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Kronstadt, 1921: el destino de la democracia soviética

A propósito del libro “Cronstadt”, de Jean- Jacques Marie

Por Nicolás González Varela


(fliegecojonera@gmail.com)

“Un relámpago que iluminó la realidad mejor


que cualquier otra cosa”, dijo Vládimir Illich
Uliánov, Lenin. “Una tragedia necesaria”
sentenció Liev Davídovich Bronstein, Trotsky.
“Un faro que permanece encendido iluminando
la ruta correcta y haciéndose cada vez más
brillante”, concluía el historiador anarquista
Vsevolod Mikhailovitch Eichenbaum, Volin. En
marzo de 1921, finalizada la guerra civil contra
los blancos, los marineros, soldados y
trabajadores de la fortaleza naval del Golfo de
Finlandia, “orgullo y gloria” de la revolución
rusa, “los más rojos entre los rojos” (Trotsky), se
levantan en una revuelta contra el gobierno
bolchevique, al cual ellos mismos habían
ayudado a acceder al poder. Bajo la palabra de
orden “¡Soviets libres!”, establecieron una
comuna revolucionaria que sobrevivió dieciséis días, hasta que se concentraron
dos ejércitos para aplastarla. Después de una larga lucha, los sublevados fueron
derrotados. Muchos de los sobrevivientes fueron fusilados sobre el campo de
batalla, otros enviados a campos de trabajo forzado y una mayoría huyó hacia la
vecina Finlandia. Por largos años fue un tabú en toda la izquierda y un episodio
oscuro de la historia. El hecho maldito del bolchevismo. Ahora podemos
conocer sus protagonistas, sus contradicciones, sus falsificaciones, separar
propaganda de hechos gracias a los nuevos trabajos de investigación sobre los
archivos rusos abiertos a partir de la caída de la URSS.

Kronstadt era un puerto-fortaleza y base naval, situada en la isla de Kotlin (que


significa marmita o caldero) en el Golfo de Finlandia. Sobre una bahía donde
desemboca el río Neva surge de improviso una isla en forma de triángulo
elongado que domina la entrada al estuario. Tiene 13 km. de largo por 2 km. de
ancho. La ciudad, que se estableció en el extremo oriental de la isla, está situada
a menos de treinta kilómetros de San Petersburgo y es el cerrojo para la entrada
y salida de tráfico marítimo. La rodea una antigua y gruesa muralla y su punto
principal de acceso es la “Puerta de Petrogrado” situada al este. Por el lado sur
de la isla se encuentran los puertos y los diques secos que podían acoger a un
acorazado de la época. Dominando el centro de la ciudad se encuentra la notable
catedral de San Andrés, con su cúpula dorada y sus paredes ocres, y la gran
Plaza del Ancla (con capacidad para 30.000 personas) con su enorme Catedral
de los Marinos. Durante las revoluciones de 1905, 1917 y 1921 sería el foro
revolucionario y la asamblea permanente de los rebeldes. Su importancia
estratégica nunca estuvo en duda: su historia moderna como fortaleza militar
comenzó con el dominio del mar Báltico por los suecos y su reconquista por
Pedro El Grande (el que había decretado un impuesto a las barbas), en una
guerra que duraría veinticinco años. El triunfo le permitió a Rusia expandirse,
anexionándose Finlandia, Lituania, Estonia y la zona de Ingria, donde pensó en
fundar la nueva capital de su imperio. San Petersburgo se estableció en la
antigua ciudad sueca de Nyen. La idea era proteger su nueva capital en
Occidente y tener una base segura para la expansión imperial hacia el Báltico.
En 1710 comenzó obras consideradas entonces como faraónicas, que
transformaron a Kronstadt en la ciudad más fortificada e inexpugnable del
mundo. La ciudad-puerto, con diques, polvorines, canales internos y su
bellísima catedral, se estableció al sureste de la isla. No sólo se fortificó la isla
misma: el zar construyó islas artificiales donde se asentaron fuertes numerados,
dispuestos en posición de barbette, además en la costa norte y sur del
continente se dispuso una segunda línea de fortificaciones y baterías para
apoyar a Kronstadt. Peter Alexeyevich Romanov podía dormir tranquilo. Un
canal maestro construido en 1875 (Morskoi), que pasa por el sur de la isla,
permitía por medio de rompehielos, que las comunicaciones marítimas
estuvieran abiertas los doces meses del año. El zarismo invirtió en ella millones
de rublos, de horas-hombre y trabajo forzado para concluir un cerrojo confiable
a los ataques desde el mar. Siguió ampliándose en el siglo XIX hasta llegar a
cuarenta y dos fuertes, con cañones Krupp en cúpulas, un faro, talleres y
modernos sistemas de comunicación (allí el ingeniero Alexandre Popov inventó
la primera radio en 1896). En ese lugar mismo asentó sus reales la novísima
Flota del Báltico.

