La contradictoria relación entre Capitalismo y Naturaleza

Bibliografía:

Módulo de Formación N° 2

• Guillermo Foladori (2001). "Las relaciones capitalistas en el comportamiento humano con su ambiente". En Foladori , G. (2001), Controversias sobre Sustentabilidad La coevolución sociedad-naturaleza; pp 147-185. México. • O’Connor, John (2002). “¿Es posible el capitalismo sostenible?". En Alimonda (2002) Ecología Política: Naturaleza, sociedad y utopía; pp. 27-52. CLACSO. Buenos Aires.

Bellamy Foster, John y Magdoff, Fred (2012) “Lo que todo ambientalista debe ser sobre capitalismo". En MonthlyReview, Volumen 61, número 10. Marzo de 2010. New York. Traducción al español: Observatorio Petrolero Sur (Bs As).

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Modulo de Formación II La contradictoria relación capitalismo-naturaleza
En la militancia popular, incluso en la militancia de izquierda y anticapitalista son innumerables las referencias a la contradicción capitaltrabajo, desarrollada ampliamente en las diferentes versiones del marxismo. Sin embargo, existe también una contradicción vital entre el capitalismo y su base material, la naturaleza. Puesta en segundo lugar por muchos autores hoy aparece cada vez más en primer plano, ante crisis como la climática, la alimentaria y la energética. Es por ello que presentamos estos textos que nos ayudan a reflexionar sobre los motivos más estructurales de los problemas que el desarrollo capitalista genera. En primer lugar hemos seleccionado un texto de Guillermo Foladori, que trata de ahondar en las causas económicas y/o políticas que guían nuestra relación con la naturaleza, dando por tierra con los enfoques que caen en el cuentapropismo ambiental (“todos somos responsables de la destrucción del medio ambiente”), tan en boga en nuestros tiempos. En segundo lugar, proponemos un texto que es resultado de más de 10 años de trabajo de James O’Connor acerca de la posibilidad de un “capitalismo sostenible”. Desde 1992, cuando se celebró la primera conferencia de la ONU por el Medio Ambiente (Rio ‘92), desde empresas y gobiernos se habla de la sostenibilidad como un concepto incuestionable y al que todos adhieren. Ya en esa época O’Connor comenzaba a cuestionar esa idea, con diferentes artículos del cual el que presentamos resulta una síntesis. Por último, un texto que se ha vuelto materia obligada, de uno de los autores más importantes en las discusiones sobre capitalismo y naturaleza. John Bellamy Foster aporta elementos incontrastables del conflicto capitalismo-naturaleza, pero no lo hace desde una visión “ecológica”, sino que busca intereses en común con otras luchas, en pos de trascender al capitalismo. Así es que termina enumerando múltiples ejemplos a ser tenidos en cuenta para dar pasos hacia otro sistema económico, un posible y necesario ecosocialismo, todavía en gestación.

Creemos que con este material, damos una perspectiva general de los problemas que enfrentamos, con lo cual evitamos caer en miradas fragmentarias de la realidad, que tanto lugar tienen en varias versiones del ecologismo. Sin perder de vista esta generalidad es que hay que abordar los desafíos particulares que se nos presentan en cada conflicto ambiental.

Bibliografía: 1- Guillermo Foladori (2001). "Las relaciones capitalistas en el comportamiento humano con su ambiente". En Foladori , G. (2001), Controversias sobre Sustentabilidad La coevolución sociedadnaturaleza; pp 147-185. México. 2- O’Connor, John (2002). “¿Es posible el capitalismo sostenible?". En Alimonda (2002) Ecología Política: Naturaleza, sociedad y utopía; pp. 27-52. CLACSO. Buenos Aires. 3- Bellamy Foster, John y Magdoff, Fred (2012) “Lo que todo ambientalista debe ser sobre capitalismo". En Monthly Review, Volumen 61, número 10. Marzo de 2010. New York. Traducción al español: Observatorio Petrolero Sur (Bs As).

Capítulo VII
Las relaciones capitalistas en el comportamiento humano con su ambiente

Introducción

EL ALTO grado de deterioro ambiental es, hoy en día, reconocido ampliamente. Pero las causas no son tan claras. Dado que todas las sociedades en la historia de la humanidad han enfrentado problemas de contaminación y depredación de recursos, puede pensarse que se trata de un comportamiento intrínseco al ser humano. Y, esta afirmación podría extenderse a los demás seres vivos, que dentro de sus posibilidades también contaminen y depredan el medio ambiente. No obstante, mientras el resto de los seres vivos se comporta con su entorno de manera regular e inevitable, el ser humano tiene alternativas. Por ello, más allá de que todas las sociedades humanas contaminen o depreden, el grado, así como las condiciones que lo guían a ello, tienen causas económicas y/o políticas según el tipo de relaciones sociales económicas prevalecientes y el nivel de desarrollo tecnológico. En las páginas que siguen pretendemos mostrar la conexión entre las tendencias económicas que orientan la producción capitalista y la destrucción del medio ambiente. Pero, que existan presiones intrínsecas a la destrucción del ambiente por parte de las relaciones capitalistas, no significa que no existan bajo otras formas económicas de producción. Y tampoco significa que no puedan ser parcialmente contrarrestadas mediante políticas ad hoc. A pesar de ello el esfuerzo vale la pena, ya que las fuerzas que guían la destrucción del medio ambiente bajo relaciones capitalistas no son las mismas que en otros regímenes de producción, aunque el resultado pueda ser similar. Por lo demás, la única forma de elaborar políticas apropiadas es conocer las fuerzas subyacentes necesarias de combatir. La hipótesis que sostenemos es que las leyes económicas que regulan la producción capitalista no son ajenas a la relación del ser humano con su ambiente, sino que la condicionan. Sostenemos que no es posible entender los problemas de depredación y contaminación sin prestar atención a las tendencias
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económicas. Para ello avanzaremos por aproximaciones sucesivas, de las regulaciones o tendencias más generales a las más particulares. Partiremos de la producción mercantil en sentido general, y de la búsqueda de la ganancia como objetivo de la producción capitalista. Luego desagregaremos esta tendencia general según los sectores que representan los tres pilares sobre los cuales se levanta la producción: el capital, la tierra, y el trabajo.
Las relaciones capitalistas: la propiedad privada, el mercado y la ganancia

Hay tres características de las relaciones mercantiles tan generales y extendidas, que son ya parte del conocimiento cotidiano: la existencia de la propiedad privada, el hecho de que las cosas se producen como mercancías, y que la producción se realiza con el propósito de obtener una ganancia. La existencia de propiedad privada, que obviamente no es privativa del capitalismo, tiene importantes implicaciones sobre el medio ambiente. Para el sentido común, así como para la economía ambiental neoclásica, la existencia de la propiedad privada es una garantía para una correcta gestión de la naturaleza. En un artículo seminal sobre el tema, Hardin (1968) relacionaba el crecimiento demográfico con lo que él llamaba la “tragedia de los espacios colectivos” mostrando que las personas cuidan de su propiedad privada al mismo tiempo que contaminan o depredan los espacios públicos. La conclusión que el autor extraía, además de la necesidad del control de la población, era extender la propiedad privada lo más posible, reducir al máximo los espacios públicos. La lógica de la economía ambiental es igual. En la medida en que las externalidades negativas puedan ser valoradas y negociadas en el mercado se privatizan. Fijar cuotas de contaminación, por ejemplo, es una forma de privatizar un cierto grado de contaminación. Los interesados pagan por contaminar o venden sus cuotas a otros contaminantes. Mediante este mecanismo se convierte en propiedad privada la posibilidad de actuar de forma negativa sobre el medio ambiente. El argumento a favor de estas políticas es, a primera vista, incuestionable ya que se limita la contaminación a grados teóricamente soportables. Así planteado, el problema ambiental siempre se ubica fuera de la propiedad privada, en los espacios públicos, en la capa de ozono, en la temperatura de la atmósfera, en los seres vivos y su biodiversidad, en la contaminación de mares y océanos, etcétera. Existe, no obstante, la otra cara de la moneda. Aquí argumentamos que es por causa de la existencia de la propiedad privada (en lugar de por su escasez)

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que existen tendencias a la depredación y la contaminación. El problema con el argumento de Hardin está en el supuesto del cual parte. El argumento contrapone propiedad privada con espacios colectivos. Esto no es así, de hecho espacios colectivos no hay, los hay públicos que es algo muy diferente. En las sociedades precapitalistas en que existe o existía propiedad colectiva del suelo, la decisión sobre su uso es también colectiva. Cuando el cazador primitivo reparte entre los miembros de su familia el producto de la caza es porque el animal cazado pertenece a la comunidad antes de ser cazado. La naturaleza, incluyendo los seres vivos, es propiedad de la comunidad, y quien actúa sobre ella debe someterse a las regulaciones comunitarias. La depredación y/o contaminación de la naturaleza es una cuestión colectiva y no individual. Por el contrario, con la extensión de la propiedad privada ocurre que cada quien es libre de hacer con ella lo que quiera. Cuando la depredación y/o la contaminación constituyen una ventaja económica se realiza, independientemente de que sea dentro o fuera de casa. Esta forma de relacionarse con los recursos naturales privados se constituye en la racionalidad hegemónica. Cuando pueden utilizarse recursos o espacios públicos, serán, siempre, con el objetivo de la producción privada. No es más que la extensión natural de la racionalidad del uso privado de los recursos a los espacios públicos. Pero allí no hay espacio colectivo alguno. Toda la historia del capitalismo es la de apropiarse de recursos naturales vírgenes con el propósito de su utilización como propiedad privada. Cuando se utilizan materias primas de los “espacios colectivos”, se los está privatizando, ya que reaparecen en el producto final que es vendido como propiedad privada en el mercado. En este entendido, es la existencia de propiedad privada lo que tiende la depredación y contaminación de la naturaleza. El esquema que sigue da cuenta de cómo las relaciones sociales capitalistas tienen efectos sobre el medio ambiente. Partiendo de la competencia, que es la expresión por excelencia de la producción capitalista, vemos su manifestación al interior de cada rama de la producción, entre ramas, sobre la tierra y sobre la fuerza de trabajo. A su vez, cada una de estas formas o ámbitos de presencia de la competencia genera leyes tendenciales que terminan por manifestarse en la depredación y contaminación del medio ambiente.

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Trabajo: clave para entender la relación ser humano/naturaleza Determinación histórica Producción capitalista

Competencia

Intrarramo

Inter-ramo

Sobre la tierra

Sobre la fuerza de trabajo

Diferenciación social Oferta y demanda no coinciden

Renta de monopolio

División social del trabajo

Renta diferencial

Conversión de la fuerza de trabajo en mercancía

Desarrollo de las fuerzas productivas

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Avance sobre suelos vírgenes + Intensificación del capital sobre la misma superficie

Incremento de la rotación del capital + abaratamiento del capital constante

Producción ilimitada + sobreproducción + Escasez

Desempleo/pobreza + leyes de población + pérdida de la diversidad cultural + distribución espacial (migraciones, etcétera)

Depreciación + Contaminación

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En lo que respecta a la producción de mercancías, y a que la producción se realiza con el objetivo de obtener una ganancia, se trata de características que fueron identificadas tempranamente por Aristóteles. Efectivamente, no es lo mismo producir cosas útiles para la satisfacción de necesidades inmediatas, como sucede con el agricultor que siembra para su alimentación, o como ocurre con la preparación doméstica de la comida para el consumo directo, que producir para un mercado. Si el mismo agricultor lanzara su producto al mercado, la cantidad ofrecida tendría el límite de sus posibilidades, pero no de las necesidades de alimentación. Si la cocinera lo hiciese para vender en un restaurante, su necesidad de alimentación no sería ningún tope a la producción. Aristóteles había señalado la diferencia entre la producción destinada a la obtención de valores de uso, que él llamó economía, de la producción destinada al mercado, que llamó crematística. Esta última no tiene límite.78 Marx lo explica con las siguientes fórmulas. Ma–D–Mb representa la circulación simple, donde Ma es una mercancía que se cambia por dinero (D) para luego comprar, con dicho dinero, otra mercancía (Mb). Es evidente que lo que hace necesario este intercambio es que Ma es un objeto útil diferente de Mb. Quien posee Ma debe venderlo para obtener, mediante el cambio, lo que es de su necesidad (Mb). En este proceso el objetivo último es la obtención de Mb, o sea un valor de uso que satisface determinadas necesidades. Una vez que se obtiene, las necesidades están satisfechas y el ciclo se cierra. Al contrario de este ciclo simple, existe el ciclo del dinero: D1–M–D2. En este caso quien comienza es el poseedor de dinero, que intercambia por una mercancía para volver a obtener como producto final el dinero. Es éste el caso de cualquier empresario. Con dinero compra materia prima, compra trabajo asalariado, compra maquinaria, para producir digamos botones, que luego vuelve a vender al mercado y recuperar su dinero. Claro está que este ciclo D1–M–D2 no tendría sentido si el monto de dinero final no fuese superior al inicial (por eso en el ejemplo aparecen como D1 y D2). A diferencia de la circulación simple que tiene por objetivo una mercancía cualitativamente diferente a la que comienza el ciclo (Ma y Mb), en la circulación del dinero la mercancía inicial y la final es la misma: el dinero. Siendo cualitativamente igual, lo que diferencia D1 de D2 es la cantidad. Salta a la vista que mientras en el primer caso la cualidad de la mercancía (Mb) satisface una necesidad, en el segundo caso es la cantidad (D2) el objeto de la satisfacción. Pero, la cantidad, como cualquiera comprende, es algo ilimitado. Esto no es una cuestión ni psicológica ni ética o moral, es un hecho,
78 “…el dinero es el principio y el fin de este tipo de intercambio. De ahí que también la riqueza que la crematística trata de alcanzar sea ilimitada” (Aristóteles, apud Marx [1867], pp. 186-187).

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digamos, matemático: la cantidad siempre puede ser mayor, de manera que la satisfacción es siempre parcial y el objetivo ilimitado. Ambas características, la producción de mercancías y el móvil de la ganancia, constituyen, por varias razones, un elemento esencial para la comprensión de la problemática ambiental. Mientras la producción precapitalista de valores de uso tiene su límite en la satisfacción de las necesidades (Ma…Mb), la producción mercantil para incrementar la ganancia no tiene límite alguno (D1…D2…D3…). De allí que a diferencia de todas las formas de producción precapitalistas, donde el incremento de la producción iba a pasos lentos, acompasando el ritmo de crecimiento demográfico y el avance de la técnica, en la producción capitalista el incremento de la producción es un fin en sí mismo. Es la producción por la producción misma. Esta diferencia, tan sencilla y general, está en la base de la producción de mercancías en volúmenes crecientes, con la consecuente utilización de materias primas, disminución de los recursos naturales, y generación de desechos (contaminación), a un ritmo nunca sospechado en la historia de la humanidad. Y esta ley de la sociedad capitalista no tiene ni siquiera los límites de la capacidad de compra. La historia ha mostrado, inclusive, que cuando la producción exagerada no encuentra salida en un consumo correspondiente, las mercancías son destruidas,79 o las guerras cumplen dicha función con el capital fijo excedentario;80 de manera que en cuanto a la creciente utilización de materias primas para la producción, y la correlativa generación de desechos, el consumo no representa un límite. Esta producción mercantil ilimitada contrasta con la producción de valores de uso destinada al consumo directo que realizan mayoritariamente las sociedades precapitalistas. Una serie de investigaciones antropológicas de los años sesenta mostraron que en las sociedades de cazadores y recolectores la producción está limitada por la satisfacción de las necesidades, que éstas no son ilimitadas como la economía neoclásica gusta de proclamar, y que son variados los ejemplos de subutilización –según los criterios capitalistas– de recursos o de tra79 En Brasil, durante la crisis de 1930, los cafeticultores hacían funcionar sus máquinas de vapor utilizando el café como combustible. Los “lagos de leche” y “montañas” de manteca de la Comunidad Europea de los años ochenta sirvieron, muchas veces, para dar de comer al ganado. Cuando no era el producto lo desperdiciado, lo eran los medios para su producción: en 1983 el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica destinó 29 000 millones de dólares para que los agricultores no sembraran. Pagó con productos almacenados y en efectivo a miles de productores el equivalente a sus cosechas programadas, en un intento desesperado por evitar la caída de los precios agrícolas y la crisis agraria que venía agudizándose desde 1980. Al mismo tiempo 25 millones de africanos estaban al borde de la muerte por hambre. La producción de mercancías ni tiene el límite en las necesidades humanas, ni le interesa satisfacerlas, sólo se mueve por la demanda efectiva, diría Keynes. 80 La reconstrucción del capital fijo después de la Segunda Guerra Mundial en Europa y Japón fue el acicate para la posterior “edad de oro” del capitalismo.

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bajo, lo cual demuestra que aun contando con posibilidades objetivas de aumentar la producción esto no ocurre (Sahlins, 1971). En la Edad Media las mejoras en la productividad del trabajo no siempre se revertían en un aumento de la producción, sino muchas veces en un incremento del tiempo de ocio, lo que también demuestra el límite que las necesidades sociales imponían a la producción (Munford, 1969; Naredo, 1987). Por el contrario, la ganancia como objetivo de la producción capitalista obliga a producir siempre más, y más variadas mercancías, y a utilizar todos los medios, desde la propaganda y los atractivos financieros, pasando por el vicio, la droga y la violencia, para aumentar la demanda.81 La competencia, que es la expresión más superficial de toda producción mercantil y capitalista, conduce a efectos particulares sobre el medio ambiente. Veamos esta competencia en los diferentes niveles en que se desarrolla, ya que de cada uno de ellos se derivan implicaciones particulares para la problemática ambiental. El primer nivel de la competencia se presenta al interior de cada rama de la producción. Esta competencia intrarramal de productores que ofrecen mercancías similares tiene como resultado la fijación de los precios de mercado. La consecuencia es un precio igual para productores con condiciones y costos de producción diferentes. Como es natural, el resultado de pagar con el mismo precio a quienes tienen costos de producción diferentes es el empobrecimiento de muchos y el enriquecimiento de pocos. Por ello, tanto para unos como para otros, el abaratamiento de los costos de producción es clave en esta lucha mercantil por la sobrevivencia en el mercado. La posibilidad de incorporar productos naturales sin precio, o de generar desperdicios en espacios públicos, son modalidades de depredación y/o de contaminación que, constituyendo un efecto negativo para la sociedad en su conjunto, significan, paradójicamente, una ventaja individual normal en el capitalismo. En un segundo nivel la competencia se expresa entre ramas de producción diferentes. Una ramas generan, temporalmente, mayores tasas de ganancia que otras, de manera que el cambio de rama económica buscando la mayor ganancia es una necesidad de la producción capitalista. Este movimiento de los capitales de unas ramas a otras, o competencia interramal, es el responsable de la sobreproducción temporal de ciertas mercancías cuando las altas tasas
81 Werner Sombart escribe: “Entre estos impulsos puestos al servicio de la vida económica tiene indudablemente el primer rango la persecución de la ganancia. Es decir, la tendencia a aumentar la posesión del dinero mediante la actividad económica. Este empeño empuja a un desarrollo a) ilimitado; b) incondicionado; c) sin escrúpulos” (Sombart, 1946, p. 39).

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de ganancia atraen a los inversores, al tiempo que también es responsable de la escasez de producción en otras ramas, cuyas tasas de ganancia disminuyen. La producción de mercancías está plagada de ejemplos de quema, entierro, tirada al mar, alimentación de ganado con comida humana, o utilización como combustible de alimentos y productos que por su bajo precio no consiguen comercializarse. Hobsbawm, en su Age of Extremes, escribe:
…el problema del mundo desarrollado era que producía tanto alimento que no sabía qué hacer con el excedente, y en la década de 1980 decidió plantar sustancialmente menos, o entonces (como en la Comunidad Europea) vender sus “montañas de manteca” y “lagos de leche” abajo del costo, arruinando con eso a los productores de los países pobres. Resultó más barato comprar queso holandés en las islas del Caribe que en Holanda. Curiosamente el contraste entre excedentes de alimentos de un lado y gente hambrienta de otro, que tanto alteró al mundo durante la Gran Depresión de la década de 1930, causó menos comentarios a finales del siglo XX. Fue un aspecto de la creciente divergencia entre el mundo rico y el mundo pobre que se tornó cada vez más evidente a partir de la década de 1960 (Hobsbawm [1994], p. 256).

Aquel desequilibrio entre oferta y demanda se corrige temporalmente, cuando la escasez en una rama presiona por un aumento de precios que permita alcanzar, nuevamente, mayores tasas de ganancia, y con ello atraer los capitales excedentarios de las otras ramas; pero al lograrlo genera desequilibrio en otras ramas; es un permanente corregir sobre el error. La sobreproducción, que siempre existe en algunas ramas, conduce a la destrucción de mercancías, el abandono de capital fijo o de espacios naturales antes utilizados, con consecuencias deplorables para el mantenimiento de un mínimo equilibrio ecológico. Fábricas abandonadas, montañas de mercancías obsoletas en términos tal vez no de su utilidad sino de su competividad, y hasta tierras agrícolas subutilizadas una vez que los precios de mercado no permiten recuperar los costos de producción y su ganancia, son ejemplos comunes en la sociedad capitalista. Por último, la competencia se expresa en su forma más individual y elitista, como ganancia monopólica, al explotar espacios con ventajas naturales excepcionales. Existen dos tipos de productos lanzados al mercado. Por un lado, aquellos que pueden ser reproducidos a voluntad, y que, por lo tanto, se enfrentan con otros productos que satisfacen las mismas necesidades, producidos por otras empresas y que tienen otras marcas. Por otro lado, existen aquellos productos que no pueden ser reproducidos a voluntad, porque incorporan de forma significativa un espacio natural monopolizable. Un predio con una determinada vista privilegiada es único. Estas mercancías no sufren la

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competencia de la misma forma que las anteriores. Por lo tanto, su precio se ve regulado exclusivamente por el poder de compra de la demanda. El precio de monopolio incluye, además de la reposición de los costos y de la ganancia normal, una ganancia extraordinaria, o monopólica. La construcción sobre las costas, que tanto incide en los trastornos ambientales, constituye un ejemplo. Acontece que la base misma de este tipo de ganancia extraordinaria está en la depredación y/o contaminación de un recurso natural exclusivo y monopolizable. Por éstas y otras razones que desarrollaremos a continuación, las relaciones capitalistas de producción encierran tendencias que pueden ser identificadas como causantes de buena parte del deterioro ambiental contemporáneo. No obstante, también existen fuerzas intrínsecas a las propias relaciones capitalistas que actúan de forma contrarrestante, lo que ocasiona que para periodos más reducidos de tiempo o para regiones específicas, aquellas tendencias más profundas parecieran no presentarse. Tanto la utilización más eficiente de la materia prima, como la reutilización o recicle de los desperdicios son parte de la búsqueda del productor por abaratar sus costos. Y aún de mayor importancia para ciertas ramas es la sustitución de materias primas más costosas o materiales no renovables por otras más abundantes y baratas. En las telecomunicaciones vemos el ejemplo más impactante, donde el cobre es sustituido por fibras ópticas y microchips de silicio y transmisiones satelitales. Con esto no se evita la tendencia a la producción ilimitada, o a la utilización de materia prima sin precio de la naturaleza, pero sí se reduce relativamente el ritmo de depredación y de contaminación. Pero, estas causas contrarrestantes sólo toman fuerza cuando la depredación del recurso o la contaminación del ambiente alcanza tal magnitud que conduce a un alza significativa de los precios, y la consecuente introducción de otras materias primas sustitutas, el uso más eficiente de las mismas, o la reutilización productiva de los desperdicios. Nuevamente, son elementos contrarrestantes que corrigen sobre el error, y muchas veces generan resultados imprevistos y nuevos errores. En esta lógica de corregir sobre el error se basa la mayoría de las políticas medioambientales contemporáneas que utilizan instrumentos de mercado. Antes de profundizar en las implicaciones de las relaciones sociales capitalistas sobre el ambiente, vale la pena insistir en que la depredación y contaminación han sido comunes en la historia de la humanidad (Foster, 1994; Pointing, 1991).
La historia de las sociedades precapitalistas y preindustriales está así llena de ejemplos de colapsos sociales alcanzados por depredación del medio ambiente. Evidencias históricas y arqueológicas sugieren que las civilizaciones de los sumerios, del valle del Indo, griega, fenicia, romana y maya, tuvieron colap-

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sos debidos en parte a factores ecológicos. Finalmente, la condición del campesinado, que constituía la mayoría de la población mundial antes de la Revolución Industrial, estaba caracterizada por una alta mortalidad infantil, baja esperanza de vida, severa desnutrición, y el acoso de las hambrunas y epidemia difícilmente una “milagrosa adaptación a la naturaleza” (Foster, 1994, p. 36).

En Australia, y en menor medida en América, existían al momento de la llegada del Homo sapiens, grandes animales, gigantes en algunos casos. En Australia había monotremas y canguros mayores a los actuales, aves como el Emú de más de tres metros de altura. En América había mamuts, perezosos de gran tamaño, etcétera. Pero estos gigantes ya no existían cuando entre los siglos XVI y XVII se dio la colonización europea. La hipótesis de los cambios climáticos que llevaron a la desaparición de dichas especies prevaleció durante mucho tiempo. No obstante, no se han encontrado elementos que la soporten. Hoy en día se piensa que fueron los primitivos depredadores humanos quienes arrasaron con estas especies no preparadas como sus parientes europeos a miles de generaciones de convivencia con los humanos (Crosby [1986]). Estos ejemplos muestran la depredación entre sociedades de cazadores y recolectores que en algunos casos ni siquiera conocían los metales. En 1997 fue planteada la hipótesis de que el Megatherium, el mayor mamífero terrestre (hasta 4 toneladas) se extinguió en América (11 000 años) como resultado de la competencia que sufrió por parte de los humanos.82 Pero existen diferencias radicales entre la depredación y contaminación precapitalistas y la que acontece en el mundo contemporáneo (Foster, 1994): a) las causas que guían la depredación o contaminación son diferentes. En las sociedades precapitalistas el escaso desarrollo de las fuerzas productivas conducía a la producción depredadora (como el sistema de roza y quema en la agricultura, o la extinción de grandes mamíferos). En la sociedad capitalista, por el contrario, es el tremendo desarrollo de las fuerzas productivas, lo que ha permitido un saqueo de la naturaleza a gran escala; b) el ritmo o velocidad es, por cierto, mucho mayor en el sistema capitalista, ya que la tendencia a producir siempre más es, como ya vimos, intrínseca a la dinámica económica; c) la amplitud o extensión de las crisis ambientales causadas por las sociedades precapitalistas eran locales o regionales, acorde con el ámbito de sus economías y poblaciones, así como con el grado de desarrollo de su ciencia y técnicas. En el sistema capitalista las crisis han logrado una escala planetaria, como lo ilustra el calentamiento global o la disminución de la capa de ozono; y esto debido
82 Hipótesis planteada por R.A. Fariña y R.E. Blanco, de la Universidad de la República, Uruguay (Nature, 1998).

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tanto al nivel de contaminación y depredación, como a su acción en todo el mundo y, también, al desarrollo de las ciencias, particularmente la química que en sus aplicaciones ha logrado romper y reordenar enlaces químicos creando desechos tóxicos prácticamente eternos para el tiempo humano, y atentando contra la vida desde el interior de sus propios elementos constitutivos.83 Para analizar con mayor detenimiento estos efectos de las relaciones capitalistas sobre el medio ambiente conviene desagregar estas causas o fuerzas a partir de los tres elementos que constituyen los comúnmente llamados “factores de la producción capitalista”: el capital, la tierra, y el trabajo (véase el esquema anterior). En relación al capital, y en directa implicación con el ambiente está la tendencia al abaratamiento del capital constante con su correlato en la depredación de la naturaleza sin precio, y la generación de desperdicios a ritmos no reciclables; y al incremento de la rotación del capital con la generación de productos de corta vida útil, de nuevos productos y en cantidades siempre crecientes. En segundo lugar, con la tierra, que también juega un papel importante en la producción capitalista apropiándose de la renta del suelo y permitiendo, con ello, la aplicación de una racionalidad individual antiecológica a recursos naturales, inclusive a aquellos no renovables. Y, en tercer lugar, los efectos del capital sobre el trabajo, cuyas características son las de desplazar sociedades precapitalistas (con la consecuente pérdida de la diversidad cultural); de ser excedentaria (con la consecuente pobreza); y de perseguir el capital (con las consecuencias de hacinamiento, migraciones, desarraigo, etcétera). Estas tendencias de las relaciones capitalistas tienen efectos sobre el resto de los seres vivos, el material abiótico, los elementos de la naturaleza, y la propia sociedad humana; o sea, en todos los niveles o aspectos en que pueden plantearse los problemas ambientales.
Resultados sobre el ambiente derivados de las tendencias del capital: al abaratamiento del capital constante, y al aumento de la rotación del capital

El precio de costo de cualquier mercancía es resultado de los desembolsos previos en materias primas, materias auxiliares, infraestructura, maquinaria, impuestos, alquiler del predio, etcétera, y gastos salariales. El margen entre este precio de costo y el precio de venta constituye la ganancia. De manera que una de
83 Los reactores nucleares producen, por ejemplo, Plutonio 239, que tiene una vida letal de más de medio millón de años; o el Uranio 238, con una vida de cerca de los 4.5 millones de años.

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las formas de incrementar la ganancia es reduciendo los costos. Las materias primas de origen natural juegan en esto un papel destacado. En la medida en que ciertas empresas o países puedan incorporar materia prima de origen natural sin precio, competirán ventajosamente frente a aquellas que deben pagar por las materias primas naturales, y obtendrán una ganancia extraordinaria. El resultado es una tendencia al saqueo de los recursos naturales sin precio. Cuando los objetos de trabajo o la materia prima ya tienen precio, el capital procura aumentar la velocidad de su rotación, utilizando de esa forma más intensivamente la infraestructura y el capital fijo, con lo cual una parte menor de valor de éstos se traduce en costos de producción, surgiendo una ganancia extraordinaria como diferencia con los parámetros de velocidad de rotación prevalecientes. El resultado es una sobreexplotación de la tierra y de los recursos naturales monopolizados. La historia del saqueo de la naturaleza por el capital comienza en su fase mercantil entre el siglo XV y finales del XVIII, incorporando al mercado “nuevas” áreas del mundo. Así logró convertir en mercancías, o sea en elementos del capital, a minerales, vegetales, animales, y espacios del mundo que habían permanecido hasta entonces en usufructo de las sociedades precapitalistas, o bien despobladas de seres humanos. Al tiempo que sometía a los elementos abióticos y al resto de los seres vivos a su dinámica, extendía las relaciones mercantiles, presionando a las sociedades precapitalistas a vender sus productos y comprar las manufacturas. Y cuando esta incorporación externa del trabajo no fue suficiente, convirtió a los antiguos productores directos en trabajadores asalariados, o revivió formas de trabajo pretéritas como lo fue la moderna esclavitud capitalista de millones de africanos. El saqueo de los recursos naturales se convirtió en una guerra de exterminio para muchos seres vivos. Los animales de pieles preciosas como la marta, las nutrias, los castores, los lobos y zorros, y las focas, fueron sistemáticamente muertos hasta su exterminio en numerosas zonas del planeta.
En 1743 el puerto francés de La Rochelle, un centro del comercio con Canadá, importó las pieles de 127 000 castores, 30 000 martas, 1 200 lobos, 12 000 nutrias y otras pescas, 110 000 mapaches, y 16 000 osos. … En sólo siete años (1797 a 1803), más de tres millones de focas fueron aporreadas a muerte en la isla de Más Afuera en las islas de Juan Fernández, allende las costas de Chile. … Se ha estimado que entre 10 y 15 millones de castores fueron muertos por sus pieles en Norteamérica tan solo en el siglo XVII (Foster, 1994, pp. 42-43).

