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Bella Violeta

Índice:
Capítulo 1: Erase una vez Capítulo 2: El despertar Capítulo3: Inalcanzable Capítulo 4: Cadenas que se ciñen Capítulo 5: Entre el cielo y el infierno Capítulo 6: Sentimientos que delatan Capítulo 7: El tiempo y la espera Capítulo 8: Deseo que quema Capítulo 9: El laberinto de tu ausencia Capítulo 10: Despacio Capítulo 11: Lágrimas

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Capítulo 1 Erase una vez
Mi padre es rico. Amasó toda su fortuna llevando a la gente de un lado para otro. Nadie en la familia, que yo sepa, había logrado llegar tan alto como él. Empezó desde cero, trabajando de jardinero, de limpiabotas, de cualquier cosa que pudiera darle de comer a él y a su familia. Tuvo que dejar de estudiar demasiado pronto, la pobreza y el desorden de la Postguerra ayudó a que así fuese. Aún así y a pesar de que su futuro entonces era un futuro condenado a trabajar duro para apenas tener algo que comer, mi padre logró ahorrar lo suficiente como para montar un pequeño negocio que pronto se convertiría en una mina de oro. Con mucho esfuerzo logró sacar adelante su negocio de transportes. Ahora el suyo era uno de los más importantes de la ciudad. Aunque yo diría que su ambición por ser algo más creció a partir de que conoció a mi madre. Amor a primera vista, eso es lo que siempre dicen ellos que fue. Aunque soy muy escéptica con esas historias de amor, debo reconocer que lo que hay entre mi padre y mi madre es absoluta adoración. Cuando se conocieron, ninguno de los dos tenía nada que ofrecer. El valor y coraje de mi madre fue definitivo para mi padre. Ella trabajó duro sirviendo en las casas de los más pudientes, ahorrando hasta la última moneda, poniendo todas sus esperanzas en su marido. Y lo lograron. Volvamos a mi padre, por quien siento una debilidad desmesurada. No me entendáis mal, yo quiero mucho a mi madre, pero ella, aunque se esfuerza, es incapaz de comprender nada de lo que a mí se refiere. En cambio mi padre, él siempre parece saber lo que pasa por mi desordenada cabeza. Su sonrisa es capaz de iluminar el día más triste de mi existencia. Mi encandilamiento por mi padre va más allá de lo explicable. Siempre con aquella sonrisa en los labios aunque las cosas no fueran del todo bien, siempre con una palabra amable, con una caricia dispuesta. Recuerdo que de pequeña, cada vez que oía el inconfundible sonido de sus pasos cuando regresaba tras una dura jornada de trabajo, sentía la imperiosa necesidad de correr por toda la casa feliz. Su sola presencia era lo único capaz de llenar el hogar familiar. Ahora lo veo todo diferente, quizás bajo la intuición de quien se cree completamente adulta, dejando atrás los adustos pero felices años de mi infancia. Él era el mayor de seis hermanos, de padre irlandés y madre española. Mi abuelo O´Donnell emigró desde su Irlanda natal a España antes de que estallara la Guerra Civil. Se casó y asentó en este país, y cuando estalló la guerra, se decidió por el bando que menos fortuna tendría en esta maldita guerra. Desapareció. Mi abuela no volvió a saber de él. Se quedó sola, a cargo de seis hijos. Fue entonces cuando mi padre, a la edad de trece años, comenzó a ganarse la vida. El hambre y la miseria fueron constantes en su vida incluso muchos años después. Por eso ha aprendido a apreciar las cosas, por muy pequeñas que éstas sean. ¿Os he dicho que soy la menor de cinco hermanos? Supongo que es hora de que deje atrás los años pasados y me acerque un poco al presente. Mis progenitores venían ambos de familia numerosa, por lo que decidieron que ellos tendrían una también. Y lo consiguieron, tuvieron cinco retoños sanos y fuertes. En casa pocas cosas habían cambiado, salvo las que el tiempo inevitablemente obliga a permutar. Mis tres hermanos mayores ya se habían casado y dos de ellos incluso habían procreado, con lo cual, la casa familiar se había llenado nuevamente de gritos y voces de demanda. Me encantaba ver a mi padre sonreír y jugar con sus recién estrenados nietos. A veces, él mismo parecía uno más de ellos y no su abuelo. Me daba cuenta de que mis observaciones eran minuciosas, ávidas. Puesto que ahora cursaba mis estudios en la universidad, primer año de medicina para ser exactos, pasaba mucho tiempo alejada de mi hogar. Mi padre se había empeñado en que estudiara en la universidad de medicina más prestigiosa que pudo encontrar, sin importarle que eso significara alejarme demasiado de la vida que conocía y que tanto echaría de menos en los años siguientes. Yo me pasaba la vida entre libros, yendo a clase, estudiando cuanto podía, encerrada en mis propios pensamientos y añoranzas, soñando cada noche con volver a casa. Cosa que sólo ocurría en Navidad y, como era el caso ahora, de las vacaciones estivales. Cada vez que regresaba a casa tras pasar demasiado tiempo fuera para mi disconformidad, me dedicaba a examinar cada momento, a grabar cada imagen que posteriormente me ayudaría a sustentar la dura carga de la lejanía. La vida de mi padre a los sesenta y siete años seguía siendo la misma excepto para él. Ya lucía una brillante calva y los pocos cabellos que habían tenido el atrevimiento de quedarse en su cabeza, se habían tornado del color de la ceniza. A pesar de su gran afición a la cerveza y al vino, su barriga no se había visto afectada por ello, y seguía luciendo tan delgada como siempre. Su gran altura se había cargado levemente
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sobre su espalda, lo que le hacía andar algo encorvado. Por lo demás, seguía teniendo su perpetuo donaire y las sonrisas que antes me regalaba con tanta frecuencia, ahora iban dedicadas más que nada, a los más pequeños de la casa. Mi madre, por el contrario, había mantenido ese espíritu jovial de siempre. Se teñía el pelo cada cierto período de tiempo y seguía peinándose y maquillándose a su estilo día a día, incluso cuando ni siquiera salía de casa. "Nunca se sabe si vas a tener visita", decía a su favor. Sé que ella desaprobaba enérgicamente mi indiferencia a mi aspecto, y odiaba profundamente mi tendencia a vestir vaqueros. Pero yo había aprendido a ignorarla desde muy temprana edad, de lo contrario, sería probable que ahora estuviese escribiendo mis memorias vestida con una bata blanca y sentada en la habitación de cualquier hospital psiquiátrico. Y no exagero. Hablaré ahora de mis hermanos. La mayor, Isabel, es igual que mi madre. Así que es fácil de comprender mi tortura si digo que es como si hubiese ido al supermercado y me hubieran dado dos por el precio de una. Isabel, fiel a la personalidad que heredó de mi madre, fue siempre una persona muy responsable y muy consciente de su aspecto. Nunca supe si fue a la universidad porque quería estudiar una carrera o porque deseaba tener a tanta gente alrededor que admirase su belleza. Tras Isabel, un año más tarde, nacería mi hermano Luis, quien heredó todos los defectos de mi padre, pero multiplicados por tres. ¿Qué puedo decir de mi hermano sin caer en la desgracia de admitir que nació estrellado? Quizás sería mejor preguntarle a su sufrida esposa, quien lo está mirando ahora mientras él huele algunos de los canapés que están encima de la mesa para volver a colocarlos en el mismo lugar. Ésa era una manía que mi madre jamás logró quitarle, tenía la imperiosa necesidad de oler la comida antes de tragarla. A juzgar por la expresión de mi cuñada, cada momento que sus dos hijos pequeños le permitían pensar, debía de hacerse la misma pregunta:"¿por qué?". Luis era tremendamente despistado, y sus descuidos eran aún más caóticos, además de ser un tozudo consolidado. Lo que no me explico es cómo Carmen, mi cuñada, fue capaz de pasar por alto tan evidentes delitos tras seis años de noviazgo. Quizás fue el amor, pero una vez que éste desaparece ya se sabe… Luis fue el primero en casarse, y el primero en darle un nieto a mis padres, un precioso niño que contaba a estas alturas con cuatro años y medio. Mi hermana Ginebra fue la única, junto conmigo, que heredó los cabellos rubios de mi abuelo. Todos los demás tenían los rasgos morenos y latinos de la parte española de la familia. Yo siempre creía que su inmensa dulzura se debía a su cabello dorado. No sé porqué he tenido la estúpida idea de que las personas rubias son las personas más amables de la tierra. Quizás sólo por mi hermana, porque aunque soy rubia, jamás pienso en mi de esa manera. Ser mamá había endulzado, aún más si cabe, su carácter. Nunca he conocido a nadie con tan buen corazón ni con tantas ganas de hacer las cosas bien. No es de extrañar que todos tuviésemos una oculta debilidad por ella. Mi madre, después de Ginebra, tardó cuatro años en tener a mi hermano Felipe. El más alocado de todos. Mi madre lo achaca a que durante el embarazo le dio por bailar sin parar. Bailaba a todas horas, en la cocina, en el baño e incluso nos contaba que era incapaz en la cama de dejar de mover los pies. Durante los últimos seis meses de embarazo, mi padre se mudó al sofá. Lo cierto es que la energía que irradiaba Felipe se notaba incluso estando dentro de la tripa de mi madre. No sé si os habréis dado cuenta de que todos mis hermanos tienen nombres reales, o sea, de reyes o reinas. Todos menos yo. Mi madre siempre me dijo que el mío no era exactamente el de una reina, pero que era igual de importante. Mi nombre es Jimena, y como bien habréis adivinado, es el mismo nombre que la adorada esposa del Cid Campeador. El por qué de los nombres ni siquiera yo lo sé, pero tengo cierta sospecha de que todo había sido idea de mi madre, tan empeñada siempre en la idea de que fuéramos como la realeza, aunque no tuviéramos ni por asomo sangre azul. La que peor parte llevó fue Ginebra, que tuvo que aguantar constantes bromas en el colegio y el instituto, soportando estoicamente y como pudo el que la llamaran Gin–tonic. Tras Felipe, tuve que esperar otros siete años para ver la luz. Mi madre dice que en cuanto nací, comencé a mover los ojos en todas direcciones y que ya entonces le parecía que yo estaba hambrienta de descubrirlo todo. Lo cierto es que un rasgo común de mi carácter es que era muy observadora. Me gusta más examinar las cosas, admirarlas con detenimiento y aprender de ellas. Me gusta más que incluso hablar. Desde pequeña fui más bien taciturna, siempre parecía estar metida en mi propio mundo. Por ello, mis padres pensaron que podría tener algún tipo de retraso. Me llevaron a un especialista, y cuál fue su sorpresa al descubrir que no sólo no tenía ningún tipo de problema, sino que era más lista de lo normal. Una superdotada. Mis padres apenas podían creer lo que sus genes habían sido capaces de hacer. Y allí estaba yo, una mocosa de seis años que parecía tener al menos diez, sonriéndoles con una seguridad pasmosa. Los siguientes años los pasé explorando esa magnífica cualidad que Dios me había dado. Para mí nunca fue un secreto estudiar y absorbía las cosas de manera inusitada.
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debido a su trabajo. irradiando esa energía que lo caracterizaba. Lógicamente. Mi hermano Felipe. al contrario de mi. Mi madre salió de la cocina. y pensé que no podía haber mejor orgullo que el de salvar la vida de la gente. con la voz aguda de mi madre inundando el salón. porque le encantaba el uniforme. 4 . alejadas de los demás. con toda la familia reunida en casa. Yo sabía que todos habían especulado con la posibilidad de mi homosexualidad. —Supongo que sí. pasaba largas jornadas fuera de casa. Deseaba con todas mis fuerzas poder parar el tiempo en ese mismo instante. acudí a la llamada de mi madre y me acerqué hasta la mesa para coger un canapé y engullirlo. mientras yo estaba aquí. con mi padre sentado en su sillón favorito. incluso mis hermanas mayores. Mi madre estiró el brazo y puso delante de mi nariz una servilleta. quien vagaba por la habitación en busca de algo que seguramente había perdido. —dije con tono culpable al comprobar la veracidad de sus palabras. La nueva invitada era morena. —Jimena. para darte cuenta de que he puesto los de salmón alejados del resto. pero me obligaba a no pensar en ello. O quizás no. sabía que llegaría. puesto que aún podía sentir las mejillas dolorosamente ardiéndome. con el pensamiento común de cuanto duraría en la familia. con un largo pelo azabache cubriéndole los hombros. Yo sonreí al ver lo poco que cambiaban las costumbres de mi madre. Felipe hacía un año era piloto en una compañía de vuelos comerciales. no debió de notarse en mis ya enrojecidas mejillas. Inmediatamente reparó en la recién llegada y sin ningún tipo de reparo se dirigió hacia ella.Nunca supe bien si elegí estudiar medicina entre mil opciones más porque realmente lo quería o si por el contrario la verdadera razón de todo fue mi padre. parecía gustarle. supongo. Ella dio por zanjada la conversación y cambió de tercio. sin darme cuenta de que era de salmón ahumado hasta que fue demasiado tarde. entendí la extraña manía de mi hermano de olerlo todo y deseé ser yo quien la poseyera. por lo que salí de mi ensimismamiento. Pronto terminaría la carrera y luego obtendría mi obligada independencia. que dejaron a un lado sus conversaciones para mirarme. —¡Hola hermanita! —dijo alegremente mientras me tiraba de los mofletes hasta casi arrancármelos. Era incapaz de tragármelo. Simplemente era muy tímida y poco llamativa. Todos le dedicamos a la recién llegada una cordial sonrisa de bienvenida. con mis dos hermanas mayores cuchicheando en un extremo de la estancia. Tras aquella poco sutil muestra de cariño hacia mi persona se adentró en el salón y les dio a todos un caluroso y sonoro beso. di gracias a Dios. —mi madre me habló al oído para darme una reprimenda. Dejar todo aquello atrás y crear algo tan maravilloso por mí misma se me hacía imposible. ¿no? —preguntó al tiempo que abandonaba la bandeja sobre la mesa. Yo retrasaba ese momento cuanto podía. Me pareció demasiada alta para mi gusto. Yo nunca había presentado a alguien especial. Estúpido pensamiento para una superdotada. ni siquiera había nadie particular en mi vida. —Supongo que tú vienes con Felipe. seguida de la cocinera. el único que faltaba en la reunión familiar. Mi sonrojo. Sonreía amablemente ante cada presentación y se movía de una manera que me recordó a un gato. Por primera vez en mi vida. decía él mismo. Ahora estaba presentando a "su amiga". casi adormilado. Me volví para ver de quien se trataba. como se empeñaba en presentarlas. sentía ganas de escupir. con los pequeñines correteando. pero aún así mantuve aquella cosa inmóvil dentro de mi boca intentando encontrar una solución rápida a mi infortunio. —Sólo tenías que haberte fijado un poco más en los platos de la mesa. Deseé que hubiera traído para mi el mismo cordial saludo. De repente oí que la puerta de la entrada se abría. llevando ambas sendas bandejas de canapés y bebidas de distinto tipo. pero sobre todo de mi hermano Luis. Yo la cogí y con gran disimulo saqué de mi boca aquel trozo de castigo.— ¿Vas a decidirte a entrar o por el contrario te quedarás apoyada en esa pared el resto de las vacaciones? Sentí cómo todos dirigían su atención hacia mí. Siempre quise que estuviera orgulloso de mi. apoyada en el quicio de la puerta del enorme salón. Eso era todo. mientras me preguntaba si hubiera reaccionado igual si en vez de Felipe hubiera sido yo quien trajera un novio a casa. Ella sabía de sobra que así era. entraba ahora de la mano de su "ya veremos si última novia". Como un manso corderito. pero tenía la incesante manía de comportarse de manera extraña con las interminables novias de mi hermano. algo que. pero yo ni siquiera le daba importancia. que por lo visto era azafata en su propia compañía. cariño…—oí que mi madre reclamaba mi atención.

—¿Por qué? ¿Quizás porque somos las dos igual de insulsas? —dije a la defensiva. Levantó el brazo y señaló la bandeja que contenía pequeños chocolates. —dijo ella saliendo en mi defensa. para así tener la oportunidad de estar sola y recolectar mis pensamientos. Me senté en el sillón colgante. sería la adecuada. Con tanta paz rodeándome. Estuve allí. Llevé mi atención a mi padre. —¿Qué quieres? —le pregunté mientras le acariciaba el cabello. Felipe tiró del brazo de Violeta y se la llevó al otro extremo. —Si Felipe tuviera tu carácter. había visto toda la escena. —Cariño…—fue lo único que dijo mi madre en su tono más condescendiente. —Jimena. Alguien tiró de la pernera de mi pantalón vaquero. inhalando los más diversos aromas florales y el olor de la tierra húmeda. —No veo nada malo en ello. Decidí escaparme al invernadero. gesto que me hizo reír. —repuse mientras intentaba soltar la mano que ella aún aprisionaba. —abrió los brazos para más énfasis. Miré hacia abajo y encontré a mi sobrino mayor deseoso de mi atención. —Puede llegar a ser un martirio. —Hace una noche ideal. con aquellos ojos azules y su inmensa estatura. Miré mi reloj de muñeca. —Créeme. Me sonrió y su sonrisa me pareció igual de encantadora que sus ojos. Me miró y encogió los hombros. Me pareció realmente atractiva viéndola por primera vez cara a cara. que aún desde su sofá. la pobre es una insulsa. como si el continuado trato con la gente fuera para mí insufrible. intercambiando eventualmente alguna que otra breve charla con el resto de mi familia. —Hola. Abrí la portezuela de hierro y me adentré en el lugar. sentí cómo casi me vencía el sueño. ni siquiera hice ademán de hacerlo. —¡se acabó! —A mi no me parece insulsa. la más pequeña. Aún faltaba una hora antes de la cena. —repuso mi hermano Felipe en referencia a mí. —Y ésta es mi hermana Jimena. a simple vista? —yo no soportaba los juicios hacia una persona sólo con echarle un vistazo. decidió coger todos los que en su pequeña mano cupieran. Subí los pies al sillón y me abracé a mis rodillas. Un viaje muy ajetreado y como siempre. en medio de la estancia. —respondió. Me evadí del salón silenciosamente y me dirigí hacia el invernadero. —defendí yo. —Durará menos que la última. sin apartar la vista de la atractiva novia de Felipe. En la residencia universitaria apenas tenía esta soledad que tanta falta me hacía siempre. Hacía un par de horas que había llegado de viaje. Me arrodillé hasta quedar a su altura. Luego se alejó hacia mis hermanas. —No podrás sacarle más de dos palabras seguidas. justo detrás de los rosales. 5 . Abarqué con la mirada los distintos coloridos y formas a mi paso. —sentenció comiéndose un canapé. Yo no dije nada. pero mi madre parecía tener predilección por esta clase de criterios. algo que realmente me extrañó. Tras unos segundos de meditar. Yo la miré y ella me miró. Yo me erguí para encontrarme de lleno una vez más con mi hermano Felipe. —dijo la mujer con una inmensa dulzura en la voz. Felipe frunció los labios al mirarla. demasiado agotador.—¿Qué te parece la nueva amiguita de Felipe? —¿Así. —No hay más que verlo. —Soy Violeta. Luego echó a correr nuevamente. Tomé la mano que me tendió. las flores preferidas de mi madre. —¡Ah! —exclamé. —dijo de nuevo. —¿Cómo puedes estar tan segura? —pregunté algo enfadada. mi lugar favorito en el mundo. que no eran más de tres. Dentro de poco se verá desbordada por la energía de tu hermano y entonces…. fingiendo sorpresa. justo donde estaba mi hermano Luis.— Así que es esto… Cogí la bandeja y se la alcancé. llevándoles a cada una un vaso de refresco. sino educada.

—dije dubitativamente. Un sudor frío me recorrió la línea de la espalda. —No he podido decidir aún qué color es el que los describe con más exactitud. Era uno de esas mujeres a los que cualquier hombre nunca se negaría. —Debo irme. —Tu hermano me sugirió que visitase el invernadero. algo que ella no parecía devolver en igual proporción. Era Violeta. Absorbí la calidez de su mano. quizás por mi extraña reacción. Incluso a la tenue luz del jardín. Supuse que se refería al jardín. Ya veo que tú también. me seguía pareciendo una diosa. —repuse. Mis piernas comenzaron a temblar y casi no me sostenían en pie. Decidí que era hermosa. aunque parecía querer ignorar este hecho. Ella sonrió y me permitió observar su blanca y perfecta sonrisa.—Yo no soy muy buena compañía… —¿Quieres que te confiese algo? —repuso. No había reparado en lo perfecto que parecía ser su rostro. —dije de súbito y me levanté. De repente me di cuenta de que la había estado mirando fijamente durante demasiado tiempo y que ella debió de notarlo. —Perdona. —Me alegra que hayas venido.— Quédate un poco más. para así facilitarle algo más de espacio. Me atreví a mirarla fijamente. A veces este lugar puede resultar demasiado melancólico incluso para mí. Creí que habías oído que me acercaba…—su disculpa sonó sincera. —¿De qué color son tus ojos? —me preguntó de súbito. —Es maravilloso. —dije para suavizar la situación. me había dado cuenta de que mi hermano la miraba con absoluta devoción. Me pareció que se levantaba y me daba un beso. 6 . Estoy segura de que tú tienes algo que decir que siempre vale la pena esperar para escuchar. —sentenció sin dejar de mirarme con intensidad.Antes incluso de levantar la vista supe a quien pertenecía la voz que había interrumpido mis preciados pensamientos. Me pregunté si yo conseguiría alguna vez levantar pasiones como aquella belleza. —Por favor. Se relajó echando la espalda hacia atrás y pasando un brazo por encima del respaldo del sillón. sino porque la pregunta me había sorprendido. Durante la velada anterior. —¿Te he asustado? Lo siento. Yo miré su mano.— Disfruto más de la compañía de alguien que habla más bien poco que de los que son habladores por naturaleza. No noté que Violeta me había aprisionado una mano hasta que tiró de ella y me hizo retroceder. el suave tacto de su piel.— Verás. Supongo que sabía que tendría a alguien con quien hablar… Me pareció que se sentía de algún modo culpable por haber interrumpido mi tranquilidad. sobre todo porque casi nada de lo que dicen resulta interesante. Comenzó a mecernos a ambas. ¿Qué más podía hacer? —Yo…. Sólo tuve que abrir los ojos para darme cuenta de que soñaba despierta y de que ella seguía sentado mirándome sorprendida.— Lo es. Se sentó a mi lado. Ella debió notar mi repentina indisposición. —dijo. —rogó. y yo bajé las piernas inmediatamente. Le sonreí. ¿Cuántos años debía de tener? Estaba segura de que ya había alcanzado los treinta. —Si. Yo abrí mis orbes no para que pudiera ver mejor su color. justo la que se cerraba alrededor de la mía. tu hermano anda como loco cuchicheando con los demás y yo sentía una cierta urgencia de escapar.

—Su familia tiene unos viñedos de su propiedad. Creo que nuestra invitada era consciente del interrogatorio de preguntas a las que mi madre estaba a punto de someterla. como era habitual. Yo jamás probaba el vino. —Aunque yo creo que es el trabajo ideal para aquellos que no quieren o no están preparados para ninguna clase de compromiso. pero una voz lo paró. Y ella no era para mí. —fue lo único que logré sacar de mis cuerdas vocales por último. el auténtico experto es mi padre. Violeta bajó la cabeza hacia su plato. comenzó a bendecir la mesa. —respondió mi padre halagado. Juego. pero sí habiendo dado cuenta de dos copas de vino más. Ahora sí que sentí la abrumadora necesidad de escapar. pero saber que para Violeta era algo importante. no sería demasiado agradable a oídos de mi madre. Yo estaba segura de que estaba soportando aquello a duras penas. la comida que nunca faltaba y el volver a tenernos una vez más a todos reunidos allí. No me quedó más remedio que sentarme en el único sitio que quedaba libre. soy libre. —Pero eso de viajar continuamente y tener la maleta permanentemente hecha puede llegar a resultar agotador.La miré. mi padre. comencé a preguntarme si mi nuevo estado de embriaguez era producido por el licor o por el contrario era debido al continuado roce del muslo de Violeta contra el mío. puedo hacerlo. —Gracias. sin casi haber probado la sopa. —fue la ambigua respuesta de ella. —Vaya. —Cuatro años. cada vez más metida en su papel de investigador malo. junto a Violeta a mi izquierda y cerca del extremo donde se sentaba mi padre. Por primera vez no me pareció del todo horripilante e incluso sentí un auténtico placer en paladear aquel extraño sabor. Felipe abrió en ese momento la boca para decir algo que. mamá…—dije muy seria. —indicó Felipe tomando parte en la conversación. Violeta sonrió levemente antes de responder. —apuntilló mi madre. —Y lo es. —¿Te gusta lo que haces? —Por ahora está bien. Mi madre dio la voz de aviso justo a las nueve en punto. dejando detrás quizás el mejor sueño que nunca había tenido. Luego me adentré de nuevo en el mundo de la realidad. Agradeció a Dios los bienes. Bastaba una simple mirada para saber que era una persona que odiaba hablar de si misma. moviendo la copa de vino tinto y mirándolo a trasluz. Una voz que no reconocí como mía hasta después de unos breves instantes. No lo sería nunca. Parecía haberse preparado para aguantar el aluvión. Minutos más tarde. —¿Hace mucho que eres azafata? —preguntó mi madre desde el otro extremo de la mesa. Me fijé que Felipe le otorgaba el que era mi habitual lugar en la mesa a Violeta. 7 . mi madre continuó su particular batalla de preguntas. Mientras. —fue la escueta respuesta de Violeta. Cuando la sopa se hubo servido. con lo que todos los miembros de la familia nos dirigimos al comedor tomando nuestros respectivos asientos. así que estamos ante toda una experta en vinos. ¿no? —Bueno. set y partido para mi madre. —Quizás. me impulsó a tomar mi copa y beber un sorbo. seguramente. —Es un vino espléndido. —Quizás ya te apetezca formar una familia. Yo levanté la vista hacia mi progenitora y la miré con cierto desprecio y vergüenza ajena. —oí que decía Violeta. ciertamente. con la única razón de mantenerla junto a él. —En realidad. de hecho aborrecía aquel amargo sabor. ¿Me pedía disculpas? ¿Por qué? Nadie en mi corta vida me había hecho sentir tan importante aunque sólo fuera durante unos breves segundos. Pronto apareció la sirvienta con la sopera. —Basta.

Isabel tomó un enorme suspiro que a mi me pareció cómico. Pero yo no. hija. a mi padre se le ocurrió anunciar una particular idea. quien prácticamente saltó de su asiento y corrió a abrazar a Isabel. De repente sentí ganas de reír. una ilusión. —instó mi padre. se había sumado el hecho de que fuera mi padre y no ella el portador de tan especial noticia. ya que nadie se había pronunciado por el momento. Andrés había pedido el traslado de inmediato. que tomamos nuestros respectivos asientos una vez más para proseguir con las aplazadas cenas. Aún así. Todo lo contrario. Sentí que alguien posaba una mano sobre mi muslo y que me daba un ligero apretón. se haría efectivo en cinco meses. —dijo por fin. —¿Qué os parece? —volvió a preguntar. Y lo supe porque ahora el resto de los comensales habían abandonado su atención en todo lo demás para mirarme. Traslado que según mi hermana. Sabía que mis otros hermanos estaban acostumbrados a que mi madre convirtiera cualquier cena en un campo de batalla y que incluso mis cuñados sabían que era normal. habían sido pocas las ocasiones en las que había podido disfrutarla. Por mi parte. Y era cómico. Yo supe que el anuncio no estaba previsto hasta que estuviésemos tomando el postre. cada uno murmurando palabras de júbilo. —¿Qué os parece si pasamos un par de semanas en la casa de campo? Ahora que todos tenemos tiempo por vacaciones he pensado que podría ser una buena idea. Me di cuenta de que mi madre permanecía en su sitio. dejando a un lado su reciente decepción. —Bueno. para practicar la pesca. "Decid que no…" deseé interiormente. creo que Isabel tiene algo muy importante que decir. que consistía en tarta de queso. callada. Mi padre hacía muchos años que había adquirido aquella casa a las afueras. Su enfado finalmente no duró mucho y fue la última en abrazar a su hija mayor. —A mi me parece estupendo. la empresa estaba pensando en instalar una sucursal aquí y por supuesto. Acababa de conocer a aquella persona y en una sola noche había descubierto cosas de mi misma que no sabía que existían. cuando llegó por fin el postre. especialidad de mi madre. —Adelante. Todos nos quedamos un instante en silencio. Precisamente. Todos lo miramos y nos miramos entre si. Aquella noticia nos alegró aún más a todos. tanto. Mi madre me miró. pero la tensa situación que había surgido momentos antes hizo que todo tomara un rumbo inesperado. el aire fresco del campo me hará bien. me sentí aliviada y al mismo tiempo enfadada conmigo misma por no haberlo hecho antes. Luego la siguió Ricardo. en su cara una expresión de absoluto disgusto. pero sobre todo no me arrebataba la idea de estar pegada a la loción contra los mosquitos. —Estoy embarazada. Todos olvidamos rápidamente el asunto anterior y dirigimos la atención hacia mi hermana mayor. tras mantenernos en vilo eternos segundos. Mi hermana nos contó seguidamente que su marido Andrés y ella habían decidido venir a vivir a España por fin. Yo no era como los demás y una vez más volví a demostrarlo. 8 . Era la forma en la que Violeta me daba las gracias. Mi padre se atrevió a romper el incómodo silencio que reinaba entonces en la mesa.Supe que acababa de hacer algo inusual en mi. no me entusiasmaba la idea de pasar allí dos semanas. más que nada porque no sólo hacía huír a los mosquitos. como asimilando la noticia. porque había crecido dentro de mi una ilusión que siempre sería eso. su marido y así el resto de nosotros. puesto que ellos habían pasado por el mismo calvario. en el campo. Isabel fue la primera en apuntarse al plan. que tuve que fingir cierta tos para no soltar un bufido a modo de risa. Pero ahora. Pero a mí eso no me amedrentó. —¡Eso mismo pienso yo! —añadió mi padre. Supe que al sentimiento de malestar que yo le había regalado por mi repentina y brusca intervención. Andrés era vicepresidente de una compañía alemana y por ello habían ido a vivir a aquel frío país. La primera en reaccionar fue Ginebra. cerca de un enorme río. uno de sus deportes favoritos.

Yo sabía que la verdadera razón de que Luis no fuese es que su mujer odiaba aquella casa aún más que yo y que prefería pasar aquellas semanas en compañía de sus propios padres. junto con mi hermana Isabel. como mi padre había sugerido. —murmuré apenas audible. Intercambiaron un par de palabras y después de que Felipe se inclinara para darle sendos besos en cada mejilla. junto con mis cds favoritos. Sólo cuando giró para tomar la carretera y su automóvil se perdió calle abajo. —Buenas noches a todos. cuando el último de los invitados se fue y la casa quedó en completa calma. Era un viaje muy largo y ya casi llevábamos dos horas de retraso con respecto a la hora con la que habíamos determinado partir. las noches en esa época del año resultaban extremadamente calurosas. Lo he pasado muy bien esta noche. Yo nunca había tenido mucho en común con el resto de mis hermanos. que fue algo así como un:"no te preocupes". Me senté en el asiento de atrás del coche. Yo me sentí como una estúpida colegiala. Acto seguido. mi hermano decidió regresar dentro de casa. Me pregunté si ellos secretamente conocían mi aversión por el campo y ésa era otra manera de torturarme. Yo sólo me limité a embarcar algo de ropa. Violeta. Sólo cuatro días después cargábamos el coche familiar para pasar un tiempo en la casa de campo. Murmuré unas palabras que disculparan mi inmediata partida y subí corriendo las escaleras hacia mi habitación. —anunció. —Supongo que tú también te unirás a nosotros. sin tener otra cosa que hacer que no fuera meterme en la cama. Supuse que el vino me hacía sentir cosas realmente extrañas y decidí volver a repudiarlo como antaño.— ¿Prefieres quedarte aquí sola? —No. Violeta pareció dudar. Violeta pasó a mi lado y me dedicó una amplia sonrisa. un coro de buenas noches y sonrisas se sucedió. —Por supuesto que vendrá. con lo que confirmó su asistencia. Sin encender la luz. pero ahora mismo podía percatarme de que Felipe y yo. la mayoría de ellos inservibles para el caso. —Te acompaño hasta el coche. desde bien temprano. Siempre pensé que ésa era la manera que tenía de sentirse segura cada vez que salíamos de casa. levantó la vista hacia mi padre. por primera vez. —le pasó un brazo sobre el hombro. Y desapareció entonces de mi vista. —dijo educadamente mi padre. que hasta el momento había permanecido en silencio. —Esperamos verte de nuevo. —Nosotros no podemos ir. por el rabillo del ojo. Encendí el ventilador. —informó mi hermano. había estado sumida. aferrada a mi bolsa de viaje. —¿Jimena? —fue mi turno. pero al final sonrió. pero sí pude percibir la respuesta de Felipe. de pie. a pesar de que puse todo mi empeño en ello. de otra forma me aburriría muchísimo. La antigua tranquilidad que obtenía siempre al estar en casa. que era lo único que parecía importarle de verdad. Mi padre asintió y se terminó el postre. comenzaron a aceptar la idea. No pude llegar a oír lo que le decía. La cena por fin acabó y después del café. sentíamos la misma admiración por la misma persona. mis hermanos. Mi padre decidió seguir mi ejemplo y se acomodó en el asiento del 9 . A mi lado. todo ello dentro de la misma bolsa. caminando lado a lado hasta donde ella había aparcado su coche.Seguidamente. observé que Violeta se inclinaba para murmurarle algo a mi hermano. Me desvestí. esperando que pudiéramos poner rumbo a la casa de campo no muy tarde. Mi madre. se vio de repente alterada por las imágenes de Violeta danzando en mi cabeza. con ganas de iniciar una pataleta ante el pensamiento de no verla más durante esa noche. pero lo que tenía que decir lo interrumpió la voz de mi hermano Felipe. a la tarea de llenar el coche de todo tipo de objetos. dos libros y un discman portátil. Se la devolví. me acerqué hasta la ventana para ver a mi hermano y a Violeta. No concilié el sueño hasta mucho después.— Quizás la próxima semana. Yo me quedé en mi sitio. Violeta. mientras que de todo lo demás se ocupaba mi madre. Mi padre se limitó a preparar con ahínco y cuidado su extenso equipo de pesca. ella entró en el coche y se fue. uno por uno. Violeta se levantó con disposición a irse. —soltó Luis. —Gracias. poniendo en ello todo el empeño del que fui capaz. pensando en por qué mi hermano pasaría la noche en su antigua cama y no en compañía de aquella mujer. y me eché sobre las sábanas limpias.

Metí otra vez mi cabeza dentro de las inmediaciones del coche y la miré. Le sonreí y me permití suspirar también. —Teníamos que habernos ido ya. Oí que mi padre murmuraba un gracias a Dios y observé que mi madre le regalaba un pellizco en el brazo. Tu madre e Isabel podrían haber ido mañana con Felipe. —Lo sé ahora…—respondió en tono burlón. —¿Es época de truchas ahora? —preguntó mi madre. Me giré hacia Isabel. —¿Quieres cerrar la ventanilla. desde luego. —¡Sé que estáis hablando de mi! —gritó su esposa desde atrás. Me llevé las manos a la cabeza e intenté recomponerlo. y con la de tu padre me es suficiente. —Ya lo creo. Me observó y arrugó la nariz. Mi padre murmuró algo por lo bajo. a mi me parecía de lo más excitante aún a mis dieciocho años. Sin embargo. más grave que de costumbre.— Pero no cuando me casé. —Sé a dónde quieres llegar. —Así podrás pescar cuanto quieras. 10 . Seguro que llovía. Me acerqué más aún y saqué la cabeza al exterior. Isabel estiró un brazo y me ayudó en la difícil tarea. —Son como niños. era una costumbre que mi querida madre odiaba. Intenté ignorarla. —¡Jimena! —repitió. mas satisfecha que antes. Isabel y yo nos miramos y nos echamos a reír. —me dijo ella. Mientras. —me dijo. esta vez con el esperado malestar.—. —Hace un día espléndido. Según el parte seguirá haciendo buen tiempo durante el resto de la semana. Me arremoliné en mi asiento y pensé que con unos cuantos años menos me hubiera permitido tener una rabieta y rebelarme antes las demasiado estrictas órdenes de mi madre. Supe que debía de ser mis cabellos desordenados y el rubor de mis mejillas lo que le había hecho mirarme con reprobación. Mi madre nos dio la espalda indignada. después de todo. Aún tuvimos que esperar más de media hora. hasta que por fin se metieron en el coche. la sensación de que no llega suficiente aire a tus pulmones… —Jimena. suspirando. —Espero que eso no signifique que te vayas a pasar todo el tiempo en ese río. —Ya sabes cómo es mamá. pero no voy a pasarme estas semanas yendo de visitas. —respondió mi progenitor. Obedecí y pulsé el botón para cerrarla. Hice cuenta mental de que estábamos a lunes. que yo supe que era un lamento que no se atrevía a decir en voz alta. mi madre e Isabel seguían entrando y saliendo cargadas con bolsas. —Eso será si tu madre se decide a terminar de una vez. —oí la voz de mi madre. ¡Y hubiéramos salido ya si en vez de estar ahí sentados estuvierais ayudando algo! —Nosotros ya hemos cumplido con nuestra parte. —. (a mí me pareció que lo hizo a posta). —Gracias. —sentenció mi madre y de nuevo se colocó con la vista al frente. y me pregunté cómo era posible que los meteorólogos podían asegurar algo con tantos días de antelación. Solos tú y yo. Nos pusimos en marcha y al instante bajé del todo la ventanilla para poder sentir el aire en mi cara. que me sonreía y recordé lo ridículo de mi aspecto. eso sí. diciendo que parecía un perro. Sospecho que mi recién estrenada madurez me lo impidió. por favor? Entra demasiado aire. Él odiaba esperar y su esposa era consciente de ello. pero su siguiente llamada fue imposible de pasar por alto.conductor. Esto. Ver pasar el paisaje a gran velocidad. sentir el cabello golpeándote la cara.

—argumentó su esposa. aunque sea un poco? —¿Y qué si es un aficionado a la cinegética? No sería el único. Entré en la casa. "¿Cinegética?". Recuerdo que Isabel no se metía en la cama hasta que mi madre no le sacudía las sábanas hasta dos o tres veces para asegurarse que ningún elemento foráneo se hubiera metido bajo ellas. que estaba impoluta. después de que mi padre hubiera partido a una de sus jornadas de pesca.— bajaré al pueblo a comprar los cebos y no olvidaré añadir a la lista de importantes una bombilla. —añadió Isabel. —añadió Isabel. pero también la más apartada. "como si fuera una india" en palabras de mi madre.—No podemos ir al campo y no visitar a Don Federico. Giré para encarar a mi hermana que me miró a su vez. la que una mañana." —No tenemos que agradecérselo eternamente. siempre más pendiente de mi madre que de la carretera. que era la más pequeña de todas. sí. diría que odiaba incluso que hablaran mientras mi padre conducía. Fijé mi atención en el paisaje. no es nada estético. ¿No crees que está algo chalado. —¿Cinegética? —repetí esta vez en alto para que lo pudiera oír Isabel. Tiene su casa llena de rifles y escopetas que cuida y mima más que a sus propios hijos. Miré el reloj. Por otra parte.— Además. —se quejó mi madre. —A la lámpara aún le quedan otras dos. "otra vez mi miserable y avergonzante historia sale a la luz. —¿Temes que te pegue un tiro? —La verdad. No tan contentas se quedaron mis hermanas. mamá. —Le resta mucha luz al salón. —masculló mi madre entre dientes. —Mañana…—cedió el aludido. —Vaya. cerrando con la otra mano libre la portezuela del maletero. Incluso le había parecido estupendo tener más espacio para sus cosas. lugar designado para que mi padre guardase todos sus chismes.— Esa maldita bombilla sigue sin cambiar. Nos echamos a reír por lo bajo. —Creo que ha vuelto a suscribirse a esas revistas culturales. Jimena se hubiera ahogado en el río. mi antigua habitación le sirvió a mi padre como nuevo cuartel general. Y fue precisamente Isabel. Miré en el interior del maletero y la ví al fondo. —Estoy contigo. —repuso mi padre. quien de pequeña tenía la mala costumbre de ir descalza. —indicó mi madre. Se acercó a su esposa y le dio un beso conciliador en la mejilla. En ese punto.— Ya no es tan joven y por lo tanto tan diestro para manejar esos espantosos chismes. esta vez a través de la ventanilla. siempre temerosas de que alguno de aquellos asquerosos gusanos que usaba como cebo se escaparan de su encierro. —¡No te olvides de la bolsa azul! —me pidió mi padre desde la escalera que daba acceso a la casa de campo. —Estética. "Estupendo". eso es precisamente lo que le hace falta a tu padre. Mi madre había avisado con antelación para que la acomodaran para nuestra llegada. a pesar de que mi padre les aseguraba que ya estaban bien muertos. pensé. 11 .— Ya sabes que de no ser por él. decidí ponerme los cascos para evitar oír más de la ridícula discusión. Mi padre me cedió su punto estratégico cuando se dio cuenta de que a mí me encantaba aquel lugar. creo que ya hemos hecho suficiente por él. Así que puede decirse que mi primera mudanza fue a los diez años. —Es un maldito franquista. pensé. La deslicé hasta mí y la levanté por las asas. —No creo que le guste la idea de que hayamos estado en el campo y no lo hayamos visitado. Mi habitación era lo que en un principio se pretendió que fuera el ático. provocando otra tanda de suaves risas. Otra razón más para no querer ir al campo. Yo ya subía mi bolsa rumbo a mi habitación. Mis padres seguían enzarzados en su discusión. ignorando lo que su marido había dicho un instante antes. Sin duda llegaríamos al anochecer. Si me preguntaran. Aún quedaban muchas horas de viaje.

Di gracias a Dios. —¿Quieres cenar algo? —me preguntó nada más verme aparecer. Me pareció que ninguna de las dos se dio cuenta de mi azoramiento y por primera vez dí gracias a Dios por haberme hecho tan desmañada desde que nací. Inmediatamente después de decir aquello me arrepentí. —No estoy segura. Bajé corriendo y encontré a Isabel. no pude evitar que una de las latas que sostenía entre las manos se me deslizara y cayera estrepitosamente encima de la encimera. Abrí la ventana de par en par y una ligera brisa hizo acto de presencia. —¿Cómo que no estás segura? 12 . Isabel se acercó al estante para intentar colocar unas latas en el más alto. Tantas eran las ganas que tenía mi padre de llegar que únicamente hicimos una parada en una gasolinera y sólo ante la amenaza de mi madre de que si no paraba era capaz de hacérselo allí mismo. En su salida matutina. a mi padre se le había caído de alguna forma uno de aquellos gusanos e Isabel había sido la primera en descubrir su despiste. Recuerdo que salí de la cama alertada por los gritos. Me subí a la encimera y comencé a colocar los envases con cuidado. —Pobrecita. —resolví al instante. ¿o es que pensaís que el pan y el embutido vino solo hasta aquí? Él sólo es capaz de preocuparse de sus cosas. —Déjame a mí. —De no ser por mí y mi tardanza no estaríais cenando. —dijimos Isabel y yo casi al unísono. Siguieron enfrascadas en la conversación que habían interrumpido brevemente tras mi llegada. No me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que le di el primer bocado.— Tu padre casi os mata de hambre. —¿Quién si no? —continuó mi madre al tiempo que me devolvía la prófuga lata. —Gracias. pero soy yo quien tiene que disponerlo todo para que estos días no se conviertan en un caos. le dije cientos de veces que parara en algún lugar para almorzar. pero mi estómago siguió exigiéndome más. fuera cual fuese éste. A pesar de mis juegos malabares. Llevaba todo el día sin comer. salvo por el café y el bollo que me había tomado para desayunar en casa antes de partir. Miré su interior. Creo que aún hoy no me ha perdonado que acabara en el suelo retorcida de la risa. Con este pensamiento acabé mi sandwich. —dijo mi madre en referencia a mi. —¡Jimena! —mi madre exigía ya mi presencia en la parte baja de la casa. Era de jamón. Mi madre estaba preparando unos sandwiches. —¿Qué te pareció la novia de tu hermano? —¿Violeta? —contestó Isabel. pero él ni caso. La sorpresa por oír aquel nombre se manifestó en mi repentinamente y de forma bastante torpe. Jamás volvió a andar descalza. junto con Isabel. Sabía que mi madre se tomaba estas cosas a la tremenda. —No exageres. —No estoy exagerando. con un pie flotante y una cosa amarilla y viscosa aplastada en la planta de su pie. sin importarles mi desconocimiento del tema. Cogí uno de los bocadillos que ya se amontonaban sobre un plato. Puse atención a las palabras de Isabel. Así que me preparé para el aluvión de protestas que vendrían a continuación. —Lo hubiéramos hecho de no ser porque tardaste tanto esta mañana. —Tienes razón. Yo no debía de tener más de diez años. —Un bocadillo estará bien. —¡Ya voy! Bajé las escaleras y seguí el sonido de las voces femeninas que me llevaron hasta la cocina. mamá. asi que cogí otro. incluso poniendo una expresión de absoluta pena. mamá. —se quejó. —protestó Isabel.comenzó a gritar como una descosida. puesto que el intenso olor a alcanfor me estaba empezando a marear.

—Mamá. Luego. se dirigió hacia la nevera y sacó una lata de cerveza saliendo nuevamente de la cocina e ignorándonos a todas. —Es muy guapa. Mi madre le dedicó una mirada fulminante a modo de respuesta. —dijo aún con la mirada puesta en su libro de cuentas. que conjunté con unas zapatillas de deporte. —Enseguida le atiendo. —insistió mi madre. La abrí con cuidado para ver que era lo que quería mi padre de mí a tan tempranas horas de la mañana. —Eso sí. desde luego. —Es que eres así. A la mañana siguiente. Me levanté y llegué hasta la puerta. creo que evitará acercarse a ti todo lo que le sea posible. —cedió Isabel con algo de condescendencia y resignación en la voz. unos viejos vaqueros y una camiseta de color azul. Como siempre. desde detrás del mostrador parecía estar ultimando unas cuentas. —consintió mi progenitora. como si realmente no hubiéramos estado allí. víveres y un montón de cosas más que en cualquier ciudad tendrías que desplazarte al menos a cuatro sitios para comprarlas. —añadió Isabel. 13 .— Algo te habrá parecido. —Jimena…. ya sabes que no me gusta emitir juicios premeditados. —reconocí la voz de mi padre susurrando mi nombre. fueron mi elección. —A mi también me lo pareció. desde cebos para pescar de todas clases habidas y por haber. —Estupendo. —¿Es una nueva forma de tratar a los clientes? —bromeó mi padre. —dijo señalando la bandeja de los bocadillos. —Me pareció que a Felipe le gusta de verdad. No levantó la vista a pesar de que la campana de la puerta había sonado. Yo ya había terminado de colocar las latas y ahora me dedicaba a la inservible tarea de ordenarlas y ponerlas con sus etiquetas hacia afuera. En ella podrías encontrar los artículos más variados. mamá. —¿Quieres acompañarme al pueblo? Lo pensé un instante. Mi padre eligió ese momento para hacer acto de presencia. decidí que era hora de apearme. —Después del interrogatorio al que le sometiste en la cena. así tendremos oportunidad de conocerla mejor. Me dirigí hasta el baño y me aseé y peiné antes de reunirme con mi padre. Chano. seguido de mí. Tomó una servilleta y puso en ella dos sandwiches.— Justo en lo que estaba pensando. —¡Vaya! —repuso mi madre pensativa. la tienda de Chano era la única que existía. unos suaves toques en mi puerta hicieron que cediera en mi empeño de seguir dormida. Cogí también un jersey que até a mi cintura. —Odio cuando hace eso…—señaló mi madre. —Pero bueno. En todo el pueblo. En realidad sopesé mis otras opciones y tuve que admitir que me atraía mucho más viajar hasta el pueblo que quedarme con mi madre y mi hermana toda la mañana. puesto que noté mirando por la ventana que el día estaba algo nublado. Ya lo decía el cartel clavado a una de las paredes y que a mí siempre me pareció ridículo: “Víveres Glez — de todo” Mi padre fue el primero en acceder al interior. —Te esperaré abajo. Me sonrió y asintió con la cabeza.— Pensará que soy una de esas madres preguntonas y metomentodo. ya que no quedaba nada que pudiera hacer allí arriba. —Dame diez minutos para vestirme y estoy contigo de inmediato. Cerré la puerta y comencé a vestirme. Por mi parte. Llegarán mañana. hasta unas tijeras de podar. sin hacer otra cosa que no fuera hablar.

Con las prisas no había desayunado. me dediqué simplemente a dejar que pasara el tiempo. Mi padre se acercó hasta el mostrador. —Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. pero supuse que incluso en aquel pueblo. por lo que decidí darme una vuelta por los pasillos de la tienda. lo que significaba que trabajaba allí. —oí detrás de mí. Siento no haber mencionado antes que a mi padre se le conocía por el apellido de mi abuelo. siempre conseguían dejarte con sed. Yo sabía que la conversación se alargaría hasta límites insospechados. Con el hambre ya resuelta. pero ya sabes.— Mírala. Él se rió. —¿Diego? —dije con algo de duda. —¿Cómo estás. Dejé las cosas sobre el mostrador y seguí con mi recorrido. mientras Chano le hablaba de unos nuevos cebos que había traído hacía apenas unos días. parecía encantado de que finalmente hubiera sido capaz de recordarlo. puesto que la cara de aquel muchacho me era familiar. —¿Vas a comerte todo eso? —me preguntó mi padre divertido cuando me vio llegar cargada de golosinas.El viejo propietario pareció reconocer la voz y miró a mi padre. —Supongo que vienes a buscar cebos.— Estoy llenando mi cupo de provisiones. —¡O'Donnell! —gritó con júbilo. ¿no? Interiormente suspiré de alivio porque la conversación en torno a mí se hubiera terminado. pero no sé por qué. Chano? Los dos hombres se dieron un corto abrazo y unas sonoras palmadas en la espalda. No recordaba el establecimiento así. El bollo estaba muy bueno. o puede que de repente hubiera tenido una visión sin darme cuenta. Antes de pasar a otra estantería. —Lo es. Me giré con rapidez. —argumentó el viejo. —Hola…—dije algo confusa. así que seleccioné uno de esos bollos esponjosos con forma de barra de pan rellenos de chocolate y lo abrí dispuesta a comérmelo. —Hola. Cuando era pequeña. en su cara una expresión de incredulidad. Puede que el batido de fresa consiguiera despertarme del todo. lo cierto es que conseguí acordarme de él. se ha convertido en toda una preciosidad. Todas las esperanzas que tenía de que no creciera se han esfumado para siempre…—bromeó mi padre haciendo reír a Chano. aquel chico que tenía ahora en frente solía ser mi compañero de juegos. Metí la pequeña cañita en el brick de batido de fresa y seguí avanzando a través de los pasillos. Me sonrojé al tiempo que sonreía tímidamente. hacía falta de vez en cuando echar mano de los avances. Él me sonrió y fue entonces cuando me di cuenta de que el chico llevaba un delantal idéntico al de Chano. pillé un par de chocolatinas y un paquete de galletas de arroz inflado. 14 . ¿es esta Jimena? Me señaló con el dedo. —No. Me dirigí inmediatamente al estante de los chocolates. —Supongo que no me recuerdas…—me dijo algo tímido. dándome un suave apretón. —le dije. Supuse que tal vez las empresas de batidos le daban alguna comisión. la familia es cada vez más difícil de controlar. Mi padre me asió por los hombros y me acercó más a él. —Ya lo creo que sí. tonto…. y por desgracia he tenido unos hijos demasiado cosmopolitas… —Hablando de hijos.

Ha pasado mucho desde la última vez. mientras imaginaba mi foto en el libro Guinness de los Records. no te olvides de la bombilla. —Sigues igual de tímida que siempre. Su voz me hizo darme la vuelta una vez más. —Ahora estarás en la universidad. —mentí. como la mujer que ostentaba el record de sonrojos en un día. yo cada vez me iba sintiendo peor. pensaba que disfrutabas de mi compañía. —Vaya. Nunca nadie había flirteado conmigo. Le sonreí a mi inesperado acompañante y sin decir nada más pasé junto a él. ¿hay mucha diferencia entre lo uno y lo otro? Seguí con la cara pegada a mi batido y comencé a sorber frenéticamente. —De acuerdo. Me había olvidado que siempre tomábamos la vieja ruta que iba al pueblo. —me dijo de repente. —No te olvides de pagar eso…. por lo que veo. 15 . Pasaron unos breves instantes. empiezo a creer que demasiado. —Eso también.—volvió a decir Diego. Eso significaba que Violeta estaría allí. —Estás muy guapa. antes de cometer una estupidez y empezar a contarle al chico lo desgraciada que me hacía sentir la universidad. que no podía sacarme de la cabeza a la novia de mi hermano. Sabía que me conocía demasiado bien como para no saber que algo me pasaba y yo no podía decirle que estaba tremendamente aturdida. Pero entonces recordé que los únicos asuntos en los que yo era capaz de expresarme sin apenas balbucear eran los de medicina. mientras apuntaba frenéticamente en su libretita. y comencé a juguetear con la cañita de mi batido. —Ya sabía yo que por algo pensé que sería una buena idea traerte conmigo. Chano. Dios!. —Está en edad de crecer. Probablemente Ginebra y Felipe ya habían llegado. —bromeó señalando el cartón casi vacío que aún sostenía entre las manos. si mal no recuerdo. y mi hija te hubiera dejado sin provisiones…—se rió mi padre al verme llegar con algunas cosas más que había recogido por el camino. Abrí la ventanilla para que me diera el aire en la cara. —Papá. —¿Te ocurre algo? —preguntó él. —Vaya…. —fue mi escueta respuesta. Desde que empecé en el instituto. —No. esperando a que él se decidiera cambiar de tema. —contesté fingiendo decepción. así que no sabía muy bien si aquello era un flirteo o si por el contrario era un simple comentario amable. Lo único que logré fue que una nube de polvo me diera de frente. —Media hora más. Yo evité decir que era bastante probable que me quedara con mi miserable metro sesenta y cuatro e ignoré el comentario. que incluso había soñado con ella y que… ¡Oh. Me alejé de Diego dejándolo con una interesante sonrisa en su rostro y me reuní nuevamente con mi padre. algún tema en el que yo tuviera la valentía de decir algo.—El mismo. eran casi las doce del mediodía. Yo esperaba que mi padre iniciara un nuevo intento para sonsacarme más información. cariño. De vuelta a casa. eso también…—se burló de mí. y dudaba mucho que Diego supiera algo sobre las etapas organicistas de las enfermedades. Me miró con el ceño fruncido. —contestó el anciano. mientras me frotaba los ojos ahora irritados por la polvareda. —dije aliviada. —Sí. Oí que mi padre me llamaba. Otra de las excentricidades de mi padre. —Estás muy rara… ¿Hay algo que te preocupa? —No. en vez de ir por la carretera de asfalto. De todas formas. ése al que tanto me había aferrado antes de que la voz de mi padre ganara la batalla esa mañana en contra de mis deseos. al tiempo que se giraba para pedirle a Chano una bombilla. Yo seguí plantada allí en medio. si no quieres decírmelo no te voy a obligar… —Gracias. — Esperaba que me guardaras el secreto. Mi corazón se aceleró tanto que creí sinceramente que era el principio de un infarto. Miré mi reloj. —Sí. casi había olvidado mi sueño erótico.

—lo vi tragar antes de formular la siguiente pregunta. La poca luz aquella noche hizo que me perdiera ese detalle. —comencé con cuidado de no herir sus sentimientos. el Mercedes gris de Felipe y por supuesto. A juzgar por su expresión. Su hija mayor la seguía muy de cerca. Lo que era seguro es que iba a ser mucho más guapa que yo. Lo que más me sorprendió fue descubrir que el color de su coche no era gris. podía sentir que las palmas de mis manos comenzaban a sudar. Reconocí el Ford blanco de mi hermana Ginebra. justo como su madre.— Sabes que siempre será bienvenido. —No puedes culparme porque me preocupe por ti. Crucé los brazos a la altura del pecho y me arremoliné en mi asiento. —Papá…. —lo llamé.—De modo que hay algo que no quieres decirme. simplemente creo que… —¿Es un chico? "Frío. 16 .— Me alegra ver que ya estamos todos. Fuimos recibidos con efusivos "holas" por parte de mi madre. Definitivamente algo está ocurriendo en esa cabecita tuya. Nunca sé más de lo que me permites ver. frío…" —No. agarrada a su falda. sabes que estaré esperando. —De todos tus hermanos. ¿estás triste porque quizás le echas de menos? —me preguntó preocupado. Creo que incluso les daba miedo a todos los del maldito campus. Como si las personas a las que les cuesta relacionarse tuvieran que ser asesinos en serie por derecho constitucional. primero a mi padre y luego a mí. —Lo sé. Dejé las bolsas sobre la mesa y me acerqué hasta mi sobrina. Ginebra se acercó y le dio un sonoro beso. Permití que mi padre me adelantara y entrara primero al interior de la casa. Al llegar a la casa. de quien decían que era un calco de mí. hacía poco que había pasado una crisis de llanto. Odiaba las charlas sentimentales. esta noche podremos incluso echar unas partiditas al bingo. sino azul cielo. —No… —Podrías haberlo invitado. aunque me hubiese gustado gritarlo. Pero no voy a insistir. me di cuenta enseguida de que allí habían ya tres coches aparcados. gracias. Ginebra y su marido. ¿Un novio en la universidad? Si apenas tenía amigas. —Papá. —Te ví hablando con Diego… —¿Y? —no tenía ni idea de a dónde quería llegar. Ambos con dos bolsas a cada mano. Había olvidado lo tramposo que podía llegar a ser mi padre en ocasiones. Minutos después. No quiero dejar este mundo sin ver a todos mis hijos felices. estaba enfadada porque ni siquiera me había dejado explicarlo. intentando calmarme antes de que el incipiente enfado que corría a través de mis venas llegara al cerebro. —le dije. Esperé a que mi padre se pusiera a mi altura antes de encaminarnos hacia la casa. —Cuatro no desde el inicio de la conversación. el Mazda descapotable de Violeta. tú has sido siempre la que más me ha costado leer. —¿Tienes algún novio en la universidad?. —una vez más me interrumpió. Me tapé los ojos con ambas manos. —¡Ya estamos aquí! —anunció a los cuatro vientos. —murmuré. Debían tomarme por una asesina en serie o algo así. Isabel. Lo miré extrañada mientras él salía corriendo a esconderse detrás de unos matorrales. —Admito que hasta hoy no se me había pasado esa posibilidad por la cabeza. papá. no sé si por tranquilizarlo a él o a mí misma. cuando estés preparada o necesites mi ayuda. Mientras me acercaba. —Yo soy feliz. eres mi niña pequeña. A veces sigo resistiéndome a que crezcas. Pero no había rastro de Violeta ni de mi hermano Felipe. paraba el Jeep a un lado de la carretera.— ¿Sigues enfadada aún porque te envié a esa universidad tan lejos de casa? —No. No pude evitar echarme a reír y me pregunté si mi padre comenzaba ya a tener problemas de próstata. —No es que no quiera contártelo. Esta niña tenía ángel.

¡idiota!". A todos menos a mí. "Dí algo. —bromeó Ginebra. —Ten. ahora van mucho más allá que. Violeta pasó a mi lado a continuación. seguramente buscando un lugar seguro donde dar buena cuenta de su dulce.— Recuerdo que tu madre se empeñaba en dejar a vuestros novios en habitaciones separadas. Me aparté de mi hermano como de la peste. Ella era una acérrima defensora de la virtud y creía que la virginidad era casi un don divino. como de cosquillas. me reñí. con una camisa de seda azul y el pelo recogido en una trenza. A él apenas lo miré. para poco después darme un húmedo beso en toda la mejilla. El marido de Ginebra. La puerta se abrió entonces y como si fuera una repetición de la misma escena de hacía cinco días. en fin… —Papá…. 17 . Jimena. —Creo que ha ido a enseñarle los alrededores a Violeta. —Hola. Con eso sólo lograba que nos desveláseis un par de veces por la noche con tanto ruidito disimulado de puertas que se abrían y se cerraban. a pesar de que sabíamos que en su momento le había costado mucho el aceptar que ninguna de sus hijas llegara virgen al matrimonio. Yo saqué una de las chocolatinas que había comprado en la tienda y se la alcancé. temiendo que se ensañara con mis carrillos como la última vez. —Hola. que estaba bebiendo de una lata de cerveza casi se atraganta y todos nos volvimos hacia él para ver que sus mejillas se habían puesto de un color rojo intenso. —¿Me das un beso? Dudó un instante. —contestó con su dulce voz infantil. —¿Papá? —se burló mi progenitor. —¿Manitas? —dijo mi padre. no podía mirar más allá de aquella mujer enfundada en unos vaqueros tan roídos como los míos. era una sensación extraña. —contestó Isabel. —me dijo al pasar. Luego se alejó correteando. Felipe entró acompañado de Violeta. prestándome tan poca atención como yo a él. haciéndo reír a todos. —saludó ella y lo siguiente que pude ver era que se estaba acercando a mi rostro para plantarme un beso en la mejilla. Su cara se iluminó de repente y me dio un gracias que sonó a "asias" más bien. —le dije con suavidad mientras me agachaba para ponerme a su altura. La felicidad. para que no estés triste. Lo cierto que la percepción. que sus labios dejaron en mi mejilla me obnubilarían por el resto del día. —O a hacer manitas detrás de algún árbol. Todos nos reímos. incluso mi madre. —protestó Isabel entre risas. —¿Dónde está Felipe? —oí preguntar a mi padre. aunque de esa manera resultase incluso estúpida.—Hola Cris. Tal vez era porque le costaba respirar por el líquido que no había logrado tragar por el sitio adecuado. —Hola tata….— Creía que eso se hacía en mis tiempos.

Tomó asiento a mi lado. tenía la esperanza de que ella viniera a hacerme compañía. no tuve tanta suerte como la última vez y me vi afinada entre mi cuñado Ricardo y mi sobrina Cristina. —Sí. que sus miradas jamás serían mías. —me miró sonriendo. justo encima de mi cabeza. Fue como si mis músculos se hubieran rendido y. que ella jamás soñaría conmigo de la misma forma. cada uno exponiendo su punto de vista sobre la política o la economía. y casi grito al encontrarme con sus preciosos ojos azules mirando directamente a los míos. Tomé una inspiración. Miré al cielo cubierto de estrellas. por lo que seguí con la cabeza gacha y la mirada en mi plato hasta el final de la cena. En esos momentos no estaba preparada para mostrar nada de mí al mundo. Por el rabillo del ojo la observé doblar el cuello para mirar el cielo. —Pero acepto voluntarios. sé lo que es vivir en el campo. en mi rostro. De pequeña. que ella jamás correspondería a mis deseos de la manera que yo quería. pero antes incluso de formularlo. salí al porche y me senté en las escaleras. —¿Te encuentras bien? —preguntó mi padre. Yo solía escaparme a la azotea y tumbarme allí con mi manta hasta que casi amanecía. sola. quisieran convertirse en gelatina. —dije. No tenía ganas de asistir a la posterior reunión donde todos seguirían hablando de los más diversos y aburridos temas. casi cómica. —Por favor. ya se me había concedido. soy hija única. 18 . Pensé en eso de la indiferencia y me di cuenta de que todo había estado siempre en mi imaginación. no sabría decir con seguridad ni siquiera qué era lo que habíamos comido. —Las noches allí eran mágicas.Capítulo 2 El despertar Esa noche. quien parecía más relajada que la última vez. Jamás me cansaba de mirar al cielo. No me atreví a levantar la vista hacia mi progenitor. atrayendo con ello toda la atención hacia mi persona. creo que ya sabes que mi padre tiene viñedos. como era habitual en mí. Levanté la vista hacia Violeta por centésima vez esa noche. Al menos me distraje un poco observando a la cría hacer multitud de muecas y gestos que me hicieron reír. mirándome divertida. Además. Pensé que debió de haber sido ridículo encontrarme allí. sino producto de mi dilatada imaginación. se abstuvo de sonsacarle información a Violeta. —Gracias. —¿Puedo sentarme un rato contigo? No abrí los ojos. Me sonrió levemente y yo sentí cómo mi cuerpo se deslizaba de la silla sin poder evitarlo. con gran acierto. —murmuré. Todos mis deseos de sentarme cerca de Violeta perecieron enseguida. —Las noches aquí suelen ser así. Pude apreciar cierta nostalgia en su voz y aquel descubrimiento hizo que mi corazón se encogiera. mi familia vivía en una hacienda. Esta vez mi madre. —dijo. Enseguida abarqué su visión. —¿Tienes hermanos? —No. En cuanto terminó la comilona. Me sentí traicionada por mi conciencia al traerme en aquellos momentos semejantes pensamientos. en el segundo escalón. un placer que en la ciudad nos negaba la polución. más que nada porque casi había desaparecido por entero debajo de la mesa. y los abrí lentamente. apenas detectable. Cerré los ojos tanto que me dolieron para pedir un deseo. Si me preguntaran ahora mismo sobre la cena. desgraciadamente. se giró de nuevo para atender a la conversación de mi hermano. Sonreí ante tan maravillosa vista y fue entonces cuando vi cruzar una estrella fugaz. durante la cena. —asentí. La conversación giró en torno a asuntos banales. —Sí. Notando mi destemplanza. sabiendo que efectivamente encontraría la duda y la sospecha en sus ojos. maldiciéndome por si aquella voz que acababa de oír no era real. No habíamos cruzado una palabra tras su llegada y yo comenzaba a desesperarme por su aparente indiferencia hacia mí. de repente. aunque me dio la sensación de que casi lo supliqué. con los ojos cerrados y con una extraña expresión. —Pocas veces he visto el cielo tan estrellado como esta noche.

de lo contrario. yo sólo quería huír de la mía. Jimena. —Eso me mantiene alejada de casa durante demasiado tiempo. —Incluso a pesar de ello. —Felipe ya habrá pensado en eso y tendrá alguna clase de plan para que no pases un solo momento aburrida. aunque en el fondo deseara rebelarme ante esa idea. —Lo justo es lo justo. Me sentí afortunada de estar sentada. por ahora. pero me lo dijo sin más dilaciones. apoyándome sobre mis codos. No le gusta cómo he elegido vivir. Aún tengo muchas cosas que hacer. entonces ambas llegaríamos a ser hermanas políticas. habría dado con mis huesos en el suelo. —me miró. El silencio se prolongó hasta que yo decidí romperlo con la pregunta más estúpida de las que podía haber hecho. —Tengo dieciocho. —¿Sólo dieciocho? —rebatió enseguida.—Fruncí el ceño por no poder saber a lo que se refería con eso de "sólo". creo que me iré este domingo. el tema estaba zanjado. Si se casaba con mi hermano. No sé porqué me sentí aliviada de saber que la edad no era un obstáculo tan insalvable. —dudé. —confesó. Me dio la impresión de que no era una persona de muchas confesiones y que lo que acababa de hacer. imitando la posición de ella. —Sí. Empecé a creer que sabía exactamente el efecto que eso tenía en mí. —Espero que seas capaz de evitar que eso ocurra. Puse toda mi atención una vez que ella comenzó a hablar de nuevo. le había costado mucho esfuerzo. Me sonrió una vez más. —dijo con insólito tono de voz. Eso fue suficiente para mí para entender que. Hice cuenta mentalmente de que eso eran tan sólo nueve años más que yo. —Eso a mí me resulta un tanto extraño. aunque yo sabía a lo que se refería. La miré buscando respuestas. 19 . y estas minivacaciones no figuraban entre mis planes. —Puede que te aburras y te vayas antes del domingo…—añadí cuidadosamente. —¿Qué edad tienes? Me miró extrañada. aunque sólo fuera una simple frase.Dejó la frase en el aire. —Veintisiete. —Tienes una familia magnífica. No supe hasta qué punto mis sentimientos gritaban por el amor de esta mujer hasta esa misma noche. —Supongo que ya vas a la universidad. —bromeó. ¿Es que acaso la había decepcionado? Su sonrisa me hizo ver que bromeaba. No permití que ninguna expresión cruzara por mi cara y me mantuve tan inexpresiva como fui capaz. —¿Y tú? —inquirió de súbito. Emití un suspiro y devolví mi atención a las estrellas. Me vi inundada por el dolor que me autoinfringí al pensar en una Violeta dolida o desdichada. —¿Incluso a pesar de mi madre? Hizo ademán de pensar. Sonreí levemente mirándola. Al menos para mí. Tras eso abandonó la visión de mi rostro para concentrarse nuevamente en el cielo. A tu edad. —¿El qué? —Que te duela tanto estar lejos de tu hogar. —Mi madre murió cuando yo era pequeña y mis relaciones con mi padre no son en absoluto buenas. —¿Piensas quedarte las dos semanas? —No.

al parecer. como lo hacía siempre que estábamos solos? Felipe se rió a gusto. —Claro.—. Mirándola me dije que era imposible tenerla como simple amiga. ¿verdad? —preguntó. —Tu habitación es la del ático. ¿Es que siempre tenía que ponerme en evidencia delante de los demás? ¿Por qué no podía ignorarme. se giró hacia mí. —no pude evitar la avidez con la que respondí. Felipe estaba de pie. pero mi cerebro se negó a pensar con la brillantez a la que me tenía acostumbrada. —Estás aquí. 20 . Sabía que debía decir que no. —¿Harías una cosa por mí? "Te daría mi vida si me lo pidieses sin dudarlo". —No apuestes en esa porra. —fue lo único que conseguí argumentar. gracias. —dijo llanamente. Se rió al ver mi expresión de completo aturdimiento. —dijo alguien desde atrás y las dos nos movimos al unísono para ver de quien se trataba. —Toda tu familia cree que tu hermano y yo somos novios. Por un momento. simplemente por el hecho de haberme llamado mocosa. —Buenas noches. Yo ya podía sentir el veneno recorriéndome las venas. ¿verdad? —No sé si "novios" —mastiqué la palabra como si fuera un trozo de limón. —Entiendo. Jimena. —No. Me obligué a pensar en una forma de compensarla. Se quedó allí. junto a nosotras. Me arrepentí inmediatamente de haberle dicho aquello. Sólo había que observar la expresión de mi hermano cuando la enfocaba para saber que sentía algo muy profundo por aquella belleza. —De repente sentí la angustiosa necesidad de desprestigiar a mi hermano. —¿Te apetece dar un paseo? Antes de contestarle. Creo que me voy a ir a la cama. elevando con ello mi curiosidad. —Buenas noches. —Por supuesto. Mi hermano optó por cambiar de tema. y yo volví a analizar mis palabras. Hizo que la sonrisa se borrara de la cara de Felipe de un plumazo. —Quizás algún día te apetezca invitarme a ver las estrellas desde allí. intentando encontrar la razón de aquella mirada. Deseé tener uno de los rifles de Don Federico para poder deshacerme del impresentable de mi hermano. por mi cabeza pasó la idea de que quizás no eran novios. Tan metida estaba en mi particular lucha que casi me pierdo sus siguientes palabras. Mañana tengo sesión de pesca con papá y apuesto a que me despertará al amanecer. puesto que estaba claro que a Felipe no le haría nada de gracia que los acompañara. Quizás había ido demasiado lejos en mi repentino ataque de celos y puede que incluso le hubiera hecho daño. mirándolo fijamente. —¿Qué te ha contado la mocosa de mi hermana? —preguntó burlón. hice lo que debía. como siempre. tal vez sólo fueran buenos amigos. Violeta no. —Sí. —¿Quieres venir? —me preguntó. Bajó dos escalones para encararnos de frente.Me arrepentí de haber dicho aquello. —respondí. —fue su seria respuesta. pues me miró con expresión circunspecta.— Felipe trae tantas chicas a casa que sería casi un sacrilegio llamarlas "novias". Debe existir alguna clase de porra sobre tu duración en la familia. Cada vez me resultaba más enigmática y eso sumaba aún mayor curiosidad. —¿Me guardarías un secreto? —preguntó una vez más. —Sí. es lo más correcto a utilizar. Así que. con expresión seria.

sin ganas de quedarme sin nada fresco que tomar durante la pesca. Ella me hacía desear ser de otra forma. —Será mejor que traigamos al menos media docena de truchas. Tu madre la habrá dejado sobre la mesa de la cocina. —Ocúpate tú de la cesta del picnic mientras yo meto esto en el Jeep. —dije imitando la voz profunda de mi padre. —Sí. y salí hasta el jeep. —le informé mientras deslizaba la pesada cesta en el interior del maletero. hija! Me vestí lo más aprisa posible. Esa noche no me importó quedarme hasta tarde mirando las estrellas desde la ventana de mi ático. Fui a la cocina. —recogí nuevamente el nailon. o no volverá a prepararnos los bocadillos. La cogí. —Muy bien. —Lo siento. —dije con la voz ronca por el sueño. sabedora de que dentro de poco el sol estaría en todo su apogeo sobre nosotros. La ilusión de estar en compañía de Violeta obró el milagro. así que lo coloqué todo cuidadosamente. prefería usar señuelos. y como había predicho mi padre. ¿entonces por qué has lanzado hacia allí? —no me dio tiempo a contestar. 21 . durante unos instantes. El río al que nos dirigíamos estaba a tan sólo tres minutos de la casa. También recordé llevar la gorra verde de pesca. Cuando llegué al lado de mi padre. Saqué mi gorra y me la calé. recordando sus palabras. tienes que hacer las cosas pensando. Cuando volví a despertar apenas despuntaba el Sol. poniéndome unos pantalones cortos de color beige. —¿Quieres que te prepare la caña? —preguntó mi padre. sin embargo. —Mamá ha hecho bocadillos para un batallón. cosas que jamás había compartido con nadie. Cerramos el maletero y nos metimos en el coche. no había heredado esa cualidad. —¡Date prisa. Reí la gracia de mi padre. Luego se levantó y se alejó hasta perderse entre las sombras con Felipe. en este caso mosca. quien revisaba por enésima vez ambas cañas de pescar y el bolso donde guardaba todas las cosas que harían falta antes de colgárselo al hombro. —Hija. —¡De acuerdo! —le grité desde la distancia. Instalarnos bajo la sombra de un enorme árbol me pareció la mejor de las ideas. corrí escaleras abajo en busca de mi padre. Me quedé allí. Miré hacia donde creí que me indicaba y pude observar una serie de rocas. de mis deseos. Después de haber calmado los apremios de mi vejiga y de haberme aseado y acicalado. —¿Qué te he dicho siempre de las rocas? —Los peces están cerca de las rocas. —¿Ves aquellas rocas? —me señaló con la cabeza. algunas de las cuales sobresalían ligeramente del agua. Odiaba los despertares tempranos. tomándome por sorpresa lo mucho que pesaba. esperando a sentir el plomo. Podía pasarme la vida entera en la cama. por lo que usaba una caña telescópica de unos tres metros. papá. y salí con cierta urgencia hacia el baño. —Ya voy. apareció una vez más. Esa misma noche fue cuando acepté que estaba perdida. una camiseta blanca con la foto del grupo Kiss en el pecho y mis zapatillas de deporte. él ya había echado su primer lance con su caña de cinco metros. —¿Ya has metido la nevera portátil? —le recordé. mi padre sacó su caña y su bolso de pesca.Aquella sonrisa que siempre parecía tener dispuesta para mí. Incluso mantuve una conversación ficticia en donde le hablaba de mí. las ensenadas profundas y de los árboles sumergidos. Me senté a su lado y lancé el nailon en sentido contrario al de mi padre. Mientras yo buscaba un sitio para asentarnos. pero mi padre tocaba insistentemente a mi puerta. de lo que esperaba de la vida. puesto que tenía su caña sujeta en una línea tensa. encontré la cesta de mimbre sobre la mesa. por lo que muy pronto estábamos descargando el jeep. absorbiendo lo que había pasado. Yo no usaba para pescar cebo natural como él. No entendía cómo tenía un padre tan madrugador y yo.

La cerveza parecía volverlo más parlanchín. la condenada. —¡Creí que ya no volverías por aquí! —dijo Federico riendo con risa borracha. —¿Qué le trae por aquí hoy? —Los patos. Se estrecharon las manos. El sol comenzaba a apretar con intensidad y yo podía notar las gotas de sudor resbalando por mi espalda. —Es cierto. como era habitual. —¡Don Federico! —saludó mi padre. Era extraño. nacen para ser delincuentes. ¿Patos? ¿Dónde? Por allí no iba a encontrar un pato a no ser que fuese de goma. pero he tenido días peores. "darle alcohol a un viejo tarado y armado con una escopeta…" Esperaba que mi progenitor tuviera el sentido común de invitarlo a una coca—cola. aunque sólo yo era capaz de notar la falsedad en sus palabras. —Carpa. mejor dicho. Aquel anciano estaba más tarado de lo que yo creía. volcados en Violeta. Recogió el nailon y abandonó la caña en el suelo. —Bien hecho. Por nada del mundo deseaba ver su lasciva mirada sobre mi cuerpo. —¿Es ésa tu hija pequeña? —preguntó. —dijo mi padre. puesto que el refresco estaba surtiendo efecto en mi sistema operativo. Oí que mi padre murmuraba una maldición por lo bajo y que se despedía de su tranquilo día de pesca. Los sentí alejarse hacia el árbol donde yo había depositado las cosas. cogí un fragmento de la conversación que estaban manteniendo. Hubiera dado la vida por un baño refrescante… Si fuese capaz de meter mi cuerpo en las aguas de aquel río… Me conformé con ir a por un refresco. Mis pensamientos. —¿Trucha? Negué con la cabeza. Arrugué la nariz con disgusto y comprendí porqué mi padre le tenía tanta aversión a aquel anciano. ha pasado mucho tiempo. Tal vez debí haberle preguntado si le hubiera gustado venir con nosotros. —me aplaudió mi padre. el enorme rifle que transportaba sobre uno de sus hombros me hubiera dado la pista definitiva. Cogí mi lata de cola y me alejé nuevamente. Vengo a cazar patos. seguramente mi padre lo habría invitado a una cerveza fresca.Me posicioné cara a aquellas rocas y lancé. eso me daría ventaja y evitaría que me acercara demasiado a aquel loco. Reconocí al vetusto hombre que se nos acercaba como Don Federico. puesto que mi padre y sus lombrices habían conseguido pillar desprevenidas a un par de truchas. fue lo único que pensé. "Estupendo". no sin antes apuntar bien. —¿Ha habido suerte con la pesca? —Un poco sí. Llevábamos algo más de dos horas y media y la pesca por ahora había sido muy poco productiva. —Así es. Yo me negué a separarme de la mía. Ante ese comentario me di la vuelta rápido. —La gente de ahora no tiene ningún respeto hacia nada ni nadie. Mientras me acercaba a los dos hombres. Le di vueltas a la manivela del carrete para que el señuelo cruzara por el punto que había elegido y sostuve la caña firme. —Ya veremos. De repente oímos un ruido que nos sobresaltó y miramos hacia atrás al mismo tiempo. pero mi temor al rechazo me lo impidió. sin abrir demasiado la boca a fin de que no se le cayera el puro que sostenía entre los labios. Al menos para mí. no sin antes ver la expresión de mi padre de auténtica aflicción. —¿O´Donnell? —dijo el viejo. pero de no ser así. 22 . que estaba manteniendo Don Federico. —Cómo ha crecido. Yo no pude evitar soltar un bufido al no poder retener la risa. pero sentía que la echaba de menos. Mis ruidos guturales atrajeron toda la atención sobre mí. cosa que mi padre seguramente no debía de saber. Retomé mi posición detrás de la caña con nuevo brío.

acercándole la nariz a la cesta. —Por supuesto. Yo la miré y sin preguntarle supe que ella también quería participar. Me miró levantando las cejas y tardando un ratito en responder. El sirulo es un pez que introdujeron en los años sesenta un grupo de alemanes aficionados a la pesca. había pasado el día entero pensando en Violeta. ¡Es una locura! Puede que ni siquiera existan en este río. La jornada terminó al atardecer. —Pasado mañana hay una competición de pesca. A veces mi padre podía ser incluso más infantil que sus nietos. Enseguida todos quisieron saber si tanto esfuerzo había valido la pena. —rebatió él. —Tendremos que conseguir una barcaza de pesca. y lo que es peor. —Sí que existen. pero evité decirlo en voz alta.Mi padre no pudo deshacerse de la presencia de Don Federico hasta casi una hora después. nunca has logrado cazar a uno de esos peces. Al parecer soltaron unos cuantos miles de alevines en nuestras aguas. aunque su baja estatura se lo impidiera. le he podido sacar a ese viejo algo relevante. —¿Otra vez con lo del sirulo? Se rió. Mi pequeña sobrina me tiró del pantalón impaciente. saldríamos hasta en los periódicos nacionales. Ambos —subrayó la palabra con énfasis. mi madre y mis hermanas tomaban café. Resoplé y pensé hasta qué punto me gustaría cazar uno de esos enormes bichos. El ruido de un motor podría alterar la calma de nuestras presas. Yo. y si era el más grande que se había visto. es por eso que pienso que nosotros podríamos lograrlo. —¿Una competición? —Sí. ¿No podíamos intentar pescar una carpa de considerable tamaño como el resto del mundo? No. —¿Piensas inscribirte? —no sé por qué formulé la pregunta. Sus pretensiones a este punto no eran nada nuevas para mí. lo que hizo que mi tarde no fuera tan inane como de costumbre. traídos expresamente desde su frío país. —¿El qué? —dije con la incredulidad de que eso fuera probable. puesto que el clima es mucho más cálido que el de su lugar de origen. con el objetivo de usarlas para atrapar un sirulo. sentadas en el enorme sofá. —Aunque no lo creas. —Me lo temía. Se extendió por varios ríos. extinguió algunas especies en esas zonas que más tarde se han logrado recuperar. Tenía que ser un sirulo. Ni siquiera lo hemos visto de lejos. —¿Puedo tocarlos? —me preguntó ilusionada. —Ya los han pescado. Conociendo a mi padre y sus dotes competitivas era un hecho anunciado. La cogí en brazos y la alcé. con lo cual. Al parecer a quien logre pescar el pez más grande le dan un trofeo. Yo sabía lo que pretendía al querer alquilar una barca. a remos preferiblemente. En el salón. Truchas y carpas la llenaban. Supongo que es otra de esas cosas del ayuntamiento para fomentar el turismo rural. Nada más vernos llegar se levantaron de sus respectivos sitios para saludarnos. pues mejor. era casi como si se estuviese imaginando con el trofeo ya en la mano. —¿Una conversación interesante? —me burlé. — lo haremos. 23 . Si es lo bastante grande. Llegamos a casa. se dice que se ha llegado a atrapar hasta ejemplares de cien kilos y varios metros de longitud. Puede alcanzar longitudes y pesos escandalosos. por fin. Hice rodar los ojos. Entré casi corriendo. Eran las seis pasadas cuando recogimos todo y nos pusimos en marcha de regreso. Claro que seguramente no pensaron lo que iba a suceder… El pez se encontró en unas aguas casi perfectas para su supervivencia. no quería ensombrecerle la ilusión. —Papá. Se acercaron para ver la cesta y mi padre la abrió para que pudiesen ver su contenido. Vino resoplando todo el camino hasta unirse a mí. A mí tanta insistencia me estaba poniendo de los nervios. Abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a salir de las órbitas. haciéndose el interesante. Mi padre había puesto un empeño inusitado en pescar sobre todo carpas. por mi parte totalmente agotada. había logrado atrapar tres. Es el pez más grande que se puede encontrar en aguas dulces. Por el rabillo del ojo vi como mi padre se frotaba las manos satisfecho. consumida por los deseos de verla de nuevo.

Mis hermanas se rieron y negaron con la cabeza. —Hora de preparar la cena. Supuse que venía del piso de arriba. incrédulas. hijo. en serio. —que estos peces son para pescar más peces. Mi madre hizo rodar los ojos con resignación. haciendo que mi sobrina gritara espantada y riera posteriormente con una risa muy nerviosa. —¿Todo eso lo has pescado tú? Torcí el cuello para mirarla. sí! Se me había olvidado decírtelo. —Pero aún no sabes lo mejor. El pez. Adoraba a aquella niña. seguida de mis dos hermanas. —¿Puedo? —insistió.Yo arrugué la nariz. El teléfono sonó en ese instante. que aún tenía algo de vida. Mal estaría si te pusiéramos a trabajar. —anunció mi madre. mamá. aunque ella no entendió bien por qué era tan malo oler a pescado. contenta de poder meter baza contra mi padre. —¿Quieres dar un paseo? 24 . —¡Oh. —Por supuesto que no. —Vamos a cazar un sirulo. —¿Es que quieres oler a pescado durante una semana? —me reí. El perfume de Violeta llegó antes que su presencia y la sentí rozándome la espalda mientras se inclinaba para ver mejor nuestras capturas. —¿Para cuándo el festín? —Me temo —intervino mi padre. —Sólo tres. Mi madre se apresuró a coger el receptor. —dijo. —bromeó mi madre al tiempo que se dirigía a la cocina. —dije tímidamente. —Es una costumbre en la familia. Volví a depositarla en el suelo. —¿Puedo ayudar en algo? —se ofreció Violeta. esta vez le tocaba el turno al fútbol. —Ya veréis. Pero eso era imposible. No podía hacer otra cosa. —soltó Felipe. —cortó mi padre viendo la reacción en cadena de risas que había provocado nuevamente su misión imposible. eres nuestra invitada. Después de un momento se dirigió hacia mi hermano Felipe para que atendiera la llamada. —En ese río no hay sirulos. —Papá y yo vamos a inscribirnos en el concurso de pesca del viernes. —Papá. —¿Otra vez con eso? —se quejó mi madre. descubría algo que me hacía desearla más. Me volví hacia Violeta y me asombré de que le hiciera aquella proposición. —contestó Isabel. Ella enderezó su pequeño dedo índice y esperó con ansias el momento en que yo lo acercara definitivamente. —¿A ése no lo desterraron? —interrumpió mi madre. —Vaya. Me sonrió. Tuve que aguantar la respiración y me pregunté si alguna vez dejaría de reaccionar tan estúpidamente y me acostumbraría a su belleza. animada por la cercana presencia de Violeta. —Bueno. Yo no pude evitar soltar una enorme carcajada. nadie creyó a Galileo Galilei cuando formuló su teoría de que la Tierra era redonda. —¿Decirme qué? —preguntó mi madre desde el otro extremo de la mesa. Me gusta sentirme útil. —Felipe. —Si te empeñas…—le tomé de la mano y la acerqué con cuidado. —No me importa. se estremeció. —me aventuré. cada vez que la miraba. Miré a mi alrededor para encontrarme a mi padre enzarzado en una conversación con mi cuñado Ricardo. tan ocupada como estaba con la niña. pero yo no lo había notado.

que me ayudara a dejar de hacer aquellas estupideces delante de ella. —Nunca se lo pregunté. Todo valía mientras no levantara la vista de mis zapatillas. —Sólo come otros peces. —Bajar la mirada al suelo. sí. 25 . nuestras manos se rozaron accidentalmente y yo di un respingo. —Bueno. necesitaba saber o aquella incertidumbre acabaría por volverme loca. Fue la única reacción coherente que se me ocurrió ante aquellas palabras. —Es un pez enorme. poniendo en duda la veracidad de que realmente los hubiera. Es bastante feo. Salimos al exterior. —Según mi padre. —le dije en broma. Solía ser muy tímida. mi corazón comenzó a latir sin orden. Le pedí a Dios. Simplemente lo hago. seguro que había notado algo. Tú te pareces mucho a ella. —¿Recuerdas ayer cuando te dije que era hija única? —Asentí con la cabeza. Realmente puede llegar a ser grande. como si eso la ayudara a esconderse de los demás. Debido al nerviosismo. Metí las manos en los bolsillos. —¿También es tan peligroso? —No. —Tenía una hermana. —¿Por qué siempre haces eso? —¿El qué? Estaba perdida. Sentí que me alzaba la barbilla. Ése era mi único cobijo en su presencia. Seguro que cuando menos pensaba que era una esquizofrénica. —No estoy segura de querer verlo muy de cerca. Luché por que se me ocurriera algo inteligente qué decir. —¿Qué es un sirulo? —me preguntó ella. Iba a seguir la marcha cuando su voz me detuvo nuevamente. si es que existía. —Por supuesto. No quería saber la opinión que Violeta tendría de mí. Lleva intentando cazar uno desde hace años. Ni siquiera hizo falta ningún tipo de esfuerzo.Contuve la respiración mientras esperaba su respuesta. —No lo sé. —¿Estás bien? —me preguntó. —algo en su voz había cambiado. —respondí mirando al suelo. —¿Cómo un tiburón? —Más o menos. ¿Lo haces por eso? Me gustaría saberlo. y se empeñaba en bajar la vista. Es una pena que nos hagas perder la visión de esos maravillosos ojos. No sabía por qué la presencia de esa mujer hacía que mis neuronas se pusiesen en huelga. créeme. —¿Hay peces así en ese río? Bufé antes de hablar. una vez vi unas fotos suyas y tiene unos colmillos parecidos a los de un perro. faltaba menos de una hora para que anocheciera. Sentí que me sonrojaba de la cabeza a los pies. Estuvimos sin hablar al menos tres minutos mientras caminábamos lado a lado. tan sólo me rozó y yo atendí su orden prestamente. eso no era del todo cierto…—me recompuso un mechón de pelo rubio detrás de la oreja. —me reí. tragando saliva al mismo tiempo. Sus ojos se enlazaron con los míos. —Yo tampoco. Pregunta que yo esperaba. —¿Qué pasó? Inspiró hondo y apartó su mano de mi pelo. Yo tenía que saber. Mientras caminábamos. —Sí. Ella se paró en seco y me miró con extrañeza.

