Un cuento de hadas: (título por determinar

)
Lectureka INK. ¡Libros Lectureka!

ÍNDICE:
Capítulo 1: Pablo García (Libros Lectureka!)
Capítulo 2: Paula (Mil y una historias)
Capítulo 3: Annie Petrobich (Sueños de una escritora)
Capítulo 4: Kim Scarlet (Mi Gran Viaje Literario)
Capítulo 5: Pablo García (Libros Lectureka!)

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Capítulo 1:
Pablo García (Libros Lectureka!)
Jadeando, subió los últimos peldaños de la torre. Tras 500 pisos, 8 demonios, 3 sirenas y 5
duendecillos carnívoros en su camino, se encontraba en la cámara más amplia de aquel lugar, una
gigantesca estancia redonda coronada por una cúpula de cristal feérico, elevada por cinco
columnas que rodeaban la sala. La ausencia de muros lo hacía más escalofriante si cabe.
Haciendo caso omiso al profundo vértigo que padecía, Edgar se dirigió al centro de la cámara,
donde el codiciado báculo Magno reposaba sobre un pedestal de plata. Un aura luminosa lo
rodeaba. Extendió un brazo hacia él, y lo tomó en su mano. Una reconfortante sensación de
poderío y vigor recorrió cada rincón de su cuerpo, pero aquella pequeña victoria duró poco. Oyó
pasos tras de sí, era demasiado tarde para esconderse, así que se volvió para dar la cara ante el
peligro, como tantas otras veces había hecho.
Una figura femenina se aproximaba hacia él. Sus gráciles movimientos le abrumaban. Los pies de
aquel ser no parecían rozar el suelo. Aquello tan liviano y atractivo, era un hada.
-Sabía que vendrías hasta mí –dijo posando su penetrante mirada en los ojos escurridizos de
Edgar- ¡Mírame cuando te hablo! –sus palabras enseguida surtieron efecto.
Ciertamente, para Edgar era difícil despegar la vista de ella. Era tan… perfecta… ¡No! Sabía lo que
estaba haciendo, se había enfrentado en más de una ocasión a embrujos como ese.
-El báculo es mío, bruja –apartó la mirada de su rostro, y desenvainó su espada- nunca podréis
controlar el poder de las reliquias que nuestros antepasados nos legaron.
-Necio idiota. Muchos antes que tú han llegado hasta aquí, muchos antes que tú han jugado a ser
dioses… no eres superior a todos aquellos que perecieron al negarme lo que me corresponde… -un
orbe de fuego salió despedido de la palma de su mano en dirección a su oponente, hasta
desintegrarse al impactar en el campo de energía creado por el Báculo.
-Ahora, yo dicto las normas –se aproximó al precipicio y extendió la mano con la que sostenía el
báculo sobre el vacío- piénsalo dos veces antes de volver a agredirme.
El hada se aproximó a toda velocidad hacia él, y lo aferró por el cuello, ahora era Edgar el que
estaba suspendido sobre la muerte.
-Esta es tu última oportunidad… ¡dame el báculo!
-Antes morir que vivir subordinado a ti…
-Muy bien –en un abrir y cerrar de ojos, la afilada hoja de una daga atravesó el cuerpo de Edgar.
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-Yo también sé jugar a este juego –sollozó, y escupió sangre que cayó al vacío- y te advierto, que
siempre gano -lanzó el báculo lo más lejos que pudo, y lo alcanzó con el mismo cuchillo que se
había clavado en su vientre.
El hada, colérica, lo liberó de su agarre, aunque eso no suponía una gran ventaja, teniendo en
cuenta que se encontraba a una altura equivalente a 500 pisos.
El hada se desvaneció, mientras el grito desgarrador de Edgar, el joven héroe de vida efímera,
inmutaba el crepúsculo. El sol desaparecía en el horizonte, posiblemente para no volver a alzarse
jamás.