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El manatí fue extinguido en las costas centroamericanas como resultado de su caza mediante armas de fuego. Estos animales que antes eran cazados de forma artesanal por los indígenas de la zona, se convirtieron en alimento básico de barcos piratas desde el siglo XVII;84 los indígenas eran abastecidos con armas de fuego e incentivados a capturarlos para la venta a un mercado creciente (Foladori y Melazzi, 1987). En la minería, el sistema colonial mercantil también hizo estragos. El saqueo del oro y plata de América se convirtieron inmediatamente en moneda y aceleraron la circulación mercantil, dando un impulso al nacimiento del capitalismo. El sistema de saqueo de los minerales agotó sucesivamente las minas. Potosí, la mina de plata más importante del mundo en su momento, llegó a concentrar más de 150 000 habitantes en el siglo XVII, superando a París o Londres, pero para principios del siglo XIX no pasaba los 10 000 habitantes (PNUD, 1990, p. 70). Los vegetales no quedaron fuera de la depredación mercantil. En el viejo mundo los bosques fueron reducidos como resultado de la explosión demográfica entre los siglos XVI y XVII. El surgimiento del carbón, como principal energía de la revolución industrial ocurrió cien años antes de ésta, como alternativa a la crisis de la madera como combustible. Con ello se inauguró una nueva época: el paso de las energías renovables a las no renovables (Debeir, Deléage, Hémery [1986], p. 94). En el Nuevo Mundo, los bosques fueron reduciéndose tempranamente, como resultado del saqueo de sus maderas preciosas y la introducción de la agricultura. La producción mercantil también introdujo ganado y cultivos, y creó grandes áreas de especialización. Junto a la división social del trabajo se imponía, al decir de Foster, una división de la naturaleza, creando zonas de monocultivo o de explotación especializada. La zarzaparrilla, una planta medicinal silvestre, fue el principal producto de exportación de Centroamérica para finales del siglo XVI. La cochinilla se produjo en gran escala en Centroamérica durante la segunda mitad del siglo XVI. A América llegó el ganado vacuno que, aprovechando a su manera el alimento histórico de las praderas vírgenes, se reprodujo a gran escala en el norte de México, en los llanos venezolanos, o en la cuenca del Río de la Plata. La expansión de la caña de azúcar, con tan trágicas relaciones con la esclavitud capitalista de millones de africanos, alcanzó enormes extensiones en el Caribe, en México y en Brasil (PNUD, 1990). La fase propiamente capitalista, inaugurada con la revolución industrial de finales del siglo XVIII, profundizó aún más este saqueo de las riquezas naturales
84 Su

carne, salada y semicocida se llamaba “bucan”; de allí deriva el nombre de “bucaneros”.

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históricas, logrando completar el reparto capitalista del mundo, y agregando a la división mundial del trabajo una división natural basada en la implantación del monocultivo en amplias zonas del mundo. En el mar, donde los derechos de propiedad son más difíciles de resguardar, o directamente no los hay, el saqueo de los recursos ha tenido resultados desastrosos para muchas especies. El caso de la ballena ha sido impactante, relatado en la literatura y el cine. Su caza comercial para la extracción de aceite, carne y huesos tuvo un auge importante a comienzos del siglo XX. Los pescadores artesanales con lanzas y arpones manuales fueron poco a poco desplazados por empresas con tecnologías sofisticadas. Y aún durante este siglo, el moderno sistema capitalista utilizó los viejos métodos de saqueo mercantilista cuando pudo. La primera variedad antártica cazada fue la “ballena jorobada” de 15 metros de longitud y 35 toneladas de peso: con una captura de 7 000 ejemplares al año. Una vez reducida su población le tocó el turno a la “ballena azul”, el mayor mamífero, de 26 metros de largo y 100 toneladas; para la década de los treinta su captura también alcanzó los 7 000 ejemplares anuales. Luego vino la “ballena de aleta” de 22 metros de largo y 40 toneladas; diezmada durante los cuarenta con una captura anual de 26 000 unidades. Posteriormente la “ballena sei” de 16 metros y 14 toneladas, capturándose 20 000 ejemplares en 1965. Por último, quedó tan solo la pequeña ballena “visón” de la cual se capturaron 8 000 ejemplares en 1970 (Myers, 1985, p. 88). La expansión capitalista de los siglos XIX y XX sólo fortaleció esta división espacial del trabajo y la naturaleza, permitiendo con la revolución de los transportes (ferrocarril y vapor), avanzar sobre nuevas áreas y explotar otros productos. El café consolidó amplias zonas en México, Centroamérica, Colombia, Venezuela y Brasil. El Estado peruano, que monopolizó la extracción de guano, logró su agotamiento en tan solo cuatro décadas (1840-1880) (PNUD, 1990). El caucho fue explotado intensivamente en Brasil durante el último cuarto del siglo pasado. El monocultivo, que es resultado de una ventaja económica para el productor, se convierte a la larga en una desventaja para la sociedad en su conjunto, al generar una agricultura sumamente frágil, dependiente más que nunca de las fluctuaciones climáticas y las plagas y pestes.85 La moderna agricultura capitalista de posguerra pretendió solucionar con pesticidas, herbicidas y fungicidas la fragilidad del monocultivo. En su lugar fortaleció alguna de las plagas y creó una contaminación altamente tóxica para el ser humano:
85 Redclift analiza en un capítulo sugestivamente titulado La internacionalización del ambiente el papel de la economía capitalista internacional homogeneizando el cultivo de grandes áreas, y desplazando productos de unos países y regiones del mundo para otros. También la dificultad de una administración mundial del ambiente en el marco de las desigualdades creadas por las relaciones capitalistas (Redclift, 1987).

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Hasta la aparición del DDT en los años cuarenta, los cultivadores de algodón sólo se preocupaban por el “picudo” (Anthonomus grandis), que quitaban a mano. El DDT empezó haciendo milagros; pero también los hizo muy pronto el picudo, que adquirió resistencia no sólo frente al DDT, sino también frente al alud de los insecticidas que fueron entrando en circulación, no todos ellos autorizados en los países industrializados: aldrín, dieldrín, toxafeno, heptacloro, etcétera. Se rompió la soledad del picudo: el gusano cogollero, los ácaros rojos, la mosca blanca, los gusanos soldados, el perforador de hoja, vinieron a hacerle compañía y desarrollaron resistencias similares ( PNUD, 1990, p. 128)

Los desastres de la “revolución verde” pueden comprobarse en la dependencia alimenticia de los países del Tercer Mundo que la implementaron. Pero los efectos más devastadores de la aplicación imperialista de la química a la naturaleza fueron logrados durante la guerra de Vietnam:
El daño de estos químicos, según una autoridad en herbicidas en la guerra, escribió en 1984, “incluía la muerte de millones de árboles y a menudo su reemplazo por pastos, manteniéndose hasta la fecha por una seguidilla de periódicos fuegos; profundas, durables incursiones en el hábitat de los manglares; extendida debilidad de los predios por la erosión del suelo y pérdida de los nutrientes; extinción de la vida silvestre terrestre, principalmente por la destrucción de sus hábitats; pérdida de peces de agua fresca, principalmente por la reducción de las especies disponibles; y una posible contribución a la declinación en la pesca costera. El impacto en la población humana ha incluido neuro-intoxicaciones de larga duración, así como la posibilidad de incidencias incrementadas en hepatitis, cáncer de hígado, daños cromosómicos, y el surgimiento de embarazos problemáticos, debido a padres expuestos (especialmente abortos espontáneos y malformaciones congénitas)” (Arthur Westing, Herbicides in War, Taylor and Francis, Philadelphia, 1984; apud Foster, 1994, pp. 102-103).

Con el monocultivo se redujo el pool genético, atentando contra la biodiversidad. Las estimaciones indican que actualmente se está perdiendo una especie por día; pero si la actual tendencia continúa, es probable que para el año 2000 se pierdan 130 especies por día (Myres, 1985, p. 155). No hace ni dos décadas que se (re)descubrió en México la variedad teosinte de maíz silvestre, cuando estaba a punto de extinguirse por el avance de variedades comerciales. Paradójicamente resultó una variedad perenne, que podría llegar a rendir miles de millones de dólares.86
86 “Grecia ha perdido 95 por ciento de sus variedades de trigo nativo en tan solo 40 años” (Myers, 1985, p. 157).

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El resultado de esta tendencia al monocultivo es el agotamiento temprano de las tierras, muchas veces con grandes costos para su adaptación a nuevos usos. Esto se visualiza con mayor claridad en la selva tropical, que se desmonta para la introducción de la ganadería y la agricultura. Los escasos centímetros de tierra productiva rinden excelentes cosechas los primeros años, para volverse difícilmente recuperables años después. “A principios de los años ochenta la superficie estimada de tierras en proceso moderado o grave de desertificación abarcaba unos 2.08 millones de km2, es decir, un 10 por ciento de la superficie total de la región [América Latina]” (PNUD, 1990, p. 21). La erosión del suelo por el sobrecultivo, el monocultivo y la tala de árboles, han sido ampliamente divulgados por los diversos diagnósticos sobre la situación ambiental mundial; pero no siempre se les ha vinculado con las relaciones capitalistas que las causan. Para el capital es una necesidad utilizar los recursos productivos lo más intensivamente posible. Lo mismo que es una necesidad, impuesta por la competencia y las mejoras técnicas, la tendencia al monocultivo que tan graves consecuencias trae para la biodiversidad. Bajo relaciones capitalistas, los criterios de racionalidad pasan siempre por la contabilidad de precios y, ni ésta, ni los ritmos productivos, tienen relación alguna con los criterios físico-energéticos, las diferencias entre recursos renovables y no renovables, o los ritmos biológicos del resto de los seres vivos y la biodiversidad. En la industria, el modelo capitalista de producción en masa logró introducir los mismos productos en millones de hogares pero, una vez que esto se lograba en alguna rama de la producción, era necesario crear nuevas necesidades haciendo variantes del mismo producto para poder ampliar aún más el mercado. En los Estados Unidos, por ejemplo, la ATT lanzó el teléfono de aparato negro, pero pocas décadas después prácticamente todos los hogares tenían uno, de manera que cambió los colores y las formas, para que cada hogar tuviese el regular aparato negro más uno en la cocina de colgar, otro de colores en cada cuarto, etcétera. La diversificación de los electrodomésticos es otro ejemplo. De la mano con la creación de nuevas necesidades, la industria capitalista fue transitando hacia productos de cada vez peor calidad, cuya vida útil más corta permitiera una rotación más rápida del capital. Las modas se acortaron en el tiempo, los nuevos productos pasaron a convertir en obsoletos a los más antiguos con mayor rapidez, y la basura y contaminación comenzó a amontonarse también rápidamente. En el Japón, la industria automovilística se expandió en parte gracias a una importante diversificación de la oferta. El gobierno incentivó ese rápido ritmo de rotación, promoviendo el cambio e imponiendo restricciones a los vehícu-

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los de uso público de más de algunos años. El resultado fue la exportación masiva de autos usados (Cusumano, 1994). Como en Japón se circula por la izquierda, nos encontramos en Paraguay o en Bolivia miles de taxis Toyota a los cuales se debió cambiar el volante, pero no el panel de instrucciones y, en algunos casos, con las inscripciones en japonés de la compañía a la que pertenecían pintadas en la carrocería, sin que sus actuales propietarios tengan idea de lo que dicen. El vuelco de algunas de estas mismas empresas de automóviles hacia productos más durables no cambia las cosas, sólo deja esferas del mercado para ser ocupadas por otras empresas de productos menos durables, como las chinas o hindúes que ya están entrando en el mercado mundial de vehículos. De mediados de los setenta a la actualidad, se han manifestado dos crisis que están profundamente interrelacionadas: la crisis económica y la crisis ambiental. El indicador más nítido de una crisis económica es la caída de la tasa de ganancia. Ésta, que en los principales países capitalistas comenzó a descender desde finales de los sesenta, agudiza en las empresas el saqueo de materias primas naturales sin precio o con bajos precios para abaratar el capital constante. Acelera la formación de monopolios naturales que permitan imponer precios que retribuyan ganancias extraordinarias, como fue el alza de los precios del petróleo por la OPEP durante los setenta. Acelera también el almacenamiento de materias primas de origen natural, mostrando con ello la subordinación de la naturaleza a los vaivenes del mercado capitalista. Entre 1965 y 1972 en plena caída de las tasas de ganancia, los productos primarios aumentaron más que los manufacturados, lo que condujo a que en el área de países de la OECD el almacenamiento de productos primarios aumentase en un 75 por ciento en términos reales entre 1971 y 1973. También la crisis presiona para “limpiar” del proceso productivo todas las fases menos rentables, con lo cual fragmenta las antiguas industrias en un esquema de subcontratación que tantas calamidades implicó en los trabajadores; al tiempo que “externaliza” los desperdicios, agravando la contaminación. Lo que hoy se considera una crisis ambiental mundial no está separada de la economía capitalista. El saqueo del medio ambiente para ganancia del capital es, como bien dice Foster, “una guerra a la naturaleza”. Para obtener su dominio sobre el mundo el capital desató una guerra a muerte contra las sociedades precapitalistas, pero también contra el resto de los seres vivos, y hasta con la materia abiótica. Pero lo que era un triunfo individual de empresas o países se fue transformando en una carga para la humanidad considerada como un todo, y más aún, para los países menos desarrollados. Así por ejemplo, la distribución geográfica de la basura tóxica y nuclear que resulta de la industria química y militar no coincide con los lugares en que se genera:

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Entre 1986 y 1988, 3 176 000 toneladas de basura fueron enviadas desde los países industrializados hacia 15 países del Tercer Mundo. Las 3 800 toneladas de desechos tóxicos arrojados en proximidades de un puerto en Nigeria o las 3 000 toneladas de cenizas tóxicas que provenientes de un incinerador en Filadelfia fueron depositadas en Haití, representan solo una cifra mínima del volumen global de basuras peligrosas, metales pesados y otros tóxicos que anualmente “exportan” los países centrales a los países pobres del Tercer Mundo (Navia, s/f, p. 44; apud Rodríguez, 1995, p. 65).

Depredando el ambiente el ser humano sufre reveses al estilo de lo que Engels llamaba una actitud de “aprendiz de brujo”, generando resultados imprevistos. En años recientes formas de vida primarias dieron una contraofensiva a la más evolucionada del ser humano, con enfermedades nuevas o antes restringidas a ciertas áreas y poblaciones del mundo. El virus del SIDA, que en 1980 registraba menos de mil infectados, hoy alcanza los 20 millones. La globalización de la guerra a la naturaleza expandió el virus Sabiá, una versión ultrafuerte de la fiebre amarilla y dengue, que causa fiebre hemorrágica extremadamente letal, descubierto en 1990 en São Paulo, Brasil. El virus del Ebola con un porcentaje de 90 por ciento de muertes entre los infectados, conocido en Zaire y Sudán, se ha extendido al mundo en los noventa. El virus Lassa, también del África Occidental, que provoca fiebre, postración y encefalitis; el Guanarito, versión latinoamericana del Ebola, detectado en Venezuela. El Machupo, virus que apareció en el norte de Bolivia con un promedio de entre 15 a 30 por ciento de las víctimas fatales (Veja, 1995, p. 92).
Resultados sobre el ambiente derivados de la aplicación del capital al suelo: tendencia al monopolio del suelo y a la conversión en sobreganancias a las diferencias de fertilidad y distancias naturales

La teoría de la renta de la tierra es el instrumental teórico más desarrollado para analizar los efectos de la inversión de capital sobre el suelo. En lo que sigue vamos a mostrar su utilidad en lo que tiene que ver con una de las manifestaciones más alarmantes de la crisis ambiental contemporánea, la degradación del suelo. La inversión de capital en la tierra (agricultura, ganadería, explotación forestal, construcción urbana, minería, etcétera) obedece, además de las leyes comunes a la inversión de capital en la rama industrial, a la especificidad de-

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rivada de que la tierra es un medio de producción monopolizable, heterogéneo y no reproducible a voluntad. El monopolio del suelo, por un lado, impide que se invierta capital sin pagar por ello una renta. Cuando el inversor capitalista es, al mismo tiempo el dueño del terreno, pagó de antemano la renta bajo la forma de renta capitalizada, o lo que es lo mismo, precio del terreno. De manera que la venta del producto del suelo debe permitirle al inversor pagar los siguientes elementos: el costo de producción, la renta de la tierra, y aún debe restarle su ganancia o beneficio capitalista. El carácter heterogéneo del suelo, tanto en cuanto a su ubicación geográfica, como en cuanto a su fertilidad natural (o históricamente acumulada), hace que dos parcelas nunca sean exactamente iguales desde el punto de vista económico. O, dicho de otra forma, la misma inversión de capital rinde productos diferentes en dos parcelas. Sea debido a que una es más fértil que la otra, sea que la ubicación espacial le implica costos de transporte menores, o bien una combinación de ambas. Estas diferencias de fertilidad hacen que los propietarios de suelos relativamente más fértiles exijan una renta especial, o renta diferencial, derivada de la ventaja comparativa de su suelo. Renta diferencial que se soprepone a la renta de propiedad o monopolio anterior. El hecho de que el suelo no sea reproducible a voluntad permite que tanto la propiedad del suelo, como las diferencias de fertilidad, se conviertan en renta. O sea, permite que relaciones jurídicas así como diferencias físicas se transformen en ventajas económicas para el dueño del terreno. Si, por el contrario, una parcela de suelo pudiese ser reproducida a voluntad, no habría tal ventaja para el propietario y, al igual que acontece en la industria, el producto no tendría que pagar además de los costos de producción y la ganancia del capital, renta alguna. Para resumir, lo que el propietario del suelo recibe como renta, o como precio cuando vende el terreno, es la combinación en un solo valor de dos tipos de excedente económico: la renta de propiedad, y la renta diferencial. Son excedentes económicos que adquieren el estatus de renta del suelo, o sea que van a parar a manos del terrateniente (en lugar de mayor ganancia para el capitalista, o mayor salario para los obreros asalariados, o mayor ingreso para el campesino) debido a que el capital se invierte en un medio monopolizable y heterogéneo. De manera que una cosa es la generación de un excedente de producción y otra muy diferente quién se lo apropia. Esta conversión del excedente agrícola en renta genera dinámicas y barreras que explican en gran medida la depredación y consecuente degradación del suelo. Vamos a limitarnos a explicar la degradación del suelo como resultado de dos posibilidades concretas: la sobreexplotación del suelo, y el avance sobre suelos vírgenes.

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La sobreexplotación del suelo

Utilizamos el término sobreexplotación en su sentido más vulgar, como la utilización a un ritmo e intensidad mayores a las posibilidades naturales de reposición de su riqueza intrínseca. Si se revisa la historia agrícola de cualquier país, es fácil descubrir superficies agrícolas que fueron sometidas durante determinado tiempo a cultivos que a la larga degradaron significativamente el suelo, convirtiendo suelos aptos para la agricultura en semiáridos durante años, u obligando a un uso agrícola o ganadero o forestal menos rentable. En México, durante la década de los sesenta, fueron destacables las inversiones de capital en fresa en la región de Guanajuato. Después de 10 años las tierras quedaron contaminadas. En el Uruguay, la remolacha azucarera fue explotada durante 25 años en una región adyacente a la capital del país, con consecuencias desastrosas una vez que los suelos comenzaron a menguar en su productividad. ¿Cuál es la causa de esta sobreexplotación del suelo? ¿Acaso no se trata de un fenómeno previsible?, ¿no hay otras actividades agrícolas, o técnicas productivas que puedan evitar tal degradación? Por cierto que las hay. Los libros de agronomía rebozan de explicaciones detalladas de cómo debe trabajarse la tierra para no llevar los suelos a la degradación. El problema no es técnico o de desconocimiento. Es social, derivado de la vigencia de la aplicación del capital a la tierra. La selección de modalidades agronómicas, de tecnologías de producción, de cultivos para cada parcela nunca es un resultado exclusivamente agronómico. Ni siquiera es prioritariamente agronómico. Es primeramente económico. El inversor capitalista produce en la agricultura para obtener una ganancia, al igual que lo hace su compadre industrial. Por ello, está sujeto a las reglas de juego impuestas por el mercado capitalista. Aquí no vale argumentar que no sólo los capitalistas producen la tierra, que también existen productores directos, campesinos, agricultores familiares o como quiera llamárselos. Éstos también se ven sometidos a las leyes del mercado, les guste o no. Y, ¿qué nos dicen las leyes del mercado? En lo que a la degradación respecta, nos dicen dos cosas simples pero fundamentales: a) que ningún productor puede producir por debajo de la norma vigente; y b) que si produce a un ritmo mayor o con una intensidad mayor a la norma vigente, puede apropiarse de una parte del excedente económico que de otra forma iría a parar a manos del terrateniente. Vamos a suponer el siguiente ejemplo. En él consideramos tres tipos de suelo, “A”, “B, “C”, que tienen, obviamente, fertilidades desiguales (“A” es el suelo más pobre, y “C” el mejor). Los suelos son de la misma dimensión, por

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lo que omitimos el tamaño de superficie en el cuadro. Los tres invierten el mismo volumen de capital. La ganancia la suponemos aquí en un 30 por ciento sobre el capital invertido. Por razones que no tiene caso explicar aquí, la ganancia media se establece en la industria, y es asumida como tal por el capital agrícola; de manera que en un momento determinado, la ganancia media “está dada”. El contador capitalista la considera como un costo, al igual que la compra de materiales; si no fuese así, no invierte. Como es un porcentaje sobre la inversión, es común a los tres predios. Debido a la fertilidad natural diferencial, los tres rinden un producto físico distinto (70, 90 y 120 toneladas en nuestro ejemplo); por ende, la renta diferencial es distinta para cada suelo, al igual que la renta total. La renta de “propiedad” es igual, ya que se deriva del monopolio jurídico y se corresponde exclusivamente con la superficie del predio. El precio de mercado está dado, y corresponde con la productividad más baja, o sea con el suelo “A”. En nuestro caso el precio es 2 (dólares, reales, pesos o lo que fuese) por tonelada; o sea que el suelo “A” obtiene un valor económico total de 140 (70 toneladas x $2). El valor total es la multiplicación del precio del producto por la cantidad. La renta diferencial es la multiplicación de la diferencia de producto por el valor. O sea, en el caso del suelo “B”, la renta diferencial es la diferencia entre 90 producidos por su suelo, respecto de los 70 producidos por el suelo que determina el precio de mercado, esto es, 20 toneladas, que multiplicadas por el precio de 2, da 40 de renta diferencial. En el caso del suelo “C” es de 100 (120-70 x 2). La renta total es la suma de la renta de “propiedad” y la renta diferencial.
CUADRO BASE
Renta Precio de Renta Renta Suelo Capital Ganancia Producto de “propiedad” mercado Valor total diferencial total

A B C

100 100 100

30 30 30

70 90 120

10 10 10

2 2 2

140 180 240

0 40 100

10 50 110

En el ejemplo hicimos coincidir el suelo “A” con el peor suelo en explotación. Es de sentido común que el dueño del suelo peor puede cobrar una renta de propiedad para permitir el uso de su suelo. De la misma manera que si lo vende será por el menor precio, pero no lo va a regalar. Pero, siendo el peor, no puede cobrar por una ventaja de fertilidad. Por esta razón los suelos peores rinden renta de propiedad pero no rinden renta diferencial. Pero, todos los suelos algo mejores ya rinden ambos tipos de renta.

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La primera conclusión que podemos extraer del ejemplo anterior es que un inversor capitalista no puede producir por debajo de la norma para ese terreno. En este ejemplo, la norma para el suelo “C” consiste en obtener como mínimo 240 de valor. Con ello apenas logra recuperar la inversión y la ganancia media, el resto, los 110, son los exigidos por el arrendador como tributo por el uso del suelo. En el caso del suelo “B” la norma es de 180 de valor. En el caso del suelo “A” es de 140 de valor. Si obtienen menos o bien no pagan al terrateniente; o bien no alcanzan la ganancia media, con lo cual van a la ruina; o bien no pagan la deuda del banco por los insumos y maquinaria, y quedan morosos; o bien no pagan a sus asalariados. En cualesquiera de los casos no funcionan como las leyes del mercado les exigen. La segunda conclusión que podemos extraer es que existe una “trampita” legal, mediante la cual el inversor capitalista puede apropiarse de una parte de la renta de la tierra; o sea, hacer que el excedente de su suelo en lugar de ir a parar a manos del terrateniente se quede en sus manos. La “trampita” legal consiste en la diferencia entre la renta jurídica, legal, y la renta económica o real. Cuando el capitalista arrienda un predio establece con el propietario un compromiso legal, un contrato de alquiler por un determinado tiempo y monto. Si en lugar de alquilar la tierra la compra sucede lo mismo, paga un precio determinado. Este monto se fija según la “norma” de producción de la zona en ese tipo de tierras (modificado por la oferta y la demanda cuestión que aquí omitimos porque no hace al caso). El propietario del suelo “B”, por ejemplo, acostumbrado a que en su suelo y en suelos vecinos de la misma calidad se siembren determinados productos con inversiones de capital de 100 y rendimientos medios en valor de 180, estipula una renta de 50. Por su parte el propietario del suelo “C” estipula una renta de 110, y el del suelo “A” una de 10. Ahora bien, ¿qué sucede si el arrendatario del suelo “B” en lugar de invertir 100 de capital invierte, digamos, el doble? El resultado puede ser de lo mas diverso. Hay casos en que una inversión suplementaria de capital rinde rendimientos decrecientes, en otros casos crecientes, en otros casos proporcionales. Vamos a suponer, en este caso, que su rendimiento sea decreciente por unidad de capital, pero creciente en magnitud absoluta. Veamos el ejemplo:

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RENDIMIENTOS FÍSICOS RELATIVAMENTE DECRECIENTES CON RENTA CRECIENTE
Renta Renta Precio Valor Renta convertida Ganancia Producto de “propiedad” de mercado total diferencial Renta total en ganancia

Suelo

Capital

A B C

100 30 100+100 30+30 100 30

70 90+75 120

10 10 10

2 2 2

140 330 240

0 40 100

10 50 110

0 20 0

Nuestro capitalista “B” invierte el doble de capital, obtiene un rendimiento decreciente, ya que en lugar de sacar 90 toneladas cada 100 de capital invertido, ahora saca 82.5. (165 cada 200). Como su contrato de alquiler estaba hecho sobre la base de la inversión “normal” de 100, la renta efectiva que paga es la jurídica, de 50 en total. Pero, mediante este ardid, logró que parte del excedente físico que debiera ser renta del suelo, se transforme en ganancia capitalista. Su ganancia en lugar de ser del 30 por ciento pasa a ser del 40 por ciento (30+30+20/200). ¿Cómo debe interpretarse este ejemplo en la práctica agrícola? ¿Como una tendencia natural a incrementar las inversiones de capital aun con rendimientos relativamente decrecientes, lo cual puede estar fácilmente ligado a una pérdida de los rendimientos agronómicos relativos. Aquí está una de las causas más comunes de explicación de la tendencia a la degradación del suelo bajo explotación capitalista de la tierra. Lamentablemente nuestra historia no termina aquí. Todos sabemos que las técnicas y procesos productivos se copian. Una vez realizada tal “trampita”, los colegas capitalistas vecinos copiarán la técnica, para aprovecharse también de la posibilidad de una ganancia suplementaria. Al tiempo, todos los inversores de tierras calidad “B” estarán invirtiendo un mínimo de 200 de capital en el mismo periodo de tiempo y para la misma superficie que antes invertían 100. El resultado es que los terratenientes ya no alquilarán más sus propiedades a 50, sino que ahora exigirán 80, según la nueva “norma”. Nuevamente la renta de la tierra volvió a manos de sus originales dueños, los terratenientes, en forma completa. Pero, tampoco aquí termina la historia. Habrá un capitalista que descubra nuevas técnicas, mediante las cuales con una inversión de 300 logra, aun con rendimientos decrecientes (y también pueden ser crecientes) apropiarse de parte de la nueva renta del suelo. Otra vez sus vecinos lo copiarán y por último los terratenientes aumentarán las rentas.

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Ahora veamos un caso aún peor, de rendimientos decrecientes absolutos, junto a un aumento de la renta del suelo. Supongamos que, como resultado de la caída de los rendimientos –supongamos que disminuyeron en todos los suelos– aumenten los precios. El aumento de los precios posibilita que se incorporen a la producción suelos peores (–A). El resultado es:
RENDIMIENTOS FÍSICOS ABSOLUTAMENTE DECRECIENTES CON RENTA CRECIENTE
Renta Renta convertida total en ganancia

Suelo Capital

Renta Precio Valor Ganancia Producto de “propiedad” de mercado total

Renta diferencial

-A A B C

100 100 100 100

30 30 30 30

50 60 75 100

10 10 10 10

2,8 2,8 2,8 2,8

140 168 210 280

0 28 70 140

10 38 80 150

0 28 30 40

Los suelos “A”, “B” y “C” disminuyeron sus rendimientos físicos en relación con el cuadro base. De 70 pasaron a 60, de 90 a 75 y de 120 a 100, respectivamente. En su conjunto los tres suelos (sin considerar el nuevo “–A”) rinden 235 toneladas de producto, en lugar de 280 como en el cuadro base. Para la misma superficie se perdieron 45 toneladas de producto, un 16 por ciento menos. No obstante, el suelo “A”, que antes no recibía renta diferencial, ahora obtiene 28, el suelo “B”, que recibía 40 de renta diferencial, obtiene ahora 70, y el suelo “C” que recibía 100 de renta diferencial, ahora obtiene 140. En su conjunto, las rentas diferenciales pasaron de 140 (cuadro base) a 238, un aumento de 70 por ciento. En términos comparativos, la fertilidad natural retrocedió un 16 por ciento, mientras que las rentas diferenciales en dinero aumentaron un 70 por ciento. El resultado es una tendencia hacia las inversiones siempre crecientes de capital en el suelo, aun con rendimientos físicos decrecientes, hasta que en un determinado momento acontece una crisis ecológica. El suelo ya no sirve como suelo agrícola, y debe quedar en reposo durante años o décadas. Liebig, entre otros, había percibido esta contradicción, pero fue Marx quien lo explicó económicamente, y resaltó cómo la ganancia extraordinaria que constituye la renta del suelo en lugar de volver a la tierra, termina en el bolsillo del terrateniente. Así expuso esta contradicción entre la bonanza económica privada y la

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crisis ecológica: “…de manera que no es el suelo el que recibe la parte que le corresponde del producto, para reponer y acrecentar su productividad, sino que en vez de él es el terrateniente quien recibe una porción de ese producto para mercar con ella y derrocharla” (Marx, 1981, p. 1049).
La colonización de nuevas tierras por el capital

La expansión de la agricultura a zonas vírgenes, o el avance de la frontera agrícola, prácticamente se estancó a partir de los años setenta a nivel mundial. Entre 1971 y 1988 se incrementó en tan solo un 1 por ciento. Pero este relativo estancamiento mundial debe matizarse en las diferentes regiones. En América Latina, y en el mismo periodo, la frontera agrícola ha avanzado un 10 por ciento. Y, si se observa con mayor detenimiento, se verá que dos países, Brasil y Paraguay, explican casi todo este aumento de la superficie en explotación.87 En quince años (1972-1987) Brasil incorporó 40 millones de hectáreas al cultivo, mientras que Paraguay lo hizo con 6.5 millones en el mismo periodo (en Brasil, mitad en pastos para el ganado y mitad en cultivos; en el Paraguay cuatro quintas partes en pastos y una quinta en cultivos); entre ambos países aumentaron en más de 46.6 millones de hectáreas (2.6 veces el tamaño del Uruguay) la extensión de superficie explotada. La causa inicial del boom sobre la frontera agrícola hay que ubicarla en el incremento de precios de los alimentos en el periodo 1972-1974, y aun antes, con el aumento del precio de la carne en la segunda mitad de los sesenta, lo cual provocó una apertura de suelos tropicales a la ganadería. En América Latina expandieron, significativamente, su superficie en explotación para uso ganadero México, Costa Rica, Honduras, Guatemala, Nicaragua, Venezuela, Colombia, Paraguay y Brasil. Se trató en todos los casos de ganadería tropical, esto es, razas inferiores en calidad de carne a las de los tradicionales países productores de clima templado; o lo que es lo mismo, la apertura al pastoreo de tierras de inferior calidad. Es indudable que la incorporación de estas áreas a la explotación ganadera obedeció al incremento de la demanda de carne y al aumento
87 Todos los países de la Amazonia expandieron su frontera agrícola considerablemente durante las décadas de los setenta y ochenta. Pero en algunos casos la información no es fácilmente asequible. Perú, por ejemplo, aparece en las estadísticas internacionales de la FAO casi sin variaciones en su superficie en explotación entre 1972 y 1987, cuando se sabe de importantes áreas de colonización como es el caso del valle del río Palcazú. La situación en Bolivia es similar: un diagnóstico gubernamental del Departamento de Santa Cruz de la Sierra (Cordecruz, 1982) en el oriente boliviano, muestra que de 1971 a 1978 el comité Nacional de Reforma Agraria dotó con cerca de 6 700 000 hectáreas a colonizadores agotando, prácticamente toda la superficie del departamento, datos que tampoco aparecen en las estadísticas internacionales.