A mí me pareció que otra de las razones por las cuales había elegido aquel trabajo. —Sé a lo que te refieres. Me gusta lo que hago. Así que prefiero soportarlo unos años más. Yo. las dos muy cerca. —¿Cuándo vuelves a clase? —A finales de mes. Podía haber eludido mi pregunta como yo estaba segura que era capaz de hacerlo. Volvió a sonreírme. no sabía que decir. pero ¿cómo podía dejar de hacerlo?. Cuando ella me miraba yo le hacía recordar a su hermana perdida. Yo estaba sin palabras. y es que de mi antigua coherencia no quedaba ni rastro. pero que tiempo después no dejaría de ser una obsesión. Aún así confió en mí. Tan sólo me dan un mes de vacaciones. Pero no había forma alguna de que me atreviera a decírselo en voz alta. —admití. —dijo de súbito. Nos acomodamos en el suelo. —Supongo que sí. era para pasar mucho tiempo alejada de todo lo que la rodeaba. —No sabía que iba a encontrar el campo tan placentero por una vez en mi vida. Yo sabía que Violeta ocupaba su mente ahora a los recuerdos de su hermana. Cuando la miraba yo. —¿No hay nada que te guste de la universidad? ¿Ni siquiera un novio o algo así? 26 . No había que ser muy listo para saber que era una persona hermética que no le gustaba hablar de sí misma. porque eso era lo que sus ojos mostraban en ese momento. pensé en lo injusta que era la vida. esconder la cabeza y no salir jamás. ¿qué es lo que aquella mujer poseía que me hizo entregarle mi alma desde mismo instante en que la vi por vez primera? De algo si estaba segura. —Para mí se ha convertido en un auténtico calvario. no tengo miedo. por mi parte. Supe que estaba huyendo de algo. la ilusión de que algún día fuera mía sería suficiente. Y no. —Si algún día descubres por qué lo haces. Sabía que por ahora. ¿Por qué me contaba aquello a mí. ¿me lo dirías? —su voz me devolvió a la realidad. para poder hacer un agujero en el suelo. —De acuerdo. —coincidí con ella. —¿Por qué elegiste ser azafata? ¿No tienes miedo? —Quería tener la oportunidad de ver cosas. —Te lo prometo. Ésa era otra de las razones por las que quería quedarme en España. a una casi desconocida? Era como si se hubiera arrepentido de mentirme el día anterior. —Sí. Lo odio. Una vez más me regaló su suave risa. —Yo no soporto volar. Quería hacerlo mío para que ella dejara de sentirse tan desdichada. —¿Por qué no te rebelas contra ello entonces? —Porque de ese modo tendría otra de esas infinitas charlas con mi padre sobre lo agradecida que estaré por ello algún día. En ese momento deseé ser una avestruz.—Se suicidó. Una obsesión que no tendría ninguna salida. No tendrás problemas para conseguir un buen puesto aquí cuando hayas terminado. y abandonó su visión de la puesta de sol para mirarme. donde el Sol parecía posarse ya sobre el océano. Suspiró y se echó hacia atrás imitando mi posición. —Hacía mucho tiempo que no encontraba esta paz. ¿Nos sentamos allí? —me señaló el enorme cerezo que se alzaba grandioso en nuestro jardín. Ni siquiera un "lo siento" me parecía adecuado. —Por tus palabras deduzco que odias estudiar fuera. veía mi vida entera. Pude sentir el dolor de Violeta como si fuera el mío propio. tanto que nuestros muslos se tocaban. Apoyé la espalda sobre el tronco y fijé la vista sobre el horizonte. —En eso tiene razón. También sabía que estaba poniendo todas mis esperanzas en algo que no existía. porque continuaba teniendo el ceño fruncido. cada una sumida en sus propios sentimientos. —Me gustaría ver la puesta de sol. Seguimos caminando.

apretando con fuerza el puño. —Creía que tú estabas acostumbrada a eso. no diría otra cosa que balbuceos sin sentido. tan apartado del resto.—. No sé qué fue lo que había cambiado en el transcurso de aquellos pocos minutos. —¿Por qué? —No lo sé. Algo de mi miedo debió reflejarse en mi rostro. Creo que intentaba contener las lágrimas. atónita de verla sin su impertérrita compostura. —Me has interpretado mal. Yo…—la voz pareció agotársele de repente. —afirmé rotundamente. ya más seria. Y creo que sólo tratas de ponerme en aprietos. Algo que se parecía bastante al miedo. Por lo que la mantuve cerrada ante el inminente peligro de ponerme en evidencia una vez más. como algo que nunca reaccionaba como el resto del mundo. simplemente me di la vuelta y me alejé de ella unos pasos antes de que me cogiera de la mano y me diera la vuelta para encararla. —¿Cómo se llamaba? —Alicia. —No. la veo a ella. —sonrió. no me has molestado. —Sí. Ya lo había dicho yo antes. —Siento haberte molestado. Pero me molestaba que pensaran en mí como algo extraño. —Se me hace muy difícil de creer eso. pero era algo que me hacía sentir tremendamente incómoda. —Aún tengo que darme una ducha antes de la cena. —me aventuré. —Tú eres como yo. —anuncié. —afirmó. Yo no dije nada. aparentemente por haberse dejado llevar por un momento de debilidad. quería jugar conmigo. ni siquiera la había oído acercarse. —¿Entonces te parezco guapa? ¿Estaba de broma? Tenía que estarlo. mirándome con intensidad. por favor. no sabes digerir bien los cumplidos. —Lo siento. como lo hacían los demás continuamente. —Me hubiera gustado conocerla. Jamás había visto aquella expresión desesperada en nadie. —He que irme. Supuse que Violeta. Antes. —Sí. Aquel era el primer regalo que obtenía de ella. —resolvió ella al ver mi incomodidad. Me dolía verla en aquel estado de desolación. —Estoy segura de que hubiérais encajado en ese mundo vuestro. Sé que eres muy consciente de lo hermosa que eres. Casi me asustó. Yo esperaba paciente a que lograra acabar su frase. Sé que a veces podía parecer un auténtico misterio para los demás que no eran como yo. añadí una caricia en su afligido semblante. dejándome ver de nuevo su rostro al completo. Yo sabía que si en ese momento abría la boca para hablar. —Jimena… —¿Qué? Vi algo en sus ojos que nunca antes había visto. Tragué saliva con fuerza y me preparé para contestar. —No llores. aún sin apartar la mano de sus ojos. Me asió por ambos hombros. Ella era como una gata. —dijo haciéndome ruborizar intensamente. Eres una muy guapa. Sentí lástima por ella. —Cuando te miro…—comenzó después de tomar aliento. era como si pudiera oírla de nuevo. Me levanté decidida a irme. 27 . —¿Por qué querría hacer yo tal cosa? —me preguntó algo divertida. —Puedo notar que así es. —se disculpó. simplemente por eso.—No tengo novio. sentí casi el corazón pararse. puesto que cedió en su presión y se frotó los ojos con una mano. Sequé una errante lágrima que rodaba por una de sus mejillas. Violeta…—al favor de mi súplica. —insistió mirándome desde el suelo. ver qué había detrás de la armadura en la que me escondía. —dijo. —Porque no soy ciega. O eso o pretendía meterme en serios apuros. Quizás había notado algo de aquella admiración que yo le profesaba y quería alimentar su ego a mi costa. —Puede que si me conocieras un poco más dejaría de parecértelo. la atrapé en la palma de la mano y la bajé hasta mi costado. cuando reías con tu sobrina en brazos. Me tomó por sorpresa.

o al menos prefirieron ignorarlo. quizás la palabra correcta sería "guapa". —Deberíamos volver. —¿Ocurre algo? —Sí. —dijo sin apartar su visión de mí. —¡Estupendo! —soltó Felipe. Cuando salí de la bañera. a mirarme en el espejo. No es falsa modestia cuando me digo que no soy nada fuera de lo común. Sonreí a mi reflejo para comprobármelo a mí misma. Los dos se volvieron hacia mí. —De acuerdo. feliz por perder de vista a Felipe y así tener a Violeta para mí sola. Creo que esa pose sólo podía quedar bien en el rostro de una persona. sí lo es. Ellos no parecieron darse cuenta de mi repentina indisposición. a Violeta. que no te sientas a gusto aquí.Me miró con una intensidad que yo no había visto jamás. Ambos entraron en la casa. —se ofreció Violeta. —Desgraciadamente tengo que volver a la ciudad. Me preguntaba si yo le resultaba atractiva. Me 28 . pero yo sólo tenía ojos para ella. Ellos se dirigieron hacia la habitación de Felipe y yo a la mía. pero el pensamiento de irme con la incertidumbre de que quizás no volvería a ver a Violeta fue lo que me mantuvo clavada al sitio. Fruncí el ceño con disgusto. como cuando se inicia el llanto. ¿Qué podía ella admirar de mí? Quizás mis ojos verdes. Yo miraba la escena consciente de que no debería estar allí. —fue la segunda vez que se la interrumpió. —No es eso. seguidos de mí. No quería tardar demasiado. bueno. Hasta yo misma pude sentir la impetración en mi mirada. Iré a recoger mis cosas. —fue lo único que pude articular. —suspiró. —De acuerdo. Me desvestí con premura y me metí en el baño para darme una ducha. Quiero que sigas disfrutando de tus vacaciones. No había pensado en la posibilidad de que Violeta se fuera tras los pasos de mi hermano. Tal vez mi sonrisa. La oscuridad nos abrazó entonces y Violeta fue la primera en hablar. Fue entonces cuando decidimos regresar por el mismo camino que nos había traído hasta allí. con la variación de que había sido yo esta vez. Al parecer hacía tiempo que intentaba localizarla. —Te ayudaré. ese egoísmo que parecía salir de cada poro de mi piel cuando se trataba de ella. Yo permanecí detrás de la morena. —Voy a preparar el equipaje para salir de inmediato. lo tensos que tenía los músculos. Ella. Me sorprendió estar pensando tal cosa. estamos estudiando ir a la huelga. o quizás la primera vez que yo le permití enseñarle algo de mi adoración por ella. Me recogí el pelo por encima de la nuca e intenté imitar esa expresión de Violeta cuando algo le parecía interesante. —¿Problemas otra vez? —dijo Violeta con su mejor tono condescendiente. con el mismo silencio rodeándonos. Tenía miedo de que cuando saliera. mientras me refregaba con la toalla. si no queda más remedio. quédate. me dediqué unos segundos. —dijo simplemente. tu familia es maravillosa… —Por favor. De mi garganta emigró un sonido gutural. Sentí el agua fría como un bálsamo sobre mi cuerpo. y no era yo. —Eso me temo. en cambio. —¡Violeta! —oí que Felipe la llamaba desde la entrada. Violeta hubiera cambiado de opinión y se fuera con Felipe. —interrumpió él. dos a lo sumo. —De ningún modo. Violeta. cuando alcé los brazos para enjabonarme el pelo. Creo que aquella fue la primera vez que pudo ver algo de mí. —A menos. Será sólo un día. —Sí. Tenemos una reunión con el sindicato. Siguieron con su charla. claro. Siempre me habían dicho que poseía una sonrisa bonita. No había notado hasta ese momento. escuchando atentamente. Siempre se me olvidaba que Violeta estaba allí por él y no por mí. —Felipe…—comenzó a discrepar ella. Te quedarás aquí con mi familia.

29 . probablemente no hubiera tropezado con una zapatilla que había dejado en mitad del suelo. Me cogió por los antebrazos y tiró suavemente de ellos. Felipe ya se ha ido. —dije al fin. de espaldas a mí. —También lo es mío. porque se giró inmediatamente para encontrarme.reí cuando de repente todo aquello me pareció estúpido. —Ya te he dicho que me alegra que estés aquí. —me señaló la mesa de noche al lado de mi cama. Sólo me faltaba que se escurriera también y me quedara desnuda en frente suyo. creo que ya había notado mi vergüenza. Estaba segura de que me era imposible disgustarme con ella. Me caí deshonrosamente boca abajo. —¿Estás enfadada? —¿Por qué iba a estarlo? —le pregunté anonadada de que pudiera creer tal cosa. —Parece ser que siempre consigo imponerte mi presencia. Yo me quedé allí. —¿Estás bien? —me preguntó preocupada. sin permiso… —Bueno. quizás esta noche te lea algo de él . Dudé de que la hubiese dejado así cuando me fui al baño. ¿Por qué a mí? ¿Qué había hecho yo para merecer tal castigo? —¿Jimena? —me llamó. "¿Ver las estrellas? Eso si que es una cursilada". Mi sorpresa fue enorme cuando vi a Violeta asomando la cabeza por la ventana. Ella no se iba a enamorar de mí por muchas poses y actos de misterio que yo hiciera. mirando hacia abajo para ver cómo movía ridículamente en círculos uno de mis pies descalzos. ¿Qué pretendía? ¿Ensayar miradas y muecas para intentar parecer más seductora ante sus ojos? Me até una toalla para cubrirme el cuerpo y envolví otra en mi cabeza antes de salir del aseo. moviendo negativamente la cabeza ante las tonterías que comenzaba a realizar sólo porque tenía un enamoramiento. para ayudarme a recomponer mi posición vertical. —anunció. Violeta se acercó a mí en dos zancadas y se arrodilló en frente. —afirmé. dejándome clavada en el sitio. simplemente no podía mirarla. Miré mi copia de "Poemas Escogidos" al que ella se había referido momentos antes. Lo único que podía pensar en ese instante era en rezar para que todo aquello hubiera sido un sueño y en realidad yo no estuviese con la nariz pegada al frío suelo en frente de la criatura más hermosa de la tierra. —Será mejor que me vaya para que puedas vestirte. —me sonrió y salió de la habitación. —No ha sido nada. —Creo que no me he roto nada. He visto que has traído contigo un libro de Pedro Salinas. —No es cierto. Tengo la maldita manía de dejarlo todo en medio. —Lo siento de veras. —Gracias. "Respira" me ordené después de oír aquella declaración. Si hubiera hecho caso a mi madre desde pequeña en cuanto a ser ordenada. Yo no podía levantar la mirada. —bromeé y ella se rió. Si te portas bien. —dije sonriéndole. —Por entrar así en tu habitación. Siento haberte asustado. Debió oírme. —Me encantará. pasara lo que pasara. ¿Puedes levantarte? —Sí. —Es culpa mía. creo que más sorprendida por mis inusuales dotes de cómica que por la broma en sí. —Me sentía sola allá abajo. Yo me aferré a la toalla como si en ello me fuera la vida. —Es mi poeta favorito. —Me alegro de que estés aquí. —admitió y yo me di cuenta de que también se refería a aquella vez en el invernadero de mi casa. Me metí rauda en mi habitación por la puerta levemente abierta. —Quizás después te apetezca venir conmigo y ver las estrellas desde aquí…—dije con premura. La toalla de mi cabeza se deslizó también. antes de irte tendrás que vaciarte los bolsillos. y contigo me siento muy cómoda. —repitió una vez más.

por lo que supuse que tal vez permanecería en su habitación hasta la llamada de la cena. — ¿Qué tienes tú que pudiera interesarme? "¿Mi cuerpo?". Pronto estaba afuera acomodando los vasos. con el mismo resultado. —¿Qué haces aquí sola? —Huír de mi madre y de mis hermanas. por favor. No vi a Violeta por ningún lado. ella las encontraba tan tremendamente soporíferas como yo. —No. Me costó horrores tragar el último trozo de pan que me había metido en la boca. las mujeres de la casa estaban metidas en la cocina. —¿Por qué tengo la extraña sensación de que toda esta campaña de halagos hacia mí me va a resultar cara? —me burlé haciéndola reír suavemente. ¿verdad? Una nueva sonrisa reemplazó a las palabras y me dieron a entender que. algo que la hizo sonreír más. Mi estómago gruñó con fuerza en cuanto me acerqué. Se había cambiado a una camiseta blanca y unos vaqueros negros. Inmediatamente mi hermana Isabel me cargó con media docena de platos. desde aquí las podía oír hablar. —Me pregunto cómo es que existe tanta diferencia entre tus hermanas y tú. Vi a Violeta descender las escaleras. —dijo ella. Todo en ella resultaba fascinante. Me pareció que con cualquier cosa que se pusiera resultaría increíblemente atractiva. —hizo una pausa. lo que indicaba que se acababa de dar una ducha. Su tono era increíblemente perturbador y me pregunté si era así como aquella mujer atraía a las presas a su red. la cena pronto estaría servida.—Sabía que leer poesía sería de gran ayuda algún día. Me sonrió mientras se dirigía a mí. Dejó que la palabra saliera de su boca suavemente. Corrí a vestirme. Entré en la cocina a investigar y quizás a pillar algo para calmar la inquietud de mi vientre. El olor de los inconfundibles y deliciosos canelones de mi madre llenando la estancia. —Tu eres tan… —¿Rara? —respondí por ella. flotando en el aire. No era eso lo que pretendía decir. Últimamente mi razón no respondía muy bien a mis órdenes. 30 . intrigante. Minutos después me adentraba en el comedor. Salí nuevamente de la cocina y dispuse la vajilla en cada asiento. —Veamos…—colocó una mano bajo su mejilla e hizo acto de pensar. Eché un ligero vistazo. sólo que esta vez había logrado sisar un trozo de pan blanco que aguardaba en mi bolsillo esperando una mejor ocasión. —me dijo nada más acercarse a mi rincón. —¿Entonces qué? —Interesante. Terminé la última tarea que se me había encomendado y me fui hasta un rincón para roer el trozo de pan con avidez. Torcí la cabeza y la miré bajo un velo de sospecha. —me ordenó. Sacudí la cabeza ante ese pensamiento antes de que se me ocurriera decirlo. mientras que mi padre y mi cuñado seguían sentados en el salón discutiendo de sus asuntos y tomando una cerveza. —¿Por qué? —¿Las has oído hablar cuando están juntas? —A mí no me parecen tan malas. Llevaba el pelo húmedo. —¿Crees que quiero obtener algo de ti por hacerte un cumplido? —La mayoría de la gente se guarda ases en la manga. —comenté casualmente levantando las cejas. —Necesitaba esa ducha tanto como respirar. colócalos. —Pero sí que te parecen aburridas. —le dije al inanimado libro con tapas verdes y letras doradas. —expuse medio en broma medio en serio. —Jimena. Inicié un nuevo intento de adentrarme en los dominios de mi madre y mis hermanas. efectivamente.

—Hija…—comenzó a decir él. aparte de ser la más guapa. —se defendió mi progenitor interrumpiéndome. Puse mi interés nuevamente en la conversación que se desarrollaba en la mesa. —¿Quieres más zumo? —pregunté al ver su vaso vacío. —comencé a explicar. Llené su pequeño vaso de plástico con zumo de naranja. Ésa es la verdad. ¿no quieres ganar el premio? —Sí. —Todo fue tan repentino que ni siquiera pude enterarme bien de lo que pasaba. preparado para darme una lectura sobre la fe. Siempre hacía eso cuando decidía zanjar un asunto. —repuso ella. Miré a Violeta y le hice una mueca de desaliento. a lo que ella sonrió divertida. —contestó ella metiéndose otro tenedor lleno en la boca. pero no me digas que no te lo advertí cuando volvamos de manos vacías. Creo que era el hecho de que yo le regalara tantas chocolatinas lo que la hacía preferirme al resto de la familia. Me ofrecí voluntaria a desmenuzar en pequeños trocitos los canelones a mi sobrina. —Otra de esas reuniones con el sindicato. Mi madre apareció con una enorme bandeja de olorosos canelones e interrumpió lo que tenía previsto responderle a Violeta con su llamada a cenar. agradada por su respuesta y ella me respondió de la misma manera. —Tata…—dijo. —Todos los años se produce algún problema con el sindicato y las compañías. escondiéndose vergonzosamente tras su vasito. —Estás pidiendo algo que ya tienes. —La veda comienza casi al alba. —Me dijo que tal vez le tomaría como mucho dos días. con la mesa ya dispuesta y cada uno en su sitio. Ricardo y yo y por el otro lado mis hermanas y mi madre. —Desde luego. —Y por cierto…—añadió. —dije —¿por qué simplemente no podemos pescar una trucha como el resto del mundo? —Porque eso sería muy fácil. —lo corté en un tono condescendiente. pero. ellos quieren más dinero y la compañía no quiere pagar. —se ofreció mi cuñado Ricardo. comenzamos la cena. —¿Tan difícil es pescarlo? —preguntó Violeta. —esto último lo añadí casi en un murmullo. Me alegré al comprobar que Violeta encontraba la nuestra mucho más interesante. Le sonreí y ella me correspondió. —No soy la novia de tu hermano. —iremos a pescar ese pez si tanto lo deseas. cariño. —oí que cumplimentaba Violeta dirigiéndose a mi madre. —metió baza mi progenitora. Además. —dije con total sinceridad. la que sosteníamos mi padre. —¿Vas a venir al pueblo mañana conmigo para alquilar la barca y el equipo? —Yo iré contigo. Seguimos hablando durante un momento. —Zumo. Le sonreí. ¿soy yo la que tiene que pensar ahora que intentas obtener algo de mí? —Me gustaría tener tu amistad. me alegro de que te gusten. —Vaya. —bajé la vista antes de decir la última frase casi en un murmullo. las mejores horas para cazarlo es de noche. — Lo de siempre. —terció Violeta.—Me agrada estar contigo. Un minuto más tarde. —Están deliciosos. cuando aparecen para comer. —Vaya lío. Lo cierto es que me conformaba con su amistad. ¿un sirulo? No quiero ni oír lo que dirán si no lo pescamos. además. algo a lo que yo no estaba muy dispuesta en esos momentos. —Sí. aunque en el fondo lo deseara con todas mis fuerzas. que como siempre había elegido sentarse a mi lado. así que yo esperé para oír cómo iniciaba una nueva conversación. De todas las novias que ha tenido mi hermano eres la única que merece la pena. hija mía. ahora con dos conversaciones sobre la mesa. —Ni siquiera sabemos si hay en ese río. No se me ocurrió que pudiera esperar algo más de ella. —Papá. Jimena. —murmuró mi padre. Fue entonces cuando mi sobrina volvió a palmearme un brazo. —Tata…—me señaló. Mi sobrina entonces requirió mi atención. —¿Cuándo regresa Felipe? —preguntó mi padre. que rápidamente bebió. —Papá. Seguí de cerca a Violeta y tomé un asiento contiguo al suyo. 31 . —Gracias. —Receta de mi abuela.

de un enorme rifle. la disputa parecía que se había calmado y que todo volvía a la normalidad. Me enjuagué a conciencia el rostro y me miré en el espejo para asegurarme de que no quedaban restos de comida en mi cara. como no. Cuando volví a salir. —De todas formas tengo que ir al servicio a lavarme. no te molestes.Me dispuse a servirle más zumo cuando la voz de Ginebra me paró en seco. Hice rodar los ojos con indignación. muy nerviosa al sentir su aliento en la piel de mi rostro. la niña se rebeló caprichosa. —Cristina. pequeña. —Ha sido un accidente. —le dije. —Aún recuerdo que si no fuera por él. intentando averiguar qué era lo que acababa de ocurrir. —me dijo. Pero yo hacía rato que había anulado todo lo que me rodeaba para centrarme en lo único que desde hacía un tiempo parecía importarme. Nada más sentarme. Jimena se hubiera ahogado en el río. que me miraba a punto de soltar una carcajada. de que nos estábamos mirando fijamente. con la cabeza gacha por la vergüenza. rezando para que mis piernas me sostuvieran. Me pregunté por qué no la dejaba tomar más zumo si era lo que realmente le apetecía. con el llanto a viva voz de mi sobrina por haber recibido tan descomunal censura. —¡Cristina! —oí a mi hermana gritar. Ginebra. Una vez a solas en el baño. —¿Cuántas veces te he dicho que te comportes en la mesa? —siguió regañando mi hermana. a lo que ella respondió con inusuales ganas. Desde aquel incidente. en esos instantes se había convertido en una batalla campal. hablar de don Federico significa tener que recordarlo todo una y otra vez. que es un peligro. —Trae. Dejé escapar una gran bocanada de aire y me recliné contra el lavabo. —soltó un bufido. pero yo ahora estaba concentrada en tener el rostro de Violeta cerca del mío. luego se dirigió a su hija y añadió. afanada en la tarea de quitarme los restos de comida de la cara. Por el rabillo del ojo pude observar las risitas de mi padre. al menos te he quitado la salsa de los ojos. —Pretendía cazar patos. Como era de esperar. —Jimena. La mesa. —Totalmente chiflado. no hagas enfadar a mamá y termínate la cena. —¡Mamá! —gritó la cría soltando su pequeño puñito sobre la mesa con enfado. déjame a mí. No me moví mientras sentía la comida caliente resbalar por una de mis mejillas. —le dije. me apoyé en la pared y me pasé las manos por el pelo. no pasa nada…—dije para evitar el más que probable castigo a mi sobrina. —Claro. —bromeó. Claro que yo no era madre. la cual saltó llenándome la cara con ella. mis hermanas discutiendo el asunto y mi padre pidiendo calma. A mí me pareció mucho peor obligarla a comer si no quería hacerlo. con tan mala fortuna que pegó contra su cucharilla llena de pasta. ya se ha tomado tres vasos y apenas ha comido. —Dame un beso. Abrí un ojo y lo primero que ví fue la expresión divertida de Violeta. —¿Aún vive ese hombre? —inquirió Ginebra. hasta que apartó la vista. De repente me parecía que iba a tener una tarea muy difícil en esconder mis sentimientos hacia Violeta. —Voy al servicio…—dije trémulamente al tiempo que me apeaba de mi asiento. —oí que se ofrecía Violeta. Cogí una servilleta y comencé a quitarme la pegajosa pasta de la cara. no le des más zumo. —¿Y cómo está don Federico? —preguntó mi madre dirigiéndose a su marido. instigada por su madre me murmuró una disculpa. —Sigo diciendo lo mismo. Comencé a temblar como una hoja. 32 . consciente antes que mí misma. que se había sentado junto a su hija más pequeña y le estaba obligando ahora a tomarse uno de esos potitos. mi sobrina. Vino acompañado. Ella pareció tener la misma sensación que yo. Me parecía mentira el grado de atracción que llegaba ya a sentir por ella. —Así podrás ver por donde pisas.

porque tu familia aún te protege. Tienes que luchar por ser la mejor en cada cosa que hagas. No me quedó más remedio que asentir. Al parecer. pero ahí afuera hay una auténtica jauría de lobos esperando devorarte. te quedarás en el camino.—¿Casi te ahogas? —me preguntó Violeta. —metió baza Ginebra. me inspiraban cierto recelo. —Adoras a tu padre. La cena acabó sin más percances. —De acuerdo. —Sí. —dije con los labios apretados. Ni siquiera me conoces. —¿Intentas convencerme de que tienes una vida difícil o dura? No tienes idea de lo que es eso. supongo. Sé que piensas que soy una niña rica que estudia en la mejor universidad y que cuando acabe su papaíto se encargará de buscarle un buen puesto de trabajo. —He visto cómo lo miras. Pero eso no es cierto. Ser impaciente está en mi naturaleza. yo quitando los restos de comida de la vajilla y ella colocándolos en la cesta del lavaplatos. —¿Me vas a contar la historia? —me preguntó Violeta. por supuesto. "¿Y si ésta no llega?". no había nada más a lo que yo le tuviera algún tipo de escrúpulo. —acordó ella. Lo último que necesitaba era tener a Violeta creyendo que yo era una de esas aprensivas personas a las cuales les daba miedo absolutamente todo. Lo que me hace débil. Le sonreí. —No soy tan niña como para no saber lo difícil que es abrirse paso en esta vida. Creo que aún hoy sigue teniéndolo. Él lo es todo para mí. Asentí con la cabeza. —¿Y si ésta no llega? Me hizo pensar durante breves momentos. y cuando mi padre me obligó a ir a la piscina municipal para que aprendiera a nadar de una vez por todas me costó horrores superar ese miedo. si no recuerdo mal. ¿verdad? —me preguntó en un momento dado. ella también estaba ávida de conocer toda la historia. —Porque yo soy más bien de los que no se arriesgan. —¿Cómo ocurrió? —Mi hermana no quiso aprender a nadar hasta los doce años. —dije en mi defensa. de otra forma. tras varios minutos de silencio. —Tenía sólo ocho años. Esa noche fue mi turno de recoger la mesa y meter los platos al lavavajillas. también es cierto. 33 . Siempre me mantengo al margen esperando mi oportunidad. Puede notarse a kilómetros toda la admiración que le profesas. —¿Qué tal si te la cuento otro día? —le sugerí. Cuando era pequeña veía y oía disfrutar a todos los demás niños en el agua. —¿Por qué dices eso? —me preguntó. pero todo lo que he conseguido en esta vida ha sido porque yo me lo he propuesto. Supuse que el amor que yo sentía por mi padre podía reflejarse en mis ojos. omitió mis protestas y me acompañó hasta la cocina. aceptando las consecuencias. Violeta se ofreció a ayudarme y aunque me negué en rotundo. —Todo es cuestión de suerte. devolviendo la vista hacia su plato. admitiendo sus palabras como ciertas. —No intento convencerte de nada. a no ser las que concentraban en la bañera. ¿sabes? Lástima que yo no haya heredado ese arrojo. —Yo no lo creo. —Le daba un miedo terrible el agua. —Es un luchador nato. como tantas otras cosas. —¿En serio? —preguntó Violeta mirándome. —me aseguró mirándome fijamente. Quizás no lo sepas. jamás he sido capaz de negarle nada. —Si quieres algo has de ir a por ello. Nos pusimos manos a la obra. Tardé mucho en aprender y lo peor de todo es que desde que dejé las clases de natación yo había seguido evitando todo contacto con el agua. una casa y un coche. Terminamos en ese instante de colocar la vajilla y ella se irguió encarándome con una media sonrisa irónica adornando su cara. Si bien es cierto que las masas de agua. Hasta en eso tenía yo que ser rara.

los luceros. apoyándose en la encimera. de Aldebarán al grillo te pensaba. —Entonces puedo estar tranquila. por el cielo. como la dicha entera cuando llega sin prisa. capaz de tomar sus propias decisiones. —resolví. —¿Y qué diferencia hay? —Quizás tenga más suerte que la mayoría de las personas. todo lo inanimado. por la tierra. a tu servicio. todo. el ancho mundo. apenas te conozco. pero eso no cambia el hecho de que la infelicidad pueda ser una opción más en mi futuro. salgamos de aquí. —Es cierto. —¿Sueles acertar con tus presentimientos? —La verdad es que sí. misionera de un amor vuelto estrellas. calma. —¿Y por qué estás tan segura? —inquirí curiosa. ascendido a intención y a fuerza amante. ¡Qué sosegadamente se hacía la concordia entre las piedras. —Tengo ese presentimiento. no yo. el agua muda. la arboleda trémula. Violeta se rió suavemente y me palmeó un hombro. yo solo. sé lo difícil que es forjarse un futuro escapando de algo a lo que estás tan acostumbrada. las estrellas. inverosímil tregua. ya bastante incómoda. 34 . Yo quería que me considerara una mujer adulta. —contestó a media sonrisa. extensamente. beso a beso. inmensamente confiando ese empleo de amar a la gran noche errante por el tiempo y ya cargada de misión. plano. callado el mar. en más que en mí. Concurrían las luces y las sombras a la luz de quererte. Pero vives entre algodones. y el alma mía dedicándolo a ti! Todo acudía dócil a mi llamada. las hierbas invisibles. Quizás era su forma de darme la razón.La idea de que ella creyera que era una estúpida niña rica me ponía frenética. concurrían el gran silencio. al cántico hacia ti que en mi cantaba. mundo. Violeta se acercó a mí. La vi asentir con la cabeza. desde mí. con los brazos cruzados sobre el pecho. Pero estaba claro que ante sus ojos no era más que una cría. —me dijo palmeándome en un hombro. —Vamos. suaves voces de nubes. Te recuerdo que es mi padre quien tiene el dinero. Te iba pensando conmigo. —Parece como si me odiaras por el hecho de ser rica. sólo presentes en perfumes secos. —Chica lista. El gran sueño del campo. se entraba en mí. "Pensar en ti esta noche no era pensarte con mi pensamiento. Y casi dejé de amarte por amarte más. de afán y tiempo. Una conformidad de mundo y ser. —Creo sinceramente que vas a lograr cualquier cosa que te propongas. Este calor me está matando.

leíamos pasajes del poemario. No puedo imaginar lo que debe sentir alguien que escribe algo así. —¿También es así con mi hermano? —la interrumpí. — encendida después de muchos años. —No estoy de acuerdo contigo.salvado ya del miedo al cadáver que queda si se olvida. Yo no creía ni por un momento que lo que empezaba a sentir por aquella mujer fuese una simple ilusión. Al fin y al cabo era de mi hermano de quien nos disponíamos a hablar. 35 . —Eres una persona extraña. si no sintiera la seguridad de que el mundo estaba puesto a mis pies cada vez que la tenía cerca. —manifesté. mientras ella aún seguía perdida por entre las páginas del libro. —Jimena. el amor es algo tan idealizado que hemos perdido la visión de lo que realmente es. —Quizás estuviera profundamente enamorado. Simplemente soy así. —Es precioso. casi acariciando las letras que allí se concentraban formando aquel mundo de sentimientos que era la poesía. —Una ilusión. —Tu hermano y yo sabemos hasta qué punto somos capaces de llegar. entonces pudiera ser que hallara algo de veracidad en sus palabras. una chica joven como tú idealiza en demasía las cosas. quizás seas de esas personas que aseguran que siguen teniendo "la llama del amor"—hizo un gesto con ambas manos. Sentadas en el suelo lado a lado. como si de repente hubiera visto un fantasma. rozando las yemas de sus dedos sobre las hojas. me daba miedo. Pero yo creo que para mí el amor es de la forma en que yo lo vivo. Abrí los ojos y la miré. No hay promesas de amor ni sueños de futuro. Para mí eso no tiene ningún sentido. Curvó los labios a media sonrisa. pero ella quizás sentía la necesidad de ir con cuidado. Esa seguridad. Cerré los ojos y me dejé llevar sólo un instante. Imaginé entonces que estaba buscando las palabras adecuadas para expresarse. —¿Es que nunca has estado enamorada? —Jimena. Yo no veía la dificultad en que me contara aquello. —¿Y qué es? —pregunté. —No puedo decirte que sí porque te estaría mintiendo. debajo de mi ventana. Tenía que descubrir si sus palabras eran expresadas tras la máscara de la desilusión. a veces. algo que les de la noción de que les perteneces o una estupidez semejante. —la oí decir. Quién sabe. —me vi obligada a discrepar con ella. asimilando lo que me estaba diciendo. —Es una posibilidad. Suspiró profundamente. ¿sabes? Hay que tener mucha fe para creer en él. casi sin decir una cosa más. —Yo siempre he creído que el amor es como Dios. Pensé en sus palabras un instante. Una imagen que supe que perduraría en mi memoria como marcada a fuego vivo. expresando las comillas. echando la cabeza hacia atrás. Si no apreciara tan adentro. —¿Te has enamorado alguna vez? —no pude evitar hacerle aquella pregunta. " Violeta terminó de recitar el poema. Es un trato justo. deseosa de conocer la respuesta a esa pregunta. Yo me sentí extrañamente extasiada por el sonido de su voz que aún retumbaba en mis oídos. —¿Por qué dices eso? —Normalmente todos quieren algún tipo de compromiso. de repente demasiado interesada en su punto de vista sobre tan delicado tema. Él acepta lo que le ofrezco sin pretensiones y yo le doy todo lo que soy capaz de dar. No había nada de espejismo o de ilusión en cómo la amaba yo. No pude precisar exactamente cuánto tiempo hacía que nos habíamos adentrado en mi habitación. —¿No crees que el amor sea capaz de inspirar cosas como ésta? Dejó de observar el libro para encararme a mí. ¿lo sabías? Se rió de mi última frase. Pero la verdad era que el amor sólo podía sentirse de la manera en la que yo lo sentía.

—Hasta mañana. Sé que estuve moviendo los labios. Me desvestí entonces y me metí en la cama con gran parsimonia. —Odio a las personas como tú. —Supongo que tengo suerte entonces. Me maldije a mí misma por no saber contener mis emociones. Mañana sería otro día lleno de esperanza para mí. —Bueno. Como si yo no fuera consciente de ese hecho. —Yo tengo que vigilar mi peso. —Me encanta esa forma que tienes de reírte de ti misma. Debo irme ya. —tuve que admitir para intentar al menos excusar mi pobre comportamiento. por lo que tenía prisa por sucumbir a él. porque con lo que soy capaz de tragar quizás hubieran tenido que ensanchar las puertas. por ahora estás haciendo un buen trabajo. con la mirada fija en la puerta por la que ella había atravesado rumbo a su alcoba. —¿Será esa la razón por la que no tengo novio? Nos reímos de mi ocurrencia antes de que ella me mirara seria. —No es cierto. —Yo me lo pensaría dos veces antes de invitarte a cenar. —Pues estás realmente guapa cuando te ruborizas. —Claro. sumergiéndome en el dulce sabor. pero sin saber exactamente el por qué. Lancé una chocolatina a Violeta que la cogió al vuelo y saqué otra para mí antes de unirme nuevamente a ella. Jimena. teniendo en cuenta que la persona más maravillosa del universo me había descrito como una persona bella. Tanto por dentro como por fuera. —Eres una persona bellísima. —Hasta mañana. —señaló. —Es una ventaja que no me haga subir de peso. —No tenía ni idea de que fuera tan tarde. mi garganta seguía aún atorada. —dije después de tragar varias veces. pero de mi boca no escapó ni un solo sonido que contase como palabra. Tú también tendrás ganas de descansar. —Te has ruborizado. ya sufriendo la ausencia de Violeta. —me dijo dando un grueso bocado a su barra. —Eso es algo que siempre se dice. en cuyo cajón guardaba mi preciado tesoro en forma de chocolate. Ser para ella alguien especial me hizo elevarme hasta casi tocar el cielo. —me anunció. —Apuesto a que puedes comer montañas de estas cosas. Me regaló una mueca muy cómica que me hizo reír. —me dijo algo burlona. pero yo no veo ninguna belleza en que mi rostro se ponga del tono de la remolacha. querida Jimena. Conozco a poca gente capaz de hacer eso. Me notaba feliz. ¿sabes? Una vez más. créeme.—¿Ves como todos somos singulares? No sólo tú. Era lógico en mí. —¿De verdad que no eres consciente de lo bella que eres o es sólo falsa modestia? —¿Perdona? —dije entre balbuceos. Salió de mi habitación sigilosamente. Me levanté del suelo y me dirigí hacia la mesa de noche. 36 . sentí las mejillas arder. —Cuesta mucho sacrificio. Sobre todo para alguien a quien le gusta tanto comer como a mí. —Me he dado cuenta. Yo asentí asimismo. Bastaban unas pocas palabras amables por parte de ella y todo mi ser parecía perder toda su estabilidad. permanecí sentada en aquel suelo durante tiempo indefinido. supongo que después de un día como hoy estarás agotadísima. Por mi parte. —A veces me sigo comportando como una niña. Sabía que mis sueños estarían llenos de ella. La vi ponerse en pie dispuesta a irse y aunque mi cerebro se rebeló contra ello. porque los sentí moverse. —rebatí. Jimena.

—Buenos días. —saludé. incluso parecían estar pasando un buen rato. Las tres nos echamos a reír. —Pues todos. — Sabes que no aceptaría un no por respuesta. Ginebra. —Puedes ir envolviendo esto. —¿Y acabar en el hospital? No. Es demasiado tozudo… —¿A quién me recuerda…? —dijo mi hermana refiriéndose. —¿Dónde está Violeta? Isabel me indicó con la cabeza la cocina. Por el camino me encontré con mi sobrina Cristina. —Vaya. —Le dará después por cazar ballenas o algo así. Me adentré en la cocina y lo primero que vi fue a mi hermana Ginebra y a Violeta preparando los bocadillos. como siempre. —Nos vamos de picnic. —También podrías fingir unas repentinas fiebres…—sugirió Violeta. que quieras quedarte aquí sola. —De acuerdo. ¿De quién ha sido la estupenda idea de ir de picnic? —De mamá. —Sólo te queda una opción y es ir de pesca mañana. Apenas podía soportar las ganas que tenía de verla de nuevo. —Rezaré para que podamos pescar ese maldito sirulo. sintiéndome con ganas de participar en lo que fuera con tal de estar cerca de Violeta. —¿Puedo ayudar en algo? —me ofrecí. —Nos vamos de pini. a mí. primero con una servilleta y luego en papel de platino. 37 . —me informó algo confusamente.Capítulo 3 Inalcanzable Cuando salí de mi habitación a la mañana siguiente me encontré con un ajetreo inusual para esas horas. A menos. Me coloqué a un extremo de la cocina y comencé a liar los bocadillos. —Te aseguro que le temo al día de mañana. Charlaban animadamente. —Lo sé. —¿Por qué no le dices que no? —¿Estás loca? —exclamé. —añadió Violeta. —No. quizás se le quite esa obsesión. —¿Qué pasa? —pregunté. Posé a mi sobrina en el suelo y me acerqué a ellas. —¿Quieres venir? —propuse precipitadamente. que requirió mi atención y a quien elevé colocándola sobre la cintura. notando la ausencia de mi progenitor. claro. pequeña. Violeta rió su gracia y me guiñó un ojo. Demasiado trajín para mí adormilada noción. por supuesto. Jimena. gracias. —Me encantaría estar allí para verlo. —bromeó Ginebra. y yo me dirigí rauda hacia allí. De esa forma. —Muy graciosa. —dije entre dientes. Seguramente habrá aprovechado para parar a tomar algo con Ricardo. —¿De picnic? ¿Quién? Isabel se paró enfrente de mí y me hizo un gesto negativo con la cabeza. —contestó mi madre pasando a mi lado como un vendaval. la Bella Durmiente…—contestó mi hermana jocosamente. apeándome del último escalón. —¿Aún no ha vuelto papá del pueblo? —pregunté.

— Una ayuda extra siempre es bien recibida. —Bien.— Cree que es un deber proponer cosas nuevas cada día a fin de que no nos aburramos… —No me entiendas mal. La sentí moverse por el rabillo del ojo y giré el rostro para encararla. 38 . esperando que Violeta optara por situarse en un lugar cerca del mío. No estoy acostumbrada a levantarme por las mañanas y que súbitamente me encuentre organizando algo especial. —dijo mi madre. Violeta levantó levemente la cabeza y deslizó sus gafas de sol hasta la mitad de su nariz. Ahora nos encontrábamos todos bajo el amparo de adecuadas sombrillas y sentados en cómodas sillas plegables. sonriente. Nos habíamos asentado por fin a orillas del río. si te interesa…—anunció mi hermana Ginebra. —Me alegro mucho de que te guste. algo alejada del resto. Esas expresiones a menudo eran ocasionadas por mi hermana Ginebra y por mí. cada vez se desvanecía más la preocupación del día siguiente. Para mi total desesperación ella se estaba deshaciendo de su camiseta blanca. desapareciendo nuevamente. Mi madre la miró con una ceja alzada. —¿Siempre sois así? —me preguntó Violeta. —Es culpa de mi madre. Éramos las dos únicas personas de la familia que se atrevían a contradecirla. —Se está muy bien aquí…— oí decir a Violeta. Abandonar la visión de su torso fue lo más difícil que había hecho en mi corta vida. —Violeta. no es como si estuviéramos preparando una bomba. eran pocas las veces que la sentía. —Hablando de café. —¿Es que hay sitio para uno más? —Por supuesto que sí. Cuando lo hizo. Mi hermana se alejó de la mesa y se dispuso a preparar la cafetera. Yo me había apresurado a instalarme una de las primeras. Yo siempre solía ser de las que nunca mostraba apetencia por nada y a decir verdad. Violeta. Mantenía los ojos cerrados en completa relajación. Violeta y yo nos miramos e intercambiamos unas sonrisas de complicidad. —contestó sarcásticamente Ginebra. que nunca permitió que mi madre intentara controlar lo más mínimo en su vida. hija. como era habitual en mí. Sobre todo Ginebra. —¿Cómo vais chicas? —preguntó mi madre acercándose para supervisar nuestra tarea. —¿Así cómo? —Pues así de hiperactivos. Violeta? —Por favor. Supuse que mirar los pechos de alguien fijamente no entraba dentro de lo que se consideraba un comportamiento normal. A mí todo esto me parece estupendo. quien también se había sumado a la iniciativa y ahora andaba por el lugar en bañador. Siempre le decía que no todas podíamos ser como Isabel. después de la media hora en la que mi madre nos tuvo dando vueltas en círculos para encontrar el sitio perfecto.— ¿Te apetece uno. —sugirió Ginebra. Son bocadillos. por ahora sin decidirse a quitarse también sus bermudas. Mi sobrina riendo a carcajadas mientras su padre la sumergía una y otra vez en el agua. tengo una crema de protección solar. —razoné.Ginebra dejó su tarea para mirarme bajo un velo de sospecha. sentí tanta felicidad que casi me mareo. Estiró las piernas por completo. justo donde mi padre y mi cuñado Ricardo se habían adentrado en las aguas del río cerca de la orilla. antes de carraspear. —suplicó en broma la aludida. —Se nota que aún no has tomado tu café. —Sí…—respondí. mamá. Tragué con dificultad y me obligué a mirar al frente. Creo que fue el hecho de que yo pareciera tan entusiasmada con algo lo que la hizo observarme con detenimiento. algo tardíamente a lo que ella había dicho por último. —contestó esta vez Ginebra. ante el peligro de ponerme en evidencia delante de mi familia. revelando la parte de arriba de su bikini. Fijé la vista al frente. Dentro de mí. Si Violeta se decidía a venir con mi padre y conmigo todo tendría otro significado para mí. Di gracias a Dios por haberme dado una hermana tan maravillosa.

—Gracias, Ginebra. Mi hermana rebuscó en su bolso y le alcanzó un bote de color azul. Violeta comenzó a extender la crema por todo su torso y brazos. Yo no supe si el repentino acaloramiento que sentí se debía a las altas temperaturas y que yo aún tenía puesta toda la ropa o se debía al simple hecho de lanzar breves miradas en dirección a Violeta y su cuerpo. Un cuerpo que me estaba haciendo víctima de uno de los pecados capitales. Cuando terminó su tarea de cubrir su piel con aquello se giró hacia mí. —¿Quieres? —¿Qué…? —contesté, absolutamente perdida. —¿No vas a tomar el sol? Fue entonces cuando mi madre, que nos había estado observando, metió baza en el asunto. —Jimena, hace un calor infernal. Quítate la ropa o conseguirás asarte… —Tiene razón…—convino Violeta. Yo miraba la escena al completo con sorpresa mezclada con algo de indignación. Lo cierto es que sentí un repentino ataque de vergüenza de que Violeta me viera. Yo no estaba preparada para competir con el perfecto cuerpo que ella poseía. El mío no se acercaba ni de lejos a la esplendidez del suyo. —¿Te da vergüenza? —me preguntó ella de súbito. —No…—mentí con algo de titubeo en la voz. —Seguramente. —prosiguió mi madre, al parecer empeñada ese día en ponerme las cosas muy difíciles. Ginebra le dedicó una mirada a nuestra madre, reprochándole su comportamiento y comenzó a discutir algún asunto banal con ella, seguramente para mantenerla alejada de mí. Violeta pareció ignorarla y me sonrió. —Te prometo que no miraré. —dijo jocosamente. Yo me rendí ante aquella sonrisa y cuando comencé a sacarme la camiseta, ella fue fiel a su promesa y fijó la vista al frente. Doblé mi camiseta y mis pantalones cortos y los puse a un lado. Cuando me senté nuevamente, me volví hacia Violeta y me di cuenta, cuando cerró los ojos abruptamente al saberse sorprendida, de que me había estado mirando por un extremo de sus gafas. —Has hecho trampa…—comenté en broma. —Lo sé. —reconoció, hablando en voz baja para que los demás no pudieran oírnos.— Sentía curiosidad… —¿Curiosidad? ¿Por qué? —No sé, pensé que quizás te faltaba alguna parte del cuerpo y que por eso no querías desvestirte. —me sacó la lengua y me reí.— No entendía cómo se puede ser tímida con ese precioso cuerpo tuyo… La boca se me secó y los músculos de mi estómago se encogieron. Bueno, yo tenía dieciocho años, nadie podía culparme de tener aquellas reacciones de adolescente enamorada. Nadie excepto yo misma. Apreté los dientes con fuerza y me obligué a pensar en cualquier cosa menos en aquélla que precisamente se negaba a abandonar mi mente. Si seguía pensando en Violeta de esa forma, me arriesgaba a tener un orgasmo allí mismo. Levanté una ceja para parecer despreocupada y la miré por el rabillo del ojo. Violeta se había acomodado aún más en su silla y había puesto los brazos por encima de su cabeza. Parecía que casi dormitaba en queda paz. Mis ojos capturaron la visión de una furtiva gota de sudor que resbaló desde el hueco de su garganta hasta perderse en su ombligo. Fue demasiado para mi acalorada imaginación. "Piensa en algo, en lo que sea…", me repetía una y otra vez. Me acordé de Pedro Salinas y comencé a recordar una de sus poesías sin darme cuenta de que la estaba musitando hasta que Violeta me cuestionó. —¿Qué haces? —Nada…—contesté avergonzada. —Estabas murmurando algo. —No me había dado cuenta…—admití, lo cual me alivió, después de varias respuestas en las cuales le había tenido que mentir. —Ya veo.
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—¿Es que nadie va a meterse en el agua? —preguntó mi padre, desde la orilla. —Ahora mismo me siento demasiado cómoda para desear moverme. —contestó Violeta. —Lo mismo digo. —concedió igualmente Ginebra. —Esto es mejor que estar en la playa con ese montón de gente rodeándote y gritando como locos. —dijo mi madre, cuyo rostro estaba ahora escondido bajo una enorme pamela. —Un día perfecto…—concedió Violeta. Mi progenitora volvió a darle la razón. —Exactamente. Instantes después, Violeta decidió cambiar de opinión y se incorporó dirigiéndose a mí. —Voy a refrescarme. ¿Vienes? Yo no iba a meter un solo centímetro de mi cuerpo dentro de aquel río por nada del mundo, pero supuse que podría acercarme a la orilla y salpicarme un poco de agua para mitigar el calor. —Claro. —dije aceptando su oferta. Se quitó el pantalón y nos dirigimos ambas hacia el agua. Me rezagué ligeramente y pude echar varios vistazos a su trasero. Miré al cielo y pedí clemencia. —Demasiado calor, ¿eh? —dijo mi padre sonriente. —¿Algún bicho raro del que tenga que tener constancia y del que deba cuidarme? —preguntó Violeta medio en serio, antes de hundirse del todo. —Nosotros estamos casados…—bromeó mi progenitor, refiriéndose a su yerno Ricardo y a sí mismo. La hizo reír y mi padre le guiñó un ojo. Creo que secretamente, los hombres de aquella familia empezaban a admirar la belleza de Violeta tanto como yo. Un vistazo a mi babeante cuñado para confirmarlo. Me pregunté si a mí se me ponía aquella misma cara de imbécil. Recé porque no fuera ése mi caso. Violeta entró con cuidado y yo me senté en la orilla, con el agua cubriéndome los tobillos. Ella se sumergió y dio varias brazadas antes de ponerse de pie a la altura de los hombres. Me miró sospechosamente y cuando yo bajé la vista fue el momento en que confirmé que no iba a moverme de donde estaba. Ella pareció entenderlo y no dijo nada. Puso atención a la conversación que mi padre mantenía con Ricardo sobre sus planes del día siguiente, tales como la colocación de las boyas y el punto estratégico que había elegido, seguro de que picarían. —Me alegro mucho de que hayas decidido venir con nosotros, Violeta. Tu ayuda es más que bienvenida, va a ser toda una experiencia, ya lo verás… —Eso no lo dudo. —Jimena y yo lo hubiéramos tenido más difícil sin ayuda extra y en esta familia nadie está dispuesto a hacerlo. —comentó el patriarca en tono serio.— Qué se le va a hacer si únicamente mi hija más pequeña heredó mi afición… —Yo nunca he ido de pesca, para serle sincera… —No es complicado, te darás cuenta enseguida. —Quiero cazar ese pez y quiero ganar ese trofeo. —aseguró Violeta con arrebato. Me abracé a mis rodillas mientras miraba la escena delante de mí. El entusiasmo de mi padre era realmente contagioso y me di cuenta de que en unos breves momentos Violeta mostraba ya tanta ilusión como él. Por mi parte, simplemente esperaba que el día de mañana no se convirtiera en un auténtico fracaso. Violeta cogió en brazos a mi sobrina y comenzó a jugar con ella, provocando en la niña risas nerviosas. Admiré la escena con delicioso placer, admirando los fuertes brazos de la azafata y los músculos que ligeramente se marcaban en ellos. Violeta braceó hasta mí pasados unos minutos y se sentó a mi lado, hombro con hombro haciéndome percibir la frescura de la que disfrutaba ahora. Me sonrió y le sonreí igualmente. —Esto es maravilloso…—me informó al tiempo que extraía el exceso de agua de su cabello. —Ya no puedes echarte atrás. —dije sin mirarla.— Mañana estás obligada a ir de pesca con nosotros.
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—No quiero echarme atrás. En realidad me apetece mucho ir. —Espero que mañana seas capaz de repetir esas palabras. —¿Por qué crees que no me gustará? —me preguntó algo extrañada de que yo dudara tanto de su disposición. —Lo siento. Es sólo que me preocupo de que lo pases bien y pasar un día de pesca puede que te resulte aburrido. —Tú vas a estar allí, no hay nada de lo que preocuparse. —resolvió al instante. La miré y ella me arrojó un poco de agua a la cara. Abrí un ojo y la vi reírse de mí. —Vamos. —me dijo levantándose para dirigirse nuevamente a su sitio. En vez de tumbarse en la comodidad de su silla, optó por tender la toalla en el suelo, sobre la hierba y echarse boca abajo. Tomó el bronceador y lo alargó hacia mí, pidiéndome en muda voz que la ayudara con una ceja levantada. Tragué la saliva a duras penas mientras me acercaba a ella. Me senté a su lado y comencé a untarle la crema. La vi echar las manos hacia atrás y abrir el cierre de su bikini. Mis manos se deslizaron por su espalda, sintiendo la tersa piel en las palmas. Me consentí el disfrutar de aquello sin que me importara nada más. Mi corazón latía descontroladamente mientras mi mente viajaba trayéndome las más diversas fantasías. Casi podía sentir aquella piel contra la mía. Me sumergí dentro de mí misma sin darme cuenta de que había comenzado a trazar líneas con la yema de mi dedo índice. La estaba acariciando y peor aún es que para mí resultaba lo más natural del mundo. Sólo cuando ella giró la cabeza y me miró con un solo ojo abierto me di cuenta de lo que estaba haciendo. Aparté la mano de su espalda como si de repente me quemara. —Vas a hacer que me quede dormida. —me dijo. No parecía estar enfadada en absoluto. Aún así no me sentí tranquila. —Lo siento…—respondí bajando la mirada al suelo. Me di cuenta que no debí disculparme. Y ella también. —¿Por qué? Ahora sí que estaba en un lío y de los grandes. ¿Qué iba yo a responderle? "Siento haberte acariciado de esa forma, pero es que no pude evitarlo…". Simplemente genial. —Trae tu toalla y échate aquí conmigo, ¿vale? Asentí con la cabeza, contenta de que ella me hubiera aliviado de mi carga. Creo que pudo ver a través de mí. Y si había logrado hacer eso, entonces también se habría dado cuenta de que yo sentía algo por ella que en nada tenía que ver con la amistad. Obedecí a su sugerencia al instante y segundos después me echaba a su lado, boca abajo, con los brazos debajo de la barbilla, imitando así su posición. —Ahora son verdes claro…—dijo de súbito. —¿Qué? —Tus ojos. Con la luz del día son verdes. A veces es imposible precisar cual es su color. —¿Aún sigues intrigada por el color de mis ojos? —dije, recordando que una de las primeras cosas que me había dicho era precisamente algo referente a ellos. —Felipe también los tiene verdes, pero no como los tuyos. Es extraño. —¿Extraño? —arrugué la nariz.— ¿Eso cómo debo tomármelo? —Siempre buscando un significado oculto en las cosas, ¿verdad? —Jimena. —llamó mi madre con voz estridente.— Vas a quemarte. Haz el favor de ponerte protección. Hice rodar los ojos y apreté los dientes. Supuse que era mucho pedir que dejara de tratarme como a una mocosa. Violeta se irguió y me hizo el favor de extender crema sobre mi espalda sin que yo tuviera que pedírselo. Como si hubiese sido capaz de hacer tal cosa. Me quedé inmóvil y Violeta terminó su trabajo en pocos instantes. Aún así disfruté del contacto. —A veces es más fácil de lo que parece complacer a los padres. —me indicó a media sonrisa. —Si me dedicara a complacer a mi madre no tendría tiempo para nada más.
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—Siempre has sabido ignorar los comentarios de Felipe muy bien. ¿qué ha cambiado ahora? —rebatí. para variar. olvidándose por completo de mi persona. airada. había sido el blanco de sus continuas bromas y burlas. Me alejé de la feliz pareja y me acerqué a mis hermanas. —Algo así. —le pasó un brazo a Violeta por el hombro y le susurró algo al oído que yo pude oír a pesar de que deseé no haberlo hecho. —¡Felipe! —oí a mi padre anunciar. —Me pregunto cuando vas a crecer. Pero esto no tiene nada que ver contigo.— ¿Me has echado de menos? Vi que la azafata y dueña de mis pensamientos asentía sonriente con la cabeza y sentí ganas de gritar. Inmediatamente un cúmulo de sensaciones se entremezclaron dentro de mí. Simplemente no podía hacer que el alimento bajara por mi garganta. hermano. Yo me rendí también a la placidez. —Tendré que hablar con él después.— A veces creo que no pertenezco a esta familia… —Espero que eso que has dicho no vaya en serio. sin poder evitar pronunciar las palabras con acritud. mamá.— Casi pareces una mujer… "¡Imbécil!". —añadió Isabel. Al parecer. no tengo nada en común con ninguno de mis hermanos. Yo sabía que no tardaría mucho en venir a mi encuentro. Violeta le dio un golpe suave en el hombro. —dijo nada más ponerse a nuestra altura. Me levanté de mi cómodo sitio a regañadientes y me uní al resto de la familia. —señaló mi padre muy serio. —Siempre lo ha hecho. —Sé que no lo eres. Me acerqué hasta la orilla del río y me senté sobre la hierba. exponiendo mis razones. —indicó con un leve movimiento de cabeza a mis pechos. creo que me ven como a un bicho raro… 42 . a pesar de que me rodeaba el sonido de las voces de mi madre y mis hermanas que. —apunté. seguida muy de cerca por Violeta. Mi padre suspiró y me miró con el ceño fruncido. dedicándole una mirada asesina. hijo? —preguntó mi progenitora. —Papá. —No. buscando algo de soledad. —Prefiero que no lo hagas. Desde que yo recuerde. —contesté secamente. Me giré tan rauda como Violeta para ver a un sonriente Felipe saliendo de su coche. No probé bocado. —dijo Ginebra. —¿Por qué? —Porque no necesito que me defiendan como si yo no supiera hacerlo sola. quien parecía inmensamente feliz de que Felipe estuviera allí. el hecho de que fuera siete años mayor que yo le otorgaba ese derecho. Poco después la sentí respirar pausadamente y supe que estaba dormitando. Mi madre interrumpió nuestra gloriosa paz demasiado pronto para mi gusto y nos congregó a todos para comer. simplemente no puedo tolerar este comportamiento. muy satisfecho por la respuesta de ella. Jimena. Yo estaba segura de que él me odiaba por alguna razón que yo desconocía. —Imaginaba que estaríais aquí. —¿Aún estás enfadada? —me preguntó mi padre colocándose a mi lado. no paraban de hablar. Yo para entonces apretaba los puños con fuerza. Supuse que Felipe se había dado prisa en volver por el mismo motivo por el cual yo deseaba que no volviera. preguntándome cuál era exactamente el problema que tenía Felipe conmigo. —Quizás me he hartado de que siempre tenga algo que decir para molestarme. —Vaya. —Para eso haría falta un milagro. —¿Qué? ¿Qué he dicho? —dijo él con voz falsamente inocente. —Felipe…—reprehendió mi padre. —¿Has resuelto el problema. No soy una niña. le grité interiormente. Mi hermano se fijó en mí.Volvió a sonreírme y cerró los ojos. Decidí no mirar a Violeta.— Hola a todos.

Me aferré aún más a mis rodillas. pensativa… Quizás tu madre tenga razón y lo de esa universidad… —No es por la universidad. tú puedes seguir enfadada si tanto te apetece… 43 . sólo tal vez hubiera accedido a mis deseos y le hubiera dado un puñetazo. ahora mismo estaba poniendo de manifiesto que no era cierto. Si alguna vez pretendí demostrar que ya había alcanzado la madurez. Estaba enfadada con el mundo entero y sólo quería que me dejaran en paz. Deberías intentar hacer lo mismo conmigo. Eran una sensación tan amarga como la de sentir dolor. sin molestarme en ocultar mi malestar. —No quiero que hables con él. Tú el que tengas que disculparte y yo el que tenga que soportar tus patéticas disculpas. Pero no me importaba comportarme como una niña mimada. —dije con algo de resignación. —La verdad es que no. Felipe. tengo cosas que hacer. apoyé la barbilla sobre ellas y fijé la vista al frente. Mi padre me miró con denodado interés entonces y yo fui incapaz de devolverle la mirada. quien seguramente había sido obligado a pedirme disculpas. Últimamente pareces inmersa en un mutismo constante. —Jimena. —De acuerdo. Me eché sobre la cama. Sólo en un par de ocasiones me había permitido mirarla y en cada una de ellas me había devuelto la mirada acompañada de una leve sonrisa. Ahora. subí las escaleras sin soltar una palabra y me encerré en mi habitación. ¿En qué momento creí que podría competir con Felipe o que simplemente sería capaz de hacer que sintiera por mí algo de lo que sentía por mi hermano? El amor para mí comenzaba a tener tintes angustiosos. La tomé y nos unimos al grupo. Ginebra siente debilidad por ti y lo sabes. Oímos la algarabía detrás de nosotros y mi padre se irguió ofreciéndome la mano para ayudarme a levantar. Tus hermanas te adoran. Él sabía de alguna manera que lo que le acababa de decir era algo importante y que a mis dieciocho años ya empezaba a sentir cosas que no podría compartir con él como lo hacía antes. No había intercambiado una sola palabra con Violeta y eso empezaba a hacerme sentir completamente desesperada. —lo tranquilicé. Sin embargo no se había acercado a mí. —¿Jimena? ¿Estás ahí? Fruncí el ceño al reconocer la voz de Felipe. Mi padre había faltado a su promesa. Ya me he disculpado. Como si no estuviese acostumbrada a esto último… Lo segundo que me obligué a reconocer era que me sentía tremendamente desconsolada. abrí la puerta para encarar a mi hermano. Como prefieras. Lo que en un principio me había parecido un maravilloso día. si me perdonas. Irritada. ¿Acaso no te diste cuenta de cómo te defendieron al instante? Puede que Felipe sienta que tiene una deuda contigo porque siempre sacaste mejores notas…—comentó en tono casual. Con el paso de los años he aprendido a ignorarte.— Simplemente ocurre que estoy intentando lidiar con nuevos sentimientos a los que no estoy acostumbrada… Y no me preguntes nada más. —No pretendía hacerte enfadar. —Si pensaras antes de abrir tu bocaza. estos días te he notado extraña. —¿Qué quieres? —le espeté. ¿Sigues sin querer decirme qué es lo que pasa? —¿Qué es lo que te hace decir eso? —A veces te olvidas de que soy tu padre y que nadie te conoce mejor que yo. disgustada incluso por la aparente indiferencia que mostró Violeta hacia mí una vez que la presencia de Felipe inundó su campo visual. Una vez que regresamos a casa. —De acuerdo.—Eso no es cierto. Lo primero que tuve que admitir era que el hecho de que Felipe hubiera aparecido me había molestado mucho más de lo que me molestó el que se burlara de mí. totalmente rendida de mí misma. los dos nos ahorraríamos muchas molestias. Lo siento. Los celos no eran nada buenos. tal vez. Tenía todo el derecho. además. de repente se había convertido en un desastre en toda regla. —decidí. —¿Estás enfadada conmigo? Si Felipe no midiera casi dos metros y tuviera aquella complexión atlética. Miré al techo fijamente mientras mis pensamientos recreaban los acontecimientos de aquel nefasto día. por favor.

Todo lo que hice fue pegar la vista a mi plato sin que aparentemente me importara nada más. Esa noche me tocaba a mí. que me sonrió y me tomó de una mano. Sentía los ojos de Violeta sobre mí. olvídalo. Me di cuenta de que las tertulias en la mesa habían cesado para que cada comensal atendiera a la que intercambiaban ambos de mis progenitores. Mi hermano se dio la vuelta y se perdió escaleras abajo. —esta vez fue Ginebra. ¿quién entonces? Lo que sí sabía es que por él mismo no había venido a pedir disculpas. —¿Estás bien? —me dijo. mamá. Me senté en la mesa silenciosamente. Después de meditarlo mucho. O al menos intentándolo. los cuales. —Te digo que es esa universidad. A este punto ya me daba igual.— Cada vez se muestra menos comunicativa. Las tres charlaban animadamente de diversos temas a los que yo puse toda la atención que pude. Violeta esa noche se mostraba más abierta y participativa que nunca e incluso pude observar cierto acercamiento para con mis hermanas. Ella me miraba realmente divertida. Pero me dije que eso era poco probable. Yo sabía que buscaría motivos para mi repentina falta de comunicación incluso en aquella vez que me caí de bruces teniendo cinco años y me rompí un diente. seguían discutiendo sobre mí sin importarles que yo estuviera allí presente. —No importa. Levanté la vista de mi plato y me dirigí hacia mi madre fulminándola. Si mi padre no lo había enviado. Conocía demasiado bien a Felipe como para saber que carecía de sentimientos hacia mí y que le daba igual si me quedaba encerrada en aquella habitación hasta el fin de mis días. Ya casi era como si me doliese el hacerlo. mi hermana Ginebra hacía algún intento por meterme en la conversación preguntándome directamente. —Jimena. ¿Ocurre algo y yo aún no lo sé? —Cariño…—metió baza mi padre. —la expresión de su cara me mostró que decía la verdad. Cerré la puerta y me volví a tender sobre la cama. —Ella siempre ha sido así. —No sé de qué me hablas. Eso no es una obligación. —sentencié. —me defendió él. Eso me hizo sentir náuseas y unas repentinas ganas de vomitar la cena. parece que acabas de salir de un velatorio…—adivinad quien acababa de soltar esa frase. —aseguré. hija. Pensé que quizás había sido Violeta. Por el rabillo del ojo observé a mi hermano acariciar despreocupadamente el brazo de Violeta mientras hablaba Ricardo. Sabía que mi padre se disgustaría si no lo hacía. Yo asentía ausente con la cabeza mientras le daba vueltas con el tenedor a la comida de mi plato. Me alegré mucho cuando aquel diente a medias se cayó y me creció uno nuevo y reluciente. pareces una psicótica. 44 . Con mi enfado monumental hasta les permitiría que me diseccionaran y comentaran cada aspecto de mí como si me estuvieran haciendo una autopsia. al lado de mi padre. Me limité a encoger los hombros con resignación. creo que hasta incrédula. —No me mires así. aunque jamás se atreviese a reprochármelo. —lo interrumpí a cada momento más frenética. sólo deseando cerrar la puerta y volver a la comodidad de mi soledad. no tenía ni la más mínima intención de abrir la boca. Papá no ha hablado conmigo. Sentí los ojos de Violeta sobre mí y levanté la vista. Mira a tu hija… —Quizás ella no tenga ganas de hablar. Me concentré en la cena sin pronunciar una palabra. pero lo único que obtuvo de mí fue algún que otro monosílabo. —seguía mi madre.—Dile a papá que el que te haya obligado a venir me ha hecho enfadar aún más. pero me negué a encontrar su mirada.— Es imposible que pase algo en esta casa y tú no seas la primera en saberlo… —Pues está claro que eso no es cierto. Si hay algo para lo que mi madre tenía don era para hacer de cada pequeña cosa un desastre mundial. me levanté de la cama y me di una ducha para posteriormente unirme a los demás en la cena. De vez en cuando. —Perfectamente. para mi disgusto. Por mi parte.

—Lo siento. —Jimena. Que ella pronunciaría su nombre y que lo amaría igualmente. Sabía que si lo hacía tendría que dar muchas explicaciones y no me sentía con fuerzas de tener que preparar una historia que cubriera la realidad. no podrías nunca. Me aferré a la barandilla de madera con fuerza buscando soporte. No esperaba que de repente dejaras de hablarme sin ni siquiera darme una explicación. Subí a mi habitación y me encerré allí a esperar el día siguiente. La imagen de Violeta en completo éxtasis entre los brazos de Felipe me dolía hasta el infinito. Yo sólo pude obedecer a su comando. Se acercó a mí en dos zancadas. Violeta? La puerta se abrió detrás de mí y oí unos pasos que reconocí. Yo no me di la vuelta. Me odiaba en esos momentos por permitirme sentir y alimentar unos sentimientos que no harían otra cosa que hacerme daño. sacando el valor de no sé dónde. —Ahora mismo tengo la sensación de estar hablando con una niña mimada… Sus palabras tuvieron su justo efecto en mí. Mi corazón dio un vuelco y una vez más las náuseas obnubilaron mis sentidos. mírame. Sentir el aire fresco dándome en la cara alivió un poco mi desazón. —ordenó con voz dura. En todo caso soy yo quien debería hacerlo. Yo giré mi rostro para cesar su contacto. —¿He hecho algo que te ha disgustado? —No tiene nada que ver contigo. Sentí que el pecho se me hundía en un repentino suspiro de dolor. Hoy había tenido prueba fehaciente de ello. —No es cierto. (me sorprendió ser capaz de hacer tal cosa). Comencé a imaginar que esa noche la pasarían juntos. soportando a duras penas las ganas de llorar. Y creo que tampoco tiene que ver con Felipe… —No sé de qué me estás hablando. —me reclamó mi madre con tono serio. tal vez pueda ayudarte… —No puedes. algo exasperada. me alejé de ella y entré de nuevo en la casa sintiéndome tan miserable como antes. atravesándome e hiriéndome como una flecha. —dije. como los de la azafata. —dije incapaz de decir algo más.— ¿Me pasas el pan? Tema zanjado Cuando la cena terminó. empecinada en mi mal humor. ¿Qué es lo que ocurre? —Nada. —la interrumpí. ayudé a aclarar la mesa y luego salí al porche para buscar la calma que tanto necesitaba mientras los demás se quedaban en el salón pasando una grata velada. —dije igual de solemne. Cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia delante en rendición. —Jimena…—me dijo desde detrás.Cerré los ojos con fuerza y respiré hondo varias veces. —murmuré.— ¿No tienes nada que decir? —Sí. acariciándome con dulzura una mejilla. No sabía en qué momento había desarrollado yo la conciencia de que Violeta me pertenecía. que Felipe la tocaría y la besaría. —mentí.— ¿Te ocurre algo? —No. de ese modo no me habría expuesto a unos sentimientos nuevos que me dolían profundamente. 45 . así que me giré y apoyé la cintura en la baranda. —dijo. —Creía que éramos amigas. Violeta parecía demasiado dispuesta a averiguar el problema. La miré y mi dolor se tuvo que reflejar en mi rostro porque su expresión cambió de enfadada a una que denotaba compasión. Violeta suspiró y cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro. Deseé haber elegido quedarme en la ciudad. Una vez dicho eso. Yo era capaz de castigarme a mí misma como nadie podría lograr hacerlo.— Créeme. —No tienes que disculparte. ¿Qué me has hecho. —Jimena. pidiéndome mentalmente el mantener la calma. —Cuéntame lo que pasa.

Remé con algo de esfuerzo hasta que mi padre levantó una mano haciéndome parar. Jimena. Mi padre regresó hasta nosotras muy sonriente.— ¿Vas a seguir ignorándome todo el día? —No…—balbuceé tras tragar repetidas veces. los planes habían cambiado ante la llegada de Felipe. Yo había pensado erráticamente que después de la llegada de Felipe ella encontraría cualquier excusa con tal de permanecer en la casa junto a él. Tuve que admitir que verla preparada y deseosa de partir hacia nuestra odisea desde el amanecer tuvo un efecto devastador en mí. La veda comenzaba desde las ocho de la mañana hasta las seis en punto de la tarde. enterrando así los sonidos que provenían del piso de abajo. el mejor para aquella faena. —confesé abochornada. Yo sabía que el significado que yo deseaba darle a esas palabras no era el mismo que ella había pretendido hacerme entender cuando salieron de su boca. Decididamente me obligué a que dejara de importarme. Como si alguna de las dos estuviésemos en condiciones de dudar de su capacidad. —Muévenos un poco a la izquierda. —Suena demasiado complicado para mi gusto. —Aunque no lo creas. supuse que Violeta había decidido dejar la decisión en mis manos. Una vez en la barca. me duele mucho esta situación… —Es culpa mía.El amor te deja sin defensas posibles. por el contrario. Hay que tensar el sedal para evitar que se enreden entre las cañas. Me giré hasta quedar boca abajo y me tapé la cabeza con la almohada con fuerza. (el máximo permitido en el concurso). Luego nos alejaremos a la orilla y esperaremos desde allí a que piquen. por volver a tenerla de mi lado… Pero mi caprichoso e infantil comportamiento del día anterior me avergonzaba tanto que dudaba mucho de que ella sintiera ganas de hablar conmigo. digiriendo las palabras con cautela. Lo cierto era que yo estaba ávida por entablar una conversación con ella. —Yo también me siento así a menudo. —Es más fácil de lo que parece. Oírlos reír mientras yo estaba hundida en mi propia desesperanza era demasiado para mi frágil estado. Pero si quieres hablar de ello quiero que sepas que estoy aquí para ti. Me tendió la mano y yo la tomé. Una vez más intentaba engañar a mi razón con falsas esperanzas. según él. sintiéndome como perdida cuando la cubrió. (aunque yo evitaba mirar más de lo necesario al agua). —Así es. —Bueno…—la oí decir tras un suspiro. —Sí. Utilizamos tres cañas de surfcasting muy potentes. Ella y yo apenas habíamos cruzado una palabra e incluso mi padre comenzaba a mirarnos bajo un espeso velo de sospecha. Violeta y yo aguardamos en el lugar mientras mi padre se acercaba hasta la báscula de la zona que habíamos elegido para pescar en busca de nuestras tarjetas de participantes. —¿Cómo vamos a hacer esto? —preguntó Violeta. Mi padre había decidido seguir el "método alemán". Se decretó el inicio por fin. Una vez en la orilla se sujetan las cañas en los cañeros y tensamos el hilo. frotándose ambas manos con agrado. conmigo a los mandos de las palas. Miré a Violeta con expresión incrédula y ella se echó a reír. —dije simplemente. —¿Amigas otra vez? —me preguntó ella sonriendo.— A veces parece simplemente que tengo la necesidad de enfadarme con el mundo entero. Me di cuenta de que no estaba preparada para lidiar con mis sentimientos. "… estoy aquí para ti". Remamos río adentro hasta conseguir una profundidad de unos cuatro o cinco metros. La incertidumbre residía en si ella vendría con nosotros a pescar o si. te agota hasta no reconocer nada de ti misma… Yo ya no reconocía nada de mí misma si no era al lado de Violeta. —Gracias. me repetí interiormente. haciendo que con ello que todas mis defensas cayeran a mis pies. Sólo hay que colocar el cebo en el anzuelo con su respectivo corcho y éste atado a la boya. para cubrir nuestro espacio de picada. —¿A la orilla? —preguntó extrañada. 46 . —ordenó mi padre. Después de nuestra pequeña charla al finalizar la cena. por lo que a esa hora los tres estábamos a orillas del río preparando las boyas con sus respectivos muertos para mantenerlas en su sitio. y carretes de curricán.

sonidos de barcazas a motor nos indicaban que no estábamos solos en aquella locura. —Creo que para eso cualquier excusa es buena. hasta tener los tres equipos instalados. Es mucho más divertido cuando se va por primera vez sin saber demasiado… —Supongo que tendré que asumir el reto. Violeta sacó una tira de chicle y me ofreció la mitad. Mi padre me miró y sonrió moviendo la cabeza negativamente y yo me reí con gusto. —¿Crees que picarán? —preguntó Violeta. —De acuerdo. Estaba absolutamente deliciosa.— Rema despacio. —Jimena…—me advirtió mi padre. —Al parecer sí. Es muy divertido… —No me lo perdería por nada del mundo. Es importante.—La primera vez también me lo pareció a mí. —añadió mi progenitor divertido. —me sonrió. Sabía que aquel estado de quietud para nosotros podría permanecer así hasta el final de la jornada y deseé interiormente poder pescar aquel pez sólo para ver radiante a mi padre. —interrumpió mi padre una vez colocada la primera carnaza. —Papá. deberías contarle de qué va…—soltó mi padre. Jimena. —¿El qué? —¿Felipe no te lo ha dicho? —la vi negar con la cabeza. papá. —¿Se puede hablar? —preguntó Violeta dirigiéndose hacia mí. —me aseguró. —¿Para qué? —me preguntó sumamente extrañada. —¿Me tomas el pelo? —señaló incrédula. Los tres nos sentamos allí. ¿por qué no le cuentas aquella vez. se celebraba la fiesta de San Andrés a finales de Noviembre… Estrenaban el vino nuevo de las bodegas que previamente se había vendimiado en verano … El vino esos días era el absoluto protagonista. en la despedida de soltero de Luis que os emborrachasteis? Mi padre me miró y me hizo un gesto con la mano algo avergonzado. La expresión en el bello rostro de Violeta merecía mis carcajadas. con las miradas y las esperanzas puestas en nuestras tres boyas amarillas fluorescentes. Temía que mi padre hubiera logrado finalmente contagiarle su loca pasión por aquel fin. saboreando el dulce sabor a fresa. —Eso espero. no olvides llevar un jarrón o una vasija. —Es una antiquísima tradición. A lo lejos. Me limité a sonreír para mí misma. Puse cara de misterio y autosuficiencia antes de contestar. —Por supuesto. —me dirigí hacia la azafata. —Jimena.— Violeta. no tiene sentido que le revelemos el secreto. con mi progenitor controlando la caña y el hilo para que no se enredaran. intentando con ello que desistiera de mi empeño por contar su indecorosa experiencia. —Papá. Los peces tienen un oído muy fino… Violeta frunció el ceño y me miró con expresión que denotaba extrañeza.— Se nos rompió el hilo un par de veces y tuvimos que montarlo una y otra vez. —dije recordando esa ocasión. Ya he visto a un par de tipos pasando por aquí cerca mirándonos a media sonrisa… —Ya nos encargaremos de borrarlas de sus caras… Miré a Violeta mientras pronunciaba aquellas palabras como si fueran unas amenazas reales. —No. de tradición vinícola la mayor parte. 47 . —Por un momento creí que nos pasaríamos el día entero sin abrir la boca…—me confesó. Mastiqué. Repetimos el mismo proceso otras dos veces.— En mi pueblo. a la que yo gustosamente accedí. Supongo que es cuestión de práctica. guiñándome un ojo. —¿Piensas ir mañana a la fiesta del agua? —le pregunté de súbito. Supongo que era otra excusa más para emborracharse… Mi padre y yo nos echamos a reír. pero hacerlo en esa festividad era como una obligación…—suspiró. Nos acercamos poco a poco a la orilla. mientras me concentraba concienzudamente en cualquier movimiento que la caña hiciera.— Es la fiesta popular del pueblo.

Yo evité mirar a mi padre cada vez. Odiaba el uniforme. —expuso mi padre. te aseguro que emborracharte no es algo que querrías repetir…—añadió él. —¡No es cierto! —me dijo aún entre risas. se limitó a asentir con la cabeza. —No tan buena. Te obligaban a llevar esas espantosas faldas escocesas y unos zapatitos ridículos con calcetines blancos a media pierna.— De vez en cuando también hacía novillos… —Vamos. —Cierto. Violeta me palmeó el muslo y me sonrió con sincera simpatía. 48 . Jimena. Además. echando la cabeza hacia atrás. que se estaba carcajeando también. —Por fumar en los servicios… Pero sólo fueron dos semanas. Yo le devolví la sonrisa tímidamente mientras bajaba la vista hacia mis pies. —me apresuré a decir. comenzando a recoger el nailon. Mi expediente académico es enorme… Apuesto a que tú eres de esas estudiantes modelo. pero siendo algo tan importante para él me hizo rezar en silencio. Si ni siquiera era capaz de soltar tacos… Mi vida no era nada apasionante. Siempre me olvido de mamá… —Monjas…—la azafata hizo ademán de echarse a temblar. por supuesto…—pensé durante un instante. aunque por ahora no había ni el menor resquicio de que eso fuera a ocurrir. —Sé lo que es eso… Yo era una auténtica rebelde en el instituto…—confesó la azafata. Lo cierto es que yo no tenía ninguna mácula en mi expediente. Al menos deberían tener más colorido. Un segundo después se repitió el empuje.— Nunca en mi vida me había sentido tan miserable como a la mañana siguiente. más bien todo lo contrario. —¿Pero queda alguien que las tome en serio? —Tu madre. —añadió Violeta a modo de explicación. Era de monjas. sacando una chocolatina de uno de los bolsillos de mi chaqueta de pesca. esta vez más fuerte. siempre con esos hábitos negros. Él también lo había visto. Pasamos las siguientes horas hablando de los más diversos temas siempre en un tono distendido y bromista mientras esperábamos que cambiara nuestra suerte. simplemente esa noche todos estábamos demasiados dispuestos a pasárnoslo bien y acabamos algo achispados… Si tienes buena memoria y eres capaz de acordarte de las resacas. A mí realmente no me importaba en absoluto pescar aquel pez. —Yo odiaba mi colegio. —Lo es. —Supongo que si fueran vestidas de colores nadie las tomaría en serio. —dijo mi padre con una risita. Violeta asintió con la cabeza y yo partí contenta la mitad de la barra para ofrecérsela a continuación. —Pues que salieron a celebrar la despedida de soltero y regresaron como cubas… Mi madre los había estado esperando a que llegasen en el comedor y cuando oyó los murmullos fue a abrirles la puerta … Y se encontró con mi padre intentando abrir la puerta con su puro… Violeta explotó en carcajadas.— Me pregunto cómo pueden llevar esa vida de completo celibato… —Tal vez sea ésa la razón de por qué parecen estar de mal humor todo el tiempo. —¿En serio? —Sí. Volvimos a reírnos con ganas. Se te ve a dos leguas que eres un ejemplo a seguir. ¿no? Es demasiado triste ir siempre vestida igual. tienes cara de niña buena…—bromeó Violeta. —añadió mi padre. Yo suspiré.—¿Qué pasó? —inquirió Violeta muy interesada en conocer toda la historia. Aún estaba masticando cuando noté un ligero movimiento en una de las cañas. —¿Quieres un poco? —le dije. ellas no tienen idea de lo que estéticamente está bien. —¡Rápido! —gritó mi padre al tiempo que sujetaba la caña.— Si lo piensas…. Sabía que lo que menos necesitaba era ver la duda en mis ojos. —Una vez incluso me expulsaron del instituto… —¿Cómo? —pregunté asombrada. Me giré rauda hacia mi padre. Al vernos allí y con aquellas risas. —Pero yo no era el único. Desde nuestra posición pudimos observar en dos ocasiones cómo otros participantes se acercaban a pesar sus enormes presas. —Te aseguro que sí… Mi padre. cualquiera pensaría que estábamos haciendo de todo menos pescar.

—Sujeta la caña con firmeza. Por suerte. El peso que ejercíamos los tres en un mismo lado de la barca hizo que ésta se inclinara peligrosamente. El sirulo comenzó a moverse nervioso una vez que se sintió libre del anzuelo y mi padre luchó por mantenerlo en el sitio antes de subirlo a la barca.— ¡Jimena. Violeta me apartó el pelo de la cara y yo pude verla entonces. vimos asomar al pez cerca del borde de la barca. El pez ya había tenido suficiente tiempo como para haber comido de la carnaza. —¡Oh. Violeta me siguió y todos nos subimos a la barca con cuidado. La barca se balanceó cuando mi padre intentó izarlo una primera vez. Mi padre me indicó con una mano que parara y obedecí al instante. Justo entonces alguien tiró de mí e hizo lo que yo era incapaz de hacer. Minutos después. Cuando sentí que el aire me daba en la cara. Yo me levanté de mi asiento y me puse en la otra esquina de la barca. dando tiempo a mi padre de recoger el nailon poco a poco. Entre los dos se las arreglaron para meterme dentro. —¡Jimena! —gritó mi padre al borde de un ataque cardíaco. —¿Puedes? —le pregunté cuando falló el primer intento. —Estoy bien…—me obligué a decir para tranquilizarlo un poco. lanzando hacia uno de los extremos el trozo de chocolate que aún mantenía en la mano. los alicates! Me moví con cautela hasta alcanzarle los alicates para que pudiera desanzuelar al pez. Violeta hizo lo que le pidió mi progenitor. así que le dio un fuerte tirón a la caña para incrustarle el anzuelo. El pánico se apoderó de mí cuando sentí que mi cuerpo se hundía y de que no era capaz de hacer que respondiera. mientras éste se colocaba los guantes de jardinero. Violeta me miraba con una extraña expresión. Violeta me tenía asida por la cintura y nadó conmigo hasta el borde de la barca. Dios mío! —exclamó Violeta. —Violeta. —Sí…—dijo con cierta extenuación en la voz. A simple vista yo podía asegurar que aquel pez debía pesar al menos treinta kilos.— ¿Estás bien? Yo por entonces aún permanecía en estado de shock por lo que era incapaz de pronunciar una palabra. como si fuera Navidad y estuviera a punto de abrir su regalo. regulando el freno para cansar al pez sin darle tegua en ningún momento. Fue la voz de Violeta. Mi cerebro no registraba ninguna demanda de que mis brazos o mis piernas lucharan por salir a la superficie. La azafata mantenía sujeta la caña como si la vida se le fuera en ello y puedo asegurar que incluso la vi contener la respiración cuando mi padre se inclinó e introdujo la mano en la boca del sirulo. Violeta y yo nos quedamos inmóviles mientras veíamos a mi padre recoger el nailon. justo donde este pez tiene una cavidad que es ideal para este fin. yo había caído por uno de los laterales y el agua me había engullido tan rápido que no había tenido tiempo ni siquiera de gritar. entre emocionada y asustada de ver aquel monstruo emerger del agua.— Sólo estaba comprobando su peso… La segunda intentona tuvo buenos resultados y mi padre consiguió depositar el pez sobre el plástico que previamente habíamos dispuesto para ese fin en el suelo de la barca. 49 . Sólo que fue necesario un brusco movimiento que se resintió en el equilibrio de la embarcación… No sé si intenté guardar mi propio balance o fue justamente eso lo que hizo que lo perdiera del todo. abrí la boca para respirar. justo donde me indicaba mi padre para equilibrar el peso. parecía que mi padre lo había cansado lo suficiente y sólo era capaz de dar ligeros coletazos. Violeta. Me puse a los mandos de los remos y la conduje hasta nuestro sitio estratégico despacio. —comandó mi padre. Sus preciosos ojos azules empañados en preocupación. —¡Desténsalo! —gritó mi padre a Violeta. échate hacia atrás.Yo me levanté de mi asiento con la misma celeridad. —Jimena… Jimena…—llamaba mi padre desesperado. aunque casi podía asegurar que me estaba sonriendo. Todo en lo que era capaz de pensar era en que tenía miedo. minutos que a mí me parecieron una eternidad. Cuando me di cuenta. Pero oí otro alarido a cambio que pronunciaba mi nombre.

reluciente. Me pregunté cómo era posible que mis hermanas tuvieran tan agudizado el sentido del pudor. Después de la cena nos reunimos todos en el salón y nos sentamos en un corro. eso sí. El juez nos felicitó por tan descomunal captura. —Violeta. hizo hincapié en sus buenas dotes de pescador. Violeta se sentó a mi lado y me pasó un brazo por la cintura. —Menudo susto me diste hoy…—me susurró al oído. Luego le tocó el turno a Violeta. acercándome aún más a ella. y luego las miradas de guasa y alguna que otra risilla mal disimulada al vernos a Violeta y a mí caladas hasta los huesos y chorreando agua hasta por las orejas. La aguja marcó un peso total de treinta y ocho kilos. ni siquiera los reproches de mi madre lograron empañar aquello. Al final de la jornada. Se había sentado entre Felipe y yo. nos hicieron entrega de la copa y los tres posamos sonrientes y orgullosos para el periódico local con nuestra presa y el recién estrenado trofeo. Menos feliz se mostró mi madre cuando llegó al lugar y nos vio de aquella guisa. te juro que no sé cómo puedes hacerlo… Hice rodar los ojos. Fue entonces cuando no pude controlarme a mí misma y comencé a reírme a mandíbula batiente. mientras todos me miraban como si estuviese loca. Me ruboricé. que por entonces ya habían comparecido nos felicitaron casi incrédulos de que hubiéramos logrado nuestro loco objetivo. Si era capaz de subirse a la mesa por una cucaracha. —Volvamos…—sugirió Violeta con tono suave. Mi madre seguía refunfuñando por lo bajo. Yo evité comentar que la primera vez que lo había visto casi se desmaya del susto. Me fundí en un fuerte abrazo con mi progenitor. El resto de la familia. —Sólo es un pez…—respondió la aludida restando importancia al asunto. hasta el punto que incluso se me salieron las lágrimas. empezando a registrar de nuevo la realidad haciéndome consciente de que estaba a salvo. —Yo no me acercaría a él ni aunque me juraran que está muerto…—alegó Isabel estremeciéndose ante la idea. casi como si la estuviera viviendo nuevamente. Mi hermano convertido ahora en molusco. Observé que por el rabillo del ojo Violeta se inclinaba hacia mí. 50 . Por una parte. Yo me sentía inmensamente feliz y no sabía muy bien por qué. puesto que parecía no despegarse de ella ni un solo momento. Me limité a disfrutar de aquella sensación. aparte de todo ese amor que mi cuerpo entero le profesaba se añadía también la admiración. Yo creo que casi podía imaginarse asistiendo a mi funeral. Me había salvado la vida. Era imposible que yo sintiera más orgullo hacia él. Un abrazo que para mí significaba tanto como la vida misma. Y sé que lo hice porque sentí que las mejillas me ardían. las posibles consecuencias de lo ocurrido. Mi padre parecía realmente encantado de relatar la historia minuciosamente. Ella me aceptó con ganas e intensificó el abrazo. En la casa no se habló de otra cosa durante el resto del día que no fuera nuestro día de pesca.— Tenemos que llevar al sirulo a la báscula… Por favor… Vi que mi padre se sentaba frotándose la frente nervioso. que me esperaba expectante mientras me acercaba a ella lentamente para regalarle la misma muestra de cariño que a mi padre. como era normal en ella. Casi se desmaya cuando mi padre le contó lo sucedido. Había oído comentar brevemente a mi padre que Violeta no le dio tiempo a que él mismo reaccionara y que cuando fue capaz de darse cuenta de lo ocurrido ella ya me había sacado a la superficie. pensando y exagerando.—Será mejor que la llevemos al hospital…—dijo mi progenitor en cuanto Violeta se subió a la barca. Me sentí completamente a salvo. lo que nos hacía ganadores si nadie lograba coger alguna pieza mayor en el tiempo que quedaba hasta que finalizara la veda. asombro al ver la pieza que trasportábamos en el plástico mi padre y yo. El trofeo encima de la repisa de la chimenea. Pero después de lo que habíamos logrado. —comentó Violeta riendo. aunque algo maquillado. cuanto más por un pez así. Cuando llegamos a la pesa que nos correspondía por zona obtuvimos dos clases de miradas. Mi padre asintió y tomó los remos para conducirnos de nuevo a la orilla. yo estaba en deuda con ella. Por supuesto. aunque no olvidó alabar también las artes de sus dos asistentes. —Papá…—llamé. pero supuse que a Violeta le gustaría que los demás siguieran pensando que tenía ese arrojo y valentía de los que parecía dar muestra. Después de todo. —Ese pez era lo más feo que he visto en mi vida. Ahora.

