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APORTES

PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA

2011

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APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA 2011 5
APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA / 2011 AFRODESCENDIENTES Y AFRICANOS EN ARGENTINA 5 Publicado

APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA / 2011

AFRODESCENDIENTES Y AFRICANOS EN ARGENTINA

5

Publicado por el
para el Desarrollo

Programa de las

Naciones Unidas

(PNUD)

© Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, 2011 Esmeralda 130, 13º piso (C1035ABD) Buenos

© Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, 2011 Esmeralda 130, 13º piso (C1035ABD) Buenos Aires, Argentina www.pnud.org.ar

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El análisis y las recomendaciones de políticas contenidas en este trabajo no reflejan necesariamente las opiniones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, de su Junta Ejecutiva o de sus estados miembros. El trabajo es una publicación independiente encargada por el PNUD y es el fruto del esfuerzo conjunto de un equipo de prestigiosos consultores y asesores y del equipo encargado de los Aportes para

el desarrollo humano en Argentina / 2011.

Hecho el depósito que marca la ley 11723 Prohibida su reproducción tota l o parcial Derechos reservados

Aportes para el desarrollo humano en Argentina / 2011: Afrodescendiente s y africanos en Argentina / coordinado por Ruben Mercado y Gabriela Catterberg. - 1a ed. - Buenos Aires: Programa Naciones Unidas para el Desarrollo - PNUD, 2011. 104 p. ; 28x 21 cm.

ISBN 978-987-1560-31-8

1. Historia de la Inmigración Africana. 2. Desarrollo Humano. I . Mercado, Ruben, coord. II. Catterberg, Gabriela, coord. CDD 304.829 82

Fecha de catalogación: 16/11/2011

Representante Residente del PNUD y Coordinador Residente del Sistema de Naciones Unidas en Argentina Martín Santiago

Representante Residente del PNUD y Coordinador Residente del Sistema de Naciones Unidas en Argentina

Martín Santiago Herrero

Representante Residente Adjunta

Cecilia Ugaz

Investigadores Principales

Gabriela Catterberg y Ruben Mercado

Consultores Investigadores Principales

Los afroargentinos: formas de comunalización, creación de identidades colectivas y resistencia cultural y política Alejandro Frigerio (FLACSO-CONICET) y Eva Lamborghini (UBA-CONICET )

L a migración subsahariana hacia Argentina: desde los caboverdianos hasta los nuevos migrantes del siglo XXI Marta Maffia (UNLP-CONICET )

Edición

Mariana Enghel

Diseño

Tholön Kunst

Los trabajos de la presente publicación, compilados por Gabriela Catterberg (PNUD) y Ruben Mercado (PNUD), estuvieron

Los trabajos de la presente publicación, compilados por Gabriela Catterberg (PNUD) y Ruben Mercado (PNUD), estuvieron a cargo de Alejandro Frigerio (FLACSO-CONICET) y Eva Lamborghini (UBA-CONICET ) , autores de “Los afroargentinos:

formas de comunalización , creación de identidades colectivas y resistencia cultural y política”, y de Marta Maffia (UNLP-CONICET ) , autora de “ L a migración subsahariana hacia Argentina: desde los caboverdianos hasta los nuevos migrantes del siglo XXI”. Se agradece el asesoramiento de Silvia García Savino, Directora del proyecto “Población Afrodescendiente de América Latina” del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo .

PREFACIO

PREFACIO L a Asamblea Genera l de las Naciones Unid as proc lamó e l año

L a Asamblea Genera l de las Naciones Unid as proc lamó e l año 2011 como año internacional de los a f rodescendientes con el objetivo de erradicar su discriminación y promover una mayor conciencia y respeto a su diversidad y cultura. Esta publicación se inspira en dicha iniciativa. Como señalan la Declaración y el Prog rama de Acción de Durban, los a f rodescendientes continúan su f riendo en la actualidad racismo y discri- m inación. A l proc l amar este año internaciona l, e l Sistema de Naciones Unidas invita a estudiar la riqueza cultural de los a f rodescendientes en las di ferentes regiones del planeta, y asimismo nos of rece una oportunidad especial para redoblar los esfuerzos en la lucha contra la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia. En pa labras del Secretario Genera l, Ban Ki-moon, “La comunidad inter - naciona l no puede aceptar la marginación de comunidades enteras debido a l color de su piel. Como a f irma la Declaración Universal de Derechos Hu- manos, todas las personas nacen libres e ig uales en dig nidad y derechos”. En América Latina, entre las iniciativas del PNUD vinculadas con las poblaciones afrodescendientes, se destaca el proyecto reg ional “Población af rodescendiente de América Latina”, cuyas principales metas son el forta- lecimiento de las capacidades de las organizaciones de la población af rodes- cendiente; la sistematización y creación de conocimiento relacionado con la inclusión social y la ampliación de ciudadanía; la creación de instancias de diálogo; y la contribución al reconocimiento de su herencia cultural. A simismo, durante 2010 l a UNESCO implementó acciones loca les en e l marco del proyecto internacional “Ruta del Esclavo y los sitios de memo- r ia en el Río de la Plata”, un proyecto que busca recuperar la memoria de un pasado común a Argentina, Paraguay y Uruguay ignorado o negado durante mucho tiempo, y aspira a valorizar y fomentar la diversidad y el diálogo intercultural p or medio de la concientización de la huella de la esclavitud en estas sociedades. El enfoque del desarrollo humano entiende a la identidad como un fenómeno multidimensional, y un elemento f undamental de la libertad de las p ersonas. Bajo este enfo que, es necesario impulsar p olíticas pú- bl icas que propicien l a inc lusión, y que les permitan a l as pobl aciones a f rodescendientes “empoderarse” y participar en los procesos de toma de decisiones y de fortalecimiento de sus capacidades. Para ello, las políticas que fortalezcan la identidad y valoren la diversidad son especialmente

AFRODESCENDIE NTES Y AFRICANOS EN ARGENTINA

ix

relevantes. En tal sentido, el conocimiento de las realidades y desa f íos que enfrentan los afrodescendientes facilitará la adopción e implementación de políticas que promuevan de forma efectiva su bienestar. En este marco, la quinta entrega de la serie Aportes para el desarrollo hu- mano propone un estudio riguroso y abarcativo sobre las distintas maneras en que, a lo lar go del tiemp o en Ar gentina, los africanos esclavizados y luego sus descendientes afroargentinos crearon y mantuvieron identidades colectivas y formas de ay uda mutua y de movilización política y social. Esta publicación se orig ina en la necesidad de revisar las aproximaciones teóricas, sociales y políticas acerca de las poblaciones afrodescendientes, de tal forma que permitan una mayor y mejor comprensión de los fenómenos que las afectan. También, en la necesidad de repensar la migración desde nuevas aproximaciones teórico-metodológicas que respondan a los cambios recientes del fenómeno mig ratorio en el nivel tanto internacional como naciona l. Asimismo, se basa en la intención de contribuir con el d iseño y la implementación de políticas públicas que a fectan directa o indirectamente a minorías muc has veces d iscriminad as y exc luid as. En la última década, el conocimiento sobre los estudios a f roargentinos ex perimentó un salto cualitativo con contribuciones sig ni f icativas de his- toriadores y antropólogos locales. Sin embargo, aún persiste una carencia sig nificativa de datos para g ran parte del sig lo XX. Es recién a partir del siglo XXI que se comienza a dar un seguimiento etnográfico a la temática, en g ran medida g racias a los esfuerzos de activistas afroar gentinos p or desarrollar un movimiento de reivind icación socia l, pol ítica y cultura l. Sin embargo, todavía son muy escasos los datos de base acerca de la población afro-argentina actual, sus características y su situación social. La primera parte de esta publicación brinda un panorama de las distintas maneras en que a lo largo de la historia del país los a f ricanos esclavizados y luego sus descendientes crearon y mantuvieron identidades colectivas y formas de ayuda mutua y de movilización política y social. En particular, analiza los distintos procesos de comunalización que protagonizaron los afroar gentinos, principalmente mediante el desarrollo de distintos g ru- pos asociativos (re l igiosos, étnicos, recreativos y pol íticos) vita les para la transmisión y actualización de pautas culturales propias. La seg unda parte caracteriza la mig ración caboverdiana en Argentina; describe su lugar de origen, sus características sociodemográ f icas, las asociaciones que constituyeron, sus estrategias ad aptativas, y e l proceso de deconstrucción de la invisibilización que hoy protagonizan las nuevas generaciones de descendientes. Para ello, analiza alg unos aspectos parti- culares, como la caracterización sociodemográfica, las asociaciones que los inmigrantes constituyeron, sus estrategias ad aptativas a la socied ad de recepción y el proceso de “invisibi l ización” en relación con las pol íticas migratorias y e l acceso a la ciud ad anía. Estud ia también la presencia en el país de los “nuevos inmigrantes africanos” a través de algunos datos que permitirán conocer en qué situación se encuentran tras dos décadas de presencia en Argentina.

L a ser ie Aportes es una iniciativa de g ran valor en la promoción y difu- sión del enfoque del desarrollo humano por parte de la Oficina del PNUD A rgentina. A través del estudio de temáticas específicas y particularmente sensibles al bienestar de todas y todos los ar gentinos, contribu ye con análisis metodológ icamente innovadores y empíricamente rig urosos. La comprensión y el planteo de las propuestas ex ploradas se centran, p or lo tanto, en la ex pansión de las oportunid ades y capacid ades de las y los argentinos como elemento motorizador de su bienestar.

Martín Santiago Herrero Martín Santiago Herrero Representante Re sidente del PNUD
Martín Santiago Herrero
Martín Santiago Herrero
Representante Re sidente del PNUD

y Coordinador Residente del Sistema

de Naciones Unidas en Argentina

CONTENIDO

CONTENIDO I. Los afroargentinos: formas de comunalización, creación de identidades colectivas y resistencia cultural y política

I.

Los afroargentinos: formas de comunalización, creación de identidades colectivas y resistencia cultural y política

1

 

Introducción

2

 

Parte histórica La trata esclavista. Asociaciones religiosas, étnicas, recreativas y de ayuda mutua

4

Situación social (I): la colonia (1580-1810)

4

 

La trata esclav ista

4

Los esclav izados

5

Comunalización (I): las cofradías religiosas

5

Situación social (II): independencia y guerras civiles (1810-1852)

8

 

A bol iciones

8

Los sold ados

9

Comunalización (II): las naciones africanas

10

Situación social (III): organización del Estado nación. La república conservadora (1852-1900)

16

La

declinación demográ f ica

16

Los afroargentinos y su (no) lugar en la nueva narrativa dominante de la nación

17

La sociabilidad festiva

19

Comunalización (III): los periódicos, las asociaciones

de ayuda mutua y las asociaciones carnavalescas

20

Los periódicos afroargentinos

20

Las asociaciones de ayud a mutua

20

Las asociaciones carnava lescas

20

La re l igió n 21 Situación social (IV): el siglo XX 22 Comunalización (IV): el

La re l igión

21

Situación social (IV): el siglo XX

22

Comunalización (IV): el Shimmy Club

23

Parte etnográfi ca Desarrollo de un movimiento social afrodescendiente

26

La constitución de un campo de actividades culturales afrodescendientes

27

Nacimiento de un movimiento social afroargentino (1995-2001)

27

Reclamando por los afrodescendientes (2002-2005)

29

El INADI y los afrodescendientes. Convocando a la “diáspora africana” y delimitando a los “afroargentinos del tronco colonial” (2006-2008)

31

El “ foro de a f rodescendientes” del INADI

31

La “diáspora a f ricana” en/de Argentina

32

Reetnización afroargentina: la Asociación Misibamba

33

Interpelando al Estado (2009-2010)

33

El I NADI

34

E l Consejo Consu ltivo de la Canci llería argentina

35

El INDEC y el Censo 2010

35

El año de los afrodescendientes (2011)

36

Conclusiones

38

Notas

40

Bibliografía

46

II. La migración subsahariana hacia Argentina: desde los caboverdianos hasta los nuevos migrantes del siglo XXI

II.

La migración subsahariana hacia Argentina: desde los caboverdianos hasta los nuevos migrantes del siglo XXI

53

Introducción

54

Desde Cabo Verde hacia Argentina

54

Introducción

54

Ubicación geográfica y poblamiento

54

Principales corrientes emigratorias

55

Los caboverdianos en Argentina

56

Caracterización sociodemográfica de la población caboverdiana y sus descendientes

56

El estado civil/conyugal

57

Las parejas caboverdianas

58

El tamaño de la familia

59

El nivel educativo

60

La ocupación

60

La lengua

61

Las asociaciones de caboverdianos

63

El desplazamiento a los centros urbanos

63

xiv

APORTES PARA EL DESARROLLO HUMANO EN ARGENTINA

Las estrategias adaptativas 64 La comunicación con Cabo Verde 64 El presente: “desinvisibilización” y movilización de

Las estrategias adaptativas

64

La comunicación con Cabo Verde

64

El presente: “desinvisibilización” y movilización de las generaciones de descendientes a partir de la década del noventa

65

Los nuevos inmigrantes africanos

67

Introducción

67

Las migraciones en y desde el continente africano. El caso particular de las migraciones de África subsahariana

67

Algunas consideraciones respecto de las políticas migratorias de la Unión Europea

69

Cambios políticos, económicos y migratorios en Argentina a ser considerados para la comprensión del fenómeno

69

Los inmigrantes subsaharianos en Argentina

70

Las fuentes estadísticas

70

Caracterización de la población inmigrante a partir del trabajo de campo etnográfico

74

Los nuevos inmigrantes africanos se organizan

76

Conclusiones

81

Notas

82

Bibliografía

84

I.

