“Billete de ida”

Editorial Ribas

Billete de ida

Beatriz Rodríguez

Oteros

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“Billete de ida”

Editorial Ribas

Billete de ida
En una familia barcelonesa, muy unida, se muere la apreciada abuela y deciden enterrarla en su pueblo, Navarra. Allí toda la familia se siente muy bien y deciden quedarse a vivir allí. Encuentran la gloria que antes no tenían, pero no saben lo que ello supone...

Beatriz Rodríguez

Oteros

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“Billete de ida”

Ediciones Ribas

Beatriz Oteros Rodríguez
Billete de ida

Índice de capítulos
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“Billete de ida”

1. El comienzo de todo 2. Adiós abuela 3. Un triste viaje 4. El último adiós 5. El lado bueno 6. Añoranza 7. Una nueva vida 8. Primeros problemas 9. Un secreto desvelado 10. Ilusiones al aire Epílogo Autora p. 19

p. 8 p. 26 p. 35 p. 41 p. 49 p. 61 p. 72 p. 83 p. 97 p. 104 p. 109

Capítulo primero

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“El comienzo de todo”
Hola Bea, oye, y al final ¿cómo acabó lo del ¡ Hola! Pues nada, me dijo que no lo volviera a

-

“profe”? hacer más y me echó un pedazo de bronca, pero no me puso ningún castigo ni llamó a mis padres... ¡ Que suerte! Es que te pasaste... Sí, yo me cagué un poco, nunca lo había visto

tan enfadado. Pero bueno ¡ Vamos a hablar de cosas más alegres! ¡ Ah! Sí, mejor. ¿Oye, quedamos el sábado para ir Había quedado con mi yaya para ir con ella, te ¡ ¡ Si!! Que bien, tu abuela es una enrollada, ya cine, a ver la peli esa nueva que han sacado? puedes venir tú también. cine... ¡ Ya ves, si es enrollada! Bueno, pues te vienes el “Okey”, ya me pasareis a buscar. Sí. Bueno, te dejo que tengo que ir a una cena sábado con nosotras al cine. me gustaría que mi tener una abuela que me llevara al

con mi familia.

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-

Vale, yo también me voy, que tengo que ir a ¡ Adiós guapa! Hasta mañana.

hacer los deberes... -

Y cuelga el teléfono, Bea estaba hablando con una amiga suya, Aida. Las dos van al mismo instituto, al Sant Julià, en Barcelona. Hablaban sobre una “gamberrada” que había hecho una de ellas, que es un poco traviesa. Y también hablaban de la magnífica abuela de ésta, de Bea. Todo el mundo la conoce como “la abuela”, una mujer que lo ha vivido todo, activa, muy sabia, y siempre tiene miles de cosas nuevas por contar (no como esos abuelos que siempre cuentan la misma historia sobre la guerra). Es una persona adorable, y para su nieta es como un ídolo. Ésta es bastante bajita y arrugada, normal en una persona mayor, y ni gorda ni delgada, mantiene la línea, está más en forma que muchos jóvenes. Tiene los ojos vivos, que iluminan todo lo de alrededor. El abuelo no es tan activo como la abuela, es mas tranquilo y pacífico, pero juntos, ambos ganan mucho. Él, a diferencia de ella, es bastante alto y gordinflón, con una coronilla en la cabeza que parece la de un cura.

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Bea, la nieta de la abuela, es una adolescente de catorce años que no le van ni bien ni mal los estudios y le gusta pasárselo bien. No es demasiado alta, sino que tiene una estatura normal y de complexión delgada. El cabello castaño, largo y ondulado, y las facciones de la cara regulares, bonitas de ver. Es una chica bastante resultona, guapa. Pero lo mejor de ella es la alegría que desprende, con los ojos de su abuela, de avispilla y su cara sonriente a todo momento, una de esas personas que siempre le ven el lado positivo a las cosas. Ésta familia vive en Barcelona, en el centro de la ciudad, donde hay concentraciones de coches, ruido, humo, gente, trabajo... En el paseo de Gracia, en el quinto piso de un enorme rascacielos bastante moderno. Todo les resulta bastante estresante, el instituto, el trabajo, moverse por la ciudad... pero aun así son una familia muy unida. El padre se llama José Manuel, pero todo el mundo le llama Jose. Es de mediana estatura, fuerte y bien macho. En cuanto al carácter, es simpático y agradable, pero cuando se enfada da miedo. Trabaja en un taller de caravanas, vendiéndolas y reparándolas, el negocio últimamente

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no le va demasiado bien. La madre se llama Eva y es, también, de mediana estatura, y no esta ni gorda ni delgada. Es una persona culta, ya que trabaja en el Ayuntamiento, como secretaria de político, se sabe de memoria todas las calles de la ciudad. Todos: el abuelo y la abuela, Jose y Eva, y Bea. El abuelo y la abuela son los padres de Eva, los padres de Jose viven en Valencia. Forman una familia estupenda, que va a los restaurantes y molesta a los demás de las risas. Con una manera de hablar un poco de pueblo cuando están solos y bien educada delante de otras personas, con las que no tengan confianza. Incluso a veces llegan a ser un poco “pijos”. Bea se siente orgullosa de su familia. Empieza una nueva semana, después de un

fantástico fin de semana en el camping, la familia Subirana ha vuelto a su casa para comenzar la semana. El lunes, Jose y Bea se van a las ocho de casa, uno al trabajo y el otro al instituto y la madre se marcha a las siete y media, aunque casi siempre se van todos juntos. Cada mañana la misma tormenta, que si “¡ Déjame entrar al baño que voy a llegar tarde!” ó

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“¡ Porqué me despiertas tan pronto!”. En esa casa se forma un alboroto impresionante y, al final, sea la hora que sea todo el mundo acaba levantado a la misma hora. Los vecinos de abajo también se despiertan del ruido, menos mal que éstos son el abuelo y la abuela. La familia Subirana muy a menudo pasa por casa de los abuelos para desayunar, el abuelo prepara unas tortitas como esas de las películas que están deliciosas. Oye, yayo, hoy te han quedado geniales las Sí, sí, que tú sólo lo dices para que te haga más Papa, ¿y la mama? Pues, no se, todavía no se ha levantado. Bueno, pues no la despierto, le quería comentar

-

tortitas, eh -dice Bea. mañana, pillina! –dice el abuelo bromeando. papa. Vale, venga, ya recojo yo esto. Ya lo sé, yayo, lo haces siempre. Jejeje.

unas cosillas, pero pueden esperar. Nos vamos ya,

Todo el mundo desaparece y allí sólo se queda el abuelo y la abuela solos. La abuela aún está en la cama y el abuelo no quiere despertarla así que intenta

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recoger todos los platos cuidadosamente para no romper su sueño. Después se pone a ver un poco la televisión, con el volumen muy bajo a ver su programa favorito: “La ruleta de la fortuna”. Cuando se acaba, la abuela aun no se ha despertado, así que se pone a matar tiempo y recoge un poco por encima la casa, el abuelo siempre ha sido muy ayudador. Empieza por la cocina, después el comedor, el baño... y finalmente el dormitorio. Allí está la abuela estirada, con una cara placentera y de tranquilidad conquistadora. El abuelo, que a pesar de sus cuarenta años juntos, aún quiere a la abuela igual que el primer día se queda un rato contemplándola, como si fuera un cuadro y ella retratada. Yaya –es como le llama el abuelo a la abuela-

-

hoy estás muy guapa, tú ya sabes que te sigo queriendo y te adoro -le susurra el abuelo al oído. Le da un pequeño beso en la mejilla y se marcha a dar un paseo por la ciudad para comprar unas cuantas cosas que hacen falta en casa. Se viste con su jersey de lana, tejido por la abuela, de color verde mar, sus pantalones marrones, su chaqueta azul de salir a la

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calle y su boina a cuadros. También va acompañado de su bastoncito, fabricado por él mismo a partir de la palanca de cambio de marchas del antiguo coche y un palo que encontró por el bosque. Coge su billetera repleta de tuercas y pequeñas piececitas, se la mete en el bolsillo interior de la chaqueta. Baja por el ascensor y sale a la calle, tan pancho. Mientras sale se encuentra a un amigo del casal donde juegan a cartas y van juntos a pasear. Van por el paseo, ven a las figuras humanas que hay siempre por ahí, tiran dinero para ver como se mueven, se sientan a fumarse un purito, se toman un cafetito, el abuelo compra lo que necesitaba: un melón, harina y un exquisito bacalao desalado para cenar esta noche. Ya es bastante tarde, van a dar las dos. Se despide de su amigo y sube para casa. En las escaleras se encuentra con Jose: Hola abuelo, si quieres puedes venirte hoy a ¡ Ah! De acuerdo, ahora voy, iré a buscar la Hasta ahora.

-

comer con nosotros, con la abuela. abuela y subiremos, gracias. Hasta ahora. -

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El abuelo sube a su casa y está silenciosa, piensa que la abuela está con la familia, pero cuando va al dormitorio aún está la abuela allí, con la misma postura y expresión que antes. Ay, ay, yaya, ya sé que anoche estuvimos hasta

-

tarde para ver la película aquella, pero tampoco es para que duermas tanto, venga despiértate ya. Te tienes que preparar que vamos a comer con la familia. Se va al lavabo y se lava un poco, y guarda la compra. Y ya preparado para salir pega un grito a la abuela para que se apresure. No se oye nada. Se dirige al dormitorio, abre la puerta y la abuela aún está allí, plácida, durmiendo. El abuelo le toca el brazo y la mueve. ¡ Despierta, despierta! –la abuela no se

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estremece- ¿te pasa algo? Estás fría. ¡ Estás fría, no... no...! No puede ser. El abuelo se piensa lo peor, la abuela está tumbada en la cama sin hablar y sin moverse y está muy fría. La

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tapa con una manta para que no pase frío y se va a llamar al médico. Hoy le he dicho al abuelo que se vengan a comer Está bien, supongo que le gustarán los filetes de ¡ Bueno! Si no les gustan ya me los comeré yo,

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con nosotros, ya que hay tanta comida –dice Jose. ternera con patatas fritas –dice Eva. aunque, mama, las patatas fritas es la comida favorita de la yaya. Si, te vas a quedar con las ganas, hijita –le dice Oye, hablando de los abuelos. ¿No tardan la madre. mucho? Les he avisado hace ya una media hora, siempre suben enseguida –comenta el padre. Pues ahora que lo dices... Oye, Bea, porqué no vas a buscarlos, se deben haber olvidado. La nieta baja trotando por las escaleras hasta casa de sus abuelos y toca el timbre a la vez que llama a sus abuelos. No sale ni se oye a nadie. Mira por el agujero de la puerta y se extraña. Sigue tocando el timbre insistentemente. Yayo, yaya, ¡ yyyuuuhhhooo! ¿Que no salís?

-

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Escucha unos llantos a lo lejos y piensa “ya están los vecinos peleándose otra vez...”. Pero los llantos no son de unos niñitos, son de un hombre y vienen de la casa del abuelo. Bea empieza a sudar y a ponerse nerviosa e insegura y sube rápidamente a su casa: ¡ Papa y mama, que no abren en casa de los

-

yayos y el yayo está llorando, correr, venir! Bajan todos exaltados, abren la puerta de casa de los abuelos, los buscan y se encuentran al abuelo arrodillado delante de la cama cogiendo de la m ano abuelo a la abuela. Él tiene los ojos llorosos. ¿Qué os pasa? La abuela nos ha dejado, hija, la abuela nos ha ¡ No puede ser! –grita desesperanzada la nieta. Vine de comprar –continúa- y seguía durmiendo,

-

dejado –dice con voz temblorosa y lloroso, el abuelo. -

pero cuando la vine a despertar no respiraba y tiene el cuerpo frío, nos ha dejado, se ha ido para siempre... Dios lo ha querido así.

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La habitación se inunda de un ambiente oscuro y triste. A todos les empieza a surgir un sentimiento muy fuerte, y les duele incluso al respirar, no pueden articular palabra ni moverse. Están perplejos. Se ha fundido una bombilla del circuito y el resto no puede brillar bien.

