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Vi una azucena y creí


que el Amado estaba en ella;
vi luego una rosa bella
y pensé que estaba allí;
luego en un claro alhelí
y en un río y una estrella...
¡Y era porque estaba en mi!

José María Pemán. Los Testigos de Jesús.


Obras /6. Grandes Firmas EDIBESA, Madrid,
1997. p. 163. Del homenaje a Ramón Llull.
(XLI)

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A mis sobrinos Alfredito y Emilio,
porque verlos crecer
y caminar por la vida,
ha sido una gracia que
Dios me ha concedido.

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Si quieres, puedes curarme

Stanley Luff reflexionaba el sentido del dolor y el


sufrimiento diciendo lo siguiente:
No se nos pide que pensemos que la enfermedad es algo
bueno. Cuando nos hallamos heridos o enfermos, es que
se ha producido un desorden en la creación de Dios. Sin
embargo, una de las peculiaridades de la Providencia consiste
en sacar un bien de los males. Nuestros cuerpos están,
también, sujetos a las leyes de la naturaleza. Lo mismo que
las estaciones del año, ellos también sufren cambios y, al
final, mueren… Pero volvemos a surgir.
Cuando estamos enfermos, podemos poner en
marcha una parte de nosotros que, de otra manera, no
habría funcionado. Por extraño que parezca, a veces
suele ser la mejor parte en la vida de todo hombre.
Además, le damos a los demás la oportunidad de
practicar la bondad y la amabilidad, algo que los hará
felices y también les permitirá ser más personas. En
la Providencia de Dios hay muchas cosas que acaban
resultando para bien.
Nos hacemos conscientes de nuestra pequeñez…
Lo principal es convencernos de que no nos debe
echear a perder nuestra enfermedad, que nuestro
espíritu no debe quedar derrotado. Esta derrota es el
único verdadero mal; este pesimismo es el verdadero
“diablo rugiente”.
Tiene razón Luff, pues es cuando se sufre cuando
se puede crecer y descubrir esos tesoros internos que

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con probabilidad no habíamos descubierto. Además,
está también el descubrimiento de la precariedad del
ser humano y se descubre en el horizonte de la vida
personal la posibilidad no remota de la muerte. De
todo ello se sigue que la vida se asume de una manera
totalmente diferente, llena de humildad y de cosas
buenas. De verdad, se saca un bien del mal.
Sí, la fe nos advierte que lo importante es vivir plena
y santamente la breve vida que Cristo nos dio. Vivir
en la fe significa que la vida se asume con plenitud no
mirando lo que se adolece, sino lo que se tiene: vida,
hijos, poca o mucha salud, algunos recursos económi-
cos, pero todo ello, como dice San Pablo en la Primera
a los Corintios, vivirlo “para gloria de Dios”.
Un señor de mi Parroquia que perdió la vista por
la enfermedad, me preguntaba por qué le pasaba eso
a él: ¿Dios se acordaba de él, sólo para castigarlo? Yo le
dije que nunca sabremos por qué nos suceden cosas,
pero que es nuestra tarea el encontrar el PARA QUÉ.
Entonces le cité una frase que menciona el Padre Mar-
tín Descalzo en una situación parecida: no se trata de
que veamos mejor, sino MÁS HONDO, o como dijera
Viktor Frankl, hay que buscar un sentido a lo que nos
pasa.
Existen ciertos beneficios que pueden aportar el
sufrimiento al ser humano:
El primero es que si asumimos la actitud correcta,
el sufrimiento hace más profunda nuestra confianza
en Dios.
La segunda señal es la advertencia de que algo anda
mal en nuestras vidas. Es como un lenguaje que nos
quiere advertir algo, pero que solamente escuchan los
que quieren crecer o cambiar de vida.

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El tercer beneficio es que el sufrimiento nos da
sentido de quiénes somos y de lo que es la vida. El
peregrino es el que camina hacia un santuario; nosotros
caminamos hacia la gran Casa del Padre, y el sufri-
miento nos recuerda que, como peregrinos, todavía
no llegamos a la casa.
Mientras tanto, debemos recordar que Dios no en-
vía el mal, pero se vale de la prueba para ayudarnos
a crecer. Santiago lo dice muy bien: cuando se vean
asediados por toda clase de pruebas y tentaciones,
ténganse por dichosos, sabiendo que las pruebas a que
se ve sometida su fe les dará fortaleza, y esta fortaleza
los llevará a la perfección en las buenas obras y a una
vida íntegra e irreprochable (St 1, 1-3).
La pena verdadera no es padecer en esta vida, sino
el no haber aprovechado su presencia para ser curado
por dentro. Yo conozco personas que les gusta sufrir,
sentirse heridas, estar recordándole a los demás el
daño que les han hecho; otras usan su enfermedad
o ancianidad para chantajear a los demás; realmente
estas son personas que no quieren ser sanadas. Esto
lo comento porque muchas veces no entendemos por
qué Jesús sanaba a ciertas personas, pero otras muchas
siguieron en su enfermedad. De los pocos casos que
tenemos en los textos evangélicos descubrimos que
Jesús no se dedicó a curar a todos, sino que esperó a
que se lo pidieran: “Si tú quieres, puedes curarme” (cf
Mc 1, 40-44). El problema no es que Dios quiera para
nosotros algún mal, pues él siempre nos ama, sino si
realmente nosotros queremos ser curados y transfor-
mar nuestra vida. Noten que se trata de un cambio de
actitud, de vida, de orientación.

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Dios nos pide a nosotros que vivamos en la cohe-
rencia de la fe y la vida; de fidelidad a la misión que Él
nos encomendó en este mundo; de misericordia para
con los demás, imitando al Padre rico en misericordia;
de comprensión ante los hermanos caídos. Y que si
algo nos ha tocado padecer, no verlo como tragedia,
sino como trampolín para crecer como personas e
hijos de Dios.
Y después de haber cumplido todo esto, regresar
ante el Señor a darle gracias pues él habrá sido el cau-
sante de que nuestra ceguera desapareciera, de que
empezáramos a vivir -tal vez por primera vez- como
verdaderos cristianos.
Un autor anónimo reflexionaba lo siguiente:
¿cómo podrá alguien compadecerse,
si la tristeza nunca empañó sus ojos?
¿Cómo podrá tener un toque curativo
una mano que nunca ha temblado de dolor?
¿Cómo podrá acertar una palabra
que nunca se quebró por la amargura?
Un corazón herido está más preparado
para ayudar a otros corazones destrozados.
¿Cómo puede alguien saber curar,
si antes no le han curado de sus penas?
¿A dónde ir, cuando nos haga falta ayuda,
sino a quien, antes ha sufrido de verdad?

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No tengamos miedo de mirar de frente el dolor, de
llevar nuestra lepra moral o del cuerpo ante Jesús; a
toda edad uno puede encontrarse con Cristo y sentir
su fuerza sanadora y de perdón. Entonces deberemos
de dedicarnos a hacer de nuestras vidas una verda-
dera alabanza. Eso sí, deberemos de acercarnos con
humildad y, postrados ante Él, decirle: “si quieres,
puedes curarme” sabiendo que algo muy bueno saldrá
de ese encuentro.

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Valle de gozo

En una ocasión me decía una señora que ella veía la


vida como un lugar de sufrimientos para irse después
de esta existencia a gozar en el cielo por la eternidad.
Me desconcertó mucho su “definición” de vida. Le dije
que yo no podía creer que la existencia fuera así, ya
que el Evangelio siempre nos hablará del gozo de la
existencia, del amor infinito del Dios para sus hijos los
seres humanos, de la alegría de la creación y que, como
signo de una aplicación correcta del Evangelio, tenía-
mos a San Francisco de Asís, el santo de la alegría.
Pero mi interlocutora no quedaba del todo de
acuerdo conmigo, y me citó una oración muy mariana
que expresa esta actitud pesimista de la vida: El Salve.
Tenía razón, esta oración dice: a ti suspiramos gimiendo
y llorando en este valle de lágrimas… Para luego pedirle a
la Virgen María que «después de este destierro, muéstranos
a Jesús, fruto bendito de tu Vientre…»
Y aunque es una oración que he gustado rezar
y cantar desde mis tiempos de seminarista cuando
decíamos Salve Regina, sin embargo su teología es
profundamente negativa y un poco antievangélica,
pues Dios siempre nos hablará de la maravilla de la
creación y del gozo que nos trae la salvación de Cristo.
Me imagino que cuando Cristo resucitado se apareció
a los entristecidos apóstoles, desde ese día su vida y el
Universo entero se bañó de luz y de gozo.
Que el mundo tiene algo y aún bastante de valle
de lágrimas, no hay quien lo dude. Llorando entramos

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al mundo y rodeados de lágrimas salimos de él. En
medio, aun en los más felices, han quedado muchos
dolores y llantos. Pero aun siendo eso verdad, también
lo es que entrelazados con estos dolores van siempre
miles de alegrías, y que si uno disfruta a fondo esas
alegrías y vive también los dolores desde la esperanza,
tendría todo el derecho a decir también que el mundo
es un valle de gozo.
Cuando Jesús nos advierte que después de esta
vida habrá una existencia más plena llamada “re-
surrección”, nos advierte que ese gozo y esa vida
resucitada YA empezaron desde este mundo. Aunque
en ocasiones las enfermedades o la muerte podrían
llegar a “nublar” el sol de la existencia, sabemos que
nuestra vida, nuestra historia, nuestro mundo, forma-
rán parte de esa “vida nueva”, de ese “cielo nuevo y
tierra nueva” que tanto nos mencionaba San Juan en
el Apocalipsis.
Yo me temo que quienes toman muy en serio esa
frase y ven la vida exclusivamente como un valle de
lágrimas son, más que cristianos, maniqueos (herejes
del siglo IV a quienes San Agustín se dedicó a com-
batir). Porque maniquea es esa distinción según la
cual todo sería amargura en este mundo y el creyente
tendría que pasarse la vida soñando en la felicidad que
vendrá después, al otro lado, tras la muerte. Esa tierra
negra preparatoria de un cielo blanco compensatorio
es más una herejía que una visión de fe.
Pero ¡cuánto daño ha hecho esa distinción falsa!
Tanto despreciar este mundo del «más acá», tanto
confundir la esperanza como una siempre añoranza
del «más allá feliz», ha hecho que el mundo moderno

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reivindicase las alegrías de este mundo y perdiera de
vista la realidad del más allá. Un cristiano triste, que
deja el gozo para el otro lado terminará comunicando
su tristeza y amargura a los que con ellos conviven.
Yo comulgo más con la actitud paulina ante la vida:
todo lo que hagan ustedes, sea comer, o beber, o cualquier
otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios (1 Cor 10, 31.11,
1). Así es, creer en Dios significará bañar la vida de esa
presencia viva y amorosa, y entonces dedicarse a hacer
todo con ese mismo amor y dedicación, glorificando a
Dios con nuestro actuar.
Y es que Cristo nunca pintó el mundo como «un
mal sitio» por el que no hay más remedio que cruzar.
Dijo, como es evidente, que la gran felicidad completa
está al otro lado, pero nunca negó que aquí estuvieran
ya las raíces, y bien hermosas, de esa felicidad del otro
lado. Sabemos los cristianos que este mundo es caduco,
transitorio, pero no por eso lo amamos menos. Y no
sólo porque aquí ganamos el otro mundo, sino porque
aún en éste hay muchos rastros gozosos de las manos
creadoras de Dios.
Y la esperanza no es para nosotros una «nostalgia
romántica del cielo». Es, al contrario, la cadena de
escalones por la que caminamos hacia la eternidad.
No nos detenemos en la escalera, pero ¿por qué no
reconocer mientras la cruzamos que nos parece her-
mosa? Así la esperanza no es para nosotros una fuga,
una «morfina» para que nos duelan menos los dolores
del mundo, sino una fuerza viva que despliega en el
hombre energías insospechadas.
Conseguir un buen ensamblaje entre el «más acá»
y el «más allá», saber unir «el gozo de vivir aquí» con

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«la esperanza del gran gozo» son las más difíciles
asignaturas que tenemos los cristianos de nuestro
tiempo. Saber no despreciar el mundo y no apegarnos
ingenuamente a él no es menos difícil. El mundo es
ciertamente provisional, pasajero, doloroso, pero yo
no pienso amarle menos por eso. Y allá en el fondo
siento aquello que pudorosamente decía Bermanos en
la carta a un amigo: «Cuando yo me haya muerto, decidle
al dulce reino de la tierra que le amé mucho más de lo que
nunca me atreví a decir.»
Por desgracia hay muchos cristianos pesimistas
y entristecidos que rezan a ese Dios amargo y gris
comunicando a los demás esa imagen torcidísima de
la fe. Juan Arias escribió un librito que llegó a ser una
crítica dura contra esas visiones negativas de Dios que
muchos cristianos llegamos a tener. Lo tituló El Dios
en quien no creo. Allí nos dice
El Dios en quien no creo
NO, nunca creeré en
Un Dios incapaz de dar una respuesta a los graves problemas
de una persona sincera que exclama, entre lágrimas: ¡No
puedo más!
un Dios que quiere el dolor,
un Dios que se hace temer…
un Dios que no perdona algunos pecados,
un Dios que “causa” el cáncer o “hace” que una mujer sea
estéril,
un Dios que no salva a los que no le han conocido, aunque
lo hubieran deseado o lo han intentado,

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un Dios que no sale al encuentro del que, una vez, lo
abandonó,
un Dios incapaz de renovarlo todo,
un Dios que no tenga una palabra distinta, personal o
individual para cada persona,
un Dios que nunca ha llorado por los hombres
un Dios que no pueda hallarse a sí mismo en los ojos de un
niño o en las lágrimas de una madre,
un Dios que destruye la tierra y las cosas que ama el hombre,
en lugar de transformarlas,
un Dios que acepta como amigo a quien va por el mundo
sin hacer feliz a nadie…
un Dios que no es amor y que no sabe transformar en amor
todo lo que toca, un Dios que no se hubiera hecho hombre,
con todo lo que esto supone,
un Dios que no hubiera dado a los hombres incluso a su
propia Madre,
un Dios en quien no pueda esperar contra toda esperanza.
Sí, mi Dios es otro Dios.
Nuestro Dios es todo lo opuesto a esa lista de Juan
Arias; nuestro Dios es un Dios de amor, un Dios alegre,
un Dios de la vida y la resurrección.

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El amor te ha cambiado

El querer de Dios sobre el matrimonio se fue reve-


lando poco a poco a lo largo de la historia de Israel,
para llegar al final de los tiempos y manifestar su vo-
luntad sobre el amor humano en la vida y el misterio
de Cristo. La historia humana, en la revelación, inicia
diciendo que el hombre no está hecho para vivir solo,
sino en pareja, encontrando en el “otro” su propia
realización: esta sí es carne de mi carne y hueso de mis
huesos, dijo Adán el día que contempló a la mujer. Pero
la imagen matrimonial dará un paso más al aplicar-
se Dios mismo el tema nupcial como un “contrato”
o alianza con todo el pueblo de Israel. Esta idea de
Alianza durará hasta los tiempos de Jesús, cuando él
mismo se hace el “sí” o Amén de Dios ya no solamente
para Israel, sino para toda la humanidad.
En los tiempos de los profetas, Israel se sentirá
tentado a fallar a su “contrato” cambiando a Dios por
ídolos, a “adulterar” con otras religiones. En ese con-
texto aparece uno de los más bellos libros de la Biblia,
el libro del profeta Oseas. Este profeta se enamora
perdidamente de una mujer, con quien tendrá varios
hijos; pero ella lo traicionará buscando el amor de
otros. Pero Oseas, como Yahvé, nunca podrá dejarla
de amar. Un día Dios se manifiesta al profeta y le hace
ver que así como él se siente por la tración, así Yahvé
se siente por su pueblo. Sin embargo Dios no puede
dejar de amar ni de fallar a su “contrato” o Alianza.
Entonces aparecen las páginas más bellas de la Biblia

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acerca del amor y del perdón: Yo conduciré a Israel, mi
esposa infiel, al desierto y le hablaré al corazón. Ella me
responderá allá, como cuando era joven, como el día en que
salió de Egipto. Israel, yo te desposaré conmigo para siem-
pre. Nos uniremos en la justicia y en la rectitud, en el amor
constante y en la ternura; yo te desposaré en la fidelidad, y
entonces tú conocerás al Señor (Os 2, 16.17. 21-22).
Por eso, cuando el Esposo verdadero, Jesús, se acer-
ca a Israel para la boda definitiva, san Juan el Bautista
llama a la conversión y al amor total para prepararse
para recibir al Esposo. Pero falló Israel, pues no reco-
noció al Esperado, no supo valorar al amor.
Es el signo final del amor conyugal, la entrega en el
amor. No bastaba dialogar con Israel, no era suficiente
perdonar al pueblo que había fallado, había que dar
la vida por él. Por eso San Pablo añadirá el detalle
final del misterio sobre el matrimonio en la carta a los
Efesios: así como el hombre deja a su padre y a su madre
y hace con una mujer una sola carne, así Jesucristo se en-
tregó por la Iglesia. Y se sigue entregando en un amor
siempre generoso y cambiante, porque quien ama es
siempre joven.
Pero, ¿por qué falló Israel? Porque no quiso re-
conocer al amor; porque no quiso crecer en justicia
y fidelidad; porque jugó con el amor y olvidó que
amar significa entregarlo todo por el amado; Israel
falló porque nunca quiso aprender a amar. Israel no
maduró. ¿Por qué fallan muchos de los matrimonios?
Por lo mismo. Dejan de crecer como personas, se van
haciendo indiferentes y terminan por los rencores y
la separación. Amar significa darlo todo sin esperar
nada a cambio.

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Amar significa vivir la libertad en comunión en-
tregando todo lo que uno es para bien del otro. Esa
realidad que llamamos amor José María Cabodevilla
la describe así:
«Amar es respetar con amor la libertad de aquel a quien
amamos, permitir que sea él, ayudarle a que lo consiga;
otra cosa sería amar nuestra propia proyección en él. La
cifra suprema de esta conciliación de libertad y fidelidad se
halla en la Trinidad Beatísima, en la cual se da la máxima
intimidad y la personalidad máximamente definida en cada
Persona. Por eso suspira Blondel: “amarse a sí mismo,
amando sinceramente a otro; darse y multiplicarse con esta
donación; contemplarse otro en sí mismo, y estar solo; unir
y abrazarse, aun distinguiéndose; tener todo en común,
sin por ello confundir nada, y permanecer siendo dos, para
fundirse sin cesar en un todo único y en un único ser... ¡He
ahí el grito natural del corazón!”»
Hace tiempo tuve la oportunidad de ver una pelí-
cula que contaba la historia de una mujer y sus pro-
blemas conyugales, al punto que, después de haber
pasado algunos años llenos de amor y entrega, de
repente las cosas habían ido empeorando hasta llegar
a pensar en separarse. Platicando un día con su amiga,
le expresó su sentir y desconcierto ante la posibilidad
de que todo lo que habían logrado en el matrimonio
se derrumbaría. La amiga le mostró un libro con un
título que más o menos decía así: cómo cambiar al marido.
Feliz la mujer se llevó el libro y lo empezó a aplicar a
su vida diaria.
El autor del interesante “manual” pedía que empe-
zara a modificar su actitud para con él esposo en todos
los sentidos, empezando por la atención, siguiendo
con el diálogo, hasta pedir la atención cuidadosa en la

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comida. Al poco tiempo la amiga curiosa fue a visitar
a la esposa de los problemas, esperando tan vez en-
contrar el hogar deshecho. Su sorpresa fue encontrar
a una ama de casa y a una esposa feliz. Sí, fíjate, -le
contaba la mujer- apenas empecé a usar el libro, todo fue
cambiando, ahora mi esposo es otro. Entonces la amiga
le dice: No, mira, la que cambió fuiste tú; fíjate cómo él
cambió porque cambiaste tú. Cuando cambiaste para él, él
redescubrió su amor hacia tí”.
Israel falló también porque no quiso reconocer la
“novedad” del amor de Dios. Una novedad que le
debía haber llevado por caminos nuevos y en trans-
formaciones propias. En Oseas el amor es como un
“empezar de nuevo”, sobre la base del perdón que
hace a un lado la ofensa para poder empezar desde
ese amor más maduro.
Un amor que debe de ser realista y que construye,
no desde las “grandes expectativas” sobre el otro, sino
en el realismo humilde de la aceptación del esposo o
esposa y de la colaboración para que la otra persona
pueda crecer y ser feliz.
Un amor que implica crecimiento y madurez.
Muchos esposos quieren seguir lo que han sido hasta
ese día. La novedad de la vida nueva implica asumir
realidades nuevas (Odres nuevos para vino nuevo).
San Pablo lo entendió muy bien cuando nos dijo
que debe permanecer únicamente aquello que puede
dar consistencia al ser humano: el AMOR. «Si no tengo
amor, nada soy... si no tengo amor, de nada me sirve» Y
nos dice más adelante por qué, pues «el amor no falla
nunca» (1 Cor 13, 1-8).