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de los precios. Sin embargo, todos estos suelos permanecen en explotación aun después de la caída de los precios en el segundo quinquenio de los setenta. Es evidente que una vez desmontados los bosques y la maleza, y realizada la mínima infraestructura necesaria durante el periodo de precios en alza, los costos de producción se reducieron como para mantener dichos suelos en producción con precios en descenso. Las causas de una expansión tan significativa de la frontera agrícola tiene diferentes orígenes según el tipo de colonización. Cuando se trata de pequeños productores de carácter mercantil, la causa principal es la presión sobre el suelo, la concentración de tierras en las áreas más desarrolladas y la baja demanda de trabajo asalariado. Pero, cuando además de los pequeños productores se encuentran empresas capitalistas que invierten en la frontera agrícola, como fue el caso con inversiones de grandes trasnacionales, las causas son siempre la especulación en torno a la renta del suelo. En el caso brasileño este avance hacia zonas de frontera agrícola se debió no sólo al aumento de los precios de los productos agrícolas en el periodo 1972-1974 o de la carne desde los sesenta, sino también a los importantes proyectos de “desarrollo” impulsados por el gobierno. Con tres inmensos proyectos que prácticamente marcan el perímetro de la Amazonia brasileña, y un ramal de carreteras interiores transamazónicas, se pone al alcance de los inversionistas los últimos rincones del país. El proyecto Calha Norte se extiende desde el Atlántico a lo largo de la frontera con la Guayana francesa, Surinam, Guyana, Venezuela, Colombia y Perú, y con un ancho aproximado de 330 kilómetros. El segundo en tamaño es el Grande Carajás, que va de la desembocadura del Amazonas hacia el Sur, teniendo como eje el río Tocantins. El tercero es el Polonoroeste, en la frontera con Bolivia y parte del Paraguay. La red de carreteras transamazónicas conectaba entre sí estos proyectos de desarrollo. Los efectos sobre el precio del suelo son inmediatos. Philip Fearnside, quien ha trabajado durante años en la Amazonia brasileña, sostiene: “El rápido crecimiento en el valor de la tierra no proviene de los esfuerzos de los terratenientes sino de la expansión de la red de caminos […] Tan pronto una ruta es construida en la Amazonia, el valor de la tierra adyacente se multiplica por un factor tan alto como 10, si no más” (Fearnside, 1989, p. 18). Esta apropiación de suelos vírgenes deja una renta al dueño del suelo. Es como si en nuestro primer ejemplo, el capitalista “B” no tuviese que pagar la renta. Como el excedente productivo se genera de todas formas, el capitalista “B” incrementa su ganancia con la renta del suelo autoapropiada.

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Renta Precio Valor Suelo Capital Ganancia Producto de “propiedad” de mercado total

Renta diferencial

Renta Renta convertida total en ganancia

A B C

100 100 100

30 30 30

70 90 120

10 0 10

2 2 2

140 180 240

0 0 100

10 0 110

0 50 0

De esta forma el avance sobre zonas nuevas, sin precio, se convierte, tan pronto logran la primera producción, en un mecanismo de apropiación de ganancia más renta por parte del productor. También debe considerarse que durante los primeros años las tierras desmontadas rinden una productividad excepcional, fruto de la fertilidad histórica acumulada. Quien desmonta por primera vez se apropia de un solo golpe de esta renta de fundación.88 Claro está que este proceso no es sólo color de rosa; tan pronto dichas tierras son colonizadas adquieren precio, y con ello elevan el nivel general de las rentas de la zona. La propiedad privada sobre el suelo hace surgir una renta económica donde antes había apropiación directa de tierras vírgenes o propiedad privada con precios puramente nominales. La propiedad del suelo en la forma de renta surge como una barrera a la inversión de capital. De aquí en delante, los nuevos inversores deberán pagar una renta al terrateniente; y aquellos 50 convertidos de renta en ganancia extraordinaria pasarán, como lo dictan las leyes del mercado, a ser apropiados como renta por el terrateniente. En Paraguay, entre 1972 y 1987, la frontera agrícola aumentó en 6.5 millones de hectáreas. El río Paraguay divide al país en dos partes: al Oeste la región del Chaco, más deshabitada. Cruza esta región la carretera Transchaco, construida durante finales de los setenta, lo cual provocó un aumento de los precios del suelo, permitió la expansión de los cultivos de algodón, la introducción de nuevos cultivos como el maní, la penetración de la ganadería y mayores posibilidades en la explotación del petróleo y el uranio de la región noroccidental del Chaco. Este amplio desarrollo contó con el apoyo del gobierno, que lo declaró de prioridad nacional en 1978, y con el apoyo financiero del BID. Al este del río Paraguay, en suelos más fértiles y donde se asienta la mayoría de la población del país, el proceso de expansión de la frontera agrícola fue algo más temprano, desde principios de los setenta. Entre 1971 y 1987, el 60 por ciento de las inversiones privadas (exceptuando la capital Asunción) fueron realizadas en los departamentos fronterizos con Brasil. Una masiva afluencia de colonos brasileños, paraguayos, colonias japonesas y demás, han provocado un
88 “Renta de fundación”, expresión utilizada por Robin Murray (1985) para referirse a la apropiación de las rentas derivadas de la fertilidad histórica de suelos vírgenes.

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aumento considerable de los precios de la tierra; una fuerte especulación y un daño irreparable al medio ambiente. La Amazonia es objeto de los últimos intentos de expansión en América Latina. Con ello, el deterioro ecológico, de magnitudes insospechadas, pronostica una aceleración de la desertificación del planeta. El porcentaje anual de pérdida de bosques en la Amazonia fue estimado por la FAO, para el primer quinquenio de la década de los ochenta en 0.6 por ciento, lo cual significa más de 46 000 kilómetros cuadrados anuales (FAO, 1989, p. 73). Si prestamos atención a las estadísticas de producción de madera, podemos apreciar claramente la gravedad de la situación en la Amazonia. A nivel mundial, y si tomamos como base el año 1977, para 1988 la producción de madera en rollo aumentó un 27 por ciento. Algunos países producen a partir de reforestación y tienen índices mucho más elevados que el promedio mundial, como es el caso de Estados Unidos. Otros, como el Brasil, alcanzan un 38 por ciento de incremento, Paraguay un 62 por ciento y Ecuador un 52 por ciento (FAO, 1988) con base, fundamentalmente, en la destrucción del bosque natural. En todos los casos las empresas madereras se apropian de la fertilidad histórica del planeta, una renta diferencial de “fundación”. A pesar de la destrucción ecológica, el avance de la frontera agrícola provocó un aumento sostenido de los precios del suelo. El informe del Banco Mundial para Brasil (1990) indica que en la región Centro-Oeste (principal de frontera agrícola) el precio del suelo aumentó 514 por ciento de 1970 a 1987, mientras que el promedio nacional lo hizo en 501 por ciento. El capital aplicado al suelo es contradictorio con el equilibrio ecológico. Mientras se incrementan las riquezas mercantiles, desciende la riqueza natural. Es la doble cara del régimen capitalista.
Resultados sobre el ambiente derivados del control del capital sobre el trabajo: tendencia a la pérdida de la diversidad cultural, a generar población excedentaria, y a perseguir al capital

Las relaciones ecológicas pueden ser desagregadas en: a) las relaciones con el medio abiótico y el resto de los seres vivos, que la economía capitalista convierte en lo que podemos llamar las implicaciones del capital y de la propiedad del suelo sobre el medio ambiente; y b) las relaciones con los congéneres, que la economía capitalista convierte básicamente en lo que aquí llamamos las implicaciones del capital sobre el trabajo.

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Los diagnósticos sobre la crisis ambiental contemporánea no siempre consideran las relaciones entre congéneres como parte de los problemas ambientales; y cuando lo hacen, reducen el problema al incremento poblacional y la pobreza. En este apartado veremos cómo los problemas entre congéneres, que son parte de la problemática ambiental, son resultado de la acción del capital sobre el trabajo. Acotaremos la exposición a las tres principales implicaciones, esto es: la pérdida de la diversidad cultural, la tendencia del trabajo a perseguir al capital, y la tendencia a generar población excedentaria.
La pérdida de la diversidad cultural

La pérdida de la diversidad cultural es una de las facetas de la crisis ambiental. Las relaciones capitalistas tienen profunda responsabilidad, ya que el sistema capitalista es el único cuya economía no puede convivir sin socavar las bases de todo sistema precapitalista de producción. Mientras cualquier forma de producción precapitalista podía coexistir con una maraña de otras diferentes (tributarias, serviles, campesinos independientes, esclavos, cazadores, etcétera), la producción capitalista en su tendencia intrínseca a la expansión obliga, por la vía del mercado, o por la violencia directa, a la compra y venta de mercancías, a la incorporación de las tierras al mercado, y a la desposesión de los antiguos propietarios del suelo de sus medios de vida (Luxemburg, 1967). Allí donde las poblaciones se opusieron al avance del capitalismo fueron directamente expropiadas y hasta exterminadas; en otros casos fueron asimiladas. Ésta es una historia conocida. Lamentablemente para la humanidad en su conjunto, la mayoría de las culturas que fueron arrasadas por el capitalismo no podrán ser recuperadas. La homogeneidad cultural ha sido una norma de la moderna sociedad industrial y capitalista. Sólo recientemente, gracias a la revolución optomicroelectrónica y del satélite en las telecomunicaciones, y su aplicación a la producción, se da la posibilidad técnica de que diferentes lenguajes y tradiciones no entorpezcan el fluido movimiento del mercado. Durante los dos siglos de capitalismo industrial que van desde la revolución industrial de finales del siglo XVII a la revolución de la microelectrónica a mediados de los setenta del siglo XX, la producción capitalista tenía un carácter masivo. Las mismas mercancías eran producidas en grandes cantidades para penetrar en los más distantes lugares del globo. Al mismo tiempo, la homogeneización lingüística debía acompañar los movimientos de información y la venta de la fuerza de trabajo. Fueron siglos de homogeneización material y cultural. A partir de la revolución microelectrónica de mediados de los setenta ocurren cambios significativos. En primer lugar, la producción en masa pasa a ser susti-

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tuida por producción bajo encomienda. En segundo lugar, se sustituye la producción homogénea por la variada, resultado de máquinas más flexibles capaces de producir mercancías diversificadas. Ambos cambios sustentados por los modernos medios de comunicación y el abaratamiento del transporte. Por último, la revolución en las comunicaciones abarata significativamente los costos de almacenamiento y difusión de información, y con ello aumenta la posibilidad de convivencia de diferentes lenguas. Claro está que esta revolución tecnológica apenas comienza, y las posibilidades de una modificación sustantiva en las tendencias de la homogeneidad cultural son sólo teóricas. Persisten, al mismo tiempo, tendencias histórico-culturales de dominación que presionan para la homogeneidad cultural. De cualquier forma, estas nuevas posibilidades, ni recuperan lo pasado ni evitan que el etnocidio continúe en muchas partes del mundo. En América Latina, éste constituye una realidad diaria. La expansión de la frontera agrícola en la Amazonia es uno de los tantos ejemplos de etnocidio. La organización Survival International ha venido dando cuenta, en sus periódicos informes, de la relación entre las grandes obras de desarrollo, el avance de la frontera agrícola, y la suerte de los grupos indígenas selváticos. Escribe sobre Brasil:
La carretera Transamazónica debía ser la cura milagrosa para la miseria del nordeste brasileño…Pero 13 años después de abierta, la gente del nordeste brasileño está tan oprimida por deudas y terratenientes como antes, y el Estado de Amazonas está principalmente ocupado por grandes ranchos, mientras que los campesinos colonizadores asentados originalmente a lo largo de la carretera están siendo expulsados por los terratenientes. Entre tanto, nadie sabe qué pasó con los 29 grupos indígenas que vivían a lo largo de la ruta transamazónica en 1970. Algunos de éstos, según el Ministro del Interior eran “muy agresivos”… Uno de dichos grupos, los Arara, se fueron de su comunidad cuando la carretera cortó en dos sus tierras, abandonando sus cultivos para que los cosecharan los próximos ocupantes. Otro grupo que cayó víctima de la transamazónica fue el Parakana, que habían sido previamente reducidos cuando la línea de ferrocarriles de Tocantins atravesó sus tierras en los cincuenta. En mayo de 1972 sólo quedaban 80 Parakana, el resto sucumbió bajo la gripe, disentería y enfermedades venéreas, contagiados de los trabajadores de caminos y personal del FUNAI… Otros caminos catastróficos para los indígenas incluyen la BR-80 que en 1970 dividió el parque Xingú, favoreciendo los enfrentamientos entre los txukuhamae y los rancheros invasores; la carretera Cuiabá-Santarem (BR-163) que en 1973/1974 causó la muerte de cerca del 80 por ciento de los recientemente contactados Kren Akarore; la carretera del perímetro norte (BR-210) que llevó mineros y sarampión a los yanomani; la Manaus-Caracarai (BR-174) cuya apertura fue el comienzo del fin para los

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Waimiri-Atroari; y la Cuiabá-Porto Velho (BR-364) creada por el Banco Mundial, que está llevando la destrucción a los nambiquara…” (Survival International, 1986, p. 5).

En el Paraguay, entre 1972 y 1987 la frontera agrícola aumentó –decíamos– en 6.5 millones de hectáreas. Al oeste del Río Paraguay, la región del Chaco, más deshabitada, estaba poblada por cerca de 13 grupos étnicos. La explotación del petróleo y el uranio de la región noroccidental del Chaco contó con apoyo gubernamental y con apoyo financiero del BID, y contempló el cercamiento de la población indígena en colonias agrícolas para, una vez liberado el suelo, realizar proyectos de irrigación y poner a la venta las “tierras fiscales”. La economía seminómada de algunos de los grupos indígenas que allí habitaban facilitó el avance sobre sus tierras por parte de las empresas ganaderas, agrícolas y madereras. Las últimas familias de indígenas nómadas ayoreo fueron ubicadas en 1989 en la frontera con Bolivia. El desmonte de la selva los ha acorralado sin perspectiva de sobrevivencia alguna. Al este del río Paraguay la producción de soja, tabaco, algodón y otros productos comerciales ha cambiado el panorama antes selvático de gran parte de la región. Pero esta zona del oriente paraguayo no estaba despoblada. Cuatro grupos étnicos la habitaban. Sin títulos de propiedad, fueron orillados a la pauperización. De la mano con el proceso económico, algunas instituciones religiosas como la Misión de las Nuevas Tribus, sobre la cual han habido denuncias internacionales por su labor de caza de grupos selváticos aún dispersos y posterior semiesclavización, cercan a los indígenas en “colonias agrícolas”. La Colonia Nacional Guayakí en la región del este, administrada por esta misión religiosa fue denunciada como un verdadero campo de concentración y exterminio de la población indígena (Survival International, 1978). Los casos del Brasil y Paraguay no son excepcionales. Restringiéndonos a la Amazonia, lo mismo sucede con el resto de los países. En el Ecuador, por ejemplo, se distribuyeron cerca de 1.5 millones de hectáreas en la segunda mitad de los setenta. En ciertas áreas la expansión se debió a la búsqueda de petróleo, inclusive en áreas de parques nacionales, como es el caso del Yasuni, ocupado por indígenas Waorami. En otras zonas los cultivadores de palma africana devastaron bosques de la Amazonia, llevándose por delante, entre otras, comunidades de indios Secoya y Siona. En Perú, el principal proyecto de desarrollo sobre los valles de los ríos Pichis-Palcazu afectó las tierras de los Amuesha. En Venezuela, proyectos hidroeléctricos afectaron a cerca de 16 grupos étnicos. En Colombia los conflictos en torno a la droga alcanzan las tierras indígenas. En Bolivia, en la zona oriental, el avance de la frontera agrícola tam-

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bién es significativo, y aunque en este caso la presión sobre el suelo todavía no es tan grave como en el resto de los países, muchas de las comunidades de chiriguanos y chiquitanos no tienen títulos de propiedad, mientras que los escasos y pequeños grupos yuqui, de los ayoreo, que se trasladan en torno al río Mamoré son perseguidos por la Misión de las Nuevas Tribus desde el Paraguay (Survival International). Desde los años setenta la superficie en explotación en la Amazonia aumentó a ritmos sin precedentes. Esto fue resultado, principalmente, de proyectos gubernamentales que, presionados por conflictos por la tierra, y por el incremento en el precio de los productos agropecuarios y minerales en el primer quinquenio de la década de los setenta, generó las condiciones para que el desarrollo capitalista se expandiera, obteniendo ganancias extraordinarias derivadas de la renta del suelo. La principal pérdida en este desarrollo extensivo de la ganadería y minería ha sido la diversidad cultural de decenas de pueblos indígenas, con la consecuente pérdida para la humanidad de información cultural acumulada durante siglos. Allí donde el capital incorpora a minorías étnicas a su dinámica, les obliga a la homogeneización cultural de las naciones y etnias dominantes. Las minorías étnicas de América Latina deben aprender el español y/o portugués para defenderse en el mercado de trabajo y sobrevivir a la administración burocrática de los estados. Deben también adaptar sus cuerpos y mentes a ritmos y condiciones de trabajo muy distantes de las formas precapitalistas de donde proviene la mayoría de ellos. Sobre México, Astorga, con base en un amplio trabajo de campo, argumenta cómo los peones rurales son formados, tal cual se moldea una cerámica, según los requisitos del mercado de trabajo:
Por el momento la existencia del hombre-peón es la existencia de una mercancía porque pervive como una cosa y por tanto recibe el trato productivo y social de un bien ordinario y comerciable. La forma más dramática de existencia humana surge cuando los hombres nacen condenados desde su infancia a maltratar sus cuerpos y su alma hasta alcanzar la condición física y espiritual de un peón, de un portador de fuerza de trabajo en bruto sin más elaboración que la requerida para realizar los trabajos más agotadores, monótonos y mal pagados. El peón debe soportar con resignación los tiempos de desempleo y debe manejar su espíritu para no dejarse arrastrar por la desesperación cuando es humillado en los campos de trabajo o cuando pasa los días caminando de un lugar a otro y el hambre vacía sus tripas. El equilibrio vital entre su cuerpo lleno de necesidades y la sociedad que lo rodea no puede romperse, pues si llega a perder la calma y roba o enloquece, está perdido, pasa a ser un delincuente o un loco, tiene que continuar andando, recorriendo ciudades y cam-

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pos, en marchas sin término. Así la vida del hombre sólo tiene valor legal y en menor medida social; cuando lo humano se esconde avergonzado entre las dificultades para consumir las cosas más comunes como son unas tortillas, un plato de frijoles o unos guaraches, y cuando esta situación tiende a generalizarse, entonces la crisis del hombre adquiere proporciones inconmensurables. Y cuando por la inflación se devalúa la fuerza de trabajo y se sobrevalúan las cosas, todo el mundo habla de la crisis de las cosas (Astorga, 1985, p. 165).

A este acostumbramiento del cuerpo y del alma a las tareas del trabajo asalariado, se suma la pérdida de las características étnicas más visibles, comenzando por el idioma. En México, por primera vez en 1970, se levantó junto al Censo de Población un Censo Especial de la Población Indígena. En uno de sus cuadros desagrega a la población indígena entre aquella que habla una lengua indígena, y aquella que no hablándola vive en casa de un jefe de familia hablante de lengua indígena. De esta forma se pretendió recoger la información de aquella población que partiendo de una cultura indígena había perdido la lengua en el correr de una o dos generaciones. El resultado es que algo más del 22 por ciento de los indígenas no hablan la lengua indígena del jefe de familia donde viven. Habían perdido el uso de uno de los elementos más significativos de su cultura (Foladori, 1978). Este proceso de pérdida de la diversidad cultural es un resultado forzoso de la expansión de las relaciones capitalistas.
La tendencia del trabajo a perseguir al capital

La posibilidad de expandir la producción y el alimento estuvo estrechamente asociada a la amplitud territorial hasta finales del feudalismo. Esto fue así porque la economía era esencialmente agrícola (y esto es válido también para las sociedades pastoriles, de cazadores, pescadores y recolectores) lo que implicaba una estrecha relación entre aumento de la producción y aumento de la superficie en explotación. Cuando estas sociedades o grupos migraban era porque el bajo nivel de organización social y de desarrollo técnico no les permitían sobrevivir en el antiguo ambiente. Era siempre el bajo desarrollo de las fuerzas productivas que obligaba a la migración de la población excedentaria, para asentarse en nuevas tierras. En el sistema capitalista las leyes de migración se modifican. Por un lado, y mientras existen áreas de colonización, la población desposeída de tierra migra con la ilusión de convertirse en propietaria. Por otro lado, y es ésta la forma típicamente capitalista de migración, trabajadores migran persiguiendo al capital en procura de trabajo. Al contrario de lo que sucedía en las sociedades precapitalistas donde era el bajo desarrollo de las fuer-

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zas productivas la causa de la migración, en el capitalismo es el alto desarrollo de las fuerzas productivas la causa de las migraciones. Haciendo a un lado las guerras, que son la principal razón de las migraciones en la actualidad, las migraciones de proletarios en búsqueda de trabajo trasciende las fronteras nacionales, pero siempre son de áreas menos hacia más desarrolladas. Durante la segunda mitad del siglo XIX la industrialización de Europa occidental generó una demanda de fuerza de trabajo mayor al despoblamiento de sus propios campos, que atrajo importantes contingentes de fuerza de trabajo de Europa Oriental. Paralelamente, las áreas de colonización como América o Australia representaron una contratendencia. Después de la Segunda Guerra Mundial esa dependencia de las migraciones respecto del capital se hace más nítida. La depresión capitalista de entre guerras redujo las inmigraciones en Europa, que pasaron de 1 400 000 en 1913 a 60 000 en 1927, y a 100 000 en 1938. Pero, el posterior boom de posguerra realentó las migraciones, llegando en 1973 a 6.5 millones los trabajadores migrantes en la Europa de los Nueve, y alcanzando en Alemania a más del 10 por ciento de la PEA (Aragonés, 1994, p. 92). Durante la década de los ochenta, migraron legalmente hacia los Estados Unidos de Norteamérica 7.9 millones de personas, y se calcula que por cada entrada legal ocurren mas de dos ilegales. Entre 1985 y 1990:
…los diez países de inmigración mas importante …fueron: Estados Unidos, seguidos de Australia, Canadá, Arabia Saudita, Côte d`Ivoire, Francia, Emiratos Arabes Unidos, Hong Kong, Países Bajos y la República Federal Alemana. Todos ellos, exceptuando Côte d’Ivoire, presentaron como promedio un producto nacional bruto per cápita mayor a $6 900 en 1987 (Aragonés, 1995, p. 105).

En el mismo periodo, y según el Banco Mundial, la migración internacional neta fue de 80 millones de personas (Aragonés, 1994, p. 101). Más recientemente, en 1995, cerca de los 100 millones de personas estaban viviendo fuera del país donde nacieron (Thurow, 1997, p. 126). Los ciclos económicos, y en particular las crisis, agudizan esta tendencia a las migraciones en busca de trabajo. Después de la crisis financiera de México a finales de 1994 se duplicó el número de mexicanos buscando ciudadanía americana. La patrulla fronteriza norteamericana efectuó 1.4 millones de detenciones durante el primer trimestre de 1995, 30 por ciento mas que el año anterior (Thurow, 1997, p. 127). Las migraciones en búsqueda de trabajo generan contradicciones al interior de los trabajadores, entre los migrantes y los nativos, y constituyen la base sobre

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la cual se levantan los movimientos nacionalistas, el rebrote del racismo, y la explotación ilegal de la fuerza de trabajo. En el primer turno de las elecciones presidenciales francesas, Jean Marie Le Pen, el candidato de extrema derecha obtuvo 22 por ciento de votos de los obreros, basado en una plataforma que exigía la expulsión de tres millones de inmigrantes de Francia (Thurow, 1997, p. 131). Según ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) el número de refugiados aumentó de 17 millones en 1991 a más de 27 millones a principios de 1995. Los llamados refugiados “ambientales” migrantes (falta de acceso a la tierra y consecuencias del sistema económico que no les permiten satisfacer sus necesidades) alcanzaban la cifra de 25 millones (Instituto del Tercer Mundo, 1998). En América Latina las migraciones del campo a la ciudad, sobre todo durante la década de los setenta y ochenta, constituyen otro ejemplo de este proceso de movimiento de trabajadores de zonas menos a más desarrolladas. Con el agravante de que en la agricultura el despoblamiento es absoluto, y no relativo como en la industria, como resultado de la mecanización agrícola y el carácter comparativamente extensivo de la producción. El hacinamiento en las ciudades, con las consecuencias en la salud, vivienda, y medio ambiente en general, están estrechamente vinculados a este movimiento de la población detrás del capital.
La tendencia a generar población excedentaria

El crecimiento de la población, así como la composición familiar, la movilidad espacial, la esperanza de vida, y otras características demográficas, no pueden ser estudiadas de manera independiente de la estructura económica que les corresponde. La idea de una población excedentaria, o de una cierta “capacidad de carga” de población humana por el Planeta, deja de lado las causas de este supuesto excedente. En las sociedades precapitalistas la característica de la unidad productiva básica era una familia ampliada, que abarcaba tres o cuatro generaciones; y en algunos casos la norma era la reunión de varias familias en unidades mayores. Esto tenía que ser así, porque el medio de producción básico era la tierra que debía mantenerse concentrada como una unidad mayor, dada la tecnología disponible. Cuando se generaliza el trabajo asalariado en Europa, en torno a los siglos XVII y XVIII, el medio de producción básico de la mayoría de la población pasa a ser los propios brazos; con ello la familia nuclear, compuesta de padres e hijos, fue sustituyendo a la antigua familia ampliada. Cambiaron las

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normas del matrimonio, que de alianzas acordadas por los padres para garantizar la unidad económica que siempre era unidad de tierra, se pasó al matrimonio elegido por los propios novios. Los matrimonios también se hicieron más precoces, al bastar los brazos para mantener a la pareja, y con ello aumentó el número de hijos (Braun [1960]). Hasta 1800 la población mundial creció lenta y erráticamente, debido a que el alimento no crecía a la par de la población. Hubo, por cierto, muchos ejemplos en la historia de la humanidad de aumentos sustanciales en la producción de alimentos (revolución neolítica, economías de base hidráulica, introducción de roturaciones trienales en la Edad Media, etcétera) pero éstos, a la larga, no lograron mantener el ritmo que una población siempre creciente exigía. Sin embargo, la población de 1 000 millones que se alcanzó en 1800, después de por lo menos 50 mil años de existencia del hombre moderno, fue duplicada en los siguientes 125 años; y 33 años después (1960) alcanzó los 3 000 millones; para 1974 ya había 4 000 millones. A finales de los ochenta éramos 5 000 millones; y hoy en día estamos en torno a los 6 000 millones (GETC [1990]). La base de esta diferencia entre el ritmo de crecimiento poblacional en las sociedades precapitalistas, y después de la irrupción del sistema capitalista, está en el paso del uso de energías renovables a energías no renovables. Sin el carbón como principal fuente de energía hasta principios del siglo XX, y el petróleo de entonces a la actualidad, no hubiese sido posible la revolución industrial, que permitió incrementos siempre crecientes en la productividad del trabajo en general, y en la generación de alimentos en particular. Pero el problema del excedente de población no estaría planteado como un problema ambiental de no ser por su asociación con la pobreza. Lo que hasta hace algunas décadas era considerado como algo circunstancial y posible de ser superado, esto es, el desempleo, hoy en día se considera un problema estructural. Ningún economista serio, de cualquier corriente ideológica y política, o escuela económica, consideraría que el capitalismo actual es capaz de dar ocupación a toda la población. Nunca en la historia de la humanidad ha existido una sociedad que generase desempleo de forma estructural. Muchos diagnósticos sobre la situación ambiental consideran la pobreza o el crecimiento poblacional como un problema ambiental. No es sino una forma discreta de tratar el desempleo. Los pobres lo son porque no tienen trabajo, y cuando se habla de excedente de población se hace explícita referencia a aquellos países que tienen tasas de crecimiento demográfico “de países no desarrollados”, o sea, arriba del 2 por ciento anual. Se trata de los países pobres. De manera que pobreza y crecimiento poblacional van de la mano. Y ambas variables pueden ser claramente identificadas en aquella población que no entra al mercado de

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trabajo, o lo hace de forma marginal, o limitada. Son las relaciones de mercado, las relaciones capitalistas, las que determinan qué población es excedentaria, y quienes son los pobres. Por lo demás, está ampliamente demostrado que la cantidad de hijos por familia es ante todo una cuestión económica. La fuerza de trabajo es la primera fuente energética. Cuando no se dispone de energías alternativas, la unidad familiar recurre al trabajo humano. Los diagnósticos que colocan a la pobreza o el incremento poblacional como causa de la crisis ambiental muestran la realidad de cabeza. Ven en el sarpullido un potencial de contagio, en lugar de reparar en la enfermedad que lo produjo, es decir, en las relaciones capitalistas. La pobreza y el incremento poblacional no son sino consecuencias, manifestaciones de la mercantilización de la fuerza de trabajo, que absorbe y rechaza mano de obra según los vaivenes del mercado; y que sustituye crecientemente fuerza de trabajo por máquinas. Por ello, la causa de estas manifestaciones son las propias relaciones capitalistas que generan pobreza y presionan para la explosión demográfica. A su vez, ambas variables son consecuencia del desempleo estructural, una característica exclusiva de la sociedad capitalista. La producción capitalista inaugura, por primera vez en la historia de la humanidad, un sistema de producción cuyo objetivo no es la satisfacción directa de las necesidades, sino la obtención de una ganancia dineraria. Esta ganancia dineraria se logra a través de la competencia en el mercado. Unos ganan si otros pierden. No hay forma de que todos ganen simultáneamente. La persecución de la ganancia como móvil de la producción conducen al desempleo y la pobreza a través de dos tendencias: la destrucción de cualquier tipo de economía no capitalista; y el aumento de la composición orgánica del capital. En el apartado anterior nos referimos a la primera. Cuando la economía ya funciona bajo criterios capitalistas, esto es, cuando la sociedad está dividida entre quienes disponen de los medios de producción por un lado, y un conjunto de trabajadores libres por otro, entra en juego la segunda tendencia, al aumento de la composición orgánica del capital. La composición orgánica del capital es la relación entre el valor del trabajo y el valor de los medios de producción utilizados en el proceso productivo. Ambos elementos constituyen costos para el capital; y el abaratamiento de los costos es la ley de hierro de cualquier empresa capitalista. En esta búsqueda por abaratar los costos de producción reside la rapidez con que el capital revoluciona su tecnología. Como la tecnología no es sino una forma de suplantar trabajo humano, en la misma medida en que el sistema capitalista se vuelve más avanzado tecnológicamente, genera desempleo crecientemente. Esta ley se venía manifestando contradictoriamente desde la propia revolución industrial.