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Capítulo segundo

“Adiós abuela”
Llegó el equipo sanitario, pero ya no serviría para nada. Les dijeron que se fueran, que ya no hacía falta que estuvieran, porqué ya había muerto, ya les había dejado. Los sanitarios insistieron en atender a la abuela, pero lograron que se marcharan. La abuela había muerto, todos se quedaron

exhaustos ¿Cómo podía haber muerto ella? Tan joven, si parecía que viviría el resto de la eternidad. Ha muerto joven, tan solo con setenta y seis años, una corta edad para una persona tan activa, pero así es el ciclo de la vida. Todos se sentían culpables, todos recordaban los últimos momentos que pasaron junto a la abuela. Se acercaban a ella y la acariciaban mientras recordaban esos momentos inolvidables, grabados en la memoria. Bea piensa: “Ayer me fui sin darle el besito que me pidió, le dije que hoy se lo daría pero ella ya no lo sentirá. Sólo lo hice para hacerle una broma. ¿¡ Cómo
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puede haberse muerto!? Ayer estaba cantando conmigo en el autobús, estaba más viva que nunca, no es justo. Hay gente que vive sufriendo. ¿Porqué la que es feliz muere y la infeliz no? ¿Porqué tú? ¿Qué te ha pasado?” Eva, está derrumbada, su madre ha muerto. La que le limpiaba los pañales. Está recordando una vez en la que su madre se puso a bailar delante de sus amigas y todas se quedaron asombradas, admiraban a su madre, la admiraban y se había ido. Se le pasa por la cabeza toda la vida con su madre. Jose, su yerno no sabe qué pensar, está confundido, ve a sus próximos y se derrumba. En estos instantes se siente incómodo porqué la abuela no era de su misma sangre y el resto si, él sólo es alguien que ha venido de fuera, un intruso. El abuelo al ver a todos tan apenados, les hace reunirse, se acerca y dice: No os sintáis mal, tenemos que estar

contentos de haber conocido a la abuela, no debéis estar tristes de lo que ha pasado.

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-

¡ Pero, yayo, no te das cuenta! Que ya nunca

más hablarás con ella, que se ha muerto, que no volverá a estar con nosotros, nunca, jamás –dice Bea. No, no, al contrario. Ella estará siempre con nosotros. Sólo hace falta verte a ti, que tienes sus ojos, su sangre, la llevas dentro. O si no a ti, Eva, que tienes la misma energía que ella, la misma forma de ser, sus labios; eres su descendiente, eres suya; eres ella. Tu y tú hija sois la viva imagen de la abuela. Y tú, Jose, tú has sido el que ha recogido todo el amor que desprende ésta familia, tú has hecho posible que ahora seamos una familia feliz y unida. El que ha puesto la pieza que faltaba para que funcionara. Sí, la abuela llenaba un hueco muy grande, que nadie, nunca podrá rellenar. Pero como os he dicho la llevamos d entro y con la ayuda y el apoyo de todos, lograremos no caernos en ese hoyo y perdernos, ó que el agujero se haga más grande. Ahora, más que estar tristes, lo que tenemos que estar es tranquilos porque a la abuela siempre la recordaremos y ella, también a nosotros. Que en paz descanse. Hubo unos instantes de silencio tras las

conmovedoras palabras del abuelo. Todos reflexionaron

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y se dieron un caluroso abrazo repleto de sentimientos. Con esas palabras, además de reflexionar y verlo todo un poco más positivo, han hecho que Jose se sienta mejor, más útil. De momento, la abuela está estirada en la cama. Todos se han reunido en la cena, una cena exquisita en casa del abuelo, cerca de la abuela. Han preparado la comida preferida de la abuela: patatas fritas con filetes de ternera. - Bueno –empieza el abuelo - quiero que la abuela tenga un funeral digno de lo que era, justamente el funeral que se merece. Quiero que esté todo perfecto para darle nuestro último adiós. - Sí, claro, por descontado –dice Eva. - Quiero cumplir su último deseo, la voy a enterrar en el pueblo, con su padre y sus hermanas. - ¿Qué? - Ya sé que va a costar mucho, y que está lejos, pero es lo que ella quería. - Papa, sobra. yo creo que lo mejor será que la incineremos, además ahora no tenemos dinero de

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cenizas. -

Yo

también

creo

que

lo

mejor

será

incinerarla, irá mucho mejor –comenta Jose. No, la voy a enterrar en el pueblo, queráis o no. Incinerarla... para que acabe siendo un montón de ¿Por qué le dais tanta importancia a la

manera en que sea enterrada? Incinerada va a ser un montón de cenizas que las meteremos en un bonito jarrón. Y enterrada... se la comerán los gusanos, de cualquier forma acabará siendo lo mismo. No sé porqué le dais tanta importancia a un cuerpo sin vida. Bea dice esto porqué lo que ella recuerda a la abuela por su forma de ser, la forma en que les hacía sentirse felices, los recuerdos que tiene. No encuentra ninguna importancia en la manera en que la “dejen”. Tras mucho pensar, y la insistencia del abuelo deciden llevarla al pueblo, Navarra. A enterrarla junto a sus hermanas: Áurea y María; y su padre, Florentino que murieron en la Guerra Civil. Bea lo acepta, porqué quería mucho a su abuela y piensa que así el abuelo se pondrá contento.

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Han llamado a la funeraria para comentarle lo que quieren hacer. La compañía no les pone ningún inconveniente. Ese mismo día le llevarán un ataúd con nevera incorporada a la misma casa para que se conserve bien y la gente se pueda despedir. Han avisado a toda la gente más cercana a la abuela, que no es poca, una avalancha de gente se acerca al piso a dar el pésame. Es un piso grande y luminoso, con grandes ventanales. Pero hoy se ha convertido en el más pequeño y oscuro de la zona, no importa que haya grandes ventanales, porqué hasta las plantas están más fláccidas La (entristecidas). de la Un panorama melancólico. puerta vivienda

abierta, con montones de coronas de flores para la difunta, con cintas que ponen cosas como: de tus hijos, de tu nieta, de tus primos... Mucho silencio e incomodidad, no se oye ninguna risa, sólo de vez en cuando el llanto de alguna alma. La familia Subirana siente un gran alivio al ver que todo el mundo está pendiente de la abuela, se han contentado mucho al ver que mucha gente quería y quiere a la abuela, era muy afortunada. No cabe más gente en ese piso, la gente se ha puesto apoyada por todas las paredes,

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ocupando todas las sillas... Porqué allí ha ido gente, que ni Bea conoce, ya que no se ven con el abuelo des de hace más de veinte años. Era como un reencuentro de muchas personas, todas relacionadas entre sí, por una causa suficiente importante; la abuela. La difunta está en una habitación, dentro de un ataúd por el que se ve a través de él. Tiene muy buena cara. Exactamente la misma cara que los ángeles que dibujan en los cuadros, con la misma expresión de tranquilidad y paz. Al día siguiente marcharán dos semanas al pueblo para hacer los preparativos y enterrar a la abuela. De paso harán una pequeña estada en el pueblo para desconectar un poco de todo y tranquilizarse. Irán en coche, viajaran toda la noche. La compañía funeraria ya se ocupa de todo.

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Capítulo tercero

“Un triste viaje”
Ya ha llegado el momento de irse, pasar dos semanas fuera enterrando a la abuela y desconectar un poco de todo el estrés de Barcelona. Todos están muy desanimados, irán a un lugar extraño y encima pasarán el mal rato del entierro de la abuela. La zona a la que irán es un pequeño pueblo de Navarra, llamado Oronz. Que tan sólo tiene ciento cincuenta y tres habitantes. Allí están enterradas las hermanas de la abuela y su padre, todos fallecidos en la Guerra Civil. La abuela siempre había dicho que quería descansar al lado de ellos. Para la abuela eran muy importantes, ella misma vio como murieron ante sus ojos. Toda la familia Subirana se despide de Barcelona durante dos semanas. Vacían la nevera, le dejan las llaves de casa a la vecina para que se ocupe de regar las plantas... No preparan la maleta muy grande ni tampoco se despiden demasiado, ya que sólo estarán dos semanas allí y ese tiempo pasa enseguida. A Bea
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no le tienta mucho la idea de pasar dos semanas fuera, en un lugar extraño, con la muerte de la abuela, sin conocer a nadie... pero es un sacrificio que hará por el amor que le tenía. Al padre tampoco le hace mucha gracia irse, hay una feria de caravanas y no podrá asistir. Y la madre dejará colgado al jefe, con todas sus reuniones y su apretadísima agenda. A nadie le gusta ir, todos quieren quedarse. El abuelo es el único que mantiene la ilusión, y a pesar de que su mujer haya muerto, está bastante bien. El último día que están el Barcelona antes de irse al pueblo, Jose ha ido al trabajo a despedirse y a avisar a sus superiores de lo ocurrido. Pide el permiso para marcharse y se lo dan sin inconvenientes. Sus compañeros le dan el pésame y de paso le dicen que a ver si le traen alguna cosa de Navarra: “Josete, a ver si te traes algún chorizo o algo de Navarrica, no nos seas rácano, eso si, no nos traigas nada de carne de la abuela, jajaja”. A Jose le ha molestado un poco el comentario, se acaba de morir su suegra y los compañeros se ríen con ese mal gusto. Pero no les hace mucho caso porque sabe que no tienen experiencias como esa y no saben lo que se siente.

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Con la madre, Eva, han sido más educados. Ella le ha contado lo ocurrido a sus jefes, para el permiso, como el padre. Incluso sus amigas le han invitado a merendar y han estado un largo tiempo hablando. Hablaban sobre como era la abuela. A la madre, la consiguen animar mucho, sus compañeros no le han pedido nada a Eva. Bea ha querido ir al instituto para despedirse de sus amigos. En el pueblo no podrá comunicarse con ellos, ya que allí no hay ni ordenadores, ni internet, ni nada. Ese día, al llegar a clase les cuenta todo a sus amigas más cercanas, la muerte de su abuela y que se irá a Navarra durante dos semanas. También se lo comenta a la profesora para que no le ponga falta. Bueno, que me voy durante dos semanas... así

no tendréis que aguantarme –bromea Bea- me voy por lo de me abuela. Aida. Oye, que siento mucho lo de tu abuela... –dice Si, tía, ya no podremos ir al cine con ella –añade una amiga suya.

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-

Ya lo sé, pero ¿Iremos otro día, vale? Tu ya sabes que te vamos a echar de menos ¡ Ei! Que no me voy a la Luna ni a la mili, sólo me Ya... –murmuran avergonzadas sus amigas.

estas dos semanas... voy unos días, y encima a un entierro...

Suena el timbre, Eva ya está en la puerta del Instituto para recoger a Bea e ir a su casa y rápidamente partir para el pueblo. Bueno, bueno, ya ha llegado la hora. ¡ Hasta “Good by” “By”

luego guapas!

Se dan todas un fuerte abrazo y Bea se va alejando, mirando hacia atrás y sonriendo, con tal de esperanzar a sus amigas. Ella, en realidad, está muy nerviosa por como será todo allí. Ya es hora de partir. Se han subido todos en el coche, apretados. El padre y el abuelo en los asientos de delante y Eva y Bea detrás. La abuela va en un

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coche de la funeraria, detrás de ellos. La familia se mira el coche alargado, de color vino y con el trasero lleno de coronas de flores, con un cierto “repelús”. Todos sabían que éste día llegaría, e incluso se preparaban, pero nunca nadie está listo para un mal trago así, y menos con una persona tan activa y relativamente joven. En el pequeño coche se respira un ambiente totalmente incómodo, y no por la estrechez del coche si no por lo pasado. No saben de qué hablar allí dentro. No se van a poner a hablar del partido del domingo por la noche, ni de los deberes que el profesor ha puesto, ni de los rumores del barrio... El padre mira fijamente la carretera, casi sin parpadear. El abuelo reposa la nuca sobre el asiento y mira hacia ninguna parte. No tiene ninguna expresión en el rostro, ni desagradable, ni alegre... No expresa nada. La madre hace pasar el rato cruzando los brazos y mordiéndose las uñas, con cara de preocupación. Está preocupada, de cómo será eso, lo que se encontrará, el lugar donde residirán... Bea se da cuenta de como lo pasan los demás, ella apoyada en el cristal de la ventana dice:

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-

¿Cuánto falta? Pues... queda más de la mitad del viaje, ya Vale, oye, ¿podrías poner la radio? ¿Ahora...? Sí, claro –insistente- ponlo en la emisora que

mismo paramos para ir al lavabo y comer algo.

siempre ponía la yaya. El abuelo enciende la radio y empieza a sonar una canción. Esa canción le gustaba mucho a la abuela, y siempre que sonaba se ponía a bailar y a cantarla. Al final toda la familia acababa tarareándola. Ésta canción le gustaba mucho a la abuela –dice Sí, y la cantaba –dice Eva. Tu madre cantaba muy bien. Recuerdo una vez el abuelo, tímidamente.

que estaba en una fiesta mayor y la cantante se tropezó o no sé que le paso y cayó al suelo. ¿Y qué pasó? ¿Que, qué pasó? –comenta el abuelo

acompañado de una pequeña carcajada- a tu abuela no se le ocurrió nada más que subirse al escenario y ponerse a cantar la canción que sonaba. Los músicos continuaron tocando, como si no pasara nada. Y la

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gente del público se animó mucho. Esa noche se respiraba un ambiente acogedor. Toda la gente de allí, sin conocerse de nada empezó a disfrutar de una sola cosa, todo el mundo miraba a tu abuela, todo. Como se movía, como cantaba... Su sonrisa se transmitió al resto de la gente. Es que la yaya... Sí, yo estaba con mis amigos, bebiendo unas

cervezas. Debería tener unos diecisiete años. Ellos se reían de la abuela, pero yo... yo en ese instante me enamoré de ella, aquella noche. ¡ Ohh! Yayo... que me harás llorar –destaca Bea. ¿Papa, y luego que le dijiste? Luego... luego la ayudé a bajar del escenario, se

le notaba en el aliento que había bebido un poco. Pero estaba lo suficiente sobria como para hablar con ella. Le invité a dar un paseo bajo los árboles y las estrellas de la noche. Ella aceptó. Hablamos de todo, yo cada vez me enamoraba más. Era algo que jamás había sentido. ¡ Que bonito! –grita Bea. No sabía yo esto de ti, abuelo –comenta Jose-

continúe, continúe.

