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LA OBSERVACIÓN DE LOS FENÓMENOS DE LA PUTREFACCIÓN

Ahora corresponde observar y estudiar para poder describir y concluir acerca de los signos o fenómenos cadavéricos presentes. Lacassagne, el gran maestro de Lyon, refiere que la muerte está caracterizada “no por un solo signo, sino por un conjunto de signos que prueban la paralización de las funciones, la ruina de los órganos, la desaparición o extinción de la vitalidad de los tejidos”. Una vez acaecida la muerte, el cuerpo humano sufre una serie de cambios que permiten, cuando son interpretados correctamente, establecer una cronología evolutiva de importancia medico-legal y de trascendencia en la investigación criminal. En efecto, se trata de los signos o fenómenos cadavéricos que se producen en virtud de los cambios físicos, químicos y estructurales. Estos fenómenos son de suma utilidad, y por esta razón adquieren mucha mayor importancia cuanto más rápido o precozmente son determinados por el médico legista. En todos estos fenómenos, tienen importancia distintos factores. Ellos son:

Las características individuales del fallecido (sexo, edad, talla y peso, así como la superficie corporal); por esta razón la evolución de los signos será distinta en el cadáver de un niño que en el caso de un adulto joven.

Amiente en el que se encuentra el cadáver. En efecto, la época del año, el lugar, la temperatura, la humedad, el poder refrigerante del aire, son gravitantes, en cuanto al momento de aparición, así como en la evolución de los signos.

El tipo de muerte también incide en la aparición y evolución de los fenómenos. En los casos en que el individuo sufre agonía prolongada, existirá diferencia con respecto a las muertes de causa violenta.

Estos factores son interdependientes, toda vez que influyen sobre otros. Borri, Cevidalli y Leoncini, ya clasificaban los fenómenos cadavéricos en:

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1.- Abióticos o no vitales o vitales negativos:

a) Inmediatos:

- Pérdida de la conciencia.

- Insensibilidad.

- Inmovilidad y abolición del tono muscular.

- Cese de la respiración.

- Cese de la circulación.

b) Consecutivos:

- Evaporación tegumentaria.

- Algor mortis.

- Livor mortis.

- Rigor mortis. 2.- Transformativos:

a) Destructivos.

b) Conservadores:

- Maceración.

- Momificación.

- Saponificación.

Los fenómenos cadavéricos, clásicamente, se clasifican en tempranos y tardíos. Los tempranos, también denominados inmediatos, son la deshidratación o evaporación cadavérica, el enfriamiento cadavérico o algor mortis, la rigidez cadavérica o rigor mortis, y las livideces cadavéricas o livor mortis. Los fenómenos cadavéricos tardíos, comprenden la putrefacción y la antropofagia cadavérica. Consideraremos los signos tempranos a continuación.

DESHIDRATACIÓN O EVAPORACIÓN CADAVÉRICA

Una vez acaecida la muerte, el cadáver sufre, debido a un fenómeno físico, la pérdida de líquidos por evaporación. Influyen las condiciones medioambientales, o sea externas, especialmente las elevadas temperaturas y la fuerte corriente de aire o ventilación. Ello provoca fenómenos generales, como la pérdida de peso, y locales, como apergaminamiento, desecación de mucosas y cambios a nivel de los ojos.

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Habida cuenta de ello se producen:

Pérdida de peso, que a excepción de los cadáveres de recién nacidos y niños, es de poca magnitud, y por ende, de escasa importancia. En los casos de excepción mencionados, durante las primeras veinticuatro horas se pierden aproximadamente 18 g por kilo de peso, y en los días sucesivos, un promedio de 8 a 10 g por kilo de peso al día. por ello esta característica constituye un dato muy importante a tener en cuenta. Estos valores, que aceptan la abrumadora mayoría de los autores, fue establecida por Dupont, en su tesis “La pérdida de peso del cuerpo después de la defunción”, presentada en París en el año de 1889, razón por la que, la pérdida de peso que muestran los cadáveres lleva el nombre de Signo de Dupont. El cadáver de un adulto pierde entre 10 y 20 g por kilo de peso por día. Apergaminamiento a nivel de la piel, que adquiere un color amarillento, espeso y seco, sembrado de arborizaciones vasculares de color obscuro, recordando todo ello a pergamino, de allí su nombre. Este fenómeno se presenta en aquellas zonas donde la piel es normalmente más fina. De este modo sucede habitualmente en el escroto. Ya en el siglo XIX, Icard, proponía aplicar una pinza de forcipresión a nivel del escroto, con el objeto de expulsar los líquidos orgánicos. De esta manera, en forma artificial, se produce el apergaminamiento del punto de presión, constituyéndose en una excelente prueba de diagnóstico de muerte. Esto constituye el Signo de Molland. Desecación a nivel de las mucosas, claramente evidente en los labios, el glande así como en la vulva. Aquí se suceden muchos cambios a nivel ocular, veámoslos.

Fenómenos oculares. Son varios:

Pérdida de la transparencia de la córnea, lo cual provoca que el ojo esté vidrioso y pierda su brillo. Esta pérdida es diferente si los párpados del cadáver están cerrados o abiertos., ya que se debe a la evaporación de las lágrimas que en los cadáveres con ojos abiertos ocurre a partir de los 45 minutos, y con los ojos cerrados, después de las veinticuatro horas.

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Lleva el nombre de Signo de Legrand, toda vez que este lo describiera en

1850.

Hundimiento del globo ocular. El ojo está flojo y blando. Se trata

del Signo de Stenon-Louis, y obedece a la disminución de la presión

intraocular, que normalmente en el sujeto vivo es de alrededor de 15 a 20

mm Hg.

Louis, a fines del siglo XVIII refería, puntualizando tener una experiencia de muchos años y examinado más de quinientos cadáveres: “Pero los ojos de los muertos quedan marchitos y blandos en muy pocas horas; no hay ninguna revolución en el cuerpo humano viviente capaz de producir semejante mudanza. Este signo es verdaderamente característico y me atrevo a darlo como indudable. La depresión y blandura de los ojos dispensará de esperar a la putrefacción.” Recordemos que en esa época no se conocía la manera de arribar al diagnóstico científico de la muerte real; se debía esperar encontrar al cadáver en estado de putrefacción, siendo necesario aguardar más de medio siglo, hasta que Bouchut estableciera por primera vez, los principios científicos de dicho diagnóstico. Como muy bien explica Aso Escario y colaboradores, transcurridos diez minutos de ocurrida la muerte, la tensión ocular disminuye a 12 mm Hg, a los 20 minutos a 10 mm Hg, a la media hora a 7 mm Hg, y pasadas 15 horas, desaparece totalmente la presión ocular. Es obvio que la medición de la tensión ocular sólo puede efectuarse con exactitud utilizando un tonómetro. Este instrumento no es de uso común en la práctica médico-legal, pero si se cuenta con el tonómetro, se pueden obtener datos de sumo interés. Formación de la denominada telilla glerosa en la córnea, descrita por primera vez por Stenon en el año 1860, por lo que recibe el nombre de Signo de Stenon. Está originada en restos de epitelio corneal, granos de polvo del medio ambiente y materias albuminosas trasudadas. Mancha esclerótica de color negruzco, amarillo sucio y a veces azul, que depende del desecamiento de la esclerótica, que al volverse transparente hace posible que se observe el pigmento de la coroides. Aparece primero en el lado externo y luego en el interno del ojo, para finalizar uniéndose en la parte inferior del ojo en forma de elipse a

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convexidad inferior. Es el llamado Signo de Sommer-Larcher, que aparece alrededor de las 10 horas después de la muerte. Fue observada por primera vez por Sommer en el año 1833 y en su “Memoria” la denominó “livor sclerotinae nigrescens”. Trató de explicarla experimentalmente y demostró que es la consecuencia de la desecación. Medio siglo después, Larcher, en 1883, volvió a ocuparse de este signo, y consideró que se trata de una mancha que es “el estigma de la muerte y, por decirlo así, el centinela avanzado de la putrefacción”. La pupila se deforma. Al tener lugar la muerte, la pupila se dilata, luego de varias horas, merced al fenómeno de la rigidez cadavérica, vuelve a contraerse. Tener presente que en todos los casos no se desarrolla simétricamente este fenómeno. Recordar que en casos de diferentes intoxicaciones, el estado de las pupilas puede no ser el referido, ello, en virtud, de que puede existir miosis puntiforme o bien severa midriasis, ni bien la persona fallece. Quien se ocupó de esta alteración fue Ripanet en 1841, con sus observaciones acerca de la deformación del iris y de la pupila. También se ocuparon del tema Tonelli, en 1932, y Matamoras poco después, conforme citan Mosinger y Rochette. El mecanismo de esta alteración depende de la disminución del tono muscular y de la tensión ocular, así como de fenómenos vasculares.

