Introducción a la Pragmática

Joaquín Mesa

INTRODUCCIÓN A LA PRAGMÁTICA
0. Introducción 1. La teoría de los actos de habla 1.1. Ideas de J. Austin 1.1.1. La "falacia" descriptiva según J. Austin 1.1.2. Expresión performativa o realizativa 1.1.3. Acto locucionario, perlocucionario e ilocucionario. 1.2. Teoría de J. Searle 1.3. Evaluación final 2. La teoría de la relevancia 2.1. Las aportaciones de H.P. Grice 2.2. La teoría de la relevancia de D. Sperber y D. Wilson 2.3. Conclusión 3. Final

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Introducción a la Pragmática 0. INTRODUCCIÓN

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El propósito de estas páginas es realizar una breve exposición de la disciplina lingüística que se conoce como Pragmática. Pretendemos ofrecer una breve y sucinta guía sobre las corrientes mejor definidas de esta disciplina, así como de las principales objeciones que se han presentado contra algunos de sus principios básicos. La Pragmática es la más joven de las disciplinas lingüísticas y quizá por este hecho no constituye un paradigma científico homogéneo. Probablemente, no constituya aún paradigma, según los entienden los filósofos de la ciencia (Alcaraz 1990). Desde que Ch. Morris le diera estatuto lingüístico, o más bien semiótico, y la colocara al mismo nivel que Sintaxis y Semántica, los avances han sido muchos, pero cualquier observador puede preguntarse por qué no se ha producido una más estrecha colaboración entre las distintas corrientes que han ido surgiendo, cuyas relaciones son prácticamente nulas. Quizá sea una característica general de la ciencia lingüísticas del último tercio del siglo XX. Ciertamente, los pragmatistas disponen de amplios y variados medios de comunicación y difusión. Cuentan con una asociación internacional, International Pragmatics Association, fundada en 1986, que publica una revista Pragmatics (antes, hasta 1991, se denominaba Papers in Pragmatics, de la que se publicaron cuatro números) y que, junto a otros servicios (Centro de documentación, organización de congresos internacionales de periodicidad anual), publicó, con el propósito de actualizarla periódicamente, en 1987 una bibliografía en cuatro volúmenes: J. Nuyts y J. Verschueren, A comprehensive bibliography of pragmatics. La sede esta Asociación se encuentra en Wilrijk, Amberes. Son, asimismo, de gran importancia los títulos que la editorial Benjamins publica en su colección, Pragmatics & Beyond, así como la revista especializada editada por North-Holland, Journal of Pragmatics, cuyo primer número apareció en la temprana fecha de 1977. Sin embargo, estas muestras de expansión y empuje, de salud editorial, no pueden oculta que la Asociación, así como el Journal of Pragmatics, ni lo pretenden, la heterogeneidad de intereses, investigadores, aproximaciones... que quedan cubiertas bajo el término unificador pragmática, que, como la propia Asociación reconoce, se entiende en su más amplio sentido. Así, por ejemplo, en el último número publicado de Pragmatics 1,1, marzo de 1991, se recogen un artículo de una psicolingüista de reconocido prestigio, D. I. Slobin, Learning to Think for Speaking: Native Language, Cognition, and Rhetorical Style junto a otro de las más pura tradición pragmatista, A. Athanasiadou, The Discourse Function of Questions. Así pues, nuestro propósito será llenar de contenido el vacío término de pragmática para lo que nos veremos obligados a proceder a una exposición separada de las distintas corrientes, pues, ciertamente, no comparten un mismo concepto de lo que deba entenderse por Pragmática. Estas corrientes son la Teoría de los actos de habla, la teoría de base griceana y la Teoría de la Relevancia. Comenzaremos, pues, por la primera de estas corrientes.

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Introducción a la Pragmática 1. TEORÍA DE LOS ACTOS DE HABLA

