LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

SEGUIRÉ VIVIENDO

A la muerte,
que por igual redime y entristece

PRÓLOGO

Muchos de nosotros estamos casi seguros de no
confundir la ficción con la realidad, y sobrevivimos con
esta aparente seguridad durante muchos años de
nuestra vida. Algunos novelistas se dan el privilegio de
mezclarlas sin que nos demos cuenta y, en más de una
ocasión, logran hacerlas indistinguibles, con lo que nos
muestran verdadera su historia narrada, incluso más
verdadera, más penetrante, más sugestiva y vivaz que la
que todos llevamos a cuestas.
La historia que aquí se narra tiene la particularidad de
ser esta mezcla indistinguible. Posee todas las
dimensiones de una realidad sobre la que no puede
dejarse de pensar. Se trata de una invitación a pensar la
enfermedad y la muerte, también nuestra propia muerte
y todo lo que podría suceder alrededor, antes y después
de ella: miedo, amor, odio, placer.
Se ha dicho que la única tragedia que hay en el mundo
es estar dormidos o no ser conscientes. De ello viene el
miedo, y del miedo viene todo lo demás; pero la muerte
no es una tragedia. Morir también puede ser algo
maravilloso; sólo es horrible la muerte para las personas
que nunca comprendieron la vida, para aquéllas que no
se dieron a la tarea de pensar su muerte y aprender de
ella. Solamente cuando se le tiene miedo a la vida se le
tiene miedo a la muerte. En realidad, si pudiéramos
morir muchas veces, viviríamos más plenamente.
Este impresionante relato, probablemente, me ha
enseñado a vivir y a morir mejor. En las vivencias de
sus personajes se pueden encontrar las preguntas más
interesantes y los cuestionamientos más profundos y
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emancipadores. Se trata de un recorrido en el que saltan
a la vista infinidad de perlas conceptuales cuyo
contenido hace reflexionar a todos: desde el más filósofo,
hasta
el
más
iletrado.
Poderosos
conceptos
incuestionables por su permanente verdad asaltan al
lector más cuidadoso y también al más desprevenido.
Todo este trabajo intelectual con verdadero sabor de
libertad es presentado con la más elegante de las prosas.
Luis María Murillo, célebre hombre de letras, médico por
accidente y sincero amigo por convicción, ha puesto en
nuestras manos otra obra que atesora el privilegio de sus
reflexiones más personales y profundas no sólo sobre
esta realidad inexorable de la muerte y sobre la reacción
que suscita en nosotros y nuestros seres queridos:
también sobre la vida y todo lo que significa vivir. Esta
obra es el resultado de una intensa y profunda actividad
existencial e intelectual; está llena de cuestionamientos,
de vivencias, emociones y dificultades que acompañan la
experiencia personal e intransferible de estar vivos y
afrontar la enfermedad y la muerte. Verdaderamente,
es imposible quedar ileso con ella.
PEDRO J. SARMIENTO M.

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José

presintió que pronto moriría cuando el doctor
Mendoza dio el dictamen de un cáncer infiltrante. Sabía
que la profundización del cáncer en la pared del
estómago ensombrecía el pronóstico, además todos los
miembros de su familia que lo padecieron murieron
irremediablemente. Sin que una sola de las palabras del
médico lo llevara a deducir el desenlace, dio por hecho
que el destino le había puesto fecha al final de su
existencia. Así lo hizo vivir a quienes lo rodeaban. Fue
apresurado, porque hacían falta otros exámenes para
dar por cierto el fatal convencimiento; con la sola
infiltración muchos son los pacientes que se curan.
Su corazonada, sin embargo, comenzó a cumplirse
cuando la tomografía mostró ganglios linfáticos
periaórticos comprometidos. Entonces se afirmó en su
rechazo a medidas extremas salvadoras. El doctor le
propuso una laparoscopia para hacer un diagnóstico
preciso. Le respondió, sin intención de volver, que
después decidiría. Las posibilidades reales de sobrevivir
con los hallazgos disponibles le parecían ridículas. No
quería afectar su estado favorable. Temía que cualquier
intervención afectara sus buenas condiciones y
trastornara los planes que tenía para el trecho final de
su existencia. No quiso oír a los amigos que lo instaban a
un tratamiento sin demoras; sabía que los pocos
síntomas no desmentían la severidad de la dolencia.
Meses después, cuando a su juicio había hecho lo que
tenía que hacer, se enteró de que retoños del tumor
echaban raíces en el hígado.
Prefirió aprovechar su buen estado y disfrutar la
vida. «No permitiré que el presente se arruine con los
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nubarrones del mañana, ni que mueran primero mis
ilusiones que mi cuerpo». Ni esperar resignadamente la
llegada de la muerte, ni luchar decididamente contra
ella estaba en sus proyectos. Previsivo y metódico, había
planeado con muchos años de anticipación el derrotero
de sus días finales. Algunas lecturas sobre su
enfermedad lo habían hecho desechar toda esperanza.
Tenía certeza absoluta sobre la muerte próxima.
A la desazón natural se contraponían las ventajas
de su trance. De repente todas las cargas de este mundo
resultaban despreciables, le valían un comino los
problemas y las exigencias de la vida; no porque el dolor
de morir le impidiera concentrase en otra cosa, sino
porque se sentía con potestad de renegar de todo, de
eludir obligaciones, de repudiar cuanto quisiera, sin
temer sus consecuencias en la Tierra. Podía ser más
provocador que nunca contra las exigencias estúpidas y
las normas sin sentido; podía hasta prescindir de los
racionales consejos de sus médicos. Ya no tenía que
rechazar los suculentos platos que le aumentaban el
colesterol y amenazaban matarlo de un infarto. «¡Cuanto
me perdí pensando en la vida, pensando en la muerte
voy a recuperarlo!». Se sintió con derecho al placer, a
probar y a practicar todo lo prohibido; aunque todo,
tratándose de José, no era hasta el tope.
No obstante su clamor por la libertad, llegaría al
sepulcro más contenido que desenfrenado. Pero sí hizo
realidad ciertos placeres. Los culinarios fueron los
primeros, los más urgentes: estaba suficientemente
ilustrado de la anorexia que vendría y de la incapacidad
para pasar el más minúsculo bocado.
Pensó que si el objetivo de su vida había sido la
afirmación de su personalidad, derribando mitos y
sembrando la duda contra lo establecido, su carrera
hacia la muerte no podía seguir un curso pasivo y
rutinario. Sentía la necesidad de ser distinto, de obrar

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diferente a los demás mortales, de convertir en victoria
la derrota.

Antonio esperaba con paciencia el ascensor que lo debía
llevar al piso en que José estaba hospitalizado. Miraba
su reloj, exploraba el espacio circundante, pasaba su
vista sobre los avisos de bronce aplicados al mármol de
los muros y sonreía a las personas que al igual que él
aguardaban el elevador. Y repetía ese ciclo
indefinidamente en vista de la lenta aproximación del
aparato. El ascensor llegó por fin, y con la misma
pesadez se llevó los pasajeros. En el octavo piso Antonio
descendió, y cual si conociera el sitio, se dirigió con
precisión al cuarto del amigo. Un abrazo efusivo, de dos
años de ausencia, los puso en sintonía. José le contó
pormenores de su padecimiento y le hizo un recuento de
trances de amigos moribundos.
–Entre la serenidad y el pánico, entre la
extravagancia y la naturalidad, querido Antonio, fluctúa
la respuesta humana ante la muerte.
Le contó que Enrique, casi un hereje, fue
convertido por la muerte en místico. Primero en espera
de la gracia que le devolviera la existencia, luego, en pos
de una agonía tranquila, finalmente tras del perdón que
lo salvara del infierno. Daniel, quien nunca aceptó que
se lo llevaría la muerte, recorrió hospitales, visitó
templos, probó nuevos credos, acudió a pitonisas, pagó a
hierbateros y se refugió en la magia, en una espiral
descendente de lástima y sobrecogimiento.
–De pronto –dijo José con sorna– siga en el otro
mundo suplicando por su vida
Recordó a Gabriel, de quien pocos supieron que se
suicidó para ganarle al cáncer la partida. Quiso morir
antes de que la enfermedad corroyera sus entrañas. Y le
contó que Ricardo tomó con tanta naturalidad la muerte
que ni una aguja permitió que entrara por sus venas.
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–El único médico que se acercó a su lecho fue el
que firmó el certificado con que lo inhumaron. Preparó
de tal manera a su familia, que la sonrisa serena que en
el funeral advertimos en sus deudos era de gratitud con
la vida y de reconciliación con el destino. Así me gustaría
que fuera el momento crucial de mi partida.
José esperaba una agonía así de plácida, pero
resultó demasiado intervenida por haberse entregado a
los cuidados médicos. Pero más que pensar en el instante
de la separación del mundo, se preocupó del tiempo
precedente.
–Quise ser feliz y prodigarle al cuerpo el placer que
le faltaba.
Y Antonio escuchó fascinado el comportamiento
hedonista de un hombre atrapado por la muerte. Oyó
confesiones de su peregrinaje en busca del placer,
aunque parcas en los detalles licenciosos. Qué le iba a
contar que sin tiempo para vivir romances se había
rendido a los ofrecimientos lúbricos. Qué le iba a revelar
relaciones lujuriosas que de pronto tacharía de poco
edificantes. Pero no iba a enamorar a una mujer para
dejarla viuda. Por eso le pareció correcto. Casarse con
Pilar no había pasado de ser un impulsivo pensamiento.
–Hay que gastar la vida –le expuso a Antonio–. Se
esfuma por más que la cuidemos. Protegerla es un
esfuerzo improductivo que deja el mal sabor de no
haberla aprovechado.
Con todo, el cuidado de la vida era para José
contradictorio. Su pregonada desidia era válida apenas
para su propia humanidad, pues había que ver el celo
con que protegía la vida de su hija. Pero se empecinaba
en resaltar que había un momento en que las
restricciones ya no tenían sentido, ni el desenfreno
consecuencias.
–La calidad de vida, me dijeron, está en todas las
actividades del cuidado paliativo. Pero ese era un
programa muy prematuro para un muerto que se sentía
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con vida. Por eso me incliné primero por los hoteles y los
restaurantes. Me ayudaron, claro está, los medicamentos
que atenuaron las molestias gástricas. Disfruté por
semanas manjares antes declinados y mandé al diablo,
por absurdas, todas las recomendaciones del cardiólogo.
Supo mi paladar, sin inhibiciones, lo que era el
hedonismo. Pero llegó pronto el tiempo de la bocanada,
del dolor y la náusea; de la dificultad para tragar, que
convirtió en aversión lo que antes era el placer por la
comida. Lo poco que hoy me alimenta, pasa Antonio, por
esta miserable sonda.
El visitante miró conmovido el tubo que el enfermo
señalaba, y sin palabras, agradeció que José no le diera
tiempo para hacer un comentario. Inalterable, José
prosiguió con el periplo de sus viajes: su travesía en
crucero, sus trayectos por tierra y sus viajes en avión en
pos de lugares que creyó que no conocería. Turismo
intensivo que se llevó más de la mitad de sus ahorro.
–Al comienzo viajaba solo, luego mi hija procuraba
acompañarme, y cuando no podía me buscaba una
asistente.
Y por primera vez le confió a alguien, como epílogo
de sus andanzas, la pesadilla que venció con su
peregrinaje. Le reveló un sueño reiterado que lo llevaba
a una ciudad maravillosa bañada por un mar de aguas
multicolores.
–Sabía que su arquitectura preservaba una
historia milenaria. Pero en mi sueño pasaba los días
encerrado en el auditorio de un hotel, añorando el
mundo que al otro lado del ventanal me reclamaba.
Cuando por fin podía librarme de las obligaciones para
disfrutar los atractivos de ese lugar de ensueño, el viaje
terminaba. Cuando supe que iba a morir, como un
reflejo, vino a mi mente el sueño torturante, y me
propuse evitar que de la misma forma el final de mis
días se malograra. Me propuse disfrutar con intensidad

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y lo logré. No asisto con frustración a mi agonía, sino
colmado de recuerdos gratos.
–Viviste tus restos para el placer –por fin pudo
decir Antonio–. Es eso lo que cuenta
–De lo que quedó por hacer poca es la deuda. Como
algún día lo planteé, sólo me arrepentiré de cuanto hice.
Pero tampoco se arrepintió de cuanto hizo porque
siempre le sobraron argumentos para defender sus actos.
El mismo lo decía: «La conciencia se aplaca con razones».

El tiempo de disfrutar terminó para José con la última
visita a la montaña. El verdor, el aire límpido, el olor a
leña, la casa campesina y el canto de las aves refundido
entre el follaje, habían sido para él un gozo
extraordinario. Pero de haberse prolongado se habría
convertido en la rutina que pugna con lo placentero.
Allí percibió con claridad que la muerte rondaba ya
muy cerca, y renunció, por incapaz, a exprimirle más
gozos a la vida. Sintió a la vez un apremiante deseo de
conciliarse, pues a pesar de cuanto proclamaba su
insolencia, anhelaba el sosiego de su alma para llegar al
sepulcro sin angustias.
Disipaba
su
ansiedad
con
argumentos
intelectuales poderosos que le daban la razón de su
proceder a lo largo de su vida, pero era inevitable cierta
desazón por un remordimiento inexplicable. Flaqueaba
por momentos en lo íntimo de su ser cuando juzgaba sus
acciones, porque a la hora de la muerte la certeza de sus
buenas obras resultaba para sí un hecho discutible: no
había absoluto para confrontarlas. Pero para su
tranquilidad contaba con la coherencia entre sus
acciones y su pensamiento. Deducía que el bien era el
sometimiento de su proceder a sus principios, y que su
dialéctica del bien y el mal era la lucha entre sus deseos
y el deber autoimpuesto. Actuar mal no era bajo esa
perspectiva no seguir el camino por otros señalado, sino
actuar en contra de sus propios valores. Desde ese punto
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de vista se sentía sereno. Nunca sus actos habían sido
inicuos, pocas veces había ido en contra de los dictados
de su conciencia, nunca su comportamiento había
contradicho en forma grave sus principios. Ahora más
que nunca se veía dispuesto a admitir la bondad de sus
semejantes y a ser magnánimo con quienes discrepaban
con su modelo moral y religioso. Así esperaba que sus
contradictores, de pronto Dios entre ellos, lo juzgaran.
No era una rendición, sino sentido de justicia.
El examen que advertía sus faltas lo mostraba tan
proclive al error como los mortales que eran el blanco de
su crítica; luego si él era merecedor de comprensión,
también aquéllos debían serlo. Pero su ánimo fluctuaba
entre la magnanimidad y la firmeza, pues ni todo era tan
fácilmente
perdonable,
ni
todo
absolutamente
condenable.
Unas veces era él, otras eran los demás el objeto de
sus reflexiones. Unas veces se sentía dueño de grandes
conclusiones, otras pensaba que a nada conducían tantas
cavilaciones. Del instante supremo colegía que todo lo
que se dijera carecía de validez. Estaba seguro de que la
realidad derrumbaría todo pronóstico. No era más que
un anhelo que ese lugar desconocido fuese como lo había
pensado, amable al menos, en últimas, el encuentro con
la nada, en que terminara para siempre toda sensación y
el
más
imperceptible
vestigio
de
existencia.
Seguramente tendría que rendir cuenta de sus acciones,
por lo que resultaba imposible dejar de confrontarlas con
los preceptos morales que lo habían encaminado, y a su
pesar también, con el cúmulo absurdo de mandatos de
los que había sido crítico inclemente. Normas que según
la tradición eran imprescindibles para esquivar la brasa
del infierno. Entonces lo entusiasmaba pensar que había
sido un poco quijote defendiendo las causas de los
abandonados, de los inermes, de los agredidos, de los
sometidos; que había librado batallas contra la
injusticia, que no había sentido vergüenza de haber dado
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

su mano a los menesterosos o de haber entablado
amistad con prostitutas; y que más que títulos, fortuna y
poder, había visto seres humanos en sus semejantes.
«Más apreciables a veces los de abajo que los consentidos
por la ventura, tan banales e insensibles». Esa podía ser
una buena carta para encarar un juicio; pero se
preguntaba que mérito había en un comportamiento que
aunque lo envanecía, no había demandado esfuerzo de
su parte. Así había nacido, esa era su naturaleza. El
sacrificio, vaya paradoja, hubiera sido el proceder
opuesto. Sus actos eran estimables, su esfuerzo
imperceptible. Pero también existía el envés de la
moneda: la cara rígida y sombría de furias y
sentimientos de venganza, disculpados siempre por
fugaces, y en ocasiones por el anhelo de justicia, que se
manifestaba en el deseo de someter al que somete, de
condenar al que se niega a perdonar, de herir al que
hiere, de torturar al que tortura, de esclavizar al que
esclaviza, para brindar satisfacción a los hombres
maltratados; y casi nunca para satisfacer agravios
personales.

José

tenía una personalidad compleja y los
desprevenidos descubrían confusos contrastes en sus
actitudes. A simple vista sus posturas iban en contravía
unas de otras; pero existía un hilo conductor dado por
dos principios: bondad y libertad, en los que
fundamentaba su razonamiento y sus acciones. El
resultado de su interacción era una postura filosófica
que preservaba la vida privada de toda intromisión, que
reclamaba la máxima libertad para la vida intima y que
recalcaba para la vida en sociedad las exigencias éticas.
Demandaba la represión decidida del comportamiento
antisocial, pero criticaba a la autoridad intransigente.
De esa manera podían interpretarlo mal quienes
desconocían todo el contexto. Los conservadores
despistados, por ejemplo, lo veían radical y libertino; y

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reaccionario y derechista las mentes liberales. Sus
contradicciones tenían la complejidad propia de la mente
humana, acrecentada por la hondura de su pensamiento.
«Como buen pragmático –decía Federico
Castañeda– José practica la mesura en público y en la
privacidad la holgura. Es un ecléctico que abreva en
todas las ideologías, pero en conjunto todas las rechaza.
En él pesa tanto su condescendencia como su
obstinación». Esa era una buena aproximación a su
personalidad, que José ponderaba por coincidir en buena
medida con la imagen que él había construido de sí
mismo.
«Mis puntos de vista –aseguraba– a nadie obligan.
¿Cómo podrían hacerlo si siempre he odiado las
imposiciones? Más que convencer, comparto mi visión
del mundo. No espero que el influjo de mi pensamiento
cambie a tantos su estilo de vida y sus costumbres». Así
hacía sentir su mansedumbre, sin desmedro de su
pensamiento audaz y sus férreas convicciones. Y se
ufanaba de no matricularse con ninguna ideología.
«Tendría que ser dogmático y demasiado simple. La
libertad, la justicia y la bondad, como hecho abstracto,
son lo único predecible en mi doctrina, pues en ellas
fundamento todas mis razones».
La moda, la uniformidad, le fastidiaban. Odiaba
que los hombres siguieran la corriente. Pensaba que
cada cual debía ser el autor de su filosofía y el dueño de
sus propias concepciones. En esa búsqueda solía
descubrir con presunción que algunas corrientes
compartían sus planteamientos, cual si fueran ellas las
que le dieran la razón, y no al contrario, porque primero
habían sido producto de su mente y tiempo después un
hallazgo en sus lecturas. Como en un déjà vu podía
sorprenderse de que otros hubieran escrito casi lo mismo
que su razón conjeturaba. Original o no, su pensamiento
de complejos contrastes contenía retazos de múltiples
tendencias. Su faz autoritaria provenía de su anhelo de
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enfrentar con rigor el instinto dañino del hombre y el
delito. La defensa del capital y de la propiedad privada,
la libre empresa como motor de desarrollo, y el comercio
sin fronteras, lo hacían compartir con la derecha; ni qué
decir su aversión al comunismo. Su inclinación a las
causas sociales y su consideración con los pobres lo
compenetraban con cierto socialismo. Fustigaba la
injusticia social y la explotación del trabajador, pero no
comulgaba con las organizaciones sindicales, rebajadas
en su verdadera misión y convertidas en intransigentes
antagonistas de empresas y patronos. Resaltaba la
actividad comunitaria, pero se ofuscaba con el
colectivismo por anular la individualidad que él adoraba.
Defendía la familia, por los hijos, pero arremetía contra
el matrimonio, por los cónyuges. Era pragmático, pero
idealista en ocasiones. Era rebelde contra la
normatividad rígida y excesiva, y enérgico contra la
anarquía. Era sumiso a las buenas maneras, pero
insurgente e incendiario ante las cohibiciones de la
libertad. Su vida tendía al centro, pero no siempre como
expresión de criterios moderados, sino como sumatoria
de todos sus extremos.
Otro contraste lo marcaba su relación con las
mujeres. Con intensidad las deseaba pero con cautela las
trataba. «Procedo con ellas con aprensión porque soy
testigo de lo volubles que son sus sentimientos. No sé en
que momento conviertan en acoso sexual un galanteo; en
que instante truequen el amor por odio. [...] La mujer
burlada es brutal, más que sufrir hiere. Cuando
presiente que ha salido de sus manos el hombre que
creyó de su inventario se convierte en el mayor
instrumento de odio y de venganza. Ni el amor que
sintió, ni el que le prodigaron la cohíbe de perpetrar las
peores injusticias». «La mujer acosa y luego acusa»,
concluía Joaquín –otro de sus amigos–, convirtiendo el
comentario en bufonada.

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En sus escritos la humanidad era amada y
condenada, el hombre querido y despreciado. No había
contradicción en ello. Era su verbo que generalizaba por
costumbre. Unos, podían ser para su pluma todos, y un
defecto encarnar por completo a una persona. Hubiérase
dedicado a enaltecer lo bueno, si no hubiera encontrado
para criticar tanta perfidia. Por censurar lo malo olvidó
el elogio de lo meritorio. Conocía los extremos del
proceder humano, nada lo sorprendía. «Nada me
escandaliza, bueno o malo, del hombre no me aterra
nada».
Lo enojaba la esclavitud del hombre, preso de
rutinas que juzgaba obstáculos a la felicidad; y lo
desalentaba el envilecimiento de sus sentimientos, capaz
de gozar con el dolor ajeno, de atormentar y matar sin
inmutarse.
Para José el bien y el mal que parecían tan
absolutos eran tan equívocos como engañosos. «De buena
o mala fe cualquiera se equivoca. Pasa por bueno lo que
al hombre le interesa que parezca bueno como lo que
realmente lo es. Un mismo hecho es calificado de forma
diferente dependiendo del ojo que lo escruta».
Esa dificultad del hombre al discernir le servía
para molestar a Javier, su amigo sacerdote, apegado a
valores absolutos. «¿Cuántos santos pueden estar en el
infierno?», con ironía le preguntaba. Porque si en
identificar la santidad, cima de la bondad y suma de
cualidades visibles fácilmente, se equivoca el hombre,
¿qué podía aguardarse de las decisiones en verdad
difíciles? Le sostenía que el santoral era tan humano
como la humanidad, con todos sus vicios y virtudes, con
toda su cordura y su locura. «Si son los hombres los que
conceden el honor de los altares, cualquier cosa ha de
esperarse: que conviertan en santos a los despeñados por
el abismo del maniqueísmo, tras una vida de
intolerancia y de condena; a los que hablaron del bien
sin haberlo practicado; a seres místicos y alucinados;
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

pero también a hombres definitivamente buenos; y a los
que en hora venturosa convirtieron en bondad los
dictados de su arrepentimiento. ¿Pero compartirá el
Cielo los criterios de los hombres?»
Así como podía encender polémicas en los
consenso, también era José capaz de concertar las
diferencias. Lo intentaba en las controversias entre la
realidad y el dogma, y en los litigios entre científicos y
religiosos. De esta suerte escribía: «No encuentro la
dificultad en armonizar con la ciencia la existencia de
Dios. No es función de las disciplinas científicas negar a
Dios, sino develar los misterios de su creación y las leyes
que la rigen. Estimular la pugna entre esas dos nociones
es producto de una necedad inconcebible. No es la
ciencia la que niega a Dios, sino hombres que se
envanecen con sus conocimientos». Sostenía que era una
reyerta innecesaria, en la que probablemente fue la
religión la que suscitó el enfrentamiento al perseguir a
la ciencia, controvirtiendo sin sentido sus hallazgos y
llevando a la hoguera a sus descubridores. «Que cada
cual se ocupe de lo suyo. La naturaleza de Dios siempre
desbordará a la ciencia, y la religión nunca podrá
desentrañar las leyes de la naturaleza. ¡A Dios lo que es
de Dios, y a la ciencia lo que le pertenece!».
En la búsqueda del equilibrio entre la libertad y la
bondad residía para José el secreto de las acciones
justas, pues creía que ambas sintetizaban intereses
contrapuestos: los de la sociedad y los del individuo.
Sentía que la libertad, que tanto amaba, encarnaba más
la aspiración personal y egoísta, en tanto la bondad
representaba la expresión filantrópica que moderaba los
excesos de la libertad. Graduaba el bien y el mal (exceso
o defecto de bondad), y establecía un «lindero nulo»,
especie de línea divisoria, indiferente. Las acciones más
pérfidas estaban bajo ella, las nobles por encima. A su
nivel ubicaba las acciones neutras, como llamaba a
aquéllas en las que el individuo no procedía en perjuicio
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de sus semejantes, pero tampoco obraba inclinado por la
filantropía. Allí también cabían las dependencias, la
prostitución y las prácticas en las que el ser humano se
convierte en la víctima de su comportamiento. Las
denominaba el «daño consentido», que siempre lo
enfrentó con los dogmáticos, que veían en el mal
autoinfligido algo pecaminoso. Él siempre lo excusó,
entendiéndolo como una manifestación soberana de la
autonomía: «Acaso errada, pero soberana».
Y era en la autonomía, inmanente a la libertad, en
la que sustentaba la preponderancia del discernimiento
en la búsqueda del bien. El criterio del bien y el mal no
debía según él ser impuesto por terceros, sino fruto de
un examen personal. De ahí el choque con el
fundamentalismo. Así escribía: «El bien es un absoluto
inexpugnable para el hombre. Habrá de él tantos
conceptos, como seres humanos sobre la faz del mundo».
Descartando, por imposible, el conocimiento del bien
absoluto, José forjó su propia concepción: en su proceder
le dio prelación a la autonomía y a la bondad sobre los
demás principios. A la ley le dejó los consensos mínimos
sobre lo conveniente, o sea las normas mínimas para la
convivencia; al individuo, la potestad para fijarse
mayores exigencias. De tal manera que los deberes
básicos eran obligatorios, pero los personales
autoimpuestos. «El discernimiento de cada valor es la
búsqueda de la verdad, indagación con frutos a la
medida de cada ser humano».
José sostenía que en el mundo material la verdad
es asequible. «Suele ser medible y demostrable, otro
ocurre con la verdad moral y religiosa, y con todo aquello
que cae en el campo de la espiritualidad. Por eso afirmo
que la que llamamos verdad es un supuesto, una
creencia, un acuerdo susceptible de cambiar. La verdad
absoluta está vedada al hombre. La verdad humana es
relativa, pero sin importar que coincida o no con el hecho
real o irrefutable, ofrece tranquilidad al individuo
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porque le brinda en qué creer y le da razones para vivir
en paz con su conciencia».
Así, la mente de José rondaba entre lo celestial y lo
profano, entre lo frívolo y lo erudito. De tal suerte que lo
lúbrico no era extraño a su cuerpo, ni a su mente. Era un
tema propicio para polemizar, y ante todo, para poner a
la humanidad en evidencia.
José tenía la certidumbre de que el hombre es en
extremo carnal y lujurioso, pero se encubre tras un
recato hipócrita forzado por los mandatos de la sociedad.
Consideraba que el comportamiento instintivo del
hombre no debía ser motivo de vergüenza, luego no debía
ser causa de censura. «Pero siempre campea la doble
moral, que pregona en público los valores que arrolla en
forma clandestina». Buenas o malas, José deseaba todas
las acciones a la luz del día. Por eso abominaba a los
puritanos, a quienes acusaba de esconder tras de sus
admoniciones la porquería de su conducta: «Tras de
posturas extremas los seres humanos camuflan sus
verdaderas ambiciones. El puritano es perverso porque
su mente hace ver sucio el proceder de los demás,
mientras enmascara el producto de sus bajos instintos
en el hipócrita llamado a una pureza impracticable. La
malicia no existiría si no se la hubieran inventado las
mentes mojigatas».
Consciente o inconscientemente, José, cuyo ser
destilaba deseos arrolladores que la mar de las veces
languidecían
abatidos
por
las
barreras
del
seudomoralismo, buscaba una justificación irrebatible a
sus sentimientos y a sus goces hedonistas, y la
encontraba en las condenas que proferían los timoratos,
que por reacción los encendían; y en la naturalidad con
que dignos representantes de la humanidad consumaban
comportamientos que a otros sonrojaban, en los que
reconocía una expresión auténtica y provocadora que le
satisfacía.

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Veía al hombre como la conjunción de
comportamientos de todo orden. Decía que podía ser tan
religioso y ético como desenfrenado y hedonista, y se
deleitaba repitiendo la afirmación de Picasso en que lo
resumía: «Para nosotros los españoles, la vida es misa
por la mañana, toros por la tarde y burdel por la noche».
Pero José recalcaba que era aplicable a la humanidad
entera. Y hacía de la frase un tríptico cubista, al estilo
del malagueño, que sintetizaba la esencia de los
hombres: Un perfil religioso y moral, un flanco
entretenido y una firme vocación sexual. Pero agregaba
una cuarta escena, que inspirada en el «Pensador» de
Rodin, destacaba la tendencia intelectual del hombre. Y
tirándole a los mojigatos la puerta en las narices, les
refregaba la inspiración del arte y la literatura en los
burdeles: «De allí salieron las “Señoritas de Avignon”,
con que debutó el cubismo de Picasso; en esos sitios se
encendió la creatividad de Lautrec, el retratista de la
vida nocturna de Paris; y se iluminó la pluma del
novelista Graham Green, escritor de la infidelidad y del
pecado».

Ante

la inminencia de la muerte y la posibilidad del
sufrimiento, el tema del suicidio y la eutanasia rondó la
mente de José, pero a pesar de la connotación afectiva no
dejó de ser un ejercicio intelectual y frío. En lo personal
poco lo seducía. Aceptaba la vida como fruto de la
creación divina, pues algo tan complejo y maravilloso no
lo consideraba producto del azar. Pero le reconocía una
individualidad intocable, lo que quería decir que era un
bien del que sólo debía su dueño disponer. Y para José el
dueño de la vida era el morador del cuerpo en el que ella
residía. De modo que sin compartir los motivos del
suicida, reconocía su pleno derecho a terminar su vida.
Bajo esa perspectiva la eutanasia también tenía su
asentimiento. Pero involucrar a un tercero haciendo de
verdugo no lo convencía: «Por piedad a nadie le quitaría
19

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

la vida. Acepto el derecho que tiene el moribundo de
acelerar su fin, pero es mejor que lo consiga por sus
propios medios». Para sí, no tenía previsto un desenlace
tan extremo; estaba preparado a una muerte natural,
ajena también a las medidas heroicas que prolongan la
vida encarnizadamente.
Esas reflexiones lo llevaron a la tasación de la
existencia. Se preguntaba cuánto valía la vida, y si era el
don de mayor precio. Decía que sí, tratándose de la vida
ajena, pero no podía ser tan rotundo con la propia.
Siempre había dicho que otros valores como la libertad,
la más preciada de sus convicciones, estaba por encima
de ella: «Por la libertad, hasta la misma vida».
Su descuido por vivir parecía real, pero también
podía traducir cierto apego a la existencia bajo el criterio
de que tanto cuidado es ominoso, y que siempre se pierde
lo que más se quiere; pues su indolencia con su salud y
con su cuerpo no iba a la par con el esmero con que
procedía con la existencia ajena. De todas formas sin
importar cual fuera el verdadero sentimiento, a José no
le faltaban los arrestos para hacer mofa de su
circunstancia: «Claro que si hubiera sido menos
descuidado no estaría muriendo de éste cáncer... otra
dolencia a la tumba me estaría llevando».
Y con esa tranquilidad se puso a investigar,
aunque tarde, sobre los síntomas de su dolencia. Decía
que su interés era sólo académico porque ya no iban a
cambiar las cosas. «Al menos sirve para exculpar a mi
estómago, que siempre me avisó que estaba enfermo».
Recordaba, por ejemplo, las heces oscuras que él
desestimaba por ser tan infrecuentes, o la pérdida de
peso por la que sus amigos lo encontraban más apuesto.
Y síntomas que toda la vida lo habían acompañado, como
el meteorismo, la epigastralgia, la náusea y la dispepsia,
que a fuerza de soportarlos los identificaba como
manifestaciones benignas de un mal sin mayores
consecuencias.
20

SEGUIRÉ VIVIENDO

En las lecturas iniciales se encontró con el
Helicobacter pylori, una referencia obligada en los
artículos sobre el cáncer gástrico. Muchas veces tuvo esa
bacteria, numerosas veces lo trataron, en otras tantas no
le formularon nada. Sin ánimo de reclamar, un día se lo
comentó al doctor Mendoza, y él le sacó de la cabeza la
idea de que ese microorganismo y el cáncer de estómago
fueran inseparables. «¿Qué tal, José, que le sacáramos el
estómago a todos los que tienen la infección cuando sólo
una proporción minúscula de los infectados llega al
cáncer gástrico? Su presencia no es suficiente, tampoco
es necesaria. Ni siquiera se ha aprobado el tratamiento
para todos los que portan la bacteria».
Con las indagaciones la enfermedad se volvió
afectivamente menos pérfida y científicamente más
interesante. «Es que es apasionante –le decía a
Eleonora– saber como esos cambios en un mundo
microscópico terminan por matar a una persona. Todo es
sutil e imperceptible, molecular y celular, lento pero
seguro. No es un error de la naturaleza, sino una
transformación infalible que busca la extinción. Tan
precisa como el proceso que mantiene la existencia. Una
transformación que articula armoniosamente la vida con
la muerte. Una ley imperiosa de la naturaleza. Toma la
gastritis atrófica como el punto de partida y observa esta
evolución tan fascinante: La inflamación de la gastritis
crea con su renovación celular acelerada, una condición
propicias para el cáncer. Si la atrofia de la mucosa se le
suma, decrece la acidez, y con menos acidez en el
estómago, los organismos que transforman en
cancerígenas ciertas sustancias de los alimentos
proliferan. Esas sustancias son los nitritos que aquéllos
convierten en nitrosaminas. Pero antes que cáncer, hay
metaplasia intestinal y más tarde displasias,
enfermedades que pueden regresar. Y en cada paso
puede el enfermo intervenir, previniendo o alentando la
transformación maligna. Los tumores, Eleonora, no
21

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

nacen de improviso». Y su enfermedad no había sido la
excepción. Todo los pasos los habían cumplido. Mientras
hubo sensatez en sus controles las biopsias descubrieron
la gastritis crónica, la gastritis atrófica y hasta la
metaplasia intestinal, a la que por ignorancia no le
encontró su real significado.
Sus escritos, como sus visitantes, mantenían fresca
la historia de su enfermedad: Había atribuido a los
tragos de un coctel las náuseas y un fuerte dolor en la
boca del estómago, y esperó como siempre que los
síntomas se calmaran con el hidróxido de aluminio, la
ratinidina y la metoclopramida. Pero la indisposición
progresó hasta doblegarlo. Una diarrea como alquitrán
lo hizo temer que el tratamiento estuviera fuera de sus
manos. Pero fue el vómito, mezcla de un líquido verdoso
con grumos de color café, coágulos y sangre fresca, el que
lo hizo consciente de que era urgente la asistencia
médica. En ambulancia Eleonora lo llevó a la clínica.
Resultó breve la que creyeron una estancia prolongada.
La hemorragia se controló y la transfusión lo dejó en
inmejorables condiciones. Sólo la incertidumbre del
diagnóstico los mantuvo en vilo. Finalmente llegó la
noticia
presentida:
Adenocarcinoma
antral,
moderadamente diferenciado e infiltrante. Nada nuevo
en su expediente, pues el informe de la endoscopia ya lo
sugería, sólo que el médico no había querido notificarlo
sin el soporte de la patología. En la endoscopia se había
observado una masa antes del píloro, con pliegues
engrosados y bordes imprecisos, sorprendentemente ni
ulcerada ni sangrante. Era el cáncer. Vecina a ella, una
zona de gastritis erosiva explicaba la hemorragia. ¡Vaya
hallazgo! Un cáncer avanzando silencioso, y una
gastritis causando el alboroto que terminaba por delatar
la enfermedad maligna.
José se había reservado placeres para colmar los
últimos días de su existencia, pero prefirió esperar más
que un indicio. Con los hallazgos de la ultrasonografía
22

SEGUIRÉ VIVIENDO

endoscópica y de la tomografía axial computarizada, se
convenció de que la enfermedad había llegado a un
punto sin regreso. La laparoscopia, intervención menor
que le recomendaron, la difirió hasta que realizó sus
sueños. Fue un tiempo que no propiamente podría
calificarse de perdido, pese a que llevó al tumor al último
de los estados. Restablecido de la laparoscopia, el doctor
Botero le reveló en detalle todos sus hallazgos y le
explicó el acelerado deterioro que vendría. José recibió
quimioterapia paliativa y volvió a su apartamento. Su
estado en decadencia motivó una atención más
esmerada. Eleonora procuró brindársela a costa de un
trajín insostenible. José se oponía a la contratación de
una enfermera y sólo admitía que Javier, Piedad y Alicia
anduvieran con toda libertad por sus dominios. Aunque
su colaboración era valiosa, muchas eran las horas en
que José quedaba solo, horas de interminable tensión
para Eleonora. Había aceptado volver al hospital cuando
no pudiera beber ni un sorbo de agua, pero fue un severo
dolor el que lo hizo despedirse de su apartamento
definitivamente. Tan intenso fue, que no se opuso a que
lo transportaran de urgencia en ambulancia. Cosas de
los paramédicos que insistieron en llevarlo. Ellos
pensaban en su vida, José tan sólo en el dolor, y apenas
pedía un calmante para morir tranquilo. En el hospital
tuvo varias hemorragias digestivas y fue objeto de varias
transfusiones. Incólume el tumor siguió creciendo; llegó
al páncreas, comprometió el duodeno, y se arraigó en el
hígado, en el pulmón, la pleura, la vesícula biliar, el
epiplón y el mesenterio.
«De pronto otra sería tu suerte –se atrevió a
decirle alguna vez Federico Castañeda– si hubieras
aceptado luchar contra el mal desde un principio». «Eso
no es cierto –le dijo José, en tono perentorio–. En un
análisis de pronto masoquista, confronté mi decisión a la
luz de las exploraciones posteriores. No me equivoqué.
Las conjeturas hechas con el auxilio de los médicos
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

indicaron que al momento de la biopsia la enfermedad ya
era avanzada. Era un estado III, en una clasificación
progresiva que sólo contempla cuatro etapas. Con un
tumor enquistado en la profundidad del estómago,
llegando hasta su músculo, e invadiendo los ganglios
vecinos de la aorta, las posibilidades de recuperación
eran muy pocas». Aludía a la tomografía y la ecografía
endoscópica en que se fundó el estudio de extensión,
como llaman los médicos a los exámenes que determinan
la magnitud de la propagación del cáncer. «Sentirme
mejor de lo que los estudios revelaban no era ninguna
garantía. Hasta mi hígado, cuando ya mostraba en los
exámenes señales de metástasis, era normal para los
médicos que lo palpaban. ¡Es que estando herido de
muerte se puede pasar por saludable! Si me hubiera
entusiasmado con curas milagrosas, me hubieran abierto
el abdomen para extirpar un tumor irresecable, me
hubieran practicado quimio o radioterapia en sesiones
intensivas, todo por una minúscula esperanza. En todos
esos martirios se hubiera ido mi vida, dejando frustrados
mis últimos anhelos». Tenía razón. Muchas de las
conductas
que
con
él
tomaron
demostraron
responsabilidad y celo infinito por la vida.
Humanamente no eran necesarias. «¿Qué hubieran
hecho si un tromboembolismo pulmonar que sospecharon
hubiera resultado cierto? ¿Hubiera muerto en la unidad
de cuidados intensivos con todos los suplicios?»,
preguntaba José, a sabiendas de que a un moribundo
desahuciado no hay por qué rescatarlo de la muerte.

La

vida suele tomar rumbos que se apartan de los
objetivos idealizados en la infancia. José, como en los
cuentos de hadas, soñó con una casa encantada,
inundada de fragancias, con una doncella tierna y
amorosa, y con un hogar dichoso y duradero. Fue su
visión inocente de la vida. Tuvo un techo –para no
quejarse– que lo resguardó del frío, pero sin los aromas

24

SEGUIRÉ VIVIENDO

romántico soñados. La doncella fantaseada, «fue un
hechizo de pésima factura», él lo decía. «Amantes no
previstas me endulzaron el amargo destilado de la reina
de la casa». Los niños fueron el único sueño que dejó la
realidad incólume. Ellos, que eran en su fantasía el
elemento menos trascendente, a través de su hija se
convirtieron en un suceso inesperado y grato.
Los patrones que le inculcaron en el hogar y en el
colegio los reemplazó José, por fuerza de las
circunstancias, por un modelo propio. Uno excéntrico,
realizable y práctico, en oposición a uno ideal, pero
imposible. La mujer esposa, amante, amiga, ama de casa
y madre, no fue la que encontró en Elisa. Su dicha con
ella fue fugaz. «El título de esposa apenas es un mote con
el que fundamenta su derecho a infligirme todo tipo de
agresiones». En ausencia de la esposa-amiga-amante,
como compensación buscó auténticas amigas y
auténticas amantes. Sin embargo, ya herido por su
enfermedad, con un dejo de nostálgico reclamo decía que
había que contentarse con lo real que era lo único
contable. Y lo decía pensando en los sueños frustrados de
su juventud, pero también, en la incertidumbre del
futuro: en lo que sería «su vida» tras la muerte. «Son
reales mis gozos y mis sufrimientos, lo que di y lo que me
brindaron, lo que conquisté y lo que me arrebataron. En
cambio el más allá acaso no sea más que un sentimiento
o un deseo. Una eventualidad nebulosa, como la suerte,
contraria a lo que deseamos... de pronto inexistente».
Creía en la felicidad como objetivo primordial del
hombre. «La quiero aquí y ahora. Otros mortificándose la
desechan aquí, con la esperanza de que en el otro mundo
los esté aguardando. Algunos la quieren ahora sin
importar su precio, inclusive el daño de sus semejantes.
Yo la anhelo con cordura y sin afanes, a sabiendas de
que entre la búsqueda y el hallazgo, la felicidad a veces
se refunde». Consciente de que era amo del presente,
pero incierto dueño del mañana, no la pospuso cuando
25

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

tuvo la posibilidad de tenerla entre sus manos. El placer
fue su fuente, pero también lo fueron sus desvelos
cuando significaron la dicha de los suyos. Porque la
felicidad que reclamaba era goce sensual, pero también
satisfacción espiritual.
Había dicho que no estaba dispuesto a tener al
final de sus días un saldo negativo. Lo consiguió. El
balance le era favorable. «No estoy arrepentido. Mis
padecimientos fueron estrictamente necesarios, no
padecí por gusto. No practiqué la templaza
innecesariamente. Tampoco ambicioné el poder y la
riqueza, en cuya consecución el hombre sin darse cuenta
arruina su ventura. A mi modo de ver, el poder no da
felicidad sino esclaviza. Mi hedonismo fue mal
interpretado, mis críticos sólo imaginaron en el placer el
desenfreno, el sexo, la droga y el alcohol. Pero de ellos, el
goce erótico fue el único que me sedujo. Mi hedonismo
fue una refinada estimulación de los sentidos: el
horizonte encendido del ocaso, el sol resplandeciente, el
cielo azul inmaculado, el vivo verdor de la naturaleza, el
agua cantarina, el mar espumoso y murmurante, la
brisa cálida, el arenal dorado, el canto melodioso de las
aves, el aire puro y perfumado. O la contemplación de
una pintura, el arrobamiento por una nota musical, la
lectura de un poema, un buen vino, un suculento plato,
un concierto, una película, una alegre compañía. Todo
eso tuve, así como el éxtasis sobre la piel desnuda. He
cumplido, no tuve que arrepentirme de lo que dejé de
hacer... porque lo hice. Nunca pasaron el alcohol ni las
drogas por mi vida, nada que pudiera someter mi
voluntad, porque el contrasentido del placer es terminar
esclavo del estímulo que lo propicia. El vicioso disfruta
menos que lo que padece».
Pero tuvo que explicar su concepción del placer
para borrar la idea de la conducta disoluta. Exculpado su
modelo por no ser licencioso, tacharon entonces su
hedonismo de egoísta. Nada que le hubiera preocupado,
26

SEGUIRÉ VIVIENDO

porque explicaba que egoísta ha sido siempre el ser
humano. «Alberga malos sentimientos, pero también una
extraña disposición a prodigar felicidad a otros. Hace
parte de su esencia. El niño al convertirse en adulto se
pervierte, pero también renuncia al egoísmo absoluto de
la infancia. El niño que arrebata el bocado a sus papás,
se transforma en el padre protector que ayuna antes que
privar a su hijo de un bocado. Esa sorprendente
sensación de bienestar al prodigarse, también quedó
incluida en mi lista de placeres. Regocijarse cuando
alcanza la felicidad el oprimido, conmoverse con la
gratitud de quien hemos consolado, sentirse inmenso
cuando se calma la necesidad de un niño hambriento,
sentir como propia la felicidad de quien sale con nuestra
ayuda de un trance doloroso... Esos fueron placeres
filantrópicos».

Los

comentarios de José contra el matrimonio y las
esposas tenían ponzoña casi siempre. Él afirmaba que se
daban instintivamente, como algo que guardaba en su
inconsciente. Y de pronto era verdad. Su matrimonio lo
había predispuesto contra el matrimonio; y el
comportamiento de Elisa, indispuesto con todas las
esposas. «No hay duda –decía–, lo mejor que pudimos
hacer ella y yo fue separarnos; aunque confieso que para
el momento de la separación ya no me inmutaban sus
ofensas. No la odiaba, porque el odio es un veneno que
sólo amarga a quien lo proporciona. Apenas la ignoraba.
Me ultrajaba, pero sordo a su alegato, no me daba
cuenta cuándo terminaba. Era la percepción repentina
del silencio la que me ponía al tanto de su ausencia».
Pero sus amigos poco creían en el dominio de la situación
que él invocaba. «¿Dónde quedan las represalias del
crítico pugnaz?» –se preguntaban–. «¿Dónde la decisión
del hombre indómito y audaz de tanto escrito?». En
últimas les parecía que el escritor decidido y frentero no
podía con su mujer. ¡La eterna paradoja! El hombre
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

ingobernable, el invencible, el dominador del mundo,
acorralado por su mujer en un rincón de su propio
apartamento. A José le producía desazón la
interpretación de los hechos, más que los propios hechos.
En su hogar la situación se había vuelto crónica,
por crónica tolerable, y por tolerable sin solución.
Evitaba discutir con Elisa y oponía el silencio a sus
gruñidos. No como expresión de derrota, sino como
manifestación de indiferencia. Pero de puertas para
afuera todo era diferente. El problema era más que el
eterno enfrentamiento con su mujer: era la presión de
sus amigos demandando solución. Pero no fue por ello
que se consiguió una amante, aunque la amante sirvió
para aplacar las críticas; al menos por un tiempo. «No
me siento por mi infidelidad culpable. Cada ultraje de
Elisa es en mi conciencia un cargo menos. Cada
encuentro con Pilar me compensa con creces un disgusto
con Elisa», les explicaba a sus amigos, cual si ellos que
habían
propiciado
la
infidelidad,
demandaran
justificación alguna. Ellos lo celebraban, percibían que
por fin se sacudía el yugo, que castigaba, que tomaba
represalias. Era explicable, la confrontación entre Elisa
y José había polarizado a muchos de sus allegados, y se
diría que como en una justa, tomaban partido y
esperaban el siguiente golpe para festejarlo o para exigir
una revancha. Pero a él no parecía animarlo la
venganza. «Todo ha sido casual –decía– y tan exquisito,
que siento la necesidad de prolongarlo. Pilar existe para
mi propia satisfacción, no es un medio para escarmentar
a nadie». Pero Francesca, una amiga de iluminado
pensamiento, siempre insistió en que Pilar era el castigo
perfecto para Elisa, y para que el suplicio obrara todos
sus efectos, Elisa debía ser notificada. Aunque siempre
lo negó, fue ella quien envió el anónimo: «José no volverá
a ser el blanco de tu infamia. Una mujer mejor que tú se
ha conseguido».

28

SEGUIRÉ VIVIENDO

Con Pilar, decía José, Elisa encontró el pretexto para
justificar sus atropellos pasados, presentes y futuros. «A
todos hizo ver que su ira contra mí no era gratuita. Decía
que esa maldita infidelidad –que no llevaba ni seis
meses– había horadado “hacía años” toda su confianza.
Que había acabado con el amor. Amor que muchos
sospechaban que Elisa jamás había sentido». Y su
relación con Pilar, hasta ese momento, un verdadero
oasis, comenzó a debilitarse.
Pilar era comprensiva, amorosa, paciente,
prudente, considerada. La perfecta amante. Siempre a
su sombra, siempre pasando desapercibida, siempre
ocultando o negando la relación en público, pero
viviéndola en privado con toda intensidad. Demasiado
buena, creía José, para sobrevivir a los ímpetus
destructores de un mujer burlada. Elisa enfiló su furia
contra ella; la persiguió, la humilló, la difamó, la puso en
boca de todos, en los peores términos. Y el idilio de hadas
comenzó a esfumarse.
Nuevas mujeres llegaron a su vida, pero en más
clandestinidad y más secreto. Ya no enteraba a todos sus
amigos; para la mayoría era un hombre solitario, un
hombre mal casado y sin pareja. Volvieron las críticas a
su pasividad y las presiones: «Lo que tienes que hacer es
separarte». Finalmente le pareció correcto y terminó por
divorciarse.

«¿Q
¿Qué es el pecado? ¿La rebeldía a la voluntad de Dios,
una voluntad que poco conocemos? ¿O una absurda
condición heredable como el pecado original, el curioso
invento de San Agustín y Tertuliano? ¿Entonces el
placer y el sexo, satanizados por la religión?». En ello
pensaba José en el preámbulo del inventario moral de su
existencia. Confrontaba su vida con los patrones que le
habían proporcionado, y no encontraba un modelo que no
contraviniera su razón. Que era tanto como hallar un
modelo que no hubiera quebrantado.
29

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

Polémica había sido su vida amorosa, por lo que
resultaba forzoso recordar a sus amantes. Alguna
recóndita culpa debía sentir para que fuera tan
reiterativo en su defensa. «¿Pero era censurable?» –se
preguntaba–. «Claro que no». Porque no encontraba
pecado en los amantes. «¡Ideas fanáticas de puritanos
resabiados! Noción del bien y del mal que no comparto
aunque esté a las puertas de la muerte».
Se negaba a transigir mientras pudiera demostrar
que su existencia se había enmarcado dentro una moral
tallada meticulosamente, muy personal y sólida; racional
y práctica. «Los mayores males del hombre no provienen
del amor –argumentaba pensando en los amantes–, sino
del rencor, la ira, la envidia, la avaricia, el egoísmo y la
soberbia. Ruindades que persiguen la desgracia ajena».
Y guardaba para su tranquilidad la convicción de haber
obrado siempre previniendo el daño de sus semejantes y
examinando la bondad de sus acciones. Tenía la certeza
de que el infierno nada tenía que ver con los instintos.
«Copular, comer y dormir son actos instintivos,
pero fueron elevados a pecado; pecados pretenciosos, de
la carne, la gula y la pereza. Ni muriéndome voy a
reconocer como falta la fuente de mis dichas. Busquen
en el abuso sexual, o en la paternidad irresponsable los
verdaderos pecados de las carne. Más que pecados son
verdaderos crímenes».
Su escrupuloso inventario también le exigía
cuantificar la falta. «¿Se peca únicamente con la
intención perversa, o sólo cuando se logra materializar el
daño?». Y deducía que la injuria que no se cristaliza por
motivos ajenos a quien la concibe no rebaja la condición
pecaminosa; y que en cambio la responsabilidad se
eclipsa con la sola renuncia a cometer la falta. «Se
registrará en la conciencia como un pensamiento más,
inocuo y censurable». Y exponía que la ejecución del acto
malévolo es la falta realmente punible. «Para castigar no
basta la ideación. A diario todos albergamos oscuros
30

SEGUIRÉ VIVIENDO

sentimientos. Atajarlos es ya un éxito de la virtud. Es la
voluntad, que mueve al individuo a la cristalización del
mal que ha imaginado, la que confiere el carácter
pecaminoso a los deseos». Así llegaba a la conclusión de
que no hay que pagar por los pensamientos
reprochables. Y se juzgaba tan profundamente lógico,
que no albergaba temor por lo que debiera responder en
otra vida.
Cada deducción lo incitaba a un nuevo análisis; y
cada análisis a nuevas conjeturas. «¿Y cuánto pesa en la
tasación de la falta el sentimiento de quien fue
agredido?». Parecía lógico que quien tasara el daño fuera
el ofendido. Pero no todo evento percibido por la víctima
como perjuicio lo era en realidad. Pensó en Elisa
deliberadamente. Le bastó el recuerdo de su esposa para
concluir que debía dejar a la conciencia el discernimiento
de sus propios yerros. Alguna imparcialidad –se dijo–
debía tener su conciencia, cuando era capaz de señalar
sus faltas y de celebrar que contuviera sus impulsos
ruines. «Es falta indiscutible agredir a quien no nos ha
agredido; no tratar de impedir que alguien cauce daño a
un tercero es moralmente cuestionable, ¿pero qué falta
puede haber en no dar gusto o someterse a alguien?».
Cerró ese capítulo y volcó su interés en el daño
autoinfligido.
Se dijo que la agresión contra sí mismo no es
pecado porque es un daño consentido por la víctima, y
que además no había forma de castigar al agresor sin
perjudicar al agraviado. Una graciosa encrucijada con la
que desechaba de la noción de pecado todo
comportamiento en que terceros no fueran afectados. Su
argumento lo llevó a simplificar la relación consigo
mismo. Reducido a un absurdo el comportamiento
contrario a los propios deseos, pregonó el hedonismo:
«Hago conmigo cuanto deseo y tolero, si yerro, no son
censurables mis equivocaciones porque cuentan con mi
consentimiento; a nadie más violentan».
31

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

Elisa

no era una persona fácil. Se parecía mucho a
Mariana, aunque más acoplada con la realidad. José, sin
embargo, no percibía la semejanza. En Elisa sólo
reconocía agravantes, en Mariana, no veía más que
atenuantes. Era natural, al fin y al cabo Mariana era su
hermana.
Elisa era presa del resentimiento. «A cambio de
flores –decía José– ella riega todos los días su matorral
de odio». Ese nefasto sentimiento, que había crecido
como pan con levadura, terminó con su objetividad, a tal
punto que toda acción u opinión de José era blanco de
sus dardos. Era hiriente y malintencionada, al decir de
José a sus más íntimos amigos. «Sus comentarios son
públicos y despiadados, ansían arrasar mi reputación,
pero sólo consiguen el rechazo de quienes me conocen. Es
que fácilmente se descubre el veneno que hay en sus
palabras». Y era cierto, aunque Elisa contaba con amigos
solidarios, José lejos del desprestigio que ella procuraba,
solía salir indemne; unas veces con la conmiseración de
las personas, otras con su solidaridad, y en no pocas
ocasiones con su aprecio. Tenía carisma. Tal vez por eso
cuando decidió separarse, ni Javier, el más reaccionario
de sus amigos, se esforzó en mantener casada a la
pareja. Pero también hay que decirlo, el círculo más
próximo a su esposa lo repudiaba y se apoyaba en sus
escritos provocadores para condenarlo.
Al ver el punto de no retorno al que la enemistad
había llegado, resultaba difícil pensar que un día había
sido feliz esa pareja. «¿Cuándo –se preguntaba José–
brotó esa semilla virulenta?». Analizaba la relación, y
más que descubrir motivos de unión, terminaba por
declararse incapaz de entender como habían podido
atraerse personas tan opuestos. Echaba la culpa al
enamoramiento, con su poder perturbador. Sus
personalidades eran el agua y el aceite. Que su mujer no
participara de su mundo intelectual carecía de
trascendencia, era excusable; cualquier mujer, apenas
32

SEGUIRÉ VIVIENDO

simpática, lo habría podido hacer feliz sin tener que
penetrar en el lado erudito de su vida; pero Elisa a más
de menospreciar sus más preciados intereses, erigía
dogmas contra todo cuanto la intelectualidad de su
esposo defendía. Con los años, todo lo de José le
fastidiaba a Elisa, y todo lo de Elisa a José lo
exasperaba.
De los enfrentamientos José aprendió a guardar
silencio. «Sin adversario la discusión se acaba». El deseo
de defender a brazo partido sus ideas no tenía sentido
frente a una mente negada a escuchar sus argumentos.
«La cantaleta es un murmullo inaudible en mi mente;
dejo de escucharla antes de que se acabe. Y se acaba
porque ni yo le presto oídos, ni Elisa tiene argumentos
para prolongar su insípido monólogo. Su disparatada
perorata dejó hace tiempo de incitar mi deseo de
refutarla. Más interesante me parece tratar de descifrar
los morbos de su corazón y de su mente».
El tedio de esa relación siempre lo llevó a Alicia, su
eterna confidente. Ella identificaba con certera precisión
los motivos de sus cambios de ánimo, y descubría en sus
escritos lo íntimo y lo oculto, que pasaba por impersonal
al lector desprevenido.
«El apego enfermizo a la responsabilidad puede
hacer que algunas personas cumplan con sus deberes.
Preparan el desayuno, tienden las camas, lavan la ropa,
asean la casa, hacen mercado, dirigen las tareas y
pagan las pensiones; cuánta perfección, si no fuera por
el odio con que las realizan, cobrando con agravios a los
beneficiarios de sus acciones obligadas. Porque sin amor
toda obra, por insignificante que parezca, es para quien
la efectúa un enfadoso sacrificio; en tanto el auténtico
sacrificio, realizado con amor, es el mayor de los
placeres».
– ¿Aprovechaste –dijo Alicia– que Elisa no te lee
para retratarla de cuerpo entero en el artículo?

33

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–Si me leyera probablemente no se reconocería.
Para sí misma, ella es perfecta.

Alicia

era una joven agraciada, extrovertida y bella
cuando la conoció José. Despertó sus impulsos
pasionales cuando por primera vez la vio en la empresa.
Pero la conquista se quedó en deseo. Ella cohibió sus
intenciones con las constantes alusiones a Mauricio, el
novio que creía perfecto. Aún así la frecuentaba, porque
encontraba en ella algo que trascendía el interés erótico
y que lo hacía disfrutar su compañía. Alicia compartía
sus argumentos, su concepción del mundo y de la vida, y
abría progresivamente, de par en par su corazón,
dejándolo ver con confianza inusitada sus secretos y su
sentimientos. José correspondió descubriéndole los
suyos. Imperceptiblemente se volvieron amigos
entrañables. José afirmaba que si hubieran sido
amantes la relación no hubiera sido tan duradera y tan
perfecta. Era cierto, estaban a prueba de los desengaños
que sufren las parejas, y exentos de reprimirse, como los
esposos, la confesión de sus secretos. José llegó a conocer
mejor que Mauricio las insatisfacciones de Alicia, sus
orgasmos fingidos, sus tentaciones, sus frustraciones,
sus aspiraciones y todos sus proyectos. Y ella, de la vida
de José nada ignoraba. Baste decir que era la primera en
enterarse en detalle de sus infidelidades desde el
momento mismo en que eran una inconsistente fantasía.
Aunque Joaquín también participaba de las confidencias
de ese mundo reservado, José temía su indiscreción y sus
impertinencias. Con Alicia no había, en cambio,
prevención alguna.
Alicia se casó con su príncipe azul, pero un día,
como en las desventuradas historias de José, descubrió
cuando le buscaba explicación al desinterés de su
marido, la traición que se ocultaba en su desgano. Lo
aborreció al instante, y le exigió que se fuera para
siempre de la casa. Mauricio suplicó, hizo promesas
34

SEGUIRÉ VIVIENDO

desesperadas, pidió otra oportunidad, ofreció renuncias
humillantes. Nada valió. El odio se había apoderado del
corazón de Alicia.
Ella consciente de sus contradicciones le contó a
José que quería a Mauricio pero lo había sacado de su
corazón; que era incapaz de soportarlo, pero iba a ser
duro no volver a verlo; que le sentía asco, pero añoraba
sus caricias. José, versado en la incoherencia de los
sentimientos femeninos, le explicó mientras la consolaba
que en la mujer no sólo se enfrentan la razón y el
corazón, sino los mismos sentimientos: «Entran en
conflicto la mitad del corazón que odia, con la mitad del
corazón que ama.. Las mujeres odian aunque sufran, son
implacables aunque amen, quieren y no quieren, y
quieren sin que deban. En síntesis echan a su pareja y
luego lloran porque les hace falta. Viven en permanente
contravía con sus instintos. Los hombres, más
elementales, nos dejamos dirigir por ellos. Para pasar la
pena me buscaría una amante». Y Alicia dio por seria
esa recomendación desprevenida. No duró mucho la
aventura, pero distrajo su pena y sus rencores. «No sé si
ahora lo comprendo, pero estoy segura de que esta
ilusión me quita tiempo para odiarlo», le respondió a
José, cuando él la hizo consciente de que Mauricio ya
podía reprocharle lo mismo que ella a él le censuraba. El
tono burlón de José era de aplauso, y ella reconoció que
lo que sufrió como esposa, lo estaba disfrutando como
amante. Sarcásticas lecciones del destino, y más
evidencia para José, que aprovechó la experiencia de su
amiga en sus escritos: «Más durarían los matrimonios si
las esposas actuaran con el desinterés de las amantes,
dispuestas a recibir las migajas de la abundancia que no
sacia a las legítimas esposas. [...] Nada como un amor
prohibido para cambiar la escala de los juicio, porque
todo el que incurre en lo que juzga termina enjuiciando
con más benevolencia».

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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

Javier llegó apresurado, imaginando a su amigo en otra
dimensión. Un recado mal dado le hizo temer que
llegaba demasiado tarde. A paso acelerado recorrió los
pasillos esquivando con zigzagueante habilidad a todas
las personas.
–¿Padre va para la 801?
La pregunta lanzada desde la central de
enfermería contuvo su carrera.
–¿Cómo así? ¿No está el señor Robayo en la 820?
–Y allí está. Lo que pasa es que en la 801 se
necesita un sacerdote.
Siguió de largo, no se dio por enterado. Su corazón
palpitaba. La puerta del cuarto entreabierta dejaba colar
algunas voces. Aunque débil, reconoció la su amigo. Le
volvió el aliento. Dos auxiliares lo acomodaban sobre el
tendido blanco. Javier irrumpió en la habitación en
forma atropellada. Su sotana impidió que lo sacaran.
«Siga padre. Ya terminamos y los dejamos solos». El
saludo fue de emoción inusitada.
–Me conmueves –dijo José.
–Es que me emociona verte. Te imaginé peor. Traje
hasta los santos óleos.
–!Exageras! –le aseguró José–. Serán para otro día.
Y era verdad. La crisis que acababa de pasar,
aunque grave, estaba conjurada. José estaba pálido pero
fuera de peligro. Una sonda drenaba sangre oscura de su
estómago, y por la vena, gota a gota, le reponían toda la
que había perdido. El sacerdote se sentó, más con la
intención de acompañarlo que de hacerlo hablar, dadas
las escasas fuerzas del enfermo.
Las mejores amistades nacen en impensadas
circunstancias. Y fueron las quejas de Elisa las que
originaron esa amistad tan entrañable. Javier era un
sacerdote recién llegado a la parroquia cuando Elisa lo
buscó para narrarle sus congojas. Acusó a José de sus
desdichas y buscó poner al sacerdote de su parte. Sin
embargo Javier terminó por sentir cariño por aquél
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SEGUIRÉ VIVIENDO

hombre que en palabras de su esposa era el demonio. El
trato amable de José, su serenidad y su prudencia lo
convencieron de todo lo contrario. Mostraba, además,
razones que deshacían en forma convincente tantas
acusaciones. Y guardaba largos silencios ante las
admoniciones, que Javier interpretaba como señal de
aceptación de sus consejos. Eran apenas de respeto;
deseo de no controvertir. Algún día supo Javier que los
mutismos sepulcrales significaban un rechazo oculto, con
el que José evitada refutar a las personas que estimaba.
Con el tiempo la crisis matrimonial perdió interés, la
intelectualidad de José ganó notoriedad, y su biblioteca
se convirtió en lugar obligado de las consultas del joven
sacerdote.
José era católico, pero un crítico implacable con
todo lo dogmático. Y eran dogmas los que colmaban la
mente de Javier.
Cuando el padre se marchó, la memoria de José se
atiborró con sus recuerdos.
La primera controversia con Javier fue por culpa
de la planificación de la familia.
–La Iglesia no debería oponerse. Basta echar un
vistazo a la pobreza y reparar en la irresponsabilidad
con que los hijos se conciben, para aceptar su
conveniencia. Los niños llegan al mundo sin amor, sin
conciencia de lo que su formación entraña, sin
condiciones para brindarles los mínimos cuidados,
condenados al hambre, a la mendicidad y a la
delincuencia para sobrevivir.
–La vida es un don de Dios. Un mandato divino
inalterable.
–Pobre argumento para un intelectual.
Entonces Javier recurrió a razones demográficas:
–Los países desarrollados que combatieron la
natalidad se equivocaron. Hoy sufren las consecuencias
de una población envejecida. La falta de esos niños puso
en riesgo la seguridad social y el ritmo productivo. Toda
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

generación cuando declina, necesita que la que la sucede
la sostenga. Como ves, es más que un capricho de la
Iglesia, es una ley natural; tan elemental, que hasta los
más pobres, que carecen de instrucción, la aplican.
Tienen hijos para multiplicar el trabajo y el ingreso,
ponen en esos niños la esperanza de un mejor futuro.
Pero José se opuso:
–Rechazo por utilitarista el argumento. Es una
tesis en contra de la planificación, pero una tesis nada
decorosa. ¿Como justificar la existencia de un ser
humano por la utilidad que tiene para otros?
–Así lo has querido ver, porque tu apreciación
prescinde del amor que yo percibo en los hogares pobres.
–Más que eso veo las privaciones de los niños
indigentes.
–Sin esos niños el mundo sería lúgubre, ellos
traducen la alegría de Dios.
–Justamente por ellos es que el mundo debe ser
planificado. En la mesura está que la población ni se
exceda ni se extinga. La superpoblación termina en la
pobreza extrema, aquélla que no remedian ni los
gobierno de buenas intenciones.
La discusión entonces terminó con un Javier
exasperado que se negó a seguir tratando el tema.
Otra veces una conversación bien llevada podía
echarse a pique por asuntos baladíes y comentarios
insensatos.
«Es más fácil para un sacerdote ser célibe que para
un casado mantenerse fiel», había dicho Javier en
hilarante apunte. Y José aprovechó el jocoso entremés
para enfilar sus críticas contra la castidad exigida a los
miembros de la Iglesia; pero se valió, para comenzar, de
un argumento tonto que resultó ofensivo.
–¿No le estará abriendo el celibato a los
homosexuales las puertas de la Iglesia?
Javier juzgó confusa la pregunta, pero la
asociación de los términos le pareció chocante.
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SEGUIRÉ VIVIENDO

–Digo, Javier, que puede haber muchachos que
toman los hábitos para disimular tras la sotana su
inclinación sexual.
–¿Te convertirse en caja de resonancia de quienes
agreden a la Iglesia? Igual hay homosexuales que se
casan con idéntico propósito.
José sintió vergüenza, pensó que había sido un
comentario estúpido, porque a la hora de la verdad los
menos de los homosexuales actuaban con recato. Se
había vuelto cotidiano que se exhibieran con descaro o
proclamaran su condición con inaudito orgullo. En ese
momento imaginó que el sacerdote también había podido
creer que él dudaba de su hombría. Pero Javier haciendo
caso omiso de la ligereza, apenas le pidió a José que
desterrara de la conversación esas cuestiones.
En otras ocasiones el hedonismo, la separación y la
infalibilidad del Papa fueron la causa de las
desavenencias. Los diálogos sobre el divorcio no eran
fáciles, pero cosa curiosa, con el suyo Javier fue
tolerante. «Muy en el fondo de su corazón comprendió
que me era imposible convivir con un ser tan altanero»,
contaba José con aire triunfalista. De todas maneras era
un asunto que preferían eludir el escritor y el sacerdote.
El aborto, en cambio, era una materia que los
reconciliaba. Aunque diferentes eran sus motivos,
hombro a hombro terminaban unidos por la misma
causa. Para Javier el rechazo provenía de su convicción
del carácter sagrado de la vida; para José del respeto de
la vida ajena, pues no digería la tesis de que es viable
porque la mujer es dueña de su cuerpo. «Dueña es la
madre de su propio cuerpo, pero no por tenerla en su
vientre lo es de su criatura». Esa afirmación regocijaba
tanto a Javier que hasta olvidaba que con parecidos
argumentos José justificaba el suicidio y la eutanasia.
Claro que José condenaba el aborto, pero no le daba la
connotación de homicidio malintencionado, pues
reconocía la carga emocional de quienes lo pretenden.
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

«Los verdaderos homicidas son quienes lo practican y
quienes fríamente en nombre de otros lo reclaman», lo
escribía jactancioso, exponiéndose al repudio de las
asociaciones feministas.
Con la unión de homosexuales, la situación se
parecía. Para Javier ofendía la esencia de uno de los
sacramentos más hermosos. Tenía carácter de herejía,
tomada en su acepción de fe. Para José esa herejía tenía
la acepción de disparate. Le parecía un despropósito, un
ridículo supino, porque convencido de que la pareja era
un fenómeno natural para perpetuar la especie, no veía
dónde podían caber en ese fin dos personas con el mismo
sexo. Tan caricaturesco le parecía el asunto, que solía
ahorrase disquisiciones y le daba el trato frívolo que en
su criterio merecía. «Si terminan mal las parejas
heterosexuales, como podrán terminar las un par de
m...» Esa vez se abstuvo de terminar la frase, pero
Javier con una sonrisa socarrona dio muestras de
entenderlo todo. «Dizque pensando en contraer
matrimonio en un mundo en que son más los que se
separaran que los se casan, deberían sentirse felices de
ser libres, de que no exista norma que los mortifique. De
tantas sociedades que podían formar no se les ocurrió
otra peor que la matrimonial, la de peor augurio». Lo
pensó, mas no lo dijo. ¿Para que cambiarle a la
conversación el rumbo entretenido?
Al principio en las conversaciones primaba la
cautela, con la familiaridad surgió la intemperancia; la
desazón de sus enfrentamientos los llevó a una relativa
tolerancia; y finalmente, la amistad decantada a la
mesura. Las discusiones obstinadas los enfrentaron al
dilema de renunciar a su amistad o preservarla de las
batallas a que llevaba el carácter irrebatible de sus
argumentos. Como respuesta, de una parte dejaron de
defender con tanto ahínco sus posiciones antagónicas, y
de otra, se fueron olvidando de tratar los asuntos que
resultaban más polémicos. En sus primeras discusiones
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SEGUIRÉ VIVIENDO

ambos recurrían a la ilustración para llegar fortalecidos
al siguiente encuentro, y buscaban la información que
doblegara la razón del adversario. Con el tiempo todas
esas estrategias pasaron al olvido. Y los temas se
volvieron más mundanos, tan poco trascendentes, que
difícilmente surgían las diferencias De pronto la
literatura o el cine tocaban puntos neurálgicos que
revivían las discusiones. Que se especulara, por ejemplo,
con la esposa o los hijos de Jesús exasperaba al
sacerdote, y se contrariaba cuando José defendía el
derecho a teorizar de los autores. «Jesús no necesita que
te sobresaltes por asuntos de tan poca monta, su
grandeza no reside en no haber tenido hermanos, en no
haber tenido hijos o no haberse casado. Si esas
versiones, ciertas o falsas, ponen a tambalear la fe, los
cimientos del cristianismo son de barro. Me molestaría
que se pusiera en duda su bondad, o se expusiera que el
Mesías fue un pícaro. Ese sí sería un petardo para volar
la fe o un verdadero agravio».
Con una familia tan restringida y tan distante,
Javier adquirió para José el estatus de un hermano, que
aunque menor, se sentía su superego por obra de sus
férreos principios moralistas. José entrañablemente lo
apreciaba, a despecho del roce de sus ideologías. Tenía
muy claro que la amistad estaba por encima de cualquier
doctrina. «Las diferencias ideológicas sólo entre
fundamentalistas llevan a la enemistad. Entre ellos son
el fermento natural de sus contiendas».
En tantos años, pasaron por las manos de Javier
buena parte de los artículos, columnas y libros de José.
Por respeto los criticaba con prudencia, soltando algún
elogio al estilo del autor, para no resultar tan antipático.
Pero también había escritos que lo satisfacían, y que leía
y releía con entusiasmo.
A pesar de las diferencias religiosas, José
reconocía la influencia de Javier en su existencia.
Aunque no le aceptaba la mayoría de sus preceptos, lo
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

reconocía como el polo que lo reconciliaba con Dios, y que
lo hacía volver, y con frecuencia, su mirada al Cielo.
También José se había proyectado en la mente de Javier,
no tanto como para cambiar sus convicciones, pero sí
para acrecentar su tolerancia. Con los años el sacerdote
terminó por aceptar sin aspaviento el influjo del instinto,
y pidiendo a las mujeres que consolidaran el matrimonio
mediante la comprensión de las debilidades de los
hombres. También a regañadientes aceptó el divorcio: «A
veces siento que me queda grande el ministerio. Ante lo
inevitable, les imploro al menos, que se separen sin
ocasionar dolor y sin hacerse daño».

