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La enfermera del gueto

Habían vuelto otra vez. Habían vuelto para instalarse de nuevo en el lodazal de
los recuerdos amargos. Tantos años tratando de desecar el pantano de la angustia, con
piedras, con arena, con hojas secas, como secas son las hojas caídas del almanaque de
los días tristes, de los días amargos que queremos olvidados. Pero no hay rocas, ni
piedras, ni arena suficiente que seque el manantial del dolor cuando brota del horror de
nuestros propios actos.

Se encontraba en una sala de despiece de un matadero; las carnes abiertas en
canal, colgaban juntas en hileras, desprendiendo un olor húmedo y fuerte que se
pegaba al fondo del paladar; el suelo, mojado de agua sucia y sangre, despedía un
hedor acre, que se aferraba a la pituitaria. Sin embargo, no se sentía incómoda. Los
baldosines blancos de las paredes le recordaban vagamente al hospital. El rojo de las
fibras musculares, la textura blanda de las vísceras al aire, el olor dulzón de los fluidos
corporales, le resultaban familiares. Sostenía un bebé en su regazo; sentía su carita
contra su pecho, rozando el delantal blanco. Era un bebé recién nacido, todavía
bañado en los restos de sangre y líquido amniótico de la bolsa gestacional. Era un bebé
recién nacido, pero no lloraba. Lo cogió por los tobillos, con firmeza y seguridad,
poniéndolo boca abajo, con intención de darle un azote en las nalgas. La mano derecha
quedó suspendida en el aire cuando el neonato resbaló entre sus dedos y fue a caer
contra el suelo sucio. No oyó el ruido sordo que produjo la cabeza al chocar en el piso
mojado, pero sí sintió, con una angustia profunda, el golpe seco del cráneo en la
baldosa. Tampoco escuchó el grito desgarrado que la arrancó del sueño.

Habían vuelto otra vez. Los reconocía, sí, después de tanto tiempo. Los creía
olvidados, enterrados entre los escombros de los días pasados. Ingenua: la memoria se
instala en recovecos profundos, de los que no es posible expulsarla. Habían vuelto otra
vez.
Un sudor frío le bañaba el cuerpo rígido, tensado por el miedo, peor aún, por el
aguijón punzante y profundo de la angustia. Se secó con la toalla que cubría su
almohada: no soportaba el tacto suave del almohadón sobre su piel. El sueño de un bebé
que se escurre de los brazos y que en su caída te devuelve a la vigilia es un sueño
recurrente en muchas madres, sobre todo en las parturientas recientes. Pero ella no era
madre; ella no había querido ser madre.
Había renunciado deliberadamente a la maternidad. “El mayor pecado del
hombre es hacer nacer”. Recordaba a Schopenhauer, lecturas de juventud, crisis
existenciales del final de la adolescencia. Fue entonces cuando decidió hacerse
enfermera; quería ayudar a mitigar el dolor y la enfermedad, luchar contra el
sufrimiento, combatir la muerte. Volcarse en su trabajo y ser independiente para no
tener que verse, obligatoriamente, atada a un hombre, a través de sus vástagos. Era
tenaz, constante, disciplinada: cualidades que le ayudaron a estudiar mientras trabajaba
a media jornada en un taller de costura.
Martha Werckowitz era hija de un carpintero católico y de una mujer de origen
judío. Acudía semanalmente a la sinagoga, respetaba el sabath, y los domingos
acompañaba a su padre a la parroquia. Había nacido y crecido en el gueto, y en el gueto
había hallado trabajo. La clínica del Dr. Goldstein se encontraba apenas a dos
manzanas de su casa; allí había hecho algunas prácticas, como sustituta de otras
enfermeras, en domingos y vacaciones. Allí se había ganado el respeto de los médicos y
pronto empezó a trabajar en los quirófanos.
Era septiembre, y el sol todavía alargaba las tardes con un aroma cálido y suave,
cuando el ruido ensordecedor de los blindados alemanes sembraba el miedo por las
calles de Varsovia. Al poco tiempo las tropas invasoras comenzaron a identificar a los
judíos. Fue entonces cuando su padre le regaló una pequeña cruz, con su cadenita,
ambas de plata, recuerdo de familia, que él hubiera querido colgársela cuando se casara.
Pronto quedó confinada en el gueto: los alemanes le permitieron continuar
trabajando en la clínica, ya convertida en un dispensario por la escasez de material
sanitario y por la falta de personal cualificado, aunque realizando las mismas
actividades que un hospital: pequeñas intervenciones quirúrgicas, curas, partos,
consultas sobre todo tipo de enfermedades. Allí permaneció hasta que el gueto fue
arrasado por los nazis, y todos sus habitantes conducidos a distintos campos de
concentración o de exterminio. Estuvo en Auschwitz hasta el final de la guerra,
colaborando en el botiquín de tropa: su destreza con la aguja y sus hábitos de pulcritud
y orden gustaban a los alemanes.

