendiéndome? —dijo él, concluyendo la pregunta. No se giró, siguió tumbado de espaldas, sin mirarle. Desde donde estaba podía ver las estrellas. Había algo burlón en su forma de brillar—. Algunos no tienen tantos remilgos como tú —dijo—. Me pagué el invierno en la posada con el dinero que me diste. Cuando llegó la primavera y tú no viniste... supe que tenía que buscarme un trabajo. Los meses de verano no eran un problema, me ocupaba de los animales, pero tampoco ganaba tanto y ya me avisaron que, o conseguía más o no podría pagarme mi estancia en invierno. La comida escaseaba. Entonces un día, estaba limpiando el establo y...vino alguien y... —Prefería no pensar en esa parte—. Fue el primer verano —continuó—. Me dio mucho 73

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dinero, más de lo que ganaba un día normal. Después de eso hubo otros. No todos pagaron, pero la mayoría lo hicieron. El dueño de la posada me dijo que debía irme, que era evidente que nadie iba a ir a buscarme y que así estaba tirando mi futuro. Pero yo sabía que tú vendrías, sólo tenía que aguantar. Y eso hice. Confiaba en poder ocultártelo —dijo con la voz estrangulada—. Así tendría valor para mirarte. Ahora no puedo hacerlo. No puedo. Eira se encogió sobre sí mismo y se cubrió con la manta. Sentía demasiada vergüenza para mostrarse. Era extraño, en esos años había sido consciente de su forma de supervivencia y no se enorgullecía de ella, pero nunca se había sentido tan sucio y despreciable como en ese momento. «Eso es porque esas personas no te importaban, era igual lo que pensaran de ti. Pero él sí te importa». —No escapé de ti, Eira —dijo Marcus hablando con voz pausada, como si le costara hacerlo—. Escapé de mí mismo. Eira —dijo, llamándole de nuevo. Eira se encogió aún más pero, para su sorpresa, Marcus tiró de la manta arrebatándole su escudo. —¡No!—exclamó alzando los brazos para intentar atraparla. —Eira, mírame —le ordenó con voz suave. El joven negó con la cabeza y se cubrió con los brazos. —No, por favor —sollozó—. Déjame, no puedo hacerlo. —Por favor —susurró él, cogiéndole la cara con delicadeza. Eira bajó la mirada, si era necesario cerraría los ojos—. Por favor, déjame ver el cielo de invierno. Abrió los ojos y se enfrentó al mar del cainita que tenía delante. Un mar oscuro y frío que le llamaba, un mar en el que se ahogaría gustoso. —Has vuelto a usar tu magia —dijo en un hilo de voz, incapaz de apartar la mirada de aquel océano. Marcus sonrió y negó con la cabeza sin dejar de mirarle. —No he usado ninguna magia contigo. Pero me gustaría hacerlo, me gustaría poder borrar estos cinco años. Eira bajó la mirada a sus labios y los rozó con los dedos, dibujando su contorno. Quería recordarlo. Por muchas veces que muriera, por muchas vidas que pasara, él recordaría esos labios y se ahogaría en ese mar. —No quiero que los borres —replicó—, quiero que me demuestres que ha merecido la pena esperarte. Ya no soy un niño. —No —admitió Marcus—, ya no eres un niño. —Nunca lo fui. —Lo sé. Y ahora también lo veo.

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El beso fue tierno, dulce y cálido. En esta ocasión el cainita no le apartó, al contrario, se sumergió en su boca y le robó el aliento. Capturó su lengua e inició un baile con ella, un baile húmedo en el que se alejaban y se acercaba, se frotaban y se lamían. El cuerpo del vampiro, normalmente frío y perfecto como el mármol pulido, rebosaba de vitalidad tras el festín en el establo. Su corazón latía, su cuerpo le llamaba, reclamando su atención. Marcus trazó la línea de su mandíbula con la lengua, mientras le despojaba de la camisa. Eira sintió como su piel se estremecía al contacto del aire frío, para luego notar la cálida caricia de unos dedos diestros deslizándose por su espalda. Ahogó un gemido cuando esos dedos se deslizaron bajo su pantalón y se aferraron a sus nalgas. —¿Seguro que quieres hacerlo? —preguntó el cainita con la voz ronca por el deseo. —¿Seguro que puedes hacerlo? —replicó Eira con cierta malicia. Marcus rió con suavidad y le besó. Se colocó entre sus piernas y le atrajo hacia sí. Incluso a través de la tela, la presencia de su miembro endurecido era más que evidente. —Puedo hacerlo —aseguró—. Y puedo llevarte hasta la cima, pero no podré acompañarte. No funciona así. —¿Por qué no? —preguntó extrañado. —Porque no puedo sentir como sientes tú —le explicó sin dejar de frotarse contra su cuerpo. Eira sentía el fuego arder dentro de él, un fuego que nacía en su entrepierna y se extendía por todo su cuerpo—. La comida es cenizas, la bebida es cenizas, el sexo es... movimiento, pero no hay placer, no para mí. No físico, al menos. Te llevaré hasta allí pero no te acompañaré —repitió. —¿No hay forma de que lo hagas? —preguntó entre jadeos sintiendo que la tela del pantalón le asfixiaba. —Sólo la sangre me llena, sólo la sangre me da placer. —Marcus le ayudó a desprenderse del pantalón tirando de él—. No te preocupes por mí —dijo regándole de besos el sendero a su entrepierna—, te aseguro que a mi manera, también disfruto con todo esto. Eira arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás cuando sintió que la boca del vampiro ejercía presión sobre su miembro. Continuas descargas de placer se extendían desde su bajo vientre con cada movimiento del cainita. —Para —suplicó al sentir que en cualquier momento el placer le desbordaría. Marcus obedeció pero no se detuvo, ni mucho menos. Le atrajo hacia sí obligándole a alzar las cadera. Usó la lengua para humedecer la entrada y los dedos para ensancharla. Poco a poco, sin prisas, recreándose en cada gemido que conseguía arrebatarle. Eira se mordió la muñeca para reprimir los jadeos. Una pequeña idea, a modo de revelación, se filtró entre los destellos de placer que nublaban sus sentidos. Se revolvió para incorporarse. El vampiro se sorprendió ante su gesto pero esbozó una sonrisa pícara al anticipar sus acciones. Retrocedió lo justo para que su espalda tocara la pared del refugio. Eira no podía dejar de mirar sus ojos, de ahogarse en 75

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ellos. Trepó por su cuerpo y buscó sus labios. El duro miembro del vampiro estaba dispuesto y encontró con facilidad el camino a su interior. Eira cerró los ojos y se adaptó a la intromisión. Era cálida y la notaba palpitar, sabía que esa era la voluntad del vampiro, hacerle sentir. Se incorporó en un movimiento ondulante y se dejó caer de nuevo. —Muérdeme —le pidió contra los labios entre jadeos entrecortados—. Acompáñame, por favor. Ven conmigo. Marcus gruñó contra su cuello y, por un instante, Eira creyó que no le haría caso. Dio un respingo sorprendido cuando unos dientes afilados perforaron su piel. El placer estalló en su interior como nunca antes había hecho. Era todo. El sexo, la sangre... El instinto más primario se mezclaba con la fuerza poderosa del líquido vital. Con cada succión, Eira se sentía arrastrar hasta un vórtice divino que no podía comparar con ninguna otra emoción que hubiera sentido en ninguna de sus vidas. Y entonces, las estrellas hablaron de nuevo y le mostraron su muerte. Se abrazó con fuerza al cuerpo del cainita buscando un consuelo que no encontraría. Y mientras el placer se retiraba y una calma nueva le cubría como un manto, Eira decidió que no le importaba, que lo afrontaría con valor porque ahora entendía el motivo de esa vida y sabía que, aunque pasaran mil años, volverían a encontrarse.

el sendero por el que avanzaban. Hacía días que habían dejado atrás el camino principal, ahora era Eira el que guiaba sus pasos y lo hacía sin sombra de duda. —¿Las estrellas se han decidido ya a mostrarte el camino? —bromeó una noche ante la facilidad con la que decidió la dirección en un cruce. —Así es —respondió el joven.

En aquella zona los árboles crecían altos y el bosque era tan denso que apenas se distinguía

Eira montaba a su espalda, así que no pudo ver su rostro, pero en su voz percibió la tristeza que parecía emanar desde aquella noche. Era una tristeza extraña, al principio lo había atribuido a lo sucedido en el establo o a esos cinco años de separación. Le dolía reconocer que una parte de él echaba de menos al chaval hiperactivo y charlatán que había conocido. El joven Eira era duro y frágil al mismo tiempo, habría dado cualquier cosa por disipar ese aire melancólico que lo envolvía. Desde aquella noche lo habían repetido varias veces. En algunas ocasiones le había parecido vislumbrar lágrimas en el rostro del muchacho, pero no había osado preguntar, quizá temía su respuesta. Por eso el temor y la cautela, por eso esperaba cada noche a que fuera Eira quien diera el primer paso porque no soportaba la idea de estar forzándole contra su voluntad. Y, sin embargo, había algo que le hacía daño. 76

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«Sólo tienes que seguir intentándolo. Lo estás haciendo bien». —¿Tú crees? —preguntó en voz alta. —¿Perdón? —dijo Eira—. Lo siento, estaba distraído, ¿qué me has preguntado? —No... —Marcus negó con la cabeza—. No era a ti. —¿Otra vez la voz de tu cabeza? —Así es. —No te he preguntado... ¿Cómo has pasado estos años? ¿Has conseguido recordar algo? —¿Algo como mi nombre? —bromeó—. No, todo sigue igual que siempre. Estos cinco años me he seguido moviendo sin rumbo fijo. No pasaba más de un par de noches en el mismo sitio. Como siempre. «¿Nunca te has preguntado por qué no te quedas quieto? ¿Por qué no dejas de moverte? Es como si te persiguieran. ¿Estás huyendo?» —Es como si estuvieras huyendo —pensó Eira en voz alta—. No te preocupes, cuando lleguemos tendrás el refugio que necesitas. Las estrellas me lo han dicho: todo se arreglará. —¿Me sacarán la vocecita de la cabeza y viviremos juntos y felices para siempre? —bromeó. —Sí... hasta que yo muera —respondió el joven. «Su destino... ¿lo habías olvidado? Eira morirá antes de cumplir las veinte primaveras. Y ahora tiene dieciséis, no queda mucho tiempo». —Puedo evitarlo —replicó en voz alta—. Tengo poder sobre eso, puedo hacer que no mueras. Puedo convertirte en alguien como yo. Pudo sentir cómo el joven se tensaba a su espalda. Ese chico le importaba, puede que no fuera amor porque un ser como él no podía amar, no podía hacerlo como un mortal. Pero ese chico le importaba, quería estar con él y quería verle sonreír. Quería destruir esa bruma triste que le rodeaba y que le hacía parecer un anciano. Quería verle mirar hacia delante sin la carga que el futuro y el pasado ponían sobre sus hombros. —Gracias —respondió Eira en un murmullo, le habría gustado poder ver su rostro mientras le decía eso, así habría podido intuir cuál sería su respuesta—. Gracias por darme la oportunidad de elegir. Nunca he podido hacerlo. El bosque en el que estaban tenía algo extraño, algo que lo hacía completamente diferente a cualquier otro en el que hubiera estado. Era una magia antigua que nacía de las profundidades de la tierra. Había símbolos en las cortezas, espirales en las rocas, signos marcados para mantener alejados a seres malditos como él. El caballo se agitó inquieto pero Eira le calmó con palabras extrañas. Con la voz del muchacho, algo cambió en el bosque. No era nada concreto, apenas era perceptible pero la sensación de no ser bienvenido se fue con la brisa fresca que bajaba de las vecinas montañas. 77

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—Ya casi hemos llegado —dijo Eira. Como respondiendo a sus palabras, las luces de un poblado no tardaron en aparecer ante ellos y la conversación quedó en el aire junto con la propuesta de Marcus. No debían de ser más de una veintena de casas, según el joven. Vivían más de cincuenta personas pero en ese momento no había nadie por las calles. No había una iglesia como solía haber en cada asentamiento que habían cruzado, y cada puerta tenía un símbolo solar marcado en señal de protección. Era como si la mano de los cristianos todavía no hubiera llegado a aquel rincón del mundo. Eira apenas había hablado de su hogar más que para intentar encontrar su ubicación. Tampoco había hablado de su familia, más que para mencionar a la mujer que le había criado. Marcus había deducido que era huérfano. También le había comentado que había gente que venía de otros lugares para preguntarle por su destino. Gente de los pueblos cercanos, pero también los había que habían cruzado los mares guiados por su fama. A él todas esas cosas le parecían estupideces. Pero se cuidaba mucho de decirlo en voz alta. —¿Esta es tu casa? —le preguntó cuando se detuvieron delante de una cabaña de techo de paja y paredes de piedra, mucho más grande que las demás. —No —contestó al desmontar. El chico parecía cargado con lastres, se movía con lentitud. No parecía que acabara de regresar a su hogar después de una larga ausencia y un doloroso viaje—. Aquí vive el jefe del lugar. Yo vivo mucho más allá. En la profundidad del bosque, pero aquí es donde recibía las visitas. Tienen que saber que he regresado. Llamó a la puerta con un par de golpes vigorosos y esperó a que una mujer anciana les abriera. —¿Eira? —preguntó la mujer sorprendida al encontrarlo. Marcus se extrañó de que le hubieran reconocido pero, en realidad, tampoco había cambiado tanto en estos años. Seguía conservando ese rostro tan hermoso como diferente. —Hola, Bedana —dijo sonriendo a la anciana y dejando que esta le abrazara. —Eira, mi niño —murmuró ella con lágrimas en los ojos. Les hicieron pasar a una sala más grande y de todas partes salían jóvenes y adultos. Incluso algunos niños salieron de sus camas para saludarles. —¿Habéis visto? ¡Eira ha vuelto! —dijo alguien y el rumor se extendió como la pólvora. Pronto una muchedumbre se congregó en el lugar para dar la bienvenida al hijo pródigo de la aldea; el niño de las estrellas había regresado. Marcus estaba incómodo, se alegraba del recibimiento de Eira pero ese no era su sitio y esa gente era especial. Muchos de ellos creían en vampiros y no como meras supersticiones o seres del folclore, muchos habían tratado con ellos. Podía ver las runas escritas en cada viga, cada una de ellas servía para despojarle de sus poderes. 78

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Eira se alejó de él y se apartó de los abrazos, se dirigió hacia un hombre corpulento con una gran barba oscura que contrastaba poderosamente con el cabello blanco del muchacho. Cuchicheó algo a su oído y le señaló con la cabeza. El rostro del hombre se contrajo en una muestra de furia pero Eira le tranquilizó con palabras que no pudo escuchar. Su expresión se relajó y Eira continuó hablando, entonces, un nuevo cambio se produjo. Abrazó con fuerza al muchacho y, cuando se separó, tenía lágrimas en los ojos y sacudía la cabeza en señal de pesar. —Este es Bartek —dijo Eira presentándole al hombre de la barba oscura—. Es el jefe del lugar. Bartek le ofreció la mano. Marcus la observó con recelo, pero la estrechó con fuerza. El hombre sonrió abiertamente y respondió a su apretón con otro igual de vigoroso. —Eira me ha explicado lo que eres —dijo. Marcus miró de reojo al muchacho que parecía muy tranquilo—. No tendrás nada que temer de nosotros y nosotros no temeremos de ti. —Cinco generaciones —dijo Eira—. Las estrellas prometen paz y un acuerdo duradero. Ellos te protegerán de día y serán tu rebaño. A cambio, tú les protegerás de noche. El poblado estará a salvo hasta que cinco generaciones coincidan bajo el mismo techo. Bartek miró al muchacho y luego le miró a él. Parecía esperar una respuesta. —¿Nadie correrá peligro? —preguntó. Marcus parpadeó confuso. ¿En serio estaba sucediendo? —Eira —dijo—, no puedo quedarme. —¿Por qué no? —preguntó el muchacho—. Estarás a salvo. Nadie vendrá a buscarte aquí. Puedes dejar de huir. —Eira... yo necesitaré... —Son más de cincuenta adultos —insistió—. Y todos estarán de acuerdo. Puedes alimentarte sin hacerles daño. Y... no estarías solo —Su rostro debía de ser bastante expresivo porque el muchacho ladeó la cabeza y suspiró—. Está bien, no tienes que contestar ahora. Mañana. En un rincón, cerca del fuego, alguien empezó a tocar un instrumento musical, un laúd. Los niños se acurrucaron a su alrededor y escucharon una canción que hablaba de un niño de nieve hijo del invierno. «Música, te gustaba mucho la música. ¿Lo recuerdas?» No, no lo recordaba, como no recordaba muchas otras cosas. Pero esa era fácil de creer porque cada nota de ese instrumento era capaz de tocar el alma incluso en un ser como él, que probablemente no tuviera. —Hablaré con todos, Eira, pero sabes que ellos confían en ti —dijo Bartek—. Espero que tu nuevo día sea más dichoso que este —dijo, dándole un fuerte abrazo. Le dijo algo más, algo que Marcus no pudo oír y el joven asintió. Sonreía, pero había aprendido a ver el dolor tras sus sonrisas.

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—Cuéntaselo a todos cuando me haya ido, Bartek. Antes de mañana deben saberlo todos. —¿No vas a quedarte? —le preguntó Marcus extrañado de que el muchacho regresara al caballo. —Mi casa está un poco más allá —le explicó, señalando con la cabeza la oscuridad. Fueron dos o tres kilómetros de un sendero escarpado que subía por la falda de la montaña. A un lado, roca madre cubierta de musgo y al otro, árboles centenarios que bordeaban el sendero como un muro de vida, encaminando sus pasos hasta una pequeña cabaña semiderruida. Un arroyo de aguas bravas horadaba la montaña y formaba una pequeña cascada en un lateral. —Esta era la cabaña de mi Nana —dijo Eira mientras encendía una vela para alumbrar la estancia—. La mataron cuando vinieron a buscarme. Era una... bruja, o eso dijeron. Sabía los nombres de las plantas y sus propiedades, curaba a los enfermos y era capaz de hacer protecciones contra los seres del bosque. No tenía magia real, pero sabía usar la magia de las plantas. Murió rápido —explicó con voz átona—, pero después la decapitaron y quemaron sus restos. Las raíces de un árbol habían irrumpido en el techo, por la parte que usaba la montaña como pared. La mesa todavía tenía una cazuela en ella, las sillas estaban tiradas en el suelo. Y toda la casa parecía haber sido abandonada de repente. Marcus se imaginó la escena. El niño cenando con su abuela, perfectamente consciente de que no acabaría su plato. Eira fue encendiendo más luces, hasta iluminar por completo el pequeño hogar. —Yo dormía allí —dijo señalando un altillo en el techo, justo encima de los fogones. Debía de ser un sitio caliente, muy apropiado para un niño pero claustrofóbico para un adulto—. En la despensa hay una puerta que se abre y lleva a un túnel bajo la cascada. Le dije que se escondiera allí —recordó con un hilo de voz—. Pero ella se interpuso, no quería que me llevaran. A pesar de que yo le había dicho que sucedería, no quiso creerme. —A lo mejor no quería perderte —contestó Marcus con sencillez, estudiando el pasadizo que se adentraba en la montaña. Sería un buen refugio durante el día. «¿Haciendo planes de futuro? ¿Por qué no reconoces que te encanta la idea de quedarte aquí, con él?» —No tiene sentido luchar contra lo que dice el destino. —Te equivocas —replicó Marcus—. Luchar siempre tiene sentido. Al menos sabrás que lo has intentado. Eira le dedicó una mirada extraña. Y asintió en silencio. Rebuscó en los armarios y sacó un par de botes y un pequeño cuenco. —Ven —dijo, se sentó en una silla y le invitó a que hiciera lo mismo—. Vamos a intentar arreglarte la cabeza. —¿A mí? —se extrañó Marcus. 80

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Eira dejó el cuenco entre ambos, y puso las plantas secas en su interior. Susurró alguna cosa extraña y, de repente, una pequeña llama se encendió y el contenido de la vasija empezó a humear impregnando la estancia de un aroma extraño. —La gente suele preguntarme por su futuro —explicó—, pero también puedo ver el pasado. Y puedo mostrártelo. Siéntate —insistió moviendo la cabeza—, averigüemos de quién es esa voz.

Vio legiones a sus pies. La toga blanca de los senadores. Vio esclavos y columnas, vio la sangre del circo y la vio a ella. Una mujer hermosa de larga melena roja como la sangre. La vio como una reina pero él no se postró. La vio dolida, humillada y enfadada, exigió venganza. Le vio a él, de nuevo, atado y encadenado, condenado para toda la eternidad. Un esclavo. Vio a un joven hermoso de larga melena y ojos de esmeralda. Vio cadenas forjadas con sangre. Vio muerte y cenizas. Vio dolor y ausencia. Vio oscuridad. Marcus jadeó con los labios entreabiertos como si le costara respirar. En sus ojos había un brillo febril. Se levantó tambaleándose, al hacerlo, la silla cayó al suelo con gran estrépito. Eira se llevó las manos a la cabeza, se sentía muy cansado, pero también muy satisfecho. Lo había conseguido, le había devuelto los recuerdos. Aunque no sabía si eso le había hecho muy feliz. —¿Estás bien? —le preguntó. Marcus asintió con la cabeza. Todavía conservaba esa mirada perdida—. ¿Cómo te llamas? —Marcus Claudius Vorenus de los Claudia —respondió con aire ausente—. De la sangre de Lucius Sila, de la sangre de Agripina, de la sangre de Livia, de la sangre de Ptolomeo, hijos de Arikel. Eira asintió en silencio. —Es... Lucius, la voz de mi cabeza es Lucius —murmuró dando vueltas como un león enjaulado—. El vínculo... ¡Una parte de él ha quedado dentro de mí! —exclamó. —Te equivocas —negó Eira con un largo suspiro. Se sentía muy cansado. Había hecho lo que debía pero ahora que conocía sus recuerdos, le parecía cruel haber arrancado a Claudius de la paz que le brindaba la ignorancia—. Esa voz no es Lucius. Él murió, lo sabes. Esa voz eres tú, es tu conciencia, tu parte más humana. Supongo que le echabas tanto de menos que, sin darte cuenta le diste su voz, pero eres tú. Eres tú quién piensa así y sólo... sólo discutes contigo mismo como hacemos todos. —¿Por qué iba a darle su voz? —preguntó extrañado. —Porque le querías y le echas de menos. —Lo dijo con facilidad, pero esas palabras le causaban dolor. Porque si era cierto, acababa de avivar su recuerdo y difuminar el suyo, y eso le dolía. El ser olvidado le dolía demasiado—. Claudius, ahora lo recuerdas todo. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a regresar? 81

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—No puedo regresar —dijo negando con la cabeza—. Nada ha cambiado. Tenías razón; estoy huyendo. —¿Te quedarás entonces? —preguntó, y en su voz había un matiz de súplica—. ¿Te quedarás hasta que coincidan cinco generaciones bajo el mismo techo? Claudius le miró como si lo hiciera por primera vez. Luego se miró las manos, contempló la casa en la que estaba y asintió con la cabeza. —Sí —asintió—, supongo que es lo mejor que puedo hacer. Tampoco es tan malo. Comida asegurada y buena compañía —dijo, sonriéndole. Esa sonrisa sincera e ingenua destruyó la barricada que había construido a su alrededor. Confiaba en ser capaz de aguantar con entereza hasta el final pero no era posible. No podía hacerlo, no era tan fuerte. Eira rompió a llorar. Escondió la cabeza entre los brazos y deseó ser más fuerte, mucho más fuerte para poder enfrentarse a su destino como el hombre que se suponía que era. No era para tanto, se decía, no era para tanto. —La gente del pueblo te querrá —dijo entre sollozos—. Bartek me ha dicho que se ocuparía de ti, que te aceptaría como a un hijo. Estarás bien, de verdad. Pero yo no estaré. Ya se lo he dicho a ellos, ahora te lo digo a ti. Las estrellas me lo dijeron hace tiempo: cuando regrese al hogar sólo habrá un sol para mí. Mañana veré mi último amanecer. El rostro de Marcus se desfiguró en una mueca de dolor. —¡No! —exclamó—. No lo permitiré. Esta vez no, Eira. Esta vez puedes escoger. ¡Escógeme, por favor! Eira sujetó el hermoso rostro del cainita entre sus manos, una vez más. Nunca se cansaría de verlo, de contemplar sus rasgos perfectos, ni el océano de su mirada, en esta ocasión agitado por corrientes de un dolor profundo. Recorrió una vez más su mandíbula con los dedos, la forma de sus labios, el puente de su nariz. Lo recordaría, lo recordaría siempre, pasaran mil años, pasaran mil vidas, él vería ese rostro y le recordaría. —Te quiero —confesó con un murmullo ahogado—. Sé que tú no puedes quererme pero yo a ti sí. Te quiero con toda mi alma. Búscame, por favor —le suplicó—. Cuando vuelva a nacer, búscame. —No, no, no —negó el vampiro cogiendo sus manos—. Pídemelo, Eira, pídemelo y te quedarás conmigo para siempre. Era tentador... era tan tentador. Casi sin darse cuenta, Eira asintió con la cabeza. El precio era demasiado alto pero le quería, quería quedarse con él para siempre. Y en esa ocasión podría escoger por qué moriría, tal y 82

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como habían dicho las estrellas, y ese sería su último amanecer, para renacer en las tinieblas. No habría otro sol. La trampa del destino también se cumpliría de esa forma. Sintió los caninos perforar su piel. Un leve gemido se escapó entre sus labios al notar la sangre abandonar su cuerpo. Era una sensación cálida y placentera que le transportaba lejos, que le hacía soñar con sitios que no había visitado. La vida abandonaba su cuerpo y a él no le importaba. Las estrellas podían seguir burlándose, ya no las oiría. Y sería fuerte, y podría decidir. Y no volvería a nacer porque su alma se perdería. Se rompería en miles de fragmentos que se diseminarían por el mundo. Cerró los ojos y se dejó arrastrar por la oscuridad hasta que Claudius le arrancó de ella. —Bebe —le ordenó acercándole su muñeca abierta. —No —murmuró a duras penas, apartando el rostro—, no quiero beber. —¡Tienes que beber! —exclamó—. ¡Te he llevado al límite! ¡Si no bebes morirás! —Búscame, por favor —repitió. La oscuridad era cálida, le acogía y le cubría como los brazos de una madre. Le susurraba al oído y le decía que no habría dolor, que todo se acabaría. No fue consciente de cuánto tiempo estuvo así. Claudius insistía, pero respetó su voluntad y no le obligó a beber su sangre. Eso hizo que le quisiera aún más. En algún momento, él se marchó, justo cuando el sol asomaba en el horizonte. —Un último sol —susurró, antes de cerrar los ojos para siempre.

Claudius entró en la gran sala con el cuerpo inerte de Eira entre sus brazos. Le había matado. El dolor que arrastraba era demasiado fuerte, demasiado humano. En ese momento, la bestia yacía profundamente enterrada bajo toneladas de sentimientos mortales. Se sentía dolido, furioso y engañado por esa criatura. Utilizado por las estrellas para llevar a cabo su plan. «Un maldito títere sin voluntad». Había mucha gente reunida, muchísima. Todo el poblado debía estar allí. Todos debían ver que era un monstruo. Nadie podía confiar en un monstruo aunque lo dijeran las estrellas. Dejó el cuerpo del muchacho a los pies del jefe local. Algunos sollozos se escaparon entre los presentes. La anciana de la noche anterior, Bedana, rompió a llorar en un llanto desconsolado. Pero nadie osó decir nada. Claudius se alzó y se giró dispuesto a marcharse y poner tierra entre él y ese lugar. —¡Espera! —le detuvo la voz de Bartek. El jefe se acercó con paso firme y mirada vidriosa. Claudius no iba a luchar, pero no pensaba dejarse matar. Pero para su sorpresa, el hombre le abrazó—. No te castigues, él lo sabía. Todos lo sabíamos. 83

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—¿Lo sabíais? —repitió incrédulo, apartándose de él. —Le prometí que cuidaría de ti —insistió Bartek—, que no dejaría que anduvieras perdido nunca más. Esta es tu casa si quieres quedarte. Claudius parpadeó confuso y asintió. El jefe le palmeó la espalda satisfecho. El cainita miró de reojo el cadáver que yacía en el suelo. La lividez mortal ya había empezado a hacer su aparición pero parecía que dormía, incluso le pareció distinguir una sonrisa. «Búscale», le empujó la voz de Lucius en su cabeza. «Tienes la eternidad por delante. Búscale y encuentra de nuevo tu cielo de invierno».

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Biografía
Fue en verano del 2013 cuando Diana Muñiz dejó de lado una prometedora carrera como artista incomprendida y se adentró en el lado oscuro. Era el nacimiento de Bry Aizoo. Pero Bry ya coleaba mucho antes de que Diana se decidiese a darle voz propia. Fue en sus Crónicas de Eos (una fantástica Space Opera que recomiendo a todo el mundo *silbido disimulado*) donde un par de personajes decidieron pasar a la acción y sacar su relación del “fundido en negro”. Así nació Buen Perro, relato con el cual ganó el concurso de One-Shot de la revista Yaoi-Niwa y que significó el empujón que necesitaba para meterse de lleno en la literatura homoerótica. Desde entonces ha escrito mucho sobre el tema combinando su casi enfermiza obsesión por toda la literatura del género fantástico, el terror y la ciencia ficción. Sus obras, hasta el momento, incluyen una novela Steampunk, casi juvenil, y Fantasía a Cuatro Manos, novela que publica por entregas mensuales en la web de Estudio-Lay. Ambas se pueden seguir por Wattpad o en el blog: http://historiasquequierocontarte.blogspot.com.es/

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Sonata N º 4

´ La Ultima partitura
Carol Leons

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“La música, como el amor, no conoce fronteras de espacio, tiempo, ni destino; supera a la carne. Y es un lenguaje en sí misma, capaz de derrumbar barreras que creíamos insuperables”. “ a primera vez que te vi, te amé de inmediato. Eras tan joven, que aún tenías que alzarte en puntas de pie para mirarme, y la dulzura en tu mirada, en tu risa, fueron el regalo más hermoso que pude haber recibido sobre la faz de la tierra. Supe desde ese momento que siempre te pertenecería,en cuerpo y alma. Te sentabas a mi lado y me acariciabas con esas manos tiernas e inocentes que me hacían sentir inmensamente feliz ¡Ah, fueron buenos tiempos para ambos! Yo adoraba sentir el roce de tus pasos sobre la alfombra cuando venías a verme en secreto, con el sol aún dormido en el horizonte; a veces te acurrucabas contra mí, el latido de tu corazón tan fuerte y cercano, que me hacía sentir vivo por dentro. Sin embargo el tiempo pasó, como pasa para todas las cosas. Apenas me di cuenta cuando ya no necesitaste alzarte para mirarme, cuando tu voz se volvió más ronca y tu mirada de niño más dura. Pero tus manos seguían siendo las mismas, suaves para tocarme, firmes para guiarme. Lo más importante de todo es que aún seguías a mi lado, y bendije a todas las estrellas del cielo por el regalo de tu presencia. Fue por entonces que empezaste a escribir nuestra sonata; dedicabas horas y horas a mirar el papel, probando un sonido aquí, otro allí, y yo estaba absorto con tu talento y tu belleza. Lo hacías en secreto, como antes, cuando no había nadie más en casa que tú y yo, y supe de alguna manera primitiva que era un secreto que sólo querías compartir conmigo. Eso me hizo infinitamente feliz. Cuando por fin estuvo completa y la tocamos por primera vez, sentí que el cielo se había abierto para mí, y si hubiera podido habría llorado de alegría. Me bastó con volver a ver la luz tibia y hermosa de tu mirada, sentir el calor de tus manos sobre mí para saber que en ese momento eras mío, y sólo mío para siempre. Creí que siempre estaríamos juntos, que las estaciones pasarían a nuestro lado y nos verían cambiar, a ti y a mí, lado a lado. Pero ella vino un día de repente y dejaste de pasar tiempo conmigo, y la luz en tu mirada se volvió distante cuando estabas junto a mí. Yo oía su risa aún a través de la puerta cerrada del salón, y la tuya cuando estabas a su lado. Esa risa hermosa y pura que una vez había sido sólo mía, ya no lo era, y sentí por primera vez el agudo veneno de los celos corroerme. Ella parecía hacerte tan feliz, en formas que yo no podía comprender... Y deseé con todas mis fuerzas que se fuera para siempre, que no te arrebatara de mi lado; pero siguió viniendo, y no hubo nada que yo pudiera hacer para retenerte. Un día supe que te habías marchado, así de repente ¡Tan de repente! Que el sonido de tu voz aún producía ecos en mi gastada memoria. La soledad y la tristeza fueron mi única compañía ¿Cuánto tiempo? Es confuso para mí, días, meses, años... A veces, cuando aún no amanecía y los pájaros permanecían aún en sus nidos, creía oír la puerta abrirse y el susurro de tus pisadas acercándose a mí. Pero sólo era el viento, que venía para llevarse la esperanza que tantas veces me llenaba, de volver a verte, de estar otra vez a tu lado. 88

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Creí que no volvería a verte nunca, que el cielo me había castigado por mi deseo egoísta de quererte sólo para mí... Pero un día por fin regresaste, y me sentí tan dichoso de volver a verte, que no importó nada más, ni siquiera que llevaras ese anillo en tu mano. Tu rostro ya no era el de aquel niño que había adorado, o el del joven muchacho al que había admirado, sino el de un hombre ya maduro, más cansado, pero de algún modo más satisfecho. Ella regresó contigo y con ella un pequeño, que parecía tu vivo retrato. La verdad es que al principio no quise quererle, pero se parecía tanto a ti que no pude resistirme, aunque había heredado la risa de su madre; sin embargo, sus manos tenían el mismo toque dulce y delicado de las tuyas, tanto, que me hacían sentir como si el tiempo hubiese regresado por un breve instante de entre el polvo de mis recuerdos. Esos días fueron claroscuros para mí, dividido entre la felicidad de volver a verte y la nostalgia de contemplarte junto a ellos, de esa alegría y ese afecto que sentía ya no eran sólo míos. Pero a pesar de todo, estabas otra vez a mi lado, y sólo por eso, me sentía capaz de compartirte con aquellos que tú también amabas. Cuando te sentaste junto a mí a solas esa noche, creí que volvería a oír nuestra sonata; recordaba aún el lugar donde habías escondido la partitura, la estantería llena de polvo y el viejo libro. Pero sólo me miraste un instante acariciándome con suavidad, como si te despidieras, y sentí un vacío y un pesar que no puedo explicar. Yo sabía que el mundo estaba cambiando, podía presentirlo en los sonidos que venían de afuera, pesados golpes de botas, carruajes de metal que exhalaban quejidos de muerte, susurros de padres, hijos y hermanos que se iban a un campo lejano de batalla y no regresarían más. No quise que te fueras, quise gritarte que te quedaras allí, por siempre conmigo. Pero la mañana llegó, y tú ya te habías marchado. Creí que volverías, me negué a creer que te hubiese tenido a mi lado tan poco tiempo, sólo para volver a perderte. Tu hijo comenzó a visitarme, pero me negué a hablar con él. No quería sentir el toque de sus manos que me recordaban tanto a las tuyas. Mas él no se dio por vencido, incluso ante mi obstinado silencio. Siguió sentado a mi lado por días y meses, tal vez esperando tanto como yo esperaba, con el mismo anhelo doloroso con el que un condenado espera su liberación; en eso éramos iguales, y casi era un consuelo oír sus pasos cuando se acercaba a mí, escuchar el susurro cálido de su voz cuando intentaba hablar conmigo. Yo quería resistirme a su dulzura, pero al final no pude ¡Se parecía tanto a ti! Comencé a añorar su presencia, tanto como había añorado la tuya, y aunque persistía en mi mutismo, pasar las horas con él comenzó a hacerme feliz. Entonces, una tarde no regresó. Temí que se hubiera marchado, que no volvería a verle, como años antes te había perdido de igual forma. Pero esa noche vino a verme, su cara triste, sus ojos enrojecidos por el llanto, y vistiendo ese silencio que precede a la fatalidad. Y lo supe. Supe que ya no existías en este mundo. Algo se rompió dentro de mí, una cuerda conectada de mi corazón al tuyo, y sentí tanto dolor, como nunca antes había sentido. Tal vez fue eso lo que él escuchó, el doloroso lamento de mi alma, porque entonces sentí las caricias de sus manos confortarme, sus palabras llenas de consuelo hacía mí, por mí, aún cuando podía oír el dolor en su propia voz y sentir el calor de las lágrimas que caían de sus ojos. Entonces contesté a sus 89

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palabras, hambriento por el sonido de su voz, su consuelo, su ternura, como si sólo él pudiese alejarme de esa terrible pesadilla de tu ausencia, y por un instante, sentí como si siguieras aquí conmigo. Hablamos toda la noche, y un lazo se forjó entre nosotros, tal vez de pena, soledad y añoranza, pero también de afecto. Él te había amado y sólo por eso, yo le amaba a él también. El tiempo pasó implacable y volví a ver al niño convertirse en hombre, y temí que se marchara; pero eligió quedarse a mi lado. El mundo afuera volvía a ser el mismo de antes, sobreviviendo a las batallas y a la pérdida de tanto. Mas yo no era el mismo; me sentía más viejo y más cansado, pero él alegraba mi vida, como también tú la alegraste en su momento. Ella insistió en que saliera más de la casa, quizás celosa porque pasaba mucho tiempo conmigo, pero él se quedó de todos modos. Un verano consiguió llevárselo lejos, y temí que no volvería a verle, o que si regresaba no me recordaría entre el polvo y el abandono. Pero volvió, y el toque de sus manos me devolvió a la vida. Además, no estaba solo. Un joven de cabello negro, como las plumas del cuervo que a veces picoteaba mi ventana, venía de su mano. Cuando tu hijo se sentaba a mi lado, él le miraba y había una expresión de tanta dulzura y tanto amor en sus ojos, que sentí una profunda envidia recorrerme. Él no era cuidadoso, ni talentoso para hablar conmigo como tu hijo, y más de una vez preferí quedarme mudo a dirigirle la palabra. Pero fue él quien encontró nuestra sonata. Y cuando me miró, supe que quería aprenderla para él. Quizás por eso yo había nacido, para que a través del tiempo y la memoria una melodía de amor se compartiera; porque ese era el lazo que nos unía a todos, a ti, a mí, a tu hijo, a él. Y decidí que le hablaría, sólo para que tu hijo pudiera oír nuestra música, tuya y mía, como un legado de lo mucho que yo te había amado, y de lo mucho que tú también amaste la vida. Esa sería mi última partitura, mi último regalo, para ambos...”

en la biblioteca. Había estado ensayando por semanas en ese viejo y roñoso piano que se caía a pedazos; a veces se trababan sus teclas, o simplemente era incapaz de sacarle sonido alguno. Pero esos días había mejorado bastante, y creyó que podría hacerle el hermoso regalo de la sonata el día de su cumpleaños. Elian siempre había amado la música, desde niño, cuando su padre le llevó a su primer concierto en Viena antes de la guerra. Y siempre le había contado historias del viejo piano de su padre, que parecía estar vivo y latir bajo sus manos; quizás el maldito lo estaba, y le odiaba de alguna manera muy suya, con ese sonido que a veces salía de su interior, como una risa cavernosa cuando intentaba tocarlo sin éxito. Pero esa noche, la más hermosa melodía salió desde sus teclas, desde el corazón del viejo e indómito piano, como si quisiera poner lo mejor de sí para interpretar aquella pieza dulce y llena de sentimientos. Y cuando acabó, sintió, más que oírlo, un crujido como cuando algo se rompe más allá de toda reparación. Y supo que el piano no volvería a sonar, que su última nota había sido su forma de decir adiós. 90

Frederich se sentó al piano y tocó para Elian, la vieja partitura que había encontrado

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—Viejo roñoso —susurró con cariño, acariciando la madera antes de bajar la tapa sobre las teclas amarillentas. Elian se sentó a su lado, buscando sus labios para besarlo. —Gracias, ha sido hermoso... No creí que fueras capaz de lograr tocar la pieza de mi padre —le dijo con emoción. Frederich movió la cabeza con una sonrisa. —Para que no vuelvas a dudar de mi talento. Pero esta vez, he tenido algo de ayuda. —Vio a Elian acariciar con cariño la vieja y descolorida madera, y sintió un arrebato de tristeza—. ¿Qué vamos a hacer con él? Es viejo, y no creo que sus cuerdas vuelvan a sonar de nuevo... —Claro que lo harán. Conozco a un reparador de antigüedades muy bueno en la zona antigua de la ciudad. Pero quizá haya que renovarlo por completo. Y no creo que sea barato —comentó de esa manera tan suya, como cuando se le metía algo en la cabeza y no había nada en este universo capaz de hacerle desistir; como cuando dijo que le amaba y que no le dejaría ir por nada, ni nadie en ese mundo. Le vio contemplar la madera carcomida por el tiempo, pasando un dedo suave por ella con sonrisa tierna; y supo que allí donde fuera, él siempre estaría a su lado. —Siempre gastando tu dinero en tonterías. —Oyó el regaño de Frederich, sintiendo su mano entrelazarse a la suya, para apretarla con fuerza y mirar sus ojos con profundidad. Elian no pudo evitar sonreír. Cogió la partitura que su padre había compuesto hacía tantos, tantos años y aún guardaban las huellas de su afecto y su talento. —No son tonterías —susurró, llevando la hoja a su nariz para oler el aroma a papel y tinta, a teclas de piano, a infancia y felicidad. Volvió los ojos, para ver el amor brillar en los de Frederich, y le alegró que fuese mutuo—. Quizá... podamos tenerlo listo para el día de nuestra boda. —Entonces yo pagaré la mitad —le aseguró con firmeza, haciéndolo inmensamente feliz. Se estrechó entre sus brazos y al sentir el latido de su corazón contra el suyo, supo que pasara lo que pasara, todo estaría bien. Dejó la partitura sobre el viejo y querido piano, que por tanto tiempo le había acompañado, y sonrió, susurrándole un agradecimiento. El viento movió la cortina en la ventana, donde un cuervo se posó un instante antes de alzar el vuelo nocturno hacia la lejanía. Una pluma negra y suave flotó por un momento entre el haz de la luna llena y se depositó sobre el papel en el piano, una vieja y gastada partitura, en cuyo título se leía en letra temblorosa y delicada: “Sonata de amor”.