José pensaba en Dios sin oponerse a su destino. Decía
con cierta presunción que otros moribundos, en cambio,
se acercaban a Él en busca de un milagro, implorando
consuelo ante lo inevitable o suplicando piedad ante un
porvenir inescrutable. Él en términos generales se sentía
tranquilo. Hablaba con Dios como consigo mismo, reacio
a repetir oraciones de memoria «que inconscientemente
pronunciadas se recitan sin saber lo qué se está
diciendo». Lo hacía mediante reflexiones en las que le
justificaba –o se justificaba– todos sus motivos. Tenía a
la fe por sentimiento: «Razones del corazón que la razón
no siempre entiende, convicciones que desafían, a veces,
lo evidente». Luego la fe era más para sentirla que para
razonarla. Vivía lo básico y desechaba lo superfluo.
Sabía que todas las religiones tenían contradicciones,
pero también un fundamento valedero. ¿Qué podía
importarle que Jesús hubiese amado a Magdalena, o que
la Virgen realmente lo fuera? «Esos son asuntos apenas
relevantes para los dogmáticos que ven tambalear su fe
con controversias tan triviales. Yo apegado a lo esencial,
lo que descubro es bondad en esos personajes. [...] El
misterio de la Trinidad no me trasnocha: no cabe ni en la
cabeza de los doctos que pretenden explicarla. [...] Me
sobra y me basta saber que Dios existe, y aceptar a
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SEGUIRÉ VIVIENDO

Jesús como modelo. [...] No tengo más fe en lo que como
sagrado me presentan, porque siento desconfianza de los
hombres. Lo que me revelan en nombre del Altísimo,
Corán, Biblia o Talmud, lo siento contaminado con la
huella humana, es decir con el sesgo de sus intenciones».
Como no era hombre de preceptos religiosos,
cumplía tan solo con lo que su razón le permitía. «Las
cohibiciones son imposibles de cumplir. Acaso existan
por aquello de que entre más prohibiciones menos se
desbordan la libertad y los instintos».
De la mano de sus padres José creció a la sombra
de la fe católica. De niño contuvo los impulsos
«mefistofélicos» de su naturaleza; adolescente, comenzó a
dudar de lo tenido por perverso. Luego dejó a un lado el
bien y el mal y se conmovió con el dolor humano. «¿Cómo
consiente el sufrimiento un dios tan bondadoso? ¿Cómo
permite que la gente muera? ¿Por qué tiene que ser la
muerte tan amarga? Si al menos se invirtiera la
secuencia de la vida... La desaparición de un gameto no
sería tan dolorosa».
Las catástrofes y las enfermedades de pronto
adquirieron otra dimensión en su conciencia. Dejaron de
ser reseñas frívolas y se convirtieron en una desazón
desesperante. En un comienzo experimentó la misma
inclinación del hombre primitivo: atribuírselas a la
disipación humana. Pero hipótesis tan débil no resistió el
naciente raciocinio. «El paso del hombre por el mundo es
sufrimiento, sufren los malos con justificación, pero
también sufren los buenos sin motivo. Para todos puede
ser la vida un purgatorio, y hasta el mismo infierno. Y
muchas veces el bueno es el que más padece y el malo el
que se sale con la suya». En ausencia de falta no podía
ser el sufrimiento castigo de Dios al mal
comportamiento. «Tan sólo si expiáramos en la Tierra
faltas anteriores a esta vida. ¡Un despropósito! Porque
sin conciencia de ellas el castigo más que sanción resulta
una injusticia».
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

Una febril actividad acontecía en su mente tras el
sosiego aparente de sus meditaciones.
«¿Acaso conseguimos con el dolor el tiquete al
anhelado paraíso?». Y recordó que el binomio dolor y
salvación inspiró la autoflagelación de muchos santos.
Causarse dolor para ganar el Cielo, atormentar el cuerpo
para salvar el alma. «¿Pero con un dolor autoinfligido
que de recompensable tiene el sufrimiento? Si hay un
premio en el Reino Celestial, alguna buena acción, y no
un mero latigazo, ha de haber para ganarlo. Más me
parece que a punta de bondad se gana el Cielo. Sufrir
por sufrir carece de sentido». De por sí pensaba que el
bien practicado por interés o por temor tenía poca virtud:
«Para mí son primordiales el convencimiento y la
satisfacción al realizar las buenas obras».
Como todas sus especulaciones terminaban en una
encrucijada, se concentró por último en el sufrimiento
causado por el hombre. Y esas cavilaciones le dieron al
final una respuesta sencilla y convincente: «Siendo capaz
el hombre de causar daño deliberado, imagina en cada
infortunio una intención oculta y busca a un ser
sobrenatural para inculparlo. Bien dice que lo provocó el
demonio o que Dios no quiso detenerlo. No contempla
que Dios creó un universo con sus leyes y un hombre con
libertad sobre sus actos». Entendió, entonces, que hay
que buscar en la psiquis del hombre, y no en el Creador,
la fuente de los perjuicios ocasionados por el ser
humano; y que tratándose de los desastres naturales,
hay que exonerarlos de maldad alguna. «Las leyes de la
naturaleza son neutrales, carecen de intención, luego es
accidental el sufrimiento que ocasionan. Y cuando es el
hombre el autor de las desgracias, no es porque Dios así
lo determine. Es porque el hombre ejerce mal la libertad
que recibió para mejores cosas. Automáticamente la
creación funciona, sin que meta Dios su mano a cada
instante».

44

SEGUIRÉ VIVIENDO

Con

la enfermedad llegó el momento de las
confrontaciones, de saber si la muerte era la misma
presentida en la distancia que vista cara a cara. En
medio de su aplomo, José vivía momentos de inquietud.
La incertidumbre del trance y la eventualidad del más
allá incitaban su curiosidad. La desaparición de la vida
como si fuera un bien intrascendente ya no lo conmovía.
«No aborrecí la vida, tampoco afirmo que la
amaba». Y era verdad; por ser un bien impuesto siempre
la cuestionó. «No me agrada que el individuo nazca sin
intervención de su voluntad, y menos que cuando ha
aceptado la existencia y se ha acostumbrado a vivir, se le
arrebate la vida de forma inexorable. Cómo me hubiera
gustado expresar mi anuencia de venir al mundo». No le
encontraba sentido a llegar a la vida porque sí, a la
fuerza, sin proyectos; a buscar una razón a la existencia;
a improvisar estrategias para soportarla y a obrar como
un sobreviviente. Sopesaba la hostilidad y las
dificultades, las tristezas y los sacrificios, y los hallaba
desproporcionados frente a los gozos y las satisfacciones.
«¡Y sin embargo la gente se aferra a la existencia!».
Coligió que era más por el temor a la muerte que por
amar la vida. Él en cambio se ufanaba de que con el
mismo ánimo que aceptó la vida, se sometía a morir. «A
la parca la incorporé a mi mundo, la armonicé con mis
afectos y la volví mi aliada. La percibí como una fuerza
redentora en los momentos de dificultad y hastío». La
sentía una puerta de escape, un último recurso que lo
volvía altivo en la dificultad, porque le permitía burlarse
de la vida hostil. Pero no era más que especular, porque
de antemano sabía que nunca de esa alternativa se
valdría.
Dedujo que si la vida, el bien preciado, desaparecía
como un desecho, ningún capital menor que ella merecía
un mayor esfuerzo. Que si la vida no era trascendente,
nada podía serlo en este mundo. Luego no debía
sacrificar su vida por en pos de desmedidas ambiciones
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

terrenales. Y fue coherente: ni poder ni fortuna fueron
objeto de sus sacrificios. Abolió los esfuerzos estériles; se
volvió enemigo de las normas impuestas por los mismos
hombres para desagrado de sus semejantes; anatematizó
los mandatos sin bondad evidente y suplicio manifiesto;
buscó la satisfacción de sus sentidos; y se olvidó de
tantos cuidados con su cuerpo. Asumió comportamientos
de riesgo bajo la concepción de que el mayor costo era
apenas adelantar la muerte.
De manera que fue la pugna con la muerte la que
le enseñó a vivir, la que le simplificó el arte difícil de
existir. Sin descuidar sus principios dio vía libre a sus
deseos, se hizo proclive al placer, pero sin asentarlo en el
perjuicio ajeno. Ahora a punto de morir pensaba que
muchas
satisfacciones
inmateriales
fueron
trascendentes, pues eran en su último viaje su único
equipaje. «Me marcho con la dicha de la gratitud y el
amor que me profesan, reconocimiento enorme a
actitudes sencillas, a palabras amables, a gestos
considerados, tan elementales que nunca creí que se
tasaran tanto».
Eleonora advertía esa serenidad: «Mi papá hace
ver sencillo el proceso de la muerte. El dominio de sí
mismo y su impavidez desconcertante hacen pensar que
nada ocurre». «Hija, cuando la muerte llega en el
momento justo se la está aguardando; no tiene razón el
sobresalto». Aunque era cierto el argumento, en el caso
de José se había anunciado en un momento vital de su
existencia, no era el momento justo por lo tanto. Haber
tenido cada día una reflexión sobre la muerte hasta
convertirla en parte de la vida, era el auténtico motivo
de su serenidad. «Morir es cuestión de tiempo, y se
puede morir hasta sin haber nacido», solía afirmar
resaltando su carácter natural y perentorio. Haber
peleado desde joven contra ella ahora le servía para
aceptarla. Y así fue con la vida, con ella también libró
duras contiendas. La disfrutó, pese a considerarla una
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SEGUIRÉ VIVIENDO

carga insoportable. «El nacimiento es la primera
contrariedad del hombre, que tiene que inventarse una
razón que le quite el tedio por la vida, y
paradójicamente es el pavor a la muerte la razón
buscada. Por temerla, el hombre se somete a existir, sin
importar las circunstancias». Pero su ánimo alegre y
sibarita desdecía sus expresiones, más aplicables a los
demás mortales; pues en él parecían apenas el producto
pasajero de sus desencantos. Pretextos para vivir los
tuvo siempre; fueron sus pensamientos, el mundo que
criticaba –que le daba en abundancia motivos a su
pluma– y fue su hija. Nunca fue la muerte. Con razón
decía Piedad: «Convencido como está de que el destino es
contrario a nuestras pretensiones, para retrasar su
llegada siempre dice que la está aguardando».

–El término tiene, Joaquín, variadas acepciones. Creo
que se prostituye todo aquéllo que adultera o degrada su
fin en pos de un interés que le es ajeno. El sexo como
proveedor de placer pervierte su finalidad cuando se
aparta de la satisfacción de los deseos carnales. Por eso
me arriesgo a afirmar que actúan como las meretrices,
las mujeres que se entregan al marido por obligación y
sin placer alguno.
–¡Qué sofisma! Una tergiversación magnífica en
que la virtuosa termina siendo menos que la arpía. La
llamaré la hipótesis de la esposa-prostituta.
–Más bien diría una paradoja formidable, porque
el argumento no es mentira.
–Habrá quienes lo nieguen, pero yo lo acepto. De
por sí me irritan las mujeres que no se deleitan con lo
carnal, y lo practican. Es un engaño que las prostitutas
jamás gozan el sexo; de pronto las entretiene más que a
las casadas.
–Volviendo al tema –dijo José–, la mala fama la
cargan las que a cambio de marido tienen clientes, pero
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

de tiempo inmemorial la mujer se ha ofrecido al hombre
con tal que la sostenga.
–Por milenios las casadas han encontrado techo y
comida como pago a sus favores.
–Aún hoy las mujeres sin medios para sostenerse
se prostituyen en el matrimonio.
–¡Algo tiene de burdel la sagrada institución del
matrimonio!
Allí estaban Joaquín y José poniendo a la moral en
aprietos, haciéndola sonrojar como en sus años mozos.
Porque tratándose de insolencias, nadie para alentar a
José como Joaquín. Cuando los dos se juntaban todo era
cuestionable, las verdades vacilaban, la irreverencia
campeaba, se esfumaba lo absoluto Era la sinergia de
sus pensamientos en un complot contra lo establecido.
Era la antípoda de los encuentros con el cura Javier,
marcados por la contradicción y la prudencia. Cuando
José sentía llegar a Joaquín se relajaba, se olvidaba de
la formalidad y se disponía a lidiar y a gozar con lo
mundano. Pero si Joaquín bajaba a José del olimpo de su
compostura, José forzaba a Joaquín a ponerle seso a sus
intervenciones.
–La mujer cohibida por la sociedad –siguió José–,
ha sido alentada por opciones que atentan contra su
dignidad. Es reconfortante que cada día haya más
mujeres profesionales, dueñas de su destino, que no
tienen que aceptar una unión en inferioridad de
condiciones.
–Aun a costa de nuestras conquistas –se lamentó
Joaquín–, porque una mujer necesitada es una presa
fácil.
–Si nos oyeran dirían que somos cínicos.
–Cínicos y machistas –sentenció Joaquín.
–Sin embargo, no las estamos infamando.
Venderse fue para la mujer un mecanismo de defensa,
una estrategia para sobrevivir.

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SEGUIRÉ VIVIENDO

–¡Están exoneradas! No culpamos a las mujeres
porque tengan que vivir del hombre. Hasta inconsciente
ha de ser esa costumbre.
–Qué usen su sexualidad para atraparnos me
parece un juego delicioso –sentenció José–; que lo
aceptemos a sabiendas de que lo hacen por necesidad y
con disgusto, parece reprobable.
–Gústenos o no, ellas siempre podrán compensar la
desigualdad con sus encantos. ¡Déjalas que se valgan de
nuestra debilidad incapaz de resistir sus atractivos! No
dirás que las feministas te pusieron de su lado.
–Ellas son el otro extremo del cordel, y el menos
agradable. Son mujeres en pugna permanente.
Arrasaron con la feminidad y el arquetipo tierno. Yo,
Joaquín, defiendo el derecho de la mujer a la igualdad,
pero en armonía permanente con el hombre, nunca la
rivalidad entre lo sexos.
–Pues yo me erizo al verlas. Como alguien dijera
comparando al hombre con su perro, entre más
feministas conozco, más quiero a las rameras.
José alcanzó a intranquilizarse. Inspeccionó su
alrededor y comprobó que estaban solos. No le hubiera
gustado que se oyera tamaño despropósito, aunque a
decir verdad, algo en ese parecer lo divertía.
Joaquín siguió:
–En serio, más devoción siento por ellas, que por
esos engendros seudofemeninos que le muestran al
hombre animosidad y repulsión. Las prostitutas al
menos nos muestran simpatía. ¡Qué pesar!, porque las
feministas hasta fenotipo femenino tienen; algunas
hasta mujeres me parecen.
–Tu mordacidad da cuenta del punto al que
conduce tan tonto enfrentamiento. Esos movimientos
crean un contrapunteo contraproducente con el hombre.
Yo no acepto que las conquistas deban verse como
cuestión de género. Bastantes méritos tienen las mujeres
para andar mendigando unos derechos. Quien es digno
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

de un reconocimiento debe recibirlo sin importar su sexo.
Pero las feministas sueñan con cómodas conquistas,
asegurando cuotas exclusivas en empresas y en
corporaciones públicas para eludir su concurso con el
hombre, cual si las mujeres no fueran competentes. Los
privilegios entre iguales a más de absurdos son odiosos.
Si en verdad creemos que son iguales el hombre y la
mujer, lo que tenemos que imponer es la justicia, y no
unas cuotas que toman en consideración los genitales.
–A las feministas no hay logro que las sacie. Y
como no faltan los pusilánimes que les siguen la
corriente, habrás de ver que tanta contemplación con la
mujer, dizque discriminada, llevará a los hombres a un
estado más lamentable que el que vivieron ellas cuando
de verdad estuvieron sojuzgadas.
El descuido en la afirmación fue imperceptible,
pero lo hizo enmudecer cuando se percató de su
imprudencia. Era que apenas se estaba acostumbrando
al cáncer de su amigo, y su extroversión no llegaba al
extremo de involucrar el tema entre sus ligerezas. Pero
si no hubiera sido por su mutismo, José se hubiera
quedado sin advertir el lapsus.
–Claro que nada habré de ver –dijo José con la
certeza de que la validez de esa premonición no la
confirmaría.
Los diálogos con los años poco habían cambiado, ni
el envejecimiento ni la enfermedad habían apartado a la
mujer y a la sensualidad del centro de sus
conversaciones. Aún quedaba un remanente importante
de los ímpetus de la juventud, que los hacía persistir
entre pícaros y filosóficos en la temática de siempre. Se
regocijaban con la evocación de sus mejores experiencias,
el plato fuerte de Joaquín; o teorizando y formulando
hipótesis, la empresa predilecta de José.
–¿Qué pasaría si el placer no fuera la finalidad del
sexo? –le preguntó José, al reanudar la charla.
–Que se arruinarían nuestros razonamientos.
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SEGUIRÉ VIVIENDO

–No me parece. Si así fuera, hace mucho se
hubieran arruinado. Con todo lo que lo pondero, el placer
apenas le sirve al sexo de carnada. Su verdadero
propósito es multiplicar la especie. Porque si la
reproducción fuera tarea sacrificada, la humanidad
desde Adán se habría extinguido. El placer es inherente
al sexo para que no se niegue la humanidad a
perpetuarse.
–A buena hora el hombre desentrañó los misterios
de la reproducción, le «hizo conejo» a la maternidad y
siguió usando el placer en su provecho.
–¿No te parece una paradoja formidable: la
genialidad del hombre al servicio del «despreciable
instinto»?
–Nadie sabe para quien trabaja.
–Mucho trecho va del hombre primitivo al hombre
culto. De aquél que copulaba por placer, sin imaginar
que estaba procreando, al que posee el conocimiento para
planificar su descendencia.
–Un decir apenas –afirmó Joaquín–, si nos
atenemos a tanto embarazo indeseado.
–Increíble que los adelantos de la planificación no
se aprovechen. Definitivamente los que engendran sin
querer en poco se diferencian de las bestias.

Aunque

cursaban carreras diferentes, el encuentro
diario en el billar del bienestar estudiantil terminó por
forjar entre Joaquín y José una amistad inquebrantable,
que creció a pesar de la renuencia de José a participar en
las francachelas que Joaquín organizaba los fines de
semana. Parrandero y mujeriego, Joaquín tenía fama de
llevar una vida sibarita, de visitar lugares poco santos y
de entablar noviazgo con jóvenes mundanas. Él siempre
negó las murmuraciones más audaces, y José no llegó
jamás a comprobarlas. Para él era un muchacho locuaz
sin nada censurable.
51

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

Como ignoraban los padres de José las malas
lenguas, le abrieron las puertas de la casa y le asignaron
puesto en la mesa todos los domingos. Y esa rutina se
conservó por años, hasta que los miembros del hogar se
dispersaron. Entonces concibió Joaquín una tertulia de
solteros en la que dio a José carácter honorario. En ella
de todo se hablaba sin mesura, y al calor del ron y el
aguardiente disecaban lo celestial y lo profano. Al
amparo de Joaquín el culto al amor libre y a la
infidelidad se volvió consigna entre los tertulianos.
El amor romántico tuvo pocas opciones en la vida
de Joaquín, marcada por la vertiginosa sucesión de
lances pasionales. Por eso la infidelidad que él defendía,
tenía connotación distinta a la de quienes habían puesto
alguna vez en el amor todo su aliento. «La infidelidad no
es ni falta ni traición. Dado su origen instintivo luchar
contra ella es batallar consigo mismo. Pasarse toda la
vida cohibiendo los instintos es un desgaste inútil,
aceptar la naturaleza es lo sensato». Eso expresaba
Joaquín, pero sus contertulios, en razón de su
temperamento lujurioso, opinaban que no era reflexivo
su argumento. Creían que era un pretexto para
justificarse. A José, por el contrario, le admitían sus
juicios, aunque llegaran a las mismas conclusiones. Y
era que José, que sí creía en las explicaciones de
Joaquín, ahondaba en el tema con alardes de erudito, se
apoyaba en su pluma bien calificada y no tenía en su
contra una vida licenciosa.
José había considerado válidas las razones de
Joaquín aún en tiempos en que el amor le sonreía. Tras
el fracaso con Elisa su pensamiento se afianzó y sus
hábitos cambiaron. Y no fue por influencia de Joaquín
como creyeron muchos, sino por un impulso propio de
conseguir más dicha y menos decepciones. Perdida toda
la esperanza en el amor, comenzó a pensar más en la
satisfacción sexual; y aunque se le volvieron tolerables
las consejas de Joaquín, fue tímido en seguirlas.
52

SEGUIRÉ VIVIENDO

Cuestión de estilo, el suyo era más refinado. El mismo lo
insinuaba: «El instinto de los hombres tiene más
diferencias de forma que de fondo». Así que las
afirmaciones de Joaquín, no obstante su rudeza, eran
tenidas por José por válidas. Decía Joaquín: «¿Cómo
vamos a entendernos, si las mujeres únicamente piensan
en el amor, cuando nosotros sólo pensamos en el sexo? Y
sin embargo, si no fuera por el sexo nada tendríamos en
común con las mujeres […] El amor romántico es un lujo
que no a todos importa. [...] Tarde o temprano pasa el
tiempo de la costosa inversión y la paciencia; y de
esperar con calma el beso o la caricia. Los hombres
anhelamos satisfacciones al instante... y fáciles».
Si hubiera tenido José que dar sobre el amor su
testimonio, habría dicho que sólo le había quedado
frustración y dolor de un ideal que juzgaba un espejismo;
que su matrimonio, desastroso, había arrasado con los
sueños más tiernos de su juventud; que gracias a su
brutalidad se habían vuelto más cursis las quimeras del
primer amor; y que la luna de miel había sido el
preámbulo del mayor yerro de su vida.
Las decepciones inmanentes al amor, afirmaron en
José el convencimiento de la trivialidad y finitud de la
pareja. En su análisis la rutina y la incompatibilidad de
las personalidades, como en su caso, daban cuenta del
fracaso de los matrimonios, junto a otra causa
universalmente señalada: la infidelidad, a la que él
recurrió tarde, pero con la fortuna de que precipitó la
separación que lo libró de mantener una relación
tormentosa hasta la muerte. Sin tener que hablar bien
del amor, multiplicó sus escritos sobre la infidelidad.
Primero ensalzándola y oponiéndola a la relación
tradicional, luego disculpándola y justificándola, y por
último previéndola y hasta lamentándola. «La
infidelidad es una condición latente ineludible. No la
defiendo, apenas la acepto como un hecho natural y
cotidiano. [...] La fidelidad y el amor eterno no brotan
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

por exigencias culturales. [...] Intentemos ser fieles hasta
donde nuestra naturaleza lo permita... al menos nos
aligera la conciencia cuando llega. [...] La relación de
pareja es más sólida cuando se cimienta en la
solidaridad y más frágil cuando se funda en la fidelidad».
Viendo a José convertir la infidelidad en tal
torrente de meditaciones, Joaquín optó por animarlo a
una promiscuidad incitadora, contándole que era como
probar los mejores platos en las mejores mesas, pero
José apenas acogió el consejo cerca de su final, cuando se
dispuso a disfrutar hasta la saciedad los placeres que se
había negado.

José

era incapaz de rendirle culto al ser humano,
reconocía virtudes y talento, sentía respeto, admiración,
pero no reverenciaba a nadie. Respetaba los derechos de
los demás pero no se subyugaba a sus razones. Era
pugnaz
crítico
contra
el
servilismo.
Y
las
subordinaciones que surgían del poder lo exasperaban.
«Por meros accidentes de fortuna unos están mejor que
otros, unos son vasallos y otros reyes, unos jefes y otros
dependientes». Hasta ese punto Javier lo secundaba.
Pero las diferencias asomaban cuando los argumentos
terminaban en la crítica a las opiniones de los papas,
vistos por José como otros más de los mortales. Para
Javier era dogma la infalibilidad del Papa.
–Papas ha habido sabios y santos, conservadores y
dogmáticos, progresistas y libertinos y hasta criminales
e impostores –dijo José en medio del debate.
Y recordó a Alejandro VI, de quien dijo que como
buen Borgia, había sido esclavo de los placeres
terrenales. También mencionó a Julio II, de quien elogió
su mecenazgo, pero con tono burlón criticó el negocio en
que convirtió el perdón de los pecados. «¿Quién sabe si
llegarían al Cielo quienes comprando indulgencias
ayudaron a construir su iglesia?». Se refería a la de San
Pedro, la mayor basílica romana.

54

SEGUIRÉ VIVIENDO

–De pronto sí –le contestó Javier–, porque en el
arte se expresa la perfección de Dios.
José siguió con apuntes hilarantes de los que no
escapó la mención de la papisa Juana y su parto en
plena procesión. Javier lo desmintió aduciendo que era
una leyenda. Y le advirtió antes de que siguiera
enumerando papas:
–El pontificado entonces no era como ahora.
Estaba en manos de hombres sin formación sacerdotal, y
de nobles codiciosos. Yo te doy fe de los pontífices de
ahora.
José aceptó su relevancia:
–Si a Juan XXIII, a Paulo VI y a Juan Pablo II te
refieres, acepto el adjetivo de admirables. No escapé a la
seducción del «Papa Bueno», y a su pensamiento
renovador y progresista, inusitado en un anciano. Fue él
quien demostró que la Iglesia sí es capaz de remozarse.
Tampoco olvido el liderazgo espiritual de Pablo VI, ni
desconozco en Juan Pablo II su carisma. Conservador en
asuntos de doctrina, es un líder mundial indiscutible. Su
protagonismo para abatir los abominables totalitarismos
de la órbita soviética, desde ya lo vuelve perenne en mi
recuerdo.
José insistió en la renovación sin que Javier con
nada se inmutara. Al escritor le parecía curioso que su
amigo ponía en práctica, sin objeción alguna –acaso por
no haber vivido la transformación– todos los cambios del
segundo Concilio Vaticano, resistido por tanto ortodoxo
en su momento. Se preguntó entonces si cuando otro
Papa se decidiera a un nuevo aggiornamento y se
volviera normal que las religiosas celebraran misa y los
sacerdotes se casaran, Javier transigiría. De pronto lo de
su amigo era más obediencia que conservadurismo. E
imaginó que Javier ante nuevos vientos renovadores no
estaría en la órbita de los desavenidos. «No serás un
nuevo Lefebvre dijo José», pero Javier se quedó sin
entenderle. Entonces le planteó su reacción si esos
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

cambios ocurrieran, y Javier como dándole la razón a su
presentimiento, le contestó: «Tanto progresismo no
imagino, y si se diera, ¿quien sería yo para poner en tela
de juicio las decisiones de un pontífice?».

José

nunca le ocultó a Javier su disposición a los
placeres, pero en ausencia de un comportamiento
hedonista que lo delatara, el sacerdote pensaba que el
discurso de su amigo era locuacidad, si acaso una mera
postura conceptual. Y no era cierto. Sencillamente la
franqueza de José no alcanzaba para revelarle sus
proezas. Acciones que hubieran afligido al religioso, pero
que Joaquín juzgaba poco audaces. ¡Todo en el mundo es
relativo!
Ante el tema Javier asumía la defensiva,
censuraba la voluptuosidad del mundo y satanizaba
tanta libertad sexual, que en su sentir era el motivo de
las contrariedades con la Iglesia. «En la práctica nada
importan los preceptos, pues los fieles campantemente
los ignoran. Si pretenden que cambie la doctrina, será
para tranquilidad de su conciencia».
–Es que la intromisión en la vida íntima fastidia –
José le refutaba–. La castidad debe ser alternativa y no
exigencia. Entiendo que la practicara Gandhi por un
sentimiento de culpa a la muerte de su padre;
comprendo que Ramón González Valencia, en otro
extremo, renunciara a su aspiración de ser
vicepresidente de Colombia, a cambio de que la Santa
Sede lo liberara de una promesa de castidad intolerable.
¿Pero como podría aceptar que sea por imposición que se
practique?
Entonces sostenía que la rigidez de la Iglesia
estaba llevando a que los fieles la excluyeran de su
mediación con Dios, o a que asistieran a los ritos por
formalidad, y después de haber quebrantado todos los
mandatos. «Hoy por hoy hay más cristianos de corazón,

56

SEGUIRÉ VIVIENDO

que cristianos practicantes». Pero Javier se mantenía en
que «las reglas las pone Dios, no los creyentes».
–Las impone la jerarquía –insistía José–
creyéndose que lo interpreta. Los tiempos han cambiado,
han cambiado la moral y las costumbres. La Iglesia tiene
la obligación de renovarse. ¿Mientras no falte al amor y
a la bondad que impedimento tiene?
–Que los principios de la Iglesia no pueden ser
como los trajes de los sastres, que se hacen a la medida
de los clientes –el sacerdote contestaba–. La palabra de
Dios no es negociable.
Y eso de la palabra de Dios era para José una
afirmación inaceptable. Para él eran palabras humanas
puestas en boca suya.
–¿Y dónde su palabra hace referencia a asuntos
que cuando se escribieron las Escrituras no existían? –
dijo José controvirtiendo.
Javier no aceptó que todo tuviera que estar escrito
desde el comienzo de los tiempos para ser sagrado, y
expuso que había hombres con el don de la infalibilidad,
que podían mostrar a los demás la voluntad de Dios, y
afirmar por ejemplo, que la anticoncepción era pecado.
José, en cambio, defendió la hipótesis de que en la razón,
dada por Dios, el hombre tenía el mejor instrumento
para abrirse paso en las tinieblas.
–Gracias a ella no tiene el hombre que obedecer
como un animal domesticado.
–La inteligencia engaña –rebatió Javier–. Hace
creer a los hombres infalibles. ¿No razonan acaso los
bribones? ¿Por qué todos los hombre no llegan a las
mismas conclusiones? ¿Por qué existen puntos de vista
tan opuestos?
–Porque la inteligencia no es la misma en todos los
mortales.
–¿Entonces todos los hombres con la mismo
capacidad intelectual dilucidan de la misma forma y
llegan a los mismas resultados?
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–No necesariamente. Una cosa es la capacidad
mental y otra la elaboración del pensamiento.
–Pero una sola es la verdad.
Y sostuvo que un ser superior debía iluminar la
inteligencia humana para hallarla. Pero con absolutos
en la Tierra, José no comulgaba.
–Estamos dando por hecho que la verdad es
conocible. ¿Pero qué es lo veraz? ¿Quién tiene la
respuesta?
¿Los
católicos?
¿Los
judíos?
¿Los
musulmanes? ¿Los budistas? ¿Acaso los agnósticos?
Tantas respuestas de pronto significan que a todas las
creencias las asiste un grado de verdad; porque es la
honestidad en la búsqueda de lo correcto, más que el
acierto en la consecución de la verdad, lo que ennoblece
la conducta de los hombres.
Javier halló razón al argumento, pero se lamentó
de que José no realzara la religión católico.
–¿Tan poco católico te sientes?
–Fueron la tradición cultural y la herencia familiar
las que me llevaron a profesar lo que profeso. Considero
a todas las creencias dignas de consideración, y a
ninguna con supremacía sobre las otras. Creo que Dios
es uno. Al que rezamos los católicos, es el mismo que
recibe las oraciones de musulmanes y judíos. Y si de
salvación se trata, la religión que se profese importará
muy poco para que se abran al hombre las puertas de los
Cielos. No son las religiones las buenas ni malas, ni las
que hacen santos o demonios a los hombres, son los
hombres los virtuosos o inmorales. Si el Paraíso es el
premio por las buenas obras, sus puertas se abrirán sin
importar el credo.
Había dicho lo justo, y sin embargo abrigó
remordimiento. No era extraño en José que tras de
ganar un pleito, entrara en un periodo de reflexión y
pesadumbre, arrepentido no de sus razones, sino del
eventual ultraje. Le dio pesar, pero se sosegó pensando
que la irreverencia con las creencias católicas, hacía más
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SEGUIRÉ VIVIENDO

estimables por Javier sus ocasionales demostraciones de
afecto por la Iglesia.

José siempre soñó con llevar una vida sibarita. Sentía
una propensión instintiva e intelectual al placer; pero los
placeres los gozaba de forma contenida, y no era extraño
que los aplazara por otra prioridad o por pereza.
Explicaba que era cuestión de oportunidad, no de
templanza.
Intelectualmente
hacía
soberbias
disertaciones defendiendo la satisfacción de los sentidos
y encumbraba el goce erótico desafiando los cánones
establecidos. Infidelidad y amantes gozaban del amparo
de su pluma. Sin embargo el comportamiento de José no
le seguía el paso a sus razonamientos. Su epicureismo
era un modesto fulgor del hedonismo que destilaban sus
escritos. Divorciado, con una actividad rentable y con
una hija emancipada que ya no le demandaba ni tiempo
ni dinero, José contaba con las condiciones ideales para
la consumación de sus pasiones. Pero entre el epicúreo
que predicaba y el que era, había una significativa
diferencia.
Reconociendo la licitud de todo tipo de placeres, los
suyos eran las artes, la literatura, la música, la buena
comida, las mujeres y los viajes. Para otros era vivir
consumidos en excesos. Por eso Joaquín le demandaba
más desinhibición y más atrevimiento. José le respondía:
«Gozar de libertad no implica hacer todo lo permitido,
sino aquéllo que la voluntad desea; con el placer pasa
algo semejante. Mi satisfacción reside en contar con el
derecho, así nunca lo ejerza». Y añadía que el concepto
de placer debía ser suficientemente amplio para que
abarcara las necesidades de todas las personas: «Sólo
admito por límite el daño ajeno. Que se tolere el placer al
punto que tú, Joaquín, puedas ser feliz con tu goce
desmedido, y yo con mis moderados desenfrenos». Pero
de sus gozos, la mayoría eran laudables; otros como la
gula, indiferentes; y sólo unos pocos criticables,
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

particularmente los que con los encantos femeninos se
saciaban. Casi todos eran interludios más bien sanos,
entre las conferencias y sus libros, que eran los que se
llevaban la mayor parte del tiempo. Pues escribía con
gusto, y hallaba en ello otra manifestación del
hedonismo.
Sin embargo el aviso de su muerte lo percató de
sus gozos aplazados, y al no poder más postergarlos, optó
tras el diagnóstico por disfrutar en exceso el breve
tiempo. Luego vinieron las limitaciones que lo
recluyeron, primero en su apartamento, por último en un
cuarto de hospital. En su apartamento se deleitaba
volviendo a repasar su obra –como escritor tenía las
actitudes de narciso–, otro placer que se acrecentó con el
encierro.
Y en ese quehacer estaba concentrado cuando
apareció de repente, y con la espontaneidad de lo que no
se está buscando, el artículo que estuvo refundido
cuantas veces intentó encontrarlo. Era una de las tantas
columnas que había escrito en medio de sus agarrones
secretos con la muerte, que ganó ella, porque terminó
por aceptarla. ¿O tal vez él? Porque dejó de preocuparle,
y quedó listo para viajar al más allá en cualquier
instante.
«El hombre debe asombrase de la creación. Cuanto
la naturaleza le revela proclama la existencia de una
mano hacedora omnipotente. Pero cuando la furia de esa
naturaleza desgarra el corazón de los míseros mortales,
pienso que algo falló en esa creación que imaginé
perfecta. La muerte será siempre dolorosa sin importar el
razonamiento con que la enfrentemos. Ideal sería que no
existiera, pero si menester es, debería darse sin angustia
ni tristeza, sin que sufra quien la padece, ni quienes le
sobreviven. ¿Qué perfección hay en que la fuerza de la
naturaleza se ensañe con el hombre?».
Le pareció un texto amargo, pero pertinente en el
proceso de sus reflexiones. Lo había escrito cuando
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SEGUIRÉ VIVIENDO

cientos de personas quedaron sepultadas bajo un alud de
tierra. También creyó que era una protesta necia. «El
universo tiene sus leyes y un hombre maduro y racional
no le reclama. Aprende a interpretarlas para tomar sus
previsiones. No construye, por ejemplo, donde el suelo se
inunda o la ladera se derrumba, y construye con más
resistencia donde la tierra tiembla». De todas maneras
esas explicaciones no satisfacían la contrariedad del
dolor causado por la muerte. Pensó en sí mismo y se
sintió animado. «Aún tengo arrojo y humor a pesar de
mis dolencias». Y desempolvó de su memoria el recuerdo
de un amigo que tenía una solución para la muerte: «Que
sea a la inversa del proceso de la vida. Comienza el
hombre como un viejo decrépito y enfermo, y sale de lo
más terrible. Luego rejuvenece, y se convierte en niño; se
transforma en bebé, se vuelve un óvulo, y muere en la
dicha de un orgasmo».

La Navidad siempre fue feliz para José porque nunca le
permitió la entrada a la nostalgia. Era para él un tiempo
para disfrutar y descansar, para mostrar una sonrisa,
para olvidar las penas, para ser indulgente y
complaciente. Gozaba con las luces y el retumbar de la
pólvora, con el árbol, con el pesebre, con la música y los
arreglos navideños.
Recién había el año comenzado, cuando él se
convenció de que la próxima Navidad no lo encontraría
presente. La entrevista con el médico había sido
terminante. Prefirió olvidarse del porvenir y sumirse en
el pasado, dejando desfilar una a una las navidades por
su mente.
Primero vio entre brumas un tumulto de chiquillos
en plena algarabía, entre ellos él, de tres o cuatro años,
insistiendo en tocar su pandereta, mientras los adultos
intentaban sin éxito imponer la disciplina para cantar
los villancicos. Llegaron luego recuerdos más nítidos,
como el primer regalo de Navidad del que tenía
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

conciencia. Lo había dejado –le habían dicho– el Niño
Dios sobre su cama. Era un triciclo de colores vivos.
También llegó la memoria de la Nochebuena en que
confirmó que los regalos los traían los padres, y la
primera Navidad en compañía de su primer amor. Hasta
las navidades en casa de Elisa asaltaron su memoria:
era una reminiscencia digna, nada premonitoria de los
malos ratos que vendrían. Evocó la primera Navidad con
Eleonora, colmada de amor y de regalos. Años
maravillosos en que retribuyó como padre todo el afecto
que recibió de niño. Pero Eleonora creció, y en ausencia
del alborozo infantil, la Navidad se volvió más sobria y
solitaria. Vino a su mente Scrooge como encarnación de
quienes la detestan, y pensó en los que con la Navidad
arropan su tristeza. Él no era ni lo uno ni lo uno. De
pronto en ausencia de alguna compañía la Nochebuena
lo había cogido en la intimidad de su estudio, solo sí, mas
no afligido, pues tal era su alborozo que preparaba el
apartamento como para una fiesta, una fiesta con sólo
un convidado. Encendía todos los focos, inundando de luz
hasta el más pequeño de los rincones del apartamento,
prendía el equipo de sonido, lo cargaba con discos
compactos de melodías tradicionales, y se sentaba a
degustar un buen licor en su silla favorita. Poco antes de
la media noche se servía un exquisito lomo de cerdo en
salsa de ciruelas, el que siempre prefería al pavo
acostumbrado, y a eso de las doce de la noche se
asomaba al balcón a ver el espectáculo multicolor de los
juegos pirotécnicos. Esa soledad plácida se interrumpía
con las llamadas de costumbre: de Piedad, de Alicia, de
Claudia –la ex amante que nunca lo olvidaba– y de
Eleonora. Aunque lo más frecuente era que su hija lo
acompañara desde la media noche, después de cumplir
las mismas obligaciones con su madre.
No habría más navidades, se dijo con nostalgia. El
médico había sido demasiado franco al explicarle que

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SEGUIRÉ VIVIENDO

había entrado en un deterioro acelerado que conduciría a
la muerte.
–Señor Robayo, no soy amigo de ponerle plazo a
mis enfermos, pero es un hecho que el tiempo se nos está
agotando.
Le recalcó que el final de la vida era tan natural
como llegar al mundo, y le habló del cuidado paliativo.
–Ese cuidado significa que se controlará el dolor,
que tendrá descanso reparador, que lo mantendremos
hidratado, y que buscaremos la forma de alimentarlo de
la mejor manera. Tendrá compañía en todo momento, así
como la atención profesional que necesite. Podemos
entrenar familiares en los aspectos técnicos de la
asistencia. Morir en su casa, tranquilamente,
disfrutando del afecto de los seres queridos es el ideal de
la mayoría de los enfermos.
José pensó que era mejor alejar la sombra del
hospital en su agonía, pero cierto presentimiento le
indicaba que no sería posible. Cuando llegaron las
complicaciones el hospital se convirtió en su casa.
Recordar aquel episodio lo hizo revivir el día en
que le dieron el dictamen. La muerte había sido por
años, y sin necesidad, el eje de sus pensamientos, y
aseguraba que celebraría con un abrazo su llegada. Pero
cuando el doctor Mendoza le confirmó el diagnóstico, ni
remotamente esperó estrechar a la parca entre sus
brazos. Tampoco perdió la compostura. Con desazón
escucho las explicaciones pertinentes. Desde que el
cáncer inicial se llama in situ y es curable, hasta que el
suyo era un infiltrante que le quitaría la vida. Él lo
entendió así, aunque el médico en ningún momento
abatió sus esperanzas. Del consultorio salió sereno, al
encuentro de su hija que lo esperaba en la sala de
recibo. «Malas noticias, ha comenzado la cuenta
regresiva». Se trenzaron en un estrecho abrazo. Fue
parco, le dio pocos detalles. Le pidió que lo dejara sólo,
para poder ordenar sus pensamientos. Ella se marchó
63

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

en el auto y José se fue perdiendo entre los transeúntes.
Pensó que todo moribundo debía hacer un balance, como
quien deja un cargo, y vertiginosamente fue pasando su
vida por su mente. Se sintió satisfecho. Pero al volver al
presente lo sobresaltó la certeza de su deterioro lento y
progresivo, doloroso sin lugar a dudas. De todas
maneras nada que miles de millones de humanos no
hubieran padecido.
Angustia por el momento de la muerte no sentía.
El recuerdo de los amigos idos le hacía ver con
naturalidad el trance. Aunque el recuerdo de cada
desenlace parecía más motivo de intranquilidad que de
sosiego. Cada fin era particular e inolvidable. ¿Sería el
suyo como lo había planeado?
En los días siguientes la muerte lo puso a pensar
en demasiadas cosas. Los asuntos de sus bienes y su
sucesión hacía tiempo los tenía resueltos. Pensaba en
los proyectos postergados que se quedarían aplazados
definitivamente; pensaba en su obra, que sería uno de
los medios para recordarlo; pensaba en sus seres
queridos y en el trance de la separación; y pensaba, ¿por
qué no?, en un reencuentro, pues no tenía indicio que le
impidiera suponer que se reuniría con quienes lo habían
antecedido.
Comenzó a enfrascarse en cuestiones religiosas y
morales. Quisiéralo o no, la muerte tenía que ver con
ellas. La posibilidad de un más allá, de un encuentro con
Dios, de un premio o de un castigo, eran asuntos de los
que no podían dar testimonio ni el más creyente, ni el
más reacio de todos los agnósticos. El bien, el mal, lo
mundano, la virtud, los instintos, el pecado, la
infidelidad, el placer, la libertad, la ira, la venganza, la
santidad, los sentidos, la eutanasia, eran ideas
perseverantes en su mente. Todas tenían que ver con la
suerte de quien traspasa las fronteras de lo conocido.
Las hizo objeto de sus reflexiones, y como buen escritor,
las fue consignando en una agenda, y en últimas en lo
64

SEGUIRÉ VIVIENDO

que tuviera a mano. A veces las mezclaba con los sucesos
diarios y les ponía un título que le permitiera identificar
el contenido, como «El último prólogo», «Muerte y
bondad: objeto de mis sueños», «Eutanasia», «Mariana»,
«Un juicio en mi inconsciente», «El estoicismo», «Javier»,
«Alicia», «Mujer, sexo y ternura», «La santidad», «Irma y
el conocimiento del amor», «Juicio de Dios y de los
hombres», «En lo íntimo, ni la religión ni la moral», «Al
fin frente a la muerte» o «Lo mejor, la infancia».

EL ÚLTIMO PRÓLOGO
Todo en mi es pasado, poco o nada queda por vivir.
Todo pertenece a los recuerdos, los hechos de hoy y del
mañana. El futuro que queda lo escribiré en pasado
porque ya tiene punto final el libro de mi vida. Evocar es
mi destino; todo el tiempo está dispuesto para ello, y sin
afanes. No tiene que pasar mi vida en un instante,
tampoco toda tiene que desfilar ante mis ojos. Dosificada
por mi memoria transcurre lentamente, enlentecida por
las reflexiones que siempre la asaltaron. Porque
reflexiones y pensamientos, más que hechos, fueron los
que entretejieron la trama de mi vida.
No sé cuantos días le queden al péndulo de mi
existencia, pero esta hospitalización tiene el sabor de
una solemne despedida. Si me hubiera apresurado
hubiera publicado mis memorias, pero siempre me
interesó más escribir del mundo que de mis propias
cosas. Pero quedan mis notas para quienes después de
haber muerto quieran conocerme. No detallan lo
material, ni dicen dónde nací, con quién crecí... ni el
lugar, ni la hora de mi muerte. En cambio desnudan mis
ideas, la auténtica fuente para saber quién fui. Porque el
hombre es lo que piensa; y lo que piensa, lo que le
sobrevive.
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

De todas formas mi mente briosa no comprende
que un cuerpo escuálido y vencido la arrastre en su
pendiente. Por eso la fuerza de mi pluma aún no se
extingue, y sigue dando frutos al vaivén del ánimo de
mis postreros días, azuzada por ideas propias del
pensamiento de los moribundos. Y mientras baja el
telón, se seguirá inspirando en los asuntos de siempre,
en hechos cotidianos, en los recuerdos y las divagaciones,
y hasta en los sueños que intentan conocer el rostro de la
muerte.

Los encuentros con Piedad eran para José regocijantes.
Le sentía devoción, y muchos intuían que eran amantes.
Se confesaban con picardía su intimidad y se apoyaban
en sus conspiraciones amorosas. Entre ellos no había
pasión, aunque la hubiera habido de acceder Piedad a los
requerimientos de su amigo. Pero en su momento Piedad
no lo juzgó oportuno, y cuando creyó que podía ser, el
ardor de José, de tanto aguardar, se había extinguido.
«Fue mejor así», él mismo lo decía: «De otra manera no
nos hubiéramos vuelto compinches entrañables». Y es
que como tales, se empeñaban en hacerse felices
mutuamente, y en solucionarse recíprocamente todos los
problemas.
–Esa es la vida Piedad –José le subrayaba–,
cuando la relación es buena se sufre por el temor de
perder a la mujer amada, cuando la convivencia es
perniciosa, el sufrimiento es soportarla.
Eran los tiempos de Pilar, en quien José afirmaba
que había encontrado la armonía perfecta. Pero Piedad
no creía que él pudiera ser feliz con una doble vida.
–La relación clandestina vive en la incertidumbre.
–La incertidumbre del infiel no es porque la
relación termine –le respondía José–, sino porque el
hogar se acabe.
66

SEGUIRÉ VIVIENDO

Y se jactaba de que con su aventura no arriesgaba
nada, porque su matrimonio no podía más malograrse.
–Por el contrario, Piedad, mi amante es una
descomunal ganancia.
–Sepárate –ella insistía.
–Por Eleonora no lo hago –argumentaba.
Y por Eleonora no lo hizo hasta que Elisa tomó la
iniciativa. Pero en ese momento no hubo vacilación en
secundarla. Cierto arrepentimiento lo acompañó por
años, aunque su hija jamás le hizo un reproche. Ella
sabía mejor que sus padres que el divorcio era una
solución inevitable. José entonces comenzó a escribir de
sus amantes, aunque cohibido, al presentir que en algún
momento pasaría su autobiografía por las manos de
Eleonora. Pero lo hizo para evitar que otros contaran la
historia a su acomodo. Y fue medido, de pronto menos
que lo que había deseado.
Era notorio su fervor por las mujeres. Todas
entrañaban un potencial romance. Ideaba cortejos en su
imaginación, aún durante los meses armoniosos de su
matrimonio, cuando por indebidos los rechazaba de
inmediato. Sin embargo a medida que se agriaron las
relaciones con Elisa, fue concediendo más libertad a su
imaginación para tejer idilios; y fue apareciendo el
interés de que alguno en la realidad se concretara. Sólo
el temor a la negativa contenía su arrojo, por lo que tras
dar el primer paso, esperaba con prudencia una
respuesta favorable que lo invitara a seguir en la
conquista. Solía concebir romances descabellados que se
quedaban inéditos entre sus más recóndito secretos, de
forma que las implicadas habitualmente ignoraban que
las había deseado.
Al final de sus días alcanzó a lamentar que el
enamoramiento no durara para siempre, y que la especie
humana no fuera en realidad monógama, porque en el
fondo de su ser sí le habría gustado disfrutar tanta
armonía. No lo expresaba, porque se hubiera dicho que
67

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

se estaba retractando de cuanto había dicho, escrito y
publicado, aunque él no lo veía de esa manera. Pensaba
que había sido un cronista de la realidad de las parejas y
no un instigador de adversidades. Si otra hubiera sido su
convivencia con Elisa, diferente hubiera sido el mundo
de su pluma. Más que la triste realidad de la pareja,
habría sido su objeto la exaltación de las espléndidas,
aunque fugaces, delicias del amor. Su vida amorosa
también hubiera tenido un desenlace más amable.
Tantos amores truncos le habían deparado dichas, pero
también soledad y sufrimiento.
Al tratar de contar a sus amantes se daba cuenta
de que eran menos que las que había supuesto, pues
descartando encuentros casuales que terminaban en una
entrega inesperada, «deliciosa pasión al rojo vivo,
aunque sin mucho afecto», y excluyendo a Alicia –apenas
un amor platónico–, a Piedad y a Carolina, terminaba
apenas con Pilar y Claudia, a las únicas a las que les
concedía la exquisitez de las amantes. Y de las dos,
Claudia era la única que seguía presente, aunque su
amor ya era fraterno, independientemente de lo que José
pensara.

MUERTE Y BONDAD: OBJETO DE MIS SUEÑOS
Ante la premura de la muerte decidí inventariar
mis pertenencias. Entre las más queridas estaban mis
escritos. Se hallaban dispersos por el apartamento, en
libros, en revistas, en carpetas, en el computador, en
cajas, o simplemente en hojas sueltas que hacían parte
de todo mi desorden. Intenté reunirlos y clasificarlos. No
todos habían sido publicados. Muchos eran personales,
íntimos y comprometedores. Ponían, por ejemplo, en
evidencia a mis amantes; contaban con detalle cada
encuentro, al punto que la magia de las palabras
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SEGUIRÉ VIVIENDO

revelaba más que una cinta de video. Releí muchas
páginas que creí atrevidas, las puse en la cajita gris y les
sellé su suerte. Las rocié con alcohol y les prendí fuego
metiéndolas en la chimenea. Tenían que desaparecer; no
debían ser por nadie descubiertas. Revisé todo: estantes,
cajas y cajones. Examiné el guardarropa, ya no tenía
objeto renovarlo. De pronto a otros cuerpos cubriría la
ropa allí guardada. Igual habría de pasar con tantas
cosas que habrían de servir a un nuevo dueño. Tantas
otras se quedarían esperándome en los anaqueles de los
almacenes, porque mis impulsos por adquirir cosas
nuevas habían dejado de tener sentido. No había duda,
cuanto nos pertenece apenas es prestado; con nada
marchamos a otro mundo. Un sentimiento de
resignación me estremeció. Vestí el mejor de mis
pijamas y me metí en la cama a esperar que todo
terminara. Había más desaliento en mi alma que en mi
cuerpo.
Dispuesto a clausurar todo contacto con el mundo,
inicié mi cuenta regresiva. Pasaron los segundos, los
minutos, las horas y los días. Las semanas se volvieron
meses. Llegaron los años y aún seguía viviendo.
Rechazaba la vida porque me había traicionado cuando
más la amaba; era un amante despechado. A pesar de mi
desgano mi cuerpo se resistía a morir. Seguía
funcionando por inercia. La micción, las evacuaciones
intestinales, el hambre y la sed me obligaban a
levantarme y a mantener el contacto con el mundo.
Esperando la muerte el tiempo se hizo eterno. El
rostro se ajó, los ojos se hundieron, la piel ciñó los
huesos. Los metros de barba completamente cana daban
cuenta del tiempo transcurrido. Los montones de pelo
entretejido habían reemplazado el colchón y las cobijas,
el pijama nuevo ya era un jirón de tela maloliente. La
oscuridad reinaba por doquier, como el silencio. Pero no
era ausencia de luz y de sonidos, sino la sordera y la
visión de sombras del anciano. Al adivinar con mis
69

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

sentidos torpes el esqueleto forrado con la piel
macilenta, entendí que la vida había respondido con la
inmortalidad a mis reproches. «Si quieres desparecer,
¡suicídate!», dijo una voz interior. Pero me di cuenta de
que ya ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo. Sentí más
angustia de seguir viviendo que la que había sentido
cuando supe que debía morir.
«¡Que llegue pronto la muerte!», dije con
desconsuelo cuando al despertar reencontré la realidad
apacible de mi cuarto. ¿De dónde acá aparecía en mis
sueños un yo desconocido? Era mi antítesis. El yo que
conocía no estaba dispuesto a suplicar la vida, ni a
privarse de sus gustos sólo por verse de cara con la
muerte. Lo que quedara de existencia no era como en el
sueño para esperar la parca, era para explotarlo hasta el
último respiro. Obras, objetos y vestidos nuevos por
alguien serían utilizados, no iba a inhibirme de
comprarlos. Todo el sueño me pareció impugnable. ¿Algo
estaba tratando de manifestarme el inconsciente?
Pero tanto como lo físico me apasionaba lo moral.
De hecho el bien y el mal aparecían en mis sueños en
forma recurrente. A veces cuestionando, a veces
confirmando mi escala de valores. Pero despierto tenía
claro que actuar bien es comportarse sin causar daño
objetivo e intencional a los demás, y sin tener que
renunciar innecesariamente a la libertad y a los
derechos. Ese fue el marco que me sirvió de límite, y así
se lo enseñé a mi hija. Le mostré los extremos para que
ella por sí misma descubriera el medio.
«En los límites del comportamiento estarán de una
parte quienes desprecian y sacrifican a sus semejantes
en aras de sus propios intereses; y de la otra, los que
renuncian a su bienestar sin que su sacrificio se
traduzca en bien tangible para alguien». «Explícamelo
mejor», pidió Eleonora. Le dije entonces: «Distinguir
entre la buena y la mala acción; entre la virtud y el
vicio, entre la bondad y la maldad no siempre es tan
70

SEGUIRÉ VIVIENDO

sencillo. Sin embargo el ser humano está obligado a
tomar decisiones en forma permanente. Bien o mal
tomadas, son ineludibles. Hacerlo en beneficio propio es
el camino fácil. Lo hace el que toma la mejor porción
dejando sin nada a otros comensales, el que abandona
las obligaciones que le son molestas, el que se apropia
de los fondos de una buena causa, el que secuestra o el
que mata. En otro extremo está el que se flagela, el que
se priva de las cosas agradables de la vida, el que piensa
que los placeres son diabólicos, el que se niega horas de
ocio, comidas exquisitas, un poco de sensualidad y
picardía; el que sólo admite una férrea disciplina, así no
redunde en provecho para nadie».
Ella vio con claridad que la primera actitud era a
todas luces condenable, que no se debe causar daño a los
demás por satisfacer las propias ambiciones, pero no
comprendió que renuncias innecesarias tratando de ser
bueno merecieran algún tipo de censura. Entonces se lo
presenté como algo improductivo, como un intento
místico de ganar un premio o de evitar una condena. Hoy
pese a mis nuevas experiencias sigo creyendo que es un
sacrificio innecesario, no tan vano, quizás, como pensaba
entonces. De pronto con algunos puntos de más lo
premie el Cielo. En todo caso yo, amante de la libertad y
el goce, no fui capaz de privaciones vanas. Hice caso a mi
conciencia cuando me guió a un bien indiscutible, e hice
caso a mis sentidos ávidos de gratificaciones
permanentes, pero me abstuve cuando implicaron
perjuicio para alguien. Otro tipo de renuncia ni mi
hedonismo ni mi razón lo hubieran permitido. Actué bien
por convicción. Porque creí que ser justo es bueno en sí
mismo, no por la esperanza de una recompensa. Y si me
equivoqué, ya se acabó el tiempo para remediarlo. No
deseché lo fácil con la idea de que lo difícil es lo que más
se aprecia. ¿Desde cuándo lo arduo es preferible a lo
sencillo? Lo importante es lo bueno, no lo difícil ni lo

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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

fácil. Y si lo bueno llega sin mayor esfuerzo, nada hay
que reprocharle.

José podía parecer inalterable, pero era temperamental
y apasionado. Un hombre de pasiones intelectuales y
afectivas, pero conciliador: «Soy amigo de tolerar lo
tolerable». Y en efecto, en el trato personal buscaba más
la concordia que el conflicto. Tras una explosión de ira
podía albergar sentimientos de destrucción y de
venganza, pero al igual que una tormenta terminaba en
calma, con un pensamiento despejado, convencido de que
las hieles del rencor sólo amargan a quienes lo
pretenden, y casi nada a quienes son su objeto.
Su apasionamiento contra la altivez era un clamor
contra las injusticias, traducido a veces en un manifiesto
de su pluma, otras en el deseo de una contienda a
muerte, que sabía de antemano que nunca libraría, y en
últimas, en una pretensión mágica en que imaginaba
que su espíritu volvería a este mundo convertido en
ángel justiciero. «No para cobrar afrentas personales,
pues no soy rencoroso, sino para causar suplicio a
quienes se ensañan con quienes no tienen posibilidad de
defenderse».
Lo social lo apasionaba. Le permitía expresar el
rasgo filantrópico de su personalidad. «No hablo por mí,
que jamás padecí el rigor de la pobreza». Y sus columnas
podían convertirse en un emotivo discurso social en que
exponía la voracidad del hombre y la indolencia de las
clases dirigentes. Que contrastaba con el énfasis que
podía darle a la autoridad, a la globalización y a la libre
empresa, que lo hacía percibir como un hombre de
derecha.
«¿Dónde
quedaron
tus
concepciones
izquierdistas?», decían unos. «¿Dónde quedaron tus ideas
conservadoras?», se preguntaban otros. «Ni lo uno, ni lo
otro», contestaba. «Ninguna ideología lo explica o lo
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SEGUIRÉ VIVIENDO

resuelve todo. Menos cuando se sitúan en los extremos.
Ni siempre blanco, ni siempre negro; las tonalidades de
gris condensan mejor la sabiduría y la prudencia. No me
caso con ideologías ajenas, apenas en parte las acepto.
Sólo sigo por entero mi propio pensamiento. ¿Cómo
pueden dudar que soy ecléctico?».
La libertad y la bondad eran el eje de su filosofía.
Actuando sin atropellarse debían –según él– conseguir
un punto de equilibrio en el que la sociedad y el hombre
encontraran la máxima felicidad factible. Era un modelo
que armonizaba el interés propio y el interés ajeno, pero
que sólo podía surgir del convencimiento de todos los
mortales. Pero algo tan elemental para su mente no
había sido obvio para sus semejantes. Era la historia de
la humanidad rendida a la codicia. José así lo percibía:
«En el principio la Tierra tuvo que pertenecer a todos.
¿Cómo pudieron tan pocos acumular tanto y demasiados
quedar desamparados? La selección natural en nuestra
especie fue más allá de la supervivencia, hipertrofiando
la ambición y estimulando a los más aprovechados a
acaparar más que lo necesario. [...] Surgieron la familia,
la sociedad y el Estado, todos tocados por el egoísmo. La
autoridad, llamada a restablecer el equilibrio, terminó
en la mira de los codiciosos que debía aquietar. Símbolo
de supremacía y dominio, vive dispuesta a servir al
poder y a la ambición. […] El poder que da el ejercicio de
la autoridad hace perder al hombre la sensibilidad, lo
hace olvidar la obligación de servir y lo lleva a actuar en
su propio beneficio. ¡Desconfiad de quien busca el
ejercicio del poder! Es sospechoso hasta que se
demuestre lo contrario. Pocos se someten a tantos
sacrificios sin recompensa diferente a la satisfacción de
su servicio. [...] El hombre con poder ambiciona los
bienes que tiene a su cuidado, es negligente con las
necesidades de sus gobernados, desconoce de ellos sus
penurias, y arbitrario, pasa temerariamente sobre sus
deseos; imagina la realidad, porque la desconoce, de ahí
73

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

sus normas absurdas, de ahí sus yerros en inversiones y
proyectos. [...] La persecución de los vendedores
ambulantes, la desidia con los desplazados, la reducción
de la nómina para dejar a miles sin empleo, prueba la
falta de sensibilidad de los hombres con poder, ciegos de
jactancia al drama que causan sus déspotas medidas. El
Estado en esas manos se corrompe. Tal vez la
organización tradicional del Estado y el poder deban ser
objeto de la reingeniería más drástica».
Veía que la asociación era forzosa, pero no por ello
se olvidaba de sus riegos. «La sociedad es pertinente
para progresar, pero el hombre organizado socialmente
también es peligroso. Fácil intimida y anula a quienes
sospecha en disidencia. Lo hacen desde hombres que
parecen santos, hasta los peores engendros criminales.
Desde las organizaciones que mediante sanciones
amordazan a sus miembros, hasta las mafias que acallan
con la muerte. La fuerza de muchos fácilmente arrasa la
resistencia de unos pocos. Y sobran los ejemplos:
sacerdotes extrañados por sus superiores, militares
confinados a las peores guarniciones, trabajadores
arrojados de su empleo, opositores de gobiernos tras las
rejas, fustigadores de la corrupción ultimados en las
calles. Si el hombre fuera por instinto recto, las
organizaciones más rígidas, como el Estado, la mayor
amenaza para la libertad, jamás tendrían sentido».
Le parecía el Estado una estructura a la vez
necesaria y peligrosa. Su naturaleza era una de sus
preocupaciones, y examinando modelos, se quedaba con
el capitalismo. «Aunque lejos de la perfección, genera
riqueza y honra la libertad. Concentrará el capital en
quienes más lo tienen, pero de alguna manera llega a los
que más lo necesitan. Otros como el comunismo no
generan riqueza, reparten pobreza y silencian las ideas.
¿Y qué hombre vive con dignidad cuando se le controla el
alma?». Claro que hacía una nítida distinción entre la
izquierda democrática y la totalitaria; contra ésta le
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SEGUIRÉ VIVIENDO

parecían lícitos todos los medios para aniquilarla:
«Porque es artera y le niega a sus opositores las
prerrogativas que exige para sí. Cuando un totalitarismo
asienta en el poder no existe forma pacífica para
deponerlo». Pensando en ello, recordaba la lucha de
clases del marxismo: «torpe engendro de ingenuos o
malintencionados comunistas».
Odiaba la polarización entre patronos y
trabajadores, y preguntaba: «Si la prosperidad de unos
está en el esfuerzo de los otros, ¿de dónde el absurdo
enfrentamiento? ¿Por qué no entender que sin
empresarios no hay capital; sin capital, industria; y sin
industria, empleo? ¿Y que sin los trabajadores no hay
producción ni empresa que perdure? ¿Cómo contradecir
un planteamiento tan sencillo?».

