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Nueve Sonatas Literarias

Historias homoeróticas inspiradas en la música
Historias homoeróticas inspiradas en la música

AuroraSeldonAya+NatsuAthaliaBryAizooCarolLeons

FreyaKarsteinHendelie+NeithMerGonzálezSofíaOlguínNut

Los derechos de cada relato contenido en este recopilatorio están reservados

a sus respectivos autores. Este recopilatorio puede distribuirse y compartirse

de manera totalmente gratuita, pero si deseáis hacer algún uso de las

historias contenidas en su interior en forma de obras derivadas, por favor,

poneos en contacto con el autor respectivo.

Sonatas

Sonatas 1. Todo fin es un comienzo - Aurora Seldon 4 2. El destino de un
Sonatas 1. Todo fin es un comienzo - Aurora Seldon 4 2. El destino de un

1. Todo fin es un comienzo - Aurora Seldon

4

2. El destino de un Ihnea - Aya & Natsu Athalia

39

3. Cielo de invierno - Bry Aizoo

58

4. La última partitura - Carol Leons

86

5.

Linus - Freya Karstein

94

6. Los condenados - Hendelie & Neith

121

7. Rara avis - Mer González

150

8. La rueda del tiempo - Sofía Olguín

163

9. Atrapados - Nut

192

Sonata N º 1

Todo fin es un comienzo
Todo fin
es un comienzo

Aurora Seldon

Nueve Sonatas Literarias

Y sé que las estrellas también se acaban con muertes violentas y estallidos celestiales. Pero como todo es relativo en este Universo, todo fin es un comienzo y una supernova crea un púlsar.

1

La Escuela Naval estaba muy tranquila ese lunes 16 de diciembre. El año lectivo se había clausurado el viernes anterior y los pocos cadetes que quedaban ya se habían retirado a sus habitaciones después del toque de silencio a las diez de la noche.

El Capitán de Corbeta Óscar Falcón sentía orgullo cada vez que entraba en sus modernas instalaciones, en el distrito de La Punta, uno de los lugares de Lima que más le gustaba por su cercanía al mar.

Era un hombre solitario de costumbres fijas. Su rostro curtido por el sol era severo la mayoría de las veces. Sus ojos negros, siempre atentos, podían ser como una noche en calma o como una tormenta cuando estaba enfadado. Llevaba el cabello castaño muy corto, casi al rape, porque le era más cómodo. Pasaba mucho tiempo en actividades al aire libre y odiaba el trabajo de oficina. Los cadetes lo respetaban y le temían por partes iguales, ya que sus castigos eran rigurosos, aunque se le consideraba justo.

Estacionó su vehículo y al bajarse la brisa le trajo el olor del océano que tanto amaba. Se sentía en paz, lejos del Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro, conocido como el VRAEM, en pleno corazón de la selva peruana y centro de operaciones del narcoterrorismo en el país.

«Estuve en el infierno y volví», se dijo una vez más, aunque después de seis meses de tratamiento psiquiátrico y dos más de descanso, aún tenía pesadillas algunas veces y se levantaba buscando su armamento.

Tomaba su estancia como instructor en la Escuela Naval como unas breves vacaciones del fuego cruzado en los ríos de la selva y procuraba aprovechar al máximo su tiempo junto al mar. Era el cuartel de invierno donde curaría sus heridas y lo estaba logrando con la disciplina férrea que se había autoimpuesto. Por eso vivía allí y sólo salía algunas noches para dormir en su departamento.

Se encaminó al Edificio Aguirre, donde estaba su dormitorio, paseando con lentitud, como adueñándose del lugar con cada paso que daba. Saboreaba esos momentos de paz y silencio, cuando todo el mundo descansaba. El patio de maniobras, de casi dos mil metros, estaba desierto. Al fondo, la imponente estatua del Gran Almirante Miguel Grau Seminario custodiaba el lugar.

Hizo un saludo marcial a la efigie bajo la cual estaba el mausoleo del héroe y notó una luz. Era algo inaudito. La tradición de la Escuela Naval señalaba que nadie podía atravesar el patio

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de maniobras, ni cortar camino por la losa de granito que llevaba al mausoleo y mucho menos entrar allí sin autorización.

Y allí estaba esa impertinente luz que delataba a un infractor.

Falcón se encaminó allí con paso rápido, concentrado en atrapar al cadete que seguramente habría osado profanar el sagrado lugar.

Faltaban unos metros para llegar cuando la luz se apagó. Se detuvo, atento, esperando que el intruso saliera a hurtadillas, pero los minutos pasaban y nadie aparecía.

Avanzó decidido, atravesando la explanada de mármol y bajó las escaleras que llevaban al mausoleo. Encendió la luz.

No había nadie.

—¿Quién está allí? —preguntó y sólo le respondió el silencio.

No había modo de ocultarse en el mausoleo y estaba seguro de que nadie había salido o se habría topado con él en el camino.

—¿Mi capitán? —El cadete de turno estaba de pie junto a la escalera, sin atreverse a avanzar más. Se llamaba Ricardo Trelles, uno de los pocos cadetes de tercer año que se había quedado en la escuela. Un muchacho alegre e ingenioso, aunque en ese momento tenía la cabeza gacha, como si quisiera ocultar su rostro.

Falcón lo escrutó en silencio. Sus ojos estaban enrojecidos y seguía empeñado en mirar hacia abajo. El oficial apagó la luz y comenzó a subir las escaleras.

—Vi una luz y vine a investigar. ¿Vio a alguien?

—No, mi capitán. Sólo a usted. Nadie ha salido del edificio Grau.

Falcón frunció el ceño. El edificio Grau era el enorme pabellón que albergaba al Batallón Angamos, formado por todos los cadetes. Su puerta principal siempre estaba custodiada por el cadete de turno. Las otras puertas estaban cerradas a esa hora de la noche.

—Entonces debió irse hacia el gimnasio —observó con calma.

Hicieron un rápido registro pero no hallaron nada.

—¿Qué hacemos, mi capitán?

—Revisemos las cintas de seguridad.

Pero la cámara que apuntaba hacia el mausoleo no había registrado nada. La cinta estaba en blanco.

—Quizá fue un fallo en las luces —apuntó Falcón—. Vuelva a su puesto, cadete.

El muchacho obedeció. Su andar mostraba abatimiento y el oficial lo notó. Mientras iba al edificio Aguirre, se preguntó qué le habría pasado.

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2

Ricardo volvió a la pequeña oficina en el primer piso del edificio Grau. Su turno finalizaba a las once y comenzó a anotar en el cuaderno de ocurrencias el incidente con el capitán Falcón.

¿Quién podría haber entrado al mausoleo? No creía que fuera un cadete. La prohibición estaba demasiado arraigada en sus mentes y la amenaza de expulsión era latente. Corría el rumor de que en 2005 dos de ellos habían violado la norma y habían sido expulsados sin miramientos, por la puerta falsa y con una patada en las posaderas.

Ningún cadete en su sano juicio invadiría el sagrado recinto. Pero, ¿un oficial?

Quizá Falcón había inventado toda la historia de las luces para justificar su presencia allí. Era un hombre extraño, muy reservado. Casi nunca reía, aunque ese era el comportamiento habitual para alguien que hacía ocho meses había estado en la zona de emergencia combatiendo contra los terroristas.

Revisó su anotación anterior al incidente. “Bajada de intensidad de luces”, había escrito cinco minutos antes de observar la pantalla y divisar a Falcón bajando la escalera del mausoleo. Quizá tenía razón y el fallo de las luces del Edificio Grau había provocado que se encendieran las del mausoleo. Dejaría una recomendación para que lo revisaran los de mantenimiento.

Se frotó las sienes y se masajeó el cuello. Los recuerdos volvieron y con ellos la sensación de vacío y desesperanza. No quería volver a casa. No podría soportar la cena de Navidad con sus padres y el lugar vacío donde debía sentarse su hermana. Pero Rosa jamás volvería a compartir una cena navideña. No volvería a arrojarse a sus brazos y a ensuciarle el hombro del inmaculado uniforme con su lápiz de labios. Tampoco volvería a decirle lo orgullosa que estaba de él.

Lo último que Rosa le había dicho había sido: “Perdóname, hermanito. Ya no puedo soportarlo”, en una misiva breve que encontraron junto a su cuerpo.

Había tomado una sobredosis de somníferos porque un desgraciado la dejó embarazada y la abandonó y ella no tuvo la fuerza de salir adelante.

Las lágrimas volvieron a inundar sus ojos y un sollozo se le escapó, que fue ahogado rápidamente. El cadete Lazo se acercaba a reemplazarlo en el puesto. Se limpió el rostro y respiró hondo para tranquilizarse y poder hacer el relevo.

Esa noche tampoco podría dormir.

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3

Al día siguiente, Falcón comprendió que algo serio pasaba con el cadete Trelles. Notó su abatimiento durante los ejercicios de remo que solían entusiasmarlo. En su ensimismamiento, el muchacho cayó al agua dos veces y al finalizar se dirigió sin decir palabra a la escuela. Los otros cadetes se quedaron esperando instrucciones.

—Hemos terminado. Pueden descansar —ordenó y los dejó en la playa.

Con paso rápido alcanzó a Ricardo antes de que entrara en la escuela.

—¡Cadete Trelles! —lo llamó. Él se giró.

—Mi capitán. —Se detuvo en posición de firmes.

—¿Se encuentra bien?

—Sí, mi capitán —respondió con energía pero su semblante seguía estando apagado.

—He notado su falta de concentración en los ejercicios. Voy a hacerle una papeleta para que vea al médico.

—No hace falta, mi capitán.

—Yo soy quien determina eso, cadete. Vaya a ducharse y pase por mi oficina.

El muchacho saludó y se dirigió al edificio. Falcón estuvo mirando su figura atlética conforme se alejaba. Era alto y bien parecido. Su rostro delgado solía estar muy atento a sus explicaciones y su risa era frecuente. No era el alumno más destacado, pero ponía empeño y tenía una actitud bastante proactiva que le facilitaría el camino en la marina. Seguramente llegaría a almirante.

Horas más tarde, cuando estaba a solas en su oficina, volvió a pensar en él evocando su espigado cuerpo en ropa de baño cuando hacía prácticas de natación. Apartó el pensamiento con una leve irritación. No pensaría en ello.

Tampoco pensaría en el dolor que le había causado la ruptura con la única persona que creía que lo comprendía. La decepción todavía era amarga, pero el tiempo se estaba encargando de hacerla más llevadera.

4

El médico le había recetado un sedante y aunque no quería tomarlo, Ricardo era consciente de que su cuerpo necesitaba descansar. Además, Falcón lo había exonerado de la guardia y de los ejercicios matutinos para que pudiera dormir un poco más.

Estaba solo en el dormitorio. Sus otros tres compañeros habían vuelto a sus hogares y no regresarían hasta después de Año Nuevo. Eso era bueno porque no tendría que darles explicaciones, sin embargo hacía que se sintiera muy solo.

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El espacioso dormitorio con sus cuatro literas, sus cuatro mesas de trabajo con sus sillas y sus cuatro casilleros por todo mobiliario, se veía vacío e impersonal. El baño donde estaban las duchas y los lavabos estaba inmaculado y nadie tenía que recoger las cosas que Gerardo dejaba siempre regadas por todos lados.

Se comenzó a cepillar los dientes frente al espejo. Se enjuagó la boca y cuando alzó la mirada las luces parpadearon.

“Aquí vamos de nuevo”.

Un cadete lo miraba desde el espejo y lo hizo pegar un respingo.

—Eh…

Cuando volteó notó que no había nadie.

—Pero qué

Salió al pasillo pero estaba desierto. La luz de los retretes siempre estaba encendida y entró a investigar. Tampoco había nadie. Con toda la calma que pudo reunir volvió sobre sus pasos. Le había dado frío y se vistió, para bajar luego por la Escalera N° 4 en dirección al cuarto de guardia.

El cadete Lazo salió a su encuentro.

—¿Qué pasa? Parece que hubieras visto a un fantasma.

Ricardo rió sin ganas y pidió ver las cintas de seguridad de su piso, alegando haber sido víctima de una broma.

—Ahí lo tienes, tío. Nadie ha entrado a tu cuarto. Ahora, ¿vas a explicarme qué te pasó?

—Creí ver a alguien. Debió ser una sombra en el patio. Me voy a dormir.

Recostado en su cama, mientras el somnífero se apoderaba de su mente, pensó en el cadete que había visto. Tenía el uniforme de gala de la marina, pero no llevaba kepí. Era un poco más alto que él con un rostro cuadrado en el que lo primero que llamaba la atención eran sus ojos grandes y sus pestañas espesas. Su expresión atormentada le recordaba su propio dolor.

¿Quién sería? Era muy extraño, porque estaba seguro de que no había visto a ese cadete en la escuela.

5

Falcón estaba de regreso de su carrera matutina por el Malecón Figueredo. Eran las seis de la mañana y el sol se alzaba en todo su esplendor, haciendo su trote más vigoroso. A su derecha estaba el mar con su orilla pedregosa y casi desierta a esa hora; y a su izquierda, las hermosas casonas de la zona, muchas de las cuales conservaban su arquitectura de principios de la república.

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El trote era parte de la disciplina que se había autoimpuesto y que lo ayudaba a superar el estrés post traumático de su experiencia en el VRAEM. Cada paso lo llenaba de la energía necesaria para afrontar el día y era una victoria más en su afán de combatirlo sin necesidad de medicamentos. Los había tomado durante seis meses y cuando notó que le estaban causando una ligera dependencia, los dejó.

“Todo está en la mente”, se dijo. “Todo fin es un comienzo y una oportunidad”.

Esas frases lo habían acompañado en los momentos más difíciles, al igual que su iPhone, donde escuchaba Coldplay. La agradable cadencia de la voz de Chris Martin mientras cantaba Lost!, le hizo recordar al cadete Trelles y su extraña actitud.

“A ese chico le pasa algo”, se dijo una y otra vez. Trelles estaba totalmente ensimismado, decaído. Triste. Sí, la palabra era “triste”.

Sintió lástima por él. Era como una estrella apagándose y quería que su brillo se volviera a encender.

“Como un púlsar”. Sonrió con la comparación. Muchas veces él mismo se había comparado con una estrella decadente que muere con una gran explosión para dejar en su lugar una nebulosa brillante y en su centro una diminuta estrella de neutrones: un poderoso remanente estelar que concentra en su masa todo el planeta Tierra. La prueba de que todo fin es un comienzo.

Pero desde luego, no podía decirle eso a Trelles. Era mejor que el propio muchacho resolviera sus problemas.

Detuvo su trote al divisar a un cadete uniformado en una de las glorietas de madera que había frente al mar.

Murmuró una maldición y se dirigió allí, dispuesto a echarle una buena bronca si descubría que había bebido. Estaba tan atento al cadete que tropezó con una joven que trotaba en dirección opuesta.

—Disculpe —dijo haciéndose a un lado. Ella le sonrió y se alejó sin interrumpir su trote.

Falcón miró hacia la glorieta, pero el cadete ya no estaba. Miró en todas direcciones, mas no había nadie.

Después de dar dos vueltas por los alrededores, volvió a la escuela con una sensación de inquietud que no había tenido en meses.

6

El miércoles por la tarde, Ricardo abandonó la sala de televisión donde otros dos cadetes seguían viendo el fútbol. No conseguía concentrarse. Cuando pensaba en Rosa las lágrimas afloraban a sus ojos y no quería llorar en público. Tampoco quería ir a su cuarto. Le intrigaba el misterioso cadete que había visto en el espejo y no necesitaba una nueva experiencia de algo que no entendía.

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A las cinco salió del edificio Grau rumbo a la biblioteca y se encontró con Falcón.

—Mi capitán —saludó poniéndose en posición de firmes.

—¿Cómo está, cadete? ¿Ya se siente mejor?

—Sí, mi capitán. Me dieron pastillas para dormir.

Falcón frunció el ceño a la primera mención de pastillas. Había tomado tantas que experimentaba un rechazo instintivo hacia ellas.

—¿Su problema es el insomnio?

—No, mi capitán. Pero no descansaba lo suficiente y me las recetaron.

Falcón lo evaluó unos momentos. Se veía más descansado, sin embargo la pena asomaba en sus ojos, amenazando con desbordarse a la primera oportunidad.

—Le daré un consejo gratuito: No tome pastillas. Todo está aquí —apuntó a su sien—. Usted puede controlarlo con su mente, así no las necesitará y se sentirá mejor.

El semblante de Ricardo se endureció.

—Con el respeto debido, mi capitán, usted no puede saber cómo me siento.

Falcón se puso serio también. No debía haberse involucrado. Él estaba allí como instructor, no como psicólogo de cadetes.

—Tiene usted razón. No debí entrometerme. Usted es el único que puede resolver sus problemas.

El labio de Ricardo tembló y apartó la mirada.

—Disculpe

No pretendía ser descortés. Todo esto es tan difícil

Perder a alguien

murmuró con voz ahogada.

Falcón debió irse en ese momento. En esos casos lo correcto era mantener su distancia. Pero había algo en la voz de Ricardo que no le permitía dejarlo allí sin más. Se sorprendió diciendo:

—Lo sé. Sé lo que se siente cuando se pierde a alguien. Pero le diré una cosa: el dolor pasa. Sólo tiene que darle tiempo.

Ricardo le devolvió una esperanzada mirada. Sus ojos estaban húmedos. Falcón se dio cuenta de que si lo presionaba más, se desmoronaría. Optó por darle tiempo para recuperarse.

—Venga, cadete. Caminemos hacia la enfermería.

Avanzaron en silencio y cuando llegaron a la enfermería pasaron de largo, para dirigirse al pequeño embarcadero detrás de la escuela. El aire era tonificante y fresco. Ricardo se relajó lejos de miradas indiscretas, pero seguía sintiendo un dolor casi físico, como si una losa le comprimiera el pecho. Respiró hondo.

—Perdí a mi hermana hace una semana. Por eso volví

No soportaba estar en casa.

Falcón se conmovió ante esa sencilla confesión. Recordó todo lo que había perdido en los últimos meses y tuvo que parpadear rápidamente para apartar los recuerdos.

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—Lo lamento. Pero no debe encerrarse en su dolor

—¿Y qué hago cuando cierro los ojos y los recuerdos me asaltan? —interrumpió Ricardo y las lágrimas bajaron ardientes por sus mejillas antes de que pudiera limpiarlas con su pañuelo.

—Disciplina —dijo Falcón—. Ejercicio. Hasta que el cansancio sea tal que se quede dormido apenas su cabeza toque la almohada.

7

—¡Dos más! —ordenó Falcón y Ricardo alzó las pesas con renovada energía. Estaba tendido en una banca de gimnasia, cubierto de sudor. A su lado, en otra banca similar, estaba el capitán.

Habían comenzado a ejercitarse desde el miércoles por la noche. Ya era viernes y aunque la pena seguía allí, Ricardo había comprobado que la idea de Falcón no había sido tan descabellada como parecía. No necesitaba más pastillas para dormir.

El capitán había sido muy amable al proponerle ese programa de ejercicios. En la escuela lo

conocían por sus arraigados hábitos saludables, como trotar por las mañanas y no beber alcohol ni café. “Disciplina”, decía siempre y Ricardo comenzó a comprender todo lo que encerraba esa palabra para el oficial.

Pero no todo era ejercicio. Después de hacer pesas durante 45 minutos en el gimnasio de los cadetes, se duchaban e iban al embarcadero a las diez en punto. Falcón solicitaba una lancha e iban a patrullar la costa.

No sabía cómo se las había arreglado el capitán para que le permitieran utilizar la embarcación, ni había preguntado. Sabía que lo habían condecorado por acción distinguida y que estaba destacado a la Escuela Naval por estrés post traumático y creía que por eso se le permitía ese paseo diario. Tampoco le importaba. Se limitaba a disfrutar del aire tonificante del mar y de ayudar en lo que pudiera. Falcón hablaba poco. A veces se quedaba inmóvil mirando las estrellas como si quisiera volar hacia ellas y quedarse allí. Ricardo lo miraba. La silueta de Falcón, de pie en el puente de mando, manejando el timón con la precisión de quien lo ha hecho miles de veces, parecía una estatua majestuosa, cincelada con tenacidad y firmeza.

A menudo pensaba en todo lo que habría vivido Falcón en la zona de emergencia, que él

conocía sólo por los vídeos de entrenamiento y por los relatos de los combatientes. Se decía que Falcón se veía bastante entero considerando que había escapado por los pelos de un atentado en el que falleció casi toda su compañía

Lo admiraba por haber salido adelante después de estar “en el infierno”, como solía decir.

Aunque muchas veces también lo odiaba cuando se mostraba inflexible con las rutinas de ejercicios, como esa noche.

—Descanso de cinco minutos —anunció Falcón.

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Ricardo dejó las pesas y se secó el sudor con una toalla pequeña. Era 20 de diciembre y había tomado una decisión que quería comunicarle al oficial.

—Mi capitán, iré a pasar la Navidad en casa.

—Hace bien, cadete. Estoy seguro de que sus padres se alegrarán.

—Eso creo. ¿Y usted irá a ver a su familia?

El silencio le indicó que había sido una pregunta impertinente y estaba a punto de disculparse cuando Falcón habló:

—No tengo familia. Estoy divorciado y no tengo hijos. Mis padres murieron y mi hermana vive en Boston. Me quedaré aquí.

—Entonces lo llamaré para saludarlo —ofreció Ricardo.

Falcón no dijo nada. Lo que había comenzado con una genuina preocupación por la salud del cadete se estaba convirtiendo en una familiaridad peligrosa. La última vez que se había dejado llevar por sus sentimientos había salido malparado y no quería repetir la experiencia.

Se dijo que se contentaría con los paseos en lancha bajo las estrellas. Esos paseos eran parte de su terapia personal y lo llevaban a un viaje imaginario a una galaxia lejana donde la muerte de una estrella había generado un púlsar. Él manejaba la lancha pero su mente estaba en esa estrella remota en la que querría fundirse y perdurar para siempre.

Quizá había hecho mal en llevar a Ricardo en la lancha, a pesar de que nunca le había contado una fantasía tan íntima que no la había compartido con nadie.

Ricardo lo miró. Estaban sentados en una banca y el silencio se prolongaba. Buscó su botella de agua para tener las manos ocupadas y cuando alzó la vista se quedó paralizado. Frente al espejo había un cadete. Era el mismo que había visto en su dormitorio. Los ojos tristes lo miraban en silencio. La boca se le secó y no pudo articular palabra. Miró a Falcón, que tenía la misma expresión asombrada.

—¿Lo ve? —susurró.

—Lo veo.

El cadete no se movió. Solamente se quedó allí, frente a ellos, durante varios minutos. Pasado el asombro inicial, Falcón logró preguntar:

—¿Quién es usted?

El cadete no respondió. Avanzó hacia la puerta sin que sus pies hicieran ruido y la atravesó.

El silencio sepulcral que siguió fue roto por la voz de Ricardo:

—Mi capitán, ¿cree en los fantasmas?

—Desde ahora sí, cadete.

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8

Ricardo terminó de revisar el anuario de 2004 y se masajeó el cuello. Esa noche, a pesar de su experiencia sobrenatural, había logrado dormir mucho mejor que los otros días. Quizá era a causa del ejercicio o por el hecho de tener algo nuevo en qué pensar. Había acordado con el capitán Falcón que investigaría la identidad del cadete y como el sábado tenía la tarde libre, se había dirigido a la desierta biblioteca, donde un soñoliento bibliotecario le alcanzó varios anuarios.

Había comenzado por 2009, que era el año anterior a su ingreso a la escuela, y siguió con los años precedentes, aunque después de media hora estaba mareado con tantos rostros.

¿Y si el fantasma era mucho más antiguo? ¿Hasta que año debería revisar?

No quería desanimarse, así que desterró esa idea y comenzó a revisar el anuario de 2003 armándose de paciencia y luego tomó el de 2002. Los rostros de los cadetes danzaban ante sus

cansados ojos: cabellos rubios y morenos, caras angulosos y redondas, ojos marrones, azules,

verdes

Algunos habían muerto en el VRAEM. Muertes prematuras e injustas en una guerra que no tenía visos de terminar.

La mayoría de ellos se habían convertido en oficiales de la Marina de Guerra del Perú.

Quizá lo enviaran allí. Quizá con el tiempo se volvería como Falcón.

Sintió un ligero cosquilleo en el estómago. Era una posibilidad remota pero latente. Y pensó que tal vez necesitara esa experiencia extrema para poder entender al capitán.