I.
LOS AFROARGENTINOS: FORMAS DE COMUNALIZACIÓN, CREACIÓN DE IDENTIDADES COLECTIVAS Y RESISTEN CIA CULTURAL Y POLÍTICA Alejandro

LOS

AFROARGENTINOS:

FORMAS DE COMUNALIZACIÓN, CREACIÓN DE IDENTIDADES COLECTIVAS Y RESISTEN CIA CULTURAL Y POLÍTICA

Alejandro Frigerio y Eva Lamborghini

Introducción Este trabajo pretende brindar un panorama de las distintas maneras en que, a lo largo

Introducción

Este trabajo pretende brindar un panorama de las distintas maneras en que, a lo largo de nuestra historia, los africanos esclavizados y luego sus descendientes afroargentinos crearon y mantu- vieron identidades colectivas y formas de ayuda mutua y de movilización política y social. Se fo - caliza en los distintos procesos de comunalización que protagonizaron los afroar gentinos, princi- pa l mente a través de l desarrollo de d istintos grupos asociativos (religiosos, étnicos, recreativos, pol íticos) vita les para la transmisión y actua l iza- ción de pautas culturales propias. En su primera p arte, el trabajo se prop one sintetizar el conocimiento contemp oráneo so - bre el tema, poniendo especial énfasis en los aportes recientes de h istoriadores y antropólogos ar gentinos. En la seg und a, se brind a un espacio privileg iado al actual resur g imiento de un mo - vimiento p olítico – y en menor medida cultu - ral– afroargentino, y a la manera en que este ha logrado, crecientemente, interpe l ar a d istintas oficinas gubernamentales. Las líneas argumentativas procurarán mostrar la agencia afroargentina, en permanente interacción con distintas instituciones de control social, tanto religiosas como estatales. Para la última década del siglo XX y comienzos del siglo XXI, se señala su ar- ticulación con redes continentales de movimientos negros, dentro de un contexto de mayor valoración multicultural incentivado por los tratados internacio- nales y la intervención de organismos multilaterales. Evitaremos en lo posible hablar de una comu- nidad afroargentina, para no homogeneizar una población bastante heterogénea que siempre se v io atravesada por variables ( y d ivisiones) de género, color, c lase, naciona lidad o condición socia l. Aun los intentos por agruparse y crear distintos tipos de instituciones de ayuda mutua siempre f ueron segmentados y parciales, efectuados por distintos grupos que ex hibían tensiones importantes en su interior y que tenían relaciones de cooperación o de con f licto (quizás más esto último) con otros. Esto resu lta evidente en to dos los casos mejor documentados –como veremos más adelante, a l

referirnos a las cof radías y las naciones af ricanas–

y se manifiesta de manera más clara, quizá, en los periódicos afroporteños de fines del siglo XIX. Cuando la condición de “neg ro libre” o “esclavo”

dejó de pesar –como también sucedió luego con las identificaciones étnicas y más eventualmente con los matices de color–, la clase social, las preferen- cias políticas o las discrepancias sobre cuál era el lugar apropiado o merecido de los afrodescendien- tes dentro de la nación, así como sobre cuál era el mejor camino para avanzar socialmente, fueron todos motivos de disenso que comenzaron a cobrar importancia. Las comunidades, como sabemos, son más imaginadas que efectivas; por lo tanto, pen- samos que es más rea lista tomar la desunión y la heterogeneidad como el punto de partida y procu- rar describir –y quizás entender, dentro de lo que nos permite el espacio– intentos y consecuencias de la unión, antes que sor prendernos y evaluar negativamente su contrario, como ha sucedido mayormente. Tomando también como punto de partida las teorías contemporáneas acerca de los movimientos sociales, presupondremos que no se parte de las identidades colectivas, sino que se llega a ellas (parcial y esforzadamente) luego de procesos deliberados en que las mismas son construidas. Enfatizaremos –analítica y narrativamente– los d iversos intentos de comuna l ización (Brow, 1990) que han emprendido a lo largo de nuestra histo - r ia; principalmente, la creación de agrupaciones que nuclearon a esclavizados y neg ros libres y luego a afroporteños. Si, siguiendo a Brow (1990:

1), la comuna l ización –entend ida como cua lquier patrón de acciones que promueve un sentido de pertenencia conjunta– es un proceso continuo y ubicuo en la vida socia l, creemos que ella resulta particularmente significativa para el caso de los esclavizados y sus descendientes, ya que el grado de desarraigo y separación del que partieron es- tas poblaciones en nuestro suelo supera a l usua l. Aun para los aquí nacidos, su suba lternid ad y su no-pertenencia a la sociedad mayor resu ltan patentes durante casi to do e l sig lo XIX. En un primer momento, porque muc hos continuaron esclavizados; luego, porque no tuvieron los mis- mos derechos que los blancos; y en las últimas décadas del siglo, porque aun como ciudadanos ocuparon los estratos más bajos de la sociedad y f ueron víctimas del prejuicio y la discriminación. Por lo tanto, resultan vitales las agrupaciones o los espacios socia les que les permitieron recrear

un sentido de pertenencia conjunta, ay udarse y ac- ceder a identificaciones más valiosas que aquellas de las cuales gozaban en la sociedad. Estas no sólo ponen de manif iesto con más claridad la agencia de los esclavizados, de los negros libres y luego de los afroargentinos, sino que también evidencian la nat ura leza de la interacción mantenida con las distintas instituciones g ubernamentales en cada época. Creemos que estas diversas asociaciones los vincularon con la estructura de poder, mientras que al mismo tiempo les permitieron continuar –o crear – prácticas que reflejan un legado de origen (más o menos remoto) af ricano, adaptadas al con- texto social y cultural del momento. Especialmen- te, coincidimos con la historiadora norteamericana Elizabet h Kiddy en que “la estrategia de estos gru- pos ex pone las l imitaciones del modelo [teórico- académico que sólo visualiza] resistencia/acomo - dación [integración], que debería ser reemplazado por el examen de procesos de negociación, cambio y continuidad” (2005: 5). Pretendemos brindar una idea realista de las diferentes maneras en que las autoridades (coloniales, virreinales, provinciales y naciona les) legislaron sobre la población negra y af rodescendiente, enfatizando las f recuentes mar- chas y contramarchas legales que condicionaban o incluso contradecían las medidas favorables a ellos, y que también permitían reclamos subalter- nos y otorgaban ciertos derec hos ind ividua les o colectivos. Intentaremos así a lejarnos de visiones tanto demasiado benévolas como deterministas acerca de la naturaleza del poder (es) con el cual los af roporteños debieron lidiar. Es preciso ser conscientes de que los estudios afroargentinos –históricos, antropológicos, socioló- gicos– se hallan en un estado (recién algo más que) embrionario. Pese a que en la última década nuestro conocimiento del tema ha dado, sin duda, un salto cualitativo –con contribuciones notables de histo- riadores y antropólogos locales–, tenemos aún, por ejemplo, una carencia prof unda de datos para gran parte del siglo XX. Recién para esta última década y media (o sea, principalmente el siglo XXI) existe un seguimiento etnográfico de los esfuerzos realizados por militantes af roargentinos por desarrollar un movimiento social de reivindicación social, política y cultural. Sin embargo, todavía poseemos pocos datos de base acerca de la población af roargentina actual, sus características y situación social. Parte de l problema, no menor, es que no sólo contamos con pocos datos, sino que tampoco existe

un colectivo bien de f inido para “me d ir”. Después

de que los descendientes de las familias tradi- c ionales afroar gentinas dejaron de encontrarse periódicamente en el Shimmy Club, a comienzos de la década de 1970, prácticamente se completó e l proceso de invisibilización social y cultural i niciado a fines del sig lo XIX. El creciente mes- t izaje biológ ico y la particular forma que toma e l sistema de clasificaciones raciales argentino ( Frigerio, 2006) llevaron a que una identificación colectiv a sobre la base de una marcación raciali- zada (“raza”) fuera difícil de lograr. Para varios de los jóvenes a f roargentinos contemporáneos, el reconocerse como neg ro o como af rodescendiente i mplica un esfuerzo identitario extra sólo posible, de hec ho, para quienes conocen bien su h istoria f amiliar, ya que, de lo contrario, por su fenotipo y su cond ición socia l , serían ubicados durante buena parte de sus interacciones sociales en la categoría subalterna de “negros” (“negros cabe- za”, “negros villeros”). Estos motes, por más que señalen tácitamente su no-ser-suf icientemente- blancos, tamp oco implican a f rodescendencia ( Frigerio, 2006). Por lo poco que sab emos hasta e l momento de estos procesos, sólo quienes cre- c ieron en u na familia con muchos miembros (considerados socialmente como) negros son cons- c ientes de esta ascendencia y en a lg unos casos escogen alguna identi f icación que la ref leja. Un número mucho mayor desconoce sus antepasados (aún cercanos) africanos o afroargentinos, o si los conoce tampoco tiene algún aliciente para adop - tar una identif icación socialmente estigmatizada. En las pág inas que sig uen, debido a motivos de espacio, a la forma que adquiere nuestro propio c onocimiento del tema y al estado general de los estudios afroargentinos, nos focalizaremos principa l mente en la Ciud ad de Buenos Aires y sus alrededores. Aunque el campo de estudios de los afroargentinos del interior también avanza rápid amente, la mayor parte de los trabajos tra- tan sobre el período colonial, y sólo unos pocos avanzan sobre la segund a mitad de l sig lo XIX 1 . E n l a primera parte d e este tra b ajo, l a d es- c ripción de estos sucesivos intentos de comu- n alización (cofradías, naciones, periódicos y asociaciones carnava lescas y d e ayud a mutua) se interca l ará con breves caracterizaciones de l a situación social de los esclavizados, primero, y de sus descend ientes, después, en d istintos mo- mentos de l a colonia, e l virreinato y l a naciente

repúbl ica. En esta primera sección, a l no h ab er realizado una investi g ación propia al res p ecto – y p or q ue d e b emos a b arcar una varie d a d d e temas y é p ocas–, resumiremos parte de la pro - ducción ya clásica del historiador norteamericano George Reid Andrews (1980) y la más novedosa de estudiosos locales que mucho han aportado a nuestro conocimiento (principalmente, los/as historiadores/as Marta Goldber g, Mig uel Á ngel Rosal, Silvia Mallo y Florencia Guzmán y los/as antropólogos/as Lea Geler y Pablo Cirio, a cuy as obras nos referiremos más adelante) 2 . La segunda parte de l trabajo se concentra en l a situación actual, con esp ecial énfasis en el movimiento p olítico y social reivindicatorio afroar gentino, y está basad a en g ran parte en nuestra propia investigación a l respecto (Frigerio y Lamborghini, 2009a; Lamborg h ini y Frigerio, 2010).

repúbl ica. En esta primera sección, a l no h ab er realizado una investi g

Parte histórica La trata esclavista. Asociaciones religiosas, étnicas, recreativas y de ayuda mutua

Situación social (I):

la colonia (1580-1810)

La trata esclavista

La Ciudad de Buenos Aires f ue f undada en dos op ortunidades, la primera en 1536 –en 1541 debió ser abandonad a por las hosti l id ades de los nativos– y l a segund a en 1580. Los primeros esclavos f ueron introducidos en la re g ión del Río de l a Pl ata en 1534, pero h asta 1595 sólo cerca de 300 h abían sido traídos a l a ciud ad (Andrews, 1980: 23). Ante los pedidos de mano de obra esclavizada p or parte de los p obladores de mayores ingresos, la corona española fue otorgando asientos (concesiones) a di f erentes ind ividuos p ortug ueses para intro ducir deter - minad as cantid ades de esc l avos por año. Entre 1595 y 1680, 22.892 esclavizados habían ingresado

lega l mente a l puerto (And rews, 1980: 24), aunque la cifra real, sin duda, fue mucho más alta, debido a l a imp ortancia de l contrabando en e l ing reso de esta y otras mercaderías. En el siglo XVIII, con permisos de importación de esclavos dados ya no a individuos sino a com- pañías, la introducción de esclavos se incrementó. Entre 1700 y 1750, unos 14 mil esclavos llegaron a Buenos Aires. Como la ciudad aún no tenía ne - cesidad de este volumen de mano de obra, g ran parte de los esclavos eran llevados hacia Cuyo, Córdoba, Tucumán, Chile y Potosí. Más de las tres cuartas partes de los 9.970 esc lavos traídos a Buenos Aires por la British South Sea Company entre 1715 y 1752 fueron llevados al interior para su posterior reventa (And rews, 1980: 25). En 1776 se f undó el Virreinato del Río de la Plata, y Buenos Aires f ue nombrada su capital. Insatisfe- cha con el desempeño de las compañías de trata y con la intención de incentivar la prosperidad eco- nómica de las colonias –para lo cual la mano de

obra esclava era fundamental–, en 1791 la corona española liberalizó el tráfico, medida que llevó a un incremento de la actividad. Boruck i señala que el 86% de los esclavos que ingresaron al Río de la Plata entre 1777 y 1812 lo hicieron luego de la aper- tura de la trata legal (Borucki, 2009: 4). El mismo autor muestra cómo esta dinámica condujo a un aumento de la población esclava en la Ciudad de Buenos Aires: si desde 1778 a 1810 la población de

la ciudad creció un 34%, el aumento de la cantidad de esclavizados triplicó esa proporción (Borucki, 2009: 1). Borucki también indica que el tráf ico de esclavos hacia el Río de la Plata f uncionó a través de dos circuitos distintos: uno costero, desde Bra- sil, y otro transatlántico, desde Á frica, siendo el primero levemente superior al segundo: el 53% de los esclavos llegaron a Montevideo y Buenos Aires desde Brasil, y el 71% de los viajes esclavistas en el período virreinal tuvieron ese origen. La mitad de esos individuos llegaron desde Río de Janeiro, un c uarto arribó desde Ba h ía, y el resto provino de otros puertos brasileros (Boruck i, 2009: 11). Por este motivo, entre otros, resulta difícil determinar la procedencia y la cantidad de es- c lavizados que llegaron a Buenos Aires. Borucki d a un tota l de a l menos 60.393 esc lavos desem- barcados en e l Río de la Plata durante el per í odo v irreinal –ci f ra que no incluye, claro, los efectos del contrabando ni los arribos vía terrestre desde el sur de Brasi l (2009: 5) –.

En un trabajo c l ásico, y aún uti l izado como r eferencia, Studer (1958) computa un total de 13.072 esc l avizados traídos durante e l p erío do 1742-1806. De estos, 3.979 habrían lle g ado de Á frica Occidental; 2.742, del Congo; 4.708, des- de África Oriental; 114, de Sudáfrica, y se des- conoce e l origen de otros 1.529. A estos h abría que ag regarles otros 12.473, traídos desde Brasil, c uya procedencia se ignora (Andrews, 1980: 27). L a mayor parte de los esclavos traídos desde Río de Janeiro (recordemos, la mitad de los llegados desde Brasil) venían de Luanda y Benguela, y los de Ba h ía (un cuarto de los llegados desde Brasi l) provenían del Golfo de Benin (Borucki, 2009: 14). La Ciudad de Buenos Aires tuvo, durante el si- glo XVIII, al menos tres depósitos importantes de esclavos. El perteneciente a la Compañía Francesa de Guinea estuvo ubicado en lo que hoy es Parque Lezama. Otro, perteneciente a la británica South Sea Company, se situó en la zona de Retiro. El tercero, cerca de la aduana y los muelles (Andrews, 1980: 28). Los traslados se debieron no sólo a que cambiaban los responsables de la trata, sino principalmente a que en la medida en que la ciudad se expandía y las áreas más alejadas se convertían en parte de la misma, crecía la preocupación de las autoridades por las consecuencias sanitarias de tener cerca poblacio- nes en estado de abandono. Por ejemplo, cuando el depósito estaba en Retiro, el Cabildo se quejó “porque soliendo venir dichos negros medio apestados, llenos de sarna y escorbuto, y despidiendo su cuerpo un fétido y pestilencial olor, pueden con su vecindad inf icionar la ciudad” (Goldberg, 1995: 533-534).