Mi padre me dejaba el suyo siempre que quería. pero me encantaba ponerme a los mandos de un coche. otro día más en el que yo iba a disfrutar de la grata compañía de la morena mujer que me había robado la cordura. —Pero valió la pena. Ahora los componentes de mi familia estaban en el salón. y ninguno parecía tener demasiadas prisas en llegar a la plaza del pueblo. Fruncí el ceño y ella se encogió de hombros. por supuesto. —¡Llegaremos tarde! —me quejé lo suficientemente en alto como para que me oyeran todos. ya había debido de comenzar la fiesta del agua hacía media hora. —¿Tan mal conduces? —me preguntó con una ceja alzada. —¿El qué? —preguntó de súbito Felipe. Por nada del mundo se subiría en el mismo auto que yo y menos si era yo misma la que conducía. tomando a su hija en brazos para cumplir con lo que había dicho. había sorprendido a todos. —anunció Violeta. —Sí. El mismo lugar donde.—Fue todo tan rápido que apenas recuerdo nada…—articulé a duras penas. Por más que yo lo intentara. Increíble… —Aún queda lo de mañana. Yo negué con la cabeza. 51 . —le recordé. no me hicieron esperar mucho más y salimos todos al exterior. no podía hacer que Felipe desapareciera. Esa mañana yo había sido una de las primeras en levantarme de la cama. A mí se me borró de un plumazo la sonrisa y giré la cabeza hacia otro lado cuando Violeta se volvió hacia él y comenzó a explicarle. Me encontré de lleno con la mirada de Ginebra. después de haber tomado el desayuno. —anunció mi padre antes de girarse hacia mí. Violeta me miró entonces. Mi padre. —dijo Ginebra. miré el reloj. Para mi delicia. —Que alguien le dé un calmante…—murmuró Felipe. Esperaba con impaciencia el día de mañana. haciendo un movimiento con la cabeza para señalar a mi encumbrado padre. Antes de alcanzar las escaleras. Me tumbé sobre la cama después de ponerme el pijama y me permití recrear los momentos de aquel día en mi mente. Eso me ayudaba a no pensar en que el domingo ella se marcharía de la casa de campo y que no sabría cuanto tiempo pasaría antes de volver a verla. —Yo te dejaré conducir. mientras que Felipe finalmente optó por llevar el suyo y yo … Yo hacía dos segundos que me había colocado en el asiento del piloto del Mazda de Violeta. quien me observaba con cierta sospecha y una sonrisa de medio lado. —Eso me pareció a mí también.— ¿Vienes con nosotros? —¿Puedo conducir? —pregunté casi en súplica. ¿tengo sitio con vosotros? —indicó Felipe. Tal vez. a media sonrisa. ella sopesaría la idea de quedarse más tiempo. Ginebra y Ricardo fueron en el mismo coche. —¡Lista! —gritó Ginebra anunciando así su presencia. Con esa esperanza logré conciliar el sueño. Di las buenas noches educadamente y salí casi precipitadamente del salón intentando no llevarme conmigo ninguna imagen de Violeta y Felipe. Aquella extraña mirada me dejó pensativa. Me volví hacia ella y tragué con dificultad. ¿verdad? —sentencié. —Ricardo y yo iremos juntos. Fue una experiencia única. si me esforzaba lo suficiente. —Jimena…—dijo mi progenitor en tono condescendiente. Violeta dejó escapar una suave risa. Yo aún no tenía la licencia de conducir. pude percibir un comentario que hizo Felipe en referencia a mí que fue algo como: "qué rara es… ". removiendo su atención a otra cosa. pero únicamente en el circuito que circundaba la casa. con ella a mi lado. —Voy a vestir a Cristina y bajo enseguida. —me guiñó un ojo. —Lo espero con ansia. Eso y que Violeta se había inclinado hasta apoyar su cuerpo en el de mi hermano hizo que decidiera que era el momento justo para retirarme a mi habitación. Algo que. —Papá.

Acto seguido me miró a mí.—Bien…—me dijo. Y cuando digo descontroladamente quiero decirlo. persiguiéndose los unos a los otros. quienes parecían celebrar que hubieran dado de lleno en el blanco… Nunca mejor dicho. —¡Hola! —grité entusiasta. justo en un balcón. Mucho antes de llegar a la plaza. y me acordé que la tradición tenía un añadido más… —Violeta…—la llamé mientras daba un paso atrás y ella uno hacia delante. —Bendita juventud…—murmuró Violeta frotándose los ojos. —¿Sííííí? ¿Es que vas a suplicarme? —ronroneó. —¿Tú que crees? —Que las venganzas son muy. calándose de agua hasta los huesos. mientras le dedicaba una mirada a Violeta con algo de asombro. La oí reírse. Me eché a reír descontroladamente. me adentré en la confusión corriendo. Puse especial atención en atisbar la cara de Violeta cuando viera aquel espectáculo. —me saludó él. —Hola.— ¿Quieres venir? —¿Os lanzáis con eso? —le pregunté señalando la tabla. De repente se giró hacia mí y me miró con fiereza. Yo noté un ligero movimiento encima de nuestras cabezas. Por el tono de sus palabras supe que ella no creía de veras que se arrepentiría. Violeta se sacudió como pudo quitándose el pegajoso polvo de los ojos y escupiendo la harina que se le había metido en la boca por accidente. de todas las edades. muy placenteras… Acto seguido echó a correr de súbito y me dejó allí plantada unos segundos antes de salir nuevamente en su busca. Llené mi jarro y fui en busca de Violeta. Yo huí de ella hasta que la respiración se me hizo entrecortada y paré. Antes de llegar a la primera fuente ya me habían bañado un par de veces. con el azul de los ojos contrastando completamente con su cara nívea. me coloqué las gafas de sol y le dediqué una última mirada antes de apretar el acelerador. pero su fuerza era muy superior a la mía. Levantó la cabeza hacia arriba despacio y observó a las señoras que le habían tirado la harina. Pasó un nutrido y vocinglero grupo de chavales junto a nosotros y esperé a que desaparecieran para seguir hablando con Diego. —No serás capaz…—me dijo con voz de aviso. Yo no podía dejar de reír al ver Violeta empapada de pies a cabeza y persiguiendo a cualquiera que se le cruzara por delante. Es muy divertido…—dudó. dejándola completamente blanca como un muñeco de nieve. Intenté zafarme. —Basta…—le dije moviendo las manos en súplica. como si fuera un surfero. dejando pegotes de harina húmeda por todo mi cuerpo y pelo.— No hagas que me arrepienta. la algarabía se podía escuchar a un kilómetro a la redonda. que aún miraba asombrada el acontecimiento. —¿Adónde vas? —le pregunté. corría desbocada. Hasta el punto de que me dolían las mandíbulas. incluso ancianos. —¡HURRA! —grité llena de júbilo. 52 . Puse el coche en marcha. Aquella era una antiquísima tradición que se celebraba desde tiempos inmemorables. Me vio llegar cargada de agua y me miró desafiante. —¿Ahora quieres parar? —negó con la cabeza mientras balanceaba su cuenco repleto de agua en la mano. Pero mi risa duró poco cuando me agarró por la cintura y comenzó a restregarse contra mí. Sin pensarlo. Me fijé que llevaba una inmensa tabla cuadricular bajo el brazo. —No precisamente… En ese momento un montón de harina cayó sobre su cabeza. Que la plaza tuviera varias fuentes repartidas en puntos estratégicos ayudaba mucho. Estuvimos unos instantes metidas entre la multitud. como sin creer que fuera capaz de hacerlo. —Algunos nos reunimos en la bajada de detrás de la iglesia y nos lanzamos calle abajo a toda velocidad. La gente. jarros en mano. —¿Jimena? —Violeta y yo cesamos en nuestro forcejeo y me giré para encarar a Diego. recibiendo y mojando a todo el que pasara.

Había sido increíble. aterrizando encima de las gomas. —De acuerdo. dándole mi mejor expresión de súplica. Busqué a Violeta con la mirada y me di cuenta de que nos estaba esperando fuera de la cola. —Jimena… Fíjate en mí. —¿Qué dices. —¿No te apetece probar? —dijo Diego dirigiéndose hacia la azafata. Nos levantamos con rapidez y yo alcé los brazos en señal de victoria. que esperaban su turno para lanzarse cuesta abajo. ¿crees que voy a dejar que me vean así? Necesito darme una ducha urgentemente… —¡Oh. Yo grité sin poder evitarlo. Segundos después. —me dijo. —¡Genial! —dije. Yo se lo agradecí profundamente al ver que Violeta comenzaba a ceder a mis caprichos. vamos. Se tiraban individualmente. en su mayoría jóvenes. Al final del recorrido. de dos en dos y hasta en grupos de tres. —De acuerdo…—sentenció. Mientras. —¿Qué te ha parecido? —me preguntó Diego cuando nos pusimos en marcha otra vez. 53 . La miré extrañada de que pudiera dudar de mis intenciones. Los neumáticos pararon bruscamente nuestra inercia y salimos despedidos ambos. —Preferiría que vinieses conmigo…—entorné los ojos como lo haría un cachorrillo. Reprimí las ganas de soltar uno de esos infantiles "yupis" para en cambio regalarle una feliz sonrisa. —¿Por favor? —dije. mientras seguía empeñada en recomponer su aspecto todo lo que pudiera.Asintió con la cabeza mientras me miraba ávido de que yo le diera una respuesta. —Primero vosotros. —Como es la primera vez. Yo me posicioné detrás y me aferré a su cintura. Diego ponía todo su empeño en que no volcáramos antes de llegar al final del tramo. Cuando llegamos al lugar estratégico pudimos observar la larguísima cola de personas. otra pareja acabó también encima de los neumáticos. Después de unos diez minutos llegó nuestro turno. Viendo la velocidad que algunos llegaban a tomar y las caras de satisfacción que traían en su rostro cuando volvían a posicionarse en la cola hizo que sintiera verdadera emoción ante el pensamiento de tirarme calle abajo. ¿recuerdas? —Lo extraño sería que no estuvieras así…—añadió Diego dedicándole una amplia sonrisa. —¿Preparada? —Síííí…—grité emocionada. —comentó casualmente. me sentaré detrás. Agité una mano y ella dio unos pasos para colocarse a nuestra altura. habían dispuesto un montón de neumáticos de todos tamaños para frenar a los participantes. La tomé de la mano sin darme cuenta de lo que hacía y seguí la estela de Diego mientras él comenzaba a explicarme los pormenores de la bajada. Violeta? ¿Te apetece ir? —Si quieres puedes ir y yo ya me encargo de informar a tu padre de donde estás…—me contestó. mi voz contrastando con el ruido estridente de la madera contra el asfalto.— Vaya gritos… —¿Quieres deslizarte conmigo? —le pregunté. Incluso algunos padres con sus hijos pequeños entre las piernas se aventuraban a deslizarse por la pista mojada. Diego colocó la tabla en el suelo y se sentó al frente. —¿Te vas a lanzar? —me preguntó Violeta. Violeta! No serías la única. —No voy a preguntarte si te ha gustado. —Por supuesto…—dije con exaltación. Con el peso de su cuerpo hizo que la madera comenzara a moverse y pronto empezamos a coger velocidad. Esto es una fiesta. —¿Prefieres delante o detrás? —preguntó Diego.

moviendo la mano frenéticamente. Violeta y yo salimos despedidas a gran velocidad y ella aterrizó sobre mi espalda. —le indiqué y ella pasó los brazos en mi cintura como momentos antes había hecho yo con Diego. Fue entonces cuando decidimos regresar en busca del resto. con las rodillas casi rozándome los hombros. Mi sobrina Cristina nos saludó. pero esperó pacientemente mientras nosotros repetimos el mismo ritual hasta cinco veces.—De acuerdo. Me tendió una mano y yo la tomé para ayudarme a levantar. —Agárrate a mí. y con una facha realmente lamentable. —Estás hecha un desastre…—le comentó burlón. —Lo siento. —Te dije que estaba demasiado vieja… Me reí. No dejaría que nada empañara el día que yo había elegido como tan especial. — Has perdido todo tu atractivo. —Lo sé. —¿Os lo habéis pasado bien? —preguntó mi padre divertido al vernos llegar de aquella forma. —Ya veremos… Esta vez. sacándome de un plumazo todo el aire que yo llevaba en los pulmones. haciendo que algunos de sus huesos crujieran mientras tanto. Hice que la tabla se deslizara proyectando el peso de mi cuerpo hacia delante y comenzamos a bajar. ni siquiera he notado que estabas encima de mí…—"podríamos repetirlo sobre una cama…". —No te preocupes. Uh…. nuestro turno llegó con más rapidez y en sólo unos segundos yo me había colocado a la delantera de la tabla. —¡Violeta. —Espera…—me dijo y abrió aún más las piernas colocándome hacia atrás. mientras me lanzaba de lleno al plato que descansaba encima de la barra de metal y que contenía trozos de carne frita. un tanto sin aliento. Diego vino entonces a nuestro encuentro sonriendo también. La vi poner las manos en su cintura y estirarse hacia atrás. Ginebra nos indicó que el resto de la familia estaba en un puesto de comida colindante a la plaza. —¿Qué dices? Apuesto a que estás mucho más en forma que yo. —añadí. Violeta posicionó la barbilla sobre mi hombro. Violeta se negó a tirarse otra vez. —Mucho. —Entonces mejor te doy las gracias por haber sido mi colchón. —¿En serio? —se rió ella burlona. Cuando vio acercarse la muralla de neumáticos la sentí aferrarse a mí aún mas y respirar frenéticamente contra mi oído. por Dios Santo! —exclamó Felipe nada más verla un tanto divertido. sino que el roce de los neumáticos había ennegrecido mi ropa casi por completo. lo sé…—contestó ella. Los tres nos acercamos. una vez que pasó su vagón de tren delante de nosotros con una enorme sonrisa de satisfacción. llena de felicidad. —Ya estoy un poco mayor para esto. malos pensamientos… Muy malos. —dije poniendo una vocecilla irónica. —me dijo al incorporarse. Yo no sólo iba mojada de cabeza a los pies y llena de pegotes de harina. Encontramos a Ginebra y a Ricardo en nuestro camino de vuelta junto a una de esas atracciones para niños pequeños. Decidí que aquel sería uno de los mejores días de mi vida. Felipe se acercó hasta Violeta y comenzó a retirarle del pelo los pegotes de harina. Todo aquello me resultó tremendamente cálido y el sentir sus pechos clavados en mi espalda causó que incluso sintiera escalofríos. Sinceramente creo que no hubiese preferido caer sobre los neumáticos… —Muy graciosa. 54 . Violeta se sentó detrás. Pero si me rompo algo lo llevarás en la conciencia toda la vida… —No exageres…—me reí dándole un amistoso palmeo en uno de sus costados. Fue entonces cuando Felipe negó con la cabeza y le plantó un suave beso en los labios. Yo me giré para darles la espalda. con sus enormes piernas a cada lado.

así que se lo permití. —Te queda muy bien…—me cumplimentó y bajó la vista con timidez. hasta colocarla en una de mis caderas y comencé a dar vueltas haciéndola reír con descontrol. Decidí que la oferta de Diego era una buena idea. Pero era una sensación extraordinaria… Los acordes de una música llegaron a nuestros oídos. Juntos comenzaron a bailar cómicamente. estábamos rodeados de parejas que danzaban al son de la orquesta. —me acerqué y le di un beso en la mejilla como muestra de gratitud. A mí me pareció un gesto muy bonito el que Diego se ofreciera a comprármelo. me suele dar los fines de semana libres. —Claro. —Gracias. —Señor O´donell. Comenzamos a caminar lado a lado despacio. —Creo que prefirió quedarse en casa con Isabel. Era obvio que el vino comenzaba ya a tener efectos relajantes en cada uno de nosotros.—Hola.— ¿Cuánta velocidad crees que llegamos a tomar? —No lo sé con seguridad. Diego. —respondió el aludido tímidamente. Ginebra reapareció entonces y se unió a nuestra algarabía. —¿Quieres dar una vuelta? —me preguntó Diego. Me dejó al cuidado de mi sobrina mientras ella y su marido se adentraban en la multitud para dar los primeros pasos de baile. —saludó al tercero en discordia. Yo lo sabía muy bien. —¿Te gusta? —me preguntó él. Me giré para buscar a Violeta y la vi demasiado centrada en mi hermano. Yo misma sentí que los pies se me movían sin autorización. Diego me llevó hasta los puestos ambulantes y admiramos las diferentes cosas que allí se ofrecían. que iba cargada de un montón de golosinas. Diego y yo nos dimos un buen atracón de comida para reponer fuerzas acompañado de un par de vasos de vino. —¿Cuánto? —inquirió al señor del puesto. Una orquesta se había subido al escenario y había empezado a tocar ritmos muy movedizos. De todas formas. ¿y eso con tan sólo una tabla? —inquirió mi padre. Pagó el regalo y se acercó a mí para ponérmelo. —Sí. —Eso es estupendo. Felipe tomó a Violeta de la mano y la acercó a su cuerpo. Hoy es festivo y Chano cerró la tienda.— Yo misma lo comprobé. —¿Tú también? —mi padre negó con la cabeza. Se acercó hasta mí y comenzó a sisar trozos de carne del mismo plato que yo. papá…—comencé a relatar con la boca media llena. Observé en particular un collar hecho de pequeñas piedras de múltiples colores.— Fue increíble…—me giré hacia Diego. —comentó Violeta en tono tranquilizador. parando de moverme ante el inminente riesgo de marearme. Volvemos dentro de un rato. Es muy bonito. —dejé a la niña en el suelo y comenzamos a alejarnos. —dije yo. —¿No trabajas los sábados? —le pregunté para iniciar una conversación. El vino fue precisamente lo que me hizo sentir ciertos acaloramientos. Le ofrecí a Diego un trozo de pan con un pedazo de carne encima y él lo aceptó con gusto. Violeta reía complacida mientras mi hermano la obligaba a dar vueltas sobre sí misma una y otra vez. pero supongo que unos cuarenta kilómetros por hora… —Vaya…. —No. Icé a la pequeña. 55 . Ya sabes que a ninguna le gusta los sitios con mucha gente. En cuestión de pocos segundos. —¿Y eso no es peligroso? —No lo es. —Nos hemos lanzado cuesta abajo por una calle mojada. —Sí. —¿Mamá no piensa venir? —le pregunté a mi padre. —Es que es una bajada muy pronunciada. como si de repente me hubiera crecido una estufa dentro de la tripa.

—Sólo son petardos…—me dijo Diego en tono tranquilizador antes de soltarme. Lo miré. No recordaba que fuera tan difícil comunicarnos. Seguimos deambulando por las calles sin buscar nada en particular. —Supongo que tienes que regresar a la universidad. —Casi parece como si nos hubieran disparado o algo así… Diego se rió y me tomó del codo para que siguiéramos caminando. Pensé en ello detenidamente. pero de repente me vino a la cabeza la idea de que quizás Diego sentía atracción por mí. —¿Te apetece tomar algo? —me cuestionó. —Eso parece. —tomé un largo sorbo de cerveza en un intento por eliminar el repentino sabor amargo de mi boca. pero si hacía unos momentos pude tragar vino supuse que igualmente lo haría con la cerveza. —¿Violeta es la novia de Felipe? Imaginariamente vi que se encendía una pequeña lucecita en mi cabeza. Yo no había tenido mucho acercamiento con el alcohol. Era obvio que Diego se estaba esforzando por mantener una conversación fluida para evitar que yo me aburriera. pero por otra parte. —¿Es que te gusta? —volví a preguntar y pensé que de repente me había convertido en mi querida madre. 56 . —afirmé sin poder evitarlo. pensé para mí misma mientras arrugaba la nariz con disgusto. "Tema equivocado. —respondí con cuidado. ambos sosteníamos un botellín de cerveza. —Es preciosa…—afirmó algo tímido. sintiéndome algo celosa. Pensé que tal vez se debía a que ambos éramos adolescentes y que por ello todo resultaba más complejo. El que Diego pudiera mirar a Violeta con deseo fue algo que no me gustó en absoluto. Diego no me hacía sentir en absoluto lo que sí podía Violeta. Yo tenía suficiente con soportar a duras penas el que mi hermano tuviera puestas sus manazas todo el tiempo sobre ella. Era un chico atractivo y tenía unos ojos marrones verdaderamente bonitos. al parecer contentos por haberme pillado desprevenida y haberme dado un susto de muerte. Pero yo sabía que nunca podría desearlo de esa manera. O al menos. Era realmente halagador descubrir que le gustas a otra persona. Una traca de petardos explotó cerca de nosotros.— Eso también. —Me estabas hablando de Violeta…—me recordó. —De acuerdo… Un minuto después. cada uno disfrutando de la calmada compañía. —¿Cuánto tiempo vas a quedarte? —me preguntó de súbito.—¿Has dejado los estudios? —Siempre fui mal estudiante y era una pérdida de tiempo que siguiera…—dijo sin mirarme. asustándome tanto que casi me hizo caer de bruces de no ser porque los fuertes brazos de Diego me sujetaron en el sitio. Lo miré. —Una semana más. Diego". Un pequeño grupo de mocosos de no más de diez años salió corriendo entre risas. Yo no quería especular con ello. —¿En serio? ¿Por qué tienes tanto interés? Se encogió de hombros. Los años que habíamos pasado sin vernos había provocado que también hubiéramos perdido toda aquella confianza que poseíamos. —Y al parecer os lleváis muy bien… —Violeta es especial. el principio de una. Mandé al diablo las señales que en mi cabeza me avisaban que comenzaba a sentir el mareo propio de una borrachera. —Lo es. —Sí…—contesté cansadamente.

—Me alegra ver que todo te va bien. —Créeme. —Tranquilo…—me reí incapaz de evitarlo. Ginebra se acercó a mí entonces y me cogió de las manos para seguir el ritmo latino que en esos momentos tocaba la orquesta. (dicen que la práctica hace la maña.— Sólo bromeaba. De repente todo el alcohol que yo había consumido se me subió a la cabeza y me anubló los sentidos. —Me hubiera encantado participar. ya sabes… Oí que Diego suspiraba y decidí que me apetecía algo más de acción. además de tener una sonrisa en los labios casi perenne. En realidad…—dudó. —bromeé en un intento por aliviar la tensión. —¿Te has mirado a un espejo? —le dije jocosa. —Papá…—me quejé dándole un ligero golpe en un costado. Cuando volvimos a unirnos al grupo yo ya caminaba sobre una nube. —Tú primero. Se ve que está orgullosísimo. A veces me parece que lo de ayer fue un sueño … —Tu padre tiene esa sonrisa de superioridad en la cara. tu aliento parece una destilería…—siguió burlándose mi hermana de mí. No pude evitar soltar una sonora carcajada y miré a mi hermano. —Extraño humor el tuyo… Me hizo reír de nuevo. A cambio. —Eso es normal en él…—añadí. —Creo que Felipe está frotándose los ojos para acabar de creerse que estés bailando…—me dijo al oído. Fui recompensada con una media sonrisa. pero el trabajo. —¿Vamos a por esos chupitos o no? —pregunté.— Pareces una rusa. tan característica y tentadora en ella. Violeta me estaba observando detenidamente. pensando en mi amado progenitor y sonriendo levemente. —Por supuesto. Mi padre me miró con ligera sospecha y yo me limité a encoger los hombros. —me hizo un gesto con el brazo señalándome al frente. pero mi práctica era. que estaba girado hablando de algo con mi padre y Ricardo. Me permití mirarla con toda la intensidad de la que fui capaz. en este caso.— Sólo pretendía entablar una conversación…—dijo por fin. —Se supone que el alcohol nos debería de hacer más parlanchines. me fijé en los mofletes sonrosados de Ginebra. no lo contrario. más bien nula). —No. no! ¡Ni por un momento! —se apresuró a asegurarme temeroso de que yo pudiera pensar que sus intenciones eran deshonestas. la primera sorprendida soy yo. ¿Qué tal unos chupitos? —¿Intentas emborracharme? —¡Oh. —¿Qué has hecho con Diego por ahí a solas…? 57 . Me olvidé de lo patosa que había sido yo siempre en cuestiones de baile. —Cierto. —Debió de haber sido increíble. ni siquiera tenía ya restos de harina en todo su alto contorno. —¿Qué tal te trata Chano? —No puedo quejarme… Aunque no estaría mal un aumento de sueldo. Sólo que ella parecía haber pasado por el caserón para cambiarse con ropas limpias. y comencé a moverme al ritmo lo mejor que pude. —Diego.Tal vez llevaba en mis genes sus dotes de inquisidora. diciéndole con los ojos lo que nunca me atrevería a decirle con palabras. —comentó de forma casual. felicidades por la pesca de ayer. —Jimena. —dijo mi padre en simpatía. —Por cierto. Sois la comidilla del pueblo hoy…—me confesó. Busqué con la mirada inmediatamente a Violeta y la avisté prácticamente en el mismo lugar donde antes la había dejado. ella no me interesa para nada. espero que estés cuidando bien de mi pequeña…—dijo mi padre medio en broma. De todas formas. aunque ambos fuimos conscientes de que eso no era lo que había pretendido decir en un primer momento. señor O´Donnell. era evidente que los miembros de mi familia también estaban disfrutando mucho de la fiesta. —Gracias. Él era lo suficientemente confiado como para darme ese margen de confianza y pensar que yo sabía exactamente lo que estaba haciendo.

como era lógico. Me conformé con descubrir que al menos ese estado también me permitía no imaginarla con mi hermano… Ginebra y ella se echaron a reír casi con desenfreno. —¿Os apetece algo? —preguntó mi hermana. —¿Acaso no lo has notado? —Bueno…—comencé a admitir.— ¿Qué crees que he estado haciendo? —No lo sé. —cerró los ojos y murmuró un largo "mmm". —En serio. Devoré a mi hermana con la mirada llamándola mudamente traidora. sonriéndome mientras levantaba su botellín y me ofrecía un imaginario brindis. —¡Nada! —me apresuré a decir con voz estrangulada. consiguiendo que mi cuerpo se pegara al suyo. unir la palabra sexo con Violeta era demasiado. Me sentí bien y satisfecha de mí misma por ser capaz de levantar pasiones..— El alcohol no es compatible con el sexo… A mí se me salió disparado de la boca el trozo de limón que aún estaba chupando. —contestó la azafata. —Creo que éste será el último para mí…—anunció Violeta con tono provocador. Casi me desmayo. —Por mí bien. —¿Creéis que he estado haciendo "algo" con Diego? —Era broma. —Tequila.— Quiero decir que me lo regaló él. —Es muy guapo…—me reafirmó.—Parecéis un par de… de… —¿De qué? —inquirió mi bella Violeta. —Podrías haberlo dicho antes. es obvio que le gustas. Ginebra se encargó de pedir las tres copas y al instante cada una de nosotras estaba tragando con algo de dificultad el licor. —¡Basta! —dije con los brazos en jarras. bueno. Violeta se acercó a mí y me pasó un brazo por los hombros.Levanté las cejas con asombro. —¿No? —Sí…—su cercanía me impedía pensar con claridad. Jimena. Por el rabillo del ojo vi a mi hermana hacerle muecas a la azafata con la boca y me giré para reconocer en sus labios la palabra "virgen". Miré a Diego y él me devolvió la mirada. Ellas. — ¿Te lo ha regalado tu novio? —No…—contesté jugueteando con el recién estrenado collar. Violeta. —convino Violeta. seguían riéndose a mi costa. ajena a nuestro intercambio de frases y a mi nerviosismo. —anuncié con premura. pero no es mi novio. En ese momento apareció Ricardo para anunciar algo que me perdí. Pensé en Violeta.— Y te mira de una forma que…. En mi estado ebrio. —Me gusta eso que llevas al cuello…—me dijo casi al oído. —Peligroso. recordando lo mucho que me habían gustado los chupitos que anteriormente había probado con Diego. 58 . Me fijé en que Ginebra estaba discutiendo algo con el señor del puesto. Pero segundos después lo vi alejarse con su hija en hombros y el resto de los hombres de la reunión. Pero creo que ese chico bebe los vientos por ti… —¿En serio? —pregunté como si fuera una inocente colegiala. Por algo te lo pregunto…—me guiñó un ojo como si de repente fuera mi aliada y me estuviese prometiendo que me guardaría el secreto hasta la muerte. incluido Diego. —Las tres solas…—dijo Ginebra mientras nos acercábamos a Violeta. Creo que yo ya he sobrepasado el límite. Por supuesto. Mi hermana frunció el ceño pero no dijo nada. en referencia a mí.

—¿Qué es esto? —me atreví a preguntar al observar el líquido rojo que contenía el pequeño vaso. me sentí desconsolada. —No tengo ni idea. —Es cierto. Violeta me había convertido en un ser vil. Los observé mientras se saludaban y bajé la vista al suelo.— Pero el tipo de la barra me ha dicho que estaba buenísimo. Me pregunté por qué era incapaz de sentir cualquier cosa estando entre sus brazos. ella me regaló una sonrisa. —¿Te lo estás pasando bien? —Mucho. (me di cuenta de que lo que habían ido a hacer era dejar a mi sobrina en casa debido a lo tarde de la hora). Lo tragué sin más dilación. le ofrecí bailar. Ya casi era medianoche y pronto comenzarían los fuegos artificiales. Para cuando regresaron los hombres. Tengo muchas ganas de verlo. se permitió asirme de la cintura. —argumenté sintiéndome con ganas de alardear de mi inesperada conquista. Violeta removió su brazo de mi hombro y yo. Nos miramos unos segundos. Diego se comportó adorablemente. El gesto de acercarme aún más hizo que Diego comenzara a temblar ligeramente. —Uno hacia delante y otro hacia atrás…—me indicó con voz suave. Me pareció estar metida en una de aquellas películas donde los protagonistas intentaban darse celos mutuamente.—Eso también me lo ha dicho Ginebra. Observé que Ginebra y Violeta cuchicheaban algo. Me di la vuelta para buscar a Violeta una vez más. en vez de eso. Diego comenzó una breve charla con ellos y yo me sentí algo fuera de lugar. guiándome a cada paso con gentileza y riéndose suavemente cada vez que yo le pisaba. Mi conciencia se encargó de añadir otro sentimiento más que no era otro que el de pesar por estar usando tan impunemente a Diego para mis fines. —Gracias. de repente demasiado tímida. Deseé con todas mis fuerzas que se girara para encararme. Él pareció estar encantado con todo aquello.— Justo a medianoche hay un espectáculo pirotécnico. Era estúpido e infantil. pero ella estaba de espaldas charlando con el grupo. Ella accedió sin preguntar y la saqué 59 . No sólo era por Violeta. —anunció Ginebra llevando tres vasitos pequeños con ella y repartiéndolos. —dijo Ginebra. Estuve segura entonces de que aquel veneno me provocaría una úlcera cuando lo sentí quemarme la garganta. sino aquel sentimiento de que no era allí a donde yo pertenecía… No era suficiente. cuando nuestros ojos se encontraron. —Lo estás haciendo muy bien…—me susurró al oído. tragando con dificultad. Felipe sacó nuevamente a bailar a Violeta y los celos entonces se apoderaron de mí. —Felipe me ha dicho que después vienen los fuegos artificiales. No estoy muy segura qué es lo que me impulsó a acercarme hasta ella y cogerla de la mano. No sé cómo podía pensar que si hacía aquello lograría mi objetivo. El milagro se obró y lentamente Violeta se dio la vuelta. Cogí de la mano a Diego y. nosotras ya habíamos dado buena cuenta de varias copas más. la de la azafata parecía algo más sombría aunque. En esos momentos sólo sentía ganas de abandonarme a mí misma. puesto que ni una sola vez lo vi quejarse o tan siquiera atreverse a comentar mi extraño comportamiento. El bullicioso sonido de la fiesta se apagó de repente. como siempre que perdía su cercanía.— Eso es… Pensé que no era tan difícil después de todo seguir el ritmo una vez que lo memorizas. Suspiré y hundí el rostro en el hombro de él. Diego siguió dirigiendo la danza al tiempo que me miraba intensamente a los ojos. con la salvedad de que aquí únicamente era yo la que estaba intentando conseguir tamaña estupidez. Pasé los brazos por su cuello y lo acerqué más a mí. —asentí. Miré el reloj. Mientras que la expresión de mi hermana era divertida. cansada de pensar. sorprendentemente. mi mente lo estaba gritando. Me moví al ritmo que imponía la música. Yo seguí bailando con Diego hasta que unos amigos suyos nos interrumpieron. ni tan siquiera sé como le dije "vamos" con aquel tono seguro y autoritario. Sé que detrás de mis intenciones no había otra razón que la de dar celos a Violeta. de vez en cuando robando breves miradas hacia Violeta.

Te lo prometo. ¿Y tú? Negó con la cabeza. Me encantaría quedarme. Comencé a abrirme paso entre la multitud con desesperación. Cerré los ojos e imaginé que encontraba el suficiente coraje como para lograrlo. Ella se giró hacia mí. —De acuerdo. Cuando los volví a abrir evidencié con cierto espanto que no lo había soñado. —Jimena. Partiré por la tarde. —Mañana te vas. En mi interior una voz se rebelaba una y otra vez con la idea de separarme de Violeta. ¿no es cierto? —me dijo algo divertida. —Estás borracha. pensando que tal vez así no le daría tiempo de arrepentirse. Bajé la vista sintiéndome demasiado triste. ya había alguna gente allí esperando a ver los fuegos artificiales. —Quiero que veas algo. —contesté sobriamente. Violeta me estaba haciendo una promesa. —¿Estás bien? —¿Por qué lo preguntas? —inquirí. A mí aquello me sonó como si me estuviera prometiendo amor eterno. Le indiqué que se sentara en el suelo y yo hice lo mismo. tomándome una mano entre las suyas. No pude evitar colocarme lo suficientemente cerca para que nuestros muslos y hombros estuvieran en contacto. Ya verás. Violeta se giró hacia mí y ambas nos miramos fijamente. Te noto algo rara. Cuando llegamos al sitio en cuestión.de la plaza sin soltarle la mano. Allí estaba yo. A pesar de la oscuridad tuve la certeza de que ella había fruncido el ceño. No sé cuanto tiempo pasó hasta que Violeta se apartó de mí. pero me es imposible. esto está muy oscuro…. Incluso pude sentir la suavidad de sus labios contra los míos. Me pareció una buena idea aprovechar aquel recuerdo como una manera de tener a Violeta para mí sola aunque sólo fuera durante breves minutos. —No lo sé.— Verte sonreír es un placer… Enlacé los dedos entre los suyos y ambas fijamos la vista al frente cuando el ruido atronador del primer cohete sonó por encima de nuestras cabezas. Ella simplemente resplandecía más. Pasará poco tiempo antes de que volvamos a vernos. así que decidí alejarme aún más. Yo bajé la vista hacia su boca. —añadió. —Sólo un poco. ¿verdad? —Sí. una y otra vez. La luz centelleante nos iluminaba y yo no pude evitar girarme hacia Violeta para apreciar su rostro bañado por aquella luminosidad. me pedía que lo hiciera. —A estas alturas deberías estar acostumbrada a mis rarezas. Deseaba tanto acercarme hasta ella y probarlos… Lo deseaba tanto que incluso me dolía. Una enorme sonrisa apareció en mi rostro. —¿Adónde me llevas? —me preguntó. Mientras nos alejábamos. 60 . Recordé que de pequeña mi padre me solía llevar a un descampado cerca del pueblo para que viera el espectáculo de cerca.— ¿Qué ocurre? —Voy a echarte de menos…—confesé en un arrebato de sinceridad. moviendo tímidamente los labios. Será estupendo. —Jimena…—me llamó quedamente. Incluso eso me bastaba. con mi boca cubriendo la suya. —Así me gusta. —¿No va a venir Diego? —No. Durante segundos no pude apartar la vista de su precioso rostro a pesar de que mi mente. —Han sido unos días increíbles…—murmuró. ¿qué es lo que quieres enseñarme? —Desde aquí lo veremos mejor. ella fue la primera en hablarme. —No estés triste por eso.

como dándome tiempo a recuperar toda mi valentía. Violeta se giró hacia mí y me tiró del brazo para colocarme enfrente de ella. —¿Qué sientes por mí? —me preguntó mirándome casi con desesperación. La vergüenza me hacía incapaz de decirlo a viva voz. Hundí la cara en la almohada mientras las lágrimas hacían acto de presencia y me sumían aún más en la desesperación. Estaba segura de que para Violeta era tan obvio como lo era para mí que la amaba.— ¿Dónde están los demás? —Aún están en la cama. —Tienes un aspecto horrible…—expuso Isabel. ¿Quieres desayunar? —preguntó mi madre. —Buenos días. aunque me hubiese gustado gritarlo. —¿Qué? —dije con la voz entrecortada. Arrugué la nariz con disgusto. —Deberíamos volver. Aún así me erguí y ambas hicimos el camino de vuelta en silencio hasta que. Yo sabía que no había sido eso. A la mañana siguiente me desperté con un agudo dolor de cabeza y la boca pastosa. —Oh. Sabía que si encontraba repulsión en su mirada no sería capaz de superarlo. Sopesé la idea de ofrecerle un "lo siento". —Gracias. Ahora ella sabía que yo la amaba. Mi mundo se rompió al caerme a los pies. "¿Una llamada?". —Al parecer Violeta recibió una llamada y tuvieron que partir de urgencia. hermana. —murmuré. Sólo a ella. Dentro de mí había un inmenso temor a lo que pudiera yo ver en sus ojos. Al llegar abajo la casa parecía estar en completo silencio. Felipe y Violeta se fueron anoche. Violeta se levantó lentamente de su sitio. Mi resaca era tan grande que el pensamiento de tragar cualquier alimento me daba náuseas. "Mañana será otro día". aunque su voz no sonó fría ni enfadada. ofrecer una sincera disculpa. pero pensé que quizás ella tenía que oírlo de mi boca. —Hola. llegado el momento. Yo sabía que mentir era inútil. Jimena. Violeta me había abandonado. Ya no tenía nada que perder.Para mí fue como si hubiese descubierto la eternidad. Jimena…—se lamentó y su lamento fue lo último que oí de ella esa noche. La realización de lo que había hecho me llegó a solas en mi cama. Ahora yo había desnudado mis sentimientos. 61 . —Te quiero. Me dirigí a la cocina y allí encontré a mi madre y a Isabel. suspirando mientras lo hacía. —alegué yo irónicamente. Me di una larga ducha que ayudó a despejarme y cuando me vestí y acicalé correctamente decidí que ya no podía evitar por más tiempo el bajar las escaleras y encararme con Violeta. Yo sólo pude sonreírle. de repente. Sólo me quedaba esperar a su reacción. Menos papá que ha ido a dar un paseo con Cristina. Regresamos en completo silencio y volvimos a unirnos al resto. El sonido de los fuegos artificiales me parecía insufrible a ese punto y cerré los ojos ante la punzada de dolor que inundó mi pecho. Pero ya no podía borrar lo que hice. poco después de llegar de la fiesta. Cómo me dolió comprobar eso… —No…—dije trémulamente. pero yo no estaba dispuesta a renegar de mis sentimientos sobre todo porque no poseía ninguna autoridad sobre ellos. Poco después abandonaba la fiesta junto con mi padre. Eché a correr sin importarme los comentarios que suscitaría mi reacción y salí al exterior de la casa sólo para comprobar la ausencia de los dos coches. Simplemente no había nada en su voz o en su semblante que me indicara cualquier cosa. Estaba segura de que la había perdido para siempre. me repetí una y otra vez hasta que esa letanía me indujo al sueño. —dijo. Espero que no sea nada grave. Ella era demasiado importante para mí. Me sentí perdida y con unas inmensas ganas de llorar. Me di la vuelta y allí estaba Diego. Estaba segura de que repudiaría el alcohol por el resto de mis días. Bajé los escalones sin prisa. tal vez sí pudiera explicarlo y.

sesga… El amor no correspondido simplemente te quita la vida. Miré a mi padre una última vez antes de encerrarme nuevamente en la habitación y cerrar con ello un episodio de mi vida del que estaba segura jamás lograría recuperarme.— ¿Qué ocurre? Yo era incapaz de contestar. —Jimena.Me odié a mí misma por no haber sabido conservar lo único bueno que había en mi vida. agarrada como si la vida se me fuera con ello a la balaustrada de madera. —me llamó preocupado. —¿Jimena? Dime que ocurre… "Quiero morirme. mutila. 62 . Algo en mi interior me decía que no volvería a ver a Violeta. que ella se había alejado de mí para siempre. El amor duele. castra. Mi padre apareció entonces junto con mi sobrina y me vio apoyada allí. Violeta se lo había llevado todo con ella esa noche. Me repetí una y otra vez lo fracasada que era y que seguiría siendo. Reprimí las lágrimas como pude. dejar de existir". cerrando los ojos con fuerza.

Supongo que mis sobrinos fueron. Ya ni siquiera soy capaz de distinguir el amor de la obsesión. realmente me gusta. Siempre les había dado a los demás lo que esperaron de mí. puedo deshacerme de su hechizo. No fue difícil. No encuentro manera alguna de sacarla de mi corazón. sintiéndome vacía sin saber cómo no sucumbir a la tristeza. No me importaba comportarme de forma absolutamente ridícula en presencia de mis niños. Después de acabar mis estudios y conseguir mi primer trabajo. más de lo que nunca pudiera imaginar. Me resultaba tremendamente paradójico que cuanto más adulta me hacía. pero duele. ha perdurado impoluto a través de todo este tiempo. Puedo perderme en ellos e imaginar que algún día también podrían mirarme de la manera que la miran los míos. a pesar de que sigo en mi empeño de no disfrutar de las relaciones humanas como el resto. Era lógico que con el paso de los años nuestras diferencias se hicieran más evidentes y el hecho de que yo me encerrara en mí misma no ayudó en absoluto. Y supongo que eso mismo será lo que la siga manteniendo en el mismo sitio. ¿Qué diría él de mis obsesiones? ¿Qué pensaría si le dijera lo que siento? Si de algo estaba seguro es de que yo no había descubierto aún cuál era mi lugar en el mundo. personas que sin embargo no lograron hacerme dimitir de mi búsqueda. yo la aceptaría con una sonrisa. sin embargo. Mi elevado coeficiente siempre me permitió pensar que al menos mi carrera profesional no iría a la deriva como el resto de mi vida. Mi amor. A decir verdad. tan sólo supe de su vida por algunas ráfagas de algo que comentaba Felipe. Creo que mi hermano nunca perdió la esperanza de tenerla. intocable. querría seguir sumida en mi mundo de sueños junto a ella y no despertar jamás aún sabiendo que no es real. En estos ocho años no volví a ver a Violeta. se empeñó en conseguirme un ático a cinco kilómetros del hospital donde yo trabajaba. Ocho largos y laboriosos años. Me encanta mi trabajo. Yo había aprendido con ellos a adorar incondicionalmente a los niños. Para mí demasiado tiempo atrapada en mi desconsuelo. A veces simplemente. Tenerla en mis pensamientos y negarme a que me abandonara allí también quizás haya sido un error. Mi obsesión fue lo que la mantuvo en mi pensamiento durante todo este tiempo. Ni siquiera en ese estado de inconsciencia que produce el sueño. La huella que ella me dejó es imborrable.Capítulo 4 Cadenas que se ciñen Han pasado ocho años. Mi padre. los culpables de esta decisión. perenne. así que acabé la carrera y me especialicé en pediatría. o los sueños de la realidad. sabía que tenía que hacerlo. Cada día que pasaba me fui desvinculando más de mi familia. más temor me provocaban las relaciones humanas. Me siento amada a mi alrededor. decidí que era hora de independizarme. Pero ella nunca vio cuánto pude amarla. Su respuesta fue clara. Me dijo que todo lo que había conseguido en la vida era por nosotros y que ello nos pertenecía por derecho. en su mayoría. Me siento querida a mi alrededor. Nunca permití que así fuera. El por qué ni tan siquiera yo lo sé. Otras personas han pasado por mi vida. cosa a lo que yo me negué. Pero si ésa fuera la única forma de tenerla a mi lado. Al principio fue difícil. y lo que es más importante aún. Me mostró que era capaz de amar como el resto del mundo. Nada se salió de lo convenido. Lo amaba demasiado. Fue así como empecé a vivir una vida de adultos de verdad. Sólo que no sé siquiera por dónde empezar. 63 . Yo no he podido olvidarla. Tal vez nunca dejaría de ser una niña en mi interior. Comencé a hacer las prácticas en un hospital y pronto obtuve un puesto en mi especialidad. No creí que el amor doliera tanto. Creo que no he conseguido otra cosa que elevar a Violeta en un pedestal. ¿Para qué quería todo aquello si no nos servía de nada? Así que acepté. jamás pude negarle nada a mi padre. Él siempre mantuvo contacto con ella y yo sabía que eran múltiples las ocasiones en las que se veían. Por supuesto. por increíble que parezca. pero me obligué a seguir firme. aunque siempre tuve la extraña sensación de que para él le era tan desconocida como para mí. Pero mis compañeros parecen haber visto algo en mí que les hace aceptar ese hecho. incluso que era capaz de hacerlo con una intensidad difícil de igualar. Tal vez no esté hecha para la vida como los demás… Tal vez no he encontrado aún mi verdadero camino. mi vida siguió su curso como si fuera un río. Me enseñó el significado de muchas palabras sin pretenderlo. seguía teniendo dificultad para comunicarme con los demás. He tenido ocho años para comprobarlo. me siento respetada. Sólo mi padre siguió intentando atravesar las defensas que yo me había autoimpuesto. Sus ojos siguen alterando la calma de mis sueños. por supuesto.

nadie ha venido a decirnos nada…—se le rompió la voz al no poder evitar el llanto una vez más. Aún así. pero sin ver nada realmente. —¿Dónde está? —Aún lo tienen en la UCI. Mis hermanas tenían los ojos hinchados y acuosos. y que aún perdura con cada latido. donde ya esperaban mi madre. Tomé varias bocanadas de aire en un intento de no desfallecer. El dolor que sentía casi no me dejaba respirar. maldije mis piernas por haberme traicionado. pero fallando miserablemente en mi empeño. sino el del teléfono el que sonó. Su corazón se había roto como el mío. he disfrutado… ¿es eso a lo que se refieren con felicidad? ¿o se parece más a lo que sentí cuando mi boca se unió a la del ser que más he amado en esta vida? Quizás debería describir lo que sentí. mi apoyo. en mi pequeño pero acogedor ático. He aprendido a mantener una relación cordial con las personas que me rodean y dejar de esconderme en mí misma. pero que me empeñaba en no pensar. mi madre había conseguido encerrarse en otro abrazo. Yo tuve la impresión desde el primer momento que no volvería a ver a mi padre. Llegué a la pequeña salita de espera. recolectando mis pensamientos. casi sin mirar a nada más que al frente. Habían llorado. Ahora estoy aquí. me senté en una de las frías e impersonales sillas verdes del hospital y me tapé los oídos. pero en mi caso debe ser algo que borre todas las dudas y los miedos. Me apresuré a cogerlo con una extraña sensación en el estómago que pronto supe que era de angustia. Observé las luces de la autopista lindante a la clínica. que me pregunto si yo habré nacido sin ese gen. algunos de mis tíos y primos que se empeñaban en preguntarme que cómo me sentía. creyendo así que lo retrasaría para siempre. Mi madre me abrió los brazos para abrazarme y yo la acepté a pesar de que no era eso lo que necesitaba. Pero no fue el timbre de la puerta. tan llena que no me dé tiempo a pensar. Se me hacía imposible pensar que no volvería a tenerlo a mi lado o que simplemente no volvería a escuchar su voz o su risa. sólo que el suyo se negó a seguir latiendo. Después de haber estado sentada en los aparcamientos del hospital durante al menos media hora. Yo aún había sido incapaz. Casi lo sentí yéndose. Yo estaba segura de eso. Los inconfundibles sonidos del llanto contenido comenzaron a desesperarme. hice algo igual que el resto de las personas. 64 . Atravesé los pasillos con la costumbre de quien lo hace cada día. he reído. Isabel y su marido. en su voz hasta que sentí que no podía respirar. Pero sólo me limité a asentir.Pero sigo buscando. en su sonrisa. Me levanté y fui hacia la ventana. —Jimena…—oí que me llamaba Ginebra. Delante de mí iban pasando familiares. Fui hacia el extremo más alejado de la sala. Busco algo que me haga sentir plena. quizás he sido más feliz en un minuto de lo que lo ha sido la mayoría de la gente en toda su vida. sabiendo que ésta era la última vez que todo había sido igual. Perderlo supondría tener una herida que no cerraría jamás. Volví a mirar la escena familiar. pero yo no me atreví a dar un paso. Todos a mi alrededor parecen tan felices. me decidí a entrar en el recinto que en tan sólo unos segundos se había convertido en mi sepultura. la desesperanza que una vez. aunque mis piernas comenzaban a flaquear. dudo mucho que alguna vez imaginen la pesada carga que llevo sobre mis hombros. Las puertas del elevador se abrieron demasiado pronto. esperando a oír el timbre de la puerta anunciando que mi cena había llegado. que ya comenzaba a darme náuseas. Colgué el auricular anunciando un leve y casi inaudible "voy hacia allí". hace ocho años me inundó. ésta vez en el de Isabel. Eso me resultaba fácil. No quería hacerlo. Seguramente ella sí. A mi mente llegaron imágenes de mi padre. así que seguí pensando en él. Quizás esperaban que les respondiera que yo también me estaba muriendo y que deseaba hacerlo en ese mismo instante. mi punto de referencia. Levanté la vista hacia ella y me aparté de mi madre. Ginebra. Cuando por fin sentí que estaba avanzando. Quería atormentarme y lo estaba consiguiendo. lo desdichado que es mi corazón. Sólo tuve tiempo de recoger una cazadora antes de salir por la puerta de mi casa. no tenemos ni idea de lo que pasa ahí dentro. Por una vez en mi vida. Tomé el ascensor que me llevaría a la unidad de cuidados intensivos. Sentía la necesidad de sacar la cabeza fuera y respirar otro aire que no fuera el del hospital. nadando a través de los canales de televisión. Mi padre era un todo para mí. ¿Qué es realmente la felicidad? ¿Es un estado consciente o inconsciente? Muchas cosas me han hecho feliz. La dulce voz de Ginebra me anunció algo al otro lado del hilo que yo sabía que llegaría en cualquier momento. ¿No es lo que buscamos todos? Yo creo que sí.

—Jimena… La visión delante de mí se nubló. ahora eran las tres de la tarde. pero no me importó. sin otra cosa que hacer cuando no dormía que mirar el techo de mi casa. Me giré para mirarla. me permitió dejar de pensar en mi padre. Una de ron añejo. casi tanto como yo. cuando el teléfono volvió a sonar un par de veces azorándome cada vez. saqué varias botellas que guardaba en una de las despensas. No me quedé allí para ver cómo todos a mi alrededor se derrumbaban. ya la mañana se había ido. Eso me dolió. como esperaba que fueran. Dejé de registrar la realidad incluso. a pesar de que su voz retumbaba en mis sentidos. Pensé que eso lograría aliviar algo mi dolor. No quería hacerlo. —Jimena…—repitió otra vez. mi autocompasión y el egoísmo que eso conllevaba me lo impidió. Mi contestador marcaba intermitentemente cuatro mensajes nuevos. Mis sueños fueron desapacibles. Me levanté del sofá y me metí en la ducha. algo que me pareció realmente placentero. No los escuché. Miré el reloj. podría decir que ella no estaba sufriendo con sinceridad. Los cerré en cuanto sentí el dorso de su mano acariciando mi mejilla. Aquél día lo pasé por entero encerrada en mi apartamento. pero no en Violeta. echando los cortos mechones de pelo rubio tras mi oreja. Yo no existía para nadie y nadie existía para mí. Como tampoco acudí al funeral. Con paso firme me dispuse a salir de aquella celda. e incluso. cansados de no obtener respuesta de mí por teléfono. Envuelta en mi bata. Fue ésta última por la que me decidí a empezar. como cuando sientes que se te sube la adrenalina y duele. No sé cuánto tiempo estuve bajo ella. Se había acabado. La misma voz que creía con total seguridad que no volvería a oír. No lo hice. otra de whisky y una tercera de vodka. Pensé que subirme al alféizar de aquella ventana y dejar que mi cuerpo cayera al vacío sería una buena idea. pero eso me facilitó las cosas. Fui la última en dirigir la mirada. Oí que tocaba el timbre. Esta vez no abandoné la esperanza de que fuese por mí. concentrada como estaba en Violeta. Reconocí los pasos como los de mi hermano Luis. pero lo cierto es que no sirvió de nada. Ignoré el irritante sonido hasta que calló. El teléfono sonó demasiado temprano a la mañana siguiente. Me concentré en aquella voz que pronunció mi nombre. ignorando a Violeta que me llamaba. Si hubiera alguna forma de arrancarme los sesos lo hubiera hecho sin dudar… Durante los tres días siguientes no recuerdo haber pasado mucho tiempo sobria. Nadie. Lo primero que vi fue que seguía igual de bella que siempre. al igual que reconocí aquella expresión que siempre ponían todos cuando eran noticias sin solución. Antes de irse deslizó un papel doblado por debajo que horas más tarde leería. decidí volver a echarme sobre el sofá. que aporreaba la puerta incluso. Incluso sé que quiso salir detrás de mí. Llegué a mi apartamento tan agotada que sólo tuve que estirarme en el sofá para caer rendida. unos pasos tan erráticos como su personalidad. Y en Violeta. Ninguna de las dos sabíamos qué hacer a continuación. El sueño era lo único a lo que me apetecía enfrentarme. 65 . Yo seguía mirándola mientras ella buscaba algo en mi rostro que yo no pude imaginar que era. Sentí una aguda punzada de dolor justo en el entrecejo. En él se me anunciaba que ese día enterrarían a mi padre. quería gritar. Lo reconocí como el jefe del departamento de cardiología. Bebí y bebí hasta que de alguna manera logré calmar una ansiedad para la cual no había cura posible. como parecía que hacía en las películas. alguien se atrevió a venir hasta mi casa. Al siguiente día. al vetusto hombre envuelto en una bata blanca que se acercaba para hablar con mi madre. pero fue el suficiente como para agotar el agua caliente y salir tiritando de forma descontrolada de la bañera. Por el contrario. Siempre pensé que eso era algo común en mí. está muy preocupada por ti". opté por simplemente arrancar el cable de la pared y callarlo de una vez por todas. El mundo entero podría olvidarse de mí. ―¡Callaros!‖.Oía las voces a mi espalda. Acababa con un simple: "Llama a mamá. Yo la esperé sin apartar mis ojos de su rostro. Mi propia miseria. pero mi hermano Felipe se lo impidió. a no ser que estuviera ciego. Vagué sin rumbo fijo en el interior de mi coche durante horas. que supuse que serían de mi madre o de alguno de mis hermanos. Todo el sufrimiento que llevaba dentro se acabaría entonces con enorme rapidez. Vi que extendía su brazo hacia mí para tocarme. llantos sofocados… Aquello me estaba desquiciando. la hora y el lugar exactos. Todo quedó atrás. voces de lamento.

La bata que cubría mi cuerpo se abrió. Intenté esconderme el rostro con las manos. y cogió una esponja para frotarme el cuerpo. Ella fue la primera en darse cuenta de que me deslizaba torpemente al suelo y me cogió al vuelo. Sin mover un músculo de su cara. Puso jabón sobre ella y la pasó primeramente por mis hombros. la cerró de nuevo y pasó a tomarme el pulso en una muñeca. Detrás de la madera apareció la figura esbelta y bien abrigada de Violeta. —Jimena…—me llamó. tuve la certeza de que había amor en los suyos también. Pero ahora va siendo hora de que comiences a aceptarlo. me acercó hasta sí. Fue entonces cuando vió las tres botellas que reposaban encima de la mesilla del café como si fuesen un trofeo. dejándome caer sobre él con cuidado. El sofá fue lo primero que debió ver. Incluso yo pude oír la estridente voz de mi progenitora preguntando por mí tantas veces como le permitió el minuto que duró la conversación. casi vacías. Un llanto ebrio. mientras Violeta trataba de calmarla lo mejor que podía. (no supe con exactitud en qué momento se había deshecho de su abrigo largo). Sentí que dejaba de frotarme el pecho y que me miraba. pues hasta allí se dirigió directa. haciendo que mi desdichado amor me empapara como el agua de la bañera. —le respondí. ella me estaba viendo así. Supuse entonces que estaba llenando la bañera. Sin pensar. —Apuesto a que ni siquiera has comido. Me quejé al notar el agua demasiado caliente y ella pareció sonreír ante su descuido antes de abrir la llave del agua fría. ella estaba de vuelta. Marcó un número y la oí hablar con mi madre. Yo busqué con ahínco cualquier atisbo de expresión que no fuera esa seriedad que casi empañaba sus preciosas facciones. me levanté tambaleante del sofá aún bajo los efectos de la última de mis borracheras y abrí la puerta.—¡Abre la puerta. evitando así la caída. no lo vuelvas a hacer… No lo vuelvas a hacer…—repitió. — ¿Por qué? Me ayudó a entrar de nuevo en el interior del ático. pero decidida a pedir que me dejaran de una vez por todas en paz. — Casi me muero al verte así. Mis sentimientos. pero ella me lo impidió bajándolas cada vez que intentaba acercarlas a mi cara. se subió las mangas de su camisa de seda hasta el codo. Mientras el agua subía de nivel y la bañera terminaba de llenarse. 66 . Sin importarle que yo estuviera del todo mojada y que arruinaría su blusa. Luego sentí que me alzaba en el aire y que me llevaba en sus brazos hasta depositarme en la bañera. dejando mi cuerpo desnudo ante su visión. —me miró para asegurarse de que yo tenía mi atención puesta en ella. Cerré los ojos ante la repentina punzada de dolor que me sobrevino en las sienes y que hizo tambalear todos los cimientos de mi cuerpo. como si me estuviese abrazando. Yo estaba rota. —¡Dios mío! —sofocó un grito. La oí dirigirse al baño y después percibí el rumor del agua cayendo. dándome un ligero beso en los labios para después abrazarme. y lo que era peor aún. Prosiguió en cuanto supo que así era. Devolvió el teléfono a su correspondiente lugar y se alejó de mí otra vez. aunque creo que sabía tan bien como yo que era incapaz de responder. Yo apenas podía mantener mi cabeza derecha. Mi estado tenía que ser lamentable para que ella tuviera aquella horrible expresión en su bello rostro. cerrando la puerta con un pie. Jimena! ¡Sé que estás ahí! Abrí los ojos asustada. — Tengo que llamar a tu madre antes de ocuparme de ti. Mis ojos encontraron los suyos y a pesar de que las lágrimas nublaban casi por entero mi visión. Yo le eché los brazos al cuello para asirme y durante un breve instante sentí que me apretaba contra sí. Para cuando volví a abrirlos. Se dio cuenta de que mi deplorable estado se debía al alcohol. —comenzó a decirme. — Entiendo por qué has hecho todo esto. —Eres demasiado inteligente para esto. Está muy preocupada e incluso estaba a punto de llamar a la policía. Alguien aporreaba de nuevo mi puerta. se concentraron ahora en ella. ya desbordados por el alcohol. Me hizo sentar sobre el sofá para deshacerse de la bata que me cubría. Me dio la espalda y sacó el celular de su bolso. —Te lo prometo. —¿Qué te has hecho? —me dijo. Eso me hizo romper el llanto. —suspiró.

Durante los últimos tres días. puesto que cuando salí del servicio. —Sí. sentada allí. sonriéndome como sólo ella sabía hacer. — O tendré que llevarte al hospital a que te pongan uno de esos molestos sueros… Yo desconocía por completo aquella faceta amedrentadora de Violeta y. — Me gusta así. francamente. Violeta me había vestido con mi pijama de franela y había añadido también a mi atuendo unos calcetines. —¿La quieres? —me preguntó. sentí ganas de seguir comiendo. ya me esperaba por fuera con un vaso de agua en una mano y una pastilla. ¿Alguna duda más? —preguntó algo burlonamente. Me levanté con intención de dirigirme a la cocina. me lo impidió. Y seguí haciéndolo hasta que ya no quedaba nada en el plato. esta vez por el intenso y apetitoso olor que salía de mi cocina. Así que asentí con la cabeza y la seguí hasta la pequeña mesa de la cocina. y ahora mismo. Nada más llegar el sabroso caldo a mi paladar. La hubiese amado más de haber sido posible. Su expresión cambió de amenazadora a aliviada cuando vio que me metía una cuchara llena en la boca. 67 . —Es que yo te quiero. Sólo tuve que recapacitar unos segundos para recordar lo que había pasado antes de caer dormida de nuevo. —Aunque éste nuevo corte de pelo tuyo te hace parecer una adolescente rebelde… Ante ese comentario. tuve que hacerle una visita obligada al baño. Me senté y cogí la cuchara. una vez más. Más tarde volví a despertar de mi sueño. al darme cuenta de la hora tardía que marcaba el reloj. La sorpresa se reflejó en mi cara. —dije con voz seca. En vez de eso estiró el brazo y volvió a enredar sus dedos en mis mechones de pelo rubio. —Primero tendrás que comer. hablando con aquel tono y mirándote con fiereza. Violeta me dio la pastilla y yo la tragué con avidez. —me instó Violeta. pero no dijo nada. Me erguí de la cama y quedé sentada al borde del colchón. Violeta debió saber que me había despertado por el ruído de la cisterna. dudé de que pudiera tomar siquiera un sorbo de la sopa. —Supongo que dentro de poco tendrás que irte…—dije triste. En esos instantes me hubiera tragado un elefante de un bocado por esa pastilla. —¿Por qué? —Para asegurarme de que estás bien. — No te portes demasiado bien conmigo o comenzaré a pensar que me quieres. Pero antes. Me miró. —dijo con absoluta seriedad. —dije. —Cuidado. —Tan sólo pruébala. —Gracias. donde ya me esperaba un plato humeante que distinguí por el olor que era sopa de pollo. —protestó suavemente. me quedaré aquí esta noche. Recapitulé los últimos acontecimientos y caí en la cuenta de que debí haberme dormido en sus brazos aún estando en la bañera. —Te has hecho mayor…—fue como si fuera la primera vez que se hallara consciente de ello.La única persona en el mundo capaz de devolverme la cordura me había hecho el inmenso favor de preocuparse por mí. —No. Y porque quiero. en la otra. puesto que no recordaba nada posterior a eso. Pero ella la apartó en el último momento. —afirmó. Pero Violeta. Como había prometido. que ahora caían descuidados sobre mi frente. alcé las manos para ordenar en algo mi desastroso pelo. podía resultar muy persuasiva. no había satisfecho a mi estómago con otra cosa que no fuera alcohol. —No. que me enseñó nada más verme. La miré. Yo fui inmediatamente a tomar la pastilla que sabía que aliviaría el martilleo incesante de mi cabeza. Ella me observaba desde el otro extremo de la mesa.

— No querrás saberlo. —Sigues teniendo esa idea equivocada de mí. porque aquella mirada que me dirigió fue la más fiera que he visto jamás en toda mi existencia. lo que me valió otro pinchazo en las sienes. Algo sentí en mi centro que se transformó en forma líquida entre mis piernas. —me reí ligeramente. 68 . Has heredado su destreza con la lengua. aún así lo ignoré. —anuncié. —juraría que vi cómo el azul de sus ojos se oscurecía. —¿No a qué? —preguntó. Es más. Abrió mi armario y buscó algo que ponerse. —Han pasado ocho años… Pero supongo que eso da igual…— mastiqué las palabras llena de rabia. Seguramente le habría echado un vistazo a mi sofá como para saber que con su altura no cabría en él. Me dirigí al baño y me cepillé los dientes antes de meterme en la cama. La cama se movió bajo el peso de su cuerpo mientras se metía bajo las mantas. Salí de la cocina lanzándole una risita de medio lado que le demostró que no me había disgustado en lo más mínimo sus palabras. y recogí mi plato para depositarlo dentro del fregadero. —De acuerdo. —Jimena…—me llamó. Quizás sólo estaba cansada de estar de pie. Creo que fue la realización de que yo podría tener una vida sexual activa o que quizás estaba con alguien lo que la hizo volver a sentarse. Sabía que sólo era un capricho de adolescente … Sentí ganas de reírme a carcajadas. nerviosa. Nunca podría. Si me fui de aquella manera fue por ti. —Siempre me he preguntado qué es lo que pasa por tu mente cuando me miras de ese modo. Yo dormiré esta noche en el sofá. si quieres algo sólo tienes que llamarme. Y esta noche no espero visita. No deseaba añadir más confusión a tu… —¿Confusión? —alcé la voz. Desde ese momento ambas nos quedamos inmóviles. Bajo las mantas esperé hasta que la oí salir de la cocina. La miré. Sacó una camiseta y terminó de desabrocharse la camisa y el sujetador. —No creo que tengas idea de lo que verdaderamente me hizo perder el rumbo… —¿Tenemos que discutir esto ahora? —con esta frase me mostró todo su malestar. entrar en el lavabo y posteriormente en mi habitación. —Me voy a la cama. Seguramente me provocaría un ataque al corazón. —No. Mientras avanzaba por la alfombra hasta el extremo contrario de mi cama. Tragué ante tan maravillosa visión de su espalda. no quería ver lo que la visión de su trasero me haría. —rebatió ella poniéndose en pie. ya no tiene caso. Hace mucho tiempo que te he olvidado. Hubiera asustado hasta a una pantera. Acababa de nombrar mis sentimientos hacia ella como un capricho de adolescente. Me pregunté cómo lo llamaría si le dijera que ese capricho de adolescente aún seguía tan vivo como el primer día y que verla de nuevo sólo había sumado en mí mayor desesperación por no tenerla. —Olvídalo. Le hablé dándole la espalda. La cama era lo suficiente grande como para no tocarnos y dormir con espacio. yo estaría yaciendo sin vida sobre el suelo de mi cocina. La tenía a tan sólo dos pasos de mí. Me moví hasta quedar de lado. esperando que el sueño nos venciera. sintiéndose ya algo molesta ante tanta cabezonería. —No esperaba menos de ti. Es tarde tanto para lo uno como para lo otro. Hay suficiente espacio en la cama para las dos. —me soltó irónica. —me levanté. —¿Por qué te empeñas en pensar que no me importa nada de lo que tenga que ver contigo? —Me da igual que te importe o no. —Por supuesto que no. —Cada día te pareces más a tu madre. aún así no podía alcanzarla. Si las miradas matasen. mi corazón se aceleró tanto que creí seriamente que me saldría por la boca. —No hay necesidad de que duermas en el sofá. —¿Perdona? —Eras demasiado joven para saber con exactitud qué era lo que querías. —me dijo. De espaldas a mí comenzó a desvestirse con la única claridad de una de las luces del pasillo que permanecía encendida.—Eso es algo muy difícil de creer. Seguía sin gustarle hablar de sus sentimientos. Seguí sus movimientos con mis oídos.

—Lo siento mucho. ella jamás me había tocado tan repetitivamente. —respondí. —contesté. Pero mis opciones eran tan escasas y mis artes 69 . —Sí. Después de todos estos años. Me acarició la mejilla con la mano. le dije la verdad. fingiendo indiferencia. —No. No sabía que tuviera tanto pavor a lo que ella pudiera responder. sabiendo que ése era uno de esos vacuos tópicos que servían para cuando eras un completo desastre con las relaciones. —interrumpí mordaz. —No. quería mostrarle que tenía una vida interesante. —dije. Era la tercera vez hoy. Fruncí el ceño. —No lo sé. ése es justamente el adjetivo que yo utilizaría. Aún así. aún así mi garganta emitió un extraño ruido. Sofoqué una risa tan rápido como pude. No podía soportar el hecho de que estuviera tan cerca de mí y que yo no pudiera sentir al menos su calor. —¿Qué hay de ti? ¿Estás con alguien? Apreté tanto los dientes que me dolieron. Violeta. Su rostro más precioso aún bañado por las tenues sombras. Aunque no fuera cierto. —me dijo consternada. de hecho la he encontrado. —Sí. —Date la vuelta. —Mujer. Antes de dormirme. —me instó. no me dio ninguna oportunidad de explicarle cuánto la amaba. —zanjé cualquier comienzo de una nueva conversación y me di la vuelta. —me preguntó muy seria. —Jimena…—me llamó y yo pude notar cierto cansancio en su voz. —Buenas noches. —¿Y qué pasó? —Ella no quiso escucharme. Hice lo que me ordenó y la encaré. Necesitaba encontrar la manera de acercarme a ella. —Hombre o mujer. —¿Escucharte? Para mí estaba claro que de quien hablaba era de Violeta.—¿Qué? —¿Hay alguien en tu vida? Dudé en qué responderle. pensé en la posibilidad de abrazarla con la excusa de estar bajo los efectos del sueño. Eso me dolió profundamente. queriendo saber si mis gustos se decantaban por lo mismo que la última vez que me había visto. eso me extrañó. —Buenas noches. —Yo también. —¿Pretendes decirme que aún no has encontrado a una mujer maravillosa que te haga feliz? Me amparé en la cierta oscuridad para mirarla con toda la intensidad que deseaba antes de contestar. ella seguía sin poder creer que entonces la amara sinceramente. pero la protagonista parecía querer omitir ese hecho y estaba concentrada en sonsacarme más información como si se tratara de otra persona. —¿Por qué no estás con nadie? —Porque supongo que no he encontrado a la persona adecuada. Quería parecer segura de mí misma. —¿Qué clase de respuesta es "no lo sé"? —Mi vida es demasiado complicada como para explicar… —Tal vez dentro de ocho años más por fin esté preparada para entenderla. —Debe de ser una estúpida por no haber sabido apreciar lo que tenía.

Un incómodo silencio sobrevino. —Sólo tengo de chocolate. Él lo había hecho todo por mí. Echó los cereales en su cuenco y luego la leche. —le dije sin saber si le gustarían. Si él pudiera verme ahora. "Adorable". me paré en seco. lentamente abrió los ojos para mí. pensé con ironía. Deseché el pan a un lado y sin mirar a Violeta hablé. Salí de la habitación y antes de comenzar a poner la mesa para el desayuno. —Crepês con mermelada de arándanos. Todo vestigio de hambre se esfumó para mí. no quería seguir pensando. Siempre pensé que cuando me enamorara sería maravilloso. estoy segura de que estaría sufriendo por mi atribulada vida. me tomaba una rebanada de pan blanco con mantequilla y una loncha de jamón. Yo. —dijo al fin con la voz ronca. a un ritmo que me avisó de que ya estaba dormida. —rebatí con firmeza al tiempo que salía de la cama.para la comedia tan pésimas que no tuve más remedio que permanecer en mi sitio ante el enorme riesgo de ponerme en evidencia una vez más. —¿Qué te apetece? —le pregunté dándole la espalda. Las nueve y media. Levanté un poco la cabeza para mirar el reloj que reposaba sobre la mesita de noche. no tuve más remedio que sofocar un gemido. igualando la intensidad. —Tú y tu obsesión con el chocolate. Tu madre me ha pedido que te haga entrar en razón. —La lectura del testamento será mañana. aún llevando sólo la larga camisola de mi propiedad. ¿verdad. —No pienso acudir. más bien mientras ponía las cosas en la mesa de la cocina. —Hola. —¿Te sientes mejor? —me preguntó. pasé por el baño para acicalarme un poco. Debes ir. Está bien. los rayos del Sol pasaban a través de las rendijas de mi persiana. ella me devolvió la mirada. con unas profundas ojeras que circundaban mis ojos y la piel más pálida de lo normal. No tomo nada más para desayunar. oí a Violeta en el baño. bueno. y quizás también huevos y bacon… Me volví para mirarla. Decidí que las diosas debían de tener su aspecto. es lo menos que puedo hacer. —¿Vas a seguir escondiéndote del mundo aquí dentro? ¿Qué pasa con todo lo demás? ¿con tu trabajo? 70 . No eres real. Creo que sobreviviré. me lo dio todo y yo no pude darle lo único que me pidió. Cuando volví a despertar. —Quiero hacerlo. Violeta? Es imposible que lo seas como imposible es que pueda amarte tanto… Recé para que al menos el sueño viniera en mi busca. —anunció. sólo roto por el ruidoso cereal dentro de la boca de Violeta. Hacerle el desayuno me iba a costar estar medio día en la cocina. —Te prepararé el desayuno antes de que te vayas. La presencia en mi cama de Violeta había dado paso a que encontrara dificultades para lograr esa empresa esa noche. Tenía los labios ligeramente fruncidos. —De acuerdo entonces. mientras. no me disgustan. —No tienes que hacerme el desayuno. su pelo desordenado cayendo la mitad sobre su rostro y la mitad sobre la almohada. Un minuto después se unía a mí en la mesa. La oí respirar profundamente. —Era broma. ¿Cómo era posible que esta mujer consiguiera atravesar todas mis defensas e instalarse en mi corazón eternamente? Ella ni siquiera había tenido tal pretensión. por lo que esperé. Pensé en mi padre y en sus deseos de morir viéndonos a todos siendo felices. Ese sonido logró por fin que cayera en los brazos de la inconsciencia. —ahogó un bostezo. —Sí. Violeta aún estaba sumida en su sueño profundo. Mientras preparaba el desayuno. Como si realmente hubiera podido sentir que la estaba mirando. desde algún lugar. Empiezo a creer en serio que no sé como ser feliz. Me sorprendió verla sonreírme. En un segundo me encontré nadando en la profundidad de su azul. Ni el más infausto de mis augurios prometía tanta desdicha. La miré bajo el amparo de su letargo. que estaba a medio camino de darle otro bocado a mi rebanada. lo que sumaba más misterio a mi desgracia. Yo. todo con gran parsimonia y bajo mi intenso escrutinio. —¿Has dormido bien? —Perfectamente. Un brazo debajo de su cabeza y el otro sobre su cadera. Durante unos segundos que parecieron eternos. Mi aspecto era realmente pésimo. — Me conformaré con leche y cereales. Imaginé que estaba a punto de decirme algo. Al mirarme al espejo.

que me dolían. —¿Qué quieres de mí. —dije entre dientes. No iré a esa maldita lectura. —Tú nunca me diste esa oportunidad. mi réplica parecía más una amenaza que una petición. Ahora era una mujer. No tienes ningún derecho a venir aquí y a exigirme lo que tengo o no que hacer. —No puedes decirme nada que yo ya no sepa. —¿Qué has dicho? —Olvídalo. Todos aquellos años había pensado en Violeta y la costumbre de hacerlo había logrado que ni siquiera me doliese. Los sentimientos que durante tanto tiempo se habían adormecido en queda calma dentro de mí comenzaron a bullir desde el primer momento que mis ojos se posaron en ella de nuevo. —Tienes que hacerlo. —¿Tú me quieres? —preguntó muy seria. la orden ya había llegado a mi cerebro. Quizás sólo era curiosidad. "¿Por qué tuviste que volver. una mujer obsesionada que amaba con el mismo ardor que cuando era adolescente. Se trata de ti. ni con ninguna venganza particular que quieras cobrarme. Me levanté de la mesa con rabia. —esta vez. y que no creería una palabra de lo que le dijese. ¿por qué crees que debo dártela yo a ti? —Esto no tiene nada que ver con nosotras. Me escondo detrás de cualquier excusa para no tener que enfrentarme a las cosas que me disgustan. Me volví hacia ella con furia. Se levantó y yo intenté zafarme de su agarre. Yo ya me había hecho a la idea de que seguiría siendo una ilusión el resto de mi vida hasta que volvió a aparecer. haciendo correr de nuevo la sangre y mirando al suelo. le dije mudamente. —No. 71 . —No hasta que me escuches. como no saldré de aquí hasta que esté segura de que el mundo ahí afuera no me va a tragar. Déjame llevar mi dolor como quiero. —Déjame ir. Pensé que se reiría de mí. Al pasar junto a ella. —Ya me había acostumbrado a estar sin ti. Violeta. Todos estos pensamientos lograron mi primer objetivo que no era otro que el de endurecer mi corazón aún más. Pero ahora la tenía delante y yo estaba segura de que tenía que alejarme de nuevo antes de que su presencia se hiciera necesaria como antaño. Violeta? No sé nada de ti en ocho años y de repente apareces jugando a ser el buen samaritano. Yo era demasiado insignificante en su vida como para que me tomara en serio. Yo ya no era una niña. Pero no sabía muy bien lo que Violeta haría con aquella información. —Por huír como lo hice hace ocho años. —me dolió admitir eso. Violeta soltó mi muñeca y yo me la restregué. así que opté por la vía diplomática. Y Violeta seguía siendo mi maldita obsesión. —No voy a olvidarlo. —Suéltame. Yo sabía que era ahora o nunca. —comenté apenas audible. Jimena. simplemente no me querías lo suficiente. aunque sabía muy bien a lo que se refería. —Tú no huíste. ahora mismo.—No quiero hablar de eso. —pedí por segunda vez. —Por favor. pero siempre había tenido más fuerza que yo. Así que le mentí. Parece como si me debieras algo… —¿Cuándo vas a perdonarme? —¿Perdonarte por qué? —pregunté. pero eso no significa que deba olvidarlo o que intente sacar mi vida adelante. haciendo tambalear todo lo que estaba encima de ella. Sé que mi padre ha muerto. lo único que podía romper mi paz interior en tantos pedazos que se me hacía imposible recuperar los trozos. porque eso. todo mi cuerpo temblaba bajo esa emoción. Quería alejarme de Violeta y de sus palabras. Y lo supe incluso antes de que mis cuerdas vocales la enunciase. Dime qué es lo que quieres. que era el momento adecuado para descubrir mi alma y sacar todo lo que durante tanto tiempo había estado guardando con celo. me parece incluso más difícil que tenerte a ti… Supe que la última frase no debí pronunciarla jamás. —admitió mirándome fijamente. —No. Pero cuando me di cuenta. Violeta? ". acéptalo. — Soy una cobarde y lo admito. soy más consciente de eso que nadie. su mano asida fuertemente a mi muñeca frenó mi fuga. Tu padre ha muerto. No hubiera sido ninguna sorpresa el que no hubieras venido. —Pensé que quizás me necesitarías. —las palabras vinieron a mí como un torrente imposible de contener. de tu vida.

Yo sabía que Violeta había intentado ayudarme desinteresadamente. En vista de que yo no tenía intención de pronunciar una palabra decidió cortar por lo sano. recuerdo que pensé que no había visto a nadie que amara tanto a su familia como tú. Era como si hubiese logrado echar la vista atrás y me hubiese visto a mí misma. Sobre el colchón descansaba doblada la camisola que había usado la azafata. Aquel espíritu que tenía hacía ocho años había salido de mí y ahora sólo quedaba un alma atormentada e infeliz. Ya se iba. Quería gritar. sin mirarla. —depositó el trozo de cartulina blanco sobre la encimera. —Aquí está mi tarjeta. Levanté la vista hacia ella. y es que las cosas que se desean de verdad hay que luchar por ellas. Al menos no como creo que me preguntas. —¿Qué hay de tu familia? ¿quieres que al dolor por la pérdida de tu padre se sume también la tuya? —¿¡Qué pasa con mi maldita familia!? —grité llena de rabia al tiempo que descargaba ambos puños sobre la mesa.—No. —¿Jimena? —me llamó Violeta al darse cuenta de que yo estaba a mucha distancia de allí. — Adiós. —De acuerdo. te veía disfrutar de cada pequeño momento… Debo admitir que eso incluso me hizo sentir envidia. gritarle a ella. Observé la leche cayendo por uno de los extremos de la mesa. cosas imposibles que me hacían sentir aún más fracasada… Violeta lo era todo y nada al mismo tiempo. Yo casi había terminado de limpiar la mesa cuando ella regresó. —dije simplemente. lo que sea. sin salida alguna. Durante algunos minutos pensé en la escena que había tenido lugar allí mismo. Si necesitas algo. Salió de la cocina. — ¿Qué sabes tú de mí? —Sé algo. vencida. mirándome con una extraña expresión en la cara. —dije con gran carga sarcástica. Violeta se quedó allí. de pie. gritarle a Dios si es que existía. Violeta pareció querer añadir algo. Fue entonces cuando me permití sentarme en una de las sillas. Yo sólo me limité a asentir mientras seguía entregada a mi tarea. en completa rendición de mí misma. Mi paz interior. Pero también me recordaba demasiadas cosas. —¿Para qué? ¿para que puedas autocompadecerte a gusto? ¿para que puedas culpar al mundo de lo que te pasa? ¿o quizás quieres encerrarte aquí y ponerle fin a tu vida con el vodka…? —Déjame en paz. —Jimena. con la cabeza apoyada en la pared. —le pedí casi en un susurro. gota a gota. Me levanté una vez más y me dirigí hacia el fregadero para coger la balleta y limpiar el desastre que había provocado. Violeta siguió hablándome. pero yo no la escuché. inundándolo todo. llámame. por favor…—pidió una vez más Violeta. zanjando cualquier intento de conversación que intentara comenzar ella. Ella. Sería tan fácil pedirle ayuda. yo jamás tuve algo parecido… Yo me senté. Creo que ambas nos dimos cuenta en el mismo instante de lo destruida que yo estaba. —ladré. pero viendo mi aparente indiferencia y el dolor que me estaba provocando su sola presencia la hizo dimitir de su intento. No quería hacerlo. Tan fácil. haciendo que el cuenco de leche volcara sobre la madera. de alguna forma. ahora sumida en un pozo profundo. el abrigo en una mano y el bolso pendiendo de uno de sus hombros. vestida con su ropa. Se dio la vuelta y salió. —Cuando te conocí. en esos momentos. contándome las virtudes que un día tuve. —dudó un instante. llegas tarde para mí. bullía como el agua hirviendo. a cualquier hora. —Déjame sola. No te quiero. entendía mi sufrimiento e incluso lo compartía hasta cierto punto. —De acuerdo. — Era todo lo que quería saber. — Necesito estar sola. Me tendí sobre la cama y la cogí. Otra vez. —Iré. llevándola 72 . escúchame. dejándome nuevamente sola. como si ésta fuera tan interesante que me tomaba toda la atención. —Ve a darle ese sermón a otro. Me levanté cansada de tanto pensar y me dirigí hacia mi habitación.

¿estás bien? —Sí. yo aún no había aceptado la muerte de mi padre. ¿es necesario que vaya? —Por supuesto. pude oír distintas voces. Cerré los ojos y me abracé a aquel pedazo de tela con fuerza. justo como había pasado los últimos ocho años: soñando con Violeta. no porque realmente sintiera mi pesar. Entré en la recepción. Así pasé la mayor parte del día. con mis zapatos chirriando molestamente en el suelo recién encerado. tu presencia allí es ineludible. serías tú a quien más le costaría aceptarlo. hemos intentado localizarte en estos días. Me daba igual que se lo llevara la grúa. Yo le pedí que te hiciera entrar en razón… La última frase de mi madre. hija! No sabías si estabas bien. —¿Mamá? —Jimena. ¿por qué no vienes a casa? Así podré ayudarte en lo que necesites… Hija. Violeta tenía razón. que no era porque no quisiera. —mentí. por saber que había sido demasiado egoísta con ella… Quizás porque me recordaba demasiado a mi padre. ¿vale? —Como quieras. Repentinamente me descubrí excitada tan sólo porque su olor comenzó a llenarme. Lo apagué a tientas consiguiendo casi tirarlo al suelo. —fue lo último que oí antes de colocar el receptor en su lugar. —la interrumpí. —¡Gracias a Dios. puesto que no encontré a esa hora de la mañana un espacio libre. ni siquiera intenté camuflar las profundas ojeras. La puerta del despacho del notario estaba abierta. se acaba el crédito y no tengo monedas. —¿Sí? —respondió una voz. ¿No quieres saber cuál fue la última voluntad de tu padre? —seguidamente me indicó la hora y el lugar para la cita. Aparqué el coche sobre una acera. —Sí. Tardé en llegar al sitio indicado menos de media hora. —… tan para ti misma que… —Creí que Violeta te había llamado para decirte que estaba bien. Crucé la calle y volví a encerrarme en mi apartamento. —. lo hizo. Mi mano tomó la decisión de viajar dentro de mi ropa interior hasta encontrar lo que andaba buscando. El edificio donde se ubicaba el despacho del notario era enorme. Marqué el número sintiéndome nerviosa y sin saber exactamente por qué. Incluso tu padre lo sabía … —Mamá. y antes de alcanzarla. Es sólo que… sólo que… —Lo sé. De modo que Violeta sólo había venido como un favor a mi madre. jugando con las que tenía en el bolsillo de mi chaqueta. —Adiós. lo estoy. sabía que de entre todos. inhalando su inconfundible olor. Mi madre siguió con su particular monólogo del cual sólo logré escuchar la última parte. —Hija. me dio en toda la frente. 73 . —Adiós. siempre has sido tan…—un ligero silencio mientras buscaba la palabra adecuada. Me convulsioné sobre la camisola. simplemente quería apartarme de todo aquello.inmediatamente hasta mi nariz. —. Me levanté a regañadientes y lo primero que hice fue ducharme. no te encierres en ti misma como siempre… —Mamá. El despertador sonó demasiado temprano para mi gusto. Tal vez era por tener que enfrentarme a mi madre. lo suficientemente triste como para saber que sólo podía ser la de ella. Tarde esa noche decidí salir a la calle por primera vez en cuatro días. ¿eres tú? —Sí. Mi intención era llamar a mi madre desde una cabina. al principio pensé que debía darte tiempo. —dije con la voz ronca por contener el llanto. Metí ambas manos en la chaqueta cuando un repentino aire frío me sobrecogió. Me dirigí al ascensor y pulsé el botón que indicaba la séptima planta. Jimena. —Siento no haber llamado antes. No me maquillé. Nos vemos mañana. inconsciente ella del daño que me hizo. —Escucha. tenía catorce plantas y estaba pintado en su fachada de color gris y un verde que lo bordeaba. Aparecí en el quicio y todo el mundo se volvió para verme. Quizás no lo hiciera nunca. pronunciando su nombre maldito contra la tela. Violeta me dijo que mañana era la lectura del testamento. Luego me vestí simplemente con un traje de sastre de color gris oscuro y dejé que mi pelo se secara con el aire. Quería gritar que no. puesto que en uno de mis ataques de ira había arrancado el cable del teléfono de la pared.

