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Javier Abad-Gómez

V I V I E N D O

E L

A M O R

Lo que todos los padres deben hablar con sus hijos algún día de su vida

I N T R O D U C C I Ó N

Hace tres años escribí Educación de la sexualidad , en busca de una cierta sabiduría para convivir en el amor.

Me dirigía sobre todo a los maestros, con la intención de ayudarles a cumplir con las exigencias del Ministerio de Educación Nacional, para los colegios de Colombia.

Hubo foros y talleres de estudio, en instituciones, colegios privados y oficiales de diversas ciudades del país; intercambio de búsquedas, con educadores y padres de familia. Siempre aparecía la misma constante: los papás y las mamás son los más interesados en saberse comunicar, en formar a sus hijos con una sana mentalidad adecuada a las circunstancias de cada momento. En uno y otro sitio ha requerido un nuevo libro, que recoja y aplique las experiencias pedagógicas de casi treinta años. Esta vez será dedicado a las familias, al amor de los padres entre sí; a su amor para con los hijos, a quienes ellos invitaron a compartir su mismo hogar y su existencia diaria.

El salto de las generaciones ha sido brusco: de un hermetismo, hoy increíble, hemos pasado a este desbordante e indiscriminado estudio de la sexualidad, igualmente incomprensible.

Es necesario abordar la educación integral, con intenso amor, sin inhibiciones, sin exagerar, para lograr tan bella convivencia, que lleve a toda la familia al encuentro de una apacible felicidad. Cualquier omisión de los padres, en este sentido, puede ocasionar un daño irreparable. Educación que abarque información prudente, personalizada; conocimiento de causas y efectos; disciplina, entrenamiento de la voluntad, dominio de sí mismo, clara visión del sentido de la vida. Entonces, con las riendas entre sus dedos fuertes, la juventud puede galopar libremente, creativamente, alegremente, hacia el horizonte que se le va abriendo, sin dejarse engañar por espejismos.

Muchos padres de familia se siente confusos ante la orientación correcta de una sexualidad propia y de los hijos. Se hallan indefensos frente a la erotización de todos los panoramas cuya problemática invade, atraca, las inteligencias, los comportamientos, las conciencias de ancianos, adultos, jóvenes y niños. En la calle: carteleras, vitrinas, puestos de revistas; en el colegio: charlas, problemas no resueltos entre compañeritos y compañeritas; en la intimidad del hogar: a través de los canales de TV -sin excepción-, las emisoras de radio, la prensa, programas de ordenador personal, internet. Muy pronto, en el camino incipiente de la vida, los pequeños se encuentran asediados por asuntos de carácter sexual serios, inquietantes, mucho más de lo que sus padres pueden sospechar . Parece imposible aislarse de su presencia descarnada. Esto repercute en la familia entera. Púberes y adolescentes, que aún no cuentan con criterio ni con la madurez necesaria, tienen que afrontar la avalancha incontenible que no a pocos sepulta. Habrá que seguir el ejemplo de las autoridades oficiales y civiles, tan preocupadas en la prevención de desastres físicos, provocados por el egoísmo humano, por el uso y el abuso de las riquezas naturales. Es un gran desafío educar con todo el ánimo, a fin de que los hijos propios y los ajenos crezcan - lúcidos, diáfanos- hasta ser capaces de reconocer el tesoro del verdadero amor cuando lo encuentren, equipados para vivirlo de por vida. Esta es la única manera de prevenir las derrotas y hecatombes que a diario presenciamos, o al menos percibimos, en almas de todas las edades.

CAPITULO I

LA EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD,

EDUCACIÓN PARA EL AMOR

El hombre fue creado para amar. El amor es la vocación fundamental e innata de

todo ser humano. Todo el sentido de la propia libertad y del autodominio consiguiente está orientado al don de sí en la comunión y en la amistad, en la entrega generosa a los demás. Al ser humano no le basta el que llaman los filósofos amor de concupiscencia: aquel que

sólo ve objetos con los que satisfacer sus propios apetitos.

Está capacitado para algo

superior: amar a las personas por sí mismas, porque son dignas de ser queridas y no por el placer que encuentra en ellas. Se comprende que el amor sea exigente. Precisamente en eso radica su grandeza.

Es por esto que toda educación de la sexualidad debe establecerse en el marco más amplio de la educación para el amor.

Objetivo fundamental

Al decir educación de la sexualidad nos referimos a la comunicación de los conocimientos necesarios para que todas las actividades relacionadas con la capacidad de amar estén precedidas, acompañadas y seguidas por la libertad. No basta instruir para educar. Deben promoverse también actitudes y formas de conducta -que son actos propios de la inteligencia, la afectividad, los sentimientos y la voluntad- que lleven a una armonía serena en las relaciones varón-mujer, a la madurez afectiva, al dominio o señorío sobre todas las acciones y relaciones humanas.

El Objetivo es el conocimiento adecuado de la naturaleza e importancia de la sexualidad en el desarrollo armónico e integral de la persona hacia su madurez psicológica con vistas a la plenitud personal. Considera la totalidad de la persona en su capacidad de donación y exige, por tanto, la integración de los elementos biológicos psicoafectivos, sociales, espirituales. Conviene tener un concepto claro sobre el ser humano, confundido en los últimos siglos, como consecuencia de la filosofía racionalista que marcó la moderna concepción del hombre con un carácter dualista, quebrantando la visión unitaria de la persona. "Es propio del racionalismo contraponer de modo radical en el hombre el espíritu al cuerpo y el cuerpo al espíritu. El hombre es persona en la unidad de cuerpo y espíritu:

uno en cuerpo y alma. El cuerpo nunca puede reducirse a pura materia: es un cuerpo espiritualizado, así como el espíritu está tan profundamente unido al cuerpo que se puede definir como un espíritu corporeizado" .

La separación entre materia y espíritu trae como consecuencia que se consolide la

tendencia a tratar el cuerpo humano no según las categorías de su específica semejanza con el Creador, sino según las de su semejanza con los demás cuerpos del mundo creado,

instrumentos de la actividad humana para la producción de bienes de consumo.

implícitos muchos peligros para una adecuada comprensión de la sexualidad. Cuando el cuerpo humano, considerado independientemente del espíritu y del pensamiento, es utilizado como un material análogo al de los animales -piénsese, por ejemplo, en las manipulaciones de embriones y de fetos, y en su comercio con el fin de utilizarlos en materia prima para la elaboración de cosméticos-, se camina irreversiblemente hacia una terrible derrota ética. El hombre deja de vivir como persona y como sujeto libre, para convertirse en objeto: aunque mucho se hable hoy de derechos humanos y de respeto a la dignidad del hombre.

Esto lleva

La sexualidad, entonces, se considera más como objeto de explotación -social personal, publicitario-, sin tener en cuenta que es un elemento básico de la persona: un modo propio de ser, de sentir, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de expresar y vivir el amor y todas las relaciones humanas. La sexualidad es parte integrante del desarrollo de la personalidad y de su proceso educativo. "Abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro" . Es una riqueza de la persona, que encuentra su verdadera valoración en la igual dignidad del hombre y la mujer, y los hace aptos para darse mutuamente en una entrega total, que tiene su mejor expresión en la configuración de una familia mediante el vínculo conyugal.

Sexualidad es diferente de genitalidad

No se debe confundir sexualidad con genitalidad. La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico y espiritual, con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones. "En el sexo radican las notas características que constituyen a las personas como hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual, teniendo así mucha parte en su evolución individual y en su inserción en la sociedad" . Es una realidad que abarca la totalidad de la persona, en sus cinco dimensiones: física o corporal, afectiva o emocional, espiritual o racional, social, trascendente o sobrenatural.

El sexo pertenece a la persona, invade -por decirlo así- toda la esfera de la personalidad, y de ella recibe su valor. "Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos" .

La genitalidad, en cambio, está directamente orientada a la procreación; es la

expresión más adecuada, en el plano físico, de la comunión de amor de los cónyuges. Arrancada de este contexto de don recíproco, la genitalidad pierde su significado, cede al

egoísmo individual y pasa a ser un desorden moral.

sexualidad a la experiencia genital. Ni la genitalidad, a la búsqueda del placer venéreo. Cada una tiene su propio fin, que conviene conocer a fondo y vivir, si se pretende una vida

digna de la calidad de la persona humana. Cuando el sexo se trata como una cosa placentera, se convierte a la persona en un objeto, degradándola.

No es posible, por tanto, reducir la

"Cualquier estudioso de la sexualidad conoce bien una realidad fundamental: la diferencia entre la sexualidad humana y la sexualidad de los otros mamíferos superiores. Los animales tienen un instinto sexual que les impulsa irrefrenablemente a la reproducción en épocas de celo. El hombre, en cambio, puede -con su inteligencia y con su voluntad-

dirigir su impulso sexual libremente y elegir realizar o no actos sexuales en un momento determinado. Por esta razón se ha dicho que el órgano primordial sexual del hombre es el cerebro, porque no está condicionado por un instinto que, en unos momentos elegidos por la naturaleza le lleva a procrear, y en otros a prescindir del sexo. El ser humano decide sobre el uso o no de su sexualidad y no está obligado a seguir la sugerencias de su impulso sexual" .

Ningún profesional bien informado sobre cuestiones psicológicas referentes a la sexualidad humana, puede defender la tesis del determinismo biológico de dicha sexualidad. El hombre tiene dominio sobre todo lo relacionado con su sexo: dominio que está sometido no al capricho, sino a la finalidad del mismo y a las normas que rigen su ejercicio. Para eso lo dotó la naturaleza de inteligencia, por la que capta el fin, y de voluntad, por la que decide seguirlo o desviarse de él. La sexualidad humana no manifiesta la característica de obligatoriedad inevitable que es propia de los animales, sino que deja una amplia zona de actuación a la libertad personal. Tiene una cierta plasticidad e indeterminación, que es precisamente la característica que la hace susceptible de ser educada .

Formación, no simple información

La formación no se limita a instruir la inteligencia, sino que presta particular atención a la educación de la voluntad, de los sentimientos y de las emociones. En efecto, para tender a la madurez de la vida afectivo-sexual, es necesario el dominio de sí mismo, que presupone virtudes y valores como: el respeto propio y ajeno, la autoestima, la apertura a los demás, el pudor, la templanza. La madurez sexual lleva consigo, además, la potencialidad `oblativa': es decir, la capacidad de donación, de amor por los demás; la idoneidad para dominarse emocionalmente, para establecer relaciones serias y estables, para la amistad, y para comprometerse con seriedad.

En la educación resulta de máxima importancia el conocimiento de las nociones básicas en la ciencia que se estudie; pero cuando se trata de la educación para el amor, hace falta vivificarla por la asimilación de los valores correspondientes y una activa toma de conciencia de las responsabilidades personales relacionadas con la madurez. Lo cual incluye, necesariamente, mantener vivos los estrechos lazos existentes entre ética y sexualidad, acompañando las normas con claras motivaciones capaces de conseguir una sincera adhesión personal.

Actitudes insuficientes

De acuerdo con las consideraciones anteriores, resultan insuficientes, como criterios educativos en la educación para el amor:

* Un angelismo ingenuo, para el que nada es malo si se hace con buena intención, si

se le mezcla el ingrediente de lo que, genéricamente, se denomina amor.

desconocimiento

hombre el pecado original, agravado por las faltas personales. Se concibe entonces la satisfacción sexual como algo que se debe conseguir a cualquier costo, si se pretende

alcanzar la felicidad.

irremediable la situación de los jóvenes de hoy, piensan que debe dejárseles buscar sus propios derroteros, sin ayuda y sin guía. Actitud cómoda, facilona de quienes desconocen sus deberes y la responsabilidad que les cabe en el presente y futuro de los hijos. El abandono de la responsabilidad educadora, convertido en hábito, puede constituir un grave pecado de omisión.

Producto del

-por ignorancia o por conciencia deformada- de la herida que dejó en el

De donde se desprende la indiferencia ante el tema. Por considerar

* Entender que la tendencia sexual es un impulso natural, que no tiene nada de

misterioso ni de complicado en su origen, pero que ha venido siendo reprimido constantemente por supersticiones religiosas, por coacciones legales y tabúes convencionales, que crean una atmósfera de temor y de misterio para todo lo que se refiera a la sexualidad.

* Sostener que la tendencia sexual no puede ser reprimida sin que traiga funestas consecuencias para el armónico desarrollo del hombre.

* Considerar que la sexualidad es un hecho vergonzoso y malo. Y que educar la

sexualidad ofrece el peligro de que nos dediquemos a enseñar normas de conducta aberrantes y peligrosas para la moral ciudadana.

* El permisivismo que, unido a lo que podríamos denominar subjetivismo

naturalista, deforma la conciencia o la declara independiente de la ley moral y del respeto a la naturaleza de las cosas. Da así paso al libertinaje en materia sexual, expresión espontánea de una conducta impropia de seres humanos. Es consecuencia de la crisis de valores, de una sociedad que se niega a la sujeción de normas de conducta, que pone en tela de juicio aquellas verdades que la humanidad ha tenido por válidas desde hace siglos.

* Una especie de camaleonismo o mimetismo que adecua la norma moral a las

situaciones cambiantes y arbitrarias del capricho. Consecuencia de la incapacidad de hacer que la vida se configure con los criterios morales. Y lo que por debilidad o por corrupción de costumbres se hace frecuente, lo llaman normal, justificando así un desconocimiento del fin de todo acto humano. Un ejemplo típico de esta actitud es la forma como se pretende imponer el uso del preservativo, haciendo creer que es la manera de prevenir el SIDA y

fomentando, de manera directa o indirecta, la promiscuidad sexual, que es a su vez la que más riesgos ofrece de adquirir dicha enfermedad, hoy por hoy, ciento por ciento mortal.

* El naturalismo, que reduce al ser humano al nivel de los animales, aunque un poco

más desarrollado. Desconoce la verdadera naturaleza de la persona, dotada de inteligencia y

de libre albedrío, que hacen al hombre plenamente responsable de sus acciones. Los animales no necesitan la guía de la razón: no gozan de esta cualidad y su naturaleza está

dotada de una capacidad instintiva para guiar sus acciones. Pero el ser humano es diferente:

debe, por sí mismo, proponerse un fin a cada acto libre y dirigir con la inteligencia y la voluntad sus impulsos y tendencias. La persona no se justifica a sí misma, ni su origen ni su destino, que como realidades trascendentes, le vienen del Creador. El ser del hombre es recibido, es un don; también la finalidad de sus operaciones y de toda su existencia le es dada desde fuera: a cada persona le corresponde, en uso de su albedrío, corresponder o no a su propio fin.

* El imperio de la moda y de las novedades que influye casi despóticamente sobre

las costumbres sociales y produce una masificación que puede llevar, si no se combate con carácter, a una civilización sin personalidad. Se percibe en tantas revistas que ofrecen notas

cada vez más agresivas, con predominio exagerado y casi exclusivo de lo sexual, cayendo en lo pornográfico y en una consideración de la genitalidad como más importante en las relaciones humanas. Esto tiene efectos evidentes en la educación para el amor: porque cuando la moda se acepta sin reservas, por imitar lo que hacen los demás, se pierden los recursos para luchar por una afectividad madura, responsable.

* El hedonismo: filosofía de la existencia que suprime la referencia a una finalidad

trascendente y a un compromiso creador. Búsqueda de la felicidad a través del placer y la

satisfacción de las pasiones. La idea de bien queda sustituida por el goce supremo de los

placeres sensibles.

considerar que el fin del hombre es el goce supremo de los apetitos sensibles. Y que los placeres, al pertenecer a la naturaleza humana, son buenos en sí mismos, no como medio, sino como fin: no deben ser rechazados por escrúpulos ingenuos o por deformación maniquea. Es necesario disfrutarlos como algo positivo y estimulante.

Entre las afirmaciones que se desprenden del hedonismo, está

* A la desorientación actual por estos temas, nacida de falsos conceptos sobre la

sexualidad humana, se añade la acción de intereses comerciales y de otra índole, que explotan las tendencias sexuales para erotizar la sociedad en beneficio de unos cuantos. Así el erotismo en la publicidad, que utiliza el cuerpo de la mujer bella, para atraer el interés de posibles consumidores de sus productos.

En el origen de todas estas concepciones está -como decíamos páginas atrás- la consideración de que la sexualidad es algo puramente biológico, exclusivamente corpóreo, sin tener en cuenta que en el hombre no existe ningún factor de su vida en el que no se revele la unidad de los dos elementos que lo constituyen en ser humano: la materia y el espíritu. Y mientras unos reducen la pedagogía sexual a simple continencia, otros estudian lo sexual en el hombre con el mismo lenguaje que se utiliza en perros o caballos, limitándola al mecanismo de la reproducción. La pedagogía veterinaria ha surgido en sustitución de una pedagogía humana, en la que la persona se toma en lo que tiene de superior a cualquier otro ser de la naturaleza, radicalmente diferente en su sexualidad a todos los animales .

Hacia una visión positiva de la sexualidad

Un buen padre es consciente de la necesidad de enseñar a sus hijos a abstenerse de la actividad sexual. Pero no basta. Es importante ayudarles a que tengan hacia la sexualidad una actitud sana, positiva, virtuosa. Plantear la cuestión de una manera afirmativa, entendiendo la sexualidad en su dimensión específicamente humana, "parte principal entre los factores que caracterizan la vida de los hombres" y aspecto fundamental para que se "comprendan e integren mejor en la vida los valores propios de uno y otro sexo" . Mirar el sexo en el contexto de la vida conyugal, como un don con el que el hombre se vincula a Dios en la procreación de nuevas vidas. El placer, relacionado con el ejercicio de la sexualidad, en orden a la unión conyugal y a la transmisión de la vida, cae dentro del plan querido por Dios.

Esto con el fin de ofrecer a la juventud la capacidad para que luche por el dominio de sí mismo, y orientar las fuerzas físicas, psicológicas, afectivas, espirituales y sociales, hacia su propio fin: ser capaz de amar. La sexualidad humana tiene una profunda conexión con la unidad de la persona y debe ponerse en dependencia inmediata de la razón y de la voluntad para captar el secreto de la interacción biológica con lo específicamente humano.

Hay que tener una visión positiva de la sexualidad, apreciarla como factor importante en la integración de la conducta total del ser humano y buscar el mejor comportamiento pedagógico para formar en los hijos una afectividad normal, una conducta equilibrada. Lo que resulta negativo es la exaltación inmoderada del sexo y la propuesta educativa de condiciones y modos de comportamiento contrarios a la verdaderas exigencias del ser humano, incluidas las de carácter ético.

Educación de la afectividad

Cuando se emplea el término educación de la afectividad, se corta de raíz el equívoco que puede darse entre los seres humanos y los animales. Porque la llamada educación sexual lleva consigo generalmente una carga notable de instrucción biológica y anatómica, confunde la sexualidad con la genitalidad y pone la reproducción humana al nivel de la genética animal.

La sexualidad humana -lo hemos dicho varias veces- tiene relación profunda con la unidad integral de la persona y con su condición de criatura. Al educar esta área de la personalidad, conviene destacar el papel del Creador y su intencionalidad al hacer al ser humano a su imagen y semejanza. No basta un conocimiento del proceso genital, por correcto y completo que sea: se requiere simultáneamente captar el secreto de la interacción biológica con lo específicamente humano y con su correspondiente trascendencia.

La educación de la sexualidad se capta mejor si se la incorpora en la educación de la afectividad, es decir, "en la educación de los sentimientos y tendencias humanas, entre las que el amor tiene carácter primordial. En este marco se entiende la delicadeza exigida por toda relación amorosa y se forma en los jóvenes una conciencia delicada, aunque no

escrupulosa en el plano del amor . Una actitud correcta de la pedagogía ha de ser la que consiga formar en los niños y en los jóvenes una afectividad normal, equilibrada, en la que las relaciones comporten exigencias de generosa entrega y no de egoísmo exclusivista.

Conviene hablar de la afectividad con todas sus manifestaciones: sonrisa, ternura, atención delicada, caricias. También de la comunicación que significa compartir con otro algo más que sentimientos: intereses intelectuales, similitud de objetivos, gustos y aficiones. Educar en la disponibilidad para la conversación, que implica saber escuchar, saber callar y hablar con oportunidad, comprender, disculpar, perdonar. Y el cuidado de la comunicación no verbal, los gestos que son el lenguaje del cuerpo: miradas, sonrisa, posturas, maneras de bailar, de sentarse, ademanes.

Si desde la adolescencia se desarrolla esa capacidad de complementarse, se llegará al matrimonio en un nivel de comunicación interpersonal que hará brotar una verdadera amistad, que es el amor en su forma más pura.

En cualquier nivel de la naturaleza humana, en cualquier zona de la experiencia del hombre, en cualquier manifestación de su vida, la materia y el espíritu están presentes en la unidad substancial de la persona. Por eso, la madurez psicológica en lo relativo a la sexualidad culmina cuando el sexo se incluye en el marco del amor.

Viviendo el amor

La educación de la sexualidad es educación para el amor y la convivencia; educación de la libertad y para la libertad. Tiene gran trascendencia en la formación de la juventud, porque toca muy íntimamente el misterio del amor, o sea el misterio de la vida. El ser humano tiene que aprender a querer: el instinto no le basta. El amor envuelve a toda la persona: cuerpo y alma, afectos, emociones y pasiones, inteligencia y voluntad. Actúa con tanta fuerza que impulsa a las mayores locuras, a grandes heroísmos: El amor es más fuerte que la muerte ; es impulso a comunicar lo que se tiene y a convivir con el amado; es inclinación y adhesión al bien y a la persona que lo posee; es superación de la individualidad egoísta; tiende a la unión y la supone, pues está precedido, acompañado y seguido por ésta.

La unión es efecto del amor: el amante busca al amado; y ambos anhelan hacerse de dos uno, sin que tenga que ser destruido ninguno de los dos. De ahí surge la convivencia, el coloquio y otras formas parecidas de relación . Que tienen su máxima expresión en la unión conyugal, cuando los enamorados se dan la vida sin reservas y sin condiciones en el consentimiento matrimonial. Amar por tanto, no es tener afectos pasajeros, ni emociones fuertes, ni dejarse llevar por impulsos de la pasión, ni satisfacer los apetitos de la sexualidad. Comprende estos aspectos, pero va mucho más lejos. Si fuéramos a describirlo con frases cortas, podríamos decir que:

amor es:

* entrega personal sin egoísmos,

* espíritu de sacrificio,

* respeto a la intimidad de la persona amada,

* respeto a su dignidad de ser humano,

* uso de la razón, que contrarreste el desbordamiento animal de la pasión,

* conocimiento y respeto de las leyes de la naturaleza racional.

Es muy probable que la gente joven oiga hablar de amor en un sentido ya degradado, como sinónimo de placer sexual, egoísta, incluso en el caso -y es frecuente- de que sean dos egoísmos que se ponen de acuerdo en la mutua utilidad de sus cuerpos. Habría que explicarles que amor no se identifica con sexualidad ni, mucho menos, con genitalidad. Amor, sexualidad y genitalidad pueden ir juntos, pero se da también amor auténtico sin sexualidad ( amor paterno, amor filial, amistad). Tampoco se identifican amor y genitalidad, ni son sinónimos: ésta puede darse sin amor, por ejemplo, en las diversas deformaciones sexuales, o en la prostitución. Es necesario por todo esto rechazar la ecuación amor-sexo- genitalidad .

El amor da calidad y peso a la vida, a las relaciones humanas, al trabajo. Es lo contrario del egoísmo. Es olvido de sí mismo. Es saber distinguir entre felicidad y placer. Esta distinción es importante: la felicidad, en cuanto engendrada por el amor, es eterna; el placer sólo se da a ratos y no siempre significa un bien: como en el caso en que el placer se busca como fin, no como medio; o cuando contribuye a diluir la responsabilidad o hace imposible la formación de la voluntad .

El amor es contrapunto del dolor. Incluso el dolor puede convertirse en felicidad si hay amor verdadero. Juan de la Encina, un poeta castellano del siglo XIV, lo dice:

Mi vida es toda de amor Y si en amor estoy ducho Es por fuerza del dolor Pues no hay amante mejor que aquel que ha sufrido mucho!

El que ama de verdad se olvida tanto de sí que hasta se olvida del mismo sacrificio mientras se sacrifica. Amor y egoísmo son incompatibles.

La educación de la sexualidad humana implica, por tanto, reencontrarse con el misterio del amor, del cual la genitalidad es sólo una parte. El misterio del amor, es el misterio de la vida entera, del ser propio del hombre. Por lo cual serían muy preferibles expresiones tales como: Educación en el amor, educación para la castidad, educación de la afectividad, que con sus característicos matices se contraponen radicalmente a la simple educación sexual.

Pedagogía visible y educación invisible

Hay dos términos que, a veces, se emplean equivocadamente en un mismo sentido:

"Educación de la Sexualidad", y "Pedagogía de la Sexualidad". Entre ambos conceptos existe una diferencia que hace conveniente una aclaración.

La pedagogía se manifiesta predominantemente dentro de la vida escolar, en la enseñanza sistemática y en el aprendizaje como adquisición de conocimientos; es decir, en los contenidos de la formación científica. Es una parte de la educación que tiene como característica la sistematización como base para una programación técnica de la actividad educativa. Suele dar mayor importancia al conocimiento y a la adquisición de destrezas prácticas o mentales. Es más propia de los centros escolares.

En cambio, la educación tiene un carácter más íntimo, profundo, invisible. Es un proceso interior, personal, que no se limita sólo a la adquisición de conocimientos, ni siquiera a las aptitudes, sino que llega al mundo de los valores. Una forma de vivir que dispone para el futuro, capacita para dar un sentido a la existencia y realizar el proyecto personal de vida. La educación da mayor importancia a las actitudes, al espíritu de iniciativa, al ejercicio de la libertad, a la intimidad, a las aspiraciones personales, a los valores. Tiene una referencia inmediata a la personalidad, a sus intereses e ilusiones, al espíritu de servicio, a la capacidad de relaciones humanas, a la afectividad: a la formación humana integral. Es en la esfera de los valores donde el hombre y la mujer adquieren su plenitud, se hacen persona en el sentido estricto de la palabra: es decir, encuentran el bien, llegan al final de su camino que no es otro que la felicidad.

La educación invisible es la forma natural de la educación, que se realiza de manera primaria y fundamental en el hogar. Se cumple sobre todo en las que podríamos denominar las áreas no verbales de la comunicación humana, la actitud y el talante personal, el tono de la voz, los gestos, la actividad familiar en su conjunto, como medios de expresión personal. Más que en palabras, se percibe y comunica en el contacto diario que supone el ambiente del hogar y la vida de relación con los demás.

Es evidente, por tanto, que la Educación para el amor, es tarea del hogar.

CAPITULO II

LA EDUCACIÓN PARA EL AMOR:

TAREA DEL HOGAR

Papá y mamá: los primeros educadores de sus hijos

Los padres de familia tienen esta misión fundamental: ser los primeros y permanentes educadores de sus hijos. A los padres corresponde la primacía natural en esta trascendental misión. El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, puesto que está relacionado con la transmisión de la vida. Es original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que existe entre padre e hijos: la educación es la continuación natural de la procreación. Es insustituible e inalienable: no puede ni debe ser delegado ni usurpado por otros, salvo el caso de la imposibilidad física o psicológica. Los padres de familia deben ser conscientes de su derecho a educar sus hijos de acuerdo con sus propias convicciones morales, teniendo presentes la tradiciones culturales de la familia que favorecen el bien y la dignidad del hijo. Este derecho implica una tarea educativa que no puede ser abandonada sin faltar en materia grave a su responsabilidad.

Al colegio le corresponde una misión complementaria de la que se realiza en el hogar: por buena que sea la institución, jamás hará por los hijos lo que no se haga en el seno de la familia. Los padres deben mantener siempre una actitud de interés positivo sobre la forma como cumple el colegio su obligación de prolongar y complementar la educación paterno-materna. En este aspecto, las buenas relaciones padres-directivas-profesores, son indispensables.

Los papás pueden ser culpables de que en determinadas instituciones educativas, se enseñe sociología en vez de religión; biología sexual, en vez de formación de la afectividad; marxismo en vez de ciencias sociales; materialismo, en lugar de moralidad en la conducta. Serán culpables por omisión, por cómoda apatía, por no hablar a tiempo: y siempre es tiempo. Cualquier deficiencia que aparezca en el desarrollo afectivo, sexual, emocional, doctrinal de un hijo, puede corregirse si se detecta a tiempo y se mantienen las buenas y constantes relaciones entre familia y colegio.

La educación de la sexualidad, derecho y deber fundamental de los padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos. Aquí opera la ley de la subsidiariedad, que la escuela debe respetar, situándose en el mismo espíritu que anima a los padres. Nadie está en mejor capacidad de realizar la educación en este delicado campo que los padres.

La familia es el mejor ambiente para llenar el deber de asegurar una gradual educación de la vida sexual. En el propio hogar es donde mejor se cuenta con las reservas afectivas capaces de hacer aceptar, sin traumas, aun las realidades más delicadas e integrarlas armónicamente en una personalidad equilibrada y rica. En lo que concierne a los aspectos más íntimos, biológicos o afectivos, se debe privilegiar esta educación individual, que es característica de la vida familiar y que en el colegio sólo se consigue con dificultad.