“Nadie necesita ir al infierno, cadete”, había dicho Falcón cuando se lo planteó días atrás. “Lo hacemos porque es nuestro deber y porque nos sentimos preparados para eso. Pero la verdad es que nadie lo está”.

Con un suspiro pasó la página y comenzó a mirar los rostros. Entonces, en la segunda fila, por fin lo vio: Lizardo José Zurita Valdez. Era él, aunque en la fotografía su rostro se veía sereno y sus ojos no estaban tristes.

Junto a su nombre había una pequeña cruz que le confirmó que estaba muerto.

Cerró el anuario tan fuerte que el bibliotecario le lanzó una mirada desaprobadora.

—¿Encontró lo que buscaba, cadete?

—¡Sí! —Le tendió el anuario—. Gracias, es justo lo que buscaba.

Y sin más, salió en busca de Falcón.

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9

Sabemos su nombre y sabemos que murió después de graduarse —dijo Falcón—. Es algo. Pero tenemos que saber qué le pasó y por qué merodea por la escuela.

—Habrá que preguntar. Seguramente alguien lo sabrá.

Falcón pensó en algunos oficiales que podrían haber estado en la escuela en 2002 pero antes de que verbalizara los nombres, Ricardo se adelantó.

—Puedo preguntar al técnico de enfermería Arce. Está en la escuela desde hace mil años y siempre cuenta anécdotas. Además, me tiene aprecio.

Era una buena idea que libraba a Falcón de hacer preguntas incómodas.

—Hágalo.

Ricardo salió de la austera oficina de Falcón en el edificio Ferré y se dirigió a la enfermería. El técnico Arce estaba leyendo una revista. Le contó que estaba durmiendo mucho mejor pero que tenía problemas para levantarse temprano y quería saber si había algún energizante natural que lo ayudara porque estaba llegando tarde a las prácticas.

Arce carraspeó y le dio varios consejos que Ricardo escuchó con paciencia. Luego comenzó

a relatarle la historia de un cadete que siempre era el primero en formar por las mañanas,

hasta que sus compañeros descubrieron que dormía vestido y lo ataron al catre. Cuando quiso levantarse y no pudo, se armó un escándalo de mil demonios y como nadie se confesó autor de la travesura, todos los ocupantes de ese dormitorio tuvieron que hacer mil sentadillas con excepción del dormilón, que hizo mil quinientas.

—No se preocupe, mi técnico —comentó Ricardo—. Haré lo que me ha dicho y no dormiré vestido. Me han dicho que había un cadete que hablaba dormido y no dejaba descansar a nadie, hasta que sus compañeros lo amordazaron con cinta. Se llamaba Lizardo Zurita. ¿Lo conoce?

El técnico se persignó.

—Lo conocí.

—¿Qué le pasó? —preguntó Ricardo tratando de no parecer demasiado ansioso. Pero no era necesario. Arce no lo miraba. Parecía sumido en sus recuerdos y le contó la triste historia.

—Era un muchacho brillante. Fue Cadete Capitán de Fragata y habría sido un excelente oficial. El día de la graduación, cuando todos estaban en la ceremonia, volvió a su dormitorio

y se ahorcó. Una desgracia terrible.

¡Un suicida! El dolor volvió a oprimirle el pecho. ¿Por eso lo veía? ¿Porque, a causa de su hermana, había estado pensando en el suicidio hasta el punto de obsesionarse?

—Cadete, ¿se siente bien?

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—Sí, mi técnico. La noticia me sorprendió. Nunca pensé que un cadete pudiera suicidarse. ¿Por qué lo hizo?

—Jamás lo supimos. No dejó ninguna nota. Pensamos que podía ser una decepción amorosa pero luego se supo que no tenía novia. Quizá no se sentía preparado para ser oficial y se desmoronó. Ese año la graduación estuvo teñida de luto.

—Me lo imagino. ¿Quién lo encontró?

—¿Por qué lo pregunta, cadete?

Ricardo supo que estaba pasando ciertos límites. El técnico, normalmente tan dispuesto a contar anécdotas, se había puesto muy serio.

—Curiosidad. Es difícil imaginar lo que se siente al encontrar a alguien a quien conoces, muerto y además ahorcado.

El hombre frunció el ceño, dudoso y preguntó a quemarropa:

—¿No habrá visto algo extraño?

—¿Cómo qué? —replicó Ricardo con un nudo en el estómago.

El técnico se sacó los lentes y comenzó a limpiarlos un rato que a Ricardo se le antojó interminable. Parecía estar analizando qué decir y qué no. Entonces comenzó a hablar.

—Verá, no es por asustarlo, pero todo ocurrió en la habitación que ocupa usted ahora. Él dormía en la cama 1. Algunos cadetes han tenido pesadillas y el Capitán de Navío Suárez hizo bendecir el lugar hace un par de años. Es nuestra leyenda urbana, ¿sabe?

—Es algo muy triste como para hablar de ello a la ligera —repuso Ricardo.

—No lo hago —replicó Arce y se volvió a santiguar—. Pobre muchacho, yo le tenía mucho aprecio. Y respecto a su pregunta, lo encontró el cadete Alfonso Rojas. Era su mejor amigo y el golpe le afectó mucho. Estuvo en el VRAEM recientemente y creo que ahora está destacado en la Base Naval.

Ricardo hizo algunas preguntas más y se despidió. Mientras iba en busca de Falcón, no podía dejar de pensar en los ojos tristes de ese pobre chico y en la decisión que lo había impulsado a quitarse la vida.

10

Alfonso Rojas —murmuró Falcón minutos después, evocando el rostro que le había quitado el sueño durante varios meses en el VRAEM—. Qué coincidencia.

—¿Lo conoce?

—Estuvimos en el infierno. Nos evacuaron juntos. Ahora está en la Base Naval, en comunicaciones. Era muy bueno en eso

Nueve Sonatas Literarias

—Entonces usted puede preguntarle…

La mirada de Falcón se endureció y clavó los ojos en Ricardo.

—¿Preguntarle qué, cadete?

—Pues lo que pasó con Zurita.

—Puedo, pero no sé con qué objeto —refutó, sabiendo que estaba siendo odioso. La mención de Alfonso le había hecho recordar el dolor y humillación que le había causado la ruptura de la incomprensible relación que mantuvieron en el VRAEM.

Se hizo un tenso silencio que duró breves segundos.

—¿No tiene curiosidad? —preguntó Ricardo—. ¿No quiere saber qué le pasó al pobre chico para llevarlo al suicidio el mismo día de su graduación? Debe haber sufrido mucho, desesperado y sin nadie en quién confiar. Debe haberse sentido tan solo que… —La voz se le quebró—. Lo siento.

Falcón frunció el ceño.

—Esto va para usted más allá de Lizardo Zurita —dijo en tono neutro.

Ricardo estuvo a punto de contarle lo de Rosa pero se contuvo. Todavía no se sentía preparado para hablar de eso con Falcón y menos cuando le mostraba una actitud hostil.

—Murió en mi cuarto y ahora se me aparece —replicó—. Lo que no sé es por qué se le aparece a usted, mi capitán.

11

Falcón estuvo cavilando todo el fin de semana sobre la conveniencia de llamar a Alfonso. Se habían conocido en el VRAEM y al inicio sintió admiración por él debido a su serenidad. Aunque después de un tiempo notó que lo que le había parecido entereza y templanza no eran otra cosa que incapacidad para tomar decisiones. El ídolo del que creía haber aprendido a tomar las cosas con calma, demostró ser manipulable y débil y el pedestal en el que lo había puesto comenzó a derretirse. Había conservado el cariño hacia la persona, no hacia el oficial, en su afán de mantener a flote la relación. Pero se dio cuenta muy tarde de que no podía desdoblar a Alfonso fingiendo que el amante y el oficial eran distintas personas. Al final, ese cariño también se destruyó.

No se habían visto en meses y no sabía si podría afrontarlo. En el fondo, era consciente de que, si quería culminar con su improvisada investigación, tendría que hablar con él u olvidar todo el asunto. Lo único que hacía era retrasar el momento.

El domingo 22 a primera hora, Ricardo se fue a su casa a pasar la Navidad y cumplió con llamarlo el 24 a medianoche.

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—Oh capitán, mi capitán —dijo parafraseando la frase que Robin Williams hizo célebre en la película “La sociedad de los poetas muertos”.

—Muy gracioso, cadete.

—Lo siento, mi capitán. No quería decir el clásico “Feliz Navidad” y tampoco quise parecer irrespetuoso. Lo dije porque lo admiro mucho.

El enojo de Falcón se aplacó y esbozó una sonrisa.

—¿Cómo lo lleva en casa?

—Mejor. Estamos tristes, pero al menos estamos juntos.

La breve charla lo había reconfortado y pasó el resto de la velada leyendo mientras todos celebraban la Navidad.

El 25 sólo el personal de turno estaba en la escuela y el ambiente, normalmente lleno de actividad, se le tornó deprimente. Había llamado a su exesposa pensando visitarla para no pasar lo que quedaba de la Navidad en solitario, pero por el tono de voz con que ella recibió su saludo, era evidente que su llamada no era oportuna.

De modo que decidió no postergar más su charla con Alfonso, sacó su auto y se encaminó a San Borja, donde vivía.

Mientras conducía, evocó las pocas veces que, aprovechando sus días de franco, había dormido con Alfonso en un hotel de Huancayo. Tenía pesadillas pero, ¿no era eso normal en alguien que venía de la zona de emergencia? Él mismo las había tenido durante meses.

Sólo que en las pesadillas, Alfonso pedía perdón.

Nunca le había tocado el tema cuando estaban despiertos. Cada combatiente del VRAEM vivía su infierno personal y tenían un voto tácito de respetarlo.

Ahora se preguntaba si, en el caso de Alfonso, eso tendría que ver con la muerte de Lizardo Zurita.

Llegó al edificio y llamó al intercomunicador. No había avisado de su llegada, pero estaba seguro de encontrarlo.

Una voz infantil le respondió y lo hizo sentir un poco culpable. Había pensado que Alfonso seguiría separado de su familia, al igual que él, pero por lo visto no era así.

Se identificó y una voz femenina pidió al niño avisar a papá. Ella le abrió la puerta del edificio.

En el ascensor comenzó a arrepentirse de su decisión, aunque era tarde para eso. Cuando se detuvo, salió a un pasillo enmoquetado. El departamento de Alfonso tenía una llamativa corona navideña en la puerta. Era extraño: Alfonso siempre decía que odiaba la Navidad.

Alea jacta est —murmuró mientras llamaba a la puerta. El propio Alfonso le abrió.

Nueve Sonatas Literarias

—¿Qué haces aquí? —preguntó con acritud. En eso no había cambiado: seguía siendo serio cuando se encontraban en público, para que nadie sospechara lo que pasaba entre ellos. Sólo que ya no pasaba nada.

—Eh…, tranquilo —replicó Falcón—. No vine a causarte problemas. —La escena de su ruptura volvió a su mente con toda su crudeza: una pelea donde lo acusó de cobarde por querer volver con su familia y no elegirlo a él—. Sólo quiero preguntarte algo que no tiene nada que ver con lo que pasó en el VRAEM.

—De acuerdo. Pasa.

Se hizo a un lado y Falcón entró, palmeándole ligeramente el hombro.

—Por cierto, feliz Navidad.

El departamento estaba decorado con motivos navideños en alegres tonos donde abundaban el rojo y el verde. En una esquina del salón había un árbol de Navidad lleno de diminutos ángeles plateados y al lado, un Nacimiento. El suelo estaba lleno de juguetes, y Falcón tuvo que sortear un tren y sus vagones, para poder sentarse en un sillón con cojines rojos. Alfonso se sentó frente a él, apartando un reno de peluche.

Una guapa mujer con un niño en brazos se acercó para saludarlo y ofrecerles bebidas.

—Mi esposa Carla y mi hijo Adrián —dijo Alfonso. Falcón la saludó con un beso en la mejilla.

Siguieron felicitaciones navideñas y la mujer desapareció volviendo poco después con una coca cola para Alfonso y un vaso con agua para Falcón.

El televisor de plasma estaba encendido y Adrián se sentó en el suelo para mirar la película del Grinch y no les volvió a prestar atención.

Falcón se volvió hacia Alfonso, que lo seguía mirando con hostilidad, reprochándole haber interrumpido su remanso de paz familiar.

—Seré breve —dijo—. Estoy destacado a la Escuela Naval y oí una historia respecto a un cadete que se suicidó el día de su graduación: Lizardo Zurita. Sé que tú lo encontraste y quisiera que me contaras lo que pasó.

Alfonso palideció intensamente y lanzó una mirada nerviosa hacia el pasillo por donde había desaparecido su esposa.

—¿Por qué? —cuestionó con aspereza.

—Porque tengo un cadete muy angustiado, con insomnio y pesadillas, que afirma haberlo visto.

Alfonso rió pero su risa no fue convincente.

—¿Crees en los fantasmas? ¿Tú?

—Desde luego que no. Pero pienso que si le ofrezco una explicación razonable se calmará y olvidará el asunto.

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Su respuesta le pareció creíble incluso a él. De hecho, era lo que habría pensado si él mismo no hubiera visto a Lizardo en el gimnasio.

Alfonso parecía impaciente por deshacerse de él, y como el único modo de hacerlo era contándole la historia, Falcón se acomodó en el sillón y se dispuso a escuchar. Al cabo de un rato, Alfonso comenzó a hablar:

—Era un amigo muy cercano, pero no tengo idea de qué le pasó. Estaba un poco decaído, pero no le dimos importancia. Todos teníamos emociones encontradas por esos días: Acabar la escuela, separarnos, una vida nueva No sé qué pasó por su cabeza. De pronto se ausentó de la ceremonia y me pareció extraño así que, como no volvía, fui a nuestro cuarto y allí estaba Se había colgado de la lámpara del techo con una cuerda, subiéndose a la litera superior y saltando desde allí. Su cuerpo todavía se balanceaba cuando lo encontré.

La pena se le notaba en la voz y no lo había mirado una sola vez. Hablo en voz baja, ligeramente inclinado hacia Falcón, sin quitar la vista del pasillo.

—Lo siento. Debió ser terrible.

—Lo fue. Aún lo veo en mis pesadillas. Grité para llamar al cadete de guardia y traté de bajarlo, pero no pude. Entonces llegó con otras personas… No recuerdo muy bien quiénes eran Lo pusieron en su cama y lo cubrieron con una sábana. Me quedé con él hasta que se lo llevaron. No fui a la ceremonia, no podía estar allí.

—¿No había nota de suicidio?

—No. Nadie encontró nada. Sé que sus padres pusieron una demanda pero no prosperó — Alfonso estaba recobrando su aplomo—. Y ahora que ya tienes lo que viniste a buscar, ¿quieres dejarme pasar la Navidad con mi familia?

Falcón no discutió. Simplemente se puso de pie y le hizo un saludo militar.

—Despídeme de tu esposa.

12

El 26 por la tarde, Falcón volvía del edificio Pardón, donde se realizaban las prácticas deportivas. Había estado entrenando en solitario hasta que le avisaron que lo buscaba la madre del cadete Trelles. Un escalofrío le recorrió la columna, pensando que podía pasarle algo a Ricardo.

La mujer se parecía mucho a él, rondaba los cuarenta y tenía los mismos ojos almendrados. Vestía con sencillez y buen gusto, aunque su atuendo era negro. Apenas lo vio, lo saludó con una deslumbrante sonrisa.

—¿Capitán Falcón?

—A su servicio, señora Trelles.

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Se estrecharon las manos. Él la invitó a sentarse en la sala de espera de oficiales.

—Quiero agradecerle lo que ha hecho por Ricardo, capitán.

Un inesperado rubor tiñó sus mejillas. Nunca habría pensado que el muchacho hablaría de él con sus padres.

—Er… Sólo hice lo que debía, señora.

—Seguramente, pero de todos modos quiero agradecérselo. Nuestra familia sufrió un durísimo golpe con el suicidio de mi hija menor y Ricardo fue el más afectado. Se ha estado culpando y ni siquiera quería venir a casa en Navidad. Ahora lo noto más tranquilo y me habla mucho de usted.

El rubor se acentuó y Falcón quiso salir de allí y que la tierra se tragara a la madre de Ricardo. Se forzó a tranquilizarse. La mujer había dicho algo que explicaba muchas cosas.

—¿Su hija se suicidó? ¿Cuándo ocurrió?

—Hace dos semanas. ¿No se lo dijo Ricardo?

—Me dijo que había perdido a alguien y que por eso estaba tan abstraído. Pero no me dio detalles.

—Estaba embarazada —replicó ella con tristeza—. Nos dejó una nota explicando sus motivos y estamos tratando de vivir con eso. Me preocupaba Ricardo, pero gracias a usted lo noto más tranquilo. Es usted un ejemplo para él. —Se puso de pie—. Debo irme.

Se despidieron y cuando ella se fue, Falcón se quedó pensando. Podía entender que Lizardo Zurita se le apareciera a Ricardo. Había vivido en la misma habitación y dormido en la misma cama. Además, los conectaba un suicidio. Pero la pregunta que Ricardo le había hecho seguía sin respuesta.

“¿Por qué a mí?”

¿Sería a causa de Alfonso? Tenía la sensación de que su colega no había sido del todo sincero, pero también podían ser impresiones suyas. Era lógico que se sintiera incómodo con la visita intempestiva de su ex en la intimidad de su hogar.

13

La tarde del 27 de diciembre, Ricardo volvió a la escuela. Como era viernes y no tenía trabajo asignado, se cambió y se fue al gimnasio. Poco después se encontró con Falcón, que iba a navegar.

—Mi capitán —saludó.

—Buenas tardes, cadete. ¿Se encuentra mejor?

—Sí, mi capitán.

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—Entonces venga conmigo a la Base Naval. Quiero ver cómo avanzan las reparaciones de mi corbeta.

Ricardo lo siguió sin atreverse a preguntar más hasta que se encontraron en el mar, lejos de oídos indiscretos.

—Mi capitán, ¿averiguó algo?

La voz de Falcón se elevó sobre el ruido del motor.

—Hablé con el teniente Rojas. Me contó que Zurita era su mejor amigo y la impresión que

se llevó al descubrir el cadáver. Dijo que le sorprendió como a todos, porque Zurita deseaba

con toda el alma servir al país. Quizá por eso se ha quedado en la escuela averiguaremos más.

Ricardo consideró esas palabras por un momento. No hacer nada equivalía a rendirse y no quería hacerlo. No había podido ayudar a su hermana, pero el espíritu de ese cadete no descansaba en paz. Se acercó a Falcón.

Temo que no

—Quizá algo lo ata aquí. Tenemos que encontrar su tumba y quemar sus restos.

Falcón lo miró estupefacto.

—¿De dónde ha sacado esa idea, cadete?

Ricardo se ruborizó.

—Supernatural. —Las cejas de Falcón se alzaron más—. Los Winchester Es una serie

¿Sam y Dean?

—¿Quiere que profanemos una tumba porque lo vio en la televisión?

—No es del todo ficción y hace un recuento de varios mitos populares —se defendió Ricardo—. Tiene cierta base, porque estuve investigando. Además, no puede negar que vimos un fantasma. Sólo es una idea, es mejor que estar allí sin hacer nada.

—Hicimos lo que estaba a nuestro alcance, cadete. Será mejor dejarlo así —dijo Falcón aunque interiormente no estaba convencido. Cada vez se inclinaba más a creer que Alfonso ocultaba algo, pero no lo pensaba discutir con Ricardo.

No volvieron a tocar el tema. Ricardo se sumió en un obstinado silencio que duró hasta el viaje de regreso. Eran casi las seis y de pronto Falcón detuvo la lancha. A babor estaba el malecón que comenzaba a iluminarse y a estribor, la inmensidad del océano.

—¿Por qué nos detenemos, mi capitán?

Falcón tardó en responder. Ocupado en maniobrar los instrumentos, pensaba en el reproche de Ricardo. Había calado hondo, porque no quería perder la admiración del cadete. Además, no estaba en su naturaleza rendirse.

—Podemos averiguar donde está su tumba y hacerla bendecir. Quizá sirva de algo —propuso.

Ricardo sonrió por primera vez en toda la tarde.

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—Podría ser. Aunque me parece más provechoso descubrir por qué lo hizo.

—Cadete…

—¿Es que no lo entiende? No puede descansar y no sabemos qué le pasó. Deberíamos tratar de ayudarlo…

Falcón caminó hacia la borda y le hizo un ademán para que lo siguiese. Entonces le dijo con calma:

—Cadete, su madre vino a verme ayer. Me contó lo de su hermana. Lo siento mucho pero no debe culparse.

Ricardo se quedó de una pieza. Su labio inferior comenzó a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No pude ayudarla, ¿entiende? ¿Cómo voy a vivir así?

Falcón conocía ese sentimiento. Lo había vivido, sintiéndose culpable por haber sobrevivido al atentado y sus compañeros no. Sufría y se recriminaba día a día, reprochándose no haber planificado mejor el operativo, hasta que el psiquiatra lo ayudó a comprender que la culpa lo estaba inmovilizando. Le dolía aún pero ya no se culpaba. Ricardo tendría que aprender eso por sí mismo.

Lo veía tan desolado que instintivamente lo abrazó y el muchacho se aferró a él con fuerza, como si fuera una tabla de salvación en medio de un océano salvaje. El vaivén de las olas los hizo acercarse más en un abrazo que parecía eterno. Falcón cerró los ojos.

Ricardo suspiró. La brisa del mar lo acariciaba y el sol, ocultándose en el horizonte, lanzaba

sus últimos destellos brillantes como si quisiera imbuirle la fuerza que le faltaba para afrontar la pérdida de Rosa. Los brazos de Falcón lo rodeaban como si quisieran protegerlo del mundo. Quería quedarse allí, meciéndose en el mar, bajo una noche estrellada y después volar hacia

Nos fundiríamos

el firmamento. “Hacia una estrella de neutrones”, se dijo y sonrió. “Pero no allí y moriríamos”.

Las manos de Falcón le masajearon suavemente la espalda, que comenzó a relajarse. Suspiró de nuevo y alzó el rostro para darle las gracias. Sus ojos se encontraron y vio ternura en la mirada del oficial, una ternura infinita que lo envolvía amorosa y le mostraba un lugar al que sólo tenían acceso ellos dos.

“Una estrella de neutrones perdida en el firmamento”, pensó mientras Falcón buscaba sus labios. No se apartó. Por primera vez en varios días sintió que ya no estaba perdido, que ese beso era un regalo precioso y entreabrió los labios para devolverlo, comunicando sin palabras los sentimientos que amenazaban con desbordarse.

Cuando Ricardo lo comenzó a besar, Falcón lo estrechó con más fuerza, como si quisiera fundirse para siempre con él en ese paraíso privado. No pensó en las consecuencias, sólo en sentirlo, en tocarlo, en la certeza de que no podría besar nunca a nadie más de esa manera.

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—Óscar —susurró Ricardo y lo devolvió a su realidad terrenal.

Se soltaron. Ricardo se apoyó en la borda y miró hacia el mar.

—Lo siento. Esto no debió pasar —murmuró Falcón y fue a refugiarse en el puente de mando, para encender el motor y volver a la escuela.

14

Ricardo se recostó en su litera. La misma donde había dormido Lizardo. Miró los tablones de la litera superior: algunos tenían inscripciones hechas con lapicero, como si los cadetes que habían pasado por allí quisieran dejar sus recuerdos. Frases sencillas como “Futuro almirante”, “yo estuve aquí”, “Siempre adelante”, algunos nombres y fechas. Las había leído apenas llegó, pero después de cuatro años ya no les daba importancia. Formaban parte de ese universo que era la escuela y no había vuelto a pensar en ellas.

Sin embargo esa noche, demasiado inquieto por lo ocurrido con Falcón, comenzó a revisar una a una, preguntándose cuál habría escrito Lizardo. Si es que había escrito una.

“Sin ti no soy nada, A.R.

Una gota de lluvia mojando mi cara

Mi mundo es pequeño y mi corazón pedacitos de hielo.”

Reconoció la letra de una canción de Amaral. Era extraño que el cadete despechado que había escrito eso utilizara iniciales en vez del nombre. Quizá su dolor era tanto que no pudiera escribir el nombre de la chica que lo había dejado.

¿Y si fuera Lizardo? Eso podría explicar su angustia.

Miró hacia el techo. Era el lugar donde el muchacho se había colgado y debía haber estado desesperadamente resuelto para hacer algo tan drástico. Su futuro había sido prometedor, pero eso no fue suficiente para darle la fuerza para seguir viviendo. Su hermana Rosa había tomado las pastillas porque no sabía cómo afrontar la pena, la responsabilidad por el niño y la vergüenza de confesar su estado. Pero, ¿Lizardo? ¿Qué podía pesar más que un porvenir brillante en la marina?