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-

Pues

después

fuimos

encontrándonos

y

hablábamos, salíamos por ahí, íbamos hasta la piscina. Nos hicimos muy buenos amigos. Y poco a poco, la amistad fue siendo otro sentimiento... ¡ Y mira todo lo que hemos creado! Si yayo, muy bien.

Han estado horas y horas hablando de temas así, de tal manera que el mal ambiente que había antes ha pasado a ser un agradable ambiente familiar. Como si no hubiera pasado nada y simplemente fueran todos en el coche apretados para ir a la playa, por ejemplo. A todos se les ha pasado por la cabeza que la abuela sigue ahí, entre ellos, se nota su viveza, su actividad. Después de un largo viaje y unas cuantas paradas han llegado al lugar, a Oronz, Navarra. Es todo muy verde y acogedor. Por primera vez en mucho tiempo, la familia Subirana, se encuentra en una situación de tranquilidad absoluta. Muchos árboles grandes y verdes, con pájaros volando y ardillas correteando y saltando entre esa masa de plantas. Huele todo a limpio y no se oye nada de coches, solo el piar de los pájaros y el sonido del agua de algún

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riachuelo cercano. Todas las casas y calles son de piedra, e incluso la calzada por donde pasan los coches. Es precioso. Hay muy poca gente que habita este sitio de una forma fija, pero hay mucha más que viene de vacaciones o sólo en algunas temporadas del año. Es decir, que hay las tiendas y comercios suficientes como para tener una vida completamente normal, sin la necesidad de ir muy lejos y buscar los alimentos, etc. Acuerdan con los de la compañía el día y la hora del entierro. Éstos se van a una terminal de la compañía. La familia Subirana se dirige hasta el hostal donde tienen reservadas unas habitaciones. Les ha tocado un hostal del mismo estilo que el resto de casas, de piedra. Tiene tres plantas. En la baja hay un comedor, una sala de estar y recepción. En las dos plantas de arriba hay habitaciones. Las habitaciones son grandes y espaciosas y está todo muy limpio y organizado. La familia Subirana está encantada del lugar, donde pasarán las próximas dos semanas de su vida.

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Capítulo cuarto

“El último adiós”
Esta misma tarde de llegada, después de dejar todas las maletas en el hostal, se han marchado a pasear por el pueblo, para conocerlo un poco y ver como sería el lugar en que la abuela sería enterrada al día siguiente. Oronz es un pueblo encantador, mucha vegetación, aire puro, animalillos correteando... Todo lo contrario a Barcelona, por aquí puedes caminar por las estrechas calles sin temer a ser arrollado por un coche o un autobús. La familia Subirana está muy cómoda y tienen una sensación extraña en ese lugar, nunca se habían sentido tan bien. Por fin comprenden a la abuela, cuando decía de ir al pueblo, o que insistía en que quería ser enterrada allí. Han ido a ver el cementerio donde reposará la abuela. En la entrada hay una puerta de hierro forjado, de color negro, con barras de arriba a abajo acabadas en puntas, como unas lanzas. El interior es grande, tiene un patio enorme principal, con pequeños caminos de tierra que conducen a las diferentes lápidas. A los
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lados del grandioso rellano cuadrado hay unos muros que lo envuelven, hacen la función de estantería, pero para los difuntos. Estos muros no son demasiado altos, de alto caben tres ataúdes. Son blancos con un pequeño tejado de tejas anaranjadas. A todo esto le acompañan unos grandes cipreses, bien hermosos. Todo está plagado de lápidas, de miles de colores y tamaños, con inscripciones de todo tipo, con fotografías, flores... Algunas lápidas muy bien cuidadas, forradas de mármol y tiestos con flores vivarachas. Todo está envuelto de miles de sentimientos de muchas familias, miras a todos lados y te imaginas la historia de la persona que yace ahí, descompuesta. La abuela será enterrada en un nicho, el del medio de la hilera de tres, y tocando la esquina de los muros. Justo al lado de sus hermanas y encima, su padre. En esas lápidas hay una dedicatoria de la abuela, cuando ella fue quién enterró a sus familiares, en la que dice: “Siempre os llevaré en el corazón, y por muchos años que pasen acabaremos en el mismo lugar, vuestra hermana”. Al final eso acabará siendo verdad. Es uno de los sitios más resguardados del cementerio, escondido. Será el mejor lugar para la abuela. Ya está

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preparada la placa donde hay una inscripción que se colgará en memoria de la abuela. El abuelo mira a su alrededor, sin decir nada, con una expresión en la cara de dolor, pero a la vez de felicidad. “Aquí, mi yaya estará bien contenta, al lado de sus hermanas y su padre. Todos estamos contigo, todos estamos contigo...” Eso piensa el abuelo, mientras Jose y Eva van hablando decaídos con los profesionales sobre como será todo. Van cogidos del brazo, con la espalda ligeramente curvada y la mirada fija en el suelo. Aquel lugar les ha hecho decaerse moralmente, otra vez los sentimientos de dolor han vuelto a aparecer en sus mentes. Bea también está dolida, sí, pero siente que están perdiendo el tiempo. Ella no entiende porqué le dan tantas vueltas al asunto del entierro de la abuela, cuando ella lo que quiere es recordarla tal como era, su persona, no que su inánime cuerpo sea encerrado en una caja y luego meterlo en una pared. Además está muy amargada porqué va a pasarse dos semanas en un lugar extraño donde no conoce a nadie y encima cargar el peso del dolor de la familia.

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Ahora se han ido al hostal a pasar lo que será una larga noche. Cada uno se ha ido a su respectiva habitación, el abuelo y Bea en una y los padres en otra. Las habitaciones son acogedoras, y las camas cómodas. Pero, aunque durmieran sobre una nube, no lograrían sentirse mejor. Eva, en su habitación empieza a recordar a su madre, de cuando era joven, como jugaba con ella, como llevaba el pelo, como olía, el ruido que hacía al maquillarse... Le pasan miles de momentos inolvidables por su cabeza, que, por una parte le hace sentirse bien, pero por otra le provocan una tristeza inmensa. El abuelo también recuerda cosas sobre la abuela; él no se entristece. La abuela le tenía muy bien enseñado a ver todas las cosas por el lado positivo. Él recuerda, sobre todo, aquella noche en la fiesta mayor, donde la conoció, donde empezó todo, donde fue feliz para el resto de su vida. En cambio a Bea no se le quitaba de la cabeza la imagen de su abuelo arrodillado ante la cama, y la abuela allí, tendida. Además le da vueltas y vueltas al lugar donde la enterraran y se la imagina allí metida, oscura, sin luz, sin vida, sin nada. Jose, está un poco mejor, pero se siente cansado y está en un lugar lejos de su casa. Al final todos han conseguido dormir un poco.

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“Billete de ida”

Un nuevo día. Cuando aún estaban en Barcelona, el abuelo fue avisando a todos lo familiares de todas las partes de España para explicarles lo sucedido y donde sería el entierro. Ya van llegando todos los familiares de la abuela, de todas partes para presenciar el acto. Hay mucha gente, incluso algunos vienen de Andalucía. Todos han ido a la funeraria, a una gran sala con sillones, agua, lavabo, comida... Que al fondo tiene una pequeña habitación donde está la abuela, en una nevera. Después de tantos días, la abuela ya se ve un poco más ajada. De tal manera que será enterrada a las doce de la mañana, le harán una misa en la Iglesia del pueblo y luego al cementerio. La misa es una cosa insoportable, nadie de la familia Subirana es creyente y l o ven un aburrimiento total. El cura leyendo libros con voz temblorosa, que ni se le entiende y, a la vez, haciendo movimientos raros con los brazos. Pero eso lo que se hace siempre, así que debe ser muy importante. Cundo acabó la misa, fue espectacular porque toda la gente del pueblo fue a dar el pésame a la familia. Desde los más grandes a los más jóvenes. Después la van a enterrar, es un día

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“Billete de ida”

lluvioso. Tienen que meter el ataúd en un nicho y luego taparlo con ladrillos y yeso. Mientras el albañil tapa el agujero con los ladrillos, todo el mundo le mira, con cara de pena. Éste se siente incómodo, un grupúsculo de gente observa cada movimiento que hace, sin moverse ni decir nada. Al final lo han tapado todo y han colgado la placa de metal: “Gracias por hacernos disfrutar de la vida, yaya. Siempre te recordaremos, siempre”. Toda la gente se despide, se vuelven a sus casas. Los Subirana vuelven al hostal, con un cierto sentimiento de alivio. Ya no tendrán más presiones por los trámites del entierro, ni deberán mantenerse alerta para atender y saludar a las personas que han acudido a decirle el último adiós a la abuela. Sin saber muy bien que hacer se van cada uno a un sitio, solos, buscando el aislamiento de forma consciente, como contraste a la convivencia forzada de las pasadas horas. Mañana será otro día.

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“Billete de ida”

Capítulo quinto

“El lado bueno”
Después de todo lo pasado, la familia está muy triste y decaída. Bea, no soporta nada el ambiente que hay. Ella también está amargada porque no tiene nada, así que se va a dar un paseo, a amargarse. “Bueno, ahora tendré que estar dos semanas aguantando el mal rollo que hay. El yayo sin decir nada y con cara de tonto, la mama lo mismo y el papa, no sabe que hacer. Que asco”. Va por la calle, mirando todos los paisajes verdes que hay, no pasa casi nadie. De vez en cuando un coche, alguien el bicicleta... Mientras va caminando, encuentra un bonito banco y se sienta. Piensa en sus amigos de Barcelona, en lo que se ríe con ellos. Hola –dice alguien. Hola –dice Bea desprevenida, sin saber quien se

lo dice.

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“Billete de ida”

edad. -

¿Que eres nueva? –lo dice una chica de su edad,

que va con una pandilla de amigos, también de su Sí, soy nueva, sí; estaré dos semanas. ¿Que eres la del entierro? Si ¿como lo sabes? ¡ En este pueblo la gente se entera de todo, jeje! No pasa nada. Bueno que no nos hemos presentado. Ah, vale, yo me llamo Bea, o sea Beatriz. Encantados – dicen todos. Mira, está de aquí es

Oye, que siento lo de tu abuela.

Alba, ella Ainhoa, él Christian, ella Arantxa, Patxi, Amaia, Erika, Javier y yo, que me llamo Noelia. Ah muy bien, predominan las chicas eh... ¡ Hombre! Pues claro –bromea Christian. ¿Y cuantos años tenéis? Pues, catorce y quince. Ah, pues yo tengo catorce. ¡ Somos tal para cual! ¡ Jijiji, si! Bueno ¿empezamos la ruta del pueblo? ¿El qué? –pregunta Bea con una cara de

desorientación.