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Cuenta una historia:
Un esposo fue a visitar a un sabio consejero y le dijo que ya
no quería a su esposa y que pensaba separarse.
El sabio lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente le dijo
una palabra:
“Ámela”. Y no dijo nada más.
“Pero es que ya no siento nada por ella.”
“Ámela”, repuso el sabio.
Y ante el desconcierto del señor, después de un oportuno
silencio, el sabio agregó lo siguiente:
“Amar es una decisión, no un sentimiento; amar es
dedicación y entrega.
Amar es un verbo y el fruto de esa acción es el amor. El
amor es un ejercicio de jardinería: arranque lo que hace daño,
prepare el terreno, siembre, sea paciente, riegue y cuide.
Esté preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de
lluvia, mas no por eso abandone su jardín. Ame a su pareja,
es decir, acéptela, valórela, respétela, dele afecto y ternura,
admírela y compréndala”.

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Subir al cielo bajando

J. A. Vallejo-Nájera en su Concierto para instrumentos


desafinados narra una historia conmovedora y verídica.
Se trata de Manuel, un enfermo de un hospital psiquiá-
trico que llama la atención a todos porque nunca se
queja de nada. Su cabeza está sana, pero es su cuerpo
el que está enfermo de parálisis total desde hace ya
muchos años. No debería de estar allí, pero ha pasado
de un centro hospitalario a otro hasta haberse quedado
en ese lugar. ¿Qué llama la atención? Dice el doctor
Vallejo-Nájera: El está siempre contento, y siempre elude
la compasión.
De forma conmovedora Vallejo-Nájera describe
la situación de Manuel: Durante años lo han tenido
en una habitación, “aparcado” delante de una pared.
Desde su silla de mala manera logra ver, mirando de
reojo, un retalito de cielo a través de la ventana que jus-
to entra dentro de su campo visual. Pero un enfermero
nuevo, algo más humanitario que los demás, toma la
iniciativa de acercarlo a la ventana y de colocarle un
espejo inclinado para que pueda ver el patio desde su
silla. El bueno de Manuel dice:
-No se moleste, no hace falta. Dios es tan bueno que de
vez en cuando vea un pájaro.
Y cuando el doctor Vallejo-Nájera le pregunta el
secreto de su serenidad de ánimo. Manuel le dice:
-Un día leí unos versos, no me acuerdo del autor. Explican
muy bien lo que hay que hacer: “Baja, y subirás volando /

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al cielo de tu consuelo, / porque para subir al cielo / se sube
siempre bajando.”
Este testimonio es un ejemplo muy bello de una
vida llena de fe y una actitud extraordinariamente
positiva ante el sufrimiento. El bueno de Manuel me
recuerda que en la catedral de Reims hay un ángel
realmente singular: despedazado, destruido, surcado
por las cicatrices y heridas. Con el paso del tiempo se
ha quedado sin una de sus alas.
Pero lo sorprendente de este ángel es que, pese a
todas las lesiones, sonríe al que lo mira.
Jesús nos enseña a sonreír desde nuestro sufri-
miento, a saber llevarlo como él. Según el Evangelio,
Cristo recorría toda Galilea enseñando y curando toda
enfermedad y dolencia. Se extendía su fama, y le traían
a todos los que padecían algún mal: a los atacados de
diferentes enfermedades y dolores, a los endemonia-
dos, lunáticos y paralíticos; a todos los curaba (Mt 40,
23-25). La gente le admiraba y exclamaba: “Todo lo ha
hecho bien: a los sordos hace oír, y a los mudos, hablar”
(Mc 7, 37). Jesús, con su presencia, sembraba la paz,
el bien, el amor. Por el contrario, el dolor, el odio, el
mal, se alejaban de él.
Su actuar es la expliación más fuerte para manifes-
tar no solamente que Él vino a curar y salvar al hombre,
sino que Dios mismo no es el que manda males a nadie;
ni quiere el sufrimiento de nadie.
Desgraciadamente el ser humano se revela contra
el sufrimiento y se pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué a mí?
¿Por qué tenía que pasarme esto a mí? ¡No hay dere-
cho!, es la respuesta pronta que se da. Efectivamente,

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todas estas preguntas son comunes a los mortales. Pero
es bueno no quedarse ahí.
No se adelanta nada con quejarse. Es bueno recor-
dar las cosas buenas del pasado, reconocer todo lo
bueno que hay en el presente y ser agradecido.
Tampoco se adelanta nada con echarse la culpa.
Aceptar la realidad y el perdón que ofrece el Señor,
libera de todas las culpas y pesadillas.
El miedo a lo que pueda ocurrir, paraliza a la perso-
na para confiar en Dios. Una de las mejores recetas para
cualquier sufrimiento es confiar en Dios, abandonarse
en las manos del Padre. El ha prometido cuidarnos y
estar con nosotros hasta el final de nuestros días, pase
lo que pase.
¿Para que sirve el sufrimiento? “Dios, decía C. S.
Lewis, nos susurra en nuestros placeres...pero nos grita
en nuestros dolores. El dolor es su altavoz ante un mundo
sordo”. Dios quiere hablarnos, pero el placer, la vida
muelle, los triunfos, nos impiden el escuchar a Dios.
Efectivamente, cuánta gente, como Manuel, ante una
dificultad, una enfermedad, una limitación ha cambia-
do para el bien el rumbo de su vida, empleando todas
las energías por darle sentido a su pena. El dolor, el
sufrimiento, hace que prestemos atención a lo esencial,
a las cosas importantes.
“Las cosas que duelen enseñan” (B. Franklin). El
sufrimiento puede jugar un papel importante en el
crecimiento del ser humano.
La teóloga alemana Dotohee Soelle se preguntaba
de qué lado pensábamos estaba Dios cuando los cam-
pos de concentración, ¿del lado de los asesinos o del

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lado de las víctimas? Cuando hay problemas, enferme-
dad o muerte de algún ser amado, ¿de qué lado está
Dios?. Y, en su libro titulado Sufrimiento sugiere que la
pregunta que más bien nos debemos hacer es a ¿quién
le resulta útil el sufrimiento, a Dios o al diablo?
Y entonces Soelle da un paso extraordinario al de-
cir que no nos debemos concentrar en el origen de la
tragedia, sino hacia el punto hacial el que nos lleva.
En ese contexto habla de los “mártires del demonio”.
¿Qué significa esa frase extraña? Todos sabemos que
cuando la persona está dispuesta a dar la vida por su
fe, se convierte en mártir de Dios. De esta manera,
al recordar su fe frente a la muerte, nuestra propia
fe se fortalece. Esas personas son mártires de Dios y
testigos de él.
Pero las fuerzas de la desesperación y el descrei-
miento también tienen sus mártires; personas cuya
muerte debilita la fe de otras personas en Dios y en su
mundo. De esta forma, si la muerte de un niño en un
hospital o de un inocente en manos de gente mala nos
hace dudar de Dios y no nos permiten afirmar las bon-
dades del mundo, entonces ese niño o esa persona se
convierten en “mártires del demonio”, son testimonios
contra Dios, contra la plenitud de sentido de una vida
moral. Es decir, es NUESTRA reacción ante su dolor o
muerte lo que los hace testigos a favor o en contra de
Dios ( no porque ellos sean culpables).
De esta manera, sigue Dorothee, si la muerte y
el sufrimiento de una persona amada nos vuelve
amargados, envidiosos, nos aparta de la religión, nos
incapacita para ser felices, nosotros convertimos a la
persona en un “mártir del demonio”. Por el contrario,
si el sufrimiento y la muerte de alguien muy próximo

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a nosotros nos hace explorar los límites de nuestra
capacidad de fortaleza, de amor, si nos lleva a buscar
las fuentes de consuelo que no sabíamos que existían,
entonces nosotros convertimos a esa persona en un
testigo de la reafirmación de la vida en lugar de su
rechazo.
El Evangelio de Marcos nos pone en esta perspecti-
va. En primer lugar porque nos señala que la tormenta
en la vida de la Iglesia es algo común. Pero, sobre
todo, que por la fe debemos descubrir que Dios está
con nosotros, aunque silencioso: “De pronto se desató
un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y
la iban llenando de agua: “Maestro, ¿no te importa que
nos hundamos?” El se levantó, reprendió al viento y dijo al
mar: “¡Cállate, enmudece!”... Entonces sobrevino una gran
calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún
no tienen fe?” (Mc 4,35-41)
Sufrimos y desesperamos porque no tenemos fe.
Fruto de la increencia es el temor. Somos como los
apóstoles: HOMBRES DE POCA FE, que no han des-
cubierto quién navega con nosotros. Escribía un teó-
logo que el aparente sueño de Jesús está encaminado
a descubramos dos cosas:
1. volvamos nuestra confianza a Él y,
2. que actuemos responsable y maduramente en
toda circunstancia de la vida; su aparente sueño está
encaminado a que asumamos nuestras vidas responsa-
blemente y hagamos todo lo que está de nuestra parte
para encontrar la solución.
San Pablo nos recuerda cómo y el por qué debemos
adherirnos a Cristo, sobre todo en esos momentos
“tormentosos”:

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“El amor de Cristo nos apremia... Cristo murió por todos
para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino
para aquel que murió y resucitó por ellos... El que viva
según Cristo es una creatura nueva, para él todo lo viejo ha
pasado. Ya todo es nuevo” (2 Cor 5, 14-17)
1. Tenemos, pues, en primer lugar vivir para Cristo,
que murió y resucitó por nosotros. Vivir según Cristo
es asumir su Evangelio como letra viva; es vivir en
estado de gracia en una vida de sacramentos; es vivir
en la Iglesia, que es su Cuerpo, en constante acción de
caridad a los necesitados.
2. Nos dice la consecuencia: quien vive según Cristo
es una creatura nueva. Por lo mismo los criterios del
mundo, sus violencias y su mediocridad no forman
parte de nuestro vivir. Levantarnos cada día en la
confianza de que Él calma la tempestad del mundo y
de mi vida, en la confianza de que todo es nuevo.
Es verdad, nos falta fe para caminar en la prueba,
nos falta también alegría ante la vida, nos falta amor
para asumir la existencia. Contra el miedo no hay otro
camino que la fe en Cristo y el amor a la vida, acep-
tando los riesgos que son inevitables en la aventura
de navegar la vida.******
Ojalá tengas
Suficiente felicidad para mantenerte dulce;
Suficientes pruebas para mantenerte fuerte;
Suficiente pena para mantenerte humano;
Suficiente esperanza para mantenerte feliz;
Suficientes fracasos para mantenerte humilde;

28
Suficiente éxito para mantener tu anhelo;
Suficientes amigos para darte consuelo;
Suficiente riqueza para suplir tus necesidades;
Suficiente entusiasmo para esperar con ilusión;
Suficiente fé para desterrar la depresión;
Suficiente determinación para hacer cada día mejor que
el día de ayer

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30
Así los maridos deben amar a
sus esposas

El texto de Pablo a los efesios (Ef 5, 21-32) es un texto


que ha sido muy usado para hablar del matrimonio,
pero también han dicho algunos que Pablo tenía una
visión muy negativa de la mujer, pues refiere a que ella
debe sujetarse al marido. Algunos estudiosos señalan
que los textos paulinos son una clara expresión de su
misoginia. Yo creo que no es del todo cierto. Pablo es
hijo de su tiempo y, como cristiano, ve la relación entre
el hombre y la mujer como la expresión de la relación
de Cristo con la Iglesia: respétense unos a otros, por re-
verencia a Cristo: que las mujeres respeten a sus maridos,
como si se tratara del Señor, porque el marido es la cabeza
de la mujer, como Cristo es cabeza y salvador de la Iglesia,
que es su cuerpo… así también las mujeres sean dóciles a sus
maridos en todo. Maridos, amen a sus esposas como Cristo
amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla…
Luego, termina diciendo, así los maridos deben amar a
sus esposas como cuerpos suyos que son.
Notarán que el fundamento de la reflexión de Pablo
es Cristo y su amor por la Iglesia. Y se trata de un amor
capaz de dar la vida para vivificarla. Desde su muerte
y resurrección, Cristo se hace uno con la Iglesia, queda
totalmente unido a ella, lo mismo que los esposos se
hacen uno en el amor (una sola carne).
Debemos hablar con fuerza acerca del amor con-
yugal, porque vivimos en un mundo donde se des-

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prestigiado esta palabra y su contenido. Ya llegamos
hasta el absurdo de creer que el matrimonio es válido
inclusive para parejas homosexuales; otros lo ven
como un juego.
Es triste constatar cómo muchos llegan al momento
de tomar la decisión de su vida, sea la matrimonial o
sacerdotal, no amando verdaderamente, sino buscan-
do solamente fincar y fortalecer el egoísmo. Muchos
aman a sus esposas no para dar la vida sino para usar-
las, para no estar solos, para fortalecer su egoísmo, y
todo eso no es amor. ¿Por qué no crecemos en el amor
de esposos?
Recuerdo que me impresionó una frase de Ugo Bet-
ti, que decía: «no es verdad que los hombres nos amemos.
Tampoco es verdad que nos odiemos. Nos desimportamos
aterradoramente». Se trata de una verdad que hoy cons-
tatamos: no nos importamos el uno por el otro.
Si me preguntaran cuál es una entre tantas causas
del “desamoramiento” entre los esposos, la infideli-
dad, sin dudarlo respondería que es la inmadurez por
asumir un compromiso para toda la vida y, en segundo
lugar, el que no busquemos amar a otra persona, sino
solamente a uno mismo.
Eso me recuerda la historia, que no recuerdo dónde
la leí, que trata de un señor cuya esposa había muerto
hacía algunos días, y él se dedicó a la tarea de recoger
y guardar todas las cosas que le habían pertenecido
a ella. Su sorpresa fue mayúscula cuando, allí en el
fondo del ropero, perfectamente doblado y escondido
en una caja estaba un vestido de novia. Recordó que
en su juventud pensaba que eso era algo “cursi”, por
lo que su primer pleito fue el que la había obligado a

32
casarse no de blanco, como todas las novias. Ahora,
después de muerta su esposa encontraba ese vestido
escondido. ¿Por qué lo había guardado tan celosa y
secretamente?
No fue sino hasta días después cuando logró sacar-
les a los hijos la verdad: la señora nunca había perdido
la vieja ilusión del vestido, y ella misma había juntado
dinero hasta que pudo comprar uno. En secreto, en
el hogar, varias veces se puso el vestido, se miraba al
espejo y rompía a llorar.
Y ahora lloraba ese pobre hombre pues entendía,
muy tarde por supuesto, que su tonta intransigencia
y egoísmo habían herido por años y años a su esposa.
Decía el pobre hombre: “Daría cualquier cosa por po-
der tenerla de nuevo y casarme otra vez con ella”.
Esta es una tragedia que repetimos los humanos a
diario: fuimos creados por Aquel que es amor, Dios;
nos ha hecho para amar, y resulta que cuando se nos
presenta la oportunidad lo único que sabemos hacer es
contemplarnos en el espejo del egoísmo. Cometemos
el error de decir después “no” a lo que un día y ante
Dios habíamos afirmado con un “sí”.
Amar significa vivir la libertad en comunión entre-
gando todo lo que uno es para bien de los otros. Esa
realidad que llamamos amor José María Cabodevilla
la describe así: «Amar es respetar con amor la libertad de
aquel a quien amamos, permitir que sea él, ayudarle a que
lo consiga; otra cosa sería amar nuestra propia proyección
en él. La cifra suprema de esta conciliación de libertad y
fidelidad se halla en la Trinidad Beatísima, en la cual se da
la máxima intimidad y la personalidad máximamente defi-
nida en cada Persona. Por eso suspira Blondel: “amarse a sí
mismo, amando sinceramente a otro; darse y multiplicarse

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con esta donación; contemplarse otro en sí mismo, y estar
solo; unir y abrazarse, aun distinguiéndose; tener todo en
común, sin por ello confundir nada, y permanecer siendo
dos, para fundirse sin cesar en un todo único y en un único
ser... ¡He ahí el grito natural del corazón!”».
Pero amar de este modo solamente es posible
porque Dios nos ha comunicado su amor y nos ha
mandado amar como el único y fundamental manda-
miento: «El contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente... amarás
al prójimo como a ti mismo”» (Mt 22,37.39). Jesucristo
oró, en la noche santa, para que viviésemos unidos
como El está unido a su Padre (cf. Jn 17,11). El amor
infundido en nuestros corazones hace que el esposo
pueda amar a su esposa con el mismo amor con que
ama el Señor, y dio su vida por la Iglesia.
San Pablo lo entendió muy bien cuando nos dijo en
otra carta todo lo grande y bello que se nos ha dado
va desaparecer, permaneciendo únicamente aquello
que puede dar consistencia al ser humano y sentido
a su estancia en la tierra: el AMOR. «Si no tengo amor,
nada soy... si no tengo amor, de nada me sirve» Y añade
más adelante diciendo porque «el amor no falla nunca» (1
Cor 13, 1-8).
Amar significa buscar al “otro”, entregarse al otro;
en otras palabras, amar es “darse, incansablemente
para que el otro sea y yo sea en él. Claro que conforme
pasen los años el amor irá asumiendo un lenguaje más
distinto; tal vez menos efusivo, pero más profundo e
intenso. Se irán descubriendo nuevos gestos y signos
para decirnos: “te amo”. Nunca debemos olvidar que
la mejor prueba del amor es el tiempo. Sabe amar
quien lleva hasta al final aquella frase que se dice en
el Matrimonio: te amaré todos los días de mi vida.

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Vendrán momentos de dudas, momentos de crisis.
Se preguntarán muchas veces si el camino matrimonial
era realmente el camino correcto; nunca faltarán mo-
mentos cuando aparezca el recuerdo de faltas come-
tidas y el rencor podría aflorar en el corazón. En esos
momentos tenemos que recordar nuestro compromiso
y que la promesa la hicimos a otra persona y a Dios
mismo, abriendo el corazón a la gracia fecunda de
Dios. Por eso San Pedro, consciente de su corazón débil
y tornadizo le dijo a Jesús: Señor, ¿a quién iremos? Tú
tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y
sabemos que eres el Santo de Dios (cf Jn 6, 69).
Debemos, por eso mismo, llevar las palabras de Pa-
blo muy a flor de piel para recordarnos que vivimos un
misterio de amor y que Cristo es la raíz de todo ello.
La señora Zenaida Bacardí quiso decirles a sus
nietos el sentido del matrimonio, fruto de su propia
experiencia. Les escribió una reflexión que tituló: A mis
nietos en su boda (en su libro Cartas para una vida):
El matrimonio no es salir sonrientes, caminando por una
senda de flores. Es entrar de lleno a un nuevo planteamiento
de vida, una nueva forma de llevar las cruces y un nuevo
enfoque para desarrollarse y crecer.

