CAMINOS INVISIBLES

DIARIOS DE ELFOS, I

Scarlet Hyacinth

RESUMEN

Para un elfo, la peor maldición del mundo es ser ciego. Alix
Skyeyes lo aprendió de la manera más dura. Despreciado desde su nacimiento por su innata discapacidad, vive como un paria en el palacio de los fae y sólo sobrevive gracias a sus agudos sentidos y sus habilidades en combate. Después de haber perdido toda la fe en su raza, se sorprende cuando un elfo oscuro se le acerca en un vacilante intento de ser amistoso.

Un guerrero endurecido, Jan'ke lleva feas cicatrices debido a
su tiempo en las vecinas tierras de los demonios. Cuando conoce a Alix Skyeyes, ve en el elfo ciego un alma que se hace eco del dolor de la suya cansada.

Entablan una amistad, y poco a poco,
amor.

ésta se convierte en

le oculta su compromiso con una noble mujer, esa mentira empuja a Alix a revelar los secretos de su pasado de la peor manera posible.

Cuando Jan

Los compromisos se hacen, se forjan alianzas improbables y
muchos más secretos son revelados. Jan se verá obligado a tomar la más difícil decisión de su vida: ¿seguirá siendo leal a su país o salvará a su amante?

PRÒLOGO

n el año del Solsticio de 10.851, después del descenso de nuestra Diosa (A.D.G.), estalló la guerra entre las naciones de los elfos de Thralnia y el país demonio de Xoz. La zona sur de Thralnia unió sus fuerzas con la zona norte y después de casi dos siglos de lucha, los dos reinos independientes echaron a los demonios de sus tierras. Las fuerzas de la luz se regocijaron, pero su alegría no duró mucho, porque sólo unos pocos años más tarde, Thralnia cayó en una guerra civil tan sangrienta y terrible que dejó a ambos países debilitados y drenados; sus campos llenos de niños muertos; huérfanos y viudas. Diez veces peor que el conflicto con el país de los demonios, la guerra civil envolvió todo en la oscuridad de la traición a la patria. Enemigos y amigos ya no eran fáciles de discernir y la confianza se convirtió en sinónimo de muerte. Los anales de la historia registran y narran los cuentos de muchas de esas valientes almas que lucharon y murieron por la unificación de su país, y de aquellos cuya arrogancia fue la causante en primer lugar la destrucción del mismo. Cuenta la historia de dos dinastías cuya ansia de poder había empujado a las naciones individuales a este terrible conflicto. Historias de desamores, de vidas solitarias y tristes, que como siempre, se perdieron en las secuelas de todo el caos, olvidadas en el tumulto del gran conflicto. Pero una de esas historias sobrevivió. Una historia de un amor encontrado y perdido, una historia de dolor y maldiciones ocultas, una historia de sentimientos y más que nada, una historia de luchar y nunca darse por vencido, todo registrado en los diarios de dos valientes soldados que vivieron para contarlo.

E

Con el permiso de los dueños de estos diarios, se grabará la historia aquí, con la esperanza que quién pueda leer este cuento sea inspirado a seguir luchando y a ser siempre honesto consigo mismo y los demás. Las penas del pasado nunca deben olvidarse, pero también debemos encontrar esperanza, y si es necesario, luchar por construir un nuevo y mejor futuro para nosotros y nuestros hijos.

PARTE I:

ENAMORÁNDONOS

DESDE PRINCIPIOS DE LA PRIMAVERA HASTA FINALIZANDO EL OTOÑO – 11,043 A.D.G.

CAPÌTULO I

Jan’ke Nightbourne: Iniciando.
star solo. Una sensación abrumadora que lucho por vencer y que, sin embargo, me consume. Me consume, porque la única persona con la habilidad de sanar mi corazón y alejar mis demonios no está a mi lado. No sé dónde está. Tal vez ya no esté vivo. Tal vez el cruel destino, finalmente, terminó sus días. Si ese es el caso, me gustaría saberlo, porque en este momento, moriría también. La única razón por la que ahora vivo es la esperanza que algún día, de alguna manera, nos volvamos a ver. Lo conocí hace unos años en un jardín. Había vagado al azar por la extravagante fiesta a la cual había sido invitado. Después de un rato me aburrí de la risa y de los dulces vinos, y todo se convirtió en algo superfluo. Las mentiras e intrigas de la corte de los fae me pusieron enfermo. Entonces, allí estaba él, tan sólo a unos metros de mí. Se veía hermoso pero no en la forma femenina que los hombres fae poseían. Su belleza era más peculiar… la perfección clásica de las características de los elfos se mezclaban en un rostro puramente masculino, hablando de un poderoso guerrero. De ninguna manera era amor a primera vista. Una armadura de hielo rodeaba mi corazón, mis emociones estaban anuladas por mi tiempo en la guerra, todo mi ser estaba cansado de los años que había pasado en compañía de personas equivocadas. Aun así, por alguna razón inescrutable, quería hablarle… y de una vez si era posible, conocerlo. Desde lejos, su aura irradiaba un poder que me fascinó. Y entonces me miró, y vi que sus ojos azules eran brillantes, hermosos y claros contra toda la basura que se asocia

E

con una vida de lucha. Pero no, no me miraba, miraba en dirección equivocada por decir algo. Aunque estaba mirando a dónde estaba parado, sus ojos ciegos no registraban mi presencia y empezó a cantar. Con esa canción, mi deseo de hablarle cambió al instante, transformándose en compulsión. «El elfo ciego». Así era como lo llamaban. Había nacido ciego, hijo de una mujer noble y un padre desconocido. Si no fuera por la insistencia de su madre, nunca hubiera vivido en primer lugar. Tal vez morir hubiera sido más amable, ya que, para un elfo, ser ciego era la peor maldición. Su madre, sin embargo, se había negado a dejarlo ir, por lo que se mantuvo entre los vivos. Había pensado que la posición de su madre en la nobleza élfica lo había protegido, salvado de las crueldades de la vida, porque tenía la mirada serena y sin importancia. No obstante, su canción era tan triste como hermosa, y pronto aprendí que la sociedad de los elfos era cruel, tanto con aquellos que no cumplían las reglas como con aquellos que eran diferentes. *****

Un año antes:
uces brillaban decorando las altas columnas de mármol del palacio, los patrones intrincados de los símbolos resplandecientes les daba la bienvenida a los invitados para celebrar la victoria. Pancartas que alababan a la hermosa Diosa por su ayuda en la batalla adornaban las paredes, recordándoles a todos el propósito de la reunión. Di un vistazo a los invitados de manera furtiva y resoplé internamente. Nuestra religión hacía tiempo había perdido su significado para todos menos para los sacerdotes, y la batalla estaba tan lejos de la mente de los invitados como la frontera con el país de los demonios. Esta celebración se llevaba a cabo por tres fines distintos, ninguno de los cuales era alabar a la Diosa. Toda la complicada preparación, la celebración y el brillo, como todo en la sociedad de los elfos para el caso, se centraba en el aumento del sexo, el dinero y el poder, o muchas variaciones y combinaciones de cada uno. Me sentí enfermo.

L

Como un héroe de guerra, estaba obligado a asistir a las fiestas de esta noche. Sería felicitado, adulado y aplaudido; los nobles me presentarían a sus jóvenes y solteras hijas, y las guapas chicas elfos sonreirían y se ruborizarían, como era normal. Había tantas cosas que sabía que sucederían, las mismas cosas que sucedían cada vez, y sin embargo, no había manera de escaparme. No podía esperar a escapar y sin más irme a mis aposentos. No podía soportar ver a varias mujeres de la sala seduciendo, coqueteando y riendo con invitados de diferentes razas, o ver a mi hermano desaparecer en una de las alcobas escondidas que me había enseñado esa misma noche. Si quisiera ser completamente honesto, les envidiaba. También añoraba el calor del contacto, la sensación del abrazo de un amante. Me perdí en el recuerdo de ríos claros, disfrutando de los calientes rayos del sol. Habíamos sido tan despreocupados y felices mientras crecíamos, pero en algún momento de la vida se separaron nuestros caminos. Con la mayoría de edad, mi hermano y yo nos habíamos convertido durante la noche en los aludidos por sonrisas de seductoras sirenas. Junto con mi hermano, había lanzado los reconocidos partidos del libertinaje de Thralnia. Pero hace mucho tiempo dejé de ser ese hombre, quien podía reír, beber y perderse en el sexo. Todavía anhelo mi juventud, a veces. No me arrepiento de lo que he hecho. Alistarme en el ejército había sido una hazaña necesaria para la seguridad de Thralnia. Los soldados del norte habían necesitado un líder y, con toda mi juventud, había sido la opción ideal. Algunos dijeron que temían enviarme tan joven, pero eso era lo que necesitaban. Nadie quería correr el riesgo de una muerte segura en la batalla contra los demonios. Pero había regresado, victorioso, y nuestro país una vez más estaba a salvo de sus enemigos. Y, sin embargo, no podía dejar de sentir que todos los que temieron por mí, habían estado en lo correcto. Una parte de mí estaba completamente y verdaderamente muerta, y no había manera de recuperarla. El ligero sonido de unos pasos que se acercaban me alertó de una nueva presencia. Los elfos por naturaleza eran criaturas furtivas. Mi propia gente, los elfos oscuros, más que sus hermanos

fae. Aun así, mis años en la guerra habían formado mis instintos de manera que nadie pudiera sorprenderme. Me preparé para ser neutral mientras escuchaba a mi padre, Ran’dar, salir de las sombras. —Jan —comenzó—, ¿qué haces escondido aquí? Me di la vuelta y pegué una deshonesta sonrisa en mi cara. —Sólo salí a tomar un poco el aire de la noche, padre. Mi padre asintió con la cabeza, su expresión pensativa. Esperaba que lo dejara y me permitiera estar con mi soledad, pero por desgracia, no podía tener tanta suerte. Mi padre se colocó a mi lado y aunque no me miró, comentó: —Una maravillosa fiesta, ¿eh? Por dentro suspiré ante la investigación. —Sí, padre. Una maravillosa —murmuré, esta vez ni siquiera me molesté en tratar de darle un entusiasmo falso. El hombre me conocía demasiado bien para caer en tales mentiras y máscaras. —Vamos, Jan. Al menos podrías darle una oportunidad —dijo con un suspiro—. Usa esta maravillosa fiesta. Por lo menos trata de pasarla bien. —La estoy disfrutando —repliqué—. Soy un elfo oscuro. La noche viene conmigo. La Diosa me habla esta noche, alimentando mi corazón y mi magia. ¿No es lo que dices siempre? —Eso no es lo que quise decir y lo sabes. —Se frotó los ojos con cansancio y escondí una sonrisa de satisfacción por su exasperación—. La guerra ha terminado. ¿Te mata comportarte con clase una noche? Le di una oscura mirada, una mordaz respuesta ya formándose en mis labios. Tantas posibles respuestas, tantos modos de torturar a mi padre. Mientras que él había estado en la comodidad de su habitación bebiendo vino en copas de plata, yo estaba luchando por mi vida y por la de los demás, y con cada segundo que pasaba pensaba que mi padre era un traidor. Había estado riendo y disfrutando de los lujos que nunca le faltaban,

mientras yo había estado, literalmente, nadando en sangre y tripas. Podría decirle cosas sobre los asesinatos para que estallara la cómoda burbuja en la que vivía. Si tuviera idea de mis recuerdos, no le sería tan fácil descartar la guerra aunque ya hubiese acabado. Al final, tal respuesta no dejó mis labios. Había sido mi decisión ir a la guerra. No me arrepiento y no lo culpaba por las cosas que había visto y vivido. La autocompasión no encajaba en el corazón de mi vida. Y estaba aquí, todavía vivo, siendo capaz de deleitarme con el suave toque del viento en mi cara y los susurros de la noche. Había perdido muchas cosas, muchos compañeros que nunca regresarían. Y de todas formas, asentí con aprobación, murmurando en voz baja: —Vale. Una noche. —Después de todo, mi padre me obligaría a hacerlo aunque no quisiera. La estrategia de guerra también me había enseñado a elegir mis batallas. ―¡Genial! ―Mi padre de inmediato se animó—. ¡Ven! ¡Hay tantas personas que quiero que conozcas! Lo seguí nuevamente al salón de baile, resignándome a una infernal noche de vida social. Sólo tenía que hacer acto de presencia, así que puse una sonrisa de lo más normal —que rogaba que no se viera como una mueca—, e ignoré los rumores. A pesar de mi aclamada gloria, ninguna dama elfo de buen grado se casaría conmigo, un soldado desfigurado y desgarrado por los horrores de la guerra. Por todo lo que sabía, para ellos estaba muerto y era un fantasma, o eso era lo que decían los rumores, que todo el ejército se refería a mí de esa forma. Mi padre asintió hacia los miembros de alta sociedad al pasar mientras yo seguía con mi falsa sonrisa todo el tiempo. A medida que se detuvo a saludar a varios encargados y vizcondes, estaba seguro que esa sonrisa se quedaría grabada para siempre en mi rostro. Un dolor palpitante de cabeza se comenzó a formar y eso que la noche apenas empezaba. Poco a poco, nos abrimos paso entre la multitud, deteniéndonos de vez en cuando para charlar con diversos grupos. Añadí palabras adecuadas, aquí y allá, automáticamente volviendo a caer en las costumbres que me habían enseñado cuando era niño.

Curiosamente, mi padre parecía tener poca paciencia para una conversación inútil. Me di cuenta entonces, con consternación por decir algo, que lenta pero constantemente, mi padre me estaba conduciendo hacia la mesa del Conde Windwisp. El Conde Windwisp era una de las figuras más influyentes del sur de Thralnia. Al igual que mi propia familia, el clan de Windwisp representaba uno de los más sólidos pilares del sistema de política de los elfos. Los Windwisp eran uno de los pocos que insistían que ambas partes de Thralnia deberían de unirse. Secretamente, estaba de acuerdo. La guerra había demostrado que divididos éramos débiles, pero que juntos nada podía interponerse en nuestro camino. Sin embargo, yo soy un elfo oscuro y Windwisp un fae. Por lo tanto, a pesar de tener las mismas ideas políticas, rara vez nos habíamos visto cara a cara. Nuestros pueblos, aunque eran de la misma raza, eran tan diferentes como la noche y el día. Esa discrepancia seguía siendo una de las principales razones por la cual se habían organizado como dos provincias separadas. Los elfos oscuros y los fae, simplemente no se mezclaban. Mi padre había expresado con frecuencia la misma idea. ¿Por qué de repente quería hablar con Windwisp? La respuesta era, por supuesto, completamente predecible. Cuando no les unimos, el Conde saludó cortésmente a mi padre y luego dirigió su atención hacia mí. —General Jan’ke. Saludos. No sabía que había llegado. Esta es mi hija, Alana. Hizo un gesto hacia la hermosa mujer rubia que estaba de pie detrás de él con recato. Interiormente gimiendo, seguí el juego y después de la presentación, salude al fae. —Conde, es un placer verlo de nuevo. Luego me incliné y besé la mano de la mujer. Ella se ruborizó, era evidente que era algo normal, pero vi un destello de miedo en sus ojos antes que fuera ocultado detrás de una sonrisa ensayada. Le devolví una mía. —Jan’ke Nightbourne. Tengo el honor de conocerle, Señorita. —Aunque me sentía disgustado conmigo mismo y con ella, decidí que por esta noche, podría seguir los delirios de mi padre. Mañana, convenientemente organizaría una cacería o un viaje de

reconocimiento o lo que sea con el fin de abandonar el palacio. Sólo tenía que mantenerme concentrado mientras tanto—. ¿Quiere bailar? —le pregunté a Alana. La chica dio un asentimiento apenas perceptible. —Me encanta bailar, Señor. Haciendo caso omiso del más que evidente nerviosismo que tenía, tomé su mano y la llevé a la pista de baile. Instintivamente, mi cuerpo recordó el ritmo de los pasos y cayó en línea con las parejas que nos rodeaban. Los elfos naturalmente eran elegantes y ni siquiera todo el tiempo que había pasado en compañía de la muerte podía borrar mi aristocrática educación. Y así, hice girar a Alana por la pista del baile, su vestido bellamente bordado rozaba los brillantes pisos con un silbante sonido. Otras parejas nos miraban a escondidas mientras bailábamos, pero no les presté ninguna atención. Alana era una buena bailarina. En algún momento, debió de haberse dado cuenta que no la iba a morder porque se relajó considerablemente y permitió que su cuerpo se moviera con gracia contra el mío. Después de unos cuantos bailes, finalmente consideré que mi deber social estaba completo. Me incliné y luché por encontrar la mejor manera de empezar a alejarla. —Gracias por la hermosa danza, Señorita —le dije. Alana hizo una reverencia de una apropiada y seductora manera, regalándome una vista completa de su generoso escote. —Espero que no sea sólo por esta noche, Señor Nightbourne. Mientras caminábamos de regreso a la mesa, el Conde nos observaba, sus ojos agudos a pesar de su edad, analizándonos astutamente. Casi podía oír los engranajes girando en su cabeza y me di cuenta que había cometido un error al aceptar la «sugerencia» de mi padre de bailar con Alana. Ahora, esperaban que cortejara a su hija y, probablemente, en el futuro, casarme con ella. Que lo hiciera, por supuesto, haría a mi padre supremamente feliz. Lo miré y me sonrió, su primera sonrisa sincera en toda la noche. Esa parte que seguía sufriendo por su aprobación se regocijó en el conocimiento que había sido la causa de esa expresión, pero otra parte quería ahuyentarla.

Las siguientes horas pasaron en un torbellino de falsas risas, perfumes de flores y de insinuaciones sutiles. Después de lo que probablemente era mi quinceavo baile con Alana —me gustaba el haber perdido la cuenta en algún momento—, planeé escapar. Con sigilo, me dirigí al balcón y salté, cayendo a la terraza del nivel inferior. Aterrizando en mis pies, me puse a analizar mi nuevo entorno. Alivio inundó mi corazón. Me había escapado de las garras de mi padre y efectivamente evitaría ser arrastrado a una nueva ronda de gente amable. Caminé al azar a través de los pasillos desiertos, encontrando consuelo en la soledad. No sabía a dónde iba, un hecho inusual para un soldado como yo. Aun así, no podía importarme menos. A mi lapso en falta de cuidado, le eché la culpa al baile, mi mente al borde de la locura, sin duda. Había escogido el menor de los males. A decir verdad, estaba cansado del Conde Windwisp, de Alana y de mi padre. Mis pasos no hicieron ruido en el suelo de mármol y casi me echo a reír por mi propia peculiaridad. Había adquirido una extraña habilidad durante mis años en la guerra, una tendencia a ser lo más silencioso posible, tal que casi había llegado a ser como un fantasma. Mis hermanos en el ejército incluso habían llegado a llamarme así, un fantasma, y el apodo pareció algo apropiado. Y así, como un fantasma, me deslicé entre las sombras, sin precedentes y sin ser visto por nadie. Me perdí explorando los laberintos, que eran llamados pasillos, por mucho tiempo. Con las muchas idas y vueltas, una especie de entusiasmo infantil burbujeaba en mi interior al saber que me aventuraba a algo desconocido. Derecha a izquierda, izquierda y en la próxima a la derecha, derecha de nuevo, y así seguí y seguí. Los pasillos parecían interminables, así que cuando terminaron abruptamente, me quedé helado. Delante de mí, un arco bellamente tallado marcaba la entrada a un jardín interior. Eso no me sorprendió, ya que los fae tenían una conexión muy estrecha con la naturaleza. Había visto una gran cantidad de jardines en todo el palacio. Suspiré decepcionado, disgustado que mi emocionante expedición me hubiera llevado a un lugar tan común. Al final, decidí que no tenía nada mejor que hacer y entré.

No era de ninguna manera tan bello y profusamente decorado como el jardín principal del palacio, que contaba con esplendidas esculturas talladas y fuentes de mármol decoradas con piedras preciosas. Sin embargo, este pequeño jardín daba la serenidad que no daba el principal. Di un paso adelante sólo para darme cuenta que una solitaria figura ocupaba uno de los bancos en el centro del jardín. En silencio, observé al ocupante de la banca. A primera vista, pensé que sólo era otro fae. Una evaluación más atenta, sin embargo, reveló la falsedad de mi primer pensamiento. Sus afilados rasgos, hablaban de la posibilidad de una herencia mixta. No apostaría dinero por ese cuestionable hecho, pero lo pensé por la forma en que llevaba su largo pelo suelto sobre sus hombros, no trenzado como los elfos tienden a organizarlo. El viento pasaba a través de sus rubios cabellos, jugando y tirando de los hilos, pero no hizo ningún movimiento para volver a organizar su pelo. Parecía ajeno a todo lo que le rodeaba, incluyéndome. Este último hecho no me sorprendió por completo. Me quedé allí durante más tiempo, mirándolo en silencio y bebiendo del misterio de su presencia. Cuando el viento pasaba a través de su pelo, pude ver las puntiagudas orejas que se asomaban con picardía sobre las hebras de oro desacomodadas, y mientras pasaban los segundos, me sentía más y más convencido que había estado equivocado acerca de su ascendencia. A pesar de su robustez, poseía la belleza perfecta de los elfos, la piel no marcada por edad o enfermedad. Mi estudio analítico sobre él fue abruptamente cortado cuando, de repente, el desconocido abrió la boca y empezó a cantar. La melodía que escapaba de sus labios en tonos antiguos hablaba sobre el día y la noche, la vida y la muerte, el dolor y el amor. Y al igual que un canto de un ruiseñor, la melodía sonaba sorprendentemente hermosa, triste, trágica y solitaria… no obstante, tan perfecta, que solté un suspiro casi inaudible. Al instante, el hombre dejó de cantar y levantó la cabeza. Sus ojos azules escanearon el jardín, pero pasaron mi congelada figura sin verme. —¿Quién está hay? —preguntó el extraño.

Fue entonces, cuando vi sus ojos azules, y me di cuenta que el misterioso elfo no podía ver. Podría haberme ido, ya que no tenía forma de reconocerme después. Sin embargo, algo en el canto del elfo ciego, una fuerza desconocida me llamó, atrayéndome hacia él. En lugar de hacer una precipitada fuga, di un paso adelante. —Lo siento —dije, un poco más duro del tono normal para disculparse, pero parecía colgar en mi garganta—. No tenía intención de molestarlo. Tiene una hermosa voz. El otro elfo frunció el ceño, en mi dirección. —¿Quién es? No conozco su voz. —Me lo imagino. Soy del ejército del norte. Mi nombre es Jan’ke Nightbourne. Estoy aquí por… —La fiesta. —El elfo ciego se burló, su voz humeante con desdén—. ¡Muy interesante! Espero que se esté divirtiendo. Su tono me molestó, al instante empeorando mi estado de ánimo ya agrio. La expresión de su cara tenía que ser la representación más pura de desprecio que hubiese visto en mi vida. —En realidad, no —repliqué—. No me estoy divirtiendo. No me gusta estar acompañado de imbéciles frívolos y juzgadores. —Por costumbre, me despedí con un saludo militar. Mi saludo era algo bastante ridículo ya que no podía verme. Tal vez lo hice a propósito, encontrando una forma estúpida de satisfacerme al burlarme de su discapacidad. Era más bajo que yo, pero ya estaba en los límites de brindar cuidado y compasión. Mi temperamento se encendió y no podía hacer nada por explicar sus acciones o las mías. Ya era suficiente. Las declaraciones del Conde y la insistencia de mi padre me habían molestado en sobremanera y no tenía paciencia para enfrentar a un elfo amargado y ciego. —Buenas noches. Su voz me detuvo en seco. —Por favor, quédese —dijo el misterioso elfo—. Lo siento, Señor Nightbourne. ¡Por favor, quédese! Consideré el ignorar su disculpa e irme sin tenerla en cuenta. En realidad, no tenía nada mejor que hacer. Ese elfo ciego y

extraño me había intrigado. Una compulsión repentina se apoderó de mí y deseé llegar a conocerlo, a descifrar su misterio, y tal vez… bueno, una vez más, escucharlo cantar. Tomando la decisión, me dirigí hacia el banco. No tenía ni idea, que ésta decisión cambiaría mi vida para siempre.

CAPÌTULO II

Alix Skyeyes: Conociendo el destino.
star sólo. Una canción que cantaba en la oscuridad, una canción de anhelo y soledad. No había nadie aquí para escucharla, así que no tengo por qué temer a las risas, a las burlas. Una cosa extraña es que busco la soledad y, sin embargo, no hay nada que deteste más. Me siento como un pájaro atrapado, atrapado en los barrotes de una terrible jaula. Mi canción llega a las estrellas y se va volando cuando yo no puedo, las notas se deslizan y desaparecen en la distancia. Pero no soy un poeta ni un artista. Extiendo la mano en la oscuridad por algo que no puedo alcanzar, y, sin embargo, sé que es mejor cantar mis penas sin la presencia de nadie. Puedo ser ciego, pero no soy un estúpido. Nadie sabrá de mi dolor, nadie va a escuchar mi clamor, nadie va a sentir mi dolor. No aquí, donde todo es tristeza y todo adormece la mente con la traición. No. Nadie. Tal y como debe ser. Y, sin embargo, aún recuerdo mi canción la que nos unió, la que nos hizo conocer por primera vez. La misma oscura canción a la que me entrego cada vez que estoy sólo, la misma que siento cada vez que estoy rodeado por los de mi especie. Escuchó mi solitaria llamada y vino a mí, dos corazones forjados por la misma emoción. Sin saberlo, ese mismo día, le entregué mi vida y mi libertad. El drama de dos improbables amantes sucedió y estoy una vez más, solo. Podría decir que es guapo, pero eso sería una mentira. Tendría que conocer la cara a mi amante. Cuando viene a mí en mis sueños, no es más que una sombra y un sentimiento, un

E

fantasma del pasado, como tantas veces ha sido llamado. El único conocimiento que tengo de sus características es el recuerdo impreso en mis manos. Recuerdos en mis manos de una obstinada mandíbula, de labios gruesos, rastrojas mejillas y brutales cicatrices destrozando su perfecta belleza. Recuerdo las pequeñas cosas, como su fuerte olor la primera vez que me tomó en sus brazos y su gusto masculino cuando nuestros labios se unieron por primera vez. Soy muy consciente, en este punto, que hay una alta posibilidad que nunca vuelva a estar a su lado. No soy digno de él, no después de todo lo que ha sucedido, no después de todo lo que he hecho. Probablemente, esté en los brazos de otro ahora, en los brazos de un amante más adecuado y, sin embargo, no puedo evitar lo que siento. Los recuerdos vienen de las sombras de una forma instantánea, torturándome, burlándose de mí con lo que tuve y jamás volveré a tener. ***** ue en la noche que regresé a Thralnia. La batalla había terminado y nuestras fuerzas habían triunfado sobre los demonios de Xoz. Había prometido que mi propia espada defendería nuestras tierras por razones que aún se me escapan. La sociedad de los elfos había sido todo menos amable conmigo. Podría haber sido a causa de una necesidad de probarme a mí mismo, pero en verdad, lo dudaba. Dudaba de todo en esos días… incluso de mi propia existencia. A veces, he encontrado consuelo en mi ceguera. Todavía puedo oír los gritos de mis compañeros cuando sus cuerpos eran consumidos por las llamas demoníacas. Todavía puedo oler el hedor a carne quemada en mi nariz. No necesitaba la imagen para completar el paquete, a pesar que mi mente la reconstruye como si viera. Hoy, Thralnia celebraba su victoria. La aristocracia élfica se había puesto la ropa más de moda, se adornaban con sus joyas de valor incalculable y estaban bebiendo y brindando por la victoria de nuestro ejército. Por supuesto no puedo verlos, pero a pesar de mi incapacidad, sé que estoy en lo correcto. Habían ignorado convenientemente que su alegría fue pagada con la sangre de sus soldados que ahora habían olvidado, de héroes anónimos que

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ahora no eran nada más que en un recuerdo en la mente de sus seres queridos. Canté para ellos esa noche. No cantaba porque los echaba de menos, sino porque habían muerto y simplemente habían sido olvidados. Canté por mi propio dolor y soledad, pues, ¿quién iba a escuchar el grito solitario de un elfo ciego? Y así, me perdí en mi melodía, tratando, pero no logrando, purgar la pena que infectaba mi sangre como un veneno. Mi canción cambió, como siempre, entre tonos trágicos y esperanzadores, ya que mi mente soñaba que algún día, alguien aparecería a alejar el dolor. Un suspiro apenas inaudible mató mi voz en mi garganta. Alguien estaba aquí. Alguien me había escuchado. ¿Cómo podía ser posible? ¿Cómo no me había dado cuenta de esa otra persona? Como cortesía de mi ceguera, tenía un oído agudo y un sentido del olfato hiper-desarrollado. Debido a estos bien desarrollados sentidos, se me había permito luchar con el ejército del sur de Thralnia. Para consternación de mi pueblo, era conocido por mi proeza física y había derrotado a muchos demonios durante la guerra. El conocimiento que un individuo desconocido se había acercado tan sigilosamente me molestó terriblemente. Todo mi cuerpo se puso tenso mientras levantaba mi voz en la oscuridad, ahora temiendo estar en peligro. —¿Quién está ahí? Para mi sorpresa, la oscuridad respondió: —Lo siento. No quise entrometerme. Tiene una hermosa voz. El recordatorio de la invasión del extraño a mi vida privada no hizo nada para mejorar mi estado de ánimo. Además, recordaba las voces educadas: representaban la única cosa con la que podía identificar a mis compañeros elfos y esta persona en particular era un extraño. —¿Quién es? No conozco su voz —le dije, sintiéndome más que un poco desilusionado. —Me lo imagino —respondió el desconocido—. Soy del ejército del norte. Mi nombre es Jan’ke Nightbourne. Estoy aquí por… Terminé la idea de la frase inmediatamente. Era otro miembro de la aristocracia élfica que estaba aquí para celebrar la muerte y la

destrucción. Dejé escapar un sonido de desprecio, impidiéndole terminar. —La fiesta. ¡Muy interesante! Espero que se esté divirtiendo. —En realidad, no —respondió el otro elfo con una voz malhumorada—. No me estoy divirtiendo. No me gusta estar acompañado de imbéciles frívolos y juzgadores. Buenas noches. Por las palabras del elfo oscuro, me sentí avergonzado de mi conducta. Después de todo, no conocía a esta persona. ¿Eso me daba derecho a calificarle como un aristócrata sin corazón? Por alguna razón, era importante para mí que entendiera que no era frívolo como el resto de los fae. —Por favor, quédese —dije rápidamente—. Lo siento, Señor Nightbourne. ¡Por favor, quédese! El jardín permaneció en silencio y pude oír mis palabras resonando en las paredes. No podía oír que se alejara, pero eso no significaba nada. Tampoco lo había oído llegar. Afortunadamente, no tardó en romper la sombra de incertidumbre en mi mente. —Vale —dijo—. No debí de haberle espiado. Tiene razón por sentirse ofendido. Por su tono de voz, llegué a la conclusión que no se disculpaba con facilidad. La realidad me hizo retroceder incómodo y molesto. Incluso si hubiera sido escuchado por este extraño, que parecía tan miserable como yo, la miseria amaba la compañía, lo sabía mejor que nadie. Hice un gesto hacia el banco en que estaba sentado y dije: —Por favor, tome asiento. Perdone mis terribles modales. Soy Alix Skyeyes. El aire se desplazó cuando tomó mi oferta y se sentó a mi lado. —Skyeyes1 —repitió casi ausente—. Le conviene. Tiene unos ojos hermosos. El casual comentario resucitó mi anterior hostilidad. No me gusta cuando alguien menciona algo relacionado con mi vista y antes de poderme contener, lo mordí de nuevo. —No lo sé. Nunca los he visto.
1

«Ojos del cielo».

Permaneció en silencio durante un largo minuto, y en el silencio temí que se hubiera levantado he ido, pero finalmente habló. —Le he ofendido de nuevo. Mis más humildes disculpas. Parece que realmente soy un idiota incompetente. Me reí con inquietud, esperando disipar la tensión. De repente, quería hablar con alguien, incluso si este peculiar extraño alababa los ojos de un ciego. En este momento, es probable que se levantara y se fuera, pero por alguna desconocida razón, no podía permitirlo. —No lo haga. —Extendí mi mano, llegando al espacio en que esperaba que estuviera. Sus furtivos movimientos me confundían y mi sentido de orientación, de otra manera impecable, se quedó en blanco. Por suerte, lo intercepté antes que se alejara y mi mano agarró el suave vestido de su brazo—. Está bien. Gracias por el cumplido. Volvió a tomar asiento a mi lado y esperó en silencio, sin saber qué más decir. Nosotros éramos unos extraños reunidos por una coincidencia. No había nada dramático sobre nuestra reunión, sólo una relación casual de dos existencias, una coincidencia que podría terminar en cualquier momento con o sin una consecuencia. Aun así, no me sentía cómodo con la idea y decidí dejar el tema hasta allí. —Así que… ¿proviene del ejército del norte? Supongo que debería agradecerle por su ayuda. —No hay necesidad de eso, pero gracias. Después de todo, luchamos juntos. Fue una ayuda mutua. Suspiré, ya arrepentido de mencionar la guerra. No quería hablar de la guerra, ni siquiera quería pensar en ésta, y no tenía ni idea de qué papel había jugado en nuestra victoria. Sospechaba que tenía que ser alguien importante ya que su nombre me sonaba vagamente familiar, pero nunca había sido una persona que le presta mucha atención a la política. —Lo siento. Esto debe sonar tonto, pero su nombre me suena vagamente familiar. —Supongo que sí. Soy el general de los ejércitos del norte de Thralnia.

—Ah… —El general. Lo intenté, pero no pude imaginar el peso de la responsabilidad que llevaba. Si la guerra me había resultado difícil siendo un simple soldado, no podía imaginar lo difícil que debió de haber sido para él. Pero no necesitaba de mi piedad o de mi compasión—. Supongo que eso explica el por qué escuchó mi canción. No supe que fue lo que me hizo decir esas palabras, pero debieron de haber sido correctas. Soltó una breve carcajada, sin sentido del humor. —Supongo que sí. En ese momento, la canción que siempre cantaba se trasladó a ser una melodía de agradecimiento en mi interior y de manera inconsciente, creo, me di cuenta que la persona que me iba a salvar finalmente llegó.

CAPÍTULO III

Jan’ke Nightbourne: Nuestro primer día.
sa noche marcó el comienzo de nuestra frágil relación. Pasamos horas hablando de Thralnia, sobre los distintos recuerdos y el dolor. Fue diferente a cualquier persona que he conocido y me encontré revelando cosas que nunca le había confesado a nadie. Le dije a Alix sobre mi tiempo en la guerra, sobre los intentos de mi padre de casarme con Alana e incluso de mis ex amantes, que ahora me ignoraban. Sus ojos ciegos parecían ver a través de mí. Escuchó mientras hablaba, pero no mostró ningún signo de la lástima que esperaba recibir. En silencio, le di las gracias a la Diosa por haberlo encontrado. No quería compasión, era una emoción que despreciaba. Había pensado que despreciaba todo tipo de emoción, pero quería entender y conocer a Alix. Terminamos contándonos muchas historias, historias del pasado, de nuestro tiempo en la guerra. Nos habíamos mostrado renuentes al principio, pero al final, las palabras habían comenzado a fluir, al igual que un aguacero que se intenta detener. Hablando con Alix me sentí limpio, me sentí libre. Me habló de su propio tiempo en la guerra y me sorprendió que él fuera uno de los soldados que habían peleado con el grupo más importante del sur de Thralnia. Me parecía increíble que alguien con una discapacidad, no sólo podía defenderse en una pelea, sino que también había sido uno de los mejores soldados que lucharon contra los demonios. No se mostró ofendido ante mi sorpresa, un hecho que observé con lástima, pero con un tipo de alivio. Su actitud demostraba que estaba acostumbrado a mi total falta de civismo. Como mi padre me había dicho una vez, parecía

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estar fuera de forma, pero nunca lo había lamentado hasta que conocí a Alix. Lo tomó todo con calma, me sonrió y dijo: —No tienes por qué creerme. Te lo demostraré un día. No entendí las emociones que con su primera sonrisa brillaron en mi interior. Tal vez me enamoré en ese momento, pero sinceramente, lo dudo. Representaba un misterio para mí, uno que tenía que descifrar. Pero la sinceridad de la sonrisa y la forma en que simplemente parecíamos encajar, nos empujaba en un curso de acción que eventualmente nos llevaría a encontrar muchas cosas que no queríamos. Por mucho que me gustaría hoy presumir de la fuerza de nuestra conexión, la verdad es que los dos éramos demasiado tercos y orgullosos para aceptar encontrar el consuelo en los brazos del otro. El concepto no se me ocurrió al principio, porque, ¿cómo podría enamorarme de un hombre? Sexualmente, podía aceptar que los hombres compartieran mi cama. ¿Pero amor? No podía imaginar que algo así sucediera entre dos hombres. Tal vez fue por eso que instintivamente traté de alejarlo al igual que él. Y, sin embargo, a pesar de nuestra indecisión y torpeza, ese primer día, provocó algo entre nosotros que no podíamos ignorar u olvidar. *****

Un día después de la fiesta:
e desperté sintiéndome mejor de lo que me había sentido en años. Por un momento, no podía pensar en una razón para este repentino sentimiento de bienestar y luego me acordé: la fiesta, Alana, mi paseo por los pasillos y… Alix.

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Mis labios se torcieron en una sonrisa al pensar en mi nuevo mejor amigo. Había esperado que fuera amargado y aburrido, pero una vez después de romper el hielo inicial, había demostrado ser una compañía muy agradable. Había hecho un par de chistes malos, pero él se echó a reír, no realmente por los chistes, pero lo

aceptaba debido a mi escaso talento como artista. No sólo eso, sino que fue sorprendentemente fácil hablarle y pronto me di cuenta que teníamos muchas cosas en común, entre otras cosas, nuestra aversión general por la guerra. Tenía que volver a verlo. Me puse uno de los trajes más casuales, pantalones de cuero y un abrigo a juego, decidiendo renunciar a la capa ya que no tenía planes inmediatos de abandonar el castillo. Me até mi espada a la cintura y salí del cuarto. Pero entonces, me di cuenta que, aparte de su nombre, realmente no sabía mucho acerca de su deber aquí en el castillo. Habíamos hablado de muchas cosas, pero de alguna manera, su ocupación nunca había salido. Con ese pensamiento, otro más inquietante vino. Me quedé helado cuando me di cuenta de lo que pensaba hacer. Yo, Jan’ke Nightbourne, sin razón aparente, quería ir en busca de un extraño que había conocido la noche anterior. Y ayer en la noche, había abierto mi alma al mismo desconocido, confiándole cosas que nunca había compartido con otro. Ni siquiera con mi propia sangre. Ellos no sabían lo que había pasado en la guerra o simplemente lo ignoraban. No obstante, este hombre, Alix, se las había arreglado para convencerme de compartir mis sentimientos más personales y privados. La ira creció e inmediatamente cambié de dirección, ya no deseando verlo. Si me encontrara con el fae, en particular en este momento, era probable que hiciera algo que lamentara, como darle un puñetazo en la cara o algo similar. Todavía furioso, me dirigí hacia la sala principal con la esperanza de encontrar a mi hermano allí. A pesar de su superficialidad, por lo general, Lar me entretenía y, posiblemente, podría hacer que me olvidara de mi indiscreción. Por desgracia, cuando entré a la sala principal, observé que mi hermano no estaba solo, sentado en la gran mesa. Sentada en una de las bellamente tallada sillas y delicadamente bebiendo de un vaso de cristal, estaba Alana Windwisp. A su lado, estaba sentado mi padre, por supuesto, mirándola como un halcón. Al entrar, su atención se volvió de inmediato hacia mí y maldije ante mi estupidez y mala suerte de venir aquí. No me sentía de humor para soportar otro intento de emparejamiento de su parte o la de mi padre.

Para mi disgusto, sin embargo, no tenía más remedio que unirme a la mesa. —Hola, Jan. —Mi padre me saludó con una formal reverencia—. ¡Qué placer verte en el desayuno! Sonreí y asentí rígidamente antes de inclinarme hacia Alana y besar su mano como era la costumbre. —Buenos días —dije simplemente. Para ser honesto, la presencia de Alana en nuestra mesa me sorprendió. A pesar de su posición como la hija del Conde, seguía siendo una mujer y las mujeres no comen en la misma mesa con los hombres. Ni siquiera a mis hermanas, que también eran conocidas y altamente respetadas por su posición en la sociedad de los elfos, se les permitía comer con ninguno de nosotros tres. Me pareció muy raro y me atrevo a decir, un poco maleducado. Aunque personalmente no podía ver ninguna razón por la cual las mujeres debían de ser excluidas de las casuales comidas, me molestó reconocer que el Conde había usado su influencia y poder para alzar las normas escritas que debían respetarse. Si Alana Windwisp se le había permitido comer en el salón principal, ¿por qué no a mis hermanas o a mi madre? Por supuesto, no pude expresar mi descontento general con el tema y en su lugar, me encontré obligado a soportar una conversación llena de sonrisas falsas y vergonzosas insinuaciones de mi padre y cuando el Conde se unió, de él. La hora del desayuno terminó y estaba furioso, diez veces más furioso de lo que había estado antes de entrar al salón principal. Si intercambiaba una palabra más con cualquiera de los presentes, estaba seguro que afectarían gravemente a la persona en cuestión. Dándoles un movimiento de cabeza como despedida, abandoné la sala con rapidez, por lo que mi escape se dio antes que me pudieran acorralar y tratar de entablarme en una conversación con la hija del Conde. Con todo lo que había pasado, necesitaba desahogarme. Me dirigí a la sala de entrenamiento. El palacio de los fae contaba con un gran cuartel, que albergaba a guardas imperiales fae, así como campos de entrenamientos preparados y protegidos por los guardias. Junto a éste, había un campo de combate más grande construido para los combatientes más experimentados. A veces, los principiantes salían de este campo lleno de cicatrices, o en la mayoría de los casos,

sangrando por sus contrincantes guerreros, supuestamente para aprender sus movimientos y agilidad. Esta costumbre me irritaba y esperaba que estos principiantes no estuvieran el día de hoy. Muy a mi pesar, cuando entré en los campos de entrenamiento, no fueron a estos guerreros a los que vi. Me di cuenta que algunos probablemente estaban alrededor, ya que la zona parecía inusualmente ocupada. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, mis ojos fueron atraídos por el elfo ciego que ocupado movía su espada contra su compañero, un fae, que se encontraba abrumado por sus movimientos. Me encontré mirando con asombro los movimientos de lucha de Alix, un depredador mortal que no hacía ruido al cortar con su espada el aire. Podría decir que su compañero no tenía ninguna oportunidad en esta batalla, sobre todo porque Alix parecía especialmente cruel y feroz. Tal vez fue mi impresión, pero la forma en la que Alix luchaba exudaba una especia de violencia y odio que no era del todo necesario. Aplasté mi sorpresa y reprimí un suspiro de decepción. Por todas mis emociones en conflicto con respecto a nuestra conversación, no esperaba que fuera otro guerrero sediento de sangre deleitándose con su propio poder de destruir. Cuando Alix desarmó a su oponente, empecé a aplaudir irónicamente. —Hermosa batalla —dije, el sarcasmo volviendo gruesa mi voz—. Me pregunto, ¿tendría el mismo éxito contra mí? Los dos sabíamos la respuesta a esa pregunta, ya que él mismo había admitido que no me había escuchado cuando me acerque. Contaba con su oído al luchar y sin éste, no podría vencerme. —Tal vez otro día, Señor Nightbourne —dijo Alix con frialdad—. Me temo que no estoy acostumbrado a un guerrero de su nivel. Esperaba una excusa, un tono fingidamente cansado o aburrido, tal vez que me dijera que estaba ocupado en otra cosa. Lo que no esperaba era que fuera honesto y aceptara, por una vez, que perdería en ello. La gran vulnerabilidad de ese simple hecho me hizo sentir la persona más baja del planeta y no tuve que ver

sus ojos para saber que estaba decepcionado de mí. Me había dicho la noche pasada que se enorgullecía de ser capaz de luchar a pesar de su discapacidad. Ahora, lo primero que hacía al verlo, era burlarme de él con ese conocimiento, rompiendo su confianza. Abrí la boca para decir algo, cualquier cosa que pudiera arreglar mi error. Alix, sin embargo, demostró ser más rápido de lo que me había dado cuenta y en un instante, había abandonado el área de formación y se alejaba del salón. Quería ir tras él, pero por desgracia, me encontré interceptado por el compañero de Alix, un alto y musculoso elfo, con las características elegantes de un fae, ahora arrugadas mientras fruncía el ceño. —No me di cuenta que conocía al elfo ciego, Señor Nightbourne —dijo el hombre con una pequeña sonrisa—. Tengo que decir que no he visto que alguien le haya hablado de esa manera. Tal vez le enseñará a ser menos arrogante. —Y quizás hay razones para su arrogancia —le respondí—. No se olvide, que a pesar de nuestras palabras, limpió el piso con usted. Los ojos del hombre se abrieron ante mi grosera respuesta. De inmediato tomó su espada, pero yo era más rápido y lo intercepté antes que pudiera desenvainarla. —Eso no es muy inteligente. No saque su espada. La arrogancia parece estar unida a los fae. Sin decir una palabra, le di la espalda al hombre, sabiendo que no se atrevería a atacarme. En verdad, podía fácilmente sacar rango y reclamar que me había ofendido en primer lugar, ya que se me había acercado, como si fuéramos los mejores amigos o estuviéramos en el mismo nivel. Tal cosa no podía ser el caso, porque estaba familiarizado con los generales fae. Mientras que no disfrutaba de su compañía, nos respetábamos mutuamente por nuestra capacidad en la batalla. Sin embargo, no pude evitar preguntarme si tal vez había alguien que se mereciera más eso, alguien a quien estúpidamente había ofendido y humillado a causa de mi propio orgullo. Hacía tiempo había llegado a un acuerdo con mi defecto del orgullo como elfo. La naturaleza elfo nos maldijo haciéndonos casi absurdamente presuntuosos. Ni siquiera yo, que hacía tanto tiempo

me había cansado de la falsedad de la sociedad de los elfos, podía escapar de esa maldita arrogancia. Lo que me hizo sorprenderme, sin embargo, fue disculparme realmente con un extraño cuando no estaba obligado a hacerlo. Una parte de mí nuevamente me empujaba lejos de Alix, nada dispuesto a aceptar que había cometido un error. Pero otra parte, la parte que había visto la enferma estupidez de los elfos, esa parte me empujaba hacia delante, en ir en busca del extraño por el cual me sentía particularmente atraído. Podía pensar en un sólo lugar donde buscar a Alix. El jardín, donde nos habíamos conocido la noche anterior. No me costó encontrar el camino a través de los pasillos, corriendo hacia mi destino. Una urgencia que nunca antes había experimentado me empujaba hacia delante, pero me obligué a calmarme, sabiendo que la prisa llamaba una atención no deseada. Dudaba que alguien me siguiera y más cuando podía detectar a una persona imprudente, pero no quería correr el riesgo que alguien me conectara con el fae ciego. Ambos teníamos ya suficientemente complicada nuestra vida como para hacerlas más difíciles a través de nuestra asociación tan singular. Eso sería un grave error. Y, sin embargo, no se me ocurrió, ni siquiera una vez, que fácilmente podría solucionar el problema ignorando por completo a Alix. No se me acercaría por sí mismo, no después de lo ocurrido en el campo de entrenamiento. Si quería cortar cualquier posible conexión entre nosotros, entonces éste era el momento perfecto. No obstante, mi mente no registró esa alternativa y seguí haciendo mi camino a través de los pasillos del palacio en dirección al jardín. Cuando llegué a mi destino, me encontré curiosamente sin aliento y casi jadeando. Una emoción que no podía nombrar se apoderó de mi corazón, y me di cuenta, que de hecho, venía de ahí. —Hola —comencé dudosamente e hice una mueca de dolor cuando Alix se puso tenso. —Buenos días, Señor Nightbourne —respondió formalmente, dándome la espalda. Aun cuando me di cuenta que no podía verme, su gesto me decía que ni siquiera deseaba hacerlo, que no quería verme, y eso

me dolió más de lo que hubiera creído posible. De ninguna manera era un hombre de emociones. La guerra había matado muchas cosas dentro de mí y una de esas había sido la capacidad de experimentar dolor. O al menos eso había pensado. Me sacudí mentalmente, no permitiéndome perder la calma y entrar en pánico. Los sentimientos no eran, después de todo, completamente nuevos para mí. Había amado, reído y perdido, como cualquier otro elfo, antes de la guerra. Tuve sensaciones y experimenté la pasión, había sonreído y bailado, disfrutado de la suave brisa en mi pelo. Tomé una profunda respiración y me centré en lo que quería decir. ¿Qué tan difícil podía ser, después de todo? Alix y yo habíamos encajado, por falta de una mejor palabra, la noche anterior. No había humillación en admitir un error frente a un amigo. —Sólo quería disculparme por mi actitud en el campo. Lo lamento realmente. —Está bien —dijo Alix en voz baja—. Entiendo. Por la forma en que mantenía alejado su rostro, dudaba que realmente hubiera entendido. Sospechaba que pensaba que lo había humillado a propósito. Tal vez lo hice, simplemente por mi propia furia, mi enojo consigo mismo por revelar mis secretos más íntimos a casi un desconocido. Aun así, lo cierto era que realmente lo lamentaba ahora. Hay cosas que no podían curarse con un simple «lo siento», pero de todas maneras, esperaba no haber arruinado la opinión de Alix sobre mí para siempre. —No, por favor, escucha —le dije con entusiasmo, en un impulso, agarrándole la mano. Se apartó de mí como si le hubiera dado una bofetada y me maldije por dentro dándome cuenta de la rudeza de mi acción. Me tome libertades que simplemente no se permitían en la sociedad de los elfos, sobre todo, no entre dos hombres, no desde las leyes de sodomía. Suspiré profundamente y lo intenté de nuevo—. Estoy haciendo todo esto mal. Sólo quería que supieras que lo que pasó allí es algo de lo que estoy profundamente avergonzado. Me gustaría eliminar mis palabras, decir algo para arreglar las cosas, pero no puedo. Y ahora, una vez más estoy siendo presuntuoso sobre algo no previsto. Espero que seas tan amable para que perdones mi estupidez y empezar de nuevo en este día.

Alix se volvió y miró en mi dirección. Obviamente, no me podía ver, pero yo sí y pude darme cuenta que estaba sorprendido por mi auto-flagelación. Sus labios se torcieron en una pequeña sonrisa, la misma que había hecho derramar mis profundos secretos la noche anterior. Comprendí que de alguna manera, a través de algún milagro, las cosas se habían arreglado. —Disculpa aceptada —dijo Alix—. Siéntate ahora y dime qué te hizo enojarte tanto. Acepté su invitación y me senté en el banco junto a él. Las palabras fluyeron de mi boca: todo lo que había sucedido después de irme la noche anterior, mi encuentro con el Conde y Alana, mi irritación con los Windwisp y el intento de mi padre por unirnos; incluso le conté mis pensamientos frustrados al despertarme. No me di cuenta de lo mucho que le había dicho hasta que me quedé sin cosas que decir. Dejó escapar una risita que no parecía del todo ofendida. —Un extraño dúo, tú y yo —dijo con una sonrisa—. El hecho curioso es que ambos podamos ser tan estúpidos, tercos y orgullosos de buscar venganza por una simple conversación. Le sonreí al darme cuenta que él, a su manera, me había correspondido con una confesión similar. Ahora entendía su profunda ira en el campo y por alguna razón, esas palabras, me hacían sentir incluso más cerca de él. No lo sabía en ese momento lo que nos deparaba el futuro, sólo que quería conocer más del misterioso Alix Skyeyes.

