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Pollerapantalón “Profundo en la sangre vive el árbol de cada uno, de esa misma madera será la cruz” Diego Muzzio “*…+ Y miró

Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda” Génesis 4:4 Cuadro 1: Latencias. Una cocina. Manu trapea el piso. Leonor ingresa y cierra la puerta cautelosamente. Leonor: Ya está. Manu: ¿Está más tranquila? Leonor: Se quedó dormida. Ya no grita. Manu: Me alegro. Leonor: Todos estamos contentos. Pausa. Manu: Te ensuciaste la bata. Leonor: No. Estoy limpia. (Cambia) No quería comer. Le tuve que dar en la boca como a una nena. No la puedo ver así. Manu: Sí, yo tampoco. Leonor: Claro. (Cambia) ¿Terminaste con el piso? Manu: Sí. Me queda el del baño, pero no hay más producto. Leonor: ¡Está todo meado! ¿Qué vamos a hacer? Manu: Hay que ir a comprar. Leonor: ¡Esta vieja de mierda! Nos va a enloquecer a todos. Manu: Mamá usa pañales. Leonor: ¿Qué? ¿Fuiste vos? Manu (Con temor se tapa sus genitales.): No. Leonor: ¿Pero quién va a ser si no? Manu la mira. Pausa. Leonor: ¿Qué estás queriendo decir vos? ¿Insinuás acaso que yo, una mujer de mi edad, de mi envergadura, sería capaz de semejante acto de inmundicia humana? No, no querido. No puede ser. De ninguna manera. No. No hay forma alguna. Jamás. Nunca ha sucedido. Manu: Pero… Leonor: No. Manu: Tal vez mamá se levantó. Leonor: Imposible. Manu: Bueno, no sé. ¿Entonces fui yo? Leonor: ¿Ves? ¿Ves que hace bien decir la verdad? ¿No te sentís más aliviado? Yo me siento mucho más aliviada. Manu: Sí, puede ser. Leonor: ¡Pero si! Bueno, le voy a decir a Martita que nos traiga un poco de puloy de la despensa.

Manu: Martita no se siente bien. Leonor: ¡Nadie se siente bien! ¡Nadie! ¿Y a mí qué me queda? Ya me ves, gobernada por este cuerpo el mío, cárcel de carne, que me impide realizar mis labores diarias. Yo otrora niña, ahora joven mujer enterrada al piso por este ancla de triglicéridos. Y sin embargo no me quejo. Jamás escucharás de mí una queja. Manu: ¿Qué te pasa? Leonor: ¿Por? ¿Me ves mal? ¿Qué tengo? Manu: Nada. Leonor: ¿Y para qué hacés todo ese espamento vos? ¡Me asustas! Manu: ¿Querés un tilo? Leonor: Le voy a decir a Martita que vaya igual. Manu: ¿Querés un tilo? Leonor: No me trates de loca vos que con la vieja tenemos bastante. Manu: Mamá no está loca. Leonor: No, ya sé que no. Estamos todos bien. (Cambia)¡Estoy fuera de mí! Decime, ¿para qué le pagamos a esta mujer si se la pasa mintiendo para no trabajar? Manu: Nosotros no le pagamos. Pausa. Leonor: Ah. Bueno pero que vaya igual che. En nuestra situación no podemos salir. Manu: Yo puedo ir. Leonor: ¡No! ¡Vos no! No me puedo dar el lujo de tener otro paciente en cama. Manu: Es ir hasta la despensa nomás. Leonor: ¿¡Vos no ves el noticioso!? Es una epidemia. Están todos infectados. La consigna es clara: “los hombres contagian, los hombres adentro” Manu: Leo, lo están inventando. Leonor: ¿Me vas a decir a mí? Yo lo vi con mis propios ojos. La tos, esa tos que no me deja soñar tranquila. Manu: ¿Qué tos? ¿Quién se enfermó? Leonor: Te pido que por favor no me hagas revivir esa historia. Me hace mal. ¡Estoy devastada, ¿no me ves?! Manu: Con esa bata sos lo único que veo. Leonor se ofende. Manu: Era un chiste, no te enojes. ¿No se te puede hacer un chiste ahora? Leonor: ¡Qué vivaracho que estás! ¿Te parece que estamos en un momento para bromas? Manu: No… Leonor: No, no, decime, porque tal vez soy yo la loca, tal vez la grasa que rodea mi cuerpo y me permite cuasi hibernar en esta tumba abandonada por Dios me llegó al cerebro y ahora soy yo la que imagino un universo apocalíptico dominado por estretocopos. Manu: Estreptococos. Leonor: ¡Apa apa apa! ¡Él que no sabía nada! Mirá cómo se acordó de golpe. Manu: Lo estudié en el colegio. Y no es para tanto. Hay que tomar unos antibióticos.

