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Las debilidades de Goliat: problemas sanitarios en las ciudades (Ana María Vara)

Es muy amplia y compleja la problemática sanitaria de las grandes concentraciones urbanas. La provisión de agua
potable y una eficiente red de alcantarillado y desagües cloacales son condiciones básicas para proteger la salud de sus
habitantes. Pero también lo son el control de las enfermedades infecciosas, en particular, las transmitidas por animales,
junto con el adecuado tratamiento y disposición final de los residuos.

El brote de leptospirosis que afectó a distintas ciudades de la Argentina en la primera mitad de 2001 -y que causó
la muerte de 12 personas en la localidad de Quilmes, provincia de Buenos Aires- no fue más que una nueva
muestra de que el estado sanitario de las concentraciones urbanas debe ser controlado constantemente. En este
caso, se trató de personas que se infectaron con una bacteria espiralada, la Leptospira, que puede estar presente
en aguas o terrenos contaminados.
Ese agente patógeno suele hallarse, especialmente, en las zonas que funcionan como basurales a cielo abierto,
por donde circulan animales como las ratas, que actúan como vectores -es decir, transportadores- de estos
gérmenes. El contagio se produce a través del contacto, por piel o mucosas -ojos, boca, nariz-, con la orina de
ejemplares infectados. Y si bien los roedores son el reservorio principal de estas bacterias, no debe dejar de
prestarse atención al cuidado sanitario de los perros, que también pueden propagar la enfermedad.
Pero, desgraciadamente, la leptospirosis, que produce fiebre intensa, fuertes dolores musculares y que -si no es
tratada- puede afectar el sistema nervioso y el hígado de manera irreversible, no es la única enfermedad
relacionada con la falta de higiene en los áreas densamente pobladas.
La alta concentración de viviendas -que trae consigo la generación de gran cantidad de residuos y desechos
cloacales- y el intercambio intenso entre grandes grupos de personas, característicos de las zonas urbanas,
establecen condiciones propicias para la transmisión de distintas infecciones. A esto se agregan los problemas
derivados de la convivencia con animales, tanto si son domésticos como si son oportunistas. Estos últimos, como
las ratas y cucarachas, son los que prosperan en las áreas pobladas, atraídos por la disponibilidad de alimentos
que en ellas encuentran.
Debido a estos motivos, para lograr que las ciudades sean áreas saneadas, no basta con prestar atención a las
enfermedades que afectan únicamente a las personas y que pueden existir en mayor o menor medida en distintas
estaciones -como gripe, resfrío común, infecciones respiratorias y sarampión- sino que también hay que controlar
otras: las que tienen que ver con el manejo de residuos, las que dependen de la calidad de las aguas y el sistema
de cloacas y alcantarillado -cólera, hepatitis A y enterocolitis, entre otras-, y las que son transmitidas por
animales.