"La educación para el amor como don de sí mismo, constituye la premisa indispensable para los padres llamados a ofrecer a sus hijos una educación sexual clara y delicada. Ante una cultura que `banaliza' en gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de una manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con

el cuerpo y el placer egoísta, el servicio educativo de los padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea verdadera y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona -cuerpo, sentimiento y espíritu- y manifiesta su significado íntimo al llevar a la persona hacia el don de sí misma por el amor"

Es verdaderamente oportuno y conveniente "que sean los padres quienes den a conocer a sus hijos el origen de la vida, de un modo gradual, acomodándose a su mentalidad, y a su capacidad de comprender, anticipándose ligeramente a su natural curiosidad; hay que evitar que rodeen de malicia esta materia, que aprendan algo -que es en sí mismo noble y santo- de una mala confidencia de un amigo o de una amiga. Esto mismo suele ser un paso importante en ese afianzamiento de la amistad entre padres e hijos, impidiendo una separación en el mismo despertar de la vida moral" .

No es la sexualidad el tema primero de la pedagogía familiar. Sin embargo, tampoco se le puede quitar importancia y debe ser tratado con seriedad y hondura en las conversaciones habituales, sin desorbitarlo, ni convertirlo en obsesión. Con libertad, amplitud, calma. Evitando posturas timoratas y oscuras, y también lo contrario: esa obsesión por hacer girar toda educación en lo sexual, como si fuera el eje del existir.

Los hijos deben tener oportunidad de consultar con sus padres todo lo que les inquiete. Así sucederá si el clima familiar, la solidez y estabilidad conyugal, la sincera unión, la naturalidad y el diálogo facilitan la formación sexual. Que no tengan la impresión de que cuanto está relacionado con el sexo es malo, o rodeado de misterio. Conviene tratarlo, eso sí, con la delicadeza de las cuestiones personales, que no se esparcen a los cuatro vientos, como se hace con muchos asuntos corrientes, no por ser malos ni vergonzosos, sino por pertenecer a la intimidad de cada uno.

Y que haya sinceridad y claridad. Que pregunten cuanto quieran, porque se les contestará siempre con la verdad; y si no se sabe contestar enseguida, se investiga, se consulta y, luego, se da la información. Acostumbrarlos a que para cualquier duda e inquietud encontrarán siempre respuesta: sincera, honrada, respetuosa. No se les mentirá ni poco ni mucho, porque sería una traición que los hijos no perdonarían.

Enseñarles, prevenirlos, advertirles del por qué de ciertos fenómenos que vienen con la pubertad y el por qué de la atracción que un día sentirán por personas del otro sexo. En su momento hay que hablarles claro del papel del matrimonio, de la unión entre hombre y mujer y de sus fines; del importante, trascendente, papel de Dios en todo esto y en los demás aspectos y facetas de la vida. Y todo con naturalidad, con normalidad, con serenidad, sin misterios, ni angustias, pero sin reducir el amor humano a esquemas puramente animales

.

Este derecho-deber de los padres en la educación sexual de sus hijos, quizás fue poco advertido y ejercido en el pasado. Posiblemente porque el problema no tenía la gravedad actual, o porque su tarea era en parte sustituida por la fuerza de los modelos sociales dominantes y por la suplencia que ejercían, en este como en otros campos de la

educación, los buenos educadores. Es por eso que todavía hoy, muchos padres de familia sientan dificultad para emprender esta misión, este compromiso educativo, que se revela complejo y, aparentemente, superior a las posibilidades personales del padre o de la madre que no tienen experiencia de lo que hicieron con ellos sus propios padres. Pero es importante animarles a que recuperen la confianza en sí mismos, en sus propias capacidades y en los carismas propios de la gracia peculiar que les confiere su propia paternidad . Una iniciación sabia, prudente y adaptada a la edad y al ambiente, puede evitar traumas a los niños y hacerles más fácil la solución de los problemas sexuales.

El ambiente de la familia es, pues, el lugar normal y originario para la formación de los niños y de los jóvenes en la consolidación y en el ejercicio virtudes tales como la caridad, la templanza, la fortaleza y, por consiguiente, la capacidad para el amor. Especialmente cuando se quieren enmarcar en un clima moral elevado, que dignifique sus vidas. En la capacidad de amar confluyen aspectos físicos, psíquicos y espirituales, deseos de libertad e influjo de los modelos sociales, pudor natural, fuertes tendencias inscritas en el cuerpo humano. Todos estos son factores que se encuentran unidos a la conciencia, explícita o implícita, de la dignidad personal y de la personal debilidad. En dicho entorno, sólo los padres de familia están capacitados y tienen la fuerza suficiente para conducir a sus hijos hacia la madurez.

Necesidad de un ambiente adecuado

"Las ciencias psicológicas y pedagógicas, en sus más recientes conquistas, y la experiencia, concuerdan en destacar la importancia decisiva, en orden a una armónica y válida educación de la sexualidad, del clima afectivo que reina en la familia, especialmente en los primeros años de la infancia y de la adolescencia, y tal vez también en la fase prenatal, períodos en los cuales se instauran los dinamismos emocionales y profundos de los adolescentes. Se evidencia la importancia del equilibrio, de la aceptación y de la comprensión a nivel de la pareja. Se subraya, además, el valor de la serenidad del encuentro relacional entre los esposos, de su presencia positiva -sea del padre, sea de la madre- en los años importantes para el proceso de identificación, y de la relación de sereno afecto hacia los niños. Ciertas graves carencias o desequilibrios que existen entre los padres (por ejemplo, la ausencia de la vida familiar de uno o de ambos padres, el desinterés educativo o la severidad excesiva), son factores capaces de causar en los niños traumas emocionales y afectivos que pueden entorpecer gravemente su adolescencia y a veces marcarlos para toda la vida"

La actuación educativa de los padres radica fundamentalmente en una buena relación familiar. Una comunicación fácil, amable, atrayente, que requiere tiempo y espacio para conversar, aclarar ideas, compartir experiencias. En la que se intercalan con toda naturalidad conversaciones íntimas sobre los más acuciantes problemas personales, y otras sobre temas generales, abiertos, en los que cada uno de los miembros del hogar expone sus opiniones con serena libertad.

No bastan las lecciones formales; para impartir estas enseñanzas lo mejor es aprovechar las múltiples ocasiones ofrecidas por la vida cotidiana. El afecto y la confianza recíproca que se viven en la familia ayudan al desarrollo sereno del niño desde su nacimiento. La educación de la sexualidad no se reduce -lo insinuábamos atrás- a la comunicación hablada. Existe la comunicación no verbal, que desborda las palabras, se traduce en gestos y actitudes ante los más diversos acontecimientos. Es la que irradia la conducta personal de los padres y hermanos mayores. Influye enormemente el amor que los padres se tengan; la delicadeza con que se tratan; el respeto que manifiestan el uno por el otro y por los demás, ausentes o presentes.

Los padres son educadores siempre: independientemente de lo que estén haciendo:

sus actitudes, su conducta, sus gestos, influyen en la personalidad de los hijos. El silencio en el tema de la sexualidad enseña tanto como la palabras: para bien o para mal. Es mucho lo que se aprende en casa, con solo observar a los progenitores: los valores en el hogar se transmiten expresa o tácitamente. Los hijos reciben mensajes paternos desde que nacen. La forma de abrazarlos, de mirarlos y se mirarse entre sí; la manera como se tratan papá y mamá, cómo se quieren y se respetan; el modo como se realizan los contactos físicos indispensables en el desarrollo normal del recién nacido. Todo esto deja una huella, positiva o negativa, placentera o desagradable, que influirá sin duda en el resto de su vida.

La plena realización de la vida conyugal y, en consecuencia, la estabilidad de la familia y la buena formación de la conciencia, son factores fundamentales en el proceso de la educación de para el amor.

Tienen suma trascendencia, como componentes esenciales en la formación integral:

el clima de sobriedad, de generosidad, desprendimiento, reciedumbre y fortaleza, lealtad y nobleza, alegría.

Hace falta, además:

* que los padres tengan personalmente una buena formación y que procuren incrementarla sin cesar;

* que en el hogar haya un ambiente de paz y de sosiego, condición indispensable para que se consiga una educación honda y fructuosa;

* que tengan un verdadero y sano concepto de la sexualidad y la ejerciten con la serena madurez de una virtud adquirida;

* que establezcan una relación de confianza y diálogo con sus hijos;

* que sepan ponerse a su nivel y sean los mejores amigos; armonizando la autoridad paterna con la apertura a la confidencia que se da en una buena amistad;

* que se logren adecuar a la edad y al desarrollo fisiológico y psicológico del niño o de la niña;

* que sean coherentes en su propio comportamiento, ya que el ejemplo constituye la

aportación más válida a la educación; los hijos aprenden más del testimonio de la vida de sus padres que de muchas palabras, no respaldadas por los hechos;

* que adquieran también la preparación teórica y la experiencia para ayudarlos a comprender el valor específico de la realidad masculina y femenina.

* que pongan particular cuidado en la elección de las instituciones donde

continuarán la educación del hogar, y estén atentos a las enseñanzas que allí reciben, poniendo, en su caso, remedio oportuno a las posibles desviaciones.

* que se cree un clima de serena libertad, para evitar la tentación de proyectarse

indebidamente en los hijos, de construirlos según sus personales preferencias, de irrespetar las buenas inclinaciones y cualidades de cada uno: si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo .

* que sepan descubrir, paulatinamente, amplios horizontes a sus hijos: "Aún en

medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de la acción educativa, los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía en los valores esenciales de la vida humana. Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene" .

La plena realización de la vida conyugal y, en consecuencia, la estabilidad de la familia y la buena formación de la conciencia, son factor fundamental en la transmisión de valores.

Necesidad de amistad y confianza: abierta actitud de diálogo

Es necesario mantener abierto el puente de la amistad y de la confianza mutua. Dialogar implica siempre comprender, penetrar profundamente en la persona y en la personalidad del otro, ponerse de su parte y ver el mundo por sus ojos para captar mejor sus puntos de vista, sus luchas y dificultades personales. La comunicación padre[madre]- hijo[a} requiere tiempo, cariño, dedicación, paciencia y mansedumbre. Y que jamás se escandalicen el papá o la mamá ante las miserias de sus hijos, ni dramaticen o exageren los errores del niño o las fallas del joven.

Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con los hijos y para dialogar con ellos. Los hijos, don y deber, son su tarea principal, si bien aparentemente no siempre rentable. Ellos son más importantes que el trabajo, más que el descanso, más que

el cultivo de una posición social.

dedicando los mejores ratos a estas charlas sobre mil diversos temas. En tales conversaciones -y de un modo creciente con el paso de los años- es necesario escucharlos con atención, esforzarse por comprenderlos como son, reconocer la parte de verdad que puede haber en muchas de sus expresiones de rebeldía o de insometimiento. Cuando se trata de corregirlos, no es para imponerles un modo de conducta, sino para mostrarles los motivos, humanos o sobrenaturales, que la recomiendan. Esto se consigue cuando se les dedica tiempo y se saben poner a su nivel, en una relación de amor y de amistad.

Hay que aprender a conversar sin prisas, ni agobios,

Las charlas de sobremesa pueden ser ocasión propicia. Cuenta un padre de familia el excelente resultado en su hogar de esos ratos prolongados espontáneamente en los que participan todos, hasta los más pequeños. Son horas que se esperan con ilusión, que generan amistad y confianza, en las que se habla de todo con naturalidad. Risas, bromas, alternadas con momentos serios y ponderados: todo en un clima amable que acepta cualquier tema, en el que cada uno participa con lo propio, o escucha a los demás. Ratos de compañía que ninguno se pierde y que han recompuesto la unidad familiar. En ese espacio, sale fácil también el tema de la sexualidad, del que se dialoga con facilidad, sin que se maltrate la intimidad.

Por el contrario, cuando los padres dan la sensación de estar muy ocupados, de tener entre las manos demasiadas cosas importantes se cierra la puerta al intercambio de intereses, de afectos, de conocimientos. Puede suceder lo que se cuenta del diálogo del hijo pequeño con su padre superocupado en asuntos profesionales y laborales importantes:

- Papá, ¿cuánto ganas en una hora de trabajo?

El papá, por salir del paso: -Mil pesos, hijo

El niño busca en su alcancía. Encuentra setecientos; pide prestados a la abuela otros trescientos y vuelve adonde su padre:

-Papá, !te compro una hora!

No cabe duda: los hijos necesitan, con urgencia, que tanto el papá como la mamá le dediquen tiempo. El suficiente, para tener calma en las conversaciones, dar espacio a sus preguntas, y poder compartir emociones, sentimientos, alegrías, frustraciones; reír y sufrir juntos; dialogar a gusto y sin prisas. Esto es indispensable y no puede haber razones que impidan habitualmente esta cercanía espiritual y física.

Con respecto a la educación de los hijos, resulta peor un padre ausente que un padre muerto. Porque el que murió puede ser recordado con afecto e influir su memoria en la vida de los huérfanos; pero un muerto en vida, un padre o una madre habitualmente ausentes, resultan un lastre difícilmente superable por el vacío espiritual que constituye la distancia establecida con los hijos. Y esto vale para los pequeñitos, tanto como para los adolescentes:

no existe edad en la que no sea necesaria la presencia paterna o materna. Sin la disculpa de que la calidad del tiempo colma el vacío dejado por la poca cantidad.

El diálogo implica también respeto de la intimidad del hijo, por pequeño que sea, y de su responsabilidad como sujeto de acciones libres, que tiene su raíz en la libertad personal. Al niño no se le puede cosificar, ni dominar despóticamente. Ni coartarlo, porque entonces el diálogo se convertiría en monólogo .

¿Hablar o callar?

La excesiva palabrería podría denotar una preocupación nada normal. Y el temor de

tocar el tema, una especie de tabú verbal o de falso pudor que se niega a reconocer el

nombre de las cosas, es también inadecuado.

demasiada frecuencia, sin ton ni son, el tema de la sexualidad, con pretexto de ser

naturales. Evitando también el extremo opuesto de bajar la voz, como si se tratara de un misterio vergonzoso. El niño experimenta desconcierto si los mayores callan cuando él entra, y a la lógica interrogación que formula le responden evasivamente: no lo puedes

comprender ahora

afectación nociva. Cuántos adolescentes piensan que sus padres rehusaron explicarles las realidades de la vida, por feas o vergonzosas. Los culpan del confuso sentimiento que distorsiona y falsea desde su origen todo su mundo sexual, en el cual, por falta de claridad y amor, sólo perciben suciedad.

Conviene evitar que se mencione con

;

estás demasiado pequeño

;

no es cosa de niños

:

todo con una

Los asuntos concernientes a la sexualidad deben tratarse en el cálido ambiente de una conversación íntima, delicada. Con la frecuencia necesaria, sí, para hacerlo con suficiente amplitud y sinceridad. Y sin inquietud cuando los hijos quieren ir más lejos de lo previsto, así como cuando interrogan sobre asuntos comunes y corrientes de la vida diaria. Debe satisfacérseles cualquier curiosidad en la medida de su intelección.

En síntesis: la demasiada crudeza o el exagerado silencio pueden ser, uno u otro, tan perjudiciales como deformadores. El niño no necesita tanto prohibiciones cuanto verdad. Exige nociones positivas que le ayuden a situar en una escala de valores segura los hechos que observa en sí mismo y en su contorno; no necesita barreras y obstáculos sino un ideal al qué tender. Anhela, en fin, la posibilidad de comprender la sexualidad no sólo en el plano intelectual y afectivo, sino también en el plano moral.

Cuando los hijos no hablan

Hay padres que se quedan tranquilos cuando sus hijos no parecen interesarse por incógnitas de esta índole. Piensan que están frente a un ángel. Puede suceder que no pregunten porque nada les inquieta -algo sumamente improbable-, o porque sus padres no les han inspirado la suficiente confianza para abrirles su corazón; entonces acuden a amigos mayores o a libros y revistas tomados a escondidas.

-Tales problemas no interesan a mi hijo; -por suerte aún no piensa en esas cosas

Actitud errónea, despreocuparse tomando los deseos como realidades. De ser cierta la afirmación de dichos padres, habría razón para alarmarse. El silencio de un niño en materia tan vital puede significar que algo anda mal: que hay un posible conflicto en su desarrollo psíquico o una inhibición que le impide alcanzar el nivel de evolución normal.

Fuera de este caso de mutismo, que puede ser patológico, cuando el hijo calla es señal de que algo no marcha bien en las relaciones paterno-filiales. Quizás sabe, por haberlo ya intentado, que esquivarán sus preguntas, que no le dirán la verdad. Han respondido de modo insatisfactorio porque consideran malsana su legítima curiosidad. Cuando el niño calla, sucede lo peor: la inhibición de sus padres se ha proyectado en él. Atemorizados por el término sexual, olvidan que en cada momento, hablen del tema o no, están realizando la educación de sus hijos: bien para formarlos, o para deformarlos por omisión.

Aquí radica el meollo del asunto y, a la vez, su causa. La educación es unitaria, y ha de ser impartida sin encasillamientos no sólo con las palabras, sino, sobre todo, con la actitud, con la postura que se adopte ante la vida. Los padres son irreemplazables en este diálogo perenne. Es necesario, pues, que el hijo encuentre en ellos interlocutores válidos, madurez afectiva, presencia efectiva y moral, disponibilidad continua. Lo lógico será provocar el diálogo, aprovechando cualquier oportunidad que se presente: la apertura de una flor, el nacimiento de una hermana o de un vecino, el apareamiento de dos animales observados con curiosidad por el niño en una finca donde está de paseo. Llena de naturalidad, esta conversación podrá seguir el proceso de ir desvelando paulatinamente, según la edad, los misterios de la generación y del amor humanos y respondiendo a las nuevas inquietudes que plantea.

La educación de la sexualidad en la familia no se da rígidamente programada. Las mejores enseñanzas se reciben como por cucharaditas, cuando se ha creado un clima de intensa situación educativa y el niño está interesado, atento, reflexivo. Ahí los padres pueden vivir lo que en realidad son: maestros, los mejores amigos, cabales formadores.

A veces, para determinar bien la conducta, conviene preguntarse cómo hubieran querido que fueran con ellos sus propios padres. Escoger lo conveniente de aquella época más o menos lejana, y desechar lo que les dejó inquietudes sin resolver o problemas concretos que tal vez hayan tenido que seguir soportando durante mucho tiempo. La experiencia les puede servir de ayuda y el esfuerzo por darles una educación integral sana, hará que los hijos caminen livianos por la vida. Más útiles, sin lastre, mejores educadores a su vez.

La coherencia personal de los padres

La educación en el hogar es papel del hombre y de la mujer: ninguno de los dos en exclusiva ni en preponderancia. "La experiencia que, sin saberlo, habrá sacado (el niño) del modelo que sus padres le hayan presentado -cada uno de ellos y ambos conjuntamente como pareja, con su vida y en su relación con él-, quedará como huella indeleble en su inconsciente, como base de todo el futuro desarrollo en la orientación de su sexualidad" . En el niño hay sin duda un impulso y una capacidad especial para leer en el rostro y en las actitudes de las personas que le rodean. La observación es la fuente de su primer aprendizaje cognitivo, como la imitación es el método de su primer aprendizaje para la actividad. Los diferentes comportamientos de hombres y mujeres, de niños y niñas, crean poco a poco conciencia de la diferenciación sexual, que se puede ir aclarando posteriormente a través de conversaciones y enseñanzas sistemáticas, referidas a los valores y los riesgos del sexo. El niño va adquiriendo así el concepto de hijo y hermano, o hija y hermana, y aumenta su capacidad de tomar decisiones que orienten su amor en el futuro .

Los hijos piden autenticidad en sus progenitores, congruencia entre lo que aconsejan y viven. Desean ver que sus padres viven lo que dicen, ponen en práctica los valores que predican. Cuando existe esa coherencia, está mucho más dispuesto a escucharlos y a vivir de acuerdo con sus consejos. El buen ejemplo y el liderazgo son esenciales. La madre que estima su vocación materna y su puesto en el hogar, ayuda enormemente a desarrollar en sus hijas las cualidades de la feminidad y la maternidad y contribuye a inspirar en sus hijos varones un respeto y reverencia por el papel de la mujer en la familia y en la sociedad. El padre, que refleja en su conducta un estilo de dignidad varonil, sin machismos deformantes, será un modelo atrayente para sus hijos, e inspirará respeto, admiración y seguridad en sus hijas.

Quieren también que sus padres sepan hablar con claridad de lo que hay en sus sentimientos y acciones; sin fingimientos hipócritas de moralidad de boca, ni mentiritas ingenuas que los hacen reír a escondidas. Sólo si son personalmente limpios, sinceros en su vida, aman y practican lo que predican, los padres podrán mirarles a los ojos sin avergonzarse. Es mejor decir que algo no se sabe bien, o que no se conoce con profundidad la respuesta o la razón de ser de una doctrina, que fingir motivos de ética inventada en el momento. También es importante rectificar a tiempo cuando se han equivocado. La rectificación oportuna es esencial para merecer confianza.

Influye enormemente en la educación de la sexualidad:

*

el amor que los padres se tengan entre sí,

*

la delicadeza y el cariño,

*

el respeto que manifiestan el uno por el otro; y todos por los demás:

presentes o

ausentes,

*

la coherencia de su comportamiento, ya que el ejemplo constituye la aportación

más valiosa a la educación de sus hijos, que aprenden mejor del testimonio de la vida de sus padres que de muchas palabras no respaldas por los hechos.

En síntesis, conviene considerar:

* cómo se tratan

* cómo se miran

* cómo manifiestan su amor

* cuánto se respetan

* cómo se relacionan entre sí, con los hijos, con los demás

* la manera de comprenderse y de perdonarse

* la capacidad de penetrar en el mundo de los demás, respetando su

individualidad, sin maltratar, sin herir

* su delicadeza con la intimidad de cada uno: también la personal y la de la

pareja

* la fidelidad al cónyuge, a la palabra, a los compromisos

* la capacidad de proyectar alegría, paz, serenidad, sosiego

* la disposición habitual de entrega y generosidad

* la capacidad de dar y de darse, venciendo la natural tendencia al egoísmo.

Características de la educación de la sexualidad

Entre las características que debe reunir la educación de la sexualidad en el hogar, podemos mencionar: individualidad, sinceridad, delicadeza, naturalidad, moralidad y gradualidad.

Todo niño es una persona única e irrepetible, y debe recibir una formación individualizada. Y son precisamente los padres quienes mejor conocen, comprenden y aman a cada uno de sus hijos en su singularidad. Por lo mismo, cuentan con la mejor posición y la mayor posibilidad de detectar los momentos oportunos para darles a su tiempo la debida información, de acuerdo con su crecimiento físico, psicológico y espiritual. El proceso de madurez de cada uno es distinto, por lo que el diálogo sobre los temas que se refieren a su intimidad debe ser personalizado. En esas conversaciones comunican algo de sí mismos y están en óptima condición para medir las dimensiones de su afectividad.

Son muchos los temas que los padres tratarán con mayor soltura con sus hijos varones. Y las madres con las hijas. Existe naturalmente una sintonía de sexo que no se puede desperdiciar, a la hora de tratar de los aspectos más íntimos de la propia sexualidad. Sin embargo, pueden ser de utilidad las conversaciones del padre con la hija, con el fin de comunicarle sus propias experiencias acerca del influjo de la mujer en la vida del adolescente y de la responsabilidad que le cabe en la conducta del varón, amigo, hermano, novio. Ordinariamente la joven no advierte los efectos de su conducta social, su manera de vestir o de hablar, sus ingenuas insinuaciones de carácter meramente afectivo, en la reacción sexual del varón. Y es bueno que sea el padre quien se lo comunique, porque le ayudará mucho a entender ciertas actitudes de sus amigos. Así mismo, la madre puede hacer ver al hijo lo mucho que espera la mujer del hombre y el respeto que debe brindar a sus amigas, hermanas o novia.

La sinceridad es indispensable, con el fin de que tengan oportunidad de hablar con sus padres todo lo que necesiten. Si se desea que se acerquen para preguntar sobre el tema, no se puede desalentar su franqueza: de otro modo irían a consultar fuentes nada confiables en la calle. Ambiente de verdad, además, con el fin de eliminar las expresiones que en vez de dar claridad, confunden y desorientan. Desterrando afirmaciones como que `los hijos vienen de París' o que `los trae la cigüeña'. Llamando a los órganos sexuales, igual que a los demás del cuerpo, por su nombre: la utilización de términos eufemisticos produce la sensación de que lo relacionado con la genitalidad es sucio o misterioso.

Delicadeza, que no está reñida con la sinceridad y con la claridad. Los hijos han de ser tratados de acuerdo con su propio desarrollo y sus condiciones personales, el ambiente en el que se desenvuelve y las experiencias de su vida cotidiana. Por ello es oportuno que los esposos hablen entre sí, mediten con serenidad y pidan luces a quien mejor se las pueda dar, con el fin de que sus palabras no sean ni demasiado explícitas sin necesidad, ni demasiado vagas. Dar muchos detalles a un niño puede ser improcedente e inútil; pero retardar las primeras explicaciones puede ser imprudente. Toda persona tiene natural curiosidad sobre su propio cuerpo y los efectos de su presencia ante los demás y, antes o después, se interroga, especialmente teniendo en cuenta lo que observa en la calle o en la televisión.

Naturalidad significa que no se rehuya en el hogar la respuesta a ninguna interrogación de los hijos. Debe ser contestada, conociendo previamente el alcance y el contexto en que pregunta, con el fin de darle gradualmente la información que en cada momento requiere, sin excederse innecesariamente en la abundancia de conceptos para los cuales puede no estar preparado. Cuando ven que sus padres tratan el tema sexual sin ruborizarse, con normalidad, estarán preparados para acercarse con desparpajo a los asuntos que les inquietan y consultarlos en el hogar. Descuidar, despreciar o prohibir las preguntas puede empujarlos a que busquen información en medios y ocasiones nada apropiados. La calle, con su ambiente viciado y tantas veces torpe, es el peor lugar para la educación de la sexualidad.

El espacio propio es el hogar, donde el tema se trata sin tapujos, con sencillez, claridad y naturalidad. La curiosidad de los niños por el proceso de la vida es tan natural como su curiosidad por cualquier otro fenómeno de los que reclaman su atención. Por lo mismo no se debe bromear sobre estos temas, ni hacer expresiones burlescas ante cualquier error o ignorancia. Lo mejor siempre es que puedan hacer sus preguntas en casa, a sus padres, en lugar de satisfacer sus curiosidades ante extraños. Este ambiente natural, esa disposición abierta al diálogo y a la comunicación hacen además mucho bien a las relaciones padres-hijos, constituyen un vínculo familiar entrañable que les une con fuerza creciente.

Es significativa la anécdota de una excelente directora de un colegio que cuando se dio cuenta de que una niña necesitaba determinadas aclaraciones, llamó a la madre que se resistía a dárselas. Le preguntó si prefería que la directora del plantel la suplantara en su

papel de madre, en la confianza de su hija, en la vinculación mutua. Convencida la madre, y realizado el diálogo oportuno con su hija, el resultado le hizo ver que había valido la pena.

Moralidad. Por tratarse de seres humanos, dotados de libertad, el hombre y la mujer no pueden olvidar que sus actuaciones están caracterizadas por la responsabilidad moral. Y esto debe ser tema del diálogo familiar. Hay un proyecto vocacional en cada uno, del que debe responsabilizarse personalmente. Y el manejo que haga de su sexualidad repercute inexorablemente en el sentido que le dé a su vida. No se pueden minusvalorar o desdibujar las normas o criterios éticos que rigen la conducta humana. Todo lo que hace el hombre o la mujer, debe ser realizado de acuerdo con una recta conciencia, cuyos límites es preciso conocer.

"Desde la más tierna edad, los padres pueden observar inicios de una actividad genital instintiva en el niño. No se debe considerar como represivo el hecho de corregir delicadamente estos hábitos que podrían llegar a ser pecaminosos más tarde, y enseñar la modestia, siempre que sea necesario a medida que el niño crece. Es importante que el juicio

de rechazo moral de ciertos comportamientos, contrarios a la dignidad de la persona y a la castidad, sea justificado con motivaciones adecuadas, válidas y convincentes tanto en el plano racional como en el de la fe, y en un cuadro positivo y de alto concepto de la dignidad personal. Muchas amonestaciones de los padres son simples reproches o recomendaciones que los niños perciben como fruto del miedo a ciertas consecuencias sociales o de pública

reputación, más que de un amor atento a su verdadero bien (

No es suficiente comunicar

informaciones sobre el sexo junto a principios morales objetivos. Es necesaria la constante ayuda para el crecimiento espiritual, para que el desarrollo biológico y las pulsiones que

comienzan se encuentren acompañadas (

dignidad de toda persona humana y de su cuerpo"

).