Leonor: ¿Ahora sos médico también? ¿Especialista en infectología acaso? Mejor andá a rendir la matemática que debés del secundario. Manu: Si me dejaras salir… Leonor: ¿Vos pensás que esto a mí me gusta? ¿Qué lo hago por puro placer? No sé qué habré hecho para que Dios me haya maldecido con estas plagas. Primero, las grasas saturadas; y ahora esto: gripe mortal contagiada por portadores de falo que me obliga a mí, injustamente, en mi tierna juventud, a afrontar la responsabilidad de custodiar los muros de esta nuestra casa. Y encima, debo justificarme frente a un hermano devenido en revolucionario comunista. Manu: No empieces… Leonor: ¡Comunista y bolchevique! ¡Todo rojo! Manu: Me parece que estás exagerando. Leonor: ¿Estás dudando de mí? ¿Estás poniendo en tela de juicio mi palabra? Manu: No, lo único que hice fue hacerte una pregunta: “¿Quién se enfermó?” Leonor: Es lo mismo. Manu: No, no es lo mismo. Leonor: ¡Me insultás! Me siento tan insultada. ¡Ay Dios mío! Después de todo lo que yo hago… Manu: No me respondiste. Leo: ¡Callate un poco que estoy hablando con Dios! Manu (con ironía): Amén. Leonor: Qué falta de respeto, tacto y devoción querido. Te desconozco. Yo, te desconozco. Manu: Voy a ir a la despensa. Leonor: ¡Y la sigue nomás! ¡Y la sigue! No podés salir, no podés. ¿No te importa tu salud? Te van a meter el bicho adentro. ¡Sos hombre! ¡Contagias y sos contagiado! Bancatela un poco che. Y disfrutá de la posibilidad que te da el destino. ¿Sabés lo que yo daría por estar todo el día echada sin preocupaciones ni obligaciones? ¡Por favor! Manu: En algún momento vamos a tener que salir. Leonor: ¡Ya sabía! ¡Ya sabía! ¡Vos querés que vaya yo! ¡Que me exponga a tales circunstancias por un odex de mierda! Manu: No, te estoy diciendo que yo puedo ir. Leonor: No me vas a engañar vos a mí, ¿eh? Que ya estoy grande y no solo de cuerpo. Está bien. Yo me sacrificaré por este núcleo familiar el nuestro. Y cuando me tengas postrada en una cama, ahí, ahí te vas a arrepentir. Cuando tengas que atenderme las veinticuatro horas al día y cuando… Bueno, basta, por favor llamá a Martita y decile que nos traiga el producto de una buena vez. Manu: Bueno. Leonor: Y sin resongar. Que para contar males ya tengo mi vida. Manu amaga a salir. Leonor: ¡Espera! ¡Vení! Perdón che, se me fue la mano. No te quise hablar así. Manu: No, tenés razón. Leonor: Sí. (Pausa) Pero no. Manu: No, ya sé que no. Lo decía por cortesía. Leonor: Gracias. Manu: A vos.

Leonor: Es que no puedo darme el lujo de perderte. ¡No puedo! Estamos juntos en esto, los dos, solos. Manu: Y mamá. Leonor: Sí claro, y mamá. Manu: ¿Querés que te haga algo de comer? Leonor: Estoy asqueada. Darle esa papilla en la boca me dio una náusea. La tengo acá (Se señala la barbilla.). Manu: Yo me voy a tomar un vaso de leche caliente. Tal vez con eso me pueda dormir. Leonor: Comete una banana. ¡Estás flaco! Manu: Pero tengo sueño. Leonor: ¿Y? Pausa. Manu: No quiero. Leonor: ¿No te gusta más? Manu: No, no quiero. Leonor: ¿Pero te gusta? Manu: No, la verdad que no. Leonor: Sí, te gusta. No me vas a decir a mí lo que no te gusta. Manu: ¿A vos? Leonor: ¡No me metas a mí en esto! Estamos hablando de vos. Manu: Pero te pregunto a vos. Leonor: ¿Yo qué? Manu: Si te gusta. Leonor: Ah, sí. Está bien. Manu: No te gusta. Leonor (le cuesta): Bueno, no. No me gusta. ¿Cuál es el problema? Manu: Ninguno. No hay problema. Leonor: Siempre hay problema con vos. Manu: ¿Volvimos a mí? Leonor: Yo nunca me fui. Manu: Yo tampoco. Pausa. Leonor: Estoy mal. Manu: ¿Te cayó algo mal? Leonor: Estoy mal. Manu: Me voy a hacer la leche. ¿Segura que no querés? Leonor: Bueno está bien. Haceme un sanguchito. ¡Pero chiquito eh! Me estoy cuidando para el verano. Manu: Falta mucho. Leonor: Mejor prevenir que curar. Me va a agarrar espléndida, toda flaca. Manu: Sí, seguro. Leonor: Es así. Hay que estar flaca, ¿no? Eso tiene ser mujer.