CAPÌTULO IV

Alix Skyeyes: Una insólita amistad.
sa noche daba inicio a un juego que podía cambiar nuestros destinos. Mientras que toda la nobleza élfica estaba ocupada en la fiesta, nuestro tiempo lo pasamos simplemente hablando, hablando de todo y nada realmente, acerca de insignificantes detalles personales y secretos de nuestras vidas. No puedo describir los sentimientos que me invadían en ese entonces. Aunque odiaba mi propia imprudencia, no podía dejar de contarle mis más íntimos secretos, revelándole mi mayor debilidad, la cual alguien podía usar en mi contra. Ahora me doy cuenta que de alguna forma nuestra primera reunión debería de habernos advertido de la conexión destructiva entre nosotros. En parte lo supe, el día después de la fiesta cuando estaba tan enojado que casi mato al idiota de Sorhel en el campo de entrenamiento. La pérdida no habría sido demasiado grande y encontraría cierto alivio de la ira y el estrés que me invadía. O tal vez me perdería incluso más. ¿Quién en el mundo lo sabía ahora? En cualquier caso, lo que sí sé es que, frente a la evidencia innegable que Jan me dominaba, no me arrepiento de todo lo que sucedió desde entonces. No me arrepiento de cualquier torpe disculpa aceptada, ni me arrepiento de enamorarme de él. Este amor es mi maldición y bendición, y lo acepto con el corazón ardiente y un alma sangrante. *****

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l día después de la fiesta, me desperté con un dolor de cabeza y con una ardiente fiebre. Esta condición se había convertido en un fenómeno cada vez más común y me

hubiera preocupado si no fuera por la duda que iba a vivir el tiempo suficiente para que cualquiera enfermedad me consumiera. Ese día, sin embargo, la fiebre muy rápidamente se convirtió en una sensación que conocía demasiado bien. Me acordé de los acontecimientos de la noche anterior, del sonido de la voz de Jan’ke Nightbourne y mi propia estúpida confianza en él. Me acordé de su furtiva escucha de mi canto. Muchas veces, me había jurado que no permitiría que nadie me volviera a oír cantar. Y, sin embargo, la noche anterior, le había perdonado muy fácilmente. Mis acciones eran imperdonables. Mis palmas empezaron a picar y mi piel estalló en un sudor caliente. Preocuparme se convirtió en un muy lejano pensamiento. Como sabía cómo lidiar con mi enojo, supe qué tenía que hacer para vencer y apaciguar el fuego en mi sangre. La única forma de purgar mi ira, era empezando de nuevo… tenía la energía suficiente como para matar, el poder de una violencia extrema. Le había dicho la noche pasada a Jan que odiaba la guerra con pasión, que lo que más odiaba era a todos aquellos que se deleitaban con las consecuencias. Había mucho más que eso, sin embargo, pero era más de lo que me atrevía a expresar. Incluso en el más oscuro de mis momentos, me negaba a admitirlo. En secreto, la guerra me había salvado. El olor de la sangre, el sonido de los cuerpos muriendo y la ferocidad de las batallas, de alguna manera me habían mantenido cuerdo cuando probablemente debería haberlo perdido el juicio hace mucho tiempo. Cantaba con dolor, no sólo por mis compañeros muertos, si no por mi corazón muerto. No entendía mi necesidad, mi particular necesidad de destruir, de hacer daño. Había sido así desde que puedo recordar. No obstante, lo más extraño, no era en sí mismo el deseo, sino el descuido del mismo. Mi alma y corazón se rebelaban contra todo lo que soy y lo que he hecho, pero mi cuerpo anhelaba la sensación de la sangre fresca y mis manos se deleitaban con el reconfortante peso de mi mortal espada. Más que mi ceguera, la oscuridad en mi corazón me separaba del resto de los fae. Aunque despreciaba a los elfos que encontraban placer en la destrucción si motivo y que pasaban toda

su vida clavando morbosamente mariposas como colecciones, al mismo tiempo, necesitaba una destrucción similar para sobrevivir. Me sacudí a mí mismo, escogiendo al azar un traje del armario, que identifique a través del bordado especial que mi madre había tenido la delicadeza de hacer para que los distinguiera. Odiaba su idea con pasión ya que era un recordatorio de mi discapacidad. Los vestidos de los fae que eran normales no tenían tales decoraciones y joyería o los accesorios que usaban para completar sus looks eran puramente con fines estéticos. No deseaba tales adornos inútiles, pues no encontraba la belleza en esto. Tal vez al juzgarlas sólo por el tacto, era algo injusto. Pero la vida había sido mucho más injusta hacia mí de lo que podía ser con otra persona. Furioso por mis reflexiones internas, me vestí con rapidez, mi espada atada a mi cintura y salí de mi habitación. A diferencia de la mayoría de los soldados fae del ejército, no vivía en el cuartel, en cambio, compartía una casa con mi madre. Otra de las muchas diferencias entre ellos y yo, de las muchas cosas que me señalaban como anormal. A veces, me preguntaba qué dirían si realmente me leyeran la mente. Incluso los morbosos elfos oscuros se horrorizarían. Por el momento, dejé esos pensamientos a un lado. No podía escuchar la melodía que había cantado la noche anterior. Mi propia canción vino a mí como un recuerdo lejano, algo que reconocía y sin embargo, simplemente parecía flotar como si fuera de otra persona. Mi enojo me abrumó del todo y sonreí, mi sangre ya bailando por la emoción de la batalla que se acercaba. La ira me daba el poder para sobrevivir, la misma rabia, odio y pasión de destrucción. Les daba la bienvenida ya que si no hubiera sido por esos oscuros sentimientos, me habría derrumbado bajo el peso de mi propio orgullo. No tardé más que unos minutos en llegar al salón de entrenamiento. Navegué a través de los pasillos ocupados por el humilde ejército. No lo hice por mí, sino para incomodar a los soldados que les resultaba imposible esquivarme y también para fastidiar a los carros de suministros que normalmente transitaban sin ningún problema. Podía oír sus voces susurrando mientras pasaba, como una estática maligna en el borde de mi consciencia. Sabía que no debía dejar que me incomodara, estaba

acostumbrado a su desdén. Se hablaba de una maldición, de la indignidad de mi madre y de mi natural existencia. La ceguera innata nunca se había visto antes en la sociedad de los elfos, y no ayudaba que, a pesar de mi discapacidad, parecía ser el mejor guerrero entre ellos. Algunos días, me reía de sus idioteces, sabiendo que no podían entenderme o a mi madre. De hecho, ella tenía sus defectos, tal y como yo. Esos defectos que ambos poseíamos habían causado un abismo entre nosotros. Era mi madre, sin embargo, y sabía que era diez veces mejor que cualquier persona de aquí. Con ese conocimiento, a menudo y en secreto, me reía en sus caras. Sin embargo, había días en que la superficialidad y el odio me afectaban. Pero hoy no. Hoy, cada palabra alimentaba mi llama de ira a medida que me encontraba invadido por la misma necesidad de destruir que había experimentado durante la guerra. En aquel entonces, y muchas veces desde allí, había culpado convenientemente que mis deseos eran debidos a las circunstancias. Hice lo mismo el día de hoy, como siempre, culpando a las circunstancias por mi enojo y mi peculiar temperamento violento y mi repentina sed de sangre, deseando cerrar voluntariamente los ojos ante el problema. No me importaba mi deseo de matar, porque en estos momentos, no lo veía como algo antinatural. Fue Sorhel quien tuvo la mala suerte de ponerse en mi camino. Era uno de los pocos fae que tenían el valor, o tal vez la estupidez, de retarme en una batalla. Sabía que lo irritaba terriblemente porque aunque era más fuerte, yo era mejor que él. No importaba lo que hiciera, no podía convencer a los generales que necesitaban eliminarme del ejército. El General Rothin no era un hombre amable, pero reconocía mi capacidad en batalla y por esa razón, se había negado repetidamente a exiliarme de mi posición. No me engañaba pensando que le agradaba. Rothin había mostrado su desdén hacia mí con bastante claridad en el pasado. Sin embargo, a diferencia de Sorhel, me veía útil y estaba dispuesto a permitir mi presencia mientras siguiera siendo útil para la nación, lo que en verdad quería decir, útil para él. Esto irritaba terriblemente a Sorhel y a menudo tenía la increíble estupidez de desafiarme. Ahora, el combate sería un partido amistoso, si el evento fuera normal, destinado a capacitar

los músculos, la agilidad y la habilidad de los combatientes. Si me convirtiera en uno de esos combatientes, no obstante, podría contar que el combate se daría con verdaderas y afiladas espadas. La violencia en cualquier batalla, así sea un entrenamiento, podía amenazar la vida de los dos combatientes. Al final, nadie daría un parpadeo si el elfo ciego accidentalmente moría en el campo de práctica. Me pregunté qué harían si tal cosa le pasara a Sorhel. Como de costumbre, lo sentí acercándoseme, incluso antes que se pusiera de pie a desafiarme. —Alix —espetó bruscamente—. Hoy luchamos. Miré en su dirección, no por primera vez deseando poder usar mis ojos aunque sólo sea para expresar todo mi desprecio hacia él. —Ciertamente, Señor Flamecloud —le respondí, sabiendo que mi voz rezumbaba sarcasmo—. Sería un honor. Sentí susurros provenientes ante mi respuesta. Eso me divertía, aunque no hasta el punto de calmar mi deseo de matar. Los elfos que rodeaban el campo ya estaban animando a Sorhel, elogiándolo por su valentía, sin darse cuenta que involuntariamente elogiaban mis habilidades y le daban a Sorhel una mala imagen. Lástima que no pudiera disfrutar del ridículo espectáculo, porque necesitaba algo más. Necesitaba sangre. El segundo sonido señaló el comienzo de la batalla, y salté a un lado, esperando que hiciera el primer movimiento. Le oí sacar su espada de la funda, la sensación especifica del aire siendo cortado por un objeto punzante, pues era tan familiar como el sonido de mi nombre. Interiormente, sonreí, preparado para esto. Si hubiera sacado primero mi espada, habría sido acusado de ilegalidad durante el combate. Aunque había muchos testigos viendo a Sorhel con su espada en mano, no obstante, no quería arriesgarme a ser juzgado y recuperé mi espada. En realidad, si mataba al idiota elfo, probablemente perdería mi posición en el ejército o algo peor. Pero no todos se encontraban a favor de Flamecloud y no todo el mundo estaba dispuesto a arriesgarse contra mi ira, y a la ira del General fae. Su cobardía me hizo fuerte, pero de nuevo, nunca había estado una vez a salvo en toda mi existencia.

Sorhel parecía haberse olvidado de las reglas de no matar. Se abalanzó sobre mí con temeridad y su espada silbó hacia mí, así que esquivé su movimiento con facilidad. Luchó bien, pero como siempre, mi oído me advertía de todos sus movimientos y por lo tanto no podía hacer nada para sorprenderme. Disfrute durante un tiempo, ni siquiera usando mi espada, lo que le permitía que desesperadamente tratara de alcanzarme, aprovechándose con desdén. Lo llevé al estado de extenuación, como sabía que pasaría, y cuando sentí que estaba cansado, empecé a atacar. Era ridículamente fácil. Se convirtió en el juego del gato contra el ratón y permitía que mi ira fluyera hacia él, sintiendo satisfacción mientras me impulsaba, cada vez con más violenta energía. En cuestión de minutos, se rindió, cayendo. Escuché la caída de su espada al suelo con un ruido sordo. En silencio, me maldije. Me perdí disfrutando y había perdido mi oportunidad de derramar su sangre en mis manos sin arriesgarme a un gran castigo. Si lo mataba ahora, me matarían. Mi enojo creció exponencialmente a medida que vi la meta a mi alcance y a la vez tan lejos. De repente, mis ojos parecían llamas, las llamas dentro de mis venas se fueron a concentrar en mi visión. Al mismo tiempo que levantaba mis manos a inspeccionar mis ojos, el sonido de palmas detrás de mí estalló. Me puse tenso, no había detectado la presencia de otra persona. Eso significaba que el sonido procedía de una persona, la misma que había causado mi ira en primer lugar. Si luchara contra esa otra persona, entonces renunciaría a mi puesto en el ejército, porque mis sentidos eran inútiles como un recién nacido. Para mi gran alegría y consternación simultánea, la voz de Jan llegó un segundo más tarde. —Hermosa batalla —dijo, el sarcasmo espesando su tono—. Me pregunto, ¿tendría el mismo éxito en mi contra? Su observación me golpeó con la misma fuerza que la ira que se apoderó anteriormente de mí. Unas peculiares nauseas me

invadieron cuando me di cuenta que estaba usando la información que imprudentemente le había dado la pasada noche para humillarme, para burlarse de mi vulnerabilidad. No lo escuchaba y él lo sabía. Mi enojo desapareció casi al instante, remplazado por un dolor que no entendía. ¿Por qué me sentía triste? No lo sabía. Lo que si sabía era que tenía que salir de allí, rescatando cualquier dignidad que me quedara y retirarme a un lugar donde esconderme a lamer mis heridas en silencio. —Tal vez otro día, Señor Nightbourne —le respondí, sintiéndome orgulloso que mi voz sonara sin emociones—. Me temo que no estoy acostumbrado a un guerrero de su nivel. A partir de los jadeos apagados de la multitud que nos rodeaba en el campo, me di cuenta que mi admisión de inferioridad sorprendió a los elfos que habían venido a ver la batalla. La mitad de mí quería desesperadamente ver la expresión de Jan, para saber lo que pensaba de mí. ¿Acaso me despreciaba como todo el mundo? Probablemente. Desprecio era la única cosa que podía recibir de él. La maldición de mi ceguera me ayudó, una vez más. No sabía qué aspecto tenía, y sin embargo, la sola idea de verlo ahora parecía insoportable. Con un silencioso adiós al resto de los elfos, me escapé. Sólo había un lugar donde pudiera ir. Mi jardín, el jardín en el que había conocido a Jan sólo unas pocas horas antes. No era realmente mío, por supuesto, pero ya que había sido construido alejado de los demás, rara vez alguien lo visitaba, elegían los más bellos, los jardines principales. Personalmente, no podía soportar estos jardines, era insoportable la cacofonía de los sonidos y olores mezclados que llevaban a la locura mis sentidos. Tantos aromas de flores se mezclaban en un no identificable humo nocivo. Como si el resultado nauseabundo no fuera suficiente, siempre había tanta gente en el jardín principal, que la serenidad que se espera encontrar al comunicarse con la Diosa era inexistente. Cuando me senté en el banco que también identificaba como mío, destellos de recuerdos de los acontecimientos del día pasaron por mi cabeza. Para mí, los recuerdos nunca se habían visto acompañados de un corresponsal visual por lo oído y sentido, y por esta razón los recuerdos, gustos, emociones, olores… esas cosas

que recordaba venían con una intensidad mucho mayor. Me encontré sosteniendo mi cabeza en mis manos, mientras recordaba las cosas que había sentido y las cosas que casi había hecho. Si no fuera por la llegada de Jan, probablemente hubiera matado a Sorhel a pesar de lo que se me vendría encima. ¿Nunca podría liberarme de esta loca ira? ¿Siempre tendría que vivir con esta maldición? Con un suspiro, levanté mi cabeza y me maldije por caer en la autocompasión. Podía hacerlo mejor que esto. ¿Y qué si parecía estar atrapado en un círculo vicioso de violencia? ¿Y qué si todo el mundo me miraba, me traicionaba y terminaba odiándome? Tendría que seguir… tenía que hacerlo. No tenía más remedio. Mis pensamientos fallaron una vez más cuando un indeciso soldado entró en el jardín. —Hola —dijo Jan y de inmediato me di la vuelta, todavía no podía soportar ni siquiera la idea de enfrentarlo. —Buenos días, Señor Nightbourne —le contesté con frialdad. No sabía qué más quería de mí, pero en este momento, lo único que deseaba era que me dejara solo. Me dolía todo el cuerpo por agotamiento natural y tenía la intención de simplemente cerrar los ojos y dormir hasta que el mundo dejara de existir. Naturalmente, no podía ser así de fácil. Tenía que seguir existiendo y Jan tenía que seguir hablando. —Sólo quería disculparme por mi actitud en el campo. Realmente lo lamento. No sabía si reír o llorar ante sus disculpas. Tal vez debería decirle la verdad, decirle que no esperaba nada diferente. Mi enojo se originó a partir de mi error, al dejarme ser vulnerable. Al final, Jan no era culpable de mi propia estupidez. Después de todo, su actitud podía ser considerada perfectamente justificable. Por mucho que odiaba la hipocresía de los elfos, sus palabras de la noche pasada me habían hecho creer que al menos uno de ellos seguía siendo noble mientras que yo era una paria, un maldito monstruo que sólo se le permitía vivir a causa de mi extraña habilidad para matar. Me obligué a salir de mi ataque de autocompasión y me centré en dar una respuesta. —Está bien —respondí neutralmente—. Entiendo. Pero Jan se negó a terminar. —No, por favor escucha —replicó con seriedad.

Obviamente, había notado mi frío tono. Encontré mi mano, de repente, capturada por la suya, una acción que me sorprendió muchísimo, sobre todo porque no me di cuenta que se había movido. Retiré mi mano de la suya, luchando por mantener una cara fría, a pesar que la simple acción de Jan había causado que mi corazón empezara a latir a una velocidad alarmante. —Estoy haciendo esto mal —dijo Jan, ajeno a la tormenta que había causado en mi interior—. Sólo quería que supieras que estoy profundamente avergonzado por lo que pasó allí. Me gustaría no haber dicho esas palabras, decir algo para arreglar las cosas, pero no puedo. Y ahora, estoy siendo de nuevo un presuntuoso. Espero que tal vez puedas ser tan amable para perdonar mi estupidez y empezar de nuevo el día de hoy. Mientras escuchaba su voz, mi corazón se calmó y mi torturado espíritu parecía aliviarse por arte de magia. Podía oír la honestidad en su voz. Él, efectivamente, lamentaba sus palabras en el campo. También podía sentir algo más, la huella apenas palpable de la ira, como una sombra en su voz, etérea y sin embargo tan real. Sabiendo eso, me volví hacía él y le sonreí, pues había una emoción que entendía y esa era la ira. —Disculpa aceptada —le dije, ya enfrentándolo—. Ahora siéntate y dime qué era lo que te tenía tan enojado hoy. Jan suspiró mientras se sentaba a mi lado, un sonido profundo y sincero que me dijo más de lo que las palabras podrían expresar. —¿Por dónde empiezo? —preguntó retóricamente—. Creo que te dije que bailé con Alana Windwisp ayer en la noche. Asentí con la cabeza, recordando que había mencionado en efecto a la dama fae. —Si no recuerdo mal, su Señoría, su padre, trató de comprometerlos. Jan se echó a reír y adiviné que por la manera en que me había dirigido a su padre le había hecho gracia. En verdad, la situación no era nada graciosa, pues representaba la diferencia entre nosotros. Debió de haberse dado cuenta de eso, porque después de un segundo de vacilación, procedió a explicar:

—Bueno, me encontré con Alana sentada en la mesa para el desayuno acompañada de mi hermano, mi padre y luego se nos unió el Conde. Casi me eché a reír ante la evasión evidente en la cuestión, hasta que sus palabras me penetraron. —Espera… ¿en la mesa del desayuno? ¿En el gran salón? —le pregunté incapaz de mantener la incredulidad lejos de mi voz. Era inaudito para una mujer, aún para una de la realeza, unirse a los hombres en la mesa. Una sensación de súbita inquietud se apoderó de mis entrañas, pero la ignoré, centrándome en las palabras de Jan en su lugar. —Es increíble, lo sé —me respondió con un suspiro—. No pude creerle a mis ojos cuando la vi. Hizo que me enojara mucho. No es que esté de acuerdo con eso de la separación de géneros, es algo estúpido. Sin embargo, el Conde empuja su autoridad sobre nosotros y pasa por alto las reglas que los demás deben obedecer. Eso no lo puedo aceptar. Asentí seriamente y estaba a punto de decirle que esto realmente era un grave problema. Si el Conde Windwinsp tenía esa autoridad, fácilmente podría comprometer a su hija con Jan, aunque él no tuviera deseos de casarse con ella. Por alguna razón, desprecié el mero pensamiento. Pero entonces, Jan decidió hacer otra revelación sorprendente. —De verdad, algo más me hizo enojar, incluso antes de ver a Alana —dijo casi con timidez. —¿Ah, sí? —pregunté, intrigado—. ¿Qué? —En verdad no podía imaginarme nada que pudiera enojarlo más que los intentos de su padre de casarlo. —Tú y yo, en realidad —respondió Jan—. Cuando desperté esta mañana, me sentí estúpido por nuestra conversación de anoche. Pensé que eras poco confiable y que no debí haberte dicho todas esas cosas. Oí el familiar sonido de un cuerpo siendo golpeado y supuse que Jan se había abofeteado por lo que acababa de admitir. —¡Oh, Diosa! No puedo creer que acabe de decir eso —añadió, confirmando mi sospecha.

Todo el incidente probablemente me hubiera disgustado si no fuese por el hecho que yo había experimentado exactamente lo mismo esta mañana. Más aún, me di cuenta que simplemente no podía permanecer enojado con Jan. Había algo en él, su honestidad y peculiar pureza de sus opiniones. Era una persona extraña, tan marcada por la batalla, pero conservaba todavía ese idealismo inocente que lo hacía casi como un niño. La culpa envolvió mi corazón por todas las cosas que le escondía, por mis pensamientos. Comparándonos, me sentía sucio. Me sacudí, no deseando que se diera cuenta de la dirección que mis pensamientos habían tomado. Si íbamos a conservar esta extraña amistad, tendría que esforzarme un poco más. —Extraño dúo, tú y yo —le dije, forzando una sonrisa que no terminaba por sentir—. Un hecho curioso, que ambos seamos tan estúpidos, tercos y orgullosos para buscar venganza por una simple conversación. Mientras decía estas palabras, me di cuenta que mi corazón de repente parecía más claro. No le había dicho demasiado, pero a mi manera, le había confesado mi enojo. Tal vez algún día estaría dispuesto a compartirle mis secretos. Tal vez algún día él me curaría de mi maldición. Poco sabía que Jan sería, en definitiva, capaz de lograr lo que Sorhel y los demás elfos no habían logrado hacer a través de su odio. Poco sabía que él, tan honesto y puro, me empujaba por el borde a la oscuridad.

CAPÌTULO V

Jan’ke Nightbourne: Te escucho.
espués de esa situación, empezamos a caer en una peculiar rutina. Nuestras reuniones poco a poco se convirtieron en acontecimientos regulares. Hice todo lo posible para que fueran discretas y Alix estuvo de acuerdo, a sabiendas que probablemente era lo mejor para ambos. Me preguntaba a veces si eso de vernos a escondidas no era injusto, ya que, en verdad, no teníamos nada de qué avergonzarnos. Después de todo, éramos simples soldados que comparten sus historias de guerra y pasados oscuros. Sin embargo, ahora sé, que lo que sentíamos el uno por el otro iba más allá de simple camaradería. Sospecho que Alix lo supo incluso antes que yo, pero que tuvo miedo de decírmelo. Algo justo que no confiara en mí, porque al final, lo dejé de la peor manera. Habían sido mis malas decisiones las que nos llevaron por el camino del dolor y la pérdida. Había ocasiones en las que el silencio destacaba, sólo disfrutando de la presencia del otro. No pensaba mucho en ello, porque el silencio nunca fue incómodo. En cambio, proporcionaba una especie de consuelo y pronto entendí que esos momentos tenían un significado más profundo. A través de ellos, Alix se convirtió en la única persona en el mundo que me escuchaba, que realmente lo hacía. Recuerdo el día en que me di cuenta que mis sentimientos por Alix iban más allá de la amistad. Tal vez, si hubiera sabido lo que más tarde iba a pasar, nunca le hubiera compartido esos sentimientos. Tal vez los hubiera enterrado profundamente en mi

D

interior y rechazado. Hubiera sido lo mejor… ¿O no? No puedo saberlo. Lo que sí sé es que siempre me culparé por haberle causado dolor a mi amado. Porque en verdad, hoy me doy cuenta que todos mis errores y mi egoísmo fue el que alejó a Alix. Me doy cuenta que sobrepasé las ventajas del palacio fae y el placer del afecto. Al final, mi egoísmo nos había condenado. ***** na vez más, mi padre, Lar y yo, tuvimos una reunión en el desayuno con el Conde Windwisp y Alana. En varias ocasiones, indirectas eran lanzadas por mi padre pero le resté importancia a mis preocupaciones. Todo el grupo, por pequeño que fuera, parecía muy contento con el arreglo que sospechaba que estaban trazando secretamente en mi contra. A veces, atrapaba a Alana dándole una sonrisa misteriosa a mi padre y no me gustaba la idea de lo que probablemente se escondía detrás de esa sonrisa. De alguna manera, a través del transcurso del desayuno, me las arreglé para no lanzarme contra ninguno de los ocupantes de la mesa. Lo único que me impedía estrangular a alguno de los idiotas era la certeza que pronto iba a ver a Alix. Mi adicción por él se había vuelto peligrosa, pero no podía detenerme. Cada día, mis pasos me llevaban inexorablemente al jardín interior, donde sabía que estaría esperándome. Cada día, anhelaba más y más de él. Me decía que eso tenía que parar, pero no podía reunir la fuerza para hacerlo. La razón parecía haber volado por la ventana y nada podía hacerme renunciar a mis reuniones clandestinas con Alix. Últimamente, se había convertido en el único punto brillante que me mantenía cuerdo en este mundo, de lo contrario me hubiera vuelto loco. Apresuré mis pasos, la necesidad de ver a mi misterioso amigo ardía en mis venas. Le di las gracias a la Diosa por el sigilo que me impedía ser escuchado. Nadie estaba al tanto de mi presencia mientras atravesaba el castillo hacia el jardín interior. Cuando llegué a mi destino, esperaba en el mismo banco que había estado sentado el primer día. Me había confesado una vez, que en efecto, le gustaba venir aquí, por el silencio y la soledad.

U

Hubiera pensado que era una costumbre animal, pero sospechaba que sus visitas eran de mero disfrute. Sospechaba que el que estuviera aquí ese día no era una coincidencia al azar y que venía aquí a ciertas horas y días determinados sólo por satisfacerme. Seguir pensando eso, sin embargo, conducía a una dirección muy peligrosa para ambos. Abrí la boca para saludarlo, pero mis palabras se congelaron en mis labios cuando Alix me miró con sus ciegos ojos y sonrió. —Hola, Jan. —Tú… ¿cómo sabías que estaba aquí? —tartamudeé, la incredulidad corría por mis venas. Alix sonrió, haciendo un gesto para que me acercara. —Te oí, naturalmente. —Eso es imposible —le dije mientras aceptaba su invitación y me sentaba a su lado—. Nunca nadie me oye cuando camino. Soy prácticamente un fantasma. Mi compañero ciego se burló. —No seas ridículo. No eres un fantasma. No eres más que un muy buen soldado. Parpadeé sorprendido por el bromista comentario. Era el eufemismo del siglo y Alix lo sabía, pero no parecía dispuesto a tener una conversación acerca de mis virtudes como soldado. —Así que… ¿cómo estuvo el desayuno? —preguntó, con una fugaz sonrisa cruzando sus labios. Le conté a Alix sobre Alana y la insistencia de mi padre de conseguir una relación más íntima entre nosotros. Ahora, cada vez que nos veíamos, Alix me preguntaba sobre cómo iban las cosas con ese tema, sonriendo cuándo me preguntaba sobre si me enfrentaba a mi padre y saboteaba sus planes. —Nada especial hoy —respondí con tristeza—. Me faltó inspiración. Alix se rio por la tristeza en mi voz. —¿Qué puedo hacer para animarte?

Mi boca se secó y me esforcé por darle una respuesta. Mientras lo miraba, entonces, me di cuenta que la respuesta a su pregunta podría llevarme a la perdición. Ansiaba sentir sus labios contra los míos, los deseaba obsesivamente. Quería que Alix susurrara mi nombre con esa hermosa voz musical, una y otra vez, mientras hacíamos el amor. No era un extraño sobre las relaciones sexuales entre hombres. Antes de la guerra, había tenido gran cantidad de cuerpos masculinos retorciéndose debajo de mí. Sin embargo, mi deseo por Alix iba más allá de la liberación sexual o la lujuria. Mi corazón, el corazón que había pensado congelado e incapaz de sentir, lo anhelaba. La pasión que ardía en mi interior parecía una locura, desviada y estúpida, y sin embargo, no podía desterrarla. Todo sobre Alix, sobre su poder, su silencio, su imprevisible temperamento; desde sus ojos ciegos a su melodiosa voz sorprendente, me atraía. Quería gritar cuando llegué a la conclusión que una vez más, quería algo que estaba fuera de mi alcance. Pero si no podía tener a Alix, por lo menos podía escucharlo cantar de nuevo. —Canta para mí —dije antes de poder cambiar de opinión. Se vio desconcertado y de inmediato me arrepentí de mi petición irracional. Me había hablado sobre su malestar cuando lo escuchaban cantar y sin embargo esperaba, deseaba que las cosas fueran diferentes entre nosotros. Ansiaba escuchar su canción de nuevo, ansiaba todo de él. —Lo siento —me disculpe rápidamente—. No tienes que hacerlo si no quieres. Tomó mi mano y sacudió la cabeza, sonriéndome cálidamente. Me miró a los ojos, y me sentí enfermo por estar agradecido que fuera ciego. Si no fuera por su discapacidad innata, vería a través de mí, reconociendo mi antinatural lujuria y mi desesperada necesidad. Apretó mi mano, cerró sus ojos azules y empezó a cantar. Las bellas notas flotaban y se arremolinaban en el aire, rodeándonos en un capullo musical, lleno de felicidad y libertad. La canción ya no tenía la misma sensación trágica o de profunda soledad, y eso la hizo aún más hermosa. No podría haber adivinado que algo ya

perfecto podría ser aún más especial, pero no podía negarlo al igual que las emociones en mi corazón. Mientras estábamos sentados juntos en nuestro pequeño jardín, Alix cantando para mí, me di cuenta que estaba totalmente e ineludiblemente enamorado de él. La emoción me asustó y sin embargo, la voz de Alix parecía cubrirnos en una burbuja protectora que nos rodeaba, abrigándonos del mundo, haciendo que todo pareciera posible. La fuerza de su voz me hizo olvidar, por un tiempo, lo imposible que era estar juntos, lo imposible que eran mis sentimientos, las totalmente inexistentes posibilidades que sintiera lo mismo por mí. Cuando Alix terminó su canción, miró en mi dirección y me ofreció una sonrisa radiante. Me dije entonces, que nunca podría hacer nada para matar su sonrisa y le di las gracias a la Diosa por ser a una de las pocas personas a la que se le concedía verla. Arqueó una perfectamente definida ceja hacia mí. —¿Y bien? —¿Bien qué? —contesté, sin saber lo que me preguntaba. Suspiró, con un claro tono de «eres un caso perdido», una actitud que a menudo mostraba cada vez que decía algo totalmente estúpido o accidentalmente grosero. —¿Te sientes mejor? Me acordé que le había pedido que me cantara con el pretexto de tener un ánimo oscuro causado por el muy desagradable desayuno con mi familia. La solicitud parecía tan lejana ahora, tan absolutamente insignificante comparada con mi epifanía, que casi suelto una carcajada histérica. Sin embargo, me obligué a responder, más por amor a Alix que por mí, sabiendo que se preocuparía si no lo hacía. —Sí, me siento mucho mejor. Tienes una hermosa voz. El cumplido se me escapó antes de poder detenerme, pero afortunadamente para mí, no cogió la peculiaridad que un hombre alabara a otro hombre de tal manera. Estaba demasiado ocupado ruborizándose y dándose la vuelta, y me quedé más prendido de él, simplemente por la inocencia de esa acción. Contrastaba mucho con su dura imagen y no pude evitar sentirme contento que mostrara ese tipo de vulnerabilidad frente a mí. Nadie más veía más allá del soldado fae endurecido por estar rodeado toda una vida por odio y desprecio. Pero yo estaba al tanto de su belleza, de su

vulnerabilidad, de la pureza que yacía bajo su piel y lo amaba aún más por ello. Era mi amigo y me odié por desearlo de tal manera. Nunca había pensado encontrar a alguien así —real y vivo— aquí de todos los lugares, y sin embargo, confiaba en él. A pesar que lo conocía desde tan poco tiempo, algo acerca de Alix me atraía inevitablemente. La ley élfica y las costumbres, consideraban esta atracción inapropiada. Si mi padre estuviera al tanto de los sentimientos que experimentaba, las consecuencias serían terribles. No temía por mí, pues mi padre no haría absolutamente nada que me hiriera. Alix era, sin embargo, vulnerable. Su discapacidad no le proporcionaría en Thralnia la protección que debería tener y si alguien se enterara de la conexión entre nosotros, los resultados serían desastrosos. No obstante, en ese momento, me permití hacer caso omiso de estas preocupaciones. Era como si su voz me hubiera dado el poder de enfrentar al mundo sin miedo y no perderme en el caos que me rodeaba. Casi me inclino para besarlo, sintiendo la necesidad física de tocarlo de alguna manera. Me detuve justo a tiempo, pero no antes que Alix hubiera notado mi cambio de actitud. Frunció ligeramente el ceño. —¿Jan? ¿Seguro que estás bien? Al escuchar mi nombre en sus labios, una ola de calor atravesó mi cuerpo. Apenas logré abstenerme de tomarlo en mis brazos. —Estoy bien. Deja de preocuparte tanto. Parecía no acabar de creerme, pero dejó el tema, eligiendo otro. —Quiero que me prometas algo. —Cualquier cosa —acepté rápidamente, sin importarme como sonaba—. Cualquier cosa que quieras. Alix se echó a reír y me dio una de esas miradas otra vez. —Espera hasta oírlo. Por lo que sabes te puedo pedir que asesines a alguien. —Nunca harías una cosa así —contesté con seguridad en mi voz. No le dije lo que sabía. No le dije que podía sentir su corazón haciéndose eco del mío. Una vez más, se hizo la vista gorda ante

mi ligera indiscreción y no sabía exactamente cómo me sentía al respecto. A veces me hubiera gustado poder leer mejor a Alix. En momentos como éste, pensaba que podía ver una peculiar sombra en su rostro, algo inescrutable que resultaba familiar, pero no. El conocimiento estaba allí, en el fondo de mi mente, pero aun así lejos de mi alcance y no podía dejar de preguntarme qué secretos tenía, que secretos me escondía. —Como sea, prométeme esto —dijo, continuando con su previo de pensamiento—. Ten cuidado con Alana Windwisp. No confió en ella. Mis ojos se abrieron ante su repentina observación. Hasta el momento, aparte de ser algo divertido y simpático, Alix nunca había expresado ninguna opinión acerca de los intentos de mi padre por casarme. ¿Por qué este inesperado cambio? No podía entenderlo. ¿Cómo se había ganado Alana la desconfianza de Alix? Que yo sepa, Alix no tenía ningún contacto con ella o su padre. Debía ser sólo Alix y su normal naturaleza sospechosa en cuanto a la aristocracia élfica. Después de haber llegado a esa conclusión, tomé su mano y la apreté, sin preocuparme de la mala educación del gesto. —Te lo prometo. Al oír mis palabras, me miró. Para mi sorpresa, no trató de zafar su mano de la mía, pero dejó escapar un visible suspiro de alivio. —Gracias. Si sólo hubiera cumplido con la promesa que le había hecho ese día. Si tan sólo, en la desesperación de mis sentimientos, no hubiera olvidado su preocupación... Tal vez nuestros destinos hubieran sido diferentes, tal vez ambos podríamos haber sido salvados de tanto dolor y traición.

CAPÌTULO VI

Alix Skyeyes: Confesión.
así, yo, Alix Skyeyes, el elfo ciego residente del palacio del sur de Thralnia, y Jan’ke Nightbourne, elfo oscuro y general de las fuerzas del norte de Thralnia, comenzamos a encontrarnos clandestinamente. En ese momento, no lo veía como lo que era, no me di cuenta de inmediato de mis sentimientos por él. No sé exactamente el momento en que esto cambio, pero quizás es mejor no insistir en cuestiones sin demasiado sentido. Incluso si no es más que un recuerdo ahora, él es el único que me mantiene ahora vivo en el infierno en que estoy enterrado. Como siempre, es de noche en mi mundo. Pero la oscuridad ya no es mi amiga, tampoco es tranquila o serena, o incluso bienvenida. Mis muñecas se sienten pesadas con el peso de las esposas de plata, el metal mágico que quema brutalmente mi piel. El silencio, sólo roto por los gemidos y jadeos irregulares que señalan el dolor de las almas que mueren y se pierden, asesina la melodía en mi corazón. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que estoy encarcelado aquí. El tiempo no tiene sentido cuando todo lo que tienes de compañía son tus oscuros pensamientos. Sigo pensando que pudo haber sido de otra manera, las cosas diferentes que quise decir en momentos específicos, y que sin embargo, nunca dije. Aun así, a pesar del hedor de la muerte que me rodea, no he perdido toda esperanza. No conozco a nadie, pero ni siquiera mis captores pueden estar siempre vigilándome. Cometerán un error y cuando lo hagan, sé que será. Hay algo en mi interior que se niega a darse por vencido. ¿Por qué? No sé. Estoy seguro que, en este punto, se ha olvidado de mí. Tal vez mientras estoy sentado aquí en la oscuridad, sintiendo el veneno del metal mágico viajando por mis

Y

venas, poco a poco trayendo consigo la muerte, él está en la cama, con su bella y perfecta esposa, y sin embargo todo será un engaño. Oscuros pensamientos me llegaron, diciéndome que Jan estuvo agradecido cuando me capturaron, agradecido por mi desaparición y mi inminente muerte. No obstante, una pequeña voz en mi interior, un hilo de voz del pasado, insistía que no, que no podría desear tales cosas para mí. Tengo que luchar, porque Jan vendrá por mí. Me ama, al igual que me dijo en aquel tiempo, hace mucho tiempo. ***** staba tardando hoy. Me senté en silencio esperando en el jardín que rápidamente se había convertido en nuestro refugio. ¿Por qué la demora? ¿Le había pasado algo? ¿O finalmente se aburrió de mí? Me había dicho que su familia planeaba casarlo con Alana Windwisp. Tenía sentimientos encontrados acerca de eso. Por un lado, mi lado lógico, entendía que el matrimonio político probablemente lo beneficiaría. Sin embargo, otra parte mía, la terca, quería reconocer que con Alana nunca sería feliz. Admití que eso no lo sabía. Ni siquiera conocía a la mujer, así que no tenía razones para juzgarla. Pero, ¿cómo iba a conocerla? Ella formaba parte de un mundo que debió haber sido también el mío, pero que me había sido denegado a causa de circunstancias que no podía controlar. ¿Estaba celoso? Tal vez. Si no fuera por la posición de mi madre como archivera, nunca hubiera puesto un pie dentro de este palacio. Al mismo tiempo, Alana Windwisp, era una persona que había vivido toda su vida en el capullo cálido y confortable de la aristocracia, que hacía todo por ella, incluyendo forjar un matrimonio con el hombre que amo. Sí, amaba a Jan. Estaba enamorado de un hombre. ¿Y qué? Nadie más que yo lo sabría, así que a nadie le importaría. Mi obsesión era mi secreto, uno de los muchos secretos que me llevaría a la tumba. Tenía la esperanza que la muerte fuera tan amable de esperar un poco más antes de venir por mí. La inmortalidad no es nada frente a una espada colocada estratégicamente o una gota de discreto veneno, pero ahora más

E

que nunca, no tenía el deseo de ser uno de los ejemplos que demostraría este particular hecho. Me preguntaba cuál sería su reacción si le hablara de mis sentimientos. ¿Se enojaría? ¿Estaría decepcionado? ¿O acaso me gritaría? Creo que su indiferencia me dolería más que su ira. ¿Podría correr el riesgo? Esa pregunta ya me había atormentado durante mucho tiempo, me perseguía constantemente, incluso en mis sueños. La semana pasada, había cantado para él. Aparte de mi madre, quien era con la única persona que gustosamente había compartido mi voz. No había estado tan cerca de contarle mi secreto, de decirle que lo amaba, pero algo me contuvo. Tal vez la razón había sido el conocimiento de su acordada relación con Alana, o la realización de la vergonzosa y antinatural naturaleza de mis sentimientos. O tal vez era simplemente mi cobardía. No, no podía correr el riesgo. No podía arriesgarme a perder lo poco que tenía de él. Espontáneamente, una canción tejió su camino a través de mi corazón y una vez más la permití salir, liberando mi angustia y anhelo con cada nota cantada. Encontraba libertad y consuelo en mi música, tranquilidad que ahogaba la pena de mi maldición, y al mismo tiempo era un camino de desahogo para mi ira al saber que no podía tener lo que deseaba. Porque no podía estar con él. Aceptaba ese conocimiento con mucha pena. Mi Jan. Mi Jan que no era mío en lo absoluto, a pesar de lo mucho que deseaba que no fuera así. Por extraño que parezca, incluso a través de mi canto, lo oí antes que entrara al jardín. Dejé de cantar, lo saludé con una sonrisa y le hice señas para que se sentara a mi lado. ―Hola, llegas tarde. ―Quería morderme la lengua por mi descuidada observación. Hasta el momento, en realidad nunca habíamos establecido una hora o lugar donde reunirnos. Desde la mañana después de la fiesta, la hora y el lugar se habían convertido en una costumbre automática, y algo de lo que nunca hablábamos, como un peculiar tabú. Me divertía y me entristecía al mismo tiempo, el tener que jugar este juego, casi pretendiendo que nuestros encuentros eran al azar, como había sido el primero.

Por suerte, permitió que mi desliz pasara por alto y sentí el cambio del aire mientras se sentaba a mi lado. —¿Qué te pasa? —preguntó con aire de preocupación en su voz—. ¿Algo está mal? Me sorprendió la forma en que podía leer mi corazón con tanta perfección, cómo podía explorar a fondo y descifrar mis canciones cuando nadie más parecía capaz. Me preguntaba a veces si, por casualidad, podía ver mis sentimientos hacia él, pero se había negado a reconocerlos para poder continuar jugando este juego que jugábamos de mala gana. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras miraba en su dirección. No entendía la tristeza que llenaba mi corazón. No era una idiota adolescente, llorando por la pérdida de su primer amor. ¡No dejaría que este sentimiento me hundiera, maldición! Me negaba a permitirlo. —No es nada, de verdad. —Me di la vuelta, con la esperanza que no hubiera visto mis incipientes lágrimas, porque no sabía cómo explicarlas. ¿Qué excusa puedo encontrar para mi debilidad repentina, esta melancolía tan fuera de lo que soy? Aunque tenía mis propios momentos de tristeza, nunca he llorado, ya no. Mis lágrimas se habían secado hace mucho tiempo. —Alix —murmuró, mi nombre en sus labios sin querer mandó escalofríos de placer a correr por mi columna—. ¡Alix, por favor! ¡Habla conmigo! ¿Por qué no confías en mí? No hizo ningún esfuerzo en enmascarar el cruel dolor en su voz. No podía permitir que malinterpretara mi reticencia a hablar. —Lo hago. Confío en ti. Es que… Diosa, no sé cómo decir esto. Jan suspiró y envolvió su brazo alrededor de mis hombros. Su calor se filtraba hasta en mis huesos, y sin embargo me reconfortaba de manera intimidante. Quería apoyarme en él y, al mismo tiempo, me daba cuenta que no podía. Permitir este capricho de placer sería renunciar a mi secreto. —¿Es algo malo? —preguntó, ajeno a mi angustia—. Sabes que me puedes decir todo.

El fuego en mi sangre se despertó, impulsado por mi enfado hacia mí mismo y hacia él. Nunca había necesitado a nadie en mi vida. Sentía un lejano apego por mi madre, pero había tantas cosas que nos separaban, tantas mentiras y secretos, y dolor. Había crecido resentido con ella, resentido con todos a mí alrededor y hace tiempo dejé de ser un niño. No necesitaba que Jan me compadeciera o me consolara, ni soy un cobarde. Para bien o para mal, me gustaría dejar de esconderme. En un instante, cambie de posición y apreté mi boca contra la suya. Al probar los inmóviles labios en mi contra, me di cuenta de la magnitud de mi locura. Este era mi amigo, ¡maldición! No tenía ninguna culpa por la miseria en mi vida y no tenía nada que ver con mi ceguera o mis complejos. De inmediato retrocedí, y casi en mi prisa caigo de la banca. —Oh, por la Diosa —empecé a balbucear—. Lo siento, lo siento. No sé qué me pasó. No era mi intención hacer eso. La voz de Jan sonaba bien cuando respondió a mis patéticas disculpas. —¿De verdad? —No entendía el significado de su pregunta, hasta que se expandió—. ¿Lo sientes en serio? ¿Había realmente una respuesta correcta a esa pregunta? Seguí mis impulsos y efectivamente hice el ridículo. ¿Por qué disculparme, de todos modos? ¿Cuál era el punto de retracción en mis acciones, cuando no importara lo que dijera, el impulsivo beso siempre permanecería entre nosotros, un muro que había construido con mis propias manos, a través de mi egoísmo y perversión? Recopilando los restos de mi dignidad, me aclaré la garganta y lo enfrenté de nuevo. Me hubiera gustado ver sus ojos de modo que tal vez pudiera adivinar los pensamientos que pasaban por su mente. Al igual que el día después de la pelea en el campo de combate, me di cuenta que mi ceguera me salvó. De esta manera, no perdería los nervios al ver su desdén o disgusto. —Me refiero al beso. No tenía intención de forzar mis deseos hacia ti. No debería… No tuve tiempo para terminar mi frase. Mis palabras murieron en mi garganta, sustituidas por un asustado jadeo, cuando fuertes labios fueron aplastados contra los míos. Mis ojos se abrieron en estado de shock al mismo tiempo que su sabor inundó mis sentidos, e instintivamente envolví mis brazos alrededor de su cuello,

acercándolo. Era como si fuera un festín de labios, Jan saboreando con avidez cada centímetro de mi boca, envolviendo su lengua contra la mía, causando estragos en mi cuerpo. Me besó como vivía, intensa y rudamente, con pasión, pero sin presionarme. Deseaba que este momento durara para siempre, que nunca volviéramos a la realidad. Cuando nuestras bocas se encontraron en nuestro verdadero primer beso, el mundo sólo existía para nosotros, un mundo donde nadie podía separarnos. Por desgracia, a mi pesar, era necesario respirar. El beso se detuvo tan abruptamente como había comenzado, y por un momento, luché por recuperar el aliento, pensando que lo había soñado. —Alix… ¡Oh Diosa! No creo que… Su voz se había vuelto áspera, ronca con la pasión y me atreví a extender mi mano en un intento de tocarlo. Nunca antes había hecho nada como esto, así que no tenía idea de cómo era. No sabía si tenía el pelo largo o corto, suave o grueso, recogido en una trenza o lo llevaba suelto como yo. Ansiaba saber todo eso, verlo de alguna manera, incluso si mis ojos no podían. Llegué a su cara, de repente deseando conocer sus facciones, para trazar las líneas de su mejilla, sus labios con mis dedos. Antes que mis dedos pudieran conectar con su piel, se alejó, como si le hubieran abofeteado. —¡No lo hagas! —Me espetó con frialdad—. ¡No toques mi cara! El silencio se extendió entre nosotros, esta vez doloroso, difícil e incómodo. —¿Por qué? —pregunté, tratando de mantener mi voz neutra. —No quiero que me veas —respondió Jan—. No quiero. Mi corazón se apretó cuando me di cuenta que no confiaba en mí lo suficiente como para revelarme su rostro. ¿Cómo el conocer su aspecto hacia alguna diferencia? Me había enamorado de él sin llegarlo a tocar. ¿Cómo podía creer que algo tan superficial podría cambiar mis sentimientos? Me di la vuelta, seguro que en ese momento no podía mantener el dolor lejos de mi cara. Toda una vida de fingir y

mantener mi volátil temperamento bajo control no significaba nada frente a la vorágine de sentimientos que guardaba en mi interior. Me esforcé por entender a Jan, pero no pude. Decía que me tenía el mismo cariño que yo le tenía y, sin embargo, cuando traté de alcanzarlo, me empujó. ¿Por qué? No tuve que pensar la respuesta a mi pregunta. Por todos los sentimientos que nos teníamos, aún no podíamos confiar por completo. Yo mismo no le había confiado mi peor secreto, la maldición que escondía de todos los que me rodeaban. Quería decirle, ¡oh, cómo lo deseaba!, pero ahora más que nunca, temía que nuestra frágil relación se desintegrara bajo su peso. ¿Cómo podía, por lo tanto, invitarlo a compartir su secreto conmigo cuando aún no podía compartir los míos? Estaba siendo injusto y egoísta. Jan me dejaría verlo cuando estuviera listo. —Vale —le dije, volviéndome hacia él—. Entiendo. —Y esta vez, realmente lo hacía. Cogí su mano y le di un apretón para reconfortarle. Había comentado sobre la aspereza de sus manos antes, callos causados por tantos años de blandir una espada. A pesar de mi propia experiencia en batalla, había sido salvado de alguna manera de estos recordatorios, me preguntaba si esa particularidad lo hacía sentir incómodo a mí alrededor. Me preguntaba qué otras marcas había dejado la guerra en su piel, qué otras cosas temía mostrarme. Obviamente adivinando que mis palabras eran honestas, me jaló y casi dejé escapar un vergonzoso grito antes que me apretara contra su fuerte pecho. Todavía no podía ver su rostro, pero por ahora, en el silencio había llegado a ser un compromiso aceptable. Podría, al menos, decir que él era un hombre grande, más alto y musculoso de lo que yo era. Su aroma masculino invadió mis fosas nasales y hundí mi cara más profundamente en su camisa, con cuidado de mantener mis manos lejos de su piel. Quería más y odiaba el material que me impedía realmente verlo, pero era todo lo que tenía por el momento y debía de estar agradecido. El simple hecho que sintiera lo mismo por mí era lo suficientemente increíble. ¿Cómo podía protestar por su renuencia a mostrarme su rostro cuando un sueño inesperadamente se había hecho realidad? No me di cuenta, que a la vez que aceptaba este capricho suyo, entré a un círculo vicioso del que no podía escapar. No

confiaba en mí y yo tampoco en él, y aunque nos amábamos, esta falta de confianza con el tiempo nos separó.

CAPÌTULO VII

Jan’ke Nightbourne: Alianza.
iempre ha sido para mí una sorpresa lo absurdas que pueden llegar a ser las normas de convivencia de los elfos. El prejuicio y el odio rondan por ninguna otra razón que diferencias menores, malos entendidos y el desprecio familiar inculcado. El fanatismo es la causa de tantas guerras y batallas, de tanta muerte y destrucción. Quizá la cosa más extraña de la sociedad de los elfos, sin embargo, es la opinión sobre las mujeres. Para los elfos, las mujeres son como bellas joyas, valiosos objetos que aumentan el prestigio de aquellos con quien estén asociadas. Su propósito en la vida es ser graciosas y encantadoras, obedecer a sus maridos y producir más hermosos y perfectos hijos. Soy muy consciente que esto no es un habitual punto de vista en el papel y capacidad de una mujer. Otras razas parecen tratar aún peor a sus mujeres, como esclavas, cuyo único propósito es servir a las necesidades sexuales de los hombres. Tengo la sospecha que esta lógica es, en el mejor de los casos, deficiente, sobre todo porque no todos los hombres están interesados en las mujeres, como mi propia vida me ha demostrado. Por otra parte, Alix y yo podríamos ser la excepción a esa regla, y no puedo juzgar a las otras razas sobre la base de mi experiencia. No obstante, independientemente de esa cuestión, el hecho es que las mujeres son en realidad el arma más peligrosa que un hombre puede adquirir. A menudo, las mujeres son las mejores guerreras, las mejores espías o incluso las mejores asesinas.

S

Es muy curioso, sin embargo, cómo no vi este hecho hasta que su plan me robó a mi amado y eso que me enorgullecía de mi mayor intelecto. Mi madre hacía tiempo que se había convertido en un mero accesorio a nombre de mi padre y no la había visto en décadas. Desde que había cumplido su deber con la familia, ya no tenía ningún interés en nosotros y se había retirado solitariamente a la propiedad de los Nightbournes, con la esperanza de finalmente encontrar un poco de paz. Del mismo modo, encontré que mis hermanas eran igual de superficiales y promiscuas. Por alguna razón, aunque mi hermano actuaba un tanto de la misma manera, aceptaba a Lar, mientras que evitaba cualquier tipo de encuentro o charla con mis hermanas. Tal vez este chauvinismo inconsciente, este específico prejuicio intrínseco de ser un hombre elfo, me cegó del peligro que representaba Alana Windwisp, la hija del Conde Windwisp. Es bastante irónico el ver cómo esta chica cambió el curso de mi vida. No me di cuenta en ese momento, pero cuando lo pienso, siempre hubo indicios de su escondida inteligencia. Incluso en la revelación de su agenda secreta, me había domado con tanta facilidad que es ridículo admitir. No sé ahora si la malicia manchó su inteligencia o si ella simplemente eligió el camino que servía a sus propios intereses. Pensando de manera objetiva, no podía culparla por algunas de sus acciones. Sin embargo, sus planes contra mí eran una cosa, pero su saña contra mi amante, otra. Por como trató a Alix, nunca perdonaré a Alana Windwisp. Si alguna vez me encuentro con ella, la mataré, no importa si es mujer. Mi chauvinismo2 ha desaparecido hace mucho tiempo, y estoy seguro que ella será la prueba más desagradable. ***** os campos de entrenamiento estaban casi vacíos a la primera hora de la mañana. Una mezcla de gratitud y desilusión llenó mi corazón cuando no vi a Alix alrededor. Mientras que en verdad moría por verlo, tendría que esperar hasta que estuviéramos a solas. Si nos encontráramos en público, sin duda alguna, revelaría nuestro secreto. ¿Cómo no hacerlo? Justo ayer, Alix y yo habíamos compartido el beso más increíble que hubiera experimentado. No
2

L

Aprecio desmesurado de lo nacional con desprecio de lo ajeno.

era en absoluto un tímido virgen, pero cuando mis labios tocaron los suyos, mi cuerpo respondió como si lo fuera, de hecho, como si experimentara mi primer beso. Nada de lo que había hecho con mis anteriores amantes, hombre o mujer, me había preparado para ese momento. Un millar de mariposas revoletearon sus alas en mi vientre y mis manos picaron con la necesidad de tocar su suave piel. Quería gritarle al mundo mi amor por Alix, pero no podía. Si se corría la voz de tal cosa, tanto mi vida como su vida estarían en peligro. Teniendo en cuenta mi condición de general, tal vez sería capaz de escapar del castigo de las leyes contra la sodomía3, pero Alix no sería perdonado por nada. También estaba bastante molesto porque me había visto obligado a encontrarme con mi hermano esta mañana. Eso no significaba que no pudiese ver a Alix el resto de la mañana y posiblemente, toda la tarde. Además, había tenido que soportar la estupidez de Lar en lugar de disfrutar los besos de mi amado. Agarré una espada de práctica y empecé a luchar con exceso de energía contra uno de los maniquíes disponibles en la sala de práctica. Matar al maniquí una y otra vez representó un inútil e inofensivo esfuerzo, pero el ejercicio sin sentido cumplió con su propósito. Necesitaba el agotamiento para calmar mis nervios. Todavía estaba tratando de alcanzar esa meta, más o menos una hora más tarde cuando noté una presencia detrás de mí. Sin molestarme en buscar, inmediatamente la identifique como mi hermano. —Hola, Lar. El sigilo de la intención de sus pasos se detuvo y casi pude escucharlo maldecir en silencio por no haberme tomado por sorpresa. —¿Cómo haces eso? ––preguntó Lar consternado. Me encogí de hombros, sintiéndome incómodo con la alabanza intrínseca en sus palabras. Teniendo en cuenta la capacidad de Alix, la mía no significaba nada. Su oído y sus sentidos eran mucho mejor que los míos y no podía dejar de
3

Coito anal.

sentirme consternado por la injusticia de su posición en el ejército. Se merecía una posición mucho mejor y más respeto del que recibía. Mi cuerpo respondió mientras pensaba en Alix y de inmediato me obligué a dejar de pensar en él, con la esperanza que Lar no hubiera captado mi embarazosa situación. —Llegas temprano —le dije, en vez de responder a su pregunta, ocupándome de la espada en mi mano. Lar me dio una mirada inquieta. —Sí, bueno, tengo que hablar algo importante contigo. —Interiormente hice una mueca, no del todo animado a hacer frente a las preocupaciones de Lar. Tenía mis propios problemas por los cuales preocuparme y dudaba que los de Lar fueran lo suficientemente graves como calificar como un problema en mi libro. Sin embargo, a pesar de sus hábitos irritantes, era mi hermano y después de todo, lo quería y no podía ignorarlo. Le había prometido ayudarlo y no podía ir en contra de mi palabra. Había llegado temprano de hecho y me pareció bastante inusual que se despertara a esta hora sólo para verme. Teniendo en cuenta su esfuerzo, me pareció impropio decirle algo. Sin embargo, no estaba de humor para ser generoso, así que en vez de atender a mi hermano de inmediato, asentí en silencio y procedí a organizar los elementos que había utilizado. —Dame un segundo —le dije sobre mi hombro, ignorándolo tanto como podía. Con eso, me retiré al cuarto de al lado a limpiarme. El cuarto era usado por todos los elfos que pertenecen a la aristocracia y que eran demasiado arrogantes, y no podía decir que el cuarto lucía algo más que perfecto. Normalmente, encontraría inútil tanta vanidad, pues realmente los elfos sudamos muy poco e incluso después de intentar agotarme durante una hora, mi aspecto al parecer, para el ojo inexperto, no es diferente a cuando entré a los campos. Si uno miraba con atención, podría detectar pequeñas imperfecciones. Sin embargo, ¿qué era un brillo de sudor en el mar de imperfecciones de mi cara? Me obligué a no pensar en el tema y evité conscientemente mi reflejo en el agua. Me gustó este lugar sólo por la razón que era privado, porque odiaría enfrentar la molesta presencia de Lar en este momento. Tal vez estaba bien con mi hermano, sin embargo,

estaba fuera de cuestión enfrentarlo en este lugar de tormento que parecía ser una sala de espejos, burlándose constantemente de mí con mi propia imagen. Me lavé todo rastro de actividades de la mañana, sintiéndome ya no tan dispuesto a pasar un rato en este cuarto. Por último, salí del cuarto y me dirigí hacia mi hermano, que, para mi gran decepción, me esperaba pacientemente. —Muy bien, Lar. ¿Cuál es el problema? —pregunté cuando salíamos del campo de entrenamiento—. ¿Qué hiciste ahora? Permaneció en silencio durante un segundo, como midiendo sus palabras. —Realmente, no se trata de mí, hermano. Se trata de ti. Me encontré incapaz de mantener fuera la irritación de mi tono. —¿Qué dices? Como siempre, ignoró mi molestia por completo. —Bueno, me ha llegado el conocimiento que tú y una dama fae tienen muchas cosas en común —respondió con calma. Me quedé mirando a mi hermano con lo que estaba seguro era una expresión en blanco mientras él movía las cejas. Tuve que reprimir la necesidad de gemir. ¿Varias cosas en común? Claro. Alana y yo sólo teníamos en común la maldición de haber nacido en familias idiotas y egoístas. Cuando su familia decidió organizar a sus parejas sexuales, supe que algo en su vida estaba muy mal. Aun así, no podía golpear la sonrisa idiota en la cara de mi hermano, porque la verdad, la compañía de Alana había demostrado ser muy conveniente y la disfrutaba. Si no fuera por ella, mi padre nunca me hubiera dejado en paz el tiempo suficiente para encontrarme con Alix. También había solicitado ayuda de mis queridos hermanos para encontrarme una mujer bonita y apropiada, y sólo eso fomentó mi convicción que tenía que mantener la relación con Alix en secreto a toda costa. Suspiré, decidiendo que debería estar de acuerdo con la estupidez de Lar. —¿Cuál es tu punto?