En la revolución rusa de febrero de 1917, Kronstadt tenía una población de


82.000 almas (compuesta por 20.000 soldados, 12.000 marinos y 50.000
civiles, la mayoría trabajadores calificados, técnicos y administrativos). La
guarnición y la ciudad habían adquirido una reputación formidable, mezcla de
vida severa y muy regimentada, autonomía política y rebeldía indómita. La
reputación había nacido en los motines espontáneos de la revolución de 1905
(iniciados por el desastre de la flota del Báltico en Tsushima). Incluso Kronstadt
pecaba de precocidad revolucionaria: algunas células habían nacido ya en 1902
en la sección de Torpederos, inspiradas por socialrevolucionarios (SR’s) y
socialistas. La revolución de 1905 fue en Kronstadt un poco caótica: fue
espontánea, poco política (se reclamaba menos años de servicio, buen trato,
buena comida, etc.) y derivó en saqueos, amagos de progroms y salvajismo. La
represión zarista fue benigna: 3.000 marineros y soldados fueron arrestados; de
ellos fueron juzgados 208 y sólo 41 penalizados por motín. No hubo ninguna
condena a muerte. Los marineros y trabajadores aprendieron la lección de esta
turbia revuelta y esperaron. En 1906 se constituiría un “Comité Unido de la
Organización Militar-Revolucionaria de Kronstadt”, inspirado por los SR’s, que
intentaría un nuevo motín en julio de ese año, en combinación con el
levantamiento en tres bases navales, una chispa que levantaría a San
Petersburgo después que el zar liquidara la tibias medidas democráticas
tomadas en 1905, el semi-constitucionalismo y algunas libertades civiles. Se
trataba de reiniciar 1905. Si su motto fue populista, “¡Tierra y Libertad!”, en la
práctica fue furiosamente anti-oficiales y jerarquías superiores. La represión fue
violenta y fulminante: muchos fueron fusilados en forma sumaria (incluidos
militantes social revolucionarios) y de los detenidos, 3.000 marineros, 200
torpederos, 100 zapadores y 80 civiles fueron juzgados; de ellos 36 fueron
ejecutados. El informe final confirmaba que el personal de la Flota del Báltico
era políticamente peligroso y 2.127 hombres fueron radiados a destacamentos
de castigo o a lejanos destinos geográficos. Se estableció un régimen de
aislamiento y vigilancia policial de todos los cuarteles y barcos de la flota.

En febrero de 1917 el zarismo mantuvo un aislamiento total de la fortaleza con el


