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COMENTARIO BIBLICO MUNDO HISPANO

TOMO 2

EXODO

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Editores Generales

Daniel Carro

José Tomás Poe

Rubén O. Zorzoli

Editores Especiales

Antiguo Testamento: Dionisio Ortiz

Nuevo Testamento: Antonio Estrada

Ayudas Prácticas: James Giles

Artículos Generales: Jorge E. Díaz

Diagramación: Exequiel San Martín A.

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EDITORIAL MUNDO HISPANO

Apartado Postal 4256, El Paso, TX 79914 EE. UU. de A.

Agencias de Distribución

ARGENTINA: C. S. Lamas 2757, 1856 Glew

BOLIVIA: Casilla 2516, Santa Cruz

COLOMBIA: Apartado Aéreo 55294, Bogotá 2 D. E.

COSTA RICA: Apartado 285, San Pedro Montes de Oca, San José

CHILE: Casilla 1253, Santiago

ECUADOR: Casilla 3236, Guayaquil

EL SALVADOR: Apartado 2506, San Salvador

ESPAÑA: Padre Méndez #142-B, 46900 - Torrente, Valencia

ESTADOS UNIDOS: 7000 Alabama; El Paso, TX 79904

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PEDIDOS; 1 (800) 755–5958

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MEXICO: Apartado 113–182, 03300 México, D. F.

Madero 62, Col. Centro, 06000 México, D. F.

Independencia 36-B, Col. Centro, Deleg. Cuauhtemoc, 06050 México, D. F.

Matamoros 344 Pte. Torreón, Coahuila, México

Hidalgo 713, 44290 Guadalajara, Jalisco

16 de Septiembre 703 Ote., Cd. Juárez, Chihuahua

NICARAGUA: Apartado 2340, Managua

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PANAMA: Apartado 87–1024, Panamá 5

PARAGUAY: Casilla 1415, Asunción

PERU: Apartado 3177, Lima

PUERTO RICO: Calle 13 S.O. #824, Capparra Terrace

Calle San Alejandro 1825, Urb. San Ignacio, Río Piedras

REPUBLICA DOMINICANA: Apartado 880, Santo Domingo

URUGUAY: Casilla 14052, Montevideo

VENEZUELA: Apartado 3653, El Trigal 2002 A, Valencia, Edo. Carabobo

© Copyright 1993, Editorial Mundo Hispano. Texto bíblico de la Santa Biblia: Versión Reina-Valera Actualizada, © copyright 1982, 1986, 1987, 1989, usado con permiso. Todos los derechos reservados. No se podrá reproducir o transmitir todo o parte de este libro en ninguna forma o medio sin el permiso escrito de los publicadores, con la excepción de porciones breves en revistas y/o periódicos.

Primera edición: 1993

Segunda edición: 1997

Clasificación Decimal Dewey: 220.7

Tema: 1. Biblia—Comentarios

ISBN: 0–311-03102–1

E.M.H. No. 03102

1 M 10 97

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PREFACIO GENERAL

Desde hace muchos años, la Editorial Mundo Hispano ha tenido el deseo de publi- car un comentario original en castellano sobre toda la Biblia. Varios intentos y planes se han hecho y, por fin, en la providencia divina, se ve ese deseo ahora hecho reali- dad.

El propósito del Comentario es guiar al lector en su estudio del texto bíblico de tal manera que pueda usarlo para el mejoramiento de su propia vida como también para el ministerio de proclamar y enseñar la palabra de Dios en el contexto de una congre- gación cristiana local, y con miras a su aplicación práctica.

El Comentario Bíblico Mundo Hispano consta de veinticuatro tomos y abarca los se- senta y seis libros de la Santa Biblia.

Aproximadamente ciento cincuenta autores han participado en la redacción del comentario. Entre ellos se encuentran profesores, pastores y otros líderes y estudiosos de la Palabra, todos profundamente comprometidos con la Biblia misma y con la obra evangélica en el mundo hispano. Provienen de diversos países y agrupaciones evangé- licas; y han sido seleccionados por su dedicación a la verdad bíblica y su voluntad de participar en un esfuerzo mancomunado para el bien de todo el pueblo de Dios. La carátula de cada tomo lleva una lista de los editores, y la contratapa de cada volumen identifica a los autores de los materiales incluidos en ese tomo particular.

El trasfondo general del Comentario incluye toda la experiencia de nuestra editorial en la publicación de materiales para estudio bíblico desde el año 1890, año cuando se fundó la revista El Expositor Bíblico. Incluye también los intereses expresados en el seno de la Junta Directiva, los anhelos del equipo editorial de la Editorial Mundo His- pano y las ideas recopiladas a través de un cuestionario con respuestas de unas dos- cientas personas de variados trasfondos y países latinoamericanos. Específicamente el proyecto nació de un Taller Consultivo convocado por Editorial Mundo Hispano en septiembre de 1986.

Proyectamos el Comentario Bíblico Mundo Hispano convencidos de la inspiración divina de la Biblia y de su autoridad normativa para todo asunto de fe y práctica. Re- conocemos la necesidad de un comentario bíblico que surja del ambiente hispanoa- mericano y que hable al hombre de hoy.

El Comentario pretende ser:

* crítico, exegético y claro;

* una herramienta sencilla para profundizar en el estudio de la Biblia;

* apto para uso privado y en el ministerio público;

* una exposición del auténtico significado de la Biblia;

* útil para aplicación en la iglesia;

* contextualizado al mundo hispanoamericano;

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* un instrumento que lleve a una nueva lectura del texto bíblico y a una más diná- mica comprensión de ella;

* un comentario que glorifique a Dios y edifique a su pueblo;

* un comentario práctico sobre toda la Biblia.

El Comentario Bíblico Mundo Hispano se dirige principalmente a personas que tie- nen la responsabilidad de ministrar la Palabra de Dios en una congregación cristiana local. Esto incluye a los pastores, predicadores y maestros de clases bíblicas.

Ciertas características del comentario y algunas explicaciones de su metodología son pertinentes en este punto.

El texto bíblico que se publica (con sus propias notas —señaladas en el texto con

un asterisco, *,— y títulos de sección) es el de La Santa Biblia: Versión Reina-Valera Actualizada. Las razones para esta selección son múltiples: Desde su publicación par- cial (El Evangelio de Juan, 1982; el Nuevo Testamento, 1986), y luego la publicación completa de la Biblia en 1989, ha ganado elogios críticos para estudios bíblicos serios. El Dr. Cecilio Arrastía la ha llamado “un buen instrumento de trabajo”. El Lic. Alberto F. Roldán la cataloga como “una valiosísima herramienta para la labor pastoral en el mundo de habla hispana”. Dice: “Conservando la belleza proverbial de la Reina-Valera clásica, esta nueva revisión actualiza magníficamente el texto, aclara —por medio de

notas— los principales problemas de

herramienta para la labor pastoral en el mundo de habla hispana.” Aun algunos que han sido reticentes para animar su uso en los cultos públicos (por no ser la traduc- ción de uso más generalizado) han reconocido su gran valor como “una Biblia de es- tudio”. Su uso en el Comentario sirve como otro ángulo para arrojar nueva luz sobre el Texto Sagrado. Si usted ya posee y utiliza esta Biblia, su uso en el Comentario se- guramente le complacerá; será como encontrar un ya conocido amigo en la tarea her- menéutica. Y si usted hasta ahora la llega a conocer y usar, es su oportunidad de tra- bajar con un nuevo amigo en la labor que nos une: comprender y comunicar las ver- dades divinas. En todo caso, creemos que esta característica del Comentario será una novedad que guste, ayude y abra nuevos caminos de entendimiento bíblico. La RVA aguanta el análisis como una fiel y honesta presentación de la Palabra de Dios. Reco- mendamos una nueva lectura de la Introducción a la Biblia RVA que es donde se acla- ran su historia, su meta, su metodología y algunos de sus usos particulares (por ejemplo, el de letra cursiva para señalar citas directas tomadas de Escrituras más an-

Constituye una valiosísima

tiguas).

Los demás elementos del Comentario están organizados en un formato que cree- mos dinámico y moderno para atraer la lectura y facilitar la comprensión. En cada tomo hay un artículo general. Tiene cierta afinidad con el volumen en que aparece, sin dejar de tener un valor general para toda la obra. Una lista de ellos aparece luego de este Prefacio.

Para cada libro hay una introducción y un bosquejo, preparados por el redactor de la exposición, que sirven como puentes de primera referencia para llegar al texto bíblico mismo y a la exposición de él. La exposición y exégesis forma el elemento más extenso en cada tomo. Se desarrollan conforme al bosquejo y fluyen de página a pági- na, en relación con los trozos del texto bíblico que se van publicando fraccionadamen- te.

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Las ayudas prácticas, que incluyen ilustraciones, anécdotas, semilleros homiléti- cos, verdades prácticas, versículos sobresalientes, fotos, mapas y materiales semejan- tes acompañan a la exposición pero siempre encerrados en recuadros que se han de leer como unidades.

Las abreviaturas son las que se encuentran y se usan en La Biblia Reina-Valera Actualizada. Recomendamos que se consulte la página de Contenido y la Tabla de Abreviaturas y Siglas que aparece en casi todas las Biblias RVA.

Por varias razones hemos optado por no usar letras griegas y hebreas en las pala- bras citadas de los idiomas originales (griego para el Nuevo Testamento, y hebreo y arameo para el Antiguo Testamento). El lector las encontrará “transliteradas,” es de- cir, puestas en sus equivalencias aproximadas usando letras latinas. El resultado es algo que todos los lectores, hayan cursado estudios en los idiomas originales o no, pueden pronunciar “en castellano”. Las equivalencias usadas para las palabras grie- gas (Nuevo Testamento) siguen las establecidas por el doctor Jorge Parker, en su obra Léxico-Concordancia del Nuevo Testamento en Griego y Español, publicado por Edito- rial Mundo Hispano. Las usadas para las palabras hebreas (Antiguo Testamento) si- guen básicamente las equivalencias de letras establecidas por el profesor Moisés Chá- vez en su obra Hebreo Bíblico, también publicada por Editorial Mundo Hispano. Al la- do de cada palabra transliterada, el lector encontrará un número, a veces en tipo ro- mano normal, a veces en tipo bastardilla (letra cursiva). Son números del sistema “Strong”, desarrollado por el doctor James Strong (1822–94), erudito estadounidense que compiló una de las concordancias bíblicas más completas de su tiempo y conside- rada la obra definitiva sobre el tema. Los números en tipo romano normal señalan que son palabras del Antiguo Testamento. Generalmente uno puede usar el mismo núme- ro y encontrar la palabra (en su orden numérico) en el Diccionario de Hebreo Bíblico por Moisés Chávez, o en otras obras de consulta que usan este sistema numérico para

identificar el vocabulario hebreo del Antiguo Testamento. Si el número está en bastar- dilla (letra cursiva), significa que pertenece al vocabulario griego del Nuevo Testamen- to. En estos casos uno puede encontrar más información acerca de la palabra en el

del doctor Parker, como también en la Nueva Concor-

referido Léxico-Concordancia

dancia Greco-Española del Nuevo Testamento, compilada por Hugo M. Petter, el Nuevo Léxico Griego-Español del Nuevo Testamento por McKibben, Stockwell y Rivas, u otras obras que usan este sistema numérico para identificar el vocabulario griego del Nuevo Testamento. Creemos sinceramente que el lector que se tome el tiempo para utilizar estos números enriquecerá su estudio de palabras bíblicas y quedará sorprendido de

los resultados.

Estamos seguros que todos estos elementos y su feliz combinación en páginas hábilmente diseñadas con diferentes tipos de letra y también con ilustraciones, fotos y mapas harán que el Comentario Bíblico Mundo Hispano rápida y fácilmente llegue a ser una de sus herramientas predilectas para ayudarle a cumplir bien con la tarea de predicar o enseñar la Palabra eterna de nuestro Dios vez tras vez.

Este es el deseo y la oración de todos los que hemos tenido alguna parte en la ela- boración y publicación del Comentario. Ha sido una labor de equipo, fruto de esfuer- zos mancomunados, respuesta a sentidas necesidades de parte del pueblo de Dios en nuestro mundo hispano. Que sea un vehículo que el Señor en su infinita misericordia, sabiduría y gracia pueda bendecir en las manos y ante los ojos de usted, y muchos otros también.

Los Editores

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Editorial Mundo Hispano

Lista de Artículos Generales

Tomo

1:

Principios de interpretación de la Biblia

Tomo

2:

Autoridad e inspiración de la Biblia

Tomo

3:

La ley (Torah)

Tomo

4:

La arqueología y la Biblia

Tomo

5:

La geografía de la Biblia

Tomo

6:

El texto de la Biblia

Tomo

7:

Los idiomas de la Biblia

Tomo

8:

La adoración y la música en la Biblia

Tomo

9:

Géneros literarios del Antiguo Testamento

Tomo

10:

Teología del Antiguo Testamento

Tomo

11:

Instituciones del Antiguo Testamento

Tomo

12:

La historia general de Israel

Tomo

13:

El mensaje del Antiguo Testamento para la iglesia de hoy

Tomo

14:

El período intertestamentario

Tomo

15:

El mundo grecorromano del primer siglo

Tomo

16:

La vida y las enseñanzas de Jesús

Tomo

17:

Teología del Nuevo Testamento

Tomo

18:

La iglesia en el Nuevo Testamento

Tomo

19:

La vida y las enseñanzas de Pablo

Tomo

20:

El desarrollo de la ética en la Biblia

Tomo

21:

La literatura del Nuevo Testamento

Tomo

22:

El ministerio en el Nuevo Testamento

Tomo

23:

El cumplimiento del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento

Tomo

24:

La literatura apocalíptica

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[Pag. 9]

AUTORIDAD E INSPIRACION DE LA BIBLIA

INTRODUCCION

JOSÉ BORRÁS

Todos los grupos evangélicos que mantienen los principios básicos de la Reforma del siglo XVI, es decir, sólo la fe, sólo la gracia y sólo la Escritura, creen y sostienen que la Biblia es la única norma de fe y conducta cristiana, constituyendo la suprema y última autoridad, tanto para la iglesia como para el creyente. En este aspecto, las iglesias evangélicas, llamadas vulgarmente “protestantes”, se diferencian de la Iglesia Católica Romana en que ésta, junto con las Sagradas Escrituras, mantiene otras fuen- tes de inspiración con la misma autoridad que aquélla. Estas otras fuentes de inspira- ción son tres:

(1) La tradición, es el conjunto de verdades reveladas no contenidas en las Sagra- das Escrituras que se han transmitido oralmente de padres a hijos en el transcurso de los siglos.

(2) Las conclusiones de los concilios ecuménicos. Un concilio ecuménico es una jun- ta o congreso de obispos, teólogos y otros eclesiásticos y personas destacadas e influ- yentes de la Iglesia Católica Romana de todas las partes de la cristiandad, o de una gran parte de ella (ecuménico significa universal) convocados legítimamente para deli- berar y decidir sobre las materias de fe y conducta. Hasta el presente se han celebra- do veintiún concilios ecuménicos. El primero tuvo lugar en Nicea, el año 325 d. de J.C., y en él se condenó la doctrina arriana, aceptándose que el Hijo era consubstan- cial al Padre. El último tuvo lugar en el Vaticano, Roma, recibiendo el nombre de Vati- cano II, que comenzó con el papa Juan XXIII en el año 1962 y terminó con el papa Pablo VI en 1963, habiéndose tratado de “La Constitución de la Iglesia”.

(3) Las proclamaciones de los romanos pontífices, cuando éstos hablan excáthedra, esto es, como maestros supremos de su iglesia, sobre materias de doctrina y de prác- tica. Como ejemplos de estas proclamaciones podemos citar las declaraciones dogmá- ticas de la inmaculada concepción de María, en 1854; de la infalibilidad del romano pontífice en 1870; y la última de todas, la de la asunción de María a los cielos en

1950.

AUTORIDAD DE LAS ESCRITURAS

La palabra “autoridad” se deriva de la palabra “autor”, por lo que la autoridad que poseen las Escrituras le viene de Dios, su autor, quien valiéndose de personas huma- nas escogidas, que han tenido una experiencia personal con él, se ha revelado a sí mismo a los hombres. Esta revelación se halla contenida en las Escrituras.

Dios no sólo ocupa el centro del mensaje bíblico, siendo el “objeto” principal [Pag. 10] (la Biblia habla de Dios en la creación, en la redención y concluye hablando de él

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en la restauración final), sino que es también el “sujeto” principal que crea, redime y restaura, revelándose a los hombres de muy diversas maneras, como por medio de sueños, visiones, audiciones de voces sobrenaturales, intervenciones divinas y, de forma muy especial, en la persona de su amado hijo Jesucristo. Así lo dice el autor de la epístola a los Hebreos: Dios, habiendo hablado en otro tiempo muchas veces y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo (1:1, 2).

Dios habla a los hombres, inspirándoles a través de su Espíritu para que dejen constancia escrita de esa revelación que él ha hecho de sí mismo, mostrándoles por un lado, su propia naturaleza, es decir, su santidad y amor; y por otro lado, lo que él espera de los hombres a quienes creó para que tuviesen comunión con él, pero que habiéndose alejado de él por el pecado, desea reconciliarlos nuevamente consigo me- diante el hecho histórico y salvífico de la muerte de Cristo (2 Cor. 5:19).

Quienes rechazan la autoridad de la Biblia lo hacen porque no aceptan que Dios se haya revelado a sí mismo, inspirando a los escritores sagrados que éstos dejaran constancia de dicha revelación. Es necesario, pues, que comencemos aclarando los términos de revelación e inspiración, para que podamos comprender qué queremos decir al afirmar que la Biblia es la palabra de Dios, la cual ha sido inspirada y que, por eso mismo, posee autoridad sobre la iglesia y sobre cada uno de los creyentes en todo lo que tiene que ver con su fe y su conducta.

Revelación e inspiración. A veces se confunden estos términos a causa de la in- terrelación de los mismos. A pesar de su estrecha conexión entre sí, no son ni signifi- can lo mismo. La revelación es el hecho básico y fundamental, por el que Dios se da a conocer a sí mismo y que acontece en primer lugar. La inspiración sucede en segundo lugar, teniendo como objetivo poner de manifiesto la revelación que Dios ha hecho al hombre. Puede existir la revelación sin la inspiración, pero nunca existirá la inspira- ción sin haber tenido lugar antes la revelación. En otras palabras, la revelación es la verdad que emerge en la mente de una persona a la que Dios se ha manifestado; mientras que la inspiración es el deseo de que esa verdad sea conocida por otras per- sonas y, por lo mismo, se escribe para que quede constancia y pueda ser transmitida a otros. La confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, diciendo a Jesús: ¡Tú eres el Cris- to, el Hijo del Dios viviente! (Mat. 16:16), es una revelación; pero el hecho de que el evangelista Mateo la dejase por escrito para beneficio de sus lectores fue una inspira- ción que el Espíritu Santo le hizo.

Ya hemos mencionado que Dios utiliza diversas maneras para revelarse, valiéndose de visiones, sueños, ángeles y muchas otras maneras. Sin embargo, la revelación más completa y maravillosa tuvo lugar en la persona de su Hijo, hecho carne y habitando entre nosotros. A través de él podemos conocer a Dios: Felipe, ¿y no me has conocido? El que me ha visto, ha visto al Padre (Juan 14:9).

Creyendo en la bondad de Dios es lógico pensar que él quisiera comunicarse a los hombres para que éstos tuvieran un conocimiento adecuado de él, de su [Pag. 11] na- turaleza, de sus atributos, de sus obras y de sus propósitos para con el hombre. Este conocimiento no se puede alcanzar plenamente por medio de la observación de la na- turaleza, o revelación natural. Es cierto que algunos atributos de Dios, como su sabi- duría, su grandeza y su poder pueden conseguirse observando la creación, tal como dice el salmista: Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos (Sal. 19:1); pero, es igualmente cierto, que mediante la observación y el

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estudio de la naturaleza nunca llegaríamos a descubrir otros atributos divinos, como son la justicia, la misericordia, la santidad y el amor de Dios. Como afirma el erudito Bernard Ramm “el conocimiento acerca de Dios debe ser un conocimiento que proce- da de Dios”.