Elemento vital
Un buen sistema de provisión y distribución de agua potable es, para muchos expertos sanitaristas, la primera
condición que puede influir positivamente en la salud de la población. Esa es la enseñanza fundamental que
dejaron pandemias como las del cólera -una enfermedad causada por una bacteria denominada Vibrio cholerae,
que produce diarreas intensas- la que se distribuyó, en oleadas, a lo ancho del planeta, en el siglo XIX. Este mal
se debió principalmente a que la calidad del agua de consumo no era la adecuada. Por ejemplo, la epidemia de
cólera que afectó a Londres en la década de 1880 fue controlada con el simple trámite de mudar río arriba las
tomas de agua del río Támesis. El problema se había originado en sectores en los que las tomas estaban próximas
o aguas abajo de las descargas cloacales.
Un siglo después, aplicar estas enseñanzas permitió controlar la epidemia de cólera que alcanzó a la Argentina a
comienzos de la década de 1990, proveniente del Perú -donde había llegado, a su vez, en un barco asiático-.
Adicionalmente, estas medidas permiten evitar la expansión de otras enfermedades que también se transmiten
por el agua, como, por ejemplo, otros tipos de diarrea, el tifus y la hepatitis A.
En todos los casos, lo que se debe hacer es separar de manera tajante las aguas para consumir de las aguas de
desecho, es decir, aquellas que provienen de las descargas cloacales y de las alcantarillas. Además, cuando
existan dudas, se debe prestar atención a ciertas recomendaciones simples pero eficaces como hervir el agua de
procedencia dudosa o, si no es posible, desinfectarla con dos gotas de solución de hipoclorito de sodio -lavandina-
por litro de agua. Precauciones similares deben tomarse en relación con los alimentos, en especial con las frutas y
verduras y con los platos procesados en condiciones de poca higiene.
Pero los organismos patógenos no son la única fuente de contaminación del agua de las ciudades. Porque además
de los desechos cloacales, los sistemas marítimos y fluviales próximos a los grandes centros urbanos deben
soportar el vertido de todo tipo de residuos domiciliarios, así como de hidrocarburos y metales pesados originados
por la actividad industrial.
Para dar un ejemplo, puede considerarse la situación del Río de la Plata, que es receptor de la mayor red de
drenaje de la Argentina. La importancia del tratamiento de los efluentes hogareños e industriales que, directa o
indirectamente, van a parar a este río queda demostrada en apenas dos números: en el eje fluvial Rosario-La
Plata -que incluye a Buenos Aires- se concentra el 50 por ciento de la población del país y el 70 por ciento de la
actividad fabril.
Mantener limpios y saneados los ríos, lagos y mares próximos a las ciudades es un tema de vital importancia, y
no sólo en los casos en que éstos son fuente de agua para consumo. Hay que tener en cuenta que la acción de los
vientos puede provocar el reflujo de las aguas costeras, con lo cual los contaminantes terminan en las calles y los
hogares. Un ejemplo típico es la franja costera de la zona Sur de la ciudad de Buenos Aires y del conurbano
bonaerense, que se ve inundada por las aguas del Río de la Plata cuando sopla viento del cuadrante sudeste,
fenómeno conocido como sudestada.
Cuidar a los amigos
Con respecto a las enfermedades que son difundidas por animales, para combatirlas es útil distinguirlas por el
transmisor que las distribuye.
Entre las que son vehiculizadas por perros y gatos se cuentan infecciones tales como la toxoplasmosis, la rabia, la
toxocariasis y la tiña, entre otras. La toxoplasmosis es causada por un organismo unicelular, el Toxoplasma gondii.
El parásito puede estar presente en las heces de los gatos, así como en los las verduras mal lavadas. Cuando un
niño o un adulto en buen estado de salud entran en contacto con el parásito, lo usual es que no tengan ningún
tipo de síntoma. No ocurre lo mismo con las personas inmunocomprometidas -aquéllas con su sistema de
defensas debilitado, como las pacientes trasplantados o quienes padecen sida- o en el caso de las mujeres
embarazadas. En estas últimas, la toxoplasmosis puede inducir el aborto o provocar graves complicaciones en el
embarazo, mientras que en las inmunocomprometidas puede derivar en una infección que ponga en peligro sus
vidas.
Es que el peligro no está sólo en casa. Las áreas públicas de las grandes ciudades, en especial las plazas y
parques, pueden convertirse en zonas de riesgo sanitario si no se toman medidas correctas. Diversos estudios
realizados por investigadores de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires, por ejemplo,
demostraron que una gran parte de los areneros de la ciudad, en los que se hallan los juegos infantiles, están
infestados con un parásito, el Toxocara canis que, en ciertos casos, puede provocar daños en los ojos, siendo
algunos de sus síntomas iniciales la aparición de fiebre, tos e inflamación del hígado. Los expertos recomiendan la
remoción de la arena contaminada, y el cercado de los areneros, para evitar que perros y gatos hagan sus
deposiciones en ellos.
La rabia es una infección causada por un virus que, además de afectar comúnmente a los perros, puede también
aparecer en gatos y -menos frecuentemente- en murciélagos, entre otros animales que suelen encontrase en las
ciudades. Se trata de una enfermedad que se transmite a través de una mordedura o una herida en la piel, que
produce el contacto con la saliva de un animal infectado. Aunque parece una problema del pasado -hace más de
un siglo que el científico francés Louis Pasteur desarrolló un método para tratar a las personas infectadas, y
existen vacunas para proteger a los animales domésticos- esta enfermedad aun no ha sido erradicada.

¿Sarna con gusto?