La sonrisa de Lar se amplió y no pude evitar sentir un poco de celos al comprender la diferencia entre ambos. Podría seducir a muchas mujeres elfos con una de esas sonrisas, no como yo que escondía mi cara del hombre que amaba por miedo a que me rechazase. Con mi interior temblando, me centré en lo que mi hermano tenía por decir. —Tengo un plan para ayudarte. —Un plan —repetí mientras le sospechosa—. ¿Qué plan exactamente? daba una mirada

—Ya verás, ya verás. —Lar se rio, frotando sus manos con satisfacción. —¿Por qué estás tan interesado en esto? —le pregunté, con la esperanza de saber que era lo que tenía en mente. —Bueno, querido hermano, he visto a la dama Windwisp. Ella es muy hermosa. Además, necesitas cierta variación y color en tu vida. No le hice caso a su último comentario, ya que tenía mi vida completamente coloreada por Alix. Sabiendo que tenía que mantener mi mente alejada del guapo elfo ciego, procedí a darle a mi hermano una respuesta mordaz. —No debes hacer observaciones sobre la apariencia de Alana. Después de todo, estás cortejando a la hija del Señor Flamecloud. Te vi con ella la noche de la fiesta. Se encogió de hombros, desechando mi observación. —Antiguas noticias. Además, no cortejo a las chicas, duermo con ellas. Me conoces mejor que eso, querido hermano. —Me dio un puñetazo en el hombro a modo de broma—. ¿Por qué, Jan, estás celoso? Me froté los ojos con cansancio, sintiéndome demasiado viejo para tales payasadas. En otro momento, las historias de la promiscuidad de Lar me hubieran divertido. De hecho, había disfrutado el mismo estilo de vida cuando era ansiosamente

perseguido. Ahora, sin embargo, las hazañas de Lar eran una carga en mi cada vez más complicada vida. —Vamos, Jan —dijo antes que pudiera seguir protestando—. Me las arreglaré para que puedas hablar con Alana a solas. Sospechaba y temía el resultado de ello. Quería golpearme por haber accedido a hablar con Lar en primer lugar. No tenía oportunidad de dar marcha atrás y me vería obligado a estar de acuerdo con el arreglo. Permití, por lo tanto, ser arrastrado en una dirección desconocida. —Aquí estamos —Lar susurró al llegar a una habitación en la sala occidental del palacio. Rodé mis ojos. Mi padre de ninguna manera conocía sobre mi reunión «secreta» con Alana. Puesto que las costumbres apropiadas prohibían hacer algo remotamente escandaloso, le había pedido a mi hermano menor que lo hiciera. ¿Qué tan duro era deducirlo? Interiormente, suspiré, esperando que no trataran de meterme en su cama, no por mí, sino por ella. Había declarado oficialmente mi libido muerto y enterrado, aunque últimamente, había cambiado. Una persona que nunca dejaba de revivir mi lujuria, la única persona que estaba fuera de límites, al menos, hasta que estuviéramos en privado. Con el conocimiento que debía esconder mi relación con Alix, estuve de acuerdo con la sugerencia de mi hermano. Por esa razón, jugué el juego de Lar. Y así, entré en la habitación donde esperaba Alana. Nunca habíamos estado solos en una habitación, ya que las normas de la sociedad consideraban tal comportamiento inapropiado. Me preguntaba qué exactamente habían hecho ella y el Conde Windwisp para lograrlo. Por todo lo que sabía, uno de mis familiares que había intervenido aún nos miraba, así que cuando bese su mano a modo de saludo, mis labios se quedaron un poco más en su piel de lo que se consideraba adecuado. Reaccionó con un poco de sorpresa,

pero a su favor, esperó hasta que la puerta se cerrara antes de arrebatarme su brazo. Su conmoción y horror me llenó de una especie de satisfacción sádica y debió de haberse mostrado en mi cara, porque un suspiro escapó de sus labios al ver mi expresión. Me imaginé la vista, cicatrices estropeando mi rostro y mi sonrisa que se propagaba aparentemente educada en una mueca burlona, debían de formar una imagen inquietante por decir menos. Sobre todo me obligué a no pensar en ello, pero la gente como Alana no me permitía olvidar. Por una vez, no me molestó. Odiaba ser empujado a ver a Alana cuando lo único que quería era encontrarme con Alix en nuestro secreto jardín. Sospeché que mi repentina hostilidad hacia ella no salió como esperaba, pues su expresión se volvió de piedra y entrecerró sus ojos esmeraldas. —Mi Señor —empezó ella con frialdad—. Creo que debemos tener una conversación. El coraje y la repentina decisión de su tono me sorprendieron. No esperaba que se diera por vencida tan fácilmente ante la idea de casarse con el famoso General de Thralnia. Le ofrecí una sonrisa neutral y me incliné ligeramente. —Naturalmente, mi Señora. Soy todo suyo. Mi respuesta amable hizo que hiciera una pausa y dudara por un segundo, como midiendo sus palabras. Su renuencia me molestó, pero amablemente esperé a ver que tenía por decir. Después de todo, hablarme le debía resultar difícil. Las mujeres elfos son enseñadas a ser graciosas, estoicas, obedientes y siempre encantadoras, pero al final, sólo son una ventaja para sus padres, hermanos o maridos. Alana tragó nerviosamente y cepilló una inexistente pelusa de su vestido. —General Jan’ke —comenzó de nuevo, y sus palabras formales de inmediato llamaron mi atención sobre lo que iba a decir—. Entiendo que la actitud de mi padre le haya llevado a creer ciertas cosas sobre mí. Hizo una pausa, escudriñando mi cara, pero mantuve cuidadosamente mi expresión en blanco.

Con un suspiro, se encontró con mis ojos y continuó. —Siento si cree lo contrario, pero no puedo ser lo que está buscando. No puedo casarme con usted. Estoy enamorada de otro. Sus palabras sonaban tan decididas y si no fuera el caso, podía leer fácilmente la honestidad en su mirada. Me pregunté qué tan valiente era al darme ese pedazo de información, pues bien podría avergonzarla como venganza. Por suerte para ella, no tenía interés en secas hazañas y mientras arqueaba una ceja, habiendo ya decidido mi respuesta la interrumpí antes que empezara a hablar. —Felicitaciones. Pero no se preocupe, no tenía intención de casarme con usted tampoco. Al principio, ella no dijo nada ante mi calmada respuesta, pero cuando me miró de nuevo sus ojos se inundaron con lastima. —Por supuesto. Pero tiene que saber que realmente lo siento. Yo… En este mundo no hay nada más que despreciara que la emoción de la piedad. Fruncí el ceño y su disculpa se congeló en sus labios. Probablemente, creía que estaba mintiendo para proteger mi herida dignidad. Entonces, ¿qué si todavía tenía las cicatrices de mi vida como guerrero? Independientemente de estas, Alix me amaba. ¡Arrogante perra! Ella pensaba tan bien de sí misma, que consideraba que no podría vivir sin ella. Pero no la necesitaba en lo más mínimo. Las mujeres como ella eran una moneda de diez centavos por docena y si quería, podría encontrar a otra elfo que ocupara su lugar, una que no se burlara de mí ni que me diera espectáculos de compasión. Su actitud me irritó hasta el punto que hice algo descortés. Agarré su mano antes que pudiera escapar de mí y la presioné contra mi entrepierna. Como era de esperar, mi cuerpo en lo absoluto respondía a su contacto. A pesar de su belleza, todavía tuve que forzarme a no vomitar por mis acciones. —Como puede ver, no siento la más mínima atracción por usted, mi Señora —le dije con sorna, haciendo hincapié en la cortesía.

Sus ojos se abrieron ante mi repentino cambio de actitud y el gesto vulgar. Ella inmediatamente alejó su mano. Una sonrisa jugaba en mis labios, mientras permitía que se alejara. La ira quemando con fuerza en sus ojos verdes me divertía. La bofetada que ella me regaló no hizo otra cosa que aumentar mi buen humor y me reí de su furia, disfrutando de la consternación y odio en su voz. —¿Cómo se atreve? —jadeó, como si hubiera hecho un gran esfuerzo—. ¿Cómo se atreve a tratarme como una asquerosa puta? Le sonreí, haciendo caso omiso de los pálpitos en mi mejilla. Para ser una chica, tenía bastante fuerza. —No ha hecho nada para merecer mi respeto. Salió a halagarme, mostrándose interesada en mí. Y luego da la vuelta y me dice que no puede casarse, porque ama a otro. Dígame, ¿por qué exactamente debo respetarla? —Todo era fingido, planes de mi padre —gritó ella—. ¿Y quién es usted para juzgarme? No es como si actuara de manera diferente. Su respuesta silenció otra respuesta desdeñosa de mi parte. Tenía un punto. Así como ella me había usado, yo también para desviar la atención de Alix. Ante mi silencio repentino, ella me dio una mirada cautelosa, como si esperara que la atacara por su insultante actitud. No tenía ninguna intención de hacerlo. De hecho, cuanto más pensaba en ello, más me daba cuenta de lo beneficioso que este acuerdo sería para ambos. Decidí que tenía que tratar las cosas como un negocio, para que la gente no se enterara de Alix. —Es cierto. He estado mintiendo en beneficio de esta apariencia también. Escúcheme, Alana Windwisp, tengo una propuesta para usted. Se sentó en el sofá, y con recelo en sus ojos, me preguntó: —¿Una propuesta? ––Sí. ––Asentí con la cabeza. —Al igual que usted, tengo mis propias razones para jugar este juego y usar esta máscara. Por lo tanto, le pido que continúe jugando. No hace falta que usted me guste o yo a usted, de hecho, estoy bastante seguro que es imposible en este momento y no me importa de cualquier manera. Sin embargo, sería útil para nosotros si nuestros padres piensan que estamos involucrados.

Alana miró sus manos y permaneció en silencio contemplando mis palabras. —¿Tiene una amante también? —preguntó. —Mi vida amorosa no es asunto suyo —contesté cortante—. No se equivoque, no somos amigos y nunca confiaré en usted. Si ella se molestó por mi comentario, no lo demostró. En cambio, se levantó y tendió su mano hacia mí. —Vale. Tenemos un trato. Al ver su sonrisa, entendí que había visto a través de mi ira y mi corazón y me di cuenta que supo que tenía un amante. Cogí su mano y la apreté con más fuerza de la necesaria, amenazando romper sus frágiles huesos. —No se atreva a meterse en mi vida, Alana. No le gustaré cuando me enoje. Incluso para mis propios oídos, mi amenaza sonaba hueca, por lo que no me sorprendí cuando se rio. Para bien o para mal, mi destino estaba ligado al de esta misteriosa mujer. En ese momento deseé haberme dado cuenta, gustosamente, que de hecho firmaba una alianza con mi peor enemigo.

CAPÌTULO VIII

Alix Skyeyes: Almantes secretos, enemigos secretos,
l crecer, mi madre me dijo que siempre desconfiara de las mujeres. Siempre había encontrado las palabras divertidas teniendo en cuenta el género, pero más tarde me di cuenta que debí haber apreciado su valioso consejo… amarrarlo en mi corazón. No había muchas mujeres en mi vida, simplemente porque no se me acercaban. Por otra parte, no me importa, pues por la única mujer que había estado interesado era por mi madre y creo que eso no iba a cambiar a corto plazo. Personalmente, no estoy inclinado sexualmente de ninguna manera por el género femenino. Tal vez esa falta de atención fue uno de los muchos errores que cometí. Sigo creyendo que, si hubiera prestado más atención a los consejos de mi madre, no hubiera dejado a Jan por sus propios medios y podría haber evitado nuestra separación. Pero confiaba en mi amado. Confiaba en el hecho que era más fuerte que cualquier cosa que el mundo pudiera lanzar en nuestra contra, que podía enfrentar todo. De hecho, dudé de Alana Windwisp desde la primera vez que escuché su nombre. Había algo en ese nombre, algo en que no podía poner el dedo, que me hacía desconfiar de ella. Nunca la había visto y no tenía razón para pensar de esa manera. En verdad, había actuado de manera acelerada cuando le advertí a Jan que se alejará de ella sin siquiera conocerla. Hay que conocer el enemigo antes que actúe, y yo le había hecho prometerme algo que no tenía una base lógica.

A

Sin embargo, mi primer instinto fue correcto. Incluso ahora, mientras estoy aquí, en el dolor, la oscuridad y la tristeza, su imagen me persigue constantemente. Casi tengo ganas de reírme de la ironía. Recuerdo su rostro y sin embargo no conozco el rostro de la persona a la que amo. Tal vez este es otro tipo de tormento al que debo adaptarme. Tal vez esta sea una señal que Jan y yo no estábamos destinados a estar juntos. Los susurros que me animaban empezaron a desvanecerse, ya no puedo escuchar la voz de Jan en mi cabeza. Sólo esa voz y esa imagen permanecerá, la de Alana Windwisp. Su cabello rubio que cae en ondas hasta su cintura, que brilla como estrellas o que me imagino que lo hace, y sus ojos verdes que me hacían añorar el abrazo de un silencioso bosque. Si no hubiera experimento esta ceguera, seguro que su belleza y perfección me hubieran dejado ciego. Lo más importante es que es una mujer. ¿Cómo puedo yo, una maldita criatura condenada a la oscuridad, competir con eso? No podía y no lo haría, nunca más. Tiene todo lo que siempre he querido, aun cuando su esplendor engañoso oculta su verdadera naturaleza. Nadie ve más allá de su máscara de belleza para revelar las mentiras y el engaño que había abajo. Sólo yo sé la verdad, pero la di a conocer demasiado tarde. Sólo espero que Jan algún día se dé cuenta y que no acabe siendo arrastrado a la red de mentiras que esa mujer traidora había tejido con tanta habilidad. ***** e desperté con una sensación de inquietud. Sueños inquietantes me habían torturado toda la noche, algo peculiar, porque rara vez soñaba. Cuando lo hacía, los sueños eran meras impresiones, sentimientos fuertes y ruidosos que golpeaban contra la oscuridad. Cortesía de mi ceguera, mis sueños no eran visuales. No sentía que me faltaran, ya que, después de todo, nunca había sido bendecido con la vista. Aunque ayer por la noche mi sueño había sido diferente. Recordé vagamente, algo parecido a mi idea de luz. Se sentía extraño, sin embargo, porque cuando traté de caminar hacia ésta, me había quemado.

M

Mientras me vestía para el día, traté de averiguar que pudo haber causado ese repentino sueño. Con toda honestidad, había

tenido visiones de colores o luz antes. A veces, cuando estaba en la batalla o cuando estaba enojado, experimentaba una extraña sensación en mis ojos. La oscuridad se desplazaba, convirtiéndose en una forma diferente, en una sensación diferente, un color diferente. Parecía como si mis ojos estuvieran cubiertos de una mancha ciega, pero la unión dejaba de ser negra, teñida en su lugar de un color que podría decir que era rojo. Sacudiendo la cabeza, me obligué a no pensar más. Era sólo un sueño, nada más, tal vez sólo un recuerdo de batalla o de cualquier momento en que este extraño fenómeno me había alcanzado. En cualquier caso, al meditarlo inútilmente, el problema no se resuelve. Sólo una persona podría darme una pista sobre mis defectos y misterios. Mi madre, Eireene Skyeyes. Pero no importaba lo mucho que había intentado convencerla que me revelara la verdad sobre mi nacimiento o herencia, simplemente se negaba, alegando que sería mejor que no lo supiera. Decidido a consultarle sobre mi sueño, salí de mi habitación a toda prisa. Mi madre y yo compartíamos un cuarto cercano a la zona de servicio. Hacía tiempo que había perdido su posición en la corte debido a mi nacimiento, pero su inteligencia, aunque no era reconocida, había sido indispensable para organizar el palacio, al igual que mis habilidades en el ejército. Ahora trabaja en los archivos y su trabajo permite que vivamos aquí. Al pasar frente al minúsculo pasillo, me di cuenta que mi madre aún no había despertado. Nuestra pequeña casa consistía en dos habitaciones estrechas y otra que se desempeñaba como cocina y sala. Aun así, era lo mejor que conseguimos. De hecho, sólo a causa de los esfuerzos de mi madre era que estábamos en esta casa en primer lugar. Me permití un momento para lamentar la distancia que había establecido entre nosotros. No me decía nada que resolviera de ninguna manera mi problema. Me dolía saber que todas mis preguntas eran ignoradas. Tenía sus razones para ocultarme la verdad y tuve que aprender a lidiar con su silencio. Echarle la culpa por mi maldición no era una opción.

Me prometí que hablaría pronto con ella, no obstante, para hacer las cosas bien, tal vez le contara de Jan. Ella me amaba y no me despreciaría por mi preferencia. Tal vez mantendría en secreto el nombre de Jan, por si acaso. Tendría que pensar en ello. Tomando esa decisión, me volví sobre mis pasos y salí de nuestra pequeña morada. El silencio de la mañana había comenzado a disiparse cuando el palacio despertó de su letargo y los funcionarios preparaban todo para satisfacer las demandas de los nobles. Personalmente, no tenía nada que hacer en la cocina o área administrativa, así que esquivé a los funcionarios con facilidad y seguí mi camino. Desde que la guerra había terminado, el ejército ya no tomaba sus funciones o entrenaba en serio, y sólo los guardias nacionales e imperiales mantenían sus puestos. Con la presencia de los elfos oscuros, los guardianes habían crecido en número, pero no estaba incluido en los honrados con esa tarea. Había sido olvidado por este hecho en el tiempo, una cosa más por las que odié mi vida. Al final, su desprecio había jugado a mi favor, pero ahora podía darme el lujo de pasar la mayoría de mi tiempo con Jan sin llamar la atención. Aun así, tenía que matar el tiempo hasta que me encontrara con mi amado. Por lo general nos encontrábamos en la tarde o noche, en el lugar donde nos conocimos, y Jan tenía la costumbre de estar ocupado todas las mañanas ideando formas creativas de esquivar a su familia que trataba de comprometerlo. Esta mañana, en particular, había sido incapaz de zafarse de la reunión con su hermano Lar, así que por desgracia, teníamos que aplazar nuestra reunión hasta más tarde. Mientras paseaba por los pasillos del palacio, consideré ir al campo de entrenamiento. Sin embargo, era probable que Jan estuviera allí y tanto como quería estar a su lado, seguía siendo necesario que nuestra relación se mantuviera en secreto. Si escuchara su voz o su risa, me entregaría de inmediato. Cualquier persona, incluso los informales espectadores, reconocería mis sentimientos por él. En vez de dirigirme a los campos, decidí ir a los archivos. No había visitado la zona en bastante tiempo y honestamente, extrañaba el olor de los polvorientos tomos, el silencio y la sencillez

de estar allí. Por lo general, las oficinas de archivos estaban cerradas con llave, pero no la biblioteca contigua. Naturalmente, también podría forzar la cerradura, pero, ¿qué podría resultar de interés en las oficinas? Mientras caminaba, el ajetreo y el bullicio de los servidores comenzó a desaparecer y empecé a sentirme más cómodo en la soledad. No había nadie que me menospreciara, que me enfadara o que me acusara de estar maldito, me gustaría haber compartido este majestuoso silencio con Jan. Mientras pensaba en mi amado, desperté bruscamente al escuchar que unos pasos se acercaban de algún lugar en la derecha. Ahora bien, ese hecho en sí mismo no sería nada en especial, pero la parte del castillo donde se encontraban los archivos no llamaba mucho la atención tan temprano en la mañana. Todos los funcionarios estaban en las cocinas, los nobles aún no estaban despiertos, y los guardias ya habían tomado sus puestos. Mi madre era la única que podría esperar que llegara en cualquier momento, pero su trabajo se iniciaba más tarde, en una hora por lo menos. Por lo tanto, el misterioso visitante me intrigó. Por el sonido de sus pasos, los tacones contra el suelo de mármol, podría concluir que se trataba de una mujer. Con cuidado, me metí en las sombras para no ser visto cuando pasara. No tenía de qué preocuparme. Me pasó de largo sin siquiera detenerse, y sólo por eso tome una decisión. Su presencia aquí era tremendamente sospechosa y me pareció imprescindible seguirla y descubrir su motivo. Desde que ella había estado tan cerca, me di cuenta que pertenecía a la clase noble. Oí el roce de sus delicadas ropas contra los azulejos del piso del palacio, e incluso en su prisa, sus pasos cantaban la gracia de los elfos nobles. Tenía que averiguar por qué una mujer noble, estaría en los archivos a esta hora, sola y sin vigilancia. Tal vez podría necesitar algo de mi madre. Con cuidado, la seguí por los pasillos mientras corría. A juzgar por la forma en que se detenía de vez en cuando, llegué a la conclusión que estaba buscando algo. Al final, llegó a su meta y me colé en las sombras mientras sentía la presencia de otra persona.

La dama desconocida suspiró de alivio, sólo un indicio de irritación se mezcló con el pánico en su voz. —¡Por fin! Pensé que me había equivocado de lugar y no te encontraría. Casi suelto un bufido, cuando se señaló automáticamente a sí misma como la culpable que la reunión casi fracasara cuando era probable que la otra persona lo hubiera olvidado o hubiera llegado más temprano y alejado del lugar previsto. Afortunadamente, he tenido experiencia en ser sigiloso y me las arreglé para detenerlo justo a tiempo. Seguía escuchando, sintiendo malas vibraciones de la reunión secreta entre los amantes. —No es problema —una voz masculina que nunca había escuchado respondió—. Te habría encontrado si te hubieras perdido. Puse los ojos en blanco ante la cursilería, pero de nuevo, probablemente los amantes eran así de cursis cuando estaban juntos. La Diosa era la única que sabía de mis pensamientos asquerosamente dulces cada vez que pensaba en Jan. Sin embargo, el hecho que esta pareja se había reunido en este lugar secreto me intrigó y seguí escuchando. Les oí acercarse a mi escondite, y el temor me paralizó. No tenía que haberme preocupado, naturalmente, cuando ambos entraron a una habitación. Hice una mueca el escuchar el sonido inconfundible de ropa siendo quitada y podía imaginarlos en mi cabeza, claro contando con mi capacidad, a dos amantes apresurándose a quitarse sus caras ropas. Por los gemidos que siguieron, supe lo que sucedía en la habitación. Mi oído atrapó gemidos femeninos y masculinos, el sonido de una cama chirriante, jadeos, e incluso algunos insultos. Pensé que en algún momento la había oído llamar al hombre por su nombre, pero era demasiado incoherente para mí descifrar sus palabras. En cualquier caso, el espectáculo acústico me hizo decidir que había tenido suficiente espionaje por un día. La idea de continuar escuchándolos con esa clandestina mierda no tenía ningún atractivo para mí, sobre todo porque su encuentro trajo a mi mente lo que podría estar interesado en hacer con Jan. La simple idea de compararnos con estos dos me hizo sentir sucio, como si hubiera golpeado nuestra conexión de alguna manera.

A medida que me alejaba, sin embargo, escuché a alguien más por el pasillo. Maldije, dándome cuenta que debía ser mi madre. ¿Por qué llegó tan temprano al trabajo? En realidad no importaba. Si no encontraba un buen escondite, ella me iba a ver y les daría a conocer mi presencia a la pareja de amantes. Mi madre era una de las pocas personas que podía sentir mi presencia, por lo que no podía arriesgarme simplemente escondiéndome en las sombras como había hecho antes. Elegí el camino más seguro que era alejarme, por lo tanto, a toda prisa forcé la cerradura de la habitación contigua a la de los amantes. Desbloquearla fue fácil, y en cuestión de segundos cerré la puerta, volví a bloquearla y dejé escapar un suspiro de alivio cuando mis esfuerzos desesperados no causaron ningún ruido. ¡Gracias a la Diosa que los funcionarios elfos estaban obsesionados con mantener bien engrasadas las bisagras! Apenas un minuto después, la pareja se percató de la presencia de mi madre también. —¿Has oído eso, Ran? —susurró la mujer. —Shh… —silbó el hombre—. La puerta está cerrada. Vamos a estar bien. Los tres nos quedamos en silencio mientras mi madre caminaba más allá de las habitaciones. Hizo una pausa durante un segundo sobre la puerta de la habitación donde estaba escondido y pensé que había sido descubierto. Si alguien me encontraría, era ella o Jan, pero Jan no sería un problema, a diferencia de mi madre. Por suerte, ella decidió que su trabajo era más importante que una tonta sospecha y se alejó de las habitaciones, murmurando en voz baja: —Estás actuando como una tonta. No hay manera que esté aquí. Los dos amantes de al lado, obviamente, se habían perdido su último comentario, porque oí al hombre decir: —Debió haber sido el archivero. Se ha ido. —Gracias a la Diosa. Realmente pensé que nos había encontrado —respondió la mujer. Tras una breve pausa, ella empezó a decir algo más y su tono de inmediato llamó mi

atención—. ¿Realmente crees que el plan va a funcionar, Ran? ¿No es demasiado loco? —Fue tu idea en primer lugar —dijo el hombre, a su vez—. ¿Por qué dudas ahora? —¿Y si se entera? —dijo la mujer—. Lo conoces mejor que yo. ¿Qué haría? El hombre se rio entre dientes, el sonido parecía ser algo cariñoso, pero resultó un insulto a mi parecer. —No va a estar muy feliz por eso. Pero no te preocupes, no se atrevería a tocarte, mi amor. —No obstante, temo su ira. Es poderoso y su tacto me repugna —la mujer se quejó, frustrada—. Pero realmente no hay otra manera, ¿no? —Sí, mi amor. Lo sabes y lo sé. Por más que estar de acuerdo con este plan me duela, tanto como me gusta la idea de empujarte a su cama, no puedo encontrar otra solución. Casarte con mi hijo nos da la oportunidad perfecta de estar uno cerca del otro, sin correr el riesgo que nadie se entere. Es un buen plan. Esa frase me impactó más que todo lo que había escuchado esta mañana. No encontraba nada inusual en una aventura entre elfos nobles. Pero que un padre hiciera que su hijo se casase con una joven elfo para ocultar un romance era algo completamente nuevo para mí. La mujer suspiró de nuevo, sonando un poco reflexiva y melancólica. —Realmente no quería casarme, Ran. —Lo sé, mi amor —dijo el hombre—. Pero no puedo cambiar mi pasado, tanto como me gustaría. —Es cierto. Bueno… tendremos que asegurarnos que no se entere —concluyó la mujer—. No creo que lo haga. Está tan absorto en si mismo, es increíble. El hombre se echó a reír. ––Si, lo es. Aunque no te equivoques, él no es estúpido. Haciéndole creer que queremos una alianza las cosas resultaran más difíciles de lo que creemos.

La mujer se echó a reír. —No me preocupo sobre esa parte del plan. Ganaré esta batalla hoy. Es la guerra lo que me preocupa. —Ah, mi querida… siempre pensando en el futuro. Si tan sólo hubieras sido un hombre, hubieras sido un soldado maravilloso. Pero entonces, no habrías sido tan hermosa. El cumplido del hombre puso fin a la conversación y por los nuevos sonidos que escuché, me di cuenta que habían reanudado sus actividades anteriores. Quería salir de la habitación con el objetivo de no oírlos, pero temía que me encontraría con mi madre. Tal cosa sería un desastre, así que me resigné a mi castigo de escuchar una tortura acústica por media hora más. Por suerte para mí, la pareja de pronto se detuvo. —Oh, voy a llegar tarde —dijo la mujer, con profundo pesar en su voz. —Ten cuidado, mi amor —respondió el hombre—. Vamos a vernos en breve. Los dos amantes se despidieron, cada uno siguiendo su propio camino, tal y como habían llegado. Los escuché salir y entonces, cuando estaba seguro que no había moros en la costa, salí de mi propio escondite. La necesidad de conocer toda la historia corría a través de mí y sentí lastima por el pobre tonto que se vería atrapado en un matrimonio con una mujer tan mentirosa. Quería seguirla, para averiguar su identidad y revelar sus mentiras. Pero, ¿me creerían más que a una dama de la aristocracia? Incluso si alguien me creyera, estaría arriesgando mi propia vida y la de mi madre al traer la ira de esos elfos sobre nosotros. No podía correr el riesgo. Por otra parte, las únicas cosas que tenía era haber oído la conversación por casualidad, un apodo, y dos voces. Eso era algo muy pobre, por decir algo, incluso si me quedara en la absurda situación de tratar de averiguar más del tema. No supe, que la información que había ignorado tan fácilmente pudo haberme salvado junto con mi amante. No sabía

que, en mi excesiva cautela, había renunciado a mi propia oportunidad de sobrevivir.

CAPÌTULO IX

Jan'ke Nightbourne:: Decisiones
pciones. Los pasos que inexorablemente nos llevan en direcciones desconocidas. Siempre he creído en la importancia de elegir cada paso con cuidado, ya que incluso la forma de vestir o de dramáticamente beber vino, a través de una huelga de destino, influye en el curso de tu vida.

O

Y, sin embargo, cuando llegó mi momento para tomar la decisión más importante de mi vida, no vi las consecuencias de ese paso. No vi cómo mis acciones iban a afectar a los demás, cómo afectarían al hombre que amaba. Y a través de mi arrogancia y egoísmo, nos condené. Todo comenzó el día en que fui en contra de la promesa que le había hecho a Alix. Me doy cuenta ahora, que siempre había tenido una mejor idea de la maldad que la mía. Incluso si él no interactuaba con los Windwisp como yo, se las había arreglado para adivinar lo imposible, de hecho, como mi perdición. Podría estar inclinado a pensar que las circunstancias en el momento me llevaron por la dirección equivocada, errando completamente y avergonzándome del todo de mí mismo el día de hoy. Después de todo, soy un soldado y he visto la falsedad que los elfos escondían en toneladas, no lograba entender sus implicaciones. No obstante, esa no era una excusa a mis errores o mi arrogancia. Si eres estúpido o ignorante, debes escuchar a los más sabios. Pero, no, no era capaz de aceptar mis defectos. Me imaginé que era grande, tan increíblemente inteligente que logré engañar a

mi padre con mis mentiras. Reconocí mis defectos físicos con una facilidad razonable cada vez que me miraba en un espejo. Pero no vi los más importantes, mi propia ingenuidad y mi propia estupidez. No se me ocurrió que, quizás, los motivos de Alana me afectarían, que todo en este mundo tiene un precio y una conexión. Irónicamente, confiaba en todas las personas, haciendo a un lado al único hombre que deseó mi bienestar, quitándole importancia a sus opiniones y preocupaciones. Alix, Alana, el Conde Windwisp, Lar, mi padre, Eireene Skyeyes. Todo el mundo juega parte de su papel en esta tragicomedia… pero fui yo quien se equivocó, quien pensó que podía ver los corazones con la misma facilidad que podía encontrar las huellas de mis enemigos en la hierba. Y mientras que con el tiempo me enteré de los secretos de Alix de la peor manera, no podía encontrar nada en mí para culparlo por ocultarlos. Porque no soy digno de su confianza, no soy digno de su amor. Sólo espero de alguna manera, algún día, encontrar una forma para ganarme su perdón. ***** asaron varios meses después de mi alianza con Alana. Durante ese tiempo, seguí reuniéndome en secreto con Alix. Nos besamos, pero he tenido miedo a permitir que me toque más, por temor que una vez que conozca mi verdadera apariencia me vaya a rechazar. Al mismo tiempo, Alana y yo continuábamos con nuestro plan y todo parecía ir bien. Le había dicho a Alix sobre nuestra alianza y aunque pude ver que se molestó porque pasaba mucho tiempo con ella, se acordó que no tenía otra opción. Exigí un montón de él y me prometí a mí mismo, que de alguna manera, haría las cosas mejores para él muy pronto. Por mi parte, encontré cierta medida de alivio con este plan que había preparado, no sólo porque mi padre callara, sino que también porque al contrario, no había necesidad de explicar mi presencia permanente en el castillo de los fae. Muchos de los elfos oscuros que habían venido para la fiesta ya se habían ido, regresando al norte de Thralnia. Incluso los fae real, se habían ido a su residencia de verano. Nosotros los Nightbournes estábamos entre las pocas familias que aún estaban presentes.

P

Una desventaja, sin embargo, era el hecho que mi hermano también se había quedado. Parecía haber desarrollado un interés inusual en mí. Una vez más, hoy vino a molestarme con sus preguntas y a arrastrarme fuera a desayunar. Pensé que no había tenido una vida equilibrada en un siglo, desde que no vivía con mi madre. Por supuesto, mi molestia era probablemente más debida a su estilo de vida. Lar no tardó en empezar a interrogarme. —Así que, hermano… Dime, ¿qué has estado haciendo últimamente? Arqueé una ceja hacia Lar. Esas sesiones de preguntas se habían hecho cada vez más y más audaces, cada vez más frecuentes. Si bien no me importaba hablar sobre todo con mi hermano, sobre temas inocuos, hablar de mi vida privada hacía mucho tiempo que había dejado de ser tan inofensivo, sobre todo porque sospechaba que su única razón para interferir en mi «relación» con Alana había sido por petición de mi padre. —Nada en especial —contesté sin comprometerme—. Practicando en el campo, lo de siempre. Lar sonrió, sus ojos brillando con malicia, como si supiera algo que yo no. —Es gracioso que digas eso —respondió—. Fui al campo ayer y los soldados me dijeron que no te habían visto en todo el día. De hecho, señalaron que cada vez ibas menos. Mis entrañas se apretaron ante la observación de mi hermano. Por supuesto, no sabía de mi relación con Alix. Sin embargo, si mi comportamiento era lo suficientemente sospechoso para llamar la atención de Lar, es porque había sido descuidado en la frecuencia de mis encuentros con Alix y ahora reunirme con Alana no sería suficiente. Con mucho cuidado esquivé la consternación de mis facciones y le ofrecí a mi hermano una sonrisa que no sentía. —Bueno, entonces digamos que he encontrado otros intereses. La sonrisa de Lar se amplió y supe que sospechaba que mis nuevos intereses se basaban fuertemente en Alana Windwisp. Después de todo, me había comprometido con ella, no hace mucho tiempo. Ya sea que actuó por orden de mi padre o su propia

voluntad, es obvio que me creyó enamorado de la dama fae. En este punto, el único curso de acción que podía tomar era fomentar esa creencia. —¡Deja de lucir tan sorprendido! —le dije—. Después de todo, fuiste tú quien me llevó a esto. Lar asintió con la cabeza y caminamos lado a lado en silencio durante un rato. Tenía la esperanza que no hubiera visto más allá de mi mentira, porque realmente no necesitaba más complicaciones en mi vida. Muy a mi pesar, cuando mi hermano se volvió de nuevo hacia mí, sus ojos parecían solemnes y su sonrisa había desaparecido. —¿Hablas en serio acerca de ella, Jan? —preguntó, mirándome a los ojos. De repente, las mentiras que le dije a mi hermano empezaron a estrangularme. Parecía que realmente se preocupaba por mi bienestar y sin pensarlo lo había engañado. Y, no obstante, no tenía otra opción. Si Lar descubriera la verdad, me odiaría, y negaría los lazos de sangre que nos unían, sintiéndose traicionado. Ambos habíamos pasado mucho tiempo con hombres antes de las leyes de sodomía, pero enamorarse no era lo mismo que follar. Lar, probablemente, había olvidado sus días sobre aquel entonces. Si descubriera mi relación, podría decirle a mi padre, y por lo tanto, comprometer la posición de Alix en la corte. Por mí, por Alix, y por el mismo Lar, tenía que mentir. —Lo digo en serio, Lar —contesté, cuidando de mantener mi expresión indescifrable—. Realmente quiero trabajar en esta relación. Mi hermano parecía estar convencido con mi respuesta y me dio una palmada en la espalda, regalándome una sonrisa de satisfacción. En efecto, quería trabajar en una relación, pero para nada con Alana. —Tus palabras me traen alegría, hermano —dijo—. Estaba empezando a pensar que nunca encajarías con la presión que hay en tus hombros.

El sentimiento de culpa que había experimentado desapareció como si nunca hubiera existido. Apenas me abstuve a darle patadas en la cara, y sólo porque alguien se acercaba detrás de nosotros. ¿Cómo se atrevía a menospreciarme de una manera tan cruda? ¿Realmente no apreciaba lo que había hecho en la guerra? Pero por otra parte, ¿cómo no hacerlo? Había visto mi cara todos los días. Quería golpear una vez más al caer en este combate de autocompasión. Tal vez mi hermano tenía un punto y yo sólo lo había tomado a mal. De cualquier manera, tenía que mantener la calma y seguir adelante con el plan. Tenía que mantener mi relación con Alix en secreto, a toda costa. Impidiéndome responder, ignoré la última declaración de Lar. Lar por una vez tuvo la sabiduría de mantenerse en silencio. En ese silencio continuamos caminando hasta que llegamos a la gran sala. Mi padre, Alana, y el Conde Windwisp estaban sentados y suspiré, comenzando a ver un patrón. —Buenos días, padre, Conde, mi Señora —dije secamente. Todo el mundo me recibió con el mismo entusiasmo y cuando nos sentamos, los sirvientes comenzaron a traer un delicioso desayuno. Empecé a contar los minutos hasta que cesara la tortura y pudiera escapar a encontrarme con Alix. Mecánicamente, comencé a comer, ni siquiera sintiendo el sabor del pan élfico o la fresca bebida como la miel tan refrescante. Todo palidecía en comparación con la dulzura de los labios de Alix. Era como tratar de vivir sin una droga, necesitaba verlo lo más pronto posible. Por desgracia, mi despiste me hizo perder toda la conversación que tenía lugar en la mesa. Eso, en sí mismo, no era una pérdida. Sin embargo, ya que parecía ser el tema de discusión, me reprendí por no prestar más atención. Ni siquiera me hubiera dado cuenta de esto si no fuera por mi hermano, quien me dio un codazo debajo de la mesa, en silencio diciéndome que prestara atención. En efecto, el Conde me había hecho una pregunta y no pude dejar de preguntarme que me había perdido por soñar despierto con mi dulce amor.

El Conde Windwisp arqueó una ceja inquisitiva hacia mí. —Así que, en general… ¿supongo que ha considerado una posible unión entre nuestras casas? —¡Padre, por favor! —Alana susurró, luciendo avergonzada. Dudaba mucho eso, la vergüenza era genuina. —No me mires así, hija —respondió el Conde—. Ya es hora que te vuelvas una mujer honrada. Mentalmente, rodé los ojos ante el espectacular comportamiento del Conde. No había tocado a su hija y él lo sabía. Sin embargo, la conversación tomó un giro peligroso hacia mí. Si después de todo creía que me había acostado con Alana o si se había corrido ese rumor, me vería obligado a tomarla como mi novia. No puedo empezar a entender por qué tocábamos ese tema en el desayuno, donde cualquier persona podía escuchar. Tal vez eso exactamente era lo que habían pensado, empujarme a un matrimonio que no tenía ninguna intención de consumar. Una vez más, me pregunté qué me perdí, pero no puedo saberlo ahora. El control de daños parecía haber sido planeado y organizado rápidamente. —Conde Windwisp… Seguramente, le permitirá a su hija y mí más tiempo para conocernos un poco mejor —le contesté con toda la calma posible. El Conde hizo una mueca, visiblemente irritado por mi inteligente respuesta. —Como he dicho antes, soy muy consciente que se han estado encontrando en secreto. Me han dicho que ha expresado interés hacia ella. Por lo tanto, asumo que está pensando en pedir su mano. Mi mente se dirigió inmediatamente al momento en que había acordado con Alana mantener nuestra relación. Los dos habíamos acordado que necesitábamos simularlo, pero también que sólo era una simulación y nada más. Hice hincapié que ni el Conde ni mi padre podrían llevarnos a un matrimonio. Pero ahora, mi pequeño castillo de naipes comenzó a derrumbarse ante mis ojos. Me acordé de la conversación que acababa de tener con mi hermano y me di cuenta que Lar debió de haber sabido algo sobre este asunto. De lo

contrario, no habría demostrado su particular preocupación sobre la seriedad de mi relación con Alana. Algo estaba muy mal. No pensé que Alana sería capaz de traicionarme tan completamente, ya que, después de todo, yo había sido quien sugerí esta alianza, en primer lugar. Además, sólo era una mujer. No se atrevería a ir en mi contra de esta manera. De todos modos, ahora, no importaba el quién y el qué había conducido a este momento. Con todo el mundo mirándome a la espera de mi respuesta, no pude pensar en ninguna manera de salir de este lío. Alana me miró suplicante, el Conde me dio una mirada de desaprobación, Lar parecía confundido, y mi padre, mi padre simplemente lucía como a punto de dar a luz. ¿Qué podía hacer? Aceptar, por supuesto. A pesar que asentí con la cabeza y acepté la proposición, mis ojos sólo podían ver la confianza en el rostro de Alix y sus hermosos ojos ciegos. Escuché mi voz, hablar y decirle al Conde lo agradecido y emocionado que me sentía por este honor, pero en mi cabeza resonó más fuerte la voz que pertenecía a mi amado, a mi Alix, advirtiéndome de Alana, cómo había estado tan afectado y hacerme que le prometiera que tendría cuidado. ¿Cómo podría decir que ahora tendría que casarme con ella? Terminamos el desayuno en un ambiente festivo y traté de mantenerme entusiasta, aunque en realidad, cada segundo parecía asesinarme en mi interior. No estaba casado con ella todavía, y aun así, la vergüenza de mi traición era una suciedad invisible, que me pedía fregar mi piel hasta quitarla de mi cuerpo. Alix merecía saberlo. Tenía que decirle. Tenía que hacerlo. Pero, ¿cómo? Al salir de la habitación todavía perdido en mis pensamientos, mi hermano me siguió y me dio una palmada en mi espalda con su habitual alegría. —Felicitaciones. Me alejé de él, sintiéndome traicionado, y le ofrecí mi mejor -o peor- mirada feroz. Dio un paso hacia atrás, su gesto un claro recordatorio de sus verdaderos sentimientos por mí. —Y una mierda —gruñí, empujándolo fuera de mi camino. Me estaba ahogando, como si estuviera atrapado en una cueva de

animales salvajes sin salida. Necesitaba ver a mi amado. Él era mi única ancla de cordura en toda esta locura. Apenas suprimí la necesidad de salir corriendo hacia nuestro lugar de encuentro. Llamaría la atención sobre nosotros y eso sólo complicaría más las cosas, causando otro desastre. Pareció una eternidad hasta que finalmente entré en el pequeño jardín. En efecto, allí estaba y me esperaba como sabía que sería. —Tuve un extraño sueño anoche —dijo, un poco pensativo mientras me acercaba. —¿Un sueño? —repetí inquisitivamente, agradecido que no tenía que abordar de inmediato el tema sobre mi boda inminente. —Si. Era extraño, como si pudiera ver. —Alix negó con la cabeza, como para disipar un mal recuerdo—. Además, me encontré con un par de nobles teniendo una aventura. Se me escapó una risita, aunque no me sentía divertido. —Suena como que tuviste una inusual mañana. Alix vio a través de mi risa falsa y de inmediato se volvió hacia mí. —¿Qué pasó? —preguntó, preocupado—. ¿Sucedió algo en el desayuno? Abrí la boca para decirle que me habían obligado a aceptar, pero las palabras no salían. Se veía tan increíblemente hermoso y sus ojos ciegos, que lo marcaban como un maldito para todos los demás, eran, para mí, una parte más de su perfección. Había sido tan injusto con él, obligándole a ocultar nuestro amor, no permitiéndole conocer mi cara. Le había dolido no poder verme y aun así, no negó mi deseo. —¿Alix? —Su nombre en mis labios sonaba vacilante, incluso a mis propios oídos. —¿Sí? ¿Qué es, amor? Me estás preocupando.

—¿Todavía quieres verme? —espeté de repente queriendo darle algo de mí, por lo menos. No podía considerar mi oferta por compensación por lo que había hecho, por lo que estaba a punto de confesar, pero sé que eso lo haría feliz, al menos de momento. Dudó y supe que esta oferta había sido lo último que había esperado. Pero luego me ofreció la sonrisa más brillante que jamás me había dado y casi me vine abajo, sabiendo que si se enteraba de mi compromiso con Alana, no volvería a verla otra vez. Una pequeña voz dentro de mí susurró: «No tiene por qué saber. No tiene mucho contacto con los nobles de todos modos». ¡Pero no! Tenía que decirle. Tenía que encontrar una manera. Sin embargo, no hoy. Hoy era para nosotros. Le contaría mañana. Hoy, le daría a Alix la parte mía que anhelaba. Había tanta gente que me veía cada día, y sin embargo me había negado a él. Incluso cuando nos besábamos, mantenía la parte dañada de mi cara lejos de él, evitando cuidadosamente todo contacto sobre su piel. Había llegado a ser tan natural que ni siquiera tenía que pensar en ello. Tenía la esperanza que Alix no me iba a rechazar, una vez que, conociera mi verdadero yo. De alguna manera, Alix sintió las dudas y temores de mi corazón. —Si, por supuesto que quiero verte —contestó, casi luciendo con miedo—. Pero, ¿estás seguro? ¿Completamente seguro de esto? No, pero su preocupación hizo que diera el paso final. Incluso si una parte de mí todavía temía que sus sentimientos iban a cambiar, no permitiría que me desanimara. —Estoy seguro. Mientras le contestaba, tomé su mano y la puse en mi mejilla. Seguía ciegamente mi cara, mi cuello, trazando mis cicatrices con sus dedos y luego jadeando. Mi corazón cayó ante su reacción, pero luego habló: —Oh, amor. Eso tiene que haber dolido. ¿Cómo sucedió?

—Recibí una bola de fuego en la cara hace quince años —le contesté, viendo que no parecía horrorizado por mi aspecto—. No perdí la vista por un milagro, aunque no veo muy bien desde eso. Permaneció en silencio durante un tiempo, encontrando cada cicatriz con sus dedos. —Es por esto que no querías que te viera —dijo. No era una pregunta, sólo una declaración, un hecho, pero aun así, asentí tensamente con la cabeza, sabiendo que ya que estábamos tan cerca el uno del otro, sentiría mi movimiento. —Jan… —Dejó escapar un suspiro y por un segundo pensé que había cometido un error al mostrarme, que ahora sentía desprecio por mí, o peor aún, piedad. Su reacción fue tan diferente, que me llevó a dudar. Sonrió ligeramente y procedió a presionar pequeños besos sobre todas las cicatrices quemadura en mi cara. Me puse tenso al principio, pero pronto, la sensación de sus labios en mi piel dominó mi malestar con la acción reflexiva. Mi corazón se llenó de emoción y mi cuerpo respondió. Mi endurecida polla ya suspiraba por su contacto, haciendo que necesitara más aire. —No hay nada de qué avergonzarse —susurró en mi oído—. Tus cicatrices son parte de ti, una prueba de tu lealtad y valentía en la batalla. Lo agarré de sus hombros y alejé mi piel quemada de sus labios, remplazándola por los míos. Ahora que sabía que no me rechazaba, ya no tenía miedo de dejar que me tocara. Lo quería mucho, con una pasión que ardía con la misma intensidad de la bola de fuego que había marcado mi piel, y él me quería a mí. Podía decirlo por la forma en que me devolvió el beso, hambrientamente, haciéndose eco con el mío. Nuestras lenguas se batían en duelo, mientras nos alimentábamos de la boca del otro, desesperados por sentir el éxtasis que sólo puede dar el estar con la persona que amas. Pronto, nuestros besos dejaron de ser suficientes. Lo empujé hacia el banco y comencé a colocar pequeños besos en su cara. Dejó escapar una pequeña risita mientras le besaba el cuello, pero la risa se convirtió en un grito de asombro cuando pase la lengua alrededor de la punta de una de sus orejas puntiagudas. No podía dejar de sonreír, al darme cuenta que había encontrado un punto

erógeno. No me sorprendió con exactitud, pues este era el punto con otros amantes, hombres y mujeres. Como un hecho común, las orejas de los elfos tienen una gran cantidad de terminaciones nerviosas sensibles, pero me deleitaba con el conocimiento de poder darle a mi amado unas emociones que nunca había experimentado. —Jan… ¿Qué…? —preguntó, casi incoherentemente. —Silencio —le susurré—. Sólo tienes que disfrutar. Mi mano abrió su curiosamente bordada camisa y alcance el pezón izquierdo sin dejar de atormentar su oreja. Su cuerpo se arqueó en la banca y dejó escapar otro sonido de placer mientras torturaba la pequeña protuberancia. Parecía aún más hermoso en medio del placer y sus sonidos eran maravillosos al igual que cuando cantaba. Me perdí en esa hermosa voz que jadeaba mi nombre y en el tacto de su piel debajo de mi lengua, olvidando al resto del mundo, olvidándome de todo, menos de darle a mi amor el éxtasis que se merecía. De repente, el cuerpo de Alix se tensó debajo de mí y no por placer. Segundos más tarde, me di cuenta de la razón detrás de su cambio de actitud. Alguien se acercaba. Inmediatamente me alejé y maldije, preguntándome cuáles eran las probabilidades que tal cosa ocurriera sobre todo este día. ¿Podría alguien haberme seguido hasta aquí? Si era así, no podía arriesgarme a ser visto. Alix debió de haberse dado cuenta de esto, aunque no sospechaba la verdadera razón. —Jan, no podemos hacer esto aquí. Cualquier persona puede aparecer. Asentí con la cabeza, sabiendo que tenía un punto, pero me sentía demasiado reacio a abandonar a mi amado. Sin embargo, ahora más que nunca, debíamos ser cuidadosos. El pensamiento trajo a mi mente mi compromiso con Alana y el hecho que tenía que decírselo de alguna manera. —Alix… nos vemos fuera del castillo en la madrugada —le dije, tratando de no sonar demasiado triste. Asintió con la cabeza y me dio una mirada entusiasta. Suspiré para mis adentros al darme cuenta que por una vez, se había

perdido la tristeza de mi tono y que tenía en su cabeza algo totalmente diferente a lo que yo tenía. Prometí que no me aprovecharía de él, pues al menos había algo entre nosotros más allá de la lujuria. También había amor y respeto, y me negué a humillarlo así. Nos separamos con un último beso y con cuidado nuestros caminos se separaron. Me di cuenta que, en efecto, la persona que me había seguido era mi hermano y quería estrangularlo hasta la muerte por arruinar mi reunión con Alix. No me di cuenta que ese beso era el último que compartiríamos en nuestro pequeño jardín.

CAPÌTULO X

Alix Skyeyes: Tender puentes rotos.
omo de costumbre, está oscuro y frío en la celda donde estoy encerrado. Me siento cada vez más débil y he perdido la cuenta de los días desde que me han encerrado aquí. Sé, sin embargo, que hoy es el día en que los guardias nos dan de comer, sólo unas pocas piezas de pan élfico duro y podrido acompañado con agua estancada. Por algún milagro, no se saltaron mi celda hoy. La única vez que me alimentaban era cuando me arrastraban a mis sesiones de tortura. O eso es lo que solían hacer. Teniendo en cuenta mis repetidos intentos de fuga y que herí gravemente a varios guardias, mientras luchaba con ellos, han recurrido a mantenerme perpetuamente atrapado en esta celda. Su elección de no desencadenarme ya no me importa mucho. Al final, el tratar de escapar es inútil. Incluso si encontrara una manera de salir de esta celda, más guardias esperaban a la vuelta de la esquina, ávidos de una excusa para matarme. Debo de sobrevivir, incluso si eso significa tragar esta nauseabunda comida. Mastiqué el pan que empujaron en mi boca, a pesar que todo lo que quiero hacer es morder la mano de la persona que me da de comer. El sabor de la comida es amargo en mi boca, nada como el sabor de los labios de Jan. Todavía recuerdo el último beso que nos dimos en el jardín del palacio fae. Tal vez sea porque siempre consideramos ese lugar nuestro, el lugar donde me enamoré por primera vez y, probablemente, por última vez en mi vida. El pequeño jardín significaba el mundo para nosotros, para mí, al menos. No sé lo que

C

mi amado sentía. Y eso es irónico, cuando una vez pude haber jurado que me amaba tanto como yo lo amaba. Por otra parte, no merezco el amor de Jan. Tal vez realmente merezca morir en este lugar, podrirme solo en la prisión, solo y olvidado. Me hubiera gustado al menos, pedirle disculpas a mi amor, decirle que nunca quise mentirle. Hubiera querido decirle que entendía el por qué me había mentido, aunque en verdad, no lo hacía. Todavía estoy tan enojado, y al mismo tiempo, no lo estoy. Mi amor por él es más fuerte que mi ira, no obstante, aún siento hervir mi sangre con la idea que él se casará con esa mujer. Sólo ese pensamiento me hace seguir adelante con el conocimiento que alguien debería de advertirle a Jan sobre Alana y su traición antes que sea demasiado tarde. Me gustaría poder salir de este lugar y regresar al palacio aunque sólo sea por un día. Poderle advertir, decirle que no se case con esa vil criatura. Y tal vez, sólo tal vez, poder verlo. Todavía no conozco que aspecto tiene. En mi corazón, sé que es muy guapo, a pesar de sus cicatrices. Siempre lo he sabido de alguna manera, y ahora deseo poder verlo, verlo realmente. Tal vez su cara me traería un poco de consuelo. Los pocos recuerdos visuales que tengo son demasiado tristes y violentos y casi me gustaría poder olvidarlos. Pero entonces, me acordé de otra cosa. A veces, las imágenes que aparecen en mi cabeza no son de la perfecta novia de Jan, son de mi madre. Es una de las pocas que recuerdo visualmente y estoy agradecido que mis ojos no cayeron solamente en las personas que odiaba. No odio a mi madre, a pesar de todo lo que me escondía. Sinceramente, creo que ella hizo todo lo posible, pero al final, no fue lo suficientemente bueno. Ella había sospechado algo. Había visto su ansiedad ese día, cuando finalmente nos convertimos en madre e hijo. Había sentido su temor, y sin embargo, lo había descartado. Creo que debe de haber sabido lo que iba a pasar, pero que no encontró la manera de decirme. Ella era mi madre, después de todo, y no podía soportar la idea de dañarme. Temo por ella ahora, mientras espero aquí, en esta celda. ¿Qué será de ella? ¿Se las arregló para escapar? Tantos pensamientos pasan por mi mente, tantos buenos deseos… por los

muchos pesares. Ojala no hubiera permitido que mi estúpido orgullo me alejara de ella por tantos años. Tal vez nuestra vida hubiera sido diferente. Pero aun así, estoy agradecido de arreglar las cosas, antes que me alejaran de ella, de decirle cuánto la quise. ***** abía alguien en los pasillos adyacentes al jardín. Cuando ambos abandonamos nuestro refugio, exploré el área cuidadosamente para asegurarme que nadie nos viera salir. Me dolió casi físicamente el tener que interrumpir la reunión con Jan tan temprano, pero no tenía otra opción, si queríamos mantener nuestro amor en secreto. A pesar de toda la tristeza y molestia de esta situación, el tiempo que he pasado con Jan en el jardín todavía me trae una inmensa felicidad. Me había permitido verlo y había sido mucho más cariñoso que antes. Mi corazón estaba rebosante de alegría y amor, y no podía soportar la idea de seguir manteniendo mi relación con Jan escondida de mi madre. Casi corrí por los pasillos hacia los archivos. En este momento, ella estaría allí y no en casa. Tenía la esperanza que no estuviera demasiado ocupada, porque de verdad, necesitaba alguien en quien confiar. Mi madre era la única que me había aceptado siempre, a pesar de mi ceguera. Mi madre y ahora Jan. Apenas podía creer que me amaba lo suficiente como para confiar en mí tan completamente, a pesar de sus inseguridades, a pesar de mi maldición y de mis defectos. No obstante, todavía recuerdo la sensación de su piel contra mis dedos, y no podría haber negado su afecto por mí, aunque lo quisiera. Al entrar en los archivos, llamé a mi madre, esperando que no tardara en responder. A veces se perdía en su trabajo tan a fondo que no me oía cuando venía a visitarla. Por otra parte, tal vez sus hábitos habían cambiado con el tiempo. No había ido a visitarla hace mucho tiempo. —¿Madre? ¿Estás aquí? —pregunté, caminando con cuidado. Los archivos siempre se apilaban en libros o en documentos, y había encontrado que era difícil caminar, sobre todo porque se mantenían cambiando su ubicación. Me parecía estar mejor ahora,

H

cuando mis sentidos de alguna manera me guiaron a dar el paso y a dónde ir para no causar un desorden en el trabajo de mi madre. Mi madre era la única mujer elfo que sabía trabajar en una posición oficial. Había amado los libros desde que era una niña y había ayudado en todo al ex archivista. Tan divertido como parece, el archivista había sido llamado a luchar contra los demonios. No había regresado, y en todo el caos, alguien que lo remplazara era trivial. Durante la noche, mi madre había ido a parar al archivero del palacio. Ella se aferró a su posición con uñas y dientes durante mis años de infancia, porque tan difícil como eran las cosas para nosotros, su trabajo nos había proporcionado una casa y sustento. La oí venir hacia mi espalda a toda prisa y podía sentir el pánico ligero en su andar. —¿Alix? ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, con voz temblorosa, como si temiera mi respuesta. —Quería verte —contesté simplemente. En verdad, en realidad no podía verla, pero mi madre sabía lo que quería decir. Mi serenidad le indicó que no pasaba nada, porque mi madre se calmó. Eso provocó un problema completamente diferente cuando ella se aclaró la garganta y una vez más, la incomodidad se reunió entre nosotros, el abismo de secretos que se negaba a compartir, de nuevo, amenazó con separarnos. —Necesito hablar contigo —le dije decididamente, más por romper el silencio que por otra cosa. Dejó escapar un suspiro cansado y me di cuenta que pensaba que quería, una vez más, conocer sobre mi nacimiento. —Alix, ya te lo dije, no puedo… —No, mamá. No de eso —interrumpí airadamente. No quería esos secretos que siempre me perseguían. No, ya no me preocupaba por el pasado. Tenía algo en el futuro por lo que seguir adelante. Y quería compartirlo con la persona que, a pesar de todo, había estado allí para mí.