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1.1. La Teoría de los actos de habla, denominación que se debe a J.R. Searle, supuso el primer paso adelante, la primera de las corrientes que proporcionó un paradigma teórico riguroso de hechos lingüísticos hasta entonces marginados. Esta teoría tiene su origen en los escritos del filósofo inglés J. Austin. En 1962 se publicaron póstumamente unas conferencias, cuyo título es Cómo hacer cosas con palabras, que J. Austin pronunció en la Universidad de Harvard en el año 1955, dentro del ciclo denominado William James Lectures, curiosamente estas conferencias llevan el nombre del más importante pensador norteamericano del Pragmatismo ético. No obstante de tratarse de una publicación póstuma realizada por medio de la comparación de notas y apuntes, no parece que haya demasiados problemas textuales, como sí ocurrió con el Cours de Saussure. Sin embargo, no debe olvidarse, y se nota muy fácilmente, su carácter de conferencias, un tipo de discurso que impone sus propias normas. A pesar de todo ello, J. Austin nos dejó una serie de ideas que posteriormente se han interpretado de distintas maneras. 1.1.1. Considera errónea J. Austin la ecuación lenguas naturales = expresión y transmisión de pensamientos. Dentro de una perspectiva lógica, J. Austin observa que los "enunciados"- en sentido lógico, es decir, las proposiciones- fácticos y, por tanto, verificables corresponden solamente a una muy pequeña fracción de expresiones lingüísticas. La reducción a que somete la lógica a las expresiones de las lenguas naturales constituye una falacia "descriptiva". Muchas de las expresiones "desconcertantes" para la lógica lo son porque no constituyen descripción verificable de lo real, no tiene valor veritativo, porque su función es otra "indicar (y no para registrar) las circunstancias en que se formula el enunciado o las restricciones a que está sometido, o la manera en que debe ser tomado, etc." (Austin 1962: 43). Esta idea constituye, en nuestra opinión, la más importante aportación de J. Austin a la lógica y, por extensión, a la Lingüística, especialmente a la Pragmática y Semántica. La Semántica, al menos la Semántica veritativa, no puede ofrecernos explicación más que de una muy pequeña fracción de enunciados lingüísticos, los veritativos, es decir, aquellos en que es posible asignarles un valor lógico, de acuerdo a la correspondencia entre su significado y el referente. Así lo reconocen explícitamente las semánticas veritativas (Kempson 1977: 23 y ss.). Pero no se piense que es únicamente un problema de las semánticas vericondicionales, la reducción del signifcado de las expresiones lingüísticas a su valor veritativo se extiende, aunque no se haga explícito, a las semánticas estructural, generativa y cognitiva. Esta limitación de la Semántica es entendida, no obstante, por muchos semantista como natural y legítima, lo que viene a significar que todo fenómeno, la gran mayoría para los pragmatistas, no reducible a su valor referencial y, por tanto, no semántico es expulsado de su objeto de estudio y enviado a un heterogéneo e inmanejable cajón pragmático. La postura inversa también se produce: todo fenómeno es de naturaleza pragmática- porque no es separable de su contexto de enunciación, por carecer de valor veritativo, porque posee valor ilocutivo...- y, por consiguiente, su tratamiento corresponde a la Pragmática, la Pragmática Radical (Atlas y Levinson, 1981). El texto citado de J. Austin anuncia su segunda aportación. Puesto que los enunciados no constativos, no descriptivos, carecen de valor veritativo, su función, su valor debe ser otro. Y este valor es

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el de indicar las condiciones de enunciación, el modo en que debe ser entendido, las restricciones a que debe someterse su interpretación... En este punto J. Austin no determina claramente cuál debe ser su valor. 1.1.2. Es preciso matizar alguna de las generalizaciones más frecuentes realizadas sobre el pensamiento de J. Austin. Nos referimos al concepto de expresión realizativa o performativa. De este concepto se vale para oponerlo a expresión constativa. Los ejemplos que usa se refieren, al menos en esta Primera Conferencia, a hechos sociales convencionales: la botadura de un barco, juramentos o hechos contractuales. Su propósito es el de mostrar claramente, no se olvide que se trata de una conferencia, que "expresar la oración (por supuesto que en las circunstancias apropiadas) no es describir ni hacer aquello que se diría que hago al expresarme así, o enunciar que lo estoy haciendo, es hacerlo. Ninguna de las expresiones mencionadas es verdadera o falsa; afirmo esto como obvio y no lo discutiré" (Austin 1962: 46; subrayado nuestro). Repito que sus ejemplos son hechos sociales convencionales, que se restringen a condiciones adecuadas para su enunciación: las condiciones de felicidad, que de no cumplirse no producirán su falsedad, sino su infortunio. Incluso el propio J. Austin percibe que se limitan a los enunciados con verbos en primera persona de singular- asimétrica con el resto del paradigma de la persona-, del presente de indicativo activo- señala que no puede tratarse de un presente histórico ni habitual- y, por último, que la expresión del enunciado es sólo parte una parte constitutiva en la realización del acto, esto es, no constituyen un acto en sí mismas: "Pero dista de ser comúnmente, si lo es alguna vez, la única cosa necesaria para considerar que el acto se ha llevado a cabo" (Austin 1962: 49; subrayado nuestro). El problema se plantea cuando J. Austin distingue entre expresión realizativa explícita e implícita o primaria. Las restricciones arriba expuestas sólo son aplicables a las realizativas explícitas que, al mismo tiempo, sirven de test para descubrir a las realizativas primarias. Es decir, una expresión será realizativa primaria si es transformable en una realizativa explícita. Esta distinción sólo creó confusión (vid. Conferencia sexta). Para una interpretación rigurosa de las ideas de J. Austin la mejor referencia es F. Récanati (1981). 1.1.3. Por último, nos referiremos a la célebre tríada acto locucionario, perlocucionario e ilocucionario. En el acto locucionario se distinguen, asimismo, el acto fonético, fático y rético. La interpretación más ajustada al texto austiniano se debe, nuevamente, a F. Récanati (1981: 223 y ss.). El acto fonético no plantea problemas. Sí que surgen dudas al diferenciar el acto fático del acto rético, es decir, el fema del rema. J. Austin resuelve esta diferencia acudiendo a la pareja estructuralista lengua / habla. El fema correspondería a la significación de la oración, entendida ésta como unidad del sistema, no efectivamente realizada. Tiene significación, pero carece de sentido. Por su lado, el rema corresponde al sentido de lo enunciado, unidad del habla. Por tanto, el acto locucionario se refiere al acto mismo de decir algo, en contraste con el acto llevado a cabo al decir algo, que denomina acto ilocucionario. Al sentido ya contextualmente determinado que ya posee el acto locucionario se añade la fuerza ilocucionaria. No es ésta la interpretación de J. Searle, discípulo de J. Austin. J. Searle identifica acto locucionario y acto ilocucionario, por lo que no usa del primero de estos conceptos. Entiende que si el acto