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Biografía
Saludos a Todos mis queridos lectores: Me han pedido que escriba algo sobre mí, pero ¿Qué decir? Soy una persona sencilla y tranquila, que como a la mayoría le gusta levantarse tarde cada vez que puede, y tomarse un buen café cuando no puede; me gusta la lluvia y el mar en invierno; las galletas con chispas de chocolate y la pasta con boloñesa. Me gusta contemplar la naturaleza como si fuese una obra de arte (porque lo es) y viajar cada vez que puedo para contemplar las creaciones humanas, ya que son nuestro legado. Si pudiera pedir un deseo, sería que dejásemos de discriminarnos por cosas como nuestro origen, estatus, creencia, opinión política u orientación sexual. Todos somos humanos, y siempre he creído que el mundo tiene espacio suficiente para todos. También pediría que respetásemos más a la naturaleza, que aprendiésemos a compartir con ella el planeta en que vivimos, sin soberbia, ni hambre de dominio. Creo que tenemos mucho que aprender aún como especie, y aquellos de nosotros que transmitimos nuestro legado a través de las palabras, tenemos una responsabilidad aún mayor para con el futuro. Os dejo un fuerte abrazo desde la distancia a todos. Vuestra, como siempre; C. Leons.

Listado de Links
Podéis descargar mis obras de manera gratuita en los siguientes links: Todo tuyo: http://www.olimpodelamorsinfronteras.com/2012/06/ultima-novela-de-carol-leons.html http://www.traduccioneshomoeroticas.com/2012/06/todo-mio-todo-tuyo-carol-leons.html Hablame: http://www.olimpodelamorsinfronteras.com/2012/09/una-nueva-novela-de-carol-leons.html http://www.traduccioneshomoeroticas.com/2012/09/hablame-de-ti-por-carol-leons.html Lobos y vampiros: http://www.olimpodelamorsinfronteras.com/2012/05/ultimo-trabajo-de-carol-leons-para.html http://www.traduccioneshomoeroticas.com/2012/05/lo-quieres-pues-es-todo-tuyo-hola-todas.html

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Claro de luna: http://www.olimpodelamorsinfronteras.com/2012/03/estreno-de-nueva-autora.html http://www.traduccioneshomoeroticas.com/2012/03/claro-de-luna-de-carol-leons.html Lobos y engendros: http://www.olimpodelamorsinfronteras.com/2012/10/regalito-de-carol-leons.html#comment-form http://www.traduccioneshomoeroticas.com/2012/10/cuentos-de-lobos-y-engendros-de.html http://pasionyaoi-love.blogspot.com.es/search/label/cuentos%20de%20lobos%20y%20engendros%20de%20laboratorio http://bluesensationhmoerotic.blogspot.com/2012/10/cuentos-de-lobos-y-engendros-de.html En general: http://tecuentounahistoriadeamor.blogspot.com.es/search/label/Carol%20Leons http://lasnochesdeawen.blogspot.com.es/p/autoras-noveles_14.html http://www.bradpackc.com/search/label/Carol%20Leons http://thedreamofdesire.ning.com/ Mis obras en Audiolibros: http://sweetsdeams.blogspot.com.es/search/label/Carol%20Leons Reseñas a mis novelas: http://elclubdelasescritoras.blogspot.com.es/2012/09/243-carol-leons.html http://estudio-tk.blogspot.com.es/2013/01/cosas-que-leer.html?zx=844a383a1563b016 http://luna-pequenospecados.blogspot.com.es/2012/11/escritoras-noveles-carol-leons.html?zx=7103fefd64241c54 Seguidme en twitter: @CarolLeons1

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Sonata N º 5

Linus

Freya Karstein

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que le quedaba de su cigarrillo en la primera parte que se le ocurrió, a través del muro de la terraza del lado. Sus manos se apresuraron a espantar las volutas de humo que se negaban a perderse en la noche neoyorkina mientras su novia, Vanessa Wilkins, lo saludaba sonriente. Brillaba tenuemente debido al sudor del gimnasio (jamás se lavaba en los vestidores si podía evitarlo) mientras ponía su costoso bolso (la LV no le decía nada a Linus) sobre la mesita de caoba y se iba la cocina.

Linus Saint John escuchó el sonido de la llave en la cerradura y por acto reflejo botó lo

Linus, un tipo all american boy había sido criado a fuerza de domingos de fútbol americano y largas tardes discutiendo sobre las políticas del Partido y la necesidad de no abrir espacios para alguna nueva desafortunada enmienda a la Constitución, en la villa familiar de El Senador, su abuelo. Los patriarcas Saint John eran temibles y formidables y Linus sólo le tenía terror a dos cosas: la expresión en sus rostros cuando decidía hacer algo por su cuenta y la cara de su novia cuando lo encontraba con las manos en la masa: cortos pitillos con olor a canela de Yves Saint Laurent. Lo de sus abuelos sería permanente hasta que decidiera volver a Boston y olvidar esa insensatez de instalarse en una bodega de carne en Nueva York, o decidiera casarse con Vanessa, con la que, por cierto, vivía y podía ser un tanto insolente respecto a sus mal llamados hábitos cancerígenos. Para evitarse esto último estaba convenientemente preparado con sus plaquetas de Listerine y sus pañitos húmedos de eucalipto. La noche se estaba volviendo demasiado fría y con esfuerzo se dirigió al grifo de la terraza para enjuagarse las manos, algo que hizo con premura. —¿Y tú, qué haces aquí? —Le dijo con una sonrisa de oreja a oreja a un siamés que lo observaba desde una prudente distancia, con sus ojos azules brillando con las luces del salón. Se quedó de cuclillas, perdido por un momento en sus pensamientos. A Vane no le gustaban los peludos, decía que era alérgica, por eso su perro Tobby estaba en la finca familiar, era casi lo único que extrañaba de Massachusetts. El gatito lo miró por un momento más y luego dio algunos pasos hacia atrás, hasta saltar al muro que dividía la terraza de los dos apartamentos. Rápidamente Linus se encaramó en una de las sillas para playa de teca de Vanessa y en la oscuridad pudo ver la puerta de la terraza abierta, sábanas colgando precariamente del ventanal y a tres linduras de pelaje diferente que lo observaban sorprendidos y precavidos. —¿Vanessa, sabes si tenemos nuevos vecinos? Ella se asomó enfundada en su bata del Hilton secándose el cabello. No pudo evitar llevarse una mano a los brazos, helaba cada vez más. —La señora Rose me comentó de renovaciones al lado, pero nada sobre una nueva mudanza. No es tu estilo espiar a los vecinos. —Tenemos gatos. 95

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Esa debió ser una declaración por sí misma pero Vanessa sólo comentó antes de entrar: —Dicen que si les das comida, se quedan. Linus se bajó quitándose su grueso abrigo corto. —Seguro son de los vecinos, me preocupa que no tengan comida. ¿Sabes que se pasan la baranda como si nada? —Así son ellos, amor. —Se enrolló el cabello de color canela en la toalla y sacó del refrigerador su mezcla de verduras al ajillo. Linus frunció la nariz en la relativa oscuridad del pasillo. Cuatro años y no podía tragarse lo que Vanessa llamaba comida macrobiótica. No lo era, empezando porque le ponía ajo a todo y lo cocinaba, terminando porque allí había carne. Linus no se quejaba de la carne… si estaba bien hecha y no con una mezcla de salsas cortadas—. Estaba pensando prepararles el fin de semana mi torta de macarrones con coliflor. Si tienen gatos, han de ser encantadores. —Sí, seguro que sí. —Linus se abstuvo de decir que tal regalo podría desatar una guerra de proporciones nucleares entre vecinos. Se imaginó a dos ancianos belicosos luego de ver la dichosa torta. Estaba seguro de que no lo saludarían jamás después de eso. —Ya comí hoy, en la junta. Sólo tomaré jugo de naranja. —Se dirigió a la nevera con paso cauteloso, Vanessa se irguió de pronto pero no dijo nada. —El viernes trabajo hasta tarde… un cóctel. —Eso era una clara sugerencia para que fuera por ella a la galería. Le gustaba lucir a su chico apuesto y rubio, grandote y de fácil sonrisa con una larga tradición familiar en la política. A Linus no le molestaba, si su abuelo se salía con la suya, sería Vanessa la que soportara ser la decoración de sus campañas. Lo que le intimidaba de esas sesiones sociales era que la gente le preguntaba constantemente qué hacía falta para ponerle la argolla en el dedo correcto a su novia. Si, ¿qué hacía falta? —Entonces aprovecharé para adelantar algunos documentos y actualizar informes. El sábado planeo dormir hasta tarde. ¿Te traigo algo de comer? Vanessa no pudo ocultar su desilusión. —Comeré algo por allá, aunque esperaba que te animaras a participar en el pequeño torneo de golf que organicé para el sábado. Linus no se dejaría enganchar con eso. —Si quieres te recojo, pero de verdad, necesito adelantar trabajo. —Bien, el encanto Saint John debía empezar a aparecer antes de que las hostilidades se manifestaran—. Planeo un corto viaje a Washington. Y quiero que vayamos los dos. La expresión en su rostro fue de infantil entusiasmo, en el de ella aparecieron nubes de tormenta. —Sabes que no iré allí. —Pero, debo ver a los chicos. 96

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—Y yo no voy a traicionar a mis amigas. —No había animosidad allí, si algo tenían en claro los dos era que no iban a iniciar una pelea por las decisiones de los demás, malas o buenas, y mientras que a Linus le parecía fabuloso que sus dos mejores amigos de la universidad, Cecil y Horace, se hubieran decidido a estar juntos como dios manda, después de años de haberse tenido ganas, a Vanessa le parecía una decisión estúpida que había dejado en el camino los corazones rotos de dos de sus más cercanas amigas. La vida en rosa, suspiró Linus y se apartó. —¿Siempre hemos sido así Linus? —Vanessa miró con desapego su comida cuando la sacó del microondas. Linus se sintió mal por no darle el gusto de probar lo que había congelado para esa noche. Tal vez su novia se estaba preguntando qué hacían juntos cuando las cosas parecían haber cambiado tanto desde la mudanza de ciudad. —¿Así, cómo, querida? —Alargó una mano para robar un macarrón. No, no sabía bien. Ella negó con la cabeza y sonrió. Lo cierto es que a Linus la rutina también le estaba pasando factura en más de un sentido. De hecho, ya casi no hacían el amor, antes era a diario, y ahora, lo realmente positivo de tener una vida en pareja se estaba yendo también. Se preguntó si él también estaba condenado como todos a que el amor se convirtiera en rutina hasta tornarse en costumbre y nada más. Tal vez si decidieran tener hijos… Linus pasó una mano por el suave brazo delgado y bronceado, el tirón en sus pantalones ya no estaba allí. Era un enigma que debía solucionar, pero sólo era martes, esas cosas se pensaban en las tranquilas madrugadas de los fines de semana. Salió a la terraza de nuevo preocupado de repente por los gatitos, pero no vio a ninguno. Reanudando sus actividades de espía miró sobre el muro. No, allí tampoco había nadie. Sacó su celular y buscó el teléfono de Horace, se arrepintió al segundo timbrazo. Su excusa de llamarlo para preguntar sobre el cuidado de felinos aparentemente abandonados le pareció fatua. Sólo quería recordar viejos tiempos. Tal vez ese par de descerebrados serían capaces de decirle que las decisiones tomadas hasta ese momento eran un acierto, tan buenas que no debía cambiar nada de nada en su vida. El problema era que ahí todos eran abiertos con sus meteduras de pata, y el rubio no estaba preparado aún para que la opinión de alguien más que no fuera él le agrietara la firmeza de sus convicciones. Cuando entró a la casa, Vanessa ya no estaba en la cocina. Tomó una copa y se sirvió algo de Merlot. De pronto todo le pareció oscuro y más frío de lo habitual. —¿Habitual? —Murmuró. Definitivamente allí había algo más, algo en lo que Linus no había reparado hasta ahora.

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McDonald’s más cercano. Tuvo ganas de caminar y terminó con su cargamento de hamburguesas de cartón en una mano, y en la otra un paquete de la comida de gato más cara que pudo encontrar. Era innegable que Tobby le hacía realmente falta, pero ¿qué era de una relación si alguien no cedía ante las necesidades del otro? Se prometió un paseo hasta el Village justo ese sábado, entre su momento de despertar y antes de almorzar y trabajar. Se sentiría raro al hacer algo sólo además de ir a la oficina. Y no es que se sintiera prisionero de nadie. Tampoco era la crisis de la mediana edad, estaba muy lejos de ella aún. Tal vez estaba pasando por una etapa de la típica depresión neoyorkina, si es que eso existía. Las chicas en el ascensor lo saludaron, sus bonitos labios al natural y sus ojos maquillados oscuros, olían bien y se veían bien. Una lo invitó a tomar un café. Linus sonrió y estrujó sus bolsas diciendo que estaba lleno de trabajo. Otra alabó su selección de comida para gatos y alcanzaron a hacerle un par de preguntas sobre las “criaturitas” antes de llegar a su destino. Luego de la diversión se sentó a revisar parte de lo que tenía atrasado, se negaba a seguir por el mismo hilo de pensamiento semi-depresivo de las últimas horas. Cuando fue a tomar su última hamburguesa no pudo dejar de hacer una mueca infantil de asco, estaba fría, el pan húmedo y las salsas gelatinosas. Tal vez unos segundos en el microondas… La cosa no mejoró y decidió que era hora de irse, la noche empezaba a caer por encima de los edificios antiguos y los rascacielos, siempre era un espectáculo digno de ver, y de hecho, con esa luz azul que la noche parecía tomar de los últimos rayos del sol, podía apreciar un poco más el desgaste intrincado de las fachadas al otro lado de la Avenida en el distrito financiero. Era casi romántico si lo veías desde el punto de vista de las novelas de Edith Wharton, sólo faltaba la pequeña luz amarilla en la ventana de más abajo… y justo ahí estaba, como los últimos días a esa hora. Lo hacía sonreír. También hubo algo más, una serie de papelitos cayendo por la ventana en plena Greenwich y luego las persianas moviéndose al igual que la luz de la lamparita, un par de las bandas metálicas se doblaron, y Linus se rió al tiempo que se acercaba más a la ventana. Si no se equivocaba (y estaba seguro de que no lo hacía) ese rítmico movimiento era el de un rápido apasionado. ¡Vaya! Ahora le picaba la curiosidad por ver a quien trabajara allí, esperaba que la chica fuera preciosa y pusiera cierta resistencia, nada que indicara que no le gustaba. Pero las chicas difíciles eran las de su tipo. Ahora se sentía como un pervertido, se había quedado allí hasta que el asunto terminó, una mano se apoyó contra la ventana, abriéndola, y se sintió espiado de vuelta. Bien, esa era su salida. Se estaba haciendo tarde y por muy emocionante que fuera el sexo en lugares públicos si se regodeaba en ello estaría enfermo. Además, seguro que tres gatos estaban esperando por su comida al otro lado del muro de su casa. Eso lo decidía todo. 98

Sin pensarlo demasiado, Linus había salido a las cuatro en punto de la oficina hasta el

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Vanessa ya estaba allí cuando llegó.

—Vane, ¿qué opinas de los voyeurs? —Alcanzó a preguntar. Ella lo había besado y se había reído con él. Por alguna razón decidió no seguir con el asunto y cuando ella respondió con un encantador comentario, decidió mostrarle a cambio la comida que había comprado. —¿Y qué si los vecinos ya están ahí? ¿Y si te descubren? —¿Has escuchado a alguien? Ella se lo pensó, rápidamente se cambió de ropa y decidió ayudarlo en su odisea. Un vistazo primero, no había luz, ningún sonido y la puerta seguía abierta. La terraza era un desastre, bultos de cemento en un lado, listones de madera en otro y malla de metal rígido en muchas partes. Linus se atrevió a saltar como héroe de cómic mientras Vanessa cacareaba del otro lado lanzando advertencias. Un gatito, dos gatitos, y tres gatitos lo miraban desde la oscuridad con esos ojos brillantes que la luz a medias hacía parecer pequeñas linternas. —¡No dejes la bolsa allá! —Gritó en voz baja su novia, Linus resopló y se adentró en el apartamento por la puerta corrediza. Realmente, y a la luz de la linterna, en esa terraza había más de una cosa con la que las pequeñas criaturitas podían hacerse daño, empezando por el vacío de doce pisos desde el balcón. La casa parecía en obra negra, así que decidió ir a la cocina a buscar los platos de los felinos que lo seguían a todos lados con discreta precaución. El dispensador automático estaba apagado, lo mismo que la fuente de agua. Las cejas del rubio se juntaron en disgusto y rápidamente sirvió la comida y los tres peludos se amontonaron alrededor de sus platos. En un cuenco les puso agua fresca y miró a los felinos con algo de tristeza. —Paté para mañana, chicos. Prometido. —Deberíamos llamar al ASPCA. —La voz de Vanessa fluyó con el viento mientras Linus cerraba la puerta de cristal asegurándose de que se quedara en su lugar. No iba a responder a eso.

la comida de los gatitos, recibía su inyección de imaginación sensual y desbocada desde la oficina del frente y luego iba a hacer de héroe para tres pequeñas bolas de pelo de hermosos ojos.

Luego de eso los dos días restantes de la semana se hicieron rutinarios para Linus. Compraba
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Esta vez Vanessa se había ido cuando llegó a casa, respiró hondo tratando de no sentirse culpable por no ir con ella al ver varios vestidos bonitos encima de la cama. Se dirigió a la barda, después de dos días de buena comida los felinos ya lo esperaban. Con la libertad del furtivo, se quedó con ellos un rato más. Las modificaciones hechas al espacio lo convertían en casi un salón abierto excepto por algunas puertas. Si ellos no rentaran, seguro hubieran pensado en algo parecido. Un ruido en la puerta principal, y Linus salió disparado de allí aún sin cerrar la puerta de cristal, su rodilla derecha pagó las consecuencias de sus actos al magullarla contra el filo del muro. Cinco minutos después se agachó tras la pared de su terraza (como si alguien estuviera vigilándolo) para escuchar gritos sin sentido y luego otros con más sentido pero sin significado. —Bueno, bienvenidos sean los vecinos —murmuró antes de entrar arrastrando su bolsa de comida y golosinas como un Papá Noel convicto.

estaba prohibido en el apartamento. Así que lo mejor era abrir los ojos y tomar el mando.

Bien, el rubio podía asegurar dos cosas: Vanessa no tenía el cabello tan suave, y Tobby

Ver un par de ojos cobre adornando una cara rayada no le sorprendió tanto como debiera. Se levantó deprisa y el gatito, asustado, fue a esconderse a algún lugar de la casa. «Feliz Caturday para mí». Pensó al cerrar la puerta de la terraza. Los vecinos necesitaban una fuerte y concienzuda reprimenda sobre sus obligaciones. Con los ojos pegados aún por el sueño, a pesar de la luz solar que inundaba el apartamento, fue descalzo a la cocina, haciendo ruidos tontos y buscando una de sus latas de paté para gatos. Si los vecinos no lo extrañaban los haría sufrir. Abrió la lata, preparado para la salsa líquida que iba a derramarse por todos lados, y al instante no uno, sino dos gatos, aparecieron desde distintos puntos. Bien, su nivel de furia estaba incrementando. Revisó su terraza de nuevo mientras los gatitos comían el paté como si estuvieran muertos de hambre a pesar de que estaban un poco pasados de peso. Una taza de café, unas tostadas y la sonrisa boba mientras las bolas de pelo no dejaban nada y lo miraban acusadores al mismo tiempo. Entraron con él al baño y salieron corriendo cuando abrió la ducha. Lo esperaron entre sus sábanas revueltas mientras se vestía y preparaba la primera parte del discurso. Con una comprensión plena de las rutinas mañaneras humanas, los gatos lo siguieron al salir de la habitación y luego lo atrajeron a la terraza para que abriera la puerta. —Acabó su diversión, chicos. No será hoy. —Tomó su celular y sus llaves y cuando estaba por empezar su cacería el timbre sonó. Lo curioso de la campana es que había hecho un sonido raro, como si la persona que pulsara el interruptor no quisiera del todo que hiciera ruido. 100

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Linus empezó a quitar la cadena de la puerta y una voz con acento se disculpó y preguntó por sus gatos. ¡Vaya gente! Casi dos horas con él y luego venían a disculparse. Abrió totalmente y los gatos derraparon en su salida hacia el apartamento del lado. —Lo siento. Acabo de despertarme y el ventanal estaba abierto, siempre lo dejan abierto, ya he discutido con los hombres de las remodelaciones, pero insisten en abrir las puertas y cortarme la electricidad. —Debería hablar con otros contratistas. —Bueno, Linus ya no estaba tan furioso, vamos, no era culpa del otro hombre. —Lo he intentado, pero esta gente me amenaza con una demanda. —Oh, ¿no era adorable ese acento? Todo pronunciado lentamente y con la garganta, a veces un exceso de lengua en algunas palabras. —Tal vez debería tratar con la policía. —Sugerencia tonta, pero había algo más importante que problemas con plomeros y demás—. ¿Señor?… —Greger Olsson, soy su nuevo vecino. Linus miró hacia la puerta donde un ojo azul y curioso los observaba. —Y todos le dicen Greg, supongo. —De hecho prefiero el Greger. Si no le importa. No, no le importaba, pero seguro estaba lejos de sonar tan bien si él lo dijera, con su acento gutural cerrado, tan típico de la región. —Greger. —Comprobaba como sonaba, pero esos ojos entre gris y verde se abrieron redondos tras las gafas doradas, una mano despeinó aún más los cabellos castaños y luego desvió la mirada hacia su puerta. —Siento que mis chicos lo hayan molestado, es vergonzoso ir de puerta en puerta preguntando por ellos. —No, no hay problema. —Linus sonrió y se rascó su incipiente barba roja para cruzar los brazos sobre su pecho—. De hecho yo… —se mordió la lengua justo a tiempo. Y perdió su postura de total confianza— …los encuentro adorables. Desayunaron, se bañaron y se vistieron conmigo. —Soltó una leve carcajada pero eso no pareció hacer gracia a su vecino—. Pensaba que tal vez quisiera una taza de café. El asunto es que eso sonó como si fuera la mayor molestia para Greg. —Seguro. —Le había comprado comida a sus felinos por tres días, los había mimado, cambiado el agua y protegido de escombros y alturas peligrosas. No, Linus no iba a dejarlo escapar tan fácilmente. Cerró su puerta con la leve sensación de dejar algo atrás. No le prestó mucha atención. 101

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Lo siguió al interior del desordenado lugar y cerró la puerta esperando que lo culpable no se le notara. No conocía perfectamente el lugar, pero no era nuevo para él. Miró a los chicos agradeciendo que no hablaran humano, pero ellos sabían, ¡vaya que sabían! Greg se pasó de nuevo la mano por la cara y restregó sus ojos bajo las gafas. La luz del inmenso ventanal hacía que se viera aún mejor que en el pasillo: sus pantalones a la rodilla y esa camiseta sin mangas aún pegada a ciertas partes de su cuerpo debido al sueño, si Linus no tuviera novia… «¡Jo, vaquero! ¿A dónde crees que vas?» Aunque no estaba mal apreciar un buen trasero desde un punto de vista… comparativo, ¿verdad? El hombre le dio una taza de café y con un casi invisible ademán lo condujo al ventanal, estaba entreabierto pero ningún gato estaba a la vista. —Llevo días peleando con estas personas, lo primero que quería era tener el gatio listo para los chicos, pero los días pasan y los materiales siguen ahí. Luego dejan el ventanal abierto, cortan la luz, patean las tazas… los contratistas odian a los gatos. Ni idea sobre qué pensar, nunca había lidiado con nada que se le pareciera. Eso se lo dejaba a la abuela y su mano dura. Ella insistía en resolver esos pequeños detalles para cada uno de sus siete nietos, y Dios ayudara a quien no estuviera de acuerdo. —Supongo que con las instrucciones puede armarse en pocas horas. Greg lo miró un poco impresionado dejando su taza de lado, eso le gustó a Linus. —Son planchas de dos metros de altura. —Podría ayudar. —Ok, eso ya sonaba a vecina metiche, o a príncipe salvando a la doncella en problemas si ese pequeño resplandor de agradecimiento tras las gafas significaba algo. —No me atrevería a quitarle tiempo de calidad con su novia. Bien, aquí había un desfase de información. ¿Cómo sabía él que Linus tenía novia si él apenas acababa de conocer a esta hermosa sílfide nórdica? Y no iba a detenerse en tecnicismos, el tipo era precioso, había que ser un ciego para no notar sus cejas masculinas, lo huesudo de su rostro con pómulos altos, su barbilla que sería de corazón si no fuera por un desvío cuadrado, sus pestañas de dos metros de largo (y no creía exagerar), ese cabello algo emo, sus piernas esculturales y largas, su torso. Linus sintió el pánico subirle por las piernas como una serpiente sinuosa, ¿qué demonios? —Me encontré con ella en la mañana. Dijo que pasaría más tarde para dejarme algo. No entendí muy bien qué. —Eso lo explicaba todo. El rubio se aclaró la garganta tratando de sonar macho. —Habló de una torta o algo así. —¿Debo devolver el favor? 102

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¡Oooh sí! Horace y Cecil iban a hacer una fiesta con esto y Vanessa despertaría a las harpías del Hades para que se lo comieran vivo. —No, es una costumbre de bienvenida. —Terminó su café, indeciso sobre irse o no. No quería irse, claro, pero la razón exacta y masculina era que no iba a salir huyendo. No tenía nada que temer, está en el código genético animal: sentirse atraído a veces sólo por la química de otro ser, como la fragancia que despiden cuando acaban de levantarse, la tibieza en la piel y la apariencia. Lo mejor era aceptar la tregua de la preciosidad atigrada y su compañero negro. Se agachó sintiéndose algo bobo al preguntarles cosas tontas en voz de mamá mimosa. De nuevo, a Greger eso tampoco le hizo gracia. ¿Había algo que le dibujara una sonrisa en esos labios de niña? Todos rojos, tersos y llenos… —Bueno, el gatio es claramente una prioridad, si necesitas mi ayuda, ya sabes dónde está el timbre. Y hacía lo correcto al huir de allí.

de los fines de semana, el viento tenía el punto justo de gelidez como para andar en mangas de camisa y la multitud por el Village era de alguna manera vigorizante. Pasó por el edificio donde solía estar Barnes and Noble y se deprimió al darse cuenta de que la librería ya no se encontraba allí. Con las manos en los bolsillos, se fue directo a un pequeño café y decidió comer un sándwich antes de aventurarse a la zona más residencial, que era la que más le gustaba, con sus casas antiguas de ladrillo y sus pequeños jardines boscosos. Le hubiera gustado vivir ahí pero Vanessa no había ni querido escuchar sobre eso, el Village era un sitio para estudiantes y artistas de todo tipo, pero TriBeCa tenía la ventaja de quedar cerca de su galería y todo lo más chic y nuevo se concentraba ahí. Y no era como si hubiera espacio suficiente para Tobby. Justo estaba terminando cuando su teléfono sonó, era Horace y se arrepintió de haber insistido esa semana con los timbrazos. —Déjame adivinar, Linus, te han secuestrado y no vienes de visita. Curioso, esa no era la voz calmada de su amigo si no la de su compañero y también mejor amigo, Cecil. —Bueno, Vanessa dice que no va. —Comprensible. —Un momento de silencio en la línea—. Si soy sincero, no estaba muy animado con verla. Ya sabes, parece que de verdad nos odia.

Para ser el comienzo del otoño el tiempo era excelente. El sol brillaba con esa luz especial

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Linus lo pensó un momento, parecía que así fuera, pero si tenía que admitirlo, la verdad es que hacía mucho que él y su novia no hablaban realmente del tema, se preguntó si Sophie y Clarice estaban tan unidas a su chica como cuando vivían en Boston. Tomó una decisión. —Tengo tiempo apartado para los próximos días. —¿No es muy pronto para quebrar nuestra luna de miel? Un leve forcejeo y luego la voz suave y calmada de Horace se escuchó. —¿Linus? Puedes venir cuando quieras, queremos verte. Cecil está planeando desde ya Acción de Gracias y eres el primero en la lista si no vas con tus abuelos. «¿Acción de Gracias en casa de El Senador? Sus amigos sí que eran malos con las bromas». —Si prometen no llevarme a una tienda gay en el Black Friday… Horace resopló y su voz bajó a un tono grave y de disgusto. —Estoy con un chico, pero no soy alguna clase de reina. No es gracioso. La sonrisa de Linus se borró, trataría de recordar eso si volvía a pensar en su vecino Greg. —No voy a disculparme. —¿Cuándo tienes pensado venir? —Horace habló como si no hubiera escuchado a Linus. —¿Cualquier día en las próximas semanas? —Pareces preocupado, ¿tienes algún problema? —Horace bajó la voz. Linus se lo pensó, si abría la escotilla surgirían y no quería. —Eh, si, un problema de gatos.

del torneo, llevaba su polo, su pantalón acorde y una sonrisa en los labios. Salía de la cocina al gran comedor con algo en las manos. Una fuente, y de verdad, logró no torcer demasiado la boca. —Llegaste justo a tiempo. —¿Para qué? Era la gran pregunta, esa sonrisa se parecía demasiado a la que lucía cuando los señores Wilkins estaban de visita sorpresa. La siguió al comedor después de dejar sus llaves en la entrada y se detuvo un momento antes de acercarse a saludar. Un estilizado, acicalado y sonriente Greger se sentaba en una de las sillas. —¿Hola? —Eso no había sonado como una pregunta, ¿verdad? El chico le devolvió la mirada y un asentimiento mientras recibía el plato lleno que le pasaba Vanessa. Se sentó dispuesto a aceptar cualquier cosa, con el fuerte sentimiento de estar en campo enemigo y ser odiado por todos en el recinto. Miró hacia todos lados en silencio para ver si algún felino estaba allí. 104

Tan pronto abrió la puerta de su apartamento, fue obvio que Vanessa ya había llegado

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—Greg cocinó para nosotros, es vegetariano, así que debería gustarte. Dos pensamientos se cruzaron al mismo tiempo en la cabeza del rubio: ¡Oh no! Y ¿Desde cuándo soy vegetariano? Apretó los labios y miró hacia la pasta roja, la lasaña no estaba nada mal, de hecho, además del color y el sabor, olía increíble, comió con poca ceremonia, al tiempo que devoraba con la salsa pedazos grandes de pan baguette. Vanessa le tomó los dedos y estuvo a punto de retirarlos. —Greg quiso agradecernos por tratar bien a los gatitos esta mañana, amor. —La gente no suele ser gentil. —Linus dio un respingo ante el tono de voz, le pareció lo más sensual que hubiese escuchado jamás, y eso que estaba en la misma habitación con su novia de años. Se sentía como un bastardo miserable, además. Desprendió con cuidado sus dedos y se sirvió otro trozo por su cuenta. —Ya sabes, Greg —no había hecho énfasis en el nombre, ¿verdad?— mi oferta sigue en pie. Y parecía que habían estado hablando de ello porque su novia sonrió feliz. —Ya tienes compromiso para mañana, querido, tú y nuestro vecino van a armar esa cosa para los felinos, así no vendrán más por aquí. —El silencio cayó y Linus se molestó un poco, luego con la misma desfachatez preguntó—. ¿Tu novio vendrá también? «¡Joder!» Casi se le había soltado el tenedor y su mirada se concentró en el invitado. No lo había pensado, de hecho ni se le había cruzado por la cabeza y no sabía si ese punto en particular era bueno o malo, aunque seguro sí interesante. Linus siguió comiendo mientras Vanessa, inusualmente comunicativa, le hablaba sobre los amigos homosexuales que tenían en el DC. El rubio no se iba a resentir por eso. Y cuando quiso darse cuenta, se había perdido la respuesta de Greger, no aceptaría que eso le produjo algo de decepción y una leve ansiedad en la boca del estómago. Después del almuerzo tardío, Linus se excusó yendo a su estudio y con poca concentración apenas revisó las tareas que tenía en frente, sólo podía escuchar las palabras animadas de Greger y las carcajadas de Vanessa. Mientras tanto, y escudándose tras una carpeta, el rubio empezó a meditar sobre lo que todo eso significaba. Era curioso cómo la primera impresión sobre su nuevo vecino lo había ablandado, si era brutalmente honesto, ese nerviosismo en el píloro, la sensación de serpenteo en las piernas y otras cosas eran lo mismo que había sentido cuando había visto por primera vez a los amores de su vida. No eran demasiados, las contaba con los dedos de su mano, sólo que jamás se le había pasado por la cabeza el admirar de esa forma a otro chico. Tenía ansiedad de nuevo y con eso el estómago se le despertaba. Se levantó para ajustar discretamente la puerta y merodear en su cofre de los tesoros mirando fijamente a Greger desde la distancia. Acomodaba los platos con su novia, y si no acabara de enterarse, diría que le coqueteaba por la forma en que sonreía. 105

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Las ganas de comer papitas y Doritos habían desaparecido. Intentó abrir su mini bar pero en el último momento decidió dejar las Coca-Colas donde estaban. Su cabeza era un enredo y lentamente empezó a contar sus obligaciones para la semana, esperando ahorrar tiempo e irse a Washington. Se estaba ahogando allí. El sol se ocultó y la única luz era la que salía de la pantalla del computador y daba de lleno en las gafas de Linus. No había avanzado ni una línea, su mente en pensamientos sueltos, preocupado, sin saber qué sentir ni que decir. —Creo que estuvo mal preguntarle a Greg sobre su novio. La suave voz de Vanessa lo sobresaltó. Estaba parada en la puerta de la oficina, mirándose las uñas con interés. —¿Terminó con él? —Más que eso, pareciera que odia a los hombres. Vaya, Linus se echó hacia atrás en su silla. —Eso explica por qué me ignora cuando me ve. Ella rió y caminó hacia él. —¿Quién lo diría? El chico favorito de América odiado por terribles fuerzas suecas. —Lo besó hasta quitarle el aliento, prologando cada caricia hasta que el salvapantallas se activó y las cosas fueron tan lejos como el tiempo suficiente para que el aparato entrara en hibernación.

peleaba una guerra constante con la desidia de la tarde dominical). Había dormido bien, no había pensado en otra cosa que no fuera su novia y tenía mucho por hacer. Luego, al salir a la terraza se había acordado de los felinos y del gatio. La ansiedad lo asaltó, no quería ir allí, no quería ver a su vecino de nuevo y plantearse cosas como una quinceañera con su diario. Era ridículo, él estaba crecido, era estable, todo en su vida estaba prácticamente definido, y a pesar de algunos detalles, era perfectamente feliz. Rutinariamente feliz. ¡Y no iba a dejar que pensamientos como ese lo perturbaran de nuevo! Vanessa le ganó la mano antes de que pudiera detenerla, ni bien se lavó los dientes ya estaba en la casa del lado y reía. Y Linus, tan inocente, pensando que había salido a correr o algo. —¿Cariño? ¿Vas a venir? —Que ridículo se vería un hombre de casi dos metros de alto y de ancho agazapándose tras una silla de teca. —En un momento. —Y la voz le salió cortada. 106

Normalmente la mañana del domingo sería brillante y llena de cosas por hacer (Linus

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Bien, las cartas estaban echadas. Le gustaba su vecino, había fantaseado con él todo el tiempo mientras estaba con su novia, él no era gay, pero para el caso Greger odiaba a los hombres, e iban a trabajar todo el día juntos. ¿Qué podía arruinarlo? Y nada de todo lo anterior estaba impulsándolo a escoger su ropa con mayor cuidado, claro, no había descartado tres camisetas porque sus brazos estaban perdiendo tono y no quería que su vecino gay lo notara, y tampoco se había gastado diez minutos enteros decidiendo si lo mejor era usar pantalones a la rodilla o jeans rotos. Los jeans no se verían mal, tampoco esa camiseta vieja de Harvard que le quedaba ajustada al pecho, eso sí, iba a ir en sandalias y que el mundo entero gritara. A él no le importaba. No había necesidad de golpear porque la puerta estaba sin pasador. Los tres gatitos lo recibieron con esa pose teatral de modelo sorprendido cuando lo vieron entrar, sus ojos precavidos lo siguieron hasta el ventanal y no pudo evitar que uno se escapara rumbo a la inmensa terraza donde Vanessa veía algo en un papel al tiempo que se servía otro Margarita. Se veía hermosa, feliz y lucía coqueta. Y claro, él fue el ogro que rompió el hechizo de felices por siempre. En defensa del odiador de hombres, intentó sonreír cuando lo vio, y su respuesta fue un asentimiento de cabeza. Buscó por sí mismo el manual al tiempo que vigilaba de cerca a su único amigo allí, el gato de rayas. Al que atrapó en dos segundos con habilidad de atleta cuando se encaramó en el muro bajo recubierto de cemento. Los lindos ojos de Greg se dilataron al recibir a la criaturita, estaban redondos, se fijaron por dos segundos en los azules de Linus con auténtico agradecimiento y se fue a meter a la pequeña bestia a un lugar seguro. Ahora iba a ser una doncella amable y dócil, pero al rubio le importaba un huevito y medio que quisiera cambiar de rol, ya no se le daba lo del buen humor con quien le había jodido la cabeza y para colmo vivía al lado de su casa. —No es difícil, hay que comenzar por unir un panel al otro en un ángulo de noventa grados, si logro eso, puedo poner el resto. —Algo contrariado, el sueco miró hacia los paneles. Cada uno tenía más o menos un metro de ancho, y estaban reforzados con bordes metálicos, había intentado levantarlos sin éxito. —Cariño, creo que aquí están las cosas que vienen con la construcción. Vanessa seguía con otro Margarita, sentada muy sofisticada sobre un bulto de cemento y señalando una caja en el piso, el rubio fue hacia ella, «siempre bueno con sus vecinos, su siempre amigo el Ceniciento». No iba a demostrar su mal genio. Tomó la caja, vio los agarres, tornillos y demás y ladró pidiendo pinzas, alicates y destornilladores. Greg no dijo nada, salió corriendo hacia dentro. Y para que constara, Linus estaba enfadado con todos y con todo, con Greg por ser Greger, y con Vanessa por portarse como una harpía chismosa y ¡Oh! Linus sabía que detrás de ello había algo. Ni idea qué, pero pronto se enteraría. 107

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Levantó sin esfuerzo el primer panel y le pidió a su chica que lo tuviera firme mientras hacía lo mismo con el otro y luego, estabilizando ambos, esperó pacientemente a su anfitrión que salió veloz del apartamento en obra negra. —¿Dónde van exactamente? —¿Contra el ventanal? ¿No estaba seguro? ¡Pequeño demonio! —Esto no es tan ancho como la terraza, si lo pones contra el ventanal no tendrás acceso al resto del espacio. —Pensé en ello, y le pedí a los hombres de la remodelación que hicieran un cuadrado en el vidrio que está fijo para que los chicos salgan por ahí —dijo con un suspiro y luego mostró el corta vidrios lleno de arena y fino polvo de greda. Qué bonito se veía cuando sonreía así. Le dijo su cabeza a Linus, con acento de Texas incluido. —No lo entiendo muy bien. —No iba a importarle que sus palabras salieran nasales y sus ojos se extraviaran como si trabajara con una neurona. —Pedí el gatio para que pudiera armarse contra el ventanal y la pared que divide las dos casas, el resto deja libre la puerta corrediza y me da espacio hasta el muro del balcón para poner mis plantas. —La forma en que dobló sus piernas al mostrar lo que quería hacer, era tremendamente femenina, pero Linus no iba a criticarlo, no con esos muslos y esas pantorrillas—. Lo siento Vanessa, pero creo que cuando salgas a broncearte mis chicos estarán espiándote por treinta o cuarenta centímetros. —Pequeños pervertidos. —Soltó ella con más fastidio que humor. Linus se concentraba en el viento llevándose el cabello liso del chico. ¿Cuántos años tenía? ¿Cómo había conseguido un lugar en uno de los barrios más costosos de Manhattan? ¿Por qué odiaba a los hombres? Y a todas estas, ¿tenía un patrocinador o un buen padrote? Bufó pero a nadie le importó. —Cuando esté terminado sabré de cuánto espacio dispongo para comprar el mobiliario. Quisiera comenzar por un gran árbol de madera además de las areneras cubiertas. Linus podría ayudarle a instalar todo eso si se lo pedía, ¡diablos! Linus acarrearía la tierra y las materas si se lo pedía. Con movimientos tontos corrieron las planchas de reja hasta el muro y con manos hábiles (que Linus no sabía que tenía) el rubio empezó a unir las planchas con las abrazaderas de metal como lo decía el manual. Pronto, dos paredes estuvieron construidas, luego las tres y media e incluso la única mujer presente ayudó estabilizando algo de vez en cuando y alcanzándoles ladrillos para que el grande, rubio y fuerte del equipo hiciera la difícil tarea de instalar los paneles del techo. Lo bueno era que Greger lo tenía tomado de las trabillas del jean y en un momento le presionó el estómago para equilibrarlo. Linus le sonrió furtivamente y esa linda cara se apagó y retiró su mano desplazándola a donde estaba antes. 108

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Vanessa entró con cuidado al apartamento, trasteó la cocina mientras en la Tablet de Greger observaban cómo cortar el vidrio sin romperlo en el proceso y ponían el marco para que los felinos no se cortaran al entrar y salir, luego las bisagras y la pequeña puerta que daba acceso a la estructura y ¡voilá! todo el día sin adelantar trabajo, con un hambre del demonio pero con tres bolas de pelo muy agradecidas que olían cada esquina de su nuevo espacio. Incluso Linus se quedó atrás para taparles la salida a los de remodelación con unos cuantos bultos de cemento y arena. Casi se cae de cara en su propia trampa pero hasta eso hubiera valido la pena con tal de fastidiar a los haraganes. Luego, fue recompensado con grandes porciones de pizza y cerveza. Así debía sentirse un hombre de verdad todos los días.

casa que no le importaba su tiempo a solas en el McDonald’s más cercano, ni las chicas en el ascensor invitándolo a tomar café o a comer (o a bailar o a casarse, si quería), ni la chica imaginaria de la oficina del frente, dos ladrillos más abajo.