EUTANASIA
Muchas veces escribí que la vida pertenece a quien
la usufructúa, a quien la siente consumirse en su piel, a
quien con ella sufre o se alboroza.
«La vida es el tesoro más valioso y el mínimo bien
del que puede sentirse amo y señor el ser humano. Que
la existencia provenga de Dios no cambia la condición de
dueño que tiene el hombre de su propia vida. Y es el
propietario el que dispone con plena licitud –bien o mal–
de sus haberes. Cuidar de la propia vida es un
compromiso del hombre, pero consigo mismo, un instinto
de auto preservación que a veces rechazamos».
Ahora sí que resultan pertinentes las reflexiones
que me llevaron por tópicos emparentados con la muerte
y en los que me ufané de la solidez de mis afirmaciones.
Por fin estoy confrontando la teoría y la práctica. El
sentimiento, un elemento nuevo, es definitivo en la
ratificación de mis hipótesis. Ya no soy el intelectual que
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

diserta desapasionadamente, sino el enfermo que
descubre sus propias experiencias.
No hacía ni un año que Santiago me había puesto
a pensar en la eutanasia. Paralizado desde el cuello a
consecuencia de un accidente absurdo, llevaba a mi
parecer una vida miserable. «Mejor se hubiera muerto»,
decían sus amigos, aunque como era obvio, siempre a sus
espaldas.
–José, ¿qué piensas del suicidio? – me preguntó
Santiago.
–Es una decisión cobarde y valerosa. Porque se
necesita valor para llevarla a cabo, pero ese arrojo nace
de la cobardía, de la impotencia para encarar el
sufrimiento. El suicida huye al dolor escogiendo la
alternativa menos dolorosa. La mayoría de los mortales
temen más a la muerte que a la vida, por eso no piensan
en eutanasia ni en suicidio. Muchos lo abrigan, pero pocos
culminan su arrebato.
–Como quien dice que faltan más suicidas.
–Como quien dice que aunque pocos, siguen siendo
demasiados.
–O sea que lo censuras.
–No podría. Su angustia me estremece. Desearía
que nadie tuviera que buscar en la muerte refugio a su
tristeza. Más que la muerte en sí, me duele del suicida el
infinito dolor con que se va del mundo. Pero que no haya
duda, reconozco en el suicidio un auténtico derecho. A mi
parecer el único daño defendible es el que se causa uno a
sí mismo. Y sin embargo agredirse no es el objeto del
suicida. Busca alivio, trata de huir del sufrimiento. No
hay en él una intención malvada. La noción de daño
obedece a la subjetividad de quien lo juzga. Quien se
suicida responde a una decisión desesperada.
–Con frecuencia acalorada –me argumentó
Santiago–. Otras veces es una maquinación premeditada
y fría. En mi caso la cronicidad de mi parálisis y el
impedimento físico de atentar contra mi vida, aplacaron
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SEGUIRÉ VIVIENDO

los impulsos destructivos y volvieron mi determinación
más reflexiva. El acostumbramiento se confundió con la
resignación y los accesos de desesperación se
distanciaron. Lo cierto es que ya no pienso con el
abatimiento del primer instante. No tengo como atentar
contra mi vida, tampoco me interesa. Pero si mi condición
me encaminara hacia la muerte, la acogería con gusto.
–Es otra manera de despreciar la vida. ¿Una
descortesía con Dios, acaso?
–En lo absoluto. Mi existencia es un bien que ya me
dio sus gozos. Ahora me tortura. Me siento con potestad
sobre mi vida, tanto como el suicida, así no tenga las
intenciones de acabarla.
–La majestad de la vida patentiza la mano del
Creador, pero confiada al hombre se vuelve patrimonio
suyo. Si es una dádiva, no debe devolverse. De hecho el
guiñapo en el que el tiempo transforma nuestro cuerpo,
nos impide devolver la vida rozagante del recién nacido. Y
si me dijeran que la que se engrandece con los años es el
alma, respondería que los dogmáticos no deben
preocupase, porque los suicidas apenas arruinan la
materia.
–La voluntad y la capacidad de discernir del
hombre me hacen creer que Dios le dio libertad para regir
su vida.
–Luego el suicida merece amor y no condena.
–Y mejor antes que después de consumar su
muerte. El amor ayuda a disuadirlos, aunque no a todos
el desamor los mata. Hay quienes mueren en medio de
una ira incontrolable, otros acorralados por una
enfermedad como la mía.
–¿Acaso pensaste en la eutanasia?
–¿Y quién en mi condición no piensa en ella? Que
me haya refugiado en la música, en el cine, en la lectura,
no quiere decir que no tenga motivos. He llegado a añorar
el dolor del que la gente huye, a poner mi esperanza en la
sensación de una punzada, en pagar con dolor la dicha de
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

sentir y de moverme. Tener que depender de otros para
las necesidades más elementales, peor aún, para las más
privadas, rebaja mi autoestima y colma mi paciencia. Me
atormenta saber que no existe siquiera una esperanza.
Pienso que mi inmovilidad sólo se redimirá con otra
quietud mayor, la de la muerte.
Sentí que había pulsado las fibras más sensibles.
Que había removido la costra de una herida que creía
resuelta. Entre apenado y triste lo seguí escuchando:
–La psiquis es la que más se afecta en el suicida,
sacrifica la materia sin la certeza de una tranquilidad
definitiva. En quienes padecemos un estado terminal o
crónico, ocurre lo contrario. Es el cuerpo el que nos daña
el alma. Mientras que el suicida malogra su futuro, quien
por la eutanasia opta no tiene porvenir por qué
sacrificarse. ¿No crees que es comprensible que un
enfermo terminal quiera adelantar su desenlace?
–Cada cual es dueño de su vida. Si pesan los
argumentos del suicida, ¿cómo no habrían de pesar los de
quien busca la eutanasia? Como aquél, éste también tiene
razones. Sin embargo, aunque puedo entender sus
sentimientos, no soy capaz de dar aliento a sus motivos.
Es más, si actuara, sería para alejarlo del abismo de la
muerte trágica. Y si alguna vez una dolencia me pusiera
en la órbita de la eutanasia, no escucharía tan sólo mis
razones. Tomaría también en cuenta el sentimiento de
mis deudos.
–Argumentos como esos me tienen sumido en mi
camastro.
–De todas maneras Santiago, una cosa es que yo
mismo ejecute mi designio, y otra, que vuelva a un tercero
responsable de mi muerte. Peor aún, que la ejecute
alguien por piedad, sin que el enfermo la demande.
Cuando terminé la evocación quedé en manos de
mis pensamientos. Ya no tenía que especular con
enfermedades hipotéticas. Era el momento de enfrentar
mis razones y mis sentimientos.
78

SEGUIRÉ VIVIENDO

A pesar la nostalgia, inevitable, pienso que hay
tragedias peores en infortunios que no acaban con la
vida. En nada cambia mi enfermedad la idea de que la
muerte es el refugio de muchos que padecen. También es
cierto que sin importar los pretextos con que
pretendamos atenuar su impacto, la muerte hiere. Hiere
a quien se va; hiere a quien le sobrevive. Me duele
alejarme de Eleonora. Su llanto, siempre prudente, me
destroza el alma. No puedo pensar con egoísmo. De la
desaparición súbita a la lenta, tras una enfermedad
debilitante, hubiera preferido la primera. Pero
acostumbrado a encontrar el provecho de lo aceptable en
ausencia del beneficio de lo bueno, y ganancia en lo
malo, en ausencia de la utilidad de lo aceptable, me doy
cuenta de que morir rodeado de afecto y de cuidados, y
hasta con la posibilidad de movimiento, es preferible a la
condición de un tetrapléjico. Definitivamente no voy a
recurrir a la eutanasia.

Había

amigos de José para los que era un suplicio
departir con él a sabiendas de que estaba moribundo. Se
preguntaban qué decirle; vacilaban entre hablarle con
naturalidad, excluyendo el tema de la muerte, y referirse
a ella invocando esperanzas ilusorias. Alguno pensó que
era mejor hablar de la enfermedad en forma descarnada.
Muchos optaron por una solución pragmática: no
volvieron jamás a visitarlo. Otros, como Andrés, lo
sorprendieron con su ingenio.
José abrió el paquete que el amigo enviaba y
extrajo un libro con título diciente: «Sobre la muerte y
los moribundos». En la contraportada una foto, la
doctora Kübler-Ross, su autora, profesora de psiquiatría
en Chicago. Ojeó sus páginas. En grandes caracteres una
dedicatoria corta: «José, un libro dice más que mil
palabras. Te recuerdo a diario, pero no tengo el valor de
79

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

visitarte». Con ese título hubiera sido un regalo
escalofriante, pero a esas alturas a José le resultaba más
extraña la vida que la muerte. Revisó los capítulos:
«Sobre el miedo a la muerte», «Actitudes con respecto a
la muerte y al moribundo», una frase célebre: «Los
hombres son crueles, pero el hombre es bondadoso», de
Tagore. Se identificó con ella. Se adentró en más
capítulos y terminó leyéndolos. Encontró las reacciones
psicológicas del enfermo terminal agrupadas en sus
fases: primero la negación y el aislamiento, luego la
rebeldía y la ira, después la negociación o el pacto, más
adelante la depresión, hasta aceptar por último la
condición de moribundo. Todo estaba descrito
meticulosamente. A José le constaba, no tanto por él,
como por otros desahuciados. Confrontó su experiencia
con el libro: «No rechacé el dictamen porque desde mi
juventud estaba preparado. Nunca luché contra lo
inevitable, aunque reconozco cierta irritabilidad en la
segunda fase. No regateé con Dios, ni hice ofrecimientos
a cambio de mi vida. Cierta depresión fue irremediable.
Y nunca llegó la pérdida de todo el interés, y al
abandono». Luego leyó: «Si el enfermo tiene tiempo
suficiente, llegará a una etapa de tranquilidad, en
continuo descanso, como si se preparase para un largo
viaje». Era cierto, no le dolía la muerte, la imaginaba
como un sueño profundo, reparador y plácido; y lo mejor
de todo, para siempre. Se sentía tranquilo, más que los
visitantes, que convencidos del frágil estado emocional
del moribundo temían que cualquier palabra lo sumiera
en la tristeza. Pensó que su placidez no era gratuita,
sino el producto de una vida entrenándose para
enfrentar la muerte. Claro que el duelo había existido,
años atrás, cuando con la energía de la juventud se
había rebelado contra la burla que convertiría en cenizas
sus esfuerzos, toda sus conquistas y un millón de sueños.
Sí, era la depresión y la rebeldía que mencionaba la
doctora Kübler-Ross, pero experimentada sin necesidad,
80

SEGUIRÉ VIVIENDO

cuando gozaba de vida saludable. Una insensatez, le
dijeron quienes conocieron su secreto: «Uno no se
atormenta con la muerte sin tocarle». No comprendían
que su revuelo no brotaba del pavor, sino del absurdo
desenlace de la vida; del contraste entre las rigurosos
exigencias de la supervivencia –y los frutos admirables
del esfuerzo– y el miserable epílogo de la existencia.
Pero esas profundas y largas reflexiones no sólo lo
llevaron a encontrarle a la extinción sentido, sino a
percibir la muerte sin temor. A aceptarla como algo
natural. Cuando el momento supremo pareció
inminente, lo pudo vivir sin sobresalto. Mucha ventaja le
llevaba José a la mayoría de los mortales. Testigo del
pánico de enfermos afligidos por las fatalidad de su
padecimiento, creyó un deber comunicarles el secreto de
la buena muerte. Imaginó un libro confiando su receta;
al menos unas columnas sobre las bondades de la
preparación anticipada, pero no lo hizo. Entre su rutina
y sus dolencias sus intenciones se fueron disipando.

LO QUE EL HOMBRE OCULTA
Hablando de la muerte terminé hablando de lo
irremediable; y especulando sobre lo irremediable volví a
ocuparme, cosa rara, de las relaciones de pareja. Advertí,
para mostrar la conexión, que la relación entre el
hombre y la mujer encierra verdades tan inexorables
como el fin de la vida, a las que reaccionamos de la
misma forma: creyendo que sólo aquejan a los demás y
sorprendiéndonos cuando nos afectan.
Fernando y Nayibe, que eran los impresores de mis
obras, me escuchaban. Nada era nuevo para ellos que
vivían corrigiendo las artes de mis libros. Sin embargo
muy pocas veces ponían en discusión su contenido. Su
trabajo era ante todo técnico. Esta vez era una
81

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

conversación de amigos. Fernando estuvo de acuerdo con
la mayoría de mis razones. Yo afirmaba que el
agotamiento del amor y la infidelidad son insalvables:
«Están en nuestros genes. Ni los sermones del párroco,
ni las prédicas moralistas prolongan el amor. ¡La
infidelidad patente o latente, siempre está presente!».
Fernando asintió, pero prefirió referirse a la infidelidad
de pensamiento, sin descartar que algunos hombres
definitivamente fueran fieles, creo que para no incitar
las suspicacias de Nayibe.
–Muchos –dijo– proclaman su virtud, ¿cómo me
atrevo yo a contradecirlos?
No me di sin embargo por vencido:
–La vida íntima, es íntima, Fernando. Tan secreta
que sólo su dueño la conoce. Los hombres somos –no
sabía hasta dónde era válido incluirme– farsantes
expertos y consuetudinarios; magistrales cuando de
cuestiones de moral se trata. Los hay capaces de
desgarrar sus vestiduras en demostración de apego a
costumbres que en realidad repudian. Hay que ver
cuanto vende el mercado del sexo por ejemplo. Entre sus
compradores están los mismos que en publico se ofenden
con la imagen pornográfica que hambrientos en su
intimidad devoran.
–A toda la humanidad cierta obscenidad le agrada
–opinó Nayibe–, y es normal que sienta el pudor de
confesarlo. Son deleites que no tienen que manifestarse
en público.
–Que lo gocen en privado es lo mandado. Al fin y al
cabo son placeres para disfrutar a solas. En público
cohíben y avergüenzan. Tan odioso es en estos casos el
cinismo como la afectación. Es la naturalidad lo más
honesto. Yo no censuro lo que es un gozo universal, lo
que critico es la doble moral de reprobar y disfrutar al
mismo tiempo.
–Lo mismo se puede decir de los infieles –anotó
Nayibe.
82

SEGUIRÉ VIVIENDO

–Pero sin pretender defenderlos –arguyó
Fernando–, ¿un infiel que otro camino tiene? Justificar
la infidelidad es tanto como reconocer que se tienen
amores clandestinos. El primer mandamiento del infiel
es negar hasta la muerte.
–Negar hasta cuando los cogen in fraganti: «no es
lo que parece mi amor», «no es lo que te imaginas» –dijo
Nayibe en tono de reproche.
Entonces Fernando decidió poner a salvo su
inocencia, y cuando concluyó con «nada tengo que
ocultar», yo dije que tampoco, pero no con intención de
negar, sino por el contrario, de proclamar mis
infidelidades para dar prueba de mi transparencia. Y
nada tengo que ocultar, porque ya son hechos
confesados. Me doy cuenta sin embargo de que esa
actitud corre el riesgo de ser tildada de cinismo, y en ese
momento aunque no esperaba reproches por hechos del
pasado, preferí no correr riesgos y planteé otro tema, el
de la infidelidad en las mujeres, para poner a Nayibe en
el banquillo.
–Es mucho menos notoria que la masculina –
adujo– y si va en aumento es porque ustedes son
nuestros maestros.
Me pareció ingeniosa su respuesta.
–Doy por cierto que progresa –dije–, pero no sé si
nuestro ejemplo sea determinante. Un vestigio de
nuestra evolución nos hizo infieles.
–No te tomes, José, el tiempo de explicarlo, que a
punta de corregir las pruebas de tus obras casi puedo
recitar de memoria tus razones.
Entonces parafraseando recordó que el hombre
primitivo teniendo la responsabilidad noble y difícil de
poblar la Tierra, debió hacer suya a cuanta hembra
pasara por su lado. «Y les quedó gustando –anotó
Nayibe de su propia iniciativa–. El resto es el cuento de
las hormona masculinas que alebrestan a la mujer que
se las toma».
83

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–¿Sabes lo que me llama la atención, Nayibe? Que
el hombre siempre ha sido infiel, pero la mujer, sólo
hasta ahora lo declara y lo reclama. Yo me pregunto: ¿Si
siempre los hombres hemos sido infieles, con quien
entonces hemos practicado el adulterio?
–Con la misma mujer es imposible –dando pistas,
respondió Fernando.
–Conclusión amigos míos, que muchas más
mujeres que las que imaginábamos son las coautoras de
nuestros resbalones. De pronto son más infieles que
nosotros, pero más prudentes.
–De eso pueden estar seguros. Una mujer infiel no
cae tan fácilmente –aseguró Nayibe.

La muerte carece de expertos que absuelvan el menor
interrogante. Sin embargo cuando por curiosidad hizo
José el intento de buscarlos, miles de páginas de
embaucadores aparecieron en los motores de búsqueda
de la internet.
Para él la empresa era una pesquisa sin respuesta,
especulativa sin remedio y presa de la vacilación de
siempre: el premio o el castigo, la reencarnación, la
eternidad... la nada. Se preguntó sin ánimo de
responderse: «¿Quién conoce el verdadero mundo que se
alberga al otro lado del cadáver?». Era obvio que sólo
«viviendo» la muerte se podía despejar la incertidumbre.
Sus cavilaciones lo condujeron por reflexiones
religiosas que al cabo de mucho tiempo no le aportaron
nada. «En materia de fe la racionalidad no cabe –y era
con razones que buscaba alimentar su entendimiento–.
[...] Más allá de la existencia de Dios, todo es indecisión,
hipótesis, deseo. [...] El hombre se vuelve más religioso
en los momentos críticos, transa con la divinidad
sacando beneficios». Recapacitó en ello y negó que tal
fuera su caso. No se acercaba a Dios abjurando del
84

SEGUIRÉ VIVIENDO

pasado, ni presintiendo que el piso firme de sus
creencias se volvería inestable. Le pareció grotesco
retractarse en el último momento, y por puro sobresalto,
de cuanto había hecho enteramente convencido.
Explorando el más allá, inasequible, José terminó
inmerso en cuestiones religiosas desconectadas por
completo del porvenir y de la muerte. Asuntos que
tenían que ver con la historia de sus críticas y sus
creencias.
No habiendo dado nunca claras muestras de
fervor, el juicio a sus escritos lo ubicaba como agnóstico,
libre pensador o ateo. Su propia mujer lo había
presentado ante el párroco como un blasfemo. Pero a la
hora de la verdad José sí era cristiano. Se había formado
en colegios religiosos; había experimentado el contagio
de un pasajero brote nihilista juvenil de corto vuelo,
frenado por el rigor de su personalidad; más formado,
había entrado en un período de impetuosa actividad
crítica; y finalmente sus juicios se habían decantado con
las reflexiones de la madurez. Ahora releía sus artículos
de antaño y encontraba algunos un poco irreverentes.
Tal vez el trato con Javier lo había moderado en las
opiniones religiosas, acaso el tema se había vuelto frívolo
y ya no merecía ardorosas discusiones. Tampoco
descartaba que el sosiego de su enfermedad le hubiera
arrebatado sus arranques críticos.
Cuando revisaba los artículos se sorprendía de la
cantidad de temas que habían sido blanco de su pluma.
En uno, por ejemplo, se refería a las imágenes, y
manifestaba extrañeza de que los católicos abusaran de
la de Jesús martirizado; que reverenciaran y oraran a
los clavos, a la cruz y a las espinas que habían sido el
tormento de un hombre compasivo. Aceptaba que la cruz
fuera símbolo del cristianismo, pero le costaba entender
que se veneraran objetos que fueron la fuente del
martirio. «¿Quién pondría en un altar el arma que segó
una vida para rendir homenaje al inmolado? ¿Quién
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

exhibiría feliz la foto del cadáver de su ser querido?
¿Quién la imagen de un ser amado en pleno sufrimiento?
¿Por qué en cambio de Jesús crucificado, no impone la
Iglesia la imagen de Jesús resucitado?». En fin, eran
asuntos de fe que a nadie lastimaban. En cambio
pensaba en las cruzadas y en las guerras santas, esas,
decía, sí merecían una opinión más contundente.
Opinión que estaba consignada en uno de sus libros: «No
se cuántos crímenes se hayan cometido en nombre de la
razón, pero en nombre de la fe se han cometido
infinidades. En nombre de la fe nuestra propia Iglesia
asesinó; y en nombre de su credo los fundamentalistas
musulmanes matan».
Pero su papel de crítico estaba muy lejos de
mostrar sus emociones. Tras de esa imagen de
enjuiciador imperturbable se escondía un hombre
reverente, de pronto fervoroso. Pero tan reservado en
asuntos de fe, que no la compartía ni siquiera con su
amigo el sacerdote. A él, como a todo el mundo, apenas le
constaban los juicios de racionalidad que hacía de las
creencias. Nadie lo hubiera imaginando dialogando con
Dios, tanto que algún día Javier tuvo la impresión de
que José no se sabía ni el Padrenuestro.
–Es que no te vi gesticular palabra –dijo Javier al
término de una eucaristía.
–Porque son intimas las manifestaciones de mi
religiosidad. Exteriorizarlas es presumir de bueno.
–Mientras no sea que te avergüenzas...
–Para que sepas, conozco esa oración mejor que los
que la recitan a diario sin tener conciencia de lo que
están diciendo. Lo más importante es que con ella nos
comprometemos a perdonar para que nos perdonen. Más
que para adular, como lo hacen la mayoría de las
plegarias, el Padrenuestro es para hacer con Dios un
razonable acuerdo. Es una oración de la mejor factura,
una plegaria enseñada por el mismo Jesucristo.

86

SEGUIRÉ VIVIENDO

Javier se sorprendió. «Ha de pensar que no todo
está perdido», especuló José, mientras intentaba
descifrar la expresión del sacerdote. Y para que no
quedara duda de su ilustración, apuntaló su comentario
sobre el Padrenuestro con el conocimiento de otras
enseñanzas:
–Los católicos son más dados a rezar que a
practicar, a recriminar a los demás, que a examinarse
interiormente. Olvidan cuando censuran, que la viga
más que en ojo ajeno está en el propio. Lanzan la piedra
sin estar libres de culpa, prefieren que el pecador
muera, más que se arrepienta y viva. Si todos
entendiéramos lo que es poner la otra mejilla, jamás
habría violencia.
–Estás salvado –dijo Javier– si has hecho tuyas
tantas enseñanzas.
Y José le dijo para recalcarle que no se estaba
subordinando a sus exhortaciones:
–El discurso de Jesús alienta por igual al creyente
dogmático que al revolucionario. Por igual anima a
quienes luchan por la justicia en la Tierra, que a quienes
convocan las almas para el Cielo.

MARIANA
Aunque había varias personas en la habitación, no
sentía deseos de entablar conversación con nadie. Estaba
adolorido a pesar de los calmantes y aún me sentía
atontado por los anestésicos. Conservaba un vago
recuerdo de una cara oculta tras el tapabocas. «Todo
salió bien», me había dicho, si bien no estaba seguro de
que fuera cierto. El atolondramiento era tal, que ni
siquiera me importaba preguntar por el desenlace de la
cirugía. Aunque me molestaba dormir en presencia de
los visitantes, cerré los ojos, y en mis sueños afloró la
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

última cara que había reconocido. Vi a Mariana, vestida
de novia, alejarse en carrera desesperada, mientras
Arturo la perseguía sin alcanzarla. Luego aparecía
mugrienta, mal vestida, con el pelo revuelto, vociferando,
lanzando toda clase de improperios. «¡No soy su esposa,
sino su sirvienta! ¡Es un explotador! ¡A las sirvientas al
menos les pagan prestaciones!» «Mira, José, la ropa
lujosa que me compra», y metía los dedos entre los rotos
de un vestido hecho jirones. La imagen de Mariana iba y
volvía, cada vez diferente, con nuevo aspecto, con
diferente traje, en diferente ambiente, pero siempre
renegando de su mala suerte, siempre culpando a Arturo
de toda su desgracia. «Hasta que se revuelque con otras
mujeres tengo que aguantarle».
Mariana era mi hermana. Menor que yo, había
crecido lejos del hogar, pues por su rebeldía la mandaron
a estudiar a un internado. Prácticamente adulta, regresó
a la casa. Fue por breve tiempo. Conoció a Arturo, y tras
un corto noviazgo se casaron. No sé cuánto tiempo
pudieron ser felices. Tal vez jamás lo fueron. Nos
visitaba con frecuencia, pero pienso que no tanto por
vernos, como por manifestarnos una insatisfacción
creciente. Culpaba a Arturo de haber apresurado el
matrimonio. Arturo aseguraba todo lo contrario. Mi
mamá aunque advertía que Arturo parecía un buen
hombre, siempre se ponía del lado de Mariana. Papá
para entonces, ya había muerto.
Aunque era proverbial el temperamento de mi
hermana, a la hora de la solidaridad todos parecíamos
olvidar los malos tratos y sus alaridos traspasando las
paredes de la casa por una insatisfacción intrascendente.
Ese horrible genio era el que frenaba la reacción de la
familia contra el comportamiento «reprochable» de su
esposo. «No es que lo disculpe –decía mi madre–, pero
ese pobre hombre de pronto se comporta así trastornado
por tantos arrebatos».

88

SEGUIRÉ VIVIENDO

Yo advertí en Arturo un hombre noble y
tolerante; y le manifesté mi apreció hasta que las quejas
de mi hermana comenzaron a horadar la simpatía.
Aunque a decir verdad, por nuestros propios ojos no nos
constaba nada. Pero casi todas las afirmaciones de
Mariana las dábamos por ciertas. Una cosa era su mal
humor, otra una disposición a la calumnia que no le
conocíamos. Un día el tema de la infidelidad se volvió
reiterativo. Me decía: «Ya he tenido que aguantarme a
Ana, a Nubia, y a Roxana, ¿cuántas más me faltan?».
Una noche me llamó iracunda, exaltada porque «el
bellaco» de su esposo, con el pretexto de un supuesto
seminario, se había perdido varias horas con la amante.
Pero ocurrió que el seminario sí era cierto, y yo había
sido uno de los participantes; peor aún, Arturo había
estado todo el tiempo al alcance de mi vista. Comencé a
dudar, aunque no dije nada. Tal vez ese cínico magistral
que Mariana denunciaba, de buenas maneras en público
y comportamiento en privado reprobable, era inocente.
De pronto no era cierto todo el sufrimiento que le
infringía a mi hermana. A esas alturas Arturo era para
la familia un mujeriego empedernido, un déspota, un
tacaño, un irresponsable, un abusivo. Sin embargo
Mariana no quería que reclamáramos, ni Arturo nos
daba directamente motivo para iniciar una disputa.
Había que reconocer que era conciliador y amable.
Muchas veces tuve intenciones de enfrentarlo, pero
no lo hice. Finalmente fue Arturo quien me buscó con
una revelación para la que el buen clima creado por mi
descubrimiento resultaba imprescindible. Me dijo que de
los familiares de Mariana yo era el que le inspiraba más
confianza, y que él sabía que mi hermana nos venía
dando de él las peores referencias, por lo que había
llegado el momento de deshacerse de tan mala fama. Y
abriendo un sobre me entregó el concepto de un
psiquiatra. Decía que mi hermana padecía un trastorno

89

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

paranoide de personalidad, una condición siquiátrica
caracterizada por la desconfianza extrema.
Veía a Arturo frente a mí, nervioso, temeroso de
mi reacción. No me sentía molesto con él, pero sí
sorprendido del dictamen. «Algo así empezaba a
sospechar», le dije. Nos sentamos y comencé a
escucharlo. «Siempre me trató de loco, y me mandaba al
psiquiatra en cada discusión. Con tanta insistencia
terminé por visitarlo. Le conté el comportamiento de
Mariana. Me dijo: “Tráigamela, que algún desorden
tiene”. La convencí con el argumento de que sin su
presencia yo no mejoraría. El doctor me había advertido
que nunca mencionara que ella era la enferma. Hubo
resistencia, pero me acompañó, apenas dos sesiones,
pues precozmente comenzó su paranoia. Decía: “¿Por qué
pregunta cosas mías, no se supone que es usted el
paciente? [...] Yo creo que usted y ese medicucho están
confabulados. […] Vaya sólo a sus terapias, al fin y al
cabo usted es el enfermo”». Al final Arturo me propuso
que lo acompañara al consultorio del doctor Benítez.
El psiquiatra me explicó que su padecimiento era
menos que locura, pues ella no había perdido el contacto
con la realidad, ni tenía alucinaciones o delirios, al punto
que socialmente su perturbación no era evidente. «Tiene
un patrón de conducta que afecta el trabajo y las
relaciones personales», dijo. Y agregó que las personas
suelen enfrentar el estrés con un estilo propio, en
soledad, ignorándolo, acudiendo a un amigo, por ejemplo,
pero buscan alternativas cuando el mecanismo no
funciona. En cambio quien padece un trastorno de
personalidad, carece de adaptabilidad y mantiene el
mismo comportamiento a pesar de las consecuencias
negativas. La explicación me apasionaba a pesar de
tratarse de mi hermana. El psiquiatra insistía en
ilustrarme y yo me empeñaba en escucharlo: «La
personalidad paranoide utiliza mucho la proyección,
mecanismo por el que el enfermo atribuye a otros sus
90

SEGUIRÉ VIVIENDO

propios sentimientos. Personas como Mariana proyectan
sus propios conflictos y sus hostilidades». Y Arturo lo
confirmó al instante: «Ante las andanadas de Mariana
terminé por no inmutarme, pues sentía que me estaba
descubriendo sus flaquezas. Mis supuestas faltas, eran
sus defectos. Me los atribuía a mí, pero yo sabía que eran
los suyos». «No son conscientes –prosiguió el siquiatra–
de que su comportamiento y sus patrones de
pensamiento son inapropiados, los consideran normales,
atribuyendo sus problemas a las demás personas. Suelen
ser fríos, malhumorados y distantes; descubren
intenciones malévolas y ocultas en actos inocentes. No
tienen objetividad para juzgarse y por reacción a su
autoestima baja, se sienten en exceso suficientes, por eso
no soportan las críticas ni las contradicciones. Su
sensibilidad es excesiva a las afrentas, son incapaces de
perdonar agravios y tienen fuerte predisposición a los
rencores. También tienen tendencia a los celos
patológicos, sospechan conspiraciones y suelen arruinar
sus relaciones». Arturo asintió en este punto con una
expresión exagerada. «Una descripción de Mariana
jamás fue tan precisa», me confesó al oído. Y emocionado
nos relató la anécdota que confirmó la tesis: «El despido
de Nubia de la empresa era el hecho para narrar del día,
por eso se lo conté a Mariana cuando llegué a la casa.
Engañado con un interés que adiviné genuino, le
respondí a mi esposa todas sus preguntas. ¡Qué iba a
pensar en sus ocultas intenciones! Que si era casada,
que si tenía hijos, que cómo era, que con quién vivía, que
cuál era la causa del despedido. Al final conocía de
Nubia lo que yo sabía. La sorpresa sobrevino un mes
más tarde cuando Nubia sorpresivamente me buscó en la
empresa. Iba con el único propósito de reclamarme que
estuviera revelando su intimidad a los extraños. Me
tachó de enamoradizo y fanfarrón, y en medio de mi
asombro me exigió que dejara de delirar con ella. La
imaginé chiflada hasta que me enteré de que Mariana la
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

había llamado para conminarla a terminar conmigo un
romance que jamás había existido. En su confabulación
mezcló con sus sospechas los hechos reales que le había
contado, y armó su propia historia. La precisión de los
detalles que yo le había confiado le dieron fuerza de
verdad a toda su patraña. Le aseguró a Nubia, sin
sonrojo, que yo había aceptado que ella era mi amante,
le dio detalles de su vida, que sólo por mi boca conocía; y
tras ultrajarla, le reveló mi hipocresía y mis malas
intenciones. Nubia nunca me perdonó. Sobra decir que
tampoco aceptó que todo hubiera sido un treta de
Mariana. Desde entonces opté por no contarle nada».
No tuvimos más remedio que encarar el
comportamiento de mi hermana. De pronto se había
desvanecido el mundo que nos había pintado. Siguiendo
línea por línea el manual de psiquiatría, comprobamos,
con asombro, que todas las manifestaciones las tenía
presentes. No eran sus sobrinos los demonios que mi
hermana mencionaba, sino ella la del genio endiablado
con los niños; no era Arturo el embustero, sino la víctima
de sus mentiras; no eran sus vecinos las personas
intratables, sino ella la distante y desconfiada. Me
esforcé en recordar las quejas de Mariana, sometiéndolas
indefectiblemente al escrutinio de la desconfianza:
«Patricia, no es buena idea que traigas a los niños de
visita; aunque Arturo parezca tan atento, las onces que
les doy siempre me las reclama. […] Mamá, el tipo es
loco. Se pega de una idea, y de la cabeza no se la saca
nadie. […] Me contradice todo, me cela, y cuando salgo a
la calle la rabia lo devora. No lo dice, pero sé que su furia
es porque imagina que me voy a ver con un amante. […]
Ya llegó al colmo del descaro; antes al menos disimulaba
sus enredos, ahora con cinismo me pasa sus queridas por
la cara». Igual rondaron por mi mente las afirmaciones
que a Arturo que nunca le creímos, y las que me contó
frente al psiquiatra: «La inclinación de Mariana por lo
material es desmedida, su cólera no tiene limite cuando
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SEGUIRÉ VIVIENDO

me opongo a sus negocios; pero sin mi prudencia
hubiéramos feriado la casa en el primero de sus
arrebatos. Y sin embargo afirma que yo soy el maníaco.
[…] Llegaba a casa con ropa regalada, quejándose de que
tenía que pedirle a su mamá «los trapos» que era mi
obligación comprarle. Entonces yo inquiría: “¿De dónde
salieron los vestidos del ropero? ¿Se le olvida que fue de
mi bolsillo?” […] Siempre extiende un manto de duda
sobre todas mis acciones: “¿Por qué siempre llega a la
casa cuando yo no estoy? ¿De dónde va a inventar que
viene? ¿Por qué tiene que entrar sin hacer ruido?”. Sus
celos son extremos y enfermizos. Un simple saludo le
basta para armar romances; una llamada cualquiera
para imaginar traiciones. […] Sufre de cambios
repentinos de ánimo, aunque su malhumor es casi
permanente. Siente aversión a la vida social, esquiva el
saludo de todos los vecinos, no le gusta que los trate y
dice que la estoy desacreditando cuando me ve con ellos.
[…] Abre las puertas intempestivamente con la sospecha
de que escucho sus conversaciones, y ha llegado a
afirmar que el teléfono se lo tengo interceptado. […] Dice
que la llevé a la Iglesia con engaños, y me ha tildado de
homosexual y pederasta. A sus ojos he sido gay, violador,
infiel, hipócrita, ladrón, embustero, sanguinario,
blasfemo y mil cosas más para las que mi memoria no da
abasto».
Todo era confrontable. Lo tenido por real era
mentira y lo que parecía engañoso era sincero. Arturo no
era un «egoísta despreciable», ni un «idólatra amante del
dinero». Con escritura en mano refutó los cargos de
avaricia y nos mostró que Mariana figuraba como
propietaria de la casa que él había comprado.
Volvimos a reconocer en Arturo un hombre noble,
lo exaltamos por su resignación, y hasta una aureola de
santo le buscamos. «Cuando uno sabe que está enferma
la aprende a ver inofensiva», nos dijo al pedirnos que no
dramatizáramos. Eso fue finalmente lo que hicimos. De
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

una parte desdeñamos sus protestas, de otra, con
sutileza le mostramos sus errores.
Intempestivamente el contacto de una mano le
puso punto final a mis recuerdos. Era la auxiliar que
deslizaba un termómetro bajo mi axila, mientras su jefe
me inyectaba un medicamento por la vena. Me invadió
de nuevo un sopor extraño y placentero, un «intermezzo»
sin estímulos; al final una desconexión total, un
encuentro exquisito con la nada. Imagino que habré
estado merodeado en el «lobby» de la muerte.

Eleonora iba apenas por unos pijamas para llevárselas
a José, pero se tropezó con tanto desorden en la
habitación, que decidió primero organizarlo. Así había
quedado el cuarto cuando tuvieron que salir con
celeridad para la clínica. Había ropa arrugada y sin
doblar sobre la cama, un par de camisas en la silla, y
sobre ellas un par de corbatas y una bata. Las pantuflas
a la entrada del baño; libros, periódicos doblados,
lapiceros, discos compactos, hojas impresas y
manuscritos, esparcidos sobre la mesa de noche, en un
montículo a punto de caer. Con paciencia Eleonora
cambió la cara de aquél cuarto caótico. Por último se
dedicó a guardar en una carpeta los escritos de su padre,
ojeando una que otra línea con curiosidad, luego
examinando párrafos y por último devorando los
documentos por completo. Entre sollozos volvió a su
infancia en un artículo dedicado a la niñez.
«Cuánto menospreciamos los adultos el mundo de
la infancia, la etapa más propicia para la felicidad del
hombre. No es menos el mundo infantil que el del adulto,
no son menos sus insatisfacciones ni sus padecimientos.
Tan seria es la contrariedad del niño que no recibió el
dulce que anhelaba, como la del adulto que perdió su
empleo. Los sufrimientos del infante son pequeños para
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SEGUIRÉ VIVIENDO

el adulto que los desestima, nunca para él que los
soporta. El buen padre sabe valorar las necesidades y las
angustias de sus hijos, y es capaz de sumergirse en su
universo compartiendo todos los elementos de su
pequeño mundo. La vida del niño debe ser feliz. Ese debe
ser el mínimo propósito de quienes no le pidieron su
consentimiento para traerlo al mundo». Nadie, pensó
Eleonora, lo hubiera dicho con más autoridad. Lo allí
plasmado era el reflejo de lo que José había sido como
padre. Ante todo un hombre dedicado y amoroso.
Había también apuntes sobre la infidelidad y el
matrimonio. No los leyó, no lo creyó prudente. No estaba
interesada en encontrar revelaciones que probaran los
reproches de su madre. Por amor y por respeto siempre
se mantuvo al margen de aquéllas discusiones. No le
concernían los comentarios que hacía Elisa sobre las
amantes de su padre. «No soy quien para juzgarlo».
Alguna solidaridad de género le debía a su madre, pero
la gratitud con José, quien por ella se había resignado a
la vida de perros que le daba Elisa, era más grande.
Sabía que la aventura con Pilar era creíble; aunque
parco, su padre la aceptaba. Las demás, no tenían a su
parecer mucho asidero. Tampoco le importaba. Hasta
mejor que fueran ciertas, decía su corazón, en medio
escabrosos pensamientos: «Mejor que alguien le haya
dado amor y comprensión. La ortodoxia es lo de menos».
E imaginaba, viendo que Claudia, Piedad, Alicia y
Carolina con tanta solicitud lo visitaban, que alguna o
tal vez todas habían tenido con él algún idilio: «Ojalá
haya sido menos infeliz que lo que yo pensaba».
Desterrando de su mente tanto pensamiento
improcedente, se concretó por fin en la finalidad de su
mandado. Tomó los pijamas, y acosada por la hora, salió
para el hospital de prisa. José la aguardada de buen
ánimo. Estaba plácido, con los síntomas aplacados por
los medicamentos, disfrutando en el sofá el sol que
atravesaba la ventana. Eleonora dejó el paquete sobre la
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

cama y se sentó su lado. Con paciencia le dio el caldo que
trajo la enfermera. Sorbiendo con lentitud y pasando con
trabajo cada cucharada, no alcanzó a tomar ni media
taza. «Si tomo más el dolor me arruina este momento».
Eleonora puso el pocillo en el charol, y el charol en la
mesita. Y con su padre revisaron un maletín cargado de
lecturas. A Eleonora le llamó la atención una. «Es otro
escrito –imaginó– de papá sobre la muerte», y lo leyó en
voz alta: «Me he habituado tanto a ella, que su imagen
no sólo no tiene nada de espantoso para mí, sino
precisamente, mucho de tranquilidad y de consuelo.
Nunca me acuesto en mi cama sin pensar en que aún
siendo tan joven, quizá ya no vea el siguiente día; y sin
embargo, ninguna de las personas que me conocen podrá
decir que mi trato sea hosco o triste». «Lo escribió en su
juventud –pensó–, cuando batalló con ella hasta
aceptarla». «No es mío», le contó José. «Pertenece a
Mozart, y lo conservo por la extraordinaria coincidencia
de nuestros pensamientos. No es frecuente pensar en la
vejez, en las enfermedades y en la muerte mientras hay
salud y lozanía. Parece un ejercicio innecesario, pero no
lo fue para el gran compositor que murió de 35 años;
tampoco para mí, que quería prepararme para el
trance».
Sus planes juveniles no aceptaban que la muerte le
pudiera perturbar la vida; buscando subyugarla, terminó
conociendo la actitud de los grandes hombres frente a
ella. Hecha la explicación, Eleonora le planteó una
aspiración de vieja data: «Papá, ¿qué dirías de una
publicación que resumiera en sentencias todo tu ideario?
¿Qué diera idea de tus razonamientos magistrales y tus
enseñanzas?». A José lo primero que se le vino en mente
fue la ausencia de tiempo para hacerlo. Pero no alcanzó
a exponerle su motivo, cuando Eleonora le manifestó
que sería ella quien lo hiciera. Y le esbozó todo el
proyecto. Fue una sorpresa para José enterarse de que
su hija venía compilando desde hacía rato sus frases
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SEGUIRÉ VIVIENDO

incisivas. «¿Te puedes imaginar que me he puesto en la
tarea de descubrir las frases más tajantes de todos tus
escritos? ¿Me autorizas a que las publique? Haré un
libro que sintetice tus mejores pensamientos». Los ojos
de José brillaron con humedad vidriosa, empañados al
ritmo de su corazón acelerado. Llevó a Eleonora contra
su pecho y la beso en la frente. Sin saberlo ella, estaba
por hacer algo con lo que José soñaba.
–Hija, nadie tiene más derecho que tú sobre mis
bienes, nadie más que tú sobre mis obras. ¿Quién
cuidaría mejor mi pensamiento?
–Sabía de antemano tu respuesta –respondió
Eleonora.
Y sacando de su portafolio un borrador lo puso
entre sus manos: «JOSÉ ROBAYO - MÁXIMAS Y
PENSAMIENTOS». Tras el título se aglomeraban sin
orden las frases anunciadas:
«El único inconveniente de la libertad es que nos
toca responder por todo lo que hacemos».
«Debe respetarse la diversidad, pero no dejarse
someter por ella».
«Los adultos somos un cúmulo de maldades que
crece con los años».
«Sólo creo en la inocencia de los niños».
«El niño ve con naturalidad lo que el moralizador ve
con malicia».
«Para la justicia humana más importante que
esclarecer la verdad, es beneficiar a quien con más
sagacidad utiliza sus recursos».
«Nada más peligroso que las minorías, que procuran
someter a la mayoría con el pretexto de su
desventaja».
«La rebeldía juvenil es la respuesta obvia a la
intransigencia del adulto, siempre poseedor de la
verdad, siempre dueño de las normas».

97

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

«Si Dios quisiera que el proceder humano se ciñera
a un modelo inquebrantable, no hubiera infundido
en el hombre la razón, la voluntad y la conciencia».
«Los mandatos de Dios se conocen descubriendo
las leyes de la naturaleza».
«Reconocer los derechos de la mujer no es
conferirle cuotas burocráticas que sólo toman en
consideración los genitales. Es reconocerles, sin
excepción, su dignidad humana, para que sus
méritos compitan con los del hombre en igualdad
de condiciones».
«Tan despiadada se tornó la humanidad, que sin
sonrojo mide las incapacidades y las muertes en
términos de producción perdida. ¡Ah tiempos en
que el hombre sin tener que producir era valioso!».
«Gracias a la productividad el hombre va en
camino de su propia destrucción».
«La mujer burlada es implacable».
«La fe sin demostraciones de benevolencia no
conduce a nada».
«No todo en la vida es trascendente, dejemos de
posar de serios».
«Las hieles del rencor sólo amargan a quienes lo
pretenden, y casi nada a quienes son su objeto».
«No se tiene autoridad moral para sentenciar a
quienes cometen nuestras mismas faltas».
«Quien desconoce el amor y el perdón ha de ser
buen huésped del infierno».
«El placer sólo es malo cuando ocasiona un daño
manifiesto».
«Sin intención de daño no hay pecado».
«Tanta maldad concibe el hombre, que no le hace
falta demonio que lo inspire».
«El demonio es el hombre, el diablo es la disculpa
para excusar sus faltas».
«Las mayorías nunca pretenden tantos derechos
como las minorías. Las minorías son insaciables».
98

SEGUIRÉ VIVIENDO

«El idealista está dispuesto a morir por sus ideas, el
revolucionario, a asesinar por ellas».
«Al igual que todos los humanos, no soy poseedor de
la verdad, apenas soy dueño de la mía».
«Defender las creencias es lícito, imponerlas
censurable».
«La verdad absoluta es ignota para el hombre».
«Los comunistas son fósiles y su combustible mortal
para la democracia».
«Tan peligrosas como el totalitarismo, llegan a ser la
religión y la moral, para la libertad del hombre».
«Es cuestión de tiempo, para que los temperamentos
tiránicos y envanecidos luzcan disminuidos y en
desgracia».
«Creen las empresas a sus trabajadores artículos de
su inventario. Los cohíben y disponen de ellos en un
auténtico secuestro laboral».
«A los movimientos totalitarios, como el comunismo,
se les deben proscribir los derechos que da la
democracia. Se valen de ella para acceder al poder y
luego exterminarla».
«La justicia es una ruleta rusa: por igual acierta o se
equivoca».
«La verdad es lo que satisface la razón. Luego es
apenas una certeza personal cuando existen
millones de razones».
«La irracionalidad del placer reside en terminar
siendo esclavo del estímulo que lo propicia».
«Es la honestidad en la búsqueda de lo correcto, más
que el acierto en la consecución de la verdad, lo que
ennoblece la conducta de los hombres».
«La justicia es ciega... porque no le importa donde
quede el fiel de su balanza».
«Dios es universal, no puede ser apenas la deidad de
unos creyentes. Dios es uno y el mismo para todos».
«¿Violentar, sojuzgar o matar en nombre de la fe,
qué tiene de divino?».
99

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

«Las guerras santas son malignas, de virtud no
tienen nada. Son obra de ciegos fundamentalistas
que en su estupidez no se dan cuenta de que
ofenden al dios por el que luchan».
«La felicidad no es un regalo, es una obligación con
todo ser humano. ¿Hacen felices los padres a los
hijos? ¿Hacen felices los colegios a los niños?
¿Hacen felices las empresas sus trabajadores?».
«Los niños a estudiar y los adultos a trabajar: ¡Qué
vida tan miserable la del ser humano!».
«Todo lo vanguardista muere como retardatario».
«La aplanadora del sexo y el instinto no se ataja
con principios y valores, pero intentarlo es lo
sensato».
«Quien incurre en lo que juzga, termina
enjuiciando con más benevolencia».
«Para el hombre, frente a la mujer sólo existen
deberes; para la mujer, frente al hombre sólo
existen derechos ».
«Lo que muchas mujeres ansían no es un hombre,
sino una mascota bien domesticada».
«Los esposos no son más que extraños que se creen
con derechos el uno sobre el otro».
«Nunca como en el colegio se pierde tanto tiempo y
tanto esfuerzo en adquirir conocimientos que
nunca se recuerdan».
«Si la socialización es lo poco rescatable de la vida
escolar, los colegios deberían transformarse en
clubes para niños».
«Sólo la crítica supera en subjetividad al arte y al
artista».
«Los críticos creen conocer a artistas y escritores
mejor que lo que ellos mismos se conocen. Saben
más de las obras que quienes las crearon».
«Ser fiel demanda ser perfecto. Que la pareja sea
perfecta, aunque ayuda, no garantiza nada».

100

SEGUIRÉ VIVIENDO

«Quien ama, encuentra gratos motivos para vivir y
profundas satisfacciones para morir tranquilo».
«Las únicas normas imperiosas son las que
previenen el daño que un ser humano puede causar
a otro. Las que sólo pretenden subyugarlo con
frecuencia deben transgredirse».
«En materia sexual lo único reprobable es lo
abusivo. En lo consentido, la intromisión es la
indebida.
«Para la sociedad es más importante el castigo de la
falta que el arrepentimiento del culpable; más la
condena que lastime, que la rehabilitación del
infractor».
«Nuestra naturaleza humana y vulnerable yerra
fácil; se agita entre el bien y el mal, entre el pecado
y el perdón; y absuelve para ser absuelta».
«Los políticos no suelen representar al pueblo:
representan sus propios intereses».
«El enamoramiento es una psicosis deliciosa que
cura el matrimonio».
«Hay que ser demasiado tonto para creer en el amor
eterno».
«La fidelidad no es una obligación tan obvia. Se
anhela como un dictado inconsciente del egoísmo de
cada ser humano, dispuesto a apropiarse de las
personas como hace con las cosas».
«Entendí la rebeldía juvenil, porque vi en ella una
respuesta honesta a un mundo discutible, en el que
la verdad a nadie pertenece».
«La rebeldía del joven termina en la resignación del
adulto; y el conformismo del adulto en la
intolerancia del anciano, al final doblegado por el
tiempo».
«La sociedad siempre ha manipulado la verdad, la
ética y las normas al amaño de sus propia
conveniencia».

101

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

«No debemos sentirnos culpables de no poder
cambiar lo inevitable, sino satisfechos de haber
realizado lo debido».
«No hay nada más rebatible y siniestro que las
afirmaciones de una mujer que ha sido
traicionada».
«El enamoramiento es el más imperfecto de todos
los amores».
«Hay dos etapas sucesivas e indefectibles en la
relación de la pareja: la del amor y la del
resentimiento».
«Los instintos buscan la preservación del individuo
y de la especie. Simplemente existen. Ponerlos al
escrutinio del bien y el mal es realizarle un juicio
al creador del universo».
«La moral debe ser respetuosa del instinto. Su
campo es lo sujeto a la voluntad y el albedrío».
«La mujer es para el hombre lo que el juguete es
para el niño».
«La concepción humana suele ser un accidente
inesperado y no pocas veces un suceso indeseado.
Así que es la crianza y no la vida la que merece el
agradecimiento de los hijos».
«Disfruta el placer sin permitirle convertirse en
vicio. Sé medido con el gozo para que nunca pueda
someterte».
«Dejarnos subyugar por cuanto más nos gusta
termina por cansarnos, o por forjar una costumbre
que duele cuando no se sacia».
«Los valores del hombre son mentira, todos los
violenta, todos los incumple. Los proclama en
publico, y los vuelve añicos en privado».
«El hombre cree por naturaleza; en su esencia está
Dios, y nada lo acerca más a Él que sus penas y
sus sobresaltos».
«El ser humano es contradictorio. Se somete al jefe
opresor, pero desacata al jefe bondadoso. Eterno
102

SEGUIRÉ VIVIENDO

inconforme, encuentra desasosiego en la paz y
propicia la guerra; víctima de la guerra, implora la
paz».
Eran tantas sentencias, que la tarde se fue sin
abarcarlas todas. Cada cual tenía su historia, en cada
una un recuerdo se anunciaba. Muchas eran sus
expresiones cotidianas, otras producto del rebusque de
Eleonora. José, como en sus buenos tiempos de corrector
de pruebas, se quedó toda la noche arreglando el
documento, poniendo notas al margen, corrigiendo y
resaltando; con tal ensimismamiento que no supo la
enfermera si su sosiego era producto de la concentración
o del calmante.

UN JUICIO EN MI INCONSCIENTE
No alcanzaba a comprender como había llegado a
aquél paraje. Era amplio y pleno de luz, pero brumoso.
Parecía campestre, ocupado por poltronas blancas y
mullidas. Aunque próximas a mi vista, debía esforzarme
para saber si estaban ocupadas. Cuando casi tenía la
certeza de que estaban vacías, la última mirada me
convenció de todo lo contrario. Desconfiando de mi vista
avancé dispuesto a esclarecerlo con el tacto, pero mi
mano atravesó el cuerpo allí sentado. Todos los
concurrentes resultaron traslúcidos y vaporosos. Sentí
como si alguna extraña dimensión de mí los separara.
–Puede sentarse.
La voz me obligó a buscar su procedencia. Frente a
un tabernáculo, blanco también, de grandes
dimensiones,
estaba
quien
aquéllas
palabras
pronunciaba. La imagen deslumbraba impidiéndome
distinguirle sus facciones. Su voz, aunque firme, era

103

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

cordial; denotaba superioridad y no infundía temor.
Inducía una extraña sensación de paz.
–¡Tus días en la tierra terminaron!
Asombrado, mi instinto me hizo inspeccionar mi
cuerpo. Era tan transparente y tan difícil de apreciar
como el de los seres que ocupaban las poltronas.
Sorprendido descubrí que había ya traspasado, sin
darme cuenta, la frontera de la muerte. Con cuanta
tranquilidad –pensé– se vive lo que se imagina con
angustia.
–¿Qué crees que mereces, el premio o el castigo? –
dijo la voz reavivando la incertidumbre que por instantes
había imaginado cosa del pasado.
–No soy yo quien deba precisarlo. Actué bien y
actué mal. Establecí mi propio código de
comportamiento, fui coherente con mi pensamiento.
–¿Y tu pensamiento fue infalible?
–Mi pensamiento pudo errar, porque de la verdad
moral no tiene ningún hombre certeza.
–¿Y la palabra de Dios?
–Es infalible, pero nunca la que el hombre a su
acomodo le atribuye.
–No fueron tus aciertos, ni tus errores, sino tus
intenciones, el empeño por hacer lo justo lo que te trajo a
este paraje.
Y su mano señaló a miles, millones más bien, de
seres que resplandecieron fosforecidos por un aura.
–Son los escogidos.
¿Cómo no había reparado que eran tantos? Era
una muchedumbre ocupando filas interminables de
poltronas que en el infinito se perdían.
–Estos millones de almas cometieron errores, pero
tuvieron bondad; causaron daño, pero se arrepintieron;
hicieron mal, pero lo repararon. Y la bondad excede en
méritos a la fe, a la disciplina, a la pureza, a la
templanza.

104

SEGUIRÉ VIVIENDO

Me quise abrazar regocijado a aquella imagen
celestial, pero era etérea. Me sentí feliz y lo declaré en
voz alta: ¡Feliz! ¡Feliz! ¡Feliz!
Una mano cariñosa rozó mi frente e interrumpió el
letargo. Al abrir los ojos frente a mí estaba mi hija, ajena
por completo a mi delirio.
–Que bueno papá que seas feliz.
Había sido otro de mis sueños de ultratumba.
Desde la predicción de mi muerte me había vuelto un
viajero frecuente al más allá. Cruzaba la frontera para
reencontrarme con mis muertos. Acaso buscaba a
quienes habrían de ser mis futuros compañeros; tal vez
eran ellos los que me ponían la cita. Hasta personas que
habían abandonado mi memoria, eran ahora asiduas en
ese mundo espectral que cobraba vida en mis sopores.
Exteriorizaba despreocupación ante el fin de mis días,
pero otra cosa maquinaba mi inconsciente, a juzgar por
los reiterados sueños con la muerte. Más aún, sueños
como el de hoy, respondiendo a Dios por mis acciones,
demuestran que a la idea de un juicio final no soy
indiferente. Esa incertidumbre hasta los ateos han de
tenerla en su agonía, aunque por coherencia no se
atrevan a expresarlo.

Reconocido como noble y bondadoso, José también era
severo; visto como reflexivo y sereno, también era
impulsivo. Enjuiciaba las normas, pero las cumplía. Era
un crítico mas no un antisocial. Caía bien, a tal punto
que la ampolla que levantaba su escritura, se desvanecía
cuando los contradictores trataban al autor. A veces
porque la exposición de sus motivos convencía, otras
más, porque algo en su naturaleza llevaba a apreciar al
escritor pasando por alto sus escritos.
Su sentido de justicia y su inclinación por los
pobres, mostraba un espíritu sensible; su tolerancia lo
105

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

hacía ver comprensivo, incluso complaciente. Pero la
consideración con la opinión ajena no era inagotable, y el
encomiado equilibrio de su personalidad se derrumbaba
al ver la libertad amenazada. Ese era el motivo de su
encono con los comunistas y los puritanos, en apariencia
tan opuestos, pero equiparables, como amenaza, para la
libre determinación. Y eso no lo entendían quienes veían
en él a un hombre recto, preocupado por las injusticias;
un hombre que a simple visto no debía estar en la mira
de puritanos ni marxistas.
Indiferente de la simpatía que suscitaba, se la
jugaba en sus columnas liberales. Muchas veces fue
interpretado como ateo; pero tenía fe, y más que creer en
Dios, tenía certeza, porque era producto de su
entendimiento. Había vivido años de pugnaz
enfrentamiento contra el dogma y los mandatos de la
religión, pero se había aplacado. Sin embargo cuando la
polémica se daba, quedaba patente que sus juicios no se
habían quebrantado con los años. Y esa constancia en
sus conceptos se comprobaba leyendo un viejo ensayo de
sus años escolares, tal vez el primer escrito suyo que
generó debate.
Sabía que su artículo podía causar irritación en un
plantel católico, pero el pecho se le inflamaba de orgullo
al imaginar que iba a ser el único estudiante en
controvertir lo incuestionable. Estaba a punto de dar un
paso histórico y convertirse en héroe, aunque en
momentos de más lucidez y menos arrebato, pensaba
que el héroe podía ser martirizado. Y estaban sus
compañeros para recordárselo: «Robayo, ¿para qué se
arriesga? Eso no le va a complacer a los padres del
colegio». «Pidieron un ensayo sobre la Biblia y eso es lo
que estoy por entregarles».
Pero no fueron los padres, sino unas viejas
camanduleras las que condenaron la herejía. El prefecto
lo defendió: «El joven es crítico, y en medio de su
rebeldía se advierte una buena intención, una clara
106

SEGUIRÉ VIVIENDO

seducción por la persona de Jesús, y un cuestionamiento
interior, poco habitual en un adolescente». Y lo aleccionó
en privado: «Robayo, ha acertado usted al descubrir en la
divinidad de Jesús la esencia de nuestra fe, pero no
comparto sus conceptos sobre el Viejo Testamento. La
interpretación de la Palabra es complicada, no se puede
desentrañar literalmente. Hay que saber de teología
para comprender el significado de lo que allí se dice». En
otras palabras que buena parte de sus críticas provenían
de su ignorancia. «Hay que meterle ciencia a lo sagrado
–pensaba José– para que sea creíble». Sin embargo, en
ese momento lo realmente valioso era que el buen
corazón de su prefecto lo había favorecido. La
rectificación que exigían las beatas parecía haber
quedado en el olvido, y el orgullo de José, como su texto,
intacto. Una polémica con su salvador hubiera sido un
riesgo innecesario, y ante todo una ingratitud muy
grande. «Y sin embargo gira», repitió mentalmente al
abandonar el aula, recordando al astrónomo que se salvó
del fuego.
Casi cincuenta años después estuvo de nuevo en
sus manos el envejecido testimonio. Tras observar
cuánto cambian las costumbres con el tiempo, pensó que
ni volviéndolo sacrílego generaría polémica, es más,
ahora la ley ampararía sus opiniones.
«El hombre manosea a Dios, habla en su nombre,
le adjudica normas, le inventa juicios, conoce su
voluntad y sus deseos; por Él promueve guerras que
apellida santas y crea en su nombre una picaresca y un
mundo fraudulento. [...] No hay ilación entre el Antiguo
y el Nuevo Testamento, sus divinidades parecen
antagónicas: una es el Señor implacable de las Viejas
Escrituras, la otra el Dios magnánimo de los evangelios.
El primero una deidad local, judía, temible y vengativa;
el segundo, un Dios universal, indulgente y
misericordioso, más aún, víctima de su propio pueblo.
Veo en aquél un dios intolerante que moldeó imperfectos
107

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

a los hombres para drásticamente cobrarles sus errores;
un ser brutal proclive a los sacrificios sanguinarios, que
se ceba en la vida de chivos inocentes y en el extermino
de los pecadores. En Jesús, por el contrario, advierto la
deidad que comprende al pecador y va en su auxilio.
Descubro al reformador que escandaliza a los hipócritas
y al maestro que instruye con impecable juicio. Cuando
lo siento con los humildes bueno y apacible, y duro con
los despiadados y soberbios, tengo que reconocerme
entre sus seguidores».
Se preguntó si esas líneas eran tan heréticas.
Creyó más bien que el puritanismo de la época había
llevado a magnificar su atrevimiento. Pasó entonces a
las conclusiones para recordar los motivos que habían
herido la susceptibilidad de los creyentes.
«La escritura antigua, armada en las tinieblas del
pasado, es una mezcla de realidad y fantasía; de
mitología, de verdad y de leyenda. Los textos son
más fantasiosos e imprecisos a medida que las
citas sagradas se alejan en el tiempo».
«El Antiguo Testamento es la historia de una
deidad judía, un dato tangencial para un cristiano.
El Nuevo, por la proximidad del tiempo, me parece
más verídico y confrontable con la historia».
«Los escritos bíblicos son la recreación mitológica
de un mundo extraño a la fe de los católicos, y son
equiparables a la mitología de nuestros indios. No
afirmo por ello que el Antiguo Testamento sea
menos admirable, sino más ficticio».
«De Dios no dudo, pero no creo que sea suyo todo lo
que nos presentan en su nombre. En la Biblia la
mano manipuladora del hombre debe estar
presente, como también la fuerza poética de los
autores».
«Encuentro falta de coherencia entre el
cristianismo y la tradición que lo antecede, y entre
108

SEGUIRÉ VIVIENDO

Jesús y los jerarcas que con posterioridad guiaron
su iglesia».
La página siguiente estaba en blanco, pero pegado
al ensayo con un gancho que manchaba con el óxido,
había un papel, y en él una apostilla: «Otra
incongruencia para mostrarle al padre Lucho». Denotaba
el ánimo de seguir polemizando, y rezaba en trazos tan
legibles que se asombraba de sus actual caligrafía: «Tan
sagradas como las judeo-cristianas son las tradiciones
musulmanas; pero tan manipulada es la historia sagrado
por los hombres, que el hijo ilegítimo de Abraham para
los mahometanos no es Ismael, el hijo de la esclava, sino
Isaac, el hijo de Sara, a quien de paso no consideran
esposa del patriarca. Para ellos Ismael, y no Isaac, fue el
hijo favorito de Abraham. Así que en su versión fue
Ismael el que estuvo a punto de ser sacrificado. ¿Cuál es
la verdadera historia, si cada cual la cuenta a su
manera? ¿Privilegiarían los musulmanes, descendientes
de Ismael, la historia de Isaac, antecesor de los judíos?
¿O engrandecerían judíos y cristianos a Ismael,
minimizando a Isaac, el fundamento de sus tradiciones?»
No habiendo más que leer, puso de nuevo el
gancho y guardó los documentos. Era admirable ver
como habían prevalecido los mismos pensamientos a
través del tiempo. Eran los del viejo idénticos a los del
adolescente, y los mismos que el hombre maduro
controvertía al amigo sacerdote; con la diferencia de que
la jerarquía del crítico se había acrecentado con los años.
Y se sintió exponiendo ante Javier los mismos
argumentos que había defendido con timidez ante el
prefecto. Lo había hecho muchas veces, pero esta vez se
acordó de aquélla que ocurrió al término de una
eucaristía. «No es la palabra de Dios, sino la del
evangelista», le dijo para refutarle la expresión «es
palabra de Dios» con que Javier había terminado una
lectura del Nuevo Testamento. También rechazó la
109

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

narración de Lucas: «Hecho a la idea de la bondad de
Cristo, no puedo aceptar la autenticidad de ese pasaje,
incongruente con sus amorosas enseñanzas». Se refería
al ultimátum de Jesús a quienes lo seguían, conminados
a abandonar a sus seres más queridos, sin poderlos
enterrar siquiera. Y con el propósito de contradecirlo
todo, recurrió al Génesis para mostrar su discrepancia
con el carácter de verdad que le daba la Iglesia Católica
a la mitología judía: «Aferrada al Antiguo Testamento,
más parece la Iglesia católica la continuidad del
judaísmo. ¿Será que no le basta la historia de Jesús a su
grandeza?»
Cuánto contraste había entre el joven subordinado
y temeroso, y el crítico seguro y respetado. Entre el
muchacho enjuiciado por sus superiores y el pensador
que ponía en el banquillo a sus contradictores. Era cual
si el tiempo hubiera convertido en inmolador al
inmolado.

EL ESTOICISMO
Para hablar de mujeres y lujuria Joaquín es el
perfecto; Javier para tratar las cosas trascendentes;
Alicia y Piedad para desnudar el alma; Claudia y Pilar
para sentir el placer de las caricias; y Elisa, claro, para
tranzar agravios.
Tantos temperamentos tan disímiles, tantos
pareceres tan opuestos, y todos, salvo uno, engranados
por un positivo sentimiento. Aunque cada relación sea
un mundo diferente, la amistad es el común
denominador entre nosotros. Podrán Javier y Joaquín
encarnar un trecho ideológica abismal; nadie más que
ellos habitan las antípodas, pero ambos son seres
entrañables con los que es posible todo trato. Con Elisa
en cambio cualquier aproximación era improbable.
110

SEGUIRÉ VIVIENDO

Ella fue una crítica pugnaz. Ni en mi enfermedad
ha tenido un gesto compasivo. ¿Acaso no es infame que
diga como me acaba de contar Cristina que ya me
imaginaba carbonizado en el infierno? ¿Y que por más
amigo que fuera de Javier, ninguna de sus oraciones
serviría para salvarme?. «Y yo le pregunté –dijo
Cristina– ¿ese hombre tan perverso te parece?». Y dice
ella, que como cayendo en cuenta de la impertinencia,
puso fin a la conversación con un «yo no soy quien para
juzgarlo». Nada que deba sorprenderme, nada diferente
a cuando aprovechó mis concepciones religiosas para
hacerme ver satánico. Secuelas que dejó su crianza.
Huérfana desde temprana edad, mi ex mujer fue
acogida por una tía que se convirtió en su madre, pero
una madre autoritaria, proclive al castigo, y firme
defensora del caduco aforismo de que la letra entra con
sangre. Me atrajo de ella, no ese legado de conmiseración
que apenas conocía, sino su apariencia escrupulosa, y su
cuerpo, más sensual que el de la chica que por aquéllos
días me ilusionaba. Qué lejos estaba de imaginar la fiera
que se agazapaba en esas deliciosas formas. Formas que
los años desvirtuaron, tanto como mi afecto, que no
volvería a brotar por ella si el tiempo regresara.
Como aquella tía fue con Elisa, Elisa quiso ser con
Eleonora: una madre tiránica, que proclamaba su amor
maternal mientras frustraba los gustos y las
inclinaciones de su hija; que proclamaba su amor
desinteresado, pero le reclamaba sus sacrificios y la
culpaba de sus frustraciones. «No es el que ama el que
califica la grandeza de su amor, sino quien lo recibe», le
refutaba yo, sacándola de quicio.
No se puede dudar que tengo aguante. Aguante
para haberla resistido, aguante para enfrentar esta
enfermedad sin tantos aspavientos. Pero mejor retomo
mi paciencia para no alterarme recordando aquellos
días, para no hacer afirmaciones que pueda lamentar

111

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

cuando estas páginas lleguen, como tienen que llegar, a
manos de Eleonora.
Sé que se necesita estoicismo para aguardar la
muerte. Y la resignación tan propia de temperamentos
apocados, es curiosamente la opción más acertada. No a
todo se le puede enfrentar con arrogancia, no al menos a
la muerte que tiene su victoria asegurada. Hubiera
muerto con altivez por mis ideas, hubiera luchando por
la libertad, dejando mi vida tendida en un campo de
batalla, pero tratándose de un fenómeno natural como
mi enfermedad, la razón más que el orgullo tiene que
dirigir mis decisiones. Las manifestaciones de mi
padecimiento son dolorosas y a veces intratables. Mis
pocos bríos son para soportar el dolor, no para desafiarlo.
Acéptelo o no, estoy vencido. Es más cierto que nunca
que sólo se sabe lo que se tiene hasta que se ha perdido.
Cuán diferente era comer sin sentir el estómago repleto
y a punto de estallar por un mísero bocado; sin sentirse
traspasado por una picada irresistible; sin tener que
vomitar a cada instante. Cuántos años disfruté de esa
sensación imperceptible. Sólo ahora la advierto como
una dicha que se me ha esfumado. Desde que me
propuse dejar el mundo sin resentimiento, comencé a
admitir sin enfado mis congojas, sintiéndolas más que
como pérdida, como el final de un gozo por el que debo
sentirme con la vida agradecido. Algo al parecer calaron
las enseñanzas de mi amigo el sacerdote, de algo me
sirve la resignación que criticaba.
No me siento tan contrariado con los hechos
adversos de mi vida. Entiendo que los altibajos crearon
el contraste imprescindible para percibir lo grato. Fue
paradójicamente la tristeza la que me hizo reconocer
felicidad en los momentos libres de desgracia. Mi estado
más postrero, el del presente, me hace reconocer alegrías
en hechos que parecían monótonos. ¡Quien lo creyera!
Con gratitud estoy diciendo adiós. Más que lamentarme
por mi enfermedad, estoy reconociendo la multitud de
112

SEGUIRÉ VIVIENDO

bienes disfrutados. Es una forma amable de morir.
¡Elisa, te perdono!
Una existencia perfecta e inmortal sería un
absurdo. Pues por perfecta no mostraría la cara negativa
que es la que nos hace conscientes de que lo positivo es
positivo. No poder contraponer la fealdad a la belleza, el
bien al mal, la alegría a la tristeza, daría por resultado
una eternidad insoportable. ¿De qué valdría ser dueño
de la felicidad y no poder reconocerla? A la hora de la
verdad, la perfección tampoco es tan perfecta.