)

por una siempre más grande conciencia de la

Gradualidad: es necesaria con el fin de adaptar las explicaciones y respuestas a las necesidades actuales del hijo, a su capacidad de entendimiento. Análogamente a las matemáticas, que se enseñan paso a paso, pero siempre en coherencia de unos conocimientos con los que le siguen, así ha de ser la educación de la sexualidad. No se trata de una información completa y intempestiva, sino una enseñanza que tenga carácter formativo, que se vaya desenvolviendo a medida del desarrollo físico y psicológico del niño y del adolescente.

La información progresiva requiere una explicación incompleta, pero siempre ajustada a la verdad, evitar las explicaciones deformadas por reticencias o falta de franqueza. Sin embargo, la prudencia exige no sólo la oportuna adaptación del argumento a las expectativas del hijo, sino también la elección del lenguaje, del modo y del tiempo en el que interviene; exige también que se tenga en cuenta el pudor del niño.

Es preciso respetar el carácter progresivo de esta educación. Se debe intervenir gradualmente prestando atención a los momentos del desarrollo físico y psicológico que requieren una preparación más cuidadosa y un tiempo de maduración prolongado. Es necesario asegurarse de que los hijos van asimilando los valores, conocimientos y

motivaciones que se les proponen; que comprenden los cambios que se van presentando en ellos mismos, con la ayuda paterna o materna que le explica las causas, las relaciones, la finalidad. La vida humana está sometida a una evolución constante y la formación personal

es un proceso permanente. La sexualidad se manifiesta con características particulares en

las diversas fases de la vida, lo cual lleva consigo riquezas y dificultades no leves en cada etapa de su maduración.

En todo caso, el padre y la madre deben tener confianza en la acción educativa: ésta cuenta con la resonancia que los verdaderos valores encuentran en los jóvenes, cuando son presentados con convicción y confirmados por el testimonio de su propia vida. Es preciso esforzarse por no separar los conocimientos de los valores correspondientes que dan un sentido y una orientación a las informaciones biológicas, psicológicas y sociales. Cuando se da una norma moral, deben mostrarse su respaldo correspondiente y los valores y virtudes que involucra.

C A P Í T U L O

III

ITINERARIO DE LA INFORMACIÓN A LOS HIJOS

(Temas que conviene tratar, de acuerdo con las fases principales de su desarrollo)

En las páginas que siguen se sugieren unos temas para tratar con los hijos, de acuerdo con su edad. Teniendo en cuenta que no puede encasillarse la educación ni cuadricularse la información necesaria en cada momento de la vida del niño o del adolescente. Pero sí es oportuno tener criterios básicos, que iluminen la mente de los padres de familia para que no lleguen ni demasiado pronto ni un minuto tarde: la inquietud de los hijos en estos aspectos de su vida no da espera.

Los años de la inocencia: ¿Cómo hablar a los pequeños?

A esta edad ya conviene que los niños hayan recibido la información de donde vienen los hijos, por medio de unos datos mínimos que colmen la curiosidad que en este aspecto nace muy pronto en ellos. Alrededor del tercer año el niño y la niña suelen percibir su distinción. Es un conocimiento que no se vincula con el poder sexual o con la función generativa. Se limita a saber que el ser hombre o mujer lleva consigo en el futuro un modo diferente de estar y de vivir: que el varón y la mujer desempeñan un papel distinto en la vida.

La identidad sexual se constituye en la infancia, durante los primeros seis años. En este período el niño adquiere conciencia de su sexo en la experiencia afectiva con la pareja

de sus propios padres. Es trascendental en este período la presencia de los dos: papá y mamá, con el fin de que la identidad del niño se lleve a cabo con toda normalidad. La posible ausencia de uno de los dos, hace conflictivo el desarrollo del niño en su infancia, generando posteriormente -en la adolescencia y juventud- problemáticas complejas que suele ser difícil comprender y superar.

Muchos padres se preguntan sobre la manera práctica y eficaz de tratar estos temas con los hijos pequeños, y cuál será el mejor momento para iniciar esas conversaciones. Lo primero, intentar que éstas sean muy confiadas, muy personales y siempre en la presencia de Dios. Hay que perder el miedo a decir las cosas. Basta hablar con sencillez y claridad, sin vulgarismos, evitando las palabras vagas y de difícil interpretación. El lenguaje del cariño y el conocimiento personal del tema y del hijo, dan más luz que ninguna otra fuente. Y los padres cuentan con algo insustituible: la gracia de estado, que interviene en la formación de

los hijos que Dios les confió.

saber qué decirles, cuanto en que hay que decírselo en el momento adecuado.

Dar una formación sexual a los niños no consiste tanto en

La educación de la sexualidad no se da en un momento preciso o en unas circunstancias específicas. Es una secuencia de la vida cotidiana. Comienza muy temprano, no tiene fecha fija ni se atiene a un problema definido del niño: es vida, es educación de cada día. Brota del acuerdo y armonía de los padres que aceptan y comprenden la profunda significación de la paternidad al dar la vida en un instante de amor y continuarla, perfeccionarla, completarla, en una prolongación ininterrumpida de ese mismo amor.

Los niños son inquietos y desde pequeños muestran curiosidad por las cosas relacionadas con el origen de la vida y hacen preguntas al respecto. Pero no tienen ninguna intención sexual. Es necesario contestar a todas sus preguntas con serenidad. En este período se ha de responder a preguntas ordinariamente vinculados con frecuencia con el embarazo de la mamá o de alguna amiga de la familia. La curiosidad natural se estimula cuando se observan los signos del embarazo y la actitud gozosa de la espera de un nuevo hijo. Surgirán preguntas como:

-de donde vienen los niños?, -por qué engorda tanto mamá? -cómo nacen los niños?

Es oportuno aprovechar esta feliz experiencia para comunicar algunos hechos sencillos relativos al período de espera de un hijo, siempre en el contexto más profundo de la maravilla de la obra creadora de Dios que dispone que la nueva vida donada por El, brote a la vida con la colaboración de los padres y se custodie en el cuerpo de la madre, bien cerca de su corazón.

Los más tímidos o introvertidos quizá no se atrevan a hacer preguntas concretas y prefieran hacer razonamientos deductivos que muchas veces los llevan a conclusiones enrevesadas que comentan con sus amigos, hermanos o primos. Otras veces se enteran de la cuestión a través de compañeros mayores, oídos al azar; o deducen de revistas y libros

tomados a hurtadillas, o de planteamientos hechos en algún programa de televisión. Es necesario estar especialmente atentos a esta circunstancia.

Desde la edad de los cinco años aproximadamente, hasta la pubertad [cuyo inicio se coloca en la manifestación de las primeras modificaciones en el cuerpo del varón o de la mujer, efecto visible del creciente influjo de las hormonas sexuales], el niño está en la fase que ha sido llamada por Juan Pablo II como los años de la inocencia. Es un período de tranquilidad y de serenidad que no debe ser turbado por una información sexual innecesaria. Son años en los que, generalmente, los intereses de los niños se dirigen a otros aspectos diversos a la sexualidad. Ha desaparecido la sexualidad instintiva y rudimentaria del niño pequeño. Los niños y las niñas de esta edad no están particularmente interesados en los problemas sexuales: conviven con gusto con los niños de ambos sexos. Se hace preciso no turbar esa importante fase natural del crecimiento, para lo cual la formación al amor casto ha de ser indirecta, en preparación para la pubertad, cuando se hará necesaria una

información más directa.

de vestirse, suelen ser aceptados sin afectación.

Los consejos que se le den sobre su manera de comportarse,

Alrededor de los ocho años ya deben conocer la participación del padre en la generación del niño, contestando así la pregunta:

- ¿cómo entran al vientre de la madre?

- ¿por donde nacen los niños?

- ¿por qué son distintos los niños de las niñas?

Es el momento de explicarles con verdad, sencillez y claridad, junto con el papel de la madre, cual es el del padre. Y hacer claridad sobre las diferencias anatómicas entre el varón y la mujer: cuidando de utilizar los términos precisos, los nombres propios de cada órgano, los mismos que seguirán empleándose en el futuro.

El niño, en este período de su vida aprende del ejemplo de los adultos y de la experiencia familiar qué significa ser mujer o ser hombre. Es importante que no se establezcan distinciones radicales, de carácter sexual, negando a los varones la caricias y delicadeza propias del amor paterno y materno; o excluyendo a las niñas de actividades físicas vigorosas. No es bueno exagerar las actitudes de oposición niña-varón, ni fomentar estereotipos de funciones. No se ignoran ni se minimizan las diferencias, pero tampoco se sobrevaloran. Las niñas, naturalmente, desarrollarán un interés materno por los niños pequeños, por la maternidad y por la atención de la casa. Y los niños, aprenderán que la masculinidad no implica superioridad con respecto a la mujer, sino llamada a la responsabilidad en la atención a los demás. Es bueno, por ello, orientarlo a no ser excesivamente agresivo o a estar demasiado preocupado por la fuerza física, como si fuera la garantía de su propia virilidad.

Es importante evitar, en esta edad, una sobrecarga de información sexual. Importa mucho estar prevenidos contra esa ilustración prematura y recargada que reciben los niños por parte de los medios de comunicación social, o por compañeros desorientados o que han

recibido una educación sexual precoz. En este caso, los padres deben impartir una información limitada, normalmente, a corregir la información errónea o inmoral y a controlar el lenguaje obsceno. Cabe mencionar, con dolor, el caso de las violencias sexuales con los niños. Es necesario protegerlos con cuidado, educándolos en la modestia y la reserva ante personas extrañas e impartiendo una adecuada información, sin anticipar detalles que los podrían asustar o perturbar.

Es tiempo de fomentar virtudes como el espíritu de colaboración, la obediencia, la generosidad, la abnegación y el sacrificio. Y favorecer el desarrollo de los procesos de pensamiento. Fomentar el ejercicio de la inteligencia y de la voluntad, en período de formación, de tal manera que se vayan haciendo capaces de manejar las situaciones, de acuerdo con su personal maduración.

La pubertad

Entre los nueve y los trece años -período en el que se presenta la pubertad- se dan manifestaciones explícitas de sexualidad: señales físicas y psicológicas más significativas, que les llevan a adquirir mayor conciencia de sí mismos como varón o como mujer, a causa de fenómenos naturales evidentes a los que seguirán las demás manifestaciones de virilidad o de feminidad; el placer sexual puede demorar más en descubrirse en la mujer que en el varón.

La pubertad, que constituye la fase inicial de la adolescencia,

es un momento

de grandes alteraciones psicosomáticas. Además de la capacidad de procrear, de completarse los caracteres secundarios, ocurren profundos cambios interiores: cambios de humor que van de la euforia a la depresión; deseos de estar solos y de no hablar con nadie, casi simultáneo con la necesidad de compañía, de amistad; emotividad a flor de piel - irritaciones y lágrimas-, especialmente en el hogar. Es el momento del descubrimiento de sí mismos y del propio mundo interior; el momento de los proyectos generosos, en que brota el sentido del amor, así como los impulsos biológicos de la sexualidad, el tiempo de la alegría particularmente intensa, relacionada con el embriagador descubrimiento de la vida. Pero es simultáneamente la edad de los interrogantes profundos, de búsquedas angustiosas y quizás frustrantes; de la desconfianza en los demás y del repliegue peligroso sobre sí mismos. Tiempo de los primeros fracasos y de las primeras amarguras .

A partir de los nueve años es conveniente que los padres informen a los hijos de los cambios que se van a producir en su cuerpo y de los impulsos que van a sentir, así como de la forma de encauzarlos, teniendo en cuenta que el despertar de la sexualidad es distinto en el hombre y en la mujer: en ellas suele ocurrir a los doce años, y en ellos más o menos, a los 13-14 años. Junto con una adecuada ilustración sobre la moralidad de la conducta sexual, los padres -partiendo de las transformaciones que las hijas y los hijos experimentan en sus propios cuerpos- proporcionar explicaciones más detalladas sobre la sexualidad, favoreciendo el clima de confianza y amistad desde los primeros años de la vida.

Especial atención requieren las niñas, acompañando su evolución fisiológica y ayudándoles a acoger con alegría el desarrollo de su feminidad, en sentido corporal,

psicológico y espiritual

menstruación antes de que ocurra. Es la madre la persona más indicada, por lo general, para informarla. Normalmente se podrá hablar también de los ciclos de la fertilidad y de su significado. Sin embargo no es necesario todavía, a no ser que sea explícitamente preguntado, dar explicaciones detalladas acerca de la unión sexual.

Es importante que ella esté debidamente iniciada en el hecho de la

Importante igualmente que se ayude a los hijos varones a comprender las etapas del desarrollo físico y fisiológico de sus órganos genitales. Evitando, de este modo, que obtengan esta información de compañeros de juego o de personas mayores sin criterio y sin tino. Todo ello en un ambiente sereno, positivo, reservado, teniendo siempre como en perspectiva el matrimonio, la familia, la paternidad.

También recibirán, ellas y ellos, la información sobre el sexo opuesto que les evite

insanas curiosidades, en un clima morboso y torpe. En unos y en otras se debe resaltar la belleza de la procreación, así como el profundo significado de la castidad y de la virginidad.

Y la importancia de ser transmisores de la vida, entendida como un bien, antes de que

adquieran esa cultura anti-vida de cierta mentalidad hedonista en la civilización actual.

La formación de la conciencia adquiere, en este momento, una importancia trascendental, tratando de llevarles a que comprendan que hay un proyecto de vida trazado para cada uno, que deber ser conocido y vivido si se quiere la felicidad. No hace falta dar excesiva importancia a las problemáticas sexuales patológicas ni producir la falsa impresión de que la sexualidad es una realidad vergonzosa o sucia. Es un don de Dios, que quiere hacer partícipe al hombre y a la mujer de su poder creador.

Conviene ayudarles igualmente a enfrentar con serena fortaleza las fantasías eróticas y a respetarse mutuamente hombre y mujer. Y a superar las influencias negativas en el modo de actuar e incluso de conversar: aunque hayan sido aceptadas socialmente, existen costumbres en el modo de hablar y de vestir que son moralmente incorrectas y representan una forma de banalizar la sexualidad, reduciéndola a un objeto de consumo. Es papel de los padres enseñar a sus hijos el valor del pudor y la modestia, la sobriedad en el comer, beber y vestir y, respecto de las modas, la independencia característica de un hombre o una mujer con personalidad maduras.

La adolescencia

La adolescencia representa, en el desarrollo humano, el período en el que la persona

se proyecta afuera de sí misma, hacia el mundo y hacia los demás y se enfrenta con el

sentido de su vida, con su vocación personal. Largo período de la existencia durante el cual

se realiza la época crucial de su maduración y se empieza a realizar el proyecto personal. Tiempo adecuado para aprender -del ejemplo de los padres- la virtud de la fidelidad.

Período en que cuajan las virtudes que harán posible vivir la castidad y la continencia, frente a los turbulentos llamados de la sexualidad.

Al comienzo de la adolescencia se suele hacer el descubrimiento de la relación que existe entre ser diferentes y el atractivo sexual: o sea la función unitiva y procreadora de la sexualidad. Coincide con el desarrollo de los órganos genitales y con la manifestación, más o menos fuerte, de los impulsos sexuales: las primeras manifestaciones de desahogo corporal suelen llevar al adolescente a situaciones de turbación, placer y desconcierto, para las cuales ha de estar preparado si el programa formativo se lleva a cabo oportunamente.

Es entonces cuando ellos y ellas necesitan más ayuda de sus padres quienes, con toda sencillez y la mayor delicadeza, deben hablar con sus hijos del sentido y los problemas de la sexualidad en la vida humana. Ya entonces es oportuno informarles de algunas manifestaciones de la sexualidad, como la masturbación, el autoerotismo. También conviene plantear el tema de la homosexualidad, con el fin de delimitar con claridad lo meramente biológico, del aspecto moral .

El período posterior, la adolescencia propiamente dicha, resulta con frecuencia una época crítica: aparece más definido el cometido apropiado del sexo, el establecimiento de la propia personalidad y la determinación de la profesión, de los valores, la ideología, el estilo de la vida. La palabra crítica no tiene una connotación negativa: se refiere más bien a una situación de cambio, de transformación hacia la edad madura; puede ser traumático a veces, o realizarse de manera serena y sin dificultades especiales: mucho depende de la ayuda que se le brinde.

Conviene tratar de orientar a los hijos hacia un desarrollo humano integral. Que comprendan bien la razón de ser de su condición corpórea; los aspectos biológicos relacionados con este hecho; la unidad cuerpo-alma; las raíces endocrinas de la sexualidad; el ciclo femenino; la higiene sexual. Igualmente tratar a fondo el tema de la psicología sexual: el despertar amoroso; la disociación entre la capacidad erótica y la sexualidad en el adolescente; el desarrollo del instinto sexual masculino y femenino; la relaciones entre personas de distinto sexo en la adolescencia. Para ellas: la formación y aspectos concretos de la feminidad y su importancia; la situación actual de la mujer y su proyecto hacia el futuro; la llamada debilidad femenina; la pretendida pasividad sexual en la mujer; la vinculación de lo sexual con los centros sentimentales.

Conviene destacar lo referente a la educación de la afectividad; las relaciones con sus padres y superiores; el valor de la amistad; la educación de los sentimientos, las pasiones, las emociones; la dignidad del amor humano y su relación con el amor sobrenatural; el amor, el afecto, el noviazgo.

Resulta importante, en esta etapa de la vida, algo que ya mencionamos antes: que el papá hable a la hija de cuestiones que, por su condición de varón, conoce mejor que la misma madre. Cómo reacciona un hombre ante determinadas posturas o actitudes femeninas, cómo piensa, cómo enfoca su sexualidad, qué intenta cuando manifiesta su

cariño con expresiones corporales. La experiencia personal del padre y el conocimiento del ambiente en que se mueven los varones en su adolescencia y juventud, es de gran utilidad para que la hija sepa cómo manejarse y cómo actuar. No se trata de crear resistencias hacia los hombres, ni llenarla de prejuicios, sino de darle una información serena de la psicología masculina y de los modos como pueden vivir los amigos o el novio la propia sexualidad.

De manera análoga, la mamá tiene mucho qué decirle al hijo sobre la psicología femenina. Normalmente no conocen bien a las mujeres y no perciben con claridad sus reacciones interiores, su sensibilidad, sus emociones, sus afectos. Un muchacho puede, sin que por ello sea malo, hacer mucho daño a una niña con su manera de tratarla, con sus exigencias, con sus requerimientos. La medida de la reacción afectiva o sexual del varón y de la mujer, son diferentes. El debe conocer esto para controlar sus impulsos, con un respeto profundo por la mujer y por todo lo que ella significa. Cuando un joven sabe reflejar en el trato con sus amigas el respeto y la delicadeza que le inspiran su propia mamá, sus hermanas, su actitud hacia las mujeres mejorará mucho. Y en esta percepción juegan un papel trascendental la conducta y los consejos de su propia madre.

Durante la adolescencia se tipifica con especial claridad la atracción sexual: del varón por la mujer y viceversa, sin que necesariamente se concrete en una persona, sino más bien en lo que podríamos denominar un tipo particular de persona. De donde se pasa, ya en la plenitud de la adolescencia, a personas concretas y singulares: los enamoramientos iniciales o el amor en sus primeras y, con frecuencia superficiales pero intensas manifestaciones.

Por la misma vitalidad que caracteriza esta edad, es fácil que se presenten alteraciones psicológicas que hacen al adolescente más frágil a estímulos exteriores, a los que está muy abierto. Si no se orienta adecuadamente, puede surgir la tentación de las evasiones: hacia el licor, las drogas, la masturbación, la experiencias sexuales. Se puede considerar como normal esta tendencia evasiva y estos desahogos de la personalidad inmadura del adolescente. Por eso, no conviene tratarlos como anomalías, enfermedades o desviaciones: sencillamente hay que llenar los vacíos afectivos y emocionales, crear espacios de desarrollo creador, intereses positivos, valores. Es el momento de fomentar la vida deportiva, el arte, la cultura, la lectura bien orientada y atractiva, los ideales nobles y exigentes.

La curiosidad -ordinariamente de saber más en detalle cómo es el otro sexo-, juega un papel importante en su formación. Puede darse una curiosidad totalmente normal, que anhela ver satisfechas sus preguntas; y una curiosidad morbosa con inclinaciones desordenadas: es importante distinguirlas bien. El factor curiosidad plantea el problema más delicado de la información sexual. Porque es menester satisfacer dicha curiosidad, pero de tal modo que resulte una información suficiente pero no excitante. Precisamente la pornografía no es otra cosa que la exploración desmedida de la curiosidad sexual. Es el momento también de explicarles que el placer no es el fin de la sexualidad, sino un medio que Dios ha puesto para ayudarle a que cumpla adecuadamente su fin, que es precisamente la unidad conyugal y la procreación.

Es hora, igualmente, de estimular la fortaleza, porque entonces comienzan las dificultades de una vida sexual sana. Cabe aquí una insistencia en la educación del carácter y la orientación hacia una madurez en el juicio, en la voluntad y en la acción. Destacar el valor de las virtudes en el desarrollo de la personalidad: templanza, fortaleza; castidad, virginidad y celibato; pudor y modestia en el desarrollo de la intimidad; el papel del sacrificio; felicidad y placer; el valor formativo del trabajo; la relación del trabajo con la formación de la personalidad; la necesidad de fomentar intereses y aficiones; la lealtad y la fidelidad.

No debe olvidarse que el desorden en el uso del sexo tiende a destruir progresivamente la capacidad de amar, haciendo del placer no un don sincero de sí mismo, sino el fin de la sexualidad; y reduciendo a la otra persona en objeto de su propia satisfacción. Esto lleva consigo, como consecuencia, la pérdida del sentido del amor verdadero entre hombre y mujer, el deseo de frustrar las consecuencias de la relación sexual, con un desprecio por la vida concebida, que se considera como un mal que amenaza el placer personal. "La banalización de la sexualidad es uno de los factores principales que están a la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida"

Durante este período son muy importantes las amistades. Según las condiciones y usos sociales del lugar en que se vive, la adolescencia es una época en la que los jóvenes anhelan gozar de una cada vez mayor autonomía en las relaciones con los demás y en los horarios de la vida familiar. Sin quitarles la libertad -al contrario, para favorecerla con el fin de que aprendan a emplearla en todas las manifestaciones de su vida personal- los padres, razonadamente han de saber decir que nó, cuando sea necesario. Explicándoles por qué, con razonamientos serenos y ponderados y haciéndoles ver que en el proceso de la madurez hay que saber negarse a lo que dificulte el desarrollo de la voluntad o genere situaciones de las que sea difícil salir indemnes. No les gusta que les digan no. Pero acabarán comprendiendo que se trata de su propio bien; que los padres, con mayor madurez, experiencia y gracia de estado, son más capaces de vislumbrar las consecuencias de sus actos. Simultáneamente es bueno que los padres cultiven el gusto de sus hijos por todo lo que es bello, noble y verdadero. Y sean sensibles a la autoestima del adolescente, que puede atravesar fases de confusión y de menor claridad sobre el sentido de su dignidad personal y sus exigencias. Con consejos que brotan del amor y la paciencia, ayudarles a evitar el excesivo encerramiento en sí mismos, al tiempo que los fortalecen contra los incentivos de una sociedad de consumo que debilita la fortaleza, y puede incluso destruir la personalidad.

Puede ser el momento de hablar de las llamadas clases sociales. La igualdad radical

del ser humano y el por qué de las diferencias sociales. La comprensión, la convivencia pacífica, la solidaridad y la dimensión social de la existencia. Derechos y deberes humanos:

del niño, del hombre, de la mujer, de la familia, del trabajador

de civismo y solidaridad social. La justicia social y su relación con la caridad. Normas de

comportamiento social: protocolo familiar, escolar, social. Normativa de la convivencia.

Deberes sociales. Sentido

Hacia la juventud

Hacia los diecisiete o dieciocho años ha llegado la hora de fijar en la mente y en la voluntad del adolescente todas las dimensiones del amor, con miras a una preparación remota en el tiempo pero cercana en los criterios fundamentales, hacia el matrimonio. Del cual deben conocer ya su indisolubilidad y la relación que existe entre amor y procreación; la ilicitud de las relaciones prematrimoniales, del aborto y de la contracepción. Es oportuno que vayan comprendiendo el significado de la donación conyugal y el hecho de que, en la vida matrimonial, no pueden separarse artificialmente los dos significados del amor conyugal -unitivo y procreativo- sin alterar la verdad íntima del acto conyugal.

Es oportuno entonces ayudarle para que esté dispuesto a una donación razonable de sí mismo:

- de su propio cuerpo [con la conciencia clara de que se trata de un cuerpo humano,

transido de espíritu], al ser amado en la vida conyugal: teniendo en cuenta que en la edad adulta y, dentro del matrimonio, el amor alcanza la plenitud en el orden físico y es allí donde el sexo cumple su función procreativa y gratificante;

- de su propia alma [incluido igualmente el cuerpo, la persona entera] a un ideal espiritual, o a Dios.

Encuadrada la sexualidad en el amor, su pleno cumplimiento se halla en la paternidad dentro de la vida matrimonial (con la excepción de la entrega a Dios).

Aspecto fundamental de la preparación de los jóvenes para el matrimonio consiste en darles una visión exacta de la ética cristiana respecto a la sexualidad, ayudándoles a sostener y a robustecer la delicadeza propia de los novios, a prepararlos para la vida conyugal vivida dignamente y para la misión que tiene la familia en la sociedad. Explicarles por qué las relaciones sexuales prematrimoniales van en contravía de la dignidad y del respeto de la persona y tienen efectos negativos sobre la estabilidad de un posterior matrimonio: con razones de orden humano, psicológico, social; y de orden sobrenatural: todo lo que tiene que ver con el sexto mandamiento de la Ley de Dios. Llevarles a comprender que es posible, humana y sobrenaturalmente hablando, un noviazgo profundo sin relaciones sexuales.

Cuando se acercan a la mayoría de edad no cesa la misión de los padres. El contacto con la universidad, con el mundo del trabajo y con un ambiente social más amplio que el vivido en la edad escolar, no suspenden la responsabilidad de los esposos. Será distinta, pero igualmente necesaria, la presencia materna y paterna al lado de sus hijos, en un clima de mucha libertad, con el fin de facilitar que antes de marcharse del hogar estén en capacidad de asumir personalmente la misión que la vida les confíe.

Es un momento crucial, en el que conviene extremar la delicadeza y el respeto por su autonomía, sin que pierdan la conciencia y el valor de la normativa de la convivencia en el

hogar, que sigue siendo dirigido por sus padres. En un diálogo confiado y capaz de promover el sentido de responsabilidad, los progenitores siguen siendo punto de referencia para su prole. Su consejo y su apoyo sigue siendo útil en el proceso más espacioso de socialización que permita conseguir una personalidad madura y plena, al interior de sí mismos y en el encuentro con los demás. Es trascendental en estos momentos que no se pierdan los valores que hasta entonces han sido la guía del derrotero vivido. Virtudes humanas y trascendentales que no sólo conservan su vigencia, sino que se necesitan más para la realización del proyecto personal de vida.

Es un período en el que, de forma natural, se está escogiendo la persona con la que se formará una nueva familia a través del matrimonio. Hace falta una especial finura paterna, para que puedan aconsejar sin imponer. Su papel es el de ayudar a discernir las condiciones necesarias para que nazca un vínculo serio, honesto, prometedor. Y les apoyarán en el camino que emprendan con plena libertad, fortaleciendo una coherencia que les lleve a cultivar la unidad de vida en el trabajo, en el amor, en las demás relaciones humanas y en su interioridad.

El noviazgo y su relación con la dignidad de la persona

Los padres de familia -y los adolescentes mismos- se preguntan con frecuencia acerca de los criterios que deben presidir las relaciones de cercanía e intimidad entre los novios. Especialmente cuando se trata de personas de recta conducta, surgen dudas al experimentar una fuerte presión de ambientes hedonistas que puede llevar al acostumbramiento y a la condescendencia con prácticas que no son dignas de un comportamiento que valore la dignidad de la persona.

Porque es tal la influencia de una sociedad aburguesada y frívola, que hace surgir dudas sobre el verdadero amor, cuando no se manifiesta unido a expresiones de intimidad física, caricias, movimientos de sensualidad, satisfacciones sexuales. Así lo expresaba aquella joven que recibió de su director espiritual una felicitación para ella y su novio por el respeto y delicadezas de su amor.

-Veo con claridad cuánto te quiere!, le dijo el sacerdote.

A lo que ella, algo confusa dijo:

-Padre: lo que usted me dice es la respuesta que yo pedía a Dios en mi oración. Porque al confrontar la finura de mi novio, con lo que me contaban mis amigas de su noviazgo, llegué a dudar de su cariño. Y le pedí a Dios que me hiciera ver con claridad si me quería. Y ahora usted, sin que yo se lo pregunte, me da la respuesta anhelada. !Muchas gracias!