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“Billete de ida”

-

Pues te vamos a enseñar todo lo bueno de éste Bueno, vale, será divertido. ¿Ahora te va bien, y más tarde? Bueno cuando tu ¡ Vamos ya, no perdamos tiempo! espectaculares, extrañas... de todo. Por

pueblo, cosas que ni los expertos lo saben, jaja.

quieras, claro. Estuvieron mucho rato hablando y viendo cosas muy bonitas, ejemplo, fueron a un lago que era de color azul celeste, debido a unos organismos muy pequeños que viven en el interior. Bea se quedó asombrada. Se lo pasó muy bien con ellos, se ensuciaron toda la ropa, el pelo. Es lo único bueno que tiene Bea en éste lugar. Han conectado todos muy bien. Los del pueblo son unas maravillosas personas, lo valoran todo mucho, no tienen malos rollos así porque sí, no les importa lo que piense la gente de ellos... La barcelonesa se ha quedado sorprendidísima de lo bien que se lo ha pasado, la primera vez que se conocen y ya muestran ese afecto y confianza; cosa que no cree que hubiera pasado en Barcelona. Bea ha ido todo el rato junto a Christian, un chico de su edad. Es muy simpático y además guapo. Él le ha

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“Billete de ida”

contado toda su vida, y ella, como no, la escuchó con mucho afán. Es con quién más ha hablado y más ha bromeado. Oye, y ¿tu tienes algún hobby? Si, toco la batería. ¡ Hala! ¿¿si?? –sorprendido. Sí, sí la batería. ¡ Que guay! ¡ Ya ves! Y encima... un chica queda muy bien que toque Si, mola mucho. Y además si estas rabioso con

la batería. alguien o algo, pues te desahogas, porque le pegas más fuerte. Los vecinos a veces se quejan y tal... Pero también me dicen que no lo deje y que no lo deje... Pues yo toco la guitarra. Podríamos formar un grupo. Bea está contentísima, se siente muy acogida. Además ha visto que con Christian tiene muchas cosas en común, e incluso le ha dicho que ¡ formen un grupo de música!

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“Billete de ida”

Bea ha llegado a casa a las nueve de la noche. Despeinada, con la ropa sucia... pero con una sonrisa en la cara tal que el resto pasaba inadvertido. Fue corriendo hasta su madre dando saltitos y le dijo: ¡ Mamaaaaa! ¿A que no sabes qué? Pues no, no sé... Mira, estaba paseando por el pueblo, así mirando ¿Y? Pues oigo una voz que me dice “Hola”. Y era una ¿Ah si? Sí, y nos hemos hecho amigos, me han dicho los

la tiendas, el paisaje, aburrida...

chica, Noelia, que iba con una pandilla.

nombres y tal, mira que te los digo, primero las chicas: está Noelia, Alba, Ainhoa, Arantxa, Erika y Amaia. Javi. Que pocos chicos. Ya. ¡ Bueno, y anda que no son majos! Me han Y con uno, Christian, me llevo muy bien. Mira, todos vascos, estos nombres no se ven Ya, bueno y luego los chicos: Christian, Patxi y mucho en Barcelona, sólo Alba.

acogido muy bien, muy bien, muy bien.

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-

¿Ah si?

- Sí, es que tenemos muchas cosas en común. ¡ El sabe tocar la guitarra y ha dicho que podríamos formar un grupo! Claro, tú tocas la batería, jeje –ríe la madre entre Y además ¡ es guapísimo! Nada, Eva, –dice que Jose, nuestra hija a se un nos ha imitando anuncio dientes.

enamorado publicitario. ¡ Papa!

Bueno, dinos ya como es, que nos hemos Pues es más o menos como yo de alto. O sea

quedado con las ganas –exige el abuelo. bajito, no está ni gordo ni delgado, está bien. Luego rubito oscuro o castaño claro, según como mires. Y con un poco de melena, pero poca. Y tiene los ojos muy vivos, y cuando se ríe ¡ se ilumina todo! es. Si, un buen partido, un buen partido –dice su Deja a la chiquilla, hombre... ¡ que fantasee sola! padre- Tu mira que tenga la cartera llena... jaja. Jajaja –bromea el abuelo. Pues si que es guapo sí, bueno ya me dirás quién

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“Billete de ida”

-

Bueno, no me podéis hacer enfadar, estoy

demasiado contenta –presume Bea. Los amigos de Bea, han hecho que la familia Subirana se ría un poco, y el ambiente oscuro y deprimente que había ha pasado a ser un ambiente agradable. Durante la cena han hablado de lo que han hecho Bea y sus nuevos amigos, donde han ido... Eva y Jose están muy contentos porque han hecho que su hija vuelva a estar contenta y de paso les ha contentado a ellos. Bea ha dormido, a diferencia de ayer, plácidamente. Sin presiones, e incluso ha tenido bonitos sueños con sus nuevos amigos, con Sara, Alba... Uno de esos sueños era que efectivamente formaba un grupo con Christian y que el resto de la pandilla eran los coros, y bailaban y cantaban con vestidos sicodélicos. Al paso de los días, Bea continúa yendo con sus amigos del pueblo, se queda a comer en sus casas, duermen al aire libre todos juntos, se ríen, lloran con películas... Cada vez van intimidando más y más. Esos amigos son como un rayo de luz en un día nublado.

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Pero van pasando los días y dentro de poco Bea tendrá que marcharse a Barcelona de nuevo, e irá dejando detrás de ella a unos amigos geniales.

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Capítulo sexto

“Añoranza”
Parecía que la estada en Oronz duraría mucho tiempo, que las dos semanas se harían dos meses. Pero no ha sido así. Ya han pasado las dos semanas y la familia Subirana tiene que volver a Barcelona donde lo tienen todo. A Bea es a quien más pena le da volver, pero allí tiene más amigos, su familia, su casa, su querida batería... Además, seguro que alguna vez en la vida, visitará Oronz, y volverá a ver a sus amigos. Aún no se hace a la idea de que, seguramente, nunca más los volverá a ver. La pandilla del pueblo, está muy triste, en especial Christian. Bea era algo nuevo que había entrado en sus vidas, animaba mucho más al grupo, ahora volverán a estar solos, como antes. Desde que llegó estuvieron todos los días viéndose, y la conocieron intensamente en muy poco tiempo. Ya tienen todas las maletas guardadas en el coche, han comprado algunos recuerdos y se han hecho fotos.
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La madre, por ejemplo se ha comprado un caballo tallado en madera, bastante típico del pueblo. El padre se ha dedicado a hacer fotos y el abuelo a recolectar semillas de árboles y plantas para intentar cultivarlas en el balcón de su piso de Barcelona. Bea no ha tenido tiempo para eso, se ha hecho fotos con sus amigos, se ha divertido con ellos y punto. Bea va a despedirse de sus amigos, están todos allí, quietos y miran como se acerca, en silencio. Se miran, están todos allí para darle un gran abrazo de despedida. Bueno, ya nos abandonas... Sí, pero quizá alguna vez nos volvamos a ver, ya

presionaré a mis padres para que vengamos este verano, de vacaciones. Si, tu ven. Te hemos traído una cosilla, para que no te ¿Ah si? No hacía falta.

olvides de nosotros.

Le dan una postal donde hay fotos de cada uno de ellos y dedicatorias, también de cada uno de ellos. La

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“Billete de ida”

foto de Christian es la más grande, los de la pandilla se habían dado cuenta de algunas cosas... Bea lo lee silenciosa, los demás le miran, y se le va frunciendo el ceño y apretándose los labios con los dientes. Se reprime un poco hasta que se le escapa una lágrima. Ei, ei, no llores hombre... Que seguro que alguna Sí, además allí en Barcelona te olvidarás de Anda, calla, que si que se tiene que acordar, ¿Cómo quieres que no me acuerde? ¡ Bea date prisa! –grita el abuelo. ¡ Voy! Bueno, me voy ya.

vez en la vida nos veremos –dice Ainhoa. nosotros, no te haremos falta –dice tristemente Patxi. hombre –dice Alba.

Acaban todos de soltar las lagrimillas, se abrazan y cuando Bea ya se dirige para el coche pregunta por Christian, no está con los demás. Se había escondido porqué no soportaba que se marchara, para siempre. Se va hacia él. Está sentado en una esquina, abrazando sus piernas dobladas y apoyando la cabeza en las rodillas.

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adiós? -

Christian...-dice Bea miedosa- ¿que no me dices Adiós –dice Christian seco y sin levantar la A mi también me duele que me tenga que ir, no

cabeza. lo hagas peor, anda... –suplica- Bueno, espero que te vaya todo muy bien. Le da un beso en la cabeza, en el pelo, y se va triste hacia el coche. Entonces Christian se lo piensa mejor y corre hacia ella y le da un abrazo. Ahora se muestra la cara, está lloroso. Se dan un caluroso abrazo y se van separando poco a poco, alargando el brazo hasta separar sus dedos de las manos. Mientras, sus amigos, consuelan a Christian. Bea se sube al coche y se despide por la ventana y se queda mirando mientras los del pueblo se van haciendo mas pequeños, y más y más... hasta que desaparecen. Esta vez el viaje no es tan agradable como el de ida. El abuelo lee un libro que compró en el pueblo. La madre se ha dormido, está muy cansada. Jose está al volante y no puede hablar ni nada. Bea coge el discman y empieza a escuchar música. Las canciones le hacen

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recordar momentos que pasó con los amigos, le gusta recordarlos ya que será lo único que tendrá, los recuerdos. Una vez en Barcelona, dejan las maletas en casa, ven otra vez el paisaje que hay, coches, edificios, humo y ruido. La casa está vacía y llena de polvo. El abuelo llega a su casa, se tropieza con las cartas que le han ido dejando. Sólo se oye el ruido que hacen las llaves al dejarlas sobre la mesa y lo pasos que hace. Está todo exactamente como lo dejó la abuela el día que se fue. El abuelo se dedica a coger la ropa de ella y olerla. La otra sección de la familia llega y se va a dormir, mañana deberán ir al trabajo y al instituto, la rutina diaria empieza de nuevo. Todos han conseguido dormir bien, menos Bea, que sólo pensaba en el pueblo, el pueblo y el pueblo. También está ilusionada porque mañana volverá a ver, por fin, a sus amigos en el instituto. Al día siguiente todos se levantan, el despertador no ha sonado y llegarán tarde. Se visten rápidamente, sin tiempo ni a respirar. El abuelo no les ha preparado el

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desayuno de siempre, está durmiendo. Jose, Eva y Bea suben al coche, primero se baja Eva en el ayuntamiento, luego Bea en el instituto y finalmente Jose, en el trabajo. Cuando llega Bea no le hacen alabanza ninguna, la tratan como si no hubiera faltado en ningún momento, sólo Aida y Sara corren a ella. Sara. Sí, sí, tengo muchas cosas que contar... Oh, oh... ¿Qué ha pasado? Nada... –dice Bea avergonzada- bueno, vamos Bueno... ¡ pues como siempre! –se queja Aida. ¡ Por fin estás aquí! Bueno, bueno, nos tienes que contar todo –dice

para clase. Oye, que borde que está la gente ¿no?

Sus compañeros están muy raros, rechazan a Bea. Solamente se comportan de manera normal sus dos amigas. A la hora del recreo, Bea les cuenta todo lo ocurrido en Navarra, la pandilla de amigos, Christian... Ellas miran las fotos que ha traído, se dan cuenta de que su amiga les echa de menos. Bea ya vuelve para

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casa, ha pasado un día raro, sus amigos... no son lo que eran. A Jose le ha pasado lo mismo. Sus compañeros de trabajo le han dejado un montón de faena retrasada para que la hiciera, celosos de que hubiera tenido unas vacaciones. Jose llega decepcionado a su casa, encima ha tenido un pequeño accidente en la carretera, le han dado un golpe y han roto el faro. Eva está un poco mejor, pero muy estresada, vuelve a la rutina de siempre. Atendiendo al público amablemente, que se queja de todo. Esforzándose por no parecer cansada ni rabiosa por el cliente. Mal día para todos. A medida que van pasando los días, la situación no cambia, cada vez están más hartos de aquello, que si la gente cinchándoles continuamente, rechazándoles, contestando mal... Fatal. No cambia la situación, ¿Qué pueden hacer? Llegan todos los días a casa quejándose, duermen mal por las noches. E incluso la salud ha empeorado, por ejemplo al abuelo le ha entrado diarrea, el médico dice que, seguramente, es de alguna infección en el agua o la comida.