Pensó en su propia situación. Estaba afrontando la ruptura de algo que ni siquiera había comenzado. Falcón había evitado referirse al incidente y actuaba como si nada hubiera ocurrido. Pero su beso le había dicho tantas cosas

Tenía miedo. Ambos lo tenían.

Su sexualidad le había preocupado mucho cuando ingresó a la Marina. Sentía deseo por los

cuerpos desnudos de sus compañeros cuando estaban en la ducha y a veces fantaseaba con su relación de camaradería con Gerardo, pensando en algo más romántico.

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Pero nada se comparaba a lo que había sentido con Falcón. Era una sensación de pertenencia tan grande que su rechazo dolía.

Cerró los ojos, tratando de no pensar en eso porque le hacía daño. El sueño fue envolviéndolo poco a poco con su manto misericordioso lleno del rostro de Falcón en medio de un cielo estrellado y lejano.

Despertó con un ligero golpe en la puerta.

—Pase —dijo, con la esperanza de que fuera Óscar.

Pero quien entró fue un hombre joven y guapo, con uniforme de faena. Contó los galones:

era un teniente primero y venía acompañado del cadete Lazo.

—Cadete, le presento al teniente primero Rojas. Tiene permiso del Capitán de Navío Suárez para visitar la escuela.

Ricardo se puso de pie rápidamente y saludó. ¡Era el amigo de Lizardo! Varias interrogantes pasaron por su mente y antes de que pudiera formularlas, Rojas pidió:

—Esta era mi antigua habitación. Cadete, quisiera estar a solas un momento —pidió. Avanzó unos pasos. Se movía como si estuviera dentro de un fluido denso y su rostro pedía a gritos una buena noche de sueño.

—No hay problema, mi teniente.

Ricardo salió y Alfonso cerró la puerta. El cadete Lazo se encogió de hombros y volvió a su puesto.

Ricardo estuvo unos momentos parado frente a la puerta cerrada, pensando que Rojas no tardaría, pero los minutos pasaban y la puerta no se abría.

Se sentó en la banca de cemento que había junto al balcón, resignado a esperar, aunque su espera no duró mucho. Óscar Falcón subió las escaleras con prisa y se le acercó.

—¿Qué sucede, cadete?

Ricardo se puso de pie y saludó.

—Mi capitán, el teniente Rojas me pidió quedarse unos minutos a solas en la habitación.

Falcón se acercó a la puerta. Dentro alguien decía algo que no pudo distinguir. Parecía la cadencia de un rezo, pero era tan bajo que no estaba seguro. Las luces parpadearon brevemente. Entonces un alarido rompió la quietud de la noche.

Falcón se lanzó contra la puerta y la cerradura saltó. Dentro, Alfonso estaba encogido en un rincón, meciéndose de un lado a otro.

—Perdóname, perdóname, perdóname —murmuraba.

Ese era el hombre que lo había abandonado. Se preguntó qué habría pasado con el imperturbable, impasible, incluso indiferente Alfonso, para que perdiera el control de esa manera. Ricardo, el cadete Lazo y otros cadetes habían acudido al oír el grito. Falcón sintió una profunda compasión hacia él. No quería que los muchachos lo vieran así.

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—¡Fuera todo el mundo! Usted no, cadete Trelles. Cadete Salazar, avise al técnico Arce que llevaremos al teniente a la enfermería. Cadete Lazo, vuelva a su puesto.

Ricardo cerró la puerta. Falcón se había inclinado junto a Alfonso y le hablaba despacio.

—No pasa nada. Ya se fue. Iremos a la enfermería y luego te podrás ir a tu casa.

—El armario

¡Estaba allí

!

—No hay nada en el armario —replicó Falcón. La ropa de Ricardo y sus efectos personales eran lo único que había allí—. ¿Lo ves?

—No, no

él

Alfonso comenzó a temblar y Falcón lo ayudó a ponerse de pie. Por un momento el teniente lo abrazó negándose a caminar, pero luego lo hizo, vacilante al inicio y más seguro después.

—Vamos a la enfermería. Venga con nosotros, cadete.

Ricardo los siguió. No entendía por qué Falcón lo había hecho quedarse. Era evidente que podía manejar la situación él solo. Se notaba la familiaridad que tenía con el teniente. ¿Y si lo había hecho adrede? Vislumbró una historia en el VRAEM: una camaradería de armas que había terminado en algo más profundo. Enrojeció de rabia por la humillación que eso suponía. Apretó los labios y entró a la enfermería donde los esperaba el técnico Arce. Seguramente el incidente le daría una anécdota más que contar.

Falcón recostó a Alfonso que parecía más calmado. El técnico le dio una píldora y cerró la cortina que estaba frente a la camilla para darle privacidad.

Ricardo dio media vuelta. Su presencia no tenía ningún sentido allí.

Volvió cabizbajo al dormitorio. Su armario seguía abierto y deseó que Lizardo le hubiera dado un buen susto al teniente. Después de todo, también había sido el armario del muerto.

En el último compartimiento de la izquierda colgaban sus uniformes y debajo estaban sus zapatos, aunque notó que estaban fuera de lugar, como si hubieran sido apartados para hacer sitio. Enfadado por esa intromisión en su espacio personal se inclinó para arreglarlos y notó que el panel de madera del fondo estaba ladeado. Frunciendo el ceño, empujó para acomodar el panel, pero éste se hundió, dejando una rendija entre el armario y el suelo. Metió la mano para sacar el panel y se topó con algo que examinó con asombro.

De pronto comprendió muchas cosas y salió deprisa en busca de Falcón, pero cuando llegó a la enfermería la encontró cerrada y el cadete Salazar le informó que el capitán había llevado al teniente Rojas a su casa.

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15

Falcón conducía en silencio. A su lado, Alfonso también callaba.

—Podrías cambiar de cara —dijo al cabo de un rato.

—Claro —replicó Falcón sin alterar su expresión en lo más mínimo. Siguió conduciendo y aceleró al llegar a la Avenida La Marina, atravesó el puente y continuó sin decir palabra hasta llegar a San Borja. Ignorando deliberadamente a Alfonso, se estacionó en el parque que estaba frente a su edificio.

—¿Y ahora qué? —preguntó el teniente.

—Ahora me contarás lo que pasó.

—Entré a la habitación y me encerré. Y tuve uno de esos episodios de guerra que tú conoces porque también los tuviste —respondió en tono glacial.

—No me refiero a eso —dijo lentamente—. Quiero saber lo que pasó con ese cadete, Lizardo Zurita.

—Se suicidó. ¿Qué puede importarte eso a ti? —exclamó Alfonso.

—Me importa. Y creo que tienes algo que ver. Te conozco, Alfonso. Has cargado con esto por mucho tiempo. Cuéntamelo.

El hombre comenzó a temblar de arriba a abajo y se cubrió el rostro con las manos.

—No lo entenderás.

—Ponme a prueba. —Falcón le apartó las manos del rostro y lo miró directamente a los ojos, demandando una explicación que no tardó en llegar.

—Él era

—¿Tu novio? —sugirió con calma.

Nunca le pusimos nombre, sólo estábamos juntos cuando podíamos y ya

podrás imaginar que era difícil en la escuela. Él esperaba el momento de graduarse para tener libertad porque quería algo más. Comenzó a presionarme: Me regaló una cadena y un dije con medio corazón. Él tenía el otro y me dijo que estaríamos siempre juntos. Cada mitad tenía nuestras iniciales y usé la cadena un tiempo, pero me sentía incómodo porque no podía hacer lo que él quería y se la devolví. Le dije que no podíamos seguir con eso, que pronto nos graduaríamos y tendríamos que hacer nuestras vidas. Él lo tomó muy mal y se deprimió. Fue durante las últimas semanas, cuando todos estábamos pensando en los exámenes. No me di cuenta de lo mal que estaba hasta que hizo lo que hizo

—¡No! Es decir

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Alfonso cerró los ojos. Sus facciones atormentadas le daban un aspecto trágico y desvalido a la vez. Falcón lo miraba con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, evaluándolo.

—Ese día estábamos en el auditorio, en la ceremonia. De pronto dijo que tenía algo que

hacer y se fue corriendo. Como no regresaba, fui a buscarlo a nuestro cuarto y cuando entré, lo

encontré allí

Había una nota encima de su cama y tenía dentro la cadena con los dos dijes y

una canción de Amaral. Tomé todo y lo escondí. ¡Nadie podía enterarse, ¿entiendes?!

—Claro que entiendo —dijo Falcón—. ¿Qué hiciste con la nota?

—La rompí en pedacitos y la eché al inodoro. Pero no podía deshacerme de la cadena y los dijes, así que los escondí en un lugar donde nadie buscaría.

—Ya veo. Pobre chico

Alfonso negó con la cabeza.

—No lo enterraron. Sus padres lo cremaron y arrojaron sus cenizas al mar.

¿Dónde está enterrado?

Allí se iba también la teoría de Ricardo sobre quemar los restos. Alfonso lo miraba esperando una palabra de consuelo. Si lo hubiera mirado así meses antes, quizá su reacción hubiera sido otra. Ahora sólo sentía indiferencia. Comentó con tono seco:

—Supongo que esta noche viste al fantasma.

—E-era

—Sí lo era. Yo también lo vi, en el gimnasio. Es un alma que no puede descansar.

—¡Yo no tuve la culpa! ¡Él quería algo que yo no podía darle!

estaba igual que ese día

Se balanceaba en el techo… No sé si era real

—Lo sé. Lo mismo te pasó conmigo. Tu problema, Alfonso, es que nunca has sido un luchador. Si algo te importa, no peleas por conseguirlo. Solamente te dejas arrastrar por la corriente, culpas a los demás y optas por lo más fácil. Dejar hacer, dejar pasar. —Lo había dicho con calma, sin apasionamientos, sin dolor. Aunque no esperaba que Alfonso lo entendiera, no lo había dicho por él sino por Ricardo. Con esas palabras había terminado de escribir el capítulo de Alfonso en su vida, esta vez para siempre—. Tuviste que elegir y elegiste, pero estoy seguro que en ese momento tú mismo no sabías lo que querías.

—Pero ahora lo sé. —La mano del teniente se posó sobre la de Falcón. Sus ojos suplicaron.

—Me alegro. Tienes una hermosa familia. Consérvala.

Sin añadir nada más, Falcón encendió el motor y esperó que bajara. Cuando lo hizo, arrancó sin mirar atrás.

Nueve Sonatas Literarias

16

Falcón llegó muy tarde a la Escuela Naval y no se arriesgó a buscar a Ricardo. A la mañana siguiente, después de una noche en la que tomó una decisión crucial, fue a su encuentro en el comedor de cadetes a la hora del desayuno.

—¿Cómo estás?

Los ojos de Ricardo se agrandaron por la sorpresa. La ausencia del trato protocolar lo incomodó y miró hacia los lados, pero estaba en una mesa alejada y nadie lo había oído.

—Bien —respondió con sequedad, aunque no era cierto. Esa noche no había podido dormir, indignado y dolido. Había tratado en vano de llamar a Lizardo, al punto de sentirse incluso desplazado por un fantasma.

—¿Cuándo sales?

La pregunta lo tomó desprevenido. En realidad no tenía ningún motivo para quedarse en la escuela. Sólo Falcón.

—¿Por qué?

—Quiero decirte algo y este no es un buen lugar.

Su pulso se aceleró mientras luchaba con la tentación de negarse y zanjar el asunto, y el deseo de contarle a su instructor lo que había descubierto y poner en evidencia a Alfonso.

—Mañana.

—Esta es mi dirección. —Le alargó una tarjeta—. A las nueve está bien.

17

Ricardo llegó puntual y Falcón le abrió la puerta. El departamento quedaba en la plaza mayor, frente a la iglesia, a un par de cuadras de la Escuela Naval. Estaba en el segundo piso de una casa y tenía entrada independiente. El lugar le gustó. Tenía buena vista y la zona era muy tranquila. Con un departamento tan cercano, no entendía por qué el capitán dormía en la escuela.

Tocó el timbre y esperó. No sabía cómo afrontar un encuentro a solas con Falcón. Había imaginado muchos diálogos que sólo habían logrado ponerlo más nervioso. Finalmente optó por actuar según la pauta que le diera el capitán.

Cuando Falcón le abrió, se llevó una grata sorpresa al verlo sin uniforme. Llevaba jeans y un polo con cuello de color azul marino que acentuaba los músculos de sus brazos. Aún vestido de civil, su porte era imponente.

—Mi capitán.

—Hola, Ricardo. Pasa.

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El departamento era pequeño y bien iluminado, con una decoración austera propia de un marino solitario. Se sintió cohibido apenas se cerró la puerta.

—Siéntate, Ricardo.

Falcón se sentó en el sofá y le hizo un ademán para que lo acompañara.

Ricardo lo hizo. Después de una breve vacilación, sacó del bolsillo la cadena y los dijes y se los tendió.

—Los encontré en el armario, debajo del tabique que lo separa del piso. Parece que alguien los escondió allí. Quizá su amigo, el teniente Rojas. Por eso hablaba del armario. Las iniciales coinciden.

Falcón examinó los dijes y descubrió las iniciales. El hallazgo sólo confirmaba lo que le había dicho Alfonso. Lo apretó en la mano, sintiendo cómo los diminutos bordes que partían el corazón se clavaban en su palma. El rostro serio de Ricardo y su tono de hablar, sin inflexiones, como repitiendo algo que había aprendido de memoria, le demostró que estaba molesto.

“Esto no será fácil”, se dijo. Pero, ¿cuando lo que valía la pena lo era? Había estado pensando

en cómo afrontar lo que había pasado con Ricardo. Decidió que la verdad era el único modo.

—No es mi amigo. Fue mi compañero en el infierno; estuvimos juntos algunos meses y

cometí el error de hacer planes para el futuro, pero cuando nos evacuaron de la zona, Alfonso estaba aterrado de dejar a su familia. Yo ya estaba separado y como había pensado seguir con

mi vida junto a él, me llevé una gran decepción. Rompimos en malos términos y me afectó. La

combinación de estrés post traumático y desengaño amoroso me tuvo bastante mal. Tuve una depresión muy fuerte, pero la he superado.

—¿Con disciplina? —preguntó Ricardo, que empezaba a comprender.

—Sí. En parte fue por eso.

—¿Y la otra parte?

—Cuando comencé a salir en la lancha, comprendí una cosa: No importa lo que nos pase, el mundo sigue allí, inmenso, majestuoso. Incluso las estrellas, que pueden vivir milenios, no se apagan sin más. Estallan en supernovas, como para que el Universo sepa que están muriendo, pero no se extinguen del todo

—Crean nebulosas y estrellas de neutrones —completó Ricardo.

Falcón le sonrió. No había esperado que comprendiera sus extrañas ideas y se llevó una inesperada sorpresa que hizo que la sensación de pertenencia fuera mayor.

—A veces quisiera estar en una estrella así —susurró.

—Yo iría contigo —dijo Ricardo sin vacilar.

—¿De verdad lo harías?

Nueve Sonatas Literarias

—Sí. Nos desintegraríamos y formaríamos parte de la energía que mueve el Universo. Dominaríamos el mundo —bromeó.

—Todo fin es un comienzo.

Ricardo se acercó con timidez y lo besó. Fue como una suave brisa demasiado breve.

Falcón dejó la cadena y los dijes sobre la mesita de la sala y le tomó las manos.

—No te mentiré. Esto será difícil. Te queda un año más en la escuela y serán muy pocos los momentos en que podremos vernos. Allí tendremos que seguir tratándonos con distancia.

—Podré con ello —afirmó Ricardo.

Se volvieron a besar con más calma, saboreándose, reconociéndose. Falcón volvió a sentirse pleno después de mucho tiempo. Era como si el mundo le perteneciera otra vez.

—Cuéntame lo que te dijo él —susurró Ricardo rompiendo el beso.

Falcón se lo explicó mientras acariciaba lentamente sus mejillas.

—Alfonso y Lizardo desarrollaron un fuerte vínculo. Alfonso creyó estar enamorado y Lizardo se enamoró de verdad. Esta cadenita fue un regalo que Lizardo le hizo, pero una

semana antes de acabar la escuela, Alfonso se dio cuenta de que eso no era lo que quería. No deseaba luchar por un amor incomprendido en el mundo hostil de la Marina. Renunció

al amor, a la amistad

desesperó porque todo su mundo era Alfonso Rojas. Pensó que no le quedaba nada por lo que vivir y se suicidó. Dejó una nota, la cadena y una canción. Como Alfonso fue el primero en encontrarlo, se deshizo de ellas.

Y devolvió el regalo que Lizardo le había obsequiado. El chico se

Ricardo suspiró.

—Sin ti no soy nada.

—¿Qué?

—La canción de Amaral. Está escrita en los tablones de la litera de arriba —Hizo una pausa—.

Creo que la cadena y los dijes lo están atando aquí. Pobre

—Es muy triste pero no debemos juzgarlo. Simplemente algunas personas son más sensibles que otras.

¡cómo debió sufrir!

—Lo dices por mi hermana

—También lo digo por ella. Quizá haber averiguado lo que le pasó a Lizardo te ayude a superar lo de tu hermana o quizá no. Sólo tú tienes la respuesta.

Nueve Sonatas Literarias

Ricardo se quedó callado mirando un punto indefinido en el espacio. El dolor era demasiado reciente pero la culpa había disminuido. Desde luego, la suya no era una culpa como la que sentía Alfonso Rojas. Porque

—Yo no tuve la culpa —susurró.

—Claro que no.

Una sonrisa triste iluminó su rostro.

—Gracias.

—Está bien.

Sus labios volvieron a unirse con un beso lento que poco a poco se hizo apasionado conforme las caricias se volvían más osadas. Falcón lo tomó de la mano y se pusieron de pie. Alzó los brazos en una muda invitación para que Ricardo lo desvistiera. Él lo hizo, cubriéndole de besos el cuello y los hombros. Su torso tenía varias cicatrices de esquirlas de granada. Las besó una por una.

—Oh, capitán, mi capitán —susurró en su oído.

Falcón le quitó la camisa y volvió a abrazarlo como si quisiera fundirse con su cuerpo. Sus torsos se rozaron, piel con piel. Sus manos recorrieron la firme espalda de Ricardo, mientras que sus besos lo devoraban cálidos, exigentes, demandantes.

El cadete se dejó hacer. Sentía fuego bajo la piel, un ardor febril que le pedía a gritos ser saciado. Las manos de Falcón estaban por todas partes, desvistiéndolo, acariciándolo en los lugares más ocultos, incendiándolo con cada toque.

—Yo nunca… —quiso explicar, tratando de justificar su inexperiencia.

—No importa. —El capitán se terminó de desnudar con rápidos y precisos movimientos—. Ven aquí.

Lo tomó de la mano para llevarlo al dormitorio. La luz tenue se colaba por las cortinas cerradas perfilando la silueta de Falcón que sonreía dándole confianza. Ricardo olvidó su inexperiencia. Sólo podía pensar en que necesitaba tocarlo, palpar uno por uno sus músculos, sentir su poderío adentrándose en su cuerpo y estallar en mil fragmentos de placer para después volver a comenzar.

¿Sería el amor o la idea de estar enamorado? No lo sabía y a esas alturas no le importaba. Sólo se concentró en dar y en recibir, deseando que el tiempo se quedara suspendido en ese instante y que ese espacio único que les pertenecía sólo a los dos, perdurase en la eternidad del cosmos.

Falcón también lo entregó todo. Su habitual reserva se desmoronó con los besos de Ricardo y cuando las oleadas de pasión sacudieron su cuerpo, hundió el rostro en el hombro de su amante murmurando palabras de amor.

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18

Ricardo dormía enredado en sus brazos. Falcón lo contemplaba, pleno y feliz. No sabía a dónde lo llevaría esa loca aventura que violaba muchas reglas escritas y por escribirse, aunque no le importaba. Duraría lo que tuviese que durar.

Sus ojos comenzaron a cerrarse mientras su mente vagaba en ese firmamento lejano que contemplaba cuando estaba en el mar. El teléfono lo despertó casi a las tres de la mañana. Ricardo se desperezó y se sentó en la cama mientras él tomaba el aparato.

Era Alfonso.

—Está aquí

—Su voz estaba aterrorizada.

—¿Quién?

—Lizardo

¡Está aquí afuera!

—Cálmate, Alfonso. ¿Dónde estás?

—En la escuela. No me dejan entrar pero él está aquí, Óscar. ¡Lo he visto y nadie me cree!

Falcón pudo imaginar el estado en el que Alfonso se encontraba y sintió un poco de lástima al imaginarlo en la recepción hablando incoherencias delante del personal de guardia.

—Quédate allí y no trates de entrar. Iré enseguida.

Cortó la comunicación y se puso de pie.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ricardo.

Falcón se lo resumió brevemente mientras comenzaba a vestirse.

—¿Y vas a ir?

—No puedo dejarlo allí. Puede hacer alguna tontería.

—Al ir te pondrás en evidencia.

—No. Hemos sido compañeros de armas y esos vínculos son fuertes. Nadie se extrañará.

—¿Crees que el fantasma dejará de aparecérsele si vas? No sé mucho de psicología fantasmal pero no veo qué pintas tú allí.

Falcón se detuvo. Sólo le faltaba calzarse los zapatos.

—¿Tienes alguna idea?

—No

—No hay tiempo. Si se te ocurre algo, me llamas.

El oficial salió sin que Ricardo pudiera decir nada más.

No puedo pensar ahora mismo

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19

Cuando Falcón llegó, encontró una gran conmoción. Alfonso había entrado a la escuela

y disparaba al aire en el patio de maniobras.

—¡No vas a llevarme! ¡No lo permitiré! —gritaba.

El Comandante Aguirre, segundo al mando en la escuela, se encontraba en la garita de ingreso, dando órdenes.

—Mi comandante, déjeme hablar con él.

—Imposible. Vamos a tomar el control en cualquier momento.

—Asumo la responsabilidad, mi comandante.

Aguirre lo miró a los ojos y vio su resolución. Aceptó con un movimiento de cabeza y Falcón salio al patio.

—¡Alfonso!

Él se volvió y una expresión de alivio se dibujó en su rostro.

—¿Lo ves? ¡Dime que puedes verlo!

—Lo veo —mintió, a pesar de que no veía nada. Se preguntó si Alfonso tendría alucinaciones

o si sería un juego cruel del espíritu de Lizardo.

Avanzó junto al teniente, moviéndose con cautela. Sabía que Aguirre podía ordenar francotiradores en cualquier momento y haría lo posible por evitarlo.

Sus dudas se vieron disipadas al cabo de unos minutos. Frente a Alfonso, poco a poco comenzó a materializarse la figura de un cadete.

20

Ricardo estuvo sentado unos minutos, aclarando sus ideas. De pronto se puso de pie rápidamente y buscó la cadena y los dijes que estaban en la mesita del salón. Con ellos en la mano comenzó a buscar desesperadamente un cuenco y encontró un cenicero de arcilla en un rincón de la alacena de la cocina.

Las manos le temblaban cuando depositó la cadena y los dijes dentro del cenicero y abrió el microondas. Retiró el plato, colocó el cenicero en el horno y lo encendió. Puso la temperatura al máximo y se alejó, rogando que quince minutos y 500 grados fueran suficientes para derretir el metal.

Permaneció cerca de la puerta de la calle, con la vista clavada en la puerta de la cocina, contando los minutos. En esos momentos toda su vida desfiló por su mente: sus alegrías y

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tristezas, sus victorias y fracasos, las personas que le eran más queridas y las que no. Falcón ocupaba un lugar preponderante en sus pensamientos. Quería explorar ese nuevo camino que se había abierto ante él, quería conocerlo y disfrutar su tiempo juntos en su paraíso particular. Durase lo que durase.

Al cabo de un rato, el horno comenzó a hacer un sonido extraño. No se atrevió a entrar a mirar. En vez de eso, comenzó a vestirse y salió a toda carrera hacia la escuela.

Cuando llegó, encontró un espectáculo sobrecogedor.

Alfonso estaba en medio del patio de maniobras. Su pistola estaba tirada en el piso, varios metros más atrás, a los pies de Falcón. Ambos estaban silenciosos, al igual que el comandante Aguirre, el personal de guardia y algunos cadetes que espiaban desde la puerta vidriera del edificio Grau.

No veían a Alfonso, que seguía gritando incoherencias.

La mirada de todos estaba clavada en un cadete que se hallaba frente al teniente, con la mano extendida, como invitándolo a avanzar.