ADAPTACIÓN TÉRMICA. TEMPERATURA CADAVÉRICA ENFRIAMIENTO DEL CADÁVER. “ALGOR MORTIS”.

El concepto fundamental que se debe tener al considerar este fenómeno, es que tratándose en realidad de la adaptación térmica del cadáver a la del medio en que se encuentra, si ambas temperaturas son, por ejemplo, de 37° C, el cuerpo no alterará la suya. Contrariamente, si la temperatura exterior es superior, la incrementará. Al producirse el cese de la vida, automáticamente se interrumpe el funcionamiento del sistema termorregulador, indispensable para ella, razón por la cual el cuerpo se encuentra a expensas del ambiente que lo circunda. Por esta razón, el cadáver tiende a igualar la temperatura del lugar en que se halla.

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Sobre el cadáver influyen diferentes factores: a) la temperatura del lugar, por ello es de interés saber si existe aire acondicionado y si estaba funcionando al llegar la policía, o en su caso si existía calefacción y funcionaba; b) la velocidad del aire o la existencia de viento; c) la humedad del lugar; d) si llovió o nevó en el lugar donde se encuentra el cadáver; e) el cadáver, independientemente de lo antes mencionado, se encuentra tapado o descubierto, está vestido o desnudo; f) el cuerpo se encuentra sobre una superficie buena conductora del calor (mármol) o sobre un aislante (alfombra). El cadáver, al igual que cualquier cuerpo, sigue las mismas reglas, y al haber cesado las reacciones vitales que producen calor, sufre un proceso de enfriamiento. Este proceso, así denominado, que el cuerpo abandona su capacidad de homeotermia y reacciona frente a las condiciones ambientales tendiendo a igualar su temperatura con la de las mismas, habida cuenta de que se comporta como cualquier cuerpo inanimado. El calor puede perderse por conducción, convección, evaporación y radiación y aunque todas ellas se presenten al mismo tiempo, alguna puede preponderar sobre las restantes. Este proceso se verifica inicialmente a nivel de toda la superficie corporal, en virtud de que, debido al cese de la circulación, es allí donde comenzará el verdadero enfriamiento y el perito podrá verificarlo mediante el tacto. Una vez fría la superficie del cadáver, es comprobable que en su interior exista cierto grado de calor, habida cuenta de que las vísceras macizas mantienen su temperatura elevada a lo largo de varias horas. Las primeras regiones en enfriarse son la cara, las manos y los pies, siguiendo antebrazos y piernas, brazos y muslos, el tórax, la parte superior de la espalda, la cara abdominal anterior, luego las laterales y finalmente la región baja de la espalda. Al comienzo, la evolución del enfriamiento estará estrechamente ligada a la diferencia de la temperatura existente con el medio en que se encuentra el cadáver. Por ello, cuanto mayor sea la diferencia entre ambos más rápida será la misma, y cuando las temperaturas se vayan acercando, más lento será el proceso. No está de más destacar que tiene influencia el hecho de que el cadáver se encuentre vestido, y asimismo con qué tipo de prendas, o cubierto, sea por mantas, frazadas, etcétera.

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Tiene importancia en la evolución del enfriamiento la edad, la talla, el peso

y el estado nutricional (sujetos obesos, flacos, enflaquecidos), debido a

que determinan la extensión de la superficie corporal. Es importante tener en cuenta asimismo que la causa de la muerte también influye en el enfriamiento cadavérico, habida cuenta de que conforme a la patología de que se trate, podrá provocar tanto el ascenso como el descenso de la temperatura. Por ello, tanto la fiebre como la hipertermia que existía al momento de sobrevenir la muerte son elementos de sumo interés, toda vez que la muerte acaecida en el transcurso o en razón de un cuadro febril, provocará un enfriamiento que evolucionará con mayor lentitud, atento que el proceso dará comienzo a partir de una temperatura corporal más elevada al sobrevenir la muerte. Diferentes cuadros pueden lentificar el proceso de enfriamiento por las razones referidas, sea pro producción excesiva de calor, por baja eliminación del mismo o por trastornos a nivel del hipotálamo.

Entre ellos la hipertermia maligna, el tétanos, el ejercicio intenso, el golpe de calor, la deshidratación, los traumatismos encéfalocraneanos, la intoxicación por salicilatos, la enfermedad cerebro-vascular, el síndrome neuroléptico maligno, el feocromocitoma, el hipertiroidismo, la deprivación alcohólica grave, la ingesta de anticolinérgicos, el síndrome serotoninérgico. El estatus epiléptico. De igual manera pero a la inversa, puede tratarse de casos en los que, antes de la muerte, la temperatura corporal haya descendido, razón por la que el proceso de enfriamiento será más corto. Ello se presenta en grandes quemados, hemorragias masivas, inmersión en agua fría, graves traumatismos con ruptura de las paredes abdominales, ingesta de fármacos (barbitúricos, alcohol, benzodiacepinas, opiáceos), coma, insuficiencia hepática, hipoglucemia.

El lugar donde se encuentra el cuerpo, así como las condiciones climáticas

imperantes también se deben tener en cuenta. Por ello en una misma época del año, no será lo mismo si el cuerpo se halla en la vía pública, en el interior de una habitación (sometido a la acción del calor proveniente de calefacción o, en su caso, de aire acondicionado), en una zona rural, selvática o montañosa, vestido o desvestido, tapado por frazadas, cubierto por paja, etcétera.

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Muchos autores, entre ellos Echazú, preconizan que debe usarse un termómetro, colocarse en el recto, y realizar por lo menos dos mediciones, espaciadas por un intervalo de tres horas. Existen diversas fórmulas para establecer el tiempo de muerte:

Bouchut consideraba que en las primeras doce horas el cadáver disminuye su temperatura un grado por hora, y en las doce siguientes medio grado por hora. Glaister estableció la fórmula que lleva su nombre, siendo la misma:

Temperatura rectal normal media, menos temperatura rectal del cadáver, dividido 1.5, da las horas de muerte. En la fórmula de Simpson, el cadáver expuesto al aire y vestido, pierde 1.4°C por hora durante las primeras seis horas, y de 0.8°C a 1.1°C, por hora, durante las doce horas siguientes. De esta manera, la temperatura de todo el cadáver alcanza la del medio ambiente, entre las veinte y las veinticuatro horas de acaecida la muerte. De todas maneras, hay que recordar que la temperatura es sólo un signo más, no siendo por sí misma categórica ni terminante. Lacassagne cita a Maschka, quien refiere que con una temperatura entre 8° y 15°, y en condiciones habituales de una persona adulta colocada en una mesa, en un colchón o en el suelo, desnuda o cubierta por una sábana o un vestido más ligero, una camisa, por ejemplo, el enfriamiento al tacto de la mano tiene lugar a las ocho o diez horas, y en casos muy raros, después de once a trece horas. No obstante ello, Lacassagne dice que dos o tres horas después de la muerte, el frio es manifiesto en la cara y en las extremidades, y a las ocho a doce horas, o entre las quince y las veinte horas después de la muerte, el cadáver ha equilibrado su temperatura con la del medio ambiente. Aclara que existen excepciones que el médico legista debe conocer, como la enfermedad que ha causado la muerte, la ubicación de las lesiones y la región en la que se verifica la temperatura. Es bueno recordar que el medio externo tiene gran influencia, debido a que el enfriamiento depende de la radiación y de la conductibilidad, lo que explica el rápido enfriamiento en los cadáveres de ahogados, o los que están en un soporte buen conductor calórico.

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Por otra parte, en los sujetos con sobrepeso, o por la existencia de una mayor masa corporal, los cadáveres de los adultos se enfrían con mayor lentitud que los de los niños y de los ancianos. Casper considera que el enfriamiento al tacto es completo entre las ocho y las diecisiete horas, más frecuentemente de las diez a las doce horas de muerte. Gisbert Calabuig refiere que “si la comprobación se hace mediante el termómetro, el enfriamiento no se establece totalmente hasta las veinticuatro horas”. Simonin coincide con Gisbert Calabuig, en los casos en que el cadáver esté en un medio con temperatura de cinco a quince grados. En nuestra experiencia y para cadáveres con temperaturas del medio ambiente entre 10° y 20°, hemos comprobado que el enfriamiento de la totalidad de la superficie cutánea cadavérica se cumple alrededor de las dieciocho horas después de la muerte.