Manu: Malditas todas las mujeres. Leonor: ¿Qué decís? Manu (duda): Nada, una frase de un libro. Leonor: Menos lectura y más sueño vos. Eso es lo que te falta. Manu: Sí. Cerrar los ojos. Leonor: Y dormir. Todos tenemos que dormir. (Cambia) ¡Hay pero cuánta mayonesa! Vos me querés ver toda granuda. Jodida tenías que ser. Manu: Jodido. Leonor: ¿Ves? Hasta vos mismo lo admitís. La envidia te come. Yo no te entiendo. Me ves así, exitosa, esbelta. En vez de celarme podrías seguir el ejemplo. Manu: No te sigo. Leonor: Porque no escuchás. Hay que escuchar. Manu: ¿Qué raro? Ya tendría que estar pidiendo la merienda. Leonor: Saber escuchar, y también saber callar. Manu: ¿Estará bien? Leonor: Porque si uno no escucha cuando el otro le habla. Manu: Estoy preocupado. Leonor: Es una cuestión de respecto. Manu: No la escucho quejarse del viento. Leonor: Respeto hacia el otro. Manu: Ni de vos. Leonor: Yo creo que soy demasiado respetuosa a veces. Manu: ¿Querés que me vaya a fijar? Leonor: Y la gente se abusa. Manu: Tengo miedo de estar solo en ese cuarto con ella. Leonor: Le das la mano y te arrancan el hombro. Manu: De verla así y no poder cerrar los ojos. Leonor: Pero bueno, prefiero ser víctima en esta vida que victimario. Manu: Y no olvidarme más. Leonor: Ya lo decía mamá, lo importante es tolerar, TOLERAR. Manu: Y quedarme acá para siempre. Leonor: ¡Pero escuchame, che! Estoy diciendo algo importante. Manu: ¿Qué? Leonor: Me hiciste perder. Manu: Voy a ver cómo está mama. Leonor: No, dejá. Voy yo. Manu: No me cuesta nada. Leonor: A mí tampoco. Manu: Vos fuiste la última vez. Leonor: Y voy de nuevo. Manu: ¿Y tu sanguche? Leonor: ¿Y tu leche?

Manu: No la hice todavía. Leonor: Quiero ir yo. Manu: Yo también. Vayamos juntos. Leonor: ¡Juntos no! Quiero ir yo sola. No puede ser que me controles así la vida. Eso no está bien. No es lo que mamá nos enseñó. Manu: Ni papá. Leonor: ¿Quién? Manu: Papá. Leonor: No hables de gente muerta. Manu: Lo extraño. Leonor: Comete el sanguche vos por favor. Los muertos me sacan el apetito. Manu: Y más un día como hoy. Leonor: ¿Por qué lo decís? Manu titubea. Manu: ¿Mamá se va a morir hoy? Pausa. Leonor: Tenés que comer. Estás flaco. Manu: Mamá dice que me parezco a él. Leonor: Sí, pero más flaco. Así que cállate y comé. Manu: No tengo hambre. Leonor: ¡Está bien! Si es necesario me lo comeré yo, muy a mi pesar. Dame el sanguche. ¡Dale! ¿Qué esperás? Manu: Me siento mal. (Leonor grita horrorizada.) Tengo calor. ¿Podemos abrir un poco la ventana? Leonor: Sabés muy bien que no se puede. Es peligroso. Manu: Me asfixio acá dentro. Leonor (grita indignada): ¿Y eso es culpa mía? Manu (grita): No es culpa de nadie. Leonor: ¡Callate que mamá está durmiendo! Manu (baja la voz): ¿Y por qué no bajamos entonces un poquito el calefactor? Leonor: Es buena idea. Me encantaría. Pero no. Manu: ¿Por qué? Leonor: ¿Y si se despierta mamá? ¿Y si se da cuenta? ¿Qué le voy a decir? Manu: Que teníamos calor. Leonor: No te hagas el vivo vos. Tenés que aprender a soportar un poquito los embistes de la vida. Como yo que en todos estos años de soledad… Manu estornuda. Leonor queda petrificada. Se miran. Manu: Es alergia. Te juro que es alergia. Leonor: ¡Ay Dios! ¡Dios mío, Jesús, virgen mía y todos los santos! Manu: Estoy bien, no es nada. Leonor: ¿Por qué este castigo divino a una mujer humilde, serena y tranquila como yo? Manu: Te digo que estoy bien.

Leonor: Incapaz de causar mal y de levantar la voz, salvo apenitas para manifestar mi dolor frente a las tragedias todas del mundo… (Cambia) Quedate quieto. Manu: No te me acerques. Leonor: Lo hago por tu bien. Manu: No quiero. Leonor: Te vas a mejorar. Manu: No me gusta. Leonor: Eso no importa. Leonor se abalanza sobre él. Lo sienta en una silla y lo inmoviliza. Manu se queja e intenta liberarse. Leonor saca un rouge de su bolsillo y pinta los labios de Manu. Manu: ¡Salí! ¡Soltame! Leonor: Quedate quieto. No te quiero lastimar. Manu: ¡Dejame tranquilo! ¡Sacame tus aceitosas manos de encima gorda fea! Leonor se retira indignada. Lo mira. Pausa. Manu: Perdoname. Leonor: ¿Así que soy una gorda fea? Manu: Perdón… Leonor: Bueno, listo. Perfecto. Entonces ahora soy flaca. Manu: Para… no empieces. Leonor: ¡No no! ¡Listo! Soy flaca. Mirame. Mirá cómo me paseo toda esquelética por la cocina. ¡Uy! Se me cayó una servilleta. Mejor me agacho y te muestro todo mi ortito sin celulitis. ¡Te gusta, eh! (Manu mira para otro lado.) ¡Mirame dije! ¡Ahora mirame toda! Mirá esta pancita linda y tonificada. ¿Te gusta? ¿La querés tocar? ¿O te da asquito? ¡Putito! El putito preferido de papá. Manu: Pará por favor. Leonor: Mirá Abel… Manu: Me llamo Manuel. Leonor: Sí, Manuelita, la preferida. Manu: Te pido por favor… Leonor: ¡Mira vos! ¡Ahora pide por favor! Primero me dice gorda pedorra y ahora…. Manu: Yo no te dije pedorra, te dije… Leonor: Fea. Manu: Y te pedí perdón. Leonor: Me dijiste fea. ¿Y vos qué carajo sos? Pausa. Manu: No sé. Pausa. Leonor: Andá a dormir. Manu: No tengo sueño. Leonor: Eso ya lo sé. Pero quiero estar sola. Manu: Le hago la merienda a mamá y me voy. Leonor: Ya te dije que se la voy a llevar yo. Manu: Leo… no estemos enojados.