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locucionario posee sentido, es decir, la significación de la oración está contextualmente determinada, esto es, posee indicaciones pragmáticas que la individualizan, este acto se identifica con el acto ilocucionario. J. Searle identifica, pues, acto locucionario con significación de la oración y acto ilocucionario con el sentido del enunciado. La distinción de J. Austin es, sin duda, más sutil y productiva. La distinción entre acto ilocucionario y acto perlocucionario tampoco parece suscitar grandes problemas. El propio J. Austin advirtió que esta diferencia debía buscarse en el sentido convencional del acto ilocucionario frente al perlocucionario. El aspecto perlocucionario de la expresión lingüística lo constituyen los efectos, intencionales o no, las consecuencias que puede producir la enunciación de la expresión lingüística, pero de los que no hallamos formas que se asocien regularmente, convencionalmente a estos sentidos. 1.2. J. Searle, discípulo de J. Austin, proporcionará un nuevo avance a la Teoría de los actos de habla con su libro Actos de habla (1968). Entre otras aportaciones, a J. Searle debemos la propia denominación de la teoría. J. Searle profundiza en las intuiciones de su maestro, a veces, ciertamente, separándose de estas primeras intuiciones. J. Searle entiende que hablar es una acción, una forma de conducta institucionalizada, gobernada por reglas. Nos detendremos en cada uno de los elementos constitutivos de la definición. Al subrayar que se trata de una conducta social, un acto social, está abriendo una perspectiva nueva en la Pragmática, el estudio de distintas instituciones sociales. Fundamentalmente, los pragmatistas se han centrado en el estudio de las formas de cortesía (Leech 1983; Brown y Levinson 1978). La cortesía no sólo ha interesado como institución social, sino por tratarse de una de las más comunes formas de producir un acto de habla indirecto. El concepto de acción que ya en J. Austin comenzaba a sufrir un proceso de inflación, se convierte en la obra de J. Searle en concepto-llave para explicar cualquier fenómeno. La Lingüística no sería sino una disciplina englobada en una teoría general de la acción. A cualquier fenómeno se le antepone la clasificación de acto. Y, así, existen no sólo actos ilocutivos, sino actos de predicación, de referencia, proposiocionales... Ello produjo, obviamente, una difuminación del concepto de acto que se vació para recubrir fenómenos sumamente heterogéneos. Asimismo, J. Searle entiende que hablar constituye una actividad reglada. Quizá influido por la teoría generativista, aifrma que el hablar constituye un sistema de reglas. Son reglas de carácter constitutivo, es decir, de la forma "X cuenta como Y en el contexto C", a saber, la expresión de una forma X debe entenderse en el sentido Y en un contexto determinado C. Lo que pretende subrayar con este concepto de regla es que nos encontramos ante hechos no naturales, sino institucionales gobernados por un sistema de convenciones. Esta distinción es fundamental. Por esta razón se excluían los actos perlocucionarios, por su carácter no convencional. Y justamente este carácter convencional es lo que permite el estudio riguroso de los actos ilocucionarios, dada su naturaleza de reglas compartidas por una comunidad. El carácter intencional del significado lingüístico había sido puesto de manifiesto con anterioridad por H.P. Grice. La crítica que le dirige J. Searle se basa precisamente en el hecho de que H.P. Grice, en opinión de J.Searle, no subrayara la naturaleza convencional de esta intención, lo que significaría- piensa

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J.Searle- que la intención del hablante, reconocida ésta por el oyente, bastaría para transmitir cualquier significado. Consideramos que esta crítica de J. Searle no es acertada. Creemos que lo que pone de manifiesto P. Grice en su artículo Meaning de 1957 es que el significado debe entenderse como un compromiso contractual entre hablante y oyente. A saber, si el oyente puede reconocer la intención del hablante, es porque ésta está codificada, y ambos comparten ese código. P. Grice pretendía con esta teoría del significado compartido poner de relieve justamente el carácter convencional del significado, entendiendo por convencional, institucional y no arbitrario. El modelo presentado en 1968 por J. Searle difiere del de J. Austin. La línea divisoria entre significación y sentido no se encuentra, como en su maestro, en el contraste entre acto locucionario y acto ilocucionario. Ya hemos dicho más arriba que el concepto de acto locucionario queda absorbido por el de acto ilocucionario. J. Searle introduce así un modelo de categorías discretas, analítico. El significado de una oración se concibe como un elemento constitutivo, no separable del sentido de un acto ilocucionario. La proposición constituye el predicado y la fuerza ilocucionaria el argumento del acto ilocucionario concebido como acto de habla real. En las fórmulas de J. Searle F(p). Con p formaliza el contenido de la proposición y con F, la fuerza ilocucionaria genérica, que se realizaría en cada enunciado como aserción, promesa petición, preguntas, advertencias... Es importante destacar que la proposición, el acto rético de J. Austin, no puede ocurrir independientemente del acto de habla: "Los actos de habla no pueden ocurrir solos; esto es, no se puede referir y predicar sin más, sin hacer una aserción, plantear una pregunta o realizar algún otro acto ilocucionario" (Searle 1968: 34). Parece inclinarse J. Searle por una Pragmática radical. Como hemos advertido, el modelo de J.Searle se separa del de J. Austin. La referencia y la predicación son mecanismos pragmáticos para J. Searle y semánticos para J. Austin. F. Récanati se sitúa en una posición no categórica: no existen tipos puros. La tercera etapa de la teoría de los actos de habla comienza con J. Searle y D. Vanderveken (1985). La colaboración de D. Vanderveken, un filósofo de Quebec, produce un giro lógico en la Teoría de los actos de habla. Recordemos que las críticas de J. Austin se dirigían contra la lógica vericondicional. El propósito de J. Searle y D. Vanderveken (1990) es, pues, ofrecer un modelo lógico alternativo en el que la fuerza ilocucionaria se constituye en operador universal. La introducción de este operador trae consigo la modificación de todo el edificio de la lógica clásica. 1.3. En conclusión, la Teoría de los actos de habla proporcionó a la Pragmática una serie de conceptos que se han revelado muy productivos. En nuestra opinión, su principal aportación reside en la ruptura tradicionalmente admitida entre significado y valor verititativo. La Teoría de los actos de habla nos mostró que los conceptos de significación y sentido podían ser interpretados con rigor, más allá de virtuemas y variaciones contextuales imposibles de determinar para otras teorías semánticas. Mostró asimismo que la significación es sólo uno más de los elementos necesarios que intervienen en la interpretación y producción de un enunciado real. De igual modo, el propio J. Austin ofreció interesantes observaciones- su teoría de los infortuniossobre la importancia de las circunstancias de enunciación, es decir, sobre la necesidad de tomar en cuenta a los participantes humanos de la comunicación, así como la situación concreta en la que se hallaban. Se