Quienes, como ella y tantas otras que valoran su pureza, quieren conocer los criterios morales en este terreno, deben advertir en primer término que las manifestaciones de confianza o de intimidad de personas no casadas no dependen exclusivamente de que les

una un sentimiento o que se sientan atraídas mutuamente. No se trata de si me quiere o no me quiere: como si quererse autorizara sin más las expresiones sensibles, los estímulos pasionales, la excitación corporal. La conocida y mal interpretada frase: "Si me quieres, demuéstramelo!", lleva consigo una falsia evidente, cuando la demostración pedida tiene un carácter de entrega física.

Hay muchas formas de amor verdadero, que no siempre están referidas a movimientos de sensualidad ni de sexualidad. El amor entre hermanos, la amistad, el amor paterno-filial, con toda su realidad y hermosura, no se reducen a lo meramente sensitivo, sino que van mucho más allá: buscan a la persona misma, su riqueza íntima, su valor individual interior. Es muy diferente la expresión de amor de dos esposos, de la que puede existir entre dos personas que apenas se conocen o que inician una amistad o un noviazgo; e incluso de quienes están cerca de contraer matrimonio. Cada situación tiene sus límites y sus condiciones.

Parece fácil entender que hay manifestaciones afectivas que pueden seguir lícitamente al establecimiento de un compromiso en orden al matrimonio; las cuales no tendrían justificación moral en otras circunstancias. Los colegas de trabajo, compañeros y compañeras de clase, los amigos -así sean aquellos que se tratan más de cerca, para conocerse mejor-, han de vivir en sus relaciones aquellas relaciones externas de confianza que son propias de la buena educación y de la cortesía. Si emplearan modos iguales o semejantes a los que tienen entre sí los comprometidos en matrimonio, podrían terminar -de modo más o menos consciente y explícito- en una provocación de carácter sexual. Es el caso del encuentro pasajero, como enamorados, de dos personas que no tienen intención de comprometerse establemente: relaciones ocasionales, unas pocas horas o una temporada. un simple flirt. Es evidente que se trata de una irresponsabilidad, que suele llevar a prescindir -con la misma ligereza- de la norma moral, dejando las relaciones interpersonales reducidas al nivel de lo que podríamos llamar espontaneidad instintiva, más propia de los irracionales.

Cuando existe un compromiso mutuo en orden al matrimonio, es oportuno

considerar que, por su misma naturaleza, este tiene una gradación con fases diversas. No es

igual el trato de dos personas que prevén su matrimonio dentro de bastante tiempo

que el de quienes están a las puertas del matrimonio: la conducta de unos y de otros ha de ser, consecuentemente, distinta. No se incluyen las relaciones sexuales entre los derechos de los novios: estas serán siempre ilícitas fuera de la vida matrimonial. La prudencia cristiana aconseja que los noviazgos sean cortos: suficientes, eso sí, para alcanzar un profundo conocimiento mutuo.

-años-

Es frecuente que personas jóvenes -todavía adolescentes, incluso- deseen establecer

compromisos con apariencia cuasi-prematrimonial. Confunden la seriedad de sus intenciones con la realidad objetiva de la situación y de la edad. Puede suceder entonces que

-aun queriendo excluir comportamientos sólo propios de los esposos-

firmeza de su decisión les autoriza a tener expresiones de confianza y de afecto más íntimas

que las propias de una sólida amistad. Están sin duda en un error. Porque tales manifestaciones, cuando prevén razonablemente una larga permanencia en esa situación -

piensen que la

por ejemplo, si se trata de estudiantes- constituyen una seria imprudencia. Si se habitúan a un régimen de intimidad que les expone a fuertes tensiones y que empaña la limpieza de sus

relaciones, acabarán oscureciendo la verdad en su conciencia.

el confesor, el amigo o la amiga desaconsejan este trato, no significa que piensan mal o que

tienen desconfianza, o ven malicia donde no la hay. Por el contrario, esa advertencia realista

y prudente es una manifestación de afecto que debería agradecer quien anhela comportarse siempre de manera que las relaciones estén presididas por la dignidad y el respeto.

Cuando el papá o la mamá,

Es lógico que la situación será diferente cuando se trata de personas cuyo compromiso tiene garantías objetivas y externas de estabilidad, como son la edad, la situación profesional, la madurez del conocimiento recíproco. Han de considerarse rectas ciertas manifestaciones del amor mutuo, delicadas y limpias, en las que no se da una

intención torcida, que no buscan directamente una satisfacción de carácter sexual completa,

y que están dispuestos a cortar con expresiones que sólo tendrían cabida en la relación

conyugal. Se trata de muestras de cariño que están presididas por el peculiar respeto recíproco que se deben dos personas que aún no se pertenecen. Por hacer uso de una analogía, consideremos el caso de una persona ya elegida para ocupar un cargo público. Aunque tenga la credencial que lo acredita, por ejemplo, como presidente de la República, sólo puede ejercer sus funciones cuando se haya posesionado legítimamente.

Las normas morales no suponen barreras para el auténtico amor humano: indican las expresiones que debe tener en cada momento, de acuerdo con la dignidad de la persona, el verdadero amor. Dichos preceptos exaltan la nobleza y dignidad, del amor humano; lo radican en el don de sí, preservándolo del egoísmo; lo transforman, ya antes del matrimonio, en medio de crecimiento personal; y sientan el fundamento de su estabilidad y fecundidad futura.

El noviazgo es un período de conocimiento personal. El cual sólo se logra si en el trato entre los dos se usa la inteligencia, como fundamento de una voluntad más libre para decidir si se sigue adelante. Cuando las relaciones están presididas por el imperio de la

pasión, se nubla la inteligencia y se dificulta el ejercicio de la voluntad: se pierde la libertad en el amor. Por eso sucede que, cuando se ha llegado con frecuencia a la intimidad corporal

y a la entrega física durante el noviazgo, los esposos descubren que no se conocieron

suficientemente. El sentido del tacto no es suficiente para descubrir cualidades y defectos en la persona que se encuentra, por decirlo así, muy por debajo de la piel. La consecuencia es el desconcierto inicial, la frustración y las desaveniencias conyugales.

La experiencia comprueba, lo que la razón nos enseña. La separación y el divorcio, son más frecuentes entre quienes tuvieron relaciones sexuales antes de casarse. No es fácil entregarse del todo a otro en matrimonio, cuando parte de sí mismo se ha ido entregando a cuotas, sin compromiso de totalidad. Entonces, el consentimiento matrimonial aparece en parte viciado, sin garantía de pervivencia para cuando sobreviene el dolor y la lucha, la dificultad y la incomprensión, producidos en buena medida por el desconocimiento mutuo.

Conviene insistir: la especial exigencia de estos criterios, lejos de responder a una concepción negativa de la sexualidad humana, es expresión del reconocimiento de su gran dignidad. No se trata de convertir en tabúes las manifestaciones de cariño en el noviazgo, ni de prejuicios maniquéos: lo que está en juego es la dignidad humana, el orden natural querido por el Creador.

Unas palabras del Papa Juan Pablo II dan luz al respecto. "Para la preparación del

matrimonio es esencial vuestra vocación a la castidad (

un compromiso de fidelidad que dure toda la vida. Entregar vuestro cuerpo a otra persona significa entregaros vosotros mismos a esa persona. Ahora bien, si aún no estáis casados, admitid que existe la posibilidad de cambiar de idea en el futuro. La donación total, en

consecuencia, estaría ausente. Sin el vínculo del matrimonio, las relaciones sexuales son mentirosas, y, para los cristianos, matrimonio significa matrimonio sacramental.

)

El honesto lenguaje sexual exige

"La castidad -que significa respetar la dignidad de los demás, porque nuestros

cuerpos son templos del Espíritu Santo (cf. I Cor 4,19)- os lleva a crecer en el amor a los demás y hacia Dios. Os prepara a realizar la mutua donación (cf. Gaudium et Spes, n.48)

que está en la base del matrimonio cristiano.

aprender a amar como Cristo ama, dando su vida por los demás(cf. Jn 15,13). No os dejéis engañar por las palabras vacías de quienes ponen en ridículo la castidad o vuestra capacidad de autocontrol. La fuerza de vuestro futuro amor conyugal depende de la fuerza de vuestro empeño por aprender el verdadero amor, una castidad que comporta el abstenerse de toda relación sexual fuera del matrimonio" .

Y -cosa aún más importante- os enseña a

Conocer el valor del matrimonio

Es muy oportuno que los hijos, al llegar a la juventud conozcan el significado profundo del matrimonio, entendido como unión de amor para el pleno desarrollo personal y la procreación. La estabilidad del amor conyugal exige, como condición indispensable, el dominio de sí, la formación del carácter y el espíritu de sacrificio. Más necesarios, cuando son mayores las desorientaciones que encuentran en la civilización actual.

Una parte importante de la educación es la preparación para la vida familiar, como base primordial de una educación que enseñe a vivir el amor de acuerdo con su propia finalidad. La sexualidad tiene un significado positivo por los muchos valores que se relacionan con ella: la relación que tiene con la totalidad de la vida humana, esta fuerza vital poderosa hecha para la unión entre el hombre y la mujer en la familia; el valor de la fertilidad del cuerpo, ligada al sexo; el valor de la procreación, por la cual, en la intimidad de la relación sexual de la pareja, puede tener comienzo la vida de un hijo; el valor de la vida en su maravilla y su misterio, desde el mismo comienzo de la gestación; el valor de la vida propia y de los demás; el valor de la unidad de la pareja, en la que el hombre es esposo y padre, y la mujer esposa y madre; el valor del amor, que es ante todo espiritual, y sin el cual la sexualidad pierde su sentido humano; el valor y la importancia fundamental de la

familia, formada por todos sus miembros, que la persona necesita para su vida y su crecimiento. Todas éstas son riquezas que tienen que ver con la sexualidad .

Conviene también hacer ver a los hijos una correcta y completa información sobre las responsabilidades que deberán asumir en su vida matrimonial, con relación al número de hijos. Enseñarles a valorar moralmente los sistemas de regulación de la natalidad, con el fin de que estén capacitados para vivir su matrimonio responsablemente, pleno de amor y abierto a la vida. En este aspecto, Juan Pablo II insiste en que se den a conocer con claridad los métodos naturales para regular su fertilidad: "Conviene hacer lo posible para que semejante conocimiento se haga accesible a todos los esposos, y ante todo a las personas jóvenes, mediante una información y una educación clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos, de expertos" .

CAPITULO

IV

OTROS "EDUCADORES", ALREDEDOR DEL HOGAR

Vamos a referirnos ahora a las diversas influencias que pueden recibir los hijos en el camino de su preparación para el amor. Es evidente que son muchas las interferencias, así como las ayudas valiosas, que pueden encontrar los padres de familia, desde muy temprano en la vida de sus hijos. Mencionamos algunas de las más cercanas a la intimidad de la familia, aunque lógicamente podrían ser muchas más: el colegio donde pasan los hijos casi tantas horas como en el hogar; la televisión, instrumento omnipresente, visitante diurna y nocturna de la sala de estar o de la misma alcoba; los libros, que llenan estanterías y anaqueles de toda residencia familiar; otros medios de comunicación, como revistas y periódicos, internet, etc. Algo cabe decir en estas páginas sobre cada uno de ellos, en este largo diálogo con los padres de familia y sus anhelos de ayudar a sus hijos a capacitarse para un amor cabal, fuente de felicidad, expresión de madurez.

El colegio, complemento, no sustituto del hogar

Los padres de familia cuentan con el colegio para que se complemente en las aulas lo que se enseña en el hogar. Pero, tal como fue dicho páginas atrás, es bueno recordar que la responsabilidad educativa nunca es delegable. De todos modos, si no se consideran suficientemente seguros de su personal formación y capacidad, puede ser oportuno que -de manera excepcional- confíen la ilustración acerca de estos temas a otros, de limpia doctrina y de conducta intachable. Pero siempre en diálogo permanente con sus hijos, de modo que la confianza paterno-filial se mantenga viva y no se sustituya la intimidad de la relación que debe existir entre padres e hijos.

En lo referente al tema de la afectividad y la sexualidad -que, como hemos considerado, invade la personalidad y la define tan marcadamente- los padres de familia no pueden tolerar descriterios por parte de otros educadores. Conviene que conozcan, evalúen

y analicen, tanto el ambiente general como la instrucción específica en algunas materias de mayor incidencia en la educación de sus hijos. Que sepan lo que se enseña en biología, religión, comportamiento y salud, ciencias sociales; y, desde luego, qué hay y cómo se desarrolla el programa de educación afectiva. Se deben exigir profesores, programas y textos de segura doctrina; no basta que sean neutros: deben educar positivamente. En este campo, lo que no forma, deforma. Es necesario que los padres conozcan y manejen los libros de todas las materias, observen los cuadernos, se interesen por la vida del colegio, y por la solvencia no sólo académica sino también moral de cada profesor.

El ambiente que se crea al poner en marcha un programa de la educación de la sexualidad en los colegios debe respirar serenidad y sosiego. Insistiendo en que se realice de la forma más personalizada posible. En grupo, cabe el peligro de traumatizar a aquellos alumnos menos preparados, inmaduros, ante determinada cuestión. No puede evitarse en la institución educativa esta información colectiva; por ello, además de la ilustración oportuna, se requiere un trato individual para conocer cómo van captando las ideas y la doctrina y qué tal responden las enseñanzas a la necesidades personales de cada alumno: sin prisas ni lentitud, de modo gradual.

Por esto, aún en caso de una suplencia forzada, los padres deben estar siempre dispuestos a absolver las preguntas directas de sus hijos y a contribuir a su maduración afectiva a lo largo de su vida.

Los diversos medios de comunicación social

Es importante seguir de cerca los efectos que distintos medios de comunicación, tienen sobre los hijos. Por su presencia permanente en el hogar y el tiempo que se les dedica, se constituyen en formadores o deformadores de la juventud: se les ha llamado, no sin razón, el tercer padre, por su influencia en la educación de niños y adolescentes. Con su irrupción arrolladora y fuerza de sugestión, ejercen sobre los jóvenes y menores, una continua y condicionante obra de información y de amaestramiento, bastante más incisiva, en veces, que la de la familia. La radio, la prensa, las revistas, la televisión, el internet, tienden a constituirse en los más incisivos educadores familiares.

Estos medios crean "actitudes masivas antes de que se formen opiniones colectivas. No esperan a que advenga la reflexión, sino que actúan sobre la reacción. Lejos aún de que el receptor se forme un juicio, cuando apenas ha percibido el concepto, ya se ha determinado la conducta. Ni qué hablar de raciocinio, ni de hipótesis, ni de teorías, ni de abstracciones, ni para qué mezclar las tesis, ni el silogismo siquiera, ni mucho menos el sistema, ni analizar los valores. Sin que nada de eso ocurra, viene la repetición insistente y se consiguen en breve el unanimismo o por lo menos la mayoría requerida. Así se hacen las modas, los consumos generales y las tiranías. Así se ha logrado que las grandes mayorías consideren que el sexo no es el modo placentero de la multiplicación de la especie, sino un instrumento de placer que también puede servir para la procreación; que el niño no sea el objeto prístino de la ternura sino un estorbo permanente para el gozo; que el embarazo no

sea un premio sino una enfermedad fácil de curar; que la ancianidad deje de ser el triunfo de la salud, sino vidas inútiles que deben acortarse, y en fin que la vida humana es para divertirse y no para merecer" .

La experiencia nos hace realistas. Su influencia contribuye a crear una visión desordenada del hombre y su conducta. ¿Qué valores transmiten las películas, las telenovelas, los programas televisivos en los que dominan la pornografía y la violencia, o se presenta el amor humano sólo desde el punto de vista de pasiones y sentimientos? ¿Es éste un buen servicio a la verdad sobre el hombre? Son interrogantes que no pueden eludir los operadores de estos instrumentos y los responsables de la elaboración y comercialización de sus productos. Ni, mucho menos, los padres de familia.

"Gracias a semejante reflexión crítica, nuestra civilización, que aun teniendo tantos aspectos positivos a nivel material y cultural, debería darse cuenta de que, desde diversos puntos de vista, es una civilización enferma, que produce profundas alteraciones en el hombre. ¿Por qué sucede esto? La razón está en el hecho de que nuestra sociedad se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas. Por consiguiente, no sabe comprender adecuadamente lo que son verdaderamente: la entrega del matrimonio, el amor responsable al servicio de la paternidad y la maternidad, la auténtica grandeza de la generación y educación. Entonces, ¿es exagerado afirmar que los medios de comunicación social, si no están orientados según sanos principios éticos, no sirven a la verdad en su dimensión esencial? Este es, pues, el drama: los modernos instrumentos de comunicación social están sujetos a la tentación de manipular el mensaje, falseando la verdad sobre el hombre. El ser humano no es el presentado por la publicidad y por los modernos medios de comunicación social. Es mucho más, como unidad psicofísica, como unidad de alma y cuerpo, como persona. Es mucho más por su vocación al amor, que lo introduce como varón y mujer en la dimensión del gran misterio" .

Analicemos algunos de tales medios de comunicación.

La influencia del cine

El cine influye de manera decisiva en la configuración de la mentalidad de la juventud. De hecho, es un excelente medio de formación, cuando contiene elementos suficientes para aportar valores humanos. La personalidad humana -inteligencia, afectos, emociones, carácter, socialización- queda marcada por el enorme poder de la cinematografía, que cuenta con la ayuda de recursos casi ilimitados para convertirse en uno de los mayores instrumentos de convicción que se conocen.

El hombre y la mujer normales se presentan inermes en un ambiente que ablanda sus defensas: sala oscura, temperatura óptima, música sugestiva, imágenes artísticas, belleza de fotografía y colorido. Allí las ideas encuentran fácil penetración -a través de los sentidos- en

la conciencia del espectador. Y van trasformando, poco a poco, insensiblemente, su manera de pensar.

Pero no siempre son buenas las ideas que transmite. No son infrecuentes los temas de familias deshechas, adulterios institucionalizados, relaciones sexuales presentadas como elementos exclusivos del amor, y violencia como recurso para obtener por cualquier medio aquello que se apetece. Pareciera habitualmente que el fin justifica los medios. El amor, tantas veces, queda reducido a lo puramente sensual, para satisfacción de los sentidos, movidos por condicionantes exteriores de la persona; un amor egoísta, fin de sí mismo, que brota generalmente de una visión hedonista de la vida. El corazón humano, hecho pura afectividad, sin principios y sin normas, desposeído de toda moral, se expone a decidir por encima de la voz de la conciencia y a hablar más fuerte que ella.

En medio de todo esto, ¿qué valores se aprecian? Pocos. Todo parece reducirse a una bella composición de colores, luces y sonidos. Los millones de espectadores que cada año convierten las salas de cine en negocios lucrativos, no aprenden el amor como entrega generosa y sacrificada, no valoran la honradez, desconocen la caridad. Con mucha mayor frecuencia de lo deseado, sólo se ven personajes esclavos de sus pasiones, que violan impunemente las leyes humanas y divinas, y cometen desafueros sin sanción. Se mata, se roba y se irrespetan las instituciones sin recato.

Aún en las películas que no podrían calificarse de inmorales, como ciertas comedias

insustanciales y ligeras, se ven personalidades cuya conducta frívola y superficial no plantea solución a los problemas humanos: una vida pagana; el amor, un placer pasajero; el lujo, un privilegio por el que vale la pena sacrificar cualquier valor; y el matrimonio, a lo más, un sentimiento inestable y frágil: un pasatiempo; el divorcio con derechos mayores que el amor

conyugal, y el adulterio con motivos más fuertes que la fidelidad.

antieducativo, que exalta las pasiones, presenta la vida bajo luces falsas, ofusca los ideales más nobles, destruye la pureza del amor, irrespeta el matrimonio y afecta la familia en sus raíces más íntimas. Y el pudor -que es defensa de la intimidad- conculcado, despreciado, ridiculizado.

Irrealismo

No. Los padres de familia, no pueden esperar que el cine proporcione elementos válidos para educar la afectividad de la juventud. Que ofrezca los valores o criterios que se necesitan para obtener una educación verdadera de la sexualidad. Quien acude al cine como diversión o como entretenimiento habitual, si carece de otro medio educativo y se ve rodeado simultáneamente de revistas, radio y discos hasta los que ha llegado la oleada de lujuria y de violencia, queda desarmado: acaba sabiendo cada vez menos de valores espirituales, trascendentes; no es extraño que no sienta respeto por la dignidad del ser humano, que desconozca su destino eterno, que quede a merced de los sentidos, sin valores trascendentes, sin Dios y sin ley.

La afectividad humana está muy condicionada por el mundo de la imagen. La descristianización de tantos medios de comunicación masiva, hace que la juventud pierda paulatinamente el sentido de la vida y la distinción entre el bien y el mal. Es uno de los

peores efectos del cine: la pérdida del sentido moral, la falta de conocimiento de la realidad del pecado y la insensibilidad de la conciencia.

Quizás parezca extremadamente negativo el panorama. Porque también hay muchas películas llenas de valores, orientadoras; o, al menos de sana entretención que brindan descanso y sosiego a un mundo cada vez más agitado. Pero no parece que sea lo habitual. Cuánto querría confiar en que muchos de los medios de comunicación social con los que tan intensamente está relacionada la juventud actual, aportaran soluciones para una educación integral, una correcta y completa educación afectiva hacia el verdadero amor.

La inteligencia humana puede encontrar modos de utilizar este impresionante medio, para educar en valores más altos y despertar la conciencia de la superioridad del hombre sobre los animales. Esta puede ser tarea que emprendan quienes se sientan responsables de su misión social. Entonces, se podrá afirmar que el cine sí es un excelente medio de formación de la juventud en una afectividad sana y ordenada, que desarrolle hasta sus más altos límites la personalidad del hombre. Un buen espacio de acción para las asociaciones de padres de familia y para quienes tengan acceso directo o indirecto a tales medios.

Es oficio de los críticos de cine dar criterio abundante que permita una valoración correcta de las películas, ayudando a discernir -con jerarquía adecuada- las cosas positivas, de aquellas que pueden hacer mal al espectador desprevenido. Desaconsejando sin miedo aquellos filmes que nada aportan y cuya temática o presentación puedan ser lesivas a la dignidad del hombre y del sentido cristiano de la vida. Y recomendando aquellas que estimulan el mejoramiento personal, que aportan valores por los que vale la pena luchar.

A los padres de familia, como siempre, corresponde formar e informar a sus hijos acerca de estas cuestiones dialogando con ellos en calma y en profundidad para captar prontamente el efecto que el cine tiene en sus mentes y en sus actitudes. Todos podemos contribuir a formar una opinión pública crítica y valiente, por medio de cartas a los medios de comunicación, negándonos a engrosar las arcas de los distribuidores de cine inmoral, promoviendo la no asistencia a determinadas salas y asumiendo una postura firme de defensa del derecho de la sociedad a no ser ultrajada por quienes negocian con la corrupción del hombre.

¿Y la televisión?

En los últimos decenios la televisión revolucionó las comunicaciones, alcanzando una gran influencia en la vida familiar y se convirtió en fuente primaria de noticias, información y entretenimiento en casi todos los hogares: puede hablarse de una configuración de las personas, en su manera de pensar, de hablar, de proponerse modelos y valores de comportamiento social propuestos por la llamada pantalla pequeña. Tiene muchas semejanzas con el cine. Con un componente nuevo e importante: se ve en casa. Sus imágenes llegan hasta la intimidad del hogar y pueden incluso repetirse las veces que se quiera con la utilización del Betamax o del VHS. El sistema empleado de sugestivas

imágenes y sonidos, hace que se requiera muy poco esfuerzo mental, lo cual puede influir negativamente en el desarrollo normal de la inteligencia. Debilita la voluntad, dejándola desprotegida para la lucha ordinaria de la vida.

La televisión -con todos los aditamentos que la electrónica moderna le proporciona, a lo que habría que añadirle el internet- se ha vuelto un elemento habitual del mobiliario y de la vida del hogar. Tiene grandes ventajas como entretenimiento que reúne a toda la familia, o como medio de formación, con una buena selección de programas bien orientados hacia la cultura, el arte, la música, el deporte. Se introduce en los hogares con toda familiaridad. Se hace presente en la vida como huésped a quien se recibe en mangas de camisa. Los personajes habituales irrumpen en la sala de estar o en el cuarto de dormir sin solicitar permiso. Y la gente joven -es un hecho de experiencia cotidiana- va reflejando cada vez más en su lenguaje, modales, criterio y comportamiento social, lo que la televisión le impone. La publicidad se ha especializado en ofrecer poderes particulares, en despertar apetitos y pasiones: el disfrute de la libertad por tener motocicleta, la conquista fácil de un amor por usar determinado desodorante, o el mundo a los pies gracias a la fragancia particular de una loción.

La vida en familia y la formación de los hijos quedan así comprometidas con la influencia de este medio audiovisual. No es posible olvidar al estudiante-empleado que consiguió la muerte el día que intentó robar un banco: sólo el dinero justo para adquirir una motocicleta. Su hermana comentaba, llorando, ante el cadáver:

-Todas las noches, cuando veía la propaganda en la televisión, suspiraba con rabia porque -decía- con lo que me gano jamás podré conseguir la moto.

Fascinados y sin muchas defensas, los niños están dispuestos a acoger lo que se les ofrece: el bien o el mal. Sienten una atracción casi que irresistible hacia la pequeña pantalla, siguen los gestos que perciben, comparten las emociones y sentimientos de los personajes que ven. Es indispensable que los padres de familia acostumbren a sus hijos a ser moderados y disciplinados en el uso de la televisión, de la videograbadora, del tv-cable, de la antena parabólica, del computador: porque todos estos medios, al decir de los psicólogos y psiquiatras, crean adicción. Enseñarles a tener espíritu crítico, entender bien lo que oyen y ven, valorarlo. Conviene fomentar continuamente el diálogo de padres y educadores con expertos en comunicación social y medios audiovisivos, para formar el criterio y conseguir un recto juicio. Algo análogo habría que decir del uso de las revistas, de la música, de la publicidad, de los espectáculos públicos.

Los padres de familia tienen una gran responsabilidad en el uso que de la televisión hagan sus hijos. Está demostrada su gran influencia -arrolladora-, y el poder de sugestión que tiene sobre los telespectadores, especialmente si son menores. Poder que afecta a todos los campos, especialmente al afectivo, con la consiguiente deformación si el tema del amor es tratado de manera materialista, en el entorno de una sociedad de consumo, que tiene también al matrimonio y al amor como un artículo más para el uso de las apetencias sensibles.

Aunque no se excluye la responsabilidad pública y la de los mismos profesionales que no respetan la intimidad del hogar, serán los padres quienes defiendan la salud moral y mental de los miembros de su hogar. Manteniéndose alerta ante la creciente influencia que la televisión ejerce en el desarrollo de las mentes juveniles, en particular en lo que concierne a su visión del hombre, del mundo y de sus relaciones con los demás: convertida

en el educador habitual de muchos adolescentes, en sustitución de padres ausentes del hogar

.

La televisión puede enriquecer la vida en familia, unir a sus miembros, brindar conocimientos, alimentar la solidaridad con la sociedad. Es una función que podría asignársele a este medio poderoso, visitante habitual de cada sala de estar o dormitorio, a la que se le abre la puerta del hogar con la confianza con que se admite a los amigos. Pero puede también empobrecerla, perjudicar las relaciones familiares, cuando difunde valores o modelos de comportamiento falseados y degradantes; cuando emite violencia o pornografía; cuando inculca un relativismo moral; o manipula los acontecimientos, o transmite publicidad que explota y reclama los bajos instintos; cuando deforma la verdad.

Aunque sus mensajes no son siempre criticables, pueden tener efectos negativos, cuando aísla a los miembros de la familia en sus relaciones personales con la dañina costumbre de algunos hogares pudientes, de tener un pequeño televisor en cada habitación. Aparte de ser una falta de sobriedad, contribuye a que cada uno viva encerrado en su propio

mundo, separando a los padres de los hijos y a los hermanos entre sí, impidiéndoles ejercitar la generosidad y la paciencia, aislándolos hasta el desconocimiento profundo de cada uno, y desvinculándolos en una insolidaridad familiar, que tendrá consecuencias de egoísmo

social.

Es frecuente que un niño pase muchas horas ante el televisor. Cómodamente

dispuesto ve desfilar cada día ante sus ojos, hipnotizado, sucesos locales o del mundo. Sin solución de continuidad pasa de una película de aventuras a un partido de fútbol o a la descarnada presentación de una tragedia sangrienta; observa una escena de guerra o de violencia y luego contempla -con la misma amorfa actitud del televidente que mantiene su mente casi en estado de reposo total- un desfile de modas; escucha la solemne voz del Papa que analiza problemas del vivir humano y, a renglón seguido, le ofrecen un programa de música ligera; vive con los astronautas la tensión de la última conquista espacial y se divierte luego con la frivolidad de una novela o la tensa expectativa de una película de

detectives.

Es posible que, en los niños, este idéntico enfoque característico del medio televisivo para fenómenos tan diferentes, deje la impresión de que todo puede ser medido con el mismo rasero. Es un riesgo, porque desensibiliza el espíritu. Si la violencia se trata, por ejemplo, como una realidad natural y frecuente, el niño puede ser conducido a preguntas como la que hacía uno de seis años ante el fallecimiento de su abuela:

-¿Y quién mató a mi abuelita?

