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Guatemala, sábado 11 de septiembre de 2004 - 21:47 horas


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Opinión:

Cada 3.4 segundos...


Datos conservadores indican que cada 3.4 segundos el hambre cobra una
vida humana. Es decir, cada hora mueren de hambre 1,042 personas...

Por: Hugo Cardona Castillo

Datos conservadores indican que cada 3.4 segundos el hambre cobra una vida humana.
Es decir, cada hora mueren de hambre 1,042 personas, de las cuales 694 son niños que no han
alcanzado los 5 años de edad. Y... cuando los expertos hablan de hambre, no se refieren a
eventos aislados de hambruna, sino al hambre crónica y persistente.

De acuerdo con el informe sobre El Estado de la Inseguridad Alimentaria 2003, presentado por
la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), hay en el
mundo más de 842 millones de personas que sufren de ese flagelo denominado hambre crónica
y persistente, de los cuales 798 millones viven en países en vías de desarrollo. Tristemente,
aunque el informe reconoce que únicamente en Latinoamérica y el Caribe se han logrado
progresos en la lucha contra el hambre, el mismo hace énfasis en que esto es cierto, a
excepción de Centroamérica, donde el número de pobres aumentó en un 50 por ciento de 1990
a 2001. Esto resulta muy irónico en una región donde el 35 por ciento del Producto Interno Bruto
proviene del sector agroalimentario, que además representa el 50 por ciento de los empleos y el
70 por ciento de las exportaciones.

Guatemala es el segundo país con mayor índice de pobreza en la región, donde el 57 por ciento
de la población vive en pobreza, y el 21.5 por ciento en condición de extrema pobreza. En el
área rural la situación es más grave, pues el 72.2 por ciento de la población es pobre. El director
Regional de FAO, Gustavo Gordillo, expresó recientemente que, “Los casos más dramáticos de
países que han empeorado su situación son los de Guatemala”, que de 14 por ciento de
población con hambre, pasó a 25 por ciento en una década. Según el Informe Nacional de
Desarrollo Humano, en sólo 4 años, la desnutrición crónica en niños en Guatemala aumentó del
46.4 al 48.7 por ciento.

En la prensa guatemalteca, vemos titulares como, “Cifras que dan vergüenza”, al referirse al
municipio de San Carlos Alzatate, Jalapa, donde 93.14 por ciento de sus habitantes son pobres
y 50.33 viven en extrema pobreza. El 78.8 por ciento de los niños sufren desnutrición crónica y
sólo 9 de sus 28 comunidades tienen sistema de agua.

Jean Ziegler, relator especial de la ONU, sobre el derecho a la alimentación, en su mensaje en


Ginebra, en 2001, con motivo del Día Mundial de la Alimentación, expresó que no había nada
que celebrar, puesto que “el hambre se ha convertido en un crimen de lesa humanidad”, y que
“cada víctima de hambre supone un asesinato”.

¿Por qué se percibe cierto sentimiento de culpa en los mensajes de los expertos? La razón es
muy sencilla, y profundamente irónica. Datos históricos de la producción mundial de alimentos
muestran en forma categórica que, en el mundo siempre se han producido más alimentos de los
que serían necesarios para alimentar bien al mundo. De acuerdo con Naciones Unidas, el
mundo actual tiene capacidad suficiente para proporcionar una dieta de 2 mil 700 calorías
diarias a 12 mil millones de personas. Es decir, actualmente se producen suficientes alimentos
para alimentar al doble de la población mundial.

En el caso de Guatemala, el 62 por ciento de las exportaciones son del sector agropecuario, y
entre la lista de productos que exportamos están: azúcar, banano, aceites esenciales, ajonjolí,
camarón, pescado, langosta, frutas y sus preparados, miel de abeja, verduras y legumbres,
otros productos alimenticios. Es decir, estamos exportando alimentos.

Es claro, entonces, que las limitantes para resolver los problemas del hambre no son de
carácter técnico. El hambre crónica en el mundo es un problema de oportunidades, es un
problema esencialmente humano. Así que, tanto en los foros internacionales como en los
nacionales, las muestras de preocupación con respecto al destino de las personas hambrientas
deben pasar de la trivial retórica a acciones concretas, que faciliten el acceso de las personas a
una alimentación digna.