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producía, pues, una ruptura con los modelos estructuralistas y generativos que habían marginado esos factores con el fin de buscar las estructuras de funcionamiento inmanentes del sistema. Si bien es cierto que los generativistas no tardaron en reaccionar. Son bien conocidos los intentos de acomodar las teorías pragmáticas al modelo generativo de J.Ross (1970) y de D. Gordon y G. Lakoff (1975). No obstante su principio básico de convencionalidad, la Teoría de los actos de habla lo marginó en la clasificación de los actos de habla y en su concepto de acto de habla indirecto. Una evaluación crítica puede verse en A. Burchardt (1990). 2. LA TEORÍA DE LA RELEVANCIA 2.1. Las teorías de H.P. Grice configurarán el otro modelo pragmático de raíz anglosajona. H.P. Grice pronunció en 1967 unas conferencias en la Universidad de Harvard dentro del ciclo William James Lectures. Como ya se habrá podido advertir, la Universidad de Harvard y las William James Lectures han jugado un gran papel en el desarrollo de la Pragmática anglosajona. Del mismo modo que en el caso de J.Austin, el texto de las conferencias no se publicó. Sin embargo, circuló en copias mecanografiadas durante varios años, de manera que hasta mediados de los años setenta las referencias a Logic and Conversation, título de la serie de conferencias impartidas por H.P. Grice, se acompañaban de unpublished . Por fin, en 1975 se publica la primera de las conferencias con el título que tenía toda la serie, Logic and Conversation (1975). Posteriormente, han aparecido la segunda (1978) y la tercera (1981). Aunque hemos visto en más de una ocasión la cita de Logic... acompañada de forthcoming, creemos que la publicación completa de estas conferencias no se ha producido aún. El principio básico de H.P. Grice puede expresarse así: lo que un enunciado dice constituye sólo una parte de lo que comunica. Se postula, por tanto, que junto al significado léxico y gramatical del enunciado, existe otro nivel significativo que lo constituyen las implicaturas, que pueden calcularse desde el significado. Introduce este término- implicatura- para evitar posibles confusiones con el de implicación usado en lógica, y por el particular valor que este vocablo tiene en inglés. La dificultad no tarda en aparecer: ¿qué relación existe entre el significado del enunciado, lo que dice, y las implicaturas que pueden calcularse a partir de éste? La respuesta de H.P. Grice es simple: las implicaturas pueden calcularse porque se derivan de un principio general que gobierna cualquier actividad humana, no sólo el intercambio lingüístico. Este principio de carácter general es el principio cooperativo (cooperative principle). En la definición de este principio, así como la del resto de sus máximas, usa un estilo aforístico:
direction of the talk exchange in which are engaged (Grice 1975: 45). Make your conversational contribution such as is required, at the stage at wich it occurs, by the accepted purpose or

Este principio de cooperación ha sido muy discutido. En mi opinión, lo que desea expresar es que el participante en una conversación se compromete a continuar la conversación de cualquiera de las maneras que encuentre apropiadas. Esta formulación, tan general, le permite salvar- creemos- las objeciones que se le han planteado a modo de contraejemplos de discursos no cooperativos: interrogatorios policiales, discusiones... No pensamos, repito, que estos tipos de discurso puedan invalidar la aplicación de este principio, justamente por la generalidad con la que se formula. No se expresa aquí que las conversaciones, los intercambios comunicativos, sean acuerdos o participaciones amistosas, sino que el participante en un discurso se compromete a continuarlo, de las maneras más diversas, por el 7