La tiña y la sarna son otras de las enfermedades que pueden ser transmitidas por animales domésticos. Se trata
de dos afecciones de la piel causadas por distintos organismos. La tiña, que produce intensa picazón y
enrojecimiento cutáneo, es producida por la infección con ciertos hongos, en particular el Tricophyton y el
Microsporum y puede afectar especialmente el cuero cabelludo. La sarna, en cambio, es causada por un ácaro, el
Sarcoptes cabiei, que se aloja en la piel, donde marca surcos característicos. Si bien para ambos problemas
existen tratamientos eficaces, en muchos casos pueden resultar molestos o prolongados, por lo que se
recomienda la prevención: mantener a los animales propios limpios y atendidos, y evitar el contacto con animales
abandonados.
Otra infección de cuidado que pueden contraer los habitantes de las ciudades es la psitacosis. Se trata de una
infección causada por la bacteria Clamydia psittaci, que afecta a las aves. Pero no hace falta tener un loro en casa
para contagiársela, ya que el contacto puede producirse de manera casual e indirecta. Esto se debe a que la
bacteria está presente en las heces y el polvillo de las alas, por lo cual las palomas que anidan en los edificios y las
plazas son un reservorio permanente de la bacteria. La enfermedad causa fiebre intensa, cansancio, pérdida del
apetito y tos seca: ante estos síntomas es necesario consultar al médico, ya que el tratamiento temprano con
antibióticos evita las complicaciones. Limitar la reproducción de las palomas -reduciendo los ámbitos donde
anidan- y monitorear periódicamente el estado de salud de estas poblaciones es una responsabilidad de las
autoridades sanitarias de las zonas urbanas.
También las enfermedades que son transmitidas por insectos exigen controles de las autoridades municipales.
Desde fines de la década de 1990, grandes áreas de la Argentina están bajo la amenaza permanente del dengue,
un trastorno infeccioso causado por un virus cuya denominación coincide con la de la enfermedad . Una persona
puede contagiarse si es picada por un mosquito que previamente se alimentó con la sangre de una persona
infectada. Se sabe que el Aedes aegypti, el insecto que la transmite, tiene hábitos domésticos, es decir, prefiere
las áreas habitadas, y que ya colonizó distintas regiones de la Argentina, entre ellas las grandes ciudades, como la
de Buenos Aires y Rosario, en la provincia de Santa Fe.
Si bien es imposible evitar la expansión de estos mosquitos, sí se puede controlar el tamaño de sus poblaciones, a
través de fumigaciones y evitando las acumulaciones de aguas estancadas -ámbito donde se reproducen-. La
instalación de mosquiteros en las ventanas, así como el uso de repelentes de insectos al salir a zonas húmedas,
son otras de las medidas de precaución para evitar una enfermedad que produce fiebre alta y dolores en
músculos y articulaciones y que, en algunos casos, puede generar hemorragias intensas e, incluso, conducir a la
muerte.

Lo que queda
Las ciudades consumen muchos de los recursos generados por los países -agua, alimentos, energía- y por ese
motivo son también grandes productoras de basura. Por eso, otro de los graves problemas que enfrentan los
grandes centros urbanos son los derivados del tratamiento de los desechos.
Se calcula que cada uno de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, genera 1,5 kilogramos de
basura por día. Eso hace un total de 4.500 toneladas diarias. De toda esa masa de desechos, sólo una pequeña
cantidad llega a reciclarse a través de medios formales, la denominada recolección diferenciada, o informales,
como el llamado "cirujeo", realizado por personas de muy bajos recursos. Entre los materiales que se reciclan se
cuenta el papel, el cartón, el vidrio y el aluminio. Todos los demás, tras ser compactados, son enterrados en el
llamado Cinturón Ecológico, un conglomerado formado por cinco franjas de terreno de 30 kilómetros de longitud
cada una, y situadas en el Conurbano Bonaerense.
Con el objeto de realizar la disposición final a modo de relleno sanitario se excava el terreno para formar celdas.
Sobre el piso de estos receptáculos se coloca una membrana de polietileno de alta densidad destinada a evitar
que los contaminantes de los residuos se mezclen con la tierra ya que, si éstos se filtraran, podrían alcanzar las
aguas subterráneas. Esta membrana se recubre con una capa de arcilla para su protección. Luego se comienzan a
depositar en la celda los residuos, compactados de manera tal que cada tonelada ocupe aproximadamente un
metro cúbico. Una vez alcanzado el límite máximo de capacidad, se recubre el área con una capa de 30 a 60
centímetros de arcilla, y esa franja es forestada. El líquido generado por la descomposición de los residuos se
recoge en cañerías desarrolladas especialmente. En ciertos casos, también se ventean los gases, producto del
mismo proceso.
Pero los residuos domiciliarios no son los únicos, ni los más peligrosos. Los desechos provenientes de hospitales y
clínicas -que pueden ser vehículo de enfermedades- merecen un tratamiento especial, al igual que los
provenientes de ciertas industrias.
Para los desechos provenientes de centros de salud, también llamados patogénicos, distintos organismos
internacionales recomiendan la incineración en habitáculos cerrados. En la ciudad de Buenos Aires, se calcula que
se generan casi 40.000 kilogramos diarios, aunque esta cifra se basa en estimaciones que podrían haber sido
superadas.
En cuanto a los residuos industriales, éstos requieren un tratamiento diferencial según sea su composición. La
legislación de la Argentina exige a las empresas que realicen el tratamiento de estos residuos para minimizar el
impacto de su disposición final.
Lo cierto es que mantener limpias y sanas las ciudades exige grandes esfuerzos de organización, controles
continuos e importantes recursos económicos y humanos.
Cada vez que se tira abajo una construcción, suelen dispersarse ciertos hongos que habitan sus paredes, en
particular un tipo denominado Aspergillus. Este organismo no resulta peligroso para la población que se encuentra
en buen estado de salud, pero es una amenaza para las personas con sus defensas bajas. Entre estos pacientes
inmunocomprometidos, como se dijo más arriba, se cuentan las personas que padecen sida o que están
recibiendo tratamientos para el cáncer o para no que rechacen un órgano trasplantado.