RIGOR MORTIS” (RIGIDEZ CADAVÉRICA

Una vez que sobreviene la muerte, fuera de circunstancias especiales que obedecen a situaciones específicas, se produce la relajación general de los músculos, y consiguientemente un estado de placidez. Lacassagne consigna que “la muerte determina la pérdida del tono muscular. Inmediatamente los esfínteres, que son los músculos en los cuales el estado de contracción es permanente, se relajan. Los párpados, el iris, los labios, el cardias, el ano, el cuello de la vejiga, se entreabren y se dilatan al mismo tiempo. Entonces sobreviene la expulsión de las lágrimas, de líquidos contenidos en el estómago, de materias fecales, de orina y aún de esperma”:

Pero, poco tiempo después, como veremos, da comienzo un proceso que se denomina rigor mortis, y se debe a la contractura muscular postmortem. Louis señalaba, ya a finales del siglo XVIII, que la rigidez de los miembros es el más seguro de todos los signos de muerte real. Al respecto bueno es saber que Orfila refiere: “La inflexibilidad de los miembros ha sido mirada por el célebre Louis, en su cuarta carta, p. 119 de su obra”. Tal trabajo es

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obras diversas de cirugía, cuarta carta, de la certeza de los signos de la muerte. Fue Nysten, médico y químico francés, quien comenzó a estudiar científicamente la rigidez cadavérica en 1811, y asimismo el que publicara la primera referencia científica de rigor mortis. Consignaba en su trabajo, que “la rigidez cadavérica afecta sucesivamente a los músculos masticadores, los de la cara y los del cuello, los del tronco y brazos y finalmente, los de los miembros inferiores”. Son muy conocidas las llamadas Leyes de Nysten. Este investigador estableció que existe una correlación entre el incidió del rigor mortis, su intensidad y su tiempo de duración. En virtud de ello, en los casos en que la rigidez se establece tempranamente, será de corta duración y de poca intensidad. Por el contrario, cuando se instala tardíamente, será duradera y de mayor intensidad. Quien con absoluta claridad definió este fenómeno, fue Lacassagne, al decir que se trata del “estado de dureza, de retracción y de tiesura, que sobreviene en los músculos después de la muerte, es un fenómeno químico que indica la muerte de los elementos de los músculos”. En un trabajo presentado en la Academia de Ciencias, en mayo de 1899, Lacassagne y Esteban Martín decían: “La constancia de la rigidez cadavérica y su aparición en condiciones idénticas, nos han inducido a creer que las mismas causas obran fatalmente sobre todos los cadáveres y determinan en ello el fenómeno de la rigidez de los músculos”. Los músculos pueden clasificarse de acuerdo con tres tipos de fibras diferentes en función de su actividad ATPasa. La rigidez se establece ante la desaparición del ATP, lo cual ocurre con diferente cronología en virtud del tipo de fibra muscular de que se trate.

Características

Tipo I

Tipo IIa

Tipo IIb

Color

Rojo

Sonrosada

Blanco

Actividad ATPasa de la miosina Consumo de ATP asociado a actividad contráctil

Lenta

Rápida

Rápida

Bajo

Mediano

Alto

 

Oxidativo

Glucolítico,

Glucolítico

Metabolismo

Aeróbico

Oxidativo

Anaeróbico

 

Aeróbico

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Cantidad de mitocondrias

Alta

Alta

Baja

Capilarización

Alta

Alta

Alta

Contenido glucógeno

Bajo

Intermedio

Alto

Actividad bomba Ca 2 +

Baja

Intermedia

Alta

Tipo de contracción

Mantenida

Rápida

Rápida

Fuerza desarrollada

Baja

Intermedia

Alta

En el cuadro precedente (tomado de F. A. Verdú Pascual) puede observarse que las fibras tipo I son las primeras en cesar la producción de ATP, pues no se produce la fosforilación oxidativa. Las fibras IIa pueden obtener ATP a partir de la fosforilación oxidativa, así como también por glicólisis. Las fibras IIb son las que están capacitadas para mantener un mayor nivel de ATP postmortem. Resumiendo, las fibras tipo I no tienen la capacidad de producir ATP después de la muerte, mientras que las IIa y IIb pueden hacerlo; estas últimas con mayor nivel. Por otra parte, resulta fácil concluir que el rigor mortis se establecerá con mayor o menor rapidez conforme el músculo de que se trate, en virtud de la cantidad de fibras de uno y otro tipo, así como el nivel de glucosa existente al momento de acaecer la muerte. Por ello, la rigidez se establece en primer término en los músculos que tienen mayor contenido de fibras del tipo I, que poseen menor contenido de glucógeno, y por ello tienen mucha menor posibilidad de que se realice el metabolismo anaeróbico del glucógeno, de seguir formando nuevo ATP, en este caso postmortem, y con ello mantener separados los puentes de actina- miosina. Conforme lo expresado, la rigidez cadavérica se instalará más tempranamente en los casos en que el fallecido tenga menor cantida d de glucógeno por diversas patologías. Por otra parte, un elemento de importancia a considerar es la temperatura del cadáver y/o la existente en el lugar. Ello se debe al hecho de que los procesos enzimáticos se incrementan con la temperatura, con lo cual aumenta la velocidad de las reacciones anaeróbicas, dando lugar a la rigidez. Contrariamente, las bajas temperaturas enlentecen todas las reacciones enzimáticas, y por ello, el rigor mortis se establece más tardíamente,

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manteniéndose además mayor tiempo, en virtud de que los procesos de autolisis están enlentecidos. Resumiendo, la aparición de la rigidez cadavérica está en relación directa con la proporción de fibras tipo I, el contenido de glucógeno, y la temperatura del cadáver. A continuación se consignan distintos músculos conforme a su contenido de fibras tipo I.

MASETERO

92,4%

EXTENSOR LARGO DE LOS DEDOS

47,3%

SOLEO

 

86,4%

FLEXOR PROFUNDO DE LOS DEDOS

47,3%

ABDUCTOR DEL PULGAR

80,4%

TEMPORAL

46,5%

TIBIAL ANTERIOR

73,4%

RECTO ABDOMINAL

46,1%

BICEPS FEMORAL

66,9%

INFRAESPINOSO

45,3%

FRONTAL

64,1%

EXTENSOR CORTO DE LOS DEDOS

45,3%

ABDUCTOR

CORTO

DEL

63,0%

ROMBOIDES

44,6%

PULGAR ABDUCTOR MAYOR

63,0%

FLEXOR CORTO DE LOS DEDOS

44,5%

PERÓNEO LARGO

62,5%

VASTO MEDIAL

43,7%

SUPRAESPINOSO

59,3%

GEMELO LATERAL

43,5%

ERECTOR SPINAE

58,4%

BÍCEPS BRAQUIAL

42,3%

TRAPECIO

53,7%

PECTORAL MAYOR

42,3%

DELTOIDES

53,5%

BRAQUIO RADIAL

39,8%

GLUTEO MAYOR

52,4%

VASTO LATERAL

37,8%

ABDUCTOR DIGITI MINIMI

51,8%

ESTERNO MASTOIDEO

35,2%

GEMELO MEDIAL

50,8%

TRÍCEPS BRAQUIAL

32,5%

SARTORIO

49,6%

ORBICULAR DE LA BOCA

15,4%

El análisis de este cuadro (tomado de F. A. Verdú Pascual) permite establecer que hace casi dos siglos, lo referido por Nysten se ajusta a la Realidad, toda vez que el músculo masetero es el que mayor participación porcentual de fibras tipo I posee. También influye en el inicio del rigor mortis el contenido de glucógeno en los músculos.

Características

Tipo I

Tipo IIa

Tipo IIb

Metabolismo

Oxidativo

Glucolítico,

Glucolítico

aeróbico

oxidativo

anaeróbico

aeróbico

Contenido de

Bajo

Intermedio

Alto

glucógeno

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El cuadro precedente indica las características metabólicas así como el contenido de glucógeno, mostrando que las fibras tipo II, debido a que pueden mantener un metabolismo anaeróbico de glucógeno retrasan la aparición del rigor mortis, al formar nuevo ATP postmortem, y de esta manera mantener separados los puentes de actina-miosina. De esta manera, si al acaecer la muerte existe baja cantidad de glucógeno el rigor mortis se iniciará antes, debido a una menor resistencia al mismo. Por lo expuesto, puede comprenderse la razón por la cual la rigidez cadavérica se instaura de forma precoz cuando la muerte es precedida de un intenso ejercicio físico. Este proceso es de constante aparición en todos los cadáveres, y afecta a

la totalidad de los músculos del aparato locomotor (estriados), así como

también al músculo cardiaco, el diafragma y el músculo de fibras lisas. Desde largo tiempo atrás se ha venido discutiendo cuál es la causa que provoca la rigidez cadavérica. Se consideró que se debía a la coagulación

de la miosina, luego a la deshidratación muscular, para sostener que obedecía a la acidez que se presentaba en el músculo, que aumentaba conforme se acentuaba la rigidez, para desaparecer y volverse alcalino al cesar la misa. Dicha acidificación fue atribuida al ácido láctico que se formaba después de producirse la muerte.