Leonor: ¡Pero si yo no estoy enojada! ¡Estoy fantástica! No te hagas problema, que mi ortito miniatura y yo no te vamos a molestar más. Manu: Pero si no me molestás. Leonor: Así parece. Manu: Te digo que no. Leonor: ¿Y por qué tanta ingratitud? ¿Por qué Dios me ponés estas pruebas de fé? Yo, mujer obesa de bien que sólo pretende que su joven hermano se evite la angustia de padecer tales males contagiados por hombres y acaso, en mi ignorancia, intento sencillamente ocultar su aspecto varonil de la hoz de la parca que golpea sin cesar nuestra puerta. ¡Me voy a tirar al mar! ¡Eso voy a hacer! ¡Y que las gaviotas se encarguen de devorar mi cuerpo inflamado! Manu: ¡Está bien! Yo te dejo pero por favor no sigas. Me duele la cabeza. Estoy muy cansado. Necesito dormir. No puedo más. Leonor (cambia): ¡Tenemos que afeitarte! ¡¡Traiganme las herramientas!! Manu: ¿A quién le hablás? Pausa. Leonor: ¿Y a quién le voy a estar hablando? ¡A vos! Dale, mové el culo. Manu se pone de pie. Cambio de luz. El espacio queda dividido. Manu: Salgo. Leonor: Quedo sola. Manu: Algo de luz entra por las persianas cerradas. Leonor: Reviso y no hay nadie. Manu: Hay que moverse en silencio. Leonor: Muy despacio meto mi mano en el bolsillo y agarro las gotas. Manu: No hay que despertar a mamá. Leonor: De una vez por todas se tiene que dormir. Manu: El pasillo oscuro. Todas las puertas están cerradas. Leonor: Y yo lo voy a ayudar a dormir, a descansar un poquito. Manu: La llama del calefactor es lo único que se mueve. Baila. Leonor: Es fácil. Son solo tres gotitas, como le dabas a papá. La luz sobre Leonor desaparece. Manu: Avanzo lentamente. Es mejor no despertar a mamá. Nunca. La siesta es sagrada. Y a esta hora hay que hacerlo todo en silencio. Todo. Tres pasos y mis zapatos crujen. Me detengo. No respiro pero escucho. Es solo la mochila del baño y una persiana que se mece por el viento. Todo está bien. Estoy bien. Pero veo la puerta gigante de mamá y el picaporte. Y siento miedo. Un escalofrío en la espalda y mi cuerpo se pone duro. Todo duro. Llegó el momento. Mis ojos abiertos, muy abiertos. Ahora hay que verlo todo. Hay que portarse como un hombre y entrar al cuarto de mamá. Respirar hondo y avanzar, eso es todo. El picaporte. Lo veo y estiro la mano. Y me vuelvo valiente. Y quiero abrir la puerta. Quiero. Lo toco. Tomo aire, giro la manija y empujo. (Pausa) Y nada. Cerrado. Pruebo de nuevo, hago fuerza. Nada. Apoyo mi oreja y escucho. Nada. Y no entiendo. Golpeo… Vuelve la luz sobre Leonor. Leonor: Un, dos, tres y estoy sola otra vez.