El estudiante de la Biblia debe tener siempre presente que la revelación no fue total y completa desde el principio, sino que ha sido gradual y progresiva. Dios ha venido revelando a los hombres la verdad paso a paso, conforme éstos podían asimilarla. Hay pasajes en el AT que escandalizan a los lectores modernos por su falta de ética moral. Así el autor del Salmo 137 se deleita pensando que las cabezas de los hijos de sus enemigos serán estrelladas contra la roca. El autor del Salmo 69 ruega a Dios que nunca perdone a sus enemigos. El profeta Samuel condena a Saúl por no matar a los niños pequeños de sus adversarios y por no haber cometido un genocidio total. Lo mismo podemos decir con respecto a ciertas prácticas como la esclavitud, la poliga- mia, la prostitución sagrada, el divorcio, etc., que eran habituales en las leyes, cos- tumbres e ideales de los pueblos vecinos a los israelitas en aquellos tiempos antiguos. En estos y en otros casos similares podemos decir lo que Jesús dijo a los fariseos cuando éstos le preguntaron acerca del divorcio, afirmando que ésta no era la volun- tad de Dios, sino que él consentía tales prácticas, a causa de la dureza del corazón de los hombres (Mat. 19:8).

Al afirmar que la Biblia ha sido inspirada por Dios, estamos diciendo que los escri- tores sagrados no actuaron por iniciativa propia, sino por iniciativa divina, impulsa- dos por el Espíritu Santo para que sus escritos comunicasen el mensaje de Dios a los hombres (2 Ped. 2:21). Al decir que los hombres de Dios escribieron los libros de la Biblia guiados por el Espíritu Santo, debemos entender el término escribir en un sen- tido amplio y especial, incluyendo no sólo el hecho de relatar el suceso por escrito, sino también el hecho de investigar los acontecimientos, seleccionar los documentos, arreglar los materiales, y todos aquellos pasos que conducen a la presentación de los hechos. Esto es lo que hizo el evangelista Lucas cuando se sintió inspirado para escri- bir el Evangelio, tal como él mismo lo dice en Lucas 1:1–3.

El texto de 2 Timoteo 3:16 que dice: Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para la enseñanza, para la reprensión, para la corrección, para la instrucción en justi- cia, es fundamental para comprender el significado del término inspiración. La pala- bra griega utilizada por Pablo, theopnéustos, literalmente indica que los escritos fue- ron producidos por el “soplo de Dios”, indicando con ello que los escritores no sólo fueron dirigidos por Dios, sino que Dios infundía a sus escritos esa cualidad especial que los convertía en útiles para enseñar, reprender, corregir e instruir en justi- cia.[Pag. 12]

El hecho de que algunos eruditos eliminen el primer verbo y traduzcan el texto di-

ciendo: toda Escritura divinamente inspirada es útil para la enseñanza,

sentido esencial de lo que Pablo quiso poner de manifiesto, es decir, que el AT, la Es- critura, el conjunto de libros aceptados por los judíos de Palestina, había sido escrito bajo la inspiración de Dios y por lo mismo, tenía que ser considerado como la última y suprema norma de fe.

no cambia el

Doble elemento en la Biblia. Al hablar de la inspiración de las Escrituras debe- mos tener en cuenta un doble elemento: el elemento divino (toda Escritura es inspi- rada por Dios, 2 Tim. 3:16) y el elemento humano (los hombres hablaron de parte de Dios, 2 Ped. 1:21). Esto nos lleva a considerar cómo están relacionados entre sí estos

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dos elementos, el divino y el humano, en la composición de los escritos bíblicos. Es de suma importancia mantener presente el doble elemento, sin sobreenfatizar uno sobre el otro, lo que inevitablemente nos conduciría al error, como aconteció a algunos teó- logos importantes de los primeros siglos del cristianismo, en relación con la doble na- turaleza de Cristo.

Elemento divino. La Biblia es el libro de Dios, porque a través de él revela su vo- luntad a los hombres. A menos que se parta de la base de que las Escrituras han sido inspiradas por Dios (2 Ped. 1:21), utilizando a hombres que tuvieron una experiencia espiritual íntima y personal con él, no se podrá entender el valor religioso y espiritual que las convierte en un libro único, distinto de todos los demás libros, con un mensa- je válido para todos los hombres en todos los tiempos y en todas las partes del mun- do.

De hecho, solamente las personas que hayan tenido una verdadera experiencia es- piritual con Dios, de comunión y de perdón, como la que tuvieron los escritores de la Biblia, podrán entender el verdadero significado de las verdades morales y espirituales contenidas en sus páginas y el mensaje que Dios dirige a través de ellas a los hom- bres. Cualquier otro acercamiento a las Escrituras, ya sea desde un punto de vista literario, histórico, filosófico o científico aparte del interés religioso y espiritual, con- duce necesariamente a un fracaso completo.

Este elemento divino de las Escrituras se manifiesta claramente entre otras cosas, por la unidad de propósito que se ve en medio de la diversidad de sus sesenta y seis libros, escritos por más de treinta autores distintos y en un período superior a los mil años. Es necesario aceptar que ha habido una mente superior dirigiendo la mente de todos esos escritores.

Elemento humano. El segundo elemento a tener en consideración en los escritos bíblicos es el elemento humano. La Biblia ha sido escrita en un lenguaje humano, por hombres con habilidades y debilidades humanas. Al transmitir los pensamientos que Dios les inspiraba, no se suprimía la personalidad del autor, ni coartaba su libertad de expresión, sino que cada uno de ellos escribía utilizando sus propias palabras, así como sus propias peculiaridades gramáticales y estilo. Algunos escribieron utilizando un lenguaje muy bueno, mientras que otros usaron un vocabulario más deficiente; algunos conocían muy bien las reglas gramaticales y otros no tanto; algunos utiliza- ban la poesía y otros la prosa común; algunos empleaban un lenguaje figurado repleto de metáforas, símiles y alegorías, [Pag. 13] mientras que otros utilizaron un estilo lla- no y sin adornos literarios. Cualquier lector de la Biblia puede darse cuenta fácilmen- te que los escritos de Juan son muy diferentes de los de Pedro; así como que el hebreo puro de Isaías es distinto del hebreo arameizado de Daniel. Estas diferencias de estilo pueden atribuirse, no sólo al hecho de que eran personas pertenecientes a distintas épocas y a diferentes niveles sociales y culturales, sino también a las circunstancias peculiares en las que escribieron. Moisés, siendo el caudillo de su pueblo que andaba de acá para allá, escribiría en medio de las dificultades del desierto; mientras que Da- vid, siendo rey y viviendo en un palacio, escribiría en circunstancias mucho más có- modas y tranquilas. Isaías, siendo pariente de reyes y teniendo entrada en el palacio, usa ejemplos relacionados con la familia real; mientras que Amós, siendo un pastor que camina tras el rebaño al aire libre, usa ejemplos de los animales del campo que forman el medio ambiente en el que se halla. Sin embargo, todos esos escritores, con las características particulares de cada uno, su idiosincrasia personal, sus talentos y preferencias de estilo, y sus propios modos y maneras de presentar el mensaje, escri-

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bían bajo la dirección e inspiración del Espíritu Santo, realizándose una valiosa y ar- monizada colaboración del elemento humano con el divino.

TEORIAS SOBRE LA INSPIRACION

Aunque generalmente todos los eruditos bíblicos aceptan que la Biblia ha sido ins- pirada por Dios, no todos entienden lo mismo cuando se hace semejante afirmación. Por eso es bueno que conozcamos bien lo que se entiende por inspiración, así como las diversas teorías existentes sobre la manera en que Dios inspira a los escritores.

El Dr. Augusto H. Strong, en su obra Teología Sistemática, define la inspiración di- ciendo que es “aquella influencia del Espíritu de Dios sobre la mente de los escritores de la Biblia que hace de esos escritos el relato de una revelación divina progresiva y suficiente, siempre y cuando se tomen juntos y se interpreten por el mismo Espíritu que los inspiró para guiar a todo buscador sincero hacia Cristo y hacia la salvación.”

Con el fin de armonizar la relación entre los elementos divino y humano en la ins- piración de las Escrituras, se han presentado diversas teorías que básicamente pue- den reducirse a dos grupos, las que dan énfasis al escritor y las que hacen hincapié sobre el escrito, las cuales se subdividen, a su vez, en otras teorías que mencionare- mos brevemente.

Teorías que dan énfasis sobre el escritor

1. Teoría de la intuición. Según esta teoría, la inspiración es sólo el conocimiento

natural del hombre, elevado a un plano más alto de desarrollo. Puesto que Dios mora en todos los hombres, todos ellos son inspirados. El grado de inspiración depende de su capacidad natural, mental y espiritual. Según esta teoría, la inspiración de los es- critores del Antiguo y Nuevo Testamentos es similar a la inspiración que mueve a los poetas, escultores y pintores a realizar sus obras maestras. En tal caso, la Biblia es un conjunto de [Pag. 14] libros escritos por hombres religiosos de Israel que poseían una facultad intelectual extraordinaria, como pudiera ser el caso de Juan Milton, Mi- guel de Cervantes, o cualquier otro escritor famoso. Si la Biblia es un libro superior a los demás libros conocidos, es porque sus autores poseían más sabidurías interna que

los demás escritores.

Esta teoría es generalmente rechazada por los creyentes evangélicos, ya que todo el énfasis está puesto sobre el hombre y no en Dios. Los propios escritores bíblicos afir- man repetidamente que Dios hablaba por medio de ellos. Baste como ejemplo lo que nos dice David: El Espíritu de Jehovah ha hablado por medio de mí, y su palabra ha estado en mi lengua (2 Sam. 23:2).

2. Teoría de la iluminación. Esta teoría se diferencia de la anterior en que da én-

fasis al grado de las percepciones religiosas en lugar de las facultades naturales de las personas. Según esta teoría, la inspiración de los escritores de la Biblia se distingue

solamente en grado no en calidad, de la que tienen todos los creyentes. En un sentido, los escritores bíblicos tuvieron la misma clase de inspiración que tuvieron los Padres de la Iglesia, pero en un grado superior a la de éstos.

Tampoco esta teoría puede ser mantenida, puesto que confunde la iluminación que el Espíritu Santo da a todos los creyentes con la inspiración que él concede a algunos hombres escogidos para dejar constancia de la revelación del mensaje de Dios para

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todos los hombres. La iluminación tiene que ver con la comprensión de las verdades que ya han sido reveladas e inspiradas, y que, por lo mismo, se hallan escritas en la Biblia.

Teorías que dan énfasis a lo escrito

1. Teoría de la inspiración mecánica. Esta teoría, llamada también de dictado,

enfatiza el elemento divino o sobrenatural hasta tal punto que anula la personalidad

del escritor humano, al que convierte en un simple amanuense o secretario. Siguiendo esta interpretación, los rabinos judíos decían: “Los escritores son como flautas que repiten los sonidos de la música soplada por el flautista divino, que es Dios”.

Esta interpretación, semejante a la que los mahometanos atribuyen a la composi- ción del Corán, fue generalmente aceptada hasta el siglo pasado por la mayoría de los eruditos bíblicos, tanto católicos como evangélicos, y continúa siendo aceptada en nuestros días por algunos grupos ultraconservadores, quienes sostienen que Dios dic- tó palabra por palabra cada uno de los libros de la Biblia. Sin embargo, pocos teólogos destacados de nuestro tiempo aceptan este modo de interpretar la inspiración bíblica. Las mismas diferencias en los escritos, a las que hemos hecho alusión al tratar del elemento humano, indican que Dios no es el autor real de cada palabra.

Mantener la inspiración mecánica de las Escrituras es hacer responsable a Dios de los errores gramaticales, históricos y científicos que puedan aparecer en la Biblia. Sa- bemos que los escritores sagrados estaban interesados en asuntos de carácter religio- so, moral y espiritual, para darnos a conocer la historia de la salvación; pero no en darnos información en el campo de la investigación y del [Pag. 15] conocimiento cien- tífico, enseñándonos en sus escritos geografía o astronomía. Esto es lo que ya en el siglo IV de nuestra era escribía acertadamente San Agustín de Hipona en su Comenta- rio sobre el Génesis, al decir: “Los escritores sagrados, o mejor el Espíritu Santo que hablaba por ellos, no pretendió enseñar a los hombres cosas puramente científicas, puesto que en nada les habían de servir para su salvación”. Y en otro lugar, nos dice el mismo autor: “No se lee en el Evangelio que dijera el Señor: ’Os enviaré el Paracleto para que os enseñe el curso del sol y de la luna’. Porque quería hacer cristianos y no matemáticos”. La interpretación mecánica apoya lo que, irónicamente, señala Abra- ham Kuyper cuando dice: “Cualquier alumno de enseñanza primaria que supiera es- cribir al dictado podría haber escrito la epístola a los Romanos tan bien como la escri- bió el apóstol Pablo”.

2. Teoría de la inspiración dinámica. Esta teoría enseña que lo que Dios ha ins-

pirado no ha sido el lenguaje, sino el mensaje, dejando que los escritores sagrados transmitiesen la verdad divina que él les revelaba en sus propias palabras humanas y en el estilo literario y lingüístico propio de cada escritor. Esto ha dado como resultado la gran variedad y la belleza literaria que encontramos en los distintos libros de la Bi-

blia.

Según esta teoría, aceptada por la mayoría de los eruditos de nuestro tiempo, en la inspiración Dios no anula ni limita la personalidad de los escritores, sino que los usa como instrumentos humanos que poseen sus peculiaridades particulares e individua- les. De idéntica manera, Dios permite que cada escritor utilice los términos y expre- siones que, siendo características de su tiempo y cultura, expresan adecuadamente la revelación divina.

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Para concluir esta sección sobre la inspiración, es conveniente señalar que la ex- presión “inspiración verbal” no significa lo mismo para todos los eruditos bíblicos. Mientras unos entienden por esa frase que la inspiración es mecánica, otros entien- den que es dinámica.

También debemos indicar que hay personas que aceptan que las Escrituras fueron inspiradas por Dios, pero sólo en lo que se refiere a los autógrafos originales y no a los manuscritos y versiones que poseemos actualmente, que proceden de copias de otras copias, y que presentan gran cantidad de variantes, y hasta contradicciones, entre los distintos textos. Por ello, niegan que la inspiración divina alcance a las traducciones y ediciones de la Biblia que poseemos actualmente.

Sin embargo, y en ello concuerdan los mejores eruditos, se puede afirmar que la inmensa mayoría de las discrepancias son de menor importancia, tratándose en mu- chos casos de errores de caligrafía y omisiones de letras o palabras, pero que no cam- bian su significado esencial ni alteran ningún precepto o doctrina religiosa. Esto se ve confirmado con el descubrimiento, en el año 1947, de las cuevas del Qumrám, junto al mar Muerto, donde se ha encontrado, entre otros muchos otros manuscritos, un pergamino que contiene el libro de Isaías, perteneciente al siglo primero a. de J.C. y que, prácticamente, es igual libro de Isaías que tenemos en el texto masorético perte- neciente al siglo XI de la era cristiana. El profesor Stuart nos dice: “De las ochocientas mil variantes de la [Pag. 16] Biblia que he clasificado, cerca de setecientas noventa y cinco mil son de una importancia similar a si en la ortografía inglesa tenemos que es- cribir’honour’ o bien “honor” olvidando la u. Es decir, no tiene ninguna importancia en cuanto a significado, sino simplemente en cuanto a ortografía. Las restantes ofre- cen algún cambio de sentido en ciertos pasajes o expresiones, u omiten una palabra y hasta, alguna vez, una frase entera; pero ninguna doctrina religiosa es alterada por tal motivo; ningún precepto es quitado; ningún hecho importante queda alterado por la totalidad de las diversas variantes del texto bíblico tomadas en conjunto.”

La autoridad de la Biblia procede, pues, del hecho de que esa importante obra, ha sido inspirada por Dios. La inspiración divina es la que le otorga una autoridad única que no posee ningún otro libro. Y puesto que Dios nos habla a través de sus páginas, podemos afirmar que la Biblia es la palabra de Dios, y que sólo ella deber ser la última autoridad, tanto para la iglesia como para el creyente, en cuanto a los asuntos de fe y práctica. Cualquier otra declaración doctrinal, como puedan ser los credos o las con- fesiones de fe, tendrá autoridad espiritual solamente en la medida en que exprese lo que enseñan las Escrituras. Asimismo, el sermón predicado por cualquier ministro del evangelio, se convertirá en palabra de Dios y reflejará la voluntad divina, en la medida que el predicador se ciña al mensaje contenido en la palabra escrita en la Biblia.

Existe una gran discusión entre los teólogos liberales y los conservadores con res- pecto a si la Biblia es la palabra de Dios, o si sólo la contiene. Mientras la posición li- beral defiende que la Biblia contiene la Palabra de Dios mezclada con las palabras de los hombres, la posición más conservadora sostiene que la Biblia es la palabra de Dios, llegando algunos a afirmar que hay que aceptarla literalmente, con puntos y comas, desde el “en” hasta el “amén, esto es, desde la primera palabra del Génesis hasta la última del Apocalipsis.

Sin embargo, conviene señalar que cuando decimos que la Biblia es la palabra de Dios no estamos afirmando que Dios ha hablado cada una de las palabras que contie- ne. De hecho hay palabras que han sido dichas por Dios; otras fueron dichas por án-

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geles; otras por los escritores humanos, inspirados por Dios; otras por enemigos de Dios, otras por los propios demonios, e incluso otras por animales irracionales como en el caso del asna de Balaam (Núm. 22:28–30) y de la serpiente en el Edén (Gén. 3:1– 5). Lo que queremos decir es que, detrás de todas ellas, se encuentra Dios dándonos el mensaje que él quiere hacernos llegar.

Karl Barth, uno de los principales teólogos neoortodoxos del siglo XX, (corriente teológica que, rechazando la doctrina racionalista del siglo XIX, mantiene las doctri- nas tradicionales, pero reinterpretándolas teniendo en cuenta los adelantos científi- cos, los descubrimientos arqueológicos y los estudios bíblicos y hermenéuticos de los últimos tiempos) defiende que la Biblia es la palabra de Dios para el lector que, al leer- la, reconoce y acepta que Dios le está hablando directa y personalmente a él. En este caso, y sólo en este caso, las palabras de los escritores bíblicos se convierten en la pa- labra de Dios, puesto que él está hablando al hombre a través de la palabra escrita. En este caso, el hombre [Pag. 17] reacciona positiva o negativamente al mensaje de Dios.

Algunos eruditos modernos, siguiendo al teólogo alemán Rudolf Bultmann, hablan de la necesidad de desmitificar, o desmitologizar la Biblia, diciendo que ésta contiene gran cantidad de “mitos” por haber sido escrita en tiempos antiguos, poco rigurosos en el aspecto científico y en los que se utilizaron expresiones y figuras literarias que resultan inaceptables en nuestro tiempo. Sobre este tema debemos hacer tres obser- vaciones que pueden sernos útiles:

La primera es señalar que cuando estos eruditos hablan de “mitos” en la Biblia, hay que entender ese término en el sentido teológico en el que ellos lo usan, y no en el sentido tradicional y popular de algo ficticio inventado por los hombres. Para Bult- mann y sus seguidores, un “mito” es una verdad doctrinal presentada en un lenguaje literario que la hermosea y la hace comprensible a los lectores. Estos teólogos no sue- len negar la verdad existente, pero rechazan el ropaje literario en el que la verdad se halla envuelta. Por ejemplo, al leer en la Biblia el relato de la caída de nuestros prime- ros padres en el paraíso, dicen que la verdad consiste en que Adán y Eva pecaron des- obedeciendo a Dios; pero el relato bíblico que describe al diablo tentándolos a comer una fruta, afirman ser un “mito”. La enseñanza expuesta en el capítulo tercero del Génesis es que el hombre pecó. La forma de presentar esa enseñanza es un “mito” que no hay que interpretar literalmente.