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Capítulo 2:
Paula (Mil y una historias)
El cielo estaba completamente oscuro. El paisaje, desolado y apenas visible en la oscuridad, salvo
por las luciérnagas que iluminaban, abrumaba completamente a Cerise. La muchacha se
preguntaba cuándo volvería a salir el sol.
Hace milenios que el Báculo Magno desapareció. Cuenta la leyenda que fue por culpa de un elfo
que recorrió los límites de su mundo para llegar hasta su cobijo, y que Sídhe, de la especie de las
melíades, el hada que lo protegía, no fue capaz de lograr que el joven elfo no lo cogiera. El joven
elfo cayó desde la cúpula más alta del castillo, pero el Báculo fue catapultado al vacío.
La pérdida del Báculo de Magno afectó a todo el universo. Las hadas, protectoras de la naturaleza
perdieron sus poderes, y con ellos sus alas. El sol no volvió a salir tras aquella tarde, la naturaleza
comenzó a apagarse, árboles y arbustos comenzaron a mustiarse, finalmente la mayor parte de
ellos decayeron, llevándose con ellos a las dríades que protegían los bosques y la mayor parte de
las náyades que habitaban en los ríos.
No se volvió a escuchar la música de las sílfides, que cada día ayudaban a dormir a los seres que
habitaban en el inmenso bosque, ni se volvió a sentir el calor propio del verano que
proporcionaban las salamandras.
La muchacha de largo cabello rojo todavía observaba a través de la ventana, con los ojos azul
verdosos brillando en la oscuridad. Por su mente pasaban muchas cosas, principalmente
preguntas, la mayoría sin respuesta.
Pero pronto obtendría todas aquellas respuestas que tanto anhelaba.
Y es que, lo que no sabía Cerise era que todo lo que ella había aprendido durante su escasa vida,
estaba a punto de cambiar.
***
La hoguera iluminaba en la oscuridad.
Jules y Coral estaban sentados a su alrededor, junto al muchacho moreno que tostaba raíces de
abedul. A lo lejos, en el interior del pequeño pueblo, se veía como las Galassias, la extraña especie
de flores que se descubrió durante el comienzo de la Era Oscura brillaba en la oscuridad,
emitiendo un halo azul a su alrededor.
« ¿Que sería de nosotros sin estas flores?» se preguntó Thomas observándolas con detenimiento.
Las flores, de tupidos pétalos blancos brillaban sin descanso, proporcionando la única fuente de luz
natural en el bosque.
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- Thomas - le llamó la muchacha de pelo verde y ojos marrones -. Las raíces están ardiendo -el
muchacho lanzó las raíces contra el suelo y se levantó de un salto para después pisotearlas. La
muchacha emitió una risa aguda mientras que el muchacho de su lado le dirigía una mirada
divertida.
Las mejillas de Thomas se encendieron de un fuerte rojo. Pese a que los tres muchachos se
conocían desde pequeños, la torpeza de Thomas todavía les divertía. Además, el muchacho
acostumbraba a esconderse en sus pensamientos, en los que era capaz de pasar horas sin volver al
mundo real.
- Parece que Clumsy está cada día más torpe - dijo una muchacha de larga melena dorada y
grandes ojos grises. Los muchachos no habían notado su presencia, ni siquiera sus pasos contra las
ramas y hojas muertas esparcidas por el suelo, pues la muchacha tenía un sutil y silencioso
caminar, cuan peligroso animal.
- Kansas - masculló con desprecio Jules, el muchacho de de pelo blanco y ojos azules. Ellos también
la conocían desde pequeños, mas su relación con la muchacha no era muy amigable.
Los tres muchachos le dirigieron una mirada de odio, la cual ella correspondió rápidamente,
sentándose ágilmente sobre la rama de un pequeño abedul que había sobrevivido a la perpetua
oscuridad.
La muchacha sonrío pérfidamente, mostrando una impecable hilera de dientes blancos que
semejaron a los de un tiburón. Mas, de pronto su sonrisa cambió a una mueca de sorpresa, pues
las flores, aquellas que durante milenios habían mantenido vivo a lo que queda del mundo,
dejaron de brillar.
Y todo desapareció ante la mirada de cuatro jóvenes elfos, llevándose cada pequeña luz que
permitía la vida.