La irrupción de Ricardo en escena pasó totalmente desapercibida. Se paró junto a Falcón y desde allí pudo ver bien el rostro enloquecido de Alfonso, que manoteaba en el aire.

Era como si el tiempo se hubiera detenido.

Los movimientos de Alfonso se hicieron erráticos y cayó de rodillas. El espíritu no se movió. Seguía con la mano extendida.

El oficial alzó la mano y la extendió también. Los dedos del fantasma parecieron alargarse

para rozarlo. Ricardo parpadeó.

A lo lejos una detonación como un disparo hizo que Falcón reaccionara y corrió junto a

Alfonso en el instante en que sus dedos y los de Lizardo se unían.

Pero la unión no llegó a concretarse. Una llama de fuego envolvió al espíritu y lo hizo estallar en pequeños fragmentos luminosos.

No quedó nada. Tan sólo un sollozante hombre al que Falcón y Ricardo ayudaron a ponerse de pie.

Entregaron a Alfonso al jefe médico de la escuela, que acababa de pedir una ambulancia, y se enfrascaron, cada uno por separado, en la frenética actividad que vino después.

Sus sentimientos y las explicaciones quedarían para cuando estuvieran a solas.

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Epílogo

El Alférez de Fragata Ricardo Trelles conducía hábilmente la lancha bajo el cielo estrellado de Lima. Iba a velocidad de crucero, de forma que apenas planeaba. Podría haber ido mucho más rápido pero no había necesidad, y los motores hacían un ruido infernal cuando aceleraba.

Falcón estaba a su lado, mirándolo en silencio bajo la escasa luz del puente.

Había pasado un año desde aquella fatídica noche en la que Alfonso Rojas estuvo a punto de morir. Ahora la vida les traía desafíos distintos.

Ricardo llegó a un punto intermedio frente al malecón. La ciudad frente a ellos brillaba con la luz dorada de las miles de bombillas que no podían eclipsar las estrellas. Apagó el motor.

—Iré a la DICAPI, a la Capitanía Marítima de Pimentel —informó con voz pausada. Aunque estaba emocionado por haber sido asignado a la Dirección de Capitanías y Guardacostas, sabía que eso implicaba separarse de Falcón. El Puerto de Pimentel queda en la ciudad de Piura, a varias horas de Lima.

—Sabíamos que pasaría cuando te graduaras —apuntó Falcón.

—¿Seguirás en la escuela? —Había evitado la pregunta durante todo ese tiempo. La estancia de Falcón el último año no había sido fácil. El incidente con Rojas había sido hábilmente cubierto y el teniente estaba recibiendo tratamiento por psicosis de guerra. Sin embargo la explosión del microondas en el departamento de Falcón había arrojado dudas sobre la conveniencia de que siguiera siendo instructor y lo habían mantenido en la escuela gracias a la consideración que el Capitán de Navío Suárez le tenía.

—No. Volveré a Operaciones Especiales y seguramente al VRAEM. Es lo que mejor sé hacer.

—No es cierto —protestó Ricardo—. Sabes hacer bien muchas cosas y es injusto que no te consideren en la escuela. Podía haber explicado lo de la explosión

—Y nos hubieran dado de baja a los dos —completó Falcón—. De ningún modo habría permitido que te arriesgaras así.

—Te quiero —dijo sencillamente Ricardo.

—Ven aquí. —Falcón lo envolvió en un posesivo abrazo, como si jamás quisiera dejarlo ir.

Aún abrazados, salieron a cubierta e hicieron el amor en una colchoneta, bañados por la luz de la luna, lentamente, siguiendo el vaivén de las olas, acariciándose con la nostalgia anticipada de la separación.

—¿Qué pasará con nosotros? —quiso saber Ricardo.

—No lo sé —respondió Falcón—. Seguir juntos depende de los dos, y si quieres dejarlo lo entenderé.

—¡No quiero dejarlo! —exclamó—. ¿Tú quieres?

—Claro que no.

—¿Entonces?

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—Entonces seguiremos viéndonos cuando podamos y crearemos nuestro espacio único, como esta lancha bajo la luz de las estrellas.

Volvieron a besarse. La tristeza de Ricardo se borró momentáneamente con caricias. Se aferró al cuerpo de Falcón pensando que habían pasado demasiadas cosas juntos como para que un simple traslado pudiera separarlos. Era solamente una nueva etapa que le abriría las puertas hacia nuevas experiencias.

Procuraría estar a la altura, y cuando la pena amenazara con ahogarlo, recordaría ese mágico instante, meciéndose en el mar calmado con las estrellas como testigos.

—Todo fin es un comienzo —susurró Falcón. Ricardo sonrió.

Biografía

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Aurora Seldon es peruana y escribe historias homoeróticas desde 2002. Comenzó escribiendo fanfiction del Señor de los Anillos y las Crónicas Vampíricas, para luego dedicarse a escribir con personajes originales.

Tiene varias novelas publicadas: Inocencia, del género paranormal; Campo de Rosas, del género de misterio y sobrenatural; Punto de Quiebre, del género contemporáneo; Su pecado fue la envidia (Ediciones Babylon), del género de misterio.

Asimismo, es autora de la Saga Hellson, que consta de Sinergia y Evolución, además un spin- off de la saga: Cybersoul.

Junto con Isla Marín, es coautora de la Saga Bizarro, que consta de Descubrimiento, Exploración, Confirmación y Efecto Mariposa.

Colaboró en la Colección Homoerótica a través de la edición de recopilaciones de relatos que brindan a autores noveles la oportunidad de ser publicados.

En 2009 ganó el Primer Premio del Concurso Epicentro en Lima, Perú, con su relato Caballo Negro.

Una de sus grandes aficiones es la lectura, principalmente de ciencia ficción. Admira a Stephen King, Isaac Asimov, Arthur Clarke y Brian Lumley.

Para mayor información está su página web:

Sonata N º 2

El destino de un Ihnea
El destino
de un Ihnea

Aya & Natsu Athalia

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La luz penetrando por el hueco de la pared fue lo que me despertó definitivamente, pero

antes de eso ya había estado registrando ciertas cosas, entre el sueño y la vigilia: el canto de los pájaros en el exterior, el sonido de la brisa matinal, el tacto un poco áspero de la manta de piel

de oso que cubría mi desnudez…

Y sí, el cuerpo de Ashem a mi lado.

Ahora la luz de la mañana me daba en los ojos, y yo moví la cabeza, frotando el rostro contra el almohadón de plumas e intentando huir de ella sólo un minuto más.

Con un plácido suspiro enredé mis brazos alrededor de mi pequeño y lo estreché contra mi cuerpo, ambos desnudos como estábamos. Alcé lánguidamente una mano hasta enredar los dedos en su pelo, blanco como la nieve recién caída, suave como el sedoso pelaje de un visón, pero mucho más largo.

¿Hay un mejor despertar que con la persona amada entre los brazos, sentirlo respirar contra tu cuello, su piel caliente y desnuda contra la tuya? Oh, lo dudo mucho.

Supongo que fueron mis caricias las que lo despertaron, porque él, desde luego, era de lo más perezoso.

—Eh… —saludó en un murmullo adormilado.

Se estremeció un poco, y al apartarme vi que entreabría los ojos y me miraba.

Sonreí ampliamente.

—Eh… —respondí en un ligero ronroneo, y le di un leve beso en los labios, esos que tanto me gustaba acariciar.

Fue él, muy picarón, el que estremecido sacó la punta de la lengua para pedir un poco más,

mi pequeño caprichoso… Y por supuesto se lo concedí.

Me encantaba besar a Ashem. Era sencillamente perfecto: el tamaño de su boca, su sabor y calor, la forma y suavidad de sus labios, y el modo en que se amoldaba a los míos.

Él era maravilloso. Cómo nos besábamos, cómo nos tocábamos… Todo.

Con lentitud alzó su mano y acarició mi pelo como yo acariciaba el suyo, dejándose llevar. Su cuerpo se frotó contra el mío, piel con piel.

—Mmmmm… —suspiró.

Sonreí al verlo todo ruborizado entre mis brazos, bajo mis labios.

—Oh, sí —ronroneé—. Mmmmm… ¿Has dormido bien, pequeñín?

La pregunta iba… Un poco con trampa, sí. Sabía muy bien que había dormido bien: me había asegurado de que estuviera tan cansado que la única opción viable fuera caer rendido.

Ashem me devolvió una sonrisa. Creo que intentaba ser pícaro… y fracasaba estrepitosamente. Era demasiado… tierno para eso. No le salía. Era tan dulce… tan… él.

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—Por supuesto —susurró—. ¿Cómo iba a dormir si no, al lado de la persona que amo y que me deja sin aliento las noches que nos juntamos?

No pude evitar reír.

Sí, era cierto. Cuando dormíamos juntos… solíamos terminar desnudos y enredados entre las mantas, jadeando por el esfuerzo y el placer desenfrenado.

¿Pero cómo podíamos no hacerlo? Nos amábamos.

—Qué suerte que no sea todas las noches, ¿verdad? —dije, juguetón, acariciándole la línea de la columna con la punta de los dedos.

Se estremeció entre mis brazos, relamiéndose el labio inferior.

«Mmmm, ese labio…», pensé.

—En realidad… —dijo Ashem—… preferiría que todos los días fueran así.

Se me encogió el corazón ante sus palabras.

En nuestra cultura todavía no estábamos capacitados para vivir juntos como pareja. No éramos lo bastante mayores todavía. Cuando ambos lo fuéramos, y sólo entonces, podríamos tener nuestra propia casa, la de los dos.

—Poder sentirte todas las noches y despertar a tu lado siempre —prosiguió, entrecerrando los ojos, pero entonces intentó añadirle algo de humor alzando una ceja—. Aunque está claro que al final no podría ni sentarme, con un ritmo tan desenfrenado. Algunos tienen demasiada pasión en el cuerpo, porque son depredadores. Ya me entiendes.

—Ooooh… —sonreí, divertido—. Depredadores, ¿eh…?

Bajé la mano por su espalda hasta acariciar sus pálidas nalgas con lentitud, suavemente, sintiendo la tersa piel bajo mi palma.

No pudo contener un jadeo por mis atenciones, y una risilla nerviosa después.

—¿No lo ves? —preguntó—. El zorro comienza su acecho de buena mañana —Lanzó un teatral suspiro—. Oh, Guardianes, ¿qué he hecho para merecer este cruel destino? Este zorro hambriento con deseos de un manjar.

Reí, encantado. Bueno, ¿quería jugar? Pues jugaríamos.

Rodé bruscamente en la cama, recostándome sobre él, cubriéndolo con mi cuerpo.

Ashem era unos años menor que yo, eso era cierto, pero había crecido mucho en los últimos tiempos y éramos igual de altos, con constituciones parecidas.

Y eso lo volvía todavía más perfecto. No era tan pequeño como para aplastarlo con mi peso, ni tan grande como para sentirme ridículo encima suyo. Éramos iguales.

Estábamos hechos el uno para el otro, en todos los aspectos posibles.

—Ahora soy un zorro —ronroneé, recordando que aquella noche me había llamado lobo, y anteriormente de otras mil maneras—. Y estoy hambriento.

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Incliné la cabeza para lamer su tersa mejilla, juguetón.

Mi Ashem gimió, cerrando el ojo con fuerza.

—Mmm… Aún no tengo claro qué soy yo…

Hizo una pausa, en la que sentí su mano en mi cabello.

—Pero puedes degustarme para descubrirlo tú mismo —propuso.

Reí.

—Oh, sí… —ronroneé—. Creo que puedo hacerlo.

Y de nuevo besé su boca, con ternura, sí, pero también con una pasión que ya prendía, las

brasas comenzando a alzarse en llamas. Acaricié su boca con la mía, busqué su lengua húmeda y caliente, saboreé y exploré aquellas acogedoras profundidades.

Adoraba besar a Ashem. No hay nada, nada tan maravilloso como tomar sus labios con ardor.

Bueno, puede que haya un par de cosas que estén a la altura… Si sabes lo que quiero decir.

El modo en que me correspondía, apasionado y feroz, es una de esas cosas.

Mientras nuestros labios se presionaban, se buscaban, su mano bajó por mi espalda, y Ashem gimoteó. Se separó para tomar aire… Y de inmediato abordó de nuevo mi boca, haciéndome sonreír.

—Mmmmmm, mi pequeño… —ronroneé contra esos labios hambrientos, lamiéndolos—. Mi chiquitín…

Dejé que mis manos acariciaran su pecho desnudo, resiguiendo el costado hacia el hombro y luego los pectorales hacia abajo, más abajo, hasta su miembro.

Cuando mis dedos rodearon su enhiesta dureza Ashem dio un respingo, y nuestros labios se separaron. Oh, estaba ya tan turbado y ruborizado…

—Ah… Aah… —balbuceó—. ¡Por todos los…! —Cerró los ojos con fuerza—. ¡Depredador!

—Oh, sí… —ronroneé—. Soy un depredador hambriento…

Sin dudar arqueé el cuello para lamer su garganta, mientras acariciaba su miembro con suavidad, sintiendo lo dispuesto que estaba.

—Mi pequeñín…

Él se revolvió.

—Ioreeeeek… —jadeó, poniendo su mano sobre la mía, y yo reí.

—¿Qué pasa, pequeño? —ronroneé.

—Pervertido —dijo al final, tragando saliva—. Por los Guardianes, ¡si así fue mi primera vez!

—Oh, ¿te refieres a la primera vez que tu miembro se alzó como ahora, y me rogaste que te ayudara? ¿Esa vez en la que amablemente me ofrecí a tocarte y excitarte hasta que te derramaste en mis manos? ¿A eso te refieres, mi chiquitín inocente?

Porque así había sido.

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De eso hacía apenas tres años. Hasta entonces habíamos estado siempre juntos, pero Ashem era todavía demasiado pequeño como para que pudiéramos pensar en relacionarnos más que como amigos. No obstante con el despertar de su sexualidad se despertó todo lo demás.

Su mano apretó la mía alrededor de su miembro.

—… No lo digas así —masculló por lo bajo, tímidamente.

—¿Por qué? —Sonreí—. Es la verdad. Es lo que sucedió. Y… sé que no te molestó. Tampoco te molesta ahora que te toque y te excite, ¿verdad…?

Ashem se encogió bajo mi cuerpo.

—No, no me molesta… —negó—. Pero es injusto. Pocas veces puedo proporcionarte yo placer a ti, ¿lo sabías? Es totalmente injusto y poco equilibrado.

Sus palabras hicieron que me recorriera una sensación cálida por el pecho. No era excitación, sino algo más atemperado, más suave y tierno que me inflamó el corazón.

—Oh, mi pequeño…

Con un quedo suspiro lo besé en la frente, en la sien y en la mejilla.

—No necesito que me proporciones placer. —Susurré cerca de su oído—. Tú ya eres todo el placer que quiero.

El siguiente beso fue en su mentón.

El siguiente, en su boca.

Acaricié de nuevo su miembro con mis dedos, incitándolo, excitándolo todavía más.

Él se estremeció, lanzando quedos gemidos.

—¡E–espera…! —tartamudeó, deteniéndome con sus propias manos—. Espera, espera, espera.

Le lamí la garganta.

—¿Hmmmm…? —ronroneé.

Inspiró con fuerza.

—Para, por todos los Guardianes… ¡Detente!

Me relamí al ver su insistencia. Con un mohín juguetón me erguí, sentándome entre sus piernas, y desde allí le sonreí.

—¿Qué pasa, mi pequeño? —murmuré—. ¿No quieres?

Estaba ruborizado, y no me miraba.

—¡Pues claro que no! —exclamó, encogiéndose—. ¡Esto así es raro!

Ahora sí me miró, haciendo un mohín.

—¡No puedo consentir que mi mujer haga esto tan sucio!

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Me eché a reír.

—Vaya, pequeño… —ronroneé—. Creo que olvidé mencionártelo…

Me moví entre sus piernas, hasta que mis caderas encajaron contra las suyas y nuestros miembros, ambos enhiestos, dispuestos y anhelantes, se tocaron.

Fue una sensación electrizante que me atravesó como un relámpago recorriéndome la columna, y me relamí por impulso. Lo que deseaba era lamer sus labios.

—No soy una mujer.

Ashem cerró sus preciosos ojos rojos, y sus manos alcanzaron mi espalda, apretando. Finalmente me miró.

—Me has… engañado todo este tiempo —dijo con voz afectada—. ¡Todos estos años! ¡¿Cómo has podido hacerme esto a mí?!

Me llevé la mano al pecho con un gesto teatral, ladeando la cabeza.

—Oh, mi pequeño… —suspiré, juguetón—. Temía que no me aceptaras si lo descubrías, pero ya no puedo ocultártelo más. Soy un hombre.

Aquel era nuestro juego. Toda la vida lo había llamado “pequeño”, porque, de hecho, cuando nació yo estuve allí, fui una de las primeras personas que lo tomó en brazos, y me sorprendió lo diminuto que era. A partir de entonces era así como lo llamaba, “pequeño”, y en respuesta Ashem a veces se refería a mí como mujer.

Pero no dejaba de ser un jugueteo, una broma, especialmente la parte en que yo mentía y me hacía pasar por una fémina porque él no me aceptara como hombre.

Nosotros, nuestro pueblo, no éramos así.

De tierras distantes habíamos sabido que muy a menudo las parejas del mismo sexo eran perseguidas o, como mínimo, comentadas. No lo entendíamos. En nuestra cultura, que dos hombres o dos mujeres se sintieran atraídos el uno por el otro era una de las cosas más naturales que puedan existir.

Ashem y yo nos amaríamos toda la vida, pero no tendríamos hijos. No podíamos. Esa era la manera en que la naturaleza controlaba la población humana en nuestra tierra.

Y eso estaba bien. Dijeran lo que dijeran esas extrañas culturas extranjeras, estaba bien.

En respuesta a mis palabras él rió.

—Oh, amado mío, ¿cómo podremos yacer entonces? —preguntó, llevándose la mano a la frente en un gesto teatral.

—Oh, mi pequeño, no temas por eso —sonreí y me incliné sobre él, quedando mi rostro muy cerca del suyo, respirando su aliento ardiente—. He pensado mucho en ello. ¿Quieres que te muestre mis conclusiones? Te lo prometo… no te arrepentirás.

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Más partes de nuestro juego particular, porque aquella no era la primera, ni sería la última vez que hiciéramos el amor.

—Soy completamente tuyo desde el día en que nací —dijo—. Haz lo que desees con mi carne.

Me besó ligeramente en los labios, y después se movió bajo mi cuerpo, dándome la espalda al recostarse boca abajo en el colchón.

Sentí un ramalazo de excitación al verlo.

Ashem prefería hacer el amor de frente, yo lo sabía. Pero él era consciente de que yo me inclinaba más por otro tipo de posturas.

Así, tendido a su espalda, era libre de tocarlo, de lamerlo y besarlo, de excitar su miembro mientras el mío se enterraba en su cuerpo en arrebatos apasionados. Así lo tenía a mi completa merced, en mis manos, delirante de placer.

Y era exactamente como lo quería.

Cubrí su espalda con mi pecho y lo besé bajo el oído, entre los blanquísimos mechones de su cabello.

—Te amo, pequeño —le susurré—. Te amo más que a mi vida.

Después le acaricié los brazos, los costados, me apoyé en un codo y presioné mis caderas contra las suyas, mi miembro contra sus pálidas nalgas.

Le temblaron las piernas, estoy bastante seguro de eso, y se aferró a la cama con las manos.

—Yo también te amo —dijo de inmediato, mirándome por encima del hombro con ojos ardientes—. Te amo con toda mi alma.

Le sonreí. Después lo besé en la nuca, en el principio de la columna. Me sostuve con un sólo brazo para no dejar sobre Ashem todo el peso, y con la mano libre rodeé sus caderas y encontré, de nuevo, su sedosa dureza.

Cerró los ojos con fuerza y dejó caer la frente sobre el almohadón, estremeciéndose.

—No me hagas esperar demasiado —pidió en un susurro azorado—. Por tu culpa tengo el cuerpo ardiendo y deseoso de ti.

Me encantaba su aplastante sinceridad, el modo tan llano en que confesaba, una y otra vez, lo mucho que me deseaba.

Yo sentía lo mismo por él. Sentía una pasión imposible de refrenar cada vez que lo miraba.

—Tranquilo, pequeño —ronroneé—. No tendrás que esperar mucho.

Acaricié su miembro durante unos momentos, pero después lo solté, rodeando con caricias sus caderas. Alcé mi mano y me lamí un dedo, para después bajarlo otra vez a su entrada, entre las nalgas, comenzando con un leve roce y luego, poco a poco, introduciéndolo en su interior.

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Noté cómo se estrechaba por puro instinto, y Ashem alzó un poco la cabeza, gimiendo.

—Ah, por los… —su frase terminó en un jadeo de placer.

—¿Sí, pequeño? —dije en tono inocente.

Moví el dedo en su interior, jugueteando, dilatándolo, preparándolo para mi entrada. Mi miembro estaba tenso y palpitante de deseo, pero tendría que esperar.

De nuevo se apoyó en la almohada, mordiéndola, y entre dientes me llamó. Sacudió las caderas, exigiendo más, y yo me reí con descaro.

—Vale, chiquitín, ya voy… —ronroneé, encantado con su ansiedad, con su pasión, con su absoluto y abrumador deseo.

Introduje un segundo dedo dentro de Ashem, conteniendo el aliento, conteniendo mi propia y prominente excitación.

Se le cortó la respiración con un gemido. Estremecido, apretó las manos contra las mantas.

—¿Qué, pequeño? —murmuré.

Me incliné sobre su espalda y le recorrí a besos la columna hasta la nuca.

—¿Quieres más? —susurré mientras movía los dedos en su interior, mientras lo conducía a la desesperante necesidad.

Su cuerpo se movió contra el mío. Ah, Ashem también sabía cómo excitarme a mí, el

condenado.

—¡Hazlo, hazlo, hazlo ya…! —suplicó vehementemente—. Iorek… ¡Por lo que más quieras, entra!

Reí y sin pensar le mordí el cuello, suave, con gentileza.

—Mi pequeño… apasionado… —ronroneé—. Estoy a tus órdenes.

Saqué los dedos de su interior, y dejé que mis caderas se movieran contra las suyas, mi miembro frotándose entre sus nalgas. Su cuerpo se apretó contra el mío mientras me miraba por encima del hombro, ruborizado; la palidez de su piel y el blanquísimo de su pelo hacían que el sonrojo de sus mejillas pareciera más intenso.

—Iorek… —me llamó con voz anhelante, temblorosa de deseo.

—Sí, amor mío —murmuré—. Sí.

Mi mano volvió a encontrar su dureza, envolviéndola, mientras con la otra me apoyaba en la

cama, cubriendo a Ashem sin dejar todo mi peso sobre él.

—¿Listo? —ronroneé, relamiéndome con una sonrisa felina.

—Oh… Felino… —noté que contenía un gemido—. Ahora mismo mordería esa boca de león, la lamería y la volvería a morder.

Estaba al borde del delirio, y me encantaba que así fuera.

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Me arqueé lo suficiente para lamerle la mejilla y después besar su cuello y su nuca.

Mis dedos comenzaron a acariciar su miembro con suavidad, sabiendo exactamente cómo hacerlo para enloquecerlo… Y para que perdiera completamente la cordura, poco a poco, conteniendo el aliento, con un lento y certero movimiento de cadera entré en su interior.

Lo hice poco a poco, saboreando cada pulgada que mi carne entraba en la suya, sintiendo su perfecta estrechez, su calor.

Noté que contenía el aliento, que se revolvía contra mí, pidiendo en silencio más, más profundo. Temblaba, y gimió mi nombre con desesperación.

Lo adoraba.

Mordisqueé su nuca, y con un jadeo, por fin, mi miembro quedó completamente hundido en su interior.

—Mi Ashem… —ronroneé de puro placer, sólo por esto, por sentirme enfundado en su carne, el lugar perfecto, el lugar donde debía estar.

—Por los Guardianes… Oh, por todos los… —repetía lo mismo una y otra vez, desbordado—. Eres tan… Retorcido y cruel…

—Lo sé… Oh, lo sé…

Le lamí la nuca y lo besé en el cuello.

Mis dedos aumentaron el ritmo de las caricias en su dureza, tocándolo como más le gustaba ser tocado. Mis caderas permanecieron inmóviles, aunque las piernas me temblaban por la ansiedad de comenzar a moverme, de cimbrearme en busca de mi propio placer.

Debí haber previsto que si no era yo quien se movía, lo haría él.