Los esclavizados

Sin embargo, era necesario exponerse a este peligro, ya que hacia fines del siglo XVIII, Buenos Aires de- pendía de la existencia y la continua provisión de mano de obra esclava para su correcto desarrollo. En las estancias de la provincia, los esclavizados realizaban las tareas regulares necesarias para su funcionamiento y los trabajadores libres eran contratados principal- mente para satisfacer necesidades específicas o esta- cionales de trabajo (Amaral, 1987). Resultaban vitales, entonces, para la producción del principal producto de exportación, los cueros, que eran, luego de la plata, el medio de pago preferido para costear nuevos esclavos (Borucki, 2009: 4). También lo eran para la agricul- tura, de la que se alimentaba la ciudad. En la ciudad, eran principa l mente servidores domésticos, pero también artesanos, vendedores

a mbulantes y op erarios en las “fábricas” de la época: se desempeñaban en g randes panaderías, carpinterías, curtiembres y herrerías (And rews, 1980: 32-39). Eran mayoría en los gremios de los za- pateros y los sastres, aun cuando las posiciones je- rárquicamente más elevadas (maestros artesanos) eran ocupadas por blancos, europeos o criollos. Las mujeres eran domésticas, o también lavanderas, “achuradoras” y vendedoras ambulantes. Pese a la importancia de su fuerza de trabajo en la vida cotidiana de la ciudad, ocupaban los puestos más bajos e indeseables. Las ocupaciones de los negros libres no eran muy diferentes: los mejores empleos siempre estaban destinados a los blancos. Era muy común, y económicamente rend idora para los amos, la costumbre de que el esc lavizado a rrendara su f uerza de trabajo f uera del hogar, generando así un d inero que era entregado a su dueño. Para las mujeres solas, ya f ueran solteras o v iudas, tener un esclavo podía ser la única fuente de ing resos. Esta modalidad –cuando no llevaba a su explotación desmedida– tenía a lgunas ventajas para el esc lavizado: tenía a lgo más de autonomía, y a que sólo precisaba volver a la casa con cierta c antidad de dinero, sin prerre quisitos de hora- rios. Una vez que se comenzó a reg lamentar el m áximo de dinero que era dable exig irle a un esc lavo, este pod ía destinar el excedente que hu- biere conseguido para comprar su propia l ibertad. El reconocido estud io de Lyman Joh nson sobre l as manumisiones en Buenos Aires (1776-1810) muestra que el 60% de las mismas se lograban me d iante e l pago de d inero; otro 10%, p or de- terminados años de trabajo estipulados lue go de una venta o herencia, y menos de un 30% se alcanzaba por voluntad graciosa de los amos (1978: 639). E l porcentaje de manumisiones (so- bre e l tota l de esc lavos) subió de 0,4% en 1776 a 1,3% en 1810 (Johnson, 1978: 644), en la medida en que la creciente prosperidad económica de la c iudad y la mayor cantidad de esc lavos que, como v imos, iban llegando a la ciudad permitían mayo- res oportunidades de comprar la propia l ibertad.

Comunalización (I):

las cofradías religiosas

Las cof radías religiosas f ueron las primeras agru- paciones que nuclearon a los af roporteños. Estas instituciones católicas, ubicuas en América Latina,

tenían como f unción principal sostener los templos en que funcionaban y las devociones particulares a las que suscribían, ocupándose de cuidar sus altares y de la realización de misas. En una sociedad segre- gada como la colonial, las cofradías seguían las líneas de separación social, ya fuera de manera formal, a través de lo que establecían sus estatutos –respecto de quiénes podían ser sus miembros–, o de manera más informal, por el mero desinterés de sectores sociales superiores en participar de los espacios considerados socialmente como inferiores. Según Andrews (1980), hubo cuatro cofradías negras en la Ciudad de Buenos Aires. La primera cofradía fue la de San Baltasar, fundada en 1772, que funcionaba en la iglesia de La Piedad. En la sig uiente décad a aparecieron otras tres: dos de ellas, la de San Benito y la de Nuestra Señora del Rosario, f uncionaban en los conventos de San Francisco y Santo Domingo, respectivamente, que contaban, ambos, con g rupos de esclavos propios. Una cuarta cofradía fue la de Santa María del Cor - vellón, que funcionaba en la iglesia de La Merced. Los datos ap ortados p or Mig uel Á ngel Rosal (1981; 2009; 2010), un h istoriador argentino que también estudia el tema, amplían un p oco el panorama. A través del examen de testamentos dejados por afroporteños, señala que tres cuar - tas partes (74%) de los 234 negros l ibres que así expresaron su voluntad pertenecían a una co - fradía. Los datos, relativos al período 1750-1820, muestran que estos neg ros libres pertenecían a cinco cofradías: la del Santísimo Rosario – que, como vimos, estaba en la iglesia y en el convento de Santo Doming o–, las de San Benito, Santa Rosa de Viterbo y San Francisco Solano –todas pertenecientes a la iglesia de San Francisco– y la cofradía del Socorro, en La Merced. De acuerdo con los testamentos, la del Santísimo Rosario, la del Socorro y la de San Benito parecían más popu l ares entre los negros, y l a de Santa Rosa y San Francisco Sol ano aparentemente lo eran entre los par dos. La de l Rosario era, se g ún los d atos testamentarios, la más popu lar entre los nacidos en África. Los distintos nombres que recibía muestran su estrecha asociación con la gente de color de la ép oca: “Rosario de los hu- mi ldes”, “Rosario de los pardos”, “Rosario de los morenos”, “Cof radía de los negros del Convento de Santo Domingo”, etc. ( Rosa l, 1981: 371). Además de estas cinco, Rosa l seña la que es pro - bable que también f uera muy popular la cof radía

neg ra de San Ba ltasar, si bien esta no aparece e ntre sus datos, y a que la casi totalidad de su muestra corresp onde a neg ros l ibres, mientras que esta cof radía era muy popular entre los escla- vizados. Estos constituían, obviamente, el sector más pobre de la población neg ra y raramente de - jaban testamentos, ya fuera por los pocos bienes que poseían o porque precisaban la autorización de su dueño para testar. La no p ertenencia de los neg ros libres a esta cofradía sugeriría una voluntad de los estratos mejor ubicados de la po - blación negra de afiliarse a cofradías de mayor rango social. Otro hecho que parece con f irmar este deseo de diferenciación es que hacia 1783 un g rupo de neg ros de La Piedad fundó la “Cofradía de Animas de La Piedad instit uida por l os morenos libres”, of icializando lo que parecería ser una tá- c ita d istinción, dentro de la misma iglesia, entre una cof radía para esclavos (San Baltasar) y otra para negros libres (Animas) ( Rosal, 1981: 372). Seg ún la constitución de la cofradía de San Baltasar, sus miembros debían contribuir con d inero para sostener un oficio eclesiástico y una c lase de doctrina cristiana semana les, y tres mi- sas especiales por año. El único benef icio tang ible que recibían era un funeral g arantizado, con un número de misas determinado para ser cele - brado en su memoria (And rews, 1980: 138). Los b eneficios intangibles e indirectos eran, como veremos, bastantes más. Aunque se trató de una importante forma de nuclear a los afroporteños, es necesario recordar y enfatizar que las cof radías eran organizaciones propuestas por los blancos y controladas por ellos. El sacerdote y cap ellán de la cofradía tenía la ú ltima pa labra en todo y era, c laro, blanco. Los miembros no pod ían hablar en las reuniones sin pedir su permiso y la cof radía no podía gastar di- nero sin su aprobación. El dinero recolectado por los cofrades no permanecía en sus manos, sino en las del sínd ico, también blanco, que era nom- brado por e l sacerdote (And rews, 1980: 141). Los d irectivos de la cof radía sí eran negros, pero su capacidad de decisión sobre los asuntos de la mis- ma se hallaba, por todo lo anterior, restringida. Sin embargo, la información histórica que po - seemos muestra que la imposición de la autoridad ( blanca) sobre los cof rades (negros, libres o escla- v izados) no era tan f ácil ni automática como po- d ía suponer el esquema organizativo origina l. La relación entre el sacerdote y la cúpula de cof rades

neg ros p o d ía ser buena, como aparentemente lo fue en el caso de la cofradía de San Benito, pero en otros casos podía ser conflictiva. Seg ún A ndrews (1980: 141), el motivo por el cual existe t anta documentación sobre la cofradía de S an Baltasar resp onde a las frecuentes ap elaciones realizadas por los cofrades a las autoridades con e l fin de librarse de su sacerdote. Los hermanos lo acusaban de falta de v alores cristianos e in- sensibilidad hacia su p osición subordinada de neg ros y esclavos. El sacerdote, a su vez, los de - nunciaba por borrachos, mentirosos e “inservibles para l a parroquia”. En 1784, los cof rades pidieron autorización para construir una pequeña capilla para su propio uso, que fue denegada. En 1804 rea l izaron un segundo ped ido, esta vez para tras- l adar la cof radía al C onvento de los Padres de B elén, solicitud que también les f ue denegada. L a cof radía de San Baltasar f ue disuelta en 1856, pero la de Nuestra Señora del Rosario llegó hasta los años ochenta de ese siglo, como muestran los periódicos a f roporteños de la época. La in formación histórica que nos llega a tra- vés de los d istintos autores que se han ded icado al tema muestra cómo los sectores subalternos a froporteños buscaban constantemente probar los límites de la estructura de p oder dentro de l a cua l estab an encuad rados, o aprovec h ar a l máximo los pocos derec hos que esta les otorgaba. C omo sug iere Elizabeth Kidd y para la cof radía de Nuestra Señora del Rosario, en Minas Gerais, Brasil: “Estas organizaciones simultáneamente v inculaban a los a f ricanos y sus descendientes a la estructura de poder europea mientras que les permitían continuar prácticas que servían como l a f undación de su existencia y la persistencia como comunid ades” (2005: 5). Son notables los documentos de la época que mani f iestan cómo los neg ros –aun los nucleados en cofradías, si no es que especialmente estos– mantenían bailes y formas de culto que llamaban la atención de las clases dominantes y concitaban la preocupación de las autorid ades. Según e l re lato de Rosa l (1981: 379), e l párroco de La Piedad, donde tenía su sede la cof radía de San Baltasar, efectuó una denuncia en 1779 p or “[…] los d esacatos públ icos que h acen [ los m orenos] a l a Ig l esia, como es ponerse en e l atrio del templo a danzar los bailes obscenos que acostum bran, como ejecutaron e l d ía d e S an Ba ltasar a l a tar de y e l domingo de Pascua

de Resurrección [sin dejarlo] oír a los penitentes que estaba confesando, p or la bulla que metían c on sus a l arid os y tam b ores”. Los acusad os se de fendieron ale gando que no habían sido ellos los del baile del domin g o de Pascua, sino “los hermanos menores del S antísimo Rosario des- pués de su primera misa, d iscurriendo p or los c onventos p or donde hay hermandades de me- nores hasta llegar a nuestra parroquia, allí no entraron sino que en el lado de la calle formaron s u baile y […] el portabanderas se batió en el atrio en señal de alegría”. Según ellos, “estos bai les no se pueden llamar obscenos porque no son con mujeres, ni se hacen en e llos acciones desordenad as” y además eran conscientes de “la presencia del Santísimo Sacra- mento y de la ef igie de Jesucristo y su Santísima Mad re” ( Rosa l, 1981: 379; Cirio, 2000: 197). Es muy citado un testimonio de un síndico del Cabildo que en 1788 objetó los bailes señalando que “En estos bailes olvidan los sentimientos de la Santa Religión Católica, que profesaron [y] renuevan los ritos de su gentilidad [e fectuando] ciertas ceremonias y dec laraciones que hacen en su idioma” (Rosal, 2010: 257). Aunque, como señala Rosal, hubo mayor tole- rancia para las agrupaciones cofradiales (2010:

257), los l ímites entre lo proh ibido y lo permitido se corrían o transgred ían continuamente, quizás p or que ning uno de los bandos en pug na tenía muy en claro –las autoridades aún menos– qe ra lo que el otro entendía por práctica devo- c iona l adecuad a . A sí, en 1791 la hermandad de San Baltasar se había beneficiado con “un superior decreto conce- d iéndoles la danza honesta con música para que con ella se festejase la solemnidad del octavario de nuestro augusto Patrón”, permiso que duró sólo una semana, ya que al domingo sig uiente, se- g ún relatan los cofrades, el sargento de dragones El ías Baya lá y e l negro Pablo Agüero, encargado de cuidar los bailes, “nos hicieron p edazos los instrumentos y nos quitaron la superior l icencia de V.E.” ( Rosa l, 2010: 257). El propio Bentura Patrón, quien había elevado al virrey el pedido de creación de la cofradía de San Baltasar, fue apresado junto con un compañero por “sa lir con plumaje, sauble de pa los y tambor […] por toda la ciudad y plaza, [junto con] quantos negros que hay en esta ciudad para alborotar […] y dicen que tienen licencia” (Cirio, 2000: 198).

Estos continuos con f lictos entre las f ormas preferidas y adecuadas de manifestar devoción d e l os ne g ros p orteños muestran l a “tensión f undamental” q ue atravesaba a las cof radías ( Andrews, 1980: 141). Por un lado, tenían el pro - p ósito de satisfacerlas necesidades es pirituales de los cofrades negros y les brindaban un lugar socialmente p ermitido donde nuclearse, p ero a la vez tenían un prop ósito educativo y disci - plinador sobre la manera correcta en q ue esta devoción debía e j ercerse. Los e pisodios resca - tados por los historiadores muestran tanto los intentos de control por parte de l as autorid ades (civiles o eclesiásticas), como las tentativas de d esvío p or p arte d e l os sub a lternos. Coinci d i - mos con e l h istoriador norteamericano Geor ge Reid Andrews en q ue “las cof radías f ueron un ve h ícu lo p ara e l d esarrollo d e una conciencia g rup al, un sentimiento de or g ullo cor p orativo e identitario al que difícilmente los afroar gen - tinos p udieran acceder p or otra vía, salvo el servicio en los batallones militares” (1980: 140). También fueron una forma –entre otras , se g uramente– en l a cua l a l menos una p arte de la p oblación ne g ra a p rendía y e j ercía la devoción p or los santos católicos –evidente, como afirma Rosal ( 2009 ) , en los testamen - tos–. Esto no d esconoce l a segura existencia de sincretismos, demostrada por la tozuda persistencia de bailes, cantos y tambores en ámbitos reli g iosos católicos. Por otro lado, la constante p reocu p ación p or las “ánimas”, su cui d a d o y su d evoción es un conce p to q ue, como ar g umentaremos nuevamente p ara el caso de las naciones, fi g ura p rominentemente tanto en l a cosmovisión cató l ica d e l a época, como en l as cosmovisiones d e l os pue bl os a f ricanos que f ueron traídos esclavizados hacia esta p arte del continente . Un estud io más reciente de Rosa l (2010), que analiza los testamentos dejados por los a f ropor - teños durante un p erío do de tiemp o mayor a l abarcado por sus primeros trabajos, muestra que antes de 1810 casi e l 74% de los ind ividuos que mani festaban su última voluntad eran miembros de una cofradía; después de ese año, sólo el 15% lo era (considerando una muestra de 664 ind ivi- duos). Esta importante d isminución se deb e sin dudas a la creciente p opularidad de otra forma de agrupación, las naciones o “asociaciones a f ri- canas”, que trataremos más ade lante.