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GUILLERMO FOLADORI

Contradictoriamente porque mientras una empresa mejoraba su capital fijo y desplazaba obreros, otras surgían, absorbiendo de alguna forma el personal sobrante de las primeras. A cada gran revolución tecnológica este movimiento de desplazamiento y absorción se trastocaba, en favor del desplazamiento y en detrimento de las nuevas absorciones. Con la revolución de la microelectrónica aplicada a la producción desde mediados de los años setenta del siglo XX la situación se volvió más crítica. La sustitución del trabajo vivo por máquinas, lo que ahora está de moda en llamar desempleo tecnológico, oculta bajo un disfraz técnico-neutral, la responsabilidad de un tipo determinado de relaciones sociales. En Japón, entre 1973 y 1987 el producto aumentó en 4.6 por ciento anual, pero en el mismo periodo el empleo creció en 0.9 por ciento, la brecha entre un porcentaje y otro es un indicador de este tipo de desempleo (UNDP, 1993, p. 35). Según un informe del PNUD, divulgado el 16 de octubre de 1997, la situación de la pobreza en el mundo ha empeorado en los últimos 50 años, tanto en términos absolutos como relativos (Folha de S. Paulo, 1997). Hace cincuenta años, en 1947, el número de pobres era de 400 millones lo que equivalía al 17.4 por ciento de la población mundial. En 1997, el número de pobres es de 1.3 mil millones, que representa un 22.8 por ciento de la población mundial.89 O sea que en los últimos cincuenta años la cantidad de pobres aumentó en 900 millones, y en términos relativos casi alcanzó una cuarta parte de la población mundial. Estos datos, por sí mismos, muestran que en el mundo capitalista la pobreza tiende a aumentar, a pesar de los enormes desarrollos tecnológicos y de la productividad del trabajo. De no aplicarse políticas mundiales que reviertan las tendencias económicas propias del mercado, ni estos pobres y menos aún sus hijos obtendrán empleo.
Conclusiones

Las relaciones sociales capitalistas generan tendencias de comportamiento con el medio ambiente que le son particulares. Una mirada superficial puede no ver esta especificidad, debido a que el resultado general en la contaminación y depredación abarca a todas las sociedades humanas independientemente de su especificidad histórica. Pero tanto la causa, como la forma, amplitud y ritmo con que se presentan difiere. La producción capitalista implica tendencias exclusivas.
89 El criterio de pobreza, utilizado por el PNUD y el Banco Mundial, es aquellos que viven con hasta 370 dólares por año, o sea prácticamente un dólar por día. Criterio conservador, por cierto.

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La primera y más general tendencia exclusiva es hacia la producción ilimitada. Una de las “quejas”, si así podemos llamarla, del movimiento ambientalista hacia la sociedad moderna es su crecimiento ilimitado. El crecimiento ilimitado de su producción sería el causante de una contaminación y depredación también ilimitada, y según algunos de una sobrecapacidad de carga del Planeta. Pero esta tendencia ilimitada a la producción no es una consecuencia natural de la especie humana, sino particular de la producción capitalista. Claro está que la teoría económica neoclásica y keynesiana se han encargado de divulgar el supuesto sobre el cual se construyeron, esto es, que el ser humano tiene necesidades ilimitadas. Pero esto nunca ha sido demostrado, por el contrario, tanto la historia económica como la antropología han mostrado lo contrario. La tendencia a la producción ilimitada es resultado directo y necesario de una organización económica que gira en torno a la producción de ganancia, y no a la satisfacción de las necesidades directas. Por ello, es imposible entender la crisis ambiental sin partir de la comprensión de la dinámica económica de la sociedad capitalista. Por ello, también, resulta fútil la crítica a la producción ilimitada que no encara, al mismo tiempo, la crítica a la organización capitalista de la sociedad humana. La segunda y más general tendencia exclusiva que queremos resaltar es hacia la generación de población excedentaria. Aquí la diferencia con las otras formas de organización económica no es sólo de grado, en cuanto a mayor aumento, o ritmo más rápido, sino de esencia. No ha existido organización económica en la historia de la humanidad que generara población excedentaria como algo “natural” y necesario. Esta restricción que ejercen las clases poseedoras o propietarias sobre las desposeídas no tiene parangón en las otras especies de seres vivos. Es como si un grupo de pájaros se encargara de quitarle las alas a los pichones de otros grupos de su misma especie al nacer, para dejarlos imposibilitados de acceder a los medios de vida. O como si un grupo de gatos se encargara de mutilarle las garras a otros grupos de gatos, dejándolos indefensos frente al medio ambiente. También aquí las relaciones sociales se anteponen y determinan a las relaciones ecológicas. En resumen, la conclusión más general es que las relaciones sociales entre los seres humanos condicionan cualquier tipo de relaciones ecológicas. La ecología humana, para ser consecuente, debe convertirse en ecología política.

¿Es posible el capitalismo sostenible? *
James O’Connor **

Introducción

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ay pocas expresiones tan ambiguas como las de “capitalismo sostenible” y otros conceptos asociados, tales como “agricultura sostenible”, “uso sostenible de la energía y los recursos” y “desarrollo sostenible”. Esta ambigüedad recorre la mayor parte de los principales discursos contemporáneos sobre la economía y el ambiente: informes gubernamentales y de las Naciones Unidas; investigaciones académicas; periodismo popular y pensamiento político “verde”. Esto lleva a muchas personas a hablar y escribir acerca de la “sostenibilidad”: la palabra puede ser utilizada para significar casi cualquier cosa que uno desee, lo que constituye parte de su atractivo.

“Capitalismo sostenible” tiene una connotación a la vez práctica y moral. ¿Existe acaso alguien en su sano juicio que pueda oponerse a la “sostenibilidad”? El significado más elemental de “sostener” es “apoyar”, “mantener el curso”, o “preservar un estado de cosas”. ¿Qué gerente corporativo, ministro de finanzas o funcionario internacional a cargo de la preservación del capital y de su acumulación ampliada rechazaría asumir como propio este significado? Otro significado es el de “proveer de alimento y bebida, o de medios de vida”. ¿Qué trabajador urbano mal pagado, o qué campesino sin tierra rechazaría este significado? Y otra definición es la de “persistir sin ceder”. ¿Qué pequeño agricultor o empresario no se resiste a “ceder” ante los impulsos expansionistas del gran capital o del estado, enorgulleciéndose por su “persistencia”?
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Traducción realizada por el Profesor Guillermo Castro Herrera. Profesor de la Universidad de California. Editor de la revista Capitalism, nature, socialism.

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Estamos en presencia de una lucha a escala mundial por determinar cómo serán definidos y utilizados el “desarrollo sostenible” o el “capitalismo sostenible” en el discurso sobre la riqueza de las naciones. Esto quiere decir que la “sostenibilidad” es una cuestión ideológica y política, antes que un problema ecológico y económico. El análisis que se hace aquí utiliza el término “sostener” en los tres sentidos indicados: “sostener el curso” de la acumulación capitalista a escala global; “proporcionar medios de vida” a los pueblos del mundo, y “sostenerse sin ceder” por parte de aquellos cuyas formas de vida están siendo subvertidas por las relaciones salariales y mercantiles. En esta perspectiva, el problema del capitalismo sostenible se refiere en parte a la posibilidad -o no- de que la sostenibilidad definida de estas tres maneras pueda ser alcanzada, y a cómo podría lograrse tal cosa. Existe un cuarto sentido para “sostener”: el que se refiere a la “sostenibilidad ecológica”, aún cuando es escaso el acuerdo entre los científicos de la ecología respecto al significado preciso de esta expresión. Por ejemplo, la biodiversidad o la “salud del planeta” rara vez son problematizadas en términos de la ciencia ecológica y de las ideologías subyacentes a esta ciencia, como tampoco ocurre con la expresión “crisis ecológica”, tan ampliamente utilizada por escritores populares sin el beneficio de una definición precisa. Los ecólogos de poblaciones y los biólogos de la conservación correlacionan por lo general cambios en la población de una determinada especie, cambios en la “capacidad de carga”, definida de manera estrecha en términos de las necesidades de esa especie, y algún coeficiente que mide la relación entre la especie y la capacidad de carga en cuestión por un lado, y el resto del ecosistema del que esa especie podría depender por el otro. Todos estos términos poseen alguna capacidad explicativa. Sin embargo, tal multiplicidad de determinantes implica que no existe forma evidente de saber con certeza si las amenazas a una especie provienen de ella misma, por así decirlo, o de transformaciones en el conjunto del ecosistema debido, por ejemplo, a la intrusión de otras especies. Si esto es así, hablar acerca de la “sostenibilidad” de especies en particular puede resultar menos preciso de lo que parecía a primera vista, y el concepto de “crisis ambiental” puede resultar más problemático. Estas ambigüedades se acentúan cuando los ecólogos o los Verdes combinan las dimensiones social y económica con la biofísica, y debaten acerca de la “sostenibilidad” de ecosistemas o regiones enteras. En la región de la bahía de Monterrey, California, por ejemplo, la excesiva extracción de aguas subterráneas ha hecho disminuir el nivel de los acuíferos, ocasionando salinización debido al agua de mar, lo que a su vez amenaza la viabilidad de la agricultura. ¿Constituye esto una “crisis”?

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En términos económicos no, si la región importa agua. De hecho, el agua importada puede insuflar nueva vida a la agricultura local y al desarrollo industrial, comercial y residencial. “Agricultura sostenible” significa una cosa desde una perspectiva biorregional estricta, y otra si la perspectiva es ampliada para incluir a otras biorregiones. En este caso particular, el debate en torno al agua tiene que ver menos con la “sostenibilidad” del capital agrícola local y de la calidad del agua, y más con normas de juicio relativas al tipo de comunidad y de cultura que los habitantes de la región desean tener: en el caso de Pajaro Valley, por ejemplo, se trata de escoger entre preservar su actual sabor mexicano, o abrirlo más a la población trabajadora de Silicon Valley, al otro lado de la cordillera litoral. Si se define “sostener” de estas cuatro maneras, la respuesta breve a la pregunta “¿es posible el capitalismo sostenible”? es “no”, y la larga es “probablemente no”. El capitalismo tiende a la autodestrucción y a la crisis; la economía mundial crea una mayor cantidad de hambrientos, de pobres y de miserables; no se puede esperar que las masas de campesinos y trabajadores soporten la crisis indefinidamente y, como quiera que se defina la “sostenibilidad”, la naturaleza está siendo atacada en todas partes. En este artículo se examina alguna evidencia relativa al problema del “capitalismo sostenible”, haciendo énfasis en algunos de los diferentes conceptos de “sostenibilidad” planteados por los Verdes y por el sector empresarial. Ofrecemos un breve recuento de las condiciones de sostenibilidad económica (o de rentabilidad y acumulación), para discutir enseguida la “primera” contradicción del capitalismo -o contradicción “interna”-, y la naturaleza de la acumulación capitalista, cargada de episodios de crisis y dependiente de las crisis. A esto se agrega un breve examen del proceso de formación de una crisis mundial en la década de 1980, y se plantea que las perspectivas de una gestión económica global son tan endebles como las de una regulación ambiental global. A partir de lo anterior, se aborda otro problema en apariencia insoluble para el capitalismo: la “segunda” contradicción, esto es, la reducción de las “ganancias marginales” generada por la contradicción entre el capital y la naturaleza (y otras condiciones de producción), asociada a los efectos económicos adversos para el capital que surgen del ambientalismo y otros movimientos sociales. Desde aquí se discuten las formas mediante las cuales el capitalismo intenta enfrentar estas crisis. La capacidad del capital para enfrentar con éxito tanto la “primera” como la “segunda” contradicción es limitada, debido a la naturaleza del estado liberal democrático y del propio capital. Se subraya lo incierto de las consecuencias políticas -y por tanto económicas y ecológicas- de una depresión económica generalizada. Por último, tras un breve examen de las condiciones ambientales en los países pobres (el Sur), se delinean algunas conclusiones sobre las posibilidades de movimientos ambientalistas sociales y políticos radicales, o “verdes rojos”. Si bien se plantea que las perspectivas para alguna clase de “so29

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cialismo ecológico” no son buenas, las de un “capitalismo sostenible” pueden ser aun más remotas.

La política ambiental y el discurso de la sostenibilidad
La evidencia favorece la idea de que el capitalismo no es sostenible desde el punto de vista ecológico, a pesar de la reciente avalancha de charlas sobre “productos verdes”, “consumo verde”, “forestería selectiva”, “agricultura baja en insumos” y demás. Durante la campaña por la presidencia de 1992, ninguno de los tres candidatos principales hizo del “ambiente” un tema relevante. A partir de la victoria de Bill Clinton, el nuevo gobierno de los Estados Unidos ha aceptado compromisos en temas que van desde el uso de tierras federales para pastoreo hasta la tala de bosques antiguos y la lucha contra la contaminación, abandonando a menudo métodos de control de la contaminación de eficacia ya probada a favor de “soluciones de mercado”. Los gobiernos estatales y locales desdeñan el ambiente en su competencia por atraer capital escaso. En la legislación federal, se hace más estrecha la definición de “humedales”, al igual que la de “especies en peligro”. La salud ocupacional y la preservación de la seguridad laboral son saboteadas. Se mercantilizan más los parques nacionales y estatales en la medida en que los gerentes buscan maneras de obtener beneficios. Mientras la industria nuclear se encuentra momentáneamente estancada, algunas industrias de bienes de capital, como la del papel y la pulpa, han empezado a instalar tecnologías más limpias; la agricultura orgánica se ha visto beneficiada por un aumento del interés de los consumidores en productos libres de pesticidas; la mayoría de los dirigentes sindicales se oponen o son indiferentes a las demandas planteadas por los ambientalistas; y las grandes organizaciones ambientalistas tradicionales (con dos o tres notables excepciones) están más dispuestas a comprometer sus posturas en nombre del “crecimiento económico”. En la mayor parte de los países, los partidos verdes siguen siendo pequeños o comprometen sus posiciones en la política local o nacional. En Europa, el ambiente no figura entre las preocupaciones de los burócratas que dirigen la poderosa Comisión Europea, a pesar de la representación de los Verdes en el Parlamento Europeo. Los acuerdos internacionales sobre el desgaste de la capa de ozono son débiles, y en materia de calentamiento global son meramente simbólicos. Los acuerdos relativos a la protección de los “bienes comunitarios” del mundo -cuencas, bosques, ríos, lagos, costas, océanos y calidad del aire- suelen ser honrados en lo fundamental. La caza de ballenas puede reiniciarse, y en todas partes los pescadores demandan agotar la riqueza del mar. El petróleo tiene más importancia que nunca como riqueza económica y poder nacional. Las empresas 30

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energéticas y mineras (que a menudo son las mismas) se encaminan a la explotación masiva de mayores cantidades de recursos minerales, desde Wisconsin hasta Siberia. En el Sur, muchos gobiernos están más que dispuestos a vender sus derechos de primogenitura a las corporaciones transnacionales en nombre del “desarrollo”, a menudo bajo la presión de grandes deudas externas, mientras las grandes masas de campesinos sin tierra y de pequeños propietarios rurales, y los pobres de las ciudades, se ven forzados a saquear y agotar recursos y a contaminar el agua y el aire respectivamente, tan sólo para sobrevivir. Los expedientes ambientales de los “tigres” asiáticos, los “cachorros” del Sudeste de Asia, y de México, Brasil y otros centros de crecimiento latinoamericanos, no son muy estimulantes. Hablando en términos prácticos, un paso necesario hacia el capitalismo sostenible -definido de una u otra manera como “ecológicamente racional o sagaz”consistiría en presupuestos nacionales que obligaran a pagar impuestos elevados sobre insumos de materias primas (por ejemplo carbón, petróleo, nitrógeno) y sobre ciertos productos (automóviles, productos plásticos, envases desechables), complementados con una política de etiqueta verde que eximiría de impuestos a los productos genuinamente verdes (definidos según su bajo impacto ecológico en cada etapa del proceso de producción, distribución y consumo). Otro paso consistiría en políticas nacionales de gasto que subsidien masivamente a la energía solar y a otras fuentes alternativas y benignas de energía; la investigación tecnológica encaminada a eliminar productos químicos tóxicos y otras sustancias en su fuente de origen; innovaciones en materia de tránsito masivo, salud ocupacional y seguridad laboral, y procedimientos de control y cumplimiento en los ámbitos nacional, regional y comunal; y una redefinición y reorientación generales de las prioridades en materia de ciencia y tecnología. Este tipo de presupuesto verde -con los cambios apropiados en los métodos de cálculo del ingreso nacional- no está siendo desarrollado en ninguna parte del mundo, salvo en el papel por parte de un pequeño grupo de economistas y activistas verdes. A nivel del discurso sobre la “sostenibilidad”, las perspectivas para un capitalismo ecológicamente sagaz, que los Verdes puedan reconocer como tal, parecen problemáticas en el mejor de los casos. De hecho, tras una aparente convergencia de vocabulario, existe un desencuentro o brecha entre el discurso verde y el capitalista, enfrentados en un diálogo de sordos. Un problema consiste en que el discurso de buena parte del movimiento ambientalista cuenta con el apoyo de capitales que buscan reverdecerse a sí mismos o, al menos, mostrar una imagen pública verde. Este discurso aspira a encontrar vías que lleven a las corporaciones a reformar sus prácticas económicas, haciéndolas compatibles con la sostenibilidad de los bosques y su biodiversidad, la calidad del agua, la preservación de la vida silvestre, las condiciones atmosféricas, 31

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y demás. Aquí, la atención se concentra en los procesos de producción, la tecnología, el reciclaje y la reutilización y la eficiencia energética, así como en problemas de carácter más general, relacionados con la estructura del consumo, el financiamiento, el mercadeo y la organización corporativa. Por ejemplo, el World Resources Institute, de orientación reformista, planteó hace poco que la sostenibilidad presupone “una transformación sin precedentes” de la tecnología. Para los Verdes reformistas, por tanto, el problema consiste en cómo rehacer el capital en términos adecuados a la sostenibilidad de la naturaleza. En las salas de reunión de las corporaciones, sin embargo, el problema se discute en otros términos. En un nivel superficial, el problema simplemente consiste en cómo presentar una imagen verde verosímil a los consumidores y al público -por ejemplo, la industria química norteamericana planeó gastar diez millones de dólares en 1992 para presentarse a sí misma como ambientalmente razonable y amistosa (New York Times, 12/8/1992). Se trata también de cómo reformar la producción de modo que se ahorren energía y materias primas, lo que constituye un problema esencialmente económico. Lejos de ser un problema para el capital en su conjunto, la eficiencia en el uso de la energía y de los materiales durante un período de lento crecimiento es económicamente deseable, y quizás lo sea también en lo ecológico. Para citar un caso, el 75% del aluminio producido por empresas norteamericanas proviene de envases y otros productos reciclados. Otro caso es el de nuevas prácticas en la industria de la madera, que produce postes y vigas a partir de árboles demasiado pequeños para ser convertidos en tablas, utilizando así lo que de otra manera sería un desecho. Del mismo modo, la retórica del “reciclaje” y los precios (selectivos) pueden ser utilizados para facilitar nuevas olas de obsolescencia planificada bajo el estandarte de la amistad hacia el ambiente -legitimando así el consumismo y preservando la rentabilidad. Sin embargo, a un nivel más profundo, las corporaciones construyen el problema ambiental de un modo que resulta el extremo opuesto de lo que los Verdes suelen pensar acerca de la reforma. Se trata, aquí, del problema de rehacer la naturaleza de maneras consistentes con la rentabilidad sostenible y la acumulación de capital. “Rehacer la naturaleza” significa mayor acceso al medio natural, como “fuente” y como “vertedero”, lo cual tiene dimensiones políticas e ideológicas, así como económicas y ecológicas: por ejemplo, el asalto a las formas de vida de los pueblos indígenas. “Rehacer la naturaleza” también significa volverla a trabajar o reinventarla, lo cual plantea aspectos políticos e ideológicos de importancia. Los ejemplos incluyen “plantaciones industriales maduras” de pino y abeto en el sureste y el noroeste de los Estados Unidos -un monocultivo que ha sido llamado “el equivalente forestal del ambiente urbano de edificación en altura” (Goldsmith, 1991: 94)1; la alteración genética de alimentos para reemplazar las pérdidas de cosechas y aumentar el rendimiento de la tierra2; microorganismos utilizados en la industria de los 32

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semiconductores para que “coman” desechos tóxicos, y plantas alteradas que limpian el suelo contaminado con plomo y otros metales. Cada uno de estos ejemplos, sin embargo, plantea sus propios peligros: la plantación forestal destruye la diversidad biológica, mientas los cambios genéticos en los alimentos y el uso de microorganismos para reducir costos contienen peligros biológicos desconocidos. Aquí entramos en un mundo en el que el capital no se limita a apropiarse de la naturaleza, para convertirla en mercancías que funcionan como elementos del capital constante y del variable (para utilizar categorías marxistas). Se trata más bien de un mundo en el que el capital rehace a la naturaleza y a sus productos biológica y físicamente (y política e ideológicamente) a su propia imagen y semejanza3. Una naturaleza precapitalista o semi-capitalista es transformada en una naturaleza específicamente capitalista. Y así como el movimiento de los trabajadores impone al capital la necesidad de pasar de un modo de producción de valor basado en la plusvalía absoluta a otro de plusvalía relativa -por ejemplo, pasando de la ampliación de la jornada de trabajo a la reducción del costo de los salarios-, el movimiento verde puede estar forzando al capital a poner fin a su primitiva explotación de la naturaleza precapitalista, rehaciendo la naturaleza a la imagen del capital -también para disminuir los costos del capital, en especial los de reproducción de la fuerza de trabajo (o el costo de los salarios). Visto de esta manera, en algún momento del futuro la naturaleza se tornará irreconocible como tal, o como la percibe la mayoría de las personas. Será, más bien, una naturaleza física tratada como si estuviera regida por la ley del valor y el proceso de acumulación capitalista mediante crisis económicas, como la producción de lápices o de comida rápida. La teoría del discurso tendrá mucho que decir, en ese momento, acerca del problema de la sostenibilidad, tal como lo hacen hoy la economía política y la ciencia ecológica. La razón consiste en que el proyecto capitalista de rehacer la naturaleza, aún en su infancia, es también un proyecto encaminado a rehacer (según parece) la ciencia y la tecnología a imagen del capital. Lo que esta imagen sea o llegue a ser dependerá de complejos problemas de representación, imágenes de la naturaleza, y de problemas de solidaridad social, legitimación y poder dentro de las comunidades científicas y universitarias.

Crisis de demanda: expansión y consumo
Una respuesta sistemática a la pregunta sobre la posibilidad de un capitalismo sostenible es: “no, a menos y hasta que el capital cambie su rostro de manera que pudieran tornarlo irreconocible para los banqueros, los gerentes de finanzas, los inversionistas de riesgo y los gerentes generales que se miran al espejo hoy”. La justificación de esta afirmación, ampliamente negada por políticos nacionales y por voceros de las grandes corporaciones, exige un breve recuento del funcionamiento del capitalismo, por qué funciona cuando lo hace, y por qué no funciona cuando no lo hace. 33

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Hasta el surgimiento de la economía ecológica -la cual, aunque cuenta con precursores desde hace más de un siglo, aún tiene una presencia apenas marginal en la profesión-, los economistas debatían la sostenibilidad del capitalismo en términos puramente económicos, como capital de inversión, inversión y consumo, ganancias y salarios, costos y precios. En los modelos de crecimiento económico, el mundo físico o material aparecía sobre todo de dos maneras: primero, en forma de la teoría de la localización y la renta; segundo, bajo el concepto de “acelerador”, o de la cantidad de producto físico que la nueva capacidad productiva podría generar (por ejemplo, a una determinada tasa de uso, se necesitan tantas máquinas para producir tantos refrigeradores). Desde un punto de vista económico, el capitalismo sostenible debe ser necesariamente un capitalismo en expansión, y como tal debe ser representado. Una economía capitalista basada en lo que Marx llamaba “reproducción simple” y lo que muchos Verdes llaman “mantenimiento” es una total imposibilidad -salvo en lo relativo a la fuerza de trabajo de mantenimiento doméstico, que no recibe paga, y al trabajo asalariado organizado por el estado. Las ganancias que ofrece el mantenimiento son mínimas, o no existen; la sostenibilidad capitalista depende de la acumulación y las ganancias. Una tasa general positiva de ganancia significa crecimiento del producto total (“producto nacional bruto”, según lo miden los sistemas capitalistas de contabilidad). La ganancia, por ejemplo, es el medio de expansión de nuevas inversiones y tecnologías. La ganancia también funciona como un incentivo a la expansión. La ganancia y el crecimiento, por tanto, mantienen una relación de medios y fines, contenido y contexto, y el gerente financiero promedio no se preocupa en realidad por la diferencia entre ambos. Si bien existen muchas variantes de la teoría del crecimiento económico, todas presuponen que el capitalismo no puede permanecer inmóvil, que el sistema debe expandirse o contraerse o, en otras palabras, que alienta las crisis tanto como depende de ellas y que, en última instancia, debe “acumular o morir”, según lo dijera Marx4. En el modelo más sencillo (e ingenuo) del capitalismo, la tasa de crecimiento o tasa de acumulación de capital depende de la tasa de ganancia5. Amayor tasa de ganancia (mientras todo lo demás permanece igual), más sostenible es el capitalismo. Una tasa de ganancia negativa genera problemas económicos: al menos una recesión, y en el peor de los casos una crisis general, deflación de los valores del capital, y una depresión. En este modelo, cualquier persona o situación que interfiera con las ganancias, la nueva inversión y la expansión de los mercados amenaza la sostenibilidad del sistema al crear el riesgo de una crisis económica de consecuencias económicas, sociales y políticas desconocidas e inimaginables. En la teoría marxista tradicional, el capital es el peor enemigo de sí mismo. El capital pone en riesgo su propia sostenibilidad debido a lo que Marx llamó la “contradicción entre la producción social y la apropiación privada”. Una interpre34

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tación de esta contradicción es la de que mientras mayor sea el poder del gran capital sobre los trabajadores, mayor será la explotación del trabajo (o la tasa de plusvalía), y mayores serán las ganancias potenciales producidas. Sin embargo, por esta misma razón también serán mayores las dificultades para realizar estas ganancias potenciales en el mercado, o para vender bienes a precios que reflejen los costos de producción más la tasa promedio de ganancia. Aquí se identifica la contradicción entre el poder político del capital y la capacidad de la economía capitalista para funcionar sin problemas (o, en un caso límite, simplemente para funcionar). Esta “primera contradicción del capitalismo” (o “realización” o “crisis de demanda”) plantea que el intento de los capitales individuales de defender o restablecer sus ganancias incrementando la productividad del trabajo, aumentando la rapidez de los procesos productivos, disminuyendo los salarios o acudiendo a otras formas usuales de obtener mayor producción con un menor número de trabajadores, y pagándoles menos además, termina por producir, como un efecto no deseado, una reducción en la demanda final de bienes de consumo. Una menor cantidad de trabajadores, técnicos y otras personas vinculadas al proceso de trabajo produce más y, por tanto, está por definición en menor capacidad de consumir, descontando una deflación de los precios. De este modo, mientras mayores son las ganancias producidas, o la explotación del trabajo, menores son los beneficios realizados, o demanda de mercado, si todos los demás factores permanecen sin cambios. Por supuesto, los demás factores cambian constantemente: déficits en el presupuesto gubernamental, crédito hipotecario y de consumo, préstamos para negocios y una política exterior agresiva en materia comercial y financiera, entre otras posibilidades, pueden estimular la demanda para mantener “sostenible” al capitalismo. Hoy en día, una economía sostenible presupone un sistema político y económico global con capacidad para identificar y regular esta “primera” contradicción -o contradicción “interna”- del capitalismo. Esto significa, en primer término y sobre todo, la capacidad para la regulación macroeconómica a escala global o, al menos, entre las potencias económicas del Grupo de los Siete (G7). Se trata, en otros términos, de un keynesianismo global del tipo instalado en las principales economías nacionales entre la década de 1950 y fines de la de 1970. Definido de esta manera práctica e inmediata, el capitalismo mundial podría resultar mucho menos sostenible de lo que piensan muchos economistas. En primer lugar, los sistemas nacionales de regulación keynesiana se han debilitado o autodestruido desde fines de la década de 1970. En segundo lugar, el papel central de los Estados Unidos en la economía global hasta el período final de la Guerra Fría -como una suerte de caja registradora del mundo- se acerca a su fin. Esto significa que, hasta la débil recuperación de la recesión de 1990-1991, la economía norteamericana se veía impulsada por el gasto de consumo y el gasto militar, y por el endeudamiento público y privado. La recuperación posterior a 35

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1991, sin embargo, es la primera desde 1876 que se ve encabezada por el gasto en exportaciones, con el gasto en inversión en un cercano segundo lugar. Todas las recuperaciones recientes de Alemania se han apoyado en las exportaciones, y el gobierno alemán ha declarado que lo mismo ocurrirá con cualquier recuperación de sus males presentes. Si Japón se recupera -y cuando lo haga- de sus actuales problemas económicos, las exportaciones se incrementarán a un ritmo superior al del consumo interno, la inversión y el gasto gubernamental. Por último, todas las llamadas nuevas economías industrializadas están orientadas a la exportación. Estos hechos sugieren que en un período en el que un Estados Unidos consumista no puede absorber los excedentes de bienes del mundo, será necesaria una gestión macroeconómica global de tipo keynesiano para evitar una deflación y una recesión general. De hecho, existe una especie de macro-gestión, a cargo de los directores de bancos centrales y de los ministros de finanzas del G7, el Fondo Monetario Internacional y el Banco para Ajustes Internacionales. Este estado capitalista cuasiglobal, sin embargo, está en manos del gran capital en general, y del capital financiero en particular. De aquí que, con la excepción de los intentos del G7 de disminuir las tasas de interés y estimular la demanda en países con excedentes de exportación (especialmente Japón), el estado global sigue una política anti-keynesiana, que obliga a capitales individuales y a países enteros a recortar costos e incrementar la eficiencia, y a disminuir el gasto gubernamental, respectivamente, sin dedicar reflexión alguna a los efectos de esta política en la sobreproducción de capital a escala global -del tipo identificado por Marx hace mucho tiempo ya, por no hablar de los peligros de guerras comerciales, formas creativas de trasladar a otros los costos de la ayuda exterior, creciente deterioro social, bloques regionales de comercio y desastre ecológico. Dicho de otra manera, no existe un Parlamento Global que apruebe leyes de salario mínimo y legislación protectora, ni Ministerios Mundiales de Trabajo, Bienestar Social y Ambiente, ni poder legítimo alguno que difunda el saber económico keynesiano a escala internacional. En cambio, en los Estados Unidos por ejemplo, el ex-presidente George Bush dijo que este país se convertirá en una “superpotencia exportadora”, y los asesores económicos del presidente Clinton aconsejan una política de exportaciones “cada vez más agresiva”. Las perspectivas de una regulación global, organizada en un verdadero espíritu de cooperación, resultan hoy tan pobres como las de una regulación nacional ante las crisis de sobreproducción de la década de 1890: esto es, equivalen a cero. En aquellos días, las políticas nacionalistas de dumping, monopolio y colonialismo contribuyeron a generar dos guerras de rivalidad imperialista, y la Gran Depresión. Superficialmente, hoy podría haber dos factores mitigantes. Uno, que Europa es una entidad económica: Francia, por ejemplo, se une a Alemania en vez de combatir con ella en el plano económico. El otro consiste en que el capital ya no tiene un mero alcance nacional, sino cada vez más global, lo que teóri36

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camente lo hace más dispuesto a la regulación global. Sin embargo, hasta ahora el G7 ha hecho un mal trabajo (que empeora año tras año) de regulación macroeconómica, y tanto el capital financiero global como la clase rentista que vive de los intereses del enorme montón de deuda acumulada en las décadas de 1970 y 1980 tienen el poder necesario para evitar que los gobiernos intenten la reflación de sus economías.