Esa tarde Linus no iba a quedarse para adelantar trabajo, esa tarde quería irse tanto a

No, la cabeza estaba por estallarle, le dolía la piel donde el sol la había quemado sin que se diera cuenta y sólo quería echarse en algún lugar cómodo de su casa, cubrirse la cabeza y dormir. Lo que no ayudó fue que escuchara gritos provenientes del apartamento de Greg y por dos segundos pensó en no inmiscuirse. Un golpe y luego más gritos. Ni él ni su novia solían ser lo que se dice “integrados”, pero todo buen vecino debía ayudar a los suyos. Así que sin abrir su puerta se dirigió a la del lado, algunos sonidos más fuertes retumbaban en el larguísimo, estrecho y solitario pasillo, y sin ceremonias decidió entrar. El sueco se arrancaba la corbata en ese momento y la tiraba al suelo lleno de polvo y arena y un tipo con barba de días y camisa gruesa lo retaba con su estatura. Era corpulento y se veía grande, pero Linus era más ancho y fuerte. —¿Sucede algo? —Y ahí estaban de nuevo, esas pupilas dilatadas, los ojos redondos tras las gafas (el día anterior no las había llevado y se veía igual de encantador) y luego la dureza en las facciones, incluso fastidio. Nadie le respondió—. Asumo que están a cargo del proyecto. El grandote se rascó la barbilla y asintió. —Una mala ejecución si puedo decir. —Miró hacia todos lados, el desorden, los regueros, el polvo y los escombros. —No puede despedirnos. Tenemos un contrato y usted no lo ha firmado, amigo. Su voz y mirada era socarrona y Linus supo bien qué pensaba el hombre. —Puedo y lo haré. —Contuvo a Greger de decir algo poniendo su mano en el brazo de forma suave pero segura—. Hay normas para esto, amigo, y este desorden tiene más que un par de semanas aquí. —Blofeaba, claro—. El departamento de obras tiene reglas para esto. 109

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—No hay un tiempo establecido… —Si tiene quejas puede buscarse un abogado, trabajo en Fletcher y Collins y todos allí somos excelentes y costosos abogados. —Levantó una ceja hasta que el mastodonte entendió—. Salga de aquí antes de que le exija que recoja todo este desorden. Por supuesto no espere sobrecargos en sus honorarios o me aseguraré de que un auditor esté en su puerta al día siguiente, amigo. El teatro de héroe salvador continuó mientras los hombres se iban y él rodeaba enérgicamente con su cercanía al hombre más bajo, delgado y por qué no decirlo… delicado. Pero dicho hombre no estaba de acuerdo con su imagen mental de capitán de barco con el cabello largo y la camisa abierta. De hecho, si podía decirlo, su expresión era más agria de lo normal. —Sé que debo agradecerlo, pero quiero toda esta porquería fuera de mi casa ya y no sé cuánto más me demore en conseguir a alguien para que haga el trabajo. —Te lo dije, debes hablar con otra compañía. —El tipo dijo que se encargaría de que ningún otro hiciera el trabajo si lo despedía. —Sí, por eso mi abuela siempre encarga estas labores a mujeres, son duras e incluso crueles, pero nunca se salen de los presupuestos ni del tiempo. Greger tenía la boca abierta y eso era impagable. Para todo lo demás, Master Card, se aseguró de reírse estúpidamente muy, muy adentro de su cabeza. —La llamaré, —lo miró cínicamente—. ¿Puedo? Los ojos grises parecieron resplandecer un poquito y su propietario asintió. Linus acarició a cada inquieto y aterrado gatito (le sorprendía que los felinos fueran más nerviosos que un perro recién vacunado) y se fue con el celular en la mano. Después de expuesto el caso, la señora Saint John había prometido ayuda pronta, venganza y una buena multa. ¡No se le hacía eso a un pobre extranjero perdido y a su tres gatitos a punto de colapsar de nervios!

oficina al atardecer, con un cigarrillo en los labios y mirando hacia el frente, dos hileras de ladrillos más abajo.

Tres días más y allí estaba Linus, con su mente desbocada, aferrado a la ventana de su

El asunto era largo y serio, no habían fallado ni un día en tener sexo. Lo sabía porque el mismo tire y afloje rítmico de la luz era invariable, y si bien al principio escaneó las demás ventanas sin ver movimiento, luego su mente se disparó por derroteros de fantasías perversas de la secretaria buenota agredida por su jefe en la oficina. Esperaba que el tipo no fuera calvo y horrendo, más bien de su estilo: agradable, risueño pero cachondo. Sí, claro, esa palabra ya no lo describía. Ni desde el sábado ni desde hacía semanas. 110

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Tomó su abrigo, se metió la placa de Listerine y se fue a su casa sin esperar que la luz de la otra ventana dejara de tambalearse. Otro guiso de verduras, un poco mejor de sabor, y nada nuevo. Trozos de queso y vino, el mejor de la cava para la cena de esa noche, incluso había dos velas encendidas en la mesa. Pero Vanessa no le hablaba mucho, estaba pensativa, tal vez sentía otras cosas, pero su ceño fruncido era lo que más destacaba. —Vane… —Linus… Bueno, hasta ahí iba su idea de decirle a su chica que se iría la semana siguiente a visitar a Horace y a Cecil. —¿Sucede algo? Ella lo pensó un momento. —Se acerca un gran evento en Miami, debo ir, está este barrio lleno de galerías donde exponen arte popular y conviertes los grafitis… en fin, debo viajar. —Genial, ¿cuánto estarás allá? —No lo sé. —Eso había sido algo cortante. —Yo pensaba… —El asunto, Linus, es… te amo, hemos estado juntos por años, más de los que esperaba, pero estoy expandiendo mi carrera, mis intereses cambian y, bueno, tú eres estable y todo lo demás, pero, no puedo estar en un sólo lugar y… lo que quiero decir es que necesito tiempo… lejos de ti, lejos de la ciudad. El rubio había cruzado sus manos bajo su barbilla y la miraba seriamente, no, no estaban terminando, pero casi. —¿No dices nada? Las cosas han cambiado desde que llegamos aquí, sé —hizo una seña para que Linus la dejara seguir— sé que conseguiste este trabajo por mí, para que siguiéramos juntos, y las cosas no han sido fáciles desde lo de Sophie y Clarice. —¡Ajá! De alguna manera Vanessa se las había arreglado para culpar a Linus de la ruptura de sus amigas con los mejores amigos de él. Lo sabía, pero no quería creerlo. Y no había sido tan grave, bueno, decían que Sophie casi mata a la madre de Cecil en su despecho, pero fuera de eso todos estaban bien—. Y necesito tiempo para pensar y saber cuál será mi próximo paso. No “nuestro” sino “mi” próximo paso, ¿desde cuándo Vanessa Wilkins se había convertido en una bruja egoísta? Bien, pues si eso sentía ella a él le gustaba alguien más, y era un chico, porque aparentemente las tendencias homosexuales sí se pegaban (o los hombres de Suecia eran pecadoramente hermosos) y su novia de casi diez años iba a empezar a importarle nada. Eso había sido muy infantil, y esperaba de corazón no haberlo dicho en voz alta. 111

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Y Vanessa estaba con la boca abierta, los ojos desorbitados y el tenedor colgando de los dedos. —¿Ves a lo que me refiero? ¡Has cambiado! Eres frío, seco y huraño, tanto que no dices nada. No opinas, Linus. Ya no te expresas. No te conozco. Fiuuu —La verdad es que pensaba viajar hasta el DC, justo la próxima semana, y estaba pensando cómo decírtelo. —¿También necesitas tiempo para pensar? —El tono era infinitamente dulce. —Creo que sí. Creo que todo esto es porque no he pasado suficiente tiempo con los chicos, solíamos reunirnos seguido y tener estos encuentros entre tipos duros y machos y eso se acabó. —¿Machos? —Ella levantó una ceja y la proverbial sabiduría de Horace llegó a sus labios. —Sí, están juntos y son hombres, pero no son alguna especie de reinas, o algo así. —Ella se encogió de hombros—. ¿Me verías como una reina a mí también? —Nunca te fijarías en un hombre —rió. « Y tú sabes tanto…» Ella le tomó la mano, conciliadora. Linus notó su maquillaje, que le emparejaba la piel cubriendo las pequeñas y adorables imperfecciones, ¿desde cuándo no era la muchachita fresca, natural y divertida de la que se había enamorado? Había cambiado, y no era cosa de la edad, las chicas de la oficina eran como lechugas y tan mayores como ella. —Así que, te vas a Miami y yo con los muchachos, pensamos, cambiamos de aire y volvemos renovados. —Tú siempre me entiendes. —Sonrió adorable y siguió comiendo. Algún día Linus tendría que ser sincero. A menos, claro, que no fuera nada.

al Petco más cercano y compró latitas de paté de las de siempre, de las que Greg no sabía nada. Esa tarde se había ido de la oficina con la clara impresión de que, después de que en la oficina del frente terminaran con su mambo horizontal y unos minutos más, lo habían descubierto de fisgón. ¿Cómo si tenía la luz apagada? Esa era una buena pregunta, pero alguien lo había observado desde esa ventana con listones de ladrillo. Desde detrás de las blancas persianas que se habían doblado sospechosamente. ¿Para qué pensar en ello? Bueno, era un hombre libre por unos días, el domingo llegaba a una nueva ciudad para una corta visita y tenía que aguatarse el pesado tráfico de esa hora en Manhattan y la música india del taxista. 112

Se encontró extrañando a los felinos tanto como a Tobby, así que esa tarde de jueves se fue

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—¿Conoce a Aishwarya Rai? —Pregunta tonta, ¿quién no la conocía? El indio lo miró serio—. ¿Esa canción es de ella? Su respuesta fue un aumento en el volumen de la música. Lo peor era que el tipo lo destriparía si no le dejaba propina. Estresado, decidió revisar que las latas estuvieran bien, sin abolladuras, la fecha de vencimiento en orden, la administración y la composición. Además de la aprobación sanitaria correspondiente. Luego revisó el par de cañitas con puntas de plumas, asegurándose de que estas no se caerían fácilmente, vio que las fabricaban en china, y el pequeño rascador en algún lugar de Milwaukee. Lo de Vane había estado cerca, no era tan importante lo de terminar como lo de confesarle la verdad, esa verdad. Y si lo pensaba bien, podría ser que su novia de alguna manera le hubiera dado carta blanca por el tiempo que estuvieran separados. Tal vez un bar y ver algunas chicas lo ayudaran a estabilizarse con respecto a ese otro asunto. Y hasta ahí llegó su resolución, porque tan pronto llegó a su apartamento, y luego de descargar sus compras y maletín, abrir bien el ventanal de su terraza y fumarse sus buenos cinco cigarrillos, escuchó la puerta del lado y salió reduciendo el paso artificialmente todo lo que pudo.

¡ emonios! ¿Por qué el tipo lo miraba así? Esos hermosos ojos eran cálidos y su cara como si hubiera olido caca. Tenía que ablandarse, claro, porque él había llegado con regalos para los chicos, y luego habían hablado de lo genial que estaba quedando todo el apartamento, de los platos que ya podía desempacar, de las cortinas y colchas nuevas en su habitación, de que ese lugar era suyo como parte del bono de contratación de sus servicios como abogado ambientalista. Habían cenado hablando con facilidad y luego tomado un par de copas en las sillas tipo hamaca que al fin había sacado Greger de su escondite, mientras observaban a los felinos dentro de su gatio, escalando felices su árbol y maullándoles con insistencia cuando trepaban la malla de su lado. Luego, la conversación había girado sobre Tobby. Linus nunca mencionó que Vanessa fuera la razón de no tenerlo cerca, pero el vino lo ponía nostálgico y luego Greger lo había tomado del mentón y le había dado un suave beso en los labios. Trató de disculparse, claro, culpó a la bebida, a que no estaba pensando bien y que había sido un error. Luego de eso, silencio. Linus estaba tieso en su lugar porque así te dejan los rayos cuando te caen encima: electrizado y achicharrado, y si alguien le preguntaba cómo diablos había salido de ahí, no podría responder. Esa mañana antes de salir al trabajo el sueco lo esperaba en la puerta.

D

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—Disculpa, eso no fue amable, es sólo que la persona a la que estoy viendo… no es nada estable, pero a veces me saca de base, y tú y Vanessa parecen tan felices juntos… —El camino al infierno está hecho de mentiras, no de buenas intenciones. —Así que no quisiste hacerlo. —Afirmó mientras esperaban el ascensor. —Bueno, en parte sí, eres apuesto, eres… ¿lindo? Y en mejores circunstancias serías mi tipo, digo, si no fueras hetero y todo eso. —Así que prefieres seguir saliendo con el tipo inestable que conmi… con alguien como yo. —Es temporal. —¿Parte del bono de beneficios de tu compañía? —Y no quería sonar tan hiriente como al final. —No voy a responder a eso. Sólo diré que todos tenemos necesidades… no es un pecado. La campanilla sonó para abrir la puerta, pero no la escucharon. Linus lo enfrentó. —Estoy molesto, pero no por lo que crees. Sólo ten en mente, que allí afuera, en el mundo animal, lo que menos importa es el sexo cuando alguien te gusta de verdad. Y salió, como héroe de novela románticona. Dándose patadas mentales porque estaba dando discursos a preciosos hombres gay besucones, cuando el que debería estar siendo avasallado por argumentos a favor de la felicidad homo, debería ser él.

Era hasta un poco incómodo viéndolos en besitos y arrumacos todo el tiempo. Bien, no todo el tiempo, pero con una vez ya tenía suficiente. Les había contado lo de Vanessa (jamás lo de Greger) y para consolarse, Matilde, la gata de sus amigos (bueno, más de Cecil que de Horace, pero ahora más mimada por Horace que por Cecil), había estado de acuerdo en dormir con él. Incluso lo había despertado con una pata en la boca, lo que era mejor que la inmensa lengua de Tobby escarbándolo para despertarlo. Además, Cecil estaba feliz, después de meses buscando trabajo, había conseguido un puesto genial como asistente investigador en Georgetown gracias a un amigo indio de Horace, así que ya no sería más la “bruja mantenida” del delgado rubio. Habían salido, se habían divertido, habían bebido hasta perder la razón y habían dejado a Horace en el Capitolio con una resaca de marca mayor mientras le hacían caritas burlonas desde el auto en el parqueadero. ¡Ahh, la vida podía ser buena! Y luego, lo impensable ocurrió: todos sabían que Cecil era una especia de duende burlón y cruel a veces, lo que no explicaba el por qué, mientras hacían espaguetis con queso, Linus había decidido soltarle toda la parrafada sobre Greg. Y no contento con eso, todo lo que estaba sintiendo con Vanessa. 114

Y nada en absoluto mejoró con esos días en casa de Horace y Cecil.

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Afortunadamente su amigo no se había reído. —Wow, lo homo se pega. Como si Linus no lo hubiera sabido ya. Blanqueó los ojos. —No soy gay, puedo ser bi, o mejor aún, bicurioso, pero las chicas me encantan, las veo en todos lados y me parecen lindas. —¿Más que Vanessa? —No voy a responder a eso. Su amigo lo miró muy seriamente —¿Aún amas a tu chica? —Siendo sincero, cada día un poco menos. —Así que ¿este chico va a pagar los platos rotos de tu desilusión? —Ni él ni nadie, me refiero, Cecil a que son dos cosas separadas, estoy casi seguro de terminar con ella porque no nos llevamos bien, y no es una etapa, todo comenzó antes de mudarnos a NY, de un momento a otro sólo fue ella y no nosotros, puedo lidiar con eso, pero no con ser una especie de mascota complaciente a la que puede dar órdenes cuando quiere. He fallado, lo sé, pero no quiero intentarlo más, quiero estar solo y eso es todo. —Y este chico, Greg… —Greger… me gusta, pero no estoy considerando proponerle nada, no hacer nada al respecto. Escucha, ustedes tienen una linda vida aquí, pero siendo sinceros, habían tolerado mucho uno del otro y cuando ya decidieron salir del clóset, se habían perdonado esas pequeñas imperfecciones y por eso se establecieron juntos enseguida. —Deberías ser psicólogo y no abogado. —Sabes a lo que me refiero, idiota. —Bueno, pues si este chico Greg… —Greger. —…te gusta, no dudes en ir por él. No te vas a quedar en una esquina porque la harpía reina te haya amarrado ahí. Y es sólo un experimento, no te estoy diciendo que te cases con él. Dos días más acurrucado con Matilde y luego volvió a su hogar en Manhattan. Cuando encontró la nota no le sorprendió: Vanesaa lo había botado. Había decidido que necesitaba más tiempo y se iría a un pequeño apartamento aún más cerca de su trabajo. Lo sentía muchísimo, pero se había dado cuenta de que muchas cosas habían cambiado y que no tenía disposición ni energía para arreglarlo. Bueno, oficialmente Linus era hombre libre. Con menos dinero porque debía cargar él solo con el gasto de la propiedad, pero libre. Suspiró aliviado, no sabía de qué con exactitud, pero aliviado. 115

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le estaba costando superar a su ex, las señales habían estado ahí por largo tiempo. De hecho, él debió dar el paso primero pero como dice el dicho: ”Primero las damas”.

Su rutina en la oficina continuó, un poco más coqueto con las chicas. Siendo sincero no

Esa tarde la lámpara no se agitó ni la persiana se movió. La luz seguía ahí, pero estática. Linus se devoraba su cigarrillo de canela sin pensar demasiado en nada, bueno, sólo en el beso que le había dado Greger esa noche. No podía negarse por más tiempo que había parecido… correcto. Miró su reloj, sus compañeros lo esperaban para una noche de libertad en viernes en el bar a dos cuadras. Un sitio concurrido por lindas chicas y abogados estirados. Justo el ambiente que quería en ese momento. La persiana se movió al frente y no pudo evitar sonreír, comenzaban tarde pero tendrían para rato, seguramente había mucho de que desquitarse. Luego desde las sombras de su oficina vio como la ventana se abría y salía humo de cigarrillo, alguien se asomaba mirando abajo, al tráfico más de treinta pisos sobre el suelo. Linus se había sentido observado de vuelta, se acercó a la ventana para ver mejor a su contrincante a la luz violeta de la noche, aspiró la fragancia de su pitillo al mismo tiempo que el desconocido, no, no desconocido, al mismo tiempo que Greger Olsson. Abrió su ventana y Greger lo vio también. Luego seguramente lo reconoció porque cerró de golpe la ventana y apagó la luz.

fuera ruido de fondo, afortunadamente. Linus estaba bebido hasta la coronilla riendo como idiota con tres chicas preciosas cerca de él. No sabía quién había contado el chiste, pero todos estaban contentos y dispuestos, sólo debía escoger a una, o a dos, o tal vez a las tres. Nunca lo había intentado. Una le tocó el pecho. —Se hace tarde… debería irme a mi casa. Había una razón por la que Linus no quería ir allí, no recordaba cuál, pero seguro no era porque tres adorables gatitos no lo esperaban ya, o porque su encantador vecino estuviera revolcándose con un tipo que lo tenía tan hecho mierda, que se había atrevido a besarlo a él. Al mismísimo Linus Saint John que no era su tipo a menos que las circunstancias fueran otras. —Claro, preciosa, sólo… voy al baño, tú sabes, y te llevo —miró a las otras—, ¡las llevo a todas si quieren! 116

La música en el bar era buena. El televisor estaba apagado haciendo que Fox Sports no

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Ellas rieron y el rubio se fue en dirección al sanitario. Afuera la música sonaba y él repetía como máquina: “Get Lucky”, “Get Lucky”. Mirando como salía líquido de su cuerpo rió a carcajadas. Él repetía como autómata lo que los autómatas más famosos del planeta habían creado. Ironías de la vida. ¿O no lo eran? Ya no lo recordaba. Había algo importante allí, además. Sí, tres chicas bastante pícaras lo esperaban, ya había tenido su cuota de suerte esa noche, e iba a forzarla un poco más de no ser porque… —¡Greg “Greger”! ¡Mi vecino favorito! Es un honor verlo entre la plebe, su alteza. —Se tambaleó sólo un poquito. —Linus… —No, no Linus, no con esa voz. ¡No soy tu tipo hombre! Ve, ve con el tipo que te folla todas las tardes que yo tengo tres bellezas para comenzar mi harén. —Se miró al espejo, sí, su sonrisa era de idiota. —Quisiera hablar de eso contigo. —Pero yo no. —Lo miró desenfocando—. Terminamos y nos repartimos a los gatitos en el divorcio. —¿De qué demonios estás hablando? —Bueno, yo también soy su papá. —Rió demostrando todo lo alcoholizado que estaba—. Yo me raspo las malditas piernas en ese muro para alimentarlos cuando no estás, les compro juguetes y les armo su jodido gatio. Tengo derecho al menos a uno. —Concluyó muy serio, con los brazos cruzados en el pecho. En ese momento realmente le importaba una mierda el ceño fruncido de Greger—. Los chicos lindos nunca deberían hacer caritas como esa… —Vamos a casa… —La tuya o la mía. —La que sea, pero salgamos del baño al menos. Olsson era más pequeño y delgado, pero arrastró al rubio con sorprendente facilidad fuera del local mientras montones de pensamientos morbosos corrían por la imaginación de Linus. —Hey, amigo, hay tres bellezas que estarán muy tristes si me voy. Será como un tetris, pero era muy bueno jugándolo en la escuela… Greger lo empujó suavemente contra la pared, hacía frío y la farola de la calle titilaba, a la mente embotada del rubio le pareció que aquello era una premonición mientras la miraba con seriedad. —Es mejor que nos vayamos y que te acuestes, no estás en tus cabales, no se puede hablar contigo. —¿Vas a besarme? 117

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El sueco lo miró directo a los ojos. —¿Cómo? —Bueno, esa farola de allá dice que sí, y yo digo que sí. ¿Qué dices tú? Greger rió un momento, pero luego tomó las solapas del abrigo de Linus y lo empujó hacia él, besándolo profundamente. —Sabes horrible —rió. —Y soy hetero, tengo muchos defectos. Al menos soy soltero. —Lo sé, le ayudé a empacar. —Qué lástima. —Luego vino otro beso más intenso, Linus se permitió tocar un poco más—. Me encantas. —Lo sé. —Más besos, esta vez pequeños piquitos que tentaban los labios suaves del rubio, quien lo sujetaba fuertemente de las nalgas al tiempo que el pequeño sueco acariciaba repetidamente ese cálido cuello bajo la camisa. —Me encanta esa sonrisa en esos labios de niña. —Estás borracho. —Lo sé. ¿Tu casa o la mía? —Lo decidimos en el camino. Greger paró un taxi.

increíble. Linus sonrió con la boca seca por el licor. Abrió los ojos y vio a Greger contra su pecho. Se olvidó del agua mientras hacía memoria. Sintió algo suave y lento caminar por el colchón. ¿Dónde estaba? Levantó la cabeza con premura. Ojos verdes lo observaban con precaución desde la mitad de su propia cama. —Alberich, baja de la cama. —¿Greger? —¿Sí? —¿Dónde estoy? La adorable cabeza con ese corte casi emo se levantó y los ojos grises lo observaron. Sonrió y eso le encantó a Linus. —En tu cama, este rebelde vino detrás cuando madrugué para darles el desayuno. 118

Ese sábado estaba particularmente luminoso, el viento suave movía las cortinas y olía

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—Pensé que tenían comedero eléctrico. —Sólo acepta tres programaciones, ellos comen pre desayuno. —Por eso están tan gordos. —¡No lo están! Linus rió y lo abrazó feliz. —¿Tuvimos sexo? Manos cálidas cayeron sobre su pecho y luego esa encantadora barbilla apenas cuadrada. —Te dormiste al llegar. —Lo ¿siento? —¿Por qué? Después de todo, aún no estás listo para el sexo homo. El gato negro se bajó de la cama y corrió a la puerta de la habitación. —¿Quién dice que no? —Aparentemente, tú. Luego hubo silencio, la boca de Linus más seca que nunca. —¿Crees que esté listo pronto? Greg le mordió suavemente la barbilla. —Eventualmente, cuando superes a Vanessa y todo eso. —No tengo que superarla… —Un dedo selló sus labios. —Debes hacerlo, todos tenemos algo que superar antes de tirarnos de cabeza. El rubio pensó otro rato, mirando al techo. —No me cambies por nadie mientras esperas. —No lo haré. —¿Y ese tipo de tu oficina? —No es de mi oficina. —¿Quién es entonces? —Nadie, nadie especial. Get Lucky - Daft Punk

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Biografía
Freya Karstein escribe y dibuja en sus ratos libres, reparte esos momentos entre sus gatos, su vivero y rabiando mientras apoya causas ecológicas. Tiene muchas ideas en la cabeza pero todas ellas están represadas, por eso ha creado un grupo para escritores de homoerótica bloqueados, sobre todo porque está convencida que ante la partida de la musa, sólo se logra escribir a punta de tabla. O sea, obligándose. También tiene un blog que es abandonado por períodos al igual que su cuenta en Deviantart. Sueña con publicar todos sus relatos en orden cronológico y con una linda portada. Mientras tanto, algunos de ellos están disponibles en su blog Chesirekingdom. Respecto a Linus: Es el tercero de una serie de relatos cortos de gente relacionada por algún motivo, algunos son amigos, otros son colegas y otros simples conocidos. Si aún no has leído Bicurious (la historia de Cecil y Horace) puedes hacerlo en la página de Estudio Lay, donde se publica regularmente y en la cual Freya colabora como redactora y a veces ilustradora para la revista YaoiNiwa.

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Sonata N º 6

Los condenados

Hendelie & Neith

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Nights when our hearts and oceans were young The times were full of magic And seed with songs unsung, And winds did lays in forest, And dawn was filled with eerie sweetness In days before the fall. The days before the fall - Empyrium

brisa. A veces soplaba con ligereza, desordenando sus pensamientos y poco más. Otras veces se levantaba impetuosa, de forma repentina, provocándole una profunda confusión. Y en ocasiones, en noches como aquella, todo era tempestad. Aullaba, aullaba, aullaba, destrozándole los nervios, haciendo que los ojos le dolieran, que los oídos se le taponaran con un silbido intenso y desesperante, que su sangre se agitara en las hambrientas venas. La Bestia y la Locura danzaban, copulaban como en una bacanal y de su lascivo abrazo él había nacido, sacudiéndose en un grito desgarrado que no dejaba de repetir. Si la vida era dolor, él estaba más vivo que cualquiera. Se tambaleaba en medio del bosque negro, mesándose los cabellos. Estaba sucio de sangre, de barro y hojas, hambriento y desesperado. Primero había perdido a su padre. Ahora se había perdido a sí mismo. Hasta entonces había tenido al menos su nombre pero desde hacía varios días (quizá tres, quizá cinco, quizá cien) no se recordaba. Ni pasado que dejar atrás ni futuro hacia el que viajar. Solo un agónico presente que le destrozaba. Ni siquiera sabía que buscando el alba podría dejar de sufrir. No tenía identidad, no tenía conocimiento, sólo la huella de un día haberlos tenido y el terrible anhelo de recuperarlos. Un anhelo que sólo le reportaba más sufrimiento. ¿Qué quedaba pues para él? Errar, gritar y sollozar, como una bestia perdida en la espesa foresta. Las sombras bailaban. Las formas de los árboles no hallaban sentido en su maltrecha psique. ¿Árbol? ¿Qué es un árbol? ¿Qué misterioso significado entraña esa palabra? Para él, los árboles eran como dedos fantasmagóricos que señalaban hacia un cielo febril y cruel. Ahí arriba estaban las estrellas. ¿Estrellas? ¿Qué son las estrellas? Luces, luces, luces que le asustaban. Parecían reír, parecían tener dientes de luz, plateados colmillos. Le amenazaban con ellos. Las ramas crujían cuando las pisaba al caminar, pero él no hallaba la relación entre su movimiento y el sonido. No lo entendía. ¿Por qué cruje? ¿Por qué suena? ¿Qué es? ¿Qué sucede? ¿Hay algo? ¿Es bueno o es peligroso? En ese nido de demencia, el olor de la sangre le dio sentido a todo. Volvió el rostro hacia el oeste, las pupilas se contrajeron dentro de los dorados iris. Tragándose un último gemido de agonía, trepó por el tronco de uno de esos dedos negros que apuntaban al firmamento y fue saltando de rama en rama, como una alimaña infernal, siguiendo el rastro de las presas. 122

En su cabeza había viento. Desde el día en que cayó en la oscuridad, allí estaba aquella

Dalmacia, año 535 d.C.

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desde Tierra Santa hasta Dalmacia. Y del mismo modo, el incansable Falkon Verinus los había perseguido noche tras noche.

Sin descanso, deteniéndose sólo para alimentarse, los adoradores de Satán habían viajado

Las últimas semanas, a través del espeso y deshabitado bosque, Falkon había sido testigo de una nueva y salvaje práctica de aquellos espantosos seres. Acuciados por el hambre, se habían devorado unos a otros hasta reducir su número a la mitad. Les había visto revolcarse por el suelo presas del frenesí, arqueándose con los rostros manchados de la sangre de sus compañeros. Por un instante, aquella imagen le había tentado. Era un momento oportuno para destruirles, indefensos y ahítos… y además, podría alimentarse. Alimentarse de ellos. Sin embargo, fue capaz de resistir el impulso. Nunca bebía de los impuros, nunca. Se alejó del grupo y buscó algún animal que pudiera saciar al menos parte de su sed, aportarle la suficiente fuerza para el combate que había de llevar a cabo. Las presas estaban muy cerca, los tenía al alcance de la mano; tener que demorar el enfrentamiento le causaba ansiedad, pues deseaba destruirles con todo su corazón. Y aunque Falkon Verinus no era prudente, prefería ser prudente a fracasar. De modo que fue a alimentarse y, ocultándose del sol, aguardó a que los adoradores de Satán volvieran a ponerse en marcha al siguiente anochecer. Y llegó el amanecer y el letargo, el día transcurrió, el sol se puso y la persecución se reanudó. Las sombras de los cultores se deslizaban como serpientes entre los altos árboles mientras Falkon les seguía de lejos, rastreando sus huellas, manteniendo suficiente distancia como para no alertarles de su presencia. Cuando llegaran a la linde del bosque, intentaría acorralarles contra el arroyo. No podía salir mal. Sin embargo, en algún momento los cultores comenzaron a ponerse nerviosos. Sus cabezas volviéndose aquí y allá, como si buscaran identificar una amenaza. Falkon dejó más espacio entre él y ellos, preguntándose si se habían percatado ya de que estaban siendo perseguidos. En esta tensión mantenida, las presas y el cazador continuaron caminando durante varias horas, ellos cada vez más rápido, él constante y paciente. Poco después de la medianoche, el grupo de adoradores de Satán se detuvo en un claro, espalda contra espalda, los fieros ojos atisbando en la oscuridad y las armas en ristre. Algo estaba sucediendo. —Hamtu’dun! —exclamó uno de ellos. A gran distancia, entre dos árboles, Falkon expandía sus sentidos para poder verles y escucharles. Parecían alarmados, alerta. «Sea lo que sea, no puede tratarse de mí. Estoy demasiado lejos», pensó, extrañado. Se acercó, poco a poco, parapetándose tras los troncos

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de los altos pinos. Entonces, repentinamente, una sombra se agitó en un árbol. Falkon alzó la mirada. La sombra cayó sobre uno de los cultores, aullando como un demonio. Antes de echar a correr hacia el lugar del enfrentamiento, Falkon captó, entre el caos de la batalla, la mirada errática de dos ojos dorados con extrañas pupilas verticales.

Bajo la atenta vigilancia de los árboles —dedos retorcidos que señalaban hacia el cielo— los hombrecillos de largos dientes gritaban y le odiaban. Lo podía sentir con claridad. Su odio era parecido a un soplo de fuego, solo que más abrasador y también mucho más inútil. Trataban de alcanzarle con sus armas. Uno de ellos le abrió una gran herida en el pecho. Su toga deshilachada, llena de barro y hojarasca, se manchó con una roja bocanada de sangre. Gritó más fuerte, acallando al viento y hundió los dedos en los ojos de un enemigo. Apretó, apretó, retorció, mordió, rasgó y tiró hasta quebrar el hueso y desgarrar el músculo; los tendones se distendieron y las fibras se rompieron, desenrollándose como una cuerda rota. Arrojó la cabeza al suelo mientras el cuerpo caía de rodillas, con un grotesco chorro de sangre roja y espesa brotando del cuello destrozado como una fuente mágica. Se echó a reír, saltando sobre la espalda de otro cultor y clavando los colmillos con furia, arrancando la carne a dentelladas. Entre los chillidos, la roja sangre y la espantosa sinfonía enarmónica que retumbaba en su cerebro, la mirada de la criatura captó un destello entre los árboles. Deteniendo el festín, alzó el rostro. Un guerrero se acercaba. Sus ojos eran grises, como de plata tranquila y su cabello rubio, apagado, también parecía resplandecer, balanceándose sobre sus hombros, rozando su cintura. La hoja de su espada se envolvió en fuego blanco. Sus labios se abrieron para exhalar un grito de batalla y sus ojos se encendieron con una llamarada. En su frente brilló una tercera luz. Estupefacto, aún aferrado a la espalda de su enemigo, de pronto fue incapaz de moverse. Un rayo de comprensión atravesó el convulso océano de sus pensamientos. «Tiene la Bendición». Y entonces, cayeron sobre él.

La criatura de los ojos dorados luchaba salvajemente.

con todos sus recursos e incluso para alguien como Falkon era difícil reducirles. Cuando llegó al claro aún quedaban cinco. Dos se echaron sobre el extraño vampiro de los ojos amarillos y otros tres cayeron sobre él. Cuando les hubo exterminado, tuvo que perseguir al cuarto, que huía. Le partió por la mitad sin dificultades.

En el fragor del combate, los adoradores de Satán se volvían aún más terribles. Atacaban
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De regreso al claro, encontró al desconocido en el suelo. A su alrededor yacían dos cadáveres destrozados. Uno de ellos estaba decapitado y los bordes del cuello mostraban inequívocas marcas de mordeduras. Le había arrancado la cabeza a mordiscos. También había un hueco en el lugar en el que debía estar el corazón. La víscera, aún latiendo perezosa y débilmente, yacía en un charco de barro y sangre. Con gesto asqueado, apartó con el pie un brazo y un montón de tripas pertenecientes al otro cadáver para descubrir a su peculiar compañero de armas. En el centro de la terrible masacre, el vampiro se agitaba y gemía, como si fuera presa de un espantoso dolor. Su aspecto era deplorable. La ropa que llevaba estaba hecha jirones, irreconocible. Sus brazos, piernas y pies aparecían sucios de barro, hojas y sangre antigua y llevaba el pelo tan enmarañado y apelmazado que se le pegaba al rostro y a la frente. El desdichado intentaba apartárselo con erráticos manotazos mientras temblaba y se arqueaba, rechinando los dientes y emitiendo raros gemidos y estertores. Falkon se le quedó mirando. No sentía miedo ni asco. Tampoco le transmitió ninguna sensación de amenaza. Parecía un animal herido, debatiéndose en su propia sangre. Al contemplar la mirada perdida del vampiro sólo vio en ella dolor, el atroz sufrimiento de un alma perdida, de una mente deshilachada. Y sintió compasión.

—¿

La voz le habla. No la entiende. La criatura está ahí. La puede ver a través de las pestañas. Su frente ahora aparece limpia, con una pequeña marca, pero sin luz. —Compañero. ¿Estás bien? El dolor es como un millar de dientes desgarrándole la mente. Es como si algo se anudara fuertemente en su cerebro y luego se rasgara igual que una tela mojada. No sabe quién es. No sabe qué es ser. —Compañero… Dos ojos grises le miran con preocupación. Pero ¿qué más da? No sabe lo que son los ojos. Todo se está disolviendo en una bruma salvaje de descontrol, de objetos sin significado, de palabras efervesciendo hasta deshacerse en una pasta que escuece. Lanza un último grito, arañándose el rostro. Después, todo termina. Los restos endebles de su psique no resisten más y su mente al fin es pulverizada. El viento de la demencia, el insistente soplido de la locura, barre las cenizas. Su mirada se pierde en el firmamento y llega la paz, desnuda, blanca, vacía.

Estás bien?

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de vez en cuando suavemente. Al fin comprendió que no iba a reaccionar. Trató de sanar sus heridas y luego, con su cuerpo aún apoyado en las rodillas, pensó qué hacer.

Le sostuvo entre los brazos, mirándole con asombro. «Compañero», repetía, sacudiéndole

«No es un satanista ni un ser maligno. Si lo fuera, lo habría sabido. Le habría matado. Y no deseo matarle». El vampiro reposaba, inerte, con los ojos abiertos y una mirada limpia y luminosa fija en el cielo. Parecía mirar mucho más allá, a la eternidad. Había algo de inocencia en aquellos extraños ojos de pupilas verticales. Entrecerrando los párpados, Falkon le apartó el cabello sucio de la frente. Bajo la mugre había alguien que antaño fue un hombre de rasgos firmes y aristocráticos. Las proporciones de su rostro eran agradables, con una nariz grande y afilada, propia de los más nobles pueblos del Mediterráneo y una estructura ósea varonil y elegante. Por un momento se preguntó cómo alguien de tan evidente dignidad había acabado así. «No deseo matarle. Y si no deseo matarle es porque no habita en él la semilla del mal». Sin más, le levantó en brazos y se dispuso a buscar un refugio. El alba se acercaba, inexorable.

C « ompañero».

A veces lo escuchaba, a través del silencio algodonoso, del vacío pálido de la inconsciencia.

«Si supiera lo que te ocurre, quizá podría sanarte. Tu herida ya se ha cerrado… pronto te recuperarás». Era una voz de bronce, grave, satinada. Voz de bronce, ojos de plata. A veces le veía desde muy lejos, a través de una mirada que no sabía si era suya todavía. Había un goteo constante, olor a hierba, oscuridad, piedra y agua. Y había un corazón latiendo. «Mirándote ahora no pareces muy capaz de arrancarle la cabeza a nadie». Un trozo de tela húmeda se desliza sobre su rostro, una uña rasca un trozo de barro reseco de su frente. Le peina con los dedos. ¿Qué significa compañero?

por un manto de enredaderas y arbustos. La cueva descendía de forma irregular por varios niveles hasta llegar a una gruta muy profunda en la que se abría un lago. Varias piedras de 126

Había encontrado un lugar adecuado. Se trataba de una cueva excavada en la roca, oculta

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algún mineral blanquecino parecían brillar en la oscuridad, convirtiéndola en una extraña penumbra. Vetas verdosas y ocres se abrían entre la roca de la caverna, emitiendo resplandores coloreados. La luz del sol no llegaba hasta allí. Durante días y noches, Falkon Verinus se refugió en la caverna junto al extraño vampiro convaleciente. Sanó sus heridas y le examinó lo mejor que pudo. El color de su rostro, el brillo de sus ojos y su propia emanación de energía vital le confirmaban que seguía en este mundo. Sin embargo, el vampiro no reaccionaba. Era como si su mente le hubiera abandonado, como si su cuerpo fuera solamente un cascarón vacío. Comenzaba a perder la esperanza. —No sé qué hacer… tengo que marcharme, compañero. Tendré que dejarte aquí solo. Acercó los dedos a su frente y volvió a tocarle para apartarle el pelo. Lo tenía muy fino, lacio, como hilos de oro pálido. Presionó suavemente con las yemas sobre la piel y dibujó un signo circular a modo de bendición. —¿Qué será de ti? Debía darse por vencido. No siempre podía salvar a todo el mundo. No debía hacerse responsable de aquello a lo que ni siquiera su poder podía llegar. Con un sabor amargo en el paladar y una sensación fría en el pecho, apartó la mano y se dispuso a erguirse. Le dejaría lo más cómodo posible allí abajo. Intentaría fabricarle algo parecido a una cama. Entonces, de repente, un cepo frío se cerró en su muñeca. Sobresaltado, volvió el rostro, que había girado hacia el lago. El vampiro se había movido y le estaba sujetando, los gélidos dedos agarrando su mano. Los ojos dorados estaban fijos en los suyos, la cabeza ligeramente ladeada hacia él. Había un atisbo de consciencia en su mirada, el titilante resplandor del raciocinio volvía vivaces sus pupilas, que se dilataron al contemplarle. Y habló, con una voz grave como la piedra, acariciadora como el terciopelo. —Está caliente.

El primer rayo de comprensión vino con el miedo.
«Tengo que marcharme, compañero». Aquello le asustó. ¿Marcharse? ¡No! ¡Se quedaría solo otra vez! Se debatió entre las blancas simas del trance, pero eran como sábanas de tela de araña, enredándose, pegándose a su consciencia. Amenazando con ahogarle. Antes habían sido amables. Ahora querían acabar con él del todo, por completo, extinguirle para siempre. Después, vino el tacto. Y así, con aquellos dedos cálidos sobre su frente, volvió a ser consciente de su cuerpo. De la sangre en las venas, del corazón adormecido, de la magia, de la locura. 127

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«¿Qué será de ti?». Los dedos cálidos se alejaron. Al perder aquella caricia, su determinación se prendió con un súbito incendio. Cruzó la eternidad para regresar y arrojó la mano hacia su brazo para retenerle. Quería su calor. Quería su vida. Y al escuchar su propia voz y ver la expresión de sorpresa del hombre tranquilo, del vampiro de ojos estelares, sus recuerdos, su pasado y su presente regresaron a él. Se desenrollaron como una alfombra, volviendo a encajar cada absurdo y errático trozo en el esquema de las cosas, y todo volvió a girar en el caótico desorden que era su orden. —¿Qué has dicho? La voz del vampiro era de plata vieja. Sin sonreír, soltó la muñeca bajo la cual había percibido con total claridad el latido de su sangre. Deslizó los dedos sobre la palma de su mano, mirándola con fascinación. —Tu mano está caliente. Estaba asombrado. También aliviado. Ahora todo parecía estar bien.

se la había acercado al rostro, incorporándose a medias. La contemplaba como si fuera algo extraordinario, rozando sus yemas con devoción. Falkon no supo qué decir. Tenía la impresión de estar siendo testigo de un acontecimiento milagroso. —¿Qué… qué te ha ocurrido? —pronunció al fin. El vampiro abrió la mano contra la suya. Sus dedos, largos y blancos, eran fuertes aunque su apariencia resultara en cierto modo delicada. Un artesano, tal vez un erudito. Quizá lo había sido en vida. Le miró de nuevo, las pupilas volvieron a abrirse. Habló lentamente, con voz hipnótica. —Un dragón devoraba mi mente. Es el dragón que habita en mi sangre. Yo soy ese dragón, el ourobóros que se devora a sí mismo… ahora lo sé… pero durante este tiempo… —su gesto se ensombreció, hizo una mueca de dolor—. Durante este tiempo no lo sabía, y ha sido demasiado. Caí. Caí, y caí, y a medida que caía, yo me desintegraba. Perdí mi nombre. Todo desapareció. Entonces… entonces simplemente, desaparecí en mí. Falkon parpadeó, algo aturdido. Sus palabras, sus gestos, tenían algo de primario y místico. Parecía una especie de iluminado, uno de esos sabios ermitaños que viven aislados de la civilización. A la luz ambigua de las brillantes piedras, su rostro recordaba al de algún genio mitológico. Le vino a la cabeza una escultura de un fauno. Sus facciones eran parecidas… tocaba una flauta de cañas y… sacudió la cabeza, intentando retirar la mano con suavidad, pero el vampiro volvió a agarrarla y a acercarla a su rostro. La rozó con su aliento frío.