Es importante que los padres preparen a sus hijos para usar moderadamente de la televisión, del computador, del internet. Que aprovechen su tiempo libre, sin esclavizarse de las pequeñas pantallas: deportes, lecturas atractivas, música, excursiones. Y que ocupen parte de sus horas en trabajos caseros, ayudando a papá o a mamá en sus deberes cotidianos. Algún encargo permanente en el hogar, es siempre un elemento formativo: les hace sentir útiles, les ocupa tiempo, favorece su sentido de responsabilidad, les proporciona la alegría del servicio, al cual vale la pena que se vayan acostumbrando. Y tantas necesidades sociales que esperan solución y ayuda.

"Además de ser espectadores capaces de discernir por sí mismos, los padres debieran

contribuir activamente a formar en sus hijos hábitos de ver la televisión que lleven a un sano desarrollo humano, moral y religioso. Los padres debieran informar anticipadamente a sus hijos acerca del contenido de los programas y hacer una selección responsable, teniendo

como objetivo el bien de la familia, para decidir cuáles conviene ver y cuáles no (

padres debieran también discutir con sus hijos sobre la televisión, ayudándoles a regular la cantidad y la calidad de los programas y a darse cuenta y juzgar los valores éticos que encierran determinados programas, porque la familia es el vehículo privilegiado para la transmisión de aquellos valores religiosos y culturales que ayudan a la persona a adquirir la propia identidad".

) Los

"Formar estos hábitos en los hijos a veces equivale simplemente a apagar la televisión porque hay algo mejor que hacer, porque lo pide la consideración hacia otros miembros de la familia, o porque la visión indiscriminada de la televisión puede ser perjudicial. Los padres que de forma regular y prolongada usan la televisión como una especie de niñera electrónica, abdican de su papel de educadores primarios de sus hijos. Tal dependencia de la televisión priva a los miembros de la familia de las posibilidades de interacción mutua a través de la conversación, las actividades y la oración en común. Los padres prudentes son también conscientes del hecho de que los buenos programas han de integrarse con otras fuentes de información, entretenimiento, educación y cultura" .

Se requiere para ello una buena programación, con un horario previsto en el que se tengan en cuenta las horas de estudio y de sueño. Hay niños que -a lo largo de un año- han pasado más horas ante el aparato de televisión, o en juegos de computador, o navegando en internet, que en las aulas escolares. Si en la familia se establece el hábito de ver sólo aquellos espacios televisivos, seleccionados previamente por su calidad, resultará fácil que los hijos incorporen esa norma a su futura conducta.

Por otra parte es recomendable que sobre los espacios elegidos, la familia tenga una actitud creadora y abra espacio a un diálogo sobre lo que se ve. Esta conversación familiar puede analizar, por ejemplo: comportamientos de los protagonistas, valores o disvalores, así como la técnica en la realización de cada programa. De esta manera se consigue capacidad para juzgar con criterio recto lo que ven y oyen, no sólo en la televisión sino en cualquier actividad.

La televisión, se ocupa también de temas serios de la sociedad o del mundo; de las relaciones humanas y de las más acuciantes necesidades; del fracaso o del éxito de las instituciones sociales, civiles o religiosas; apremiantes cuestiones acerca del sentido de la vida. "Debiera tratar estos temas de manera responsable, sin sensacionalismo y con sincera

solicitud por el bien de la sociedad, así como con escrupuloso respeto por la verdad (

cumplir sus propias responsabilidades, la industria televisiva debiera desarrollar y observar un código ético que incluye el compromiso de satisfacer las necesidades de las familia y de promover los valores que sostienen la vida familiar" .

). Al

Luces y sombras de una realidad inevitable. Que no se puede descalificar a priori, pero cuyos efectos en la formación de los hijos tampoco deben desconocerse. Un elemento más a tener en cuenta en la formación integral de la familia y, por consiguiente, en la educación de la sexualidad.

Otro medio de influencia: libros y revistas

Los libros que se leen son reflejo de la vida y, a veces, causa de la existencia que se lleva. La educación de la persona y la formación del criterio reclaman interés positivo y constante en las lecturas. Sobre esto conviene hablar en el hogar, para lograr un buen nivel de análisis y criterios sanos en la formación de su inteligencia y voluntad. La formación a través de la lectura tiene gran trascendencia. Es bueno, excelente, el hábito de la lectura. Conviene despertar temprano en los niños el gusto por la literatura. De manera gradual, hacer un plan que les permita, con el ejemplo de los padres, ponerse en contacto con textos que, podemos describir como de primera necesidad. El colegio puede brindar orientación a la familia y ayudar en la selección de las lecturas. No estará completa la formación, si no se les enseñó a leer buenos libros, oír música culta, practicar un deporte, o cultivar un hobby. Especialmente la lectura, permite abrir horizontes en la mente de quien la sabe disfrutar: es recorrer un mundo nuevo, lleno de riquezas, sin moverse de la casa.

Pero es oportuno discernir lo que se lee. Porque no todo lo que trae el mercado de los libros es útil. Manifiesta vanidad y poco sentido común quien piensa que todo lo que caiga en sus manos puede leerlo con provecho. Es de seudosabios, pretender conocerlo todo y experimentar por sí mismos cualquier clase de literatura. De esta manera puede caer inerme en el error, que no se sabe detectar, por no haber acogido el juicio de personas de criterio.

Conviene ayudar a los hijos a valorar la importancia de la asesoría personal en sus lecturas. No se lee impunemente, ni sólo por distracción o por pasar el tiempo: conviene saber qué se lee y para qué. De manera equivalente al buen juicio en la selección oportuna de alimentos y bebidas: para la cual se exigen conocimientos de dietética o el consejo de un experto. Las madres hacen bien cuando ofrecen a sus hijos comida abundante y sana, o cuando impiden con claridad y fortaleza que consuman lo que les puede ser nocivo. !Tanto más si tiene efectos tóxicos o venenosos! El más pequeño requiere mayor cuidado, pero los años no son tampoco garantía de poder ingerir un tóxico sin sufrir las consecuencias. Tan

imprudente puede ser dejar veneno junto con botellas de vino en una despensa familiar, como permitir que en la biblioteca del hogar se encuentre, al alcance de todos, cualquier texto. Estas razonables precauciones no afectan la libertad sino que encauzan la inteligencia de acuerdo con una norma segura, por encima del capricho y la arbitrariedad.

El filósofo colombiano Luis López de Mesa escribía:

"No está lejos el día

en que la producción literaria, como los alimentos y medicamentos, tenga un censor de oficio que sin destruir la iniciativa individual, indispensable, prevenga al público de que lo que va a consumir vale o no vale su esfuerzo mental y su dinero. No es justo que defendamos el estómago de una mala leche y no protejamos el cerebro de un atropello de flagrantes necedades" .

No todo libro merece leerse. Ni siquiera aquellos convertidos en best seller por la publicidad, o en moda que pasa y luego se olvida. Esquivar las espinas al coger las rosas, es un viejo y sabio consejo . Hay quien compara el efecto de ciertos libros al de las moscas tsé tsé de los bosques tropicales del África: su picadura produce a lo más una ligera irritación local, pero inoculan deletéreos tripanosomas. Cuando los síntomas del mal se manifiestan claros, es ya demasiado tarde para poner remedio. Algunos libros adormecen la conciencia, deslizando hacia el debilitamiento de las reservas morales. Un libro, una revista, dejados al azar en la mesa del padre o de la madre, una novela abandonada en el sofá o en la alcoba, podría tener relación con algún desvío doctrinal o moral del hijo .

No es indiferente leer un libro u otro: no existe la lectura neutra. Tanto porque ocupa un tiempo que debe ser bien empleado, como porque las ideas que contiene son

absorbidas por el lector, bien sea para formarlo o para deformarlo.

todo si está bien escrito, tiene influencia en el destino de cada persona. No es buen criterio pensar que uno es inmune a la influencia de un libro: una persona discreta no va por el campo tomando toda clase de frutos para probarlos; primero se entera si son comestibles. Las ideas, las normas, que los padres inculcaron a sus hijos durante la infancia, pueden ser destruidas por un libro. Demasiados ejemplos se conocen. No se trata de ser inquisidores, pero sí de establecer una discreta y delicada vigilancia, un diálogo franco y abierto, con el fin de analizar lo que los jóvenes -y sus padres y educadores- leen. Cambiar impresiones acerca de la influencia que van teniendo en cada uno las lecturas.

Lo que se lee, sobre

Vale la pena pensar en las revistas femeninas introducidas por la madre o las hijas mayores en sus propios hogares. Algunas de estas publicaciones, en medio de inocentes artículos de moda, cocina o decoración, mezclan novelas, fotografías o comentarios de temas del corazón, sexuales, matrimoniales, a veces con poco criterio y pueden deformar la conciencia. Abren así el apetito de emociones fuertes en los pequeños que, iniciados en el hogar en tales lecturas, buscan luego entre sus amigos otras publicaciones de carácter erótico, incluso aquellas en las que la pornografía se ofrece con pretextos de educación sexual, pero que llevan consigo un interés pecuniario y una degradación creciente de la persona. Algo semejante cabe decir para los espectáculos: el cine al que asisten, las discotecas y otros lugares análogos que frecuentan, la televisión o los videos, el internet.

Sobre todo esto conviene conversar, dialogar con amplitud y sinceridad. Sin escandalizarse ni mostrar admiración o repugnancia.

CAPITULO V

ELEMENTOS DE DISCERNIMIENTO Y VALORES FUNDAMENTALES

Inteligencia y voluntad

La educación de la sexualidad, camino del verdadero amor, no se realiza con independencia de otros aspectos educativos. Es un proceso único porque única es cada persona y, en cada acto, por mínimo que parezca, se proyecta la personalidad entera. Así

como el ser humano es una realidad compleja con muchas manifestaciones, la educación presenta distintos aspectos: intelectual, social, moral, académico. La educación afectiva es uno de esos aspectos o contenidos de la educación en el que influyen todos los demás. Conviene tener en cuenta dos aspectos esenciales: la iluminación de la inteligencia y el fortalecimiento de la personalidad: formación del criterio y educación de la voluntad.

En primer lugar, se requiere información, conocimientos. La capacidad biológica, psicológica, física, se desarrollan con espontaneidad, en el hijo: respira, come, anda, mira, en forma instintiva. Igual sus todos sus impulsos. Pero necesita la enseñanza, el adiestramiento, para utilizar mejor sus capacidades: la educación le ayuda a hacerse cargo de la trascendencia social, ética, de aprender a querer. Evitando un concepto sesgado de la educación de la sexualidad: la información obsesiva. Una verdadera epidemia de programas y libros de educación sexual sobre la base de ilustraciones y enseñanzas que van desde la botánica hasta la patología, y que se presentan como solución científica a unos problemas para los cuales, parecen decir, hasta ahora la humanidad ha sido ciega.

La información insistente y reiterativa tiene un efecto negativo: da cabida al desbordamiento de la curiosidad y a la tendencia a realizar los actos que deben prevenir. Igual que cuando se habla demasiado de la droga, se induce a una curiosidad por experimentar personalmente sus efectos. La pedagogía es elemento necesario: los niños y los jóvenes tienen derecho a la verdad y a la orientación por parte de sus mayores. Pero más efectiva que la pura información resulta la educación, entendida como desarrollo de valores humanos, en los que se haga referencia a los problemas concretos de la juventud.

Hace falta también fortalecer la voluntad, porque para que se de una buena formación se requieren valores, virtudes y actitudes. La sola información no es suficiente:

debe complementarse con el esfuerzo personal, el espíritu de lucha. Porque la ordenación de la sexualidad no se realiza sin combate, sin un ahínco que, a veces, resulta heroico. Lo cual vale particularmente para la juventud, en la cual el vigor de las tendencias sexuales y la poca madurez de la personalidad exigen una palestra rigurosa. Por otro lado, la juventud es también época adecuada para entender la vida como combate, para vencer la comodidad y el aburguesamiento. La lujuria destruye la voluntad, lleva en sí misma la destrucción del carácter como una particularidad de su propio ser. En cambio, cuando se fortalece en la juventud la conciencia de que la vida humana sólo se realiza a través del combate, se pone así fundamento a su formación integral. Los jóvenes quieren vivir la alegría de sentirse fuertes, para poder entregarse en el amor, sin complejos y sin egoísmo. Para ello, necesitan tener un criterio bien formado.

La formación del criterio

Entendemos por criterio el discernimiento que permite saber -con un saber

práctico, operativo, no meramente teórico-

libertad. Se refiere a la virtud de la prudencia, que ordena las acciones al fin debido. Ser persona de criterio es tener capacidad para enfrentar con doctrina segura la cambiante

lo que está bien o mal en el ejercicio de la

realidad y las diversas situaciones humanas. Requiere, como mencionamos atrás, buena formación intelectual, voluntad firme y valores suficientes. La persona, dotada de inteligencia y voluntad, goza de indeterminación en sus actos, tiene una maleabilidad natural que es precisamente lo que exige que sea educado. No sucede así en los animales, cuyo instinto natural, hace de criterio para conocer lo que es conveniente o no a su naturaleza. Y le guía en sus actos esenciales: como defensa individual y de la especie. En el ser humano el criterio no brota de manera espontánea, sino que es adquirido, a partir de las potencias intelectuales que se desarrollan más o menos, de acuerdo con la educación recibida. En el proceso de maduración influyen muy diversos factores: corrientes de opinión, ideologías, interpretaciones diversas del hombre y de la historia; lo cual puede llevar si no hay serenidad mental al desconcierto doctrinal. Urge formar el criterio de los hijos con claridad para que no vayan a perder el sentido de la vida. Ellos necesitan un criterio personal seguro, para desarrollar su capacidad de juzgar con acierto.

Un padre o una madre de familia no serán buenos formadores del criterio si no ponen los medios para formar el propio. Todos, mayores y jóvenes, niños y ancianos, hombres y mujeres, tenemos el derecho y el deber de conocer la verdad. Comprender qué es lo verdadero y lo bueno; conocer con certeza la realidad, para no dejarse engañar por las apariencias. Son muchas las ideas y las ideologías que van a encontrar. Unas tienen carácter ocasional, otras valor permanente; meramente accidental algunas, fundamental otras; verdades y mentiras; aciertos y errores. Hechos que deben aceptarse como son, o que deben ser modificados. Cosas que parecen buenas y quizás no lo son tanto, otras que parecen malas y no lo son en verdad. Realidades de orden temporal o de repercusión eterna. Opiniones y dogmas. Valores y antivalores. A todo lo cual se añaden los deseos e intereses, los prejuicios: unos y otros matizados por la pasión o por estados de ánimo pasajeros y aún enfermizos.

Son muchos los aspectos que conviene tratar con los hijos para ayudarles a formar rectamente su criterio, darles capacidad de juzgar lo que conviene hacer o dejar en cada situación. Desperdigados a lo largo de este libro encontrará el lector muchos criterios que consideramos válidos y seguros en la formación propia y de sus hijos o alumnos. Destacamos ahora, con un poco más de orden, algunas cuestiones importantes, sin detenernos en consideraciones que podrían alargar en exceso estas páginas.

Entre los criterios que nos parece necesario recalcar en los hijos, desde pequeños, destacamos:

* El origen de la vida. Poniendo siempre de relieve que se trata de un acto

maravilloso en el que los padres participan por amor y con amor en el poder creador de Dios.

* El papel de la madre y del padre. De manera que se valore tanto la

masculinidad como la feminidad y se empiece a formar un concepto claro de

igual dignidad del hombre y la mujer.

la

* La condición femenina y masculina. Todo ser humano es hombre o mujer,

prácticamente en todas las

con

radical que abarca

una condición propia y definida, que entiende la sexualidad como algo

todas las dimensiones de la persona e influye manifestaciones de la personalidad.

* El ser humano, unidad personal. Destacar a la persona como algo único,

irrepetible, creado en razón de sí mismo, no en función de ningún otro ser. Por tanto imposible de ser convertido en objeto, cosa, algo "útil" para otro, instru- mento desechable.

* La unidad espíritu-materia en los seres humanos. Para superar la definición o

descripción de la persona como un "compuesto" de cuerpo y alma, o "animal racional". Estas descripciones de la persona, otrora muy utilizados, generan el peligro de distinguir tanto la espiritualidad de la corporeidad humana, que se puedan entender separadamente. Es necesario que desde niños se tenga en gran valor la dimensión corporal, haciendo ver que también el cuerpo es

persona

y goza, por tanto,

verlo

de

la

dignidad de

persona.

un

Al referirse al ser espíritu

humano

es mejor

como un cuerpo espiritualizado o

corporeizado. De donde se concluye que el cuerpo nunca será tratado como

una cosa, como inferior, objeto de placer, utilizable en beneficio de

nadie.

* Dentro de este concepto, es fácil concluir que la dimensión corporal en el

hombre y la mujer es digna de respeto y está llena de valores. El cuerpo propio

y el

ajeno tienen un valor de intimidad, igual que el alma; el pudor es una

conservar dicha intimidad y, con ella, la personalidad; todos los

igualmente dignos, limpios, nobles: ninguno puede ser

ajena; se pueden mencionar todas las partes necesidad de eufemismos.

forma de

órganos del cuerpo son

objeto de manipulación propia o

del cuerpo con sus nombres, sin

* Es tanta la dignidad del cuerpo, que Dios ha querido habitar en él,

convertirlo

en su morada, hacer al cristiano templo del Espíritu Santo,

sagrario de Dios.

* La sexualidad no es una simple condición corpórea, física, sino que invade toda la persona. Y está destinada a hacer del ser humano un don de sí para

otro. Tiene una profunda relación con el amor, entendido como entrega no como simple expresión egoísta de un deseo o pasión.

generosa,

* Imposibilidad de confundir la sexualidad con la genitalidad o con el mero

placer. Ni de reducir el amor a una de sus partes integrantes. Es importante

que

se distinga bien entre conceptos tales como: amor-sexualidad-genitalidad- deseo-enamoramiento-amistad. Pueden encontrarse juntos varios de

diversas formas de relación humana; pero también se encuentran

cada uno el fin para el que fue puesto por el Creador, otros. Puede darse, por ejemplo:

placer- ellos en las

separados, para cumplir

y puede darse sin referencia a los

* amor sin referencia sexual: el amor paterno, materno o filial

* sexo sin amor: en la prostitución.

* placer sin sexo. Como en tantos placeres del espíritu: la lectura, el

arte, la música, la amistad.

* amor sin deseo: como un acto de pura voluntad. Deseo sin amor: la mera

reacción física.

* genitalidad sin referencia al fin propio: todos los desórdenes y aberraciones.

* Genitalidad sin deseo y

(de las que, como se dijo en su momento, conviene advertir con delicada

sin amor: como en el caso de la violaciones

claridad a los niños y adolescentes).

* Formación de la inteligencia y la voluntad, indispensables para llegar a la

libertad. Tener criterio claros y fuerza de carácter para saber decir no, necesario.

cuando sea

* Educación de la afectividad, para que, cuando se manifieste, conectemos el cerebro; capacidad de que la razón y la voluntad prevalezcan sobre los sentimientos; reconocimiento y valoración adecuada de los límites en

las diversas

de su propia maduración, de su perfección, de su personalización.

formas del amor humano: quien los desconoce se sale del camino

* El valor de la amistad y todo lo que lleva consigo en la vida y en la maduración de la persona

* Concepto claro del noviazgo y de su papel en los diversos momentos de la vida de la persona; distinción entre atracción, enamoramiento, amor. Finalidad y límites de las expresiones de afecto; el respeto mutuo como expresión de verdadero amor.

* Concepto del matrimonio: como entrega total para realizar la unidad en sus

cinco dimensiones (física o corporal, afectiva, espiritual o racional, social, trascendente o sobrenatural)

* El valor de la familia, tanto para la persona singular como para la sociedad

* La castidad, como condición evidente de persona madura; la

posibilidad real de vivirla y los medios humanos y sobrenaturales que la garantizan

* Criterios morales relacionados con el fin de todo acto humano

* Criterios sobrenaturales, de acuerdo con el fin último del hombre y de los

medios para alcanzarlo.

Son ejemplos de cuestiones que, junto con otras que el buen juicio de los padres considere importantes, no deberían descuidarse en la formación del criterio.

¿Cómo formar el criterio de los hijos?

Formar el criterio es uno de los aspectos más importantes del ser humano. ¿Cómo hacerlo? En primer lugar, no basta tener buena voluntad. La formación del criterio es un laborioso aprendizaje. Debemos contar con la ayuda de la gracia, que eleva las facultades naturales y actúa directamente sobre el entendimiento para ayudarlo a evitar el error, e indirectamente sobre la voluntad para fortalecerla y quitarle las posibles malas inclinaciones. Además, hace falta la virtud cardinal de la fortaleza para mantenerse firme en las propias convicciones; el buen ejemplo; el oportuno consejo del experto; la reflexión ponderada sobre las experiencias personales y de otros padres o educadores. El estudio y, de manera fundamental, la prudencia son también muy necesarios.

Mencionemos otros recursos:

* El afán sincero por formarse. Quienes se creen ya suficientemente formados, dan

muestra de inmadurez y descriterio. Es de vanidosos pensar que ya no se tiene nada más qué aprender o qué mejorar. A lo único que se llega por este camino es a un complejo de superioridad incómodo, molesto, petulante, que paraliza el crecimiento espiritual y produce aunque parezca un contrasentido una infantilización de la persona, que se torna frívola y caprichosa.

* El propio conocimiento y la humildad. Una persona sencilla se sabe limitada y

comprende que no puede dominarlo todo con profundidad. Entonces pregunta, consulta, oye

opiniones y se deja orientar sin considerarse ofendido porque alguien, con mayor experiencia o sabiduría, quiera darle un consejo. Todos somos limitados y, teniendo virtudes, también tenemos a la vez defectos.

* El esfuerzo por madurar el juicio. Es necesario, para dar solidez al pensamiento y

no dejarlo influenciar de los eslogans engañosos de la moda, ni por autores inflados por un boom publicitario; o por improvisadores de teorías brillantes que deslumbran momentáneamente pero carecen de peso, por no estar sustentadas en un estudio serio y

ordenado. La persona de criterio no se deja impresionar por la primera idea que le salga al paso, por llamativa o novedosa que sea, ni por las sugestiones de una propaganda que presiona y somete las mentes de los débiles y los inmaduros.

* La correcta selección de lecturas. El desorden intelectual en la orientación de lo

que se lee produce deformaciones del espíritu. Es un medio excelente para adquirir criterio, dejarse aconsejar, conseguir reseñas literarias seguras, acudir a resúmenes hechos por

personas maduras y bien formadas integralmente. Existen síntesis de libros muy útiles, listas orientadoras de acuerdo con la edad.

Cuando se trata de la educación de la sexualidad, la orientación de las lecturas y de los espectáculos públicos es importante. Convencerse de que no todo libro famoso hay que leerlo. Saber analizar despacio las recomendaciones de ciertos círculos de lectores y sustraerse, con decisión y personalidad, de aquellos libros que conculcan los principios fundamentales sobre los que está constituida la vida del hogar, o que proponen, para los problemas humanos, soluciones incompatibles con la dignidad personal.

Ayudemos a inmunizar a los niños contra el enorme atractivo de la curiosidad, ya que el afán de enterarse de todo lo que se menciona en la calle o en los pasillos del colegio, de lo que leen en la prensa diaria o en las revistas, captan en la televisión, o les ofrece el internet, les puede llevar a actitudes de investigación temprana innecesaria o improcedente en el fondo o en la forma: por no quedarse atrás en ciertos conocimientos, para "estar al día", o por mera sensualidad.

Todo esto es buena ocasión para sacar conclusiones valiosas y formar el criterio. En esos interesantes diálogos familiares hay que hablar con claridad y oportunamente, sin tapujos. Prepararlos contra el respeto humano o el miedo a ser llamados con epítetos que pretendan manchar su limpieza y que sólo pueden intimidar a los cobardes. Que no se amohínen por ser y parecer hombres honestos.

Lo recomendaba un profesor a sus alumnos adolescentes:

-Cuando a ustedes les digan, con una expresión tan frecuente como ilógica:

- Es que tú no eres macho, sepan responder con sano orgullo:

- Efectivamente, no soy macho. Soy hombre.

Formación de la conciencia

"Los hombres de nuestro tiempo están persuadidos de que la dignidad y la vocación humana piden que, a la luz de la inteligencia, ellos descubran los valores inscritos en la propia naturaleza, que los desarrollen sin cesar y los realicen en su vida para un progreso cada vez mejor. Pero en sus juicios acerca de valores morales, el hombre no puede proceder según su personal arbitrio. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley, que no se dicta a sí mismo pero a la cual debe obedecer. Tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente .

La conciencia es la voz de Dios dentro del hombre: testigo de su fidelidad o infidelidad, o sea, de su esencial rectitud o no. El único testigo, ya que la intimidad de la persona está oculta a los demás. La conciencia se dirige sólo a la persona misma. Y, a la vez, sólo cada uno conoce la respuesta a dicho juicio. La conciencia es el heraldo de Dios:

por eso tiene fuerza de obligar. Es el lugar, el espacio donde Dios habla al hombre, el juicio moral sobre cada uno y sus actos. Un juicio práctico que ordena lo que se debe hacer o evitar; o valora un acto ya realizado. El juicio de la conciencia muestra, en última instancia la conformidad de un comportamiento determinado respecto a la ley, a la norma moral. Por eso se la ha llamado: norma próxima de la moralidad de un acto voluntario, la que aplica la ley objetiva a un caso particular.

Sólo puede ser recta la conciencia cuando hay interés en acertar en las decisiones personales y se tiene el propósito de obrar siempre bien. Tiene como medio, el estudio de los valores que rigen la conducta; y como fin, captar con sencillez y humildad la verdad objetiva, no lo que cada uno arbitrariamente desea. Para ayudar a formar la conciencia es importante enseñar lo bueno de ser bueno, antes que lo malo de ser malo. Una visión positiva y amable, optimista, y una valoración permanente de la responsabilidad personal y de la consecuente libertad. Es trascendental que la persona tenga bien formada su conciencia, ya que su dignidad y la autoridad de su voz derivan de la verdad sobre el bien y el mal moral, que está llamada a escuchar y expresar. Es necesario formar la conciencia, hacerla objeto de continua conversión a la verdad y al bien. No conformarse. Ser prudentes, para no dejarse zarandear por promotores de mentiras o de medias verdades que desvían del camino del bien.

El juicio de la conciencia no establece la ley, sino que afirma su autoridad. La conciencia no es la fuente autónoma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en ella está profundamente grabado un principio de obediencia a la norma objetiva, que fundamenta y condiciona la congruencia de sus decisiones con los preceptos o prohibiciones en los que se basa el recto comportamiento humano .

Como la conciencia es falible y puede equivocarse, es necesario esforzarse por encontrar la verdad objetiva y por corregir los errores cuando se presenten. En cada juicio de conciencia anida la posibilidad de error: ella no es un juez infalible. Y aunque un acto que se realice con conciencia invenciblemente errónea puede no constituir falta moral, sin embargo la dignidad de la conciencia reclama que se corrija apenas percibida la equivocación.

La virtud de la fortaleza

La sociedad de consumo crea, cada día, necesidades nuevas. Surgen al mercado y al interés de las personas las sillas reclinomáticas, los aparatos para encender y apagar el televisor a distancia, las pastillas para evitar el efecto negativo de los excesos del comer o del beber; toda una serie de incentivos al descanso, a no tener que trabajar con una jubilación temprana, al dinero fácil, a la conquista del mundo o de los hombres con un

jabón, una motocicleta o un desodorante. Está de moda la propuesta de aquello que han dado en llamar cultura light; que produce frases como: estudie inglés sin esfuerzo; no te prives de nada; disfruta hoy y paga a plazos; edulcorantes no calóricos; no lo pienses más y elige tu anticonceptivo; haz el amor, pero usa tu preservativo.

La educación, para que sea eficaz, debe proponer valores y propiciar actitudes concretas: Tú puedes, pero puedes con esfuerzo. Lo contrario de lo que muchos hacen en la vida cotidiana. Si se quiere ser positivos pedagógicamente, han de crearse eslogans favorables al respeto y a la exigencia personal: piensa más; esfuérzate y lo conseguirás; ánimo, tú puedes; si estás obeso, no comas grasas ni dulce; dile no a la droga, al licor, al sexo sin amor ni compromiso. Es este uno de los retos que habría que proponer a la juventud, mejor que abandonar a los adolescentes a sus solas fuerzas.

Parece necesario predicar y vivir en el seno de la familia la virtud cardinal de la fortaleza. Es un tema vital. La misión de los padres no es sólo cuidar de sus hijos, mimarlos; es hacerlos hombres y mujeres de valor. ¡Más deporte, más vida al aire libre, más ejercicio físico hacen falta para formar caracteres recios y fuertes! Y una exigencia mayor en el estudio, en el trabajo manual e intelectual.