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hecho de tomar parte en él. Ello no impide que esa continuación sea la ruptura de ese intermcabio. Lo que H.P. Grice quiere salvar, al menos así lo interpretamos, es la lógica conversacional, es decir, que cualquier intercambio tiene un desarrollo y un fin, que está sujeto a determinados principios. Este principio general se detalla en las famosas cuatro máximas, que toma prestadas de E. Kant: cantidad, cualidad, relación y manera. También son numerosas las críticas que H.P. Grice ha recibido sobre este aspecto de sus teorías. Una de éstas se tratará detenidamente en el siguiente apartado, la de D. Sperber y D. Wilson. La mayoría se han dirigido bien al carácter heterogéneo y de desigual importancia de las máximas entre sí, así como al inventario de las mismas, especialmente proponiendo un aumento del número de éstas (Leech 1983). Del mismo modo cada tipo de máximas han corrido desigual suerte. Las que han resultado ser más productivas son las de cantidad (Horn 1988) y relación (Sperber-Wilson 1986). Recapitulemos antes de continuar con la exposición del modelo de H.P.Grice. El filósofo norteamericano busca unos principios racionales para la presunta ilogicidad de los intercambios lingüísticos. Partiendo del principio de la racionalidad de las conversaciones, encuentra que cualquier intercambio humano está gobernado por el principio de cooperación. Este principio queda especificado en las cuatro máximas citadas. En fin, hasta el momento P. Grice nos ofrece un modelo teórico que explicaría de qué manera el hablante, de acuerdo con estos principios, calcula las implicaturas del enunciado. Estamos ante las implicaturas conversacionales, de carácter contextual. Los datos que debe manejar el oyente para calcular la implicatura son, pues, los siguientes:
(1) the conventional meaning of the words used, together with identitiy of any references that may be involved; (2) the CP [cooperative principle] and its maxims; (3) the context, linguistic or otherwise, of the utterance; (4) other items of background knowledge; and (5) the fact (or supposed fact) that all relevant items falling under the previous headings are avalaible to both participants and both participants know or assume this to be the case (Grice 1975: 50).

En este texto citado H.P. Grice propone un giro radical en la comprensión del significado lingüístico. Si recordamos el, hasta entonces, modelo vigente de la producción y recepción de enunciados, se trata de un esquema simétrico y que era el conocimiento del código el que permitía al oyente interpretar el contenido del enunciado. Pues bien, el significado de las palabras y construcciones empleadas en una comunicación, según expresa H.P. Grice, sólo constituye uno de los datos que debe manejar el participante, más que el oyente, para comprender lo que se le comunica. Los otros factores que deben tenerse en cuenta son: el principio cooperativo, que ya hemos explicado; el contexto, que en H.P. Grice sigue siendo un primitivo teórico no definido y, como básico, el hecho de la participación. El reconocimiento de la comunidad de intenciones y el conocimiento, parcialmente al menos, entre los participantes permite regular, calcular las implicaturas. De este forma quedan excluidos los propósitos comunicativos del emisor no calculables, así como las posibles interpretaciones libres del oyente. Pongamos un ejemplo. El intercambio comunicativo se produce en una parada de autobús:
A. ¿Ha pasado el número 12? [El número corresponde a una de las líneas de autobuses municipales] B. Acabo de llegar. A. Muchas gracias.

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La semántica consideraría, probablemente, que entre los enunciados A y B hay contradicción, o bien que no existe relación alguna entre ellos. El modelo de H.P. Grice sí que proporciona una explicación. Una vez interpretado el significado léxico y oracional, entra en juego el principio cooperativo. Si A supone que la respuesta de B no viola el principio de cooperación- de hecho, así lo manifiesta explícitamente con su agradecimiento- debe interpretar que si A no ha respondido directamente a la información que se le solicitaba ( esto es, no ha cumplido la máxima de cantidad), se debe a que o bien ha violado esta máxima o bien se ha producido un clash entre ésta y otra de las máximas. El enunciado de B no ha respetado la máxima de cantidad, pero sí la de cualidad: no puede responder con verdad a la cuestión de A porque no posee dicha información. Lógicamente, a estos dos factores une su conocimiento del hecho de que no se puede conocer, por medios propios, hechos presumiblemente anteriores al momento en que la persona se incorpora a lo que D. Sperber y D. Wilson denominarán entorno cognitivo. Por último, el agradecimiento de A pone de relieve el quinto factor de la base de datos de H.P. Grice: el hecho de que B sabe que A debe y puede calcular la implicatura y de que A sabe que B sabe que A lo sabe. H. P. Grice creía productivo este modelo teórico para explicar las figuras retóricas de base semántica, o al menos algunas de ellas. Consideraba así que la metáfora, la ironía, la hipérbole... constituían violaciones de la máxima de cualidad, es decir, estos enunciados se convertían en enunciados no verdaderos. Las observaciones contrarias no tardaron en llegar (Sperber y Wilson 1981). En cualquier caso, estas muy breves consideraciones de H.P. Grice constituyeron en foco de interés las figuras retóricas. Son numerosos los estudios de pragmatistas dedicados, fundamentalmente, a la metáfora y a la ironía. Al final de Logic and Conversation, en sus dos últimas páginas, H.P. Grice ensaya una teoría general de la implicatura, una clasificación. Así, diferencia entre implicatura conversacional particularizada, esto es, aquella que se calcula de acuerdo con las máximas conversacionales y el contexto en que se produce el enunciado, y implicatura conversacional generalizada, es decir, la implicatura calculable por las máximas conversacionales, pero no dependiente del contexto. El mismo H.P. Grice observa que está muy próxima a lo que denominará implicatura convencional, a saber, la que se calcula por medio del significado convencional del término. Los ejemplos que usa H.P. Grice son los de y copulativo que, por convención, adopta valores temporales, causales... Este concepto de implicatura convencional ha sido a menudo usado para explicar fenómenos distintos: presuposición (Grice 1981), las copulativas (Carston 1988). Por último, H.P. Grice ofrece una serie de caracteres definitorios de las implicaturas conversacionales: a) Son cancelables. Es posible cancelar una implicatura conversacional sin resultar de ello un infortunio o contradicción, a diferencia de lo que sucede en las convencionales o de las implicaciones. Puesto que la implicatura no se dice, sino que se implica, no hay contradicción en negar lo que se implica. b) Non-detachability. Del mismo modo, como la implicatura no pertenece al nivel de lo dicho, la manera en que se dice puede variar. No está, pues, asociada a una forma particular.