Recostada en su cama, tratando de olvidar la pesadilla, Martha Werckowitz
recordaba con claridad lo ocurrido en aquellos años, lejanos ya. Medio siglo había
transcurrido desde entonces; cincuenta años buscando el olvido, que los ojos verdes de
la nueva residente había truncado de golpe. Creía haber encontrado la paz de la vejez en
la residencia de ancianos donde ahora vivía, y donde pensaba esperar la muerte, que ya
se anunciaba en el cáncer de mama que iba creciendo en su pecho. Pero todavía le
quedaban fuerzas para continuar haciendo lo que siempre había hecho con tanta
devoción: paliar el sufrimiento ajeno. El suyo propio no tenía más cura que el olvido,
una medicina difícil de encontrar. Ayudaba en el botiquín del asilo, acompañaba a las
ancianas que no recibían visitas, paseaba a aquéllas con problemas para moverse.
Habían instalado una nueva residente en la cama de la Sr. Gorotski, fallecida
unos días antes, en la habitación 219; tenía la enfermedad de Parkinson , en un estado
avanzado que le impedía caminar. Martha se la encontró sentada en la silla de ruedas, de
espaldas a la puerta, mirando el jardín a través de la ventana.
- Buenos días, Sra. Jacobs. Buenos días y bienvenida a la residencia Wol…….
No pudo terminar la frase. Rebeca Jacobs volvió la cabeza y los ojos azules de
Martha, semiocultos tras los cristales de sus gafas, se quedaron fijos, presos de la
mirada esmeralda de la nueva residente. Ésta percibió la turbación y trató de ser amable:
- ¿Le ocurre algo?, ¿se encuentra Ud. bien?. Ud. debe ser la Sra. Werckowitz,
¿no es así?. Me dijeron que vendría a verme la ayudante de enfermería, pero ¿de verdad
se encuentra Ud. bien?.
- Sí, sí, no se preocupe. Efectivamente soy Martha Werckowitz y colaboro en el
botiquín. Tengo mis achaques y de vez en cuando se hacen más presentes.

La Sra. Jacobs tendría unos años más que Martha Werckowitz; había
sobrevivido al gueto de Varsovia y al campo de exterminio; en la postguerra regresó a
su ciudad, de donde no quiso trasladarse a Israel, a pesar de los ruegos de familiares y
amigos, a pesar de las presiones del nuevo gobierno comunista. En Varsovia había
nacido y crecido, al igual que sus padres y sus abuelos; allí había perdido a su primer
marido y a su primer hijo.
Ambas mujeres había sufrido el miedo en el gueto, el horror en el campo de
exterminio, la miseria tras la guerra, y la tristeza de un país comunista durante la guerra
fría. Tanto sufrimiento en común las unía y no tardaron en hacerse amigas. Martha la
paseaba por el jardín en los días claros, o por los largos pasillos en los interminables
días de invierno, mientras recordaban los años pasados. Rebeca Jacobs volvía una y otra
vez sobre la vida en el gueto durante la ocupación nazi: el racionamiento tan escaso, los
rumores sobre los amigos y familiares que desaparecían, el dispensario, único servicio
médico para el medio millón de personas que se hacinaban allí, los rumores sobre los
experimentos genéticos con personas vivas. Martha Werckowitz prefería hablar de su
juventud en los años treinta, de la alegría y la esperanza que se vivía en Polonia, y cómo
se fue tornando en preocupación y alarma ante lo que ocurría en el vecino país; rehuía
siempre hablar de los primeros años de la guerra; cincuenta años luchando para
borrarlos de su memoria, y ahora renacían con más fuerza.
Mentía a la Sra. Jacobs cuando le contaba que ella estuvo trabajando en el
Hospital General de Varsovia, curando a los heridos de guerra alemanes. Mentía al
afirmar que nada se sabía de lo que ocurría en el gueto. Mentía cuando su amiga le
preguntaba por el Dr. Menguele, y sus experimentos con neonatos. Mentía cuando
confesaba que se había enterado de los secuestros de bebés judíos al acabar la guerra.
Mentía cuando afirmaba desconocer la historia de una enfermera que asfixiaba a recién
nacidos, para evitarles el sufrimiento de las prácticas inhumanas que realizaban algunos
médicos de las SS.
Mentía Martha para ahuyentar la angustia de los recuerdos, pero éstos
regresaban por la noche, disfrazados, en los sueños terribles de niños que fallecían en
sus brazos.