Decían de Eleonora que era una copia de su padre y que
tan sólo se sometía a su propio pensamiento. Aunque
encantaba, a la hora de una relación los hombres le
temían a su independencia y a su personalidad
arrolladora. José sabía que tenía responsabilidad en ello.
Desde el colegio había descubierto en su hija posiciones
críticas y alguna rebeldía, y las había alentado. Las
quejas no eran motivo para reprenderla. Más que su juez
era su cómplice. ¿Qué más podía hacer si le hallaba
fundamento a sus razones? No actuaba como otros
padres que hacían llover sobre sus hijos truenos y
centellas por culpa del colegio, y si algún malestar
manifestaba, era menor que el que realmente sentía. La
tiranía de las cargas académicas lo rebelaba contra el
sistema educativo que veía carente de humanidad e
ingenio; que criticado por directivas y maestros, por
padres y estudiantes, a pesar de impopular seguía
vigente.
«Es un sistema que por desconocer la diversidad,
está dispuesto para la formación en serie. Que pasa por
su horma millones de temperamentos infantiles en
procura de réplicas idénticas que deben saber y
comportarse de la misma forma. ¡Como el producto
perfecto de una industria! ¿Así cultiva el país los genios
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

que lo saquen de su atraso?». La nota escrita en un
cuaderno de su hija, nunca causó el revuelo que
esperaba. Apenas la manifestación de algunos profesores
que se declararon otras víctimas del sistema educativo.
Con tanta tecnología para aplicar en la enseñanza,
la metodología tradicional le parecía ridícula. Bastaba
ver a Eleonora aprendiendo en los canales culturales de
la televisión, en forma amena y sin afanes, para
corroborar que sus críticas eran valederas. Los brotes de
desaplicación de Eleonora fueron pasajeros y la
culminación del bachillerato fue una tarea sin mucho
esfuerzo.
El influjo analítico de José y la obstinación de
Elisa fraguaron en su hija una personalidad
inquebrantable, pero con una arrogancia tan bien
atemperada que terminaba por confundirse con su
gracia. Al igual que su padre, odiaba hacer parte de la
generalidad, y creía que la mujer no debía ser objeto de
discriminación ni privilegio. Y como creía que nada
diferente a los méritos debían obrar a su favor, el trato
preferencial le fastidiaba. Le parecía humillante que las
mujeres aceptaran que la ley las sobreprotegiera como si
fueran seres inferiores. Estaba convencida de la
igualdad entre los sexos, mas no por artificio. El voceado
maltrato a la mujer poco la convencía, pues descubría
algo incitador intrínseco en las mujeres sometidas, y una
propensión de sus demás congéneres a atormentar al
hombre. Era la influencia de las experiencias vividas en
su infancia, el recuerdo de las miradas cómplices que se
cruzaba con su padre cuando Elisa hablaba del maltrato
femenino. «Los hombres por orgullo no se quejan»,
prorrumpía Eleonora. «La mujer ejecuta otro tipo de
violencia», decía él, mostrando que de cada
enfrentamiento salía sin un rasguño... salvo los
raspaduras en la dignidad y en el afecto.
Cuando adquirió conocimiento de todo el ideario de
su padre, Eleonora interpretó con sentido constructivo
114

SEGUIRÉ VIVIENDO

los textos que le tachaban de machistas por revelar la
naturaleza masculina. «Quien se atreve a develar los
verdaderos sentimientos de los hombres –señalaba– nos
hace un favor a las mujeres. Machista es quien
promueve la superioridad de los varones». Y recalcaba la
paradoja advertida por su padre, según la cual el
instinto subyuga al hombre a la mujer, mientras que los
escrúpulos morales lo fuerzan a resistirse a ella; y más
aún, terminan haciendo a la mujer victima de
discriminación y servidumbre. «La cultura y el dogma se
han confabulado contra ellas y no es Dios el artífice de
tamaño despropósito», afirmaba José aludiendo al trato
inferior que les dan a las
mujeres
las grandes
religiones.

NUNCA SOJUZGADO
La bondad y la libertad fueron mi escala para
juzgar. Confrontaba con ellas desde gobiernos hasta
religiones, desde normas hasta obras literarias. Todo lo
podía poner bajo su lupa. Bajo esa perspectiva escribí un
artículo que controvertía las relaciones entre las
empresas y sus empleados, y que recriminaba la
exclusiva consagración de la vida a las obligaciones.
«Creen las entidades a sus trabajadores artículos
de su inventario, disponen de ellos sin humanidad, los
cohíben y los atemorizan ejerciendo un verdadero abuso
que yo llamo “secuestro laboral”, tiranía en que por la
paga pierde su libertad el empleado. Bajo el sofisma de
la productividad y la calidad total, la empresa es más
importante que el hogar; vale más que la salud y la
familia de sus trabajadores. Ni para qué imaginar el
lugar que le asignan a sus sentimientos. Más triste aún,
es comprobar que esos esclavos cuando ascienden en la
escala laboral emplean contra sus subalternos la misma
115

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

fusta con que fueron flagelados. ¡Qué pena siento por
todo aquél que se somete a las arbitrariedades de los
hombres! Pero al verlos acatar su destino con tanta
resignación, y arrancándole en medio de todo gozos a la
vida, pienso que han se ser ellos quienes deben mirar
con compasión a quienes la insurrección del pensamiento
nos impide transar con la necedad y la injusticia. A
quienes por defender unos principios, nos negamos la
felicidad que la condescendencia facilita».
A estas alturas debo expresar que la sublevación
de mi pensamiento más que negarme, me prodigó
felicidad. Fue la auténtica demostración de mi
existencia, mi «pienso, luego existo»; mi contrapunteo
con el mundo, en que pude mostrarme tan hostil con él,
como él lo fue conmigo. Algo que dentro de mí palpita
con orgullo. Disfruté mis batallas, pero también los
frutos de mi entraña sibarita resuelta a compensar mis
malos ratos. Entre la resistencia y el desquite –los dos
primeros–, afloró la adaptación, mi tercer mecanismo de
defensa. Con él me acomodé en el mundo, y con todos,
me volví un experto en la consecución de la ventura.
Pude así descubrir en cada situación la migaja que
precipita la felicidad, y conseguirla. Aproveché la ironía
y la sátira para ridiculizar las normas sin sentido. Fui
inmune a las amarguras, pero no a la ira, de la que me
serví para mostrar desprecio. Ira como de la que hice
blanco a los tiranos: «No entiendo cuál pueda ser la
gloria que persigue el déspota, que bocado ha de ser
igual de los gusanos, que regocijará con su muerte los
corazones acostumbrados a despedir con dolor a las
personas nobles». En su momento lo expresé con furia y
sin deseo de arrepentirme. Hoy, sosegado, lo confirmo
bajo la gravedad de la osadía de quien enfrenta el juicio
del final de su existencia. Ante la proximidad de la
muerte muchos ímpetus se doblegan, muchas pasiones
desaparecen, y cierta santidad florece. Aparece el yo
bueno y magnánimo dispuesto a deshacer sus faltas y a
116

SEGUIRÉ VIVIENDO

esquivar el fuego eterno. Es la bondad del temeroso...
que no siento. Los prepotentes no entrarán en mi
corazón ni en el instante de mi muerte. Ni maldigo, ni
condeno, ni los envío a un juicio al más allá que no
conozco; sólo advierto que en este mundo basta el tiempo
para que los temperamentos tiránicos y envanecidos
luzcan disminuidos y en desgracia.
A mi mente sublevada llega la conversación que
tuve años atrás con un adolescente: «La rebeldía a tu
edad es natural y pasajera, es el ímpetu de la juventud,
desmedido y romántico. A mis años es más razón que
fuerza, es un riesgo medido y un convencimiento
decantado, libre de arrebatos. A mi rebeldía le falta el
frenesí de la juventud, a la tuya el faro de la reflexión».
Pero al emocionarme como me emociono leyendo mi
proclama, pienso que el frenesí del que le hablaba no es
sólo el monopolio de la juventud, también es el sello de
ciertos temperamentos como el mío.

El taxi había sido siempre para José la alternativa al
automóvil, pero un día sintió el deseo de explorar el caos
que lo había ahuyentado de montar en bus. Se había
propuesto conocer en lo poco que de vida le quedaba,
cuanto había desdeñado en sus largos años de existencia.
Subió al vehículo totalmente despistado. Ignorando
del valor del pasaje, armó una congestión al paso por la
registradora cuando intentó pagar con el billete de
mayor cuantía. El conductor se lo devolvió con un
regaño. Juntando monedas pagó lo que debía. Estaba el
bus casi vacío. Se ubicó adelante, junto a la ventana, sin
sospechar que tendría que franquear una muralla
humana para alcanzar la puerta a la salida. El bus
recorrió cortos trechos entre paradas prolongadas y
frecuentes. Dos y tres contabilizó José por cada cuadra.
Hubiera sido intolerable para alguien deshabituado a los
117

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

martirios del transporte público, pero no para José,
dispuesto a la novedad del inusual vehículo. Miró por la
ventana esa ciudad que tanto conocía, y la percibió
distinta. Había vida en los andenes y en los escaparates.
Por primera vez se percató de que era más la gente que
los carros. Esclavo, por años del volante, su mirada se
olvidó de la vía y se reencontró con el mundo que
desdeñaba al conducir. Estaba ensimismado en esos
pensamientos cuando un extraño puso sobre sus muslos
un objeto. Reaccionó sobresaltado, pero era apenas un
paquete de galletas. Moviéndose con dificultad entre los
puestos, el desconocido le entregó a cada pasajero una
muestra de su mercancía. La vendía por un módico
precio, explicando que lo hacía para alimentar a su
familia ante la imposibilidad de conseguir empleo. José
se conmovió y guardó la golosina sin intención de
consumirla. Le dio al menesteroso mucho más que el
valor su producto. Fueron sin embargo muchos los que lo
rechazaron. Le pareció indolente, sin embargo, al
momento de bajarse ya había entendido la indiferencia
de los pasajeros. La comprendió cuando fueron varios los
pordioseros que subieron y bajaron del bus demandando
una moneda. Limpios o andrajosos, de buen hablar o
trabados por la droga, vendiendo un producto, recitando
bien o mal alguna estrofa, cantando una canción,
acompañados o a capela, con buena voz o llenos de
estridencias, o simplemente contando un drama
inventado o verdadero, todos clamaban una solidaridad
que desbordaba las buenas intenciones. Tantos eran los
marginados, y tan repetido y semejante su clamor, que
en últimas pasaba desapercibido, más cuando el escucha
tranquilizaba su conciencia con la justificación de que no
tenía en sus manos remedio para todos. Era otra
muestra de la tesis formulada por José para explicar el
acostumbramiento de los sentidos al placer, que en este
caso funcionaba anestesiando el alma. Bajó del bus con
el recuerdo de aquellos desgraciados. Aunque estaba
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SEGUIRÉ VIVIENDO

muriendo no tenía derecho a hacerle reclamos a la vida.
Eran seres como los que acababa de conocer los que
debían pedir explicación por su infortunio. El contacto
con ese mundo, que desde lejos se desprecia, lo sedujo.
Los viajes en bus, las caminatas y los habitantes
de la calle se volvieron habituales. Unos eran hijos de la
violencia y del desplazamiento, otros de la
irresponsabilidad y la pobreza, pero otros más, vaya
ironía, de la opulencia, los desenfrenos y el hastío. Cual
si se hubieran especializado, unos tenían por clientes a
los transeúntes, otros a los pasajeros del servicio público,
y otros a los conductores particulares, a los que cazaban
al pie de los semáforos. Unos deambulaban; otros
permanecían estáticos en las esquinas; otros vivían
subiendo y bajando de los buses; otros más, con toda su
progenie, se arrinconaban contra un muro esperando que
la pancarta de cartulina que daba cuenta de toda su
tragedia, arrancara al curioso una limosna. Unos iban en
trance de sobrevivir, pero otros muchos, cavando día a
día su sepultura. Eran los más desaliñados y
mugrientos, que intimidaban sólo con su presencia,
amén de sus palos y garrotes. En su mirada perdida en
los delirios del vicio, en sus barbas largas y grasientas,
en su piel tiznada, cubierta por ropajes nauseabundos,
en sus uñas largas llenas de inmundicia, se había
desdibujado por completo la dignidad humana.
«Padrecito, déme para un pan», decían mientras
perseguían al transeúnte, arrastrando un costal
amarrado a una cola ruidosa de latas y botellas. Nunca
los esquivó por temor a un atraco, hasta conversación
trabó con ellos, pero siempre les negó todo auxilio
monetario. Les ofrecía un pan en la cafetería más
próxima. Algunos, pese al hambre que decían tener, lo
rechazaban; sólo querían dinero, confirmando la creencia
popular: «Piden dinero para patrocinar sus vicios».
Esas correrías avivaron los recuerdos de su
infancia, porque de la mano de su madre recorría las
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

calles haciendo interminable diligencias. La veía
regatear y conseguir fantásticas rebajas, que lo hacían
pensar en la fabulosa utilidad del comerciante. En sus
años mozos, en que debió estirar el dinero para costearse
sus caprichos, repitió ante los vendedores las frases
aprendidas, pero sin conseguir el milagro que obraban
las palabras de ella. Tantos años después al visitar las
calles, se encontró con vendedores informales, hijos y
nietos seguramente de los que en su juventud debieron
atenderlo. Ya no juzgó que fueran usureros, los vio
necesitados, y no se atrevió a reducirles la ganancia con
el regateo. «¿Si no pido rebaja en el ostentoso almacén
que acrecienta un formidable patrimonio, cómo he
hacerlo con estos desposeídos que montan en las
esquinas un puesto mísero con el que ni siquiera
alcanzan a alimentar a su familia?». Comprando por
comprar, muchas veces les dejó creer que era ignorante,
al pagar más caro que otros transeúntes. No imaginaba
el vendedor que tras de esa transacción tan fácil se
ocultaba una generosidad premeditada.

MI SUPERYO ONÍRICO
Mi vista no pudo resistir venus tan exquisita. Mi
mirada se deslizaba turbada desde su talle hasta sus
glúteos adorables. Ceñidos por un pantalón blanco que
dejaba traslucir la seductora tanga, me habían quitado
todo interés en el sermón del párroco. Había comenzado
viéndolos de reojo y había terminado mirándolos con
descaro. Estaba en éxtasis; en un éxtasis mundano.
Gozaba con cuanto me dejaba ver, pero mucho más, con
cuanto mi imaginación me prodigaba. A mi lado los
feligreses abstraídos en el rito repararon tarde en mi
conducta. Cuando lo hicieron comenzaron a verme con
asombro; y llegó el momento en que todos me clavaron
120

SEGUIRÉ VIVIENDO

su mirada. Había ira y admoniciones fuertes. Yo gritaba:
«¡Hipócritas! ¡Allá ustedes y sus posturas moralistas!»
«El cuerpo no es para fornicar», me replicaban,
apoyándose en palabras de San Pablo. «¡Desafiaría a la
ley natural si no me atrajeran esas hermosas nalgas!
¿No ven que es el instinto?». La iglesia se quedó en
silencio y mis palabras retumbaron: «¡Pecador sería si
intentara poseerlas por la fuerza! ¡Reclámenle al
Creador mi instinto! A Él que imprimió en el hombre
estos impulsos». Del púlpito bajó el padre con cara
descompuesta, caminaba intimidante hacia mí, rodeado
por la turba. Me arrollaron física y verbalmente hasta
expulsarme. Peca de obra, consideraban unos; de
pensamiento, otros. «¡Mis pensamientos son los mismos
que pasan por su mente, pero ustedes, farsantes, los
encubren!». En la algarabía mi alegato se perdió. Me
dispuse a la lapidación: «¡Arrójenme si son tan castos al
menos una piedra!». Sin darme cuenta estaba en plena
calle, cegado por la claridad del día.
Cuando mi vista se acomodó a la luz, abrí los ojos,
todo estaba en paz, y la enfermera frente a la ventana
abriendo las cortinas. Venía de allí la luz que
deslumbraba. No había pecado, ni párroco, ni
muchedumbre; una pesadilla apenas que se aprovechaba
de mis conflictos inconscientes. Eran mis sueños
librando batallas que percibía en la realidad resueltas.
De pronto la seguridad que exteriorizaba estaba siendo
puesta a prueba en mis sopores. Pensé que el superyó de
mis delirios quería erigirse como mi contendiente.
En mis visiones oníricas lo fantástico, lo místico o
lo lujurioso había estado siempre presente, pero ahora
tenía una connotación filosófica, moral y religiosa que
nunca le había dado. Era tal vez la incertidumbre en el
momento de la muerte en confrontación con la seguridad
de los razonamientos que habían guiado mi vida. Al fin y
al cabo de lo absoluto no hay certeza, pero con la
cercanía de la muerte estaba irrumpiendo en lo absoluto.
121

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

Volví a mi sueño y lo encontré gracioso. El amor, el
sexo, la pasión, la reflexión intelectual, el esparcimiento,
el culto, todas me resultaban actividades decorosas de
un individuo sano. Ninguna era pecado. Imágenes
surrealistas incómodas llegaron a mi mente: una Biblia
sobre el pubis desnudo de la amante, una broma en un
sepelio, una blasfemia infiltrada en un rezo fervoroso, de
pronto un sentimiento ardorosamente lúbrico en plena
eucaristía, recordándome que todo tiene su lugar y su
momento. Todo eso es lícito dependiendo del entorno en
donde se realice; censurable si se lleva a cabo cuando y
donde no se debe.

A

diferencia de todas las enfermeras de la clínica,
Aminta sí disponía de todo el tiempo para escuchar y de
no poco para hablar. Era su oficio. Eleonora le pagaba el
turno para acompañar a su padre las noches en que más
decaído lo veía. Con Irma, José no necesitaba hablar, que
no sobraba, pero su dicha mayor era admirar su figura
menuda, seductora y tierna. Con Aminta bastaban el
diálogo en la penumbra de la alcoba, nada de ella le
interesaba ver, era al fin y al cabo una mujer entrada en
años.
«En el diablo, Aminta, yo no creo, y es bien osado
que lo diga cuando puedo estar a punto de ser recibido
en el infierno». Aminta se rió con la ocurrencia de José,
pero algo le advirtió que no hablaba con la ironía
siempre. Entonces amplió su explicación: «El demonio es
el hombre mismo. Él, que concibe sus propias maldades;
él, que por su propia voluntad decide causar daño. Pero
como lleva en su ser la inclinación de achacar a otros sus
errores, se inventó la tentación del diablo y lo hizo
responsable de sus faltas». A Aminta le extraño su tono;
con otra entonación hubiera entendido que algo de
humor guardaban sus palabras. No era así. El paciente

122

SEGUIRÉ VIVIENDO

de aquel día estaba agrio. Y como su diatriba estaba
encaminada, continuó diciendo: «Es que es fácil
desacreditar a nuestra especie. Porque soy hombre no
creo en los hombres ciegamente, conozco nuestras
debilidades, nuestro egoísmo, nuestra tendencia al mal.
Bueno –dijo como arrepentido–, también sé que somos
presas de temores, y sensibles al amor y la tristeza. A
punto de partir debo afirmar que encontré una creación
maravillosa, pero con un depredador espeluznante: el
hombre; criatura egoísta, capaz de los más perversos
sentimientos; inteligente, mas no lo suficiente como para
armonizar su felicidad con el progreso. Lo veo esclavo de
la productividad y de las normas; sepultando su dicha en
una carrera desbocada de producir sin tregua. A buena
hora me marcho y sin ganas de volver. Jamás regresaría
a un mundo que pueda someterme». Aminta estaba
sorprendida, esa animosidad no se la conocía. Cosas del
ánimo, pensó, que saca a relucir su lado negativo. ¿Y es
que se le podía pedir a un enfermo más control que el
que José mostraba? Tampoco podía estar eternamente
sonriéndole a la desgracia y a la muerte. Su estado era
más que lamentable y su contrariedad tenía todo el
derecho de expresarse.
José recapacitó en su fugaz misantropía y le
pareció que debía apaciguar su juicio. Con la intención
de ser ecuánime le dijo a Aminta: «El hombre genera
todo tipo de pasiones. A veces conmueve con su
solidaridad y su bondad; otras impresiona por su
maldad, erigiéndose como el ser más dañino de la Tierra,
que causa dolor por el sólo placer de disfrutarlo. “Arcilla
maldita” lo llamé algún día; pero qué hubiera sido de mi
felicidad sin los seres maravillosos que llegaron a mi
vida. En aras de la verdad, del ser humano por igual
derivan venturas y tristezas».
Su sentimiento era lábil, y la acritud finalizó en
tristeza, y la tristeza terminó en vergüenza cuando para
evacuar tuvo que pedir ayuda. Tras de pedir el pato a la
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

enfermera, lo cohibió la inmundicia cuando tuvo que
entregarlo. Lleno de heces olorosas, lo avergonzó en
forma desmedida. Aminta consciente de su incomodidad
procuró tranquilizarlo: «Es algo muy natural señor
Robayo, miles de esos recipientes he tenido que vaciar y
lavar en tantos años de practicar la enfermería». Pero
lejos de tranquilizarlo, le acrecentó su pena.

MUJER, SEXO Y TERNURA
Joaquín ha sido otra voz en mi conciencia. La que
aminoró los obstáculos a la fogosidad de mis instintos; la
voz que estimulaba mi arrojo y echaba por la borda la
templanza. Es un buen hombre; honesto, amable, muy
libidinoso y poco refinado; y no porque le hubiera faltado
formación, sino porque le sobró, al decir de sus palabras.
«Era –dice– la reacción a una instrucción insoportable, a
una etiqueta y a unas maneras que no van conmigo». No
es mi antítesis, al fin y al cabo yo era como él, un
hedonista convencido; él, desenfrenado y lenguaraz, yo
más pulcro y contenido.
Recuerdo que pocos como Joaquín cuestionaron la
apología que hice de la ternura femenina:
–¿Tiernas dices tú, con la intensidad tan
desmedida con que odian? ¿Con la rudeza con que tratan
a los hijos? Tiernos nosotros, que sabemos consentir, que
como padres somos verdaderas madres. Y no lo digo con
enfado, tampoco por despecho. Tu sabes que no podría
vivir sin ellas. Sin las mujeres mis mayores placeres
estarían proscritos.
Tenía razón. Bastaba ver las estadísticas de la
violencia en los hogares para saber que hay más
maltrato de la mujer contra sus hijos que del hombre
contra ellas. Rectifiqué. Más que en las mujeres, la
ternura estaba en mí imaginación, como una cualidad
124

SEGUIRÉ VIVIENDO

que esperaba materializar en alguien, y que brotaba en
la proximidad de esos seres exquisitos. Tal vez no fueran
los entes encantados con que yo soñaba, pero ningún otro
me hubiera embriagado tan intensamente.
–Las mujeres son a la vez dulces y amargas –
terminé afirmando.
–¡Pero adorables! –apuntó Joaquín– dándole la
razón a mis razones.
–¡Adorables mas no para casarte! –le dije a
sabiendas de su fobia.
–¡Qué observación más necia! No soy de los que
con una sola mujer se satisface. No hay además hechizo
que aguante un matrimonio. Para casarse se necesita
una vocación como la tuya.
–¿Así de estoica?
–Desde luego. Harías prodigios con una mujer
menos rabiosa.
Fui entonces yo quien protesté contra tamaña idea:
–No me tiraría con un matrimonio la dicha de un
romance.
–Te podrías casar con una amante. De paso te
sacarías el clavo.
–¿Sólo por el placer de la venganza? ¡Nunca! No
quiero ser materia de rencores.
Sin embargo me asaltó una idea descabellada y le
dije que tal vez lo haría cuando la muerte me rondara.
–Digna de ti tamaña extravagancia.
–Inaudita en verdad. Pero un matrimonio cuando
la muerte acecha es tan fugaz que no da tiempo al
desengaño.
–Ese sí «hasta que la muerte los separe».
–Y más allá, porque el recuerdo de la relación
estará libre de agravios, y sublimado por la compasión
y la ternura.
–¿Si no es para agriar la placidez de Elisa, qué
razón tendrías para casarte?.

125

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–Asegurar una compañera en mis peores días y
compensar a las amantes. Enaltecer a una para hacerle
un reconocimiento a todas. Escarmentar a quienes las
humillan, haciéndolas partícipes de los privilegios de que
gozan las señoras «dignas».
–Aunque romántico, tu gesto pasaría sin
advertirse. Para llamar la atención tendrías que vivir en
la era victoriana. Ya nada escandaliza. Hoy novias,
esposas o amantes son la misma cosa. Para colmo de
males desde tu separación tus queridas perdieron la
condición de amantes.
–Desafortunadamente las amantes no existen en
la agenda de los hombres libres. Me tocará llamarlas
novias; son las consecuencias de romper mis ataduras.
–Lo dices con nostalgia porque el matrimonio te
dejó marcado. La novia tiene el hedor de la consorte, la
amante la holgura de los amores clandestinos.
–No me atrevo a ser tan descarnado, pero el
vocablo esposa algo desagradable produce en mis
entrañas, a sabiendas de que las puede haber
maravillosas.
Finalmente me he visto de cara con la muerte, y
sin la intención de proponerle a nadie matrimonio.
¿Cómo habría de plantear tamaño disparate? Se lo acabo
de recordar a Joaquín, quien ya ni se acordaba. Y
aunque retomamos la conversación de tantos años,
terminamos hablando de la connotación que tiene el sexo
para el ser humano. Le expuse mi teoría de que el sexo
es para el hombre un fin y para la mujer un medio. Un
medio para halagar o asegurar a su pareja, y no pocas
veces para escalar y asegurar el éxito.
–No es vital para la mujer –me dijo Joaquín al
despedirse–. Pero sin él, en cambio, sería impensable la
vida para el hombre.
Esa afirmación inobjetable me obligó a pensar
cuán importante había sido en mi existencia. Me
remonté a mi adolescencia, en que por juzgarlo poco
126

SEGUIRÉ VIVIENDO

intelectual y demasiado maquinal le dedique muy pocos
pensamientos. Y aunque no fue motivo de mis
reflexiones, sí sucumbí entre contrito y apenado a sus
momentáneos arrebatos. Del sexo tan solo me molestaba
que sólo fuera instinto. ¡Quién hubiera pensado que
terminaría librando batallas en su nombre!
De tanto observar, llegué a la conclusión de que el
apareamiento no surge solamente del deseo, pues la
frustración y la ansiedad son otras fuentes que lo
determinan. Pensando en mí, recordé que las embestidas
de Elisa me impulsaban a los brazos de mi amante; no
como expresión de venganza, sino en busca de un
bienestar que anulara la desazón y la tristeza. Era una
fuerza refleja y repentina que surgía tras el disgusto.
¡Ah, maravillosas endorfinas! Si no hubiera invertido en
el amor la energía reprimida de mis furias, cuántos
males hubieran sido causados por mi ira. Debo afirmar
que desde mi temprana adolescencia intuí que el sexo
calmaba la ansiedad, que era una salida por la que
escapaban las tensiones. Y no fue el producto de un caso
personal; el efecto colectivo lo deduje al apreciar el índice
de nacimientos en una población sometida a situaciones
críticas.
Cuando me vieron disociar el sexo del amor en mis
escritos mis contradictores opinaron que era el efecto de
la malograda experiencia de mi matrimonio. No
entendían que pudiera quitarle a la actividad sexual el
aura romántica con que siempre ha sido maquillada
para que no parezca el instinto animal que es
verdaderamente. Fue en efecto mi experiencia, pero
también la observación de mis congéneres, la que me dio
elementos para llegar a tan provocadoras conclusiones.
Estando más allá del bien y el mal, me mantengo en que
la actividad sexual es una práctica que se relaciona más
que con el amor con la ansiedad, y que actúa más como
una válvula de escape, que como demostración de afecto.
Es una práctica egoísta, que por saciarse mutuamente,
127

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

como tal no alcanza a percibirse. Pero utilitaria o
generosa, es de todas formas un resarcimiento delicioso
por todas las agresiones de la vida.
Nada como las ideas sobre la sexualidad reflejan
mi trasformación del niño timorato al adulto irreverente.
¡A qué punto llegué a rebelarme contra las prédicas que
el sexo satanizan! ¡Cuántas veces sentí deseos de
mandar a Javier a los infiernos!. La vida sexual es un
asunto privado, privado hasta para la religión, quise
decirle. ¿Cómo osa un sacerdote inmiscuir sus narices en
lo que sólo concierne al individuo? Pero siempre me
controlé, nunca supo él las centellas que me
desencadenaban sus rígidos conceptos.

Cuando

dolor y el agotamiento progresivos hicieron
sentir a José enfermo de verdad, todas sus actividades
decayeron, y muchas desaparecieron para siempre. Su
fortaleza física, conservada por el esfuerzo admirable de
su voluntad, se derrumbó. Consciente de su debilidad
optó por no salir del edificio. Y para compensar su
encierro, puso al frente del ventanal de su alcoba una
mullida mecedora, en la que se le iban las horas,
hamaqueado entre su siesta y sus lecturas; entre la
abstracción en sus escritos y la dispersión que le
provocaba el mundo agitado de la calle. Ese cosmos del
otro lado del cristal de la ventana era su contacto más
importante con la realidad; todos los demás eran
virtuales. En sus excursiones por la biblioteca, que era
un cuarto grande, adaptado para tal destino con siete
pisos de estantería que forraba de libros las paredes,
José se aprovisionaba de obras y documentos que le
hacían más llevaderas las horas del encierro.
Solía revisar alguna de las carpetas con borradores
de sus publicaciones. Siempre le deparaban alguna
novedad, a pesar de ser él, el autor de los escritos.
128

SEGUIRÉ VIVIENDO

Leyéndolos podía ufanarse de que el prodigio hubiera
salido de su pluma, o ruborizarse de haberlos publicado.
En ocasiones los juzgaba tímidos, en otras le sorprendía
su arrojo. Mezclados con ellos, propio de su desorden,
había párrafos sueltos que esperaban un lugar en un
libro que ya no llegaría. Hojas dispersas que tal vez
serían las primeras en llegar a la basura cuando se
aseara la biblioteca tras su muerte. De pronto a su hija
le diera por leerlas y terminara publicando algún
ensayo. Había mucho sobre la muerte, las relaciones de
pareja, el comportamiento sexual, la infidelidad, la
libertad, el avasallamiento del hombre, la injusticia, el
bien y el pecado, temas que habían sido en sus obras
recurrentes. Pero ordenar sus notas y llenar de
coherencia las ideas dispersas, no era tarea fácil. No lo
era para él, menos para un extraño. Entre suspiros
pensaba que terminarían en el fondo de la caneca, pues
muchas notas estaban escritas en recibos ajados, en
servilletas dobladas, al respaldo de tarjetas de
presentación o en fragmentos de papel rasgado de la
esquina de un periódico. Todo con tal de no dejar escapar
una idea en el esplendoroso instante de su nacimiento.
Así había sido siempre. Algún día el escrito pasaba del
sitio improvisado al procesador de texto de su
computador, y comenzaba la fase de crear, de dar forma
a su obra con la paciencia de un sastre, hilvanando
párrafos y remendando ideas. Así habían nacido muchas
de sus publicaciones. Ahora, por desgracia, abundaban
los pensamientos y escaseaba el tiempo.
Aquella tarde tomó una carpeta atestada de
documentos, que lo obligó a pasarse de la mecedora al
escritorio para poder manipularla. Ojeó uno tras otro los
textos, hasta fijar en uno su mirada: «El instinto atrae a
la mujer y al hombre. El retrato de un instante de pasión
hace presumir que en la naturaleza más perfección no
existe, pero tras de esa efímera armonía se esconden
descomunales desacuerdos. […] El hombre y la mujer
129

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

hablan del amor y el sexo en lenguas diferentes. El deseo
y el amor que los atraen, es la causa a la vez que los
repele. […] Puede que la mujer experimente el sexo con
agrado, pero nunca con el entusiasmo enloquecedor con
que lo busca el hombre. El macho humano es un animal
carnívoro y su presa todas las mujeres. Son las leyes de
la naturaleza, que persistirán a pesar del disgusto
femenino empeñado en transformar el comportamiento
de los hombres. […] Puede amar con exclusividad el
hombre, pero sacia en muchos cuerpos su deseo: la
eterna paradoja de amar a una y desear a cientos. Y no
es maldad, porque el objetivo de la infidelidad no
contempla que sufra la pareja. Son las hormonas, son los
genes. Igual de libidinosa se torna la mujer con los
andrógenos. Y el macho fue inundado por el Creador con
las hormonas del deseo».
Entonces llegó el recuerdo de Eleonora, porque
justo esos párrafos se le revelaron accidentalmente en su
tierna adolescencia.
Eleonora se había criado a la sombra de los libros.
Cuando pequeña se entretenía sacándolos de los
estantes y apilándolos de diferente forma hasta
construir estructuras que algún significado tenían en su
mente fantasiosa. Pocas veces examinaba su interior,
pues a diferencia de los suyos, llenos de color e
ilustraciones, los de José estaban atiborrados de
ininteligibles y aburridos caracteres; pero el inusual
cuidado con que los trataba se había ganado la confianza
de su padre, quien se los dejaba tocar sin el menor
reclamo. Pasado su interés en ellos, la pequeña Eleonora
terminó por olvidarlos. Se le volvieron un objeto
monótono de la decoración. Tal vez por eso, José se
olvidó de que su hija se pudiera concentrar en su lectura.
Pero Eleonora creció y se convirtió en una adolescente
interesada en el mentado ingenio literario su padre. Una
mañana aprovechando que la habían dejado sola, se
dedicó a buscar en la inmensa biblioteca las obras de
130

SEGUIRÉ VIVIENDO

José: «Inflamado por a libertad», «¿Por qué no funcionan
las parejas?»,. «El manual de los amantes»,
«Contradicciones religiosas», «Del intelecto a los
sentidos», «Moral e instinto», y muchas otras. Al azar se
quedó con el segundo título, y comenzó a ojear hasta que
el sugestivo encabezamiento de un capítulo, «Así somos
los hombres, no lo que esperan las mujeres», la hizo a
leer entusiasmada: «A la infidelidad y a la promiscuidad
somos proclives. [...] Que todos somos iguales afirman las
mujeres. ¡Y lo somos! Nuestras pasiones son las mismas.
Víctimas de la norma o la etiqueta las ocultamos, pero
no renunciamos al deseo: el cuerpo de la mujer es el
mejor platillo. En la imaginación lo hacemos nuestro,
desarropamos sus formas, fantaseamos con su intimidad
y dejamos en libertad nuestros sentidos. Encubrimos
nuestra lujuria para tejer la red que las atrapa. Con
detalles tiernos y frases delicadas alcanzamos con
docilidad lo que nos negarían si conocieran las
verdaderas intenciones. ¡No es maldad, es el instinto! Si
el enamoramiento se presenta, bloquea nuestra atención
a otras embriagadoras tentaciones, pero apenas de forma
pasajera. Los hombres, seductores pertinaces, pronto
volvemos a soñar con la próxima conquista, real o
imaginada, furtiva o manifiesta». Eleonora devoraba con
afán las líneas. Cada párrafo era una revelación
desconcertante, un cúmulo de datos para digerir, una
realidad cruda, inesperada. Y ante todo una verdad
rubricada por la firma de su padre. «No oculto nuestro
carácter, si imperfecto, corresponde a nuestra naturaleza
y no al dominio arbitrario de nuestra voluntad. [...] A
cualquier edad la carne joven nos incita; la conquistamos
en los años mozos, ya viejos, si es del caso, la
compramos. ¡Qué indolencia! Pero el cuerpo ajado de la
mujer no nos atrae. Sin embargo, al olvidar la
fascinación de lo carnal, nos queda de la mujer la imagen
de la madre y de la abuela... llenas de virtudes». Los ojos
de Eleonora saltaban de párrafo en párrafo. Pasaba las
131

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

hojas de prisa buscando frenéticamente otro
encabezamiento. Un nuevo título: «La infidelidad», y un
nuevo texto: «Si somos sin motivo propensos a la
infidelidad, ¿cuán no seremos cuando la mujer nos
somete a sus torturas? Sus agravios, sus celos, sus
cantaletas, desbordan la tolerancia de todo hombre y lo
lanzan indefectiblemente a los brazos de una amante». Y
otro capítulo: «Las edades de la mujer según el hombre».
«Desde la niña hasta la anciana pasan las mujeres por el
mundo afectivo de los hombres suscitando infinidad de
sensaciones. Desencadena la niña la protección y la
ternura, enciende la mujer joven la pasión, inspira la
anciana el respeto y la piedad. [...] Hay en las edades de
la mujer, una en que vale sólo por su cuerpo, aquélla en
que es la entretención suprema para el hombre. ¡Poco
dura!. Y otra madura y menos breve, en que la seducción
por su cuerpo poco importa. [...] La mujer tiene los años
de su lozanía. Cuando es joven y atractiva nos domina».
Cambió de párrafo: «Indignadas protestan las mujeres
por el trato denigrante que las hace un objeto sexual de
los varones, no obstante sufren cuando los años
desvanecen los atributos por la que son objeto. En lo más
recóndito de su ser todo ser humano quiere ser
apetecible. [...] Cuando esos años pasan, sin la sombra
de lo lúbrico, puede verlas el hombre en la plenitud de
sus virtudes». Más adelante el libro intentaba
aproximarse a lo moral. «Las relaciones de familia
imponen en cualquier hombre decente barreras a lo
erótico. La idea del incesto congela sus instintos. [...] Los
juicios que los géneros formulan de su contraparte son
sesgados. Juzgan bajo la perspectiva de su propio sexo,
ignorando la naturaleza del contrario; así pierden la
posibilidad de comprenderlo. La mujer, por ejemplo, que
casi siempre liga amor y deseo en un mismo sentimiento,
no alcanza a comprender que su compañero la ame,
cuando acaba de compartir el lecho con una mujer
desconocida».
132

SEGUIRÉ VIVIENDO

Por un instante Eleonora cerró el libro, y se topó
con la foto del autor en la cubierta. La pareció otro,
diferente al hombre que la consentía. Cruel o pesimista,
visionario de desastres, profeta de un mundo dominado
por el desencanto. Pensó en él como un anunciador
apocalíptico que revelaba que el verdadero amor no
existe, y lo imaginó notificando con descaro que la mujer
debía ser un juguete eternamente traicionado. No sabía
si sentirse alertada o agraviada.
En su ensimismamiento no escuchó los goznes
oxidados de la puerta que anunciaban la llegada de su
padre. Demasiado tarde se apresuró a dejar la obra en el
estante.
–¿Te convertiste en otro más de mis lectores? –le
preguntó José con la certeza de que el que ponía en su
sitio era uno de sus libros.
–Me pescaste papá.
Y sacando el libro de la biblioteca lo puso con sus
dos manos frente a los ojos de su padre.
–Esa no es literatura para niños.
–Pues ya no soy tan niña. Y seré yo quien haga las
preguntas. ¡Papá, tu libro es repugnante! ¡Nada hay en
él del ser me consiente!
–Hija ese era el libro menos indicado para
comenzar a entender mi pensamiento. Claro que soy el
hombre hogareño y afectuoso que siempre has
observado, pero también soy el crítico implacable que en
las noches se encierra en el estudio a develar sobre el
papel el universo que se esconde bajo el superficial que
conocemos. El mundo que estás por descubrir será
diferente al que has soñado. «La búsqueda de la
felicidad, testimonio de quien la ha encontrado», hubiera
sido para una adolescente la primera aproximación a
mis escritos; con «Critica a la vida» hubieras dado el
primer paso a los textos que encienden el debate.

133

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

En tono paternal fue desvaneciendo José, con amor
y con razones, la fuerte impresión que había dejado en
Eleonora la lectura.
–Pero papá, siento que te expresas de las mujeres
con desprecio. ¿Desde cuando somos objeto para divertir
al hombre? Llegué a imaginar, mientras leía, una risa
mordaz inundando mi salón de clases, haciendo trizas el
mundo que me habían mostrado.
–Comenzaré por explicarte que los hombres somos
soñadores, y por soñar la realidad nos decepciona. Somos
críticos, y por críticos vemos la vida y las personas de
distinta forma. Lo mismo a la vista de tantos resulta
diferente. Lo que te enseñan tal vez sea distinto a lo que
yo te cuento, y diferente a lo que descubras por tus
propios medios. Puntos de vista que no cambian la
esencia de las cosas. No es más grande la mujer por más
que se la ensalce, ni más odioso el hombre por más que
se le recrimine. La realidad, como la verdad, es sólo una,
pero cada cual la interpreta a su manera. Me gusta
escribir sobre el lado conflictivo de las cosas, por lo que
no resulta amable todo lo que digo. Es otra cara de la
realidad que no niega cuanto de bueno hay en el mundo.
Creo en la igualdad entre los sexos y proclamo los
mismos derechos para ambos, pero toco las diferencias,
la forma en que cada uno ve las cosas, la manera de
sentir y de expresarse. Describo en detalle la
personalidad de la mujer y el hombre, busco explicación
a su conducta, hurgo en la filosofía y la ciencia, y
encuentro que mucho hay de instintivo y natural, y no
tanto de voluntario y reprobable. Llamo la atención
sobre la realidad de las cosas, porque a veces la sociedad,
con una venda encima, se opone a lo evidente. Mi libro te
cuenta como son los muchachos que comienzan a
gustarte. Debes saber que los hombres somos sensuales
en extremo. Que vamos tras del placer, tras de los gozos
que deparan los sentidos. ¿Y sabes cuál es la sensación
más formidable?
134

SEGUIRÉ VIVIENDO

–La mujer, si me atengo a lo leído.
–Exactamente.
–Y es por eso que el hombre la somete.
–Vaya uno a saber cuál es el sexo que somete y
cuál el sometido. Yo siento que sólo con seducir, la mujer
consigue doblegarnos. Buen tema para tratar en clase.
Pero en las aulas falta resolución para mostrar la
imperfección humana y para revelar la realidad con su
crudeza. A veces se evita chocar con el romanticismo de
la vida que se le vende al niño. Se habla de la
magnificencia del amor como prolongación de los cuentos
de hadas que se aprenden en la infancia. A mí me gusta
que a las cosas se las llame por su nombre, que se las
tenga por lo que son, sin maquillaje. Por eso sin tapujos
me refiero al deleite egoísta que por naturaleza, no por
maldad, buscamos en la mujer los hombres. También
enaltezco el amor y valoro el ideal que pretende al
hombre y la mujer unidos para siempre. Unidos por el
conocimiento mutuo y trasparente, más realista y menos
soñador, más objetivo y menos propenso al desengaño.
La mujer que lea mis libros se podrá enamorar de un
hombre real con todos sus defectos, sabrá cómo y por qué
actuamos, conocerá nuestra naturaleza, y con ella
nuestras debilidades y virtudes. Si acepta la aventura,
no se llevará sorpresas. Desmitifico al príncipe azul para
que no rompa en lo sucesivo corazones. A una
adolescente, debe al menos enseñarle el valor de la
prudencia. De pronto le dé elementos que la hagan
inmune al desencanto.
Fue entonces cuando Eleonora sorprendió a José
con su pregunta.
–¿Tú nunca fuiste feliz con mi mamá? ¿Por eso
escribes como escribes?
–Todo no fue tan malo. Nuestra relación comenzó
con muchas ilusiones, tantas que nos ocultaron la
contravía en que viajaban nuestros intereses.
–¿La has traicionado?
135

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–Me niego a contestarte.
–No es para juzgarte.
–Juzgar es muy difícil. Se peca por exceso o por
defecto. No sé si exista maldad en los infieles. A unos los
espolea el hastío, a otros el instinto los instiga; algunos
buscan las cualidades que en su pareja están ausentes,
algotros se empeñan en compensar algún maltrato.
–Si me das más argumentos pensaré que tuviste
alguna amante.
–Muchas: Es lo que tu madre afirma –y se contuvo.
No era a su hija a la que debía resaltarle los
defectos de su esposa. Prefirió volver al libro para poner
punto final al tema.
–Hija, si te has llevado una mala imagen de mi
obra, es porque tu percepción aún es idealista. El libro
no intenta ser moral ni libertino. No hace un juicio a la
conducta humana, apenas presenta su comportamiento
sin engaños. Al escribirlo, quise mostrar la realidad,
como un fotógrafo la capta, sin eufemismos ni retoques.
Sólo a mis años dirás si estuve equivocado; porque para
criticar la vida hay que vivirla. De pronto es más lo que
decimos que lo que padecemos.

¿TERMINÉ AMANDO LA VIDA?
Si todo estaba siendo objeto de mi análisis, no
estaba de más que juzgara mi culpa en la enfermedad
que me llevaría a la muerte. Inobjetable era mi falta,
había abandonado por años los controles. ¿Pero acaso no
tenía motivo para hacerlo cuando tantas biopsias
benignas me habían tranquilizado? Tarde vine a saber
que la metaplasia colónica del último fragmento de
estómago que me estudiaron era un paso al cáncer
gástrico. El especialista me habría alertado si en vez de
archivar el informe se lo hubiera presentado. Y no lo hice
136

SEGUIRÉ VIVIENDO

porque también decía que no había malignidad en la
muestra examinada. En fin, ¡así debían pasar las cosas!
Pues hasta las verduras que poco me gustaban las incluí
en mi dieta. Y los medicamentos nunca me faltaron. La
cimetidina, la ranitidina, el omeprazol, el sucralfate, la
metoclopramida y todos los antiácidos daban fe de que
tampoco fui tan negligente. En ausencia de controles yo
mismo me los formulaba. Y aunque me recriminaron la
autoformulación, ningún médico pudo refutarme que la
prescripción fuera correcta. «Se creyó tan docto
recetándose –me dijo alguno– que pasó por alto que sólo
una parte del manejo de la enfermedad era la fórmula».
De todas formas, no tenía porque quejarme;
muchas veces había expresado el desprecio por la vida.
No había sido grande mi apego a la existencia, hasta
recuerdo cuando recitaba con rebeldía los versos de León
de Greiff, como si fueran míos:
«Juego mi vida,
cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida.»
Los repetí mil veces, considerándola un bien sin
importancia. Pero a fuerza de vivir terminé cogiéndole
cariño. La había colmado de pretextos y motivos, y
sentía tristeza de dejarlos huérfanos. Ahora me ataban
los quehaceres a que me había entregado para
entretenerme, mientras llegaba la hora de partir. Había
sido un buen discípulo de Chalmers para quien la dicha
consistía en tener qué hacer, a quién amar y algo qué
esperar.
Pensé en la muerte de mis seres queridos, en las
hipotéticas y en las reales. Y particularmente recordé el
accidente de mi hija, cuando creí que la perdía. Qué
alegría que las cosas se dieron al derecho. No tienen
porque anteceder en la muerte los hijos a los padres.
Pasado la angustia inicial del accidente, mi dolor se fue
atenuando al entender que no era yo Dios para cambiar
137

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

los hilos del destino, y que todo ser humano tiene un
final inexorable, del que ni Eleonora escaparía. Entendí
que mi dolor más que por ella era por mí. Sufría porque
ella pudiera abandonarme. ¡Y con ese egoísmo nos
atrevemos a decir que sufrimos porque amamos! Para
que hubiera amor auténtico en ese instante amargo, lo
que debía importarme era haberle dado afecto, haber
cumplido a cabalidad mis obligaciones como padre,
haberla hecho feliz, haberle dado amor todos los días. Y
si tenía que marcharse, que lo hiciera con la alegría de
haber contado con un ser que no le había fallado. Pensé
que podía sentirme triste si el destino se la llevaba para
siempre, pero no abatido, pues a Dios gracias, creía que
mi comportamiento era admirable. Que fuera lo que el
Cielo dispusiera, al menos había paz en mi conciencia.

José

reconocía su conflicto con el poder, aunque con
prudencia y diplomacia manejaba las relaciones con los
poderosos. Sus escritos sin atacar personalmente a
nadie, embestían en forma general contra la jerarquía.
Pero no eran anárquicos, por el contrario, privilegiaban
el orden sobre el caos. Eran una crítica pertinente contra
los excesos o la desidia de la autoridad. Enjuiciaba la
dominación de los ignorantes apoyados en la fuerza y el
confinamiento de la inteligencia en el manejo del Estado,
pues aducía que «son más brutos que sabios los que nos
gobiernan»; y fustigaba el uso del poder para saciar
intereses personales y para tomar revancha. Llegó a
afirmar en los momentos de más ofuscación que «el
poder es para joder a los demás, nunca para servirles. Y
para exacerbar la vanidad de los ineptos que lo ejercen».
De los poderosos escribía con soberbia, como queriendo
doblegar sus ínfulas: «Me tildarán de prepotente por mis
crudas críticas, pero no tengo otra opción. Me
ensoberbece la iniquidad y tener que aceptar que no
138

SEGUIRÉ VIVIENDO

dominaran los mejores. ¿En qué principio se fundamenta
la pérdida de la igualdad; en cuál que unos manden y
otros obedezcan? Moriré con la mortificación de no
haberlo entendido».
Pero también lo apenaban sus reacciones
explosivas y sus momentos de ira, pero precipitados por
manifestaciones de injusticia –ese era su consuelo–.
Podía ser implacable contra la autoridad porque se
desmandaba, o se confabulaba con los males que debía
atajar; pero igual con decisión la defendía; porque sin
ella los derechos podían quedar desamparados. Le
fascinaba la polémica, y la encendía con afirmaciones
perentorias; pero no era raro que tras el fogonazo inicial
su discurso tomara un rumbo sereno y razonado, capaz
de llevar a sus contradictores por el camino de la
conciliación. En ocasiones los choques eran fuertes, pero
los epílogos amables. Por eso, como una sentencia,
predicaba que los espíritus siempre se reconcilian
cuando hay una disposición respetuosa a las opiniones
de los contradictores.
Aleyda, la auxiliar de enfermería que lo atendía
por la mañana, confesaba su debilidad por los coloquios
que se daban en aquélla pieza. Sus compañeras
recriminaban sus demoras y le preguntaban si era que
se había enamorado del paciente, pues ella pasaba más
tiempo que el rutinario en aquel cuarto. Si al entrar
adivinaba alguna controversia, enlentecía sus labores y
las desarrollaba con toda cautela para no distraer a
quien estuviera argumentando. Jamás interrumpía,
jamás opinaba, apenas fisgoneaba con prudencia, cual si
realmente ignorara la conversación ajena.
Aquel día José planteaba que los derechos no
podían ser los mismos para el buen ciudadano que para
el delincuente, y proponía una correspondencia entre los
derechos y el comportamiento en sociedad. Plenos para
los buenos, restringidos para los bribones. Instaba a ser
rudo con el criminal y a no negociar con delincuentes:
139

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–Ante la menor flaqueza la víctima y la autoridad
están perdidas. Cada transacción es un paso a la
capitulación, una ventaja que aprovechan los bandidos.
Al criminal hay que darle de su propia medicina. Quien
no respeta los derechos de los demás, no puede exigir
respeto por los suyos.
–Profesor –el interlocutor era un discípulo–,
invocar la ley del Talión me parece un retroceso.
–Y no la invoco, ya que no propongo repetir la
acción del delincuente, sino hacerlo blanco de las
consecuencias de sus actos; aminorar sus prerrogativas,
porque no encuentro fácil su sometimiento en medio de
tantas garantías. Tú dirás si miento al afirmar que
muchos de los peores criminales andan sueltos,
acogiéndose a la letra menuda de los códigos y
aprovechando los resquicios de las leyes. Emboscan y no
pueden emboscarlos; secuestran, pero privarlos de la
libertad requiere mil formalidades; torturan, y tienen
que ser tratados con mil contemplaciones.
–Es un proceder pragmático. Sin embargo las
garantías que usted restringe son un rasgo de civilidad.
No puedo imaginar a quienes juzgan cometiendo los
mismos desafueros que quienes son juzgados. A la
autoridad comportándose igual que el delincuente.
–Así presumas que son las mismas prácticas, en
nada se parecen. Las del Estado son la reacción a la
acción del delincuente; las de éste son causa, las del
Estado consecuencia; las del criminal injustificadas,
perversas en esencia; las de la autoridad forzosas,
persiguen un objetivo provechoso. Que el criminal
termine mal, esta contabilizado en su propio
presupuesto, hace parte de sus riesgos, lo tiene que tener
entre sus cálculos. Sin demostraciones fehacientes del
ejercicio de la autoridad no se detiene al delincuente.
Reconozco virtud en tu idealismo, pero la experiencia
enseña que con las concesiones a los malhechores el

140

SEGUIRÉ VIVIENDO

temor a la autoridad desaparece, amén de que los
privilegios ultrajan el principio de justicia.
–Con tal severidad con los criminales, no llego a
comprender que sea usted la misma persona que alguna
vez se mostró partidaria de conceder beneficios a
integrantes de grupos armados al margen de la ley.
¿Quién entiende que sus atrocidades apenas merecieran
una condena leve?
–Parecía una incongruencia de mi pensamiento y
no lo era. Se trataba de negociar la rendición de unos
bandidos. La autoridad que da ventaja al delincuente
corre el riesgo de quedar sometida a su poder. Al
criminal cuanto más pequeño, con más facilidad se le
domina. En este caso se le dejó crecer hasta terminar
equiparando su fuerza a la fuerza del Estado. Y por
costumbre se negocia para conjurar un conflicto cuando
el enemigo no vence ni es vencido. ¿A cambio de qué se
entregan unos malandrines que se saben a salvo del
imperio del Estado? Son concesiones que dejan el sabor
de la impunidad y la derrota, y son el costo de una
sociedad permisiva, que consintió en su momento lo que
no debía. Queda la lección de que la autoridad debe ser
inquebrantable, para que siempre someta y nunca tenga,
por débil, que pactar con los bandidos.
–Yo peco por idealista, usted por demasiado
práctico. Pero en cierta medida acepto sus razones.
–Que las víctimas se resignen me parece más
penoso que el daño que les causen sus verdugos. Soy
radical porque no tolero a los justos sometidos por los
malos.
–¿Y hasta dónde puede llegar el Estado en defensa
de las potenciales víctimas?
–El límite lo da la efectividad de sus medidas: la
rehabilitación, la cárcel, la cadena perpetua... la pena
capital, si es necesario.
–Asunto delicado. No es sólo el cuestionamiento de
la potestad sobre la vida, sino la condición irreparable
141

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

que tienen los errores cuando la pena de muerte es el
castigo.
–Siempre lo he pensado, pero hay criminales a los
que ni la prisión aquieta; que desde las cárceles siguen
delinquiendo; que a través de los muros despliegan sus
tentáculos. ¿Qué se puede hacer con un delincuente
irreformable? ¡Aplicarle una medida excepcional y
terminante! Pero también yo dudo, como tú, de la
justicia, y no vacilo al calificarla de ruleta rusa, porque
por igual acierta o se equivoca. Y no sólo me refiero a
errores de buena fe al identificar los hechos, sino a su
capacidad de maquinación, y a sus desaciertos en
materia de métodos y penas. Para la sociedad es más
importante el castigo de la falta que el arrepentimiento
del culpable, más la condena que lastime, que la
rehabilitación del infractor. El encarcelamiento no
siempre es para proteger a la sociedad de un criminal, ni
para rehabilitar a un reo, es para cobrar venganza en
nombre de la ley.
–¿Cómo negar que las cárceles son escuelas del
delito?
El tiempo se agotó antes que el tema, y el visitante
que había llegado a aquélla habitación más por la
curiosidad que por el deseo de saludar a su maestro,
tenía ahora un mejor conocimiento del hombre que le
había enseñado; una percepción más completa en tan
breve trato personal, que en tantos años oyéndolo en las
aulas.
–Al escucharlo, profesor, me asombro del contraste
entre su magnanimidad y su dureza; entre su exaltación
del perdón y su inclinación por la pena capital; entre sus
sentimientos de clemencia y su disposición al
aniquilamiento.
–No encuentres en ello incoherencia. Mi vida
estuvo marcada por mi vocación hacia la gente buena y
el repudio al comportamiento despiadado. Luego no
puedo ver igual la pena para el delincuente realmente
142

SEGUIRÉ VIVIENDO

arrepentido, que para el que arrincona a la sociedad sin
inmutarse.
–A pesar de lo que expresan sus palabras –dijo el
estudiante–, tengo la convicción de que no segaría usted
la vida de un delincuente con sus propias manos.
–Eso no me exime, igual el jurado es más
responsable que el verdugo. Pero no habiéndose aplicado
durante esta vida mi proyecto, queda de testimonio de
cuanto me inflamaban las conductas criminales. Nunca
soporté ver a la sociedad acorralada. Aunque me marche,
y se diga que ya este asunto no es de mi incumbencia,
sigo invocando una justicia con procedimientos
expeditos, con estrategias como la extinción de derechos
que ponga al delincuente en inferioridad de condiciones.
Sólo así será capaz la sociedad de doblegarlo.
El discípulo se despidió manifestándole la extraña
sensación de hasta ese instante haberlo conocido. Le dijo
estar impresionado de su disposición a disculpar, como
de su determinación a arremeter. José pensó que su
posición podía caber en una eslogan: bueno con los
buenos y rudo con los malos. Desde luego, con los malos
contumaces, con los que rebasan los límites de toda
tolerancia. Y malos para él no eran todos los que causan
daño, sino los que lo ocasionan albergando las
intenciones
de
causarlo.
Y
la
indulgencia
definitivamente le parecía importante. «Nuestra
naturaleza humana yerra fácil, se agita entre el bien y el
mal, entre el pecado y el perdón, luego absuelve para ser
absuelta».

JUICIOS DE DIOS Y DE LOS HOMBRES
«Aunque te hayas equivocado, si hubo por lo menos
un motivo noble en tus acciones no tienes que afligirte».
Le planteé de qué valían los sacrificios que otros
143

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

practicaban y a los que me había rehusado por no
considerarlos pertinentes. «No son inútiles –me dijo–. En
este reino toda acción hecha con el convencimiento de
estar actuando rectamente será recompensada. Pero las
recompensas son íntimas y personales. Satisfacción es el
nombre de la felicidad para quienes habitan este mundo.
Desasosiego el de la desventura y la condena». Y me
explicó que a más malos en la Tierra, más justos
seríamos en el paraíso. «Las faltas se expían con el
remordimiento, ese es aquí el único tormento. Ningún
alma perversa es destruida. La contrición engendra
bondad donde antes hubo infamia. El mundo no es cada
vez peor, como presientes. Las almas que no comprenden
allá el valor de la bondad, lo entienden aquí cuando el
arrepentimiento les llega inexorablemente. Así los malos
se vuelven virtuosos y los buenos siguen siendo buenos,
porque el universo tiende a la perfección, aunque el alma
en su dimensión humana no lo vea ni lo comprenda. Y
recuerda que nada vale tanto como la intención, el
resultado es algo secundario».
Desperté con la palabra intención entre los labios.
También eso diferenciaba la justicia humana y la divina,
pues ¿qué juez conoce en este mundo el sentimiento real
de quienes juzga? ¿Y cuántos hombres están dispuestos
a perdonar un daño sin intención causado, cuando
habitamos un mundo en que la expiación vengadora y la
compensación económica son los medios para lavar las
faltas? El sueño parecía una revelación divina que daba
tranquilidad a cualquier mortal que debiera responder
por los actos de toda su existencia. La condenación
eterna a las tinieblas no tenía sustento. En mi visión
pocos eran tan malos, pocos tan buenos, casi todos
estaban en un espectro gris, oscilando entre los dos
extremos.
Sentí satisfacción. No por haber pensado diferente,
un poco en contravía de lo aceptado –que también me
complacía–, sino por haber actuado en coherencia con
144

SEGUIRÉ VIVIENDO

mis pensamientos. Imaginé que igual de complacidos
podrían estar mis contradictores más férreos en razón de
su convencimiento. Parecía razonable: todos gracias a
esa fidelidad estábamos a salvo. Era la sabiduría y la
magnanimidad de Dios. Pero pensando en el origen de
los sueños, creí que más que Dios, en ellos hablaba mi
inconsciente. De todas maneras confronté el juicio del
Creador con el de sus criaturas. Y me sirvió de ejemplo
la intolerancia que algunos de mis lectores exhibían.
«Usted blasfema porque se siente a salvo. No lo
imagino defendiendo con vehemencia sus incendiarios
pensamientos cuando le llegue el momento de rendirle
cuentas». Así decía el correo electrónico de un lector
horrorizado con mis opiniones, que habría creído en la
efectividad de su conjuro de haberse enterado de que
meses después de su advertencia estaba lidiando con
una enfermedad mortífera. Y a no ser que las notas
fueran todas suyas, eran varios los interlocutores
virtuales que afirmaban que tentaba la ira de Dios con
mis ideas y que mis juicios me tenían más cerca del
averno que del Cielo. Son los gajes de escribir. Y la
muerte y la condena eterna son perfectas para intimidar
a ingenuos y cobardes.
Contrario a lo que deseaba aquel lector, mi
dolencia mortal no me hizo arrepentirme de mis
pensamientos. Controvertir, poner en duda, más que un
pecado es un don que no da Dios a todos los mortales.
Dirán entonces que soy ante la muerte cínico, pero no
voy a desdecirme. Buenas o malas mis acciones corrieron
a la par con mis principios. ¡A pesar de mis errores he de
marcharme con la mirada al frente! Tal vez encuentre en
el más allá el premio o el castigo... mejor la nada, que
aunque puede privarme de mejores cosas, me libra de
riesgos más aciagos.

145

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

La

mente de José siguió siendo en su enfermedad un
mundo en permanente ebullición, que contrastaba con el
sosiego de su cuerpo. Incluso cuando escribía, se le veía
como dormido, a pesar de tener el papel y la pluma entre
sus manos. Y cuando se entregaba a los recuerdos y las
meditaciones, había que concentrarse en el ritmo de su
respiración para afirmar que estaba vivo.
Esta vez estaba ausente, aislado de su entorno, con
los párpados cerrados, al punto que la enfermera pensó
que estaba amodorrado e intentó quitarle las hojas que
sostenían sus manos, pero el reflejo del enfermo la
contuvo.
–No estoy durmiendo –dijo José al aferrarse a
ellas–. ¿No ve, Inés, que las estoy leyendo?
Y lo hacía, solo que por momentos se quedaba
inmerso en los recuerdos que aquel documento
reavivaba:
–La mujer es un costoso objeto de placer –dijo José.
–En su juventud –completó Joaquín, para pulir la
idea.
–No –replicó José–, en su madurez, cuando sus
atributos se marchitan pero seguimos en deuda por un
placer que se acabó hace tiempo.
–Como la buena mesa –volvió Joaquín a
intervenir–. Con gusto pagamos lo que un plato delicioso
cuesta, pero nos negamos a cancelar cuando el platillo
sin ser sabroso también nos indigesta. Porque la pérdida
de la belleza de pronto es lo de menos, son los malos
tratos y los sermones reiterados los que más nos pesan.
–Hablas como un casado –sentenció José–. Y
llamamos cantaletas a ese odioso suplicio que las
mujeres no ven como maltrato. ¡Lo que hay que tolerar
cuando ellas nos cuentan entre sus pertenencias!
–¿El hombre posesión de la mujer?, parece un
chiste.
–Es la tragedia del hombre que se casa. Mira
Joaquín de lo que te has salvado.
146

SEGUIRÉ VIVIENDO

–¡Qué falta de amor, cuánto insolencia! –exclamó
Federico, cansado de participar con su mutismo.
–El amor es un delirio – dictaminó Joaquín.
–No creo en el amor de las parejas –dijo José
corroborándolo–, porque es un sentimiento egoísta; en
últimas destruye. Basta observar, para probarlo, el
comportamiento de un amante despechado. Del
enamoramiento al amor el trecho es largo, del
enamoramiento al odio, es breve. De otra manera
debiéramos llamarlo.
–Los despechados son ustedes –expuso Federico–,
que a falta de afecto duradero se obnubilaron con el
placer y el sexo.
–Es pragmatismo –se defendió Joaquín–. ¿Es
depravación pensar en la mujer como un objeto erótico?
–Es que la vida de pareja no se reduce a lo sensual.
–Sin sexo de por medio, y me perdonas, la
compañera de un hombre es un amigo. La pareja –
puntualizó José–, es ante todo erótica.
–Insisto en el amor con una visión de largo plazo.
Para los viejos que pierden el encanto de su cuerpo la
pasión es lo de menos. Lo urgente es tener amor y
compañía. Pero un amor filantrópico como el amor al
prójimo. De los otros amores no doy cuenta; tampoco creo
que el enamoramiento dure hasta la muerte, y acepto
que la infidelidad existe. Existirá mientras exista el
hombre, porque a la seducción y al desliz no hay nadie
inmune. Lo que propongo es que las parejas asuman
actitudes razonables para darse la mano en la vejez
cuando las mayores penurias aparecen. Olvidando si es
del caso que alguna vez fueron amantes.
–¡Vaya propuesta! –dijo Joaquín–. Tan razonable
es, como imposible.
–Un argumento espléndido y sencillo –le pareció a
José–. Una razón convincente para que las parejas
perseveren. Tan solo temo que esa necesidad se sienta

147

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

demasiado tarde, cuando ya ha hecho estragos el amor, y
el odio sea irreconciliable.
A Federico le pareció una opinión muy pesimista y
persistió en su empeño.
Argumentando se les fue esa tarde, entre
conceptos ponderados, intelectuales, picantes y
explosivos, que al anfitrión le parecieron de no dejar
perder. Por eso con los apuntes redactó un coloquio.
Varios lustros después esa conversación era la que lo
ensimismaba, releyendo el artículo que anteponía a sus
ojos:
–José Robayo (JR): ¿No estaremos haciendo ver a
la mujer y al hombre como irreconciliables adversarios?
–Joaquín Ospina (JO): Pues si lo hicimos, declaro
que el asunto no es tan grave.
–Federico Castañeda (FC): Nunca dejarán de
atraerse la mujer y el hombre: es un axioma. Las
contrariedades que surgen no afectan a los géneros. La
animosidad cuando se da, es cosa de individuos.
–JO: También así lo estimo. La pésima relación
con mi mujer, caso hipotético, no puede llevarme a
desdeñar a sus congéneres. Tanto que son las demás las
que resaltan los defectos de la única mujer que se torna
inaguantable.
–FC: Algo presiento de Dostoyevsky en esa frase.
Una edad, según él, hay en el hombre en que todas las
mujeres gustan... excluyendo a una.
–JR: Nada hay más cierto en el amor. Evoluciona
de la mujer exclusiva a la mujer excluida, de la mujer
preferida a la mujer repudiada. Es un afecto en
declinación constante, en que la unión se mantiene por
intereses ajenos al amor.
–JO: Pero la pasión busca salidas porque jamás
claudica.
–FC: La infidelidad... o el cambio de pareja.

148

SEGUIRÉ VIVIENDO

–JO: La infidelidad, que por clandestina es más
emocionante. Algo tiene el peligro que hace perder al
hombre.
–FC: Ese peligro, como una enfermedad, es
epidémico.
–JO: Diría más bien pandémico, porque es
universal.
–JR: Universal sí, pero habitual como una
endemia. En últimas la infidelidad es connatural al
hombre.
–JO: Luego ejercerla es un derecho.
–JR: Así lo planteé en «Déjenos ser infieles», texto
que jamás fue publicado.
–FC: E hiciste bien, hubiera sido un exabrupto. La
relación se arruina con sólo proponerlo.
–JR: Sería distinto si la mujer comprendiera la
idiosincrasia masculina. Su reacción ante la infidelidad
no es analítica. Peca por violenta y visceral.
–FC: La del hombre no lo es menos, diría que más
brutal.
–JR: Ni quien lo dude. Aclaro que el derecho a la
infidelidad es para todos, y por igual ambos sexos
merecen el perdón. Y volviendo a mi razonamiento,
afirmo que a la mujer no la preparan para tratar con
hombres de este mundo: descorteses, desacomedidos,
prácticos, sensuales, infieles y poco detallistas; sino que
la dejan soñar con un príncipe azul inexistente. ¿Por qué
no les contamos que sin dejar de ser importante la
pareja en la vida de cada hombre, otras mujeres siempre
despertarán una provocación constante? ¿Por qué no
somos francos y abiertamente les decimos que por
complacerles, no estamos dispuestos a ir eternamente en
contra de nuestras propias ansias?
–FC: Igual de claras deberían ser las mujeres con
nosotros.
–JR: Eso es justicia.