La súbita recuperación del vampiro le dejó boquiabierto. Le había cogido la mano y

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—Estás tocado por la locura —afirmó Falkon, a media voz. —Y tú tienes la Bendición —respondió el desconocido. Los ojos dorados se enturbiaron y, cerrando los párpados, apoyó la frente sobre la palma de las manos de Falkon, que aún tenía entre las suyas. Las palabras del vampiro loco le conmocionaron profundamente. Se apartó de él, irguiéndose con lentitud y retirando los dedos sin brusquedad. Él le miró, confuso. —Tengo que irme —dijo. Recogió la enorme espada y se la colgó al hombro, tratando de sustraerse del extraño encantamiento. Se envolvió en la capa y se echó la caperuza sobre los cabellos—. ¿Estarás bien? Al no obtener respuesta se volvió hacia él. El loco se había puesto en pie. Le sonrió, con un destello de alegría en la mirada perdida. Le dijo: —¿Cuál es tu nombre? —Falkon. Falkon Verinus. Que las noches sean generosas contigo, compañero. Y Falkon Verinus se fue. De pronto sentía la necesidad de huir de aquella cueva, de alejarse de la presencia del otro. Nunca le habían dado miedo los locos, tampoco los despreciaba. ¿Qué era lo que le causaba entonces esa instintiva inquietud? «No alberga el mal, de eso estoy seguro», se repetía. «Quizá es otra cosa. Pero… ¿qué?».

Lo repitió a media voz, saboreando las palabras. El vampiro de la Bendición se había marchado y él se había sumergido desnudo en el lago, mirando su propio reflejo en la fosforescente oscuridad, pasándose los dedos mojados por el cabello y el rostro. —Falkon Verinus. Significaba vida. Significaba seguridad. Significaba bondad. Significaba posibilidad. Significaba luz. Significaba cosas que le gustaban, cosas que admiraba. —Falkon Verinus. Miró hacia el techo. Un vampiro bendecido, un guerrero sagrado… había oído hablar de ellos. Vampiros que luchaban contra el mal para recuperar el favor de los dioses, que seguían códigos y normas, que intentaban dar sentido a su condena. Vampiros sanadores. Le había curado con su corazón piadoso y le había despertado con sus cálidos dedos. Salió del agua apresuradamente y buscó su ropa. Al hallarla, se sintió bastante descontento. Aquellos andrajos no le parecían apropiados para presentarse a un Falkon Verinus, pero era su único atuendo, o lo que quedaba de él. Lo arregló lo mejor que pudo con agua, con los dedos, y al final rompió la túnica y se hizo varios brazaletes. 129

Falkon Verinus.

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refugio. Aquel sería el último día que durmiera en el bosque, pues ya se hallaba muy cerca de la linde, sin embargo no encontraba ningún lugar lo bastante profundo o resguardado. Sopesó con preocupación la opción de regresar a la cueva. ¿Le daría tiempo? «Es demasiado arriesgado. Si el sol me sorprende a medio camino, se acabó la caza para siempre». Según su información, debía haber un viejo refugio abandonado por allí, bajo unas piedras paganas. Otros como él lo habían utilizado para ocultarse de la luz del día durante otras cacerías, mucho tiempo atrás. El mal era tan viejo como el mundo.

Apenas faltaban un par de horas para el amanecer. Tendría que empezar a buscar un

Siguió avanzando hacia el noreste, en pos del lugar. A mitad de camino se sintió observado. Fingió no darle importancia, pero se mantuvo alerta. Una hora más tarde, sintió con claridad su presencia. Era el vampiro loco. No podía verle, pero le intuía, moviéndose como una criatura feérica, acechando entre las ramas, trepando y bajando de los troncos con los pies descalzos. Tenía la sensación de que él también sabía que Falkon sabía que le estaba siguiendo. Era como un juego extraño, presentir el movimiento de los arbustos a varias decenas de metros a su espalda, el suave crujir de la hierba bajo el peso de sus pies, la delicadeza con la que espiaba entre las hojas… Notaba la intensa mirada de los ojos dorados en su nuca. A veces se daba la vuelta repentinamente, esperando atraparle, pero nunca llegaba a tiempo. Todo era extraño y mágico. Eso le gustaba. Debería haberle preocupado pues, por lo que él sabía, todo cuanto era extraño y mágico resultaba ser maligno y terrible. Sin embargo, no encontraba maldad en aquello. Al fin llegó a su destino. Tras una fila de encinas se abría un claro. Gigantescos robles trenzaban sus ramas, sus hojas se tocaban. En el centro había tres piedras colocadas unas sobre otras, cubiertas de musgo y plantas trepadoras. Pero no había ninguna entrada, ningún refugio a la vista. Le sintió venir a su espalda. Se giró a medias y le vio: los pantalones de lana manchados de arcilla y de verdín, el torso desnudo, los brazos llenos de brazaletes de tela con ramas de enredadera trenzadas, hojas adornándole el pelo. Su piel limpia y blanca resplandecía bajo la luz de las estrellas, los contornos de los fibrosos músculos dibujándose como en una estatua de mármol. «Dioniso». El nombre destelló en su mente, junto con la imagen de una estatua que había visto tiempo atrás. Sí, a eso le recordaba. Claro. Al pasar por su lado, el loco le agarró la mano y tiró de él. Falkon se dejó llevar, de nuevo mudo de asombro. Le guió hasta el centro de las tres piedras y apartó las ramas de un arbusto espinoso para mostrar un angosto túnel que conducía al interior de la tierra: la entrada de una vieja cripta. Luego le miró a los ojos y preguntó: —¿Qué significa «compañero»? 130

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él se tendió a su lado. El guerrero no había respondido a su pregunta, de manera que siguió mirándole hasta comprender que seguramente no lo haría. Le cogió la mano. Él la apartó, extrañado y delicado al mismo tiempo. —Gracias por mostrarme el refugio —dijo Falkon Verinus. Él le miró en silencio. —Buenos días. Le dio la espalda. El loco cerró los párpados.

El primer día, ambos durmieron bajo la tierra. Falkon Verinus se envolvió en su capa y

de nuevo al exterior, inquieto. Contempló las antiguas piedras mientras meditaba sobre el siguiente paso que habría de dar. Aquellos cultores a los que perseguía se dirigían a los bosques del norte de Germania, una tierra ahora conocida como Lituania. Era un lugar lejano del que no sabía nada, pero no podía detenerse. Debía destruir a aquellos seres a toda costa, a cualquier precio… a todos ellos. Era su misión. Apoyó la mano sobre el dolmen. Bajo sus dedos, las marcas de viejos surcos dibujaban espirales y extraños símbolos. Apartó el musgo y miró, apretando los labios. «Tierra pagana. Me pregunto qué encontraré allí». Como invocado por su pensamiento, el loco surgió de la oscura madriguera, con la mirada despejada y algunas hojas todavía colgando de su pelo. Observó en torno a sí y luego detuvo sus ojos en él, como si no le reconociera. Había escuchado muchas cosas sobre los vampiros tocados por la locura. Que eran sabios, pero también peligrosos. Que eran extraños, que tenían la mente quebrada y que el trato prolongado con ellos acababa destruyendo la propia. Que uno nunca sabía de sus intenciones y que podían causar terribles estragos hasta sin proponérselo. Pero al verle así, somnoliento y confuso, con aquellos ojos misteriosos y esa mezcla de inocencia y antigüedad, de fragilidad y fuerza, le parecía algo muy distinto. Le parecía mágico y único. El último recuerdo de un tiempo que ya se extinguía. —Buenas noches —dijo Falkon, esbozando una sonrisa. Aquel gesto pareció alentar al loco, que alzó una mano con inseguridad. —Salve —murmuró. —¿Recuerdas mi nombre? 131

Al siguiente anochecer, cuando el último rayo de sol se hubo extinguido, Falkon salió

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El loco miró el firmamento. Durante un rato se quedó inmóvil y en silencio. Finalmente, cuando él ya no esperaba respuesta por su parte, habló. Lo hizo dulcemente y sin apartar la vista del cielo, como si recitara las palabras de un hechizo. —Falkon Verinus. Asintió. Le costaba mantener la atención, no dejaba de preguntarse qué estaría mirando, qué podría ver, qué pensaba. Todos sus gestos eran tan extraños… —¿Y tú? ¿Tienes nombre? El loco bajó la vista y la fijó en sus ojos. —Flavio Drago. Después echó la cabeza hacia atrás y rompió a reír, feliz como un niño.

Recuerdos lentos como la lluvia.

Su nombre volvió cuando él lo preguntó. Y muchas otras cosas regresaron. Recuerdos.
—¿Flavio Drago? ¿Eres ciudadano romano?

Él intentó agarrarle la mano. Recordaba que era caliente. Falkon Verinus la apartó con cuidado. —Sí. De Roma, la capital del Imperio. Esto es Iliria… Dalmacia. No sé cuál es el nombre del pasado y cuál es el nuevo. Los nombres no deberían cambiar. Los ojos de plata eran la única mirada hermosa que había recibido en mucho tiempo. Le recordaba a los años de su vida, cuando tuvo padres y fue hijo, cuando tuvo amantes y tomó esposa… cuando él mismo fue padre. Le recordaba alegrías y penas de una existencia que ya no le pertenecía y que no significaba nada en el gran esquema de las cosas. —¿Qué estabas haciendo aquí? ¿Viajas hacia alguna parte? —Estaba perdido… —de nuevo trató de tocar su mano, ladeando la cabeza como un felino curioso, acercando los dedos muy despacio, pensando que así no se iría—. Estaba perdido y abandonado. Él me abandonó, y luego yo me perdí a mí mismo… ahora me he encontrado… La palma de Falkon Verinus no era suave, pero tampoco áspera. La sentía bajo sus dedos, y era una sensación que le hacía estremecerse por dentro. Cálida. Cálida. Viva. Le hacía latir el corazón, le sacudía de asombro y maravilla. —Tú… —la voz del guerrero vaciló, su mano se alejó. Era una pena—. Tú… eh… ¿fue tu creador quien te abandonó? —Elio de Tracia. ¿Alguien le ha visto? No, nadie. Le busqué por mucho tiempo… por mucho tiempo le busqué, hasta que comprendí que no iba a recuperarle jamás. Encontrar no siempre

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significa encontrar. A veces hallas a quien buscas, pero sus ojos no vuelven a mirarte… su voz no te habla a ti y sus pasos ya no se vuelven a aunar a los tuyos mientras caminas, el uno junto al otro pero muy lejos, en realidad. —Lo siento. Falkon Verinus compuso una expresión grave. Pero él se echó a reír. —¿Te compadeces de mí? —preguntó, divertido. El guerrero no supo qué responder. Él rió un poco más. Le gustaba su expresión de perplejidad, y también volver a escuchar su propia voz, ir tejiendo de nuevo un entramado estable en el que colgar sus ideas, como moscas en una tela de araña. —Bien, Flavio… pues te deseo buena fortuna —dijo el guerrero—. Yo he de partir. Mi viaje no admite demoras. Se estrecharon la mano al estilo del imperio, cerrando los dedos por encima de las muñecas, en el antebrazo del otro. Los ojos plateados le miraron largamente antes de que Falkon Verinus, el guerrero sagrado, echara a andar hacia el final del bosque. Flavio le siguió con la vista. Falkon Verinus, vampiro bendecido, hombre compasivo y presencia sanadora. Con una sonrisa, le siguió.

—¿

Falkon se giró, sobresaltado. Acababa de llegar al río y estaba limpiándose la sangre cuando la voz grave e hipnótica se dejó escuchar detrás de su hombro. Al darse la vuelta, se encontró con el loco. Flavio. Flavio Drago. Se puso en pie, con el rostro mojado y la expresión sorprendida. —Pues… es algo parecido a un amigo. Alguien que colabora contigo en algún momento. En el ejército lo usábamos. El que come contigo. Los que van juntos de campaña, los que pelean juntos en la guerra, comen y duermen juntos… esos son compañeros. Flavio asintió lentamente. Se acariciaba un brazo con gestos lentos. Falkon no entendía muy bien qué hacía allí y ya no sabía qué más decir, de modo que siguió andando. Flavio le siguió. —¿Hacia dónde te diriges? —le preguntó, al cabo de un rato. —Contigo. —¿Conmigo? ¿Por qué? —Porque soy tu compañero —respondió el loco sin vacilar. Falkon se giró a medias para mirarle, estupefacto. Para Flavio Drago, aquello parecía lo más natural del mundo. 133

Qué significa compañero?

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—No… no, yo… cuando te llamé así no quería decir que tuvieras que venir. De hecho, no deberías hacerlo. Deberías buscar tu propio camino, ¿comprendes? Sus palabras parecieron hacer reflexionar a Flavio, que finalmente asintió con la cabeza. El guerrero levantó la mano y se despidió de nuevo. —Salve. —Salve —dijo Flavio. Y se quedó de pie junto al río, bajo las estrellas. Falkon apretó el paso. El corazón le latía apresuradamente; una vez más, como ya le había ocurrido en el claro en el que se conocieron, sentía un raro desasosiego.

sobre una de ellas, que yacía derribada entre la hierba, y se sumergió en profundas reflexiones hasta que la proximidad del alba volvió el cielo pálido.

Buscar su propio camino. Miró hacia el bosque y regresó al círculo de piedras. Se sentó Tres noches después, Falkon se unió al camino que iba hacia el noroeste. Debía recorrer

aquellos senderos mal dibujados durante varias jornadas hasta poder unirse a la calzada que transitaba a lo largo de la Ruta del Ámbar. A partir de ahí sería fácil. Estaba vadeando un pequeño lago que le había salido al paso en medio de un denso bosque de abetos cuando sintió de nuevo la ya conocida presencia acechándole entre los árboles. Aguardó a que le diera alcance, sin molestarse en fingir sorpresa cuando el vampiro loco hizo aparición. —Salve. —Salve. —Nos encontramos de nuevo —dijo Falkon, sonriendo a medias con ironía. Flavio no pareció comprender la broma y se apresuró a aclararle: —No, esta vez te he seguido. Falkon reprimió una risa carente de humor. Estaba teniendo algunos problemas con el barro y la armadura, y lo que era peor, había troncos caídos y ramas medio podridas por doquier enganchándosele en la capa y en la cota de mallas. Usó la espada para partir algunas de ellas. —Y dime, ¿por qué lo has hecho? —He estado pensando —dijo Flavio, pasándose una mano por el mentón con aire meditabundo, mientras caminaba a su lado como si hubiera sido invitado—. Dijiste que debía buscar mi propio camino y he decidido buscarlo contigo. 134

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Falkon reprimió un gesto de exasperación. —No puedes buscarlo conmigo. —¿Por qué no? Quebró un tronco por la mitad y empujó el madero con el pie hacia el agua, apartándolo de su paso. —Soy un cazador. Un guerrero. Busco a los siervos del mal y los elimino. Ese es mi camino, no el tuyo. Yo debo andarlo solo, y tú tienes que encontrar uno propio, ¿entiendes? —explicó. A pesar de que la situación no le resultaba agradable, le hablaba con amabilidad y cierta ternura. No dejaba de pensar que aquel vampiro loco era una criatura especial, de algún modo—. ¿Qué hacías antes? ¿A qué te dedicabas? —Estudiaba los astros. Falkon se le quedó mirando con nueva admiración. Un astrónomo. Los hombres de ciencia, sobre todo aquellos que se ocupaban de los cuerpos celestes tenían gran prestigio en su tierra natal. —Quizá deberías buscar en ellos una respuesta —insinuó. Flavio negó con la cabeza, encaramándose a un pino derribado y avanzando sobre él con tranquilidad. Pasó a su lado y le adelantó, mientras él se debatía torpemente entre el barro. —En los astros hay respuesta a muchas cosas, pero no muestran el camino de la vida. Sólo dan algunas pistas. El camino de verdad está aquí. —Flavio abrió los dedos sobre su pecho desnudo, mirándole severamente. Luego le tendió la mano para ayudarle a subir al árbol caído—. No es muy inteligente entrar en un pantano con armadura. —Ya, ya… —resopló Falkon. Y luego añadió, preocupado—: ¿Pantano? El loco señaló con el dedo. Ahora, desde una posición más elevada, Falkon podía ver lo que tenía delante. Y efectivamente, había un pantano esperándole.

—¿

A Falkon Verinus le costaba mucho abrirse camino con aquella armadura. Demasiado metal, pesado y grueso, y una espada gigantesca. Ponía cara de pocos amigos, pero no accedía a despojarse de toda esa chatarra. ¿Por qué? Para Flavio era un misterio. —Porque es mi destino. —¿Quién te lo ha dicho? —Fue una revelación. Flavio admiró su pelo, sus ojos y su rostro. A veces, Falkon le lanzaba miradas cautas, confundidas. Al parecer, el guerrero no le tenía miedo —¿por qué habría de tenerlo?—, pero 135

Por qué tienes que andar solo?

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algo de él se escondía, se ocultaba como un hurón en su guarida. Flavio insistía en agarrarle la mano siempre que podía y él le dejaba hacerlo unos segundos antes de apartarla con delicadeza. Nunca era antipático ni brusco. Tengo que andar solo, tengo que andar solo. Eso decía Falkon Verinus. Pensó en ello durante un rato. —¿Entonces tengo que irme? —Creo que sería lo mejor, Flavio Drago. Nuestros caminos deben separarse. Flavio alzó las cejas. No es que las palabras del guerrero fueran muy lógicas, pero ¿quién era él para juzgar la locura ajena? Así que se quedó sentado en el tronco, mirando al cielo con expresión angustiada mientras intentaba comprender por qué.

abandonando a alguien que le necesitaba verdaderamente, dejándole solo en su peor momento. «Su creador ya le abandonó. Ahora lo hago yo… pero, ¡no! ¿Qué estoy pensando? Ni siquiera le conozco. No debería sentirme culpable. No es ningún niño, puedo sentir su poder. Seguro que es más antiguo que yo. Sabrá cuidarse solo». A pesar de todo cuanto se decía a sí mismo, Falkon Verinus sentía que le pesaban cada vez más los hombros a medida que se alejaba. Una extraña tristeza se pegó a su pecho y amargó su corazón durante el resto de la noche.

Aquella expresión atormentada le hizo encoger el corazón. Se sentía como si estuviera

Como era de esperar, a Flavio Drago las estrellas no le dieron respuesta alguna.
colina cuando supo que él estaba allí de nuevo.

A la noche siguiente, salvado ya el pantano, Falkon caminaba por la falda de una suave
—¿Por qué has regresado? —preguntó sin darse la vuelta.

—No creo en las revelaciones. Sólo en las mías —dijo Flavio, y soltó una carcajada grave, musical. La risa del loco le inquietó, pero al mismo tiempo, el peso de su corazón desapareció como si hubiera alzado el vuelo. Tenía una voz seductora. Mágica, en cierto modo. Se dio cuenta de que le gustaba escucharla. —No puedes venir conmigo. 136

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—¿Por qué no? —Porque yo no lo deseo —dijo Falkon, casi con brusquedad.

herido a sí mismo con su propia mente. Pero nunca antes le habían herido con palabras.

Flavio recordaba haber sido herido con espadas, muchas veces. Recordaba haberse Falkon continuó andando. Los pies de Flavio se habían detenido, pero él continuó

andando sin querer mirar atrás. Fue consciente de cada paso que le alejaba de él, y de cómo al mismo tiempo la amargura regresaba. Se odió a sí mismo, pero no se dio la vuelta. En ocasiones, su propósito exigía duros sacrificios.

tierra, ahogándose con sus propias lágrimas, sin comprenderlas. Y en cuanto el sol se puso, salió en su busca, corriendo como un lobo rabioso. Trepó a las copas de los abetos y le acechó desde allí. Cuando lo consideró oportuno, saltó sobre su espalda. Pensaba que le arrollaría, que le arrojaría al suelo con su ataque, pero no lo consiguió. Era fuerte, pero Falkon Verinus lo era más. Era violento, pero Falkon Verinus era sólido. Era salvaje, pero Falkon Verinus era compasivo. Y la compasión siempre vence. —¡¿Qué estás haciendo?! —le gritó el guerrero, tratando de quitárselo de encima sin hacerle daño. Flavio había empezado tirándole del pelo, montado sobre su espalda con las piernas cruzadas en su cintura y las manos engarfiadas en su rostro. Pero de pronto cambió de parecer y le abrazó por el cuello, pegando los labios a su oído. —No puedes dejarme atrás. Tienes las manos calientes, tu corazón late. Tú me has despertado, me has devuelto mi nombre, me has curado, tienes la Bendición. —¡Esa no es una razón de peso para querer perseguirme! —exclamó Falkon. Consiguió desembarazarse de él y lanzarle a tierra. Flavio cayó de pie, como un felino. Estaba serio, con los ojos muy brillantes, el ceño fruncido y la mandíbula tensa. En sus pupilas habitaba un brillo angustiado, pero también el fuego de la determinación. —¿Y cuales son tus razones de peso para estar solo? 137

La noche siguiente, Flavio cayó sobre Falkon con toda su furia. Había dormido bajo la

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razonamientos, los iba a tener. Empezó a enumerar: —Mi misión es demasiado peligrosa. —No me importa el peligro. —Podrías ponerme en peligro tú. —Eso no sucederá. —¿Cómo estás tan seguro? —No lo he hecho hasta ahora. —Eso no prueba nada. —Tampoco prueba lo contrario. Falkon se pasó la mano por la cara.

Razones de peso. El loco le pedía razones de peso. Aquello era el colmo. Bien, si quería

—Bien, podrías resultar herido, incluso morir —argumentó, haciendo otra tentativa. —No me importa. —A mí sí. Sería mi responsabilidad. —En tal caso, no resultaré herido ni moriré. —¿Cómo puedes estar tan…? —levantó un dedo—. No, espera. No dejaré que vuelvas a engañarme con lo mismo. —Yo no te he engañado. —No puedo cuidar de ti, serías un estorbo —dijo Falkon. —Me cuidaré solo, no te molestaré —dijo Flavio. —Me gusta la soledad —dijo Falkon. —No interrumpiré tu soledad —dijo Flavio. —Ya lo estás haciendo. —No me has dicho que desees estar solo ahora. —Bien, pues deseo estar solo ahora. —¿Eso significa que somos compañeros? El guerrero parpadeó. Exhaló un lento y profundo suspiro. « Tenían razón. Los vampiros tocados por la locura son capaces de hacer perder la cabeza a cualquiera». —De acuerdo —admitió—. Por el momento, al menos. Hasta que lleguemos a la calzada.

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Flavio Drago relajó poco a poco su expresión y acabó por sonreír. De nuevo, la pesada amargura alzó el vuelo y se marchó para no regresar. Cuando Falkon volvió a ponerse en camino, lo hizo lentamente y esperando a que el extraño vampiro se uniera a él. Éste se colocó a su lado y por un rato, sólo caminaron en silencio. Entonces se dio cuenta: sus pasos se habían acompasado. De nuevo tuvo aquella sensación extraña, la de estar al borde de un precipicio. Pero esta vez no huyó de ella. Miró de soslayo a Flavio y sorprendió sus ojos felinos fijos en él. Ninguno de los dos bajó la vista. Entonces, como sacudido por una corriente magnética, el aire vibró entre los dos. Y por unos instantes, Falkon se sintió resonar en armonía, girando al compás de las órbitas estelares, a merced de fuerzas más poderosas que él mismo… hundido en una sinergia primitiva y mística que le colocaba exactamente donde debía estar.

que había algo mucho más cálido en el guerrero. La conmoción le sacudió intensamente por dentro. Flavio Drago no sabía dónde estaba su alma, pero en ese preciso instante supo con certeza que allá donde se encontrara, la suya y la de Falkon Verinus acababan de tocarse. Y cuando dos almas se tocan, ya nada puede separarlas.

Falkon Verinus tenía las manos cálidas, pero en ese momento infinito, Flavio descubrió

Venecia, diciembre de 1467
Luna menguante, gracias a Dios. Luna menguante, sí. No quería ni imaginar cómo se sentiría si fuera luna llena. Estaba tan nervioso… tenía la sensación de que las venas iban a salírsele de la piel y a salir disparadas, como cuerdas rotas de un laúd; que su alma iba a explotar y prender en una llama de fuego rojo. —Tengo que ir a buscarle —iba diciendo al gato. Era uno de esos gatos callejeros, con delicadas rayas negras sobre un pelaje gris verdoso y hocico blanco. Flavio conocía a los gatos desde hacía siglos. Ya habían sido sus amigos en Roma, y ahora los gatos estaban en todas partes, igual que los vampiros. Este se le había unido en su camino hacia el puerto, ronroneante y amigable—. Necesita de mi presencia. Tengo que protegerle. —¿Protegerle? —dijo el gato—. ¿De qué? Falkon Verinus es muy fuerte, mucho más que tú. Y pelea mejor. ¿No será una excusa? Flavio miró al gato con fastidio. 139

Iba caminando por las callejuelas cercanas al puerto, mirando al cielo.

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—Bueno, sí, puede ser. Pero en cualquier caso, tengo que ir a buscarle. ¿Por qué? Pues porque no me puedo quedar. No puedo sentarme y esperar. Ya he esperado bastante, ¿no te parece? El gato no respondió. No tardaron en llegar al puerto. Flavio se pasó los dedos por los cabellos y se colocó la capucha. Llevaba un manto de color negro y un jubón sencillo con camisa oscura y botas igual de negras, dos dagas en el cinto (nunca se sabe) y un montón de susurros alrededor.

parecía que el maldito barco no fuera a llegar nunca a Venecia. La distancia le dolía.

Ver las luces difusas a lo lejos era un suplicio. Falkon lo había visto ya la noche anterior y

En su alma había prendido un hilo de plata unido a otra alma. El hilo se acortaba por momentos, a medida que el navío se aproximaba a la costa. Lo sentía como un vínculo vibrante, de fuego vivo, una cadena que no ahogaba pero a veces quemaba, y ahora le estaba quemando. Volvía a casa. Volvía a él. Flavio estaba nervioso, lo sentía. No podía evitar que le latiera el corazón con fuerza, como en la batalla, como cada vez que las emociones se imponían sobre su impecable control. Había cosas a las que simplemente no podía enfrentarse con toda la serenidad que quisiera. Sin embargo su presencia en la cubierta de la galera era serena, como un mar en calma, como un roble cuyas raíces se hundieran profundamente en el suelo, aunque en aquel momento estuviera surcando el océano. A su lado, el resto de pasajeros contemplaban las luces de la costa, excitados ante el próximo desembarco. Las últimas horas parecieron alargarse, con esa capacidad del tiempo para volverse infinito cuando ansías algo con toda tu alma. La espera de siglos se condensó en los últimos momentos, y Falkon tuvo que contenerse para no apartar con premura a los que se habían adelantado a él para poner pie a tierra cuando el barco amarró por fin en el puerto.

violencia, como si sólo se permitiera ser consciente de ellas ahora que la espera tocaba a su fin. Muchos, muchos años.

Habían pasado muchos años. De pronto, la distancia y el tiempo cayeron sobre él con

No le vio bajar del navío, pero no le hacía falta. Sentía sus pasos. Eran como latidos en el corazón del suelo. Aguardó, inmóvil, al final del muelle. Una sensación poco común, como si millones de luciérnagas se arremolinaran en su pecho y su estómago, le asaltó. Las voces de su mente quebrada cesaron. Era extraño y maravilloso. Era tan raro, cuando todo guardaba silencio... 140

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el gato se había callado, las estrellas habían dejado de hacer extraños guiños y de susurrarle tentaciones, las voces invisibles en el aire también habían cerrado sus malditas bocas. Todo estaba en silencio. Y de pronto, le vio al fin, abriéndose paso tranquilo y contenido entre la gente. Alto y envuelto en la capa, con la enorme espada a la espalda. Caminaba despacio, contenidamente, pero en sus ojos de plata había un anhelo tan profundo como el que le hería a él mismo. Todo perdió el sentido y nada significó nada. ¿Por qué se había marchado Falkon? ¿Dónde había estado? ¿Quién se había tragado el arrullo del mar? Habría sido el gato. Cerró los ojos un momento y luego los abrió, levantándolos hacia el guerrero, límpidos y perdidos, con ese aire de estar viendo la eternidad más allá que siempre acompañaba sus momentos de paz. Toda la ansiedad había desaparecido, condensándose en un extraño nudo que latía en su pecho. A veces se le olvidaba que tenía corazón. No se adelantó hacia él. Le esperó, como siempre hacía. Era muy paciente. Un paciente impaciente. Miró a Falkon sin decir nada, los ojos dorados resplandeciendo entre la oscuridad del embozo. Las palabras habían huido de su mente, al igual que las voces.

a veces quemaba, siempre se sabía unido a él. Podía notar aquel vínculo como algo físico: veía sus ojos en las estrellas, percibía su tacto en la hierba fresca. No, Flavio Drago nunca le abandonaba, ni siquiera cuando él abandonaba a Flavio Drago. Había pasado una eternidad. Y aunque nunca se hubiera sentido separado de él, su cuerpo necesitaba el tacto real de su presencia, la prueba fehaciente de la cercanía física. Le miró, con el fuego encendido en sus ojos. Flavio no había cambiado. El mundo lo hacía, todo lo que les rodeaba lo hacía, aunque los ciclos volvieran sobre sí mismos, pero Flavio era una constante, era un punto fijo, un pilar inamovible y una fuerza que le hacía dudar tanto como le reafirmaba en todos sus propósitos. ¿Por qué le había dejado atrás? Él también se lo preguntó un instante, como leyendo en la mente de su compañero. «Te he echado tanto de menos, aunque nunca me hayas faltado…»

Nunca se sentía mutilado cuando se separaban. Aunque sentía la distancia, aunque

aguantarle la mirada. Toda la contención, que se mantenía sujeta con débiles y temblorosos hilos parecía la calma que precediera a una tormenta. La necesidad de él era más fuerte que la de la sangre. —Salve, Falkon Verinus —dijo. 141

Flavio no podía responder a aquellas palabras no pronunciadas. No podía siquiera

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El guerrero esbozó algo parecido a una sonrisa. Abrió los labios para responder, pero ningún sonido brotó de ellos. Flavio no le apremió; colocó la mano sobre su brazo y lo estrechó, consciente de su dolor. Aquellos que eran como él, vampiros bendecidos, guerreros sagrados, consagraban su existencia a perseguir y combatir a los siervos del Maligno. Eso significaba largos viajes y ausencias de décadas. Eso significaba años enteros sin más abrazo que el de la tierra bajo la cual dormía, sin más conversación que el ulular del búho ni más compañía que la de su espada. Ese era el camino de Falkon Verinus, y aunque Flavio le había acompañado muchas veces, él tenía su propio sendero que recorrer. Ahora, Falkon Verinus había regresado. Estaba cansado y le necesitaba. —Volvamos a casa. Echó a andar sin esperar más, con la sangre revolviéndosele en las venas. Habló, para apaciguar el nerviosismo y también porque había cosas que decir. —Venecia es segura. Las cosas están bien. Tranquilas. Pero es un momento importante, las estrellas lo dicen. Está comenzando algo. —No era la primera vez que Flavio decía eso, de hecho para él siempre estaba comenzando algo—. Llega mucha gente nueva a la ciudad. Se avecina un cambio, o quizá ya está teniendo lugar, desde hace tiempo, lenta y pausadamente... pero cubríos, porque siempre hay ratas acechando. Ratas de ojos rojos. A veces las veo huir hacia las catacumbas.

Exactamente eso. El silencio pesado, que se pegaba a la piel como la humedad y el frío de aquella ciudad, estaba lleno de palabras sin pronunciar, de confesiones de amor, de sollozos. Falkon no había permitido que la tormenta estallase, la llevaba en su interior, la llevaba allá donde iba. Igual que también llevaba esa calma, la del ojo del huracán, la del preludio, aquella de la que nacía su propia serenidad. Escuchó a Flavio atentamente, como siempre hacía. La experiencia le había enseñado que, tras su locura, muchas veces se escondía la sabiduría. Flavio era viejo. Flavio era sabio. Lo había sido en vida y ahora, en la muerte, la condena venía acompañada del don de la visión. El tiempo también le había hecho entender que por eso él era necesario, porque cuando alguien estaba dispuesto a escuchar y apaciguar a un vampiro tocado por la locura, si tenía la fortaleza necesaria para consolar su dolor, era bendecido con la misma clarividencia de aquel a quien tenían por compañero. —Deliro, deliro —le había dicho Flavio una vez, tras una de sus crisis—. Estoy loco, sí. Y es terrible. Pero en realidad, no es nada malo. No para mí. La locura fue mi condena mientras intenté hallar método en su interior. Me esforcé en tan equivocada empresa durante años, sin éxito. La delicada estructura que había construido era antinatural, y como todo lo que no está en los planes de los Dioses, se vino abajo, arrastrándome con ella. 142

Le miró de reojo mientras caminaban. Era la calma que precedía a la tormenta.

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»No se puede buscar método en la locura. La mente, sin embargo, tiende al orden de manera natural. Lo necesita para autoanalizarse, para comprenderse. Yo me ordeno y me desordeno, me rompo y me reconstruyo. Deliro, amor mío… pero en el delirio se encuentra la verdad. Flavio Drago. Flavio Drago. Terrible y frágil al mismo tiempo, salvaje como una fuerza de la naturaleza. Ciudades enteras arderían si el dragón se liberase de sus cadenas. Flavio Drago, una criatura especial. Las calles se abrieron, dando paso al Gran Canal y los dos compañeros pusieron rumbo hacia la villa que era su hogar, atravesando la ciudad con un paso cada vez más ligero, al ritmo del latido de su propio destino. Falkon caminaba en silencio. Solo podía pensar en su nombre, y como un mantra se lo repetía, se lo clavaba en el corazón con júbilo y anhelo. Flavio Drago. El sabio. El loco. Las sienes le martilleaban con fuerza. La distancia y el tiempo eran terribles, pero no había nada peor que estar a la vera del agua y no poderla beber todavía. Tenía tanta sed… y los minutos volvían a tener el sabor añejo de los siglos. Cada latido pesaba como diez años de añoranza, llenándole las venas de necesidad.

Era absurdo mirar hacia adelante cuando él estaba detrás.
Falkon Verinus. Falkon Verinus. Cuando estaban juntos eran una sola llama, él lo sabía. Siempre había sido así, desde la maravillosa noche en la que le arrancaron la cabeza a aquellos cultores de Satán en los bosques de Dalmacia. Aunque entonces él no era consciente de la presencia del guerrero más que como una vibración serena al fondo de su espantoso frenesí, después lo comprendió. Ambos eran luz, juntos eran la iluminación completa. Eso creía él. Si no lo creyera así, no estaría enamorado, ni loco. Quería morderle, llorarle, besarle, arañarle, susurrarle al oído mientras el mundo desaparecía en una espiral de estrellas hambrientas y rugientes. ¡Falkon Verinus, sol de su cosmos, resplandor de las constelaciones!

La villa estaba tal y como la recordaba: circundada por una verja en cuya puerta hacían guardia un dragón y un halcón. Tiró del primero, abriendo la cancela. Era un edificio alto de muros blancos, con un pequeño torreón y un jardín descuidado. —Bienvenido a casa, Falkon Verinus. 143

Al fin, llegaron al viejo caserón.

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Flavio cerró la verja mientras él recorría el jardín con la mirada. No lo veía en realidad; solo veía las huellas de Flavio por todas partes. En la hierba, en los rosales marchitos, en los árboles salvajes, en los setos sin podar, en aquel vergel caótico donde la vida se abría paso en todo su furor. Él regresó a su lado. Tenerle tan cerca era, en comparación a todos aquellos años de distancia, casi como abrazarle. Tener su olor al fin, real, cercano, colándose en su interior, era el primer contacto físico. Y le sacudió por dentro. —Cien años… —murmuró—. Toda una vida. —Cien años no son nada —dijo Flavio. Falkon Verinus quiso llorar al escucharle. Aquellas palabras significaban mucho. Con ellas, Flavio describía su sacrificio en toda su dignidad.

Jamás había pretendido encadenar al guerrero a sí mismo. ¿Qué podía ofrecerle él, al fin y al cabo? Estaba loco. Una eternidad a su lado no era algo que Flavio le deseara a nadie. A lo largo de las eras, Falkon Verinus y él habían estado siempre unidos, aunque no juntos. Fluctuando como haces de luz que se encuentran y desencuentran, cuando la batalla llamaba al guerrero, al vampiro bendecido, Flavio tenía que elegir. En ocasiones, decidía acompañarle. Otras veces, se quedaba atrás, por el bien de los dos. Pero siempre, siempre volvían el uno al otro. Flavio jamás había dejado de tener fe en su predestinación, en el regreso constante de Falkon Verinus, que volvía para marcharse otra vez y de nuevo regresar, igual que el sol. Lo aceptaba así. Así lo aceptaba, y así lo amaba. Se quedó quieto, a su lado. Se destrozaba con aquella proximidad incompleta, pero ahí permaneció, dejando que el anhelo le rompiera, con la mirada afilada como un gato. Flavio se destruía a sí mismo para reconstruirse. Y pocas cosas había conocido más destructoras y creadoras que el amor. —Cien años no son nada —repitió. Estaba dispuesto a hacer esas renuncias. Merecía la pena. Un sacrificio no es un sacrificio si no se pierde algo, si no causa dolor.

Flavio era muy consciente del destino que había elegido.

sereno pero no lo estaba. Cuando inició el movimiento, como un paso calculado, elástico y suave, ya sabía lo que vendría, ya sabía que no habría vuelta atrás. Él era un guerrero, sabía 144

El silencio quedó suspendido, como una nota tensa a punto de romperse. Falkon parecía

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mantener la calma, pero el fuego que ardía en su interior era el de las batallas, el de la vida que parecía no haberse apagado en él a pesar de la maldición. Sus dedos estaban calientes, como siempre lo habían estado. Se deslizaron sobre el rostro de Flavio, enmarcando sus facciones. Falkon era tan alto que tenía que agachar la cabeza para mirarle de cerca, tocándole con los dedos y también con las pupilas, que parecían quemar en el centro de sus ojos grises. Le recorrió las mejillas con los pulgares en una caricia áspera, tan cargado de anhelo como de ternura, de irracional necesidad y delicadeza. Era contradictorio. Contradictoria la manera con la que se ataba, con la que le respetaba, con la que le tocaba por primera vez en tantos años, deseando tanto, queriendo tanto, teniendo tanta sed que solo quería tomarle despacio. —Flavio Drago —pudo pronunciar al fin. Su voz no se ahogó. Era una vibración profunda, real como la piedra de la que estaba hecho aquel hogar, un susurro de hojas y madera, fuerte y a la vez acogedor, dulce—. Flavio Drago… te dije que no tendrías que esperar mucho, pero ahora siento que te he mentido, que hemos esperado eternidades.

plateado, golpeando directamente en su mente. Sonaba como una campana de bronce, le sacudía y le hacía vibrar a su vez. Después fueron sus manos. Sus manos le rozaron la piel, fría como la piedra, y la caperuza negra cayó hacia atrás, liberando los cabellos rubios que serpentearon sobre sus hombros. Los dedos de Falkon estaban calientes. Bullía la vida en ellos. Le desgarraron como cuchillas, le quemaron como el fuego de los dioses. Y después, su voz le dio de nuevo un nombre. Flavio Drago, ese era él… el dragón que devoraba el mundo. Los ojos dorados se empañaron con un velo febril y el último hilo se partió. En él no había contradicción. Saltó como una alimaña y le enredó los brazos al cuello, las piernas a la cintura. No había elegancia alguna en el gesto. Su pelo se agitó, los labios se entreabrieron en una mueca salvaje y los ojos dorados centellearon. Le tiró del pelo y cualquiera hubiera creído, a la vista de la escena, que le estaba atacando. Se abalanzó hacia él, pero no hundió los dientes en sus venas, sino que le besó con un beso doloroso, salvaje y extraño, impositivo de tan necesitado… y con el beso ahogó una risa y un sollozo. Le arañaba con las uñas y el corazón retumbaba violentamente contra el suyo. Le mordió la boca, hundió la lengua hasta su garganta, lamió sus dientes y sus labios hasta extraer su sabor y le estrechó con tanta violencia que le habría partido los huesos de no haber sido Falkon mucho más fuerte que él. —No has mentido —susurró. Su voz también era extraña, secreta y arrebatada—. La eternidad no tiene fin. La espera sí. Y es éste, Falkon Verinus, mi verbo hecho carne inmortal. Éste es el final hasta que empiece de nuevo. Volvió a besarle y estampó una mano contra su mejilla en un gesto que parecía una bofetada, clavó las uñas y tembló, aguantando un resuello animal. No había método en la locura, ni sosiego en su forma de amar. 145

Primero fueron sus ojos, estrellándose contra los suyos. Un asteroide errático, de fuego

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amenaza. Era la tormenta estallando, la colisión de los astros, el punto exacto en el que se unían los caminos de nuevo, en que la luz estallaba con la fuerza de las galaxias en eclosión. Si Falkon hubiera sabido cómo nacen los universos, no habría dudado de que el amor era capaz de crearlos. Le abrazó, le tiró del pelo al deslizar los dedos de nuevo en su melena. Su tacto caliente, vivo y vibrante, le recorrió el cuello mientras correspondía al beso, abriéndose como las aguas acogedoras de un océano contradictoriamente tempestuoso y salvaje. Siguió besándole, cerrando los ojos y apretándole contra su cuerpo. Bajo su piel, la sangre pulsaba. El corazón latiendo, desbocado, la empujaba como lava ardiente a través de sus venas, que se contraían de hambre y sed mientras se diluía en aquel beso buscando la paz. Terminó por apoyarle contra la tapia del jardín, entre las enredaderas y las rosas silvestres, sosteniéndole mientras le reclamaba, rozándole con los colmillos la lengua y los labios, sin llegar a morderle, conteniéndose hasta el límite. —Flavio Drago... —repitió entre sus labios, sin dejar de besarle, hundiendo los dedos entre sus cabellos, tocándole sobre la ropa, y tirando de ella para hacerlo bajo ella—. Mi alma… las estrellas de mi cielo… el calor de mis venas… la eternidad no tiene fin, tú no lo tienes, y eso me vuelve eterno… eterno e inmortal. —Eterno e inmortal —repitió Flavio, en un susurro. Cien años no eran nada. Pero ahora no entendía como había sobrevivido a ellos sin su compañero.