continente, se prohibieron los diarios y la visita de civiles. Pero fue en vano. En
Kronstadt se declarará la revolución mas intensa y violenta de toda Rusia. Los
obreros y técnicos de Kronstadt se declaran en huelga. Informados de los
sucesos en Petersburgo, marineros y soldados encolerizados atraparon al
almirante Viren y lo ejecutaron sin más en la Plaza del Ancla bajo el grito:
“¡Larga vida a la revolución!”. Fueron ejecutados finalmente cuarenta oficiales
de la armada y el ejército. Una ola de violencia cayó sobre la Flota del Báltico,
sus barcos y bases: 76 altos oficiales navales, incluidos almirantes y
comandantes, fueron ejecutados por resistirse a la revolución popular. De allí en
más, Kronstadt pasó ser la flor y nata de la revolución, de su profundización y de
un espíritu libertario desenfrenado. Construyó su propia Comunne
revolucionaria, el Soviet de diputados trabajadores y soldados, que era dirigido
por una alianza de mencheviques, anarco-comunistas, socialistas
revolucionarios y radicales autónomos sin partido. Recordemos que soviet es la
palabra rusa que denomina a un consejo o asamblea, es decir: una corporación
representativa, de carácter consultivo y ejecutivo, que representa directamente a
las clases más bajas. Es una forma de representación que superaría la
democracia por delegación del modelo liberal. En la historia hay muchísimos
ejemplos populares de soviets, desde las comunidades de los burgos medievales,
los cantones, los concils de los soldados ingleses en el siglo XVII, la Comunne de
Paris de 1871. La idea consejista más amplia implica la idea que el pueblo puede
auto-organizarse a través de un sistema de poder autónomo, unido a una
determinada capa social explotada y superando las viejas formas alienadas de
democracia formal. Los bolcheviques siempre se opusieron a los soviets, y
despertaron su desconfianza desde el inicio: el principio consejista no tiene
lugar en el leninismo. Incluso intentaron que el Soviet de Petrogrado aceptara el
programa socialdemócrata so pena de retirarse del mismo. El soviet era un rival
peligroso e indeseado. El primer soviet de la revolución rusa apareció a
mediados de mayo de 1905 en Ivanovo-Voznesensk, un distrito textil de Moscú
que comenzó por reivindicaciones económicas y sindicales: los trabajadores
crearon un “Consejo de Delegados de Ivanovo-Voznesenk” (Ivanovo-
Voznesenskij Sovet Upolnomocennych), contaba con 110 diputados y su
obligación era dirigir la huelga, no permitir acciones o negociaciones separadas,
cuidar una actitud ordenada y organizada. El soviet de Ivanovo dejó una huella
inmensa por su democracia de base, su solidaridad institucional y por la larga
duración de la huelga. El modelo se expandió por toda Rusia y tuvo su producto
más famoso en el Soviet o Consejo de diputados obreros de Petrogrado. La
revolución de febrero nació rodeada de instituciones sociales. Kronstadt
también desarrolló su propio consejo, que superaba su mero papel de
coordinador de huelgas y movilizaciones en un órgano político de
representación general de los trabajadores, un “parlamento-ejecutivo” obrero
inédito. El soviet de Kronstadt se rehusó a obedecer al gobierno provincial y se
proclamó “único poder de la ciudad”. Desde este momento, el Soviet de
Kronstadt se transformó en una verdadera república social, ejerciendo una
autoridad política total, apoyado por asambleas multitudinarias en la Plaza del
Ancla. Publicaba su propio diario, el “Kronstadt Izvestiia”. Según el testimonio
de un anarquista, la plaza era “una universidad libre donde los oradores
sostenían sus puntos de vista ante una multitud de trabajadores, marineros y
soldados ansiosos por oírlos”. La red del nuevo poder constituyente se construía
de abajo hacia arriba, a través de comités (por edificio, por barco, por taller, por
fábrica). Se organizó una milicia armada para evitar intromisiones desde el
exterior contra la soberanía. Defendió a Petersburgo del golpe de derecha del
general Kornilov en agosto de 1917 y apoyó la consigna “¡Todo el Poder a los
Soviets!” que llevó al poder a una coalición de bolcheviques, social
revolucionarios de izquierda y mencheviques internacionalistas en octubre de