Acostumbrarlos a tener un horario para que aprendan a aprovechar el tiempo, que sean ordenados en sus objetos personales y en los del hogar, que valoren la puntualidad y se aficionen por las cosas bien hechas, bien acabadas. Que sepan cuidar con esmero los pequeños detalles materiales de la casa; que vivan la generosidad con sus hermanos y tengan espíritu de superación.

Todo esto exige el estímulo permanente de las virtudes humanas que dan contenido a la estructuración de una personalidad fuerte, capaz de superar los obstáculos que la amenazan. Porque alguna vez tendrán que defender su posición con dignidad y coraje, enfrentándose a las bromas, los insultos y el desprecio de los amigos mayores y desvergonzados, que buscan cómplices en sus desatinos, y se sienten profetas de una desmoralización gradual de sus compañeros más jóvenes. Aprenderán a no entregarse -sin luchar- en manos de los explotadores del vicio, proxenetas del cine y de las revistas pornográficas y disolventes.

La preparación de un espíritu valeroso nace en el cuidado de las cosas pequeñas. La mortificación de los sentidos: imaginación, guarda de la vista; no satisfacer todas las veces el gusto, saberse retraer de algún placer aunque sea lícito. Es necesario controlar el cuerpo si se quiere dominar toda la persona. Luego, dominará el ambiente y se podrán manejar con personalidad las situaciones más difíciles.

Si acudimos a estos y a otros recursos humanos asequibles, la formación integral de los hijos se logra con eficacia. En cambio, si los eliminamos, lo que se consiga puede ser pura ficción, o resultarán soluciones parciales, incompletas, incapaces de satisfacer las exigencias de una personalidad madura.

CAPITULO VI

LA SEXUALIDAD EN UNA VISIÓN INTEGRAL DE LA PERSONA

Visión trascendente de la sexualidad

Hemos procurado a lo largo de las páginas anteriores, querido lector, movernos en un contexto natural, refiriendo los elementos que permiten una buena educación para el amor, con parámetros que son consecuencia de la dignidad de la persona humana. Pero no estaría completo el tratamiento del tema, sobre todo cuando nos dirigimos a personas conscientes de su ser trascendente, el cual no se limita a los estrechos límites de la materia, sino que penetra en el espacio infinito del espíritu encarnado: que eso somos.

En la formación de la afectividad y la sexualidad de los hijos, no es posible olvidar un hecho evidente: la visión integral del ser humano comprende no sólo la dimensión terrena, sino también la que, apoyada en el espíritu, trasciende los límites estrechos de lo temporal. No puede considerarse formada la afectividad, si se olvida la relación del hombre con el Creador, o se menosprecia la religiosidad natural del ser humano. Hay que considerar la invitación al amor mutuo hecha por Dios al hombre.

Por eso, al continuar la educación de los hijos, es muy importante profundizar en el sentido cristiano, haciéndoles comprender que el sexo -y la sexualidad con todas sus implicaciones- es obra de Dios, algo esencialmente bueno. Explicarles que por el pecado original se ha desbordado su uso y hay que encauzar sus impulsos de acuerdo con la razón y la ley de Dios. Advertirles que el dominio sobre los instintos es posible con la ayuda de las virtudes personales y de la gracia de Dios.

Afectividad sana implica saber amar en toda la integridad de la expresión: un amor que abarque los afectos, las emociones, la inteligencia y la voluntad, y se remonte hasta las cumbres del amor divino. Ninguna de estas dimensiones del amor excluye las demás o es estorbada por las otras; todas se complementan y perfeccionan entre sí. A la hora de formar la sexualidad humana, es importante darle sentido trascendente y utilizar los medios para adquirir y mejorar el amor de Dios.

La castidad deja de ser tabú

Hasta hace poco, todo lo que sonara a castidad estaba incluso mal visto en los medios que sustentan las opiniones dominantes. Declarar que las relaciones sexuales han de reservarse para el matrimonio y que los jóvenes deben aprender el dominio de sí mismos más bien que las instrucciones de los anticonceptivos, era exponerse a recibir el sambenito de retrógrado moralista. Pero ante la epidemia de embarazos de adolescentes y el temor al

SIDA, el ambiente está cambiando. Cada vez más programas de educación sexual ponen el acento en la continencia; también los impartidos por grupos no confesionales.

Ya no causa extrañeza que el mismo Presidente de los Estados Unidos defienda el derecho a propagar mensajes contra las relaciones sexuales prematuras, en visitas a escuelas de barrios problemáticos, donde la mayoría de los alumnos son hijos ilegítimos que suelen convertirse en padres o madres solteros. También algunos políticos están perdiendo la timidez para hablar de valores morales y familiares, proclamando, en relación con el aumento de embarazos en los adolescentes, el diagnóstico que antes se decía en voz baja.

Surgen multitud de iniciativas para enseñar a los jóvenes a decir no. Vallas publicitarias en las que se leen mensajes acerca de cual es la verdadera prevención contra el SIDA: No te dejes engañar: el único `sexo seguro' es la continencia antes del matrimonio y la fidelidad en el matrimonio. Semejantes campañas son sostenidas por grupos o movimientos que nada tienen de confesional y por organizaciones cívicas de todo género. Este fenómeno mereció la primera página del New York Times (16-I-1994) en una crónica sin comentarios desfavorables: toda una novedad.

Sólo en California, comenta el Diario, 180.000 adolescentes reciben cursillos que les animan a la continencia. Y así en todo el país. Programas educativos en los que se enseña a resistir la presión ambiental. Algunos profesores son jóvenes un poco mayores que conocen bien el asunto y enseñan, por ejemplo, a las alumnas cómo deben despachar a los seductores: con clases prácticas en las que emplean argumentos y lenguaje de la calle. Les explican por qué es mejor no tener relaciones prematuras, que acaban siempre en experiencias amargas y arruinan la vida de un adolescente

No se trata de enseñanza de la castidad como virtud moral: sólo de vivir la continencia sexual, con el fin de detener la espiral de desintegración familiar, pobreza, fracaso escolar, que la epidemia del sexo desencadena en barrios oprimidos. Sin embargo sí se fomenta la virtud: porque se dirigen a la voluntad, a diferencia de una sexología que sólo orienta hacia los anticonceptivos.

Como anota el Times, hasta ayer semejante enfoque habría sido objeto de censura unánime. Era doctrina común de expertos en temas sociales y medios de comunicación que los adolescentes tendrán relaciones sexuales, nos guste o no; por tanto, había que dejar de echarles sermones, y más bien darles anticonceptivos. Pero muchos que están en la calle han acabado por comprender que el sermoneo viene de otra parte: de un ambiente artificialmente sexualizado que incita a comportamientos destructivos de la personalidad. Con los métodos anteriores, los problemas se han agravado. Aumento de adolescentes embarazadas (una de cada nueve jovencitas menores de 19 años), así como los casos de enfermedades de transmisión sexual; abandono de los estudios y facturas de subsidios sociales a madres solteras.

Todo comenzó al comprobar que los esfuerzos de los educadores que sólo hablaban de control de la natalidad y de las enfermedades de transmisión sexual, no daban resultado.

Desde 1985, en la Universidad Emory (Atlanta), la profesora de ginecología Marion

Howard, promovió un cambio de táctica: añadieron al programa un capítulo para enseñar a

los jóvenes a resistir las incitaciones a tener relaciones sexuales prematuras.

cursillo de Howard, ahora considerado con respeto, se ganó al principio la mofa de los colegas de planificación familiar. Pero demostró su eficacia: los efectos positivos fueron el retrasar el comienzo de la actividad sexual en los adolescentes, y disminuir la frecuencia de estas relaciones.

El nuevo

En otros lugares se hace lo mismo. En Maryland se alienta a los jóvenes a la continencia, con publicidad que anima a los padres a enseñar que virgen `no es una palabra sucia'. Las autoridades de ese Estado aseguran que los embarazos de adolescentes descendieron un 10% en dos años.

Otros lemas utilizados: El amor verdadero sabe esperar; espera a la pareja que Dios ha previsto para ti. También se presentan modelos que imitar, con la visita a los colegios de famosos deportistas profesionales y otros personajes que practican la continencia y se muestran orgullosos de ello. Se nota un cambio en el comportamiento juvenil, una falta de complejos para proclamar el valor de la continencia. Lejos de sentirse acorralados, cada vez más jóvenes manifiestan esta convicción y contrarrestan la influencia negativa del ambiente. Empieza a ser común que escolares y hasta universitarios formen clubes de chicos y chicas que comparten esta idea, con el objeto de cultivar amistades normales, sin que nadie se sienta presionado a llegar al punto que algunos consideran inevitable.

La experiencia teen-aid en Colombia

En Colombia, cerca de 3500 alumnos entre los once y los dieciocho años, y sus padres, de Medellín, Cartagena, Barranquilla y Riohacha, han recibido durante los años de 1996-97 el mensaje de que la castidad es el mejor y más sano estilo de vida para vivir la sexualidad. Desde 1993, cuando el gobierno colombiano decretó por Ley la educación sexual obligatoria en los colegios, un grupo de siete profesionales de Medellín (dos médicos, una psicóloga, un ingeniero, un administrador, una periodista y una socióloga) iniciaron el programa de origen canadiense denominado teen-aid.

El tema de fondo es conocer las ventajas que proporciona esperar hasta el matrimonio para tener relaciones sexuales y las consecuencias negativas de un estilo de vida diferente. Para adoptar la castidad es necesario conocer las dimensiones de la persona, el manejo de las emociones, tener conciencia de la propia fertilidad, saber resistir a las presiones del ambiente y de los amigos, tener sentido crítico frente a los medios de comunicación: cine, televisión, publicidad, música, videos y pornografía. Se enseña a los adolescentes a tomar decisiones y a comunicarlas con acertividad. Se les ayuda a descubrir el grado de autoestima y la manera de acrecentarla. Cómo ser uno mismo y hacer respetar el derecho a optar por la castidad y a decir no ante la presión sexual.

También se les da a conocer el crecimiento y el desarrollo del niño, desde el vientre de su madre, sus respuestas y capacidades, el cuidado prenatal, el papel del padre y de la madre. La importancia de nacer en una familia estable, de padres maduros y responsables

Se les informa sobre el SIDA y otras enfermedades de

en la educación de sus hijos.

transmisión sexual, para llegar a la conclusión de que la castidad y la fidelidad son los mejores medios para vivir lo que, eufemisticamente, denominan sexo seguro.

Es excelente la idea de programas como este, cuyo fin es enseñar a los adolescentes y jóvenes a construir sus relaciones más cercanas e íntimas y disfrutar de una vida social creativa sin tener que enfrentar las muy diversas consecuencias físicas, emocionales y psicológicas que derivan de la actividad sexual antes o por fuera del matrimonio. Teen-aid en Colombia da a los jóvenes razones valederas para esperar hasta el matrimonio, si oponerse ni sustituir a los padres de familia ni a los colegios: más bien es una ayuda para que unos y otros cumplan de la mejor manera su respectivo deber en este campo importante de la educación integral de hijos y alumnos.

Estas iniciativas son en buena parte una reacción ante los males, bien tangibles, que provocó la revolución sexual, aunque no pocas incluyen motivaciones más altas. El caso es que en Norteamérica la castidad ya no tiene tan mala prensa. Un tabú menos.

Educación para la castidad: un objetivo alcanzable

Entre los recursos para una buena pedagogía de la sexualidad está el hablar a los niños y jóvenes, de manera positiva, de la virtud de la castidad. La cual no está hecha de negaciones: "Es una afirmación gozosa: el querer, el dominio, el vencimiento, no lo da la carne, ni viene del instinto; procede de la voluntad, sobre todo si está unida a la voluntad del Señor. Para ser castos -y no simplemente continentes o honestos- hemos de someter las pasiones a la razón, pero por un motivo alto, por un impulso de amor" . Esta virtud ayuda a superar el egoísmo, a manejar racionalmente las pasiones, permite un mejor equilibrio de la personalidad y abre la vida a una entrega decidida al servicio de los demás y al amor de Dios.

La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y la mujer. La virtud de la castidad entraña la integridad de la persona y la integridad del don de sí mismo .

La castidad es amor incontaminado, puro, afirmación de amor, propia del hombre que sabe querer, modera la pasión sexual, ordena los afectos, y evita la negativa actitud del egoísmo. Virtud positiva, afirmación de valor y personalidad, muestra evidente de que la conducta es plenamente humana, en la que se da un verdadero dominio sobre las pasiones y los apetitos. No puede entenderse como negación de las tendencias, ni como frustración: es

más bien, una actitud de señorío, de posesión interior que evita el desbordamiento de la personalidad y capacita a la persona para aprender a amar.

Toda persona normal tiene posibilidad de vivir limpia, cualquiera que sea su estado y condición, aún en medio de la corrupción. Todos tenemos capacidad para salvaguardar la pureza, también cuando las presiones ambientales son fuertes. Basta usar la facultad generativa sólo para el fin para el que fue creada: colaborar con Dios en la procreación de nuevos seres humanos. El placer consiguiente y todo lo demás relacionado con la genitalidad, son legítimos si están enmarcados por la voluntad en el fin asignado a esta capacidad.

"La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida. Existe una castidad de los que sienten que se despierta en ellos el desarrollo de la pubertad, una castidad de los que se preparan para casarse, una castidad de los que Dios llama al celibato, una castidad de los que han sido escogidos por Dios para vivir en matrimonio" .

La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí mismo, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado. Es propio de la persona obrar desde dentro de sí mismo, desde su inteligencia y voluntad, no por la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa .

A los enamorados hay que recordarles con frecuencia esta virtud, con el fin de que

no se dejen engañar por sus propias pasiones.

castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad" .

"Los novios están llamados a vivir la

Aconseja un hombre santo de nuestro tiempo: "Cuidad esmeradamente la castidad, y también aquellas otras virtudes que forman su cortejo -la modestia y el pudor- que resulta como su salvaguardia. No paséis con ligereza por encima de esas normas que son tan eficaces para conservarse dignos de la mirada de Dios: la custodia atenta de los sentidos y del corazón; la valentía -la valentía de ser cobarde- para huir de las ocasiones; la frecuencia de los sacramentos, de modo particular la confesión sacramental; la sinceridad plena en la dirección espiritual personal; el dolor, la contrición, la reparación después de las faltas. Y todo ungido con una tierna devoción a nuestra Señora, para que ella nos obtenga de Dios el don de una vida santa y limpia" .

Entendida así, la castidad se constituye en virtud esencial de la persona que quiere salvaguardar la dignidad humana. Interesa, sobre todo, que se aprenda a amar, poniendo entre los ingredientes del afecto:

* el espíritu de sacrificio, que contrarreste el hedonismo y la búsqueda

inmoderada de placer;

* la donación personal, frente a la posesión egoísta;

* el respeto a la intimidad, ante la pérdida del sentido del pudor;

* la valoración de la dignidad personal, frente al naturalismo animalizante;

* el uso de la razón, frente a la simple expresión de los impulsos y tendencias;

* el empleo de la libertad, frente al desbordamiento de las pasiones y la del desenfreno;

* el respeto por la ley natural y las normas morales del comportamiento frente al subjetivismo relativista y la ética de situación.

esclavitud

humano,

La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza, que tiende

a impregnar de racionalidad las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana. El

dominio de sí es una tarea para toda la vida: nunca se puede considerar adquirido de una vez para siempre. Supone un esfuerzo reiterado en toda edad: puede ser mayor en ciertas

épocas, como acontece en el período en el que se forma la personalidad, durante la infancia

y la adolescencia.

Es importante enseñar a niños y a jóvenes a tener espíritu de mortificación y señorío sobre los instintos, animándolos a practicar el vencimiento voluntario en todos los campos de su actividad para fortalecer la voluntad; que aprovechen el tiempo, puesto que muchos problemas de pureza empiezan con la pereza y el ocio; que eviten los ratos inútiles, las horas perdidas; que tengan un horario para sus actividades diarias y lo cumplan; que comprendan que el placer no es ningún objetivo para la juventud; que sepan -con generosidad y garbo humano- estar de pie: sin necesidad de siestas, de desayunos en la cama, ni de esas horas estériles en la poltrona, llenas de pensamientos inútiles y de tentaciones fáciles.

El cuerpo humano: un sagrario

Conviene destacar el aprecio por el cuerpo humano, como dimensión esencial de la persona y templo del Espíritu Santo. Es un factor importante en la noción de la dignidad cristiana que da un aspecto positivo a la educación de la sexualidad. Vale la pena tener en cuenta que el sentimiento de la dignidad es uno de los rasgos fundamentales de la personalidad, vivido con especial intensidad en la juventud, y uno de los estímulos más fuertes para la educación. También en el nivel sobrenatural es necesario crear una conciencia clara del valor del cuerpo, tanto del propio como del ajeno, a los ojos de Dios .

San Pablo da esta razón profunda para vivir la pureza: "¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, que habéis recibido de Dios, y

que no os pertenecéis? . Este pensamiento, llevado hasta sus últimas consecuencias - ¡templos de Dios!- puede tener una fuerza enorme si se considera detenidamente: "Algo tan

material como mi cuerpo ha sido elegido por el Espíritu Santo para establecer su morada

ya no me pertenezco

,

, mi cuerpo y mi alma -mi ser entero- son de Dios

Y esta oración

será rica en resultados prácticos, derivados de la gran consecuencia que el mismo Apóstol propone: 'Glorificad a Dios en vuestro cuerpo'" .

Medios para vivir la castidad

Hemos de dar un sentido muy positivo a la lucha por adquirir la castidad. Porque tiende a prevalecer en la sociedad una concepción negativa de la pureza, como algo inalcanzable y, en consecuencia como imposible de proponer a un adolescente o a un adulto. Los medios de comunicación y ciertas encuestas e investigaciones que pretenden ser científicas, inducen a pensar que no se pueden poner límites a los apetitos sexuales. Los frecuentes desbordamientos en este campo, les lleva a inducir por anticipado una derrota moral, como si fuera absurdo sociológico, la propuesta del autocontrol, de la abstinencia sexual antes del matrimonio.

No es verdad. La experiencia de los educadores que tenemos por años trato cercano con niños, adolescentes y jóvenes - de ambos sexos -, es más positiva. Existen muchos hombres y mujeres que se han propuesto vivir limpios: bastantes más de lo que las estadísticas indican. Aunque alguna vez caigan por debilidad, son capaces de levantarse y de vencer en su lucha. Y, con ello, son más maduros y felices.

Basta poner los medios. Además de ser una virtud moral que exige esfuerzo, la castidad es también un don, una gracia, un fruto del trabajo espiritual, consecuencia de la acción del Espíritu Santo en el bautizado. Por eso, entre los medios para vivir esta virtud se pueden mencionar por sencillos y asequibles, aquellos que el Papa Pío XII recomendaba:

"Para conservar la castidad no basta ni la vigilancia ni el pudor. Hace falta además, recurrir a los medios sobrenaturales: a la oración, a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía y a una devoción ardiente hacia la Santísima Madre de Dios" . Que pueden añadirse a la mortificación y a la penitencia alegre: al espíritu de lucha.

Necesidad de conciencia moral

Hacemos referencia a lo que páginas atrás mencionábamos acerca de la formación de la conciencia. Dentro de una necesaria relación con lo sobrenatural en la formación de la sexualidad, conviene destacar también lo que podríamos llamar un reencuentro con el sentido del pecado. Hoy parece haberse perdido la dimensión pecadora del hombre, y se tiende a juzgar según las conveniencias, con disculpas en razón de condicionamientos sociales. Reencontrarse con el sentido del pecado es aceptar la responsabilidad personal y asumir las consecuencias individuales frente a la general desmoralización. Cuando se habla de una moralización de las costumbres, hay que empezar por una moral personal íntegra y exigente.

Esto requiere una buena formación de la conciencia, antes que una ilustración sexual. Peor aún que desconocer la dinámica del proceso generativo, es ignorar la ley moral

y la gravedad del pecado. Porque cuando no se sabe lo que está bien o mal, la conciencia pierde la capacidad de ser norma próxima y salvadora de la conducta del hombre. Es indispensable preparar bien la conciencia, ya que la vida se hace específicamente humana en la medida en que utiliza la razón. Para ello es importante facilitar en cada uno un clima interior de meditación y reflexión serena.

En este proceso es necesario conocer de verdad -no superficialmente- las leyes de Dios y la moral del Evangelio. Jesucristo mismo dice: "Yo soy la luz del mundo" y quien le sigue "no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida" . La verdad y las leyes divinas son asequibles a la razón humana: pero hace falta estudiar, pensar, analizar con calma el mensaje evangélico. La educación comienza en la inteligencia y por ello se puede afirmar que sin ciencia no hay conciencia.

En el proceso de formación de la conciencia y del criterio, no se debe olvidar la presencia de Dios, continuamente a nuestro lado: somos sus hijos. Una presencia estimulante, llena de gracia y de cariño. Recordar también el amor purísimo de la Madre de Dios, que es madre de los hombres y cuya presencia purificará toda intención y dará serenidad a los impulsos de la carne: "La Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, aquietará tu corazón, cuando te haga sentir que es de carne, si acudes a Ella con confianza" .

Quien busca, a lo largo de su día, la presencia de Dios, frecuenta los sacramentos, hace oración, es sincero en su confesión frecuente y en su dirección espiritual, tiene mucho ganado. Esto no es algo propio de seres especiales, como si estuvieran fuera del mundo real, sino de personas normales, de cristianos coherentes con su fe, de personas que reconocen su propia dignidad y valoran su cuerpo como templo de Dios. La paz interior y la serenidad exterior que manifiestan, la alegría que son capaces de transmitir a los demás, la eficacia de su estudio y trabajo, la capacidad para la amistad y para el amor, son el fruto fecundo de estas personas en la convivencia familiar y social.

Hay también otros medios que conviene recomendar. El trabajo, habitualmente bien hecho; el estudio intenso y constante; el aprovechamiento del tiempo, sin horas inútiles ni ratos estériles, en los que "no hay nada que hacer"; un horario bien programado y variado, que evite siestas inoportunas; el deporte cultivado con empeño y constancia; la afición por la buena lectura; las inquietudes culturales y los hobbies; puntualidad al levantarse y en el cumplimiento de las citas y horarios; vencimientos, sacrificios y pequeñas renuncias; autodominio en las batallas sencillas de todos los días. Todo esto, cultivado con perseverancia, se convierte en excelente medio -de efectos positivos y seguros- en esa búsqueda de la castidad. Los padres y educadores deben animar en esta dirección a sus hijos, convenciéndoles de sus posibilidades y ventajas.

Lo anterior unido a las medidas de prudencia que llevan a huir de las ocasiones, apartarse del peligro, de ciertos ambientes y compañías, de determinadas lecturas y películas, de determinados programas de televisión: la prudencia será siempre indispensable en el intento de adquirir la virtud.

Valor y sentido del pudor y la modestia

Frente al exhibicionismo sexual, son necesarios el pudor y la modestia. La unidad de la existencia humana está protegida por nuestra misma naturaleza. Este sentimiento vital del pudor, tan ridiculizado, se distingue radicalmente del miedo, de la vergüenza, de la ignorancia y de la coquetería que lo caracteriza. El pudor es el área de seguridad del individuo -el indivisible- y de sus valores específicos; delimita el ámbito del amor al no permitir que se desencadene la sexualidad cuando la unidad interna del amor no haya nacido aún. El pudor no sólo da forma humana a la sexualidad, sino que favorece además su armónico desarrollo .

El respeto del pudor es un medio eficaz de salvaguardar la integridad, fina manera de defender la intimidad de miradas extrañas, de indelicadas intromisiones. Toda persona normal tiene pudor para llorar a solas sus penas, expresar la riqueza de su amor, compartir con los suyos los momentos de exaltación o de tristeza. No es natural desnudarse en público, manifestar a otros aquellos sentimientos que la persona normal considera propios, intransferibles, que perderían calor si se expusieran al frío de la publicidad.

Hay una cierta desvergüenza, nada sana, que algunas personas cultivan con su palabra desmedida, su manera de vestir desabrochada o su manera de vivir los acontecimientos a la intemperie, con un aparente o real afán de exhibicionismo. La manifestación exterior de lo que habita en la intimidad de la persona es una invitación a compartir dicha intimidad: puede ser el hogar, o una inquietud afectiva o el propio cuerpo. La ausencia del pudor es un abandono de la propia intimidad, que deja de ser controlada desde una instancia personal para ser compartida por otro.

"El pudor es un hábito o tendencia a mantener la propia intimidad a cubierto de los extraños. Es aquella actitud espiritual que nos inclina a mantenernos en posesión de la propia intimidad y a mantener ésta en buen estado; es también aquello por lo cual nuestra propia intimidad es nuestra y no de todo el mundo y, por consiguiente, es aquello por lo que nos es posible hacer entrega de la misma a una determinada y concreta persona con la cual queremos compartirla .

Tiene gran importancia el cultivo del pudor, por ser el modo en que la persona se posee a sí misma y se entrega a otra concreta. El pudor evita que alguien tome posesión del espíritu o del cuerpo de otro, cuando no ha mediado una entrega voluntaria. Es defensa de la persona, escudo de la intimidad. De manera análoga a como se colocan ventanas, cortinas y persianas en las casas: porque se quiere conservar el derecho a la intimidad. Las puertas -o, en su caso- las ventanas o cortinas de una casa sólo se abren para los que la habitan o para sus amigos: no para facilitar la mirada oliscona e indelicada de los demás. La supresión del pudor indica que una persona no cuida su intimidad, convirtiéndola en cosa de todos. Quien no tiene pudor está indicando que su persona es del dominio público. Sólo se exhibe en vitrina lo que se pone en venta. Quien así actúa ha perdido la capacidad para entregarse a alguien en amor, porque ya anteriormente se ha abandonado sin reserva.

En la formación del pudor influye mucho el ejemplo de la conducta paterna. Y lo favorecen las medidas delicadas que se toman en el hogar al separar camas y habitaciones de los hijos de distintos sexos, el respeto a la intimidad en el aseo personal, el consejo sobre la manera de hablar, de vestir, de sentarse, de bailar y de comportarse con los demás.

Coherencia de vida

Los padres de familia deben prepararse para dar a sus hijos, con su propia vida, el ejemplo y el testimonio de la fidelidad a Dios y de la fidelidad mutua, del uno al otro en la alianza conyugal. Su ejemplo es particularmente importante en el período de la adolescencia, cuando los jóvenes buscan modelos de comportamiento, reales y atrayentes, en las personas mayores. Es necesario contrarrestar el exceso de incentivos contra la castidad, ayudándoles a amar la belleza y la fuerza de esta virtud con consejos prudentes.

Que se puede complementar poniendo en evidencia el valor inestimable que, para vivir esta virtud, poseen:

* la vida de oración

* la recepción fructuosa de los sacramentos, con particular énfasis en la Confesión sacramental y la Eucaristía

*

el respeto por la moral cristiana

*

la dirección espiritual

*

la sinceridad y la humildad

*

el espíritu de mortificación y sacrificio

*

la generosidad

*

CAPITULO VII

ALGUNAS CUESTIONES COMPLEMENTARIAS

La educación en el hogar, conduce a los jóvenes a tomar conciencia de las diversas

expresiones y dinamismos de la sexualidad, así como de los valores humanos que deben ser

respetados.

otro en busca de su bien; respeto de su personalidad y de su libertad. Es oblativo, no posesivo. Hace parte de los objetivos de la auténtica educación favorecer un progreso continuo en el control de los impulsos, para abrirse en su momento a un amor verdadero y oblativo.

El amor orienta la vida hacia los demás en ayuda generosa: es dedicación a

En cambio, el instinto sexual lleva a la persona a abandonarse a la propia satisfacción, reduce el ámbito de sus conquistas a la mera genitalidad y tiende a adueñarse del otro, como si se tratara de algo inferior del cual puede gozar a su antojo: intenta la satisfacción personal. No puede llamarse amor al egoísmo que se busca a sí mismo en los otros.

Por eso, antes de concluir estas páginas, vale la pena detenernos -querido

lector- en algunas cuestiones que tienen verdadera en una educación completa de la

sexualidad, para el amor y la convivencia. Empecemos por hacer una breve referencia al valor y sentido del placer en el ejercicio de la sexualidad.

El placer: medio, no fin

El placer tiene un papel instrumental importante en el ejercicio de la sexualidad, equiparable al que produce la ingestión de una buena comida. Está asociado a una función importante, la procreación, para ayudarle al hombre y a la mujer a que no se inhiban de esta tarea, abstraídos por los múltiples reclamos de la vida diaria. Está claro que dar curso al apetito natural que brota del instinto sexual y gozar del placer que lleva consigo, lo mismo que el comer y el beber, es algo bueno, que no tiene en sí nada de pecaminoso, supuesto, lógicamente que se realice según el orden y la medida que le corresponde.