El guerrero no vaciló, no retrocedió con aquel ataque que no lo era, ni sintió miedo o

petrificaba, no se volvía frío ni se quebraba. ¿Qué clase de sentimiento era aquel, que no dejaba de asombrarle, de demostrarse imposible? Era más de sí mismo de lo que de sí mismo conocía, le hacía jadear aun sin respirar, le hacía herirle de tanto como le amaba, pero las heridas del amor no le dolían a Falkon Verinus. En una especie de intento por mantener el control, soltó los brazos y se echó hacia atrás, apoyando la cabeza entre las flores y las hojas. La mirada felina quedó cubierta por los párpados cuando los cerró un momento. Tiempo, sangre, amor, vida, muerte. Las palabras se iban deshaciendo poco a poco. Falkon Verinus era la única que siempre permanecía, la que todo lo definía, aquella a la que se agarraba para mantenerse siempre a flote, siempre. Cuando abrió los ojos de nuevo, tenía una corona de enredaderas verdes sobre los cabellos y la ropa a medio abrir, los ojos destellantes, algo idos. Le miraba, transido, como una especie 146

El tiempo transcurría, pero ellos permanecían inmutables. El amor no se secaba, no se

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de Dioniso de mármol. Alargó los dedos y tocó la herida de su mejilla. No le temblaban las manos, era el mundo el que parecía sacudirse. Luego se pintó la cara con su sangre, dibujando caracteres indescifrables sobre sus pómulos, deslizando los dedos después hasta sus labios y la barbilla. —Devuélveme mi alma. Di mi nombre otra vez, Falkon Verinus… si tú no me pronuncias no existo, soy un ahogado, un muerto a la deriva… —pero no le dejó, volvió a besarle, se apretó contra sus manos y le arrancó la capa con rabia—. Conságranos. Quiero tu sangre. Toma la mía. Quiero destruir el tiempo ajeno en el que no estuviste, aunque aún te tuviera. Quiero destruirlo todo… Le reclamó con exigencia, revolviéndole el cabello, tirándole de la ropa, abriendo la boca en el beso como si quisiera tragárselo entero. Las hojas secas se le habían agarrado al pelo y todo su cuerpo se contrajo con un fuerte latido.

Falkon moría por él. Lo supo en un destello de lucidez.
Moría y vivía. Renacía. «Flavio Drago», era todo cuanto podía pensar. «El dragón que devora el mundo». Su tacto era agua sobre la piel sedienta, su voz, alimento para el alma. Era el pan y el vino, era el sacramento y la revelación, era la salvación. Le observó, arrebatado ante su imagen como los fieles ante los iconos, deslizando los dedos por su rostro de nuevo, con una pasión que se liberaba en el calor que desprendía su piel, en la fuerza con la que presionaba con las yemas contra su carne, en caricias intensas que se perdían bajo la tela que cubría su cuello. Moría y vivía por él. Tiró de las prendas para liberarles a ambos. Los cordones se deslizaron y las correas crujieron, sonó a costuras rotas. Forcejeó con él. Le abrió las piernas y le penetró casi con violencia, empujándole contra la pared. Él jadeó y le rodeó con las piernas, los jirones de su ropa colgando de las caderas. Sus cuerpos encajaron, la carne atrapó a la carne y se unieron como un ensamblaje perfecto. El guerrero hundió una mano en los cabellos de Flavio y le hizo girar la cabeza al descubrir el cuello fuerte y pálido donde la sangre palpitaba, caliente, viva. Acercó su mejilla a la suya y se apretó contra ella, susurrando en su oído. La letanía, la consagración, la oración que obraba la magia. Recomponer, sanar, restañar las heridas, devolverle su alma… todo aquello no eran meras metáforas, Falkon podía hacerlo… él conocía la magia, y con Flavio era tan fácil obrarla… —Flavio Drago —murmuró, el aliento rozando su lóbulo, cálido, húmedo. Sentía su cuerpo contrayéndose alrededor de su sexo, contagiándose de su calor—. Ya no hay más espera. Déjame honrarte. Bebe hasta saciarte, hasta limpiarte de la ausencia y limpiarme a mí de ella. Yo beberé de ti y me llevaré tu pesar, lo haré arder… lo haré arder para siempre…Te he echado tanto de menos… 147

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Los ojos de Flavio estaban empañados, sus pupilas se dilataron. Tenía el semblante de los dioses en éxtasis cuando se abalanzó sobre su cuello. Y los dos condenados se bebieron el uno al otro, se salvaron el uno al otro mientras sus cuerpos danzaban contra el muro cubierto de hiedra, convirtiendo cien años en nada. Moría y vivía por él. Aunque Flavio no lo supiera, él era el cáliz en el que se sublimaba todo aquello por lo que luchaba. Todo lo bueno y limpio que había en el mundo. «¿Qué significa compañero?», había preguntado Flavio, mucho tiempo atrás. La suya era una pregunta tan inocente como la de un niño. Y con la inocencia de los niños le había amado y le había enseñado a amar. Al final, había sido Flavio quien le había mostrado a él el verdadero significado de la palabra. Sí, puede que estuvieran condenados. Pero entre ellos seguía existiendo lo que era puro, lo que era inocente. Aquello que solo era alma y divinidad.

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Biografía
Hendelie y Neith son las componentes de Estudio Third Kind, un estudio artístico dedicado a la creación literaria y gráfica y la autoedición de sus propias obras. Su primer trabajo, editado en 2012, fue Fuego y acero, una novela de fantasía épica, al que siguieron Dos noches y un día, de género histórico y romántico y Flores de asfalto: El Despertar, la primera entrega de una trilogía de fantasía urbana cuya segunda entrega está siendo ya publicada a modo de borrador en su blog: estudio-tk.blogspot.com, donde además de algunas obras completas disponibles de manera gratuita, pueden encontrarse ilustraciones y relatos cortos del Estudio. Podéis informaros sobre las autoras y sus obras en: Su web: http://estudiothirdkind.wix.com/novelas Su página de Facebook: https://www.facebook.com/EstudioThirdKind Su perfil de Twitter: https://twitter.com/ThirdKindStudio Y su cuenta de wattpad: http://www.wattpad.com/user/EstudioThirdKind, donde se está editando en estos momentos Flores de asfalto: El Despertar, para su lectura gratuita.

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Sonata N º 7

Rara avis

Mer González

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Ils ont chuté, Ils se raccrochent aux parois, D’un mur, qui sous leurs doigts se transforme en terre, Friable et humide. Le Mouvement Perpétuel - Les Discrets

y en las muñecas, y echó a correr. Tenía que regresar a su apartamento, a la seguridad que ese pequeño espacio representaba para él. Pero el edificio en el que se encontraba parecía, con cada uno de sus pasos, alejarse un poco más en una burla cruel. Dorian alzó la cabeza al cielo nocturno cuajado de estrellas y estas se agitaron, brillaron con intensidad hasta tomar la forma de cientos de ojos felinos que le observaban a su vez. Luego la oscuridad se abatió sobre el jardín ocultando los altos árboles, los tulipanes, los bancos de madera. Pero continuó corriendo a pesar de no ver por dónde iba, y la tierra manchó su rostro, la palma de sus manos cuando tropezó. El llanto le quemaba la garganta. Intentó ponerse de pie, pero sólo logró quedar de rodillas sobre la húmeda tierra. El miedo le aferraba por los tobillos volviendo pesadas sus piernas. Cerró los ojos y al instante, una voz acarició sus oídos. —Estoy aquí, contigo... y lo estaré siempre. Buscó con la mirada al dueño de aquella voz y sólo vio el brazo extendido, la mano frente a su rostro en una invitación para que se apoyase en ella, para que la aferrase y se incorporase. Una serpiente hecha de tinta besaba la piel y la cabeza del animal descansaba en la muñeca. Sus ojos amarillos, dorados como el sol, parecían observarle, animarle a aceptar la ayuda y levantarse. Dorian abrió los ojos. La luz del atardecer se colaba por la cristalera frente al sofá donde se había quedado dormido; a sus pies, Poe hecho un ovillo. Aún desorientado, confundido, se incorporó. Era la cuarta vez que tenía aquel sueño en las dos últimas semanas. ¿Qué solía decir su hermana sobre los sueños? «Algunas veces son el reflejo de nuestros miedos y anhelos. O también una forma de atisbar nuestro destino». Abandonó el sofá no sin antes acariciar el lomo del gato, que le observó encaminarse hasta la ventana. Su destino había sido truncado hacia cuatro años. Al poco de cumplir los veinte años había tenido un accidente. Un coche le había arrollado al salir de una de sus exposiciones y había pasado dos meses en coma. Tras salir del hospital, comenzó a sufrir ataques de pánico y terminó teniendo agorafobia. Desde entonces su vida se había convertido en una lucha diaria para no dejarse vencer por el miedo. Apenas dejaba el apartamento y siempre que lo hacía, o casi siempre, tenía que hacerlo acompañado de su hermana. No era la vida con la que soñaba cuando comenzó a ser conocido por sus fotografías y a exponer en las mejores galerías de arte de la ciudad. 151

El corazón galopaba en su pecho como un caballo desbocado. Sentía sus latidos en las sienes

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Sobre la chimenea del salón a su espalda, descansaba la que era su colección de cámaras Polaroid. Todas tenían más años que él. Fue hasta ellas para acariciarlas una a una con la punta de los dedos. Aferrar el pasado un instante y luego dejarlo ir. La calefacción llevaba meses rota y comenzaba a hacer algo de frío. Así que encendió la chimenea antes de ir hasta la cocina, separada del salón por una barra. Antes de llegar a ella, llamaron a la puerta del apartamento y acompañando cada uno de los golpes, la voz de su hermana. La joven venía cargada de bolsas que dejó sin muchos miramientos sobre la barra para deshacerse del abrigo rojo que cubría su menudo cuerpo y el pañuelo que llevaba anudado al cuello. —Te he hecho la compra —le dijo señalando con la cabeza los paquetes a la vez que se recogía la larga y negra melena en un cola alta. El frío había enrojecido sus mejillas. —Gracias. Dorian se puso a ojear el contenido de las bolsas mientras escuchaba a su hermana rebuscar en los armarios tras él. —¿Un té? —le escuchó decir y asintió. Isobel se movía como una bailarina. Pareciese que apenas rozase el suelo mientras te observaba igual que lo haría un gato. Tomaron asiento en el sofá del salón. Las tazas humeaban frente a ellos en la mesa baja donde yacían apilados, uno sobre otro, varios libros. El olor a cítricos y menta inundaba el ambiente mezclándose con el de los troncos que ardían a unos metros de ellos. En el respaldo del sofá, tras Dorian, Poe se desperezaba. —Le he regalado dos botellas de vino en tu nombre al nuevo inquilino del apartamento de enfrente —dijo Isobel mientras se atusaba el cabello que volvía a cubrir sus hombros. Sus ojos marrones, un recordatorio del otoño, se posaron en su hermano que detuvo el gesto de beber de la taza que sujetaba y pasó a mirarla con los suyos abiertos de par en par. —¿Por qué lo has hecho? —Se mudó hace una semana y seguro que ni has pasado a saludarle. —¿Y por qué tendría que hacerlo? Isobel se llevó su taza a los labios. Pero antes de beber de ella, disfrutó del aroma fresco del té. —¿Y por qué no? Parece un chico muy simpático —respondió con una de sus encantadoras sonrisas antes de dar un pequeño sorbo a la bebida. La paladeó un instante, disfrutando de su sabor, y emitió una risilla como si alguien hubiese contado un chiste—. Tú lo necesitas en tu vida y él te necesita en la suya —terminó diciendo a la vez que frotaba su cabeza contra la de Poe que se había acercado a ella. Dorian la observó en silencio mientras se terminaba el té. A Isobel le brillaban los ojos como si el fuego danzase en ellos. Igual que a su madre cuando creía haber visto un poco de tu futuro en su tirada de cartas o al leerte la mano. 152

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buena cerveza oscura o un vaso de whisky con dos piedras de hielo. Pero el que la chica le había regalado en nombre de su hermano quien desde hacía una semana era su vecino, estaba bastante bueno. Dejaba un regusto afrutado en el paladar, a cerezas. Jean se detuvo de camino a la puerta de su apartamento, frente al espejo, para acicalarse el cabello, la barba que desde hacía varios meses lucía y que según sus amigos le añadía cuatro años más a sus treinta. Se vistió la cazadora y los tatuajes que cubrían sus brazos quedaron ocultos bajo ella. Sus pasos resonaron por el pasillo cuando lo atravesó para golpear con los nudillos la puerta frente a la suya. Pasaron varios minutos hasta que al otro lado se dejó oír el sonido de una silla al ser arrastrada y el crujido metálico al quitar el seguro. Lo primero que vio de su vecino fueron sus ojos. Dos hermosas y brillantes turquesas que le contemplaron con fastidio. Un cabello ondulado y negro como el carbón enmarcaba el pálido rostro del chico y acariciaba su cuello. Jean tomó aire en un intento por sobreponerse a la impresión que le había causado el joven, antes de tenderle una mano. —Hola, soy Jean, tu nuevo vecino —se presentó con una sonrisa. Pero ninguna mano fue al encuentro de la suya que terminó regresando al bolsillo de su chaqueta—. Quería darte las gracias por el vino. —Fue idea de mi hermana. Yo no tuve nada que ver. No me gusta el vino y tampoco charlar con mis vecinos más allá del hola y adiós si me los cruzo en las escaleras. Había gente sincera y otra que lo era de una forma brutal, dolorosa. Este último parecía ser el caso de su vecino. No es que le molestase un grado tan alto de honestidad en alguien. Con las personas que se mostraban tan sinceras sabías a qué atenerte. Aun con todo, no pudo evitar sentirse algo ofendido por el trato que estaba recibiendo cuando él sólo pretendía ser amable. Estaba a punto de darse la vuelta y regresar al interior de su apartamento, cuando un maullido captó su atención. Por el hueco que quedaba entre el cuerpo del muchacho y la puerta, un gato negro de ojos verdes salió al pasillo después de frotarse contra una de las piernas del joven. Se acercó hasta el ascensor para hacer otro tanto contra la puerta y regresó a ellos para terminar metiéndose entre sus piernas. Jean se agachó para acogerlo entre sus brazos con cuidado. —¿Y tú quién eres? —Lo acarició entre las orejas y el animal volvió a maullar antes de que se agachara para dejarlo de nuevo en el suelo. Su dueño fue a por él para regresar al interior del apartamento y ambos terminaron frente a frente. Jean había visto antes aquellos ojos. Una parte de él se lo gritaba, pero también sentía que eso no era posible. Era la primera vez que aquel chico y él se veían. —Egeo. 153

No es que le gustase mucho el vino. No era de sus bebidas favoritas. Él era más de una

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Al sonido de su voz, el joven alzó una de sus cejas con suspicacia y su mirada se afiló como si creyese que se burlaba de él. —Tus ojos... son como el Egeo al besar las costas griegas —se apresuró a explicarse. Pero sus palabras no tuvieron el efecto que había deseado. Su vecino continuó mirándole desconfiado y cogiendo al gato, se alejó de él. —Dale las gracias a tu hermana de mi parte —le dijo cuando estaba a punto de darse la vuelta. El chico le observó en silencio. Su mirada se paseó por él hasta detenerse en sus manos, en sus brazos. Al agacharse, las mangas de su cazadora se habían recogido mostrando gran parte de sus tatuajes. —Poe. —El muchacho señaló con la cabeza al felino que se agitó entre sus brazos y optó por dejarlo en el suelo. Jean lo siguió con la mirada cuando el animal se escurrió entre las piernas de su dueño y se perdió en el interior del apartamento. —¿Y tú tienes nombre? Su nuevo vecino pareció dudar si responder o no. Vestía una camisa negra de manga corta con el nombre de un grupo francés, Les Discrets, que él conocía bastante bien y que desde que abriese la puerta y desde alguna de las estancias, había estado sonando. En aquel momento sonaba una de sus canciones favoritas, Le mouvement perpétuel. Las delgadas piernas del joven estaban enfundadas en unos vaqueros también negros e iba descalzo. Apoyó un pie encima del otro y lo mantuvo ahí un par de segundos antes de apartarse un mechón de cabello que se había deslizado hasta cubrirle uno de los ojos. —Dorian—respondió al fin. —Encantado de conocerte, Dorian. —Volvió a tenderle la mano y esta vez sí se la estrecharon.

inseguridades se derrumben. A veces alguien se cruza en tu vida y lo cambia todo.

A veces sucede algo que hace que todos los muros que has creado por miedo o

Dorian contempló por encima de la barra de la cocina la espalda, los hombros y el cabello dorado de la persona, que sentada en el sofá en mitad del salón, jugueteaba con su gato. Y lo hizo durante largo rato hasta que el silbido de la tetera le sacó de su ensimismamiento. Cogió dos tazas de losa de una alacena y sirvió un poco de té en cada una de ellas. Luego regresó al sofá y le tendió una a Jean que detuvo los juegos con Poe para cogerla y beber de ella. Había pasado un año desde que éste le agradeciese las dos botellas de vino y en aquel tiempo se podría decir que se había ganado con creces su confianza. Dorian deslizó la mirada por el rostro del hombre sentado a su lado, por el cuello y los brazos cubiertos de tatuajes. Por la serpiente que se enroscaba en uno de ellos y que desde la muñeca parecía observarle. 154

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—Te invito a cenar. Hay un restaurante italiano cerca de aquí que hace una deliciosa... —No. —Dorian abandonó el sofá para sentarse en el suelo junto a la chimenea encendida. Se le habían acabado hacía mucho tiempo las excusas para rechazar todas las invitaciones de Jean. Así que desde entonces se limitaba a responder con un simple pero rotundo no a cada una de ellas. Y como venía sucediendo en los últimos días, Jean arrugó el ceño. Pero tan pronto sus miradas se encontraron, volvió a relajar la expresión y continuó bebiendo de su taza como si no hubiese sucedido nada. Poe se le acercó y dejando la taza en el suelo, Dorian acabó por tumbarse. Su mirada se clavó en las llamas, en los troncos que poco a poco eran consumidos por el fuego a su derecha, tensando todos y cada uno de sus músculos cuando escuchó que Jean dejaba el sofá y se le acercaba. —¿Algún día vas a contarme qué te sucede? No soy idiota, Dorian. Me he dado cuenta de que apenas sales de aquí. He notado lo aterrado que te muestras cada vez que te invito a hacerlo, a dar una vuelta por la ciudad o venir a mi apartamento. —Estoy cansado. Vete. Sus palabras fueron recibidas con un silencio sepulcral que se le clavó en los huesos y le hizo cerrar los ojos con fuerza, pegar la mejilla al suelo, evitando con ello encontrarse con la mirada de Jean. Su voz le golpeó con furia haciendo que se encogiese sobre sí mismo. —A veces te comportas como un completo imbécil. —Vete —insistió. El sonido de la puerta al cerrarse no hizo que su miedo desapareciese sino todo lo contrario. Este creció hasta convertirse en una sombra que lo devoraba todo.

y él se conocían. Se había adentrado en el apartamento sin que la invitase a hacerlo y como una náyade, con su vaporoso traje carmesí, descalza, se había paseado por el salón. Y cuando sus pasos se detuvieron en mitad de la estancia, su mirada fue al encuentro de la suya. La luz que desprendía la lámpara sobre su cabeza arrancó destellos plateados al brazalete que adornaba su brazo derecho. Llevaba las uñas pintadas de negro, algo muy habitual también en su hermano, y le dedicó una sonrisa. Al hacerlo, se le formaron dos hoyuelos en las mejillas dándole un aspecto infantil. Debía ser apenas dos años mayor que Dorian. —Debes saber algo sobre mi hermano —musitó la joven antes de tomar asiento en la butaca que él había arrastrado horas antes hasta la cristalera. Isobel descansó los pies sobre el asiento y tironeó del vestido hasta lograr cubrírselos con la prenda—. Ven, Jean. Hablemos —le pidió.

Isobel había llamado por segunda vez a su puerta, cuando hacía cinco meses que Dorian

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Y lo hicieron. Estuvieron hablando durante varias horas. Jean se recostó en la puerta que acaba de cerrar. Al otro lado Dorian sollozaba cerca de la chimenea. —Mierda —masculló, más molesto consigo mismo que con el joven, y dándose la vuelta golpeó la puerta aun sabiendo que esta no se abriría. Aun así, continuó intentándolo durante un buen rato. Y sólo cuando dejó de escuchar los sollozos, regresó a su apartamento.

de nuevo por lo que era su refugio.

P asaron dos días hasta que por fin Dorian decidió responder a sus llamadas, dejarle pasear

Se había hecho de noche y el salón estaba sólo iluminado por el resplandor de las llamas en la chimenea. Dorian y él permanecían tumbados uno al lado del otro cerca del fuego. Jean se llevó una vez más el cigarrillo a los labios y un instante después espirales de grisáceo humo se elevaban ante su rostro. Las siguió con la mirada hasta que se esparcieron por el salón como la niebla en un día de lluvia por el bosque. —No deberías fumar tanto. No es bueno. —Dorian se giró hacia él para arrebatarle el pitillo a pesar de sus protestas y llevárselo a los labios. —Tu advertencia no resulta muy creíble cuando la acabas robándome mi tabaco para fumar tú. Imitó la postura del muchacho, que expulsó el humo sin apartar la vista de su rostro. Los labios de Dorian se curvaron en una tímida sonrisa. —Vaya, si puedes sonreír —le dijo recuperando su cigarrillo—. Deberías hacerlo más a menudo. Te sienta muy bien. Hace que luzcas aún más guapo de lo que ya eres. La reacción del joven a sus palabras no se hizo esperar. Dorian le asestó un suave puñetazo en el hombro antes de volver a arrebatarle el pitillo y tras darle otra calada se inclinó sobre él para llegar al cenicero y apagarlo. Y Jean aprovecho la cercanía del muchacho para juguetear con un mechón de su cabello. —No te burles—masculló este antes de alejarse, sin dejar de sonreír. —No lo hago. Jean se incorporó lo justo para poder aferrarle de la cintura cuando se disponía a ponerse de pie, y tiró de él, consiguiendo que volviera a tumbarse a su lado. Le pasó una pierna por encima de las suyas y apoyó la cabeza en su hombro. Sabía que de un momento a otro, volvería a recibir un puñetazo. Pero para su sorpresa, no fue así. Transcurrieron varios minutos hasta que la voz de Dorian, llegó hasta él.

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—¿Qué haces? No había ni rastro de enfado o incomodidad en ella. —Te abrazo. —Eso ya lo veo. Pero, ¿por qué? —No has arreglado la calefacción del salón y tengo frío —mintió. —Iré a por unas mantas. Dorian intentó librarse de su abrazo, pero él le sujetó con más fuerza. —Tú eres mejor que cualquier manta. Cerró los ojos a la espera de que Dorian se enfadase y tuviese que dejarle ir a por esas mantas. Pero de nuevo se vio siendo sorprendido por la reacción del joven, que ladeó la cabeza hasta descansar la mejilla sobre la suya. Jean se permitió sonreír un instante. Luego, cerrando los ojos, se dejó envolver por la calidez del cuerpo a su lado.

compite con el ritmo de tu corazón. Todo a tu alrededor parece ajeno a ti. Es como si todos los objetos estuviesen cubierto por un velo que nunca pudieses quitar. Y lo único que deseas, que pides a gritos y por lo que luchas, es por ponerte a salvo. Por volver a sentirte seguro. El miedo siempre está ahí, acechando, buscando el momento perfecto para volver a golpearte con ímpetu y convertirte en alguien que no saborea la vida, que está sumido en una lucha constante consigo mismo. Dorian contaba las calles que se iba alejando del bloque de apartamentos en el que vivía. Una, dos, tres... Se dio la vuelta y echó a correr en dirección al edificio. Dejó de escuchar el sonido de los coches, las animadas conversaciones de las personas con las que se cruzaba en su alocada carrera. El único sonido que invadía sus oídos era el de su corazón. Le temblaban las manos y las piernas comenzaban a fallarle. Se recostó contra uno de los muros del edificio y alzó la cabeza hacia el que era su apartamento. Intentó seguir caminando, pero fue incapaz. A pesar de desear regresar al interior del edificio con todas sus fuerzas, sus piernas no le obedecieron cuando les ordenó ponerse en marcha. Descansó la cabeza en la pared y cerró los ojos. —Basta, basta, basta... —repetía en voz baja a la vez que se deslizaba por el muro hasta el suelo. Todo daba vueltas a su alrededor y sus pulmones parecían quejarse por no estar recibiendo el suficiente oxígeno.

Cuando el miedo te abraza, todos tus miembros se paralizan. La respiración se te acelera y

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—Dorian, ¿estás bien? Abrió los ojos. Ante él se encontraba un preocupado Jean que le miraba fijamente. Se hundió un instante en su mirada, en sus grandes y hermosos ojos marrones. —Ayúdame a llegar hasta mi apartamento —le suplicó. Tenía la boca seca y le costaba hablar.

joven estaba tumbado. Éste había dejado de temblar y el color había regresado a su rostro.

Le acercó la taza de té a Dorian y tomó asiento en la mesa baja frente al sofá donde el

—Sé lo que te sucede. —Dorian giró el rostro hacia él para encontrarse con su mirada. En la suya, al fondo de las pupilas, bailoteaba la sorpresa y el temor—. Tu hermana me lo contó todo al poco de conocernos. Lo de tu accidente... lo de la agorafobia. Dorian frunció el ceño, contrariado, y dejó la taza en la mesa al incorporarse. —No debió hacerlo —masculló terminando de ponerse de pie y caminando hasta la cristalera. —Se preocupa por ti. —Jean dudó en continuar hablando. Pero al final le echó valor y lo hizo—. Al igual que yo —dijo. Dorian se giró para enfrentarle. Sus labios se separaron para dejar espacio a las palabras. Pero estas no llegaron a abandonar su boca. El joven agachó la cabeza y el cabello cubrió su rostro como un manto de negro terciopelo. Tras él, un rayo cruzó el cielo. Y Jean se quedó sin aliento al alzar el rostro, cuando el muchacho clavó los ojos en los suyos. Nunca había visto algo tan hermoso. —Y ahora... ¿saldrás de mi vida? —inquirió. —¿Es lo que quieres? Dorian le miró en silencio hasta que al fin negó con la cabeza. —Pero es lo que todo el mundo hace. Soy demasiado complicado, tengo mal carácter. Soy muy raro o eso es lo que la mayoría de la gente termina diciendo de mí a otros —musitó acercándose hasta la mesa, recogiendo su taza—. Tarde o temprano, tú también lo harás. Aferró su mano antes de que consiguiera alejarse. Sus dedos rozaron los del joven. Sus rostros apenas separados por escasos centímetros. Había algo mágico, exótico, escondido en aquellos ojos que rivalizaban en belleza con el Egeo. —Rara avis in terris1, eso es lo que eres —le dijo sin soltarlo. Acercando sus labios a aquellos otros que parecían retarle a regalarse una caricia. Pero Dorian retrocedió. El muchacho se zafó de su agarre, e irguiéndose del todo se alejó hasta que el sofá le impidió seguir haciéndolo. —¿Te burlas de mí? —gruñó. Parecía dispuesto a golpearle con la taza si intentaba volver a besarle.
1 Un ave rara en la Tierra.

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—No hay nada de malo en ser diferente al resto, todo lo contrario. Además, ¿quién nos dice qué es lo normal y qué no lo es? —Se puso de pie para acercarse al muchacho, ignorando su enfado—. Te quiero, Dorian. Eres lo más hermoso que he visto nunca. Atrapó su rostro y le acarició los labios con los suyos con suavidad. Un pequeño beso. Delicado y cálido. Luego fue dejando besos por todo el rostro del joven y cuando éste cerró los ojos, entregándose a sus caricias, besó cada uno de sus párpados antes de perderse de nuevo en sus labios, su frente... Escuchó cómo la taza caía al suelo y se hacía añicos. Los trozos de losa en los que se convirtió crujieron bajo la suela de sus botas al pegar su cuerpo aún más al del joven, rodeando su cintura con los brazos. Y entonces fue Dorian quien atrapó su boca. Sus lenguas se acogieron mutuamente en una apasionada danza que les hizo jadear. Hundió los dedos en el cabello de Dorian y tiró de él obligándole a detenerse. Con desesperación, con el deseo quemándole la piel, arañando su pecho, endureciendo su entrepierna, su boca se deslizó por el cuello del muchacho, succionando, lamiendo, besando. —Espera. Yo no... —balbuceaba Dorian entre jadeos—. Eres el primero que... Jean no necesitaba escuchar nada más para saber qué intentaba decirle. Aferró su rostro para mirarle a los ojos. Besó otra vez su frente, sus mejillas. Dejó un beso tras otro por él hasta que fue el mismo Dorian quien le besó, quien le abrazó con una pasión arrolladora que espoleo aún más su deseo. A trompicones y entre risas fueron hasta la habitación, deshaciéndose de la ropa por el camino, que quedó tirada de cualquier modo en el suelo. Dorian se tumbó en la cama arrastrándolo con él. Sus piernas se enroscaron en su cintura y con un ondulante movimiento le rozó el sexo con el suyo, haciendo que un ronco gemido brotase de su garganta. Lo besó. Una de sus manos se escurrió entre sus cuerpos para aferrar el miembro duro, enhiesto, que invitaba a ser acariciado. Sin dejar de hacerlo, sus labios se deslizaron por el lampiño pecho, deteniéndose un instante para juguetear con los pezones, dos sonrosados botones, antes de acabar perdiéndose entre las piernas del cuerpo que vibraba bajo el suyo. Su lengua acarició el sexo de Dorian antes de hundirse entre sus nalgas e ir al encuentro de la cálida y estrecha entrada, humedeciéndola despacio. El muchacho pronunció su nombre en un ahogado susurro. —Si sigues voy a... —Se le estranguló la voz cuando él sustituyo su lengua por dos dedos y alzando la mirada, pudo ver como Dorian se mordía los labios. El rostro acalorado, la mirada vidriosa por el deseo. Los retiró despacio. —No vayas a salir volando —le susurró al oído antes de abandonar la cama y recoger sus vaqueros del suelo de la habitación. Rebuscó en uno de los bolsillos traseros en busca de su cartera. Cuando regresó a la cama, con el pequeño envoltorio plateado en una de sus manos, Dorian le esperaba con los codos apoyados en el colchón y una burlona sonrisa.

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—¿Acaso eres como esos adolescentes que llevan uno en su cartera para fardar ante sus amigos y ahí lo tienen hasta que se caduca? —soltó con una risilla. No secundó la broma. El deseo le quemaba y quería que lo hiciese aún más. Se subió a la cama y gateó por ella hasta el joven. Rasgó el envoltorio y se lo colocó. El pecho de Dorian ascendía y descendía con rapidez. Le vio humedecerse los labios antes de mordérselos y aquel gesto inconsciente por su parte, le excitó aún más. Sin apartar los ojos de los suyos, se hundió muy despacio en su interior. Y la estrecha abertura fue abriéndose para él con la misma lentitud. Dorian le rodeó el cuello con los brazos y pegó su frente a la suya. —Dímelo otra vez—pidió en un susurro. Y él le dio lo que deseaba. —Te quiero, Dorian.

se permitió esbozar una sonrisa. Fuera, la tormenta sacudía la ciudad.

La calidez del cuerpo a su lado, enredado con el suyo, le hacía cosquillas en la piel. Dorian

Uno de los brazos de Jean descansaba sobre su pecho. Deslizó la punta de los dedos por la serpiente que lo rodeaba hasta llegar a la cabeza del animal hecho con tinta de brillantes colores, que descansaba a la altura de la muñeca. Jean se movió, sin llegar a despertarse, y él se dio la vuelta para, acurrucándose más contra su cuerpo, ocultar la cabeza en su pecho a la espera de que el sueño viniese por él.

Habían transcurrido dos años desde que encontrase al dueño de aquella voz, de la serpiente y la mano que le invitaba a levantarse, a seguir, a no rendirse. Y en aquel tiempo había retomado su gran pasión, la fotografía. Cada vez que el miedo le atenazaba, aquella mano volvía a aparecer ante él junto con aquellas palabras. “Estoy aquí, contigo...y lo estaré siempre”. La agorafobia seguía estando ahí. Pero ya no era ella quien dirigía su vida. Y mientras contemplaba el cielo sin una sola nube a través de la cristalera, unos brazos rodearon su cintura. —¿Vamos? Se dio la vuelta para poder mirar a Jean a los ojos. Para buscar la tranquilidad, la calma que parecía rehuirle cada vez que tenía que salir fuera, recorrer la ciudad, enfrentarse a sus miedos. A unos kilómetros de allí, sus últimas fotografías inauguraban una nueva galería de arte. 160

Cuando eres feliz el tiempo pasa mucho más rápido.

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—No puedo hacerlo. Siempre el temor, el miedo como una sombra aferrándole de los tobillos. Jean, que había comenzado a ponerse su abrigo, dejó la prenda sobre el sofá y fue hasta él. Y como cada vez que las fuerzas le flaqueaban, le tendió una de sus manos. —Sí que puedes, Dorian. Estoy aquí para darte toda la fuerza que necesites y lo estaré siempre. No lo olvides. Si algo había aprendido tras el accidente y en los dos últimos años, es que la vida es una dura batalla. Pero una batalla en la que merece la pena combatir. Aferró la mano tendida ante él. «Los valientes también sienten miedo. Porque sin él, tampoco hay valor», se recordó antes de atravesar la puerta de su apartamento y dejar que el sol de verano calentase su rostro.

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Biografía
Soy Mer González y durante 20 días al mes, me dedico a escribir. Me lleno el pelo de lápices, me calzo mis zapatillas de unicornios rosa y le doy a la imaginación. El resto de días, me transformo en gato (es verdad, lo juro, no estoy loca) y me voy a pasear por los tejados, a maullar un rato. Ahora si me disculpáis debo echar una carrerita. Pero no por esos hombres que traen una camisa de fuerza, qué va, es que a veces me entran unas ganas tremendas de hacer deporte.
Podéis seguir algunas de mis historias aquí: http://lasombradellobo.wordpress.com/ http://www.wattpad.com/user/MerGonzlez

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Sonata N º 8

La rueda del tiempo
Sofía Olguín

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« o aguanto el olor a hospital», decía mi mamá cuando me llevaba a vacunar. Yo no olía nada. Abría la nariz y respiraba profundamente para sentir ese olor que tanto le desagradaba… pero para mí, los hospitales no tenían olor. Y ahora, después de tantos años, siguen sin oler a nada en particular. Hace mucho frío y Agustín no deja que lo bañe. Se encapricha y se queda en su habitación, sentado detrás de la puerta, con las piernas cruzadas y el mentón pegado al esternón… —¿¡Le vas a sacar sangre sí o no?! —le grito al enfermero de turno. La gente se gira para mirarme. No saben si soy médico, enfermero o qué. Ojalá fuera médico. Si fuera médico (o Jefe de Enfermería) tendría algo de autoridad sobre este tipo. Soy un enfermero más, pero en este momento no soy más que un hombre. Un hombre que sufre. —Mirá, flaco… —me dice el enfermero, un hombre petiso, gordo, con cara de poca paciencia—. Si no se deja, no se deja, ¿qué querés que haga? Vuelvan cuando esté más tranquilo… explicale que le tienen que sacar sangre… —No me voy a ir. Está sin desayunar y tiene que comer para poder tomar la medicación, está internado en Salud Mental, ¿no podés tener un poco de buena voluntad aunque sea? Agustín me aprieta el brazo y esconde la cabeza en el hueco de mi axila. Tiembla. De frío o de miedo, no sé. —Flaco, toda esta gente está en ayunas —dice el enfermero con impaciencia, intentando abarcar con sus cortos brazos toda la inmensidad de la sala. Me giro apenas. Docenas de ojos nos miran atentos, lo miran a Agustín con cautela, con lástima. Odio que lo miren así, odio que le tengan lástima. Dos abuelas hablan en voz baja, sin sacarle los ojos de encima. —Vení, Agus. Lo guío hasta una camilla y le digo que se siente. El enfermero me mira, sin quejarse de que me estoy saltando el protocolo. Se acerca y parece que quiere decir algo. —Seguí con tu trabajo, ¿querés? —digo sin mirarlo. En este momento solo tengo ojos para Agustín. Preparo la banda elástica, la jeringa y el alcohol. Le subo la manga de la camiseta y busco la vena en su carne pálida… Él cierra los ojos con fuerza y suelta un sollozo agudo. —Respirá profundo…

N

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No me rimes Con esta noche de poemas tristes, En esta eternidad congelada, El agua de las goteras del techo Me inunda las venas, Me moja los dedos Me tiñe los sueños. No me rimes, Y si suspiro, Quiero escuchar el eco de tu corazón dormido en el trampolín de tu pecho. No me rimes Con esta noche de silencio frío.

qué enfermedad tiene, solo leo el libro que deja el enfermero anterior: las indicaciones de la medicación, la dieta y los comentarios. Pero hablo con la mamá todos los días y si ella no sabe qué le pasa a su hijo, ¿quién más puede saberlo? Agustín casi no habla. Tiene diecinueve años, es flaco, muy pálido y apenas come. Se me parte el alma cuando se pone a llorar así de repente, sin razón. —Le hicieron montones de estudios, acá y allá también. Allá casi me lo matan con los remedios que le dieron, eran muy fuertes para él… —Eso me dijo Adela, su mamá, cuando le pregunté con mucho tacto, entre mate y bizcocho, qué le pasaba a Agustín. Yo era nuevo en Salud Mental. Antes estuve en Guardia, en este mismo hospital; y antes estuve en un centro de niños con capacidades especiales. Me fui porque me deprimía… No soportaba verlos con la mirada perdida, con la lengua afuera, con la comida goteándoles de la boca porque no podían masticar bien… Acá el trabajo está mejor pagado, pero es más extenuante. Acá hay más cosas que hacer, mucho más que sacar sangre y tomarles la presión a los pacientes. Acá hay que darles los remedios a tal hora, contenerlos cuando se sienten mal, hablar con ellos, taparlos a la noche cuando hace frío. Cuando llegué, había un viejito diabético y tenía que pincharlo tres veces por día para hacerle el hemoglucotest y después inyectarle la insulina. Se llamaba don Manu. 165

Agustín está internado hace más de tres meses y tres meses es mucho tiempo. No sé

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—¿Tiene papá? —le dije a Adela en voz baja. Yo hago las preguntas así, las tiro como piedras. Me disculpé, pero ella sonrió y me dijo que el papá de Agus estaba en otro país.

llegué, tenía que ayudarlo a bañarse. Agustín se baña de noche porque no soporta el ruido de las horas diurnas. “Más tarde”, dice cuando ve que todavía entra luz por las persianas… Agustín se sienta en el inodoro y mira el suelo. Su pelo chorrea agua, el agua moja el piso, le acaricia los pies. —¿Qué pasa, pecoso? —le digo.

Si nadie lo vigila, Agustín se queda sentado en la bañera mirando el techo. Cuando recién

Me agacho a su lado y le apoyo las manos en las rodillas. Agustín está desnudo (tan desnudo), pero eso no parece avergonzarlo. Y hago lo único que se me ocurre: lo cubro con la toalla y le doy la mano (vamos, Agustín) para que se levante y se meta de nuevo bajo el agua. —A ver, poné la cabeza para que te ponga el champú, así, mirá que necesitás una podada, eh, mirá que este pelo ya parece un nido de palomas… Y si hace tanto que está acá, pobrecito, ¿cuándo habrá sido la última vez que le cortaron el pelo? ¿Cuándo habrá sido la última vez que…? Y se me ocurren miles de cosas para completar la frase. Que fuiste a un McDonald’s. Que corriste para alcanzar el colectivo. Que gritaste un gol (¿te gusta el fútbol, pecoso?). Que diste o te dieron un beso. Que hiciste el amor y te dormiste con el sudor ajeno en el cuerpo… Pero no pregunto nada (¿cómo?) y le refriego el pelo y se hace espuma, y la espuma resbala por su frente, por su espalda llena de pecas, por sus piernas, sus tobillos… —Dale, nene, que afuera hace frío. Mirá qué flaco que estás, parecés un pajarito, tenés que comer, eh, mirá que si no comés no vas a salir más de acá y mirá que te prometí llevarte a pasear en la casa rodante… Y ni hablar de las cosas que te prometí, que dale, secate y ponete la ropa. Y los ojos de Agustín me miran sin verme, y yo los veo y trato de (¿descifrar?) si me están diciendo algo, si están gritando o si sólo tienen sueño. —¿Tenés sueño, Agus? Sacude la cabeza, me salpica con agua. No, quiere decir. Como no le salen las palabras de la boca, me lo dice con la cabeza. Y me gustaría sacarle de la boca todas esas palabras que tiene en la cabeza, pero no sé cómo.

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—Dale, ponete las medias. Ahora estás limpito, eh. Si ahora comés toda la cena estamos completos. Se sienta en el inodoro, ahora con ropa; pero desnudo me gustás más, y mojado más y lleno de champú más, y cuando te lavo el pelo y si tengo que secarte el cuello, pecoso (pecoso) te prometo que te voy a llevar a pasear en la casa rodante.

turno noche había renunciado y me habían recomendado para el puesto. Aquella tarde, abrí la puerta principal de este salón y me encontré con un chico flacucho sentado en el sofá. Tenía las piernas juntas, las manos juntas (¿estaba rezando?), los ojos clavados en la nada, las cejas fruncidas como recordando (¿qué recordaba?) algo muy triste. Sentí algo. Un relámpago, un sacudón en mis entrañas, un escalofrío erizándome la piel. Lo primero que pensé fue: qué lindo que es. Y lo segundo: pobrecito, ¿qué le pasa? ¿Por qué está acá, tan joven…? ¿Qué edad tendrá? No pasa los veinte, seguro… Parece que no me escuchó entrar, ¿será sordo? Mirá, es todo pecoso. Y lo último: me quedo a laburar acá. —¿Y este pecoso cómo se llama? —le pregunté. Siempre les hablaba así a los chiquitos autistas y los doctores me retaban. No les hables en tercera persona, Andrés, ya sé que lo hacés de cariño, pero… —Agustín se llama. —Adela salía del baño con las manos mojadas. Se las secó en la ropa y me tendió una (mano mojada) y una sonrisa triste—. Es mi nene. Vos sos el enfermero nuevo, ¿no? Qué joven que sos… Tu nene (¿nene?), ¿qué edad tiene tu nene? Ya está grande para ser nene, o grandecito, como quieras, como más te guste. Y vi que los ojos de ella no se parecían a los de su nene (los de él eran grises, grises y tristes) porque los de ella eran marrones, normales, oscurecidos por ver a su hijo (su nene) internado en este loquero. —¡Así que Agustín se llama este pecoso! Adela me sonrió y en sus labios brilló una sonrisa de alivio. El enfermero que se iba me explicó que Agustín “estaba ahí hacía bocha de tiempo” y me mostró la carpeta con las indicaciones para cada paciente. Me detuve en la medicación: solo lorazepam de dos miligramos a la noche, ¿y nada más? Agustín Loredo, Cama 4 Control estricto: TA, FR, FC, Temp. Diuresis, catarsis. No dar antipsicóticos, ninguno!! 167

Moría abril y tenía que decidir si me iría de Guardia. El enfermero de Salud Mental del

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molesta el ruido, se pone a llorar, se desespera. —Quedate conmigo.