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Capítulo 3:
Annie Petrobich (Sueños de una escritora)
El cielo estaba completamente oscuro. El paisaje, desolado y a penas visible en la oscuridad, salvo
por las luciérnagas que iluminaban, abrumaba completamente a Cerise. La muchacha se
preguntaba cuándo volvería a salir el sol.
La vida de Cerise había cambiado mucho desde la última vez que se atrevió a mirar por la ventana
de su alcoba, ahora el bosque no solo estaba mustio y sin vida, si no que se había cernido una
oscuridad sobre el inmenso bosque que rodeaba su palacio.
A pesar de haber perdido las alas hace ya dos primaveras, ella seguía habitando ese palacio como
la guardiana del gran bosque que era, pero las fuerzas empezaban a fallar y estar confinada en ese
palacio con la única compañía de su único amigo Marcus le había afectado demasiado. Sentía que
envejecía por momentos y que no lograría aguantar más de un invierno en ese palacio
No entendía como había llegado a ocurrir aquello, desde que el Báculo Magno desapareció la
naturaleza ha ido degenerándose poco a poco, pero en la última semana parecía que todas las
fuerzas que habían reunido las diferentes guardianas a lo largo del tiempo se hubieran disipado de
repente. Ser guardiana no era tarea fácil, utilizar la mitad de tu esencia para proteger el bosque
era mucho más difícil de lo que todo el mundo pensaba.
Llevaba ya tiempo reuniendo datos, por más que su amigo le insistiera en que guardara reposo ella
seguía intentando encontrar una razón lógica para que todo estuviera ocurriendo tan deprisa.
Soltó un suspiro de alivio y esto logró alertar a Marcus que leía otro libro en el sillón de enfrente.
- ¿Qué ocurre? ¿Algo de interés? – preguntó levantando la mirada del pequeño libro que sostenía
entre sus delicadas manos.
Se le veía algo cansado y parecía a simple vista que no había dormido en días, no había sido capaz
de pegar ojo desde que la luz de las Galassias desapareció llevándose consigo cualquier indicio de
esperanza.
- Creo que he encontrado el báculo – se limitó a responder ella con una pequeña sonrisa en los
labios.

***

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Las Galassias no solo eran la fuente de energía del bosque, eran las únicas capaces de aliviar
dolores tales como epidemias incurables para cualquier ser mágico que las padeciera. Además de
que mucha gente pensaba que de alguna manera alejaban a la oscuridad, y después de haberse
apagado su incesante luz, mucha gente entró en pánico y abandonó el bosque en busca de tierras
más prósperas.
En el poblado en el que Jules y sus amigos se habían criado apenas quedaban unos cuantos elfos
sin contarles a ellos ni a la pesada de Kansas, que después de lo acontecido en el bosque decidió
no despegarse de ellos como si su vida dependiera de aquello. Desde entonces las cosas eran muy
difíciles, encontrarse alguna raíz en buen estado parecía algo imposible de imaginar y los elfos
habían tenido que empezar a agotar sus provisiones de emergencia, cosa que empezaba a
inquietar a muchos de los más ancianos.
Habían decidido mandarlos a ellos a pedir consejo a Cerise, la única guardiana con vida que
habitaba en el palacio al otro lado del bosque. Muchos pensaban que se había vuelto loca y que no
podría hacerse nada al respecto y que dentro de unos años el mundo sucumbiría a la oscuridad
que se cernía sobre ellos.
Tardaron medio día en llegar al palacio, si se podía llamar así a un pequeño torreón, donde se
supone que Cerise estaría. La cosa empezó a no cuadrar cuando llamaron a la puerta, parecía que
ningún alma habitaba la casa desde hace ya un tiempo, aunque un extraño olor les llegaba desde
dentro a través de la pequeña ventana que estaba situada a media altura.
Echaron la puerta abajo cuando no les quedó otra opción, y sus ojos no dieron crédito a lo que
estaban viendo dentro de la casa. Todo estaba repleto de sangre, por todos lados ese líquido
viscoso azul que caracterizaba la sangre de las hadas daba un aire lúgubre a toda la estancia. Lo
peor no era aquello, si no el líquido dorado que formaba unas extrañas y misteriosas palabras.
STANDIUS RIVE
Era un portal mágico, fue lo único que pudo distinguir Thomas antes de que Kansas lo cruzara sin
dar explicaciones.