En la actualidad se considera que dicha acidificación es originada por la destrucción del ATP (Acido adenosintrifosforico) que se transforma en ADP (Ácido adenosindifosfórico), dando lugar a la liberación de una molécula de ácido fosfórico. Seguidamente, consideraremos la evolución de la rigidez cadavérica.

El comienzo de la rigidez se produce a nivel de la musculatura lisa de las

vesículas seminales, como bien refiere Brouardel, de manera tal, que es muy frecuente observar en los cadáveres masculinos la denominada eyaculación postmortem, provocada por este fenómeno.

A nivel del músculo cardiaco así como en el diafragma, se inicia entre la

media hora y las dos horas de la muerte. Tan es así, que R. Fuchs, citado por Mosinger y Rochette, en el año 1900 afirmaba que el músculo cardiaco es el primero en sufrir el fenómeno de rigidez cadavérica. Según Vibert, la

rigidez del corazón principia de una a cuatro horas después de la defunción, originando la expulsión de la mayor parte de la sangre contenida en el ventrículo izquierdo.

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A

partir de las dos horas, se instala en los músculos temporo-mandibulares

y

orbiculares de los párpados y, a partir de ese momento se apodera de la

musculatura de la cara, el cuello, el tórax, las extremidades superiores, el tronco, y finalmente, llega a los miembros inferiores. Conforme a la Ley de Nysten, la progresión de la rigidez es la siguiente:

a) Comienza en la nuca.

b) Músculos temporo-masticadores, cuello y tronco.

c) Cintura escapular y extremidades superiores.

d) Desciende por el tórax hasta la región pélvica.

e) Llega a las extremidades inferiores.

Niderkon, citado por Lacassagne, quien según este último hizo valiosas observaciones, refería: mandíbulas, cuello, miembros inferiores, miembros superiores.

Esto indica que Niderkon, sin conocer la cantidad de fibras I (ver listado precedente), fue el primero en sostener, observaciones personales mediante, y que casi un siglo y medio después se determinó y explicó científicamente con certeza. Esa es la progresión normal que se da en todos los casos. Sin embargo, si se cambia de posición el cadáver, quedando sus pies en un plano superior al de la cabeza, el rigor mortis da comienzo por las extremidades inferiores, y haciendo un recorrido inverso al expuesto, termina por instalarse en la cabeza. En forma experimental se ha demostrado lo expuesto, de manera tal que la rigidez cadavérica, que siempre es descendente, en estos casos es ascendente.

A causa de la rigidez, se pueden producir distintos signos harto llamativos.

En efecto, cuando se instala en el diafragma, la misma provoca la salida del aire del aparato respiratorio, que provoca a nivel de la glotis, pequeñas oscilaciones, determinando un ruido sordo, que ha sido denominado el grito de la muerte. En la piel, a nivel de los músculos erectores del pelo (arrectores pilorum) la contracción produce la clásica piel de gallina (cutis anserina). Esto determina que algunos autores denominen a estos pequeños músculos, músculos horripilatorios.

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La piel de gallina no debe confundirse y ser considerada un proceso vital, ya que, como hemos explicado, se trata de un fenómeno postmortem. En el corazón, este fenómeno tiene mucha mayor intensidad en el ventrículo izquierdo que en el derecho. Por esta razón resulta erróneo considerar durante la autopsia que la muerte ha ocurrido estando el corazón en sístole. Asimismo, la musculatura lisa del árbol arterial se ve comprometida por la rigidez, sumándose a la existente en el ventrículo izquierdo, logrando de esta manera expulsar la sangre de su interior y hacerla progresar hacia los territorios periféricos del cuerpo. Tal como veremos más adelante al tratar sobre la putrefacción del cadáver- , a ello se suma la compresión ejercida por los gases putrefactivos, que acentúan el escurrimiento de la sangre, dando lugar a la llamada circulación póstuma de Brouardel. En el escroto y en los pezones se produce la retracción. Las pupilas se ven afectadas por la rigidez, pero se debe tener presente que puede existir diferencia en ambos ojos, toda vez que en la intensidad del fenómeno no siempre es simétrica totalmente. La evolución de la rigidez cadavérica comprende tres etapas:

La

inicial o periodo de instauración, que se extiende desde su inicio,

a

partir de las dos horas y transcurre hasta las veinticuatro horas.

Si

el perito practica la movilización de los músculos (flexionando o

extendiendo, en su caso, la extremidad superior a nivel del codo, o

la

inferior a nivel de la rodilla), ello es, la gimnasia cadavérica,

como hemos denominado a esta prueba, a lo largo de este tiempo

puede vencer o reducir la rigidez, que al poco tiempo vuelve a establecerse.

se

La

de estado, que se establece a las veinticuatro horas después de

la muerte, momento en que el rigor mortis es imposible de vencer

o

reducir, lográndose hacerlo a costa de la provocación de

desgarros musculares, ruptura de ligamentos articulares o fracturas

óseas. Por esta razón, durante la etapa de estado, la rigidez es irreductible.

La

última etapa, de reducción de la rigidez, comienza a partir de las

treinta y seis horas. Si se realizan las maniobras referidas, al

desaparecer la rigidez, la misma no vuelve a instalarse.

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En los cadáveres hallados en lugares donde la temperatura oscila entre los 10 y 20 grados, la resolución del rigor mortis acaece cuando se evidencia la mancha verde de putrefacción abdominal, que ocurre alrededor de las treinta y seis horas. Existen, además de lo antes referido, otros factores que, además de los químicos, inciden acelerando o retardando el inicio del rigor mortis, así como su desaparición. Entre ellos encontramos:

a) El sexo, toda vez que en las mujeres se establece antes y tiene

menor intensidad, habida cuenta de que los hombres tienen una mayor musculatura, por lo que se inicia más tarde y permanece mayor tiempo.

b) La edad. Del mismo modo que respecto al sexo, en los niños en

los ancianos, al existir menor masa muscular, el rigor mortis comienza más

precozmente y es de menor intensidad y duración. c) La constitución. Orfila refiere: “Siendo el mismo el género de muerte, la rigidez es tanto más fuerte duradera cuanto más desenvuelto esté el sistema muscular y menos alteración haya sufrido”. Esta muy clara y precisa afirmación del maestro prueba que, hace más de un siglo y medio, y desconociendo en absoluto las bases bioquímicas del fenómeno del rigor mortis, estaba, con la experiencia práctica en sus observaciones, completamente acertado con lo que acaece en la realidad. El mayor desarrollo muscular en las personas adultas sanas, y más aún en las de conformación atlética, tal como ut supra se refiere respecto del sexo, determinan que la rigidez comience más tardíamente y sea de mayor intensidad. Contrariamente, en los niños, los ancianos, o quienes padecieron de enfermedades crónicas estados de desnutrición o patologías que provocan atrofia o debilitamiento muscular, presentarán el rigor mortis más tempranamente y su intensidad será menor, al igual que su duración.

d) En los casos en que antes de morir, el sujeto ha realizado una

actividad física intensa, o ha sufrido hipertermia, así como en los epilépticos, por lo que ha considerado precedentemente, habida cuenta de que por ello ha existido un incremento en el consumo de ATP del

músculo, el rigor mortis comienza en forma precoz.

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e) La causa de la muerte también incide. Por ejemplo, en el caso de las intoxicaciones agudas, que provocan convulsiones antes del deceso, la rigidez comienza más precozmente y es de poca intensidad. En los electrocutados puede suceder que la muerte sea rápida o bien que acaezca después de un periodo de intensa contracción muscular generalizada. En éste último caso, el rigor mortis aparecerá precozmente y será de poca intensidad. En los casos de muerte por sumersión, ocurre lo mismo que en los electrocutados. Si el deceso ocurre rápidamente, y por lo tanto el sujeto no pudo tratar de salvaguardar su vida, la evolución de la rigidez sigue su curso normal. Por el contrario, si luchó por mantener su vida, produciéndose intenso ejercicio muscular y consiguiente gastos de glucógeno, el rigor mortis también se iniciará tempranamente y su intensidad será de menor cuantía. f) La temperatura afecta el curso de la rigidez. Tal como antes se consignó, quienes mueren por acción del frío, o la muerte los sorprende en lugares de baja temperatura y el cadáver permanece allí, el inicio de la rigidez es más tardío. Por el contrario, bajo la acción del calor el comienzo es más precoz.

Expuestas las características del rigor mortis, consideraremos la evolución cronológica que experimenta:

Durante la primera hora después de la muerte, máximo dos horas, no existe rigor mortis.

Después de la segunda hora de la muerte comienza a instalarse a nivel de los músculos temporomandibulares.

A partir de las tres horas se va extendiendo por el resto de la cara y cuello.

Entre las ocho y las diez horas está generalizada a lo largo de la musculatura esquelética. Pero es muy fácilmente reductible.

Luego de las doce horas, se mantiene la generalización, pero es posible vencerla con menor facilidad, hecho que se va tornando más dificultoso a medida que transcurre el tiempo.