Situación social (II):

independencia y guerras civiles (1810-1852)

Aboliciones

Hacia fines del sig lo XVIII, la población neg ra de Buenos Aires crecía a un ritmo aún mayor que e l de la p oblación total. Había pasado de repre - sentar un 16,9% de la población de la ciudad en 1744 a constituir un 28,4% en 1778, alcanzando luego casi un 30% en 1810. Goldber g, a quien debemos un detallado estudio cuantitativo al respecto, seña la que la cantid ad de población negra y mestiza en esa época probablemente fuera aún mayor, ya que los relatos de viajeros parecen coincidir en que aproximadamente sólo una quinta parte de la población de Buenos Aires era blanca (1995: 548). En años posteriores, aun cuando hubo un aumento en números absolutos, la proporción que esta p oblación representaba dentro de la p oblación total de la ciudad disminuyó. Repre - sentaban un 24,7% en 1822 (aunque en números absolutos habían aumentado de 9. 600 a 13.000 personas) y un 26% en 1838 (en números absolutos, casi 15.000 personas, la cif ra más grande censada) ( Mallo, 2003: 116; Andrews, 1980: 66). En 1810, sólo un 23% de la población neg ra de la ciudad era l ibre (And rews, 1980: 44). De estos, l a mayor parte (71%) eran pardos. La libertad, de todos modos, de ninguna manera otorgaba ig ualdad de derechos en la sociedad colonial. La población neg ra, mulata y afroindígena no podía concurrir a los coleg ios ni servir en dependencias g ubernamentales. No podían votar o ser eleg idos e n los g remios. Sus músicas y bailes públicos e ran, como vimos anteriormente, perseguidos (And rews, 1980: 46). Los aires emancipatorios de la Revolución de Mayo de 1810 trajeron, sin embargo, críticas al sistema de esclavitud. Se propusieron diversas me- didas para limitarla –que provocaron una serie de marchas y contramarchas legales–, pero recién se pudo acabar con ella a lgunas décadas más tarde. El 15 de mayo de 1812 el gobierno, “invocan- do los derechos de la humanidad y la conducta uniforme de las naciones cultas”, prohibió nuevas introducciones de esclavos y estableció la liberación de los cargamentos que arribaran a Buenos Aires. La Asamblea General Constituyente de 1813 aprobó la ley de libertad de vientres, por la cual “los niños que nacen en todo el territorio de las Provincias

Unidas del Río de la Plata [deben ser] considerados y tenidos por libres” (Goldberg, 1995: 545). Poco más tarde estableció que “Se declaren libres todos los esclavos que se introduzcan en el territorio de la Nación”. Estas medidas no tuvieron, sin embargo, efectos inmediatos. Ante quejas de la corona por- t ug uesa, posteriores d isposiciones limitaron sus a lcances para impedir la fuga de esclavos desde Brasil y para que quienes llegaran con esclavos pro- pios (para uso personal y no para la venta) no los perdieran. El “Reglamento del Liberto” que reg uló la ley de libertad de vientres estableció que “todos los niños de castas que nacieran l ibres deberían permanecer en casa de sus patrones hasta la edad de veinte años” (Goldberg, 1995: 546). La edad de emancipación de los libertos se f ijó en los 16 años –o antes, si se casaban–. Sin embargo, estos límites no siempre se respetaron, y en la práctica el liberto f uncionaba como un esclavo más y podía ser objeto de diferentes operaciones mercantiles, pudiendo incluso ser separado de la madre después de los dos años si esta era vendida (Rosal, 1994: 167). El tráf ico de esclavos volvió a prohibirse en la Constitución de 1819, en el tratado con Gran Bretaña de 1825, en la Constitución de 1836, “en f in, demasiadas veces, lo que podría sugerir que el decreto de 1812 no se cumplía estrictamente”, como señala Rosal (1994: 167). Recién en 1840 se f irmó un tratado con Gran Bretaña que logró la absoluta abolición del trá f ico de esclavos (Goldberg, 1995: 538). La abolición de la esclavitud como institución, sin embargo, no llegó sino en 1853, al promulgarse la Constitución Nacional, y en Buenos Aires recién se concretó en 1862, cuando esta provincia se integal resto del país. De todas maneras, Andrews duda de que la abolición realmente se haya efectivizado. La Constitución de 1853 que liberaba a los esclavos también disponía la formación de comisiones para compensar económicamente a los dueños. Como estas comisiones no parecen haberse formado nunca, e l autor suscribe a la posición de Lesl ie Rout Jr. (1976), quien af irma que “la esclavitud en A rgentina nunca se abolió, simplemente falleció de edad avanzada” (Rout apud Andrews, 1980: 58).

Los soldados

C omo seña la la h istoriadora argentina Marta Goldberg –a quien seguiremos al tratar este tema– desde 1664 los neg ros y mulatos de Buenos Aires i ntegraron, of icialmente, unidades de milicias segregadas (2010: 41). Por lo genera l, las unidades

eran de blancos, de ind ios y de neg ros y mu latos, aunque también existieron “batallones de castas” que integ raban a todos los no-blancos. La oficia- l idad, sin embar go, muy f recuentemente era blanca. En 1801 las tropas de castas formaban el 10% de la milicia de Buenos Aires. Durante las i nvasiones inglesas de 1806 y 1807 los bata llones seg regados tuvieron una importante actuación – casi una quinta parte de los 5 mil hombres que derrotaron a los ing leses en 1807 eran neg ros y mulatos–. Como recompensa, el Cabildo dispuso la libertad de algunos esclavos, mientras que a otra cantidad se le conced ió la l ibertad med iante sorteo (Goldberg, 1995: 561). A los pardos y negros que habían que d ado invá l idos se les otor gó la l ibertad y una pensión que era la mitad del monto d ado a los blancos que habían que d ado en la misma situación (Goldberg, 2010: 41). En 1813 la Asamblea Constituyente emitió la primera de una serie de disposiciones (de alcances c recientes) que obligaba a los dueños de esclavos a vender a l Estado una determinada cantidad de ellos. En un principio se estableció que los solda- dos adquirieran el carácter de l ibertos, debiendo servir por un período de cinco años, luego del cual a lcanzarían su libertad. Disposiciones posteriores l levaron la cantidad a dos años después del cese de hosti l idades, y una ley de 1825 estableció que debían servir “dos años después de satisfecho su rescate, es decir que se lleva a once años el tiempo de prestación de servicios” (Goldberg, 2003: 43). Pese a que eran compensados por la entrega, los dueños se quejaban de que no recup eraban e l c apital invertido y de que p erdían la renta que les proporcionaban los jornales de los esclavos. G oldberg cita algunos ejemplos muy ilustrati- vos: un dueño seña la que “con los jorna les de los esc lavos que he debido entregar a l Estado vivía yo y mi crecida f amilia”; otro intentaba rescatar al esc lavo que había entregado y reemplazarlo con u no recién comprado para tal efecto, ya que el primero era un ex perto herrero, hojalatero “que ha sido instr uido en este of icio al cabo de muchos años de enseñanza y hoy d ía es mi brazo dere- c ho y el que contribuye en gran parte a nuestra subsistencia, y a facilitar el pago de la contribu- c ión” (1995: 555). De manera contraria, a lgunas donaciones de esc lavos encubrían, a veces, con- f lictos de índole doméstica y alg unos propietarios parecían usar la oportunidad para deshacerse de esc lavos que les generaban problemas.

Los neg ros y mulatos f ueron parte importante de los ejércitos de San Martín. Cuando a fines de 1813 se h izo cargo de l Ejército de l Norte, sus tropas se comp onían de 1.200 hombres, de los cuales 800 eran negros libertos (Goldberg, 2010:

54). El libertador, quien tenía un alto concepto de los soldados africanos, decía en una carta dirigida a Tomás Godoy Cruz en 1816:

“[…] No hay remedio mi buen amigo, sólo nos

puede salvar el poner a todo esclavo sobre las

armas; por otra parte así como los america-

nos son lo mejor para la caballería, así es una

verdad que no son los más aptos para la

infantería, mire usted que yo he procurado

conocer a nuestro soldado y sólo los negros

son los verdaderamente útiles para esta

última arma […]” (Goldberg , 2010: 51).

Las gestiones de San Martín llevaron al pueblo mendocino a ceder, en septiembre de 1816, las dos terceras partes de los esclavos de la provincia, ya que consideraba “que el esclavo tiene principios de disciplina que es más di f ícil inculcar en los blancos” (Goldberg, 2003: 41). Ante el aumento de sus fuerzas y la falta de cabos y sar gentos, San Martín le solicitó al secre - tario de Estado que se le permitiera nombrar a negros en estas funciones, algo prohibido hasta el momento, ya que “entre los esclavos […] había muchos de más que re g ular educación para su esfera, q ue saben escribir y p oseen un g enio cap az de l as mejores instrucciones. A briéndo - se la puerta a sus ascensos, se emp eñarán e f i - cazmente a adquirirlos, cumpliendo mejor los deb eres de su c l ase […] no pue do concebir que l a Nación se perjud ique porque l a esc l avatura puede ascender más allá del destino de soldado” (Goldberg, 2010: 49). Respecto de uno de los motivos principa les por los cuales había resistencia a los of iciales negros –el temor a rebel iones simi lares a las que habían acontecido en lo que luego sería Haití–, seña laba:

“creo no hay principio para temer un resu ltado semejante al de la isla de Santo Domingo”. Su solicitud fue sólo parcialmente autorizada:

pod ía habi l itar negros como cabos y sargentos segundos, pero nunca de primera (Goldberg, 2010:

50). De todas maneras, como muestra Andrews, no es cierto que no hubiera of iciales negros. Su can- tidad f luctuó en el tiempo: no hubo casi ninguno

en el período 1815-1830, pero sí existieron antes de ese período –principalmente, en batallones de negros libres– y después (1980: 134-135). Aunque ninguno llegó a general, al menos 11 consiguieron el grado de coronel o teniente coronel (Goldberg, 2003). El ejército se había convertido en uno de los pocos medios en que los varones afroargentinos podían encontrar algo de movilidad social y acceso a identidades socialmente valoradas. Cuando San Martín condujo su ejército a través de los Andes en 1816, la mitad de su fuerza de ataque estaba compuesta por libertos reclutados en Buenos Aires y en las provincias de Cuyo. A l volver en 1823 de las batallas libradas en Chile, Perú y Ecuador, de los 2 mi l soldados neg ros que h abían cruzado los Andes, sólo que d aban 150 (Goldberg, 2010: 54; 2003: 45). Sin embargo, contra la arraigad a creencia de que buena parte de la población masculina neg ra falleció en las g uerras, Andrews sostiene, sobre la base de las estadísticas disponibles, que g ran parte de las bajas se debieron probablemente a la deserción –actividad que emprendían, con cautela p ero con entusiasmo, sold ados de to d a c l ase y c ondición (1980: 124) –. De todas maneras, sin duda muchos fallecieron en el camp o de bata- lla. Otros sucumbieron a las enfermedades que azotaban a todos los ejércitos decimonónicos, y otros tantos volv ieron lisiados. Aun cuando no adhiera a la teoría del “geno- c idio”, Andrews sí sug iere que el dese quilibrio entre hombres y mujeres neg ras, evidente en el censo municipa l de 1827 (40,5 hombres por cada 100 mujeres de entre 15 y 34 años de edad), se debe a las bajas y deserciones motivadas p or la participación en las guerras (1980: 74).

Comunalización (II):

las naciones africanas

Existen menciones sobre la existencia de algún(os) tipo(s) de asociaciones étnicas a f ricanas, usual- mente denominad as naciones, desde aproxima- damente la década de 1770 (Andrews, 1980). Estas antecesoras de lo que luego serían las legalmente reconocidas “asociaciones africanas” coexistieron de manera aún poco comprendida con las cof ra- días. Andrews reproduce una queja de los cof rades de San Ba ltasar en 1785, sol icitando que se les proh ibiera a las naciones recolectar l imosnas en

las d anzas públ icas dominica les rea l izad as por la comunidad neg ra, probablemente porque los m iembros de la cofradía querían ser los únicos destinatarios de estas acciones caritativas (1980:

142). En 1787, un tal Pablo Agüero, natural de Guinea, conocido a través de los documentos examinados por Rosal por haber sido “comisionado por el Señor Gobernador Intendente para prender negros y negras fugitivos de sus amos y para tenerlos sosegados y quietos en sus diversiones y bailes”, debió intervenir ya que “los neg ros se es-

taban vistiendo de Cambunda el día de San Baltasar

en la Capi lla de Piedad” (Rosa l, 2010: 257; las cur - sivas son nuestras). Esto indicaría, junto con otros ejemplos que mencionaremos más adelante, alg ún t ipo de re lación, tod avía no bien entend id a por los historiadores, entre las cof radías y las naciones. En d istintas oportunidades, durante las décadas de 1780 y 1790, los cambundá y los congo le so- licitaron al virrey permiso para llevar a cabo bailes públicos reg ularmente. En 1789, por ejemplo, los cambundá presentaron un memoria l sol icitando que no se les proh ibieran sus bai les públ icos los días de f iesta, en un sitio despoblado, junto a la iglesia de Montserrat, donde percibían limosnas con el “objeto de hacer bien por las almas de sus finados paisanos”. Sin embargo, el informe sobre la cuestión, efectuado por el cabildo y elevado al v irrey, es negativo, “por lo obsceno de l bai le de los tambos” (Rosa l, 2010: 257). Las referencias a los bailes de los negros (es- clavos y libres) –como vimos en el apartado an- terior y ahora en este– son muy f recuentes en los documentos históricos que han sobrevivido. Evidente también es la inquietud que estos cau- saban, ya f ueran practicados por miembros de las cofradías o por los de las nacientes naciones (más o menos organizadas). Hacia f ines del siglo XV III los candombes, t ambos o t angos de los neg ros eran una rea l id ad que se extend ía por los su- burbios de la ciudad –y de cuyo f uncionamiento p oco sabemos–. El historiador argentino Oscar C hamosa, quien más y mejor ha estud iado este tema, señala que en 1795 un oficial del Cabildo y un grupo de guardias de la ciudad irrumpieron en una barraca en la parroquia de la Concepción i ntentando hace cumpl ir la proh ibición de bai les de naciones que existía en e l momento. Lejos de log rar su objetivo, f ueron rechazados por un grupo armado. El of icial reportó al respecto que “ Un grupo grande se juntab an a l a noc he en

número de trescientos para d anzar indecente- mente” (2003a: 357). A med id a que avanza e l siglo XIX, se pueden apreciar mayores capacidades organizativas de las naciones. En 1809 los congo compraron una casa y se convirtieron en la primera nación en tener u na sede (And rews, 1980: 143). Según C hamosa, para comienzos de la década de 1820, el gobierno u nitario y liberal de la época no se sentía muy cómodo con esta presencia africana en la ciudad y el entonces ministro de gobierno Bernardino i ntentó acotarla, reglamentándola. Siguiendo sus órdenes, el jefe de policía redactó un reglamento para el funcionamiento de la nación conga. Un año más tarde, el ministro decretó la prohibición de las naciones que f uncionaran sin permiso, y en febrero de 1823, descontento con la proli feración de estas ag rupaciones, ordenó cerrarlas a tod as. L a medida, repetida en junio de ese año, parece no haber tenido ning ún efecto, y en agosto el gobierno decidió transformar las naciones exis- tentes en socie d ades de ayud a mutua a l esti lo europ eo, bajo l a denominación de a so c i ac io nes af ricanas (C hamosa, 2003a: 358). Para ello, a través de un decreto formal, el go- bierno estableció el procedimiento adecuado para establecer u na asociación af rican a. Al ig ual que las cof radías unas décadas antes, las sociedades debían, desde ese momento, seguir una misma constitución que pautaba sus objetivos, así como el procedimiento para elecciones, para el ing reso de nuevos miembros y para la administración de las f inanzas. Sólo que esta vez la policía reempla- zaría a la ig lesia como la institución encar gada de sup ervisarlas y controlarlas. Los oficiales de p olicía debían estar presentes para supervisar l as e lecciones, contar los votos y proc l amar a los vencedores. De tod as maneras, estas nuevas ag rupaciones a f roporteñas tenían más autono- m ía que las cofradías, ya que, al contrario de estas, podían recolectar y gastar los fondos de la manera en que quisieran (Andrews, 1980: 143). L as sociedades a f ricanas debían prestar ayuda a sus integrantes (otorgar préstamos para la com- pra de la libertad de los todavía esclavizados y para la adquisición de herramientas para los que eran artesanos, y brindar atención a los enfermos y educación a los niños), servir como control de la conducta de los a f iliados en bailes y reuniones, e in formar a la policía sobre la presencia de posi- bles delincuentes en sus f ilas ( Rosal, 2010: 253).