El matrimonio, al comienzo, no es un fruto ya maduro. Es
una siembra lenta, constante, en que cada día tiene su propia
semilla. No es fundirse en pareja para que uno de los dos
se anule, sino para que ambos aporten, se enriquezcan y se
complementen. No es un reformador de caracteres, sino un
perfeccionador de las propias capacidades.
No dejen nada turbio en el corazón cuando perdonen. No
sean inflexibles. No agranden pequeñeces. No se exalten

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hasta causar lo irremediable. No cosechen para acaparar,
sino para comprender, repartir y entregarse… eso nunca
será derrota del que siembra, sino fruto del que recoge.
El matrimonio no es desligarse de una vida para empezar
otra, sino desligarse de uno mismo para fundirse a otro con
el fuego del amor.

El matrimonio no es el vuelo pasajero de una ilusión. Es
una corriente fuerte que rebasa al hombre. No sabemos cómo
puede producirse dentro de nuestra limitación…
El matrimonio no es para que yo lo estacione en el lugar
que me convenga. Es una rotación donde se recibe lo que
se da. Mira cuánto necesita tu amor… y mide lo que estás
dando.
El matrimonio no es una lámpara maravillosa, para
convertirnos la vida en placer y luces de colores. Es un amor
que duele, pero no podemos vivir sin echarnos a cuestas ese
dolor.
El matrimonio no es una siembra hecha de cualquier modo.
Sólo bien injertado no nacen rosas distintas en un mismo
tronco, sino que brota la creación de una nueva especie.
El matrimonio no es en nosotros un lucimiento, un accesorio
más. Sentir y expresar amor es algo esencial. Es como lo
íntimo que no puede taparse, como lo hondo que no puede
esconderse, como la corriente que no puede reprimirse.
El matrimonio no es penumbra. Es la magia que descubre
la luz con que podemos entrar al universo del otro. No para
pensarse, sino para sentirse. No para soñarse, sino para
poseerse.

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En el matrimonio no todo se entiende. Pero todo se intuye
como una capacidad misteriosa que suple a la razón.
El matrimonio no consiste sólo en abrir muchos cauces, sino
en poseer buena tierra. Con muchas semillitas que se dejen
caer en la pequeñez de cada día, se acaba por tener un huerto
fecundo y perfumado.
El matrimonio es la eterna sorpresa. Todos los días mueren
rosas que angustian y todos los días nacen rosas que
asombran. Porque la realidad y la rutina las matan, pero
el amor y el corazón las resucitan.
Desde hoy, tu mejor arado en el campo del mundo estará
entre las paredes de tu hogar… de allí saldrá solito a dar
su fruto.
El matrimonio no es un invento que nos pertenece. Se le
ocurrió a Dios. Por eso es un sacramento, una gracia, una
indisolubilidad ¡y un mandato!
Cada mañana habrá una estrella esperando. O la elevas al
cielo, o la deshaces en la tierra… o la llevas entre las manos
alumbrando el camino de los dos.
Porque el Señor da la gracia… ¡pero tú haces el milagro de
encender la luz!
Zenaida entendía muy bien lo que San Pablo decía
de esta realidad que es tan grande que apenas puede
creerse, y tan maravillosa que vale la pena vivirse…
Sí, el matrimonio es un “misterio” y yo también lo digo de
Cristo y de la Iglesia.

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Perder la vida

El ilustre historiador del arte, Juan Contreras habla-


ba con su amigo, el doctor Eduardo Ortiz y le confiaba
los principios que habían regido su vida. A sus ochenta
años señalaba:
- Mira, Eduardo, yo procuro en mi vida atenerme a unos
pocos principios: primero vivir como si me fuera a morir hoy;
segundo, trabajar como si fuera eterno; y tercero, tratar de
hacer hoy por lo menos lo que hice ayer (cf. E. López-Esco-
bar y F. Lozano, Eduardo Ortiz de Landázurri).
Don Juan había logrado acumular la sabiduría ver-
dadera y encontrado el sentido real de la existencia:
vivir con intensidad, trabajar con ahinco, y nunca dejar
de luchar por crecer un día más.
Hoy las personas viven lo contrario: viven como si
fueran eternos; se la pasan sin hacer algo productivo
a lo largo de la vida, y al paso de los días cada vez
hacen menos.
Efectivamente, hermanos, uno de los peores cán-
ceres de nuestro siglo es ese miedo a lo irrevocable;
no nos atrevemos a decidirnos ante lo que no tiene
vuelta de hoja; constatamos esa tendencia en muchas
personas a buscar solamente lo provisional en todos
los renglones de la vida, ya que eso no compromete
absolutamente a nadie. Siempre queremos hacer las
cosas, “pero sin comprometernos”, asumir una vida
nueva, pero “sólo mientras...”.

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La vida matrimonial, la vida religiosa, el sacerdocio,
la vida profesional, están todas estas vocaciones llenas
de gente que espera cambiar, tan pronto le vaya mal,
tan pronto se cansen de lo que hacen, o bien la vida
les empiece a exigir más y más.
Y si vamos trascendiendo a niveles más altos y más
profundos, encontramos que incluso en la religión, hay
gente que no quiere arriesgarse en su fe. Esa dimen-
sión que nos relaciona con el Creador y que también
hemos malbaratado aceptando lo que la Iglesia dice,
siempre y cuando no nos afecte nuestros intereses o
nuestra vida, porque entonces sí, como dicen algunos,
“por eso pierde uno la fe”.
Julián Marías tiene razón, la gente no gusta de ju-
gársela el todo por el todo, prefiere una vida muelle y
mediocre a arriesgarse a sufrir un poco para alcanzar
las grandes metas. Y esto que digo no es nuevo, es el
Evangelio. Cuando Jesús invitó al joven rico a dejar
todos sus bienes para seguirle, le pedía que se arries-
gara por él; el joven no lo hizo, y añade el Evangelio
que se fue lleno de tristeza. Cuando a Pedro lo invitó a
ser fiel hasta el final, Pedro prefirió refugiarse en la co-
bardía que a darlo todo por su Señor, y estuvo a punto
de perderlo todo. Cuando hoy nos dice que debemos
renunciar a nosotros mismos, tomando la cruz propia;
arriesgándonos por perder incluso la vida por él, tal
vez, ante eso, muchos nos echamos para atrás.
Creo que tenemos que aprender a distinguir entre lo
que es permanente de lo que es relativo. Por supuesto
que hay cosas que debemos cambiar, pero otras cosas
no, otras son irrenunciables e impostergables. Estas
cosas son el amor que se ha elegido, la misión a la que
uno se entrega y la fe absoluta en Cristo.

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Ven, no son muchas, pero son esenciales. La vida
matrimonial, la profesión honrada, una fe activa y
alegre. Si eso lo asumiéramos en serio y “a una carta”,
creo que las cosas sería diferentes para nosotros y para
el mundo.
Un sacerdote que murió hace poco escribió una
oración, que es para mí como una espina:
“Pasan los años, y al mirar atrás, vemos que nuestra vida
ha sido estéril. No nos hemos pasado haciendo el bien. No
hemos mejorado el mundo que nos legaron. No vamos a dejar
huella. Hemos sido prudentes y nos hemos cuidado. Pero,
¿para qué? Nuestro único ideal no puede esperar sentados
a que llegue la muerte. Estamos ahorrando la vida, por
egoísmo, por cobardía. Sería terrible malgastar ese tesoro
de amor que Dios nos ha dado” .
Sí, sería terrible llegar ante el trono de Dios y darnos
cuenta que la vida, la verdadera vida la perdimos de
la forma más tonta; y todo por mediocridad y cobar-
día.
Tal vez se pregunten cómo podemos lograr que
esta vida que “vamos perdiendo por Cristo” llegue a
ser el triunfo de haberla alcanzado. El Evangelio de
hoy nos dice el camino:
1º Reconocerle a Jesús como el Señor y el juez de
nuestras vidas
2º La vida exige que se le apueste todo. Eso pro-
ducirá tal vez un poquito de sufrimiento o cruz; pero
sabemos que al final está la vida en Cristo. Por eso,
hay que tomarla.
3º Juzgar nuestras vidas no “según los hombres”,
sino “según Dios”, por lo mismo, preguntarnos siem-

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pre qué es lo que él espera de nosotros.
4º Finalmente perderlo todo por Cristo. Esto es
el amor total a Dios y al prójimo...

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Vivir

El director japonés Akiro Kurosawa nos platica


una historia llena de sensibilidad y de necesidad de
plenitud de vida. El film lo tituló “Vivir”, y es la his-
toria de un viejo funcionario que se da cuenta que no
ha vivido, y encuentra el sentido de la vida cuando
descubre que le quedan tan sólo seis meses de vida.
En el poco tiempo que le queda el hombre vive lo que
no había vivido toda su larga existencia.
En esa parábola cinematográfica, Kurosawa expresa
lo mismo que ya antes Abraham Maslow descubrió
después de un ataque cardiaco: la confrontación con
la muerte –y haberse liberado de ella- hace que todo
parezca tan precioso, tan sagrado, tan hermoso, que
siento con más intensidad que nunca el impulso de
amarlo todo, de abrazarlo todo y de dejarme avasallar
por todo. Mi río nunca me pareció más bello… la muer-
te y su posibilidad siempre presente hace más posible
el amor, el amor apasionado. Me pregunto si podría-
mos amar apasionadamente, si sería posible el éxtasis,
si supiéramos que nunca habríamos de morir.
Hermanos, a mí me espanta lo terriblemente mal
que vivimos la vida; lo fácilmente que nos agobiamos
por las cosas baladíes de este mundo y cuando llega
el momento importante de asumir la vida de un solo
golpe, no sabemos qué hacer, tal vez porque tenemos
las manos vacías.
Tenemos al profesional que ha ido escalando todos
los escalones del éxito y llega un día en que ya no es

43
posible subir, o ya se ha terminado la poca salud que
tenía en ese esfuerzo por subir. La ama de casa que
se desvivió toda su juventud y madurez por criar y
educar a sus hijos y ahora que da los primeros pasos
hacia la vejez, siente que da esos primeros pasos con
las manos vacías. O la esposa que nunca fue amada y
vivió dedicada a su trabajo y su hogar, y ahora des-
cubre que está sola totalmente para caminar el último
tramo de su vida, aferrándose solamente a esos trozos
de pasado y de una pobre esperanza de volver a ser
amada. O aquella persona que le acaban de avisar que
debe iniciar una larga y penosa serie de quimioterapias
por la enfermedad que le han detectado.
¿Por qué esperamos hasta esos momentos, cuando
probablemente es difícil corregir la vida?
Una de las labores del ser humano, por su propia
condición, consiste en ir evolucionando desde una
situación no pensante y sin libertad, mediante un cre-
cimiento constante, viviendo las crisis del crecimiento,
las luchas, elecciones y avances de los conocido a lo
desconocido, siempre hacia una conciencia más pro-
funda de sí mismo y, por lo tanto, a una mayor libertad
y responsabilidad.
Cuando nacimos se nos dio la libertad de elegir.
Este maravilloso regalo lo podemos usar como don o
como castigo. Podemos llegar al final con un corazón
pletórico de felicidad o con la amargura de no saber
por qué se nos dio la vida.
El libro de la Sabiduría expresa este camino que
debe buscar y encontrar todo hombre: Supliqué y se me
concedió la prudencia; invoqué y vino sobre mí el espíritu de
sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos, y en compa-

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ración con ella tuve en nada la riqueza… la tuve en más que
la salud y la belleza; la preferí a la luz, porque su resplandor
nunca se apaga. Todos los bienes me vinieron con ella; sus
manos me trajeron riquezas incontables (Sb 7, 7-11).
¿Cuál esa sabiduría? ¿Cuál es ese don que debemos
pedir siempre a Dios? Justamente el saber que la vida
es breve y que debimos haberla valorado y haberla
vivida como un ofrecimiento de amor cada día de
nuestra vida. Maslow lo descubrió después de un ata-
que cardiaco, otros lo hacen después de una crisis emo-
cional o moral muy aguda. Pero los hay que se quedan
estacionados en la amargura y la mediocridad.
La sabiduría que pedimos a Dios es la de poder
desarrollar las propias potencialidades, sabiendo que
en la medida en que lo hagamos responsablemente,
experimentaremos una profunda alegría y un grato
sentimiento de plenitud. Noten que el autor del libro
de la Sabiduría lo expresa diciendo que la prefirió a los
cetros, los tronos, las riquezas, las piedras preciosas,
el oro, la salud y la belleza.
Esa sabiduría que pedimos a Dios como un don
es aprender a vivir como Dios quiere de modo que al
final o la plenitud de la vida se alcancen la alegría, la
paz y la satisfacción; ya que estas son emociones que
acompañan la realización de nuestra naturaleza de
seres humanos e hijos de Dios. Estos sentimientos se
basan en la experiencia de la propia identidad como
seres con valor y dignidad que buscan alcanzar esa
meta a la que fueron llamados.
Lo que he venido diciendo se puede expresar con
un pasaje del Evangelio. Yo la llamo: “la parábola del
hombre insatisfecho” (Mc 10-17-30). Creo que es el re-
trato de todo ser humano que al llegar a un punto en

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la vida tiene que decidir entre dos posibilidades: la
mediocridad o la santidad; la frustración o la felicidad;
el gozo de haber vivido o la tristeza de no saber quién
fue en este planeta.
· “En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino,
se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le
preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar
la vida eterna?...
· Ya sabes los mandamientos...
· Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy jo-
ven.
· Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te
falta: ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así
tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme”
Pero al oír esas palabras, el hombre se entristeció y se
fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes” (Mc 10,
17-30).
¿Notan que es exactamente lo que nos puede pasar
en un momento de la vida?
1. Primero llega el instante en que sentimos que
ya hemos alcanzado cierto nivel económico, social o
de edad.
2. Si no hemos sido buenos, al menos no hemos sido
muy malos; surge la pregunta: ¿qué sigue ahora?
3. Jesús le pone entre dos posibilidades únicas: el
“ser” o el “tener”. “Deja” esto y aquellos, para que te
liberes y “seas”.
4. El camino final es un camino llamado amor: “Dalo
a los pobres”; “ven y sígueme”. Es decir, a través del

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profundo y total amor al prójimo y a Dios, como rea-
lidades absolutas. Eso no solamente traerá “plenitud”
al hombre, sino que le hará “feliz”. En la historia, como
no quiso hacerlo, añade San Marcos que se fue lleno
de tristeza.
5. Jesús explica a los discípulos que las cosas ma-
teriales nos van paulatinamente esclavizando hasta
que nos impiden alcanzarlo a Él. Dejarlo todo por él
es signo de una opción radical por la santidad y la
búsqueda de sentido en Cristo.
Podemos expresar en una frase el camino de Jesús:
deja a un lado lo que has tenido, dedícate ahora a “ser”.
Cuando menos pienses tendrás que presentarte ante
mí y quiero que llegues tú mismo en plenitud.
Hay personas que han llegado a un momento en
la vida en que miran hacia atrás y contemplan lo que
han logrado: han tenido hijos, han tenido bienes y
profesión. Pero llega un momento que debemos pre-
guntarnos su verdaderamente hemos “sido” lo que
Dios esperaba de verdad.
La mayoría de los humanos, diagnostica Martín
Descalzo, nos derrumbamos más por la cuesta de la
vulgaridad que por la cuesta del mal. Muchos iniciaron
su juventud llenos de sueños, proyectos y planes, de
metas a conquistar. Pero pronto vinieron los primeros
fracasos o descubrieron que vivir plenamente cuesta
trabajo, que los demás alrededor estaba a gusto en su
mediocridad, entonces decidimos ser como ellos.
El Cardenal John Henri Newman decía que “vivir
es cambiar, y ser perfecto es cambiar siempre”. La vida de
todo ser viviente es ir cambiando, al menos externa-
mente; pero la perfección verdadera y a la cual estamos

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llamados, esa exige cambio profundo desde Cristo en
el amor a él y al prójimo. Solamente así podremos salir
de nuestra vida cristiana mediocre.
Hace falta una gran dosis de gracia divina y un
grande esfuerzo para salir de todo aquello que el mun-
do ofrece y que no lleva a nada. Hace falta decisión
para asumir con madurez la vida y arriesgarse a dar
cada día un paso más en ese seguimiento de Cristo.
Hoy notamos lo difícil que es poder crecer; lo difícil
que es poder arrancar del corazón tantas cosas para
mirar solamente a Jesús. Todo nos invita a llenarnos de
cosas y actitudes de placer y hedonismo. ¿Queremos
quedarnos allí? ¿Preferimos seguir nuestro camino
tristes y vencidos, sin un deseo de felicidad? Dios nos
“invita”, nunca nos obliga; él nos “propone”, pero
nunca impone.
Yo me imagino que el purgatorio de ese joven que
salió al encuentro de Cristo consistió en mirar una y
otra vez esa escena del llamado de Cristo a seguirle
y sentir en su corazón una y otra vez la amargura de
haber querido mejor seguir la vida tranquila de la
riqueza y la mediocridad que el haberse arriesgado a
seguir a Jesús.
Así escribía Manrique: “Recuerde el alma dormida...”,
porque “la muerte viene tan callando”. Cada día que pasa
no es solamente un acumulado de días en la cuenta de
nuestra vida, sino un día más que nos acerca ante la
presencia de nuestro creador. ¿Qué le diremos?