A las veinticuatro horas, la rigidez se encuentra en su momento de mayor firmeza, siendo imposible vencerla.

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Transcurridas treinta y seis horas de la muerte, al aparecer la mancha verde putrefactiva, desaparece la rigidez cadavérica.

verde putrefactiva, desaparece la rigidez cadavérica. En el presente diagrama se indica la forma fácil y

En el presente diagrama se indica la forma fácil y práctica de valorar la existencia o ausencia de rigor mortis, su localización e intensidad. LIVIDECES CADAVÉRICAS O “LIVOR MORTIS”

Algunos autores, entre ellos Balthazard, Briand, Bous y Casper, Simpson y Simonin, también las denominan sugilaciones cadavéricas. Borri, Cevidalli y Leoncini las denominan sedimentaciones postmortem de la sangre. Mata refiere: “desde el momento que un sujeto muere queda bajo el exclusivo imperio de las leyes físicas y químicas. De esto resulta que la piel se pone pálida y lívida en las declives del cadáver”. Se trata de un fenómeno físico por acción de la gravedad y en virtud del cual, después de la muerte, la sangre que se encuentra en el interior de los vasos, se dirige al plano más declive del cuerpo. Por ello, cuando el cadáver está en decúbito dorsal, se observa en el plano posterior del cuerpo y viceversa. Ello indica que las livideces se presentan en el plano anatómico que está en contacto con el de apoyo del cadáver.

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Los autores alemanes del siglo XIX llamaban a las livideces manchas de posición, debido a que constituyen según consideraban- un signo precioso para establecer la actitud en la que se encontraba el cadáver en el momento en el que el mismo se enfrió. V. Balthazard, al igual que A. Lacassagne, refieren que en quince mil ciento cuarenta y seis cadáveres examinados por M. Mollaut, verificador de defunciones en París, las livideces no faltaron jamás. Ellas constituyen un excelente signo de la muerte. Hofman observó que en tres sujetos fallecidos por hemorragia no se presentaban. Pero Lacassagne afirma que siempre las observó, aún en los individuos fallecidos por hemorragia, aclarando que en estos casos son menos visibles y menos numerosas. En la bibliografía consultada extensa por cierto- encontramos que sólo dos autores refieren que algunos cadáveres no las presentaban, refiriendo que en especial ocurren en personas anémicas, seniles y algunos lactantes (Bernard Knight, en Medicina Forense, de Simpson). Por su parte, Reinmann y Prokop dicen “se observa ausencia de livideces cadavéricas en los desangrados (ruptura de la trompa en el embarazo exrauterino), o por la formación débil y retardada en los anémicos. En las anemias hemolíticas fulminantes puede faltar del todo.” Bonnet, al considerar la constancia de las livideces cadavéricas, refiere: A veces su aparición tardía o su escaso número han hecho decir a ciertos autores que hay casos en los cuales las livideces cadavéricas no aparecen. Sin embargo, esto no es así. Podrán ser de mayor o menor intensidad, pero siempre se producen. En nuestra experiencia, independientemente de cualquier variable, las livideces se forman en todos los casos, sin excepción, por ello es un signo constante. Resulta sumamente interesante saber que Orfila (traducción española de la 4ª edición francesa, del año 1847), no menciona en absoluto las livideces cadavéricas. Los autores indican distintos momentos de aparición de las livideces:

Thoinot, gran precocidad, y refiere media hora. igual tiempo.

Hofman asigna

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Trezza, de veinte a cuarenta minutos.

Gisbert Calabuig y Verdú Pascual, de veinte a cuarenta y cinco minutos.

y cinco

Lancís

y Sánches

y colabs. (escuela

cubana), cuarenta

minutos.

Vincent J. M. Di Maio y S. E. Dana , una hora.

Genival Veloso de França y Knight, dos a tres horas.

Gonzáles Torres, Hofman, Lecha Marzo, Raffo, Strassman y Vibert, tres horas.

Puppo Touris, entre las dos y las seis horas.

Nerio Rojas y Fernández Pérez, entre tres y seis horas.

Arturo Carrillo, Helio Gómez y Maschka, tres a cuatro horas.

Simonin, de tres a cinco horas.

Legrand De Saulle y Tourdes, cinco horas.

Borri, Cevidalli y Leoncini, seis horas, promedio del límite mínimo de las tres y el máximo a las nueve horas.

Nuestra experiencia indica que comienzan a formarse, en términos generales, alrededor de una hora después de la muerte, se generalizan a las seis horas, y si se mueve el cadáver, merced a la acción de la gravedad, se comienzan a formar a nivel del nuevo plano de apoyo, ocurriendo lo que se llama fenómeno de transposición de las livideces, lo que ocurre hasta las doce horas después de la muerte, momento en que se produce la fijación de las livideces. En estos casos, el cadáver presenta livideces en planos diferentes, muchas veces opuesto entre sí. Este fenómeno, muchas veces adquiere relevancia, toda vez que indica que el cuerpo ha sido cambiado de posición por alguien y puede ocurrir que haya sido el propio autor del hecho delictivo a investigarse. Resumiendo, la importancia medicolegal que tienen las livideces radica en que:

Constituyen un signo de certeza de la muerte.

Permiten determinar la posición que tenía el cadáver al producirse la muerte, si es que no fue cambiada la misma.

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En su caso, son un valioso signo de que el cuerpo ha sido cambiado de posición muy poco después de acaecer la muerte, ello es, antes de las doce horas, en que se fijan.

Momento de fijación de las livideces. De acuerdo con los diversos autores, las opiniones son las siguientes:

Dardo Echazú y Sydney Smith, después de unas seis horas.

Werner U. Spitz, de ocho a doce horas.

Aso Escario y colabs., entre las diez y las trece horas.

Ramírez Cobarrubias, diez horas.

Gisbert Calabuig, Verdú Pascual y Villanueva Cañadas, entre las diez y las doce horas.

Lancís y Sánchez y colabs. (escuela cubana), Genival Veloso de França, Reinmann y Prokop y Fraraccio, doce horas.

Bonnet y Machka, de doce a catorce horas.

Fernández Pérez, Baima Bollone, González Torres, Helio Gómez, Nerio Rojas y Thoinot, de doce a quince horas.

Puppo Touriz y colabs., después de las doce horas.

Raffo, quince horas.

Fernando C. Trezza, dieciocho horas.

Arturo Carrillo, veintitrés horas.

Vargas Alvarado dice que después de las veinticuatro horas no se forman nuevas livideces y las existentes no desaparecen.

Simonnin refiere que después de treinta horas las livideces son persistentes.

Di Maio y Dana dicen que el tiempo que tardan las livideces en hacerse fijas es variable y depende del tiempo que tarde el cuerpo en comenzar a descomponerse, lo cual, obviamente, se encuentra relacionado en gran medida con el ambiente.

Tourdes, treinta horas.

Resulta interesante destacar que Lacassange, así como Vibert, no mencionan cuándo, conforme su experiencia, se fijan las livideces.

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Mi experiencia me han demostrado que la fijación de las livideces, se produce doce horas después de la muerte. Una cuestión que no debe descuidarse, pues puede llevar a errores, es el hecho de que las livideces no se presentan en los lugares que son objeto de presión sobre la superficie corporal. En efecto, no se presentan en el cuello si el cadáver tiene una corbata y por ello no debe interpretarse que se trata de una violencia ejercida a dicho nivel. Lo mismo con los corpiños (sostenedores) en las mujeres, de igual manera, las ligas, así como los cinturones. En el cadáver constatamos si existen o no livideces, si están generalizados

o no, si desaparecen o no a la vitropresión o por el contrario no, indicando

ello que ya se han fijado. También es importante, controlar la coloración de las livideces, ya que, por ejemplo, en los casos de muerte por intoxicación con monóxido de

carbono, en lugar de ser violáceas (su color normal) se presentan de color rosado.

PUTREFACCIÓN CADAVÉRICA

GENERALIDADES

Una vez producida la muerte, finaliza la protección o defensa que los procesos vitales determinan en todas las personas.

A raíz de ello, se produce una proliferación inmediata e intensa de la flora microbiana que normalmente existe a nivel intestinal. La misma se

extiende hacia las zonas vecinas y a través de la red venosa vascular y linfática. Entre tanto, los tejidos conserven oxígeno, proliferan las bacterias aerobias, y al cesar la existencia de aquél, hacen lo propio los anaerobios. Brouardel, hace más de un siglo, realizó trabajos de investigación perforando el abdomen de cadáveres, y utilizando la llama de una vela observó que:

En el primer día los gases que salían no eran inflamables. Explicó ello en virtud de que eran producto de las bacterias aerobias productoras de gas carbónico.

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Del segundo al cuarto día, eran inflamables. Lo atribuyó a las bacterias aeróbicas, las facultativas, productoras de hidrógeno, con capacidad inflamable.