Goldb erg

(2000) transcri b e e l “Reg l amento

dado p or el Sup erior Gobierno a las Naciones A fricanas” en el año 1823. Reproducimos aquí los artículos relativos a sus objetivos específ icos, omi- tiendo los que se refieren a su funcionamiento:

“Esta Sociedad, tiene por objeto

1. Libertar con sus fondos a todos aquellos

Socios que se hagan dignos de ello

por su moral y su industria los cuales

quedarán obligados a reembolsar la canti-

lo hará precisamente al Consejo

para q ue determine su expulsión

de la S ociedad .

21. El Presidente cuidará de prestar auxilios

a los Socios que se hallen enfermos, a los

que necesiten de valimiento en cualquier

negocio, o padezcan algún otro trabajo

de esta naturaleza exigiendo compensación

en los casos que sean necesarios y deter-

mine el Consejo” (Goldberg, 2000: 3) .

dad de su resc ate con el módico interés

En poco tiempo se estableció una decena de so -

del cinco por ciento anual en la forma

c iedades a f ricanas. La zona pre ferida para la

que se estipule .

instalación de estas ag rupaciones fue la com -

2. Cuidar de la educación primaria e industrio-

prendida por las ca lles Chi le y México, desde Buen

sa de todos los jóvenes incorporados a ella .

Orden (actua l Bernardo de Irigoyen) hacia el oeste

3. Auxiliar la industria de los Socios dándoles

(Goldberg, 2000). A las cinco principa les (Congo,

instrumentos para trabajar, con calidad

Cambund á, Bengue la, Lubolo y Angola) en breve

de retribuir su importe con las condiciones

se les añadieron otras: Mina, Quiasma, Tacuá y

que cada caso exija .

Mozambique. Hacia 1842 había más de 40 aso -

4. Cuidar que cada Socio tenga una conducta

c iaciones, y durante la década de 1850, más de

moral y productiva .

50 (Andrews, 1980: 145).

5. Hacer una vez al año sufragios por los

Según C hamosa (2003a), l as naciones nunca

Socios difuntos .

f uncionaron como el gobierno esperaba, y a que

6. Siendo esta Sociedad autorizada por el

h icieron un uso selectivo del reg lamento. La re-

Superior Gobierno no se permitirá estable-

g lamentación oficial, sin embar go, sí tuvo con-

cer otra que sea compuesta de individuos

secuencias importantes para su funcionamiento.

de la misma Nación a fin de precaver los

El hec ho de que los presidentes debieran elegirse

males que de otro modo resultaren .

cada tres años por voto masculino y bajo la su-

[…]

pervisión policial, añadido a que cada nación sólo

18. El Presidente cuidará bajo su responsabili-

podía tener una asociación que la representara,

dad de que los jóvenes incorporados a la

no sólo incentivó las divisiones entre linajes in-

Sociedad de seis a diez años que estén en

ternos, sino que, a l h acer i lega les los intentos

poder de sus padres asistan a las escuelas

de secesión, promovió que cada g rupo disidente

en que puedan aprehender gratuitamente

debiera contar con protección policial para log rar

las primeras letras, y cumplidos los diez

sus objetivos de f undar un nuevo grupo. De esta

años, amonestará a sus padres para que

manera, las naciones se vieron obl igadas a entrar

los dedique a algún arte bajo las contratas

en relaciones de clientelismo con los jefes policia-

que establece la ley, en cuya operación lo

les locales, que en la época funcionaban más bien

dirigirá de acuerdo con el Secretario.

como jefes políticos locales. Los permisos para

19. Cuando algún Socio necesite instrumentos

crear nuevas naciones f lorecían con los gobiernos

para ejercer su industria, el Presidente lo

federales y se congelaban durante los períodos de

hará presente al Consejo el que hallándolo

gobiernos unitarios (C hamosa, 2003a).

conveniente determinará se les den, fijando

En l a me d id a en que más miem bros de l as

las condiciones al pago de su importe .

naciones ganaban su libertad por manumisión,

20. Cuando algún Socio no cumpla con los

p odían retener la totalidad de sus ganancias y

deberes de tal o se entregue a algún vicio

había más dinero disponible para comprar nuevos

y no cuide de pasar su vida honestamente,

lotes y casas. Los grupos que conseguían juntar

el Presidente lo reconvendrá y en caso de

d inero precisaban un pad rinazgo g ubernamen-

no tener efecto, dará de ello parte al Jefe

t a l loca l para insta l ar sus nuevas asociaciones

de Policía y en el caso de incorregibilidad ,

(C hamosa, 2003a: 360).

Cuando Juan Manuel de Rosas fue nombrado g obernador de Buenos Aires en 1829, varias n aciones nuevas g anaron reconocimiento ofi - c ial. Sin embar go, la p olítica of icial durante su g obierno no fue tan p ermisiva como se cree. Los protagonistas de disensiones internas o de episo d ios que no estaban de acuer do con los re - g lamentos fueron castigados. Chamosa sug iere que esto sucedió porque, además de la política de gobierno, influían mucho, como vimos, los contactos a nivel local con la p olicía. La clau- sura de naciones que funcionaban sin permiso y el arresto de sus líderes eran f recuentes. En o casiones esto sucedía dos o tres años después de que e l juez lo d ispusiera, lo cua l demuestra, p ara Chamosa, que la nación in f ractora había estado f uncionando ba j o p rotección p olicial loca l (2003a: 362). En 1834 se estableció una Comisión Examina- dora de las Sociedades Africanas para evaluar las posibles medidas a tomar debido a las continuas d ivisiones de las naciones. La nación Congo, por ejemplo, había suf rido seis divisiones (Chamosa, 2003a: 362). El in forme señala numerosas irre - g ularidades y contravenciones a los reglamentos –líderes que permanecían más tiempo del debido, o que se quedaban con el dinero de la nación– y sug iere la responsabi l id ad de la permisivid ad pol icia l. Sin embargo, los l íderes de las naciones a f ricanas no sólo utilizaban e intentaban aceitar sus contactos con la policía local, sino también con facciones internas de los partidos gobernan- tes que necesitaban su apoyo en las –hasta f ísica- mente– reñidas contiendas electorales. En 1843 varios líderes y miembros de naciones f ueron enviados al sitio de la ciudad de Montevi- deo. En a lgunas naciones, debido a la escasez de hombres, las mujeres –que tenían proh ibido par - ticipar en los procesos electorales– g radualmente tomaron el control, aprovec hando que era gracias a sus aportes económicos que las organizaciones podían continuar f uncionando (Chamosa, 2003a). Cuando los miembros sobrevivientes volvieron de l ejército luego de l a caíd a de Rosas en 1852 (habiendo combatido tanto en su ejército como en el de su enemigo y vencedor, Urquiza), las mujeres y los pocos miembros mascu l inos que habían permanecido a ll í se rehusaron a ceder el control –tenemos testimonios de que esto suce - dió, a l menos, en las naciones Mayombé, Carabarí y Ma lavé (And rews, 1980: 148) –.

En la década de 1860 parece haber comenzado e l decli ve de estas instituciones. El cese de la t rata de esc l avos en 1840 h abía hec ho que l a cantidad de a f ricanos en la ciudad comenzara a d isminuir. Seg ún Andrews, varios documentos de la ép oca sug ieren que la membresía de las naciones era más exig ua que antes y estaba más avejentada. La primera y la seg unda generación de afroargentinos preferían congregarse, como veremos más adelante, en otras organizaciones (Andrews, 1980: 147-149). A l mismo tiempo en que se produjeron se- c esiones continuas d entro l as naciones, l os documentos históricos también muestran que du rante años –frec uentemente dos o hasta tres décadas– persistieron f acciones internas en pug- n a con los l íderes, que no llegaban ni a tomar el p o der ni tamp oco a d ivid irse en otro g rup o. Según Chamosa, aquello que mantenía a una nación unida pese a las fricciones internas era la práctica constante de los rituales del candombe que a ll í se desarrollaban (2003a: 370). Para este autor, que es quien más ll ama l a atención sobre los aspectos ritua les-rel ig iosos de las naciones, en la base de sus actividades estaba l a de voción hacia los ancestros –ubicua entre los g rupos africanos que fueron afectados por la t rata y esc lavizados–. Aun cuando las prácticas rel igiosas concretas pud ieran variar, la devoción hacia los ancestros es u no de los e lementos co- munes a las relig iones del oeste africano, desde Senegal hasta Angola. Es en esta popular prácti- ca/creencia a f ricana que se da un acercamiento y un casi seg uro o p osible sincretismo con las ideas católicas vigentes en la época respecto de la muerte y el destino del alma. El hombre común de la época dud aba de su capacid ad de acce der d irectamente a l paraíso y d aba casi por sentado su paso previo p or el pur g atorio. A f in de p o- der trascender esta etapa, se creía que las misas y las oraciones en f avor del di f unto eran muy necesarias. Por ello, probablemente, es que en muchos de los testamentos de a f roporteños ana- l izados por Rosal los miembros de las cofradías dejaban dinero e instrucciones para que luego de su deceso se practicaran estos rituales. Rosal (2010) interpreta esta práctica como una prueba de la adhesión de los a f roporteños al catolicismo i mperante, y en su análisis les resta én f asis a las simi l itudes de estas prácticas y creencias con e l culto a f ricano a los ancestros. Sin embargo,

como seña l a C h amosa, l a idea catól ica de una “buena muerte” se asemejaba mucho a las con- cepciones africanas (2003a: 372), y la populari- dad de las cof radías y las prácticas testamentales solicitando servicios fúnebres, misas y oraciones también está en sintonía con aquellas. Ya fuera que estuvieran relacionados étnicamente o no, los fundadores y miembros de las naciones se convertían en fig uras ancestrales para quienes permanecían en ellas (Chamosa, 2003a: 372). Al resp ecto, Chamosa cita el comunicado enviado en 1857 por un conocido secretario de la Nación Congo al jefe de policía:

“De este número (se refiere a una lista

de fundadores) solo he quedado yo, Antonio

Vega. Los demás han fallecido, mas sus

descendientes como dueños reclaman sus

derechos que les corresponde sostener

como derechos de sus finados Padres , con-

servar esta casa con el nombre Sociedad

Congo, para que con sus productos recordar

c ada año las cenizas de sus Padres”

(2003a: 372) .

La imp ortancia del culto a los ancestros se evi- dencia en la centralidad de las obligaciones fu- nerarias en la activ id ad de las naciones. Exami- nando el balance de gastos de la sociedad Musundí para el año 1857, Chamosa muestra que el 48% de su activo monetario f ue empleado en f unerales y misas, mientras que el 83% de sus ing resos provinieron de las l imosnas recaudadas durante los f unerales de sus socios (2003a: 373). Un tes- tamento del f undador de la nación Bur und i ana- l izado por Rosa l (2010: 254) seña la que no le “que d an más bienes de la citad a socie d ad por haberlos invertido en las enfermedades y entierros de los socios que han fallecido”. En 1847, una facción disidente de la nación Munyola presentó un rec lamo contra e l presidente y tesorero de su ag rupación p or no hab er uti l izado los ing resos para las misas en memoria de los miembros d i- funtos (Chamosa, 2003a: 373). No obstante, la centralidad de la devoción a los antepasados se evidencia principalmente, para Chamosa, en el hec ho de que era muy común que las sedes tuvieran un cuarto especia l reservado para el culto de sus antepasados f allecidos: el “cuarto de ánimas”. E l autor conjetura que qui- zás en estos cuartos se llevaran a cabo f unerales

como los descriptos por Juana Manzo en una nota publicada en un periódico en 1865:

“Curioso espectáculo en un velorio de negros

en su sitio […]. Donde el devoto rosario

siguen el canto monótono entonado en coro

por los dolidos veladores, las danzas fúnebres,

los llantos, y que es más cómico, escenas

de beberage, peleas, celos y otra porción

de incidentes” ( La Tribuna , 1865) 3 .

