Está en la página 1de 3

La rosa antigua

27 enero, 2014 Héctor de Mauleón El hallazgo de una rosa sepultada en un tomo antiguo sirve de ancla a Héctor de Mauleón para evocar, en este cuento, la pasión desbordada que el escritor José Emilio Pacheco experimentaba ante el pasado que duerme el sueño de los justos en las hemerotecas y espera que alguien turbe su noche. José Emilio me hizo jurar que guardaría el secreto. Ahora, después de tantos años, me atrevo a revelarlo. Sucedió en 1996, o en los primeros meses del año que siguió, en un escritorio de la Hemeroteca Nacional al que había llegado por culpa de Maximiliano de Habsburgo. A esa hora —entre las nueve y las once— el recinto, solitario como de costumbre, sólo estaba poblado por dos o tres investigadores que se encorvaban, parecía que minuciosamente, sobre diarios al borde de la desintegración. Excepto el correr de las páginas, frágiles, desvanecidas, nada alteraba el funcionamiento de esa máquina del tiempo en la que estábamos inmersos: como en un temblor de tierra que de pronto sacara a la superficie los restos de una ciudad olvidada, el pasado nos devolvía, en un abigarrado concurso de titulares, páginas deportivas y carteleras de cine, los días que se perdieron y ya nadie recordaba. El asesinato de Zapata en Chinameca y el estreno en Teatros y Cinematógrafos de El Automóvil Gris. La llegada de la aspiradora, junto a una sucesión de giras del regente Rojo Gómez “por nuestros barrios más pobres”. Meses atrás, el editor Ricardo Quintana me había propuesto la elaboración de un volumen que continuara El libro rojo, la obra que Manuel Payno y Vicente Riva Palacio concluyeron cierta tarde de 1870, y que abordaba los asesinatos históricos cometidos en México, desde el tiempo de la Conquista, hasta la caída del Segundo Imperio: “el libro de la sangre que ha enrojecido la tierra, las plazas, los ríos, las piedras de México”. Por órdenes de Ricardo, y sobre todo del cheque que acababa de extenderme, debía comenzar el trabajo justo donde ambos autores, para mí entrañables, lo habían abandonado: el fusilamiento de Maximiliano el 19 de junio de 1867. Tras realizar erróneos y arbitrarios listados que iban de la matanza en Tomóchic al asesinato en Lafragua de José Francisco Ruiz Massieu; luego de ensayar la biografía del mal en un país marcado siempre por el glifo de la muerte, entendí que era necesario adentrarme en la ejecución de Maximiliano en el Cerro de las Campanas para entender el contexto del que sería el verdadero arranque del libro: la noche de 1871 en que el general Miguel Negrete lanzó un asalto contra la Ciudadela y provocó, en sólo unas horas, la muerte de dos mil soldados. Fue así como inicié el rastreo de los meses finales del Segundo Imperio (Carlota, loca en Miramar; Maximiliano, dispuesto a abdicar, sin poder lograrlo) y me hundí en una investigación que me llevó a encontrar el hecho que provocó al emperador su fusilamiento: la expedición de un decreto, firmado por él mismo, que ordenaba que todo hombre sorprendido con armas fuera remitido a las cortes marciales, y ejecutado antes de veinticuatro horas. El edicto, emitido por consejo del mariscal Bazaine, había sido