La insensibilidad, que quiere renunciar al placer venéreo legítimo en la vida conyugal, no puede considerarse buena ni virtuosa. El signo generativo que va inherente a la potencia sexual no es el único sentido de esta función, como tampoco es fin único y exclusivo del matrimonio el tener hijos. Pero, a su vez, el matrimonio sí que es la única realización perfecta del instinto sexual . Es importante valorar dicho placer, con el fin de evitar los escrúpulos que a veces surgen, por pretendidas razones de delicadeza en el ámbito de las relaciones conyugales. Es perfectamente lícito, cuando está orientado hacia la unión de los esposos, y es valiosa expresión de afecto mutuo, manifestación legítima de la entrega total, propia de la alianza conyugal. La relación sexual es una forma perfectamente válida de expresar el amor matrimonial

La tendencia sexual es un bien tan elevado y necesario que se requiere la salvaguarda y la defensa de la inteligencia y la voluntad, potencias a las que corresponde

dirigir todos los actos humanos.

a buscar el placer como fin de, sin pensar en las consecuencias de una genitalidad

El hedonismo presente en la sociedad de consumo, induce

desbordada. Cuando éste se persigue obsesiva y exclusivamente, puede perderse más y más del dominio de la razón y de la libertad, llegando a producir verdaderas neurosis.

Cuando se busca en alguien sólo lo que produce placer, acaba insensibilizándose para percibir la totalidad de la persona: la desnaturaliza y degrada. La obsesión de gozar le impide acercarse al otro serenamente, para llegar a conocerlo y amarlo de verdad. Animaliza sus relaciones. Algo semejante a lo que pasa a la alimaña, que en su víctima no es capaz de ver nada más que su carácter de presa. En la búsqueda lujuriosa del placer queda bloqueado el ángulo de visión en un determinado sentido, el mirador del alma se vuelve opaco, empolvado por el interés egoísta que no deja pasar las emanaciones del ser. Sólo oye el que guarda silencio; sólo es transparente lo que es invisible.

Buscar el placer por sí mismo lleva consigo un egoísmo esterilizante. Abandonarse al mundo de lo sensible no es la entrega auténtica del amante a la amada. El lujurioso no se entrega, no se da, sino que se abandona y se doblega. Mira la ganancia, medida en términos de autosatisfacción. En cambio una entrega limpia no conoce precios ni entiende de recompensas. Por eso se ha dicho que: es puro el corazón que ama sin pensar en el pago. La lujuria impide que el espíritu se impregne de verdad, al tiempo que destruye el goce verdadero de lo que es sensiblemente bello. Quien busca el goce sensible de manera desordenada tiende a reducir a puro deleite sexual, lo que hay en él de bello y de

gratificante

humano como pura belleza y para gozarla en sí misma por su conveniencia con la capacidad de admiración ante lo noble, sin dejarse extraviar ni nublar por una voluntad desaforada de placer. Se dice que sólo el que tiene un corazón limpio es capaz de reír de verdad; no es menos cierto que sólo percibe la belleza del mundo quien lo contempla con mirada limpia .

Sólo una sensibilidad limpia capacita para percibir la hermosura de un cuerpo

Cuando el placer se desvincula del amor -entendido como compromiso total, pleno y exclusivo, que es lo propio del matrimonio- se separa de la finalidad trascendente para la que fue puesto en el hombre y se busca sólo como satisfacción personal, con menosprecio de la dimensión de amor generoso y sacrificado, pierde su sentido humano y puede conducir a la degradación personal. Entonces la persona no se quiere, se usa, como si fuera una cosa, algo inferior, para gozarla.

Se cae así en el utilitarismo, que desvirtúa la civilización del amor, para convertirse en una "civilización de las cosas" y no de las personas: una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas. En el contexto de la civilización del placer, la mujer llega a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que dificulta la libertad de los miembros. Para convencerse de ello, basta examinar ciertos programas de educación sexual, introducidos en los colegios, a menudo contra el parecer y las protestas de muchos padres; o bien las corrientes abortistas, que en vano tratan de esconderse detrás del llamado `derecho de elección' <pro choice> por parte de ambos esposos y, particularmente, por parte de la mujer. Estos son sólo dos ejemplos de los muchos que podrían recordarse" .

Se combate el hedonismo -filosofía del placer- proponiendo ideales por los que valga la pena luchar y combatir, sin miedo al sacrificio; recordando la dignidad de la persona humana; animando a salir de la mediocridad y superar el clima de frivolidad del que a veces nos encontramos rodeados: planteando seriamente, con una intencionalidad clara y definida, la formación de una voluntad recia y fuerte, la consolidación del carácter de los adolescentes.

En un clima masificante como el que se respira hoy, en el que se promueve de continuo una filosofía de lo fácil, de lo que se consigue sin esfuerzo, es comprensible que la gente joven reciba ese influjo de molicie y comodidad, que se refleja también en el interior de los hogares. Como resultado, una tendencia a la debilidad de carácter, miedo al dolor, intentos de evasión de todo lo que implique sacrificio.

Erotismo y sexualidad

Es oportuno hacer referencia al erotismo, vinculado con la sexualidad y tantas veces confundido con el placer sexual e incluso con la pornografía. Desde Platón se dice que el amor erótico está emparentado con el entusiasmo poético y con el transporte emocional que produce una buena música; un algo sustraído a la normalidad de la existencia diaria. El amor erótico es el comienzo del amor, vinculado más con el enamorarse: una especie de arrebato o encantamiento, algo que sobrecoge de emoción, vinculado normalmente a la presencia de la belleza.

Lo que tiene lugar en el amor erótico no es la satisfacción, en el compacto sentido de la palabra, sino la apertura hacia una satisfacción que ansía ser colmada. Ante una mujer bella, mirada con respeto, experimenta el hombre aquello de que toda pasión enmudece en su presencia. Naturalmente participan la sensibilidad y la sexualidad, pero no están aisladas ni son lo principal. Goethe se refiere a ello en su autobiografía, al referirse a sus experiencia sexuales más tempranas: "Las primeras inclinaciones amorosas de una juventud sana toman un giro completamente espiritual. Parece como si la naturaleza quisiera que un sexo vea en el otro lo bueno y lo bello de manera sensible. Y así me ocurrió a mí también cuando vi a esta joven; en ella se me abrió un mundo nuevo de belleza y de sublimidad" .

Cuando el eros renuncia al placer sexual se llega a la forma más sublime del amor de novios, a la verdadera amistad. "Sabemos que apenas hay regiones donde con más frecuencia se escuche la palabra eterno que en las del amor erótico; y no es que se pronuncie esa palabra a humo de pajas. En los sublimes momentos del éxtasis del amor erótico el tiempo se para de verdad y se hace presente un ahora sin antes ni después, que en realidad es un elemento del concepto de eternidad; y, sin embargo, la plena y bellísima floración del amor erótico tiene lugar en un corto espacio de tiempo, al principio sobre todo, en el primer encuentro amoroso. Se ha dicho que el Eros es por naturaleza un prólogo; pero si las cosas van bien, este prólogo no se olvida jamás; ha marcado un hito y ha surtido a los

amantes para mucho años. Jamás se dice con tanto corazón, siendo y haciendo tan feliz, y sobre todo con tanta libertad de todo componente ajeno, aquel !Maravilloso es que existas! .

No podemos, sin embargo, divinizar el Eros, como si fuera la suprema instancia para todo, como si todo lo justificara. Porque en su nombre son muchas las equivocaciones cometidas, a las que se les denomina amor, para cubrir de este modo la falsedad de lo que no puede llamarse tal. Hay quien justifica el engaño a su consorte, dándose a sí mismo esta razón; quien quita su mujer al amigo, o su esposo a la amiga; abandona a los propios hijos;

invita a la novia al lecho; destruye una felicidad: arguyéndose siempre que es el eros el que

manda, como si ante su altar todo se pudiera sacrificar.

cosas naturales comienzan a darse por divinas, el diablo está ya a la vuelta de la esquina; y

que un amor natural al que se he permitido convertirse en Dios, ya no es amor .

Dice C.S. Lewis que cuando las

La pornografía

La expresión viene del griego pornos-grafos, que significa pintor o escritor de la prostitución y se refiere a quien presenta o exhibe escenas de carácter erótico, desvinculadas de su relación natural al amor y al matrimonio y más bien relacionadas con la sola búsqueda del placer a través de actividades sexuales. Ordinariamente se intenta con ellas despertar

, pudor y provocan un cierto desenfreno en las pasiones. Existe un verdadero mercado de la pornografía: en la literatura, el cine, la prensa, revistas, publicidad, que fomentan indiscriminadamente el erotismo y que, además, reportan amplios beneficios económicos a su productores.

apetencias lujuriosas. Son dibujos, fotografías, películas, espectáculos

que ofenden el

Parece difícil una orientación correcta de la sexualidad propia y de los hijos,

especialmente ante la erotización de la vida actual y la facilidad para encontrarse con esta problemática. No sólo en el ambiente de la calle o del colegio, sino en la misma intimidad del hogar, a través de los canales de la televisión, y muy temprano en el camino incipiente de su vida, los niños se ven enfrentados a cuestionamientos de carácter sexual, más serios e

inquietantes de lo que sus padres sospechan.

erotismo o la pornografía hacen presencia activa o subliminal. La publicidad utiliza el estímulo sexual -cada vez con mayor desenfado- para vender cosméticos, lavadoras, ropa, o automóviles. La literatura y la música, lo emplean cada día con menos recato. Resulta casi imposible liberarse de su influjo: en las carteleras, en las conversaciones del colegio, las revistas, la prensa, el cine, la televisión, el internet. Parece imposible aislarse de su presencia descarnada. Todo lo cual tiene una gran influencia en la familia, en púberes y

adolescentes, que aun no cuentan con criterio y madurez suficientes para afrontar esta avalancha. Es un reto importante para los padres de familia tomar la delantera de la educación de sus hijos para el amor, cuando sienten que ya desde el comienzo del uso de la razón, se les van de las manos influenciados por tantos estimulantes de su sexualidad que no logran controlar. Son demasiados los retos que se presentan, innumerables las influencias externas al hogar que plantean desafíos inevitables:

Y no se trata sólo de películas en las que el

* aprendizaje inicial de los niños sobre la base de la picaresca sexual (chistes,

palabras malsonantes

)

y de desviaciones ocasionales o patológicas;

* comercialización del sexo, en nuestra sociedad de consumo (revistas

);

* música estimulante de instintos sensuales y sexuales;

* teléfonos eróticos; programas para computador personal;

eróticas y pornográficas, programas de cine y de televisión

* presentación materialista del hombre, de la sexualidad, del amor, en los medios de comunicación.

A esto acompaña una pérdida sensible del pudor y confusión acerca de los valores en el despertar de sus anhelos de amar; obnubilación acerca del significado personal y social del matrimonio, al que se llega frecuentemente con inmadurez, lo que explica el número cada vez más alto de enlaces rotos, divorcios, separaciones y nulidades matrimoniales.

Los medios de comunicación no ayudan mucho. Más bien contribuyen a la desorientación con su influencia masificante, despersonalizadora, pues nuestros niños aceptan sus planteamientos sin análisis crítico y sin discernimiento. Buena parte de la información que reciben en materia de sexualidad procede de fuentes nada seguras: una genérica opinión general en la que lo referente al tema queda reducido al derecho a disfrutar del cuerpo (el propio y el de otro u otra), a evitar los embarazos, y a prevenir el SIDA.

Esa misma preocupación con respecto a la prevención del embarazo y de las enfermedades, lleva a olvidar lo que es en realidad el sexo. Ante la epidemia de SIDA, el llamado sexo seguro convierte la actividad sexual en algo trivial, desposeído de su grandeza en relación con la dignidad de la persona humana -por encima de los demás seres de la creación- privada de su relación con el amor verdadero, de su finalidad esponsalicia y procreadora.

La legalización del aborto y la difusión del control de la natalidad estimulan la libertad del placer y el disfrute de los sentidos. Todo resulta apropiado en ese juego amoral en el que se hace intervenir a una juventud desorientada. Como si lo único importante fuera que no se dé el embarazo, o al menos, que no nazca una criatura. Una ola de corrupción y una filosofía hedonista recorre el mundo con la fuerza y el poder destructor de un ciclón. Y la relajación de costumbres que conduce sin remedio a una desvalorización de la persona humana, a una cultura de la muerte, contrapuesta a la civilización del amor y de la vida. A esto se puede añadir cierta pornografía que viene con pretensiones de ciencia, especialmente en el campo de la educación. Se difunden teorías y métodos de educación que pueden calificarse de pornográficos, con una instrucción e iniciación sexual colectiva, pública, masiva, con medios puramente naturales.

No hemos de verlo todo, sin embargo, bajo un matiz negativo. Porque son muchos los beneficios que pueden derivar de una mayor preocupación por dar educación sexual a la juventud, también en el colegio [salvando siempre el criterio de que, en primer y principal lugar corresponde a la familia]. El silencio sobre el tema puede ser tan dañino como su explotación. Son muchas la luces que brillan en el firmamento de la educación, cuando se

proporciona a los jóvenes un mejor conocimiento de si mismos, y se les descubre el hermoso horizonte del valor de su sexualidad y las riquezas de que ha dotado la naturaleza al hombre, también en su dimensión corpórea

Pero sí hace falta una respuesta cabal que ayude a los padres de familia a enfrentar con optimismo y confianza el reto de la educación de sus hijos, y les brinde una formación integral que los prepare para la vida adulta. Una educación que los capacite para ejercer su libertad, y los prepare para vivir el amor, verdadero destino del hombre. Entre los temas centrales de una verdadera formación, está el de "iniciar a los niños y adolescentes, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual" .

En el pasado, aún cuando la familia no ofreciera una explícita educación de la sexualidad, la cultura general parecía impregnada de respeto por valores fundamentales que volvían espontánea su vigencia en el campo personal y en las repercusiones sociales. Como contrapunto, no faltaron las exageraciones, a veces deformantes, que dieron a lo relacionado con el sexo un carácter negativo, vitando, cuando no pecaminoso. Timidez, en unos; interés excesivo hacia lo sexual, en otros. Y la enseñanza moral, en algunos casos, demasiado centrada en los pecados contra el sexto mandamiento.

Hoy existe ansiedad, angustia, en los padres de familia que contemplan como -por el influjo de la pornografía- las normas morales son minusvaloradas o desconocidas por sus hijos. A esto se une el oscurecimiento de la verdad sobre el hombre, que lleva consigo una banalización del sexo y sus exigencias con respecto a la naturaleza humana. Bajo el influjo de un concepto demasiado individualista de la libertad y una desvalorización del carácter sagrado de la vida humana, del amor, del matrimonio y la familia, la educación de la juventud se convierte en un verdadero dolor de cabeza. Hace falta una enseñanza clara sobre la ética de la vida sexual, y sobre la responsabilidad moral de toda actividad humana:

aunar los esfuerzos educativos de la familia y del colegio para neutralizar y superar la información deformante que reciben niños y adolescentes.

"Nuestra civilización, aún teniendo tantos aspectos positivos a nivel material y cultural, debería darse cuenta de que, desde diversos puntos de vista es una sociedad enferma, que produce profundas alteraciones en el hombre. ¿Por qué sucede esto? La razón está en el hecho de que nuestra sociedad se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas. Por consiguiente no sabe comprender adecuadamente lo que son verdaderamente la entrega de las personas en el matrimonio, el amor responsable al servicio de la paternidad y la maternidad, la auténtica grandeza de la generación y la educación"

El autoerotismo

Un problema, particularmente complejo y delicado, es el de la masturbación y sus posibles repercusiones en el crecimiento integral de la persona. Consiste en usar de la facultad sexual de una manera que, en sí misma, contradice su finalidad, por no estar al

servicio del amor y de la vida. A la hora de enfrentar esta situación en el adolescente, sobre todo cuando se ha convertido en costumbre, los padres y educadores deben identificar las causas de la desviación afectiva y ayudarle a superar la inmadurez que supone este hábito.

El Catecismo de la Iglesia Católica, con una buena fundamentación en la dignidad de la persona y en la psicología, hace una muy buena síntesis. "Por masturbación se ha de entender la excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo. Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado. El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine. Así, el goce sexual es buscado aquí al margen de la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero. Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que reducen, e incluso anulan la culpabilidad moral .

Desde el punto de vista educativo, conviene tener presente que la masturbación y otras posibles formas de autoerotismo, son síntomas de problemas profundos que provocan una tensión sexual, por la que se recurre a tal comportamiento. Es importante buscar las causas. No siempre hay responsabilidad personal en el origen de estos hechos. El punto de partida puede ser ocasional; continuado luego por el placer que produce, la falta de una orientación adecuada en la fijación de sus hábitos de comportamiento personales, soledad, tristeza, indiferencia, frustraciones de carácter académico o sentimental, vacío interior de cariño familiar. Cuando el niño habla con claridad y prontamente a sus padres -que no se escandalizarán del suceso- se le ayuda a que comprenda que su manera de actuar no lo beneficia en nada. Sin hacer del hecho un acontecimiento dramático, se le puede llevar a que desvíe su atención hacia actitudes más creativas, benéficas de verdad en el proceso de su madurez, más útiles en la configuración de una voluntad fuerte, base del crecimiento interior hacia la madurez humana.

Para ayudar a un adolescente a sentirse acogido en la familia, o en su entorno social o colegial, es necesario que no se le niegue el aprecio y el afecto que se le deben y se

despoje de todo dramatismo el hecho de la masturbación.

ayude a integrarse socialmente, a que se interese por los demás, se oriente hacia al amor oblativo, y cultive la generosidad, propia de la afectividad madura. Al mismo tiempo resulta beneficioso recurrir a los medios que sirven para configurar una voluntad firme y recia, que le haga capaz de resistir las pulsiones de la tentación a autosatisfacerse.

es un camino óptimo que se le

No es legítima la afirmación de que este hábito es normal en la adolescencia y en la juventud. Puesto que no es lo mismo frecuencia que normalidad. El término normal debe reservarse para aquello que se hace conforme a una norma. No importa que, en ocasiones, lo normal pueda ser una conducta excepcional; y lo frecuente puede ser anormal - sin norma

o contra ella -, aunque sean mayoría los que piensen, hablen, actúen de una manera. Cuando se trata de la sexualidad, la norma es utilizar las potencias humanas en orden al fin para el que fueron puestas por la naturaleza. Ningún órgano humano tiene por fin, en sí mismo, producir gusto. El placer es inherente al uso de la genitalidad: pero no es el fin de ella, ya que todo su proceso habla a las claras del orden intrínseco de los órganos sexuales a la unidad conyugal y a la procreación.

Algo semejante cabría decir de la palabra natural. Porque también es utilizada para justificar hechos que pueden no ser naturales. En el ser humano, cuyas actividades están regidas por la inteligencia y la voluntad, que se dirigen a la verdad y al bien respectivamente, lo natural no es dejarse llevar por los instintos. Sí lo es en los animales, cuya naturaleza regula todo su comportamiento, a través de los instintos de conservación individuales -hacia la comida- y genéricos: la conservación de la especie.

Es natural lo que esté de acuerdo con la naturaleza: en el hombre, con su carácter racional. En los humanos, exigencia natural no es lo que el instinto pide o reclama. Lo natural es conducirse por el libre albedrío, tal como lo pide su naturaleza espiritual- corporeizada, poniendo armonía en sus impulsos, con miras a la madurez integral. Lo instintivo, solicitado por diversos impulsos, no tiene por qué ser necesariamente bueno para su perfección, ni siquiera fisiológicamente saludable. Pueden darse tendencias instintivas deformadas y perjudiciales, incluso para el organismo o para la salud. Como cuando se reclama un alimento que apetece, pero que no está recomendado por el médico, al menos en ese momento por su posibles efectos negativos. El animal, regido por su naturaleza, espontáneamente se niega a comer algo que le hace daño; el ser humano necesita la ayuda de la propia razón o el consejo de quien sepa más del asunto y que lo quiera bien.

Las encuestas sociológicas indican la frecuencia de la masturbación en la juventud. Se limitan a los hechos. Y los hechos no constituyen un criterio que permita juzgar del valor moral de los actos humanos. La frecuencia del fenómeno ha de ponerse en relación con la debilidad innata del hombre y el olvido de su propia dignidad y respetabilidad. Se dice a veces que la psicología y la sociología demuestran que se trata de un fenómeno normal en la evolución de la sexualidad, sobre todo de los jóvenes. Pero no debe negarse connotación moral al hecho de que la persona ceda deliberadamente a una autosatisfacción cerrada en sí misma (ipsación) . La masturbación es una acción desordenada, puesto que el uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice esencialmente su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine. Le falta, en efecto, la relación sexual requerida al orden moral: aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero .

Ni física ni psicológicamente se ha encontrado nunca una razón que justifique la masturbación. En el varón, la expulsión del esperma se hace naturalmente en las poluciones nocturnas. En la mujer tampoco existe razón física que justifique la excitación de los órganos genitales hasta el orgasmo. Psicológicamente los individuos que se masturban ven perturbado el desarrollo de su personalidad que no alcanza la maduración de la voluntad, ni

la confianza en sí mismos, y les lleva a buscar el placer sexual estéril como compensación a ciertos fracasos en la relación social profesional, afectiva, familiar.

Cuando se da en la edad madura, puede indicar un estado de adolescencia mental o de deficiencia psíquica. Por ejemplo, en casos de demencia, incluso en la senil, y también en los alcohólicos. Aparece en aquellos estados psíquicos que implican una pérdida de control personal, situaciones en las que se deja de actuar como racional, para pasar a cierta irracionalidad.

La pornografía que flota en el ambiente y la obsesión por la información sexual son desencadenantes que pueden conducir a muchas anomalías sexuales. Es fácil comprender el efecto que esta carga de sexualidad deshumanizada causa en los adolescentes, que atraviesan una etapa en la que su aguda impresionabilidad y su voluntad aún débil y sin formar les deja más indefensos ante tanta agresividad ambiental.

La psicología moderna ofrece diversos datos válidos y útiles en el tema de la masturbación, para formular un juicio equitativo sobre la responsabilidad personal de estos actos. Puede aparecer en la inmadurez de la adolescencia, y prolongarse más allá, como manifestación de desequilibrio psíquico o de hábito negativo que se contrajo más o menos voluntariamente e influye de algún modo en la conducta. Es cierto que en estos casos se atenúa el carácter deliberativo del acto y se hace menos grave moralmente. Sin que se pueda llegar a excluir toda responsabilidad -a no ser en casos verdaderamente patológicos-, puesto que significaría desconocer la capacidad moral de las personas. Capacidad moral que se refuerza con el ejercicio de la virtud de la castidad, a la que nos referimos anteriormente.

La homosexualidad

Es otro caso de conducta desarreglada, que impide a la persona llegar a su madurez sexual, tanto desde el punto de vista individual como interpersonal. Un asunto que debe ser asumido con mucha seriedad, con objetividad, por la persona misma como por sus educadores.

"La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf. Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10;1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que "los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados" (CDF, decl. "Persona humana" 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.

"Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una

auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

"Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana"

Al homosexual se le debe tratar con respeto y comprensión. En cuanto sea posible, ayudarle a que reconozca que no se trata de algo normal y que puede luchar para superar dicha anomalía: porque lo es, aunque hoy se tienda a negar este hecho, por confundir la comprensión con las personas con la aceptación de situaciones anormales. La posible culpabilidad acerca del origen o de las manifestaciones de la homosexualidad es preciso juzgarla con mucha prudencia, pues no se puede cargar sobre su conciencia un hecho que puede tener raíces no voluntarias, en todo o en parte. A la persona homosexual es necesario acogerla con afecto; crearle en el hogar un clima de confianza; animarle a la liberación y progreso del dominio de sí mismo; promover un esfuerzo moral de conversión y de cambio; sugerirle -si fuera oportuno- la asistencia médico-psicológica de un profesional con ética. Pero no es razonable negar responsabilidad al ejercicio de la homosexualidad: según un orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de la finalidad intrínseca de la sexualidad humana.

A la familia y a los educadores les cabe el deber de individuar las posibles razones que impulsan a la homosexualidad, ver si se trata de factores psicológicos, si es el resultado de una educación deficiente, de la falta de una evolución sexual normal, si proviene de hábitos contraídos o de ejemplos desordenados o de otros factores. Puede tratarse de falta de afecto, inmadurez, impulsos obsesivos, seducción, aislamiento social, malas costumbres, influencia de espectáculos y publicaciones licenciosos. Hay que tener en cuenta que en lo profundo del hombre yace una innata debilidad, que puede desembocar en la pérdida del sentido de la vida y del valor de la dignidad de la sexualidad y de la persona humana.

En nuestros días, fundándose en observaciones de orden psicológico, algunos han llegado no sólo a juzgar con indulgencia -por motivos de pretendida caridad-, sino incluso a excusar completamente las relaciones entre personas del mismo sexo. Quizás porque se hace una distinción, no del todo fundada. Aquellos, cuya tendencia proviene de una mala educación, de falta de normal evolución sexual, de hábito contraído, de malos ejemplos o de causas análogas; la cual es transitoria o, al menos, no incurable. Y otros, hombres y mujeres, que presentan tendencias homosexuales instintivas, que se considerarían irremediablemente tales por una constitución patológica incurable. No eligen su condición homosexual, la cual constituye para ellos una prueba. De estos segundos piensan algunos que su tendencia es natural, hasta el punto de considerarla justificativa de relaciones homosexuales en un comunión de vida y amor, análoga al matrimonio, mientras se sientan

incapaces de soportar una vida solitaria. Basados en esto, algunos países europeos reconocen en las uniones homosexuales la legitimidad de un verdadero matrimonio y el derecho a adoptar hijos en esas mismas circunstancias.

Aún reconociendo que, por caridad y por reconocimiento de su dignidad de persona, el homosexual ha de ser tratado con respeto y benevolencia, no se pueden justificar moralmente sus actos relativos al ejercicio de la sexualidad. Son intrínsecamente desordenados, desposeídos de relación con la finalidad de las potencias sexuales. En

síntesis: se debe cultivar una gran comprensión con la persona; y, al mismo tiempo, claridad

de comportamiento con los actos.

que se considere siempre su dignidad de personas, con respeto y delicadeza. Evitando

discriminaciones irritantes.

En cuanto seres humanos, deben ser tratados de modo

Hacia los doce años, cuando les advierten de los cambios que van a experimentar, es bueno que les prevengan de que, a veces, algunas personas mayores podrían intentar ciertos abusos y tomarse familiaridades con ellos. Porque esta anomalía parece adquirir cada vez mayor carta de ciudadanía y no es extraño que los adolescentes sean invitados en plena calle por invertidos sexuales. Es, por tanto, conveniente que los padres de familia hablen de este tema con sus hijos, especialmente cuando llegan a la pubertad. Hay que advertir a los hijos de esta posibilidad, y del alcance que pueda tener. Lo mismo que de la eventual vinculación con estas personas en el colegio, instituciones deportivas, culturales o en clubes sociales. Es deber paterno estar vigilantes y asegurarse de que, en los ambientes que frecuentan los hijos, no haya alguien que pueda abusar de los menores.

Relaciones extramatrimoniales

Hoy en día muchos reivindican el denominado derecho al amor libre -tanto entre solteros, como entre personas casadas- con el pretexto de que es expresión de un verdadero sentimiento, de un cariño auténtico, de amor en su más pura esencia. En realidad el amor libre explota las debilidades humanas dándoles un cierto marco de nobleza con la ayuda de la seducción y con el apoyo de la opinión pública. Se trata de tranquilizar la conciencia, creando una coartada moral. Seguir el impulso afectivo, en nombre de un amor, libre de condicionamientos, significa hacer al hombre esclavo de los instintos humanos. Cuando se trata de personas unidas anteriormente por el vínculo del matrimonio, no se toman en consideración todas las consecuencias, especialmente cuando las sufren los hijos privados del padre o de la madre y condenados a ser huérfanos de padres vivos. !Cuántas familias se han desintegrado precisamente por el llamado amor libre!: en el que se vive un utilitarismo ético, basado en la búsqueda del máximo de gozo: una felicidad utilitaria, solo placer, satisfacción inmediata, por encima o en contra de las exigencias objetivas del verdadero bien .

Una libertad sin responsabilidad constituye la antítesis del amor. "Cuando este concepto de libertad encuentra eco en la sociedad, aliándose fácilmente con las más diversas formas de debilidad humana, se manifiesta muy pronto como una sistemática y permanente

amenaza para la familia. A este respecto, se podrían citar muchas consecuencias nefastas, documentables a nivel estadístico, aunque no pocas de ellas quedan escondidas en los corazones de los hombres y de las mujeres, como heridas dolorosas y sangrantes" .

También se habla del derecho a la unión sexual antes del matrimonio, al menos cuando una resolución firme de contraerlo y un afecto que, en cierto modo, es conyugal en la psicología de los novios, piden este complemento que juzgan connatural. Sobre todo, cuando la celebración del matrimonio se ve impedida por las circunstancias, o cuando esta relación íntima parece necesaria para la conservación del amor. La educación de la sexualidad, dentro de un marco de educación integral, trascendente, dice no a esta posible licencia de relaciones prematrimoniales, por considerar que todo acto genital humano debe mantenerse dentro del matrimonio. Por firme que sea el propósito de quienes se comprometen en estas relaciones prematuras, éstas no garantizan la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer, ni la protegen contra los vaivenes y la veleidad de las pasiones .