Se quedó helada al oír mi apodo hacia ella. No lo había usado durante los años que nos habíamos distanciado. A veces ni hablábamos. —¿Alix? —Su voz temblaba un poco de nuevo y por dentro me maldecía por mi propia obstinación que nos había mantenido separados. —Lo siento, mamá —le dije, un poco avergonzado por las lágrimas que corrían con descaro desde las esquinas de mis ojos. —¡Oh, silencio! Soy yo quien debe decir eso. Envolvió sus brazos a mí alrededor y cerré los ojos, respirando su reconfortante y familiar aroma. Su calor me dio fuerza y cuando me incliné en su abrazo, me di cuenta de lo mucho que la había echado de menos, lo mucho que había echado de menos esto. —¡Oh, hijo! Pensé que nunca escucharía esa palabra de ti. Me llevó a un sofá cercano e hizo que me sentara a su lado. Sin decir nada, puse mi cabeza en su regazo, no reconociendo el repentino dolor en mi pecho. Después de todo, tenía todas las razones para ser feliz y no aferrarme a esta melancolía. Ella me acarició el pelo durante un rato y de repente preguntó: —Dime que tienes en mente. ¿Qué pasó? Por un segundo, dudé sobre permanecer en silencio, aunque me había dicho en el camino que compartiría mi amor tan amplio y profundo como el mar con mi madre. Su mano se detuvo en mi cabello y suspiró. —No debes decirme si no lo quieres. Todo está bien. Dudé un segundo más, reconociendo el peso de lo que tenía que revelar. Sin embargo, si de verdad tenía la intención de arreglar la situación con mi madre, tendría que mostrarle que, de hecho, quería ser como antes. No tenía otra opción. —Conocí a alguien —respondí simplemente.

Su cuerpo se tensó, una clara reacción de su sorpresa. Creo que ella no esperaba que me enamorara o tal vez no lo quería. No tenía mucho sentido, pues todos los elfos del palacio, los nobles o soldados, e incluso los funcionarios sólo me demostraban desprecio. Levanté la cabeza de su regazo y sonreí. —Está bien. También él me quiere —le dije, con la esperanza de transmitirle que no tenía que temer por mi amor. Sólo cuando la frase salió de mi boca me di cuenta lo que había dicho. Acababa de decirle a mi madre que me enamoré de un hombre y que ese hombre se había enamorado de mí. En la sociedad de los elfos, tal cosa sería la peor pesadilla para una madre. De acuerdo con las leyes de sodomía, un hijo que se encontraba con otros hombres era la entera vergüenza de la familia. Su nombre sería borrado de los anales de la familia como si su propia existencia contaminara el clan. Contaba con el hecho que no teníamos una gran importancia en el clan. Para empezar, no éramos particularmente importantes en la corte. Mi madre era de sangre noble, pero sus propios padres la habían desterrado después de mi nacimiento. Tal vez, teniendo eso en cuenta, no tendría demasiado incentivo para ir en mi contra. —Oh —dijo simplemente, obviamente en estado de shock—. Esa persona a la que amas, entonces, es otro hombre. Asentí con la cabeza sin decir una palabra, preguntándome qué pensamientos pasaban por su cabeza mientras estaba sentada allí, en silencio. No pude soportar más la incertidumbre. —¿Mamá? ¿Estás enojada? Me odié por la vulnerabilidad de mi tono. No permitido tal emoción en mucho tiempo, y en un día mostrado vulnerable ante dos personas. No obstante, hacer todo de nuevo, me gustaría hacer las mismas madre y Jan me amaban. Simplemente era así. me había me había si pudiera cosas. Mi

—Oh, cariño, ¿estás seguro? No quiero decir sobre que te amé. Pero es tan complicado. —Lo sé —contesté seriamente—. Sé que es complicado. Sin embargo, podemos hacer que funcione. Nos amamos. —No podía dudarlo de ninguna manera. No sólo ponía en constante riesgo su posición en la corte al verme, sino que también me había permitido

ver y tocar su cara. Me amaba, lo podía sentir. No tenía ninguna duda. ––¿Cuál es su nombre? Me quedé helado ante la investigación de mi madre. Hablarle de mis sentimientos y revelar la identidad de mi amante son dos cosas completamente diferentes. Las paredes del palacio tienen oídos e incluso aunque no oía que nadie se acercara, no podía arriesgarme a que alguien se enterara. Al darse cuenta que parecía reacio a hablar, mi madre sin rodeos señaló: —Entonces mantienen su relación en secreto. Asentí con la cabeza, por alguna razón molestándome la desaprobación de mi madre con la situación. —Es más seguro. —¿Puedo llegar a la conclusión que es un noble? —Sí —respondí casi vacilante—. ¿Qué pasa, mamá? ¿Qué estás pensando? —Cariño… por favor, no lo tomes a mal. Me alegro por ti. Es sólo… no es seguro enamorarse de un noble. —No es mi padre —repliqué con frialdad. —Oh, lo sé. —Soltó una risa un poco amarga—. Eso sería un poco difícil. Sólo quiero que tengas cuidado. No quiero ver que termines lastimado. Abrí la boca para decirle que todo estaría bien, pero las palabras no salían. Realmente no sabía que iba a suceder. Jan estaba jugando un juego peligroso, aliándose con Alana. Mañana, me encontraría con Jan más allá de las puertas del palacio y tenía la sensación que no sería un día que disfrutaríamos. —No te preocupes, mamá. No es así. Ya lo verás. —¿Me reuniré con él entonces? —preguntó mi madre, un rastro de escepticismo en su voz. Su desconfianza en el amor de Jan causó que una incipiente ira fluyera por mis venas, pero alejé mi irritación. No conocía a Jan. Tal vez sí lo hiciera, vería nuestro

amor y se sentiría mas tranquila con todo el asunto. Tenía que planear todo cuidadosamente, sin embargo. Necesitaba hablar de ello con Jan y ver cuándo podría escaparse de Alana y su familia de pesadilla. —Tal vez, cuando sea seguro —contesté con neutralidad—. Le preguntaré mañana. Mi madre se abstuvo de cualquier comentario adicional. Me quedé en los archivos un poco más de tiempo, disfrutando de su compañía y en silencio. La tranquila y apacible atmósfera me dio un descanso de la hostil que por lo general me rodeaba. Esperaba también poder convencer a Jan de venir a visitar a mi madre. Estaba seguro que le gustaría estar aquí. Me hizo sentir un poco frustrado el saber que iría a cenar con Alana de nuevo, pero Jan me había dicho que todo estaría bien, que tenía las cosas bajo control. Como él y Alana compartían el mismo interés de evitar su boda, estaría a salvo de encontrarse con ella. Ese acuerdo permitía que el Señor Nighubourne y Jan permanecieran en el palacio sin atraer sospechas. Antes de salir de los archivos, le di a mi madre otra sonrisa. No sabía, en ese momento, que los secretos que me ocultaba borraría la sonrisa de mi rostro para siempre.

CAPÌTULO XI

Jan’ke Nightbourne: Amor y cobardía.
os elfos son seres complejos. Hasta una cierta edad, son niños felices y despreocupados, en perfecta comunión con la Madre Naturaleza. Una vez que crecemos y nos encontramos con nuestra sexualidad, nos convertimos en sensuales seres de la lujuria y el placer. Pero, en verdad, en el fondo, hay una frialdad que finalmente se establece. No es mucho lo que pueda hacer y ver, y para nosotros, la eterna vida significa, al final, aburrimiento eterno. Por eso, cuando los dos Reyes de los países elfos acordaron su aprobación por las leyes de sodomía, la nueva disposición jurídica causó una gran cantidad de disturbios. En los prostíbulos, acompañantes masculinos demostraron ser más populares que las mujeres, e incluso en la corte, había a menudo orgías en las que sólo participaban miembros de un sólo sexo, ya sea masculino o femenino. Tal vez esa fue la razón por la que los reyes tomaron una decisión tan radical en primer lugar. Era una regla, en un país que caía lentamente en la perversión, y el deseo de detener eso. Todavía recuerdo esos días, antes que salieran las leyes contra la sodomía, pues los elfos, por naturaleza, tienen muy buena memoria. Incluso entonces, sexos del mismo género se sentían mayoritariamente atraídos. No obstante, mi preferencia no me preocupa, ya que tanto mi hermano como los hombres jóvenes a mí alrededor parecen tener inclinaciones similares. Todo eso cambio cuando las leyes fueron aprobadas. Por poco tiempo, las salas se habían quedado en silencio, todo el mundo con temor de ser llevado ante el rey por lo que habían hecho. Pero a medida que pasaba el tiempo y nada ocurría, el terror se desvaneció, el pasado fue

L

convenientemente olvidado, y las actuaciones comenzaron de nuevo, por supuesto, a falta de un elemento. Después que comenzó la guerra, perdí de vista la política de la corte. Mi hermano me dijo más tarque las leyes de sodomía se mantenían, y que de vez en cuando, el rey noble cazaba a unos cuantos y los despojaba de sus privilegios. Nos reíamos de ellos, pero los dos recordábamos nuestros días de juventud y nos dimos cuenta del peligro. Tal vez debería estar agradecido que en la guerra, había perdido una gran parte del hambre sexual y lujuriosa que me caracterizaba. A veces, los soldados se desesperaban y se buscaban entre sí en busca de una liberación. Como un noble, me había abstenido de participar en actos similares, ya que si se corría la voz de mis actos, los resultados serían desastrosos para mí. Al principio, mis deseos habían sido apaciguados por mujeres promiscuas en los pueblos o incluso por prostitutas. Después de un tiempo, cuando me hastié, me cansé, todo pareció volverse aburrido a mí alrededor. Envejecía demasiado rápido. Sin embargo, cuando conocí a Alix, sangre rejuvenecida volvió a latir en mi interior. De repente, me convertí en el travieso duenque se escondía debajo de la escalera y lo atrapaba para robarle un beso. Sólo que esta vez, mi dulce Alix trajo mucho más que un soplo de aire fresco en la prisión húmeda de mi inmortalidad. Me dio la única cosa que puede salvar a los elfos del aburrimiento y de la desesperación eterna: El amor. Es por eso que no quiero creer que todos los momentos que pasamos juntos, pasaran de ser perfectos a ser un error. A veces, no puedo evitar preguntarme que hubiera pasado si no hubiera dudado, si le hubiera dicho a mi amado de mi inminente boda con Alana. Lo hubiera perdido, sí, pero estaría a salvo. Es demasiado tarde para lamentarme, y por la noche, aún recuerdo la sensación de sus labios en mi piel, la forma desinteresada en que se me entregó. ¿Cómo podría olvidarlo? Fue el único momento en el que en mi vida adulta, pensé que tal vez, a pesar de todo lo demás, podría ser feliz. *****

ra una hermosa mañana cuando me desperté al día siguiente. Este día, me encontraría con mi amado y le diría mi estupidez. ¡Que irónico que el cielo brillara y estuviera soleado y que la Madre Naturaleza me saludara tan alegremente cuando en lo único en que podía pensar era en la penumbra que sin duda arrojaría al corazón y a la mente de mi amado! Me tomé mi tiempo para ponerme la ropa, por primera vez renuente a encontrarme con Alix. Recordé su expresión ansiosa y apasionada del día anterior y me sentí como la persona más baja que existía por tener que aplastarla de tal manera. Mientras me vestía, mi mirada se posó en la mesita de noche. Si la abría, no había nada más que una botella de líquido claro que usaba en la noche para complacerme cuando pensaba en Alix. Los tentáculos de la tentación me instaron a llevarla, pero cuando me incliné a abrir el cajón, me di cuenta de las consecuencias de mis acciones. Me había jurado el día anterior que nos íbamos a encontrar para darle a conocer mi estado, no para tener relaciones sexuales, ¡maldita sea! Tomada la decisión, me apresuré fuera de mi habitación y me escabullí del palacio con facilidad. A esta temprana hora, pocas personas recorrían el lugar. Mi sigilo me ayudó a esquivar a los guardias responsables de la seguridad del palacio y en quince minutos, lo había dejado atrás. Entré al bosque de las afueras. No había un pueblo cercano, pues los nobles eran demasiado arrogantes para permitir a mundanos en su sociedad. Algunos días, salían con sus perros a cazar zorros, aunque a menudo, liberaban la presa capturada. Después de todo, éramos elfos. Sin embargo, teniendo en cuenta la hora que habíamos elegido para encontrarnos, con la excepción de los animales mencionados anteriormente, los bosques parecían estar bastante vacíos y por lo tanto era seguro para nosotros. A no ser que algún guardia nos viera en nuestro camino. Me sonrió mientras me acercaba y mi corazón brincó ante la hermosa vista. —Oye —saludé tímidamente.

E

—Hola, Jan —me saludó de vuelta. La siguiente cosa que supe, es que Alix se lanzaba en mi contra, y casi pierdo el equilibrio ante el ataque repentino. Por un breve momento, pensé que se había enterado de nuestra boda sin que yo le dijera, pero la idea se desvaneció al instante cuando Alix apretó sus labios contra los míos. Me sorprendí de encontrarme instantáneamente duro, y cualquier idea de mencionarle algo desagradable como si nunca hubiera existido. Di un grito ahogado cuando finalmente pasó aire por mi vía aérea. —¡Oh, diosa, bebé! —Lo siento —dijo Alix con una sonrisa tímida—. He estado soñando con besarte desde ayer. No podía soportarlo más. Lo aparté de nuestra posición actual y nos adentramos en la maleza. Las posibilidades que una persona nos encontrara parecían bajas, pero no quería correr el riesgo de una interrupción, si lo que íbamos a hacer era algo más allá de besarnos. Terminamos corriendo tan rápido como podíamos por medio de los árboles, jalando a Alix a mi lado. Corrimos y corrimos hasta que nuestras piernas finalmente cedieron y decidimos que finalmente estábamos lejos de la sociedad para estar seguros. Nos derrumbamos sobre el césped, jadeando, y nos echamos a reír. —No he corrido en muchos años —dijo, todavía riendo. —Es cierto. Nosotros no corremos mucho. —Le sonreí. Como guerreros, nuestra resistencia era alta, pero la habíamos sobrepasado en este bosque tratando de poder estar a solas, sin temer que nadie nos encontrara. Además, correr no se hacía a menudo en la guerra. Luchábamos, no escapábamos. La fuerza y potencia en la batalla, eso era lo que nos mantenía firmes. Mi excitación se había desvanecido mientras corría. Mientras lo miraba, sin embargo, la forma en que tomaba el aire con tanto placer, mi polla se volvió dura como una roca nuevamente. Debió de haber sentido mi excitación. No podía verme, claro está, sus ojos eran ciegos, pero parecían tener tanto poder, tanto misterio y fuerza oculta que me sentía atraído por ellos, y por Alix, como una polilla por la llama.

—Ahora que me has secuestrado —comenzó con voz ronca—, dime, ¿qué vas a hacer conmigo? En un instante, me abalancé sobre él y aplasté nuestras bocas juntas. Le necesitaba tanto. Nunca me cansaba de su sabor. Cuando finalmente nos separamos para tomar aire, lo tomé en mis brazos y lo sostuve en mi contra, simplemente inhalando el aroma de su pelo. Olía como fuego y ceniza y quería perderme en este para siempre. —Dime que quieres esto tanto como yo, bebé —jadeé, abrazándolo contra mi pecho. Se frotó en mi contra, sus palabras apenas un susurro: —Lo quiero. Diosa, lo quiero mucho. Lo empujé sobre la hierba de nuevo y comencé a despojarlo de su ropa, a presionar un beso fantasmal en cada centímetro de piel que revelaba. Temblaba bajo mis caricias y jadeaba mi nombre de vez en cuando. Sabiendo que sus orejas eran un punto sensible, pasaba la lengua por las puntas, masajeando los ápices puntiagudos y deleitándome con los sonidos de su placer. Poco a poco, mi boca se abrió paso por el cuerpo de Alix, burlándome de sus pezones, bromeando en su pecho, profundizando dentro de su ombligo. Cada momento que pasaba, parecía más excitado, más perdido en mí, y sin embargo, de alguna manera supe que no se dejaba ir por completo. Quería que perdiera el control, que se olvidara de ser un soldado, que era nada más que un ser simple y mi adorado amante. Encontré su miembro emergiendo de un remolino de rizos rubios, duro y grueso y tan perfecto como él. Jalé en broma sus vellos, sintiéndome algo mareado, y envolví mis labios alrededor de su erección dándole una chupada tentativa. Gimió, e interiormente sonreí mientras lo torturaba sensualmente con mi lengua. Al descubrir su sensible punto por debajo de la cabeza, redoblé mis esfuerzos, al mismo tiempo que rodaba sus testículos en las palmas de mis manos. Líquido pre-eyaculatorio se filtraba libremente, y con mucho gusto lamí el líquido transparente fuera de su ranura. En un impulso, dejé libre su miembro y chupé su saco. —Oh, por la diosa. ¡Jan! Justo…

El sonido de su voz me alejó de mi concentración. Lamenté el no tener el tiempo para hacer que se corriera en mi boca, pero sentí la súbita necesidad de hacerlo mío, de reclamarlo, de marcarlo con mi esencia. Recordé entonces que me había obligado a mí mismo a dejar todos los suministros útiles en el caso de las relaciones sexuales, pensando que me ayudaría a controlarme. Como si pudiera hacerlo teniendo a mi amado debajo de mí, desnudo y excitado. La idea que todavía tenía que hablarle de lo sucedido volvió a mi mente. Sin embargo, mi cerebro ya estaba nublado y la mantenía distante, etiquetándola como algo no importante. Mi intento por ser caballeroso me molestó, porque ahora no tenía lubricante para suavizar mi entrada en el cuerpo de mi amante. —¿Tienes lo que necesitamos? —pregunté con esperanza. —Nunca he hecho esto antes. ¿Qué necesitamos? —preguntó de manera casual, dándome la etiqueta de «eres un idiota». Era algo divertido estar en estas circunstancias, pero, por supuesto, tenía un punto. Con excepción de la guerra, había vivido la mayor parte de su vida en el palacio, con su madre. Dudaba que Alix encontrara placer contratando profesionales para liberarse y no podía haber encontrado a alguien para una relación, no con la actitud que le gente tenía hacia él. A pesar de la mezcla de emociones, tuve que sonreír al saber que su pérdida era mi ganancia. Por suerte, mi experiencia ayudó. Sabía cómo darle placer y amor antes de la puesta de sol, y le haría sentir todo el éxtasis que el amor podía traer. No teníamos lubricante, pero tal vez eso era lo mejor. Lo volqué a cuatro patas, acariciando los hermosos globos de su culo. Su piel era suave y cálida bajo mi tacto, y su cuerpo temblaba como si estuviera nervioso. Sonriendo para mis adentros, separé sus nalgas y me tomé un momento para admirar su roseta. Su agujero virgen parecía tan atractivo como el resto de su cuerpo, y mi boca se hizo agua cuando pensé en probarlo. No estaba dispuesto a esperar para satisfacer mis deseos, pasé la lengua por

todo el pliegue de su culo, gimiendo cuando su sabor explotó en mi boca. Adictivo, oscuro y pecaminoso, su aroma inundó todo mi ser como una droga y quería acercarme para perderme por siempre en ese prohibido placer. Dejó escapar un sonido de sorpresa, obviamente, no había esperado una cosa así de mí. —Jan. ¿Q-Qué estás haciendo? Disgustado con su coherente protesta, decidí que mi festín de su culo debería pasar a algo más. Respondí a su pregunta empujando mi lengua en su agujero, procediendo a joderlo hasta que su cuerpo cedió a mi invasión y lo consideré preparado. En ese momento, estaba gimiendo y suplicando, y era tan hermoso. Una sensación de asombro humilde se derramó en mi interior. Mi dura polla exigió la entrada en su exquisito cuerpo. Si no lo jodía ahora, iba a explotar antes de tener la oportunidad de hacerlo mío. Se tensó un poco cuando mi polla dio un golpe contra su agujero, así que apreté mi cuerpo contra el suyo y besé su hombro. —Relájate, amor. Te gustará, te lo prometo. Asintió y volvió la cabeza para robarme un beso. Quería enterrar todo mi eje en él, pero me obligué ir poco a poco, dolorosamente consciente del honor que me concedió al permitirme tomar su virginidad. Me empujé dentro de él, divido entre joderlo hasta que no pudiera caminar y mantenerlo a salvo. Se mordió el labio, obviamente adolorido, así que me congelé, dándole tiempo para que su cuerpo se adaptara a mi tamaño. —No —gimió, y por dentro me maldije por haber hecho a mi amor sufrir. —Silencio. Sé que duele. Se pondrá mejor —le consolé. No me había adentrado del todo. Consideré parar y tomarme más tiempo para prepararlo. Más que nada, quería que experimentara más placer que yo. Sin embargo, él no quería mi cuidado. —¡Diosa, no! ¡Jódeme! ¡Jódeme ahora! —gruñó, empalándose a sí mismo con fuerza en mi polla, atrapándome con la guardia baja. —Alix, cariño. ¡Por la Diosa, para! —le rogué. Supe que no me podía contener mucho más tiempo si continuaba con el sensual asalto en mi cuerpo.

—¡Jódeme! —me ordenó una vez más—. ¡Diosa, hazlo ahora! Lo abracé más fuerte cuando apretó a propósito los músculos de su culo, rompiendo mi control. Gruñendo, me empujé en él, el repentino movimiento casi haciendo que Alix perdiera el equilibrio. Pronto, sin embargo, estaba empujándose en mi contra y nuestros cuerpos chocaban con tal fuerza y velocidad que casi me dolía. Le di la vuelta, necesitando ver su cara mientras lo complacía, necesitando saber que, efectivamente, sentía el mismo dulce y agónico placer que yo sentía. En el proceso, nuestros cuerpos se separaron, pero tan pronto como lo tuve sobre su espalda, me empujé en su interior, una necesidad tan abrumadora que consumía todo lo demás. Muchos de mis anteriores amantes, tanto hombres como mujeres, habían elogiado o quejado de mi tamaño. Para alguien como Alix, que nunca había experimentado esto, la penetración tuvo que haberle dolido. No obstante, parecía disfrutar de mi polla, rogando y suplicando que lo jodiera más. Incluso antes de las leyes de sodomía, nunca había estado en el sexo duro. Tenía mis propias pequeñas perversidades, por supuesto, juegos que me gustaba jugar con mis amantes, cosas que me gustaba hacer más con unos que con otros. Aun así, no estaba a favor de infringir dolor en el dormitorio. Ya lo hacía suficiente por fuera de éste. Aun así, junto a Alix, de alguna manera me agradaba. Su fuego y pasión me llegaban de otra manera que ningún amante había logrado, bañando mi propia alma, uniéndola a la suya. Estamos unidos de una manera que ya no éramos entidades individuales, no dos personas, con nuestros propios pasados y pecados. Nos habíamos convertido en uno. A pesar que lo follaba más fuerte y rápido, sabía que realmente no lo estaba jodiendo, que estábamos haciendo el amor. El ángulo de mis embestidas era planeado, con el objetivo de golpear su lugar especial cada vez que entraba en su cuerpo. Sus ojos ciegos me miraban directamente y más que nunca deseé que pudiera verme, que pudiera ver las emociones a través de esos hermosos ojos azules y no sólo un mar de calma y oscuridad. Por un segundo, me pareció ver un destello rojo, pero la luz desapareció

tan rápido como había aparecido, así que ignore ese suceso. Mi cabeza daba vueltas con el placer que era demasiado y me perdí en el cuerpo de mi amado, atrapando la ilusión del palpitar de su corazón. Sentía que algo cambiaba en su interior, como una tensión apretando su cuerpo de repente. —¿Estás bien, cariño? —Me obligué a preguntar y detener el vaivén de mis caderas. Tal vez le había hecho daño con mi pasión. Tal vez no estaba disfrutando como creía que estaba haciendo. Alix cerró los ojos y gimió mi nombre, con las piernas envueltas a mí alrededor. —Jan, mi Jan… ¡Por favor, no te detengas! Clavó sus uñas en mis brazos haciendo que la sangre empezara a brotar de mi piel. Mi frágil control se quebró una vez más, y me empujé, una y otra vez, hasta que ambos nos olvidamos de todo, menos del otro. Era crudo, apasionado y extremo, y me encantó. Lo amé, Diosa, lo amaba tanto. Creo que lo dije tantas veces como los movimientos de mis caderas, ya que mi corazón se sentía como si fuera a estallar por el huracán de emociones. Incluso más allá de nuestra compatibilidad sexual, los sentimientos dentro de mí me llevaron al cielo, más y más cerca. Mientras fallábamos, mi liberación se acercaba más y más rápido. No quería venirme antes que mi amado lo hiciera, por lo que envolví mi mano alrededor de su polla y masajeé su eje. Se arqueó ante mi tacto y dijo mi nombre con voz ronca: —Jan… Oh… En cuestión de segundos, entró en erupción, recubriendo de líquido caliente tanto su pecho como el mío. Su culo se apretó a mí alrededor, apretándome y ordeñando de mi polla mi semilla. Con otro empujón, me encontré bañando sus entrañas con mi semilla. Me dejé caer encima de él, drenado, apenas logrando girarme de lado para no aplastarlo con mi peso. Se acurrucó a mi lado y suspiró con satisfacción, ofreciéndome una sonrisa somnolienta. —Te amo, Jan. —Te amo demasiado, bebé.

Bellas notas comenzaron a sonar en el aire, y la melodía ya no era de tristeza o perdida, sino feliz y alegre, alabando nuestro amor. Me perdí en la voz de Alix, en el olor de su cuerpo. Nos quedamos así durante mucho tiempo, sosteniéndonos en la sombra, primero bañados con el canto de Alix y luego cuando su voz se cansó, en un cómodo silencio. Incluso dormimos un poco, como si no tuviéramos ni una sola preocupación en el mundo, Cuando despertamos, lo hicimos de nuevo, y luego otra vez. Me pareció como si la Diosa nos hubiera sonreído, que estaríamos juntos para siempre, de esto último, estaba seguro. Finalmente llegó el momento de irnos y nos colamos de nuevo en el palacio, prometiéndonos que nos encontraríamos al día siguiente. Sólo después de compartir nuestro último beso, Alix desapareció en las sombras del palacio y recordé que no le hablé de Alana y mi boda.

CAPÌTULO XII

Alix Skyeyes: La felicidad antes de la pena.
omo es bien sabido, salvo por la muerte o la enfermedad, los elfos deben de vivir para siempre. La Diosa dotó a sus hijos con muchas cosas: belleza, fuerza y el más importante de los regalos, inmortalidad. Nosotros no envejecemos al igual que las otras razas, y siempre mantenemos nuestra apariencia juvenil. La biología de los elfos, sin embargo, les impide tener demasiados hijos. Hay algunas excepciones a la regla, especialmente para los elfos oscuros. Sin embargo, en general, después de tener un cierto número de hijos, una mujer se vuelve estéril. Por mi parte, para los estándares de los elfos, no soy nada más que un jovencito, casi un niño. Había llegado a la guerra sólo cuando tenía tres décadas, y sólo he visto cincuenta y tres inviernos. Pero si hay una cosa que he aprendido en mi corta vida, es que en la medida que la persona respire, la capacidad de la negación estará siempre elevada. Incluso ante la evidencia más irrefutable, incluso cuando la explicación y las respuestas se encuentran tan cerca que es ridículo, uno siempre negara un hecho, si tal hecho permite que estés en una nube de felicidad o que te llene como si fueras una persona normal, alguien común. Soy el mejor ejemplo para esta regla. Por supuesto conocí mi discapacidad a una edad muy temprana. Me di cuenta que la ira parecía consumirme de vez en cuando, algo que no es natural en los elfos. Mi mente culpaba conscientemente a mi ceguera, por la amargura de los años pasados en negro y el odio recibido

C

acompañado del desprecio. Pero una parte de mí, una más profunda, siempre veía más allá de la aberración de mi existencia. Lo mismo sucedió ese día, aquel que llevo como el recuerdo más preciado en mi corazón. Recuerdo muy bien la sensación de los brazos de Jan rodeándome, de su experto toque acariciando mi piel, de su boca que causó placer en mi cuerpo. Recuerdo la primera vez que entró en mí, y tan perfecto que sentí todo. Pero también recuerdo que, el mismo día, pude ver a Jan con mis propios ojos. El miedo y el temor me llevaron a negar lo que significaba, de lo que Jan podía pensar, así que negándolo fuertemente me hice creer que sólo era una ilusión. Ni siquiera era una cosa difícil de hacer. A pesar del hecho que ahora entiendo la causa de todo lo que soy, estoy agradecido por mi negación. Por ello, en toda esta tristeza y dolor, conservo la memoria impoluta del día que atesoraré por siempre. Porque incluso ahora, con el conocimiento de mi propia indignidad quemándome, junto con el veneno en mi sangre, todavía sueño con una persona que me ame tanto que daría su felicidad gustosamente sólo por mi vida. Recuerdo los momentos de felicidad, y me las arreglé para robar cada segundo que vale la pena para soportar esta tortura. ***** l día siguiente, desperté con una sensación de ansiedad. Me gustaría hacer más que sólo besarnos hoy, pero no tenía ninguna experiencia en el campo de las relaciones sexuales. Temía que no sería capaz de darle placer a mi amado y que mi falta de experiencia echaría a perder todo. Interiormente, encogiéndome de hombros, decidí que Jan me enseñaría las cosas que no conocía. Era mucho mayor que yo aunque nunca habíamos discutido ese punto, y sabía que tuvo una gran cantidad de amantes antes de la guerra. Había momentos, sobre todo después de los encuentros con su hermano, cuando recordaba los momentos que habían pasado juntos antes de la guerra con los demonios Xoz, antes que se convirtiera en soldado del ejército. Había estado un poco sorprendido al darme cuenta que había visto más de doscientos inviernos, pero de nuevo, ¿cómo entonces podría haberse convertido en general?

A

A toda prisa, me vestí y me escapé de mi habitación. Mi madre no se había despertado y todos en el palacio también dormían. Me apresuré a través de las sombras, desesperado por salir de estos muros y de encontrarme con mi amado. Para mi decepción, cuando llegue a nuestro lugar de encuentro, todavía no estaba allí. Me escondí detrás de un alto árbol en caso que alguien se presentara, y esperé. No era raro para él llegar tarde ya que siempre lo acorralaban. No me importaba, porque finalmente se presentaba. El tiempo voló mientras soñaba con mi vida silvestre. Animales comenzaron a moverse a mí alrededor, pero no escuché ninguna señal de actividad de los elfos. Mis sentidos internos me dijeron que el amanecer pronto brillaría sobre el mundo. Desde que mis ojos no podían ver el sol, el tiempo y el clima eran informados por un reloj en mi interior. Así que esperé, que mi amado llegara, ansioso y, al mismo tiempo, inquieto. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, sentí que se acercaba por el camino del palacio. No podía verlo, pero sabía que estaba siendo sigiloso, tal como yo lo había sido escondiéndome detrás del árbol y en medio de la maleza. Se sentía tan bien. Se detuvo junto al árbol que me protegía de la vista. —Hola —saludó en un tono un poco vacilante, un poco tímido, como si no supiera que íbamos a hacer. ´ —Hola, Jan —le contesté. No pudiendo contener mi emoción, me lancé contra él y apreté mi boca a la suya. Se quedó inmóvil, sorprendido por un segundo, pero luego respondió con entusiasmo. —¡Oh, Diosa, bebé! —jadeó cuando tuvimos que dejar de besarnos. —Lo siento —me disculpé con una sonrisa, aunque en realidad, no lo sentía para nada—. He estado soñando con besarte desde ayer y no pude soportarlo más. No dijo nada, en su lugar tomó mi mano y me arrastró hacia el bosque.

Empezamos a correr, sosteniendo con fuerza la mano de Jan mientras pasábamos a través de los arbustos, sorprendiendo a los animales. En algún momento, incluso con mis desarrollados sentidos, estuve un poco confundido acerca de nuestra ubicación exacta y me aferré a Jan, con la esperanza de no perder la compostura por completo y terminar estrellándome contra un árbol. No obstante, a pesar de ese ligero temor por terminar humillado, estaba teniendo el mejor momento de mi vida. El viento soplaba con alegría, jugando con mi pelo suelto y el aire olía a hierba y a pino color verde. Todo parecía tan vivo a mi alrededor que pensé que podía sentir el corazón del suelo bombeando. Nunca había jugado cuando niño, pues todo el mundo se negaba a acompañarme. Incluso si era una corta carrera, que lo dudaba, mentalmente le di a la Diosa y a Jan las gracias por esta. La naturaleza me envolvió en un fuerte abrazo, y por una vez, me liberé de las restricciones de una sociedad que me rechazaba. Nos derrumbamos en la hierba y me deleité con el silencio de la naturaleza y el sonido de la respiración de Jan. —No he corrido en años —le dije, dejando a un lado el hecho que no era porque nunca hubiera tenido una razón para hacerlo. —Es cierto. Nosotros no corremos mucho —respondió con una sonrisa en su tono. La extraña conversación me relajó aún más. Me sentí mejor que nunca y tuve la sensación que todo iba a mejorar. De repente, me encontré con un estado de ánimo tímido, así que le di mi mejor sonrisa seductora. —Ahora que me has secuestrado, dime, ¿qué vas a hacer conmigo? Recibí mi respuesta de una manera totalmente sorprendente. Sin previo aviso, Jan se abalanzó en mi contra y me encontré en un beso tan apasionado como el anterior mio. Nuestras lenguas se batían en un duelo mientras teníamos un festín desesperado de la boca del otro. —Dime que quieres esto tanto como yo, bebé —jadeó cuando finalmente se separó para tomar aire.

—Lo quiero, Diosa, lo quiero mucho. Temblaba cuando me empezó a desnudar, sus dedos trabajando con destreza en los lazos de mi camisa y mis pantalones. Sus labios comenzaron a hacerle el amor a mi piel y se dedicó a descubrir cada punto sensible en mi cuerpo. Al igual que en el jardín, paso una gran cantidad de tiempo lamiendo mis oídos, al parecer el que fueran tan sensibles lo tenía fascinado. Tuve el repentino impulso de lanzarme sobre sus huesos y lamer también sus orejas, pero simplemente no me atreví a alejar a Jan y a su increíble boca. Las llamas lamían a través de mi piel, mi sangre ardía con pasión. Dondequiera que me tocara, me quemaba y quería más, mucho más. Cantaba su nombre, tratando de transmitirle mis deseos. Sin embargo, se tomó su tiempo, devorándome lentamente, lamiendo mis pezones hasta que obedientemente se pusieron erectos. Cada roce de su lengua hacia que pequeños disparos de rayos de luz atravesara mi cuerpo y me sentí un poco decepcionado cuando los abandonó para lamer mi abdomen. Toda mi frustración desapareció cuando se lengua se dirigió a mi polla. A medida que envolvió sus labios alrededor de mi miembro, pensé que había muerto e ido al cielo. Sin duda, estas sensaciones no eran terrestres. Eran dulces, pecadoras y decadentes, mejor que cualquier cosa que jamás había experimentado. Naturalmente, me había tocado antes, porque, ¿cómo podría haber vivido cincuenta años sin hacerlo? A pesar que nunca había besado a nadie, incluso, cuando había llegado a la mayoría de edad y, como cualquier otro elfo, había sentido la necesidad de una pareja. Naturalmente, sabía que no debía intentar cualquier cosa con cualquier persona, sobre todo porque las mujeres de mi clase no me atraen y los machos, que me atraían físicamente, no me deseaban para nada más que para asesinarme. Aun así, nunca había esperado que este tipo de relación fuera tan maravillosa, tan bonita y agradable. Jan me torturaba con la boca, lamiendo mi miembro o mis testículos con su lengua y jugando con mi vello púbico, y me comprometí a aprender cómo hacerlo y un día darle el mismo placer.

—¿Tienes lo que necesitamos? —preguntó, trayéndome bruscamente de la nube de mi excitación. No podía dejar de darle mi mejor mirada sarcástica, y tengo que decir que, ser expresivo es mucho más difícil cuando uno es ciego. —Nunca he hecho esto antes —expliqué, como si estuviera hablando con una persona torpe. Jan no se ofendería, ya que siempre hacía cosas como esta y siempre me burlaba de él—. ¿Qué necesitamos? Jan no me respondió y por un segundo, pensé que lo había empujado demasiado lejos y se había molestado. Para mi sorpresa, me dio la vuelta y sin una palabra me jaló hasta que estuve a cuatro patas. Nerviosismo se reunió en mi estómago cuando empezó a acariciar mis nalgas. Parecía fascinado con el tacto de mi piel, al igual que yo estaba con la suya. Separó mis nalgas y luego una explosión de éxtasis hormigueó en mis nervios. Después de un momento de sorpresa, me di cuenta que la lengua de Jan era la fuente de la sensación, mientras bañaba mi pliegue. ¿Cómo podía siquiera Jan pensar en tocarme allí, y con la boca, nada menos? Sin duda, la experiencia debería de ser desagradable para él. No quería que hiciera nada que resultara incómodo para mi amado, aunque se sintiera bien para mí. Traté de protestar, pero luego Jan metió su lengua en mi cuerpo, y me olvidé de lo que quería decirle. Me hubiera sentido avergonzado de las sensaciones que me atravesaban, pero no pude reunir la suficiente razón para hacerlo. Mi cuerpo estaba en llamas, en hermosas llamas, que me acariciaban y le daban placer a cada nervio de mi cuerpo. Me oí gemir sin motivo y suplicándole a Jan, y por lo que sabía, sonaba como una vulgar prostituta, pero no podía importarme menos. Quería más. Justo cuando pensaba que iba a explotar, Jan detuvo su tortura en mi lugar más secreto. Me quejé ante el abandono, pero mi protesta se detuvo cuando algo duro y grueso se posicionó en mi entrada. A pesar de mi inexperiencia, supe que era la polla de Jan. Me iba a joder. Instintivamente me puse tenso, los pensamientos empezando a llegar a mi cabeza. ¿Qué pasa si no lo disfrutaba? ¿Qué pasa si

no era lo suficientemente bueno? Poco a poco, me acarició, calmando mis miedos y llevándome lejos. Jan me hechizó, por supuesto. Todo sería perfecto entre nosotros. Me agarré al conocimiento de nuestro amor mientras se empujaba dentro. Si pensé que la succión de Jan había sido increíble, esto se sentía mucho mejor. Nunca había estado con nadie por lo que mi cuerpo rechazó la penetración inicial. Cuando entró, me mordí el labio para no hacer un ruido que pudo haber sido identificado como dolor. Me dolió. Diosa, ¿cómo puede doler y al mismo tiempo llegar el placer? No podía distinguir cada uno y separarlo del otro. Jan sonaba preocupado por mí y trató de calmarme, de darle tiempo a mi cuerpo susurrando que iba a mejorar. Sin embargo, no quería que se detuviera. La quemadura de su invasión en mi cuerpo hizo un eco en mi interior, algo poderoso y profundo, y quería más. Necesitaba más de él. De este increíble placer-dolor. No dispuesto a ser paciente, me empalé en su polla, mi cuerpo tragando su miembro con avidez. Me encantó la sensación de saciedad, la forma en que su grande eje me ampliaba, la forma en la que simplemente parecíamos conectar. Una vez que le aseguré que realmente quería esto, con un poco de persuasión de mi cuerpo, Jan se dejó ir. Me volteó, agarró mis piernas y las puso sobre sus hombros y entró de nuevo en mí, fallándome rápido y duro, dándome el conocimiento que tendría quemaduras por la hierba en mi espalda. Era pura energía, lujuria y pasión y emoción, todo incorporado en el acto sensual que nos unía. El fuego en mi interior surgió en proporciones épicas cuando su eje impactó en un punto determinado. Una y otra vez, grité de placer, el éxtasis escalando impresionantemente hasta que pensé que no podía soportarlo más. El sensual asalto fue demasiado para que mi cuerpo lo resistiera. De repente, mi visión se puso roja y agrietada, y tuve la imagen de la sombra de un grande hombre sobre mí. ¿La maldición me seguía incluso en el abrazo de Jan? No quería saberlo. A toda prisa, cerré los ojos, no queriendo hacer frente a este extraño suceso, no ahora. Sólo quería sentir a Jan, olvidarme de mi mismo por un día y estar con mi amante.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó con voz ronca, pero teñida de preocupación. ¿Qué tan difícil le había resultado el detenerse cuando, obviamente, disfrutaba inmensamente el follar conmigo? —Jan, mi Jan… ¡Por favor, no te detengas! —le rogué. No podía permitir que esta cosa en mi interior arruinara mi día con Jan, además, no tenía que preocuparse. Ya me había pasado antes y no pasaba más de allí. Debe de haber atrapado mi deseo por él, porque empezó a follarme otra vez y se me olvidó todo acerca de las maldiciones, de miedos y sombras. Me acordé sólo de él, mi amante, mi guapo elfo oscuro. Clavé las uñas en la piel de Jan, desesperadamente aferrándome a él como si fuera mi única ancla en el mundo que empezaba a desaparecer a mi alrededor. La sensación de su polla en mi interior me envió a un frenesí exquisito de pasión, más exquisito de lo que había imaginado. Era mi Jan, mi amor, mi todo, y quería que este momento durara para siempre. Por desgracia, las cosas perfectas no podían ser eternas. Cuando Jan envolvió su áspera mano alrededor de mi miembro, se rompió mi control, y me corrí con un ronco grito. Me siguió poco después, su semilla bañando mis paredes internas, llenándome de su esencia. Los dos nos desplomamos sobre el césped, agotados y me acurruqué a su lado, más que nunca necesitando una seguridad ante la para nada soñada perfecta experiencia. Estaba allí, real y tan increíble, que mi corazón no podía soportar más las emociones desbordantes. Y cuando me dijo que me amaba, no pude ayudarme a mí mismo. En el silencio del bosque, al lado del mar, sintiéndome tan seguro y amado, empecé a cantar, una oración de agradecimiento a la Diosa por dármelo como don y una oda de adoración por mi hermoso amado. Mi fuego seguía ardiendo, pero su intensidad ya había disminuido y no se sentía como si consumiera todo. Jan me tomó dos veces más y en el momento en que tuvimos que volver, me quedé agradablemente adolorido en lugares que nunca antes habían sido lastimados. Cuando nos metimos de nuevo en el castillo, compartimos otro beso y la promesa de volver a reunirnos el día siguiente, en el jardín. No sabía entonces que sería el último beso que tendría durante mucho, mucho tiempo.

CAPÌTULO XIII

Jan'ke Nightbourne: Consecuencias.
ún recuerdo el día que tomaron a mi amado de mí. ¿Cómo podría olvidarlo? Siempre me culpo por ello, por el hecho que la identidad de Alix fuera descubierta. Podría haber evitado todo revelándole la verdad que le oculte. Podría haberle dicho que no quería casarme con Alana y que yo, en efecto, lo amaba. Por otra parte, desde el principio, hubo muchos errores en mi relación con Alix. El curso correcto de acción había estado allí mismo, en mis narices, y opté por ignorarlo. ¿Por qué molestarme en fingir una relación con Alana? ¿En que me importaban los pensamientos del Tribunal Elfo? Nuestro amor va contra la ley, pero podía llevarnos lejos de este lugar, encontrándonos un hogar en donde a nadie le importara, un refugio lejos de la intriga, el odio y la violencia. Creo hoy en día, que incluso a medida que nos enamorábamos el uno del otro, nunca logramos entender realmente nuestras emociones. Por mi parte, al menos, sé que nunca aprecié realmente a Alix hasta que lo perdí. Siempre estaba allí cuando lo necesitaba, siempre escuchando mis problemas, y sin embargo, comprendiéndolos racionalmente. No se quejó cuando le decía que no podía verlo, aunque mi ausencia lo entristecía. Obviamente, hubo muchas veces que lo saludé con ánimo cansado. No me di cuenta hasta que lo perdí que lo traté como mi sucio secreto. Realmente, a pesar de mi desprecio por la guerra Xoz, hizo que todos me miraran. Me convertí en una autoridad en asuntos

A

militares, importante y respetada por todos. Si se enteraban de Alix, me iban a rechazar, rechazar todo lo que había sido o hecho. No puedo culpar a nadie sino a mí mismo por perderlo. Inconscientemente, no hubiera estado dispuesto a darlo todo por estar con él. Lo que es peor, le había mentido y la mentira tenía el poder de hacer que despertara. No sé cuánto sabía o sospechaba Alix de su propia naturaleza. Había señales, por supuesto. Las he visto muchas veces, en la violencia que a veces tenía en el campo de entrenamiento, en la furia que parecía fuera de lo normal de su comportamiento, en su sólida construcción, en la forma en que olía, e incluso en el breve destello de color rojo de sus ojos cuando hicimos el amor. Si, las había visto, y él no sólo pudo haberlas ignorado. Me duele el corazón con el conocimiento que incluso cuando me amaba, me sentía inadecuado por no compartir su secreto conmigo. El fuego en su sangre no me importa. Lo encontraré, no importa lo que cueste. Y si en ese momento, todavía me quiere matar, con mucho gusto moriré por su mano. ***** asé la noche dando vueltas en la cama, sin poder dormir. Por un lado, me acordé y reviví los bellos momentos del día anterior, por el otro, me reprendí por no ser honesto con Alix. Más de una vez, me levanté de la cama, pensando en ir a buscarlo, antes de darme cuenta que en realidad no tenía idea en que parte del castillo residía. Sólo sabía que vivía en algún lugar del palacio y que compartía su alojamiento con su madre. ¿Por qué en el mundo nunca le hice la más básica de las preguntas? Apenas controlé la urgencia de hacer un hueco en la pared, y me prometí que lo primero que haría cuando viera a Alix, después de besarlo, por supuesto, sería hablarle de la boda. Con el tiempo, a pesar de mi inquietud, mis ojos se cerraron y me quedé dormido. Me desperté de mal humor. A pesar de los increíbles momentos que había pasado con Alix el día anterior, tuve una sensación ominosa, como si algo malo fuera a suceder. Decidí saltarme el desayuno e ir directamente al jardín, con la esperanza

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de encontrar allí a mi amado. Era temprano aún, y por lo general nos encontrábamos un poco más tarde, pero no iba temprano a los campos de entrenamiento y no sabía en que otro lugar lo podía buscar. Una vez más, me sentí avergonzado y frustrado por la realidad de lo poco que sabía de mi amante. ¿Por qué no me he tomado el tiempo para preguntarle donde vivía exactamente? Es cierto que evitaba hablar de su vida en el palacio, pero podría haber encontrado una manera de evitar la incomodidad. Debería haber mostrado más interés en su vida fuera del tiempo que pasábamos juntos. Después de todo si esto pasaba, si Alix me perdonaba y me entendía, sería un amante mucho mejor. Diosa, rogaba que me perdonará. No quería tener que vivir una vida sin él. Saliendo de mi habitación, pasé más allá del ala del palacio que alojaba a los nobles. Reinaba el silencio, ya que la mayoría aún dormían. Seguí con pasos ligeros, pero no demasiado apresurados para no llamar la atención si alguien me veía. Cuando pasé por los jardines principales, sin embargo, un guardia me interceptó. Probablemente pasaba por allí para ir a su puesto. El cambio siempre era a esta hora. Me saludó con respeto y lo saludé a cambio, irritado por el retraso. Cuando me despedí, el guardia volvió a hablar. —Ah, casi se me olvidaba. Felicidades, General. Me quedé helado y me volví hacia él. —¿Por qué? —Por su boda, por supuesto. —El guardia sonrió—. Lo escuchamos esta mañana por los mensajeros. La Sra. Windwisp será una buena esposa. Con una sensación de entumecimiento en mi interior, asentí con la cabeza y estreché la mano del hombre. ¡Diosa! Si el soldado lo sabía, Alix también debería haberlo oído. Mis temores se habían justificado. Se había enterado de la peor manera. Tenía que buscarlo, encontrarlo y explicarle. Tal vez estaba en el jardín. Tal vez no había oído y todavía tenía tiempo. Muy a mi pesar, el jardín estaba vacío salvo por las flores y los árboles cuando llegué. Tomando una profunda respiración, me

pregunté en que otro lugar podría buscarlo. Si Alix no estaba aquí, el destino más lógico era el campo de entrenamiento. Casi sintiendo pánico, corrí hacia la base de práctica. La gente ya estaba reunida, y un combate había empezado. Experimenté una sensación de deja-vu cuando me di cuenta quienes eran los opositores. Alix y el otro elfo, el que me había dado las gracias por humillar a mi amado. Ya había pasado la mayor parte de la batalla, por lo que entré en la base, cuando el otro elfo perdió el control de su espada e inclinó la cabeza, obviamente con la intención de ceder. Sin embargo, al ver el poder del golpe para que el elfo perdiera el control sobre su espada, me hizo darme cuenta que Alix se había quedado sin misericordia. Pude ver que el otro oponente no tenía oportunidad con mi amante. El combate de entrenamiento tenía una muy alta posibilidad de terminar horrible, cuando la espada de Alix rebanara el cuello del otro elfo. No tenía ninguna duda que estaba a segundos de matar a su oponente. —¡Skyeyes! —llamé, sintiéndome desdichado por llamarlo por su apellido cuando el día anterior lo tuve en mis brazos y le había hecho el amor. Cuando se volvió hacia mí, me miró a la cara y de inmediato supe que había oído de mi boda. Su furia superaba el enojo que había visto el primer día, el día después de la fiesta. Si no hubiera llegado, el otro elfo, su oponente, estaría muerto. —Sr. Nigthbourne —saludó, sonriéndome. Pero su sonrisa me heló hasta los huesos, ya que no tenía su calidez habitual. Era la sonrisa de un asesino, de un cazador cuando atrapaba su presa. Diosa, ¿qué le había hecho a mi amado? —¿Tiene tiempo para una batalla ahora? —le pregunté con la mayor calma posible, cada palabra rompiéndome. Sólo la luz en los ojos ciegos de mi amante que me miraban me hacían sentir pequeño e insignificante, y me di cuenta de lo estúpido y egoísta que había sido. —Naturalmente, mi General —dijo Alix, la misma escalofriante sonrisa encrespando sus labios. Me acerqué a él con cautela, sabiendo que pisaba terreno peligroso. Tenía que encontrar una

manera de llegar a él, tenía que aclarar este asunto. Tenía que decirle que lo amaba y de alguna manera hacerle entender que nunca quise jugar con él. —Cuando esté listo, General. La señal de la batalla resonó y esta comenzó. Alix luchó con abandono, como si la energía que pusiera en su espada podría hacer que lo demás desapareciera. Me defendí, al mismo tiempo que trataba de alcanzarlo con mis palabras. —Por favor, bebé, lo puedo explicar. No dio ninguna indicación de haberme escuchado, así que lo intenté de nuevo. —Tenía la intención de decírtelo, te lo juro. A pesar que luchábamos, distantemente agradecí que hubiese muy pocos elfos reunidos para ver nuestra batalla. No sentía mucha simpatía con tener está pequeña conversación y que se dieran cuenta que éramos amantes de semilla4. En verdad, esto iba más allá que ser meros amantes de semilla. A causa de mi estupidez, me arriesgaba a perder a Alix para siempre. ¿Cómo podría hacer para que escuchara? ¿Cómo podía hacerlo entender? —¡Bebé, por favor, escucha! —Volví a intentar, esquivando su peligrosa espada en último segundo. Alix sin duda se tomó esta pelea en serio, eso era claro. —¿Escuchar qué? —respondió finalmente mi amado—. He oído suficientes mentiras. —Te dije sobre Alana, bebé. Se razonable. —Me maldije en el mismo momento que esas palabras salían de mis labios. Sí, le había hablado sobre Alana, y Alix había sido muy comprensivo. Sin embargo, el hecho que le había presentado no tenía nada que ver con la actual realidad, es decir, mi boda. —Me dijo que estaba teniendo una relación falsa con ella, manteniéndola para que nadie sospechara —gruñó Alix, haciéndose

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La frase que normalmente se usaría seria «Amigos para follar».

eco de mis pensamientos—. ¡No mencionó, sin embargo, que estaba planeando casarse con ella! Traté de encontrar las palabras para explicarle, pero nada parecía lograr mejorar la cosa entre nosotros. Nunca había sido bueno en la diplomacia y en el habla y me fallaba el dar la más simple excusa para aplacar a mi amado. No me dio tiempo para tratar de pensar en algo para convencerlo. En el más breve momento, sus ojos brillaron de color rojo y con un movimiento rápido y hábil, hizo que perdiera el control de mi espada. Se había movido tan rápido que no me di cuenta que había perdido mi arma hasta que resonó en el suelo. Al igual que con su anterior rival, Alix presionó la punta de su espada contra mi cuello. Por un segundo, realmente pensé que me iba a matar. Su cuchilla cortó mi cuello y una cálida gota de sangre se deslizó fuera de la fresca herida y goteó sobre mis ropas. Todo su cuerpo se puso tenso y lo observé de cerca, no queriendo perderme un momento que pasábamos juntos, aunque todavía mantenía la espada presionada contra mi cuello. No quería morir, naturalmente, porque había muchas cosas que todavía no le había contado a mi amado. Por otra parte, si moría por la mano de Alix en medio del combate de entrenamiento, su vida también sería perdida. Me pareció que una batalla sucedía entre la cabeza y el corazón de mi amado. Quería ver su mente, sobre todo cuando, de repente, dejó caer su propia espada, como si lo hubiera quemado. Se recuperó rápidamente, sin embargo. —Perdió —dijo con frialdad, pero podía sentir la emoción debajo de su máscara de indiferencia. —Felicitaciones. Es la primera vez que alguien me ha ganado, en la batalla real o en el campo de entrenamiento. Mientras recogía su espada, la envainaba y se dirigía a la salida, me levanté del suelo y luche por aislar el lío de mis sentimientos. Ahora temía el alcance de la ira de mi amado. Algo muy malo estaba pasando y tenía que averiguar qué era, antes que Alix se lesionara.