Ashem apretó las nalgas y sacudió su cuerpo contra el mío. Con un jadeo apoyé la cabeza en su espalda un momento.

—Está bien, pequeño… —reí por lo bajo—. Ya voy…

—¡Demuestra que eres un depredador! —exclamó él, sin quedarse quieto—. Te deseo, est… estoy ardiendo po… por ti. ¡Dame ya lo que pido!

Con un bronco gruñido enardecido le mordisqueé la nuca.

Entonces aparté las caderas, y embestí, profunda y fuertemente.

Ashem gimió mi nombre, tembloroso.

—¡Más! —exigió.

Y le di más.

Comencé a cimbrear mis caderas contra las suyas, sintiendo mi miembro entrar y salir de su interior, sintiendo su carne envolviéndome, mis dedos envolviendo la suya, acariciándola cada vez más deprisa.

La pasión se desataba, y ya no había vuelta atrás.

Nueve Sonatas Literarias

Su cuerpo buscaba el mío, febril, fuertemente. Su voz gemía más y más alto, enloquecido por el placer, y se frotaba contra mí, buscando más, más de lo que tenía, más de cuanto podía darle.

Mis caricias se volvieron frenéticas. También el movimiento de mis caderas. Temblaba, jadeando por el esfuerzo, por las llamas que me corrían por las venas, por el deseo y la pasión. Besaba, lamía y mordía su nuca, sus hombros y su espalda mientras lo acariciaba, mientras lo embestía, sintiendo la tensión de sus músculos, su propia y manifiesta desesperación porque lo llevara al más delirante éxtasis.

Entonces llegó.

Con un increíble grito de placer Ashem se derramó en mis dedos, su cuerpo sacudido por las oleadas del éxtasis. Su carne se estrechó con fuerza a mi alrededor, y yo jadeé, apretándome contra él.

Mi pequeño quedó lánguido sobre el lecho, agotado, rendido.

Y yo todavía enhiesto, ardiendo, tembloroso de la excitación insatisfecha.

—Hmmmmmmm… —me quejé en un jadeo, y lo besé en la nuca—. Chico malo…

Mi voz era un murmullo trémulo, profundo y ronco, una voz oscurecida por el deseo que me

tenía en llamas.

Pero el pequeño Ashem había terminado ya. Ahí estaba bajo mi cuerpo, mi miembro aún en su interior, mis dedos impregnados de su simiente rodeando su carne ya lánguida. Su respiración superficial, agotada.

Temblando como estaba, tan cansado, dudo que pudiera siquiera mirarme.

—¿Po… por qué? —preguntó con apenas un hilo de voz.

Lo besé en el hombro y en la cabeza.

—Me has dejado insatisfecho… —ronroneé.

No

lo decía en serio. Nunca lo hubiera dicho en serio.

Sí,

ardía de excitación y sentía que ese ardor se convertía en una queda frustración en el

fondo del estómago, pero nunca culparía a mi pequeño y agotadísimo Ashem. Me encantaba cuando se quedaba así, lánguido e incapaz de un sólo movimiento más.

Sonreí. Con cuidado salí de su interior, aunque todo mi cuerpo gritara en negación, y rodé con cuidado hasta ponerme a su lado, boca arriba. En mi mano todavía tenía los restos de su placer, de modo que fue la otra la que usé para cogerlo del brazo y tirar de él para acercarlo a mí, para apoyarlo en mi pecho y estrecharlo con suavidad. Se dejó llevar.

Podía estar excitado y frustrado por la necesidad no satisfecha, pero también quería abrazarlo, besarlo después de haberle proporcionado todo el placer que su precioso y pálido cuerpo podía soportar.

Y lo había logrado.

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—Sigue —exigió entonces, alzando la cabeza para mirarme a los ojos—. Continúa hasta terminar.

—No —reí por lo bajo—. Nada de eso.

Podría. Sabía que Ashem estaba más que dispuesto, pero, ¿cómo podía utilizar su cuerpo para mi propio placer, si estaba tan cansado ahora?

—Si no lo haces tú lo haré yo —me aseguró.

Era perfectamente capaz. No obstante yo sonreí, y para distraerlo primero lo besé mansamente en los labios, y después, recostándome de nuevo, asegurándome de que me viera, me llevé la otra mano a la boca y lamí su simiente de mis dedos, deliberadamente lento.

Noté cómo su cuerpo se estremecía por completo, todo su fino bello se puso de punta. Se llevó una mano al vientre.

—Cruel… y retorcido… depredador… —susurró con la voz tomada.

—Mmhmmmmm… —asentí con un ronroneo.

Aunque me sentía ardiendo y excitado me moví un poco para besarlo en la frente, estrecharlo entre mis brazos y, sí, con el miembro palpitante y enhiesto en toda su envergadura me aparté y salté fuera del lecho en busca de mis pantalones, tirados de cualquier manera en el suelo.

En fin, esa misma noche habíamos tenido nuestra dosis de pasión, ¿cómo nos íbamos a preocupar por algo tan nimio como la ropa?

—Eehh…

Ashem trató de agarrarme de la pierna, aunque por suerte estaba ya fuera de su alcance.

—No es justo —replicó—. Yo también quiero mi desayuno y lo llevas encima.

Eso me arrancó una fuerte carcajada.

—¡Oh, mi pícaro Ashem! —exclamé, divertido—. ¿Tienes hambre, amor?

Vi que asentía con la cabeza. Su mirada era fija.

—De ti, quiero mi parte —exigió.

—Sí, ¿eh?

Divertido me puse los pantalones y las botas de cuero, y después me acerqué a él, inclinándome para darle un suave beso en la mejilla.

—Lo que tienes que hacer es dormir, pequeño —comenté—. Estás absolutamente agotado, lo sé.

—Lo que tengo que hacer es quitarte ese peso de encima —resopló, cruzándose de brazos—. ¡No se puede trabajar así! ¡Lo sé! Lo sé muy bien porque… —titubeó—. ¡Simplemente lo sé!

Con diversión lo miré y le acaricié el mentón.

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—¿Cómo lo sabes, eh, chiquitín? —pregunté con aparente inocencia.

Sus mejillas se tiñeron de rojo intenso. Parecían dos manzanas.

—Como si no lo supieras… —susurró—. Pensar en ti, en… esto… en el trabajo, y… ¡Por todos los Guardianes, no se trabaja bien excitado!

Me gustó que lo admitiera. No es como si fuera algo raro, pero me gustaba mucho oírle decir que pensaba en mí. Reí con suavidad.

—Ven, pequeño —ronroneé, poniéndole una mano en la nuca e inclinándome—. Ven que te diga un secretito.

Ashem dio un respingo, pero se acercó un poco más para escuchar. Mis labios acariciaron su mejilla, y después se deslizaron hasta su oído.

—Yo… —murmuré—… estoy muy acostumbrado a cumplir con mis obligaciones estando excitado de pensar en ti gimiendo y cimbreándote bajo mi cuerpo, amor.

Me aparté con una gran sonrisa.

—Me voy —dije alegremente—. ¡Deséame suerte, pequeño, voy a por mi tercera prueba de adultez!

Y con estas palabras, cogiendo la camisa de cuero por el camino, me marché.

cogiendo la camisa de cuero por el camino, me marché. A l contrario que en muchas
cogiendo la camisa de cuero por el camino, me marché. A l contrario que en muchas

Al contrario que en muchas otras culturas de las que apenas teníamos noticia, los ihnea no pasábamos a adultos al alcanzar cierta edad, sino cuando los Guardianes, nuestros protectores, nos consideraban preparados.

Conocía un par de ancianos que todavía eran niños, del mismo modo que había chiquillos de diez o doce años que ya eran adultos de pleno derecho.

Los Guardianes nos observaban, nos cuidaban y evaluaban, y cuando estábamos preparados, cuando éramos lo bastante maduros, lo bastante responsables, a través del Portavoz nos indicaban que podíamos comenzar nuestras pruebas de adultez.

Eran cuatro pruebas, una por cada Guardián, una por cada elemento de la naturaleza.

Lo cierto es que nunca me había sentido particularmente llamado por la idea de convertirme en un adulto. Me gustaba ser un niño: aunque tenía, como todo el mundo, una función en nuestra sociedad (yo cazaba con mi padre, y Ashem, por ejemplo, cocinaba en las cocinas comunitarias del poblado), no tenía responsabilidades de peso, cumplía con mi obligación con la supervisión de un adulto y el resto del tiempo lo dedicaba a estar con Ashem o a bailar.

Pero sin siquiera pensar en ello tomé por mi propia cuenta una responsabilidad muy grande:

cuidar a alguien vivo que languidecía, al filo de la muerte.

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Lo alimenté, lo lavé y le cambié las vendas, y cuando pudo moverse, lo ayudé a caminar. Le enseñé mi lengua y cómo desenvolverse en Ihneas, nuestra tierra, e incluso encontré para él una función con los niños más pequeños.

Y por ello los Guardianes me consideraron digno.

Cuando recibí la noticia de boca del Portavoz sentí que una parte de mí siempre había deseado aquel honor: que los Guardianes se enorgullecieran de mí, y decidieran convertirme en un adulto.

Desde entonces había superado con éxito dos de las cuatro pruebas, y en aquellos momentos me dirigía a la tercera.

Crucé el poblado desde la casa de Ashem (técnicamente la de sus padres, pues él, al igual que yo, todavía no era un adulto y por tanto no tenía hogar propio) hacia el acantilado, a un buen trecho de camino por el prado.

Antes de llegar vi al Portavoz en lo alto del precipicio, con el viento revolviéndole el pelo de un rubio muy claro y la larga túnica de piel de ciervo que solía adornarse con plumas y algún que otro colmillo de tigre.

Verlo hizo que me recorriera un curioso cosquilleo de anticipación, y apreté el paso, comenzando a subir la inclinada cuesta.

Fue un trayecto largo, pesado, y la impaciencia que sentía por llegar y descubrir de qué se trataba mi prueba no ayudaban.

Con la respiración algo acelerada por la caminata, por la ansiedad, saludé cuando todavía me quedaba un trecho para llegar.

—¡Portavoz! —lo llamé alegremente.

Él se volvió, mirándome con sus rasgos juveniles y atemporales, y me dirigió una suave sonrisa. No me respondió hasta que, un minuto más tarde, llegué a su lado.

—Tan ansioso como siempre, Iorek —dijo.

—No puedo evitarlo —sonreí.

—¿Cómo está Ashem?

Amplié la sonrisa al pensar en él, agotado y satisfecho, y el Portavoz lanzó una queda y suave risa.

—Comprendo —asintió con la cabeza—. En ese caso… Es el momento de explicarte en qué consiste tu prueba del aire, ¿no?

—Oh, sí.

—Ven conmigo.

Me indicó que lo siguiera, y dio unos pasos hacia el borde del precipicio. Yo me puse a su lado, y al igual que él miré hacia abajo.

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El acantilado era profundísimo, tanto que en aquel momento no se veía el fondo: había neblina

en lo más hondo, impidiendo ver si el suelo estaba a cincuenta o a cien metros de distancia.

—Es una buena caída —comenté, despreocupado.

—Sí —respondió el Portavoz—. Y debes saltarla.

Las palabras fueron dichas con sencillez, contundentemente.

Volví la cabeza hacia el hombre, que a su vez me miró con completa sinceridad.

“Debes saltarla”, había dicho.

Saltar.

Noté que la sangre me huía del rostro. De todo el cuerpo, de hecho, como si de pronto me hubiera quedado seco como una planta sin agua.

—¿Qu…qué? —musité.

—Sabes lo que he dicho, Iorek —dijo—. Debes saltar.

—¿S…altar?

Incrédulo volví a mirar al vacío, en cuyas profundidades la niebla me impedía saber qué había al otro lado.

¿Cuán dura era esa caída? ¿Acaso era posible sobrevivir a ella?

—¿Qué clase de barbaridad es esta? —mascullé, atónito—. No…no es posible. ¿Cómo voy a saltar esto?

Noté su mano en mi hombro, una leve caricia que, no obstante, me afectó como si me acabara de caer un rayo. Me aparté bruscamente y lo miré, tenso, incrédulo.

¿Los Guardianes querían que saltara al vacío? ¿Querían que…muriera?

—Escúchame bien, Iorek —pidió el Portavoz, con gentileza pero también con firmeza—. Sé que amas apasionadamente, y valoras y anhelas la ayuda de nuestros protectores. Sé que crees en tus amigos, tus familiares, que crees en Ashem y en los Guardianes, pero… ¿Confías en ellos?

—¡Desde luego que sí! —exclamé en respuesta, sintiéndome insultado por la duda.

—Entonces salta.

Sacudí la cabeza.

No entendía qué tenía que ver el suicidio con la confianza. ¡Saltar aquello significaba morir!

—Iorek.

Sus dedos se crisparon sobre mi hombro. Esta vez me esforcé en no apartarme y lo miré, encogiéndome. Su mirada era seria y segura.

A nuestro alrededor el viento comenzó a rugir con fuerza, como un vendaval que me

empujaba hacia el precipicio.

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—Tú no confías ciegamente en nadie —sentenció el Portavoz.

—Eso no es cierto —mascullé—. No es cierto.

—Desde que Ashem nació te has encargado de cuidarlo y protegerlo.

—¡Naturalmente!

—Has vigilado que no se cayera de un árbol ni que se hiciera daño al escabullirse por una ventana.

—¡Es mi pareja!

—También tomaste toda la responsabilidad sobre Elier.

—¡Papá! Oh, Guardianes… ¡Papá!

Llamaba a mi padre mientras me dejaba caer junto a aquel cuerpo mutilado. Busqué su aliento, el latido de su corazón.

Estaba vivo.

No sabía quién era ni cómo había llegado allí. Su cuerpo inmenso estaba plagado de heridas y cortes. Tenía los ojos en blanco, y su aliento era débil, quebradizo.

—¡Papá, hay alguien aquí! —puse la mano sobre la ancha frente febril—. Tranquilo, amigo, tranquilo. Todo va a ir bien. Te vas a poner bien.

No sabía quién era, pero no importaba.

—¡Yo lo encontré! —mascullé.

—Lo has alimentado y vestido y aseado, le has enseñado nuestra lengua y has logrado que se integre en nuestra sociedad.

—¿Por qué eso implica que no confío en nadie?

—En cuanto viste que Elier deliraba y rechazaba a tu madre de inmediato volviste a encargarte de todo, como si nadie más pudiera hacerlo.

—Era responsabilidad mía. ¡Elier es responsabilidad mía!

El Portavoz negó con la cabeza, y puso ambas manos en mis hombros. Sentía su peso, y sentía el viento que me empujaba.

—Desde que has tenido uso de razón te has responsabilizado de cosas que no eran tu deber —me dijo—. Eso te convierte en una gran persona, Iorek, pero también has desarrollado la tendencia de no confiar en nadie, porque no lo necesitas.

—¡Sí confío! —negué con vehemencia, frustrado.

—Entonces salta.

Se apartó de mí y señaló el precipicio.

Se me encogió el estómago dolorosamente.

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—Salta, Iorek —murmuró el Portavoz, y aunque el viento rugía sus palabras llegaron como si me susurrara al oído—. Demuestra que eres capaz de confiar en que los Guardianes te protegerán. Demuestra que confías en que algo te salvará de una muerte que crees segura. Esta es tu prueba: un salto de fe.

Después dio la vuelta y se marchó.

Con su partida el viento se aquietó, y todo quedó en silencio a mi alrededor, inmóvil como si el tiempo se hubiera detenido a la espera de mi respuesta.

No lo entendía. ¿Cómo no iba a confiar en mis seres queridos? ¡Por supuesto que lo hacía! Ashem, Elier, mis padres, confiaba en ellos con todo mi corazón, ¿cómo podía ser de otra manera? Y los Guardianes, ¿cómo no confiar en ellos? Ellos protegían nuestras fronteras, dotaban a los adultos de poderes que nos hacían la vida más fácil, que nos permitían sobrevivir en comunión con nuestra tierra. Los Guardianes nos protegían del peligro.

¡Pero no me protegerían de la estupidez! ¿Qué hay más estúpido que saltar al vacío pensando «Eh, bueno, algo me salvará de la muerte»?

«No puedo hacerlo», pensé. «¡No puedo hacerlo!»

Le di la espalda al precipicio y eché a andar.

El viento se alzó de nuevo, rugiente, y me empujó hacia atrás.

Gruñí y me revolví.

—¡No! —exclamé—. ¡Esto es una locura! ¡No hay nada ahí abajo! ¡No voy a sobrevivir si lo hago!

Me froté el rostro con las manos.

Me sentía enfadado… pero no lo estaba.

Estaba asustado ante la idea de que si no saltaba, sino demostraba esa fe ciega, no avanzaría. No me convertiría en un adulto. No entraría en sintonía con un Guardián para recibir su poder. No tendría mi propia casa.

No podría unirme a Ashem.

Se me revolvió el estómago y me arqueé, dolorido.

—No puedo hacerlo… —musité—. Pedidme otra cosa… Pedidme lo que sea… pero no soy capaz de saltar sin más. Ni siquiera puedo ver lo que hay ahí abajo.

Los Guardianes no respondieron a mi ruego. No hablaban con todos los ihnea, sólo con el Portavoz, y en una sola ocasión, terminadas las pruebas, con cada individuo al que dotaban de poder un nuevo nombre.

Estaba asustado. Me costaba respirar.

—¿Qué tengo que hacer? —murmuré—. ¿Qué debo hacer? ¿Saltar? ¿Dar la vuelta y saltar al vacío? ¿Esperar que algo me sostenga en el aire? El aire no sostiene a los humanos. No puede. Me voy a matar. Me tiraré por el acantilado y moriré, y entonces sí que nunca… Nunca…

Nunca volvería con Ashem.

—No puedo… ¡No puedo!

Eché a correr.

Nueve Sonatas Literarias

Me

negaba a confiar mi vida a los Guardianes.

Me

negaba a confiar mi vida a lo desconocido.

Me

negaba a apostar mi vida a que pasara lo que pasara volvería con Ashem.

—¡Ah, maldición! —grité.

Mis botas derraparon sobre la tierra cuando di la vuelta, seguí corriendo…

Y salté.

En un primer instante fue como si flotara, y el nudo de miedo en el estómago se aflojó.

Entonces comencé a caer, y el terror me atenazó la garganta, impidiéndome respirar.

Respirar, pero no gritar, porque grité.

Caí y grité, y pensé que mi estupidez no tenía igual mientras el aire, en lugar de sostenerme, dejaba que me abocara a la muerte más segura.

«Los Guardianes nos dan las armas para protegernos», pensé mientras la sangre me rugía en los oídos. «Pero no nos van a salvar ellos».

Aun así cerré los ojos con fuerza y esperé un milagro. O el terrible dolor de mi cuerpo destrozado contra el suelo.

Lo

que tuviera que ser, sería.

Mi

mente convocó el recuerdo de Ashem y me aferré a él.

Y entonces terminó.

Fue como chocar contra el agua, excepto que no había agua. El mismo viento que atravesaba en mi caída me empujó brutalmente hacia arriba, arrancándome el aliento.

Pero seguí cayendo.

Seguí cayendo, y después…

Después choqué.

Fue algo duro, pero no era el suelo ni la roca.

Era un cuerpo.

Un cuerpo caliente y tenso que me envolvió, me protegió, y cayó conmigo.

Temblando me encogí contra aquel cuerpo, aquella inexplicable salvación.

«Ashem».

Alcé la cabeza bruscamente, sin aliento, y lo vi.

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Lo vi.

Mi Ashem de espaldas sobre el suelo, sosteniéndome, protegiéndome, apretándome contra

su cuerpo para que el mío no sufriera ningún daño.

Mi

Ashem.

Mi

pequeño.

El aire volvió a mis pulmones, y con él las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.

Su respiración era rápida, acelerada. Me miraba. Sus ojos rojizos estaban empañados.

—Jamás dejaría que te ocurriera nada —sonrió, pero fue una sonrisa temblorosa—.

Mi princesa.

Yo también temblé.

Temblé, reí y lloré, desbordado.

—Asheeeeemmm…

Me abracé a su cuello incapaz de contener mis propias emociones, las lágrimas, las carcajadas

y los temblores de todo mi cuerpo.

Lleno de amor, de agradecimiento, de clara revelación y fe ciega, me aferré a su cuerpo y lloré como no había llorado en la vida.

—Ashem, te amo tanto… —sollocé quedamente, con la voz quebrada, ahogada por las emociones que me colmaban—. Ashem…

Noté cómo él tragaba saliva y me apretaba contra su cuerpo.

—Te amo, Iorek —susurró con voz trémula—. Te amo con toda mi alma, daría mi vida por ti.

Comenzó a besarme allí donde daban sus labios, y yo, con una risa, lo agarré del rostro y le devolví un beso en la boca, desesperado, largo, ardiente, un beso enmarcado en lágrimas.

—Mi pequeño… héroe… —ronroneé a duras penas, con una sonrisa temblorosa y bromista—.

Mi amor…

Volví a besarlo, estrechándome contra su cuerpo, sin pensar ni en él ni en mí, sólo en nosotros.

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Biografía

Aya y Natsu Athalia comenzaron a escribir juntas como parte de un juego en el 2002, pero lo que era un pasatiempo se fue volviendo más serio mientras hilaban las bases de un cosmos completo y escribían sus propias novelas, hasta que se lanzaron al mundo literario publicando su primera obra, Lazos de Sangre, en el 2012.Un año después publicaron una segunda novela, Sacrificio.

Las dos Athalia’s tocan muchos temas y géneros, pero la homoerótica es y siempre será “el principal”.

Página web: http://athalia.es

Sonata N º 3

Cielo de invierno
Cielo de
invierno

Bry Aizoo

Nueve Sonatas Literarias

There’s no chance for us It’s all decided for us This world has only one sweet moment set aside for us Who wants to live forever?

«El hambre es como un oso en invierno, una bestia dormida. Crees que ya no está, que ha desaparecido para siempre y que puedes hacer como si nunca hubiera existido, como si nunca te hubiera dominado. Pero no es así y lo sabes. Y temes el día en el que la Bestia despierte, porque cuando el invierno llega a su fin, el oso abandona su caverna. Todas las bestias despiertan y tú no eres diferente a ellas. Cuando se acerque aquello que busca Ella abrirá los ojos y alzará la cabeza, y no dejará de rugir y arañar, de retorcerse, de clavarte sus garras en las entrañas hasta que le des lo que pide».

Polvo y cenizas acumuladas por el paso de los siglos se levantaron en una nube turbia cuando la losa del pozo se movió, y brillaron refractados por la luz de la luna llena. Por la pequeña rendija, asomaron unos dedos ensangrentados que, no sin esfuerzo, acabaron de apartar el mármol hasta dejar el suficiente espacio para que un cuerpo delgado pudiera salir al exterior.

El dormido alzó la mirada y buscó las estrellas. Había escuchado la llamada y había

Todavía no, pero no importaba, lo

despertado. ¿Dónde estaba? No recordaba su nombre haría, tarde o temprano.

—Sangre —murmuró con una voz ronca, silenciada durante siglos. Tenía que estar cerca. De lo contrario, él no habría despertado.

«¿De verdad has despertado? A lo mejor sigues dormido. Fíjate, estás rodeado de ruinas. ¿Acaso sabes dónde estás?»

—Tengo mucha hambre —gimió, ignorando la voz de su cabeza. No le importaba dónde estaba él, quería saber dónde estaba aquello que necesitaba. Avanzó con pasos torpes, arrastrando los pies, el dolor era demasiado agudo. Sus venas se contraían y se clavaban en sus músculos como si fueran cuchillas afiladas.

—¿Qué es esto que tenemos aquí? —bramó una voz a su espalda. Se giró lentamente para ver como un tipo de larga barba y pelo trenzado le dedicaba una sonrisa burlona, lobuna—. ¡Un romano! Un patricio, ni más ni menos. Un jovencito sin pelo en el pecho —rió y se apoyó en el suelo, mostrando su enorme hacha manchada de sangre. Amenazador y confiado al mismo tiempo.

Cerró los ojos y lo olió, el aroma del cuero curtido, del metal sucio, el sudor de la piel, los

Pero bajo todo esto había otro olor, uno que le prometía calma

restos de humo, el caballo

avivando su rabia, uno que le prometía paz llamándole a la guerra. Uno que le devolvería la humanidad tras despertar a la Bestia.

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—¿Has perdido algo? —continuó el vándalo, mientras caminaba hacia él en una actitud poco amistosa, o mucho, si se pensaba bien.

—Sí —murmuró. Alzó la mirada lentamente, casi con pereza, y sonrió—, pero ya lo he encontrado.