Manu: Nada. Corro. Vuelvo. Las luces vuelven a la normalidad. Leonor: Tomate esto. Te va a hacer bien a la fiebre. Manu: No tengo fiebre. Leonor: Lo tomás igual. Manu lo toma. Manu: ¿Por qué la puerta de la habitación de mamá está cerrada con llave? Leonor: Para que no la molestes. Manu: ¿Dónde está la llave? Leonor: La tengo yo. Manu: ¿Dónde? Leonor: Conmigo. Manu: La quiero ver. Leonor: Después. Manu (bosteza): ¿Qué te pasa? (Empieza a dormirse.). Leonor: ¿Qué me va a pasar? ¡Estoy perfecta! Nunca mejor. ¡Nunca! ¿Qué? ¿Te dormiste? ¡Manu! ¡Manu! (Lo cachetea y comprueba que sigue dormido.) Ya era hora. Te merecías un descanso y yo también. Necesito pensar. Descansar un poquito y ver qué hacemos ahora. Ya vas a ver cómo te vas a poner bien. Te vas a curar, te lo juro. Y vamos a estar siempre juntos. (Comienza a sacarse su bata, saco y delantal de cocina. Quedará vestida con camisa y pantalón de hombre.) No te va a pasar nada. Acá está papá que te va a cuidar. Y te va a preparar algo rico para que te mejores. Todos vamos a estar bien. Sí. Bien. Ahora descansá. (Le pone el delantal de cocina a Manu y una hebilla en el pelo.) Cerrá los ojitos, que yo los tengo bien abiertos, y veo todo. Siempre veo todo. Y no digo nada. (Pausa) Yo dejo que el agua corra, que corra libre al mar. Y la miro. Y me río. Y siempre pienso que esta noche voy a dormir bien, en silencio. Y voy a soñar con mujeres lindas … y gordas. Mujeres gordas de verdad, con carne y manijas para sujetarse, para estar siempre bien agarrados. Abrazados. Y ya las veo, con sus mayitas ajustadas, de lycra, que nos marcan todo nuestro cuerpo femenino. Cuerpos fibrosos, exuberantes, omnipresentes, opulentos, llenos de vigor y de carbohidratos dispuestos para compartirlos con el mundo todo. Y los hombres los ven, y los quieren. Y les gusta. Porque son hombres guerreros, armados, dispuestos siempre para un combate cuerpo a cuerpo. A mí me gustan los hombres “hombres”, como mamá. Hombres que gritan y se imponen. Hombres que nos obligan, y nos cuidan y nos dicen que todo va a estar bien. Hombres que nos quieren gordas, que nos quieren tocar y besar todas, y que les gusta mirarnos en el espejo. Eso es lindo. Y nos agarran fuerte de la mano en la calle y vamos juntos de paseo por la peatonal. Y entramos juntos a un restaurante, y me corre la silla y me mira a los ojos. Y el hombre cumple con su deber y se come toda la comida. Porque hay que comer la comida, ¿no? Hay que comerla toda. Es lo que corresponde. Y yo se lo dije a mamá. Pero ella no quería. Cerraba la boca y miraba a un costado. Y entonces le dije “Vas a comer y me vas a mirar”. Y vi el plato lleno, y agarre la cuchara, y le agarre la quijada, y le metí los dedos en la boca, y le di. Le di. Y solo miré el plato hasta que estuvo vacío. Y no escuché los gritos, ni la tos, ni los vómitos, ni la fuerza del cuello, ni el… silencio. Todo quedó en silencio. La habitación inmóvil. Una vela prendida. Y mamá muerta. Y yo quieta. Y mamá muda, por fin muda. Un respiro. Cerrar los ojos un poco y ver todo oscuro. Y

eso fue lindo. Vos sos lindo. Pero flaco. Esqueleto. Palo de escoba. Sorete muerto. Marrón y amarillo. Y hombre. Siempre hombre. Enfermo. Leonor mira a Manu que está dormido. Se acerca cautelosamente. Pausa larga. Leonor: ¡Manuel! ¡Manuel! Manu: ¿Qué pasó? Leonor: Te quedaste dormido. Dale, levantate. Le tenés que llevar la merienda a mamá. Manu: ¿No querés ir vos? Leonor: No, ya no. Acá está la llave. Manu comienza a preparar la merienda. Leonor sigue comiendo el sándwich pensativa. Manu se da cuenta que tiene puesta ropa de mujer. Mira a Leonor. Leonor: Estás linda. Y eso que todavía no terminé. Falta lo mejor. Apagón. Cuadro 2: Carencias. La cocina. Manu frente a la ventana. Manu: Nunca entré a llevarle la merienda. Leo me sacó la llave cuando le estaba preparando el té con leche. Me dijo que lo hacía por mí, para que no sienta miedo. Y tiene razón. Yo todavía tengo mucho miedo. Y calor. (Manu comienza a sacarse su ropa por debajo del delantal.) A veces siento que la sangre me hierve por dentro. No sé, debe ser el encierro. Las ganas de salir, de dormir. Igual no hay apuro. Estamos todos bien. La gripe afuera y nosotros adentro. Y mamá, que por suerte sigue dormida. Yo creo que ella sueña, que ella ahora sueña mucho. Un poco la envidio, ojo. Y no está mal. Porque es envidia sana. Es envidia con amor, como la de Leo. Yo sé que me quiere. Por eso le sigo la corriente. Yo también veo todo y no digo nada. Pero yo entiendo. (Pausa) Yo sé que los ojos son como espejos. Así que no la miro. Y no nos vemos. Es más lindo. Además ya falta poco, muy poco para que vuelva a ver el mar. Leonor (off): ¡Manuela! ¡Manuela! Manu: La gripe no puede durar para siempre. Nadie puede durar para siempre. Leonor ingresa por la puerta y la cierra meticulosamente. Está transformada: lleva corbata, saco y zapatos. Toda su ropa le queda chica. Manu la mira consternado. Leonor: ¡Mirá cómo estás! ¡Toda desnuda! Manu: Desnu… Leonor: No te justifiques. Manu: Es que no puedo limpiar con todo eso encima. Leonor: ¿Qué te acabo de decir? Manu: Ya sé, pero… Leonor: ¿Y entonces? Manu: Bueno, te estaba haciendo un comentario. Leonor: No, vos me lo hacés a propósito. Vos sabés muy bien que no tolero ver gente desnuda. ¡Me da un horror! Y menos un cuerpo como el tuyo: todo huesudo, todo flaco. Tan desagradable. Manu: Es el que tu Dios me dio. Leonor: ¿Mi Dios? ¿Ahora es MÍ Dios?