Concordamos con Chamosa en que la centra - l i d a d d e l a d e v oción a l os ancestros en l as re- l i g iones africanas resulta fundamental p ara e nten d er l a ub icui d a d d e creencias, prácticas y recordatorios mortuorios en las cof radías y naciones –sin p er j uicio d e q ue sin d u d a exis - tieron sincretismos con creencias catól icas que, p or otro lado, se g ún Thornton, y a se habían producido en África (1988) –. La práctica, mu y e xtendida en Á frica Occidental y Central, de sumar religiones, creencias y prácticas –en vez

d e sust i tu i rla s o reem p lazarla s – tam b ién d e b e

s er toma d a en consi d eración a l tratar d e en - tender aq uello q ue sucedía en Buenos Aires en las cofradías y las naciones . Las transacciones d e inmuebles realiza d as por los a f roporteños analizadas por Rosal (2010:

254) muestran, asimismo, la importancia de las “ánimas” en la v ida de las naciones. Varias de las compraventas hacen re f erencia y a sea a la “Hermand ad de ánimas” de d istintas nacio- nes – u n f enómeno aú n no analiza d o ni bien c om prendido– o a las “ánimas” o “almas” de l as naciones. No q ueda clara la relación entre práctica-agrupación-propie d ad , pero sí resu lta ob vio que, como seña l a C h amosa (2003a) , l as ánimas d e los miembros f allecid os fueron d e fundamental imp ortancia para la existencia de l as naciones, ya sea que entend amos e l término e n un senti d o estrec h o, como l as ánimas d e l os ex miem bros d e l a asociación l e g a l mente c onstitui d a, o en uno más amp l io, como l as d e l a nación étnica a l a que pertenecían l os miembros, lo cual podría remontarse a un culto ancestral más le jano. A demás de las funciones funerarias, y de algún tipo de relación con / devoción por las ánimas, l as naciones tam bién rea l iza b an sus f amosos bailes semanales, los c an d om b e s, “si n los cua les estas naciones h abrían sido apenas

cofradías religiosas” (Chamosa, 2003a: 375). Las t res activ idades básicas de las naciones eran en- tonces, para C h amosa, los entierros, l as misas r ecordatorias y los bailes. Por medio de estas actividades creaban un sentido de cohesión y comunidad en una población compuesta por una variedad de ind ividuos de procedencias, intereses y leng uas diferentes. Los rituales permitían for jar nue v as identidades basadas en la memoria de t radiciones africanas, así como en la memoria de los fundadores de esas comunidades. Alg unos r ituales permitían una conexión con los ances- t ros, y los bai les promovían e l contacto entre los vivos (Chamosa, 2003a: 376). Finalmente, el autor sug iere – y estamos de acuerdo con é l, y a que veremos test i mon ios más contemporáneos en esta d irección– que era bien probable que los bai les, o a l menos a lg unos de e llos, también tu- v ieran f unciones religiosas, quizás con episodios de transes de p osesión, y a fuera p or espíritus de ancestros o por deidades de origen africano. En su reivind icación de l rol comuna l izador y de recreación y resistencia cu ltura l de las nacio - nes, C hamosa se opone a l ar g umento a lgo más t radicional de Andrews (1980), quien sugiere que las continuas divisiones entre naciones –para él, fruto de la lóg ica de división étnica– llevaron al debilitamiento de la comunidad a f roar gentina como un todo. Para el h istoriador argentino, por el contrario, el sistema de naciones f ue un meca- nismo que ay udó a que personas de distintas pro - veniencias socializaran en comunidades viables, p ermitiendo l a ag regación de un heterogéneo conglomerado de individuos de origen a f ricano 4 . Estas inter pretaciones están en sintonía con el argumento general de este trabajo, que sugiere que, efectivamente, las identidades colectivas no v ienen d ad as sino que se construyen med iante largos procesos. Al ig ual que en la actualidad, los negros de aque lla época, más que una comuni- d ad , eran parte de un cong lomerado heterogé- neo compuesto p or individuos nacidos en Á fri- ca, esc lavizados, negros l ibres, mu latos, pardos, con posiciones socioeconómicas ya d ivergentes. O sea, se trataba de una población ya atravesada por lóg icas de pertenencia étnica y nacional, de estratificación social y de género, y por diferen- ciaciones fenotípicas, entre otras. Pretender que este colectivo diverso tuv iera naturalmente una conciencia “comunitaria” “negra” probablemente i mpl ique juzgar e l pasado desde e l presente, es

decir, exig ir una conciencia que ni siquiera se ha log rado en el presente norteamericano, luego de un prolongado desarrollo de l movimiento de derechos civiles. Desafortunadamente, no tenemos ning una descripción fidedigna de los candombes porteños (Frigerio, 1993). Sólo sabemos, con certeza, que estos bailes despertaban la preocupación de la sociedad blanca –son numerosas las descripciones peyorati- vas realizadas por plumas de escritores unitarios, es- pecialmente al asociárselos con la época de Rosas–. V icente Fidel López, a comienzos de la década de 1880, escribe:

“ Los domingos y días de fiesta ejecutaban

su baile salvaje hombres y mujeres, la ronda,

c antando sus refranes en sus propias

lenguas al compás de tamboriles y bombos

grotescos. La salvaje algazara que se levanta-

ba al aire, de aquella circunvalación exterior,

la oíamos (hablo como testigo) como un

rumor siniestro y ominoso desde las calles

del centro, semejante al de una amenazante

invasión de tribus africanas, negras y desnu-

das” (apud Lanuza, 1942: 50).

V íctor Gálvez, en 1888, describe de la sig uiente m anera un desf ile de las “asociaciones” neg ras hacia Plaza de la V ictoria:

“ […] los golpes [del tambor] eran acompasa-

dos y servían de acompañamiento a los coros

que todos entonaban en su dialectos, canta-

res verdaderamente bárbaros; parecían

aullidos de animales […]. La plaza se llenó

con aquella población y los tambores atrona-

ban el aire. La muchedumbre afluyó de todas

partes y en los balcones de la casa de don

Miguel Riglos y en la policía estaban señoras

y caballeros contemplando este espectáculo”

(apud Lanuza, 1942: 51-52).

Sarmiento narra e l mismo evento que Gá lvez, con simi lar inquina e inquietud:

“ Los c andombes fueron el terror de Buenos

Aires durante la tiranía de Rosas […] .

Un día se pasearon por las calles de Buenos

Aires, ebrios de entusiasmo, precedidos

por sus candombes y marimbas, aquellos

africanos reunidos en Clubs patrióticos,

tras de banderas rojas […]. Día de pavor

para los blancos, para los hijos de los españo-

les, que prepararon, ejecutaron y llevaron

a término la Independencia, proscritos ahora,

y entregados a los dioses infernales, a los

gritos de ¡Mueran los salvajes unitarios!

¡ Viva el Ilustre Restaurador! que lanzaban por

mil bocas de semblantes negros y brillantes”

(1883: 40-41) .

Estas descripciones revelan el estig ma de la “bar - barie” impuesto a los afroargentinos y a sus cos- tumbres, que explica, como veremos más adelante, las dinámicas y estrategias de identificación grupal y cu ltura l que se implementarían en las ú ltimas décadas del siglo XIX, y que tend rían consecuen- cias hasta entrado e l siglo XX.

Situación social (III):

organización del Estado nación. La república conservadora

(1852-1900)

La declinación demográfica

Si , como vimos anteriormente , durante buena p arte de la primera mitad del si g lo XIX la p o - blación negra de la ciudad osci ló entre un 25-30% del total, durante la segunda mitad se produjo una disminución importante de la misma, tanto

 

Ciudad de Buenos Aires. Resultado

CUADRO

1

de ocho censos de la ciudad

1778-1887

 

Año

o

Blan cos

Indios s

A fro-

Sin datos

Total

Porcentaje

Mestizos s

Argentinos

  • 1778 78 0

16.023

023

1.104 4

7.236

23 6

Afro s

24.363

29,7%

  • 1806 06 3.329

15.078

078

347 7

6.650

650

25.404

30,10%

 
  • 1810 10 0

22.793

79 3

150 0

9.615

615

32.558

29,5%

  • 1822 22 0

40.616

.616

1.11 5

13.685

685

55.416

24,7%

 
  • 1827 27 0

34.067

067

152 2

8.321

3 21

42.540

19,5%

  • 1836 36 5.684

42.445

14.906

906

  • - 26,0%

63.035

 
  • 1838 38 .

42.312

  • - 26,1%

14.928

928

5.717

62.957

1887

87

425.370

  • - 1,8%

8.005

0 0 5

0

433.375

Fuente: Andrews (1980 ) : 66.

en términos absolutos como, esp ecia l mente, en prop orción al total p oblacional. Los datos pre- sentados p or And rews muestran que en e l p e - ríodo 1838-1887 (casi cincuenta años) la población negra se redujo de casi 15 mil personas a 8 mil, y p asó de re presentar un 26% del total de la c iudad a constituir sólo un 2% a comienzos de la última década del sig lo 5 . Tradicionalmente se consideró q ue fue en esta seg unda mitad del sig lo XIX cuando se ha- bría producido la “desaparición” de la población a froargentina. El declive de la población negra de Buenos Aires f ue habitualmente explicado por c uatro factores: la abolición de la trata, los altos índices de mortalidad y los bajos índices de fer- ti l id ad de la población neg ra, la a lta morta l id ad de hombres durante las g uerras del período 1810- 1870, y la mezc la racia l y e l emblanquecimiento (Andrews, 1980: 68). A estos f actores también se le suele añadir la epidemia de fiebre amarilla que asoló determinados barrios de Buenos Aires durante 1871. El análisis de Andrews (1980) rela- tiviza varios de estos factores. Resulta claro que e l f in de la trata esclavista –como vimos, más demorado de lo que se cree– impidió la entrada de nuevos contingentes africanos. Por otro lado, como también señalamos, y a desde el censo de 1827 se puede apreciar un f uerte desequilibrio en la proporción entre hombres y mujeres en la etapa de adultos jóvenes. Si en 1810 los hombres de 15 a 44 años constituían el 30% de la población afroporteña, en 1827 representaban sólo un 18% (And rews, 1980: 52). Sin embargo, para Andrews, tanto los efectos de la fiebre amarilla como de las muertes en com- bate f ueron sobredimensionados. Las estadísticas que examina e l autor no muestran una mayor

mortandad de individuos negros por aquella en-

fermedad y, como fue apuntado anteriormente, considera que las bajas en los ejércitos respond ie-

ron más a deserciones que a mortandad 6 . Para el

autor, la sor prendente vita l idad que muestran los

periód icos negros y otras asociaciones comunita-

rias particularmente en el período 1873-1882 –de

la que daremos cuenta más adelante– desmiente

cualquier noción de “desaparición” para la época.

Por otro lado, los propios afroporteños, que en

sus d iarios se ocupaban de d iversos temas que a fectaban a la “comunidad”, se mostraban más preocupados por su pobreza que por su d isminu- c ión demográ f ica (Andrews, 1980: 92).

Para d ar cuenta de la d iscord ancia entre esta i nformación y la censal, Andrews sug iere que –au n teniendo en c uenta e l creciente au mento de la población europea en la ciudad– los a f roar - gentinos fueron subrepresentados en el censo de 1887. El historiador norteamericano sostiene que en esa época se hizo popular el empleo de la cate - goría “trig ueño”, que denotaba a una persona de tez oscura, pero no necesariamente indicaba que t uviera ancestros africanos, como sí sucedía con las palabras “mulato” o “pardo” (1980: 84). Esta ca- tegoría permitía que los afrodescendientes de piel más clara f ueran socialmente clasi f icados bajo este rótulo y que luego, en los censos, pudieran ser clasificados oficialmente como blancos, dado que los censos eran dicotómicos: blanco-pardo/ moreno (censos municipa les de 1836 y 1838) y blanco/de color (censo de 1887) (Andrews, 1980:

87). El hecho de que los individuos más claros de la población afroargentina fueran clasificados como blancos ex plicaría, entonces, el marcado descenso de la población negra de la ciudad, que cayó de 15 mi l ind ividuos en 1838 a 8 mi l en 1887 (1980: 66). Aunque, como el propio And rews reconoce, su hipótesis no puede ser documentada fehacientemente, consideramos que esta anticipa desarrollos p osteriores en el sistema de clasifi- caciones racia les. E l proceso de mezc l a racia l y embl anqueci- m iento sin duda f ue un f actor importante en la disminución de la proporción de afroargentinos en la población. Sin embargo, dado que en el mar- co de una visión moderna, constructivista y no biolog icista de la “raza” los procesos de mestizaje biológico no explican por sí solos las percepciones racializadas, habría que tomar en cuenta tam- bién la acelerada y contundente construcción de una narrativa dominante de la nación “blanca” que se efectuó a f ines del sig lo XIX y comienzos de l XX . Esta nue v a narrativ a no le d io cabid a a esta población y ayudó a cambiar e l sistema de clasif icación racial en dirección a una mayor invi- sibilidad de los individuos con rasgos fenotípicos que pudieran indicar ascendencia africana, un proceso que se acentuó en las décadas siguientes ( Frigerio, 2006). Resumiendo, los hechos demo - gráficos se conjugan con el empleo de políticas censa les “blanqueadoras” y con el trabajo ideoló - g ico de políticos e intelectuales in f luyentes, que construyeron l a idea de una nación argentina moderna “europea” y “blanca”.

Los afroargentinos y su (no) lugar

en la nueva narrativa dominante

de la nación

C omo señala González B. de Quiróz (2001), luego de la derrota de Rosas en 1852 comenzó la ins- t auración de una estructura p olítica moderna c on prácticas culturales que definen la comu- n idad de pertenencia como sociedad civil y como nación. Las instituciones de sociabilidad pública se convirtieron en sustento del p oder p olítico y ap areció una nueva noción de lo público que r evela una ruptura con las solidaridades tradi- cionales. La sociabilidad familiar f ue reemplazada p or las reuniones públicas, y se hicieron p opu- l ares los b ai les, los teatros, l as tertu l ias, l as academias de b ai le y e l carnava l . E l principa l ór g ano de opinión f ue el p eriodismo. A p artir de l a décad a de 1880, aproximad amente, se con- solidó la construcción del Estado nación moderno, se implementó un modelo económico (agroex- portador) que se proyectaría a lo largo del tiempo y se construyó una narrativa dominante de l a n ación ar gentina como racia l mente bl anca y c u ltura l mente europ ea. En ese momento los a f ro p orteños todavía e ran socialmente “visibles”, p ero, a la vez, co- menzaban a “desaparecer” seg ún los discursos hegemónicos (Ge ler, 2010: 19) . Los ace lera d os c ambios que se estaban pro duciendo en e l país no sólo a fectaron su demo g ra f ía y sus formas de sociabilidad, sino también la (s) manera (s) en que los afroporteños comenzaron a visualizar- s e como g rup o y a p ensar d istintas a lternati- vas de integ ración a la nación moderna que se c onsolidaba. En lo q ue res p ecta a este crucial momento histórico, tanto para el país en gene- r al como para los afroporteños en particular, tenemos a fortunadamente una inédita ventana de entrada a su v ida social a travé s de material

p roducido por e ll os mismos –y no por l a e l ite que

los control ab a–. Aún existen, a d isposición de los investigadores, varios p eriódicos a f rop orte- ños pro d ucid os mayormente en l a d éca d a d e 1870 – d e los cua les d aremos cuenta más ad e- l ante– que brindan una visión privilegiada de l a “comunidad” que era creada e imag inada p or quienes en e llos escri bían. Dentro de este contexto de construcción de l ap arato estatal ar g entino y de una narrativa dominante de l a nación bl anca y europea que llegará, robustecid a y mejor desarrollad a, hasta

nuestros d ías, la antropóloga argentina Lea Geler (2010) muestra, en su perceptivo análisis de los p eriódicos afrop orteños, que la p oblación que los producía detentaba varias formas de iden - tificación que se sup er p onían entre sí. Estas se referían, según el argumento de esta autora, a su condición de grupo “corporalmente mar - cado”, a su carácter de población nacional y de ciudadanía plena (ambas características los di- ferenciaban de los numerosos inmig rantes que arribaban a l país) y a su situación de pobreza. E l término d e col o r implicaba una marcación racial imp uesta y asumida, p ero a la vez rechazada por su carácter estigmatizador –en los perió d i- cos, esta identificación aparece generalmente me d iatizad a con las frases “como se nos d ice” o “como se nos llama”–. Si la marcación racial los particularizaba, la identi f icación como ar gentino s, de la mano de la reivind icación de su h istoria de luc ha p or e l territorio ahora nac io na l, los unía a l resto de la sociedad nacional. Esta identif icación se ponía en práctica toda vez que hiciera falta hacer frente a situaciones de discriminación o en disputas fren- te a inmig rantes. Las variables socioeconómicas también intervenían en sus auto denominacio -

nes. Su cond ición de pobres/traba jadores/obreros

los d isting uía de l a aristocracia loca l , a l a vez que los unía a otros colectivos que se hallaban en la misma situación. Las autodenominaciones de “obrero” y “trabajador” se reg istraban en una época en que la sociedad pasaba de ser entend ida como organizada en “castas” a ser pensada como organizada en “clases sociales”. Seg ún constaba en los p eriódicos, la situación de p obreza era uno de los asp ectos sobre el cual había mayor acuerdo (Ge ler, 2010). No debemos olvidar, sin embargo, que estas son identi f icaciones propuestas desde –o re f leja- das en– los periódicos. No tenemos datos hasta el momento respecto de cuánto éxito tenían sus propu l sores a l intentar pl antearl as e n l a vida coti dian a: ¿serían aceptadas estas di ferentes iden- ti f icaciones, o sería siempre la de ne g ro –e uf e- místicamente, “d e color”– l a que preva lecería en las interacciones? ¿Serían bien recibidos en organizaciones “obreras” como miembros de ese colecti v o? Las frecuentes alusiones en los perió d icos a que se l os ll ama “de color” parecen insinuar que esta continuaba siendo l a más vá - l id a socia l mente. Es cierto, sin em b argo, que su carácter de “argentinos” tam bién era c l aro