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Con lo bien que estaban en Navarra, tranquilos y disfrutando. La cosa en Barcelona no puede seguir así. Los amigos de Bea no valoran nada, lo tienen todo, pero en cambio no lo valoran y se quejan de todo. En cambio los de Navarra a todo le daban importancia ¡ hasta a las piedras! Ellos saben como comportarse, en que momento bromear y en cual ser serio. En Barcelona, los amigos de la adolescente la han dejado varias veces en ridículo, sólo tiene el apoyo de sus dos amigas. Jose ya no puede con sus amigos, cada día se hace un enorme reto: “soportar a los del trabajo sin cabrearme”. Y a Eva le dan ataques de rabia cuando ve entrar a alguien en el recinto donde está su mostrador. Resumiendo, han pasado ya seis meses desde la vuelta a casa y todos ven con otros ojos la vida en la ciudad. Es como si de golpe hubieran tomado conciencia de lo s estresante, ruidosa y poco agradable que resulta la vida ahí. De lo que significa vivir de espaldas a la naturaleza, del bombardeo continuo de información en televisión, en la radio, en la calle... Para Eva, por ejemplo, se hace caca vez más difícil sonreír y ser amable con el público. Para el padre, Jose, es como si de repente se diera cuenta de lo superficial y frívola

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“Billete de ida”

que es la vida que llevaban hasta ahora, le parece que el mundo de venta de caravanas está en crisis desde hace tiempo, pero sólo ahora se da cuenta. Así que esos sentimientos se reflejan en la relación con sus compañeros, que cada vez va para peor. El abuelo siente como si estuviera en una jaula dentro de su piso de Barcelona, echa de menos el Sol, el aire limpio, el frío y todo lo que dejó en el pueblo, sus amigos del casal le parecen muerto en vida, y preocupados nada más que por pequeñeces. Y por fin, Bea se siente como si se le hubiera caído un velo de los ojos y viera con más claridad las cosas y la gente que le rodea. Sus compañeros sólo piensan en divertirse, en estar conectados a internet, cada vez más aislados unos de otros. No le parecen aquellos amigos cálidos y agradables que le acompañaban en cualquier cosa que le pasaba. Y además toda la familia vive aplastada por lo mucho que echan de menos a la abuela, a su alegría de vivir, a las cosas a las que les tenía acostumbrados; es como si les faltara la chispa de la vida.

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Se les pasa a todos por la cabeza la idea de volver al pueblo, pero nadie se atreve a proponerlo, hasta que un día Jose llega a casa, después de una bronca con sus amigos y dice enfadado: A ver... todos estamos hartos de la gente que

hay aquí, de la gente y de todo. ¿Quién se viene conmigo a vivir al pueblo y dejar esta... deja esto aquí? Todos se miran avergonz adamente y callados... Pero todos quieren hacer lo que el padre propone, se quieren ir ya de una vez al pueblo. Yo voy, papa, contigo –dice Bea- estoy harta de

la gente de aquí, sólo merece la pena Aida y Sara, los demás... les he pillado asco y todo. ¿Sabes qué? –dice el abuelo - ayer me quedé asombrado cuando fui al casal y vi a dos hombres mayores peleándose, pegándose y gritándose, todo... ¡ por una silla! ¡ Estuvieron a punto de hacerse daño por una silla! Sí, parece que a la gente de aquí le gustan los Hijo, yo me voy contigo y Bea –acaba el abuelo. malos rollos, yo estoy harta –comenta Bea.

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-

Y yo también –añade Eva. Pues, confirmado. ¡ Todos para el pueblo!

La familia Subirana va a volver al pueblo, a vivir definitivamente, después de mucho pensarlo todos, se han decidido y van a volver a Oronz. Bea ilusionada, llama a la pandilla y se lo va a decir, cuando piensa que lo mejor será darles una sorpresa. Sólo, para disimular, les pregunta que qué tal están, que les echa de menos... Le sabe mal por Aida y Sara, pero se alivia a saber que visitará a menudo Barcelona, porqué aquí conocen a mucha gente, y es donde han estado viviendo toda su vida. Al resto de la familia les pasa exactamente lo mismo, siempre hay alguien que les sabe un poco más mal. Otra vez están haciendo el viaje de ida en el coche, apretados, pero esta vez viaja un camión detrás suyo donde llevan todos los muebles, la ropa, cajas llenas de cosas y, como no, la querida batería de Bea. Así les podrá mostrar a los del pueblo como toca, e incluso la idea de formar un grupo con Christian, está más cerca. Esta vez se les está haciendo más largo el viaje, porque

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lo esperan impacientes, falta poco para que Bea vuelva a ver a todos sus amigos. Ella no hace más que imaginar la reacción que tendrán, la reacción que tendrá ella... ¡ No puede esperar más!

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Capítulo séptimo

“Una nueva vida”
Y por fin el viaje concluyó. Ya han llegado a Navarra, a Oronz. Es de noche, y se respira un ambiente frío y húmedo. Todo es tal y como lo recordaban, pero de otra manera. La vez anterior lo vieron desilusionados, en cambio ahora están totalmente ilusionados, quizás pasen allí el resto de sus vidas. Mientras descargan todas las maletas y cosas de la furgoneta dicen: ¡ Oh, que bien! Por fin, ya tenía unas ganas... No te quejes tanto papa... que ¡ por fin hemos

Tengo la espalda rota –se queja el padre. llegado! Ue, ue. Tengo unas ganas de ver a mis amigos... Venga vamos a entrar ya al hostal que es tarde. Si, vamos entrando, mañana ya veremos a todo

el mundo y lo saludaremos, hoy ya hemos hecho suficiente –dice el abuelo.

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Entran todos en el hostal, el dueño ya les conoce, les da una muy buena bienvenida. ¡ Hombre, ya habéis llegado! –dice el dueño-

desde el principio yo supe que vosotros, la familia Subirana, no podríais aguantar en Barcelona... no os podríais separar de aquí, ya lo sabía yo... Sí, sí. En Barcelona, estos seis meses que hemos pasado, han sido terribles. Mucho estrés, coches, mala salud... muy mal, muy mal –reconoce la madre. Así que han decidido volver aquí. Yo creo que han hecho lo correcto, aquí todos somos una familia y está todo muy tranquilo. Espero que lo disfrutéis. ¡ Claro que si! –dice Jose- bueno vamos entrando Sí, sí, claro. Esta vez os toca en la habitación 16 Muchas gracias, buenas noches –dice toda la ya ¿No? y 17. Os he reservado las más confortables del hostal. familia. Todos se han ido a dormir, en esas camas con las que soñaban, con las mismas sábanas suaves y con un olor que les recuerda los buenos momentos que pasaron en este pueblo.

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Bea sólo piensa en la reacción que tendrán sus amigos, cómo irá y les dará la sorpresa, qué dirá, qué dirán... Lo tiene todo muy bien planeado: todas las tardes quedaban más o menos a la misma hora en la plaza donde se conocieron, así que, Bea irá sobre esa hora a la plaza y les esperará. El padre está un poco preocupado por el trabajo ¿Dónde irán a trabajar Eva y él? Tiene planes de buscar trabajo siguiendo las indicaciones que le dieron por teléfono algunos vecinos: dos jóvenes del pueblo quieren forman una empresa de transporte porque, aunque sea un pueblecito muy pequeño, necesitan más comunicación con los pueblos de los alrededores. Uno de ellos sería el transportista y necesitan a alguien que tenga experiencia, les ayude a tramitar los papeles, hacer las gestiones, llevar la contabilidad... Jose es el candidato perfecto. En el ayuntamiento de Oronz necesitan a alguien. Cada vez hay más gente, y a pesar de que hay muy pocos habitantes, en verano aumenta mucho el número. Así que se han quedado un poco cojos de

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personal. Quieren que Eva trabaje con ellos porque tiene experiencia y el sistema informático está anticuado y Eva, les podría ayudar. En cuanto a Bea, todo está solucionado, en el pueblo hay un único colegio que es de párvulos, educación primaria, educación secundaria y bachillerato. Un centro enorme. Allí irá Bea a estudiar con todos los niños del pueblo. Empezará la semana que viene. Y mientras toda la familia pelee por su futuro, el abuelo se dedicará a buscar una casa para vivir. Quieren una casa grande y con jardín, la casa de sus sueños. Hay bastantes casas deshabitadas por el pueblo, así que esta tarea será fácil. Ha salido el sol, empieza ya un nuevo día, los pájaros cantan, todas las plantas están bañadas del rocío. La familia se levanta a disfrutar del nuevo día, esta vez no se han levantado por el ruido de las motos, o por el ruido de los vecinos de arriba, sino tal y como se lo ha mandado el cuerpo. Van al comedor del hostal

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y de nuevo empieza la deseada rutina del pueblo. El desayuno les parece buenísimo y tranquilo. Bea no puede esperar a que llegue la hora en que la pandilla se reúna, así que se marcha con su bicicleta a dar una vuelta por el pueblo, para ver si hay suerte y encuentra a alguien. Pero hoy es un día laboral, son las once de la mañana y todos sus amigos deben estar dando clases. Va al colegio, para ver si es la hora del recreo o si les puede ver por la ventana. Cuando llega, el recreo ya ha pasado y sólo le queda la opción de la ventanas. Pero como es un día soleado las persianas están bajadas y no se ve nada; no ha habido suerte. No puede quedarse hasta la hora de salida, tiene que volver para comer, así que tendrá que esperar hasta esta tarde para verlos. Durante la mañana el padre ha ido a hablar con los empresarios que quieren formar la compañía de transportes. Ya lo tienen todo montado, hasta el local con los muebles, Jose el está camión donde harán los transportes. encantado, definitivamente

trabajará con ellos como administrador y contable. Empezará dentro de d os semanas escasas. Y ahora

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“Billete de ida”

tiene que ayudar a los que serán sus compañeros, Aitor y Kusko. Son unos chicos jóvenes e ilusionados que han estudiado la carrera de empresariales. La madre ha ido a buscar trabajo al ayuntamiento. Allí hay trabajo de sobras. De momento se dedicará a renovar el sistema informático y más tarde, en verano, atenderá otros temas relacionados con el turismo y los servicios. Ella empezará a trabajar ya, cuanto antes. Ya ha llegado la hora en que la pandilla se reúne en la plaza, Bea está muy ilusionada y está allí esperándoles. Sentada en el banco en que estaba la primera vez que aquellos amigos acudieron a ella. Tardan un poco, pero ya se acercan, Bea oye a gente hablar con un vocabulario propio de los jóvenes, ya los ve, están allí. Está muy nerviosa, el corazón le palpita a cien por hora. Cada vez están más cerca; Bea se baja del banco de un brinco y camina hacia ellos. Primero no se dan cuenta, pero después Arantxa se fija un poco más: Oye, esa chica de ahí... ¿No os suena? Como anda, la ropa... y tal.

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Todos se quedan mirando fijamente a esa figura que está a lo lejos. Bea! ¿Qué dices? ¡ Sí, uo! Ya se ve que es claramente Bea quien se acerca a ellos, cuando todos se dan cuenta corren y corren y se abrazan formando una piña. ¡ Hola! ¡ Bea, has vuelto! Pues sí, sí. Llegué ayer por la noche –dice- os ¿Y te vienes a vivir? ¡ Sí! Jujuju. Uee –gritan todos. Si, yo ya sabía que ahí en Barcelona... no podías Bueno, bueno, bueno... tienes que contarnos Claro, claro. A ver ¿Adónde vamos? Como estoy muy contento os invito a todos a mi ¡ Es la Bea! –Dice ilusionado Christian, quien la había añorado mucho- pero, pero, pero... ¡ que es la

echaba mucho de menos.

estar –dice Alba- aquí estarás mejor. muchas cosas, pillina, muchas cosas...

casa, tengo refrescos en la nevera y a mis padres no les importará –ofrece Christian.