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Un final feliz

Uno de los más conocidos pasajes que tratan el


tema del final de los tiempos es, en los evangelios, el
cap{itulo 13 del Evangelio de San Marcos. Sin embargo,
este pasaje de Marcos (13, 24-32) no es un reportaje,
sino una descripción del misterio de la historia huma-
na. Ni los profetas ni los evangelistas fueron reporteros
de su tiempo, mucho menos del fin de la historia, que
a la vez que desconocen, no dejan sin embargo de
anunciar. Mediante un lenguaje misterioso, marca-
damente simbólico, intentan meternos a los lectores
u oyentes en el misterio del fin del tiempo y de la
historia. Es necesario por tanto estar atentos para no
confundir lenguaje y mensaje. El lenguaje no puede
evitar ser antropomórfico: el fin del mundo visto como
una conflagración universal aterradora, una especie de
terremoto cósmico que conmueve el universo entero
y lo destruye por completo; un cataclismo imponente
cuyo fuego incandescente devora abrasador toda la
materia. De hecho lo que hay en la mente del evan-
gelista es describir el opuesto a la creación, esto es, la
vuelta al caos primigenio: se caerán las estrellas, el sol
y la luna se apagarán. Por eso mismo, dicho lenguaje
no nos debe hacer caer en la interpretación literalista,
como la de algunas sectas protestantes, que quieren
ver en estas narraciones la “descripción” de lo que
sucederá al final, sino algo más profundo, algo así
como una interpretación de la historia humana desde
la óptica teológica, para que se vean en los signos la

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descripción de la lucha del bien con el mal y el jucio
de Dios sobre esta historia.
Oculto tras esta representación escénica de impre-
sionante viveza, hay un mensaje divino: “El mundo no
es eterno. La historia tendrá un fin y solamente Dios es
el Señor de la historia”. El ropaje literario, propio de
la apocalíptica judía, muy apropiado para los tiempos
que corrían de persecución (en el caso de Daniel la
persecución de Antíoco IV Epifanes, en tiempos de
Marcos posiblemente la persecución de Nerón), no
debe distraernos, mucho menos angustiarnos, y menos
todavía ocultarnos y hacernos perder el mensaje de
revelación de Dios. El mensaje es revelación de Dios,
y por tanto cierto, irrevocable, verdadero, válido. “El
cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.
En cuanto misterio, sin embargo, no está al alcance
de nuestro humano conocimiento ni es manipulable
para satisfacción de nuestra curiosidad o de nuestro
orgullo. Como misterio es irrupción imprevisible, apa-
rición repentina e inasible, desvelamiento inesperado
y deslumbrante. Como misterio se espera de Dios, el
Señor del misterio, en actitud vigilante y confiada.
Para el evangelista Marcos la destrucción de Jerusa-
lén y del templo sirve de símbolo de los tiempos finales
del mundo y de la historia. Igualmente, la imagen de
la higuera desde que florece en primavera hasta que
maduran los higos sirve para señalar el tiempo inter-
medio entre la historia concreta de su época y el final
de la historia. Hay pues una relación entre el tiempo
y la eternidad, entre el fin de una época y el fin de la
historia, entre el fin de la vida y el fin del tiempo. Entre
ambos fines hay ciertas semejanzas:

50
-en primer lugar, la certeza del fin, evidente respecto
al fin de la vida, objeto de fe respecto al del tiempo;
-luego, su carácter imprevisible, totalmente en
cuanto al fin del tiempo, parcialmente en cuanto al
fin de la vida;
-además, su valor decisivo: en un caso se decide
sobre la suerte del individuo, en el otro sobre la suerte
de la humanidad entera.
Finalmente, ambos revelan la condición del hombre
y de su mundo, una condición limitada, imperfecta,
precaria, que remite necesariamente a otra realidad
superior donde esa condición recibe perfección y
completamiento. De esta manera el final de la vida
equivale en cierto modo al final del tiempo para cada
ser humano; y el final del tiempo en alguna manera
está prefigurado en el final de la vida. Con la muer-
te, podemos decir, llega a cada hombre el final de
su tiempo en espera del final de todos los tiempos.
Ambos finales se viven a la luz resplandeciente de la
esperanza cristiana.
Es un tópico decir que el hombre vive de espe-
ranza. Y es verdad. El niño espera hacerse grande o
tener una motocicleta. El estudiante espera aprobar
los exámenes. Los recién casados esperan tener un
hijo. El desocupado espera encontrar un trabajo. El
encarcelado espera dejar cuanto antes la cárcel. El
comerciante que acaba de montar un negocio espera
que le vaya bien... Esperanzas, esperanzas, esperanzas.
Todas buenas, legítimas, incluso necesarias. Pero al fin
y al cabo esperanzas pequeñas, esperanzas parciales.
Esperanzas unidas a un bien que no tenemos y que
deseamos poseer. Esperanzas que nos remiten a la Es-
peranza, con mayúscula, en singular, que nos remonta

51
desde las circunstancias mismas de la vida diaria y
corriente hasta Dios Nuestro Señor. Esperanzas que
no siempre son satisfechas, que nos pueden engañar
y desilusionar, que en su poquedad y labilidad nos
hacen pensar en aquella Esperanza que no engaña, que
mantiene despierta siempre la ilusión y que goza de
inamovible firmeza y de absoluta garantía. La Espe-
ranza con mayúscula no es fruto de nuestro esfuerzo
ni de nuestros ardientes deseos, sino gracia y carisma
del Espíritu, virtud teologal que tiene por anhelo al
mismo Dios y la unión definitiva y perfecta con Él. Es
ésta la esperanza que nos da acceso a la plenitud y a
la realización de nuestro ser personal desde Dios, en
Dios y con Dios. Es la Esperanza que todos debemos
tener, que a todos deseo.
La esperanza es en esencia una llama al interior del
corazón que nos dice que hay un “final feliz” para el
cristiano.
Jesucristo al hablar de la hora final, según el evan-
gelio de Marcos, menciona sólo a los elegidos; de los
condenados, si es que hubiere, cosa que nos es desco-
nocida, no se nos dice nada en Marcos. El último día
se cerrará con un final feliz.
¡Que lo sepan y tengan presente todos los profetas
de calamidades! La suerte final de cada hombre está
envuelta en el misterio más absoluto (sabemos sola-
mente que están en el cielo los santos canonizados),
pero un final como el del evangelio de hoy infunde
un gran consuelo y una extraordinaria confianza en
el poder y en la misericordia de Dios. Este final de la
historia significa que Dios es el Señor y será juez mise-
ricordioso, así como meta final de dicha esperanza.

52
Porque hemos de saber que no sólo estamos en
espera en este mundo, sino que somos esperados
en el otro primeramente por Dios, pero luego por la
santísima Virgen María, por los santos, por nuestros
familiares, por todos nuestros seres queridos. Todos
los que nos esperan están interesados en que nuestra
vida termine bien, en que la historia de la humanidad
y del universo culmine felizmente. Para eso Cristo,
nuestro sumo Sacerdote, murió en una cruz y ahora,
entronizado junto a su Padre, nos espera para darnos
el abrazo de la comunión definitiva y perfecta. Nos lo
dará si nos dejamos santificar por él, es decir, si per-
mitimos que haga fructificar los frutos de su redención
en nosotros.
Sin preocuparnos tanto por el final de la historia,
tal vez la realidad más inmediata para nosotros es la
certeza de nuestro propio fin. El final de la historia
dudo mucho que lleguemos a verlo vivos; pero nuestro
propio final puede ser en cualquier momento. Para
cada uno su muerte, como su propio fin, es la expresión
verdadera de ese cataclismo y de ese juicio de Dios.
Porque todos moriremos un día ya todos seremos
juzgados por el Señor.
Ante esa realidad, ¿podríamos decir en este mo-
mento, hermanos, que no tememos a la muerte porque
sabemos que verdaderamente hemos vivido, porque
amamos sin egoísmo; ¿podemos decir que recibimos
desafíos en la vida y los vencimos con tenacidad y
coraje? ¿Podemos decir que si muriéramos hoy ten-
dríamos la dicha de haber dejado una huella positiva
en las gentes? Dicho en términos simples, ¿seríamos
capaces de decir que no tememos a la muerte porque
hemos vivido con plenitud la vida?, ¿podríamos decir
eso? ¿Podríamos esperar el juicio de Dios sabiendo que

53
hemos hecho lo mejor para agradarle? ¿No deberíamos
evaluar la vida de alguna forma?
La vida humana es, por lo tanto, un proceso de
crecimiento, de perfeccionamiento, de intensidad.
NO es años acumulados, no son bienes poseídos, no
es egoísmo. Para Dios será importante juzgarnos por
el modo en que vivimos el regalo de la vida.
San Pablo es un ejemplo notable de una vida lle-
na y plena. Supo aprovechar el llamado de Dios al
cambio, supo aprovechar sus días de apóstol, y supo
aprovechar su misma muerte. Sabía que por mucho
que crea haber crecido en la fe y en el amor, siempre
habrá algo más por conquistar; esa era su ley: dar una
paso más siempre:
“No quiero decir que haya logrado ya ese ideal o que
sea ya perfecto, pero me esfuerzo por conquistarlo, porque
Cristo Jesús me ha conquistado. No, hermanos, considero
que todavía no lo he logrado. Pero eso sí, olvido lo que he
dejado atrás, y me lanzo hacia adelante, en busca de la meta
y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama
desde el cielo” (Flp 3, 12-14)
¿Qué dirían si les comentara que Pablo escribe
estos textos desde prisión, cuando sabe que se acerca
el final. Que se encuentra entre cadenas y en calabozo
rumbo a Roma donde será juzgado y tiempo después
ejecutado?
La verdadera vida empieza cuando se deja el pa-
sado y la inmadurez y se camina hacia horizontes
nuevos. Pablo lo sabía, por eso, desde que Cristo lo
transformó y lo perdonó en el camino a Damasco,
nunca, hasta el último día dejó de amarle y de seguir
adelante: “pienso que nada vale la pena en comparación

54
con el bien supremo, que cosiste en conocer a Cristo Jesús...
por cuyo amor he renunciado a todo...”.
Dios no hará caer las estrellas, ni sacudirá la tierra
para que espantados creamos en él, no apagará el sol
para que nos llenemos de temor. ¡No! Solamente nos
advierte de la importancia que tiene la vida; no amena-
za con el castigo del infierno, pero nos avisa del peligro
de llegar a él al final; llama a un camino de santidad,
pero no fuerza seguirlo a nadie.
Dios quiere una vida nueva. Me refiero a esa “vida”
que fortalecida por la gracia, se aventura por los ca-
minos de la santidad, con el alma siempre despierta y
creativa, con deseos de llenar las horas, a tener cosas
que realizar y que amar, a “ser” sencillamente personas
e hijos de Dios.
Nuestra oración debería de ser como la frase del
salmo: “enséñame el camino de la vida; sáciame de gozo y
de alegría perpetua junto a ti” (Sal 15).
Habría que releer el Qohelet donde se dice que
hay tiempo de plantar, tiempo de arrancar, tiempo
de hablar y tiempo de reí. Pero nos dice que habrá
un tiempo para morir, un tiempo en que deberemos
recapitular la vida entera.
Dice José María Cabodevilla que por desgracia “el
hombre se mantiene sordo a las voces del instante, a la vez
que permanece ciego ante los dones de la vida. Su incapaci-
dad para gozar de éstos no es menor que su ineptitud para
percibir aquéllas. Malgastamos el tiempo: he ahí nuestra
desgracia y nuestro pecado.” Jesús lo dice de una manera
muy clara, debemos saber contemplar los signos de los
tiempos: entiendan esto con el ejemplo de la higuera.

55
Y la vida mi dice todos los días que es provisional y
que se terminará.
Mientras se tenga vida nunca es tarde, ni para cam-
biar, ni para empezar de nuevo.
Hay una alegoría sobre la vida humana y cómo
debe vivirse que saqué de una experiencia. Un día
estaba sentado en la playa observando a dos niños que
jugaban en la arena. Construían con gran empeño un
castillo, con sus murallas, sus torres y ventanitas. Justo
cuando iban a terminarlo, vino una ola y lo derrumbó
totalmente. Yo pensé que los niños echarían a llorar
desconsolados, pero no fue así. Se levantaron tomados
de la mano, riendo, y buscaron otro sitio más alejado e
iniciaron la construcción de nuevo. Esos niños me die-
ron ese día una gran lección. Todas las cosas de nuestra
vida, las complicadas estructuras en las que volcamos
tanto tiempo y energías, se levantan sobre cimientos
de arena. Lo único que es perdurable es el amor entre
nosotros. Tarde o temprano vendrá una ola que echará
por el suelo todo lo que nos costó tanto construir. Es
el momento de levantarse con aquella persona que
amamos y seguir hasta que no sea ya posible hacerlo.
Porque vendrá un día en que la ola borrará totalmente
nuestra presencia por este mundo.
Hay una historia árabe muy bella que dice así:
Estando el Maestro reunido con sus discípulos les platicó
esta historia:
La mujer de Abdul era la más bella de la ciudad. En cierta
ocasión en que Abdul regresaba de un largo viaje, ésta
preguntó:
- ¿Qué me has traído?

56
Y Abdul le respondió:
- Nada más bello que tu semblante. ¿Qué iba, pues, a traerte?
Solo puedo ofrecerte este espejo para que en todo momento
puedas contemplarte en él.
Así pues, prosiguió el Maestro después de relatar esta
historia, ¿qué creéis que le podéis ofrecer a Dios?, ¿Vuestros
méritos? ¿Vuestros sacrificios? ¿Vuestras ofrendas?
¿Vuestros conocimientos? ¡El es todo Conocimiento, todo
Mérito y toda belleza, más que todos vosotros juntos! Sólo
desea una cosa de vosotros: que en el día de la Verdad le
ofrezcáis un espejo puro en que poder contemplarse”
Así es, hermanos, la imagen es muy bella: No
sabemos “ni el día ni la hora” de nuestro propio fin,
pero sí podemos valorar el maravilloso don de esta
fugaz existencia. Y será un deber hacer de ella algo
digno donde Él se pueda contemplar. Dios espera ese
“espejo” puro, y podemos empezar a pulir y limpiarlo
a partir de este mismo instante.
Deberíamos hacer nuestra la petición de la oración
colecta del día de hoy: Concédenos, Señor, tu ayuda
para entregarnos fielmente a tu servicio porque sólo en
el cumplimiento de tu voluntad podremos encontrar
la felicidad verdadera.

57
58
Nacimos en Belén

Cada año, cuando llega la Navidad, no puedo


menos de volver a preguntarme cómo es posible que
los hombres —y, sobre todo, los creyentes— hayamos
vaciado tanto de sentido esto que decimos celebrar con
pasión. Es trsiste cómo la Navidad se nos ha quedado
en una serie de fiestas o comilonas, y cómo, incluso
los que dicen creer, no tienen ni idea de aquello en
lo que creen y lo dejan todo en una alegría barata de
parrandas y buenos sentimientos.
Una encuesta que hicieron a niños en la ciudad de
México expresaba que a poco más de un 40%, Navidad
es solamente Santa Claus. Sus padres han olvidado
decirles que Navidad es el nacimiento del Hijo de Dios
y el nacimiento verdadero del hombre.
La Buena Nueva o evangelio se inició ese día cuan-
do los ángeles cantaban esa “gloria a Dios en los cielos y
paz a los hombres que ama el Señor”; porque ese amor es
tan grande que decidió bajar a nuestra carne y hacernos
hermanos y compartir por la eternidad su casa divina
con todos sus hermanos. Para mí eso es Navidad.
Porque si se cree en esa transmutación, a uno se
le rompen todos los esquemas, se desbarajusta toda
nuestra lógica, se descoyuntan todos los conceptos
que tenemos. Porque, de pronto, si Dios puede hacerse
hombre, es que son mentirosas todas las ideas que
solemos tener sobre Dios y estamos muy equivocados
sobre lo que realmente es ser hombre.

59
Navidad nos trae un Dios distinto y un hombre
distinto. Lo primero lo resumió muy bien Urs Von
Balthasar en muy pocas líneas: «Al servir y lavar los pies
a su creatura, Dios se revela en lo más propio de su divinidad
y da a conocer lo más hondo de su gloria.»
Exacto: en Navidad descubrimos que Dios, mucho
antes que «el poder absoluto», es el «absoluto amor».
En Navidad muere, en cierto modo, el Dios de los
filósofos y aparece el Dios todo-enamorado y, por
tanto, todo-débil, todo-entregado en manos de su hijo,
el hombre. Navidad nos muestra que la verdadera
grandeza de Dios no está en haber creado el mundo,
sino en su disponibilidad para renunciar a su grandeza
por amor. Ese es el milagro de los milagros.
Los antiguos Padres de la Iglesia entendieron esto
mucho mejor que nosotros. San Gregorio de Nisa
afirma que «prueba mucho más patente de su poder que la
magnitud de sus milagros es el que la naturaleza omnipo-
tente fuera capaz de descender hasta la bajura del hombre.
El descenso de Dios es lo que verdaderamente muestra su
poder. La altura brilla en la bajura, sin que, por ello, quede
la altura rebajada». San Gregorio tiene razón, por en-
carnarse, Dios no dejó de ser Dios, sin embargo ¡hasta
qué altura ha elevado al hombre!
Este es el «nuevo», el «verdadero» Dios que la Na-
vidad nos muestra: el Dios «rico en misericordia», el
Dios «loco de amor».
Pero si la Navidad cambia el concepto que tene-
mos de Dios, mucho más transforma la visión que
tenemos de lo que sea «esto de ser hombre». Cuando
uno contempla ese orgullo que tenemos la mayoría
de los contemporáneos, que empiezan por poner a
la Humanidad por encima de Dios, uno se asombra,

60
porque realmente no ha sido ése el pensamiento de
los verdaderamente grandes entre los hombres. Tal
vez nadie ha sido tan cruel con la condición humana
como los mejores de esa misma raza.
Para Dios ser hombre fue una honra, morir por él
una vocación de amor, y llenarlo de su Espíritu para
que viva feliz es la tarea más importante que realiza
día a día. No cabe duda que lo que señala Isaías es
verdad: mis pensamientos no son sus pensamientos,
sus caminos no son mis caminos (cf Is 55, 1-11).
Y tiene razón Ortega y Gasset cuando afirma que
«si Dios se ha hecho hombre, es que ser hombre es lo más
importante que se puede ser.» Efectivamente: puede que
el alma del hombre no valga mucho más que el aire
que su cuerpo desaloja; pero, en todo caso, es un ser
«capaz de Dios».
Y la Navidad grita que al hombre le cabe dentro
nada menos que Dios y con ello estira nuestro co-
razón hasta el infinito. Y ahí está el verdadero —el
único— motivo de nuestro orgullo: en Belén hubo un
«crecimiento del ser», un estiramiento de la condición
humana que ya no dejará de crecer hasta el final de
los tiempos.
En realidad, «todos nacimos en Belén», lo mejor
de nosotros mismos nació en Belén. Desde ese día, no
es sólo que Dios esté con nosotros, es que está «en»
nosotros, es que «es» nosotros, uno de nosotros.
Tal vez esa es la tarea más delicada y más urgente
enseñar a las generaciones que vienen tras nosotros:
que ser persona humana es lo más importante y la
tarea más bella que puede haber. Hace dos mil años,

61
al salir del río Jordán no solamente se revelaba quién
era este Nazareno, sino que nos revelaba lo que debería
ser el hombre: un verdadero hijo de Dios y hermano
de Jesús.
Surge, entonces, la pregunta: ¿Cómo ser cada vez
más un ser humano? Buscar siempre optando o por
lo que el hombre tiene de propio en su racionalidad y
valores espirituales, o elegir entre lo propio que es de
la animalidad (sin ofender a los animales). Elegir entre
una vida vivida o una vida arrastrada. Apostar por el
egoísmo o la generosidad. Optar entre elegir despierto
o vegetar. Pasar los años envejeciendo, pero sin ma-
durar, o esforzarnos por madurar sin envejecer. Saber
que, como decía Alejandro Dumas: El hombre nace sin
dientes, sin cabello y sin ilusiones, y los más mueren sin
dientes, sin cabellos y sin ilusiones. Por eso tenemos que
levantar la bandera de la ilusión de ser mejores cada
día, y hacer fructificar en santidad nuestro bautismo,
de modo que aunque perdamos todo al menos nos
quedará al final el entusiasmo de ser lo que somos.
Pienso que lo más difícil es entender que cada uno
es el que debe escoger su camino de ascenso e imita-
ción de Jesús, sin buscar disculpas en el mundo para
decir que no pude hacer nada (porque la mayoría
buscamos culpables para decir que no valemos nada).
Para aquellos que digan que su presente lo viven así,
destrozado, porque su padre fue un alcohólico, no
olviden que Beethoven tuvo uno, pero él fue un genio.
Otros se escudarán en que se les dio todo y por eso
nunca pudieron crecer; no olviden que Francisco de
Asís era de una familia muy rica, pero él se decidió
por la hermana pobreza. Otros se quejarán de no haber
tenido lo suficiente para ser “alguien” en la sociedad;

62
recordemos a San Martín de Porres y aprendamos que
no son las posesiones lo hacen a la persona...
Vivir es, efectivamente, apostar y mantener la
apuesta durante toda la existencia. No hacerlo, y darse
por vencido en el primer momento es, simplemente,
morir desde ese momento.
Vean de qué modo Pedro recordaba a su Maestro,
con ese amor único y transformante, cuando dice en
una sola frase, pero que resume toda la vida de Jesús:
“la pasó haciendo el bien”. Nosotros tendremos que
llegar ante el trono de Dios no disculpándonos de no
haber crecido, sino de haber hecho fructificar los talen-
tos de nuestra débil pero maravillosa humanidad.