Adela dejó un secador de pelo. Intenté secarle la melena a Agustín, pero no se deja: le

La voz de Agustín, suave, ronca (¿fumabas, Agus?) me lo pide y ¿cómo negarme? La habitación 4 es calentita porque la estufa está justo afuera, pero afuera (realmente afuera) los martes y jueves hay reunión de narcóticos anónimos y Agustín no soporta las voces. Ya te cerré la ventana. Ya te puse la colcha. Te traje agua y unos caramelos que compré en el quiosco. ¿Qué más puedo darte para que duermas, además del lorazepam? ¿Un beso de buenas noches? No, porque con un beso la bella se despierta y yo quiero que te duermas, bello despierto, bello insomne, bello por donde se te mire. ¿Por qué estás acá…? Bailando en el boliche tendrías que estar, tomando una birra, fumándote un faso, tranzándote minas (o pibes, es lo mismo)… ahí y no acá, dopado, encerrado. Un faso quiero. Y un boliche, un privado y un pasivo (o versátil) de ojos claros. Quiero coger y coger imaginando que estoy con vos y que te digo lorazepam y no sabés de qué estoy hablando. Pero mi imaginación es débil, por eso soy enfermero y dejé de ser poeta, por eso dejé la casa rodante de color blanco, porque las hippeadas de mis viejos me ponían de mal humor. Porque mis viejos eran hippies, ¿sabías, pecoso? —Mis viejos eran hippies, ¿sabías? Y no, cómo vas a saber si nunca te lo dije. Ay, cómo puedo estar tan desesperado, cómo puedo querer un faso y afuera están los narcóticos anónimos. Agus, decí algo. —N… no. Con tirabuzón hay que sacarte las palabras a vos. Con caña de pescar, con imán en forma de herradura. —Sí, eran hippies y se vestían con esa ropa ridícula que aparece en las películas. Y mi vieja prendía sahumerios y no comía carne, ¡y mi viejo tenía una plantita de marihuana que la cuidaba…! Más que a mí la cuidaba a esa plantita de mierda. Y Agustín se ríe (sí, reíte más, más, más…) y me mira con esos ojos (tristes los ojos) y yo pienso dale, pecoso, ¿fumaste un faso alguna vez? Contame, contame todo lo que hayas hecho. Fumar marihuana (o flores, que pegan más), una pastillita loca, masturbarte en el baño del colegio (o en la clase de biología), llenar la compu con los virus de las páginas porno, chupar algo de ahí abajo, ¿a qué edad debutaste? ¿Trece, catorce, dieciocho? Porque debutaste, ¿no? Tenés una cara de pillo, ¿cómo te gustaría debutar si tuvieras que debutar de nuevo? —Y de ellos era la casa rodante. Bah, en realidad esta es nueva, la canjeé porque la otra ya no daba más. Esta es más copada, ahora tengo tele satelital, pero de esa de prepago, como casi 168

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no miro tele… Y la dejé así blanca, porque la de mis viejos estaba toda pintada como esa que aparece en Los Simpson, ¿viste? La caravana de un payaso parecía… —Tengo hambre. Ay, no me digás, pero eso te pasa por no cenar, si te tengo que pasar la comida con pala. —¿Querés un yogur? ¿Una manzana…? (Yo me voy para Tijuana: tequila, sexo y marihuana). Agustín sacude la cabeza y dice “algo salado”. Vamos a la cocina, dale, pendejo, levantate y no hagás ruido porque los doctores de guardia están allá mirando Chacarita-San Lorenzo y si ven que te hago comida a esta hora me van a retar. Vos tenés que portarte bien y comer a la hora de la cena, cuando nos traen las bandejas calientes de la cocina, y no hincharme las bolas a las doce de la noche con que tenés hambre, que si pudiera comerte a vos ya te habría comido: sal, aceite, vinagre, picante, picante, picante… caníbal me dirían. —Te hago un huevo frito, ¿dale? —Dos. Dos, bueno. Con limón y sal, pan no hay, se acabó, qué porquería un huevo frito sin pan, ¿no, pecoso? Y mirá que vos estás así de flaquito pero debés tener un colesterol… —Limpiate la trompa, nene. Sentado enfrente mío, el tiempo pasa, el tiempo te duele, te molesta, te pica como un mosquito. Acá el tiempo no se llama tiempo, se llama eternidad; una eternidad deformada, porque las ventanas son de un plástico duro que no te deja ver el cielo. Agustín, ¿hace cuánto que no ves el cielo? Él ahora entiende dónde está. Antes no se daba cuenta… Me contaron que se tiraba al piso, se sentaba y se abrazaba las rodillas como si pensara que alguien quería robárselas. Y que bañarlo era imposible. Y que no comía, no dormía, no hablaba, ni siquiera suspiraba y sus ojos estaban más tristes que ahora. ¿Es posible? ¿Cómo se puede estar más triste que Agustín? ¿Cómo se puede estar más encerrado que en este lugar? Era fácil, la respuesta. Agus estaba encerrado en su propia cabeza, en su propia enfermedad. Hace frío. Por suerte la salita tiene estufa y nos podemos sentar acá a mirar el tiempo reptar por las paredes, un tiempo enfermo, anciano, barbudo. Un tiempo desequilibrado que se cae, que usa bastón, que se levanta y se vuelve a caer. Las horas no pasan para Agus como pasan para mí. Adentro de su cabeza parece que las horas transcurrieran al revés. No te entiendo, Agus. ¿Estás ahí? ¿Está ahí adentro, encerrado? ¿Vas a salir algún día? Si salís, acordate de mí, eh: acordate del enfermero que te bañaba, que te hacía huevos fritos en medio de la noche, que te decía pecoso y que contaba chistes verdes. ¿Dónde estás, Agustín? ¿Dónde?

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Quiero perderme en una playa que no tiene forma, quiero un espejo inventado para inventar un puente hacia el tiempo. Un laberinto de espinas se refleja en tu pecho tibio, donde se alarga el instante que tiembla entre mi piel y tus sueños. Entre lo vano y lo inmenso flota la eternidad, suspira y se pierde… Y si me visto de fuente te mojo los pies... y si me visto de tiempo te clavo una espada. Quiero perderme en el cielo que llueve cuando tus lágrimas chillan. Quiero un pañuelo de seda Para ahorcar el invierno que muere con cada latido.

vehículo. Se la quedó mirando así, de frente, parado en medio del pasto, con los ojos azules atravesados por los rayos del sol. —No te creía… —dijo por fin—. ¡De verdad vivís en una casa rodante! —¿Por qué no me creías? —le pregunté. Se encogió de hombros, riéndose. —No sé… ¿Y podés estacionarla en cualquier lado?

Agustín miró la casa rodante, quizá sorprendido por que alguien pudiese vivir en un

—Depende, a la gente no le gusta tener una casa estacionada, especialmente en barrios chetos. Una vez estuve en Caballito y me tiraban basura, cigarrillos… fue una mierda. Cuando estudiaba estuve en la Costanera, ahí se podía estar tranquilo. Me miró sonriendo y le devolví la sonrisa. Se había hecho una colita y vestía una remera blanca y unos jeans por las rodillas. Se veía tan lindo así… sano, limpio, con toda la primavera alrededor. Junto a él, los eucaliptos se veían más verdes, el cielo más celeste y el aire tenía otro sabor. 170

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—¿Y cómo hacés con el agua? ¿Hay? —Sí, tiene un tanque chiquito. —¿Y electricidad? —Usa batería… Y para el gas tengo garrafa. —¡Está re bueno! Me reí y le pasé un brazo por los hombros. Era la primera vez que un chico me decía que le gustaba mi estilo de vida seminómada. La mayoría de las veces pensaban que era un indigente. Cuando chateaba con hombres, prefería decirles que vivía con un amigo hetero y que no podíamos encontrarnos en mi casa. Que cogiéramos en la suya o pagáramos el telo a medias. —¿Y ese gato? Raulito se acercó a nosotros, con la cola levantada. Fue directo hacia mis zapatos, se enroscó entre mis piernas y después se echó panza arriba, feliz de tenerme de vuelta. —Es mío, Raulito se llama. Agustín se agachó y le acarició la cabeza con la punta de los dedos. —Raulito… no sabía que tenías un gato. —Lo encontré en la playa, en San Clemente. Cuando me volví para Buenos Aires lo encontré durmiendo en el fondo, en una pila de ropa sucia. Se vino de San Clemente conmigo. Agustín sonrió y se mordió el labio, como hacía siempre que quería pedirme algo. —Siempre quise tener un gato —susurró.

Mil cielos hacen falta para teñirte los ojos, Quiero enredar entre tu pelo un pincel mojado... Y si me visto de puerta, se abre el silencio... Y si me visto de noche me robo tu almohada.

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puerta con llave. Algunos le dan una vuelta, otros le dan dos. Es lo mismo: una, dos, de acá nadie sale sin permiso y acompañado de un familiar.

La puerta de la sala no tiene manija. Cuando un doctor entra o sale, enseguida cierra la

Permiso le dan a Tadeo todos los fines de semana y cuando vuelve, vuelve peor de lo que estaba. Parece que no se adapta al mundo exterior, parece que no puede formar parte de él y por eso llora pensando que nunca le van a dar el alta. Prefiero ver llorar a Tadeo, que por lo menos me explica por qué llora: llora porque le gustaría seguir arreglando autos y no puede. Llora porque quiere abrazar a su hijo y no puede. Llora porque llora porque llora porque depende de las benzodiacepinas para dormir y se da cuenta de que la zopiclona deteriora las facultades cognitivas. Llora porque se olvida de las cosas y las cosas se olvidan de él… Por eso llora, por eso lloran todos los que estuvieron, están y van a estar acá… Agustín en cambio, a veces no sé por qué llora. Una vez me tomé un trapax —alias lorazepam— para dormir. Fue un sueño obligatorio, un sueño que me atornillaba las sienes, como si me hubiesen agujereado la cabeza. Caí dormido, caí muerto, desmayado. Pero dormí. Y a la mañana siguiente, cuando me desperté, sentí que no había dormido nada. Y si así es cómo duerme Tadeo, yo también lloraría. —Dejalo que se haga sus cosas, no va a salir nunca de acá si no. Pero Tadeo se da cuenta de que no puedo dejar de ser sobreprotector con Agustín. Y se calla, porque sabe que Agus no soporta estar solo y si está solo se pone a llorar, a mirar a su alrededor como buscando algo, como si quisiera agarrar al tiempo de la barba para preguntarle hace cuánto que está encerrado en este lugar. —La madre está con neumonía, hace tres días que no viene. Y Agustín lloraba (más que antes) porque la extrañaba, porque yo no podía estar todo el tiempo pendiente de él (aunque lo intentara) y porque los médicos pasaban al lado suyo sin siquiera mirarlo. Agustín estaba ahí en el salón, llorando, y yo estaba leyendo el libro con las indicaciones para Tadeo (le habían aumentado la medicación) y buscando el teléfono de Adela. Los médicos entraban, salían y apartaban la mirada. —¡Pero no ven que está llorando y yo estoy ocupado! ¿Qué les cuesta acercarse y preguntarle qué le pasa? Y lo dije en voz alta y dejé el libro, y un doctor viejo me miró así nomás, sin decir nada, sin pedir perdón, y como un fantasma entró en el consultorio y cerró la puerta. Agustín estaba sentado en el sofá, descalzo, llorando y mojándose los vaqueros con las lágrimas. —Andrés. —Era un médico—. Vení un segundo por favor. Agustín, el médico. El médico, Agustín. El médico podía esperar pero Agus, ¿podía esperar Agus? 172

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—El chico está enfermo, tenés que entender eso —dijo el médico con paciencia, cuando cerré la puerta del consultorio. —Ya sé que está enfermo, si no estuviera enfermo no estaría acá. Y yo a la defensiva, como un imbécil, con los brazos cruzados sobre el pecho. —Sí, ya sé que lo sabés, pero tenés que aceptarlo… ¿Es la primera vez que trabajás con pacientes psiquiátricos? —Trabajé con chicos discapacitados. —Ah, por eso es entonces… Mirá, yo sé que por ahí es difícil para vos, es muy jovencito, a mí también me da lástima que esté así, pero no podemos hacer nada de lo que ya hacemos, ¿entendés? Yo hace treinta años que laburo con gente en su estado, peor que él incluso… Él está en tratamiento, necesita ayuda, pero tampoco hay que sobreexigirle porque así no funcionan las cosas. A veces simplemente tenés que dejarlo que se desahogue tranquilo, porque eso es parte del tratamiento también. No estés encima de él todo el tiempo porque lo abrumás… Me callé, ofendido, avergonzado. Sabía que ese hombre tenía razón. —La madre no está, ¿no? Mirá, estuve hablando con la psicóloga que lo trata y estaría bueno que lo llevaras un rato al jardín, ¿te parece? Queríamos que fuera la madre, pero si querés llevalo vos porque hoy está lindo el día, no hay mucho sol pero no hace tanto frío, podés llevarlo a hacer algo, no sé, regar las plantas, darles de comer a los gatos, lo que te parezca.

Azul que se me tiñe el cielo, azul de Prusia, azul de Francia. Azul que se me vuela el alma en medio de la noche fantasma. Negras se acercan las sombras, negras no puedo tocarlas. Azul que llora trepando desde el cielo hasta tu ventana. Te cambio mil cielos grises por el azul de tus ojos de plata, que brilla y se agita y se esfuma entre el aleteo de tus pestañas. 173

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Azul que se me incendia el cielo, azul de fuego, azul de escharcha. Azul que tus lágrimas brillan, tan azul que no puedo tocarlas.

de gatos. Hay cinco: uno todo negro y muy peludo, una gata gris con las patas blancas y otros tres que deben ser los hijos, porque salieron mezclados, con las patas peludas como si tuvieran pulóveres. Agustín sonríe sentado en el pasto y el gato se pone panza arriba. —¿Te gusta, no… Agustín? —me dijo el médico cuando me iba. Me saltó el corazón hasta la garganta—. No pasa nada, yo trabajé en el Borda más de veinte años, si supieras todas las cosas que vi… Pero tené cuidado, ¿entendés? Y en sus anteojos redondos brilló por un instante una risa y su risa me llenó de miedo. No pasa nada, dijo. Vi muchas cosas. ¿Tan obvio es? ¿Tanto se me nota? ¿Qué me pasa cuándo te miro, Agustín? Y si te tiro al pasto, ¿qué pasaría? ¿Saldría el sol para espiarnos? —Con esto te voy a cortar la peluca —le digo mostrándole una tijera de podar. Estamos rodeados de plantas con flores (por favor, respetar el trabajo de los pacientes de Salud Mental) y un árbol de moras, desnudo porque es invierno. Agustín se ríe y sacude la cabeza como diciendo qué boludo que sos, Andrés, qué payaso. Y qué linda es tu risa, pibe, ¿no te gustan los hombres aunque sea un poquito? Ahora es cuando quisiera que todos fuéramos bi (como debería ser) para que ningún medicucho me dijera que vio muchas cosas en el Borda (¡en el Borda!), como si los putos fuéramos enfermos y tuviéramos que volver al manual de psiquiatría. —Me gusta así mi pelo —dice él con esa voz que no se escucha nada, arrastrando sus dedos abiertos por las mechas castañas que le tocan los hombros. —A mí también me gusta. Y levanta los ojos y me miran (¿tristes?) y ya no los veo grises: los veo azules, encendidos, chispeantes. ¿Ay pecoso qué te pasó? Y veo sus ojos (azules) y veo el pasto bajo sus vaqueros, verde, verde, muy verde… ¿me volví daltónico? Salió el sol. Pasó que salió el sol en el cielo y ahora se refleja (tímido) en el espejo de sus ojos. —¿Qué? —Se te pusieron los ojos azules —le digo como si nada, como si no me hubiese conmovido ni un poquito después de meses de ver esos ojos apagados, encerrados entre cuatro paredes tan frías—. Por la luz. —Pero si son azules… 174

Maúllan los gatos alrededor de Agustín. No sé por qué todos los hospitales están llenos

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Y lo miro sonriendo y él me sonríe. Suspiro, miro el pasto verde, el gato sacude la cola. Y Agustín me sigue mirando y yo lo miro de costado. Qué faroles que tenés, ¿los cerrás cuando das un beso? ¿Y cuando estás a punto de acabar? —Me quiero ir —dice Agustín y la voz le sale ahorcada por el encierro. La voz de Agustín está encerrada en su pecho, ¿cuántas palabras te lloran ahí adentro?—. No aguanto más estar acá, me voy a volver loco… Y se pone a llorar, otra vez, la puta madre. Y me imagino que sus lágrimas van a salir azules, pero no, le salen transparentes y tibias… Tibias porque se las estoy tocando, tibias porque me mojo las puntas de los dedos para intentar secárselas… —Ya te vas a ir —le digo. Él llora y me abraza y yo siento que Dios no existe, porque si existiera, Agustín no estaría acá enfermo, durmiendo a costas del lorazepam. Pero si Agustín no estuviera acá yo estaría tan enamorado de él. Yo estaría chupándole la pija a cualquier pendejo carilindo. A ver decime, Agustín, del uno al diez, ¿cuántas veces te chuparon la pija? ¿Cuántas veces cogiste sin forro? —¿Cuándo? No me voy a ir más de acá, Andrés… Si estoy acá hace bocha de tiempo. Te juro, no aguanto más, ¿no sabés cuándo me van a dar el alta? Andrés, por fin. Ay, Agustín, y yo que pensaba que no sabías mi nombre. Agustín, Agustín, tenés las mejillas mojadas. Mojadas y pecosas las tenés, criatura. ¡Criatura! Ya me estoy pareciendo a tu madre. Mi nene esto, mi nene aquello, culpa me da de escuchar a Adela. Nene, mi nene, no sabés lo bueno que está tu nene, Adela, no sabés las ganas que tengo de cogerme a tu nene y que tu nene me chupe la pija. Sentarme en la cama y que él se siente arriba mío, y sentirlo caliente y afiebrado y mojado, que se abre, que se cierre, que me choque, que me ahogue, que me catapulte hasta las nubes y me traiga de vuelta de un tirón a la tierra, a sus ojos, a la tierra, a sus ojos, a la tierra, a sus ojos… —Agus… Dale, pecoso… si ya estás mucho mejor, no llorés. Siento su nariz acariciarme la mejilla, veo sus pecas color té con leche, veo una cicatriz de acné juvenil y los puntitos de la barba que el enfermero de la mañana le ayuda a afeitarse. Raspa. La mejilla de Agustín raspa y pincha y quisiera decirle al enfermero de la mañana que lo afeite mejor (inútil) que no cuesta nada. —Cuando me den el alta, lo único que voy a extrañar va a ser a vos… Una ráfaga de viento frío nos despeina. El aliento de Agustín me roza la piel, se me mete en la boca. Sus labios juntos se pegan a los míos, se abren, me abrazan, se abren, me abrazan, no me dejan espacio para moverme, no me dejan abrir la boca, abrí la boca nene, quiero encontrarte la lengua y mojártela con estas ganas que tengo de decirte al oído que te quiero y te quiero y te quiero… Algo me tironea desde adentro y miro a mi alrededor desesperado: nada, solo los gatos, el sol detrás de una nube, las plantas.

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Y lo agarro de la mano, nos paramos y lo llevo hasta detrás del edificio. Nuestras sombras se apuran para alcanzarnos porque no quieren separarse, no quieren, no quieren. Mi espalda golpea un muro y Agustín se choca contra mí y mis brazos pelean contra el viento y lo atrapan y lo acercan de un golpe. Nuestras formas convexas se estiran para tocarse, mis manos lo recorren y lo aprietan, suben y bajan, le revuelven el pelo… —Aah, no puedo respirar… Uno, dos, tres besos seguidos en tu boca que dice tan poco. Respiración de la mía te puedo dar si la tuya no te alcanza… Toda la tarde podría estar acá, besuqueándote a escondidas. Agustín se sienta en el piso pero no me suelta la mano. Me siento a su lado, el viento me hace cosquillas en el mentón húmedo. Silencio. —Menos mal que se fue el otro enfermero y viniste vos —susurra. —¿Por? —Porque era malo ese tipo, tenía re mal carácter, hablaba así todo prepotente. Me hacía sentir mal. —No le gustaba el trabajo. Renunció. —¿Y a vos? ¿Te gusta estar acá? ¿Qué puedo responderle? Este lugar no es agradable. Este lugar es una sala de salud mental. Un loquero. —No estaba seguro de querer trabajar acá. Necesitaba la plata, en Guardia me pagaban menos. Cuando vine por primera vez te vi a vos sentado en el sofá, ¿te acordás? Agustín baja la mirada. No se acuerda. —Fuiste lo primero que vi, a vos ahí sentado. Y entonces me decidí… —Me río. Qué tarado este tipo, debe pensar Agustín. ¿Qué estás pensando, pecoso? Se apoya contra mi cuerpo y reposa la cabeza en mi hombro. —¿Estás con alguien? —No. —Yo tampoco.

«Venlifax», pero Agustín está medicado con sertralina, no con venlafaxina. El pastillero está arriba de la mesita de la cocina, justo debajo de la ventana, para que nunca, y repito: nunca nos olvidemos de su existencia. El pastillero tiene tres pastillas en cada casillero. El pastillero se va vaciando poco a poco, día tras día. El pastillero es mi dios pagano, mi Virgen María, mis sacramentos y mi ángel de la guarda. 176

El pastillero tiene siete casilleros, uno para cada día de la semana. El pastillero dice

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Mi ángel de la vigilia, más dulce compañía esta noche que ninguna otra, durmió toda la noche, en esta cama tan chica. Ayer a la noche, Agustín dijo algo que jamás había escuchado: ninguna cama es chica para dos personas. Y tiene razón. Mientras más grande es la cama, más tiempo tarda en calentarse, más huecos fríos le quedan. Agustín y yo somos un laberinto de piernas y brazos, no sé dónde comienza mi cuerpo y dónde termina el suyo. Una cama para dos personas da por sentado que hay dos personas. No sé cuándo terminó la noche… Agustín está sentado en la mesa de la cocina, con el pastillero en las manos. Por entre las cortinas de la ventana se cuela una luz muy débil, muy tímida, avergonzada por la brutal desnudez del cuerpo que se encuentra a su lado. Agustín, Agustín, ¿te diste cuenta de que estoy despierto? A veces siento que Agustín puede leerme la mente, que tengo los pensamientos desnudos. Que en sus ojos existe un hechizo que le cuentan mis deseos, mis tristezas, mis desesperaciones. Me apoyo sobre los codos. —Agus…¿no tenés frío? Volvé a la cama, dale… No me mira. Pasea los dedos por las letras del pastillero, por las letras en Braille. Sus ojos parecen decirles a las pastillas: dependo de ustedes para vivir. —Dejame —dice. —¿Qué? Y me mira: —Si alguna vez te hago mal, si dejo de hacerte feliz… dejame, por favor. Intername en un psiquiátrico, pero no me soportes. No tenés por qué soportarme toda la vida, Andrés… Me levanto de la cama de un salto. El suelo está frío. Agustín suelta el pastillero y veo que le tiemblan los hombros. Agus, mi Agus… No puedo mentirte, no puedo disfrazar la realidad, no puedo soltarte verdades a medias, no puedo jugar al Romeo con una enfermedad como la tuya. Soy un hombre realista y sincero. Acerco una silla y me siento a su lado. Todavía tiene gel en el pelo, todavía tiene las sábanas marcadas en las mejillas, todavía se le nota el moretón del pinchazo en el brazo derecho. —Agus, mirame… Sus ojos se chocan con los míos, sus cejas se fruncen, sus labios tiemblan, ¿cuándo llegará el día en que podamos hablar de esto sin ponernos a llorar? Nunca, jamás, ojalá que ese día no llegue nunca. Ojalá que siempre sufra pensando en la enfermedad de Agustín, porque cuando deje de hacerlo será porque ya no lo amo. —Si alguna vez tenés que estar internado de vuelta, voy a hacer cualquier cosa para estar ahí de enfermero otra vez.

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Me sonríe, dos lágrimas le bajan por las mejillas pecosas. —Vamos a la cama de nuevo, dale. Su cuerpo largo y delgado, teñido de azul y plata por las artes de la oscuridad invernal, se acerca a la cama. Se sienta, me da la espalda. Sus omóplatos se marcan contra la tela de la camiseta, como las alas de un ángel caído. Como un ángel con las alas arrancadas. —Todos sufren por mi culpa. Mi mamá, mi papá, vos, Lucas… A las personas como yo tendrían que matarlas cuando nacemos, porque no servimos para nada, solo para hacer sufrir a los demás. Una puñalada más. Una hilera de puñaladas invisibles me chorrean del pecho sangre invisible. Agustín habla, habla y habla, y no termina de comprender que sus palabras me dañan. Le acaricio los hombros, lo empujo suavamente, suavemente le subo la camiseta y se deja desnudar así, suavemente. Cierra los ojos. —¿No te cansás de hacer el amor conmigo? —Nunca me voy a cansar. —Vos podrías tener a cualquier hombre mejor que yo. Un hombre sano que te hiciera feliz, no a mí, que siempre te hago sufrir… —¡Basta, Agustín! —le grito, lo sacudo por los hombros. Abre los ojos, se tapa la cara con las manos. —Te tengo cansado… —¡Sí, me tenés cansado! Me levanto de la cama y lo dejo solo. Salgo de la casa rodante. En el horizonte, el cielo se desangra y la sangre mancha el agua del mar, acuchillado por un sol dorado y filoso. Me siento sobre la arena mojada… y el arrepentimiento comienza a enfriarme la sangre, como un veneno extraño, pero no menos letal.

Soy un pozo profundo y redondo, un pozo cavado a la medida de tu cuerpo. Soy un pozo absurdo y si la sangre se rebalsa, finjan que nadie ha muerto y corran las cortinas. Laven los platos sucios, cambien las sábanas, quítenle el polvo a la oscuridad que repta bajo el colchón. En los rincones de este paraíso 178

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me pierdo entre telarañas y entre las tablas del suelo, los secretos ya olvidaron su nombre. Las paredes se aburrieron y nos dieron la espalda, el sufrimiento las aturde, el silencio no las divierte. Nadie quiere ser la sombra de dos tímidos fantasmas y ni siquiera el sol nos sigue para entibiarnos los recuerdos malheridos.

hablar con el psiquiatra. No quiero volver a Guardia, quiero quedarme acá en Salud Mental, con Agustín, con sus ojos, con su espalda pálida llena de pecas llenas de espuma… Se desnuda muy lento, como si supiera que espero, como si quisiera hacerme esperar. Entonces espero, ¿qué voy a hacer? —Sos muy lindo, Agustín... Agustín amontona su ropa en el piso. Con la mano derecha intenta taparse la entrepierna, pero le da vergüenza taparse y también le da vergüenza que lo mire con tantas ganas. —Nunca me lo habían dicho. —Se mete en la ducha y le paso el jabón. Se queda quieto, mojándose, cerrando los ojos (grises de nuevo), disfrutando el agua caliente—. Una vez me dijo que tenía lindos ojos, pero nada más… —¿Quién? —Un tipo, en un cine en el centro. Y claro. Cine en el centro es igual a cine porno, es igual a locas de armario sin nombre desesperadas por verga sin nombre, es igual a te cojo en el baño o me chupás la pija y chau chau adiós. A Agustín lo conocí así: ya enfermo. No sé cómo era antes. —¿Ibas a los cines? Me siento en el inodoro, porque mis manos están de más. Agustín se baña solo y eso me entristece y a la vez me pone feliz. ¿Se puede estar feliz y triste al mismo tiempo? Sí, se puede. El baño está lleno de vapor y me empieza a dar sueño… 179

Tengo que decirlo. No tengo que decirlo. Tengo que hablar con el psiquiatra. No quiero

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—Sí, a veces… Cuando quería hacer algo y no tenía con quién. Abro los ojos. Agustín está lleno de espuma, rodeado de vapor. Su piel blanca se puso rosada y en su espalda las pecas parecen un archipiélago de islas en miniatura. Cierra la canilla, se da vuelta, alarga un brazo y agarra la toalla. Se refriega, se envuelve, busca las ojotas con la mirada, me mira y dice: —Salí con un tipo, pero me dejó. Por su culpa estoy acá… No le digás a nadie.

— racias, Andrés. Yo sé que lo querés a Agus… gracias por todo lo que hacés por él. ¿Lo querés? O sea, ¿te gusta…? Porque yo creo que le gustás a él, ¿sabés? Él es gay, yo ya lo sé… Salía a la noche y no me decía adónde iba. Una vez lo seguí, ¿sabés? Hasta uno de esos cines del centro… No entré, ¿qué iba a hacer yo ahí? Y no me animé a hablar con él de eso. Pero desde ese momento empecé a mirarlo diferente, ¿sabés? No sé, como con miedo. Porque no sabía que pudiera ocultarme algo como eso así tan fácil. Y si no me contó eso, ¿qué más cosas no me habrá contado? Y no sé qué hacía ahí… Bueno, qué sé yo, algo haría, ¿no? Y a mí me daba un miedo, te juro. Porque… no sé, me daba la sensación de que esos lugares, con tipos grandes, me daba miedo, no sé, de que le pegaran algo, no sé, alguna enfermedad… O que le hicieran algo, si no sabían que era… enfermo como es. Pero vos no sos así, sos diferente, se te ve en la cara que sos una buena persona. Y yo tenía miedo de eso, ¿viste? De que se enganchara con algún tipo que… no sé, que le hiciera algo malo. Vos no sos así, vos sos un buen tipo. Te juro que si te gusta… No sé, hasta te haría gancho. En serio, no te rías. Tengo miedo. Tengo mucho miedo, Andrés. Porque él a veces siento que no se da cuenta de las cosas… y quiero que encuentre una persona buena, que lo quiera, porque yo no voy a vivir para siempre. No lo voy a poder cuidar para siempre. Que encuentre alguien que lo ame de verdad, que lo cuide. Yo sé que no puedo pedirle eso a nadie, a vos no te puedo pedir eso. Pero vos lo cuidaste tanto acá que no sé cómo agradecerte, te juro, no sé… Cuando lo bañabas y salías más mojado que él… a él le daba vergüenza que yo lo bañara. Y el otro enfermero tenía tan mal carácter, no se le podía pedir nada… ni bañarse quería Agus. Y me mataba verlo así, todo sucio… porque él es limpio cuando está bien, ¿viste? Muy prolijo. Y llegaste vos y… Gracias, Andrés. ¿Te puedo preguntar algo…? ¿Cómo hacés? En serio, ¿cómo hacés para estar acá en este lugar y que no te haga mal? Yo si tuviera que estar acá todas las noches… no sé, te juro que me moriría.

G

Más profundo Hasta el abismo de tu carne pretérita Siento miedo El terremoto de tus ojos me agoniza 180

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Más profundo Vuela en nuestro infierno un arcángel desnudo Y siento frío Cada vez que abro los ojos y tu boca me reclama Más profundo Que me ahogo y me escapo y alrededor de tu cuello Encuentro Un collar de estrellas tibias Siento celos Del aire que te toca y te acaricia Más profundo Desde las pecas de tu espalda hasta la punta de mi lengua Siento náuseas Si me caigo de este cielo y me desarmo entre tus manos Más profundo.

llama trastorno afectivo estacional y se cura echándose media horita al sol todos los días, como está Agus ahora. Se viene la primavera, pendejo. Y vos encerrado acá, y yo mirándote como un pelotudo. Agustín está tirado arriba de una manta, masticando chicle, con los brazos detrás de la cabeza y los ojos perdidos por ahí. Ahora lo veo y ni parece ese Agus del que me enamoré. Y eso me da miedo, porque significa que me enamoré de alguien que no existía. Lo que pasa es que Agus se está curando. Ya no necesita que lo consuele en medio de la noche. Ya no llora, ya no le agarran esos ataques de llanto incontrolable que le agarraban hace meses. Ahora hasta sigue con la mirada a los doctores recién graduados que vienen a los seminarios de neuropsiquiatría… El pelo de Agus ahora está enrulado. Tomó forma y también tomó forma su cuerpo. Ganó peso, su mirada se avivó, los ojos se le incendiaron de ganas de vivir, ganas de seguir viviendo. Ahora no está tan pálido y se le notan más las pecas. Con lo que me gustan a mí sus pecas… Ahora hace chistes. Les golpea la puerta a los médicos cuando están en asamblea y cuando la abren, ven que no hay nadie. —¡Agustín, dejate de hinchar! —le grita un psiquiatra joven, en joda, porque, claro, sabe que Agus está enfermo. 181

Hay mucha gente que en el invierno le agarra depresión porque hay menos luz solar; se

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Y Agustín lo mira y se ríe y se muerde el labio. Le hace ojitos y yo me digo qué puto que estás hecho, pendejo, sos una marica de mierda, Agustina, mirá que este es paqui, todo bien, no vas a ser la última loca babeando por un heterosexual progenitor reproductor, qué vida aburrida, querida, yo paso, gracias. Pero al mismo tiempo sufro, porque está bueno el psiquiatra; tiene toda la pinta de ario: alto, medio rubión, anteojos onda intelectual, ¿qué hacés acá? ¿Por qué no te vas a desfilar a Milán y me dejás con el pecoso? —Quería pedirte si me comprás algo, si salís ahora —le dice Agustín. —¿Qué? —dice el psiquiatra. —Un pote de dulce de leche, que tengo ganas de comer… Después cuando venga mi vieja te doy la plata, no podemos tener plata acá en la sala. —Sí, ya sé. ¿Qué marca querés? —Cualquiera, pero un pote grande que sea. Y se fue el ario después de la asamblea, pero no volvió y no trajo el dulce de leche. Agus estuvo toda la noche de mal humor y ahora que volví le traje yo su pote de dulce de leche para que se empalague solo y feliz. Se está pasando toda la tarde mirando la televisión, con el dedo metido en el pote. No hay nadie en la sala. Tadeo y Daniel se fueron de permiso, don Manu tuvo una recaída y volvió y se fue de nuevo, los médicos ya se fueron a sus casas y ya cayó la noche, se chocó, se estrelló contra las ventanas, las pintó de negro y nos dejó a oscuras. Nos quedamos solos, mirate vos. —Nos quedamos solos, Andrés —dice Agustín cuando salgo del office. Me sonríe. Qué linda esa sonrisa, esos ojos. Está sentado a la mesa, con el dedo en el dulce de leche y el cogote levantado hacia la televisión. —Sí —le digo y me río. Me acerco y le revuelvo el pelo, le tapo la cara con la melena. —¡No! —dice él—. Cuando salga de permiso me voy derechito a la peluquería. Antes me lo cortaba yo al pelo, pero ahora tengo miedo de mandarme una cagada... En estos casi seis meses, Agustín todavía no salió del hospital. Lentamente, despacito, se está mejorando, y él sabe que cuando uno se mejora se va un rato a su casa, después se va un día entero, después dos, tres, cuatro y así… hasta que le dan el alta. Va a tener que seguir un tratamiento ambulatorio, va a seguir medicado, pero ya no va a estar encerrado en este lugar. ¿Y yo? ¿Yo qué? Yo quiero que estés sano, quiero que te vayas de acá, que hagas tu vida, que seas feliz, porque este no es lugar para un chico de veinte años. Yo estoy enamorado de vos, pero antes de vos me enamoré de muchos otros pibes. Dos, tres, cuatro. Y después de vos, van a seguir llegando hombres a mi vida. Estoy más que seguro. Solo espero que a la tuya llegue algún día un hombre que te quiera y te cuide. ¿Podría ser ese hombre yo? A veces me lo pregunto, pero no sé qué responderme… 182

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—¿Vos te la cortabas la peluca? —Sí, me encanta cortar el pelo. Te quiero, Agustín, quiero besarte de nuevo… ¿Qué hago? ¿Puedo hacerlo? ¿Puedo decirlo? ¿Puedo hacerlo y decirlo y besarte antes de que te vayas de acá y el mundo te reciba con la boca, los brazos y las piernas abiertas para devorarte, para abrazarte, para sacudir tu espíritu y tu alma de chico de veinte años? Me acerco (ay, Agus), le apoyo las manos en los hombros. —Ah, mirá… tengo a un Roberto Piazza de paciente. Se gira y me mira con los ojos entornados. —Piazza es diseñador… —dice bajito. —¿Ah, sí? Qué sé yo. —Y gay, además… —¿Y vos no sos gay? Nos miramos. Él mira con miedo el pasillo, engullido y digerido por las sombras de esta noche pre-primaveral todavía fría. Yo miro con miedo a Agus, al pasillo, a Agus, al pasillo, al futuro, al pasado, Agus, te quiero, Agus, ¿qué hago? Me agarra de la camisa gris, tironea, miro sus ojos (grises ahora) con la noche licuada en sus pupilas y el perfume del dulce de leche en la boca. Frunce las cejas, me mira, se le escapa un suspiro en forma de súplica. Se me revuelve todo, algo invisible me tironea desde el cerebro hasta el estómago hasta las piernas hasta las puntas de los dedos: Agus, vamos, por favor, al office, al cielo, al infierno, a la estratósfera, a donde sea que te quiero ya, ahora, ahora y siempre por los siglos de los siglos en la paz en la guerra y en la gloria… La puerta del office se cierra de un portazo y le paso llave, no me importa. Agustín se me abalanza encima, todo su cuerpo, su peso, su calor, su hambre, su boca choca contra la mía, ¿qué hago pecoso si solo tengo una boca y me gustaría besarte todo y si solo tengo dos manos y quisiera tocarte todo y si solo tengo diez dedos y si te saco la ropa de un tirón no te jode que sea tan bruto? —Besame —susurra, me susurra en la boca, mi boca podría estar besándolo toda la noche, mi boca podría decirle miles de cosas en la boca—. Besame… Se me cuelga del cuello, me empuja contra la pared, se me pega, lo siento contra mí y su temperatura que sube y huelo el perfume de su desodorante en sus axilas húmedas, el bulto de su entrepierna frotándose contra mi muslo… Eh, ¿qué estamos haciendo? ¿Lo estamos haciendo? ¿Acá y ahora, en el office de enfermería? Qué lindo que estás, Agustín, qué linda tu boca caliente y mojada a cuarenta y cinco grados que me arrastra hasta el infierno más profundo, hasta el cielo más alto, hasta el sueño más despierto que podría tener con una raya de lorazepam. 183

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Lo alzo en brazos, lo subo a la mesa: no pesás nada, seguís siendo un fideo escurrido, un pajarito, un suspiro. Algo se cae al piso (¿la caja de jeringas? ¿las llaves? ¿mi billetera? ¿mi alma?), algo se cae al piso y la piel de Agustín choca contra la mesa y su pelo castaño se despliega a su alrededor: qué poético, tus hombros llenos de pecas, si te las sacás con cirugía láser te juro que te las pinto de nuevo. Agus gime, aprieta los dientes, chupa aire, le beso el cuello, le chupo el cuello, y siento sus cuerdas vocales vibrar bajo mi lengua, siento sus piernas abiertas abrazarme la cintura. —Cogeme —me exige en medio de un jadeo. Agustín, Agustín, ¿quién me mandó a venir a laburar a Psiquiatría cuando podía quedarme en Guardia sacando sangre? ¿Quién adivinaría que estamos acá, en el office casi a oscuras, haciendo el amor, haciendo la guerra? ¿Quién o quiénes saben que tenés una peca en la vena femoral que no se borra cuando la chupo? ¿Quién podría contar los centímetros que me voy hundiendo en tu cuerpo mientras tu boca se abre y tus ojos se cierran? ¿Y te duele que te apriete tanto las muñecas? ¿Y te dolerá si te doy más fuerte? Gemime, Agustín, me encanta que me giman, pero gemí bajito, para que no nos escuchen... Entre vos y yo solo hay oscuridad, pero más allá de las ventanas se comienzan a oír las voces de los narcóticos anónimos… —Hacía mucho tiempo… que no cogía —dice Agustín, con los ojos entrecerrados y la respiración perdida en el fondo de los pulmones—. Perdoname… —¿Por qué? —No sé… por quedarme quieto así, por no hacer nada… El corazón le late en el cuello, lo siento sobre mi boca como si fuera mi propio corazón, mi propia sangre. Su mentón mal afeitado me raspa la nariz, el brillo de sus ojos me deslumbra. —Hacía mucho que… Un suspiro le echa la cabeza hacia atrás. Se me eriza la piel. —¿Eras virgen? Pienso que es sudor, pero no: es una lágrima. Él sonríe, pero está llorando en silencio, sus pestañas están salpicadas de gotitas diminutas y en sus ojos, ¿qué hay en sus ojos? Un caleidoscopio embrujado. En ellos me reflejo, me agrando, me deformo, me achico, me recorto, me desparramo, me divido, me vuelvo miles de Andrés de todos los colores, de todos los tamaños. Agus se baja de la mesa, le paso los pantalones y me abrocho los míos. —Estoy enfermo —me dice—. Por eso estoy acá. —Pero ya estás mejor… Su rostro se encoge y otra lágrima se asoma a su rostro. Agus, ¿qué pasa? En medio de la oscuridad, entiendo que quiere decirme algo que debería haberme dicho antes. Solo que no quiere, no puede, le cuesta, le duele. Agus se sube a la mesada. Acerco una silla y me siento. 184

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—Esto no se cura. Es crónico. Si querés… —Toma aire—… si querés que estemos juntos vas a tener que aceptar mi enfermedad. A veces estoy mejor, a veces me pasa esto. A veces me curo en dos días, a veces no. Yo te quiero, y te lo digo ahora que estoy bien. Te quiero y te agradezco todo lo que hacés por mí, pero vos sabés que estoy enfermo. A veces tenía crisis y la trataba muy mal a mamá y ella no entendía lo que me pasaba… Era todo mi enfermedad. No me acuerdo de todo lo que pasó, no me acuerdo de lo que hago cuando me agarran estas crisis… Se le quiebra la voz. Se tapa la cara. Pero yo sé que tengo que dejarlo hablar, porque si no me lo dice ahora, no me lo va a decir nunca. —Si alguna vez te digo o te hago algo malo, si te hago algo malo… Vos me conocés cómo soy yo, si ves que un día me transformo en otra persona, en una persona mala, agresiva… es mi enfermedad, Andrés, no soy yo. A veces… —traga aire por la nariz, se limpia los ojos con la remera—… Lucas me decía que ya no sabía quién era yo y qué era mi enfermedad. Pero somos uno solo, porque yo vivo con esta enfermedad y… Te estoy confundiendo, ¿no? Trago saliva, le digo que no con la cabeza. —Y esta enfermedad es parte de mí, la tengo siempre, siempre está ahí… Pero no me tratés como a un enfermo, por favor… Suspira con un suspiro largo, profundo. Le tiemblan un poco las rodillas y yo me inclino y apoyo la frente entre ellas. —Yo te conocí así —le digo—. Cuando llegaste acá no estabas bien, no comías, no hablabas. Yo quería que te mejoraras, no sabés cuánto. Y estoy muy contento porque estás mejor… Te quiero, te quiero mucho. —¿También querés a mi enfermedad? La pregunta me toma por sorpresa, pero la respuesta no tarda en llegar: —Si no estuvieses enfermo nunca te habría conocido… Pero te quiero tanto que si pudieras estar sano, no sé, no me importaría seguir solo.

dejan despertar. Sueño sueños caleidoscópicos pintados de azul y violeta, como de un cielo empantanado, como de un árbol de Navidad. Sueño sueños atornillados, encadenados, fotografiados, puntiagudos, sueño sueños embadurnados con peces dorados, con pasto de verano, con un sueño mortecino caprichoso y encaprichado. Pero no sueño con Agustín. Agus, despertame de este sueño eterno, maravilloso e inútil… Finalmente, me despierto solo, sin que nadie me sacuda y sin compañía. Por la ventana de la casa rodante entra una brisa tibia, entran unos rayos de sol que se me pegan entre las pestañas. 185

Sueño sueños licuados con sabor a río, de esos que te tironean del ombligo y no te

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Cuando me levanto, veo el río Luján, gris metálico, resplandeciendo bajo el sol del mediodía; escucho el griterío de los chicos que juegan al fútbol, huelo los augurios de un asado. Voy al baño, hago pis, me lavo la cara, me pongo las zapatillas y cuando salgo veo a Agustín recortado contra el río, de pie detrás de una chica sentada, llenándole la cabeza de trenzas. —¿Laburando tan temprano? —digo en voz alta. La chica se da vuelta, el río se levanta, el cielo me sumerge en su calor de diciembre, medio húmedo, medio mojado. Los ojos de Agustín, más pecoso que nunca, relucen con miles de tonos diferentes de azules y celestes. —Este es mi novio que te conté, el poeta —le dice a ella, y le pasa una bola roja por un mechón de pelo. —Hola —me contesta la chica, con los ojos abiertos como platos. ¿Qué pensabas, nena? ¿Que era una vieja con ruleros? «CORTE $10 TRENZAS TODA LA CABEZA $50» dice el cartel que pintó Agustín y que colgó en la casa rodante, nuestra casa rodante. Nuestra casa que gira y da vueltas y nos lleva hasta los rincones más inhóspitos del mundo, del universo, pero que esta semana nos agarró cortos de plata y nos trajo cerquita, a Luján nomás. La chica, que se llama Rocío y tiene catorce años, me ceba un mate y me ofrece bizcochitos. —¿Hace cuánto que están juntos? —pregunta. —Tres años —dice Agustín, con aire ausente—. Este verano ya van a hacer tres años… —Me dijo Agustín que sos médico. Y poeta. Me tenés que dejar leer alguno de tus poemas. Cómo habla la pendeja. Me río en voz baja. —¡Ni a mí me deja leerlos! —se queja Agustín. —Soy enfermero y estoy en segundo año de Medicina… trabajé en hospitales y cuando recién empecé trabajé en un centro de chicos discapacitados… Rocío me mira seria, intentando dejar la cabeza quieta. —¿Y te gustaba? —Sí, me gustaba. Pero me hacía mal. Me preguntaba todo el tiempo por qué esos chicos habían nacido así y me daba manija con esas cosas. —Pasa que Andrés es muy sensible aunque se haga el macho. Agustín no se tenía confianza para estudiar, pero lo convencí para que terminara el secundario y hace seis meses entró en una academia de peluquería. Me da risa verlo entre todas las mujeres, se le re nota lo trolo. Yo quiero ser psiquiatra, pero tampoco me tengo confianza. Leyendo mis libros de psicología y psiquiatría comprendí cosas que antes no entendía. Me enteré de muchas cosas que me llenan de miedo y de esperanza, de horror y de una felicidad inmensa a la vez. A veces me enojo con 186

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el mundo, con la vida, con Dios, con todas las fuerzas que gravitan en el universo… A veces, yo también me siento enfermo: de miedos, preocupaciones, tristeza y desesperanza. A veces siento que todas las enfermedades de esta vida se me caen encima… ¿Por qué Agus tiene esta enfermedad? Pero en mis libros no está la respuesta: Agustín es único e irrepetible y cuando me sonríe me olvido de todo.