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“Billete de ida”

Se respiraba un ambiente de alegría y euforia entre todos, los de la pandilla no habían visto a Christian tan contento desde hacía mucho tiempo. Han ido a su casa y, de paso, el hijo le ha presentado sus padres a Bea, que no la conocían. Éstos parecen ser muy amables, el padre se llama Julián, un hombre grande y fuerte. La madre, Alicia, en cambio es bajita y tierna. Ya ha pasado toda la tarde, han estado hablando de todo. Cómo han pasado los seis meses, Bea les ha contado las razones porqué han vuelto, donde están viviendo, cuando empezará el colegio y todos los planes que tiene, que entre ellos está el de comprar una casa que esté bien de precio y sea grande. Unas semanas después todos han empezado con una vida totalmente normal. El padre ya trabaja en la empresa llamada “Transportes Oronz” y la madre en el ayuntamiento. Bea ya ha empezado las clases, le van muy bien y el abuelo pasa el día buscando casas y yendo a un casal de personas mayores donde juega a cartas, ve películas, aprende a bailar sevillanas... Se lo pasa muy bien.

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Después de buscar y buscar, ya han encontrado la casa perfecta. Una casa grande y majestuosa, con jardín y un poco vieja, pero con unas modificaciones quedará perfecta. Es una casa barata, y lo es porqué se rumorea que antiguamente había habido un asesinato: un hombre mató a su mujer. Pero los Subirana no le dan importancia a ese tipo de cosas y aceptan. Juntando los ahorros del abuelo, los de los padres y la venta de un piso de Barcelona, lo pueden pagar. El otro piso de Barcelona lo han dejado en alquiler, por si en el pueblo pasara algo y tuvieran que volver. Poco tiempo después las reformas de la casa ya están hechas. Le han puesto unas vallas nuevas, han arreglado la fachada, la han pintado y limpiado de arriba abajo, le han puesto los muebles, etc. Ya está lista para habitar. Los Subirana se trasladan a la casa y dejan el hostal. La casa es grande, con la fachada de pizarra y las ventanas de madera. Tiene un garaje con la puerta metálica, de color blanco. A su alrededor hay un jardín, verde y acogedor, con muchos árboles que crean una sombra que parece como una cueva. Al fondo de este

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“Billete de ida”

jardín hay un pequeño claro con dos columpios de hierro de color rojo. La casa es de tres plantas: la planta baja para la cocina, el comedor, un lavabo, un dormitorio y una sala de estar. En la segunda planta está la habitación del abuelo, la de Jose y Eva y dos lavabos. La tercera planta es una buhardilla, tiene el techo inclinado y todo está forrado de madera. Allí hay un una gran sala donde han puesto el ordenador y la habitación de Bea. Todo tiene una decoración rústica, los muebles, las escaleras, los cuadros... La pintura de las paredes es toda de color amarillo suave con detalles anaranjados, cosa que hace una casa muy acogedora. Además de estas tres plantas hay un sótano bastante grande al que se accede por una puerta que hay en el garaje, se bajan unas escaleras y ahí está el sótano. Ahí abajo, el ambiente es mucho más frío y húmedo que en el resto de la casa, no hay luz, sólo la de una pequeña bombilla y la que llega del conducto del aire. Las paredes son de hormigón, no tiene ninguna decoración, sólo hay un montón de viejos diarios y una alacena destartalada. Aunque el sótano sea muy tenebroso, a Bea le encanta, lo utilizará como refugio. Ha pintado la pared

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“Billete de ida”

de

color

blanco,

así

tiene

más

claridad

y

ha

enmoquetado el suelo, para poner andar descalzada. También ha puesto una pequeña nevera y un colchón. Lo ha planeado así para ir con sus amigos a pasar largas horas, será su despacho. Además allí tiene puesta la batería, es el mejor sitio para no molestar a los vecinos. E incluso le ha puesto cerradura a la puerta, para que no le molesten.

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“Billete de ida”

Capítulo octavo “Primeros problemas”
Ya se han instalado por completo en la casa. Todos están emocionadísimos, lugar nuevo, la casa nueva de sus sueños, los muebles... Es genial. Bea se la ha enseñado a sus amigos y allí les ha mostrado, también, el sótano que había preparado. De esta manera todos los miembros de la pandilla han conocido a la familia Subirana. A toda la pandilla le ha encantado, incluso han montado una fiesta de inauguración, con patatas fritas, refrescos, música, confeti... Por fin Bea les ha podido enseñar como toca la batería, han cantado con ella... Y no ha pasado otra cosa que todos los jóvenes han caído muertos de cansancio y se han puesto a dormir en el colchón de ese viejo sótano, apretados, incómodos y pasando calor. Todos menos Christian, que por alguna razón está incómodo, raro, algo no le gusta. Bea se acerca a él, mientras los demás están ocupados durmiendo, comiendo, bailando... Christian ¿Qué te pasa? –le dice Bea.

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A mi nada. No... que va. A ver, cuéntame qué te pasa, estás Pues... que... ¿Qué? ¿No te preguntas porqué la casa ésta os la han ¿Cómo? ¿No crees que es un poco raro que, con los

muy raro.

facilitado tanto para vendérosla?

tiempos que corren hoy día, está casa tan grande y en buen estado te la hayan vendido tan barata? A ver, pues, sí. Ya nos lo han dicho los vecinos. ¿Qué os han dicho? –pregunta alterado. Nos han dicho que antiguamente aquí vivía una

pareja de ancianos. Que se llevaban bastante mal, siempre peleas y peleas. Y ¿qué más? Y que el hombre asesinó a la mujer y la enterró ¿Ah si? –pregunta Christian sorprendido- ¿no te Que va! Ni mi familia ni yo nos creemos estos

allí donde están los columpios. da repelús? rumores. La gente siempre quiere inventarse farsas

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para pasar miedo; igual que aquello que dijeron hace un par de años de las sonrisas de payaso... o algo así. Bueno... ¿Era eso, sólo? Sí... –responde sin decisión- bueno... Ya sabes

que vivo aquí, al lado tuyo, vivo desde que era un bebé aquí. Y te juro que esta casa tiene algo muy extraño, y no es nada de ningún asesinato. Una tarde que volvía del colegio vi como la pareja de ancianos se marchaba alteradamente, sin avisar a nadie ni dejar ninguna señal. Huían de algo. Siempre he querido saber que pasó... Hay unos minutos de silencio, Bea se ha quedado sin palabras, la casa l a había visto de arriba a abajo y no había notado nada fuera de lo normal. Christian no tiene ninguna razón para estar mintiendo. ¿Qué le pasaría a esa pareja? ¿Porqué de fue de repente? Se queda pensativa cuando Christian salta: ¿No dijiste que de grande te gustaría ser médico ¿Eh?... Sí... –responde Bea perdida- ¿Qué tiene

forense? que ver?

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Pues, que... si tu quieres... podríamos investigar. ¿Investigar? Sí, investigar –dice Christian mientras se le

dibuja en la cara un pequeño gesto sonriente- así practicarías para cuando seas una médico forense. Christian... ¿Me estás diciendo que investigue, vete a saber tu el qué, en mi propia casa? –sarcásticaLo dirás en broma. ¿No? ¡ No! Nunca había hablado más en serio.

Tras mucho suplicar e intentar convencer a Bea sobre su proposición, Christian le va contando cosas que iban pasando cuando era pequeño, en esa casa que estaba a tres fachadas de la suya. Y también, un poco por encima, los planes que tiene para la “investigación”. Después de todo eso: Y ¿Qué me dices? –le pregunta Christian con una Pues... –Bea no puede resistirse a esa mirada tan ¡ Bien, ya veras como...!

mirada esperanzadora. tierna y llena de ilusión- de acuerdo, investigamos.

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¡ Ei! Pero con una única condición –interrumpe-

que nadie en absoluto, y digo nadie, ni nuestros padres ni nada se enteren. Lo hacemos a escondidas. ¡ Ningún problema!

El joven había llevado toda la vida queriendo saber que pasaba en esa casa, y ahora es la oportunidad perfecta. Además, algo que también le hace mucha ilusión, es que lo hará junto a una gran amiga suya, Bea. Eva, cuando ya es tarde ha ido desalojando al grupo de amigos, que parecía que nunca se fueran a ir. Christian y Bea han quedado para hablar sobre que buscaran, donde y como. Ya se han reunido, el punto de reunión será el sótano de Bea, con la llave echada. Esta vez ha entrado sin que nadie más de la familia Subirana se entere. Bueno, y ¿Qué planes tenés? –pregunta Bea Eh, venga, tómatelo en serio... Sí, sí, perdona...

imitando a Mafalda.

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Mira, los planes que tengo son: primero, registrar

toda la casa; segundo, preguntarle a los vecinos y, sobretodo, al cura de la iglesia, que se entera siempre de todo; y por último podemos buscar sobre la antigua pareja y el año en que se fueron, si ocurrió algo fuera de lo normal y tal... Al principio, Bea, no se lo toma demasiado en serio, pero al ver a Christian tan seriamente dedicado e ilusionado quiere ayudarlo. Pues me parece perfecto, tu y yo nos lo Pues... ¿A qué esperamos? Pero Christian... no se si te has dado cuenta que pasaremos... genial.

en este sótano no hay nada... sólo está la alacena esa vieja, que no la pude mover. Además... ahora no podemos registrar mucho porqué... están mis padres y... Como en la casa no pueden registrar nada han pensado que lo mejor será pasar a la segunda opción: ir preguntando a los vecinos. Durante unos meses se dedicaron a preguntar a los vecinos. Algunos no querían hablar, otros decían muy pocas cosas, otros se

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ponían a hablar de cosas que no tenían ninguna relación con el tema... Pero los más cercanos a la casa coincidieron en una misma idea: oían unos ruidos extraños. Algunos los describían como gemidos de animales, otros gritos de personas, otros motores y campanas... El cura de la iglesia, que es quién más podría saber del tema, decía que no encontraba nada extraño en esa casa. Comentaba que los antiguos propietarios se marcharon por problemas familiares, según él, todo está bien. Ese mismo día en que fueron a la iglesia, era ya tarde cuando un grupo de hombres vestidos de negro, con gafas de sol y muy tapados, sin manera ninguna de identificarlos, se cruzaron con Bea y Christian. Se dirigían a la iglesia y en sus manos llevaban unas cajas de madera, que parecían bastante pesadas. El cura se puso a hablar con ellos y entraron en una habitación. Los dos chicos se quedaron un poco extrañados por la pinta de esos hombres, hablando con el cura, pero no le dieron la mayor importancia. Pensaron que serían los que llevan las velas a la iglesia.

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Durante esos meses tuvieron la oportunidad de registrar la casa entera. Una mañana en que los padres fueron a trabajar, el abuelo a su querido casal y no había colegio, registraron la casa de arriba a bajo, cada rincón, cada mueble, cada cajón, cada centímetro cuadrado... Todo, pero no encontraron nada. Pusieron vídeos toda la noche a grabar, pero no dio resultado, no se veía nada. Pasaron semanas y semanas sin encontrar nada, pero una noche, se les ocurrió una nueva idea, que era dejar a grabar con una grabadora muy sensible a los ruidos. La dejaron en el sótano de la casa, y, efectivamente, quedaron registrados unos extraños ruidos. Eran como gritos de personas y unas campanas, pero se oía muy flojo y distorsionado. Ya han encontrado su primera pista. Han decidido llevársela al cura. Cuando han llegado a la iglesia, el cura les ha mirado con una cara un tanto desagradable. Durante esos meses le habían preguntado muchas cosas, empezaban a molestarle un poco. Esta vez llevaban pruebas reales. Le enseñaron la cinta, éste la escuchó:

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¿Y bien? –preguntó Christian con un tono de Unos ruidos... ¿Qué tiene esto de importante? No Estos ruidos se han oído de noche, sobre las tres

chulería. es nada. de la mañana en el sótano de mi casa, perdone –añade Bea, un tanto enfadada. algo. De acuerdo, de acuerdo. Iremos a tu casa, hija, y miraremos en tu supuesto sótano para ver si pasa algo. Y ahora me tengo que ir a arreglar unos asuntos. Pasaré por tu casa sobre las seis. Adiós. De acuerdo, adiós. Son pruebas científicas, el resto de veces no habíamos traído nada, pero esto... yo creo que significa

Mientras vuelven a casa, va comentando que observaron al cura un poco nervioso y antipático, los curas suelen ser tiernos y amables, este... es una excepción. Han llegado las seis, y el cura también a llegado a casa. Bea se lo ha montado para que no haya nadie más en la casa. Bajan al sótano, se sientan en el sillón a esperar si oyen algo después de mirarlo todo un

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poco por encima. El cura no se muestra demasiado atento. Después de pasar una hora sin escuchar nada: Veis, no pasa nada, yo no he escuchado ni he Pero tenemos pruebas, además esto pasó a las Si pasa a las tres... también debe pasar a las

visto nada extraño. ¿Vosotros si? No. tres de la mañana, no a las seis de la tarde. seis. Como vemos ¡ Una vez más, la ciencia ha sido derrotada ante Dios todo poderoso! –dice el cura exaltado- Lo siento, pero yo ya no quiero perder más el tiempo con unos críos que sólo quieren hacerme perder tiempo. Buenas tardes. Y se marchó de un portazo. Christian y Bea se miraron a lo s ojos, rendidos. Estuvieron tumbados en el colchón pensando en todo lo que había pasado. Que no había servido para nada. Y mientras, se han estado distanciando mucho de sus amigos, éstos ya un poco preocupados han ido a hablar con ellos. Les han contado todo lo ocurrido y les apoyan, piensan que después de todo lo que han hecho y buscado no se pueden echar atrás. Los investigadores se sienten un poco mejor. Más tarde, Aida y Sara, de Barcelona han

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llamado a su amiga, para ver que tal está. También le ha contado todo y ellas dos le han dicho lo mismo que los demás, que continúe hasta el final, que no se eche atrás. Bea y Chistian, después de todos los ánimos, deciden seguir investigando, están esperanzados. Han decidido quedarse las noches a dormir en el sótano, a escondidas, con la esperanza de escuchar los ruidos. Utilizarán el colchón que hay para dormir. Christian saldría de su casa por la ventana de su habitación a las doce de la noche, cuando todos los de su familia estén durmiendo, iría a casa de Bea con una linterna y se metería en el sótano por la ventana que queda al exterior. Pasaría allí la noche. Aproximadamente a las seis volvería a su casa. A así se planeó y así se hizo.