– con reconocimientos a su participación en l as g uerras, etcétera–. Los p eriódicos muestran también, seg ún el análisis de Geler, las quizás cada vez mayores diferencias socioeconómicas intracomunitarias, y sugieren –esto, mucho más veladamente– su relación –no siempre inmediata– con los matices e n la coloración de la piel. Es probable que las jerarquías sociales internas tuvieran alg ún tipo de correspondencia fenotípica, aunque este es un aspecto aún poco comprend ido. E n la medida en que la Ciudad de Buenos Ai- res crecía, se modernizaba y comenzaba a recibir u na cantid ad mayor de inmigrantes europeos ( hacia 1895 la mitad de la población era extran- jera), se pro ducían cambios en l as cond iciones laborales y de vivienda de los afrop orteños. Se- g ún Geler, el tipo de viviendas habitadas mayor - mente por los a f roporteños eran los inquilinatos (viviend as colectivas para gente pobre) o “con- venti llos”, espacios donde mantenían víncu los estrec hos con la población inmigrante, inc luyen- do uniones amorosas. Las áreas habitacionales donde se concentraba la p oblación afrop orteña continuaban siendo, como en la primera mitad d e l si glo XIX, los b arrios sureños d e San Te l- mo y Montserrat –h abiendo sido ll amado este ú ltimo e l Barrio de l Tamb or p or su asociación c on el candombe de los neg ros–. Sin embar go, hacia fines del siglo, los afroporteños estaban protagonizando un proceso de desplazamiento. Muc hos miembros de l a comu nid ad se estaban mud ando hacia áreas más a lejad as de l a ciud ad, c omo Flores y Barracas, y también se dirig ían fuera de sus límites, hacia Morón y Quilmes. Este proceso se debió en cierta medida a la pre- sión ejercid a por l a llegad a de los inmigrantes, como parte del proyecto de repoblamiento del país (And rews, 1980). Ge ler observa también l a presencia de muchos a f roporteños en la zona norte de la ciudad, que se estaba constituyendo como l a zona más ad inerad a, aunque l a mayor parte h abitaba en conventi llos o en casas par - ticu l ares, como parte de l servicio doméstico. A lo l argo de l sig lo XIX, e l servicio doméstico continuó siendo uno de los nichos laborales más importantes para esta población –la continui - d a d entre esc l avitud y servidum bre era c l ara:

los patrones h abitua l mente rea l izaron intentos p or conservar l as re l aciones paterna l istas y no contractua les de antaño–. E l servicio doméstico, c omo parte importante de la esf era laboral de

l a comuni d a d , era o bj eto d e d e b ate entre l os afrop orteños; había quienes lo defendían como trabajo dig no y quienes, en detrimento de este, favorecían el trabajo artesanal. Las afrop orte- ñas trabajaban mayormente como empleadas domésticas y artesanas asalariadas. También lo hacían de forma autónoma en tareas de cocina , costura, lavandería, planchado o como parte - r as autorizadas (Geler, 2010). Los afroporteños ocup aban p uestos en diversas instituciones y or ganismos de l Estado, y aunque se inc luían en los escala f ones más bajos en el rubro de servi - cios (personal de limpieza, maestranza, mayor- domía e intendencia), estos trabajos aportaban estabi l id ad y prestigio a quienes los rea l izaban. Asimismo, caricaturas e ilustraciones g rá f icas de la época los muestran desempeñándose como p olicías. Además de estas formas de trabajo asa- l ariado, los a f rop orteños también trabajaban en forma autónoma en actividades comerciales , o en em p ren d imientos d ocentes en e l sector musica l . Sin em b ar g o, no to d os eran p o b res:

un sector había lo g rado acomodarse dentro de una incipiente clase media, y p oseía estudios y p ro p iedades –eran familias de reconocidos m i l itares o artistas, e inc luso empresarios in- c ipientes (Ge ler, 2005: 14)–.

La sociabilidad festiva

E n su introducción a la compilación de textos aparecidos en p eriódicos afroar gentinos, el an- t ropólogo argentino Pablo Cirio (2009) deta ll a l a rica vida social desarrollada p or los a f roar- gentinos en la década de 1870. Señala que poseían a l menos 110 entidades asociativas propias de distinto tipo. Su variedad y desig ual popularidad r atifica la preponderancia de un tipo de insti- tución u otro, de acuerdo con el momento social. Ya los testamentos ana l izados por Rosa l (2010) sugerían e l dec l ive de l a popu l arid ad de l as co - f radías después de 1810. Sesenta años después, l as re f erencias de los periódicos a f roporteños muestran que aún funcionaban dos de ellas en l a ig lesia de Santo Domingo. Seis naciones o sitios de nación también son mencionados, aun- que aparentemente desarrollaban poca actividad –no sab emos si esto es cierto o si l a poca apre - c iación de los inte lectua les suba lternos de l can- domb e los llevaba a restarles importancia–. Las a sociaciones más activas de l p erío do eran l as socie d ades carnava lescas, 62 de l as cua les son

mencionadas en los periód icos. También aparecen 18 sociedades de recreación y unas 10 sociedades de ay uda mutua, culturales o laborales 7 . Estas cifras evidencian por sí mismas lo antici- pado sobre la “desaparición” de los afroargentinos y la variedad y vitalidad de sus formas asociativas. También , la necesidad de tomar más en serio la relevancia de agrupaciones “recreativas” que en mucho superaban a las asociativas de ay uda mutua (Frigerio, 1993). Sin embargo, la socia- bilidad de los a f rop orteños no se agotaba en la c reación de o en la participación en grupos más o menos formales. En el contexto de novedosas formas de p en- s ar e l tiempo d e ocio y d e d ivertimento y l a v id a socia l , los bai les – de d istinto tip o– eran de f undamental im p ortancia p ara la comunidad a fro p orteña, como muestra la obra de Geler (2010). Una de las formas más comunes –y que m a yor ap o yo conse g uía d e los p erió d icos q ue l as comentaban– eran l as “tertu l ias”. S e trata- b a de reuniones que f recuentemente incluían d anza, llevadas a cabo en casas p articulares. O tras p odían ser or ganizadas en salones públi- c os ( los mismos elegidos por la elite) con fines p ecuniarios. De mo do genera l , aun en e l caso d e los encuentros festivos más ace p tados, se e n f atizaba el necesario disciplinamiento del b aile y se evidenciaba una p u g na debido a la coexistencia de nuevas y viejas formas musicales y danzas (como el candombe, pero también el p ericón), así como de las di f erentes formas de identi f icación que estas implicaban . También eran importantes las “rifas” ( bailes organizados como modo de sustento) y las acade - m ias de baile, estig matizadas por los periódicos p or su asociación con los ma los comportamien- tos de los “compadritos” y con la prostitución –como seña l a Ge ler (2010), un “mund o popu- l ar” con el cual los intelectuales a f roporteños n o q uerían ver asociada a su “comunidad”–. C omo muestra la misma autora, los a f roporte- ños “ jug aron de loca les” en un nuevo es p acio de interacción representado p or las artes “p o- pu l ares” (circo, teatro, payad a, l iteratura, artes pl ásticas y música) que tend rían un lugar en e l i maginario crioll ista naciona l-popu lar posterior. En ese contexto, f ue también de f undamental i mportancia la relación entre la música a f ropor- teña y e l nacimiento de l tango y de l a mi longa (T hompson, 2005).

Comunalización (III):

asociativo”, y que el asociacionismo era entendido

153). Aun así, no estaba exenta de recibir críticas

los periódicos, las asociaciones de ayuda mutua y las asociaciones carnavalescas

como una “propuesta civilizadora” impulsada por el Estado y aceptada entusiastamente por la so - ciedad civil (apu d Geler, 2010: 304). Los datos que

Los periódicos afroargentinos

presentamos en esta sección muestran que los afroporteños no se quedaron al margen de esta

C omenzando con L a Raza Africana y E l Proletar io

tendencia. Aunque con fuertes debates al respecto,

en 1858, estos periódicos alcanzaron su pico de popularidad entre 1877 y 1880. Geler, a través de un reg istro de las menciones que aparecen en los siete p erió d icos que ana l izó en deta lle –los cuales se pueden encontrar en la Biblioteca Na- cional de la República Argentina– contabiliza un tota l de 27 publ icaciones perió d icas que apare - cieron más de una vez. La mayoría tuvo corta duración –en períodos de casi un año o dos–, con excepc iones como L a Juventud, que aparec ió entre 1876 y 1880, o L a Bro ma, que lo hizo entre 1876 y f ines de 1882 (2008: 144). Estos p eriódicos constaban de secciones f i - jas como l as e d itoria les y l as re d acciones, pero también inc luían cartas de lectores, re l atos hu- morísticos, folletines, poesías y otros rubros. En ellos se notificaban diversos eventos que se desarrollaban en la comunidad. Se prop onían como un “ foro abierto de discusión y de partici- pación públ ica [posicionándose] como e lementos necesarios de l a comunicación g rupa l y, p or lo tanto, [constituyéndose] en potentes integradores comunitarios” (Geler, 2010: 36). Estas publicaciones son, sobre todo, la mane - ra más c lara que tenemos de conocer, en p ers- p ectiva histórica, cómo los a f rop orteños –o un g rup o imp ortante de ellos, al menos– llegaron a imag inarse y a p ensarse como “comunidad”. Representaron sin duda el intento más ambicio - so de comuna l ización, empujados por un grupo de “intelectuales subalternos”, como los llama y ana l iza Ge ler (2010). Estos protagonizaron l a dirección y la redacción de la prensa comunitaria, intentando llevar a cabo desde ese espacio fun- ciones d iscipl inadoras, educadoras, civi l izadoras y re generadoras de una comunid ad que debía

los periódicos favorecían el asociacionismo de ayuda mutua por sobre el recreativo (con excep- c ión, quizás, de La Broma) y lo veían como una manera operativa y viable de sa l ir de la situación de pobreza que agobiaba a la población a f ropor- teña (Geler, 2010: 305). Ofrecían espacio a sus lectores para que publ icaran to do lo re lativo a las asociaciones: convocatorias, votaciones, ma- nifestaciones, etc. Sin embar go, lejos estaban de tener una p osición unívoca con resp ecto a si la raza o la clase debían ser el punto principal de u nión, asociación y reivindicación. A diferencia de las cof radías y naciones, en estas nuevas asociaciones los reglamentos f ueron escritos por los mismos miembros y no por la iglesia o el gobierno. La primera de ellas, la Sociedad de la Unión y de Socorros Mutuos, fue fundada en 1855 e integrada por 134 miembros. Algo más tarde se crearon la Sociedad del Carmen de Socorros Mu- tuos y la Sociedad Protectora Brasileña, que tuvie- ron corta vida. Las más exitosas de las sociedades af roargentinas del período 1860-1890 f ueron La Fraternal y La Protectora (Andrews, 1980: 151-153). Esta última aceptó desde un comienzo miembros blancos, por más que la mayoría de los mismos f ueran af roporteños, y f uncionó al menos hasta la década de 1940, aunque para esa época ya casi no tenía miembros afrodescendientes. La Protectora f ue, quizá, la más exitosa de las asociaciones de ay u- da mutua af roporteñas, la cual brindó asistencia a sus miembros en épocas de enfermedad. Inauguró una biblioteca en 1881 y un mausoleo propio en el cementerio de la Recoleta en 1883 (Andrews, 1980:

en los periódicos af roporteños, que en ocasiones acusaban a sus directores de elitistas (Geler, 2010).

di ferenciarse de un pasado de “barbarie” y de las “cosas de negros” (esto es, cosas inapropiadas

Las asociaciones

según el común decir de la época).

carnavalescas

Las asociaciones

En su estudio sobre las asociaciones carnavalescas de la segund a mitad de l sig lo XIX, C hamosa

de ayuda mutua

(2003b), d istanciándose de perspectivas excesi-

Sabato (2002) seña la que en e l período compren- dido entre 1860 y 1890 existió un “ fervor

vamente foucaultianas, señala que, después de la caíd a de Rosas, e l carnava l era visto por las

el ites ( blancas) como una manera de cimentar y hacer visible la participación ordenada de los distintos g rupos étnicos en la nueva y naciente nación cívica. El asociacionismo étnico era con- siderado un pilar necesario del proceso civiliza- torio, fomentando sentimientos de solidaridad, respeto mutuo y acatamiento de las instituciones republicanas. Su expresión más visible eran las fiestas patrias y el carnaval. Por su lado, los intelectuales afro p orteños q ue se ex p resa b an a través d e l os p erió d icos tenían opiniones encontradas respecto de la con- veniencia de las asociaciones carnavalescas. El p erió d ico L a B roma privi le g iaba l as socie d ades carnava lescas como ve h ícu lo de ascensión para la población a f roporteña, mientras que L a Juven- tu d prefería el mutualismo y las sociedades lite - rarias y educativas (Chamosa, 2003b: 122). Más allá de este desacuerdo entre los intelectuales, las asociaciones carnavalescas eran las favore- cidas p or los a f rop orteños, dado que, como y a hemos visto al analizar las ci f ras ap ortadas p or C irio (2007), componían las dos terceras partes del total de sus ag rupaciones. En un trabajo reciente, Cirio señala que exis- t ían dos tip os de comparsas a f rop orteñas, l as c and o mberas y l as mus i ca l e s, unas l oca l iza d as pre ferentemente en la parte sur de la ciudad y otras, algo más al norte, lo cual indicaba que la situación social de sus integ rantes era algo mejor. L as candomberas privilegiaban la herencia cultural a f ricana y las musicales promovían una estética más “eurocentrad a” (Cirio, 2011a: 5). Eran estas últimas las preferidas por los intelectuales de los periódicos que apoyaban a las comparsas. Apren- der a tocar instrumentos musicales de origen europeo era visto como emblema de modernidad y de progreso, que permitiría demostrarle a la sociedad “la di ferencia que hay entre una socie - dad candombera que causa la h i laridad de todos y una sociedad musical que recibe, siempre, el aplauso genera l” (L a Broma, 1882). Para entender este pasaje, h ay que tener en c uenta también que a partir de 1870, aproxima- damente, se habían puesto de moda en el carna- val porteño las comparsas de falsos neg ros, que i mitaban, grotescamente, la música y los bai les de los a f roporteños (Chamosa, 2003b: 124-125). E s muy citado un testimonio de una anciana a froporteña, quien, rememorando esa época, en 1902 se lamentaba:

En 1870, antes de la peste grande, los mozos

bien comenzaron a vestirse de morenos, imitan-

do hasta nuestro modo de hablar […] ya

no tuvimos más remedio que encerrarnos en

nuestras casas, porque éramos pobres y nos

daba vergüenza. […] No quedó gringo en la

ciudad que no se disfrazara de Benguela, y

haciendo unos bailes con morisquetas que eran

una verdadera ridiculez” (Caras y Caretas, 1902).