Desde el quinto día en adelante, no eran inflamables, debido a la producción de azoe, hidrógeno y sustancias amoniacales.

Como bien dice Verdú Pascual “…la putrefacción cadavérica es el procedimiento mediante el que los componentes orgánicos e inorgánicos del cuerpo se reintegran al ciclo de la vida. Para que este hecho se produzca, es necesaria la participación de otros organismos vivos que también se encuentran en el ciclo de la vida, aunque en una fase distinta a la que el cuerpo que, en putrefacción, le sirve de alimento. La cadena trófica en la naturaleza es la sucesión de los distintos seres vivos en que uno de ellos se alimenta del otro.” El proceso de putrefacción del cadáver integra esta cadena trófica, y es provocado por dos tipos de agentes:

Los internos: aerobios obligados, microaerobios, anaerobios facultativos, anaerobios obligados y anaerobios aerotolerantes.

Los externos: pueden ser invertebrados, sea arácnidos, crustáceos miriápodos o insectos, siendo estos últimos aproximadamente el 85% de las especies que los autores mencionan en los estudios sobre putrefacción cadavérica. Este proceso provoca, tal como dicen López Gómez y Gisbert Calabuig, “una verdadera desintegración de las complejas moléculas que forman la sustancia orgánica, que se transforman en cuerpos simples, e incluso elementos minerales”. Desde hace tres siglos numerosos autores se han venido ocupando de la putrefacción cadavérica (entre ellos Bacon, Baecher, Pringue, Godard, Bordenave, Gay Lussac, Fourcroy, Gunzt, Hildembrand, Thoure, Chevreul, Mateucci, Mosati, Boussingault, Smith, Gibbes y Boissieu). Tan es así, que se planteaba la pregunta de si era o no posible que pudiera verificarse la putrefacción durante la vida. Esta cuestión fue estudiada por Gay-Lussac, quien afirmó que no era posible; pese a ello, Fourcroy y Guntz, decían que sí era posible.

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Fourcroy, en su libro Sistema de los conocimientos químicos, en el t. IX, dice: “La sustancia animal se reblandece si es sólida, y si líquida se vuelve más tenue; su color se muda y tira más o menos al rojo oscuro o al verde subido; su olor se altera, y habiendo sido al principio fastidioso y desagradable, se convierte después en fétido e insufrible”. Continúa:

“Mézclase muy luego un olor amoniacal al primero, y le quita su hediondez; pero esto no es más que temporal, mientras que el olor pútrido, existiendo antes, permanece y subsiste durante todas las fases de la putrefacción. Los líquidos se enturbian y se llenan de copos; las partes blandas se funden en una especie de jalea o putrílago; se observa un movimiento lento, una hinchazón ligera que alza la masa y se debe a las burbujas de los fluidos elásticos que se desprenden con mucha pausa y en cortas cantidades a la vez. Además del reblandecimiento general de la parte animal sólida, fluye una serosidad de diversos colores que va poco a poco en aumento”. Finaliza Fourcroy: “La materia animal se funde lentamente, la hinchazón leve cesa, la materia se deprime, el color se oscurece, y al fin el olor se vuelve a menudo como aromático, aproximándose al que se ha llamado ambrosíaco; por último, la sustancia animal disminuye más en su masa, sus elementos se evaporan y disuelven, y no queda más que una especie de tierra grasienta, viscosa y todavía fétida”. Esta descripción que tiene una antigüedad de dos siglos, es completa, magistral, y tiene plena vigencia, pues representa lo que realmente acaece en el proceso putrefactivo que se desarrolla al aire libre. Orfila efectuó numerosos trabajos al respecto y los considera en su Tratado de las exhumaciones jurídicas, así como integró su disertación inaugural cuando asumió como profesor de la Facultad de Medicina de París en el año 1819, a los 32 años de edad. Boissieur, citado por Orfila, divide el proceso putrefactivo en cuatro tiempos:

Tendencia a la putrefacción.

Putrefacción incipiente.

Putrefacción adelantada.

Putrefacción concluida.

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La putrefacción según Bonnét, tiene tres periodos:

Cromático.

Enfisematoso.

Reductivo.

Por su parte, Gisbert Calabuig considera: “La putrefacción evoluciona en el cadáver en cuatro fases o periodos bien caracterizados:

Periodo colorativo o cromático.

Periodo enfisematoso o de desarrollo gaseoso.

Periodo colicoativo o de licuefacción.

Periodo de reducción esquelética.”

El maestro Vargas Alvarado, así como Genival Veloso de França, coinciden con Gisbert Calabuig. A su vez, Fernando C. Trezza, considera las siguientes etapas:

Periodo cromático.

Periodo enfisematoso.

Periodo colicoativo.

Periodo reductivo, al que divide en:

- Fase de esqueletización.

- Fase de descalsificación y pulverización.

Teke Schlicht divide el proceso en dos etapas:

“La primera que indica con la mancha verde y continúa con la distensión abdominal o provocada por los gases (meteorismo abdominal) y sigue con la formación de flictenas o ampollas cutáneas. La segunda, que comprende la putrefacción gaseosa y finaliza con la licuación de los tejidos”.

La putrefacción es, desde el punto de vista químico, un proceso fermentativo que provocan los gérmenes en las materias orgánicas del cadáver, a raíz del cual se produce una verdadera desintegración de las

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moléculas complejas que conforman la sustancia orgánica, transformándose en cuerpos simples así como elementos minerales. Intervienen en la misma, procesos de reducción y de oxidación, predominando los primeros y generando gran cantidad de gases fétidos. Los procesos oxidativos son de menor duración en virtud de que quedan abolidos cuando se consume el oxígeno necesario por los gérmenes aerobios, que producen gases menos fétidos. Ambos procesos actúan sobre las albúminas, los lípidos y los glúcidos. El resultado de este proceso de descomposición putrefactiva es la producción de sustancias mucho más simples. Entre las mismas podemos encontrar:

Ácidos, tales como el acético, fórmico, butírico, propiónico, plamítico, oleico, valérico, protónico, láctico, acrílico, glucocólico, succínico, oxálico y leucínico.

Gases, como amoniaco, hidrógeno, anhídrido carbónico, metano, ácido sulfhídrico y nitrógeno.

Sales de amonio, sulfuro y carbonato amónico.

Lactosas (valerolactona).

Cuerpos aromáticos carentes de nitrógeno, tales como el fenol, paracresol, ortocresol, ácido fenilpropiónico, ácido fenilacético e hidroparacumárico.

Ácidos aminados, como glicocola, tirosina y leucina.

Finalmente ptomaínas.

Fue Selmi, en el año 1876, quien por primera vez empleó el vocablo ptomaína. Con el mismo designó una mezcla de sustancias extraídas de los residuos putrefactos de los cadáveres, de carácter básico. Estas sustancias tienen un comportamiento, desde el punto de vista químico, como ciertos alcaloides, por lo que también se llaman alcaloides cadavéricos, no siendo necesariamente tóxicas. Se debe tener presente que, por esta condición, a veces se prestan a interpretaciones confusas en la práctica de las peritaciones toxicológicas. Brieger y Kijanizin, citados por Gisbert Calabuig, ha precisado algunos de estos alcaloides, toda vez que han sido identificados diferentes grupos de

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ellos, desde el punto de vista químico, conforme las condiciones en que se desarrolla la putrefacción. Estos autores determinaron que la existencia o inexistencia de oxígeno incide en la naturaleza de las ptomaínas, produciéndose en mayor cantidad, pero alterándose más rápido cuando existe oxígeno. Si falta oxígeno, y por ello actúan los gérmenes anaerobios, su presencia es más escasa, pero son más resistentes y más tóxicas. La temperatura óptima para que se produzcan es de 20° a 23°C, pero es posible también entre 0° y 30°C. Entre los dos y cuatro días del proceso putrefactivo son identificables las ptomaínas, aumentando hasta su máximo entre los diez y veinte días, disminuyendo luego, y cuando está muy avanzado el proceso se detectan muy débilmente. Estos alcaloides cadavéricos se originan en las primeras etapas de la putrefacción de las sustancias albuminoideas.