Crisis de costos: las condiciones de producción
Si bien este tipo de pensamiento económico sigue siendo válido en nuestros días, es -y siempre ha sido- unilateral y limitado. Esto se debe a que tal pensamiento presupone un abastecimiento ilimitado de lo que Marx llamó “condiciones de producción”. Este modelo tradicional da por supuesto que el capitalismo puede evitar cuellos de botella potenciales por el “lado de la demanda”, que el crecimiento está restringido únicamente por la demanda. Sin embargo, si los costos del trabajo, los recursos naturales, la infraestructura y el espacio se incrementan de manera significativa, el capital enfrenta la posibilidad de una “segunda contradicción”, una crisis económica que surge del lado de los costos. Este es el caso, por ejemplo, de la “crisis del algodón” inglesa durante la Guerra Civil norteamericana, del aumento de los salarios por encima del incremento de la productividad en la década de 1960, y de los “choques petroleros” de la década de 1970. Aquí, sin embargo, nos preocupan fenómenos mucho más estructurados o genéricos de lo que podrían sugerir estos ejemplos aislados. Las crisis de costos se originan de dos maneras. La primera ocurre cuando capitales individuales defienden o recuperan ganancias mediante estrategias que degradan las condiciones materiales y sociales de su propia producción, o que no logran mantenerlas a lo largo del tiempo. Este es el caso, por ejemplo, del descuido de las condiciones de trabajo (lo que termina por producir un incremento en los costos sanitarios), de la degradación de los suelos (que acarrea un descenso en la productividad de la tierra), o de desatender las infraestructuras urbanas en proceso de deterioro (aumentando así los costos derivados de la congestión y de la vigilancia policial), por mencionar tres ejemplos. La segunda manera se presenta cuando los movimientos sociales exigen que el capital aporte más a la preservación y a la restauración de estas condiciones de vida, cuando demandan mejor atención de salud, protestan contra el deterioro de los suelos, y defienden los vecindarios urbanos de formas que incrementan los costos del capital o reducen su flexibilidad, para permanecer dentro de los mismos tres ejemplos. En este caso nos referimos a los efectos económicos, potencialmente negativos para los intereses del capital, derivados de los movimientos de trabajadores, del movimiento de mujeres, del movimiento ambientalista y de 37

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los movimientos urbanos. Este problema de “costos adicionales” -y la amenaza que plantean a la rentabilidad- obsesiona a los economistas y a los ideólogos del capital vinculados al pensamiento dominante. Sin embargo, los dirigentes de los movimientos laborales y sociales rara vez discuten este tema en público. En el mundo real, ambos tipos de crisis de costos se combinan e interactúan de maneras contradictorias y complejas sobre las cuales nadie ha teorizado. Por ejemplo, desde un punto de vista cuantitativo, nadie sabe con exactitud en qué medida los costos de la congestión urbana son el resultado del culto al automóvil y del desdén por el transporte colectivo, ni en qué medida son el resultado de las luchas de las comunidades por mantener a las autopistas lejos de su vecindad. Necesitamos un abordaje teórico más refinado al problema que Polanyi llamó “tierra y trabajo”. De manera inadvertida, Marx proporcionó un punto de partida para un abordaje así mediante su concepto de “condiciones de producción”6. Como hemos visto, las condiciones de producción son cosas que no son producidas como mercancías de acuerdo con las leyes del mercado (ley del valor), pero son tratadas como si fueran mercancías. En otras palabras, se trata de “bienes ficticios” con “precios ficticios”. De acuerdo a Marx, existen tres condiciones de producción: primero, la fuerza de trabajo humana, o lo que Marx llamó “las condiciones personales de producción”; segundo, el ambiente, o lo que Marx llamó “las condiciones naturales o externas de producción”; y por último, la infraestructura urbana (podemos agregar el “espacio”), o lo que Marx llamó “las condiciones generales, comunitarias, de producción”. El capitalismo sostenible requeriría que las tres condiciones estuvieran disponibles en el momento y en el lugar correctos, en las cantidades y con la calidad correctas, y con los precios ficticios correctos. Como se ha señalado, la presencia de dificultades importantes en el abastecimiento de fuerza de trabajo, recursos naturales e infraestructura y espacio urbano plantea una amenaza a la viabilidad de unidades individuales de capital, e incluso a programas capitalistas enteros de carácter sectorial o nacional. De generalizarse, estas dificultades podrían llegar a amenazar la sostenibilidad del capitalismo al elevar los costos y afectar la flexibilidad del capital. De este modo, los “límites del crecimiento” no se presentan en primera instancia como el resultado de la escasez absoluta de fuerza de trabajo, materias primas, agua y aire limpios, espacio urbano y demás, sino como el resultado del alto costo de la fuerza de trabajo, los recursos, la infraestructura y el espacio. Esta amenaza inminente a la rentabilidad conduce al estado y al capital a intentar racionalizar los mercados de trabajo, de insumos, de combustible y de materias primas, así como a las normas de uso de la tierra urbana y rural, y al mercado de tierras, para reducir los costos de producción7.

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Los obstáculos o la escasez que tienen origen del lado de la oferta plantean problemas especialmente difíciles a las empresas y a quienes formulan políticas en el capitalismo cuando la economía está débil, o cuando enfrenta una crisis de demanda o una competencia renovada por parte de otros países. El estancamiento o la caída de la rentabilidad obliga a los capitales individuales a intentar reducir el tiempo de retorno del capital, esto es, a acelerar la producción y reducir el tiempo necesario para vender sus productos. Esta obsesión por hacer dinero con rapidez cada vez mayor para compensar la lentitud o la caída de ganancias se enfrenta, por ejemplo, a los mercados de trabajo organizados por los sindicatos, a los mercados de petróleo influenciados por la OPEP, y a la defensa tradicional de usos “ineficientes” del suelo y el agua por parte de la agricultura. Por un lado, el capital dinero busca más de sí mismo cada vez más rápido; por otro, aquello que Polanyi llamó “la sociedad”, y que nosotros podemos designar irónicamente como normas anticuadas de uso de la tierra y del trabajo, de la tierra y de los mercados de trabajo, combinado con la resistencia a la racionalización capitalista por parte de los movimientos sociales y de trabajadores, se constituye en obstáculos o “barreras a rebasar”. En última instancia, el capital debe enfrentar la indiferencia y la inercia social. Una de las soluciones del capitalismo a este dilema, al menos en el corto plazo, es tan sencilla como económicamente destructiva. El capital dinero abandona “el circuito general del capital” -esto es, el largo y tedioso proceso de arrendar espacio para fábricas, comprar maquinaria y materias primas, alquilar tierra, localizar la fuerza de trabajo adecuada, organizar y llevar a cabo la producción, y poner en venta las mercancías- y encuentra la manera de involucrarse en aventuras especulativas de todo tipo. El capital dinero, basado en la expansión del crédito, o dinero que no puede encontrar medios de expresión en bienes y servicios verdaderos, salta por encima de la sociedad, por así decirlo, y busca expandirse por la vía más fácil, a través de la compra de tierras, las bolsas de valores, los mercados de bonos y otros mercados financieros. De aquí resulta la anomalía económica de nuestro tiempo: el valor de lo que se demanda en concepto de plusvalía o ganancias aumenta con una rapidez mucho mayor que el valor real del capital fijo y circulante. Esto tiende a empeorar una mala situación económica, en la medida en que da lugar a un endeudamiento creciente y al riesgo de una implosión financiera. También se promueve el deterioro de las condiciones de producción ecológicas y de otro tipo, que tienden a ser descuidadas en la medida en que el capital financiero asume la hegemonía sobre los intereses productivos. En términos puramente funcionales, durante períodos más tempranos del desarrollo del capitalismo existía suficiente fuerza de trabajo precapitalista, riqueza natural inexplotada y espacio. Esto era cierto tanto en los hechos como en términos de la percepción de las primeras generaciones de burgueses. Los precios (fic39

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ticios) de la fuerza de trabajo, los recursos naturales y el espacio eran así mantenidos bajo control. Tampoco existían movimientos ambientalistas o movimientos urbanos que el capital no pudiera rebasar por sí mismo (con la ayuda del imperialismo y de la opresión estatal). A lo largo del tiempo, el capital busca capitalizar a todo y a todos. En otros términos, todo encuentra cabida potencial en la contabilidad capitalista. Durante milenios, los seres humanos han venido “humanizando” la naturaleza, o creando una “segunda naturaleza”. Esto ha sido a menudo destructivo: deforestación y ciclos de inundaciones y sequías durante el sistema de plantaciones romano, las devastadoras consecuencias ecológicas de las Guerras Púnicas, y el agotamiento de los suelos y la escasez de agua en la civilización maya, constituyen ejemplos bien conocidos. Sin embargo, en las formaciones sociales capitalistas esta segunda naturaleza es mercantilizada y valorizada al mismo tiempo en que está siendo degradada. Desde el punto de vista de quienes desean que el capitalismo sea ecológicamente sostenible, es aquí cuando empieza a aparecer el problema. Los mercados de trabajo se tensan, y el Norte debe depender de trabajo importado del Sur, con todos los problemas y costos económicos y sociales del caso. Ejemplos de esto se encuentran en el costo económico de instalar nuevos inmigrantes que usan un lenguaje diferente, y en los costos sociales del resurgimiento del racismo. Las materias primas y los bienes comunales incontaminados se tornan escasos, elevando lo que Marx llamaba “costos de los elementos de capital”: tal es el caso, por ejemplo, del abastecimiento doméstico de petróleo y gas, árboles y madera, y agua limpia, en los Estados Unidos. Y, finalmente, la infraestructura y el espacio urbanos se tornan escasos, lo que eleva los costos de congestión, la renta del suelo y los costos derivados de la contaminación. Los Angeles es un buen ejemplo; las ciudades de México y Taipei son ejemplos aún mejores. En suma, la capitalización de las condiciones de producción en general, y de la naturaleza y el ambiente en particular, tienden a elevar el costo del capital y a reducir su flexibilidad. Como se ha señalado, existen dos razones principales para esto. Primero, una razón sistémica, que consiste en que los capitales individuales tienen pocos incentivos -o no tienen incentivos del todo- para utilizar las condiciones de producción de manera sostenible, sobre todo cuando se enfrentan a malos tiempos económicos creados por el propio capital. Segundo, y precisamente debido a esta primera razón, los movimientos de trabajadores, de ambientalistas y otros movimientos sociales desafían el control del capital sobre la fuerza de trabajo, el ambiente y lo urbano (y cada vez más también lo rural, sobre todo en el Sur). Los ejemplos en los Estados Unidos incluyen luchas regionales contra el uso de sustancias tóxicas, por la salud y la seguridad ocupacional, y por el derecho a conocer; la acción directa para salvar ríos silvestres y bosques primarios, y los movimientos contra las autopistas y contra el desarrollo urbano. 40

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Expresada de manera sencilla, la segunda contradicción plantea que los intentos de los capitales individuales por defender o restaurar sus ganancias recortando o externalizando sus costos producen, como un efecto no deseado, la reducción de la “productividad” de las condiciones de producción, lo cual a su vez eleva los costos promedio. Los costos pueden aumentar para los capitales individuales en cuestión, para otros capitales, o para el capital en su conjunto. Así, por ejemplo, el uso de plaguicidas químicos en la agricultura disminuye inicialmente los costos para terminar incrementándolos en la medida en que las plagas desarrollan resistencia a tales productos, y en que el uso de los mismos mata la vida del suelo. En Suecia se suponía que la monoproducción forestal sostenida mantendría los costos bajos; sin embargo, resultó que la pérdida de biodiversidad a lo largo de los años ha reducido la productividad de los ecosistemas forestales y el tamaño de los árboles. En Estados Unidos, la energía nuclear ofreció la promesa de reducir los costos energéticos. Sin embargo, las deficiencias en el diseño, problemas financieros, medidas de seguridad, y sobre todo la oposición popular a la energía nuclear, han terminado por incrementar los costos. En lo que se refiere a las condiciones “comunitarias” de producción, las nuevas autopistas diseñadas para reducir los costos del transporte y de la movilización de los trabajadores tienden a elevar esos costos cuando atraen más tráfico y generan más congestión. Y, con relación a las condiciones “personales” de producción, es evidente que el sistema educativo norteamericano, que supuestamente debe incrementar la productividad del trabajo, produce tanta estupidez como aprendizaje, afectando a la vez la disciplina y la productividad. Es importante resaltar que las condiciones de producción no son producidas de acuerdo con las leyes del mercado. Y la regulación del mercado sobre el acceso del capital a estas condiciones, cuando son producidas y si son producidas, es selectiva, parcial y a menudo deficiente. Por tanto, debe existir alguna agencia cuyo trabajo consista tanto en producir las condiciones de producción como en regular el acceso del capital a las mismas. En las sociedades capitalistas, esa agencia es el estado. Toda la actividad del estado, incluyendo virtualmente la actividad de todas sus agencias y todos sus rubros presupuestarios, está vinculada de uno u otro modo con la tarea de proveer al capital acceso a la fuerza de trabajo, a la naturaleza, o a la infraestructura y al espacio urbanos. En los Estados Unidos, por ejemplo, están las burocracias laborales y educativas; el Departamento Nacional de Agricultura; el Servicio Nacional de Parques y otras agencias estatales similares; la Oficina Nacional de Tierras y la Oficina Nacional de Solicitudes; agencias de planificación urbana y autoridades de tráfico. Las funciones específicamente relacionadas con las tres condiciones de producción se enuncian a continuación.

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Primero, con relación a la fuerza de trabajo, las reglamentaciones legales del trabajo infantil y las relativas a las horas y condiciones de trabajo, y a la seguridad en el trabajo. Segundo, en relación con el ambiente, las leyes que regulan el acceso a tierras federales, el desarrollo de áreas costeras, y la contaminación. Tercero, con respecto a la infraestructura y al espacio urbanos, las leyes de zonificación, la planificación del tráfico y las regulaciones sobre el uso de tierras. Resulta difícil encontrar una actividad estatal o presupuestaria que no esté vinculada de una u otra manera a una o más condiciones de producción. Esto incluye también las funciones monetarias y militares, que protegen y facilitan el acceso “legítimo” a recursos y mercados necesarios para empresas capitalistas mineras, bancarias, mercantiles y de otro tipo. La guerra de George Bush en el Golfo Pérsico es apenas el último y más dramático papel de las fuerzas armadas en las sociedades capitalistas; en el ámbito supranacional, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional son los ejemplos más obvios de funciones monetarias orientadas a la expansión capitalista.

El manejo de las crisis de costos
¿Cuál es la solución a estas crisis originadas del lado de los costos, tanto desde el punto de vista de los capitales individuales como del capital en su conjunto? El peor caso ocurre cuando los capitales individuales, aprisionados entre costos crecientes y una demanda decreciente, recortan aún más los costos, intensificando a un tiempo la primera y la segunda contradicciones. Sin embargo, este resultado no es la única posibilidad. Como se ha señalado, en relación con el ambiente existen múltiples ejemplos de capitales individuales que dan respuesta al consumismo verde: por ejemplo, ante la demanda pública de reducción del desperdicio y promoción del reciclaje, se encuentran nuevos usos para los productos desechables. Otro caso es el de las empresas que mejoran su capital de equipamiento cuando se ven forzadas a reducir sus contaminantes, y otro más es el de las empresas que se especializan en limpieza ambiental. La mejor solución para el capital en su conjunto (no para la sociedad, ni siquiera para la “naturaleza” -lo cual presupondría una lógica de reciprocidad, no la lógica capitalista del intercambio de valor-) consiste en reestructurar las condiciones de producción de manera que incrementen su “productividad”. Puesto que el estado produce o regula el acceso a estas condiciones, los procesos de reestructuración suelen ser organizados y/o regulados por el estado. Ejemplos de esto son la prohibición del ingreso de automóviles al centro de las ciudades, para disminuir los costos de congestión y contaminación; el subsidio al manejo inte42

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grado de plagas en la agricultura, para disminuir los costos de los alimentos y las materias primas; y el cambio de énfasis de la salud curativa a la preventiva -como en el caso de la lucha contra el SIDA en los Estados Unidos-, para disminuir los costos de la atención sanitaria. Sin embargo, para obtener una solución verdadera sería necesario destinar enormes sumas de dinero a reestructurar la producción de manera que restauren o incrementen su “productividad” y logren así disminuir los costos del capital. La productividad de largo plazo se vería estimulada, pero a expensas de las ganancias a corto plazo. Nuevas industrias producirían bienes ambientalmente amistosos, transporte urbano y sistemas educacionales que -como los ejemplos antes mencionados- disminuirían efectivamente los costos del capital y de la canasta de consumo, además de la renta del suelo; al mismo tiempo, el nivel de demanda agregada se vería incrementado, atacando la primera contradicción por vías potencialmente no inflacionarias. Por contraste, si los nuevos sistemas de gestión forestal, el gasto en control de la contaminación, la planificación urbana y demás no tienen efecto sobre los costos, el resultado será un incremento en la demanda efectiva y en la inflación, o una reducción de las ganancias. Hasta aquí acerca de la idea de sostener al capitalismo; la práctica es otro asunto. En los estados liberales democráticos, la lógica política normal del pluralismo y el compromiso previene el desarrollo de la planificación ambiental, urbana y social integrada. La lógica de la administración estatal o burocrática es antidemocrática y carece por tanto de sensibilidad hacia lo ambiental como hacia otros temas planteados desde abajo. Y la lógica del capital en auto-expansión es anti-ecológica, anti-urbana y antisocial. La combinación de las tres lógicas resulta contradictoria en lo que hace al desarrollo de soluciones políticas a la crisis de las condiciones de producción. De aquí que las posibilidades de una “solución capitalista” a la segunda contradicción sean remotas. Dicho de otra manera, en ningún país capitalista desarrollado existe una agencia estatal o mecanismo de planificación de tipo corporativo que se ocupe del planeamiento ecológico, urbano y social integrado. La idea de un capitalismo ecológico, o de un capitalismo sostenible, no ha sido teorizada siquiera de manera coherente, por no hablar de que se haya visto plasmada en una infraestructura institucional. ¿Dónde está el estado que dispone de un plan ambiental racional? ¿De planeamiento interurbano e intra-urbano? ¿De planificación en materia de salud y educación vinculada orgánicamente al planeamiento ambiental y urbano? En ninguna parte. En cambio, existen aproximaciones parciales, fragmentos de planificación regional en el mejor de los casos, y asignación irracional de botines políticos en el peor. Cada día, por tanto, nuevos encabezados anuncian otra crisis de atención sanitaria, otra crisis ambiental, otra crisis urbana. En muchas regiones, la imagen que tenemos es la de una fuerza de trabajo cada vez más inculta, muchos de cuyos in43

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tegrantes carecen de vivienda debido a los bajos salarios y los altos alquileres, y viven atemorizados en una ciudad contaminada, inmovilizados por el hacinamiento, y sin poder obtener ni siquiera agua potable. Esta imagen quizás no encaje en Roma o Nueva York aún, pero se acerca a la realidad de la Ciudad de México y de Nueva Delhi, las cuales son parte del mundo capitalista en todo sentido.

Consecuencias ecológicas de una depresión económica general
Como quiera que se defina la sostenibilidad desde una perspectiva ecológica, una cosa parece evidente. Si el capitalismo no es sostenible en términos de las regulaciones macroeconómicas internacionales, habrá una crisis global, una deflación general de los valores del capital, y una depresión. Ante esta eventualidad, nadie sabe o puede saber cómo responderán los capitales individuales, los gobiernos y las agencias internacionales. Puede ocurrir que grandes presiones económicas provenientes de la demanda (o de los costos, o de ambos a la vez), surgidas a consecuencia de la sobreproducción de capital (o de la subproducción, o de ambas) fuercen a los capitales individuales a tratar de restaurar las ganancias mediante una mayor externalización de sus costos, esto es, transfiriendo mayores costos al ambiente, la tierra y las comunidades, mientras los estados y las agencias internacionales observan impotentes. De hecho, existe amplia evidencia en el sentido de que la lentitud en el crecimiento económico a partir de mediados de la década de 1970 ha dado lugar a una transferencia de costos del tipo descrito, en particular, por parte de las corporaciones transnacionales. También existe evidencia en el sentido de que en muchos casos esto ha resultado contraproducente, en cuanto la transferencia de costos por parte de un capital ha incrementado los costos de otros capitales. De igual modo, puede demostrarse que en muchos casos las luchas ambientales y la regulación ambiental han forzado a capitales individuales a internalizar costos que de otro modo hubieran recaído sobre el ambiente. Existe una suerte de guerra en marcha entre el capital y los movimientos ambientalistas -una guerra en la que estos movimientos podrían tener el efecto (intencional o no) de salvar al capital de sí mismo a la larga, al forzarlo a encarar los efectos negativos de corto plazo de la transferencia de costos. Por otra parte, también existe la posibilidad -por improbable que sea- de que una verdadera depresión económica ofrezca la oportunidad de un programa general de restauración ambiental. En los Estados Unidos de la década de 1930, el New Deal creó las condiciones políticas para dos tipos de cambio ambiental. El primero consistió en los esfuerzos encaminados a restaurar los suelos degradados de las Grandes Praderas y las tierras ecológicamente deterioradas del Sur y el Oeste. En este sentido, la depresión fue un evento ecológicamente “adecuado”. 44

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El segundo tipo de cambio ambiental consistió en los esfuerzos, aún mayores, realizados para iniciar o acelerar gigantescos proyectos de infraestructura, como las grandes presas y otras obras hidráulicas, así como grandes puentes y túneles, que resultaron indispensables para la urbanización en el Oeste y para la suburbanización en todo el país después de la Segunda Guerra Mundial. Sin estos proyectos, la suburbanización, el consumismo y la cultura del automóvil no podrían haber florecido en las décadas de 1950 y 1960. De manera muy importante, estos proyectos contribuyeron a crear la estructura contemporánea del consumo individual, que es ecológicamente inadecuada. La próxima depresión podría empeorar mucho más las condiciones ecológicas; o podría ofrecer la oportunidad para vastas transformaciones en la estructura del consumo individual y social como, por ejemplo, a través del desarrollo de ciudades verdes, la integración de las ciudades con su entorno agrícola, transporte público que la gente desee utilizar, y demás. O ambas cosas, en distinto grado, en diferentes lugares. Lo que finalmente ocurra, por supuesto, se verá decidido por el curso de la lucha política, la adaptación institucional y los tipos de innovación tecnológica. Todo esto quiere decir que la destrucción ambiental, los movimientos ambientalistas y otros movimientos sociales relacionados con ellos, las políticas y presupuestos de gobierno, las políticas de los organismos internacionales y las condiciones económicas, se encuentran todos tan interrelacionados entre sí como las partes de cualquier ecosistema modelado por profesionales de la ecología. Cualquiera que intente reflexionar acerca de estas interrelaciones se encontrará con las mismas dificultades epistemológicas y metodológicas que enfrentan los ecólogos cuando intentan modelar el destino de alguna especie en particular, esto es, el problema del atomismo y el reduccionismo frente al holismo. Peor aún: a diferencia de las águilas calvas y de los microorganismos, la gente tiende a organizarse políticamente en ocasiones. Por tanto, el análisis de los efectos ecológicos de una depresión general hecho a partir de una estricta aplica ción de la teoría de sistemas tendría una utilidad discutible. En última instancia, todo depende del equilibrio de fuerzas políticas, de las visiones de aquellos que desean transformar nuestras relaciones con la naturaleza y, por tanto, de las relaciones materiales que mantenemos unos con otros -en breve, de los objetivos políticos del movimiento ambientalista, de los trabajadores, de las mujeres, y de otros movimientos sociales. La pregunta “¿Es posible el capitalismo sostenible?” constituye así, tanto en primera como en última instancia, un problema político.

Las condiciones en el Sur
La crisis de las condiciones de producción es especialmente severa en el Sur: de allí el origen del discurso sobre el “desarrollo sostenible” que se ha converti45

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do en un campo de lucha ideológica y política de creciente importancia. Como se ha visto, prácticamente todo el mundo utiliza esa expresión con intenciones y significados diferentes. Para los ambientalistas y los ecólogos, la “sostenibilidad” consiste en el uso de recursos renovables únicamente, así como de bajos niveles o ausencia total de contaminación. De hecho, el Sur podría estar más cerca que el Norte de una “sostenibilidad” así entendida, pero el Norte posee mayores recursos de capital y tecnología que el Sur para alcanzar ese objetivo. El capital, por supuesto, utiliza el término para designar ganancias sostenidas, lo que presupone la planificación de largo plazo de la explotación y el uso de los recursos renovables y no renovables, y de los “bienes comunales globales”. Los ecólogos definen “sostenibilidad” en términos de la preservación de sistemas naturales, humedales, protección de las áreas silvestres, calidad del aire, y demás. Sin embargo, estas definiciones tienen poco o nada que ver con la rentabilidad sostenible. De hecho, hay una correlación inversa entre la sostenibilidad ecológica y la rentabilidad de corto plazo. La “sostenibilidad” de la existencia rural y urbana, los mundos de los pueblos indígenas, las condiciones de vida de las mujeres, y la seguridad en los puestos de trabajo también están inversamente correlacionados con la rentabilidad a corto plazo -si es que la historia del siglo XX tiene algo que enseñarnos. Con independencia del problema de si es deseable o no que el Sur siga la senda industrial y consumista del Norte, existe la posibilidad de que lo haga. En la India, Brasil y México (por mencionar tres casos) el capitalismo industrial se desarrolla a cuenta de una vasta pobreza y miseria, y de la erosión de la estabilidad ecológica, como quiera que ésta sea definida. Los países del Extremo Oriente lo están haciendo bien, en términos económicos, y algunos países del sudeste de Asia lo están haciendo aún mejor, en lo que se refiere al crecimiento del PBI. Sin embargo, estas regiones aún deben probar que pueden ser potencias industriales y pagar además buenos salarios, proporcionar condiciones decentes de trabajo, políticas sociales progresivas y protección ambiental significativa. La mayor parte del resto del Sur (incluyendo las colonias interiores del norte y del este de Asia) constituye una zona de desastre económico, social y ecológico. Existen muchas barreras al desarrollo capitalista en el Sur, como por ejemplo mercados débiles debido a una enorme desigualdad en la distribución de la riqueza y el ingreso, la falta de una reforma agraria que favorezca a los pequeños y medianos agricultores, e inestabilidades en la oferta y en la demanda de materias primas. Además, existen problemas de endeudamientos y crisis de balanza de pagos, por no hablar de la conservación de bloques dominantes de intereses creados y de gobiernos inestables.

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Estos problemas existen con independencia del estado de las condiciones ecológicas en particular, y de las condiciones de producción en general. No hace falta decir que esta situación genera una permanente inestabilidad social y política; nuevos patrones migratorios hacia el Norte; un incremento de los refugiados económicos y ecológicos y demás, todo lo cual termina por convertirse en problemas para el Norte.

Posibilidades políticas
La mayoría de las administraciones de centroderecha y derecha que han gobernado el mundo desde fines de la década de 1970 y principios de la de 1980, y a lo largo de la de 1990, son incapaces de dirigir el desarrollo capitalista de manera que mejoren las condiciones de vida y trabajo, las ciudades o el ambiente. Estos gobiernos están demasiado comprometidos con la tarea de expandir el “libre mercado” y la división internacional del trabajo; desregular y privatizar la industria; imponer “ajustes” económicos en el Sur y “terapias de choque” en los antiguos países socialistas, marginando de este modo a la mitad de la población de algunos países del Tercer Mundo, y pretendiendo que el “mercado” y el neoliberalismo en general resolverán la creciente crisis económica. En general, las cosas empeorarán antes de que mejoren, sobre todo en el Sur. Entretanto, se ha producido un crecimiento de diversos movimientos “verdes” y “rojiverdes” en diversos países. Algunas centrales sindicales en determinados países están planteando problemas ambientales con mayor seriedad. Por otra parte, los movimientos ambientalistas plantean hoy temas políticos y sociales que hace cinco o diez años ignoraban o subestimaban. En una multiplicidad de formas, el movimiento de los trabajadores y las feministas, los movimientos urbanos, los movimientos ambientalistas y los de minorías oprimidas se han organizado en torno a los grandes problemas de las condiciones de vida. Si bien las perspectivas de un capitalismo sostenible son precarias, podría haber motivos de esperanza para algún tipo de socialismo ecológico -una sociedad que preste verdadera atención a la ecología y a las necesidades de los seres humanos en su vida cotidiana, así como a temas feministas, a la lucha contra el racismo y los problemas generales de la justicia social y la equidad. Globalmente, es en torno a estos temas que existe movimiento y organización, agitación y acción, lo cual puede ser explicado en términos de las contradicciones del capitalismo y de la naturaleza del estado capitalista antes discutidas. Políticamente, esto quiere decir que, más temprano que tarde, el movimiento de los trabajadores, el feminismo, el ambientalismo, el movimiento urbano y otros movimientos sociales necesitarán combinarse en una sola y poderosa fuerza democrática -una fuerza que sea políticamente viable y capaz, también, de re47

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formar la economía, la política y la sociedad8. Por separado, los movimientos sociales son relativamente impotentes ante la fuerza totalizadora del capital global. Esto sugiere la necesidad de tres estrategias generales relacionadas entre sí. La primera consiste en el desarrollo consciente de una esfera pública común, un espacio político, una suerte de poder dual, en el que las organizaciones de las minorías, de los trabajadores, de las mujeres, de los movimientos urbanos y de los ambientalistas puedan trabajar económica y políticamente. Aquí podrían desarrollarse no ya las alianzas tácticas temporales entre movimientos y dirigentes de movimientos que tenemos hoy, sino alianzas estratégicas, incluyendo alianzas electorales. Una sociedad civil fuerte, que se defina a sí misma en términos de sus “bienes comunales”, su solidaridad y sus luchas contra el capital y el estado, así como de impulsos y formas democráticas al interior de alianzas y coaliciones de movimientos organizados -y dentro de cada organización- es el primer prerrequisito de una sociedad y una naturaleza sostenibles. El segundo prerrequisito consiste en el desarrollo consciente de alternativas económicas y ecológicas dentro de esta esfera pública, o estos “nuevos bienes comunales” -alternativas como ciudades verdes, producción que no contamine, formas biológicamente diversificadas de silvicultura y agricultura y demás, cuyos detalles técnicos son cada vez más y mejor conocidos hoy. El tercero consiste en organizar luchas para democratizar los centros de trabajo y la administración del estado, de modo que se puedan situar dentro del cascarón de la democracia liberal contenidos sustantivos de tipo ecológico, progresivo. Esto presupone que los movimientos no sólo utilicen medios políticos para lograr objetivos económicos, sociales y ecológicos, sino además que coincidan en los objetivos políticos mismos, en especial en la democratización de algunos aparatos de estado nacionales e internacionales, y en la eliminación de otros. Estas ideas podrían parecer tan irreales como la de un capitalismo sostenible. Quizás ése sea el caso. Sin embargo, debemos recordar que mientras las estructuras existentes del capital y del estado sólo parecen ser capaces de reformas ocasionales, los movimientos sociales crecen día a día en todo el mundo -de aquí que en algún momento exista la posibilidad de una crisis social y política generalizada, en la medida en que las demandas de estos movimientos chocan con las estructuras políticas y económicas existentes, orientadas hacia la ganancia. Al llegar ese momento, aparecerán toda clase de “formas sociales mórbidas”. Algunos dirán que esto es precisamente lo que está ocurriendo en nuestros días -que los tejidos político y social se están desgarrando, y que el resurgimiento del racismo, el nativismo, la discriminación contra los trabajadores extranjeros, las represalias machistas y anti-ambientalistas, y otras actitudes y tendencias reaccionarias, se están transformando en peligros cada vez mayores. Otros vinculan el renacimiento del populismo de derecha y la reacción a giros derechistas en las principales corrientes políticas y económicas. Existen otros análisis de la ac48

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tual situación política mundial -incluyendo el que afirma que el planeta asiste a una guerra de los ricos contra los pobres, una rebelión de los acomodados contra las demandas de los desposeídos, el estado de bienestar, las políticas económicas redistributivas, y demás por el estilo. Incluso, todo esto puede ser cierto. Cualquiera sea el caso, desde el punto de vista de los progresistas, “verdes-rojos” o izquierdistas, y de las feministas, lo que menos necesitamos es faccionalismo, sectarismo, “líneas correctas” -en cambio, necesitamos examinar críticamente todas las fórmulas políticas desgastadas por el tiempo y desarrollar un espíritu ecuménico para “celebrar nuestros bienes comunales, viejos y nuevos, tanto como nuestras diferencias”.