63
64
Un amor para mi amor…

Uno de los libros más controvertidos de la Biblia


ha sido el Cantar de los Cantares. Pero ninguno otro
ha podido hablar del amor humano y del amor de
Dios como éste. Juan de Avila, San Juan de la Cruz, la
misma Santa Teresa de Avila, que veían en este libro
una de las revelaciones más extraordinarias sobre el
amor divino. Es el cántico sobre el amor y la vida, un
poema totalmente plagado de símbolos, invadido de
gozo; capaz de transformar en primavera el árido y
desolado panorama de Palestina, todo a fuerza del
amor. En el centro del jardín están Él y Ella, la eterna
pareja que aparece día tras día sobre la faz de la tierra
para cantar el amor como reflejo del Amor infinito de
Dios. Celebración del amor humano, expresión de la
entrega mutua, definida limpiamente en la frase: Mi
amado es para mí, y yo para mi amado. Y el poema
repite que, si existe el amor, existe Dios.
La escena está sellada por la llamada “fórmula de
la mutua pertenencia”. Se trata de la reedición del
himno de amor del Adán de todos los tiempos cuan-
do se encuentra con su mujer: Esta sí es hueso de mis
huesos y carne de mi carne (Gen 2,23). Alude además
a la fórmula de la alianza que vincula al hombre con
Dios: El Señor será tu Dios, y tú serás su pueblo. Luego
aparece el símbolo del sello que se llevaba en el dedo,
en el brazo o en el pecho sujeto por una cadenilla y que
servía como “documento de identidad” y personali-
dad; sin ella, sin la esposa, él sería un ser anónimo y

65
vacío. Esta recíproca pertenencia no puede quebrarse
ni siquiera por obra del enemigo por excelencia, la
muerte, ya que “el amor es más fuerte que le muerte” (en
el fragmento que sigue al texto leído dice: porque el amor
es más fuerte que la muerte... Las grandes aguas no podrán
apagar el amor, ni los ríos arrastrarlo). Las llamas del amor
no son débiles ni fácilmente extinguibles, como las del
hogar. El amor es capaz de desencadenar incendios co-
losales que llegan a desafiar a las “grandes aguas” del
caos. En el simbolismo de la Biblia, el mundo surge de
la victoria sobre el caos acuático, doblegado por Dios;
un caos que es la imagen de la nada. El amor consigue
resistir a cualquier adversario: es como la roca contra
la que estrella el ímpetu del mar, es tan fuerte que ni
la muerte puede apagarlo.
Las pruebas de la vida, los sufrimientos, el hielo
de las crisis, las pesadillas cotidianas y las desgracias
excepcionales, la misma muerte no podrán nunca
arrancar a la esposa de su amado. Los dos juntos
pasarán a través de todos los infiernos y de todas las
lagunas de dolor, de crisis y desolación, conservando
intacta la llama de su amor, que no conoce ocaso: ya
ha pasado el invierno, y las lluvias ya han cesado y
se han ido. Han aparecido las flores en la tierra, ha
llegado el tiempo de las canciones...
El destino del hombre es amar aquí en la tierra y
prepararse para el Amor eterno allá en el cielo. Es
por eso que no existe vida más frustrada, más triste y
más vacía que aquella que sólo conoció el egoísmo. El
matrimonio es esencialmente una escuela de amor; es
un misterio...: dos caminos distintos se han cruzado,
se ha abandonado el primer fundamento familiar para
formar otro, abriéndose ante la pareja ahora un nuevo
horizonte. Cabría añadir que Dios quiso que esos dos

66
caminos se encontraran; quiso que esas dos personas
unieran sus vidas; pero es de cada hombre y de cada
mujer responder a esa vocación de amor o negarse a
hacerlo. Dios nos llama a la felicidad en el amor, pero
no nos obliga a amarnos ni a traicionarnos.
Será tarea también de la pareja crecer juntos a lo
largo de la vida. Aprender a darse el uno por el otro;
en otras palabras: amarse. Pero, hermanos, no todos
saben amar, porque no todos están dispuestos a dar
la vida. Así de simple.
En el Nuevo Testamento, Jesús no solamente defien-
de la fidelidad en el matrimonio, sino que lo eleva al
ponerlo superior a una ley de Moisés. Jesús se dirige
a los discípulos indicándoles que todo lo que el cris-
tiano hace es sagrado, sobre todo aquello que traduce
la alianza y el amor mismo de Dios. El adulterio es un
pecado como la idolatría lo fue para Israel1. Si Moisés
aceptó el divorcio fue debido a la “esclerocardía” de
Israel (corazón duro o de piedra), pero no era el querer
original de Dios. Jesús lleva aparte a los discípulos
para indicar que hay un nuevo modo de vivir para
su pequeña comunidad; allí les manifiesta el orden
nuevo de un amor fiel y entregado; un amor que se
hace fecundo.
Dicho en términos simples, el adulterio en el texto
de Marcos tiene una connotación profundamente re-
ligiosa, antes que jurídica y que consiste en rechazar
a Dios como esposo del pueblo elegido (un divorcio
teológico antes que humano). Más tarde el texto señala
que el fruto de ese matrimonio son los hijos (escena de
la bendición a los niños), signo de la familia o lugar
del amor fecundo.

67
Por desgracia nos quedamos en la periferia de la
fe y el matrimonio lo consideramos solamente como
una realidad social, como una costumbre, y no como
el fruto de una madurez humana y una decisión pro-
fundamente religiosa. Rompen muchos matrimonios
por ambas razones: sea porque no se ha madurado
como personas, bien porque nuestra fe es muy pobre
y superficial.
Una persona me decía una ocasión que la vida del
ser humano es como una vasija: Somos como vasijas
que necesitan ser llenadas. El amor es recibir del aman-
te todo lo que él es para llenar la vasija de mi vida. Si
ambos damos, las vasijas están llenas y destilan abun-
dancia; cuando solamente una persona da, terminará
por quedarse vacía, y ambos serán infelices.
La cubana, Zenaida Bacardí2, sabe que el amor o
es radical o no lo es; o es fiel y fecundo, o terminará
por convertirse en soledad. Por eso pide un amor que
complemente el suyo. Lo dice en un poema tan fecun-
do como su amor:
Desdóblame tu amor,
a ver si cabe el mío.
Con todo su dolor
y su fuerza y su brío.
Pues yo busco un amor
para mi amor.

Mas no me des corriente,


yo quiero el manantial.
Y no me des capullo,
quiero todo el rosal.
Y no traigas tibieza,
que yo busco una hoguera

68
donde se quemen juntos
los besos, las quimeras.
Pues yo busco un amor
para mi amor.
Así es, un amor que sea correspondido, un amor
donde se pueda ser compañeros, el uno del otro; un
amor tan exigente como lo es el amor de Dios por
Israel y el de Cristo por la Iglesia. Eso es la vocación
del amor conyugal, y que San Pablo llamará “gran
misterio” (cf. Ef 5).
Si el amor nace en Dios, entonces se transforma. El
amor crecido, dilatado y alimentado debe de conducir
a la fidelidad. Y el amor fiel va llevando día a día a la
felicidad.
El amor se prueba en el camino, en el tiempo, en
las penas, en el corazón que busca ser fiel a pesar de
todo. Añade Zenaida lo siguiente:
Yo quiero un amor con besos,
con dolor y con martirio.
Con rojo de los claveles
y blancura de los lirios.
Pues yo busco un amor
para mi amor.

Con dulzura y rebeldía,


con penumbra de la noche
y ardores del mediodía.
Con estrellas salpicadas
con la humedad de mi llanto.
Con caricias, con palabras,
con plegarias y con canto.

Yo prefiero un amor

69
de brasa hirviente,
pasión embravecida
que aprisione las alas
de mi mente.
Y consuma las ansias
de mi vida.
Que se despeñe loco
por la roca.
Y el eco de su voz
lo lleve el viento.
Y no encuentre el amor
más que en mi boca.
Y no encuentre la paz
más que en mi aliento

Y así…
Mi tierna comprensión,
mi dulce calma,
mi forma de velar
por cada herida,
me harán rayo de luz
sobre tu alma
y milagro de amor
sobre tu vida.

Mas yo que conozco este amor


y vivo de tu presencia,
te suplico por favor,
que lleno de transparencia,
me dejes asomarme a tu interior.
Que me desdobles tu amor,
para ver si cabe el mío.
Con este inmenso dolor
y esta fuerza… ¡y este brío!

70
Pues nunca tendré reposo
y nada tendrá valor,
¡si mi corazón no encuentra
un amor para mi amor!
No podría añadir nada más a las palabras de la
señora Zenaida, salvo un sonado “amén”. La vocación
matrimonial consiste en encontrar ese amor para mi
amor; el amor abierto donde quepa el mío; como Dios
buscó en Israel un amor para su amor infinito (aunque
no hay posible correspondencia).
Creo que nos ha faltado educar a nuestro corazón y
el de los hijos en el misterioso y divino arte del amor.
Dios, que es amor, nos muestra la forma: tanto amó Dios
al mundo que nos dio a su Hijo…(Jn 3, 1). Es verdad, Dios
nos ama tanto que nos entrega su corazón mismo, su
Hijo. Se vacía para llenarnos de Él.
Así nuestro amor debe aprender a entregarlo todo
o terminará tarde o temprano por apagarse y morir.
Como decía Zenaida, Mas no me des corriente, yo
quiero el manantial.
Pero dependerá de los esposos el que puedan crecer
o no en el amor, en la entrega y la felicidad. Jesús lo dice
de una manera muy especial: hay hombres que cons-
truyen sobre roca firme, pero hay otros que lo hacen
sobre arena. Que el amor de los esposos esté cimentado
sobre la roca de Dios y del deseo de entregarse el uno
al otro, es la única forma de crecer en esta vocación tan
“divina” pero, dependerá de nuestros corazones.
Al escribir estas notas tenía presente a una pareja
de esposos que hay que ver cómo se amaron, me
refiero a Ana Magdalena y Juan Sebastián Bach. Ella
comenta en su diario, como resumen de su matrimonio
lo siguiente:

71
A partir del día de la boda, ya no tuve más vida
que la suya. Era como una pequeña corriente que se la
hubiese tragado el océano. Me había fundido y mez-
clado en una vida más amplia y más profunda de lo
que la mía hubiera podido ser jamás. Y conforme fui
viviendo, año tras año, en su intimidad, comprendía
cada vez mejor su grandeza. Con frecuencia lo veía
junto a mí tan poderoso, que me quedaba casi aterrada;
sin embargo, lo comprendía porque lo amaba.3
Ojalá y todos los matrimonios pudieran decir lo
mismo de los suyos. Ojalá y todos pudiéramos en-
tender que los primeros pasos del “amor eterno” los
empezamos a dar en esta vida, y que el amor matri-
monial es el más bello signo del amor de Cristo por
la Iglesia.
Hoy, pues, pido a Dios por los matrimonios aquí
presentes para que el Señor Jesús, por la gracia de su
amor redentor, les haga descubrir el gran misterio al
que han sido llamados.
*************************
1
Teología de las formas de vida cristiana. Tomo I. José
Cristo Rey García Paredes. Ed. Claretianas. Madrid 1996
pp. 55ss
2
Pinceladas. Zenaida Bacardí de Argamasilla. Tomada
de internet.
3
La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach. Editorial
Juventud. Barcelona. 2000. p. 20

72
Para amar

Algo maravilloso en la Biblia es que sus personajes


estén marcados por la debilidad y el pecado. Dicho en
términos menos escandalosos, que se trata de personas
perfectamente comunes y corrientes.
El Antiguo Testamento nos pone como modelos a
Abraham, por su fe; a Moisés por haber sido el gran
libertador y legislador de Israel y a David, el rey por
excelencia y el modelo del Mesías por venir. ¿Y saben
qué es lo maravilloso? Que los autores sagrados no se
tientan el corazón en decirnos que Moisés dudó cuan-
do llevaba a su pueblo por el desierto, y que David fue
un hombre débil y adúltero. Sin embargo, por su testi-
monio de entrega y de conversión se llegan a convertir
en modelo para nosotros. De hecho se cumple lo que
dice Jesús en su Evangelio: porque ha amado mucho
(cf. Lc 7, 36-8.3), porque se atrevieron a saberse débiles,
pecadores, pero necesitados de perdón y de la fuerza
de Dios, por eso Dios los hizo sus amigos.
Este domingo celebramos el día del padre. Y creo
que muchos papás sentirán que su vida tiene el tinte de
todos esos grandes personajes de la Biblia, incluyendo
en muchos el de David. Sobre todo porque, tal vez,
después de haber madurado y haber visto a los hijos
crecer, hemos descubierto que el matrimonio y la fa-
milia, más que proyectos personales, ahora los vemos
como regalos de Dios y compromisos a realizar.
Y no importa cuantos años tengan de casados, apa-
recen las preguntas: ¿Cómo conseguir que la familia
multiplique la vida de sus miembros en lugar de di-
vidírsela? ¿Cómo lograr que potencie su libertad sin

73
encadenarles? ¿Cómo combinar las zonas de conviven-
cia, que tanto necesita todo hombre, con las no menos
imprescindibles de soledad? Estos son, me parece, los
problemas decisivos de la vida familiar. Porque no
debemos ser ingenuos y limitarnos a cantos emotivos
y retóricos a la familia. Los latinos sabían muy bien lo
que se decían cuando aseguraban que «la corrupción
de lo mejor es lo peor». Y la familia, que es la base de
lanzamiento de muchísimos genios, ha sido también,
cuando se corrompía, el cepo en el que otros seres
quedaban encadenados para siempre. Siempre que
se juega a lo grande es mucho lo que se puede ganar,
porque es mucho lo que se puede perder. De ahí que,
para constituir una familia, debería la gente —dicho
sea en frase vulgar— fajarse muy bien.
Y tal vez esto sea lo más asombroso de la Humani-
dad: que cuanto más importante es una cosa, menos
pensemos que hay que prepararse para ella. A mí
siempre me ha asombrado que se exija un título de
ingeniero a quien ha de construir un puente o el de
arquitecto para firmar los planos de una casa —porque
alguien podría morir bajo ellos si se derrumbasen— y
que, en cambio, para construir una familia, que es
infinitamente más difícil, parezcan bastar un montón
de sueños y mucha ingenuidad. Incluso después del
matrimonio, hay hombres que se dedican a regar hijos
por distintas partes, sin jamás preguntarse sobre el
daño, la herida tan profunda que dejará en esos niños
para toda su vida.
Y no es que uno aspire a la creación de una univer-
sidad de padres, con matrículas y exámenes, pero sí
a que todo el que se case tuviera que pasar antes de
hacerlo por el tribunal de la propia seriedad y la au-
toexigencia. ¡Porque son tantos —cada vez más— los

74
aplastados por el hundimiento de su propia familia!
Y no hablo sólo, es claro, de las familias rotas por el
divorcio. Hablo de todos esos otros divorcios interiores
que viven con frecuencia matrimonios aparentemente
unidísimos. Hablo de los que son una yuxtaposición
de soledades o una multiplicación de egoísmos. Hablo
de los que conviven soportándose. Hablo de los que
«poseen» a sus hijos. O de los hijos que «dominan» a
sus padres. Hablo de todas esas formas de corrupción
familiar en las que los unos dejan de ser trampolines
para que salten mejor los demás para convertirse en
cadenas de los otros.
Porque el gran misterio de toda comunidad es el
de llegar a ser dos —o ser cinco, o ser doce— sin que
cada uno de los miembros deje de ser uno. Tal vez
nada hay más asombroso en la condición humana que
ese misterio de la individualidad y la libertad de cada
uno de los seres humanos: hombres todos, hechos con
un molde aparentemente idéntico, pero hechos todos
en realidad con moldes que se rompen después de
fabricado cada uno. ¿Por qué en la misma familia es
cada hijo completamente diferentes de sus hermanos?
¿Cómo es que, si todos recibieron la misma educación y
conocieron idéntico ambiente, reaccionan de maneras
diferentes ante iguales estímulos? ¿Qué es lo que hace
que el primer hijo sea tímido y el segundo extraverti-
do? No lo sabremos jamás. El gran asombro de toda
paternidad es constatar lo diferentes que pueden ser
los hijos; son como un universo distinto cada uno.
Mas tal vez sea ésta la verdadera grandeza del
amor: unir sin igualar o, si se quiere, igualar o acercar
sin destruir. Y de ahí también la verdadera tragedia
del fracaso de la familia: nadie puede hacemos tanto
daño como los que debieron amarnos. La traición de

75
un amigo es, en definitiva, una traición de segunda
división. La de un hermano, la de un padre o la de un
hijo, ésas sí tienen fuerza para destruir un alma. Los
árabes lo dicen con un hermoso refrán: «El único dolor
que mata más que el hierro es la injusticia que procede de
nuestros familiares.»
Debemos hacer lo mejor que está de nuestra parte,
y con confianza dejar lo demás en las manos de Dios.
Sabemos que si Dios me dio una esposa y unos hijos,
es porque tuvo una grande confianza en mí. En esta
confianza, en esta fe en Cristo, podremos decir: “Pues
mi vida en este mundo la vivo en la fe que tengo en el Hijo
de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí. Así
no vuelvo inútil la gracia de Dios...” (Gal 2, 16.19-21).
Pedimos a Dios que esa gracia, ese don que dio a
tantos padres de familia, no sea inútil, sino que por
su dedicación, su amor y entrega, hagan de la familia
la imagen viva Santísima Trinidad: una familia donde
vive y se respira el amor y la comunicación.
De Zenaida Bacardí de Argamasilla, a quien he
citado con frecuencia, hace un pensamiento que va
dirigido a los padres; lo titula Déjale a tu hijo (Rami-
llete de estrellas):
Déjale a tu hijo alguna raíz con nudo,
y algún ala sin amarre.
No lo presiones hasta el punto de
que el vaso se rebose y quede vació.

Deja que se evaporen las locuras de ayer, y


mételo en la esperanza tentadora del mañana.

76
Sé más estrella que cerrazón de noche.
Dale una cercanía que no lo limite, y una supervisión
que no lo acorrale.
Dale luz de tu pensamiento,
más que la ira de tu enojo.
Dale la serenidad de tu alma,
más que la inquietud de tus dudas y temores.

Dale soluciones, más que recriminaciones.


Dale un espacio y un perdón, no una jaula de
castigo donde sus alas sólo den aletazos de
rencor. Dale fe en sí mismo, para que sólo pueda
mover sus sentimientos.

No le exijas sobresalir; no lo compares con nadie;


no achiques la estima de sí mismo aunque falle,
ni lo supervalores porque acierte.

Dele explicaciones a sus desasosiegos,
generosidad a su egoísmo, protección a su vida,
y nunca lo separes de tu corazón.

77
Todo el que vive a tu lado te da algo de sí mismo,
y a la vez recibe ese reflejo tuyo que irradia lo que eres.
Por eso, todo lo que te gustaría ver en él,
dáselo con tu solidez, con tu alma,
con tu amor, con el ejemplo de tu vida.

Déjale tu reposo a su intolerancia,


tu calmada reflexión al atolondramiento de sus años,
y razones bien fundamentadas
como un detonador de justicia.

No discutas por todo, dándole al hogar un


sabor de amargura; mejor dale un beso y llénalo
de luz.

78
Basta ya, Señor, quítame la
vida

Siempre encuentro pasajes en la Escritura que me


dejan meditando largamente. Uno de ellos justamente
éste del Primer Libro de los Reyes (1 Re 19,4-8). El gran
Profeta Elías se encuentra huyendo pues es persegui-
do; hay sequía en su país y una grande hambruna.
“... caminó Elías por el desierto un día entero y finalmente
se sentó bajo un árbol de retama, sintió deseos de morir y
dijo: ‘Basta ya, Señor. Quítame la vida, pues yo no valgo
más que mis padres’. Después se recostó y se quedó dormido”
(1 Re 19,4-8)
Sorprenden estos textos porque hablamos de los
grandes hombres de la Biblia. Podríamos pensar que
esos personajes son superhombres, hechos de acero
puro; creaturas indomables que nunca se darían por
vencidos. Pero la Biblia nos recuerda una y otra vez
que eran hombres comunes y corrientes, como noso-
tros. Igualmente débiles y con dudas, como nosotros.
Moisés se sentía indigno, tartamudo y débil; sin em-
bargo Dios lo eligió para ser el libertador de su pueblo.
Elías era un profeta de fuego, que también vivió sus
dudas y desconsuelos. Jeremías siempre creyó que
no era el profeta adecuado para avisar al pueblo de
las tragedias que se avecinaban. Pedro mismo, ante
la cercanía de Jesucristo no supo otra cosa qué decir
que: “aléjate de mí, que soy un pobre pecador”, y sin
embargo Jesús lo nombraría la Piedra de su Iglesia.