EVOLUCIÓN DE LA PUTREFACCIÓN CADAVÉRICA

Consideraremos la evolución del proceso, siguiendo el criterio de la mayor parte de los autores, que lo dividen en cuatro etapas, periodos o fases.

a) Periodo cromático o colorativo.- Se inicia comúnmente entre las veinticuatro y las treinta y seis horas después de la muerte. Comienza cuando se evidencia el primer signo objetivo del proceso, ello es, la mancha verde, que en primer término se localiza en la piel de la pared abdominal, en la fosa iliaca derecha, y luego se extiende a todo el cuerpo. De color verdoso, a raíz de irse oscureciéndose, pasa a tener un tono pardo negruzco, matizado en ocasiones en virtud de producirse al mismo tiempo, la hemólisis. La causa de que la mancha verde se inicie en la zona referida, radica en que la flora bacteriana endógena es mucho más abundante en la región cecal (intestino grueso) y, por consiguiente, es en el ciego el lugar donde, una vez acaecida la muerte, proliferan mayoritariamente las bacterias (fundamentalmente bacilos coliformes y clostridiums). Los mismos poseen enzimas, que al actuar sobre los tejidos de la zona producen ácido sulfhídrico, tal como en 1856 establecieron Rokitanski, que ante la

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existencia de oxígeno actúa sobre la hemoglobina, formándose sulfometahemoglobina, determinando la producción de pigmentos de color verde. El ciego o coecum, está localizado inmediatamente por debajo de la pared abdominal anterior, en la región antes mencionada, y además sus paredes tienen menor espesor que las del intestino delgado, por lo cual cede con mucho mayor facilidad a consecuencia de la presión de los gases y da lugar a la producción de dicha mancha verde. Esta etapa se extiende varios días y poco a poco se agregan a la misma, los fenómenos que caracterizan la segunda etapa. El momento de aparición de la mancha verde que establecimos precedentemente, entre las veinticuatro y las treinta y seis horas después de la muerte, varía principalmente en función de la temperatura del lugar donde se encuentra el cadáver, por lo que según nuestra experiencia, en los casos de temperaturas entre los 15°C y 20°C, se presenta a las treinta y seis horas. Otros autores indican:

Vargas Alvarado, 20 a 24 horas.

Verdú Pascual, 24 horas.

Teke Schlicht, 24 horas.

Gisbert Calabuig 24 horas.

Trezza, 24 a 48 horas.

Reinman y Prokop, 48 a 72 horas.

De todas maneras, no se debe descuidar que, siendo la temperatura del medio ambiente donde yace el cadáver la que acelera o retarda el inicio del proceso putrefactivo, los tiempos de referencia pueden diferir en función de ello. Sydney Smith refiere: “Puede afirmarse que la aceleración es dos veces mayor en el verano que en el invierno”. El frio retarda el desarrollo de los microbios y a un grado bajo cero, según este autor, no se inicia o se detiene el proceso putrefactivo. Por su parte, Simonin dice que a cero grados, el proceso se detiene.

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Este último agrega que, además de la temperatura, influyen sobre la putrefacción, dificultándola, la acidez, el calor seco, el exceso de humedad de los suelos arcillosos, o del agua donde se encuentra el cadáver. En cambio, la aceleran la tierra vegetal, algo húmeda y caliente, y sobre todo los abonos. Por otra parte, las condiciones particulares del cadáver, influyen notoriamente en la putrefacción:

1) La edad.- El proceso es más rápido en los niños y más tardío en los ancianos, mientras que en los adultos es intermedio. En el caso de los fetos, así como de los nacidos muertos, que obviamente no han respirado, y tampoco realizado movimientos de deglución, ni haber ingresado oxígeno, por no existir bacterias intestinales, la putrefacción comienza por la actividad de los gérmenes externos que penetran al cuerpo a través de los orificios nasales y la boca. En el caso de los recién nacidos que no han sido alimentados, el proceso se desarrolla con gran lentitud, debido a la escasa existencia de microorganismos en su tubo digestivo o en sus pulmones. Dice Sydney Smith: “Es extraordinario el aspecto de frescura de estos cadáveres después de largos periodos, y hasta puede suceder que transcurridos doce o catorce días, no ofrezcan señales visibles de putrefacción. 2) Constitución física.- Los individuos obesos entran en putrefacción más rápidamente que los flacos. 3) Ropas.- Sydney Smith dice: “Es curioso observar cuánto más lentamente se pudren los cadáveres vestidos, y en particular por los sitios donde las prendan oprimen, como bajo el corsé, el cinturón y los tirantes, así como por los pies si tienen medias y calzado. Cuando la putrefacción no se verifica por igual, las partes correspondientes a prendas ceñi das presentan un aspecto de relativa frescura. En los casos de estrangulación (ahorcadura), en que permanece en el cuello la ligadura, los tejidos por esta oprimidos pueden ser examinados fácilmente aunque la cara y el tronco estén hinchados y enfisematosos”. 4) Se debe tener presente que los cadáveres que permanecen envueltos en bolsas plásticas mediante las que fueron transportados, o se emplearon para ocultarlos, al estar protegidos por las mismas los conservan y retardan o impiden el comienzo del proceso.

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5) También, el comúnmente realizado empleo de cal, que se hace con el objeto de impedir que se perciba el olor, inhibe la acción de las bacterias y, por ende, retarda la putrefacción. 6) Lesiones y mutilación.- Los cadáveres que presenten estas características, ello es, han sido sometidos a violencias, vitales o postmortem, se pudren más rápidamente, en virtud de la facilidad con que los organismos logran acceder a través de las partes injuriadas. Se trata de verdaderos locus minorae resistentiae putrefactivos. En las mutilaciones, principalmente si se verificaron mientras la sangre era fluida, la putrefacción de las extremidades es muy lenta, al propio tiempo que la del tronco es más rápida que lo normal. Por ello, esta diferencia que puede llegar a ser considerable, tiene posibilidades de conducir al error de considerar que se trata de partes pertenecientes a diferentes cuerpos. La razón radica en el hecho de que los miembros, al carecer de sangre, entorpecen el acceso a ellos de los microorganismos intestinales. Por su parte, el tronco evoluciona normalmente merced a la acción de los gérmenes intestinales y pulmonares. 7) Causas patológicas.- Cuando la muerte obedece a diferentes patologías del sujeto previas al deceso, también inciden sobre la evolución de la putrefacción. Gisbert Calabuig establece dos grandes grupos, el de putrefacción precoz e intensa, y aquel en que el proceso se retarda:

Putrefacción precoz e intensa:

Heridas graves.

Focos extensos de contusiones.

Enfermedades sépticas, por cuanto proporcionan abundante materia prima bacteriana.

Muertes tras lentas agonías, ya que la bacteriemia agónica da origen a una diseminación de los gérmenes que aumentan los puntos de ataque.

Otras causas de muerte (asfixia, insolación, fulguración, anasarca, son también causa de intensos procesos putrefactivos).

Putrefacción retardada

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Grandes hemorragias, por sustracción del medio de cultivo bacteriano, que es también el medio de generalización de los gérmenes.

Intoxicación por el óxido de carbono, el ácido cianhídrico (Malvoz) y el arsénico.

Enfermedades que cursan con deshidratación intensa.

Tratamientos con antibióticos a dosis elevadas, previos a la muerte, dificultan la marca de la putrefacción al reducir considerablemente la flora bateriana.

La mancha verde, también puede presentarse en otras regiones topográficas. En los fetos, por las razones ya referidas, comienza por la cara, el cuello y la mitad superior del tórax. En los fallecidos por asfixia por sumersión, se inicia en el cuello y en la parte superior del tórax. En los ahorcados, que permanecen suspendidos, predomina en la cara y en el cuello. En el caso de las lesiones supurativas, gangrenosas y neoplásicas, se inicia en la zona correspondiente a las mismas. En los casos de lesiones traumáticas internas, sin solución de continuidad a nivel cutáneo, se inicia en las zonas próximas a dichas lesiones internas.

b) Periodo enfisematoso o gaseoso.- Se distingue en virtud de que se desarrollan en el cadáver gran cantidad de gases debidos a la acción de las bacterias anaerobias, que lo abomban y desfiguran a raíz del enfisema putrefactivo generalizado que provocan. Por ello se desfiguran la cara y la identificación del cadáver puede llegar a ser imposible. Dicho enfisema abarca toda la totalidad del tejido celular subcutáneo. La piel, al igual que los órganos macizos, adquieren aspecto y consistencia esponjosa. La cabeza se hincha y por eso se deforma, los ojos protruyen a través de las órbitas y además existe proyección exterior de la lengua. El tórax y el abdomen se encuentran distendidos. Los párpados, los labios, el cuello, la vulva, y las mamas, en los casos de las mujeres, se ven considerablemente aumentados de tamaño.

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El pene y el escroto pueden llegar a tener volúmenes realmente monstruosos. Por ello, en esta etapa, el volumen corporal puede llegar a ser dos veces mayor, o poco más, que el que en vida tenía el fallecido. La gran producción de gas también se acumula en el interior de las cavidades torácica y abdominopélvica, y determina un aumento considerable de la presión. En virtud de ello se presenta diferentes signos:

La sangre localizada en las zonas referidas, debido a la intensa

presión ejercida por los gases, es empujada hacia las zonas periféricas, determinando una verdadera circulación postmortem, la clásica circulación postmortem de Brouardel, determinando que las venas superficiales estén repletas de sangre, que ha sido expulsada de las vísceras. Recordemos que esta circulación tiene su primer estadio cuando, debido al rigor mortis se contrae el ventrículo izquierdo y la musculatura lisa de las arterias. Y, en esta etapa, se potencia notoriamente y provoca la difusión de los gérmenes putrefactivos. Dicha red venosa se ve acentuada por la difusión de los pigmentos hemoglobínicos.