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Capítulo 4:
Kim Scarlet (Mi Gran Viaje Literario)

El escuálido sirviente cruzó la pesada puerta de hierro, temblando y con la mirada clavada en el
suelo. Cruzó la fría sala y se postró delante del trono que la presidía. Un aura poderosa y maligna
emanaba del hombre que estaba sentado en él, y ensombrecía toda la sala.
- ¿La has traído?- el hombre tenía una voz fría, metálica, autoritaria, pero teñida por un velo de
inquietud que no podía ocultar.
- S-sí, señor, es…está en, emmm, las mazmor-r-ras, s-señor.
- Bien… bien. Puedes retirarte.
El sirviente huyó apresuradamente y el sonido de la puerta al cerrarse retumbó durante unos
instantes.
El hombre estaba aliviado. Hacía siglos que las cosas no le iban tan bien. Todo había empezado
mal. Muy mal. Aquel estúpido elfo había dejado caer el Báculo Magno al vacío, y a pesar de sus
esfuerzos en el último milenio, no había podido encontrarlo.
Ni él, ni nadie.
Habría ido él mismo a buscarlo entonces, pero Sídhe había supuesto un gran problema. El hada era
demasiado lista, y había pedido a Nöhr que, a cambio de su propia libertad e inmortalidad, lanzara
un hechizo de protección al Báculo contra él. No es que no hubiera podido romperlo, pero Nöhr
era muy poderosa y eso lo habría dejado demasiado débil. Así que había tenido que confiar en un
elfo, un pobre elfo que no sabía lo que hacía. Un elfo que había resultado increíblemente inútil.
Ninguno de sus esfuerzos posteriores había tenido éxito, y el Báculo seguía tan perdido como
entonces. Y cada vez se sentía más débil. El tiempo, lenta pero inexorablemente, le estaba
pasando factura. Necesitaba el Báculo, y con urgencia. Pero había sido paciente, y viendo sus fallos
a lo largo de los siglos, había esperado a que Cerise, la última guardiana del Bosque del Este,
hiciera algo que él no podía: encontrarlo. La muchacha había tardado más tiempo del que le habría
gustado, pero lo había conseguido. Él lo sabía. Nadie podía ocultarle nada.
Se levantó con una gracia insospechada para su edad, y anduvo ligeramente hacia las mazmorras.
Los pocos criados que se cruzaban en su camino bajaban la cabeza, se arrodillaban al suelo o se
iban a esconder a una habitación cercana. Podía estar debilitándose, pero no era débil, nunca lo
había sido. Y nunca lo sería.

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La mazamorra estaba oscura, y la sala olía a podredumbre. Se paró enfrente de la celda de la
guardiana. Una vela iluminaba la pared enladrillada, sucia y llena de moho. La minúscula celda
estaba vacía, excepto por la muchacha engrilletada a la pared del fondo y un plato de comida algo
rancia que descansaba a su lado.
La chica todavía estaba dormida: los ojos cerrados, el pelo rojo enmarañado, la cara laxa y los
labios rosados fruncidos. Un hilo de sangre le caía desde la frente hasta la barbilla, sus ropas
estaban rotas y hollín le tacaba la mejilla izquierda. Era una imagen pura al lado de la oscuridad de
la sala. Qué engañosa era. Él lo sabía: su blancura y debilidad escondían una mente afilada y un
férreo temperamento.
-Despierta, muchacha- la orden fue clara, pero la chica no despertó.
El hombre frunció el ceño, y envió un torrente de magia mientras repetía:
-¡Despierta!
La chica abrió los ojos lentamente. Parpadeó sorprendida, y su mirada vagó por la sala, algo
dormida, preguntándose dónde estaba, hasta que se posó en el hombre al otro lado de las rejas.
- Tú…- su mirada, conocedora, era una mezcla de terror y odio.
- Mi querida Cerise, me alegra conocerte al fin. Veo que ya sabes sobre mí, así que ahorrémonos
las presentaciones. Estoy seguro de que sabes por qué estás aquí, ¿no?
- Eres un monstruo, tú…
- Cállate- la cortó-, aquí hablo yo. Y quiero que me digas dónde está el Báculo. Ahora.
- Estás loco si piensas que voy a decirte algo- sus labios temblaban, pero su mirada era severa.
- Tú estás loca si piensas que no me lo dirás- una mueca parecida a una sonrisa cruzó por los labios
del hombre, una sonrisa llena de dientes y maldad-. Te dejaré pensártelo, pero volveré pronto, no
te preocupes.
El hombre se giró y salió de las mazmorras. Había cumplido su objetivo: inculcar el miedo en su
prisionera. Pobrecita, si creía que no le diría lo que quería. Porque nadie le podía ocultar nada, a él.
Nadie.
Y el Báculo sería suyo muy, muy pronto…