La segunda observación consiste en señalar que la Biblia contiene la revelación de Dios para todos los hombres en todas las épocas. La Biblia fue escrita hace muchos siglos en un lenguaje que podía ser entendido y aceptado por los contemporáneos de los escritores sagrados. Si éstos hubiesen escrito sus libros con la rigidez científica requerida por los hombres del siglo XX, su lectura hubiese resultado incomprensible para sus contemporáneos y para los hombres de las épocas anteriores a la nuestra. Por ello, tanto los eruditos bíblicos, como los teólogos y los predicadores de todos los tiempos, tienen la responsabilidad de reformular e interpretar las verdades bíblicas que son eternas e inmutables, en el lenguaje comprensible al pueblo con el que viven. Este es uno de los grandes valores de las nuevas versiones de la Biblia y lo que ha pretendido obtener el equipo editorial de la Reina-Valera Actualizada, presentado el mensaje de siempre en el lenguaje de hoy.

La tercera, y la más importante de las observaciones, es señalar que, aunque en la Biblia puedan haber relatos no expuestos científicamente, así como figuras y expre-

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siones retóricas extrañas a la cultura del siglo XX, las verdades esenciales que contie- ne están expuestas de tal manera que lo mismo los sabios que los incultos entienden su verdadero significado. Todo lector sincero y libre de prejuicios comprende lo que quiere decir que Dios es el creador de todo cuanto existe; que Dios es un padre de amor, que nos perdona y recibe cuando vamos a él arrepentidos; que todos los hom- bres han pecado y necesitan arrepentirse; que Cristo Jesús vino al mundo y murió en una cruz para salvar a los pecadores; que él resucitó al tercer día y está intercediendo por su pueblo, que es la iglesia; y que un día regresará de nuevo a la tierra para juz- gar a los hombres, dándoles una recompensa o un castigo eternos de acuerdo a cómo hayan vivido. Estas [Pag. 18] verdades, que resumen la esencia de la Biblia, son com- prensibles para todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares.

Hay que señalar que, aunque debemos amar la Biblia, considerándola como un verdadero tesoro, leyéndola con gran devoción y estudiándola con espíritu de oración, no debemos convertirnos en bibliólatras, considerando la Biblia como un fin en sí misma, sino como un medio adecuado que nos conduce a Dios. El teólogo Emil Brun- ner, neoortodoxo y suizo como Barth, a la vez que contemporáneo suyo, ridiculiza a quienes, rechazando al Papa de Roma, convierten la Biblia en un “Papa de papel”.

La Biblia no llama la atención hacia sí misma, ni se nos presenta en ninguna parte como el objeto de nuestra fe, sino que, a la vez que nos indica que su mensaje provie- ne de Dios, ella se convierte en un señalizador que nos ayuda a dirigir nuestra fe hacia ese Dios vivo que se revela a través de sus páginas y que se encarna en la per- sona de Jesucristo para reconciliar al mundo consigo mismo (2 Cor. 5:19). La Biblia es como ese letrero que encontramos en medio de una carretera indicándonos la di- rección que debemos seguir para llegar a nuestro destino. El letrero no es el punto final de nuestro viaje, sino la ayuda que necesitamos para llegar sin equivocarnos a nuestro destino.

La Biblia demuestra su inspiración divina en la presentación de su mensaje. Tanto en el AT como en el NT, la Biblia enseña claramente que el mensaje proclamado es la palabra de Dios.

Antiguo Testamento. Los escritores sagrados, y muy concretamente los profetas, afirman que ellos transmiten lo que Dios les revela. Moisés afirmó que él hablaba lo que Dios le decía (Exo. 24:4). Cerca de 100 veces aparece en el Pentateuco la frase Dios habló a Moisés, diciendo; y a continuación Moisés escribió lo que Dios le había dicho. Lo mismo sucedió con Josué (Jos. 4:15), Samuel (1 Sam. 15:10) y otros, quie- nes escribieron lo que Dios les decía.

Los profetas hablaron con la plena convicción de hacerlo bajo la inspiración directa de Dios. Más de 200 veces encontramos en boca de los profetas frases como estas: La palabra de Jehovah vino a mí, diciendo; oíd la palabra del Señor; Dios habló diciendo; así dice el Señor. Otras veces las Escrituras enseñan que el Espíritu de Dios vino o cayó sobre los profetas, o que ellos recibieron la Palabra de Dios y se sintieron impeli- dos a comunicarla. Así sucede en Isaías 8:11, Jeremías 1:2–9 y Ezequiel 1:3. Hay 16 profetas que afirman haber hablado bajo la dirección divina. En Exodo 7:1 se enseña que el profeta es una persona que habla en nombre de Dios al pueblo de su tiempo; o, dicho de otra manera, que trae las palabras de Dios a los hombres a los que se dirige (Exo. 4:22; Jer. 1:9).

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Algunas personas tienen un concepto equivocado, creyendo que un profeta es al- guien que adivina el futuro. Quien adivina el futuro es un adivino. El profeta, sin em- bargo, tiene la misión de declarar la voluntad de Dios a las personas a las que se diri- ge. Sólo debido al hecho de que existían profetas falsos, que afirmaban lo que Dios no les había revelado, es que, algunas veces, los profetas verdaderos anuncian el cum- plimiento de tal o cual suceso para que, cuando éste se [Pag. 19] cumpla, las perso- nas recuerden el vaticinio y reconozcan que el profeta que lo predijo era verdadero y proclamaba lo que Dios le había revelado. De aquí que las predicciones tuvieran que tener su cumplimiento poco tiempo después de haber sido anunciadas.

Algunas veces, y así acontece en algunas profecías mesiánicas, las palabras del profeta pueden tener una doble proyección: la primera tiene una aplicación inmediata para sus contemporáneos; y la segunda se cumplirá a la llegada del Mesías, siendo posible que el alcance de esta segunda proyección nunca haya pasado por la mente del profeta. Un ejemplo de esta clase de profecía la encontramos en el libro de Isaías, cuando el rey Acab no quiere pedir al profeta una prueba que le asegure de que éste habla en nombre de Dios, y ante la negativa del rey, Isaías le da la prueba, diciendo:

El mismo Señor os dará la señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel (Isa. 7:14). Esta profecía se cumplió unos años después de pronunciada, ya que tenía que ver con la desaparición de los reinos de Siria e Israel que, con sus reyes Rezín y Pécaj, quisieron convencer al rey de Judá, Acab, para que se les uniera contra Asiria. El profeta dice al rey Acab que no tenga miedo, pues antes de que el niño que va a nacer de la mujer que aún es virgen sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, es decir, alcance el uso de la razón, la tierra de esos dos reyes será abandonada (Isa. 7:16). La segunda aplicación de la profecía tuvo lugar cerca de 800 años después de pronunciada, cuando en Belén de Judá nació Jesús. El evangelista Mateo afirma: Todo esto aconteció para que se cumpliese lo que habló el Señor por me- dio del profeta, diciendo: "He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emanuel" (Mat. 1:22, 23).

Nuevo Testamento. En los días de Jesús los judíos poseían un conjunto de 39 li- bros considerados como inspirados, que estaban catalogados en tres grupos: Ley, Pro- fetas y Escritos Sagrados. Estos libros eran considerados como grafé, es decir, Escri- tura, o las Escrituras (Rom. 9:17; Luc. 24:27), a las que a veces se les añadía el califi- cativo de “santas” o “sagradas” (Rom. 1:2, 2 Tim. 3:15). Estos libros son los que com- ponen lo que conocemos como el Antiguo Testamento. El NT, compuesto por otros 27 libros, fue escrito después de la muerte de Cristo, entre los años 65 y 100 de nuestra era. Veamos en qué concepto tenían Jesús y los apóstoles los libros que constituían la Biblia en su tiempo.

Jesús demostró siempre una gran reverencia y un profundo respeto hacia las Es- crituras, a las que apelaba para apoyar sus argumentos. En Juan 10:35 dijo que la Escritura no puede ser anulada. Hablando de sí mismo, afirmó que no había venido

para abrogar la Ley o los Profetas, sino para darles cumplimiento, y añadió que ni si- quiera una jota, ni una tilde pasará de la ley hasta que todo haya sido cumplido (Mat. 5:17, 18). En presencia de sus adversarios afirmó que la causa de su incredulidad era que no conocían las Escrituras (Mat. 22:29). Y al querer demostrar que él era el en-

viado de Dios, les dijo: Escudriñad las Escrituras, porque

monio de mí (Juan 5:39). Para Jesús una cita de las Escrituras era el fin de cualquier controversia. Decir “así [Pag. 20] está escrito” era como decir “así dice el Señor”. De esta manera refutó las tentaciones del diablo en el desierto (Mat. 4:4–10; Luc. 4:4, 8). En Juan 14:26 leemos que Jesús prometió a sus discípulos que cuando él se marcha-

ellas son las que dan testi-

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se les enviaría al Consolador, el cual les enseñaría todas las cosas y les recordaría to- do lo que él les había dicho. Esta promesa se cumplió el día de Pentecostés y, desde entonces, los discípulos hablaron convencidos de que sus palabras eran las palabras de Dios (1 Tes. 2:13) y se sentían seguros de que su testimonio era el testimonio de Dios (1 Jn. 5:9–12).

Pedro nos dice en Los Hechos 1:16 que era necesario que se cumpliesen las Escritu-

ras, en las cuales el Espíritu Santo habló de antemano por boca de David acerca de Ju-

En Los Hechos 3:18 afirma que lo que le había acontecido a Cristo es el cum-

plimiento de lo que Dios había anunciado de antemano por boca de todos los profetas. Expone la misma idea al escribir que ninguna profecía de la Escritura es de interpreta- ción privada; porque jamás fue traída la profecía por voluntad humana; al contrario, los hombres hablaron de parte de Dios siendo inspirados por el Espíritu Santo (2 Ped. 1:20, 21). En este mismo capítulo, en los versículos precedentes, afirma que la voz de la profecía es más cierta que lo que él, Pedro, experimentó en el monte de la transfigura- ción, cuando Jesús recibió la visita de Moisés y Elías, escuchándose una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia. A él oíd (Mat. 17:5). In- dudablemente, el Apóstol jamás podría dudar de lo que en aquella extraordinaria oca- sión había visto y oído; pero afirma que más cierto aún que lo que vio y oyó era la re-

das

velación de Dios provista en las Escrituras (2 Ped. 1:17–19).

Pablo tenía la plena convicción de que al proclamar su mensaje estaba presentan- do la Palabra de Dios. En 1 Tesalonicenses afirma: Damos gracias a Dios sin cesar; porque cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de parte nuestra, la aceptas-

teis, no como palabra de hombres, sino como lo que es de veras, la palabra de Dios (2:13). En Gálatas 1:11, 12 escribe: Os hago saber, hermanos, que el evangelio que fue

anunciado por mí no es según hombre

portante pasaje de 2 Timoteo 3:16 enfatiza que la Escritura es una revelación directa de Dios. Tanto si el término griego pasa se traduce por “toda”, como si se traduce por “cada”, el significado viene a ser el mismo; pues “toda” da la idea de la totalidad de las

sino por revelación de Jesucristo. Y en el im-

Escrituras; mientras que, “cada” indica que cada una de sus partes ha sido inspirada.

La Biblia muestra su inspiración divina en el cumplimiento de las profecías. Dios que es, a la vez, fiel y poderoso hace que todo cuanto ha sido vaticinado por reve- lación suya se cumpla a su debido tiempo. Se dice que dos tercios de la Biblia se componen de profecías. Sólo una pequeña parte de ellas se ha cumplido hasta el pre- sente; pero las que han tenido cumplimiento demuestran que el resto también se cumplirá. Estas profecías fueron hechas en relación a sucesos, lugares y personas; pero donde más claramente se ve su cumplimiento es en su relación con la persona de Jesucristo, el Mesías, de quien hablaron los grandes profetas del siglo VIII a. de J.C., Isaías, Oseas y Miqueas, así como los salmistas. Son muchas las profecías hechas so- bre el nacimiento e [Pag. 21] infancia de Jesús, igual que sobre las últimas horas de su vida. Como ejemplo de su exacto cumplimiento, mencionaremos sólo unas pocas, tal como las presenta Carlos Neal en su obra La Inspiración de la Biblia.

1. Profecías sobre el Nacimiento e Infancia de Jesús:

Concebido por una virgen, Isaías. 7:14; cumplida en Mateo 1:18, 23–25.

Nacería en Belén, Miqueas 5:2; cumplida en Mateo 2:1.

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Sería llamado de Egipto, Oseas 11:1; cumplida en Mateo 2:15.

2. Profecías sobre la Muerte y Pasión de Jesús:

Le herirán en la mejilla, Miqueas 5:1; cumplida en Lucas 22:64.

Le escupirán en la cara, Isaías 50:6; cumplida en Mateo 26:67.

Le horadarán manos y pies, Salmo 22:16; cumplida en Juan 20:24–27.

Le pondrán entre malhechores, Isaías 53:12; cumplida en Marcos 15:27, 28.

Le sepultarán con los ricos, Isaías 53:9; cumplida en Mateo 27:57–60.

Hay unas 30 profecías sobre su arresto, juicio y muerte que se cumplieron literal- mente en las últimas 24 horas de su vida. Estas y muchas otras profecías hechas con tantísima antelación, y que tuvieron un exacto cumplimiento en la persona de Jesús, ponen de manifiesto la inspiración divina en las personas que las proclamaron. Es curioso notar cómo el evangelista Mateo cita frecuentemente pasajes del AT para de- mostrar que Jesús era el Mesías que llevaba a cabo en sí mismo el cumplimiento de las antiguas profecías. Según el erudito Carlos H. Dodd, uno de los puntos esenciales sobre los que giraba la predicación apostólica, tal como se ve en los Los Hechos de los Apóstoles, era demostrar que las profecías se habían cumplido. De aquí su énfasis en declarar que Jesús nació, murió y resucitó, según estaba anunciado en las Escrituras.

Considerando lo que hemos dicho, podemos finalizar este estudio con la misma conclusión a la que llegó Juan Wesley, y que es citada por Carlos Neal en su libro an- tes mencionado, al decir: “La Biblia debe ser la invención de hombres buenos o de án- geles; de hombres malos o de demonios; o de Dios. No pudo ser la invención de hom- bres buenos o ángeles, porque ellos no querrían ni podrían escribir un libro de tal cla- se mintiendo todo el tiempo, al decir ’así dice el Señor’, cuando todo era de su propia invención. No pudo ser la invención de hombres malos o de demonios, porque ellos no querrían ni podrían escribir un libro que manda todo deber, prohibe todo pecado y condena sus almas al infierno para siempre. Por lo mismo, saco la consecuencia de que, forzosamente, este libro nos vino de Dios por inspiración.”

La Biblia es, pues, el libro inspirado por Dios, en el que encontramos el mensaje que él dirige a los hombres. Para nosotros es la autoridad final en materiales de fe y conducta. Tal vez haya cosas que no entendamos; pero hay suficientes cosas que sí entendemos para conocer la voluntad de Dios para nuestras vidas. ¡Leámosla! ¡Conoz- cámosla! ¡Practiquémosla! y ¡distribuyámosla a otras personas!

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EXODO

Exposición

Andrés Glaze

Ayudas Prácticas

Francisco Almanza

Andrés Glaze

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INTRODUCCION

EL TITULO

Para Israel las primeras palabras del texto formaban el título de sus libros canóni- cos. Al segundo libro del Pentateuco lo designaron como Y estos son los nombres (we’eleth shemoth). A veces, lo llamaba simplemente nombres (shemoth). El nombre “Exodo” llegó por medio de la versión griega de la LXX (cerca de 250 a. de J.C.) que usó el término (exodos) en la traducción de 19:1. Consecuentemente, se lo pusieron como título o tema principal, porque correspondía adecuadamente al contenido de la primera parte narrativa del libro. En la traducción al latín, la Vulgata, hecha por Je- rónimo, la palabra exodus fue usada para “salida”, y así el título fue transmitido a las versiones modernas.

EL CONTENIDO

Si se aplicara estrictamente el significado del título, el libro terminaría con la llega- da del pueblo al monte Sinaí (Exo. 19). Sin embargo, en él se incluye el establecimien- to del pacto con sus responsabilidades, y se agregan los detalles referentes a la cons- trucción y mantenimiento del tabernáculo, o el culto.

El libro es una continuación de la narración patriarcal de Génesis. Aunque se ve la declinación del fervor espiritual del pueblo, todavía rigen las promesas hechas a Abram y el propósito divino de redimir al mundo por medio de él (Gén. 12:1–3). En Exodo se desarrolla el significado del pacto hecho con Abraham y renovado con Isaac y Jacob (ver Gén. 12:1–3, 7; 15:18; 22:17, 18; 26:3, 4; 35:12); además, se demuestra el crecimiento de la familia patriarcal hasta su constitución nacional en Sinaí.

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Al comienzo del libro, unos 400 años después de la época de José, el pueblo se en- cuentra en Egipto duramente oprimido (Exo. 12:40). Entonces llega el momento deci- sivo cuando se han de cumplir los designios del Señor. Se ve la providencia divina desde el nacimiento de Moisés hasta la llegada del pueblo a Horeb, el monte de Dios. El libertador de Israel no es Moisés sino Jehovah; sin embargo, la sombra del instru- mento humano llena las páginas de todo el libro.

Después del llamamiento de Moisés, se presenta el conflicto entre Jehovah y el fa- raón: Se trata de la cuestión, ¿quién de los dos es Dios? Las plagas son demostracio- nes irrefutables del señorío de Jehovah sobre el universo. En el relato dramático de la muerte de los primogénitos de los egipcios, se siente la angustia y el terror de ellos y la protección para el pueblo de Israel cuando se establece la Pascua. Sin duda, ¡Jeho- vah es Dios!

En el viaje a Sinaí se ve la mano providencial de Dios, y en el momento culminante aparece el Señor en una teofanía. Se le ofrece al pueblo el pacto, y se promulga el de- cálogo, la ley divina. Además, se agregan aspectos básicos de la legislación civil y fi- nalmente se dan las instrucciones iniciales referentes al culto de adoración.

[Pag. 26] EL EXODO Y EL PENTATEUCO

El Pentateuco no es una colección de cinco libros diferentes, sino que es una uni- dad literaria dividida en cinco tomos. Realmente es la introducción a una historia hebraica más larga que cubre nueve tomos, desde Génesis a 2 Reyes. Comienza con la creación del mundo y termina con la destrucción de Jerusalén. La historia es interpre- tada teológicamente desde la creación y la entrada del pecado (Gén. 1–3) hasta la caí- da de Jerusalén y cautividad de Judá (2 Rey 25). En cuanto al pueblo, es juzgado a la luz del código deuteronómico y así se explica el fracaso nacional de 587 a. de J.C.

El Pentateuco, entonces, pone a Israel dentro del propósito salvífico de Dios, y cla- rifica su papel como instrumento en el plan universal de la redención divina (ver Gén. 12:1–3 y Exo. 19:3–8). En él se presenta la historia desde la creación (Gén. 1–2) hasta las vísperas de la entrada a Canaán (Deut. 34). En los primeros capítulos de Génesis, además de la creación, se presenta la naturaleza del pecado (Gén. 3), tanto como el juicio y la misericordia redentora del Señor (Gén. 4–9). Después se incluyen los oríge- nes de la gente semita, la elección de Abram y la historia patriarcal (Gén. 10–50). El libro de Génesis expone la necesidad de la redención; explica la elección de Abram y sus descendientes como instrumentos en el plan redentor universal, y demuestra la función del Pacto que el Señor ofrece a los elegidos.