—Nos has tenido a todos muy preocupados. Jimena. —me llamó mi madre. Siempre me dije que tal vez ellos no lograran nunca entenderme y en estos momentos me daba cuenta de que es que nunca lo intenté. La miré. Sentí lástima por ella. uno por uno. de no haberme maquillado. negando no sé a quién. —Disculpe. 74 .—Jimena. Respiré hondo. se adelantó para zanjar cualquier polémica que yo pudiera enfrentarle por llevarse impunemente mi coche. —Vete a casa. sola. La muerte de mi padre había servido para distanciarnos aún más. Ginebra me dio un suave toque en mi hombro derecho y fue a reunirse con su marido. —me dijo a media sonrisa. ¿por qué no nos pides ayuda? —me dijo con desconsuelo. Jimena. se alejó de mí para unirse a los demás que ya habían pasado al interior del despacho. —Lo sé. Un guardia municipal controlaba la operación de la grúa. —Somos tu familia. Se había quedado aún más sola que yo. Me pregunté por qué se la colocaban de esa forma. Ella se acercó a mí y yo le tomé de la mano. Soy tu madre. Quizás fuera mi presencia aquí y no en el funeral. Oteé la salita de espera. Me miró bajo la gorra que le cubría la totalidad de las cejas y casi los ojos. Me di la vuelta y salí por donde había venido. —le pedí con expresión de angustia. —Perdóname. para amablemente hacernos pasar. Las compuertas se abrieron y yo sequé mis lágrimas como pude antes de salir y dejar detrás de mí las miradas desconcertadas de quienes esperaban su turno para entrar en el ascensor. mamá. El vínculo que nos mantenía unidos se había ido para siempre. mirando a mi madre. si era cierto que seguía siendo un completo misterio para ellos. Miré a mi madre. —ladré en voz baja. Apoyé la frente en espejo. Ya dentro del ascensor. Yo seguía clavada en el sitio. al ver su expresión. —me sonrió con tristeza. No tuve duda alguna de que así era. —me dirigí hacia el guardia. —¿Es usted la dueña del vehículo? —Sí. yo te parí. Antes de que pudiera sugerirle que tuviera un poco de compasión hacia mí. Con eso. eso es lo que nunca he entendido de ti. Volví a encontrarme con el frío aire de la mañana y me dirigí hacia la acera para confirmar mis temores. a fin de poder aliviar el intenso dolor que permanecía en mi garganta desde hacía largo rato por el llanto contenido. que ya remolcaba mi Audi. —le dije. Me arrepentí. —Lo sé. Quería saber si era un pensamiento común. dejar de pensar en mí tan erróneamente. allí estaban todos mis hermanos. En realidad los miré a todos. aunque se podía decir que el ambiente era tenso. me parecía estúpido. maldiciéndome por haberme metido en tan molesta situación. —Hola. Me acerqué hasta ellos y nos saludamos todos correctamente. sus respectivas parejas y mi madre. En ese momento apareció el albacea. —No hay nada que perdonar. —Eso también lo sé. pero también pensé que no había hecho nada por evitar que así fuera. Espero verte pronto. Todos los que supuestamente nombraba mi padre en su testamento. Supuse que quizás creían que le daba un aire más serio a su autoridad. —Porque no la necesito. me permití dejar que algunas lágrimas salieran de mis ojos. —Eso. Ginebra se acercó a mí. Si tan sólo pudieran darme un respiro. —No puedo hacerlo. deseando que mi padre estuviera allí. —Tienes un aspecto horrible. Lo creas o no yo puedo ver lo que hay en tu corazón. observando mi reflejo en el enorme espejo de la cabina.

Debía de provenir del material con que estaban tapizados el sillón y las dos sillas de visita. Parecía cuero. Lo imaginé la primera vez que llamaste para hacerme saber que no ibas a venir en unos días. —¿Hay algo que pueda hacer para evitar que hagas esa locura? —No. que yo recuerde. —repliqué. Pronto me pasaron dentro de su despacho. —admití simplemente. —sentenció a media sonrisa. esto también me aterraba. Con lo que me dí la vuelta para intentar conseguir un taxi. Cuando al fin lo logré. No es que fuera la primera vez que estaba allí. Ella siempre había mantenido un trato cordial conmigo. Gracias. algo que últimamente parecía que me costaba demasiadas energías. No puedo ejercer ahora mismo. pero cuando había que esperar. —No creo…—comencé a replicar. Cosa inusual. —Creo que sé a lo que has venido. —Disculpe…—dijo dándome nuevamente la espalda. —Todos hemos pasado por algo así alguna vez. siempre acabo arrepintiéndome de todo lo que hago. —Puedo darte una semana más. —No me digas que no sabías que esto pasaría en algún momento… —Sabía que ocurriría. —Siento mucho lo de tu padre. desde cero. Tenía un carácter agrio. Así es la vida. Piénsatelo hasta entonces. —Vienes a pedirme la renuncia. aceptaré tu carta de dimisión sin rechistar. puesto que los demás internos la odiaban. le di instrucciones al taxista para que me llevara al hospital donde trabajaba. casi hizo que me pusiera a patalear en medio de la calle.—Lo siento mucho. Nunca imaginé que conseguir un taxi libre en aquella maldita ciudad fuese tan difícil. —Gracias. pero todos nuestros encuentros habían sido. Jimena. —Hazlo como un favor personal hacia mí. —Espero que no te arrepientas de esta decisión. —No lo olvidaré. La miré. pero sólo hubiera conseguido que me metieran en un calabozo. cordiales. Pedí ver a la jefa del departamento de pediatría. pero si tiene alguna reclamación ya sabe que puede hacerla en el ayuntamiento. trazando círculos al azar. Un extraño olor me inundó. esperando que prosiguiera y me evitara así el esfuerzo de hablar. Petra Collado. pero no podía precisarlo con exactitud. se unió a mí minutos más tarde. No olvides eso nunca. La media hora que me tomó. 75 . —Estupendo. e incluso me atrevería a decir que yo le agradaba. Sabía que debía empezar de nuevo. hasta la fecha. —Muchas gracias. —De acuerdo. acomodándose la bata acto seguido. No sería justo. La observé rodear la mesa y sentarse en su cómodo sillón. Pero como toda nueva cosa que me atrevía a emprender. Pero eso no cambia nada. Me senté en unas de las sillas y miré a mi alrededor. —Desgraciadamente. a él y a sus impecables y falsas maneras. —me dijo nada más cerrar la puerta tras de sí. Ni siquiera sé cómo cuidarme a mí misma. Estaba a punto de que mi vida diera un rumbo inesperado. —fue la primera vez. —Te he visto con los niños. realmente eres buena. parecía estimarme y yo no podía rechazar aquella simple petición. Aquella mujer con la que apenas había cruzado un par de frases. Casi me atrevería a decir que la mejor que ha pasado por aquí. —Jimena…—soltó cerrando los ojos y negando con la cabeza. —murmuré con rabia. Lo que realmente me hubiera gustado hacer era mandar a la mierda a aquel guardia. que me había llamado por mi nombre de pila. que así se llamaba. lo más efectivo era observar los alrededores. Pasé los dedos por la inmensa mesa de roble. A mí me salió como por arte de magia un intento de risa que resultó ser más bien un bufido. Si sigues pensando igual. Me miró. No podía negarme a aquello. ¿verdad? —Sí.

Sólo me importaba la bolsa de papel que contenían las botellas de Smirnoff y a la que yo me aferraba como a un salvavidas. Sonreí. esta vez con más insistencia. quien me regaló una mirada de simpatía y entendimiento. Aún así. Me abroché el último botón de mi abrigo y fui en busca de otro taxi. Hasta que mi cuerpo se desplomó sin remedio sobre el suelo. El olor que de ella se desprendió. Observé desde mi puesto la tristeza del paisaje que el Otoño otorgaba a su paso. fui dejando desperdigados los zapatos. peleado y casi mordido por un taxi. Las similitudes que encontré entre aquel panorama y mi propio interior fueron aplastantes. Afuera. que se me antojaban en esos instantes horrendos. por quinta vez en aquel día. Creí que aquella pequeña interrupción acabaría pronto y que sólo era producto de mi ebrio estado. deseando poder regresar a mi estado de ensoñación. Yo estaba así. Entré en el dormitorio y me puse el pijama para estar del todo cómoda. pero me negué a responder. Estaba expectante. Sólo eso. puesto que no había nada en aquel mundo que me preocupara menos que eso. me dije al darme cuenta del extraordinario humor del que ya disfrutaba sin haber probado una gota de alcohol. pero encubrí mi traición diciéndome que sólo sería por esta vez. aparentemente muerta. Un trago que yo estaba segura de que calmaría mi ansiedad. observando como me temblaba la mano que sostenía el vasito. llegué a mi casa. Estos pensamientos tuvieron un inesperado efecto en mí. pocas personas paseando a tan tempranas horas de la mañana. —Muy bien. —¿Jimena? —se volvió a repetir. Mi siguiente destino fue la cocina. Recordé mi promesa a Violeta. —dijo la voz. Seguí caminando por entre los edificios de apartamentos. una ligera cuestión. Así que cerré los ojos y me dejé llevar. Sólo uno. Me levanté decidida en dirección a una licorería cercana. al guardia municipal. a los que abandoné con absoluta despreocupación en el suelo. abrí la primera botella de licor. no sin antes mirar por última vez a la mujer. Me reí en voz alta ante mi propia y estúpida ocurrencia. —¡Maldita sea! —mascullé con rabia. Nada más abrir la puerta me deshice de la chaqueta y del bolso. pero aún así me negué a abrir los ojos. De repente todo lo que anhelaba era poder tomar un trago de licor. Media hora después. —¿Jimena? Lo oí. Me di prisa en llegar hasta la salida. durante al menos veinte minutos más hasta llegar a un parque donde pude descansar mis agotados pies en un banco de madera. dando manotazos a ciegas para apartar a quien se hubiera atrevido a molestar mi calma. Deseé con todas mis fuerzas ser alguno de aquellos árboles. esperando a que llegaran tiempos mejores que fueran capaces de provocarme la vida de nuevo. y de paso mi última responsabilidad. De repente. Y yo ya había comprobado que el alcohol era capaz de dármela. Coloqué la bolsa sobre la mesita del café y fui directa a abrir una ventana para que iluminara el salón. Qué fácil es la existencia para los que no sienten. despertándome por entero. a la que yo había pasado sin dedicarle apenas un vistazo temerosa de volver a caer en la tentación de esconderme en algo tan infecundo como el alcohol. me tropecé con uno o dos a los que les dediqué un leve asentimiento de cabeza.Me levanté y salí del despacho. ya no tenía prisa por llegar a ningún sitio. hizo que mis papilas gustativas se quejaran con dolor y que la saliva se hiciera más líquida aún. Pensé cómicamente que acabaría por desarrollar un incondicional amor por los rusos. En mi camino de vuelta. abandoné la intención de buscar un coche público y me pareció una magnífica idea el simplemente deambular sin rumbo fijo por entre las calles. sólo los madrugadores o los que tenían el inevitable deber de sacar a sus mascotas. tras haber gritado. Junto a mí. no me sentía con ganas de coincidir con algunos de mis compañeros de profesión. pero fue sólo eso. Ahora que había abandonado mi trabajo. Me pregunté qué era lo que iba a hacer de ahora en adelante. la falda y la camisa blanca de algodón. 76 . "Esto va bien". maldiciendo. —Déjame en paz…—pedí. —Tú lo has querido. Nada más sentarme en el sofá. me seguía aguardando la fría mañana. Sentí que me asían de los pies. por haber sido los artífices de tan espectacular destilería. Simplemente quería recuperar algo de mi paz interior. donde tomé un pequeño vaso para apurar el vodka. Pero ahora esa tentación era demasiado poderosa como para ignorarla.

igualando así mi propia pose de perversión. con la tela de nuestras respectivas ropas rozándose. —En cuanto a tus preguntas…—dijo al tiempo que sacaba unas llaves del bolsillo. ya… Creo que eso ya me lo habías dicho… Basta una mirada para saber lo mucho que necesitas que te ayuden… Me puse en pie casi de un salto y me acerqué a ella con pasos cortos. —me ordenó la voz. —Gracias. — ¿Te apetece un trago? —No. —De acuerdo…. —Estoy muy preocupada por ti. —Devuélvemela. —¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado? —Por la puerta. —¿Violeta? —pregunté incrédula. Despegué la cara del suelo gélido y levanté la vista para asegurarme de que era ella. así que podríamos declarar el acuerdo nulo y sin efecto. La expresión de su rostro era de absoluto enfado. —Porque no te necesito. y tú tampoco vas a beber más. —No he dejado de pensar en ti en todo el día…—me confesó. Violeta. —fue lo que dije a cambio. créeme. —Imbécil. igual de autoritaria que desde el principio. Yo no estaba por la labor de comenzar otra agotadora charla sentimental. cuando mi lento cerebro registró aquel tono. —No. —¿No se le llama a esto allanamiento de morada? —dije jocosa mientras me levantaba a duras penas. —me espetó con furia mal disimulada. del que apenas quedaba ya nada. casi creando una danza mientras lo hacía. que en otras circunstancias jamás me hubiera atrevido a poner en práctica. —¿Qué tal si vamos a mi cama y hacemos el amor? Eso también podría hacerme olvidar… Dejé la cuestión en el aire y observé como Violeta curvaba la boca en una sonrisa. —Sí. Me senté en el sofá pesadamente. señalando con la cabeza la botella media vacía que reposaba sobre la mesita. Violeta esperó pacientemente sin moverse un ápice. con un llavero que yo reconocí como la copia que poseía mi madre de la casa. con los brazos en jarras y los labios fruncidos. Suspiré con desgana y me recliné sobre el respaldo del sofá. sabedora de que no me devolvería la botella aunque se lo suplicara. mirándome como si quisiera tragárseme de un bocado. Aún puedo hacerte mucho más daño. —¿Esto es lo único que te importa? —En este instante sí. —Dame la botella. — Con el agravante de agresión… —Yo que tú no tentaría a la suerte.—Levanta. Tan sólo quería regresar a mi estado ebrio. Me arrebató la botella de las manos antes de que yo pudiera llenar el vaso. Lo cierto es que a mí se me había ocurrido una estúpida y cruel idea. 77 . —Puede decirse que yo no estaba en plenitud de mis facultades cuando te hice tal promesa. sin reconocer mi propia voz que casi se podía confundir con el ronroneo de un gato. evitando hacer contacto visual con ella. ¿quieres ayudarme? —dije. —me interrumpió. —dije en tono amenazador. El misterio de su presencia allí inundó mis sentidos. —¿Y qué sugieres que hagamos? —Jimena…—comenzó ella otra vez. incluso cuando me acerqué todo lo que pude a ella. —¿Por qué no me dejas ayudarte? —me dijo casi en súplica. En estos momentos lo único que se me pasa por la cabeza es estrangularte. —¿Mi madre otra vez? Tenía que haberlo supuesto… Debo hablar con ella seriamente y decirle que no puede acudir a ti cada vez que me pase algo… —Me lo prometiste.

y puesto que no hay nada más divertido que hacer. Negó con la cabeza. —dije. No mientras pueda evitarlo. Violeta se giró levemente y fijó la vista en otro punto del salón.—Estás borracha. emitiendo un leve suspiro. como si fuese inmune a mis ataques. —Deberías darte una ducha. Lo has logrado. No supe la razón. En mi interior una única súplica: la de dejar de existir. Y yo no podía conformarme con eso sólo. Enhorabuena. Así que me levanté una vez más dispuesta a acabar de un modo u otro. tuviera tales efectos devastadores. —¿Qué te apetece cenar? —me preguntó como si nada hubiera pasado. volviendo a estirarme sobre el sofá. —Perdóname. —Te hubiera perdonado si no estuviera tan segura como lo estoy de que deseabas hacerme daño deliberadamente. endureciéndose como el acero. La vi apretar las mandíbulas varias veces mientras me miraba con una intensidad pasmosa que casi me hizo dejar de respirar. —¡Por el amor de Dios. —Lo siento. La vi apretar la botella hasta que sus nudillos se pusieron blancos por el esfuerzo. Las consecuencias de mis agrias y crueles palabras se reflejaron al instante en su rostro. quizás era enfado. algo que por otra parte. ni siquiera se te habría pasado semejante idea por la cabeza. yo sabía que era incapaz de aceptar su ayuda. —No voy a dejar que te ocurra nada. —admití avergonzada. entre otras cosas porque eso significaría tener que aceptar su amistad. — Una muy fría. pero nunca he sido así. —dijo. en cuerpo y alma. que me besaras. —Lamento tener que decírtelo. —Si no quieres verlo…—clamé agriamente. Violeta!. Su maldita cabezonería provocó que mi interior se rebelase y me llenara de ira. —¿Es sólo repulsión lo que te hace decir eso o es que quizás sigues creyendo que soy la misma niña inexperta e inocente? —no le di oportunidad de responder a mis insidiosas preguntas. —¿Lo estoy? ¿Y si no lo estuviera? —Si no lo estuvieras. bajando la cabeza. ¿te importaría devolverme la botella ahora? —No vas a probar una gota de alcohol en mi presencia. lanzando lejos un cojín que había ceñido momentos antes contra mi pecho. Desde el primer momento en que te ví quise sentirte. —No me siento feliz de haberlo hecho. ira o tal vez deseo. Yo me revolví en el sofá. sino que proseguí provocándola. que me hicieras el amor hasta hacerme gritar … Justo como estoy segura de que eres capaz de hacer… Tu cuerpo no tiene ningún rincón desconocido para mí… Al menos en mis sueños…—sentencié. —Tal vez tengas razón y esto sea un error… Nunca imaginé que hacerle daño a alguien a quien tanto se ama. —… ya sabes dónde está la salida. —confesé en un murmullo. —Voy a tomarme esa respuesta como un no. —No tienes ningún derecho a usar a mi hermana para hacerme daño… —Lo sé. Si no podía tenerla por entero. ¡YO NO SOY ELLA! —grité con ganas. 78 . Incluso me hizo temer seriamente por mi vida. ¡salvarme a mí no te será de ayuda!. prefería sufrir su ausencia. aunque esto último sólo fuera una sensación que yo deseaba tener. Espero que al menos haya servido para que una de las dos se sienta mejor. Violeta! Sólo quiero que me dejes en paz. apenas sin despegar los labios. no me importaba en absoluto. —me dijo simplemente. Después de tantos años. su expresión una máscara de dolor. —¡Yo no soy tu hermana.

—Debería dejarte en paz, como quieres que haga. Debería dejar que te sumas en la oscuridad que tanto deseas… —Hazlo de una maldita vez. —gruñí, sentándome en el sofá por enésima vez, mientras hundía el rostro en las manos totalmente derrotada. —No. —Violeta…—la llamé cansadamente. — ¿Es que posees el don divino de aliviar las penas ajenas? Porque de otro modo no se me ocurre cómo puedes ayudarme. ¿Puedes devolverme a mi padre? Porque eso es lo único que necesito. —No te he visto llorar ni una sola vez, Jimena, todo lo que haces es beber y beber… —¿Perdona? —repuse extrañada. —Apuesto a que ni siquiera te has permitido llorar hasta que no te queden lágrimas, sacar toda esa rabia que llevas dentro…, ¿me equivoco? —Lloraré si sigues con ese tono condescendiente, te lo aseguro. Nunca he encajado bien los sentimentalismos. —dije mordaz, queriendo cortar la conversación cuanto antes. —¿Sabes por qué se suicidó mi hermana? La miré. ¿Es que iba a contármelo? Eso era algo que nunca imaginé que ocurriría, oír hablar a Violeta de sus sentimientos, de su hermana o de lo que le pasó. —Creía que eso era algo de lo que no te gustaba hablar… —Supongo que lo que realmente pasaba es que no tenía las fuerzas suficientes para hacerlo. La vi acercarse y sentarse junto a mí. Depositó la botella sobre la mesa y suspiró antes de hablar. Todo sin dedicarme una simple mirada. Supuse que así le resultaba más fácil hacer las cosas. —Mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Mis recuerdos de ella, desgraciadamente, se han ido desvaneciendo con el tiempo. Yo creo que murió de tristeza. Mi padre no la hizo feliz. A decir verdad, ese hijo de puta fue incapaz de hacer feliz a nadie… Hizo una pausa. Apretó las mandíbulas con fuerza, pude ver los músculos de su cara tensarse. Yo estaba segura que era por el hecho de estar hablando de su padre. Si algo me había dejado claro siempre es que nunca le quiso. Esperé pacientemente a que prosiguiera su relato, inmóvil en mi sitio. —Verás, nunca supe que fue lo que pasó con seguridad. Ella era como tú, tímida, llena de inocencia, encerrada en su propio mundo… Yo la amaba con total devoción, créeme, y creo que ella a mí también. Al fin y al cabo sólo nos teníamos la una a la otra. No sé muy bien los motivos, pero creo que fue eso lo que la llevó a ese extremo. —Violeta…—la llamé. Deseaba que dejara de contarme aquello. Ya se estaba convirtiendo en una pesada carga para mí. —¿No quieres conocer toda la historia? —No estoy segura. —admití, tragando con fuerza. —Me ha costado muchos años poder hablar de esto. Quiero que veas que no eres la única que sufre. Yo me he pasado toda la vida de esa forma… Supe, por la mirada que me dedicó entonces, que necesitaba comprensión. Y me había elegido a mí. ¿Cómo podía negarle aquello? —Sigue, por favor. —le supliqué en aquel punto. —Se cortó las venas con una cuchilla en la bañera, y así fue como la encontré, bañada en su propia sangre. No tienes ni idea de cómo esa imagen me ha perseguido y estoy segura de que lo hará hasta el día en que me muera. Otra pausa que sirvió para que ella se frotara la frente con una mano, recopilando, seguramente, viejos recuerdos. Observé en su perfil, cuando apartó la mano, que una mueca de pesar se había instalado allí. —Yo soy quien ha cargado con todo el peso de su muerte, ¿sabes? Creo que fui la única que lo sintió. Cuando tienes un padre que te maltrata suelen ocurrir cosas así. Y ése es el fin de la historia. No hay más, sólo quedamos yo, mis pensamientos y mis recuerdos. Algunos incluso hacen muy difícil el levantarme cada día…

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Desde que conocía a Violeta, nunca había estado tan segura de lo desdichada que era hasta aquel momento. Pero lo que ella me había contado era incluso más de lo que podía soportar. Y su rostro compungido me lo reafirmaba. Además, supe que había algo más en su historia que no quería contarme. Pero de ninguna forma yo iba a preguntárselo. —Quizás nunca te he demostrado lo que me importas, Jimena. Quizás ni siquiera sé hacerlo, pero no estoy aquí por Alicia, nada puede traerla de nuevo. Estoy aquí por ti. No me preguntes porqué, ya sabes que odio dar explicaciones. Simplemente acepta mi ayuda si puedes. Entre tú y yo hay demasiadas cosas sin aclarar… —Violeta…—la llamé acallándola, al tiempo que me acercaba a ella. La alcancé con ambas manos e hice que me mirara a los ojos. Me arrimé, haciendo que bajara la cabeza para plantarle sendos besos en la frente y las mejillas. La besé con desesperación, uniendo mi dolor con el suyo. No me importó entonces demostrarle cuánto sufría por su desdicha, cuánto me importaba y cuánto la amaba. Le estaba dando todo lo que yo tenía y era capaz de dar. Hubiera dado mi vida por borrar todo aquel sufrimiento de la suya. Violeta se dio cuenta. Era imposible no hacerlo. La sentí introducir una mano en la parte de atrás de mi cabeza. Tiró con fuerza de mi cabello hasta hacerme separar de ella hasta que me tuvo mirándola a los ojos. Se acercó a mí, casi se rozaban nuestras narices. Pero en ese punto se mantuvo inmóvil. Inhalé su aliento, sentí su calor. Tenía que probar esos labios, pero cada vez que intentaba acercarme, ella tiraba de mi pelo hacia atrás para impedirlo. —¿Quieres besarme? —me preguntó. —Sí. —respondí con sinceridad. —¿Por qué? —Porque estás demasiado cerca… —¿Te conformarías con eso? —inquirió de nuevo. —No lo sé. —Voy a soltarte y entonces podrás comprobarlo… Por primera vez levanté la vista de sus labios hacia sus ojos, mientras ella soltaba mi cabello sin mover su rostro. No supe muy bien si lo que quería era jugar conmigo o tal vez comprobar algo. Y entonces me di cuenta. No la besé. Jamás me conformaría con eso. Eso es lo que ocurre cuando se ama de verdad. —De entre toda la humanidad tuviste que elegirme a mí, ¿verdad? —me dijo. Yo no estaba preparada para responder a esa respuesta. En cambio, le hice una pregunta que siempre me había estado rondando por la cabeza. —Te acostabas con mi hermano…—interpelé súbitamente, algo que a ella también le sorprendió. —Sí. —¿Entonces por qué conmigo eres incapaz? ¿Porque soy mujer? —Si me acostara contigo…—dijo haciendo una pausa. —¿Qué crees que cambiaría? —Sólo sé que el que aparecieras de nuevo sólo me ha traído viejos fantasmas que yo había logrado encerrar en mi mente. Tu sola presencia me inquieta… —Me ves como una amenaza…—contestó incrédula. —Una amenaza para mi estabilidad… Creo que me estoy volviendo loca… —Jimena, yo soy igual que el resto de los humanos. Tengo tantos defectos que a veces encuentro difícil el esconderlos. ¿Qué es lo que te hace verme de esa forma? ¿Qué tengo yo que no has conseguido olvidar? Sentí que me mareaba. Ella había dado con el enigma. Ahora sólo nos quedaba resolverlo. —No quiero hablar de esto…—dije, temerosa de que ella dijera algo así como que jamás sería capaz de amarme o incluso peor. Prefería seguir pensando que siempre habría una posibilidad, aunque en el fondo supiera que no era cierto. —Sin embargo has sacado el tema… ¿De qué tienes miedo? —Yo no tengo miedo. —mentí. —No es cierto.

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Me froté las manos y miré la botella que reposaba sobre la mesilla. Señor, cuánto deseaba en esos momentos beber un trago. —Aún no puedo explicar qué es lo que me mantiene tan unida a ti…—me confesó. Yo pensé durante unos breves instantes para después responderle. —Creo que sí lo sabes. Yo te recuerdo a tu hermana. Nunca has dejado de repetírmelo. —Siento haber sido tan injusta contigo. Me doy cuenta de lo duro que tiene que haber sido para ti ese hecho. —Me he acostumbrado a ser para ti nada más que un espejismo. —solté mordaz. —Jimena…—me llamó quedamente al tiempo que posaba una de sus manos sobre mi muslo. No puede evitarlo, pero aquel suave roce de su mano me hizo sentir un escalofrío. Cerré los ojos y suspiré hondo ante la intensa sacudida que cruzó mi cuerpo. —Voy a darme una ducha. —dije de repente, alejándome de ella cuanto pude. Violeta no intentó impedírmelo, sólo se limitó a mirarme con expresión extrañada. Me dirigí al baño con paso firme y eché el cerrojo para después apoyarme en la puerta. Me froté los ojos para impedir que las lágrimas que allí se congregaban salieran al exterior. Me sentía anímicamente destrozada, como nunca antes. Y supuse que la presencia de Violeta y sus palabras tenían mucho que ver con ello. Abrí el grifo de la bañera y observé el agua rodar por la porcelana, llenando poco a poco la tina. Me desvestí con gran parsimonia y me metí dentro. El agua apenas alcanzaba para cubrirme las piernas, pero me senté allí, con la espalda apoyada en la pared, dejando que mi mente se recreara en los recientes hechos. Casi tenía ligera esperanza de que cuando emergiera del servicio, Violeta se hubiera ido, dejándome de nuevo a solas. Intenté escuchar algún sonido que proviniera de afuera, pero el ruído del agua cayendo me lo impidió. Corté el agua en cuanto ésta me cubrió hasta la cintura. Reparé en la mitad de mi cuerpo que permanecía sumergida, sobre todo en mi cintura y en mi claro vello púbico. Hundí la otra mitad y permanecí sumergida, sintiendo como cada vez con más urgencia, mis pulmones me pedían auxilio. Aún así, me quedé inmóvil hasta que la visión se me nubló. Me pareció que retrocedía en el tiempo, cuando tenía ocho años y había luchado por permanecer en la superficie, mientras mi cuerpo se empeñaba una y otra vez por hundirse como una piedra en aquel río. Entonces las manos fuertes de don Federico me habían sacado afuera, las sentí tirando de mi cuerpo casi inerte, justo como ahora, cuando sentí que irremediablemente mi cabeza salía del fondo de la bañera. No estoy segura de cómo ocurrió, sólo sé que me encontré de nuevo en la superficie, tragando sonoras bocanadas de aire. Tosí durante varios segundos. —¿Jimena? —oí que Violeta me llamaba desde detrás de la puerta. —Estoy bien. —dije, aún algo asfixiada. —¿Seguro? —Sí. —me reafirmé y solté una última frase con gran carga sarcástica, apenas audible a mis propios oídos.—Nunca he estado mejor… Cuando salí del baño nuevamente, oí a Violeta peleándose con algo en la cocina. Yo me infiltré en mi habitación para calarme unos vaqueros viejos y una camiseta. Dejé que mi pelo se secara con el aire y ni siquiera me peiné. Salí descalza dispuesta a encontrarme de nuevo con mi inesperada invitada. La encontré terminando de condimentar una ensalada. Mi cocina relucía. Había hecho la cena y había recogido aquel desastre permanente que siempre parecía tener yo allí. —Estaba a punto de tirar la puerta abajo. —me dijo, aunque yo no estuve muy segura si fue en tono de broma. —¿Qué es ese olor? —pregunté, abriendo la tapa de la cacerola. —Espaguetis con tomate. Sé que te gusta mucho la pasta. —Tienen buena pinta…—admití, inspirando con fuerza el inconfundible olor del orégano. —Acuérdate de pasar por el supermercado algún día de estos, tu despensa da lástima. Me reí suavemente acordándome de algo más. —También debo acordarme de recoger mi coche.
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Se sentó a mi lado y nos sirvió a ambas. —No bromeo cuando te digo que has heredado esa manía quisquillosa de tu madre. no tan consciente como yo de que la sugerencia había sido una broma. —Es así siempre. —¿Vino? —dije jocosa abriendo el refrigerador. Violeta se giró hacia mí. ¿no? —¿El qué? —se metió un tenedor lleno de enrollados espaguetis. como si por primera vez mis palabras le hubieran hecho pensar en el asunto. por supuesto. si quieres. Me miró. a la montaña de colorados espaguetis. con la bandeja de los espaguetis en una mano y la fuente de la ensalada en la otra.—¿Y eso? —preguntó. sin dejar por un momento de mezclar los ingredientes de la ensalada. como ausente. entrar en mi propia cocina y verla allí. —¿Está bien así? —me preguntó. Abrí las estanterías y saqué dos platos llanos y dos vasos. —se ofreció. Pensé que en poco tiempo habíamos recuperado algo de nuestra antigua camaradería. mirándome. —¿Y qué es lo que buscas? 82 . —Dejamos de disfrutar de nuestra compañía…de esa forma. —¿A dónde? —Londres. en completo silencio. —añadió. quizás para evitar así tener que responderme. De repente me sentí tremendamente triste ante la idea de que ella se fuera. cuando ella estaba a mi alrededor. —Quizás sea porque no encuentro lo que busco…—dijo ella. En cuestión de segundos tenía la mesa dispuesta. había sido casi mágico. —respondió llanamente. parecía fluir por diferentes cauces. algo aturdida. —convení. dedicándome una mirada que decía: "lógico" —Podríamos ir mañana. —¿No trabajas? —Mi próximo vuelo sale dentro de tres días. Imposible pensar en ella como una ama de casa. —Sí. Algo a lo que. —De acuerdo. —Vale. Me senté y esperé. Me señaló con la cabeza el plato y yo miré hacia abajo. La observé. hasta que yo sentí la imperiosa necesidad de preguntar cosas que durante aquellos ocho años me habían rondado por la cabeza. no tardaría mucho en acostumbrarme. Comimos durante un rato. —Se lo llevó la grúa esta mañana… Lo aparqué encima de una acera. Todo. —Claro. —¿En la cocina o en el comedor? —En el comedor. nada de alcohol en tu presencia. Tenía que admitirlo. Supuse que me preguntaba por la medida de pasta que me había servido. Me encogí de hombros y sonreí. No tardó mucho en emerger de la cocina. —¿Quieres que ponga la mesa? —me ofrecí. cocinando para mí. —¿Qué? —respondí. —Llega un momento en que te cansas de las relaciones. —¿Por qué dejaste a Felipe? Violeta miró al frente. sin dejar de masticar. Aún llevaba puesto el delantal. La dejé nuevamente sola en la cocina llevándome el cartón de zumo de manzana y riéndome a gusto.

de que te incomode mi presencia… —Eso es porque aún me pareces inalcanzable. Violeta. —dije. Es imposible que no hayas sido capaz de encontrar a alguien que te haga feliz… —Te encontré a ti. —Yo he sobrevivido. no sin antes emitir un pequeño suspiro. Arrepentida. a sabiendas de que había dejado la conversación sin posibles salidas para que yo pudiera seguir con mi interrogatorio. Incluso alguien como yo siente curiosidad por el sexo en un momento dado de su vida. —¿Y tú? —¿Ya me toca responder a mí? —Eso parece. —¿Eres virgen? —¿Perdona? —exclamé con falso disgusto. —apuntó Violeta. —¿Cuándo fue la última vez? —siguió ella. lo ignoró. pero últimamente tengo la sensación de que es cierto que me odias…—repuso triste. —Sigo sin poder entenderlo. —¿De dónde demonios has sacado esa conclusión? —Puede que sea el hecho de que me hables con dureza. pero en voz tan baja que sólo yo pude oírlo. —La soledad no es buena. dejando en el aire la posibilidad de que yo le dijera lo contrario. yo me sentía extrañamente en paz. —¿Qué es lo que viste en mí? 83 . —Dime. ¿"unos años" no te parece demasiado tiempo? —No había pensado en ello hasta que has sacado el tema… Supongo que se hace difícil de creer.—Te lo diré cuando lo averigüe. —¿Hace unos años de qué? —Violeta…—pronuncié su nombre a modo de amenaza. —Yo no te odio. —¿Te has atragantado o algo así? —No. pensando en cómo responder. "Cuidado". y sabía que el tener a Violeta allí tenía mucho que ver en ello. Me sonrió triunfante. evitando con ello el tener que mentir. enrollando un trozo de lechuga y llevándoselo a la boca. aunque en el fondo sabía que ni por asomo lo estaba. A pesar de todo. "no le des esa ventaja o te hará daño de nuevo". —Entonces puedes hablar un poco más alto para que yo también pueda oír lo que dices. Jimena. —El amor es lo más efímero que existe. —¿Qué te pasa? —me miró con cierto brillo perverso en los ojos. Claro que tampoco pensé que sería tan despiadada conmigo. Carraspeé ligeramente. lo que me dio a entender que estaba disfrutando y mucho poniéndome en serios aprietos. ¿sabes? —respondí al fin. cada una perdida en sus propias cavilaciones. he perdido el hilo de la conversación…—la sentí hacer un pequeño ruído con la boca. —Tramposa…—bromeé. Como era de esperar. Ambas comimos en silencio. pero me he acostumbrado a estar sola y al parecer es todo lo que necesito. —Hace unos años…—revelé. —¿Qué es exactamente lo que quieres saber? —Te advierto que eso puede resultar peligroso… —Estoy preparada para responder a tus preguntas. —No digas que no te lo advertí…—se rió ella. La verdad era lo único que no me haría arrepentirme aún más. Así es como me sentía por haberle otorgado aquel arma peligrosa. Violeta devolvió su atención a los espaguetis. —Pero ya no me amas…—dijo. —no pude evitar reírme. —Al principio no te creí. —No lo soy. —pero aún dudo si eso me hizo feliz… Me miró y yo pude notar que su expresión se había ensombrecido. quizás porque no quería hacerlo. —la interrumpí. —Dije que hacía unos años… —Perdona. —No puedes hablar en serio…—añadió Violeta incrédula. oí que me decía una voz en mi cerebro.

—No lo sé. —No creo que alguna vez haya sido un secreto el que te deseara… —¿Aún me deseas? —Cualquier persona te desearía. y era uno en el que yo solía tener bastante suerte. puesto que yo estaba al borde de un ataque de nervios. —¿Contenta? —me dijo levantando las cejas cómicamente. después de sopesar sus opciones hasta la saciedad. Me apresuré a sacar una ficha de la caseta contenta conmigo misma. Estaba segura de que aquello era una estrategia para enervar al contrario.Me preguntó de repente. —¿Qué? —me preguntó al oírme. —¿Tienes curiosidad por mí? ¿Te interesa saber algo de mi vida? —Aunque no lo creas. con tan sólo una ficha que ella aún había tenido la "delicadeza" de no comerse. Violeta cogió una de sus fichas verdes y. —¿Por qué tantas preguntas? Violeta comenzó a juguetear con la comida. de otra forma no estarías jugando con una sola ficha. había escogido la primera con la que había contado. —se encogió de hombros. 84 . como yo ya había imaginado. —Así que eres mala perdedora…—murmuró sin tan siquiera dignarse a mirarme. pero mi voz la calló una vez más. —¿Vas a decidirte de una vez? No creo que sea tan difícil. —Violeta. eso sí. donde no cometiera el error de comprometerme con mis respuestas. Hice rodar los ojos con disgusto al comprobar como el dado de Violeta se giraba hasta enseñar el número cuatro y cómo ella. Yo sabía lo que vendría a continuación: unos minutos de indecisión y de contar veinte con todas las fichas para al final decidirse por la que primero había escogido. Reprimí la risa y me concentré en lanzar mi dado que cayó con el cinco hacia arriba. pero hoy sólo había conseguido demostrar mi ineptitud. —repliqué algo exasperada. —Violeta… —Sé lo que intentas. dándole vueltas en el plato. soltando mi cubilete sobre el tablero. A mí siempre ese juego me había parecido tremendamente divertido. Observé a Violeta mientras mordía levemente el cubilete por un extremo en actitud de profunda concentración. con una sonrisa de medio lado absolutamente aviesa. —Curiosidad. como si el pensar que yo alguna vez pudiera amarla le pareciese inverosímil. Por otra parte era una estrategia muy eficaz. Después de la cena. quizás sea capaz de descubrir qué es exactamente lo que sientes tú por mí…—dije zanjando toda cuestión y metiendo un tenedor lleno de comida en la boca. No creo que haya que concentrarse mucho para hacer eso…—solté. —Pero no vas a desconcentrarme. estamos jugando al parchís. De repente. —Lo mismo que veo ahora. para luego seguir susurrando mientras contaba una y otra vez. Si te quedas lo suficiente. Sólo hay que tirar el dado y contar. —No lo había puesto en duda. Violeta. ambas decidimos sentarnos en la alfombra del salón y jugar unas partidas al parchís. —Vale. —Nada. —De hecho. Yo la observé hasta que decidió contestarme. con gran carga sarcástica. sí. Como si yo. puesto que tenía ciertas ganas de borrar aquella sonrisa de superioridad de la cara de la azafata y no con buenas maneras precisamente. —me apresuré a decir. supongo. Yo suspiré. —contestó muy seria. el parchís me pareció algo bastante bélico. me comía la ficha de color rojo. Decidí seguir una línea segura. quizás puedas averiguar muchas cosas por ti misma… Violeta añadió la boca para añadir algo. —suspiré cansadamente al reconocer aquello y recordar que cualquier persona podría tenerla menos yo. Violeta volvió a perderse en sus pensamientos hasta tiempo después. pudiera ser una amenaza. —Es evidente que tú no piensas las jugadas. —me miró por primera vez en media hora. —Tu turno. —Esto es una estupidez…—decidí yo.

—añadí puntillosa. —Vamos. —¿Te rindes entonces? —Yo no me he rendido. llena de curiosidad. consiguiendo con ello que yo sintiera un escalofrío. alzando una ceja mientras. —Creo que nunca me habían dicho algo tan bonito en mi vida…—admití. La persona más especial que he conocido en mi vida. —Yo sé lo que es el amor. —¿Cuál es el más importante? —Conseguir que yo lo amara. La miré con detenimiento. —¿Por qué? —Porque a pesar de todo no he podido olvidarte en todo este tiempo… Sólo la gente que es especial logra dejar huella en los demás. Atraje su atención por completo.—Nunca se debe confundir el cariño con el amor. Yo me fijé en el tablero y me pregunté para qué demonios quería un tres. —sentenció. Supe que siempre había actuado de esa forma. Tan simple como eso. sus emociones siempre se reflejaban en cada gesto. Sin poder evitarlo acerqué una mano y le aparté varios mechones de pelo oscuro que caían sobre su frente. Eso es un error. —Una partida podría durar años… Violeta me ignoró por completo y en cambio se concentró en agitar frenéticamente su cubilete. —No es justo. Por mucho que yo lo intentara. Aparté la mano segundos después. —Felipe conseguía llenar muchos aspectos de mi vida. Recordé que yo solía amar cada expresión de su rostro. —añadí. —¿En serio? —me contestó divertida. —Tienes suerte. —Eres especial. —No quiero ni imaginar lo que sería jugar contigo al ajedrez. —Así es como lo siento. Violeta se rió de mí y yo me enfurruñé más. — Ya no quiero jugar más. como de camaradería. Al hacerlo se llevó a mi incauta ficha por delante. —Eres desesperante a veces…—le dije entre dientes. —comenzó a silbar distraídamente mientras recogía el tablero y lo ponía a un lado. Parecía como si aquellos ocho años no hubieran pasado jamás entre nosotras. Violeta era dueña de su destino y nunca permitiría los reproches. un tres precioso…—pidió para luego soplar su puño antes de dejar caer el dado. —se pasó una mano por el cabello antes de proseguir. Pero no el más importante. Ella parecía preocuparse por cada cosa que hacía o cada instante en el que yo me perdía en mis pensamientos. ella nunca revelaría el por qué de sus decisiones. metió una de sus fichas en la meta. Jimena. En él podías leer cualquier cosa. llámalo como quieras. —Vale. —concedió en voz baja. Yo negué con la cabeza. —No sabía que fueras tan mala perdedora…—me dijo mirándome con un vil brillo en los ojos. —gruñí. pero Felipe tiene tanto de ti… —Quizás fue ese el motivo por el cual lo dejaste. Puede que te parezca imposible. vamos. casi en un susurro.—Muy bien. —¿Ocurre algo? —me preguntó. 85 . Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. pero ella la atrapó entre las suyas y besó el dorso de la misma. Juntas habíamos conseguido crear un ambiente relajado. —Ni yo que tuvieras toda la suerte del mundo. Lo descubrí pronto cuando fue ese el número que marcó su dado y ella gritó llena de júbilo. con lo cual le tocaba contarse diez. —Estaba pensando en que sigues igual de bella que siempre… Ella se dejó hacer mientras yo trazaba las líneas de su rostro con mis dedos en un roce casi imperceptible. Luego. —me quejé infantilmente.

Jimena. Aunque yo ya no lo sea para ti. que saliera de mi vida y otras sólo deseaba tenerla cerca de mí para siempre. acercándome hasta que pudo abrazarme. Tampoco es que lo intentara mucho. Miles de veces. como si eso fuera suficiente para su tranquilidad. —¿Crees que voy a saltar encima de ti? —¿Es una posibilidad? —Ahora estoy completamente sobria…—contesté. —Por supuesto que he pensado en ti. La última vez que había intentado hacer algo similar con ella había desembocado en una desgracia para mí. Violeta. Comenzó a acariciarme el pelo e incluso la sentí besarme ligeramente la cabeza. Como siempre. —Lo siento. buscando seguramente las palabras adecuadas. hasta cuándo Violeta seguiría apareciendo en el quicio de mi puerta. La sospecha y la intriga era evidente en su mirada. —dijo con dulce voz. —Dime al menos que me has echado de menos. —Lo sé. Ella sabía que yo necesitaba que me diera esperanzas de que mi vida. que alguna vez pensaste en mí. —¿Estoy segura durmiendo contigo aquí? —preguntó en tono jocoso. Sólo te miro. —musité. —Todo este tiempo me has negado tus abrazos. Era extraño. —Violeta… —¿Sí? —me miró con aquellos ojos y yo no pude evitar tragar con fuerza. —Creo que nunca se supera la pérdida. Su visión era para mí un incesante ir y devenir de emociones. Me había hecho esa firme promesa. —dije de súbito. pero tú lo lograrás también. Lo eres. con lo cual permití que esa sensación me inundara. Pero yo no iba a revelarme nada más de mí. una multitud de sentimientos que se mezclan y se confunden. —¿Qué? —me preguntó algo incómoda al notar que la estaba mirando fijamente sin pretensiones de decir algo. —¿Lo sabe tu familia? 86 . No supe que se había traído una pequeña bolsa con algunas cosas suyas hasta que llegó la hora de irnos a dormir. Violeta entró en el dormitorio ya vestida con su pijama. Supongo que el amor es así. a veces quería que se alejara. ella lo tenía todo dispuesto. —pero sí puedes llegar a dejar de pensar constantemente en ello hasta que te permite vivir. —¿Cómo conseguiste superar lo de Alicia? La ví pensar durante unos breves momentos. podría seguir adelante. La miré apartar las mantas y meterse debajo de ellas con celeridad. —Violeta… Creo que tú nunca podrás entender nada de mí… —¿Por qué dices eso? —Puede que algún día estés dispuesta a poner la suficiente atención para descubrirlo por ti misma. Era imposible verlo casi a diario todo este tiempo y que tu nombre no apareciera como por arte de magia en mi cabeza … Me separé para mirarla. De alguna manera yo sabía que pertenecía a aquel lugar. negando con la cabeza al tiempo. Simplemente quería saber qué ocurriría esta vez. —Nada. pero lo que más me llamó la atención fue la forma en la que sus pechos se marcaron contra la tela de su blusa. —Tú siempre has tenido el don de hacerme sentir importante. —Muy difícil. —le confesé. Jimena. —Ocho años. a este punto. Sé que es difícil. —Lo eres.La vi estirar la espalda mientras algunos de sus huesos crujían. Yo no podía apartar la vista de la azafata. llenando mi vida con ello. Felipe me recordaba a ti. Me reí dolorosamente. —Hora de ir a la cama…—informó ella tirando de mi mano para ayudarme a levantar. —se acercó a mí y me pasó un brazo por los hombros. Estar en sus brazos era absolutamente placentero. sorprendiéndome incluso a mí misma.

dándome la espalda. Casi me atrevía a jurar que ella tampoco conseguía conciliar el sueño aquella noche. sus pechos contra los míos. Supongo que el hecho de que ella fuera una mujer experimentada ayudó a que no se convirtiera en un fracaso… Pude observar. Yo la había puesto en una situación incómoda premeditadamente. —Una historia interesante. como la deseo en estos momentos" . Sentía tantas ganas de alcanzarla. —¿Qué? ¿en qué piensas? —me preguntó cuando notó mi ligera vacilación. distinguiendo entre las sombras la silueta de su espalda. No es que se molestara mucho en esconder su interés hacia mi persona. —Recuerdo mi primera vez…—dije. jamás pensé que sería de aquella forma. en caso de que estuviera dormida. Era muy importante ir recogiendo las pequeñas piezas que me iba otorgando para completar el puzzle que siempre había sido para mí. cualquier cosa me valía con tal de tener un atisbo de lo que Violeta pensaba o concebía sobre mi persona. —Violeta. En el dorso. deseo. —Me muero de sueño. luego un dolor intenso en la ingle. ya sabes. claro. Pude notar por el tono de su voz. —Fue increíble. No son necesarias las palabras en este caso. sin la menos señal de que el sueño llegara pronto. con la piel tersa y suave que los rodeaba. —con mi mano libre tomé una de las suyas y le acaricié los dedos. mientras se movía contra mi piel. con una mano posada sobre su estómago. —sonreí. pensé que tan sólo me tenía que dejar llevar por mi instinto. por la avidez que denotaba su mirada. La visión de su rostro desde mi posición era maravillosa. Celos. Yo me acomodé de nuevo sobre el colchón y apagué la luz de mi lado. que estaba algo molesta. no alterar su inconsciencia. Un recuerdo cruzó mi mente. con las ganas encendidas. quizás porque quería comprobar si con ello podría sacar alguna emoción de su interior. simplemente me miró. con la palma de la mano sosteniendo mi cabeza. —Tengo veintiséis años. Así que quería saber cosas sobre mí. ese mito de que la primera vez es un calvario. ni un solo novio conocido y ninguna vocación religiosa. 87 . Deseé estar sola para. sorprendiéndome incluso a mí. Así que proseguí. casi insoportable… Sus manos. me reconocí a mí misma. tantas que apreté los muslos y hundí la cara en la almohada. con su largo cabello azabache esparcido sobre la almohada. Todo en ella era tan mágico que era imposible no caer bajo su hechizo. su sexo… Violeta retiró nerviosa su mano de la mía y fue entonces cuando me fijé que sus pezones se marcaban con precisión contra la tela de su camiseta blanca. —susurré para que. —Creo que en mi familia llevan especulando con mi homosexualidad desde hace demasiado tiempo. —Tenían la firmeza de las tuyas. Poseía unos bellísimos y largos dedos. yo pertenezco a ese género… Fue la segunda persona a la que besé. "Oh. venas azuladas que se marcaban como las líneas de un mapa. Dios mío. Supongo que esas cosas se notan. Mi propia autoestima me exigía que lo hiciera. Minutos más tarde me encontré sumida en la misma desolación. —Tampoco es como si el cuerpo de una mujer fuera desconocido para mí… ya sabes. sin ganas ya de continuar con la conversación. apoyando el codo sobre la almohada. Me di la vuelta. Sus manos eran algo que siempre me llamó la atención en demasía. Un solo beso y ya me hizo sentir arder por dentro. Ella no dijo nada. Me sentí a mí misma fruncir el ceño.Me reí suavemente. —Recuerdo que yo no me sentí nerviosa en ningún momento. después de ti. que estaba muy interesada en el tema que yo había sacado a relucir. al menos. Violeta no se había movido de su posición ladeada. —me interrumpió. Unas manos que me hicieron gritar como nunca imaginé que fuera capaz mientras ella me animaba a seguir una y otra vez… Nunca imaginé que un cuerpo se pudiera acoplar perfectamente al tuyo. como si fuera parte de ti… Tenerla entre las piernas fue como un sueño. Ya lo había demostrado antes. aversión. encontrar la realización que mi cuerpo me pedía a gritos. Se dio la vuelta para apagar la luz de la lámpara que estaba en su zona de la cama. con la sábana a la cintura y aquella personal pose desganada. —dijo al fin.

se dio cuenta de que el hecho de estar entre sus brazos podría adormecer a todos los demonios que vivían en mi interior. —No puedo dormir… ¿Podrías…? ¿Podrías abrazarme? No contestó. 88 . su cautiva… Sin decir una palabra. Un segundo después se dio la vuelta para encarar mi rostro entre las sombras. Creo que vio la necesidad descarnada reflejada en mis ojos. La calma se apoderó de mi cuerpo. Ése era el poder que sin quererlo ella poseía sobre mí. me atrajo hacia sí con infinita dulzura. los ojos comenzaron a cerrarse sin remedio. Esa noche abandoné el infierno y me adentré en el paraíso que era Violeta. nuestras piernas entrelazadas bajo las mantas. mi rostro hundido en su garganta. Casi como por arte de magia. uno de mis brazos en su cintura. Yo me dejé llevar hasta quedar arropada por sus brazos.—¿Qué? —me susurró de vuelta. Yo era su esclava.

sonriéndole levemente. puesto que me sonrió alzando una ceja. Tuve que pagar la cuota a un tipo con pinta de mafioso para poder sacarlo de allí. Miré a Violeta que rodaba los ojos con disgusto. Tras pagar la gasolina. —Es muy aburrido conducir sola. Violeta se adentraba en la tienda. La ví acercarse hasta mí y subirse en el asiento delantero. Me dio las gracias llamándome "rubita". Sin quitar la vista de la carretera. sintiéndome aún demasiado observada. —comenzó a indicarme. Paré el automóvil justo detrás en espera de alguna indicación por parte de ella. cada vez más intrigada. dejándome sola. sintiéndome feliz de que ella quisiera continuar en mi compañía. —me sonrió pícara. con ella acariciándome el rostro. —Es disgustante. En un primer momento lo ignoré dándome la vuelta dispuesta a irme. Poco después. Sigue por esa calle. A ella parecía divertirle todo aquello. La seguí con mi coche unos diez minutos hasta que aparcó en una calle y se bajó rauda de su auto. preguntándole mudamente qué era lo que traía allí. Fui inmediatamente a por aquel trofeo. así que esperé a que fuera ella la que diera el siguiente paso. —Vamos a pasar un día de campo. observé por el rabillo del ojo cómo Violeta se peleaba con mi sofisticado equipo de música. Fue entonces cuando supuse que me había hecho dirigir hacia las afueras. sólo para encontrarme con Violeta agitando una chocolatina delante de mi nariz. —¿Tienes algo que hacer hoy? —me preguntó. me subí al coche. Me dedicó una leve sonrisa y salió de la cama. Hora y media después salíamos preparadas rumbo al depósito municipal para recoger mi coche. Así que me di la vuelta y me dirigí a aquel hombre con rabia. Miré a mi alrededor. —Ésa es una forma muy pobre de pedirme algo. —Tengo una idea. Le aparté la mano con suavidad y presionando un simple botón hice que 89 . no tenía idea de por qué había aparcado en aquella zona. Había dado diez pasos cuando de repente algo en mí se rebeló. seguramente a uno de esos parques naturales donde la gente pasaba los domingos con sus hijos. Luego nos pusimos en marcha otra vez.— He comprado bocadillos. Yo no sabía que sería lo próximo. Le hubiera dicho un par de cosas de no ser porque Violeta adivinó mis intenciones y me sujetó de un brazo. Violeta me acompañó hasta mi coche. Creo que entonces fue cuando me di cuenta de lo enfadada que estaba yo con el mundo entero. como cuando en el cole. —me dijo. —bromeé. Me alegró el recordar que hoy era viernes y que probablemente no habría demasiada gente. —Supongo que sí. Le hice caso a pesar de que lo único que me apetecía era abrir en canal a aquel tipejo. —Es una sorpresa. No pude evitarlo. —¿Me vas a decir adónde vamos? —dije con la boca llena de chocolate. Yo arrugué el ceño cuando pasó a mi lado. Noté las miradas de lascivia que me estaba regalando y me decidí concienzudamente a ignorar ese hecho mientras esperaba por el maldito recibo. saliendo poco después cargada de dos enormes bolsas de plástico. ¿Sugieres algo? —Lo primero que me apetece es salir de aquí. pero enseguida pude sentir cómo mi saliva se disolvía. con uno de sus brazos sobre mis hombros. —Lo sé. —No vale la pena. Tiempo después paramos en una gasolinera. Violeta fue la primera en despertar cuando la alarma del reloj sonó a las nueve y media. y mientras que yo llenaba el depósito de mi coche. Ni siquiera cuando me había quedado profundamente dormida Violeta me había hecho abandonar el refugio que para mí era su abrazo. ¿no te parece? —¿A dónde vamos? —pregunté.Capítulo 5 Entre el cielo y el infierno A la mañana siguiente. —afirmé. yo misma abrí los ojos para encontrarme aún en la misma posición.

preguntándome qué es lo que había dicho que resultase tan gracioso. La miré negando con la cabeza. —me guiñó un ojo. —Eso yo también. —No. —Cuando llegues a ese cruce. Quizás me estaba dando una pequeña tregua. —¿Te molesta que te toque? —siguió ella por mí. —me advirtió. eso es nuevo… —Egocéntrica…—dije sin despegar apenas los labios.buscara digitalmente una estación de radio. Me asusté cuando sentí sus dedos rozar una de las comisuras de mis labios. sintiéndola escudriñarme desde su sitio. —Sueles asustarte cada vez que me acerco a ti. —A menos que quieras que tengamos un accidente. —Ya se nos ocurrirá algo. —¿Luz Casal? —le dije. —¿Qué es lo que te gusta. —Entonces no estás segura… —De lo que sí estoy segura es de lo que me saca de quicio. mi boca…? ¿qué? —He dicho que quizás sea eso…—dije un poco a la defensiva. Era imposible no hacerlo cuando ella decidía hacer el tonto. Era increíble cómo Violeta me hacía dejar a un lado mis penas y disfrutar de cada momento junto a ella. —No puedes ganar conmigo. —contesté medio en broma. aunque ella lo oyó de todas formas. —zanjé yo. Ambas teníamos heridas muy profundas y yo había aprendido en el transcurso de un día que esa circunstancia podía crear lazos sólidos. ¿mi estatura. indiferente. 90 . —Creo que vamos a pasar frío. —¿Entonces? —No me lo esperaba. Me reí. —¿Por qué? —Pues porque…—me quedé sin palabras. Nuestras confesiones de la última noche nos habían acercado de alguna manera. —Eso es porque te dejo ganar. avisa antes de hacer algo así. Seguimos con nuestros duelos verbales y bromas hasta que llegamos al parque. —Vaya. Yo la miré un instante. mis ojos. Creo que sabía que sería así mientras no insistiera en cambiar mi actitud ni en hablar de cosas que me hacían daño. —Me gusta. —me indicó. —Lesbiana…—contrarrestó sonriendo. eso es todo. a pesar de que ambas sabíamos que había mucho de que hablar. —Apuesto a que te has quedado con hambre. —le dije apenas sacando la mano por la ventanilla.— No sé cómo haces para meter tanta comida en tan poco tiempo en tu cuerpo. Me regaló un ¡Ja! con falsa indignación haciéndome reír por enésima vez. Se echó a reír. —me dijo. —¿Qué es lo que te intimida?. Escogimos una mesa de madera al azar y nos sentamos en ella para comenzar nuestro almuerzo. Cosa que yo le agradecía. toma a la derecha. —me dijo al verme terminar mi bocadillo en un instante. entonces? —Pues un poco de todo… Prefiero la música de cantautor y odio los productos para quinceañeros. —me sacó la lengua haciendo un gesto de asco. no sólo cuando te toco. viendo como sonreía y disfrutaba de nuestras confrontaciones en broma. —Quizás porque me intimidas. —Tenías chocolate…—dijo como si estuviera disculpándose.— ¿A ti no? Me encogí de hombros. Arrugué la nariz y le eché un rápido vistazo a Violeta. escuchando los roncos tonos de la cantante. Ella me hacía parecer una persona completamente diferente. Reconocí al instante la personal voz de Luz Casal. recuérdalo.

haciendo gestos con las manos para excusarse. entre ella y yo en aquel tema. —Además. Cuando algo se acaba. preciosa. —dije a la defensiva. lo fácil que algunas cosas resultaban cuando las hacías en compañía. —¿Qué te hace tanta gracia? —Violeta. —¿En serio? —¿Qué crees? ¿Que soy una mojigata? —No. —indiqué. pensándolo detenidamente. —Me encanta este sitio. —¿No has vuelto a verla? —No. —Tuve una relación que duró varios meses…—proseguí. —Venga ya…—le palmeé en un brazo. pensé. Eso era lo que realmente echaba de menos. —Pero no de una mujer…—me confesó. —Pero yo no he dicho que me disguste. Si me preguntas qué es lo que pasó o en qué fallamos. hasta concordaba conmigo. Había cierta similitud. 91 . —Podrías llamarla y averiguarlo…—indicó Violeta. —¿La echas de menos? Pensé durante un instante. —Me cansé…—una pausa. Se reclinó en su asiento y giró la cabeza para abarcar el paisaje que la rodeaba. en cambio tú… —¿Yo qué? —¿Crees que no me doy cuenta de cómo me miras? —Nunca he pretendido disimular lo atractiva que me pareces. —declaré sinceramente. pero no resultó. como haciéndome ver que entendía mi postura. al parecer muy interesada en el tema. pero era evidente que Violeta esperaba que por lo menos le dijera algo. simplemente hay que dejar que siga su curso… Ella sonrió y creo que. —¿Por qué te gusta tanto? —pregunté. Al fin y al cabo.— Si llamas a alguien con quien has estado liado después de tanto tiempo se asume que es porque quieres obtener algo. Pero sí puedo decirte que fue la única persona que me hizo sentir bien.— De eso hace mucho. —Sí lo es. incluso casi logro atragantarme con el zumo. —dije en mi defensa. —Antes solía frecuentar algún que otro bar de mujeres… Pero de eso hace mucho tiempo. —¿Insinúas que tengo un trasero enorme? Lo dices por lo de tus caderas… —Lo digo en serio. —me dijo suspirando. pero estoy segura de que alguna mujer aparte de mí te ha comido con la vista… —¿Tú te das cuenta de cuando te miran así? —preguntó. —No tanto como tu culo. Ella era una buena persona y nos entendíamos bien.— Pero me gustaría saber si todo le va bien. muy interesada. estoy segura de que sueles recibir esa clase de miradas a menudo. Violeta aún seguía tan sola como yo. —añadí que ella misma me había llamado en cierta ocasión para comunicármelo.— ¿Sueles venir aquí a menudo? —No tanto como quisiera. —Es cierto. ni siquiera podría decirlo. —No es cierto.—Yo creo que tus caderas se han ensanchado ligeramente y no me quejo…—sorbí por la pajita ante las inmensas ganas de reírme cuando ella alzó una ceja. No me sentía con muchas ganas de explicarle los por qué. Lo sentí mucho cuando la relación acabó.— Sólo que me preguntaba por qué dejaste de ir. —No soy ciega. Creo que se mudó a otra ciudad por motivos de trabajo. —No. Suspiré. —Eso quiere decir que te has fijado. puede que no te hayas dado cuenta. —Simplemente me cansé de buscar algo que parecía no encontrar…—"A alguien como tú" Ella murmuró un "um" corto. —No…—me reí. Me eché a reír sin poder contenerme. —se apresuró a decir. Pensé en los buenos momentos que habíamos pasado juntas.

Eso. —Eso es una soberana estupidez. Ellos siempre parecen ir dos pasos por delante de mí. —le pedí casi en clemencia. —Yo leo cuando quiero evadirme de todo.—Francamente. si quieres. Vi a Violeta consultar varias veces su reloj y aunque deseaba no perder la serenidad que me otorgaba su compañía. admiras el paisaje y te bañas de tranquilidad. quería disfrutar de cada segundo que Violeta amablemente me regalaba. —Por supuesto. Creo que piensas que ése es un deber de ellos y no tuyo. —Me he dado cuenta de que han cambiado muchas cosas en ti…—comenzó. —¿Tú crees? —Creo que no te has molestado nunca en entenderlos. Violeta. 92 . Algo requirió toda mi atención. no lo sé. Basta ya de preguntas…—me concedió tras un suspiro. —Sí cuando haces las cosas para convertirte en víctima. Te niegas a compartir tus sentimientos con los demás como si eso te valiese de mucho. ¿Por qué? —Creía que era una virtud el haber logrado desvincularme y vivir mi vida …—dije en mi defensa. En un instante pensé que incluso podría ser divertido y que liberaría en algo la tensión entre nosotras. cosa que. —Ahora lo sé y eso cambia a las personas. —Creo que ambas sabemos que ésa no es la cuestión. Al fin y al cabo. No me gustaba. Jimena. Supongo que es un buen sitio para liberar algo de tensión … Te sientas aquí. —Podemos irnos ya. No me gustaba nada en absoluto. mirándola de soslayo. ¿Es eso lo que quieres? —Haces preguntas para las cuales sabes que no tengo respuesta. —Supongo… —Jimena. —¿Qué diferencias? Me revolví en mi asiento algo incómoda por el cariz que tomaba la conversación. aunque pareciera lo contrario. —No me hagas sentir infeliz por ser como soy. La observé mientras sorbía ruidosamente los últimos restos de su zumo y pensé en nuestra conversación. —Pero yo lo soy como consecuencia de algo más. —Antes no eras así… —Antes no sabía lo que era la vida o el sufrimiento. Nos alejamos lado a lado rumbo a los enormes columpios de madera. Me sonrió negando con la cabeza. Me cuesta hablar de mí o de lo que siento. No creo que sea la única persona que sea así en el mundo… Tú también eres así…—indiqué. acaba por amoldarse a ti y convertirse en otro rasgo de tu personalidad. al final. Ella seguía empeñada en ayudarme de la mejor forma que sabía. —me dijo negando con la cabeza. —añadí rauda.— Pero hay algo que es más evidente que todo lo demás y es el alejamiento con tu familia. —De acuerdo. —Soy así. un tanto burlonamente. Pero en aquellos momentos era incapaz de aceptar otras razones que no fueran las mías. —La miré algo alertada por su tono. como si el resto del mundo tuviera que amoldarse a tus exigencias. Sentía sus palabras retumbar aún en mis oídos. Me quedé muda mientras la miraba. —Supongo que cada cual tiene una forma de romper la monotonía…—añadió indiferente. necesito preguntarte una cosa. yo le agradecía. Es perfecto. —Yo soy la diferencia. Eso es algo que me saca de quicio… —¿Acaso no lo soy? —dije. Nunca tuve a nadie con quien compartir mis pensamientos o mis deseos. —Me gustaba como eras entonces…—admitió mirándome fijamente. —Supongo que eso significa que ahora te desagrada mi actitud. A pesar de todas las diferencias. Las horas pasaron para mí como un breve suspiro. Violeta. Antes amabas a tu familia y ahora… —¿Ahora qué? Sigo amándola igualmente. —A este paso seguirás siéndolo toda la vida. —¿Te atreves con los columpios? —pregunté abandonando mi asiento. —añadí. decidí preguntarle si tenía otros compromisos.

—A mí también. —le aseguré mirándola fijamente. Pregunta estúpida la mía. —Creí que tenías algo pendiente de hacer. —Lo hice por ti. —Lo he dejado. Me levanté. —Jimena. Pero ahora mismo estoy tan perdida que no sé ni lo que soy… —Jimena… Levanté una mano hacia ella acallándola. 93 . La oí suspirar.— No puedo pedirte ayuda porque si lo hago significará darte más de mí de lo que ya te he dado y cuando te alejes de nuevo sé que no seré capaz de seguir adelante. mírame. Luego se unió a mí en el camino. así que me ví obligada a decirle la verdad aunque supiese de antemano que no le iba a gustar en absoluto. ni tan siquiera romántico. por supuesto. Yo no había preparado nada para cuando me hiciera esa cuestión. —coincidí con ella. —¿A dónde vas? —me preguntó desde atrás. Violeta. —Yo nunca te he tratado así. Yo aún tenía cosas que decir que no podían esperar a ser dichas. —me ordenó. dispuesta a regresar al coche cuando sentí avecinarse otra lectura sobre mi comportamiento. Ni siquiera grabándome en la piel tu nombre a fuego vivo me habrías marcado tanto. Simplemente lo hice. —Violeta…—comencé sintiéndome demasiado nerviosa para poder expresarme con claridad. Creo que ya sabía que lo que iba a oír no sería muy agradable. Pero no puedo evitar sentir rabia cuando veo lo que estás haciendo.—Acabo de recordar que tengo un pequeño asunto que debo arreglar y ya son las cuatro de la tarde… Sólo que me cuesta tener que dejarte. pero era algo. —¿De qué piensas vivir? —dijo con voz dura.— Odio comportarme así contigo. —¿Por qué? —No lo sé. Me paré en seco y me giré hacia ella. No me digas que tú no sentías algo especial por mí. —Eso no es problema… Tengo dinero suficiente como para… —Oh…. Recogió nuestros deshechos y se acercó hacia una de las papeleras para depositarlos. Eso era lo que menos deseaba en esos momentos. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que vuelvas a dejarme como la última vez? —Lo dices como si de alguna forma te hubiera abandonado… —En aquel momento lo sentí así. —Más bien por ti misma. sobre todo porque sé que lo único que intentas es ayudarme. —Violeta. —¿Cuándo te reincorporas al trabajo? Bajé la cabeza. —Déjame acabar aún tengo algo muy importante que compartir contigo. Yo siempre te he visto como lo que eres. Antes de que ella pudiera alejarse de mí para rodear el auto la cogí de un brazo. —Jimena…—me llamó dulcemente al tiempo que se acercaba a mí y me rodeaba con sus brazos. —¿De qué me estás hablando? —me preguntó ceñuda. —Te estoy haciendo una pregunta. De repente sentí al imperiosa necesidad de confesarle el sombrío destino al que yo había empujado mi vida sin poder evitarlo. —tomé un último aliento antes de proseguir. puede que no fuera algo sexual. sigues haciéndolo a pesar de todo… Aún me ves como una niña. sobre todo porque rompería la paz que habíamos logrado establecer entre ambas. Anduvimos hasta el coche en completo silencio.

—¿Seguir cómo? —contesté.Me acoplé al cuerpo de Violeta como si realmente fuera parte de ella. —Escondiéndote de tu familia. —Vayámonos de una vez. Yo me quedé allí mismo observando cómo ella miraba al grupo de gente pasar a nuestro lado. Se mordió el labio y yo supe que estaba a punto de proponerme algo. 94 . sin ni siquiera esperar mi respuesta. Ya sabes que te adora. Aspiré con fuerza y sin pensar casi moví las manos en su espalda. depositando el bolso y su abrigo sobre el respaldo del sofá. —¡Por el amor de Dios! —exclamé incrédula. —¿Estás de broma? Estamos tan preocupados que pensamos que en cualquier momento nos llamarán para darnos la noticia de que te has suicidado. —Mi teléfono no funciona. —Puedo ver por qué… —Ginebra…. Me levanté mirando la hora preguntándome quien demonios venía de visita a las ocho de la tarde. no puedes seguir así. Durante nuestro viaje de regreso habíamos intercambiado pocas palabras. buscando el aparato para verificar mi excusa. El timbre de la puerta rompió mi paz. La rodeé por la cintura y hundí mi rostro en su cuello. Me aparté y ella entró en el apartamento. acariciándola. me había dicho antes de apearse. a la que yo había identificado previamente gracias a la mirilla. Estoy segura de que a Cristina le encantará compartir su habitación contigo. —Ven a casa unos días. con nosotros que nos preocupamos de ti? —Mírame. —soltó con voz dura. En todo el camino hasta mi casa me fui preguntado qué era exactamente lo que ella me había querido decir con aquellas palabras. Abrí la puerta para dejar paso a mi hermana Ginebra. No es nuevo para mí el que intentéis encauzar mi extraño comportamiento. Una vez saciado mi apetito me dirigí al salón y me eché sobre mi sofá. —¿Qué pasa con mamá. Acerqué a Violeta al lugar donde había aparcado su coche y antes de bajarse me miró muy seria. creo que sé lo que pretendes decirme y sé además que tienes toda la razón. Ni siquiera contestas al maldito teléfono. Nos subimos en el coche y nos pusimos en marcha. Ginebra. Oí los pasos de alguien que se acercaba y noté cómo Violeta deshacía el abrazo y daba un paso atrás. Cuando llegué a mi apartamento ya eran casi las seis de la tarde. "Esta vez no pienso huir a ningún sitio". Fui hacia la cocina y engullí varias piezas de fruta y otros tantos yogures. Violeta me atrajo más a ella.— Estoy segura de que ha sido mamá quien os ha contagiado esa estúpida idea. Que ella hubiera añadido la palabra "maldito" me dio cierta idea del humor del que disfrutaba. Me prometí que al día siguiente tendría a un técnico arreglando el desastre que yo había creado. Supuse entonces que había abandonado mis brazos por la presencia de aquellas personas. Mi hermana no dijo nada en los breves instantes en los que se dedicó a mirarme. —dije algo irritada. seguramente pensando por dónde comenzar la conversación. —dije algo sorprendida. —Hola. Cerré los ojos y me dejé llevar por su inconfundible aroma. Tenía toda la intención de llamar para pedir una pizza cuando mi estómago despertó pidiendo asistencia. También descubrió el cable roto que descansaba sobre el suelo y me miró rabiosa. Me di una ducha rápida y me acomodé en mi pijama. cerrando la puerta y acercándome a ella. La vi dar una vuelta sobre sí misma. pero recordé que mi maldito teléfono seguía roto. —¿Puedo pasar? —me preguntó muy seria. —Jimena. La vi girarse. Ella seguía oliendo igual que siempre. En su expresión pude ver entendimiento y dolor compartido a partes iguales. Dejamos que la estación de radio hiciese el trabajo de aliviar la tensión. encendiendo la tele desde el mando a distancia. ¿crees que soy motivo de preocupación? —exclamé abriendo los brazos para más énfasis. —Claro. intensificando el abrazo. sintiendo el calor de su piel por encima de su camisa.

—¿Desde cuándo? —pregunté ávidamente. Acostumbrarme a que me ayuden puede ser fatal para una persona como yo. —Me siento como una absoluta fracasada… —No digas eso. a pesar de lo que digas. derrotada. —¿Lo dices en serio? 95 . O quizás era más bien que para su pregunta no había respuesta. sé que no estás pasando por un buen momento. ¿Qué podía hacer yo contra eso? —Lo que necesito es soledad. pero tú no. No pienses que la culpa es tuya… —¿De quién entonces? —me interrumpió. Ella no sólo había perdido a mi padre. Mi hermana no se merecía sufrir. Ellos nunca. por favor. Yo superaré esto a mi forma y sola. La miré. Papá se fue tan de repente que no nos dio tiempo a prepararnos. —Me encantaría pasar este fin de semana contigo. ¿Me necesitaba para qué? ¿Para sentirse segura? El que mi familia pensara que yo estaba al borde del suicidio colmó mi poca paciencia. Lo único que pude hacer fue abrazarla. La vi esconder el rostro nuevamente. —la interrumpí muy seria. sintiendo como si me oprimieran el pecho. —Creí que esto era para toda la vida. —Desde hace demasiado tiempo. que parecía entender y aceptar calladamente todo lo que yo era. —me miró con lágrimas en los ojos. Te necesito. ¿sabes? Te despiertas una mañana y descubres que ya no es esto lo que quieres. pero aún así estaba preocupada. —Ahora debo irme. La abracé el suficiente tiempo como para que sus lágrimas dejaran de brotar. Ginebra. Se separó de mí y se recompuso. Sólo vine para cerciorarme de que estabas bien. —Jimena.—No.— Lo cierto es que la casa se me viene encima… Supe en ese instante que mi hermana me necesitaba. La noticia me cayó como un jarro de agua fría. —Voy a divorciarme. En realidad ninguno de nosotros lo está. No había nada más doloroso que eso. Sé lo mucho que lo lamentaría. Mi hermana se desplomó sobre el sofá. si te parece bien. Fue entonces cuando dejé de lado la autocompasión que me obnubilaba y descubrí a una Ginebra triste y casi desesperada. Esto pasa a veces. —Lo siento mucho. —Jimena. —¿Por qué? —Simplemente porque se ha acabado. Ricardo se llevó hoy a Cristina para pasar el fin de semana con su madre. Me miró. —me anunció cansadamente. —decidí en un instante. Nadie tan bueno como ella lo merecía. Sé que Violeta ha estado contigo estos días. dándole todo mi apoyo. mientras lloraba desconsolada. nunca entenderían nada de mí. Ella llevaba mi misma sangre y siempre había sido un punto de apoyo para mí. Me senté a su lado y le acaricié la espalda. Si necesitas algo sabes que estaré para ti… —Lo sé. —Casi doy gracias porque papá no pueda ver esto. —suspiró. tú siempre has sido consecuente con tus decisiones. como ha sido hasta ahora. Pero ya no hay nada que podamos hacer. frotándose la frente con una mano. —la abracé. —negué en rotundo. sobre todo por Cris.— ¿Cómo demonios se lo voy a decir? —Ella lo entenderá. aparte de mi padre. No había forma humana de que yo me negara a ayudar a Ginebra cuando más me necesitaba. —Si fuera yo en vez de ti quien pronunciara esas palabras sería por una buena razón. —¿Lo saben los demás? —Todos menos mamá. Me quedé sin palabras. —le dije acariciándole la mejilla. sino también su vida. Lo hemos intentado. sacando un pañuelo de papel para limpiarse la nariz sonoramente. Era la única. ¿sabes? Ahora me siento como si nada de lo que he hecho valiera la pena.

¿Qué hacías? ¿He interrumpido algo? —Estaba en el baño cepillándome los dientes.— ¿Qué ocurre? ¿estás bien? —No ocurre nada y estoy bien. —De acuerdo. —Y tú la necesitas a ella. aunque. Estoy en casa de Ginebra. —me cortó de súbito. —¿El qué? —pregunté curiosa. —rebatí yo. Lo que mi mente empezó a responder ella lo confirmó.— ¿Qué llevas puesto? La oí hacer un ruido con la boca y no supe si estaba riendo o por el contrario había soltado un bufido. Pero creo que ella me necesita. Media hora más tarde. Hace un rato que ella se ha ido a descansar y no podía dormir. más bien por su tono parecía una amenaza. —¿Qué ocurre? —Se me ha caído algo. —contesté irónica. Me alegro mucho. —sentenció. —¿Es que las gafas de leer no son gafas? . Ella y Ricardo parecían la pareja perfecta. Yo también estaba a punto de irme a la cama. Espero no molestar. —Supongo que es un deber preguntarte qué haces ahí. ¿verdad? —Sólo las uso para leer. —Las gafas. —contestó Violeta. En realidad ahora mismo estoy tumbada sobre la cama de mi habitación. e incluso. a veces me comporto como una auténtica imbécil. —Hola. —dije quedamente. —dijo algo balbuceante. —¿Cambiamos de tema? —sugirió. —Puede ser. aunque si estás… —No me molestas. Fruncí el ceño preguntándome como demonios lo sabía incluso antes que yo. nos hacemos vieja. Sólo que tenía ganas de hablar contigo un rato. —dijo indignada. —Mi querida hermana me hizo una visita hoy. —Lo sé. Creo que ambas necesitamos de nuestra mutua compañía. —Felipe me lo dijo. —¿Sólo a veces? —dijo sarcástica. supe que debía tener esa personal sonrisa suya de medio lado. Pareció dudar un instante antes de responder. Está a punto de divorciarse y… —Lo sé. —Entonces has decidido pasar unos días con tu hermana. —Soy Jimena. a pesar de que no podía verla. —Hola…—la voz sonó un poco dubitativa y supuse que quizás aún no me había reconocido. Violeta. ¿no? —¿Por qué no? 96 . yo dejaba mi apartamento con una pequeña bolsa de viaje en la mano El teléfono sonó tres veces antes de que al otro lado de la línea alguien lo cogiera. —Oh…—fue lo único que se me ocurrió responder. así no estarás sola. Una idea cruzó rauda por mi mente.— ¿Estás en casa? —No. —Vaya. —Escucha. Estoy acostumbrada. Me hizo sonreír.— Siento lo que pasó hoy. —Yo creo que lo eran. Oí un ruido. —Jamás pensé que algo así le pasara a Ginebra. como de algo que se cae y al segundo siguiente una muy indecente maldición. —No me importa estar sola. —comencé. Su amplia sonrisa me indicó que la idea era bien recibida. —No pretenderás tener una conversación erótica conmigo. Su encantadora risa me llegó a través del auricular.—Por supuesto. —Si alguien te dice que eres agradable te miente descaradamente. —accedí.

—chasqueé la lengua. —¿Sigues ahí? . —No. Ve a descansar. no soporto dormir con nada más. de encaje. Justo como la había visto en mi habitación. Era hechizante. —¿Por qué? —Tu imagen media desnuda me persigue… Rió. A pesar de que estábamos en invierno y ciertamente aquella noche era gélida. Me encantaba el sonido de su voz. —¿Crees que sería una buena idea si mañana os hago una visita? —Yo creo que eso sería una estupenda idea. Lo que en un principio había sido un juego para mí. —Violeta… —¿Sí? —Me encantaría mucho volver a verte. La sentí aguardando a mi próxima cuestión. —¿Y cómo es? —Jimena. yo diría más bien que tirando a cielo… Sin dibujos. Mi corazón comenzó a latir con más rapidez de lo normal. sino que mostraba una repentina voluntad de describir cada detalle. —preguntó. Mi cerebro comenzó a recrear entonces su imagen. esta vez con más ganas y yo la seguí. Soltó otro resoplido.— ¿Qué hay de tu ropa interior? —No hay mucho que decir. Hubo un instante de silencio antes de que Violeta volviera a romperlo. —No creo que pueda dormir. —admití. es de algodón pero… —¿De qué color? —la interrumpí por enésima vez. aunque es un azul claro. —prosiguió. —… ni siquiera recuerdo donde lo compré. Fruncí el ceño al reconocer aquel tono como uno juguetón. —Azul. —Interesante. —Sí. Violeta no sólo había accedido a mis deseos. sentí un repentino acaloramiento. Su voz llena de incredulidad. La imaginé tumbada.— De todas formas sólo llevo la camisa. —¿Sólo la camisa? —Sí. —dije con una amplia sonrisa ante el pensamiento de verla el día siguiente. 97 . como yo. eso he dicho. Pero sólo eso. —Buenas noches. Llevo unas bragas de color negro. —A mí también. por el amor de Dios. —De acuerdo entonces. odio los estampados… Sonreí para mí misma satisfecha. sobre la cama. con una pierna flexionada. Jimena. Decidí no hacerla esperar mucho. —¿Podrías describírmelo? —Pues de color azul. el pelo repartido en todas direcciones y su piel bañada por una tenue luz. pero decidió seguirme el juego. sé que no hablas en serio… —¿Es de seda? —insistí. —¿Puedo hacer algo más por ti? —preguntó con voz melosa. —¿Satisfecha tu curiosidad? —Mi curiosidad sí. ahora se había convertido en algo mucho más serio. agradecida de que ella no estuviera allí para poder ver mi timidez. —¿Tanto te cuesta decirme que llevas puesto? —Un pijama. —Tal vez para tomar un café… —A Ginebra le encantará tenerte por aquí. sonriendo para mí misma.—¿Hablas en serio? —preguntó.

—¿Violeta? —me preguntó mostrándose bastante más sorprendida de lo que yo me esperaba. —¿Qué te hace pensar eso? —Jimena. ¿verdad? Paré en seco todo lo que estaba haciendo y la miré. —mentí. puse el auricular en su lugar y volví a acomodarme bajo las mantas. ¿Almuerzo? Miré el reloj y descubrí con algo de disgusto que eran las doce y media pasadas. —Tú siempre has sentido algo especial por Violeta. Ella estaba allí. Abrí los ojos e inhalé. —Nunca te he preguntado sobre tu vida privada y no voy a empezar ahora.— Sea lo que sea. —saludé dándole un beso en la mejilla. Corté la comunicación. No podías evitarlo. —¿Qué? —me preguntó. —Buenos días. —Bien. Violeta siempre me ha parecido una buena persona y muy sincera. —¿Qué de qué? —Has hecho ese gesto con la nariz. Recuerdo que la expresión de tu cara cambiaba cada vez que el tema "Violeta" salía a la luz en tu presencia. Un gesto que a los ojos avizores de mi hermana no pasó desapercibido. —¿Y qué crees tú que es eso tan especial que siento por ella? —inquirí cuidadosamente. Me apeé de la cama y corrí hacia el baño. Su última frase me hizo arrugar la nariz con desagrado. Espero que no te importe. —Pues lo he hecho sin pensar. Somos conscientes de que llegado el momento sabremos lo que haya que saber. tú nunca has mostrado interés por casi nada que el resto de nosotras. —fue su respuesta. De todas formas la he invitado a tomar café esta tarde. Lamenté mucho que lo suyo con Felipe terminara. —Vaya. No había sido una broma cuando yo le había dicho que su imagen me perseguía. Creo que lo hacía porque se daba cuenta de que yo estaba subestimando su inteligencia.—Buenas noches. —Ya… Se dispuso a cortar una barra de pan y me ofrecí para terminar la tarea. Ginebra. en mis pensamientos y me estaba sonriendo. — respondió muy tranquila. Me sonrió levemente negando con la cabeza. El día siguiente me despertó con un agradable olor. —me señaló el apéndice muy convencida. —Debiste haberme despertado. De mi garganta escapó un "mmm" placentero cuando me encontré cara a cara con un arroz con verduras. para serte sincera. sabemos tan poco de tu vida que a veces nos preguntamos qué es lo que pasa. además. —¿Qué tal está? La última vez que la vi fue en el funeral de papá. Crucé los brazos detrás de mi cabeza y cerré los ojos. —¿No es mejor saberlo que especular sobre ella? —No sé a qué te refieres con eso de especular. —Bueno. —Te oí hablando anoche por teléfono…—dejó la frase en el aire esperando a que yo le revelara el gran secreto. Pero no especulamos. —Sí. —Lo sabes perfectamente. —Estuve hablando con Violeta.— Siempre lo haces cuando algo no te gusta. nadie en esta familia te va a crucificar por ello. Ginebra debía estar en la cocina preparando el almuerzo. Después de acicalarme y vestirme me reuní con mi hermana en la cocina. 98 . —le dije dándole con el codo suavemente. por fin. era superior a ti. —Como si eso fuera fácil… Le sonreí y abrí la tapa de la cacerola para ver qué era lo que olía tan bien. —Sabes que no me importa.

¿Dónde voy a encontrar a alguien que pueda soportar mis repentinos cambios de humor y mis silencios? Por no hablar de mis manías… —Tú has… ya sabes. Eres preciosa. Simplemente. Ginebra parecía haber dejado el asunto zanjado. Dime que es lo que piensas. —comencé. Creo que he dicho algo estúpido. —¿Crees que no soy consciente de eso? Pero en tu caso. Cuando conocí a Ricardo creí que era mi destino estar con él. —Ella…—pronuncié la palabra con énfasis. —Tú no sabes absolutamente nada de relaciones. Era evidente que ya se esperaba algo así. no eres virgen. —No todo es la belleza. Algo que por otra parte no pareció afectarle en lo más mínimo. —Tal vez sólo necesitéis estar separados un tiempo. no has dicho algo sin pensar. —Me gustaría pensar que así es. A veces es lo mejor. Aún lo sigo amando. pero para mí había algo incómodo flotando en el aire. —Nunca he hablado de esto con nadie. —dijo pausadamente. —Pero en realidad mi vida es un completo desastre. —De acuerdo. —¿Y no has pensado que quizás yo haya elegido esta situación? —Ni por un momento. —¿Qué quieres decir? —Olvídalo. confirmando sus palabras. Casi sentía vergüenza al tener que admitirlo.Terminé de trocear el pan y lo deposité en la panera. ¿no? Hice rodar los ojos con desesperación. La miré y supe que yo estaba intentando enmascarar mi pésima vida amorosa. —No puedo rebatir tus argumentos si ya tienes una idea preconcebida de todo esto … —¿A quién intentas engañar? —me interrumpió. aunque a mí me dio la impresión de que trataba de salir en la situación comprometida en la que se había metido. —¿No hay ninguna posibilidad de que volváis a estar juntos? —pregunté. Cuando vi a mi hermana apoyarse de lado en la encimera para mirarme acusadoramente. Me pregunté si era ella sola o el resto de la familia también estaba convencida. —Me pregunto qué es lo que nos hace enamorarnos de una persona y no de otra. —Es la segunda vez en pocos días que me hacen la misma pregunta. —Lo único que pienso de ti es que deberías estar con alguien. Debió habérsele escurrido sin querer. hermana.— Pongamos por caso que ella no te ame. ¿es que no hay nadie más para tí? 99 . Mi hermana se giró inmediatamente y puso toda su atención en mi persona. —No. ¿verdad? Bajé la vista. incluido lo del amor imposible… —¿Por qué es imposible? —¿Cómo es eso que dicen? —pensé un instante. —añadí en mi defensa. —admitió mi hermana. Con ello aclaré cualquier duda que tenía mi hermana sobre mis preferencias sexuales. Hasta entonces se las había ingeniado para no decantarse por ningún género. ¿Es que hay algo en mí que dé a entender que soy virgen? —Puede que sea esa frialdad con la que actúas en cada momento. Tengo todos los elementos para una novela. —Acabas de decir que hay alguien de quien estás enamorada. —Ojalá eso fuera cierto. pero no he logrado descubrir donde está el error. Ginebra. mientras rumiaba mis pensamientos.— Se necesitan dos para bailar un tango… —¿Quieres decir que no eres correspondida? —Eso mismo. ¿pretendes decirme que no cambiarías todo lo que tienes porque ella te correspondiera igualmente? Fue la primera vez en nuestra conversación en que mi hermana había utilizado un "ella". no debería ser tan difícil. —¿Por qué no va a serlo? —dije queriendo darle cualquier atisbo de esperanza que pudiera. —¿Es ese amor imposible lo que no te permite encontrar a alguien a quien amar? —Más bien creo que soy yo. supe que una vez más el tema giraría en torno a mí.— No va a amarme jamás. ser bella significa tener una excusa menos para estar sola.