Lo seguí fuera de los campos de práctica y lo abracé contra mi pecho, por una vez, sin preocuparme que alguien pudiera vernos. —¿Estás bien, cariño? —le pregunté, con la esperanza que podría conseguir que me escuchara, deseando que pudiera volver a ser el mismo hombre, el mismo que había sido ayer. —Estoy bien. —Su automática respuesta fue preocupante, pero instintivamente se apoyó en mis caricias y mi corazón se rompió ante su miedo y confusión—. Jan… algo no anda bien. Algo no está bien conmigo. Quería decirle que todo iba a estar bien, decirle que descubriría el problema y lo arreglaría, que no tenía nada que temer. En cambio, colocando suaves besos en su cara, espeté: —Lo siento mucho. Nunca quise hacerte daño o mentirte. Te lo juro, todo el asunto con Alana es sólo un acuerdo. Nunca quise casarme con ella. Era lo que tuve que haberle dicho el día anterior, pero ahora, las palabras no podían curar el corazón herido de Alix. Ahora, mi intento de disculpa tuvo un efecto totalmente opuesto al que había esperado. Alix me empujó violentamente, como si mi contacto le disgustara, y me escupió. —Aléjate de mí, de ahora en adelante. No quiero volver a verte de nuevo. Después de haber perdido el equilibrio cuando me empujó, me perdí su partida. Me puse de pie en cuestión de segundos, pero aun así, cuando traté de buscar a mi amado, parecía como si hubiera desaparecido en el aire. No sabía dónde buscarlo. Miré a mi alrededor, confundido porque hubiera podido desaparecer tan pronto. Dudaba que fuese a nuestro jardín y no quería perder un valioso tiempo volviendo allí. El mal presentimiento de esta mañana se había convertido en un presentimiento siniestro y algo me dijo que si no encontraba pronto a Alix, lo perdería, tal vez para siempre. Sin pensar, exploré las salas y las instalaciones del campo de entrenamiento, preguntándoles a unos cuantos guardias si lo habían visto. También le pregunté a los demás elfos, pero a nadie le importaba. Nadie lo había visto, o simplemente les importaba un comino. Me estaba desesperando y quedándome sin opciones. No podía pensar de manera coherente, mi cabeza nadaba, una y otra vez, repitiendo las palabras de despedida de Alix en mi mente. «No quiero volver a verte de nuevo».

Tomé una profunda respiración y bloqueé mis sentimientos de remordimiento y dolor, sabiendo que no me llevarían a ninguna parte. No estaba en los cuarteles ni en los servicios. No podía estar en el ala de los nobles. ¿Dónde podría haber ido? Recordé entonces que una vez Alix había mencionado que su madre trabajaba en los archivos. ¿Cómo pude haberlo olvidado? Naturalmente, a menudo el pánico te hace hacer cosas estúpidas y olvidarte de lo principal que podría resolver el problema que te molestaba. No sabía exactamente donde estaban los archivos, pero, ¿tan difícil era el averiguarlo? Detuve al primer servidor que me encontré y le pregunté acerca de mi destino. Señaló un edificio situado en la zona adyacente al ala de los nobles, dándome las instrucciones elaboradas en cuanto a la forma en que podría encontrar la habitación. Me pareció que la ubicación de la biblioteca era un poco sorprendente, pero no le pregunté la razón. La madre de Alix era la única persona que podría darme alguna indicación acerca de dónde podría encontrar a mi amado. Si hubiera considerado, siquiera por un minuto, que tendría problemas para encontrar la ubicación exacta de los archivos, estaba equivocado en el momento en que entré en el corredor que me habían indicado. Una gran cantidad de guardias se habían reunido, hablando entre sí, viéndose inquietos y molestos. Inmediatamente, mi presencia atrajo su atención y uno de los guardias imperiales se me acercó. —General, gracias a la Diosa que está aquí —dijo el soldado. —¿Qué es? ¿Qué pasó? —le pregunté inquieto, por su tono de voz. —Un demonio infiltrado en nuestras filas. Nos arreglamos para someterlo, pero los hombres están muy molestos con el asunto. Cuando las palabras del hombre me llegaron, mis pensamientos fueron a mi amado. ¿Había sido capturado por el demonio? ¿Estaba herido? ¡Oh, Diosa! ¿Incluso había sobrevivido al ataque? —¿Alguien salió herido?

—Algunos hombres fueron heridos. Además, su novia… Lo siento mucho, mi General. Ella sufrió graves quemaduras. —¿Alana? —pregunté sorprendido—. ¿Por qué estaba aquí? —En verdad, no me importaba si moría. Sobre todo me importaba mi amado. Pero este incoherente hombre, no ayudaba en mucho y necesitaba hacer algo para que se concentrara en el tema en cuestión. —Ella nos alertó sobre la presencia del demonio. Nunca me lo hubiera imaginado… —el hombre se fue apagando, sonando sorprendido. —¡Concéntrese! —ladré—. ¿Qué sucedió exactamente? ¿Cómo entró el demonio? —La Sra. Windwisp vino aquí, a visitar los archivos de la biblioteca —dijo el hombre—. Y el demonio estaba aquí todo el tiempo. El demonio es Alix Skyeyes, el hijo de la archivera.

CAPÌTULO XIV

Alix Skyeyes: Secreto revelado.
l destino tiene una manera divertida de jugar con la vida de los hombres. Un día, le convence que, a pesar de todo, somos amados y que seremos capaces de encontrar la felicidad, y al siguiente aplasta todos nuestros sueños. Siempre he creído que cada evento en nuestra vida tiene un objetivo determinado. El problema más a menudo es que, casi siempre, no podemos determinarlo. De nuestras familias, de nuestros amantes, e incluso de nuestros enemigos o de la misma sociedad está agarrado, e inexorablemente nos atrae del camino que nosotros mismos habíamos elegido. Todo el mundo es libre de creer que hacemos nuestro propio destino, pero como lo veo, tal creencia es sólo un autoengaño. Nunca he tenido elección. Mi elección me fue quitada por las mentiras de mis seres queridos, por los pecados de mi padre, y mi propia sangre contaminada. Ahora sé por qué estoy aquí, pudriéndome en esta mazmorra. Estoy aquí porque mi madre optó por vivir mintiéndome, fingiendo que podría ser como otro niño. Estoy aquí porque me gustaba una persona que tan obviamente estaba fuera de mi alcance, y la ceguera de mi alma se volvió absolutamente completa, no dejándome ver las consecuencias de mis acciones hasta que estas me llevaron a este oscuro y húmedo infierno. Estoy aquí como evidencia del hecho que todo el odio entre las dos naciones no se puede superar por un amor aislado. El odio aún arde en mi interior, pero a causa de estar encerrado en este lugar abandonado por la Diosa. Hace mucho tiempo que me acostumbré al hedor de la muerte y de la

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decadencia que me rodeaba, al aire pútrido que tengo que respirar todos los días, al ardor de mis muñecas que cuelgan desde esposas mágicas. A los diferentes combustibles que alimentan mi odio, al conocimiento que no importa el qué, tengo que encontrar una salida, una manera de decirle a Jan sobre el engaño de Alana. ¿Ha tenido éxito su plan? ¿Ha logrado engañarlo? Estos son los pensamientos que me torturan en la oscuridad teñida de rojo que es mi existencia. ¿Alguna vez lograre escapar? Puedo enviar una súplica a la Diosa, con la esperanza que incluso a alguien como yo, pueda concederle un poco de su misericordioso poder. Un día, algún día para poder advertirle a mi amado, para poder morir en paz. ***** e desperté con una sonrisa en mi cara, todavía un poco dolorido en lugares que nunca habían sido lastimados, pero disfrutando del recuerdo que me causaba este dolor. A toda prisa me vestí, y salí de mi habitación, considerando seriamente ir a busca a Jan, ya sea en los campos de entrenamiento. Nadie sospechaba ya que casi siempre pasaba por allí.

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El chirrido de una trompeta sonando me detuvo en seco. Me tapé los oídos, los silbidos del sonido asaltando mis sentidos provocándome un dolor agudo. Incluso aunque tener el oído desarrollado me ayudó en la guerra, tenía algunas desventajas. Oía todo mucho más fuerte que todo el mundo y si no le prestaba atención, ciertos sonidos podrían alcanzar un nivel ensordecedor. Tomé una respiración profunda, concentrándome en eliminar el dolor y regular mis sentidos. No me tomó mucho tiempo, sólo un instante, pero al desear terminar mi objetivo, no me di cuenta que la trompeta había sonado con el propósito de señalar un anuncio. El mismo anuncio que se estaba proclamando en ese mismo momento por los mensajeros del rey. Por experiencia, supuse que sólo era una cosa insignificante al igual que el nacimiento de un niño. Me volví para seguir mi camino, cuando las palabras del mensajero me congelaron. —Anunciando la boda del General Jan’Ke Nigthbourne y la Condesa Alana Windwisp.

«No puede ser». Me repetí las palabras una y otra vez, tratando de encontrarle sentido. «No puede ser». Jan me amaba, me lo había dicho numerosas veces. Me había besado, abrazado, nos habíamos tocado el uno al otro de una manera que nunca había permitido que alguien más me tocara. Pero las palabras del mensajero aun resonaban en mis oídos, fuertes y burlonas, y no podía dejar de cuestionarme: ¿Qué pasa si nuestra relación no significa nada más que eso, un beso y una caricia, un momento de pasión robada? ¿Y si sólo me había enamorado yo, y Jan no? Después de todo, había sido yo quien le había confesado por primera vez mis sentimientos. Cuando el shock se disipó, la ira y el dolor surgieron, llenándome, más fuerte de lo que jamás había sentido. ¿Cómo no lo había visto venir? Es cierto que soy ciego, pero mi discapacidad nunca me había hecho equivocarme con las personas. ¿Cómo había podido enamorarme de alguien que obviamente no me quería a cambio? ¿Y cómo Jan se atrevía a follarme y luego faltarme tan altamente al respeto? Ayer, me había follado hasta que pensé que no podría caminar y al mismo tiempo había estado preparando su boda con la hermosa Alana. ¿Dormía con ella también? Durante todo este tiempo, había aceptado sus excusas con una sonrisa, siempre de acuerdo en mantener nuestra relación en secreto. Durante todo ese tiempo, me había engañado y burlado de mí a mis espaldas. Ya no sería el caso. No era el juguete de nadie. No sé cómo me las arreglé para llegar a los campos de entrenamiento. Mi mente estaba confusa, borrosa por la ira, y también con mucho enojo. Una parte de mí no podía aceptar que había sido tan absoluta y totalmente engañado. La furia nubló mi mundo y, de repente, me abrazó la imperiosa necesidad de destruir algo. Tal vez castrar a Jan sería interesante. Antes de entrar a los campos de entrenamiento, me tomé un momento para calmar mi temperamento, mi visión era roja de nuevo. No podía soportar la idea que alguien me viera en este estado. Lo último que quería parecer era un amante celoso o algo peor. Necesitaba la cabeza fría para planear mi venganza. Por desgracia para él, Sorhel me encontró y me desafió, una vez más. —Oh, ya estás de vuelta, Skyeyes. ¿Estás listo para otra sesión?

Con un gruñido, accedí a su propuesta, la ira dentro de mis venas todavía ardía con ganas de salir. —Adelante. Aunque parecía frío en la superficie, detrás de mi máscara, me quemaba con el deseo de destruir. Tan pronto como la señal para empezar sonó, me atacó. La batalla fue tan feroz como corta. No me tomé la molestia de jugar con él como la última vez. Sólo quería matar, sentir el olor de sangre llenando mis fosas nasales, para calmar el tormento en mi interior. Entonces tal vez podría cazar al traidor que me había humillado y le daría una lección que jamás olvidaría. Sorhel trató de oponerse, pero no se había dado cuenta exactamente que mis habilidades eran superiores a las suyas. Nuestras espadas chocaban, y luchaba por defenderse, pero pronto lo había acorralado y estaba agotado. Jadeaba y pude sentir su cansancio y su miedo. Apenas me podía controlar ahora, mi cordura se aferraba a un delgado hilo sólo con el deseo de mantener los restos de mi dignidad intacta. En pocos minutos, derroté a Sorhel y su espada salió volando de su mano para aterrizar en un lugar a su derecha. No preocupándome por los espectadores que nos miraban, apreté mi espada contra su cuello. Un segundo más y estaría muerto. Uno de mis enemigos fuera de mi camino, para unirse a la fila de los muertos por mi mano. La idea de eliminarlo desapareció cuando mi ahora principal enemigo se colocó detrás de mí. —¡Skyeyes! —Jan me llamó, y luché por mantener la calma, incluso cuando el sonido de él llamándome por mi apellido era como un puñal en mi corazón. Me volví y le ofrecí una muy breve reverencia. —Sr. Nigthbourne —le saludé con una sonrisa. —¿Tiene tiempo para una batalla ahora? —preguntó con la voz un poco temblorosa.

Si fuera capaz de verlo, no hubiera sido capaz de disimular la rabia en mi interior. Pero desde que mis ojos no me daban su imagen, me oriente más por mantener una máscara de indiferencia. —Naturalmente, mi General. Jan se acercó silencioso como siempre, pero esta vez se había quedado sin suerte. Durante mucho tiempo había sido capaz de oírlo y sentirlo. El aire se movía un poco cada vez que se movía, como cualquier otra persona. Incluso si la persona en cuestión era tan silenciosa como una tumba, las moléculas de su cuerpo no lo eran. Me había tomado un poco más de tiempo para acostumbrarme a la peculiar habilidad de Jan, pero ahora, lo oía. Por desgracia para él, esto canceló la única ventaja que tenía, el boleto que le daba gran posibilidad de ganarme en una batalla. Podría derrotarlo ahora, y en este momento, mi mente y mi cuerpo dolían para hacer precisamente eso, para golpearlo, destruir su orgullo arrogante en pedazos, y sacar el aire fuera de sus pulmones. No era el juguete de nadie, maldita sea, y no me gustó que me mintiera tan descaradamente. —Cuando esté listo, General Nigthbourne. Casi pude sentir su ceño fruncido por mi comportamiento, pero no dijo nada. En su lugar, dio un paso hacia mí, y desenvainó su espada. Rodamos el uno al otro, cada uno esperando que el otro atacara, a la espera de atrapar al oponente desprevenido. Al final, Jan fue el primero en atacar. —Por favor, bebé, puedo explicarlo —susurró cuando nuestras espadas chocaron, plata fresca chirriando contra acero forjado. Aunque no podía ver, supe que mi propia espada no era tan bella, fuerte o adornada como la suya, otro recordatorio de la diferencia entre ambos. Debí de haberme dado cuenta antes, pero de nuevo, estaba completamente ciego. Sin embargo una espada no tenía que ser bonita para ser mortal, y el velo había caído de mis ojos. Jan pagaría por su engaño. —Tenía la intención de decírtelo, te lo juro —mintió otra vez y apenas logró escapar del ataque de mi espada hacia su pecho.

—¡Bebé, por favor, escucha! —Jan declaró mientras luchábamos y el filo de mi espada bailaba peligrosamente cerca de su cuello. Su voz había pasado a ser un susurro, tan bajo, que sólo yo podía escucharle. Este hecho, la confirmación evidente que encontraba vergüenza en nuestra relación, por ser mi amante, sólo sirvió para alimentar mi dolor y la furia en mi corazón. Pero, ¡no!, aunque habíamos sido íntimos y nos tocamos, Jan nunca había sido mi amante, no realmente. Había estado renuente a saltar a este tipo de intimidad, y con razón, ya que en mi locura, terminé como nada más que un juguete de un aburrido elfo. —¿Escuchar qué? He escuchado suficientes mentiras —le gruñí con los dientes apretados. —Te dije sobre Alana, bebé —trató Jan, una vez más, aumentando diez veces mi ira—. Sé razonable. —Me dijo que estaba teniendo una relación falsa con ella, manteniéndola para que nadie sospechara. ¡No mencionó, sin embargo, que estaba planeando casarse con ella! Mi ira quemó con una intensidad casi palpable, y volví a sentir el familiar deseo de extraer sangre, la necesidad de matar superaba todo lo demás. Con una oleada de distintiva energía impulsando mis músculos, y con un movimiento hábil y fuerte, la espada de Jan voló de su mano, cayendo a varios metros de distancia con un satisfactorio sonido metálico. La sala se quedó en silencio mientras presionaba la punta de mi espada contra el cuello de Jan. El aroma celestial de la sangre impregnó el aire. Sería tan fácil, tan sencillo matarlo ahora. Me lo merecía. Después de todo tomaría mi venganza. Merecía tomar la vida de mi enemigo. De repente, un destello de razón aclaró la furia que ensombrecía mi mente y me di cuenta de lo que estaba haciendo. Estaba sosteniendo la hoja de mi espada contra el cuello del hombre al que amaba. Incluso si no me quería, ¿cómo podría siquiera considerar en hacerle daño, en quitarle la vida? Al instante, mi espada cayó en el suelo y suprimí la necesidad de salir de la sala inmediatamente. —Perdió —le dije, con una calma helada en mi voz mientras trataba de controlarme.

—Felicitaciones. Es la primera vez que alguien me ha ganado, en la batalla real o en el campo de entrenamiento —respondió formalmente. No me molesté en responder su declaración final. Mi mente giraba ansiosa, demasiadas preguntas, dudas y odio hacia mí mismo. Cogí la espada y la envainé en mi cadera, y salí del campo de prácticas. Algo andaba muy mal conmigo. Siempre me había dicho que la razón de mi furia irracional tenía que ver con mi odio hacia Xoz. Esa no podía ser la razón ahora, porque mi oponente no había sido un demonio. No había incluso un elfo que me había hecho sentir tan miserable, en el pasado. Mi oponente en el campo había sido Jan, y estuve a un pelo de distancia de asesinarlo. Salí del ala principal del campo, luchando por calmar mi acelerado corazón. Estaba tan horrorizado por mis propias acciones que estuve a punto de llorar. Ignorando por completo el hecho que no estábamos en el refugio en nuestro jardín, Jan me abrazó contra su pecho de forma impulsiva. —¿Estás bien, cariño? —Estoy bien —dije, tratando, pero no rompiendo su abrazo. A raíz de nuestra lucha, mi ira ya no ocupaba un lugar principal. Necesitaba salir de allí, antes que sucediera algo peor—. Jan… Algo no anda bien. Algo no está bien conmigo. —Sabía que me contradecía, pero no pude encontrar como hacer algo al respecto. Me acarició el pelo suavemente, colocando suaves besos en mi cara. —Lo siento mucho. Nunca quise herirte ni mentirte. Te lo juro, todo este asunto con Alana es una tapadera. Nunca tuve la intención de casarme con ella. Cuando Jan mencionó el nombre de su prometida, la rabia y el instinto asesino se apresuró en regresar dentro de mí y lo empujé. —Aléjate de mí, de ahora en adelante. No quiero volver a verte de nuevo. Me volví sobre mis talones y abandoné el campo. Podía pensar sólo en una persona que me podía ayudar. Mi mamá. Como nos reconciliamos sólo hace dos días, mi relación con ella empezaba a construirse lentamente. En los muchos años que

nos habíamos alojado aquí, ella también había sufrido mucho a causa de mi existencia. No sólo era un niño huérfano, sino que también tenía una discapacidad que me marcaba como objeto de desprecio y odio. Muchas veces, mi madre me había dicho que yo era un castigo por su indecencia. En consecuencia, había decidido no hablar del tema del pasado y de mi familia. Ella pudo haber cometido errores, pero también me quería. ¿Y qué me importa quién fue el hombre que contribuyó con su semilla a mi concepción sólo para luego abandonar a mi madre? Pero esas preguntas, me di cuenta ahora, lo más probable era que me llevaran a conocer el origen de mi peculiar existencia. Me apresuré a través del patio, pasando por una multitud de personas que hablaban sobre la última noticia. La sección de archivos estaba bastante lejos del campo, y me pareció que tardé una eternidad en llegar. Al llegar a los silenciosos cuartos, me fui en busca de mi madre. Le había dado por trabajar casi todo el día, pues decía que se sentía inútil en la casa, así que era mejor trabajar. —¿Madre, estás aquí? —llamé, anunciando mi presencia. Mi madre salió de en medio de unas estanterías de la derecha. Registró mi presencia con sorpresa en su voz. —¿Alix? —La había visitado antes, pero no tan temprano—. ¿Te pasa algo, querido? —¡Dímelo! —Me rompí—. Dime, ¿qué diablos es lo que me pasa? Sé que no es normal deleitarme con el olor de la sangre, anhelar la destrucción, atacar a las personas que amas. —¿Personas que amas? —repitió mi madre—. Alix, ¿qué hiciste? —preguntó con horror. —Eso no importa, mamá. ¡Por favor, dime! ¡Ayúdame a entender! Me encontré en su cálido y relajador abrazo. —Está bien, hijo mío —susurró con voz entrecortada—. De verdad es mejor que no lo supieras, pero no puedo ocultarlo por más tiempo. Sabía que tendría que decírtelo. Eres el hijo de un…

—¿Lady Skyeyes? —La voz de una mujer interrumpió nuestra conversación. La voz me resultaba familiar, aunque no la reconocí de inmediato. Mis emociones estaban en crisis y mi mente no procesaba información. Antes que pudiera reaccionar, mi madre me agarró la mano y me llevó a la oficina. —Espera aquí, un segundo, ¿vale? No salgas, no importa qué. Asentí con la cabeza y mi madre se fue a saludar a la recién llegada. —Señora Windwisp, ¿en qué puedo ayudarla? —Por favor, llámeme Alana. Estoy buscando un libro —dijo—. Un libro de pociones. Estoy interesada concretamente en pociones de amor. Esas frases fueron suficientes para que me diera cuenta, sin lugar a dudas, por qué la voz me sonaba familiar. No había estado completamente seguro al principio, pero ahora, las respuestas me llegaron fácilmente. Era ella, la mujer que por casualidad había oído con su amante. ¡Por supuesto! ¡Todo tenía sentido ahora! Ella había estado planeando obligar a Jan todo el tiempo, con el fin de continuar con su propia relación secreta con el padre de Jan. ¡Y ahora, ella estaba buscando un libro acerca de pociones! Planeaba lanzarle un hechizo a mi Jan. La furia dentro de mí explotó y mi visión se tiñó de color rojo brillante, al igual que en mis sueños, sólo que quemaba más fuerte, más brillante. La sombra que cubría mis ojos se dividió, de alguna manera igual que en el bosque, y sin embargo tan diferente. Una emoción totalmente diferente la alimentaba ahora, no era la pasión, ni el amor, sino un odio ardiente y el único deseo de matar. Salí de la oficina hacia la biblioteca principal. Inmediatamente, me di cuenta quien era mi madre y quién mi enemiga. Incluso si no conociera tan bien a mi madre, sería fácilmente diferenciarlas por su forma de vestir y el cabello trenzado. Todo parecía pintado de un peculiar rojizo, pero no me importaba. La voz en mi cabeza estaba enfocada en una sola cosa. «¡Mátala! ¡Mátala! ¡Mátala!». Y tenía la intención de hacer precisamente eso. —Hola, Sra. Windwisp —la saludé con una sonrisa.

Los ojos de Alana se abrieron como platos cuando se fijó en mí. No sabía el motivo de su reacción, aunque sospeché que adivinó el secreto de mi madre. Pero, ¿quién se preocupaba por secretos del pasado y mentiras? Mataría a esa mentirosa mujer hoy y libraría a Jan de sus garras. Incluso mientras hablaba, una bola de fuego comenzó a aparecer en mi mano. La mirada de Alana fue a la esfera de fuego, pero ella se mantuvo clavada en su lugar, como si estuviera hipnotizada por la vista. Sonriendo, le apunté con la bola de fuego, preparándome para eliminar a mi enemiga. Fue el repentino grito de mi madre, lo que le salvó la vida a Alana. —¡No, hijo mío! ¡No lo hagas! Su voz me hizo flaquear y la bola de fuego aterrizó en algún lugar de su izquierda, estrellándose contra una estantería. La explosión rompió a Alana de su horrorizado trance y se lanzó hacia la puerta. Maldije y la seguí, pero ella era más rápida de lo que me había dado cuenta. Tal vez su terror le dio velocidad, dándole la necesaria para escapar de mis manos. De cualquier manera, en el momento que la alcance, había dejado atrás los archivos. Disparé otra bola de fuego en su dirección, fallando por pulgadas, pero ella dejo escapar un grito de alma en pena. A lo lejos, me preguntaba cómo en el mundo siquiera sabía usar este tipo de magia, pero la acepté, al igual que había aceptado todas las peculiaridades de mi existencia. Podía oír el grito desesperado de mi madre. —¡No Alix, no lo hagas! ¡Corre, hijo mío, corre! Mientras seguía a Alana, hice un tercer intento de eliminar mi objetivo a través de esta renovada magia. Estaba haciendo algún truco porque mi tercer disparo fue exitoso. La bola de fuego le dio en la espalda, y colapso con un sonido agonizante. Sonreí con satisfacción cuando observé que su vestido bellamente bordado era consumido mientras ella trataba de apagar el fuego. Por desgracia, mi satisfacción por ese espectáculo me llevó mucho tiempo y antes que pudiera preparar otra bola de fuego, vi a los guardias imperiales corriendo en nuestra dirección. Alana gritó otra vez, de alguna manera todavía con la fuerza de señalar lo obvio. —¡Demonio! ¡Demonio!

Me di cuenta que tenía muy poco o ninguna oportunidad de ganar esta batalla. Por lo tanto, tuve que recurrir a mi madre para poder salir. Mi madre estaba allí. No entendía completamente lo que estaba pasando, mi mente estaba nublada aunque mi razón había regresado de manera parcial. Pero el soldado en mí había aprendido cuando era momento de hacer una retirada. La muerte de Alana tendría que esperar. Tenía que escapar. —Gracias a la Diosa, Alix. Debes de escapar —dijo mi madre llorando. —¿Hay otra salida? —le pregunté, centrándome en la cuestión que me ocupaba. Asintió y respiró hondo. —Un pasaje secreto. Sígueme. Seguí a mi madre a su oficina y la vi presionar un botón al lado de la estantería. Ésta se movió a un lado y una puerta se abrió. —¡Aquí, hijo! —Mi madre me instó a avanzar, sus ojos nadando en lágrimas—. Ve por allí. —¿Cómo es que hay una vía por aquí? —En los planos del antiguo palacio, los arquitectos incluyeron varios pasajes secretos que conducen al bosque. Originalmente, esta sala se utilizó con fines tácticos y permitió que gran número de elfos nobles se reunieran aquí y discutir asuntos de importancia. —Mi madre dejó escapar una risita, dándose cuenta que divagaba en hechos históricos—. De todos modos, te sacará del palacio. —¿A mí? ¿No quieres decir a nosotros? —pedí. Mi madre sacudió la cabeza. —Tengo que quedarme atrás para poder cerrar y romper la puerta de entrada para que no te puedan seguir. La luz de mis ojos se apagó, al igual que el pesar sustituyó el dolor y la ira en mi corazón. Sabía lo que tenía que hacer, naturalmente. No podía escapar y dejar a mi madre atrás. La abracé a mi pecho, besando sus lágrimas. Ahora comprendía porque había mantenido el secreto, la sangre de mis venas era mestiza. Estaba contaminado, era un demonio, como Alana había dicho. Las piezas

empezaron a caer en su lugar, la agudeza de mis sentidos, mi insaciable sed de sangre, mi áspero temperamento, la intensidad de mis sentimientos, desde el amor a los celos y la ira. Entendí todo ahora y no podía permitir que mi madre pagara el precio que fuera su hijo. —No te preocupes, mamá —susurré en su pelo—. Todo va a estar bien. Realmente te amo. No le di tiempo para responder. Los guardias pronto estarían aquí. La empujé hacia la puerta y ella dejó escapar un sonido de disgusto. —¡Alix, no! Haciendo caso omiso de su protesta, pulse el botón, cerrando la puerta y procediendo a aplastarla una vez que estaba en su lugar. Entonces volví y acomodé la estantería, esperando que todo pareciera en orden. A medida que hacia esto, pensé que podía oír los sollozos de mi madre desde la pared mientras trataba en vano de salir. Ya era demasiado tarde. Sentí una punzada de pesar cuando supe que nunca volvería a ver a Jan, pero ahora más que nunca, me di cuenta que estábamos malditos. Nunca podíamos tener una relación. Sonreí con calma, y salí de la oficina de mi madre dirigiéndome a la sección principal de los archivos. A estas alturas, todo el edificio debía de estar rodeado por soldados y una extraña ola de alivio me atravesó con el conocimiento que mi pueblo se preparaba, finalmente, para atacarme. Aunque realmente no eran mi pueblo, ¿no? Eso lo supe más allá de las posibles sombras de las dudas. Mis ojos se habían quedado ciegos una vez más, y el instinto asesino se abrumó por el dolor de separarme de mi querida madre. Así que cuando los guardias irrumpieron en la habitación, la única persona que encontraron fue al elfo ciego. —Es él. Es el demonio —oí suspirar a Alana. Parecía estar en un terrible dolor, y tuve que admitir que una parte mía la admiraba por ser capaz de hablar con tanta claridad, a pesar que la había golpeado con una bola de fuego. —Mi Señora —dijo un guardia—, con todo respeto, él es Alix Skyeyes.

No me voy a engañar. No tenía oportunidad para escapar. Pero tal vez, si jugaba bien mis cartas, podría comprar algo de tiempo para mi madre, tiempo suficiente para que escapara del palacio. —Es un demonio, te lo digo —insistió Alana, casi ahogándose en sus palabras—. Vi sus ojos. Eché un vistazo en su dirección y le di mi mejor mirada burlona. —¿Y acaso sabe cómo lucen los ojos de un demonio? Nunca ha visto uno en su vida. Traté de mantener mi ira bajo control, a sabiendas que perder los estribos sería mi perdición. No sería capaz de mantener mucho más tiempo la calma, no con ella allí, pero sólo por un rato, sólo hasta que mi madre pudiera escapar, tenía que hacerlo. —Muestre más respeto por la dama, Skyeyes —me ladró otro guardia. Me encogí de hombros con indiferencia, a pesar que mi sangre hervía con deseos de hacerle daño. No era una «dama». Había estado follando con el padre de su novio en secreto, la Diosa sabe por cuánto tiempo. Por otra parte, tal vez estas cosas sucedían frecuentemente en la sociedad noble de los elfos. ¿Qué sabía yo? —No se ha ganado mi respeto. No tengo ninguna razón para censurar mis opiniones. Ante mi declaración, Alana simplemente explotó: —¿Cómo se atreve? ¿Sabe quién es mi novio? Jan lo desollará vivo en mi nombre. La mención del nombre de mi amado en sus labios rompió la barrera que mantenía mi furia en la bahía. Traté de controlar el aumento de celos que al instante me golpeó, pero no tuve oportunidad. De repente, pude ver de nuevo igualmente la realidad teñida de rojizo que se había vuelto tan familiar. Oí varios gritos de asombro, ojos acusadores rodeándome, y al instante supe que todo estaba perdido.

PARTE II:

SEPARÁNDONOS

DESDE FINALIZANDO EL OTOÑO DE 11.043 HASTA FINALIZANDO EL VERANO DE 11.044 A.D.G.

CAPÌTULO XV:

Jan'ke Nightbourne: Puñaladas por la espalda.
a vida tiene una manera curiosa de hacerte pagar por tus errores. Debería de haber aprendido hace mucho tiempo que el destino no te regala nada, ni cuando la situación es muy difícil de enfrentar. De hecho, parece que tuviera una especie de venganza contra los pobres tontos e ingenuos que viven su vida a la sombra de los dioses. Muy a menudo, su lema favorito es «ojo por ojo», una venganza que hace parte de todo el universo, no importa si es para bien o para mal. Muchas veces, uno se ve obligado a tomar decisiones que no se pueden evitar. Cambié mi juventud y mi tranquilidad por la seguridad de mi país y nunca me arrepentiré de hacerlo… Sin embargo, el tener que esconder a mi amado para mantener el estatus que me gané en la guerra, es algo que nunca podré olvidar ni perdonarme. Parece que llega a su fin mi búsqueda de dónde está Alix. La esperanza es lo que me mantiene vivo mientras arde en mi pecho, y aun así, no puedo evitar preguntarme qué voy a encontrar cuando abra esa puerta después de todo este tiempo que ha pasado. ¿Qué ha sido de mi dulce amado? Tantas preguntas que no puedo responder, y que me quitan el sueño, pero en las raras ocasiones que me quedo dormido, sueño con ese día, el día en que me di cuenta de la magnitud de la traición de mi familia y de mi propia estupidez. *****

L

l rumor que Alix era un demonio se extendió como un reguero de pólvora y en pocas horas, era de la única cosa que hablaba todo el mundo. Pronto, los chismosos hicieron crecer a proporciones épicas la historia, donde Alana ya no tenía ningún papel… sino, era el mismo Rey quien había sido atacado. Algunos realmente decían que Alix había matado y se había comido a su propia madre. Sorhel, el elfo quien casi había muerto a manos de Alix antes que llegara al campo de entrenamiento esta mañana, se había vuelto el centro de atención, porque afirmaba que había sospechado de su identidad todo el tiempo. Al mismo tiempo, intentaba averiguar cómo y por qué mi amor había sido arrestado tan rápido. No había tardado mucho tiempo en salir del campo, por lo que debería haber sido capaz de llegar a la escena antes que eso ocurriera. Y, sin embargo, no fue así. En el momento en que me enteré de la situación, Alix ya había sido detenido. Por lo general, cuando se captura un prisionero, los guardias lo llevan a las mazmorras, a la espera de la decisión final del Rey sobre su futuro o para ser trasladado. Por lo menos así es como se hacen las cosas en el Norte de Thralnia, y por lo que tengo entendido, los fae utilizan un proceso similar con la política. Inmediatamente después de saber lo que había ocurrido, me dirigí hacia las mazmorras, en mi mente sólo el pensamiento de liberar a mi amado. Una vez estuviera libre, ambos decidiríamos qué hacer a continuación. No sabía qué pasaría después, pero no podía permitir que mi amado estuviera encarcelado por un segundo más. Al descender por las escaleras hacia las mazmorras subterráneas, suprimí una mueca ante el hedor que asaltó mi nariz. Parecía haber un montón de guardias alrededor, y eso hizo que llegara a la conclusión que, en efecto, Alix estaba aquí. Finalmente llegué a la puerta con barras que era custodiada por cuatro soldados, uno en cada lado de la puerta y los otros dos parados a su lado. Pasé a los primeros guardias que intercambiaron miradas de confusión, obviamente inciertos si deberían detenerme o dejarme en paz. No les hice caso y me acerqué directamente a la puerta: —¡Abrid las puertas! —ordené.

E

En teoría, el hombre no tenía la obligación de obedecerme, porque no era mi subordinado. Seguía las órdenes del General fae, por lo que no tenía ninguna autoridad directa sobre él. Sin embargo, todas las razas de elfos reconocían mis logros en la guerra, por lo que asintió y me abrió las puertas, tal como le había ordenado. Pude haber rescatado a mi amado en ese momento. Estaba tan cerca de él que casi podía escucharlo, sentir su calor. Por desgracia, debido a mi necesidad de ponerlo en libertad, no detecté la presencia detrás de mí. El ataque fue tan inesperado que no tuve tiempo para defender. Los elfos tienen un punto débil que está localizado en la parte posterior de nuestro cráneo, y es una de las razones por las cuales usamos el pelo largo. Muchos soldados utilizan placas especiales en esa área que cubren con su pelo, y aunque había usado una durante la guerra, me la quité tan pronto como ésta terminó, debido a que me causaba un gran malestar. La persona que me atacó sabía eso, porque el golpe fue directamente a ese punto, derrumbándome al suelo y haciendo que perdiera la consciencia de manera inmediata. Me desperté siendo acariciado por una mano suave, y por un segundo, me apoyé en la caricia pensando en los dulces besos de mi amado. En seguida, me di cuenta que era una caricia claramente femenina y abrí mis ojos para encontrarme con la borrosa silueta de mi hermana menor, Ta’nelee. —Jan, estás despierto. —¿Nel? ¿Qué demonios ha pasado? —Todo me parecía confuso. Me acorde de haber estado en las mazmorras para ver… ¡Para ver Alix! ¡Oh, Diosa! Había sido acusado de ser un demonio y fue encarcelado. Me senté, la urgencia de liberar a mi amado eliminando los restos de confusión. Me pregunté cuánto tiempo había pasado mientras me arrastraba por la cama sin esperar que Nel respondiera a mi pregunta. —¡Espera! ¡Espera, Jan! —Nel, no tengo tiempo para esto —espeté con irritación.

—Pero Jan, mi padre me dijo que no dejara que te fueras. Dijo que caíste bajo el hechizo de un demonio. ¿Qué en el mundo? ¿Cómo mi padre sabía de mi relación con Alix? No tenía tiempo para considerar ese dilema. Ahora, más que nunca, tenía que salir de aquí y liberar a mi amado. —¿Y qué le hizo pensar que podrías detenerme? —El hecho que sé algo que tú quieres que no sepa. —Mi padre entró a la habitación—. Ta’nelee, por favor ve a tu cuarto. Inmediatamente, mi hermana obedeció, retirándose y dejándonos solos. Fruncí el ceño ante mi padre, nada dispuesto a escuchar lo que tenía que decir. —Ahora estoy ocupado, padre. ¿Qué quieres? —Lo que quiero es que cumplas con tus deberes. Lo que estás pensando hacer no sirve de nada. Tu demonio se ha ido. La sangre abandonó mi rostro y me sentí débil ante esas crueles palabras. Me sentía en shock, y ahora sabía cuán absurdo había sido esconder a mi amado como un sucio secreto… y según mi padre, ahora Alix se había ido, quizás estaba muerto. Desesperado, lo empujé lejos de mi camino y salí corriendo de mi habitación, mi destino, nuevamente, las mazmorras. La puerta con barras que ahora me resultaba familiar seguía ahí, pero el guardia con el que había hablado ya no estaba. Me di cuenta, con horros, que había estado inconsciente por más tiempo de lo que había sospechado, suficiente como para que se diera el cambio de turno. Tenía la sensación de saber quién había sido mi agresor, pero mi primera urgencia era encontrar a Alix. —¡Abran las puertas! Los dos hombres obedecieron, y esta vez, logré entrar a las mazmorras. Había unos cuantos infelices desgraciados encerrados, delincuentes que estaban ahí por diferentes delitos, a la espera de su juicio o castigo. Sin embargo, no lo encontraba a él en ninguna parte. —¡Dime qué pasó con el demonio! —exigí bruscamente después de haber buscado en todas las celdas. Mis entrañas se

retorcieron por tener que llamarlo por ese repugnante nombre, pero no tenía opción. —No podemos, General. Nos han ordenado mantener la información secreta —respondió. —¡Lo harás! —gruñí. Después de mucho esfuerzo, me las arreglé para sacarles un poco de información a los guardias imperiales. Como temían por lo que pudiera suceder, debido a que Alix había vivido toda su vida en el palacio y sospechaban que habían otros demonios infiltrados, o que tenía amigos y cómplices que le ayudarían a escapar, fue trasladado inmediatamente a un lugar desconocido. Salí de las mazmorras con un solo pensamiento en mi mente: si me apresuraba, sería capaz de seguir la caravana y liberar a mi amado. A caballo se recorría las tierras más rápido que con cualquier otro transporte, sobre todo uno destinado para transportar presos. Pesar de mis mejores esfuerzos, no pude idear un mejor plan, y en realidad, no esperaba tener éxito. Ya la noche había empezado a caer y no tenía esperanza de poder seguir las huellas de la caravana. Como si mi esperanza no estuviera ya bien deteriorada, nubes oscuras se empezaron a reunir en el cielo, amenazando con lluvia. Si no me daba prisa, perdería cualquier esperanza de encontrarlos. Corrí a los establos, desesperado por poner mi plan en marcha. Mi razón voló por la ventana en el momento en que me di cuenta que Alix ya no estaba en las tierras del palacio. Ya no me importaba si este era un plan destinado al fracaso. Con las habilidades adquiridas de la experiencia, preparé mi corcel, Raven, para el viaje. Nunca he sido unido con mis caballos o cualquier otro tipo de animal, porque permitir que estas criaturas efímeras entren a mi corazón sólo me garantiza una eternidad de dolor. Y, sin embargo, este caballo en particular ha estado a mi lado en muchas batallas. Si alguien podía llevarme dónde estaba Alix, era él. En menos de un minuto, tenía ensillado a mi caballo y lo monté. Justo cuando estábamos a punto de salir bajo los confundidos y asombrados ojos de los sirvientes, la silueta de mi

padre apareció en la puerta. Le hizo un gesto a los sirvientes para que se fueran y se puso delante de las puertas del establo. —¡No vas a ninguna parte, Jan! —dijo Ran'dar—. Si no deseas que tu vergonzosa relación sea revelada, te quedarás aquí y seguirás con su compromiso con Lady Windwisp. —No amo a Alana —le solté—. Me niego a casarme con ella. —¡Lo harás si sabes lo que es bueno para ti! Contuve el impulso de zapatear a Raven para que arrancara a correr y quizás aplastara a mi padre en el proceso. Había luchado por casi dos siglos en la guerra contra Xoz, así que no era un niño que debía de ser regañado por su padre. Había tratado de complacerlo por el tiempo suficiente, pero ya no más. No se iba a interponer entre yo y mi amado. —¡Fuera del camino, padre! —gruñí, y Raven se movió con impaciencia, sintiendo mi ira. —No, Jan. Te casarás con ella si quieres que tu demonio viva. Mis ojos se abrieron ante la amenaza. ¿De verdad tenía la intención de matarlo sino me casaba con la hija de Windwisp? ¿Incluso podría hacer que su amenaza se cumpliera? No lo sabía. Era una trampa, tenía que serlo, pero en realidad, no podía correr el riesgo. No por una vaga esperanza, por un sueño, por un plan formulado a toda prisa que finalmente no iba a ayudar a Alix. El ruido de un trueno cimentó mi decisión. Derrotado, desmonté y procedí a quitarle la silla y las riendas a mi caballo. Mi padre me sonrió. —Buen chico. Sabía que eras inteligente. Apretando los dientes, lo seguí fuera del establo en silencio. Había ganado una batalla pero no la guerra. —Ahora, hijo... Como finalmente hemos acordado que casarte con Lady Windwisp es lo que tienes que hacer, ¿no crees que deberías ir a visitarla? Mientras hablaba, recordé las palabras del soldado diciéndome que Alix la había atacado. Me preguntaba si estaba

herid gravemente. No me podía importar menos su destino, pero si moría, Alix sufriría las consecuencias. Asentí con el corazón entumecido. Juntos nos dirigimos hacia la zona de curanderos donde mi padre me dijo que Alana estaba. Eso significaba que había sido herida gravemente, ya que los nobles rara vez pisaban esta zona, sino que al contrario los curanderos iban a sus habitaciones. Entramos a la zona de los curanderos y escuchamos el sonido de sollozos femeninos. El irritante ruido provenía de la tercera habitación de la derecha y provenían, por supuesto, de Alana. A juzgar por sus gemidos, tenía que estar atravesando un terrible dolor pero no sentí ni un atisbo de compasión por ella. Acompañado de mi padre, caminamos por el pasillo y nos detuvimos en la habitación que tenía la puerta abierta. Alana yacía boca abajo en la cama, su pelo hacia un lado, permitiéndonos ver su espalda. Nuestra presencia aquí no era bienvenida, pero en este momento me importaban un bledo las normas sociales. Después de todo, había sido idea de mi padre que la visitara. Era bastante claro para mí que había sido golpeada con fuego en la espalda, porque su herida me recordaba las cicatrices en mi cara. Si los rumores tenían aunque sea una pizca de verdad y Alix había sido el causante de esta herida, su descendencia era innegable. Había varios curanderos fae tratando de sanarla, pero debido a mi experiencia, la magia demoniaca no funciona tal como los elfos creían. Era como un ser vivo y se defendía. Los curanderos, así fueran muy experimentados, sólo iban a causar un extraño efecto secundario. No confiaba para nada en su capacidad porque sí, había elfos con el poder de curar, pero pocos podían llevar a cabo un procedimiento tan complicado. Uno de los curanderos escuchó a mi padre entrar y levantó la cabeza, sorprendido. —¡Señores! ¡No se les permite entrar aquí! Lo miré con desdén e ignoré su reprimenda. —¿Saben que lo que están haciendo sólo logrará empeorar las cosas?

El fae médico me dirigió una molesta mirada. Con un suspiro, se me acercó y me hizo salir. —General, entiendo a qué se refiere, pero por favor, permítanos hacer nuestro trabajo. Nuestra misión es sanar. No podemos dejarla así. —¿Ves estas cicatrices en mi cara? Existen porque uno de sus charlatanes decidió usarme como un experimento de sus grandes habilidades. Así que, si quiere que suceda lo mismo con ella, continúe haciendo lo que está haciendo. Pero la magia demoníaca lucha contra la magia de fae y ella terminará con una cicatriz de por vida. El sanador dudó brevemente antes de sacudir la cabeza. —Debe de estar equivocado. La magia no actúa de esa manera. —Es verdad. La piel de los elfos se regenera con el tiempo, pero si tratan de invadir su cuerpo y combatir la magia demoníaca, causará una cicatriz. Haz lo que quieras. Realmente no importa para nada. Y era verdad. Había venido aquí sólo para aplacar a mi padre, pero ahora me daba cuenta que era un error. Este círculo vicioso de mentiras me tenía preso por ahora, pero pronto me gustaría salirme de ahí. Me gustaría ser libre y encontrar a mi amado, así fuera la última cosa que hiciera.

CAPÌTULO XVI

Alix Skyeyes: Encarcelamiento.

«D

iosa mía. El amanecer llegará, Y las sombras se alejaran Debido a la gracia del Cielo En tu abrazo dulce. Tu querida fuerza, sanará Cada corazón. Y alejará El odio, la tristeza y la consternación. Con tu luz, Dadnos fuerza. ¡Mantennos en pie pase lo que pase!». Mi voz, una vez más, resuena en la oscuridad mientras rezo un salmo a la Diosa que hace mucho tiempo me abandonó. No sé por qué todavía me aferro a ella debido a que no es por mi sangre élfica que sigo con vida, sino pero mi poder demoníaco que me mantiene a salvo. Tal vez es porque esta sangre élfica es lo único que me relaciona con Jan, quizás me aferro a mis días como elfo para no olvidar la sensación de sus manos ásperas sobre mi cuerpo, sus susurros a mi oído, su rostro apuesto y lleno de cicatrices que todavía tengo que ver, pero que probablemente nunca lo haga. Me gustaría por lo menos poder despedirme, besarlo por una vez más antes de separarnos para siempre. Por desgracia, un abismo infranqueable nos separa… y tal vez debería estar agradecido que nunca me vio sucumbir al fuego en mi sangre. Al

menos, de esta manera, mis recuerdos de él son están manchados por desprecio u odio, sólo por dolor y pérdida. ***** uando volví en mí, el primer pensamiento que pasó por mi cabeza fue, ¿dónde está Jan? Me dolía y mucho, y lo para liberarme de esta pesadilla. Entonces recordé los acontecimientos del día, la noticia de su boda, mi encuentro con Alana y atacarla, hacer que mi madre escapara y luego a los soldados. No recuerdo mucho de lo que ocurrió después de enloquecer por segunda vez. No más los soldados se dieron cuenta de mi identidad y sacaron sus espadas, mi mente fue envuelta por una niebla roja y todo se volvió confuso. Quizás ese bloqueo mental era el que usaba la gente de Xoz para enfrentar al monstruo dentro de ellos. Sólo deseaba que también me consolara. En cambio, mi repentina amnesia me dejó horrorizado y asustado. Me imaginé matando a toda esa gente en la habitación. Pueque no me cayeran bien, pero algunos tenían familias, niños. Por supuesto, me imaginé matando a Jan, aunque eso no podía haber sucedido porque no estaba en los archivos cuando los soldados me atraparon, de eso estaba seguro. Además, algo dentro de mí me decía que incluso totalmente enloquecido, no sería capaz de acabar con la vida de mi amado porque, después de todo, logré detenerme en la batalla que tuvimos en el campo de entrenamiento. —Creo que está volviendo en sí —alguien dijo a mi derecha. Noté entonces que dos guardias me arrastraban por un pasillo y por el número de pasos que oía a mi alrededor, muchos más me estaban custodiando. Uno de los hombres, no sé exactamente quién, me golpeó con fuerza en la cara. —¡Asqueroso demonio! No dije nada porque incluso aunque no estuviera padeciendo tanto dolor, no podía luchar contra la verdad. Finalmente, después de un viaje lleno de patadas y golpes dirigidos hacia mí, los guardias se detuvieron.

C

—¿Qué está pasando? —alguien preguntó—. ¿Qué es todo ese alboroto? —Este tipo atacó a la dama Windwisp. Es un demonio. —¿Hablas en serio? Quiero decir... Ha vivido aquí toda su vida —protestó la nueva voz. —Lo vimos con nuestros propios ojos —dijo uno de los soldados que me acompañaba—. Sólo tienes que abrir las puertas y dejarnos pasar. La puerta se abrió con un chirrido y luego proseguimos con nuestro pequeño viaje. Debido al cambio brusco de temperatura, supe que estaba siendo arrastrado a las mazmorras del palacio. Intenté luchar contra los guardias imperiales que me llevaban, pero no podía liberarme. Sangre fluía de mi herida en el estómago, y tenía más lesiones en todo el cuerpo. La pérdida de sangre y el dolor me debilitaban, y juzgando por cómo me estaba doliendo la cabeza, sospechaba que un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza había logrado que perdiera el conocimiento. Al parecer, a pesar de mi descendencia demoniaca, conservaba algunos rasgos élficos. Mientras me arrastraban por la escalera, pensé de manera distante que el lujo del palacio no se extendía a las mazmorras. A pesar de mi dolor, la fuerza empezó a regresarme con cada segundo que pasaba. Si era sincero, mis heridas no eran graves. Ni siquiera la del estómago, que era la más profunda, amenazaba mi vida, y no tenía que preocuparme por una infección. Las enfermedades sólo golpeaban a un grupo específico de elfos, y yo no pertenecía a este y el saber finalmente por qué no, no me agradó del todo. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que mi ataque a Alana y mi pelea con los guardias, pero no podía quedarme sin hacer nada. Tenía que escapar antes que sucediera algo peor, como que Jan se enterara de lo sucedido. Incluso si me odiaba por mi sangre demoniaca, necesitaba saber la verdad sobre su prometida. «Su prometida». Bilis me llenó la boca al recordar su anuncio de boda.

Al final, fue el recuerdo del rostro satisfecho de Alana Windwisp lo que me dio fuerzas e hizo que tirara de mi brazo, liberándolo del agarre del guardia y que empujara al otro. Con un sonido de asombro, saltaron hacia atrás e inmediatamente sacaron sus espadas. A pesar de mi mareo y náuseas, todavía pude escuchar los gritos de alarma y escuché a más soldados corriendo en mi dirección. Naturalmente, pronto me di cuenta que este intento de escape no tenía sentido. Había muchos soldados alrededor y aunque lograra salir ileso y luchara con todas mis fuerzas, tenía que ir de nuevo a los archivos y no podía derrotar a todo aquel que se atravesara en mi camino. Noqueé a varios guardias antes que, una vez más, fuera inmovilizado. Mi cara golpeó varias veces el piso mugriento y saboreé mi sangre. Interiormente me maldije, dándome cuenta que jamás debí permitirles saber que me había recuperado lo suficiente como para luchar. Hubiera sido un mejor movimiento el esperar que me sacaran de aquí, ya sea para el juicio o para llevarme a otro lado... Lastimosamente, parecía que mi razón estaba funcionando de manera defectuosa últimamente… Más o menos desde los últimos siete meses, o mejor dicho, desde que conocí a Jan'ke Nightbourne. Debido a mi estupidez, me gané otras tres heridas, las más profundas en el hombro y en el muslo. Después de turnarse para patearme con diversos grados de intensidad, los guardias me arrastraron por las mazmorras, y ahora no podía ofrecer ninguna resistencia. En algún momento, llegaron a su destino y abrieron otra puerta. Al principio, no me habían atado las manos ya que no contaban con el equipo necesario, pero al darse cuenta de su error, procedieron a atarme las muñecas y las piernas con cadenas pesadas, y luego dejaron caer mi cuerpo ensangrentado y magullado en el frío suelo de la mazmorra. Después de darme otro par de patadas en el estómago, me dejaron ahí y se alejaron, murmurando sobre los malditos monstruos y demonios. Permanecí inmóvil en el suelo, recuperando el aliento y luchando por pensar una manera de salir de esta situación.

Después de un tiempo de haber estado perdido en mis pensamientos, escuché otra voz desde las puertas de la mazmorra. —¡Abrid las puertas! Ah, una voz que conocía muy bien, la voz que lograba que mi cuerpo respondiera… la voz que le pertenece a mi amante. Me esforcé por escuchar mejor las palabras que decía. ¿Podría ser? ¿Jan había venido a ayudarme? Me esforcé por escuchar con claridad, deseando saber si de verdad era mi amante quien estaba ahí. Por desgracia, la persona que habló después no fue Jan, sino el guardia. —Mi señor... ¿Está todo bien? —Sí —respondió otro hombre—. Mi hijo está muy molesto por lo que pasó con su novia. No quería que fuera a perder los estribos e hiciera algo estúpido. Reconocí esa voz… era la del hombre que había estado con Alana, y aunque tardé unos segundos en procesar esa información, finalmente empecé a comprenderlo. Si el Señor Ran'dar Nightbourne estaba aquí y estaban hablando sobre su hijo, eso significa que, de hecho, había oído a Jan exigiendo que le abrieran. Era verdad que mi amado tenía un hermano, pero ¿cuáles eran las posibilidades que Lar'an Nightbourne viniera aquí? No me conocía y era poco probable que conociera a alguien en esta cárcel. Sí, había sido Jan… sabía lo que había sucedido. Sin embargo, eso hacía la situación más confusa. ¿La presencia de Ran'dar significaba que mi relación con Jan había sido descubierta? El terror se apoderó de mi corazón al pensar en esa opción, porque aunque seguía enojado por la mentira de mi amado —no creo que jamás lo superara, pero bueno, en este momento, eso no importa debido a que después de todo, nuestra relación jamás pudo haber crecido—, si nos habían descubierto, Jan pronto estaría haciéndome compañía en esta celda. No podía aceptar este destino tan horrible para mi amante. El saber que Jan estaba tan cerca me dio fuerzas e intenté moverme de la esquina de la celda donde me habían dejado, luchando por arrastrar las pesadas cadenas que me inmovilizaban. Debido a que mis heridas no eran mortales —y si lograba evitar

más lesiones en el futuro cercano—, tenía una oportunidad de escapar. Por supuesto, para eso tenía que encontrar una salida, pero tenía que tomar las cosas lentamente, un paso a la vez. Apreté los dientes por el dolor que me atravesaba ante el más mínimo movimiento. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, llegué a las barras. Con una fuerza nacida de la agonía y la angustia, golpeé las cadenas contra el metal. No podía pensar con claridad… el único pensamiento que se repetía en mi cabeza es que no quería que Jan terminara en la cárcel, y sin embargo, quería verlo con desesperación... quería saber si no me odiaba… quería preguntarle por qué me había mentido. Por supuesto, ninguno de esos deseos se hizo realidad. Ya no escuchaba a Jan; en cambio, escuché una conversación que me heló hasta los huesos. —¿Puedo preguntarle cuándo se tomará una decisión sobre el futuro del demonio? —preguntó Ran'dar. —No estoy seguro, mi Señor. —El otro hombre, a quien reconocí como el guardia, vaciló—. Nunca hemos tenido una situación similar. El señor Nightbourne hizo un ruido que sonaba tanto pensativo como enojado. —¿Sabes que podría tener cómplices en el palacio? Entiendo que su madre tenía un cierto estatus… Tras una breve pausa, el otro hombre se mostró de acuerdo. —Tiene razón en eso, señor Nightbourne. Vamos a ver qué deciden nuestros superiores. —Por supuesto —respondió Nightbourne—. Me despido por ahora. Buena suerte con el demonio. —Gracias, mi Señor. No se preocupe, pronto resolveremos este problema. La conversación se extinguió y la desesperación se atrapó al darme cuenta que Jan ya no estaba ahí. ¿Qué era todo esto? ¿Su padre estaba al tanto de la verdad? Diosa, si hubiéramos sido más cuidadosos, si hubiera discutido esta posibilidad con Jan. Quizás nos habríamos imaginado que esto sucedería.