Los libros de Exodo y Levítico tratan de la formación histórica del pueblo del Pacto (Exo. 1–18), y la estructura teocrática de la nación con instrucciones religiosas y so- ciales (Exo. 19—Lev. 27). A éstos se agregan los dos últimos libros del Pentateuco:

Números y Deuteronomio. En el primero se interpreta la historia primitiva de unos treinta y ocho años del pueblo del pacto durante sus peregrinaciones desde Sinaí has- ta Moab. El último es una exhortación a la fidelidad al Pacto. En él se incluyen un re- paso histórico (Deut. 1–4), el significado del Pacto (Deut. 5–11), el código deuteronó- mico (Deut. 12–26), las sanciones (maldiciones y bendiciones) del Pacto (Deut. 27–30) y la conclusión: La instalación de Josué, la canción y las bendiciones de Moisés y la muerte y el entierro de Moisés (Deut. 31–34).

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El Pentateuco se divide en tres períodos: desde la creación hasta Sinaí, la estadía en Sinaí y desde Sinaí hasta el río Jordán en tierra de Moab. Es clara la preocupación bíblica con la realidad histórica.

A la luz de la naturaleza histórica de la revelación bíblica, el entendimiento de la ley en Israel también fue determinado por su concepto de la historia. Tal como la Bi- blia presenta el pecado y la salvación como realidades, y no ilusiones, la constitución del pueblo fue un hecho histórico realizado por la actividad de Jehovah, el Señor de la historia. Era Dios personal e histórico, y el pueblo fue un producto de su misericordia. Unicamente el Dios verdadero pudo haber elegido a un pueblo esclavo y haberlo libra- do de la mano de la nación más poderosa del mundo de la época. Además, únicamen- te una revelación histórica de las leyes divinas podía explicar la naturaleza de una le- gislación tan elevada que formó la base de un pueblo recientemente librado de la es- clavitud. La legislación sobrepasó cualquier proceso evolutivo de un pueblo en forma- ción. Es evidente que el Pentateuco forma una parte integral en la teología bíblica, y el libro de Exodo ocupa una parte vital en el seno de éste. El estudio de Exodo no debe ignorar la unidad histórica, literaria, estructural, y teológica del Pentateuco. A la vez, su lugar en el contexto bíblico está asegurado.

[Pag. 27] LA PATERNIDAD LITERARIA DEL EXODO Y DEL PENTATEUCO

La unidad literaria del Pentateuco, tanto como su propósito teológico, involucran un análisis más amplio que simplemente un estudio de la paternidad literaria del libro de Exodo; sin embargo, los dos elementos tienen una relación recíproca. Un análisis detallado de la composición literaria del Pentateuco sería un estudio largo y con opi- niones variadas entre los eruditos. No obstante, debido a la relación integral de Exodo con el Pentateuco, se debe analizar el problema brevemente sin juzgar a los que pre- sentan teorías diferentes a la ofrecida en este estudio.

Es imperativo usar la evidencia bíblica ofrecida, aunque a veces el propósito teoló- gico de un escrito no incluye datos documentales de fuentes literarias ni de fechas cronológicas. A pesar de su base histórica, los relatos bíblicos enfatizan los hechos y su significado teológico más que señalar el instrumento humano que ha preservado la verdad. La realidad histórica preserva la integridad del relato; los autores bíblicos no emplean mitos ni falsifican sus informes. Sin embargo, no se encuentra en el AT una documentación como la exigida por la historiografía moderna. Con todo, esta falta no se refleja negativamente en la calidad de su historia. La base para la autoridad bíblica se encuentra en Dios, y no en un autor humano. La inspiración divina es la que hace la diferencia, y si el Señor quiso indicar la mano humano por la cual vino el escrito, ¡bien! Si quiso preservar su revelación por medio de manos desconocidas, ¡la verdad es de él! No obstante, para ayudar en la interpretación, conviene acercarse lo más po- sible al contexto histórico.

Además de considerar la historia bíblica digna de confianza, otro supuesto impor- tante en la consideración de la paternidad literaria del Pentateuco es el valor de la re- velación especial en la formación del pueblo de Dios. Lo singular, o lo distinto, de la religión de Israel no puede ser explicado simplemente mediante un estudio comparati- vo de las religiones antiguas del Cercano Oriente. La observación no rechaza el valor del estudio comparativo. Hay elementos similares que resultan de culturas comunes; sin embargo, no son éstos sino las diferencias que son llamativas y requieren aten- ción. Se las explica mejor si se cree en una revelación divina. Si se acepta la verdad de la acción divina en el mundo, no es sabio rechazar automáticamente la presencia de lo

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sobrenatural. El estudio moderno puede desenredar muchos detalles oscuros, pero, a la vez, se debe considerar seriamente en el estudio la intervención directa de Dios. Lo milagroso es todavía una parte de la intervención divina. La salvación personal y la presencia del Señor con los suyos son casos que ilustran esto.

El testimonio bíblico indica una fuerte influencia de Moisés en la estructura litera- ria del Pentateuco. A él se le atribuyen escritos históricos (ver Exo. 17:14; Núm. 33:2), escritos legislativos (ver Exo. 24:4; 34:3, 4, 27; Deut. 27:1–3, 8; 31:9, 24) y escritos poéticos (ver Deut. 31:22). Además de sus escritos, se encuentran abundantes refe- rencias a su trabajo profético en forma oral: De acuerdo con el mandato divino entre- gaba oráculos tanto al faraón como a Israel; le recordaba al pueblo su historia (ver Deut. 1:6 y adelante, etc.); lo exhortaba a la obediencia (ver Deut. 4:1–8, etc.); recapi- tulaba la ley (ver Deut. 4:44, 45, etc.), cantaba la gloria de Dios al pueblo (ver Deut. 32) y bendecía al pueblo públicamente (ver Deut. 33). Además de la evidencia interna del Pentateuco, los escritores bíblicos hacen referencia a Moisés como el autor de los libros que llevan su nombre (ver 2 Crón. 25:4; Esd. 6:18; Mar. 10:5; 12:26; Luc. 20:37; 24:44; Juan 5:45–47, 7:19, etc.).[Pag. 28]

Antes de la época de la crítica moderna de la Biblia, en general se le daba a Moisés el honor de ser el autor humano del Pentateuco. Hoy, a la luz de los estudios contem- poráneos, algunos tienen reticencia para aseverar esto tan firmemente, pero sin em- bargo podemos hacer estas observaciones: (1) El idioma y las costumbres encontrados en el Pentateuco no excluyen un período de composición en Egipto (ni lo comprue- ban). (2) Durante la época de Moisés el escribir era posible para los hebreos. (3) El monoteísmo, de cierto tipo y por un corto período, fue practicado en Egipto antes de Moisés. (4) Existían detallados códigos legales semíticos antes del período del gran le- gislador hebraico.

Además de la influencia de Moisés, existen otros textos que implican que hubo otros que participaron en la formación del texto original del Pentateuco, o por lo me- nos reflejan algo del proceso editorial de su transmisión. Para que haya un mejor en- tendimiento de la observación, conviene analizar los textos sobresalientes.

En primer lugar, en el Pentateuco se encuentran elementos posteriores a la época de Moisés: (1) Se incluye el relato de la muerte y sepultura de Moisés (Deut. 34). (2) Se repite la frase hasta el día de hoy (Gén. 35:20; Deut. 3:14; 10:8). (3) Se indica que la época patriarcal era antes que hubiese rey de los hijos de Israel (Gén. 36:31; recuérde- se que pasaron doscientos años entre Moisés y Saúl, el primer rey de Israel). (4) Se indica en Génesis 14:14 que Abram siguió a los apresadores de Lot, su pariente, hasta Dan. Sin embargo, Jueces 18:29 indica que el nombre Dan fue puesto en la época de los jueces y que antes la ciudad se llamaba Lais. Es evidente que el nombre Dan fue puesto años después de la muerte de Abram y de Moisés. (5) Otro problema similar se encuentra en el nombre Hebrón al comparar los textos de Génesis 13:18; 23:2 y 37:14 con Josué 14:15; 15:13 y Números 13:22. (6) El nombre filisteos se emplea en Génesis 26:1, durante la época patriarcal. Pero la historia nos habla de una ocupación filistea de la tierra de Canaán que ocurrió después del año 1200 a. de J.C., lo cual hace una diferencia de unos 700 años entre el hecho y la llegada de los filisteos a Palestina. Además, llegaron después de la muerte de Moisés.

En segundo lugar, se presenta el problema del estilo literario. El Pentateuco mismo no dice que Moisés escribió todo lo encontrado en los cinco libros. Además, se encuen-

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tra el uso común de la tercera persona intercalada con la primera persona (ver Exo. 6:26, 27; Núm. 33:2; el libro de Deuteronomio).

En tercer lugar, se observa que las descripciones de Moisés encontradas en el Pen- tateuco no parecen ser lo que él hubiera dicho acerca de sí mismo, sino que son eva- luaciones válidas hechas por otro. En Exodo 11:3 se encuentra que Moisés era consi- derado como un gran hombre en la tierra de Egipto, tanto a los ojos de los servidores del faraón, como a los ojos del pueblo. Además, de Números 12:3 se agrega que Moisés era un hombre muy manso, más manso que todos los hombres que había sobre la faz de la tierra. En Deuteronomio 34:10, 11 se escribe: Nunca en Israel se levantó otro profeta

como Moisés, a quien Jehovah conociera cara a cara. Nadie fue como él

los informes de las virtudes indicadas acerca de la persona y obra de Moisés; sin em-

bargo, es válido levantar una pregunta: ¿Fueron hechas estas evaluaciones por Moisés acerca de sí mismo, o por otra persona acerca de él?

No se duda de

Otro problema encontrado por el estudio moderno trata del uso de los nombres hebraicos de Dios, Elohim y Jehovah (Yahweh). Se ha notado el uso casi exclusivo de uno u otro de los nombres en bloques de material con estilos literarios [Pag. 29] dife- rentes. Por lo tanto, algunos han deducido que esto es indicio de “documentos” anti- guos que existían independientemente. Se los denomina “E” por el uso de Elohim, y “J” por el uso del nombre “Jehovah” (ver Gén. 1:1–2:4a donde se emplea Elohim 35 veces; Gén. 12:1–16:16 usa Jehovah; Gén. 33:1–50:26, emplea El o Elohim, etc.). Además, se han notado otros dos “documentos” de estilo particular que se han desig- nado con los signos “P” (material sacerdotal), y “D” (Deuteronomio). Algunos, como Graf y Wellhausen, sugirieron que la unión de los “documentos” se hizo durante el período del cautiverio babilónico y que en aquel entonces se formó lo que ahora es el Pentateuco.

Además del uso de los nombres para Dios, se ha notado que el hecho de encontrar relatos dobles, o paralelos, es otra evidencia a favor de la teoría documental. (Ver dos relatos de la creación en Gén. 1 y 2; hay explicaciones dobles para el nombre Isaac, Gén. 17:15–21; 21:1–7; existen dos relatos de los Diez Mandamientos, Exo. 20 y Deut. 5; se encuentran dos nombres para el suegro de Moisés, Exo. 2:18 y 3:1; hay dos rela- tos sobre el nombre Israel, Gén. 32:28 y 35:10, etc.)

Otro problema notado trata del material legal. Como ilustraciones, se señalan: una diferencia en las indicaciones del lugar para el sacrificio (Exo. 20:24, 25, en cualquier lugar, y Deut. 12:2–7, el lugar central); aparentemente hay tres códigos legales básicos que a veces difieren en detalles (el Libro del Pacto, Exo. 21–23; el Código Deuteronó- mico, Deut. 12–26, y el Código Sacerdotal, Lev. 1–16); existen diferencias en las leyes sobre la esclavitud (Exo. 21:2–6; Deut. 15:12–17; Lev. 25:39–42); las instrucciones para el sacerdocio no están de acuerdo, pues los sacerdotes deben ser de toda la tribu de Leví (Deut. 18:1) pero se especifica solamente a Aarón y a sus hijos (Núm. 18:1–7); hay dos indicaciones de la edad de servicio para los sacerdotes (Núm. 4:3 indica 30– 50 años, y Núm. 8:24, 25 dice 25–50 años).

Al estudiar cuidadosamente los problemas presentados contra la paternidad de Moisés del Pentateuco, parece que algunos son creados artificialmente, mientras que otros podrían ser entendidos por el uso hebraico del paralelismo o repetición. Tam- bién, es posible que algunos pueden referirse a dos eventos diferentes. Todavía restan algunos que requieren una consideración seria.

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Antes de sugerir una solución posible al problema de la paternidad literaria del Pentateuco, se deben descartar algunos supuestos negativos de la escuela crítica do- cumentaria del siglo pasado. Esta escuela consideraba que la historia era indigna de confianza en muchos lugares. Además, postulaba que la mayoría de las leyes del Pen- tateuco eran de épocas después de Moisés. En cuanto al monoteísmo, se lo considera- ba un producto del movimiento profético del siglo VIII antes de Cristo. Así que la reli- gión hebraica era presentada como un producto del desarrollo evolucionario y, conse- cuentemente, Moisés no pudo ejercer todas las funciones que se le atribuyen.

Desafortunadamente los eruditos de aquella época no tuvieron la ventaja de la luz que la arqueología moderna ha arrojado sobre el pasado. Aunque se desarrolló una teoría consistente y lógica dentro de los supuestos aceptados, se los ha refutado bási- camente. Ahora la hipótesis de documentos unidos en el tiempo del cautiverio, teoría que Graf y Wellhausen llevaron a su expresión clásica, no goza de apoyo general. Los estudios arqueológicos demuestran un alto grado de confiabilidad histórica en las cos- tumbres y expresiones encontradas en los libros de Moisés.[Pag. 30]

Además, por medio de otros estudios, hoy es evidente que mucho del material en- contrado en Deuteronomio es más antiguo que el siglo séptimo a. de J.C., y no se lo relega a un “fraude piadoso” como fue postulado en el siglo pasado. No es posible ex- plicar la religión de Israel como una marcha evolucionaria ascendente hacia los con- ceptos más elevados de la vida. La revelación directa debe ser considerada seriamente. Con todo, no se deben desvirtuar las contribuciones hechas por Moisés a la fe de Is- rael.

Son dos las posiciones presentadas. ¿Son incompatibles? ¿Son antagónicas? Pare- ce que las dos tienen elementos fuertes de verdad que deben ser evaluados con mente abierta. Al aprovechar lo de valor de las dos posiciones, se aprecia la seriedad y la in- tegridad de los que son sus adherentes; sin embargo, debe cuidarse de no ser atrapa- do por ciertos supuestos incluidos en su presentación. En realidad, al optar por una preferencia, se vuelve uno mismo más vulnerable a la crítica del lado dejado. No obs- tante, sin entrar en una dialéctica filosófica, se presentará lo que es una síntesis de las posiciones presentadas. Lo que gobierna el esfuerzo es presentar un análisis que concuerda con el testimonio bíblico y lo acertado de los estudios seculares.

Al considerar el testimonio bíblico se encuentra una fuerte influencia de Moisés en el Pentateuco que, por lo menos, forma el cuerpo inicial del libro de la ley: El escribió historia, recibió leyes divinas, era poeta y organizó al pueblo. Con su muerte, el libro de la ley pasó a Josué (Jos. 24:26; comp 1:7). La siguiente vez que es mencionado en la Biblia es en la época de Samuel (1 Sam. 10:25). Sin duda, con la estructura socio- lógica cambiante del pueblo hebreo, había necesidad de tener una continua reinter- pretación del material básico. Evidentemente los redactores hicieron aclaraciones sin cambiar fundamentalmente el texto. Posiblemente, después de la división del reino (922 a. de J.C.), los centros de culto religioso del Norte (Israel) y del Sur (Judá) sirvie- ron como lugares de preservación del libro. Parece que quedaron fragmentos, o “fuen- tes”, en Judá (reino del Sur), donde se tenía preferencia por el pacto con David, sin rechazar las demás revelaciones, y se inclinaban por el uso del nombre de Jehovah como su expresión favorita para Dios. En Israel (reino del Norte) la justificación teoló- gica miraba más hacia el pacto hecho en Sinaí. Elohim era el nombre preferido para Dios. Ambos reinos consideraban a Abram como padre, y así preservaron todas las tradiciones. Los levitas se ocupaban con el material más bien legislativo. El libro de Deuteronomio fue descuidado y perdido. Después de la caída de Israel en 722 a. de

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J.C., las tradiciones (“fuentes”) preservadas en el norte fueron traídas al sur, y comen- zó el proceso de ponerlas en forma final. Isaías, en los caps. 6–12, tuvo una influencia grande en unir las dos tradiciones, el pacto condicional de Sinaí (Exo. 19) y el pacto sin condición con David (2 Sam. 7). Finalmente, durante el cautiverio babilónico, des- pués de recobrar el libro perdido de Deuteronomio (626 a. de J.C.), el Pentateuco reci- bió su forma final y se terminó la interpretación de la historia del pueblo que se en- cuentra en los libros de Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes. Con razón el pueblo llamaba al Pentateuco “los libros de Moisés”; los domina su fuerte influencia literaria, tanto como su influencia moral y política. La sombra dominante de su personalidad y obra está reflejada e interpretada en las páginas de Exodo a Deuteronomio. Además de la contribución literaria auténtica de Moisés, algunos redactores desconocidos, inspirados por Dios, agregaron sus interpretaciones de su vida, hicieron aclaraciones geográficas y explicaron unos textos antiguos para el mejor entendimiento del [Pag. 31] pueblo de Dios. Con ellos tenemos una deuda grande de gratitud por su obra.

LA FECHA DE LA SALIDA DE EGIPTO

Desafortunadamente el texto no aclara con certeza la fecha de la salida del pueblo de Egipto. No se indica el nombre del faraón egipcio de la opresión, ni se ofrecen datos históricos concretos que ayuden a establecer la fecha con precisión. Consecuentemen- te, es difícil armonizar toda la evidencia indirecta, interna y externa, que trata con el tema.

El libro de Exodo comienza unos cuatrocientos años después de la entrada de Ja- cob en la tierra egipcia (Gén. 15:3; Exo. 12:40). Más tarde, la Biblia indica que se le- vantó un faraón que no había conocido a José (Exo. 1:8). ¿Quién fue? No se sabe con seguridad. Entonces, a falta de una respuesta bíblica, es necesario buscar algún indi- cio por medio de un estudio breve de la historia egipcia y de la arqueología.

Cerca de 1570 a. de J.C. hubo un levantamiento nacional que expulsó a una di- nastía extranjera, los hiksos, cuyos líderes habían gobernado Egipto por casi 200 años. Los faraones de la nueva dinastía, la decimoctava, gobernaron hasta 1310 a. de J.C. Posiblemente con este levantamiento comenzó la situación desfavorable para Is- rael en Egipto, pues los hiksos eran asiáticos de la raza semita como los israelitas. Sin embargo, durante esta nueva dinastía no se encuentra evidencia de que los gobernan- tes se preocuparan acerca de la población israelita en el país. El crecimiento de Israel no había llegado a presentar un problema para la seguridad nacional. Por cierto, du- rante este período los egipcios utilizaban en obras de construcción a unos extranjeros llamados “los habiru”; sin embargo, como se lo analizará más tarde, no parece que se tratara de los hebreos.

El general Ramsés tomó el poder en Egipto en el año 1310 a. de J.C. y estableció la dinastía decimonovena. Su hijo, Seti I (1308–1290 a. de J.C.) le siguió en el trono, y a su muerte reinó el famoso Ramsés II (1290–1224 a. de J.C.). De acuerdo con los datos históricos, bíblicos y arqueológicos, probablemente fue él el faraón del éxodo. Con el transcurso del tiempo comenzó un período de opresión cruel que incluía el trabajo for- zado de la construcción de las ciudades almacenes de Pitón y Ramesés (Exo. 1:11).