1917. Para apoyarlo movieron varios barcos de la flota hacia San Petersburgo
por el río Neva. El crucero “Aurora” (que se puede visitar hoy día) disparó hacía
las tropas de Kerensky munición de fogueo con el fin de desmoralizarlas.
Iniciada la guerra civil, más de 40.000 marineros de la flota lucharon contra los
blancos. Debemos señalar que Kronstadt nunca fue “bolchevique”, ni en sus
mejores épocas: siempre tuvo mayoría social revolucionaria (de izquierda y
maximalistas), así como una interesante minoría de anarco-comunistas. Trotsky
señalaba en 1917 que Kronstadt era un atajo de anarquistas. Las primeras dudas
de los marinos y trabajadores surgieron cuando Lenin organizó el primer
gobierno exclusivamente con bolcheviques. En marzo de 1918 se disolvió el
comité de la flota, que era elegido democráticamente, para los communards era
el comienzo de la “Comisariocracia”, un término que será usado en el lenguaje
de la rebelión. En abril del mismo año, los marineros se quejan del infame
tratado de paz con el Imperio Alemán, “Tratado de Brest-Litovsk”, del cual
reniegan. En la supresión de los social revolucionarios, acaecida en julio de
1918, muchos marineros participan del amago de insurrección en Moscú contra
el régimen bolchevique. En octubre de 1918 la base naval de Petrogrado, que
incluye a Kronstadt, vota una resolución en la que se condena el monopolio
bolchevique del poder político, la represión contra anarquistas, social
revolucionarios y mencheviques internacionalistas y se solicitan elecciones
libres en los soviets. Cuando el gobierno bolchevique acaba con la autogestión
en la economía y disuelve los comités en las fuerzas armadas, los marinos y
trabajadores de la Flota del Báltico protestan enérgicamente. Cuando Trotsky
re-introduce oficiales zaristas como especialistas (Voenspetsy) y los comisarios
políticos, el desánimo es generalizado. Con el fin de la guerra civil la cosa
empeoró: muchos marineros pudieron ver de primera mano, durante sus
permisos, las arbitrariedades y represión en las provincias. Hacia 1920 se
estableció una “Oposición de la Flota”, en sincronía con la “Oposición Obrera”
dentro del partido bolchevique, que en su tosca plataforma exigía una armada
tipo soviet, organizada bajo principios socialistas, comités por barco designados
mediante elecciones y el fin de métodos dictatoriales. Ya en enero de 1921
abandonaron el partido comunista 5.000 marineros del Báltico que rompieron
sus carnés. Entre agosto de 1920 y marzo de 1921 la organización bolchevique
de Kronstadt perdió a la mitad de sus afiliados. Y casi inmediatamente el
hambre y la escasez de combustible hicieron su aparición en toda Rusia. La
Flota del Báltico se desintegraba: la tasa de deserciones se desbocó y al creciente
descontento le acompañó una ola de huelgas obreras y fabriles, que se iniciaron
en Moscú y Petrogrado, además de insurrecciones campesinas desde el Don a
Siberia, desde Ucrania a Tambov. Sólo en febrero de 1921 se produjeron 118
rebeliones o disturbios rurales. En el primer semestre de 1921 el 77% de las
fábricas urbanas habían participado en huelgas. A todas las oposiciones fuera
del partido el régimen bolchevique las tildó de “bandidaje”. A esto se le sumaba
el autismo del partido bolchevique y sus luchas de facciones, en este caso entre
Zinoviev (presidente del partido de Petrogrado) y Trotsky (Comisario de
Guerra), y entre estos y el grupo de Lenin. El debate público bolchevique fue
ocupado por la cuestión sindical y el rol autónomo de los sindicatos. En este
debate Trotsky sostuvo que el trabajo compulsivo (forzado) “era la base del
socialismo”. Las tensiones estaban preparadas para un estallido. Los habitantes
de Kronstadt, en una continuidad asombrosa con su propio pasado, habían
logrado institucionalizar, a través de tradiciones y diseños organizativos, su
fervor rebelde, su instinto revolucionario y su espíritu de independencia, en una
línea política incorruptible, que no toleraba la arbitrariedad, la compulsión,
cualquiera sea la fuente de donde proviniera. En marzo de 1921 estas virtudes
encontrarían su expresión última, formidable y trágica.