—dije sin más preámbulos. sino porque es de esas personas que tienen cierto aura de misterio… ¿entiendes lo que te digo? Justo como esas grandes divas del cine… —Creo que sé por donde vas. De todas formas creo que era demasiado evidente. Y no sólo lo digo por su belleza. créeme. pero mi vida sexual olvídalo… —¿Por qué? —me preguntó. —La besé. sin saber adónde quería llegar Ginebra. apoyándose en la encimera y mirándome con verdadero interés.—Puedo discutir muchas cosas contigo. —No me digas…—paró para tomar aliento. lo que está fuera de toda duda. —No tengo ni idea de qué demonios le gusta. —¿Recuerdas aquel día en el río con Violeta? —Sí. Es sólo que ella es todo lo que quiero y a la vez lo que no puedo. volviendo a recrear ese día una vez más. 100 . recibiera una llamada repentina. al menos durante unos segundos… La vi reírse y me pregunté que había dicho yo que resultase tan gracioso. ¿Qué hay de ti? ¿El problema es que no le gustas o que no va por el mismo camino que tú? —No lo sé. —admití. —me quejé. de repente demasiado interesada para mi desmayo. —No lo es. Todo el tiempo detrás de ella… Suspiré. ¿verdad? Fue algo que tuvo que ver contigo… Bajé la cabeza incapaz de mentir. Casi podía recordar cada palabra que había dicho ese día. —Sí lo es. no estoy segura… Creo que al principio sí.— Ella estuvo con Felipe y eso da cierta idea de… —Lo sé. Yo nunca imaginé que mis sentimientos por Violeta hubieran sido siempre tan transparentes. —Yo la besé y ella no se apartó. —¿Estamos hablando de Violeta? Suspiré sabiendo que no tenía caso seguir ocultándolo.—… que intentaste robarle la novia a Felipe. —Por otra parte…—negó con la cabeza y emitió un pequeño suspiro. Esperé a que se le pasara la risa tonta mirándola casi con enfado. —¿Qué hiciste? —me preguntó. —Nada sólo que parecías un cachorrillo. Era de los pocos recuerdos en aquella casa que seguían imborrables con el paso del tiempo. es decir…—me pasé una mano por el pelo nerviosa. Yo tuve la suerte de que él me correspondiera. Ginebra abrió los ojos tanto que parecía que se le iban a salir de las órbitas. —¡¿En la boca?! —exclamó incrédula. cuando se marchó. —Sí. —Pero es diferente. hermana. Nada de lo que tuviera que ver con Violeta había desaparecido de mi memoria. —No… Hice un gesto con las manos haciéndole ver que acababa de darme la razón. ¿Por qué? ¿Qué tiene eso de especial? —pregunté. No era algo que yo hubiera relatado con anterioridad y hacerlo ahora me estaba costando un mundo. —Sí. —puntualizó ella. —Es lógico que hayas perdido la cabeza por ella. —¿Y ella respondió? —No lo sé. es decir…—suspiré. —Tampoco es cierto que aquella noche. Eso confirmó sus sospechas. —No es cierto. reconociendo en mi interior esas mismas sensaciones que sentía cada vez que la tenía cerca de mí. —¿Existía alguien más que Ricardo para ti? Pensó unos segundos. pero creo que definitivamente no soy yo.

Esperé sentada en el salón mientras Ginebra iba a abrir la puerta. —De acuerdo. —Voy a poner el café. Yo había intentado "robarle" la novia a mi hermano. Nunca deja que sus problemas afecten a los demás. Con Ginebra no existen los días tristes. Sin una palabra más. el principio de mi desgracia. Ginebra asintió con la cabeza. —¿Qué pasa con esas otras personas que han pasado por tu vida? —Yo no puedo amar a nadie mientras siga existiendo Violeta. —añadí amargamente. —dijo simplemente. Ginebra desapareció rumbo a la cocina y Violeta se sentó cerca de mí aún con la sonrisa adornando sus bellas facciones. yo ya estaba hecha un manojo de nervios.— Sólo sé que ése fue el fin de la historia. Ella me convenció de que no iba a pasar absolutamente nada. —Hola. —Desgraciadamente. pero te advierto que es muy guapa… —Ginebra. —Más bien será porque no quieres olvidarla. así que lo preparamos todo para cuando Violeta llegara en aparente tranquilidad. —ofreció mi hermana. —Así que la besaste…—me señaló agitando la otra mitad en la mano. —Bien. —Me alegro mucho de volver a verte. —añadió la invitada.— Eso fue algo muy valiente de tu parte. cualquiera diría que está pasando un mal momento. palmeándome la rodilla y posando su mano allí. que lo olvidase o le arrancaría la piel a tiras.Hice rodar los ojos con frustración. —Me alegro. Nos hemos pasado el día charlando de nuestras cosas … La mano que ella seguía apoyando en mi rodilla comenzó a inquietarme un poco. alargó el brazo y cogió una que empezó a roer con entusiasmo. conociendo muy bien la obsesión por la azafata. —concedí. Yo le había advertido con antelación que fuera lo que fuera que le pasara por la cabeza. —expuse. sobre todo si se tenía una hermana como la mía. Ginebra retornó de la cocina. —¿Tú cómo estás? —me preguntó. Cuando el timbre de la puerta sonó casi a las cinco y cuarto. conozco a una chica del trabajo que… —Ni se te ocurra pensarlo.— Lo que menos necesito es que comiences a buscarme citas. Violeta. —Tal vez.— Las últimas veces que nos hemos visto no han sido en las mejores condiciones. —Dame tu abrigo. Violeta traía consigo una brillante sonrisa que me dirigió nada más verme y yo me erguí lo suficiente para recibir los dos besos con los que me saludó. déjalo ya. sobre todo al sentir su calor a través de la tela de mi pantalón. —dijo ella. tomó un pedazo de pan recién cortado y se metió la mitad en la boca.— Vaya. —Ella es así. antes de que pudiera preguntar algo más. —Viendo a tu hermana. Oí las voces de ambas mientras se acercaban y mi corazón comenzó a martillear con insistencia. —Tenía dieciocho años. deshaciéndose de su chaqueta. —Hace un frío de mil demonios ahí fuera. —Vale. Violeta. Y todo porque ahora mi querida hermana conocía de mi debilidad por Violeta y tenía miedo de lo que sería capaz de hacer. eso tiene que decir algo a mi favor. añadiendo además una mirada fulminante. —¿Sabes?. No era lo mismo sentir lo que sentía en soledad que el haberlo compartido con alguien. —Sí. me encantan esas galletitas. —la avisé. —Yo diría que más bien fue el principio. Simplemente no puedo. —ladré. Me removí en mi asiento buscando una posición cómoda para parecer distendida. —se fijó entonces en la mesilla y descubrió el platito de pastas para acompañar el café que habíamos dispuesto para ella. como quieras. alejándose para echar un vistazo en la cacerola. vale. —consintió. —zanjé. —se sentó en un sofá frente al nuestro. 101 . Regreso enseguida. —¿En serio? —comenté con tono sarcástico. —Hola. Pero ella tenía razón.

Como si yo no supiera que estaba intentando dejarme el camino libre con Violeta. La hice reír. Puse especial interés en observar la reacción en Violeta. Quizás fueran mis sentimientos hacia ella lo que añadía presión a nuestra amistad.Yo sabía que en el tiempo que había durado la relación de Felipe y Violeta. Ginebra se amparó detrás de su taza para no tener que mirarme a los ojos. 102 . Las vi intercambiar varias frases más hasta que comencé a sentirme un tanto fuera de lugar.— Yo lo serviré. —Estás muy callada. —Quejica. —Mañana tengo un vuelo a Londres. pero echo de menos mi cama. aún encantada por la idea. —A todos nos llega ese momento. al parecer. Me alegro mucho por ambos. Supuse que quería tomarse las cosas con calma y no añadir presión. Violeta le añadió al suyo leche y varias cucharadas de azúcar. —enfaticé. Tú quédate aquí con nuestra invitada. Yo nunca se lo había preguntado. —¿Lograste dormir anoche al final? —Sí. lo sé. Yo que creía que Felipe no estaba hecho para el matrimonio y fíjate. una taza de café. No tuve más remedio que asentir y volví a tomar mi antiguo asiento. girada hacia mí. aunque me encantaría. (tiempo que abarcó la época en que yo estudiaba fuera). —Ya estoy de vuelta. Miré a mi hermana casi atravesándola. Así que cambió de tema. no es que me apetezca mucho… —Violeta sugirió que quizás podríamos salir a cenar esta noche. ¿Adónde vais a ir? —Me refería a que fuéramos las tres Ginebra. —De eso nada.— Es una persona muy agradable y la única que ha logrado echarle el lazo a ese cabeza loca de Felipe. Me levanté dispuesta a hacer algo útil y servir el café. —negué con la cabeza al tiempo. Violeta? —Mañana tengo un vuelo. La depositó sobre la mesilla y nos sirvió a cada una. —anunció mi hermana cargada con una bandeja. —Yo no puedo. La de mi cuarto aquí parece ideal para una tortura china. Y a decir verdad. creo que te lo dije. Violeta volvió a hurtar otro de los dulces y se apoyó cómodamente en el respaldo. —Estoy de acuerdo contigo.— ¿Ocurre algo? —No. Pareció desistir rápidamente de indagar en mis posibles problemas. viendo a las dos hablar como si de antiguas amigas se tratara. quizás luego podríamos ir las tres a cenar o algo. —¿Conoces a Julia entonces? —inquirió Ginebra refiriéndose a la prometida de Felipe. —Me encantaría. —Me parece estupendo. Las cosas entre Violeta y yo nunca habían sido tan distendidas. —Es fácil decir eso cuando no lo has tenido que sufrir por ti misma. ella había creado ciertos lazos con mi familia y esa confianza se notaba sobre todo ahora. —añadió Violeta. —negó Ginebra. —añadió. —añadí yo. —dije sonriéndole levemente. pero tal vez fuera hora de abordar a Violeta y descubrir hasta qué punto le incomodaban esos sentimientos. —Por supuesto. —¿Qué tal el trabajo. —me dijo ella nada más departir mi hermana. Ginebra rió suavemente. —respondió con absoluta tranquilidad y con el rostro impasible. —He pensado que ya que tengo todo el día por delante y ningún plan. —Sí. mientras que Ginebra y yo lo tomamos solo.

—dijo Ginebra mientras hacía un gesto como de echarse a temblar. tacos de pollo y enchiladas en salsa roja con frijoles refritos. Segundos más tarde cortó la comunicación. Antes de lograr conseguir mesa tuvimos que esperar en la barra tomando unos margaritas como aperitivo. Cogí la jarra de margarita y vertí más licor en mi copa. El restaurante estaba tan lleno que el ruido era casi infernal. —Mmmm…—terminó de masticar antes de comenzar a hablar. pero de no haber sido así lo hubiera adivinado igualmente en cuanto la expresión de su cara se tornó triste. —De acuerdo.— Hay muchas. El teléfono móvil de Ginebra sonó en ese preciso instante y tras una breve excusa contestó a la llamada. Ginebra. —Pues yo confío plenamente en el juicio de tu hermana. —comentó Violeta. cosa que yo agradecí silenciosamente. Por mi parte. esta vez me arriesgaré. —Creo que no sería muy buena compañía. Pero quizás una que recuerdo muy a menudo es cuando estábamos despegando y una enorme cigüeña se metió dentro de una de las hélices del motor obligándonos a aterrizar de emergencia… —Escalofriante. —No sé como puede oír algo con este ruido. —Aunque eso no me tranquiliza mucho. ¿no? Con lo cual es algo normal. Aparte de ese pequeño detalle y de lo poco que había comido. —Sólo ha pasado un día desde la última vez que la vi y es increíble cuánto la echo de menos ya. tuve que admitir con franqueza que la cena estaba deliciosa. Oímos a Ginebra reír mientras hablaba ahora con su hija. —Si resulta que nos aburres te pediremos un taxi. ¿cierto Violeta? Violeta no respondió. —Conozco ese tono… Se avecina tormenta. papaya y camarón. Ginebra nos llevó a un mexicano. Nos sentamos en una mesa que hacía esquina en el segundo piso del inmenso restaurante. Violeta. —sonreí. Se rieron las dos y yo negué con la cabeza vencida. —¿Tuviste miedo? 103 .— ¿Puedo llamarte cuando regreses? —Cuento con ello. —Mira. cosa que me agradó. Supe que estaba hablando con Ricardo porque pronunció su nombre. Violeta a mi lado y Ginebra en frente. —dije irónicamente. ¿vale? —bromeó Violeta haciéndonos reír. —Muchas gracias. —añadió con premura. —añadió mi hermana. —¿Hasta cuándo seguiré siendo el objeto de vuestras bromas? —comenté yo. —anunció mi hermana. —Si no te gusta. —Amor de madre. Pero yo elijo el sitio. — Violeta me sonrió y me guiñó un ojo. pero casi se atraganta con lo que estaba masticando en un repentino ataque de risa. —Como se nota que tú no has tenido que ver lo que es capaz de tragar…—añadí a la defensiva. puesto que el lugar estaba atestado de comensales. —pidió Ginebra mientras retomaba su cena con avidez. —Puedes decirlo. —resolvió la azafata dirigiéndose a mí. Ginebra. hermana. —No se puede decir que sea de las personas que hablen mucho. ¿es que tienes algo mejor que hacer? —repuso la invitada. —Sálvese quien pueda. al menos para mí. Ya empezaba a sentir cierto acaloramiento. El picante y el tequila no eran muy buena combinación. ni siquiera ha pronunciado una palabra…—dijo jocosamente mi hermana en referencia a mí. —dije yo. Dejamos que Ginebra pidiera y media hora después disfrutábamos de una ensalada de aguacate. ¿Necesitas algo de Londres? —No. Cuéntanos alguna anécdota de tu trabajo. siempre podemos pedirte un taxi. Cerca nuestra teníamos una mesa de unas cinco personas y debían llevar consumidas demasiadas jarras de margarita a juzgar por la algarabía. —contestó Ginebra. removí la ensalada preguntándome que demonios pintaba la papaya en ella.— No ha parado de comer. —¿Cuándo regresas de tu viaje? —Dentro de tres días.—Vamos.

Jalisco". pero que muy bien.— Mi cuerpo ha cambiado demasiado después del parto. —Esta pequeña indulgencia que ves. pero en todo caso. No me gustan los aviones. —concedí yo. —Yo creo que a nadie le seduce. Pensé durante unos instantes. —Ya los echaba de menos…—comentó Ginebra cómicamente. —repuse. Y lo peor es tener que calmar a los pasajeros después de algo así. Tanto como quería yo a Violeta me hizo reflexionar sobre el arriesgado trabajo que tenía. No se ven muchas azafatas de pelo blanco. Quizás tan arriesgado como cualquier otro. —No es lo que pretendo. —El viaje que hicimos todos para acudir a la licenciatura de Jimena fue caótico. —¿No piensas dejarlo algún día? —pregunté yo. —¿Por qué brindamos? —preguntó mi hermana. como haciendo cuenta mental de cuanto estaba yo bebiendo. vacié el contenido de mi plato en el suyo y ella me lo agradeció con una amplia sonrisa. dándonos así una ligera privacidad. Eso me recordó que mi copa estaba media llena. Ginebra se encargó de indicarle que todo estaba perfecto y de pedir otra jarra más de margarita. Reaccionan de manera tan dispar que incluso llegas a temer porque te agredan o algo peor. —me contestó igualando mi tono. pero me estás tratando como si fuera una alcohólica. —Genial. con el traje típico y entonando la canción "Ay. La idea de que vas estrellarte no es agradable. poniendo voz a mis temores.—Ya lo creo. Pagan muy. La cogí y tomé un gran sorbo de la bebida. Violeta. —admitió Ginebra. encontró de repente la banda de mariachis muy interesante. por supuesto. con un poco de malestar. —No sé si te habrás dado cuenta. Es una sensación desagradable cuando estás ahí arriba y sabes que no tienes el control de absolutamente nada. Ginebra que nos había visto intercambiar aquellas dos frases. me va a costar muy cara. ella y sus discos de Javier Solís. —le dije casi en un susurro. volví a tomar la copa y la alcé. —Si sigues así lo estarás pronto. Sin decir nada. Una música comenzó a sonar desde uno de los extremos del salón y Violeta y yo nos giramos para ver a un grupo de mariachis. te diré que casi no has probado la cena y que sin embargo aún no he visto vaciarse tu copa. —¿Te vas a terminar eso? —me preguntó Ginebra masticando. secundándome. Las tres chocamos nuestras respectivas copas y tomamos un pequeño sorbo.— Estar sentada todo el día ante una mesa es aburridísimo. Y antes de que lo preguntes. ¿no? —Reconozco que tu trabajo tiene un lado excitante. —Veo que es de familia lo de comer tanto…—murmuró Violeta a media sonrisa. Ginebra devolvió su atención a nosotras. —Esta música siempre me recuerda a mamá. vestidos. Sentí un sudor frío recorrerme por entero. Uno de los camareros se acercó hasta nuestra mesa para interesarse por nuestra cena. —Supongo que sí. pero ya que estamos. —Cierto. En cambio el mío…—Ginebra suspiró recordando su trabajo como funcionaria. No hay manera de domarlo … 104 . ella tendría muy pocas opciones. si es lo que te preocupa. mientras que Violeta contraía las mandíbulas como muestra de desagrado. —Creo que no es necesario el que te recuerde la disposición que muestras últimamente hacia el alcohol… Para mostrar mi rebeldía por sus palabras. mis razones son única y exclusivamente lucrativas. —Aún no estoy borracha. Vi a Violeta mirarme de reojo. —Por nosotras. si algo le pasaba. —¿Un brindis? —dije en alto.

—me quejé medio en broma. con los párpados tan pesados como el acero. Violeta se giró hacia mí con el ceño fruncido y yo le sonreí levemente. —Sabes perfectamente que la apariencia lo es todo. —Bien. Todo este rollo por el culto al cuerpo ha llegado demasiado lejos…—alegué distraídamente.— Ella podría tener a cualquier persona que se propusiera. —¿Alguien quiere postre? —dije súbitamente. Ahora mismo lo estaba comprobando. —Sois unas superficiales. aunque algo me decía que era producto de los margaritas. —¿Debo sentirme culpable por eso? —añadí en tono burlón. quien dormitaba en el asiento trasero. No creí ni por un momento que Violeta no se diera cuenta de que Ginebra intentaba tenderle una trampa para que la conversación girara en torno a mí. No digo que sea justo. Me pareció demasiado pronto… Nos apeamos del coche las tres y Ginebra se despidió de Violeta con un sonoro beso en la mejilla. Ginebra? —A cada instante. Ginebra acudió en mi auxilio una vez que fue evidente que yo me había quedado sin palabras.— No toda la gente bella es estúpida o insoportable… Tú no lo eres.—Qué me vas a contar a mí… —Demasiadas preocupaciones por el simple hecho de comer. —¿A veces no la odias. ¿O me vas a decir que crees en eso de que lo que importa es el interior? —La gente guapa a menudo suele ir acompañada de una gran falta de humildad. A mi hermana le entró un repentino ataque de risa. por lo que fue una buena idea desde el principio el dejarle esa responsabilidad. buscando una posición cómoda. Es guapa. ya hemos llegado…—su voz me sacó abruptamente de mi adormilado estado y tuve que mirar por la ventanilla para asegurarme de que habíamos llegado a la casa de Ginebra. —respondió a la azafata con premura. sorprendiéndome hasta a mí misma. Sonreí ante su cómica posición y me concentré de nuevo en mirar por mi ventanilla hasta que cerré los ojos. —No querer reconocerlo no es lo mismo que no ser consciente de que se es… —"Touché"—repuso Ginebra. —añadió. Violeta. Giré la cabeza para ver su perfil. Yo no quería que aquella velada terminara. Yo sabía que el haberle expuesto mis sentimientos a mi hermana había sido un gran error. —Lo dices porque tú eres incapaz de ganar un gramo. —Eres tan superficial como cualquiera de nosotras. aparentemente por mis palabras. Ginebra. —recalcó mi hermana. ¿Qué otra cosa podía hacer? Violeta nos llevó a casa en su coche. —Jimena. pero ésa es la realidad. —me ordenó Ginebra aún entre risas. El tiempo había pasado volando. Me pregunté si a mis ojos aquella mujer alguna vez parecería menos que una diosa. inteligente y tiene un gran corazón… En ese punto. —Ése es otro tópico estúpido. la expresión era de total concentración mientras guiaba el auto por la carretera. cuando mi hermana se decidió por enumerar mis cualidades. —Tú —me señaló con el tenedor una vez recuperada de su ataque. Viajamos en silencio. cállate. —añadió Violeta. sobre todo porque pasaría Dios sabe cuánto tiempo antes de que volviera a ver a Violeta. Yo estaba prácticamente hundida en el asiento delantero. cerré los ojos y deseé escapar de allí. Creo que todas sabíamos que la única que controlaría la bebida sería ella. —Jimena cree que no es atractiva. —me miró y yo hice lo de siempre: me sonrojé. 105 . Violeta y Ginebra se miraron durante unos instantes para acto seguido romper a carcajadas. Eché un rápido vistazo a Ginebra. Hubiera preferido en ese momento que mi hermana me hubiera dejado en total desamparo. con la cabeza ladeada. antes de perderse escaleras arriba. Habíamos abandonado el restaurante casi a la medianoche. —murmuré a media sonrisa. —Yo creo que no se debería tener tanta preocupación por el aspecto. —Nos vemos pronto.

cerca de los labios. Lo deseaba tanto. Tanto… Sus labios rozaron mi mejilla. casi a oscuras.No había que ser muy inteligente para saber el motivo de las prisas de mi hermana por dejarnos solas. No pude evitar cerrarlos mientras absorbía por completo las sensaciones que esa simple caricia me provocaba. puesto que percibí su cálido aliento y dejé de respirar. Luego sentí la pérdida de su cercanía y fue entonces cuando abrí los ojos. La sentí acercarse hasta mí. —Sí. imaginando que se acercaba para besarme. Nos quedamos allí. 106 . Ella dio un paso adelante y alzó una mano para colocarme unos rebeldes mechones de pelo fuera de mis ojos. —murmuró algo insegura de lo que preguntar o hacer a continuación. dejando allí un suave cosquilleo. —Bien. mirándonos. sólo para verla desaparecer calle abajo dentro de su coche. —¿Me llamarás? —me preguntó.

107 . Y sabía el por qué. ella había vuelto trayendo consigo mis antiguas ansias. sintiéndome extrañamente excitada. Regresé a la soledad de mi apartamento la tarde–noche de ese mismo día. incluso en mis sueños. Ese domingo mis pensamientos también estuvieron con Violeta. las intensas luces de la sala inundaron mis sentidos. que indicaba un mensaje nuevo. llegado el momento. La soledad. de que él la estaba esperando ya en un mundo perfecto en algún lugar… Incluso para la muerte existen excusas que pueden dar esperanzas. Decidí animarme como casi todas las mujeres lo hacían: comiendo y comiendo. Durante los ochos años que pasé sin verla. parecía desistir de su empeño. lo único que la mantenía con vida era el pensamiento de que llegaría el momento de reunirse con él. lo solté como si me quemara. Vi mi tristeza reflejada en los ojos de mi madre. y hacía mucho tiempo que no disfrutaba de otra persona. Eché un rápido vistazo al contestador. Ahora lo veía claro. Con la decisión tomada. Fue la primera vez que me sentí como si fuera parte de ellas. En tan sólo unos días. el perder a la persona que tanto se ama… Ella era una mujer más fuerte de lo que yo nunca hubiera imaginado. tan sabia como era. sería yo quien pidiera compartir mis emociones. Nada más entrar. recibiendo alguna que otra mirada de admiración y de sonrisas que dejaban claras intenciones. Incluso ordené cada cajón. con un añejo álbum de fotos. por entonces. supe que le estaba costando un mundo seguir respirando. tanto mejor. Nosotras sólo pretendíamos evitarle más dolor. Me dediqué casi por entero a poner orden a mi siempre revuelto apartamento para mantenerme distraída. Una vez que acabé con esa tarea y mi ático pareció algo menos que una selva. casi por casualidad. inundada de humo. Era evidente que no quería estar sola. Seguramente. Avancé por entre la apiñada muchedumbre. Me di cuenta de que lo que me apetecía era salir esa noche y tal vez conseguir algo de compañía. Violeta había logrado que yo no sintiese tanto placer en mi voluntario retiro. Me alegré de haberle dejado al conserje del edificio el encargo de tener mi teléfono listo para mi regreso. El día siguiente vino cargado de aburrimiento y de anhelos. Creo que sabía que. evitamos hacer cualquier comentario sobre la inminente separación de Ginebra. y cuando me encontré. No estoy muy segura de que mi madre. A veces la había pescado mirándome como con intención de querer decirme algo. para mi desilusión. tomando café y charlando de multitud de cosas. no volvió a sacar el tema "Violeta". como si nunca hubieran existido esas diferencias que nos hacían tan opuestas. pero tan rápido como mis ojos encontraban los suyos. No era pecado desear tal cosa. No pude ni imaginar lo que sería quedarse sola. nunca había dejado de aparecer en mi memoria. Mi madre vino el último día de mi estancia allí y pasamos una grata velada las tres. Ella. Por supuesto. y encubrimos la ausencia de Ricardo alegando un fin de semana a solas entre padre e hija. Y si era algo que añadía cantidades ingentes de calorías al organismo. Jamás la había visto tan apagada. con su suspicacia. Encendí la tele para distraer mi atención lejos de mis pensamientos mientras engullía grandes cucharadas de helado. Apreté el botón. Abandoné la idea de llamar a Ginebra.Capítulo 6 Sentimientos que delatan El fin de semana en casa de mi hermana resultó ser muy relajante para mí. Estaba dispuesta a averiguar si mi recién estrenado desparpajo había conseguido vencer mi timidez. pensé en llamar a Ginebra e invitarla a cenar o a ir al cine. era del hospital. Maldije por lo bajo al darme cuenta de que había olvidado todo el asunto de mi trabajo. donde me estiré cómodamente. pero no mostró ningún síntoma de incredulidad y mucho menos ansias de profundizar en el tema. percibiendo los diferentes trazos de perfume. me di una larga ducha y me vestí y maquillé con parsimonia y dedicación. me daba mucho margen para pensar. El mensaje. Me hice la firme proposición de acudir al día siguiente a la clínica y firmar mi renuncia de una vez por todas. Ginebra había visto a través de mí y había entendido mis sentimientos y lo desdichada que me hacían. creyera del todo aquella simple excusa. Mi padre estaba allí dentro. Aunque ella se esforzaba por mostrarse distendida. aunque yo ignoraba de qué. Así que saqué una tarrina de helado de chocolate del congelador e hice mi camino de vuelta hacia el sofá. Era cierto eso que decían de que el dulce tenía propiedades relajantes. Pero a medida que pasaba el tiempo su imagen se iba desvaneciendo también. Hablamos de todo y de nada. Ahora.

de una piel rozando mi brazo y me sentí extrañamente en trance. Esa noche era para mí y lo necesitaba. Nadie debería entrar en un lugar como éste así de triste … Me reí y ella me siguió. Sopesé la idea de no tomar alcohol esa noche. Lo puse en marcha y salimos rumbo a ningún lugar. No pude evitar colocar mi mano allí. así que continuó inclinándose hasta que su cuerpo estuvo totalmente pegado al mío. Negué con la cabeza y ella se acercó de nuevo para darme la respuesta. Eso tuvo la recompensa esperada cuando aquellos ojos verdes se acercaron hasta mí. Recibí otra en aprobación a mis actos y decidí que definitivamente había encontrado algo interesante esa noche y con excesiva rapidez.— Tu expresión. Me gustó. su pelo cobrizo rozándome un hombro desnudo.Odiaba los lugares cargados de gente. a pesar de la distancia. de forma que su pierna estaba ahora entre las mías. pude distinguir su suave perfume. "Bonitas piernas". —Gracias. Me concentré en la carretera. Colocó el vaso delante de mi nariz y yo lo tomé. Ella no puso ninguna objeción a mi demanda y me siguió mientras yo luchaba por atravesar la densa muchedumbre. —¿Quieres otra copa? —me giré hacia ella cuando su voz me alertó. —dije con premura. Incluso podía asegurar que estaba sonriendo de medio lado. —¿Te apetece dar una vuelta? —le pregunté. despacio. Decidí que me gustaba. apoyando un codo sobre la barra mientras escaneaba la zona.— Hace demasiado calor. pero al final accedí a mis deseos y le pedí un whisky solo a una casi desnuda camarera con un piercing en la nariz que me sirvió de inmediato. Ella asintió con la cabeza y nos metimos dentro del auto. que me tocasen. 108 . Casi sin pensar. tan empeñada siempre en atusar la rebeldía de mi cabello. Esa noche quería que me mirasen. pero esa noche no. Sin apartar la vista de aquellos ojos. —le contesté y ella se giró para pedir. Su voz me pareció dulce. Que me desearan. No hay nombres ni hacen falta las palabras cuando dos personas saben lo que buscan. Mis sentidos me alertaron de que alguien me estaba mirando. —¿Sabes qué es lo que me ha atraído de ti? —me dijo al oído. —Al parecer ya has logrado que esté de mejor humor…—concedí. Bebí el resto de mi copa de un solo trago. Ya me notaba acalorada e incluso podía sentir la espalda húmeda con sudor. Definitivamente sus ojos eran verdes. hablándole al oído por el ruido que nos rodeaba. tomé un sorbo de mi bebida y le sonreí juguetonamente. El único saludo fueron las respectivas sonrisas que nos dirigimos. Necesitaba ánimos esa noche. Una vez en el exterior la llevé hasta mi coche. Fui consciente de un aliento rozando suavemente mi oreja. Cerré los ojos con fuerza y saqué cualquier pensamiento de Violeta de mi cabeza. Me giré hacia la izquierda y fui recibida por unos enormes ojos que. Me giré entonces. Me fijé en que llevaba unas faldas justo por encima de las rodillas y que la piel de sus muslos parecía ser extremadamente suave. Conseguí llegar hasta la barra. Giré mi cuerpo para estar completamente de frente. Mucho antes de sentir el calor de su cuerpo. Observé a la camarera y me pregunté si había comprado el vestido o simplemente eran los retales del mismo. Se reclinó hacia delante y yo me aparté ligeramente asustada por el súbito movimiento. Alargó una mano y separó suavemente de mis ojos un errante mechón de pelo. Ella sonrió pícaramente y señaló con el dedo hacia el vaso donde estaban las cañitas. podía jurar que eran verdes. Se giró hacia mí y se acercó un paso más. —Salgamos de aquí. Siguió apoyada en la barra mientras yo alzaba la mano y me encontraba con el extremo de su falda. Ese gesto me hizo recordar inevitablemente a Violeta. poniendo de manifiesto su intención de coger una para su vaso. dejé que mi mano viajara por aquel brazo desnudo desde la muñeca hasta el codo. No habría lugar para pensar en mi padre o en Violeta. odiaba sentirme observada. Ni siquiera me miró. me fijé. aunque era consciente de que la mujer me estaba mirando fijamente. para darle tiempo a retirarla si era lo que quería.

Los músculos doloridos y cansados de mi cuerpo eran una prueba de ello. La miré. Su aroma estaba en todas partes.—Eres una persona extraña…—me dijo. Pensé que había días en los que era mejor no poner un pie fuera de la cama. las sábanas. La había echado inmensamente de menos. Me erguí para sentarme sobre la cama y no pude evitar exclamar un alarido de dolor cuando coloqué todo el peso sobre mis nalgas. —¿Qué tal el viaje? —me apresuré a decir. Esperaba que aquel no fuera uno de ellos. lo hice a solas. apreté el acelerador y puse rumbo hacia mi ático. ¿verdad? Volteé un solo segundo para sonreírle y ella me devolvió el gesto.— ¿Adónde me llevas? —No tengo la menor idea… —Tampoco es que importe mucho. Gemí inconsolable y di gracias de estar sola. cuando despertabas con sólo la conciencia de haber pasado unos gratos momentos. sin que yo me diera cuenta. —¿Jimena? —dijo preocupada al no obtener ninguna respuesta de mi parte. ella me había clavado las uñas allí. —Vaya. y me disponía a descolgar el auricular. Sin decir una palabra. Suspiré pensando en lo inepta que era. No recordaba lo bien que podía hacerte sentir un buen polvo al día siguiente. —confesé. Respiré hondo y me impregné de su olor. Cuando desperté a la mañana siguiente. Me quedé estirada allí mientras daba coces intentando desenredar mi pie izquierdo de la sábana. Me di la vuelta hasta quedar boca abajo y me enterré en la almohada. Ella se había marchado en algún momento de la mañana. 109 . que era más bien poco. me alegro de comprobar que vuelves a estar comunicada con el mundo exterior. sin nada de lo que arrepentirse. —Me gusta…—indicó casi ronroneando. en mis dedos e incluso en cada parte de mi piel. No estaba muy segura. —Lo sé. en la cama. sin ataduras. —Quizás deberíamos ir a tu apartamento…—me sugirió cuando se dio cuenta de que yo comenzaba a respirar ruidosamente. Cada vez que me acercaba al aparato mi corazón martilleaba a tanta velocidad que incluso llegaba a marearme. demasiado frescos en mi memoria. aprovechando que en esos momentos había tenido que parar frente a un semáforo en rojo. No recordaba haber hecho el amor tan salvajemente ni haber tenido en la cama a alguien tan complaciente y al mismo tiempo tan insaciable. De haber sido profesora le hubiera dado matrícula de honor a su examen oral… Me reí y volví a darme la vuelta. Tardaría varios días en lograr sentarme derecha… Me levanté dispuesta a darme una larga ducha para borrar todo resto de mi noche de pasión. pero antes de dar dos pasos. Una simple llamada y parecía que era un asunto de vida o muerte. El jueves me descubrí mirando fijamente el teléfono sin atreverme a descolgarlo y realizar esa llamada con la que había estado suspirando los días anteriores. para poco después colocar una mano sobre mi muslo y acariciarlo. Lo descolgué y carraspeé antes de responder. Se suponía que Violeta había regresado de su viaje el día anterior y que ya tenía vía libre para llamarla. pero no quería parecer demasiado ávida por verla de nuevo.— Suelen decírmelo a menudo. a pesar de que era así como me sentía en realidad. Seguí recordando los acontecimientos de la noche previa. En un momento de pasión. Sentí que inmediatamente algo dentro de mí se encendía y tragué con algo de dificultad. "Torpe". puesto que hicimos el amor hasta bien entrada la madrugada. mi cuerpo se desplomó sobre el frío suelo. el teléfono sonó asustando hasta la última fibra de mi ser. —¿Diga…? —dudé. Justo cuando logré recolectar todo mi valor. Cerré los ojos con fuerza y respiré despacio. —la voz de Violeta sonó burlona. Claro que a los demás les lleva algo más de tiempo llegar a esa conclusión. pero creo que en un momento dado fui capaz de prometerle amor eterno. me regañé a mí misma.

— No quería parecer ansiosa… —Yo también te he echado de menos. Un jersey de cuello alto azul marino y unos pantalones de pinzas de color negro fueron mi elección final después de pensarlo resueltamente en la ducha. —subrayé la palabra para más énfasis. Supongo que me importa demasiado lo que pienses de mí. —afirmé con vehemencia. Me estiré en el sofá observando el techo con detenimiento mientras pensaba que esa misma noche iba a cenar en casa de Violeta. —Estupendo. —De acuerdo. —dijo simplemente. Apunta la dirección. —En realidad estaba sentada frente al teléfono desde hace demasiado tiempo. Hubo otro silencio entre nosotras. Me hizo gracia que ella pudiera pensar que yo tuviera planes. —¿Hace falta valor para hacer eso? —Para mí sí. quien no me quitó la vista de encima los diez segundos que me tomó esperar al ascensor. Jimena. y a pesar de que intenté romperlo. no se me ocurrió nada coherente. De repente parecía un ser humano otra vez. a menos que ya tuvieras planes. El lugar donde residía Violeta era un edificio de unas doce plantas. "Las amigas no tienen citas". Mientras me daba los datos y yo los apuntaba en un improvisado papel me di cuenta de lo cerca que había estado de mí todos estos años y nunca habíamos coincidido. Pero todo sonaba completamente diferente cuando era Violeta quien lo pronunciaba. Y me parece una buena idea lo de las pizzas. cerca de uno de los mayores centros comerciales de la ciudad. Luego me apliqué una pequeña base de maquillaje para esconder mis ojeras junto con un breve toque de color a los labios. Ella vivía tan sólo a unos veinticuatro kilómetros de mí. —No habrás vuelto a beber. Violeta me conocía demasiado bien como para saber que yo prefería esa clase de ropa. Apreté con fuerza el auricular. Supuse que lo mejor sería llevar algo cómodo. poniendo voz a lo que yo no quería pronunciar. Me reí. me recriminé a mí misma poniéndome de pie de un salto. —Hasta luego. Observé mi guardarropa durante algunos momentos. Casi podía imaginar que era una cita. Como si mi patética vida social diera para mucho. —No. pareciera que lo llevaba peinado. —admití con algo de vergüenza. intentando encontrar el valor para llamarte… Un instante en el que supuse que estaba asimilando la información. —¿Por qué? —No lo sé. 110 . —Pensaba invitarte a cenar esta noche en mi casa… Podríamos pedir pizza o algo así. Me costó mucho más trabajo intentar acomodar la rebeldía de mi cabello hasta hacer que. Por supuesto. —No.—Aburridísimo. Te espero a las siete entonces.— que hacer. De repente me había invadido la imperiosa necesidad de pensar con detenimiento lo que me iba a poner para la ocasión. —¿La tienes? —Sí. Todo lo que mi mente podía elucubrar eran las palabras "Violeta" y "felicidad". La línea quedó muerta tras mis últimas palabras. negándome a asimilar aquellas palabras como algo más que palabras. por fin. no tengo nada mejor…. Saludé al conserje nada más entrar en la luminosa sala de entrada. ¿verdad? —No…—suspiré. —¿Es un mal momento? —cuestionó con cuidado. —¿Ocurre algo? —volvió a inquirir con el mismo desasosiego.

Violeta sacó dos copas de cristal y con gran destreza descorchó la botella. —No. El mismo tiempo que ha pasado desde la muerte de mi padre. Le alcancé la botella de vino elegantemente empaquetada que yo había comprado de camino a su casa. —Hola. discos y adornada con figuritas de todo tipo. la cual colgó de un perchero. notando mi repentina y breve indisposición. Ni siquiera de ella misma. con macetones de plantas a cada esquina. Ella no había parado de sonreírme un instante y yo ya estaba empezando a sentirme como si pudiera volar. —me dijo. Para ser una persona que pasaba tiempo limitado en su casa. cerrando la puerta tras de sí y ocupándose de mi chaqueta de cuero. Aunque no tenía la menor idea de que vivías tan cerca de mí. Me acercó una de las copas y yo tomé el primer sorbo con avidez. —Tan sólo hace dos años que me mudé. Lo primero de lo que te dabas cuenta era de que en realidad era mucho más grande de lo que pudiera parecer. —Lo siento…—suspiró. si te apetece. A su saludo añadió un cálido beso en una de mis mejillas al que yo correspondí con demasiada buena gana. recordando lo último que me había dicho. —Exacto. Eso explicaba el hecho de que pudiera costearse un apartamento de aquel calibre. El salón lo había decorado en tono pastel. —¿Tienes hambre? Podríamos ir pidiendo las pizzas ya. pero sólo una. La miré. —Supongo que no habrás tenido problemas para encontrar el lugar…—repuso.— ¿Quieres ver el resto de la casa? —Por supuesto. Yo sabía que una copa podía calmar mis repentinos nervios. —Está bien. Me adentré en los dominios de Violeta con hambre de descubrir por primera vez cómo era el lugar donde ella vivía. —Gracias. —Jimena… ¿estás bien? —me preguntó. dándose la vuelta para dirigirse a la cocina. Estaba impregnada de su inconfundible olor y nada más entrar. un enorme equipo de televisión y estéreo y en una de las paredes una enorme estantería repleta de libros. La seguí desde muy cerca. y yo ni siquiera estaba allí para verlo… —Violeta…—la llamé sabiendo hacia dónde habían ido sus pensamientos. apreciando con ello mis esfuerzos por mejorar mi aspecto. —Sí. Ella la aceptó con sonrisa pícara y siguió mirándome con intensidad. Violeta siempre tuvo claro que las cosas que la vida te regalaba había que aprovecharlas. Su habitación fue. Yo hice rodar los ojos y ella se rió. —Me dejó todo lo que tenía. aquel apartamento estaba lejos de ser impersonal. Violeta me enseñó el resto del apartamento con orgullo. De alguna forma tenía que calmar los nervios que se habían apoderado de mí. —Estás muy guapa. Tardé menos de una semana en venderlo todo. sentí deseos de no volver a salir jamás. En el centro. —Hace dos años…—murmuré por lo bajo. de todo. 111 . —Lo único bien que hizo fue morirse. lo que más me llamó la atención. Espero que se esté revolviendo en la tumba…—dijo con inmensa amargura. —¿Qué tal una copa de vino antes? —pedí casi en clemencia. —Hola…—murmuré casi sin aliento. Un tresillo de cuero negro completaba el mobiliario de la sala. Supongo que prefirió dejárselo a una hija a la que odiaba pero que llevaba su sangre que a cualquier otra persona. Ella había tomado el dinero de su padre como una recompensa a todo el sufrimiento que él le había infringido a lo largo de aquellos años. Me permití esbozar una sonrisilla casi imperceptible. Otro detalle que no me pasó desapercibido era que no había ni una sola fotografía en todo el lugar. —me saludó una complaciente Violeta nada más abrir la puerta.Llegué hasta su puerta y tomé una honda inspiración. Toqué con los nudillos suavemente y esperé tan sólo unos segundos.

—Y tú también…—añadí. —Yo aún no termino de creerlo. Se levantó y la vi acercarse a su bolso de donde sacó una bolsita pequeña que me ofreció nada más retomar su asiento. pasando un brazo por encima. —afirmé. Te prometo que la próxima vez que vaya a París te traeré una Torre Eiffel. justo detrás de mi cabeza. que me miró bajo un denso velo de sospecha. —Estaba lloviendo. a veces incluso más de una vez. es una tontería. —¿Y tu viaje? Por lo que me dijiste. tan breve que apenas rocé la piel de su rostro. eso es lo que se suele regalar. fingiendo indiferencia. Siempre llueve en esa ciudad. me pareció que ella contuvo la respiración. pero yo sé que está pasando por unos momentos muy duros. por ejemplo. Puede que tú sí que encuentres a alguien a quien amarás el resto de tu vida. —remarcó. muy segura de mí misma. fingiendo falsa indignación. Aún así. Con eso. pero ahora mismo es algo que no me preocupa. pero estaba paseando por mi hotel. Eso atrajo la curiosidad de Violeta. Me he dedicado a ordenar mi casa. —Toma. —Me llama casi todos los días. —¿Te parezco alguien frívolo? —¿Te das cuenta de que solemos acabar hablando de lo mismo siempre? —observé. ni nada que indique que estás con alguien … —Puede que eso sea un lastre para cuando sea vieja y la soledad me atormente. Gracias por acordarte de mí. —Siempre hay posibilidades de que eso ocurra…—me aseguró. 112 . —Me gusta. Violeta suspiró y se pasó una mano por el pelo. te he traído algo. —No veo por ningún lado una fotografía. —No necesariamente tiene que pasarte lo mismo que a tu hermana. Ella se había acordado de mí. —Tienes más esperanzas en mí de las que yo misma tengo.— Es increíble lo que puede hacer el aburrimiento… Me indicó con la cabeza que la siguiera y me llevó hasta el salón. Por cierto. Curioso. —Siempre tan fría y tan indiferente con todo…—murmuré. Ella dice que está bien. Es una tontería pero. —Gracias. Ambas nos miramos fijamente durante unos breves instantes y yo no pude evitar acercarme para plantarle un beso en la mejilla. lado a lado. se acercó a la mesa y llenó ambas copas de nuevo. —me dijo con sincera pena en la voz. donde nos sentamos en su cómodo sillón de cuero. al parecer no te lo pasaste muy bien. tomando un largo sorbo de vino. Sonreí. —De nada. —musité encantada. Sonrió complacida por mi respuesta y se apoyó en el respaldo. —Siento oír eso.— Cuéntame. entré en una tienda de souvenirs y me acordé de ti. colocando unos fugaces mechones tras la oreja. —¿Cómo está Ginebra? —me preguntó una vez que hube recuperado mi posición inicial. —Pues que es aburridísimo. levantando ambas cejas. sin más. palmeándome el muslo. ¿puedes creerlo? —¿En serio? —soltó una carcajada. —Al final tendré que darte la razón… —¿La razón sobre qué? —Sobre lo que me dijiste una vez de que el amor es sólo una ilusión.—Está muy bueno…—dijo tras su primer trago. ¿qué has hecho estos días? —Nada en especial. —Al menos es un buen tema de conversación. ¿sabes? Es como si esperara que mañana me llame y me diga que han arreglado las cosas. al parecer. Sería un tormento hablar de fútbol. Abrí la bolsita y miré en su interior para descubrir una réplica en miniatura del Big Ben. —¿Qué tiene de malo el fútbol? —bromeé.

Pero ya que has sacado el tema. parecía estar esperando mi reacción. Me encogí de hombros y ella se acercó hacia su equipo de música. —admití seria. Sabía que Violeta confiaba en mí y yo no podía traicionar de ninguna manera esa confianza. Se levantó del sofá y yo inmediatamente sentí la ausencia de tibieza que me otorgaba su cercanía. —Alguien tiene que hacerlo. observando la expresión de concentración de Violeta mientras me acariciaba. —Que tenga atún. 113 . ya que tú no pareces muy dispuesta. La oí encargar el pedido y dar la dirección con voz diligente. —Entonces pensabas en mí… —¿Desde cuando eres tan perceptiva? —preguntó divertida. Seguí el movimiento de su mano cuando la alzó para apartar unos mechones de cabello de mi frente. Yo intentaba calmar mi interior en un intento por evitar que mis sentimientos se desbocaran demasiado y me hicieran hacer o decir algo fuera de lugar. Fruncí el ceño con disgusto y me revolví en mi asiento intentando digerir sus últimas palabras. Me arremoliné en mi asiento. —Sí. Mi corazón perdió un latido entonces.— Como tampoco lo es que disfrute de tu compañía. me gustaría saber porqué.— Por ahora. —¿Tan importante soy para ti? —me atreví a preguntar. —Tienes pinta de turista…—me dijo riendo suavemente. echando la cabeza hacia atrás permitiendo que la música terminara de relajar mi cuerpo. —¿Ocurre algo? —dije. —Algún día estaremos preparadas para descubrir qué es lo que ocurre entre nosotras. —Desde que has empezado a mirarme diferente… Violeta se quedó seria. pero yo me muero de hambre. sentándose demasiado cerca para su seguridad. —Me controlas demasiado. —¿Alguna preferencia? —me preguntó. —En nada en particular…—comentó ausente mientras bebía de su copa. Mis palabras también rompieron nuestra conexión y ella apartó la mano casi bruscamente. Observé su esbelta espalda mientras hacía la llamada. Sentir que era importante para ella era el mejor regalo que podía darme en aquellos momentos. —Lo sé. —¿Qué tal algo de música? —me sugirió una vez que completó su tarea al teléfono. No sé tú. Ella siguió trazando con las yemas de sus dedos una mejilla. —me interrumpió muy seria. Breves momentos después. Todo ello bajo su atenta mirada. y te diré que no he… —No quiero volver a verte así. —Al parecer crees que tengo un serio problema con la bebida. —Algún día…—suspiró. Violeta se unió a mí entonces.—Pensé que habías dicho que sólo habría una para mí… —Hoy me has pillado de buenas.— Me dolió haberlo hecho. —De acuerdo. —¿Piensas que te he traído aquí por alguna oscura razón? —No. Era como si se hubiese ido a miles de kilómetros de allí. No es la primera vez que me dicen algo así. —No… —¿En qué estabas pensando? —inquirí con una ceja alzada. —me contestó agudamente. la voz rasgada de Francisco Céspedes inundó la estancia. —No creo que sea algo muy descabellado invitarte a cenar…—dijo levantando ambas cejas para dar mayor relevancia a la frase. voy a llamar a la pizzería.

—¿Y qué es exactamente lo que sientes por mí? Suspiré. Al pasar a su lado cogí un breve trazo de la conversación. no es eso… Mi estómago sigue rebelándose contra mí estas últimas semanas y no quiero forzarlo mucho.No había que ser muy listo para percibir que el ambiente. además de rellenar las copas de vino. me vi incapaz de tragar un solo bocado más. Será porque no hay restaurantes de todo tipo en esa maldita ciudad…—alegó demasiado exaltada. Si necesitaba oírlo de mis propios labios se lo diría. —Estupendo. No me quedé lo suficiente para descubrir qué era eso que le parecía tan estupendo y. —A que nunca he sabido si eso te molestaba. Quizás era porque a ninguna de las dos se nos olvidaba la profunda atracción que yo sentía hacia aquella preciosa mujer. Últimamente estar en presencia de Violeta y la emoción que eso conllevaba me quitaba las ansias de comer. —¿Puedo? —Por supuesto. Me giré rauda. después de tres trozos de pizza. Violeta se encargó de recibir el pedido y de acomodar unos pequeños platos y cubiertos sobre la mesita del café. Me arrepentí de ello inmediatamente. —¿Qué fue de tu legendario apetito entonces? —La pizza no es que sea uno de mis platos favoritos…—mentí. por alguna razón. teniendo en cuenta cómo has tratado a tu cuerpo últimamente… 114 . —¿Te hace sentir incómoda el saber lo que siento por ti? Violeta abrió los ojos tanto como sus párpados se lo permitieron. —¿Y por qué no lo dijiste antes? Hubiéramos pedido comida china o cualquier cosa. —¿Es que estás a dieta? —me preguntó aún masticando cuando me vio abandonar los cubiertos sobre el plato. Sentémonos y así podremos mirarlo juntas… Hice lo que me dije y al momento siguiente ambas nos habíamos acomodado nuevamente en el sillón. aunque yo sabía que ella era muy consciente de que yo la deseaba con cada poro de mi piel. La cena. La cuestión la había cogido por sorpresa. Me vi obligada a posponer mi curiosidad cuando el timbre de la puerta sonó. Si me disculpas… —Claro. Aunque no me extraña que te pase eso. a pesar de todo…—dije casi en un murmullo. —Me alegro. Lo comprobé cuando. me acerqué a una de las estanterías para darle algo de privacidad. —Espero que me estés diciendo la verdad. Cuando volví a aparecer en el salón la encontré atendiendo la llamada que unos instantes antes había sonado. —Sigo deseándote. —dijo simplemente. —Es lo único que quise conservar de mi antigua casa. Necesito ir al servicio. —No. —¿A qué viene esa pregunta? —inquirió ceñuda. Debía de ser alguna artimaña para reafirmar de alguna manera su ego. Violeta también se dio cuenta de este detalle. Esta vez no bajé ni aparté la vista tímidamente. —No me molesta. Ella le estaba diciendo a quien quiera que fuese que el día siguiente le parecía ideal. —Violeta. sino que me obligué a mirarla a los ojos para observar su reacción. por el contrario. Algo llamó mi atención de allí y tardé muy poco en tener lo que parecía ser un viejo álbum de fotos en las manos. Iba a abrirlo cuando la voz de Violeta sonó desde detrás de mí. Me levanté del sofá y me dirigí hacia el baño sintiendo la mirada de Violeta en mi espalda. empezaba a mostrarse algo tenso.

—¿Tan evidente soy? —Para mí sí. —¿Eres tú? —pregunté. Me miró sospechosamente pero no dijo nada más. Tan cerca estaba que pude sentir su aliento en mi mejilla. con inmensa tristeza. Cogió el deseado objeto y lo abrió por la primera página. Sujétalo tú. adelante.— Sólo tus ojos ya te hacen merecedora de cualquier calificativo menos ése… —¿En serio…? —dijo en tono meloso. Yo me acerqué aún más a ella para tener una mejor perspectiva del asunto. cosa que hizo que mi cuerpo temblara de la cabeza a los pies. si incluso. abrir aquel álbum lleno de duros recuerdos para ella. —Se parece a ti. rechoncho y sonriente. —Te lo advertí… Me giré hacia ella y ella levantó el rostro hacia mí.— Y ya se acabó la bebida para mí. —Sí. La risa se disipó en un segundo. Mi atención volvió hacia el álbum de fotos. que era lo único que me daba cierto espacio para no pensar en la cercanía de Violeta y en su mano sobre mi muslo. —En el colegio me llamaban albóndiga. —Alicia…—me informó aunque yo ya lo había deducido al ver la instantánea de una niña de unos ocho años.— Ya veo que no hay nada que te interese más que ver lo que ese viejo álbum esconde. —¿Quieres que lo dejemos? —pregunté cauta. claro. Tenía curiosidad por descubrir si en su interior habitaban fotos de Violeta siendo una niña o de. girándome hacia ella. aún sabiendo que eso no me aportaba otra cosa que dolor? Ella comenzó a parlotear sin descanso.—Ya he recibido más de una queja por tu parte de ese asunto. en cierta. además… —Eso sí que no me lo creo…—añadí moviendo negativamente la cabeza. —se sentó a mi lado por enésima vez. Intercambiamos posiciones con la variación de que ella se apoyó sobre una mano en mi muslo. Poco después ella terminaría su propia cena y recogió prestamente los restos. —¡Oh. Se inclinó levemente y yo eché un rápido vistazo al escote que permitían los últimos botones de su camisa. contenía instantáneas de su hermana fallecida. —Ten. así no tendrás ningún problema. Demasiado para mi pobre voluntad. dándome con ello un ligero margen de confianza. —De acuerdo. Me volví rauda cuando ligeramente logré avistar el inicio de sus senos. ¿Por qué tenía que ser tan malditamente bella? ¿Por qué no podía dejar de desearla con todas mis fuerzas. pero era una Violeta que bien valía por dos.— Te gustaba comer. después de todo. Estaba extrañamente deseosa de verlo. —la interrumpí. Tal vez no había sido una buena idea. Por el rabillo del ojo la vi asentir. con lo cual estábamos hombro con hombro. —No. —Y eso que aún no has visto unas que me tomaron algunos años después… —¿Estabas gorda? —pregunté con asombro. —concedió Violeta. Yo era mucho más grande que la mayoría y. forma me tenían miedo … 115 . por lo que veo…— bromeé. —Y era bastante fea. Los niños a veces podían ser muy crueles… Aunque a mis espaldas. Pasé la hoja y encaré un par de fotos de Violeta. —tragué con dificultad y pasé a una segunda hoja. Por primera vez fui consciente de cuán cerca estaba de mí. —Ella era mucho más guapa que yo… Violeta pronunciaba las palabras despacio. Carraspeé y devolví mi atención a lo que tenía entre manos. Dios mío! —exclamé sin poder evitar reírme. La primera foto en blanco y negro era de un precioso bebé de pocos meses.

Una locura. aunque el tono ronco por el deseo de mi voz confirmó justo lo contrario. Violeta no se movió cuando mi boca cubrió la suya. Me daba la sensación de que esa frase. Di unos cuantos pasos en círculo. Estaba segura de que si Violeta dejaba de hablar notaría al instante el frenético movimiento de mi pecho al respirar. Eso era tan fácil decirlo. Me levanté del sillón asustada. que había visto a mi eterna y bella Violeta por última vez. Quizás no le di tiempo a que lo hiciera. El álbum cayó a mis pies ruidosamente. eres mi vida entera". Era dolorosamente evidente que Violeta no estaba dispuesta a decir una sola palabra. Pero no amor. aún así lo hice. liberando poco a poco uno de sus labios de entre mis dientes. La urgencia por asistir a mis pulmones con nuevo aire fue lo único que consiguió apartarme. Me dirigí hacia la puerta y recolecté mis pertenencias antes de abandonar el apartamento. Si lo dejaba pasar estaría perdida para siempre. No oí ni sentí ningún vestigio de que ella quisiese realizar cualquier mínimo intento por hacerme desistir. Un castigo demasiado imposible de soportar una segunda vez. Su nombre se repetía en mi interior como un constante martilleo. quizás incluso a sacarla de donde tan pertinazmente se me había metido. al sentir que la vida se me escapaba de puro placer. además de cursi. y aún existía la duda de que si lo hiciera a mí me agradara tal respuesta. a pesar de que dudaba mucho de que fuera capaz de hacer tal cosa. No amor. y durante mucho tiempo después. por una vez en mi vida sentí que tendría la valentía suficiente como para hacerlo. haciéndome desear poder arrancarme los sesos. 116 . buscando la calma que sabía de antemano que no lograría. A mi pésimo estado de ánimo se había unido las inclemencias del tiempo. —Lo siento…—dije con esfuerzo. Ella estaba tan cerca. Ella había tenido demasiado tiempo para descubrir que me amaba como yo para intentar olvidarla. era fútil. no ahora…". La lluvia pegaba con fuerza en el cristal de las ventanas. Tan rápidos fueron mis movimientos que incluso a mí me sorprendieron. con los labios aún entreabiertos. incluso más que respirar. Violeta me miraba de forma extraña. cualquier cosa con tal de que dejara de mirarme de aquella forma. Me reí dolorosamente. La última vez que yo había hecho algo así había provocado que Violeta huyera de mi lado. Era estúpido pensar en eso. La noche me había abrazado sin darme cuenta habiendo pasado todo aquel día sumida en mis pensamientos sobre Violeta. repetía mi mente una y otra vez. Sus labios comenzaron a cubrir los míos con hambre y su lengua se encontró con la mía a medio camino. Sentí que Violeta se inclinaba hacia delante para añadir más presión al beso. Eso era algo que no había logrado en años. Tenía que decírselo. un único pensamiento rondando mi cabeza. Por entonces. "No permitas que me muera. Pero no lograba sacarme a Violeta de la cabeza. Me levanté del sofá. me atormentaba con la necesidad de arreglar lo que mi irreprimible deseo había implantado. Lo sabía. consciente de que tendría muy poco tiempo antes de que Violeta se apartara. Casi podía asegurar. recé interiormente a un Dios en el que apenas creía. me ayudaría a dejarla ir. pero mi sentido común se había evaporado junto con mi voluntad. tan cerca… —… más de una vez regresé a casa sangrando por la nariz por alguna pelea en la que me había metido … Eso sin contar mi tendencia a escalar todo lo que levantara más de un metro del suelo … Apreté las mandíbulas y me llamé al sentido común. De alguna forma ella me ayudaría a superarla. La realidad y la noción de lo que yo acababa de hacer me golpeó de repente. no sé porqué estúpida razón pensé que sería capaz de hacerlo en esos momentos. pero lo hice lentamente. ¿Cuánto tiempo seguiría fantaseando con el hecho de que Violeta algún día se daría cuenta de que me amaba tanto como yo a ella? Creía seriamente que me llevaría ese deseo a la tumba. ¿Qué has hecho?. Lo que nunca esperé fue que ella comenzara a mover los suyos en sintonía. Mi mente se empeñaba en recrear una y otra vez mi error. Supuse que las dos habíamos fallado. No soportaría que se riera de mí. pero tan difícil de creer. Cada uno de mis sentidos a punto de explotar cuando me permitió adentrarme en el oscuro rincón de su boca. Ella me había demostrado que realmente sentía aprecio por mí. ¿Qué le diría?: "Violeta. Sentada en el sofá intentaba dejar de pensar en lo que había ocurrido el día anterior. embargándome con un sentimiento de culpa difícilmente de soportar. Así que me giré rauda e hice lo que deseaba y necesitaba.Mientras la oía hablar. Cerré los ojos con fuerza y comencé a mover los labios absorbiendo el sabor de los suyos. La miré gritándole mudamente que dijera algo. con lo cual recogí los restos que quedaban de mi autoestima e hice lo único que se me ocurrió que fuera lo correcto. No estaba preparada para abrir los ojos. estaba cansada de estar sentada. comencé a ponerme cada vez más nerviosa. Me permití probar con mi lengua y lamí su labio inferior tentativamente. pero ninguna de las dos pareció reparar en este hecho. El corazón me latía sin orden ni concierto a la vez que las manos empezaban a temblarme. a menos que tuviera la valentía de volver a mirarla a los ojos.

mientras ponía el taxi en marcha. Respiré hondo y toqué suavemente. En un arrebato repentino. —¿Puede ir un poco más rápido? —le pregunté cuando me di cuenta de que su atención estaba más dirigida a mí que a la carretera. totalmente empapada y le di las instrucciones al taxista como si la vida se me fuera en ello. Había poca gente en la calle. Es muy peligroso conducir a mucha velocidad en estas condiciones. apoyándome enseguida contra la pared después de pulsar el número del piso de Violeta. Me abrí paso como pude. Ni siquiera esperé al ascensor. frotándome el lugar de mi frente con el que había frenado. Violeta dejó escapar una exclamación al verme. La lluvia apenas me dejaba ver nada. pero yo seguía mi rumbo por instinto. Quizás había perdido el juicio después de todo. —me contestó serio. Me acerqué al conductor para preguntarle.— ¿Ve aquellas luces? Me fijé en lo que me dijo acercándome cuanto pude hacia delante y pude observar las intermitencias propias de una ambulancia. y cuanto más cerca estaba. nadie se atrevía a salir con una tormenta así. que al intentar esquivar a una pareja que se refugiaba bajo el mismo paraguas. Me saqué el dinero del bolsillo de atrás y le di todo lo que tenía sin importarme. esta vez más consistentemente. El conserje me miró con el ceño fruncido mientras yo pasaba de largo y mis zapatillas caladas chirriaban contra el parqué. diez. arremolinados en las aceras. pero seguía brotando. Intenté borrar cualquier rastro de sangre con la mano. Llegué hasta la calle. Había muchas personas. un coche público se acercó y atendió mi urgente llamada. 117 . Las puertas se abrieron para mí y me adentré en la cabina. me miraba con curiosidad por el retrovisor. me arremoliné detrás y esperé. confundiéndome seguramente con una loca. salí por la puerta de mi casa. No sé cuanto tiempo estuve corriendo. No dije nada más. cinco minutos. Noté que. francamente. Fue entonces cuando me di cuenta de que había salido sin ningún tipo de abrigo. quizás más. La pareja detuvo su paso para preguntarme por mi estado. Sólo quedaba un pequeño tramo y yo tenía prisa por recorrerlo. Por alguna intervención divina.— Está lloviendo demasiado y la carretera está mojada. más acelerado batallaba mi corazón contra mi pecho. Corrí escaleras abajo como si mi alma estuviera poseída y no fuera mía nunca más. En pocos segundos me acerqué hasta el lugar del accidente. ignorando las protestas que me gritaban aquellos a los que yo empujaba para poder pasar. la sien y una de mis mejillas. maldiciendo a la inanimada torre de metal. —Creo que ha habido algún accidente…—anunció el taxista tranquilamente. Tras unos quince minutos. Volví a tocar. desacelerando el paso. por lo que me decidí por un taxi. —Eso no será posible. y que me calaría nada más dar dos pasos. —¡Maldita sea! —grité desesperada. Me recuperé lo más rápido que pude del golpe. entre curiosos y accidentados. el taxi se paró del todo. Me di la vuelta para mirarme en el espejo y ahogué un grito de alarma cuando vi una línea roja que resbalaba desde uno de los laterales de mi cabeza. —¿Qué pasa? —Caravana. Tanta era mi premura. que en la vida de cualquier persona siempre había una farola en el peor lugar y en el peor momento. Abrí la puerta y me eché a correr bajo la mirada extrañada del pobre hombre. Corrí y corrí sin saber siquiera de donde sacaba las fuerzas. pero yo ya había echado a correr nuevamente. Mi respiración aún estaba entrecortada y al mirar al suelo noté el pequeño rastro de agua que mi ropa y mis zapatillas estaban dejando allí. pero llegué. Presioné el botón del ascensor varias veces. Mi aspecto. Ya divisaba el edificio de Violeta.¿Por qué? Ésa fue la pregunta y mi respuesta. Pensé. como si con ello consiguiera que acudiera a mi llamada más prestamente. Sabía que no podía perder tiempo sacando mi coche del garaje. Me acerqué hasta el extremo de la acera para intentar parar uno. Las compuertas se abrieron entonces y yo me decidí en dos segundos. No me importó en absoluto. era demasiado crudo. pero no hubo una respuesta a mi llamada. Conté hasta diez. resbalé y fui a dar contra una farola. Entré en la recepción. Luego unos pasos que se acercaron y la puerta se abrió. —me señaló con el dedo. Los mismos que me tomaron llegar hasta su puerta. Me subí al asiento de atrás. Los pocos que se cruzaron en mi camino se alejaron lo que pudieron de mí.

Tenía que salir de allí como fuese. Por segunda vez en muy poco tiempo. no me veía a mí. mi alma ya oscurecida de rabia. —No. por favor. a arriesgar todo lo que yo poseía simplemente porque ya no soportaba sufrir mi amor a solas. —repetí.— Dímelo. Todo era culpa de mi empecinamiento. Sentí que Violeta me seguía. —le anuncié. casi para mí misma. simplemente bajó la vista. Días antes mi cama también la había ocupado otra persona. La miré y pude oler en ella algo diferente. ¡AHORA! —grité la orden desesperada. Ya había hecho el ridículo y ahora era el momento de salir mientras tuviera fuerzas para ello. —¿Qué te ha pasado? —se acercó a mí y me apartó el pelo de la frente para observar el alcance de la lesión. Me volví a mi casa a pie. Fue entonces cuando me di cuenta por primera vez de que ella no llevaba nada más que una camisa que apenas le llegaba por encima de las rodillas.— ¡Jimena! Golpeé el botón del ascensor varias veces con furia. Y demasiado masculina… La realización de lo que allí había estado pasando me llegó tan de repente que me tambaleé. Tengo que irme. con aquel frío. cuando cerraba los ojos. La habría esperado toda mi vida. Me adentré en su apartamento y la esperé. Bajé la cabeza y antes de que las puertas se cerraran del todo. y me aparté de ella como si tuviera la peste. Ella llegó hasta mí. Violeta me sujetó por los codos. es que ella. Me deshice de su agarre bruscamente. temblando descontroladamente y con un dolor de cabeza que obnubilaba mis sentidos. pude observar por el espejo a Violeta aún en el mismo sitio. —Violeta…—comencé yo. Violeta. como lo tenía yo a saber si era merecedora de alguna esperanza. Esta vez te lo suplico con todas mis fuerzas. estaba aterida de frío.— Entra. por favor. la urgencia de huir del lado de Violeta era insufrible. Pero eso no quería decir que no me doliera comprobar que en su vida no había sitio para mí. Metida en la bañera. Abrí la puerta y eché a correr. Violeta era eterna para mí. tuve que admitir. pensé en lo que acababa de ocurrir. sin querer perder el tiempo por si me arrepentía de hacer lo que me había traído hasta allí en el día más tormentoso del mundo.— ¿Puedo pasar? —Sí…—dudó. —Jimena. medio vestida con una simple camisa? Una camisa que además era demasiado ancha para ser suya. —¿A qué has venido? —preguntó ignorándome. mirándome con la expresión más triste que había visto en mi vida. Violeta se acercó hasta mí por detrás y yo me di la vuelta. Al contrario de mí. —¡Jimena! —me llamó y aceleré el paso. La cabina se abrió para mí y entré en ella buscando refugio. Yo había ido allí a descubrirle mis sentimientos. y las siguientes vidas posteriores a ésa. —Te lo suplico. —No estás sola. Vete. Al llegar a mi ático. —Tengo que irme. con el agua hirviendo brotando del grifo. Sabía que no tenía derecho alguno a reprocharle nada. ¿Por qué no podía dejar ir a Violeta? ¿Por qué? 118 . No te vayas. Tenemos que hablar. Me deshice de toda la ropa húmeda y decidí tomar un baño caliente para entrar rápidamente en calor. —¿Estás bien? —me preguntó muy preocupada. su voz demasiado calmada. un olor que no era el suyo. —Resbalé. Violeta no respondió. —Vuélvete. La lluvia siguió castigándome incluso con más dureza que antes. ¿Qué demonios hacía ella.—¡Dios mío! —gritó. ¿Cuál era la diferencia? La diferencia. como con dolor. Ella tenía derecho a saberlo. —Espera…—me dijo y yo podía jurar que su voz estaba atorada. ¿verdad? —dije sin apenas despegar los labios. —dije simplemente. Un repentino dolor y la autocompasión anegaron mis sentidos.

119 . a pesar de todo. dejándola negando con la cabeza ante mi crudo aspecto. Era casi espeluznante lo que aquel jardín podía hacer en mí. Aquel jardín estaba ahora entre el cielo y el infierno. Salió bien temprano esta mañana. pero nunca esperé que eso cambiara.Hace ocho años me había resignado. sonriéndome. No hay nada que se pueda comparar con tu cocina. De repente se puso seria. pero supongo que está a punto de volver. sentí que algo dentro de mí cambiaba tan rápido como un ciclón. Inmediatamente. la enorme y pesada verja de hierro. Ésa es la verdad. Todo allí seguía igual que siempre. gracias. recordando la obsesión de aquella rechoncha mujer por la comida y la buena alimentación. —Puedo adivinarlo por tu expresión. Empujé. —Entonces la esperaré. Apuesto a que ni siquiera comes en condiciones. —Sabes que no lo hago desde que me fui de casa. todo lo que aprendí. y yo me convertía entonces en cualquier cosa que quisiese ser. Hazme el favor de decirle a mi madre que la estoy esperando. con su delantal. La oí decir algo de ir al cementerio. y al que dejé de confesarme una vez que fui a formar mi propia vida. Nada más pisar la pequeña escalinata de lonjas. Para siempre Me apeé del coche a la mañana siguiente y entré en el que había sido mi hogar durante mucho tiempo. como si lo tuviera escrito en alguna parte. —Estás más delgada que la última vez. Era la primera vez que pisaba la casa después de la muerte de mi padre. y ahora que lo era. niña? —Sobrevivo. nuestra cocinera. Me recordaba. Le sonreí. Sin embargo. Ella se había alejado de mí una vez y ahora sería yo quien optaría por esa solución. Ya casi es la hora del almuerzo. Era un libro donde yo había escrito mi vida entera durante mucho tiempo. Violeta me había dicho que las cosas se logran cuando se lucha por ellas. —Es difícil. Pero ya no quería seguir siendo una perdedora. —Voy al invernadero. Pasé al lado de la cocinera. Algo en lo que había fracasado miserablemente. como si de esa forma pudiera arrancarla de mí. Me dirigí hacia la puerta trasera. Pero ya estaba agotada. salió a recibirme. Sólo avísala de que estoy allí cuando regrese. todo lo que mi padre se esmeró en enseñarme. Lourdes. Yo aceptaba mi derrota ahora. —Lo haré. —le confesé. —¡Jimena! —me dijo. No había manera posible de que saliera de él sin sufrir amargamente. —De acuerdo. Dejaría aquella ciudad. Inmensamente agotada de librar una batalla que estaba perdida desde el principio. ahora yo misma me había metido en un pozo demasiado profundo. Lourdes. Era un antes y después en mi vida. niña. En mi vida había estado tan decidida a lograr algo como en aquellos momentos. Nada más alcanzar el interior el inconfundible olor a flores recién cortadas me dio la bienvenida junto al sonido del enorme reloj de cuco del salón. Quería volver tenerlo a él. ¿Quieres que te lleve algo? ¿un té o un refresco? ¿Pido un servicio para ti en la mesa? —No. Dentro de aquel jardín yo había sido mayor cuando era una niña. Me froté el cuerpo frenéticamente. —Aduladora…—me palmeó el brazo. Supuse que el tiempo no perdona a nadie. No hay nada en ella sino desaliento. Casi me sentía extraña dentro de aquellas paredes. Me echó un largo vistazo de arriba abajo. como tantas otras veces. —Pensé que eras tu madre… —¿No está ella en casa? —No. Quería recuperar todo lo que el tiempo me había arrebatado tan impunemente. la que me daría acceso a la parte de atrás de la casa. —repuse.— ¿Cómo estás. La vi acercarse. Cuando traspasaba aquella puerta de hierro. La haría desaparecer de mi vida como fuera. —Lo sé. No la recordaba con tantas canas. Entonces supe que la seguiría amando. dándome un enorme abrazo. quería retroceder en el tiempo para volver a tener cinco años. el mundo real quedaba atrás.

—¿He hecho algo alguna vez como esperabas que hiciera? Deberías estar acostumbrada. —¿Puedo llamarte al menos? —Como quieras. te esconderías tras ese caparazón tuyo. Me tomaría por lo que yo comenzaba a creer. Siempre estoy esperando a que decidas contarme lo que pasa a cada momento de tu vida. Eres la mejor madre que he podido tener. —Cualquier sitio es mejor que esta maldita ciudad. en una pose entristecida. Estaba segura de que si le contaba todo esto a Violeta huiría despavorida y nunca volvería a verla. Mi voz casi rota. —No es que hayas mostrado mucho interés en saber cómo soy o lo que soy. apenas sé nada de ti.— La miré durante un momento como si de repente hubiera perdido el juicio. Una de las razones por las que voy es porque quiero estar sola. una pobre excéntrica. —¿Por qué ahí? Nunca te gustó el campo ni esa casa. rindiéndose ante mi cabezonería. No quisiste volver allí desde el último verano cuando tenías dieciocho años. no podía creer que hubieras venido. La misma noche en que ella hizo que mi mente despertara de su letargo. —Lo siento. Creo que desde entonces ya sabía que jamás podría haber otra. Me alegro tanto de verte… Pensé que pasaría más tiempo desde que te vi en casa de Ginebra. Tardó varios segundos en formular la siguiente pregunta. —Cuéntame qué es lo que te pasa. Por nada del mundo le iba a decir que en un arrebato de furia. —Me resulta muy difícil hablar de ciertas cosas contigo. —dije ásperamente. Necesito respirar. porque sé que si intentara preguntarte o insistir en ello. —Quería decirte que me voy de la ciudad. completa pero impecablemente vestida de negro. inundó mis sentidos. Su recuerdo impregnaba hasta el último rincón que me rodeaba. —supe que intentaba hacerle daño. El rastro de su perfume.También fue el lugar donde descubrí a Violeta. se me olvidó decirte que no funcionaba mi teléfono. —¿Qué es exactamente lo que pretendes hacer allí? 120 . Me senté en el sillón colgante. dubitativa. Apoyé los codos sobre mis rodillas. —¿Sola? —Sí. casi con miedo. —le mostré una pequeña imitación de sonrisa. La vi bajar los hombros. —Jimena. demasiado cobarde como para enfrentarse a la realidad. —Esa respuesta no es lo que esperaba. —¿Por qué? ¿Crees que no lo entendería? —Quizás…—admití al instante. —Eso no es cierto. ¿En qué me he equivocado? —Tú no has hecho nada mal. —Nunca estás en casa. Creo que el saber que me iba a las afueras y no a quien sabe qué sitio remoto del planeta la alivió de algún modo. también le pertenecía de algún modo a ella. Soy yo. —Yo también me alegro de verte. —¿Quieres que vaya contigo? —me preguntó. mamá. Mi madre se sentó junto a mí. —Hola. —Jimena… Levanté la vista para ver justo delante de mí a mi madre. —¿Adónde piensas ir? —A la casa de campo. el mismo que había usado desde que soy capaz de recordar. había arrancado el cable telefónico. Mis sentimientos en aquella ocasión se rindieron a ella sin remedio. justo como siempre hacía con todos aquellos a los que amaba. colocando unos mechones de pelo tras mi oreja. hundiendo la cara entre mis manos. —¿Por qué has venido hoy? —me preguntó. Me he cansado de llamarte. mientras estaba completamente borracha. —Lourdes me ha dicho que estabas esperándome aquí. —comentó. No sé durante cuánto tiempo. —No. Hace poco que lo he arreglado. dime qué es lo que he hecho mal para que no puedas abrirte a mí. mamá. A pesar de que eres mi hija. —cedí al reconocer en su voz la preocupación que toda madre siente por sus hijos cuando éstos atraviesan por momentos difíciles. Este sitio tan importante para mí. —dije. recordando aquella noche. —repuse.

no le digas a dónde he ido… —¿Violeta? —Sí. —le dije antes de darme la vuelta. Y de paso deja de acudir a ella cada vez que me pase algo. Me gustaría mucho poder ayudarte. tomándola de la mano. intentando averiguar si ella también conocía de mis verdaderos sentimientos por Violeta. Su expresión no me dio ninguna pista de que eso fuera cierto. Ella tampoco esperaba ya mucho de mí. Me espera un largo viaje. pero no tenía la menor idea de a dónde me llevaría eso. Por una vez en mi vida. lo haré. O simplemente estaba acostumbrada a rendirse conmigo. Tengo el equipaje en el coche. mirando a mi madre. consideres el estar a mi lado como una remota posibilidad. —No insistiré en ese caso. Necesitaba que mi madre me aclarara algo más. Mi madre se quedó sentada allí. mamá. —Adiós. 121 . —Si descubres que no es lo que estás buscando.— ¿Por qué a ella? —Porque es la única persona que siempre pareció importarte…—respondió segura. Necesito acostumbrarme a todas las cosas que le han dado la vuelta a mi vida.—No lo sé.— Si te pregunta por mí. Sólo que era el comienzo de algo. yo estaba dispuesta a buscar y encarar todos mis miedos. —¿Te quedarás a almorzar al menos? —dijo con cierta esperanza en la voz. mamá. Me gustaría mucho que. Su última esperanza de que me quedara más tiempo a su lado se desvaneció. —Cuento con ello. Me quedé unos segundos en silencio. —suspiré. —Dame tiempo. —dije. simplemente dile no lo sabes. no lo sé. —¿Cuándo sales? —Ahora mismo. Cuídate. observándome marchar. las puertas de esta casa siguen abiertas para ti. habiendo dicho todo lo que tenía que decir. —me aseguró asintiendo al tiempo con la cabeza. al menos. hija mía. —No puedo.— Otra cosa más… Si Violeta te pregunta por mí. —la interrumpí. No era la primera vez. Francamente. pero casi estaba segura de que ambas teníamos la sensación de que podría ser la última. Bajó la vista al suelo. —Gracias. —No quiero que olvides ni por un momento que estoy aquí. Me levanté del sillón entonces. —Adiós. —Olvídalo. —Si es lo que quieres. Sé que puedo hacerlo.

Recordé que hoy era domingo y que probablemente era su día libre. Especulé con la idea de prepararme la cesta del picnic. Delante de mí se erguía la figura de Diego. —Cuando éramos pequeños pasábamos todo el tiempo aquí. una caña en una mano y una cesta de mimbre en la otra. recogí lo que había usado en el desayuno con premura y me dirigí hacia mi habitación. La presencia de alguien cerca de mí logró que regresara de mi placentero sueño de repente. pero pensé que en el momento en que sintiera los primeros síntomas de hambruna retomaría el camino a casa. ataviado con ropa informal. ¿lo recuerdas? —observé. Allí recolecté mi discman. Yo pensé lo mismo. Permanecí un largo rato observando mi alrededor. Pensé en aprovechar el estupendo día que hace hoy. En ninguna ocasión lograba aburrirme. dependiendo sobre todo de los factores atmosféricos. una gorra. sorprendiéndome a mí misma. Cogí el libro que había traído conmigo y comencé a leerlo desde el principio. —Cierto. Desayuné con la habitual calma en mí. —Lamento haberte despertado. —No te preocupes. resolví pasar aquel día tomando aire fresco. —Te he dicho que no tiene importancia. Pero él había muerto y Dios había dejado de existir al mismo tiempo. —No pretendía despertarte. sobre la hierba y me senté sobre ella. un libro que encontré una de aquellas noches por casualidad y que nunca había terminado. Me he pasado los últimos días encerrada en casa y necesitaba despejarme un poco. Apenas pude dar crédito cuando abrí la ventana de par en par y asomé la cabeza por ella. Sonreí. Siempre tuvo tanto que ofrecerme que yo agradecía cada noche a Dios la suerte de tenerlo. La imagen de mi padre hizo que me apresurara a cerrar los ojos para soñarle. —reprimí un bostezo y me erguí hasta quedar sentada. Quizás una pequeña excursión hasta el río para empezar.— ¿Vienes a pescar? —Sí. —comencé a recomponerme el pelo. —Hacía mucho tiempo que no tenía oportunidad de venir aquí. Aquella resultaba ser la parte menos transitada. —dijo. Él asintió con la cabeza no queriendo indagar más en los motivos que me habían traído allí y más si era sola. Puse la manta en el suelo. Con decisión. —Bueno…—dijo dispuesto a irse. Comprobé con alivio que los cambios que había sufrido el lugar en el transcurso de aquellos años no había afectado lo más mínimo al río y a sus zonas colindantes. salí de la casa rumbo a mi coche y me puse en marcha. Saqué mis cosas y me asenté en el mismo árbol que tantas veces me había visto hacerlo. —Cómo olvidarlo. Poco después lo abandonaba a un lado cuando el sueño vino a visitarme. Aparqué el Audi en el lugar donde solíamos hacerlo mi padre y yo. —¿Te he asustado? —Hola. —De acuerdo. puesto que estaba en el lado opuesto del camino que llevaba al pueblo. ¿Quieres sentarte aquí un rato conmigo? —le pregunté. A mí me gusta este lugar. pensando en las interminables tardes que había pasado allí en compañía de mi padre. Experimentando cierto goce ante esa idea.— ¿Has venido sola? —Sí. el tiempo que iba a pasar fuera era impreciso. Mis mejores recuerdos de la infancia son los que pasé contigo. acabo de llegar…—me pareció que estaba algo avergonzado. un jersey que até a mi cintura y una manta sobre la que echarme bajo la sombra de un árbol. Teniendo ciertas urgencias por abandonar el encierro al que las lluvias me habían obligado. 122 . percibiendo los casi inaudibles sonidos de la brisa acariciando las hojas y el ligero rumor del agua. decidiendo lo que me apetecía iniciar en aquel tranquilo día. Como recuerdo de las pasadas tormentas sólo quedaba el olor a tierra húmeda.Capítulo 7 El tiempo y la espera El tercer día de mi estancia allí se decidió por aparentar estabilidad. Estar con él era una experiencia nueva cada día. Quizás mañana vuelva a llover. Abrí los ojos sobresaltada. Al menos eso es lo que auguraba el resplandeciente sol en medio de un claro cielo. colocando sus cosas en el suelo y tomando asiento a mis pies. —dije. De todas formas. siempre haciéndome reír y aprender a partes iguales.— En realidad estoy sola en la casa también.

—¿Sabes? Eso ya me lo han dicho muchas veces. —Fue mi penúltimo verano aquí. puso a mi lado una lata de gaseosa y abrió otra para él. —Puede que incluso me haya enamorado un poco de ti entonces… Me reí a grandes carcajadas. 123 . no vuelvas a sugerirme que te cuente mi vida. —Jamás hubiera podido adivinarlo. —No te sientas obligado a hacerme compañía. —No. ¿Te apetece? —ofreció. No sé por qué me fijé en sus manos para descubrir si estaba casado o algo por el estilo. Se rió y yo también. No volviste a intentar nada parecido después de aquello. perdida durante un instante en aquellas memorias. De pequeño me pasaba eso contigo. —Puede que los intimides. —¿Yo te intimidaba? —exclamé incrédula. —¿No te has casado? —pregunté. —No lo pongo en duda.— No te creo… —Te lo digo muy en serio. pareciéndome increíble que hubieran pasado tantos años desde aquello. —Me parece increíble que alguien tan atractiva como tú esté sola. —se ofreció con entusiasmo. —Gracias. sobre todo después de que echaras a correr como una posesa… —Quizás era porque tú también me intimidabas a mí.—¿Me dirás algún día qué fue lo que viste en mí? Porque no podía decirse que fuera muy habladora… —Quizás fue eso mismo…—me dijo medio en broma. Moví la cabeza negando con una sonrisa en el rostro. Me sonrió. tener un trabajo estable y disfrutar de todo ello mientras pudiera. —Yo también estoy sola. ¿Crees que algún día alguien me dirá eso y pretenderá con ello algo más? — comenté jocosa. Fue muy vergonzoso. Creo que incluso te admiraba… Era extraño. —dije cuando me alcanzó uno de los bollos. —Ahora entiendo por qué intentaste besarme cuando teníamos trece años debajo de aquel árbol…— recordé entre risas. Miré el reloj entonces.— ¿Y tú? Me abracé a mis rodillas y pensé durante un momento qué contestarle. Pero mi historia es diferente. Soy un excelente oyente. —Con tu reacción me dejaste claro que no era algo que desearas que repitiera. Supongo que no todo el mundo tiene las cosas tan claras como yo. aún a riesgo de parecer cotilla. Pero a menos que quieras que te explote la cabeza con mis historias. —Preferiría que no me recordaras esa ocasión. contagiada por su risa. A mí me bastaba con vivir y morir en este lugar. —Si quieres. Tuve una novia durante algunos años. puedes contármela. Luego pasaría mucho tiempo antes de volver a vernos. —me miró. Me había quedado dormida varias horas. Sin preguntarme esta vez. Me dejó. sonriéndome. —le dije cuando recordé que él había venido a pescar y no a entretenerme a mí. —Es increíble como pasa el tiempo…—dije casi en trance. —Vaya…—fue lo único que se me ocurrió argumentar. —Ella quería cosas que yo no. sacando dos paquetes de su cesta. —He traído unos dulces. En sus dedos no había rastro de alianzas. pero nadie de los que me lo han dicho ha tenido otra intención que las palabras. con lo cual ya casi era mediodía y mi estómago estaba vacío.

con lo que seguí con el plan. casi parecía que podía leer mi interior. Sólo empeorará las cosas.— ¿Quieres que te lleve? —No. Sin pensar la dije en voz alta. —me dijo muy serio. y fue entonces cuando me arrepentí de habérselo propuesto. No era algo extraño. Creo que deberíamos recoger. —se dio la vuelta sonriente dispuesto a irse cuando mi voz lo paró de nuevo. Fíjate…—me señaló. a menos que sea eso lo que quieres en realidad. —Sí. Ya no había marcha atrás. gracias.—No me siento obligado para nada. Tu presencia será suficiente. sobre todo porque lo querías muchísimo. En realidad. ¿Quieres que lleve algo? —me ofreció. es cierto lo que dicen de que el tiempo lo cura todo. tan sorprendido como yo. pero tuve una época que no soportaba venir aquí y ahora…—mordí el dulce para no tener que seguir con la frase al notar que había hablado demasiado. recordando lo generoso que siempre había sido. Pero no. Supuse que había algo en él. —metí las cosas de nuevo meticulosamente en mi mochila mientras le daba vueltas a una idea que me había venido a la cabeza. Para entonces espero saber qué hacer. —sentencié. yo seguía siendo la misma. —dije. algo que yo reconocía como un sentimiento de familiaridad. —Sé que lo debes de estar pasando mal con lo de tu padre. —¿Qué pasa? —No recordaba que no tenía en casa nada que no estuviera preparado para el microondas… 124 . Tal vez él confundiría mis intenciones y se liaría el asunto. Le di las gracias. —La soledad tampoco te hará ningún bien. —¿Ahora? —me instó a seguir. —Se está bien aquí. —coincidí con él.— No es asunto mío. —¿Qué tal a las nueve y media? —Me parece perfecto. —No importa. pero créeme. —De acuerdo. —Sea lo que sea. Es curioso. después de todo él me conocía desde hacía mucho tiempo y puede que hasta le fuera familiar mi forma de actuar.— Lo siento…—se disculpó. Era un caballero en todo el sentido de la palabra. No quedaría muy bien que le dijese que lo olvidara. —No. Yo pasé por lo mismo hace unos años. —Ahora es más como un refugio. —El tiempo ahora parece no tener sentido. —Vaya…—dije con fastidio. —Entonces vienes huyendo de algo. —Entonces a las nueve y media me tendrás allí. Como si pudiera decir que mi cabezonería y mi orgullo me hubieran abandonado con el paso de los años. ¿no es cierto? —Lo miré sin saber qué responder. encuentro el estar contigo bastante más interesante que estar de pie durante horas sin hacer otra cosa que esperar. triste en pensar que otra vez me vería recluida en mi casa por tiempo indefinido. que se negaba a abrirse. —Ni siquiera nos ha dado tiempo a olvidar que estamos en Otoño. Lo vi mirar al cielo. A veces no es posible ver ninguna salida.— ¿Te apetecería venir a cenar esta noche a mi casa? Me miró. cuando mi madre enfermó. Supongo que se me nota demasiado. —dijo él al verme perdida en mis pensamientos una vez más. Diego no pareció querer indultarme esta vez. Sólo tenía que reconocer lo cómoda que me sentía a su lado a pesar de todos los años que habían pasado desde nuestra infancia. —Sí. Diego me arrebató la lata con gentileza y la abrió para mí. —Creo que dentro de poco tendremos otra descarga de agua. al final acabará por encontrarte aquí también. —Me encantaría. —Lo sé. —No habrá día de pesca para mí hoy. —me respondió. — se levantó.— He traído mi camioneta. Tuve problemas con la anilla de mi refresco.— ¿Ves esas nubes? Asentí con la cabeza.

con el delantal calado. —Ha sido por una buena causa. incluso había puesto a enfriar dos botellas de vino. Me di cuenta entonces que su visita era una breve. esperaba que lo hiciera acompañada de equipaje. —dijo algo secamente. —A cualquiera menos a ti. ¿Qué daño podría hacerme algo de compañía? Él había sido mi único amigo de la infancia y quizás la única persona también con la que me sentía totalmente a gusto. Miré el reloj. Cuando salí de la ducha. Violeta alzó una ceja algo incrédula. Me cepillé el pelo y me perfumé ligeramente. otorgándole el permiso de adentrarse en mis dominios. Yo también abuso de esa comida. sin dejar de mirarme fijamente. Dejé la cena a fuego lento y fui a darme una ducha rápida. Al parecer. Recordé que me había dicho que le gustaba el picante así que me arriesgué a sumarle otro puntito de tabasco. Tal vez todo aquel tiempo de reclusión habían hecho que nacieran en mí enormes deseos de socialización… También la idea de pasar más tiempo con Diego se me hacía agradable. Lo cierto es que en aquel instante me había parecido una idea muy apetecible. —Supongo que esperabas a otra persona. 125 .— Si te invito a cenar tiene que ser una cena como Dios manda. Sus conversaciones siempre eran agradables y los recuerdos que traía consigo aliviaban de algún modo mi inconsolable alma.—No pasa nada. pero viendo realizar múltiples recetas durante tantos años a Lourdes habían dejado cierta huella en mí. a pesar de que en algunos momentos creía que me arrepentiría. —¿Puedo pasar? Me hice a un lado. —Podríamos salir a cenar por ahí… —¿Es que no hay ningún supermercado abierto hoy? Lo vi arrugar la nariz antes de contestar. Nada de congelados ni de comida precocinada. Coloqué los platos y las fuentes de comida y saqué para la ocasión las copas de cristal de bohemia que mi madre guardaba con excesivo celo en una vitrina. rodeada de todo tipo de especias y concentrada en varias cacerolas a la vez. mirándome con ojos suplicantes. No esperaba a Diego hasta las nueve y media. Si mi madre fuese capaz de verme allí. Ya lo tenía todo dispuesto. Como no sabía qué es lo que prefería Diego. estoy segura de que se hubiese desmayado del susto. y aún ahora. —Sólo ése enorme hipermercado… Si alguien se entera que te he mandado a la competencia perderé mi reputación…—dijo cómicamente. ¿De cuántas personas podía nombrar tantas virtudes? Era mi amigo y me gustaba pensar en eso. Pasó por mi lado y no sé por qué extraña razón. Nos despedimos entonces. dudando si precisaba de un poco más de sal. Las agujas marcaban las nueve y cuarto. tragándome las palabras en cuanto la forma de Violeta apareció ante mis ojos. —cedí entre risas. Me gustará. No sé por qué eso me parecía tan importante. la excesiva puntualidad era otra de las cualidades a añadir. Bajé rauda a la cocina para revisar el estado de la comida. opté por una botella de blanco y otra de tinto que seleccioné de la bodega de mi padre. me lo seguía pareciendo. —me apresuré a decir. Probé la salsa del pollo por enésima vez. me vestí con unos vaqueros negros y un jersey de lana de cuello alto del mismo color. Salí al comedor y adorné la mesa con uno de los mejores manteles que poseía. Dejé los pensamientos de mi madre y sus posibles ataques de pánico a un lado y me concentré una vez más en el porqué había sido tan entusiasta en mi invitación a Diego. pero tampoco pretendía tener aspecto de andar por casa. No quería que aquello pareciese una cita. El sonido del timbre de la puerta alertó mis sentidos. Yo me metí en mi coche y puse rumbo al centro comercial. Nunca me había interesado la cocina. Sin deshacerme del delantal me dirigí a la puerta. —Ni hablar. —Llegas tem…—dije mientras abría. Aquella era la primera vez que iba a cocinar para alguien más que no fuera para mí misma y estaba decidida a causar una buena impresión. igualando la seriedad de ella. Opté por no añadirle. —dije negando con la cabeza. No sé por qué estaba tan entusiasmada con la idea de tener un invitado en casa. ¿Qué más daba lo que fuera? Me sorprendí a mí misma con las inesperadas dotes culinarias de las que di muestra.