79
La lección que debemos aprender es saber que es
muy humano y cristiano sentir dudas, sentirse débil,
saberse necesitado de Dios y de los demás. Saber que
hay momentos que, como el profeta, queremos decirle
a Dios: “basta, Señor. Quítame la vida”.
Para mí, en esos momentos, recuerdo que es hu-
mano sentir desaliento, PERO NO ES HUMANO NI
CRISTIANO DARSE POR VENCIDOS.
¿Por qué no darse por vencidos? Porque al hacer-
lo, no solamente desconfiamos de nosotros, sino que
empezamos a desconfiar de Dios.
El día que eso hacemos, empezamos por mutilar
el alma. El que desiste a luchar, el que se resigna ante
cualquier fracaso, ya está condenado a no llenar su
vida, a dejarla a medias.
Luis Vives escribió lo siguiente: “la constancia y la
tenacidad son los principales puntales para un hombre que
quiere triunfar”.
Hay un dato que me sorprendió: que los que buscan
petróleo tiene que excavar alrededor de 247 pozos
antes de encontrar el bueno. Y no se desaniman por
la cadena de fracasos. Siguen buscando. ¿Y la vida del
hombre no vale más que un pozo de petróleo? ¿No
vale la pena levantarse y seguir caminando hasta el
final? Tal vez nos tengamos que caer y levantar 247
veces antes de poder tomar el camino bueno y seguir
caminando hasta la meta.
Dios, después de escuchar nuestras quejas, no nos
va a apapachar para decirnos más tarde que él nos
solucionará los problemas; sino que Dios ante cada
caída nos da siempre las energías suficientes para se-
guir por el camino de nuestro desierto: “Pero un ángel

80
del Señor le dijo: Levántate y come, porque aún te queda
un largo camino”. Esa es la respuesta de Dios a todo
hombre que se siente desplomar: todavía te queda
camino por recorrer, personas a las que debes amar,
bien que debes realizar.
Pero hay más; Dios no solamente nos conmina a
seguir caminando, sino que se hace nuestro compañero
por la vida, como pasó a los discípulos de Emaús. Y,
además, nos da la fortaleza necesaria para el caminar
peregrino, su propio cuerpo y sangre, la eucaristía. Esa
Eucaristía que es el verdadero “pan del cielo” (cf. Jn
6, 41-51): “el que coma de este pan vivirá para siempre. Y
el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo
tenga vida”.
La Eucaristía es para nosotros un “VIÁTICO”, es
decir, es el alimento que nos ayuda en nuestro “viaje”
por este mundo. Dios sabe que somos frágiles, ya que
él mismo ha compartido la fragilidad humana; sabe
que el hombre tiene momentos de duda y desasosiego,
porque el también él tuvo su Getsemaní. Pero sabe
algo que debemos guardar en el corazón y vivirlo:
que cuando el ser humano se levanta nuevamente y
se decide a caminar guiado ahora solamente por la
luz divina, es cuando suceden los milagros. Moisés
aceptó en su debilidad ser portador de la fuerza de
Dios; Elías y Jeremías fueron la Palabra de Dios para
su Pueblo; Pedro supo ser la “piedra de la Iglesia” a
pesar de sus cobardías; Jesús subió a la cruz después
de haberse desplomado en Getsemaní....
Es por eso que me convenzo que los tropiezos, las
pruebas y los sufrimientos son en cada ser humano la
prueba indudable de que Dios espera algo grande de
nosotros, ya que somos nosotros, y nadie más quienes,

81
por la gracia de Dios, pueden transformarlos en algún
milagro.
Repito, no es pecado sentirnos algunos momentos
cansados y desesperados, el pecado está en desistir,
en darnos por vencidos, en desear más la muerte que
la vida. No olvidemos que no estamos solos; podemos
decir con el Salmo 33: “... Cuando acudí al Señor, me
hizo caso y me libró de mis temores.
Confía en el Señor y saltarás de gusto; jamás te sen-
tirás decepcionado, porque el Señor escucha el clamor
de los pobres y los libra de todas sus angustias.”
Pero todavía tiene más cosas que decirnos el texto
del día de hoy. Añade: “Se levantó Elías. Comió y be-
bió. Y con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta
días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de
Dios”. Ya los Padres de la Iglesia habían visto en esta
frase el sentido eucarístico del texto. Nosotros, como
Elías, miembros del Pueblo de Dios, SACAMOS FUER-
ZA DE LA EUCARISTÍA PARA LEVANTARNOS Y
SEGUIR CAMINANDO, en la certeza de que nuestra
meta es Dios mismo, “el Horeb, el monte de Dios”.
Notemos también que el texto habla de todos no-
sotros ya que al citar el número simbólico 40, se hace
referencia a lo que es la vida humana. Pero añade algo
fundamental el texto, la meta es Dios mismo. Todo
nuestro caminar, caernos y levantarnos para poder
llegar a él, porque Dios es nuestro fin del camino.
Hoy le pedimos que con la fuerza de la Eucaristía,
buscando hacer su voluntad, pero con el corazón
inflamado de esperanza y de coraje, podamos seguir
caminando hasta nuestra meta que, lo sabemos, es Él
mismo. Haciendo una perífrasis de una antigua ora-
ción a la Virgen del Carmen, me atrevo a decir:

82
“Tengo mil dificultades:
ayúdame.
De los enemigos del alma:
sálvame.
En mis desaciertos:
ilumíname.
En mis dudas y penas:
confórtame.
En mis enfermedades:
fortaléceme.
Cuando me desprecien:
anímame.
En las tentaciones:
defiéndeme.
En horas difíciles:
consuélame.
Con tu corazón paternal:
ámame.
Con tu inmenso poder:
protégeme.
Y en tus brazos al expirar:
recíbeme.
Amén

83
84
Fiesta de la esperanza

Se suele pensar que la fiesta de los Reyes Magos es


solamente una fiesta de niños. Pero no es verdad, por-
que, en rigor, los mayores la necesitamos más que los
pequeños. Tal vez deberíamos ser los mayores, y no
los niños, quienes debiéramos dejar nuestros zapatos
junto al Nacimiento para que, al pasar, nos dejaran los
Reyes esa esperanza que tanto necesitamos.
Y es que, en Navidad, todos los hombres somos
objeto de un gran regalo. Los primeros cristianos lo
celebraban con verdadero júbilo y cantaban en sus
asambleas: «Nos ha nacido un niño, un niño se nos ha
dado». Pero lo tomaban literalmente en serio. Seguro
de que éstos son los días en que Dios se acuerda más
clara y abiertamente de los hombres. Y éste debería ser
el gran robustecimiento de nuestra esperanza.
Pero tener esperanza no es cosa fácil. Y menos, es-
perar bien. ¿Vieron ustedes cómo esperaron este día
los niños? Ellos esperaron la llegada de los Reyes y lo
esperaron sin vacilación, sin angustias. Saben que los
Reyes vendrán. Y que vendrán sin falta. Y saben que
lo que les traigan será hermoso. Los niños se sienten
queridos. Lo único que dudan es cómo se expresará
este año ese amor. La noche de Reyes se acuestan
nerviosos, pero alegres, seguros. Los Reyes pueden
traer esto o aquello, pero seguro que lo que traigan
será hermoso.
Los mayores no esperamos así. Nuestra espera es
angustiosa, porque no tenemos esa fe, esa seguridad de

85
los niños. Miramos al año que comienza con inquietud,
incluso con angustia. Puede ser la fortuna o la catás-
trofe. Puede ser un año de alegrías o de fracasos, de
triunfos o de ruina. La esperanza incierta da miedo,
intensifica la angustia más que curarla.
Por eso vivimos tristes los más de los mayores.
No nos atrevemos a pensar que todo irá bien, hemos
terminado por creer que la vida da más tristezas que
alegrías. Somos maduros, pero tristes. Lástima.
Por eso es tan difícil alegrar el alma de un adulto.
A un niño le alegra una pelota, un triciclo, casi lo que
sea. Los mayores necesitamos todo el sol del universo
para que el corazón se nos descongele.
Y, sin embargo, al menos los creyentes deberíamos
ser la gente de la alegría y la esperanza.
La Navidad nos da tres grandes motivos para
esperar.
El primero es la certeza de que no estamos solos en
el mundo. Dios está sobre nosotros, se preocupa por
nosotros. Nos ama. Nos ama tanto que hasta envió a su
mismo Hijo para que nos sacara de este atolladero.
El segundo gran motivo es que, al hacerse hombre
Dios, los problemas humanos se han vuelto también
intereses suyos. Dios ha invertido en este negocio de
la humanidad todo lo que tenía. Se ha empeñado a si
mismo. El tiene ya tanto interés como nosotros en que
esto de la humanidad acabe bien.
El tercer gran motivo es que ese Hijo viene para
redimirnos, para salvarnos. Viene para explicarnos que
la historia del mundo es una historia que acabará bien.
Porque es una historia que viene del amor y va hacia

86
el amor. Dios no nos subirá los impuestos, tampoco
hará una encuesta telefónica para saber si estamos de
acuerdo con la salvación; el se nos ha dado totalmente,
y solamente quiere que digamos “sí”, y que camine-
mos en la fe y en el amor, con la seguridad de que Él
cumplirá su promesa.
La imagen que nos da el profeta Isaías es por demás
bella: “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado
tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Mira: las tinie-
blas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos;
pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su
gloria…” (Is 60 1-3).
Es verdad: no estamos solos en el mundo, Dios sabe
nuestras carencias y necesidades y Jesús siempre estará
con nosotros. Son como los tres pilares de la esperan-
za. Claro que no faltarán personas que digan: pero es
que yo he sido un gran pecador toda mi vida, no creo
que Dios me vea como si no hubiera pasado nada.
Hermanos, pensar así sería una terrible equivocación.
Dios nos ama más que nuestros pecados y quiere que
solamente hagamos lo poco que podamos, que con-
fiemos en él, que creamos en él y que nos arrojemos
a sus brazos con la confianza del niño que se arroja a
los brazos de su padre. Santa Teresita del Niño Jesús
así lo entendía; escribe: «Podría creerse que si tengo una
confianza tan grande en Dios es porque no he pecado. Decid
muy claramente que, aunque hubiera cometido todos los
crímenes posibles, yo seguiría teniendo la misma confianza.
Sé que toda esa muchedumbre de ofensas sería como una gota
de agua arrojada en el brasero encendido» (OC 892).
Este día de la Epifanía, el Maestro, el guía, es un
Niño: Jesús. Y el Niño Jesús nos habla palabras de
amor de Dios; él es la raíz de la esperanza, él es la luz,

87
el camino, la verdad y la vida que podemos lograr.
Pero para “entenderlo” es necesario hacerse niño
ante Dios, llenos de confianza y de amor por Dios
Padre. Por eso exhortaba el bueno de san Pedro a su
comunidad: “como niños recién nacidos” (1Pe 2, 1-2).
Así es, iniciemos este año sin doblez, sin malicia, sin
fingimiento, sin temores.
Llevamos apenas unos días de este palíndromo y
al parecer aciago año 2002. Pero sabemos que luz de
la estrella que es Dios, nos guiará día a día en nuestro
caminar. Hoy la liturgia nos pide que caminemos en
esa actitud de infancia espiritual, en esa actitud de
confianza y de fe en Dios.
Llevemos como oración estas bellas estrofas del
himno de Laudes de la Epifanía:
Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.
...
Aquí parad, que aquí está
quien luz a los cielos da :
Dios es el puerto más cierto,
y si habéis hallado puerto
no busquéis estrellas ya.

88
Esta Navidad, regala algo
distinto

El Profeta Isaías, después de describir la grande


alegría de su pueblo, expresa la raíz de esta alegría:
el nacimiento de un niño. Pero no es el nacimiento
de un hombre cualquiera el que ve el profeta, sino el
nacimiento de un hombre muy singular: lleva sobre
sus hombros el signo del imperio y su nombre será
“Consejero admirable”, “Dios poderoso”, “Padre sempiter-
no”, “Príncipe de la paz”. Ese niño no solamente será un
Rey magnífico, sino que su reino será inigualable: un
reino de justicia y de paz. Termina diciendo el profeta
que eso es obra no de hombres sino de Dios mismo
(Is 9, 1-3, 5.6).
Pablo, por su parte, señala que la presencia de
esta Gracia divina será para la humanidad causa de
un cambio profundo que deberá manifestarse en el
estilo de vida del creyente: sobria, justa y fiel a Dios.
Porque, añade al apóstol, este Reino que inauguró
con su venida el Salvador, se implantará definitiva-
mente al final de la historia. De este modo, Jesús es
no solamente el esperado, sino que es ahora la razón
de nuestra fe, el por qué de nuestro amor y la meta de
nuestra esperanza.
En dos parrafitos tratamos de balbucear el misterio
de los misterios: que Dios siendo todopoderoso, haya
querido hacerse débil como un hombre; un Dios que
teniéndolo todo en su soberana Trinidad, quiso abrir

89
las puertas de la divinidad para dejar entrar al hombre.
Un Dios que ama tanto que se hace regalo para los
hombres. Esa es la razón de la Navidad, la explicación
de nuestros gozos; el fundamento de nuestra fe. Es
tanto lo que Dios da en Jesús, que no puede comprarse
con nada, y sin embargo, Dios, con una gran sonrisa,
nos dice que podemos “corresponder” a su Regalo.
¿Cómo? ¡Practicando el bien! ¡Amando con nuestro
pequeño amor¡ Por eso añade Pablo (cf. Tit 2, 14): a
fin de convertirnos en pueblo suyo, fervorosamente
entregado a practicar el bien.
Y creo que Dios se aprovecha de esta fiesta de Navi-
dad, tan humana y tan divina, para hacernos contem-
plar cuánto bien hemos hecho y cuánto más estamos
dispuestos a realizar para el año a comenzar. Porque
no debemos olvidar la matemática del cielo: que Dios
llenará de sí mismo a aquél que se vació totalmente de
sí en el amor a Él y al prójimo. Y Dios es tan generoso
que no nos pide que lo hagamos con todos y cada
uno de los hombres que habitan el mundo (aunque el
corazón deberá estar abierto a ello), sino que nos pide
que amemos de verdad y con todo el corazón a esos
rostros tan conocidos y que tan acostumbrados esta-
mos de ver todos los días: nuestra familia y lo pobres
que viven cerca de nosotros. Así es, somos Navidad
para los demás porque debemos “darnos” en el amor
a ellos hoy, mañana y cada día del año, a ejemplo de
Dios mismo.
Pero no podemos olvidar que para dar ese don
del amor, antes es necesario haber entendido y haber
hecho nuestro el misterio de la Navidad (y no caer en
la tentación sentimentaloide de los americanos que
reducen la Navidad a un bonito sentimiento que des-
empolvamos cada 24 de diciembre para olvidarnos de

90
él a partir del primero del año siguiente). La Navidad
es Dios; la Navidad es creer que valemos mucho a sus
ojos; Navidad es saber que no importa cuán dolorosa
o feliz haya sido nuestra vida, Dios la ha querido y
la ha amado más que nosotros mismos; Navidad es
de verdad creer que tanto valemos que su Hijo quiso
venir a hacerse hombre para que nosotros subiéramos
a la casa del Padre. Navidad es hacer que El nazca en
nuestro corazón y repartirlo todo el año a golpes de
amor y de misericordia con todos. Sólo quien vive así
puede llamarse “hijo de Dios”, porque ha dejado nacer
al Hijo en su vida… ¡Eso es Navidad!
Quise escribir estas notas con toda la emoción que
me causa celebrar a Jesús y atisbar su misterio, aunque
sea con esa lucecita de una estrella en diciembre. Y es
mi intención pedirle a Dios que les haga descubrir un
poco de esta alegría con la esperanza de que todos
y cada uno se convierta en un “regalo” en un “don”
para su familia.
Y no me podía faltar la presencia de la querida
Zenaida Bacardí de Argamasilla, que he citado varias
ocasiones en este año que terminamos. En su libro
“Con las alas abiertas” escribe un pensamiento que
titula: Regala algo distinto. Dice:
Este año, haz lo que pocos hacen: regala algo distinto. Y en
vez de pasarte los días correteando tiendas, pásatelos con
Dios, haciendo paquetitos de caridad cristiana.
¿Por qué no dejas un poco de fe, esperanza y caridad en el
corazón de todos?
Son regalos muy exclusivos de la tienda de Dios.
No tienen precio humano. No tienen moneda circulante. ¡No
cuestan dinero! Su precio es de amor, de alma.

91
Por eso no puede regalarlos todo el mundo y no se adquieren
fácilmente, porque su tallado es laborioso, su pulimento
constante y sus materiales muy caros.
Son regalos de tierra, con resplandor de cielo.
El hombre los elabora y Dios los premia. El hombre da mano
de obra y Dios da salvación eterna.
Regala un poco de tu fe, porque todos la necesitan. Es el
sentido de la vida. Es la certeza de no necesitar pruebas para
creer. Es un faro al que siempre puedes mirar. Es el mejor
amarre para no caer, la mejor brújula para orientarte ¡y el
mejor puerto para morir!
No hay duda de que la fe es el ancla que te salva, la palanca
que te mueve, el eje que te sustenta, la vida que te rebosa
y la luz que llevas dentro, floreciendo las cruces y obrando
milagros.
Da un poco de esperanza. Es una promesa que siempre
está latente. Es traspasar las murallas y mirar más allá.
Es el sueño de los que están despiertos. Es el horizonte de
los que se derrumban. Es la mecha ardiendo que te permite
estar de pie y comenzar de nuevo. Es poseer de antemano lo
que todavía no ha llegado, y soñar hacer con lo que llegue,
lo que todavía no ha sido posible realizar. Es el resorte de
tu imaginación para buscar una salida y el espacio donde
siempre puedes abrir las alas y salir a volar.
¿Por qué no regalas este año algo tan lindo como el amor
cristiana?
La caridad es como un desdoblamiento hacia el otro, por amor
de Dios. Es gastarte en los demás y crecer para ti.
Son rendijas de tu amor destilando sobre la vida de los que te
rodean. Es dar de tu rocío para que el otro pueda amanecer,

92
y de tu cosecha para que el otro pueda vivir. Dar de tu agua
para que nadie tenga sed. Dar de tu abundancia para que
nadie se sienta vacío, y de tu corazón para que nadie deje
de calentarse.
Date a ti misma como semilla del camino y regala tus dones,
como se dan los besos, las rosas y el amor.
Entrégate este año con más soluciones, más acción y más
efectividad. Y empezarás a sentir cómo se te encienden por
dentro “llamitas” que tenías dormidas y cómo se realizan a
tu lado los milagros invisibles de Dios.
Darse en amor, es la única forma de hacer crecer las alas ¡y
alzar la vida!
En esta Navidad, mira la estrella del pesebre y llénate de
luz.
Porque la luz de caridad es luz de “astro”… ¡la única que
tiene abierto un caminito directo para llegar al cielo!
¿Qué más puedo añadir a las palabras de Zenaida?
Solamente dirigir la acción de gracias a Dios Padre por
habernos regalado a Jesús y decir con toda la fe del
mundo la oración del final de la Misa de hoy (Misa de
medianoche de Navidad): Tú, Padre, que nos has con-
cedido el gozo de celebrar esta noche el nacimiento de
tu Hijo, ayúdanos a vivir según su ejemplo para llegar
a compartir algún día con él la gloria de su Reino.