El detonante fue una serie de huelgas y manifestaciones obreras en Petrogrado.


La rebelión de Kronstadt es inexplicable si se la toma como algo aislado (algo
que hizo la historiografía stalinista y la de la vertiente trotskista). En realidad,
desde la mitad de 1918 los bolcheviques habían estado perdiendo gradualmente
la representación de los intereses de los trabajadores urbanos, su último bastión
político. Para finales de 1920 largos segmentos de la clase obrera, marineros,
soldados y campesinos habían cesado de apoyar activa o pasivamente a los
bolcheviques, y la evidencia era la ola de huelgas en Moscú, Petrogrado,
Karkhov y otras ciudades. Los trabajadores se enfrentaban a Lenin. La coalición
política de Octubre había finalizado. La composición de los detenidos por la
Cheka y sus causas indican la misma situación: de más de 17.000 campos de
detenidos, al 1º de noviembre de 1920, cuatro meses antes de la rebelión,
obreros y campesinos constituían el grupo de presos mayoritario, con un 34% y
39% respectivamente. De 40.913 prisioneros declarados en diciembre de 1921
(el 44% por la Cheka) alrededor del 84% eran iletrados o con baja instrucción
escolar, un índice de ser trabajador o campesino, ser pobre. Claramente las
clases populares se oponían a la lenta dictadura del partido único. Los
marineros y trabajadores de la isla, al enterarse de las huelgas y la posterior
represión, envían una delegación a “Pedro Rojo” (como se le llamaba a la
ciudad) para ver la situación sobre el terreno, y a la vuelta confeccionan un
programa de 15 puntos, cuya reivindicación política más fuerte era elecciones
inmediatas de soviets (voto secreto), libertad de expresión y prensa a los obreros
y campesinos, a los anarquistas y a los socialistas de izquierda, libertad de
reunión, sindicatos autónomos, amnistía de todos los presos políticos de los
partidos socialistas y presos por cuestiones laboral o campesina, eliminar
privilegios a comisarios y burócratas, acabar con el trabajo compulsivo y otras
menores. Inmediatamente reclamaron la “tercera revolución” en Rusia (la
primera había sido en febrero de 1917, la segunda en octubre de 1917). Pero la
rebelión quedó aislada de los trabajadores de Petrogrado y la organización tuvo
fallas decisivas. El momento estuvo mal elegido (el puerto estaba bloqueado por
el hielo) así como los primeros pasos (no se aseguró depósitos de alimentos,
municiones, combustible). Todo lo que demuestra su carácter espontáneo y no
planeado. Los bolcheviques se enfrentaban con una crisis interna que los hacia
tambalear, un situación revolucionaria en la mejor definición leninista, y se
decidieron a poner fin a la revuelta lo más rápido posible.

La batalla de Kronstadt fue sangrienta y cruel, quizá peor que la Guerra Civil.
Los bolcheviques no intentaron seriamente de llegar a un arreglo pacífico. Un
ultimátum amenazaba a los rebeldes de que si no se rendían sin condiciones
serían “acribillados como perdices”. Al mismo tiempo se estableció el estado de
sitio y medidas excepcionales en Petrogrado. El partido bolchevique, ante la
inquietud en el propio ejército, comenzó a reunir tropas confiables en el sur y
norte de la isla, cadetes comunistas (kursanty), destacamentos de la Cheka y
soldados traídos de todos los extremos del país: ucranianos, polacos, chinos,
tártaros, baskires y letones. Los medios de comunicación, monopolizados,
realizaron una campaña de desinformación y mentiras, acusando a los
sublevados de ser agentes de la Entente, de los generales zaristas, etc. Trotsky,
el encargado de la represión militar, y Zinoviev, con su triple cargo en
Petrogrado, fueron los responsables, aunque detrás estaba toda la dirección del
partido bolchevique (incluida la propia “Oposición Obrera”, que no sólo se
deslindó de los apestosos sublevados, sino que se presentó como voluntarios
para la operación militar). Zinoviev ordenó que se detuvieran como rehenes a
todas las familias directas de los rebeldes (un sistema inaugurado por Trotsky