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Bibliografía
Goldsmith, Edward et al. 1991 The Imperialist Planet (Cambridge, Massachusetts: MIT Press). O’Connor, James 1998 “Is sustainable capitalism possible?”, en Natural Cau ses. Essays on ecological marxism (New Yok, London: The Guilford Press). Polanyi, Karl (1944) La Gran Transformación (Nueva York: Farrar y Rinehart).

Notas
1 (Goldsmith, 1991: 94). La mayor parte de la madera en los Estados Unidos es producida en plantaciones industriales. 2 El trigo ha sido alterado genéticamente por la Universidad de la Florida y la Compañía Monsanto para incrementar los rendimientos. Para ello, se introdujo en el trigo un gen externo, que produce una enzima que hace a muchos herbicidas inofensivos para la planta. Todos los cultivos -maíz, arroz, soja y otros alimentos, incluyendo una papa que mata a su propio parásito, el escarabajo de la papa de Colorado, al emitir una proteína fatal para el insecto- ya han sido genéticamente alterados. Por supuesto, el gen introducido en el trigo es un secreto comercial ( New York Times, 28/5/1992). 3 No se trata ya únicamente de que el capital se apropie de loque se encuentra en la naturaleza, para descomponerlo y recombinar sus elementos en una mercancía, sino más bien de crear algo que antes no existía. Estoy consciente de que no existe una línea divisoria clara entre ambas cosas pero, aun así, existe una diferencia cualitativa que se hace evidente al comparar los extremos. 4 Todas las teorías del crecimiento presuponen ciertas relaciones entre la economía “verdadera” y la del dinero, la producción física y los ingresos, y los incrementos en la inversión y el consumo de bienes, por un lado, y las ganancias y salarios, por el otro. Las desproporciones entre las tasas de inversión y consumo, y de ganancias y salarios, pueden ocasionar problemas económicos (“crisis de desproporcionalidad”). El principal tipo de crisis inherente al capitalismo, sin embargo, es la “crisis de realización”. Los marxistas perciben las crisis como inherentes al capitalismo. Sin embargo, el sistema sólo es dependiente de las crisis en el sentido de que la crisis obliga a la reducción de costos, la “reestructuración”, los despidos masivos y otros cambios que hacen al sistema más “eficiente”, esto es, más rentable. Marx escribió que “el capital se acumula mediante las crisis”, indicando que las crisis constituyen oportunidades tanto para la liquidación de algunos capitales como para la aparición de nuevos capitales y la reorganización de viejos capitales; esto, sin mencio50

James O’Connor

nar la difusión de tecnología nueva y más “eficiente” en el sistema (como la informática). Antes del desarrollo de la economía ecológica, el problema de definir con precisión qué es el crecimiento era generalmente desdeñado. Hoy, muchos economistas están dispuestos a admitir que el crecimiento no sólo incluye algún vector de producción (bienes, servicios, incremento de inventarios de bienes duraderos) sino, además, la generación de “desechos” y el incremento de los inventarios de desechos duraderos. Esto complica aún más un sistema de contabilidad de ingresos ya de por sí complejo y arbitrario. 5 “De la manera más sencilla” en parte debido a que, si bien existe una tendencia general que lleva a las tasas de ganancia de diferentes industrias a ser comparables en términos muy generales (a través del movimiento del capital desde los sectores de baja rentabilidad hacia los de rentabilidad elevada), las tasas de ganancia varían mucho entre una industria y otra, e incluso entre una y otra unidad de capital. Existen muchas razones para esto, entre las cuales (y cabe considerarla la más importante) está la de que los grandes capitales no sólo se apropian de ganancias mayores -definidas en términos absolutos o totales- que las que corresponden a los pequeños capitales, sino además a que los grandes “obtienen” una tasa de ganancia mayor que la de los pequeños. Esto se debe a que normalmente los capitales pequeños no pueden competir con los grandes, mientras los grandes sí pueden competir con los pequeños, y entre sí. 6 “Inadvertidamente”, porque Marx utilizó el concepto de “condiciones de producción” de maneras diferentes e inconsistentes; nunca soñó con que el concepto podría ser utilizado, o lo sería, como lo hago en este capítulo, y nadie podría haberlo utilizado así antes de que apareciera La Gran Transforma ción, de Karl Polanyi (1944). 7 Esta “racionalización” también incluye la “reprivatización”, definida como un giro del trabajo pagado al trabajo no pagado en el hogar y en la comunidad, o el renacimiento de las ideologías de “autoayuda” que descargan una parte mayor del peso de la reproducción de la fuerza de trabajo y de las condiciones urbanas y ambientales de vida sobre lo que Martin O’Connor llama “subsistencia autónoma”, siempre un soporte fundamental de la acumulación capitalista, que asume mayor importancia en períodos de crisis. El asunto conduce al problema, más amplio, de si el trabajo doméstico equivale a la explotación de las mujeres por los hombres, funciona como un subsidio al capital, etc., temas que fueron muy debatidos por feministas, marxistas y marxistas feministas en la década de 1970. 8 Nadie sabe ni puede saber en qué momento se desarrollará “una sola y poderosa fuerza democrática” o, incluso, si llegará a desarrollarse del todo. Será necesario ofrecer respuesta a preguntas muy difíciles, en la teoría y en la práctica. Por ejemplo, si el concepto mismo de tal “fuerza” se encuentra fatal51

Ecología Política. Naturaleza, sociedad y utopía

mente arraigado en el terreno de la tradición modernista/humanista de la filosofía política occidental, una tradición “liberal” que ha sido en realidad poco tolerante con la “diferencia”, si bien permanece firmemente arraigada en lo que atañe a los derechos del individuo frente al estado. Algunos, como dijera Martin O’Connor, creen que es importante “en este momento del tiempo, esto es, a fines del siglo XX, explorar lo que significa contar con la coexistencia de muchas voces, a menudo discordantes, que coinciden en su repudio a la dominación del capital aunque difieren en muchas otras cosas. Este es un aspecto del realismo, de cosas que “probablemente empeorarán antes de que mejoren”. Personalmente, estoy de acuerdo, siempre y cuando se entienda que podría no haber tiempo para atender a todas las tensiones, y escuchar a plenitud y mutuamente la pluralidad de las voces, las diferentes bases de conocimiento, etc. presentes entre y dentro de los movimientos sociales hoy existentes. La necesidad de la unidad contra el capital y por una sociedad ecológica, libre de explotación y socialmente justa podría ser demasiado grande, dada la configuración de fuerzas políticas del presente, para demorar el desarrollo de una estrategia política unificada realmente capaz de confrontar al capital global y el cuasi-estado global en desarrollo (es decir, el FMI, el Banco Mundial).

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Lo que todo ambientalista necesita saber sobre capitalismo
Fred Magdoff y John Bellamy Foster    Monthly Review | Volumen 61, número 10 | Marzo de 2010 Traducción al español: Observatorio Petrolero Sur    Ha llegado el momento de que aquellos preocupados por el destino de la Tierra enfrenten los hechos: no sólo la grave realidad del cambio climático sino también la acuciante necesidad de un cambio en el sistema social. La incapacidad de arribar a un acuerdo sobre el clima global en Copenhague en diciembre de 2009 no fue únicamente una simple abdicación de liderazgo mundial, como se ha sugerido frecuentemente, sino que tuvo raíces más profundas en la inhabilidad del sistema capitalista para lidiar con la creciente amenaza a la vida en el planeta. El conocimiento de la naturaleza y los límites del capitalismo, y los medios para trascenderlo, tienen entonces importancia vital. En palabras de Fidel Castro en diciembre de 2009: “Hasta hace muy poco se discutía sobre el tipo de sociedad en que viviríamos. Hoy se discute si la sociedad humana sobrevivirá”.[1]    I. La crisis ecológica planetaria    Existe abundante evidencia de que los humanos han causado daño ambiental durante milenios. Problemas por deforestación, erosión de suelos, y salinización de suelos irrigados se remontan a la antigüedad. Platón escribió en Critias:    Nuestra tierra ha venido a ser, en comparación con la que fuera entonces, como el esqueleto de un cuerpo descarnado por la enfermedad. Las partes grasas y blandas de la tierra se han ido en todo el derredor, y no queda más que el espinazo desnudo de la región. Pero, en aquellos tiempos, cuando estaba aún intacta, tenía como montañas, elevadas ondulaciones de tierra; las llanuras que hoy día se llaman campos de Feleo, estaban cubiertas de glebas grasísimas; sobre las montañas había extensos bosques, de los que aún quedan actualmente huellas visibles. Pues, entre estas montañas que no pueden alimentar ya más que las abejas, las hay sobre las que se cortaban, no hace aún mucho tiempo, grandes árboles, aptos para levantar las mayores construcciones, cuyos revestimientos aún existen. Había también multitud de altos árboles cultivados, y la tierra brindaba a los rebaños unos pastos inagotables. El agua fecundante de Zeus que caía cada año sobre ella, no corría en vano, como actualmente para irse a perder en el mar desde la tierra estéril: la tierra tenía agua en sus entrañas, y recibía del cielo una cantidad que ella había hecho impermeables; y ella conducía también y desviaba por sus anfractuosidades el agua que caía de los lugares elevados. De esta manera, por todas partes se veían rielar las generosas corrientes de las fuentes y los ríos. Respecto de todos estos hechos, los santuarios que en nuestros días aún subsisten en honor de las antiguas fuentes, son un testimonio fehaciente de que esto que acabamos de contar es verídico.[2]    Lo que es diferente en nuestra era actual es que existen muchos más de nosotros habitando la Tierra, que tenemos tecnologías que pueden ocasionar daños mucho

peores y hacerlos más rápido, y que tenemos un sistema económico que no conoce límites. El daño que se está haciendo se encuentra tan extendido que éste no sólo degrada ecologías locales y regionales, sino que también afecta el medio ambiente planetario.    Existen muchas sólidas razones para que, junto a muchas otras personas, nos preocupemos sobre la vigente y rápida degradación del medio ambiente de la Tierra. El calentamiento global, ocasionado por el aumento inducido de gases de efecto invernadero (CO2, metano, N2O, etc.), se encuentra en proceso de desestabilizar el clima mundial –con horrendos efectos para la mayoría de las especies en el planeta y la humanidad misma con cada vez más seguridad. Cada década es más cálida que la anterior, con 2009 alcanzando el nivel del segundo año más cálido (2005 se encuentra primero) en los 130 años de registros instrumentales de la temperatura a nivel mundial.[3] El cambio climático no ocurre de forma gradual, linear, sino que es nolinear, con todo tipo de retroalimentaciones que lo amplifican y puntos de no retorno. Existen claros indicios de los problemas que nos deparará el futuro. Éstos incluyen:    - Derretimiento del hielo del Océano Ártico durante el verano, que reduce el reflejo de la luz solar al reemplazar el hielo blanco por el océano oscuro, y por lo tanto, aumentando el calentamiento global. Satélites muestran que el remanente del hielo ártico durante el verano se redujo en un 40 por ciento en 2007 respecto de fines de la década de 1970, cuando comenzaron las mediciones precisas.[4]    - La eventual desintegración de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida, ocasionada por el calentamiento global, ocasiona aumentos en los niveles de los océanos. Inclusive un aumento del nivel del mar de entre 1-2 metros podría ser desastroso para cientos de millones de personas habitando países que se encuentran a nivel del mar como Bangladesh y Vietnam, y varios estados insulares. Un aumento del nivel del mar a una tasa de unos pocos metros por centuria no es inusual en el registro paleoclimático, y por lo tanto debe considerarse posible, dadas las actuales tendencias de calentamiento global. Actualmente, más de 400 millones de personas viven dentro de los cinco metros sobre el nivel el mar, y más de mil millones dentro de los veinticinco metros.[5]    - La veloz disminución de los glaciares de montaña a nivel mundial, muchos de los cuales –de continuar las actuales emisiones de gases de efecto invernadero- podrían encontrarse prácticamente (o totalmente) desaparecidos en la presente centuria. Estudios han demostrado que un 90 por ciento de los glaciares de montaña a nivel mundial ya se encuentran en franco repliegue debido al calentamiento global. Los glaciares del Himalaya proveen de agua a países con miles de millones de habitantes en Asia durante la temporada seca. Su reducción ocasionará inundaciones y agudizará la escasez de agua. El derretimiento de los glaciares de los Andes está contribuyendo a inundaciones en esa región. Pero el problema más inmediato, vigente y de largo plazo, asociado con la desaparición de los glaciares –visible hoy en día en Bolivia y Perú- es el de la falta de agua.[6]   

- Devastadoras sequías, expandiéndose posiblemente a un 70 por ciento de las tierras dentro de las próximas décadas de continuar la situación actual; ya se ha tornado evidente en el norte de India, noreste de África y Australia.[7]    - Mayores niveles de CO2 en la atmósfera pueden incrementar la producción de algunos tipos de cultivos, pero éstos podrían verse dañados en años futuros por una desestabilización que ocasione condiciones climáticas secas o muy húmedas. Ya se han constatado pérdidas en campos de arroz en el Sureste Asiático, atribuidos a mayores temperaturas durante la noche que ocasionan disminuciones en el incremento de la respiración nocturna de la planta. Esto implica una mayor pérdida de lo producido por fotosíntesis durante el día.[8]    - Cambios rápidos en el clima de ciertas regiones ocasionan la extinción de especies que no pueden migrar o adaptarse, conduciendo a un colapso de todo el ecosistema que depende de las mismas, y la muerte de más especies. (Ver debajo para más detalles de la extinción de especies).[9]    - Relacionado al calentamiento global, la acidificación del océano producto de un aumento en la absorción de carbono amenaza con el colapso de ecosistemas marinos. Recientes indicios sugieren que una acidificación del océano puede, eventualmente, reducir la eficiencia del océano en la absorción de carbono. Esto significa una potencial y más veloz acumulación de dióxido de carbono en la atmósfera, y una aceleración del calentamiento global.[10]    Si bien el cambio climático y sus consecuencias, junto con el “hermano malvado” de la acidificación del océano (también ocasionado por las emisiones de carbono), se presentan por lejos como las mayores amenazas a la vida en la Tierra, incluyendo la de los humanos, también existen otros severos problemas medioambientales. Éstos incluyen la contaminación de aire y agua con desechos industriales. Algunos de los mismos (el metal de mercurio, por ejemplo) se amontonan y ascienden con el humo para luego caer y contaminar suelo y agua, mientras que otros provenientes de depósitos de desechos se filtran en cursos de agua. Muchos peces de océano y agua dulce se encuentran contaminados con mercurio y con numerosos químicos industriales orgánicos. Los océanos contienen grandes “islas” de desechos –“bombillos de luz, tapas de botellas, cepillos de dientes, palitos de chupetines y pequeños pedazos de plástico, cada uno del tamaño de un grano de arroz, habitan la mancha de basura del Pacífico, un área muy extendida de basura que duplica su tamaño cada década y actualmente se estima del doble del tamaño de Texas”.[11]    En Estados Unidos, el agua potable que beben millones de habitantes se encuentra contaminada con pesticidas como atrazine, así como también con nitratos y otros contaminantes de la agricultura industrial. Los bosques tropicales, las áreas con mayor biodiversidad terrestre, se están destruyendo velozmente. La tierra se está convirtiendo en plantaciones de aceite de palma en el Sudeste Asiático, con el propósito de exportar el aceite como insumo para la elaboración de biodiesel. En Sudamérica, las selvas tropicales son usualmente convertidas en amplias pasturas y luego utilizadas para

cultivos de exportación como el poroto de soja. Esta deforestación está causando alrededor del 25 por ciento de las emisiones de CO2[12] inducidas por los seres humanos. La degradación de los suelos por erosión, el sobrepastoreo, y la falta de retorno de materiales orgánicos amenaza la productividad de grandes áreas de tierra dedicadas a la agricultura a nivel mundial.    Todos estamos contaminados con una variedad de químicos. Recientes exámenes sobre veinte médicos y enfermeras testeados por sesenta y dos químicos en sangre y orina –la mayoría químicos orgánicos como retardantes de ignición y plastificantesencontraron que  cada participante tenía al menos 24 químicos individuales en su cuerpo, y dos participantes tenían un máximo de 39 químicos […] todos los participantes tenían bisphenol A [utilizado para hacer policarbonatos plásticos rígidos usados en las botellas refrigeradoras de agua, botellas para bebés, forros de la gran mayoría de los envases metálicos de comida –y presente en los alimentos contenidos en esos recipientes, electrodomésticos de cocina, etc.], y algunas formas de ftalato [presentes en muchos productos como fijadores de cabello, cosméticos, productos plásticos, y barnices] PBDE [éter de difenil polibrominado utilizado como retardante de ignición en computadoras, muebles, colchones y equipos médicos] y PFCs [componentes perfluorinados utilizados en ollas antiadherentes, capas protectoras para alfombras, papel, etc.][13].    Si bien los médicos y las enfermeras se encuentran rutinariamente expuestos a grandes cantidades de químicos en relación al común de la gente, todos estamos expuestos a esos y otros químicos que no forman parte de nuestros organismos, y cuya mayor parte tiene efectos negativos sobre la salud. De los 84.000 químicos de uso comercial en Estados Unidos, no tenemos ni idea de la composición y potencial capacidad de daño de un 20 por ciento (cerca de 20.000) –su composición cae dentro de la categoría “secreto comercial” y se oculta legalmente.[14]    Especies están desapareciendo a una tasa acelerada al destruirse sus hábitats, no sólo por causa del calentamiento global sino también por acción directa de los seres humanos. Un reciente estudio estimó que más de 17.000 especies de animales y plantas están en riesgo de extinción. “Más de uno de cada cinco de todos los mamíferos conocidos, más de la cuarta parte de los reptiles y el 70 por ciento de las plantas están en riesgo, de acuerdo al estudio que comprendió más de 2.800 especies nuevas comparado con 2008. ‘Esos resultados son simplemente la punta del iceberg’, sostuvo Craig Hilton-Taylor, quien lleva adelante la lista. Él afirmó que muchas más especies que todavía deben ser evaluadas podrían estar bajo seria amenaza”[15]. Al desaparecer las especies, los ecosistemas que dependen de una multitud de especies para funcionar comienzan a degradarse. Una de las muchas consecuencias de los ecosistemas degradados con menor cantidad de especies parece ser una mayor transmisión de enfermedades infecciosas.[16]    Está fuera de debate que la ecología de la tierra –y los mismísimos sistemas vitales de los que dependen los humanos así como otras especies- está bajo un sostenido y severo ataque debido a las actividades humanas. También está claro que de continuar

en el mismo camino los efectos serán devastadores. Como declaró James Hansen, director del Instituto Goddard para los Estudios Espaciales de la NASA: “el planeta Tierra, creación, el mundo en el que cada civilización se desarrolló, los patrones climáticos y estables franjas costeras que conocemos, está en inminente peligro […] la alarmante conclusión es que la continua explotación de combustibles fósiles en la Tierra amenaza no sólo a las otras millones de especies en el planeta sino también la propia supervivencia de la humanidad –y el tiempo es mucho menos del que pensamos”.[17] Además, el problema no comienza y termina con los combustibles fósiles sino que se extiende a toda la interacción humano-económica con el medio ambiente.    Uno de los últimos y más importantes desarrollos de la ciencia ecológica es el concepto de “límites planetarios”, de los cuales se han establecido nueve límites/ umbrales críticos para el sistema de la tierra relacionados con: (1) cambio climático; (2) acidificación de los océanos; (3) agotamiento del ozono de la estratósfera; (4) el límite de la circulación biogeoquímica (el ciclo del nitrógeno y los ciclos del fósforo); (5) la utilización de agua dulce global; (6) cambio en la utilización del suelo; (7) pérdida de biodiversidad; (8) carga atmosférica con aerosoles; y (9) contaminación química. Cada uno de esos está considerado esencial para mantener el relativamente benigno clima y las condiciones medioambientales que han existido en los últimos 20.000 años (la era del Holoceno). Los límites sustentables en tres de esos sistemas –cambio climático, biodiversidad, y la interferencia humana en el ciclo del nitrógeno- ya se habrían cruzado.[18]    II. Intereses en común: trascender el funcionamiento actual    Coincidimos plenamente con muchos ambientalistas que han concluido que continuar con las cosas “así como van” constituye un camino hacia el desastre global. Mucha gente ha determinado que, en función de limitar la huella ecológica de los seres humanos en la Tierra, necesitamos una economía –particularmente en los países ricosque no crezca, y con ello sea capaz de detener y posiblemente reducir el aumento en las emisiones contaminantes, así como también favorecer la conservación de recursos no renovables, y una utilización más racional de los que son renovables. Algunos ambientalistas están preocupados por el hecho de que, si la producción mundial continuase expandiéndose y todos en los países en desarrollo buscasen alcanzar el nivel de vida de los estados capitalistas ricos, no sólo la contaminación continuará aumentando más allá de lo que el sistema de la tierra puede absorber, sino que también agotaremos los limitados recursos no renovables a nivel mundial. Los límites del crecimiento, de Donella Meadows, Jorgen Randers, Dennis Meadows y William Behrens, publicado en 1972 y actualizado en 2004 como Límites al crecimiento: actualización de 30 años, es un ejemplo de la preocupación por este tema.[19] Está claro que existen límites biosféricos, y que el planeta no puede soportar los alrededor de 7 mil millones de habitantes (mucho menos, por supuesto, que los 9 mil millones proyectados para mediados de siglo) bajo lo que se conoce como el standard de vida de la “clase media” occidental. El Instituto Worldwatch ha estimado recientemente que un mundo que utilizase su biocapacidad per cápita al nivel de los Estados Unidos

en la actualidad únicamente podría soportar 1.400 millones de habitantes.[20] El problema principal es antiguo y reside no en los que no tienen lo suficiente para un nivel de vida decente, sino en aquellos para quienes no existe lo suficiente. Como sostuvo Epicuro: “nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”.[21] Un sistema social global organizado en base a “lo suficiente es poco” está destinado a destruir eventualmente todo lo que lo rodea, inclusive a sí mismo.    Muchas personas son conscientes de la necesidad de justicia social a la hora de resolver este problema, especialmente porque una gran mayoría de los desposeídos que viven en condiciones peligrosamente precarias, han sido particularmente golpeados por desastres y la degradación ambiental, y se avizoran como las próximas víctimas si se permite que continúen las tendencias actuales. Está claro que aproximadamente la mitad de la humanidad –más de tres mil millones de personas, viviendo en pobreza extrema y subsistiendo con menos de 2,5 dólares por día- necesitan tener acceso a los elementos básicos para la vida humana, como una vivienda digna, una fuente segura de alimento, agua limpia y atención médica. Nosotros no podríamos estar más de acuerdo con esas preocupaciones.[22]    Algunos ambientalistas sienten que es posible resolver la mayoría de estos problemas mediante algunos ajustes a nuestro sistema económico, introduciendo una mayor eficiencia energética y reemplazando los combustibles fósiles con energías “verdes” – o utilizando tecnologías que alivien los problemas (como la captura de carbono desde plantas de energía y su inyección en la profundidad de la tierra). Existe un movimiento hacia prácticas “verdes” que se utiliza como herramienta de mercadeo, o para mantenerse al paso de otras compañías que alegan la utilización de dichas prácticas. No obstante, dentro del movimiento ambientalista, existen quienes tienen claro que meros ajustes técnicos en el sistema productivo vigente no serán suficientes para resolver los dramáticos y potencialmente catastróficos problemas que enfrentamos.    Curtis White comienza su artículo de 2009 en Orion, titulado “El corazón brutal: capitalismo y crisis de la naturaleza” diciendo: “existe una cuestión fundamental que los ambientalistas no se preguntan lo suficiente, y ni hablar de que la contesten: ¿por qué está ocurriendo la destrucción del mundo natural?”[23]. Es imposible encontrar soluciones reales y duraderas hasta que no respondamos satisfactoriamente esta aparentemente simple pregunta.    Nuestra opinión es que la mayoría de los críticos problemas ambientales que tenemos están ocasionados, o magnificados, por el funcionamiento de nuestro sistema económico. Inclusive los temas relacionados con el crecimiento de la población y la tecnología pueden ser mejor apreciados en términos de su relación con la organización socioeconómica de la sociedad. Los problemas ambientales no son resultado de la ignorancia humana o de una codicia innata. No se presentan porque los empresarios que dirigen grandes corporaciones son moralmente deficientes. En cambio, debemos observar el patrón fundamental de funcionamiento del sistema económico (y político/ social) para encontrar respuestas. Es precisamente el hecho de que la destrucción ecológica está integrada en la naturaleza interna y lógica de nuestro sistema de

producción vigente lo que hace tan difícil la solución del problema.    Además, sostenemos que las “soluciones” propuestas para la devastación ambiental, que permitirían al actual sistema de producción y distribución continuar intacto, no son soluciones reales. De hecho, ese tipo de “soluciones” harán que las cosas empeoren al dar la falsa impresión de que los problemas se encuentran en vías de superarse cuando la realidad es bastante diferente. Los acuciantes problemas ambientales que enfrenta el mundo y sus habitantes no estarán efectivamente resueltos hasta que instituyamos otra forma de interacción de los seres humanos con la naturaleza –modificando la forma en que tomamos decisiones sobre cuánto y cómo producimos. Nuestras metas más necesarias y racionales requieren que tomemos en cuenta las necesidades humanas fundamentales, y que creemos condiciones justas y sustentables para generaciones presentes y futuras (lo que también implica preocuparse por la preservación de otras especies).    III. Características del capitalismo en conflicto con el ambiente    El sistema económico que domina casi todos los rincones del planeta es el capitalismo, que, para la mayoría de los humanos, es tan “invisible” como el aire que respiran. Estamos, de hecho, enormemente ajenos al sistema mundial, tanto como los peces se encuentran ajenos al agua en que nadan. Es la ética del capitalismo, sus perspectivas, y forma de pensar que asimilamos y a la que nos aculturamos cuando crecemos. Inconscientemente, aprendemos que la codicia, la explotación de los trabajadores, y la competencia (entre personas, negocios y países) no son sólo aceptables sino de hecho buenas para la sociedad porque ayudan a que nuestra economía funcione “eficientemente”.    Consideremos algunos aspectos claves del conflicto del capitalismo con la sustentabilidad ambiental:    A. El capitalismo es un sistema que debe expandirse continuamente    Un capitalismo sin crecimiento es un oxímoron: cuando cesa el crecimiento, el sistema ingresa en un estado de crisis particularmente sufrido por los desempleados. La fuerza rectora básica del capitalismo y toda su razón de ser es la consecución de ganancias y riqueza a través del proceso de acumulación (ahorro e inversiones). No reconoce límites para su propia auto-expansión –ni en la economía como un todo; ni en las ganancias deseadas por los ricos; ni en el aumento en el consumo que se induce para generar mayores ganancias o corporaciones. El medio ambiente existe, no como un lugar con límites inherentes dentro de los cuales los seres humanos deben vivir junto a otras especies, sino como un reino a ser explotado en un proceso de creciente expansión económica.    De hecho, los negocios, de acuerdo con la lógica interna del capital, que es reforzada por la competencia, deben o “crecer o morir” –como el sistema en sí mismo. Es poco lo que se puede hacer para aumentar las ganancias cuando el crecimiento

es lento o nulo. Bajo tales circunstancias, existen pocas razones para invertir en nueva capacidad, cerrando por lo tanto la posibilidad de obtener nuevas ganancias a partir de nuevas inversiones. En una economía estancada puede exprimirse a los trabajadores para obtener mayores ganancias. Medidas como la reducción de personal y la exigencia de “hacer más con menos” a los que quedan, la transferencia de los costos de pensiones y seguros de salud a los trabajadores, y la automatización que reduce el número de trabajadores necesarios sólo pueden llegar hasta cierto punto sin que el sistema se desestabilice más. Si una corporación es lo suficientemente grande puede, como Wal-Mart, forzar a los proveedores, temerosos de perder su negocio, a reducir sus precios. Pero esos medios no son suficientes para satisfacer lo que es, de hecho, una búsqueda insaciable de mayores ganancias, con lo cual las corporaciones se encuentran continuamente impelidas a luchar contra sus competidores (incluyendo frecuentemente su compra) para incrementar porciones de mercado e ingresos por ventas.    Es cierto que el sistema puede continuar moviéndose hacia adelante, hasta cierto punto, como resultado de la especulación financiera apalancada por deuda creciente, inclusive en medio de una tendencia de lento crecimiento de la economía subyacente. Pero esto significa, como hemos visto una y otra vez, el crecimiento de burbujas financieras que explotan inevitablemente.[24] Bajo el capitalismo no existe alternativa a una expansión indefinida de la “economía real” (por ejemplo, la producción), independientemente de las necesidades humanas reales, consumo, o el medio ambiente.    Uno podría considerar aún que es teóricamente posible una economía capitalista con crecimiento cero, y que aún así logre hacer frente a las necesidades humanas básicas. Supongamos que todas esas ganancias que obtienen las corporaciones (luego de reponer equipos o instalaciones obsoletas) son gastadas por los capitalistas en su propio consumo o dadas a los trabajadores como salarios y beneficios, y consumidas. Capitalistas y trabajadores gastarían este dinero, comprando los bienes y servicios producidos, y la economía podría permanecer en un estado constante, un nivel de nocrecimiento (lo que Marx denominó “reproducción simple” y algunas veces ha sido llamado “estado estacionario”). Como no habría inversión en nuevas capacidades productivas, no habría crecimiento económico y acumulación, y tampoco habría ganancias.    Existe, no obstante, un pequeño problema con esta “utopía capitalista de nocrecimiento”: la misma viola la fuerza básica de movimiento del capitalismo. Por lo que el capital lucha y constituye el propósito de su existencia es la propia expansión. ¿Por qué los capitalistas, quienes en cada fibra de su ser creen poseer un derecho personal a las ganancias de los negocios, y quienes se encaminan hacia la acumulación de riqueza, simplemente gastarían el excedente económico a su disposición en su propio consumo o (muchísimo menos) lo entregarían a los trabajadores para que lo gasten en el propio –en lugar de buscar expandir su riqueza? ¿Si no se generan ganancias, como podrían evitarse las crisis económicas bajo el capitalismo? Al contrario, está claro que los dueños del capital harán, en tanto y en cuanto continúen vigentes esas relaciones