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c) La implicatura no pertenece al plano de lo dicho (said), sino al plano del decir (the saying of what is said). La lingüística francesa distinguirá enunciado de enunciación. d) Indeterminación. El cálculo de las implicaturas es abierto. Para una valoración de esta caracterización de las implicaturas puede verse J. Sadock (1981), cuya conclusión puede servirnos este apartado dedicado a H.P. Grice: To solve the problem of thorny cases and share up the foundations of linguistic pragmatics, mere powerfull tools will have to be developed (Sadock 1981: 296). 2.2. Estas palabras de J. Sadock expresaban un deseo generalizado entre los pragmatistas de hallar herramientas poderosas que permitieran articular explicaciones satisfactorias de toda una serie de fenómenos que habían rescatado de su marginación: el papel activo de los hablantes, la importancia de los elementos contextuales, la construcción activa del sentido... Este modelo riguroso que demandaba J. Sadock lo halló la Pragmática - o al menos, una fracción de la Pragmática anglosajona- en las teorías cognitivas de Jerry Fodor. Tomando como base psicológica el modularismo de J. Fodor, D. Sperber y D. Wilson proporcionaron a la Pragmática el último modelo del que trataremos: Relevance1. Este libro (Relevance) aparece- también tras ser anunciada su publicación durante varios añostras una serie de trabajos en colaboración desde 1978 entre Daniel Sperber, un investigador francés del CNRS, cuyos principales intereses eran los procedimientos retóricos, y Deirdre Wilson, una investigadora inglesa de formación generativista y lógica. Como hemos dicho, se trata de una obra de larga gestación. Las teorías de H.P. Grice no pasan desapercibidas a esta pareja de investigadores. En D. Wilson y D. Sperber (1980), junto a la versión francesa de Logic and Conversation, se evalúa en un artículo la relación entre las máximas conversacionales. En este trabajo D. Sperber y D. Wilson anuncian algunas de las ideas que con posterioridad serán conceptos básicos en su teoría de la pertinencia o de la relevancia. Las teorías de H.P. Grice son evaluadas como una teoría de la interpretación de los enunciados. Lógico es, por tanto, que se produjera, posteriormente, un desplazamiento hacia la psicología cognitiva. Tres son las modificaciones que realizan a la teoría de H.P. Grice: 1) La teoría de las máximas conversacionales no sólo explica los mecanismos inferenciales de la información, sino que además proporciona una explicación del procedimiento por el que se confiere sentido a los enunciados. Es decir, estos autores sitúan los procedimientos de referencia y predicación en un nivel pragmático. La teoría de H.P. Grice no sólo explica, pues, el nivel de lo implícito, sino también de lo que se comunica de manera explícita. D. Sperber y D. Wilson devuelven al nivel pragmático los procesos de predicación y referencia, tal como proponía, recordamos, J. Austin. 2) La teoría de los tropos no es satisfactoria: ironía y metáfora no se explican por mecanismos de implicaturas. 3) Pueden reducirse las máximas de H.P. Grice a un único principio: el principio de pertinence o relevance.

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Nos detendremos únicamente en la última de las observaciones reseñadas. Estos autores comienzan por intentar ofrecer definiciones rigurosas que permitan eliminar ambigüedades. La primera de las definiciones es, naturalmente, el concepto de implicatura. Queda definida como sigue:
Une implication (implicature) est une proposition communiquée au moyen d'un énoncé sans être logiquement impliquée par la proposition énoncée (Wilson y Sperber 1979: 86).

Con esta definición hace explícito los propósitos de H.P. Grice. Este renuncia al término de implicación para tratar de estos fenómenos que reconoce diferentes, pero al mismo tiempo usa la raíz del verbo to implicate porque percibe que se trata de un proceso de inferencia, como en el caso de la implicación. Sin embargo, al proceder a esta depuración conceptual, Sperber y Wilson introducen el concepto de proposición de la lógica bivalente, posición que, como se recordará, intentó modificar inicialmente J. Austin. A este tipo de falta de comunicación me refería al comienzo de este escrito. Procede, por consiguiente, a determinar cómo se produce esta inferencia. En cualquier inferencia existen premisas y consecuencias o conclusiones. De acuerdo a la naturaleza de las premisas, establecen una tipología de consecuencias. Si la premisa está constituida por el significado del enunciado y el saber compartido, savoir partagé, estamos ante consecuencias pragmáticas directas. Si interviene la enunciación en el razonamiento, la denominan consecuencia pragmática indirecta, y del mismo modo, las premisas que constituyen la enunciación y el saber compartido, se denominan premisas suplementarias. Una vez establecidos estos conceptos, ofrecen una definición intuitiva del concepto de pertinence: la
pertinence d'un énoncé est en proportion directe du nombre de conséquences pragmatiques qu'il entraîne pour l'auditeur et en proportion inverse de la richesse d'information qu'il contient (Wilson y Sperber 1979: 88).