Durante dos semanas las tropas vándalas saquearon Roma. Durante dos semanas, los gritos se sucedieron, las calles despertaron bañadas en sangre y las noches se iluminaron con las hogueras. Entre todo eso, nadie se preocupó por los cadáveres desangrados que aparecían en la vía pública. ¿Qué importaba un demonio suelto cuando el mismísimo infierno se había desatado sobre la ciudad?

el mismísimo infierno se había desatado sobre la ciudad? L e habían cortado el pelo con
el mismísimo infierno se había desatado sobre la ciudad? L e habían cortado el pelo con

Le habían cortado el pelo con alguna herramienta que no se había inventado para ello, probablemente, una espada. Los mechones desiguales caían por su rostro confiriéndole cierto aire salvaje y sus ojos grises brillaban con la rabia encendida de una bestia enjaulada. Y, para aquellos hombres, no debía de haber mucha diferencia. Las marcas en su torso desnudo hablaban de golpes y vejaciones, demasiados para su corta edad porque el muchacho no debía tener más de once o doce años y todo parecía indicar que no cumpliría ninguno más.

Brujería

Ese había sido el veredicto final y sólo había una cura: la hoguera. Y eso era así

para hombres y ancianos, para mujeres y, como era el caso, para los niños.

—¡Y yo os lo digo, hermanos! —gritó el sacerdote al pie del cadalso, dirigiéndose a la pequeña multitud—. ¡No sintáis compasión o pena porque lo que vosotros veis como un niño no es más que un vestido de carne que el Diablo toma para mortificarnos! ¡Todos habéis visto los prodigios de esta criatura y la malevolencia que destila su lengua viperina! ¡Osa amenazarnos! ¡Pero somos buenos creyentes, criaturas de Dios y no tememos a la ira del Oscuro porque el Señor nos protege! ¡Alabado sea el Señor y su corte angelical!

—No he amenazado a nadie —replicó el niño—, sólo he dicho que antes de que caiga el sol, llegará la bestia con rostro humano y tu sangre bañará la tierra. Y eso pasará aunque yo muera.

—Maldita abominación —masculló el hombre con el rostro enrojecido por la ira. Soltó la mano en un golpe rápido que resonó por todo el valle—. ¿Osas maldecirme?

Eira saboreó la sangre de su labio partido. ¿Maldiciones, amenazas? Ese sacerdote no entendía nada. Habían sido sus hombres los que le habían ido a buscar, los que le arrancaron de su hogar para que les dijera lo que todo el mundo quería saber: ¿quién será el nuevo pontífice? Pero las estrellas no siempre respondían a sus preguntas, aunque siempre decían la verdad.

«Antes de que crezca la luna nueva, antes de que salga un nuevo sol, la Bestia con rostro humano se alimentará y aquel que esgrime su fe como si fuera un hacha contemplará, impotente, cómo su sangre baña la tierra».

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Ahora, aquel hombre de fe le amenazaba con una cruz y una antorcha como si todo fuera culpa suya. No creía en las palabras del muchacho pero le iba a quemar por si pudiera ser real, como si silenciándolo pudiera borrar su aciago sino.

iba a morir. Las estrellas no le habían dicho lo contrario. Sería un idiota al decir que no

tenía miedo porque no era cierto. No le aterraba la muerte, sabía que volvería a reencarnarse

pero

anteriores hubiera acabado de una forma tan dolorosa y eso que tenía un magnífico abanico de muertes violentas. Con todo, Eira se limitó a apretar la mandíbula y alzó la barbilla en un gesto orgulloso mientras uno de los hombres del clero derramaba aceite por su cabeza. Estaba temblando, tiritaba de frío apenas cubierto por un improvisado sudario de arpillera que ardería bien en cuanto encendieran la pira.

¿morir quemado? Eso no iba a ser agradable. No recordaba que ninguna de sus vidas

Y él

—Apaga esa antorcha —ordenó una voz entre el público.

La gente se apartó para dejar pasar a un extraño individuo vestido con ropas sencillas, demasiado ligeras para la estación en la que estaban. La pobreza podía explicar muchas cosas, entre ellas, una vestimenta escasa, pero no justificaría que el recién llegado se mantuviera impertérrito ante el frío gélido que azotaba la región. Nada parecía afectarle. Llevaba el cabello corto y el rostro afeitado, como la nobleza, y había algo en su forma de moverse que hacía pensar en reyes e inducía reverencia.

—Apaga la antorcha —repitió con voz firme y sosegada, sin dejar de avanzar hacia el cadalso. Su acento era extraño pero pronunció las palabras con claridad. Quizá fuera un extranjero pero sabía bien lo que estaba diciendo.

El sacerdote balbuceó sorprendido e intercambió miradas entre la antorcha encendida que llevaba en la mano y el crucifijo de la otra. Fue incapaz de alzar el rostro para devolver la mirada al extraño.

—E-es un brujo —murmuró—, está maldito. Debe ser purgado por el fuego divino y debemos rogar a Dios que

—Calla —dijo el extraño haciéndole un gesto con la mano—.Tu voz me molesta. ¡Buenas gentes! —exclamó hablando a la multitud y todos le escucharon. Sus palabras eran vibrantes,

cargadas de una energía cálida que invitaba a ser oída y compartida. Eira casi podía ver el chisporroteo mágico que impregnaba la atmósfera—. La brujería es algo serio. Hablar del

demonio es algo serio pero

¿desde cuándo las habladurías de un niño son obra del diablo?

Juegos infantiles, es lo que son, y nosotros deberíamos avergonzarnos de habernos planteado la mera posibilidad de que fuera real.

—E-el niño está maldito —insistió el sacerdote—. Dice cosas

¡Cosas que se cumplen!

—Al salir el sol, se irá la noche —replicó con un tono burlón para que le escuchara todo el mundo—. Yo también digo cosas que se cumplen. Podría decirle que se le caerá una muela y puede que no sea hoy, ni mañana, es probable que no suceda nunca y, sin embargo, cuando suceda, si sucede, recordará mis palabras y pensará que lo he profetizado. ¿Estaré embrujado

Nueve Sonatas Literarias

yo? En realidad —añadió con un susurro, encarando al sacerdote pero dándole la espalda al resto. Desde su perspectiva, Eira seguía observándolo todo y abrió los ojos, aterrado, cuando el atractivo rostro del desconocido se desfiguró en una mueca siniestra que dejaba en evidencia unos afilados incisivos—, sí estoy maldito. Y antes de que salga el sol me habré bebido tu sangre.

Y mientras el sacerdote temblaba sin poder pronunciar una palabra coherente, la orina

resbalaba por su pierna formando un charco a sus pies y una mancha oscura en el hábito. El pequeño gentío gritaba que soltaran al chico, que no era más que un niño, y aclamaban al extraño que arrojó al suelo la antorcha encendida y, con paso firme, se dirigió a la pira del cadalso.

—Eres un vampiro —dijo Eira con la voz temblorosa por el frío. Alzó la mirada y se encontró con unos ojos del color del cielo al anochecer que le contemplaban con curiosidad—. ¿Por qué me ?

no tengo ni idea —confesó el extraño, y casi parecía que era una broma si no

fuera por la expresión adusta y el ceño fruncido. Sí, en verdad no tenía ni idea.

Desató las cuerdas y ayudó al niño a bajar de la pira de ramas y leña amontonada mientras la multitud estallaba en vítores, ajena a lo que en realidad había sucedido, incapaz de apreciar que estaban bajo el influjo del ser.

—En realidad

—¿Cómo te llamas? —preguntó Eira, abrazándose a sí mismo para entrar en calor.

El vampiro le contempló extrañado. Pareció que iba a responder algo pero, en vez de eso, se

quitó la capa que cubría sus hombros y envolvió en ella al muchacho.

—Te vas a congelar —dijo sin responder a su pregunta—, necesitas ropa y Vamos, seguro que alguien te ayudará.

Cuando bajaron del cadalso, la multitud lo arropó. Una señora le abrazó como si fuera el nieto perdido mientras no dejaba de repetir «pobre criatura» en una monótona letanía y le empujaba lejos de allí. Eira la dejó hacer pero giró la cabeza intentando seguir con la mirada a su misterioso salvador. Pero era inútil; había desaparecido.

comida caliente.

Pero era inútil; había desaparecido. comida caliente. S abía que no estaba solo. Ya no estaba
Pero era inútil; había desaparecido. comida caliente. S abía que no estaba solo. Ya no estaba

Sabía que no estaba solo. Ya no estaba dormido, ya no, y el corazón del mortal latía con la fuerza de una legión de caballería. Demasiado cerca. El vampiro abrió los ojos en la oscuridad y se incorporó lentamente.

—Por fin te has levantado —le recibió una voz juvenil—, llevo horas esperando a que se pusiera el sol. Bueno, eso creo —añadió tras una pausa—, en esta bodega no hay forma de saber si el sol se ha puesto, pero te has levantado, ¿no? Eso significa que ya es de noche.

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aunque en ese momento no le había parecido que fuera tan molesta. Sus

sospechas se convirtieron en certezas cuando el niño encendió una vela y la luz dorada de su llama iluminó la pequeña bodega que utilizaba como refugio temporal. Allí, no llegaba la presencia del sol. Esas tinas gigantescas sólo se abrían en la temporada previa a la cosecha para limpiarlas a fondo y prepararlas para su nuevo contenido, ya que los hombres accedían a ellas desde los grifos que comunicaban con el otro lado de la pared. Su refugio apenas era un hueco lleno de telarañas. ¿Cómo le había encontrado? No era fácil, tomaba precauciones cada noche y se cuidaba mucho de no levantar sospechas. No podía arriesgarse a ser descubierto si su vida dependía de ello.

—Llevo tres días buscándote —siguió diciendo el pequeño. Llevaba ropa gruesa de abrigo y los cardenales de la cara ya empezaban a amarillear—, no has sido fácil de encontrar y eso que tenía un buen guía.

—Tenías que haberte quedado en el poblado —gruñó. No tenía hambre, se había alimentado bien y no necesitaba comer, pero si el niño seguía hablando le mataría sólo para no tener que escucharle.

Recordaba la voz

«No, no lo harás».

—¿Y tú qué sabes? —gruñó para sí frotándose el entrecejo.

—Pues

«Claro, por qué iba a pensar lo contrario. Aquí sólo estáis vosotros dos».

—¿Por qué no te quedaste en el poblado? —insistió—. Aquella gente te habría cuidado.

—Ya

muchas cosas —respondió el niño como si la pregunta hubiera sido para él.

se

pusieron muy susceptibles cuando apareció el cadáver del sacerdote con el cuello destrozado y la tierra ennegrecida con su sangre.

—El chico carraspeó un poco y se rascó la cabeza, desviando la mirada—. Bueno

—¿Apareció? —se extrañó. Estaba bastante seguro de haberlo escondido bien.

aparecerá —rectificó el jovencito—. A veces confundo las cosas que veo con las

cosas que ya han pasado. Por cierto, me llamo Eira, ¿y tú eres?

—Eres un vidente —observó sin responder a su pregunta. El niño sonrió en una mueca torcida, como si esa palabra tuviera significados ocultos para él. Los trasquilones de su cabello le daban un aire salvaje pero allí, en la oscuridad, destellaba con los colores del oro pálido, casi blanco.

«Pelo blanco y ojos grises, tiene una belleza extraña. Si consigue conservarla en la madurez será realmente atractivo».

—Entre otras cosas —dijo Eira ladeando la cabeza—, y tú eres un vampiro, una alimaña. ¿Cómo os llamaban en el sur? Ah, sí; cainitas. Los descendientes de Caín. Eres un cainita. ¿Qué haces tan lejos de tus gentes?

—¿Un vidente no lo sabe? —preguntó con desdén aunque la verdad era que no quería pensar en ello.

—Bueno

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«Saliste corriendo y me dejaste atrás. Eso fue lo que pasó. Todos murieron, todos menos tú».

—¡No te dejé atrás! —se defendió alzando la voz, como si no supiera que discutir consigo mismo no servía de nada.

Las voces no se callaban. Había muchas, muchísimas, pero por encima de todas estaba la voz

del muchacho, tan familiar y tan desconocida al mismo tiempo. Incapaz de darle un nombre a

ninguna de ellas, de dárselo a sí mismo.

—¿Con quién hablas? —preguntó el niño. Él no contestó, no podía hacerlo porque no lo sabía—. No eres muy hablador.

—Nadie es tan hablador como tú —replicó molesto. ¿Por qué estaba allí?—. ¿No tienes nada mejor que hacer que seguirme? ¿Por qué no vuelves a tu casa?

—Estoy en ello, me han dicho que para encontrar el camino a mi casa debo encontrar el

camino a ti. Nunca

—se excusó ante su mirada perpleja—. Siempre son mensajes así. Creo que porque también

inspiran a los artistas.

El vampiro miró al niño con incredulidad, recogió la capa que había tirada en una esquina y el fardo que había debajo. No era un equipaje muy pesado. Se colocó bien la ropa y la sacudió para quitar el rastro de polvo y telarañas. Despensas y bodegas eran poco confortables y aun así las prefería a los cementerios.

Abrió la puerta con cuidado de no hacer mucho ruido y sacó la cabeza para comprobar que no hubiera nadie cerca. Había ruidos en un cobertizo cercano, la gente regresaba a su hogar después de un día de trabajo pero ninguno suponía una amenaza. Se acomodó la mochila en la espalda y echó a andar hacia el camino, apenas iluminado por una luna creciente que comenzaba a mostrarse.

—¿Me estás ignorando? —preguntó Eira trotando detrás suyo—. Las estrellas no se equivocan. Yo no me equivoco, digo siempre la verdad. Los mensajes pueden ser confusos pero son ciertos, siempre.

nunca dicen cosas concisas como gira a la derecha al llegar a Vindobona

El vampiro bufó y se giró para encarar al pequeño.

—Lo sé —dijo con voz seca—. Cuando era pequeño mi padre me llevó a ver a un hombre que

leía las estrellas. Tenía los ojos dorados. ¿Y sabes qué me dijo? Tu voluntad será tu condena.

Y aquí estoy, condenado. No me gustan las estrellas, mocoso, no me importa lo que tengan

deparado para mí, no quiero saberlo. Así que

Eira asintió pero siguió caminando detrás de él. Si el niño creía que siguiéndole encontraría su camino, nada de lo que le dijera haría que cambiara de idea. No quería viajar con niños. Vivía en la oscuridad y ese mocoso apenas era un crío. Podía matarle, así solucionaría todo. Pero esa vocecita insidiosa de su cabeza, la misma que le había empujado a rescatarle en la hoguera, no se lo permitiría.

aunque lo veas, no quiero que me lo digas.

—¿Sólo haces eso? —gruñó—. ¿Ves el futuro?

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—Y el pasado —respondió Eira en un murmullo—, pero sí, sólo hago eso. No sirvo para mucho más.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó el vampiro con la voz temblorosa por la rabia contenida.

—Pronto cumpliré once inviernos —dijo con un tono calmado, como si temiera ofenderle si hablaba más alto—, pero recuerdo muchos más —Agachó la cabeza y su voz tembló

sé cómo te sientes, yo tampoco querría saberlo. No me gusta mi poder,

preferiría no tenerlo. No saber. Pero lo sé. Sé que ya he vivido la mayor parte de mi vida, que nunca tendré hijos, que nunca sabré lo que es formar mi propia familia. Sé que moriré solo y que ni en el mejor de los casos veré veinte primaveras. Y sé que volverá a empezar y volverá a ser lo mismo, una vez y otra. Yo también querría no saber, así podría vivir cada día sin pensar en ello.

ligeramente—. Sé

El cainita se quedó quieto, incapaz de decir nada. Veinte primaveras no era mucho tiempo y, sin embargo, el niño había pronunciado esas palabras con una entereza encomiable. Cualquier otro podría permitirse dudar de su significado pero no él, Eira sabía que su camino estaba trazado y no se podía cambiar.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó de nuevo el joven vidente.

—No lo sé —confesó agachando la cabeza—. Desperté hace poco y mis recuerdos se confunden.

—Pero

—Sí —admitió—, y recuerdo a una mujer llamándome Marcus, pero sé que ya no me llamo así.

—Pero alguna vez fue tu nombre

recordaste la visita al profeta —observó el niño.

—Sí —asintió. Miró al niño, en sus ojos grises había determinación, no se iba a dar por vencido. Suspiró, aunque no lo necesitara y retomó el camino—. Supongo que, mientras no recuerde el otro Marcus nos servirá. ¿Hacia dónde queda tu casa?

Cuanto antes llegara, antes sería libre de nuevo. Libre de seguir su propio camino. Pero Eira no pensaba así, dio un saltito ilusionado y corrió para alcanzarle.

—No tengo ni idea —confesó con una carcajada.

—No tengo ni idea —confesó con una carcajada. C aminaron hacia el norte durante semanas. Eira
—No tengo ni idea —confesó con una carcajada. C aminaron hacia el norte durante semanas. Eira

Caminaron hacia el norte durante semanas. Eira habló a Marcus de las montañas, de las nieves que no desaparecían en primavera, y de bosques que llegaban hasta donde alcanzaba la vista y que escondían en su interior ciudades enteras. Marcus era un hombre culto y parecía saber bastante sobre el mundo que les rodeaba, decidió que lo más probable era que su hogar se hallara en los límites de las tierras de los germanos y Eira se encogió de hombros y asintió, por qué no. Podría decirle que el mundo había cambiado mucho y que ya no era el que conocía.

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Sólo tenía que esperar a que las estrellas dieran un mensaje claro, pero ya se lo habían dado y sabía que si permanecía cerca del vampiro, tarde o temprano encontraría su hogar.

—Mi Nana me despertó con siete años —explicó el vidente entre bocados de pan, una noche que Marcus le preguntó si siempre había sabido su destino—. Ella no quería hacerlo, pero yo me estaba volviendo loco con las visiones y necesitaba darles un sentido. Después de aquello me pasé días llorando, y me negué a probar bocado. ¿Para qué? ¿Qué sentido tenía? Después llegaron los recuerdos y me di cuenta de que siempre era lo mismo, de que ya había pasado por ello una vez y otra. Y al mismo tiempo que supe que moriría joven, ya era viejo. En realidad, no es tan malo, supongo.

—¿Cómo puedes decir eso? —se extrañó Marcus.

—No tengo miedo a morir —explicó Eira—. Sé que es algo que tiene que sucederme y que

como todos esos monjes que están convencidos

no pasa nada, ya sé lo que viene después. Es

en ir al cielo cuando se mueran. ¡Sólo que yo tengo razón! —rió.

—Pues no parecías muy tranquilo cuando aquel tipo iba a quemarte.

bueno —carraspeó y se rascó la cabeza—. No me asusta la muerte pero no me gusta

no

quería acordarme de eso —dijo, negando con la cabeza. Tiró el cacho de pan al suelo y se limpió las manos en el pantalón. Todavía estaban muy lejos del poblado más cercano y tenían que encontrar refugio antes de que saliera el sol—. Ya tengo suficientes muertes desagradables.

el dolor —reconoció—. Luego te queda, ¿sabes? Cuando vuelves a nacer lo recuerdas y

—Ya

Marcus no contestó, no hablaba mucho. Parecía que cargara siempre con demasiadas cosas a sus espaldas. Durante el día, tenía horribles pesadillas y no hacía más que hablar en una lengua que Eira desconocía. Había intentado preguntarle sobre ello pero nunca recibía respuestas claras. Se levantaban en cuanto caía el sol, cuando el cielo no había oscurecido del todo, y caminaban siguiendo los restos de la calzada romana hasta bien entrada la madrugada. Entonces buscaban un sitio para descansar y él dormía, mientras el vampiro salía de caza.

Nunca le preguntaba dónde iba y más de una vez temió que no regresara, pero al levantarse, con el sol del mediodía, siempre había algo de comida y unas monedas para que comprara más. Entonces recababa información sobre la zona, y preguntaba por la distancia a la que se encontraba el siguiente poblado y esperaba a que cayera la noche para comenzar a caminar.

No tenía ni idea de si el rumbo que seguían era el correcto pero pasados unos días le dejó de importar. De hecho, estuvo tentado de mentir abiertamente. Disfrutaba de la compañía del cainita. Y podía pasarse horas enteras viéndole dormir. Estudiando su perfil, el ángulo de su barbilla o la forma en la que sus músculos se marcaban incluso por debajo de la ropa.

Las semanas se convirtieron en meses y, en todo ese tiempo, apenas había conseguido sonsacar información a su salvador. Nada, salvo que era romano, de la época dorada del imperio y que se había sumido en un letargo que había durado siglos para despertar en el ocaso de su civilización.

—¿Estás bien? —le preguntó Marcus una noche.

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Según él, su hogar se encontraba al otro lado de las montañas y Eira tuvo que admitir que probablemente era cierto. Recordaba vagamente la silueta de la cordillera que se extendía ante él. El terreno era cada vez más abrupto y la nieve había hecho acto de presencia.

Eira parpadeó confuso y salió de su ensoñación. Caminaba arrastrando los pies, abrigado en la gruesa capa de piel, pero incluso así el viento helado le había calado los huesos y no podía expulsarlo. Tenía frío. Sus dientes castañeaban sin parar y temía hablar por si se mordía la lengua. Asintió con la cabeza y continuó caminando. Tenía que seguir. Desde donde estaba ya se veían las luces de la posada que le habían indicado. La última antes de cruzar el paso. Un lugar que solía estar lleno de gente que se abastecía para una larga travesía, o que descansaba tras un duro viaje. Habría fuego, y comida y quizá podría descansar.

Y quizá podría quitarse de la cabeza el último mensaje de las estrellas. Marcus lo había dicho muy claro: «No quiero saber».

El cainita le miró de reojo y se detuvo.

«¡No, no te pares. Si me detengo no sabré continuar y está cerca. Ya casi hemos llegado».

—Hace demasiado frío —dijo con voz suave. Eira la reconoció, era el tono que se usaba para dar malas noticias—, y pronto empezará a nevar. Es un riesgo hacer el paso en esta época; aplazaremos el viaje.

—¿Qué? —murmuró Eira—. ¡No! ¡No hace falta! ¡Puedo seguirte! ¡No me da miedo la nieve!

—Eira, yo no tengo frío —le contestó Marcus mirándole a los ojos—. No necesito abrigo, ni cobijo, ni víveres como los tuyos. Pero si seguimos así te pondrás enfermo. Es una locura cruzar las montañas en invierno, no podrás avanzar con toda la nieve y yo no puedo darte calor. Allí arriba habrá todo tipo de seres hambrientos y no serás más que una presa para ellos —le explicó, y aunque el niño comprendía la verdad de esas palabras, no podía quedarse con los brazos cruzados mientras le abandonaba, porque sabía que allí era en donde derivaría esa conversación, y sabía lo que pasaría si le perdía—. Cuando lleguemos a la posada, les convenceré para que se ocupen de ti y volveré a buscarte cuando llegue la primavera.

—¿Me vas a dejar? ¿Me vas a dejar de verdad? —exclamó el joven aterrado ante la simple idea de que pudiera suceder—. ¡No, por favor! ¡No lo hagas!

—Eira, cálmate —le pidió el cainita. Se arrodilló a su lado para estar a su mismo nivel. Su voz era tranquila y grave, tenía una cadencia seductora que invitaba a escucharle—. No podré quedarme contigo, no puedo estar todo el invierno sin alimentarme y hay muy poca gente. Es demasiado arriesgado. Volveré a la ciudad y me quedaré allí hasta que llegue el deshielo, entonces vendré a buscarte

—Estás usando tu magia conmigo —murmuró Eira agachando la cabeza para no mostrar las lágrimas que en ese momento pugnaban por salir.

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—Sólo lo hago porque quiero que me escuches, no porque lo que diga sea mentira.

—Sé que dices la verdad —respondió asintiendo con la cabeza, le costaba hablar, sentía que

si lo hacía rompería a llorar y

era. Había vivido muchas veces, tenía toda esa sabiduría acumulada, no era un niño—. No soy un niño. Puedes explicarme las cosas y las entiendo —replicó de malos modos—. No tienes que usar trucos conmigo.

no era un niño. Puede que en apariencia lo fuera pero él no lo

Marcus suspiró. A Eira le divertía ese gesto tan humano en alguien que no lo necesitaba lo más mínimo, pero en esa ocasión no había nada divertido en él.

—Confía en mí —le pidió el cainita—. Volveré a buscarte.

—Sé que lo harás —murmuró apretando las mandíbulas.

Marcus buscaba sus ojos pero Eira era incapaz de devolverle la mirada. Sabía que volvería, claro que sí, se lo habían dicho las estrellas. Pero también le habían dicho que sería demasiado tarde.