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94
Este mundo pasajero

Una de las grandes paradojas cristianas es saber que


la muerte de Cristo no nos libra de morir, ni su cruz
hace ociosa la nuestra, ni su resistencia a beber el cáliz
va a ahorrarnos a nosotros, en virtud de sus méritos,
ninguna repulsión.
Tarea nuestra a lo largo de la vida es irnos preparan-
do a morir. Los antiguos habían acuñado una palabra:
mortificación ; “ir muriendo”. Por otro lado, este “ir
muriendo” significa que nos vamos preparando para
el gran paso: el encuentro con el Creador, que el día
de la muerte se convierte en nuestro “Consumador”.
Se repiten las estaciones bíblicas en la vida de todo
ser humano: Creación, esclavitud, desierto y arribo a
la tierra de promisión. En todas ellas se da la misma
vocación, la de caminante.
Manrique escribió:
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos
y llegamos
al tiempo que fenecemos ;
así es que cuando morimos,
descasamos.
Parece que el mundo nos ha ganado la batalla.
Nos ha querido demostrar que lo es todo. Y cuántos

95
caemos en la trampa de aceptarlo y creer que hay
que agotarlo todo en esta vida. A Dios gracias, él nos
recuerda siempre que no es así: la muerte de un ser
querido nos certifica el amor dolorido de su ausencia,
pero también nos abre los ojos para darnos cuenta que
nuestro oficio es de caminantes y tal vez nos habíamos
establecido cómodamente.
El evangelio tiene muchas invitaciones a la confian-
za en Dios, pero también adviertencias acerca de la
precariedad de la vida; una vida que terminará, como
terminará la historia humana algún día. Tenemos, por
ejemplo, el caso del Evangelio de Marcos (Mc, 13,24-
32), donde el evangelista, en ese marco apocalíptico
y cataclísmico quiere invitar al lector a entender dos
cosas: que los tiempos que se viven son los últimos,
y que la actitud de todos los creyentes debe de ser la
de la vigilia y conversión para estar siempre prepara-
dos; no debemos ser tan tontos como los hombres del
tiempo de Jesús que no supieron reconocer al Envia-
do. Sabemos que cada día que pasa nos acerca más y
más al final de la historia, donde el Hijo del Hombre
vendrá en plenitud y gloria para juzgara los vivos y
a los muertos, instante final en que «muchos de los que
duermen en el polvo, despertaran: unos para la vida eterna,
otros para e/ castigo eterno» (Dn 12, 1-33). Estas ideas
me recordaron un texto del Apóstol de los gentiles
que dirigía a la comunidad de Corintio y que debería
ser nuestra actitud de vigilancia y conversión a la que
Dios nos invita:
«..el momento es apremiante. Queda como solución que
los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran ; los que
lloran, como si no lloraran ; los que están alegres, como si
no lo estuvieran ; los que compran, como si no poseyeran ;
los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de

96
él : porque la presencia de este mundo se termina» (1 Cor
7,29-31).
Creo que Pablo nos advierte dos cosas:
-que debemos vivir la vida con intensidad, agotan-
do cada minuto de la vida; y,
-en segundo lugar, reconocer que todo esto es pasa-
jero, que el único absoluto es Dios, por lo que nuestra
mirada y nuestro corazón deben estar puestos en Él.
Tal vez el drama de nuestras vidas sea justamente
el que hacemos a un lado a Dios y queremos vivir sin
El y, por otro lado, nos cegamos tanto por nuestros
problemas que nos olvidamos de lo que sucede alre-
dedor nuestro.
He meditado muchas veces un dato desconcertante
de los Evangelios: aquel que nos cuenta que, cuando
Cristo murió, los soldados que le habían crucificado se
sorteaban la túnica. ¿Con qué? Con unas “tabas”. La
razón era que como los reos tardaban siempre mucho
en morir, había que pasar el tiempo haciendo algo.
Dicho de un modo simple y grotesco, en el momento
en que Jesús moría, en el instante en que la página
más grande de la historia se escribía, al pie de la cruz
alguien jugaba a las “tabas”. Y lo último que contempló
Cristo fue la estupidez humana: unos hombres que
eran redimidos por su sangre, a medio metro de Él se
entretenían con un juego.
Por eso San Pablo pide que relativicemos muchas
cosas, no porque no sean importantes para nosotros,
sino que nunca deberán ser puestas como absolutos.
La razón es que somos muy ciegos. Ciegos por nuestro
egoísmo voluntario. Me pregunto que responderán

97
esos soldados en el Juicio Final; tener que explicar que
no pudieron darse cuenta de quién moría en la cruz,
debido a que estaban muy entretenidos con su juego.
O nosotros, que nos dábamos de golpes en el pecho
por nuestros sufrimientos y, tal vez al lado mismo de
nuestra habitación, tal vez de entre nuestros mismos
familiares, había todo un drama de abandono y falta
de amor. Que mientras juzgábamos a todo el mundo
diciendo que es muy violento, tal vez en nuestro mis-
mo hogar se esta librando la batalla del desamor, del
desinterés y de la violencia.
Es más fácil pedir la paz en el mundo o criticar a los
gobernantes por sus trabajos infructuosos que empezar
por ponerla en el propio hogar. Es mas sencillo lamen-
tarse por lo que pasa en el mundo que construirlo.
Por eso habría que dejar de contemplar un poco la
parcela de nuestro corazón y ver alrededor nuestro,
no sea que estén pasando cosas graves e importantes
y ni cuenta nos estemos dando.
Para empezar a cambiar estas actitudes, habría
que colocarnos, en la fe, desde Dios, y con su propia
mirada transformar nuestras vidas y nuestro mundo.
Dejar a un lado esa fe dulzarrona y sin amor y optar
por Cristo en el hermano de un modo radical y ope-
rante. Como decía el Evangelio acerca de los apósto-
les, quienes «dejándolo todo, lo siguieron». Tenemos
que dejar nuestras aparentes lágrimas, nuestra falsa
alegría, nuestra idolatría del poder o del dinero, sa-
biendo que «este mundo es pasajero». Y después de
todo eso, poner en el mismo centro de nuestro existir
a Cristo como el absoluto, no sea que tengamos que
escuchar su queja el día del juicio. Hoy adelanto esa
queja contra nosotros, tomando esa bella inscripción
que se encuentra en la catedral de Lübeck:

98
Me llamas Maestro, y con todo no me preguntan.
Me llaman luz, y no me ven.
Me llaman verdad, y no me creen.
Me llaman camino, y van por el equivocado.
Dicen que soy sabio, y no me siguen.
Me llaman vida, y no me desean.
Dicen que soy hermoso, y no me aman.
Dicen que soy rico, y no me piden.
Dicen que soy eterno, y no me buscan.
Dicen que soy misericordioso, y no confían en mí.
Dicen que soy noble, y no me sirven.
Dicen que soy omnipotente y no me honran.
Dicen que soy justiciero, y no me temen.
Dicen que soy su Dios, y no me entregan su corazón.

99
100
Hay que aprender a ser padres

Cada vez me convenzo más de la razón que tenía


Charles Péguy al asegurar que «los grandes aventureros
del siglo XX son los padres de familia». En ocasiones las
personas nos dicen que es admirable nuestro estilo
de vida sacerdotal o religioso por el hecho de haber
abandonado familia y casa, decidiendo vivir una vida
célibe y apostólica. Yo creo que no es del todo cierta
esa afirmación. Yo más bien pienso que el verdadero
aventurero es aquél que se decide a buscar una pareja,
de casarse con ella; se atreve a tener un hijo y fundar
una buena familia.
Tengo, por ello, una casi infinita admiración hacia
todos los verdaderos padres de familia, y no puedo
evitar el reírme un poco cuando la gente pondera el
«heroísmo» del celibato. Cualquier persona adulta
sabe que la renuncia al uso de la sexualidad es mucho
menos cuesta arriba que la mayor parte de las adversi-
dades humanas. Y la aceptación de la soledad, aunque
amarga, no lo es excesivamente si se logra convertirla
en fecunda. En todo caso, todo ello exige infinitamente
menor coraje que el de vivir una paternidad o una
maternidad enteras.
Pero las cosas no marchan tan bien que digamos
en lo que respecta a la paternidad. El problema está
en que, desgraciadamente, en nuestro mundo hay
muchos progenitores y no demasiados padres.
Françoise Dolto escribe lo siguiente: «Tres segundos
bastan al hombre para ser progenitor. Ser padre es algo muy

101
distinto. En rigor sólo hay padres adoptivos. Todo padre
verdadero ha de adoptar a su hijo.»
La idea no es demasiado nueva. Ya Schiller lo gri-
taba en uno de sus dramas románticos: «No es la carne
y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos.»
Algunos creen ser padres por haber traído hijos al
mundo, pero eso es falso.
Hace tiempo platicaba con una persona sobre el
caso de una casa de asistencia que tenía a más de 20
bebés que habían sido abandonados, con solamente
tres o cuatro personas para cuidarlos en la casa hogar.
El cuidado no era solamente de alimentos y limpieza;
implica, sobre todo, estar con ellos, abrazarlos, hablar-
les, enseñarles a caminar, en otras palabras, amarlos
para que pudieran desarrollarse. Esos pobres niños
tuvieron progenitores, pero no padres.
Y existen otras familias enteras que viven bajo el
mismo techo, pero tan distantes los hijos de los padres
que son como extraños.
Líbreme Dios afirmar que dar la carne o la sangre
a otro ser sea cosa de nada o sin valor. Pero esto no
me impide descubrir que la verdadera paternidad y
maternidad no puede reducirse al milagro de unas
células humanas que se encuentran y se funden, sino
que reposa, sobre todo y fundamentalmente, en la
larga cadena de amor que empieza mucho antes del
engendramiento y no termina nunca en un padre y
una madre verdaderos.
Me he preguntado a mí mismo muchas veces: ¿Yo
amo a mis padres porque soy hijo suyo o más bien soy
hijo suyo porque les amo? ¿Y mis padres me amaron

102
porque yo era hijo suyo o se hicieron mis padres por-
que me amaron?
Las dos preguntas son magnificas y enormes y no
voy a ocultar que yo, en los dos casos, me inclino a
afirmar las segundas partes: el amor es la fuente de
todo, no una consecuencia de la fisiología. Somos pa-
dres e hijos en la medida en que amamos. Con lo que
toda paternidad y filiación no surgen de la casualidad,
sino de la libre elección de un amor constantemente
confirmado. Lo mismo podemos decir de los hijos: se
es hijo no porque se tenga el derecho de demandar
cariño y atención a los padres, sino por el amor que
se debe a ellos.
En este sentido es cierto que todos los padres son
en rigor padres adoptivos. La paternidad fisiológica
fue sólo un comienzo. Es el amor repetido miles de
días y docenas de años lo que forma y constituye la
paternidad verdadera.
Así como el mundo de hoy crece en su aceleración
técnica y social, está conociendo una «aceleración del
egoísmo». La tan positiva recuperación de la propia
personalidad de cada ser, con la también positiva re-
valorización de la libertad individual, está teniendo
la feroz contrapartida del declive de la aceptación
del prójimo, incluso del más querido. Me temo que
estemos pagando el progreso material a un precio
demasiado alto: o amamos menos o amamos peor.
Yo creo que las dos cosas.
Decía San Agustín una frase que es tan verdadera
como el Evangelio: todo hombre lleva inscrito en su ser
la necesidad de amar y de ser amado (amare et amari
cupiebam). Sea uno padre o sea uno hijo, lo único im-
portante es el amor. La verdadera paternidad, como

103
el verdadero papel de ser hijo se realiza en el amor
desinteresado, constante, y repetido. Sólo en el amor
se es padre, y sólo amando y respetando a los proge-
nitores se puede ser hijo.
¿Por qué andamos tan mal en muchas familias? La
razón, hermanos, es que los hombres en este mundo
no se miran, no se preocupan los unos de los otros, ni
siquiera en la misma familia. La mayoría vivimos aquí
ciegos y sordos ante el clamor de los demás, y la más
grande tristeza humana es llegar a la muerte sabiendo
cuán egoístas hemos sido.
San Pablo, al hablarnos de Dios, lo concibe como un
misterio de comunión y de comunicación. Ese amor
al Hijo es lo que lo hace Padre de él. A su vez, el amor
del Verbo al Padre es lo que lo hace Hijo. Su amor
no solamente es eterno, sino creador y oblativo. Por
Cristo, nos dice san Pablo, Dios nos ha hecho santos y
nos ha dado su amor. Si vivimos en esa dimensión de
madurez y entrega, entonces nuestra vida cotidiana
deberá expresarse a través de «.. la misericordia entra-
ñable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión.
Sobrellévense mutuamente y perdónense cuando haya quejas
contra otro... Y sobre todo esto, el amor, que es el ceñidor de
la unidad consumada...» (Col 3, 12-21).
En este mundo materializado y egoísta, el matri-
monio y la familia, el primero como expresión viva
de la apertura madura al amor y el segundo como
cristalización fecunda de ese amor, son el lugar privi-
legiado para el testimonio y el crecimiento personal, no
solamente de los hijos, sino también de los padres.
La tarea que Dios exige es la de construir familias
felices y que se amen de verdad, porque ellas son la
imagen de la Trinidad. Sobre todo, comprometerles

104
a crear ese ambiente que sirva para crecer, mezcla de
amor, interés y exigencia. Quien aprende desde su
infancia a amar y respetar, y sentirse amado y com-
prendido, esa persona, no importan las tormentas de
la vida y las noches oscuras que tenga que vivir, sabrá
salir adelante, sabrá encontrar los caminos que Dios
le pide seguir. Si los padres, con el amor y el ejemplo
amáramos, exigiéramos y sacáramos de nuestros hijos
lo mejor de ellos, realmente nuestra paternidad habrá
crecido y madurado; habrá sido verdadera.
Así es, podremos salir adelante si recordamos que
la familia tiene solamente su fuerza en Cristo mismo.
María y José, pudieron pasar en medio de los peligros
gracias a que llevaban a Jesús con ellos y porque esta-
ban dispuestos a sacrificarlo todo por la familia, por
su familia. María y José fueron realmente los padres
de Jesús porque lo amaron, lo educaron, crecieron con
él y en él pudieron contemplar el fruto de su amor
esponsal.
Ojalá y uno de los primero propósitos de este año
nuevo fuera el de hacer de la familia un lugar de
encuentro. Pero no pidamos a ella lo que no estamos
dispuestos a dar.
Por esta razón, al contemplar hoy a la Sagrada Fa-
milia, al contemplar ese modelo matrimonial y familiar
tan extraordinario, habría que preguntarse cómo he-
mos amado a los hijos, cómo nos hemos preocupado
los unos de los otros en la familia, cómo hemos sufrido
por los demás. Quien lo haya hecho, créanme, en esta
vida y después de muerto, no solamente recibirá la
bendición de Dios, sino que habrá dejado una huella
imborrable en este mundo, allí, en el corazón y en la
vida de sus hijos.

105
Creo apasionadamente que es cierto aquello de la
Biblia: «El amor es más fuerte que la muerte.» Un padre
o una madre que no cesa de adoptar a su hijo con su
amor, tendrá siempre a un hijo que terminará por
serlo.
Zenaida Bacardí de Argamasilla escribe en su libro
Con las alas abiertas dice lo siguiente:
La madre es la cargadora de todas las espinas de la casa. Es la
cultivadora de todas las rosas de los hijos. Es la perdonadora
de todas las fallas de la familia. Es la sostenedora de todos
los dolores del camino. Es la alondra que desde el alero de
su ventana va ayudando a vivir, impulsando a caminar y
enseñando a sufrir.
La madre canta en tu alero, sueña en tu almohada, llora en
tus ojos ¡y ama en tu corazón!
La madre navega en tus olas, muere en tu playa y se esconde
en tu cielo.
La madre no aprendió a amarte, ¡te amaba desde antes de
nacer!
Por eso el hijo y la madre tienen la misma savia, son de la
misma pulpa, se abonan en la misma tierra y se filtran con
la misma luz.
Las madres no sufren con dureza, sino con compasión; no
culpan con rencor, las faltas se le derriten dentro y las cubren
con singular delicadeza; no perdonan a los hijos cuando se
lo piden, los perdonan desde su nacimiento. Y como nacen
de ella, les conocen el corazón y el carácter.
El árbol conoce su fruto; el cielo, sus estrellas, y la madre,
a sus hijos.
La madre talla escalón por escalón, tratando que los hijos no

106
se le resbalen. Y edifica piedra sobre piedra, tratando que
los hijos no se le derrumben.
El hijo es como el complemento de la madre: si alguno
faltara, algo quedaría trunco.
Cada madre nos recuerda a la Virgen, porque también ella
acepta el deber más vasto y más grande de la vida, sin poner
condiciones ni medir sacrificios. También ella dice: “iUn
hijo! Hágase en mí según tu palabra. Aquí está la esclava
de este amor.”
Y se ata gustosa a esa promesa que va a durar toda la
vida. Una promesa dura, llena de deberes, de sorpresas, de
incertidumbres y de lágrimas, pero de la que nunca querrá
desistir y de la que nunca querrá separarse, entregándole
todo lo que sabe, todo lo que puede, todo lo que siente y todo
lo que vive.
El hijo es un generador de sentimientos fuertes. La madre
es fiera para defenderlo, algodón para curarlo, sabia para
comprenderlo, iluminada para aconsejarlo, maga para
intuirlo y estrella para velar por él.
La semilla de amor se siembra dentro de ellos, por eso el nudo
que los ata es cuestión de raíces. Por eso, cuando un hijo
levanta la frente, distinguimos la semilla que que lo ha ido
empujando por debajo. Y si escarbamos en la tierra que lo
vio nacer, muchas veces ese bulbo viene de lejos.
Hay retoños que no se conciben sin un buen árbol, rosas
que no nacen sin un buen calor, figuras que no se tallan
sin un buen molde, ¡y conquistas que no se consiguen sin
una buena madre!
La madre es la que trabaja con el hijo en ese taller secreto
donde se pule la paz. Y lo enseña a caminar, a sufrir, a
pensar y a tener fe.

107
Es la que recibió de Dios un regalo que ella tendrá que
regalar después; la que trabaja para lo que disfrutarán otros;
la que nunca obtiene ventaja, ni pasa cuenta, ni escatima
el amor.
Y aunque el hijo crezca y se vaya a volar solo, y quiera vivir
su propia vida, y ame a otra mujer, lo que siente por sus
madre no lo siente por nadie. Lo que lee en sus ojos no lo
contiene ningún libro. Lo que reflejan sus palabras no lo
domina ningún idioma. Lo que irradia su corazón no lo
adivina ningún sabio.
Esa cosa dulce, tibia, misteriosa, no hay quien la desentrañe,
ni quien la descifre, ni quien se la iguale.
El amor de la madre es inigualable, inalcanzable, insustituible.
Ese puente interno donde se abrazan tiene una luz que todo
lo llena y una emoción que sólo ellos conocen.
Recuerden que entre el cielo y la tierra está la madre. Y
entre la madre de Dios, siempre está el hijo.
Acérquense a la madre, enciéndanle la vida, perfúmenle el
amor, levántenle un pedestal ¡y ríndanse ante ella!