149

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–JO: Me parece muy racional, como para que
pueda funcionar donde obran los instintos. La
infidelidad, toca reconocerlo, llega antes de que las
parejas solucionen por vía de la razón sus diferencias.
Definitivamente no es perdurable la relación monógama.
Es contraria a la naturaleza humana. Ni que el hombre
fuera una codorniz, que tiene grabada la monogamia
entre sus genes.
–JR: He deducido al ahondar en el origen de la
poligamia, que la creación especializó a la hembra en el
cuidado del fruto y al macho en la diseminación de la
semilla. Le dio al hombre la capacidad de engendrar en
forma permanente y a la mujer la misión de albergar en
su vientre una gestación bastante prolongada. Para
compensar el ritmo reproductivo lento de la hembra –el
embarazo dura nueve meses–, la naturaleza hizo que el
macho en ese lapso pudiera preñar a muchas
compañeras. La ley natural no fue por tanto un hombre
emparejado con la misma hembra, sino un macho para
muchas hembras, a fin de que la especie humana se
extendiera. Hoy, cuando somos más de 6000 millones, la
poligamia carece de sentido, pero quedó el vestigio en
que la infidelidad asienta.
–FC: Si es la propagación de la especie el
argumento, ¿cómo explicas que existan especies
monógamas que no se han extinguido?
–JR: Porque son muchas las crías que nacen de
cada apareamiento. En los humanos, en cambio, el
embarazo gemelar ya es una extravagancia.
–FC: Si la monogamia es contranatural, debe
desaparecer el matrimonio.
–JR: No necesariamente. El peso de la tradición lo
mantendrá. Mi invocación al comportamiento instintivo
del hombre primitivo, es apenas la explicación a una
conducta como la infidelidad, no la expedición de un
certificado de defunción al matrimonio. Creo que por
exigencia cultural la infidelidad seguirá sin aceptarse.
150

SEGUIRÉ VIVIENDO

Haciendo a un lado toda intención jocosa, no quiero
decir, como Joaquín, que el hombre debe ser infiel, sino
que debe ser comprendido si llegara a serlo. La razón del
hombre hasta cierto punto modula sus pasiones. De tal
forma que seguirá asumiendo, en la medida de sus
capacidades, las exigencias que demanda el matrimonio.
–JO: En palabras más sencillas, el ser humano
seguirá siendo monógamo en público y polígamo en
privado.
–JR: Exactamente, pues el hombre con sólo
aparentar resuelve sus dilemas.
–FC: No imagino la panacea para los conflictos
afectivos. No es fácil conciliar lo ideal con lo posible, el
deber con el ser. Si la sociedad consintiera la poligamia,
no encontraría una forma práctica de llevarla a cabo. La
igualdad de la mujer y el hombre en occidente
descartaría el harem que conocemos, porque al hombre
con varias esposas, se sumaría la mujer con múltiples
maridos. Y al no existir una cabeza evidente en esa
estructura tan extraña, ese modelo trastornaría la
organización de la familia. Hasta el asiento natural del
hogar podría quedar convertido en varios domicilios. Tal
vez serían los hijos una propiedad colectiva, y
desaparecería la presunción de paternidad ante la
multitud de potenciales padres. Y esos son apenas unos
escasas reparos que aparecen de improviso ante la
propuesta sorpresiva. ¿Quien pone a marchar una
familia en esas condiciones? De hecho sería un modelo
más promiscuo y más anárquico que el actual, censurado
por su hipocresía. El matrimonio actual se mantendrá
con todo y sus defectos.
–JO: Difícil rebatir tan poderosos argumentos.
Pero les faltó lo más sencillo, que la batalla por la
poligamia nunca se dará porque los hombres no
ansiamos que nos la legalicen. ¡Líbrenos Dios de tamaña
esclavitud! Queremos apenas disfrutar a las mujeres
subrepticiamente.
151

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–JR: El modelo matrimonial existente es
antinatural, es imperfecto, pero como dijera Churchill de
la democracia, el menos malo. El problema no es la
organización familiar, sino la psiquis. El hombre se
hastía fácil. Sus sentidos se saturan con el mismo
estímulo, con la rutina se adormecen. La infidelidad
rompe con la monotonía.
–FC: Y desintegra a la pareja, porque lo que para
un cónyuge representa el remedio de su hastío, para el
otro encarna el desengaño.
–JO: Traición que no suele ser premeditada.
–JR: En eso estoy de acuerdo. La intención del
infiel no es causar daño, por eso oculta. Con frecuencia el
hombre que cede a una tentación ama a su esposa y no
percibe la infidelidad como falta imperdonable. Al
disociar el amor y la pasión, siente que esta saciando su
deseo sin arriesgar su verdadero afecto.
–JO: Como quien dice que ama a su mujer; a las
demás escasamente las desea.
–JR: Tratándose del desliz corriente, porque en la
relación con una amante de verdad, el amor es el primer
damnificado.
–FC: Justificada o no, la infidelidad y la pareja no
conviven. La tasa de separaciones por su causa lo
confirma.
–JO: De todas formas el modelo marital jamás será
cerrado, sin importar que se siga pregonando el
matrimonio como una unión que debe durar hasta la
muerte. Seguiremos viendo una sucesión de monogamias
con algo de infidelidad a cuestas.
–FC: ¿Es lo mismo que separaciones a granel tras
matrimonios breves?
–JO: Exactamente.
–FC: Muchos moralistas se van erizar con nuestros
vaticinios.
–JR: Allá sus dogmas. La fuerza de los hechos es
más poderosa que los caprichos de los hombres. No
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SEGUIRÉ VIVIENDO

sobrevivió el puritanismo victoriano a los embates de las
conductas liberales; ni la Inquisición, que pasó de la
intimidación a la vergüenza.
–FC: Los que ayer fueron vicios hoy son
costumbres, como lo dijo Séneca.
–JR: Y así parece. Los pecados del futuro no serán
el amor libre, ni las conductas sexuales licenciosas. Con
más dureza se castigarán los embarazos impensados y
las infecciones venéreas negligentes, porque en un
mundo que vela cada vez más por sus recursos, esos
descuidos cuentan como que un pecado grave.
José pasó la página, y en la siguiente se encontró
con frases sueltas, sin paternidad alguna. Aunque al
leerlas recordó que eran las conclusiones que él había
planteado. Hubieran sido producto del consenso, pero
prefirió dejarlas con el sesgo de su pensamiento.
«El enamoramiento es una psicosis pasajera, una
trampa con que la naturaleza busca perpetuar la
especie».
«Sólo una psicosis explica que un extraño que
apenas irrumpe en la vida de otro, se haga sin
esfuerzo a un afecto mayor al que éste le profesa a
sus familiares más queridos».
«No es de extrañar, por tanto, que tras la
estupefacción del enamoramiento vuelva a ser el
amor a la familia el dominante».
«De la pareja se espera felicidad. Si no la
proporciona la unión carece de sentido. Sacrificarse
para padecer es insensato».
«El matrimonio comienza a derrumbarse cuando se
hacen conscientes las obligaciones, las restricciones
de la libertad y la disonancia de los caracteres».
«Los miembros de la pareja no se pertenecen. Los
seres humanos sólo pertenecen a sí mismos».
«El éxito de la convivencia depende de la afinidad de
las personas».
153

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

«Las personalidades antagónicos, gracias a los
renunciamientos absurdos del amor, son las que
más padecen las consecuencias del enamoramiento».
«La convivencia estrecha satura a la pareja. El
hastío es un mal habitual de los cónyuges y una
rara aflicción de los amantes».
«Como los actos ajenos se juzgan a la luz de los
propios sentimientos, la naturaleza tan desigual del
hombre y la mujer hace imposible que uno
comprenda al otro. La solidaridad de género, en
cambio, se ve favorecida. Los hombres –o mujeres–
dice el adagio, se tapan con la misma colcha».
–Señor Robayo, creí que ya se había dormido –
insistió de nuevo la enfermera, y le ofreció un calmante.
José apartó la vista de los textos, miró sobre sus
lentes, y guiado por la voz se encontró con su mirada.
–¿Qué horas tiene?, Inés
–Van a ser las dos de la mañana.
–En este amanecer sobra el calmante –dijo José–,
el bienestar llegó con los recuerdos. Definitivamente
evocar lleva otra vida.
Pero Inés no entendió lo que quería decirle. El lo
intuyó, por eso dijo:
–Releyendo estos viejos documentos se me ha ido
tanto tiempo como el que tomó escribirlos.
La enfermera compuso la cama mientras el
escritor guardaba en la carpeta sus papeles.
–¿Se la pongo en la silla?
–Déjemela en la mesa, me queda más a mano.
–¿Le apago la luz?
–¡Definitivamente! No porque me espere un sueño
irreversible me voy a perder del placer de dormir en este
mundo.
No supo Inés que responder. Así que en silencio
apagó la luz y le cerró la puerta.

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SEGUIRÉ VIVIENDO

IRMA Y EL CONOCIMIENTO DEL AMOR
En la segunda de mis tres hospitalizaciones por el
cáncer, Irma se convirtió en mi enfermera predilecta. Su
gracia, su figura menuda y proporcionada, y su juventud
me devolvían a mis sueños juveniles.
Un día su ensimismamiento me puso al tanto de
sus aflicciones amorosas. Su ánimo alegre y expresivo
repentinamente estuvo ausente. Cuando le pregunté el
motivo sus lágrimas se desgranaron y su mutismo se
hizo trizas; estaba ávida de contar su desengaño. Con
tanta fluidez y detalle me relató su noviazgo, que me
llegué a sentir partícipe de su romance; y en cualquier
calle que me hubiera cruzado con Carlos o Lucero, al
momento los habría reconocido.
Días después me contó que le habían llamado la
atención por haberse perdido del servicio esa mañana;
pero el par de horas en que me contó su desventura, dijo,
lo valía con creces; había sido una verdadera catarsis
que le había hecho más llevadera su tragedia. De nuevo
la consolé con ternura, y como un experto la conduje por
las venturas y adversidades del amor. Comencé por
leerle un texto que había escrito pensando en los
neófitos:
«Amar con tranquilidad requiere conocer el
sentimiento, disfrutar su dulzura y aceptar sus riesgos.
Disfrutar no demanda instrucción mayor; no sufrir exige
conocimiento y tolerancia. Quien ama se bate entre el
gozo celestial y el averno abismal, entre la dicha sublime
y la tristeza más profunda. El amante que desconoce el
poder maléfico de los celos, que ignora el peligro siempre
latente de la infidelidad, y no concibe el hastío y la
extinción del amor, está expuesto a padecer sus
desventuras. Para amar hay que conocer la realidad del
amor, tomar ciertas precauciones y vivir intensamente».
Pero Irma buscaba más el diálogo y la relación
personal que una lectura que resultaba fría. Confundida
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

por su desengaño urdía contra el amor. Decía que lo iba
a esquivar siempre, que acabaría con el hombre que la
había engañado.
–Irma, hay promesas que jamás se cumplen.
Nunca y siempre, las palabras predilectas del amor,
habitualmente son mentira, aunque se digan con
sinceridad. Nunca se ama para siempre, y nunca deja el
amor de seducirnos. Las dichas del amor se pagan con
espinas, mas no por ello hay que dejar de disfrutarlas.
No porque la muerte aceche dejamos de vivir. Cuando
toca, ahí me ves, aprendemos a convivir con ella. El
amor es breve, más por lo menos que la vida. La pasión
se agota, imperceptiblemente se evapora. Cuando te das
cuenta no es más que una costumbre. Esa es la forma
menos penosa de extinguirse. Pero también puede
truncarse abruptamente, por la infidelidad o por la
muerte.
–Pues muerto lo hubiera preferido, al menos me
quedaría un mejor recuerdo.
–No puedes convertir en odio cada amor que se
termine.
–No puedo sentir de otra manera.
–Debo advertirte que más hiere el odio a quien lo
siente que a quien es el objeto de su embate. Un arma
mejor es el olvido.
–Si pudiera olvidar no me vería sufriendo. No
puedo sacar a Carlos de mi corazón ni de mi mente. No
puedo imaginarlo al lado de Lucero.
–Sólo cuando te apacigües entenderás que el daño
que el amor nos causa también es culpa nuestra.
Y me atreví a decirle que tenemos una naturaleza
egoísta que no tolera la infidelidad. Le afirme, temiendo
ser recriminado, que ese egoísmo nos insta a destruir al
ser amado que no se nos somete y que el propósito del
infiel no es causar daño. También que el infiel se debate
entre aflicciones y dilemas por culpa de su instinto; que

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SEGUIRÉ VIVIENDO

sufre, pero a diferencia de su víctima, no hay quien lo
consuele, porque nadie siente compasión por el verdugo.
–Esa es su visión masculina –me dijo con tono de
reproche.
–Indefectiblemente. Pero al igual que tú he vivido
los mismos desengaños. La atracción entre hombres y
mujeres parece proporcional a nuestras diferencias.
Sentimos y actuamos de forma diferente y no es
pretendiendo cambiarnos
como logramos vivir en
armonía. El enamoramiento nos cambia sin esfuerzo
pero en forma tan fugaz, que termina por ser una ilusión
que poco cuenta. Es comprendiendo y tolerando que le
prolongamos al amor sus días. Ustedes sueñan con un
prototipo masculino que no existe, y pese a la realidad
que las golpea siguen cultivando la idea del hombre fiel,
hogareño y detallista. Otra sería la suerte si la mujer se
formara sabiendo lo que puede esperar de su pareja.
Manzanero, el eterno compositor romántico, afirmó a
pesar de lo que dicen sus canciones, que las mujeres
encuentran en un solo hombre las virtudes que un
hombre en una sola mujer no encuentra. Lo mismo que
te estoy diciendo. No por atraernos vivimos afinados.
Irene asentía, pienso que más por respeto que por
convencimiento, de pronto por un acto inconsciente, tal
vez porque le hablaba con cariño.
–Habíamos hecho tantos planes juntos, ¿dónde
quedan sus promesas?
–Los enamorados no mienten aunque sus
juramentos sean irrealizables. Viven convencidos de sus
promesas desmedidas. Su lenguaje está llenó de
afirmaciones superlativas e infinitas, dichas de buena fe
y con una ingenuidad de la que la realidad se burla.
Me acongojaba su dolor como si fuera propio,
siempre había sucumbido a las lágrimas y a la tristeza
femenina, hubiese querido acariciarla, pero mi cuerpo
escuálido sentía vergüenza de aproximarse a su belleza.

157

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

La suerte de mi impulso quedó sellada con la llegada de
la jefe de enfermeras: de nuevo un llamado de atención.
Durante algunos días dejé de verla. Cuando volvió
su pena era cosa del pasado.
–Señor Robayo, le hice caso y sacrifiqué mi orgullo.
Dejé que mis sentimientos me llevaran. Como dice usted,
somos contradictorias. Me moría por verlo pero me
resistía con tal de castigarlo.
–Y fuiste tú quien más padeció con la venganza.
–De pronto sí –dijo enviándome un beso con la
mano–. No deseo más llamados de atención.
Y se alejó del cuarto.

Cuando José dio por descartada toda esperanza de vida,
volvió sus ojos al pasado y terminó hurgando entre
archivos empolvados en un ejercicio que se volvió rutina.
«Siempre hay algo íntimo cuya huella debe borrar un
moribundo», les decía con humor a quienes lo descubrían
en esos quehaceres. Pero la verdad, eran ínfimos los
testimonios que mandaba a la basura. La intención real
del ejercicio era el placer de recordar.
Un día tomó de un baúl una caja gris y soltó el
nudo del lazo que la mantenía cerrada. Al levantar la
tapa el polvillo rancio lo hizo estornudar. Sacó un
manojo de cartas, y del manojo una al azar que comenzó
a leer.
«Atrás quedaron –le contaba a Alicia– los momentos
más dichosos. Por fortuna, también pertenecen al pasado
los más tristes... y las costosas inversiones. De todo se
repone el hombre. El cuerpo como el alma cicatrizan. [...]
Por ley natural el amor nace y muere en un ciclo más
corto que la vida, por ello es que difícilmente un amor es
para siempre. Tenemos que acostumbrarnos a amores
que llegan y se marchan».
158

SEGUIRÉ VIVIENDO

Aludía a Andrea, una mujer por la que casi pierde
los cabales. Era exquisita, pero demasiado refinada.
Rindiéndose a sus gustos, José estuvo a punto de acabar
con su fortuna.
«Me comencé a sentir atraído por la gracia de tu
cuerpo y los atributos de tu alma. Libre no soy, aunque
me siento. Nada ataja mi pensamiento, nada encadena
mis afectos. Me confieso infiel por vocación, y defensor de
los amantes; de quienes aman sin más interés que el
sentimiento. Infiel seré, y con la frente en alto,
pregonando al viento mis afectos. Sin ocultarlos. Sólo se
oculta lo que nos avergüenza. Soy culpable desde hace
mucho tiempo, porque sin conocerte, ya gozaba de tu ser
en mis ensueños».
No supo si era cursi, pero líneas como esa habían
conseguido que Pilar se convirtiera en su primea
amante. Releía los párrafos y se sobresaltaba, aún podía
revivir la vacilación y la pasión con que los escribiera.
En mucho se parecía la ingenuidad del primer amor al
de la primera amante. Todo transparente, dispuesto a
proclamar el nombre de la amada, a desafiar el mundo, a
vencer imbatible todos los obstáculos. Pero finalmente el
sentimiento se rindió ante la adversidad y nuevos
amores le enseñaron el valor de la prudencia.
En el fondo de la caja encontró las cartas a Piedad.
«No provenimos del Olimpo, ni dioses ni héroes
somos para doblegar nuestra naturaleza, nuestra
materia es la misma que la de los demás mortales».
Era un párrafo que le escribió justificando las
flaquezas de la carne. En otra carta le decía hablándole
de Fanny:
«Tu mano diligente y generosa es el mejor bálsamo
para las heridas que un amor mundano me ha causado.
Sé que los brotes sicóticos del enamoramiento topan con
el dolor al final de su camino, por ello celebro que el
amor imposible que un día fuiste, sea hoy una amistad
eterna... imperturbable. [...] Qué ojos tan diferentes a
159

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

los de aquel fatídico pasado vuelven a ver el mundo.
Guiados de nuevo por la razón descubren que el entorno
no ha cambiado. De amor se sufre pero no se muere. Y el
dolor de ayer pasa a mi vista como el relato de un
extraño».
Sonreía para sí mientras leía. El recuerdo de
Fanny ya era indiferente. ¿Quién hubiera imaginado que
esa existencia le había sido tan imprescindible como el
aire? José nunca volvió a saber de aquella secretaria.
Él llamaba «la caja gris» a aquel atado, no por su
color, sino por la suerte gris de sus romances. Allí estaba
contada en forma epistolar la suerte de todos sus idilios.
De todos los que alguna cicatriz le habían dejado; de
todos los que habían sido trascendentes, tan
trascendentes, vaya ironía, que habían terminado en el
ocaso. Repasarlos en aquellas cartas fortalecía su idea de
la caducidad del amor y del destino fatídico de la pareja.
Esas historias eran su visión personal, pues ni una sola
letra guardaba allí de sus amantes, nada de lo poco que
ellas le escribieron. Todas eran copias a mano de las
cartas que él enviaba a sus amores, y copias de las que
hacía llegar a Alicia y a Piedad, sus confidentes, con el
obituario de los romances malogrados.

LO MEJOR, LA INFANCIA
La prudencia es la característica común de mis
visitas. En su conversación suelen proceder con mucho
tacto. Pero esta vez, sin el menor reparo, mi interlocutor
me acribilló con una interpelación por completo
inesperada:
–Como dicen que ya estás para morirte, debes
saberlo todo. ¡No te mueras sin contarme que es lo más
sabroso de esta vida!

160

SEGUIRÉ VIVIENDO

La mirada de la mamá lo fulminó con su reproche.
A mí no supo que decirme. Moviendo su cabeza de un
lado para otro me hizo entender que estaba avergonzada.
–Esa es –le dije tomándolo con naturalidad– la
franqueza de la infancia.
Con cinco años apenas, ese niño nunca hubiera
podido entender la profundidad filosófica de la respuesta
que intentaba darle. Pensé que el chiquillo tenía todo por
conocer, yo todo por contarle. Hubiera podido darle
aviso, por ejemplo, de las asechanzas que esperaban que
él creciera para comenzar a derribarlo; hubiera podido
aprovecharme de su solicitud para contarle toda mi
experiencia. De otra parte pensé que el ser humano
aprende más de sus propios yerros, y el acierto y el error
son experiencias de las que no debe privarse. Reflexioné,
al final, que cuando la infancia y la adolescencia se han
marchado es que descubrimos en ellas los mejores años.
No supe cuanto tiempo tardaron mis especulaciones,
tampoco si mi respuesta iba a corresponder a su
pegunta, pero tras el silencio, que de pronto imaginaron
como desinterés por responderle, sin vacilar le contesté:
–La infancia. Y no te pierdas, Carlitos, ninguno de
sus goces.
No es habitual que los niños me visiten, y si son
ajenos menos. Los de la familia son muy pocos. Estas
visitas, si me atengo a las que le hacíamos en mi niñez a
Ernesto, deben ser para ellos muy aburridoras. Más
novedoso encuentren, acaso, mi velorio.
Natalia estaba de afán, así que la visita duró poco.
Me compuso las almohadas, verificó que no me hiciera
falta nada, habló con las enfermeras, y creo que con los
médicos, como buena mensajera que era de Eleonora; y
se marchó a una cita que tenía con ella.
Apenas comienza la semana, pero si estuviera
terminando tampoco importaría. En esta reclusión los
días tienden a ser iguales. De diferente, encuentro que
hay más visitas los fines de semana y que los turnos de
161

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

las enfermeras los sábados y los domingos son más
largos. Llegan a las siete de la mañana y se marchan en
las primeras horas de la noche. Entre semana, en
cambio, unas trabajan en la mañana y otras en la tarde.
El turno nocturno es diferente, indefectiblemente de
siete de la noche a siete de la mañana, y día por medio.
Un trabajo irrazonable que requiere aguante.
En cuanto a mí, lo más destacable es que los
síntomas de mi enfermedad están en calma. Hoy son un
monstruo adormecido que me permite reflexionar y
escribir con placidez, mi ejercicio favorito. Puedo
compartir con la eternidad mis pensamientos. Tengo el
aliento en el cenit. La ausencia de dolor y el hermoso día
que entra por la ventana, me llenan de optimismo.
¿Optimismo? ¿Optimismo para qué?, diría Carlitos.
¿Optimismo para morir?. De pronto optimismo para
enjuiciar mi vida.
Siempre rehuí juzgarme ante mis semejantes,
porque mi fuerte ego me sobrevalora y la mesura me
cohíbe de calificarme como realmente me creo. Ese
ejercicio nunca fue conmigo. Preferí siempre el escrutinio
ajeno, acaso porque creo que el balance es favorable.
Pude resultar anatema para algunos, pero fui
paradigma para muchos. Y si modelo debí haber sido
para alguien, fue para Eleonora. Me creo buen padre, y
no me amparo en el amor que mi hija me profesa; los
lazos filiales generan afecto a pesar de los errores. Fui
buen padre no obstante los juicios de mi esposa: «Ese
consentimiento arruinará a Eleonora. [...] Con su mal
ejemplos se tiró a la niña». Claro que mi
condescendencia y mi sobreprotección sobrepasaron la
cotidianidad, pero el efecto nunca fue nefasto. Los
resultados lo demuestran. Mi empeño en hacerla feliz
hizo de Eleonora una persona buena. Razón tenía Oscar
Wilde: el secreto para formar seres buenos es hacerlos
felices cuando niños.

162

SEGUIRÉ VIVIENDO

Hasta que fui padre nunca los infantes me
importaron. Sólo esa condición me descubrió a los niños
como la expresión más tierna. Antes había adjudicado a
la mujer ese atributo, sesgado por su atracción tan
poderosa. No fue para mí difícil tolerarlos, por el
contrario, gocé sus picardías, compartí sus gustos,
comprendí sus necesidades, entendí sus razonamientos y
tomé partido a su favor en desmedro de todos los
adultos. ¡Qué pena que en ellos se transformen, que
tristeza que adquieran sus sentimientos y sus vicios!
Batallé por la felicidad de los niños persuadido de
sus buenos frutos en la formación del ser humano.
También instado por cierto sentido de justicia al
reconocer que no fue por su propia voluntad que se
hicieron a la vida; que en muchos casos fueron traídos al
mundo irresponsablemente; que en no pocos no fueron
deseados. Estuve en pugna con el medio que les arruina
su autenticidad y su virtud, que castiga sus
equivocaciones excusables, que los enseña a callar la
verdad, porque la confesión de una falta es más motivo
de castigo que de premio.
Los arrebatos de ira de mi esposa con mi hija me
cambiaron mi creencia sobre la bondad de la mujer y las
virtudes maternales. Observé el comportamiento de las
madres, vi actitudes desapercibidas hasta entonces, y
llegué a una conclusión decepcionante: el impulso
maternal expone al hijo a su violencia y sólo lo protege
cuando las agresiones son de extraños. Definitivamente
la imagen de mi madre, no era un modelo de dedicación
y amor que se podía esperar de todas las mujeres. Me di
cuenta de que la ternura femenina quedaba confinada a
la tersura de la piel, a las facciones suaves, al semblante
hermoso, a la sonrisa cautivante, al cuerpo armónico, al
gesto seductor, más que a la condición dulce y sensible.
Me convencí de que el instinto materno es entelequia. Lo
desdice la realidad, que nos muestra el trato cruel que
con frecuencia prodigan a sus hijos, y la forma en que los
163

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

aborrecen desde el mismo vientre cuando les da por
afirmar el dominio que tienen de su cuerpo.
Pero también la actitud del hombre depara
cualquier cosa: la acción infame de quien abandona al
hijo, la cruel de quien lo ignora o lo castiga, como la
laudable de quien realmente lo ama. En ese paralelo
entre los padres, muchas veces es el hombre el que
consuela al niño, el que compensa los castigos injustos de
la madre, el que soporta las travesuras que ella no
resiste.
Dicen que mis mimos a Eleonora echaron mi
matrimonio a pique porque ahondaron las diferencias
con mi esposa. Pero el despotismo del ¡no hables!, ¡no te
muevas!, ¡no juegues más!, ¡acuéstate enseguida!, ¡te lo
comes aunque no te guste!, amén de los castigos físicos,
tenía que ser enfrentado y compensado. Alcé mi voz e
hice de Eleonora el centro de la casa y una pequeña
dictadora, no la eterna subordinada, como imaginan a
los niños todos los mayores. Encumbrarla trajo más
disgustos. Todos, decía Elisa, por ella comenzaban.
Que me costó el matrimonio, no es tan cierto. La
incompatibilidad y el enojo se delataban en todo nuestro
trato. Los amigos me advirtieron que los hijos duran en
el hogar sólo un suspiro, que en vez de pelear tanto por
causa de Eleonora mejorara las relaciones con su madre,
que el bálsamo para la vejez es la pareja y no la prole.
Me negué al consejo, nadie más que Eleonora pesaba en
mis afectos. «¡Salvo los padres, los hermanos y los hijos,
todos son extraños; la esposa no se libra!», proclamé con
arrogancia.
Claro que mi hija creció y partió de casa. Yo me
marché primero. En la soledad encontré el respiro que
anhelaba. Libre y con arrestos juveniles, comencé a vivir
mi hedonismo reprimido. Me pregunto que pensará
Eleonora de la crianza que le dimos, que más feliz
hubiera sido si más armonía nos hubiera cobijado. A
diferencia de otros niños tuvo en sus padres patrones
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SEGUIRÉ VIVIENDO

enfrentados, pero hoy ella es un modelo que tomó los
ingredientes que más la entusiasmaron. Creyó Elisa que
las mortificaciones debían adaptar a la niña a las
dificultades de la vida adulta, yo aunque di algún valor a
ese argumento, estuve convencido de que la felicidad en
la infancia es la mejor impronta, y no me atreví a
cohibirla con ociosas frustraciones. La veo segura, la veo
dichosa, creo que tiene en su personalidad más de mí
que de su madre. Me envanezco al verla, me prodiga
dicha su existencia. Más hoy, que mi ánimo está
contagiado de optimismo; tanto que las limitaciones de
mi materia no las siento. Cosas del biorritmo que juega
con mi aliento.
A pesar de mi flaqueza noto que mi cuerpo ha
resistido más de lo debido. Los médicos los expresan.
Pero más que mi organismo, es mi ánimo el artífice de
tanta resistencia. Y más que mi ánimo, mi forma de ser
descomplicada y práctica. Ni la vejez ni la muerte han
trastornado mi vida seriamente. La mejor forma de
enfrentar lo inevitable es aceptarlo. Contra lo imposible
no vale pataleo. Calculador y previsivo, desde mi
juventud elaboré el duelo de mi propia muerte; mejor
aún, preparé mi cuerpo para los peores achaques de la
senectud. Me adapté mentalmente para recibir el
coletazo físico sin aspavientos, a sabiendas de que la
mente tiene demasiado ascendiente sobre el cuerpo, y lo
que éste siente carece de valor si ella lo ignora. Así llegó
el momento en se distendía mi abdomen pero lo
ignoraba; en que el alimento se me devolvía en
fastidiosas arcadas, pero igual seguía comiendo. «Es que
el organismo se parece a las personas», le expliqué a
quienes por mi dolencias comenzaron a restringirme
todo. «Tanto menos le exiges menos hace. Articulación
que no use, se anquilosa; si a mi corazón lo acostumbro a
la quietud, se fatigará cuando lo exija; si contemplo mi
estómago con comidas ligeras, cuando no lo haga me
castigará con su dispepsia». De todas formas ya casi
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

todos mis órganos están amotinados, también es justo;
toda la vida los tuve sojuzgados. Desde joven habitué mi
cuerpo a mis desmanes. «Si claudica que se muera»,
decía entonces, «de todas maneras al nacer inició su
carrera hacia el sepulcro».

La enfermera estaba encantada con las confidencias que
el paciente le contaba. No era para menos. Lo había
imaginado distante y quisquilloso cuando se lo confió la
jefe de la noche. Los pergaminos con que lo presentaron
le provocó la misma desazón que le causaron otros
«ilustres» que debió atender, insatisfechos a morir e
inconformes por costumbre. Pero José era un caso
diferente. Le pareció sorprendente estar departiendo con
un desconocido cual si fuera un viejo camarada.
José le hablaba de la infidelidad, ilustrándola con
su propio ejemplo, y le detallaba hechos que parecían
muy personales. Le refirió que a falta de un sinónimo
adecuado para la infidelidad, optó por denominarla
«traición amorosa» cuando necesitaba un vocablo
equivalente en sus escritos, pero enmarcándola en
comillas para deslindarla del significado literal, pues
nunca había aceptado que realmente lo fuera. Con esa
aclaración abordó el tema de la fidelidad, sosteniendo
que no le parecía una obligación tan evidente: «La
fidelidad no es más que un dictado inconsciente del
egoísmo de cada ser humano, dispuesto a apropiarse de
las personas como hace con las cosas. Con la infidelidad
lo que se quiebra es una promesa irreflexiva, muchas
veces ni siquiera pronunciada, supuesta apenas por la
fuerza de la irracionalidad y la costumbre». Y alegaba
que en nombre del amor no debía tener un ser humano a
otro por esclavo.
Del amor saltó a la fe, observando que el vínculo
del hombre con la divinidad tenía que trascender la
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SEGUIRÉ VIVIENDO

fábula, el relato fantasioso, la regla superflua y la
práctica obsoleta. Pero la enfermera, por completo
despistada, no comprendía lo que José quería decirle.
Entonces le explicó su trillado discurso sobre el carácter
profano de la Biblia: que era un invento humano y una
mitología controvertible. Y cuando ella creyó que estaba
escuchando las razones de un ateo, vino la aclaración de
que sobre la autenticidad de los hechos y los personajes,
prima lo esencial: los principios que prevalecen en el
tiempo y que no riñen con la modernidad ni las
costumbres. Le resaltó la bondad, el amor, la caridad y
la justicia. Entonces lo supuso avenido con la Iglesia,
hasta que enjuició el celibato, la infalibilidad del Papa,
la exclusión de la mujer del sacerdocio y la oposición al
control de la natalidad, ideas que le dijo, proceden de los
hombre y nada tienen que ver con Jesucristo. Más
habría de extrañarse al reconocer en los turnos por
venir, un sacerdote entre las visitas cotidianas. Gloria
descubrió en las opiniones de José un curioso y complejo
entramado en que la razón amalgamaba posiciones que
parecían incompatibles. «Lo imaginé ateo y me resultó
creyente, lo creí libidinoso pero me parece espiritual», le
dijo en la mañana a sus compañeras del piso, al
despedirse.
No fueron muchos los cuidado que en el turno tuvo
que brindarle, apenas acomodarlo en la cama, tomarle
los signos vitales, pasarle el pato y revisar la venoclisis.
De los medicamentos se encargó la jefe de enfermeras.
La madrugada pasó rauda y sin dormir. Otras veces las
noches de José habían tenido la eternidad de los
insomnes, o habían sido interminables por rechazar de
valiente un analgésico. Aunque a decir verdad esa era la
excusa con que lo rechazaba, porque en el fondo el temor
era volverse resistente a ellos en virtud de un fenómeno
conocido como taquifilaxis. Pero si aquella vez vio
clarear el día, fue por culpa de la simpática extroversión
de su interlocutora que le robó con su charla amena las
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

ganas de dormir. Hecha al pensamiento de José,
sintonizó con su frecuencia, le tomó confianza y perdió el
miedo para emitir sus juicios. Algo anotaba a cada
afirmación del ilustrado enfermo. Hablaron de todo, a
veces coincidieron como cuando ella dijo que no
comulgaba con «los creyentes de misa de domingo», que
se olvidaban de las buenas acciones al terminar la
ceremonia; otras tranzaron, por ejemplo, cuando José,
indulgente con la infidelidad, le admitió que hería sin
importar cuan explicable fuera. Él se quejó de los celos
de la mujer y ella criticó los celos de los hombres. Los
calificó de cínicos por ser simultáneos con su infidelidad.
José se puso a salvo: «Aunque infiel no fui celoso». Y
rechazo los celos femeninos: «Son intolerables para el
hombre: incómodos cuando son fundados, enojosos
cuando no tienen motivo». Desmenuzaron la experiencia
para concluir a las tres de mañana, que la ajena es
invaluable, pero por gratuita es desdeñada. «Hay que
admitir que los padecimientos propios son los que dejan
huella», dijo José con desconsuelo.
El alba los sorprendió tratando la clandestinidad
del hombre. Primero fueron abstractos los ejemplos, y al
final tan concretos, que Gloria le confió un desliz que
jamás a nadie había contado. José, con su reconocida
tolerancia en esos casos, le aminoró su culpa, y le dijo
que era propio de todos los mortales. «Todo ser humano
tiene un lado oscuro, una faz secreta, un mundo
recóndito y privado. Un rostro desconocido que oculta
sus debilidades, su propensión al mal, sus sentimientos
menos confesables, o simplemente las inclinaciones que
la sociedad no admite. Allí se esconden desde triviales
picardías hasta infamias y crímenes innominables». Y
Gloria compartió ese juicio sin mayores comentarios,
porque al examinar la hora se dio cuenta de que el turno
había finalizado.

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SEGUIRÉ VIVIENDO

NUNCA SE PIERDE LA ESPERANZA
El doctor tomó el informe y me dijo que le
encontraba inconsistencias. Que iba a pedir un nuevo
dictamen de las muestras porque a su parecer me habían
alarmado innecesariamente.
–¿Y los síntomas? –insistí yo.
–Son producto de sus malos hábitos. Cambiando la
dieta sentirá la mejoría.
Y en efecto, al organizar el horario de comidas,
suprimir las grasas e incrementar los vegetales, las
molestias comenzaron a aplacarse. Eso me acrecentó la
fe en el médico que me estaba devolviendo la esperanza.
Cuando tuvo el nuevo informe en su poder me citó con
urgencia al consultorio. En su rostro se adivinaba una
noticia amable.
–Tal como lo esperaba. ¡Ese tumor nunca ha
existido!
–¡Qué alivio! –exclamé–. Estaba preparado para lo
peor, pero no le puedo ocultar que me emociona.
–Tampoco he dicho que el informe sea normal del
todo.
En segundos me hizo acostar en la camilla para
practicar un procedimiento que era a su juicio
inaplazable. Pasó el endoscopio por mi boca. Era rojo,
muy angosto y no causaba la menor molestia. Luego
pasó sin anestesia por mi ombligo uno más grueso, con
muchas bocas por las que introdujo un extraño
instrumental con el que extrajo innumerables
fragmentos de mi cuerpo, que daban el aspecto de una
menudencia. Cuando terminó, no cogió puntos, apenas
cubrió la herida con un esparadrapo. Me levanté y salí
como si nada. De regreso a casa pensé en la inutilidad de
tantos pensamientos dedicados a la muerte. Me pareció
que era protagonista de un sueño con un desenlace
afortunado.

169

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

Cuando abrí los ojos nada había cambiado. El
hospital, el cuarto y el padecimiento eran los mismos.
Descubrí a Natalia ensimismada en la lectura. Estaba
sola. De inmediato evoqué las impertinencias de su hijo.
Al verme despierto se acercó a saludarme con un beso en
la mejilla. Pregunté por Carlitos y me dijo que estaba en
el colegio. Le conté que Eleonora me tenía al tanto de las
genialidades del chiquillo, y le revelé que me regocijaban
las travesuras de los niños. Lo tomó como un cumplido,
pero al despedirse, de tanto oírme salir en su defensa,
estoy seguro de que mi avenimiento con ellos no lo puso
en duda. Me comentó que la rigidez académica del
colegio la estaba enloqueciendo y que no daba abasto con
tantas exigencias. Que las tareas le robaban a ella y a
sus hijos las horas del descanso. Con tantos lamentos me
pareció que las afirmaciones de Joaquín serían muy
oportunas. Le dije, entonces, que para un amigo mío los
colegios se habían creado con la intención de tirarse la
felicidad de los muchachos.
–Y razón tiene –dijo con seriedad–, porque a un
estudiante responsable todo el tiempo se le va en tareas.
–Tareas inoficiosas –dije yo– que son para los
padres.
–Claro –ratificó Natalia–, pues los colegios le
devuelven a los padres la obligación por la que les están
pagando.
–Creo que el sistema educativo es catastrófico y
como en el «Traje Nuevo del Emperador» todos lo saben,
pero nadie tiene el valor de denunciarlo. Nunca se perdió
tanto tiempo y tanto esfuerzo en aprender unos
conocimientos que nunca se recuerdan. Todos hemos sido
víctimas de ese sistema inicuo.
–¿Te puedes imaginar, José, que por andar
obsesionados con los conocimientos los profesores con
frecuencia olvidan que hay en cada alumno un ser
humano? Por eso es que los estudiantes terminan
extraviados en la drogadicción, en los malos hábitos y
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SEGUIRÉ VIVIENDO

hasta en la delincuencia sin que los colegios se den por
enterados.
Comprendí su preocupación. Es la de todo padre
con un hijo adolescente.
–Es penoso imaginar –le dije– que quien entrega a
su hijo al cuidado de un colegio, da con ingenuidad por
descontado que le devolverán un ser libre de vicios.
–Pero los profesores no van más allá de reportar la
ausencia de clases de los chicos, sin dar razón de lo que
hacen cuando desparecen. Todo por estar atosigando con
sus conocimientos.
–Conocimientos que rebasan la cordura, porque la
mente humana no tiene porque abarcarlos todos. Lo que
cada niño aprenda ha de ser producto de su vocación y
de sus gustos. ¿Cómo es posible que un muchacho con el
germen de la literatura entre sus venas tenga que
soportar el martirio de una clase de cálculo que para
nada le servirá en la vida? ¿Mientras uno con disposición
para la ingeniería debe desconcentrase de sus ejercicios
de álgebra y trigonometría para hacer una tarea
aburrida de sociales? ¿Por qué debe tener la clase de
artes apenas una hora a la semana, si en el estudiante
habita el genio de un artista? ¿Cómo es posible que se
aplique a la diversidad humana un plan de estudios
insensato y rígido, que supone a todos los niños
semejantes?
–¿Qué ojo tan necio, José, puede negarse a ver que
todos los niños aborrecen las actividades escolares?
–Creo, Natalia, que si para todo ser humano la
enseñanza escolar resulta insoportable, no cabe duda
que el pifiado es el sistema.
Pero también le dije que como un error no se puede
mantener toda la vida, tarde o temprano se entendería
que no están extraviados los muchachos que se resisten
a las rutinas escolares, y que se admitiría que fue un
error conservar con obstinación durante siglos un

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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

sistema absolutamente ineficaz para la formación del ser
humano.
–Algún día todo cambiará, y los estudiantes
aprenderán lo que les plazca. Entrarán a las clases de
las materias que disfrutan y coronarán la enseñanza
secundaria con más satisfacción y menos traumas; y con
un cúmulo de conocimientos productivos. Y gozo sentirán
los profesores dictando cátedra sólo a los muchachos que
se sientan atraídos por sus asignaturas.
Quise contarle apartes de mi charla con Querubín
Grisales, pero mi aliento estaba exhausto y hubiera sido
incapaz de mantener una conversación más larga.

Las palabras del profesor Grisales lo hicieron consciente
de sus promesas incumplidas:
–Decidí no aguardar más tu visita. Si lo hago no
me hubiera jubilado.
Había dicho José que volvería cuando dejó el
colegio, que no se alejaría de la universidad que lo formó,
que regresaría a la empresa que le brindó el primer
trabajo. Jamás lo hizo. Apenas habían sido expresiones
de emotividad guiadas por la nostalgia de la separación.
En cada sitio quedaban amistades maravillosos y miles
de recuerdos. En cada despedida existía el deseo sincero
de volver, pero al final, su mundo era la gente con la que
compartía el momento.
Cortó el vuelo a su imaginación y se reencontró con
el viejo profesor. Estaba frente a él, inconfundible. Unos
quince años más viejo; los mismos que habían
transcurrido desde la última vez que se encontraron,
cuando le prometió la visita que nunca llegaría. Su
cabello blanco, su rostro cansado y sus arrugas a nadie le
hubieran permitido imaginar la fortaleza del maestro
172

SEGUIRÉ VIVIENDO

que 40 años atrás dictaba la clase de literatura. Y a
pesar de su humanidad languidecida, lucía más joven
que el alumno consumido por el cáncer.
–En el colegio ya no encuentras caras que
conozcas. Fui el último de tus profesores que pasó el
retiro. Se va la vida.
–Los años pasan –confirmó José– consumiendo
toda la existencia.
–Por eso he venido a visitarte. El negro Cubillos
me contó que luchabas contra una enfermedad muy
grave. Llamé a Francisco y me ayudó a encontrarte.
José sintió el cuarto inundado por el bullicio del
recreo. Le pareció estar a la sombra centenaria de los
árboles de la vieja casona en que funcionaba el colegio de
los redentores. Discípulo y maestro inmersos en los
recuerdos dialogaban, se diría que veían a los niños
corriendo, a los profesores vigilando y al rector
departiendo en el balcón con los padres de familia.
Sentían la algarabía y de pronto el súbito silencio, tras el
silbo que llamaba al orden. Veían la formación en el
patio, el desfile a los salones y el paraje, por último,
vacío. Y percibían de lejos un rumor que traspasaba las
puertas de las aulas. Uno a uno fueron recordando a los
maestros.
–Mis profesores fueron sabios y comprensivos,
unos; otros, autoritarios y dogmáticos.
Y recordó la clases de química del «justo Abel», las
lecciones de matemáticos de «Ternerita», las enseñanzas
de urbanidad de Raquel, la cátedra de física de Agustín
Cortina, y desde luego la asignatura de español de
Querubín Grisales. Cuando paso al recuento de los más
tiranos, que eran pocos, inició la mención con Arciniegas.
–Pocos como él para ilustrar lo que es la
intransigencia. Con decir que yo siempre guardaba la
esperanza de que algo le pasara para que no llegara. Hoy
siento pena de mis deseos malévolos. Y lástima, por él

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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

como por todos los déspotas reprobados por quienes
padecimos sus lecciones.
–El juicio de los alumnos también es implacable –
sostuvo el profesor.
–Y el tiempo compasivo –complementó José–.
Porque esos dictadores pasaron al olvido. Y si de pronto
los volvemos a traer a la memoria, lo hacemos sin rencor,
de repente como un recuerdo entretenido.
Entonces se deshizo en elogios con Grisales,
maestro ejemplar por excelencia. Tan sentidas fueron
sus palabras que los ojos del maestro se vieron
repentinamente humedecidos.
–Apenas hice lo que tenía que hacer –dijo sin
encontrar palabras.
–No sea modesto. Eso decían también los
profesores que creían en el azote.
Y le contó la anécdota del «escudo perfecto» que no
pasó la prueba de Arciniegas.
–Tal vez por prepotente, él sólo admitía como
veraces los apuntes que nos hacía tomar en clase. Si
averiguábamos otras fuentes se ponía furioso: «Señor
Robayo, si no acepta mis orientaciones bien puede
retirarse de mi cátedra. ¡Y que lo acaben de educar los
libros!». Era tacaño con las notas, por mucho, y muy de
vez en cuando, se le escapaba un cuatro. No reconocía
habilidad ni virtud en sus discípulos. Lo suyo era rajar.
Aun así me propuse conseguir su aplauso con el escudo
de Colombia que puso por tarea. Yo lo veía perfecto. Lo
miraba y me parecía salido de una imprenta. Pero lo hizo
trizas, lo rayó hasta la saciedad y le encontró cientos de
errores. «¡No hizo la tarea señor Robayo!». La magnitud
de la injusticia provocó la ira de mi padre. «No es que
estrictamente el joven no haya hecho la tarea», le dijo en
tono acobardado, «es que para efectos de la nota, una
tarea mal hecha, es una tarea que no se hizo». «Es su
opinión, un concepto demasiado subjetivo», respondió mi
padre. «Nadie que juzgue el trabajo de mi hijo podrá
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SEGUIRÉ VIVIENDO

afirmar que nada hizo. Y no me refiero a la perfección,
sino al esfuerzo. Hasta una tarea mal hecha lo demanda.
¿Dónde registra usted la dedicación del niño al
realizarla? ¿En que parte de la nota reconoce sus
desvelos? ¿Ignora acaso los intereses que sus alumnos
sacrifican para cumplir con su materia?». «Eso hace
parte del concepto que tenemos de los educandos», le dijo
para salir del paso. «Dígale a su hijo que puede traer de
nuevo la tarea». El viejo iba dispuesto a un agrio
enfrentamiento. No hubo tal. La discusión fue fría, pero
civilizada. De todas maneras disfruté oyendo a mi papá
contar cuanto había dicho en mi defensa. Le rebatió a
Arciniegas tanta obsesión con las tareas, le señaló lo
poco que quedaba de las desmedidas exigencias
escolares, le enfatizó que más que conocimientos, los
profesores estaban obligados a inculcar valores, y le dijo
que si la actitud con los niños carecía de humanidad y de
justicia, la formación se malograba. Me contó también,
que ese hombre déspota con sus alumnos se había
derrumbado ante él, como si no estuviera hecho para la
confrontación con sus iguales.
–Y se perdió Arciniegas –anotó Grisales–. Era de
esperarse.
Tenía
sentimientos
de
errabundo.
Introvertido, sólo, amargado y deprimido, era arisco a la
amistad, o acaso la amistad le rehuía. Se retiró sin
jubilarse. Alguien creyó escuchar que ya había muerto.
Debo confesarte que tú eres la primera persona que me
habla de él en tantos años. Cuántos, por el contrario,
preguntan por Ana Caballero.
–Anita era una profesora incomparable. Sin ella el
francés jamás me hubiera interesado. Recuerdo con toda
lucidez cuando en su clase al gordo Reyes le estallaron
unos huevos y una talega de harina en la cabeza. Anita
que nos daba la espalda en ese instante por estar
escribiendo en el tablero, reaccionó desconcertada
cuando escuchó la atronadora carcajada. La harina y las
yemas escurrieron por la cara del muchacho, sin forma
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

de esconderlas. Ante la falta inocultable, Gómez y
Bedoya sintieron pánico de la impulsiva travesura. Pero
el episodio no salió del aula. «Déjenme ver lo que hay en
esa bolsa», dijo Anita cuando se percató de todo lo
ocurrido. Quedaba media talega de harina y cinco
huevos. «Acérquense», les dijo a Reyes, y a Gómez y
Bedoya. Al primero le entregó la bolsa, y en una decisión
inesperada, hizo que Reyes descargara sobre los otros
jóvenes todo el contenido. Todo el salón celebró con
desinhibidas risotadas, a sabiendas de que la profesora
era la causante del relajo. «Cuando se soportan en carne
propia, es que se conoce el peso de las propias faltas.
Espero que la lección quede aprendida». Muchos años
después oí a Bedoya recordar con cariño el correctivo.
–Era tan prudente que sólo hoy me vengo a
enterar del incidente. Ese era su talante. Has de saber
que en los consejos ella siempre fue el obstáculo para
expulsar a los muchachos. «Cuanto más grave la falta –
argumentaba– mayor debe ser el compromiso del colegio.
Expulsando al estudiante el plantel evade la
responsabilidad, soluciona apenas su problema; no
resuelve el de la sociedad, ni el del alumno». Por eso
insistía en que el compromiso de formar obliga a
enderezar a los muchachos que ya vienen torcidos, pues
el mérito de aleccionar a los virtuosos le parecía
irrisorio. Por algo la apodaban «la abogada de los
sinvergüenzas».
Así se fue la tarde, entre reminiscencias. Una
simple evocación avivaba mil detalles, y la memoria,
como un mar insondable, aseguraba una pesca
interminable. José volvió a gozar con las satisfacciones
del pasado. Hasta los momentos enojosos, por superados,
los encontraba revestidos de un halo placentero. No
hablaron de la muerte, no tenía cabida. Entre tema y
tema el ocaso se metió por la ventana. La extraordinaria
llamarada clamaba por un paisajista iluminado, pero los
contertulios ensimismados en otra realidad apenas la
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SEGUIRÉ VIVIENDO

notaban. El profesor Grisales, de espalda al espectáculo,
escasamente reparaba por la progresiva oscuridad, que
la visita se prolongaba más de lo debido; y José
acostumbrado a los hermosos crepúsculos de su vista
privilegiada del octavo piso, no advertía la fastuosidad
del que tenía delante. El profesor miró en su reloj la hora
y comenzó a preparar la despedida. La visita no acabó,
sin embargo, en ese instante, pues unas críticas de José
al sistema educativo volvieron a Grisales a su asiento.
–No puedo ocultar mi indignación al ver el estudio
convertido en un tormento. Veo a los colegios empeñados
en obstaculizar la dicha de los niños. Consumiéndoles
con exigencias el tiempo más propicio para ser felices: el
tiempo de la infancia. Cerrándole las puertas a su
ingenio con la rigidez de sus currículos. ¿Será que como
un amigo me dijera, los colegios son instituciones
concebidas para acabar con la dicha familiar y la
felicidad de los muchachos? ¿Monstruos creados por el
Estado para forjar ciudadanos sumisos, sometiéndolos
desde la infancia? De pronto no sea premeditado, al fin y
al cabo inconscientemente las ínfulas del poder llevan al
hombre a complicar, más que a solucionar, la vida de sus
semejantes. Si no existe más sabiduría para aprovechar
mejor los años escolares, dejemos a los niños aguardar
plácidamente la adultez, matando el tiempo mientras
llega el momento de los estudios superiores.
Grisales se sorprendió con la acritud del
comentario y hasta le preguntó si era un reclamo a sus
viejos maestros por la educación que le impartieron.
–¿Se puede imaginar, profesor, que en su momento
ni una de estas ideas pasaron por mi mente? –le dijo a
Grisales, eximiéndolo de toda culpa–. Lo que pasa es que
veo la enseñanza como un proceso en franca bancarrota,
que pretende encauzar a los niños en la filosofía de los
adultos de producir sin tregua. Obsesión de la
productividad que habrá de aniquilar al hombre.

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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

Y le explicó que no era un asunto que viera en la
distancia, sino una realidad de la que tenía
conocimiento, y le contó las quejas de Claudia, la madre
de Carlitos: «A toda hora la tarea. Y es que es la tarea
por la tarea, la tarea para los padres, la tarea para
arruinarnos el descanso. Ni siquiera sirve para forjar
una rutina que les sirva a los niños cuando grandes,
porque cuando el estudiante se convierta en empleado, lo
primero que hará si es reflexivo, será separar las
actividades del trabajo y de la casa. ¿Por qué deben
entonces continuar en el hogar las rutinas del colegio?
¿Será para que hagamos los padres las labores del
maestro?»
–Me parece inaudito –dijo José continuando su
reproche– que Eleonora, usted y yo, con tantos años
como separan nuestras generaciones, seamos el producto
de la misma enseñanza y de las mismas reglas. Disculpo
al pasado, rezagado y riguroso, pero no absuelvo al
presente de sus culpas. ¿Cómo es posible que sigamos
apegados al currículo obligatorio y rígido que atiborra al
estudiante de conocimientos que no son esenciales? ¿Lo
que se enseña es lo que realmente debe saber el
estudiante? Probablemente no. Si así fuera jamás lo
olvidaría. De los años escolares apenas sobreviven por su
utilidad, la lectura, la escritura y las cuatro operaciones.
–Aunque no sea tan exacto, como caricatura es
impecable –replicó Grisales afectado por la exageración.
–Lo patente, profesor, es que el mundo cambió con
la tecnología. Estudiar, antes era un asunto de memoria,
hoy la memoria es el disco duro un computador. Hecho
para pensar, el cerebro de los estudiantes más que
almacenar conocimientos debe aprender a utilizarlos.
Sin embargo los colegios siguen obstinados en producir
enciclopedias.
–Estoy de acuerdo contigo en que en estos tiempos
del computador y la informática la memorización debiera
haber perdido trascendencia y el razonamiento ganado
178

SEGUIRÉ VIVIENDO

relevancia. Sin embargo los propósitos de la educación y
los currículos son políticas que definen los gobiernos.
Educadores y colegios no tienen otro camino que
observarlos.
–Si la mayoría de los niños sienten aversión por el
estudio es porque la metodología choca con su
naturaleza. Le falta ingenio al sistema educativo para
entusiasmar a los menores en las materias que
pretenden enseñarles.
–Sin lugar a dudas se deben revisar los contenidos
y hacerlos más flexibles. Hay que innovar estrategias
que hagan amena la enseñanza, sin olvidar la formación
moral y espiritual, más importante que ese embutido de
información que tu criticas. Atado a los patrones del
momento debí enseñar cosas inútiles y exigir tareas
inoficiosas. Tanto que instruí en los diptongos y en los
hiatos, en el acento diacrítico, en las partes de la oración,
en el núcleo del predicado y del sujeto, en los tiempos
verbales y los complementos, para saber que a mis
discípulos hoy no les sirve ni para ayudarles a sus hijos
en la elaboración de las tareas... porque sencillamente lo
olvidaron.
–No es su culpa, ni la de ellos –lo interrumpió
José–. Es el peso de los hechos que demuestra que para
que perdure una lección, se debe entender lo que se
aprende, y ponerlo en práctica repetidamente. No es
porque el profesor enseña que «rompido» no se dice, que
el niño lo recuerda; es porque de tanto repetirlo, graba
que se dice roto. Si esa palabra jamás la utilizara, a
pesar de la enseñanza seguiría ignorante. Por eso yo
propongo que en conocimientos que no son
fundamentales, sea el alumno el que elija los que más le
gusten.
Grisales le dijo que la propuesta resultaba
interesante, pero volvió a insistir en la labor del
formador, para recalcar que como mentor, en cambio,
habían abundado sus satisfacciones. «Por pura vocación,
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

nunca no por exigencia, llegué al corazón de mis
discípulos. A muchos alenté en sus sueños, a otros tantos
atajé al borde de un mal paso; orienté a muchos
indecisos, a otros les calmé la angustia; fui de todos
amigo y consejero».
–Esas lecciones, profesor, son las que jamás se
olvidan. Pero hoy la masificación, los grandes cursos,
vuelven impersonal el trato.
–Tú tienes razón, José, la mala pedagogía hace
que el conocimiento tenga que perseguir a un estudiante
que siempre lo rechaza, cuando el objetivo es que el
alumno vayan tras el conocimiento, espontáneamente y
con agrado. Y en cuanto a las exigencias desmedidas, las
censuro. Son estorbos al aprendizaje. La tensión
desanima o enferma al estudiante, y tras la reprobación
reiterada la deserción asecha.
Y como todo estaba en discusión, José aludió a los
logros de los estudiantes, resaltando el cambio que había
llevado a que no se eximiera a los docentes de los malos
resultados escolares.
–En mis tiempos sólo los estudiantes podían ser los
culpables –resaltó como remate.
Entonces Grisales se refirió a la transición entre la
dictadura del maestro y la tiranía del educando:
–En la medida en que decae la omnipotencia del
docente, veo afianzarse la altanería de los jóvenes con
quienes los están formando. Probablemente ya pasó a la
historia el acatamiento y la consideración de los
discípulos de antaño.
–No obstante, profesor –dijo José muy convencido–
yo no los veo tan altaneros. Creo que defienden sus
intereses con la desenvoltura de nuestra modernidad y
la desobediencia propia de la juventud. Es la misma
insolencia que usted y yo vivimos de muchachos, pero
con el matiz de nuestros días. Yo me resisto al primitivo
impulso de enfrentarlos, y los entiendo porque soy

180

SEGUIRÉ VIVIENDO

rebelde. A su edad no necesitan contradictores que los
exacerben, sino guías que los escuchen y comprendan.
–Dirigirlos y entenderlos fue siempre mi receta –
dijo Grisales exaltando la figura del mentor.
Abstraídos en sus juicios se dejaron sorprender de
las sombras de la noche. Una a una se fueron
encendiendo las luces en la calle, pero Querubín y José
parecían ajenos a la noción del tiempo.
–Este mundo, profesor, tiene el sello de la
imperfección del hombre, así que los perfeccionistas
habitualmente no obtienen más que frustraciones. No
son los mejores los que lo gobiernan, no son las mentes
más brillantes las que lo dirigen; son los mediocres
herederos del poder, los influyentes y los aduladores.
–Dices bien, unos pocos estarán siempre por
encima de todos los demás, sin ser más inteligentes, ni
mejores que ellos.
Así hubieran continuado, de no llegar a poner
orden la jefe de enfermeras. Grisales se marchó, y
cuando a José lo invadió el sueño, desfilaron los niños de
un colegio por su mente. Los veía felices explorando los
conocimientos a su antojo. Todo era flexible. Como en
bandeja les ponían los temas y no había estudiante que
no se sintiera atraído por alguno. Unos escogían la
química, y con un especialista –que los había para
profundizar en todas la materias– desarrollaban algún
proyecto que estimulara sus habilidades y su ingenio.
Otros probaban con la historia. Engolosinados con Julio
César, con Napoleón, con Alejandro, no se cansaban de
escrutar sus vidas; y si de batallas se trataba, aprendían
estrategias militares e ideaban juegos en que las ponían
en práctica. Se divertían con todo lo aprendido. Libres de
hacer lo que viniera en gana, ni uno sólo como se
esperaba abandonó el estudio. Todos volvieron un hobby
la academia. Hasta en sus casas, a escondidas –porque
estaban prohibidas las tareas–, devoraban los textos que
llevaban del colegio. Unos pocos conocimientos eran de
181

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

obligatorio aprendizaje, y se reducían a un barniz
apenas suficiente para que más tarde no los tildaran de
ignorantes. Así, los que con la II Guerra Mundial se
deleitaban, profundizaban en detalles, pero los que no le
encontraban atractivo alguno, se concentraban en
conceptos y datos generales.

ALICIA
ALICIA
Alicia suele llegar en la mañana. Aunque no tiene
obligaciones imperiosas, ha adquirido compromisos en
que se le van las tardes; unas en el gimnasio, otras en la
escuela de artes y la cinemateca, y las que restan en
reuniones con amigas que no faltan. Casi siempre llega
con algún periódico, porque sabe que me entretengo con
las columnas de opinión y los editoriales. Antes llegaba
con revistas y otro tipo de lecturas, pero consciente de
que le quitaban tiempo a mi oficio de escribir optó por
restringirlas. Antes de volver costumbre su visita con los
diarios, sus mimos se traducían en viandas y golosinas
que satisfacían el manido pregón de mis goces
gastronómicos. Al apartamento llegaba con platos
exquisitos que yo degustaba a pesar de las molestias.
Luego, cuando mi estómago se negó a aceptarlos,
mermaron las porciones; casi todo se quedaba en la
bandeja. Optó entonces por alimentos más ligeros.
Finalmente no volvió a comprarlos, ¿para que hacerlo
cuando literalmente todo iba a parar a la caneca? La
dieta dejó de estimular mi paladar, y en una
alimentación por gastroclisis feneció mi hedonismo
gastronómico. Por una sonda y sin placer alguno
comenzaron a alimentarme con una mezcla de alimentos
licuados y suplementos de diversa índole.
Ayer Alicia llegó cargada de uvas y manzanas, ni
pensar que fueran para mí: las repartió entre las
182

SEGUIRÉ VIVIENDO

auxiliares que salían de turno. Abrió las cortinas para
que la luz entrara a borbollones, luego se recostó a mi
lado y se puso conmigo a revisar la prensa. La enfermera
al verla no le hizo buena cara. Si algo las contraría es
que los visitantes se sienten en la cama. No dijo nada
porque ya sabe que en esa materia no acepto sus
reclamos.
Un artículo sobre el insomnio fue el punto de
partida para terminar hablando de los sueños. Le conté
el del día anterior en que un especialista rectificó el
dictamen. «Alguna esperanza muy oculta de vivir
todavía tienes guardada», me dijo sin poner
circunspección a sus palabras. Ella se acostumbró a
hablar de mi muerte sin temores. No porque no la sienta
–y la siente como nadie–, sino porque pactamos incluirla
en nuestras conversación como algo cotidiano. No la
contradije. ¿Cómo hacerlo si los sueños se alimentan de
nuestros sentimientos más recónditos?. Por el contrario,
le conté otros sueños reiterados en que mi imaginación
reflexionaba sobre el destino tras la muerte. Me dijo
entonces: «En ellos especulas con todas las opciones,
¿pero no te has preguntado cuál es la que en verdad
quisieras?». Me pareció su observación interesante, y
expresé mi parecer como insinuándole al destino que
debía considerarla: «Esa inquietud no se resuelve con
argumentos lógicos, a la hora de responder el interés es
lo que cuenta. No espero padecer, es la respuesta. Si ello
implica que con mi cuerpo se destruya el alma, la
solución es bienvenida. Si mi existencia ha de perdurar
de cualquier otra manera, hago votos por un mundo en
que sea innata la bondad de los seres que lo habitan, en
que nadie atente contra nadie, en que se dé el bien
espontáneamente y sin esfuerzo, y en que todas las
almas sean felices». «¿Me lo harás saber –me dijo
Alicia– para irme preparando?».

183

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

«Nuestro

mundo es lo que tenemos más a mano», se
repitió José cuantas veces vio desfilar ante su lecho a los
extraños. Se sorprendía de que llegaran a visitarlo
personas que en sus afectos parecían distantes, pero que
eran próximos porque bajo el mismo techo trabajaban,
porque se daban a diario con él los buenos días, porque
se cruzaban a toda hora en los pasillos, o se topaban en
el ascensor del edificio al comienzo o al término de la
jornada. Sus familiares, en cambio, se hacían notar:
porque jamás llegaban, salvo Eleonora que era la sombra
que no lo abandonaba.
Mariana, su hermana menor, lo llamaba una o dos
veces al mes a saludarlo, pero se informaba más de su
salud por boca de Eleonora. Decía que las clínicas la
deprimían, y no estuvo más que un par de veces en la
pieza de su hermano. José la comprendía, era un viejo
problema de su personalidad que la hacía sentir aversión
por los extraños, por la vida social y por las
muchedumbres. La hermana mayor de José era
Mercedes, y estaba en el confín del mundo. Eduardo era
un recuerdo.
Mercedes estudiaba en la universidad literatura
cuando un intercambio cultural trajo a Colombia a un
checoeslovaco. Se llamaba Javi y no vivía en su patria.
Había emigrado a Australia con su padre cuando la
Unión Soviética aplastó la Primavera de Praga de
Dubcek, que quiso darle al comunismo un rostro
humano. Mercedes se enamoró de Javi, Javi cayó en sus
redes, y casi sin noviazgo se casaron. El matrimonio
intempestivo, apresurado por el afán de regresar de Javi,
sumió a la familia en la tristeza. Mercedes, desde
entonces la señora Suk, se marchó del país, y para
siempre. Al despedirse se comprometió a terminar en
Australia su carrera. Se estableció en Townsville, y allí
nacieron sus hijos y sus nietos. Cartas, postales,
llamadas e internet suplieron los viajes que se quedó
debiendo. Alguna vez envió a sus hijos Eduardo y

184

SEGUIRÉ VIVIENDO

Jeroslav a conocer a sus parientes colombianos. Aunque
los muchachos quedaron de volver, nunca lo hicieron.
Resultó más fácil que José los visitara. Incluso quiso
regresar con el deseo de despedirse cuando le hicieron el
diagnóstico mortal, pero el dinero lo gastó en un tour
mejor aprovechado. Con el sobresalto de la enfermedad,
las nuevas de Mercedes se hicieron más frecuentes, pero
menguaron cuando el mal, por crónico, dejó de ser
noticia.
Eduardo fue su único hermano. El ser con el que
compartía los juegos, el cómplice de sus diabluras, el
consejero al que también aconsejaba. Pero un sarcoma se
lo llevó en plena adolescencia. Si un hijo hubiera tenido
José, lo hubiera bautizado Eduardo. Como no lo tuvo, fue
Mercedes quien perpetuó en su primogénito el nombre
de su hermano.
Los demás familiares eran más bien lejanos, unos
por parentesco, otros porque poco los veía. Estaban los
hijos de Mariana, unos cuantos primos y una camada de
sobrinos nietos. Sus tíos y sus padres ya habían muerto.
Sin embargo José no le hacía reclamos al destino por los
escasos familiares que llegaban a su lecho. Con las
esporádicas apariciones de Alfonso quedaba satisfecho.

EN LO ÍNTIMO, NI LA RELIGIÓN NI LA MORAL
Las reminiscencias son energía para mi
humanidad desfallecida. Recordar es como cabalgar
sobre un ágil corcel, como acomodar mi alicaído cuerpo
sobre un alma briosa para recorrer los recovecos de mi
vida. Al hacerlo vuelvo a sentir con intensidad los gozos
y las desazones, y los éxitos y las frustraciones. Debo
evocar para sentir que existo, debo existir para evocar,
debo evocar para matar el tiempo. En ese proceso la
soledad es la cómplice de mi memoria. Entre las dos
185

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

rescatan del olvido los mínimos detalles. Hoy es Eliana
la que aviva los recuerdos. Esta vieja amiga ha removido
con su presencia los pormenores del encuentro en que
por primera vez nos avistamos.
No pude contenerme ante los criterios
moralizantes que la conferencista expresaba, y rebatí:
«En lo particular, pienso que la formación no puede
tener como centro la conducta sexual del individuo». Ella
quiso contradecir, pero no pudo demostrar que no era
cierto cuando llevaba media hora de su conferencia
disertando exclusivamente sobre el sexo.
«Formar –insistí– es instruir en el arte de la
convivencia, inculcar principios que encaucen la
conducta, enseñar a discernir, exhortar la coherencia
entre lo que se piensa y lo que se hace, entre lo que se
dice y lo que se practica; desde luego, es dar libertad
para aplicar todo lo aprendido». «Lo sintetiza usted en
forma magistral», me dijo, inhibiendo con su lisonja la
crítica pugnaz que estaba por hacerle. Obligado a un
tono más sutil le dije: «Nuestros objetivos acaso son los
mismos, pero ciertas particularidades los muestran
diferentes. Debo confesarle que veo con naturalidad el
sexo y con preocupación en cambio la injusticia, la niñez
abandonada, la violencia, la deshonestidad, la falta de
solidaridad, la complicidad con el delito, el terrorismo y
el crimen en todas sus manifestaciones. Por lo que
percibo, pierde tiempo valioso al catequizar sobre el sexo
en vez de predicar sobre la bondad en general. Más
cuando lo sexual es tan privado, que no acepta más ética
que la de no someter abusivamente a quien se convierte
en objeto de nuestra satisfacción. El sexo es incontenible;
nada lo detiene; diría que no le tiene miedo al miedo, y
penosamente no hay enfermedad ni precepto moral que
lo cohíba. De ahí que sea el ingrediente propicio para las
conductas hipócritas y solapadas; para practicar en
privado lo que se censura en público. El moralizador crea

186

SEGUIRÉ VIVIENDO

la malicia. La naturaleza es diáfana, tal como la percibe
el niño en su inocencia».
Mi intervención estaba en su punto culminante,
pero aquélla invocación a la hipocresía de los moralistas
fue recibida por una parte de la concurrencia como un
agravio imperdonable. El auditorio se polarizó y la
conferencia terminó en bochinche. Pero mientras otros
libraban la batalla por nuestras opiniones, Eliana se
acercó, y cuando esperaba una respuesta desabrida,
apenas me dijo «pendenciero», en un tono que más
parecía de seducción que de reclamo. Ese gesto amable
fue suficiente para ofrecer una disculpa. «¿Te das cuanta
cuán vulnerable resulta frente a la mujer un caballero?»,
me dijo haciéndome consciente de mi debilidad, pues por
culpa de la galantería había abandonado mi alegato.
Pero resultó provechoso, porque Eliana, que no era la
seudomoralista que temía, se convirtió en mi amiga, y
una amiga compenetrada con mi pensamiento. Su
discurso recargado no traducía su pensamiento, sino el
énfasis que le habían solicitado quienes la habían
contratado para la conferencia.
Por mucho tiempo compartimos, pero un día nos
distanciaron las ocupaciones. Sin embargo el afecto
siguió incólume. Por eso me emocionó tanto su llamada
cuando tenía la certeza de que ella sería una de las
personas de las que no habría de despedirme; una de las
que se sorprenderían con mi obituario.
Cuando estaba pensando en que confinado a las
cuatro paredes de la habitación lo más osado que hacía
era sentarme en el sofá que había a un costado de mi
cama, y que a veces usaba mi hija para dormir en las
noches críticas en que me acompañaba, Eliana me
sorprendió con su presencia. De piel canela, facciones
delicadas y piernas bien torneadas, seguía siendo una
mujer atractiva a pesar de haber vivido casi medio siglo.
Se inclinó para saludarme con un beso en la mejilla.