La mancha verde, que al iniciarse el proceso estaba localizada en la

fosa iliaca derecha, en forma progresiva se va extendiendo al resto del

cuerpo, y cambia de color, mostrándose rojo parduzca negruzca, y compromete también las zonas de asiento de las livideces.

Al ejercer presión sobre el estómago, los gases a veces logran

expulsar el contenido del mismo a través de la boca. Por la misma razón

las vías aéreas y los pulmones pueden expulsar sus secreciones y otros contenidos a través de los orificios nasales y la boca.

A nivel abdomino-pélvico, la acción de presión ejercida por los

gases a veces provoca la salida de materias fecales y de orina. Bonnet describe y hasta agrega una fotografía, de un caso de parto-postmortem, ello es, salida de un feto por esta causa.

Este segundo periodo se extiende durante varios días y, en ocasiones, llega a las dos semanas.

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c) Periodo colicuativo.- A nivel de la piel se presentan ampollas o flictenas de tamaño variable, que se va uniendo entre sí o aumentando su tamaño, llegando algunas de ellas a ser enormes, cuyo contenido es gaseoso así como sanioso, de un líquido pardo o verdoso provocado por la trasudación de serosidad sanguínea hemolizada a través de los vasos. Debido al incremento de su tamaño y contenido, estas ampollas

comienzan a romperse espontáneamente, y en su caso, se rompen muy fácilmente, sea al ejercer presión o al deslizar los dedos sobre las mismas,

al igual que cuando el cadáver es arrastrado.

Por ello, la dermis de coloración rosada y levemente amarronada, queda al descubierto. Gisbert Calabuig refiere que las zonas dérmicas húmedas que quedan al descubierto pueden ser confundidas con quemaduras de segundo grado. Pensamos que tal diagnóstico no refiere dificultad alguna si se recurre al estudio histopatológico, que certificará el carácter no vital de las mismas,

al propio tiempo que el análisis químico del contenido hará otro tanto.

La epidermis, en la palma de las manos y en la planta de los pies, primero se arruga, para desprenderse después. En estos casos puede producirse el desprendimiento en bloque, llamado en guante o en media. Los pelos y las uñas caen; no obstante ello, son muy resistentes al proceso

putrefactivo. Este primer estadio de la fase colicuativa se extiende de dos a tres semanas.

A continuación, da comienzo el segundo estadio del periodo colicuativo,

que tiene una duración de ocho a doce meses. El color de la superficie cutánea se va oscureciendo de forma progresiva hasta llegar a tener un color pardo o verde-negruzco. Debido a la intensa presión ejercida por los gases, sumada al notorio deterioro de las partes blandas, determina roturas o estallidos espontáneos de las mismas, lo que también sucede por las necesarias maniobras, que obviamente, son provocadas en el momento de practicar la necropsia. Por tal razón se produce una salida o verdadera fuga de gases putrefactivos, en virtud de la cual el volumen alcanzado por el cadáver en la etapa precedente disminuye notablemente. Se desnuda el cráneo, los ojos se hunden, se aplastan las alas de la nariz, a la par que se destruyen las partes blandas de la cara.

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A nivel de la pared abdominal se presentan, por lo referido, soluciones de

continuidad. Todos los órganos se encuentran reblandecidos y de ellos emana una serosidad sucia.

d) Periodo de reducción cadavérica o esquelética.- Lentamente, la totalidad de las partes blandas cadavéricas van desapareciendo al sufrir

licuefacción y transformarse en putrílago. El extenso análisis de muy numerosa bibliografía nos permitió saber que el primer autor que utilizó la palabra putrílago fue Fourcroy, hace dos siglos, cuando en su trabajo referido a la putrefacción consigna: “Las partes blandas se funden en una especie de jalea o putrílago”. Este proceso se extiende entre dos y cinco años. Existen tejidos que resisten más al mismo, siendo tales los cartílagos, los ligamentos, el tejido fibroso, de manera tal que el esqueleto se mantiene unido a lo largo de todo este periodo, para llegar, al fin, a la destrucción de dichos tejidos. En la región cefálica, las rejas y las mejillas son las que más resisten, y finalmente, quedan restos en la región malar. Al final del periodo, por lo antes referido, la cabeza se desprende del tronco.

El

tórax, hacia el fin de esta fase se deprime, las costillas se desinsertan y,

a

veces, el esternón también se separa en sus segmentos, que son tres en

el

adulto (presternum o mango, mesosternum o cuerpo y xiphisternum o

apéndice xifoides). Ambos pulmones presentan numerosas vesículas pútridas, de tamaños desiguales, mientras que el corazón, la tráquea y los bronquios resisten más y pueden ser reconocidos durante mucho más tiempo. La pared abdominal en poco tiempo se deprime y excava, uniéndose a la columna vertebral. El bazo y las glándulas suprarrenales son las primeras que se desintegran, y otros órganos resisten mucho más tiempo. El aparato digestivo, en términos generales, puede mantenerse

aproximadamente un año y medio. El hígado sigue a los mismos y los riñones permanecen más tiempo. Consideración especial merece el útero, que es uno de los órganos más resistentes, en virtud de lo cual es posible establecer la existencia de signos de maniobras abortivas, a la par que determinar el sexo del cadáver, aun en los casos de estar muy avanzado este periodo de putrefacción.

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Por último, como resultado del proceso, la totalidad de estos órganos queda reducida a restos informes, constituyendo una materia parda oscura, que se adhiere a ambos lados de la columna vertebral, siendo imposible determinar los diferentes órganos que la componen, y conforman el ya referido putrílago. Por último, también desaparecen estos restos indiferenciados y se llega a la equeletización, acaeciendo ello alrededor de cinco años después de la muerte. Ello, sin descuidar que si el cadáver ha estado expuesto al aire libre y a la acción de predadores, se acelera el proceso, y si por el contrario, ha estado en un lugar a resguardo, puede suceder que no se llegue a la esqueletización total. El estado de esqueletización se mantiene durante décadas, y merced a la lenta pérdida de los constituyentes minerales de las piezas óseas, en especial las sales de calcio, comienzan a ser frágiles y papiráceas, llegando a fragmentarse cuando ocurre- en pequeños trozos. Finalmente, se llega a la etapa de pulverización, que constituye la etapa final del proceso putrefactivo, ocurriendo después de varias décadas de la muerte.

No pocas veces, el hallazgo de un cadáver al aire libre, en pleno verano, expuesto a la alta temperatura del medio, así como en pequeñas habitaciones ubicadas en las azoteas de las casas, con techo de chapas de zinc, genera dudas en el médico legista, ya que se ve sorprendido por el avanzado estado de putrefacción, debiendo tener siempre presente que en estos casos, el proceso putrefactivo quema etapas, observando signos característicos del mismo, que, en las condiciones clásicas, representa un tiempo mucho mayor de ausencia de vida. Se acepta unánimemente la denominada regla de Casper, según la cual, a igual temperatura, los signos de la putrefacción tienen la siguiente correspondencia:

a) Una semana al aire libre.

b) Dos semanas en el agua.

c) Ocho semanas en la tierra.

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Por otra parte, no todos los cadáveres entran en putrefacción siguiendo puntualmente todo lo que se ha referido. Hay características individuales, antes analizadas, que determinan los tiempos de comienzo y de evolución putrefactiva. Orfila refiere: “Los cadáveres enterrados en la misma época se pudren con diferente rapidez, quedando unos reducidos a esqueletos cuando l os demás se hallan enteros o empiezan apenas a sufrir la descomposición pútrida”. Lecha Marzo dice: “Dos cadáveres no se pudren jamás de la misma manera, aún cuando la putrefacción tenga lugar en el mismo medio”. L. Thoinot cita un caso persona, consignando: “Un hombre y su querida sucumben con pocos segundos de diferencia en su cama por un disparo por arma de fuego en la cabeza por mano de la hija de aquella. Ambos cuerpos permanecen el mismo tiempo en la estancia y son conducidos juntos a la morgue. En la autopsia practicada a los dos días, el cadáver de la mujer se conserva fresco como si la muerte fuese reciente, mientras que el del hombre se encuentra verde, abotagado, en una palabra, con todas las señales de una putrefacción avanzada”. Teke Schlicht se refiere a los inconvenientes de la putrefacción desde un punto de vista médico legal y consigna:

Altera las lesiones traumáticas.

Altera las características principales para la identificación.

Dificulta la determinación de la causa de la muerte.