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Capítulo noveno

“Un secreto desvelado”
Son las doce menos cuarto de la noche. En casa de Christian todo el mundo se ha ido ya a dormir, mañana será un día laboral. Dentro de poco tendrá que salir sigilosamente por la ventana de su habitación. Lo tiene todo listo: la linterna, un paquete de frutos secos, la grabadora y el móvil para estar en contacto con Bea, por si hubiera algún imprevisto. Ella, mientras, ha bajado de su habitación, sin hacer ruido hacia el sótano, ha entrado y ha cerrado la puerta. Ahora sólo tiene que esperar a que él llegue. Ya son las doce, ya todo el mundo duerme

tranquilamente. El chico lo coge todo y se lo mete en una pequeña mochila. Se dirige a su habitación, mete la almohada entre las sabanas, simulando la forma de su cuerpo. Se acerca a la ventana, aparta las cortinas y mira a través de ella. No hay nadie, está todo oscuro. Abre la ventana, hace frío y un ligero aire. Decidido levanta una pierna y la pasa al otro lado de la ventana

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y apoya el pie en las tejas. S encoge y pasa el resto del cuerpo. Y finalmente la otra pierna. Está encima del tejado de un segundo piso. Encaja la ventana, para poder entrar más tarde y empieza a deslizarse por el tejado. Cuando llega al borde mira un poco hacia abajo, está muy alto. Salta. Cuando toca el suelo pierde ligeramente el equilibrio, pero no llega a caerse. Está por la parte trasera de su casa, sólo tiene que saltar un par de vallas y ya habrá llegado a casa de Bea. Mira a los lados, todo está tranquilísimo, nada se mueve, sólo las ramas de los árboles. En estos momentos puede escuchar perfectamente el cantar del viento. Las estrellas brillan con toda intensidad. No pierde ni un segundo y salta un pequeño muro de su casa a la del vecino, no puede salir a la calle por el portal de su puerta, porqué éste, al abrirse, hace un ruido infernal y todo el mundo se enteraría. Salta un pequeño muro de su casa y ya está en la calle. Va caminando por la calzada, con la única luz de la noche y una farola al final de la calle. En estos instantes todos los ruidos insignificantes del día se vuelven fuertes y siniestros, se oye el eco de los pasos y algún gemido de un animal. Él se siente un poco

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inseguro, de noche, sin nada ni nadie a su alrededor. Pero pronto llegará a casa de Bea. A lo lejos se oye el motor de un coche. Ya ha llegado, está vez no tiene que saltar nada. Bea le había dejado la puerta entreabierta para facilitarle el trabajo. Camina sobre el césped mojado y llega a la pequeña ventana del sótano y da una señal desde fuera con la linterna. Ya han llegado las doce, después de coger lo que necesitará para pasar la noche y poner la almohada debajo de las sabanas, con la misma función que Christian baja abajo y espera. Enciende la luz y pone una sábana vieja en la junta de la puerta, para que la luz no se filtre. Además ha puesto una luz con poca intensidad. Tiene que hacer el menor ruido posible. En el colchón ha puesto unas sabanas y una manta, para no pasar frío. En cuanto a la comida, Christian traerá de su casa y ella ya tiene bebida. Tienen que tomar alguna cosa con cafeína para aguantar toda la noche. La espera se hace larga. No oye nada, sólo el ruido de las ramas de los árboles y algún que otro animal nocturno. Nota un reflejo por la ventana, es él, ya ha llegado.

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Bea abre la ventana y mediante susurros se saludan. La ventana es muy pequeña. Ahora bocabajo, empieza primero por los brazos, luego la cabeza, en la cintura se ha quedado un poco atrancado, pero logra pasar sin ningún problema. Cuando ya acaba se cae sobre Bea, que estaba detrás, quedando tirado en el suelo de una forma muy peculiar. Se aguantan las risas y hacen silencio para comprobar si alguien se ha dado cuenta. Cierran la ventana. La primera fase de la operación secreta ha concluido. Christian deja la mochila con cuidado, mira hacia todos los lados y se sienta en el colchón, saca la grabadora, los frutos secos y un libro para estudiar. Bueno, ahora sólo nos queda esperar. Sí. Tengo Coca-cola, si tuviéramos mucho sueño Claro, yo me he traído los apuntes para estudiar Oye, ¿Qué tal el viaje? ¡ Jaja, anda... no me hables, no me hables...!

podríamos hacer turnos. y todo.

Sólo faltaría llevar unos “walkie-talkies” de esos que

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van colgados de la oreja, un gorro de lana negro y con ropa de licra apretada, negra también. Sí... como en las películas.

Pasan y pasan las horas y no ocurre nada en esa casa. Sólo hablan con un tono muy bajo sobre temas y más temas sobre todas las cosas, tumbados en el colchón en silencio total. Y así hasta las seis de la madrugada, donde la luz del sol empezaba ya a salir y el gemido de los búhos se convertía en las melodías de los pájaros. Pero aún hay mucha oscuridad. Christian tiene que marcharse ya, no vaya a ser que alguien le vea. Vuelve a hacer el mismo recorrido, está vez con menos dificultad. Excepto para subir a la ventana de su habitación, dónde tuvo que hacer uso de una cuerda que se había preparado. Esa noche no pasó nada, pero no habían perdido la esperanza. Seguramente otro día escuchen algo. Pero conforme iban pasando los días no ocurría nada. Siempre era lo mismo, incluso allí hacían los deberes del colegio . Pasaron muchas noches y eso les permitió reforzar su amistad, cada vez más. Incluso, algunas veces sólo iban por pasar los ratos aquellos juntos.

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Esos ratos en los que hablan de todo, de sus sentimientos, del colegio, de la familia, de los temas que tienen en común... De miles de cosas. Se entienden perfectamente. Además nadie se enteraba de lo que ellos planeaban y eso aún lo hacía más atractivo e interesante. Mientras, van al colegio y allí les va mejor que nunca, al pasar tantas horas juntos, también les da tiempo de estudiar. Y sus horas de sueño han cambiado de horario, ahora duermen al mediodía y por la tarde. Además, están muy ilusionados por esto, y tienen un fuerte apoyo el uno por el otro, les hace sentirse realmente bien. Eso lo notan ellos por dentro y el resto de sus amigos, padres y conocidos lo hacen por fuera. Una de las noches, Christian llegó y Bea estaba tumbada en el colchón. Él se tumbó con ella. Esa noche había algo extraño en el ambiente. Ambos ocultaban algo, se pusieron a hablar: Oye, que ya hace tiempo que venimos, ya hace

un mes y medio que vas viniendo y no encontramos nada –dice Bea desanimada.

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Sí, ya lo sé. Si quieres lo dejamos estar, pero... Yo creo que si hubiera algo ya tendría que haber

salido, y tendría que haber alguna pista o, no se... ¡ Algo! Ya. Tienes razón. Además yo ya estoy harta de pasar sueño, Pero, es que a mi me gusta venir aquí, porqué... ¿Por qué?

aunque por otra parte...

Christian está muy nervioso. Se miran mutuamente, él refleja miedo en sus ojos. Entonces ella le pasa un brazo por el hombro y con una pequeña sonrisa: Venga, a que a mi me lo puedes decir. De acuerdo, te lo diré –mientras expira

profundamente y mirándole fijamente- que desde que viniste de Barcelona, pues... Eras algo nuevo para mí... y –se escuchó silencio - pues, no se si a ti te pasa lo mismo. Lo que vi es que cogimos mucha confianza, fíjate hasta donde hemos llegado... Sí. Cuando te fuiste –mientras le coge de las manos-

un gran vacío inundó mi corazón –suelta una pequeña

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carcajada- estoy siendo demasiado poético, y no me gusta serlo. Continúa, continúa. Bueno, que eso, que te eché mucho de menos. Y Han sido los mejores momentos de mi vida... –

todo este tiempo que estamos juntos tan a menudo... interrumpe Bea. Se miran sorprendidos a los ojos, las palabras se han vuelto superfluas. Están fuertemente cogidos de las manos cuando Christian le pasa una mano sudorosa por la cara mientras le dice: Y no los cambiaría por nada del mundo –y se

entrecruzan los dedos. Se acerca lenta y suavemente, con la mirada fija, sin parpadear y sus labios chocan con los de Bea. Haciendo de ese momento un momento inolvidable. Ella, entonces sigue igual que él y le agarra fuertemente por la espalda, para que no se vaya y le susurra al oído con una voz tierna y acompañada de unos besos tímidos y lentos:

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Te quiero.

A partir de aquí pasan unos ratos inolvidables para los dos. Llevaban soñando con aquello mucho tiempo, en todos sus pensamientos aparecían ó tenían alguna relación el uno con el otro. El tiempo pasa muy deprisa, no perciben nada de lo que hay a su alrededor, sólo cada movimiento y cada caricia que se regalan. Viven en su propio mundo. Pero en uno de esos momentos de ansiosos besos y caricias, expresión de su amor... se escuchó un ruido. Primero no se dan cuenta, ni siquiera lo escucharon. Pero el ruido persiste. Persiste y va aumentando hasta que distorsiona estos momentos de amor y se desenlazan cuidadosamente. Sin separar sus manos ni un solo segundo, intentan encontrar el lugar de donde salen esos ruidos. Van buscando y buscando, cada vez se oyen más fuertes. Les cuesta mucho encontrar su origen. Son como gritos de personas, gente hablando y una especie de campanas, de sirenas. Miran por la calle, no hay nada, de ahí no vienen los ruidos. Y después de buscar insistentemente localizan el ruido: viene de la destartalada alacena.

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¿Qué es esto? –pregunta Christian. A ver, de la alacena esta no pueden salir. Está detrás o debajo. Vamos a quitarla. ¿Cómo? Arrastrándola no se puede, ya lo

intentamos. Además no podemos hacer mucho ruido. Tengo una idea ¿Qué hora es? Mmm... las cuatro. Si que ha pasado el tiempo rápido... –le dice con Sí... ya lo he notado...-radiante. Bueno, como yo vengo preparado para la vida

una sonrisa tierna y juguetona.

moderna, he traído un destornillador. Ose que iremos desmontando las puertas y todo sin hacer ruido. ¡ Perfecto! Mira, tu quitas los tornillos y yo ya me Venga. ocupo de coger las maderas y dejarlas por ahí.