Violeta. Sabía que era mi deber atender a la llamada del timbre. embrujada una vez más por su presencia. —Por supuesto. Me deshice del delantal y salí a recibirle. Regresó su atención a su plato. pasé por alto. Diego. observando a Violeta. Yo estaba en mitad del salón. sin más. sólo podía mirarla. Diego se presentó asimismo y añadió algo así como que la recordaba de aquella ocasión con motivo de las fiestas. —repuso Violeta a media sonrisa. —se ofreció Violeta. dando por sentado que no habría más alcohol para mí esa noche. Tuve que rendirme. —¿No vas a abrir? —me preguntó ella. Sin esperar respuesta. Fue entonces cuando pude reaccionar. pero Violeta fue más rápida y puso el envase fuera de mi alcance. por supuesto. anunciando su nombre y a continuación un "soy amiga de Jimena". dando un largo suspiro. Los recuerdos de la última vez que la había visto aún permanecían dolorosamente frescos en mi memoria. por el contrario. justo en el sitio que solía ocupar mi padre. —No puedo hacer otra cosa que coincidir contigo. Me siguió rumbo a la cocina. Violeta pareció ignorarlo hasta que se volvió hacia mí y me dedicó una de sus personales miradas fulminantes. —Está realmente delicioso…—soltó de súbito Diego. esperando seguramente a que yo dijera algo. Yo apenas había probado bocado. En un segundo me vi asaltada por las posibles razones que la habían traído a mí nuevamente. Pero simplemente cerré la puerta y me alejé de ella. abrazándome a mí misma. por su parte. buscar en su alma las preguntas que con tanta codicia necesitaba que me respondiera. El mismo que para mí había quedado relegado a un segundo plano desde ese mismo instante en que la presencia de Violeta había abandonado mis sueños y había aparecido empíricamente en el portal de mi casa. observaba con detenimiento. Diego. acabaré por reventar… —Gracias. Ahora que la tenía delante. aunque por la expresión de su cara supe que deseaba gritarme. La certeza que tenía en aquellos momentos de cuánto había echado de menos a Violeta me atravesó como el más afilado de los cuchillos. a sus calladas exigencias y me bebí de dos tragos la copa de agua. pero estaba segura de la absoluta expresión de sorpresa que debía de señalarse en su cara. Di varios pasos en círculos. —agradecí yo. Toda pregunta quedó relegada a mejores tiempos cuando el timbre de la puerta volvió a sonar con estridencia. el intercambio de miradas entre nosotras sin atreverse a decir una palabra. pero no encontré ninguna razón de peso para obligarme a dejar de hacerlo. Aquel silencio para él tenía que ser del todo insoportable. ahora el único líquido que se me permitía tener en cuantas cantidades deseara. de vez en cuando levantando la vista hacia el tercer invitado. Supuse que estaría preguntándose por el misterioso invitado que se sentaría delante del servicio extra. tan concentrada como estaba en observarla. Mirada que yo. aunque disimuladamente.— Pero si tomo un bocado más. Me levanté sin más dilación y recogí los platos. —¿A qué demonios venía todo eso? 126 . Me senté al frente. anhelando que mi voz no pareciera a sus oídos tan forzada como sonaba en los míos. Violeta concordó con él y dio un paso atrás para indicarle así que podía pasar. Yo sabía que estaba comportándome de una forma absurda e infantil. —Para eso siempre hay un lugar. abandonando cuidadosamente sus cubiertos sobre el plato. —Espero que hayáis dejado sitio para el postre…—dije. pero mis piernas se negaron a complacerme. Como era de esperar. quien ocupó un lugar en la mesa. se dirigió a la entrada y abrió la portezuela. la invitación se extendió también a Violeta. Tragué con avidez el vino que por tercera vez había llenado mi copa y estiré el brazo buscando la botella para rellenarla una vez más. observaba con detalle todo lo que había dispuesto para la cena. todo sin mirarme una sola vez. —Espera. Oí a Violeta presentarse.— Discúlpanos un instante. casi tan convencida como yo de que estaba clavada en el sitio. Violeta dio por terminada su cena también. como si no tuviera fuerza de voluntad suficiente como para obligarme a despegar la vista de ella. con cada comensal a un lado.Se volvió hacia mí. a donde nada más llegar me abordó en voz baja. con el mío casi intacto. sin saber qué hacer. No pude ver el rostro de Diego. te ayudaré. este pollo es sublime.

¿a ti qué demonios te importa? —No me provoques. —¿Y Felipe? 127 . —me dirigí hacia el refrigerador para sacar la tarta de manzana que había comprado esa misma tarde en el supermercado. pero lo que jamás imaginé fue que te iba a encontrar haciendo vida social. Me reí. Hizo lo que le demandé. cargada con los tres platos de postre. echándose a un lado para permitirme el paso. —Muy bien. Y espero que lo hagas mejor de lo que lo has hecho hasta ahora. Diego? —le preguntó. partiendo el pequeño trozo de tarta en múltiples pedazos más pequeños aún con el tenedor. —Me habías asustado…—dije con el alivio de haber descubierto que todo había sido una burla. —Muy bien. —Por supuesto. Saqué los platos de postre con gran parsimonia.—¿El qué? —dije indiferente. Una breve pausa en la que los tres seguimos tomando el postre antes de que Diego decidiera romper el silencio nuevamente. —¿Mis planes de alcoba? ¿Eso es lo mismo que decir que tenía toda la intención de meterlo en mi cama? —me giré hacia ella y la encaré con el esperado malestar. Jimena. —Aparta de mi camino. gracias. —Tienes un invitado al que atender. —Supongo. ¿Cuáles son las tuyas? —No creo que sea el mejor momento para hablar de eso. —¿Qué tal te va todo. Yo comencé a engullir mi tarta a pesar de que no tenía gana alguna de comerla. simplemente se limitó a sonreírle con brevedad. tú también estás invitada Violeta. —Sería estupendo…—dije sin más.— ¿Es que alguna vez he dado a entender que me acuesto con todo el que se me acerca? Y si fuera así. Lamento haber estropeado tus planes de alcoba. pero eso me mantenía ocupada. Yo conocía todos sus tonos de voz y aquel que estaba usando ahora era uno que demandaba confrontación. —Me alegro mucho de que me hayas invitado a cenar.— Me encanta la tarta de manzana. colocando la vajilla sobre la encimera. como ignorándola por completo. Yo salí con la cabeza bien alta y con una sonrisa ensayada previamente. —Como si no lo supieras… —Si no te conociera mejor diría que te encanta atormentarme. —gruñó casi sin despegar los labios. —me dijo ella con absoluta amenaza en la voz. Violeta tomó su asiento y su ración de postre también. —La próxima vez la invitación correrá de mi cuenta… Hay un restaurante italiano muy bueno a pocos kilómetros de aquí. Violeta. Ella no aceptó ni desdeñó la proposición. —Te gusta la tarta de manzana. jugando con la servilleta. Por ahora las cosas me van bastante bien… —Tienes suerte entonces…—añadió la azafata. Violeta. —la enfrenté yo. —Creí que iba a encontrarme a una Jimena desolada. Diego me alivió de esa pesada carga. —Yo también me alegro. Diego nos esperaba sentado en la misma posición. El silencio volvió a hacer acto de aparición y luché en mi interior por encontrar algo que decir que resultase adecuado. ¿verdad? —En realidad soy alérgico a las manzanas… Lo miré atónita y lo vi sonreírme. Una de las razones por las que vine aquí fue para alejarme de ti. —Era broma…—repuso alzando los brazos para coger uno de los platos. Jimena.

—Violeta ha venido unos días para despejarse. el estrés de la ciudad…—comenté. —se agachó y me plantó un gentil beso en la mejilla. —añadí. —Créeme. Ahora mucho menos… —Me gusta así. Ya sabes. He pasado toda mi vida en este pueblo.— Hasta que llegaba tu madre y nos ordenaba que parásemos. Pero la presencia de Violeta y la tensión palpable entre ambas. Me encanta tu compañía. —Mi madre no se atrevería a cambiar una sola cosa en ella. aunque frío. —En realidad no lo sé muy bien. Me trae muchos recuerdos… —Apuesto a que recuerdas cuando nos deslizábamos por la balaustrada…—comenté yo entusiasta. 128 . Diego era demasiado educado como para atreverse a preguntar. metiéndome en la boca el último trozo de tarta. mientras él y Violeta se dedicaban un cordial. —Esta casa está igual que como la recordaba. —Yo también. —¿Piensas quedarte mucho tiempo? —inquirió Diego dirigiéndose a la azafata. haciendo esfuerzos porque volviera a sentirse cómodo.Violeta y yo levantamos la vista del plato con celeridad y lo miramos. —Ahora ya no estás sola…—añadió él. —Lo sé. —Estupendo. hubiera discurrido por otros cauces más distendidos. —dije. —Felipe se casa dentro de unos meses…—anuncié yo.— Adiós. Ella permaneció callada la mayor parte del tiempo. un tanto avergonzado aún. Diego pareció tragar con algo de dificultad. fingiendo que se limpiaba las comisuras de los labios. pero cierto. —Muy bien. —He disfrutado mucho de la velada. —Depende…—levantó la vista hacia mí y yo la miré frunciendo el ceño. adiós. —sentencié. en serio. —Tienes razón. había causado tal situación. sólo sonriendo levemente ante algunas anécdotas realmente cómicas que contaba Diego. —¿Piensas ir de pesca? —No. este pueblo no tiene nada que envidiarle a la ciudad. aunque intermitentemente. aunque yo estaba segura de que para él era obvio que algo pasaba entre la azafata y yo. Violeta se tapó la boca con la servilleta. Tienes mi teléfono. La compañía de Violeta aliviará mis penas…—añadí con algo de sarcasmo. que Violeta estaba allí. Diego pareció entender que mi hermano se iba a casar. Yo abandoné mi sitio en el sofá para acompañarlo hasta la puerta. aunque no estaba segura de si iba a hacerlo. —me aseguró en el quicio de la puerta. —respondió él sonriendo. Me di cuenta de que la conversación que sosteníamos se había vuelto demasiado fría y educada. Terminamos el postre y después de aclarar la mesa pasamos al salón para charlar otro rato. —En esta época suele ser así. Lo cierto es que la expresión de Diego había sido de lo más cómico. Te llamaré. —repuso Diego. —concedió él. pero no con Violeta. De haber estado Diego y yo solos. acomodándome sobre el respaldo de la silla. al menos durante unos instantes. Me reí levemente. Me descubrí como una ansiosa participante. Pasamos desde ese punto a relatar algunas de nuestras experiencias cuando éramos niños.— Increíble. Así que seguro que habrá algún día soleado que otro. como si se hubiera dado cuenta de que había pronunciado una palabra maldita en aquella mesa. Sólo era por curiosidad. No había que ser muy observador para darse cuenta de ello. Yo diría que todo lo contrario. y si a eso le añadimos el tono grana que ahora cubría sus mejillas… —¿Sabes si seguirá lloviendo durante los próximos días? —le pregunté yo. —Oh…—exclamó. O algo así. pero sólo yo fui consciente de que lo que realmente quería tapar era una sonrisilla. —Sí. —Exactamente. Llueve con intensidad. —Espero que volvamos a repetirlo alguna vez.— No será tan malo… —Es cierto. todo por tratar de olvidarme. —Lo sé. No hay nada como vivir rodeado de tranquilidad. Mi madre nunca tuvo ni la más remota idea de lo que era la diversión. Casi era media noche cuando Diego se levantó dispuesto a irse. Odio estar encerrada en esta casa por culpa de las lluvias.

—dije con una mano en el pecho. —¿Es que habías olvidado que estaba aquí? —indicó. —¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —me dijo desde atrás. 129 . te lo aseguro. —A mi padre le encantaba esa pieza. por favor! —dije con hastío al tiempo que me alejaba de la entrada.— Tal vez tengas motivos que te niegas a reconocer. —¿Cómo cuáles? —la vi entrecerrar los ojos. Había llegado el momento de enfrentarme a solas con Violeta. —Imagina lo que quieras. pero en cada ocasión consigue emocionarme como la primera vez. No me pidas ser tu amiga. —Eso sólo lo sabes tú. —la amenacé.— No quiero que empieces a disculparte por tener una vida en la que no significo nada. mirándome con sospecha. —Jimena. Y tenía miedo. Se hizo un incómodo silencio. —admití. Violeta había puesto música en el salón y desde allí pude oír las notas del Concierto de Aranjuez. —suspiré cansadamente antes de proseguir. —Desapareciste. Creo que te he demostrado con creces que no es así. Yo te quiero. —He cometido un error viniendo hasta aquí. sosteniendo aún una copa de vino media llena. —¿Qué otra razón puedo tener para venir aquí sino tú? —Una visita de cortesía. —De todas las mentiras que podrías decirme. mientras calmaba el veloz e inconstante latido de mi corazón. llené la cesta del lavavajillas y lo puse en marcha. Yo me restregué las manos pensando en lo próximo que debía decir.— A la vista está. poniendo rumbo a la cocina. Déjame que supere esto. Violeta. siempre tienes la equívoca idea de que no me importas. Pero quiero que sepas que tu sola presencia me hace daño. Encontré a Violeta cerca del tocadiscos. Comencé a ponerme nerviosa y algo enfadada. a pesar de todo. de espaldas. —¿Puedo quedarme esta noche aquí? —Puedes quedarte el tiempo que quieras. —Me has asustado. una ligera noción de lo que eso puede significar para mí. Me alejé de ella rumbo al salón para recoger los últimos restos de la velada. La sentí seguirme muy de cerca. Sabes que. Ni siquiera sé por qué lo he hecho. —solté muy seria. —¿Tanto te incomoda mi presencia? Puedo irme ahora mismo si es lo que quieres… —¡Oh. Suspiré y me repetí un millar de veces que era capaz de enfrentarme a aquella situación. —repuso. De otra forma no me atormentarías de esta manera… ¿Qué pasa. alertada por su voz. —Siento mucho lo que pasó en mi… —Ni te atrevas. Una vez allí. Violeta. Yo me volví rauda. eres bienvenida. al menos. Tú no puedes quererme.— Tan sólo desearía saber qué es lo que te ha traído hasta aquí. entonces. Tú eres así.—Adiós. Ni tan siquiera sabía si quería estar allí.— Al menos dame una oportunidad. ésa es la peor. Violeta? ¿Es que verme sufrir te excita de alguna forma? —Voy a imaginar que esas palabras nunca han salido de tu boca. Ni siquiera tu madre me quería decir dónde demonios te habías escondido esta vez… —Pero tú puedes ser muy persuasiva…—la interrumpí. —Sí. —Si consiguiera hacer eso sería más feliz. a la par que deseo y satisfacción por tenerla allí. Estuve como loca buscándote. no me importa. —Tiene algo especial. —Debo de haberlo oído hasta la saciedad. donde la presencia de Violeta se me hacía difícil de sobrellevar. eso sería demasiado cruel. tomando un sorbo de su vino. Deberías tener. con un codo flexionado. y yo intento hacerme a la idea de que no puedo tenerte. —Pues deberías pensarlo con detenimiento. —¿Por qué me niegas tu amistad? —señaló casi implorando —¿Amistad? Me besaste. —le dije. —convine. Cerré la puerta y me quedé allí durante breves segundos.

con sus dedos mientras contenía la respiración. —Sí la tiene. La verdad era que en aquellos momentos no me atrevía a rechistar o a quejarme. —me pidió. Aún salía bastante sangre y podía sentir algo extraño metido entre la piel. —Dios mío…—dije quedamente. No he venido hasta aquí para empeorar las cosas contigo. Se sentó entonces en el enorme sofá. Violeta intentaba extraerme el cristal. apenas rozándomela. —Siento lo de antes. Creo que ambas sabíamos que no podría negarme a nada de lo que ella me pidiera. tiró de mi brazo y me obligó a levantar para llevarme al baño donde me sentó sobre el inodoro. mientras ella me zarandeaba de un lado a otro. ávidamente. me dediqué mirar la herida. —me dijo. Una vez hecho esto. No me gustó lo que vi. me ofreció su copa que vacié de un solo sorbo. Mientras esperaba su regreso. haciendo acopio de valentía. Ahora estaba concentrada en apreciar mi propio reflejo en el cristal. aunque evité colocarme demasiado cerca. Sin apenas ser consciente de que estaba apretando demasiado la copa que sostenía. ésta se rompió bajo la presión esparciéndose en pedazos. —me moví hacia delante y atrás nerviosa. Con enorme decisión. —Necesito unas pinzas para sacarte el más pequeño…—me anunció al tiempo que desaparecía dejándome sola en el baño.— Ya es muy tarde y aún tengo que preparar tu habitación. Permanecí todo lo inmóvil que pude mientras ella trataba de sacarlo con unas pinzas de depilar. —¡Jimena! —oí gritar a Violeta. mientras la sangre salía a borbotones goteando en el suelo. Yo negué con la cabeza. —De acuerdo. todo ello bajo el intenso escrutinio de ella. Violeta volvió entonces. me obligó a sentarme en el mismo sitio. el más grande. Me froté la frente con desesperación. Lo hice sin más dilación. Sabía que Violeta me estaba diciendo algo pero la ignoré. Se giró rauda hacia mí. Extrajo uno de los trozos. Me miró y palmeó un lugar cerca del suyo. Cosas que depositó en una de las esquinas del lavabo. algunos de los cuales se incrustaron en el interior de mi mano. —Violeta…—comencé.—Voy a ir arriba. indicándome que me sentara. 130 .— A veces no sé qué me ocurre… —No tiene importancia. Una punzada de dolor me hizo estremecer. Le dio la vuelta para calibrar el tamaño de la lesión en la palma. —me dijo con voz dura. —No te muevas. Me levantó nuevamente para meterme la mano bajo el agua y aclarar la herida. Se arrodilló frente a mí y me tomó de la mano con inmensa dulzura. Arrodillada frente a mí y completamente entregada a su tarea. La vi sacar un desinfectante. Ella alzó la mirada hacia mí. Yo parecía una muñeca de trapo. con expresión dura en el rostro. Sentí el dolor entonces. —¿Te duele mucho? —me preguntó. observándola.— Necesito un trago… Sin decir una palabra. mercromina. Mantuve la copa entre mis manos.— Yo… Tú no tienes por qué… Las palabras se negaron a fluir ordenadamente de mi boca. Me cogió la mano para observarla. depositando su copa sobre la mesilla. —Quédate un poco más. Eso es justamente lo que menos deseo. esparadrapo y vendas. Abrió el botiquín buscando algo frenéticamente.

Violeta respondió echando todo el peso de su cuerpo sobre el mío.— Tu boca. Me miró. Con enorme gentileza. La mano herida me dolió bajo la presión que ejercía en ella. Pero su solidez era superior a la mía. Con la mano que tenía libre. Liberó mis manos y yo me anclé en la parte posterior de su cabeza. poniéndolas a cada lado de mi cabeza. como tantas otras veces. Sus largos y bellos dedos trabajando raudos. Esa primera vez que sentí su mano bajo mi abrigo fue la confirmación de mi condena. la empujé y conseguí arrastrarme por la pared unos centímetros más. pero no me atreví a quejarme. cesando en su tarea para mirarme. Dejé de respirar sin saber cuándo había decidido hacerlo. Violeta aprovechó ese movimiento para abandonar mi garganta y tomar posesión de mi boca. como si quisiera escuchar todas y cada una de las confesiones que yo atesoraba con tanto celo.—Te juro que a veces no logro entenderte. "No creo ni por un momento que nadie te haya sabido amar de la forma en que yo te amo. atrayéndola aún más hacia mí. tu voz… —Jimena…—protestó ella levemente. Intenté desenredarme pero Violeta me asió por ambas manos. Mi cabeza pegaba una y otra vez contra la pared debido al fervor con que lidiábamos aquella batalla. Quería tenerla imposiblemente cerca. Se acercó a mí y me rozó la mejilla con su nariz. no permitiéndole verme los ojos. Estaba a punto de abrir la puerta de mi habitación y desaparecer tras de ella cuando sentí un grave tirón hacia atrás que me hizo dar la vuelta y chocar contra la pared. pronto acallada por mi pulgar sobre sus labios. depositando allí un ligero beso. —Al igual que tus ojos…—proseguí. La sentí moverse detrás de mí y supe que me estaba siguiendo. sin atreverse a ir más allá. observando ahora sus dedos cubiertos por los míos. Apresuré el paso y Violeta me imitó una vez más. Han sido capaces de quitarme el sueño muchas noches…—le confesé. confinándome contra la pared aún más. —dije simplemente. Una vez que los enfoqué. me vi incapaz de escapar de su visión. La empujé para separarla de mí y ella me miró con expresión desatinada. Mi garganta emitió un suspiro imposible de contener y mis piernas temblaron de emoción. De mi garganta salió un sonido gutural. tan primitivo que parecía de naturaleza animal. aliviando así el resquemor. y tras unos segundos de infausta lucha cedí en mi empeño y me mantuve en la posición que ella deseaba. aún con los ojos cerrados. Quizás el hecho de que siempre me hayas rechazado ha convertido este amor en eterno. Era tan sigilosa en sus movimientos que parecía un gato. —No. Se separó de mí sólo un instante para mirarme a los ojos y luego volvió cubrir mi boca con la suya. quería sentirlos. Guardarlas era lo que había hecho hasta ahora. Seguí andando hasta tomar las escaleras que me llevarían al piso de arriba. cómo se movía y cómo me alzaba el jersey para introducir una mano por debajo de él. Me saqué el jersey con premura y 131 . tracé las líneas que formaban las venas y que surcaban la fina piel del dorso. Noté. Ella lo hizo también. Ella prosiguió tentando con sus labios la piel de mi rostro. Sus dedos se movieron golosos trazando las líneas de mi vientre. pero nunca parecía llegar el momento adecuado para que ella las oyera. Hasta que probó mi cuello. buscando quizás las palabras que no me había atrevido a pronunciar antes. Violeta sopló sobre la herida mientras pasaba el algodón. Se me olvidó incluso el dolor. Pero desgraciadamente la felicidad no sólo se obtiene por amar. son tus manos. Comenzó a vendarme la mano. opté por sonreírle levemente y levantarme de mi insólito asiento. Ella paró en seco. Abrí la boca para permitirle el paso y ella entró con enorme hambre. —me dijo una vez lograda su empresa. pero aún así me negué a moverme un solo ápice. Acto seguido me aplicó el desinfectante. —Si hay algo de ti que me perturbe. Su sabor se mezcló con el mío mientras nuestras lenguas luchaban feroces por enredarse. quejándome por el esfuerzo. Con las últimas fuerzas que me quedaban. Me quejé cuando noté que me escocía. comenzando a acariciarle el rostro. En mi interior yo también buscaba las mismas respuestas. Ya no podría importarme nada." Imaginé que le decía esas palabras. Fue entonces cuando flexioné inconscientemente la mano para atraparlos. Tal era mi deseo que comencé a abrazarme a ella con las piernas. pero no me importó. Terminó por poner un trozo de esparadrapo que cortó con los dientes para mantener la gasa en su sitio. aunque con la cabeza ladeada. tan desesperada como yo. —¿Esto es por mí? —me preguntó. En vez de exponerle mi alma. Fue entonces cuando me giré.

Yo abrí las piernas entonces todo lo que pude. Ignoraba si esto era tan sólo un regalo que Violeta me otorgaba a mí y a mi alma inconsolable. Violeta cerró los ojos e inspiró con fuerza cuando comenzó a mover los dígitos pausadamente. apoyada sobre uno de sus codos y con el rostro pegado a mi faz. sino el hecho de que aquello me lo estaba brindando a mí. y yo me estaba desvelando a ella. Con cada uno de ellos. haciéndome con ello que tuviera dificultades para seguir inspirando. por lo que tuve que morderme el labio inferior. la próxima vez que ella me cazara en mis propios sueños. había rozado el lóbulo de su oreja con mi nariz sin pretenderlo en mi empeño de absorberla. tomándome de las nalgas para acercarme aún más. justo donde mi yugular se apreciaba latiendo al ritmo desenfrenado que había impuesto mi corazón. Su mano se adentró en el rincón más reservado de mi cuerpo. Pero así era. algo como… … Fuego… Si tuviera que elegir una palabra para describir lo que vi en sus ojos cuando me miró tras observar largamente mis pechos. con su boca recibiendo todas las respuestas ahogadas en formas de gemidos que yo le otorgué con ilusión. No me hizo esperar esta vez. sin dejar de mirarme a los ojos. pero sin rozarlos en ningún momento. siguiendo el camino de mi vientre.expuse mi torso y mis pechos totalmente descubiertos por la ausencia de un sujetador. mirándome fijamente. con prisa mal disimulada y el ardor de quien está descubriendo el placer por primera vez. Violeta se había colocado con la mitad de su cuerpo sobre mí. por lo que cerré los ojos con fuerza. Mi piel respondiendo a su contacto. Mientras. Violeta me regaló un primer gemido que hizo temblar todos y cada uno de los elementos de los que constaba mi cuerpo. Quería verla para así. Luego su dedo índice marcando las líneas que formaban el pecho. Me quejé levemente al sentir la frialdad del pavimento contra mi espalda. Gemí inconsolable. Mi espalda se arqueó en acto reflejo. Sus dedos descansaron en mi cuello. Muchas veces había imaginado estar en tal situación. Mi bella Violeta me tomó de la cintura y ambas nos dejamos deslizar hasta el suelo. y me pareció que el techo de la casa se movía en forma de espiral. sería ésa misma. mientras ella colapsaba contra mí. Se incorporó lo suficiente como para ayudarme con los botones. atravesando el valle entre mis pechos. Volvió a entrar en mí. pero ella quería atormentarme. acariciando el inicio de mi sexo. Se deshizo de la prenda con cierta exasperación. Mis manos fueron hacia su camisa de algodón. Al fin y al cabo ella era mi único destino posible. percibiendo sus pezones erectos contra la tela de su sujetador. Yo me aferré con ambos brazos a su cuello. Sentí que tiraba de la abertura de mi pantalón. instándola a adueñarse de más. Me estaba ofreciendo por completo. tirando de ella. si bien es verdad que nunca pensé que sería sobre el suelo. Violeta recorrió la breve distancia que nos separaba con un solo paso. Mis caderas comenzaron a 132 . imposible de contener. no tener que imaginar las formas de su cuerpo de mil maneras. en círculos. ahondándome. fui capaz de saborear mi propia sangre al morder exageradamente el labio cuando me atravesó. Aún así. Su mano se movió lentamente. intentando desabrochar los escurridizos botones sin ningún éxito. sorbiendo de él como si se tratase de un helado. la misma voluntad que hacía rato que me había abandonado. Su olor era por sí solo capaz de llevarme a un estado de auténtico delirio. y no fue el motivo de verla desnuda lo que me hizo temblar como una hoja. Yo. Eso casi me hace gritar. Inhalé la esencia que desprendía y me llené de ella. Fui consciente de algo entonces: En mi entera existencia me había sentido tan viva. pero rápidamente me acostumbré a ella. en mitad de un pasillo. Sus manos se elevaron desde mis nalgas hasta mis costados. mis esperanzas se sumaban y mi ánimo. Violeta seguía concentrada en lo que estaba haciendo. Después de todo. mientras. Mis pantalones seguían negándole espacio. de dejar de amarla. no sabía si habría una próxima vez. Cuando sentí sus dedos deslizarse dentro de mí. invitándola. sin decir una palabra. Estaba más que dispuesta a memorizar cada rincón de su anatomía para ese fin. Yo bajé la vista hacia sus pechos. Percibí algo más. por lo que se incorporó y me los bajó junto con mi ropa interior hasta las rodillas. Me permitió entonces ver por primera vez su torso. Violeta me estaba descubriendo. Fue en ese instante cuando decidió cubrir uno de mis pechos. Un segundo después mis dientes habían atrapado aquel sensitivo lugar. deseándola. Quería saber si estaba dispuesta a aceptarme. Su mano derecha se alzó. atravesándome. haciéndome incapaz de registrar la realidad. de desearla se esfumaron como si nunca hubieran existido. Mis rodillas quisieron doblarse por propia voluntad. Mi deseo crecía por momentos y apenas podía soportar mis ansias por liberarme. respirando mi aire. Mi presión arterial se disparó. Levanté la cabeza y atrapé el apéndice con la boca. sino ser capaz de pensarlo tal y como era. Violeta se acercó aún más a mi boca y observé mientras hacía aparecer su lengua por entre los labios. con una pierna entre las mías. Labor que estaba consiguiendo. se abrió paso a contracorriente. presionando rígidamente contra mi piel por el escaso espacio que permitía la tela de mis vaqueros. Toda promesa de olvidar a Violeta. Sólo un poco más y rozaría los míos. Ella era sobradamente compasiva como para hacer eso. echaba a volar. haciendo que los botones se soltaran por sí solos hasta el último de ellos.

sangre. —Quería centrarme en ti…—comenzó a explicarme algo insegura. —Quería que hiciéramos el amor. — mastiqué las palabras con irritación. —¿Qué quieres conseguir? —Quiero que estés tan adentro de mí como lo estoy yo en ti. —Pensé que era lo que deseabas. El ritmo que llevaban mis caderas a ese punto era imparable. decirle una vez más cuánto daño me había hecho… Sus palabras interrumpieron mis cavilaciones. era lo único que necesitaba para sentirme colmada. —Por el amor de Dios. No me lo permitió.— Has perdido completamente la cabeza… —Sé que si no te hago mía no conseguiré olvidarme de ti. Sangre. Lo único que sabía era que la visión de su pecho me seguía perturbando demasiado. pero en modo alguno le daría algo más de mí. Violeta? ¿Por qué ahora? —Porque quiero que me enseñes a amar. —¿Por qué. deseando poder parar aquello. Pero yo quería algo más. Me erguí. Intentó besarme cuando notó que me acercaba al orgasmo. Me convulsioné entonces. Violeta. —¿Qué? —Lo has oído perfectamente. Me coloqué el abrigo y me quedé en el sitio. quedarme. Violeta seguía sin entender nada. lo siento. Irme. Quiero sentir lo que tú sientes. Te deseo a ti. Quiero sentir tu obsesión y compartirla. De todas las cosas que podía haber dicho. —Si he hecho algo mal. Aún había algo que me intrigaba en demasía. el sabor de la sangre aún en mi boca. La miré. —Quería darte todo el placer del que fuera capaz. —me aseguró con una seguridad que me dejó pasmada. Yo quería darle todo lo que me estaba dando a mí. —¿De qué estás hablando? Me pregunté si realmente no tenía idea de lo que había hecho o es que me estaba tomando el pelo. de repente demasiado avergonzada de mi desnudez ante ella. Lo deseo con todas mis fuerzas. casi como si sintiera vergüenza. Si has logrado entender mi obcecación deberías estar huyendo de mí y no volver jamás… —No tengo miedo. —una pausa. ¿Es que acaso eres una de esas malditas frígidas que son incapaces de sentir nada? —ladré enfadada. Me giré como una pantera rabiosa hacia ella. Y ahora yo estaba segura de que ni siquiera quería intentarlo. abrigo en mano. No hay nada peor que tener el remordimiento de lo que no se ha hecho jamás. dándole la espalda. pero se lo impedí. Ella me arrebataría un placer que yo era incapaz de retener ya. aquella era la que más esperaba que no pronunciase. Apreté las mandíbulas. sin saber qué hacer. De repente ya no era lo que deseaba. aterrorizada. Me subí los pantalones tan rápido que parecía que la vida se me iba en ello. Le así de la muñeca con fuerza y la obligué a salir de mí bruscamente.moverse a su ritmo. no que me follaras como si te estuviera pagando por ello. 133 . Mi sangre estaba envenenada de Violeta. Pero fue demasiado tarde.— ¿No ves a qué estado me ha llevado a mí eso? Deberías estar asustada. Retiró mi mano en las dos ocasiones en las que lo intenté. —respondió molesta. Violeta se irguió también. ¡vístete!—le ordené. La alcancé. buscando mi jersey. ahogando los gritos de éxtasis. —Esto no es un maldito sueño. Yo soy real. Pero tú no me diste ninguna señal de que parara… —¿Disfrutaste? —le pregunté. aliviada de comprobar que se había abrochado los suficientes botones de su camisa como para no dejar ver nada que me turbara. —Loca…—murmuré. intentando llegar hasta la abertura de su pantalón. incrédula incluso. —¿Centrarte? —me giré hacia ella. Me rendí. sangre…me repetí. sin entender mi repentino cambio de humor. —No quiero ningún placer si no se me permite devolverlo. me diste una esperanza de que así podía ser… Nunca aprenderé que los sueños jamás se hacen realidad. Creí que podría amarte por una vez libremente. No lo era.— Quiero todo eso y más… —Tienes que haberte vuelto loca…—dije entre dientes.

Ya no había nada que pudiera evitar lo que estaba a punto de acontecer. Le abrí el pantalón dolorosamente despacio. me acerqué hasta ella y la empujé contra la pared.Negué con la cabeza al tiempo que me movía en círculos. Abrió los ojos y los miró. Entonces lo vi en sus ojos: Violeta se estaba rindiendo a mí. 134 . —¿Me enseñarás? —dijo y casi podía sentirse una ligera súplica en esa frase. Esta vez Violeta no pareció querer evitar mis avances. En cambio. abriendo aún más las piernas para mí. Mis dedos se mojaron inmediatamente de su excitación. Vi la decisión en sus ojos y eso me hizo sentir más valiente. Empecé a preguntarme si es que ella ya tenía ensayadas todas y cada una de las respuestas que me estaba ofreciendo. —¿En qué momento…? —En el instante en que volví a verte en el hospital…—me interrumpió nuevamente. —Primera lección: —dije muy seria. No respondí. sin dejar de mirarla ni un instante. Introduje una mano por debajo de su ropa interior y encontré lo que estaba buscando. Tuve que apoyarme con una mano en la pared ante el riesgo de caerme de bruces cuando su calidez me recibió. luego me miró a mí con extrañeza. Saqué la mano entonces y puse los dedos delante de su cara. cada vez más perdida. Era como si supiera exactamente qué era lo que yo me preguntaba a cada momento.— El deseo. Me agradó descubrir que ella se había excitado tanto como yo. Violeta emitió un breve suspiro y echó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos con dolor.

Violeta me sonrió levemente y se tumbó boca arriba. pero no dijo nada. Abandoné mi ropa en el suelo. sobre la de ella y me aproximé a la cama. Permaneció frente a mí completamente desnuda. mezclándose. vi la misma decisión en sus ojos. pero ningún sonido salió de su boca. 135 . Supongo que esperaba algo así como que fuera yo quien le quitara la ropa. Incluso se deshizo de su ropa interior juguetonamente. Ella volvió a tomar la iniciativa y se separó lentamente de la pared. provocándola. por lo que sus pechos ahora se erguían y los músculos de su estómago se marcaban delicadamente. Cuando me di la vuelta. la tomé de una mano y la conduje a mi habitación. expectante. La admiré sin prisa. Cerré los ojos y me obligué a mantener el equilibrio. tan sólo absorbía su imagen. Sabía que debía ser así y que así se haría. Violeta esperaba pacientemente mientras yo asimilaba lo que estaba pasando apoyada sobre la puerta tan sólo unos segundos. mirando las reacciones que se traslucían en sus ojos. de mi exigüidad de urgencia. —Desvístete. Recordé aquel día de verano en el río. pero yo la tomé de las muñecas. Intentó levantar los brazos para tocarme. descendí con lentitud. el ancho de sus hombros. esta vez con la voz entrecortada. Encendí a luz y cerré la puerta tras de mí. con los pantalones sin abotonar y las manos a cada lado. Ella ni siquiera murmuró una simple protesta. Pude notar que Violeta tomaba una inspiración para mucho más tarde expulsarla. la línea ósea que delineaba su clavícula… Extendí mi cuerpo y me apoyé sobre las palmas de las manos a ambos lados de su cabeza. logrando con ello que yo comenzara a respirar con algo de dificultad. —No. colocando las rodillas a cada lado suyo. tomé su boca despacio. Negué con la cabeza sin dejar de mirarla. Yo era incapaz de percibir cualquier cosa o sonido que me rodeara. me estiré hasta alcanzar el cajón de una de las mesillas de noche y saqué un pañuelo de color rojo. sus pechos llenos. —dije sin contemplaciones. pero sin rozarla en ningún momento. La obligué a abrir las piernas aún más con ayuda de una de mis rodillas y cuando obtuve el espacio suficiente. El atarla hizo que su torso se doblara en un casi imperceptible arco. —Sobre la cama. Le até las muñecas al cabezal de la cama. porque eso es exactamente lo que vi ante mí. Hasta mis sentidos llegó el aroma de la esencia que inundaba mis dedos y que le pertenecía. Entonces ella me había mirado con curiosidad. con su rostro tintado de un tono rúbeo por la excitación. Todo en ella parecía haber sido moldeado por un escultor. Dejé que la sensación de sentir sus pechos.— Ahora mismo soy inalcanzable para ti. permitiéndome beber de su visión a placer. Aseguré el nudo con fuerza y la vi hacer una mueca casi de dolor. pero lo evité alargando una mano hacia ella. apoyada contra la pared.Capítulo 8 Deseo que quema Nos miramos con intensidad. No hay palabras para describir la perfección. Ella pareció entender y disfrutar de mi denso escrutinio de su boca. pero fue sólo un instante. Aún sin moverme un solo ápice. La observé mientras ella acataba mi orden. —volví a ordenar. Ahora lo hacía con delectación. sin rozarla. abarcando cada centímetro de su cuerpo. Fue extremadamente cuidadosa con cada uno de sus movimientos. Me desnudé bajo su denso escrutinio. Cuando nuestros cuerpos se tropezaron y sentí su excitación y ella sintió la mía. Violeta intentó acercarse a mí. —Déjame tocarte…—susurró. —Acércate…—me ordenó. Dio varios pasos tentativos hasta ponerse a su altura. no pude evitar cerrar los ojos con dolor. a pesar de que era eso lo que mi cerebro ordenaba una y otra vez que hiciera. Aún sin decir una palabra. tomándome mi tiempo. su vientre plano. —dije. Fue mi turno entonces. Violeta alzó una ceja. disfrutando de la certidumbre de tenerla allí. sin moverse. como lo has sido tú para mí… Acto seguido.

Me llené de ella y aún así me parecía que no sería suficiente. Incluso si lograba hacerla llorar o sufrir sería para mí una conquista más. —Al final me dirás que me amas. Sus caderas se elevaban furiosas. tocarme y acariciarme. esta vez más persistentemente. Supuse que quería abrazarme. levantando las caderas cada vez. ante el riesgo de que pudiera empujarme sin querer fuera de la cama. aún así. —le dije como una orden. —Voy a besarte…—le anuncié. Violeta únicamente podía emitir extraños sonidos y retorcerse bajo mis atenciones. —sentencié y mi juguetona frase provocó otra larga inspiración. intentando intensificar cualquier contacto con mi estómago. lograba robarle algo de sí misma. —Pero no en esos labios. Violeta seguía retorciéndose y a pesar de que mi mano herida se resentía y mucho. Repté como una serpiente por su cuerpo hasta ponerme a su altura y la miré y ella me miró. esperando lo que yo le había prometido segundos antes. abriéndose aún más para mí. intentado dirigirme hacia el lugar donde más deseaba sentir mis labios. Deposité allí el más ligero de los besos. pero me detuve a tan sólo unos milímetros. hasta llegar al centro de su ser. Violeta emitió una exhalación. 136 . Eso era lo que significaba rendirse a otra persona y lo que yo estaba dispuesta a enseñarle. Volví a enterrarme en ella. —le dije. estaba segura de que tendría un orgasmo. Mi propia liberación a punto de hacerme estallar. La agarré con fuerza. Contraje las piernas al sentir una punzada de placer en mi centro. Rugió como una auténtica pantera cuando el éxtasis abordó su cuerpo. —No te muevas. alentada por los murmullos de auténtico placer de Violeta. sentirme aún más. Dos de mis dedos se adentraron con firmeza y por primera vez supe lo que era sentir a Violeta por dentro. no me quedó alternativa alguna que plantarla firmemente sobre su vientre para intentar estabilizar sus movimientos. Ella gritó incapaz de contenerse. en mis labios se eternizó su esencia. introduje mi lengua en él. Al abrirlos de nuevo vi la misma tortura reflejada en los de Violeta. —Bella Violeta…—dije entre besos. —Me pertenece. con uno de mis dedos. Ella comenzaba a arquearse. Mi otra mano viajó por voluntad propia. Ella quiso moverse contra mi cuerpo. Sabía que debía obedecer todas y cada una de mis disposiciones.su sexo y su piel contra mi cuerpo me inundara. pero me mantuve inmóvil. con cada gemido. Violeta desistió entonces. Me froté contra ella y me respondió moviéndose en sintonía. acercándome a su oído. torturándola. al interior de su cuerpo.— Como si yo en realidad hubiera salido de dentro de ti… Cubrí con mi boca lo que antes acariciaba con los dedos. Su bramido hizo que mis oídos zumbaran. Acomodada con la barbilla sobre su estómago tracé. Estaba tan excitada que si hacía eso una vez más. Seguí avanzando hacia su ombligo y cuando lo alcancé. sin pestañear. Deposité un beso en su mejilla. las líneas de su pecho. Me erguí entonces hasta quedar sobre su cuerpo. De algún modo conseguiría que Violeta pagara por todo aquello que le había dado sin habérmelo pedido siquiera. apenas rozándola para luego y muy lentamente descender hacia su pecho. pero yo retrasaba ese momento. con el rostro pegado al suyo. demostrándole cómo podía alimentarme de ella. Me acerqué aún más a ella. Me concentré desde ese momento en darle todo ese placer que yo era capaz de darle. Me posicioné entre sus piernas y ella las dobló por las rodillas. Egoístamente comencé a pensar que quizás. y lo creerás de verdad incluso…—le susurré. elevándome a mí también. Violeta luchó contra las ataduras que la mantenían sujeta al cabezal de la cama. Violeta entreabrió la boca entonces. Ella había tomado todo aquello de mí y yo no podía dejar de sentirme en desventaja. Cerré los ojos y mis sentidos se embargaron de la esencia de Violeta.

Ella notó mi repentino cambio de ritmo y lo que pasaría segundos después. Me despertó una placentera sensación. había sido producto de mi ardor. Sus dedos apenas rozaban mi piel. Estaba demasiado cerca y por la expresión de su rostro supe que ella nuevamente lo estaba también. Sin abrir los ojos comencé a percibir más nítidamente una mano que se movía en círculos sobre uno de mis senos. Violeta estiró los brazos al instante y los acercó a mí para abrazarme por la espalda. —Preferiría asegurarme…—respondí acercándome hasta ella. desaté el nudo que aún le mantenía sujeta. —Te quiero… Incluso por un momento me pareció que sonaba sincero. Violeta levantó entonces la cabeza hacia mí.— No eras tú… Abrí los ojos y enfoqué la vista hacia ningún lugar. mientras ella desplegaba sus artes. —No pares…—murmuró con voz entrecortada. Me desmoroné sobre su cuerpo. mojando la piel de uno de sus senos. exhausta. 137 . pero aún así era una sensación prodigiosa. —Dime que me quieres. la misma mujer que la noche antes le había hecho el amor. asimilando sus palabras y las que aún tenía que decirme. concentrada en sus caricias. justo donde yo había clavado mis dientes. Violeta luchó con las últimas fuerzas que le quedaban por desligarse. con lo que quedamos lado a lado con las piernas entrelazadas. ordenándoselo casi. Mi aliento pasando a través de mis labios entreabiertos. Comencé a ganar el resuello de nuevo. —le pedí mirándola a los ojos. —Nada volverá a ser lo mismo. Supuse que debía de ser el hecho de despertar en la cama junto a otra mujer. lo que la hacía parecer tan intrigada. Otra de las cosas que pude advertir era que su labio inferior estaba hinchado y parecía tener una herida. La besé entonces dolorosamente. —¿Te he despertado yo? La miré. Enfoqué a Violeta de inmediato. Apartó la mano suavemente y la apoyó sobre su cadera.Me aferré a la sábana con fuerza. —repetí de nuevo. —No mucho…—mentí con voz ronca. —Mañana todo volverá ser igual…—dije quedamente. con mi pecho moviéndose frenéticamente contra el suyo. Eso pareció excitarla hasta tal punto que también empujó con más brío contra mí. Abrí los ojos lentamente. Habían sido producidas por el forcejeo contra las ataduras. sin duda. pero pronto se abandonó a su propio placer y juntas alcanzamos el clímax. Decidí no llamar su atención y por el contrario me quedé allí mismo. —¿Te duele? —le pregunté cuando el sentimiento de culpa me invadió. Esto último. Relenticé mis acometidas e intensifiqué el contacto cuando sentí el principio de mi orgasmo. —¿Es así cómo yo te hago sentir? Me apeé de su cuerpo y la atraje hacia mí. abrigada tan sólo hasta la cintura como yo. La miré a los ojos. como si realmente pudiera sentirse observada. —Dime que me quieres. Sin erguirme apenas. Ella pareció dudar y yo hice un amago de parar mis movimientos. Alargué una de mis manos hacia su rostro y le acaricié el labio con el pulgar. —No. obviando el dolor mientras seguía cabalgándola. pestañeando varias veces hasta que me acostumbré a la claridad que inundaba la estancia. —me aseguró ella con absoluta convicción en la voz. sin mover un músculo. Una ligera inspiración me avisó de que desconocía por completo el hecho de que yo la estaba espiando. —Estás despierta…—dijo en un susurro. Me fijé en las marcas moradas que habían aparecido en su muñeca. mordiendo y succionando sus labios con los ojos cerrados. —Jamás habías estado tan lejos de mí…—la oí decir en un susurro.

En ese momento sonó el teléfono. mi cuerpo comenzó a arrimarse al suyo como un imán. Giré la cuchara dentro de mi taza de cereales. —Cerraré la ventana…—dije. Dos. No dije nada. Me giré hacia la ventana y pude comprobar que las nubes se habían conjurado para regalar otra descarga de agua. Cuando por fin tuvimos la suficiente fuerza de voluntad para separarnos. —Tengo frío…—murmuró cerca de mi oído. para soportar mis empujes y de paso guardar el equilibrio mientras ella misma se frotaba contra mis nalgas. El contraste del frío cristal contra mi torso y la calidez del cuerpo de la azafata en mi espalda era turbador. —¿Qué? —me preguntó ingenuamente al verme sonreír. 138 . Violeta presionó aún más contra mí e hizo que mi cuerpo se estrujara contra la pared y la ventana. Cerré las hojas del ventanal y la estaba atrancando cuando sentí la presencia de Violeta detrás de mí. levantándome hasta posar los pies en el gélido suelo. bajamos a la cocina. Apartó la mano que hasta entonces había mantenido sobre mi pecho y se apoyó con el antebrazo en la ventana. —Jimena…—oí a Violeta gimotear. logrando que nuestras piernas se entrelazaran por debajo de la sábana. Inevitablemente. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. gimió de placer contra mis labios. No quería moverme de donde estaba. Sabía que ella no era para nada inconsciente de sus actos. como si realmente aquello pudiera evitar que me deslizara hasta caer al suelo. Las gotas de lluvia se deslizaban por el cristal y pensé que casi parecían lágrimas que salían de mis ojos. Ella me miró de esa forma que nadie puede y sentí como mi cuerpo se transformaba en gelatina y resbalaba por la silla. mientras que la otra acariciaba mi vello púbico. incluso dejó de masticar aún teniendo la boca llena. pensativa. Una de ellas tomó un camino ascendente. Comprendí entonces. Me estaba provocando y yo lo sabía. Fue esa mano la que se atrevió a ir más allá y pronto me encontré abriéndome más para ella. Respingué en la silla ante lo inesperado de la situación y levanté la vista para mirarla. Expulsé el aliento algo frenéticamente empañando el cristal cuando Violeta comenzó a mover sus dedos por entre los pliegues de mi sexo. —¿Por qué sonríes entonces? —No lo sé… Decidí seguir su juego y con mi descalzo pie derecho tracé la parte posterior de su pierna.La besé y ella respondió. —Te vas a atragantar…—le dije jocosa. moviendo la cabeza. —¿Sí? —Soy mamá. vestidas únicamente con una camiseta y dispuestas a saciar el hambre que ambas sentíamos. mientras cerraba los ojos a todo lo que me rodeaba. mucho más expresiva que yo. Era capaz de calcularlo todo con premeditación. Un tono. a cada extremo para dar buena cuenta de nuestros respectivos desayunos. cubriendo mi pecho. Sus manos se posicionaron en mi cintura. que el deseo es lo único que puede esclavizar el alma. Ella parecía totalmente ajena a todo ello. pero al final cedí y fui hacia el salón para descolgar y atender la llamada. —Nada. Nos sentamos en la pequeña mesa. Violeta paró en seco toda actividad. Violeta estiró la pierna por debajo de la mesa y la posó entre las mías. Sonreí. Violeta. con sus pechos clavándose en mi espalda y uno de sus muslos partiendo mis piernas. tan concentrada como estaba en sentir su cuerpo empujando contra el mío. esperando a descubrir cuál sería su próximo movimiento. Apoyé la mejilla contra el cristal al igual que las manos. frotándose levemente el puente de su nariz mientras masticaba ruidosamente los cereales. Tres. El sonido de un trueno hizo que nos apartáramos bruscamente. Me quedé inmóvil.

mirándome con intensidad. con las piernas cruzadas por los tobillos. —Me alegro de habérselo dicho. —Aún no lo sé. pareció divertirla más y en vez de marcharse se acercó a mí. está aquí. ¿Tú cómo estás? —Bien. —De acuerdo. —siguió ella. —Sí. —Bien. Hasta pronto entonces. Su muslo desnudo estaba demasiado cerca ahora para poder concentrarme en otra cosa. —Sí. mamá. —Me pareció que algo la preocupaba y le dije que… —Mamá.— Estábamos a punto de ir a dar un paseo por el pueblo… —¿Pero no estábais desayunando? —Sí. Adiós. Saluda a Violeta de mi parte. —¿Está Violeta contigo? Entendí en ese momento que la llamada de mi madre seguramente se debía a algún sentimiento de culpabilidad al haberle hecho saber a Violeta mi paradero. son más de las dos. como si leyera mi pensamiento. Para esa cena faltaba aún más de un mes. luego de carraspear nerviosa. tomando asiento en el sofá cerca del teléfono. entonces. trazando pequeños círculos. bueno…. que Violeta sofocaba una risilla. hija. mamá. —la interrumpí. —¿A esta hora? Cariño. sólo quería saberlo. —Bien. —contesté simplemente. —sentencié con lo primero que se me ocurrió decir. ¿Qué hacías? —Desayunar…—dije sin pensar. La fulminé con la mirada y le indiqué frenéticamente que regresara a la cocina. Quisiera tenerte aquí para la cena de Nochebuena. —Te llamaré. Pensé durante un instante. — interrumpí lo que mi progenitora estaba diciendo.— Pero realmente me gustaría tenerte aquí. estaba segura que cuando se acercara esa fecha me llamaría cientos de veces al día.— Me gustaría que me llamases pronto… —Lo haré. De todos modos no tenía ni idea de lo que era. —Estaré ahí. —Lo haré. ¿Qué tal va todo? —pregunté. —resolví. No te preocupes. Sé captar una indirecta. 139 .—Hola.— Está bien.— ¿Jimena…? Por un instante olvidé que tenía a mi madre al otro lado de la línea. estábamos acabando. —Estupendo. —suspiró. —Bueno…—busqué una rápida excusa para mi tardío desayuno. —Escucha mamá. para mi desgracia. mamá. Estoy aquí. Si me lo recordaba ahora. —dije como una promesa. Sentí la mano de Violeta en mi nuca. Una pequeña pausa. —Siempre dices lo mismo. Mi mano libre viajó hasta aquel muslo y comenzó a acariciarlo lentamente. Suspiré. —Sé que aún falta tiempo para eso. —Te decía si tienes pensado regresar pronto. por el rabillo del ojo.— Anoche Violeta y yo estuvimos hablando hasta bien entrada la madrugada… Sentí. sentándose sobre el brazo del sillón. —Giré la cabeza y vi a Violeta apoyada en una esquina. —¿Seguro? —Sí. —Bueno. No te preocupes. Eso.

—Violeta…—gimoteé. Levanté la vista de la alfombra para mirarla. Se sentía culpable por haberte dicho donde estaba.— ¿Sabías que te buscaría? —No. —¿Tan segura estabas de que conseguirías olvidarte de mí? —Lo suficiente como para vivir sin que me atormentaras. su cabello haciéndome cosquillas mucho antes. —¿Todo en orden? —oí decir a Violeta. la sentí que me seguía demasiado cerca. fingiendo indiferencia. Jimena? —se acercó aún más hacia mí. —Eso parece. —Sigo teniendo hambre. Me dejó sin respiración.— Ahora mismo no podría…—dijo finalmente. —¿Por qué? ¿Acaso le pediste que no me lo dijera? Pensé durante un instante. con su cuerpo pegado al mío y sus pechos clavados en mi espalda. —Lo dices como si me hubieras utilizado o algo así. para entonces. —Sí.— Ahora que he obtenido lo que siempre he deseado. Violeta acercó el rostro a mi cuello. Había supuesto que Violeta ya era conocedora de eso. —contesté sin más. ¿no es cierto? Me levanté del sillón con media sonrisa irónica adornando mi rostro. ya estaba ardiendo por dentro con absoluto deseo por ella.Colgué el receptor y exhalé una larga espiración. —¿Qué es lo que quieres oír realmente.— ¿Quizás algo así como que ya no puedo seguir viviendo sin ti? —Moví al cabeza negativamente. acaso? — enfaticé con algo de burla. necesitando percibir su olor. Me parecía cómico que de repente Violeta pareciera una amante herida. Todo en lo que era capaz de ser consciente se concentraba en las caricias que Violeta me regalaba con su boca. —No lo creo. La abracé con las piernas a la cintura acercándola cuanto pude a mí. —respondí muy segura. De inmediato. lentamente arriba y otra vez hacia abajo. Me alzó la camiseta y metió la cabeza debajo. sonriendo sin ganas. —¿Es que tú no has hecho eso mismo conmigo? —rebatí. —¿Por qué? —se apartó de mí lo suficiente como para encararme de frente. cosa que me hizo temblar por un repentino escalofrío. la frialdad del mármol traspasó la barrera de mi ropa interior y lo sentí sobre mis nalgas. En sus ojos hallé la veracidad de sus palabras. Me di la vuelta rumbo a la cocina. Lo dije más por ella que por ti. —le dije haciendo alusión a mi desayuno a medias. 140 . Me obligó con sus piernas a acercarme a la encimera y me dio la vuelta para alzarme sobre ella. Lo has hecho. reclinándome en el respaldo del sofá. mi madre no lo había mencionado. —Has aparecido. Simplemente. No sentí dolor cuando la parte de atrás de mi cabeza pegó contra uno de los estantes. Eso neutraliza cualquier intención que tuviera de lograr algo así. Cerré los ojos ante la súbita oleada de excitación que me sobrevino y aspiré con fuerza. Yo. —Bueno…—cambié el peso de mi cuerpo de un pie al otro. de sentir lo que tengo que ofrecerte. Así que proseguí. No quería que te llamara nuevamente para intentar salvarme. —la última palabra la pronuncié algo mordazmente. —¿En serio? ¿Acaso puedes decir que lo que hicimos anoche fue la consecución de nuestro amor? —No obtuve respuesta por su parte. Casi le estaba suplicando. —En ningún momento te he considerado un objeto o un experimento. Evidentemente. Se abrazó a mi cintura.— Viniste aquí con la decisión de probar. —Estabas dispuesta a sacarme de tu vida. Violeta me alcanzó por detrás justo cuando ya había traspasado la puerta de la cocina. Su boca encontró con precisión uno de mis pechos y solté un gemido a la vez que eché el cuerpo hacia atrás. Me giré hacia ella. Lo único que se me ocurrió en aquellos breves segundos en los que habíamos permanecido en silencio. tal vez ayude… Violeta frunció el ceño con algo de disgusto. Me tomó tan sólo unos segundos unir sus dos frases y asimilar su contenido. sí. Violeta comenzó a acariciarme los muslos desnudos con sus manos. ¿Qué será lo siguiente? ¿Vas a pedirme que me case contigo. Como siempre. sorprendiéndome a mí misma.

Ella siguió penetrándome con sus dedos a la par que devoraba mis pechos por igual. Ni siquiera si caía una maldita bomba en mitad de la cocina hubiera logrado que permitiera a Violeta separarse de mí. —Tal vez sería mejor que te la viera un médico. mirándome fijamente. Pero nada me importaba menos que eso. Estaba segura de que me habían oído a kilómetros a la redonda. La caja de cereales que hasta entonces descansaba allí cayó al suelo de un manotazo esparciendo su contenido. Me aferré a lo que pude. Deposité pequeños besos sobre su cabello. Mis manos siguieron resbalando cada vez hasta que logré asirme a los tiradores de las alacenas de detrás de mí. Ni siquiera me importaba. tuve que levantar las nalgas cuando la sentí empeñada en deshacerse de mis bragas. —Eres insaciable…—le dije con tono jocoso. ignorando las punzadas de dolor de mi mano herida. Amontoné los últimos trozos de cristal en el recogedor y me erguí con él en la mano. —se acercó a una ventana y retiró la cortina para ver a través de ella. (antes había ido a su coche a recoger la bolsa de viaje que había traído consigo). Tenerla allí. No estoy segura. me convulsioné sobre su mano. Violeta me sostuvo entre sus brazos cuando me dejé caer y me abrazó por la cintura. Eso pareció darle más ánimos. —Me hubiera gustado más estar allí para verlo…—murmuré. Decidí no indagar más en ese asunto. *** Terminamos de desayunar y mientras Violeta se daba una ducha. Abrí los ojos tanto que casi sentí que se me salían de las órbitas. Mis piernas temblaron de emoción con sólo pensar en esa posibilidad. —Sólo cuando la muevo. pero puede que se infecte. Yo aún tenía puesta tan sólo una camisa y debía de ser eso lo que tanto atraía su atención. —No insistiré entonces. yo me dediqué a recoger el desastre que mi pasión había creado en la cocina y de paso recoger los cristales de la copa rota en el salón. —¿Tienes que irte pronto? —me atreví a preguntar. Me giré para verla detrás de mí recién salida de la ducha y vestida con ropa cómoda. —¿Qué es lo que tienes? ¿Qué es? —dijo ella en súplica. —Te sigue doliendo demasiado. ¿verdad? —preguntó Violeta. sintiendo que ella se hundía aún más en mi pecho. La besé lenta y profundamente. El hecho de que me mirara sin molestarse en esconder su deseo me llenó. ignorando mis murmullos. —¿Quieres que te cuente lo que he estado haciendo en la ducha? —musitó. Grité incapaz de evitarlo. haciéndola suspirar de placer. pero creo que ése fue el momento en que Violeta vio reflejada mi obsesión por ella en sí misma. —Violeta… 141 . el tiempo que fuese. Anoche no parecía ser grave. Con cada movimiento yo la seguía con un nuevo gemido. Me quejé cuando sentí una punzada de dolor en la mano herida al realizar un movimiento brusco. Abandoné el recogedor y me acerqué hasta ella inclinándome hasta que mi rostro estuvo a la altura del suyo. El olor del jabón que había utilizado me llenó por completo. —No. era lo único que me incumbía. ¿Recuerdas? —me sonrió. —me las arreglé para decir. Violeta me había estado observando sentada en uno de los sofás. apoyando la mano sana sobre su muslo.— Tan sólo necesito cambiar la venda y limpiar la herida. —Soy médico. Segundos más tarde.Ella siguió perdida en su tarea. Una de sus manos subió por mi muslo hasta que alcanzó mis nalgas.— Parece que no tiene intención de dejar de llover. En un momento dado. Y fue entonces cuando ella volvió a entrar en mí. La obligué a sacar la cabeza de debajo de mi ropa para encontrarla en un beso lleno de prisas y de ansiedad. —Tendrás oportunidad de verlo en otra ocasión.

—¿Es interesante? —Bastante… —¿Más que yo? Dejé caer el libro abierto sobre mi pecho para mirarla. —¿Recuerdas aquella primera noche en el invernadero? —ella asintió. —¿Por qué? —Porque estás demasiado cerca… La solté. —la insté. —¿Quieres besarme? —dije. que me abrazabas… Cosas de adolescente. Yo había optado por retomar la lectura de aquel libro que parecía no querer acabar nunca y Violeta simplemente se había echado conmigo. con sus pies al lado de mi cabeza. Luego el hecho de que no pararas de sonreírme todo el tiempo …—suspiré. —descarté el libro sobre el suelo y crucé los brazos detrás de mi cabeza. O eso es lo que me había parecido. —¿Qué fue lo que te hizo enamorarte de mí? Abrí los ojos y la miré. —ronroneé antes de que Violeta conquistara de nuevo mis labios. Me sonrió con picardía.—¿Sí? —¿Qué ves cuándo me miras? —pregunté. mientras. colocando mis piernas en su regazo. —Ése fue el principio.— ¿Qué quieres hacer? —No lo sé…—colocó uno de mis pies sobre su pecho y comenzó a masajearlo. Entonces ella tenía el control y me había hecho esa misma pregunta. —"Desayuno en Tiffany’s". —ronroneé de placer. ¿verdad? —No… —Está bien. Supuse que lo que había esperado oír era algo referente a su aspecto. —Hazlo entonces. Sonreí. Después de tomar un almuerzo que era casi cena. sigues haciendo lo que estás haciendo. Se sentó.— ¿Qué tal si no hacemos nada? —Me parece una buena idea. Violeta siguió acariciando los dedos de mi pie durante un breve rato. —dije. sin mover el rostro un ápice. Imaginaba que estabas en mi cama.— Todas las noches me dormía pensando en ti. no muy segura de dónde había salido esa cuestión. sin abrir los ojos. —Sí. antes de romper el silencio nuevamente.— Yo no hago nada y tú. *** —¿Qué lees? —preguntó Violeta. recordando así una ocasión en mi ático. volviendo a meterme de lleno en la lectura. de Truman Capote. nos habíamos tumbado cada una al extremo del mismo sofá para relajarnos. —No vas a dejar que lea. —Ahora mismo sólo tengo ojos para tu boca… La tomé del pelo y tiré de él. —Tengo curiosidad por saber algo… —Pregunta entonces. casi dormitando.— Esa noche me dijiste algo que me hizo sentir muy importante… —¿Sólo por eso? Parecía algo decepcionada. No tuve que rebuscar demasiado en mi memoria para encontrar el momento justo cuando mi entera existencia cayó rendida a los pies de aquella mujer. supongo. 142 .

de su garganta se emitía un sonido incesante. Violeta siguió besándome de una forma que no era normal. clavando sus dientes. Me dolía pensar en ti… —Ahora parece que te duele incluso el estar conmigo. —De acuerdo. —cedió. —comenté sin más dilación. Era algo que deseaba y yo estaba dispuesta a ofrecerle cada cosa que ella anhelara. Después de aquella respuesta.— Mis manos ya no quieren obedecerme. saber los porqué de cada cosa que hagas. amasando la cálida piel. 143 . solía cerrarlos para imaginar que eras tú …—Violeta se quedó estática en el sitio. De repente el sofá parecía demasiado estrecho. Estaba harta de que aquello fuera una barrera que me impidiera sentir más de ella. Sólo pretendía borrar la tensión en el ambiente. sin dejar de besarme en ningún momento hasta que se separó para retirarla de su cuello. Estrujé su camisa y ella se la sacó primero por un brazo y luego por el otro. Su aliento frenético. pero ya no eran pensamientos agradables. —Cierro los ojos por costumbre. seguías estando presente en mi memoria. —Ni siquiera me había dado cuenta de que lo hacía…—me defendí. decidí decirle la verdad. en mi labio inferior.— Da miedo.— No tiene importancia. A veces deseo. Los cierras. Se levantó y se colocó con las rodillas a cada lado de mis piernas. su olor me estaban dirigiendo directamente hacia el abismo. Jimena. No tenía la menor idea de por qué me había dicho aquello. —Sí. Nunca era suficiente. Me besó como pocas veces recordaba. ¿Qué era lo que Violeta había notado que la llevara a aquella conclusión? —¿Por qué dices eso? —Nunca me miras los ojos cuando hacemos el amor. Alzó una ceja y supe que posiblemente no creía del todo aquella explicación. por la espalda. —Al parecer. aunque malditas ganas si tenía de hacerlo. ¿verdad? —dije sonriendo.—¿Dejaste de pensarme de esa forma? —Me hiciste mucho daño cuando te fuiste aquella noche sin ni siquiera despedirte. Al pasar los años.— Supongo que me pasa no sólo contigo. Pero es una sensación extraña… —¿A qué te refieres? —Me haces sentir muchas cosas a la vez. Me quité la venda de la mano herida a tirones. echándose momentos después sobre mí. Me tomó por sorpresa. Introduje las manos bajo su camisa. sin ni siquiera pestañear. Metió una de ellas por debajo de mi camiseta blanca. —admitió. Cubrió uno de mis senos y yo me arqueé en acto reflejo. Llegó un momento en el que casi fui incapaz de seguir el ritmo que imponían sus labios. —No puedo dejar de tocarte. —Cuando otra persona me hacía el amor. Sentir el peso de su cuerpo contra el mío era cada vez más placentero. como una canción que se murmura. para ti la tiene… —Quiero conocer todo de ti. No tenía sentido negárselo. Me sentí culpable. Comenzó a apartarme el pelo de la frente. Mientras lo hacía. llenando mis manos de ella. como le había hecho yo la noche anterior. luego ternura y otras miedo cuando te abres a mí y me muestras tus sentimientos. ansiosa. Deseé poder tenerla así para siempre. Presumo que porque no quieres verme … Seguí respirando despacio. Nos miramos fijamente. Aproveché ese momento para hacer lo mismo con la mía. Hizo que un escalofrío me recorriera por la frialdad de su palma. desesperada. —¿Por costumbre? Asentí levemente.

Se irguió lo suficiente como para colocarse de rodillas. Cuando volvió a levantar el rostro hacia mí. —obedecí al instante. Violeta descansó de su enorme esfuerzo volviéndose a echar sobre mi cuerpo medio desnudo. mi sentir. —Mi vida no comienza…—me dijo. —… se acaba en ti… No sé si era por la situación o porque mi cerebro había decidido independizarse y buscar mejores cosas que hacer que tan sólo razonar. soportando su peso con un brazo sobre el respaldo del sillón y una mano al lado de mi cabeza. algo que. Ella limpió la sangre como lo haría un animal con su cría. Fue en ese mismo instante cuando Violeta entró en tromba en mi habitación para encontrarme de aquella forma. mi felicidad. Nada. Lo limpié con el dedo pulgar y luego le di la vuelta a la palma tan sólo para verificar que los pequeños cortes de mi mano habían vuelto a sangrar. La busqué en la habitación. Qué era lo que me hacía comportarme de aquella forma. 144 . Obvié el dolor en mi muñeca producido por sus acometidas. Lamió de mí y selló el pacto de nuestro delirio. El movimiento hizo que mis dedos se introdujeran por sí solos. —¡Violeta! ¡VIOLETA! Tan segura estaba de que ella no acudiría a mi urgente llamada que me derrumbé sobre el suelo de rodillas. La angustia se apoderó entonces de mí. Era como si Violeta me hubiera hipnotizado con su proceder. busqué el calor del cuerpo de Violeta estirando el brazo. No sé cómo demonios lo hizo. Mis ojos se abrieron lentamente a la mañana siguiente. Violeta se encogió por completo y emitió una indecente maldición. Mi voz estaba completamente atorada. Jimena… Ya estás aquí… Luego de decir esas palabras. Mi propio deseo olvidado. extasiada por como sonaba su voz en aquellos momentos. La vida no tiene ningún sentido si no se ama. quizás en el salón. Salí de la cama con el cuerpo entero temblándome y grité su nombre. Y de todo ello fui testigo. subiendo y bajando el cuerpo. Estúpidamente miré sobre la mesilla de noche. intenté oír algún sonido que me indicara que estaba en la ducha. Introduje la mano sana entre sus piernas hasta llegar a su sexo. Es la total entrega. nunca lo sabría. ni sexo. No lo encontré. imponiendo su propio ritmo. Jamás volvería a cerrar los ojos en su presencia. Comenzó a cabalgar sobre mi mano con fuerza. estoy segura. —Te siento dentro de mí. las venas de su cuello se marcaron hasta parecer querer estallar. intensificó el ritmo y poco después alcanzaba el orgasmo. la piel del sofá crujió bajo su fuerte agarre… No es sólo amor. comencé a bajarlos todo lo que pude para después ayudarme con los pies. mi paz interior… Todo estaba ligado a su nombre. La abracé con fuerza y esperé a que su respiración se normalizara de esa forma. ni tan siquiera la consecución de lo que más se desea. Luego. Nunca en mi vida había visto nada igual. —Di mi nombre…—me imploró sin dejar de moverse. Me erguí con la rapidez de una pantera. Estaba segura que encontraría allí una nota de despedida. Me dediqué a observarla absorta. Cada segundo que ella abarcó mi visión esa tarde me hizo sentir cómplice de algo que escapaba a la razón. pero se sacó los pantalones enseguida. Oí a Violeta reírse contra mi boca al notar mis casi infructuosos esfuerzos por deshacerme de sus pantalones.Mis manos fueron hasta la abertura de sus tejanos y tiré de los botones para que se abrieran solos. —¿Qué…? —incluso para ese simple qué hizo falta que lo dijera en dos tiempos. su cabeza cayó como si no pudiera soportarla sobre sus hombros. Su cuerpo se estiró hacia detrás. —Violeta. Ella misma tuvo que echar una mano hacia atrás y terminar lo que había empezado yo. fue el propósito de Dios al concedernos la virtud de amar. Aún sin registrar la realidad del todo. Nunca había sentido tal grado de fascinación. observé un pequeño rastro de sangre en una de sus mejillas. Mi cordura. Violeta bajó la cabeza para mirarme y su pelo cayó por sus hombros en cascada. pero no lograba entender a Violeta.

Ella no me había abandonado. Violeta suspiró y dejó caer las manos de mis hombros lentamente. ¿qué ocurre? —¿Dónde estabas? —fue todo lo que dije. con el silencio perenne entre las dos. Las compuertas de la mampara se abrieron de repente y allí apareció Violeta. —¿Sí? —contestó Violeta sin molestarse en ocultar la impaciencia en su voz. No lo había hecho. —… no. al tiempo que untaba mantequilla en una de las tostadas. —siguió hablando mientras me seguía con la mirada hasta que desaparecí detrás de la puerta. estoy fuera de la ciudad por un asunto personal. Iba a decirme algo cuando su celular sonó. —Lo siento.—¿Qué ocurre? —se arrodilló junto a mí y me tomó de los hombros sacudiéndome. La miré. preparando el desayuno. Quizás no quise verlo. las palabras que con toda seguridad quería decirme. 145 . Tenía la respiración agitada y supe que era porque había acudido a mi llamada corriendo.— Jimena. Mi voz parecía la de una niña pequeña. Me miró durante eternos segundos. Me di cuenta de que su bolso estaba justo al lado de la cama. coloqué el tenedor en el plato y lo aparté de mí. con la misma rapidez con la que había aparecido. Me froté la cara fatigosamente. —¿El qué sientes? Levanté la vista hacia ella. apenas soportando el peso de su mirada. cerró las compuertas y se alejó. Me levanté del suelo y me dirigí hacia el baño. puesto que estaba completamente desnuda. Bajé la vista al suelo. mírame y responde. pero no dijo nada. Me concentré en mi plato. Tan sólo tuve que colocarme dentro de la bañera y abrir el grifo. con el teléfono aún en la mano. —fue todo lo que pude articular. quedaron relegadas a otra ocasión cuando. Me metí en el servicio y decidí darme una ducha. —Nunca me iría sin decírtelo…—comentó casualmente sin mirarme. —En la cocina. No dejó de mirarme hasta que aquel sonido se hizo insoportable y decidió cogerlo de su bolso. consistente en huevos revueltos y jamón frito. seguramente sopesando sus palabras. cada vez con más insistencia. Violeta pareció entenderlo todo en tan sólo unos segundos. Fuera lo que fuera lo que la había traído hasta allí. Me apartó el pelo de la frente y me hizo mirarla a la cara. —¿Todo esto es porque despertaste y no estaba a tu lado? Permanecí en silencio. Sentadas en la mesa de la cocina tomábamos el desayuno que Violeta había preparado. —Jimena. como cuando le niegan algo y se rebela contra ello. cuando lo cierto es que era incapaz de que algo bajara por mi garganta. Apoyé la espalda en la pared y dejé que el agua me empapara poco a poco. Violeta tomó varios bocados de su tostada antes de responderme. —Sí…—confesé en voz bajita. —¿Creías que me había ido? —inquirió nuevamente. —Haberme comportado de esa forma. Frunció el ceño. Antes de contestar miró el número en la pantallita. Tenía que intentar aclarar mis pensamientos. Su rostro estaba ensombrecido por la preocupación. Por mi parte. removiendo los huevos y tomando pequeños bocados para simular que estaba comiendo. Pero no lo había visto antes.

Pero he apagado ese maldito teléfono. La ayudé. Realmente lo adoraba. —Lo sé. pero nos descubrimos tomando la senda que llevaba al río. pero sólo porque él lo amaba. Había esperado una discusión. —Esperaba que me dieras una lectura por ser tan estúpida… —Lo sé. Luego me miró y me sonrió abiertamente. —Ven…—me susurró. —se acercó hasta mi cuello y lo acarició con los labios.— fue algo muy… extraño… —¿Por qué? —Porque lo que realmente pasó fue que me lancé desde una roca por voluntad propia … Nadie lo sabe. —Quiero que vuelva…—musité. Hubo un instante de silencio hasta que comencé a cabecear y Violeta afianzó aún más el abrazo. —¿Entonces…? —inquirí estupefacta por su reacción. Horas más tarde nos vestimos con ropa de abrigo y salimos a dar un paseo aprovechando la calma en el tiempo. Sentí que me derretía. Se levantó y comenzó a recoger la mesa. Pero lo que nunca imaginé es que ella decidiera dejarlo pasar. —Me he tomado una semana libre. A mí también. abarcando mi trasero con ambas manos. —¿Te has dado cuenta de que ha parado de llover? —¿En serio? —dije. ahora tú también. quizás una acalorada. Quizás pretendía con ello que me diera cuenta de algo más. Sólo era un amigo. mientras intentaba absorberla. sin ganas de contradecirla más. pero por alguna extraña razón eligió no hacerlo. Cada vez me disgusto más cuando suena… —¿Tienes que regresar al trabajo pronto? —seguí preguntando. pero no lo haré. casi podía regresar en el tiempo y vernos de pie junto a la orilla. En un primer momento habíamos pretendido andar por los alrededores de la casa simplemente para relajarnos. Sólo Diego y yo. Puedes despertarte cada mañana presa del pánico si es lo que prefieres. Violeta suspiró y se pasó las manos por el estómago. —Sí. Seguramente.— Olvidémoslo. Bueno. Casi podía asegurar que podía sentir a mi padre allí. Sentí que Violeta se acercaba a mí por detrás y que posaba ambas manos sobre mis hombros. Me acordé de otra cosa y pensé que sería buena idea comenzar una conversación por ahí.—Podría decirte miles de cosas. mientras me atraía hacia ella para besarme. Ni siquiera sé por qué tengo uno. —No puedo creer que aún te acuerdes de eso… —Tengo buena memoria. —En realidad…—tragué saliva al notar la garganta demasiado seca. Violeta me miró y le sonreí. Me hechizaba sentir su lengua dentro de mi boca. dándome el coraje que yo empezaba a perder. pero su tono de voz no indicaba enfado. Lo que yo ignoraba era el qué. sabía exactamente lo que estaba pasando por mi cabeza. Me di la vuelta para observar lo que me rodeaba. —sentenció. Inspiré con fuerza llenándome del aroma de la tierra húmeda. —¿Por qué no me cuentas la historia de cuando casi te ahogas? —me sugirió. Pensé. Sus palabras eran directas. Me miró como si pretendiera decirme algo más. que me encantaba besarla. sujetando nuestras cañas de pescar. —A él le encantaba este sitio. —me interrumpió. —Tema zanjado. —De acuerdo. ¿Te apetece dar un paseo? —sugirió. Ese olor siempre me había parecido extraño y placentero a la vez. —concluí. Observé como ella se apoyaba en la encimera durante unos instantes pensativa. poniendo de manifiesto que estaba llena. restregándome contra ella como una gata. 146 . —¿Fue una llamada urgente? —No.

muy segura. no deberías tener dificultad para creer que hiciera esa estupidez.— ¿Qué haces? Ella no me respondió mientras seguía enfrascada en su tarea de desnudarse. —¿Has vuelto a enamorarte de alguna otra novia suya? —comentó con sarcasmo. Estaba encima de aquella roca. ¿qué demonios viste en él? —No es tan malo… —Es un cretino. haciéndola fruncir el ceño. —Me parece extraño estar hablando de Felipe contigo…—dijo. Emití un sonido gutural a modo de protesta y sacudí la cabeza. Alzó una ceja y me regaló una sonrisa de medio lado. —Violeta. —No es cierto. lo que me parece extraño poder hacer esto…—me besó en los labios.Violeta me hizo dar la vuelta hasta tenerme mirándola. —rebatí con fuerza. Diego estaba conmigo…— finalicé. Violeta. Violeta comenzó a desvestirse entonces y yo la estudié con incredulidad. Jimena? Me fijé en sus ojos y en la seriedad que en ellos podía leerse. Me conoces.— y desear repetirlo… Esta vez se tomó su tiempo para mi delicia.— Eres increíble. Una sonrisa de medio lado adornaba su cara. 147 . Es sólo un amigo. —¿Tú sí? —Yo te tengo ahora… —¿Qué tienes de mí. El tono que usó me hizo pensar que quizás pudiera sentir celos al admitir aquello. tras una breve espera.— En realidad. Hice rodar los ojos con disgusto y conseguí que se riera aún más. llevándome con ello posibles imágenes de Violeta con mi hermano. entrando en el juego de palabras. —Creo recordar que nunca te gustó denominarte novia suya. moviendo las manos a los lados. La hice reír nuevamente.— No tienes ni idea de cuántas veces imaginé que hacía desaparecer a Felipe del mapa… —No había pensado en ello. Como si MaryPoppins hubiera aparecido y me hubiera regalado el don de flotar…—Violeta se rió a gusto.— Por suerte. Dime. —Mucho más de lo que querrías admitir. miré hacia abajo y no sentí ese miedo que sentía siempre. —Fue como si de repente. Ella emitió una carcajada suave. —Violeta…—la llamé quedamente mirando a ambos lados del camino. —dije por fin. —¿Te gusta más el término amante? —rebatió con fuerza. pero en esos momentos pensé que podría hacerlo. —Increíble…—musitó. Supuse que no había esperado ser tan evidente. —Lo sé. —Diego… Sigue mirándote de esa forma…—comentó casualmente. Me gustó eso. —Pero no sabías nadar… —Lo sé. —Él no te merecía…—dije. —le dije. —Tal vez él esté dispuesto a ser algo más… —Los celos no son cosa buena. Hace demasiado frío… Puede pasar alguien…—dije por último intentando que entrara en razón. riéndome yo también. esto es una locura. nada más recuperar la compostura. No podía creer que ella quisiera hacer el amor en medio de aquel campo y con aquel frío. la seguridad de que podría lograrlo me llenara.

seguía pegada a su cuello.— El agua está helada. Así que comencé a quitarme la ropa murmurando por lo bajo. Le aparté el pelo de la cara para observarla en todo su esplendor. Jimena. ambas ardíamos en deseos de tocarnos. ni siquiera si me pedía que me tirara desde un séptimo. —Ni aunque me prometieras amor eterno…—contrarresté con firmeza. —¿Es que te has vuelto loca? Sabes de sobra que no tengo ninguna intención de meterme ahí. —dijo muy segura una vez que el agua le cubrió hasta los tobillos. ávida de mí. —Vamos. ahora simplemente sólo tenía que amarla. —No me sueltes…—le pedí. Seguí negando con la cabeza mientras le hacía gestos para que regresara a mi lado. Hice lo que me ordenó una vez más y levanté el rostro de mi inesperado cobijo para mirarla. Salí de ella con delicadeza y Violeta se apresuró a colocarse sobre mi cuerpo. Después de regresar de nuestro paseo. Sentí que me abrazaba con fuerza acercándome así aún más al calor de su cuerpo. —exclamé. —Sabes tan bien como yo que no lo haré. Ella no respondió. —Jimena. Violeta me sujetó la mano con fuerza y cabalgó sobre ella con ímpetu al tiempo que me llamaba una y otra vez cuando su orgasmo tomó su cuerpo por entero. Violeta seguía cada acometida con todo su cuerpo mientras cada uno de sus músculos se contraía y relajaba. —Me has hecho feliz. —¡Señor!. Hundí el rostro en su cuello y cerré los ojos. confía en mí… Me odié porque sabía que no podía negarme a nada que me pidiera. Me acerqué hasta la orilla y me coloqué a su lado. Así era cuando más me gustaba verla. Sabía. de sepultarnos la una en la otra. —Ven…—me tendió una mano. con aquella mirada fiera en los ojos. Fue lo último que la oí pronunciar antes de que me llevara de regreso a la orilla. —Abre los ojos. —Te dejaré ganar al parchís…—dijo alegremente. casi suplicando. Mis piernas no hicieron caso de las señales de alarma que estaba dictando mi cerebro y la seguí. mientras entraba en ella una y otra vez con la mano libre. algo que era fácil para mí. aunque yo sabía que eso no le importaba. Aquello era una locura. haciendo que yo me estirara sobre mi espalda. Yo estaba cada vez más atónita sin tener la menor idea de qué era lo que pretendía. Violeta hizo que me abrazara a su cintura con las piernas y al cuello con los brazos cuando el agua nos cubrió un poco más de la cintura. intentando apagar así el intenso latido de mi corazón. aunque no podía verme. Jimena. Violeta me llevó consigo a cuestas y se quedó estática en el sitio cuando el agua nos llegó a ambas por el hombro. —me dijo.Se quedó en ropa interior delante de mí y se alejó. 148 . La noche nos encontró tumbadas sobre la alfombra. Nuestros movimientos eran tan lentos que apenas se notaba que nos movíamos. Hubo unos instantes en los que no pronunciamos una palabra. Cuando la vi que se dirigía a la orilla y que comenzaba a meter su cuerpo en el agua pensé que Violeta había perdido por completo la cordura. haciendo el amor. Hazlo por mí. inmóvil y ciega. Me había apoyado sobre uno de mis codos para poder observarla. Pensé que no me había equivocado al darle todo lo que era yo una vez. cerca de la chimenea. que yo los mantenía cerrados por el miedo. —Ven conmigo. —Esto nos va a costar una pulmonía…—la oí murmurar. Por mi parte. simplemente me tomó de la mano con fuerza y comenzó a adentrarse en aquel río que era como el mismísimo infierno para mí. simplemente dejamos que pasaran mientras nos aferrábamos la una en la otra.

estrujándome más contra su cuerpo. —No me importa si no regresas…—contesté. De repente sentí la imperiosa necesidad de alejarme de Violeta. A veces simplemente quería morir porque se me hacía tremendamente difícil de sobrellevar la conciencia de que tenía su cuerpo. elevándonos imposiblemente. de mi deseo que mojaba el interior de mis muslos. sólo que esta vez parecía estar dormitando. mi olor. Mi cuerpo funcionaba para entonces con completo desorden. Supe que le costaba creer que quizás yo me había deshecho de su hechizo o que había dejado de desearla o de amarla. el sabor que permanecía en mi boca me hacían esclava de un deseo. mi excitación. —Mañana tengo que volver a la ciudad…—me anunció. lamiendo su cuello. Me parecía que mis movimientos eran cada vez más lentos. Gemí una y otra vez de forma descontrolada cuando Violeta me pidió oírme. El éxtasis me llevó hasta un lugar desconocido para mí y cuando volví a desplomarme. Desabroché los dos botones de la camisa que me había abotonado y la aparté hacia los lados. poniendo todo su empeño. mi sudor. Era un todo distorsionado. ¿quieres? —No…—respondió al tiempo que echaba la manta sobre su cuerpo. Creo que Violeta disfrutaba tanto siendo admirada como yo admirándola. —No es cierto. Me aparté de mi aberrante reflejo a pesar de que encontré cierto placer en verme de aquella manera. Puse ambas manos sobre el suelo alfombrado y despegué mi cuerpo y el suyo del suelo. Asentí con la cabeza y recogí una camisa del suelo que me coloqué enseguida antes de erguirme. ella cayó sobre mi cuerpo también. Creí volverme loca cuando la oí susurrar palabras de ánimo. Un deseo que me quemaba. Jadeé intentando llevar aire lo más rápido posible a mis pulmones. Ella siguió acunándonos a las dos. como yo misma lo hacía en esos momentos. Ella podía calmar mi espíritu hasta ese extremo. No pude evitar sonreír levemente. cuando pronunció mi nombre a dos tiempos. —¿En serio…? —Sí. Mis senos rozaron los suyos y temblé de emoción.Me besó entonces. Ella me sorprendió cuando. apenas sin moverse. Me acerqué a él. Violeta seguía en la misma posición que cuando me había ido. —se apartó de mí para mirarme a los ojos. —Voy a por un vaso de agua. Pensé que aquel era mi verdadero reflejo. —admití besándola. sonriendo para mí misma. apartó la manta que la cubría y descubrió su entera desnudez para mi delectación. Puso las manos a cada lado de mi cabeza y se movió contra mí. —No. 149 . Me serví el agua en un vaso y regresé al salón. Avancé descalza sobre el frío suelo y mi cuerpo a cada paso respondió con un escalofrío. Apoyé la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos. Mi rostro parecía haberse estirado en varias direcciones como si de una goma elástica se tratara y mi cuerpo se curvaba hacia la izquierda y después hacia la derecha. Todo. La abracé cruzando las piernas tras su espalda. La observé mientras tomaba pequeños tragos del vaso. —¿Adónde vas? —me dijo cuando me separé de ella. antes de abandonar el salón. Con mi lengua lamí la humedad de su cuello mientras con una mano apretaba la carne de sus nalgas. Mis pechos no se diferenciaban de mi vientre. que la sangre que corría por mis venas estaba corrompida … Una de mis manos viajó hasta mi centro y mis dedos se empaparon enseguida de mí y de Violeta. con mi corazón marcando un ritmo imposible de llevar. Por momentos creí que me asfixiaría. Deposité el vaso en el suelo y me acerqué hasta ella. Me giré hacia un lado. que por dentro mi alma estaba igual de deforme. Yo abrí las piernas aún más y las doblé por las rodillas. y vi pasar mi deforme reflejo en los cristales de la puerta corrediza iluminado por la luz de la chimenea. Me pregunté si Violeta también me veía así.— No lo es… La abracé acto seguido y me mecí en su regazo. Violeta pasó sus brazos por mi espalda y me rodeó. Sonreí y puse rumbo a la cocina. Me senté sobre sus muslos y la tomé de ambas manos obligándola a erguirse hasta que quedamos cara a cara. tan exaltada como lo estaba yo. El que ella eligiera aquel momento y no cualquier otro del día me probó que temía anunciarme aquella noticia. Me sentía como si cada vez que le hacía el amor expiara mis pecados y alcanzara la perfección.

sin dejar rastro… Apoyé los codos sobre las rodillas y hundí el rostro en mis manos. Terminé de cocer la cena a las siete y media. A pesar de que no había caído una gota de agua del cielo en todo el día. Ya no tenía nada que hacer. Para entonces ya eran más de las diez de la noche y Violeta seguía sin aparecer. Me reí echándome sobre el respaldo. Me asomé por ella disimuladamente. tan sólo me dediqué a dejar que mis pensamientos vagaran sin rumbo fijo. pero lo hice. Me vestí con mis usuales tejanos y un abrigo. me sentí irremediablemente vacía. Por alguna extraña razón. Esperé a que tocara en la puerta y entonces dejé pasar unos segundos más. mientras andaba. con lo cual decidí subir al piso de arriba acompañada de mi quinta copa de vino para darme una larga ducha. Me senté el en sofá y simplemente esperé. El maldito teléfono no había sonado ni una puñetera vez. Un breve paseo por las inmediaciones de la casa me hizo calmar la desazón que comenzaba a sentir. e incluso coloqué unas velas pensando que con ello crearía una atmósfera perfecta. 150 . la emoción de volver a ver a Violeta logró vencer al cansancio. La primera vez que miré el reloj ese día fue cuando las agujas marcaban las dos y media de la tarde. Ella me había entregado su cuerpo. Ya dudaba de que lo hiciera. Después de que anocheciera y de tomar algo de comer por primera vez en aquel día. con un pobre resultado. Antes incluso de que alcanzara la puerta. Me agradó la idea de sorprenderla con una cena romántica. pero ya llevaba un considerable retraso. no quería que supiese que la había estado esperando desesperadamente. el sueño. Violeta me había dicho que regresaría a media mañana. regresé al piso de arriba y me tumbé en la que había sido nuestra cama aquellos días. Me hice el firme propósito de no pensar en su tardanza. hasta que mis músculos se atrofiaran y me deshidratara poco a poco. Seguí bebiendo. Sabía que si comenzaba a hacerlo. Deseé poder desvanecerme como el humo. Incluso intenté quitar las manchas de sangre de la alfombra. Desperté temprano el siguiente día. Mi corazón comenzó a latir desenfrenado. Me pasé toda la mañana acomodando la casa. Me pregunté qué demonios traería allí. ¿Me echaría ella de menos tanto como yo? ¿Estaría pensando en mí? ¿Lo hacía a cada segundo? Cuando se hizo evidente que Violeta no llamaría. quería darle la sensación de que su tardanza no me había molestado en lo más mínimo. En una de las manos llevaba su bolsa de viaje y en la otra una de papel. Ni siquiera dormí. Dispuse la mesa con excesivo celo. Mi estómago parecía haber encogido definitivamente. Ni siquiera me había llamado. El alcohol ya comenzaba a hacer su función una vez que inundó mi sentido común. durante la noche. —Hola. aunque secretamente sospechaba que tenía algo que ver con aquella previa llamada que había recibido. la atmósfera seguía cargada de humedad y frío. Me abracé a su almohada con el pensamiento de que era ella y cerré los ojos para traerla hasta mí. todo por mantenerme ocupada.Violeta salió muy temprano la mañana posterior. Tal vez en su cama… Ni una sola vez me dijo que me quería. Indagué por entre las alacenas y encontré los ingredientes necesarios para hacer unas albóndigas con el pollo que no había usado para la última cena y que había congelado previamente. La espera de cualquier cosa siempre se convertía en una dura carga. Cavilé. Su esencia me rodeó enseguida. Volví a meterme en la cama después de acompañarla a la puerta y permanecí en ella hasta la tarde. —me hice a un lado y la dejé pasar. Aún así. Imaginé que Violeta estaría en esos momentos cómodamente en su apartamento. Sopesé la loca idea de quedarme sentada en aquel sofá hasta que mi cuerpo cayera desvanecido. No compartió conmigo cuál era ese asunto tan importante que la obligaba a alejarse de mí ni yo quise preguntarlo. Ni siquiera sabía por qué. Descorché una botella de vino tinto para añadirle un chorrito a la carne y serví una copa para mí misma. seleccioné otra. apenas descorriendo la cortina y la ví apearse de su coche. me perdería a mí misma. pero en ningún momento pareció hacer lo mismo con su corazón. Oí el sonido de un motor y rápidamente me di cuenta de que sólo podría tratarse de un vehículo. Me puse en pie de un salto y corrí hacia la ventana más cercana. Me prometió que volvería a media mañana del día siguiente. ni siquiera hablamos de hacia dónde nos llevaría todo aquello que habíamos descubierto juntas. me senté en uno de los sofás del salón. A decir verdad. —Violeta…—murmuré. me había visitado a ratos. pero desistí cuando me di cuenta de que era incapaz de tragar algo. y cuando acabé la primera botella de vino. Miré fijamente al teléfono y me pregunté si Violeta llamaría. —Hola. apenas audible a mis propios oídos. —me saludó sonriente nada más abrir la puerta. tal vez con el tipo que la había llamado. que quizás podría preparar algo de cenar para su regreso una vez se hizo evidente que llegaría al anochecer. Me adentré en la cocina para prepararme algo para almorzar.