El vampiro asintió, más tranquilo, y reanudó el camino hacia la posada. Eira intentó imitarle, pero en ese momento el viento frío regresó con más fuerza, era una fuerza helada que parecía surgir de todas partes. La naturaleza entera se había levantado en su contra. Quizá era lo que tenía que suceder.

«No es justo, no es justo», decía una vocecita en su interior. «No es justo».

Eira cerró los ojos y alzó una mano para protegerse de la ventisca. Sin darse cuenta, tropezó con una piedra del camino y cayó al suelo. La mugre húmeda del suelo golpeó su rostro.

—¡Eira! —exclamó Marcus y retrocedió para buscarle—. ¿Ves a lo que me refiero? —dijo mientras le ayudaba a ponerse en pie—. Seguir adelante con este clima será tu muerte.

—Si tú me dejas moriré también —murmuró.

—¿Te lo han dicho las estrellas? —Marcus parecía preocupado de verdad. Eira sonrió, y estuvo tentado de decirle que así era, pero eso sería mentir. Las estrellas no hablaban de muerte, hablaban de dolor pero no de muerte. No aún.

—Me lo dice el corazón. —Alzó la mano y acarició el rostro que le observaba, dibujó las fuertes líneas de su mandíbula, la silueta de sus labios, miró sus ojos azules como océanos. Él había visto el mar, en otra vida, y esos ojos eran como ese mar, salvaje, frío y profundo. En un impulso buscó su beso, si eso iba a ser una despedida sería una de verdad.

Marcus le apartó con brusquedad.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

—Te quiero —respondió Eira con un susurro y buscó un nuevo beso—. Te quiero.

—Déjate de tonterías, niño, no sabes de qué hablas —le espetó el cainita separándole de nuevo.

—¿Es porque soy un hombre?

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—¡Es porque eres un maldito crío, Eira! ¡Eres un niño! —Marcus parecía escandalizado por su comportamiento.

—No lo soy —negó él—. Te lo he dicho: he vivido muchas veces, no soy un niño.

—A mis ojos sí lo eres —replicó él—. Y hay límites que incluso un condenado como yo no piensa cruzar.

Entonces lo vio claro. Vio sus ojos, el miedo que había en ellos, el terror a hacerle algo, a despertar a la Bestia y perder su humanidad por completo. Marcus no volvería a buscarle. Todo se había acabado. Lo había hecho. Las estrellas habían vuelto a tenderle una trampa. En su afán por detenerle a su lado lo había apartado de él.

Eira no detuvo las lágrimas, no tenía sentido hacerlo. Habría muchas más, lo sabía. Eso sí se lo decían las estrellas. Se dejó caer sobre sus rodillas y lloró, lloró sin importarle si alguien le veía, lloró como nunca había hecho y como nunca más haría, no en esa vida. Dejó que los gemidos rompieran su pecho para escapar de él y Marcus le dejó hacer. Si su llanto tuvo algún efecto en el cainita no lo supo ver, cegado como estaba en su propio dolor. Pasada una eternidad que apenas duró unos minutos, Eira recuperó la templanza y se levantó.

—No es necesario que me acompañes —dijo con toda la firmeza que pudo reunir—. Ya improvisaré una historia.

Marcus asintió y le dejó una bolsa con monedas.

—No es mucho, pero te ayudará algo —dijo. En su voz no podía apreciar ninguna emoción y su rostro era una máscara esculpida.

—¿Volverás a buscarme? —preguntó Eira en un hilo de voz.

—Lo haré —respondió el cainita tras una larga pausa.

Eira esbozó un amago de sonrisa y se encogió de hombros restándole importancia. Todavía sentía las mejillas encendidas por el llanto, y los ojos le quemaban. Pero de nuevo puso su mejor esfuerzo en sonreír y se despidió con la mano en un gesto vago.

—Con eso me basta —dijo y comenzó a caminar hacia la posada, con la firme intención de no volver la vista a atrás.

C« inco años

intención de no volver la vista a atrás. C « inco años Es mucho tiempo. Quizá
intención de no volver la vista a atrás. C « inco años Es mucho tiempo. Quizá

Es mucho tiempo. Quizá no deberías molestarte en regresar».

—Le dije que lo haría —contestó en voz alta y se detuvo al ver las luces de la posada.

Apenas había cambiado en ese tiempo. Era un edificio grande y si se parecía en algo a las otras postas de este estilo, compensaría la poca actividad de los meses de invierno con una mucho más frenética en la primavera, cuando los pasos se abrían y las caravanas recorrían de

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nuevo el angosto paso entre las montañas. Casi todas las construcciones vecinas eran establos para guardar los animales y almacenes para guardar las provisiones. Aunque la mayoría de las caravanas grandes preferían acampar en la enorme pradera.

«A lo mejor no está. A lo mejor se ha marchado. ¿Por qué iba a esperarte?»

—Porque me necesita para regresar a su casa —repuso, sin darle demasiada importancia al viajero que le miraba, sin duda extrañado de que hablara solo. Marcus suspiró y agitó la cabeza, cansado. La vocecita desconocida cada vez era más molesta—. ¿De qué te quejas? — preguntó—. Pensaba que eras tú quien no quería que le dejara aquí. El que insistió en que regresara antes.

«Y no me hiciste caso».

—Ahora estoy aquí, ¿por qué me atormentas? —La voz calló. Marcus esperó a que hubiera una respuesta ácida por parte de esa conciencia extraña que habitaba en su interior, pero nada. No hubo nada—. Así está mejor.

Abrió la puerta y nada más hacerlo, una bocanada de calor y humanidad le golpeó la cara. Una enorme chimenea central calentaba la estancia alrededor de la cual se habían dispuesto una serie de mesas redondas. No había mucha gente. El paso de las montañas se había abierto

hacía unos días, las caravanas que esperaban ese momento habían partido casi al instante, y las que volvían todavía no habían atravesado el desfiladero. Era unos días de tregua antes de que

el trabajo duro activara por completo la pequeña población.

Marcus se acercó a la barra y llamó al tabernero, un hombre fuerte de aspecto recio, con una espesa barba rubia y las mejillas coloradas, una sonrisa amable y una voz como el trueno.

—¿Qué desea? —le preguntó.

—Estoy buscando a un chico llamado Eira —dijo.

El tipo le miró de arriba a abajo y frunció el ceño. Su semblante se oscureció.

—Esos tratos en el establo, no aquí —gruñó el tabernero bajando la voz, como si temiera que

el resto de la clientela le escuchara—. Ahora está ocupado pero si espera unos minutos seguro

que tiene un rato para usted.

—¿En el establo? —repitió Marcus, más sorprendido por el cambio de actitud del hombre que porque el chico estuviera trabajando allí.

—Me da igual lo que hagan pero no bajo mi techo —repitió con un tono tajante.

Marcus le miró extrañado mientras abría la puerta y se dirigió a los establos. Mientras lo hacía, un mal presentimiento se adueñaba de él. De nuevo los nervios y la incertidumbre

que le habían asaltado días atrás. Cinco años era suficiente tiempo. Ahora debía tener quince

o dieciséis años y ya no era el niño que le perseguía. Ahora, si cedía a la tentación no sería

cinco años era demasiado

tiempo. Estaría furioso con él, puede que ni siquiera quisiera verle. Y si eso sucedía

un monstruo. No mucho más de lo que era habitualmente. Pero

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«Ya lo sé», exclamó la vocecita insidiosa cargada de sorna. «Te marcharás y te olvidarás del asunto porque es fácil. ¿No? Por eso no has dejado de pensar en ese niño en cada primavera. Por eso no has dejado de contar los días que faltaban para el deshielo».

—Eres molesto —gruñó—. ¿No te cansarás nunca de torturarme?

«¿Torturarte?», el dolor quebró la voz de su conciencia. «Tanto tiempo

y sigues sin saber

quién soy, ¿verdad? Sin saber quién eres tú. No

—Tengo que conseguir deshacerme de ti —murmuró. Pero no dijo nada más. La voz calló y él también lo hizo. Había llegado a los establos y escuchaba ruidos.

Escuchó los gemidos y los golpes. Un animal relinchó inquieto al verle. Marcus le ignoró. Los golpes se hacían más fuertes conforme se acercaba, las maderas crujían. Allí había alguien. Apretó los puños e intentó contener la rabia homicida que empezaba a gestarse en su interior ante la escena que se formaba en su mente.

—¿Quién es mi potro salvaje? ¿Quién es mi potro salvaje? —Fuera quién fuera jadeaba mientras decía eso, y no parecía necesitar una respuesta.

Marcus se quedó allí, de pie, aturdido ante la imagen. Un hombre, con los pantalones bajados, arremetía vigorosamente contra un muchacho con las muñecas encadenadas a una viga del techo, completamente indefenso. Los pies apenas le rozaban el suelo y se despegaban de este cuando el tipo acercaba las caderas con golpes secos y constantes que acompañaba con jadeos y estúpidas exclamaciones.

no importa. Sólo escúchame, eso me vale».

—Potrillo de culo prieto. Yo te domaré. ¿Te gusta que te domen?

El chico no contestó, apretaba los puños con fuerza, se mordía los labios y cerraba los ojos. Con un jadeo largo, el cuerpo del hombre se estremeció en una corriente de placer. Cuando acabó, empujó las caderas del chaval y salió de su interior, todavía goteando. El cuerpo del chico quedó colgando como un fardo.

Marcus sólo tenía ojos para ese cuerpo menudo en el que sin mucho esfuerzo se podían contar las costillas. En su espalda se veían cardenales y marcas de latigazos. El cabello, casi blanco, le caía por los hombros en mechones apelmazados por el sudor.

—¿Quién eres tú? —le espetó el hombre de malos modos mientras se abrochaba el pantalón—. Podías haber esperado fuera, ¿no?

El chico giró la cabeza al escucharle hablar. Abrió los ojos, esos ojos grises como el cielo de invierno, nubes de tormenta que amenazaban lluvia, y en ese cielo vio vergüenza, y vio miedo. Eira apartó la mirada con el rostro enrojecido. Se puso de pie y, sin demasiadas complicaciones, se deshizo de las cadenas de sus muñecas. No alzó la vista en ningún momento.

—Es igual —continuó el tipo, quitándole importancia—. Ya he acabado. Todo tuyo. Te he abierto el camino —rió.

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No estaba hambriento pero hacía mucho tiempo que no sentía una sed como la que se apoderó de él en ese momento. La Bestia alzó la cabeza desde la profundidad de las entrañas de su alma, donde la tenía relegada. Separó las mandíbulas y mostró las garras, dispuesta a abrirse paso hasta el exterior, decidida a tomar el control de su cuerpo. Y él la dejó porque era lo que quería, quería matar y destrozar, quería la sangre de ese tipo bajando por su garganta y sentir los latidos de su corazón apagarse lentamente.

Disfrutó, sí, disfrutó de su rostro de terror absoluto, de la superioridad que le confería su poder. Disfrutó aplastando la cucaracha, ahogando sus gritos al arrancarle la garganta. Disfrutó incluso del gorgoteo de la sangre, del sonido que hicieron sus pies al chapotear en el charco cálido, y del golpe sordo con el que su despreciable cuerpo golpeó el suelo.

Satisfecha, la Bestia regresó a su guarida, se encogió sobre sí misma y cerró los ojos. Recordándole que, aunque durmiera, tenía un sueño ligero.

Marcus se miró las manos, cubiertas de sangre, y las lamió lentamente, saboreando la huella del terror que allí quedaba. No había ira, ni dolor. Ya no. Ahora sólo había sangre y paz.

—Vístete —ordenó a Eira con sequedad—. Voy a llevarte a tu casa.

—ordenó a Eira con sequedad—. Voy a llevarte a tu casa. L os años habían pasado,
—ordenó a Eira con sequedad—. Voy a llevarte a tu casa. L os años habían pasado,

Los años habían pasado, Eira había crecido y su piel se había vuelto dura como el cuero curtido. O eso había creído hasta el incidente del establo, hasta que vio esa mirada en los ojos de Marcus. Nunca hasta entonces le había visto alimentarse. Sabía lo que era, lo había sabido siempre, pero nunca, nunca había sido consciente de la bestia que anidaba en su interior. Una bestia hermosa y aterradora al mismo tiempo.

¿Hermosa? Sí, quizá estaba loco, no era la primera vez que se lo decían, pero lo había visto,

era

cazar a un gato salvaje. Cada gesto tenía una mortal elegancia. Una danza macabra que bailaba para él, que bailaba por él.

Era como ver

hermoso. El rojo de la sangre, la rabia animal impregnando cada golpe

Ahora, no era la bestia la que cabalgaba con él, era Marcus. Había vuelto a buscarle.

«Demasiado tarde», pensó abrazándose a su cuerpo, apoyando la cabeza contra su espalda, mientras se alejaban a galope tendido de aquel lugar que había sido su hogar y su infierno. Ya estaba, ya había pasado. Tras ellos, las llamas llegaban al cielo iluminando el horizonte, quemando sus recuerdos y cauterizando las heridas de su alma.

Eira escondió el rostro en la capa del jinete y dejó que lágrimas silenciosas resbalaran por sus mejillas.

Cabalgaron durante horas, hasta que Marcus paró el caballo y le hizo desmontar. Eira obedeció sin decir nada. No habían intercambiado palabras desde ese escueto “Vístete” que significaba tantas cosas. Él seguía sin ser capaz de mirarle a los ojos pero obedeció sin rechistar.

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—Quédate aquí y no te alejes —dijo—. Tengo que localizar un refugio antes del amanecer.

Eira asintió con la cabeza y se sentó en una piedra a esperar que regresara. Marcus no tardó en hacerlo.

—Hay unas cuevas en aquellas rocas —explicó—. Podremos usarlas de refugio hasta

el anochecer.

La cueva era poco más que un agujero en la pared que se estrechaba hacia el final, convirtiéndose en una angosta madriguera por la que apenas pasaría un hombre arrastrándose. Algún animal, quizá un tejón, debía de haberlo usado para invernar pero no quedaba rastro de él. Prepararon

un campamento en la entrada, donde apenas podían permanecer sentados sin tocar el techo

y el paso era tan angosto que era imposible no tocarse. Mientras estuvieron entretenidos

trabajando, el silencio era soportable. Fue al terminar, cuando ambos se encontraron sentados

el uno frente al otro, separados apenas por una minúscula hoguera, entonces el silencio se

volvió asfixiante. Había llegado el momento de hablar de lo sucedido, de esos cinco años, y ninguno de los dos parecía estar dispuesto a dar el primer paso.

—Has tardado mucho —dijo Eira armándose de valor.

—Lo sé —respondió el cainita—. Lo siento.

—Eira tomó aire y negó con la cabeza. Era difícil hablar sin llorar—. No importa, fue

culpa mía, no debí besarte. Si no lo hubiera hecho me habrías venido a buscar en la primavera, como habías dicho. No tienes que disculparte, ya sabía que iba a pasar.

—No

—¿Lo sabías? —se extrañó Marcus—. ¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no hubiera cambiado nada —dijo encogiéndose de hombros mientras se cubría con

la manta—. Nunca se puede cambiar. Y es doloroso ver cómo al intentarlo desencadenas los

acontecimientos. Como el beso, por ejemplo. Sólo quería quedarme contigo y lo que conseguí

fue que te alejaras de mí. Tanto tiempo jugando a este juego y todavía me engañan.

Marcus no dijo nada, se limitó a contemplar las llamas. Si algo de lo que le había contado

le importaba, aunque fuera un poco, no lo demostró. Eira esbozó una sonrisa triste. ¿Qué

había pensado que pasaría? Se tendió en el suelo, dándole la espalda, así por lo menos no

le vería llorar.

—¿Cómo sucedió, Eira? —preguntó—. ¿Cómo acabaste ?

—¿Vendiéndome? —dijo él, concluyendo la pregunta. No se giró, siguió tumbado de espaldas,

sin mirarle. Desde donde estaba podía ver las estrellas. Había algo burlón en su forma de brillar—.

Algunos no tienen tantos remilgos como tú —dijo—. Me pagué el invierno en la posada con el

dinero que me diste. Cuando llegó la primavera y tú no viniste

supe que tenía que buscarme

un trabajo. Los meses de verano no eran un problema, me ocupaba de los animales, pero

tampoco ganaba tanto y ya me avisaron que, o conseguía más o no podría pagarme mi estancia

en invierno. La comida escaseaba. Entonces un día, estaba limpiando el establo y

vino alguien

y —Prefería no pensar en esa parte—. Fue el primer verano —continuó—. Me dio mucho

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dinero, más de lo que ganaba un día normal. Después de eso hubo otros. No todos pagaron, pero la mayoría lo hicieron. El dueño de la posada me dijo que debía irme, que era evidente que nadie iba a ir a buscarme y que así estaba tirando mi futuro. Pero yo sabía que tú vendrías, sólo tenía que aguantar. Y eso hice. Confiaba en poder ocultártelo —dijo con la voz estrangulada—. Así tendría valor para mirarte. Ahora no puedo hacerlo. No puedo.

Eira se encogió sobre sí mismo y se cubrió con la manta. Sentía demasiada vergüenza para mostrarse. Era extraño, en esos años había sido consciente de su forma de supervivencia y no se enorgullecía de ella, pero nunca se había sentido tan sucio y despreciable como en ese momento.

«Eso es porque esas personas no te importaban, era igual lo que pensaran de ti. Pero él sí te importa».

—No escapé de ti, Eira —dijo Marcus hablando con voz pausada, como si le costara hacerlo—. Escapé de mí mismo. Eira —dijo, llamándole de nuevo.

Eira se encogió aún más pero, para su sorpresa, Marcus tiró de la manta arrebatándole su escudo.

—¡No!—exclamó alzando los brazos para intentar atraparla.

—Eira, mírame —le ordenó con voz suave. El joven negó con la cabeza y se cubrió con los brazos.

—No, por favor —sollozó—. Déjame, no puedo hacerlo.

—Por favor —susurró él, cogiéndole la cara con delicadeza. Eira bajó la mirada, si era necesario cerraría los ojos—. Por favor, déjame ver el cielo de invierno.

Abrió los ojos y se enfrentó al mar del cainita que tenía delante. Un mar oscuro y frío que le llamaba, un mar en el que se ahogaría gustoso.

—Has vuelto a usar tu magia —dijo en un hilo de voz, incapaz de apartar la mirada de aquel océano. Marcus sonrió y negó con la cabeza sin dejar de mirarle.

—No he usado ninguna magia contigo. Pero me gustaría hacerlo, me gustaría poder borrar estos cinco años.

Eira bajó la mirada a sus labios y los rozó con los dedos, dibujando su contorno. Quería recordarlo. Por muchas veces que muriera, por muchas vidas que pasara, él recordaría esos labios y se ahogaría en ese mar.

—No quiero que los borres —replicó—, quiero que me demuestres que ha merecido la pena esperarte. Ya no soy un niño.

—No —admitió Marcus—, ya no eres un niño.

—Nunca lo fui.

—Lo sé. Y ahora también lo veo.

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El beso fue tierno, dulce y cálido. En esta ocasión el cainita no le apartó, al contrario, se sumergió en su boca y le robó el aliento. Capturó su lengua e inició un baile con ella, un baile húmedo en el que se alejaban y se acercaba, se frotaban y se lamían. El cuerpo del vampiro, normalmente frío y perfecto como el mármol pulido, rebosaba de vitalidad tras el festín en el establo. Su corazón latía, su cuerpo le llamaba, reclamando su atención. Marcus trazó la línea de su mandíbula con la lengua, mientras le despojaba de la camisa.

Eira sintió como su piel se estremecía al contacto del aire frío, para luego notar la cálida caricia de unos dedos diestros deslizándose por su espalda. Ahogó un gemido cuando esos dedos se deslizaron bajo su pantalón y se aferraron a sus nalgas.

—¿Seguro que quieres hacerlo? —preguntó el cainita con la voz ronca por el deseo.

—¿Seguro que puedes hacerlo? —replicó Eira con cierta malicia.

Marcus rió con suavidad y le besó. Se colocó entre sus piernas y le atrajo hacia sí. Incluso a través de la tela, la presencia de su miembro endurecido era más que evidente.

—Puedo hacerlo —aseguró—. Y puedo llevarte hasta la cima, pero no podré acompañarte. No funciona así.

—¿Por qué no? —preguntó extrañado.

—Porque no puedo sentir como sientes tú —le explicó sin dejar de frotarse contra su cuerpo. Eira sentía el fuego arder dentro de él, un fuego que nacía en su entrepierna y se extendía por todo su cuerpo—. La comida es cenizas, la bebida es cenizas, el sexo es movimiento, pero no hay placer, no para mí. No físico, al menos. Te llevaré hasta allí pero no te acompañaré —repitió.

—¿No hay forma de que lo hagas? —preguntó entre jadeos sintiendo que la tela del pantalón le asfixiaba.

—Sólo la sangre me llena, sólo la sangre me da placer. —Marcus le ayudó a desprenderse del pantalón tirando de él—. No te preocupes por mí —dijo regándole de besos el sendero a su entrepierna—, te aseguro que a mi manera, también disfruto con todo esto.

Eira arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás cuando sintió que la boca del vampiro ejercía presión sobre su miembro. Continuas descargas de placer se extendían desde su bajo vientre con cada movimiento del cainita.

—Para —suplicó al sentir que en cualquier momento el placer le desbordaría.

Marcus obedeció pero no se detuvo, ni mucho menos. Le atrajo hacia sí obligándole a alzar las cadera. Usó la lengua para humedecer la entrada y los dedos para ensancharla. Poco a poco, sin prisas, recreándose en cada gemido que conseguía arrebatarle. Eira se mordió la muñeca para reprimir los jadeos. Una pequeña idea, a modo de revelación, se filtró entre los destellos de placer que nublaban sus sentidos. Se revolvió para incorporarse. El vampiro se sorprendió ante su gesto pero esbozó una sonrisa pícara al anticipar sus acciones. Retrocedió lo justo para que su espalda tocara la pared del refugio. Eira no podía dejar de mirar sus ojos, de ahogarse en

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ellos. Trepó por su cuerpo y buscó sus labios. El duro miembro del vampiro estaba dispuesto y encontró con facilidad el camino a su interior.

Eira cerró los ojos y se adaptó a la intromisión. Era cálida y la notaba palpitar, sabía que esa era la voluntad del vampiro, hacerle sentir. Se incorporó en un movimiento ondulante y se dejó caer de nuevo.

—Muérdeme —le pidió contra los labios entre jadeos entrecortados—. Acompáñame, por favor. Ven conmigo.

Marcus gruñó contra su cuello y, por un instante, Eira creyó que no le haría caso. Dio un respingo sorprendido cuando unos dientes afilados perforaron su piel.

El

instinto más primario se mezclaba con la fuerza poderosa del líquido vital. Con cada succión, Eira se sentía arrastrar hasta un vórtice divino que no podía comparar con ninguna otra emoción que hubiera sentido en ninguna de sus vidas.

El placer estalló en su interior como nunca antes había hecho. Era todo. El sexo, la sangre

Y entonces, las estrellas hablaron de nuevo y le mostraron su muerte.

Se abrazó con fuerza al cuerpo del cainita buscando un consuelo que no encontraría. Y mientras el placer se retiraba y una calma nueva le cubría como un manto, Eira decidió que no le importaba, que lo afrontaría con valor porque ahora entendía el motivo de esa vida y sabía que, aunque pasaran mil años, volverían a encontrarse.

que, aunque pasaran mil años, volverían a encontrarse. E n aquella zona los árboles crecían altos
que, aunque pasaran mil años, volverían a encontrarse. E n aquella zona los árboles crecían altos

En aquella zona los árboles crecían altos y el bosque era tan denso que apenas se distinguía el sendero por el que avanzaban. Hacía días que habían dejado atrás el camino principal, ahora era Eira el que guiaba sus pasos y lo hacía sin sombra de duda.

—¿Las estrellas se han decidido ya a mostrarte el camino? —bromeó una noche ante la facilidad con la que decidió la dirección en un cruce.

—Así es —respondió el joven.

Eira montaba a su espalda, así que no pudo ver su rostro, pero en su voz percibió la tristeza que parecía emanar desde aquella noche. Era una tristeza extraña, al principio lo había atribuido a lo sucedido en el establo o a esos cinco años de separación. Le dolía reconocer que una parte de él echaba de menos al chaval hiperactivo y charlatán que había conocido. El joven Eira era duro y frágil al mismo tiempo, habría dado cualquier cosa por disipar ese aire melancólico que lo envolvía.