En esta primera aproximación el concepto de relevancia o pertinencia se configura como un concepto variable, de acuerdo con los dos factores que relaciona. La pertinencia se define, pues, como una relación entre el contenido del enunciado o, mejor, su proposición y un conjunto de proposiciones variable. En Relevance, como veremos, este conjunto de proposiciones variable se definirá con mayor rigor. El principio de cooperación y las máximas griceanas quedan subsumidas en lo que denominan axioma de la pertinencia: Le locuteur a fait de son mieux pour produire l'énoncé le plus pertinent possible (WilsonSperber 1979: 89). Así, por ejemplo, la máxima de cualidad- no transmitir información voluntariamente falsa o debidamente contrastada- no es necesaria, puesto que el cálculo será más o menos pertinente según el nivel de veracidad que el hablante otorgue a las proposiciones que constituyen sus premisas. En este artículo mantenían, a pesar de la crítica, parte del modelo griceano. Las novedades que introducen les encaminaban, por una lado, hacia una Pragmática de inspiración lógica y por otro, se veían obligados a definir con mayor rigor el principio de pertinencia que sustentaba su concepción, no sólo principio en esta época sino axioma. A los procedimientos inferenciales dedican el capítulo segundo de Relevance. La inferencia que se realiza en la interpretación de los enunciados es no-demostrativa y se caracteriza como un proceso 'central', es decir, el destinatario puede usar como premisa cualquier información conceptual disponible en su memoria, el contexto. Se trata, asimismo, de una inferencia sintética, cuyas premisas son el contenido del enunciado P y el contexto C. La implicación Q se deduce, pues, de la conjunción de P y C. Una 11

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implicación sintética no es lógicamente implicada por ninguna de sus premisas: no puede ser demostrativamente inferida por ninguna de sus premisas, sino por la conjunción de ambas. Una implicación sintética se define así:
(80) Contextual implication A set of assumptions {P} contextually implies an assumption Q in the context {C} if and only if (i) the union of {P} and {C} non-trivally implies Q, (ii) {P} does not non-trivally imply Q, and (iii) {C} does not non-trivally imply Q (Sperber- Wilson 1986: 107-108).

El concepto de implicación contextual se revela fundamental en la teoría, ya que esta implicación puede dar lugar a lo que denominan contextual effects. Modificar y probar un contexto es producir algún efecto en este contexto. La adición de nueva información que duplica la ya conocida no se considera efecto contextual. Lo que interesa en la determinación de estos efectos es la interacción de la nueva información con la ya conocida, que actúa como premisa en la deducción de una implicación. Intuitivamente, pues, los efectos contextuales serán de dos tipos: la nueva información puede proporcionar un refuerzo a las suposiciones (assumptions) de la vieja información o puede proporcionar evidencias en contra de ella, lo que quizá conduzca al abandono de la información anterior. Sin embargo, no se trata de categorías absolutas, sino graduadas. Las suposiciones poseen una fuerza relativa respecto del grado de veracidad que se les concede. De esta forma, la fuerza relativa de las premisas afecta a la fuerza de la conclusión. Lo que significa que la conclusión heredará la fuerza de la más débil de las premisas. En lógica deductiva, la fuerza relativa de las premisas puede invalidar la conclusión. No se admite la vaguedad. No obstante, en la interpretación de los enunciados naturales, piensan Sperber y Wilson, la relativa fuerza de verdad de las premisas no invalida la conclusión que, como hemos dicho, hereda la fuerza de la más débil. Esta idea de strenght les sirve para marcar las diferencias con respecto a las deducciones lógicas. De acuerdo con el principio de la fuerza relativa de las premisas, debemos modificar la intuición que arriba se expresó con respecto a las relaciones entre información nueva y conocida. No sólo se producirá, pues, un añadido de información o bien la eliminación de información contradictoria, sino que puede producirse un incremento en el grado de veracidad. Estamos ya en disposición de comentar la definición de relevance:
(10) Relevance Extent condition 1: an assumption is relevant in a context to the extent that its contextual effects in this context are large. context is small (Sperber-Wilson 1986: 125). Extent condition 2: an assumption is relevant in a context to the extent that the effort required to process it in this

Las condiciones extendidas hacen referencia al carácter comparativo de los factores que determinan la relación de relevancia. Ya han abandonado la definición primera que daban en el año 1979, aunque no hay grandes cambios. Las diferencias se deben a la adopción de conceptos procedentes de la psicología cognitiva de J. Fodor. El sentido de efectos contextuales se explicó más arriba: se trata de las inferencias sintéticas de distinto grado que se deducen de la junción de la suposición y el contexto. El problema de la cuantificación de los efectos contextuales y del esfuerzo requerido en el procesamiento de la información queda sin resolver. Sperber y Wilson creen que la vía debería ser el estudio de los cambios sintomáticos 12