en la Guerra Civil y luego perfeccionado por Stalin). Al mando de la operación se
colocó al ex oficial zarista Tujachevsky (quién había fracasado en la invasión a
Polonia en 1920), quien luego reprimiría a los campesinos rebeldes en Tambov
con balas y gases letales. La operaciones militares comenzaron el 7 de marzo,
aniversario del Día de las Trabajadoras, después de superar revueltas en los
regimientos convocados e incluso confraternizaciones. Fue el comienzo de lo
que Víctor Serge llamó “un horrible fratricidio”. Los atacantes cruzaban sobre el
agua congelada, sin lugar para ponerse a cubierto, para enfrentarse a fuertes con
torretas blindadas, ametralladoras y defensores bien protegidos. Para evitar
deserciones, una segunda línea de tropas de la Cheka con ametralladoras
disparaba contra los que se negaban a atacar o retrocedían. El 8 de marzo Lenin
da un discurso en la sesión de apertura del Xº Congreso del Partido Comunista:
“no abrigo ninguna duda… de que esta rebelión, por detrás de la cual asoma la
figura familiar del general de la Guardia Blanca, será liquidada dentro de unos
pocos días, sino horas”. Pero se equivocó: el asalto directo fue un fracaso y se
perdieron muchos hombres sin abrir ni una brecha en la fortaleza. El Soviet de
Kronstadt emitió un comunicado: “Que todos los trabajadores del mundo sepan
que nosotros, los defensores del poder soviético, estamos protegiendo las
conquistas de la revolución Social. Venceremos o moriremos sobre las ruinas de
Kronstadt, luchando por la causa justa de la clase trabajadora. Los trabajadores
del mundo serán nuestros jueces. La sangre de los inocentes caerá sobre las
cabezas de los fanáticos comunistas, ebrios de poder. ¡Larga vida al poder de los
Soviets!” El 17 de marzo, con refuerzos de tropas, artillería y aviones, se realizó
el asalto final. Un ataque desde el sur y el norte, en su mayoría con cadetes
militares comunistas, forzaron la entrada a la ciudad y finalmente, después de
un combate casa a casa, llegada la medianoche, todo había acabado. Unos 800
refugiados, incluido el Comité Revolucionario, escaparon por el hielo hacia
Finlandia, pero en total huyeron 8.000 hombres. Las pérdidas fueron muy
grandes pero los bolcheviques tuvieron la peor parte, alrededor de 10.000 bajas;
los rebeldes perdieron en combate a 600, con cerca de 1.000 heridos y más de
2500 prisioneros. Al día siguiente, 18 de marzo, todos los diarios de Moscú y
Petrogrado traían grandes titulares conmemorativos del quinto aniversario de la
“Comuna de Paris”. El anarco-comunista Berkman hizo una amarga anotación
en su diario: “Los vencedores están celebrando el aniversario de la Comuna de
1871. Trotsky y Zinoviev denuncian a Thiers y Gallifet por el asesinato de los
rebeldes de París”. Se capturaron 3.000 prisioneros durante la lucha y hasta el
fin de abril la Cheka realizó 6500 arrestos. Ninguno de los rebeldes capturados
fue sometido a juicio público. 13 fueron elegidos para ser juzgados en un
tribunal secreto como cabecillas del motín. De los restantes ahora sabemos su
fin: la Cheka conformó una troïka extraordinaria en la propia isla que ejecutó
sumariamente a 2.168 (el 33% de las detenciones y entre ellos a cuatro mujeres)
el resto es enviado (algunos con sus familias) a los campos de trabajo del norte
(Solovki). Un informe estadístico de 1936 enumera sobre Kronstadt un total de
10.026 detenidos, sin especificar los ejecutados. Los sublevados durante el breve
período de la Comunne habían detenido a 300 bolcheviques, a quienes trataron
con total deferencia y no sufrieron ninguna herida o apremio. En Kronstadt los
bolcheviques intentaron borrar toda huella del levantamiento popular: el Soviet
se disolvió y nunca volvió a la vida política, un nuevo diario suplantó al
tradicional, los buques fueron cambiados de nombre, la revolucionaria “Plaza
del Ancla” pasó a llamarse “De la Revolución”, los marinos no confiables fueron
expulsados o diseminados, los soldados que participaron del asalto final fueron
dispersos y se les prohibió hablar del tema.