Sin embargo, no tenía una segunda oportunidad. Tenía que calmarme y encontrar la fuerza para resistir y luchar contra lo que sea que se acercara. Teniendo en cuenta las circunstancias, no tardarían mucho para decidir sobre mi destino. Como había sospechado, menos de un minuto después, alguien se presentó. Era otro guardia. El hombre pateó las barras e incluso sin mi vista, pude ver su odio. —¡Silencio! ¡No me diga que estás impaciente por recibir su juicio! Bueno, no tiene que esperar mucho. No le respondí, pero el guardia no perdió su interés tan fácilmente. Desde fuera de la celda, se puso a escupir insultos y amenazas. —¡Maldito demonio! ¡Fue una maldición que nacieras! ¡Haremos que pagues por eso! —Y continuó diciendo cosas similares hasta que finalmente se fue. En menos de una hora, escuché que alguien venía, y mi oído me informó que eran cuatro personas. —Tenemos que sacar al demonio de los jardines del palacio tan pronto como sea posible —dijo uno de los recién llegados al guardia. Diosa… ¿Tan pronto? ¿Nightbourne realmente tenía tanta influencia en el mundo fae? No creo que nadie creyera que tuviera amigos o «cómplices» en el palacio. Mientras crecía, había sido el blanco de las burlas de los otros niños y adolescentes. ¿Quién querría ayudarme? —Todos los preparativos se están haciendo —dijo alguien, completando el informe. Siguieron hablando, dándome claves, mientras el guardia luchaba por abrir mi celda. —¿A dónde lo llevan? —No tengo ni idea. Entiendo que es un calabozo especial. El general envió un correo y hemos recibido instrucciones para preparar trasladar el demonio y encontrarnos con él a mitad del camino.

Me pregunté por qué tanta preparación para trasladarme. Por desgracia, mi confusión y curiosidad no duró mucho tiempo debido a que varios soldados entraron en mi celda, sacando sus espadas una vez se abrió del todo la celda. Mis sentidos gritaron que estaba en peligro, y, a pesar de la hemorragia que presentaba por todas las heridas que tenía, a pesar de estar atado, luché contra ellos, luché con todas mis fuerzas. En algún momento, debí de haber caído en la desesperación porque todo se volvió una neblina roja y llamas surgieron de mis manos, golpeando a los guardias que estaban más cerca de mí. Pero esta batalla estaba perdida antes que comenzara. Cada vez más guardias aparecieron y finalmente agotado, agotado por una magia que aún no comprendía, me rendí y otra vez, caí en la oscuridad. Poco después de preparar todo, los guardias del palacio procedieron a sacarme de las mazmorras. ¿A dónde me llevaban? No lo sé, pero de lo que sí estaba seguro es que no podían haber planeado nada bueno para mí. Quería luchar, intentar liberarme de sus manos, pero todos mis músculos protestaban ante esa idea. Mis piernas se sentían pesadas, como si estuviera cargando una tonelada de hierro y estuvieran atadas con algo pesado y fuerte... cosa que era así, pero de la que ya no era consciente. Fue sólo después que me encontré respirando aire fresco que me di cuenta que los preparativos estaban finalizados. Me gustaría ahora saber dónde estaba ese lugar más seguro donde me iban a trasladar, lo que sea que significara «un lugar más seguro». Sin embargo, seguía sin saber dónde planeaban llevarme, pero lo que sí entendía es que me iban a alejar del palacio y desde mi Jan. Ante el terrible dolor que me causó la idea de separarnos, empecé a luchar de nuevo, peleando contra los hombres que me sujetaban. Lastimosamente, parecía que mis captores aprendieron algo de sus errores y pronto quedó claro el hecho que ahora no sólo estaba atado por cadenas pesadas, sino que también por esposas. Ante mis inservibles intentos de lucha, me gané más insultos y más golpes. Procedieron a arrastrarme de nuevo, murmurando insultos, y noté que había otras personas alrededor, mirando y murmurando. Alguien, un sirviente o un guardia, no podría asegurarlos, se me acercó y me escupió en la cara. —¡Maldito demonio!

Los soldados siguieron empujándome a través de la multitud reunión, probablemente por temor que intentara atacar a alguien. No tenían por qué preocuparse. Todo mi cuerpo estaba herido y mi interior parecía estar marcado con fuego. Sospechaba que una gran parte de la fatiga y el dolor eran debido a mis propias acciones; para ser más específicos, al uso de mi magia demoníaca, tanto contra Alana como contra los soldados. Pero ahora, era demasiado tarde para evitarlo... Era demasiado tarde para muchas cosas. Después de un viaje que pareció tardar años y que al mismo tiempo fue muy corto, los guardias se detuvieron. Todavía maldiciéndome entre respiraciones, me hicieron arrodillarme bruscamente y un agudo dolor explotó en la parte posterior de mi cráneo y luego todo desapareció, cuando fui tragado por la inconsciencia. Caer en un sueño prolongado no es lo más recomendable para hacer en una situación como esta, pero por desgracia, no tenía mucha opción en el asunto. Cuando me desperté, seguía atado pero ya no estaba en el patio del palacio; parecía estar en algún tipo de transporte. Podía escuchar el trote de los caballos y el traqueteo de las ruedas, pero mientras tocaba a mi alrededor, me di cuenta que habían barras por todas partes. Ya que no podía ver, no tenía ni idea dónde estos elfos me iban a llevar, pero llegué a la conclusión que no podía ser un lugar muy bueno para mi bienestar. Con un suspiro, me apoyé contra los barrotes y me preparé mentalmente para lo que vendría después. Probablemente más tortura, más golpes, más insultos… pero tenía que seguir siendo fuerte. Esto apenas estaba comenzando y caer en la desesperación no me ayudaría. Tenía que creer que encontraría una manera de salir de este lío. Nadie podía estarme vigilando siempre y no existían cárceles de las que fuera imposible escapar. Sólo debía encontrar la manera de hacerlo, debido a que tenía que volver al palacio y revelarle a Jan la verdad sobre Alana Windwisp. Tal vez seguiría queriéndome y me pediría disculpas, y luego me ayudaría a encontrar a mi madre; entonces todos podríamos abandonar el castillo y encontrar un verdadero hogar, tal vez un felices para siempre, como en los cuentos de hadas.

No sé cuánto tiempo pasé perdido en sueños esperanzadores e imposibles, pero, por supuesto, al final, regresé a la cruda realidad. El coche se detuvo y oí el ruido de los pasos, el susurro metálico de las cadenas y el giro de la llave en la cerradura. Finalmente, los guardias encargados de mi traslado entraron en el coche y me sacaron. Me hubiera gustado ser capaz de ver en ese momento, pero mis ojos no querían obedecerme. Sin embargo, entendía que la prisión a donde me llevaban tenía que ser un lugar escondido de miradas indiscretas. Caminamos, o mejor dicho, caminaron y me arrastraron, a través de gruesos arbustos y cuando nos detuvimos, oí el sonido distintivo de hojas crujiendo y luego algún tipo de mecanismo se activó. Eso me recordó la puerta oculta en la oficina de mi madre y cuando se abrió, una vez más me hicieron entrar en una prisión húmeda y fría. —Así que este es el demonio, ¿eh? —alguien preguntó delante de nosotros, bostezando como si se acabara de despertar. —Sí. Ha estado viviendo en el palacio del rey durante cincuenta años. ¿Puedes creerlo? Teóricamente hablando, la mitad de ese período había estado luchando en la guerra contra Xoz, pero ¿quién se molestaría en recordar mis días como soldado? —¿Qué se puede decir? Son como las cucarachas. Entran en todas partes y no se pueden exterminar, no importa lo que hagas. El primer hombre, uno de los que me lleva, se echó a reír. —Deja de ser tan pesimista. Ganamos la guerra y atrapamos a éste. Nosotros venceremos con el tiempo. —No lo creo. —El otro guardia, que ahora supuse era probablemente mayor, resopló. Estuve de acuerdo con él. Los demonios eran, de hecho, resistentes y muy persistentes. Volverían a atacar de nuevo, aunque probablemente no iba a estar cuando se desatara la próxima guerra.

—De todos modos, vamos a encerrarlo. Tienen que regresar, porque no saben si los idiotas que quedaron en el palacio puedan protegerlo ante un ataque. ¿Acaso no me veía todo golpeado y sangrando por mis heridas? No tenía por qué temer pues los guardias del palacio habían hecho un excelente trabajo, cortándome cualquier posibilidad de escape. Y como sea, en este momento no estaba lo suficientemente fuerte para intentar otra jugada. Tenía que admitir que cuando me empezaron a adentrar en esta prisión, las dudas comenzaron a atormentarme. ¿Qué pasaba si Jan jamás pudiera encontrarme? ¿Incluso lo intentaría? Creía que sí porque, después de todo, había ido a las mazmorras del palacio. No sé por qué no pudo entrar, pero sospechaba que tenía que ver con su padre. Sin embargo, Jan era ingenioso. No había llegado a su puesto de general gracias a su descendencia. Encontraría una manera de sacarme de aquí, no me olvidaría, no iba a renunciar a mí. Tenía que aferrarme a ese pensamiento o me volvería loco. Mis pensamientos regresaron a sus últimas. Había tratado de explicarse, me había llamado «bebé», como siempre lo hacía cuando estábamos juntos, cuando nos besábamos, cuando hacíamos el amor. Sí, había sido honesto. Las circunstancias le habían impedido hablarme de la boda, pero todavía me amaba. Los soldados me lanzaron contra una superficie sólida. Me puse tenso mientras apretaban las esposas de las manos y los pies, inmovilizándome eficazmente antes que pudiera pronunciar una palabra. Me quitaron la camiseta manchada de sangre pero me dejaron los pantalones. Mis botas habían desaparecido hace tiempo, así que acabé medio desnudo, atado e indefenso a merced de estos guardias. No me gustaba mucho mi situación. Pero, por supuesto, segundos después la situación empeoró, y no puedo decir que estuviera preparado para eso. Oí el ruido característico de armas y el roce de cuero a mi alrededor, entonces el chasquido del látigo en el aire antes que se estrellara contra mi espalda. El dolor que siguió no me tomó por sorpresa. El cruel golpe aún dolía como el infierno, pero era debido a que estaba débil por las otras heridas. Apreté los dientes y me obligué a soportar la

agonía sin un solo sonido. No iban a escuchar mis ruegos o mis suplicas, y me negaba a darles la satisfacción. Continuaron golpeándome hasta que el brazo del guardia se cansó y la sangre llenaba mi boca al impedirme gritar. Otro guardia lo reemplazó y los golpes continuaron. Finalmente, cuando habían decido golpearme hasta matarme, otra persona se acercó. —Ay, ay... ¿Qué tenemos aquí? ¿El recién llegado? El soldado que me había estado golpeando gruñó su asentimiento. —Qué interesante —dijo el nuevo guardia—. Hazme un favor, Thorien, y cuida el pasillo por mí. Thorien rio entre dientes y no me gustó ese sonido. Esto no presagia nada bueno para mí si los guardias querían divertirse con torturar al «recién llegado». No podía dejar de preguntarme qué era lo que venía. Por desgracia, obtuve mi respuesta cuanto Thorien se alejó. Me encontré siendo despojado de mis pantalones, o mejor dicho, sentí que me los arrancaban. El nuevo guardia se rio mientras pasaba sus manos asquerosas sobre mí. No hacía falta ser un genio para darse cuenta qué tenía planeado hacerme. Desde la paliza en el palacio que me gané cuando intenté escapar, mi culo sólo había recibido una docena de golpes, y a decir verdad, quería mantenerlo de esa manera. Aunque mi cuerpo estaba agotado y totalmente ensangrentado que apenas podía seguir consciente, no iba a permitir que este asqueroso elfo me violara. No permitiría que me quitara lo que Jan me había dado. De repente, una sensación que ahora me era familiar invadió mi cuerpo. No entendía mis nuevos poderes por completo, pero no los iba a cuestionar. Me hizo daño usar la magia demoníaca tan pronto, pero no lo hacía de manera consciente, así que no podía haberlo evitado si lo hubiera intentado. El guardia detrás de mí dejó escapar un siseo de dolor y una maldición. —¿Qué en el mundo?

Por alguna razón, su conmoción y dolor aliviaron algunos de mis dolores, como si estuvieran alimentando un pozo oculto de energía en mi interior. No pude evitar empezar a reírme histéricamente. Aún no me habían derrotado. Estaba a su merced, pero no me habían quebrado. Buscaría la manera de salir de aquí y cuando lo hiciera, toda esta gente, todos estos bastardos que me mantenían alejados de mi amado, recibirían más que una leve quemadura en las manos. Los cortaría en pequeños trozos mientras aún respiraran y los alimentaría con sus dedos y sus partes privadas. Me bañaría en su sangre y después de disfrutar de esa fiesta, carbonizaría los restos y lanzaría sus cenizas al viento, hasta que ni siquiera existiera el más mínimo recuerdo de su existencia. Mi venganza sería rápida y despiadada, y nadie sería capaz de escapar. Seguiría viviendo, y aunque iban a seguir intentándolo, nunca iba a ser capaz de romperme.

CAPÌTULO XVII

Jan'ke Nightbourne: Despertando a la bestia.
os zorros se muerden las patas al quedar atrapados en alguna trampa de cualquier cazador. Siempre me ha parecido fascinante ese hecho en particular, aunque un poco sangriento. Sin embargo, cuando al verme en la posición del zorro, me di cuenta que la mejor manera de salir de esa trampa era destruirla por completo. El saber que me habían traicionado debió de molestarme, pero no es así; el saber que mi propia sangre podía volverse en mi contra sin ningún remordimiento debió de haberme hecho reflexionar, pero eso no me importaba. Supongo que ya nada podía sorprenderme... Estar por más de un siglo luchando continuamente podía hacerle eso a un hombre. En retrospectiva, no puedo dejar de sentirme agradecido por mi experiencia en la guerra… o incluso por la propia guerra. Si no hubiera sido por mi participación en los ejércitos del Norte de Thralnia, nunca habría conocido a Alix. Al final, la crueldad y las malas experiencias que me quedaron de mis años como General me ayudaron a salir de una trampa aparentemente perfecta. Supongo que nadie debe pensar que sus planes no tienen defectos, especialmente cuando éstos implican mantener separados a dos amantes. Podría haber aceptado cualquier cosa menos perder a Alix, y por su transgresión, tuvieron que pagar. Si al final mis acciones aceleraban la destrucción de mi país, me disculparé ante la diosa, sólo delante de ella. Ahora estoy tan cerca de mi amado que puedo sentirlo y nunca me arrepentiré de nada de lo que tuve que hacer para lograr mi objetivo.

L

*****

—L

o siento, General Nightbourne pero no le puedo ayudar con su petición —me dijo de nuevo el Teniente fae.

Había estado buscando a alguien que me dijera dónde estaba el demonio desde hace diez minutos. —Este es un tema fae. No estoy autorizado para hablar de ello. —Y Alana es mi prometida. Tengo derecho a saberlo. —Una vez más, General, no puedo ayudarle. Tendrá que esperar hasta que se tome una decisión oficial y entonces podrá asistir para disfrutar del último momento de vida del agresor de su prometida. La ira bañó mis venas y lo agarré del cuello antes de empujarlo contra la pared, aplastándole la tráquea hasta que comenzó a ponerse azul. Ahogado, el Teniente agarró mi mano, intentando apartarla. Me compadecí de él y lo dejé en libertad. Después de unos segundos de tos y de recuperar el aliento, el hombre me dio una mirada cautelosa. —Entiendo que está molesto, pero la posición de la mazmorra donde está el demonio es secreta. Sólo hay un puñado de personas aquí en el palacio que saben más o menos dónde está, pero sólo el General conoce con exactitud dónde es. Quería hacerle daño, forzarlo a que me dijera todos los secretos de los faes, pero ser violento no me iba a llevar a ningún lado. —Ya veo —murmuré con frialdad—. Gracias por su tiempo. Le di la espalda y me alejé. Parecía estar atrapado en una situación que no tenía ninguna solución. Necesitaba encontrar a Alix, pero no importa la decisión que tomara, el camino que buscara porque un nuevo obstáculo lo bloqueaba. Mi padre seguía firme con que tenía que casarme con Alana, amenazándome con decirle a todo el mundo mi secreto. Debido a que había caído enfermo, sus guardias me tenían vigilado como halcones. Me sentía inútil,

estúpido y humillado, y quería gritar por la impotencia que me embargaba. Necesitaba a alguien en quien confiar. Si me las arreglaba para conseguir que alguien me diera algún mensaje que me sacara de las murallas del palacio, tendría una excusa para irme de aquí y así dejar atrás el ojo de águila de mi padre. Pero, ¿a quién podría pedirle eso? La única persona que me vino a la mente fue Lar. Aunque siempre había estado de acuerdo con mi padre en todo, seguía siendo mi hermano con quien compartí un montón de cosas mientras crecíamos, así que tal vez me entendería. Tan arriesgado como parecía, en este momento, no tenía mucha elección. Sólo tenía que ponerle una prueba para determinar si podía confiar en él antes de solicitar su ayuda. Con esta idea en mente, me dirigí hacia los jardines principales del palacio donde mi hermano solía pasar su tiempo con su última conquista. De hecho, lo encontré allí, entreteniéndose con tres bonitas faes. Apreté los dientes, resignándome a esperar. Las mujeres tenían la característica de contar todo y no quería que llegara a oídos de mi padre la conversación que tendría con mi hermano. Por suerte para mí, un fae noble y alto que creí reconocer como el padre de al menos dos de las chicas llegó a toda prisa. No pude evitar sonreír al ver que empezaba a discutir con mi hermano, amenazándolo con que le haría pagar por su comportamiento indecente. —Pero estábamos charlando.... Cuatro amigos que pasan el tiempo. ¿No es así, señoritas? Se rieron y asintieron, cortando efectivamente cualquier protesta que el elfo mayor pudiera tener. Tenía que admirar a mi hermano porque adquirió unas excelentes habilidades para abordar situaciones problemáticas a través de los años que pasó en la guerra. Quizás podría, después de todo, ayudarme y dejar de creer en las mentiras de mi padre. Después de lo que pareció una eternidad, mi hermano se despidió de cada una de las damas fae con un beso en la mano.

Sintiéndome aliviado al notar que no tendría que ser testigo de escenas más vergonzosas, lo intercepté tan pronto como estuvo fuera de la vista y lo alejé del camino hacia el palacio. —Jan, ¿qué…? —Cállate —le gruñí mientras nos adentrábamos en esos jardines que parecían un laberinto—. Necesito hablar contigo. Me dio una mirada de sospecha aunque comenzó a seguirme a regañadientes: —¿Sí?... ¿Y de qué? —Un asunto personal —le contesté vagamente. Necesitaba encontrar un lugar más privado antes de empezar esta conversación, un lugar más seguro, es decir, donde no existiera el riesgo de ser visto o escuchado. —¿Tiene que ver con lo del otro día, con lo del demonio? —preguntó con un tono extrañamente compasivo. El comentario me congeló en seco. Así que sabía algo. ¿Hasta qué punto estaba involucrado en esta situación? ¿Conocía la ubicación de la mazmorra donde tenían a Alix? —¿De qué estás hablando? —Vamos, Jan... Padre me contó cómo el demonio te sedujo por lo que entiendo que estés pasando por un momento difícil. Así que, ¿en qué puedo ayudarte? No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Estaba hablando en serio? ¿Realmente creía que me había seducido y que ahora estaba sufriendo una especie de efecto adverso? Le di una mirada, esperanzado en que solo mostrara incredulidad y no mi deseo de quitarle la piel mientras seguía con vida. —¿De verdad, Lar? ¿Cuántas veces fuimos a fiestas cuando éramos jóvenes? No, no me respondas. Sabes de todas mis conquistas y también sabes que mi preferencia no eran las mujeres. ¿De verdad crees lo que te está diciendo? —No es sobre creerle o no, Jan. —Me miró a los ojos directamente, la determinación brillando en su mirada—. Pero este hombre, este tal Alix, es un demonio. Eso está claro. Sabes que no

me importa con quien coquetees, es más, yo también disfruto de los hombres, pero ¿demonios? ¿Demonios, Jan? Eso no es propio de ti. —Bueno, demonio o no, inusual comportamiento o no, lo amo. ¿Me ayudarás? —¿Lo amas? —repitió, como tratando de entender. —Con todo mi corazón. Nunca pensé que sería capaz de sentir de nuevo, pero Alix me devolvió mis emociones. Lar, Padre te está mintiendo. Permaneció en silencio durante un minuto más o menos, como procesando lo que le había dicho. No sé hasta qué punto era consciente de la traición en mi contra, pero ahora conocía todo mi juego. Me preguntaba si cometí un error al revelarle mis sentimientos por Alix. Por último, me miró. —Te creo. Pareces serio sobre esto y además, te lo debo por lo de Alana. Entonces, ¿qué necesitas? —Tengo que salir del castillo —respondí vagamente. Quería medir sus reacciones, ver si realmente podía confiar en él. —Hmm... Quieres ir tras tu demonio, cosa difícil debido a todos los guardias, ¿no? Asentí, aunque no le dije que podía irme si no fuera por el chantaje de nuestro padre. Si no lo sabía, entonces quizás no estaba involucrado en este asunto. Quizás nuestro padre sólo le daba pedazos de información, lo suficiente para mantenerlo a su lado. Estaba esperanzado que nuestro vínculo como hermanos sería suficiente para liberarlo del control de Ran'dar. —Bueno, puedo ayudarte a salir con bastante facilidad. Puedo distraer a los guardias para que puedas escapar sin ser visto. Le di una mirada curiosa, preguntándome qué estaba planeando exactamente. Se encogió de hombros con indiferencia. —Es muy fácil, en realidad. Lo único que tendría que hacer es coquetear un poco, tal

vez chuparles las pollas. Más de la mitad se sienten atraídos por mí y… Mi puño golpeó su mejilla, cortando todo lo que pretendía decir. La fuerza del golpe le hizo perder el equilibrio, y cayó sobre el césped del jardín. —Ni siquiera lo pienses —le gruñí—. Las leyes sobre la sodomía siguen existiendo. Parpadeó un par de veces como si estuviera tratando de registrar mis palabras. Por un instante, temí haberlo golpeado muy duro, pero por suerte, se recuperó rápidamente. Frotando su mejilla adolorida, se puso de pie. —Es verdad, hermano, pero ambos sabemos que es muy poco probable que castiguen a los nobles por una cosa así. Y, además, no es como si mi reputación de puta no me procediera. Sonrió amargamente y entonces me di cuenta que podría haber juzgado mal a mi hermano. Había demostrado tener un gran corazón antes, con Alana, pero esto no se le comparaba. Era sangre de mi sangre, mi pequeño hermano pero al mismo tiempo, un hombre con el que crecí. Quería que las cosas fueran como antes, antes de la guerra nos cambiara. Lar llevaba sus propias cicatrices… la única diferencia, es que no eran tan visibles. —No eres una puta. ¡No digas eso! —Cuando fue protestar, negué con la cabeza—. Eres mi hermano y vas a ayudarme a salvar a mi amante. ¿Entiendes? Aparentemente incapaz de responder, asintió en silencio. Sentí la necesidad de reafirmar la gravedad de esta situación. —Pero si me traicionas, Lar… —Coloqué mi espada contra su cuello—. No voy a tener misericordia. Probablemente lo estaba esperando porque no parecía afectado, solamente asintió, sus ojos oscuros brillando con determinación. —No te voy a defraudar, hermano. Esa noche, después de explicarle lo mejor que pude el plan que tenía, me retiré a mi dormitorio. No le había contado todo debido a que no quería tomar otra decisión basándome en razones emocionales. Esperaría a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Estaría pendiente por sí había un cambio en la rutina diaria, no necesariamente respecto a mi padre, ya que él no

cometería ningún error, pero los guardias, los servidores u otros nobles no sabían cómo manejar noticias de tal magnitud y entonces me daré cuenta si puedo confiar por más tiempo en Lar. Mientras pensaba qué haría en caso que mi hermano me traicionara, alguien llamó a mi puerta. —¿Sí? —pregunté bruscamente sin el humor para recibir visitantes. —Soy yo, Alana —respondió una voz femenina. Me quedé inmóvil en estado de shock. ¿Qué demonios estaría haciendo aquí a estas horas? En caso que fuera vista en mi habitación, perdería su honor. Incluso aunque, supuestamente, nos íbamos a casar, no podíamos encontrarnos sin la presencia de otra persona, menos a estas horas de la noche. Abrí la puerta y la miré. —¿Qué estás haciendo aquí? —Sólo quería darte las gracias, Jan —dijo con una sonrisa—. Tenías razón sobre las cicatrices. Me encogí de hombros, ya que en verdad, no tenía la intención de ayudarla. Una parte de mí quería que viviera con cicatrices para que experimentara cómo sería una vida si no era perfecta. Se lo merecía por haber sido la responsable que capturaran a mi amado. —Como he dicho, no tiene que agradecerme. No quería que esos necios curanderos siguieran experimentando con los demás. Sonrió misteriosamente y no hizo comentarios sobre mi insensible comentario. —¿Puedo pasar? —En realidad, preferiría que no lo hicieras. —Me moví para bloquear el paso. No dándose por vencida, dio unos pasos hacia adelante y puso su mano sobre mi pecho, dándome una sonrisa seductora y jugando con mi camisa. Sospeché que mi padre podría haberle contado sobre Alix debido a que su comportamiento era peculiar por no decir más, sobre todo porque jamás había mostrado estar interesada sexualmente en las ocasiones que los dos estuvimos en privado.

—Apenas acaba de salir de la enfermería —dije, tratando de rechazarla cortésmente. No se merecía mis modales pero no quería que alguien nos escuchara discutir y viniera a ver qué pasaba. —Estoy bien. Me siento perfectamente bien —susurró en mi oído. Sus pequeñas manos descendieron por mi pecho y llegaron a los cordones de mis pantalones. —¡Espera! ¡No debemos hacer esto! —La atrapé antes que pudiera hacer algo más imprudente. Arqueó una ceja, intentándose verse sorprendida porque rechazara sus avances. —¿Por qué no? Vamos a casarnos pronto, de todos modos. —¡Pero estás enamorada de alguien más! —contesté, consternado. No sólo lo hacía por mis propios sentimientos sino que no estábamos en algún lugar privado. Cualquiera podía vagar por el salón y ver que me estaba tocando inapropiadamente. —Tienes razón, pero me ha decepcionado. No vino a verme ni una vez mientras estuve mal. Quiero ponerlo celoso. Su explicación no me satisfizo en lo más mínimo. Podría estar diciendo la verdad, pero no estaba dispuesto a creer en sus palabras. Al principio, fue totalmente clara en que no quería casarse conmigo y ahora lo aceptaba y, aparte, quería acostarse conmigo sólo para hacer que su amante se pusiera celoso. Era ridículo. ¿Por qué había creído en sus palabras al principio de todo esto? Hubiera tenido la oportunidad de compartir más tiempo con Alix si no hubiera estado tan temeroso de perder mi posición. Me odiaba por ser tan superficial, tan poco fiable. Si fuera posible, me escupiría en la cara. —¿Ponerlo celoso? ¿Teniendo sexo conmigo? ¿Casándote conmigo? —repetí con incredulidad. Igual que ella, desde el principio le deje en claro que tampoco quería casarme. ¿Realmente pensaba que iba a cambiar mi mente tan fácilmente?

—¿Por qué no? —Se encogió de hombros, como si estuviera hablando del tiempo. No podía creer que incluso había llegado a pensar que podía resultarme útil tener una relación con ella. Había sido un idiota. Sin embargo, ahora podía ver todo. Estaba más que seguro que sabía sobre Alix porque de lo contrario no hubiera llegado a la conclusión de dejar a su amante y casarse conmigo. Bueno, no tardaría en aprender que mis amenazas no son sólo palabras. —Tengo mis propios planes —le contesté con frialdad. —¿Con quién? —Su misteriosa sonrisa que había estado presente se convirtió en una completa, confirmando mis sospechas—. Nunca te he visto con una chica aquí en el palacio. ¿Es alguien de su patria? La empujé, deseando matarla y frustrado porque no podía hacerlo. No podía llamar la atención sobre mí. Todavía tenía que encontrar a mi amado. —Mira, no importa. Sólo déjame en paz. Le cerré la puerta en sus narices, deleitándome con el sonido sulfurado que dejó escapar. Sin embargo, atreverse a venir a mi despacho inmediatamente después de salir de las cámaras de los curanderos, era un movimiento imprudente. Más que cualquier otra cosa, eso me convencía que sabía sobre Alix y, sin saberlo, eso también confirmó su destino. Mentalmente, la añadí a la lista de personas de las cuales tenía que encargarme. Mañana, si todo salía bien, discutiría los detalles con mi hermano. Hay tantas cosas que podrían salir mal con mi plan pero que tenía que darle una oportunidad. Era la única esperanza que tenía de encontrar a mi amado. ***** asaron dos semanas después que Alix hubiera desaparecido. Para mí, cada día significa una nueva ronda de inútil búsqueda, horas insoportables de estar separado de mi amor. Visiones que estuviera encerrado en una prisión oscura y sucia me consumían. Todos mis esfuerzos por encontrarlo habían sido en vano y temía haberme quedado sin opciones.

P

El palacio parecía más grande de lo habitual, y, sin embargo, tan pequeño. Todos los documentos que había encontrado hasta el momento no me habían proporcionado información sobre dónde estaba. Mi comportamiento era cada vez más irritable y aunque intentaba controlar la hostilidad, estaba rompiendo mis barreras y se lanzaba contra todas las personas a mí alrededor. Ahora toda mi familia sabía sobre Alix y yo. Había compartido cierta información con Lar, ya que necesitaba su ayuda. Por supuesto, mi padre lo sabía de antemano. Diosa, odiaba a Ran'dar por mantenerme alejado de mi amado, pero, si quería recuperar a Alix, tenía que mantener la cabeza fría y concentrarme en explorar todas las posibilidades. Sabía que me estaba descuidando pero no podía evitarlo. Con cada minuto que pasaba, Alix se iba alejando de mí. Podía sentir su sufrimiento como si fuera mío, su dolor a cada segundo, a cada día. Sin embargo, a pesar de todas mis búsquedas desesperadas y mis intentos de interrogar a los guardias, seguía sin poder avanzar. Todo era un fracaso abismal. Todo el mundo respondía las mismas estupideces: «No sé dónde están las cárceles. De todas maneras, ¿por qué le importa esa criatura?». Mientras que mi Alix permanecía desaparecido, la vida continuaba y, como siempre, me veía obligado a sentarme en la mesa enfrente a una sonriente Alana. Quería acabar con su vida, verla morir por mi mano. En ese momento, no tenía duda que ella, de alguna manera, había planeado todo esto. No obstante, aún no podía permitirme el lujo de vengarme. Perder el control no me ayudaría a encontrar a mi amor. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había cedido tan fácilmente a las demandas de mi familia? Había pasado por muchas cosas en la guerra y nada me había roto y sin embargo, había terminado de rodillas bajo el plan macabro de unos elfos nobles. ¿Por qué había estado de acuerdo con su plan? De cualquier manera, no podía mantener mi posición en la corte y quedarme al mismo tiempo con Alix. No podía encontrar la felicidad con mi amado y complacer a mi familia al mismo tiempo. Así que, ¿por qué había sido tan estúpido de intentarlo? Me sentí un idiota ahora, tan increíblemente estúpido. A pesar de todas mis habilidades, no sabía nada de la corte y cómo

funcionaba. Muéstrenme a un demonio y se me ocurrirán diez maneras de matarlo… pero pónganme enfrente de una mujer sonriente y no tengo idea de qué está pensando o cómo actuar. Incluso ahora, mientras miraba a Alana, todavía no entendía exactamente por qué mi padre tenía tanto interés en que me casara con ella o por qué me había coaccionado para hacerlo, incluso sabiendo que no me gustaba. Eso ya no importaba porque como sea que las cosas fueran, seguía en lo mismo. Me había quedado sin lugares en los que buscar y nadie en el palacio me iba a dar una pista. Dado que el general y sus tenientes más cercanos misteriosamente habían caído enfermos poco después de la desaparición de mi amado, no tenía ninguna esperanza de obtener alguna información de ellos. Sin embargo, todavía tenía amigos de la guerra contra XOZ y cada día mantenía la esperanza de recibir noticias de ellos. Eso era lo único que ahora podía hacer y me sentía un total inútil, pensando que mientras seguía a la espera de un lugar donde continuar mi búsqueda mi amado podía irse para siempre. Tomaría un tiempo que Lar terminara su misión, pero la búsqueda de mi hermano probablemente sería la llave que liberaría a Alix. Que Lar tuviera éxito en la misión que le había encargado era el hilo de esperanza que me mantenía en marcha y no podía renunciar a éste. Mi padre me había aprisionado dentro de los muros del palacio, lo que garantizaba que siempre alguien me estaba vigilando. Incluso con las habilidades que había adquirido durante la guerra, no podía escapar de la gran cantidad de guardias que me seguían. Justificó el aumento de la seguridad por la infiltración de Alix y la nueva enfermedad misteriosa pero sabía que todo eso era para mantenerme aquí. Por supuesto, podría salir si decía que era completamente necesario, pero temía que por su paranoia y su odio mi padre cumpliera su amenaza y matara a Alix. Tenía toda la intención de acabar con el control que mi padre tenía sobre mí pero necesitaba una manera discreta de hacerlo. No me atraía la opción de matarlo en su cama. A pesar de mi creciente odio, no quería ser el tipo de persona que mi amado rechazara. Había otras opciones, menos mortales, que podía elegir, pero por desgracia, no tenía los recursos para hacer los planes para lograrlo.

Por suerte, mi padre había sobrestimado mis habilidades. Sí, admitía que me había salvado más de una vez a costa de vidas inocentes, quizás hasta a costa de la vida de mi amado. Sin embargo, ahora tenía ayuda y como mi padre no tardaría en ver, nada podía hacer que me mantuviera alejado de mi Alix. Por ahora, estaba aquí sentado, fingiendo que todo estaba bien y haciendo mi mejor actuación de hijo obediente. —Así que, ¿qué opina, Señor Nightbourne? ¿Cuándo debemos programar la boda? Le ofrecí una sonrisa falsa y consideré la pregunta. Tenía que parecer ansioso pero al mismo tiempo tenía que mantener el tiempo necesario para cumplir con mi plan. —Creo que podríamos comenzar los preparativos la próxima semana. En tres meses ya todo estaría bien planeado. —¿Tres meses? —repitió Alana con un apenas visible ceño fruncido—. ¡Eso es demasiado tiempo! Inmediatamente, el Conde se volvió a mirarla. —Hija, el General tiene razón. Una boda como la suya necesita estar totalmente preparada. ¡Tiene que ser magnífica! No podemos tirar semejante celebración por la ventana. Asentí y abrí la boca para explicar por qué necesitábamos una gran boda. No tuve la oportunidad de comenzar mi discurso. De repente, entró un criado y se inclinó con humildad. —Siento interrumpir. Un mensaje urgente para usted, General. Tomé el papel y lo abrí antes de leer con atención. Esperanza floreció en mi pecho. Había empezado a temer que Lar no había cumplido con la misión que le había dado. Al parecer, había sido injusto dudar de mi hermano. —¿Qué dice? Me permití unos segundos para volver a leer el mensaje, buscando el control que había desaparecido bajo la ola de esperanza que Lar me acababa de otorgar antes de contestarle al Conde. Teatralmente, doblé el mensaje y lo puse sobre la mesa,

con un suspiro. —Me temo que voy a tener que retrasar los arreglos para la boda. Acabo de recibir una citación para una expedición a las fronteras en pocos días. Ha habido algunos disturbios y alguien con experiencia tiene que comprobar qué está pasando. —Pero, Jan, ¡la fecha de la boda está cerca! —Alana protestó. El Conde le dio una mirada que le recordaba que a pesar de haber recibido el privilegio de cenar con nosotros, todavía era una mujer. Le sonreí y él se obligó responderme la sonrisa. —Por supuesto, mi General. Entiendo. No te preocupes, Alana. Estoy seguro que el General estará de regreso a tiempo. Alejándome de la mesa, contemplé mi nuevo plan. Odiaba depender de otros pero por mis propios medios no tenía oportunidad de liberar a Alix. Mi dulce amor… Vivo o muerto, lo encontraría, y si estaba muerto, ¡también iba a morir!

CAPÌTULO XVIII

Alix Skueyes: Sombras de la Llama.
emonios. Una raza maldita y sucia, una raza que encarna todo lo pecaminoso y lo profano: el odio, la sed de sangre, la locura; la muerte; el fuego y la obsesión. Sin embargo, en todo corazón oscuro, tiene que haber un hilo de luz tal como en del cielo, donde la traición vive.

D

Los demonios y los elfos son enemigos legendarios. Los países vecinos de Thralnia y XOZ han estado en guerra desde tiempos inmemoriales, una interminable batalla sin sentido por razones que casi hemos olvidado. De vez en cuando, hay un breve período de paz y entonces la guerra, una vez más, vuelve a comenzar. La guerra contra XOZ en la que Jan y yo luchamos sólo representaba una mínima parte de un conflicto mayor. Los datos históricos dan a entender que entre los elfos y los demonios nunca puede haber paz. Una vez más, soy la prueba de ello. A veces pienso en cómo llegué a este mundo en primer lugar. ¿Cómo mi madre conoció un demonio? ¿Sería que la habían obligado? Grito mientras puñales atraviesan mi corazón al sospechar que podría ser el resultado de un acto tan atroz. A pesar de todo, a pesar de la vergüenza y la tristeza que debió de embargarla, mi madre me dio a luz. ¿Esa es la razón por la cual ahora estoy en prisión? ¿Es la razón por la que parece que estoy predestinado a morir en este lugar olvidado por la Diosa? Por otra parte, sería mucho más fácil culpar a los verdaderos culpables de mi muerte inminente. Pero,

¿quiénes son? ¿Jan por mentirme? Sí, podría ser… pero lo amo demasiado para culparlo. ¿Alana por revelar mi identidad? Puede ser… pero, en verdad, fui yo quien la atacó. ¿Mi madre por ocultarme mi descendencia por tanto tiempo? Puede ser… pero había estado tratando de protegerme. Sin embargo, no puedo dejar de odiar el hecho que las dos personas a las que más he amado en el mundo me hayan mentido. Mi madre, ocultándome mi descendencia, y Jan… Jan por ocultarme su boda con Alana. La confusión me envuelve, jugando con mis sentimientos y mis pensamientos. Ya no puedo entender qué estoy sintiendo. Al final, eso no importa. El fuego en mi sangre me consume, alimentado por mi rabia y mi dolor, y esta vez no hay nadie que pueda ayudarme a superar mi enojo, nadie a quien poder herir o matar. Todo ha desaparecido mientras me pierdo en las sombras y el fuego. ***** brí los ojos, una vez más con la esperanza de todo esto fuera una pesadilla. Inmediatamente, volví a caer en cuenta que la esperanza no puede existir en una prisión. Seguía sin poder ver, pero al instante mis sentidos fueron abrumados por el ya familiar olor de la putrefacción, de la decadencia y de la muerte.

A

Suspiré, preguntándome por qué pensé, por un momento, que podría estar en cualquier otro lugar. Había estado atrapado aquí por mucho tiempo, ya debería de estar acostumbrado... pero no era así, no podía. Si me acostumbraba entonces estaría renunciando a la esperanza de poder escapar de todo esto. Por esa razón, es que me causaba un gran momento exacto en que los guardias venían en regulares. No alimentaban a los presos a diario, comprobaban y les daban agua. En mi caso, era muy recordaban darme agua y alimento. malestar el sus visitas pero sí los raro cuando

Como era de esperar, pronto oí los pasos en el pasillo. Eran dos personas, como siempre. Basándome en el sonido de los pasos, supe que uno era más pesado que el otro, probablemente

era un hombre alto y musculoso, mientras que el otro era más delgado y atlético. Eso sólo logró que el dolor se disparara en mi mente. Hoy tenía que ser uno de esos días rebosantes de mala suerte porque eran Thorien y Delior. Y sí, sabía sus nombres. Las conversaciones sin fin de lucro ofrecen más información de la que uno se puede imaginar. Oí que los guardias abrieron varias veces celdas en el pasillo, saludando a los presos y otras veces simplemente ignorándolos. Poco a poco, se dirigieron a mi celda. Cuando abrieron la puerta, cerré los ojos con fuerza, obligándome a mantener la calma. —Hola, no —Thorien me saludó burlonamente—. teniendo un buen día? ¿Estás

No le hice caso, igual que siempre. Ya era una rutina para nosotros: él hacía comentarios y yo fingía no escucharle; hacía un sonido de asco y le ignoraba; me daba un poco de agua y aunque tragaba un poco, el resto se la escupía en la cara. Como he dicho, una rutina. —¡Responde a la pregunta, demonio! —Thorien ladró. Delior suspiró teatralmente. —No te responderá, Thorien. Sabes que no se puede lograr que estas criaturas hablen. Se me acercó. Aunque no podía verlo, sabía que era un hombre delgado y guapo. Sin embargo, parecía disfrutar demasiado los beneficios de su trabajo. Creía que Thorien tenía un odio genuino contra los demonios y, tal vez, incluso era por lealtad a Thralnia. Delior, por el contrario, utilizaba su rango para su propio beneficio. Por último, se me acercó tanto que su aliento me hizo cosquillas en el oído de tal manera que me dieron náuseas. —Es una lástima que seas un demonio. Realmente eres muy guapo. Mis ojos se abrieron de golpe y se centraron en su dirección. De vez en cuando, la rutina de los guardias cambiaba y se volvían más audaces. Delior, en concreto, había intentado varias veces sobrepasarse conmigo, pero incluso cuando estaba encadenado y golpeado, no lo había logrado. Desde el primer día lo había intentado pero hasta ahora no había tenido éxito.

Sin embargo, no lo hacía cuando estaba en compañía de otros guardias a excepción de Thorien, que al parecer lo cubría. Di las gracias a la Diosa por ese pequeño milagro, porque si no fuera así, si todos los guardias lo estuvieran respaldando, todos mis esfuerzos serían en vano. Dio un paso atrás y eso me hizo preguntarme como me verían, una figura silenciosa en la oscuridad con sólo dos ojos ardiendo como brasas clavados en él. Tal vez realmente creía que el fuego en mis venas de alguna manera lo podía alcanzar. Me hubiera gustado que mis ojos tuvieran ese poder, que pudiera quemarlo físicamente, marcándolo como el cerdo sucio que era. Tal vez pudiera hacerlo, realmente no lo había intentado. La magia demoníaca era todavía nueva para mí y mi control sobre ésta era pobre en el mejor de los casos. Al menos ahora podía ver, aunque el ambiente a mi alrededor no mejoró mi estado de ánimo. —¡Aléjate de mí! —le gruñí . De hecho, secretamente agradecía sus avances ya que me daban la fuerza para no rendirme. Cuando perdiera mi voluntad y renunciara a mi dignidad por completo, este hombre podría saciar su lujuria con mi cuerpo… cosa que por ahora no iba a permitir. No permitiría que nadie mancillara la belleza de lo que tenía con Jan. Saber eso era lo que mantenía luchando, lo que me permitía aceptar mi legado, pero la sangre de mi demonio, porque mi parte élfica me era poco útil ahora. Había descubierto que, con un poco de esfuerzo, podía aumentar la temperatura de mi cuerpo voluntariamente. Había intentado aumentarla hasta el punto de derretir las esposas, pero mis intentos de fuga terminaron dejándome tan débil que tenía abrazar la inconsciencia por un momento. —¡Cierra la boca! —Su puño chocó contra mi cara pero fue él quien dejó escapar un gemido de dolor. Agarrando su mano quemada, se tambaleó hacia atrás, casi corriendo hacia Thorien. Sabía que mis poderes eran peligros, y, sin embargo, regresaba cada cierto tiempo como una mosca molesta, esperando que el dolor y el agotamiento me impidieran luchar.

Recuperándose, Delior me dio una fea mirada y me escupió en la cara. —¡Jodido monstruo! La saliva cayó sobre mi piel y mis labios se torcieron en una irónica sonrisa cuando se evaporó un segundo después. —¡Salgamos de aquí! —Thorien instó a Delior, obviamente asustado por lo que acababa de suceder. Por desgracia, mi desafío hizo que me quedara sin agua por un día más. Mientras los guardias cerraban la puerta, sonreí con amargura. ¿Cuánto tiempo voy a ser capaz de abusar de mi poder de esta manera? ¿Me romperé algún día y cederé a las demandas de este hombre? Esperaba que mi Jan viniera por mí antes que sucediera. Abracé ese pensamiento mientras mis fuerzas se apagan y mi mente disfrutaba del momentáneo triunfo sobre los guardias. Jan era mi amor y mi esperanza. No me abandonaría. Sólo tenía que soportar la tortura y el dolor por un tiempo más. Sólo un poco más…

CAPÌTULO XIX

Jan'ke Nightbourne: Veneno.
onocí a On'areh Shadowedheart hace casi diez años, cuando aún estábamos peleando en la guerra contra XOZ. Era un elfo oscuro, como yo, pero, irónicamente, había estado luchando junto con los demonios como mercenario. Lo descubrimos como espía en uno de los campamentos más importantes. Había sido mi elección si vivía o moría, y, a pesar de su traición, había estado reacio a matar a otro elfo, a derramar más sangre cuando tantas vidas se habían perdido. Por lo tanto, le hice jurar sobre la Diosa que abandonaría ese camino y que nunca traicionaría a su país de nuevo. Muchos criticaron mi decisión, aunque no tuvieron el valor de contradecirme. Pensaban que Shadowedheart estaba podrido hasta la médula y que no tardaría en romper su promesa. Pero Reh había, de hecho, mantenido su promesa y nos hicimos grandes amigos. Por supuesto, todavía trabajaba como mercenario pero desde entonces, optó por mantenerse al margen de las guerras y de la política. Agradecía la sabiduría que me llenó para tomar la decisión sobre su vida porque aunque en ese entonces no lo sabía ni me lo llegué a imaginar, terminaría siendo de gran ayuda. Sólo puedo estar agradecido con la Diosa por haberlo puesto en mi camino. ***** cho días han pasado desde que dejé el palacio, ocho días hace que recibí el mensaje cifrado. Lar había sido sorprendentemente rápido y no podía dejar de preguntarme cómo se las había arreglado para cumplir su misión en tan poco tiempo. Después de todo, encontrar a On'areh Shadowedheart no era fácil.

C

O

La última vez que lo vi, me dijo que no se había olvidado de la segunda oportunidad que le otorgué en aquel entonces. Que si alguna vez necesitaba ayuda, no dudara en contactarlo. Que incluso me haría un descuento en la paga. Pensé que sería capaz de encontrar noticias sobre su paradero en la posada The Dagger Rusty, en Danenth, un pequeño pueblo que estaba a mitad de camino hacia el norte de Thralnia. Cuando le di a mi hermano esas indicaciones, le confié la última oportunidad que tenía aparte de tener que matar para conseguir información o escaparme. Desde que recibí el mensaje de mi hermano, de forma continua le había rezado a la diosa para que Reh pudiera ayudarme a encontrar a mi amado. Dejando atrás el resto de los soldados me acompañaban en mi supuesta expedición, me alejé de Danenth, hacia el bosque vecino. Lar me estaba esperando en el borde, y sin molestarse en desmontar, nos saludamos con un breve y torpe abrazo. —Me alegro que hayas podido venir, hermano —Lar comenzó. Suspiré y le narré en pocas palabras lo que nuestro padre había hecho en el palacio después de su partida. Sin embargo, no entré en muchos detalles. Tenía otras cosas en mente. —Así que… Supongo que encontraste a On'areh. Tengo que admitir que no esperaba que lo encontraras tan pronto. No es un hombre fácil de rastrear. Dejó escapar una risita. —Bueno, hay ciertas circunstancias que me hicieron fácil rastrarlo. La respuesta ambigua me intrigó, pero no tuve tiempo para profundizar en su tema. Durante nuestra conversación, habíamos cabalgado y ahora estábamos en nuestro destino. Como punto de encuentro, Reh había elegido un lugar totalmente inocuo, sin marcas distintivas que no fuera un árbol con un hueco. Salió de la maleza y no pude dejar de notar que no había cambiado en nada. Tenía el mismo pelo negro común en la mayoría de los elfos oscuros, incluyéndome, su cuerpo seguía siendo atlético y, sin embargo, sus ojos penetrantes y su manera de moverse le daban una seductora aura oscura.

Sonrió con ironía cuando nos acercamos. —Es un placer, General. Aunque tengo que admitir que me hubiera gustado verte en otras circunstancias. Desmonté y compartimos un tradicional saludo de guerreros. Nunca habíamos sido amantes por lo que me pregunté a qué se debía su actitud coqueta. Una mirada a la cara tensa de mi hermano reveló la razón. Por lo menos alguien tenía algún éxito en su vida romántica. —Entonces, dime más acerca de este problema. La —quiero decir, tu hermano me comentó un poco. ¿Has averiguado algo? Por supuesto, me di cuenta de su metida de pata, pero por otra parte, si hubiera querido ocultarlo, nunca habría mencionado a mi hermano en el primer lugar. Sospechaba que estaba probando las aguas, buscando la manera de terminar en la cama con mi hermano. Por alguna razón, eso me puso incómodo. Ya estaba familiarizado con la moral relajada de mi hermano, pero debido al comportamiento de Reh pensaba que su relación iba más allá que una simple aventura. Interiormente suspirando, me obligué a centrarme en el problema principal y me prometí que discutiría el asunto, tanto con Lar como con Reh, una vez encontrara a mi amado. —Como ya saben, me enamoré, Reh —respondí con confianza—. Por desgracia, mi amante, Alix, fue acusado de ser un demonio. Antes que pudiera hacer algo para salvarlo, lo alejaron de mi lado. Pasé la siguiente hora, más o menos, contándole cualquier detalle que pudiera ser útil en nuestra búsqueda. Debido que había hablado con Lar antes de su misión, pasé por alto describir físicamente a Alix, seguro que mi hermano ya había cubierto esa parte. Todo lo que sabía hasta hoy era que estábamos separados. Me sentía más que un poco culpable y avergonzado mientras les ponía al tanto de mi fracaso de proteger nuestra relación y aceptar la boda con Alana Windwisp… pero sin esta información, no podrían ayudarme. —La cagaste, mi amigo —Reh me dijo después de escuchar la historia.

Asentí tristemente, estando totalmente de acuerdo. Había puesto a mi amado debajo de mis necesidades, pero de alguna manera tenía que arreglarlo. —No puedo creerlo. —Reh negó con la cabeza, luciendo descontento—. Siempre has sido tan noble en la guerra. —Ah, pero parece que no se da cuenta, Shadowedheart, que el amor no es la guerra —Lar habló por primera vez—. Ha pasado casi toda su vida luchando por este país pero no conocía los juegos del amor. Jan no podía saber lo que estaba experimentando. Sus palabras casi me hicieron agarrar mi espada mientras la irritación de ser alguien en medio de un juego del que no quiere participar parecía llevárseme hasta la última gota de control. Aunque mi hermano tenía razón, al parecer no lo creía porque mi cercanía con Reh era evidente. Éramos amigos y se notaba, pero para Lar, esa relación parecía ser totalmente diferente. Sin embargo, no tenía tiempo para ocuparme de sus celos. —Lar... Por favor, ¿podríamos centrarnos aquí? —Sí, por supuesto. Pido disculpas, hermano. Se quedó en silencio después de eso mientras que Reh procedió a explicar su plan. —De todos modos, he empezado a discutir el asunto discretamente con mis contactos. Tengo que decirte que están siendo muy discretos. Nadie parece saber nada. Asentí con tristeza, entendiendo que esto tomaría un tiempo. —Iba a sacarle información al General fae, pero misteriosamente se enfermó. Reh arqueó una ceja ante mi comentario, entendiendo que la enfermedad del General tenía un propósito sombrío. Los venenos eran bastante fáciles de ocultarse en el vino o en las comidas. —Y ahora que estamos hablando de esto, me temo que tengo que pedirte otro favor. ¿Lar? ¿Podrías darnos un momento? Mi hermano me dio una mirada irritada y se marchó, dejándonos solos.

—Si lo hiciste con el propósito de enojarlo... —Reh me lanzó una mirada que parecía una mezcla de confusión y diversión. Negué con la cabeza. —No. Realmente necesito un favor y no quiero que se involucre en esto. Este es un favor muy importante para mí. Necesito envenenar a mi padre. Los ojos de Reh se abrieron debido a que mi solicitud era plena traición. Era una de las razones por las que no quería que Lar estuviera al tanto, pero esta era la única manera de superar todos los obstáculos entre mi amado y yo. Me había dado por vencido en tratar de entender a la corte. La violencia era la única cosa con la que podía identificarme con ésta y, al igual que ellos lo hacían, si tuviera que utilizarla para lograr mis metas, lo haría. Haría lo que fuera para encontrar a mi amado. —¿Estás seguro de esto, Jan? —mi amigo me preguntó. —Positivo. Es la única manera. Las complicaciones pueden aparecer de la nada y este es el mejor antídoto que existe. A pesar de su sorpresa por mi decisión, Reh no trató de hacerme cambiar de opinión. En cambio, hicimos los arreglos necesarios para que me entregara lo necesario para llevar a cabo esta etapa del plan. Cuando nos despedimos, el sol parecía brillar un poco más al igual que la esperanza en mi corazón. Cuando me reuní de nuevo con Lar, no hizo ningún comentario respecto a mi solicitud de privacidad. Parecía triste y deprimido, y sentí una punzada de inquietud y remordimiento al saber que fui el causante de eso por no aclarar que entre nosotros no sucedía nada. Por desgracia, no tuve la oportunidad de aclarar las cosas. Era tarde y teníamos que volver a Danenth. Nos encontramos de nuevo con los guardias que me acompañaban en la expedición y nos dirigimos a nuestro supuesto destino. Inicialmente, Lar había inventado una excusa querer conocer mejor la tierra, algo totalmente plausible ya que estas eran tierras de campesinos. Nuestro padre no había logrado prohibir nuestra salida debido a que esta era una misión que aunque común, también era prioritaria. Sólo podía estar agradecido por ese hecho en particular. Si no

hubiera sido por Lar, no habría sido capaz de encontrarme con mi amigo. ***** aturalmente, cuando llegamos a la frontera, no encontramos nada fuera de lo común. Algunos bandidos haciendo travesuras, fuego debido a la quema de basuras y una pequeña disputa entre dos propietarios de la tierra. Tanto Lar como yo mostramos una consternación apropiado para el caso, y fui muy vocal sobre mi irritación con respecto a la falsa alarma. Lar pareció olvidarse del asunto con Reh, aunque ahora sabía que no debía juzgar por las apariencias. Me prometí hablar con él tan pronto como pudiera encontrar un momento de intimidad, lejos de cualquier oído. Por último, casi un mes después, estábamos de vuelta en el palacio. Ahora más que nunca, cada día que pasaba era una tortura y el conocimiento del constante dolor de Alix me estaba robando la esperanza y la cordura lentamente. Pero el plan estaba en marcha y tenía que empezar por deshacerme de los que estaban en mi camino. Tomaría tiempo, tiempo que no tenía, pero también nos permitiría explorar Thralnia de pies a cabeza. Cuando atravesamos las puertas del palacio, me di cuenta de algo que no estaba bien. Todo el mundo me miraba con ojos acusadores. Manteniendo una expresión fría, me dirigí a los establos, haciendo que todo pareciera una rutina normal. —Lar, no tengo idea qué demonios está pasando, ¡pero sí sé que tengo que irme de aquí antes que alguien decida decapitarme! —le susurré mientras desmontábamos. Antes que pudiera responderme, la multitud se abrió para revelar la figura de mi padre. —¿Cómo fue su viaje a las fronteras? Solté un gruñido. —Falsa alarma. Me encontré con Lar en el camino. —Hmm... Bueno, es bueno que hayas vuelto. Hemos decidido adelantar la boda. —¿Perdón?