187

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–¡Cumpliste! –le dije acostumbrado a que muchas
de las visitas ofrecidas se quedaran en pleno
formalismo..
–Te dije vendría porque tenía que revisar
personalmente tus escritos.
Yo tenía en la mesa de noche una colección de
documentos entre los que intencionalmente había colado
algunos cuyo tema debía recordarle nuestro primer
encuentro. Sin fuerzas para alcanzarlos le pedí que los
buscara. Los halló con rapidez, examinó las páginas y se
sentó a mi lado. Leyó en voz alta justo el que yo había
dejado de primero: «Dejemos tanta bobada con el sexo».
Entonces dijo: «No has cambiando desde cuando nos
conocimos», y continuó leyendo:
«¿Cuándo será la relación sexual algo tan casual
como un saludo? ¿Algo cotidiano que deje de ser motivo
de juicio y de censura? ¿Algo trascendente apenas para
los protagonistas? ¿Algo tan personal que excluya a los
entremetidos moralistas de tantas religiones? ¿En el
ejercicio cotidiano de la sexualidad en dónde está la
falta? ¿En la frecuencia? ¿En el número de parejas? ¿En
la
relación
extramarital?
¿En
la
relación
prematrimonial? ¿En la relación homosexual? ¿En el
intercambio de parejas? ¿En el sexo en grupo? ¿En el
fetichismo? ¿En el sadismo? ¿O en el masoquismo? ¡En
ninguna! ¡Absolutamente en ninguna de las opciones que
enumero! Ni siquiera en las relaciones homosexuales y
sadomasoquistas, que tanto me repugnan. La relación
prematrimonial estigmatizada por la religión católica,
demasiado inocente me parece. Debería ser obligatoria,
para que de verdad se conozcan las parejas, para que
descubran a tiempo las afinidades y las diferencias. ¿Y
la extramatrimonial? No es ideal, pero es habitual e
ineludible, hasta excusable cuando se conoce la
naturaleza humana. Así que las faltas derivadas de la
conducta sexual son más bien pocas. Lo son la
perversión de seres inocentes, la satisfacción en contra
188

SEGUIRÉ VIVIENDO

del deseo de la pareja, y en general, toda posesión
violenta; no consentida, aclaro, porque hasta el sadismo
y el masoquismo algo guardan de armonía cuando así se
acopla la pareja.
El sexo no es una actividad pecaminosa, ni un
motivo que haga grande nuestro espíritu; ni blanco ni
negro, ni bien ni mal, apenas una función que satisface
nuestro instinto. El rudo e iletrado, como el intelectual y
el analítico, abrevan en sus aguas deliciosas. No todos lo
confiesan, muchísimos hipócritas lo niegan, pero todos lo
disfrutan. Unos con la brutalidad de su escaso
entendimiento, otros con el exquisito refinamiento de
todos sus sentidos. Unos en la oscuridad, escondiendo las
imperfecciones de sus cuerpos, otros a plena luz,
poniendo en evidencia la exquisitez de la forma, placer
estético que sólo la juventud ofrece».
Eran reclamos que se habían ido quedando
obsoletos con el tiempo, que habían sido escritos para
otra época, en que eran más timoratas las costumbres y
mi genio más impulsivo y virulento.
–¿Debo entender tu escrito –dijo Eliana– como la
conclusión de tus sesudas reflexiones, o como la defensa
de una causa personal que busca la justificación de tus
acciones?
–En otras palabras –repliqué–, ¿sugieres que mi
artículo pudo ser consecuencia y no causa de mi
comportamiento?
–En otras palabras trato de decirte ¿que si eras un
depravado cuando lo escribiste?
Sin molestarme entendí en toda su magnitud la
picardía del comentario. Así era Eliana. Aunque también
reconocía en su actitud el velado interés, que me era
familiar, de las mujeres en el sexo. Al recordar
apasionados momentos que comenzaron con un abreboca
intelectual sobre ese tema, me olvidé de la proclama y
me dejé llevar por la sensualidad de Eliana. La encontré
atractiva, más cuando su falda se empecinaba en dejar
189

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

al desnudo sus muslos encaramándose sobre sus
rodillas. ¡Qué tontería! Me bastó tratar de incorporarme
para sentir que mi cuerpo ya no era de este mundo. Y si
un espejo me hubiera reflejado, me habría dado cuenta
de que mi cuerpo sobrecogía más que el del jorobado de
Nuestra Señora. Además mi vida amorosa hacía tiempo
era cosa del pasado. Desalentado, preferí responderle
con toda seriedad:
–Cuando publiqué el artículo era un hombre
maravillado con el sexo, que no le hallaba pies ni cabeza
a las prédicas moralizadoras. Que veía a los predicadores
concentrados en la condenación de las conductas
sexuales, sin enfilar sus baterías contra los auténticos
pecados. Que los veía alborotarse por la infidelidad, pero
eran sordos y mudos ante la insensibilidad social, ante la
corrupción y la violencia, y en general ante las faltas que
atentan contra la vida, la propiedad y la reputación de
las personas. Me exasperaba que sectores de la sociedad,
católicos y protestantes, redujeran al comportamiento
sexual todo el discurso, y sobre todo que presentaran
unos puntos de vista que ni de fundas compartía.
Además, esos hipócritas, que en gran medida los creía,
atentaban contra la libertad sexual con la que yo soñaba.
Ya había dejado de ver tanto romanticismo en el amor y
disociaba el deseo del amor, convencido de que el
disfrute sexual era una entretención más, sin las
ataduras del afecto. A mi favor tenía el acuerdo unánime
de mis amigos, que en estos temas eran bastante
liberales.
Eliana entonces indagó que tanto habían cambiado
mis concepciones con el tiempo. Para su sorpresa le
confesé que eran las mismas, sólo que había aplacado la
forma de expresarlas.

190

SEGUIRÉ VIVIENDO

Para

José el primo Alfonso era uno de los familiares
más queridos; más que por haber crecido juntos, por su
eterno sentido del humor, exagerado si se quiere, tonto
en ocasiones, pero candoroso. Lo consideraba entretenido
y bueno, un viejo pueril sencillamente. Al fin y al cabo
José desconfiaba de los que nunca ríen, y tenía por
buenos a quienes traslucen su alma en un gracejo. Solía
llegar sin anunciarse y en cualquier momento; entraba a
la habitación y se sentaba en la primera silla que
encontraba, sin importarle que el médico estuviera en su
revista o las auxiliares ordenando el cuarto. Luego no
era infrecuente que las enfermeras lo devolvieran a la
sala de espera mientras ponían punto final a sus labores.
En presencia de Alfonso, José procuraba olvidase
de lo trascendente y agudizaba el ingenio para competir
con la chispa de sus ocurrencias.
–Ya cometí –dijo José–, todos los pecados que me
había propuesto y puedo partir sin arrepentimiento.
Y Alfonso estalló en una sonora carcajada. Al fin y
al cabo él era eso, una sonora carcajada, una risotada
capaz de explotar en el peor momento. «Es una reacción
nerviosa», explicaba avergonzado.
Sin embargo esa visita, la primera que le hacía a
José al saber que estaba enfermo, comenzó con tono
grave. Pues todo resulta grave cuando la muerte acecha.
Alfonso supo por alguien que José andaba de viaje, pero
nunca imaginó que tenía el carácter de una despedida.
José le refirió que le bastó conocer su próximo deceso
para disponer con apremio su futuro. Y le contó, como le
contaba a todas sus visitas, los pormenores de esos días,
inmejorables al comienzo y al final sombríos. Expuso
una vez más que la muerte fue la ocasión para dar
rienda suelta a los placeres, aunque a la postre entendió
que el placer como rutina cansa. Le mencionó los goces
gastrónomicos: «Fueron como una carrera contra el
tiempo, ganándole al tumor, empecinado en obstruir mi
tubo digestivo. Al principio fue un auténtico deleite, pero
191

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

pronto tuve que aborrecer los aderezos y las salsas que
tanto disfrutaba, porque me indisponían; y para no
morir de hambre tuve que aceptar sin sazón los
alimentos». En su relato mencionó como los platos más
suculentos se quedaban servidos cuando la distensión
estomacal los rechazaba. A veces a cambio de devorar
con apetito, se conformaba con saborear con obsesión
minúsculos bocados. «Antieméticos, proquinéticos y
enzimas digestivas –dijo– fueron cómplices de mi
hedonismo gastronómico. Y vaya si ayudaron, aunque al
final ya no servían de nada. De todas maneras ya se
había tornado en aversión el gusto que un día sentí por
todos los manjares». Y le confió que el desaforado interés
por evitar las privaciones lo llevó a catar licores, lo que
Alicia calificó como un suicidio. Y ambos rieron al
imaginar que era como matar a un muerto.
Le confesó que lo intrigaban las sensaciones del
supremo instante.
–Los que lo saben, ya no están aquí para contarlo
–dijo Alfonso riendo, quitándole severidad al argumento.
Prosiguió José:
–Yo creo que ha de ser como la vez que me
operaron.
–Así ha de ser –le dijo Alfonso, sin saber siquiera a
qué se refería–, y sí no fuera, no te dejes convencer de lo
contrario.
–Imagino la muerte como un profundo sueño –
insistió José más circunspecto–, como una anestesia
inigualable. Aquélla vez vi a la enfermera introducir la
aguja en el caucho de la venoclisis y sentí angustia
pensando como perdería el conocimiento. En segundos, y
sin la menor angustia, mi mente quedó en blanco.
Desperté plácido, con la sensación de haber dormido
como nunca. Así tiene que ser la muerte.
–Pero sin despertamiento y sin memoria.

192

SEGUIRÉ VIVIENDO

Era evidente que Alfonso no tenía intención de
hablar en serio, así que José se olvidó de su discurso. A
cambio bromearon y rieron con anécdotas lejanas.
Cuando Alfonso se marchó, José tuvo la sensación
de haber compartido con el mismo niño con que
transcurrió su infancia, pero a los ojos de cualquiera el
que se alejaba era un viejo obeso y calvo, torpe al andar,
que en nada evocaba la lozanía de aquellas épocas.
Comprendió José, con pensar, que toda su generación
estaba siendo devorada por los años, y deploró como
nunca el marchitamiento de la juventud. Aún así, ese
hombre que acababa de ver herido por el tiempo, no era
ni sombra del que podría ser cuando la senectud lo
postrara definitivamente. Ya dejaba traslucir un aire de
su abuelo Ernesto.

DE LA LAPAROSCOPIA A LA POSTRACIÓN
DEFINITIVA
El doctor Mendoza me había explicado, y yo por
otros medios había corroborado, que las metástasis
ganglionares distantes no eran de buen pronóstico. Su
propuesta era practicar una laparoscopia para
determinar con precisión el estado de la enfermedad. Mi
aceptación vino seis meses después cuando ya había
agotado la energía que me quedaba, en la realización del
obsesivo sueño de disfrutar la vida. No lo hice antes
porque albergaba el temor de que esa intervención que él
me mostraba tan sencilla, diera al traste con todos mis
proyectos. Sabía que mi estado era frágil a pesar de las
aparentemente buenas condiciones, e imaginaba que
cualquier operación podía alterar el equilibrio. Hasta los
sueños traducían mi angustia. A veces me veía llevado a
la clínica contra mi voluntad y encerrado en un
quirófano en que todos mis llamados de auxilio se
193

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

ahogaban en el sopor de la anestesia. Luego despertaba
en un cuarto deprimente y solitario, asido por las
muñecas a unas esposas que se aferraban a cada
baranda de la cama. En otra pesadilla llegaba
emocionado a la sala de espera de un aeropuerto a
aguardar el abordaje. Al mostrar el pasabordo me daban
paso a un estrecho corredor que no terminaba en el
avión, sino en un área atestada de camillas. Montado en
una, comenzaba un carreteo semejante al de un avión
sobre la pista, pero en vez de decolar, la camilla entraba
en un hangar en que los mecánicos vestían de cirujanos.
Después me veía convaleciente, con una gran herida
abdominal y lleno de llagas que drenaban la pestilencia
de mi estómago. Otras veces una maraña de cables me
rodeaba; llevaban información de mi cuerpo a sendos
monitores. Una voz adusta, al frente, me informaba que
debía olvidar mis planes porque esa sería mi condición
hasta la muerte.
La evidencia de los exámenes no me dejaba duda,
el cáncer era incontenible y más valía aprovechar el
tiempo que malgastarlo en exploraciones sin sentido. No
me equivoqué. Cuando por fin practicaron la
laparoscopia, no descubrió nada halagüeño: metástasis
hepáticas y peritoneales, y compromiso del colon y del
bazo. A sus anchas se extendía el tumor por el abdomen.
El doctor Botero que siempre había procurado darme
una esperanza, sin hablar de la fatalidad de mi
padecimiento, desde ese momento dejó de plantear
opciones salvadoras. La cirugía no tenía objeto y era
impracticable; recibí una quimioterapia de consolación
en un intento desesperado por reducir las masas; apenas
para buscar alivio. Nadie por fortuna me recriminó los
meses de mi buena vida; creo que todos intuíamos que
desde la entrega del resultado de la primera biopsia ya
no había retorno. De pronto comprendían que para mí la
muerte no era una tragedia, que podía llegar cuando
quisiera, que me dolían más las ajenas que la propia.
194

SEGUIRÉ VIVIENDO

La extinción material de la vida que parece tan
terrible y tan inútil, me resultó desde joven una
alternativa en las acechanzas del destino. Las
situaciones difíciles me hicieron comprender al suicida
arrinconado, pero también me permitieron ver en la
muerte el triunfo del altivo que se niega a someterse.
Imaginaba a quien muere burlando con sarcasmo a su
verdugo. Esos pensamientos me familiarizaron en la flor
de la vida con la muerte, me hicieron admitirla y hasta
verla como necesaria. Nunca precisé de ella porque mi
capacidad de adaptación me permitió hacer frente, y
ridiculizar, a todo cuanto quiso sojuzgarme. Ahora no es
la muerte el triunfo de la soberbia, sino la rendición de
un cuerpo enfermo. Igual esa camaradería con ella
desvanece su trágica apariencia. Y entre las formas de
morir, esta es amable, me anunció con tiempo su llegada
para poder organizar la despedida. Hasta los seres
queridos velan mi agonía junto a mi lecho.
Con la laparoscopia llegó el comienzo del
verdadero deterioro, sus hallazgos de por sí obraron en
mi mente con tanta sugestión, que empecé a
experimentar los síntomas propios del enfermo terminal.
Me asombraron los cambios marcados que se hicieron
evidentes en mi cuerpo, pero al final pedieron su
capacidad de sorprenderme. Pocas semanas después de
la quimioterapia lo primero que descubrí fue una masa
dura del tamaño de un fríjol en mi cuello. El médico la
exploró en detalle.
–Es un ganglio metastásico, José, el ganglio
centinela de Virchow-Troisier.
–¿Y que quiere decir?.
–Que la enfermedad avanza –me dijo entristecido.
Era impactante ver al cáncer a sus anchas,
apoderándose de todos los órganos del cuerpo.
Indudablemente tenía más extremidades que el cangrejo
que le dio su nombre. Pero esa fue la última vez que me
impresionó un hallazgo. Otro nódulo emergió después en
195

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

el ombligo. Los médicos se enfrascaron en una discusión
irrelevante. El más joven opinó que era una siembra
tumoral dejada en la laparoscopia, el más viejo impuso
su autoridad y su experiencia.
–Es una carcinomatosis peritoneal, he visto
muchas. En todo su abdomen hay siembras del tumor –
me dijo para que entendiera.
Así que cuando el abdomen comenzó a abultarse,
ni remotamente pensé que era gordura. ¡Claro que era la
enfermedad manifestándose! Una piel delgada lo cubría,
dejando traslucir una trama de vasos azules y morados;
una piel que impresionaba por lo frágil, pero que no me
incomodaba. La molestia provenía de ese abdomen tan
enorme, más abultado que el de una mujer en embarazo,
culpable de mi dificultad al respirar. Me explicaron que
había mucho líquido que rechazaba mi diafragma y
reducía la capacidad de mis pulmones. Para aliviarme
me clavaron una aguja en el vientre por la que comenzó
a escapar un líquido entre amarillo y vino tinto. Ese día
tuve conocimiento de la ascitis. Unos 2000 centímetros
calculo que sacaron.

Como

un ícono guardaba la mente de José la
imagen de Ernesto, la personificación más patética de la
ancianidad y el abandono. Su figura decrépita irrumpió
con esplendor en sus recuerdos, corpórea y tangible. La
vio arrinconada en la penumbra lúgubre. Hurgando en
la monotonía volvió a tener la sensación de la ventana
esquiva al sol, de la cortina pesada en lucha constante
con la luz del día. Evocó la mesa de noche, el teléfono
inservible, la cama, la radiola y el foco mortecino
prendido todo el tiempo. Recordó el olor a viejo, y volvió
a aspirar el hedor rancio. Y descubrió al anciano.
Claudicante, escasamente resistía su cuerpo para
desplazarse de la cama al baño y del baño a la cama en
196

SEGUIRÉ VIVIENDO

una rutina interminable. Notó sus brazos y sus piernas
temblando a cada paso. Revivió el dolor de su cuerpo,
que hacía presentir un sufrimiento mayor: el de su alma.
Recapacitó que ese cuerpo a punto de desbaratarse había
sido un organismo vigoroso que iba y venía sin
contratiempos; que no reparaba en las adversidades de
la soledad, cuando por el contrario, la reclamaba en
todas sus rutinas, cuando rehuía a sus hijos y a todos los
que demandaban su presencia.
Hubo un tiempo en que todos dependieron de él;
finalmente él dependió de todos... y todos tan distantes.
Sus hijos lo querían, pero su trabajo los mantenía
apartados. Su preocupación los llevó a pagar por su
cuidado. «Claro que me quieren, es por eso buscan quien
me atienda», subrayaba el anciano resignado.
Mientras tuvo fuerzas le impidió el acceso a todo
extraño a sus espacios. La vejez lo desarmó. Su
desconfianza y su altivez se rindieron a toda mano que le
prestara ayuda. Incapaz de abrir la puerta de su casa
aceptó que la llave rotara entre las empleadas. La
orfandad familiar la disiparon los amigos hasta que la
decrepitud lo enclaustró definitivamente. El mandadero
que llevaba el almuerzo a la una de la tarde y la
empleada que llegaba a abrirle, eran el único contacto
con el mundo. Una hora compartía con ella mientras le
organizaba el cuarto, el resto de las 24 era para añorar
el pasado, para luchar contra la bestia del insomnio,
para despertar en medio de una pasadilla, para dudar de
la felicidad que tuvo, para sentir con todo rigor la
claustrofobia; a veces para llorar a solas.
Así había sido el ocaso de Ernesto, un tío por el
que José sintió tras su muerte la solidaridad y el cariño
que jamás le pudo dar en vida. Ocasionalmente la
familia se acordaba del viejo abandonado. «José, toca
visitar a Ernesto, llevamos sin verlo como un año». Ese
era el argumento para todas las visitas. Él buscaba el
pretexto que lo librara de encerrarse en una habitación
197

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

sombría con un viejo monótono que no hacía más que
hablar de sus dolencias. Ahora, aquejado por su
enfermedad, José tenía más capacidad para entender el
sufrimiento. Esta vez no se recriminó, pensó que en los
años mozos prima el egoísmo, y que sólo la paternidad
enseña a amar, porque es en ese momento en que el
sacrifico por los demás tiene sentido. Pero sintió tristeza.
Un día la empleada, que había tomado casi una semana
de receso, lo encontró sin vida, putrefacto, encogido entre
las sábanas que sirvieron de sudario. Lo afligía esa
historia. Siempre había temido padecer en su vejez tal
desamparo. Eran penalidades peores que la muerte. Se
consideró afortunado: «Tendré quien me entregue al más
allá con el mismo afecto con que entrega un padre a su
niño a la entrada de la escuela». Y se regocijó al saber
que contaba con su hija.

EL MUNDO SUBJETIVO DE LA FELICIDAD
La idea de que la muerte siempre hará sentir la
insignificancia de la vida, me trajo a la mente la imagen
de un escuadrón de hormigas aplastado por mi pie,
inmenso frente a ellas. Igual imaginé a la humanidad
ante la muerte: impotente y minúscula. Y tuve la
sensación de remontarme al infinito viendo
empequeñecerse todo en la distancia. Vi el enjambre
humano indistinguible del ejército de artrópodos; lo
reconocí como nunca frágil y extinguible. La misma
Tierra era un ínfimo punto en la inmensidad del
universo.
¿Como no comprender que mi mundo, para mi
inconmensurable, era objetivamente menos que la nada?
Vistas así las cosas, sufrir o morir carece de importancia.
¿Por qué habría de sentirse mi extinción entre más de
seis mil almas que habitan en la Tierra? ¿Qué podía ser
198

SEGUIRÉ VIVIENDO

una muerte entre millones de millones que se dan a
diario entre todas las especies? Es por efecto de nuestros
sentimientos que se vuelve un macrocosmos nuestro
mundo íntimo y pequeño.
De algo debería servirnos a los moribundos
reconocer el trance como algo cotidiano, como un hecho
para el universo intrascendente. Pero atrapados en la
exigua inmensidad de la existencia, difícilmente
escapamos al dominio de las emociones.
La proximidad del instante supremo me devolvió a
la incertidumbre del pasado. Ya no como un ejercicio
filosófico desapasionado, sino como una inquietud que
tiene que ver con mi destino. A pesar de todas mis
hipótesis desconozco el más allá. No tengo certeza de los
feudos de la muerte.
El ejercicio mental en pos del conocimiento de
ultratumba resulta interesante, pero estéril. ¿Existirá?
¿Si existe, cómo es? ¿Habrá en realidad una rendición de
cuentas?. A veces parto de la premisa de que la
existencia terrenal no es justa, pues muchos se van con
una deuda considerable con el mundo; a otros tantos el
mundo es el que adeuda. Especulo poniendo en tela de
juicio el principio de justicia que anima al universo. ¡Qué
importa!, digo en ocasiones, aunque no haya justicia que
todo termine con la muerte. Pero no parece procedente.
Temo que la justicia es infinita e infalible. Que echa
mano al más allá. Que obliga a que exista otra vida tras
la muerte. O si no ¿cómo se repara a quienes fueron
maltratados a su paso por la Tierra? ¿A los humillados
por sus semejantes? ¿A los golpeados por la naturaleza?
¿A los que dejaron en rojo el balance de sus
satisfacciones? ¿Y cómo se ajustan cuentas con los que se
marchan jactándose de sus picardías? Ese es un motivo
para esperar justicia en otro mundo. De pronto es al
contrario, padecimientos de éste saldan cuentas de otra
dimensión y de otra vida. Aunque suena lógico, ningún
silogismo me convence, pues mis deducciones no tienen
199

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

que coincidir necesariamente con las leyes de quien hizo
el mundo.
Teorizar sobre cosas tan ocultas entretiene mas no
conduce a nada. El futuro aquí o allá es especulación, el
pasado certeza. «No abandones tus recuerdos –me dice
Javier– porque con ellos agradeces a Dios las dichas que
tuviste». Y razón tiene, porque apoyarme en hechos del
pasado no deja mi vida al garete como lo hace el porvenir
incierto. Cuando miro el ayer revivo momentos
exquisitos y veo con asombro la enormidad de mi
existencia, edificada paso a paso.
Es grato ver que al término de mi peregrinaje
llegué imperceptiblemente a una cumbre lograda sin
demasiado esfuerzo. Fue el producto de los años, el
resultado de envejecer, sencillamente. Aunque no sobran
los que creen que es el producto de un esfuerzo
desmedido. Los jóvenes me llaman profesor, maestro y
me hacen venias; pero muchas veces desconocen el
contenido mi pensamiento. Mi impresión es que rinden
más pleitesía a mi edad que a mi intelecto. Sea cual sea
la razón, me hace sentir en un púlpito, con derecho a
pontificar sobre lo humano y lo divino, como dueño que
soy ya de la totalidad de mi existencia. Bueno, salvo del
trecho final, el único pendiente.
Mis impresiones sobre lo justo, sobre el bien, sobre
la verdad, sobre la felicidad, sobre la libertad, tienen el
aval de la experiencia; el peso de una vida entera. Mi
instintiva propensión a escribir se fortalece con
reflexiones como ésta, cuyo destino quedará al buen
juicio de Eleonora. Me esfuerzo en redactarlas en forma
legible e impecable, con el deseo recóndito de que lleguen
a la imprenta; con el propósito de seguir reinando en
esta vida tras mi muerte. Leo y releo mis escritos. Lo
inédito como lo publicado.
Hoy repaso unas envejecidas notas. Nada tan grato
como confrontar lo que ayer dije con lo que hoy diría:

200

SEGUIRÉ VIVIENDO

«La tristeza tiene en su esencia la felicidad, es la
dicha negativa, el bienestar que se nos ha escapado.
Para sentir el gozo tenemos que saber de la tragedia. La
felicidad es un bien que muchas veces reconocemos
retrospectivamente; tarde, cuando ya lo hemos perdido.
Chejov me diría que la felicidad no existe, sino sólo el
deseo de ser feliz. Yo lo rebato. Rotundamente afirmo
que la felicidad existe. Es la sumatoria de las dichas
transitorias que pesan más que los momentos malos. No
es el edén que idealizamos, sino la sucesión de hechos,
muchos ajenos a nuestra voluntad, que culminan con
una sensación deliciosa y pasajera; un sentimiento
propenso a descubrir lo positivo donde los infelices no
encuentran un motivo de alegría; un sentimiento que
nace y vive dentro de nosotros, porque lo proporciona
más nuestro propio ser que nuestro entorno. La felicidad
puede estar en lo fastuoso, pero con más frecuencia en lo
pequeño. Quien reconoce esas significativas pequeñeces
encontrará más satisfacciones en lo poco, que quienes
ambicionan en lo mucho».
Si algo he de agregar a estas meditaciones, es que
mi enfermedad no eclipsó el recuerdo de mis dichas, sino
que entretejió con sus amargos sinsabores nuevos gozos
que elevaron el superávit de mi felicidad. Porque he
tenido satisfacciones desde el brote hedonista
compensador que sucedió al diagnóstico, hasta el
estrecho mundo de este apretado cuarto. Claro que las
mejores fueron las primeras, aunque acabaron pronto.
Recuerdo cuando llegó el momento en que la sola
saliva bastaba para distenderme, y el dolor abdominal
en un crescendo insoportable se resistía a los analgésicos
corrientes. Le cogí aversión a lo que antes me halagaba,
luego dejé de anhelar esos placeres; en otras palabras ya
no sufría por ellos. Tratar de disfrutarlos me producía
más malestar que gozo. Viajar, comer, flirtear, ir a la
gala de un concierto dejó de divertirme. La felicidad para
mi humanidad exhausta es el reposo. Las mujeres
201

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

dejaron de ser objeto de conquista, no tengo vitalidad
para ofrecerles; el deseo se encuentra aletargado. Mi
mayor dicha, y lo resalto, es el descanso, calma
maravillosa con que mi aliento se repara. Me distraen la
lectura y mis escritos; las visitas, cuando no tengo que
esforzarme en ocultar las mortificaciones que la
enfermedad me causa. Aunque sé que lenta e
inexorablemente me consumo, que gracias a la anemia
parezco esculpido en alabastro, y que mi cuerpo, más
bien un esqueleto, se ha transformado en la auténtica
estampa de la muerte, no siento angustia que me
perturbe seriamente. Ni siquiera la agitación de los
postreros estertores, ni la incertidumbre de lo que en el
más allá me aguarda. No sé si morir feliz sea algo como
esto, pero hacerlo con tanta tranquilidad es placentero.

Desde la furtiva incursión a la biblioteca de su padre,
que la puso por primera vez en contacto con los escritos
de José, afloró en Eleonora un interés creciente por la
obra del escritor, que concluyó en la seducción total.
Admiraba al hombre postrado por la enfermedad, y
lamentaba que la energía que residía en sus
pensamientos no pudiera devolverle la fuerza a su
maltrecho cuerpo.
Mientras esperaba que lo trajeran de regreso del
servicio de radiología, Eleonora le describía en detalle, a
una amiga, al hombre que el destino le había dado por
padre.
–Mi papá es un hombre ansioso de que su
pensamiento deje huella. Piensa sin descanso, de día y
de noche. Piensa sin fatigarse, piensa obsesivamente.
Piensa hasta en sueños, porque hasta durmiendo
germinan sus ideas.

202

SEGUIRÉ VIVIENDO

Y aludiendo a «Los problemas del dogma y de las
religiones», el libro que tenía entre sus manos, le dijo a
Josefina:
–Mi papá es un católico muy particular, no como
mamá se lo imagina. Escéptico sí, mas no un impío; un
hombre bueno que vive la religiosidad a su manera. No
hace de su confesión un fanatismo, porque opina que
otras creencias también son verdaderas. Entiende que la
fe que se profesa es una casualidad determinada por el
nacimiento, como la nacionalidad, como la época, como la
raza o la familia; una especie de herencia irrenunciable.
Dice que quien se cría entre ritos musulmanes profesará
el Islam, como quien crece oyendo el nombre de Jesús
profesará la fe católica, y seguirá en su fe por pura
inercia.
Señala
entre
las
grandes
religiones
monumentales coincidencias y afirma que todas apuntan
al mismo Dios, sin importar como lo llamen. Nadie, dice,
por seguir uno u otro credo habrá de condenarse. Recalca
que por ese motivo no tiene sentido el adoctrinamiento;
tampoco abjurar de las creencias. De por sí le molesta la
rapiña que practican algunas religiones para quedarse
con los fieles de otra.
Eleonora hablaba entusiasmada, pero su amiga
mas bien indiferente, esperaba con ansiedad la hora de
marcharse. Cuando se hubo ido, Eleonora se entregó de
nuevo a los recuerdos. Sin saber porqué, evocó los
desacuerdos de sus padres, y se vio a sí misma
calificando sus razones:
–¿Es verdad papá que reniegas de la Biblia?
–¿De dónde sacas eso?
–Mamá dice que eres descreído y que blasfemas.
–Como todo lo que tu madre alega.
–Dices papá...
–Que es una apreciación superficial, porque nada
que de las Escrituras haya dicho da lugar a semejante
infundio. Simplemente soy crítico y hablo sin temor de lo
humano y lo divino. De la inexactitud de la Biblia saben
203

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

hasta los niños de primaria. No digo nada nuevo cuando
afirmo que el universo no se hizo en siete días, que no
fue Adán el primer hombre, ni la mujer brotó de sus
costillas. Me gusta analizar los Textos Santos haciendo
un ejercicio intelectual que no pretende socavar la fe.
Y cuando Eleonora creció, le advirtió José: «Ya no
tienes que tomar por dogma mis sentencias, porque
tienes criterio para aceptar o refutar mis opiniones. Por
fin te puedo hablar sin poner en riesgo tus creencias». Y
le contó que era incapaz de aceptar sin digerir lo que
como verdadero le mostraban, porque llegar a sus
propias conclusiones era para él una rutina inevitable.
«Es –le dijo– la libre interpretación de la Biblia lo que
Elisa ve como blasfemia». Y para que no tuviera que
imaginar sus herejías, le descubrió sus opiniones: «He
dicho que como lectura la Biblia es estupenda, y como
norma, un canon que no es para seguir fielmente. No he
dado por ciertos los diálogos con Dios y no he aceptado
como pautas las prohibiciones “divinas” que afloran en
sus páginas. ¿Quién se imagina hoy a Dios hablando con
su pueblo como cualquier mortal lo hace con su vecino?
Pues si hoy esa plática no existe, tampoco la hubo en los
tiempos del Antiguo Testamente. Esos supuestos
diálogos no son más que el ingenio del autor, y al igual
que las prohibiciones, más que mandatos son creencias.
Aun en calidad de preceptos, no fueron más que pruebas
de obediencia temporales. Los verdaderas mandamientos
son universales y obvios para cualquier entendimiento.
Así que aunque hubiera nacido judío o testigo de Jehová,
nunca me privaría de saborear el cerdo o de aceptar una
transfusión sanguínea salvadora». Y le insistió que lo
sensato, sin importar en que punto estuviera el límite
entre lo real y lo fantástico, era encontrar lo que
trasciende, y tomar ante todo la bondad y el amor por
enseñanza. «Si la religión es un bálsamo que alivia el
sufrimiento, debe extrañar la intransigencia, antaño
cargada de recriminaciones y condenas». Y le contó que
204

SEGUIRÉ VIVIENDO

Simpson, el médico que introdujo la anestesia para
aliviar el dolor durante el parto, fue blanco de los
vehementes devotos de su tiempo, que vieron en la
innovación un sacrilegio. «Por desafiar el mandato divino
de parir los hijos con dolor, “Aire de Satán”, dieron en
llamar al cloroformo».
«Que tal –pensó Eleonora– que mi mamá hubiera
estado al tanto de estas conversaciones, si por menos
exclamaba: “Deje de llenar de basura la cabeza de la
niña. ¿Es que también piensa volverla atea?”». Pero
Eleonora alineada con su padre, hacía oídos sordos a los
reproches de su madre, y jamás sintió como afirmara
ella, que aquel hombre socavara su fe, «por el contrario,
siempre sentí que armonizaba mis creencias con el
mundo».
Otro espíritu crítico a la sombra de José se había
formado.

LA VIRTUD Y LA BELLEZA
Estaban allí la joven y la vieja; la bella y la
deforme; una atractiva, la otra
repugnante.
Concentraba la primera todos mis sentidos, a la otra mi
vista la esquivaba. El ambiente era un delirio, las
imágenes, fantasmagóricas. Como proyectadas en el aire,
se realzaban y palidecían; desaparecían y aparecían.
Igual sus voces: eran un eco que iba y que venía. Me
esforcé por oírlas. La bella hablaba con superficialidad y
engreimiento, la otra en tono tan bondadoso que me
atreví a mirarla pese a la repulsión que su fealdad me
suscitaba. Entonces la proyección se volvió un fulgor
intenso que cegaba. En instantes las siluetas no se
reconocían. A mi derecha había quedado el perfil alto y
delgado, el de la belleza incomparable; a la izquierda, el
rollizo y bajo de la mujer sin atractivo. Me obstinaba
205

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

infructuosamente en verles las facciones. En el intento,
me atravesé a los rayos del proyector imaginario y las
imágenes se volvieron sombras; no desaparecieron. Eran
seres reales, y se distanciaron de mí dando la espalda.
De un momento a otro comenzaron a tirar sus
camisones. Desconcertado aguardé su desnudez, pero el
«striptease» se convirtió en un desollamiento
espeluznante. Jirones de piel se iban tras los velos
blancos; y tras de la piel, los músculos; y tras de los
músculos quedaban los huesos descarnados. Pronto toda
apariencia humana se deshizo. Quedó a cambio por cada
cuerpo una escultura informe... pero viva. Una voz
interior me dijo que era su alma. Me acerqué intrigado y
mis sentidos escrutaron. Las observé, las toqué, las olí y
las oí. Eran pródigas en sensaciones. El alma de la mujer
contrahecha desprendía aromas exquisitos, su forma, a
nada que pudiera compararse, transmitía la sensación
de la armonía perfecta. Me sedujo, e impregnó mi cuerpo
de fragancias, sabores y sonidos celestiales. El hedor del
alma de la bella, en cambio, me evocó un mundo de
sensaciones infernales. Me sentí inmerso, dueño de un
poder excepcional que me permitía desentrañar los
secretos del discernimiento e indagar en lo más
recóndito de las conciencias. Reconocí que hay belleza
más allá de la forma, me creí inmune a la apariencia
externa y material, y amo de conocimientos absolutos.
Desperté sin sobresalto, fresco; ni sudoroso, ni
agitado como tantas veces me ocurría. Muchas veces al
abrir lo ojos con alguna figura tropezaba. Esta vez
estaba sólo y el cuarto envuelto en la penumbra. Creí
que era de noche, pero era culpa de la cortina que le
negaba la entrada a la luz de la mañana. Cuando entró
la auxiliar de enfermería le pedí que la corriera.
–No me gusta que la habitación se convierta en
una cueva.
Lo hizo de inmediato, y me contó que mientras yo
dormía, un señor de nombre Julio había llamado a
206

SEGUIRÉ VIVIENDO

saludarme. Tantos años sin verlo. ¿Qué me hubiera
dicho?
Pensé en la multitud de reacciones que mi
enfermedad originaba. Su conocimiento volvió a algunos
amigos compasivos, y a otros demasiados prevenidos. Me
daba la impresión de que estaban más atentos a la
repercusión de sus palabras y aceptaban mis opiniones
casi sin refutarles nada; cual si oponerse a ellas los
pudiera hacer culpables de mi muerte. A algunos se les
notaba la ansiedad al visitarme, otros parecían sufrir
más que el enfermo y casi me presentaban a mí las
condolencias; cuadro surrealista en que el pésame se lo
expresan al difunto. Realmente yo tampoco tuve mucho
por decir cuando visité enfermos en tales condiciones.
Olvidándome de su padecimiento buscaba temas ajenos
a su estado, pero de pronto alguno centraba su interés en
su dolencia y hablábamos de ella sin prevención alguna.
Que Julio había anunciado su visita, fue lo que se
le olvidó decir a la enfermera. Llegó en compañía de
Antonio y de Jesús, y sospeché, de pronto porque era en
lo que venía pensando, que la ansiedad de tratar con un
agonizante era el motivo por el que llegaban juntos. En
grupo es como mejor se enfrentan estas situaciones.
Saludaron con sobriedad y se sentaron. Ninguno se
animaba a dirigirme la palabra. Más que amigos
parecíamos incómodos extraños.
–Dicen que te has vuelto generoso –dije rompiendo
el hielo.
A la afirmación mordaz todos se rieron. Ese era el
objetivo.
Desde la escuela, Antonio había cosechado una
fama de tacaño bien ganada, que se la refregaban para
que montara en cólera.
–Pues sí, ya soy menos apegado a las cosas
materiales.
–Algo sobrenatural. ¿Y quién hizo el milagro?

207

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–Las circunstancias, José, las circunstancias.
Cuando uno siente el porvenir asegurado puede actuar
con más holgura.
Y nos contó las incidencias de esa transformación.
Comenzó por advertir que él no había cambiado, que era
el mismo receloso que siempre tomaba precauciones. Nos
confesó que siempre desconfiado del destino, atesoró
para tener a salvo su futuro. «Si seis meses demoraba un
desempleado en conseguir trabajo, yo hacía reservas
para un año, no fuera el diablo que me echaran de la
empresa; si por una desavenencia conyugal podía perder
el 50% de mis bienes, ahorraba a escondidas de mi
mujer, para hacer un patrimonio semejante. Pero ella se
marchó con una jugosa herencia, sin decirme ni pedirme
nada; de pronto con la preocupación de tener que
compartirla. ¡Con tanta plata que le iban a interesar los
gananciales! Y la empresa, ¿saben?, jamás me despidió,
por el contrario, me pensionó, y me dio unas
sustanciosas cesantías. ¿Ahora entienden? Con
obligaciones exiguas y un bienestar seguro la austeridad
sería mezquina».
Nos embarcamos entonces en una discusión sobre
la planeación, el derroche y el atesoramiento desmedido.
Censuré el trabajo agotador que va en pos de una
fortuna que el mismo trajín laboral impide disfrutarla. Y
ensalcé la obsesiva prudencia de Antonio que le había
recompensado con una placidez vitalicia tantas
cohibiciones.
–Eso cuando el destino acepta nuestra trama –dijo
Jesús–, porque de pronto se le atraviesa la muerte a
nuestros planes.
Y se calló con temor, conciente de haber nombrado
la soga en la casa del ahorcado.
–Que lo diga yo. Vivir para el presente o sólo
cosechar para el mañana, es como un juego de azar de
todo o nada –sentenció Antonio; triunfal, a sabiendas de
que había ganado.
208

SEGUIRÉ VIVIENDO

Paulatinamente la tensión cedió, y sin darse
cuenta mis amigos ya estaban hablando de la muerte.
Especulamos sobre el bien y el mal como acceso o cerrojo
a la bienaventuranza sempiterna. Sin embargo yo centré
el tema en este mundo.
–En mi condición, el bien y el mal tienen una
connotación diferente que para los mortales en pleno
ejercicio de la vida. Ya sin utilidad practica, porque se
acabó mi tiempo, son apenas una reflexión que dejo como
herencia.
Y les referí que me bastaba para discernir la
bondad de mi conducta, imaginar los efectos que un
proceder mío me causaría si otro conmigo lo llevara a
cabo. Les planteé que era un mecanismo inconsciente
impreso en la naturaleza humana que fallaba en ciertas
personas, acaso por el deseo deliberado de anularlo.
–Son personas –señalé– extremadamente sensibles
a la conducta de sus semejantes y extraordinariamente
insensibles en su propio proceder.
Y cuando creí que mi explicación era confusa, Julio
asintió moviendo la cabeza.
–Dice el adagio que no hagas a los demás lo que no
quieres que te hagan –apuntó Jesús, confirmando que
me había entendido.
–Y –agregué– sirvámosle de la manera en que
queremos ser servidos.
Como casi siempre preví lo que los otros sentirían
con mi conducta, puedo decir para que suene paradójico,
que en la subjetividad fundamente la objetividad de
muchas de mis decisiones. Creo que siempre supe como
actuar, si no lo hice soy culpable. No hay pretextos. No
me escudo en la ignorancia ni en diablo.
La charla continuó entre trivial y filosófica. Julio
tocó el tema del perdón y dijo que sólo le corresponde
otorgarlo al ofendido.
–Es obvio –dijo Jesús–. ¿Cómo podría yo perdonar
una ofensa a mi vecino?
209

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–Sin arrepentimiento el perdón es vano –
complementé–. Es la garantía de que no se repetirá la
falta, y más aún, de que habrá intención de repararla.
–Al verdaderamente arrepentido ningún alma
noble le negará el perdón –dijo Antonio mostrándose de
acuerdo.
La charla era amena y el momento para mí era
agradable, pero imperceptiblemente el malestar
abdominal que no me abandonaba se acrecentó hasta
doblegarme. Era intenso, pero lo ocultaba. Confiaba en
que cedería antes de que mis visitantes lo advirtieran.
No fue así. El rictus de dolor se hizo evidente y ellos
tuvieron que buscar ayuda. No cayeron en cuenta de que
podían llamar desde la habitación a la enfermera y
personalmente se fueron a buscarla. Fue una decisión
afortunada, porque aprovechando su ausencia me vine
de arcadas en la cama. Vomité tan intensamente que
creí que hasta el alma saldría despedida por mi boca.
Cuando la enfermera llegó el tendido daba asco y el dolor
retroesternal me desgarraba. Soporté su rigor, tenía que
hacer frente a mis amigos expectantes; ansiaba que se
fueran. ¡Qué desgracia! Que se marcharan pronto,
repetía. No por el dolor; por el olor del vómito, que me
avergonzaba.

Eleonora encontró a través de la lectura de las obras de
su padre un perfil desconocido. Se dio cuenta de que todo
estaba al alcance de su crítica, de que detestaba los
pedestales y era desmitificador e iconoclasta. Le parecía
un hombre en plena rebeldía, un contradictor perenne de
las normas. Era diferente al ser sumiso que se veía en
familia. No era lo mismo escucharlo que leerlo. Alguna
vez le dijo: «Papá tu voz es reflexiva, pero incendiaria tu
palabra escrita». Con todo, era el mismo, sólo que la
presencia de un interlocutor lo moderaba. Aunque de vez
210

SEGUIRÉ VIVIENDO

en cuando también lo sulfuraba, pues no resistía la
obstinación sin argumentos. Eleonora se deleitaba
leyendo al José de los silogismos y las argumentaciones,
le gustaba más que el hombre opacado por su madre.
«Me aterra que los hombres justos tan fácil se
dobleguen. Los veo encorvarse resignados, por igual ante
las arbitrariedades de la sociedad que ante las amenazas
de los delincuentes. ¿Qué futuro le espera a la
humanidad cuando los buenos capitulan?». Le gustaba a
Eleonora la seguridad de José y su firmeza, y gozaba
cuando la hacía dudar de todo lo aceptado. Por ejemplo
cuando exoneraba a la mentira o le encontraba razones a
la infidelidad y a las amantes. Y lo disfrutaba cuando se
ponía del lado de los niños más que de los padres, de los
estudiantes más que de los profesores, de los
adolescentes rebeldes más que de los mayores
inflexibles, de los vendedores ambulantes más que de las
autoridades insensibles; cuando asumía posiciones
impredecibles, como de no entender. Que ella sí
entendía, pues las veía rubricadas por su amor a la
libertad y el apego a la bondad.
«Ese ogro liberal –decía Eleonora– es un hombre
bueno, que cumple más normas que las que violenta. Es
comprensivo a morir y tolerante. Salvo con los espíritus
dañinos. Disculpa los errores y las debilidades, pero es
implacable
en
sus
juicios
con
quienes
malintencionadamente causan daño. Son ellos los que
avivan sus impulsos autoritarios y hasta vengativos, que
no van más lejos que el alcance de su pluma. [...]
Defender lo que él defiende y atacar lo que él ataca no es
producto de un delirio, sino de sus profundas
reflexiones». Y no se equivocaba, porque era visto con
aprecio su pensamiento excéntrico, que hacía carrera de
intelectual y filosófico.
Leyendo apartes de su ensayo sobre la mentira,
Eleonora comprobó que no eran una simple ocurrencia,
ni un dislate las insólitas afirmaciones de su padre.
211

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

«La mentira es inherente al hombre. ¿Quién puede
jactarse de haber dicho siempre la verdad? ¿No será que
las infracciones contra el octavo mandamiento merecen
más absoluciones que condenas? [...] La mentira es
innata. El hombre comienza a mentir por temor y
termina haciéndolo por maldad; comienza a mentir con
angustia y termina haciéndolo con cinismo. Pero la mala
no es en sí misma la mentira, sino la intención de quien
la explota. La calificación de la mentira depende de lo
que con ella se pretenda. Con la verdad ocurre algo
semejante. Se puede invocar por devoción a la virtud,
pero se puede utilizar con malsanas pretensiones.
Siempre habrá espíritus retorcidos, defensores a
ultranza de la verdad para dañar al prójimo, como almas
nobles dispuestas a mentir para evitar una injusticia.
¡Bajo la lupa que lo escruta cuán relativo resulta el bien
y el mal! [...] ¡Cuántas veces arriesgados religiosos
ocultaron y negaron a perseguidos de regímenes
totalitarios para salvarlos de la muerte! ¿Habrán
pecado? ¿Habrían merecido por mentirosos, la
excomunión o la expulsión de sus comunidades?».
Muchas veces José había visto herir con la verdad
y mitigar con la mentira. Su inquietud absolutamente
filosófica no pretendía la apología del engaño, sino la
negación de los juicios categóricos. Que la verdad es
buena y la mentira es mala, no tenían para él el carácter
de un axioma. «Los dictámenes de la mente son
relativos, lo absoluto sólo a Dios le pertenece. El hombre
podrá tener lo justo y lo cierto entre sus manos, y sin
embargo no tendrá certeza».
Así funcionaba la mente de José. Era evidente que
no buscaba justificación para poder mentir, porque hasta
cínico era en la confesión pública sus pecados, bajo la
tesis de que no tenía porqué negar lo que hacía
plenamente convencido, así fuera en contra de lo que se
llamaba, tan discutiblemente en su sentir, buenas
costumbres.
212

SEGUIRÉ VIVIENDO

UN DETERIORO IMPERCEPTIBLE
La tarde se había ido tratando de calmar un dolor
que no cedía con nada. Desperté en la noche más sereno.
Adela, la enfermera, me hizo un relato pormenorizado de
los medicamentos que tuvieron que aplicarme. «De paso
lo durmieron», me dijo, resaltando el doble efecto de los
potentes analgésicos: hipnótico y calmante. Me preguntó
que prefería, si ver televisión u oír la radio. Al saber que
me era indiferente prendió el televisor y comenzó una
excursión por todos los canales. El parecido físico de una
presentadora con Elisa, me hizo recordarla; pero la sola
mención del matrimonio suscitó en Adela un gesto de
aversión, seguido por una diatriba contra el que había
sido su esposo; con tanto resentimiento, que casi me
incitaba a ensañarme con Elisa. Le explique, tratando de
volverla a la cordura, que afectivamente el capítulo de
mi ex esposa estaba clausurado, que ni rencor ni afecto
le sentía, que era absolutamente indiferente. Sentí la
necesidad de aleccionarla con mi gentileza, y la aparté
de la cuestión que la ofuscaba aprovechando la presencia
en un canal, de un pastor que hablaba del pecado.
Esperaba la aseveración dogmática que avivara mi
ironía, pero Adela cambió de canal rápidamente, dejando
ver el desgano que la predicación le producía. Motivado
por el tema del pecado inquirí su opinión sobre los que
comete el pensamiento. No comprendió; naturalmente;
por lo que tuve que explicarle que en términos
catequísticos se mencionan pecados de obra, omisión y
pensamiento. Y anoté con un ejemplo, respondiéndome a
mí mismo, que «no desear la mujer del prójimo, o no
codiciar los bienes ajenos, son mandamientos que deben
quedarse en buenas intenciones, porque el deseo nace
espontáneamente, sin que nadie lo solicite ni lo aguarde.
Otra cosa es que la voluntad vuelva acción lo que es puro
deseo. A la mujer del prójimo se la ansía
espontáneamente y sin pensarlo, por puro instinto.
213

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

¡Definitivamente no entiendo el mandamiento! El
surgimiento de esos impulsos es incontrolable, como
experimentar hambre, como sentir la sed. Un precepto
más sensato sería abstenerse de saciarlos. Una cosa es el
deseo –impensado– y otra la conquista sujeta a nuestra
voluntad».
Entonces ella dijo: «¿Y es que puede culparse a
alguien apenas por pensar? Yo a esas pendejadas nunca
les di importancia. ¡Los intelectuales cómo son de
complicados».
Presentí que sobraba mi respuesta. Con el dilema
de si yo era muy tonto, o ella demasiado simple, de
nuevo me quedé dormido.
Me desperté como a las cinco, cuando comenzaba a
despuntar el día. A las siete, con «kárdex» en mano la
enfermera jefe de la noche pasó por los cuartos, como era
la costumbre, entregando el turno a su reemplazo. Luego
un médico pasó con su asistente.
Los médicos hospitalarios pasan revista a todos los
enfermos y dan periódicamente informe a los médicos
tratantes, a quienes las obligaciones les impiden pasarse
el día al cuidado de un paciente. Son médicos generales,
algunos recién graduados, otros con la experiencia de
muchos años de ejercicio. A ellos, a veces, se suman en
las rondas los médicos internos, estudiantes de medicina
que están para graduarse; o los residentes, estudiantes
de postgrado en trance de volverse especialistas.
En mi caso la revista es una rutina innecesaria, un
simple protocolo que se limita a demostrar que mis
signos vitales aún están presentes. El examen de un día
es idéntico al del día anterior y una copia de el del día
siguiente. Y no es sólo mi impresión, sino la de los
médicos, a juzgar por las expresiones que escriben en la
historia: diagnóstico anotado, estado clínico sin cambio,
igual manejo. Y los entiendo. Al fin y al cabo evoluciones
tan frecuentes en un enfermo crónico hacen imposible
detectar un deterioro tan poco perceptible. Yo le digo a
214

SEGUIRÉ VIVIENDO

los galenos, poniéndole humor a mi reproche, que un día
amaneceré muerto sin explicación alguna, porque mis
condiciones serán las mismas que las del instante
anterior en que me certificaron vivo.
Cuánto se me asemeja este fenómeno al
envejecimiento. En nada se parece el semblante del niño
al del anciano, y sin embargo, el rostro es siempre
idéntico al del día anterior, desde el nacimiento hasta la
muerte. Un trazo invisible y tenebroso va grabando la
vejez en las facciones, un rasgo inapreciable cada día,
hasta la arruga despiadada que guarda la mortaja.

«¿Todo lo que huele a sexo ha de ser pecaminoso?», le
preguntaba José a Javier, admirado de las cohibiciones
preconizadas por la Iglesia. Y la repuesta después de
una larga argumentación siguió siendo la misma: «El
sexo es puro dentro del matrimonio, solamente por amor
y nunca por deseo». Para José, acérrimo defensor de las
relaciones prematrimoniales, más aun, de las
extramatrimoniales, en las que veía el amor más
realizado, el pensamiento del sacerdote era anticuado,
pero evitaba expresarlo con rudeza. Por eso Javier no
tomó al comienzo sus críticas en serio, sino como otra de
sus tantas ironías. «¡Dichosos los personajes de la
Biblia!», dijo alguna vez José en una alusión sarcástica a
la que Javier no le encontró sentido.
–¿De la Biblia, dices?
–De la Biblia, he dicho. De esa obra en que las
amantes, la infidelidad y el sexo campean orondos sin
que ni siquiera los puritanos los censuren; de ese libro
magnífico del que brotan ídolos con pies de barro que hoy
son venerados por varias religiones.
Y puso ejemplos para que no quedara su
afirmación como algo nebuloso.
215

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–Salomón, rey de Israel, «sabio de sabios», fue hijo
de David y de su amante; y señor además de muchas
concubinas. Fueron sus vidas lujuria y avaricia; guerras
y crímenes, que difumina la historia ante los logros de su
administración y sus hazañas militares. Y que los fieles
abstraídos en sus salmos desestiman cuando no lo
ignoran.
–Son figuras reconocidas, pero por santos no se
tienen. ¿Te empeñas en salpicar su gloria?
–Me empeño en mostrar que todos los seres
humanos somos como ellos: amasijo de cualidades y
defectos, de buenas y malas intenciones; y un fogón de
pasiones que no siento reprobadas por la Biblia. De
pronto porque su mensaje se acomoda a los propósitos de
quien quiera interpretarla.
Aprovechó las circunstancias para mostrar que el
mundo bíblico no se andaba con vergüenzas con el sexo.
Y elucubró, con base en ello, sobre los motivos de la
Iglesia para auspiciar tantas limitaciones.
–Hubieran tenido algún sentido si hubieran
surgido para prevenir las infecciones venéreas y los
embarazos. Entendería que con la connotación
pecaminosa se hubiera intentado asegurar su
cumplimiento. Pero creo que fueron más oscuras o menos
lógicas sus reales intenciones. Tantos siglos han pasado
y el sexo no ha logrado librarse ese estigma.
Javier sonrió forzadamente, conteniendo el peso de
las admoniciones reprimidas. Para él era una discusión
finiquitada y su silencio la mejor arma para aplacar a un
crítico dispuesto a controvertirlo todo. La mudez hizo
entender a José que sus apreciaciones molestaban.
Quería decirle que tras de las posturas virtuosas reina la
hipocresía, que el que censura con frecuencia practica lo
mismo que reprocha, que nadie debe inmiscuirse en el
placer de las personas, que en la vida íntima toda
intromisión es abusiva, que todas las expresiones
sexuales deben tolerarse, salvo las que indisponen a la
216

SEGUIRÉ VIVIENDO

persona con las que se realizan; pero se abstuvo
esperando que Javier reiniciara la conversación con otro
tema.
Era el valor de la prudencia que obraba después de
tantos sinsabores. De destemplanzas y ofuscaciones
como las que había dejado años atrás la mención del
celibato.
Fue un día en que equivocadamente creyó José que
Javier contra esa obligación sí compartiría sus
argumentos, más aún, que vería con gratitud el gesto de
convertirlo en causa propia. Y puso toda su resolución
para afirmar que «el celibato es un atentado contra la
libertad, una imposición que destierra vocaciones, una
exigencia que atormenta hombres de fe, y que fomenta
comportamientos cínicos, en que se predica lo que se
quebranta». «Es un ridículo mandato de los hombres –
dijo subiendo el tono de su voz–, porque no viene de Dios,
procede de un concilio. Es una norma que contraría la
condición humana, luego conspira contra la creación y
contra Dios, que le dio al hombre una naturaleza que con
esas reglas no se aviene». Cada vez más se inflamaba su
discurso, y se deshacía en incontenible ráfaga que le
impedía a Javier articular palabra. «¡El celibato y la
predicación no son incompatibles! ¡Peca la Iglesia
inmiscuyéndose en asuntos que no son de su
incumbencia! ¡La pareja y la vida sexual son asuntos
demasiado personales! ¡La castidad no la practican ni
quienes con vehemencia la predican! ¡Las prohibiciones
incitan su quebrantamiento! ¡La abstinencia carece de
sentido, nadie es mejor ni peor por observarla!» Y en el
clímax de su vehemencia, «¡Basta José!», gritó Javier
enfurecido. Fue la única vez que lo vio tan enfadado.
Pero no sólo con Javier eran difíciles las cuestiones
del placer y sexo. El tema que era ventilado con
chabacanería en reuniones frívolas, se volvía tabú al
plasmarlo en sus columnas. Era un problema de
susceptibilidades. La defensa del placer llevaba
217

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

fácilmente a rectificaciones desabridas y a malos
entendidos. «¡Qué disparate, dizque hacer la apología del
vicio!», le replicó un lector que no entendió que José no
estaba exaltando ninguna dependencia. Y todo por
discrepar de que la drogadicción fuera pecado. «¿Pecado
contra quien –José se preguntaba–, si el autor es a la vez
la víctima? Pecado es el daño malintencionado que se le
causa a un semejante, ni siquiera el que se le ocasiona
sin voluntad o sin propósito. Si por pecado el propio daño
se entendiera, la misma Iglesia tendría que retirar de los
altares a los santos que buscando la virtud se flagelaron.
Es que el absurdo a veces se nutre del pecado. Hasta una
falta cargan a su espalda quienes no han nacido, tan
original como su mismo nombre: ¡Imaginar que por una
impertinencia de Adán, quien no existió, nadie nace libre
de pecado!»
Aquella tarde, mientras esperaba que lo llevaran
al tomógrafo a un examen sin objeto, de esos que se
prescriben a los moribundos ante la vergüenza de no
ofrecerles nada, o si acaso una asistencia demasiado
austera, José le dio otra mirada a un documento que
tenía que ver con esas remembranzas.
«Consciente o inconscientemente el hombre busca
el placer y huye del dolor. Por puro reflejo evita el
estímulo nocivo e instintivamente busca el placentero. El
hombre nació para el placer, es la finalidad primordial
de sus sentidos. No vale la pena reprimirlo, tarde o
temprano lo refrenado se libera y explota cual tuerca que
no aguanta más ajuste. [...] Reconozco en el erotismo la
cúspide del placer, y no lo veo como pecado. El pecado no
reside en el gozo sino en la intención de causar daño, y el
placer sexual no se erige propiamente sobre el mal ajeno.
A quienes anatemizan con sus juicios moralistas, no
queda otro camino que ignorarlos. Sus juicios son más
errados que los de los demás mortales. ¿Qué razón hay
de seguir sus sermones vehementes? Las relaciones del

218

SEGUIRÉ VIVIENDO

hombre con Dios son personales, las rige su criterio, no
los pareceres de sus semejantes».
Habían pasado los años pero para José los
argumentos no habían perdido su vigencia. Los
ratificaba con serenidad, proveyéndolos del sosiego que
de pronto no había tenido al redactarlos. La calma y el
tiempo solían refrendar la objetividad de sus artículos
aunque hubieran brotado bajo el efecto de un estímulo
incendiario. El uso de términos tajantes y absolutos,
como siempre, nunca, jamás, todos y nadie –que acababa
de leer en su columna–, eran una forma de enfatizar
cuando escribía, pero una generalización rotunda
inaceptable, que desapareció cuando su madurez lo hizo
conciente de que toda afirmación guarda sus
excepciones.

EL TRIUNFO DE LA MEDICINA
Llegué a la clínica por primera vez tras un vómito
de sangre que sin tratarse hubiera podido adelantar mi
muerte. Tiempo después, volví para quedarme. Todos
repetimos una mentira que nunca nos creímos: que
volvería a la casa. No es que mi estancia en el hospital,
en contra de lo razonable se prolongue; la que se
prolonga es mi estancia en este mundo. Por mi lecho
sopla un aire fúnebre. Mi alta tiene en la morgue una
cita inexorable. Pero rendido por mi padecimiento, esto
es lo que menos me preocupa. Hasta lo ansío. Aunque no
me siento tranquilo al anhelar mi muerte; sé que al
marchar, cada uno de mis deudos se volverá un guiñapo.
En fin, la clínica se me ha vuelto un hotel con
asistencia médica. Algunos profesionales cual si no
dieran crédito de mi existencia por mis «buenos días»,
me someten a la verificación de todas mis constantes.
Pero el doctor Valencia es diferente. Le basta que yo lo
219

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

salude para deducir mis condiciones. Dicharachero y
locuaz, se sienta en el sofá obviando las preguntas
clínicas, y busca en la actualidad algún tema para hacer
amena la visita. Vaya uno a saber que escribirá en la
historia. Lo cierto es que disfruto ese reconocimiento
matinal que trae a la memoria mis tertulias, sin
recordarme que soy el paciente del carcinoma gástrico,
como se refieren a mí quienes tienen mi nombre por algo
secundario.
Valencia llega al corazón de sus pacientes. Me ha
confesado que verme en esta situación irreversible lo
hace conciente de las limitaciones de su oficio. Consolar
siempre es el postulado que como buen hijo de
Hipócrates practica. Su charla es entretenida y
bromista, a veces seria, y excepcionalmente
trascendental y grave. Como un día en cuestionó los
logros de la medicina.
–Sí, José. ¿Hasta qué punto podemos jactarnos de
nuestras victorias? La más grandiosa debería ser la
derrota definitiva de la enfermedad y de la muerte; pero
ningún médico ha conseguido en la historia más que
aplazar el fin, y cambiar al certificado de defunción la
fecha. A la espalda del paciente la muerte siempre
acecha, y sólo necesita tiempo para doblegar la vida.
Quien hoy con nuestro esfuerzo sobrevive, de todas
firmas morirá mañana. Más temprano, más tarde, pero
morirá... irremediablemente.
–Tal vez, doctor Valencia, el triunfo de la medicina
no sea la inmortalidad del ser humano, sino la calidad
de la vida del enfermo. No tiene usted que contarme que
falleció un paciente –me aventuré a decirle, pensando
que en ello fundaba su impotencia–. Tal vez yo sea el
siguiente, pero de ningún modo le reprocharía mi
muerte. Siempre he sentido el alivio de su medicina y el
poder alentador de sus palabras.
Hizo un ademán de gratitud y cabizbajo se marchó
del cuarto.
220

SEGUIRÉ VIVIENDO

Al día siguiente volvió. Hablamos sin cohibiciones
de la muerte. Afirmé que ciertos diagnósticos tienen la
lápida incluida. Le expuse que antes la gente se iba
debilitando imperceptiblemente y se extinguía sin darse
cuenta, sin sospechar que iba paso a paso marchando
con la parca. Que alejada de la atención medica, sufría
las dolencias con naturalidad; envejecía, enfermaba y
moría sin angustiarse. Hasta sin presentir el fin. Que en
ausencia de dictamen en los campos los humanos morían
sanos. En cambio, ahora –argumenté–, el diagnóstico
precoz de enfermedades que se tienen por mortales,
mantiene al hombre sumido en la incertidumbre de una
fatalidad latente. «Cualquier humano vigoroso –dije–
comienza precozmente a morir desde el mismo instante
del dictamen. El diagnóstico mata más rápido que la
misma enfermedad. El cáncer y el sida son las
desgracias que más atormentan la imaginación del
hombre. ¿No cree doctor Valencia que antes se moría
mejor, al menos con la despreocupación que caracteriza a
quien desconoce que está enfermo?».
–Son los gajes de la tecnología y la ciencia. La
esperanza en un tratamiento que antes no existía ahora
se paga con la incertidumbre de su resultado. Pero en
medio del conocimiento hay ignorancia. Una mayor
instrucción ilustra al hombre de sus enfermedades, pero
un noción a medias le impide saber que su pronóstico no
es tan ominoso.
Entonces afirmé:
–En vez de un mal con tratamientos encarnizado y
desenlace incierto, prefiero los beneficios de mi mal,
libre –por avanzado– de las medidas heroicas que matan
con más padecimiento.
Yo intuí que mis palabras podían ser
interpretadas como las de un salvaje que desestima los
favores de la ciencia, peor aún, que podían hacerle
sentir que despreciaba su apostolado y todos sus
cuidados. Por eso no lo dejé salir sin aclararle que era
221

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

devoto de todos los progresos de la tecnología, que
reconocía los beneficias de la medicina, y que mis
reparos no eran contra ella, sino contra la incertidumbre
que el conocimiento a veces le produce al hombre.
–No tienes que aclararme nada. El hombre ante el
cáncer es más espantadizo que un gorrión. Bueno... ante
todas las enfermedades que llevan a la muerte.

La

cara que se asomaba aprovechando la puerta
entreabierta no era conocida para José, pero la invitó a
pasar para ponerla a salvo de su vacilación. Por algún
momento pensó en la interconsulta pendiente con
sicología, pero reparó que los profesionales de la salud
entran y salen de los cuartos de hospital como Pedro por
su casa. Hasta el momento no había conocido médico o
paramédico que pidiera permiso para seguir; ni siquiera
para desnudarlo ante sus asistentes. Además la
indecisión de la recién llegada no era propia de los
especialistas de la mente.
–Disculpe que lo interrumpa hermano –dijo la
tímida voz que lo abordaba.
–¿Seré yo la persona que usted busca? –le contestó
José.
–Si eres tú, pero el Señor es quien te busca. Yo
llevo la palabra de Dios a los enfermos.
Entonces puso frente a los ojos de José una
pequeña Biblia de pasta negra y título dorado. Le
fastidió la intromisión. Muchos podrían ver en ese tipo
de personas hasta apóstoles, pero para José no pasaban
de propagandistas insistentes, más pesados que ciertos
vendedores ambulantes. Le caían mal como enemigo que
era de todos los adoctrinamientos. Éste en particular,
por aprovecharse de la situación de inferioridad de los
enfermos, le parecía más abusivo.