La bibliografía y los trabajos sobre la revuelta fluctuaron alrededor de su


importancia relativa en la política del momento; a partir de la muerte de Lenin,
la lucha por el poder entre fracciones, el ascenso de Stalin y luego el fascismo,
hicieron que desapareciera como objeto de estudio destacado. Kronstadt fue un
eco débil hasta bien entrados los años ’30. El primer panfleto-denuncia con
documentos auténticos (primeras fuentes) fue editada por los social
revolucionarios de derecha, con el título de “Pravda o Kronshtadte” (“La verdad
de Kronstadt”), editado en Praga por el grupo del diario “Volia Rosii” (donde
actuaba Kerensky). Pero el primer análisis con rigor histórico se debió a la
militante anarquista Ida Gilman, dit Mett, publicado en inglés en 1922: “The
Kronstadt Urprising of 1921”, con un prólogo de Murray Boochkin (fallecido el
30 de julio pasado), en español se le conoce como “La Comuna de Cronstadt.
Crepúsculo sangriento de los Soviets”. Es un trabajo con un estilo y un tono
todavía insuperado. Luego le seguiría el trabajo de Alexander Berkman
(anarquista testigo de esas jornadas en Petersburgo), “Die Kronstadt-Rebellion”
(1923) y su diario político “Der Bolschewistische Mythos - Tagebuch aus der
russischen Revolution 1920-1922” (1925). Kronstadt pasó a segundo plano hasta
los debates en el movimiento internacional debido a la República Española, a la
polémica entre el anarquismo, el stalinismo y el trotskismo como a los
fenómenos de doble poder en la guerra civil. Al proponer Trotsky un Tribunal
Internacional para juzgar los procesos de Moscú en 1937, un viejo marinero
izquierdista alemán y ex diputado comunista, Wendelin Thomas, que era parte
del tribunal, le recordó que además deberían juzgarse los crímenes cometidos
en la represión de Kronstadt, de Mackhno en Ucrania y de las rebeliones
campesinas bajo su mando como Comisario de Guerra. En estas discusiones,
agrias y urgentes, participó el mismísimo Trotsky con dispar resultado con dos
textitos, que repetían la propaganda mentirosa y los lugares comunes de la
prensa bolchevique en 1921. Un sicofante de Trotsky, John Wright, escribió una
defensa de su maestro, en el panfleto “The Truth about Kronstadt” (1938). A
este revival se le acopló una re-edición de libro de Mett, una durísima
contestación de la anarco-comunista Emma Goldman (testigo ocular de la
revuelta): “Trotsky protest too much”(1938) y otro de Antón Ciliga, el Bórdiga
yugoeslavo (quién estuvo en campos rusos por opositor), “L'insurrection de
Cronstadt et la destinée de la Révolution russe”, en La Révolution
Prolétarienne (N°278,1938) de Pierre Monatte, donde escribían Simone Weil y
un joven Daniel Guerin. Trotsky se llamó al silencio (en su autobiografía, “Mi
Vida”, apenas le dedica media línea) y en una carta confesó que Kronstadt era
un asunto serio, que no tenía tiempo para hacer un libro sobre el tema y que ese
trabajo lo confiaba a su hijo León Sedov. En su libro inacabado sobre Stalin,
repitiendo los mismos argumentos, hablará que la represión sobre Kronstadt
fue una necesidad trágica…

Kronstadt volvió a dormitar hasta que, desatada la guerra fría, historiadores


americanos empezaron a echar un poco de luz, algunos con objetivos dudosos.
Artículos de Hunter Alexander, Robert V. Daniels (un especialista en la
oposición dentro y fuera del partido bolchevique), Georg Katkov, pasando por el
valioso y póstumo libro de Volin, “La Revolution inconnue” (1947) hasta llegar
al trabajo seminal del historiador americano del anarquismo Paul Avrich:
“Kronstadt, 1921” (1970), ahora re-editado por la Universidad de Princenton. Su
obra, (en español hay que buscarla en la edición argentina de 1973), a pesar del
tiempo y de las nuevas fuentes documentales, sigue siendo insustituible. A
continuación un silencio de diez años roto por el libro del historiador anarquista
de las ideas Henri Arvon, su libro se titulaba: “La Revolte de Cronstadt 1921”
(1980), editado en Bélgica y de poca difusión mundial. Le seguiría el trabajo
más completo y documentado sobre Kronstadt, su historia como comuna y de
sus protagonistas humanos y políticos: se trata de “Kronstadt: 1917-1921. The
Fate of a Soviet Democracy” (1983), del historiador israelí Israel Getzler. Getzler
ha realizado una nueva edición beneficiándose de la apertura de los archivos
rusos después de la disolución de la antigua URSS.

