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EL MENSAJE DE UN ESTUDIANTE

Acerca de éste artículo: Cuento Cortopresentado en el primer concurso de

Poesía y Narrativa sobre DDHH en

la Declaración Universal, realizado en la

Provincia de Santiago del Estero en el Mes de Noviembre de 2010. Esta obra fue

distinguida con la 1ª Mención de Honoren dicho concurso.

Autor: José Miguel Cruz. Estudiante de la Universidad Católica de Santiago del

Estero, Departamento académico San Salvador de Jujuy.

Palabras clave: DERECHOS HUMANOS DERECHO A LA EDUCACIÓN

CUENTO CORTO DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DDHH

EL MENSAJE DE UN ESTUDIANTE

Aquel día empezó como cualquier otro, me levanté de la cama rezongando para ir

a la escuela. Era la rutina de todos los días: me despertaba, me bañaba, desayunaba y

partía hacia la escuela. La escuela me aburría, se trataba solo repetir unas cuantas

opiniones y memorizar fórmulas para la clase de matemáticas o la de Química.

Ese mismo día, camino a la escuela, me encontré con uno de mis compañeros de

clase. Entre charla y charla se nos hizo tarde hasta que finalmente decidimos que ese día

no entraríamos a la escuela y juntos la pasaríamos de la mejor manera posible. La mañana

aquella fue genial, tan genial que me fui acostumbrando a ese tipo de salidas. Así fueron

pasando los días y la escuela me parecía más densa y fastidiosa hasta que llegó el

momento en que decidí dejarla “para siempre”.

Mi madre estaba tan molesta cuando se enteró que no solo a los gritos me trató

durante todo ese día. Todos los días habían dejado de ser rutinarios para ser un verdadero

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caos en mi casa. Día a día la situación me fue superando y fue así como llegué a la

conclusión de que era mejor irme de la casa en cuanto consiga un trabajo, hasta tanto

pondría la mejor cara para pasar un buen rato allí en mi casa donde los problemas

abundaban y cada vez empeoraban.

Buscar trabajo no fue fácil, pero un día lo logré. El trabajo que conseguí fue el de

peón en una enorme finca. Al principio no entendía mucho como iba la mano, pero error

tras error aprendí. Cada día era un calvario en el que mis manos eran destruidas cada vez

más y mi espalda sufría los dolores del esfuerzo que hasta allí no había conocido. Al

principio, todo era más o menos aceptable. Pero conforme fue pasando el tiempo todo

cambió para mal; las condiciones laborales eran inhumanas. Se trataba de vivir para el

trabajo con la esperanza de sobrevivir durante el tiempo necesario como para conseguir

algo mejor.

Lo que me sorprendía era que nadie se quejaba, incluso yo me acobardaba cuando

veía a los patrones. Yo formaba parte del grupo de trabajadores que dormía en la finca

por no tener otro techo en donde parar. ¡Qué fea es la realidad cuando uno es solo en el

mundo!, más aún cuando despreciamos lo poco que solemos tener. Yo tenía mi rincón de

felicidad en mi casa y la promesa de un futuro en la escuela, pero lo abandoné, lo eché

todo por la borda. De allí en más solo importaba sobrevivir el día a día al precio que

fuera. “Nadie sabe lo que le depara el destino, yo siempre fui un ignorante en la

planificación de mi vida. Nunca valoré aquello que tenía sino hasta el momento en que lo

vi disipado junto a mis sueños”.

No obstante, todo iba a cambiar un día, yo esperaba ansioso ese día. Esa mañana

yo estaba listo para comenzar una nueva jornada laboral cuando el patrón me mandó a

llamar para asignarme las tareas del día. Fue durante la realización de un mandato del

patrón en la ciudad en donde encontré a unos viejos compañeros del colegio; ya había

pasado el tiempo y ellos estaban ya en la universidad. Los escuché hablar acerca de los

derechos de las personas en una charla abierta al público en general.