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Capítulo 5:
Pablo García (Libros Lectureka!)

Habían pasado milenios desde que la magia del báculo que impregnaba las paredes de la torre de
Dwaeren se había perdido pero, contra todo pronóstico, seguía en pie. Endeble, desierta, pero en
pie.
Desde entonces, Sídhe rezaba a diario a los dioses, suplicando clemencia, pero hacía tiempo que
los dioses habían olvidado a las criaturas que poblaban su mundo. Sabía que el báculo seguía ahí,
en alguna parte, pero cuánto más se afanaba en encontrarlo, más débil sentía su magia y, mientras
tanto, el equilibrio del mundo se desmoronaba, al mismo tiempo que el poder se extinguía, lenta e
inexorablemente, avanzando hacia un destino apocalíptico e incierto, que acabaría con la
existencia en sí misma. Todo dejaría de existir. El apagado de las Galassias era solo el principio, y
mientras ella intentaba detener el reinado del caos, el un nigromante procedente de las lejanas
tierras de Rhadenor actuaba desde las sombras persiguiendo sus propios ideales; erigirse
Hegemón y postrar el universo a sus pies, obstaculizando la tarea de Sídhe, e impidiendo la
restauración del orden.
Muchos habían caído en el fuego cruzado. Sin ir más lejos, todos los guardianes habían perecido en
manos del nigromante, exceptuando a la que era venerada en los vastos bosques del Este, que se
hallaba en poder del enemigo. El hada debería impedir su muerte a toda costa, era su última baza
para recuperar el báculo o, en su defecto, lo que quedara de él.
***
Cerise...

La guardiana se incorporó, confusa y embotada.
El momento se acerca.

Cerise sopesó la situación. O bien había muerto de hambre, y alguien allá arriba le reclamaba, o
bien alguien de su especie intentaba establecer contacto con ella. Estiró sus entumecidas piernas;
seguía viva.
Tienes que salir de ahí...

-¿Quién eres?
Sabes quién soy.

-¿Desde dónde llamas?
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Sé que tú estuviste allí aquel día...

Cerise palideció.
Sé que tú sabes cómo encontrarlo...

-No... no sé de qué me hablas -pero era perfectamente consciente de lo que quería decir aquella
voz.
No intentes ocultarlo. Ha pasado demasiado tiempo... encontraré la forma de sacarte de allí, y lo
encontraremos, encontraremos el báculo...

-Pero la leyenda dice...
Ambas sabemos que la leyenda no es cierta...

Cerise lo sabía. Lo sabía todo. Había presenciado el robo del báculo... era ella quien le hablaba...
pero la leyenda es solo una leyenda y... y...
Duele recordar.
Nadie lo sabe. Solo ella. Solo ellas.
El báculo fue destruido, atravesado limpiamente por la daga del osado elfo . Nadie lo encontrará,

jamás. Ya no existe tal báculo, pero su magia sigue ahí, en alguna parte.
Muriendo.

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