N

Antes que pudiera explicarse, el Conde Windwisp apareció, su rostro por lo general frío y distante luciendo claramente enojado. — ¿Por qué? ¿Te atreves a preguntar por qué? Mi hija está embarazada, es por eso. Por un segundo, la idea no acababa de entrarme a la cabeza. ¿Alana embarazada? Me acordé de la vez que había intentado entrar en mis pantalones justo después de ser dada de alta por los curanderos. ¡Maldita mujer! Probablemente había sabido de su estado incluso entonces y trató de seducirme, esperando que tomara la responsabilidad de un hijo nacido debido a su propia promiscuidad. Bueno, podría olvidarse de esa idea. No tenía ningún interés en cuidar niños de alguien más. De hecho, no tenía ningún interés en tener niños. Sin embargo, teniendo en cuenta la nueva situación, tuve que reevaluar mi plan. —¿Dónde está ahora? —pegunté, ignorando al Conque estaba echando humo. —Encerrada en su cuarto, por supuesto. Asentí, satisfecho con la respuesta. No podía llevar a cabo inmediatamente mi plan, porque sería sospechoso que el Conde Windwisp y mi padre cayeran misteriosamente enfermos el día de mi llegada. Tenía que tener cuidado con todo lo que decía y hacía, y al mismo tiempo tenía que estar fuera del palacio y encontrarme con Reh en tres semanas. Mientras tanto, iba a tratar de encontrar una pista que pudiera utilizar en nuestra búsqueda. —Por favor, ¿podemos hablar de esto en un lugar más privado? —Le di al Conde lo que esperaba que fuera una sonrisa agradable—. Estoy cansado y no tengo ningún deseo de hablar de asuntos privados en público. A juzgar por las miradas que recibí, el asunto dejó de ser privado hace mucho tiempo. Sin embargo, para poder llevar a cabo mi plan necesitaba privacidad. No era una opción que aceptara al niño como mi sangre porque tal cosa sólo me traería más problemas cuando me las arreglara para salir del palacio, y no deseaba más complicaciones de las que ya tenía. Alana podía

responder si después de todo el niño no fuera reconocido por el verdadero padre. El hombre en cuestión debía de dar un paso al frente y asumir la responsabilidad, no dejar esa carga en personas inocentes. El Conde aceptó mi propuesta y los cuatro entramos al palacio. El rey había partido poco después de la fiesta y ahora los nobles de diferentes partes de Thralnia tenían el enorme edificio a su disposición. Las circunstancias eran perfectas para nuestro plan porque hubiera sido aún más difícil si el rey estuviera presente. Lar nos siguió, aunque técnicamente hablando, la cuestión no le concernía. Mentalmente, le di las gracias por su apoyo silencioso, agradecido que al menos el desastre con Alix nos había vuelto más cercanos. Entramos en la primera habitación desocupada que encontramos y de inmediato, el muy enojado conde me dio un puñetazo en la cara. Casi reí por su hipocresía. Él mismo me había lanzado a Alana. Si no quería que me acostara con ella, debería de haber sido más cuidadoso. —Tenemos programada la boda para una semana. No permitiré que mi hija dé a luz fuera del matrimonio o que se case cuando se note que esté embarazada. —Bueno, entonces tiene un problema, Conde —respondí con frialdad. Si hubiera estado pensando la opción de reconocer al niño, el lapso de tiempo planeado para la boda hubiera borrado ese pensamiento. El plan era dejar el palacio de Thralnia del Sur dentro de quince días y no tenía la intención de casarme con alguien traidor—. El niño que lleva no es mío. El Conde se congeló por mi respuesta y su reacción me dio una sensación temporal de satisfacción. —Le aseguro que no la toqué. Puede preguntarle si quiere. —Ya lo hice —dijo con los dientes apretados—. Dijo que el niño es suyo. —¿Eso dijo? —pregunté con indiferencia—. Pues bien, está mintiendo.

No tuvo tiempo de responder a esa afirmación ya que mi padre intervino. —Discúlpenme, Conde, Lar. Tengo que hablar con Jan a solas por un momento. Windwisp le dio a mi padre una mirada claramente disgustada, pero sin embargo, asintió. Abrió la puerta y salió de la habitación. Lar me dio ánimos con la mirada y salió. —¿Qué en nombre de la diosa estás haciendo? —me gritó tan pronto estuvimos a solas. —Padre, no voy a asumir la responsabilidad por el niño de otro. —Coloqué mi mano en la empuñadura de mi espada—. Ni siquiera puede reclamar todo esto es legítimo. No la toqué y no pienso decir que lo hice. —Lo harás si quieres que tu demonio siga viviendo. Esta vez, las amenazas no me sorprendieron. Mi único propósito era retrasar la boda durante el tiempo suficiente para poner mi plan en acción. No me importaba lo que pasara después. Alana podía morir dando a luz, no me importaba. Tuve que fingir que nuevamente me estaba derrotando, que sus me seguían afectando. La verdad es que mi dulce amante me había cambiado. Pueque me hayan engañado la primera vez, pero era un guerrero y mi padre no tardaría en aprender esa lección de la manera más difícil. Apretando los dientes visiblemente, me aparté de él, mis uñas enterrándose en mis manos hasta que la piel estaba ensangrentada. Se daría cuenta de mi gesto y anotaría una victoria más. Con sinceridad, no necesitaba fingir ni mi ira ni agitación porque las emociones destrozaban mi máscara de calma, al simplemente pensar en que mi amado estaba atrapado en algún lugar inaccesible, sufriendo, y que por ahora, no podía hacer nada para ayudarlo. —Bien —le solté—. Pero una semana es demasiado pronto. Necesito más tiempo. Ran'dar consideró mi solicitud mientras por mi lado luchaba por encontrar una explicación plausible a la solicitud que acababa de hacer. Al final, no me pidió ninguna explicación, probablemente

asumiendo que quería acostumbrarse a la idea o alguna cosa por el estilo. —Dos semanas. Pero si tratas de escapar, tu demonio muere. —Lo tengo —le dije bruscamente—. No intentaré escapar. —«Voy a tener éxito haciéndolo», añadí mentalmente. ***** as siguientes dos semanas se pasaron volando. Vi a Alana sólo un par de veces y mantuve una actitud fría y cortés. Mi padre me miraba como un halcón, esperando a que hiciera un movimiento en falso o que sucumbiera a la desesperación o tratar de obtener más información sobre dónde estaba Alix. Interrogó a los soldados que me acompañaron en la exploración, le preguntó a Lar todo lo que le había dicho e incluso le ordenó a los criados que me supervisaran. Lo sabía, no sólo por mi propia experiencia sino también a la ayuda inestimable de Lar. Había demostrado ser una gran ayuda, sobre todo porque mi padre no esperaba que se fuera a poner en su contra. Lo consideraba como una puta frívola, sin ningún interés en la política o en otra cosa que no fuera su placer, tal como era mi pensamiento antes que ocurriera todo esto. Mi hermano sigue siendo un misterio para mí, y todavía no lograba entender completamente la forma en que trabajaba su mente. Si adivinó la parte del plan donde envenenaría a nuestro padre, no mencionó nada ni reaccionó de ninguna manera. Como sea, sospechaba que tenía profundos sentimientos hacia Reh. Todavía tenía que dejarle en claro que nosotros sólo éramos amigos, y por todo lo que ha hecho por mí, me gustaría reunirlos pronto. Por mi parte, ya hice todos los preparativos para el plan. Padre no se dio cuenta que al hacer que todo el mundo me supervisara, me dio la apertura necesaria. Todo estaba en su lugar, y pronto, sería capaz de eliminar todos los obstáculos que se interponen entre Alix y yo. Desde el principio, sospeché que el veneno que pensaba usar era el mismo que utilizaron contra el General fae. Si mis sospechas son correctas, tal vez podría despertarlo de su sueño inducido por la enfermedad y preguntarle dónquedaban las mazmorras. Por esta

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razón, le había pedido a Lar que averiguara sobre el estado de salud del fae. Si yo tratara de averiguarlo, sería sospechoso. Por desgracia, pronto nos dimos cuenta que ya no estaba en el palacio, que se lo llevaron para que se recuperara de la enfermedad que lo atormentaba. Los siervos hablaban de una peste que amenazaba a todos y yo quería reír, ahora más que nunca seguro que la causa de la enfermedad de Rothin no podría ser natural. Al mismo tiempo, el conocimiento de su cercana muerte me molestaba. No le tengo ningún tipo de afecto, pero su muerte significaba que no sería capaz de preguntarle dónquedaban las mazmorras. Si no pudiera obtener la respuesta de él, tenía que encontrar a Alix a través de otros medios. Mis esperanzas estaban con Reh. Mi amigo no me iba a defraudar. En mis momentos más oscuros, temía que no iba lograr rescatar a Alix. Temía que estaría muerto cuando me las arreglara para encontrarlo. Pero incluso las pesadillas resultaron ser útiles debido a que cuando llegó el momento de envenenar los vinos que servirían en la mesa, mi mano no tembló para nada. Y horas antes se suponía que debía unir mi vida a Alana. Sonreí internamente mientras el veneno me llevaba a la inconsciencia.

CAPÌTULO XX

Alix Skueyes: Muerte y Tortura.
s algo curioso cómo ciertos días se quedan agarrados a tu memoria. Incluso si quieres olvidarlos, los recuerdos vuelven, una y otra vez, atormentarte. En mi mente febril, estos recuerdos siempre son pesadillas, retorcidas y desdeñosas, burlándose de mí mientras me encuentro impotente. Y sin embargo, los recuerdos es lo único que me queda en este lugar oscuro. Ya no soy capaz de llenar el silencio con mi voz, ya que mi garganta está seca, de días y días de sed continua. No hay nadie con quien pueda tratar de hablar, ni siquiera el guardia estúpido que mantiene mi mente llena de fuego. Y por eso, es que ahora revivo las cosas que sucedieron en ese entonces, imaginando, pensando, preguntándome «¿qué hubiera pasado si…?». En este punto, las dudas persistentes han casi desaparecido. No estoy más que a un paso de abrazar a la Diosa por última vez, y sin embargo, las imágenes del pasado todavía me persiguen. Fantasmas del pasado burlarse de mí y sólo puedo preguntarme: «¿Por qué? ¿Por qué las cosas tuvieron que resultar así?». ***** tro día, otro silvain. Esa era una frase común en la gente del pueblo. A su manera, ellos esperaban cada amanecer porque sabían que el resultado de su trabajo llevaría comida a sus mesas y alegría a sus hijos. Para mí, la expresión correcta sería: «otro día, otra tortura». No podía ni siquiera garantizar que era otro día debido a que se

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habían mezclado unos con otros por lo que no podía determinarlos. Sospechaba que este desordenamiento temporal no era una ocurrencia totalmente fortuita. Me lastimaba perder la noción del tiempo en esta mazmorra, me lastimaba intentar averiguar si lo que parecía meses era en realidad segundo; me lastimaba olvidar la belleza de la luz solar. Bueno, realmente lo último no era un problema sino que extrañaba el canto de los pájaros, el susurro del viento y el canto de los ríos. En verdad, la vida dejaba de tener sentido sin algo para reconocer el paso del tiempo, una cosa irónica ya que los elfos vivían una eternidad siendo jóvenes, sin respetar el paso del tiempo. Naturalmente, hace tiempo que dejé de ver la ironía de la situación, si es que alguna vez lo hice. Lo que sí puedo asegurar, es que ninguna de las ideas que mis carceleros tuvieron para torturarme me sorprendía. Torturas. Lo preferido del día, de la semana y del mes, pero tan poco originales. Los guardias se divertían triturando dedos, vértebras o patelas. Sumergían a los prisioneros en agua hirviendo y los empalaban con objetos filosos. Pero como la mayoría de los prisioneros eran demonios, pronto sanábamos, los huesos reaparecían, las uñas crecían de nuevo y nuestras heridas se cerraban. Lo mismo que ocurría con los elfos, sólo que según lo que había escuchado, los demonios tenían una mayor resistencia al dolor. No tenía ni idea si eso era correcto o no. Aunque había crecido como elfo, escondía de mis poderes demoníacos. Ahora que habían surgido, sospeché que me protegían en cierta medida de los guardias. Aunque incrustaba láminas fundidas mi carne o me sumergían en agua hirviendo, mis heridas se curaban increíblemente rápido. Podía oír a los guardias hacer comentarios al respecto y su miedo reverencial me daba fuerzas para continuar luchando. Muchas veces había intentado escapar, pero fue en vano. Me detenían y me movían a otro lugar donde nuevamente comenzaba la tortura. Eso me complace en cierta medida, ya que debido a que creen que soy un demonio, no intentaron golpearme la parte posterior del cráneo. Por eso, no me podían noquear y dejarme indefenso. Había tenido suerte que no me vieran para nada como

un elfo. Después de todo, tenía sentido. Un demonio puede sobrevivir en este lugar, pero un elfo no tiene ninguna oportunidad. Decidí conservar mis fuerzas mientras la magia de mi demonio me mantiene con vida en este lugar olvidado por la Diosa. Delior no había conseguido tocarme, no con su polla al menos, a pesar que me había azotado mucho. Podía luchar y herirlo de nuevo, pero mi fuerza disminuyó desde que sólo empezaron a alimentarme con lo suficiente para mantenerme con vida. No sé cómo es que todavía puedo controlar las llamas en mi sangre. Aunque ahora me quemaran cada vez que intentaba defenderme, no tenía otra opción. Continuaba sorprendiéndome que estos soldados siguieran pensando que tenían un plan para colarse en Thralnia y convertirse en espías en el palacio. Por el amor de la Diosa, yo había nacido en Thralnia, había luchado en la guerra contra XOZ y tenía sólo cincuenta y tres años, y mi madre había sido una noble fae… y miren donde estaba. El razonamiento lógico no funcionaba con estos hombres y por eso cada vez más guardias me visitaban para otro episodio de interrogatorio. Delior y Thorien trajeron dos soldados más, dos elfos llamados Kogan y Ferin. El primero de esta pareja era más cruel que su acompañante. —Creo que debemos tratar hoy con la sierra —sugirió Kogan—. Cortar algunas extremidades podría aflojar su lengua y no van a crecer tan rápidamente. Thorien suspiró, sonando apagado. —No podemos hacer eso. Sabes que el rey lo prohibió. La orden del rey no mantuvo a Delior a raya, y siguió intentando convencer a sus compañeros de torturarme. —Oh, vamos. Un brazo o una pierna. —Como no había tenido ningún éxito en joderme, ahora había pasado a hacerme la vida más triste de lo que ya estaba—. O mejor aún, podríamos jugar un poco con su polla. No tendrá ningún demonio bebé, ¿eh? —No es una mala idea —coincidió Kogan—. Matamos dos pájaros de un tiro.

Decir que no estaba asustado en ese momento era una completa mentira. Estaba horrorizado de lo que pensaban hacerme y encontré toda la conversación muy preocupante. La forma en que hablaban de castrarme y charlaban sobre amputarme como si no fuera otra cosa que un animal, me hizo preguntarme si estos elfos no deberían ser los que tendrían que estar encarcelados. Podría ser un demonio, pero jamás descuarticé a nadie. Al parecer, estos hombres lo iban a hacer. Dándome una sacudida mental, me esforcé por concentrarme en mi magia. Puede ser que me azotaran hasta acabar conmigo, que rasgaran mi piel y mi cara, ¿pero mi pene? De ninguna manera lo iba a permitir. Mantuve mis ojos cerrados para que no vieran que había convocado a mi demonio. Necesitaba todo tipo de ventajas y el elemento sorpresa siempre trabajaba muy bien. Si se daban cuenta que tenía la intención de vengarme, encontrarían una manera de detenerme. —¿Estás seguro que es seguro? —Ferin intervino en tono más cauteloso que sus tres compañeros. Efectivamente parecía el más inteligente, porque no permitía que su crueldad gobernara su sabiduría. Delior se burló. —Las torturas y la pérdida de sangre han drenado su magia. Apenas puede mantenerse vivo y sanar sus heridas. No hay manera que nos pueda atacar. Oí el ruido distintivo de una herramienta de metal siendo encendida y luego los pasos de Delior acercándoseme. Me obligué a permanecer inmóvil dándoles una ilusión de vulnerabilidad. Tal vez mi poder no pueda derretir las cadenas, pero si se puede encargar de un enemigo. Delior estaba tan cerca que podía sentir su aliento cálido en mi cara. No estaba sudoroso y no olía asqueroso, ya que tal cosa sería físicamente imposible para los elfos. Sin embargo, su proximidad me hizo sentir náuseas. Delior había aprendido la lección y no se me había vuelto a acercar tanto por miedo que lo atacara. Cuando me torturaba, se mantenía a distancia, sobre todo porque se dieron cuenta que, incluso encarcelado, podía usar mi magia. Aunque todas las torturas rompían mi cuerpo, no lograron

quebrar mi magia aunque al parecer él pensaba que sí. ¡¿Qué tan estúpida puede ser una persona?! El sonido metálico de la herramienta golpeó con fuerza mis oídos y, finalmente, sentí sus manos en mis genitales. Mis ojos se abrieron de golpe, todo lo que rodea era carmesí lo que ya no me sorprende. Empuñé mi mano, casi dislocándome el hombro y el dolor sólo me dio más fuerza, lo que alimentó mi magia. Una bola de fuego salió de mis manos y antes que Delior pudiera apartarse, se estrelló en su cara. La intensidad del golpe lo lanzó contra la pared y me reí cuando escuché su cuerpo chocar contra la roca y dar el crujido característico de huesos quebrándose. —¿Qué en el nombre de la Diosa? —dijo Ferin con voz entrecortada. —Joder, Delior. Vi a Thorien correr hacia él, pero sabía que era demasiado tarde para rescatar al pervertido. El lado derecho de su rostro se había quemado más allá del reconocimiento, pero el que ni se quejara por el dolor dejaba todo claro. La explosión lo había arrojado con tanta fuerza contra la pared que su cuello colgaba en ángulo incómodo y poco natural. La rigidez de la muerte no tardaría en verse en sus características que tanto había llegado a odiar. Vi como lo comprobaba y sonreí cuando Thorien se puso de pie y desenvainó su espada. —¡Tú, jodido monstruo! —me gruñó—.Te voy a matar. Me reí ante su amenaza. —Vamos. Te desafío a hacerlo. —La verdad es que aunque todavía sentía la magia en mi interior, no creía que tuviera la suficiente potencia para matarlo. Pero él no tenía por qué saberlo. Por suerte, ninguno de ellos vio a través de mi mentira. Kogan detuvo a Thorien, al parecer todo tipo de tortura cruel desapareciendo de su mente. —No, no. Te matará también. —No podemos dejar que viva, no después de lo que le hizo a Delior —Thorien respondió, mirando a Kogan .

—Oh, pobre Delior —me burlé—. ¿Vas a llorar? Seguramente encontrarás a alguien más que te joda. —No tenía ni idea si habían follando, pero al ver sus ojos brillar me di cuenta que mi suposición era correcta. Kogan apenas logró contenerlo después de mis palabras insultantes. Se volvió loco de furia y hubiera pensado que era un demonio sino lo conociera. Mi suerte sería pésima si ellos no creyeran que realmente tenía la suficiente potencia para matarlos. Por suerte para mí, Ferin procedió a inmovilizarlo al golpear la parte posterior de su cráneo. —Vamos —le dijo a Kogan. El otro elfo asintió y agarró Thorien como un saco de patatas, sacándolo. Ferin recogió el cuerpo sin vida de Delior y siguió a su compañero. —No sé lo que eres —dijo desde la puerta—, pero no dejarás este lugar con vida. A pesar de su amenaza, su tono contenía un miedo que no podía ser negado. Cuando la puerta se cerró, me reí de nuevo, inundado por una gran alegría y satisfacción sádica. No podía alejar las energías violentas que fluían a través de mí, no cuando este fuego que arde en mi interior era el causante de mantenerme con vida, no cuando la sangre demoniaca en mis venas era la causante de poder matar a mi enemigo. Por mucho que odiaba el hecho que mi ascendencia mixta me mantenía alejado de Jan, ya no puedo odiarla. Este era mi destino y lo abracé por completo.

CAPÌTULO XXI

Jan'ke Nightbourne: Otra reunión.
l plan funcionó sorprendentemente bien. Como era de esperar, Reh no se equivocó y el veneno eliminó la amenaza que representaba mi padre y sus lacayos. Muchos podrían acusarme por la cobardía de utilizar tal arma, pero he renunciado a la misericordia, a la moral y al honor. No se merecen mi compasión, ni tampoco merecen una muerte digna. Se lo buscaron. Me quitaron lo que más valoraba y ahora iban a pagar el precio.

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A veces me pregunto si mi padre, al final, se recuperó del veneno o si murió. Supongo que aunque lo odio por lo que le hizo a Alix, una parte de mí todavía prefiere pensar que está vivo y respirando. Cometer parricidio nunca fue uno de mis objetivos de vida. No creo que mi amor me aprecie si me convierto en un monstruo. Como sea. Tengo cosas nuevas de las cuales preocuparme ahora, nuevos temas y nuevos enemigos. Esta vez, no puedo eliminarlos como lo hice con mi padre. Mi nuevo enemigo parece compartir mi meta, y a pesar de mi frustración por la situación, no puedo hacerle daño. Es, después de todo, la madre de Alix. ***** os semanas después de mi llegada de la expedición, el día de la boda, y justo antes de la ceremonia, toda la familia Nightbourne, incluido, Lar y mis hermanas que estaban compartiendo la mesa con nosotros, cayó misteriosamente enferma. También corrió la misma suerte el Conde Windwisp, que

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compartía la cena, y su hijo, así como un par de guardias y sirvientes. Alana Windwisp no cayó enferma. No había bebido ningún vino fuerte debido a su condición y todavía seguía preparándose para esa ceremonia con sucedió tal incidente. Milagrosamente, Lar y yo, al igual que mis hermanas y lady Windwisp, la madre de Alana, nos recuperamos poco después del evento. Los jefes de la familia, así como un par de guardias, siguieron enfermos y cayeron inconscientes. Por mucho que los curanderos se esforzaron, no fueron capaces de encontrar la causa de la enfermedad ni de despertarlos. En realidad, no había ningún milagro, sólo una pequeña botella de antídoto que había tenido la precaución de tomar y darle a Lar antes de beber el vino mortal. El veneno también nos llevó a un estado comatoso, pero el antídoto se había activado por sí sólo pocos días después, tal como lo esperábamos. Después de eso, se lo dimos a mis hermanas y al resto de las mujeres que, después de todo, no eran culpables. Poco después del día en que se suponía que debía estar casado, mi hermano y yo salimos del castillo, supuestamente en busca de una cura para la enfermedad que azotaba a la población. Alana fue enviada a la finca de los Windwisp, donde estaría a salvo y cuidada. Afortunadamente, la distancia que había a la finca de los Nightbourne no permitía que una dama embarazada pudiera viajar allí. Mi hermano felizmente accedió a unírseme en mi búsqueda. Había estado renuente de dejarlo atrás y me encontré bastante satisfecho que decidiera acompañarme. Su consentimiento puede haber tenido algo que ver con encontrarse de nuevo con Reh, pero cualquiera que sea la causa, su presencia me ayudó a soportar la carga de mi alma. No me preocupaba mucho por mis hermanas. Pedían mucho afecto… Las mujeres jamás han sido de mi agrado, de todos modos, y sabía que encontrarían a alguien que las cuidara, algún tonto que cayera en sus garras. Tal vez ya lo tenían. Algo que me seguía molestando era que, debido a ciertas circunstancias, me había visto obligado a abandonar mi plan original sobre Alana. Sin embargo no podía dejar de reír por la situación en

la que se encontraba. Ahora estaba sola, sin la ayuda de su padre, frente al oprobio público y muy embarazada. No he conseguido averiguar a quién le pertenecía el niño, pero después de todo, no me importaban. No hubiera llevado bien la carga que por mi culpa un niño inocente hubiera muerto. Alana tenía las manos ocupadas con sus propios problemas. Dejó de ser una amenaza y obtuvo lo que se merecía. Mientras que cumplíamos con nuestra parte de envenenar a medio palacio, Reh había cumplido su palabra y buscó pistas que nos ayudaran. Aunque no había sido capaz de descubrir la ubicación de las mazmorras, se dio cuenta de otra cosa, o mejor dicho, de alguien más. Encontró a cierta persona que convenientemente había desaparecido el mismo día en que mi amor fue capturado. ***** legamos a Keria, una ciudad de tamaño medio, un día antes del acordado para encontrarnos con mi amigo. Al otro día, nos dijo que nos veríamos en las afueras de la ciudad, así que cabalgamos en silencio, yo perdido en los pensamientos de lo que iba a suceder y qué resultado tendría esta misión, hasta que encontramos una posada donde dejamos nuestros caballos. Reh procedió a explicarnos que de acuerdo a la política del gremio de los ladrones, teníamos que ir con los ojos vendados. —Lo siento por esto. —Levantó un pedazo de tela oscura, indicándonos que teníamos que tener los ojos cubiertos. Ambos permitimos que nos atara la tela sobre los ojos. Se me ocurrió que estaba experimentando cómo mi amor ha vivido continuamente, en medio de esta oscuridad que lo envuelve todo. Decidí que no me gustaba, pero podía entender cómo Alix había perfeccionado sus otros sentidos. Mi audición parecía más centrada en mi entorno debido a que ahora no podía ver. A lo lejos, me preguntaba si Reh pensó que no podía encontrar mi camino de regreso aquí, simplemente porque estaba con los ojos vendados. Creo sinceramente no era así, sino que estaba cumpliendo con esa «política» de los suyos.

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Caminamos detrás Reh que guió nuestros pasos para que no cayéramos o tropezáramos con nadie. No estaba preocupado por es. Nos llevó a través de una especie de callejón y luego de lo que parecía un pasadizo secreto. Tanto las paredes y el suelo eran lisos y uniformes, completamente uniformes, e interiormente sonreí, admirando la precaución y la prudencia de estas personas. Después de todo, incluso si un ciego no puede ver, todavía tenía la oportunidad de guiarse a través del tacto. Si todo era uniforme no podría conseguir ninguna pista. Como esperaba, Reh nos condujo por un laberinto lleno de giros. Sólo la Diosa sabía cuántas vueltas dábamos. Por último, salimos del pasaje secreto y respiramos aire fresco. Sonreí, sabiendo que podía volver a este lugar si realmente lo quería. —Está bien, pueden quitarse la tela ahora —dijo Reh después de caminar lejos de la salida del laberinto. Me pregunté por qué mi amigo nos había permitido esta cortesía ya que habría sido más lógico esperar hasta que hubiéramos llegado a nuestro destino. No dispuesto a cuestionar mi buena suerte, me quité la tela que cubría mis ojos y estudié mi nuevo entorno. Haber estado con esa tela oscura resultó ser muy incómodo y molesto, sobre todo porque los elfos eran muy dependientes de la vista. La noche ya había caído sobre la ciudad y podía ver las estrellas brillando en el cielo. La oscuridad reinaba en toda la zona, serena y acogedora, dándole al barrio un aire de seguridad y tranquilidad. ¿Quién adivinaría que la base de operaciones del gremio de ladrones sería un lugar tranquilo, donde los propietarios se iban a dormir poco después de la puesta del sol? Arqueé una ceja a Reh quien me sonrió, entendiendo que aprobaba el lugar. Mi hermano, sin embargo, parecía aturdido y un poco mareado, parpadeando como intentando enfocar los alrededores. Reh rio al ver la expresión de su cara y Lar le devolvió una mirada seca. Reh parecía querer decir algo, pero se contuvo. Sospechaba que tenía que ver con su relación y su continua lucha por ser discretos. Personalmente, pensaba que no había necesidad de hacerlo ya que ese era un asunto que no le concernía a nadie más. Me di cuenta entonces cortesía de no terminar el viaje con los ojos vendados no había sido pensando en mí sino por el efecto que ésta

tendría en mi hermano. Contuve las ganas de sonreír ante el pequeño gesto de protección, a sabiendas que ni Reh ni mi hermano lo agradecerían. En lugar de centrarse en su amante como parecía querer, Reh procedió a caminar por un camino empedrado. —Es aquí. —Hizo un gesto hacia un edificio de aspecto inocuo donde sabía que vivían los asesinos más peligrosos en toda Thralnia—. Le pedí a un amigo que la vigilara mientras iba por ustedes, chicos. Asentí en silencio y lo seguí a medida que entrabamos en el gremio de ladrones. La casa parecía tener tres entradas, la normal que ayudaba a mantener las apariencias, la puerta de servicio y una puerta oculta que se abrió sólo después que mi amigo susurrara una contraseña. —Síganme —indicó Reh—. Mantengan sus ojos mirando al frente y no se queden atrás. Sus palabras sugerían que había sido un gran trabajo el convencer a sus amigos ladrones que me ayudaran con esto. De hecho, nadie vino a reunirse con nosotros, pero sentía ojos mirándonos desde la oscuridad, escrutando cada movimiento que hacíamos. Mis sentidos gritaban que la hostilidad impregnaba el aire pero no podía decir que la actitud de los ladrones me sorprendía. Técnicamente hablando, como elfo oscuro, no tenía que inmiscuirme en los asuntos de los fae, tal como el teniente idiota me había dicho. De igual manera, no tenía derecho a inmiscuirme en ninguna de las cuestiones relativas con el gremio de ladrones. Sin embargo, representaba una autoridad así que no podía esperar una cálida bienvenida en este lugar. Ignorando lo que mis sentidos gritaban, seguí caminando detrás de Reh. En algún momento, mi amigo había agarrado la mano de mi hermano y caminaba a su lado. Era evidente que temía que Lar, en su despiste, cometiera algún acto estúpido que causara que los ladrones se volvieran contra nosotros. Atravesamos un vestíbulo oscuro y mantuve mi mirada al frente tal como me había instruido. Por último, Reh nos guio a una escalera en forma de caracol que terminaba en un pasillo envuelto en sombras.

Una voz femenina resonó desde el otro lado del pasillo, furiosa y asustada. —¿Por qué me retienen aquí? No tengo tiempo para esto. Sólo quería que alguien me ayudara a cruzar la frontera. Caminamos por el pasillo en silencio, en dirección hacia la fuente del sonido. La luz discreta que salía a escondidas de las habitaciones hacía un hechizo peculiar en las paredes, dibujando nuestras siluetas a medida que avanzábamos. Contuve una sonrisa. El ambiente en esta casa me hacía desconfiar de mi propia sombra. Eso me irritaba pero también me resultaba divertido. Cuando llegamos a la última puerta cerrada, nos detuvimos y Reh me hizo un gesto para que entrara. Le dio un apretón a la mano de mi hermano, indicando que tenía que quedarse atrás. Una vez más mi corazón se llenó de una triste alegría al saber que a pesar de mi dolor, mi hermano había encontrado alguien que lo cuidara. Cuando entré en la habitación, noté a tres personas, dos hombres y una mujer. Incluso aunque la mujer estaba de espaldas, la reconocí como la madre de Alix. Su cabello me recordaba al oro hilado de mi amado. No podía haber otra persona en el mundo con un pelo tan perfecto, aunque para ser sincero, pensaba que el pelo de Alix era más brillante y más hermoso que el de ella. Me aclaré la garganta, llamando la atención de los ocupantes de la habitación. Tres pares de ojos se volvieron hacia nosotros. Los hombres no parecían sorprendidos al ver Lar y a Reh, pero si hubo un destello de sorpresa en sus ojos ante mi presencia. No pude evitar sentirme un poco petulante al saber que todavía tenía la habilidad de ser un fantasma. Pero no con todo el mundo... Alix siempre sabía cuándo me le acercaba. Alix, mi amor perdido. Centrándome en mi objetivo, le di una mirada sombría a la mujer que había dado luz a mi amado. Parecía intimidada por mi mirada. —General Nightbourne. —Su voz casi temblaba mientras susurraba mi nombre—. Saludos. Me agaché y besé su muñeca como era de costumbre. —Saludos, Lady Skyeyes. Pido disculpas por las molestias, pero tenemos algo que discutir.

Se sentó, o más bien se derrumbó sobre la cama. Me di cuenta que no era debido a mi presencia, sino a causa del agotamiento físico y mental. —¿Qué quiere? —preguntó, casi llorando—. ¿Qué quiere de mí? Asentí hacia los ladrones que la habían estado acompañando y se fueron en silencio. —Sólo tengo un par de preguntas. Si usted puede responderlas, vamos a dejarla ir. La madre de Alix levantó la mirada y me miró. —Está bien pero sólo dime dónde está mi hijo. Déjalo libre. No es su culpa, nada de esto. Compartí una mirada con Reh. La madre de Alix tampoco sabía nada sobre dónde podía estar. Aunque lo esperaba, no pude evitar sentirme consternado al sabes que tampoco tendría ninguna respuesta. Con el General fae enfermo, no tenía idea de dónde continuar mi búsqueda. Probablemente, el Rey sabía la ubicación, pero ni siquiera teniendo el rango de general podía hacer demandas. —¿Por qué quiere cruzar la frontera? —Quería ir a XOZ —respondió. Sacudiendo la cabeza, rogó—: Por favor... Le diré lo que quiera apenas libere a mi hijo. —No sé dónde está Alix —dije fríamente—. Eso es lo que estoy tratando de averiguar. Pero el General fae ha caído enfermo y los guardias de rangos inferiores no tienen ni idea de dónde puede estar. —¿Por qué quiere encontrar a mi hijo? —preguntó Eireene, sonando escéptica. Arqueé una ceja, sin saber si Alix le había dicho algo sobre mí. Sus ojos se abrieron al unir las piezas y se puso de pie. Se lanzó en mi contra, pero la atrapé con facilidad, restringiendo sus movimientos.

—¡Por supuesto! —chilló—. Todo tiene sentido ahora. Es su culpa, todo esto es su culpa. Es su culpa que mi hijo esté encerrado. No podía contradecirla. Las mentiras que le había dicho y mi compromiso con Alana había sido lo que empujó a Alix a revelar su verdadera identidad. Sin embargo, teníamos que dejar atrás el pasado y concentrarnos en cómo salvarlo. Mantuve mi expresión en blanco, no permitiéndole ver la forma en que me afectaban sus palabras. —Por favor, cálmese. Dígame, ¿por qué exactamente quiere ir a XOZ? Respiró profundamente, al parecer tratando de calmarse. —Quería encontrar al padre de Alix. Es el único que ahora puede ayudar a mi hijo. Mientras estaba ahí, mirándola, no pude evitar pensar que tal vez tenía razón. Tal vez con el fin de encontrar a mi amor, tendría que aliarme con mi peor enemigo. Sin embargo, si eso me daba respuesta y me devolvía a mi amado, no me importaría. Estaba seguro que mi enemigo no aceptaría trabajar conmigo tan fácilmente, pero en este punto, haría lo que fuera con el fin de rescatar a mi amado. Si encontrar al padre de Alix podría ayudar, entonces lo encontraría.

CAPÌTULO XXII

Alix Skueyes: Guerra.
n las sombras silenciosas de mi prisión, me pregunto qué ha sido de mi hermosa Thralnia. Una vez luché por mi país y maté a muchos con tal de protegerlo. Es irónico que, al final, esa lucha será en vano y que nuestras tierras se quemarán por nuestras propias manos.

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Todas mis preguntas y dilemas no tienen sentido. Estoy indefenso y lo sé. Me quedo sin fuerzas de mis cadenas y mi fuego se extinguió hace mucho debido al hambre y al agotamiento. Mis muñecas ya no duelen, o tal vez es que duelen tanto que mi cerebro ha dejado de sentir. Los recuerdos parecen sombríos y distantes, y el dolor de mi separación con Jan es lo único que sigo lamentando. Thralnia ya ha muerto para mí, así como yo he muerto para ella, cosa que sucederá muy pronto. ***** as mazmorras estaban tranquilas. Los rumores sobre una próxima guerra me sorprendieron aunque no podía entender cuáles eran las dos partes. Tal vez los demonios habían regresado. Si es así, podía renunciar a toda esperanza de ser rescatado. Mi amado tendría que regresar a su trabajo y proteger a nuestra patria. Oré a la Diosa que protegiera a Jan incluso si ella no me protegía. Jan seguía siendo uno de sus hijos. Era su deber protegerlo de la muerte. Sonaron pasos fuera de las celdas de la prisión. Identifiqué que el que se acercaba era Thorien. Su crueldad había aumentado desde que maté a Delior. A pesar de eso, su muerte me traía un

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poco de satisfacción en este infierno. Desde ese evento en particular, los otros guardias habían dejado de intentar acercárseme. También habían dejado de darme de comer, pero con mucho manejaba eso a tener que ser humillado o aguantar toques repulsivos. Thorien abrió la puerta de mi celda a toda prisa y se me acercó. Seguía siendo el único lo suficientemente atrevido a hacerlo. —Hola, demonio. ¿Cómo te sientes hoy? Te ves bien. Reuní todas mis fuerzas que me quedaban y le escupí en la cara, o intenté hacerlo. Estaba demasiado débil, por lo que probablemente fallé. Controlar mis poderes demoniacos había sido cada vez más difícil. Se rio de mis patéticos esfuerzos pero no se acercó más. En este punto sabía que no podía subestimarme. —La guerra ha comenzado —dijo—. Apuesto a que estás feliz, demonio. Pero no te preocupes, vamos a ganar. Esos elfos oscuros no tienen ninguna oportunidad frente a nuestra fuerza. Apenas podía contener mi sorpresa ante sus palabras. ¿Una guerra entre las dos tierras élficas? Pero, ¿cómo? Lo cierto es que los faes y elfos oscuros jamás se habían llevado bien, ¿pero una guerra civil? Ciertamente, no esperaba que mi pueblo tuviera tanta cantidad de odio. Me reprendí a mí mismo por una vez más olvidar que los elfos no eran mi pueblo, ya no. No debería preocuparme por lo que ocurriera con Thralnia. Pero no podía dejar a un lado mi lealtad. A pesar de la hostilidad de los faes siempre me dieron, Thralnia era mi casa. Podría odiar a la gente pero no podía odiar nuestras tierras, los hermosos bosques que la Diosa nos dio, los ríos cristalinos y las magníficas llanuras. Si la guerra estallaba, los bosques se quemarían y los ríos fluirían llenos de sangre. Incluso un demonio como yo podía ver lo absurdo de eso. ¿Y cuál sería entonces el destino que estaba teniendo Jan? Esperaba que al menos hubiera logrado llegar a su tierra antes que comenzara el conflicto. «Diosa, ayúdanos a todos». Ajeno al tormento que sus palabras habían causado, Thorien continuó hablando: —Pero desde que me han llamado a luchar, me temo que esta es nuestra despedida.

Un escalofrío me recorrió ante sus palabras. ¿Tenía la intención de matarme finalmente? Por mucho que no me gustara este horrible lugar, no quería morir. Una parte de mí se negaba a renunciar a todo, tercamente aferrándose a la vida. La razón, en cambio, me decía que con la guerra estallando, quedaría olvidado, pero no podía obligarme a abandonar mi esperanza. —No te preocupes. He recibido instrucciones de dejarte morir lentamente, sobre todo porque no hablaste sobre quién le ayudó en el palacio —dijo Thorien, y podía oír la sonrisa en su voz. El sonido de una espada siendo desfundada me llegó y antes que pudiera intentar alejarme, la hoja se clavó en mi cuerpo. De mala gana me quedé sin aliento, sorprendido que a pesar de todo el dolor que he sufrido, siempre podría llegar más. Su espada no perforó nada importante, sólo mi hombro. Sospeché que había apuntado a un lugar más mortal, pero no era particularmente talentoso con la espada. En cualquier caso, en ese momento dudaba mucho de la salud de los demás órganos en mi cuerpo. Si me las arreglaba para volver a ver a Jan, sabía que podría rechazarme debido a que hace rato todo tipo de atractivo que tenía había desaparecido. Afortunadamente, la herida fue suficiente para satisfacer su lujuria por mi sangre y decidió despedirse. Escupió en mi cara y, a diferencia mía, cayó en el blanco. —Adiós, demonio. Te deseo una muerte muy larga y desagradable. No respondí y sus pasos se escucharon mientras se dirigía a la salida y cerraba la celda. Mis pensamientos regresaron a sus palabras las cuales se repitieron en mi mente. ¿Realmente había estallado la guerra entre ambas naciones? Diosa, esperaba que no. Esa podría ser otro tipo tortura que fue diseñada inteligentemente para romper mi corazón, como si ya no lo hubieran arrancado de mi cuerpo.

PARTE III:

REENCUENTRO

FINALIZANDO EL VERANO E INICIANDO EL INVIERNO DE 11.044 A.D.G.

CAPÌTULO XXIII

Jan'ke Nightbourne: Revelaciones.
Seis meses han pasado desde que abandoné el palacio al sur de Thralnia, seis meses de esperanza, de desesperación, de odio y de desear. A pesar de la eficiencia de Reh al detener a la madre de Alix, aquí estábamos, todavía sin noticias de mi amado, buscando a un extraño en quienes todos habíamos depositado la esperanza. Me odiaba por estar de acuerdo con este plan en el primer lugar. Esto sólo era un retraso que podía perjudicar a mi amor. Cuando decidimos que primero intentaríamos encontrar al padre de Alix, no esperaba que el viaje durara mucho tiempo. Después de todo XOZ no quedaba muy lejos, pero mis pensamientos pesimistas me advertían que lo encontraría en tres meses como mínimo. Debería haber continuado con la búsqueda de mi amado. Con la ayuda de Reh, con el tiempo, habríamos descubierto la ubicación de la mazmorra. Sin embargo, en ese momento, me pareció mucho más prudente contar con la ayuda de alguien que tenía los medios para rastrear y detectar cualquier prisión oculta que pueda existir en Thralnia. Muchas de las cárceles donde encerraban los demonios se convirtieron en blanco de los ciudadanos de XOZ durante la guerra. Una parte significativa de las personas en el norte de Thralnia habían muerto bajo el ataque. Y aunque no lograron viajar al sur de Thralnia y terminar el trabajo, me parecía que el padre de Alix tenía una idea de dónde podían estar. Si no, tal vez me podría dar su apoyo para forzar al Rey que nos diera la información.

E

ireene Skyeyes, la hermosa madre de Alix. Me senté frente al fuego y la miré, ya sin saber qué pensar.

Por desgracia, no había previsto las dificultades de la naturaleza. Llegó el invierno, capturándonos en las laderas de las montañas que bordean a XOZ. Tal vez habría sido capaz de soportar el clima horrible, pero Eireene cayó enferma y teníamos que esperar a que se recuperara. Desde el principio, nuestro viaje parecía estar maldito. En ese momento pensé que hice lo correcto al decirle a mi hermano que se quedara con Reh. XOZ no era seguro para un elfo. Sabía que, muy probablemente, encontraría mi muerte a manos de los demonios. No me importaba, siempre y cuando me ayudaron a encontrar Alix. No estaba dispuesto a sacrificar a Lar por mi búsqueda y se lo dije. Le dije que permaneciera en Thralnia, pensando que estaría a salvo. También le había pedido a Reh que se quedara, que continuara con la búsqueda. Sin embargo, a causa de eso, ahora me encontraba solo, con esta mujer que me irritaba y preocupándome por mi hermano quien podría estar muerto debido a la guerra civil que había estallado en Thralnia. Desde que abandoné el ejército para buscar a mi amor perdido y debido a que Rothin no se había recuperado de su misteriosa enfermedad, una serie de nobles faes se aprovecharon de esas situaciones para asegurar su propia posición. Incluso si hubiéramos estado técnicamente en paz cuando me hospedaba en el palacio, para ahora había sido declarado desertor y traidor. Los nobles fae, liderados por un hombre desconocido llamado Flamecloud, procedieron a intentar domar a los elfos oscuros. Situación que, por supuesto, no le agrado a mis hombres. No porque fueran particularmente leales a mí, claro está. Me respetan como líder y como un guerrero, pero eso era todo. No, mis hombres habían protestado porque Flamecloud era un fae. ¿Cuándo un fae manejaba a los elfos oscuros? Una palabra de las hazañas de Flamecloud llegó a los oídos de nuestro rey y entonces estalló el caos. Era el colmo, lo último que inclinó la balanza a favor de los conflictos. Sin embargo, nada podía hacer que abandonara mi viaje en este pundo. Incluso si mis esperanzas de ver a Alix vivo habían casi desaparecido, todavía me agarraba de una pequeña chispa que me decía que lo encontraría, que necesitaba seguir adelante… sólo un poco más. Ni siquiera el conocimiento que mi país había caído en

una lucha de poder podría hacer que regresara. Sólo podía esperar que mi amado y que mi hermano no fueran víctimas de esa horrible guerra. No fue fácil continuar nuestro viaje. Eireene Skyeyes me molestaba tanto como yo le molestaba a ella, quizá más. De hecho, me recordaba extrañamente a Alana. Sin embargo, a diferencia de mi supuesta novia, me era difícil odiarla. Alix se le parecía tanto que me dolía el pecho cada vez que la miraba. Su pelo, sus ojos, su piel… todo en ella me recordaba a mi amor. A veces, cuando el fuego proyectaba sombras inquietantes sobre su cara, recuerdos de mi hermoso Alix me llenaban, besándome, tocándome, entregándoseme. Me estaba volviendo loco y ya no sabía qué hacer. No podía dejar de estar agradecido por el hecho que mi cuerpo no me había traicionado y que mi corazón seguía siendo leal a Alix y sólo a él. Sería muy fácil caer por su madre de lo contrario. —Le quería, ya sabe —dijo, iniciando otra conversación que sólo me torturaba. —Deje de referirse a él como si estuviera muerto —le espeté—. Todavía me ama y nos volveremos a ver. Eireene me miró. —Tal vez, tal vez no. Pero de cualquier manera, no lo merece. No se merece los sentimientos que tenía por usted. Sus palabras eran como puñales en mi corazón, pero no lo demostré. Tenía razón, pero no podía dejar que eso me afectara. Además, ella tenía mayores pecados que expiar. —Pueque sea verdad, pero no soy el único que le ha mentido. —No sé de qué está hablando. —¿Cree que soy estúpido, Eireene? ¿Cree que en verdad sigue engañándome? —Dejé escapar una risa áspera—. Déjeme ponerlo de esta manera. Supongo que una persona que jamás ha pisado estas tierras sabía que dirección tomar pero usted nos ha guiado a través de los bosques con bastante facilidad, corrigiéndome cuando me he equivocado de dirección. Se quedó congelado, pero no podía detenerme. —Si su hijo era medio demonio, ¿por qué no se fue a vivir a un lugar lejano?

¿Por qué eligió el palacio fae? Usted es una espía, Eireene. No hable sobre quién se merece el amor de Alix. No pensó en su bienestar al vivir en ese palacio. Antes que pudiera responder a mis acusaciones, un ruido extraño llegó a mis oídos. Alguien se acercaba. Inmediatamente cogí mi arma, haciéndole un gesto para que retrocediera. Habíamos decidido no contratar ningún guía sino confiar en mi conocimiento de XOZ, en los mapas y en las sugerencias de Eireene junto con su sentido de orientación. Es por eso que había empezado a desconfiar de ella antes de unir las piezas. Realmente sabía qué caminos tomar y cuáles evitar. Más de dos docenas de demonios salieron de los matorrales y me sonrieron. Cuando no estaban en el campo de batalla, no parecían ser tan malos. De hecho, su color de pelo, su cuerpo y piel no era muy diferente a la de los elfos. Es decir, si se pasaba por alto los cuernos que se asomaban entre su pelo y las alas negras pegadas a sus espaldas. El hecho que había caído enamorado por un medio-demonio hacía mi vida más atractiva. ¿Quién sabe cómo funcionaría eso? —¿Qué tenemos aquí ? —dijo un demonio alto, hablando la lengua del norte de XOZ—. Dos elfos perdidos en medio de nuestras tierras. —¿Espías? —sugirió otro en un tono más serio. —Bueno, si son espías, son los peores —respondió el primer demonio con una sonrisa—. Me esperaba más del famoso Jan'ke Nightbourne. Los elfos guerreros son tan tontos como sus reyes. Le respondí con una mirada desdeñosa. ¿Realmente era famoso entre ellos? No era de extrañar ya que después de todo, había matado un número significativo de sus compañeros durante la guerra. ¿Cuántos elfos tenían cicatrices visibles en su cara? No muchos. Quería saltarle encima y hacerle tragar su insulto. Incluso si no eran físicamente repulsivos todavía tenían personalidades horribles. Por suerte, no tuve la oportunidad de hacerlo.

—No somos espías —comenzó Eireene, su voz impecable. La dejé hablar, más que consciente que tenía el papel humillante de ser el músculo para proteger a la persona verdaderamente importante, la mujer que estaba a mi lado. En verdad, mi ayuda se había evaporado desde antes de cruzar las fronteras. Ahora ella estaba en casa y cualquiera podía ayudarla a llegar a su destino. Se adelantó y sacó un medallón de su cuello. Ya lo había visto muchas veces a estas alturas. Era una hermosa pieza de oro y su forma representaba las sinuosas curvas del cuerpo de una mujer. La luna lanzaba sus rayos sobre las pequeñas y hermosas piedras preciosas, incrustadas en los puntos estratégicos de la medalla: los pechos, la unión de los muslos y ojos. Más importante aún, cuando Eireene tocaba el medallón, los rubíes se incendiaban y una extraña marca aparecía en la joya. Aunque ya la había visto hacer eso muchas veces, no podía apartar la mirada, embelesado al ver como los rubís en sus ojos se volvían llamas. No sabía por qué, pero ese destello rojo me recordaba a Alix, cuando habíamos hecho el amor en el bosque y, sin saberlo, me dejó ver su verdadera naturaleza. Debo admitir que cuando vi por primera vez el colgante, pensé que una pequeña baratija no podría ayudarnos a encontrar al padre de Alix. Había estado muy equivocado, ya que esa baratija había abierto muchas puertas para nosotros. La gente todavía me daba feas miradas pero parecían respetar a Eireene. Sus actitudes no me sorprendían sino que me confirmaron otra sospecha que tenía: el padre de Alix tenía que ser alguien importante. Sólo esperaba que no me odiara tanto como su madre y que por lo menos me permitiera vivir el tiempo suficiente para encontrar a mi amado. Los demonios parecían desconcertados cuando la joya presentó su mensaje. Se miraron, compartiendo miradas confundidas y comenzaron a hablar en voz baja. A pesar de ello, no tuve problemas para entenderlos. —No es posible que sea la marca de Cerberus. Si tuviera alguna duda que el padre de Alix pertenecía a una importante familia, ese comentario la habría borrado. Los Cerberus eran la familia más prominente en todo XOZ, el clan que daba a luz al futuro jefe del país.

—No sé. No voy a correr el riesgo —dijo otro demonio. —¿Crees que debemos llevarlos al campamento? —No creo que tengamos muchas opciones. Vimos que el pendiente se activó cuando la mujer lo tocó. —Eso no será necesario —dijo alguien desde la oscuridad. La tensión invadió mi cuerpo y apenas pude mantenerme quieto. No había sentido al otro demonio. —Taxien... —Eireene exhaló, sus ojos abiertos por la sorpresa y el alivio. Se lanzó a los brazos del nuevo demonio quien la cogió, sujetándola fuertemente contra su pecho. —Si estabas tratando de ser cautelosa, enseñarle el colgante a todos los que te encontrabas no era el camino a seguir —dijo en tono divertido. Sus ojos se endurecieron mientras me notaba y apenas logré agradecerle a la Diosa que nos permitiera encontrar al padre de Alix antes que gruñera: —¿Qué están haciendo, idiotas? Aprésenlo. Al parecer, mi pensamiento inicial de este plan había sido correcto. No saldría de XOZ ileso. ***** a mazmorra a la que los demonios me arrastraron en un principio parecía ser más o menos un pozo. Luché inicialmente, pero luego decidí que no tenía sentido y permití que me lanzaran a ese sucio lugar. No sé cuánto tiempo permanecí allí antes que regresaran a buscarme y me llevaran, encadenado y amordazado, en un vagón.

L

El carro viajó por muchas horas y quería matar a Eireene y a Taxien porque cada minuto aquí podía significar encontrar a Alix con vida o no. Debería haber seguido buscando por mi cuenta. ¡Maldita sea! Cuando por fin llegamos a nuestro destino, los demonios procedieron a lanzarme en otro calabozo, éste lleno de barras

hechas de un metal especial y gruesas cadenas, especialmente diseñadas para albergar a elfos. Me encontré indefensos, encadenados y atrapado, maldiciendo mi estupidez y a la madre traidora de Alix. Al mismo tiempo, de alguna manera absurda, la oscuridad del calabozo me hacía sentirme más cerca de mi amado. Tan loco como pareciera, me aferraba a cualquier cosa en estos días que mantuviera viva mi esperanza… eso significaba el mundo para mí. Pasó una semana antes que ocurriera algo importante. Los demonios me ignoraban la mitad del tiempo, sólo trayéndome agua y alimento. Cuando traté de hablarles, actuaron como si no estuviera allí. Nada de lo que dije los hizo reaccionar y al final del séptimo día, pensé que iba a perder la cabeza si no recibía ninguna noticia de mi amor. A la mañana del octavo día, todo cambió. Al despertar del letargo inducido por el agotamiento que se había convertido en mi sueño, me encontré siendo observado por dos pares de ojos azules. Reconocí a uno de los guardias como una mujer que había estado allí cuando Eireene y yo nos encontramos con Taxien, o mejor dicho, cuando conocí a Taxien y terminé en el calabozo. La mujer demonio me dio una mirada de interés apenas disfrazado. —Eres muy guapo, General Jan —ronroneó—. Me encanta la forma en las cicatrices endurecen sus facciones. La mire sin molestarme en responder, pero en vez de continuar su camino, me sonrió y susurró: —¿Te gustaría tener un poco de diversión, General? Me han dicho que soy malvada con mi boca. —Gracias, pero no, gracias —le espeté—. No estoy interesado. —¿Ni siquiera si te dejo escapar a cambio? Mi mirada se dirigió de inmediato a su cara, escaneándola para detectar cualquier signo de engaño. Incluso si estaba realmente atraída por mí, dudaba que fuera hacer algo semejante. Tenía un motivo oculto y tenía que averiguar cuál era. El otro guardia tenía la cara ilegible mientras miraba nuestro intercambio como si fuera una estatua de piedra.