222

SEGUIRÉ VIVIENDO

–Me disculpa señora, pero no hay nadie más
próximo a Dios que un moribundo, ni usted con todo lo
que reza lo tiene más cerquita. Si ha venido a sembrar,
le comunico que ya he recogido mi última cosecha. Se
acabó la siembra. Estoy realizando el inventario.
Había terminado exasperándose pese a que se
había propuesto ser más tolerante al final de su
existencia.
–Hermano, por algo Dios me trajo a ti con su
palabra. Te voy a leer Job 30,23: «Porque yo sé que me
conduces a la muerte... »
–Señora,
¿no
me
entiende?
–dijo
José
interrumpiéndole el discurso–. No busco su auxilio, no
quiero su palabra.
–Déjeme explicarle...
–Yo le explicaré primero. La Biblia fue escrita con
la pluma y las intenciones de los hombres. No es para mí
palabra de Dios irrefutable. El Antiguo Testamento es
simplemente mitología judía. Una divinidad y un pueblo,
que es lo que más me choca, porque el auténtico Dios es
ecuménico. Y sin poner en duda la existencia de Jesús,
en quien confío, debo afirmar que hasta los cuatro
evangelios dejan dudas. De sus autores no hay certeza,
como tampoco de las intenciones con que fueron
escogidos. ¿Qué decían los otros cientos que no debía
saberse? No pierda tiempo con una predicación
innecesaria, que ya estoy convertido. No gaste esfuerzo
en dogmas que no voy a aceptarle –y con la mano le
señaló la puerta.
Fue rudo. Lo percibió cuando la beata abandonó la
habitación como animal herido. Sintió pesar, pero
justificó su intransigencia: «cosas del ánimo cambiante».
Aquel suceso le recordó otros parecidos, marcados
por su aversión a quienes se valen de la fe para espantar
incautos. El último le había ocurrido con Stella. Su
reiterada invitación a conocer unos amigos doblegó su
resistencia y José terminó en medio de una ceremonia
223

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

religiosa inesperada. Cuando entró al recinto de la
supuesta fiesta se sorprendió con los mensajes alusivos a
la salvación, y sintió deseos de devolverse, pero lo retuvo
el aprecio que le profesaba a su vecina. Escuchó al pastor
casi vociferando y le pareció apocalíptico, empalagoso y
lisonjero. No dijo nada, aunque hubiera querido refutar
tantas admoniciones. Mejor pensó que era él quien
disonaba, porque todos los asistentes así honraban a
Dios, y algún mérito debía reconocerles. Al término de la
ceremonia comenzaron los saludos y él agradeció de
buena gana el interés en su salud, desconcertado sí, de
que tantos extraños conocieran su padecimiento. Lo que
arruinó el final feliz de aquel encuentro fue la
desafortunada intromisión de unos fanáticos que
insistieron en limpiarle el alma de pecados. Visiblemente
alterado José pidió respeto y les notificó que su vida era
la que ya había sido: «no le voy a improvisar remiendos».
Le pidieron que no fuera soberbio, que no repudiara la
redención que Dios le concedía. «Mi conflicto no es con
Dios, es con los hombres. A Dios mi razón lo descubre en
su obra prodigiosa. Si fuera por las prédicas, tendría de
Él una visión desfigurada». Cuando todos desistieron de
su empeño y se marcharon, Stella se excusó:
«Discúlpame, mi invitación fue aventurada».
Si algo exasperaba a José, era la imagen de un dios
tirano y vengativo. Y no porque no le conviniera, como
alguna vez afirmó Joaquín resaltándolo con una
atronadora carcajada. «Si Dios es por definición perfecto,
es la expresión suprema de todas las virtudes, luego la
negación de todo sentimiento infame. Una cosa es que
existan los males en el mundo, otra que sea el propósito
de Dios dañar al hombre». Por eso no le daba a las
Sagradas Escrituras la trascendencia que le daban los
dogmáticos. «Las exigencias crueles y los castigos
sanguinarios del dios de los hebreos evidencian el origen
humano de los textos. En ese dios proyectan los autores

224

SEGUIRÉ VIVIENDO

el instinto martirizador, autoritario y vengador del
hombre».
Pero quienes practicaban el puritanismo justiciero,
según José, iban más lejos, porque rebasaban el
contenido discutible de los textos santos, y cual
confidentes de Dios, pontificaban sobre todo lo divino.
«Dan cuenta del pensamiento de Dios con una temeridad
que a mí me asombra. Y lo peor es que no cesan de
proferir condenas en su nombre», le dijo a la enfermera
que lo acompañaba. «Es que ni por respeto a Dios aman
al prójimos», le respondió Amelia llevándole la idea.
–Lástima, Amelia, que las relaciones con Dios
estén condicionadas por el miedo. La gente no dice amo a
Dios, sino le temo.
–Y por temor a Dios, señor Robayo, es que muchos
alardean de buenos.
Aquella mañana, a juzgar por las reflexiones de
José, la beata de pronto logró lo que quería, así sus
pensamientos no fueran los que ella había anhelado. Qué
iba a imaginar que la espiritualidad para ese guiñapo al
que mostró la Biblia era más que un asunto de libros
sagrados y mensajes sacros. José leía esos textos porque
en lo literario le parecían monumentales, porque
encontraba en ellos enseñanzas, que no dogmas, y
porque le proporcionaban materia prima a su sentido
crítico: «Pensar que en la Biblia abundan las acciones
que paradójicamente rechazan quienes ciegamente
observan sus mandatos». Y con desenvoltura se deshacía
en ejemplos: «Si no proviniera del texto sagrado, la
actitud liberal de Sara a los puritanos les causaría
revuelo. ¿Cómo que la esposa de Abraham, por estéril,
ponga a su esclava Agar a cumplir con su esposo
funciones maritales? ¿Qué dirían si en la actualidad las
mujeres infértiles mandaran al marido con la amante? Y
dice la historia que el hijo de Abraham y de la esclava
terminó siendo el padre del pueblo palestino; y Sara a
pesar de sus años concibió. Como quien dice que fue más
225

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

la satisfacción de Dios que la molestia. [...] Jacob,
actuando en forma reprobable le robó a su hermano la
primogenitura, y sin embargo el Señor lo hizo cabeza de
su pueblo. Y con un suculento banquete de amantes,
cónyuges y esclavas, motivo para indignar a un
moralista, engendró a los vástagos de las doce tribus.
[…] ¿Quién entiende a ese Dios que deja tantas
maquinaciones sin castigo y que de pronto por menos
aniquila? Esas explosiones me parecen idénticas a las de
los mortales. ¿Será entonces porque leen sin entender y
recitan sin saber, que los puritanos blanden la Biblia
ante los ojos de quienes comparten las mismas pasiones
de sus personajes?».
Cuando Javier lo visitó en la noche, José le refirió
la anécdota. Y el sacerdote desaprobó su encono.
–Uno yerra cuando sólo ve defectos en el prójimo.
Porque nadie es demasiado malo para no albergar una
virtud, ni demasiado bueno para no tener algún defecto.
Esos cristianos que andan en pos de nuestros fieles,
también cumplen labores admirables.
–No es su posibilidad de errar la que critico –le
contestó José–, sino la ostentación de una virtud que con
los hechos se desmiente.
–¿Igual de severo eres conmigo?
–Lo sería si no fueras mi amigo.

AL FIN FRENTE A LA MUERTE
Decía mi abuela que la leche era cada vez más
ácida, que los periódicos hacían cada día la letra más
pequeña, que los bombillos cada vez costaban más e
iluminaban menos. Cuando yo la veía acercando y
alejando los textos de sus ojos, sin poder ver con nitidez
los caracteres, entendía que la culpa no era del periódico,
sino de su presbicia. Y probaba la leche y era la de
226

SEGUIRÉ VIVIENDO

siempre. No era la leche, sino sus chocheras. Le decía:
«Abuela tus papilas gustativas se chiflaron». Porque todo
sin haberle variado la receta, siempre le resultaba
diferente. Todo le parecía insípido, salado o
excesivamente dulce; muy frío o muy caliente. Pese al
esmero con que le cocinaban, en su punto no encontraba
nada. Y lo grave no era que no le gustara, sino que no
comiera. Cada vez los huesos se le notaban más, por eso
optamos por comprarle suplementos proteínicos; pero el
rechazo de su paladar tampoco les dio tregua. Hasta los
medicamentos que le formulaban le ocasionaban, según
ella, los mismos síntomas que debían calmarle. Viendo
que todo la afectaba, opté por decir, con son burla, que a
mi abuela hasta en foto la comida la enfermaba, y que su
lamento siempre se conocía antes de que apareciera el
estímulo molesto..
Tanta fragilidad contrastaba con mi fortaleza
inmune a la enfermedad y al envejecimiento. Hoy tengo
una percepción menos altiva. Ya quisiera disfrutar ese
estado deplorable, mucho mejor que el que me agobia.
Cosas de juventud que nos hacen creer indestructibles.
Pero la naturaleza tarde o temprano a todos nos
transforma. Los años no me pesaron en cuanto estuve
sano. Pero con mi enfermedad brotaron las flaquezas.
Tal vez fue en la endoscopia cuando por primera
vez percibí mi vulnerabilidad. Ese procedimiento
siempre tan tolerable, resultó un calvario la última vez
que me la hicieron; como un presagio de su resultado. El
anestésico local obró muy poco y mi tensión rebasó todo
su efecto. La hemorragia y el maltrato precedente
también contribuyeron. Recuerdo el paladar chocando
contra el endoscopio en respuesta a las náuseas
pertinaces, y un ciclo sin fin de arcadas y dolor. La
enfermera insistía en que no pasara la saliva, ni
mordiera el tubo; el médico entraba y sacaba el aparato
en un intento por tener una visión más nítida. Todo era
infructuoso; él repetía que yo no le colaboraba y que la
227

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

sangre no lo dejaba ver. Los repetidos movimientos del
endoscopio me causaron un malestar extremo. «Toca
sedarlo», dijo por fin, apiadándose del sacrificio inútil.
Entonces se interrumpió la endoscopia hasta que la
enfermera me cogió la vena. En minutos el medicamento
obró su cometido.
Desperté tranquilo y bien arropado en una cómoda
camilla. Cuando la enfermera se acercó pregunté por los
hallazgos del examen. Se negó a responder y me dijo que
el médico me informaría en detalle. Pero no fue así. Fue
evasivo, aunque me explicó que la lesión no tenía el
aspecto de una úlcera corriente. Sugerí entonces que
fuera un cáncer gástrico. Pero él siguió encubriendo su
sospecha: «Sin el resultado de la biopsia no puedo
adelantarle nada». Esa ansiedad por conocer el resultado
contrasta con la indiferencia con la que vemos todo lo
que ya es historia –hoy es tan natural... como si nada–.
En ocho días entregaron el informe. El diagnóstico fue el
que suponía.
Con interés casi académico quise seguirle la pista
al tumor desde el comienzo, pero las manifestaciones en
nada me ayudaron. Tal vez el primer síntoma fue el
fuerte dolor en la boca del estómago, pero también pudo
ser el recrudecimiento de las nauseas. ¿Y cómo
precisarlo cuando por años las molestias gástricas me
habían atormentado? La cuestión es que hubo un
momento en que la gastritis inocua se volvió letal.
Acostumbrado a la benevolencia de mi estómago y
confiado en la «gastritis crónica antral» de todos mis
exámenes, un día me olvidé de los controles. Así le conté
mi desidia al médico cuando me dio el dictamen, acaso
para que inútilmente se lamentara mi conciencia, tal vez
para exonerarlo de toda responsabilidad; aunque jamás
lo hubiera culpado de mi negligencia. «El estómago –me
dijo– nos avisa todas sus enfermedades con los mismos
síntomas, igual se manifiesta una gastritis que un tumor
maligno. En materia de diagnóstico nada es estricto,
228

SEGUIRÉ VIVIENDO

bien puede ocurrir que entre los muchos síntomas que
suele dar una enfermedad, sólo uno se presente; por el
contrario, a pesar de encontrar el espectro sintomático
completo, la enfermedad puede ser otra, diferente a la
que imaginamos. Es más, existen pacientes sin síntomas
a pesar de sus dolencias avanzadas».
Presupuesté la muerte desde que la reconocí como
una amenaza verdadera. Fue en tiempos de juventud y
vida saludable. No había sido una obsesión, pero si un
pensamiento permanente que me había impedido
aferrarme a la vida desesperadamente. No me había
atormentado, apenas me había hecho consciente de mi
temporalidad. Finalmente había llegado el momento de
poner a prueba tanto adiestramiento. Oyendo hablar al
médico pensé que por fin sabría si el duelo hipotético de
antaño frente a mi propia muerte serviría de algo. Tras
la confirmación por el especialista sentí mi pecho
ocupado por una sensación desagradable, pero sin
pánico, ni desconcierto. Era un sentimiento tolerable. Me
sujetaba al guión por mí trazado.
Cuando salí de la consulta le pedí a Eleonora que
me dejara solo. Comencé a caminar sin rumbo,
concentrado en mi mundo interior. Instintivamente
guiaba mis pasos, paraba en las esquinas, evitaba a los
transeúntes, me cuidaba de ser atropellado. ¡Qué
paradoja!, aún esquivaba una muerte bajo ruedas, aún
cuidaba un bien que ya estaba perdido. Pero aquélla no
era más que una conducta refleja que ya no tenía
sentido. Si hubiese sido consciente tal vez hubiese
propiciado un accidente.
«¿Cuánto me queda?». El médico no se
comprometió con plazos. Lo importante era que no
mostraba aún agotamiento. Había vivido de cerca el
cáncer en algunos familiares, sabía como se comportaba.
Recordé a los amigos que me habían antecedido, «¿Me
reuniré con ellos?». Pensé en Edgar y su pánico al
enfrentar la muerte, en Daniel y su esperanza
229

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

indoblegable, en Andrés y su furia con el mundo, en
Enrique y su misticismo repentino, en Gabriel y sus
deseos suicidas.
La
enfermedad
me
volvió
inicialmente
temperamental y menos predecible. A veces era duro y
me exasperaba fácil, otras infinitamente comprensivo y
melancólico. Nunca me había gustado sentirme
derrotado, quería llegar al sepulcro con la frente en alto.
Alentado por mis allegados llegué a albergar una
instantánea intención de rehuir la muerte. ¡Qué cosa
más absurda! Sus buenos propósitos me persuadían,
pero sus argumentos creo que ni a ellos convencían. Me
hablaron de curas milagrosas y llegaron a
recomendarme sanadores. Pero la parca llega sin
remedio. Así que me dije: «¿Qué sentido tiene sortearla
ahora? Si hoy la esquivo, no la evadiré mañana».
Convencido de que inevitablemente llegaría, concluí que
posponerla no era victoria sino cobardía. Así que la
asimilé y comencé a planear los días postreros.

José siempre quiso dedicar algún texto a sus mujeres,
pero algo en su interior lo contenía. Era su superego que
temía desnudar tantas verdades a los ojos de Eleonora
Era un temor recóndito de no ser comprendido, un
sufrimiento postrero de ser rebajado en el altar en que
su hija lo tenía. Pero tampoco quería alterar la verdad,
ni negar que se afirmaba en el rumbo que había dado a
su vida. Así ocurrió cuando vaciló entre destruir o dejar
como legado «la caja gris» con sus romances. Sabía que al
hospitalizarse perdería para siempre su dominio, pero en
actitud decidida anudó su lazo y la dejó a la vista
entregándola a la posteridad.
Del mismo modo, en medio de las vacilaciones llegó
el momento en que los primeros párrafos de lo que tanto
titubeaba en escribir estuvieron terminados. En ellos
230

SEGUIRÉ VIVIENDO

estaban reunidas por fin Pilar, Carolina, Andrea, Fanny,
Alicia, Piedad y Claudia. Sus amores platónicos y sus
amores mundanos.
Los leyó con ojos de lector desprevenido:
«Tal vez deba decir que Claudia es el más
perseverante de todos mis amores. Llegó con sutileza y
se apoderó imperceptiblemente de mi corazón. Sin pedir
nada, me ponía siempre al tanto de sus necesidades, y
como resonaba en mi conciencia su voz pidiendo auxilio,
yo siempre intenté satisfacerlas. Creí en su amor, pero
fueron sus necesidades económicas el principal motivo
de su entrega. Con todo, nunca su simulación
ensombreció el éxtasis que me brindaba. Amaba tan
bien que hasta fingiendo convencía. Y fue esa
maravillosa representación de la amante perfecta la que
acalló mi disgusto, la que me hizo ocultarle que conocía
sus intenciones, la que nos hizo volver tras el final que
convinimos. Ella se acostumbró a mi tanto como yo me
encariñé con ella. El conocimiento de su relación
interesada me dio licencia para intentar otras
conquistas, pero siempre fue Claudia el puerto en el que
anclé cuando llegaba al final cada aventura. Después de
tantos años, creo que son reales más que fingidas sus
caricias, pues ya no tiene mi ayuda ni la necesita. La
veo sufrir con mi dolencia, tal vez me ama, de pronto el
hábito se volvió querencia, pero no tengo intención de
averiguarlo.
Carolina era distinta, independiente y liberada; la
mujer que sólo se entrega por amor o por deseo. Fue mi
obsesión. Quise ir con paso firme hacia una entrega
total y sin errores. Quería a pesar de lo que pienso, su
amor exclusivo y absoluto. Me dio por ser honesto y le di
una cátedra sobre el amor, explicándole que el desamor
y el enamoramiento nacen y se extinguen sin nuestro
asentimiento; que nadie saca sentimientos de donde no
le nacen, ni deja de sentir lo que una fuerza superior lo
obliga, motivo por el que los compromisos de los
231

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

enamorados no tienen garantías y su incumplimiento no
puede interpretarse como falta. Exalté la amistad como
algo perdurable por ser un afecto reposado y sin
pasiones, y finalmente le dije lo que todo hombre siente
pero jamás pronuncia al oído de la amada: que no tenía
intención de serle infiel, que tenía el propósito de
amarla eternamente, pero que el futuro sólo estaba en
manos del destino. Agradeció mi trasparencia, alabó mi
honradez, la ensalzó como modelo de conducta entre los
hombres, dijo que ningún otro sería capaz de confesarlo.
Pero discretamente se alejó. Se terminó marchando con
un mercader de sueños imposibles. Su independencia y
sus proclamas rodaron por el suelo ante el llamado del
amor. Desencantada del comportamiento de los hombres
volvió a mí traicionada, apenas como amiga.
Fanny fue otro ser asfixiado por las necesidades.
Debilidad que hace pensar al hombre en la conquista
fácil. Lo fue, y no voy a negarlo. Yo lo anhelaba y ella lo
quería. Los motivos baladíes por los que entraba a mi
oficina descubrían que eran apenas pretextos para
verme, tanto como los míos cuando la llamaba a resolver
algún asunto. El idilio se hubiera perpetuado de no
haber soñado Fanny con ataduras que no me convenían.
A buena hora su hogar se recompuso. Un día su antiguo
compañero llegó cargado de promesas y se la llevó. Ni
ella ni yo opusimos resistencia.
Fijarme en Andrea fue un verdadero desatino.
¿Pero que hombre se resiste a una mujer que anda por
las pasarelas provocando con su piel semidesnuda?
¿Tentando con la formas exquisitas de su carne fresca?
¿Y enardeciendo el apetito varonil con la ropa
insinuante que modela? Sin embargo no la estaría
contando en mis conquistas si no hubiera sido porque
ella propició el encuentro. Hasta conocerla tuve claro
que con alguien así no me emparejaría, pues de ese tipo
de manjares uno siempre teme que muchos se
provoquen. Pero caí rendido, y no puedo negar que la
232

SEGUIRÉ VIVIENDO

dicha fue grandiosa. “Mi Golosina” la llamaba, porque
era primordialmente un estímulo para saciar el gusto.
Pero su vida, toda una fantasía, estaba acostumbrada a
la fastuosidad. Y no la pude secundar por mucho
tiempo. Se impuso la razón, nos distanciamos, pero nos
abrimos con la separación hondas heridas.
Piedad como Alicia, pasó de amor imposible a
confidente inestimable. Fue cómplice de la relación con
mi primera amante, instigadora de mi separación,
testigo de los sucesos grandes de mi vida. Organizada en
un segundo hogar y perdida en las rutinas de la casa se
me fue perdiendo. Mi enfermedad la ha hecho aparecer
de nuevo.
Alicia no tuvo tras su separación pareja estable.
Golpeada por la soledad, encontró en la amistad la
forma de enfrentarla. Ha sido confidente y consejera, la
cómplice de mis recónditos secretos. El amor platónico
que un día sentí por ella es un recuerdo clausurado, lo
más justo es afirmar que sólo ha existido amistad entre
nosotros. Cuando jóvenes no éramos tan asiduos como
ahora. Podían pasar los meses sin saber uno del otro,
pero el sabor de ausencia nos obligaba de un momento a
otro a vernos con manía. De pronto y sin motivo
volvíamos a alejarnos, pero siempre estábamos a
disposición uno del otro; en las ocasiones más felices y
en los momentos críticos. En eso nos diferenciábamos de
los amigos que sólo aparecen para pedir favores.
Veníamos compartiendo nuestros gozos cuando esta
enfermedad nos puso a compartir tristezas. Ella sufre
tanto como Eleonora mi padecimiento. Sé que la aflige
inmensamente mi final inexorable. Intenta trasmitirme
un optimismo inútil. Surgido de la tristeza y la
desesperanza no suena convincente. Es una auténtica
desgracia, culpable me siento sin quererlo, porque el
luto que se avecina va a ser por quien siempre la
ayudaba a resolver sus duelos».

233

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

LA HIPOCRESÍA Y LAS PROSTITUTAS
Joaquín no podía marcharse sin pronunciar alguna
irreverencia, y aprovechó una cuña radial sobre sexo
seguro, para afirmar: «Seguro es con las putas». «¿Qué
nueva teoría te has inventado?», le dije pensando en una
frase de «graffiti»; aunque me pareció que podía ser una
afirmación con mucho fundamento. Podía ser cierto en
cuanto que las mujeres que trabajan con el sexo se
cuidan más de los contagios; a las otras las infectan por
ingenuas. Pero Joaquín salió con una explicación más
novedosa, que el requerimiento a una mujer de aquéllas,
jamás conlleva el riesgo de una demanda por acoso o
violación de que es capaz una mujer «virtuosa». «¿Ahora
entiendes porque es más seguro el sexo con las putas?»
La forma vulgar de referirse a lo carnal me
incomodaba y no porque no compartiera sus
apreciaciones, sino porque me avergonzaba ante otras
amistades. Era la forma de decirlo, sin pulir ideas ni
ponerle freno a su lenguaje. «Expresas verdades con la
diplomacia de un animal salvaje», le decía, y prefería
hablar con él a solas. Cuando estaba en presencia de
personas que no lo conocían me anticipaba a presentarlo,
haciendo mención de sus títulos y dignidades, con la
esperanza de que éstos amortiguaran el impacto de sus
imprudencias. En el ojo de sus críticas estaban siempre
las mujeres dignas y en el raudal de sus elogios las
tenidas en la sociedad por malas. Era el efecto de sus
experiencias. Había encontrado afecto donde jamás lo
había esperado.
No creyendo que fuera tan disparatado su
argumento, lo remaché con un comentario igual de
inusitado: «No lo digo yo, lo afirmó una amiga mía: “La
mujer amparada en una indefensión que no es tan
cierta, disfruta ante el mundo de la credibilidad
suficiente para hacer trizas con sus argucias la
reputación del hombre”. Dice ella que maquinar un
234

SEGUIRÉ VIVIENDO

abuso es para la mujer algo sencillo y por demás creíble,
porque existe en la conciencia colectiva la imagen del
hombre agresor y la mujer vejada. Que fácil se repara en
el hombre abusivo y difícilmente en la mujer ladina, o en
la que se convierte en víctima como consecuencia de sus
provocaciones. «Como quien dice –afirmó Joaquín
parodiando una frase famosa que le fascinaba acomodar
según las circunstancias– que entre más conozco a las
mujeres más aprecio les tengo a las rameras». «Yo
tampoco las tengo por engendros del demonio, y si la
sociedad fuera sincera, reconocería que más que
tolerarlas, las requiere». Se lo dije como preámbulo a la
confidencia que le hice sobre una prostituta.
Se llamaba Esperanza, y estuve dispuesto al
escándalo al salir en su defensa. No me molestaba que
los Gómez con ella me hubieran encontrado, lo que me
molestaba era el tono malicioso de sus insinuaciones. La
había invitado a un lugar público a cenar, en
demostración de que más que su oficio, pesaban sus
virtudes. Era bonita, delicada y de buenos sentimientos.
Por eso era mi amiga. Pero lo primero que me dijo Edgar
fue: «¿Qué estarías haciendo con esa mujerzuela?». No
tenía confianza para tocar mi intimidad, menos para
descubrir la de Esperanza. Juicio hipócrita, pensé,
porque la información sobre Esperanza no le debió llegar
por su ascetismo. Pero fue el papel el que aguantó mis
iras. Estaba dispuesto a demostrar que prostitutas eran
más que las que están en los burdeles. Señoras
remilgadas, de pronto como Ana, la mujer de Gómez,
empeñada en sus lecciones de moral.
«A cambio de la exclusividad de su cuerpo –
escribí–, la mujer recibe alimento, techo y protección del
macho. Es una costumbre milenaria, una esclavitud
deseada por la misma esclava, una forma de prostitución
no declarada. No es menos que la otra, o la otra merece
los reconocimientos de ésta. Aquéllas que se toman por
vulgares hasta disfrutan a sus clientes, pero las que
235

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

están en los hogares, sin satisfacción soportan al marido
con tal de mantener su privilegio. Se prostituyen las
unas y las otras; todas las que sin agrado y pensando en
un interés ajeno a lo carnal, convierten el goce en un
servicio». Pero no eran ellas el motivo de mi furia, y opté
por moderarme. Anoté que si a las aludidas de consuelo
les servía, no estaba en el plan de censurarlas. «Ni mi
corazón ni mi razón admiten la condena hipócrita que la
sociedad profiere de labios para afuera. [...] En el sexo
las relaciones nacen de la pasión, no nacen del amor.
¡Vivimos de falacias! Siempre buscando motivos para
ennoblecer nuestros instintos terrenales, siempre
buscando excusas que justifiquen lo que hacemos con
otras intenciones. Las relaciones íntimas procuran
saciar una necesidad individual, otra cosa es que al
coincidir un deseo mutuo, los miembros de la pareja en
forma recíproca se sacien. [...] El sexo es un exigencia
egoísta que se maquilla con palabras cariñosas. Pocos
tienen la honestidad de confesar que quieren a alguien
únicamente por el placer que les prodiga». Cuando
terminé el artículo ya estaba relajado, pero deseaba con
propósito malsano que los Gómez, y los que como ellos
piensan, leyeran cuando antes mi columna. Quería
pasarles la prostitución por las narices y rebatirles su
moralismo con el goce erótico.
Hoy estoy más convencido que ayer de que al amor
verdadero no lo obnubila el sexo y de que al sexo el amor
no le interesa. Muchas oportunidades tuve, y más
tranquilas, para tratar después el sometimiento de la
mujer al hombre. Las mujeres de machista me trataron
al resaltar el objeto sexual que son para nosotros. Mis
congéneres de feminista me tildaron cuando insté a las
mujeres a quitarse los grilletes, a ser independientes, a
no dejarse comprar con una vianda, a buscar en el
hombre la pasión y el amor sin otros intereses, y a
disfrutar su sexualidad con el mismo gusto que
advierten en nosotros. El artículo demoró tanto en
236

SEGUIRÉ VIVIENDO

publicarse, que a mí se me olvidó el disgusto, y a los
Gómez apenas hoy vuelvo a recordarlos.
Pero si atrevido fui para los Gómez, para Ernesto
pasé por timorato. Amigable y confiado, desnudó sus
secretos –cosa de los tragos– en la primera conversación
privada que tuvimos desde nuestra infancia. Aunque
éramos primos, poco nos frecuentábamos. Pero quiso el
destino que en un coctel nos encontráramos. Y
compartimos como hermanos, a tal punto que sin mayor
reparo me soltó sus confidencias. «José, a mi edad ya no
ando con rodeos con las mujeres». A media voz y con tono
de revelación me dijo: «Te cuento con franqueza que en
las mujeres fáciles encontré la satisfacción que no hallé
en las hembras encumbradas. Haz cuentas –decía en
medio la su borrachera–. ¿Sabes cuánto inviertes en una
mujer decente antes de conseguir lo que pretendes? Y no
hablo sólo de dinero, no señor, hablo de invitaciones y
regalos; hablo de dedicación, óyelo bien, de tiempo y de
paciencia. ¿Y al final qué? De pronto un portazo en las
narices, o un bostezo de aburrición al otro lado de la
línea. O qué caray, simplemente el hastío que siempre
llega. Peor aún, la mortificación de un matrimonio...
como el tuyo. A pesar de la inversión siempre quedas en
deuda. En cambio mis mujeres son cariñosas y sumisas,
nunca se dan tanta confianza como para atormentarte
con una cantaleta. Siempre están a paz y salvo contigo, y
tú con ellas. No sufren por la infidelidad, no exigen
exclusividad, siempre están dispuestas al amor, no te
rechazan. No son vulgares, porque las que yo frecuento
son universitarias». Me sorprendió, no me sentía
interesado ni merecedor de sus secretos. No sé si se
hubiera atrevido a tanto sin los efectos del alcohol. Por
momentos perdí el hilo cavilando en su conducta. «¿No es
verdad viejito –me preguntó poniéndome de nuevo en
sintonía– que esas modelitos también han cruzado por tu
mente? Porque es muy liberal tu pensamiento, y si no lo
has intentado, ha sido por culpa de tu diplomacia y tu
237

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

recato». Le iba a decir que no me considerara tan pacato,
pero di por válida la respuesta que él mismo formulaba:
«Querido primo, tus acciones no corren a la par que tus
ideas». No dije nada. No sabía si era un elogio que me
considera digno, o un insulto que me señalara la
inconsecuencia entre mi proceder y mis razones.

José era sarcástico con el matrimonio y benevolente con
la infidelidad. Tenía obsesión por las amantes, pues veía
en ellas la potencial materialización de las dichas
arrebatadas por Elisa. Sueños que consideraba
imposibles de otra forma. Era auténtica su gratitud con
ellas y extrema su embriaguez con el recuerdo de las
sublimes sensaciones que le habían proporcionado. Por
eso cada mujer que conocía se convertía por momentos
en la ilusoria ocasión de revivirlas. En otras palabras, a
pesar de las relaciones malogradas y la incredulidad,
José vivía tras el sueño de la amante eterna y
perdurable.
Seducido por lo heterodoxo, encumbraba esos
amores, y señalaba los peros del matrimonio y la
fidelidad. Escribía que la infidelidad tiene principios y
razones, que es mucho más que lo que el ojo casto ve y
condena. Se apartaba de la picardía con que la trataban
sus amigos y la hacía motivo de juiciosos raciocinios.
Disecaba, describía, clasificaba y desarrollaba con la
infidelidad las labores propia del científico. Realmente se
creía una autoridad en la materia. «La infidelidad va
desde el deseo fugaz que pasa por la mente, hasta el
hogar alterno; desde la mirada furtiva, inofensiva, hasta
la caricia apasionada; desde el simple desliz hasta el
amor imperturbable».
Graduaba la gravedad de la infidelidad por el
afecto, atenuando la culpa del contacto carnal y
acrecentando la de la devoción espiritual. Su argumento
238

SEGUIRÉ VIVIENDO

era que el carácter pecaminoso erróneamente se le
atribuye al contacto físico; pero ese contacto, por sí
mismo, no perdura en la memoria del infiel más tiempo
que el que duran los instantes de gozo que provee. Por el
contrario, sostenía que la infidelidad platónica es
devastadora: «Desprovista de los placeres de la carne,
resulta excusable al observador desprevenido, pero a
diferencia del desliz sexual, que es fugaz y restringido, el
amor infiel platónico es absoluto, cambia por completo el
objeto del amor y lo arrebata a la dueña para entregarlo
íntegro a “una desconocida”».
La cotidianidad con que tocaba el tema lo despojó
de su capacidad de sonrojarse. Sus censores decían que
escribía del asunto con descaro.
«La infidelidad abarca del deseo al amor muchas
opciones, por lo que la compañera de un desliz no debe
confundirse con la verdadera amante. [...] La relación con
una amante de verdad reviste la grandiosidad material y
espiritual que no tiene el traspiés con una extraña, así
pueda ser éste rico en pasión y en arrebato. [...] La
amante más que acabar con el amor de los esposos, asoma
tras las cenizas de una relación insoportable,
materializando un sentimiento que tiene mucho de
compensación y de revancha. La intimidad con la amante
es la comunión con la armonía, un rito que repudia el
suplicio de otras relaciones. [...] Algo rechazan hombres y
mujeres cuando buscan los brazos del amante. [...] Con la
infidelidad las parejas se cobran los agravios».
Pero más que descaro era desengaño lo que había
tras sus arranques. Decepciones con las que siempre vio
signadas las relaciones de pareja. «Eres fiel al describir
la realidad, pero lo expresas con resignación y mucho
pesimismo», le dijo alguna vez Federico Castañeda. «Por
culpa de ese ánimo, siempre has preciado menos tus
conquistas», también le dijo Alicia. Pero él llegó al final
de sus días inalterable, siempre creyendo en la suerte
gris de sus romances, la que juzgaba una predestinación
239

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

inevitable. Y no lo era. Pudo haber sido Carolina la única
que se atrevió a expresarlo, pero todas las mujeres que
estuvieron a su alcance siempre abrigaron el temor de
que su fatalismo sobre la vida de pareja fuera un mal
presagio, cuando no, una advertencia de que un vínculo
con él jamás funcionaría. Él no lo supo nunca, pero
Piedad varias veces estuvo a punto de rendirse a sus
cortejos. Y Claudia de verdad lo amó; su sentimiento fue
más que el interés por el que él creía que ella lo trataba
con cariño.
Ahora cuando las ansias de conquista habían
quedado definitivamente en el pasado, José leía, como
lector despojado de pasiones, las razones que había
defendido con ahínco.
«La infidelidad es mucho más que el
comportamiento censurado por controvertidos principios
religiosos y morales. Comenzaré por afirmar que la
infidelidad está impresa en el instinto, y es el vestigio
de una conducta impuesta por la naturaleza para
multiplicar la especie. Desde ese punto de vista, es un
impulso innecesario en nuestro tiempo, en el que la
especie no corre el riesgo de extinguirse. Pero sigue
presente, inexorable, sin control efectivo, en constante
lucha contra la voluntad que raramente lo derrota. [...]
La infidelidad nace de la atracción y del instinto erótico,
es producto de la condición natural del hombre y no un
antojadizo producto de su voluntad. Por instintivas,
estas conductas se dejan encauzar con dificultad, pero
nunca abolir, como pretenden los fundamentalismos. ¿A
quien se podría exigir que viva sin respirar y sin
nutrirse? ¿A quién que se resista a los impulsos de la
carne? [...] La fidelidad, reconozcámoslo, es una
imposición arbitraria de la sociedad. La monogamia –
una sola pareja y para siempre– es un capricho de los
hombres. Para la naturaleza ni la fidelidad ni la
infidelidad existen. Lo que prevalece es el instinto de
conservación. Y la conservación de la especie no
240

SEGUIRÉ VIVIENDO

compartió el emparejamiento exclusivo, único e
indisoluble, por el simple hecho de que hacía menos
eficiente la multiplicación. La supervivencia demandó
que
cada
hombre
preñara
muchas
mujeres
simultáneamente, que el macho siguiera fecundando
aunque tuviera una mujer encinta, y que no tuviera el
prolongado receso reproductivo de su hembra –los nueve
meses que dura el embarazo, sin contar el puerperio y la
lactancia–. Y fue el placer el motor que movió al hombre
a cumplir una función que de otra manera hubiera
realizado de forma negligente. Hoy con la Tierra tan
poblada, ese comportamiento resulta innecesario, pero
la voracidad del macho por las hembras quedó en sus
genes perpetuada. Se mantiene incólume. La infidelidad
es su secuela. Menos promiscuo fue el papel de la mujer.
Para mantener la especie sólo un hombre fértil le era
suficiente; y así hubiera necesitado para cada gestación
un macho, el número de sus parejas jamás se hubiera
equiparado a las del hombre. Tal vez en esa condición de
la naturaleza se fundamentan las notables diferencias
mentales y afectivas con el macho. Entre ellas que sea
menos copioso el inventario de su infidelidad, aunque se
involucren más estrechamente, porque ponen en la
infidelidad su corazón, mientras que el hombre a veces
compromete su corazón y siempre su deseo».
Esas lecturas le dejaban a José la sensación de
haber expresado un argumento sólido. A pesar de los
años lo sentía fresco, como si acabara de brotar. Y fresco,
no por novedoso, sino porque no había perdido
actualidad. Era la misma idea que había enunciado
muchas veces de diferente forma; y que seguía en su
reclusión dando retoños, porque tras cada lectura, la
inercia de escribir le sumaba un nuevo párrafo:
«El amor y el sexo apasionan de diferente manera
a la mujer y al hombre. Para nosotros el amor y el deseo
se materializan en una sola mujer únicamente en el
clímax del enamoramiento. Amamos a una y a cientos
241

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

deseamos. ¡No nos volvemos infieles, infieles somos por
naturaleza! Admito que la infidelidad es la perdición de
la pareja, en virtud, desde luego, de esa otra
predisposición devastadora que monopoliza el objeto del
amor: los celos. Una imagen, un sonido, una percepción
táctil, o un sabor reiterados terminan por anestesiar
nuestros sentidos; una formidable melodía no lo es tanto
cuando la hemos escuchado demasiadas veces; un
manjar que se vuelve rutinario cansa. Así obran los
sentidos, y así pasa con la vida de pareja, estímulo
sensorial
por
excelencia.
Tras
de
llevarnos
repetidamente al clímax termina por cansarnos. La
pareja hastía cuando la novedad se pierde, pero vaya
paradoja, en razón de la costumbre, y no del goce,
también la extrañamos cuando nos abandona».

JAVIER
Siento que fui, porque ya para ser no tengo ánimo.
El pretérito es el tiempo verbal de mis escritos.
Instintivamente escribo en pasado, con el automatismo
con que hablamos de los muertos. Me he acostumbrado a
ese pretérito imperfecto con que nos referimos a las
acciones de los que se marcharon. A veces corrijo por
‘soy’ lo que he escrito como ‘era’, otras me arrepiento
porque quien lo lea estará correctamente refriéndose al
pasado. No puedo negar que me he vuelto nostálgico; y
cada visita despliega un recuerdo en mi memoria.
Cuando Javier se fue, me quedé pensando quien
era él a estas alturas. Menor que yo, hubiera podido
tratarlo como un hijo, pero nunca a mi autoridad se
hubiera sometido. Era como mi igual... en la otra orilla.
Tal vez cuadrara como hermano, pero jamás hubiera
podido ser mi cómplice. Es más, su recato no me daba pie
para confesarle las picardías que todo hombre urde y
242

SEGUIRÉ VIVIENDO

realiza. Mi guía espiritual tampoco, porque yo casi
nunca andaba en busca de consejo. Definitivamente
Javier era mi amigo, y en medio de todo nos unían hasta
las diferencias. Todo con él era respeto y buenas
intenciones. Éramos diferentes, indudablemente. Yo
defendía la libertad a toda costa, no le ponía límite al
pensamiento; y al comportamiento sólo los frenos
impuestas por el derecho ajeno. La vida privada era para
mí un santuario en el que nada ni nadie debía
inmiscuirse. La vida pública, por el contrario, aceptaba
que estuviera sometida a ciertas normas para garantizar
la convivencia. Para mi amigo la vida privada estaba
sujeta a los mandatos religiosos. Tanta libertad no
consentía. Pero le tocaba aceptar que la injerencia de la
Iglesia no iba más allá de las admoniciones. «Hoy la
Iglesia no manda al fuego a nadie», me dijo un día,
haciéndome notar la inocuidad de las exhortaciones.
«Atrás quedaron la Inquisición y los comportamientos
medioevales, los papas pidieron perdón por los errores.
¿Puedes pedir acaso más respeto? Renunciar a su
postura moral es imposible. Seguirá predicando aunque
la crítica arrecie y la oposición se extreme». Percibí
desconsuelo en el tono de su voz. y guardé mis opiniones
para evitar acongojarlo. Nuestra discusión terminó sin
vencedores ni vencidos; como muchas otras en que la
amistad nos aplicó sus reglas.
Yo veía en Javier un hombre disciplinado, fiel al
dogma, obediente cual soldado. Conservador por
sumisión; que hubiera sido progresista de ser más liberal
el dogma. Lo comprendía: ¿Qué organización sobrevive
en la anarquía? Era como un militar estricto con las
órdenes de su comandante. Pero en esa obediencia
acrisolada era difícil identificar sus propias convicciones.
Recién lo conocí temí que de las exhortaciones pasara a
las imposiciones, pero el devenir me demostró su respeto
por la opinión ajena. Cuando yo le advertía que una cosa
era obrar con apego a las creencias personales y otra
243

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

tratar de imponerlas por la fuerza, me respondía: «Nadie
te está obligando». Y era verdad, sus prédicas no eran
órdenes sino persuasiones. También yo intentaba
persuadirlo de ser más vanguardista. Le ponía por
ejemplo religiosos menos obstinados, como un obispo en
Alemania que no se oponía al uso del condón. Le conté
que predicaba la fidelidad y la abstinencia, pero dejaba a
la pareja en libertad de usarlo.
Aunque no era simple necedad mi oposición a sus
exhortaciones, a veces me sentía tocado por los
remordimientos y buscaba la ocasión para mostrarle que
también teníamos acuerdos. Un día por ejemplo,
aproveché para lucirme las afirmaciones de un ateo. Salí
en defensa de mi amigo con una intervención entre
emotiva y racional que al final no fue apreciada.
«¿Porqué tendría el padre Salcedo que demostrar
que Dios existe? Dé mejor usted pruebas de lo contrario».
El individuo expuso la transformación de la materia
orgánica en viviente, el origen de compuestos orgánicos a
partir de moléculas sencillas, y la conversión de la
energía en materia. Introdujo la casualidad para negar
la mano creadora, pero zozobró cuando la regresión
evolutiva no le permitió explicar el origen de la energía
partiendo de la nada. «Cuando Dios existe la
demostración se simplifica», le afirmé en tono burlesco.
–Una razón muy tonta –replicó el ateo–. No busco
explicaciones fáciles, sino acertadas. Supongamos que la
energía es invención divina, entonces ¿Dios de dónde
viene?
–No viene –le dije–, siempre ha estado.
–Demuéstrelo.
–No puedo, la inteligencia humana escasamente
alcanza a definirlo.
–Como quien dice que ustedes como yo estamos en
la misma encrucijada.
–Llega un punto en que el intelecto se queda sin
respuestas. Se queda corta la razón ante la magnitud de
244

SEGUIRÉ VIVIENDO

los enigmas. Su teoría se queda trunca en un instante
espléndido, creo que sin Dios no puede rematarla.
–Nuestras creencias son contrarias, luego alguno
ha de estar equivocado.
–No yo –dijo Javier, que se había mantenido en
silencio abstraído con mis conjeturas–. Tal certeza tengo
del Señor que puse mi vida a su servicio.
Fue cuando hice una afirmación innecesaria y
perdí el aplauso que parecía seguro: «En materia de Dios
y el más allá, todos tienen la razón y todos se
equivocan». «Siento decirte –me diría más tarde– que
con tu argumento arruinaste todo lo ganado». «La fe es
como el amor –le dije– no se rinde a las razones. Es
innata, un don, una gracia en tu lenguaje. Tan seguros
estamos tú y yo de la realidad de Dios, como ese
incrédulo de su inexistencia. Nada íbamos a ganar, nada
perdimos».
Pero pienso que me excedo al hacer siempre
mención de nuestras diferencias. Nada son frente a
tantos otros motivos que nos unen. A veces creo que
hasta los principios que yo le combatía eran los que
inconscientemente me daban la certeza de estar frente a
un hombre santo, absolutamente incapaz de causar
daño. El mismo hombre bueno que traslucían sus
homilías, conciliador, edificante y práctico; centrado más
en la convivencia que en el dogma, en el optimismo que
en la resignación, en el consejo que en la reprimenda.
Eran sencillas, como la primera que le escuche. Fue por
casualidad, pues llegué media hora antes de la cita
programada.
«Ayer nada espectacular pasó en tu vida.
Desayunaste como de costumbre, tus hijos se despidieron
con el beso de rutina, saliste a trabajar, en veinte
minutos llegaste a la oficina, cruzaste los saludos de
cortesía habituales, realizaste las tareas sin mayores
contratiempos, almorzaste, volviste a trabajar y en la
noche te fuiste a la casa a descansar. Después de una
245

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

cena apetitosa te dormiste. ¡Qué día tan rutinario! ¡Nada
que agradecer a Dios! ¿Qué de especial puede haber en
algo tan corriente? ¿Pero y si no hubiese habido
desayuno? ¿Y si las relaciones con tus hijos hubieran
sido tensas? ¿Y si el vecino te hubiera provocado? ¿Y si te
hubieras estrellado yendo a la oficina? ¿Y si no hubieras
almorzado? ¿Y si te hubieran llamado la atención en el
trabajo? ¿Y hubieras tenido que trabajar toda la noche?
Tal vez no son tan malos los días intrascendentes. No es
consuelo. No es renuncia. Sencillamente la vida suele
encubrir tras la rutina hechos amables que sólo
reconocemos como tales cuando están ausentes. Si la
reflexión diaria los resaltara, la dicha será más
asequible».
Me pareció un planteamiento sencillo y
convincente, un buen consejo que a mí, que por pura
causalidad lo estaba oyendo, también me convenía. «Esa
es la realidad. Tómela o déjela, padézcala o disfrútela,
incomódese o aprenda a convivir con ella», me dije al
terminar de oírlo. Así el hombre del púlpito y el
camarada se materializaron en una sola persona que
brillaba por su sencillez, por su humanidad, por su
sensibilidad social, y también... por sus dogmas
arraigados. En mis particulares conjeturas imaginé que
la obsesión de Javier con los preceptos expresaba la
angustia de tener que obedecerlos; que sometido a un
conflicto entre sus inclinaciones y los principios que
debía guardar, lo resolvía con un rechazo exagerado a
todo aquello que pusiera a prueba su templaza y
alentara sus debilidades. Así lo creía al interpretar su
intransigencia con la libertad sexual. Hoy no estoy sin
embargo tan seguro.
Las diferencias sobre la doctrina y la infalibilidad
eran punto álgido en nuestras discusiones. Ambos
insistimos en ellas mientras creímos que fácilmente
podía uno cambiar la convicción del otro. Javier era
fuerte contradictor del relativismo moral, combatido por
246

SEGUIRÉ VIVIENDO

la jerarquía eclesiástica; yo en cambio insistía en la
limitación de los juicios categóricos: «No hay ser humano
que tenga, en materia moral, la facultad para señalar lo
indiscutible. Menos cuando los hechos se condicionan
entre sí, cuando un mismo comportamiento obedece a
diferentes circunstancias. ¿Qué es lo absoluto y qué es lo
relativo?», y traje a colación a sabios perseguidos por la
Iglesia: «Copérnico y Galileo fueron herejes por oponerse
a la creencia religiosa que ponía al sol y los planetas a
girar en torno a una Tierra inmóvil; y los
fundamentalistas de la época maldijeron el aire de
Satán, como llamaron a los anestésicos usados en el
parto, que desafiaban el mandato bíblico de parir los
hijos con dolor. Esas argucias fueron dogma, y con base
en ellas, los disidentes fueron vistos como enemigos de la
moral cristiana». Me contestó que ya la Iglesia había
pedido perdón por sus pecados. Pregunté entonces: «¿Si
esas verdades absolutas se cayeron, por qué el dogma de
hoy no ha de tener la misma suerte?». Y para contradecir
me había armado de los conocimientos necesarios para
no patinar en un campo que desconocía. Entonces con
autoridad manifesté: «La infalibilidad surgió como
solución a las críticas fundadas en el rigor científico. Fue
Pío IX quien anhelando el control de la Iglesia sobre la
ciencia y la cultura, inspiró la doctrina de la infalibilidad
del Papa, doctrina que triunfó en el Concilio Vaticano I
en 1870, llevado a cabo en su pontificado. Como ves, la
infalibilidad no es una invención de Dios, sino una
calculada ocurrencia de los hombres». «Mi erudición no
llega a tanto –señaló Javier–, si me hubieras advertido
que debía consultar enciclopedias para hablar contigo,
me hubiera preparado, y con jocosidad le quitó altura a
un debate del que podría salir no bien librado. «Y eso que
no te he contado que también hice averiguaciones sobre
el celibato. Apenas comenzó a ser una imposición desde
el siglo VI, y desde entonces rechazado. En 1123, fue el
Concilio de Letrán el que prohibió el matrimonio de los
247

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

clérigos. Martín Lutero fue de los que desafió la norma.
Se casó con una monja». «De todas maneras –me dijo– no
confundas el dogma y la obediencia. El celibato más que
doctrina es una ley disciplinaria. No es materia de fe, no
lo instituyó Jesucristo, si ese es el argumento para
socavarlo. La Iglesia sencillamente lo ha creído
conveniente». La discusión se terminó antes de que se
me agotaran las anotaciones que llevaba en el bolsillo.
Una se me cayó sin advertirlo. Javier la recogió y no
resistió el impulso de leerla: «Galileo creía que los
aportes de la Biblia a la ciencia eran exiguos, de forma
que eran los Textos Sagrados los que debían adaptarse, a
los conocimientos nuevos. En “Diálogos sobre los
sistemas máximos”, Galileo confrontó las teorías de
Tolomeo que ponían a la Tierra como centro del
universo, con las de Copérnico en que la Tierra giraba
alrededor del sol, y tomó partido por las del astrónomo
polaco, pese a que el pensamiento religioso defendía el
modelo tolemaico. Por negar esa “verdad irrefutable”
Galileo fue acusado de grave sospecha de herejía y
llamado a juicio por el Santo Oficio. Ante el horror de ser
quemado abjuró de sus ideas, mientras las copias de su
libro iban a la hoguera. “Eppur si muove” –y sin
embargo se mueve– murmuró en medio del
arrepentimiento impuesto por la fuerza». Javier sonrió y
no dijo nada.
Después de tantos años, de la simpatía de Javier
no admito duda. Hasta pienso que me admira a pesar de
mi incredulidad, incredulidad que nunca se metió con los
indiscutibles cimientos de la fe. De hecho moriré como
cristiano. «Te aprecio a pesar de tu descreimiento –dijo
un día–. Lástima que tu intelecto no sirva a las causas
del Señor». Le respondí: «Es cierto que me amas... como
ama el pastor a la ovejas descarriada».

248

SEGUIRÉ VIVIENDO

Carolina pensaba que alguna motivación personal había
llevaba a José a fustigar a los puritanos con tanta
vehemencia, y ese día por fin le hizo saber su conjetura.
En tono jocoso declaró José que tanto los había
aborrecido que de pronto le tocaría encontrárselos en el
infierno, aunque reconoció que en el fondo los creía gente
de bien. Y era que los había tildado de fariseos,
aguafiestas de la felicidad, aves de mal agüero y
abyectos vestigios de la Inquisición. Y había dejado
escrito que predicaban dirigiendo la ametralladora
apocalíptica contra sus semejantes. Todo porque para él
la vida privada era un dominio imperturbable y sus
amonestaciones una intrusión inaceptable.
Sin ánimo de confesarle tan fácilmente su ya
extinta proclividad a la lujuria, abordó un discurso que
se fue por los vericuetos del discernimiento y del
instinto.
–La inteligencia y la capacidad de discernir
encumbraron al hombre, lo convirtieron en el amo de la
creación, pero atiborraron de reflexiones y dudas sus
determinaciones. El instinto rige al mundo animal. Por
hambre unos animales matan a otros, es su forma de
sobrevivir. No tienen conciencia de su acción; ni el bien
ni el mal pesan en ellos a la hora de embestir su presa.
¿Pero qué pasaría si entendieran que su hambre se sacia
con el exterminio de su semejante? Unos buscarían
seguramente otra fuente de sustento, algunos morían de
hambre. Ese animal lleno de dilemas es el hombre, que
tiene a diferencia de los otros que confrontar el propio
interés con el ajeno; que tiene con frecuencia que limitar
su bien en provecho del bien de sus congéneres; que no
puede causar daño impunemente. Los hombres que
actúan mal, para mí, Carolina, se comportan como
animales. Sencillamente son salvajes.
–Pero eso no contesta mi pregunta –replicó ella–,
más bien defiende la óptica de los puritanos y de todos
los que como ellos piensan.
249

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

–Esta introducción es a propósito. Quería hacerte
ver que no soy tan instintivo. Que acepto un límite a las
conductas que provienen de un impulso natural. Pero
prefiero que ese límite surja de la propia voluntad y no
de la imposición externa. El instinto nace ajeno a la
razón y a la voluntad, como una manifestación que
tiende a la conservación del individuo y de la especie,
pero ellas siempre procuran someterlo. Le establece
límites la higiene, lo cohíbe la moral, la religión lo
enfrenta, aparecen los preceptos médicos para una vida
sana, aparece el estoicismo, aparecen los pecados. ¡Haga!
¡No haga! ¡Pare! ¡Siga! ¡Cohíbase! ¡Deténgase!. Me
pregunto, ¿hasta dónde debe reprimirse? ¿Será que vive
mejor el animal siguiendo sus instintos, que el hombre
conteniéndolos? ¡Cuánto va del simple consejo saludable
a la prohibición rotunda! ¡De la recomendación del
científico a la condena del religioso moralista! Mi
contrariedad no surge de las insinuaciones sosegadas,
sino de las admoniciones desmedidas. Y con esto ya te
puedes ir dando cuenta de que me estoy aproximando a
la respuesta.
El daño ajeno establecía en el ideario de José los
límites al comportamiento, y mezclar lo moral con lo
fisiológico lo podía llevar a agitadas discusiones, que
surgían, por ejemplo, cuando las funciones digestiva y
sexual quedaban en el ojo de los principios religiosos.
–¿Cómo osan coartar la expresión del instinto
volviéndolo pecado? –le dijo a Carolina comenzando a
abordar el tema del puritanismo–. No debe confundirse
lo orgánico con lo moral. Lo moral demanda
discernimiento y voluntad, lo orgánico carece de estos
elementos. El apetito, escaso o exagerado, no es ni ético
ni inmoral, ¿de donde el pecado de la gula?
–Podría ser asaltando la despensa del vecino –
apuntó Carolina poniéndole humor al comentario–. ¿Y
qué pecado habría de ser en un mundo atestado de
gorditos?
250

SEGUIRÉ VIVIENDO

Ese era el abreboca que José esperaba para pasar
del tema de la gula al de la libertad sexual, pues les
encontraba muchas coincidencias. Y comulgaba con
Savater quien proclamaba que la higiene, más que la
moral, era la que tenía que ver con los asuntos de la
sexualidad.
Ya estaba a punto de confesarle a Carolina que su
defensa de la sensualidad, aunque era un
convencimiento profundamente razonado, también había
sido un interés personal deliberado para justificar su
propensión a los placeres. Pero llegó Javier sin esperarlo.
Y aunque la visita fue corta, apenas suficiente para
verificar el estado de su amigo, frenó de tajo las
confesiones de José, incapaz por completo, de dejarlas
conocer al sacerdote. De que Javier creyera que así
pensaba, a que confirmara que así obraba, había una
enorme diferencia. Era la misma mortificación que
sentía cada vez que Javier se esforzaba en confesarlo.
Entendía que Dios ya debía conocerle todos sus pecados,
y en este mundo allegados como Joaquín y Piedad no los
desconocían; pero por un motivo que ni él mismo
entendía, se negaba a que los conociera el cura.
¿Vergüenza?, tal vez. Aunque era tajante en que si sus
conductas lo avergonzaran jamás las hubiera
consumado. Además argüía que eran los puntos de vista
del sacerdote los que convertían en vergonzosos
comportamientos que nada tenían que deshonrosos. De
pronto tenía temor de herirlo, pero ya lo había hecho
suficientes veces: «Javier, y tú lo sabes porque cualquier
sacerdote que no peque de tonto se da cuenta: las
personas que asisten a tus misas están lejos del dogma,
transgreden las normas canónicas con la certeza de que
son cosas de curas, por eso se sienten más cerca de Dios
que de la Iglesia. [...] No me digas que ignoras cuántos
dispositivos intrauterinos entran a tu parroquia; y a
cuantos infieles, adúlteros y concubinas les das la
comunión».
Eso debía haberlo herido más que la
251

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

confesión de sus debilidades. Lo más probable era que su
cohibición fuera por el temor de defraudarlo.
Javier se marchó y la charla se reanudó, pero sin
retomar la idea que se quedó inconclusa. «Mejor –pensó
José–. ¿Qué otro interés que la curiosidad pudo motivar
a Carolina a conocer mis asuntos personales?». Y se puso
más bien a pontificar del enamoramiento como si fuera
otra entrada para por fin satisfacer sus inquietudes.
–El enamoramiento es instintivo, y torpe nuestra
manera de entenderlo. Nace de la atracción, pero se le
encumbra atribuyéndole una espiritualidad que no
posee. Ha de ser por la inclinación que tenemos los
humanos a no admitir los hechos como son. Siempre los
deformamos. Prueba de ello es que el enamorado no
admite que su sentimiento es instintivo, lo justifica en
las virtudes que la mayoría de las veces no tiene el ser
amado.
–Comparto esa opinión. Creo que no es cierto que
por sus virtudes nos enamoremos de alguien, todo lo
contrario, es porque nos enamoramos que se las
encontramos aunque no las tenga –sostuvo Carolina.
–El sexo y el amor, mejor digo enamoramiento,
dado que los considero emociones diferentes, son
demasiados simples; mucho más que lo que quisieran
quienes los meten en honduras espirituales y morales
que no tienen. Es por negarse a aceptar la realidad del
enamoramiento que las parejas se frustran con lo que su
relación escasamente les depara.
–¿Y el placer? –preguntó Carolina–. ¿No vas a
retomar el tema del placer?
–El placer... El placer –dijo evadiendo la repuesta–
siempre cuesta. Por disfrutar siempre se paga. Lo sabio
es calcular con precisión cuánto nos cuesta y cuánto
estamos dispuestos a pagar por él, porque a veces una
simple dicha se puede pagar toda la vida.
De pronto el rostro de José se fue descomponiendo;
cortó intempestivamente la conversación y se cubrió la
252

SEGUIRÉ VIVIENDO

boca con su mano intentando prevenir la regurgitación
que se anunciaba. Pero asediado también por el dolor
cedió al eructo que explotó como un proyectil, lanzando
el contenido del estómago. Entonces en arcadas
incontenibles se desplomó sobre la almohada mientras
Carolina angustiada salió de la habitación buscando
ayuda. José, una vez más, no sabía que era más, si su
dolor o su vergüenza. Con Carolina llegó la jefe y la
auxiliar de enfermería. Hicieron el trabajo de rutina:
cambiaron la cama, le pusieron una pijama nueva y le
adelantaron las dosis de los medicamentos. Carolina
entendió que el enfermo debía recuperarse y se marchó.
José reponiéndose del dolor se quedó nuevamente con la
contrariedad del espectáculo.

SARCASMO CON EL ARTE
En el ambiente lleno de luz resonaba el murmullo
de muchas voces que hablaban en forma reservada.
Imaginé una iglesia antes de comenzar la misa, de
pronto un teatro aguardando la función, acaso la charla
que antecede la clase en un colegio. Esperé un súbito
silencio y un anuncio. Pero el susurro continuó, y mis
ojos aturdidos, soñando que despertaban de otro sueño,
se fueron a la refulgencia acomodando. Entonces vi
corrillos de frente a las paredes, en torno a obras de arte
que admiraban. Sin ser asiduo visitante de las galerías,
estaba allí con Eleonora, criticando más que ensalzando
la creatividad de los artistas. «El arte abstracto poco me
seduce», le explicaba. Y le enseñaba que el don
apreciable de retratar con absoluta fidelidad el mundo
perdió vigencia cuando inventaron la fotografía: «El
artista, obligado a la objetividad, pudo entonces perderse
en el laberinto de sus extraños pensamientos,
expresándolos a través del pincel con un resultado
253

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

totalmente impredecible. Tratar de interpretarlos puede
exigir tanto esfuerzo como el de un psiquiatra por
entender a un loco. Debo contarte que sólo supe que era
Picasso un fenómeno de la pintura cuando descubrí
obras suyas que plasmaban con fidelidad la realidad.
Creí hasta entonces que era incapaz de pintar con más
habilidad». «De pronto sí –me respondió en un alarde de
ingenio para congraciarse–, sus manos seguramente
tenían el freno de su imaginación». Me reí dichoso con el
apunte de mi hija. Era mi estampa. Convencido de que el
arte expuesto me daba la razón, le señalaba con dedo
censor figuras burdas con la cara en la espalda, perfiles
con los ojos en el lugar de las orejas, narices en la frente
y bocas en la nuca. Pero cuando más posesionado estaba
de mi papel de crítico implacable, el ruido de la cisterna
de la habitación me despertó. Me regresó al presente. Me
quedé pensando qué tan despiadado había sido con todo
lo vigente. ¿Pero qué culpa tenía de que mis gustos se
hubieran anclado en el Renacimiento? No sólo eran la
pintura y la escultura; también la música moderna daba
para mi ironía. Pero a diferencia de otros miembros de
mi generación la toleraba; es más, como un adolescente
disfrutaba algunas piezas. Porque no era cuestión de
edad sino de gustos; de creatividad, no de generaciones.
Los jóvenes de hoy componen como los jóvenes de
antaño: cosas buenas, malas o mediocres. Creaciones de
todas las épocas han sido la fuente de mis sátiras.
«Mi papá es sarcástico, pero no porque quiera
hacer sentir mal a las personas, sino porque no logra
contenerse cuando tiene un comentario agudo en la
punta de la lengua», recuerdo que le dijo Eleonora a una
amiga suya, disculpando esta crítica sobre sus gustos:
«Yo tampoco me niego el goce de composiciones ligeras
que resultan agradables. Porque la música puede
resultar amena sin importar el esmero de quienes la
componen. Hay obras simples cuya creación no requiere
inteligencia mayor que la de un simio; lo que no quiere
254

SEGUIRÉ VIVIENDO

decir que su autor tenga un coeficiente intelectual tan
bajo, sino que apenas requirió en su producción una
expresión mínima de su inteligencia. Creo que pasa
mucho con la música que te emociona. Me ocurre con la
pintura abstracta, y me ocurrió –le dije recurriendo a mi
ejemplo preferido– con las obras de Picasso. Imagínate
que creí que no sabía pintar hasta que en su obra
figurativa descubrí su maestría».
Definitivamente pienso que sin importar quien la
ejerza, la crítica puede ser brutal... tanto como es de
subjetiva. De hecho cree saber más que lo que sabe el
artista de su propia obra; y el universo del arte y de las
letras queda pequeño ante su lupa que todo lo sabe y lo
domina.

En definitiva, la temática de la infidelidad y la pareja se
le llevó a José buena parte de su vida. Eran muchas
cuartillas presentando de diferente manera la misma
perspectiva. Como era tozudo en defenderla, no pocas
veces pasó por insolente. Pero entre tantas
impertinencias había una que lo sonrojaba. Desde que
ocurrió, nunca más tuvo sosiego para tratar a Clara.
Francisco, quien recién se había casado, terminó
escuchando por decencia las más inoportunas
observaciones que le podía hacer José a un enamorado:
«Las fórmulas matrimoniales nos obligan a hacer
juramentos de por vida aunque se salga de nuestras
manos la posibilidad de hacerlos realidad. [...] El amor,
ese que llamamos amor, no dura eternamente. [...] Ni la
mujer comprende el talante masculino, ni nosotros nos
sometemos a la dedicación y a la exclusividad que la
mujer exige. [...] Nada hay más cierto que la infidelidad
del hombre y el rencor de la mujer. [...] Tras la
infidelidad la mujer es implacable. [...] Que un hijo
agreda a un padre o un padre atente contra un hijo
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

causa asombro, pero que extraños que se amaron
terminen de encarnizados enemigos no causa la menor
sorpresa». Francisco evitaba desmentirlo por respeto, y
acudiendo a la diplomacia, que la tenía de sobra, le
aseguró a José que sus recomendaciones servirían para
ser feliz con Clara hasta la muerte. Le enfatizó la fe
ciega que tenía en su esposa, por la que sus cuentas
bancarias, sus propiedades y hasta las claves de sus
tarjetas habían pasado a su dominio. Hacerle la
revelación fue para Francisco un comentario nimio, pero
José no lo dejó pasar sin someterlo a una revelación
mordaz:
«Tras de grandes amores también se incuban
antipatías mortales. Francisco, seré franco: nadie sabe si
la mujer que hoy te ama y por la que das la vida algún
día se vuelva tu enemiga. Y es que los adversarios que
hacen el tránsito del amor al odio, son letales. Si a
alguien confiara ese tipo de secretos sería a mis padres,
siempre incondicionales y leales». Francisco se marchó
con ademán conforme, pero el “qué diría Clara si
conociera tus lecciones”, fue un dardo que hizo a José
consciente de su ligereza. Había sido una bellaquería.
Sintió remordimiento, pero minimizó su falta pensando
que era profético y práctico su aviso. En su soledad no
sabía si era mejor reír o avergonzarse. Sentirse mal era
lo justo, pues Clara también era su amiga. Aunque
apenado, jamás fue capaz de presentarle excusas, y eso
que supo que Francisco le había contado de la charla
hasta el último detalle. Ella tampoco le manifestó nunca
contrariedad alguna.
«A Clara la traicioné definitivamente». Aunque
afligido, no rectificó, pues consideraba que no habían
sido gratuitas sus observaciones: «¡Qué remedio, si ese
suele ser el final de las parejas!» No tuvo que hacer
esfuerzo para traer ejemplos, tampoco tuvo que perder
su objetividad para justificarse. A Joaquín, un día le
reveló esa historia, y otras en que fundaba el acierto de
256

SEGUIRÉ VIVIENDO

sus observaciones: «Piedad era mi amiga, hubiera podido
ser mi amante. Otro se ennovió con ella y le llegó la prisa
de casarse. Pidió mi opinión. Le dije de una: “No lo
hagas”. Luego rectifique lo dicho: “Pero sin conocer en tu
propia carne esa experiencia siempre me recriminarías
tu eterna soltería. Prueba entonces, quizá no te
arrepientas”. Mi sorpresa no fue la rapidez del
matrimonio sino la prisa de la separación. Las cosas del
destino: Una ex novia del marido se alojaba en el mismo
hotel de los recién casados. Pasó al comienzo por simple
conocida, pero la verdadera luna de miel la consumó con
ella. Con diez puntos en el cuello cabelludo el marido
traidor pagó su afrenta. “Si ves, le dije, odio a cambio del
amor eterno que juraste”. De nuevo la pretendí apoyado
en las demostraciones honestas de mi entrega. Pero su
negativa fue rotunda: “José, no quiero enredos con
casados”. Pero casado fue el hombre de su siguiente
idilio. Así es, Joaquín, el potro salvaje de los
sentimientos. Me resigné a seguir de confidente. [...]
Otro matrimonio deplorable fue el de Antonio. La
compañera que por fórmula nupcial lo iba a amar
eternamente, lo mandó a la cárcel. Sofía le notificó su
odio mucho antes de que apareciera el motivo por el que
pregonó que lo sentía: un supuesto abuso de su hija que
la justicia jamás corroboró. Fue una denuncia temeraria
para vengarse de la infidelidad de su marido. De todo es
capaz una mujer herida. [...] El caso de Lorena es
diferente; fue ella la víctima del amor que terminó en la
calle. Andrés se cansó de ella, la repudio, y le pidió el
divorcio cuando ya tenían sus testaferros el dominio de
sus bienes. Todos en materia de amor nos engañamos.
Así sólo sea la declinación del sentimiento, el epílogo es
triste para un afecto que se supone eterno».

257

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

LA IGUALDAD
«Doctor, la igualdad no es más que una frase de
cajón», me dijo la enfermera, que es una auxiliar que
pronto recibirá el grado de socióloga. Le cambia con
frecuencia turnos a otra de las enfermeras que me
atiende. Llega de noche. De día estudia en la
universidad. Trae libros para preparar materias, pero
casi siempre el trabajo frustra su intención; peor aún, el
trasnocho le cobra en clase las horas de sueño que le
debe. A veces me cuenta sus lecturas, enriqueciéndolas
con sus propias opiniones. No le falta la cita con que me
demuestra sus conocimientos. Cuando hablamos sobre la
igualdad me explicó que los hombres como dijo Lincoln
nacen iguales, pero dejan de serlo desde el momento de
su nacimiento. Y puso como ejemplo la suerte de los
compañeros de colegio de su padre que cuando niños
vivían en condiciones semejantes. «Hoy –me dijo– uno es
un hombre acaudalado, otro un simple obrero, mi padre
un hombre del montón. La igualdad no existe, la suerte y
el proceder del hombre se encargan de frustrarla. La
recompensa no es proporcional al esfuerzo realizado. Es
como el destino de una planta, a unos les florece, a otros
se les muere». No pude negarle su argumento, pero
juntos analizamos otros factores que le arrebataran al
azar la justificación del éxito. Mencionamos entre otros
el carisma, la intuición, la visión del futuro, la prudencia
y la osadía. Yo, volviendo a la igualdad, le improvisé un
discurso: «La igualdad a la que me refiero no alude a las
condiciones intrínsecas del hombre, siempre diferentes,
ni siquiera a los hechos incomprensibles del destino, sino
a las oportunidades que debe garantizar la sociedad:
Igualdad de posibilidades, igualdad de derechos,
ausencia de discriminación. Una lucha que hay que
librar contra la misma humanidad, porque es su
ambición la causa de la desigualdad. El hombre que
reclama los derechos, es a la vez el hombre que los
258

SEGUIRÉ VIVIENDO

atropella. ¡Que todo esfuerzo sea recompensado con
fortuna, pero que no exista iniquidad con los débiles y
necesitados! Es tan justo que el ingenio, la inteligencia,
las habilidades y el tesón brinden prosperidad, como que
los desheredados de esos dones no subsistan en
condiciones infrahumanas. ¡Es un asunto de justicia! ¡Es
un asunto de equidad! Por el solo hecho de existir, todo
ser humano tiene derecho a la satisfacción de sus
necesidades básicas. A partir de ellas es que pueden
entrar los hombres en justa competencia». Me dijo que la
emocionaba mi propuesta, e insistió en que las grandes
brechas sociales debían eliminarse. No indagué, y
apenas ahora me pregunto: ¿su vocación será marxista?
De pronto ella albergó una duda semejante, qué iba a
imaginar que departía con un capitalista.
Mencionó que sólo podía entender que existieran
seres con abundantes bienes materiales en contraste con
otros totalmente desafortunados, como producto de la
voracidad humana; y debió sentir que yo la secundaba
cuando expresé que en toda su historia la humanidad
jamás había respetado el principio de igualdad con que
yo presumía que había traído la creación al hombre. «En
un principio la Tierra fue de todos; sin suplicarlos ni
comprarlos, a todos debieron pertenecer sus frutos». Eso
afirmaba, en medio de cierta exaltación, cuando una
opresión en el pecho me quitó al aliento. Alarmada con
mi dolor y con mi ahogo, Amelia salió en carrera por el
médico. Me resigné a morir atormentado por la
angustiosa sed de aire. En pocos minutos una mascarilla
con oxígeno me calmó la asfixia. Tomaron muestras de
sangre de la ingle para examinar mis gases arteriales. El
médico me examinó pero fue parco y evitó las conjeturas.
Era de madrugada. Para descartar un tromboembolismo
me llevaron al servicio de radiología. Supe de la
sospecha cuando llegó el informe que la desmentía. De
haber sido correcta, pienso que la habrían callado. Eso
me resultaba indiferente. Si a la muerte aguardaba, la
259

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

muerte llegaría. Más me importaba contar con la
morfina y el oxígeno, los remedios que me había
calmado.