de propiedad, todo lo que su poder les permita para maximizar las ganancias que acumulan. Una economía en estado estacionario, o constante, como solución estable sólo puede ser concebida si se la separa de las relaciones sociales del capital.    El capitalismo es un sistema que constantemente genera un ejército de reserva de desempleados; significativamente, el pleno empleo es una rareza que únicamente ocurre con tasas de crecimiento muy altas (que, correspondientemente, son peligrosas para la sustentabilidad ecológica). Tomando el ejemplo de los Estados Unidos, observemos qué ocurre con el número oficial de “desempleados” cuando la economía crece a tasas diferentes en un período de cerca de sesenta años.    Como trasfondo, notemos que la población de Estados Unidos está creciendo a poco menos del 1 por ciento cada año, como lo hace el número neto de nuevos ingresantes en la población económicamente activa. En las mediciones actuales de desempleo en EE.UU., para que una persona sea considerada oficialmente desempleada, debe haber buscado trabajo dentro de las últimas cuatro semanas y no puede estar desempeñando trabajos de medio tiempo. Personas sin trabajo, que no han buscado trabajo en las últimas cuatro semanas (pero que han buscado dentro del último año), tanto porque creen que no hay empleos disponibles, o porque piensan que no están calificados para los disponibles, son clasificadas como “desanimadas” y no son contadas como oficialmente desempleadas. Otros “trabajadores marginalmente adjuntos”, que no han buscado trabajo recientemente, no porque estuvieran “desanimados”, sino por otras razones, como falta de una guardería asequible, también son excluidos del conteo oficial de desempleo. Además, aquellos trabajando medio tiempo pero queriendo trabajar tiempo completo no son considerados oficialmente desempleados. La tasa de desempleo para la definición más abarcativa del Buró de Estadísticas Laborales, que también incluye las categorías que desarrollamos más arriba (por ejemplo, trabajadores desanimados, trabajadores marginalmente adjuntos, trabajadores de medio tiempo queriendo trabajos de tiempo completo) prácticamente dobla la tasa oficial de desempleo de los EE.UU. En el siguiente análisis nos focalizamos únicamente en los datos oficiales de desempleo.       Cambios en el desempleo con diferentes tasas de crecimiento de la economía (19492008) ¿Qué vemos entonces en la relación entre crecimiento económico y desempleo en las últimas seis décadas?    1. Durante los once años de crecimiento muy lento, menos del 1,1 por ciento por año, el desempleo aumentó en cada uno de esos años.    2. En un 70 por ciento (9 de 13) de los años en que el PBI creció entre 1,2 y 3 por ciento, el desempleo también creció.    3. Durante los veintitrés años en los que la economía de EE.UU. creció considerablemente rápido (de 3,1 a 5 por ciento cada año), el desempleo también

creció en tres años y la reducción del desempleo fue muy magra en la mayoría de los restantes.    4. En sólo trece de los años en los que PBI creció a más del 5 por ciento anual el desempleo no creció.    A pesar de que esta tabla se basa en años calendario y no sigue los ciclos económicos, que por supuesto, no se corresponden en lo más mínimo al calendario, está claro que, si la tasa de crecimiento de PBI no es sustancialmente mayor a la del crecimiento de la población, la población pierde empleos. Si el crecimiento lento o su ausencia constituyen un problema para los dueños de negocios que intentan aumentar sus ganancias, es un desastre para la clase trabajadora.    Lo que esto nos dice es que el sistema capitalista es un instrumento muy rudimentario en términos de proveer trabajos en relación al crecimiento –si el crecimiento estuviese justificado por la generación de empleo. Tomaría una tasa de crecimiento de alrededor del 4 por ciento o más, bastante lejos de la tasa de crecimiento promedio, para que los problemas de desempleo se resolvieran en el capitalismo norteamericano actual. Peor es notar el hecho de que, desde la década de 1940, difícilmente se han alcanzado semejantes tasas de crecimiento en la economía de EE.UU., excepto en época de guerras.    B. La expansión conduce a inversiones en el extranjero en búsqueda de fuentes seguras de materias primas, trabajo barato, y nuevos mercados    Cuando las compañías se expanden, saturan, o casi, el mercado local y buscan nuevos mercados en el extranjero para vender sus bienes. Además, aquéllas y sus gobiernos (trabajando en función de los intereses corporativos) ayudan a asegurar acceso y control sobre recursos naturales claves como el petróleo y una variedad de minerales. Nos encontramos en medio de un proceso de “captura de tierras”, en tanto el capital privado y los fondos soberanos de riqueza del gobierno se esfuerzan por ganar control de vastas porciones de territorio en todo el mundo para producir comida y cultivos que sirvan de insumo para biocombustibles en sus propios mercados. Se estima que alrededor de treinta millones de hectáreas de tierra (prácticamente dos tercios de la tierras cultivables en Europa), la mayoría en África, han sido recientemente adquiridas o están en proceso de adquisición por países ricos y corporaciones internacionales.[25]    La confiscación global de tierras (inclusive por medios “legales”) puede ser considerada parte de la historia del imperialismo. La historia de centurias de expansión y saqueo por parte de Europa está bien documentada. Las guerras comandadas por EE.UU. en Irak y Afganistán siguen el mismo patrón histórico general, y están claramente relacionadas con los intentos de EE.UU. por obtener el control de las principales fuentes de petróleo y gas.[26]    Hoy en día las corporaciones multinacionales (o trasnacionales) rastrean el mundo en búsqueda de recursos y oportunidades en cualquier lugar donde puedan hallarlos,

explotando el trabajo barato en países pobres y reforzando, más que reduciendo, las divisiones imperialistas. El resultado es una explotación global mucho más rapaz de la naturaleza y mayores diferencias de riqueza y poder. Semejantes corporaciones no tienen lealtad más que para sus propios balances contables.    C. Un sistema que, por su mismísima naturaleza, debe crecer y expandirse eventualmente chocará con la finitud de los recursos naturales    El agotamiento irreversible de los recursos naturales dejará a las generaciones futuras sin posibilidades de tener acceso a los mismos. Los recursos naturales son utilizados en el proceso de producción –petróleo, gas, carbón (combustible), agua (en la industria y la agricultura), árboles (madera y papel), una variedad de depósitos minerales (como el mineral de hierro, cobre y bauxita), etc. Algunos recursos, como los bosques y bancos de pesca son finitos, pero pueden ser renovados mediante procesos naturales si se utiliza un sistema planificado lo suficientemente flexible para cambiar cuando las condiciones así lo exijan. La utilización futura de otros recursos – petróleo y gas, minerales, acuíferos en algún desierto o área seca (agua depositada prehistóricamente)- se encuentran limitados para siempre a las provisiones que actualmente existen. El agua, aire y suelo de la biósfera puede continuar funcionando bien para las criaturas vivientes del planeta únicamente si la polución no excede su limitada capacidad de asimilación y atenuación de los efectos dañinos.    Los dueños de empresas y los gerentes generalmente consideran el corto plazo de sus operaciones –la mayoría toma en cuenta los próximos tres o cinco años, o, en raras ocasiones, hasta diez años. Esta es la forma en que deben funcionar debido a las impredecibles condiciones de los negocios (períodos del ciclo económico, competencia de otras corporaciones, precios de los insumos necesarios, etc.) y las demandas de los especuladores que buscan retornos en el corto plazo. Actúan entonces de formas que son totalmente ajenas a los límites naturales de sus actividades –como si existiera un aprovisionamiento ilimitado de recursos para ser explotados. Inclusive si la realidad de la limitación penetra en sus conciencias, ésta únicamente aumenta la velocidad de explotación de un recurso dado, que es extraído lo más rápido posible, permitiendo la movilidad del capital hacia nuevas áreas de explotación. Cuando cada capital individual persigue la obtención de ganancias y la acumulación de capital, el conjunto de las decisiones que se toman dañan a la sociedad como totalidad.    El tiempo antes de que los depósitos de recursos no renovables se encuentren agotados depende del tamaño del depósito y de la tasa de extracción del mismo. Mientras la desaparición de ciertos recursos puede estar a cientos de años de distancia (asumiendo que la tasa de crecimiento de la extracción continuase igual), los límites para algunos importantes –petróleo y ciertos minerales- no se encuentran muy lejos. Por ejemplo, las predicciones acerca del cenit del petróleo varían entre los analistas energéticos –tomando las conservadoras estimaciones de las compañías mismas, a la tasa en la que el petróleo es actualmente utilizado, las reservas conocidas estarán agotadas dentro de los próximos cincuenta años. La perspectiva del cenit del petróleo es proyectada en numerosos reportes corporativos, gubernamentales y científicos.

La pregunta hoy en día no es si el cenit del petróleo llegará pronto, sino qué tan pronto.[27]    Inclusive si la utilización no creciese, los depósitos conocidos de fósforo –elemento fundamental de los fertilizantes- que pueden ser explotados en base a la tecnología actual estarán exhaustos en este siglo.[28]    Frente a la limitación de los recursos naturales, no existe forma racional de establecer un orden de prioridades bajo el sistema capitalista moderno, en el que la asignación de productos básicos corre por cuenta del mercado. Cuando la extracción comience a declinar, como está proyectada con el petróleo en un futuro cercano, los incrementos en los precios pondrán aún más presión sobre lo que había sido, hasta hace poco, el alarde del capitalismo mundial: la supuestamente próspera “clase media” de trabajadores en los países centrales.    La bien documentada declinación de muchas especies de peces oceánicos, casi al punto de su extinción, es un ejemplo de cómo los recursos renovables pueden ser agotados. Está en los intereses individuales cortoplacistas de los dueños de los botes pesqueros –algunos de los cuales operan a escala integrada, pescando, procesando y congelando el pescado- maximizar la pesca. Por consiguiente, los peces son depredados. Nadie protege los intereses comunes. En un sistema generalmente regido por el interés privado y la acumulación, el estado es frecuentemente incapaz de hacerlo. Esto es usualmente denominado la tragedia de los bienes comunes. Pero debería llamarse la tragedia de la explotación privada de los bienes comunes.    La situación sería muy diferente si el recurso fuese manejado por las comunidades que tienen un interés en la continuidad del mismo en lugar de las grandes corporaciones. Las corporaciones son sujetos con el único objetivo de maximizar las ganancias en el corto plazo –luego del cual se movilizan, dejando devastación tras de sí. Aunque no existen límites naturales a la ambición humana, existen límites, como estamos aprendiendo diariamente, para muchos recursos, incluyendo los “renovables”, tal como la productividad de los mares. (Se cree que la depredación de peces en la costa de Somalia debido a la sobrepesca de las grandes compañías es una de las causas del aumento de la piratería que asola el tránsito marítimo internacional en el área. De modo interesante, la vecina industria pesquera keniata está actualmente repuntando debido a que los piratas también mantienen a las grandes flotillas fuera de la zona).    La explotación de recursos renovables antes de que éstos puedan renovarse es entendida como una “sobreexplotación” del recurso. Esto está ocurriendo no sólo con las grandes pesqueras, sino también con depósitos de agua subterránea (por ejemplo, el acuífero de Oglala en los Estados Unidos, grandes áreas del noroeste de la India, el norte de China y numerosas regiones en el norte de África y Medio Oriente), bosques tropicales e inclusive los suelos.   

El ecologista de la Universidad de Duke, John Terborgh describió un reciente viaje que realizó a un pequeño país africano donde la explotación económica extranjera se combina con una despiadada depredación de recursos.    A todos los lugares donde fui, intereses comerciales extranjeros estaban explotando recursos luego de firmar contratos con el gobierno autocrático. Prodigiosos troncos, de entre cuatro y cinco pies de diámetro, estaban saliendo del bosque tropical, el petróleo y el gas estaban siendo exportados desde la región costera, los derechos de pesca habían sido vendidos a intereses extranjeros, y la exploración de petróleo y minerales estaba en marcha en el interior. La explotación de recursos en Norte América durante los cinco siglos posteriores al descubrimiento siguieron una secuencia típica –peces, pieles, caza, madera, cultivo de suelos vírgenes- pero debido a la enormemente expandida escala de la economía actual y la disponibilidad de una miríada de tecnologías sofisticadas, la explotación de todos los recursos en los países pobres ocurre ahora al mismo tiempo. En unos pocos años, los recursos de este país africano y los de otros como este estarán totalmente agotados. ¿Y qué sucederá entonces? La gente ahí está actualmente disfrutando una ilusión de prosperidad, pero se trata únicamente de una ilusión, con lo cual no se están preparando para nada más. Y nosotros tampoco.[29]    D. Un sistema orientado hacia el crecimiento exponencial en la búsqueda de ganancias inevitablemente trascenderá los límites del planeta    El sistema de la Tierra puede ser visto como consistiendo de un número crítico de procesos biogeoquímicos que, por cientos de millones de años, han servido para la reproducción de la vida. En los últimos 12 mil años el clima mundial ha tomado una forma relativamente benigna asociada con la era geológica conocida como Holoceno, durante la cual surgió y se desarrolló la civilización. Ahora, no obstante, el sistema socioeconómico del capitalismo ha crecido a una escala tal que traspasa límites planetarios fundamentales –el ciclo del carbono, del nitrógeno, del suelo, los bosques, los océanos. Más y más productos fotosintéticos (asociados al suelo), hasta el 40 por ciento, se explican por la producción humana. Todos los ecosistemas de la Tierra están en visible declinación. Con la creciente escala de la economía mundial, las fisuras generadas al metabolismo de la tierra por el comportamiento humano se vuelven cada vez más severas y multifacéticas. Pero la demanda por un mayor crecimiento económico y una mayor acumulación, inclusive en los países más ricos, está inscripta en el sistema capitalista. Como resultado, la economía mundial está en una burbuja masiva.    No existe nada en la naturaleza del sistema vigente, además, que nos permita frenarnos antes de que sea demasiado tarde. Para hacer eso, se requieren otras fuerzas desde el fondo de la sociedad.    E. El capitalismo no es únicamente un sistema económico –crea un sistema político, judicial y social para sostener el sistema de riqueza y acumulación   

Bajo el capitalismo la gente se encuentra al servicio de la economía y es concebida como necesitando consumir más y más para mantener la economía funcionando. La masiva y, en palabras de Joseph Schumpeter, “elaborada psicotécnica de la publicidad” es absolutamente necesaria para mantener a la gente comprando.[30] Moralmente, el sistema está basado en la proposición de que cada uno, siguiendo su propio interés (codicia), promoverá el interés general y el crecimiento. Adam Smith lo explicó así: “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero, del panadero que esperamos nuestra cena, sino del cuidado que prestan a sus propios intereses”[31]. En otras palabras, la codicia individual (o búsqueda de riquezas) conduce el sistema y las necesidades humanas son satisfechas como un mero sub-producto. El economista Duncan Foley ha llamado a esta proposición y a las irracionalidades económicas y sociales que genera “la falacia de Adam”.[32]    Las actitudes y buenas costumbres necesarias para el correcto funcionamiento de semejante sistema, así como las necesarias para el progreso en la sociedad –codicia, individualismo, competitividad, explotación de terceros, consumismo (la necesidad de comprar cada vez más cosas, no relacionadas a las necesidades e inclusive a la felicidad)- son inculcadas en la gente desde la escuela, los medios de comunicación y los lugares de trabajo. El título del libro de Benjamin Barber –Consumidos: cómo los mercados corrompen a los niños, infantilizan a los adultos y tragan a toda la ciudadanía- es muy sugerente.    La noción de responsabilidad hacia otros y hacia la comunidad, que es la piedra fundacional de la ética, se corroe bajo semejante sistema. En palabras de Gordon Gekko –personaje de ficción de la película de Oliver Stone Wall Street- “la codicia es buena”. Hoy en día, frente a la enorme indignación pública, con el capital financiero haciéndose de grandes dividendos a partir de la asistencia gubernamental, los capitalistas han vuelto a predicar desde el púlpito al egoísmo como cimiento de la sociedad. El 4 de noviembre de 2009, el Jefe Ejecutivo de Barclay, John Varley, declaró desde un atril en Trafalgar Square, Londres, que “la ganancia no es satánica”. Semanas atrás, el 20 de octubre, el asesor internacional de Goldman Sachs, Brian Griffiths, declaró luego de la congregación en la Catedral de San Pablo en Londres que “el mandamiento de Jesús de amar a los otros como a nosotros mismos es un reconocimiento al egoísmo”.[33]    La gente rica llega a creer que merece su riqueza debido al trabajo duro (propio o el de sus antecesores) y posiblemente a la suerte. El hecho de que su riqueza y prosperidad se haya erguido a partir del trabajo social de una cantidad innumerable de otras personas es minimizado. Ven a los pobres –y los pobres frecuentemente acuerdan- como portadores de algún defecto, como la pereza o la falta de educación. Los obstáculos estructurales que evitan que la mayoría de la gente mejore significativamente sus condiciones de vida también son minimizados. Esta mirada de cada individuo como una entidad económica separada y preocupada primariamente por el bienestar propio (y familiar), oculta nuestra humanidad y necesidades comunes. La gente no es inherentemente egoísta pero es estimulada para actuar de esa manera debido a las presiones y características del sistema. Después de todo, ¿si

cada persona no se cuida a sí misma en un sistema en el que “el hombre es lobo del hombre”, quién lo hará?    Los rasgos fomentados por el capitalismo son comúnmente vistos como propiedades innatas de la “naturaleza humana”, por lo que organizar a la sociedad en base a metas que vayan más allá de la consecución de ganancias es algo impensable. Pero los humanos son claramente capaces de un amplio rango de capacidades, desde una gran crueldad hasta un gran sacrificio por una causa, desde preocuparse por otros, hasta un verdadero altruismo. El “instinto asesino” que supuestamente nos es inherente desde nuestros ancestros evolutivos –con la “evidencia” de chimpancés asesinando a los bebés de otros- está siendo cuestionado tomando como referencia las pacíficas características de otros homínidos como los gorilas y los bonobos (tan relacionados a los humanos como los chimpancés).[34] Estudios de bebés humanos han demostrado también que, si bien el egoísmo es un rasgo humano, también lo son la cooperación, la empatía, el altruismo y la amabilidad.[35] Más allá de los rasgos que hayamos heredado de nuestros ancestros homínidos, las investigaciones acerca de las sociedades pre-capitalistas indican que éstas incentivaban y expresaban patrones muy diferentes a los de las sociedades capitalistas. Como lo resumió Karl Polanyi: “el asombroso descubrimiento de la reciente investigación histórica y antropológica es que la economía del hombre se encuentra, por regla, inmersa en sus relaciones sociales. Él no actúa con el propósito de salvaguardar su interés individual en la posesión de bienes materiales; él actúa para salvaguardar su prestigio social, sus derechos sociales, sus activos sociales”[36]. En su artículo de 1937 sobre la “Naturaleza humana” para la Enciclopedia de Ciencias Sociales, John Dewey concluyó –en términos que han sido verificados por toda la Ciencia Social subsecuente- que:    Las presentes controversias entre aquellos que afirman la esencial fijeza de la naturaleza humana y aquellos que creen en un mayor rango de modificación se centran principalmente en torno al futuro de guerra y al futuro de un sistema económico competitivo motivado por la ganancia privada. Es justificable decir sin dogmatismo que tanto la antropología como la historia dan apoyo a quienes desean modificar estas instituciones. Es demostrable que muchos de los obstáculos al cambio que se han atribuido a la naturaleza humana son de hecho debidos a la inercia de las instituciones y el deseo voluntario de las clases poderosas de mantener el status existente.[37]    El capitalismo es único entre los sistemas sociales por su activo, extremo fomento del interés individual o el “individualismo posesivo”.[38] La realidad es que las sociedades humanas no-capitalistas han prosperado durante un largo período –por más del 99 por ciento del tiempo desde la emergencia de los humanos anatómicamente modernospromoviendo otros rasgos como la capacidad de compartir y la responsabilidad hacia el grupo. No existe razón para dudar que esto pueda volver a suceder.[39]    La incestuosa conexión que existe hoy en día entre los intereses de negocios, la política, y la ley es razonablemente aparente para la mayoría de los observadores.[40] Ésta incluye sobornos descarados, o más sutiles formas de compra, amistad, y la influencia a través de las contribuciones de campaña y el lobby. Además, se ha

desarrollado una cultura entre líderes políticos basada en el precepto de que lo que es bueno para el negocio capitalista es bueno para el país. De ahí que los líderes políticos se ven a sí mismos cada vez más como emprendedores políticos, o las contrapartes de emprendedores económicos, y regularmente se convencen a sí mismos de que lo que hacen por las corporaciones para obtener los fondos que les ayudarán a ser reelegidos es en realidad de interés del público. Dentro del sistema legal, los intereses de los capitalistas y sus negocios reciben casi todos los beneficios.    Dado el poder ejercitado por el interés de los negocios sobre la economía, el estado, y los medios de comunicación, es extremadamente difícil llevar a cabo los cambios fundamentales a los que ellos se oponen. Y por lo tanto hace casi imposible tener una política energética, sistema de salud, sistema de agricultura y alimentación, política industrial, de intercambio, educación, etc. que suene ecológicamente racional.    IV. Características del capitalismo en conflicto con la justicia social    Las características del capitalismo discutidas más arriba –la necesidad de crecimiento; el empujar a la gente a comprar más y más; la expansión al extranjero; la utilización de recursos sin importar las generaciones futuras; el exceso más allá de las fronteras planetarias; y el rol predominante ejercido por el sistema económico sobre las formas morales, legales, políticas y culturales de la sociedad- son probablemente las características del capitalismo que resultan más dañinas para el ambiente. Pero existen otras características del sistema que impactan enormemente sobre la justicia social. Es importante observar más de cerca esas contradicciones sociales incrustadas en el sistema.    A. Con el funcionamiento natural del sistema, surge una gran disparidad entre riqueza e ingreso    Existe una conexión lógica entre los éxitos y fracasos del capitalismo. La pobreza y miseria de una buena parte de la población mundial no es un accidente, un subproducto involuntario del sistema, que puede ser eliminado con pequeños ajustes aquí o allá. La fabulosa acumulación de riqueza –como consecuencia directa de la forma en que el capitalismo funciona nacional e internacionalmente- ha producido simultanea y persistentemente hambre, desnutrición, problemas de salud, falta de agua, servicios sanitarios, y la miseria generalizada para una gran porción de los habitantes del planeta. Los pocos ricos recurren a la mitología de que las grandes disparidades son en realidad necesarias. Por ejemplo, como Brian Griffiths, el asesor de Goldman Sachs International, citado más arriba, sostuvo: “debemos tolerar la inequidad como una forma de alcanzar una mayor prosperidad y oportunidad para todos”.[41] Lo que es bueno para los ricos también –de acuerdo a ellos mismos- es coincidentemente bueno para la sociedad en su conjunto, a pesar de que muchos permanecen en un perpetuo estado de pobreza.    La mayoría de la gente necesita trabajar para obtener salarios que les permitan obtener lo necesario para la vida. Pero, debido a la forma en que funciona el sistema, existe un

gran número de personas conectadas precariamente al trabajo, ocupando los “últimos peldaños de la escalera”. Son contratados durante las épocas de crecimiento y despedidos en cuanto el crecimiento disminuye o debido a que su trabajo ya no es requerido por otras razones –Marx se refirió a este grupo como “ejército industrial de reserva”.[42] Dado un sistema con auges y caídas, y en el que las ganancias son la prioridad máxima, tener un grupo de sujetos en el ejército de reserva no es meramente conveniente; es absolutamente esencial para la dinámica del sistema. Sirve, sobre todo, para mantener bajos los salarios. El sistema, sin una significativa intervención del gobierno (a través de altos impuestos a la ganancia e impuestos substancialmente progresivos al ingreso), produce una enorme inequidad del ingreso y la riqueza, que pasa de generación en generación. La producción de grandes riquezas y, al mismo tiempo enorme pobreza, dentro y entre países no es coincidencia –riqueza y pobreza son en realidad las dos caras de una misma moneda.    En 2007, el 1 por ciento de la población de los Estados Unidos controlaba el 33,8 por ciento de la riqueza del país, mientras que el 50 por ciento de la población era dueña del 2,5 por ciento. De hecho, los 400 individuos más ricos sumaban US$ 1,54 billones en 2007 –aproximándose a los últimos 150 millones de personas (que sumaban US$ 1,6 billones). A escala global, la riqueza de los 793 milmillonarios del mundo es, en el presente, más de US$ 3 billones -equivalentes a alrededor del 5 por ciento del ingreso total mundial (US$ 60,3 billones en 2008). Apenas 9 millones de personas en el mundo (alrededor de un décimo del 1 por ciento de la población mundial) designados como “individuos de alta riqueza neta” actualmente poseen una riqueza de $35 billones –equivalente a más del 50 por ciento del ingreso mundial.[43] Al concentrarse cada vez más la riqueza, los ricos ganan más poder político, y harán lo que esté a su alcance para retener todo el dinero que puedan –a expensas de aquellos en los estratos más bajos. La mayor parte de las fuerzas productivas de la sociedad, como las fábricas, la maquinaria, las materias primas, y la tierra, están controladas por un relativamente pequeño porcentaje de la población. Y, por supuesto, la mayoría de la gente no ve nada de malo en este supuesto orden natural de las cosas.    B. Bienes y servicios son racionados de acuerdo a la capacidad de pago    Los pobres no tienen acceso a hogares dignos o raciones adecuadas de comida debido a que no poseen demanda “efectiva” –a pesar de que ciertamente poseen demandas biológicas. Todos los bienes son mercancías. La gente sin suficiente demanda efectiva (dinero) no tiene derecho en el sistema capitalista a ningún tipo particular de mercancía –ya sea un artículo de lujo como un brazalete de diamantes o una enorme mansión, o se trate de necesidades vitales como un medio ambiente saludable, fuentes seguras de alimento, o atención médica de calidad. El acceso a todas las mercancías está determinado, no por el deseo o la necesidad, sino por la disponibilidad de dinero o crédito para adquirirlos. De este modo, un sistema que, por su simple funcionamiento produce inequidad y mantiene deprimidos los salarios de los trabajadores, asegura que muchos (en algunas sociedades, la mayoría) no tendrán acceso a la satisfacción de necesidades básicas o lo que podríamos considerar una vida digna.   

Debe notarse que, en los períodos en los que los sindicatos y los partidos políticos fueron fuertes, algunos de los países capitalistas de Europa instituyeron una red de programas de seguridad social, como un sistema universal de atención sanitaria, más benevolente que los Estados Unidos. Esto ocurrió como resultado de la lucha de la gente que demandaba que el gobierno proveyera aquello que el mercado no – satisfacción igualitaria de algunas necesidades básicas.    C. El capitalismo es un sistema marcado por recurrentes recesiones económicas    En el ciclo de negocios ordinario, las fábricas y todas las industrias producen más y más durante una fase de alza –asumiendo que no terminará nunca y no queriendo desperdiciar la oportunidad- ocasionando sobreproducción y sobrecapacidad, conduciendo a una recesión. En otras palabras, el sistema es propenso a la crisis, durante las cuales los pobres y los cercanos a ser considerados pobres sufren la peor parte. Las recesiones ocurren con cierta regularidad, mientras que las depresiones son mucho menos frecuentes. En estos momentos, estamos en una profunda recesión o mini-depresión (con un 10 por ciento de desempleo oficial), y muchos piensan que nos hemos librado de una depresión de gran escala de pura suerte. Teniendo esto en cuenta, desde mediados de 1850 ha habido treinta y dos recesiones o depresiones en los Estados Unidos (sin incluir la actual) –con una duración de la contracción promedio desde 1945 de alrededor de diez meses y una expansión promedio entre contracciones con una duración promedio de seis años.[44] Irónicamente, desde el punto de vista ecológico, las grandes recesiones –a pesar de ocasionar severos perjuicios a numerosas personas- son en realidad un beneficio, en tanto una menor producción genera menos polución de la atmósfera, el agua y la tierra.    V. Propuestas para la reforma ecológica del capitalismo    Existen personas que entienden perfectamente los problemas ecológicos y sociales que el capitalismo ocasiona, pero creen que éste debería ser reformado. De acuerdo a Benjamin Barber: “La lucha por el alma del capitalismo es […] una lucha entre el cuerpo económico de la nación y su alma cívica: una lucha por poner al capitalismo en el lugar que corresponde, en el que sirva a nuestra naturaleza y necesidades en lugar de manipular y fabricar caprichos y carencias. Salvar al capitalismo significa armonizarlo con el espíritu –con prudencia, pluralismo y “la cosa pública” […] que define nuestra alma cívica. Una revolución del espíritu”.[45] William Greider ha escrito un libro titulado El alma del capitalismo: abriendo senderos para una economía moral. Y hay libros de Paul Hawken, Amory Lovins, y L. Hunter Lovins que intentan vender el potencial del “capitalismo verde” y del “capitalismo natural”.[46] Aquí, se nos dice que nos podemos hacer ricos, puede continuar creciendo nuestra economía y aumentar el consumo sin fin –¡y salvar al planeta al mismo tiempo! ¿Qué tan bueno puede ser? Existe un pequeño problema –un sistema que tiene una única meta, la maximización de ganancias, no tiene alma, nunca podrá tener un alma, nunca podrá ser verde, y, por su propia naturaleza, debe manipular y fabricar caprichos y carencias.   