Las relaciones íntimas deben reservarse para el matrimonio, en el que se verifica la conexión inseparable entre el significado unitivo y el procreativo. Dentro de la vida matrimonial están dirigidas a mantener, confirmar, y manifestar la definitiva comunión de vida -una sola carne- mediante la realización de un amor humano, total, fiel, exclusivo y

fecundo, como sólo es el amor conyugal.

porque son expresiones de una realidad que no existe todavía; un lenguaje que no encuentra correspondencia objetiva en la vida de dos personas, aún no constituidas en legítima comunidad definitiva.

Fuera de ese contexto, constituyen un desorden,

Es lo que sucedería, para poner una analogía, con un candidato a la presidencia de la república: aunque se considere seguro ganador, y aún en el caso de que resulte electo, no puede ejercer los actos propios de la presidencia hasta tomar posesión de su cargo. Antes, sería incluso delictuosa una posible toma de mando que todavía no le corresponde. Así la unión carnal, no puede ser legítima sino cuando se ha establecido una definitiva comunidad de vida entre un hombre y una mujer.

Para que la unión sexual responda verdaderamente a las exigencias de su propia finalidad y de la dignidad humana, el amor tiene que tener su salvaguardia en la estabilidad del matrimonio. Estas exigencias reclaman un contrato conyugal sancionado y garantizado por la sociedad; alianza que instaura un estado de vida de capital importancia, tanto para la unión exclusiva del hombre y la mujer, como para el bien de la familia y de la comunidad humana.

Por otra parte, y es bien lógico, las relaciones prematrimoniales suelen excluir la prole; así, lo que se presenta como un amor conyugal no podrá desplegarse, como debería, en un amor paterno y materno. O si, eventualmente, se concibe un hijo, esto sucederá con detrimento del mismo: bien porque surgirá la tentación de quitarle la vida, o se verá privado de la convivencia estable en la que pueda desarrollarse como conviene, y encontrar el camino y los medios necesarios para integrarse a la sociedad .

"Bueno será recordar que el amor verdadero excluye toda búsqueda egoísta de compensaciones. La dimensión sexual, cuando no se observa su tendencia natural, rompe el aspecto de entrega y se degrada, limitándose a una mera satisfacción egoísta. El amor

generoso y verdadero incluye la aceptación de todas las reglas de juego, transmitidas por la naturaleza. El amor es ordenado y no caprichoso. ¿No será que se confunde amor con instinto? ¿Amor con placer? ¿Amor con sensualidad? ¿O con sentimiento? ¿O con

egoísmo?

profesionales de la desmitificación. Nos ayudarían a quedarnos con el segundo término de las preguntas anteriores" .

En la respuesta y precisión de estas preguntas bueno sería complicar a los

La educación del amor debe conducir a que los jóvenes tomen conciencia de las diversas expresiones y de los dinamismos de la sexualidad, así como de los valores humanos que deben respetarse. El verdadero amor, lo hemos visto, es capacidad de abrirse al prójimo en ayuda generosa; es dedicación al otro para su bien; sabe respetar su personalidad, su libertad, su intimidad; no es egoísta, ni se busca a sí mismo en los demás; es oblativo, no posesivo.

"La unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio es gravemente

contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al

bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos (

llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en castidad" .

).

Los novios están

El instinto sexual, abandonado a sí mismo, se reduce a genitalidad y tiende a adueñarse del otro, buscando inmediatamente una satisfacción personal. Y cuando esto sucede, se está considerando a la otra persona, implícitamente, como inferior, como algo que se puede utilizar para el propio provecho. Se la despoja de lo que tiene de digno y de valioso, en sí misma, para reducirla a un cuerpo atrayente, que satisface el propio deseo, produce placer. Cuando al cuerpo se le priva del espíritu, con el fin de buscarlo sin referencia a la totalidad de la persona, se introduce un dualismo arbitrario y se hiere la dignidad humana.

Hoy en día se difunden también entre los adolescentes y jóvenes, cada vez más, ciertas manifestaciones de tipo sexual, calificadas con nombres bien significativos, que de suyo disponen a la relación completa, aunque sin llegar a ella. Estas manifestaciones genitales, son un desorden moral, puesto que su finalidad es la preparación de un acto que, en sí mismo, es ilegítimo en ese momento de sus vidas.

De ahí la importancia de una educación que les ayude a descubrir los valores profundos del amor y a comprender el daño que tales manifestaciones producen a su maduración afectiva. Esas relaciones que llegan hasta la excitación sexual, conducen a un encuentro sólo instintivo, no personal, con frecuencia desvirtuado por reservas y cálculos

egoístas, y desprovisto del carácter de una verdadera relación humana. Una auténtica educación conduce a los jóvenes hacia la madurez y al dominio de sí, frutos de una elección consciente y de un esfuerzo personal. Implica, como dijimos páginas atrás, una buena formación del criterio y una fuerte voluntad, características de una personalidad sana y equilibrada.

Droga y desórdenes sexuales

Se ha dicho, con razón, que una sociedad permisiva que no ofrece valores que fundamenten la vida, favorece evasiones alienantes a las que son sensibles en modo particular los jóvenes, especialmente si manifiestan algún desequilibrio procedente de un hogar en conflicto. La carga de idealismo de la juventud choca con la dureza de la vida, del crecimiento, de la maduración, en un ambiente que puede presentarse difícil u hostil a su sereno desenvolvimiento, especialmente cuando el criterio no se ha formado bien y la voluntad es débil. Surge entonces la tentación de evadirse de ese mundo difícil, por medio de la droga.

Este problema se agrava más y más y toma aspectos dramáticos en la sociedad actual. Algunas substancias psicotrópicas aumentan la sensibilidad para el placer sexual y disminuyen el autocontrol y, por tanto, la defensa. Máxime, cuando la encuentran con facilidad en las calles, en asequibles rincones de la ciudad, o en las reuniones sociales. El nacimiento de casi todos los drogadictos, está vinculado a un amigo, no tan amigo. Sabemos que el abuso prolongado de la droga lleva a la destrucción física y psíquica. Droga, autonomía mal entendida y desorden sexual, van juntos. La situación psicológica y el aislamiento, abandono y rebeldía en que viven los drogados, crean condiciones que llevan a los abusos sexuales.

La intervención reeducativa, exige profunda transformación interna y externa, requiere una personalidad fuerte y un carácter firme, así como la reestructuración de las personas y de los valores. Y esto suele ser, precisamente lo que falta a quien cae en la drogadicción.

Es más eficaz la acción preventiva mediante una buena relación afectiva entre padres e hijos. El amor, la atención, la comprensión, la disponibilidad, la amistad, son requisitos para educar en el valor, la dignidad y el respeto por la vida, el cuerpo, el sexo, la salud. La sociedad debe ofrecer, además, un entorno amable, que acoja oportunamente a jóvenes abandonados, marginados, solos o inseguros, ayudándolos a introducirse en el estudio y en el trabajo, a ocupar su tiempo libre, ofreciéndoles lugares sanos de diversión, de encuentro, de alegría, de ocupaciones interesantes, para nuevas relaciones afectivas y de solidaridad.

El deporte, al servicio del hombre, posee un gran valor educativo, no sólo como disciplina corporal, sino también como ocasión de sana distensión en la que cada uno se ejercita en renunciar al egoísmo, a compartir y a competir con otros. Sólo una libertad

verdadera, educada, ayudada y promovida, defiende de la ilusoria libertad de la droga y del sexo.

El SIDA y su prevención

La prevención del SIDA, es un reto difícil. Los términos del problema resultan totalmente novedosos. Incluye el análisis de comportamientos humanos, comportamientos libres, transmisores directos de la enfermedad. Es un hecho que prevenir una enfermedad es más eficaz y económico que curarla. Sin embargo las estrategias normalmente válidas para evitar una enfermedad o su contagio a otros, resultan insuficientes en la lucha preventiva contra el SIDA. No se dispone, por el momento de una vacuna definitiva contra el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Por otro lado, en la medida en que más se conoce el modo como se transmite el virus causante de la infección, se concluye que el contagio no depende tanto de factores ambientales (impredecibles e incontrolables), como de comportamientos personales que, por ser voluntarios, libres, sí pueden ser autocontrolados por la persona.

La lucha contra el SIDA, a pesar de ser una enfermedad infecto-contagiosa, responde a un modelo completamente diferente de los modelos preventivos tradicionales:

reclama formas diversas de intervención. Por no disponerse de una vacuna que prevenga la enfermedad y facilite su erradicación, resulta de gran trascendencia disminuir las posibilidades de contagio para que no continúe creciendo en forma incontrolable.

Se investigan, pormenorizada y exhaustivamente, los mecanismos de contagio:

contacto homosexual y heterosexual, drogadicción parenteral, transfusiones de sangre, trasplantes, accidentes, transmisión materno-fetal, contacto profesional y familiar. Igual empeño se pone para conocer en detalle cómo actúa el virus dentro del organismo y cómo evoluciona la enfermedad. La lucha contra el SIDA exige un modo innovador de hacer frente a esta particular enfermedad infecto-contagiosa: en el que tienen gran trascendencia - aparte de los meramente biológicos, ambientales, tradicionales: muy importantes- factores individuales de comportamiento, estilos de vida, hábitos de conducta, valores personales.

Actitudes y comportamientos

En la lucha contra el SIDA ocupan un puesto preeminente las actitudes de la persona, sus convicciones, el modo en que -a través del aprendizaje social- se modela la conducta sexual, así como los valores y creencias por las que opta; donde adquiere trascendencia la capacidad de autocontrol que cada uno tenga. Hay quienes piensan que no es posible dominar el comportamiento sexual, en el que ven una ciega necesidad. Sin embargo, comprueban que esta inhabilidad personal se convierte en un factor altamente riesgoso de adquirir la enfermedad. Por eso, resultan importantes las estrategias preventivas que se diseñen para modificar actitudes y comportamientos de los que, en definitiva, depende la exposición al agente infeccioso y la mayor o menor vulnerabilidad frente a la transmisión del mal, con el fin de disminuir la posibilidad de contagio.

El hecho de que unas personas se comporten de forma más sana que otras, con relación a la enfermedad, depende de muchos factores: el soporte social, la influencia de los medios de comunicación, el valor que conceda a la salud, el comportamiento de los de su misma edad o condición social, económica, o familiar.

¿Virus o hábitos de comportamiento?

Si el SIDA está presente en nuestra sociedad es porque existe un virus que lo causa. Pero el virus causa la enfermedad cuando alguien, voluntaria o involuntariamente, mediante su comportamiento, facilita el contagio y transmisión. En la mayor parte de las veces, por consumo de drogas o por relaciones sexuales. Al carecer de vacunas que eviten la enfermedad o de fármacos curativos, es lógico que se insista en la estrategia preventiva, que tiene mucha relación con la conducta humana. Si no se cambian determinados hábitos de comportamiento implicados en el contagio y facilidad de transmisión, las consecuencias serán funestas.

Se llama hábito de comportamiento a la costumbre adquirida por la repetición de actos de la misma especie; a la facilidad que se adquiere con larga y constante práctica de un mismo ejercicio. Es una facilidad adquirida para conducirse de un modo determinado:

no es innato. Se adquiere en una larga, constante y esforzada práctica.

¿Grupos de riesgo o conductas de riesgo?

Se habla de los grupos de riesgo: homosexuales, heroinómanos, por ser en ellos más frecuente la transmisión de la enfermedad, como consecuencia de factores que facilitan el contagio. Sin embargo esta denominación -por la discriminación que lleva consigo- puede resultar injusta por cargar con cierta culpabilidad elitista y sesgada en determinadas personas, dejando otros grupos que también se contagian y contribuyen a extender la enfermedad. Por ejemplo, aunque el SIDA se presenta más frecuentemente en los homosexuales, también se da en abundancia entre personas que tienen relaciones heterosexuales promiscuas.

Es más preciso hablar de conductas de riesgo. El grupo surge del comportamiento, más que el comportamiento del grupo; aunque en algunos casos esto último pueda también acontecer, como consecuencia de una exposición más frecuente e intensa a ciertas costumbres o presiones sociales. La erradicación del SIDA o la disminución del número de enfermos y de contagio, no depende de la injusta y poco sensata discriminación de los grupos en que es mayor la probabilidad y el riesgo de contaminación; hay que mencionar antes el comportamiento individual, la conducta personal, y no ensañarse con las personas que lo puedan adquirir.

El uso de los preservativos

La campaña en favor de los preservativos, como si fuera el único procedimiento para luchar contra la transmisión sexual del virus del SIDA, no es sensata. En todo el mundo está demostrada su ineficacia, por los resultados obtenidos. La razón parece clara. Al promoverlos, animando masivamente a su empleo, no sólo se proporciona una barrera de caucho que -supuestamente, no absolutamente- impide el contagio: se promueve un cambio de conducta ciudadana, induciendo a la juventud en una dirección determinada, animándolos a un modo de comportamiento personal, lo cual puede ser muy grave.

El suministro masivo de estos implementos estimula que determinados actos se repitan, configurándose cierta facilidad para las relaciones sexuales: se introducen hábitos de conducta nuevos a personas que, sin dicho estímulo indiscriminado, actuarían de manera diferente. En quien arraiga un nuevo hábito, se le cambia su sistema perceptivo y, por consiguiente, cualquier estímulo erótico tendrá mayor capacidad de suscitar una respuesta sexual: se vuelve más dependiente -menos libre- del estímulo ambiental.

Cuando se propicia el uso del preservativo a través de los medios de comunicación social, se genera una cierta presión -que puede ser abierta o subliminal- para que los usuarios establezcan más relaciones sexuales: es decir, mayor número de contactos potencialmente contagiosos. De manera análoga a lo que sucedería si se promueve el uso de chalecos antibalas, con el fin de que los ciudadanos puedan intervenir confiadamente y sin peligro en una balacera!!

¿Realmente preserva el preservativo? Mejor no arriesgue su vida

No hace falta entrar aquí en el análisis científico de la posible eficacia del preservativo. Aunque parece estar demostrado que fallan entre un 15 y 20%: es decir que uno de cada cinco o seis contactos sexuales constituye una fuente posible de contagio. Esto quiere decir que, con su uso, se disminuye la posibilidad de contagio. Pero si, simultáneamente, se emplea con excesiva frecuencia, poco o nada se consigue. Una campaña preventiva así diseñada, no previene de nada. Podría resultar incluso criminal, ya que no se trata de un resfriado que se cura en ocho días, sino de una enfermedad mortal, casi en el 100% de los casos y, hasta el momento, sin posibilidad de curación.

Suponer que alguien está protegido de la infección por usar el preservativo es un juego de ruleta rusa: suicida. Decirle a alguien que puede estar tranquilo al respecto sería como aconsejarle a un borracho que maneje sin preocupación su automóvil, con tal de que se ajuste el cinturón de seguridad. Es significativo un hecho ocurrido en un Congreso Mundial de Sexología celebrado en Heidelberg. La Doctora. Theresa Crenshaw preguntó a los 800 sexólogos presentes:

- Si encuentra la oportunidad de tener relaciones sexuales, que se prevén enormemente gratas, con alguien que tiene el HIV, ¿Cuántos de ustedes las tendrían, con la protección del preservativo?

Aunque la mayoría de ellos recomendaba su empleo, ni uno sólo levantó la mano.

Es que el primer instinto de la persona es el de conservación de la vida. Ante una enfermedad mortal una persona sensata no se fía de una prevención relativa. Luego lo prudente es hacer ver a la juventud que no existen relaciones sexuales promiscuas sin riesgo: no sólo por razones morales, sino porque es asunto de vida o muerte.

Expertos suizos escribieron en 1990: "El preservativo ha sido recomendado en varios países como la protección más importante contra la infección del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), aunque no hay pruebas rigurosas de que sea eficaz contra

Para impedir una infección mortal como

el SIDA, es obligatorio emplear métodos seguros de protección. Los estudios recientes

sobre la prevención contra el SIDA demuestran que la suposición de que los preservativos

ofrecen una protección fiable contra el VIH, es una peligrosa ilusión" .

investigadores recae en la ausencia de proporcionalidad existente entre la posible falla de esa medida preventiva (15-20%) y la gravedad de la enfermedad (100% mortal). En un caso como el SIDA, no se concibe que se acepte una medida preventiva falible, ni siquiera una de cada cinco o seis veces.

las enfermedades de transmisión sexual (ETS). (

)

El énfasis de estos

Muchos investigadores van por la misma línea. El uso adecuado del preservativo puede reducir, pero no eliminar el riesgo de enfermedades de transmisión sexual. Quien posea el virus debe ser consciente de que el uso del condón no le impide transmitir la enfermedad. Reducir no es sinónimo de eliminar: el riesgo de contagio no se extingue por esa sola medida.

Son, pues, dos razones humanas importantes:

* el empleo del preservativo aumenta la frecuencia y el número de relaciones

homosexuales y heterosexuales, contribuyendo a implantar un hábito de comportamiento

que forzosamente aumenta el riesgo de contagio

* los resultados de las campañas en este sentido son ambiguos, imprecisos y, en muchos casos, completamente contrapreventivos.

Procedimientos preventivos más eficaces

De lo anterior surge el imperativo ético de no callar, sino informar acerca de otros procedimientos y estrategias de prevención más eficaces. El Centro de Control de Enfermedades de Atlanta aconseja:

"La abstinencia y la relación sexual con una pareja mutuamente fiel y no infectada, son las únicas estrategias preventivas totalmente eficaces" .

Por otra parte, la Sociedad Americana de Enfermedades Infecciosas, viene recomendando desde 1988:

"Los esfuerzos en la prevención primaria deberían incluir la educación de los adolescentes y de los adultos jóvenes respecto a la transmisión del VIH, y el estímulo de la abstinencia o de las relaciones sexuales monógamas" .

Y nada de particular tiene que un grupo de expertos de los Estados Unidos, en la

lucha contra el SIDA, desde hace más de cinco años vengan insistiendo que, en el caso del SIDA, prevenir no es mejor que curar: es la única cura. Los medios para prevenir la difusión del VIH son tremendamente sencillos. Pero los contactos heterosexuales y homosexuales, y

el abuso de las drogas intravenosas siguen catalizando la expansión de la epidemia. El cambio de conducta es la forma segura de protección, pero parece que no se ha sabido inducir de modo suficientemente rápido y extenso, ni siquiera entre los llamados grupos de alto riesgo.

La Organización Mundial para la Salud (OMS) se apoya en estas consideraciones, al vertebrar la estrategia resolutoria final de este organismo, hecha pública el 28 de enero de

1992:

"La OMS quiere que se sepa que sólo la abstinencia sexual o la absoluta fidelidad eliminan el riesgo de infección" .

Y, en otro Documento del mismo mes se proclama:

"Sólo la abstinencia sexual o una mutua fidelidad de por vida entre parejas no infectadas eliminan totalmente el riesgo de enfermedades sexualmente transmisibles" .

Afortunadamente, pues, existen modos de prevención del SIDA más eficaces que el preservativo. Son todas las medidas que recomiendan:

*

establecer relaciones sexuales sólo con una, y la misma persona: el propio cónyuge

*

no consumir droga

*

poner los medios que la prudencia señala para evitar transfusiones de

sangre

infectada

*

prevenir el embarazo de la mujer con SIDA

*

abstinencia sexual

*

fidelidad conyugal

Si un Ministerio de Salud no habla de estos recursos totalmente válidos, podría

incurrir en flagrante delito de recomendar una mala práctica sanitaria y política en el diseño de las campañas preventivas contra el SIDA.

No se hable de una cuestión religiosa o meramente moral cuando se aconseja a la juventud que espere al matrimonio para disfrutar a plenitud del segundo instinto más fuerte del ser humano -las relaciones sexuales y la procreación-, uniéndolo en la voluntad lo mismo que está unido por su propia naturaleza al amor y a la entrega total. Son muchos los jóvenes que se pueden salvar si se les habla a tiempo, si la verdad se les presenta en todo su esplendor. Es preciso poner de moda el valor de la virginidad, la pureza, la castidad, el pudor, si se pretende ayudar a los hijos a que sean verdaderamente felices y puedan aspirar a un mundo mejor.

CONCLUSIÓN

Hemos mencionado puntos fundamentales para los padres, primeros educadores de sus hijos. El tema del amor, con su afectividad y su sexualidad es uno de ellos, pero no el único, ni el más importante. Enlazado con los demás, facilita el equilibrio interior que lleva a una personalidad madura, íntegra.

La sexualidad es un valor real, cuya trascendencia no deriva sólo del papel que cumple en la procreación, sino que vale por sí misma, porque es buena y necesaria en sí. Como la sonrisa: imposible decir de ella que es una simple contracción de los músculos del rostro o respuesta a algún estímulo; es afirmación, alegría. Amistad, y mucho más; es manifestación sin límite de sentimientos vivos, de afecto, de simpatía, y… puede hasta ser una sonrisa triste, un gesto adolorido, solitario, de no-amor.

La sexualidad proporciona la aptitud de entrega, donación al amado o a la amada. Viviendo el amor, es posible integrar el impulso sexual a todas las demás potencias y dimensiones: pasión, afectividad, sentimiento, razón, libertad, sociabilidad. No sólo es posible, resulta necesaria esa unión, porque si se aíslan unas de otras, aparece el caos, el hastío, la desorientación. Si se independiza lo sexual, el fuerte ímpetu que lo caracteriza va dominando a la persona, la esclaviza. Se convierte en pantomima del amor. En cambio, si el sexo se une a las otras expresiones, habrá armonía por dentro y por fuera de ese espíritu- encarnado que cada cual es.

Amor y sexualidad no llegan y se van como las modas, al paso de las estaciones. Son tan seculares como el hombre y la mujer, desde cuando Dios los invitó a su obra creadora. Lo mismo las dificultades y aberraciones en su uso, tal vez por la atracción extraña que tiene el ser humano a manchar lo bello, a desdibujar la hermosura de las obras divinas.

Este libro es una invitación a las familias a que se conviertan en semilleros de felicidad. ?Cómo?

Viviendo el amor. Todo el amor. Es el modo de dar sentido a la realidad personal, conyugal, familiar, social. El amor es fuerza vivificante y bienhechora. Proporciona la comprensión de lo más profundo de la vida. Alimenta la alegría existencial de cada día. Es

la

llave del misterio del hombre en su relación con los demás y con Dios.

V

I V I E N D O

E L

A M O R

S U M A R I O

INTRODUCCIÓN

Pág.

CAPÍTULO I

4

LA EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD: EDUCACIÓN PARA EL AMOR

Objetivo fundamental

8

Sexualidad es diferente de genitalidad

10

Formación, no simple información

11

Actitudes insuficientes

12

Hacia una visión positiva de la sexualidad

14

Educación de la afectividad

15

Viviendo el amor

16

Pedagogía visible y educación invisible

18

CAPÍTULO II

LA EDUCACIÓN PARA EL AMOR: TAREA DEL HOGAR

Papá y mamá: los primeros educadores de sus hijos

20

Necesidad de un ambiente adecuado

23

Amistad y confianza: abierta actitud de diálogo

26

¿Hablar o callar?

28

Cuando los hijos no hablan

29

La coherencia personal de los padres

30

Características de la educación de la sexualidad

32

ITINERARIO DE LA INFORMACIÓN A LOS HIJOS (Temas que conviene tratar, de acuerdo con las fases principales de su desarrollo)

Los años de la inocencia: ¿cómo hablar a los más pequeños?

36

La pubertad

 

39

La adolescencia

40

Hacia la juventud

44

Algunos criterios útiles en las relaciones entre novios Conocer el valor del matrimonio

46

 

50

CAPÍTULO

IV

OTROS EDUCADORES ALREDEDOR DEL HOGAR

 

El colegio: suplemento, no sustituto del hogar

51

Los diversos medios de comunicación social

 

52

La influencia del cine

53

¿Y la televisión?

 

56

Libros y revistas

60

CAPÍTULO

V

ELEMENTOS DE DISCERNIMIENTO Y VALORES FUNDAMENTALES

Inteligencia y voluntad

 

63

Formación del criterio

 

64

Cómo formar el criterio de los hijos

68

Formación de la conciencia

 

69

La virtud de la fortaleza

71

CAPÍTULO

VI

LA SEXUALIDAD EN UNA VISIÓN INTEGRAL DE LA PERSONA

 

La castidad deja de ser tabú

 

73

La experiencia teen-aid en Colombia

75

Educación para la castidad: un objetivo alcanzable El cuerpo humano: un sagrario Medios para vivir la castidad

76

79

78

* Necesidad de la conciencia moral

80

* Valor y sentido del pudor y la modestia

82

CAPÍTULO

VII

ALGUNAS CUESTIONES COMPLEMENTARIAS

El

placer: un medio, no un fin

84

Erotismo y sexualidad

 

87

El influjo de la pornografía El autoerotismo

88

Homosexualidad

 

92

Relaciones extramatrimoniales

 

94

Droga y desórdenes sexuales

97

El SIDA y su prevención

 

98

 

* ¿Virus o hábitos de comportamiento?

99

* ¿Grupos de riesgo o conductas de riesgo?

99

* El uso de los preservativos

100

* ¿Realmente preserva el preservativo? Mejor no arriesgue su vida

102

* Procedimientos preventivos más eficaces

103

CONCLUSIÓN

 

105

A N E X O

I

CONTRACARÁTULA

De un hermetismo, hoy incomprensible, hemos caído en un desbordante e indiscriminado estudio de la sexualidad. Muchos padres de familia se hallan confusos en la búsqueda de una orientación correcta respecto a los hijos y a sí mismos. Están indefensos ante la erotización de panoramas cuya problemática invade, atraca las inteligencias, los comportamientos, las conciencias de ancianos, adultos, jóvenes y niños. En la calle:

carteleras, vitrinas, puestos de revistas; en el colegio, charlas, problemas no resueltos entre compañeros y compañeras; en el hogar, televisión, radio, prensa, ordenador personal, internet, que invaden la intimidad familiar.

Desde muy pronto, los pequeños se encuentran asediados por asuntos de carácter sexual serios, inquietantes, mucho más de lo que sus padres pueden sospechar. Imposible aislarse de su influencia descarnada. Esto repercute en todos: púberes y adolescentes que aún no cuentan con el criterio ni la madurez necesaria, deben hacer frente a la avalancha incontenible que a muchos sepulta.

Es necesario abordar la educación integral con inmenso amor, sin inhibiciones, sin exageraciones, para que la familia entera logre, en armonía, una apacible felicidad. Cualquier omisión de los padres puede ocasionar daños irreparables. Información prudente, personalizada; conocimiento de causas y efectos; disciplina, entrenamiento de la voluntad, dominio de sí mismo, clara visión del sentido de la vida. Entonces, con las riendas entre sus dedos fuertes, la juventud puede galopar libremente, creativamente, alegremente, hacia el horizonte que se le va abriendo, sin dejarse engañar por espejismos.

Amor y sexualidad no llegan y se van como las modas, al paso de las estaciones. Son seculares como el hombre y la mujer, desde cuando Dios los invitó a su obra creadora. Antiguas también las dificultades en su uso; y las aberraciones que se han inventado, tal vez por la atracción extraña que tiene el ser humano a manchar lo bello, a desdibujar la hermosura de las obras divinas.

Este libro es una invitación para que las familias sepan convertirse en semilleros de felicidad. ?Cómo? VIVIENDO EL AMOR. Todo el amor.

Es el modo de dar sentido a la calidad personal, conyugal, familiar, social. El amor es fuerza vivificante y bienhechora. Proporciona la comprensión de lo más profundo de la vida. Alimenta la alegría existencial de cada día. Es la llave del misterio del hombre en su relación con los demás y con su Creador.

ANEXO II

EL

AUTOR

Javier Abad-Gómez, colombiano. De origen antioqueño, nacido en Sevilla (Valle del Cauca) en 1934. Sacerdote desde 1961. Doctor en Derecho Canónico (Universidad de Santo Tomás, Roma). Periodista profesional (Universidad de Navarra, España). Trabaja, desde su ordenación sacerdotal en pastoral universitaria y matrimonial; tiene una larga experiencia como capellán en los colegios de la Asociación para la Enseñanza [ASPAEN], de la que es Asesor Doctrinal.

Escritor. Además del presente libro tiene ya un buen número de publicaciones. Sobre temas relacionados con la Familia: Amor y Matrimonio (con 10 ediciones en castellano, dos en inglés, una en portugués y en Francés) y Los Hijos (cuatro ediciones, una de ellas en Inglés), ambos libros en colaboración con Eugenio Fenoy Ruiz, médico y sacerdote; además: La familia, factor de desarrollo social y Manual de ética matrimonial. Tratados sobre algunas virtudes humanas: Cartas de la Fidelidad, (tres ediciones, una de ellas en inglés), El trabajo y la dignidad de la persona humana, La Madurez, La mansedumbre

(cuatro ediciones), La fortaleza (cuatro ediciones), Educación de la voluntad (cuatro ediciones) y Periodistas, profesionales de la verdad. Sobre la afectividad: Educación de la

sexualidad, para el amor y la convivencia y Viviendo el amor,.

Sobre el trato con la

Virgen María: Devoción a la Virgen, En torno al Santo Rosario y María, la Obra maestra de Dios. En preparación tiene un libro sobre la Educación del corazón.