¿Dónde estaban ubicadas las ciudades? ¿Cuándo fueron construidas? Los estudios arqueológicos arrojan luz sobre las preguntas. En cuanto a la primera pregunta, pare- ce ahora, después de muchos años de debate, que se identifica a Pitón con un sitio antiguo situado cerca del lago Timsah en un valle que corre hasta el río Nilo. Para la

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otra ciudad, Ramesés, la evidencia es aun más clara: Se trata del sitio conocido hoy por el nombre Tanis. Es un lugar en el norte del país, el Bajo Egipto, donde los hiksos tuvieron su capital, Avaris, que fue destruida y desocupada después de la expulsión de éstos cerca de 1550 a. de J.C., quedándose así hasta su reedificación por Ramsés

II (1290–1224 a. de J.C.). El nuevo gobierno egipcio ubicó su capital en Tebas, al sur

de la nación, en Alto Egipto.

Hay otro interesante informe arqueológico, aunque indirecto, por medio de la estela del faraón Merneptah (1224–1216 a. de J.C.), el sucesor de Ramsés II. Un escrito del quinto año de su reinado indica que Israel ya había entrado en la tierra de Canaán. Dice: “El pueblo de Israel está desolado; no tiene prole. Palestina está viuda por Egip- to” (es decir, no tenía poder para protegerse contra Egipto). Por lo menos hay eviden- cia externa de la presencia de Israel en Palestina cerca del año 1220 a. de J.C.[Pag.

32]

De acuerdo con lo presentado, una reconstrucción del período histórico podría ser

la siguiente: El faraón de la opresión era Seti I (1308–1290 a. de J.C.), de la Dinastía

XIX; el faraón del éxodo sería Ramsés II (1290–1224 a. de J.C.), y el primer faraón que

hace referencia a Israel en Palestina fue Merneptah (1224–1216 a. de J.C.). La teoría indica una fecha para la salida del pueblo de Egipto entre 1290 y 1280 a. de J.C.

La fecha está de acuerdo con Exodo 1:11 y concuerda arqueológicamente con los

datos bíblicos acerca de la ruta tomada por Israel hasta el río Jordán. Además, no presenta conflicto con la evidencia arqueológica de la conquista de la tierra prometida. No se encuentra evidencia arqueológica de una ocupación sedentaria de la zona de Edom (ver Núm. 20:14–21, etc.) entre 1900–1300 a. de J.C. La evidencia indica que después de 1300 a. de J.C. existía ahí un reino organizado y fortificado. En cuanto a

la conquista de Palestina (ver Josué), la evidencia del período indica una destrucción

violenta de muchas ciudades cananeas tales como Debir, Laquis, Hebrón, Betel, Hazor

y Eglón. Unicamente los informes arqueológicos de Jericó quedan dudosos, aunque

esto no debilita la posibilidad de la teoría. De acuerdo con esta posición, la conquista de la tierra prometida ocurrió durante el período de 1250–1200 a. de J.C.

El texto bíblico de 1 Reyes 6:1 presenta la dificultad mayor con la fecha de 1290– 1280 a. de J.C. para la salida de Egipto: Aconteció que Salomón comenzó a edificar la

casa de Jehovah en el año 480 después que los hijos de Israel salieron de la tierra de

Egipto,

acuerdo con esto, el éxodo debió haber ocurrido cerca del año 1440 a. de J.C. Salo- món inició la obra de construcción del templo alrededor del año 962 a. de J.C. Esto pondría al éxodo durante el reinado del faraón Tutmosis III (1490–1435 a. de J.C.) y él mismo hubiera sido el faraón de la opresión y del éxodo. Por cierto, él fue un gran constructor de la Dinastía XVIII y uno de los más grandes líderes militares en la histo- ria egipcia. Sin embargo, se encuentra un problema debido a que sus construcciones

que es el mes segundo, del cuarto año del reinado de Salomón sobre Israel. De

fueron en el Alto Egipto (al sur del país), mientras que el texto bíblico pone a Israel en

el norte del país en el delta del río Nilo.

Para sus construcciones, Tutmosis usaba esclavos y una gente llamada los “habi- ru”. ¿Eran los “habiru” los “hebreos”? Probablemente no lo eran. El término “habiru” era usado para designar a mucha gente vagabunda de diferentes razas que no ocupa- ba ningún sitio permanentemente. El término es usado en este período en Mari, entre los hititas, en Ras Shamra y en Egipto. En tal sentido, los hebreos podrían haber sido considerados “habiru”; sin embargo, es muy dudoso que el término se refiera única-

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mente a ellos. Bíblicamente, el término “hebreo” se emplea como una identificación de un israelita en contraste con una persona que no era de su raza, es decir, un extran- jero. Para sus compatriotas era “un hijo de Israel”.

A la luz de la Biblia y de los estudios arqueológicos, la evidencia más fuerte en este momento para la fecha del éxodo se inclina hacia 1290–1280 a. de J.C. Si fuese así, ¿cómo se explican los 480 años de 1 Reyes 6:1? Posiblemente son presentados en forma general de acuerdo con una tendencia semítica; el éxodo ocurrió doce genera- ciones antes del comienzo del templo. Si fue así, y con la consideración de una gene- ración de cuarenta años, se calculan los 480 años.

Para coordinar las indicaciones de los dos textos bíblicos, Exodo 1:11 y 1 Reyes 6:1, se ofrece la siguiente observación como una sugerencia: Posiblemente el texto ori- ginal de 1 Reyes 6:1 se refería a doce generaciones desde la [Pag. 33] salida de Israel de Egipto hasta el comienzo del templo de Salomón sin especificar los años. Con el transcurso del tiempo, algún escriba, al copiar el texto, especificó el número de años, 480, de acuerdo con su cálculo del promedio de años de una generación suya. Sin embargo, en la época de Moisés y la de los jueces una generación no duraba tanto; sería mejor considerarla más bien como de 25 a 30 años. Si fuese así, el cálculo total de las doce generaciones pondría la fecha en la época de Ramsés II. Realmente, lo su- gerido es una especulación, y hasta que haya mayor luz sobre el tema, la fecha queda- rá oscura. Sin embargo, cualquiera de las dos fechas concuerda con el propósito bíbli- co y con su historia verídica.

EL TEXTO

El texto de Exodo está generalmente bien conservado. Ofrece pocas dificultades in- terpretativas, aunque tiene algunos términos muy especializados (ver caps. 25–31 y 35–40). Se han hallado más de treinta fragmentos del libro de Exodo en las cuevas de Qumrán (ver los rollos del Mar Muerto) que datan de una época inmediatamente ante- rior a la vida del Señor Jesucristo. Un estudio de éstos indica que el texto empleado por los esenios no seguía siempre el Texto Masorético, sino que refleja la influencia de la Septuaginta.

Para ayudar a un estudio técnico del texto, se cuenta con varias traducciones o versiones del libro: (1) La Septuaginta, (2) el Targum, una paráfrasis aramea editada en su forma actual en el siglo V d. de J.C., (3) el texto Samaritano, que refleja la in- fluencia de la Septuaginta, y (4) la Peshita, una versión siríaca que también refleja la tradición de la Septuaginta con la excepción de los caps. 35–40. Todas las versiones a veces presentan lecturas divergentes; sin embargo, son útiles para la interpretación, especialmente en casos oscuros, y en algunos casos contribuyen a una reconstrucción hipotética de frases oscuras del texto hebraico.

LA RUTA DEL EXODO

El pueblo de Israel salió de Ramesés con una gran multitud de toda clase de gente (12:38) rumbo a Sucot (moderno Tell el-Maskhutah, unos 40 km. al sur), el centro de la zona de Gosén. No salieron por el camino más directo, el de la tierra de los filisteos (13:17) usado por las caravanas y controlado por el ejército egipcio, sino por una ruta indirecta. De Sucot viajaron a Etam (lugar desconocido), al borde del desierto (Núm. 33:6, 8), y allí acamparon (13:20). El Señor mandó al pueblo marchar hacia el nordes- te, y rodeando el desierto llegaron al mar cerca de Pihajirot (14:2) donde más tarde

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Dios milagrosamente abrió paso para que el pueblo escapara del ejército egipcio que les perseguía.

El texto hebraico no emplea el nombre mar Rojo, sino que lo llama el mar de Los Juncales, o mar de Los Cañaverales (yam suf; 10:19; 13:18; 15:22, etc.). Se hace refe- rencia a yam sufunas veinticinco veces en el AT. A veces se hace referencia con clari- dad al golfo de Aqaba (ver Núm. 14:25; 21:4; Deut. 1:1, 40; 2:1; 1 Rey. 9:26, Ezión-

geber

15:4; 15:22; Núm. 33:10, 11; Jos. 2:10; 24:6). Los dos golfos son brazos del mar Rojo y es correcto usar su nombre para esas partes del mismo; sin embargo, debe tenerse

cuidado con las referencias bíblicas, para no confundirse en cuanto a la geografía.

en la tierra de Edom). Otras referencias indican el golfo de Suez (ver 13:18,

Hoy en día la ubicación del lugar por donde los hebreos cruzaron el mar es desco- nocida; sin embargo, en aquel entonces era una parte superior de un [Pag. 34] brazo del mar Rojo. Desde la construcción del canal de Suez la topografía de la zona ha cambiado, y varios lagos o lagunas han desaparecido. Probablemente el lugar queda al sur del lago Menzaleh. Lo más importante es que, al encontrarse frente al mar con la imposibilidad de cruzar por medio del agua y los juncales, el Señor abrió el paso nece- sario.

Al cruzar el mar, Moisés guió al pueblo al desierto de Shur, rumbo al monte Sinaí (Exo. 15:22). Hay un problema para reconstruir la ruta con exactitud, por la dificultad de ubicar satisfactoriamente todos los lugares indicados en el texto.

Actualmente se debate la ubicación del monte Sinaí, pues se proponen tres locali- dades diferentes: (1) La zona en la parte nordeste de Arabia al sudeste del Golfo de Aqaba (una zona de montañas volcánicas), (2) la zona inmediata al sur de Palestina, cerca de la zona de Cades-barnea (a unos 80 km. de Beerseba), (3) el sitio tradicional en la zona al sur de la península de Sinaí (entre el Golfo de Suez y él de Aqaba). De las tres posibilidades, parece que la última es la más recomendable.

Se puede identificar la primera parada, Mara, con la fuente’Ain Hawarah; a la que llegaron después de un viaje de tres días sin agua (15:22). Después, llegaron a Elim donde había doce manantiales de agua (15:27). Probablemente hoy coincide con el Wadi Garandel. El próximo paso los condujo al desierto de Sin, entre Elim y Sinaí, por una ruta junto al mar (mar sup; 16:1 y Núm. 33:10–12). Desde el desierto de Sin lle- garon a Dofca (Núm. 33:12), un lugar posiblemente relacionado con las minas egipcias ubicadas en la zona de Serabit el Khadim. Desde este lugar tomaron uno de los valles que llegan al monte Jebel Musa (El monte de Moisés), el monte de Sinaí u Horeb, el principal de varios picos en la zona. El Atlas Histórico Westminster contiene mapas y provee una discusión más detallada de la ruta.

Después de una estadía de un año allí, Israel salió rumbo al desierto de Parán, la zona de Cades en el desierto de Sinaí (Núm. 10:11, 12), donde pasó la mayor parte de los cuarenta años.

Aunque es imposible identificar todas las etapas del viaje con precisión, las líneas en general son evidentes, y la marcha se completó hasta el río Jordán pasando por las tierras de Edom y de Moab.

EL SIGNIFICADO

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El estudio del libro de Exodo es fundamental para un entendimiento del mensaje bíblico. Con él se aclara la naturaleza histórica de la revelación divina; se informa de la constitución de Israel como una nación y se indica su lugar en la economía divina; se presenta la base ética para el pueblo de Dios, y se une el presente con el pasado y el futuro.

Exodo es un libro de historia y de fe. Dios entró en la arena histórica y por medio de sus grandes hechos salvadores libró a su pueblo elegido de la esclavitud egipcia. Por lo tanto, los hechos de Dios produjeron en los esclavos oprimidos una verdadera fe en Jehovah. Con razón se ha observado que Israel no produjo su fe, sino que la fe funcionó para producir la nación de Israel.

Dios no únicamente libertó al pueblo por hechos históricos, sino que estableció una manera histórica de preservar la memoria de tales hazañas. Mediante el culto de adoración el pueblo mantuvo viva la fe al celebrar y recordar los hechos divinos, y se evitó que la fe jehovista fuera absorbida por sistemas místicos y no históricos. Cada generación, al identificarse personalmente con la obra salvífica de Jehovah, encontra- ba una fe presente e histórica que concordaba con la fe [Pag. 35] antigua: Se unía el presente con el pasado, y el pasado venía a ser una realidad con el presente. Al mismo tiempo, se miraba con fe hacia el futuro, cuando el Señor finalmente realizaría su vo- luntad mundial. Por medio de la adoración, se preservaba la historia del pasado para que las generaciones futuras también pudieran tener su oportunidad de conocer a Jehovah por medio de la fe salvífica. Además de ser el eje central del Pentateuco, Exo- do juega un papel central en el estudio de la teología y la ética bíblicas: Trata de la elección, la justicia y la soberanía divina; se preocupa de la libertad, la misión y la éti- ca de los miembros del pueblo de Dios; y se presentan grandes transformaciones so- ciales y espirituales hechas por medio del poder divino.

Para Israel, el rescate de la esclavitud egipcia era un testimonio de la fidelidad de Dios, que no se había olvidado de las promesas dadas a Abram. Además, el rescate ofreció un vocabulario nuevo para la salvación y proveyó símbolos recordativos co- rrespondientes (ver la Pascua, las Fiestas, el Tabernáculo, el Arca del Pacto, etc.).

Para los fieles del AT el éxodo y los acontecimientos en Sinaí fueron los eventos más importantes de su historia: Los confesaba el pueblo (ver Deut. 6:20–25; Jos. 24:5–7, 19–27); se los predicaban los profetas (ver Ose. 2:15; 11:1; Amós 2:10; Miq. 6:3–5, 8); se los recitaban los poetas (ver Sal. 77:11–20; 105:23–45; 106; 114), y se los recordaban en sus días especiales y festivales (ver también Kelley, Exodo, p. 9). Des- pués de Jesús, el éxodo de Egipto y el pacto sinaítico eran temas favoritos de los cre- yentes de la iglesia primitiva. El estudio del libro de Exodo era básico para el Israel nuevo tanto como para el Israel antiguo.

Además de exponer dramáticamente el amor de Dios para con Israel, el cristianis- mo primitivo comparaba la experiencia suya, la de Israel nuevo, con la del Israel anti- guo. En ciertos aspectos se empleaba una especie de interpretación tipológica: lo que Moisés era para el Israel antiguo, Cristo era aun más para el Israel nuevo; el evangelio del AT anuncia el rescate divino del pueblo de la esclavitud egipcia, y el evangelio del NT anuncia el rescate de la esclavitud del pecado; el evangelio de Exodo presenta a un mediador e intercesor entre Dios y el pueblo rebelde de Israel, y los Evangelios del NT presentan a Dios mismo encarnado que era mediador e intercesor por el pecado del mundo; en Exodo se encuentra el relato de la dádiva de la ley de Dios al pueblo en frente del monte Sinaí por medio del varón, Moisés, mientras que el Evangelio de Ma-

32

teo presenta a Cristo, Dios mismo, dando la ley de su Reino directamente a la gente estando él sentado sobre un monte en Galilea (Mat. 5–8); el Pentateuco termina con la muerte y el entierro del gran varón de Dios, Moisés, y los Evangelios cristianos termi- nan con la crucifixión, la resurrección y la exaltación del Rey Eterno. Sin duda, uno más grande que Moisés había llegado; sin embargo, para entender la plenitud de la obra de Cristo, se debe ir al libro de Exodo para conocer su historia, sus conceptos y su terminología.

[Pag. 36] ENSEÑANZAS TEOLOGICAS SOBRESALIENTES ACERCA DE DIOS

Dios es el Señor de la historia

Dios, el Creador del mundo, es Señor de la historia. Se revela a sí mismo por medio de sus hechos históricos. La historia es la arena donde se ven sus actividades; sin embargo, sus hechos son percibidos por la fe.

Dios es el Señor de la naturaleza

Como creador del universo, la naturaleza está a la disposición de Dios para cum- plir con sus propósitos divinos. Por ejemplo, las plagas que sufrieron los egipcios son testimonios de la soberanía de Jehovah sobre toda su creación. Lo milagroso no sola- mente demuestra el poder sobrenatural de Dios, sino que también evidencia su con- trol sobre la naturaleza, tanto en el modo como en la oportunidad. Jehovah tiene el poder y el derecho de usar las leyes naturales, de intensificarlas, o de superarlas en la ejecución de su voluntad; no obstante, su obra siempre está de acuerdo con la natu- raleza de su persona y con su propósito redentor.

Dios es el Señor del hombre

El libro de Exodo revela cómo Dios emplea la instrumentalidad humana en la obra de la redención. Como ilustración, Dios tomó a Moisés, un hombre impulsivo, e hizo de él una de las personalidades sobresalientes de la historia mundial. Su transforma- ción se nota en el cambio de términos bíblicos usados por él: desde Moisés, el hombre (Exo. 32:2; Núm. 12:3), se le llama Moisés, el hombre de Dios (Deut. 33:1), y hasta se le reconoce como Moisés, siervo de Jehovah (Jos. 1:1).

Dios es el Señor inmanente

La enseñanza de Exodo enfatiza la presencia del Señor con su pueblo. Además del Tabernáculo de su presencia, hay otros términos especiales en el libro que lo revelan:

el nombre de Dios, el rostro de Dios, la gloria de Dios, y la santidad de Dios.

El nombre de Dios. Al dar su nombre misterioso, YO SOY EL QUE SOY (3:14; ver el comentario para una discusión del texto), Dios esconde su persona y a la vez la revela. El verbo hebreo traducido soy indica en un solo vocablo lo que se expresa en castella- no por medio de dos palabras, la esencia (ser) y la presencia (estar).

Dios mismo es inmanente, y la prueba de esto se ve en los hechos históricos: El

respondió: Ciertamente yo estaré contigo. Esto te servirá como señal de que yo te he en-

viado

dopoderoso; es Redentor y está presente con su pueblo.

(3:12). El nombre representa la persona: Jehovah es persona; es Señor; es To-

33

El rostro de Dios. El rostro de Dios indica la presencia de Dios: No podrás ver mi rostro, porque ningún hombre me verá y quedará vivo (33:20). Mi rostro y me verá son intercambiables; entonces, el rostro representa a Dios mismo. Aunque no se le verá físicamente, él está presente. Se le ve con los ojos espirituales y únicamente por medio de la revelación que él hace de sí mismo. Dios toma la iniciativa en la revelación y se revela lo necesario para cumplir con su propósito. Aunque la revelación siempre sea parcial y misteriosa, es personal, es reconocida, es dinámica, y se efectúa en el con- texto de la historia. Dios es inmanente y está activo en su creación.

La gloria de Dios. Jehovah demostró su gloria al librar al pueblo de la esclavitud (ver 14:18), al guiarles en sus peregrinaciones en el desierto (ver 16:10), en la ratifica- ción del pacto (24:15–18), y en el Tabernáculo (ver 29:43; 40:34–38). La gloria (kabod 3519 ) es la manifestación visible y sobrenatural de la majestad incomparable de Jeho- vah. La palabra gloria viene de una raíz que significa “algo pesado” o “substancial”. La gloria de Jehovah es el honor que resulta de la suma de todos sus atributos, o sim- plemente, de su ser. Finalmente se [Pag. 37] la consideraba como la “presencia ar- diente” de Dios mismo. El salmista lo expresa: Contad entre las naciones su gloria, en- tre todos los pueblos sus maravillas; porque grande es Jehovah, y digno de suprema Gloria y esplendor hay delante de él; poder y hermosura hay en su san- tuario (Sal. 96:3–6; ver también Isa. 40:5; 58:8; 59:19; Hab. 2:14).

La santidad de Dios. No hay una diferencia clara entre la gloria de Dios y su santi- dad. Posiblemente la diferencia está en el hecho de que la gloria es un poder que a veces abruma a alguien, mientras que la santidad es un poder que inspira o da vida (ver TOT, p. 88).