Me sentía desgarrado entre aceptar y rechazar su oferta. Aunque fuera sólo por un minuto, odiaba la idea de aceptar las caricias de otra persona. Parecía que no tenía otra opción, sin embargo. Un pensamiento terrible había comenzado a atormentarme. ¿Qué pasa si Eireene nunca tuvo la intención de salvar a Alix en primer lugar? ¿Si sólo me había usado para escapar Thralnia después que su identidad como espía fue descubierta? Después de todo, no se había preocupado por Alix lo suficiente como para dejar el mundo de los elfos y protegerlo. Asentí hacia la guardia y sus labios se torcieron en una sonrisa. A su vez, ella asintió hacia el otro guardia y el hombre se limitó a sacudir la cabeza, ahora viéndose divertido. —No tienes remedio —murmuró. Sin una palabra más, se despidió, aparentemente despreocupado por el hecho que podía causar problemas. Su actitud era aún más sospechosa que la de ella, pero decidí tomar las cosas con calma y descubrir las razones detrás de todo esto. La mujer tecleó un código y la puerta de la celda se abrió sin hacer ruido. Se me acercó. —¿Aceptas mi propuesta, entonces? Me levanté y di un paso hacia adelante. —¿Tengo otra opción? Sin dudarlo, cerró la distancia entre nosotros y presionó sus labios con los míos. Se sentían sorprendentemente suaves, pero por otra parte, había aprendido a no juzgar a las personas como antes lo hacía. Objetivamente, podía ver su belleza y aceptar su singularidad demoníaca. Su piel parecía tan suave y perfecta como la de las damas elfos, o hasta más delicada, y su cabello tenía un olor excitante, como resina y fuego. Sin embargo, su atractivo no tuvo ningún efecto en mi cuerpo y me aparté bruscamente. En un solo movimiento, robé su espada que tenía atada a la cintura y las llaves. —Lo siento por esto, pero estoy harto de estar atrapado aquí sin noticias —le dije mientras salía de la celda y la cerraba. Por alguna extraña razón, no me sentía cómodo lastimando a una

mujer. No puede dejar de pedir disculpas porque siempre había visto a las mujeres como seres frágiles y llenos de belleza—. Eres muy hermosa, pero estoy enamorado de otro. Para mi sorpresa, se rio. —Eres realmente lindo —dijo, riendo entre dientes. Mientras seguía riendo, sentí otra presencia acercándose. Maldije en voz baja, dándome cuenta que mis sospechas habían sido correctas. ¿Por qué Taxien se tomaría la molestia de este acto? Si quería verme muerto fácilmente podría haberme matado, sin ningún drama. Mil preguntas se arremolinaron en mi mente y me apoyé en la pared al lado de mi celda y esperaré. No pasó mucho tiempo antes que el padre de Alix apareciera. Salió de las sombras y supuse que cualquier otro elfo habría sido intimidado por su silueta oscura. Sus ojos negros me examinaron y obviamente no encontraron casi nada, mientras yo hacía mi propio análisis. Por extraño que pareciera, vi algunas características que compartía con mi amado, ahora entendiendo porqué destacaba de todas maneras entre los elfos. Pude ver el fuego de Alix en él, su estructura y tal vez su tono de su voz. Por otra parte, en estos días, buscaba a Alix donde sea. Era la primera vez desde la noche de mi llegada que Taxien venía a verme. Sin molestarse con una frase introductoria, empezó a interrogarme. —¿Cuál es su relación con mi hijo? —preguntó, aunque estaba seguro, que sabía cuál sería mi respuesta. —Soy su amante —contesté. Probablemente, Eireene le había hablado de mi relación con Alix, o lo poco que sabía de ésta. —¿Usted? ¿El general de los elfos oscuros es el amante de mi hijo? —Taxien soltó una carcajada—. ¿Esto es una especie de broma? —No es broma. Amo a Alix. —Detenga esta ridiculez. Si lo que quería era mi ayuda, la tiene. Por eso le di la bienvenida en mis tierras. Le di una mirada de incredulidad. Si ser arrojado a un calabozo era su idea de bienvenida, no quiero pensar qué hacía con

sus enemigos. Aun así, decidí centrarme en el tema que me interesaba. —Sabe tan bien como yo que la única razón por la que vine aquí fue por Alix. Seguramente, Eireene le dijo lo mismo. —Lo hizo. También me dijo que tiene una novia en Thralnia. —Cuando esas palabras escaparon de sus labios, su mirada se volvió aún más feroz y sus ojos brillaron de color rojo. —¿Y quién es usted para juzgar? —repliqué—. Dejó a su amante y a su hijo en el país enemigo durante cincuenta años. Sus ojos se volvieron completamente rojos y me pregunté qué pensaba. —Dígame —continué burlándome—, ¿ha dormido bien por la noche sabiendo que su hijo corría el riesgo de morir con cada minuto que vivió en Thralnia? —No tengo que darle explicaciones —escupió Taxien. Respiró profundo, aparentemente luchando por calmarse. Esta vez, opté por guardar silencio. Si estaba aquí era que a lo mejor sabía algo sobre Alix. Un incómodo silencio se extendió entre nosotros. —Reene me dijo que la ayudó en los bosques cuando cayó el invierno y la ayudó a encontrarme —dijo—. Siente que podría ayudarnos a colarnos de nuevo en Thralnia. Esas palabras despertaron una nueva esperanza y me olvidé de mis malos sentimientos hacia Taxien y Eireene. —¿Lo encontraron? ¿Encontraron a Alix? Me dio otra mirada de disgusto, pero sin embargo, asintió. —Hemos hablado con un contacto en el séquito del rey y ella se las arregló para encontrar la ubicación de varias mazmorras. Otra mujer. En ese momento, me di cuenta que el verdadero problema de los reinos elfos era que subestimábamos a nuestras mujeres. Pensábamos que eran adornos sin cerebro cuando en realidad podían ser las armas más potentes que existían. Primero

Alana, entonces Eireene y ahora esta otra espía que había logrado colarse en las manos derechas del rey y probablemente en su cama. Ajeno a mis pensamientos, Taxien continuó hablando: —No estamos seguros de dónde se encuentra exactamente Alix, pero pronto lo encontraremos. —Puedo ayudar —le dije con impaciencia, sin importarme si mi voz sonaba suplicante o si me estaba humillando delante de un demonio—. Llévame con usted. —Supongo que no hace daño —admitió de mala gana. Empecé a entender que tenía que ser el último en hablar para sentirse superior en todo. Probablemente había venido aquí para pedirme que lo ayudara a buscar a Alix y seguramente sabía que estaría más que feliz de ayudar. Asentí en silencio y miré de reojo a la mujer que seguía atrapada en mi celda. Sospechaba que había sido una prueba, tal vez para ver cuán leal era hacia Alix. Me di cuenta, con un escalofrío, que los demonios habían adivinado la debilidad de los elfos: las mujeres. Eliminando esa inquietante revelación, inserté la llave en la cerradura y abrí la puerta. —Pues bien, ya que hemos establecido esto, no tiene sentido perder más tiempo —le dije a Taxien. El padre de Alix me dio la espalda e hizo un gesto para que lo siguiera. Le di mentalmente las gracias a la Diosa por su ayuda y le envié otra oración. «Por favor, permítenos encontrar a Alix antes que sea demasiado tarde. Por favor, deja que mi amado siga vivo».

CAPÌTULO XXIV

Alix Skueyes: Rescate.
e perdido la cuenta de los días que he estado encerrado en este lugar. Puedo oír las ratas dándose un banquete con un cadáver en la celda contigua a la mía. A lo lejos me pregunto sobre la identidad de esa persona muerta. ¿Había sido un demonio o un elfo que tuvo la mala suerte de enojar a un noble o de dormir con la persona equivocada? No importaba, nada importaba. Traté desesperadamente de aferrarme a los recuerdos que me mantienen con vida, pero se me deslizan entre los dedos. Las características queridas de mi madre se transforman en una cara burlona, y Jan y Alana… simplemente ya no los recuerdo. Busco a mi amado en mis recuerdos, pero no puedo encontrarlo. A veces la gente se pregunta cuál es la emoción más fuerte en el mundo. ¿Amor u odio? ¿Qué emoción es la que logra que las personas actúen como verdaderamente son? No lo sé… al igual que no sé por qué todavía intento mantenerme vivo, incluso cuando cada célula de mi cuerpo ruega por la muerte. Podía rendirme a la enfermedad que me consumía, podría dejar de pelear y caer dormido y nunca despertar. Los dedos pegajosos de la muerte me estaban alcanzando, a un suspiro de distancia. Y, sin embargo, de alguna manera, por alguna razón, evadía su contacto y me empujaba hacia la luz. Nadie vino a visitarme por mucho tiempo, ni siquiera los guardias libidinosos. Parecían haber olvidado que existía del todo. Lo más probable es que todos se hubieran unido a la guerra y estaban demasiado ocupados matando a sus propios hermanos como para preocuparse de un demonio. En cierto modo, me consideraba afortunado por su partida. Sin ellos aquí, podría

H

conservar los restos de mi dignidad. Si muero, moriré aferrándome a ese hermoso día, no rodeado de risas burlonas o toques libidinosos. Todo estaba más silencioso que nunca. Me preguntaba si había comenzado a perder la nitidez de mis sentidos o si la Diosa me estaba dando un presagio, una señal que algo iba a suceder. Me entraron ganas de reír ante la idea. ¿Qué podría pasar? En este lugar, cada momento, cada minuto, cada hora y día era el mismo dolor, la misma oscuridad y la sensación cercana de la muerte. Solamente los grados de tortura variaban. Me di cuenta de inmediato que algo estaba pasando. Incluso a través de la bruma de entumecimiento en la que se había convertido mi existencia, oí gritos y explosiones inusuales para las mazmorras. A lo lejos, alguien gritó con horror, pero el sonido se apagó antes que pudiera comprenderlo plenamente. Los accidentes y las explosiones se acercaban. Oí el ruido de los pasos, de voces desconocidas y la ruptura del silencio por el sonido de súplicas y gemidos en las cárceles cercanas. Otros prisioneros rogaron que se les liberara, la esperanza volviendo a embargarlos al ver un rastro de vida desde lo que parecía una eternidad. Quería hablar, pero mi garganta estaba reseca después de haber sido privado de agua, la Diosa sabrá desde hace cuánto tiempo. Los pasos se detuvieron delante de mi celda. —¡Aquí! —dijo alguien. La puerta se abrió y la silueta de un hombre alto entró. Se detuvo en seco cuando puso sus ojos en mí y vio que le devolvía la mirada con mis ojos ardientes. Retrocedió unos pasos. —¿Qué? —dijo una voz femenina detrás del hombre—. ¿Qué pasa? Una mujer alta y hermosa empujó al primer hombre y entró en el sucio y oscuro pozo que había sido mi hogar durante los últimos meses. ¿O eran años? Ni siquiera sabía cuánto tiempo había estado aquí.

—Claro que te doy permiso para que pases. Adelante —murmuró el hombre y la siguió. La mujer me dio una mirada crítica, inclinando la cabeza mientras me estudiaba. —Se le nota que es un demonio —concluyó—. No sé cómo alguien podría haber pensado lo contrario. Elfos. ¡Son unos idiotas! Varias personas entraron en la habitación y el hombre de antes procedió a abrir las esposas que tenía. La repentina libertad fue sorprendente por decir menos, y después de tanto tiempo encarcelado, no sabía qué pensar. Le eché un vistazo a la gente que había invadido de repente mi pequeña celda, y la histeria que me estaba amenazando empezó a cambiar poco a poco, convirtiéndose en odio cuando entendí por qué reconocía sus apariencias. Cuando la realidad me golpeó, dije con voz ronca: —Demonios… Destellos de mi pasado, de las batallas en la guerra, de pronto invadieron mi conciencia. Había luchado contra ellos en ese entonces, pero nunca realmente había visto un demonio. Eso me dio un impulso inesperado y poco natural de energía y ataqué al que estaba a mi lado, al mismo hombre que me había liberado. —¡Por los dioses, no tenemos tiempo para esto! —gruñó la mujer y el hombre al que había atacado inmovilizó mis manos con facilidad. Me arrojó contra la pared sucia y me sostuvo con su fuerte brazo. —¡Escucha, pequeño monstruo elfo! —la mujer me gruñó—. No estamos aquí porque queramos. Nuestro padre, que por alguna razón también es tu padre, nos ha enviado aquí para rescatar tu culo. ¡Ahora, cierra la boca y colabora! Me quedé en silencio mientras luchaba por entender lo que estaba sucediendo. Mi madre jamás me explicó nada de mi misteriosa descendencia. Naturalmente, hace mucho tiempo conocí la sangre de demonio que corre por mis venas, pero la súbita revelación de tener hermanos me sacudió. Las palabras de esta mujer tenían sentido y, de repente, odiaba a mi madre por tantos secretos, la odiaba por haberme permitido luchar contra la gente

que, obviamente, era mi propia especie… la odiaba por permitirme vivir una mentira. Empujé al hombre, la ira que empezaba a arder en mis venas demasiado fuerte como para dejar pasar el insulto. —¿Quién te crees que eres? —le espeté—. No necesito tu maldita ayuda. El hombre puso los ojos en blanco y tomó mi mano, depositando algo en mi palma. —Tal vez esto haga que confié en nosotros —dijo neutralmente. Inmediatamente, reconocí el objeto como la espada de Jan. La había tocado muchas veces, trazando sus elegantes contornos. Mi propia espada chocó contra ella una vez. —Jan… El hombre asintió, ignorando el temblor en mi voz. —Está con nosotros. Nos separamos para cubrir más terreno. Con esa frase, toda precaución voló por la ventana. Sólo podría centrarme en un pensamiento, en la necesidad de ver a mi amante. Después de tanto tiempo, por fin iba a poder tocarlo y sentir su abrazo de nuevo. Mi Jan… Al igual que pensé, había venido por mí. Afortunadamente, la mujer reprimió cualquier otro comentario que podría haber hecho con respecto a mi repentino deseo de cooperar. Todavía tenía dudas, ¿cómo no iba a tenerlas? Me habían enseñado toda mi vida a luchar contra estas personas. Aun así, valía la pena tomar el riesgo si eso significaba ver a mi amante de nuevo. Los seguí en silencio fuera de la celda que había sido mi casa durante mucho tiempo. Algunas de las puertas del bloque dónde estaba habían explotado, y supuse que esa había sido la causa del ruido que había oído. Las cadenas se sacudieron mientras los prisioneros atrapados intentaban llegar a las puertas, fracasando, las cadenas mágicas derrotando todos sus esfuerzos. Al atravesar las puertas, entramos en otro bloque y mi sentido auditivo escuchó las voces desesperadas suplicando misericordia y a otros presos pidiendo ser liberados. Sólo habría tomado un segundo detenernos y abrir las puertas, pero aunque muchos guardias se habían ido, dudaba que la prisión había sido completamente abandonada. No podía arriesgar mi vida, ni la de Jan, por liberar a unos

desconocidos. Por todo lo que sabía, su presencia en los calabozos podría justificarse. Era cruel de mi parte, pero seguí caminando, ignorando sus súplicas ansiosas y las manos ensangrentadas que me agarraban a través de los barrotes. A lo lejos, cómo era que lograban acercarse tanto. Yo había estado encadenado y atado con grilletes mágicos de plata, y el veneno del metal precioso aún habitaba en mi sangre. Sonreí amargamente, ya no sintiéndome culpable por dejarlos. —Por aquí. —La mujer que había afirmado ser mi hermana señaló un pasillo envuelto en la oscuridad. Los cinco demonios que habían entrado en mi presión me rodearon e ignoré la sensación de malestar que me llenó. Aunque estas personas podrían estarme llevando a un lugar peor, no podía renunciar a la esperanza que realmente podía ver a mi amado. Pareció una eternidad, pero llegamos al final del pasillo. Lo oí antes de verlo. Por último, Jan estaba frente a mí, tan guapo como siempre supe era, tan perfecto, incluso con las cicatrices que cubrían su rostro, incluso con el dolor que brillaba en sus ojos. En unos pocos pasos, estuve a su lado y me derrumbé en sus brazos. La poca fuerza que tenía desapareció de repente al igual que la luz de mis ojos mientras enterraba el rostro en el pecho de Jan, sintiéndome de nuevo en casa. Me abrazó con fuerza, murmurando palabras cariñosas e incomprensibles que calmaron mi corazón herido. Con el veneno de plata en mis venas y la adrenalina desapareciendo, la debilidad comenzó a apoderarse de mis músculos. Al poco tiempo, mi cuerpo se relajó en los brazos de Jan, ya sin poderme sostener. Mis rodillas se doblaron y de repente me encontré demasiado débil para soportar mi peso, pero por suerte, Jan estaba allí para atraparme. Me levantó y me dio un beso en mi sudorosa frente. —Shhh... Vas a estar bien, cariño —susurró. —¡Vamos! ¡Pueden pedir refuerzos! —dijo alguien a nuestra derecha. Hizo todo lo posible por proteger mi cuerpo herido mientras corría por los pasillos estrechos. Era lejanamente consciente del grupo detrás de Jan que lo seguía a la salida de la mazmorra. Todavía podía oír gemidos y súplicas detrás de nosotros y de

repente quería pedirle que nos detuviéramos y los ayudáramos. Entonces me di cuenta que no podía. Mi voz se había apagado y mis ojos no se podían abrir. Todos los pensamientos se evaporaron de mi mente cuando caí en los brazos de la inconsciencia, perdiéndome entre las sombras y los recuerdos. *****

Me volví hacia la voz, inmediatamente identificando al dueño de la misma, Sorhel. —Sí, lo soy. Cosa curiosa porque todavía puedo patearte el culo. Ah, y no he perdido una batalla, a pesar de ser mucho más joven. —¡Maldito chico raro! ¡Te haré pagar por ese comentario! —¿Qué pasa, Alix? ¿Qué ha pasado? —¡Nada, Mamá! Sólo otra pelea con Sorhel y esos otros viejos. Mi madre dejó escapar un profundo suspiro. —Realmente me gustaría poder alejarte de los que atormentan, hijo mío. —Puedes hacerlo. Puedes decirme quién es mi padre. —Alix… no puedo, ya sabes eso. »Alix… ¡Sé razonable! ¡Te he dicho un millón de veces que no puedo decirte quién es tu padre! —¿Por qué no? ¿Está tan condenadamente importante, tan especial? Es más, ¿sabes quién es? —Alix. —Mi madre dejó escapar un grito de asombro ante el insulto velado e inmediatamente me arrepentí. Aun así, estaba demasiado enojado como para disculparme. —No importa. Me voy. —¡Alix, por favor, no te vayas! ¡No me dejes! ¡La guerra no es para ti!

—¡M

íralo, es ciego!

—¡No seas ridícula! Sorhel y los demás se han ido. ¿Por qué yo no puedo? —Eres tan joven, todavía eres un niño. Ni siquiera has alcanzado la mayoría de edad. Por favor, hijo, reconsidéralo. —¡No, Mamá! ¡Voy a ir y no quiero oír más de esto! —Skyeyes, estarás en la primera línea —ordenó el General fríamente. Asentí. —Sí, mi General. —¡No me decepciones! Y no crea que debido a su... problema va a recibir un trato preferencial. —No lo haré, General. Puede contar con eso. —¿Ves eso? ¡Un elfo ciego! —dijo el primer demonio del día. La segunda, se echó a reír. —Deben de estar intentando sacrificarlo. ¿Enviar discapacitados al frente? Fue lo último que dijeron y me reí cuando su sangre manchaba mis manos. —¡Hemos ganado! ¡Hemos ganado! ¡Los demonios han sido derrotados! ¡La guerra ha terminado! Tomé una respiración profunda y reprimí una risa amarga. ¿En verdad habíamos ganado? Muchos de los nuestros habían muerto y estaba seguro que los demonios iban a regresar. —Ganamos… Ganamos… —Alix, hijo mío, estás en casa. —Hola, Mamá. La abracé torpemente mientras comenzaba a bañarme la cara con besos.

—Vamos, te voy a preparar un baño caliente. Has perdido peso… Necesita comer más. No te preocupes, mamá va a cuidar de ti. Interiormente suspirando, la seguí, sabiendo que mi próxima guerra comenzaría mañana. —¿Quién es? No conozco su voz. —Me lo imagino. Soy del ejército del norte. Mi nombre es Jan’ke Nightbourne. Estoy aquí por… —La fiesta. ¡Muy interesante! Espero que se esté divirtiendo. —En realidad, no. No me estoy divirtiendo. No me gusta estar acompañado de imbéciles frívolos y juzgadores. Buenas noches. —Lo siento, lo siento. No sé qué me pasó. No era mi intención hacer eso. —¿De verdad ¿Lo sientes en serio? —Me refiero al beso. No tenía intención de forzar mis deseos hacia ti. No debería… Interrumpí sus palabras con nuestro primer beso. Ese era un recuerdo que marcaría para siempre mi corazón. —Silencio. Sé que duele. Se pondrá mejor. —¡Diosa, no! ¡Jódeme! ¡Jódeme ahora! —Alix, cariño. ¡Por la Diosa, para! —Te amo, Jan. —También te amo, cariño. Te amo… te amo… te amo… Las palabras se repitieron una y otra vez en mi cabeza hasta que dejaron de ser comprensibles. Algo más destelló en mi mente, miles de voces hablando al mismo tiempo, gritando: —¡Demonio, demonio!

»¡Jodido demonio! »¡Es él! ¡Ese es el demonio! »¡Maldito demonio, te voy a matar! «¡Maldito!... ¡Demonio!». De repente, eso era todo lo que podía oír. El amor se convirtió en odio, la voz de Jan se volvió sombría y me convertí en nada mientras me entregaba a la oscuridad.

CAPÍTULO XXV

Jan'ke Nightbourne y Alix Skueyes: Pasado y presente.
a primera vez que vi a mi amado, casi no lo reconocí. Sus ojos eran brasas rojas y había perdido tanto peso que estaba casi demacrado. Su cabello estaba enrredado y sucio, y su rostro era indistinguible bajo toda esa mugre. Y, sin embargo, lo sabía. De alguna manera, sabía que el demonio lanzándose hacia mí, en mis brazos, era Alix. Ese recuerdo todavía me persigue. Pero ¿cómo no? Los médicos demonios dijeron que Alix podría morir, que había sobrevivido durado tanto tiempo sólo por pura voluntad. Su cuerpo estaba siendo quemado por la magia demoniaca y la élfica que luchaban entre sí al no tener la formación adecuada. Me repitieron mucho que era un milagro que siguiera con vida. Ahora esperaba en la puerta donde dormía mi amado ya que no me permitieron la entrada a su habitación. De hecho, habíamos regresado a XOZ y nuevamente me encontraba en un calabozo la mayor parte del tiempo. Era muy difícil encontrar un calabozo especial para elfos en Thralnia, y sobre todo, eso sería llamar mucho la atención. Después de liberar a mi amor, nos refugiamos temporalmente en una cercana casa abandonada. Los médicos que vinieron con nosotros desde XOZ empezaron a tratar a Alix inmediatamente. Aunque me agradaba que se tomaran tan enserio su trabajo, no pude evitar sentirme frustrado cuando me negaron la entrada a su cuarto.

L

Quería arrojarme contra la puerta y golpearla hasta que abrieran. Quería decirles que tenía derecho de ver a Alix, pero ¿lo tenía de verdad? Le había fallado. Le había mentido y tardé demasiado en salvarlo. Ni siquiera merezco estos sentimientos. Un médico abrió la puerta e inmediatamente me preparé para empezarle a hacer preguntas. Para mi gran sorpresa, ni siquiera tuve el tiempo de hacerlas ya que me hizo pasar en silencio, murmurando algo desagradable por lo bajo. Eso no me importaba un carajo. Después de tres días de espera, veré a mi amor. Cuando entré en la habitación, la primera cosa que me impactó fue el potente olor de hierbas curativas. Después de eso, todo lo demás se puso borroso cuando mis ojos se centraron en la delgada figura de mi hermoso amor, inmóvil y pálido en la cama. Sus ojos estaban cubiertos con vendas oscuras y por un momento horrible, creí que se había entregado a la muerte y que sólo se me había permitido la pequeña misericordia de verlo antes que el frío suelo lo alejara para siempre de mi lado. Con un sonido ahogado que no reconocí, me apresuré hacia la cama y me derrumbé, agarrándolo de la mano. Suspiré de alivio cuando me di cuenta que su piel emanaba calidez y que su pecho aún se movía mientras tomaba el bendito aire. Le pedí a la Diosa que alejara el frío de la muerte de él, esperando que su mano que tenía agarrada jamás se enfriase. En ese momento, recordé que no estaba solo en la habitación. Alcé los ojos para encontrarme con la mirada del padre de Alix, el mismo hombre que posiblemente me mataría en un futuro próximo, el demonio rey de XOZ, Taxien. Me devolvió la mirada, al parecer no apreciando mi intimidad con mi amado. —No le deje entrar para que molestara a mi hijo. ¡Deje de tocarlo o de lo contrario haré que lo saquen de inmediato de la habitación! Eireene estaba recostada en los brazos de su amante, sucumbiendo al agotamiento después de unos días de vigilia. Me sorprendió el nivel de cariño que ambos compartían y, de alguna manera, supe que también se preocupaba por el bienestar de su hijo. Lo supe aunque no habíamos intercambiado más que unas pocas palabras, las cuales habían sido rencorosas, llenas de odio y

desprecio. Y, sin embargo, aun reconociéndolo, todo lo que pude sentir era una abrumadora oleada de resentimiento con ellos. ¿Quién se creía que era para darme órdenes? Cargaba la misma culpa que yo por esta situación, igual que Eireene. No tenían derecho a decirme que me alejara del hombre al que amaba. —Alix me quiere aquí —respondí con sencillez. Dado que Alix saltó en mis brazos cuando lo rescatamos, no podían negar esas palabras. Aproveché el hecho de esta conversación para encontrar una respuesta a mi dilema anterior—. ¿Por qué tiene los ojos cubiertos? Eireene se agitó en los brazos de Taxien ante el sonido de mi voz. Sus ojos se abrieron y se apoyó en los brazos de su amante mientras escuchaba la conversación. Taxien le acarició distraídamente el pelo. —Sus ojos sufrieron por la magia —respondió—. Los curanderos se encargaron de eso. Fruncí el ceño, algo escéptico. —Pensé que su ceguera innata no tenía cura. —Las discapacidades procedentes desde la matriz no podían ser curadas por ningún tipo de magia. —Sí, bueno, se equivoca —Taxien respondió casualmente—. La ceguera de Alix fue causada por un hechizo para encubrir la naturaleza demoníaca de sus ojos. Por un breve momento, me negué a registrar el significado de sus palabras. —¿Perdón? —dije cuando recuperé el habla—. ¿Lo cegó a propósito? Se encogió de hombros y deseé estrangularlo por su crueldad con mi amado. Por desgracia, estaba más consciente que nunca que si lo atacaba, me alejarían de mi amado, cosa que no podía permitir. —Diosa… ¿Cómo pudo hacerlo? —Me volví hacia Eireene y le di una mirada de disgusto—. ¿Qué clase de madre haría algo así a su hijo? Antes que pudiera decir algo en su defensa, mi amor se agitó en la cama. Agarró las vendas de sus ojos, y de inmediato, mi

atención se centró en él. Empecé a murmurarle en voz baja, sosteniendo su mano firmemente. —Alix. ¿Puedes oírme, bebé? —¿Cariño? ¿Alix? —Eireene jadeó. Taxien la detuvo por alguna razón, y me pregunté si finalmente entendía mi situación y mi preocupación. Después de todo, había estado separado de su amante por cincuenta años, más o menos. No es que me importara, y menos ahora que sabía las cosas horribles que ambos le habían hecho a mi amado. No estando dispuesto a permitir que ambos me irritaran más, me centré en mi amado que ahora se agitaba y continué hablándole. Mis esfuerzos se vieron recompensados cuando poco a poco volvió a la consciencia. —Jan —dijo con voz ronca, dándole a mi mano un apretón sorprendentemente fuerte. Su otra mano se extendió en mi dirección, gritando su necesidad y desesperación. Me dolió el corazón. —Estoy aquí. Estoy aquí, cariño. —Hice lo que pude para calmarlo—. Estás bien. Vas a estar bien. No hables, estás todavía muy débil. —Jan. —Se agarró la garganta, obviamente adolorido, pero continuó hablando—. A-la-na… Esa palabra dejando sus labios fue como un puñal en mi pecho. —Está bien, bebé. No me casé con ella. Nunca tuve la intención de hacerlo —le susurré al oído. Su alivio era casi palpable. Se desplomó contra las almohadas, tosiendo, y lo sostuve hasta que se recuperó. Mirando alrededor, detecté un kit al lado de la cama. Cogí una gasa desinfectada y limpié la sangre, el sudor y la saliva de su boca y cara. Me ofreció una sonrisa una vez más y volvió a intentar hablar. —¿Mamá?

Eireene inmediatamente se liberó de las garras de Taxien, tomó la mano de su hijo y la besó. —Aquí, querido. Mamá está aquí. Asintió con satisfacción, apretando mi mano y la de Eireene, como para confirmar que realmente estábamos a su lado. El agotamiento que le trajo hablar después de su terrible experiencia lo empujó de nuevo a la inconsciencia. Detrás de nosotros, un médico dijo: —Es muy fuerte. Es demasiado pronto para decirlo, pero es importante que sus seres queridos estén a su lado para ayudarlo a salir adelante. —¿Lo hará? —preguntó Taxien . El médico no respondió debido a que, naturalmente, no podía asegurarlo. —Va a estar bien —respondí en su lugar—. Luchará por nosotros. —Le besé la mano y descansé la cabeza al lado de su cuerpo—. Va a estar bien. No podía ser de ninguna otra manera, no después de todo lo que había pasado. Después de esta tortura durante los últimos meses, después que Alix casi muriera, abandonándome, no me conformaría con otra cosa. Nada más importaba que mantener juntos. ***** o primero que sentí al despertar fue un peso peculiar en mis ojos. Me había acostumbrado al ardor, por lo que esa parte no me sorprendió demasiado. Extrañamente, sin embargo, a pesar de la sensación de ardor, mi mundo estaba envuelto en oscuridad. Naturalmente, me había acostumbrado a ver y no me sentía particularmente orgulloso de ser ciego de nuevo. Instintivamente, fui a tocar mis ojos, sólo para darme cuenta que estaban cubiertos por algún tipo de material. Antes que pudiera siquiera pensar en quitármelo, recordé todo: las mazmorras, los demonios, Jan y después de eso… Después de eso recordé algunas voces lejanas que hablaban, pero me dolía la cabeza y no podía distinguir lo que decían.

L

Hubiera pensado que todo había sido un sueño, que tal vez los guardias finalmente habían conseguido noquearme y me habían sacado los ojos... Sin embargo, incluso en mi estado de confusión, todavía lo sentía, una presencia tan cercana a mi corazón que se había convertido parte de mí. Me las arreglé para asegurarme que Jan no se había casado con Alana y que mi madre estaba a salvo antes de perderme de nuevo en la oscuridad. En ese momento, realmente no me importa nada más que el hecho que tanto mi madre como Jan estaban a mi lado. Me deleitaba al saber que las dos personas que más quería estaban conmigo, y cuando me caí de nuevo en la inconsciencia, tuve la fuerza para luchar contra las pesadillas que me persiguen. No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente, pero cuando desperté de nuevo, una acalorada discusión parecía estar llenando la habitación. Podía sentir tanto a Jan como a mi madre, por lo que no me sorprendió escuchar la voz de mi amado. —¿Cuánto tardará en recuperarse? —No lo sabemos —respondió una voz masculina desconocida—. Depende del deseo que tenga de regresar a su lado. Escuché el tono sarcástico de las últimas palabras y de inmediato me puse en guardia. ¿Todavía estábamos en Thralnia? ¿Habíamos sido acusados de violar las leyes contra la sodomía? Si era así, ¿por qué entonces me liberaron de la prisión? ¿Por qué los demonios me habían salvado? No podía entender nada. —De cualquier manera —la voz de mi madre interrumpió mis cavilaciones—, le prohíbo que le digas algo sobre Taxien y el hechizo. Será lastimarlo innecesariamente. La frialdad de su voz me sorprendió. Por otra parte, quizás estaba enojada con Jan por su mentira. Pero, ¿qué hechizo quería ocultar? ¿Quién en el mundo era Taxien? Muy pronto me llegaron las respuestas.

—¿Lastimarlo innecesariamente? —Jan escupió—. Cegó a su hijo a propósito, porque tenía que seguir siendo la espía de su amante. ¿Cómo es que esa información es innecesaria? Por un momento, no podía creer las palabras de Jan. Seguro que no… Mi madre no haría una cosa así. Mi madre me amaba. —Se lo diremos cuando se recupere —dijo, confirmando las acusaciones de Jan. Me encontré incapaz de continuar fingiendo que estaba dormido. Me senté, haciendo una mueca cuando mis músculos y huesos protestaron por el repentino movimiento. Inmediatamente, mi madre y Jan se dieron cuenta y se apresuraron hacia la cama. —Alix, estás despierto —señaló mi madre, su tono una mezcla de alegría y preocupación. —Sí, mamá, estoy despierto —le contesté con frialdad—. Dime, ¿qué es eso que me cegaste a propósito? Hizo una pausa como si estuviera considerando sus palabras. Se abrió la puerta y oí a alguien más, un hombre si tuviera que adivinar por el sonido de los pasos. Confirmé mi sospecha cuando el hombre respondió mi pregunta. —Necesitábamos mantenerte a salvo, esconder tu herencia demoníaca mientras vivías en Thralnia. No podíamos arriesgarnos que tus ojos demoníacos y poderes volaran nuestra investigación, así que te lanzamos un hechizo. —Un hechizo. Un hechizo que me cegó —repetí con incredulidad. —Tuvimos que hacerlo, Alix. —Mi madre empezó a llorar—. No había otra manera. —¿No? —Jan gruñó—. Por favor, Eireene. Sabe tan bien como yo que eso no es cierto. —Cállese, Nightbourne —le espetó maliciosamente—. No se meta en esto. No es asunto suyo.

El veneno en su voz me hizo ver por primera vez que ella no era la persona con la que había vivido en el palacio. No podía entender cómo la madre que había adorado y amado por tantos años podía ser esta misma mujer, esta criatura traicionera. Sabía lo mucho que mi ceguera me había lastimado y sin embargo había permanecido en silencio, perpetuando mi agonía durante cincuenta largos años. Probablemente dándose cuenta que esto no me estaba ayudando, Jan volvió su atención hacia mí. —Lo siento, amor —dijo, tomando mi mano y apretándola—. No necesitas esto ahora mismo. Sólo descansa y nos ocuparemos de esto más tarde, ¿de acuerdo? —Lo más importante es que vamos a ser capaces de curar tus ojos, cariño —mi madre ofreció. Los ignoré debido a que no quería dormir o descansar, o lo que sea. Quería arrancarme la venda de los ojos y estrangular a varias personas de la habitación. Jan todavía tenía muchas cosas que explicarme y mi madre… No sabía qué hacer ni qué decir de ella. Sin embargo, teniendo en cuenta mi estado de debilidad, no pude reunir la suficiente fuerza para atacar a las personas que me importaban. Me recosté en las almohadas y ladré: —¡Fuera! Todos ustedes. Sentí que Jan quiso protestar, pero al final, aceptó mis deseos. Dándome un suave beso en la frente, se apartó de la cama. —Te amo —dijo en voz baja. —¿Te sientes mejor, cariño? —dijo mi madre. Naturalmente, no le respondí. Debieron de haber interpretado mi silencio como una afirmación porque unos segundos después, todos abandonaron la habitación. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, no pude evitar un suspiro de alivio. Mi mente no podía comprender todos los repentinos hechos de los cuales ahora era consciente. No importa la confusión que causaban en mi mente, había algo que destacaba sobre todo y era que todavía amaba a Jan, así que me aferraría a ese amor. Tal vez ese potente sentimiento era lo que me impedía romperme. Todavía tenía

muchas decisiones que tomar, pero ese amor me anclaba en el presente. Aunque la traición de mi madre me rompía el corazón, estaba más que seguro que Jan sería capaz de arreglarlo.

CAPÍTULO XXVI

Jan'ke Nightbourne y Alix Skueyes: Juntos.
l amanecer pintó los cielos de la tierra de demonios con colores que me hacían pensar en sangre. Atribuí la ilusión a mi estado de ánimo, a la presión que la familia de mi amor ponía en mí y al saber que mi hermano aún estaba en algún lugar, en un país perdido en una guerra civil. La sangre que parecía pintar el cielo me hacía pensar que era la de Lar y supe que ya no podía quedarme aquí. Me dolía físicamente saber que tendríamos que separarnos de nuevo, pero no tenía otra opción. La guerra en Thralnia empeoraba. Pasar hacia las tierras XOZ había sido casi imposible. Quería que Alix estuviera seguro, fuera de peligro, porque ya había sufrido demasiado. Necesitaba descansar, recuperarse. Y no podía alejarlo de su familia, de aquellos que protegía y que sin embargo odiaba. El carmesí del cielo podría muy bien ser la sangre de Alix y no lo iba a permitir. Prefiero morir a verlo sufrir de nuevo. Con un suspiro, me volví hacia el armario, preparándome mentalmente para lo que tenía que hacer. Alix se había ido a hablar con su madre por lo que estaba temporalmente solo. Tal vez sería mejor irme en su ausencia. Negué ante esa idea, sabiendo que no podía hacer eso. Me gustaría hablar de esto con mi amor, explicarle por qué tenía que irme. Nunca más volvería a esconderme de él o a elegir el camino de un cobarde. Tuve que esforzarme para comenzar a empacar. Mi corazón amenazaba con romperse en mil pedazos, como si supiera que este sería el último paso que nos alejaría para siempre. Incluso cuando comencé a empacar algunos elementos esenciales para el viaje, mi

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alma y mi mente permanecían con él. ¿Qué diría Alix? Desde luego, no sería fácil de convencer. Aun así, tenía que admitir que no pertenezco a este lugar y tenía que aceptar que no podía dejar que mi hermano muriera. Había venido aquí, a XOZ, para garantizar su seguridad. Ahora que se sentía mejor, mi lealtad regresaba a Thralnia y a Lar. Por mucho que me quería quedarme a su lado, tenía que buscar a mi hermano. Y Diosa, como quería estar con mi amado. Juntos, para siempre, en algún lugar lejano, donde las lealtades divididas no pudieran alcanzarnos y donde las mentiras del pasado no pudieran hacernos daño. Casi me molestaba con Lar ser la causa por la cual tenía que regresar a Thralnia, aunque lógicamente, sabía que no era su culpa. La guerra había borrado todo tipo de opciones, incluidas las mías. Estaba tan absorto en sus pensamientos que casi no escuché el sonido de la puerta abriéndose. Había llegado la hora que me enfrentara a mi dulce amor. ***** n el dormitorio que ahora compartimos, Jan estaba haciendo las maletas. Lo observé de cerca, en un principio preguntándome si realmente su intención era hacer lo que abordaba mis pensamientos. Era evidente que pensaba dejarme, pero ¿cómo podía siquiera considerarlo?

E

Mi temperamento estalló como un volcán, y por primera vez en muchos días, vi a Jan a través de una neblina rojiza. —¡Alto ahí! ¿A dónde crees que vas? Suspiró y se volvió hacia mí. —Aquí estás seguro, a salvo —susurró—. Estás con tu familia. No puedo arrastrarte a la guerra otra vez. Lo miré, disfrutando de aquel rostro que había llegado a querer tanto. El conocimiento que podía verlo ahora, verdaderamente, era todavía tan nuevo para mí. Y sin embargo, incluso sin mis ojos podría haber sentido su inquietud. Había decidido marcharse, pero no sólo porque necesitaba encontrar a Lar'an. No pertenecía a este lugar y lo sabía. Ambos lo sabíamos.

—Mi familia. Sabes muy bien lo que siento por mi familia. Me dio una mirada triste y culpable que me permitía leer sus pensamientos. Aunque lo había perdonado, todavía tenía que perdonar a mi madre y a mi padre. Todavía no entiendo por qué consideraron que era necesario cegarme, cuando fácilmente podrían haberme permitido ver. Podría haberme quedado en un lugar remoto, en algún lugar lejano, en el que fuera libre de las restricciones elfos y del odio. En nuestra conversación de hoy, mi madre afirmó que habían pensado en eso pero que decidieron que no era del todo seguro. Al parecer, con la guerra contra XOZ declarada, el mejor lugar para vivir era el palacio. Tenía mis dudas sobre eso, y sospechaba que, al final, mi padre, efectivamente hizo que mi madre trabajara como espía. Por eso, nunca podría perdonarla. Su traición iba mucho más allá que la mentira de Jan. A pesar de ese mal entendido, sé que me lo hubiera dicho con el tiempo. Me habría dicho la verdad. Si no hubiera sido por mi ataque de ira, nunca habríamos estado separados en el primer lugar. El intento que mi madre hizo para que la perdonara terminó en un fracaso. A decir verdad, ya no quería pensar en todo esto. Eso me hacía vivir en el pasado. Lo único que quiero ahora es forjar un futuro, un futuro al lado de Jan. Pero al parecer, no quiere lo mismo. Sus ojos oscuros me rogaban comprensión, me rogaban que lo dejara ir… pero he dejado de ser comprensivo hace mucho tiempo. Jan me pertenecía. Había sido mío desde el primer día en que nos conocimos. Tal vez apenas me daba cuenta de eso, pero sí, era mío Nadie, ni siquiera él mismo, cambiaría eso. Nadie podría separarnos de nuevo. No lo permitiría. Mi puño chocó con la parte no quemada de su rostro. Incluso enojado, nunca usaría lo atacaría con mi magia y, siendo sincero, realmente no estaba del todo enojado... Sólo quería hacer un punto. Se tambaleó hacia atrás por la fuerza del golpe y me miró con los ojos abiertos. —¿Eres un idiota? Después de todo lo que ha pasado, ¿vas a dejarme? —Amor… —suspiró, dando un paso hacia mí, ignorando el hecho que corría el riesgo de tener la nariz rota. Mi temperamento se había vuelto más volátil desde mi rescate y los cambios de

humor me hacían irritante. Quizás eso era lo que sucedía. Tal vez ya no era el mismo hombre del que se había enamorado. —¡No! —grité, respondiendo a mis pensamientos y a su mirada—. No me vas a dejar. No me dejarás nunca más. No traté de disimular la desesperación y la necesidad prima en mi voz . Sabía que era adicto y que daría cualquier cosa por él. Sus fosas nasales se abrieron y pude sentir su erección en respuesta a mi necesidad desesperada. Nuestros ojos se encontraron y el aire entre nosotros parecía crepitar, nuestro deseo y necesidad tan fuerte que se había convertido en electricidad. Jan parecía roto e hizo un último intento de hacerse entender. —Alix. Diosa… Alix, amor, tengo que… No le di tiempo para terminar su frase. En un instante, me abalancé sobre él, besándolo, persuadiéndolo para que acordara conmigo. No permitiría que me dejara. Todavía me amaba. Simplemente tenía que hacerlo. Nuestras prendas volaron mientras nuestros cuerpos se reencontraban. Todos mis pensamientos sombríos desaparecieron al sentir sus caricias en mi piel. Sus callos prácticamente habían desaparecido. En secreto, extrañé la aspereza de sus manos, la forma en que sus caricias se sintieron por primera vez en mi piel. Al mismo tiempo, sin embargo, amaba aún más su toque, como si sus manos ahora tuvieran suaves pulsos de una energía nueva. Ahora sin la presencia de los callos, nuestras pieles se reunían sin ningún tipo de barrera. No podía explicarlo, pero por otra parte, nunca pude explicar plenamente mi relación con Jan. Todo parecía muy nuevo e increíble cada vez que teníamos relaciones. Su toque nunca dejaba de sorprenderme, como un novedoso y familiar despertar. Cuando atormentó mis pezones con su boca, no pude hacer nada más que jadear y aferrarme a sus hombros mientras me retorcía de placer. Muy lentamente, lamió mi pecho y abdomen. Su lengua envió una oleada de fuego sobre mi piel, despertando el fuego en mi sangre. No traté de detenerlo. Aceptaba mi demonio ahora como

parte de mi naturaleza. Mientras que Jan no me odiara por ello, no importaba lo que los demás pensaran. Abrí mis piernas, deseoso de sentir todo lo que mi amor tenía que ofrecer. —Jan... Jan... ¡Oh, Diosa, Jan! ¡Jódeme! Chasqueó la lengua y me acordé que incluso en medio de la pasión, se negaba a hacer cualquier cosa que podía lastimarme. Por más que trataba de convencerlo que no me importaba follar sin lubricante, siempre se negó a tomarme hasta no prepararme adecuadamente. En secreto, su negativa me hacía feliz. Me deleitaba saber que aún en medio del calor la pasión, iba a contenerse para asegurarse de no hacerme daño… Eso hacía las cosas aún mejor. —Envuelve tus piernas alrededor de mí, bebé —susurró con voz ronca. Lo hice, y nos levantó del piso, mi peso insignificante para un soldado como él. Se acercó a la cama y me depositó en el colchón suave. A lo lejos, pensé que sería más difícil para él manejarme así cuando «encontrara mi alas», tal como Taxien dijo, pero alejé ese pensamiento, nada dispuesto a dejar que mis padres idiotas estropearan este momento. En su lugar, permití que mis ojos disfrutaran la gloriosa desnudez de mi amante, descaradamente mirando su hermoso cuerpo mientras revolvía la mesita de noche en busca del lubricante. No pude evitar sentirme agradecido por haber recuperado la vista. Todo acerca de Jan era increíble, tan absolutamente perfecto. Su cuerpo se jactaba de músculos que había ganado a través de su alto grado de esfuerzo en la guerra. Mantenía una postura casi arrogante, que, junto con su impresionante altura, lo hacía intimidante y más que un poco excitante. Sus anchos hombros se burlaban de su ascendencia élfica. Los elfos naturalmente eran delgados y atléticos; es más, yo mismo, a pesar de mi herencia demoniaca, no había logrado recuperar mi anterior peso y constitución. Sin embargo, Jan parecía ser una excepción a esto.

Su cabello negro llegaba más allá de sus hombros, tan hermoso y tan suave como lo recordaba con mi tacto. Sus ojos oscuros parecían arder, y si no lo conociera mejor, hubiera dicho que era mitad demonio. Las cicatrices en el lado derecho de su cara sólo complementaban sus pómulos altos, haciéndole lucir cruelmente guapo. Y su pene… Diosa, verlo siempre me hacía temblar de anticipación. Duro y con fugas, sobresalía con orgullo entre las piernas. Me lamí los labios, sintiendo el repentino impulso de chuparlo, de adorar esa hermosa polla con mi boca, mis manos y mi ser entero. Jan me dio una mirada, centrándose en mis labios y su mano, que rebuscaba en el cajón, se detuvo un segundo. —Diosa, eres hermoso —susurró casi con reverencia. Aparentemente olvidando su propósito inicial, se arrastró hacia mí. Su mano acarició mi pecho, deteniéndose para pellizcar un pezón mientras su lengua comenzaba a torturar la punta de mis orejas. —Jan… la loción —murmuré, sorprendido por ser capaz de seguir concentrado. Se congeló encima de mí y dejó escapar una pequeña maldición. Contuve una sonrisa mientras llegaba a la conclusión que a pesar de todo, mi amante conservaba la ligera torpeza e inocencia que sólo mostraba en mi presencia. Me hacía gracia, pero al mismo tiempo, hacía que mi corazón se hinchara de amor por él. Más rápido de lo que creía posible, buscó la loción y se abalanzó sobre mí. Esta vez, su boca fue a la mía, y extendí aún más las piernas, esperando que me preparara. Nuestros pensamientos se volvieron sincronizados y de inmediato, sus dedos fueron a mi agujero. Me puse un poco tenso al sentir su caricia. No habíamos estado juntos desde nuestro encuentro en el bosque del palacio. Mi recuperación fue bien, pero al mismo tiempo, lentamente, y aunque Jan siempre permaneció a mi lado, se negó a hacer nada que «forzara mi cuerpo innecesariamente». Aunque me las arreglara de convencerlo, no teníamos el tiempo suficiente o la privacidad adecuada para tener más que una rápida paja. —Está bien, amor —susurró—. Podemos parar ahora si quieres.

—¡No! —me rompí—. ¡Jódeme! Ahora, Jan, por favor. Sorprendiéndome, accedió, dándome una sonrisa maliciosa, la misma sonrisa que había aprendido a amar en las últimas semanas. Sin embargo, otra razón por la que me siento agradecido es que ahora puedo ver. Mis ojos me ayudan a conocer a Jan de nuevo, veo caras que nunca había tenido la oportunidad de observar, o mejor dicho, la capacidad de hacerlo. Lubricó su pene con la loción y añadió más en sus dedos para preparar mi agujero. Clavé mis uñas en la piel de sus hombros mientras me penetraba, disfrutando del ardor mientras su polla me estiraba. —Diosa, bebé —dijo, gimiendo—. Se siente muy bien. Hice una especie de sonido inarticulado, tratando de animarlo. Por suerte, me entendió y no tuve que tratar de vocalizar mis sentimientos. Mis pensamientos se desintegraron cuando Jan comenzó a empujarse y a salirse de mi cuerpo. Mi mente sólo era una letanía de su querido nombre, «Jan, Jan, Jan, Jan, Jan, Jan, Jan», y lo único que existía para mí era mi guapo elfo oscuro, mi general con cicatrices de batalla… mi hermoso amante. Su polla me follaba mientras sus manos me sostienen, sus labios alcanzando los míos y su corazón conectado a mi alma por siempre. Con cada impulso, explosiones de placer atravesaban mi cuerpo. Me aferré a él desesperadamente mientras seguía follándome, empalándome en su dura polla. Gruñidos y gemidos escapaban de los labios de mi amado, divagaciones incoherentes sobre todo con mi nombre y sobre los diferentes atributos de mi culo, de mi cuerpo. Me gustaba cuando me hablaba sucio. Saber que podía darle placer me llevaba más cerca del borde. Al poco tiempo, el éxtasis llegó a ser demasiado como para soportarlo. Jan se corrió primero y la sensación de su cálido semen llenándome me lanzó también por el abismo. Se dejó caer encima de mí, jadeando de cansancio y luego se dio la vuelta para no aplastarme con su peso. Me acurruqué a su lado, disfrutando del olor de su sudor. Los elfos no sudaban mucho, pero nuestros acoplamientos siempre eran tan acalorados y apasionados que

ambos terminábamos como si hubiésemos tomado una ducha. No me importaba. Eso los hacía aún más especiales. Nos quedamos en un cómodo silencio, disfrutando del agradable resplandor. —La verdad es que tengo que ir a buscar a Lar —Jan susurró, casi disculpándose—. Es mi hermano. Me preocupo por él, y me ayudó a buscarte. Me quedé en silencio por un breve instante, y luego me subí encima de él, mi cuerpo frotándose contra el suyo. —No me importa. El problema puede resolverse fácilmente. Iré contigo. Abrió la boca para protestar y supuse que quería lanzarme uno de sus discursos de «tienes que permanecer aquí, donde estás seguro». —No quiero quedarme aquí, Jan —le dije—. No sé si pueda perdonar a mi familia, e incluso si lo hago, sigo siendo un elfo en el corazón. Pertenezco a Thralnia. Te pertenezco a ti. Me sonrió, alivio y amor brillando en sus ojos. Pensé que podía ver lágrimas reunirse en las esquinas de sus ojos y supe más que nunca que había tomado la decisión correcta. Estábamos destinados a estar juntos. Tan difícil como fue para mí perdonarlo, ver su sonrisa, esta sensación de calidez al tener a Jan a mi lado y su sabor en mi lengua hacía que todo valiera la pena.

EPÍLOGO

Jan'ke Nightbourne y Alix Skueyes: Ahora y para siempre.
as tierras de XOZ están detrás de nosotros ahora. Me siento increíblemente agradecido que mi amado esté a mi lado y me haya perdonado por mentirle. El pasado no se puede olvidar, pero podemos aprender de éste y nos prometimos nunca ocultarnos nada o mentirnos de nuevo.

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Pronto llegaremos a las zonas más afectadas por la guerra. He oído rumores que la lucha se ha vuelto peor desde que me fui y me preocupo por mi hermano y por Reh. Sin embargo, confío en que mi amigo ha mantenido a Lar seguro. Algo me dice que pronto seremos capaces de encontrarlos. Con Alix a mi lado, no hay nada que no pueda hacer. No sé lo que depara el futuro, pero lo que sí sé es que, pase lo que pase, siempre estaremos juntos. Nunca más permitiré que alguien nos separe. Todavía hay una batalla por delante, pero me prometo y a la Diosa que un día, le daré a mi amor la casa llena de paz y felicidad, la cual se merece. ***** i madre lloró en mi partida e intentó convencerme que me quedara. Sin embargo, creo que Taxien entendía por qué no podía. Mi lugar está al lado de Jan y después de todo, todavía no he logrado perdonar a mi madre, no con el conocimiento que era un espía para el país demonio. Saber que me hizo daño voluntariamente en beneficio de Taxien sigue lastimándome, como los recuerdos de mi tiempo en las mazmorras.

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Sin embargo, volver a Thralnia se siente extrañamente liberador, y estoy exorcizando las pesadillas que han estado llenando mis sueños. Con Jan a mi lado, sé que nadie será capaz de hacerme daño. Thralnia ha caído profundamente en el abismo de la muerte y la guerra civil la consume día a día, pero no puedo evitar sentirme optimista. Quizás en el futuro, cuando encontremos a Lar'an, seremos capaces de construir un hogar en los hermosos bosques de Thralnia. Tal vez ayudemos a detener esta guerra. Sólo puedo pedirle a la Diosa y al fuego que ahora me llana que nos permitan tal felicidad. ***** n el año 10.862 A.D.G., después de sólo diez años de lucha, la guerra civil entre los pueblos gemelos de Thralnia terminó. Los ríos de ambos países elfos fluyeron llenos de sangre y la Diosa lloró por el destino de sus hijos. Fue por los esfuerzos de Jan'ke Nightbourne y su fiel compañero, Alix Skyeyes, que los países lograron ser reconstruidos. Junto con su hermano, Lar'an, y su buen amigo, On'areh Shadowedheart, el general Jan'ke reunió las fuerzas restantes de Thralnia y organizaron un pequeño gobierno hasta que un jefe permanente del Estado fuera nombrado. Para sorpresa de las naciones elfos, la nación vecina de XOZ ofreció su ayuda. Muchos dudaban de las buenas intenciones de su rey, pero los fondos y suministros enviados eran, sin duda, de gran ayuda para Thralnia. Y, sin embargo, los elfos aún se preguntaban por qué el rey de XOZ haría tal cosa y dudas surgieron sobre la verdadera lealtad del general y su compañero. Al final, disgustado por las intrigas de la corte, Jan'ke y Alix se fueron, nunca se supo a dónde, dejando temporalmente a Lar'an a la cabeza de la organización. Poco después, una vez que el país comenzó a sanar, Lar'an y On'areh también desaparecieron. Rumores recorrían las naciones sobre la muerte de los cuatro héroes y muchos estaban dolidos al saber que habían sido los causantes de su abandono. Incluso después que se eligió un nuevo rey, un rey de Gran Thralnia, todavía habían arrepentimientos y suspiros profundos, los viejos soldados deseando en secreto que el rey fuera un general con cicatrices de batalla. A medida que la

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sombra de la muerte una vez más cayó sobre nuestro mundo, lamentaron haber alejado a Jan’ke, sabiendo que con su liderazgo, habrían sido capaces de desafiar la venganza de la Diosa. Sin embargo, esta cronista sabe que en algún lugar, en un mundo lejano, muy lejano, un elfo oscuro y un medio demonio enfrentan nuevos retos de una nueva batalla: crear un nuevo hogar. En cuanto a los otros dos elfos enamorados... Bueno, esa es una historia diferente, para otro día.

~EL FIN~

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