Manu: Sos vos la que tenés un diálogo personal con él. Leonor: ¿Me estás tratando de psicótica? Manu no responde. Leonor: No quiero pelear con vos. No es momento. (Agarra la bata del piso.) Tomá, tapate un poco. Manu se pone la bata. Leonor: ¡Poneleta bien! Bien cerradita y que no se te vea nada. Ese es el punto, ¿no? Sino para qué todo este esfuerzo, tan desagradable por cierto, de tener que disfrazarte con elementos textiles, que claramente no te favorecen, y encima tener que esforzar mis capacidades lingüísticas y hablarte como si castrada estuvieras para que la parca pase por alto nuestra morada. Manu: Gracias. Leonor: De nada. Leonor le ata con fuerza el nudo de la bata. Manu mira para otro lado. Leonor: Así, ¿ves? Mirame, dale. Dame un gustito. Manu la mira sin ganas. Leonor: Quedaste hermosa. Mujercita como dios manda. Igualita a papá. Manu mira para otro lado. Leonor: ¿Te quedaste sin palabras? Manu: No tengo nada para decir. Leonor: Bueno mejor, para qué hablar al cuete. Si hay algo que a mí me gusta es el silencio. Eso, o hablar bajito, sin tanto ruido. Odio la gente que habla, y habla y habla. ¿No es molesto? Porque yo digo, ¿no? ¿Cuál es el sentido de expresarse en palabras, en gestos, o hasta en sonidos guturales si bueno, uno no va a terminar diciendo nada? Es una actitud verdaderamente odiosa. Molesta. Es típica de gente con problemas. (Cambia) Por lo menos asentí con la cabeza, si no parece que estoy hablando sola. Manu: Estás hablando sola. Leonor: Bueno querida, me cansé. ¿Sabés por qué hablo? Porque si no esta casa es una tumba. Y no me podés condenar con tu silencio. Porque lo que yo hago es de buen cristiano. Te protejo como mi par, como mi pareja. Porque somos eso, ¿no? Una pareja. Manu: De hermanos. Leonor: De hermanas. Manu: Te estás olvidando de mamá. Pausa. Leonor: De eso te quería hablar. Manu: De ella. Leonor: Sí, de ella, ¿qué te estoy diciendo? Sentate. Manu se sienta. Pausa larga. Leonor: Está complicada. Manu: ¿Qué tiene? Leonor: No sé. Pero el pronóstico no es bueno. Está muy débil, ya ni habla. Yo creo que es una cuestión de horas. Lo siento mucho. Leonor le palmea el hombro a su hermano. Manu comienza a llorar.

Manu: Llamemos a un médico Leonor, por favor. Leonor: Los médicos son hombres. Y los hombres lamentablemente no pueden entrar. Podríamos terminar todos enfermos. Manu: ¿La vas a dejar morir? Leonor: Estoy haciendo todo lo que puedo. Espero que así lo entiendas. Comienza a salir. Manu: Voy a llamar a un médico, te guste o no. Leonor se detiene de espaldas. Leonor: Corté el teléfono. No es la primera vez que me toca cuidar a un enfermo. Sé que la gente se desespera y hace estupideces. Manu: La quiero ayudar, nada más. Leonor: ¿¡Y yo no?! ¿Qué te pensás que estoy haciendo? Manu: No sé. Leonor: Avisame cuando esté lista la comida. Manu: Me quiero despedir. Leonor: Ya es tarde. No se puede. (Con dificultad) La gripe ya está adentro. Y yo no voy a dejar que te contagies, aunque sea lo último que haga. ¡Aunque tenga que usar toda mi masa liposa como escudo! Ningún bicho se te va a meter adentro. (Le guiña el ojo y grita hacia el exterior.) ¡Casta y pura! ¡Casta y pura! ¡De blanco tenés que llegar! Leonor amaga a salir. Manu sigue llorando. Manu: ¡Esperá! No me dejes solo. Leonor: ¡Sola! Pausa. Manu: Sola. (Leonor vuelve.) ¿Qué vamos a hacer? Digo, una vez que pase. Leonor: Aguantar, eso vamos a hacer. Quedarnos bien juntitos en esta cocina hasta que se pase todo. Manu: No sé si voy a poder. Leonor: Tenés que poder. Mirame a mí, mirá cómo puedo. Dale, mirame. Manu: Sueño con arrancarme los ojos. Leonor: ¡Ay pero qué exageración! Estoy más flaca, che. Hasta estilizada te diría. Definitivamente este es mi… ¿cómo se dice, “look”? Manu: Sí. Leonor: Lo encontré en el ropero del fondo. ¡Es increíble que me quede bien! Manu: Sí. Es increíble. Pero te queda perfecto. Leonor: Pensé que ya no quedaba nada de papá. Manu: Lo habían guardado para mí. Leonor: Pero si a vos no te queda. No tenés el porte suficiente. Estos pantalones hay que saber llevarlos. Manu: Sí. Leonor: Decime si te gusta por lo menos. Manu: Sí. Leonor: Ni me miraste.