La palabra santidad viene de una raíz que significa “cortar”, o “separar”. En el AT la santidad implica, además de una calidad de pureza de vida, un poder de Dios que se emplea en su misión redentora. Dios es Santo, es diferente del hombre; Dios espera que los suyos se santifiquen (19:10–24), que sean diferentes en cuanto a la conducta y en cuanto a la misión o propósito de la vida.

El concepto de la santidad recibe su orientación principal de la relación del pacto entre Dios e Israel (ver TOT, p. 89). Los hechos salvíficos a favor de Israel son demos- traciones de su santidad. La morada de Jehovah en medio del pueblo es también una evidencia de ella (véase Ose. 11:9). Jehovah es el Santo de Israel, no por apartar ex- clusivamente al pueblo para sí mismo, sino porque ha apartado a Israel en función de ser un intermediario para las naciones: Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi pacto, seréis para mí un pueblo especial entre todos los pueblos. Porque mía es toda la tierra, y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y una nación santa” (19:5, 6).

Aunque Dios demostró su santidad por medio del rescate de Israel y del estableci- miento del pacto, se reservó el derecho de manifestar su santidad fuera de esta rela- ción cuando quisiera. La relación de Jehovah con Israel no era exclusivista. Además, al romper el pacto Israel por infidelidad o desobediencia, no violaba la santidad divina. Realmente la santidad de Dios exigía el castigo de los participantes de la falla o el pe- cado.

Voluntariamente el Dios Santo escogió entrar en el pacto con el hombre; el hombre inmundo puede conseguir la santidad únicamente por medio de la gracia divina que provee salvación y entrada al pacto. No obstante, el hombre por su propia voluntad tiene que decidir si entra o no.

Abreviaturas

34

ANE

J. B. Prichard, ed., The Ancient Near East: An Anthology of Texts and Pictures (Princeton University Press, 1958).

ANET

J. B. Prichard, ed., Ancient Near Eastern Texts Relating to the Old Testament (Princeton University Press, 1950).

ATLAS

G. E. Wright and F. V. Filson, The Westminster Historical Atlas to the Bible (Philadelphia: The Westminster Press, 1956).

BA

G. E. Wright, Biblical Archaeology (Philadelphia: Westminster Press, 1979).

BBC

R. L. Honeycutt, Jr., “Exodus,” The Broadman Bible Commentary, Vol. I Revi- sed (Nashville: Broadman Press, 1973).

BC

J. M. Bover y F. Cantera Burgos, Sagrada Biblia (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, La Editorial Católica, 1951).

BJ

Biblia de Jerusalen (Bruxelles: Desclee De Brouwer, 1967).

 

ESTUDIOS

G. A. Ross, Estudios en las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamen- tos, Tomo I (Casa de Publicaciones “El Faro”, 1957).[Pag. 38]

EXODO

P. H. Kelley, Exodo: Llamados a Una Misión Redentora (Casa Bautista de Publicaciones, 1978).

FJIJ

R. A. Tucker, From Jerusalem to Irian Jaya: A Biographical History of Christian Missions (Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1983).

HI

John Bright, La Historia de Israel (Bilbao: Desclée De Brouwer; Buenos Aires:

Editorial Methopress, 1966).

LA

George Pendle, A History of Latin America (reprint New York: Penguin Books,

1983).

LSE

Sebastián Bartina, “Exodo”, La Sagrada Escritura, Tomo I (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1967).

LXX

Versión griega llamada Septuaginta o de los Setenta.

OTL

B. S. Childs, The Book of Exodus in the Old Testament Library (Philadelaphia:

The Westminster Press, 1974).

TOT

E. Jacob, Theology of the Old Testament (London: Hodder & Stoughton, 1958).

35

[Pag. 39]

BOSQUEJO DE EXODO

I. EL DIOS DEL PACTO: LA LIBERACION, 1:1-18:27

1. La esclavitud y la preparación para la salida, 1:1-11:10

(1)

La esclavitud de Israel, 1:1-22

a. El crecimiento y la oposición, 1:1-7

b. La servidumbre dura, 1:8-14

(2)

c. La muerte decretada para los varones, 1:15-22 La preparación y el llamamiento de Moisés, 2:1-4:31

a. El nacimiento y la preparación hebraica, 2:1-9

b. La preparación egipcia secular, 2:10

c. La preparación en el desierto, 2:11-25

d. El llamamiento de Moisés, 3:1-4:17

(a)

La aparición divina, 3:1-10

(b)

Las objeciones y respuestas, 3:11-4:17

e. El regreso a Egipto, 4:18-26

f. El encuentro con el pueblo, 4:27-31

(3)

Jehovah contra el faraón, 5:1-11:10

a. La fe probada, 5:1-23

(a)

El pedido rechazado, 5:1-5

(b)

El trabajo agravado, 5:6-14

(c)

La queja contra Moisés, 5:15-21

(d)

La oración de Moisés, 5:22, 23

b. El Señor de la historia, 6:1-7:13

(a)

El llamamiento reiterado, 6:1-8

(b)

La respuesta del pueblo y de Moisés, 6:9-13

(c)

La tabla genealógica, 6:14-27

(d)

La comisión renovada, 6:28-7:7

(e)

La señal ignorada, 7:8-13

c. Las plagas: el señorío de Jehovah, 7:14-11:10

(a)

El agua hecha sangre, 7:14-24

(b)

Las ranas, 7:25-8:15

(c)

Los piojos, 8:16-19

(d)

Las moscas, 8:20-32

(e)

La peste, 9:1-7

(f)

Las úlceras, 9:8-12

(g)

El granizo, 9:13-35

(h)

La langosta, 10:1-20

(i)

Las tinieblas y el anuncio de la muerte de los primogénitos, 10:21-29;

11:4-8

(j)

El anuncio de la última plaga, 11:1-3, 9, 10[Pag. 40]

36

(1)

El éxodo, 12:1-15:21

a. La institución de la Pascua, 12:1-13, 21-28

 

(a)

Establecimiento de la Pascua, 12:1, 2

(b)

El cordero pascual, 12:3-5

(c)

La preparación para la Pascua, 12:6, 7

(d)

La comida pascual, 12:8-11

(e)

Los actos justicieros de Jehovah, 12:12, 13

(f)

Detalles nuevos, 12:21-28

b. La fiesta de los panes sin levadura, 12:14-20; 13:3-10

c. La décima plaga: la muerte de los primogénitos, 12:29-32

d. La salida de Egipto, 12:33-42

e. Los participantes en la Pascua, 12:43-51

f. La consagración de los primogénitos, 13:1, 2, 11-16

g. La dirección divina, 13:17-22

 

(a)

La ruta, 13:17, 18

(b)

El pasado honrado, 13:19

(c)

La columna que guía, 13:20-22

h. El cruce del mar, 14:1-31

 

(a)

La estrategia divina, 14:1-9

(b)

El temor de Israel, 14:10-12

(c)

La fe de Moisés, 14:13, 14

(d)

La respuesta divina, 14:15-18

(e)

La protección divina, 14:19, 20

(f)

El cruce del mar en seco, 14:21, 22

(g)

La destrucción del ejército egipcio, 14:23-29

(h)

La fe israelita, 14:30, 31

i. Las alabanzas de Moisés y María, 15:1-21

 

(a)

La alabanza por la victoria en el mar, 15:1-10

(b)

La alabanza por la victoria futura en Canaán, 15:11-18

(c)

La alabanza de María, 15:19-21

(2)

El viaje a Sinaí: la fe probada, 15:22-18:27

a. La fe probada por sed, 15:22-27; 17:1-7

(a)

El agua amarga, 15:22-27

(b)

La falta de agua, 17:1-7

b. La fe probada por hambre, 16:1-36

(a)

La murmuración, 16:1-3

(b)

La promesa de pan y carne, 16:4-8

(c)

La provisión de codornices y maná, 16:9-22

(d)

La introducción del sábado, 16:23-36

c. La fe probada por guerra, 17:8-16

d. La fe probada por una organización deficiente, 18:1-27

(a) La visita de Jetro, 18:1-12

37

II. EL PACTO ESTABLECIDO, 19:1-24:18

1. El pacto confirmado en Sinaí, 19:1-25

(1)

La llegada a Sinaí, 19:1, 2

(2)

El pacto ofrecido, 19:3-9

(3)

La purificación del pueblo, 19:10-15

(4)

La venida del Señor, 19:16-25

2. El decálogo: la constitución moral del pueblo, 20:1-20

(1)

La relación correcta con Dios, 20:1-7

(2)

La adoración correcta, 20:8-11

(3)

La vida correcta con los semejantes, 20:12-17

(4)

El terror del pueblo, 20:18-20

3. El Libro del Pacto: los estatutos iniciales, 20:21-23:33

(1)

Leyes del culto, 20:21-26

a. La prohibición de imágenes, 20:22, 23

(2)

b. Instrucciones sobre la edificación de altares, 20:24-26 Leyes civiles y criminales, 21:1-22:17

a. La esclavitud hebraica, 21:1-11

b. La violencia que merece la pena capital, 21:12-17

 

(a)

El asesinato premeditado, 21:12-14

(b)

Ofensas graves contra los padres y el secuestro, 21:15-17

c. Actos injuriosos sin pena capital, 21:18-32

d. Leyes sobre la restitución, 21:33-22:17

 

(a)

Leyes sobre el descuido, 21:33-36

(b)

Leyes sobre el robo, 22:1-4

(c)

Leyes sobre la negligencia, 22:5, 6

(d)

Leyes sobre bienes en custodia, 22:7-15

(e)

Leyes sobre la seducción de una doncella, 22:16, 17

(3)

Leyes morales y religiosas, 22:18-23:19

a. Ofensas con pena capital, 22:18-20

(a)

La brujería, 22:18

(b)

La bestialidad, 22:19

(c)

El culto a otros dioses, 22:20

b. Responsabilidades morales, 22:21-28

(a)

El trato al extranjero, 22:21

(b)

Las viudas y los huérfanos, 22:22, 23

(c)

Los préstamos, intereses y usura, 22:25-27

(d)

Deberes para con Dios, 22:28

c. Leyes del culto, 22:29-31

d. Relaciones justas entre personas, 23:1-9

(a)

Los pleitos, 23:1-3

(b)

El trato con el enemigo, 23:4, 5

(c)

La justicia para los pobres, 23:6-8

(d)

La justicia para el extranjero, 23:9

38

 

e.

Un calendario agrícola, 23:10-13[Pag. 42]

 

(a)

El año sabático, 23:10, 11

(b)

El día sábado, 23:12

(c)

El culto único de Jehovah, 23:13

 

f.

Las tres fiestas anuales, 23:14-17

(a)

Origen de las fiestas, 23:14, 17

(b)

La fiesta de los panes sin levadura, 23:15

(c)

La fiesta de la siega del trigo, 23:16

(d)

La fiesta de la cosecha a la salida del año, 23:16

(4)

g.

Ofrendas y sacrificios, 23:18, 19 La exhortación final, 23:20-33

a.

La función del ángel del Señor, 23:20-23

b.

Advertencias y promesas, 23:24-33

4. El pacto confirmado, 24:1-18 El pacto ratificado, 24:1-12 Moisés sube al monte de Dios, 24:13-18

(1)

(2)

III. INSTRUCCIONES PARA EL CULTO DE ADORACION, 25:1-40:38

1. Instrucciones para el tabernáculo y el sacerdocio, 25:1-31:18

2. El pacto roto y renovado, 32:1-34:35

(1)

La apostasía: el becerro de oro, 32:1-29

a. La rebeldía, 32:1-6

b. La justicia y misericordia divinas, 32:7-14

(2)

c. La ira de Moisés, 32:15-29 Jehovah se aparta del campamento, 32:30-33:11

(3)

La gloria de Jehovah revelada, 33:12-23

a. La primera petición, 33:12-14

b. La segunda petición, 33:15-17

(4)

c. La tercera petición, 33:18-23 El pacto renovado, 34:1-35

a. Una experiencia nueva, 34:1-9

b. La renovación del pacto y advertencias, 34:10-26

c. Las tablas nuevas y el resplandor de la cara de Moisés, 34:27-35

3. El tabernáculo erigido y recibido, 35:1-40:38

(1)

El día de reposo, 35:1-3; 31:12-17

(2)

La ofrenda para el tabernáculo, 35:4-19; 25:1-9 y 36:3-7

(3)

La ofrenda entregada, 35:20-29

(4)

Los artesanos de la obra, 35:30-36:7; 31:1-11

(5)

La construcción del tabernáculo, 36:8-38; 26:1-37

(6)

El mobiliario del tabernáculo, 37:1-38:31

a. El arca, 37:1-9; 25:10-22

b. La mesa, 37:10-16; 25:23-30

c. El candelabro, 37:17-24; 25:31-40

39

e. El altar del holocausto, 38:1-7; 27:1-8

f. La fuente de bronce, 38:8; 30:17-21

g. El atrio, 38:9-20; 27:9-19

(7)

h. El informe de los materiales usados, 38:21-31 Las vestiduras de los sacerdotes, 39:1-31

a. Las instrucciones divinas, 39:1

b. El efod, 39:2-7; 28:5-14

c. El pectoral del juicio, 39:8-21; 28:15-30

d. La túnica del efod, 39:22-26; 28:31-35

(8)

e. Otras vestiduras, 39:27-31; 28:36-43 La obra de la morada terminada, 39:32-43

(9)

El tabernáculo erigido, 40:1-33

(10)

La gloria del Señor llena el tabernáculo, 40:34-38

40

[Pag. 44]

AYUDAS SUPLEMENTARIAS

Albright, William F. Yahweh and the Gods of Canaan. Garden City: Doubleday and Company, Inc., 1968.

Breneman, J. Mervin, editor. Liberación, Exodo y Biblia: El concepto bíblico de libera- ción. Miami: Editorial Caribe, 1975.

Bright, John. La Historia de Israel. Buenos Aires: Editorial Methopress, 1966.

Cate, Robert L. Exodus en Layman’s Bible Book Commentary. Vol. 2. Nashville:

Broadman Press, 1979.

Childs, Brevard S. The Book of Exodus en The Old Testament Library. Filadelfia: The Westminster Press, 1974.

Honeycutt, Jr., Roy L. “Exodus.” The Broadman Bible Commentary. Revised. Vol. 1. Edited by Clifton J. Allen. Nashville: Broadman Press, 1973

Hyatt, J. P. Exodus en The New Century Bible Commentary. Revised edition. Edited by Ronald E. Clements and Matthew Black. Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans Publ Co., 1980.

E. Jacob. Teología del Antiguo Testamento. Madrid: Editorial Morova, 1969.

Kelley, Pag. H. Exodo: Llamados a una Misión Redentora. Segunda edición. Versión Castellana de Alfonso Olmedo. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones, 1978.

Rowley, H. H. La fe de Israel. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones, 1973.

Stalker, D. M. G. “Exodus.” Peake’s Commentary on the Bible. Edited by Matthew Black and H. H. Rowley. Londres: Thomas Nelson and Sons Ltd, 1980.

Von Rad, Gerhard. Teología del Antiguo Testamento, Vol. 1. Versión Castellana de Vic- torino Martín Sánchez. Salamanca: Ediciones Sígueme, 1972.

Wright, G. Ernest. Biblical Archaeology. Revised edition reprinted. Filadelfia: The Westminster Press, 1979.

Wright, George Ernest, and Filson, Floyd Vivian. Atlas Histórico Westminster de la Bi- blia. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones, 1971.

41

[Pag. 45]

EXODO

TEXTO, EXPOSICION Y AYUDAS PRACTICAS

I. EL DIOS DEL PACTO: LA LIBERACION, 1:1–18:27

1. LA ESCLAVITUD Y LA PREPARACIÓN PARA LA SALIDA, 1:1-11:10

(1) La esclavitud de Israel, 1:1–22. El libro de Exodo no inicia la historia del pue- blo de Dios, sino que la continúa. El texto hebraico comienza con una conjunción: “Y éstos son los nombres”. Esta frase une el segundo libro del Pentateuco con el primero. Exodo entonces es el segundo acto en el drama divino de la redención.

El primer capítulo da un resumen del fin de Génesis y, a la vez, ofrece una transi- ción a la segunda etapa de la historia. Así que el capítulo forma un especie de puente literario entre los dos libros y explica la relación del pasado con el presente. La con- junción gramatical “y” representa un período de unos 400 años desde la muerte de José hasta el comienzo del relato (Gén. 50:26; acerca de los años, ver Exo. 12:40 que menciona 430 años, y Hech. 7:6 donde dice 400 años). Mientras tanto los hijos de Is- rael (2:1) se habían multiplicado desde la entrada a Egipto y se habían hecho muy numerosos (1:7; ver Gén. 32:28, 29). (Probablemente la familia de Jacob entró en Egipto cerca del año 1710 a de J.C., mientras gobernaban el país los hiksos, una gen- te que no eran egipcios nativos sino de raza semítica.)

En el primer capítulo, además de indicar [Pag. 46] el crecimiento del pueblo, se presenta la opresión egipcia que brotaba en su contra. Se divide en tres partes distin- tas: el crecimiento y oposición del pueblo (vv. 1–7), la servidumbre dura (vv. 8–14) y la muerte decretada de los varones recién nacidos (vv. 15–22). En cuanto al autor inspi- rado, no le interesaba mucho la historia secular, sino la salvífica. Le preocupaban el propósito divino en elegir a un pueblo especial y la misión de éste.

a. El crecimiento y la oposición, 1:1–7. Los hijos de Israel, o Jacob, son presen- tados en 1:1–3. Lo llamativo es el empleo de los dos nombres “Israel” y “Jacob” en el v. 1, pues es la misma persona. ¿Por qué era necesario nombrarle dos veces? Parece que el autor tenía un propósito especial: El nombre de Jacob, “el suplantador”, fue cam- biado una noche allí en el lugar llamado Peniel, a Israel, “príncipe de Dios” (ver Gén.

32:22–32).

Aunque los dos nombres indican la misma persona, hubo un cambio radical en su vida. Frecuentemente se usa el nombre Jacob en el AT para indicar el hombre carnal, o el engañador; el nombre Israel representa a Jacob como el hombre cambiado o “con- vertido”. En su lucha con Dios fue transformado. (Dios quiere hacer un Israel de cada Jacob en el mundo.)

El pueblo había continuado en el camino de Jacob y no había logrado el propósito divino involucrado en el pacto que Dios hizo con Abram, Isaac y Jacob (ver Gén. 12:1– 3; 17:1–8; 26:4; 28:14). Cuando Dios llamó a Abram, le prometió una tierra, bendicio- nes materiales y una descendencia (ver Gén. 12:1–2).

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Verdades prácticas

1. (V. 1): Estos son los nombres; esta declaración es una

evidencia más de que el Señor nos conoce a todos personal- mente, y así nos trata. Es un Dios personal porque es persona y porque trata a los hombres personal e individualmente. Aun- que esté trabajando para la formación de una nación, los indi- viduos no son tratados como una masa anónima. Podemos te-

ner una relación personal y directa con él.

2. (V. 6): Cada generación muere; cada generación debe co-

municar su fe a sus hijos, la siguiente generación. La fe cris- tiana no duraría más de una generación si los cristianos no cumplieran con su labor de evangelización.

3. (V. 7): La mayor riqueza de una nación está en su propia gente. ¡Cuánto bien se hace la nación que se esfuerza porque sus hijos se desarrollen integralmente: física, intelectual y es- piritualmente!

4. (V. 7): Buenos hogares producen generalmente buenos

ciudadanos de la patria y del mundo. Así se enriquece la na- ción con su gente. Los buenos hogares, trabajando en equipo con buenas escuelas y buenos maestros, elevan la calidad de la ciudadanía.