Con viva y elevada voz decían: “Artículo 4: Nadie estará sometido a esclavitud ni

a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas-

Artículo 5: Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o

degradantes”, a la par de un bello discurso al respecto. “¡Vaya que mentira más grande es

la que acabo de escuchar!”, pensé en mi interior al principio muy disgustado, pero seguía

escuchando muy atentamente. “Deja de perder el tiempo y hagamos lo que tenemos que

hacer”, me dijo el viejo Juan, quien me acompañaba para cumplir el mandato del patrón.

Justo antes de retirarme, pude escuchar al muy interesante que me llamó mucho la

atención: “todos nosotros debemos entender que en cada necesidad están presentes los

derechos humanos. Estos nos corresponden por el solo hecho de ser personas”.

Todo ese día estuve muy enredado con el tema de los derechos, quizá con mucha

curiosidad por conocer aquello que era totalmente nuevo para mí. Esa noche se me hizo

muy difícil dormir, yo me preguntaba una y otra vez acerca de esos Derechos Humanos

de los que habían estado hablando mis ex compañeros de la escuela.

Si en cada

necesidad hay un derecho, ¿por qué entonces hoy sigo en estas condiciones?, ¡me han

mentido!, me tratan mal y a nadie le importa. Soy un esclavo en esta finca y puedo

asegurar que necesito justicia, paz, respeto y ¿ahora me hablan de derechos humanos?,

¡que mentira!”, me dije a mi mismo

lamentándome por la triste condición

a la que me

había sometido con mis errores anteriores. ¡Vaya qué necedad la mía!, nunca había

considerado que era yo el único responsable de mi situación, mis actos pasados me

habían conducido cada vez más a esa cruda realidad que me atormentaba y apenaba.

A pesar de ello, puedo aseverar que toda mi realidad dio un vuelco impresionante

a partir de que conocí los derechos humanos. Fue esa misma intriga la que me llevó a

replantear mi vida poco a poco. Con la mirada en frente hacia el sol estaba decidido a

corregir mis faltas; entonces todo estaba claro para mí. Me había dado cuenta de que cada

persona “vale” por la misma dignidad implícita en su ser, lo cual lo eleva por encima de

las otras criaturas con esa particular capacidad de amar al prójimo en la búsqueda de la

felicidad. Yo tenía derecho a ser feliz y todavía estaba a tiempo, solo dependía de mí.

En este momento se de todo esto y he decidido relatarles mis experiencias pasadas

tras haber regresado a la gran galería del conocimiento que es la escuela. En principio,

solo me acerqué con el afán de concluir aquello que muchos años atrás había dejado

irresuelto y proponerme una nueva meta. Sin embargo, con el tiempo entendí que mi

deber no era únicamente conmigo, sino que, de ahora en adelante, debería instruir a mis

alumnos tanto en la ciencia del saber, como en valores éticos que hagan de ellos buenos

ciudadanos, destinados a hacer valer sus derechos siempre en el uso correcto de su

libertad en la gran empresa que es la sociedad.

Toda persona tiene derecho a la educación”, es lo primero que les digo a todos

mis alumnos desde hace varios años, cuando comencé a ocupar mi cargo de profesor en

el área de Formación ética y ciudadana del colegio que me dio una segunda oportunidad.

No obstante, puedo afirmar que aún hoy sigo siendo un estudiante de la vida y lo más

importante que me ha enseñado el tiempo es que no solo sana las heridas sino que nunca

es tarde para aprender en el camino más largo de todos, el de la educación. Por ello hoy

les digo, no como profesor, sino como un estudiante más, que ustedes deben ser jóvenes

con ideales y anhelos de progreso pero, por encima de todo, han de apelar siempre a la

solidaridad humana como única herramienta del progreso de los pueblos hacia el bien

común. Asuman que ello solo es posible si se valen del instrumento más eficiente que los

hombres hemos alcanzado, me refiero a la educación por supuesto, el cual es un derecho

que los gobiernos reconocen, declaran y deben garantizar para que los hombres puedan

mirar hacia adelante en vista de un mañana mejor, entendiendo que la educación es un

derecho “irrenunciable” y necesario sin el cual los pueblos no pueden avanzar ni florecer.

José Miguel Cruz