Desde aquella noche lo habían repetido varias veces. En algunas ocasiones le había parecido vislumbrar lágrimas en el rostro del muchacho, pero no había osado preguntar, quizá temía su respuesta. Por eso el temor y la cautela, por eso esperaba cada noche a que fuera Eira quien diera el primer paso porque no soportaba la idea de estar forzándole contra su voluntad. Y, sin embargo, había algo que le hacía daño.

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«Sólo tienes que seguir intentándolo. Lo estás haciendo bien».

—¿Tú crees? —preguntó en voz alta.

—¿Perdón? —dijo Eira—. Lo siento, estaba distraído, ¿qué me has preguntado?

—No

—¿Otra vez la voz de tu cabeza?

—Así es.

—No te he preguntado

—Marcus negó con la cabeza—. No era a ti.

¿Cómo has pasado estos años? ¿Has conseguido recordar algo?

—¿Algo como mi nombre? —bromeó—. No, todo sigue igual que siempre. Estos cinco años me he seguido moviendo sin rumbo fijo. No pasaba más de un par de noches en el mismo sitio. Como siempre.

«¿Nunca te has preguntado por qué no te quedas quieto? ¿Por qué no dejas de moverte? Es como si te persiguieran. ¿Estás huyendo?»

—Es como si estuvieras huyendo —pensó Eira en voz alta—. No te preocupes, cuando lleguemos tendrás el refugio que necesitas. Las estrellas me lo han dicho: todo se arreglará.

—¿Me sacarán la vocecita de la cabeza y viviremos juntos y felices para siempre? —bromeó.

—Sí

hasta que yo muera —respondió el joven.

¿lo habías olvidado? Eira morirá antes de cumplir las veinte primaveras. Y ahora

tiene dieciséis, no queda mucho tiempo».

—Puedo evitarlo —replicó en voz alta—. Tengo poder sobre eso, puedo hacer que no mueras. Puedo convertirte en alguien como yo.

Pudo sentir cómo el joven se tensaba a su espalda. Ese chico le importaba, puede que no fuera amor porque un ser como él no podía amar, no podía hacerlo como un mortal. Pero ese chico le importaba, quería estar con él y quería verle sonreír. Quería destruir esa bruma triste que le rodeaba y que le hacía parecer un anciano. Quería verle mirar hacia delante sin la carga que el futuro y el pasado ponían sobre sus hombros.

—Gracias —respondió Eira en un murmullo, le habría gustado poder ver su rostro mientras le decía eso, así habría podido intuir cuál sería su respuesta—. Gracias por darme la oportunidad de elegir. Nunca he podido hacerlo.

El bosque en el que estaban tenía algo extraño, algo que lo hacía completamente diferente a cualquier otro en el que hubiera estado. Era una magia antigua que nacía de las profundidades de la tierra. Había símbolos en las cortezas, espirales en las rocas, signos marcados para mantener alejados a seres malditos como él. El caballo se agitó inquieto pero Eira le calmó con palabras extrañas.

Con la voz del muchacho, algo cambió en el bosque. No era nada concreto, apenas era perceptible pero la sensación de no ser bienvenido se fue con la brisa fresca que bajaba de las vecinas montañas.

«Su destino

—Ya casi hemos llegado —dijo Eira.

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Como respondiendo a sus palabras, las luces de un poblado no tardaron en aparecer ante ellos y la conversación quedó en el aire junto con la propuesta de Marcus.

No debían de ser más de una veintena de casas, según el joven. Vivían más de cincuenta personas pero en ese momento no había nadie por las calles. No había una iglesia como solía haber en cada asentamiento que habían cruzado, y cada puerta tenía un símbolo solar marcado en señal de protección. Era como si la mano de los cristianos todavía no hubiera llegado a aquel rincón del mundo.

Eira apenas había hablado de su hogar más que para intentar encontrar su ubicación. Tampoco había hablado de su familia, más que para mencionar a la mujer que le había criado. Marcus había deducido que era huérfano. También le había comentado que había gente que venía de otros lugares para preguntarle por su destino. Gente de los pueblos cercanos, pero también los había que habían cruzado los mares guiados por su fama. A él todas esas cosas le parecían estupideces. Pero se cuidaba mucho de decirlo en voz alta.

—¿Esta es tu casa? —le preguntó cuando se detuvieron delante de una cabaña de techo de paja y paredes de piedra, mucho más grande que las demás.

—No —contestó al desmontar. El chico parecía cargado con lastres, se movía con lentitud. No parecía que acabara de regresar a su hogar después de una larga ausencia y un doloroso viaje—. Aquí vive el jefe del lugar. Yo vivo mucho más allá. En la profundidad del bosque, pero aquí es donde recibía las visitas. Tienen que saber que he regresado.

Llamó a la puerta con un par de golpes vigorosos y esperó a que una mujer anciana les abriera.

—¿Eira? —preguntó la mujer sorprendida al encontrarlo. Marcus se extrañó de que le hubieran reconocido pero, en realidad, tampoco había cambiado tanto en estos años. Seguía conservando ese rostro tan hermoso como diferente.

—Hola, Bedana —dijo sonriendo a la anciana y dejando que esta le abrazara.

—Eira, mi niño —murmuró ella con lágrimas en los ojos.

Les hicieron pasar a una sala más grande y de todas partes salían jóvenes y adultos. Incluso algunos niños salieron de sus camas para saludarles.

—¿Habéis visto? ¡Eira ha vuelto! —dijo alguien y el rumor se extendió como la pólvora.

Pronto una muchedumbre se congregó en el lugar para dar la bienvenida al hijo pródigo de la aldea; el niño de las estrellas había regresado.

Marcus estaba incómodo, se alegraba del recibimiento de Eira pero ese no era su sitio y esa gente era especial. Muchos de ellos creían en vampiros y no como meras supersticiones o seres del folclore, muchos habían tratado con ellos. Podía ver las runas escritas en cada viga, cada una de ellas servía para despojarle de sus poderes.

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Eira se alejó de él y se apartó de los abrazos, se dirigió hacia un hombre corpulento con una gran barba oscura que contrastaba poderosamente con el cabello blanco del muchacho. Cuchicheó algo a su oído y le señaló con la cabeza. El rostro del hombre se contrajo en una muestra de furia pero Eira le tranquilizó con palabras que no pudo escuchar. Su expresión se relajó y Eira continuó hablando, entonces, un nuevo cambio se produjo. Abrazó con fuerza al muchacho y, cuando se separó, tenía lágrimas en los ojos y sacudía la cabeza en señal de pesar.

—Este es Bartek —dijo Eira presentándole al hombre de la barba oscura—. Es el jefe del lugar.

Bartek le ofreció la mano. Marcus la observó con recelo, pero la estrechó con fuerza. El hombre sonrió abiertamente y respondió a su apretón con otro igual de vigoroso.

—Eira me ha explicado lo que eres —dijo. Marcus miró de reojo al muchacho que parecía muy tranquilo—. No tendrás nada que temer de nosotros y nosotros no temeremos de ti.

—Cinco generaciones —dijo Eira—. Las estrellas prometen paz y un acuerdo duradero. Ellos te protegerán de día y serán tu rebaño. A cambio, tú les protegerás de noche. El poblado estará a salvo hasta que cinco generaciones coincidan bajo el mismo techo.

Bartek miró al muchacho y luego le miró a él. Parecía esperar una respuesta.

—¿Nadie correrá peligro? —preguntó.

Marcus parpadeó confuso. ¿En serio estaba sucediendo?

—Eira —dijo—, no puedo quedarme.

—¿Por qué no? —preguntó el muchacho—. Estarás a salvo. Nadie vendrá a buscarte aquí. Puedes dejar de huir.

—Eira

yo necesitaré

—Son más de cincuenta adultos —insistió—. Y todos estarán de acuerdo. Puedes alimentarte

sin hacerles daño. Y

muchacho ladeó la cabeza y suspiró—. Está bien, no tienes que contestar ahora. Mañana.

En un rincón, cerca del fuego, alguien empezó a tocar un instrumento musical, un laúd. Los niños se acurrucaron a su alrededor y escucharon una canción que hablaba de un niño de nieve hijo del invierno.

no estarías solo —Su rostro debía de ser bastante expresivo porque el

«Música, te gustaba mucho la música. ¿Lo recuerdas?»

No, no lo recordaba, como no recordaba muchas otras cosas. Pero esa era fácil de creer porque cada nota de ese instrumento era capaz de tocar el alma incluso en un ser como él, que probablemente no tuviera.

—Hablaré con todos, Eira, pero sabes que ellos confían en ti —dijo Bartek—. Espero que tu nuevo día sea más dichoso que este —dijo, dándole un fuerte abrazo. Le dijo algo más, algo que Marcus no pudo oír y el joven asintió. Sonreía, pero había aprendido a ver el dolor tras sus sonrisas.

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—Cuéntaselo a todos cuando me haya ido, Bartek. Antes de mañana deben saberlo todos.

—¿No vas a quedarte? —le preguntó Marcus extrañado de que el muchacho regresara al caballo.

—Mi casa está un poco más allá —le explicó, señalando con la cabeza la oscuridad.

Fueron dos o tres kilómetros de un sendero escarpado que subía por la falda de la montaña. A un lado, roca madre cubierta de musgo y al otro, árboles centenarios que bordeaban el sendero como un muro de vida, encaminando sus pasos hasta una pequeña cabaña semiderruida. Un arroyo de aguas bravas horadaba la montaña y formaba una pequeña cascada en un lateral.

—Esta era la cabaña de mi Nana —dijo Eira mientras encendía una vela para alumbrar la

bruja, o eso dijeron. Sabía

los nombres de las plantas y sus propiedades, curaba a los enfermos y era capaz de hacer protecciones contra los seres del bosque. No tenía magia real, pero sabía usar la magia de las plantas. Murió rápido —explicó con voz átona—, pero después la decapitaron y quemaron sus restos.

Las raíces de un árbol habían irrumpido en el techo, por la parte que usaba la montaña como pared. La mesa todavía tenía una cazuela en ella, las sillas estaban tiradas en el suelo. Y toda la casa parecía haber sido abandonada de repente. Marcus se imaginó la escena. El niño cenando con su abuela, perfectamente consciente de que no acabaría su plato.

estancia—. La mataron cuando vinieron a buscarme. Era una

Eira fue encendiendo más luces, hasta iluminar por completo el pequeño hogar.

—Yo dormía allí —dijo señalando un altillo en el techo, justo encima de los fogones. Debía de ser un sitio caliente, muy apropiado para un niño pero claustrofóbico para un adulto—. En la despensa hay una puerta que se abre y lleva a un túnel bajo la cascada. Le dije que se escondiera allí —recordó con un hilo de voz—. Pero ella se interpuso, no quería que me llevaran. A pesar de que yo le había dicho que sucedería, no quiso creerme.

—A lo mejor no quería perderte —contestó Marcus con sencillez, estudiando el pasadizo que se adentraba en la montaña. Sería un buen refugio durante el día.

«¿Haciendo planes de futuro? ¿Por qué no reconoces que te encanta la idea de quedarte aquí, con él?»

—No tiene sentido luchar contra lo que dice el destino.

—Te equivocas —replicó Marcus—. Luchar siempre tiene sentido. Al menos sabrás que lo has intentado.

Eira le dedicó una mirada extraña. Y asintió en silencio. Rebuscó en los armarios y sacó un par de botes y un pequeño cuenco.

—Ven —dijo, se sentó en una silla y le invitó a que hiciera lo mismo—. Vamos a intentar arreglarte la cabeza.

—¿A mí? —se extrañó Marcus.

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Eira dejó el cuenco entre ambos, y puso las plantas secas en su interior. Susurró alguna cosa extraña y, de repente, una pequeña llama se encendió y el contenido de la vasija empezó a humear impregnando la estancia de un aroma extraño.

—La gente suele preguntarme por su futuro —explicó—, pero también puedo ver el pasado. Y puedo mostrártelo. Siéntate —insistió moviendo la cabeza—, averigüemos de quién es esa voz.

moviendo la cabeza—, averigüemos de quién es esa voz. Vio legiones a sus pies. La toga
moviendo la cabeza—, averigüemos de quién es esa voz. Vio legiones a sus pies. La toga

Vio legiones a sus pies. La toga blanca de los senadores. Vio esclavos y columnas, vio la sangre del circo y la vio a ella. Una mujer hermosa de larga melena roja como la sangre. La vio como una reina pero él no se postró. La vio dolida, humillada y enfadada, exigió venganza. Le vio a él, de nuevo, atado y encadenado, condenado para toda la eternidad. Un esclavo.

Vio a un joven hermoso de larga melena y ojos de esmeralda. Vio cadenas forjadas con sangre. Vio muerte y cenizas. Vio dolor y ausencia. Vio oscuridad.

Marcus jadeó con los labios entreabiertos como si le costara respirar. En sus ojos había un brillo febril. Se levantó tambaleándose, al hacerlo, la silla cayó al suelo con gran estrépito.

Eira se llevó las manos a la cabeza, se sentía muy cansado, pero también muy satisfecho. Lo había conseguido, le había devuelto los recuerdos. Aunque no sabía si eso le había hecho muy feliz.

—¿Estás bien? —le preguntó. Marcus asintió con la cabeza. Todavía conservaba esa mirada perdida—. ¿Cómo te llamas?

—Marcus Claudius Vorenus de los Claudia —respondió con aire ausente—. De la sangre de Lucius Sila, de la sangre de Agripina, de la sangre de Livia, de la sangre de Ptolomeo, hijos de Arikel.

Eira asintió en silencio.

Lucius, la voz de mi cabeza es Lucius —murmuró dando vueltas como un león

enjaulado—. El vínculo

—Te equivocas —negó Eira con un largo suspiro. Se sentía muy cansado. Había hecho lo que debía pero ahora que conocía sus recuerdos, le parecía cruel haber arrancado a Claudius de

la paz que le brindaba la ignorancia—. Esa voz no es Lucius. Él murió, lo sabes. Esa voz eres tú, es tu conciencia, tu parte más humana. Supongo que le echabas tanto de menos que, sin

sólo discutes contigo

darte cuenta le diste su voz, pero eres tú. Eres tú quién piensa así y sólo mismo como hacemos todos.

—Es

¡Una parte de él ha quedado dentro de mí! —exclamó.

—¿Por qué iba a darle su voz? —preguntó extrañado.

—Porque le querías y le echas de menos. —Lo dijo con facilidad, pero esas palabras le causaban dolor. Porque si era cierto, acababa de avivar su recuerdo y difuminar el suyo, y eso le dolía. El ser olvidado le dolía demasiado—. Claudius, ahora lo recuerdas todo. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a regresar?

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—No puedo regresar —dijo negando con la cabeza—. Nada ha cambiado. Tenías razón; estoy huyendo.

—¿Te quedarás entonces? —preguntó, y en su voz había un matiz de súplica—. ¿Te quedarás hasta que coincidan cinco generaciones bajo el mismo techo?

Claudius le miró como si lo hiciera por primera vez. Luego se miró las manos, contempló la casa en la que estaba y asintió con la cabeza.

—Sí —asintió—, supongo que es lo mejor que puedo hacer. Tampoco es tan malo. Comida asegurada y buena compañía —dijo, sonriéndole.

Esa sonrisa sincera e ingenua destruyó la barricada que había construido a su alrededor. Confiaba en ser capaz de aguantar con entereza hasta el final pero no era posible. No podía hacerlo, no era tan fuerte.

Eira rompió a llorar.

Escondió la cabeza entre los brazos y deseó ser más fuerte, mucho más fuerte para poder enfrentarse a su destino como el hombre que se suponía que era. No era para tanto, se decía, no era para tanto.

—La gente del pueblo te querrá —dijo entre sollozos—. Bartek me ha dicho que se ocuparía de ti, que te aceptaría como a un hijo. Estarás bien, de verdad. Pero yo no estaré. Ya se lo he dicho a ellos, ahora te lo digo a ti. Las estrellas me lo dijeron hace tiempo: cuando regrese al hogar sólo habrá un sol para mí. Mañana veré mi último amanecer.

El rostro de Marcus se desfiguró en una mueca de dolor.

—¡No! —exclamó—. No lo permitiré. Esta vez no, Eira. Esta vez puedes escoger. ¡Escógeme, por favor!

Eira sujetó el hermoso rostro del cainita entre sus manos, una vez más. Nunca se cansaría de verlo, de contemplar sus rasgos perfectos, ni el océano de su mirada, en esta ocasión agitado por corrientes de un dolor profundo. Recorrió una vez más su mandíbula con los dedos, la forma de sus labios, el puente de su nariz. Lo recordaría, lo recordaría siempre, pasaran mil años, pasaran mil vidas, él vería ese rostro y le recordaría.

—Te quiero —confesó con un murmullo ahogado—. Sé que tú no puedes quererme pero yo a ti sí. Te quiero con toda mi alma. Búscame, por favor —le suplicó—. Cuando vuelva a nacer, búscame.

—No, no, no —negó el vampiro cogiendo sus manos—. Pídemelo, Eira, pídemelo y te quedarás conmigo para siempre.

Era tentador

era tan tentador.

Casi sin darse cuenta, Eira asintió con la cabeza. El precio era demasiado alto pero le quería, quería quedarse con él para siempre. Y en esa ocasión podría escoger por qué moriría, tal y

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como habían dicho las estrellas, y ese sería su último amanecer, para renacer en las tinieblas. No habría otro sol. La trampa del destino también se cumpliría de esa forma.

Sintió los caninos perforar su piel. Un leve gemido se escapó entre sus labios al notar la sangre abandonar su cuerpo. Era una sensación cálida y placentera que le transportaba lejos, que le hacía soñar con sitios que no había visitado. La vida abandonaba su cuerpo y a él no le importaba. Las estrellas podían seguir burlándose, ya no las oiría.

Y

sería fuerte, y podría decidir.

Y

no volvería a nacer porque su alma se perdería. Se rompería en miles de fragmentos que se

diseminarían por el mundo.

Cerró los ojos y se dejó arrastrar por la oscuridad hasta que Claudius le arrancó de ella.

—Bebe —le ordenó acercándole su muñeca abierta.

—No —murmuró a duras penas, apartando el rostro—, no quiero beber.

—¡Tienes que beber! —exclamó—. ¡Te he llevado al límite! ¡Si no bebes morirás!

—Búscame, por favor —repitió.

La oscuridad era cálida, le acogía y le cubría como los brazos de una madre. Le susurraba al oído y le decía que no habría dolor, que todo se acabaría. No fue consciente de cuánto tiempo estuvo así. Claudius insistía, pero respetó su voluntad y no le obligó a beber su sangre. Eso hizo que le quisiera aún más. En algún momento, él se marchó, justo cuando el sol asomaba en el horizonte.

—Un último sol —susurró, antes de cerrar los ojos para siempre.

sol —susurró, antes de cerrar los ojos para siempre. Claudius entró en la gran sala con
sol —susurró, antes de cerrar los ojos para siempre. Claudius entró en la gran sala con

Claudius entró en la gran sala con el cuerpo inerte de Eira entre sus brazos. Le había matado. El dolor que arrastraba era demasiado fuerte, demasiado humano. En ese momento, la bestia yacía profundamente enterrada bajo toneladas de sentimientos mortales. Se sentía dolido, furioso y engañado por esa criatura. Utilizado por las estrellas para llevar a cabo su plan.

«Un maldito títere sin voluntad».

Había mucha gente reunida, muchísima. Todo el poblado debía estar allí. Todos debían ver que era un monstruo. Nadie podía confiar en un monstruo aunque lo dijeran las estrellas. Dejó el cuerpo del muchacho a los pies del jefe local. Algunos sollozos se escaparon entre los presentes. La anciana de la noche anterior, Bedana, rompió a llorar en un llanto desconsolado. Pero nadie osó decir nada.

Claudius se alzó y se giró dispuesto a marcharse y poner tierra entre él y ese lugar.

—¡Espera! —le detuvo la voz de Bartek. El jefe se acercó con paso firme y mirada vidriosa. Claudius no iba a luchar, pero no pensaba dejarse matar. Pero para su sorpresa, el hombre le abrazó—. No te castigues, él lo sabía. Todos lo sabíamos.

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—¿Lo sabíais? —repitió incrédulo, apartándose de él.

—Le prometí que cuidaría de ti —insistió Bartek—, que no dejaría que anduvieras perdido nunca más. Esta es tu casa si quieres quedarte.

Claudius parpadeó confuso y asintió. El jefe le palmeó la espalda satisfecho.

El cainita miró de reojo el cadáver que yacía en el suelo. La lividez mortal ya había empezado a hacer su aparición pero parecía que dormía, incluso le pareció distinguir una sonrisa.

«Búscale», le empujó la voz de Lucius en su cabeza. «Tienes la eternidad por delante. Búscale y encuentra de nuevo tu cielo de invierno».

Biografía

Nueve Sonatas Literarias

Fue en verano del 2013 cuando Diana Muñiz dejó de lado una prometedora carrera como artista incomprendida y se adentró en el lado oscuro. Era el nacimiento de Bry Aizoo.

Pero Bry ya coleaba mucho antes de que Diana se decidiese a darle voz propia. Fue en sus Crónicas de Eos (una fantástica Space Opera que recomiendo a todo el mundo *silbido disimulado*) donde un par de personajes decidieron pasar a la acción y sacar su relación del “fundido en negro”. Así nació Buen Perro, relato con el cual ganó el concurso de One-Shot de la revista Yaoi-Niwa y que significó el empujón que necesitaba para meterse de lleno en la literatura homoerótica.

Desde entonces ha escrito mucho sobre el tema combinando su casi enfermiza obsesión por toda la literatura del género fantástico, el terror y la ciencia ficción. Sus obras, hasta el momento, incluyen una novela Steampunk, casi juvenil, y Fantasía a Cuatro Manos, novela que publica por entregas mensuales en la web de Estudio-Lay. Ambas se pueden seguir por Wattpad o en el blog:

Sonata N º 4

La Ultima partitura ´
La Ultima
partitura
´

Carol Leons

Nueve Sonatas Literarias

“La música, como el amor, no conoce fronteras de espacio,

tiempo, ni destino; supera a la carne. Y es un lenguaje en sí

misma, capaz de derrumbar barreras que creíamos

insuperables”.

La primera vez que te vi, te amé de inmediato. Eras tan joven, que aún tenías que alzarte en puntas de pie para mirarme, y la dulzura en tu mirada, en tu risa, fueron el regalo más hermoso que pude haber recibido sobre la faz de la tierra. Supe desde ese momento que siempre

te pertenecería,en cuerpo y alma. Te sentabas a mi lado y me acariciabas con esas manos tiernas

e inocentes que me hacían sentir inmensamente feliz ¡Ah, fueron buenos tiempos para ambos!

Yo adoraba sentir el roce de tus pasos sobre la alfombra cuando venías a verme en secreto, con el sol aún dormido en el horizonte; a veces te acurrucabas contra mí, el latido de tu corazón tan fuerte y cercano, que me hacía sentir vivo por dentro.

Sin embargo el tiempo pasó, como pasa para todas las cosas. Apenas me di cuenta cuando ya no necesitaste alzarte para mirarme, cuando tu voz se volvió más ronca y tu mirada de niño más dura. Pero tus manos seguían siendo las mismas, suaves para tocarme, firmes para guiarme. Lo más importante de todo es que aún seguías a mi lado, y bendije a todas las estrellas del cielo por el regalo de tu presencia. Fue por entonces que empezaste a escribir nuestra sonata; dedicabas horas y horas a mirar el papel, probando un sonido aquí, otro allí, y yo estaba absorto con tu talento y tu belleza. Lo hacías en secreto, como antes, cuando no había nadie más en casa que tú y yo, y supe de alguna manera primitiva que era un secreto que sólo querías compartir conmigo. Eso me hizo infinitamente feliz.

Cuando por fin estuvo completa y la tocamos por primera vez, sentí que el cielo se había abierto para mí, y si hubiera podido habría llorado de alegría. Me bastó con volver a ver la luz tibia y hermosa de tu mirada, sentir el calor de tus manos sobre mí para saber que en ese momento eras mío, y sólo mío para siempre.

Creí que siempre estaríamos juntos, que las estaciones pasarían a nuestro lado y nos verían

cambiar, a ti y a mí, lado a lado. Pero ella vino un día de repente y dejaste de pasar tiempo conmigo, y la luz en tu mirada se volvió distante cuando estabas junto a mí. Yo oía su risa aún

a través de la puerta cerrada del salón, y la tuya cuando estabas a su lado. Esa risa hermosa y

pura que una vez había sido sólo mía, ya no lo era, y sentí por primera vez el agudo veneno de