Los autores bíblicos entendieron que la tierra prometida estaba estratégicamente ubicada en medio del mundo conocido y que esto coincidía con el propósito divino de llamar a Abram y prometerle: y en ti serán benditas todas las familias de la tierra (Gén. 12:3b). Isaías dijo: En aquel día Israel será tercero con Egipto y con Asiria, una bendición en medio de la tierra. Porque Jehovah de los Ejércitos los bendecirá diciendo:

“¡Benditos sean Egipto mi pueblo, Asiria obra de mis manos e Israel mi heredad!” (Isa. 19:24, 25). Además de mantener el carácter de un Jacob, había otro problema del pueblo en Egipto: No [Pag. 47] estaban en el lugar indicado por Dios para su misión. Habían encontrado en Gosén (Gén. 47:1) una tierra fértil, y pensaban que la fidelidad de Dios le obligaba a cumplir con su promesa de bendecirlos materialmente.

En cuanto a la promesa de descendientes (ver Gén. 12:2), ellos se habían engran- decido numéricamente. Sin embargo, el pueblo no estaba dentro de la voluntad de Dios. Israel había estado de acuerdo con las promesas, pero había olvidado que eran los medios para lograr el propósito de Dios. El Señor quería la redención mundial, no simplemente la salvación de un pueblo solo. La elección (llamamiento) divina era para servir, y todavía el pueblo no había iniciado la tarea.

Se nombran los hijos en tres grupos: cuatro, tres (José ya estaba en Egipto), y cua- tro. En total son doce, el número ideal, y una forma común de indicar la genealogía (comp. las doce tribus de Ismael, Gén. 25:13–16; las doce tribus de Nacor, Gén. 22:23,

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Al nombrarlos, el autor indica que se trata de personas históricas y no de una mi- tología. Además, no se sigue la lista por orden cronológico de nacimiento, sino por el de las madres: Lea, Raquel, Bilha, y Zilpa (ver Gén 29:32–30:24; 35:23–26).

En total el texto hebraico indica que 70 descendientes directos entraron con Jacob (ver Gén. 46:8–27 donde se encuentran los nombres de ellos). La LXX (la versión grie- ga del AT) y Hechos 7:14 incluyen a los descendientes de José, y dan la cifra de 75 personas en su enumeración. Se nota la ausencia de los nombres de las esposas de Jacob, las mujeres de los hijos de Jacob (ver Gen. 46:26) y la descendencia femenina. El texto trata más bien con las personas que se desarrollarían en la estructura tribal más tarde. Se destaca la fecundidad del pueblo que, a pesar del número limitado al entrar en Egipto, providencialmente se había multiplicado de acuerdo con la palabra de Dios (ver Gén. 12:2; 15:4; 26:4; 28:14; Sal. 105:23, 24).

Semillero homilético

Los sufrimientos de ayer,

medios de bendiciones para hoy

1:5b

Introducción: El plan de Dios para la redención del mundo ha estado en marcha desde antes de la fundación del mundo (1 Ped. 1:20). La redención no es un plan de emergencia ante lo imprevisto. Todo lo que ocurre, hasta las cosas que nos produ- cen sufrimiento, son parte del plan del Señor para nuestra re- dención. ¿Qué significado tuvo el que José ya estuviera en Egipto cuando llegaron los hijos de Israel?

Para José significó salir de las condiciones en que había caído por la maldad de sus hermanos y la oportunidad de ser usado por Dios para preparar lugar para su familia.

Para los hijos de Israel significó la condición preparada por Dios para consolidarlos como pueblo suyo, al que él revelaría su Palabra y del que saldría el Salvador.

. Para el mundo significó el avance de los planes de Dios para la redención.

Conclusión: Debemos sentirnos seguros en las manos de un Dios todopoderoso que lleva adelante sus planes de redención y al que nada detiene en su propósito de hacernos bien.

Además, llegaron a ser muy poderosos. Y la tierra estaba llena de ellos (v.7b): Tení- an una influencia creciente en la vida civil y económica, la cual se extendía más allá de los límites de la zona de Gosén, pues tenían contacto con los egipcios en las ciuda- des de ellos. Aunque se entienda la expresión en una forma más bien relativa, es evi- dente en el libro que había un contacto amplio entre los dos pueblos. Por ejemplo, al- gunos israelitas aprendieron artes y oficios (31:1–11) de los [Pag. 48] egipcios, recibie- ron regalos y riquezas de manos de los naturales al salir del pueblo (12:33–36), había

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casamientos entre ellos (Lev. 24:10), los padres de Moisés vivían cerca del palacio (2:1–5) y evidentemente había algunas casas israelitas al lado de gente egipcia (12:13). Es evidente que no todos los israelitas vivían en Gosén aislados de los egipcios.

El pueblo de Dios vive mejor

Algunos estudios sociológicos que se han hecho en América Latina revelan que los hogares evangélicos viven en mejores condiciones materiales que los hogares no evangélicos con in- gresos monetarios semejantes. ¡El Señor cuida de los suyos y les da sabiduría para administrar los bienes materiales!

b. La servidumbre dura, 1:8–14. Una dinastía nueva tomó el poder en Egipto, y los hebreos perdieron su posición de privilegio. Los hiksos, invasores semíticos, fueron expulsados cerca de 1570 a. de J.C., y finalmente un nuevo rey que no conocía a José llegó al trono (v. 8). Posiblemente haya sido el faraón Seti I (1309–1290 a. de J.C.) el que inició una política de opresión que fue seguida por Ramsés II (1290–1224 a. de J.C.; ver en la Introducción la sección sobre la fecha del éxodo).

No es que al faraón le faltara conocimiento histórico de su pueblo, sino que no re- conoció ninguna deuda u obligación con la familia de José. Pero reconoció el poder numérico y económico de una gente extranjera en el país. También reconoció que su ubicación en Gosén, la zona norte cerca de la ruta usada tradicionalmente por los in- vasores de Asia Menor, podía comprometer la seguridad del país en caso de un ata- que. Adicionalmente, la prosperidad del pueblo produjo envidia de parte de la pobla- ción nacional, y la fe israelita no permitía que se identificara con la cultura egipcia. Además, el faraón no quiso perder una fuente valiosa de obreros. Consecuentemente, concibió con astucia un plan que los debilitaría y a la vez engrandecería el reino egip- cio. Con trabajo forzado, tratándolos como esclavos, les hizo edificar las ciudades al- macenes de Pitón y Ramesés (v. 11; las ciudades fueron construídas por Ramsés II). Entonces los egipcios los hicieron trabajar con dureza (v. 13); sin embargo, cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban (v. 12).

Verdadero poder

Una nación es verdaderamente poderosa cuando sus ciuda- danos viven de acuerdo con principios morales y espirituales elevados. Roma llegó a ser el imperio más poderoso que el mundo había visto, pero su decadencia empezó en su moral. Al perder su fibra moral, perdió también su poder material.

En nuestro tiempo es igual. Algunos estudios dados a la luz en 1990 revelan que los embarazos entre adolescentes solteras aumenta en proporción directa al número de horas que éstas ven la televisión diariamente. Cuando la mente juvenil se llena de basura, no puede esperarse que los resultados en conducta sean buenos.

La medida de usar esclavos en las construcciones egipcias no era una política nue- va. En Egipto el faraón era el dueño de casi toda la tierra (comp. Gén. 47:20, 21), su gobierno era autocráctico, su palabra era la ley absoluta y el pueblo entero era vir- tualmente esclavizado. Se ha estimado que el tributo laboral usado en la edificación

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de la gran pirámide de Giza ocupó el trabajo forzado de 100.000 esclavos [Pag. 49] por un período de 20 años. La explotación de los oprimidos siempre fue una política de los faraones, y aun Salomón cayó en la tentación de usar el tributo laboral como una fuente de labor: la leva israelita para su grandes obras alcanzó la cifra de 30.000 hombres (1 Rey. 5:13, 14). Desgraciadamente, no ha terminado el abuso de las masas como instrumentos de producción para el beneficio de los pocos. El problema todavía está en vigor en muchos lugares del mundo.

La fe invencible

A la caída de la cortina de hierro se ha revelado que la igle- sia subterránea detrás de ella nunca fue acabada. A pesar de todo, los cristianos oprimidos y perseguidos se fortalecieron y se enfrentaron con heroísmo a la opresión. Muchos murieron físicamente degradados, pero espiritualmente íntegros, como viendo al invisible (Heb. 11:27), con una fe que queda como testimonio para los que, sin sufrir la persecución, tienen una fe vacilante.

Las ciudades almacenes (v. 11) estaban ubicadas en el norte del país junto a la frontera, y eran centros comerciales y lugares de aprovisionamiento militar para las tropas que servían en las campañas militares de Ramsés II.

La ciudad Ramesés era sin duda la capital del delta y fue edificada sobre las ruinas de la antigua capital de los hiksos, Avaris, que había sido destruida y abandonada en la batalla para expulsar a los odiados gobernantes semitas. En las excavaciones de ella, tell de San al-hagar, se han hallado ruinas colosales de templos y edificios cons- truidos por Ramsés II.

Se dan los nombres de las ciudades almacenes, pero no se nombra al faraón. ¿Por qué? Puede ser que el nombre del rey era demasiado largo para incluirlo fácilmente en el escrito. Todos los reyes [Pag. 50] egipcios tenían por lo menos cinco nombres uni- dos de una manera bastante complicada. Entonces era más fácil usar un título. Por eso, se le dio al monarca, durante la última parte de la dinastía décimoctava, el título de faraón, lo que significaba literalmente “La Casa Grande”. Al principio, el título indi- caba específicamente el palacio donde vivía el rey; sin embargo, con el tiempo llegó a ser más fácil usar el título, “La Casa Grande (el faraón) dice”, en vez de utilizar todos los nombres de él (comp. el uso popular de la expresión “la Biblia dice”). Por el uso, al rey se le llamó “el faraón”, lo cual llegó a ser un título personal. Por consiguiente, el texto bíblico refleja con fidelidad la cultura y práctica de la época al no llamar al rey por sus nombres.

Verdades prácticas

1. (V. 8): Las circunstancias cambiantes del mundo ponen a

los hombres en pedestales, o los derrumban. Cuando murió el faraón que conocía a José, se acabó el favor para el pueblo. Dios puede usar a los hombres para llevar adelante sus planes, pero nuestra confianza ha de estar puesta en el Señor, no en

los hombres.

2. (V. 9): Entre los pueblos, como entre las personas, hay

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desconfianza. La potencia de uno despierta inseguridad y celos en el otro. Solamente el Señor puede romper las barreras que nos separan de los que debían ser nuestros hermanos.

3. ¿Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo? La pregun-

ta se hace como un reproche velado a Dios: él podría terminar con el sufrimiento. Pero la verdad es que, generalmente, es el mismo hombre el que produce sufrimiento a la humanidad. Para acabar de inmediato con el sufrimiento el hombre tendría que ser eliminado de la faz de la tierra. Dios no solamente no ha hecho esto, sino que envió a su hijo unigénito para sufrir la

muerte por nosotros.

4. El hombre protesta por la explotación de que es objeto,

pero, ¿remedia la explotación de la que puede hacer objeto a su esposa y a sus hijos, cuando los engaña adúlteramente, cuan- do gasta el jornal en vicios y placeres, y cuando los priva de sus derechos y de su protección? Indudablemente, las condi- ciones sociales deben cambiar, pero el corazón del hombre de- be cambiar primero, para que verdaderamente se acabe la ex- plotación en todos los niveles.

Los vv. 13 y 14 son un resumen de los trabajos arduos: Extraían el lodo negro del Nilo y confeccionaban ladrillos, o adobes, aparte de todo trabajo en el campo; y en to- dos los tipos de trabajo les trataban con dureza (v. 14). Sin embargo, Israel seguía mul- tiplicándose de manera que los egipcios se alarmaron a causa de los hijos de Israel (v. 12). Había razones suficientes para no seguir creciendo numéricamente; sin embargo, seguían la marcha física, pero espiritualmente no lograban la meta impuesta por Dios.

c. La muerte decretada para los varones, 1:15-22. Enseguida hubo dos [Pag. 51] esfuerzos más del faraón para limitar el crecimiento de Israel: se intentó controlarlo por traición interna por medio de las parteras, y, finalmente, por decreto imperial, se buscó aniquilar a los niños varones echándolos al río Nilo. Al hacerlo, no se dio cuen- ta de que sellaba la misma pena sobre los primogénitos de su propio pueblo. Al no de- jar salir libre al pueblo, el faraón se puso en conflicto directo con el Señor, que había tomado a Israel como primogénito suyo.

Irónicamente, no aparece el nombre del faraón de Egipto en el texto; sin embargo, aparecen los nombres de las parteras. A los ojos de Dios, ¿quiénes son las personas más importantes en esta historia? ¡Dios toma a los débiles para confundir a los pode- rosos del mundo!

Joya bíblica

Pero las parteras temían a Dios y no hicieron como el rey de Egipto les mandó, sino que dejaban con vida a los niños varones (1:17).

Sifra (v. 15b; significa “belleza”, o “hermosa”) y Fúa (v. 15c; significa “hacer brillar”, o “esplendor”) son las únicas parteras nombradas. ¿Eran las únicas para toda la gen- te? De ser así, no sería tan numeroso el pueblo como sugiere el texto. ¿Eran ellas las encargadas, o principales, de todas las parteras? ¡Eran las representantes del “sindi-

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cato” ante el faraón? El texto no indica cuál es la interpretación correcta; sin embargo, parece que la segunda es la preferida.

Verdades prácticas

1. El respeto por la vida humana es una característica que

distingue a todo buen gobierno. Se manifiesta en el esfuerzo por el bienestar del ser humano en todos los aspectos de la vi- da. Preservar la vida no es solamente conservar su existencia, sino enriquecerla en la sociedad y establecer las condiciones para que cada individuo pueda vivir dignamente con el fruto de

su trabajo.

2. El reconocimiento del valor de la vida humana se mani-

fiesta, tanto en los gobiernos como en los hogares y en los indi-

viduos, en la manera en que el dinero se gasta.

3. Un gobierno que no respeta la vida humana es un go-

bierno corrupto que, en su afán por llevar adelante sus planes, tiende a extender la corrupción entre los ciudadanos. La orden de faraón a las parteras, de matar a todos los recién nacidos varones, es un ejemplo de esto. Debemos obedecer a los gober-

nantes, pero cuando sus acciones están en oposición a la vo- luntad expresa de Dios y las consecuencias van en contra de la vida humana, nuestra alternativa es clara: Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres, aunque en ello nuestra propia vida corra riesgos.

4. El temor a Dios, como el que tenían las parteras, es el pa-

liativo para los males de la sociedad. ¡No cabe duda de la nece-

sidad de que el evangelio sea predicado!

5. En nuestros tiempos se está extendiendo una forma de

homicidio parecida a la planeada por el faraón: el aborto. La diferencia está en la edad de la víctima. El que los gobiernos legalicen el aborto no lo hace menos homicidio. Dios lo conde-

na. ¡El juicio de Dios es inminente!

¿Eran las parteras hebreas o egipcias? La frase parteras de las hebreas (v. 15) no es explícita; pero el texto se inclina al lado de una pertenencia israelita, y así lo inter- pretan los rabinos: Las hebreas no hubieran admitido ninguna obstetra extranjera. No obstante, por otra parte, si no hubieran sido egipcias, ¿cómo podía haber tenido el faraón confianza en ellas?[Pag. 52]

Lo cierto es que las parteras temían a Dios, y si fueron egipcias, el Dios de Israel había llegado a ser su Dios. Temían más al Señor que al faraón, y el Señor honró su fidelidad. Así se salvó a los niños de la muerte, y la mano divina protegió y bendijo a las parteras (1:20, 21).

En cuanto a la silla de parto (v. 16), se refiere a la manera egipcia de dar a luz. Li- teralmente el texto dice sobre las piedras, y está de acuerdo con la época. El pertinen- te ideograma en los jeroglíficos es de dos piedras grandes, y se explica el uso de las

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“piedras” y su significado en “dar luz”. Era una especie de “silla” que facilitaba el alumbramiento. Todavía se emplea el sistema en algunos lugares del mundo, espe- cialmente en el oriente. Es otra de las muchas palabras, tales como Fúa, que son de origen egipcio y llegaron a ser términos “prestados” a Israel como herencia de su larga estadía en Egipto.

Semillero homilético

El temor a Dios

1:17

Introducción: El temor a Dios viene del reconocimiento de su poder y su autoridad absolutos.

El que teme a Dios no sigue el consejo de los malos.

El que teme a Dios lo obedece.

.

El que teme a Dios está dispuesto a correr riesgos por ser fiel.

.

El que teme a Dios es usado por él para cumplir sus planes.

El que teme a Dios es honrado y bendecido por él.

Conclusión: El que teme a Dios no busca meramente evitar el castigo, sino agradarlo con un servicio sincero.

Hay una observación más acerca del trabajo de las parteras. El trabajo pesado había robustecido a las mujeres hebreas y eran más vigorosas (v. 19) que las egipcias. Parece que no llamaban a las parteras para asistir en todos los partos. Por lo menos, el faraón no tuvo duda acerca del vigor de las hebreas; se usaba la palabra “vigorosa” también para las fieras. Las parteras la usaron como un término despectivo para las mujeres hebreas; las presentaron como personas de poco valor, como las fieras, y ¿quién podía controlar la fecundidad de éstas? Por lo tanto, el faraón aceptó los in- formes de las parteras.

Joya bíblica

Dios favoreció a las parteras, y el pueblo se multiplicó y se fortaleció muchísimo (1:20).

La palabra “hebrea” es más antigua, y tiene un uso más extensivo que el vocablo “Israel” (ver Gén. 14:13). Más precisamente, se emplea la palabra Israel después de la constitución de la nación (Exo. 19), y se refiere al “hebreo” generalmente durante el período antes de la conquista. El término “judío” se usa después del cautiverio babiló- nico. En el texto hebraico se emplea la palabra “partera” siete veces.

Antiguamente el relato fue transmitido oralmente, y el Señor aseguró su preserva- ción fiel por medio de las estructuras literarias. Estas ayudaban a la memoria en el proceso de recitación. Así se evitaba agregar al contenido, o eliminar algo por descui-

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do. Una vez pasado el relato del trabajo pesado (siete referencias) y el de la obra de las parteras (siete referencias), se entra en el paso siguiente de la narración. El Señor preparó al pueblo y lo guió en el arte de relatar vívidamente su palabra revelada. Mu- chísimo antes de la página impresa, el Señor dio al pueblo un estilo literario que lo ayudó a preservar la verdad divina.

Con su siguiente intento, el infanticidio [Pag. 53] (1:22), el faraón llegó a la cumbre de la crueldad contra los hebreos. Para él, el echar a los niños al Nilo era dejar que un “dios” egipcio los matase. Por cierto, se guardaba a las niñas para mantener una fuen- te de mano de obra barata disponible. Aun así, parece que el decreto no gozó del pleno apoyo de toda la población egipcia. Según los informes posteriores de las cifras de los que salieron de Egipto, el ritmo de crecimiento de los israelitas siguió. A pesar de esto, al dar el faraón el mandato cruel de aniquilar a los niños en el Nilo, Dios dispuso que sería del mismo palacio faraónico de donde vendría el instrumento de la liberación. ¿Quién era soberano? ¿Jehovah o el faraón? ¡No únicamente la salvación, sino tam- bién la historia estaba en manos del Señor!

(2) La preparación y el llamamiento de Moisés, 2:1–4:31

a. El nacimiento y la preparación hebraica, 2:1–9. Según Exodo 6:20, los padres de Moisés se llamaban Amram (lit. “pueblo exaltado”) y Jocabed (lit. “Jah es honor”). Moisés tuvo por lo menos dos hermanos mayores nacidos antes del decreto del faraón:

María, la profetisa (ver Exo. 2:4 y 15:20) y Aarón (ver Exo. 6:20; 7:7; etc.). Moisés era levita, de la tribu que sería seleccionada para ejercer las funciones sacerdotales (ver Exo. 28:1; Lev. 1:5; 8:12, 13; Jos. 13:33; 14:4; etc.); consecuentemente, los judíos in- terpretan que Moisés cumplía las funciones de sacerdote, profeta (Deut. 34:10) y me- diador. (Para la evaluación que hace el NT, ver Hech. 7:20–29 y Heb. 11:23–29.)