108
El sacrificio de ser felices

Había un viejo que nunca había sido joven. Jamás


había sonreído. Todo le era indiferente. Y estaba
apunto de morir. Por aquello de que era viejo, siempre
la gente le consultaba las cosas, dando por supuesto
que acumulaba una gran sabiduría, una ciencia sin
límites.
Cuando le preguntaban los padres por los hijos, el
viejo contestaba que no valía la pena poner ilusión en
ellos, porque luego se volvían desagradecidos y se por-
taban con sus progenitores como víboras. No merecía
la pena alegrarse con nada, porque las desilusiones
hacían la vida cada vez más amarga. No compensaba
lanzarse a nuevas empresas, porque los fracasos no
harían sino empobrecer las haciendas. En fin, por todas
partes destilaba amargura y desesperanza. Pero como
era tan anciano, como había vivido tanto, a la fuerza
tenía que ser el más sabio de todos.
Hasta que un día, cuando el momento de la muerte
estaba ya a la vista, Dios se compadeció y le envió un
niño que le diera un beso. El niño rodeó al anciano con
sus brazos regordetes y le estampó un cariñoso beso en
las ajadas mejillas. ¡Era la primera vez en la vida que
alguien le besaba! La cara del viejo se transfiguró. Sus
ojos comenzaron a brillar. Le brotaban las lágrimas,
pero no eran lágrimas de pesar sino de dicha. La vida
le pareció por vez primera maravillosa. Poco después
moría con la sonrisa en los labios.
***

109
Esta historia es una parábola que nos habla de la ac-
titud de muchos de nosotros ante la vida. Hay personas
que no se atreven a amar por temor a ser traicionadas
de nuevo; otros no desean perdonar con la justificación
de que le han herido mucho; otros viven una actitud
gruñona y malhumorada ante los hijos y otros familia-
res, tal vez en recuerdo de una infancia infeliz. ¿Y cuál
es la consecuencia de esa amargura? ¡Que no saben ser
felices! Y, como el viejo de la historia, creen que la vida
es una tristeza, que no vale la pena amar o perdonar;
que no es necesario arriesgarse a nuevas empresas. Y
el resultado no se deja esperar: vamos caminando por
la existencia odiando al mundo, a las personas, a uno
mismo y, como proyección, a Dios.
La vida humana es como la Pascua. Algunos van
hacia el final con la seguridad que se llegará a la
gran “hora” del cumplimiento de la existencia, en un
sentido muy biológico solamente. Otros creen que
la vida es un largísimo Viernes Santo, creyendo que
como estamos en un “valle de lágrimas”, lo mejor es
esperar a que todo esto termine, con la esperanza de
que todo acabe bien. Pero hay algunos, que tienen en
su vida el sentido pleno de la Pascua, que saben que
no hay Viernes Santo sin Domingo de Resurrección;
personas que saben que la vida tiene sus momentitos
de dolor y pena cuando parece que todo está oscuro
en derredor (días Gólgota), pero que saben que en
las manos de Dios todo se transforma, por lo que a la
tristeza le sigue el gozo, a la pena le sigue la paz, al
rencor viene el perdón y el amor pleno; a la muerte le
llegará la vida.
Creo que en el fondo hemos entendido mal el Evan-
gelio. En primer lugar, hay que recordar que se trata
de una «Buena Noticia», no de una «triste noticia».

110
Y, ¿cuál es esa “buena noticia? Que Dios nos ama, y
que ha bajado hasta nosotros para llevarnos después
con él. De hecho, las advertencias de la cruz para el
seguidor de Jesús son menos en proporción a aquellos
llamados al gozo.
Les doy mi gozo. Quiero que tengan en ustedes mi propio
gozo, y que su gozo sea completo (Jn 15, 11).
Su tristeza se convertirá en gozo (Jn 16, 20).
Si me aman, tienen que alegrarse…
No, yo no los dejaré huérfanos, yo volveré a ustedes.
Volveré a verlos, y sus corazones se regocijarán, y el gozo
que entonces experimentarán, nadie se lo podrá quitar…
Pidan y recibirán y su gozo será completo (Jn 16, 22-24).
Por desgracia somos cristianos solamente de la cruz
y no somos cristianos de la Pascua. Nos gusta mucho
celebrar la Cuaresma: nunca nos perdemos el miérco-
les de ceniza, ni los ejercicios cuaresmales, ni los días
santos, en especial el viernes santo, pero olvidamos
celebrar el “Via Lucis”, el camino de la luz.
Para mí la Semana Santa, y especialmente el Sábado
de Resurrección es como una terapia anual que Jesús
me concede. Es como si nos señalara la vida marcada
por sus muchas cruces, pero advirtiéndonos que no
termina en muerte ni en tristeza, sino en Vida y en
alegría.
El cristiano de hoy día necesita recuperar el gozo y
la esperanza que otorga la Pascua.
Vuelvo a la parábola del inicio. Somos como ese
viejo que necesita recibir el beso de Dios y despertar

111
a la alegría y a la seguridad que la vida es maravillosa
y que no dejará de ser maravillosa aunque tenga sus
momentos amargos.
Muchos piensan que los cristianos somos los pro-
fesionales del mal humor y la pesadumbre porque
solamente celebramos la cruz y la muerte. Y cuando
nos ponemos los anteojos del pesimismo, no es extraño
que todo lo veamos mal y oscuro.
La explicación de este fenómeno, nos dice Evely1,
no es muy halagüeña: en la tristeza nos buscamos a noso-
tros mismos, nos encontramos a nosotros mismos. Nuestro
temperamento naturalmente pesimista se siente a gusto con
estos sucesos trágicos. Cada uno de nosotros tiene motivos
más que suficientes para estar tristes “por cuenta propia”,
que nos permiten sentir piedad de nosotros mismos cuando
parece que nos compadecemos de los demás. Cada uno de
nosotros tiene una reserva de lágrimas personales, para
derramar en cualquier ocasión.

Después de la Cuaresma, nos queda todavía por realizar
la mayor mortificación, la mayor renuncia, la que preparaban
todas las demás renuncias y la que demostrará la sinceridad
de ella: ¡Tenemos que hacer a Dios el sacrificio de ser felices!
¡No el sacrificio de ser desdichados! Dar a Dios el gozo de
vernos felices por su causa. Decirle: “Tú ya has hecho bastan-
te por nosotros. Tú nos has amado y has sufrido ya bastante
por nosotros, para que podamos ofrecerte por lo menos la
recompensa: la de vernos dichosos. Dichosos de nuestra fe,
dichosos de nuestra confianza, dichosos de ti”. Vivir hasta
tal punto de Dios, estar a tal punto unidos a él que, cuando
nos interroguemos a nosotros mismos, no encontraremos
nada más vivo en nosotros que el gozo de Dios.

112
Debemos guardarnos de la tristeza como de un
egoísmo tenaz, como del derecho a atrincherarnos,
a endurecernos, a fastidiar el gozo de los demás. Un
Padre de la Iglesia decía: “Sólo existe un medio para
curarnos de la tristeza: dejar de amarla”.
El verdadero amor, la verdadera fe, el verdadero
sentido al que debería conducirnos la cuaresma, es
precisamente éste: que aceptemos ser felices.
Tal vez, junto a la imagen de la cruz que tenemos
en nuestra habitación, deberíamos poner una imagen
de Cristo Resucitado, para lograr el equilibrio pascual
y poder descubrir que hay una “buena noticia” y un
gran motivo de alegría: Cristo ha resucitado.
En este tiempo de Pascua, yo me atrevería a poner
una bienaventuranza a las conocidas del Evangelio:
bienaventurados los felices, porque han descubierto
el rostro de Dios.
Hoy celebramos el nacimiento de la dicha. Tenemos
que ser felices inmediatamente, absolutamente, desde
ahora; si no, no lo seremos jamás.
_________________________________
1
Caminos para la alegría. Louis Evely. Ed. Sígueme. Pedal.
Salamanca, 1990. p. 12

113
114
Llenos de fuego

Hace algunos días llamó una persona para pre-


guntar si en la Parroquia tendríamos una “vigilia de
Pentecostés”, porque es una fiesta muy “bonita”. No,
le dije, lo que celebramos con alegría es la Pascua del
Señor, su resurrección y su presencia siempre viva que
nos ha dejado por el don del Espíritu Santo. La fiesta de
las fiestas es la Pascua y Pentecostés es la celebración
del regalo maravilloso que nos han dejado el Padre y
el Hijo; y no es tanto para “sentir bonito”, sino para
recordarnos que no estamos solos y que recibimos ese
Don maravilloso para poder transformar el mundo y
ser testigos de Cristo…
Creo que no le gustó mucho mi respuesta, pues
prefería esta persona seguir creyendo que las fiestas
de la fe son “para sentir bonito” y no para recordarnos
nuestra dignidad de Hijos y para manifestarnos la
voluntad de Dios nuestro Padre.
Así es, Pentecostés es la fiesta de la alegría de ser
cristianos, el día del fuego, el domingo en el que nos
sentimos los creyentes orgullosos de tener el Dios que
tenemos, porque ese Dios nos calienta el corazón y el
alma.
Yo quisiera transmitirles a ustedes algo de ese
fuego, algo de ese gozo. Algo de lo que sintieron los
apóstoles cuando el Espíritu Santo descendió sobre sus
cabezas y ellos salieron entusiasmados a anunciar la
alegría de creer y el gran reto y misión que era vivir
la dignidad de ser hijos de Dios.

115
Hay una frase de un escritor no creyente —Jean Ros-
tand— que me persigue desde hace muchos años. De-
cía en uno de sus escritos: «Con frecuencia me pregunto si
los que creen en Dios le buscan tan apasionadamente como
nosotros, que no creemos, pensamos en su ausencia».
La frase es terrible, porque es verdaderísima. Efec-
tivamente, yo he conocido muchos ateos que buscan
a Dios con angustia, con pasión, que le necesitan y
arden porque no consiguen encontrarle. Y uno tiene
que preguntarse por que muchos creyentes —que tene-
mos la suerte de creer en El— no parecemos vivir tan
apasionadamente nuestra fe, no sentimos el gozo y el
entusiasmo de creer, por que hemos logrado compa-
ginar la fe con el aburrimiento y con la siesta, en una
especie de extrañísima «anemia espiritual».
Y la fe es un terremoto, no una siesta. Un fuego,
no una rutina. Una pasión, no un puro sentimiento.
¿Cómo se puede creer de veras que Dios nos ama y no
ser feliz? ¿Cómo se puede pensar en Cristo sin que el
corazón nos estalle de pura emoción?
Y uno observa las caras de algunas personas que
van a misa y no puede menos de preguntarse: ¿To-
das estas personas creen de veras que Cristo se esta
haciendo presente en medio de ellas? ¿Creen que
forman parte de la gran familia de Dios? ¿Saben en
verdad que su vocación es la de ser hijos de Dios y,
por lo mismo, santos?
¡Que difícil es encontrarse creyentes de fe rebosante!
Creyentes a quienes les brillen de gozo los ojos cuando
hablan de Cristo! ¿Como es que alguien que ama a Dios
pueda hablar de El sin temblores, sin que la alegría le
salga por la boca a borbotones?

116
Pentecostés, amigos míos, es la fiesta del fuego: Los
discípulos de Jesús estaban aquel día tan tristes y abu-
rridos como nosotros estamos. Creían, sí, pero creían
entre vacilaciones. Les faltaba el coraje para anunciar
su nombre, porque en el fondo su fe era solamente una
devoción no una convicción.
Y entonces descendió sobre ellos el Espíritu Santo
en forma de fuego. Y ardieron. Y salieron todos a
predicar, dispuestos a dar sus vidas por aquella fe
que creían.
¿Y nosotros? También recibimos al Espíritu en el día
de la confirmación. Y no se nos dio a nosotros menos
fuego, menos Espíritu, que a los apóstoles el día de
Pentecostés. San Juan lo dice: «Dios no da el Espíritu
con tacañería».
Pero solamente los que han hecho crecer su fe en
Dios al punto de buscar con esfuerzo y alegría su
voluntad, podrán saber lo que significa esta fuerza
maravillosa.
Maximo Gorki nos relata en su autobiografía, que
cuando tenía solamente once años lo lanzaron al mun-
do para que se abriera paso por sí mismo. La sociedad
rusa de aquellos tiempos estaba llena de violencia,
miseria y pobreza, pero el libro nos muestra un carác-
ter lleno de valor y optimismo. Gorki admitió no ser
doblegado por la adversidad. El segundo volumen de
su vida lo concluye con estas palabras: Ansiaba darle
una buena patada a este mundo –y también a mí mismo-,
para que todo, incluido yo mismo, comenzara a bailar en
un corro festivo, en una alegre danza en la que todos nos
amáramos los unos por los otros y amáramos una vida que
había comenzado para ser transformada en otra vida más
bella, activa y honrada.

117
Esa es la imagen no solamente del hombre luchador,
sino de un hombre lleno de Dios que ha sabido ver su
vida desde la perspectiva del don y su trabajo desde el
punto de vista de la construcción. Personas que saben
que el Espíritu del Amor, el Espíritu de Jesucristo se
hará presente no por acto de magia, sino a través de
unas manos trabajadoras y un corazón que sabe amar
y perdonar.
Coincido con Richard Rolle que escribe lo siguien-
te:
El amor posee también el poder de transformar,
porque transforma al amante en su Amado,
y hace que viva en él.
Y así sucede que,
cuando el fuego del Espíritu Santo
se apodera realmente del alma,
la inflama completamente
y, por decirlo así, la convierte en fuego,
llevándola a un estado
en la que se asemeja mucho más a Dios.
¿Que hemos hecho entonces de nuestro Espíritu?
Si, hermanos: es hora de que le digamos al mundo que
nos sentimos felices y orgullosos de ser católicos. Que
nos avergüenza serlo tan mediocremente. Pero que
sabemos que la fuerza de Dios es aun más grande que
nuestra mediocridad. Y que, a pesar de todas nuestras
estupideces y de algunos pastores y fieles de una fe
pobre, la Iglesia es magnifica, porque todos nuestros

118
pecados manchan tan poco a la Iglesia como las man-
chas al sol. Y que, a pesar de todo, Cristo esta en medio
de nosotros como el sol, brillante, luminoso, feliz.

119
120
El regalo de la cruz

El domingo de ramos une el signo de la realeza de


Jesús, reconocido como el Mesías esperado, cuando
entró triunfante en Jerusalén y reconocido por la gente
como el “hijo de David”. Pero se conjunta el otro aspec-
to: este rey no tiene reino en este mundo, su corona es
de espinas, su trono es una cruz y su camino no será la
violencia ni el poder, sino la muerte por amor.
La cruz es el camino que aceptó Jesús; es el camino
de la debilidad para manifestar su poder divino; era el
camino de la muerte para poder dar la vida.
Hoy, por desgracia, al paso de los siglos hemos ido
evitando ese escándalo que es la cruz, convirtiéndola
en un signo de triunfo o de sentimentalismo. La hemos
colocado en lo alto de los tronos y de las coronas, en la
cadena que nos colgamos al cuello, y hemos olvidado
que fue el signo del desprecio, de la muerte, de la
realidad que todo cristiano deberá abrazar voluntaria-
mente. Hay que devolverle su realidad, su significado
y su denuncia.
El P. José Luis Martín Descalzo platicaba de una
hermana que padecía cáncer terminal. Encerrada ya
en una pequeña habitación, con solamente un adorno
en la pared: un cristo de madera. Veía en ella poco a
poco cómo la enfermedad la iba consumiendo, cómo
poco a poco iba siendo reducida a un pequeño ser con
grande ojos.

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Y en ese pequeño cuarto limpio y blanco, lo único
que sobresalía en su habitación era una pequeña yuca
que le habían regalado. Para su hermana María Luisa
la yuca era como el bosque de los milagros. Conocía
cada una de sus ramas. Iba viendo cómo los nuevos
brotes primaverales abultaban primero la corteza, la
rompían después. Cómo apareció una puntita blan-
quiverde; cómo se iba formando luego el brotecito que
después sería rama.
Mirándola, le decía al Padre Martín Descalzo: «¡Qué
hermosa es la vida! Yo antes no lo sabía. Pero ahora me
parece que cada hora es sagrada. ¡Y tengo tantas ganas de
vivir! ¿Sabes? Me he convencido de que no me voy a morir
aún. Porque si fuera ya la hora de morirse, Dios no me habría
dado tantas ganas de estar viva.»
Pero se apagaba cada día más su voz. Lo que no
se apaga, nos decía Descalzo, era la sonrisa, vivísima,
chispeante. Cuando alguien le dijo que no tuviera pena
de quejarse por sus dolores. Ella, mujer de fe, respon-
dió: «¿Descansarme? No, no crea. Además –añadía-, he
observado que cuanto más rezo menos me quejo... Así que
prefiero rezar. Porque, quejándome, las molesto a ustedes.
Y a Dios no le molesto rezándole.»
Sonreía, y sonreía a cada momento. Luego añadía:
«Además, con la enfermedad, uno va dándose cuenta de qué
poco basta para vivir. Casi me bastaría con poder mirar a mi
yuca y con tener unas gotas de amor en el alma. Y yo siento
tanto amor. A veces reclino la cabeza así, en la almohada, y
me parece que la apoyo en el hombro de mi Amado Jesús. Y
que quedo tan bien, así, acurrucada.»
El santo de los enfermos, san Camilo de Lelis, decía
que él no visitaba los hospitales de incurables para
ganarse el cielo, sino para irse acostumbrando a él.

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Jesús, desde aquel día que sufrió en Getsemaní,
nos mostró que no es malo, ante la cruz, sentir “te-
mor”, sentirse desfallecer; lo malo está en no aceptar
la propia cruz, lo malo es creer que estamos solos, lo
malo está en convencernos que no sirve para nada.
Verdaderamente, cualquier sufrimiento, unido al de
Cristo siempre será redentor.
El relato de la pasión de los evangelios nos lleva
como de la mano a la contemplación orante de Cristo
en los diversos episodios de este misterio de dolor: Ya
desde la última Cena Jesús sufrirá al ver al discípulo
que lo traiciona, vemos el dolor intenso, extenuante
y extremo en Getsemaní, hasta el punto de derramar
gotas de sangre a causa de la soledad, del abandono de
los hombres y de su mismo Padre, el peso del pecado
del mundo. Repasamos interiormente el dolor inefa-
ble del amor renegado por Pedro, el dolor dignísimo
del amor burlado por la soldadesca entre blasfemias
y bajezas, el dolor noble del inocente condenado por
los jefes del pueblo y por el poder dominante, el dolor
sagrado y puro por la deshonra que le ha sido infligida
al ser pospuesto a un criminal, el dolor físico de los
clavos traspasando sus manos y sus pies, y el último
dolor de la agonía. Cristo “varón de dolores y fami-
liarizado con el sufrimiento”. Cristo que recoge en su
cuerpo y en su alma, como en un cuenco, todo dolor
y toda pena. Y desde ese día lo transformó.
Cristo no está solo en su dolor. Ya el Siervo de
Yahvéh, figura de Cristo, tiene la seguridad de que,
en medio de sus dolores, “el Señor me ayuda, por eso no
quedaré confundido…” (primera lectura). En Getsemaní
se queda solo y su única fortaleza es la oración al Padre. A
lo largo de la pasión Jesús ha sentido sea el abandono del
Padre sea su íntima e inefable compañía y proximidad, y por

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eso puede exclamar antes de expirar: “Padre, a tus manos
encomiendo mi espíritu”.
No se tratará de que busquemos la cruz como
masoquistas, sino que deberemos aprender a tomarla
cuando llegue; a cargarla cuando sea necesario llevarla;
a ofrecerla como don a Dios en el amor; como orgullo,
pues ella nos hermana al Nazareno.
Poco antes de morir el Padre Martín Descalzo decía:
«estar, vivir en el huerto no es ningún placer, pero sí es un
regalo, un don, tal vez el único don que, al final de mi vida,
pueda yo poner en sus manos de Padre. Y nosotros sabemos,
hermanos, que ya alguien lo hizo: Cristo puso sus dolores y
su confianza en el Padre de misericordia».
Hay una anécdota muy bella de un hombre que
gustaba mucho participar cada semana santa portando
la cruz de Jesús. Y resulta que ese hombre, conocido
por toda la comunidad, falleció de un infarto llevando
la cruz. En el lugar donde cayó el costalero (que era su
oficio), en la plaza sevillana de La Alfalfa, dejaron los
conciudadanos unos versos en cerámica:
Tú fuiste, Señor mi Redentor,
yo fui tu costalero.
Tú, arriba, en el madero,
yo, abajo, por amor.
Ojalá y cada Semana Santa sea para nosotros un
llamado muy fuerte para vivir el misterio de la Pasión
y resurrección del Señor, recordando que por sus llagas
hemos sido curados.

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Indice
Si quieres, puedes curarme 5
Valle de gozo 9
El amor te ha cambiado 15
Subir al cielo bajando 21
Así los maridos deben amar a sus esposas 27
Perder la vida 35
Vivir 39
Un final feliz 45
Nacimos en Belén 55
Un amor para mi amor… 61
Para amar 69
Basta ya, Señor, quítame la vida 75
Fiesta de la esperanza 81
Esta Navidad, regala algo distinto 85
Este mundo pasajero 91
Aprender a ser padres 97
El sacrificio de ser felices 105
Llenos de fuego 111
El regalo de la cruz 115

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