«¿Dónde

quedan los derechos de los niños? ¡Sólo
faltaba que un vecino amargado con el recuerdo de una
infancia miserable venga a arrebatarles la felicidad del
juego! El vecino ofendido evitó la confrontación y con un
golpe que estremeció el vidrio se alejó de la ventana y del
alboroto que armaban los pequeños. Entonces supe que
el quejoso sí había escuchado mi protesta. Sin
inmutarme di la cara a los infantes y les guiñó el ojo en
parte de victoria». Esa anécdota envanecía a José cuando
contaba sus buenas relaciones con los jóvenes.
De un momento a otro se había vuelto un defensor
apasionado de los niños. Sin percibirlo, el amor por su
hija lo había compenetrado con el mundo infantil, un
universo lleno de recuerdos de su propia infancia, feliz y
lejana, y de ilusiones por venir al lado de Eleonora.
Mundo sagrado que se avenía con su corazón idealista y
rebelde inclinado a reclamar por los débiles y a
contravenir las imposiciones insensatas; aunque la
mayoría de las veces debía sacrificar su orgullo y sus
razones y cumplir las normas. De todas maneras pensar
así lo engreía en lo más recóndito de su corazón.
Al crecer Eleonora se acrecentó la rebeldía de José,
que lo acercó más a ella y a todos los adolescentes. Los
muchachos lo amaban, porque mientras que la brecha
generacional se profundizaba con los demás adultos, con
José se acortaba hasta extinguirse. «El niño no es más
egoísta hoy, siempre lo ha sido; lo que ha cambiado es el
autoritarismo familiar que antaño le impedía
expresarse, que le adormecía su inteligencia y le
reprimía todo su ingenio. Su egolatría no me preocupa,
el desprendimiento y el verdadero amor afloran con los
260

SEGUIRÉ VIVIENDO

años. Cuando el niño se vuelve padre desaparece todo su
egoísmo». También defendía «la desinhibición de los
jóvenes de hoy», sosteniendo que de ellos admiraba su
honestidad y su franqueza, su valentía –insolencia según
otros– para defender sus ideales y la coherencia entre
sus creencias y su comportamiento, distante de la
cohibición hipócrita con que se formaban antaño las
generaciones. «Se les iba la vida ocultando sus deseos y
ejerciendo sus derechos a escondidas».
Su experiencia como padre deshizo sus creencias
sobre la formación de los menores. No eran tan
maleables como había supuesto. Su carácter, terminó por
afirmar, era una condición innata que dejaba apenas el
margen de maniobra necesario para que los padres lo
encauzaran. Ahí encontraba el origen del maltrato
infantil en padres empecinados en formarlos a su antojo.
«Son tan ilusos que realmente piensan que los están
moldeando». La irresponsabilidad de los muchachos
tampoco lo inquietaba: «Cuando sean adultos, estemos
seguros de que no harán las mismas tonterías que
cuando fueron niños, la sola experiencia se encarga de
formarlos. Dejemos de jactarnos de que somos
grandiosos formadores. Seamos más humildes y
enseñémosles con el ejemplo».
Estos temas eran ideales para controvertir. Con
ellos José sacaba de quicio a las aves de mal agüero y
exasperaba a los vaticinadores de desastres. Él, crítico
de las costumbres sociales, en una aparente paradoja, se
negaba a ver la crisis de valores que otros advertían.
«Desde el asesinato de Abel, en que Caín exterminó la
cuarta parte de la humanidad, no se ha visto en la
Tierra crimen semejante». Con esta jocosa afirmación
minimizaba la tesis de quienes veían al mundo en
constante decadencia. En el fondo tenía temor por el
manejo que estos asuntos sufren con los excesos
moralistas. Y cohibir de nuevo la libertad, retroceder en
lo ganado, se oponía radicalmente a sus concepciones
261

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

ideológicas. Por eso invocaba una clara delimitación
entre delitos objetivos y cuestionamientos morales, a fin
de garantizar la represión de los verdaderos crímenes,
sin sacrificar la potestad del hombre sobre su propio ser.
Reprochando a quienes pregonaban la hecatombe
moral de los tiempos por venir, afirmados en los vientos
de libertad reinantes, afirmaba que «toda generación ve
la decadencia en la que la sucede, aborrece lo nuevo y
toma lo fresco y juvenil como anatema». Y añadía: «Yo no
me atrevería a ser tan rotundo. A la hora de la verdad
todas las épocas han sido dueñas de sus vicios. Y la
depravación de hoy no es más que la exteriorización de
los extravíos de antaño, porque los pecados del hombre
no son nuevos, son los de siempre, pero en esta época
menos maquillados. La propensión del comportamiento
humano no ha variado desde que el hombre hizo sentir
su pie sobre la Tierra; ha cambiado su entorno que
cohíbe o consiente su conducta. Lo mandado ayer puede
ser lo criticable hoy, como lo censurado en el pasado
puede ser habitual en el futuro. Celebro la derrota en
nuestro tiempo, de las doctrinas que vulneran la
intimidad de la persona y aplaudo la afirmación de los
derechos individuales antes conculcados. No son más
atrevidos los jóvenes de hoy, sino menos encubiertos,
menos hipócritas y más sinceros; más seguros y menos
vacilantes; más abiertos y menos coartados. Es un
triunfo de la personalidad que lo que ayer se ocultaba
hoy se proclame. Cambiarán los tiempos y nuestras
conquistas prevalecerán hasta que a una nueva
generación le dé por reformarlas, porque lo vanguardista
siempre muere como retardatario. La eterna paradoja de
la vida».

262

SEGUIRÉ VIVIENDO

¿ALBEDRÍO O DETERMINISMO?
DETERMINISMO?
El dolor me despertó temprano. La enfermera
vencida por el tedio se había dormido en el sillón. En el
piso estaban sus zapatos blancos; sobre el asiento sus
piernas recogidas; sus brazos pegados al pecho,
atrapando calor en la mañana gélida; y su cabeza
flexionada, aproximando el mentón contra sus manos.
Una frazada calurosa, pero mal dispuesta, escasamente
la cubría. No quise despertarla y aguanté el dolor
sabiendo que de todas maneras el calmante llegaría. «El
dolor es subjetivo», dije para mí, y me distraje en los
placeres del amanecer.
Me gustaba que quedara abierta la cortina para
ver colarse las luces de la madrugada. Me fascinaba el
espectáculo que convertía en día las sombras de la
noche. A veces en el silencio de la ciudad, que apenas
despertaba, alcanzaba a distinguir el canto de los
pájaros. Casi nunca los vi, pero imagino que el concierto
procedía del árbol que me quedaba al frente; de pronto
de algún gorrión despistado que se posaba en los cables
que llegaban a los postes.
Retomé los pensamientos con que me había
dormido, que giraban en torno al albedrío. Debo afirmar
que siempre actué asumiendo las consecuencias de mis
actos, siempre quedando a paz con mis principios. ¿Pero
si otro diferente a mí calificara mis acciones como las
juzgaría? Un contradictor habría de reprobarlas, un
seguidor aplaudiría. Bueno para unos, demonio para
otros, ¿en un juicio imparcial cómo resultaría? Tendrían
que analizarse mis motivos, descubrir que fallé cuando
fui incapaz de más perseverancia, y que hice el bien
cuando de mí brotó sin gran esfuerzo. Como quien dice
que mi voluntad no hizo otra cosa que seguir una senda
establecida.
¿Qué tan bueno es el bueno, que tan perverso el
malo? ¿Cómo tasar al hombre? Los hay buenos gracias a
263

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

su empeño, pero también hay a los que las buenas
acciones les nacen sin esfuerzo. Malos que en la maldad
se empeñan, y malos que no quisieran serlo. ¿Qué tan
culpable es el culpable? ¿Hasta dónde es el hombre
responsable de sus actos? Tuve entonces la impresión de
que la virtud era más don que esfuerzo propio. «Si se
ama al prójimo por vocación, sin exigencia –me dije–,
igual puedo pensar que se obra mal cuando se claudica a
pesar de todos los esfuerzos». Lo que me molestaba de
ese razonamiento era que rebajaba a su mínima
expresión la responsabilidad del hombre en sus acciones.
Como quien dice que se puede proceder mal por una
predisposición que hace caso omiso de la voluntad. Me
sentía enredado en un sofisma, porque por primera vez
en mi vida creía que podía existir una predestinación
para lo que se es y lo que se hace. Y la libertad aunque
nunca la había creído un absoluto, me resultó tan
relativa, que la sentí minúscula y casi inexistente. Era
increíble. Mis reflexiones ante la muerte me estaban
llevando al determinismo que siempre rechazaba. Tras
una vida convencido de la soberanía de mis acciones,
debía reconocerme un títere que había seguido, al pie de
la letra y sin darse cuenta, el libreto que el destino le
había especificado: Habían sido las circunstancias, más
que mi voluntad, la causa de mis determinaciones. Y
recordé que algún día le dije a un estudiante para
afirmar la responsabilidad de la humanidad en sus
maldades, que el hombre se inventó al diablo como
cabeza de turco de su bellaquería. Él, en unos
extravagantes silogismos a los que poca atención puse,
concluyó que nadie es bueno ni malo, que sólo obra
guiado por defectos y cualidades dados por la naturaleza,
luego sobran el cielo y el infierno, el premio y el castigo.
Siento en medio de mis reflexiones que no he estado tan
lejos de aceptarlo.

264

SEGUIRÉ VIVIENDO

Después de un receso de varias semanas Aminta volvió
a estar al cuidado de José. Lo encontró caquéctico,
completamente descarnado, forrado por una piel
consumida, que llamaba la atención por su color
amarillento, producto de una ictericia que era más
evidente en sus escleras. En su mirada refundida en el
fondo de sus órbitas, a donde habían ido a parar sus ojos,
Aminta adivino el presagio inconfundible de la muerte.
José bromeó para hacer sentir en confianza a la
enfermera, ella le contó las incidencias de su nuevo
trabajo y le ofreció cambiar algunos turnos para volver a
acompañarlo. Eleonora se despidió tranquila, sabiendo
que dejaba a José en las mejores manos. Entonces
Aminta y José volvieron a dialogar como antes, cual si
reanudaran
una
conversación
abruptamente
interrumpida.
–De pronto la manipulación genética redima al
hombre de la enfermedad y la vejez, y le prolongue la
vida indefinidamente. ¿Pero lo hará feliz?
–Pues normalmente, don José, quien recupera la
salud, está dichoso.
–Bien lo dices, quien la recupera se siente feliz,
pero quien nunca la ha perdido pienso que ni la toma en
cuenta. Creo que la abundancia y la satisfacción tienen
en el hombre un efecto paradójico. Sin una necesidad por
satisfacer el hombre muere, se acaba el sentido de la
vida.
–Dicen que quien lo tiene todo se enloquece o se
suicida. Que somos más felices quienes nos contentamos
con pequeñas cosas.
–Así es de subjetiva la felicidad, Aminta. Se
alcanza con detalles que se menosprecian por pequeños.
Se consigue aún con el dolor, que encarna la dicha
infinita de un sacrificio por el ser que amamos. Alguna
vez escribí que la felicidad es un anhelo absurdo que una
gota sacia, pero no se colma con la vastedad del mar. O
265

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

como dijera Chateaubriand: «La verdadera felicidad
cuesta poco; pero si es cara, no es de buena especie».
–Don José, es la sabiduría de Dios, que nos
concede motivos asequibles de dicha a quienes carecemos
de fortuna. Y pensar que hay quienes dicen que la
felicidad no existe.
–Sólo conceptos. Cuestiones de semántica. La
felicidad no existe si pretendemos verla como un estado
absoluto y permanente. Es más, si fuera así, de su
existencia no nos daríamos cuenta. Es su fluctuación, su
inconstancia, sus más y sus menos, su alternancia con la
tristeza lo que nos permite descubrirla y disfrutarla.
–Pero para sentirse feliz deben ser más notorios,
los momentos gratos.
–Estoy de acuerdo. Pero el gozo y el dolor son
subjetivos. Es el interesado el que los califica. La
felicidad es un estado interior, no siempre depende del
entorno, estoy convencido de que nosotros mismos somos
sus artífices.
–Es una lucha ardua como para librarla
eternamente. Le confieso don José, que a mi edad morir
no es tan terrible. Hasta entiendo a tantos ancianos que
se dicen rendidos con la vida y hablan esperanzados de
la muerte. Seguro que de jóvenes debieron soñar con ser
eternos.
–Opino que sin felicidad la inmortalidad carece de
sentido. Y como la dicha es esquiva, la inmortalidad
sería una adversidad como para implorar la muerte.
¡Vaya contradicción, Aminta! La vida es corta, pero la
inmortalidad es demasiado larga. Me basta imaginarme
eternamente en este mundo para regocijarme con mi
padecimiento. Cuando conocí mi enfermedad quise
imaginar que pasaría si no muriera. Me vi luchando
constantemente por sobrevivir, con la incertidumbre de
poder conseguir el pan del día, sin la ilusión de un
reposo permanente, sufriendo, paso a paso, envejeciendo
y enfermando, con un cuerpo cada vez más adolorido y
266

SEGUIRÉ VIVIENDO

más cansado. Fue una horrorosa pesadilla que me aferró
a la muerte. Si parto ahora mi saldo es favorable: viví
feliz y viví lo suficiente. Me marcho satisfecho, como un
comensal saciado, como un turista que disfrutó su viaje.
Pienso que fui feliz porque amé más que odié, porque
retuve en mi memoria más los momentos gratos que los
tristes, porque le resté importancia a los sufrimientos y
reveses, porque algo bueno traté de encontrar en los
sucesos diarios, y algo gratificante en todo cuanto hice;
porque me amoldé al destino y le di un sentido a mis
acciones.
–Dicen que es mejor asegurar el Cielo sufriendo en
esta vida. ¿Algo tendrá de cierto?
–Aminta, eso es mentira. Bueno, nadie conoce el
más allá. Pero no encuentro fundamento a semejante
raciocinio. Advierto que el hombre está hecho para la
felicidad, pero tiene por destino el sufrimiento. Creo que
esa contradicción es la que lleva a algunos a renunciar a
la felicidad, a aceptar estoicamente aquí los sufrimientos
y las privaciones, y a soñar con alcanzar a través de ellos
la felicidad en otro mundo. Otros nos negamos a
renunciar a la conquista de la felicidad y asumimos un
comportamiento que resultará hedonista para aquéllos.
Muero con el convencimiento de que el gozo terrenal no
es una aspiración que pueda despojar al hombre de la
gloria eterna.
En boca de un moribundo suscitaba sosiego ese
discurso. A Aminta le pareció tan aleccionador que pensó
llevarlo a otros desahuciados agitados con el final
cercano. Al término de su enfermedad encontraba José
placidez en medio de su estado, se habían disipado la
vacilación y las dudas que a nadie estuvo dispuesto a
confesarle. Su tranquilidad era por fin completamente
cierta.

267

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

FEDERICO CASTAÑEDA
Pasar por el filtro de la razón los textos que se
deslizaban por mis manos fue un ejercicio rutinario.
Diría que es una obligación de todo ser que piensa. Por
eso me atreví a ser crítico con cuanto texto conocí con el
calificativo de sagrado. Al comienzo no lo creí ni
irreverente, con el tiempo me di cuenta que con ciertas
creyentes llega a ser un ejercicio peligroso. Hay que ver
como se avivan en nombre de Dios la intolerancia y los
resentimientos. Lo hice y me siento bien librado, es más,
disfruto el recuerdo de aquellas discusiones. Me metí con
lo sagrado porque siempre creí que su origen tiene
mucho de profano. La irascibilidad de los dogmáticos me
privó de sus argumentos para rebatir los míos; la
nobleza de otros contradictores me suscitó la vergüenza
de estar siendo atrevido. En últimas compartí mi
pensamiento con los que como yo pensaban, y con unos
pocos dispuestos a dar con las armas de la razón la
batalla por lo que creían.
–Tal vez usted, sumido en el apego ciego a la
palabra deja pasar inadvertidos los yerros de las
Escrituras –recuerdo haberle dicho a un pastor que
trataba de aleccionarnos en una sala de recibo.
Todos éramos extraños, pero él nos abordó con una
naturalidad que pareció insolente.
–La palabra de Dios no se cuestiona –fue toda su
respuesta.
–Ni para qué hablar de la creación del mundo –
continué–, opuesta a toda la evidencia de la ciencia.
–Es usted un arrogante –me dijo descompuesto–.
Ante la palabra divina la inteligencia es necia.
–Si juzgara que es divina esa palabra, créame que
no la pondría al alcance de mi crítica.
Entonces mis vecinos de silla me hicieron caer en
cuenta del absurdo enfrentamiento. Me sonrojé. Me sentí
necio y camorrista. Abstraído en mi propia mortificación,
268

SEGUIRÉ VIVIENDO

recuerdo escasamente que el hombre se marchó
recriminando mi incredulidad. Mi vecino más próximo
notó mi turbación y sutilmente compartió mis críticas.
Me dejó hablar de las parábolas y los evangelios, tan
ansioso como me veía de sustentar mis raciocinios. Le
pareció posible que los evangelistas hubieran trascrito
imprecisiones, confundido y tergiversado como cualquier
hombre que aporta un testimonio. Y me permitió
expresar con libertad todo tipo de opiniones. Resalté
como magnífica la defensa de la Magdalena y como
formidable la sentencia que cohibió a los pecadores de
lanzarle la primera piedra. «Ese sí es un episodio bien
contado –le afirmé–, porque es creíble. Es el ingenio que
uno espera de una mente prodigiosa, cristalizado en una
advertencia sencilla pero aleccionadora; en cambio me
defrauda la parábola de los talentos». Y me tocó
explicarle que en ella Jesús condena al temeroso que
guardó con celo el dinero puesto a su cuidado, y elogia a
quienes invirtieron y ganaron. «Y si hubieran perdido,
¿igual de contento estaría el amo? Ese puede ser el
ejemplo de un relato mal entendido o mal contado».
Años después, ese vecino llamado Federico, que
terminó por contarse entre mis mejores amistades, me
confesó que en aquella oportunidad más que ser solidario
con mis opiniones, que poco le importaban, quiso ser
solidario con mi desdicha momentánea, al verme
avergonzado por un enfrentamiento que yo mismo había
buscado.

La

homosexualidad fue para José un tema más bien
frívolo, por lo que pocas veces fue un motivo para
tratarlo en sus columnas. El blanco de sus críticas fue el
proceder humano, y en este caso el individuo no era
culpable sino víctima de su condición. Sin embargo,
269

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

algún día, el despliegue sobre el matrimonio entre
homosexuales le hizo tomar partido.
Era una materia para tocar con pinzas, un asunto
serio, pero que en privado le provocaba risa. Comenzó
por preguntarse: «¿Qué puede haber más estrafalario
que dos personas de un mismo sexo contrayendo
nupcias?» Y a sus ojos pasaron risibles escenas del show
de Benny Hill, el humorista inglés, en que un novio se
espantaba al descubrir tras el velo de la prometida un
rostro barbado, y bajo el vestido de novia el relieve de un
bulto masculino. Era el uso del absurdo en beneficio del
humor. Una licencia válida del comediante. Pero lo
grave, ahora, era que el absurdo amenazaba apoderarse
de la realidad. Se pasaba de la payasada al drama.
Pensó que de pronto era la misma payasada, con
consecuencias diferentes. «Nadie merece derechos por
ser homosexual sino por ser humano». Y volviendo a la
pregunta dijo para sí: «Sintetiza todo cuanto pienso, pero
resulta hostil para iniciar una columna». La eliminó.
«Ha pasado a la historia el tiempo en que lesbianas y
maricas fueron discriminados». Le sonó peyorativo,
prefirió escribir homosexuales. «Tal vez deba decir en la
historia reciente. Porque la homosexualidad fue
aceptada en la Grecia antigua y en el imperio romano
tolerada». Mencionó que en el siglo XIX fue considerada
enfermedad con base en los estudios de Krafft-Ebing, un
neuropsicólogo alemán, que introdujo la patología sexual
científica. Enriqueció un poco más su escrito con
historia: «Pero en 1973, con el respaldo de la Asociación
Psiquiátrica de Estados Unidos, la homosexualidad salió
de la lista de las enfermedades de la mente». Creyó que
resultaba muy condescendiente: ¿Quién iba a imaginar
que en el meollo de la columna estaba su aversión al
«sexo diferente»? Así que arremetió contra la adopción de
niños por parejas homosexuales, la principal razón por la
que las aspiraciones de ese tipo de personas le
resultaban peligrosas. Citó a Freud quien consideró la
270

SEGUIRÉ VIVIENDO

homosexualidad como consecuencia de la falta de un
progenitor del mismo sexo; sentó hipótesis sobre la
identificación del niño con sus padres; defendió el
derecho de los niños a un hogar natural con padre y
madre; enfatizó las leyes de la naturaleza, que no dan
hijos sino a parejas de individuos de diferente género; y
atiborró el borrador con todo tipo de razones. Citando
pros y contras, el escrito aunque polémico, le pareció
objetivo.
De los homosexuales también le fastidiaba a José
su sensibilidad extrema y su insolencia. «Estamos
pasando de la intolerancia total a la condescendencia
extrema; de la persecución a la minoría, al sometimiento
por la minoría. [...] En la defensa de su condición los
homosexuales muestran tal intemperancia que
prácticamente invierten el concepto de normalidad, al
punto que quienes no somos maricas, seremos los que en
el futuro tendremos que ocultarnos». Sin embargo a sus
sentimientos no los dominaba la homofobia. Se dio
cuenta que estaba respondiendo a la provocadora
insolencia de los homosexuales más desfachatados, así
que moderó las expresiones y resaltó la sensatez de
aquéllos que obraban con prudencia, que confinaban a su
vida privada el desarrollo de su inclinación, y vivían en
armonía y sin escándalos. «Ese comportamiento
respetuoso –escribió– no merece menos que la respuesta
considerada de la sociedad, comenzando por la tolerancia
y terminando con el reconocimiento de sus capacidades.
Porque debemos admitir que la genialidad de muchos de
ellos enriquece la cultura universal». Cuando revisó el
artículo le encontró las curvas de una carretera
peligrosa, cambios de dirección en que una embestida
terminaba en un gesto comedido y una aprobación
antecedía una crítica mordaz. Defensores como
adversarios de los homosexuales habrían de encontrar
en esos párrafos motivos de satisfacción y de disgusto, y

271

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

argumentos para mantenerse en su postura, por eso
pensó José que su creación era objetiva.

EL MÁS ALLÁ
Esta vez enfundados en sus impecable túnicas los
seres revelaban con perfección la nitidez de sus
facciones. No eran como otras veces figuras difusas
emergidas de la bruma. La niebla estaba ausente y como
en un día soleado todo lucía impecable y luminoso. El
ambiente daba a los mantos una tonalidad azul, clara y
tranquila. Enfundado en uno de aquellos hábitos
descubrí a mi padre. Siempre había tenido la curiosidad
de saber como sería: ¿Lo descubriría muchacho? ¿Acaso
más viejo de cómo lo había dejado? Para mi sorpresa era
el mismo del último día en que me acompañó en la
Tierra. En un abrazo estrecho nos fundimos. Luego vino
un silencio interminable en que sobraban la palabras
porque de alguna otra manera estaban dialogando
nuestras almas. Guiado por mi padre me fui acercando a
un viejo profesor de mi colegio. «¡Muchacho!», me dijo con
sorpresa. ¿De dónde me ve como un muchacho? Vi mis
manos y encontré las manchas y las arrugas de los años,
pero mi maestro repetía «muchacho», como si no se
percatara de que lo aventajaba en años. Su juventud
frente a mi edad me despojaba del temor que un día le
tuve. «Muchacho, sí, porque así quedaste en mi memoria.
Aquí la percepción depende del último recuerdo que en el
mundo que nos antecedió tuvimos». Y me dijo: «No me
temas –recordando el sobresalto que cuando era niño me
infundía–, aquí no hay más que seres bondadosos,
porque el remordimiento nos sume en la tristeza, y a
este paraje hemos sido llamados para ser felices».
De la mano de mi padre, que parecía mi hermano,
me fui adentrando en un mundo extraño y fascinante. El
272

SEGUIRÉ VIVIENDO

bien estaba asegurado bajo el precepto de quien causaba
daño se penaba a sí mismo con las congojas de su
arrepentimiento. Le insistí a mi padre que me develara
los misterios de ultratumba. Sin aclararme nada me
llevó a un paraje lleno de balcones, una mirador, al que
me invitó a asomarme.
–Estos –me dijo– son los que creían en el infierno –
y me señaló un profundo abismo convertido en horno–.
Si miras bien, no todas las llamas son iguales, el suplicio
es diferente dependiendo del grado de sus faltas. Y
aquellos –dijo señalando en el balcón contiguo– son los
que negaron la vida tras la muerte, los que no creían en
Dios ni en la inmortalidad del alma.
Me esforcé por descubrirlos en el lugar oscuro y
silencioso que mi padre me mostraba.
–No busques más, no existen, son los dominios de
la nada.
Más allá me mostró un mundo idéntico a la Tierra.
–Ese –dije– es el mundo del que acabo de alejarme.
–Te equivocas es el universo de quienes murieron
creyendo en la reencarnación.
–¿O sea que el más allá –debí llamarlo más acá–
no es el mismo para todos?
–La fe –respondió– no es una creencia vana. En
este reino estamos los que creímos en la magnanimidad
de Dios.
Cómo me hubiera gustado continuar con la
revelación onírica, pero la inyección que me aplicó en la
vena la enfermera me provocó un ardor que me sacó del
sueño.

Mientras

que los cambios físicos de José eran casi
impalpables para Alicia que visitaba a José
constantemente, para Piedad que con menos frecuencia
lo veía, eran conmovedores. De cualquier manera para
273

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

ambas la pérdida del aliento de su amigo era ostensible,
y se reflejaba en su voz tenue y sus jadeos, y en los
silencios que distanciaban sus palabras, que finalmente
se advertían a través de la línea telefónica que había
llevado por meses una voz vigorosa que no parecía salida
de un cuerpo tan enfermo.
Hablando con Piedad, José reconoció que su
animosidad se había aplacado. Y alentado por ella dejó
conocer sentimientos que poco revelaba en sus escritos,
que traslucían cierta comprensión por lo que criticaba y
buena dosis de indulgencia, y hasta de amor, por quienes
habían sufrido la arremetida de su pluma.
Le confesó a Piedad que en el paroxismo de su
crítica a la educación había afirmado que los colegios no
pasaban de simples guarderías, odiosas, además, por sus
exigencias desmedidas; y que tenía la convicción de que
su trascendencia en la formación de los muchachos no
era más que una trillada aseveración trocada en dogma.
–La formación por ley natural es tan pasiva, que se
da imperceptiblemente, copiando paradigmas, sin mayor
imposición, por pura influencia del entorno. Es que el ser
humano llega al mundo más perfilado que lo que los
padres y docentes piensan. El germen de la formación lo
trae consigo. Por ignorarlo ha de ser que la mayoría de
los formadores se confunden.
Y cuando esperó Piedad un juicio implacable a los
responsables de esa mala educación, José se mostró
inusualmente compasivo, excusó a los maestros de las
fallas, y elogió sus sacrificios y virtudes. Y tuvo palabras
para reconocer los desvelos de los que fueron sus
maestros. Más aún, aseguró que las políticas eran las
culpables de los yerros, y los culpables de las políticas,
obviamente los políticos, para los que no alcanzó tanta
indulgencia.
–Cuando la mayoría de las actividades humanas
demandan virtudes, el ejercicio de la política requiere

274

SEGUIRÉ VIVIENDO

imperfecciones; carencia intencional de muchas
cualidades.
Admitió, sin embargo, que podía haber hombres
honestos y de buenas intenciones extraviados en esa
ocupación.
Habló de todo y se refirió a la dureza de la vida,
pero reconoció que en medio de las adversidades se
disfruta.
–Dirás que me estoy arrepintiendo de todo cuanto
he escrito. ¡Pues no es cierto! Me mantengo en cuanto
reprobó mi pluma. Pero como humano común y
perfectible, reconozco que en las diferencias a todo
concepto lo asisten sus razones; en lo perverso todo es
susceptible de perdón. Para concederlo basta el
arrepentimiento, que reconoce el daño y frena la maldad.
Y como si estuviera rindiendo unos descargos, fue
recordando controversias y contradictores, y dando
explicaciones.
–No escribí contra el matrimonio impunemente, no
lo hice con inquina, más bien con desilusión y con
tristeza. Con la tristeza de que los sueños más tiernos de
las parejas se malogren. Si de veras el matrimonio se
pudiera mantener hasta la muerte, jamás hubiera
afirmado lo contrario. Hasta entre los fundamentalistas
es un secreto a voces que la monogamia es contranatural
y el matrimonio no funciona.
–Las amantes en tu caso tampoco funcionaron.
–Las dichas del enamoramiento son fugaces. Sólo
el verdadero amor, que es el que sentimos por el prójimo,
perdura. Ese amor es el que me une a ti, y el que siento
por Alicia. Pero de mis amantes no tengo un mal
recuerdo. Mis pasiones y mis sentimientos más tiernos
los viví con ellas. Por el contrario, las gazaperas más
memorables se las debo al matrimonio.
–Tu desparpajo al referirte a lo carnal siempre
ocultó la dulzura con que trataste a las mujeres. Tu
filantropía fue encubierta por la rudeza con que
275

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

describías la realidad. Tantas protestas no siempre se
entendieron como tu preocupación por un mundo más
humano para todos.
–Tendrás que dar tu testimonio cuando mi
pensamiento sea malinterpretado. Ya no dispongo de
tiempo para redactar aclaraciones. Si no hubiera sido
perentorio en mis conceptos hubiera resultado más
amable, pero menos de tomar en cuenta. En una obra
dedicada al moribundo una frase de Rabindranath
Tagore me impresionó más que todo el libro. Decía el
hindú que los hombres son crueles, pero el hombre es
bondadoso. Así tal vez se explica que siempre haya
sentido más enfado con la acción que con el responsable;
y que muy pocas veces tomara por enemigo al blanco de
mis críticas. Definitivamente las razones de un hombre
adquieren otra dimensión cuando se le conoce.
–Sin darte cuenta es un juicios que te haces de ti
mismo.
Había verdad en ello. Sus escritos pocas veces
denunciaban sus flaquezas. En sus textos las mujeres
sólo pasaban por el cedazo del deseo, pero en la
intimidad las trataba como una porcelana, con tal
delicadeza que se volvió obsesivo su temor de
lastimarlas. Piedad conocía ese tacto de José para llegar
al corazón sin hacer daño; lo había vivido en los años en
que la pretendió, y lo recordaba en una anécdota de las
tantas que en sus confidencias José le había contado. «A
mí no tienes que rogarme, pues mi razón me dice que
eres una mujer maravillosa; tan llena de virtudes, que si
de mi dependiera ya me hubiera enamorado. ¡Ruega a
Dios! ¡Ruega al destino! ¡A mí nada tienes que
implorarme! La decisión de enamorarme es por completo
ajena a mi mis deseos», le dijo a una mujer por él
encaprichada, a quien no podía querer por más que lo
intentaba.
Cuando a los puritanos les llegó su turno le confió
a Piedad que aunque lo exasperaba oírlos pontificar de
276

SEGUIRÉ VIVIENDO

todo sobre lo que no hay certeza, cierta certidumbre
albergaba de la bondad intrínseca a su fe.
–Desaparecidos los tormentos con que castigaban
antaño a herejes y pecadores, los siento hoy más tontos
que dañinos. Gente de bien, honestamente pienso,
crédulos y testarudos.

ENTRE EL FUNERAL Y LAS CENIZAS
La escena era surrealista. El auditorio estaba
colmado; los asistentes de impecable traje negro,
circunspectos y en silencio, parecían esperar que la gala
comenzara. Busqué con la mirada el foso tratando de
encontrar la orquesta. No existía; en su lugar se
distinguía una cripta. Delante reconocí un atril, y en el
atril un extraño director de orquesta encubierto por la
niebla. Entonces me aproximé entre avergonzado y
aturdido por el eco de mis pasos, que resonaban en el
silencio sepulcral, y sorprendido me topé en el lugar del
atril con un altar, y frente a él con los ornamentos
púrpura del conductor, que era en realidad un sacerdote.
Levanté mi rostro buscando su mirada y tuve la
sensación de estar contemplándome al espejo. Eran mías
sus facciones y suyo mi semblante. Al rehuir aquel
inexplicable espectro tropecé con un mueble engalanado
con muchas flores blancas. De caoba oscuro y madera
labrada, tenía en su superficie una ventana aún no
cubierta por los lirios. Miré a través y vi mi propia
imagen, más que dormida: cérea, inmóvil. Con náusea
me alejé del féretro. Como en un vértigo violento todo
comenzó a girar. Todos los rostros me pasaban frente,
uno tras otro se sucedían como los postes apilados por la
velocidad del tren. Veía los de los concurrentes, el del
sacerdote, el del difunto, todos eran uno: el mío, el del
extinto. De pronto retumbó en la catedral la voz del
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

padre. También era la mía. «El político influyente se
convertirá en ceniza, como la mujer bella que pone a los
hombres a sus pies, como el millonario omnipotente que
compra hombres y conciencias, como el escritor famoso,
como el militar imbatible, como el criminal temible, como
los matones que se sienten dueños de la vida, como tú y
como yo. Todos nos convertiremos en ceniza». «Ceniza es
ausencia, polvo... es nada», dije con regocijo mientras
escuchaba la proclama contra el encumbramiento
desmedido de los míseros mortales. ¡Qué así se pague la
soberbia: con la insignificancia! Y comenzó a rondar mi
mente la reflexión de un imposible: era absurdo pensar
si estaba muerto.
Progresivamente un dolor sordo se fue haciendo
conciente y finalmente me sustrajo de la especulación
onírica. Los quejidos involuntarios pusieron en alerta a
la enfermera. Preocupada se acercó y me preguntó su
causa. Entre dormido y despierto recuerdo que no
atinaba a responderle. Cuando estuvieron atentos mis
sentidos le expliqué que era el dolor de siempre. De
inmediato llamó a la central de enfermería y en cuestión
de minutos apareció la jefe con una bandeja en la que
venía una jeringa cargada de un analgésico que me
aplicó en la vena. Cuando el dolor se puso en retirada,
retomé el hilo del sueño interrumpido. Me pregunté:
¿Quién tiene la razón? ¿Quien solamente vive en función
del poder y del dinero? ¿Quién en frenética carrera tras
la fortuna olvida disfrutar el mundo? ¿El trabajador
impenitente que termina siendo esclavo de su oficio?
¿Quien no se pierde uno solo de los placeres terrenales?
¿Quien sólo vive para los demás? ¿O quien siempre pone
a sus semejantes al servicio de sus intereses? «¡Cuántas
opciones! –dije–. Y todas correctas en boca de quien las
practica. Pocas sabias y juiciosas, por no ponderar el
riesgo que entrañan los extremos».
La vida tiene un límite, la muerte marca una
frontera más allá de la cual todo es incierto: todo o nada,
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SEGUIRÉ VIVIENDO

fin o infinitud. Atesorar más allá de nuestra existencia
en este mundo es insensato. Sacrificar satisfacciones por
intereses desmedidos tampoco es razonable. Nuestra
inversión en esta vida debe tener un equilibrio, y ese
equilibrio ha de tener por fin la satisfacción que
quisiéramos sentir en el momento de la muerte. Creo
que supe dosificar mis acciones como si administrara
una riqueza para que alcanzaran a satisfacer hasta el
último momento de mi vida. Esa tranquilidad me sumió
en un sueño tan profundo que desperté sin tener noción
de lo que había soñado.

La fuerza de José mermó al extremo de ser incapaz de
sostener su cuerpo. Cuando lo acompañó la fortaleza odió
la idea de ser prisionero de un camastro, ahora amaba la
cama de hospital que tenía compasión con su fatiga. Con
sólo incorporarse el desfallecimiento aparecía, pero la
molestia culminaba en goce cuando por necesidad se
desplomaba en la mullida colchoneta. Hundido entre las
sábanas buscaba algo amable que hiciera menos
exasperante el paso de las horas. Porque ya hasta leer lo
fatigaba, y escribir le exigía grandes esfuerzos. Sin
embargo se daba trazas para hacerlo. Dormir era en sus
postreras horas la actividad más indicada. «Dormir....
dormir, y que mi sueño se junte con el sueño de la
muerte». Así la imaginaba. «La muerte ha de ser un
sueño más profundo».
Cerró los ojos y se aferró de nuevo al placer de sus
recuerdos. «Lo bailao no me lo quita nadie», se dijo
mientras la evocación lo hacía ver activo y vigoroso.
¿Qué haría un moribundo sin memoria? La enfermera se
acercó a la cama y lo creyó dormido. Al caminar hacía la
puerta, los ojos de José se fueron tras sus pasos. Le
pareció idéntica, pero no era ella. Aún así, dejó que su
imaginación volara. Creyó estar frente a sus hermosos
279

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

muslos. Se empinaba más y más para alcanzar el libro.
La escalerilla en que se erguía le ayudaba a ser más
insinuante. Era la perfección de la creación atrapada en
unas panty medias. Pero no eran solamente sus piernas.
¡Toda era bella! Su torso oculto tras la blusa blanca, su
rostro juvenil, sus labios bermellón, sus vivaces ojos
negros; su pelo reluciente, que en cascada resbalaba por
sus hombros; su cintura y sus caderas, provocativamente
ceñidas por la minifalda.
–Lo siento señor.
–¿Disculpe?
–Que no he encontrado el libro. La edición está
agotada. Tal vez en quince días.
–No hay problema, no es urgente. Puedo volver.
Vendré todos los días.
–Tampoco es necesario.
Ensimismado en esa recordación hermosa, miró a
su alrededor y no descubrió más que las paredes que de
memoria conocía. Cómo le hubiera gustado sentir su
cercanía. Cerró los ojos, suspiró y volvió de nuevo a los
recuerdos. La sintió entre sus brazos y la estrechó; la
observó extasiado, recorrió su rostro y le dijo que la
amaba. Y se atrevió a besarla con pasión, como si en
realidad contara la dicha de tenerla.
Pilar era en aquellos días una bibliotecóloga recién
graduada, que frustrada en su aspiración de conseguir
trabajo en una biblioteca, se había empleado en una
pequeña librería. Tenía 24 años cuando la conoció José.
No tenía novio y tenerlo decía que tampoco la animaba.
No quería saber de hombres porque temía que la
distrajeran de su empeño de trabajar y conseguir dinero.
Pero José fue la excepción. Al fin y al cabo su posición
social cuadraba en sus proyectos.
A punto de dormir, y concentrado en alguna
remembranza, a veces conseguía José que el sueño por
venir reprodujera los sucesos que guardaba su memoria.
La evocación estaba a punto de convertirse en imágenes
280

SEGUIRÉ VIVIENDO

oníricas, dadas las ansias con que José lo deseaba,
cuando la visita del médico de turno truncó la fantasía.
Con la naturalidad de quien con un colega lo
comenta, el doctor le refirió que el examen que habían
tomado mostraba una hemoglobina demasiado baja.
–¿Cuánto es demasiado baja? –le preguntó José
que ya era versado en el asunto–.
–Cinco, señor Robayo.
–Como quien dice que me muero o me transfunde.
–Exactamente.
¿Tengo,
entonces,
su
consentimiento?
–¡Qué más hacemos! –dijo José, aunque sin estar
por completo convencido–.
Sabía que con ello prolongaba la agonía, pero
negarse era como repudiar el aire, o los líquidos que lo
hidrataban. Medidas básicas que difícilmente se dejan
de proporcionar o se rechazan. Prefería que la muerte
llegara de repente y sin pedir permiso. Tres bolsas de
sangre le aplicaron, y con ellas alguna energía recuperó
su cuerpo. «Valió la pena», pensó cuando de nuevo estuvo
enfrascado en su lectura. Pero un presentimiento le
anunciaba que era por breve tiempo.

ME REHÚSO A VOLVER
Las puertas se abrían una tras de otra al llamado
angustioso de mi alma. Pero algo había en mí que hacía
que inmediatamente se cerraran. El breve instante en
que el interior se exponía al escrutinio de mis ojos, me
ponía en contacto con un paraje tranquilo y agradable,
algo así como un paisaje campestre de la mejor factura.
Tras verme, el hombre bonachón que abrió la última
puerta me la cerró espantado. Mis perseguidores
corrieron tras de mí, y cada puerta en que me detuve en
busca de refugio fue una cuadra menos en que ellos
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

acortaron la ventaja. Un tridente ardiente empuñaba
cada sombra que me perseguía. Mi palpitación retumbó
al máximo cuando sentí que sus pasos se unieron a los
míos. Me lancé contra el última portón dispuesto a
traspasarlo por la fuerza, pero la puerta no opuso
resistencia y una sensación terrorífica, más pavorosa
que la persecución de los demonios, se apoderó de mí
cuando bajo mis pies no hubo más que un enorme vacío
que me precipitó a un mundo apocalíptico de enormes
llamaradas. Cuando la agónica caída estaba por
terminar en el ardiente foso exhalé un grito desgarrador
y me sumergí en las llamas. Su abrazo hirió mi piel y el
ardor intenso de la quemadura invadió hasta los más
recónditos rincones de mi cuerpo. Del fulgor de las
llamas pasé a una sinistra oscuridad. Sentí la angustia
de quien ha quedado repentinamente ciego y para
siempre.
Ese fue el sueño que le conté a Piedad. Me dijo que
era tonto, un sueño al fin y al cabo, porque un hombre
como yo jamás iría al encuentro de un lugar tan
espantoso.
–Por mal que te vaya la reencarnación existirá y
retornarás al mundo.
–Es otra especulación –le dije–-. ¿Quién hay que
pueda atestiguarla?
–Nadie tampoco hay que la niegue. De pronto es
mejor regresar a lo que ya conoces.
Podía ser cierto. Pero también me produjo
escalofrío. No me imaginaba rodando de cuerpo en
cuerpo en este mundo, y experimentando por siempre los
reveses de la vida. No pensaba sólo en la enfermedad y
en la vejez, sino en las cargas insensatas, en la
limitación del goce, y hasta en las exigencias necesarias.
Si había tenido dificultades mi existencia, pocas habían
sido frente a las imposiciones que afrontaban quienes
detrás de mí venían. ¿Qué sentido tenía volver para
soportar cada vez mayores exigencias? No sabía que
282

SEGUIRÉ VIVIENDO

destacar más con la modernidad, si el progreso
tecnológico o el menoscabo de la vida.
Repasé mis conquistas desde niño, reconociendo la
dicha de los logros; pero al reparar en el esfuerzo
demandado entendí que no estaba dispuesto a repetirlo.
Estaba en la cima, pero sin ánimo de volver a recorrer el
trecho andado. ¿Regresar para qué? ¿Para ser esclavo
del trabajo? ¿Para satisfacer las obligaciones inútiles que
se inventan los que mandan? ¿Para soportar la
prepotencia de la autoridad? ¿Para esquivar las
maquinaciones de mis semejantes? ¿Para esforzarme
más que lo que vale un logro? ¿Para vivir incertidumbres
constantes? ¿Para ver el triunfo de los pérfidos? ¿Para
ver desfilar las injusticias? ¿Para contemplar la
desvalorización de la vida? ¿Para sentir la
deshumanización del mundo? ¿Para ver al hombre
convertido en máquina? ¿Para echar por la borda mi
universo, acogiendo por la fuerza un mundo obnubilado
con la productividad? ¿Para disfrutar las migajas de la
felicidad porque el hombre arruinó la dicha de vivir?
No regresaré, y de lejos disfrutaré la hecatombe de
todos los imbéciles que cambiaron la placidez de la
creación por un ritmo frenético y competitivo, más cruel
que la selección natural de las especies.

Eleonora por reflejo se salía del cuarto cuando entraba
personal asistencial a realizarle a su padre algún
procedimiento. Prefería hacerlo por su propia iniciativa,
mucho antes de que la invitaran a aguardar afuera. Lo
hacían cuando lo bañaban, cuando le hacían la cama o lo
mudaban de pijama, cuando le cambiaban la sonda,
cuando lo trasfundían y en los momentos críticos
ocasionados por el vómito, el dolor y la hemorragia.
Aquellas vez una practicante en gesto solidario la
acompañó a la sala y se sentó a su lado. Le contó que se
283

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

llamaba Andrea, que estudiaba enfermería, que
realizaba prácticas en medicina interna y que estaba a la
espera de que llegara la instructora que debía asignarle
sus labores. Le relató sus tropiezos para obtener en la
universidad el cupo y resaltó la fuerza de su vocación
que no cejó hasta conseguirlo. Eleonora por su parte le
hizo un semblante de José, con el ánimo de que la
estudiante conociera mejor al paciente que de pronto
cuidaría esa noche. Primero fueron cuestiones generales,
pero pronto pasó a detalles familiares y anecdóticos.
–Nunca se opuso abiertamente a mis noviazgos,
aunque hubo muchachos que nunca le agradaron. Decía:
«Indaga más, conócelo mejor, no vaya a ser yo el
equivocado». Lanzaba así un mensaje casi subliminal,
con el que podía agrietar de forma irremediable una
relación que no valía la pena. Siempre con tacto
conseguía lo que los padres no logran habitualmente con
su intransigencia. No en vano en uno de sus apuntes
más mordaces asegura que para inducir la separación de
una pareja encaprichada hay que juntarla, porque la
convivencia siempre obra en favor de la ruptura. Igual
sostiene que nada es mejor que un amor imposible para
que perdure y materializarlo para que se acabe. Por
doquier hay en sus obras afirmaciones sarcásticas y
confesiones insolentes, que tratándose del amor se
multiplican. Indiferentes para un extraño, para mí son
la manifestación de su desesperanza. Siento que sus
sentencias también expresan algo de su desventura.
Andrea indagó entonces a qué se refería, y
Eleonora cayendo en cuenta de que estaba revelando los
asuntos privados de su padre le dio una explicación
incoherente y le cambió de tema. Le contó que la libertad
era para José el valor más importante, y que para ella se
había convertido en primordial con el ejemplo. Se
reservó que también había sido obra del autoritarismo
de su madre, sin cuyas cohibiciones jamás hubiera
confrontado la dicha de la libertad.
284

SEGUIRÉ VIVIENDO

–No es absoluta porque siempre está condicionada.
Y parafraseando a su padre prosiguió:
–Aunque somos libres de elegir, las consecuencias
de nuestras acciones limitan nuestra decisión y nuestra
voluntad termina sometida. Pero demostraciones de que
el hombre es libre las tenemos en todos sus excesos y en
su comportamiento nocivo, que riñe con la moral, se
enfrenta a la justicia o se expone a todo tipo de
adversidades y castigos.
–También en el idealista, que se arriesga a sufrir
por lo que sueña –dijo Andrea–.
Y fue el único momento en que intervino la
estudiante, porque el discurso, en tono solemne, derivó
en un soliloquio. Nada había por apuntar ante aquella
amalgama monumental de admiración y afecto.
–En el hombre justo, dice papá, la libertad y la
conciencia siempre juegan juntas. Pero también está el
amor en el eje de su filosofía. El amor, según él, enaltece
el comportamiento humano y atenúa la mortificación de
nuestros sacrificios, modula el egoísmo innato del
hombre, controla el impulso natural que hace prevalecer
nuestro felicidad sobre el bienestar de los demás y hace
que los sacrificios dejen de percibirse como tales. Y lo
sintetiza en un axioma: «Quien actúa sin amor siente
como tortura cuanto hace por sus semejantes, pero quien
ama, no siente desazón por sus desvelos, sino placer en
cada entrega».
Andrea, inhibida de atravesar palabra en el
monólogo, encontró la excusa perfecta para despedirse
cuando vio pasar a la enfermera que supervisaría su
práctica. Se despidió de afán, y Eleonora sola con sus
meditaciones, dirigió automáticamente sus pasos a la
habitación, con la esperanza que la parafernalia de la
transfusión ya hubiera terminado.

285

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

UN FINAL CERCANO
CERCANO
Tengo el presentimiento de un final cercano. En
sólo tres noches volverá la luna llena enfrente a mi
ventana, pero mis ojos que siempre se perdieron
buscando un efecto hipnótico en su silueta plena,
probablemente ya no estarán para admirarla. otro sueño
los habrá vencido.
Mi conciencia viene y va, me lleva de la realidad a
las tinieblas, y de las tinieblas a una deliciosa
somnolencia. Allí se confunden los recuerdos y el
presente en una realidad inverosímil, que rompe la
crudeza del instante lúcido. Debo confesar que me
esfuerzo para separar en mi memoria lo que vivo y lo que
sueño. No quiero ser un loco que confunde con la
realidad sus ilusiones y delirios. Al menos soy honesto al
revelarlo.
Hoy he visto una figura amable, de hábito negro,
que tomando mi mano con afecto me hablaba en tono
compasivo. Era como una sombra empeñada en
ayudarme en el trance de la muerte. No era Javier, debió
ser un delirio. No me he atrevido a preguntar quién era;
temo que me digan que estaba desvariando. Algo me dijo
que hizo brotar de mi memoria mi niñez y mis primeras
oraciones, mi primera comunión, las misas obligadas,
mis pláticas con Dios. Entre las brumas del sopor se
proyectó mi imagen: la del niño, la del joven, la del
adulto, la del viejo; inocente, pérfido, arrodillado, altivo,
sumiso, rebelde, contrito, desafiante, incrédulo, creyente.
Me sentí en el «lobby» de otro mundo, pero tranquilo, a
pesar de no saber qué me aguardaba. Pensé en la nada
como la mejor de todas las opciones. En medio de mi
alucinación vi al sacerdote orar, lo sentí aplicar algo
sobre mi frente, luego lo vi bendecir, doblar su estola y
por último marcharse. Y en vívidas imágenes reproduje
en segundos, como el casete que adelanta a velocidad
apresurada, los largos y atiborrados años de mi vida.
286

SEGUIRÉ VIVIENDO

Si desvarío ha de ser porque pocos instantes me
separan de la muerte. Tanta serenidad me asombra.
Más lamentable fue el trance en que debí aceptar el fin
ineludible a pesar de los arrestos de mi cuerpo. Pero
vencida mi humanidad a punta de dolencias, no he visto
en la muerte más que el fin del sufrimiento. Un
sufrimiento que por demás es soportable. Nuestra
naturaleza es sabia, agotado el combustible de la vida, la
parca no se teme, se desea.
Por mi imaginación cruza la compulsión de ser
espectador de mis exequias. Veo pasar un funeral, un
funeral como cualquiera. Imagino mi cuerpo sembrado
entre la tierra, pienso luego en mis cenizas esparcidas.
Jamás me importó el destino de mis restos. Más allá...
¿Más allá? ¿Cuál más allá? El más allá es mi realidad
más próxima. El más allá será en adelante el mundo que
abandono. Me figuro a Javier ante la concurrencia:
«Estamos despidiendo al padre intachable, al hombre
recto...» No dirá que a un gran esposo, ni a un católico
devoto, por más que se hable bien del difunto en todas
las exequias. Que de mí se diga la verdad. Fui lo que fui:
rebelde, hedonista, iconoclasta, crítico, fiel a mis ideas,
amante de la libertad y atrevido en la defensa de mis
causas. Poco importa el veredicto de los hombres, ya me
toca acogerme a la magnanimidad de Dios. Quizás tuve
el don de interpretarlo mejor que los demás mortales, sin
apasionamiento, sin melindre y sin excesos moralistas.

Los días prosiguieron en relativa calma y sin angustia.
La supervivencia, mayor que la pronosticada, le hacía
presentir a José que el fin estaba cerca; ni qué decir su
debilidad y su desnutrición extremas. Simplemente
esperaba que se diera alguna de las complicaciones que
en un ejercicio masoquista, meses atrás, había estudiado
como causas posibles de su muerte. Esas lecturas lo
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

enteraron de que podía sobrevenir un embolismo
pulmonar que se manifestaría por asfixia y un dolor
torácico severo, que podía morir desangrado de
presentarse en el tumor una hemorragia incontrolable,
también podría morir en sepsis. A todo estaba resignado.
Imaginadas terribles, las cosas iban resultando menos
malas que lo presupuestado. Aunque había detestado la
idea de confinarse, los amigos, la lectura y los recuerdos,
habían hecho el encierro tolerable. Habían hecho
llevadero el malestar del alma; como los analgésicos y
antieméticos potentes habían vuelto soportable los
sufrimientos corporales.
Aquella tarde entre las náuseas se coló la sangre.
Fueron al comienzo pequeñas bocanadas. La enfermera
se alarmó cuando descubrió que las heces parecían
carbón. La lividez de José denunció una anemia aguda y
peligrosa. Los galenos le ordenaron sangre pensando que
no hacerlo podría ser tomado como negligente. Uno de
los médicos le comunicó a Eleonora que el estado de su
padre era en extremo grave, tenía una hemorragia
masiva dispuesta a no transar con nada. Varias bolsas
de glóbulos rojos fueron ordenadas; pero tan rápido como
entraba la sangre, la seguía perdiendo. Le explicó que
pese a su gravedad no lo enviaría a la unidad de
cuidados intensivos, porque nada de lo que allí se hiciera
era para curarlo. Eleonora asintió. Le dijo que estaba de
acuerdo en que no fueran a prolongar artificialmente su
doloroso trance. El médico se alejó y Eleonora se sentó
en la sala de espera, desolada. Le habían dicho que le
informarían cuando pudiera regresar al cuarto.
Un doloroso sobresalto la persuadía de su
inminente ausencia. Presentía que en cualquier instante
le anunciarían su muerte. Instintivamente la tristeza
buscó refugio en su memoria. Momentos íntimos y
recuerdos felices evocaron a su padre. Se vio en sus
brazos, muy niña, estrechada contra su corazón; de
escolar, cruzando la calle cogida de su mano; de
288

SEGUIRÉ VIVIENDO

adolescente, bailando con él el vals de los quince años; de
bachiller, posando para la foto del recuerdo. Lo revivió al
borde de su cama, ahuyentando sus tristezas, velando en
sus enfermedades o despertándola de madrugada todas
las mañanas.
Vinieron a su mente sus consejos: «Cuántos
sicóticos discurren por la vida queriendo contagiar al
mundo su locura. Toda afirmación, hija, tiene pies de
barro. Digiere todo pensamiento, pásalo por el cedazo de
la inteligencia y sólo dadlo por válido si tu razón lo
acepta. No tragues entero. No hay normas ni modelos
impuestos por el hombre que no sean debatibles».
Recordó sus apreciaciones sobre la virtud y su
rechazo a todo lo dogmático: «La inteligencia percibe el
bien y el mal en una escala gradual, lejana al blanco y
negro de la tendencia maniquea. Diferencia el sacrificio
pertinente, del sacrificio inútil; el sacrificio conveniente
del superfluo».
Se acordó de sus disertaciones sobre el
matrimonio, uno de sus temas favoritos. Aunque eran
cáusticas, al presentarlas a Eleonora, las ironías se
transmutaban
en
lecciones
constructivas:
«El
enamoramiento afecta tanto como el amor, pero a duras
penas es una chifladura. Distingue el verdadero amor
porque perdura, porque es sosegado y generoso. [...] No
olvides que en el éxito del matrimonio cuentan la
afinidad de los temperamentos y la capacidad de
adaptación de la pareja. El carácter avasallador sólo
permite la convivencia con personalidades mansas. Dos
naturalezas dominantes convierten el hogar en campo de
batalla. [...] Nunca escojas a quien demande grandes
cambios en tu vida, porque cuando pase la “psicosis” del
enamoramiento, tus concesiones se habrán vuelto deber
por fuerza de la costumbre, y serán para ti un sacrifico
intolerable. No des nunca más de lo que serías capaz de
mantener por siempre y sin mayor esfuerzo. [...] Nunca
elijas a quien deba sacrificarse para adaptarse a ti. La
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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

mejor elección son los afines. Un buen matrimonio es
como un engranaje insuperable y se da naturalmente,
sin resistencia y sin esfuerzo. Contra la voluntad, nada
es feliz. [...] Son afines a ti quienes participan de tus
gustos y piensan como tú, quienes comparten tus hábitos
y tienen metas similares a las tuyas. Añádele
comprensión y tolerancia y encontrarás a tu pareja. En
el amor los polos opuestos a la larga se repelen. [...]
Nunca asumas la idiosincrasia que no tienes, ni
permitas que te confundan con actitudes y virtudes que
no son las reales. La pareja hay que aceptarla como es,
no como se quisiera».
Le mencionó la adversidad de la rutina, pero
omitió decirle que el cuerpo y el alma son parte de la
rutina misma. Lejos de insinuar un cambio de pareja,
como con frivolidad lo proponía, le contó que los
cónyuges distanciados por las obligaciones, viven una
relación más duradera. «Combate la rutina evitando que
la pareja te sature. Quienes menos se empalagan mejor
relación llevan, porque la ausencia destaca las virtudes
de quien nos hace falta». Y le habló de la infidelidad, sin
la inexorabilidad con que solía presentarla en sus
escritos. Por primera vez dijo muchos –y no todos– somos
infieles. Quería alertarla, no desilusionarla.
«Con mucha o poca justificación, con mayor o
menor remordimiento, con agrado variable y en desigual
medida, los hombres somos por vocación infieles. No
pienses mujer que tu hombre no te ama porque ha
saciado su pasión en otros brazos, es que fácil disociamos
el amor y el deseo, una audacia que no lográis vosotras».
Así era de perentorio cuando le presentaba la infidelidad
a los extraños, pero a su hija en pleno romance, fue
incapaz de hablarle con tal desesperanza. Le mostró los
hechos sin tomar partido, la previno contra una
infidelidad apenas hipotética, le descubrió las bondades
del hogar, y le reveló secretos para hacer frente al
hastío: «No conviertas en rutina lo que sin el efecto del
290

SEGUIRÉ VIVIENDO

amor harías con resistencia, porque cuando decline el
sentimiento, las cargas que sin esfuerzo volviste hábito
se transformarán en obligaciones insufribles. [...] Olvida
los celos, los gritos y las cantaletas».
¡Quién lo hubiera creído! Esperanzado con la dicha
de Eleonora le había planteado una tregua al
matrimonio. Pero de nada sirvieron los consejos, porque
con una mala unión las ilusiones de su hija igual se
malograron.
Eleonora pasó de los recuerdos a las culpas. Se
reprochó no haber estado más atenta de José y no haber
aprovechado su soledad para hacerle compañía. De
pronto habría podido, tras su separación, vivir de nuevo
con su padre. Pero era un remordimiento sin sustento.
Ambos amaban la independencia; la soledad no les
desagradaba.
La angustia consumió su tiempo, y cuando el reloj
marcó las dos de la mañana una enfermera se le acercó
para avisarle que ya podía volver al cuarto. La tétrica
corazonada que la asaltó cuando la vio acercarse se
desvaneció con el parte que le adelantó la auxiliar
presintiendo la pregunta:
–Está tranquilo, está durmiendo, sus signos son
estables.
En la habitación todo lucía impecable. Unas horas
atrás reinaba el caos en ese cuarto: El tendido blanco
bañado por el vómito, la silla y la mesa salpicadas, en el
piso dos charcos de sangre, José desvanecido, las
enfermeras buscándole las venas con apremio y el
médico colocándole la sonda en el estómago. Ya nada
delataba aquel trajín. Si acaso la sonda nasogástrica que
evacuaba la hemorragia digestiva y la bolsa de sangre
que gota a gota le restituía la que perdía.
–Otra unidad de glóbulos le ordenó el doctor –le
dijo la enfermera al abandonar el cuarto.
Eleonora se recostó en el sofá, cansada, sin
intenciones de dormir, dispuesta a cuidar el último
291

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

sueño de su padre. Tres horas después la claridad se coló
tras las cortinas. El sueño y la transfusión mostraban a
José recuperado. Eleonora en cambio traslucía en sus
ojeras la angustia de una noche interminable. A pesar de
su presentimiento se mostró satisfecha con la estabilidad
del cuadro clínico y esperó para marcharse que José
espontáneamente despertara. Cuando lo hizo bromearon
con los difíciles momentos por lo que habían pasado, y
aunque débil, José volvió a jactarse de su fortaleza,
fortaleza que nadie hubiera imaginado en dónde residía.
Con más cariño que nunca se despidió Eleonora, y le
puso en las manos su carpeta.
–¿De veras esperas que hoy escriba? –le dijo José
desconcertado.
–Claro papá, ya estás restablecido.
Pero ese era apenas un pretexto. Quería al volver
hallarlo vivo: cuando lo veía aferrado a sus apuntes lo
imaginaba a salvo, cual si esa agenda fuera el talismán
que lo ligaba al mundo.
Las siguientes horas trascurrieron en una
tranquilidad inusitada. La enfermera sin pronunciar
palabra cuidaba el dinamapp que daba cuenta de la
salud de su paciente. Ese aparato, que monitorizaba el
pulso y la tensión, rompía en cada ciclo el silencio que el
escritor necesitaba. Para completar el atentado contra la
introspección de la que debía nacer un pensamiento, seis
veces por hora el manguito se inflaba en el brazo de José
en una rutina al parecer innecesaria, porque en cada
toma repetía las mismas cifras, por demás normales.
José le pidió que lo apagara. En medio del desgano José
garrapateó algunas frases esperando que en algún
momento su inspiración se iluminara. Algunas ideas por
fin llegaron a su mente en blanco y las consignó en la
agenda, en medio de un sopor extraño.
Las alarmas del monitor nunca sonaron. Nunca se
supo que el equipo se había apagado por solicitud del
mismo enfermo y que la enfermera había abandonado a
292

SEGUIRÉ VIVIENDO

José creyéndolo dormido, cuando en realidad se estaba
desangrando.
Mientras la anemia sumergía a José en la
inconciencia, sus ojos se iban cerrando con placidez y sin
dolor, mejor que bajo el efecto de un analgésico potente.
A su imaginación, azuzada por la hipoxia o por la
muerte, llegó el olor de unos azahares. Se sintió frente a
un bullicio en medio de una bruma densa. Fue
rompiendo la niebla con sus pasos y pudo ver siluetas
confusas de las que emergían voces inconfundibles, voces
que él había dejado de escuchar por años. «¡Si te da
miedo no lo intentes!». Era Ernesto, su tío abuelo, el
viejo decrépito que José visitaba con apatía cuando era
niño. Estiró su mano pidiéndole que lo siguiera. José
vaciló, con el presentimiento de que al hacerlo su camino
ya no tendría retorno. Prefirió dar media vuelta y vio a
los suyos, a los vivos, a lo lejos. Se despedían agitando
las manos y expresándole en silencio amor y gratitud. No
eran sus voces, mudas por la circunspección; ni sus
labios, detenidos en una sonrisa enternecida los que le
transmitían a José el mensaje de aquellos corazones; era
un clamor extraño que resonaba en su interior, como si
un amplificador magnificara las ondas invisibles de la
radio. Entendió que tenía libertad para marcharse. Se
despidió también, agitando su mano en un adiós
inagotable; en un gesto para decirle a todos que en
idéntica forma los amaba, y que los guardaba en el mejor
rincón de sus afectos. Sintió deseo de avanzar en ese
mundo, que sin conocer, comenzaba a atraerlo con la
sensación de una dicha incomparable. Un sólo lamento
en el universo que dejaba lo hubiera detenido, pero nadie
lo reclamó. Ni siquiera Eleonora se atrevió a atajarlo.
Dentro de sí, sintió José que su hija resignaba su dolor
con la ilusión de que un día lo seguiría para vivir con él
eternamente. Repentinamente descubrió que se había
liberado de todos sus dolores y que había recuperado la
capacidad que había perdido. Su mente, incapaz de
293

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

distinguir ya entre lo real y lo ilusorio, percibía su
cuerpo renacido, libre de todas sus flaquezas. De nuevo
lo acompañaba el brío extraordinario de la juventud.
Giró entonces para ponerse al frente de su tío y
descubrió que ya eran cientos las manos que lo
reclamaban, más que las de sus deudos de este mundo.
Eran las de sus seres queridos que disfrutaban la paz de
los difuntos. Buscó en ellos a su padre persuadido de que
le ayudaría a dar en aquellos dominios, como lo había
hecho en éstos, sus primeros pasos.
Eleonora recogió la carpeta que día a día
acompañó a su padre, la misma que horas antes había
dejado entre sus manos. Estaba tirada bajo la cama,
semioculta entre los faldones de la cobija que caía del
lecho. Al abrirla encontró escrita de su puño una
sentencia, tal vez su despedida. Leyó la hoja, estaba
salpicada con manchas achocolatadas, sabía que era su
sangre. Una lágrima rodó por su mejilla. «Un escritor
debería morir con la pluma entre sus manos, porque
siempre hay un pensamiento que la alienta... [...] No sé
si es la sugestión la que fragua este sopor. ¿Será la
muerte este sueño profundo que me invade? Me siento
ligero, como con alas, volando al infinito... si muero... mis
razones seguirán viviendo».
–Papá... papá –le dijo Eleonora con ternura y cual
si esas palabras tuviera el don de despertarlo.
Tras un largo silencio tomó sus manos
entrecruzadas sobre el pecho y céreas, las acarició. Besó
sus mejillas y su frente, y cubrió por último su rostro con
la sábana.

294

SEGUIRÉ VIVIENDO

ÍNDICE
Pág
Prólogo
3
A enfrentar la muerte y a disfrutar la vida
5
Hedonismo ante la muerte
7
El moribundo piensa en conciliarse
10
La búsqueda de la verdad y lo correcto
12
José descubre que su cáncer científicamente es fascinante
19
Lo que va del sueño a lo real
24
Entre la amante y un matrimonio mal llevado
27
¿Qué es el pecado?
29
Las batallas conyugales
32
Las contradicciones del corazón de la mujer
34
José y Javier, unidos por la amistad y separados por el dogma 36
Entre la salvación y el sufrimiento
42
Por temor a la muerte se ama la vida
45
Joaquín y José, entre pícaros y filosóficos
47
El germen de la infidelidad
51
Ni conservadurismo extremo ni culto al ser humano
54
Para todas las religiones es el Cielo
56
El concepto de placer
59
Las navidades y la reminiscencia del dictamen
61
El último prólogo
65
La nostalgia de un amor duradero
66
Muerte y bondad: objeto de mis sueños
68
Los peligros de la sociedad y del Estado
72
Eutanasia
75
Pensar en la muerte es saludable
79
Lo que el hombre oculta
81
Indefectiblemente el hombre es religioso
84
Mariana
87
Ideario del moribundo, mus máximas y frases incisivas
94
Un juicio en mi inconsciente
103
Conflicto entre la razón y las creencias
105
El estoicismo
110
Feminismo absurdo y feminismo razonable
113
Nunca sojuzgado
115
El doloroso mundo de las calles
117
Mi superyo onírico
120
295

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

El demonio es el hombre
Mujer, sexo y ternura
El mundo por descubrir no es el soñado
¿Terminé amando la vida?
Fustigar al poder, como defender la autoridad, es necesario
Juicios de Dios y de los hombres
Una tarde hablando de infidelidad, de instinto y de pareja
Irma y el conocimiento del amor
La caja gris de las amantes
Lo mejor, la infancia
Un pensamiento lleno de contrastes
Nunca se pierde la esperanza
Educar no es formar. ¿Es la enseñanza un proceso en
bancarrota?
Alicia
Nuestro mundo: lo que tenemos más a mano
En lo íntimo, ni la religión ni la moral
¿Cómo será la muerte?
De la laparoscopia a la postración definitiva
Una soledad desgarradora
El mundo subjetivo de la felicidad
La Biblia, entre el mito y la verdad
La virtud y la belleza
Todo es cuestionable, todo es relativo
Un deterioro imperceptible
Los dogmas, el placer y el sexo
El triunfo de la medicina
La Biblia, ¿palabra de Dios, o de los hombres?
Al fin frente a la muerte
Amantes platónicas y amantes mundanas
La hipocresía y las prostitutas
La infidelidad tiene razones
Javier
El puritanismo y la absurda represión del placer
Sarcasmo con el arte
No existe el enamoramiento eterno
La igualdad
La absurda prepotencia del adulto frente al joven
¿Albedrío o determinismo?
Sin felicidad la inmortalidad carece de sentido
Federico Castañeda
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122
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268

SEGUIRÉ VIVIENDO

La homosexualidad
El más allá
Con la enfermedad la crítica se volvió indulgente
Entre el funeral y las cenizas
La dicha de evocar
Me rehúso a volver
Mitigando con recuerdos la tristeza
Un final cercano
El instante supremo

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LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

ISBN: 978-958-96366-4-0
Primera edición: 2007

© Luis María Murillo Sarmiento
l_murillo@latinmail.com

Derechos reservados

Carátula: Cementario Central de Bogotá
Foto del autor.
Impresión
Cargraphics S.A.
Una empresa Carvajal
Av. El Dorado No. 90 – 10
Pbx: + 57 (1)410 49 77
Bogotá D. C. 2007

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