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físico-químicos. Es, sin duda, uno de los puntos débiles de la teoría. El hecho de no poder medir, cuantificar los principios impide la posibilidad de que la teoría sea falseada. La teoría queda relegada al campo de las intuiciones de mayor o menor generalidad. No obstante estos problemas, las sugerencias y perspectivas abiertas compensan estas deficiencias. De otro lado, debe resolverse la concepción del contexto. La disyuntiva para Sperber y Wilson es clara. Si puede considerar el contexto como algo dado que comprende la totalidad de los conocimientos de los hablantes, su conocimiento enciclopédico, o bien se puede concebir como algo no dado, sino variable, que se construye en cada comunicación. La primera de las posiciones es la que tradicionalmente se usa. Su rentabilidad, por sus límites amplios y borrosos al mismo tiempo, es escasa. Cualquier información que se añadiera a este contexto podría ser relevante, dado su carácter casi ilimitado. Asimismo, el coste de procesamiento de todo el conocimiento depositado en la memoria sería enorme. El concepto de contexto que manejan Sperber y Wilson tiene como principal característica su limitación. El conocimiento enciclopédico está organizado en frames, lo que limita los potenciales contextos que pueden seleccionarse en una comunicación concreta. A esta organización parcelada en marcos, debe añadirse lo que los psicólogos denominan short-term memory store, compuesto por las suposiciones anteriores ya procesadas. Con respecto a la extensión del contexto ya procesado, este se desarrolla en varias direcciones: por adición de las suposiciones usadas o derivadas en procesos deductivos previos, por las entradas enciclopédicas o por la información directa proveniente del entorno observable. Sin embargo, ¿cómo se selecciona en contexto? La respuesta en la teoría es el principio de relevancia. El esfuerzo del procesamiento de información no sólo hace referencia al coste necesario para proceder a incorporar una suposición en un contexto dado, sino que también se refiere al coste para acceder a este contexto. Y este contexto es el óptimamente relevante. El principio de relevancia cobra una nueva dimensión. Se convierte en principio regulador de cualquier comunicación. Sustituye, en este sentido, al principio de cooperación de H.P. Grice. De acuerdo a este principio, todo hablante comunica su presunción de que lo comunicado tiene la óptima relevancia. Confunden- creemos- en este punto Sperber y Wilson relevancia con eficacia. El enunciado- el estímulo ostensivo- elegido por el hablante será considerado como el más eficaz para comunicar al oyente sus intenciones, con el mínimo esfuerzo de procesamiento. El hablante calcula un contexto que sea accesible, con el mínimo esfuerzo para el oyente, de modo que encaje bien con la información léxica que dispone en su enunciado. El intercambio comunicativo, el progreso en la información, debe entenderse como un proceso en el que el hablante calcula lo que sabe el oyente y configura, de acuerdo con ello, su enunciado. El oyente, por su lado, parte del enunciado, la información léxica, para construir el contexto, un nuevo contexto si la comunicación es exitosa, en el que interpretar ese enunciado. Según este modelo, la incorporación de información, el intercambio lingüístico, se produce tras un doble proceso de interpretación del enunciado y evaluación del contexto. La comunicación consta, pues, de información léxica e información contextual, de manera que en la construcción del enunciado el hablante calcula el contexto, de acuerdo con lo que sabe que sabe el oyente y el receptor interpreta la información léxica del enunciado para construir un nuevo contexto.

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2.3. La teoría de la relevancia subraya el papel del contexto en la interpretación de los enunciados lingüísticos, de manera que un enunciado no se interpreta sin contexto. Ofrece esta teoría un modelo de Pragmática radical. No debe considerarse separadamente la información léxica, lo expresado explícitamente por el enunciado y por otra, las inferencias, implicaturas o efectos contextuales que de éste se deducen. El proceso de producción e interpretación se realiza de acuerdo con la información disponible y a partir de la información explícita del enunciado. El proceso es único, integrado. La Pragmática ofrece, pues, un modelo riguroso de producción e interpretación de los enunciados, en el que cumple un papel decisivo el contexto. 3. FINAL Ciertamente en este breve escrito sólo se han presentado breves descripciones de las dos principales corrientes anglosajonas que estudian la Pragmática. No obstante, existen otras corrientes en el mundo anglosajón y en Europa. No debemos dejar de mencionar dentro del ámbito sajón la aportación de T. Givón (1989). En esta voluminosa obra, Language, Mind, and Context, presenta una propuesta epistemológica de fundamentos pragmáticos. En Europa la Pragmática cuenta con cada vez más seguidores. En Francia los estudios pragmáticos tienen como mentor a O. Ducrot. Este autor puede servirnos de paradigma para observar la evolución de lo semantistas europeos hacia la Pragmática. A finales de los años sesenta O. Ducrot conoce la teoría de J. Austin y J. Searle. En un primer momento, se convierte en fiel seguidor de la teoría de los actos de habla. Pocos años después se mostrará más receloso con ella y evolucionará hacia unos estudios donde la noción principal es al de argumentación y enunciación. Sus estudios de mais, peu/un peu... son considerados modelos clásicos en los estudios franceses. Las teoría de O. Ducrot presentan el inconveniente de su dispersión. Sus aportaciones son fragmentarias: O. Ducrot no ha escrito ningún libro concebido como obra unitaria. Sus libros son recopilaciones de artículos, lo que conlleva repeticiones y en otros casos, meros esbozos. En suma, pasó de una semántica más o menos ortodoxa, que pretendía expulsar las suppositions del oyente, hacia una teoría polifónica, de inspiración bakhtiniana, de la enunciación. Junto a O. Ducrot la pragmática francesa reconoce como precursor de la Pragmática y la teoría de los actos de habla al maestro E. Benveniste. Estas ideas se basan más, en nuestra opinión, en el orgullo nacional que en realidades. Holandeses y belgas cultivan de manera importante esta rama de la Lingüística. No hay que olvidar que la sede de la International Pragmatics Association se halla en Wilrijk, en la Universidad de Antwerp (Amberes). Son autores destacados vinculados a la Asociación J. Verschueren, J. Nuyts, H, Haverkate y H. Parret. Junto a estos especialistas, los lingüistas generales belgas y holandeses muestran un gran interés por este tipo de estudios: J. van der Auwera es buen ejemplo de ello.

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1. Con posterioridad a esta fecha, 1986, conocemos un libro de Talmy Givón (1989), Language, Mind, and Context que, en nuestra opinión, no es un modelo pragmático. Supera los límites de la teoría lingüística para proponer una epistemología de nuevo cuño que abandone los principios de las categorías discretas en favor de unas ciencias en las que el concepto de contexto sea nuclear.

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