Existe un importante número de activistas y pensadores ambientalistas “listos para usar”. Son personas genuinamente buenas y bien intencionadas preocupadas por la salud del planeta, y la mayoría también están preocupados por los problemas de justicia social. Sin embargo, existe un problema que no pueden sortear –el sistema económico capitalista. Inclusive el número creciente de individuos que critica el sistema y sus “fallas de mercado” frecuentemente termina con “soluciones” que apuntan a un capitalismo “humano” y no-corporativo fuertemente controlado, en lugar abandonar los límites del capitalismo. Son incapaces de pensar, ni hablar de promover, un sistema económico con diferentes objetivos y procesos de toma de decisiones –uno que ponga el énfasis en las necesidades humanas y ambientales, en oposición a las ganancias.    Las corporaciones se están desviviendo por presentarse a sí mismas como “verdes”. Ahora podés comprar y vestir tu ropa Gucci con la conciencia limpia porque la compañía está ayudando a proteger las selvas tropicales utilizando menos papel.[47] Newsweek sostiene que gigantes corporativos como Dell, Hewlett-Packard, Johnson & Johnson, Intel e IBM están en el top cinco de compañías verdes de 2009 debido a la utilización de fuentes “renovables” de energía, por reportar las emisiones de gases de efecto invernadero (o disminuirlas), e implementar políticas ambientales formales.[48] Podés viajar a donde quieras, sin culpa, con sólo comprar “compensaciones” de carbono que supuestamente cancelan los efectos ambientales de tu viaje.    Veamos algunos de los dispositivos propuestos para lidiar con desbarajuste ecológico sin perturbar al capitalismo.    A. Mejores tecnologías que son energéticamente más eficientes y utilizan menor cantidad de insumos    Algunas propuestas para mejorar la eficiencia energética –como aquellas que sugieren cómo reciclar casas viejas para que requieran menor energía para calentarse en invierno- son simplemente de sentido común. La eficiencia de la maquinaria, incluyendo electrodomésticos y automóviles, ha ido creciendo continuamente, y es una parte normal del sistema. A pesar de lo mucho que pueda lograrse en esta área, un aumento de la eficiencia usualmente conduce a menores costos y una mayor utilización (y frecuentemente un aumento de tamaño, como ocurre con los automóviles), por lo que la energía que se consume es en realidad mayor. El equivocado incentivo a los agrocombustibles “verdes” ha sido enormemente perjudicial para el medio ambiente. No sólo ha puesto a los alimentos y los combustibles de los automóviles en competencia directa, a expensas de los primeros, sino que en algunas oportunidades también ha reducido la eficiencia energética global.[49]    B. Energía nuclear    Algunos científicos preocupados con el cambio climático, incluyendo a James Lovelock y a James Hansen, ven a la energía nuclear como una energía alternativa, y como una respuesta tecnológica parcial a la utilización de combustibles fósiles; una que es preferible al creciente uso de carbón. No obstante, a pesar de que la tecnología de la

energía nuclear ha mejorado un tanto, con plantas nucleares de tercera generación, y con la posibilidad (todavía no realidad) de plantas de energía nuclear de cuarta generación, los peligros son todavía enormes –dada la duración por cientos o miles de años de los residuos radioactivos, el manejo social de sistemas complejos, y el alto nivel de riesgo que implican. Además, la construcción de plantas nucleares toma alrededor de diez años y son extremadamente costosas. Existen todo tipo de razones, entonces (y una importante son las generaciones futuras), para ser extremadamente cautelosos con la energía nuclear como algún tipo de solución. Ir en esa dirección equivaldría prácticamente a tomar una oferta Faustiana.[50]    C. Soluciones de infraestructura de gran escala    Un vasto número de proyectos se han propuesto tanto para volcar CO2 fuera de la atmósfera o para incrementar el reflejo del sol de vuelta hacia el espacio, fuera de la Tierra. Éstos incluyen: Proyectos de secuestro de carbono como la captura de CO2 desde las plantas de energía y su inyección en la profundidad de la Tierra, y la fertilización de los océanos con hierro para estimular el crecimiento de algas que absorban el carbono; y sistemas mejorados de reflexión de la luz solar como el despliegue de grandes islas blancas en los océanos, la creación de grandes satélites que reflejen la luz solar, y la contaminación de la estratósfera con partículas que reflejen la luz.    Nadie sabe, por supuesto, qué efectos perjudiciales podrían derivarse de semejantes invenciones. Por ejemplo, una mayor absorción de carbono por parte de los océanos podría incrementar la acidificación, mientras que arrojar dióxido de sulfuro en la estratósfera para bloquear la luz solar podría reducir la fotosíntesis.    También se han propuesto numerosas alternativas de baja tecnología para capturar carbono como un aumento en la reforestación y la manipulación de suelos ecológicos para incrementar la materia orgánica de los mismos (que está compuesta principalmente de carbono). La mayoría de éstas deberían hacerse de todas formas (los materiales orgánicos ayudan a mejorar al suelo de muchas formas). Algunas podrían ayudar a reducir la concentración de carbono en la atmósfera. Aunque la reforestación, que captura carbono de la atmósfera, es a veces entendida como generando emisiones negativas. Pero las soluciones de baja tecnología no pueden solucionar el problema de un sistema en expansión –especialmente considerando que los árboles plantados ahora pueden ser cortados más tarde, y que el carbono almacenado como materia orgánica en los suelos puede ser convertido posteriormente en CO2 si las prácticas se modifican.    D. Los sistemas de comercialización    El dispositivo económico favorito del sistema son los mercados de carbono instrumentados para limitar las emisiones. Éstos implican establecer un tope en el nivel permitido de emisiones de gases y luego distribuir permisos (tanto por cuota o por subasta) que permitan a las industrias emitir dióxido de carbono y otros gases de efecto

invernadero. Las corporaciones que tengan más permisos de los que necesitan pueden venderlos a aquellas otras firmas que requieran cuotas adicionales para contaminar. Estos esquemas invariablemente incluyen “compensaciones” que actúan como indulgencias medievales, permitiendo a las corporaciones continuar contaminando mientras compren gracia divina ayudando a reducir la contaminación en otro lugar – digamos, en el tercer mundo.    En teoría, se supone que los mercados de carbono estimulan la innovación tecnológica para incrementar la eficiencia. En la práctica, no han ocasionado una reducción en las emisiones de dióxido de carbono en aquellas áreas donde han sido introducidos como Europa. El principal resultado de estos intercambios han sido enormes ingresos para algunas corporaciones e individuos, y la creación de un mercado de carbono subprime.[51] No existen controles significativos de la efectividad de los “compensadores”, ni de las prohibiciones para cambiar las condiciones que eventualmente resultarán en una liberación de dióxido de carbono a la atmósfera.    VI. ¿Qué puede hacerse ahora?    En ausencia de un cambio sistémico, desde ya que hay ciertas cosas que se han hecho y todavía más se pueden hacer en el futuro para disminuir los efectos negativos del capitalismo sobre el ambiente y las personas. No hay ninguna razón particular por la que Estados Unidos no pueda tener, como en otros países capitalistas avanzados, un mejor sistema de seguridad social, incluyendo acceso universal a la salud. Para controlar los más graves problemas ambientales los gobiernos pueden dictar leyes y aplicar regulaciones. Lo mismo ocurre para el ambiente o para la construcción de vivienda social. Un impuesto al carbono como ha propuesto James Hansen -en donde el 100 por ciento de los dividendos retornan al público, estimulando la conservación al mismo tiempo que poniendo la carga sobre aquellos con grandes huellas de carbono y una riqueza mayor- podría ser implementado. Las nuevas usinas termoeléctricas de carbono (sin captura) podrían ser prohibidas al tiempo que las existentes cerradas.[52] A nivel global, se podría promover la contracción y convergencia de las emisiones de carbono, transitar hacia índices mundiales per cápita uniformes, con cortes mucho más profundos en países ricos y con mayores huellas de carbono.[53] El problema es la gran oposición a estas medidas por fuerzas muy poderosas. Por ende, este tipo de reformas se implementan, con suerte, limitadas, con una existencia marginal siempre y cuando no afecten el proceso básico de acumulación del sistema.    Es más, el problema con todas estas aproximaciones es que permiten a la economía continuar el desastroso camino que actualmente está llevando. Podemos seguir consumiendo todo lo que queramos (o lo que nuestros ingresos y riqueza nos permitan), agotando recursos, manejando mayores distancias en nuestros autos energéticamente más eficientes, consumiendo todo tipo de productos hechos por las corporaciones “verdes”, y así sucesivamente. Todo lo que tenemos que hacer es apoyar a las nuevas tecnologías “verdes” (algunas de las cuales, como las que convierten productos agrícolas en combustibles ¡no son verdes!) y ser “aplicados” al separar la basura que pueda ser compostada o reutilizada de alguna forma. De esta

manera podemos seguir viviendo bastante parecido a como lo veníamos haciendo –en una economía de crecimiento y rentas perpetuas.    La gravedad del cambio climático debido a las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero generados por el humano ha desembocado en nociones donde lo necesario es solamente reducir la huella de carbono (que ya es un problema en sí). Sin embargo, la realidad es que existen numerosos problemas ecológicos interrelacionados y en aumento debido a un sistema en función de la infinita expansión de la acumulación de capital. Lo que es necesario reducir no es solamente la huella de carbono, sino también la huella ecológica, esto quiere decir reducir, o bien frenar, la expansión económica a nivel mundial, especialmente en países ricos. Al mismo tiempo, las economías de muchos países pobres deben expandirse. Los nuevos principios que podríamos promover son, entonces, los de un desarrollo humano sustentable. Esto quiere decir lo suficiente para todos y no más. El desarrollo humano no se vería dificultado, y podría ser considerablemente realzado para el beneficio de todos, si se hiciera énfasis en éste, y no en un desarrollo económico insustentable.    VII. Otro sistema económico no sólo es posible -Es esencial    El análisis precedente, si es correcto, apunta al hecho de que la resolución de la crisis ecológica no puede darse dentro de las lógicas del sistema actual. No hay esperanzas de éxito en las diversas sugerencias. El sistema capitalista mundial es insustentable en: (1) su búsqueda por una acumulación sin fin de capital tendiente a una producción que debe expandirse continuamente para obtener ganancias; (2) su sistema agrícola y alimentario que contamina el ambiente y sin embargo no garantiza el acceso cuantitativo y cualitativo universal de comida; (3) su desenfrenada destrucción del ambiente; (4) su continua reproducción y aumento de la estratificación de riqueza dentro y entre los países; y (5) su búsqueda por la “bala de plata” tecnológica para evadir los crecientes problemas sociales y ecológicos emergentes de sus propias operaciones.    La transición a una economía ecológica –que consideramos que también debe ser socialista- será un proceso arduo que no ocurrirá de un día para el otro. Esto no es una cuestión de “asaltar el Palacio de Invierno”. Más bien, es una lucha dinámica, multifacética para un nuevo pacto cultural y un nuevo sistema productivo. La lucha es en última instancia contra el sistema del capital. Sin embargo, tiene que comenzar oponiéndose a la lógica del capital, esforzándose en el aquí y el ahora en la creación, en los intersticios del sistema, de un nuevo metabolismo social arraigado en el igualitarismo, la comunidad y una relación sustentable con la tierra. Las bases para la creación de un desarrollo humano sustentable deben surgir desde el interior del sistema dominado por el capital, sin ser parte de él, como la misma burguesía lo hizo desde los “poros” de la sociedad feudal.[54] Eventualmente, estas iniciativas pueden volverse lo suficientemente poderosas para constituir las bases revolucionarias de un nuevo movimiento y una nueva sociedad.   

Estas luchas en los intersticios de la sociedad capitalista están teniendo lugar en todo el mundo, y son demasiado numerosas y complejas para ser desarrolladas en su totalidad aquí. Los pueblos originarios hoy en día, con nuevos bríos gracias a la continua lucha revolucionaria en Bolivia, reintroducen una nueva ética y responsabilidad hacia la tierra. La Vía Campesina, una organización campesina global, promueve nuevas formas de agricultura ecológica, como el MST (Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra) en Brasil, como en Cuba y Venezuela. Recientemente, el presidente venezolano Hugo Chávez enfatizó las razones sociales y ambientales por las cuales había que liberarse de una economía basada en la renta petrolera, siendo Venezuela un gran exportador de petróleo.[55] El movimiento de justicia climática está demandando soluciones igualitarias y anticapitalistas a la crisis climática. En todos lados estrategias radicales, esencialmente anticapitalistas están emergiendo, basadas en otras éticas y formas de organización más que en la motivación de ganancia; ecoaldeas; el nuevo ambiente urbano promovido en Curitiba, Brasil, y otras partes; experimentos en permacultura, agricultura comunitaria, cooperativas industriales y agrícolas en Venezuela, etc. El Foro Social Mundial ha dado voz a muchas de estas aspiraciones. Como ha dicho el destacado ambientalista norteamericano James Gustave Speth: “El movimiento internacional por el cambio –que se refiere a sí mismo como ‘el irresistible ascenso del anticapitalismo global’- es más fuerte de lo que muchos pueden imaginar y seguirá cobrando fuerza”.[56]    La oposición a la lógica del capitalismo –teniendo como horizonte desplazar al sistema en su totalidad- crecerá imponentemente debido a que no existe otra alternativa, si es que la tierra como la conocemos y la humanidad misma han de sobrevivir. Aquí, los objetivos de la ecología y el socialismo se encontrarán necesariamente. Será crecientemente más claro que la distribución de tierra, salud, vivienda, etc. tendrían que ser en base a la satisfacción de necesidades humanas más que las fuerzas de mercado. Esto, desde ya, es más fácil decirlo que hacerlo. Pero quiere decir que la toma de decisiones económicas tiene que ser en niveles locales, regionales y multirregionales por procesos democráticos. Tenemos que enfrentar cuestiones: (1) ¿Cómo podemos satisfacer las necesidades básicas de comida, agua, vivienda, vestimenta, salud, y dar las mismas oportunidades de educación y cultura a todo el mundo? (2) ¿Cuánto de la producción económica tendría que ser consumida y cuanto invertida? Y (3) ¿Cómo tendrían que ser dirigidas las inversiones? En el proceso, las personas tienen que encontrar las mejores maneras para llevar adelante estas actividades en una interacción positiva con la naturaleza –para mejorar el ecosistema. Nuevas formas de democracia serán necesarias, enfatizando nuestra mutua responsabilidad, tanto al interior de las comunidades como con aquellas repartidas por el mundo. Alcanzar este deseo, desde ya, requiere planificación social en todos los niveles: local, regional, nacional e internacional –que solamente puede ser fructífero si es de y por, y no sólo aparentemente para el pueblo.[57]    Un sistema económico democrático, razonablemente igualitario, y capaz de poner límites al consumo significará sin lugar a dudas que las personas vivirán con un nivel de consumo menor del que se denomina, algunas veces en los países ricos, el estilo de vida de la “clase media” (que nunca fue universalizado incluso en estas sociedades).

Un estilo de vida más sencillo, a pesar de ser “más pobre” materialmente, puede ser más rico cultural y socialmente al reconectar a las personas entre sí y con la naturaleza, y al tener que trabajar menos horas para proveer las cosas esenciales para la vida. Una gran cantidad de trabajos en los países capitalistas ricos son improductivos y pueden ser eliminados, lo que indica que la jornada laboral puede ser acortada en una economía organizada más racionalmente. El eslogan que algunas veces se ve en los parachoques, “Vive sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir”, tiene poco sentido en una sociedad capitalista. Vivir una vida sencilla, como hicieron Helen y Scott Nearing, demostrando que es posible que sea gratificante e interesante, no ayuda a los pobres en las circunstancias presentes.[58] Sin embargo, el eslogan tendrá importancia real en una sociedad bajo control social (más que privado) que intenta satisfacer las necesidades básicas de todas las personas.    Tal vez los Consejos Comunales de Venezuela –donde los habitantes locales reciben los recursos y deciden las prioridades para la inversión social en sus comunidadesson un ejemplo de planificación a nivel local para la satisfacción de necesidades humanas. Este es el camino por el que necesidades tan importantes como escuelas, clínicas, caminos, electricidad y redes de agua pueden complacerse. En una sociedad realmente transformada los concejos comunales pueden interactuar con los esfuerzos que se hagan a nivel regional y multirregional. Y el uso del excedente de la sociedad, una vez satisfechas las necesidades básicas de las personas, debe basarse en sus propias decisiones.[59]    El propósito mismo del nuevo sistema sustentable, que es el resultado necesario de estas innumerables luchas (necesario en términos de supervivencia y realización de la potencialidad humana), debe ser la satisfacción de necesidades básicas materiales y no materiales de todas las personas, mientras se protege el ambiente global y los ecosistemas locales y regionales. El ambiente no es algo “externo” a la economía humana como lo dicta nuestra ideología presente; constituye la base vital esencial para todas las criaturas vivientes. La cura para la “ruptura metabólica” entre la economía y el ambiente implica nuevas formas de vivir, de producir, cultivar, transportarse, etc.[60] Tal sociedad debe ser sustentable; y la sustentabilidad requiere igualdad sustantiva enraizada en un modo de producción y consumo igualitario.    Concretamente, las personas deben vivir más cerca de sus lugares de trabajo, en hogares ecológicos y energéticamente eficientes como también confortables, y en comunidades diseñadas para el compromiso público, con suficientes espacios, como parques y centros comunitarios para reunirse y tener oportunidades de divertimento. Son necesarios mejores medios de transporte masivo dentro y entre ciudades para reducir el uso de automóviles y camiones. El tren es significativamente más eficiente energéticamente que el transporte de carga (413 millas por galón de nafta por tonelada versus 155 millas para los camiones) y causan menor cantidad de accidentes fatales, al mismo tiempo que emiten menos gases de efecto invernadero. Un tren puede llevar la carga de 280 a 500 camiones. A su vez, está estimado que una sola vía ferroviaria puede llevar la misma cantidad de personas que numerosos carriles de autopistas.[61] La producción industrial debe basarse en los principios ecológicos “de la cuna a la

cuna”, donde los productos y edificios se diseñan para un consumo de energía bajo, utilizando lo más posible luz y calefacción/refrigeración natural, una construcción sencilla como también facilidad para la reutilización y asegurando que el proceso de manufactura produce pocos o ningún desperdicio.[62]    La agricultura basada en principios ecológicos, llevada adelante por familias campesinas o cooperativas, reencontrándose con la tierra en la que cultivan su propia comida, ha demostrado ser no solamente tanto o más productiva que la producción a gran escala, sino que a su vez tiene un impacto negativo menor en las ecologías locales. De hecho, los mosaicos creados por pequeñas granjas intercalados con vegetación nativa son necesarios para proteger especies en peligro de extinción.[63]    Una mejor existencia tiene que ser alcanzada para los habitantes de villas miserias, un sexto de la humanidad aproximadamente. Primero y principal, un sistema que requiere un “un planeta de villas miseria”, como lo ha dicho Mike Davis, tiene que ser reemplazado por un sistema que tenga lugar para comida, agua, viviendas y empleo para todos.[64] Para muchos, esto puede implicar -con una provisión de tierra, vivienda y otros apoyos adecuados- un regreso a la vida campesina.    Se necesitarán ciudades más pequeñas, con habitantes que vivan cerca de los lugares de producción de sus alimentos y donde la industria se encuentre dispersa, y en menores escalas.    Evo Morales, presidente de Bolivia, ha capturado la esencia de la situación en sus comentarios sobre el cambio hacia un sistema que promueva el “vivir bien” en vez del “vivir mejor” del capitalismo. Como ha dicho en la Conferencia Climática de Copenhague de diciembre de 2009: “El vivir mejor es explotar seres humanos. Es agotar recursos naturales. Es egoísmo e individualismo. Entonces, en esas promesas del capitalismo no existe solidaridad ni complementariedad. No hay reciprocidad. Por eso es que estamos tratando de pensar otras formas de vivir y de vivir bien, no vivir mejor. Vivir mejor es siempre a costa de otro. Vivir mejor es a costa de la destrucción del ambiente”.[65]    Las anteriores experiencias de transición hacia sistemas no capitalistas, especialmente en sociedades de tipo soviético, indican que esto no será fácil y que lo que se necesita son nuevas concepciones de lo que constituye el socialismo, distinguiéndolas claramente de esos tempranos, y frustrados intentos. Las revoluciones del siglo XX se erigieron típicamente en países relativamente pobres y subdesarrollados, que fueron rápidamente aislados y continuamente amenazados desde el exterior. Tales sociedades posrevolucionarias se terminaron burocratizando fuertemente, con una minoría al mando del estado y gobernando sobre el resto de la sociedad. Se terminaron reproduciendo muchas de las relaciones de producción jerárquicas que caracterizan al capitalismo. Los trabajadores continuaron proletarizados, mientras que la producción fue expandida por el bien de la producción misma. Las mejoras sociales reales existieron demasiado frecuentemente con formas extremas de represión social.[66]   

Hoy en día debemos esforzarnos por construir un sistema socialista genuino; uno donde la burocracia sea puesta bajo control, y el poder sobre la producción y la política resida verdaderamente en el pueblo. Así como los nuevos desafíos que enfrentamos están cambiando en nuestra época, también lo están haciendo las posibilidades para el desarrollo de la libertad y la sustentabilidad.    Cuando el reverendo Jeremiah Wright habló en la reunión del sexagésimo aniversario de Monthly Review en septiembre de 2009 repitió continuamente la pregunta “¿Y qué pasa con las personas?”. Si todavía queda esperanza de mejorar significativamente las condiciones de vida de la vasta mayoría de los habitantes del mundo –muchos de los cuales viven desesperanzadamente en las peores condiciones de existencia- y al mismo tiempo preservar a la Tierra como un planeta habitable, necesitamos un sistema que constantemente pregunte: “¿Y qué pasa con las personas?” en vez de “¿Cuánta plata puedo ganar?”. Esto es necesario, no sólo para los humanos, sino para todas las otras especies que comparten el planeta con nosotros y cuyos destinos se encuentran íntimamente ligados al nuestro.    Monthly Review    _______    Notas    [1] Fidel Castro Ruz: La verdad de lo ocurrido en la Cumbre, 20 de diciembre de 2009.    [2] Nota del traductor: a los efectos de mantener la fidelidad de pasaje, hemos tomado la traducción de Platón: Critias o la Atlántida. 1975. Buenos Aires: Aguilar. Traducción del griego, prólogo y notas por Francisco De P. Samaranch.    [3] James Hansen, Reto Ruedy, Makiko Sato, and Ken Lo, “If It’s That Warm, How Come It’s So Damned Cold?” http://columbia.edu/~jeh1/.    [4] Hansen, Storms of My Grandchildren, (New York: Bloomsbury, 2009), 164.    [5] Hansen, Storms of My Grandchildren, 82-85; Richard S. J. Tol, et al., “Adaptation to Five Meters of Sea Level Rise,” Journal of Risk Research, no. 5 (July 2006), 469.    [6] World Glacier Monitoring Service/United Nations Environment Programme, Global Glacier Change: Facts and Figures (2008), http://grid.unep.ch/glaciers; Baiqing Xu, et al., “Black Soot and the Survival of Tibetan Glaciers,” Proceedings of the National Academy of Sciences, December 8, 2009, http://pnas.org; Carolyn Kormann, “Retreat of Andean Glaciers Foretells Water Woes,” Environment 360, http://e360.yale.edu/; David Biello, “Climate Change is Ridding the World’s Tropical Mountain Ranges of Ice,” Scientific American Observations, December 15, 2009, http://scientificamerican.com; Union of Concerned Scientists, “Contrarians Attack IPCC Over Glacial Findings, But Glaciers are Still Melting,” January 19, 2010, ucsusa.org.

   [7] Agence France Presse (AFP), “UN Warns of 70 Percent Desertification by 2025,” October 4, 2005.    [8] Shaobing Peng, et al., “Rice Yields Decline with Higher Night Temperature from Global Warming,” Proceedings of the National Academy of Sciences 101 no. 27 (2005), 9971-75.    [9] James Hansen, “Strategies to Address Global Warming” (July 13, 2009), http// columbia.edu; Hansen, Storms of My Grandchildren, 145-47.    [10] “Arctic Seas Turn to Acid, Putting Vital Food Chain at Risk,” Guardian, October 4, 2009; The Earth Institute, Columbia University, “Ocean’s Uptake of Manmade Carbon May be Slowing,” November 18, 2009, http://earth.columbia.edu; “Seas Grow Less Effective at Absorbing Emissions,” New York Times, November 19, 2009; S. Khatiwal, F. Primeau, and T. Hall, “Reconstruction of the History of Anthropogenic CO2 Concentrations in the Ocean,” Nature 462, no. 9 (November 2009), 346-50.    [11] Lindsey Hoshaw, “Afloat in the Ocean, Expanding Islands of Trash,” New York Times, November 10, 2009.    [12] United Nations Food and Agricultural Organization, http://fao.org.    [13] Bobbi Chase Wilding, Kathy Curtis, Kirsten Welker-Hood. 2009. Hazardous Chemicals in Health Care: A Snapshot of Chemicals in Doctors and Nurses, Physicians for Social Responsibility, http://psr.org.    [14] Lyndsey Layton, “Use of potentially harmful chemicals kept secret under law,” Washington Post, January 4, 2010.    [15] Frank Jordans, “17,000 Species Threatened by Extinction,” Associated Press, November 3, 2009.    [16] Monitra Pongsiri, et al., “Biodiversity Loss Affects Global Disease Ecology,” Bioscience 59, no. 11 (2009), 945-54.    [17] James Hansen, Storms of My Grandchildren, ix.    [18] Johan Rockström, et al., “A Safe Operating Space for Humanity,” Nature, 461 (September 24, 2009), 472-75.    [19] Donella H. Meadows, Dennis L. Meadows, Jorgen Randers, and William W. Behrens. The Limits to Growth: A Report for the Club of Rome’s Project on the Predicament of Mankind (New York: Universe Books, 1972); Donella H. Meadows, Jorgen Randers, and Dennis L. Meadows, The Limits to Growth: The 30-Year Update (White River Junction, VT: Chelsea Green Publishing Company, 2004).

   [20] Erik Assadourian, “The Rise and Fall of Consumer Cultures,” in Worldwatch Institute, State of the World, 2010 (New York: W. W. Norton, 2010), 6.    [21] Epicurus, “The Vatican Collection,” The Epicurus Reader (Indianapolis: Haskett, 1994), 39.    [22] “Poverty Facts and Statistics, Global Issues, http://globalissues.org.    [23] Curtis White, “Barbaric Heart: Capitalism and the Crisis of Nature,” Orion (MayJune 2009), http://orionmagazine.org/index.php/articles/article/4680.    [24] For treatments of the role of speculation and debt in the U.S. economy, see John Bellamy Foster and Fred Magdoff, “The Great Financial Crisis (New York: Monthly Review Press, 2009) and Fred Magdoff and Michael Yates, The ABCs of the Economic Crisis (New York: Monthly Review Press, 2009).    [25] “Fears for the World’s Poor Countries as the Rich Grab Land to Grow Food,” Guardian, July 3, 2009; “The Food Rush: Rising Demand in China and West Sparks African Land Grab,” Guardian, July 3, 2009.    [26] For a brief discussion of European expansion, see Harry Magdoff and Fred Magdoff, “Approaching Socialism,” Monthly Review 57, no. 3 (July-August 2005), 19-61. On the relation of oil and gas to the wars in Iraq and Afghanistan, see Michael T. Klare, Rising Powers, Shrinking Planet (New York: Metropolitan Books, 2008).    [27] British Petroleum, BP Statistical Review of World Energy, June 2009, http://bp.com; John Bellamy Foster, The Ecological Revolution (New York: Monthly Review Press, 2009), 85-105.    [28] David A. Vaccari, “Phosphorus Famine: A Looming Crisis,” Scientific American, June 2009:54-59.    [29] John Terborgh, “The World is in Overshoot,” New York Review of Books 56, no. 19 (December 3, 2009), 45-57.    [30] Joseph A. Schumpeter, Business Cycles (New York: McGraw Hill, 1939), vol. 1, 73.    [31] Adam Smith, The Wealth of Nations, (New York: Modern Library, 1937), 14.    [32] Duncan K. Foley, Adam’s Fallacy (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2006).    [33] “Profit ‘Is Not Satanic,’ Barclays Says, after Goldman Invokes Jesus,” Bloomberg.com, November 4, 2009.   

[34] Frans de Waal. “Our Kinder, Gentler Ancestors,” Wall Street Journal, October 3, 2009.    [35] J. Kiley Hamlin, Karen Wynn, and Paul Bloom, “Social Evaluation by Preverbal Infants,” Nature 50, no. 2 (November 22, 2007), 557-59; Nicholas Wade. “We May be Born with an Urge to Help,” New York Times, December 1, 2009. Some recent research in this regard is usefully summarized in Jeremy Rifkin, The Empathic Civilization (New York: Penguin, 2009), 128-34.    [36] Karl Polanyi, The Great Transformation (Boston: Beacon, 1944), 46.    [37] John Dewey, Selections from the Encyclopedia of the Social Sciences (New York: Macmillan, 197), 536.    [38] See C. B. Macpherson, The Political Theory of Possessive Individualism (Oxford: Oxford University Press, 1962).    [39] For a fuller discussion of these issues see Magdoff and Magdoff, “Approaching Socialism,” 19-23.    [40] For a discussion of the power of finance in the U.S. political system, see Simon Johnson, “The Quiet Coup,” Atlantic Monthly, May 2009.    [41] Julia Werdigier, “British Bankers Defend Their Pay and Bonuses,” New York Times, November 7, 2009.    [42] For a contemporary view of the reserve army, see Fred Magdoff and Harry Magdoff, “Disposable Workers,” Monthly Review 55, no. 11 (April 2005), 18-35.    [43] Matthew Miller and Duncan Greenberg, ed., “The Richest People In America” (2009), Forbes, http://forbes.com; Arthur B. Kennickell, “Ponds and Streams: Wealth and Income in the U.S., 1989 to 2007,” Federal Reserve Board Working Paper 200913, 2009, 55, 63; “World GDP,” http://economywatch.com, accessed January 16, 2010; “World’s Billionaires,“ Forbes.com, March 8, 2007; Capgemini and Merrill Lynch Wealth Management, World Wealth Report, 2009, http://us.capgemini.com, introduction.    [44] “How Many Recessions Have Occurred in the U.S. Economy?” Federal Reserve Board of San Francisco, January 2008, http://frbsf.org; National Bureau of Economic Research, Business Cycle Expansions and “Contractions, January 17, 2010,” http:// nber.org.    [45] Benjamin Barber, “A Revolution in Spirit,” The Nation, February 9, 2009, http:// thenation.com/doc/20090209/barber.    [46] Paul Hawken, Amory Lovins, and L. Hunter Lovins, Natural Capitalism (Boston: Little, Brown and Co., 1999). For a detailed critique of the ideology of “natural

capitalism,” see F.E. Trainer, “Natural Capitalism Cannot Overcome Resource Limits,” http://mnforsustain.org.    [47] “Gucci Joins Other Fashion Players in Committing to Protect Rainforests,” Financial Times, November 5, 2009.    [48] Daniel McGinn, “The Greenest Big Companies in America,” Newsweek, September 21, 2009. http://newsweek.com.    [49] Fred Magdoff, “The Political Economy and Ecology of Biofuels,” Monthly Review 60, no. 3 (July-August 2008), 34-50.    [50] James Lovelock, The Revenge of Gaia (New York: Perseus, 2006), 87-105, Hansen, Storms of My Grandchildren, 198-204. On the continuing dangers of nuclear power, even in its latest incarnations, see Robert D. Furber, James C. Warf, and Sheldon C. Plotkin, “The Future of Nuclear Power,” Monthly Review 59, no. 9 (February 2008), 38-48.    [51] Friends of the Earth, “Subprime Carbon?” (March 2009), http://foe.org/suprime carbon, and A Dangerous Obsession (November 2009), http://foe.co.uk; James Hansen, “Worshipping the Temple of Doom” (May 5, 2009), http://columbia.edu; Larry Lohman, “Climate Crisis: Social Science Crisis,” forthcoming in M. Voss, ed., Kimawandel (Wiesbaden: VS-Verlag), http://tni.org//archives/archives/lohmann/ sciencecrisis.pdf.    [52] Ver Hansen, Storms of My Grandchildren, 172-77, 193-94, 208-22.    [53] Ver Aubrey Meyer, Contraction and Convergence (Devon: Schumacher Society, 2000; Tom Athansiou y Paul Baer, Dead Heat (New York: Seven Stories Press, 2002.    [54] Ver Karl Marx y Frederick Engels, Collected Works (New York: International Publishers, 1975), vol. 6, 327; Karl Marx, Capital, vol. 3 (London: Penguin, 1981), 44748.    [55] Ver “Chávez Stresses the Importance of Getting Rid of the Oil Rentier Model in Venezuela,” MRzine, http://mrzine.org (11 de enero, 2010).    [56] Ver James Gustave Speth, The Bridge at the Edge of the World (New Haven: Yale University Press, 2008), 195.    [57] Ver On planning, ver Magdoff and Magdoff, “Approaching Socialism,” 36-61.    [58] Ver Helen y Scott Nearing, Living the Good Life (New York: Schocken, 1970). Scott Nearing fue por muchos años columnista “World Events [Eventos del mundo]” de Monthly Review.   

[59] Ver Iain Bruce, The Real Venezuela (London: Pluto Press, 2008), 139-75.    [60] On the metabolic rift, see Foster, The Ecological Revolution, 161-200.    [61] C. James Kruse, et al., “A Modal Comparison of Domestic Freight Transportation Effects on the General Public, Center for Ports and Waterways,” Texas Transportation Institute, 2007; http://americanwaterways.com; sitio Mechanical Database, Rail vs. Truck Industry, última vez visto; http://mechdb.com, 17 de enero, 2010.    [62] William McDonough y Michael Braungart, Cradle to Cradle (New York: North Point Press. 2002).    [63] Ver Miguel A. Altieri, “Agroecology, Small Farms, and Food Sovereignty,” Monthly Review 61, no. 3 (Julio-agosto 2009), 102-13.    [64] Mike Davis, Planet of the Slums (London; Verso, 2007).    [65] Entrevista a Evo Morales por Amy Goodman, Democracy Now, December 17, 2009, http://democracynow.org/2009/12/17/ bolivian_president_evo_morales_on_climate.    [66] Ver Paul M. Sweezy, Post-Revolutionary Society (New York: Monthly Review Press, 1980).       Fuente: http://opsur.wordpress.com/2010/06/03/lo-que-todo-ambientalista-necesitasaber-sobre-capitalismo/   

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