Estuvieron quitando tornillos y maderas, casi sin hacer ruido. Pero los gritos de antes siguen sonando y sonando, son leves, sí, pero insistentes. Ya casi han acabado de quitar todas las maderas. Sólo les queda la última, la base. La levantan y se quedan muy confundidos. Hay una pequeña puerta de madera en el

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suelo . Esta vez no es tan fácil de abrir, está bien incrustada en el suelo. Después de darle golpes, ya les da igual hacer ruido, lo que quieren es descubrir que pasa. Porqué se oyen esos ruidos. Qué tiene de misterioso esa casa. Al abrir la pequeña puerta los ruidos se han multiplicado mucho más. Parece ser que debajo de esa puerta hay un agujero. Un agujero de tierra en el suelo, bastante profundo, sin ningún tipo de baldosas ni recubrimiento por las paredes. ¡ Dios! –dice sorprendida Bea. Ya ves... un agujero. Venga, vamos a bajar. Seguro que hay algo. Me da un poco de cague... A mi más.

Cogen la linterna, suspiran y se meten en el hoyo de tierra. Se cogen fuertemente de la mano, están muy asustados. El agujero es un conducto cuyo final no ven con la potencia de la linterna. Van andando poco a poco, está todo muy húmedo y les cuesta respirar, no hay ventilación. Cada vez los ruidos se oyen más fuertes y nítidos. Llevan caminando un largo rato, ya se ve un final. Hay una enorme puerta de madera,

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antigua, con forjadura de hierro. Llegan ahí. Acercan la oreja a la madera, efectivamente los ruidos provienen de ahí y hay gente. Lo siguiente será abrir esa puerta. Empiezan a darle patadas y golpes, cuando oyen una llave dentro de la cerradura. Se apartan unos metros aterrorizados. El corazón les late muy rápido. Se abre la puerta y sale, muy nervioso, un hombre. Le alumbran con la linterna: ¡ Cura! –grita sorprendido Christian. ¡ Coño! ¡ Cuida ese vocabulario, niña! Oiga ¿Qué hace usted aquí? –pregunta

desorientado. Que ¿Qué hago aquí, dices? Eso lo tendría que Pues, perdone pero esto estaba en mi casa. He ¡ No! –se altera el cura del pueblo con la cara Sí, sí. ¿Qué hay? ¿Qué son esos ruidos? Lo siento, pero eso no es de vuestra preguntar yo. ¿No creéis? ¿Cómo habéis llegado aquí? entrado desde el sótano de mi casa. pálida.

incumbencia, así que... largo de aquí. Os tenéis que ir.

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No se lo podían creer. El cura de la iglesia del pueblo había salido de una puerta en mitad de un conducto conectado a una casa. Éste estaba muy nervioso y exaltado, ocultaba algo, no quería que la pareja de jóvenes viera lo que hay detrás de la puerta. Usted nos oculta algo ¿Verdad? –pregunta Bea. ¡ No os importa sucios jóvenes maleducados! Os No hasta que no nos diga que hay detrás de esa Eso nunca –con una mirada aterradora. ¡ Pues vamos a entrar! –decían los dos chicos

tenéis que ir. puerta.

mientras intentaban sortear al cura. En ese mismo momento salió un hombre, vestido de negro, con muchos tatuajes por todo el cuerpo y un aspecto tenebroso. malo. ¿Algún problema? –preguntó ese extraño ser. Estos críos que quieren entrar. Jajaja –burlándose- pues eso lo vais a tener muy

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Intentaron entrar, pero aquel hombre no se lo permitió. Sacó una pistola de su bolsillo. Cuando los dos la vieron se quedaron sin habla. No podían respirar y empezaron a temblar. El hombre aquel cogió la pistola y les dió un enorme golpe en la cabeza a los dos dejándolos inconscientes. Por fin nos hemos deshecho de ellos –dijo el ¿Y ahora que hacemos con ellos? No lo s podemos

hombre. dejar aquí, lo soltaran todo. Y yo sigo siendo un cura, no puedo matar a nadie. Sí, te entiendo. Ya sé lo que hacer. Un plan perfecto. En las explotaciones de niños en campos, de Colombia, nos pagaran muy bien por un par de adolescentes. ¿No crees? Tengo contactos. Jajaja, me parece... perfecto.

Aquellos hombres metieron a Bea y Christian, aún inconscientes en un camión. Atados por los pies y las manos. Aunque estuvieran conscientes, no podrían mover ni un solo músculo de sus jóvenes cuerpos. Estaban solos, en la oscuridad, e iban hacia algún lugar.

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Capítulo décimo

“Ilusiones al aire”
Ya ha amanecido un nuevo día y los despertadores de toda la casa empiezan a sonar a las siete y media de la mañana. Cada uno se levanta de su cama, estirando los brazos e intentando taparse con las manos los rayos del sol de un nuevo día. El abuelo, en pijama va a preparar el desayuno: cuatro platos con tostadas con mermelada y unos zumos de naranja, irresistible. Eva va al cuarto de baño a peinarse, lavarse la cara, perfumarse... Luego va a vestirse y ya está lista, sólo le falta el delicioso desayuno que le prepara el abuelo todos los días. Jose lo mismo, sólo que ha querido dormir un poco más y ahora va un poco justo. Pero ya están todos sentados en la mesa para desayunar, menos Bea. Si que tarda esta chica, siempre tenemos que Se debe haber dormido –dice el padre. ¡ Bea! –grita la madre- ¡ ¿Bea?! Debe hacerse la

estar esperándola –se queja la madre.

loca, voy a buscarla –refunfuñando.
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La madre sube las escaleras y abre la habitación de Bea, aún está en la cama, durmiendo plácidamente, con todas las luces apagadas. -Venga, Bea, que vas a llegar tarde al cole, levántate, que hoy ya es viernes –mientras sube las persianas de las ventanas- ¡ Bea!. Eva gira la cabeza y ve que en la cama no está Bea, sólo hay una almohada, la que puso antes ella para que pareciera su cuerpo. La madre enfadada baja al piso de abajo y les dice al abuelo y a Jose que Bea no está en su cuarto, que sólo hay una almohada. ¡ Ay! ¡ Que cruz de niña! Bien dicho, bien dicho –dice el abuelo. Bueno, debe haberse quedado a dormir en el

sótano. Va hacia allí e intenta abrir la puerta, pero no se abre, llama a Bea y nada. No contesta. ¿Qué pasa, Eva?

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Pues que no contesta. Y la puerta está cerrada. ¿Y las llaves de repuesto? No están. Nos ha engañado, nos está engañando. A ver, vamos a mirar por la ventanita esa de Tampoco está –después de mirar. Pero entonces... ¿Cómo ha cerrado la puerta? No lo sé, no lo sé. Vamos a casa de Julián y Alicia, a lo mejor ha ido Cuando la encontremos se quedará castigada. Tres semanas como mínimo.

ventilación.

con su hijo, Christian.

Los padres se dirigen a casa de Christian y antes de que llamen al timbre salen Julián y Alicia, también preocupados. Buenos días –saluda Jose- ¿Habéis visto a Bea ¿No sabéis donde está? –pregunta Alicia. No, nos hemos levantado está mañana y no

por aquí?

estaba en su habitación. Había puesto una almohada para que nos pensáramos que seguía ahí, hemos

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bajado al sótano, no contestaba y luego lo hemos comprobado por la ventana que hay y tampoco está. Nosotros tampoco encontramos a nuestro hijo – Se deben haber escapado juntos –afirma Eva. Bueno... ahora, lo que tenemos que hacer es dice el padre preocupado.

llamar a la policía y contárselo todo. Eso han hecho ellos. Han llamado a la policía preocupados y éstos han venido. Han buscado algún tipo de prueba, han visto más o menos el recorrido que Christian ha hecho hasta casa de Bea, por las puertas y las ventanas abiertas y algunas huellas. En el s ótano han visto que había unos trozos de madera despedazados en el suelo y tierra diseminada por el suelo. Además había una mochila de Christian con paquetes de frutos secos, pilas y un libro para estudiar, nada más. Todo el pueblo se ha enterado, ha salido en los periódicos: “Dos jóvenes han desaparecido en un pequeño pueblo navarro”. Eso son los titulares que se ven. La pandilla de amigos están muy preocupados,

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incluso desde Barcelona se han enterado de lo que ha sucedido. Éstos les llaman al móvil, pero no contestan. Ya han pasado dos semanas y ni Bea ni Christian aparecen, han buscado por todas partes, por el pueblo, por los alrededores del pueblo, por todas partes, pero no han encontrado nada. Todos lo están pasando fatal. Sus amigos les recuerdan, tan alegres siempre y juntos, siempre contentos. Eran los que daban más ánimos a la pandilla. Ahora, ésta, se ha vuelto triste y vacía. En Barcelona, los amigos de Bea también han sido informados. También lo pasan así de mal. Los padres de Bea y Christian ya no se hablan, tenían una muy buena relación, en cambio, ahora ya no se dirigen la palabra. Jose y Eva piensan que por culpa de Christian, su querida hijita ha desaparecido. Y Julián y Alicia, piensan que ha sido todo por culpa de Bea. Todo el pueblo está de luto, en el colegio han hecho minutos de silencio y todo, donde algunos no han podido soportarlo y se han echado a llorar. En la

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iglesia, el cura, ha organizado una misa especial para ellos, recitando: “Quizás están muertos. Quizás, vivos; eso sólo lo sabe Dios. Esperemos, todos, que de esas dos opciones, la verdadera sea, que estén vivos. Porqué es muy triste saber que dos jóvenes, en la flor de la vida, hayan desaparecido por ¿Quién sabe la causa? Eso, sólo lo sabe Dios”. Nadie de la familia Subirana cree en Dios, la misa ésta les ha gustado, igual que la de la abuela, por la dedicación de la gente. Ya ha pasado mucho tiempo. Y dolidos por la pérdida de Bea y la de, hacía relativamente poco tiempo, la muerte de la abuela, han decidido volver a Barcelona a vivir. No soportan estar en Navarra, donde su hija pequeña ha desaparecido. Donde todo lo que hay alrededor le recuerda la sonrisa que ella tenía, la forma de andar, el ruido que hacía al comer... En Oronz todo está relacionado con Bea y, más secundariamente, con la abuela. La familia Subirana le ha tomado un desprecio enorme a Navarra. Ya, nunca volverán a estar allí. Los padres de Christian han querido, con diferente forma de pensar, quedarse en Navarra porqué todo le

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recuerda a Christian, su hijo. Y ya que quizás no lo vean más, tendrán, por lo menos, su recuerdo. Cosas que harán que se acuerden de él. Puede ser que les produzca tristeza, pero no se quieren apartar de su recuerdo. Al final los dos matrimonios se han quedado solos. Los Subirana, en vez de mejorar su vida yendo al pueblo, la han destrozado. Nunca más los volverán a escuchar su dulce voz.

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Epílogo
Diez años después de todo lo ocurrido. Jose y Eva van caminando por el “Passeig de Gràcia” de Barcelona. Van leyendo el periódico donde hay una noticia:
Barcelona, 15 de Abril de 2015

“Un

cura

trafica

con

drogas

y

realiza

campeonatos de boxeo ilegales”
En un pequeño pueblo de Navarra, Oronz, con tan solo doscientos habitantes fijos. Al cura de la única iglesia católica de la zona, s e le ha encontrado, en el sótano de la misma iglesia, diez quilos de cocaína. Además, en el sótano

organizaba campeonatos de boxeo ilegales. Éste sótano era un pasadizo subterráneo excavado en tiempos de guerra, también hay otro conductos que conducen a diferentes casas del pueblo. Éste se cree que estaba apoyado por una serie de personas más, cuya identificación todavía no se sabe. De momento, el cura ha sido encarcelado en Carabanchel por un período de tiempo indeterminado.

En el mismo momento en que Jose lee está notícia y se queda sorprendidísimo, se cruzan él y su mujer con

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una pareja de jóvenes cogidos de la mano. Sucios, con la ropa estropeada y rota. La chica con el pelo pegado y el chico rapado cuyas miradas les resultan muy familiares y reflejan una vida de sufrimiento, amargura y ansia de venganza.

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La autora
Beatriz Oteros Rodríguez Ésta joven adolescente nació el seis de julio de 1990, llamada provincia padre, su en una de localidad de la Barcelona. y su Terrassa,

Vive con su familia: su madre hermana. Estudió primaria en el CEIP França, de Terrassa y secundaria en el centro IES Torre del Palau, también en Terrassa. Ha ganado diversos premios literarios. Tiene una gran afición a la música, cosa que ha influido en sus escritos de alguna manera u otra. Sus planes de futuro son estudiar el bachillerato científico y dedicarse a la medicina forense y, de vez en cuando escribir algún relato o novela. Otros escritos que ha realizado son redacciones, noticias y cosas por el estilo.

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