murió Rafael Andrade Martínez. por no hablar del personal de la Hemeroteca. Un instante después — feliz. los cronistas. De pronto tuve la impresión de atravesar un sueño. Me quedé sin editor y con un puñado de crónicas sobre la represión en Río Blanco. el torrente de imágenes que cayó sobre mí durante los minutos siguientes. y le ruega que lo deje jugar un poco con su hijo. Me entregué a leerlo con la misma fascinación que. descubrí una esquela pequeña: “Anoche. acaso transcrito a todo lo largo del siglo XX? ¿Era un homenaje por el niño muerto. un cuento titulado “Tenga para que se entretenga”. Clavé la vista en el diario. en su domicilio. una flor arrojada a los pies de una tumba? Sólo atiné a tomarla con delicadeza (se había hecho delgada como las hojas de diario). y que alguien había colocado. Como en una paráfrasis del poema de Coleridge. cuyos detalles ya no recordaba. Al revisar los objetos que el desconocido había entregado. entrega a la señora un periódico doblado en dos y una rosa con un alfiler. qué?”. un detective investiga la desaparición de un niño que había asistido al bosque de Chapultepec en compañía de su madre. En la apretujada tipografía que saturaba sin aires la totalidad de la plana. Ricardo Quintana fue despedido de la editorial a fines de 1997. los historiadores. No es posible enfrentar un mundo desaparecido sin sufrir al menos un estremecimiento. Al año siguiente. El niño no vuelve a ser visto jamás. avergonzado. la nostalgia del tiempo. Rogad por él”. En el cuento. La Jornada publicó como adelanto el penúltimo de los relatos. con una rosa negra que guardé en El libro rojo. También. y el niño se divierte colocando obstáculos al desplazamiento de un caracol. ¿Por qué hallar una rosa antigua en el único ejemplar de un periódico de 1866 que los investigadores. Según los registros de la Hemeroteca. en las páginas centrales de la Gaceta. hacer antesala en la oficina del director y llenar formularios repletos de datos inútiles. habían manipulado. en mal estado. de ese modo me fue permitido acceder a las páginas del periódico en el que Maximiliano signó su sentencia de muerte. había viajado al pasado y regresaba de éste con una rosa: “¿Entonces. no me conmovieron tanto como el hallazgo sorprendente de una flor. de seis años. debió haberme producido la versión que circulaba desde 1972. una rosa que el tiempo había vuelto negra. la sensación de eternidad-fugaz que acompaña al periodismo. Sería inútil intentar reconstruir ahora el alud de preguntas. la costumbre de acentuar las preposiciones. nostálgico— bajé las escaleras hacia una tarde transparente. La tipografía garigoleada. la oculté en mi libreta de apuntes. años antes. José Emilio Pacheco entregó a editorial Era una nueva versión de su libro de cuentos El principio del placer.publicado en la Gaceta del Imperio un 2 de octubre de 1866. Tuve que obtener una carta de la editorial. la fecha en lo alto de las planas. el detective que atiende el caso encuentra una rosa negra marchita y un periódico totalmente amarillo “que casi se . Constituía un hallazgo imposible que me sumergió en la fascinación del tiempo. como una botella enviada al futuro. Mientras ella descansa en la ladera del Castillo. la masacre de Tlatelolco y el asesinato en Tijuana de Luis Donaldo Colosio. la traición a Carranza. un hombre sale de pronto de un rectángulo de madera oculto bajo la hierba rala del cerro. consultado. la ejecución de Serrano. y que miraba de vez en cuando para reavivar el misterio. la muerte de Jaramillo. los sucesos de la Decena Trágica. Me tardé en persuadir a los encargados del recinto. y procurando que no me vieran. la reconstrucción total de un día en la vida de los hombres. sólo se conservaba un ejemplar. los avisos sobre hechos cotidianos que hoy resultan incomprensibles.

José Emilio agregó. me pareció que el mundo había hecho una pausa. Los pájaros gritaban desde los árboles. El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste. hasta encontrar el nombre del niño. escribió Pacheco). algo que había leído años antes. que en un principio había pasado por alto. me recibió esa tarde. Estaba acabando afuera un día más de los hombres. Este relato forma parte del libro Como nada en el mundo. Autor de La perfecta espiral. —¿Y cómo explicar la rosa? —respondió con los labios apretados. marqué el número de José Emilio. En esa frontera que admitía la incursión de la literatura. —No lo sé. sombras que poblaban la calle de Reynosa. Entonces propuse una hipótesis: —Seguramente leíste alguna vez aquel diario. Nos quedamos en silencio mientras la luz de la tarde agonizaba en los ventanales. Al terminar la lectura (“no hay rosas negras en el mundo”. Le entregué la rosa negra. Escritor y periodista. le comuniqué mi hallazgo. quise transmitir mi azoro. De cualquier modo. repetí de memoria antes de localizar la línea que lo confirmaba. Releí el cuento publicado en La Jornada. el nombre del niño. con fecha 2 de octubre de 1866”. entre otros libros. —Será la broma de un lector —dijo. Rodrigo. . “Rafael Andrade Martínez”. —¿Qué diablos hay detrás de esto? —le pregunté. la voz convertida en un hilo: —No lo sé. No puedo agregar mucho más. que tomó entre sus dedos nudosos. Sólo en línea. Héctor de Mauleón. De ahí tomaste la fecha. Sin pensar en la hora ni preocuparme por las molestias que causaría mi llamada. Y apegado a las líneas de ese cuento. Cultura y vida cotidiana.deshizo cuando lo abrimos para ver que era la Gaceta del Imperio. Era un domingo temprano. recordé un cuento remoto.

Intereses relacionados