Al nacimiento de Moisés, su madre, vio que era hermoso (v. 2a) y logró esconderlo en contra del edicto del faraón (ver 1:22). En la providencia de Dios, Moisés tuvo una madre excepcional. Demostró su sagacidad logrando ocultar la evidencia física y apa- gando los sonidos del llanto del niño por un período de tres meses (v. 2b). Cuando no pudo ocultarlo más, ella usó una antigua estratagema semítica. Preparó una arquilla y puso al niño entre los juncos a la orilla del río Nilo (v. 3).

Instruye al niño en su carrera

Un pastor evangélico, de visita en la península de Yucatán, México, se dio cuenta de que muchos jóvenes, hijos de familias cultas y de buena posición económica, hablaban el castellano a la manera de los mayas de la región, sin ser ellos mismos de ese grupo étnico. Muchos de los jóvenes, a pesar de su educa- ción universitaria, no perdían el acento y giros del lenguaje ca- racterísticos del pueblo maya. Al comentar con extrañeza y cu- riosidad este asunto con un amigo lugareño, éste le explicó que las familias pudientes empleaban como nodrizas y niñeras pa- ra sus hijos a mujeres mayas, las cuales trasmitían a los niños su manera de hablar peculiar. La manera de hablar de las ni- ñeras prevalecía sobre el hablar de los padres de los niños, da- do que éstos imitaban a las niñeras con las que pasaban más tiempo. ¡Cuán importantes son los primeros años de vida!

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A pesar de que pudo haber sido pura coincidencia, no sería mal sugerir que Joca-

bed, como mujer sumamente dotada, conocía bien tanto las tradiciones semíticas bí-

blicas como las folclóricas de su pueblo. Según los relatos, el rey Sargón de Acad (siglo

XXII a. de J.C.) fue salvado por su madre poniéndolo en una arquilla en el río Eufrates

en Mesopotamia. El relato pudo [Pag. 54] haber sido lo que inspiró a la madre de Moi- sés a construir la arquilla suya. De todos modos, la mano de Dios obró milagrosamen-

te.

Además, Jocabed demostró sagacidad al obedecer la orden del faraón de echar al niño al Nilo. Además de ser una mujer piadosa, sagaz y preparada, es evidente que entendía bien la psicología de las mujeres egipcias. Sabía también la atracción univer- sal de un niño, especialmente cuando llora. Siendo una mujer muy observadora, había notado la costumbre de una egipcia. A pesar de su posición real, una princesa del palacio se acercaba diariamente al ribereño barrio hebraico con sus doncellas para bañarse (v. 5). Esto ofreció el escenario para un plan audaz y genial de una madre humilde que por amor de su niño hermoso hizo todo para salvar su vida. En aquel momento no pudo ni aun imaginar lo que significaría tal hecho monumental.

Con la arquilla colocada estratégicamente para que la corriente no la llevara y que la egipcia la viera, la madre puso su niña a una distancia discreta para ver lo que le acontecería (v. 4). La hija del faraón vio la arquilla entre los juncos y envió a una sierva suya para que la tomase (v. 5). Al abrirla, el niño comenzó a llorar, y la mujer egipcia, reconociéndolo como varón de los hebreos, tuvo compasión de él (v. 6).

Otra vez se ve el arte literario del autor demostrado magistralmente en el texto hebraico: Siete veces empleó el sustantivo niño (vv. 2, etc.), y siete veces se refirió a la hija del faraón (v. 5, etc.). La narración fue bien preparada para su conservación y transmisión oral.

Ahora llegó el momento crucial; la madre había preparado bien a la niña. Al ver los hechos y al escuchar a su hermanito llorar, la hermanita (probablemente María de 6 o 7 años de edad) se acercó a [Pag. 55] la princesa y recitó las palabras bien aprendidas de memoria: ¿Iré a llamar una nodriza de las hebreas para que te críe al niño? (v. 7b). ¡Te críe! ¡Ya era niño de la egipcia!

Sin dilatar, la hija del faraón respondió: “Vé (v. 8a), y la muchacha llamó a la madre del niño (v. 8b). No fue un encuentro casual el de las dos mujeres; fue uno lleno de emoción y de reconocimiento. El diálogo fue breve y las palabras simples; sin embar- go, el contenido tenía un sentido doble. Uno era para las siervas de la hija del faraón (y para los lectores casuales) que observaban el drama, y el otro era entre dos mujeres separadas por la raza y los niveles sociales. La vida del niño estaba en juego entre ellas. Y la hija del faraón le dijo: “Llévate a este niño y críamelo. Yo te lo pagaré (v. 9). Literalmente el texto dice: “Yo te daré tu pago (o recompensa)”. ¿Cuál fue el pago que la madre quiso? ¡La vida del niño! Parece que la egipcia reconoció que la nodriza que la muchacha trajo era la madre del niño. El pago económico era secundario. Había entre las dos mujeres un entendimiento muy especial, y el Señor hizo otro milagro en su plan de redención mundial. Sin darse cuenta dos mujeres llegaron a ser instru- mentos vitales en la preservación de la vida del libertador futuro del pueblo escogido.

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Verdades prácticas

1. La vida sigue a pesar de la opresión. El hombre se casa y

tiene hijos a pesar de las condiciones que lo oprimen. El hom-

bre no detiene la vida por decreto; ésta sigue adelante, de acuerdo con el plan de Dios.

2. El afecto natural, por venir de Dios, desea y procura el

bien para sus seres cercanos. De esta manera las criaturas na-

cen en un ambiente propicio para crecer y reproducirse.

3. El verdadero amor es abnegado. Está dispuesto a sacrifi-

car su satisfacción por el bien de la persona amada. La madre de Moisés, pese al dolor que esto le causaba, se separó de su niño para salvarle la vida.

4. El Señor levanta aliados hasta de entre los que se oponen

a su pueblo. La hija de faraón estuvo dispuesta a criar a Moi-

sés a sabiendas de que era hebreo.

5. "La mujer tomó al niño y lo crió." Y así la carrera del cau-

dillo quedó asegurada. La influencia del hogar puede ser de- terminante en la vocación del individuo. Tras de cada gran hombre están los que en su infancia han influido en él con su

enseñanza y ejemplo. La grandeza del carácter no se da en el vacío.

6. Un hombre que ha crecido desde bebé con el conocimien-

to de haber sido condenado a muerte por un tirano opresor y haber sido rescatado, puede hacerse preguntas acerca de un papel que tiene que desempeñar en el escenario de la vida. El corazón de este hombre es un terreno fértil para el llamado del Señor a una tarea especial relacionada con su experiencia, pues tiene una conciencia de destino.

Providencialmente el niño ahora podría vivir legalmente y tendría la crianza e in- fluencia de dos culturas; sin embargo, la primera sería la de su madre israelita. Que- daría con ella hasta ser destetado, y esto solía extenderse por un período más largo de lo que es la costumbre moderna. Con frecuencia se extendía hasta la edad de cuatro o más; Josefo pensaba que el [Pag. 56] niño estuvo con su madre israelita hasta los tre- ce años de edad (Antigüedades, 2, 9, 6). Moisés estuvo con su madre por lo menos du- rante los tiernos años críticos y formativos. Ella influyó en él, aun inconscientemente, y jugó un papel importantísimo en el destino de su vida y ministerio final.

Semillero homilético

La preparación del caudillo

2:1–23

Introducción:: Israel estaba oprimido y clamaba por su libertad.

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La primera etapa: la preparación hebraica (vv. 1–10).

El nacimiento y preservación de la vida de Moisés.

La fe de los padres de Moisés (Heb. 11:23).

La segunda etapa: la preparación secular egipcia (vv. 11–15).

Educado en el conocimiento egipcio (Hech. 7:22).

Preparado para el liderato egipcio (según Josefo fue un héroe militar).

Conocedor de la vida y opresión de su pueblo.

. La tercera etapa: la preparación en el desierto como fugitivo (vv. 16–23).

Muerte del egipcio y fuga de Moisés.

Confiaba en su poder personal (Hech. 7:24, 25).

Necesitaba una experiencia personal con Dios. El conoci- miento de las tradiciones de su pueblo era insuficiente.

La vida e influencia del sacerdote de Madián. Otra perspecti- va de las tradiciones abrámicas.

El conocimiento de la zona desértica de Sinaí en preparación para su trabajo como "guía de viaje" del pueblo.

Conclusión: Dios escuchó el clamor del pueblo, y recordó sus promesas y propósito para Abram. El Dios soberano preparó milagrosamente al caudillo necesario para la liberación de su gente.

b. La preparación egipcia secular, 2:10. El autor no se preocupó de los detalles secundarios, sino que pintó con grandes rasgos los pasos fundamentales en la prepa- ración del líder futuro. Cuando el niño creció, la madre le llevó al palacio, y la hija del faraón le prohijó. El vino a ser para ella su hijo, y ella le puso por nombre Moisés, di- ciendo: “Porque de las aguas lo saqué” (v. 10). El nombre tuvo un doble significado:

para los egipcios significaba “engendrado”, o “hijo”, es decir, “uno engendrado por el Nilo”; y para los hebreos quería decir “sacado” o “uno sacado del agua”.

En el palacio fue objeto del amor, de la protección y de las ventajas de uno que co- rrespondía a la realeza. Llegó a conocer el diseño del palacio como la palma de su ma- no, desde el salón del trono hasta la cocina y los establos. Como dijo Esteban muchos años después, recibió la educación clásica para ser un dirigente o administrador de la nación (ver Hech. 7:22).

La educación de los príncipes era amplia y rigurosa. Todo llegaría a serle útil en los años venideros, aunque Moisés debió haber tenido un sentir de frustración durante

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muchos años en el exilio. La educación clásica incluía instrucción en las ceremonias y en las creencias religiosas. Los estudios legales también formaban una parte del plan de estudios. Los príncipes recibían instrucciones en el arte de escribir, en la sabiduría egipcia, en los escritos de los sumerios, en los sistemas legales asirios y babilónicos, en la medicina, en la magia, en la geografía y en la ciencia militar.

Fuera de la Biblia, la tradición alaba a Moisés por su destacado servicio militar en[Pag. 57] una campaña al sur del país. Lo cierto es que a Moisés le fue dada la oportunidad de recibir la mejor educación de su época.

Semillero homilético

El bien vence sobre el mal

2:1–10

Introducción: La madre de Moisés, sin saberlo, fue parte de los planes de Dios para la liberación de su pueblo al salvar a su hijo Moisés. El que obedece la voluntad de Dios participa de los planes de Dios por el mundo.

El bien vence sobre el mal cuando lo enfrenta con decisión.

El bien vence sobre el mal porque es movido por el amor.

.

El bien vence sobre el mal porque lo enfrenta, no con vio- lencia, sino con sabiduría.

.

El bien vence sobre el mal porque Dios le da buenos aliados.

El bien vence sobre el mal porque sigue los propósitos de Dios.

Conclusión: No seas vencido por el mal, sino vence al mal con el bien (Rom. 12:21).

De acuerdo con la soberanía divina, Dios usó al faraón en la preparación de aquel que sería el instrumento humano para quitarle a Israel de su poder. Pero todavía le faltaban a Moisés unas materias más en el plan divino de los estudios preparatorios, y el autor se movía rápidamente hacia los cursos requeridos faltantes.

Verdades prácticas

1. El llamamiento divino era, y es, para servir con sacrificio.

No hay una garantía de éxito material, ni de una vida fácil.

2. Los tiempos económicos buenos y de tranquilidad pueden

ser malos si apartan al pueblo de Dios. Los tiempos malos

pueden ser buenos si acercan al pueblo a Dios.

3. La elección divina era, y es, por la gracia. Dios eligió a

una nación esclava para ser su instrumento. Tomó al débil pa-

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ra confundir a los grandes.

4. Dios se preocupa por los oprimidos y por la libertad humana.

5. Dios se opone al poder inhumano, y los tiranos del mun-

do ven la salvación divina como una amenaza a sus sistemas

establecidos.

6. Dios se preocupa por la salvación del alma, y por la liber-

tad física de los esclavizados por cualquier clase de tiranía.

7. A pesar del sufrimiento, la vida dura y el trabajo arduo

produjeron un pueblo fuerte y capaz de afrontar el cambio difí- cil que iba a transitar antes de llegar a la tierra prometida.

c. La preparación en el desierto, 2:11–25. En el desarrollo de Moisés se destacan su compasión hacia los hebreos, y su poder físico (vv. 11–14). Un día vio el abuso de un egipcio que golpeaba (del verbo nacar 5221 ) a un hebreo. El texto dice literalmente que miró a uno y otro lado, y viendo que no había nadie, golpeó [o pegó fuertemente; del mismo verbo nacar 5221 ] él al egipcio, y lo escondió en la arena (vv. 11, 12, trad. del autor). Lo [Pag. 58] mató; le pegó al egipcio tan fuerte que murió. Evidentemente no era su intención matarlo; sin embargo, en su enojo contra una injusticia, se le fue la mano y perdió el control de sí mismo.

Otra vez se habla de su fuerza física: Como fugitivo de la justicia egipcia, estaba descansando junto a un pozo de agua en la tierra de Madián. El solo echó a unos pas- tores (v. 17) de la zona defendiendo el derecho de unas mujeres de sacar agua. Físi- camente, Moisés era un hombre bien dotado y desarrollado. Moralmente, se enojaba ante la injusticia social. Sin embargo, el tiempo de su liderazgo no había llegado toda- vía. Dios tuvo que templarlo, prepararlo más y darle un curso teológico especial.

El esfuerzo de ayudar a Israel por medio de la violencia humana no produjo una chispa revolucionaria, sino resultó en el rechazo de parte del pueblo de aquel que se levantó en defensa de sus derechos. Al día siguiente de la matanza del egipcio, Moisés volvió a la zona y observó a dos hebreos peleando. Entonces dijo al culpable: “¿Por qué golpeas [del verbo nacar 5221 ] a tu prójimo?” (v. 13). El hombre rechazó a Moisés como jefe y juez, y le preguntó si pensaba matarlo a él como había matado al egipcio (vv. 13, 14). Moisés comprendió que el hecho era asunto público, y se preguntó: ¿Quién lo había contado? Había tres personas allí el día anterior: el egipcio, el hebreo maltrata- do y Moisés. El egipcio estaba muerto. El que había contado el asunto era el hebreo, y el pueblo había tenido temor del que había salido en su defensa. Cuando finalmente se identificó con los suyos, fue mal entendido y rechazado.

La madre de la libertad israelita

La historia bíblica puede dividirse por medio de los naci- mientos milagrosos de niños destinados a transformar la histo- ria mundial: Isaac, Moisés, Samuel y Jesús. Cada niño tuvo una madre cuya fe y dedicación al Señor influyeron en su ca- rrera. A través de la historia del cristianismo se ve la misma verdad repitiéndose muchas veces: Mónica, la madre de Agus-

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tín, nunca dejaba de orar por su hijo aun cuando éste se aleja- ba del camino de las enseñanzas hogareñas. Atrás de las vidas de Juan y Carlos Wesley estaba la figura de una mujer fiel y consagrada al Señor: Susana Wesley, a la que casi se le puede otorgar el título de "la madre del metodismo". Roberto Moffatt, el dedicado misionero, decía que había sido la influencia de su madre la que lo condujo a ser un pionero por Cristo en el sur de Africa, donde, para él, el sol amanecía cada mañana sobre miles de aldeas donde nunca había sido anunciado el mensaje de salvación.

El mundo tiene una gran deuda con las madres humildes y desconocidas que han inculcado en las vidas de sus hijos las verdades más grandes: el amor de Dios y el camino de la salva- ción. En cuanto a Israel, sin la influencia de su madre, Moisés nunca hubiera llegado a ser el gran libertador de su pueblo. A Jocabed (6:20) casi puede dársele el título de "la madre de la libertad israelita".

Ahora Moisés tuvo que huir porque según el v. 15 el faraón se enteró del asunto y procuró matarle. La acción de Moisés fue un delito con doble agravante: Asesinó a una autoridad pública mientras que ésta ejercía su función asignada, y la [Pag. 59] conducta de Moisés podría producir una revuelta general entre los sojuzgados. Para Moisés, la única solución a la situación creada era la fuga de la presencia [es decir, la jurisdicción] del faraón y se fue a la tierra de Madián (v. 15). Con esto se terminó la primera etapa de su vida. Había alcanzado cuarenta años de edad (Hech. 7:23).

Moisés huyó a la zona de Sinaí, al este del golfo de Aqaba, en la península arábiga. Fuera del control de Egipto, Madián estaba situado sobre las rutas de caravanas de Arabia y sus habitantes, los madianitas, tenían la fama de ser mercaderes (ver Gén. 37:28). Eran descendientes de Abraham por medio de su esposa Quetura (Gén. 25:1, 2), y Moisés, un levita, iba a vivir entre los suyos como hombre libre. Todavía le hacía falta aclarar algunas verdades teológicas de su herencia hebraica; y, como guía del futuro, necesitaba una orientación en el desierto. Su tiempo no había llegado todavía (comp. Heb. 11:24–26).

En círculos pastoriles como también en tierras desérticas, un pozo de agua juega un papel importantísimo, no simplemente en cuanto al agua viva, sino también en la vida social (comp. Gén. 24:11 y 29:10), y así fue para Moisés. Mientras que estaba sentado junto a un pozo, las hijas del sacerdote de la zona llegaron para sacar agua, y según el testimonio de una de ellas, un hombre egipcio las defendió de los pastores y las ayudó a sacar agua para dar a las ovejas (v. 19). Como resultado de su acción vi- gorosa en defensa de los derechos de las débiles, recibió una invitación del sacerdote de comer con él. Allí Moisés obtuvo lugar para vivir, trabajar y casarse con una hija del sacerdote. Ella se llamaba Séfora (lit., “pajarilla”). En Madián nació su primer hijo, Gersón (v. 22).

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Semillero homilético

El clamor que Dios escucha

2:23–25

Introducción: En nuestros problemas y angustias hemos de clamar a Dios, quien atiende a su pueblo y lo saca de su con- dición.

El clamor que Dios escucha es el que se dirige a él sincera- mente.

Los hijos de Israel gemían primero; se lamentaban para sí mismos y entre ellos.

La tendencia humana es llevar a otros hombres sus penas antes que a Dios.

En el sufrimiento el pueblo se acerca más a Dios.

El clamor que Dios escucha es el de su pueblo que sufre.

Dios se compadece de su pueblo a pesar de que éste sea infiel.

Dios es fiel a su pacto. Sus promesas abundan en la Biblia.

. El clamor que Dios escucha encuentra respuesta.

Dios no ignora la condición de su pueblo, pero tiene su propio tiempo para responder.

Antes que pidamos a Dios él ya tiene la solución.

Conclusión: Llevemos al Señor nuestras cargas directamente, pues en él está la solución.

Pasaron los años y falleció el faraón tan opresivo (el oyente o lector lo sabe; Moisés no lo sabrá sino hasta el 4:19). Entretanto, seguía el gemir de Israel a causa de la es- clavitud (v. 23), sin evidencia ninguna de recordar el propósito de su elección. A pesar de clamar a Dios, el pueblo no vivía como Dios quería: Seguía la norma de Jacob y no la de Israel (ver sobre 1:1). Parece que estuvieron al punto de olvidarse de Dios; sin embargo, Dios [Pag. 60] no se había olvidado de ellos. Aun sin haber logrado el propó- sito de su existencia, Dios reconoció su condición (v. 25). Se acercaba el tiempo de su liberación.

En los vv. 24 y 25 se cambia el énfasis, de la condición de Israel (v. 23) a la res- puesta de Dios, y al hacerlo, se presenta al Señor en términos personales. Sin que Is- rael se diera cuenta, el Señor obraba. Antes de que Moisés supiera del cuidado histó- rico de Dios, el autor se lo revela a los lectores. Dios miraba al mundo y era el que lo controlaba, aunque a veces parecía que estaba ausente.

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Joya bíblica