Manu: Te vi por el vidrio de la ventana. Leonor: Mirame de nuevo, dale, mirame. Manu: Estoy ocupado. Leonor: Decime algo lindo. Manu: Te dije que sí. Leonor: Algo de verdad. Manu: Tengo calor. Leonor: ¿No me digas que otra vez estás con fiebre? ¡Me desmayo acá mismo! Manu: Calor, no fiebre, calor. Y por favor no te desmayes, que vos donde caés, quedás, y tengo que limpiar el piso. Pausa. Leonor: ¿Qué me acabás de decir? Manu: Nada. Leonor: No, no, ahora decime. Manu: Ya pasó. Leonor: ¡Mirame a la cara y decime! A ver si tenés los ovarios. Manu: Cortala Leo. Leonor: ¡No la corto nada! No sé si estarás con el asunto o qué, pero en esta casa no se me falta el respeto, y menos así, gratuitamente. Manu: Bueno, perdoname. ¿Ya está? Tengo que seguir con esto. Leonor: ¡Qué fácil que la hacés querida! Una palabrita y nos olvidamos. Pero no. ¡No! (Peligrosa) Esto se va a terminar cuando yo quiera. Pausa. Se miran. Manu (con temor): No, no, no… Se me escapó, te prometo que no te lo digo más. Leonor: Ahora ya es tarde. Manu: Te lo pido por favor. ¡Hoy no! Leonor: Sentate. Manu: No. Leonor: Sentate. Manu: ¿Qué vas a hacer? Leonor: ¿Dónde dejaste las herramientas? Manu: ¿Qué me vas a hacer? Leonor: Vamos a jugar un ratito, no te preocupes. Manu: No quiero jugar. Leonor: ¡Vas a jugar! Es lo mejor para vos. La parca no te va a reconocer nunca, te lo aseguro. Manu: Antes decime qué querés hacer. Leonor: Primero me vas a mirar. Manu: No quiero. Leonor: ¡Me vas a mirar! ¡Vos sí que me vas a mirar! Leonor se abalanza sobre él y le toma la cara. Él cierra los ojos. Leonor: ¡Dale! Mirame. Yo sé que te gusta. Manu: No. Soltame.

Leonor: Mirame dale. Hacé como hacías cuando espiabas a mamá y a papá. Manu: Esa eras vos. ¡Salí! Leonor: No me la hagas más difícil. Manu: ¡No te voy a mirar! Leonor: ¡No me jodas pendeja que voy a traer el arqueador de pestañas y vas a ver! Manu: Hacé lo que quieras pero estos ojos van a seguir bien cerrados. Leonor: Dale, putita. Haceme feliz. Manu: ¡Estás enferma! Leonor: ¡Enfermo! (Lo suelta y lo empuja.) ¡Y vos sos la que me enfermás! ¡Vos! Un favorcito te pido, que me mires un poco. No es tan difícil, ¡¿eh?! ¡Soy un tanque! Lo único que hago es comer. Comer y custodiar, ver todo, como dios manda. Yo como. Como, como y como y crezco cada vez más. ¡Hago todo bien! ¡Cumplo! ¡Y vos tampoco me mirás! (Pausa.) ¿Qué más tengo que hacer? Pausa. Manu: No te puedo mirar. Me hace mal. Leonor: Sos una egoísta. ¡Después de todo lo que yo hago por vos! Manu: ¿Yo soy un egoísta? (Pausa) Bueno, dale. Entonces juguemos. (Manu se sienta en la silla.) ¿Querés que te vea? Te miro. (Manu la mira.) ¿Y ahora qué hago? Leonor (desconcertada): Decime si te gusta. Manu: No. Leonor: La verdad. Manu: No. Leonor: ¿Por? ¿Qué ves? Pausa. Manu baja la cabeza. Manu: No te quiero lastimar. Leonor: No me lastimas. Te estoy pidiendo un favor. Manu: Como quieras. (Pausa) Veo… veo un cuerpo amorfo, veo rulos, veo una corbata mal puesta, veo alguien cansado, uñas despintadas, miedo. Veo sed. Leonor: Es que tengo sed. Manu: Veo unos pelos en mentón, ganas de barba y ganas de llorar, ojeras. Veo un travesti amatambrado, engordado. Veo disfraces mal puestos. Veo sangre, veo encierro, calor y secretos. Veo ropa sucia, y hambre, y mujeres sin hombres, y remedios y… olor a puerto, a muerto (Pausa. Manu descubre el destino de su madre. Se miran.) Y un baño todo meado y gente sola. Leonor: Muy sola. Manu: Veo una nena triste vestida de hombre obeso. Pausa larga. Leonor (aplaude): ¡Pero qué poeta! ¡Muy bien! ¿Así que soy un hombre obeso? Manu: No. Leonor: Soy un hombre obeso. Manu: No entendiste nada. Leonor: ¡Entendí todo! Los hombres como yo siempre entendemos todo. Y sabemos muy bien cómo conformarlas a ustedes, hembras expertas en las artes del hogar. Manu: Me estás asustando.