Una tarde de otoño, paseaban por le jardín, buscaban el calor de los últimos
rayos de un tibio sol que ya anunciaba el frío invierno. La Sra. Jacobs le pidió que se
detuvieran; se sentía alicaída, quería charlar.
- Dijeron que los ahogaba con una almohada, para no verles la cara. Esa
enfermera del dispensario, ¿me comprende?. Dijeron que lo hacía para ahorrarles el
sufrimiento…… Yo apenas visitaba el dispensario, pero cuando me puse de parto, como
era primeriza, le pedí a mi marido que me llevara. Todavía no corrían los rumores sobre
Menguele y su equipo de asesinos….. Lo recuerdo muy bien. Mi hijo nació el 22 de
julio de 1941. No llegué a conocerle; me dijeron que había nacido muerto. Mi
bebé…….
No lloraba Rebeca Jacobs al recordar el nacimiento de su hijo, a quien nunca
pudo tener en sus brazos; tantas lágrimas había demarrado por él a lo largo de su vida
que ahora sólo quedaba una profunda melancolía y una pequeña esperanza.
- En todos estos años he imaginado que los nazis no se lo llevaron; que aquella
buena enfermera engañó a los alemanes, le puso una inyección de morfina y mi niño
murió sin sufrimiento. Claro; no podían tener morfina. Imagínese, Ud. que es
enfermera: en el pequeño dispensario del gueto, no había de nada.
- No es bueno recordar tanto dolor. Han pasado muchos años. Ud. tuvo la alegría
de criar otros hijos. Dejemos el pasado, pasado.
- No es posible olvidar el horror de esos años; no es posible tirar al olvido el
primer hijo; no llegué a verle la cara, pero sí le oí llorar; me engañaron diciendo que
estaba muerto; con el tiempo comprendí el por qué de aquel engaño. Desde entonces he
rezado para que mi hijo no cayera en manos alemanas; he suplicado su muerte, sí, antes
que el horror de verlo en las garras nazis; y he pedido al Señor por aquella mujer que
tomó una decisión terrible, tan contraria a su profesión, a sus creencias, a sus ideales
como enfermera: matar para evitar el espanto de tanto sufrimiento. ¡Cómo habrá
padecido!. ¡Qué pesada carga tuvo que soportar cada uno de los días de su vida!……..
Me hubiera gustado conocerla, abrazarla y darle las gracias por evitar que mi hijo fuera
tratado como un animal de laboratorio.
Ahora sí lloraba Rebeca Jacobs, quizá contagiada por las lágrimas de Martha
Werckowitz, quien apretaba con dulzura las manos de su amiga, de su amiga y
redentora.
Así estuvieron unos minutos, mirándose a los ojos, consolándose mutuamente.
- Hace frío; vamos a entrar
Martha empujó la silla y llevó a la Sra. Jacobs a la sala de televisión.
Transmitían imágenes de una multitud que cruzaba el Muro, en Berlín, ante la pasividad
de los guardias de uno y otro lado,
- Me necesitan en el botiquín. Hasta mañana Sra. Jacobs.
La Sra. Werckowitz se encerró en el pequeño cuarto que ocupaba en la
enfermería, se acostó en la cama y lloró; lloró hasta bien entrada la noche, hasta que los
ojos, enrojecidos, no pudieron dejar escapar más lágrimas; hasta que el sueño la venció
y pudo quedarse dormida.

Rebeca Jacobs falleció de pulmonía pocas semanas después.
El mismo día, mientras asistía al funeral de su amiga, Martha Werckowitz tuvo
un desfallecimiento. Murió tranquila: sus terribles sueños no habían vuelto desde
aquella tarde en el jardín.

Margarito Duarte