Noche que me acribilla en tus ojos con sus uñas de gato. Noche obtusa que si flamea en las velas me quema las pestañas de cada día. Noche hambrienta, que se alimenta de silencio y vomita un caleidoscopio embrujado. Noche fría y ajena, noche comprada en un tren con destino hacia el fin del mundo. Noche sin prisas ni pena, noche que si te hablo me grita. Noche que me lame la espalda, si te pincho las puntas de los dedos. Noche que llora en invierno y que aúlla cuando es febrero. Noche. Noche que agranda el horizonte que llevo en la frente.

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Noche que si te beso me lleva hasta el puerto más alto donde puedo besarte esta noche.

tiras reactivas y fui a buscarlas a la sala de mujeres. Cuando volví, ahí estaba Agustín abrazado a su mamá, temblando en medio de un llanto silencioso. —¡Me dan el alta, Andrés! —dijo al verme. Yo ya lo sabía. Sus permisos eran cada vez más largos y esa semana evaluarían su alta para la próxima semana o comienzos del siguiente mes. Por eso mi mal humor, por eso esa tormenta de sentimientos que me sacudían desde adentro y me impedían concentrarme en lo que fuera, hasta en la página de un diario. No quería que Agus se fuera, pero al mismo tiempo quería. Y no soportaba esa lucha interna, porque una y otra vez me preguntaba ¿cómo puede ser que lo ames y que quieras que siga acá, no te das cuenta de que este lugar es horrible y que él tiene que salir, que ser feliz? Entonces me di cuenta de que el amor es egoísta y que no venga Sócrates a decirme qué es el amor. No supe qué decir, me salvó la presencia del director de la sala, que justo salía de un consultorio. —¿Cómo anda, doctor? —exclamó Agustín en voz alta, desde su sillón. —Yo bien, ¿vos? —¡Yo estoy muy contento! —Me alegro mucho. Y entró en su oficina. Ni siquiera le preguntó a Agus por qué estaba tan contento. No entendí. No entiendo, sigo sin entender. No puedo entender la falta de vocación y humanidad de estos médicos que veo todos los días en este hospital. A ver, ¿por qué estás tan contento? ¿Por qué está tan contento este pecoso? Nada. Silencio. Un portazo. Agustín se echó al sofá y dio una vuelta de carnero. Quedó todo despatarrado y despeinado, panza abajo, con la remera levantada. Se le veía el elástico de los calzones. —Agustín, sentate bien —lo retó Adela. —Ay, dejame ser, ¡estoy re contento! —Sí, pero no te tirés así, no da. Agustín se irguió y se acomodó la remera. —¿Cómo que no? —Se rió y señaló con la cabeza el cartel que estaba en la pared de enfrente: servicio de salud mental. 188

Don Manu estaba de vuelta y tenía que hacerle el hemoglucotest. En la sala no quedaban

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Me miró, nos miramos, nos reímos. Adela no entendió el chiste. Agustín se levantó de un salto, abrió los brazos y repitió casi gritando, pero con la voz medio quebrada: —¡ME DAN EL ALTA, ANDRÉS! Se me vino encima. Todo su cuerpo, sus brazos, sus pecas, todo Agustín se desplomó contra mí, su cabeza se escondió en mi pecho y sus brazos y piernas me rodearon como los tentáculos de un pulpo. Habría querido detenerlo, pero no quise, no pude, no tuve ganas. Le devolví el abrazo y el apretón, sus hombros flacos, todo su cuerpo se sentía tan, tan tibio. Ay, Adela… no nos mirés así… Agustín empezó a temblar y me di cuenta de que estaba llorando. Lo abracé con más fuerza, como si quisiera que nuestros cuerpos se hicieran uno, se fundieran en una única masa incandescente de carne y calor. Mi mano derecha subió por su espalda y se quedó en su cuello. Empujé su cabeza hacia mi pecho, enredé los dedos en su pelo, respiré el aroma a champú, sentí el temblor de sus piernas, de sus brazos… y escuché el gemido estrangulado que le nació desde el fondo de la garganta cuando no pudo más y estalló el llanto. —No llorés… —le dije al oído, intentando calmarlo y calmarme—. No llorés, pecoso. —¡No puedo! Y yo tampoco pude más. Cuando Agus levantó la mirada y levantó sus ojos llenos de lágrimas y sus mejillas calientes y mojadas, yo también estaba llorando. Meses de imágenes se me incendiaron en los ojos, se mojaron entre mis lágrimas: Agustín en la bañera, desnudo; Agustín llorando sentado en el piso, descalzo; Agustín mirando un punto fijo en el vacío mientras su comida se enfriaba; Agustín durmiendo y yo preparando la medicación para el día siguiente... Nos aflojamos un poco y sus ojos me miraron desesperados. Y en un segundo, nuestras bocas se reclamaron el silencio, el calor y la soledad. No podía respirar. Besaba a Agustín y al mismo tiempo pensaba en Adela. Sabía que alguien podría abrir una puerta y vernos, cerrar una puerta y vernos, pero en ese momento todo me importaba demasiado poco. Besaba a Agustín y al mismo tiempo tragaba saliva, lágrimas, mocos aguados, tragaba aire y desesperación y ganas de vivir afuera de esas paredes y del cuidado de esos seres humanos mediocres… —¿Te acordás, Andrés? —sollozó Agus en mi boca, entre beso y beso—. ¿Te acordás cuando pensaba que no me iba a ir más? Yo... pensaba… que no me iba a ir nunca de acá. Y escuché que se abría una puerta, pero Agustín seguía estando en mis brazos.

agua de color gris metálico, desangrada contra el horizonte del amanecer que se difumina entre los rayos del sol. Hace frío y está descalzo. Solo tiene puestos los pantalones que usa para dormir y una camiseta vieja de mangas cortas. No sufre mucho el frío. Agustín, en

Andrés está sentado sobre la arena húmeda, mirando al mar. La escena no le gusta: el

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cambio, es súper friolento. Andrés intenta sonreír, pero, en cambio, se le escapa el llanto. ¿Por qué tuvo que perder el control de esa forma? ¿Y Agustín? ¿Acaso la medicación está dejando de hacerle efecto? Andrés suspira y de su boca sale volando una nube de vapor tibio. Está cansado de ser el fuerte de la relación, porque la verdad es que de fuerte no tiene nada. Está cansado de sufrir por Agustín y se da cuenta de que el sufrimiento cambió, se trasmutó, se volvió en una rutina. Y lo peor es que a veces siente bronca. ¿Pero no te tranquiliza saber que todo lo que dice lo dice porque tiene una enfermedad? repite la psicóloga. La pregunta de siempre. Sí, a veces sí. Y a veces no. ¿Y sobre quién más puede Andrés descargar su frustración… si en la casa rodante solo está Agustín? El gato Raulito se acerca con la cola levantada. Tiene más de quince años y está casi completamente ciego. Sus ojos, antes de un celeste diáfano que se mezclaba con el cielo, ahora se ven opacos, como si las nubes de ese paraíso hubiesen tapado el sol. Y tal vez sea así. Andrés se limpia las lágrimas y alarga la mano hacia el lomo de Raulito. El animal lo mira directamente a los ojos y se aparta de su mano. —¿Qué te pasa, marica? —le dice Andrés—. ¿Vos también me vas a romper las bolas ahora? Andá a pedirle perdón a Agustín, parece que dijera el gato, con su turbia mirada amenazante. Andrés no va a ir. Andrés está harto, consumido, hastiado. Andrés a veces quiere poder acurrucarse y que lo consuelen a él. Entonces, la puerta de la casa rodante se abre de golpe. Agustín está ahí, totalmente vestido, con un abrigo entre las manos. No está llorando. ¿Desde cuándo?, se pregunta Andrés. ¿Cuándo dejó de llorar él… y empecé a llorar yo? Agustín se acerca y se sienta junto a Andrés en la arena. Sin decir nada, le pone el abrigo sobre los hombros. Pensando en ti - Mago de Oz

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Biografía
Sofía Olguín escribe novelas, cuentos y poemas de temática LGBT. En 2011 fundó Bajo el arcoíris, la primera editorial LGBT de cuentos infantiles de Latinoamérica. Entre sus publicaciones están Menfis (2011); Todos mis sueños, tuyos (Editorial Stonewall, 2012); y Noches de luna roja (Ediciones el Antro, 2013); además de numerosos relatos en recopilaciones y en descarga gratuita. Es fanática de los gatos, el Kpop y sueña con ser coreógrafa profesional. http://nimphie.blogspot.com

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Sonata N º 9

Atrapados

Nut

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El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos. William Shakespeare (1564-1616) Escritor británico. La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas. Aristóteles (384 AC-322 AC) Filósofo griego.

que no su calor, se colaba entre la maraña de ramas despojadas de hojas de los robles rojos y los abedules, y se reflejaba en la nieve que cubría la tierra con una gruesa y compacta capa. Un aroma espeso a turba y resina, a madrigueras húmedas y agua pantanosa, impregnaba el aire. El cielo, teñido de un deslumbrante celeste, se combaba sobre aquel boscoso rincón del mundo. De cuando en cuando, una formación de ánades rompía su límpida superficie, dejando a su paso un lejano rastro de graznidos. Los dos hombres, encogidos dentro de sus chaquetas forradas de lana, caminaban lentamente, en fila, a pocos metros uno del otro. Lo hacían con el sigilo rutinario del cazador experto. Sus pies, calzados con botas, rompían la frágil superficie de la nieve y se hundían con un crujido corto y amortiguado que apenas rompía la quietud temprana de la espesura. El hálito helado del invierno les abrazaba, y ello daba lugar a que tuvieran la piel del rostro tirante e insensible y que el aliento se condensara en volutas blanquecinas al escapar de sus bocas.

El sol era un disco blanquecino asomando sobre las copas erizadas de los abetos; su luz,

Andrew, siguiendo una costumbre que arrastraba desde adolescente, marchaba tras los pasos de Jared. Siempre le había gustado la libertad que aquel puesto en la retaguardia le proporcionaba para contemplar con discreción el cuerpo de hombros amplios y robustos miembros de su amigo; su pálida nuca, asomando entre el nacimiento del cabello castaño y el cuello de la chaqueta; el caminar prudente con el que solía desplazarse entre la arboleda, el modo sutil en que torcía a un lado y a otro la cabeza para captar cualquier sonido. Pero, lo verdaderamente especial de ir a su zaga, era poder verle girar el rostro hacia él cada poco tiempo para buscarle con aquellos ojos suyos, dos océanos de azul acero, queriendo asegurarse de que le seguía, de que no había extraviado el rumbo y aún caminaban juntos. Cada vez que sucedía, se permitía sentir que para Jared, durante el breve instante en que sus miradas cómplices se cruzaban, nada más que él existía en el mundo. Se oyó en la distancia el repiqueteo de un pájaro carpintero, rápido y tenaz, y un susurro de hojas a la derecha de la senda les hizo volver el rostro a ambos y detenerse en seco. Jared alzó a medias el rifle y escudriñó suspicaz un denso arbusto de arándanos que crecía entre dos fresnos. De repente, un par de pequeños carboneros salieron disparados de la urdimbre de ramas y hojas, y cruzando entre ambos hombres, volaron hasta las copas de los árboles. Jared dirigió el rostro hacia Andrew, y la comisura de su boca pequeña y prominente, como la de un niño obstinado, se alzó a medias insinuando una sonrisa. Andrew no alcanzó a verlo, pero sabía que aquel mohín, tan propio de su amigo como la costumbre de pellizcarse el lóbulo de la oreja cuando reflexionaba o arquear una sola ceja si se sentía molesto, habría hecho nacer en su mejilla un pequeño hoyuelo. Pensó si algo así se heredaba, si el futuro hijo de Jared sonreiría 193

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con la franca camaradería de su padre; y al imaginar la misma boca, los mismos hoyuelos en el rostro infantil del bebé que estaba por venir, un nudo le agarrotó las entrañas y un regusto, acerbo y candente, reptó por su garganta. Se le crisparon las manos, protegidas con unos finos guantes de Gore-Tex, y durante unos segundos el rifle que sostenía con ambas tembló. Jared reanudó la marcha, silencioso y vigilante, y Andrew se apresuró a seguirlo, manteniendo la escasa distancia que los separaba. Sin pretenderlo, recordó la primera vez que su amigo le había dedicado una de sus afectuosas sonrisas. Sucedió el día que ambos fueron de cacería juntos por vez primera, hacía de aquello casi diez años. El padre de Andrew, un tipo bronco, expeditivo y jactancioso, quien disfrutaba vanagloriándose de las cualidades deportivas y varoniles heredadas por su hijo; consideró, tras el catorce cumpleaños de este, que había llegado el momento de iniciarlo en el tradicional pasatiempo masculino en el estado de Maine: el noble arte de la caza. Para ello le compró un vestuario completo, le proporcionó uno de los rifles de su arsenal y lo arrastró una desapacible madrugada hasta el Parque Estatal de Baxter, donde ya le esperaban Jared y su padre. Aunque ambos muchachos tenían la misma edad, acudían a la secundaria de Millinocket y coincidían en algunas clases, nunca se habían prestado demasiada atención. Tras los primeros saludos, efusivos por parte de los dos adultos, viejos conocidos de bares y partidas de caza; forzosos y desganados en su caso, no se molestaron en dirigirse la palabra. Tampoco en el trayecto hasta el lugar escogido para el aguardo ni durante el largo y tedioso lapso de tiempo que estuvieron acechando hasta que el padre de Jared, ya rallando el alba, tumbó de un certero disparo a un majestuoso ciervo. Andrew recordaría siempre aquel animal. La bala le había atravesado limpiamente los dos pulmones, pero cuando el grupo llegó hasta él aún, milagrosamente, respiraba; el sonido grave y ronco de sus estertores arañaba el silencio de muerte que había descendido sobre el pequeño calvero en mitad de la arboleda. Con aquel susurro áspero taladrándole los oídos, Andrew contempló su cuerpo robusto y hermoso, convertido en un fardo exánime de carne trémula, la magnífica cornamenta de múltiples puntas, el pelaje castaño casi bermellón que cubría su lomo; olió el efluvio almizclado que exudaba su piel. —No debemos permitir que una pieza abatida sufra —había afirmado el padre de Jared palpando con un gesto clemente el hocico del venado. Y tras desenfundar el largo cuchillo de montería que pendía de su cinturón, asestó una puñalada en el cuello del animal a pocas pulgadas del pecho. La sangre manó, acuosa y fúlgida, impulsada por los postreros latidos del corazón, y una lengua escarlata, de la que el calor emanaba en forma de blanquecinos vapores, creció bajo el cuerpo del venado, encharcando la tierra pedregosa y helada, que se negaba a beberla. La mirada de Andrew se llenó de aquel rojo palpitante, y un aroma cálido y ferroso se le coló por la nariz hasta la boca, donde el gusto salobre de la sangre le arrancó unas cáusticas arcadas. La vergüenza le hizo tragarse como

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pudo las primeras nauseas, pero al ver cómo el experimentado padre de Jared comenzaba a cortar la blanda carne de los genitales del macho, su visión se oscureció, perdió el resuello y un enjambre de insectos le zumbó en los oídos. Con las tripas vueltas del revés echó a correr, ciego y trastabillando, hasta que alcanzó a sostenerse contra el tronco de un abedul. Soltó el rifle, y con un par de ruidosas arcadas, expulsó lo que le quedaba por digerir del desayuno. Cuando el alivio del vómito le permitió incorporarse y enfocar nuevamente la vista, vio a su lado a Jared. Imaginó lo que debía estar pensando de él, y las pullas y bromas que tendría que soportar a partir de ese momento, y se sintió tan humillado que no atinó ni a pronunciar los insultos que gravitaban por su mente. Pero cuando Jared habló, lo hizo sin asomo de burla: —A mí me pasó lo mismo la primera vez. —Mentira —gruñó Andrew, reacio a bajar la guardia. Entonces, una sonrisa a medio terminar se dibujó en la boca de Jared, y una pequeña depresión apareció en su mejilla. Andrew pensó que era guapo, y al instante, que un chico no debía pensar esas cosas de otro chico, pero que de todos modos Jared era guapo. —No miento, es la verdad. Me mareé y terminé vomitando, y mi padre tuvo que arrastrar al venado y a mí hasta la camioneta. Pero ya no me ha vuelto a pasar. La próxima vez ni te dará asco. —No pienso hacer esto de nuevo —había asegurado Andrew, tajante y belicoso—. Cazar es una mierda. Rememorar sus sentenciosas palabras de adolescente gallito, le arrancó a Andrew una triste sonrisa. Miró el rifle que sostenía y después alzó la vista hacia la espalda de su amigo. Posiblemente, de no ser por Jared, no habría terminado convirtiéndose en un curtido cazador. A su amigo siempre le entusiasmó la caza, a él simplemente le resultaba entretenida; tampoco le enloquecía abatir animales, pero en cambio sentía un especial placer cuando ambos, en la soledad de los bosques, sin más compañía que la mutua, sin ingerencias del resto del mundo, marchaban al rececho de una futura pieza. Entonces Jared le pertenecía, sus miradas, sus gestos, sus palabras, sus sonrisas, eran solo para él. Igualmente, nunca tuvo interés en el baloncesto, pero cuando su amigo ingresó en el equipo del instituto se aficionó a asistir a los partidos, solo para disfrutar con las hábiles evoluciones de Jared en la cancha y los gestos de victoria que este le dedicaba tras una buena canasta; para poder ser el primero en felicitarlo si ganaban y consolarlo invitándole a hamburguesas y refrescos en el centro comercial tras cada derrota. No le gustaba nadar, pero en los calurosos veranos de su adolescencia, le encantaba pasar el día con Jared en Smith Pond, compitiendo para confirmar quién era el más rápido, el más fuerte, el que más tiempo aguantaba la respiración bajo las aguas del lago. En sus años de secundaria, lo único que le importaba realmente a Andrew era el fútbol; lo anteponía a la familia, a las chicas, a los estudios, a cualquier otra actividad por divertida que fuera. Pero si Jared le proponía pasar la tarde juntos vagueando por las calles de Millinocket o matando el tiempo con algún videojuego, faltaba a los entrenamientos sin la más mínima compunción. 195

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Fue durante esos primeros años de amistad con Jared cuando cierta inquietud comenzó a nacer en Andrew. Con el tiempo llegaron las dudas indescifrables, las preguntas sin respuestas, la confusión. Y cuando por fin alcanzó a entender lo que le estaba sucediendo, a interpretar los sentimientos que le inspiraba Jared, el miedo y la vergüenza se presentaron cogidos de la mano y como rémoras, se fijaron a su alma, para nunca más abandonarla. A partir de ese momento, estar cerca de su amigo le provocaba una especie de agridulce desasosiego. Su voz, sus miradas, su cuerpo, su sola presencia despertaba en él unas sensaciones extrañas e involuntarias, peligrosas, insanas, que le inspiraban tanto rechazo como atracción. Pero por mucho que su sentido común le repetía que debía romper con su amistad, que lo conveniente era mantener las distancia, permitir que una separación permanente remendara lo que fuera que se le había roto dentro, no lograba que el corazón le obedeciera, y cuanto más altas sonaban las alarmas dentro de su cabeza, mayor era la necesidad de su compañía. A veces a Andrew le daba por preguntarse cómo habría sido su existencia de no conocer a Jared, y la conclusión siempre era la misma: no sería muy diferente (con los años había comprendido que no podía cambiar lo que era ni culpar de ello a su amigo), pero seguramente sí más fácil. Bajó la vista y contempló las huellas que las botas de Jared iban dejando en la nieve; posó un pie sobre una de ellas sin apenas deformarla, y después el otro, y así caminó un buen trecho. Seguir a Jared, pisar por donde él pisaba; de repente se le ocurrió que llevaba los últimos diez años existiendo a la sombra de aquel hombre, esperando inútilmente y temiendo, que un día se diera la vuelta y le viera de verdad por una sola vez. Porque aquel era su íntimo amigo, el único; su confidente, su camarada, su hermano, quien conocía todos sus secretos. Todos menos el primordial, el que Andrew escondía al mundo en lo más recóndito de su alma junto al miedo y a la vergüenza. Y Jared, ¿qué significaba Andrew para Jared? Desde aquella primera cacería demostró un sencillo y sincero afecto hacia él, que con el tiempo maduró y se volvió incondicional, quizás porque Jared crecía en un hogar plagado de mujeres: cuatro hermanas menores, una madre y por tía una hippy trasnochada; y Andrew vino a llenar el hueco del hermano cómplice que nunca tendría. Ambos se volvieron por entonces inseparables, y no se debía únicamente a los esfuerzos de Andrew por estrechar y mantener la amistad. Igual que este acudía a todos los partidos de baloncesto de su amigo, Jared no se perdía ni uno solo de sus encuentros de fútbol. Si en la escuela castigaban a Andrew por su habitual conducta pendenciera, por incumplir las normas o alborotar en clase, Jared se quedaba junto a él en el aula de castigos, sermoneándole sobre los problemas que su iracundo carácter le ocasionaba o ayudándole a resolver ejercicios de aritmética. Incluso, cuando salía con alguna chica, le pedía a esta que buscara una amiga para emparejarla con Andrew, aunque su amigo, alto, delgado y fibroso; de rostro atractivo, sonrisa seductora y fama de rompecorazones, el quarterback estrella del equipo del instituto; no necesitaba que nadie le sirviera de casamentero. Durante un tiempo salían en pareja. Iban a buscar juntos a sus chicas,

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las llevaban a tomar helados y comer hamburguesas, al cine. Las manoseaban en la oscuridad de las salas o ya de regreso, en los asientos traseros del coche del padre de Jared. Las dejaban en la puerta de sus casas con un beso casto y un «hasta mañana», y retornaban a las suyas, divirtiéndose durante el trayecto de regreso con los comentarios soeces que a uno y a otro se le ocurría sobre su respectiva pareja. Esas relaciones duraban poco tiempo. Enseguida Andrew se cansaba de la chica de turno y terminaba con ella sin más ceremonia que un destemplado «ya no me gustas». Al poco, su amigo, cuya atracción por sus parejas resultaba igualmente transitoria, hacía otro tanto, y durante un tiempo ambos disfrutaban juntos de su recuperada libertad; hasta que una nueva chica embelesaba a Jared, y el juego comenzaba de nuevo. Pero entonces apareció Maggie. A pesar de tratarse de una de las chicas más guapas y populares de secundaria, Andrew no le habría prestado atención de no ser porque un día, durante el almuerzo en la cafetería del instituto, Jared le preguntó: —¿Te has fijado en Maggie Davis? —Y señalando con la cabeza hacia el otro lado del comedor, donde la chica almorzaba junto a otras compañeras, añadió—: Ha pasado las pruebas de animadora. Mira qué bien le sienta la faldita y el suéter. Andrew le dedicó unos segundos a sus bonitas piernas, a los sedosos muslos que la corta falda tableada no podía ocultar; al perfil perfecto de sus pechos adolescentes, medianos y altivos; a su rostro de rasgos de porcelana, a su melena lisa y roja como la arcilla, recogida en una trenza que le caía por la espalda; y de nuevo se concentró en su plato de estofado. —Sí, tiene un par de buenos melones. —Hablé con ella ayer —le refirió, contemplándola abstraído—. Es muy simpática y divertida, me contó que quiere ser bailarina profesional. —¡Vaya gilipollez! —soltó Andrew, se llevó una cucharada de estofado a la boca y masticando entre frase y frase, comentó—: Todas las tías buenas se creen que pueden ser bailarinas solo por su cara bonita. Seguro que termina haciendo striptease agarrada a una barra. El silencio con el que Jared acogió sus palabras le hizo levantar la vista hacia él. Su amigo le observaba con una ceja alzada y una punzante expresión de desagrado en los ojos. —No digas eso de ella —le exigió con ardor—. ¿Tú que sabrás? Es una chica lista y guapa. Conseguirá todo lo que se proponga. Y con gesto hosco, Jared había inclinado la cabeza sobre su plato para no tener que mirarle. Por extraño que pudiera resultar, Andrew no recordaba haber tenido nunca celos de las muchas chicas con las que Jared había salido, pero aquel día, un desagradable pellizco en el estómago le hizo volver la mirada en dirección a Maggie Davis con verdadero odio. 197

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Jared no le pidió salir, como Andrew sospechó que ocurriría, fue aún peor; su amigo se dedicó a rondarla igual que un cachorro necesitado de cariño. La buscaba en los recesos, en el almuerzo, espiaba sus ensayos con las animadoras, la acompañaba a casa, cargando con sus libros como un buen chico; le mandaba mensajes chistosos con el móvil, un entretenimiento que siempre había considerado ridículo; intercambiaban canciones, aunque la música le era indiferente; se recomendaban libros que Jared fingía leer. Andrew sentía que, por primera vez desde que se hicieron amigos, había pasado a ocupar un segundo puesto en la lista de prioridades de Jared, y ello le volvía inseguro y desdichado, y le suscitaba negros pensamientos sobre un futuro en el que se irían distanciando, cada vez pasarían menos tiempo juntos y finalmente su estrecha amistad quedaría relegada a un saludo esporádico al cruzarse en los pasillos. Tales elucubraciones le agitaban el corazón, le hacían perder el sueño y el apetito, y espoleaban su inquietud transformándola en una ira silenciosa. Pero trataba de confortarse pensando que el interés de Jared por una chica solía ser pasajero; incluso de esta, a pesar de comportarse con ella como nunca le había visto hacer con otras, se cansaría. Pero una tarde, durante uno de los encuentros de baloncesto de Jared, Andrew, sentado en la grada como era habitual, vio que durante el segundo descanso su amigo se acercaba al grupo de animadoras. De entre todas destacaba Maggie Davis, con sus mejillas níveas, su cabellera cayéndole sobre la espalda como una cascada flamígera y sus perfectas curvas de quinceañera. Andrew los observó charlar animadamente, carcomidas las entrañas por ese animal ruin, de dientes afilados, que son los celos. Y cuando el arbitro reanudó el partido con un toque de silbato, y jugador y animadora se separaron, Andrew advirtió la mirada enamorada en los ojos de su amigo y la sonrisa leve y tierna que le dirigió a Maggie Davis; y descubrió en aquella sonrisa la misma que Jared le dedicaba a él, la misma que era su consuelo y su tortura, que tantas veces había soñado poder besar y retener entre sus labios y que la miserable realidad siempre le había prohibido; ese gesto íntimo entre ambos que cada vez que contemplaba encendía su corazón, que siempre creyó suyo, suyo, únicamente suyo y de nadie más. Fustigado por una cólera ponzoñosa, se levantó de un salto; abandonó las gradas empujando y apartando sorprendidos espectadores y salió del gimnasio tragándose la rabia y la bilis, y las ganas de gritarle al mundo lo mucho que dolía saber que Jared jamás le miraría como miraba a Maggie Davis, que ya nunca su sonrisa volvería a pertenecerle. Un sonido de rápidas pezuñas sobre la nieve y ramas quebradas, hizo que los dos hombres se detuvieran y se echaran el rifle al hombro. Jared lo vio primero, un joven ejemplar de venado con una cornamenta de diez puntas. Surgió de la espesura a la izquierda de ambos, un poco adelantado y a unos setenta metros, trotando confiado hacia ellos. Apuntaron con sus armas al animal, pero ninguno apretó el gatillo; hasta el más novato cazador sabía que un disparo frontal y en movimiento era una bala desperdiciada. El venado se sobresaltó por su presencia, hizo un quiebro extraño y corrió en perpendicular, alejándose entre arbustos y matorrales. Los dos hombres giraron sobre sí mismos siguiendo la espantada huida, con las 198

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armas preparadas, la adrenalina burbujeando en sus venas y la respiración contenida, a la expectativa de que el animal quedara más expuesto y en una posición que favoreciera el tiro. De repente, por torpeza, por descuido o porque inconscientemente lo buscó, la espalda de Jared apareció en el punto de mira del rifle de Andrew; y en vez de bajar de inmediato el arma, como era imperativo hacer en un momento de tanto peligro, se quedó quieto, muy quieto, con la mente completamente en blanco, sintiendo la presión de la culata en el hombro, el frío contacto del metal en la mejilla, la tensión del gatillo en el dedo, el latir de su corazón, violento y doloroso en el pecho, en las sienes, en el fondo de sus desorbitados ojos. Era tan fácil, tan ridículamente sencillo. «Un trágico accidente», dirían unos. «Tuvo mala suerte. Una pena, tan joven», se lamentarían otros. «Amigos íntimos desde la adolescencia, uña y carne», y añadirían, «si hasta el pobre muerto fue su padrino de bodas. Menudos remordimientos». Jared se volvió y Andrew, asustado, bajó el rifle de golpe. —¿No has tenido un buen ángulo para disparar? —le preguntó su amigo. Andrew parpadeó aturdido y una risa nerviosa le subió por la garganta. —¿Qué? —Cuando se ha escabullido por allí. —Jared señaló a lo lejos, entre los árboles—. Creí que tú estabas en mejor posición para dispararle. Comprendió que su amigo se refería al venado, que había logrado huir sin más contratiempos que un susto, y lamiéndose los resecos labios, negó con la cabeza. —No. Apenas sí he tenido a tiro su trasero. —¿Qué te pasa? —Jared avanzó unos pasos hacia él—. Estás pálido y sudoroso, ¿te encuentras bien? —Claro. —Movió la mano en el aire, restándole importancia a su preocupación. Sentía la boca seca y aún le palpitaba violentamente el pecho, pero logró mostrarse relajado—. Anda, sigamos, o de lo contrario hoy nos iremos de vacío. —Eso no le hará mucha gracia a Maggie —comentó distraídamente, al tiempo que se ponía en camino—. Me dijo que necesitaba carne para no sé qué celebración en la parroquia. «Maggie», pensó Andrew. Jared siempre se refería a ella por su nombre de pila, nunca decía: «tu esposa», «tu mujer», «tu parienta». Siempre era «Maggie», como si el hecho de no hacer constar que era la señora de Andrew Glines, volviera su matrimonio menos real. —Sí, algo me ha dicho esta mañana. No siguió a su amigo inmediatamente. Le temblaban las piernas y las manos, le faltaba el aire y notaba un desagradable vacío en la boca del estomago. Inclinado un poco hacia delante 199

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y con una mano apoyada en el muslo, se permitió unos segundos para recuperarse; después marchó tras Jared, con la mirada baja y el alma estremecida. «Maggie. Maggie», se repetía Andrew mentalmente; rabioso, impotente, tratando de superponer aquel nombre al terror que le inspiraba el recuerdo de la figura de Jared en su punto de mira. Habría querido ser capaz de odiarla, pero ya no le inspiraba ningún sentimiento, ni siquiera odio. Al principio sí; cuando comprendió lo que Jared sentía verdaderamente por la muchacha, la odió con todas sus fuerzas. Por las noches, metido en la cama, se quedaba dormido deseando con fervor y sin rastro de remordimientos que se muriese. No le importaba cómo: un accidente al cruzar la calle, una repentina enfermedad, un asesinato perpetrado por un loco; le bastaba con que al día siguiente la muerte le impidiera regresar al instituto y reencontrarse con aquel nuevo Jared, tan patético y solícito, tan enamorado. Pero la parca se negaba a complacerle y a él la mortificación de los celos le desmoronaba por dentro. Una mañana, siguiendo un impulso repentino, Andrew abordó a Maggie Davis en el pasillo; la tomó por el brazo y sin que ella mostrara ninguna resistencia, pero sí un sincero desconcierto, la llevó casi en volandas hasta una esquina, al amparo de miradas y oídos entrometidos. No tenía muy claro qué iba a decirle. Mientras el calor de su tersa piel le quemaba la mano y escuchaba su acelerada respiración y el repiqueteo torpe de sus pasos, pensó en improvisar algún cuento sobre Jared que dejara en entredicho su idoneidad como novio; algo que lo presentara como un tipo infiel, egoísta, antipático, esas cosas que no le gustaban a las chicas, y que la predispusiera para darle calabazas cuando llegara el momento. Y si no era suficiente para convencerla de que se alejara de su amigo, la amenazaría con contarle que ella era una chica fácil que se había tirado a la mitad del equipo de fútbol en los lavabos del gimnasio y además se pavoneaba de ello. Pero cuando la arrinconó contra la pared y miró por primera vez su rostro, lo que vio le dejó mudo por la sorpresa. Reconoció en sus encendidas y dilatadas pupilas, la misma chispa que semanas antes había observado en los ojos de Jared, y entonces supo el porqué de la timidez con la que Maggie entornaba los párpados para no mirarle, del leve rubor que encendía las pecas esparcidas por el puente de su nariz, del delicado temblor de sus entreabiertos y húmedos labios. Supo por qué su pose era temerosa y también predispuesta, por qué se frotaba las manos y cambiaba impaciente el peso de su cuerpo de un pie a otro, por qué parecía recatada a la vez que coqueta; lo supo con total certeza, y las palabras surgieron de su boca sin haberlas siquiera pensado. —¿Te gustaría salir conmigo un día? —¡Sí! —respondió, tan rápida y enérgica que al instante se avergonzó de su entusiasmo—. Claro —añadió, en un tono más relajado y comedido, sin querer enfrentarlo con la mirada—. Cuando tú quieras. Estoy libre este sábado. —Pues el sábado.