Más a llá de las d iscusiones evidentes en los pe- r iódicos a f roporteños, ya f uera por su propio nombre, repertorio y performance festiva, por sus- tentar estéticas más “eurocentrad as” o, quizás, afrocéntricas, está claro que la pertenencia a de- terminad as ag rupaciones de carnava l era una forma de tomar partido, también, por alg una de las posiciones en pug na respecto del lugar que le correspondía a la población a f roporteña en el naciente proyecto de nación. Es necesario, además, tomar en c uenta el fuerte efecto comunalizante que tenían estas ag rupaciones. Ya f ueran de hom- bres, de mujeres o mixtas, concentraban la atención de buena parte de la población afroporteña durante v arios meses y proveían espacios de intensa so- c iabilidad, cuya falta recién podría ser adecuada- mente va lorada cuando desaparecieran o lang ui- decieran, junto con el carnava l porteño.

La religión

Hemos sugerido la casi seg ura existencia de sin- c ret i smos af roc atólicos –no menores– en las cof radías. Al igual que Chamosa (2003a), creemos que la notable relevancia de la devoción a las “ánimas” en las naciones africanas sug iere la presencia del culto a los ancestros (centro)africano, que coexiste de maneras aún no suficientemente bien comprendidas con nociones católicas de la época re lativas a “la buena muerte”. La ausencia de descripciones f idedignas del candombe a f ro- porteño nos impide saber si tenía una naturaleza religiosa o secular, o si bajo aquello que los blancos llamaban “candombe” existían bai les y ritua les de ambas índoles. A medida que recabamos más datos sobre el pasado –aún cercano–af roargentino, más evidencias sug ieren la continuid ad de prác- t icas rel igiosas de ese origen aún durante el siglo XX (Cirio, 2011b). Para la época que aquí nos ocupa, un intere - sante testimonio de José Ingenieros, en que relata un evento que habría ocurrido aproximadamente

en 1893, muestra l a existencia de prácticas re - lig iosas afroar gentinas que no eran reflejadas, siquiera, en los p eriódicos afrop orteños. En un libro publicado varios años después, rememora una ceremonia a la que habría sido llevado por una empleada doméstica afroargentina, y que logró entrever desde un cuarto vecino:

“Solían reunirse a ‘bailar el santo’ […] . Al son

de tamboriles y otros instrumentos africanos

se hacían ofrendas en especies ante un altar

afrocatólico, en que se mezclaban estampas,

santos , útiles de cocina , sartas de cuentas de

vidrio, caracoles , comestibles , bebidas , armas ,

patas de gallo, cuernos de animales, plumas,

etc. El sacerdote o brujo hacía invocaciones

en su lengua africana que, a veces, eran

repetidas o coreadas por la concurrencia,

hasta que alguna de las negras presentes se

ponía a bailar, agitándose cada vez más, hasta

c aer presa de un ataque histero-epileptiforme,

seguido de un sopor cataleptoideo, que,

según la protagonista, duraba pocos minutos

o varias horas. Ya el ‘santo’ (nombre colectivo

del altar o de alguna imagen), estaba ‘bailado’;

entonces el brujo operaba con palabras y con

las manos sobre el enfermo, si estaba allí , o le

enviaba algún talismán o amuleto, por medio

de sus parientes, si su enfermedad impedía

traerlo” (Ingenieros, 1920: 38) .

Situación social (IV):

el siglo XX

Con excepción de los ricos testimonios brindados por los periódicos editados por los af roargentinos, es poco lo que sabemos de ellos para el período 1890-1970. Si bien el estado de los estudios af roar - gentinos mejoró notablemente en los últimos 15 años –y la bibliog rafía aquí citada es prueba de ello–, aún existe un importante y por el momento inevitable bac he en nuestros d atos e inter preta- ciones, que a fecta, principalmente, a la primera mitad de l sig lo XX. Poseemos algunos indicios de que, durante el siglo XX, diversos grupos de a f roargentinos continuaron realizando esfuerzos por constituir agrupaciones o perió d icos que los nuc learan y ref lejaran sus problemas. La Protect o ra, el órgano de di f usión de la sociedad de ayuda mutua negra

más exitosa, se publ icó intermitentemente hasta 1910 ( Andrews, 1980: 154). En ese año existía t ambién un p eriódico denominado La Ve rda d , d irig ido por Benedicto Ferreira. Los datos sobre ag rupaciones que nuclearan afroar gentinos en la primera década del siglo son escasos, pero sa- b emos que continuaba funcionando La Protec - tora y probablemente existiera al menos otra, la Agrupación Patriótica 25 de Mayo (Estrada, 1979:

119). Un artículo periodístico de Caras y Careta s de 1910 sobre el traslado de la estatua de Fa luc ho de su primera ubicación en la Plaza San Martín se refiere a los “numerosos neg ros de la República”. Durante la segund a décad a de l sig lo pasado, a las asociaciones mencionadas se les agregaron el Círcu lo Socia l Juvencia (Estrada, 1979: 119), la A sociación de Fomento Gral. San Martín (Estrada, 1979: 119; Ortiz Oderigo, 1980: 34), el Centro Centenario y La Fraternidad (Ortiz Oderigo, 1980:

34). En la década del veinte se habría f undado, también, el Shimmy Club, la asociación a f roar - gentina más re levante durante e l sig lo XX –en 1922, según Ortiz Oderigo (1980: 34), y en 1924, según Binayán Carmona (1980: 71) –. Según el testimonio de Puccia (1974: 92), al iniciarse la seg unda década del siglo, en el teatro Marconi se organizaban bai les a los cua les concurrían casi e xclusivamente a f roporteños. L a escasa y aún dispersa in formación que po- seemos para el resto del siglo XX proviene de la memoria oral de alg unos/as afroargentinos/as y de revistas de época. Entrevistas rea l izad as por Cirio (2007) mues- tran que para la década de 1930 y 1940 se realiza- ban reuniones familiares –y otras más públicas– en la casa de la f amilia Lamadrid , en el barrio de Flores (algunos miembros de esta f amilia y sus descendientes actualmente están en Merlo), donde se bai l aba candomb e (2007: 51-52). Una entrevistada recuerda que en la misma casa, en la década de 1930 aproximadamente, también se rea l izaban reuniones con propósitos rel igiosos y hasta de trance ritua l, denominad as “ bai le de l santo” (2007: 65-68). Numerosos testimonios apuntan a l a cen - t ralidad de los bailes del Shimmy Club en los procesos de comunalización durante el siglo XX. L os recuerdos de varios informantes –que se re- montan, aproximadamente, a f ines de la década de 1950– señalan que casi todos los a f roar gen- t inos que actua l mente tienen más de 60 años

participaban de estos famosos bailes donde se cong regaban las familias descendientes de escla- v izados, y poseen recuerdos imborrables, aunque confusos, de esos momentos de reavivamiento de la identidad y la cultura comunitaria –que l legaron hasta comienzos de los años setenta–. L os escasos artículos publicados en revistas que conocemos hasta el momento, que tratan sobre los “porteños de color”, también los mencionan (Simpson, 1967; Grassino, 1971; Thompson, 1973). Sobre la base de los testimonios recolectados –pero aún no su f icientemente analizados, siste - matizados ni publicados– entre afroargentinos de una cierta edad, podemos aventurar a lg unas h i- pótesis respecto de su situación. En primer lugar, la existencia de un estrato minoritario dentro de la población afroargentina, compuesto por alg u- nos profesionales o empleados del Cong reso de la Nación, con residencia en barrios céntricos de la ciudad. En seg undo lugar, la presencia de un seg- mento mucho mayor, compuesto por sectores más populares, el cual, por lo que todo indica, suf rió un proceso de proletarización y de traslado hacia el Gran Buenos Aires desde barrios de la capital, aunque algo más p obres que los habitados p or el primer grupo ( probablemente, La Boca, F lores y Floresta). Quizá la gentrificación de algunos barrios o l a e l iminación de viejos conventi llos donde vivían varias familias motivaron este pro - ceso, que contribuyó sin duda al incremento de la i nvisibilización de la cual ya eran objeto. Relatos de varios adultos mayores respecto de su juventud –en la década del cincuenta, aproximadamente– revelan que vivían cerca del centro de la ciudad y, sobre todo, por allí trabajaban o participaban de la activ a v ida nocturna de entonces. En con- traposición, actua l mente una parte importante de la población a f roargentina conocida –que es apenas una f racción del total– vive en Merlo, La Matanza o Lanús. La presencia habitual de músicos y bailarines profesionales entre las f amilias a f roargentinas – que d ata desde a l menos e l siglo XIX– h acía posible una rica vida social, que parecía nuclear a f amilias extensas en reuniones f amiliares en casas, y a varias familias en fiestas públicas en e l c lub La Armonía, en e l Sh immy C lub o en e l C entro de Cerveceros. Inc luía también, según los re latos, la circu lación por lugares céntricos de d iversión y bai le, principa l mente p or parte de los varones, o de hom bres y mujeres en e l

caso de las mi longas de tango. La relación de los a frop orteños con el tango es cercana, antig ua y todavía debe ser mejor estudiada, más allá de que trabajos contemp oráneos muestren la im- p ortante presencia de compositores, músicos y bailarines afrodescendientes en la e volución del género, desde sus comienzos –cuando tuvieron un rol crucial pero aún no suficientemente bien comprendido– hasta la actualidad. Varios de los ( bailarines/as) milongueros más renombrados de esta última década y las anteriores son o f ueron af rodescendientes ( Thompson, 2005; Frigerio, 2006; Cirio, 2010).

Comunalización (IV):

el Shimmy Club

E l Shimmy Club, f undado a comienzos de la dé- cad a de 1920 –aunque relatos ora les brind arían u na fecha anterior– f ue el principal contexto de comunalización de los af roporteños durante buena parte del sig lo XX. No f ue el único, p ero su rol se vuelve prominente entrados los años cincuenta y hasta comienzos de la década de 1970, cuando dejó de f uncionar. Todavía resta realizar una adecuada historia de su desarrollo y funciona- m iento –que inc luya, entre otras cosas, sus ob- jetivos, la periodicidad de sus bailes, las sedes en que funcionó, etcétera–, pero sabemos que el más v ivo recuerdo de los muchos afroargentinos con- temporáneos que concurrieron a sus bai les está asociado con su sede principal o más f amosa, la Casa Suiza, sita en la calle Rodríg uez Peña al 200. Aunque probablemente también se realizaran bailes en otros momentos, los más recordados son los de carnava l, en que una cantidad considerable de f amilias a f roporteñas de distinta condición socioeconómica se d aba cita. E l testimonio brind ado por Enrique Nad a l , pionero del activismo p olítico a f roar gentino, a Alejand ro Frigerio a comienzos de la décad a de 1990 continúa constituyendo una buena descrip - c ión de lo que allí sucedía:

Te estoy hablando del año 1973…74, 74, por

ahí… Yo me acuerdo que iba a la Suiza…

Como te cuento, estaban las mesas, se

sentaban los grandes patriarcas y la Negra

San Martín era una matriarca… Toda una

tradición tenía esa negra

...

Yo me daba cuenta

que era una negra muy querida y respetada

en la comunidad. Después estaban los Núñez,

después estaban los Lamadrid, todos negros

viejos… reconocidos por la comunidad, que

la comunidad conoce la historia de ellos

ahora, por qué es, no lo sé […].

Y la gente bailaba. Primero bailaba el público,

y después salían a bailar los viejos negros,

c andombe. Y ahí ya no bailaba ningún blanco,

no dejaban que ningún blanco baile […].

Y además , cuando a las doce de la noche se

empezaba a tocar esto, el grito que se escu-

chaba era: ‘eh , eh , eh , Bariló’… que quiere

decir que entren los tamboreros… Y después

hay contrapuntos, una serie de cosas, tocando

esto […]. Después de las doce de la noche,

ya ahí salían los negros capos a bailar, y si ahí

se ponía un blanco (que en ese entonces,

bueno, siempre se les dijo ‘chongo’) ‘¡Afuera

los chongos! ¡Afuera los chongos!’, gritaban,

y entonces los echaban a los blancos. Y

entonces bailaban todos los negros, negros

viejos que bailaban […] . ‘Eh, eh, eh… Bariló…

Eh , eh , eh…Bariló’ [Hace la mímica de bailar

mirando para un lado y otro, con una mano

oficiando de visera encima de los ojos, el otro

brazo en la cintura, en jarra. Mira a un lado

y otro con cada estrofa. Además mueve

lentamente los hombros y realiza un balanceo

ondulante de la espalda ] . Y todos se conocían

y gritaban: ‘¡Hacé esto, hacé lo otro!!’ (no me

acuerdo ya lo que se decían que hicieran) .

Y después bailaban los negros jóvenes, que

ya venían con un candombe más actualizado,

con algunos toques ya de otra cosa… Pero,

los dejaban porque eran ‘hijos de’, ‘nietos de’,

y después paraba eso y ya entraban los

blancos. Y ya podía tocar cualquiera el tambor

(pero tocándolo bien)… Pero cuando llega-

ban las doce de la noche, los que tocaban el

t ambor eran negros, y los que bailaban eran

negros” ( Frigerio, 1993: 48 ).

E l re lato de Enrique brind