Leonor: ¡Pero qué maricona! ¿Me vas a decir que nunca viste una como ésta? (Se toca la entrepierna.) ¡Bien que te gusta! ¡Como a todas! Si por una de estas te entregan hasta los hijos. Manu: ¡Para! Leonor: ¿Y si no quiero? ¿Qué me vas a hacer? ¿Le vas a contar a mamá? Manu: Me quiero ir. Leonor: ¿A dónde te vas a ir vos melancólica demandante? ¡Andá a limpiar el baño! Ahora que soy bien machito te prometo que voy a tener más puntería. Pausa. Manu la mira horrorizado. Manu (contundente): Me voy. Voy a salir. Pausa. Se miran. Leonor: ¡No me podés abandonar! ¡Vos no! ¡Rana sin lengua! Manu: Estás completamente loca. Manu amaga a salir. Leonor: ¡Esperá! ¡No te atrevas a dejarme solo porque no respondo de mí! Manu: Ya estás sola. Manu se dirige a la puerta. Cuando está a punto de salir, Leonor estornuda. Ambos se quedan petrificados. Manu gira lentamente. Se miran. Pausa. Manu: No… Leonor (asiente levemente mientras llora): ¡Llegó mi hora! ¡Sí! ¡El final! Manu: No me hagas esto. Leonor: ¡Por fin Dios reposaré en tu lecho de cúmulos blancos, a tu lado, como tu fiel servidor! Pausa. Leonor mira a Manu pidiéndole ayuda. Manu la mira entendiéndolo todo. Le sigue el juego con extremo cuidado. Manu: Hay que tomarte la fiebre. Manu comienza a vestirse nuevamente con su ropa por debajo del delantal. Leonor: Dirán de mí: “Él ha muerto virgen”. Manu: ¿Sabés dónde quedó el termómetro? Leonor: Pero antes… ¡oh! Me veré obligado a padecer de la putrefacción paulatina de este mi otrora pequeño cuerpo angelical devenido ahora en saco de aceite hidrogenado. Lentamente… Manu: No, no tenés temperatura. Leonor: ¡Escuchame un poco que me estoy muriendo! Deberías estar tomando nota de ésta, mi herencia verbal que te dejo. Manu: Vas a estar bien. Leonor: ¿Y cómo sabés? ¿Los hombres se enferman, no? Bien, si este es el designio divino, seré mártir entonces. Manu (con énfasis): Leo, vas a estar bien. Leonor: Gracias por tus palabras de aliento en este momento de despedidas, pero las reconozco faltas de verdad. Lamento, por supuesto, tener que dilatar tu abandono de este nuestro nido para que cuides de mi esbelta figura ahora en decadencia. Pausa. Manu toma valor. Manu: ¿Si te pongo unos pañitos de agua y vinagre en las muñecas te quedás… (Pausa) más tranquilo?

Leonor se sorprende y lo mira agradecida. El gesto de su hermano la sensibiliza en forma desmedida, la desarma. Manu la acompaña hasta la silla. Leonor se sienta y extiende sus muñecas cual figura religiosa. Leonor: Gracias. Esto aliviará mis males. Manu: Todavía no te puse nada. Leonor lo mira sin entender. Manu: Ahora sí. Con esto vas a estar mejor. Leonor: Sos bueno vos. Gracias. Manu le hace una caricia tímida. Leonor: Tenés ojos lindos. Manu: Vos también. (Pausa) ¿Por qué no te vas a acostar? Cuando te levantes seguro vas a estar mejor. Leonor: ¿Y vos que vas a hacer? Manu: Yo me voy a armar el bolso. Pausa. Se miran. Leonor: Pero… Manu: Es solo un ratito, ¿sí? Leonor: No me quiero quedar solo. Manu: No, no te dejo solo. Me voy a ver el mar y vuelvo. Manu se saca el delantal. Leonor: Pero te podés enfermar. Manu: No. La peste se terminó. Todos vamos a estar bien. Leonor: ¿Y si se despierta mamá? ¿Qué le digo? Manu: No te preocupes por mamá. Va a seguir durmiendo un rato largo. Pausa. Se miran. Leonor: Lo que pasa es que yo me confundo yo, ¿entendés? Digo, no sé bien qué somos sin la ropa puesta. Manu: Por suerte tenés un montón, así que podés practicar. Leonor: Cuando te toca nena es un castigo. Manu: No. Abrí los ojos y vas a ver. Manu se acerca y le da un beso afectuoso en la cabeza. Luego se separa de ella. Leonor: Esperá. Leonor se pone de pie y saca el rouge de los labios de su hermano. Leonor: Ya está. Se miran. Luego Manu abandona lentamente el espacio. Leonor queda sola en la cocina, la observa. Llora desconsoladamente. Luego se pone a buscar algo. Mientras tanto se quita el saco y la corbata. Del bolsillo de la bata saca una hebilla de pelo. Se dirige hasta la ventana y se la coloca usándola como espejo. Se arregla y se observa detenidamente, casi como en un juego. Su llanto seco se mezcla con una sonrisa tímida. Observa una vez más el espacio y sale. La escena queda sola. Mucha ropa tirada en el piso. Apagón.

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