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Andrew se marchó sin añadir nada más ni entender por qué lo había hecho. Llegado el momento, Jared tampoco lo entendió. A la semana siguiente, inmediatamente después de que la propia Maggie Davis le contase lo bien que se lo había pasado con su guapo, divertido y simpático amigo Andrew, Jared fue en su busca. La furia le hacía caminar de un lado a otro mientras hablaba y agitaba los brazos al ritmo de sus frenéticas palabras; la expresión de su rostro viraba de la incredulidad al reproche, pasando por la rabia, y sus ojos miraban a su amigo rebosantes de decepción. Andrew nunca lo había visto tan enfadado con él, no de ese modo. —No sé a qué juegas —le acusó Jared—. ¿Pretendes burlarte de ella o algo parecido? —¿Por qué piensas una tontería así? —Porque Maggie no te gusta —le espetó, señalándolo acusador con un dedo. Andrew se tomó su tiempo para responder. —No entiendo por qué te cabreas tanto. ¿Te gusta a ti? —inquirió, con un tono premeditadamente cínico—. No me lo creo. Si te gustase hace tiempo que le habrías pedido salir. Y no lo has hecho, ¿verdad? Siempre he pensado que te caía bien, nada más. ¿Estaba equivocado? Jared pareció encogerse, empequeñecer, pero su indignación no disminuyó. —A ti no te gusta —insistió, mordiéndose los labios. —¿Por qué estás tan seguro de eso? —inquirió desafiante. Se le acercó, enfrentándolo con una expresión retadora—. Anda, dime. —Porque... porque... Las palabras no terminaban de salir de la boca de Jared. Se le colorearon las mejillas y los ojos se le anegaron de angustia. No pudo sostener la mirada de Andrew y con un gesto de enojada impotencia, se marchó. Estuvo tres días sin hablarle; le evitaba en el instituto, no quiso responder a ninguna de sus llamadas telefónicas y todas las veces que Andrew se presentó en su casa, le pidió a su madre que lo despidiera con cualquier excusa. Al cuarto día, se acercó a Andrew en la biblioteca del instituto; el semblante ensombrecido, la mirada opaca, la sonrisa desaparecida. Se sentó al otro lado de la mesa que ocupaba su amigo y le preguntó en un susurro: —¿De verdad te gusta? Andrew percibió el dolor que emanaba de él y creyó sentir que le traspasaba la piel y se le clavaba en los huesos. En la garganta se le formó un nudo y le ardieron los ojos por el calor de las lágrimas. Quiso decir que no, que no le gustaba ni ella ni ninguna, que lo hacía para mantenerla alejada de él porque le aterraba perderle, porque era cobarde y egoísta y no quería compartirlo con ninguna mujer, con nadie; porque sabía que la amaba como nunca le amaría a él y eso era insoportable, horrible y angustioso, tanto que a veces deseaba morirse. Pensó en 201

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decirle todas esas cosas y más, desahogar por fin su alma, deshacerse de una vez por todas de la pesada carga de silencios y secretos que llevaba dentro, pero no lo hizo. —Sí —mintió; con descaro, con crueldad, con el ácido sabor de la venganza en la boca—. Me gusta. Jared asintió moviendo a penas la cabeza. —Tú a ella también le gustas... mucho. Trátala bien, ¿vale? Cuando se levantó para marcharse, Andrew sintió un miedo helado deslizarse por sus venas. —¿Seguimos siendo amigos? —le preguntó apresuradamente, demasiado alto, y su voz retumbó en la quietud de la biblioteca. Jared le miró por encima del hombro y de nuevo aquella sonrisa imprecisa tan suya le asomó a los labios. —¿Cómo podría dejar de ser tu amigo? La remembranza de ese lejano Jared, triste y resignado, con su sonrisa amistosa y su ingenua pregunta, le hizo a Andrew apretar los dientes. «¿Cómo has podido serlo?», pensó con una punzada de remordimiento. Se detuvo en seco; de repente, la culpabilidad, tan inoportuna, se hizo demasiado amarga y pesada para Andrew, demasiado insoportable, y todo su ser se estremeció sacudido por una sensación de asco. Jared había seguido siendo su amigo, su mejor amigo, a pesar del paso del tiempo, de las mezquindades y decepciones a las que le había sometido, a pesar de Maggie. ¿Y cómo se lo había pagado? ¿Cómo pensaba pagárselo? Andrew sabía que habría resultado muy fácil cambiar el triste presente que vivían; de no haber sido su amor tan egoísta y dañino, tan tristemente ruin, habría sido capaz de conseguir que Jared, su amigo a pesar de todo, el hombre al que tanto amaba, fuera feliz. Se inclinó un poco hacia delante; de nuevo le costaba respirar. Con el antebrazo limpió el sudor que le perlaba la frente. Jared, unos metros por delante de él, no se había percatado de su parada y continuaba la marcha. Le acometió el impulso de huir, de volver sobre sus pasos y escapar de lo que fuera que podría suceder en aquel bosque si seguía adelante. Aún estaba a tiempo, no había manera de cambiar el pasado ni el presente, pero sí el futuro, aún era posible... «No es así», se dijo, y la voz que le habló en la cabeza, su voz, sonó cruel y venenosa. «¿Te has olvidado de Maggie? Sabes que ya no es posible». Se incorporó, esforzándose por alejar de su mente la culpa, la debilidad, el arrepentimiento; exhortándose a recordar la traición y el desamor, su desdicha y a los que consideraba los causantes de ella. Se obligó a pensar en Maggie y Jared juntos, y entonces pudo reunir las fuerzas necesarias para reanudar la marcha en pos de su amigo. En realidad, Andrew nunca había tenido la intención de llevar muy lejos su relación con Maggie Davis. Su burdo plan consistía en salir unos meses con la muchacha hasta que Jared la 202

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olvidara, una posibilidad sobre la que no tenía una clara certeza y sí muchas esperanzas. Mas con el tiempo se fue percatando de lo cómodo que resultaba que fuera su chica. Maggie era siempre, ante la desidia de Andrew, quien proponía cuándo y a dónde ir, qué película ver, qué excursiones planear, con quién quedar; y él se dejaba dirigir, porque prefería no tener que invertir esfuerzo alguno en aquella relación ni en ninguna otra. Maggie no era exigente, tampoco caprichosa y en cambio sí muy paciente y comprensiva, se amoldaba con docilidad y casi entusiasmo a los gustos de él, a sus horarios, a sus hábitos y cambios de humor; y en el sexo, fue ella la que puso los límites que Andrew jamás había querido transgredir con ninguna chica. «Le prometí a mi padre que llegaría virgen al matrimonio», le había confesado, balbuceante y ruborizada, cuando una noche, aparcados en la soledad de un camino secundario poco transitado, confundió las tentativas de Andrew de parecer interesado en su cuerpo con el autentico deseo de poseerla. A Andrew aquella frase, en boca de una chica de dieciséis años y del siglo XXI, le pareció ridícula. Poco le faltó para mofarse de ella, por mojigata y anticuada. Pero la autoimpuesta castidad de Maggie le eximía a él de buscar excusas, y de la desagradable tarea de cumplir con el coito cuando aquellas no surtían efecto. Fingió una moderada contrariedad, la precisa para que ella no se sintiera presionada ni tentada a replantearse sus convicciones, y con cierta impostura, aceptó sus condiciones «porque me gustas mucho». Tiempo después se enteraría, por boca de otros chicos, que la muchacha iba contándole a sus amigas que él era el mejor novio del mundo, porque la respetaba y la comprendía, y nunca la presionaba para tener sexo. Sus compañeros de equipo solían decirle que era idiota, que cambiara de novia, que de qué valía salir con la chica más guapa del instituto si era una estrecha que no se dejaba follar. Él les explicaba que Maggie Davis sabía agradecer espléndidamente su sacrificio, y pasaba a pormenorizarles, jactancioso, sin escrúpulos y con groseros detalles, lo bien que se la chupaba y cómo se la meneaba. En cambio, jamás les refirió que cuando las manos de su novia le masturbaban, conseguía excitarse imaginándolas más grandes, más ásperas, menos titubeantes, como sabía eran las de Jared; que la boca y la lengua de Maggie estimulaban su carne y exacerbaban sus sentidos porque en vez de a ella veía a su amigo arrodillado entre sus piernas, desnudo, con los labios entreabiertos y húmedos, meneándosela mientras engullía su pene y lo devoraba con necesidad y pasión. Ni tampoco compartió con sus compañeros que mientras su novia le guiaba hacia el orgasmo, él no la besaba, no acariciaba su cuerpo, no consolaba su excitación, apenas sí le dirigía un par de rudas sugerencias, porque prefería concentrarse en la irreal imagen de un Jared insaciable, entregado a sus deseos, susurrándole lascivo lo mucho que le amaba. Era cómodo ser el novio de Maggie, sí, y al finalizar aquel curso, su último curso, Andrew descubrió que también provechoso. Meses antes de la graduación, Andrew ya sabía que sus notas medias serían insuficientes para permitirle acceder a una beca universitaria, y que sus méritos deportivos no pasaban de 203

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ser mediocres más allá de las fronteras de Millinocket, por lo que ninguna universidad pujaría por él para tenerlo como alumno y jugador. En el fondo no le importó demasiado perder el tren universitario, no tenía interés por los estudios, tampoco una idea clara de a qué quería dedicar su vida. Fue Maggie, siempre dispuesta a contrarrestar la inacción de Andrew, quien le propuso entrar a trabajar en el taller de mecánica de su padre. —Seguro que si se lo pido, te busca un hueco —le había asegurado con su característico entusiasmo—. Tendrás que aprender desde abajo, pero ya sabes que el negocio de mi padre es próspero... A Andrew no le pareció una mala oferta; le gustaban los coches y el trabajo duro no le asustaba, y el poder disponer todos los meses de un sueldo le aportó un aliciente a su vida: si ahorraba la mayor parte, tal vez él y Jared, llegado el momento, podrían largarse de aquel pueblo que tan poco tenía que ofrecerles. Cuando le contó la propuesta de Maggie a su amigo, a este también le pareció una buena idea. —No es una mala oferta —opinó, y agregó realmente satisfecho—. Además, estaremos trabajando uno al lado del otro. Y así era, porque aunque Jared había conseguido una beca para ingresar en la Universidad de Maine, pretendía compaginar los estudios con el negocio familiar, una vieja ferretería en Aroostook Ave, que llevaba años amenazando con ir a la quiebra. Acudía a clases por las mañanas y regresaba de la universidad, situada a una hora escasa de Millinocket, a tiempo de abrir por la tarde el establecimiento. Después de echar el cierre, pasaba por Talleres Mecánicos Davis, al otro lado de la calle, recogía a Andrew y ambos se tomaban a escondidas unas latas de cerveza bajo el puente de Granite St. Era el momento que Jared escogía para desahogar toda la tensión acumulada durante el día, haciendo partícipe a Andrew de su preocupación por no poder concluir la universidad, su miedo a pasarse la vida siendo un simple tendero. Y Andrew, para calmar su ánimo, le hablaba de esa nueva idea que había convertido en su único objetivo: el futuro viaje sin retorno que ambos emprenderían juntos y que les llevaría lejos de la monótona y mediocre Millinocket, a algún lugar donde las oportunidades les lloverían del cielo y la fortuna les sonreiría. Pero como había temido Jared que ocurriría, en su segundo año universitario, al enfermar su padre de gravedad, tuvo que abandonar los estudios para poder ocuparse de la ferretería a tiempo completo; y cuando Andrew comprendió que con aquella decisión su amigo se ataba en perpetuidad a un futuro sin horizontes, fue consciente de que su destino estaría siempre irremediablemente unido al de Jared. Dejó de fantasear con ilusorias huidas, sin que ello le suscitara un excesivo desencanto (al fin y al cabo lo importante era que él y Jared siguieran juntos), continuó arreglando coches y por pura inercia, permitiendo que Maggie creyera que tenían un porvenir en común. Con el paso del tiempo, la insatisfacción y la rutina se fueron día a día enquistando en las vidas de Jared y Andrew, y ambos dejaron de pensar en el futuro para comenzar a obviar el presente. Ya solo se permitían recordar el pasado como viejos a los que existir se les ha vuelto 204

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fastidioso. Y a pesar de todo, Andrew se consideraba afortunado, porque después del trabajo en el taller se iba con su amigo al Blue Ox a pasar el rato acodados en la barra. Porque los fines de semana trascurrían entre barbacoas o cacerías en mutua compañía. Porque él era la primera persona a la que acudía Jared si tenía un problema o una buena noticia. Porque ninguna mujer lograba enamorarlo ni retenerlo ni apartarlo de su lado. Porque lo amaba, profunda e irracionalmente, y prefería la tortura de poseer solo su amistad, a vivir la desesperanza y la amargura del desamor lejos de él. Por entonces, Andrew, renuente a examinar con detenimiento la forma en la que encaraba la vida, eludía preguntarse cuánto tiempo podría soportar vivir manteniendo sus sentimientos encarcelados. Y si llegaba a pensar en ello se convencía de que la mejor opción era el silencio, el secreto, el amor enmascarado, la sexualidad castrada, la mentira antes que la vergüenza, que la humillación pública, que el rechazo de la familia, de los amigos, de Jared. Por ello se casó con Maggie Davis, para continuar ocultando su equivocada orientación sexual en la larga sombra del matrimonio, o al menos eso era lo que se repetía una y otra vez, aún a sabiendas de que era mentira; y lo hacía porque aceptar sus verdaderas motivaciones le obligaba a mirar cara a cara al monstruo que llevaba dentro. Al principio no prestó atención a las veladas insinuaciones sobre compromiso y boda que Maggie, apenas un año después de concluir el instituto, comenzó a desgranar inadvertidamente en sus conversaciones. Cuando se hicieron más claras y continuadas, Andrew supo que había llegado el momento de poner fin a aquella improductiva relación. No se inquietó en exceso por los sentimientos de Maggie; suponía que siendo como era, una chica guapa y popular, no le costaría mucho esfuerzo superar la ruptura, aunque le constaba que estaba locamente enamorada de él y que ella tenía la certeza de que el sentimiento era recíproco. En cambio sí se preocupó por Jared. ¿Cómo se lo tomaría él? Su mejor amigo y su novia seguían mantenido una estrecha amistad y sabía que Jared aún tenía sentimientos muy fuertes hacia ella. Cuando la miraba en la distancia, sus ojos le delataban; cuando estaban juntos eran sus gestos, sus sonrisas, su tono dulce y cariñoso los que hablaban de su maniatado amor. ¿Qué haría cuando supiera que habían roto? ¿Correría a confortarla? ¿Le ofrecería su hombro, su amistad, su corazón? ¿Y cómo respondería ella? Andrew los imaginó como un par de cursis enamorados, deleitándose en una felicidad que a él se le negaba. Vislumbró un aterrador futuro en el que poco a poco se iría difuminando de la vida de Jared, ocupado este en hacer feliz a Maggie, en convertirla en novia, prometida, esposa; demasiado atareado en formar una familia, criar unos hijos, ser un hombre casado y respetable, como para acordarse de su viejo amigo del instituto. Sus propias divagaciones le atormentaban, y comenzó a padecer por la pérdida y el olvido que aún no se había producido. No lo planeó, como tantas otras decisiones en su vida, tal vez si lo hubiera hecho se habría dado cuenta de la locura que estaba a punto de cometer, de las vidas que quedarían arruinadas por su decisión. No lo planeó, no lo pensó, pero una noche en el Blue Ox, cuando Maggie, alentada por el par de cervezas que se había bebido, dio rienda suelta a su habitual monólogo 205

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sobre futuro y vida conyugal, Andrew le dijo que sí, que se casaría con ella, en una boda con cura, orquesta, padrinos, muchos invitados y un gran banquete; y que cuanto antes la celebraran mejor. Esa misma noche, a un par de copas de la embriaguez, telefoneó a Jared para contárselo; le faltó valor para hacerlo sobrio y en persona. El largo silencio que se produjo al otro lado de la línea, le resultó insoportable. —¿No te alegras por mí? —le preguntó, con cierto desafío en su pastoso tono de borracho. —Tú no quieres casarte con Maggie —fue la respuesta de Jared; directa, tranquila. —Eso es lo que te gustaría, ¿verdad? —le espetó—. Que no nos casemos, que rompamos. Así te la podrías follar a gusto. —No puedes casarte con ella —insistió con voz firme. —¿Por qué? —replicó—. ¿A caso no soy un tipo respetable? Tengo un buen trabajo. Mi sueldo da para pagar todos sus caprichos. Si quiere una casa y un coche se los compraré, y la trataré bien, ¿por qué no puedo casarme con ella? —¡Porque no la quieres! —gritó—. ¡Porque la harás infeliz! —¡¿Y yo?! —bramó Andrew, atragantado por la rabia, la decepción, las lagrimas—. ¡Yo también seré infeliz! Pero eso te da igual. ¡Yo te doy igual! ¡Solo piensas en ella! Andrew no quiso escuchar sus pullas, sus disculpas, sus reproches o lo que fuera que quisiera gritarle, y colgó el teléfono. Ambos se evitaron durante días. Finalmente fue Jared quien acudió a su encuentro, una tarde a la hora del cierre del taller. —Pienso que te estás equivocando —fueron sus primeras palabras—. Pero es tu decisión. Andrew no quiso iniciar una nueva pelea, no deseaba volver sobre el tema ni dar pie a que saliera a relucir la humillante conversación telefónica mantenida entre ambos. Además, le constaba el esfuerzo que le suponía a su amigo hacer esa declaración. El día anterior, Maggie le había explicado, entusiasmada por lo que creía un bonito gesto de preocupación fraternal por parte Jared, que este había tratado de disuadirla del enlace —Cree que somos demasiado jóvenes —le refirió—. Que tendríamos que esperar un poco más. Le he dicho que no tiene que preocuparse por nosotros, que vamos a ser muy felices. Y que él nos entenderá el día que se enamore. Andrew sabía que una respuesta así viniendo de Maggie debía de haberle ocasionado un gran dolor a Jared. Y mayor habría sido ese dolor al comprender que no era capaz de apuñalarla con la verdad, aunque esta fuera la única forma de hacerla cambiar de opinión. Sintió por él una sombría lástima al verlo allí plantado, impotente, dolido, atrapado entre un amor sin esperanzas y la amistad más profunda. Nunca había sido demasiado tarde para echarse atrás, para actuar correctamente y retirarse a donde no pudiera hacer más daño con sus actos rencorosos y sus impulsivas decisiones. En aquel momento aún tenía una oportunidad de hacer algo generoso por Jared, por Maggie, 206

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por él; en vez de ello la dejó pasar, obstinado en no perder lo que no tenía, aferrado con la desesperación del perdedor a unas esperanzas que en su fuero interno sabía que siempre fueron baldías. Y con el recuerdo vívido de su reciente discusión y la amargura que la preocupación de Jared por Maggie y no por él le suscitaba, le pidió que fuera su padrino. Más adelante trataría de convencerse de que lo había hecho porque era lo natural; de no pedírselo, la gente se habría preguntado con suspicacia por qué siendo tan cercanos, no era Jared su padrino. Pero en su fuero interno sabía que lo que buscaba, obligando a su amigo a ser participe directo de eso que llamaba «tu decisión», era dar rienda suelta a una pueril necesidad de revancha, hurgar un poco más en la herida abierta para tratar de paliar su propia mortificación con el sufrimiento del hombre que, aún amando desesperadamente, a veces también odiaba. Jared fue su padrino, sí; aunque no quiso participar en los preparativos y no se dejó contagiar del entusiasmo de familiares y amigos por el inminente enlace, limitándose a ser un deferente espectador. En cambio, durante la ceremonia y después, en el banquete, se mostró afable y animoso, y escuchando su emotivo brindis, nadie habría sospechado lo infeliz que aquella boda le hacía. Mantuvo su pose de perfecto padrino hasta que la orquesta inició el baile. Fue en ese momento cuando se escabulló disimuladamente con un par de botellas de champán, para perderse en la arboleda del jardín que rodeaba el hotel donde se llevaba a cabo la celebración. Andrew no tardó mucho en advertir su ausencia. Desentendiéndose de Maggie y de los invitados, buscó a Jared por todo el edificio y el jardín, y cuando por fin dio con él, lo halló derrumbado a los pies de un roble. Sin corbatín, sin chaqueta, abandonada con despreocupación sobre la hierba junto a sus zapatos; agarrando con cada mano una botella vacía y canturreando Moon River, la melodía que interpretaba en aquel momento la orquesta y cuyas notas llegaban hasta allí empujadas por el viento. Estaba tan borracho que no se percató de la presencia de Andrew. Con la cabeza descansando en el tronco del árbol, miraba hacia el estrellado cielo que la tupida fronda de las ramas dejaba entrever. Una tenue claridad iluminaba su semblante, pálido y sucio, y Andrew, que no se había atrevido a acercársele, advirtió las lágrimas en sus ojos y en sus mejillas. —We’re after the same rainbow’s end1 —cantaba mientras las lágrimas caían por su rostro—. Waitin’ ‘round the bend2... My huckleberry friend, Moon River and me3. Jamás le había visto llorar, ni siquiera en los peores momentos durante la enfermedad de su padre, y la inusitada estampa que componían sus lágrimas, su voz quebrada, su derrotada pose, le sobrecogió hasta el punto de empujarle a huir de aquel luctuoso escenario. Andrew también se emborrachó, hasta tal punto que terminó la celebración sentado semiinconsciente en uno de los retretes del baño del hall del hotel. Dos de sus amigos lo sacaron de allí, y entre risotadas y bromas soeces, lo arrastraron hasta la suite nupcial. Allí se
1 Los dos buscamos el mismo final del arco iris. 2 Esperándonos en la curva. 3 Mi amigo fiel, río de luna y yo.

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lo entregaron a Maggie, que muy a su pesar, al ver el lamentable estado de su recién estrenado marido, comprendió que aquella no sería la romántica noche de pasión y amor que había esperado toda su vida. Lo desnudó con gran esfuerzo; Andrew, desparramado en la enorme cama sembrada de pétalos de rosas rojas, no dejaba de manotear y agitarse, y de gritar incoherencias. Limpió los restos de vómito seco que le manchaba la boca y el cuello, y tras meterlo bajo las sabanas, se acurrucó junto a él, queriendo templar la frialdad de su cuerpo. Hasta la madrugada, maternal, comprensiva, enamorada, veló su inquieto sueño, sembrado de gruñidos y estrofas de Moon River. Andrew detuvo su marcha por el bosque y alzó el rostro hacía las copas de los árboles que, sacudidas por el silbante viento, se balanceaban crujiendo perezosas; las ramas sobre su cabeza le recordaron el enrejado de una jaula. —¡Jared! —llamó. Su amigo, una treintena de metros por delante, se giró algo sobresaltado. —¿Qué? —Descansemos —respondió escuetamente, frotándose la frente con el dorso de la mano. —Tío, ¿qué te pasa? —inquirió Jared, volviendo sobre sus pasos—. Llevas raro toda la mañana. —Tengo resaca —se justificó. —Anoche insististe mucho en que hoy saliéramos a cazar —comentó al llegar a su altura—. Si tantas ganas tenías de pegar tiros, haberte cortado un poco con la bebida, ¿no? Andrew le dio la razón con un leve cabeceo para zanjar el tema. Observó cómo Jared se aproximaba a una roca situada a unos metros, en un pequeño claro entre los árboles, y sacudía la nieve de su plana superficie con un par de manotazos antes de sentarse en ella. Apoyó el rifle sobre los muslos y se palmeó los bolsillos de la chaqueta buscando el paquete de tabaco. Al sacarlo, se lo ofreció a Andrew con un gesto. —¿Quieres? Negó con la cabeza y apartó la vista. Sonó el chasquido metálico de un zippo al abrirse y tras varios intentos, el chisporroteo de la llama al prender. —¿Me lo vas a contar? —inquirió Jared, entre calada y calada. Andrew entrecerró los parpados; el tono cariñoso y amable de su amigo, ese que solía dedicarle siempre que sospechaba que algo le inquietaba, le erizó la piel de la nuca. —Maggie está embarazada. Las palabras surgieron monocordes y sin prisa de su boca. Las sintió en su lengua, pesadas, secas, desabridas. No miró a Jared, pero lo escuchó removerse sobre la piedra e intuyó la tensión que debían haber adquirido sus miembros, el estupor mal disimulado de su semblante ante semejante noticia. —Vaya —dijo este, y añadió tomando una buena bocanada de aire—. Enhorabuena. 208

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Andrew lo miró, con más serenidad de la que había previsto, antes de volver a hablar. —No es mío. Jared dio una calada al cigarrillo eludiendo sus ojos. Su mano tembló casi imperceptiblemente y sus labios se fruncieron en un gesto de incomodidad. —No digas tonterías. Las manos de Andrew se crisparon en torno al rifle que sujetaba a la altura de los muslos. —No es mío —insistió—. Hace meses que no follamos, pero eso tú ya lo sabes, ¿no es así? Seguro que Maggie te ha contado que dormimos separados, que apenas la toco y que cuando lo hago no se me pone dura. Lo ha hecho, ¿verdad? —Andrew... —¿Te ha contado todos los sórdidos detalles? Las charlas condescendientes, los estúpidos remedios caseros, las ridiculeces que se le ocurren para excitarme... —Por favor, Andrew —le interrumpió con brusquedad. —¡¿Por favor?! —estalló, colérico—. ¡Por favor, ¿qué?! ¿Te hago sentir incómodo? ¿Te inspiro vergüenza ajena? ¿Asco? ¿Pena? ¡¿Qué?! Jared inclinó la cabeza y fumó nerviosamente con la mirada baja y encogido sobre sí mismo; la espalda encorvada y los hombros vencidos le hacían parecer pequeño y vulnerable. —No te hagas más daño —susurró. —¡Ja! —le espetó Andrew, desdeñoso—. Bonito consejo viniendo del cabrón que se tira a mi mujer. Sí, sé que eres tú. Y no, no me lo ha dicho Maggie, no hace falta; ella solo pone pucheros y se chupa el pulgar. Jared cerró los párpados con fuerza y se mordió la mano con la que sujetaba el cigarrillo. —Mi mejor amigo —dijo Andrew, en un tono cargado de ironía—. Mi mejor amigo y mi mujer. —Rió sin ganas, echando la cabeza hacia atrás en un teatral gesto—. Parece el guión de un serial barato. Dime una cosa, ¿te sedujo ella o tomaste tú la iniciativa? En silencio, Jared movió la cabeza a un lado y a otro. —¿No quieres contármelo? Creía que tú y yo no teníamos secretos —se burló con aspereza—. Venga Jared, cuéntame; igual que en los viejos tiempos. ¿Cómo es contigo en la cama? ¿Te la chupa? ¿Grita cuando se corre? ¿Se pone a cuatro patas o te monta como a un semental? Jared se incorporó dando un brusco salto, tiró el cigarrillo y echó a andar. Andrew le agarró por el brazo deteniendo su marcha con un agresivo tirón. Jared braceó para liberarse pero su amigo le retuvo, y durante unos segundos los dos se enzarzaron en un inútil y grotesco forcejeo. —¡Suéltame, maldita sea! —gritó. —¡No vas a ninguna parte, hijo de puta! —profirió Andrew aferrándolo con determinación—. No te vas a librar tan fácilmente. 209

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—¿De qué no me voy a librar? —Jared se revolvió, encarando feroz a su amigo—. ¿Vas a darme una paliza? —insinuó—. ¿Para eso me has traído hasta aquí? ¿Para molerme a golpes? ¿O a caso pensabas limpiar tu mancillado honor pegándome un tiro? Asustado de sus propias palabras, Jared enmudeció de golpe. Andrew aflojó de repente la presión de los dedos y casi con temor, retrocedió varios pasos. Ambos, temblorosos, con la respiración contenida, los rostros desencajados y el desasosiego danzando en sus ojos, parapetados tras los rifles que asían con las dos manos, se observaron desde una corta distancia. —¿Es eso? —se atrevió a preguntar Jared—. ¿Vas a pegarme un tiro? —¡No! —gritó Andrew—. ¡No, no! Yo jamás podría hacerte... —¿Daño? —se le adelantó, la voz teñida de amargura—. ¿Jamás podrías hacerme daño? Aquellas palabras cayeron sobre Andrew como pedradas. Las sintió golpearle el rostro, el pecho, el alma, y el dolor le hizo recordar las muchas veces que su egoísmo y crueldad, que su cobardía, habían lastimado a Jared. —No te hagas la víctima —le reprochó, avergonzado de quien era, de lo que había hecho, de lo que estaba haciendo, pero incapaz de arrepentirse—. Aquí la víctima soy yo. ¡Yo! Me habéis tratado como basura. Habéis pisoteado mis sentimientos. —¿Qué sentimientos, Andrew? —inquirió, abatido—. Maggie nunca te ha importado. Nunca la has querido. Un día podría desaparecer y tú ni te darías cuenta. —¡Es mi mujer! —¡Es tu rehén! Andrew abrió mucho los ojos asaltado por un momentáneo desconcierto, y al instante sintió deseos de reír a carcajadas. «Rehén», pensó, atrapando la risa entre los apretados dientes. Esa le parecía una forma muy acertada de definir en lo que su ruindad había convertido a la muchacha, porque eso y no otra cosa era Maggie: una rehén de sus miedos, de sus secretos, de su incapacidad para ser feliz y permitir que otros los fueran. La clarividencia de su amigo le admiraba, pero no le sorprendía, ¿quién si no Jared podía entender sus acciones mejor que él mismo? —¡Esa es buena! —profirió enarbolando una cáustica mueca. Se limpió con el antebrazo el sudor que le perlaba la frente—. ¿Qué tratas de decirme? ¿Te estás justificando? ¿Crees que puedes, que algo de lo que me digas excusa tu traición? Jared sacudió la cabeza, quiso decir algo pero Andrew le interrumpió: —¿Es que no hay más mujeres en este puto pueblo? —exclamó con vehemencia—. ¿Por qué Maggie? ¿Por qué tú y Maggie? ¿Tan poco valor le das a nuestra amistad? ¿Tan poco te importan mis sentimientos?

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—No lo entiendes —se lamentó Jared, mientras caminaba errático de un lado a otro. —¡¿Qué hay que entender?! —se exaltó Andrew siguiendo con la vista su deambular—. ¡Te follas a mi mujer y la preñas! ¿Se me escapa algo? ¡Ah, sí! —agregó con teatralidad—. El porqué. ¿Por qué, Jared? ¿Por qué mi mejor amigo me ha convertido en un jodido cornudo? —¿Por qué? —musitó. Se detuvo y volvió el rostro hacía Andrew. En su opaca mirada no había rabia, tampoco odio ni pesadumbre, solo un hondo cansancio—. ¿Por qué? —repitió. Los brazos caídos a los lados del cuerpo, el rifle pendiendo de una de sus manos—. Por remordimientos. —¿Qué? —Andrew le contempló atónito —Sé que lo correcto habría sido echarme a un lado —admitió Jared. La palidez de su rostro le acentuaba los rasgos, confiriéndole una lúgubre expresión—. Distanciarme de Maggie. Pero no podía abandonarla... como has hecho tú. ¿Quién le quedaría entones? No quieres ver lo sola que está, lo desgraciada y vulnerable que es. O lo ves pero no te importa... —¡Qué sabrás tú! —se revolvió, zaherido. —Sé que se culpa. Que es una mujer que se pregunta qué hace mal, en qué se equivoca, qué error ha cometido para que su marido, el hombre de quien está enamorada, no la desee, no muestre ningún interés por ella, por sus sentimientos. Que se desespera porque no encuentra una explicación. Que sufre porque se cree inservible y desechable. Que necesita sentirse comprendida, deseada, querida. —¡Y ahí es donde entra el buen samaritano de Jared! —se mofó Andrew—. Seguro que te supuso un gran esfuerzo consolar a la pobre esposa desdeñada, ¿verdad? —Se lo debía —afirmó, obviando sus sarcásticas palabras. —¿De qué coño hablas? —De tu infelicidad y de la de Maggie; hablo de que yo soy el responsable. Andrew se sintió acometido por una indefinible inquietud. Retrocedió un par de pasos sin apartar los ojos de Jared. —¿Qué tratas de decirme? —masculló. Jared negó sin energías y se pasó con gesto derrotado la mano por el rostro. —Que lo siento. —Respiró hondo varias veces antes de volver a hablar—. Siento ser la causa por la que no puedes amar a Maggie. Siento no poder amarte como deseas. Una repentina oleada de calor recorrió los miembros de Andrew. Las piernas le temblaron y fugazmente pensó que iba a caer de rodillas al suelo. El fuego se extendió por su pecho incendiándole por dentro; le subió por la garganta, llegó hasta su rostro. Notó la quemazón en la piel del cuello, en las mejillas, en los labios, tras los ojos. Creyó que la cabeza le estallaría en llamas.

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«Lo sabe», se dijo, aunque las palabras le resultaron ajenas, como si alguien le susurrase al oído un secreto. «Siempre lo ha sabido. ¿Cómo no iba a saberlo?». Y entonces, una gélida corriente se infiltró en sus venas extinguiendo el súbito ardor que le atenazaba. Su cuerpo se tenso, sus brazos, sus piernas, sus dedos apresando el fusil, adoptaron una rigidez anormal. Enderezó la espalda exageradamente y alzó la cabeza en una tiesa pose, mostrando el rostro. Una palidez extrema dotaba de cierta luz a su semblante; en él la boca era una línea quebrada, firme y lívida, y los ojos dos inmensos orbes que miraban sin ver. —No te entiendo —dijo, la voz envarada, contenida. —Andrew... —susurró, sus ojos anegados de tristeza buscaron los de su amigo. —¿Qué insinúas? —balbuceó—. ¿Qué siento algo sexual por ti? ¿Que soy maricón? —Por favor... Andrew... —Estás loco —al hablar le tembló la voz y la respiración se le volvió agitada—. Loco, ¿entiendes? ¡Estás completamente loco! —profirió abalanzándose sobre él—. ¡Loco! ¡Loco! Ambos quedaron enfrentados; los cuerpos rozándose, los rostros tan cercanos que podían sentir el aliento del otro en la piel. Jared le sostuvo la incendiada mirada con la serenidad de quien ya no tiene nada que perder. —No sigas, Andrew. No vale la pena. Nunca ha sido un secreto para mí. Andrew se cubrió la boca con una mano y se apartó de él dando un brusco giro. Las nauseas le hicieron doblarse en dos; dio un par de secas arcadas que le arañaron la garganta, pero no llegó a vomitar. Jared trató de sostenerlo por los hombros pero, revolviéndose, lo hizo a un lado con un fuerte empellón. —¡No me toques! —le gritó. Caminó algunos torpes pasos y se detuvo de espaldas, a unos metros de su amigo. —Tranquilízate —le pidió Jared—. No hay nada malo en ser... —¿Un puto maricón? —le interrumpió vehemente, volviendo a medias el desencajado rostro—. ¿Nada malo? ¿Estás seguro? Entonces, ¿por qué no lo has sacado a relucir antes? «Nunca ha sido un secreto para mí» —repitió sus palabras con tono grandilocuente—. ¿Nunca? Si eso es verdad, quiere decir que lo sabes desde hace diez años y te lo has callado. ¿Te digo por qué lo has hecho? Por no pasar por la repugnante tarea de tener que escuchar que sí, que soy maricón, que me van los tíos, que me pongo cachondo... —¡No me importaba! —le interrumpió Jared—. Ni entonces ni ahora. Callé porque era consciente del daño que te habría causado descubrir que yo lo sabía. Y seguiría callado si no te hubieras enterado de lo mío con Maggie, si no me hubieras pedido explicaciones. —Avanzó hacia él unos pocos y lentos pasos—. ¿No lo entiendes, Andrew? Da igual lo que seamos, lo que 212

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pensemos, lo que sintamos; tú para mí eres... —Apretó los labios con un gesto de impotencia, como si de repente se le hubiera olvidado cómo continuar. Inclinó la cabeza a un lado y bajó la vista—. Hubiera querido poder corresponderte —musitó—. Hubiera dado cualquier cosa por poder amarte como tú... No fue capaz de terminar la frase. Se le llenó la garganta de una densa congoja y los ojos de ardientes lágrimas que le hicieron parpadear. —Mentiroso —le acusó Andrew entre dientes—. Mentiroso. Yo también te conozco muy bien. Igual que siempre lo has sabido todo de mí, yo también sé que ella es lo único que te importa. —¡Qué estúpido eres! —le espetó Jared—. ¡Qué ciego y estúpido llegas a ser! —Salvó la corta distancia que los separaba de una zancada y asiéndole con fuerza por el hombro, le obligó a encararlo—. Te quiero, más de lo que quiero a nadie, más de lo que querré nunca a Maggie. ¿Cómo sino hubiera soportado tus mezquindades? ¿Cómo habría permitido que la hicieras una desgraciada? —Tragó aire y se frotó con el puño los húmedos ojos—. Te quiero, a pesar de tu crueldad, de tu egoísmo, de tu inútil orgullo. Eres más que mi amigo, más que un hermano, más que todo eso junto. ¿Por qué no es suficiente? ¿Por qué? Andrew lo contempló con la respiración contenida y una amalgama de dicha y desamparo enroscada en el corazón. Qué absurda le resultaba toda aquella escena. Qué absurda y dolorosa. Claro que Jared le quería, ¿lo había dudado alguna vez? Claro que era la persona más importante en su vida, ¿a caso no se lo había demostrado miles de veces? Tantos años juntos, tantos momentos compartidos, tanta complicidad. Tan unidos, tan inseparables, tan necesitado uno del otro. Tan amigos; tanto como para que Jared no perdiera la confianza en él, como para no despreciarle ni castigarle ni abandonarle a pesar de merecerlo. Jared le quería, sí. Lo sabía como sabía todo de él. Le quería, pero el suyo era un amor fraternal demasiado noble y generoso, demasiado frágil para sobrevivir enfrentado a la vorágine de su propio amor insatisfecho y destructor. —No lo sé —musitó. Sintió que algo se le rompía por dentro y que en el alma se le abría un creciente y helado vacío—. No sé por qué no es suficiente... pero no lo es. Jared se mordió los labios, conteniendo las palabras. —Tú no puedes entenderlo —trató de justificarse Andrew. —Tienes razón. —Meneó la cabeza a un lado y al otro con gesto derrotado—. No puedo. Se echó el rifle al hombro y tras girar sobre sí mismo, comenzó a alejarse de su amigo siguiendo el sendero. —¿A dónde vas? —inquirió Andrew. —Regresemos —le exhortó desabrido, sin detenerse. Andrew le siguió indeciso.

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—Jared —llamó, y ante la indiferencia de este, reiteró—. Jared, para. —¿Qué quieres? —Se volvió hacia él con vehemencia—. Tenemos que regresar. Tenemos... — Hizo un esfuerzo por recuperar la serenidad, por detener las lágrimas en sus ojos—. Tenemos que hablar. Maggie, tú, yo. Por una vez hablar claro de lo que sentimos, sincerarnos. Debemos decidir qué vamos a hacer a partir de ahora. —No —replicó tajante. —¿No? —se sorprendió Jared—. ¿Qué crees? ¿Que podemos actuar como si nada hubiera pasado? ¿Fingir que no sabes lo mío con Maggie? ¿Que no está embarazada? ¿Que nada ha sucedido entre nosotros? —Nuestras vidas ya no serán como antes —se lamentó Andrew extrañamente templado. —¡Claro que no! —exclamó—. Hay un niño en camino. Un niño, Andrew, que no tiene culpa de nada. Los errores son nuestros, las malas decisiones son nuestras, ese niño no tiene por qué pagar por ello. —Avanzó hacia él y posó conciliador la mano sobre su hombro—. ¿No te das cuenta? Tenemos una nueva oportunidad de hacer las cosas bien, de hacer lo correcto. —Le apretó el hombro con cariño—. No eres feliz, Andrew. Ni tú, ni yo, ni Maggie, ninguno lo somos. Por miedo, por orgullo, por inconsciencia, por desidia, ¡qué se yo! Pero no somos felices. ¿No crees que haya llegado el momento de intentarlo, de cambiar el rumbo de nuestras vidas, de darnos una oportunidad? Volvamos a casa. Sentémonos a hablar. Encontremos la manera de seguir adelante, por favor, intentémoslo. Andrew alzó despacio la mano hacia el rostro de su amigo. —Tú y yo. Entre nosotros ya nada será igual —afirmó, rozando con la punta de los enguantados dedos la áspera mejilla de Jared. —No —admitió. Inclinó un poco el rostro para aceptar la caricia de Andrew y trató de esbozar una sonrisa, pero sus labios temblaban demasiado—. No lo será, pero no tiene por qué ser malo. Las cosas cambiarán para bien, Andrew. Lo haremos juntos. —Señaló con el dedo a su amigo y después se señaló así mismo—. Como siempre. —Juntos —repitió Andrew, dejando caer con pesadez la mano. Lo miró directamente a los ojos, aquellos grandes y suplicantes ojos, y le brindó una taciturna sonrisa—. Suena bien. Cambiar. Hacer lo correcto. Empezar de nuevo. Pero yo no puedo hacer nada de eso. No puedo enfrentarme al mundo tal y como soy ni puedo dejar de sentir por ti lo que siento. Juntos, dices. Ya no podremos estar juntos jamás. Mientras éramos amigos, mientras tú fingías no conocer mis sentimientos y yo me esforzaba por ocultártelos, podríamos haber estado siempre juntos. Pero ahora nos separa la verdad. —¡Por Dios Santo, Andrew! —Jared lo agarró por los hombros y le zarandeó—. ¿Qué verdad nos separa? ¿Que eres gay? ¡Te he dicho que no me importa! —¡Pero a mí sí! —profirió, deshaciéndose de su agarre con un violento tirón—. ¡A mí me importa! ¡A mí! —voceó mientras se golpeaba el pecho con el puño—. Me importa tu 214

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condescendencia, tu compasión. Que no puedas amarme. Que vayas a tener un hijo con Maggie. ¡Me importa ser un maldito maricón y que tú lo sepas! —estalló. La mirada azul de Jared se endureció y su expresión se tornó hostil. —Y entonces, ¿qué? ¿Qué hacemos ahora? —inquirió con acritud—. ¿Para qué hemos venido hasta aquí? ¿Qué esperabas que sucediera? ¿Creías que nos daríamos de golpes y después volveríamos a casa como si tal cosa? No podemos fingir que nada ha pasado, tampoco podemos enfrentar la verdad. ¿Qué hacemos entonces? ¿Nos quedamos aquí para siempre? ¿En mitad de la nada? ¿Qué hacemos, Andrew? —insistió abriendo los brazos y mostrándole las manos en señal de impotencia—. ¡Dime qué hacemos! Andrew no respondió, ni siquiera lo intentó a pesar de que sus labios entreabiertos parecían congelados en mitad de una protesta. No se apreciaba tensión en su cuerpo, apenas sí la fuerza necesaria para mantenerlo erguido. Su lívido rostro había perdido toda expresión, incluso sus ojos parecían vacíos de luz. Jared tampoco habló. Ambos, inmóviles como heladas estatuas, se contemplaron. Se miraron en los ojos del otro tratando de hallar consuelo, y por primera vez en sus vidas, solo encontraron silencio. —¡Maldito terco! —masculló con amargura Jared. Dándole la espalda, echó a andar enérgico, hundiendo las suelas de las botas en la nieve. —Ya nada será igual —oyó decir a Andrew—. ¿Entiendes? No se volvió. Continuó caminando con la vista al frente, los puños apretados, los labios fruncidos en una mueca amarga. —¡Perdóname, Jared! —le pidió, elevando la voz para que pudiera oírle—. ¡Pero nada sería igual! Siguió avanzando e ignorándolo, furioso con él, consigo mismo. —¡Te quiero! Fingió no escucharlo. Fingió que no le herían aquellas palabras. Fingió que no quería detenerse y prosiguió su marcha. El disparo restalló en la quietud del bosque rasgando el silencio. Una bandada de cuervos remontó el vuelo desde la copa de un árbol y sus graznidos de protesta sofocaron el sonido de un cuerpo derrumbándose sobre la nieve. Ruidosos, se alejaron perdiéndose entre el follaje, y la calma retornó poco a poco al bosque. —¿Andrew? —llamó Jared parpadeando aturdido—. ¡Andrew! —gritó No se volvió a pesar de no obtener respuesta, no hacía falta. Sabía por qué no le contestaba, sabía lo que hallaría si giraba la cabeza, y esa certidumbre se transformó en un frío inhumano que le invadió los miembros, recorriéndole las venas y filtrándose como un veneno hasta lo más profundo de su corazón. Le fallaron las fuerzas y se le doblaron las rodillas, lo que le hizo trastabillar hacia delante y que el rifle resbalara de su hombro cayendo de golpe al suelo. No 215

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intentó recogerlo cuando recuperó el equilibrio. A pesar de los estremecimientos que sacudían su cuerpo se mantuvo en pie, con los hombros hundidos, las manos aferradas a las perneras del pantalón y la nublada vista al frente. —¡Andrew! —clamó alzando el rostro al cielo; y su voz desgarrada llenó de ecos el bosque. Cuando se hizo el silencio, una paz luctuosa le envolvió igual que un sudario y durante unos instantes solo fue conciente del gélido dolor que petrificaba su alma. —Te equivocas —dijo despacio, sin levantar la voz—. Te equivocas, Andrew. Dio un torpe paso adelante y después otro. —Nada va a cambiar. Nada. —Una blanda sonrisa acudió a sus labios—. Vamos a volver a casa, a almorzar con Maggie, como siempre. Y esta noche nos iremos al Blue Ox a beber cerveza, y después buscaremos a los chicos y jugaremos al billar en casa de Ted. Continuó caminando, alejándose poco a poco mientras las lágrimas que escapaban de sus velados ojos le calentaban las mejillas, y las palabras de su soliloquio le helaban los labios. —Todo sigue igual, Andrew. Mañana me ayudaras con las cajas del almacén. Te dije que necesitaba que me echaras una mano, ¿recuerdas? Y el fin de semana que viene nos iremos de pesca. Hace mucho que no vamos a pescar, mucho. ¿Ves? Todo sigue igual... Una ráfaga de viento sopló con ímpetu llevándose consigo las palabras de Jared. Él, ajeno a los árboles y sus sombras, a la luz taciturna del sol, a la vida agazapada en la espesura, al sendero, al crujido de sus pasos sobre la nieve, a la realidad; prosiguió su ensimismada marcha sin destino, distanciándose cada vez más del cuerpo inerte sobre la nieve, de la sangre que teñía de carmesí su alba superficie, del hombre que fue su mejor amigo. Moon River - Andy Williams

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Biografía
Nut nació en Andalucía hace ya unas (muchas) décadas. Aficionada a la lectura, le gusta leer casi de todo, pero a la hora de escribir prefiere el género homoerótico. Comenzó a crear historias siendo una niña, aunque no terminaba ninguna. Tuvieron que pasar algunas décadas (muchas) hasta que por fin logró concluir una novela larga, Juegos de Seducción, publicada por Ediciones Babylon en el 2010. Actualmente, tiene editado con la misma editorial De amor y otros pecados, una antología de relatos, y Juegos de Amor, un spin off de Juegos de Seducción. Blog: http://medianocheeneljardin.blogspot.com.es/ Facebook: https://www.facebook.com/nut.chan.3 Twitter: https://twitter.com/nut__ Google +: https://plus.google.com/113282271483178529848/posts Ediciones Babylon: http://tienda.edicionesbabylon.es/es/

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