¿verdad? —Sí…—dije quedamente. se dirigió nuevamente hacia el salón y una vez más volví a seguirla. que incluso a mí me sonó demasiado falso. Violeta frunció el ceño sin dejar de mirarme. Evidencias que por supuesto encontraría. el temor de que hubiera conseguido alejarla de mí me sobrecogió.— Sólo te pido eso… —Creía que no volverías…—confesé por fin. por el amor de Dios! ¡Apenas puedes mantenerte en pie! ¡Haces lo mismo siempre! —Violeta. por otra parte. Algo que.— Mientras preparaba la cena… —¿Sólo eso? —añadió incrédula. Me dio la espalda y se apoyó con ambas manos sobre la encimera. Violeta se dirigió con diligencia hacia la cocina. aunque lo intenté con todas mis fuerzas. No he podido evitarlo. no pude evitar tambalearme levemente.— ¡Mírate. —imploró más calmadamente. Sin decir una palabra. tan sólo han sido unas copas… para… para…— intenté buscar una excusa que valiera la pena todo aquello. Pero para mi necio comportamiento no había ninguna. —¡Mierda! —siseé. No sé por qué me reí. A pesar de mí misma y de mis enormes esfuerzos. Supuse que. —¡¿Por qué?! —me gritó. Violeta. La seguí rauda. —se fijó en mí unos instantes. —No lo sé…—mentí una vez más. —Ya lo imaginaba. En cambio. recelosa. De repente. —¿Has estado bebiendo? —Una copa de vino o dos…—mentí y añadí otra frase esperando encubrir mi delito. —¿Estás enfadada? —me preguntó al notar mi ambigua reacción. La oí murmurar un "maldita sea" antes de girarse hacia mí hecha una furia. Se acercó a mí en busca de evidencias. —¿Por qué simplemente no puedes creer las cosas que te digo? ¿Por qué no puedes dejar de pensar que no soy real? ¿Por qué? ¿Por qué…? —No me culpes por eso.Se adentró en la casa y depositó lo que llevaba consigo en el suelo cuidadosamente. —Te dije que volvería. me pareció que confirmaba sus propias sospechas cuando la vi mover la cabeza asintiendo. Una risa estúpida e infantil se apoderó de mí durante unos instantes. Me miró como si de repente viera a un espectro. Murmuré un "mmm…". —Dame una explicación para que pueda entenderte. ella también lo había notado. —Jimena… —¿Sí? —respondí a su llamada con un tono falsamente inocente. Tanta era mi premura al salir de la cocina que tropecé con un paragüero de metal que había en una de las esquinas y éste cayó al suelo estrepitosamente. te lo aseguro. pero lo hice. vencida. No me respondió. casi chocando con ella cuando se paró en seco y abrió el compartimento donde estaba el cubo de la basura. Cerré los ojos. —Siento llegar tan tarde… —Podrías haber llamado. —Lo siento. no me grites. —Por supuesto que lo sabes. —la interrumpí. no muy segura de si estaba preparada para decir la verdad. Se fijó en la mesa dispuesta y me sonrió al tiempo que se deshacía de su cazadora. No he tenido tiempo para nada. Allí encontró la botella vacía de vino y sospeché que también había visto la que estaba a medias sobre la encimera. 151 .

cuando los recuerdos me asaltan y no me dejan vivir… Lo siento sobre mi cara. Si lo había compartido conmigo significaba que jamás volvería a verla. como cuando él entraba a hurtadillas en mi habitación. sus labios trémulos. Aún puedo percibirlo algunas noches. Pensé que rozar la muerte tenía que ser algo comparado con aquello que sentía dentro. caminando hacia atrás. los pies me pesaban tanto que parecía que fuera incapaz de levantarlos del suelo. —Tú no me amas. —Me haces daño…—dije a duras penas. Nunca antes me había sentido así. A los ojos de los demás tan sólo era la misteriosa Violeta. —Tienes la maldita tendencia a estropear todo lo que tocas. Ahora sólo podía ser consciente de aquel extraño dolor en mi pecho. sumergiéndome en mi tarea. Emití una queja ahogada de dolor. Nadie podría decir nunca de Violeta que sentían lástima por ella. recogió sus pertenencias y desapareció tras la puerta. Me arrodillé y recogí lo que había tirado. Era como si me hubieran tapado los ojos y me obligaran a caminar en equilibrio por una cuerda. Sentí que la cabeza parecía querer estallarme. Ella nunca dejaría que eso ocurriese. Ella puso en marcha el motor de su coche y salió en estampida. veía a Violeta y su desencanto. Sentí que me tomaba de los antebrazos y me erguía hasta estrellarme contra la pared. Así es como logras ser feliz. De repente estaba demasiado avergonzada para ello. No supe que Violeta se había acercado a mí hasta que su sombra apareció delante de mis ojos. —me dijo. Un repentino dolor me inundó. Me tambaleé por enésima vez esa noche. Se separó lentamente de mí.— Conozco ese aliento. —Dime. No tienes ni puñetera idea de lo que es el amor. Cada vez que pestañeaba. De esa forma había conseguido adormecerla durante tanto tiempo. Aquella desdicha era suya. —Igual que tú a mí. Su declaración había descubierto a una Violeta que yo desconocía por completo. al contrario de mí. Ni siquiera pude ser capaz de mirarla a los ojos. No llegaba a comprender qué era lo que estaba pasando dentro de mí. Violeta. No quería la compasión de nadie. ¿Cómo puedes estar tan ciega? Seguí empeñada en un mutismo absoluto. Estuve segura de ello. No había nada en lo que pensar. dejando tras de sí una intensa humareda que a la luz de la luna parecía aún más tétrica. cuando me violaba y respiraba contra mi rostro… El mundo dejó de dar vueltas. Tan segura estaba yo de que mi amor era suficiente que cerré los ojos a todo lo demás. Mi vida pasó delante de mí como una breve exhalación… La imagen misma de Violeta pasó delante de mí como el más efímero de los suspiros. Cada paso que daba. aprovechando así el tener una excusa para no encararla. a una a la que nunca me había molestado demasiado en conocer. delatada por sus pasos que crujían sobre la grava. —Tu aliento…—indicó. Jimena. sino por mi propia inestabilidad emocional. se había pasado la vida en total desamparo. Cuando decidí darme la vuelta y comencé a caminar cansadamente. Sólo sabes hacer daño y hacértelo a ti misma. Violeta aflojó la presión y se apartó dando dos pasos hacia atrás. —¡VIOLETA! —grité entonces. Su propia autoestima así se lo exigía. Y supe entonces que nunca lo hubiera hecho si los acontecimientos no hubieran derivado por aquel camino.Ella se giró hacia mí. Nunca me había dejado ver su dolor hasta esa misma noche. recorriendo por entero mi cuerpo. ¿cómo te sientes ahora mismo? No contesté. 152 . estrujándome las mejillas con una mano al obligarme a mirarla. Lo supe. Se dirigió hacia la salida con decisión. Volví a entrar en la casa.— Todo es mentira. La sentí caminar entre las sombras. Me despegué de la pared a la que parecía que me habían fijado con pegamento y corrí tras su estela. respirando frenéticamente. Cerré la puerta y mantuve la mano en el pomo durante tiempo indefinido. —¡VIOLETA! —chillé desesperada mientras abría la puerta y la oscuridad me recibía. Violeta me alejaba de ella años luz. pero esta vez no fue algo producido por el alcohol. Ella fue quien no quiso escucharme a mí esta vez. veía su rostro pegado al mío.

Vagué sin rumbo hasta que llegué hasta el salón. Observé la mesa cuidadosamente dispuesta para la que iba a ser nuestra cena. Una rabia salida de no sé donde se apoderó de mí y me hizo que golpeara y arrojara con furia todo lo que había sobre la tabla haciendo que cayera la vajilla y los cubiertos al suelo estrepitosamente. Cogí el jarrón que había encima y lo estrellé contra la pared, imaginando que era mi cabeza, mi cuerpo y mi alma maldita lo que se rompía en pedazos. Caí de rodillas, de repente demasiado cansada para sostenerme por mí misma. Comencé a respirar con dificultad. Algo estaba atorando mi garganta. Abrí la boca para tomar sonoras bocanadas de aire, intentando así aliviar el dolor de mi pecho. Pensé seriamente que me ahogaría. Me di cuenta de súbito que lo que me dolía tanto era contener el llanto. Fue como una revelación, como si me hubieran descubierto el mismo secreto de la vida. Intenté impedir que brotaran las lágrimas, pero fui incapaz. Desde lo más profundo de mi ser surgió un rugido tan potente que llenó la casa y me hizo daño en los oídos. Tan intenso fue, que me dejó sin habla durante los dos días siguientes. Fue entonces cuando las lágrimas comenzaron a emerger, mientras las secaba frenéticamente frotándome los ojos, creyendo que así, de alguna forma, les impediría el paso y las devolvería a mis ojos… Era mucho más fácil rendirse simplemente. Lloré entonces con ansias. Grité e imploré. Me abracé a mi cuerpo que se sacudía como si estuviera poseída, me desplomé sobre el suelo y seguí llorando. Esas lágrimas eran las que le debía a mi padre, las que una vez quisieron llorar por él y no lo permití. Ahora no sólo lloraba por una razón. También lloraba a Violeta. Violeta, cuánto te quiero. Más que a mi vida, a la que no tengo aprecio alguno. Me asusté cuando mi cuerpo comenzó a convulsionarse sobre el suelo. No tenía control alguno sobre él. Había tomado la decisión por sí solo de sacar todo el dolor y la desdicha que llevaba dentro y a la que yo lo había condenado durante demasiado tiempo. Nunca imaginé hasta qué punto mi ser clamaba por liberarse de algunos padecimientos que yo me había obligado a mantener dentro de mí, como un reclamo que me recordara una y otra vez lo desdichada que era. Al parecer, encontraba más placer en ser una mártir que en ser feliz. No era tan diferente al resto de la humanidad como tan prepotentemente me había obligado a pensar. Durante todo este tiempo había creído que era única en mi especie y que tenía todo el derecho a proclamar a los cuatro vientos lo especial que era, sin importarme siquiera que con ello arrastrara a la misma infelicidad a todo aquel que me rodeaba y me amaba con sinceridad. ¿Acaso no sentía y padecía como el resto?, ¿no cometía las mismas estupideces y caía en los mismos pecados? ¿Qué es lo que me hacía exclusiva? Nada. Me había dedicado a esquivar la felicidad tan certeramente que incluso había llegado a creer que para mí no existía tal regalo. Violeta me lo había dicho claramente pero no quise verlo. Tan acostumbrada estaba a pensar que mi vida había tomado el rumbo equivocado que no pude sentir que ella me estaba dando la oportunidad de alcanzar la plenitud. Y sabía que Violeta era la única que podía hacer que lo lograra. Pero se había alejado de mí antes de que yo la condujera a la desdicha como tan acertadamente había hecho conmigo misma. Y se había alejado creyendo que no la amaba, que nunca la amé, que ella era sólo una estúpida obsesión. Ni siquiera hacía falta mirar en mi interior o preguntármelo, porque lo único que sabía con seguridad es que la amaba con desesperación. Seguí llorando y sacando todo el dolor de dentro de mí como si me estuviera purificando. Quizás consiguiera así dejar el pasado donde pertenecía y ser capaz de mirar hacia delante sin que me pareciera que traicionaría con ello mis recuerdos. Deseaba que regresase, que pudiera escuchar de algún modo mis pensamientos, que supiera que sin ella, efectivamente, ya no quería ser nada. Mi garganta emitía clamores tan imposibles de evitar como las lágrimas. Me arrastré por el suelo, buscando no sé el qué. Tan sólo sentía la necesidad de moverme, de arrastrar mi padecimiento. Le pedí perdón a mi padre, si es que podía oírme desde algún lugar, por no saber aceptar la vida como tenía que ser, sino por aferrarme y esperar que pudiera cambiarla aún sabiendo que no sería así. Violeta no sólo la había aceptado, sino que incluso se mostraba agradecida por cada cosa buena que acontecía en su vida. Tantas cosas tenía yo que aprender de ella. Tantas lecciones que era capaz de darme y nunca intentó imponerme. Ni una sola vez me había dicho que me amaba y a pesar de todo yo sabía que lo hacía. Ese era el poder de Violeta: hacer que cada cosa que tocara, que dijera, que sintiera fuera especial. Sólo el amarla tanto podía hacer que reconociera y creyera tal cosa. La perfección tan sólo se logra bajo los efectos de la devoción. Nunca tendría la oportunidad de demostrárselo.

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Capítulo 9 El laberinto de tu ausencia
Esa noche no podía dormir, a pesar del cansancio que solía provocarme el hacer el amor. En realidad no sólo era esa noche. Eran todas las noches de mi vida. El sueño jamás tenía la decencia de venir a mi encuentro y si lo hacía, era intermitentemente. Pensé que estaba totalmente fuera de mi alcance el tener las mismas necesidades que cualquier ser humano. Me levanté de la cama silenciosamente, intentando no alterar el plácido sueño de Manuela, mi compañera de cama desde hacía tres semanas. Me reí recordando algo: al final, mi hermana había logrado emparejarme con su compañera de trabajo. Nunca me preguntó qué era lo que había pasado, a pesar de que sabía que algo muy importante había acontecido y que, por supuesto, tenía a Violeta como protagonista. De eso habían pasado ya tres meses y medio. Un día me invitó a su casa para tomar café y descubrí que casualmente Manuela estaba allí. Me pareció atractiva y yo necesitaba compañía. Eso fue todo. En todo aquel tiempo desde que regresé de la casa de campo no había vuelto a hablar con Violeta. Le había dejado, en cierta ocasión que había sacado el suficiente valor para ello, un mensaje en el contestador diciéndole que tenía que hablar con ella y que me llamara. Terminé diciendo que si no me devolvía la llamada no volvería a molestarla. Tan sólo pretendía oír su voz, aunque fuera un instante. Y disculparme. Quizás hasta pedirle clemencia. No me llamó y yo fui fiel a mi palabra. No me molesté en vestirme, en vez de eso, salí hacia el balcón. Encendí el pitillo que le había robado segundos antes a mi amante y lo encendí, apoyándome en la gélida baranda de metal. No era una fumadora habitual, por ello sentí que el humo, con tan solo una calada, me raspaba la garganta. Deseché la colilla rápidamente en uno de los ceniceros sobre la mesa y volví a mi posición original. Manuela… Ella, aunque se esforzaba por agradarme, no podía obtener nada de mí. Era una buena mujer y mejor amante aún, pero no podía amarla. ¿Era a esto a lo que se refería Violeta cuando me hablaba de sus relaciones? Me pregunté si conmigo también había sido así. Manuela sabía que había algo en mí que no me permitía entregarme a nadie, e incluso tenía cierta sospecha de que sabía perfectamente que existía otra persona a quien yo seguía amando desesperadamente. Tal vez ella estuviera en la misma situación que yo y por eso se mostraba tan comprensiva. Me doy cuenta de que nunca le había preguntado nada que no fuese banal sobre sí misma. Ella ni siquiera me había cuestionado nunca porqué prefería hacer el amor a oscuras. ¿Le diría, si lo hacía algún día, que la única razón era porque el único rostro que quería ver en esos momentos era el de Violeta? Supuse que no. En nuestra primera vez, había abierto los ojos y el ver el rostro de Manuela delante de mí se me hizo doloroso. Era injusto. Injusto para Manuela. Era muy consciente de ello. Sólo sé que entre sus brazos encuentro algo de paz y de olvido que tanta falta me hace siempre. Tan sólo tenía que darme una mínima insinuación de que no era feliz conmigo, y yo desaparecería de su vida tan rápido como un ciclón. ¿Cómo era mi vida ahora? Me había convertido en una autómata. Justo en lo que nunca quise ser. Había recuperado mi trabajo en el hospital, mantenía una relación equilibrada e incluso hacía planes los fines de semana. Todo me parecía tan absurdamente normal… Visité la tumba de mi padre por primera vez. No puedo describir lo que sentí cuando ví su nombre escrito en aquella lápida, pero estuve segura de que produjo una herida en mi corazón que nada podría sanar jamás. Tan sólo estuve allí erguida unos breves segundos. Cuando me fui, supe con certeza que no regresaría. Muchas veces me pregunto cómo está Violeta. Mi hermana Ginebra se había convertido en un inesperado correo en ese tiempo. Cada vez que nos veíamos me confesaba que había visto a Violeta en tal sitio o que había quedado con ella para almorzar. Y siempre me revelaba esperanzada que ella le preguntaba por mí. No era difícil suponer que a Violeta le contaba algo similar. Observé a un gato callejero que paseaba por la acera despreocupadamente. A estas horas, no había nadie a la vista. Era demasiado temprano para cualquier cosa. El frío me envolvió entonces, pero decidí ignorarlo. No sentía ganas de regresar a la tibieza de las sábanas y a la compañía de Manuela. Necesitaba de mi soledad incluso estando con otras personas. Sopesé la idea de recoger mis cosas e irme a mi apartamento, pero supuse que eso sería demasiado extraño. Tampoco sería muy justo para Manuela y yo no tenía intención de crear malestar entre nosotras. Seguramente mañana me despertaría para descubrir que una vez más me había hecho el desayuno. Ella era
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así de atenta y la única que se esforzaba de verdad porque esta relación funcionase. Yo simplemente me limitaba a aceptar lo que me ofrecía e intentaba darle lo que me pedía. Por ahora, nada en lo que tuviera que mentirle. Últimamente no lograba encontrar un momento de serenidad. La boda de mi hermano Felipe se aproximaba y sabía que Violeta estaría allí. Verla de nuevo era motivo suficiente para mi insomnio y mi malvivir. Quizás ella decidiera no acudir. De ser así, no sé que sentimiento sería más fuerte, si el de alivio por no tener que enfrentarme a ella o el de aflicción por no verla. Si me daba la oportunidad le diría que no le reprocho nada, que sabía con seguridad que ella lo había intentado y que si teníamos que buscar a algún culpable, ésa sería yo. Añadiría además mis deseos de que fuese feliz. Esto último era más bien una hipocresía. Deseaba que fuese feliz, pero junto a mí. No. Todo era una hipocresía. Esas frases son las que se dirían dos personas que se encuentran y descubren que ya no tienen nada en común para decirse. Lo que realmente deseaba hacer era arrodillarme delante de ella, implorarle cualquier cosa. Me pregunté si Violeta también había encontrado a alguien. Me había atrevido a preguntárselo a Ginebra, pero ella siempre me había respondido que no lo sabía. Quizás sí que lo sabía pero evitaba decírmelo para no añadir más dolor. Ginebra, mi querida hermana… Mi paño de lágrimas durante los últimos meses. Aunque ella también me había dado la única felicidad. Las cosas con su marido finalmente se arreglaron. Era algo que yo esperaba. Cuando dos personas están destinadas a estar juntas, no hay nada que pueda obviarlo. Ellos habían crecido juntos como personas y tenían demasiado en común como para echarlo a perder. Ver la sonrisa de mi hermana era todo un regalo para mí. Una voz me sacó abruptamente de mis cavilaciones. —¿Qué haces ahí fuera desnuda y con este frío? Me giré para encarar a Manuela con su negro pelo alborotado y abrigada hasta las orejas con su bata. Con aquello puesto parecía incluso más pequeña. —Estaba pensando…—dije sin más. —Eso puedes hacerlo en la cama. Ahí sólo conseguirás helarte… —Tienes razón…—concedí, apartándome de la baranda para adentrarme de nuevo en el apartamento. —A veces creo que estás loca…—me dijo dándome una palmada suave en una nalga. —Tal vez lo esté…—respondí sin mirarla, antes de meterme en el dormitorio. *** —Tú no tienes ni idea de lo que es la puntualidad, ¿verdad? —le dije a mi hermana Ginebra nada más atisbarla al entrar al enorme centro comercial donde habíamos quedado para ir de tiendas. Ambas teníamos la ardua tarea de encontrar algo decente que ponerme para la boda de Felipe. —¿Ahora te das cuenta? —respondió haciéndome una mueca. —De todas formas sólo llego media hora tarde. No es para ponerse a gritar. Suspiré. Ella había llegado tarde aún sabiendo que yo odiaba esperar. No iba a lograr nada discutiendo el asunto. Además, estaba segura de que la impuntualidad de Ginebra era algo que llevaba en los genes. Nos adentramos en el atestado centro comercial y comenzamos a mirar escaparates. —¿Tienes pensado algo? —me preguntó. —No. Pero lo que busco tiene que ser elegante y cómodo. —Jimena. —me dijo con tono conocedor. —No hay nada elegante que sea cómodo. Tienes que elegir entre la elegancia o la comodidad. —¿Por qué? —Porque sí. —Una respuesta muy reveladora. Gracias. —farfullé. —De nada. —¿Tú ya sabes qué es lo que vas a ponerte? Asintió con la cabeza sonriente. —Lo seleccioné la semana pasada. De hecho, sólo tengo que pasar a recogerlo …
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reprimiendo las ganas de reír a duras penas. Me limité a hacer rodar los ojos y me mantuve callada. —volvió a asentir Ginebra. —¿Algo formal? —Sí. —¿Y? —Pues que parecería como la hermana soltera que busca marido o algo así. —Otra de esas y tendrás que ir de compras tú sola. sacando uno entallado de color negro. tomando toda la iniciativa como si yo fuera muda o demasiado tonta para hablar por mí misma. —repuse. colgados en riguroso orden. No era como los otros comercios donde yo solía comprar. —Buenas tardes. Una música clásica nos dio la bienvenida junto con el característico olor a ropa nueva. —¿Qué tal si echo un vistazo y la aviso si encuentro algo de mi gusto? —Por supuesto. —Entremos aquí. no para mí. me miraran con una ceja alzada. donde. —dijo con voz falsa mientras encogía los hombros. —Demasiado escotado. donde la ropa yacía en cualquier lugar. —Síganme. Eso era algo que me ponía frenética. ¿no? —señaló. —Buscamos un vestido de noche para ella. Pero busco algo más…—dudé moviendo las manos rotativamente. —No tenías que ser tan brusca. —¿Estás hablando de comprar un vestido o de hacer el amor? —bromeé. hasta que nos hizo parar en una esquina. mi hermana y la empleada. Nos adentramos en la tienda. Seguimos a la dependienta. demasiado divertida para mi gusto. con algo de pedrería incrustada. comenzando a rodar las perchas en busca del vestido. —me señaló con el pulgar. —sentenció. sin doblar y encima de las otras por los descuidados consumidores que no se molestaban en dejar cada cosa donde la habían cogido. —colocó el traje en su sitio y se fue a atender a otros clientes. —¿La boda es por la mañana o por la tarde? —inquirió la dependienta. Todos ellos muy elegantes. Tienes cosas realmente bonitas. —Es para una boda. Hiciera lo que hiciera no iba a servir de nada. pero definitivamente. Está embarazada. con espejos en cada esquina y cada cosa pulcramente ordenada en su lugar. Incluso vivían relativamente cerca. —¿Otra vez? —exclamé algo alarmada. —nos saludó una de las dependientas. —No está mal. —Éste es muy bonito. —me sujetó del brazo para pararme. —¿Quieres tomártelo en serio? Falta una semana para la boda y necesito encontrar ese maldito vestido hoy. —Por la tarde. —¿Qué número hace éste? He perdido la cuenta… Mayte era la mejor amiga de Ginebra. —me amenazó. —El cuarto.—Apuesto que has tardado tanto porque han tenido que ensancharlo…—dije. —Algo me dice que va a ser una tarde muy larga… —Pero si te encanta mi compañía. consiguiendo que ambas. —Podríamos bordar la palabra lesbiana al frente. Era muy luminosa. —¿Puedo ayudarles en algo? —Sí. Aquel vestido quizás era ideal para alguna de las Infantas. vestida con un conjunto de chaqueta gris y un pañuelo azul anudado al cuello. ¿De qué te quejas? —De nada. Tuve que admitir que aquella tienda tenía clase. —se apresuró a decir mi hermana. —Qué carácter… —¿Qué te parece ése? —me señaló en uno de los escaparates a un maniquí vestido con un traje de noche de color azul. 156 . —Debo recordar comprar un regalo para Mayte. pendían sendos vestidos de diversos colores. como si de repente fuera una guía turística. Jimena. —dijo Ginebra. Me pregunté en qué criterio se basaría para saber qué es lo que me gustaría ponerme. por favor. Se habían conocido en la universidad y desde entonces habían continuado con esa amistad. —¿Qué te parece? —Ginebra se giró hacia mí. —¿Es que quiere acabar ella sola con los problemas de natalidad de este país? —Al parecer sí. —reprehendió Ginebra tras esperar que la chica estuviera lo suficiente lejos para hablarme. —Cálmate. Se necesita tiempo y mucha paciencia. Estas cosas se tienen que hacer despacio.

—No lo he sido. —Creo que la has asustado. —¿En serio? Yo que pensaba invitarla a cenar…—bromeé, poniéndome a la difícil tarea de revisar los vestidos. Mi hermana hizo rodar los ojos. Un gesto que me recordó a mí misma. —¿Qué tal está Manuela? —preguntó. —Bien. Aunque deberías saberlo. Trabajas con ella, ¿no? —Ya sabes a lo que me refiero. —La verdad es que no. —dije sin mirarla. —Pues quería saber si todo te va bien con ella. —Supongo que sí. No la he oído quejarse… Ginebra se colocó en el otro extremo de la barra suspirando ante mi reticencia a hablar de mi vida privada y comenzó a ojear los trajes. —¿Qué has desayunado hoy? ¿Limones? —me preguntó irónica. Me hizo reír. —No. Almeja. Mi hermana paró en seco toda actividad y yo tuve que hacer un enorme esfuerzo por no liberar una carcajada. Me miró durante un instante para luego soltar una risotada. —Cerda…—exclamó aún entre risas. Nuestra pequeña fiesta había atraído la atención del resto de personas, entre clientes y empleados, hasta nosotras. Ginebra se acercó a mí para susurrarme su siguiente frase. —Ahora, cada vez que vea a Manuela, te imaginaré a ti con la cabeza entre sus piernas… No pude evitarlo. La risa se apoderó de mi cuerpo y ambas tuvimos que salir de la tienda tras varios intentos de parar de reír sin resultado alguno. Ginebra murmuró una casi inaudible disculpa mientras me empujaba a la salida. Miré a mi hermana recordando por qué la adoraba hasta la saciedad. Qué fácil era todo a su lado. —Sabía que era una mala idea traerte conmigo…—dije nada más recobrar la compostura. —Te recuerdo que estoy aquí para ayudarte. Tú no tienes ni la más remota idea de cómo vestir. —Eso no es cierto. Ginebra no contestó. Simplemente me miró de arriba abajo a media sonrisa y logró con ello que yo hiciera lo mismo. —¿Qué? —pregunté insidiosa. Me aparté ligeramente cuando una señora con un carrito decidió que lo mejor era pasar justo en medio de mi hermana y de mí. Como si no hubiera suficiente espacio… —Jimena, vistes como si fueras una "hippie" o algo así. Siempre con tejanos y zapatillas deportivas… —Porque es lo más cómodo, querida hermana. —la interrumpí. —Ya veremos si al final del día puedes decir que no te duelen los pies con esos tacones. —Olvídalo. No pienso discutir de este tema contigo. —De acuerdo. —concedí divertida. Seguimos caminando, observando cada escaparate a nuestro paso. —Ginebra…—dije quedamente. —¿Qué? ¿qué pasa? Señalé con una mano a un maniquí que vestía un traje de color blanco y con lo que parecían rosas dibujadas en él. Tenía un diseño asimétrico, descubriendo uno de los hombros y con un corte desnivelado que dejaba la pierna derecha desnuda hasta un poco más arriba de la rodilla. El acabado del vestido se componía de un volante, una ligera inspiración en los trajes flamencos.
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—Ése es…—murmuré, como si hubiera descubierto al amor de mi vida a primera vista. —¿Ése? —exclamó mi hermana algo incrédula. —Vamos…—tiré de su brazo y entramos en la tienda. Me acerqué con algo de prisa a una de las dependientas y le confirmé mi talla. En tan sólo unos minutos, salía del probador con aquel traje vistiendo mi cuerpo como si fuera un guante. Percibí la aprobación en la mirada de Ginebra en cuanto me vio emerger del cubículo. —¿Qué te parece? —le pregunté poniéndome de puntillas, como si con ello lograra hacer mi figura aún más esbelta. —Estás preciosa…—confirmó ella. La empleada también murmuró unas palabras de aprobación. —Tendremos que buscar unas medias adecuadas… —¿Medias? —la interrumpí. —No voy a ponerme medias. —¿Por qué no? —Porque no pasaría ni cinco minutos antes de hacerme una carrera en ellas. —confesé, recordando mi ineptitud cuando se trataba de aquella delicada prenda. —De acuerdo…—suspiró Ginebra. —Como quieras. Sonreí y me metí de nuevo en el probador para volver a ponerme mi ropa. Cuando salí, Ginebra me esperaba impaciente. Me arrebató el vestido casi de las manos y miró la etiqueta. —¡Jesús…! —exclamó al ver la interminable fila de números que indicaban el precio. Algo en lo que yo, por cierto, ni siquiera me había molestado en fijarme. —¿Qué? —miré la etiqueta entonces. —Vale el doble de lo que costó el mío. —Y eso que el tuyo tendrá mucha más tela…—añadí sin poder evitar hacer la pequeña broma. —Si no fueras mi hermana y te quisiera tanto, te estrangularía. La besé alegremente en la mejilla y nos dirigimos hacia el mostrador para pagar mi compra. Seguidamente nos encaminamos hacia una zapatería donde adquirí los únicos zapatos de tacón que no me hicieron arrugar el ceño con disgusto. La mañana se nos pasó volando entrando y saliendo de las distintas tiendas. Ginebra, que debía de ser algo así como la consumidora perfecta, compró diversos regalos para su amiga, su hija y su marido. Sólo cuando su tarjeta de crédito pareció emitir cierto olor a chamuscado y ante mi fastidiosa insistencia, decidió buscar un restaurante para tomar el almuerzo y de paso permitirme recuperar el aliento que tanta caminata me había robado. Nos sentamos en una mesa que hacía esquina en un pequeño local de comida rápida. Pedimos un par de refrescos y sendos bocadillos de jamón y queso. —Jimena, ¿has oído algo de lo que te he dicho? —¿Eh…? —Está claro que no. —Lo siento. —murmuré mi disculpa. Lo cierto era que hacía unos minutos que mi mente se había ido a mucha distancia de allí. —Eres la única persona que conozco que sea capaz de olvidarse del mundo entero a pesar de estar rodeada de él. —Ni siquiera me doy cuenta de ello. —Lo sé. —sentenció mi hermana. —¿Qué me estabas contando? —Te decía…—le dio un bocado a su bocadillo. Me pregunté cómo demonios era capaz de engullir tan rápido para hablar después, era imposible a menos que se tragara la comida sin masticarla. —… que Cristina tiene novio. —¿En serio? —dije incrédula al tiempo que admiraba interiormente las dotes de socialización de mi sobrina de catorce años. A esa edad, yo era incapaz de soltar una frase de más de cinco palabras sin atragantarme con la saliva. —Me ha dicho que cree que es el amor de su vida, ¿puedes creerlo? Si aún es una mocosa… —No le habrás dado "la charla", ¿verdad?
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Ginebra frunció el ceño y torció los labios pensativa. —Sí, lo he hecho…—dijo al final algo dubitativamente, ignorando si el haberlo hecho estaba bien o mal. —¿Es que has sido capaz de olvidar la charla que nos dio mamá sobre ese tema? —exclamé demasiado exaltada. Mi madre nos había explicado, cada vez que una de nosotras alcanzaba edad de merecer, los peligros del sexo, todo el pecado que se escondía detrás de él y por supuesto, había acabado las charlas con el típico:"los chicos suelen buscar una sola cosa, y es aprovecharse de vosotras". Desde luego, ese consejo a mí más bien me sobraba. Claro que entonces no tenía ni idea de que yo acabaría buscando la misma cosa que los hombres. Oír a mi madre hablar de sexo fue de las peores experiencias que recuerdo de mi infancia. Pero recordando a una amiga de la universidad, debo decir que tuve mucha suerte. A ella incluso le hablaron de la masturbación… —¿Me estás diciendo que he hecho algo malo? —Ginebra, esas cosas siempre es mejor que se las explique alguien que no sea un padre…—sorbí por la cañita de mi limonada. —Por ejemplo yo. —Me miró mientras masticaba sin descanso un instante para luego echarse a reír. Y supe con seguridad que era lo que le había hecho tanta gracia. — Para que te enteres…—dije a la defensiva. —… Estoy segura de que hubiera preferido que fuese yo quien le diese la charla. —Ella y yo tenemos mucha confianza, no fue nada violento. Además, tengo la completa seguridad de que sabe más de sexo que yo. Moví la cabeza asintiendo, dándole con ello la razón. —Posiblemente… —Tan sólo le advertí que fuera responsable y eso fue todo. —sentenció ella. Seguí rumiando algo dentro de mi cabeza al tiempo que no le quitaba la vista de encima a Ginebra. Al principio quiso ignorarme, pero acabó por preguntarme sabiendo que era probable que se arrepintiera de ello. —¿Qué? —¿Crees que no podría ayudar a Cristina en esto? —Si estás pensando en si creo que serías una mala influencia o que quizás pienso que no eres la más indicada para dar consejos olvídalo inmediatamente, ¿me oyes? —me regañó seria. —Pero antes te reíste cuando… —Tú te pasas el día haciendo bromitas referente a mi diámetro y no me quejo…—interrumpió rauda. Me hizo reír y la tensión desapareció tan rápido como había aparecido. Ella me siguió y me guiñó un ojo. Sentí la imperiosa necesidad de decirle lo mucho que la quería, pero no lo hice. —Hablando de lo cual…—comenzó y mi mente gritó inmediatamente la palabra peligro. —… ¿piensas invitar a Manuela a la boda? —No. —¿Por qué? —Pues porque no. Tan sólo hace unas semanas que nos vemos. —Entiendo…—se acomodó en su asiento una vez acabado su almuerzo. — No es lo suficientemente serio, ¿no? —Algo así. —Violeta estará allí… Mi corazón dio un vuelco y mi cuerpo se enderezó repentinamente cuando oí a mi hermana pronunciar aquel nombre. —¿Sabes qué? —prosiguió en cuanto se hizo evidente que mi boca seguiría cerrada por tiempo indefinido. —Comienzo a estar cansada de este tema… Violeta ha cambiado mucho en poco tiempo, ya no es la misma y tú… Bueno, tú andas por el mundo completamente perdida. —¿Violeta ha cambiado? —pregunté ansiosa.

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prefiero no saberlo. — No pretendo que me cuentes lo que pasó porque. De hecho. —Lo imaginaba…—se respondió ella misma. completamente perdida. No pude contenerme y me eché a reír con dolor. Mi querida hermana estaba sugiriendo que quizás lo único que había perseguido de Violeta era algo sexual disfrazado de amor y que. aunque sea de mi propio sexo? —Jimena… —No. —ordené yo ahora. Ginebra. —ordenó. —Y ambas son igual de imposibles… —Parece como si esperaras que de un momento a otro te venga la inspiración divina para saber qué hacer. quien no apartaba sus ojos inquisidores de mí. no sabía que pensaras que mis sentimientos pudieran ser tan volubles… Me incliné hacia delante. ¿verdad? —¿Qué? —dije incrédula. 160 . —me interrumpió.—Sí…—se frotó la frente cansadamente. No era capaz ni siquiera de mirar a Ginebra. literalmente. de amar a Violeta es infinita. Sólo quiero que me digas si ahora todo ese amor que decías sentir por Violeta se ha evaporado. apartándome las manos de la cara con brusquedad. Lo que quería decir es cómo. y me apoyé sobre la mesa con los codos. poniendo de manifiesto que sabía que llevaba toda la razón. sabiendo como eres. Le hizo un gesto a un camarero que pasaba por allí y pidió la cuenta. Mi hermana. — Lo he visto con mis propios ojos. —¿Quieres saber la verdad? La verdad es que no puedo vivir sin ella. levantando las manos para seguidamente dejarlas caer sobre la mesa otra vez. A Violeta nunca le has dado miedo. francamente. Nunca fui más feliz que los pocos días que pasó a mi lado y lo que es peor. —No sabía que dudaras de mí hasta tal punto. —dije. se ha liado contigo … —¿Sabiendo como soy? —dije. y por primera vez me di cuenta de que mi hermana parecía estar enfadada. Jimena. Cada día que pasa es como una prueba de resistencia. He visto lo devastadora que puedes llegar a ser contigo mismo… Y con los demás. —Sabiendo que le harías daño. de repente sentía náuseas. pero mi capacidad de amar. —¿Qué piensas hacer? —Aprender a vivir sin ella o conquistarla de nuevo. —¿Tan retorcida me crees? ¿Tan ilógico te parece que pueda amar a alguien profundamente. me estaba fusilando. La amo tanto que incluso me duele… —Lo siento. tienes razón. que dejes de ir por la vida como una maldita víctima y que aprendas a vivir. espera. A mí a veces me lo das… —Ginebra… —No digas "Ginebra" con ese tono. Cubrí mi rostro con las manos y suspiré. —Por supuesto que lo sientes…—añadí. —Ella también da respingos cuando pronuncio tu nombre en su presencia. rehúye cualquier conversación que gire en torno a ti … Sólo el oír tu nombre puede hacer que se encierre en un mutismo absoluto. Se hizo un profundo silencio entre Ginebra y yo. —Te has acostado con ella. —¿Y qué es lo que me sugieres que haga? —Que la olvides de una vez. una vez logrado mi objetivo. Nos miramos fijamente. —No me refería a eso. —Mírame. apoyándome en mis antebrazos y hablé con voz estrangulada. la había abandonado. creo que no lo seré nunca… Soy un desastre. La conversación comenzaba a hundir mi estado de ánimo. —Lo que más me intriga es cómo demonios lo has logrado… Terminó su almuerzo y se bebió ruidosamente el resto de su refresco. Aquellas palabras me sentaron como un jarro de agua fría y lo que es peor. sabía perfectamente que eso era lo que mi hermana había pretendido desde el primer momento. —Lo dices como si la hubiera pervertido o algo así…—contrarresté algo molesta. con absoluta convicción. que te conozco. Aparté mi almuerzo a un lado. ella muy dispuesta a no apartarla.

—Cambia…—me dijo como si fuera un ultimátum. Y creo que tú sientes lo mismo. —me interrumpió. —No. se agachó para hablarme al oído. —Bien…—murmuré para zanjar el asunto antes de darle otro bocado a la manzana. —¿Hubo suerte con las compras? —me preguntó. *** —¿Qué haces ahí? —me preguntó Manuela con el ceño fruncido cuando me avistó. —Deja que te ayude. —¿Te importa que no te haya pedido venir conmigo a la boda? —No. —Me gustan las cosas como están. —¿Te hago feliz? —No me haces infeliz. Creí que era momento de averiguar ciertas cosas. mientras alcanzaba su bolso y sacaba su monedero. Al pasar por mi lado. al tiempo que comenzaba a colocar los víveres que había comprado. Pensé que viéndonos allí. —¿Hay algo que debo saber? ¿Qué es lo que está pasando por esa cabecita tuya? —preguntó medio en broma medio en serio. —me anunció tranquilamente. Luego siguió con su tarea. —De acuerdo. —¿Sí? —abandonó toda labor para darme su plena atención. —No. haciendo algo tan simple como mantener una cordial conversación en medio de la cocina. —Sí. Algo que indicó que sin duda decía la verdad. nos hacía parecer como un matrimonio feliz. —No entiendo como siendo tu hermana aún no te conoce…—dijo. me había dirigido directamente a su edificio. 161 . No sé cuánto tiempo la había estado esperando sentada en las escaleras que daban al rellano de su apartamento. —¿A qué te refieres? —Pues a que es imposible sacarte las cosas a menos que tú misma estés dispuesta a revelarlas. Luego me dirigí directamente a la cocina y la deposité sobre la encimera. —su respuesta fue clara y rápida. Cogí una de las manzanas que estaban expuestas en el frutero y comencé a roerla.—Tengo que irme. —me levanté de mi insólito asiento y me acerqué a ella. y creo que eso es más importante. Sólo te esperaba. con su cabeza totalmente metida en el refrigerador. Se levantó de la mesa y recogió sus bolsas. Pero Manuela siguió mirándome con sospecha y entonces comprendí que para ella las cosas aún no estaban demasiado claras. Sólo sabía que después de haber salido del centro comercial. —Sí…—fue todo lo que mi garganta pudo emitir. — Aún tengo que hacer muchas cosas en casa. Se giró hacia mí y me regaló una amplia sonrisa. —¿Ocurre algo? —volvió a preguntarme. Le tomé una de las bolsas que portaba y esperé hasta que ella abriera la puerta. —¿Has perdido la llave que te di? —inquirió nuevamente. —Me refiero a si… —Sé a lo que te refieres. Deseosa de conocer los detalles de nuestra relación…—bromeé. —Manuela…—la llamé quedamente. —¿Qué tal con Ginebra? —Muy bien.

Su cara totalmente inexpresiva. Ella se acercó a mí entonces. —Escucha…. por contra. Seguí apoyada en el mismo sitio. para amarla. —No quiero que pienses que es sólo sexo…—solté de súbito. Necesitaba a Violeta para sentirme especial. pero ahora necesitaba recordarla. Hacía mucho tiempo que no aparecía ante mí de aquella forma. Recordé a conversación con mi hermana. Sentí que los ojos comenzaban a cerrárseme. posicionado sobre el mío. No más Violeta. como si estuviera fuera de mi cuerpo. Sin embargo. —Muy bien… Me senté en el sofá y encendí el televisor. echando hacia atrás algunos cabellos de mi frente. el rostro ya familiar para mí del encargado de dar las noticias apareció. 162 . llenándome los oídos con la riqueza de su risa. Me erguí hasta quedar sentada y me froté cansadamente el rostro. Abrí los ojos y encontré el rostro de Manuela cerca del mío. buscando una posición de total comodidad. La necesitaba para rendirme. no más deseos… La vida de un ser humano corriente no estaba hecha para mí.Hubo un instante de silencio. Daba miedo tan sólo con verle la cara a los presentadores. sentí su olor. —Jimena… Una dulce voz pronunció mi nombre más dulcemente aún. —¿Piensas pasar la noche conmigo? —me preguntó. era todo en lo que mi mente se había ocupado desde entonces. Mis manos se perdieron en la frondosidad de su cabello. —se puso de puntillas y me besó en la mejilla. No pude evitar el sonreír de júbilo al tenerla otra vez a mi lado. Oí la voz de Violeta. Manuela volvió a lo que estaba haciendo y yo. Me pregunté por qué tenían que ser tan malditamente sobrios. —Sí… —Estupendo. La oí decir que me amaba y mi corazón dejó de latir. ni siquiera me había dado cuenta de ello hasta ahora… —¿Tienes guardia en el hospital mañana? —Sí…—añadí fatigosamente. Tenía miedo de que mi vida se redujera a aquello. Inmediatamente. como si aquel para ella no tuviera importancia. —Lo cierto es que no…—la miré. a decir verdad. Volvió a sonreír una vez más. —Te has quedado dormida…—me dijo divertida. Me vi a mí misma. ni un solo pensamiento había dedicado yo a creer que podría haber un futuro con ella. seguí rumiando pensamientos salidos de no sé donde. cambiando totalmente de tema. sintiendo cierta desazón. ¿te has dado cuenta de que cada vez que pasas la tarde con tu hermana te comportas de manera extraña? —¿Lo dices en serio? Asintió con la cabeza. Ella me sonreía mientras su cuerpo desnudo. —Voy a ver la tele un rato…—le anuncié a Manuela. Pensé en lo fácil que resultaría una vida en común con aquella mujer. se movía acompasado hacia adelante y atrás. Me recosté en el sillón. el tacto de su piel. —Algo más de las nueve… —Vaya… —¿Te apetece comer algo? La cena está casi lista. No me extrañaba que algunas personas prefirieran no ver las noticias. saliendo ya de la cocina. Tras mis párpados cerrados apareció la imagen de Violeta. sonriéndole y acariciándola en aquel mismo sofá. —¿Qué hora es? —pregunté con voz adormilada. —Prepararé la cena entonces. echándose su larga y morena cabellera hacia atrás. Mi respiración se hizo cada vez más pausada y mis músculos se rindieron. estoy agotadísima. para reconocerme a mí misma. terminando de comerme la manzana. Era maravilloso… Indescriptible. —Jimena. Me había decidido a no dejar que inundara mis sueños como antaño.

Seguramente estaba en lo cierto. —Te decía que era un bonito nombre… Fruncí el ceño. —Violeta…—repitió. —Me apetece algo de pasta. Vi a su conductor mirarme por el retrovisor con cara de pocos amigos. El hombre negó con la cabeza repetidamente y casi podía jurar que en esos momentos estaba pensando que yo era alguna chiflada. cerrando su carta. Aún así y pese a que tenía todas las incertidumbres posibles. Observé a Manuela. pero llegué en unos quince minutos. —Es un bonito nombre. ¿Tú te pides los espaguetis a la carbonara y yo los tallarines y así compartimos? Le sonreí abiertamente. Era demasiado temprano para que Violeta se hubiera metido en la cama. No tuve más remedio que parar en un semáforo en rojo. avistándola en el mismo sitio que cuando me había levantado. pero las ruedas chasquearon contra el asfalto e incluso estuve segura de que habían dejado huella. Conté las ventanas y cuando avisté la que se suponía tenía que ser la suya. pero ahora mismo. Sólo quería saber lo que sería estar cerca de ella. además de que sabía que ella era una persona más bien nocturna. salí del apartamento y me alejé escaleras abajo. Sólo unos centímetros me separaban del automóvil delante de mí. sentada al borde de la acera. y sin saber cómo. No dije nada. con la mirada fija en su ventana. Dos días después. Aparqué el coche algo alejado del lugar y me escondí detrás de uno de los árboles plantados en medio de la acera. —Vete a casa. No tenía la menor idea. sentada enfrente mío. —Bien. Pisé el acelerador. Antes de alcanzar la puerta. Me metí en mi coche. ni tan siquiera de que me viera. —¿Has decidido lo que vas a tomar? —me preguntó. —Gracias. —la besé con brevedad en los labios. el hacer aquello estaba liberando algo de mi desaliento. oí que Manuela me decía algo. —Como quieras. —¿Vino? 163 . aunque advertí. aunque fuera desde la acera de enfrente y sin que me quedara otro remedio que tener que contentarme con mirar a su ventana. —De acuerdo.—De acuerdo. Ella se había empeñado en hacer algo diferente esa noche y yo apenas había puesto objeción. achacando mi falta de entendimiento a que aún sufría los efectos de mi breve sueño. me quedé allí hasta bien entrada la madrugada. Ella se limitó a sonreírme. sólo pude apreciar oscuridad. —¿Qué? —me giré. —cerré la carta y crucé las manos en mi regazo. Cuando regresé a mi apartamento. Tal vez estaba de viaje. casi congelada de frío a pesar de que el recorrido desde el edificio de Manuela y mi auto era relativamente corto. por primera vez. puse el motor en marcha y tomé la ruta que me llevaría hasta la casa de Violeta. La velocidad a la que ahora conducía no era una a la que estuviera acostumbrada. me descubrí cenando sentada a la mesa de un elegante restaurante con Manuela. Después de varios intentos por lograr que el sueño me venciera. sin molestarme siquiera en tomar el ascensor. Expulsé el aliento y apoyé la cabeza con fuerza en el respaldo. Yo estaba pensando en lo mismo. me fui directamente a la cama. No tenía la intención de presentarme en su apartamento. —me palmeó el muslo. Me fui cuando el frío se apoderó de mí y la calle se quedó tan desierta que era imposible oír cualquier sonido. decidí echar mano de los somníferos y por fin llegó la esperada calma. canturreando al compás de la música clásica que inundaba el lugar. Me levanté de mi asiento y recolecté mi abrigo y el bolso. Casi sin pensar. Simplemente me di la vuelta despacio. algo de tristeza en su expresión. asiendo el volante con ambas manos hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El tráfico aún estaba algo denso. Sonreí con una muy maliciosa sonrisa y esperé impaciente a que el semáforo nos diera vía libre. —Te llamaré mañana. Incluso comenzaba a sentir una sensación desconocida para mí mientras mis manos comenzaban a aferrarse al volante y mis piernas temblaban de emoción. pero segura de que lo que acababa de ocurrírseme y que iba a poner en práctica me aliviaría a sobremanera.

Hice lo mismo con mis espaguetis y Manuela se atrevió a sisar de mi plato unos cuantos de ellos. —¿En serio? —Sí. —¡Oh. Parece haberse evaporado… —Me gustaría saber los motivos que podría tener alguien para hacer algo así…—comentó casualmente. Algo que inevitablemente hizo que me encogiera en la silla. echándose nuevamente contra el respaldo de su silla. contigo dentro… Alcé una ceja. —Nos obligan a hacer la próxima semana un cursillo. ni siquiera vamos a probar la cena…—le advertí. ya lo había presentido. —Si no dejas de mirarme así. créeme. Incluso antes de que lo supiera con certeza. Seguidamente. Tomé la servilleta y empecé a juguetear distraídamente con ella. Nuestra comida llegó segundos después. Seguidamente cerró los ojos y exclamó un "mmm" largo. —Se parecen a los de mi madre…—indicó ella. La camarera eligió ese preciso instante para aparecer en nuestra mesa y Manuela le indicó nuestra decisión con diligencia. —suspiró. Manuela tomó su tenedor y probó sus tallarines. —Bien. Algo que me hizo levantar la cabeza hacia la entrada del restaurante. Manuela me sonrió levemente. —Creo que no te lo he dicho… —¿El qué? —pregunté. Manuela al final había desistido de la idea de tomar vino y había decidido acompañarme con el agua. Dios mío! ¡Están deliciosos! —Deja que pruebe tus tallarines… Manuela me acercó su plato y llené mi tenedor.Negué con la cabeza. lanzándome un breve vistazo. Tuve que admitir que el aspecto que tenían los platos era suficiente como para que se te abriera el apetito. —Yo también. apagó el cigarrillo estrujándolo dentro del cenicero y se inclinó hacia delante. —Me temo que casi no tendré tiempo de verte… Hice ademán de echarme a temblar con disgusto. —Definitivamente. 164 . cruzó las piernas por un extremo de la mesa y se encendió un cigarrillo bastante satisfecha. —¿Sabes en lo que he estado pensando desde esta tarde? —susurró juguetonamente. Aún no han encontrado a la mujer que abandonó a su hijo después del parto. —¿Tú qué tal por el hospital? Me encogí de hombros al tiempo que tomaba un sorbo de agua. —¡Ehhh…! —exclamé falsamente indignada. —Agua mineral para mí. Un breve atisbo de deseo comenzó a pulsar en mi centro. Manuela seguía con sus marrones ojos clavados en mí. —No… —Me encantaría que te probases el vestido de la boda para mí cuando lleguemos a tu apartamento … No he dejado de pensar en él desde que me lo enseñaste… —¿En él sólo o vistiendo mi cuerpo? —bromeé divertida. En ese momento trajeron nuestras bebidas. —No estoy muy segura si comer pasta es lo que me apetece ahora mismo… —Manuela…—la llamé con tono amenazador. sonriendo de medio lado. Se rió. ¿Puedes creerlo? Tendré que soportar durante tres días interminables charlas sobre recaudación. Aunque los de ella eran un poco más picantes… Algo atrajo mi atención.

Tragué con dificultad. Me di cuenta de que la estaban dirigiendo a una que estaba detrás de mí y que. Manuela notó mi súbito cambio de humor y disposición y se giró para mirar hacia mi línea de visión para descubrir qué era lo que con tanta consistencia había tomado mi atención por entero. Ahora. No tuve que esperar mucho. algo perdida. *** 165 . puesto que se volvió hacia mí al instante. Podemos pedir la cuenta y… —No…—me apresuré a decir. Su olor… Al abrirlos de nuevo. por tanto. —Vayámonos de aquí. imaginando lo que pasaría cuando ella me viera. tomé a Manuela de un brazo y salimos al exterior. como siempre calló. aún masticando. Mi comida había quedado olvidada por completo. No era capaz de voltear la cabeza. lo que la hizo profesar aquella desazón. Intenté esquivar su visión y me concentré en mi plato nuevamente para tan sólo darle la vuelta a los espaguetis y elevar el rostro otra vez. tragándome con ello toda la amargura que había aparecido de repente en mi garganta. pero antes pude advertir una breve sonrisa. —Termina tu cena. Un camarero llevaba a Violeta y sus amigos hacia una mesa. ella estaba entrando al mismo restaurante en el que yo cenaba. con evidente preocupación en la voz. pero era una amarga. pero tomé una determinación a cambio. Algo en su mirada me indicó que todo aquello la sobrepasaba. Creo que era el hecho de que no tenía ahora ningún color en mi rostro. decidiendo sobre su cena y haciendo bromas. Pocas dudas debió tener de que Manuela era mi amante. —¿Estás segura? —Completamente… Saqué la servilleta que hasta entonces descansaba sobre mi regazo y la deposité sobre la mesa. aún sin apartar la vista de Violeta. junto con un nutrido grupo de amigos. Asentí con la cabeza. Le debió parecer imposible adivinar cual de entre aquellas cinco personas tenía mi solicitud. Lo aparté de mí. Ni una sola vez eché un vistazo en dirección a Violeta a pesar de que sabía con toda seguridad que ella me estaba observando. aspirando con fuerza. —¿Estás bien? —preguntó. ¿Cuántos restaurantes debían de haber en aquella ciudad? Cientos. que eran esas mismas casualidades lo que hacían de la vida algo muy extraño. Mis sentidos estaban ahora demasiado ocupados en percibir todo lo que pasaba dos tablas por detrás de mí. Observé el plato de los aún humeantes espaguetis y sentí náuseas. no hay prisa.Violeta apareció por allí. La conocía lo suficiente como para no perderme ese detalle. —solté rauda. sin atreverse a romper el silencio otra vez. y era evidente. No puedo describir lo que sentí al verla de nuevo. Manuela siguió concentrada en su cena. Hasta yo pude notar la tensión que sufría ella en esos momentos. Si deseaba hacerme alguna pregunta. Pasó a mi lado y cerré los ojos. Pedimos la cuenta y nada más pagar. pero sentía al grupo de Violeta casi como si estuvieran pegados a mi nuca. Los oía charlar. La breve sonrisa que llevaba perenne en los labios hasta ese momento se evaporó. Quizá hasta miles. Levantó los ojos hacia mí y me miró. —Lo siento…—le dije. casi a la misma hora. como si de repente fuera veneno. Pude advertir que el paso de Violeta se hizo incluso más lento y que su visión dejó de abarcarme para mirar a quien me acompañaba. Sólo me hizo falta verla otra vez para que mi vida y mi tranquilidad se desestabilizaran por completo. la haría pasar a mi lado. y sé que no lo tenía porque yo misma lo había sentido abandonarme. —¿Por qué? No quise contestarle a esa pregunta. pero se giró hacia mí y miró directamente a mis ojos. Tal vez fue mi insistencia y su fina percepción. Y pensé en ese instante. me encontré a Manuela mirándome extrañada. —¿Quieres irte? —¿Qué? —pregunté. Violeta bajó la vista al suelo. Cogí la copa de agua y me la bebí de un solo sorbo. Sólo sé que mi corazón clamó por algo que necesitaba tanto como el seguir latiendo y era a ella. —Es evidente que estás incómoda.

encendiendo una de las lámparas. aún dolida por mi comportamiento irracional. pero desconocía si para Violeta esto sería suficiente. —Jimena. el dolor de no tener lo que más ansiaba… ¿Qué importaba lo que fuera? Lo importante era que comenzaba a sentirme bien. Se vistió con rapidez. Ni siquiera era capaz de asumir que ella ya no estaba o que quizás no volvería a mí. Ahora podía asegurarlo. Recordé las palabras de mi hermana. 166 . pero hice caso omiso a su llamada. Era otra de esas noches gélidas donde cualquier persona. Me levanté de la cama y casi sin pensar. Las dudas. sacándome a mí de su interior. Miré hacia arriba y conté mentalmente los segundos que tardaría seguramente en llegar hasta su apartamento y encender la luz. La oí decir aquellas palabras. pero. La sentí levantarse y recolectar su ropa. —Para. Me giré hacia la izquierda y me abracé a mí misma. Ella se movió hacia un lado. necesitando el calor de algo. Me subí en el coche sin haber decidido aún qué era lo que deseaba hacer. apoyada sobre uno de mis codos. Me atreví a asomar la cabeza por uno de los lados y alcancé a ver como Violeta se metía en su edificio. me vestí rauda calándome una sudadera y los primeros vaqueros que saqué del armario. aunque de haberlo hecho. sólo se hubiera encontrado conmigo mirando al techo como una maldita imbécil. me quedé estática en el sitio. Mi corazón volvió a latir con fuerza y pensé. aunque la idea de volver al lugar donde vivía Violeta y mirar toda la noche hacia su ventana se me hacía cada vez más apetecible. —No eres tú… Me derrumbé de espaldas sobre el colchón y fijé la vista en el techo. la misma que momentos antes yo le había arrancado a tirones. que definitivamente había perdido el juicio. que debía parecer una auténtica gansa. deseé no haber conocido nunca a Violeta. mientras ponía en marcha el motor. —Lo siento…—dije sin moverme. Sola. y mientras me acercaba al mismo hueco que hacía dos noches había ocupado en mi súbita personalidad de espía. —junto con la orden. Manuela tiró de mi hombro hacia atrás para separarme de ella. observé que un taxi aparcaba cerca de la acera. Ya era más de medianoche. para después proseguir con su fuga a mitad de la noche. Por mi parte. Suspendí en seco toda actividad y levanté la cabeza para encarar a Manuela de entre las sombras. Manuela se incorporó al no obtener ninguna respuesta de mi parte. Se marchó silenciosamente. Estaba metida en un laberinto. Necesitaba salir de mi apartamento. pero mi cerebro no lo registró como un comando. Pensé. y reconocí la razón en ellas. Aparqué el Audi a una distancia prudencial. Sabía que debía de empezar por poner orden a mi vida. Suspiré de alivio por múltiples razones y me senté allí mismo. aunque fueran mis propias manos. Mi aliento acompañándome a cada paso. Apenas la oí cerrar la puerta. ¿podría lograr hacer algo así sin Violeta en ella? Violeta era mi norte. —¿Qué te está pasando Jimena? —me preguntó ella.—Jimena… La voz rota de Manuela pronunció mi nombre. Asumía mi culpa. sin salida alguna. Manuela se detuvo un momento. con un mínimo de sentido común. Algo en mí me había hecho comportarme de forma salvaje esa noche. todo ello sin mirarme. Ginebra había tenido razón en una cosa sobre todas las demás: yo estaba esperando a que un milagro arreglara todo aquel desastre. Salí a la calle con lo puesto y las llaves de mi coche. Estrujé mis ojos en cuanto sentí que se estaban amontonando allí las lágrimas. —Será mejor que me vaya…—anunció. Estaba segura de que no. para…—dijo una vez que mi boca liberó la suya. Por primera vez en mi vida. Seguí penetrándola con mis dedos con fuerza al tiempo que montaba sobre su muslo con rabiosa disposición. el desasosiego. mientras intentaba que aquel tronco abarcara por completo mi figura y la escondiera a sus ojos. Mi boca cubrió entonces uno de sus senos para succionar de él. Las cosas para mí comenzaban a perder el poco sentido que le restaba. Vi la figura de Violeta salir de dentro de él y reaccioné escondiéndome detrás del árbol plantado en medio. estaría ahora bajo el amparo de las mantas a aquella hora. Aquellas paredes comenzaban a asfixiarme. jadeando frenéticamente.

La imaginé andando por el piso. intentando atraer el calor a mi cuerpo. junto a ella y que ahora mismo la estaría besando. yendo a la cocina. porque era justo eso lo que más deseaba en el mundo. Imaginé que yo estaba allí adentro. trayendo consigo las imágenes de una endiosada Violeta. Me abracé a las rodillas. pero no que encontrara el valor suficiente como para encararla. Ahora también podía rememorar con claridad el suave tacto de su piel. pasara lo que pasara. me sentí totalmente incapaz de apartar la mirada de aquel punto perdido que era su ventana. para que me embargara su esencia… 167 . Un ritual que me daba la oportunidad de tenerla aún sin que estuviera a mi lado. Me quedé allí hasta que la luz de su apartamento se extinguió por aquella noche.Cuando lo hizo. Estar allí. incluso desvistiéndose. el sabor de su boca y el sonido de su risa. el observar su ventana cada noche se convertiría en un ritual para mí. Estaba segura de que. que le hablaba incluso. Recordé que en la época que la había conocido solía pensarla junto a mí. Quizás algún día tuviera la valentía suficiente para atravesar la calle y presentarme ante su puerta. Mis dieciocho años volvieron a mi memoria. para soportar su mirada azul. podía hacer que la sintiera un poco más cerca. encendiendo la tele. El tesoro de mis momentos junto a ella.

suspirando hasta hacer que casi se le soltara el corsé de su traje de novia. hacía un par de horas que me había vestido y preparado para la función. como restándole importancia. En un instante. Jimena. Pensé que. —Tienes que calmarte. Crucé las piernas y me dediqué a observar el arduo trabajo de mis dos hermanas mayores calmando a la novia. Ella siguió enfrascada en la pantalla de su teléfono. No pude evitar soltar unas risillas en cuanto vi a mi madre con una taza humeante de tila intentando hacérselo tragar a la pobre Julia. y a la que observé durante unos instantes mientras ella jugaba con su pequeño celular. siempre has tenido buen gusto…—le pellizqué la nariz.Capítulo 10 Despacio Viernes. casi era preferible no hacerlo. —Horrores… —Estás muy guapa. —¿Tú también te aburres? Hice rodar los ojos y puse expresión de desespero. La pobre casi no había parado de sollozar en cuanto entró a la habitación para vestirse. —Pero no descuides el colegio por un momento… —Pareces mamá…—comentó suspirando. —Y demasiado joven para tener novio. ¿verdad? —Es que no puedo evitarlo. atendían las llamadas telefónicas y cuchicheaban entre ellas. Estiré el cuello para mirar en la pantallita. La parte femenina de la familia al completo estaba en casa de mi madre. No querrás entrar a la iglesia llorando. cuando lo único que había hecho era llegar y sentarme. Desde mi cómodo asiento hice rodar los ojos en cuanto nuevamente oí el llanto de Julia. cariño. 168 . —¿Te parece? Asintió vehemente con la cabeza. Era cierto lo que decían de que aquella niña se parecía mucho a mí. Bendita tecnología… —Vaya…—dije. Incluso habían tenido que maquillarla varias veces. pero al parecer. —le decía mientras. estoy tan feliz…—soltó. —Es sólo un amigo…—dijo. Me pregunté si realmente lloraba de nervios o por todas aquellas horquillas que le habían colocado en el pelo … Lo cierto es que comenzaba a hacer que mi cabeza quisiera estallar. Por mi parte. preferiría haber ido a la iglesia directamente. —subrayé la palabra. —Me parece bien que tengas un amigo especial. cuatro de la tarde. —¿Mamá te lo ha dicho? —Sí. Me giré hacia mi sobrina de catorce años que estaba sentada junto a mí. concertando los últimos preparativos y asistiendo a la nerviosa novia. Mis hermanas mayores. aunque sin mover un solo dedo. Día de la boda. donde más tarde se celebraría el banquete. que debía creer que aquello era poco menos que un cuento de hadas. —Tómate esto y ya verás que te vas a sentir mejor… —Gracias…—dijo hiposa. correteaban por la casa. —¿Me lo prestas luego? Se echó a reír. —Vamos…vamos…. —Ya soy muy mayor para que me hagas eso…—se quejó divertida. era costumbre que todas las mujeres se reunieran para ayudar a la novia… Claro que yo aún estaba intentando averiguar por qué mi presencia en la casa era tan importante. un tono rúbeo cubrió por completo sus mejillas. —cumplimentó con una amplia sonrisa. —No tengo más remedio que fiarme de ti. Parecían estar completamente en su salsa. Si de mí hubiera dependido. si casarse significaba pasarlo tan mal.

mi madre y su enorme sombrero se habían colocado cerca del altar. Mi madre me fulminó con la mirada y a ella también le dediqué aquella misma sonrisa. pero según me acercaba a la ermita. mi corazón batallaba con más intensidad de la necesaria y mis ojos buscaban cierta figura familiar. habiendo tenido claro que Violeta aún no había hecho acto de presencia. volvió a sacudir los hombros intentando reprimir las lágrimas. todo para parecer distendida. llenaban la iglesia. Hubo un momento. Dejé de mirar hacia atrás. sabiendo de sobra que aquello resultaría de lo más extraño y de que tenía a mis dos hermanas. Miré el reloj. Yo ni siquiera había abierto la boca ni una sola vez desde que había entrado. La que dentro de pocas horas se convertiría en mi cuñada me miró fijamente. Dentro de la iglesia. casi con expresión de haber visto a un fantasma y yo le sonreí con falsedad. algo que por otra parte no estaba del todo mal si nos permitía tener más luz dentro de aquella caverna. Si a eso le añadimos el hecho de que la iluminación allí dejaba mucho que desear. cesó. "Mmm…". Durante todo el camino. Agradecí el hecho de que al menos a él no le diera por llorar… Por mi parte. Podrían poner butacas como en los cines. Casi me parecía estar en la Edad Media. —Estupendo. Las paredes y el altar llenas de imágenes. una vez iniciado el acto. —Menos mal que al menos han sido puntuales esta vez. cuando la música estridente de una pequeña banda colocada en uno de los rincones sonó. cada cinco segundos.Me eché a temblar cómicamente y ella se rió. sintiendo ganas de repente de no llegar sola a la iglesia. Fijé la vista al frente. —añadió mi madre. —clamó mi sobrina. seguía girando la cabeza hacia la entrada. La tila parecía tener efectos contradictorios en la novia. pero la espera… La espera era lo que me ponía frenética. Con lo que sonreí y comencé a murmurar palabras de apreciación como el resto de los allí presentes. en que despegué mi trasero del banco y casi toco la bóveda del techo por el susto. Recuerda que hoy tienes que estar de buen humor". Siendo ella la madrina. de santos y vírgenes con cara de estar sufriendo mucho. por qué diablos no cambiaban aquellos incómodos asientos de una vez. Comencé a sopesar la idea de que quizás no vendría ese día. al lado de mi hermano. demasiado cerca de mí. Mis insidiosos pensamientos se concentraron entonces en la decoración del "santo" lugar. La novia llegó a la altura de su casi marido y el sacerdote comenzó la ceremonia. teniendo en cuenta lo interminables y soporíferas que eran las misas hubiera sido una buena idea. Lo mejor de todo es que finalmente supe por qué mi presencia allí era ineludible… —La limusina ya ha llegado…—anunció Ginebra entrando en la habitación. Esperé a muchas cosas… Me pregunté. milagrosamente. Nada más atisbarla. La novia no volvió a soltar una sola lágrima y mis sentidos por fin comenzaron a calmarse. me reproché a mí misma. —De acuerdo. que casi parecía el zumbar de las abejas. y por enésima vez. No es que odiara las bodas. que eran como espías. —Julia…—la llamé fríamente. crucé las piernas y me atusé ligeramente el pelo. Así que me concentré en mirar hacia delante aunque no pusiera atención a ninguna de las palabras que pronunciaba el cura. Tienes un aspecto horrible… El llanto. Tampoco es que tuviera nada interesante que decir… Suspiré y me arremoliné como pude en aquel banco. Mi hermana Isabel colocó una mano sobre mi muslo para indicarme que dejara de moverme. mientras me removía frenéticamente en aquel banco. La marcha nupcial comenzó a sonar y la novia entró radiante en la iglesia. Intenté relajarme echando mi cuerpo hacia atrás y respiré hondo. Aún tuve que esperar casi una hora hasta que nos pusimos en marcha. —Yo iré contigo. no me venía a la mente otra palabra con que describir lo que me rodeaba que no fuera tétrico. Las conversaciones en voz baja de los invitados. —O dejas de llorar o con esos ojos rojos e hinchados vas a parecer una yonkie. ¿Qué demonios pasaba con aquella mujer? A ratos me parecía estar contemplando un capítulo de alguna telenovela. la charla y la compañía de Cristina logró relajar los nervios que desde el día anterior sentía en la boca del estómago. me senté junto a mis hermanas y esperé. —¿Alguien va a venir conmigo? —pregunté. la cara de mi hermano se iluminó como una bombilla de navidad. "demasiados pensamientos sarcásticos. 169 . Eso ha sido suficiente como para que no diga una palabra más … Volví a concentrarme en la escena que se proyectaba delante de mí. quien no paraba de frotarse las manos nervioso. Hice rodar los ojos. y mucho menos si era la de un miembro de la familia.

enseguida requirieron mi presencia para las fotos. me hubiera quedado en el sitio por tiempo indefinido. tenía su atención puesta en mí. Los ojos de la azafata dejaron a mi hermana para posarse sobre mí. Ella siempre conseguía llorar en el momento más oportuno. Me giré tan rápido hacia la entrada que casi me mareé. ella me saludó con una breve sonrisa. desde luego. —comentó Ginebra en voz baja. Las mesas para el banquete estaban dispuestas en círculo y pensadas para que cada una de ellas albergara a seis comensales. Cuando llegó el momento de dar el "sí quiero". Creo que secretamente le encantaba martirizarme. que durante segundos casi no se podía diferenciar sus figuras bajo todos aquellos granos. con una sonrisilla maléfica. mi hermano Luis y su esposa. Era una fuente inagotable de posturas y sonrisas. Cuando nuestras miradas se encontraron.—¡Qué demon…! —exclamé ahogadamente. sin que por un momento se borrara la falsa sonrisa de mi rostro. tan densa era. Aquello era algo que ya había visto en las anteriores bodas de mis hermanos. Claro que ni hablar de modernización en lo que se refería a los asientos. aún así. Todo el júbilo que podía respirar a mi alrededor no era equitativo a lo que sentía por dentro. —¿Y parecerme a ti…? —Muy graciosa. De no haber sido porque los demás me empujaban para darme prisa. y la vi allí. Los sentí atravesarme. de pie justo al lado de la pila del agua bendita. que sostenía una copa en la mano. ella se giró despacio y me dio la espalda. Cristina. —Pues no sonrías. Ginebra puso en mi mano una bolsita con arroz dentro y me apresuró para que saliéramos al exterior. —¡Violeta! —gritó mi rubia hermana. se había modernizado. hermanita… —¿Antes o después de estrangularte? —dije. La iglesia. Algo me decía que quizás se estaba escondiendo de mí. pero estaba segura de que habían sido miles. Estaba enfundada en un traje negro y largo. quien para cada toma ponía una expresión diferente. que escogió una silla contigua a la mía. Hasta entonces no me había dado cuenta ni de que existían. El feliz matrimonio apareció por fin y una densa lluvia de arroz cayó sobre ellos. No volví a ver a Violeta mientras me alejaba de la iglesia y cuando llegué a la casa. La voz del fotógrafo me sacó del trance cuando nos pidió que rotáramos hacia un lado. Pasé a su lado y le murmuré un hola demasiado bajito. —Salgamos fuera…—oí a Ginebra decir. Seguidamente. Violeta debió de quedarse dentro de la iglesia porque mis ojos no podían encontrarla. Emitió un sonido que me hizo saber que estaba sofocando la risa. el comité al completo partió hacia la casa de mi madre. Bueno. mientras estrujaba la bolsita del arroz entre las manos. —Pórtate bien. Miré a mi hermana con cara de pocos amigos y ella me ignoró. No sé para cuántas instantáneas tuve que posar. estaba segura de que yo le ahorraría ese mal trago. —Comienzo a cansarme de tanto sonreír. Me sentía como una completa marioneta. o al menos lo intenté antes de que el codo de Isabel se incrustara en mis costillas. A mí me tocó una con Ginebra. Era increíble las cosas que uno podía decir sin mover apenas un músculo. mi madre sacó rauda su pañuelo del bolso y se secó las lágrimas. —le susurré de vuelta. —No sabía que pudieras ser tan diabólica. Observé entonces a la banda musical. su marido. en cuyos jardines se había dispuesto los arreglos para el banquete. con un pequeño coro entonando canciones religiosas. —Violeta está preciosa…—añadió de súbito. 170 . Me coloqué junto a los demás y esperamos a que salieran los novios para lanzarles el arroz. aunque más despacio eso sí. Incluso me retrataron con familiares de los que ni siquiera recordaba el nombre. Un traje que parecía estar hecho únicamente para su cuerpo. Ginebra se acercó rauda a Violeta para saludarla y yo seguí caminando. Todos nos levantamos del asiento una vez que los novios se dieron el beso y comenzamos a movernos entre vítores. La única que parecía disfrutar era Isabel. Lógicamente. Desde la distancia observé que Violeta. La boca se me secó y mis piernas se pusieron en huelga.

"Eso es una soberbia estupidez". Mi hermano se volvió a sentar y mi ardorosa cuñada lo tomó por el cuello para volver a darle un beso con propiedad. Pude observar que mi madre tenía los ojos brillantes por las lágrimas que habían hecho acto de presencia. Los camareros comenzaron a pulular por las mesas a toda prisa para servir los entrantes. posó la botella de vino sobre la mesa y me sirvió agua mineral. —sugirió Luis. besugo con refrito de almejas y cama de cebolleta trufada …". —Sí. —Gracias. grité para mis adentros. posesivamente al lado de Felipe. ¿de acuerdo? Su hija asintió con resignación. Mi hermano se levantó de su asiento entonces para dirigirnos unas palabras. sin sabor. Negué con la cabeza. Puse la mano sobre mi copa y decliné la oferta. La orquesta entonces continuó tocando y todo pareció volver a la normalidad. —¿No vas a tomar vino? —preguntó Ginebra. —le dije. Con gran parsimonia y rigidez. Para mi sorpresa. —Mamá parece estar felicísima…—comenté ausente. ¿De dónde sacaban esos nombres? Ni siquiera parecía comestible… Suspiré y solté el pequeño menú con desgana sobre la mesa. —Cristina. —comenzó él —quisiera agradeceros el que estéis aquí. Aún así lo dejó estar. —Prueba esto…—me indicó ofreciéndome algo que parecía estar empanado. —Estoy redescubriendo el inmenso placer del agua mineral. aunque no tenía ni la menor idea de lo que era. "Lomo de venado asado con crema fina de manzana y hongos salteados. —Se le echa mucho de menos. Jugué con el menú entre las manos. La enorme orquesta comenzó a tocar una suave música mientras comíamos. —levantó su copa. estará feliz. —Antes que nada. Lo tomé y mastiqué no muy segura de si iba a gustarme. Uno de los camareros le cogió la botella y comenzó a servirnos el vino. —Le encanta ser casi el centro de toda la atención cuando se reúne la familia… —Lo sé. estaba compuesta por compañeros de trabajo de Felipe. estaba bueno. Mi mirada. "¿qué podría hacerle más feliz que el estar con su familia?". poniendo un brazo sobre el respaldo de la silla y le puse toda mi atención. Todos levantaron su copa y brindaron. hay alguien que ya no está con nosotros y a quien sin duda le hubiera encantado estar aquí. visiblemente emocionado. —Por mi padre. Algunas mesas comenzaron a vitorear y aplaudir a los novios cuando estos se dieron el tan esperado beso. puesto que no levantó la vista ni una sola vez. Me giré hacia mi sobrina. Este es quizás el día más especial de mi vida y compartir mi felicidad con la gente que quiero era importante. incrédula de no verme probar una gota de alcohol. Supuse que para ellos pensar tal cosa les daba cierta serenidad.La de Violeta. repasando distraídamente lo que íbamos a tomar. observando a la susodicha sentada a la gran mesa nupcial. sin nada… Me miró con una ceja alzada. Algunas de aquellas caras me resultaban familiares. Sin olor. Examiné la inacabable lista de los entrantes y fui directamente al primer y segundo plato. Aparentemente. Me giré hacia él. Tomé un trozo de queso y lo mordisqueé. —respondió Ginebra. El sol ya estaba a punto de ponerse y las luces del jardín se encendieron iluminándolo todo casi de forma irreal. Sin embargo. que estaba demasiado alejada de la mía. —Buen vino…—murmuró mi cuñado Ricardo tomando la botella de Rioja entre las manos. todo lo contrario que a 171 . —comentó mi cuñado. quien me regaló una amplia sonrisa y a la que correspondí con iguales ganas. se había olvidado de que yo existía. como siempre. para ti sólo una copa. —Es imposible no acordarse de él en un día como hoy… —Estoy seguro de que esté donde esté. girada hacia un punto … Violeta se había sentado de cara a mí y pude observarla charlando animadamente con sus compañeros.