Debemos contar una pequeña historia: en 1994 el presidente Boris Yeltsin


rehabilita a los amotinados de Kronstadt y lo que es mejor, abre los archivos del
estado desclasificando documentos secretos. En 1999 se publica una colección
dispar de documentos del Archivo Estatal Ruso editadas por la casa editorial, el
ROSSPEN, sobre Kronstadt, incluidos muchos informes secretos de la policía
política (Cheka y GPU). Son dos gruesos volúmenes con el título de
“Kronshtadtskaia tragediia 1921 goda, dokumenty v dvukh knigakh” (La
Tragedia de Kronstadt, 1921. Documentos en dos volúmenes”). De estos
materiales inéditos se han servido los últimos libros sobre el tema: Getzler ha
hecho una edición ampliado con los documentos que han visto la luz (e incluso
una serie de artículos anexos) y el penúltimo libro sobre la rebelión es
“Cronstadt”, del historiador trotskista Jean- Jacques Marie (miembro de
Courant Communiste Internationaliste y del Partido de los Trabajadores de
Lambert), editado a fines de 2005 por Fayard. Marie es conocido además por
ser un gran animador del Centre d’Etudes et de Recherches sur les Mouvements
Trotskistes et Révolutionnaires Internationaux (CERMTRI), que edita una
revista monográfica sobre la historia de la URSS: “Cahiers du mouvement
ouvrier”. Recientemente ha aparecido en español su biografía crítica sobre
Stalin. Su libro sobre Kronstadt es paralelo a otro libro sobre la historia de la
guerra civil aparecido también en 2005, por lo que el historiador completó en
realidad un solo trabajo en dos frentes. También Marie se beneficia de todos los
libros sucesivos y de la apertura de los archivos rusos, utilizando los mismos
textos que Getzler. Pero aquí acaban las diferencias formales.
Marie, aunque pretende mantener una objetividad formal (¡su editor es
Fayard!), es parte del problema. No puede ocultar su simpatía por la represión
bolchevique y repite, aunque de manera más académica y pausada, los tópicos
viejos sobre el tema. En sus cuatrocientas y pico de páginas no encontramos
ninguna novedad, cosa curiosa. Metodológicamente Kronstadt queda aislada de
la dinámica bolchevique de la dictadura de partido único, del contexto
autoritario del “Comunismo de Guerra”, de la lenta descomposición de la
simpatía de las masas por el partido bolchevique, de la oleada de huelgas
urbanas y levantamientos campesinos. Marie usa los archivos de la peor manera
posible: sin aparato crítico, sin discernir el lenguaje esópico de los policías y
represores de la Cheka de la verdad (es como describir la rebelión de las
banlieues en Francia por los informes de la DCRG); disuelve las críticas de los
communards a la “Comisariocracia” como mera propaganda monárquica y
antisemita (p.224), aceptando que son infundadas; justifica la ferocidad de la
represión bolchevique comparándola reactivamente… ¡con los generales
zaristas! y nuevamente coloca en el centro de la investigación los dos anatemas
historiográficos stalinistas y trotskistas: que los marineros de 1921 no eran los
de 1917 (constantemente a los largo del libro los marineros son presentados
como despolitizados, débiles, sin tradición urbana, p.142) y que la rebelión era
la expresión de la exasperación pequeño-burguesa campesina cuyo objetivo era
volver a la propiedad privada (p.295). Se repasan todos los mitos negativos sin
encontrar nada nuevo, salvo confirmar que en la represión brutal el gobierno
bolchevique tenía razón. Kronstadt se “despolitiza” y se le extirpa justamente su
verdadera alma: el principio de autodeterminación y autonomía reivindicado
por los rebeldes con su consigna: “¡Todo el poder a los Soviets!”. Por supuesto:
todos estos argumentos han sido demolidos con anterioridad tanto por Avrich
como por Getzler, por lo que Marie suena anacrónico y partidista. En suma:
bandidismo, antisemitismo, despolitización, naturaleza pequeño burguesa de la
insurrección, contrarrevolución campesina. El punto de vista de la Cheka no se
ha perdido. La historia puede ser contada todavía como un expediente de la
policía política, incluso cuando el estado bajo el cual operaba esa policía no
exista más. La calumnia policial puede ser travestida de historia política. ¿Valía
la pena investigar en los archivos, estudiarlos en lengua rusa, para indigestarse
con este brulote?

¿Cuál es la importancia de Kronstadt? Quizá la mejor síntesis sea la que hace


Volin: “Fue la primera tentativa popular enteramente independiente para
librarse de todo yugo y realizar la revolución social, tentativa directa, resoluta y
audaz de las masas mismas, sin pastores políticos, jefes ni tutores. Fue el paso
inicial para la Tercera Revolución”. Con al derrota de Kronstadt, la represión y
la liquidación de la tibia “Oposición de Izquierda” dentro del partido
bolchevique, pasó a la historia la última demanda efectiva de que se instalara
una verdadera forma política de autodeterminación de los trabajadores y
campesinos. Los communards de Kronstadt, los huelguistas de Petrogrado, los
campesinos de Tambov creían que el soviet era el exclusivo portador del poder
constituyente y no una mera etapa insurreccional. En lo sucesivo el sistema de
partido único, y con ello, la dictadura stalinista, sería el horizonte más probable.
La derrota de Kronstadt sigue siendo el fracaso de todo un modelo de transición
al socialismo.