Sonreí sarcásticamente y levanté la vista una vez más hacia Violeta. es que con tantos invitados ya sabes como es esto… Mi madre. el resto se había levantado una vez acabada la cena para formar pequeños grupitos de charla por todo el jardín. ya sabes que está un poco…—hizo un gesto con las manos. Luego la feliz pareja pasó por cada mesa ofreciendo esos minúsculos e inservibles regalitos. —Pensar… Y huir de tía Eloísa. cuando llegó el momento de cortar la tarta. —Viene hacia aquí… —Esa mujer tiene un sexto sentido…—masculló. Era mucho mejor eso que oír aquellas historias varipintas y sin gracia alguna que contaban todos a mi alrededor como contagiados por lograr ser la estrella de la función.— ¡Eloísa …! —Una boda preciosa. no apartó sus ojos de mí. aún levantando las sospechas de los presentes. —No le hagas caso a tu tía. Me dediqué a comer todo lo que se me ponía al alcance casi sin pronunciar palabra. era de las mejores. Acaricié la copa. Fue como si la susodicha pudiera oírnos desde la distancia porque lentamente comenzó a avanzar hacia nosotras con ayuda de su bastón… Un bastón. Me quedé sentada en la mesa a solas. Sabía que para mí no habrían muchas de aquellas esa noche. bebiendo pequeños sorbos de la agradable bebida. Martina. para mentir. Ella me miraba también y. — Y los novios están guapísimos… —Gracias. que estaba casi tan encorvado como ella. Algo que era bastante cierto. Esa vieja siempre se empeña en preguntarme que cuando voy a casarme … Mi madre emitió un bufido a modo de risa e hizo que volviera a mirarla. Tan sólo me apetecía hablar con mi sobrina y reírme con sus ocurrencias. Aunque era evidente que su primer objetivo había sido yo. —Mamá. Una multitud de burbujas subían hasta la superficie y desaparecían allí. acto seguido abrió los brazos para recibir a su cuñada. Cómo había logrado vivir tanto fumando tres cajetillas de tabaco diarios era otro de esos milagros de la Naturaleza. alguna vía de escape. pestañeaba con más frecuencia de lo necesario. —Sí. lo hubiera hecho con gusto. La palabra tempestad comenzó a danzar curiosamente dentro de mi cabeza. Tenías que conocerla muy bien y saber que cuando no era cierto lo que decía. una especie de ramito con un lazo azul por parte de ella y habanos por parte de él. aunque con falsedad en la voz. —llamé quedamente. con la mirada fija puesta en ella como si estuviera en trance. pero todos estaban ajenos a mi infortunio. De haber podido esconderme debajo de la mesa. —Lo sé. —¿Te encuentras bien? Levanté la vista y observé a mi madre cerca de mí. por primera vez. —Nada…—dijo. sugiriendo que aquella anciana estaba tarada. Pensaba pasar ahora por tu mesa. Era la hermana mayor de mi padre y tan metomentodo como una anciana puede llegar a serlo. entre gritos de "¡vivan los novios!". —indicó a mi madre nada más llegar. Pero aquella quisquillosa mujer ya había decidido extender sus garras hacia mí desde mucho antes. por mucho que deseara que así fuera. Me encogí de hombros y aparté la mirada. Me dije que lo mejor sería ignorar aquellos comentarios de ahí en adelante. —Hay tanta gente reunida… Su atención se centró entonces en mí. con la única compañía de mi copa de champán. lo sé…—hizo un aspaviento con la mano libre. Me giré hacia los lados buscando una solución. Me di cuenta de que si pasaba mi tiempo mirando a las burbujas de una copa de champán era porque quería esconderme de algo y no sólo de las conversaciones familiares. siempre muy consciente de que mi padre estaba ahora varios metros bajo tierra. Otra lluvia de flashes se sucedieron. así que no me quedaba otro remedio que economizarla. me fijé. —¿Y qué haces ahí sola? —volvió a preguntar. sin quitarle la vista a la añosa. Estoy segura de que aún creía vivir en los años cuarenta. Parecía realmente divertida. —¿Qué? —pregunté extrañada.mí. Se había despojado de su enorme sombrero. cambiando el peso de un pie a otro. Tan sólo me hacían sentir más enfadada con el mundo entero. 172 .

los novios abrieron el baile. La música del salón llegaba hasta aquel lugar con nitidez. en lo mucho que deseaba tocarla. Su belleza no era comparable a nada de lo que hubiera visto jamás. Pero eso creo que fue evidente… —Te entiendo… "¿En serio…?". decidí escabullirme hasta el invernadero. Por otra parte. dejando su largo y hermoso cuello al desnudo. me ví obligada a hacerlo intermitentemente. Lástima que lo pensara tan tarde. Pensé en lo mucho que deseaba acercarme a ella y. Busqué a Violeta. después de su tercer parto se había ensanchado hasta límites insospechados. Tosí como una descosida al tiempo que tomaba una servilleta y me secaba los labios. —Parece que la orquesta ya se está colocando en el salón. Todo valía cuando se trataba de alejar a mi progenitora y sus sospechas de mí. Algunos lo hacían pésimamente. ¡Va a empezar el baile! —¿Aún no estás prometida. Señor! *** Como mandaba la tradición. escaneando el lugar cuidadosamente. pero viéndolo hoy hasta parecía Fred Astaire. tenía la loca esperanza de que Violeta me siguiera para así poder tener unos instantes a solas. que. Tal vez había logrado que alguien la iluminara con el verdadero significado de la palabra lesbiana y ahora estaba imaginándome como una zorra pervertida… Además. Después de pasar más de una hora allí. así que comencé una conversación forzada con uno de mis primos lejanos del que apenas recordaba el nombre. Se volvió hacia mi madre con una rapidez pasmosa. Tomé la copa con fuerza y me bebí el champán de un trago. Aquella mujer no se daba nunca por vencida.—Jimena. —¿Cuándo fue? No te vi en el funeral de tu padre… La primera bomba ya había caído. por el continuo tráfico de gente. Me di cuenta de que mi madre. vaya! —metió baza mi madre en cuanto me vio fruncir el ceño y apretar los labios para contener una insidiosa frase. Jimena? —continuó mi tía. por cierto. Parecía estar escuchando con atención puesto que asentía con la cabeza una y otra vez. Me permití observarla aunque. La encontré charlando con el mismo grupo con el que había cenado justo al otro extremo del salón. Me apoyé en mi esquina favorita y observé todo el espectáculo de las múltiples parejas que se habían unido para bailar. Lo que finalmente me decidió a hacerlo fue que por dos veces había descubierto a mi tía Eloísa mirándome sospechosamente con aquellos acusadores ojillos suyos. sobre todo. —Jimena es lesbiana. —Sé que habrá sido muy duro para ti… Pero a veces hay que afrontar las cosas por mucho que nos cueste… —¡Oh. Todos nos mudamos hacia el salón casi en estampida para no perdernos ningún detalle de la velada que estaba a punto de comenzar. A veces incluso sonreía levemente. —No asistí al funeral. habían sido de los primeros en tomar sitio en la pista de baile. pero aquel no era precisamente un día de inhibiciones. ¿Mi madre se había vuelto loca? Iba a lograr que le diera un ataque a aquella encorvada mujer … —¿Qué religión es ésa? —dijo. estaba dirigiendo su atención hacia mí. Caminé por la escalinata de lonjas. subiendo el tono de voz hasta casi parecer una soprano. deseando que a ninguna pareja con un repentino ardor amoroso se le hubiera ocurrido meterse allí. Uno de los camareros pasó a mi lado y me apresuré a coger la que sería la última copa de champán para mí. Cuando 173 . otra vez. Eloísa. la idea de lanzarlo contra aquella anciana viuda se me hizo apetitosa. haciendo caso omiso a mi madre. Mi hermano Luis y su mujer. Me atraganté. estás muy cambiada desde la última vez…—hizo gesto de pensar. Se había recogido el pelo. Estaba demasiado cerca de lograr su objetivo que no era otro que el de torturarme. Hubiera jurado que Luis era incapaz de dar tres pasos sin hacerse un lío con los pies. metida en varias conversaciones y rechazando sendas proposiciones para bailar. — ¿Tu hija no es católica? ¡Oh. Era eso o expulsar el líquido que aún habitaba en mi boca. —Eloísa…—comenzó mi madre con sobriedad. aunque sólo fuera el más leve de los roces. Admirarla me estaba dejando sin respiración.

Pocas cosas cambian con el paso del tiempo… Me sorprendió su serenidad. pero contuve la respiración. aunque tampoco hizo cualquier mínimo movimiento que me indicara que era real. la única de las dos que parecía tener algo de compostura. —Respira. y me acerqué hasta el pequeño muro que delimitaba los jardines. puesto que Violeta giró la cabeza por primera vez hacia mí. —"Brillante frase. Debió de ser sonoramente. —¿Y por qué no iba a creérmelo? —dije con algo de malestar. —Sí. 174 . —Por supuesto. márchate.se hizo evidente que estaba sola. de pie. dándole la espalda. Alzó un brazo para colocarse un furtivo mechón de pelo tras la oreja rozando mi hombro desnudo. Se fijó en mi copa y yo la miré entonces también. me he alegrado mucho de verte. mirando más allá de mí. Aunque no lo creas. sintiendo la imperiosa necesidad de darle explicaciones. después de todo. —Estás preciosa…—continuó ella. —Esta noche no he… —Lo sé. Eché la cabeza hacia atrás y crucé las piernas balanceándome lentamente. —¿Has venido a despedirte? —pregunté con la voz atorada. —me cortó en seco. No sabía qué decirle ni cómo actuar y la tensión en el ambiente comenzaba a tener efectos contraproducentes en mi estómago cuando sentí los primeros síntomas de que estaba a punto de rebelarse contra mí. Violeta parecía estar dolida. —dio dos pasos más y se colocó junto a mi hombro. o lograrás asfixiarte. Ya eres toda una experta en hacer eso. —Es la segunda…—comencé. Esperé unos segundos. lástima que deba irme dentro de poco. a varios metros de mí. Deposité allí mi copa y me abracé a mí misma. —Sabía que en cualquier momento vendrías a esconderte aquí. Violeta paró en seco. —Sí. Me levanté y di dos pasos hacia delante. Pero ella no se disipó. —Te he estado observando. fui hasta el viejo sillón colgante y me senté tomado un pequeño sorbo de mi copa de champán. —Estoy segura de que me esperabas…—dijo al fin. —Algo así. Violeta estaba allí. Me aparté de ella. Simplemente se dio la vuelta dispuesta a irse. muy original". pero no dijo nada. Ni siquiera supe con certeza si había sido ella o el aire. —¿Vas a irte ya? —pregunté. —Sólo he venido para saber cómo estás. —Ha pasado mucho tiempo… —Sí… —Ha sido una bonita fiesta. Jimena. —Tú también. —Esto no ha sido tan buena idea. segura de que aquello era producto de mi dilatada imaginación y que su imagen se desvanecería de un momento a otro. Eso era algo que ya esperaba pero comprobarlo fue bastante doloroso. —¿Quieres que me quede? —se dio la vuelta. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos. Tragué saliva con algo de dificultad cuando comenzó a acercarse. Violeta pareció sonreír sarcásticamente. demasiado disconforme como para poder evitar hacer la pregunta con serenidad. Su tono sarcástico me sacó de un plumazo de mi ensimismamiento. Será mejor que me marche… Me puse cara a la salida y la vi andar despacio. Estaba completamente falta de palabras.

Como si hasta ese momento fuese inconsciente o dudara de si yo la seguía deseando. acariciando toda la piel a la que tenía acceso su mano. que estaba depositando toda la frustración que yo le hacía sentir. me abracé aún más a su cuello y la atraje hacia mí. Jimena. acariciando los costados. Me pregunto. —Nadie que tenga algo contigo puede ganar una sola batalla contra ti… Aferré su muñeca para que no pudiera moverla de donde estaba y la obligué a cambiar nuestras posiciones. Y me pregunto cómo lo haces. —¿Es que me has echado de menos? Yo diría que te las has arreglado muy bien todo este tiempo sin mí…—prosiguió con su tono sarcástico. —Violeta… —¿Qué? —Ven. Nunca había tenido demasiada fuerza de voluntad. Así que fui la primera en rendirme. —fue una amenaza en toda regla. No podía imaginar cómo Violeta era capaz de pensar algo así. Lo era todo. con lo que ella quedó contra la pared y yo apoyada contra su pecho. Sus dedos juguetearon con la banda elástica de las minúsculas braguitas que llevaba puestas mientras sus ojos azules no dejaban de mirarme ni un momento. con mis piernas abiertas y sus manos aún en mi centro. Abrí la boca cuando respirar por la nariz se me hizo insuficiente. que me había echado tanto de menos como yo a ella. Me obligó a dar pasos hacia atrás. Algo me indicó que aquellas palabras tenían mucho que ver con el hecho de haberme visto cenando con Manuela. lanzándolas lejos de mí con el pie. Eso fue todo lo que ella parecía necesitar oír. Violeta me observó profundamente. No lo fue. pero siempre logras demoler cada defensa que me impongo. Alzó su mano para tocarme el rostro. puede haber una cura posible… Una de sus manos bajó hasta perderse entre mis piernas. No había ninguna duda en cómo me besaba o me acariciaba. sentí que estaba al borde de un colapso y cuando bajó su cabeza para colocar su boca sobre la mía.¿A qué demonios estaba jugando? —No quiero que te vayas. Suspiré. y mucho menos si era algo referente a la azafata. trazando círculos. trazó mis labios. —dijo. 175 . Tiró de ellas hacia abajo y rodaron hasta mis rodillas. —Pensé que podría venir aquí hoy y fingir que no existías. Se acercó a mí dando pasos agigantados. Levantó una ceja y sonrió de medio lado. si una vez que se te conoce. pensé que era lo suficientemente fuerte para hacerlo. La esperé allí todo lo erguida y tranquila que pude fingir. Sentí que mi piel se erizaba bajo sus caricias. Alguna vez ella me había besado así y yo supe. Abrí la boca y su lengua la llenó por completo. Fue entonces cuando por primera vez se rompió nuestro beso. Comencé entonces a sacudir las piernas y cuando llegaron a mis tobillos me las saqué primero de una pierna y luego de la otra. soltando su cuello para recoger el traje en mi cintura con ambas manos. Respirábamos con tanto arrebato que me era imposible oír la música del salón. —¿Te sorprende el que no te haya perseguido como antaño? ¿Quizás el no haberte suplicado? —No juegues conmigo. Entonces levantó mi vestido por uno de los laterales. Las manos de Violeta se posaron en mi estómago. —repuse. Deseaba dejar de lado nuestras diferencias por un instante y hacer lo que más deseaba hacer. porque lo que realmente pasó fue que mis piernas comenzaron a flaquear con cada paso que ella daba. Pero no me moví y ella tampoco. Pero no me importó. Ella era mi vida. guió sus dedos por el puente de mi nariz. en cuanto mordió dolorosamente uno de mis labios. Exhalé por el dolor de sentirla nuevamente allí. la barbilla… —Contigo todo son preguntas sin respuesta. en ese momento. en su forma de intentar poseerme… La ayudé. Cuando se arrimó a mí tanto que la tela de nuestros respectivos vestidos se rozaban. Pero no fue un beso de amor. en vez de eso. tuvo que pasar un brazo por mi cintura para evitar que mi cuerpo se escurrieran cuando por fin mis piernas cedieron. hasta que la pared más próxima nos detuvo. Supe.

Me moví contra ella. Ella negó con la cabeza y poco a poco se separó. di dos pasos al frente. Estás pálida. Desistí de mi búsqueda cuando había escaneado las inmediaciones al menos cuatro veces sin hallar rastro de la prenda. notando algo entre mis piernas y recordando que había dejado mis bragas en algún sitio de aquel invernadero. Yo seguí con la mirada anclada al frente. cubriendo por completo el rostro. Ni rastro de ella. ¿te encuentras bien? —Perfectamente. Antes de salir de nuevo hacia el salón. Comencé a buscarlas frenéticamente. — ¿No es esto lo que quieres? Aquello comenzaba a parecerse peligrosamente a una batalla que ambas lidiábamos por obtener el control. —Por tu expresión diría todo lo contrario. Todo el mundo parecía ajeno a lo que pasaba a su alrededor. ¿Cuál era el siguiente paso? Si lo supiera no me habría quedado como una completa imbécil apoyada en aquella pared. con total despreocupación. Cerré los ojos en cuanto la sensación de que estaba a punto de caer por un precipicio me inundó. —Maldita sea…—rezongué. Ése era el momento. —Tal y como lo veo. Sabía con seguridad que Ginebra había venido tan sólo para darme la noticia. Lo curioso de todo es que no me sorprendió. pero parecían haberse evaporado. Suspiró varias veces. todo ello bajo mi denso escrutinio. si es que alguna vez la hubo. Y ninguna se mostraba dispuesta a rendirse primero. Esperé hasta que mi respiración se normalizó y cuando lo hizo. —¿Cómo te va? —preguntó inocentemente. No habría marcha atrás. por subyugar a la otra. Ella respondió tomando mi boca de nuevo salvajemente. —Jimena. No tenía nada que decir con respecto a aquel asunto. certifiqué egoístamente que ella sería mía por el resto de su vida. Había logrado atrapar a Violeta en mi círculo vicioso. —Esto no está bien…—dijo. supongo. Mis caderas se movieron furiosas y Violeta me ayudó a guardar el equilibrio sujetándome por la cintura con la mano libre. La miré. ofreciéndome una en cuanto bajé las escaleras y me puse a su altura. hundí el rostro en su cuello. —anunció en cuanto me vio girar los ojos en todas direcciones. Me dirigí directamente hacia el baño. aún estaba a tiempo… Cuando volví tomar sus labios. Me quedé en el sitio. —Quién dice lo que está bien o está mal…—comenté mientras. Permanecí en silencio. Acaricié sus pechos cubiertos por la tela de su vestido y ella gimió contra mis labios. La fiesta seguía en todo su apogeo. Comencé a recomponer mi ropa hasta lograr tener mi antigua apariencia. 176 . Violeta paró en seco todo proceder y me aparté en cuanto lo noté.—¿No es aquí donde quieres estar? —me aferré a su mano aún más. ambas seguíamos jadeando furiosamente. —Hace unos diez minutos… Se despidió de nosotros y se fue. Nada más reaparecer. Se puso ambas manos en la cara. esto durará hasta por la mañana… La gente parece muy poco dispuesta a irse y mis pies me están matando… Una breve pausa en la que mi hermana pareció cambiar de posición varias veces hasta encontrar una con la que sentirse más cómoda. —murmuré. vencida. la había atraído a mi red y la estaba devorando hasta conseguir que tampoco ella se reconociera en sí misma. Jimena. —tomé un sorbo. —Bien. Busqué a Violeta. Me apoyé sobre la pared. Suspiré de alivio cuando ella cambió radicalmente de tema. —sentenció seria. mientras ella se alejaba por última vez desapareciendo tras la portezuela de hierro. respiré hondo y ensayé una expresión de completa relajación. sintiéndome demasiada incómoda aún con la evidencia de mi excitación entre las piernas. —Se ha ido. —Lo digo yo. me di cuenta de que mi hermana Ginebra se acercaba hasta mí con dos copas de champán.

Ginebra hizo que esbozara una breve sonrisa. la forma en la que me había mirado. era que ella intentaba colocar todas las barreras posibles entre nosotras… Ni siquiera la culpaba por querer hacer algo así. sabía que era mi deber quedarme allí hasta que todo acabara. —Esa anciana debe tomar vitaminas a miles…—solté irónica al ver la energía de la que daba muestra. Busqué con la mirada a mi hermano y lo vi pegado a la tía Eloísa. ¿Qué te parece mañana? Hice rodar los ojos.—Debe de ser la falta de aire fresco. —Hola. Supongo que ella era una persona a la que le costaba demasiado olvidar o perdonar. Aún así. voy a salir a tomar un rato el aire… —Como quieras. sobre todo. así que si estás pensando en darme esa excusa. estoy segura. inhalé una larga bocanada de oxígeno. Quizás simplemente se había cansado de mí. Dios mío!. yo misma hacía tiempo que había decidido abandonar aquella relación antes de que le hiciera daño. Apenas había tenido tiempo para aclarar mis pensamientos. —soltó una carcajada. a regañadientes eso sí. fíjate con quien está bailando Luis. —Voy a charlar un rato con mamá e Isabel. Fue ese mismo pensamiento el que de verdad me hizo levantarme de mi asiento. Estaba dispuesta a recuperar todo aquello. con el pensamiento de que quizás ella necesitaba el mismo espacio que yo para meditar lo que había ocurrido. Miré el reloj concordando con las palabras de Ginebra. —¿Qué tal sobre la una? —Perfecto. Si algo estaba claro. —Realmente necesito hablar contigo. sin importar el precio que tuviera que pagar… El teléfono sonó y maldije en voz baja. —¿Mañana? —dudé. Aquella iba a ser una noche muy larga. para coger el auricular. 177 . y a pesar de que tenía unas ganas inmensas de encerrarme en mi apartamento. enormemente cansada. Mi sorpresa fue mayúscula cuando oí a mi madre al otro lado de la línea. pero al pensar que quizás era Manuela la que llamaba me hizo erguirme. Hasta mañana. Me metí otra vez al interior de la casa. —cedí. Nada más cruzar al exterior. Después de lo que había pasado el día de la boda me esperaba algo así. —Sé que no tienes que ir al hospital mañana. Había abortado las ganas de ir en busca de Violeta. —aseguró con total convicción. Me pregunté si era yo la causante de aquel padecimiento. Se alejó entonces hacia otra esquina. Había algo en sus ojos que indicaban desdicha. en el sofá de mi casa. —Supongo que no vas a aceptar que te dé una disculpa. Repasé en mi cabeza lo acontecido con Violeta. olvídalo. deseosa de que algo allí adentro pudiera hacer que dejara de pensar. Seguramente quería aclarar el aire de una vez por todas y dado el hecho de que parecía aceptar mi condición sexual con total normalidad… Tal vez incluso darme una charla maternal y de apoyo moral. Recordé sus palabras y. mamá. ¿vienes? —No. ¿verdad? —Exactamente. Mi primera intención fue de no cogerlo. tanta gente alrededor me pone de los nervios … Ignoró mis insidiosos comentarios. Ciertamente. El día en el hospital había sido de los más duros que podía recordar. La he visto muy acaramelada con una botella de ron. que desapareció tan rápido como había asomado. —Jimena. —De acuerdo. zanjando el asunto. hija. te llamo para invitarte a almorzar. La seguí de cerca hasta que me desvié tomando el rumbo hacia la salida. aquella iba a ser una noche muy larga… *** Dos días después me tumbaba. —Será la última en irse. O quizás fue que mi ánimo comenzaba a pasarme factura y cada cosa que hiciera me costaba un mundo. Aquellos días habían sido para mí una prueba de fuego. Entre nosotras habían pasado muchas cosas y más tiempo aún. No me había llamado ni una sola vez. Desde aquella fatídica noche en mi casa no habíamos vuelto a vernos. —¡Oh. Estaba demasiado concentrada en lo que acontecía ante nosotras.

con Violeta …Tragué con dificultad. 178 . Cada cosa había sido devuelta a su justo lugar y en su justa posición. Mi madre desechó también la oferta con un leve movimiento de cabeza. La cocinera se retiró entonces. Ya no quedaba el mínimo rastro de la fiesta que allí mismo se había celebrado hacía tan sólo tres días. Me dirigí hacia el salón entonces. sin apenas levantar la vista hacia mí. ¿verdad? Hice un mohín que procuré que ella no viera. Debe haber oído que llegabas. dejándonos a mi madre. esperando que ninguna otra llamada enturbiara mi tan deseado descanso. —Sí…—pude decir al fin. Ella estaba enfrascada en la siempre difícil tarea de hacer ganchillo. había dado gracias a los dioses por no tener más hermanos casaderos. Estaba segura de que mi madre tenía memorizado cada pequeño objeto que allí habitaba. —Como ibas a venir. —la saludé nada más atisbarla sentada en su sofá preferido. a mí y a una conversación pendiente a solas. A mí sólo consiguió darme dolor de cabeza la única vez que lo intenté hacía ya muchos años. —¿Esto es tuyo? —comentó tranquilamente mientras sacaba mis bragas de allí. le pedí a Lourdes que hiciera espaguetis. como si fuera la cosa más simple del mundo. mientras aquella prenda pendía balanceándose de uno de sus dedos. gracias Lourdes. Me plantó un sonoro beso en la mejilla y me sonrió abiertamente. *** Entré en la casa de mi madre. Como era costumbre. Las mismas bragas que había perdido la noche de la boda. Lourdes apareció entonces. —Gracias. Lourdes. —Para mí no. —Tu madre te está esperando en el salón. Me acerqué a ella y la besé dulcemente en la mejilla. —Hola. —¿Qué hay para almorzar? —inquirí. Mi madre se mantenía inexpresiva. —¿Traigo algo de tomar? —nos preguntó solícita. —Lo suponía… Me parecía que eran más de tu estilo que el de Violeta. No sé que demonios veía de entretenido en darle una y otra vez a aquella aguja. Ella siguió enfrascada en su tarea. para de alguna forma. Comencé a sentirme algo incómoda. —Sí. no la hagas esperar. cariño. —Estupendo… Mi madre depositó con cuidado lo que tenía entre las manos y se acercó hasta la caja donde guardaba los utensilios para su labor. —Hola. pero no estaba segura… —¿Violeta? —¿Es que saliste al invernadero con alguien más? —comentó ella. Parecía como si nunca se hubiera hecho allí. romper el silencio. en el invernadero. —Una gran fiesta la de la otra noche. La fiesta me había mantenido en pie hasta bien entrada la madrugada y cuando llegué a mi apartamento por fin.Cortó la comunicación entonces y yo volví a mi posición original. Lourdes se apresuró a recibirme. mi progenitora comenzaría a soltar todo aquello que durante ese tiempo hubiera estado memorizando. Fantástica. Pensaba que nada más llegar.

¿Podemos. pero tengo la firme esperanza de que así sea. Tal vez. Era la primera vez que oía de mis labios una confesión. pero no hacían juego con los rosales… Mi madre me estaba haciendo enrojecer de vergüenza y lo que era peor. Cada uno debe buscarla donde cree que puede hallarla. —¿Qué pasa? No me digas que a estas alturas no puedes compartir conmigo tus aventuras. cariño. como si así lograra borrar todo aquel episodio. Puedo ser muy antigua en muchas cosas. No estaba muy segura de lo que mi madre pretendía decirme. casi sin querer. —Tengo que confesar que estoy muy sorprendida…—carraspeé. y supe que se refería a si tenía la certeza de que Violeta era la persona elegida. —Supongo que sí…—admití. —terminó la frase por mí. —Yo… —¿Sí…? —Siento lo de…—hice un gesto hacia el bolso. Mi madre me tomó de la mano. —Son muy bonitas. —se reclinó hacia atrás. —No sé qué decir… —No digas nada. —Absolutamente. Me cansé de esperar a que me lo dijeras tú. Me palmeó en el muslo y volvió a retomar su labor. —Yo no. —¿Ella te quiere igualmente? —Aún no lo sé. Mi madre abandonó lo que tenía entre manos e incluso se quitó sus pequeñas gafas para mirarme y ponerme toda su atención. Sólo es menester observar con detenimiento las cosas. notando mi indecisión —es que quiero que se acaben los secretos entre nosotras. no hubiera cometido tantas estupideces en mi vida. —Es todo lo que necesito para ser feliz. No quiero que nada más pueda separarte de mí…Aún más.Yo estaba al borde de un infarto. pero supongo que hace falta mucho valor… —Lo siento. —Sólo en lo que se refiere a Violeta. 179 . Somos capaces de intuirlo todo. —Evidentemente…—murmuré. —Algo así… —No insistiré entonces. —No lo sientas. Tomé las bragas y las metí rauda en el bolso. ni siquiera hacen falta las palabras. Supe entonces que algo importante iba a decir. —¿A ti no te parece extraño? —pregunté. No hace falta. Lo pensé durante un breve instante. —La felicidad es tan difícil de conseguir. —No es eso… Es que… —Se te hace extraño. de no haberlo hecho. —Nunca subestimes a una madre. bueno… —Me enamoré de ella desde el primer momento en que la vi. comportarnos como madre e hija? Me sentí algo perdida. aunque también sabía que aquella cualidad era una que yo había perdido con el tiempo. —Y dime…—continuó. A veces las palabras sobran. sintiendo bastante curiosidad. parecía estar disfrutando de cada momento. Ella estuvo con tu hermano y. como por ejemplo aquella ocasión en que Ginebra estuvo a punto de divorciarse. en tantas que os hace huír de mí y de mis consejos. —Mamá…—comencé. —Es costumbre en esta familia ocultarlo todo. —Lo que quiero decir. donde ahora yacía enterrada la prueba de mi delito. ahora que las cartas están sobre la mesa. —añadió. —en mi voz no hubo ni una pizca de duda. —la interrumpí. aunque no tenía ni idea de cómo seguir. —Te sorprendería saber el tiempo que hace que lo sabemos. Hasta ahora sólo he conseguido hacerle daño… —¿Estás segura? —inquirió. Incluso podía jurar que había escondido el inicio de una sonrisa. —¿Cómo van las cosas con Violeta? —¡Mamá…! —me quejé con algo de vergüenza. pero esto para mí es tan sencillo como lo es para ti.

para convencerla de que realmente podría hacerla tan feliz como ella me lo hacía a mí. era quien más satisfecho acababa por sentirse. y yo lo sabía bien. que parecía incapaz de que algo me desestabilizara. Después de tomar el café. Mi madre me acompañó hasta la puerta y justo cuando iba a irme. Me sentí inmensamente libre. —Hola. Manuela se sentó y asintió con la cabeza. Comprobé que Manuela estaba bastante nerviosa. Me acerqué hasta mi puerta y comprobé que Manuela estaba allí y parecía esperarme con impaciencia. —De acuerdo…—suspiró. —¿Sí? —Jimena. —dije. Una sombra me anuncio que alguien me esperaba allí. donde proseguimos la tertulia. Ella tan sólo esbozó una ligera sonrisa. Me quité la chaqueta y la colgué en el perchero junto con el bolso. —dio dos varios pasos en círculo. No voy a quedarme mucho. Nuestra pequeña charla fue interrumpida por Lourdes cuando vino a anunciarnos que el almuerzo estaba servido. sino que me había dado nuevos bríos para enfrentarme a Violeta. —Sí. Mientras nos dirigíamos hacia el sillón. —Hola. Ella hizo lo mismo. para mí no sería nada traumático. ¿qué tal la boda? —Agotadora. a veces incluso permaneciendo callada durante largos ratos mientras yo le explicaba los entresijos de mi vida. pareció cambiar de opinión y yo desistí de la idea de preguntarle. es un poco extraño…—bromeé. —Está bien. —añadí. Me hice más confidente. Tal vez simplemente trataba de recordar lo que previamente había ensayado para decirme. —Por cierto. —He venido porque creo que tenemos que hablar…—anunció nada más cruzar el quicio. —¿Qué ocurre? —Mamá me acaba de llamar… 180 . el teléfono sonó con estridencia. —cedí. Pensé que aquel aparato tenía vida propia porque siempre lograba sonar en el momento más inoportuno… —Perdona un momento. Abrí la puerta e hice un ademán para que pasara primero. —Sentémonos mejor en el sofá. decidí que era hora de marcharme. me llamó con intenciones de hacerme una última confesión. Pocas veces en mi vida había estado tan optimista con respecto al futuro. expulsé todos mis miedos y me aferré a lo que mi madre me estaba ofreciendo con total garantía. Me dio la impresión de que intentaba encontrar la manera de empezar el asunto de la mejor forma posible. mis deseos y mis esperanzas. Las puertas de mi ascensor se abrieron y salí al pasillo. Seguramente Manuela había venido hasta allí para poner punto y final a nuestra relación. Pero dejaría que fuera ella quien tomara la iniciativa. En las relaciones. Por primera vez sentí que algo de la estabilidad que una vez me otorgó el calor familiar y el cariño de los míos regresó a mí. Cuando me giré hacia ella. La tarde se nos pasó volando. Nos levantamos y pasamos al comedor. —Tenemos que dejar de encontrarnos en los rellanos. Incluso percibí algo de preocupación. —Lo sé. esperándome algo parecido. En todo caso. La tarde con mi madre no sólo había hecho que me sintiera mejor.—Entonces encontrarás la manera de demostrárselo. Reconocí la voz de Ginebra al instante. soy yo. algo de eso me contó Ginebra. Todo lo contrario de mí. —¿Puedo ofrecerte algo para tomar? —No. abrí mi corazón a mi madre y ella me escuchó atentamente. Aún estoy recuperándome. Recuerdo que el viaje hasta mi casa fue uno lleno de pensamientos agradables. quien tomaba el primer paso hacia una ruptura. Por primera vez.

—Ginebra. No podía creer que Ginebra quisiera conocer todos los detalles de la conversación.Me reí levemente. teniendo a Manuela esperando impaciente detrás de mí. —Quería saber mi opinión sobre un asunto… Al parecer ella no se atrevió a decírtelo esta tarde. Comencé a ponerme algo nerviosa. —Es sobre Violeta… Mi corazón dio un vuelco y mis piernas flaquearon… 181 . —Hubo una breve pausa y un suspiro. —¿Y? —la insté. Me pregunté hasta dónde era capaz de llegar con su curiosidad. Cuando mi madre ocultaba algo deliberadamente significaba que no era muy bueno. ¿vas a decírmelo de una vez? —demandé.

Creo que siempre vio en mí la salvación. algo que. Justo como era yo. No sé en qué momento Felipe me convenció para acudir a una cena familiar en su casa. no pedía demasiado y tampoco daba demasiado de mí. además. como hogareño. estoy segura de que muchos de nosotros ni siquiera estaríamos preparados para aceptarlo… Nos parecería. por lo que siempre me parecieron historias simples a las que no demostraba demasiado entusiasmo. Me hacía reír e incluso hacía que los malos recuerdos se disiparan en su presencia. Jamás imaginé que tuviera la valentía suficiente para hacer lo que hizo. Sólo tenía ojos para abarcar la escena de enorme armonía que se desplegaba ante mí. me dio fama de fría e inalcanzable. Muchas de mis compañeras bebían los vientos por él. Después de que ella se fuera. relajados. Felipe y yo fuimos los receptores de la atención popular e incluso de alguna que otra mirada suspicaz. No me disgustaba reconocer que me servía de mis relaciones para romper de vez en cuando la monotonía que me embargaba a veces. Esa actitud. Al final supongo que decidió ir en busca de respuestas a otro lugar. parecía convertirse en un aliciente para todos aquellos decididos a conquistar mi corazón. Pero quizás fue esto último lo que marcaría mi personalidad para siempre. yo no tuve ese mismo arrojo a pesar de que en algunos momentos deseé tenerlo. Si fuéramos capaces de saber qué es lo que el futuro deparará. capaz de hacer que cualquier mujer se sintiera como una reina. la decidida. Yo nunca había tenido eso. En lo más profundo de mi ser siempre supe que no era por otra cosa más que por la envidia de lo que yo jamás podría relatar. De mi vida no hay mucho que contar hasta que apareció ella. Un olor que por más que lo 182 . Mis condiciones eran simples. El sexo nunca fue un tabú para mí y disfrutaba de él. No puedo recordar a nadie como él. Mi querida Alicia. Él era un caballero en todo el sentido de la palabra. la persona que la sacaría de su mundo interior. Jamás me obligó a hacer nada o me instó a tomar decisiones que me molestaría tomar. El principio de mi despertar comenzó el mismo día que me presentaron a un nuevo piloto de la compañía de vuelos comerciales donde yo trabajaba. el maltrato de un padre que jamás se comportó como tal y el suicidio de mi hermana. inevitablemente. lo aceptaría como parte de mi vida. Al principio no la ví. Eso era algo que llegué a amar realmente de él. Desde antes de alcanzar la puerta. Sigo pensando que era demasiado joven para abandonar lo que conocía. Él siempre hablaba de su familia como si del más preciado de los tesoros se tratara. Sin mí. Yo disfrutaba inmensamente de su compañía. yo siempre fui la fuerte. un imposible. Pero supongo que es un deber empezar un poco antes. Incluso el olor que inundaba la casa era placentero. Pasé una infancia monstruosa. Estaba orgullosa de mi aspecto. Dirigí entonces mi vida por los cauces que me autoimpuse.Capítulo 11 Lágrimas Nunca sabes por qué suceden las cosas a lo largo de tu vida. más que nada porque yo seguía en mi empeño de no conceder nada de mí misma que no fuera mi cuerpo. Me fascinó ver a tan abultada familia reunida en el salón. a todas las recuerdo porque de una manera u otra al final terminaron por exasperarme. Si pienso en las personas que pasaron por mi vida. desgraciadamente. Supe que era inevitable que acabara en mi cama. Quería ser capaz de controlarla por mí misma. Recuerdo que era un día de verano. Nuestra relación avanzaba con paso lento. La falta de amor que sufrí de pequeña fue decisivo para mis relaciones posteriores. confidentes. me sentí muy halagada cuando comenzó a perseguirme sin descanso. Ese mundo que nada tenía que ver con el nuestro. sin ningún tipo de dependencia. Él parecía aceptar este hecho porque ambos sabíamos que mientras lo hiciera. Era de esas personas con un encanto innato y muy consciente de ello. No había nadie a mi alrededor que se resistiera a mis encantos si yo me decidía a conquistarlo. Tuve que reconocer entonces que me resultó muy atractivo a primera vista y aún más. dejé que durante tres meses suplicara por una simple cita. Felipe y yo comenzamos a vernos cada vez más a menudo. La fría e impenetrable Violeta no podía dejarse conquistar sin más. Alicia. Un trato justo a mi modo de ver. pero aún así. ya se podía percibir el rumor de dentro del enorme caserón. Nada más entrar. marcada por la muerte de mi madre a muy temprana edad. Todo lo contrario de mí. Si de algo estoy segura sobre Felipe es que normalmente conseguía lo que se proponía. Débil de carácter.

Me senté a su lado y pude sentir que estaba algo inquieta. Cuando nos presentaron y pude enfocarla directamente. Descubrí entonces. atendiendo los reclamos de uno de sus sobrinos. Felipe no logró hacer que lo amara como merecía. Sus ojos ávidos buscaban algo en mi rostro. Felipe era tan considerado y atento conmigo que sabía que debía sentirme infinitamente afortunada por tenerlo. la agotaba. Fui recibida con total aceptación a pesar de que ninguno de ellos me conocía lo suficiente como para saber si era merecedora de tal despliegue de confianza. de un color difícil de clasificar. la primera y más importante fue que la madre de Felipe no sería santo de mi devoción aunque se quedara muda repentinamente y para siempre. al adentrarme en el jardín. Esa imagen me agradó en demasía y me confirmó que estaba ante una persona delicada. aunque fuera su propia familia. con paso lento. algunas de las cuales llevaban más veneno que una serpiente. que Jimena me recordaba a mi hermana perdida y que eso irremediablemente me apegaba a ella. Recuerdo que pensé. No pude menos que sonreírle con el inmenso afecto que comenzaba ya a sentir por ella y obtuve como recompensa igual muestra. Felipe me alejaría poco después de ella. A distancia pude ver la silueta de Jimena. pero la reacción que obtuve por él fue que huyera. intercambiando débiles conversaciones con alguna de sus hermanas hasta que desapareció. ya que su atención estaba puesta sobre todo en una extraña conversación con uno de sus cuñados. rodeada de viñedos. Sentí que aquella muchacha tímida y yo teníamos una conexión. dejándome con la extraña sensación de querer intercambiar más palabras con Jimena. De vez en cuando echaba rápidos vistazos hacia Jimena. Le consulté si podía ir a verlo y él asintió con la cabeza ausentemente. De lo que no me di cuenta entonces fue de que yo me había instalado en su corazón sin pretenderlo. Reconozco que la belleza del lugar me cautivó desde el primer momento. Había vivido mis infelices años de infancia y pubertad allí. En aquellos momentos yo era posesión suya. La ví moverse por el salón. Me parecía que era una forma de sentirme cerca de Alicia. no pude encontrar similitudes con nada de lo que yo había vivido en mi infancia. Felipe tiró en un momento dado de mi mano para presentarme a su hermana menor. después de que entre todos se las hubiesen ingeniado para hacerme aceptar una invitación a pasar unos días en el campo. Me despedí de todos. 183 . Ella estaba a un lado de la enorme mesa. y la segunda fue que deseé ser parte de aquella familia y no una simple invitada. Pero no era así. Cinco días más tarde me reunía con ellos en su casa de campo. Aún me pregunto que fue lo que definitivamente me había hecho aceptar la oferta. Sólo se permitía mirarme cuando creía que yo no me daría cuenta. la única que había cautivado mi atención de los que allí estaban presentes. Me acerqué a ella y conseguí asustarla. cuyo rostro mostraba cierta pena por mi marcha. No había que ser muy observador como para no pensar en ella como alguien inteligente…y diferente. Su belleza serena era indiscutible y cuando bajó la vista al suelo también me mostró con ello lo tímida que era. O quizás fue ella quien logró antes esa empresa. Hablamos con los diferentes miembros de la familia. Le pregunté a Felipe qué era lo que había tras la puerta por donde yo había visto salir a Jimena y me informó de que se trataba del invernadero. sin soltar en ningún momento mi mano. En otras circunstancias mi primera y última reacción inamovible hubiera sido la palabra no. ante tanta similitud. La noche acabó sin más incidentes. lo primero que me llamó la atención fueron sus ojos. que parecía uno de esos sacados de los cuentos infantiles. Me disculpé y ella se aseguró de hacerme ver que mi presencia allí era bienvenida. Parecía que el hecho de estar rodeada de tanta gente. aunque no supe bien el qué. Jimena. e igual empeño y dedicación pusieron en despedirme como cuando me habían recibido. En pocos segundos descubrí varias cosas. sonriéndole dulcemente. Por alguna extraña razón. de alientos a alcohol y de incomprensión. En concreto hizo una apreciación que hizo que ocurriera algo inesperado: Jimena salió en mi defensa con enorme decisión. podría hacerlo. Felipe se apresuró a presentarme a cada miembro de la familia. Era casi mágico. casi sin tener tiempo para tomar aliento. Todos menos Jimena. Me recordó inevitablemente a mi propia hermana. En mi interior se lo agradecí profundamente. me convertí en el blanco de la reencarnación de Torquemada en mujer. La madre de Felipe se encargó de acribillarme a preguntas. Yo odiaba el campo. Durante la cena. Había algo allí que me hizo darme de bruces con una inesperada paz interior. Estaba sentada en el balancín y me pareció muy vulnerable. Intercambiamos unas frases y me permití el hacerle un cumplido.intenté. Supe que aquello era algo inusual en ella cuando todo el mundo parecía mirarla como si fuera un extraterrestre con antenas verdes. Supuse que nadie que hubiera vivido lo que yo.

lo que me era difícil de aceptar es que hubiera alguien en el mundo capaz de entregarse a otra persona con total sumisión. o en lo que había ocurrido. Ella había perdido su norte. pero no era amor. sobre todo porque sonaron desde lo más profundo de su ser. lo sé. Jamás pensé que pudiera sentir amor. Amaba a su padre como a su propia vida y más allá. No estaba preparada para aquello de ningún modo. pude darme cuenta de que las miradas y los gestos que me regalaba eran de pura adoración. Era como si le hubiese robado la mitad de su vida en un instante. O eso creía. Si he de ser sincera. No hay nada peor que el sentirse abandonada. 184 . Yo creía que veía en mí un modelo a seguir. Recuerdo que le pregunté qué era exactamente lo que sentía por mí y Jimena. mis labios aceptaron los suyos durante breves momentos. Felipe nos informó la penosa noticia y rauda me ofrecí concienzudamente a acompañarlo al hospital… Por Jimena. me hacía sentir mejor el saber que ella estaba bien. (a pesar de todo siempre mantuvimos un contacto muy cercano). Pero seguía adelante sola. Lo peor de todo. Para ser sincera. Aún así. Jimena entonces era mucho más adulta que yo en muchos aspectos. De alguna forma. que me admiraba. demasiado joven para cualquier cosa. Mi primer pensamiento fue Jimena en cuanto el rostro de él se convirtió en una máscara de padecimiento. Era joven. No sé si le respondí algo. Mi vida seguía su curso sin ningún impedimento. pero súbitamente se creó entre nosotras un aire de confidencia que me hacía desear querer compartir con ella cosas que jamás. Y lloré por Jimena. que el pensamiento de hacerle daño me dolía hasta límites insospechados. es que ella había logrado instalarse en mi corazón de forma perenne. entregado. me había atrevido a sacar de mi interior. Y me sentí desdichada por Jimena. Alejarme de Jimena fue lo único a lo que le daba cierto sentido entonces. Durante las horas siguientes tampoco dejé de atormentarme y de hacerme sentir culpable. como una fugitiva. Dejé de pensarla. ni su sentido de la vida fresco y lleno de energía. Si alguna vez tuve el mínimo asomo de lo que Jimena sentía por mí. Yo estaba acostumbrada a dar y demandar en igual proporción. Bien era cierto que tenía que sacarle las palabras casi forzándola a ello. No había forma alguna de que yo terciara aquellas palabras. El tiempo pasó inevitablemente. Me había tomado por sorpresa y no supe entonces qué era lo que me hizo sentir. Ella entonces sólo tenía dieciocho años. no podía ser yo. Estaba segura de que su compañía me hacía sentir especial. aunque mi mente no dejaba de gritarme quien era ella y lo que representaba. aunque para entonces ya había logrado integrarme en la familia. No quiero decir que en esos momentos la amara. Aquellas palabras también lograron despertarme y. fiel… Y eterno. Creía borrado todo aquel episodio. Comenzaba a explorar su sexualidad … ¿Qué podía ofrecerle yo que no fuera confusión? Jimena era tan especial para mí. me respondió con un simple te quiero. Tardé mucho tiempo en dejar de pensar en ella. me dije que quizás era cuestión de tiempo. creo firmemente que decidí ignorarlo. Sé que la noticia de nuestra ruptura entristeció a su madre.Aún así. su prometida y yo estábamos tomando una agradable cena en un restaurante. Pienso que quizás la madre vio de alguna forma algo de lo que Jimena tanto amaba de mí. pero estoy segura de que no fue algo coherente. Y sé que ella se sintió desamparada y sola. Siempre dudé mucho que ella fuese capaz de perdonarme por haberla abandonado como lo hice. pero cierto. Aún nadie había conquistado mi impenetrable corazón. cuando su teléfono móvil sonó. Felipe. Huí de la casa en mitad de la noche. mirándome con total sinceridad. La veía como un ser especial. cómoda incluso. Jimena parecía sentir todo aquello también y la forma que tenía de mirarme a veces incluso era escalofriante. sin ni siquiera pedir ni esperar nada a cambio. hasta esos momentos. Fue entonces cuando tomé la decisión de alejarme con la firme convicción de que Jimena era demasiado joven para saber qué era lo que deseaba realmente y que. Me lo demostró cuando sin temor alguno me besó. llena de vergüenza. aunque a pocas personas ella les permitiera tener la conciencia de ello. A ella le bastó unos segundos para descubrir lo que a mí me costaría más de ocho años. pero mi soberbia no me dejaba ver las cosas con claridad. porque no fue así. Muchas eran las veces en las que le sonsacaba información a Felipe sobre Jimena. Estaba dispuesta por primera vez a explorar más allá de mi aparente frialdad. Casi un año después llegó esa confirmación. No olvidé ni su coraje. en cualquier caso. pero jamás la olvidé. inexperta. Ella tenía algo que era capaz de conmoverme hasta límites insospechados. Volví a encontrarme con Jimena y me di cuenta de que cada vez que la tenía en mi campo de visión una cálida sensación me atravesaba como una espada. Amor puro. Lo mío con Felipe a partir de entonces estaba destinado a fenecer. echando una breve mirada hacia atrás. Estaba segura de que no volvería a verla. quienes casi me consideraban uno más. Pero ella tan sólo tenía dieciocho años. alguien con quien me encantaba compartir mis momentos. Increíble.

Fue necesario que pronunciara su nombre una vez más para que se girara hacia mí. Le hice prometer no volver a cometer semejante locura y ella accedió a mis deseos. Ese día me ocupé de ella lo mejor que pude. Lo que no supe era si se debía a su agónico estado o porque aún. Era imposible estarlo más a mis ojos. En mi vida no había nada más que esporádicas relaciones. Sólo deseaba alcanzarla. Creí que la razón era su padre. cada una buscando algo en los de la otra. Me quedé allí mientras el mundo casi perfecto de aquella maravillosa familia se derrumbaba ante mis pies. sin comer nada. abrazarla. Creo que necesitaba que compartiera su dolor conmigo para de esa forma yo misma sentirme mejor. Esa noche me dejó claro con pocas palabras que me despreciaba por haber huído hacía tantos años. Pero había perdido algo que poseía antaño. devolverle la vida de nuevo si es que estaba en mi mano. Acudí al sepelio y las esperanzas de encontrar a Jimena allí se esfumaron tan pronto cuando llegué y ella no estaba presente. Quise seguirla. Me alejé de la familia casi murmurando mis disculpas y me acerqué a lo único que parecía importarme de aquella sala. Rompió a llorar dentro de la bañera. Ella era una en sí misma y había aprendido a actuar de propia convicción sin que nada más pudiera importarle. incluso le hice la cena. absorbiendo su presencia. La cogí al vuelo y la aferré contra mi cuerpo deseando no tener que liberarla jamás. Jimena estaba allí. La observé largo rato sin moverme. Ni siquiera me molesté en averiguar qué era lo que me hacía sentir así al volver a verla después de tanto tiempo. darle todo lo que yo poseía si con ello lograba aliviar su pena. Y de lo bella que estaba. pero Felipe me lo impidió tomándome con fuerza del brazo. La obligué tomar la sopa que le había preparado y la miré con detenimiento mientras comía. Lo más cercano a una familia que yo había tenido eran ellos y los amaba con toda mi alma. Se quedó dormida allí mismo. Decidí quedarme en su casa. Sentí un dolor profundo y sincero. pero aún así ni siquiera dudé un instante en hacer lo que me pedía. Allí tumbadas hablamos de varias cosas y ella me preguntó si había alguien en mi vida. Eso ya lo había decidido sin darme cuenta desde el instante que se abrió aquella puerta ante mí. más que nada por mi propia tranquilidad. Así de simple. Había estado bebiendo durante tres días. No quise 185 . Vi su silueta mientras miraba por la ventana y el corazón se me encogió cuando me di cuenta de lo mayor que se había hecho. La llamé y pude observar como su espalda se tensaba al oír y reconocer mi voz. Sus ojos apagados lo demostraban con certeza. Tan lastimoso era.Cuando llegamos a la sala sólo tuve ojos para ella. La confirmación de mis peores temores se hicieron realidad y Jimena tomó la firme decisión de alejarse de allí. Quería llorar para que ella no tuviera que hacerlo. Los días siguientes transcurrieron para mí como si fueran irreales. que no se podía tener en pie. pero estaba equivocada. que en aquellos instantes no necesitaba a nadie y mucho menos a mí. al menos su cuerpo lo estaba. Cuando despertó esa noche seguía teniendo la misma expresión triste y cansada. Ésa era su forma de llevar su pena: estar a solas. cierta luz en sus ojos. consumiéndose. La tristeza reflejada en sus ojos casi hizo que me desmayara. Su madre me informó de que no habían tenido noticias de ella desde aquel día en el hospital y que empezaban a estar muy preocupados. donde yo la había metido sin esfuerzo. Un médico rompió el trance que nos mantenía mirándonos a los ojos. Aunque. Me extrañó que fuera yo a quien le hubiera encargado tal empresa y no a un miembro de la familia. no creía mucho en esta última posibilidad. aún era demasiado pronto para dejar de verla después de tanto tiempo. para ser sincera. pero se lo impedí haciéndole ver que no había nada de lo que avergonzarse. Cuando la puerta se abrió y la ví casi pierdo la consciencia al ver su deplorable estado. Ya había notado en el hospital que se había hecho toda una mujer… Una mujer deseable a ojos de cualquiera. pero su espíritu hacía mucho tiempo que había echado a volar. Él sabía mejor que yo que Jimena necesitaba estar sola. Al día siguiente me descubrí aporreando su puerta después de tocar varias veces sin obtener respuesta alguna de su parte. relaciones que ya empezaban a hacerme sentir miserable. hundiéndose justo donde quería estar: en la nada. entre otras cosas porque pude apreciar en su mirada que no me dejaría acercarme a ella. Me pidió además que fuera a verla y quizás que la hiciese entrar en razón. con unas profundas ojeras bajo sus preciosos ojos. Yo no estaba preparada para responder. Pero sabía que eso sería imposible. Era un fantasma de sí misma. Imaginé que la muerte de su padre estaba tras toda aquella expresión triste. no quería arriesgarme a que volviera a las andadas. Parecía tan frágil y tan desamparada que no pude evitar que dos lágrimas salieran de mis ojos. Perder a su padre sólo significó un paso más hacia su enclaustramiento interior. en mis brazos. o quizás no quería hacerlo realmente. Supuse que el dolor no era por otra cosa que por mi ego herido. No fueron necesarios segundos pensamientos para decidir ocuparme de ella. pero muy pronto descubriría que Jimena era infeliz. seguía amándome. cuidarla. Me dolió descubrir que ya no era el objeto de sus deseos ni que no sentía amor por mí. Creo que hubiera accedido a cualquier cosa que yo le hubiese pedido. después de mirarme a los ojos e intentó tapar su vergüenza. después de todo.

se había convertido en una prioridad su bienestar. pero Jimena no estaba dispuesta a ello. Yo misma puedo dar fehaciente prueba de ello cuando nuestros lazos se unieron con el tiempo y ella comenzó a tratarme como una hermana. aunque nunca le pregunté a Jimena. Durante los días posteriores. darle todo mi apoyo y mis fuerzas. yo sabía que Jimena sentía una debilidad que no profesaba al resto de sus hermanos. Ella apareció radiante en mi puerta. distendidamente. aunque no había ninguna felicidad en sus palabras. aún así. Tardé muy poco en llamarla por teléfono y arreglar una velada para ambas. Me pregunté cómo era posible que una persona llegara a estar tan atrapada. no pude pensar en la causa de su inquietud. compartí por primera vez con alguien lo que muchos años atrás había ocurrido con mi hermana. pasamos varias jornadas en mutua compañía. seguía sin rendirse. casi pude palpar el odio en sus ojos. Sin embargo. Estaba más que dispuesta a conseguirlo. a sentir cierta necesidad de tenerla cerca. En Londres pasó algo muy curioso. Decidí entonces compartir mi tiempo con ella. Tuve que utilizar la copia de las llaves de la casa que su madre me había dado días previos para encontrarla tumbada sobre el sofá. Raras eran las ocasiones en las que yo fallaba en mis objetivos. las ganas de volver a ver a Jimena eran sobrecogedoras. Era inútil preguntarle algo si ella no estaba dispuesta a contarlo. Era lógico. Pero. Ese día en particular. quería hacerle entender que cualquier dolor se puede superar… Lo que entonces yo no sabía y Jimena se encargó de enseñarme es que no se puede salvar a las personas que no quieren abandonar la desdicha. Allí tuve demasiado tiempo para pensar y para sentirme culpable estando apartada de Jimena. La conocía y sabía de su legendario apetito. Ella me demostraría que no sabía otra forma de existir que no fuera aquélla. Aunque no me convenció. Aunque lo intenté. como si de repente hubiera descubierto en ella algo que me hacía sentir y experimentar nuevas cosas. Ella se excusó diciendo que simplemente su estómago aún se resentía de los abusos de los pasados días y a mí me bastó tal excusa. Me di cuenta de cuánto la echaba de menos. Jimena se mostró más nerviosa de lo habitual. no quería pensar en ello. Ella estaba luchando contra la nada en una batalla que sabía que perdería. Su rostro estaba iluminado y su sonrisas incluso parecían sinceras. Salí de su ático con la sensación de estar huyendo otra vez. Incluso salimos a cenar una noche en compañía de su hermana Ginebra. si era capaz de percibir las ligaduras invisibles que existían entre Jimena y yo y que nos acercaban irremediablemente. Cómo si estuviese esperando algo que no acontecería nunca ante sus ojos. Incluso yo misma me podía notar resplandeciente por el simple hecho de volver a verla. Poco después partiría hacia Londres en un viaje que se me haría profundamente aburrido. sino por los ochos años que la mantuve alejada de mí. ella lo haría llegado el momento. Lo que vi allí hizo mi sangre bullir. Ambas nos dimos cuenta de lo desolada que estaba su alma. ni siquiera intenté sacarla de su error… Ni siquiera sabía por dónde empezar a explicarle ciertas cosas que deseaban ser dichas. No podía soportar ver cómo Jimena se empeñaba en destruirse a sí misma. Sabía que allí quedaban muchas cosas por decir y hacer. pero esta vez no iba a dejar que Jimena se hundiera. Al regresar. 186 . por entonces. pensé que Ginebra sabía algo que yo desconocía por la forma en que nos miraba a su hermana y a mí. Supuse que si quería compartirlo conmigo.decirle eso y Jimena lo interpretó como una negativa a compartir mis sentimientos con ella. Había roto su promesa. hacerle creer que yo estaba allí en caso de que me necesitara. además. Comencé. Al final optó por aceptar mi sugerencia y me prometió ir. lo desdichada que mi vida siempre fue y Jimena pareció entender e incluso compartir mi dolor como si fuera el suyo propio. boca abajo y totalmente borracha. En mi afán por ayudar. aunque no se atreviera a decirlo con palabras. No había podido acallar la urgencia de verla de nuevo. Esa tarde creamos nuevos lazos en nuestra amistad con las tristes similitudes que nos acercaban aún más. ¿cómo era eso posible en tan poco tiempo de volver a verla? Entonces fue cuando supe que no la añoraba por aquellos pocos días que habíamos compartido. así que me dirigí a su apartamento por voluntad propia. Deseé tener el poder de curar las heridas del alma para que no tuviera que sufrir más. Simplemente le sugerí que debía ir a la lectura del testamento y ella me miró con fiereza. La siguiente vez que nos vimos fue casi en un calco de la vez anterior. El día siguiente trajo consigo más discusiones a pesar de que quería evitarlas a toda costa. no quería ni pensar en la posibilidad de que le ocurriera algo estando yo tan lejos. Jimena parecía tener algo de sosiego cada vez que estaba en mi presencia e incluso me dio a entender que me necesitaba. Para mí. Secretamente. No había podido salvar a mi hermana. por quien. Decidí poner todas las cartas sobre la mesa. Llegué a pensar con temor que quizás se debía a que estaba enferma cuando la vi apenas probar su cena. No la culpé. Me pregunté si es que aquella rubia mujer podía ver más allá de nosotras. Supuse que hay cosas demasiado evidentes como para tratar de esconderlas. Ginebra era alguien especial. tan sólo dejarme llevar.

No había forma humana que evitara que yo me adentrara y descubriera todo aquel mundo. Estaba segura. me había llenado de alguna forma. No es que no lo deseara. Yo no estaba acostumbrada a pedir perdón o a suplicar. Pensé que quizás me llamaría. Sentía necesidad de Jimena. Jimena pareció escuchar atentamente hasta que se giró hacia mí de repente y me plantó un beso en los labios. Durante los días siguientes estuve pensando en Jimena. Eso era lo que me haría sentir viva. como lo había hecho mi hermana. Si había algo de cierto en todo aquello. hasta ese entonces demasiado concentrada en ella como para recordar donde había estado hacía tan sólo unos minutos. estaba más que dispuesta a correr ese riesgo. veía lo que nadie podía. con entrega y con esperanzas. como si en ese preciso instante tuviera la certeza de que había hecho algo tan horrible que mereciera el peor de los castigos. porque su expresión me dejó claro que algo estaba pasando por su mente en aquellos momentos. Su expresión reflejaba absoluta avidez por descubrir algo mío que sabía que muy poca gente conocía. sintiendo inusuales ganas de compartir con ella mis recuerdos… Supe que con nadie más había querido yo hacer tal cosa. Durante ocho años se había empeñado en seguir sintiendo amor por mí. y menos aún por qué permití que acabáramos en mi cama. Yo quería saber como era eso posible. de imprevisto. El porqué era muy simple. De repente supe que deseaba sentir algo de lo que sentía Jimena por mí. Le permití pasar sin darme cuenta de que yo sólo llevaba puesta la camisa de mi inesperado amante. Jimena había logrado contagiarme su locura. y que simplemente me necesitaba a mí. esta vez demasiado enfadada como para atender a razones. necesitando estar en contacto con su cuerpo de alguna forma. Me dolió haberle hecho daño una vez más. Ella se separó y se levantó de repente. además. Me apoyé sobre su muslo. Jimena veía más allá de mí. lo único que quise poseer de la casa donde pasé mi infancia. No la hice sufrir mucho y le permití abrirlo. de la soledad o del padecimiento. porque realmente nunca imaginé que fuese capaz de hacerlo otra vez. Quizás quería reafirmarme o convencerme a mí misma de que Jimena no era tan importante como comenzaba a creer. incluso me di cuenta yo. Quizás también veía la salvación. No me importaba si eso era algo que a Jimena la había hecho desdichada. comencé a notar las exigencias por satisfacer el deseo que mi cuerpo sentía. Despedí con inmediatez a la persona que ocupaba mi cama nada más retornar.Jimena mostró unas inusuales ganas por descubrir lo que contenía un viejo álbum que había hallado por casualidad en una de mis estanterías. creyendo que yo era la persona que podría salvarla de cualquier cosa. con sumisión. Comencé a hablar sin descanso. Quería amar tanto como me sentía amada por ella. Pero ella se había instalado permanentemente en mi cabeza y se negaba a abandonar incluso mis sueños… 187 . Volvió a huír de mí. Nadie me había amado tan intensa y a la vez tan desinteresadamente como ella. No sé muy bien por qué acepté. De tenerla para mí sola. Estaba de paso por la ciudad y me había llamado para vernos ese día. En tan sólo unos segundos se dio cuenta de lo que allí había estado pasando. Jimena apareció en mi apartamento. Y ya comenzaba a pensar que perdía algo de mí misma si no tomaba lo que me estaba ofreciendo. Su beso me había excitado. puesto que una vez que sentí sus labios sobre los míos. había logrado que me sintiera incapaz de escapar a ella. quería sentir su desquiciado amor y su pasión. ¿Tenía miedo de ella? Creo que sí. Ni siquiera podía moverme del sofá. así que creí que aquello era algo que Jimena debía hacer y no yo. En ella y en mis deseos por ella. Al día siguiente recibí la visita de un viejo amigo con el que había tenido una breve aventura. Al verla en aquel deplorable estado ni siquiera se me había ocurrido pensar en ello. Hacía tiempo que simplemente me había rendido a aquellas nuevas necesidades que estaba experimentando mi cuerpo con respecto a Jimena. Tan sólo deseaba reconfortarla. parlotear sin descanso era lo único que me permitía relajar la tensión que sentía todo mi ser cada vez que mi piel rozaba la suya. con un aspecto que parecía que acababa de salir de una batalla. Esa tarde ocurrió algo más inesperado aún. del dolor. Regresé a mi apartamento después de que Jimena saliera en estampida y se metiera en el ascensor sin querer escucharme a pesar de que casi se lo estaba suplicando. Deseaba protegerla y cuidarla simplemente porque ella me hacía sentir cosas que nadie más había logrado hacerme sentir. Mentiría si dijese que había estado esperando tal cosa. Necesitaba que compartiera sus obsesiones conmigo y hacerme partícipe de ellas. de probar más allá. Su reacción fue la esperada. era que jamás deseé hacerle daño bajo ningún concepto. Se alejó de mí y no se lo impedí.

188 . Y así fue como descubrí todo lo que yo era. No es que fuera raro el que ella se comportara de forma "extraña". Pero no sólo me hizo el amor. Se suponía que el amor no sacaba lo peor de uno mismo ni atormentaba hasta límites insospechados. Llegué bien entrada la noche y me alivió ver que una luz desde dentro de la casa confirmaba su presencia allí. había devorado con la mirada a la Jimena que conocí con dieciocho años. él saltaría sobre ella sin pensarlo dos veces. quien se mostró reticente al principio. la necesitaba. La quería para mí. Me costó muy poco echar abajo las ínfimas barreras que había construido contra mí. Esa misma noche también me hizo ella el amor a mí. Me importó muy poco marcharme aquella fatídica noche dejando demasiado de mí misma atrás. Los oí despedirse y cuando Jimena le prometió llamarlo. la cara más amarga de mi ser. Era evidente que si le daba la menor oportunidad. encarándome con fuerza. Comenzó a mirarme. ahora convertido en todo un hombre. Saber cosas de la Jimena adolescente pareció entusiasmarme en demasía. era yo. como supe. cosa que jamás había pretendido yo. Jimena abrió la puerta y tan sólo hicieron falta unos segundos para darme cuenta de que ella estaba esperando a alguien. rompió una copa de cristal y se hirió en una mano. negándose a mí. para sentirme segura. Sólo tuve tiempo de pasar por mi apartamento y recoger algunas cosas antes de ponerme de camino en su busca. Incluso las de su alma. Consiguió. sino que me doblegó. La deseaba. La curé con delicadeza y no sólo quería sanar esa herida. Y creí seriamente que lo conseguiría. Tuve que tomar la drástica decisión de poner fuera de su alcance la botella de vino. Sentada junto a mí. Jimena había invitado a cenar a su antiguo amigo de la infancia. Seguí viviendo día a día con la firme intención de arrancarla de mí. Sólo para mí. Mis súplicas consiguieron ablandar su corazón y me confesó por fin que había ido a refugiarse a la casa de campo. La cena fue de todo menos amena. Le hice el amor una y otra vez y en cada ocasión ella respondió con igual ardor y con igual entrega.¿Era aquello una especie de premonición o un aviso de que no podía dejarla escapar esta vez? Descubrí que tomar la decisión de buscarla y hacerlo no era tan difícil después de todo. No me quedó otro remedio que acudir al auxilio de su madre. frenéticamente. Verla allí. Era algo que yo también necesitaba creer porque comenzaba a sentir lo mismo. fui a su apartamento incluso. Jimena seguía estando tan presente en mi vida que a veces parecía que la tenía junto a mí. Quería demostrarle. La llamé. no sin antes confesarle el secreto más profundo que guardaba en mi alma. a pesar de que odié ponerla en evidencia. Poco después me descubriría a mí misma haciéndole el amor sobre el suelo. No recuerdo una sola noche en la que su imagen no borrara todo lo demás. Estaba segura de que con el tiempo lograría recuperarlo. sólo hizo que mi deseo por ella creciese a cada instante como un fuego que se propaga y es imposible de controlar. Me juré no volver a ella. Sólo tenerla a mi lado podía calmar mis ansias. Jimena comenzó a comportarse de forma extraña. Repetirme aquello una y otra vez pareció ser una nueva terapia de autoestima para mí. No puedo decir que fueron tiempos fáciles porque no lo fueron. Alguien que. Durante todo ese tiempo me hice a la firme idea de que como antaño. sin apartar la vista de mí y a beber cuanto podía. La desdicha propia de mi vida. Ya casi me era imposible mantenerme lejos de su cuerpo aunque no la tocara. las que ambas atesorábamos muy adentro. en aquellos momentos. por supuesto y en ningún caso. Por primera vez creí seriamente que Jimena había estado adorando un espejismo y que para ella el amor le era algo tan desconocido como para mí. que ella tampoco tenía la culpa de que yo estuviera cayendo en su influjo. Jimena era mía. Sabía que no tenía la culpa de que Jimena se hubiera enamorado de mí tan profundamente como lo había hecho. alejarme de ella. Intercambiamos unas agrias palabras. Creí que junto a ella las heridas sanarían por fin. sino que parecía poco dispuesta esta vez a disimular tal predisposición. Sólo que Jimena parecía no querer aceptarme en su realidad. La cena acabó hacia la medianoche. La esperé allí durante horas hasta que se hizo evidente que no regresaría a su casa quien sabe durante cuanto tiempo. lograría todo lo que me propusiera. me sentí estúpidamente traicionada. Llamé al timbre y me sentí curiosamente excitada y nerviosa ante la idea de verla de nuevo. muy a su pesar. sino todas y cada una de las que padeciera. No pude evitar recordar que aquel muchacho. de que jamás sería capaz de sacarme de su vida. Pero lo estaba haciendo. Me abrió a un nuevo mundo de rendiciones. Diego y Jimena habían estado hablando hasta entonces mientras yo escuchaba cada frase con detenimiento. Las preguntas sobre quien sería el invitado rondaron insistentemente mi cabeza. Lo dejé todo atrás para tan sólo desearla a ella.

Me marchaba a otra ciudad. me recorrió por entero. Ella estaba con otra persona. Mi amor sería capaz de desvanecerse. Mis temores se hicieron realidad cuando vi a Jimena allí plantada. por no verla. Ahora. pudiera lograr tal cosa. si era posible que. Que ella no fuera el principal motivo de mi marcha pareció sorprenderla aún más que el hecho de que estaba a punto de eclipsarme de su vida. rodeada de cajas de embalar con todas mis pertenencias dentro. Sus palabras igualaron mi tono cáustico. —No hace falta todo esto. me descubrí sentada a solas en mi apartamento… En el que pronto dejaría de ser mi apartamento. Amaba a Jimena. —Sí. —¿Puedo pasar? —preguntó. abrí la madera. Alguien golpeó mi puerta con furia y mi corazón dio un vuelco. no quería…—siguió hablando para sí misma. Si fallaba en aquella sentencia. Celos… Celos profundos y rabiosos… Si nunca le había dedicado un solo pensamiento. No había que ser muy perspicaz para saber que la otra mujer que la acompañaba hacía las veces de pareja. Mi autoestima me alejó de ella. Paró en medio del pasillo y observó el estado del apartamento tomándose su tiempo. como el sediento que ansía el agua. de despedirme… Sin saber cómo. No puede haber amor sin celos. —Así que es cierto…—comentó. —Jimena… —Te marchas… Se giró hacia mí. 189 . Me levanté rauda y sin molestarme en adivinar la presencia en mi puerta por la mirilla. Las cosas en la ceremonia se desbordaron y lo peor es que ya sabía que así serían en cuanto seguí a Jimena hacia el invernadero. pero ya lo había decidido y no habría marcha atrás. Violeta. todo volvió a comenzar desde el mismo punto. Esperé que me siguiera. Igual que había parecido. con el pelo ligeramente humedecido por la lluvia que en esos momentos caía sobre la ciudad. la había aprisionado contra la pared mientras mis dedos recorrían aquella humedad que tanto habían echado de menos. aunque tenía una ligera idea de a lo que se refería. Parecía incapaz de deshacerme de su influjo. Me hice a un lado sin mediar palabra y ella se adentró en mi desolado hogar. incluso fui capaz de saborearla en la boca. —¿Entonces? —Lo hago por mí. en ese momento supe que el amor y los celos van unidos. Después de aquella noche. como siempre. Creo que… —No me voy por ti. —¿El qué? —pregunté. tan sólo podía esperar un futuro incierto al final del camino. haciéndome despertar y recordar que Jimena pertenecía a otra persona. Ella estaba respirando con frenesí y me pregunté si es que había tomado las escaleras en vez del ascensor. cuando casi había optado por no ir…. Por entonces había tomado una drástica decisión y verla podría hacer que los cimientos de mi nueva disposición se tambaleasen. El deseo entre nosotras siempre fue demasiado evidente. Tal vez ni siquiera quería hacerlo… Cuando decidí acudir a la boda de Felipe fue justo en el último instante. a aquellas alturas de mi vida. más al aire que a mí. lo más lejos de allí que pudiera. El dolor de lo que pretendía hacer era demasiado intenso como para ignorarlo. pero esta vez no fue así. El deseo pudo con el buen juicio.En una ocasión coincidimos por casualidad en un restaurante. La amaba desesperadamente. —No quería creerlo cuando me lo dijo Ginebra. Una sensación tan amarga como la hiel. ni celos si no se ama de verdad. con la firme intención de comenzar de nuevo. tendría que irse. Durante toda la velada había sido tan incapaz de quitarle la vista de encima como parecía haberlo sido ella. Mi única razón para alcanzarla hasta allí no había sido otra que la de saludarla. —la interrumpí. sus ojos me miraban con fiereza. Tan sólo tienes que pedirme que deje de molestarte y nunca más me volverás a verme. como olvidando que yo estaba allí. dos días después.

—Sí lo es. —¿Te vas con él? —No. Cualquier cosa. Sois las dos únicas personas capaces de hacerme perder la paciencia. admitiendo sus disculpas.Me miró entrecerrando los ojos. 190 . —Violeta. lo siento! —dijo con falsedad. No hay nada que puedas hacer…—sentencié. —Eres igual que tu madre… —No es cierto. —¿Has conocido a alguien? —sus mandíbulas se marcaron al apretarlas con fuerza. —Pero no estoy tan segura de si yo lograría hacer lo mismo con respecto a ti… La expresión de Jimena se alivió casi imperceptiblemente. —No soy feliz. cumplirías tu promesa…—interrumpí. Me miró como si estuviera viendo el fin del mundo ante sus ojos. haciendo gestos exagerados con las manos. sorprendiéndome hasta a mí misma. —¿Tú me amas? —¿A qué viene esa preg…? —Tan sólo responde. Me pregunté cómo era sentir que a pesar de todo ibas a perder una batalla. y no voy a negarte que tú eres una de ellas… —¿Muchas razones…? ¿Pretendes engañarme a estas alturas? —No te estoy engañando…—contrarresté con firmeza. de repente ya demasiado cansada de aquella estúpida discusión. —Lo siento…—se disculpó. Casi podía jurar que lo que sus ojos mostraron entonces fue un breve atisbo de esperanza. La sospecha comenzó a llenarla. Voy a dejar mi trabajo y a comenzar una nueva vida. Jimena pareció entenderlo y por alguna razón decidió dejar el sarcasmo a un lado y bajar la guardia. —¡Oh…. —No. me insté a seguir firme. Ella estaba demasiado cerca de atraparme. como si de un momento a otro fuera a romper el llanto. Creo que es suficiente. —Entonces. —Necesito que me digas la verdad…—me pidió con la voz rota. "No. —No le digas eso a ella o explotará esa cualidad cada vez que te vea… Me froté la frente con la mano. —Ya estoy muy lejos de aquí. ¿por qué? —Porque lo necesito. pero sabía que aunque desistiera de mi decisión ahora. —me interrumpió. Hice un ligero movimiento con la mano. —respondió apenas sin abrir los labios. Creo que empezaba a creer que con su visita no lograría ninguno de sus objetivos. —Supongo que es porque estoy en ella. Sería tan fácil decir que sí. —Te la he dicho. —Dime qué puedo hacer. Sentí que mi corazón comenzaba a flaquear. lo que sea y te juro que lo haré si con ello evito que te marches… Su voz no dejó lugar a dudas de que aquello era una súplica. vendría el tiempo en que volviera a tomarla. dejando poco espacio para una réplica. yo… —Estoy segura de que si te pidiera que te alejaras de mí. —¿Tanto te disgusta la que tienes? —sugirió con un tono demasiado duro. ¿verdad? —preguntó por fin. —Se me olvidaba que la misteriosa Violeta nunca revela sus más preciados secretos… La miré tan sólo para descubrir una pérfida sonrisa de medio lado en su rostro. Se pasó las manos por el cabello con gesto cansado. Incluso pude observar que su labio inferior temblaba ligeramente. no". Me voy por muchas razones. —Violeta…—se acercó a mí. Jimena. Supongo que se dio cuenta del verdadero motivo que la había traído hasta mí nuevamente.

Me tomó un tiempo reaccionar. igualando así su propio disgusto. Fueron las palabras con más dolor que mis oídos habían podido escuchar. Algunos de los coches que se acercaban comenzaron a tocar el claxon insistentemente. La lluvia por entonces era bastante intensa. —la insté. Jimena esperó unos segundos y cuando se hizo evidente que no obtendría tan ansiada respuesta. —¡Casi consigues que te mate! —Vámonos de una puñetera vez…—gruñí. ¿Por qué? ¿Una breve visita de Jimena era capaz de trastocar todas y cada una de mis firmes disposiciones? Al parecer sí. me haces sentir cosas que no están bien… Tragué saliva consciente que mi próxima frase sería la definitiva. Lo más extraño fue que una vez mi cuerpo comenzó a responder autómata. así te pases la vida huyendo. No pude evitar abrir la boca ligeramente para intentar tomar más aire cuando sentí una de sus manos subir por mi costado lentamente. a ratos pareciendo que lo estaba leyendo de un libro por la forma en la que estaba narrando. Jimena. observándome por la luna delantera con una expresión desatinada. —No quiero que esto acabe así contigo. El ruído de los frenos me hizo daño en los oídos y tuve que asirme a uno de los limpiaparabrisas para no volver a caer al suelo. —Sé que a pesar de todo entiendes por qué hago lo que estoy haciendo. En tan sólo décimas de segundos. Y cuando lo hice. Jimena seguía escudriñándome sin soltar una sola palabra. pero mi corazón comenzó a latir frenéticamente. pero sí escuchar todo lo que Jimena tenía que decirme. tenía mi espalda contra la pared y el cuerpo de Jimena echado sobre el mío. Mi amor por ella me obligaba a hacer tal cosa. cambiando el tono de mi voz a uno más suave. sin tener ni idea de cómo hablar de todo aquello. dejando a un estupefacto conserje atrás y salí a la calle. Por ahora no me satisfacían las pocas frases que le había dicho. Silencio absoluto de su parte. —Violeta…—la oí decir con tono duro. —comencé. Atravesé la recepción. Eso era algo a lo que ya estaba acostumbrada. La miré y observé su perfil. No me moví. y condujo hacia ninguna dirección en particular. —No puedes escapar de mí. Jimena se separó. sin embargo seguía sintiéndome tremendamente desdichada. No pretendía cambiar mi decisión de alejarme. Comprendí entonces que tan sólo había querido comprobar algo. volvió a dar unos pasos al frente. Jimena siguió muy concentrada en la carretera.No quería responderle a aquello. —El amor no puede ser esto…—proseguí. En cuanto el coche estuvo parado del todo. Escuché el ruído de sus pisadas hasta que seguramente tomó el ascensor. —Tan sólo conduce. aún así pude distinguir la silueta de Jimena. sólo que no quieres aceptarlo … Hay algo que nos separa. Un profundo silencio se hizo entre nosotras. Tenía que haber una forma de decir todo aquello sin tantos rodeos. esperando cual sería su próximo movimiento. Sus ojos buscaron algo en mi rostro… El suyo estaba tan cerca que incluso podía sentir su aliento cálido sobre mí. no supe con certeza si me estaba escuchando o ignoraba deliberadamente mis palabras. —aquellas palabras fueron lo último que oí de ella. pensé que se dirigía hacia la salida y sentí una cierta desazón que me obligué a tragar con la saliva. fue tan sólo para echar a correr tras su estela. me haces comportarme de forma mezquina. —Nos hacemos daño… Tú pierdes el equilibrio cuando estás a mi lado. sentarme y ponerme el cinturón de seguridad aún estupefacta. esta vez sin rechistar. no sólo por tu parte. Así que no lo hice. Corrí para acercarme a ella y casi logré que me atropellara en cuanto crucé la calle y me eché sobre el capó del automóvil para hacer que parara. 191 . Aún sin tener la certeza de si me estaba escuchando. me bajé del capó y corrí hacia la puerta del copiloto. quien casi se había metido de lleno en su coche justo en la acera de enfrente. seguí hablando. Jimena me vio entrar. sino también por la mía. inamovible. Ya había acabado. Jamás imaginé que ella fuera capaz de hacer gala de tal fuerza. —Da igual hacia donde… Jimena hizo lo que le ordené. sólo el sentirla cerca hacía que mi presión sanguínea se disparase. Jimena estaba estacionada en medio de la calzada. —¿Te has vuelto loca? —chilló. No esperé al ascensor y por el contrario corrí escaleras abajo.

sobre una madera aún más resbaladiza por la lluvia. —¡ESCÚCHAME! —gritó. Salí yo también y la seguí con la mirada gracias a que el lugar estaba ligeramente iluminado por los faros del coche aún encendidos. Contuve la respiración. no sé si para intentar calmarla a ella o para borrar toda aquella escena de mí como si fuera un mal sueño. Parecía que no había nada que le diera temor. —No te acerques más…—ordenó. —¡JIMENA! —grité histérica cuando la realización de que quizás lo que pretendía era dejarse caer por aquel puente me inundó. —Aunque fuera lo más estúpido del mundo…—sentencié. no me atrevía a moverme. Corrí hacia ella y frené en seco en cuanto alzó una mano hacia mí. con la profundidad del abismo a espaldas suyas. —Mírame. —dije a cambio. Supe que casi habíamos salido de la ciudad cuando reconocí entre las sombras un característico puente con una pasarela de madera. recelosa de que si lo hacía. cuando he logrado que por fin te alejes de mí… 192 . por favor…—supliqué casi llorando. por favor. una mueca… Ni un solo músculo de su cuerpo se movió. —No quiero vivir sin ti. La oscuridad de la noche y la lluvia hacía imposible distinguir cualquier cosa. Iba a proponerle a Jimena que diera la vuelta cuando la sentí parar el automóvil a un lado de la carretera. —De acuerdo…—gesticulé con las manos. simplemente esperaba que ella terminara de hablar. No otra vez. Ni siquiera hizo un leve gesto. abriendo los brazos para abarcar su alrededor. Violeta… No puedo. —No he sabido demostrarte cuánto te he amado… Lo sé ahora. —Sin ti estoy al borde de un precipicio. Supliqué que fueran mis ojos los que me estaban jugando una mala pasada cuando vi a Jimena encaramarse en lo alto de la barandilla de madera. aún así me mantuve con el rostro pegado al cristal. fingiendo una calma que en absoluto existía. tan desesperada como lo estaba yo. sin esperanza alguna… y sin ganas de seguir hacia delante… Permanecí de pie. No esta vez. No la escuché. instándome a quedarme donde estaba. quien comenzaba a comportarse como una niña caprichosa. —¡BAJA DE UNA VEZ! —grité desesperada. —se giró hacia mí. Imágenes de su cuerpo cayendo al vacío inundaron mi imaginación. Tan sólo quería que bajara de allí. Violeta. No me moví. Ella caminó por la balaustrada manteniendo el equilibrio con ambos brazos levantados. aunque murmurándolo para mí misma. Fruncí el ceño con extrañeza y un desconcierto más profundo aún me inundó cuando la vi salir fuera del coche. No podía obviar el hecho de que ella estaba sobre aquella balaustrada. me dediqué entonces a mirar por la ventanilla. Siguió concentrada en la carretera.—Y no es lo que quiero… Jimena permaneció impávida. Habiendo dicho todo lo que tenía que decir y sin haber obtenido respuesta alguna. aunque tan sólo podía concentrarme en el peligro que estaba corriendo. —¡ESTO TIENE QUE ACABAR! Sólo conseguí que Jimena. Ni siquiera podía mirarla. —Jimena. mis peores temores se hicieran realidad. como si estuviera en trance. —Me gustaría mucho que tuvieras algo que decir. pero ya veo que no es así…—solté. algo enfadada por su indiferencia. —Esta es mi vida sin ti…—comenzó. se colocara aguantando su peso casi por entero sobre las puntas de sus zapatillas. Sentí que me faltaba el aire. —Baja de ahí.

mientras seguía con la mirada fija en ella. La lluvia parecía caer sobre mí aún con más inclemencia. Casi tenía la certeza de que pensaba que le decía aquello tan sólo porque quería que se apeara de la balaustrada. A pesar de la negrura de la noche y de la intensa lluvia. Pestañeé cuando la impresión de ver el cuerpo de Jimena cayendo al vacío pareció convertirse en realidad. parecieron ablandar su expresión y casi pude asegurar que estaba dispuesta a bajar de allí y consolarme. otro al que tardaría años en superar… Si es que podría llegar a superar el perder a Jimena. —Si mi cuerpo cae ya no volverás a verme.Alzó una mano para secarse el exceso de agua de sus ojos. —Volveré a preguntártelo… —Sí. Violeta. Me perderás… Un instante en el cual sus palabras recorrieron el breve espacio de mis oídos a mi razón. cualquier movimiento brusco la haría caer por el puente. Ambas sabíamos la respuesta. La vi comenzar a agacharse para depositar su cuerpo en el suelo… 193 . ¿verdad? No quiero conseguir nada de ti. —sentenció. —Hazlo por mí…—dije. Comencé a pensar que aquel sería otro fatídico día para mí. La necesitaba con desesperación. —Sí…—dije. Las gotas de lluvia salpicaban en su rostro. echó la cabeza hacia atrás y colocó los brazos en cruz. estaba segura de que los ojos de Jimena estaban mirando directamente hacia los míos. Siempre creí estar en posesión de la verdad. Casi estaba segura de que ella se iba a dejar caer por allí. Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Mis labios ya no te besarán y mis ojos no te mirarán con todo ese amor que siento por ti. tan sólo tienes que bajar de ahí… —No lo entiendes. pero a ella parecía no importarle ese hecho. Tenía las cuerdas vocales completamente atoradas por el miedo. Mi vida a aquel punto necesitaba tanto de Jimena que me sorprendió reconocer cuanto. —no la dejé acabar la frase esta vez. —Te amo más que a nada en este mundo… Jimena se alzó sobre las puntas de sus zapatillas. Ella pareció sacudir la cabeza. No pude evitar emitir un pequeño grito. había empujado a Jimena a aquella situación. La idea de no verla ni sentirla me empapó más aún que la lluvia. —Desesperadamente. Sentí que mis hombros se sacudían frenéticamente por el llanto. supongo que porque me oyó llorar como una niña.Y lloré. "todo lo que ella necesita es a ti…" —¿Tú me amas? —volvió a preguntarme. "Eso era todo". Estaba tan segura de la que iba a ser mi respuesta que ni siquiera necesitaba que me lo dijera una segunda vez. la desazón me inundó. su cuerpo bañado en su propia sangre. —Hablaremos de esto cuando y como quieras. —¿Huír de mí es una muestra de amor? —Supongo que no…—admití. el desamparo. Mi corazón no podía martillear con más fuerza contra mi pecho. una vez que volví a tenerla en mi campo de visión. Yo no habría cedido ante ninguna de sus súplicas. Sólo quiero mostrarte algo. —No volverás a oírme decirte te quiero. el dolor… La imagen de mi hermana muerta volvía a mí con cada pestañeo. Yo tenía la culpa… —Sólo quería mostrarte que te amo. pidiendo ayuda a quien pudiera oírme. pero ni una sola palabra salió de ella. su rostro helado y sin vida… Abrí la boca para decir algo. pensé. Me pregunté por qué demonios no se lo había dicho tan sólo media hora antes en mi apartamento. aún sabiendo que no había nadie a quien le importaba nuestra vida lo suficiente como para escucharme. aún con la cabeza hacia atrás. Mis piernas flaquearon. ni a oír mi voz…—comenzó a relatar. Ahora. Justo lo que ella ignoraba… Jimena me miró entonces. —Hay muchas formas de… —¿Me hubieras escuchado? —me interrumpió. Lloré tan sólo de pensar en ello. Mis lágrimas parecieron tener un nuevo efecto.

Apreté con fuerza. 194 . En alguna parte debía estar escrito que ella era para mí y yo para ella. inundada por una sensación extraña. Había logrado abrirme los ojos… Mi deuda por ello era inmensa… —Estás loca…—murmuré. Sería capaz de hacerle el amor allí mismo. Su cuerpo ya estaba ligeramente arqueado hacia atrás… Pero yo no estaba dispuesta a perder esta batalla… Cerré los ojos… Tiré con toda la fuerza de la que fui capaz hacia delante y Jimena cayó como un peso muerto sobre mí. Un señor se apeó de él y se acercó hasta nosotras. como si tuviera miedo. Aquello era amor. ¿Qué en el mundo podía lograr tal cosa? Sólo el amor correspondido. era más feliz que en cualquier parte o con cualquier otra persona. Me había equivocado. cuando lo único que podía regenerarme era eso precisamente. Se lo había ganado a pulso. —No quiero la sensatez si eso me hace amarte menos…—Mi corazón dio un vuelco. Aún quedaban los últimos vestigios de mi llanto. La seguí. De las dos. acaricié su espalda a través de la empapada ropa. Lo cierto es que llegué a tiempo para que mi mano se cerrara sobre la de ella. Luego. Estaba sentada en medio de la nada. y de una forma justa. Había sido una manera poco convencional demostrarle a alguien su amor. Un auto debió vernos tumbadas allí en medio y aparcó cerca. se echó a reír con ganas. Ambas nos estrellamos contra el suelo.Es difícil de explicar. —Completamente loca…—repetí. —Lo sé. Ella respondió con iguales ganas. Pero fue real. sólo que esta vez aquel acto sellaba algo más importante. Mi cabeza pegó contra el suelo con violencia y la de Jimena se hundió en mi pecho. pero Jimena y yo ni siquiera levantamos la vista hacia él una sola vez. La besé. lo sé. Y supe que no era el miedo de haber estado tan cerca de la muerte. La mecí en mi regazo. en cambio tiré de su pelo para separarla de mí y la miré. mis brazos se movieron automáticamente para abrazarla con todas mis fuerzas. Acepté a Jimena y a su loco amor. Creo que incluso antes de verla tambalear. conmigo de espaldas y ella sobre mí. la más loca siempre había sido yo. y me sentía más feliz que en ningún otro momento que fuera capaz de recordar. —respondió ella. sino el temor de que aún pudiera perderme. De haber huído. haciéndome expulsar todo el aire que llevaba en los pulmones. ya había echado a correr en su dirección. La besé una y otra vez. No dije nada. En cuanto mis sentidos me avisaron de que la tenía junto a mí de nuevo y a salvo. estaba segura de que algún día lograría adormecer mis sentimientos. El dolor que sentí en las piernas y en mis nalgas llevando el peso de ella me hizo emitir un grito ahogado. con la cabeza ahacia atrás. pero no podía obviar el hecho de que se trataba de Jimena y de que con ella nada podría resultar normal. Sé que nos preguntó por nuestro estado y lo sé porque creo que lo repitió varias veces. que fueron mitigados contra el hombro de Jimena al hundir mi rostro allí. ávidas de respondernos… Ambas necesitábamos de aquellas respuestas para calmar la pesadumbre. Nadie me amaría con aquella entrega y sinceridad… Teniéndola entonces entre los brazos creí seriamente que yo tampoco volvería a entregarle mi corazón a otra persona que no fuera Jimena. No podía ser otra cosa. —Violeta…—me llamó ella en cuanto me sintió besarla en el cuello. —le dije con todo el amor que pude expulsar a través de mi voz. de repente. Ella apartó su rostro del hueco de mi garganta y me miró. Jimena parecía respirar con dificultad. Mi boca cubrió la suya con la misma hambre de siempre. sus dedos cerrarse alrededor… Mi otra mano también viajó hasta su brazo y mis caderas pegaron con fuerza contra la barandilla por el grave tirón. apartando los cabellos húmedos de su frente como tanto me gustaba hacer. muy convencida de lo que estaba diciendo. La abracé por la cintura. sintiendo ganas de devorarla por entero. no ella. mordiendo. en medio de la nada. Y yo la amaba de esa forma. No había nada capaz de alterar la paz que en esos momentos nos inundaba. El ardor y la entrega de Jimena parecían asfixiarme.Pero Jimena resbaló en ese momento y reaccioné corriendo hacia ella con la misma velocidad con la que grité su nombre hasta hacer que mi garganta doliera. ella lo tenía todo de mí. Acepté mi derrota ante ella. Sentí su mano aferrarse a la mía. cerca de su boca. —No cambies nunca. en plena noche oscura y tormentosa. Me levanté hasta quedar sentada y Jimena hizo lo mismo. sentándose sobre mis muslos. como si hubiese sido capaz de adivinarlo mucho antes de que aconteciera. Entendí que aquella noche en la casa de campo me había marchado porque todo aquello me parecía inverosímil. —No lo haré… Nuestras frases eran rápidas. mis movimientos relentizados hasta casi parecer irreales. succionando… Pensé que había muy pocas cosas que me quedara por darle. pero en modo alguno conseguiría ser feliz… Aún cuando Jimena me hacía desdichada.

Jimena era la única cura que necesitaba para sanar mis heridas y yo era lo único que ella necesitaba para su estabilidad. Ella se separó de mí entonces y me miró fijamente. de descanso al no tener que librar más batallas contra ella. como lo había hecho toda la vida. Estaba demasiado cansada para seguir luchando. Mi bella Jimena cumpliría su promesa. —Jamás volveré a hacerte llorar…—me prometió. secándome las lágrimas con el dorso de su mano.En esos momentos me inundó una sensación de plenitud. FIN 195 .